Juan Manuel Castro Prieto. Luz de cuarto oscuro

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Juan Manuel Castro Prieto Luz de cuarto oscuro 14.09.16 – 05.11.16


CASTRO PRIETO: LA VOZ INTERIOR Por Publio López Mondéjar

“Perdonen la tristeza” César VALLEJO Cuando conocí a Juan Manuel Castro Prieto, hace ya treinta años, supe enseguida que me encontraba, no sólo ante un hombre como dios manda, un ciudadano a jornada completa como diría nuestro admirado Torga, sino también a un fotógrafo honesto y profundo, quizá el de mayor talento de su generación. Sobrevivía entonces Madrid a la devastación de uno de sus más desdichados naufragios culturales, protagonizado por una pandilla de señoritos extraviados y algún fronterizo redimido de las zahúrdas agropecuarias. En aquel desmoronamiento comenzaba a vivirse la apoteosis de una fotografía pretendidamente creativa, vicaria de la experimentación como dogma que predicaba, en el campo de la plástica, un célebre pintor con pretensiones taumatúrgicas. Aquella nueva ortodoxia condujo a una parte de los jóvenes fotógrafos a renunciar a la naturaleza fotográfica de su trabajo, para lo que no dudaron en recurrir a los más variados recursos de intervención, desde el fotograma hasta la instalación y el performance, pasando por el quimigrama, la cascografía, el hemograma y otras formas de simulación, que trataban de convertir a la cámara en un objeto perfectamente prescindible.

En aquel tiempo perplejo, fresca aún la flor venenosa de aquella pueril frivolidad gauchiste, tan celebrada hoy por los políticos de la derecha, fue en el que Castro Prieto comenzó a apuntalar los cimientos de la recia artesanía de lo que al fin acabaría siendo su oficio. No estaba mal, para empezar. Pero aquel fotógrafo introvertido y melancólico era ya mucho más. En los tronados salones de la Real Sociedad Fotográfica de Madrid había tenido la fortuna de encontrar a sus primeros maestros, como Gabriel Cualladó y Paco Gómez, en cuya obra comenzó a vislumbrar una senda expresiva, como el perturbado que en la penumbra del desconcierto, encuentra al fin el camino derecho. Ellos liberaron las poderosas energías creativas que venía incubando desde sus días de adolescente taciturno. De ellos heredó su intimismo y su sencillez, su talento para percibir lo delicado y enigmático en los ámbitos más humildes de lo cotidiano. Al fin y al cabo, de ese universo de sombras está hecho lo real. Y eso lo sabe muy bien Castro Prieto, para el que la fotografía no es sino una forma de introspección, una herramienta que le permite buscar la luz en la tiniebla de sus más inquietantes delirios.


Su obstinada determinación para asumir la dignidad de las formas más nobles de su lenguaje le llevó a frecuentar la compañía de un grupo privilegiado de amigos –no puedo dejar de recordar al excelente fotógrafo Santos Vicente, con el que tanto quería-, con los que compartía su interés por un tipo de fotografía pura que, en plena época de deconstrucción semántica de las artes, se caracterizaba por su ambición de excelencia, la vindicación de sus cualidades técnicas y artesanales y por su cercanía con la materia fotografiada. Luego encontró que en fotografía no todo es forma, ni siquiera lo más importante, sino una ética, una forma de conocimiento, una manera de comportarse, de estar en el mundo, de pertenecer a él. De este modo fue construyendo los cimientos de su fotografía, de su, digamos, estilo, que en él no es sólo un modo de narrar, sino también de discurrir. Su obra se ha ido adentrando así por los más inesperados y sorprendentes meandros estéticos y conceptuales; se ha hecho más diversa, más lírica, más críptica también, difícil de etiquetar, desconcertante para los burócratas y los taxonomistas. No fue casual que Castro Prieto eligiese para su primer libro (Biblioteca de Fotógrafos Madrileños, 1998) aquellas fotografías que, superando la zozobra de sus recuerdos, le habían permitido acercarse a los días ya extinguidos de su infancia. Son imágenes tomadas entre 1977 y 1994, profundamente enraizadas en los rostros, los paisajes, los ámbitos de su primera memoria, desde el día en que sus padres le llevaron desde un Madrid injuriado por la Dictadura, hasta Cespedosa, en un rincón incógnito de la Castilla la Vieja de nuestros catones escolares. Años antes de hacer públicas aquellas fotografías, había iniciado Castro Prieto su largo periplo por el Perú, adonde viajó por primera vez en 1990, aunque en realidad ya había comenzado a soñar con el país del incario a través de las imágenes de Martín Chambi, de los libros de Ciro Alegría, Manuel Scorza, José María Arguedas y su admirado César Vallejo, que siempre estuvieron con él en las calles de la ciudad perdida de Wiñay Wayna, en los pueblos de barro de las costas, la exuberante vegetación de la selva, las imponentes escarpaduras del río Urubamba, los sobrecogedores escenarios del Machu Picchu, y en el propio laboratorio de Chambi, en el que penetró por vez primera un día de abril de 1990, como el que traspasa el atrio de un santuario. A aquel viaje germinal siguieron otros en los que Castro fue agotando nuevas singladuras, cargado de una cámara monumental de 20cm x 25cm, provista de un objetivo de 300mm y otro angular de 165mm, para los que gusten de los datos precisos. Puede decirse que el trabajo realizado con esta cámara marca un antes y un después en su fecundo proceso de maduración expresiva. Algunas de sus fotografías mejores, de las más dignas de perpetuación, las ha realizado en este formato, como las tomadas en abril de 1999 en las penumbras oníricas del Altiplano, en las asambleas campesinas o en el anochecer de La Jalca, donde se encontró con algunas de las escenas que tanto había imaginado durante sus horas de apasionada lectura de Arguedas o Ciro Alegría. Tras nueve viajes, miles de kilómetros recorridos y más de treinta mil negativos, Castro dio por concluido su sueño peruano. El resultado fue Perú, viaje al sol (2001), un libro mágico y deslumbrante, mitificador también, lleno de sugerencias visuales, sin duda su primera gran obra, la que vino a afianzar definitivamente su prestigio en los círculos fotográficos internacionales.


En Perú nació un nuevo fotógrafo, más sabio y atento, más compasivo, más lírico y profundo. Desde entonces han ido surgiendo decenas de encargos, como El nacimiento de un barco (1994), Andalucía, una geografía (2002), Cuenca en la mirada (2004), La seda rota (2005) y Visiones de Marruecos (2006); los contratos con las más prestigiosas publicaciones gráficas del mundo, que le han llevado a las más alejadas geografías del universo, desde Indonesia, Etiopía, Rusia, las Américas que hablan castellano y Corea del Sur, hasta las islas de Vanuatu, en las que desembarcó el capitán Cook en el año de gracia de 1774. Y entre medias, aun ha tenido tiempo para realizar sus grandes proyectos personales, como Extraños (2003), las fascinante experiencia creativa en el Museo D’Orsay (2005) y el que realizó en Etiopía (2009), quizás el más maduro de los realizados por Castro hasta hoy. En este trabajo ha hermanado Castro el gran formato de hasta 20x25 con el paso universal, el blanco y negro y el color, hasta elaborar un deslumbrante retablo iconográfico en el que encontramos, invariables, sus antiguas obsesiones, un desconcertante espíritu de celebración, un renovado regusto por la luz, por el fascinante cromatismo africano y esa pulsión ética que nunca le ha abandonado. En las fotografías de viaje es donde encontramos al fotógrafo más narrativo y autobiográfico. Más que un peregrino, Castro es un viajero atento, reflexivo, que va componiendo con sus imágenes un diario de viaje, como lo haría un escritor en sus cuadernos. Siempre respetuoso, va hurtando retazos de intimidad, tratando de evitar lo anecdótico, sin abandonar su predilección por los humildes, por los desamparados que ha encontrado en las chicherías de Chinchero, en los zocos del Rift, en los mataderos de Tetela, en los suburbios de Konso, en el altiplano de Callacancha o en los santuarios de Lalibela. No es un reportero gráfico al uso, no busca el instante decisivo o el deslumbramiento de un azaroso hallazgo visual. Mantiene con sus imágenes una relación más honda, más reflexiva. Con ellas no busca ni denunciar ni enaltecer nada, sino reconocerse, certificar que también en los lugares más alejados del planeta vive el hombre la alucinada conciencia de la muerte. El viaje es para él una vivencia íntima, una forma de autobiografía. Si bien se mira, ninguna herramienta más adecuada que la fotografía para penetrar en ese desolado universo de los sueños, en los arrabales subterráneos del conocimiento. Y eso es lo que nos muestran esas fotografías suyas, cada día más precisas y despojadas, menos elegiacas. Pueden conmovernos, cautivarnos o perturbarnos, pero nunca nos dejan indiferentes. No solo llenan de satisfacción la mirada de los profanos, sino que consiguen deleitar también a los que pasan por entendidos. Siendo uno de los contados fotógrafos que conozco capaces de desbrozar nuevos caminos, nunca da un paso de un modo gratuito, sino con una profunda coherencia. Sus alardes técnicos, los desenfoques selectivos realizados con la cámara 20x25, no son otra cosa que intentos de ensanchar su campo de libertad creativa, porque en esa radical libertad reside buena parte de su propia independencia personal, su voluntario apartamiento de cualquier forma de ortodoxia o sometimiento.


Los que conocen a Castro Prieto saben que es hombre recto, taciturno y retraído, a veces tímido, y pareciendo insociable, es persona de gran ternura, de las más fraternalmente cordiales y acogedoras que he encontrado, aunque no le falta un punto de terquedad, y cuando se le lleva la contraria tiene malas pulgas. Es también un ciudadano insobornable. Si existiese la pureza, diría que es un hombre puro. Nunca dice una palabra de más, y cuando la dice, va a misa. Tampoco en sus fotografías hay nada superfluo. Alienta en ellas la voluntad de excelencia, de precisión y claridad que buscaba Juan Ramón. Ningún fotógrafo tan alejado como él de toda veleidad elitista, tan despojado de pretenciosidad. Siendo un virtuoso en su trabajo, lo es como el que no quiere la cosa, sin abrumar. La técnica es para él como una segunda piel, algo que al fotógrafo de le supone, como el valor a la tropa. Ferviente militante de la ética del trabajo bien hecho, siente una profunda insolidaridad hacia todos aquellos que desprecian la técnica, el oficio. Una de sus más altas cualidades es la humildad, que si es convenientes en todo acto de creación, en fotografía es indispensable. Sus imágenes son siempre sencillas, por muy complicado que haya resultado su proceso de elaboración técnica. En ellas no es difícil percibir la antigua melancolía de su autor, su afligida conciencia de la aniquilación de las cosas; dos sensaciones que están especialmente presentes en Extraños (2003), su obra mejor y más colmada, que anuncia ya al libro que el lector tiene en sus manos. En este álbum inquietante se compendian todas sus plurales sabidurías, la obsesión de la muerte, la nostalgia de un mundo ya extinguido, el desamparo y la orfandad, pero también la emoción, el gozo y la piedad. El tiempo en sus fotografías no es inocente ni superfluo. Es el tiempo de la vida, de lo que fluye desde los mismos orígenes del mundo, que se va espesando en las personas, los escenarios de su adolescencia convocados por su mirada con una precisión sobrecogedora: seres despojados de sus rostros; figuras borrosas y enigmáticas; cuerpos atormentados por la soledad; ámbitos envueltos en un aura de melancolía; objetos injuriados por el olvido; niños espectrales, que anuncian ya a los ancianos que serán. Y esa imagen turbadora que nos muestra un cadáver bellísimo emergiendo del prodigio del revelador, a la luz anémica del laboratorio. Para mí es ésta una de las imágenes mejores de Castro Prieto, de las más atroces, de las más bellas también, de las más misericordiosas. Tras miles de kilómetros recorridos a través de las más alejadas y diversas geografías -va a resultar que, siendo de Vallecas, se está convirtiendo Castro en uno de nuestros fotógrafos más cosmopolitas- de varios libros publicados, de una veintena de trabajos que han llegado a convertirse en un referente obligado en la actual fotografía española, de una docena de premios importantes, sigue siendo Castro Prieto la misma persona sencilla, acogedora y fraterna. Irónica también, no conviene olvidarlo. Su fotografía no ha cambiado sustancialmente, por más que haya crecido como fotógrafo, que su mirada se haya ensanchado, se haya hecho más madura y comprensiva. A pesar de haber incorporado el color y las infinitas posibilidades de las nuevas técnicas digitales, no ha abandonado este territorio onírico que late en sus fotografías primeras, que ha acabado por definir un universo estético propio y perfectamente reconocible. Lo suyo ha sido un proceso de coherencia, de honestidad, de sabiduría.


En su continuo peregrinaje por los meandros de su memoria, Castro nombra a las cosas, las convoca, las muestra ante nuestros ojos para que vivan ya en ellos para siempre. Rotundamente alejadas de toda retórica o artificio, alienta en sus imágenes la temporalidad de lo clásico. Por eso están llamadas a perdurar. Como todo artista, Castro nos muestra un universo nunca antes desvelado, aunque no pondrá buena cara si a alguien se le ocurre etiquetarlo como tal, consciente de que es éste un término demasiado campanudo, que no va con él porque sabe que da alas a los mediocres y desalienta a los prudentes. Pero difícilmente hallaremos una obra suya en la que no se perciba la tensa serenidad de la belleza, incluso en las imágenes más despojadas y desabridas. En la implacable coherencia de estas fotografías perdura la huella de su larga exploración por los abismos de su memoria, por el territorio exhumado de sus sueños. Porque, si algo ha hecho Juan Manuel Castro Prieto en los últimos cuarenta años es ir elaborando un exhaustivo inventario de su vida, en un arriesgado peregrinaje al corazón de las tinieblas. Casasimarro, junio de 2016


Hacia Machu-Pichu, 1994 (JMC00080) Gel atina de clorobromuro de plata. 50 x 60 cm. Ed. S/E. C/C *

* NOTA: Copias numeradas sin lĂ­mite de ediciĂłn.


Carretera de Cespedosa, 1991 (JMC00187) Gel atina de clorobromuro de plata, vi rada a l sulfuro. Vi nta ge positivado por el autor (1991). 26 x 26 cm. Ed.: Ăšni ca Precio: 1.500 â‚Ź + IVA


El Mirón, 1987 (JMC00188) Gel atina de clorobromuro de plata, vi rada a l sulfuro. Vi ntage positivado por el autor (1987). 26 x 26 cm. Ed.: Úni ca Precio: 1.500 € + IVA

Muñopepe, 1986 (JMC00189) Gel atina de clorobromuro de plata, vi rada a l sulfuro. Vi ntage positivado por el autor (1986). 26 x 26 cm. Ed.: Úni ca Precio: 1.500 € + IVA


Cartagena, 1993 (JMC00190) Gel atina de clorobromuro de plata, vi rada a l sulfuro. Vi ntage positivado por el autor (1993). 26 x 26 cm. Ed.: Úni ca Precio: 1.500 € + IVA

Titulcia, 1987 (JMC00191) Gel atina de clorobromuro de plata, vi rada a l sulfuro. Vi ntage positivado por el autor (1987). 26 x 26 cm. Ed.: Úni ca Precio: 1.500 € + IVA


Sin título. Serie Extraños, 2004 (JMC00061) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.

Sin título. Serie Extraños, 2004 (JMC00062) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.


Cespedosa. Serie Extraños, 1993 (JMC00059) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.

Sin título. Serie Extraños, 2004 (JMC00060) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.


Burguillo, 1992. Serie ExtraĂąos (JMC00063) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.

Arroyomolinos, 1987. Serie ExtraĂąos (JMC00064) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.


Sin título, 1997. Serie Extraños (JMC00068) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.

Sin título, 2004. Serie Extraños (JMC00065) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.


El ĂĄlbum perdido. SueĂąos de sexo y realidad XXV. (JMC00066) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 20 x 20 cm. / Con ma rco: 23 x 23 cm. Ed.: S/E. C/C.


Macho procreador, 1995 (JMC00197) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi nta ge positivado por el autor (1995) 108 x 150 cm. Ed. Ăšni ca.


Aguamanil, 1996 (JMC00198) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 56 x 40 cm. Ed. S/E. C/C


Cama de los corrales, 1983 (JMC00199) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 40 x 50 cm. Ed. S/E. C/C.

Colchรณn en la luz, 1989 (JMC00200) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 40 x 50 cm. Ed. S/E. C/C.


Trapo, 1983 (JMC00201) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 40 x 50 cm. Ed. S/E. C/C.

La Casera, 1983 (JMC00202) Gel atina de clorobromuro de plata positivada por el a utor. 40 x 50 cm. Ed. S/E. C/C.


Subida al sobrao, 1980 (JMC00203) Gel atina de clorobromuro positivado por el autor. 18 x 24 cm. Ed.: S/E. C/C.

Las huertas, 1980 (JMC00204) Gel atina de clorobromuro positivado por el autor. 18 x 24 cm. Ed.: S/E. C/C.


VĂ­as de Cartagena, 1993 (JMC00180) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi nta ge positivado por el autor (1993) 21 x 42 cm. Ed.: Ăšni ca.


La acebada, 1993 (JMC00046) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1993) 21 x 21 cm. Ed.: Ăšni ca.

Arrecife de la sirena, 1993 (JMC00041) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1993) 21 x 21 cm. Ed.: Ăšni ca.


La sirena, 1993 (JMC00042) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1993) 21 x 21 cm. Ed.: Ăšni ca.

Cabo de Gata, 1994 (JMC00158) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1994) 21 x 21 cm. Ed.: Ăšni ca.


Madrid. Serie ExtraĂąos, 1993 (JMC00129) Gel atina de plata sobre papel baritado con tra tamiento de archivo. 110 x 110 cm. Ed. 7 + 2 PA.

Dedo del diablo. Serie ExtraĂąos (JMC00057) Gel atina de plata sobre papel baritado con tra tamiento de archivo. 110 x 110 cm. Ed. 7 + 2PA.


Caseta de los corrales, 1995 (JMC00205) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi nta ge positivado por el autor (1995). 30 x 90 cm. Ed. Úni ca.

Ana, Callao, 1993. El Álbum perdido. Sueños de sexo y soledad (JMC00103) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1993). 21 x 21 cm. Ed. Úni ca.


Río Tormes (JMC00206) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi nta ge positivado por el autor (1993) 21 x 63 cm. Ed. Úni ca.

Los Corrales, 1993 (JMC00181) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1993) 21 x 63 cm. Ed. Úni ca.


Bahía de Portman, 1993 (JMC00162) Gel atina de clorobromuro de plata, vi rada a l oro. Vi nta ge positivado por el autor (1995) 17 x 34 cm. Ed. Úni ca.

Arrecife de las sirenas, 1993 (JMC00183) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi ntage positivado por el autor (1995) 17 x 34 cm. Ed. Úni ca.


Prado de Los Corrales, 1993 (JMC00208) Gel atina de clorobromuro de plata vi rada a l oro. Vi nta ge positivado por el autor. 21 x 63 cm. Ed. Ăšni ca.


Biografía Economi sta de formación, ingresó en l a Agencia VU de Pa rís en 2001. Ha sido gala rdonado con numerosos premi os , entre otros , el Premio Na cional de Fotogra fía 2016, el Ba rtol omé Ros, en 2002, o el Premi o de l a Comunidad de Ma drid, en 2003. En la a ctualidad, compa gina el desa rroll o de s us proyectos pers onales con colabora ciones pa ra publi ca ciones como Le Monde, GEO, National Geographic, El Pa ís , The Times... Su obra se ha expues to en numerosas exposi ci ones indi viduales y colecti vas en Espa ña y en otros pa íses como Fra ncia, Bélgi ca , Italia, Gua temala, Bol i via, Ecuador o Perú. Es tá presente en numerosas col ecciones de á mbito nacional e internacional.


SOBRE BLANCA BERLÍN GALERÍA

Especializada en fotografía y artes visuales, la apuesta de Blanca Berlín se centra en las tendencias más innovadoras de la fotografía española e internacional contemporánea, representadas tanto por artistas consagrados como por prometedores talentos. Abierta también a otros formatos, ocasionalmente su propuesta expositiva se amplía para acoger obra de otras disciplinas artísticas. Además del ciclo de exposiciones, la galería, que abrió sus puertas en Madrid en enero de 2007, dedica especial atención a la creación de un escogido fondo a la vista del público, que se puede consultar también en la página web. La galería está presente en las principales ferias de arte contemporáneo del mundo.

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