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Domingo Sánchez Loro

Publicación» del Departamento

de Seminarios

de la Jefatura Provincial del Movimiento C A C E R E S • 1956


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iDuoucaKixtiMiia Trasuntos Extremeigs V

por

DOMINGO SANCHEZ LORO

Publicaciones del D epartam ento de Semina­ rios de la Jefatura Provincial del Movimiento C A C E R E S - 1956

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(Ofreit&a P a ra mi esposa v para mis hijos, nacibos en â‚Źxtrem abura.


proemio C

o n f id e n c ia

Llevo wnos días quebrándome los sesos. En estos días de tortura para m i sesera, be tenido ratos de fluidez, ratos de sequedad. H e escrito algunas cuartillas, después, he roto las cuartillas c¡ue había escrito. H e pensado otras veces largo rato, después, he rechazado a m i propio pen­ samiento. En las cuartillas escritas, en m i pensamiento intencionado para ponerlo en molde, veía y o algún tanto, un mucho de artificio. H o y , he llegado a la consecuencia de que, en m is escritos, y o no me entiendo a m í mismo. ¿Es c\ue llevo en el alm a el espíritu de contradic­ ción?: lo ignoro. Temo que sea el espíritu de petulancia lo que me m ue­ ve a escribir. S i ni y o mismo me entiendo, si no entiendo las cosas— el meollo, la sustancia, el ser íntim o de las cosas— ¿para qué me afano en pergeñar ideas? P a sa esto los límites de m i inteligencia. P a ra de­ cirlo, en plan de confesión, estoy escribiendo. A hora, pienso que esta confesión venga a reducirse a pura vanidad. Si y o , sinceramente, quisiera ap artar de m i lado todo a fá n de m undaneo, toda ansia transcendente de perpetuidad en los escritos, con no es­ cribir esta confesión en fo rm a de proemio, con no publicar los trasun­ tos que integran este volumen, con prender la péñola en su espetera, quedara todo en su punto y m i nombre en el olvido. Entonces, podría y o escribir, honradamente, santamente, sencillamente: *“V anidad de v a ­ nidades y todo vanidad». Esto lo he visto dicho en muchos autores: luego, he comprobado la vanidad de sus escritos, y o me aplico el caso. Jem o que en m is escritos sólo h a ya vanidad, petulancia, osadía, y o lo temo,- a pesar de ello— so y hum ano— estoy escribiendo, y puesto que escribo, no digo m ás como exordio a m i confesión.


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Confieso y o que llevo algún tiempo, años, estudiando, meditando, es­ cribiendo sobre las cosas extremeñas. A pesar de m is estudios, de m is meditaciones, de mis escritos, y o no he aprehendido el alm a extremeña H e allegado noticias sobre su ejecutoria, brillante, ecuménica, sin par. Tentaciones he sentido — a veces, me ha vencido la tentación: son las cuartillas rotas después de escritas, son ciertas vacuidades que andan en letras de molde— , tentaciones he sentido de escribir, a manera altiso­ nante, el brillo ecuménico y sin par de la ejecutoria que enaltece a E x ­ tremadura. Siempre, con m achaconería de ritornelo, com probaba Que los ditiram bos que y o adhería a esta ejecutoria, podían aplicarse a cual­ quiera otra región. J o tal: que, por querer decir mucho, todos m is dichos se reducían a nada. Eran lugares comunes, tópicos, parlerías. H a y sobre E xtrem adura ideas excesivamente abstractas, universa­ les. Ideas que hablan a la mente. Ideas que no enternecen al corazón, que no mueven la voluntad. Cierto es que las tierras, ¡os hombres, la ejecutoria extremeña, sintetizan la ejecutoria, los hombres y las tierras de España, y esta casi identificación con la P a tria ha contribuido a que los hombres vean en E xtrem adura algo puramente histórico, de ejemplar historia, pero fr ío , racional, alam bicado, de estudio y , a ve­ ces, de rebotica. Se olvida con exceso el pulso vital que todavía existe en E xtrem adura. Es necesario h u m a n iza r la categoría de razón que los libros de historia han hecho de nuestra tierra, m ostrar al m undo su v i­ da actual, sus esperanzas, sus realidades, sus ilusiones, su honda per­ sonalidad, fr u to de los quehaceres de antaño, de los empeños de hogaño. P a ra ello nos hemos de apear, un tanto o un mucho, de los tópicos ge­ neralizados y ver el meollo de su vida, de su historia, de lo que ha si­ do, de lo que es, de lo que puede ser. y esto, serenamente, am orosam en­ te, espaciadamente, sin alharacas, sin fruslerías. H e llegado a la consecuencia de que hemos de tratar con sencillez, si queremos entenderlas, a las grandes cosas, y me ha costado mucho trabajo apearme de m i vanidad, para confesar esta consecuencia. A l fin , he sabido que menudeando en el estudio de los matices, íntimos, sen­ sibles, de las cosas vulgares, cotidianas, se aprehende mejor el alm a de un pueblo, el recóndito im pulso de su vivir, la intrínseca razón de su obrar. H e aquí la explicación de haber escrito los trasuntos extre­ meños; no trasuntos ditirám bicos, sí trasuntos de menudencias. Qran parte de estos trasuntos se publicaron en revistas y periódicos. L a radio ha quitado a la prensa interés inform ativo. L a s noticias que lee­

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mos en los periódicos, las hemos escuchado en el receptor con diez, quince, veinte o m ás horas de antelación. L a prensa, que no puede com ­ petir en rapidez inform ativa con la radio, necesita buscar s m apoyo en el interés form ativo. Estudios serenos, conscientes, bien trabajados, de historia, política, arte, poesía, literatuaa, economía, etc., una razonada visión de los problemas de h o y con su vinculación transcendente en el a yer y en el m añana, deben ocupar a diario las colum nas de la prensa. C ausa fastidio leer en los periódicos— con la m ism a redacción, fa c ili­ tadas por la m ism a A gencia— las m ism as noticias que hace m uchas horas tenemos sabidas. De ello estoy y o harto convencido, escarmentado, fatigado. A sí, en cuanto puedo, haciendo lo mejor que sé, procuro airear desde la prensa las casas, los valores, las figuras, los problemas de E xtrem adura. A s í nacieron estos trasuntos. y ahora, he de confesar yo otra perplejidad. T ransido he estado largo tiempo con el adagio romano: «TJibtl volítum quin praecognitum» (el corazón no am a lo que el entendimiento ignora). A fa n a d o en esta norm a, ilusionábame y o en poder consagrar m i vida al pensa­ miento. Sacóme de la actitud ensim ism ada del pensar el dicho de Qracián: «¿Qué im porta que el entendimiento se adelante, si el corazón se queda?». A turdióm e aún m ás la afirm ación de Qoethe. «La acción es la verdadera fiesta del hombre». Enfrentéme con este gravísim o pro­ blema: pensamiento o acción, acción o pensamiento. El pensamiento es un acto de la mente, la acción es un acto de la voluntad. ¿A quién d a ­ ría y o la preferencia, a la mente o a la voluntad? H a llé y o estas citas de Q racián y de Qoetbe, leyendo a Azorín. (Tengo un resentimiento, cierta ojeriza, contra Azorín. H a escrito m aravillas sobre las regio­ nes de España. Su plum a apenas nom bra a E xtrem adura: ¿por qué?). Confieso— nobleza obliga — que este Azorín alvidadizo de E xtrem adu­ ra ha disipado mi perplejidad ante el pensamiento, ante la acción. Dice Azorín: «La acción, en resumen de cuentas, no vale lo que el pensa­ miento. S in el pensar, la acción no es nada. El cartujo en su celda de­ sarrolla más energía y es m ás útil a la H u m a n id a d que la más im ­ portante fá b rica de TAanchester». Bien, sin el pensar, la acción no es nada, pero si pensamos, la acción ¿qué es? ¿Qué haremos con el viejo adagio: «obras son amores y no buenas razones*?... Con la estopa de la acción, en la rueca de m is pensamientos, hilo y o amorosamente, apasionadam ente, las madejas de mis días. Estas mis pobres madejas, para fortalecerse y perdurar, necesitan una ur­


11 dimbre que transcienda, y o he buscado la transcendencia en los tela­ res de la ejecutoria extrem eña. M etido en el tejedero de su historia, he hallado la razón de m i existencia en todas sus dimensiones, he dado em­ pleo a las madejas del vivir, pero aún necesito pasar m i lanzadera en­ tre lo1! hilos del m isticismo, del más alto pensamiento que nos lleva a Dios. De esta guisa, enciendo la vida del alm a, d o y sentido a la ac­ ción del cuerpo. Recuerdo ahora que y o escribí cierta crónica sobre 'la C artuja de M irafiores. Esta crónica me ahorra el alargarm e sobre m uchas ideas que pretendía explicar. L as palabras de un cartujo dirán lo que y o nunca supiera decir medianamente.- sobre el vivir, sobre el morir, sobre el pasado, sobre el presente, sobre el fu tu ro , sobre la acción, sobre el pen­ samiento. y lo dirán con hum ildad infinita, con precisión m eridiana, con llaneza que encanta. P ongo seguida la visión de un cartujo que me enseñó tantas cosas (aún guardo las flores que corté en el ja rd ín de su celda), la visión que él tiene de nuestros días. Luego, vendrán los tra ­ suntos que he pergeñado sobre E xtrem adura. Con ello, estoy horro de más prolija confesión. Pero antes de terminar, nos va a decir algo sobre los cartujos el bue­ no de don Quijote. Ib a el señor Q uijano, con sus arreos de la andante caballería, al entierro del joven Qrisóstomo, muerto de amores p o r g a r cela, pastora zahareña, que a todos los zagales del contorno había ca u ti­ vado. Ib a n con don Quijote unos cabreros y Sancho P a n za . Joparon en el cam ino a seis pastores, a dos caballeros gentiles y a tres m ozos que les acom pañaban. Trabaron conversación. H a b la n de M arcela, la pas­ tora rigurosa, de Qrisóstomo, el am ador sin ventura. D on Q uijote se extiende en loanza de la andante caballería que profesa. Zf no de los cam inantes, que se decía V iva ld o y era algo socarrón, advierte a don Quijote: —Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profe­ sado una de las m ás estrechas profesiones que h a y en la tierra, y tengo para m í que aún la de los frailes cartujos no es tan estrecha. — T a n estrecha bien podía ser, respondió nuestro don Q uijote, pero tan necesaria en el mundo, no estoy en dos dedos de ponello en duda. P orque si va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecu­ ción lo que su capitán le m anda, que el m ism o capitán que lo ordena. Q uiero decir, que los religiosos con toda p a z y sosiego piden al cielo el bien de la tierra, pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo

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que ellos piden, defendiéndolo con el valor de nuestros b ra za s y filo s de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano y de los erizados hielos del invierno. A s í que somos m inistros de D ios en la tierra y bra­ zos por quien se ejecuta en ella su justicia, y como las cosas de la guerra y las a ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en eje* cución sino sudando, afanando y trabajando excesivamente, síguese que aquellos que la profesan, tienen sin duda m a yo r trabajo que aque' líos que en sosegada p a z y reposo están rogando a D ios fa vo rezca a los que poco pueden. lA/p quiero y o decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado re­ ligioso, sólo quiero inferir por lo que y o padezco, que sin duda es m ás trabajoso y más aporreado, y m ás hambriento y sediento, miserable> roto y piojoso, porque no h a y duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron m ucha mala ventura en el discurso de su vida. Total, que a don Q uijote le fa lta n dos dedos para poner en duda si es mejor la meditación solitaria y en sosiego del religioso o la acción asen­ dereada y trabajosa del caballero. Es lástim a que don Q uijote por dos dedos no nos saque de la duda: ¿pensamiento o acción? ¿acción o pensa­ miento? ¿Cómo allanar las m ontañas de incertidumbres sobre el pensar y el obrar? Dice el Evangelio: • por las obras íes conoceréis». Si, por la > obras conoceremos a los hombres, pero h a y obras de la razón, obras de la voluntad, obras del sentimiento, obras de pura energía física : ¿a qué obras daremos la preferencia? Dejémoslo en tablas. T anto m onta que las obras sean de la razón, de la voluntad, del sentimiento o de energía corporal, lo que m onta es que las obras sean buenas. ¿71o te parece, lector discreto, que la bondad de las obras excede en méritos a todas las filosofías? Pues si en esto vam os de acuerdo, corto y a esta digresión, con el buen consejo que don Q uijote dió a su escudero: —Sábete, Sancho amigo, que un hombre no es más que otro, si no hace m ás que otro. D ios te guarde, lector paciente, y a mi no me olvide. Escucha el parecer de un cartujo.


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U n c a r tu jo en M ira flo re s

C ausa em oción en el espíritu la proxim idad de algo que im pre­ sionó h o n d a m e n te a n uestra fantasía, en los m o m en to s de angus­ tia q ue tuv im os en la existencia. La campiña de Burgos, de tan serena y espiritual herm osura, con sus bo sq u es de c h o p o s y pinares, sim ulando lenguas de fuego q ue sub en a D io s—y en pos de sus copas agudas nuestras miradas escrutiñan las alturas—, dispone los ánimos a contem plar la razón misteriosa de nu estro vivir. Según nos aproxim am os a la C artuja de Miraflores, parece q u e el corazón sufre encogim iento y rub or. En to d o s se no ta impaciencia respetuosa, cu a n d o un herm an o, de luenga b arb a, de m irada serena y feliz, nos dice, entreab rien d o la p u erta del monasterio: — Pasen y esperen aquí den tro . El p adre q u e ha de a c o m ­ pañarles, saldrá p ro nto. A pesar de la llaneza en la invitación, ninguno cruza el um bral d e la entrada. N o s esforzam os to d o s p o r disimular nuestra c o r t e ­ da d , so p re te x to de leer los no m b res de visitantes, escritos ju n to a un letrero qu e p rohíbe escribir en las paredes: unos hacen f o t o ­ grafías; o tro s lucen sus conocim ientos históiicos o artísticos, r e ­ saltando la esbelta y elegante mole exterior de la iglesia, co ro n ad a de airosos pináculos; no falta quien parece ensimismado y pasea ab straíd o en la plazuela d o n d e se alza el m onasterio, de austera belleza, aum entada p o r el aislamiento y soledad que la circunda. Al fin, aparece un m onje con h áb ito p o b re y re m e n d ad o , san­ dalias toscas hechas con sus manos, un rictus te m b lo ro s o en sus labios y una ardiente pasión en la mirada. Se abraza al L ug arte­ niente general, m ientras n o so tro s nos apretam os en to rn o suyo. Son unos m o m en to s de angustia, q ue el m onje— más esforzado que n o s o t r o s —ro m p e con voz trémula: — C am arada M urga, ¿cóm o va la Falange? ¡Hace ta n to s años q u e no sé lo qu e pasa en el m undo! P regun tó con ta n to interé s y apasionam iento p o r la Falange,

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q u e sus palabras fueron co m o un latiguillo q u e a z o tó las fibras m ás sensibles de nuestro s corazones, elevando al máxim o la tensión em otiva de n u estro espíritu. El Lugarteniente general, violentando su em oción, pero con lágrimas en los ojos, le dice: —Gracias a Dios, el espíritu de la Falange, a unq ue lentam ente, va in fo rm and o el q ueh a cer de España. —T am b ién n o s o tro s rezam os to d a s las noches, después d e los oficios, p o r España y p o r la Falange, en c o m e n d an d o a D ios nues­ tro s Caídos. El Lugarteniente general parece adivinar nuestra extrañeza ante aquel lenguaje, y aclara: — Estos son los lugartenientes provinciales de la G u ard ia de Franco, de to d a España, q u e están celebrando un congreso nacio­ nal en Burgos. — O s p re s e n to — nos dice a n o s o t r o s —a un cam arada d e la Vie­ ja G uardia, oficial provisional d u ra n te n u estra C ru za d a, arq u ite cto fam oso, millonario... y cartujo. — ¿ Q u é es la G uardia de F ran co ?—inquiere. — Es la avanzada de la Revolución Nacional Sindicalista en ac­ titu d política y com bativa, para d o ta r del sentido p ro fu n d o y tran sc en d en te de la Falange a to d o s los h o m b re s e instituciones d e la Patria, en orden al cum plim iento de la misión histórica de España. Aspira a velar p o r la d o ctrin a falangista, proyectarla so bre el qu ehacer patrio... — ¡Qué h erm o sa es tal inquietud...! D u e ñ o ya d e sí mismo, eludiendo h ablar de su pasado, nos invita a c o n tem p lar las bellezas artísticas qu e encierra el m o n a s te ­ rio. C o n palabra fluida, amena, de perfecta dicción, que deja en­ trev e r aso m b ro sa cultura en to d a s las ramas del saber h um ano, nos sirvió de guía. A dm iram os la iglesia, de amplia nave, ilumi­ nada p o r ventanales de rica cristalería, dividida en cu a tro partes, según la c o s tu m b re cartujana: la destinada al público; el «coro de legos», cuya p rim o rosa sillería renacentista fué labrada en nogal p o r Simón de Bueras, en 1558; el «coro de monjes», de cuaren ta sillas, cobijadas p o r un dosel de filigrana, ob ra del escultor M artín Sánchez, qu e plasm ó en ellas lo más gracioso del estilo ojival flori­ do; la «capilla m ayor», en la q u e in ten taro n los artistas agotar la capacidad de admiración en quien la contem pla. En ella se en cu en­ tra la h erm o sa «silla del preste», labrada a la m anera del «coro de monjes»; el retab lo magnífico, d e Gil de Siloe y el p in to r Diego de la C ruz; el enterram iento de d o n Juan II de Castilla y su segunda m ujer d o ñ a Isabel de Portugal, p o r te n to de perfección artística, o b ra c u m b re d e Gil de Siloe, q ue tam bién hizo el m ausoleo del infante d o n Alfonso, en el m u ro del lado del Evangelio, t o d o ello en el c o rto aspacio q u e va desde 1489 a 1493. En una de las ca­ pillas, entre o tras bellezas, con tem plam o s la fam osa estatua de San


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Bruno, del portugués Manuel Pereira, cuya expresión es de tal rea­ lismo, que sólo le falta hablar; no lo hace, porque es cartujo. Creíamos terminada la visita, cuando se abre la puerta de la clausura y nos invitan a pasar. El claustro, sencillo, solitario; las paredes, encaladas, desnudas de ornamentación arquitectónica, en las que se ven cuadros que nos hablan de carne macerada, de ayunos, de cilicios, de soledad y aislamiento, pero también de dicha venturosa y de la presencia de Dios. Nuestro guía lo explica todo, con serenidad, con placidez; parecía haber perdido la sensación del tiempo y del espacio. Junto a la puerta, a la derecha, colgado en la pared, hay un complicado mecanismo de madera, lleno de letras y signos conven­ cionales, que un monje ordena atentamente, vuelto de espaldas hacia nosotros. Somos más de cuarenta; a pesar de nuestro res­ petuoso comedimiento, causamos alegre bullicio, cuyos ecos re­ suenan opacos en el claustro silencioso. El monje no levanta los ojos de su trabajo. Cuando termina, se marcha hacia su celda sin dar el menor síntoma de curiosidad. Es admirable el dominio que tienen aquellos hombres de sus pasiones y sentidos. —Este es el periódico del monasterio, nuestra «orden del día», por la cual sabemos lo que cada uno ha de hacer. De esta forma se evitan consultas, aclaraciones inútiles: ya sabéis que nuestra Regla manda guardar en lo posible absoluto silencio—nos explica nuestro guía, señalando el mecanismo de madera. Por una galería aparece el cocinero con un carrillo de mano; abre las pequeñas ventanas que comunican el claustro con cada una de las celdas; va depositando er. ellas la comida. Guarda la misma compostura recatada que el monje anterior. —¿Cómo reparten la comida tan pronto?—pregunta un camarada— . Son ahora las once de la mañana. —Es que la vida nuestra se adapta a las horas del Oficio Di­ vino, tanto en el día como en la noche. Sólo comemos una vez cada veinticuatro horas; ésta es la mejor para hacerlo. Habitual­ mente, cada cual come en su celda, excepto un día a la semana, que lo hacemos en el comedor, o cuando muere alguno. Aquí se aplica a la letra aquello de «el muerto al hoyo y al vivo el bollo». El enterrar a un monje nos causa gran júbilo, porque ganó las oposiciones para las que se estuvo preparando en esta casa; te ­ nemos la seguridad de que está en el cielo. Es fiesta para nosotros: estos días comemos dos veces y... ¡hasta nos dan chocolate! Con aguda simpatía, como si le agobiara el mostrarnos su austeridad, trata de quitar importancia a la rigurosa norma que impregna la vida en el monasterio: —N o creáis—dice—que nosotros perdemos la condición de hombres. L* Regla sólo busca el reprimir lo que hay de excesivo en los sentidos del cuerpo, en las pasiones del alma. Con-

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urrvamos lo bueno, lo noble que aprendimos en el mundo, lin la celda apartada es donde florecen los pensamientos más pu­ t o s de nuestra mente, los afectos más tiernos del corazón. Yo he venido a la Cartuja, guiado por la forma de ser falangista. Sólo .k|uí he comprendido del to d o el legado profundo, transcenden­ te, normativo, ejemplar, que nos dejaron José Antonio y núes tros Caídos. N o hay gran diferencia entre un cartujo y un falan­ gista verdadero. Esta dureza de la vida cartujana, el espíritu de t¡ei vicio y sacrificio de que nos habla José Antonio, son dos vías paralelas que nos llevan a Dios. Por ello, desde que soy cartujo, me siento más falangista que cuando luchaba a tiros con los mi­ neros asturianos o asaltaba parapetos en nuestra Cruzada. Hoy, al mirar vuestras camisas azules, siento... El llanto reprimido nubla sus ojos; la voz se ahoga en su gar­ ganta; con gesto suplicante, intenta explicar su emoción..., sin dar­ se cuenta de que la tensión de nuestro espíritu nos impide dialo­ gar. ¡Qué espectáculo, Dios santo! Aquellos camaradas, avezados a la lucha callejera antes del Movimiento, guerreros de impasible ademán al ofrecer su vida en tres años de Cruzada, hombres cur­ tidos en el duro trabajo del laborar diario por la grandeza de Es­ paña, con nervios tensos, recia voluntad, corazón de acero, no sienten vergüenza de que Ies vean llorar. El silencio es absoluto; se palpa la emoción. El Lugarteniente general limpia sus ojos de lágrimas; en esfuerzo heroico, intenta dominar la situación. Extiende el brazo hacia una imagen de la Virgen del Pilar, puesta en una capilla del claustro; trata de explicarnos... Pero, de nuevo, el llanto ahoga su voz; con el dedo señala una medalla de la Vieja Guardia, colocada a los pies de la imagen. —Esa medalla—dice el padre Gabriel, que así es su nombre de religión—la traje al convento, como símbolo de mi mayor ilusión en la vida del mundo. La coloqué ahí con permiso del prior. ¿Dónde mejor pudiera estar? Dominada su emoción, nos lleva hacia el refectorio. (Mientras lo? camaradas siguen en pos de él, una mano atrevida tom ó la medalla; leyó erv el dorso: José Agustín Muniti Aguirre). Es el refectorio una gran sala rectángular. Una mesa de madera a lo largo de la pared y asientos de piedra, son el tosco mobiliario. —Ningún potentado del m u n d o —comenta jocoso—tiene tanta opulencia y refinamiento como los cartujos. ¿Quién se puede per­ mitir el lujo de tener una estancia tan inmensa, para sólo utilizarla unos minutos a la semana? Com o detalle curioso os advierto que nuestra Regla nos recomienda que, durante la comida, tengamos baja la mirada, nos mostremos indiferentes a lo que hace el veci­ no, para no reprimir sus movimientos al comer. Es que por falta de costumbre se nos va olvidando hasta coger el tenedor. Vamos al patio central del monasterio. Antes, era un ameno


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vergel, cuidado amorosamente por los religiosos. Hoy, se cultiva con hortalizas, con árboles frutales. Después de nuestra Cruzada, ha aumentado el número de vocaciones; es necesario buscar ali­ mento. Una parte está llena de rosales sin flores. —N o tienen rosas, porque guardaron sus pétalos para hacer rosarios, que conservan siempre un delicioso aroma. Solíamos re­ galarlos, pero la necesidad nos obligó a venderlos. Valen veinte duros. Ignoro si son caros o baratos, porque desconozco el valor que tiene ahora la peseta—dice el padre Gabriel. En un rincón del patio hay cruces: es el cementerio. Ninguna lleva inscripción. Son toscas, simétricas. El padre Gabriel c o ­ menta: —Al nacer y al morir, todos nos igualamos. ¿Qué importa lo que fuimos en vida, si al final ganamos el cielo? Igual es la cruz que señala la tum ba del prior o la del último religioso: ninguna lleva su nombre. Nuestra sensibilidad parece agotada. Poco antes, nos conmovió la sublime lección falangista dada p or un cartujo; ahora, nos ofrece puntos de meditación sobre la vanidad del mundo ¡Qué fácilmen­ te se comprende to d o a la luz de estos principios! Una puerta de pequeñas dimensiones conduce a una estancia amplia, fría. Sus lisas paredes carecen de ornato. Sólo hay en el centro un reclinatorio. El monje abre un torno pequeño; nos muestra la comida: un plato de puré, tres huevos cocidos, pan, fruta. Es el alimento para veinticuatro horas. T o d o s los viernes ayuna el padre Gabriel: sólo tom a ese día la ración de pan y un poco de agua. Esta habitación se comunica con una galería de cristales. Es el taller: un torno, martillos, sierras, cepillos..., el instrumental com ­ pleto de un carpintero. Delante de esta galería está un pequeño jardín cuidado con gusto y primor. Profusión de macetas adornan las paredes. Allí emplea sus ratos de ocio el padre Gabriel. Estrecha escalera conduce a la segunda planta. Tiene cuatro habitaciones: una sala con dos alcobas y un oratorio. En una alco­ ba está la cama: varias tablas, algunas mantas. N o usa colchón; lo guarda arrinconado en la otra alcoba. En la sala, que es la más amplia, vemos su mesa de trabajo, algunos libros de Teología y Filosofía. Trabaja en unos planos: es el proyecto de una Cartuja, que piensan fundar en América. Así se fragua el imperio espiritual de España. En la esquina de la mesa hay una plancha, un pequeño mástil sin banderas: —Este mástil le estoy construyendo, para colocar en él la ban­ dera de España y la de Falange. En la Ropería me han dado tela para hacerlas; como está muy arrugada la tengo que plan­ char. Estas cosas me hacen gran ilusión. Además, soy constructor

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n.iviero: como Franco dijo en Barcelona que España necesitaba li.ircos para su grandeza, yo contribuyo a ello como puedo. A pesar de sus palabras sencillas, nos va emocionando nueva­ mente, por la gran pasión falangista y el profundo sentido que encierran. Mientras habla, nos muestra un barco de guerra hecho ron sus manos: —Es el primero de la serie; con el tiempo, llegaré a tener una gran flota de guerra, una poderosa marina mercante. Así c umplo con la Regla de nuestra Orden, que nos recomienda hacer trabajos manuales; sueño con la grandeza de la Patria... Pasamos al oratorio, pobre, austero, como las otras habi­ taciones. Frente al reclinatorio hay cinco banderas: —Esas banderas—nos dice—simbolizan las cinco rosas de la Falange. Yo quise pintar las rosas; como no tenía medios para hacerlo, me he tenido que conformar con las banderas. Y ahora, mirad: os enseñaré mi mejor tesoro. T om ó del reclinatorio un libro encuadernado en piel. Estaba manuscrito: —Este es mi devocionario. Le voy escribiendo poco a poco. La primera parte son mis oraciones para hablar con Dios. D es­ pués, viene algo que todos conocéis. Mirad: la «Oración de los Caídos», de Sánchez Mazas; el ‘Cara el sol»..., y otros himnos que con tan ilusionada fe cantábamos. ¿Conocéis a estos buenos ca­ maradas? Y nos mostraba las fotografías de José Antonio, de Onésimo Redondo, de Ramiro, etc. T om ó otra fotografía; la mostró en alto: —Este era mi hermano. U n buen camarada caído por... N o terminó la frase. Tenía el rostro cubierto de abundantes lágrimas. —Yo creo firmemente—continuó, sin tratar de reprimir el llanto—que estos mártires gozan de dicha eterna en la presencia del Altísimo. ¡Qué ejemplo de meditación, de santa envida, es para un cartujo la vida de estos camaradas, que murieron por la gloria de Dios y la grandeza de España! ¡Qué pobre, egoísta, me parece nuestra vida, comparada con su inmenso y sublime sacrificio! ¡Qué bien se compagina el espíritu de la O rden cartujana con la forma de ser falangista! ¡Qué profunda es la norma que nos dió José Antonio: mitad monje, mitad soldado! ¡Qué bien se camina al cielo, con firme voluntad de imperio espiritual sobre el mundo, laborando por el destino transcendente de la Patria! iQ ué gran­ de es la inquietud que anima vuestros corazones! ¡Qué hermoso...! N o sé si el enardecimiento truncó sus palabras o la emoción nubló nuestros sentidos y nos impidió seguir escuchándolas. ¡Cuánta unción divina, cuánta ilusión humana había en aquel lenguaje! ¡Qué lección recibimos todos en aquella celda cartujana...! 2


Al salir del monasterio, quisimos despedir con un fuerte abra­ zo al ejemplar cartujo, al excelente camarada. Había desaparecido. —Yo lo hice en nombre de to d o s —responde M urga—. Hubie­ ra sido superior a sus fuerzas esa despedida. Estaba emocionado, lloraba, lloraba...

Epílogo: Si nosotros defraudamos la ilusión y la esperanza que este cartujo tiene puesta en la Falange, bien merecemos que nos cuelguen de un árbol y nos tiren de los pies, para ludibrio y es­ carnio de nuestra iniquidad.

"EL BRUJO Y E R B A T E R O "

(Publicado en «Extremadura», de Cáceres, septiem bre-octubre de 1954).

(Crónica del homenaje a José A ntonio Pavón y Jiménez, celebrado en Casatejada el día 28 de O ctu b re de 1954, con m otivo del bicentenario de su nacim iento)

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CHOMPAS D E ESPERA ( 1 )

C asatejada, 2 8 de o c tu b re de 1954. El día aparece gris. La b r u ­ m a, vaporosa, h úm ed a, ten ue, im pide gozar la perspectiva insinua­ d a en lontananza. El cielo, a veces plom izo, a veces d e suave lumi­ nosidad, a veces con un sol hiriente q ue asoma p o r retazos de añil purísim o entre inquietas nubecillas y pesados nubarron es. T o d o (1) Este hom enaje fué organizado por la Real Academia de Farmacia en colaboración con el Colegio Oficial de Farm acéuticos de Cáceres, la Excma. Diputación Provincial y el pueblo de Casatejada. En la memoria del Colegio Oficial do Farm acéuticos de Cáceres, correspondiente al año 1954, se hace la reseña de este homenaje. Dice así: «El Colegio ha tomado parte activa directamente en la organización del homenaje que la Real Academia de Farmacia ha celebrado en el II Centenario del nacim iento de don José Antonio Pavón, natural de Casatejada, homenaje al que honraron las Exornas. Autoridades provinciales y locales con su presencia y aporta­ ciones, incluso personales, habiendo contribuido con una lápida que da el nom bre de .José Pavón al antiguo paseo de la Estación, y de cuyo esplendor todos tenéis conocim iento, tanto por la prensa local como profesional. Aprovechamos esta ocasión para testim oniar nuestro agradecim iento al Excmo. Ayuntamiento de dicha localidad, al compañero y al pueblo en general, por las m últiples atenciones que tuvieron para todos los farm acéu­ ticos y asistencia, que acudieron a los diversos actos con distintas repre­ sentaciones. Agradecemos públicam ente a la Excma. Diputación Provincial por haber aprobado figure el nombre de don José Pavón en la placa de hombres ilustres de la Provincia». Quede así constancia de la aportación, del fervor con que honró la Alta Extremadura al brujo yerbatero, su hijo ilustre. Nuestra crónica se refiere tan sólo a los actos celebrados en Casatejada, lugar de nacim iento de José Antonio Pavón, en la Alta Extrem a­ dura. Mejor, más am plio, más científico, era el propósito de la Real Acade­ m ia de Farmacia. Pero, hé aquí lo que el doctor Zúñiga, secretario de la Real Academia de Farmacia, m e decía en carta de 29 de enero de 1955: «Lamento tener que com unicarle que, por carecer de m edios económ icos, la Comisión organizadora no ha podido poner en práctica su idea de editar un resumen que recoja todos los actos celebrados, tanto en España com o en el extranjero, referentes a estas honras tributadas a Ruiz y Pavón». Lamentable, m uy lam entable esta falta de m edios que esteriliza laudables propósitos. Confórmate, pues, lector, con esta crónica desmedrada, que se publica a costa de los Organismos y Autoridades de la Alta Extremadura, en la «Biblioteca Extremara» que edita la Jefatura Provincial del Movi­ miento. A falta de pan, buenas son tortas.


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ello es b o s te z o matinal de las sierras, ásperas, fecundas, im presio­ nantes, que se ven al septentrión de Casatejada: las sierras de la Vera y Valle. Las au to ridades lugareñas— el alcalde, el secretario, el cura, el m édico, el m aestro, el boticario de Casatejada; los alcaldes, los se­ cretarios, los curas, los médicos, los m aestros, los boticarios de la com arca, de! antiguo C am p o Arañuelo, del sexm o de Plasenci?; qu e to d o s acudieron m uy de m añ an a—tem en q ue esta b ru m a , e s ­ tas nubes, desluzcan la fiesta. P orq ue en C asatejada hay fiesta: fiesta de honra, d e ejemplaridad, d e pro v e ch o para E x tre m a d u ra , para España, para el m undo. P ro n to las autoridad es lugareñas rectifican su b u e n deseo de esplendor para la fiesta. C u a n d o el ajetreo de los vecinos, c u rio ­ sos, expectantes, llenan de polvo las callejuelas, las au to rid a d es se acuerdan de la sequía: no, no quieren b uen tiem po; prefieren m o ­ jarse; tam bién n o so tro s preferim os m ojarnos; pero... Rondan ya las once de la m añana. El cielo se va despejando* La vista goza los encantos del paisaje: los encinares de la llanura; las sierras de q u e b r a d o perfil; las tierras de pan llevar; los recios castillos de Belvís, de... Pero dejem os la historia. O lvid em o s n u e s ­ tro s gustos, nuestras aficiones; el g ozo de co n tar, d e cantar las glo­ rias de E x trem ad ura. C asatejada vibra h o y ante la ejem plaridad de una biografía; a n ­ te la pasm osa ejecutoria del hijo de un boticario; de un boticario m o d e s to , h o n ra d o , discreto, q u e desgranó los días d e su vida en Casatejada, haciendo el bien con el arte de H ipó crates. Este b o t i ­ cario tu v o un hijo: José A n to nio Pavón y Jiménez. Este hijo del bo ticario hizo grandes cosas. Para recordarlas, para ensalzarlas, Casatejada está h o y en fiesta. D e sde lejos se percibe esta fiesta: lo anuncian el humillo, el e s tru e n d o de los cohetes, de los «fuegos voladores», co m o los llamaban en el siglo XVIII, cu a n d o vivía en Casatejada un rapazuelo, hijo del boticario, aficionado a h u sm ear p o r el cam po las hierbecillas de los p rados, de los barb ech o s, de los regatos, de los sem brado s. Estos «fuegos voladores» celebran h o y el fru to de aquellas aficiones, de aquel ir y venir, cariñosam en­ te, am orosam ente, en tre las flores de Dios, co m o o tro San F ran­ cisco. P or la carretera d e Saucedilla se acercan los coches: unos, ofi­ ciales; otro s, de alquiler; unos, grandes; otros, pequeños; unos, lu­ josos; otros, m o destos. ¡C óm o despierta la curiosidad, la ad m ira­ ción, el entusiasm o de los vecinos— de los m ayores, d e los p e q u e ­ ños, y tam bién la nuestra —ese gran a u to b ú s con cubierta de plástico q u e llegó d e Madrid! En o tro s coches van llegando a u t o ­ ridades, jerarquías, h o m b res de ciencia. Vienen de Cáceres, de Se­ villa, de Burgos, de M adrid, del Perú, de Chile, de C o lom b ia...

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Vienen dam as gentiles q u e m atizan de finura y delicadeza la cara­ vana de los visitantes. En las afueras, en una plazuela, las autoridad es, el p u eblo de Casatejada, esperan a estos visitantes. Tiene la plazuela form a irre­ gular. C ausa, em pero, sensación de armonía, de placidez. En ella descansan las pupilas, se aquieta el mirar. En la plazuela hay tina­ dos con grandes portalones, con p roteg ido s dinteles; hay antiguas casas de vecindad, con tan añosa y baja tech u m b re, q u e los b u e ­ nos m ozos la to pan con sus manos; hay o tras casas con m ay or d e ­ cencia, p o rq u e sus d ueñ o s gozan de un b u e n pasar; hay edificios nuevos, vistosos, de n u estro s días, q ue testifican el progreso, el crecimiento, la pujanza de C asatejada. En esta plazuela esperan los ho m b res, los niños. Por las ventanas, p o r las puertas, p o r los balcones, se asoman las m ocitas del lugar, con caras alegres, con ojos parladores. ¡Q u é su erte han tenido las amigas de las que m o ­ ran en la plazuela! Los coches van llegando: saludos, palm aditas en la espalda, p re ­ sentaciones, sonrisas, abrazos, nerviosismo, curiosidad. A um enta, se aprieta el gentío. Las mocitas, en las puertas, en los balcones, en las ventanas, se im pacientan; no osan lanzarse entre el b u ­ llicio. Algunas, más atrevidas, salen a la plazuela, se acercan a los coches, miran con disimulo a los forasteros, ríen sin m otivo, con risas agudas, cantarínas, bulliciosas, co m o p re te x to y justificación de que la cosa tiene m ucha gracia. Pero, en verdad, yo pienso que las autoridades, las jerarquías, los ho m b res de ciencia, no vienen a C asatejada para hacer gracias; no es cosa de risa a lo qu e vienen. Pero, en verdad, yo pienso tam bién, sin esta alegría de la ju v e n ­ tu d , ¿no perdería la fiesta su en canto y hasta algo d e su propia sustancia? A estas m ocitas siguen otras y o tras y otras... P ron to , el mujerío inunda, domina, alegra, matiza, alborota, enardece a la concurrencia. Ahora c o m p re n d em o s que sin las risas agudas, cris­ talinas, bulliciosas, la fiesta perdería to d a su gracia; esta gracia f e ­ menina q u e tam bién alegró, en sus años m ozo s, a José A n tonio Pavón y Jiménez, el hijo del boticario, el amigo de las florecillas, el buen c a ta d o r de to d a herm osura. Ya son las once y media. Aparece el coche del g o b e rn a d o r ci­ vil: murmullos, azoram iento, indecisión en las auto ridades, en el pueblo, en los forastero s q u e ya han llegado. Para el coch e del g o ­ bernador. El guardia de escolta, uniform ado, c o rp u le n to , abre la portezuela. Un labriego, con so m b rero descolorido, grasiento, re­ co stad o en la jam b a de un portalón, la colilla del cigarro p end ien ­ te del labio inferior— otra lleva en la o re ja —grita con voz de t r u e ­ no: ¡Viva el gobernad or! Así em pezaron los actos oficiales qu e se organizaron en C asatejada, para hom enaje y gloria d e su hijo ilustre José A ntonio Pa­ vón y Jiménez.


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ir g e n d e l a

S oledad

C om ienzan los actos oficiales. En la plazuela se han reunido las autoridades, las jerarquías, los h o m b res de ciencia, q ue vienen a exaltar la m em oria de José A ntonio Pavón y Jiménez. Los q u e llegaron de fuera, exceden con m u cho al centenar. Les rodean, a pretujado s, tenaces en su afán de o cu p a r to d o s la prim era fila, los h o m b res, las mujeres, los niños de C asatejada. Estos ho m b res, estas mujeres, estos niños, tienen en su ro s tro una expresión p e ­ culiar: m uestran, sí, avidez por curiosearlo to d o , guiados p o r ese regod eo en las n o ved ades p ro p io de to d a m ultitud; m uestran tam bién un m atiz m uy expresivo de satisfacción, de orgullo, de sentirse— ellos, su p ueblo, sus antepasad os— protagonistas de algo im po rtan te, transcend ente, de universal proyección. N o es usual q u e en un p u eblo de España, de E x tre m a d u ra —la vieja, la hazañosa, la de h o m b res culm inantes, la de ejecutoria sin par— ; no es usual que se reúnan tantas autoridad es, tantas je ra r­ quías, ta n to s h o m b res de ciencia. P or eso hoy C asatejada se re­ m oza, se engalana, siente orgullo, m uestra satisfacción; p o r eso hoy to can a gloria, a triunfo, con sones vibrantes de gozo y alegría, las cam panas de su iglesia, de su ermita. Se organiza la «comitiva». El g o b ern ad o r, el cura, el alcalde del lugar, algunos h o m b re s de ciencia, graves, con p o rte de señorío, la encabezan. Los niños de las escuelas— el más ap uesto y arrogante lleva con afectada parsimonia la b an dera nacional—, vestidos con sus trajes dom ingueros, levantando nub es de polvo con sus zapatillos nuevos, siguen, acosan, em pujan a las auto rid ades, a los h o m ­ bre s de ciencia. Luego... va el q u e puede. Los mozos, las m ozas — estas m ocitas que, en la mañana, parecían tan co me di da s — ; los h o m b re s, las mujeres, hablan, cantan, gritan, ríen, lanzan vítores al aire—vítores a José A ntonio Pavón, a C asatejada, a España, a Chile, al Perú, a las auto ridades, a las jerarquías, a los h o m b res de ciencia—y so b re to d o , em pujan, luchan a co da zo s p o r ir to d o s los prim eros. Los q u e no se abren paso, atajan p o r las callejuelas. Así avanza el gentío, en to d a s direcciones, hacia la ermita de la S o ­ ledad. C u a n d o la holgura nos da lugar, reparam os en las callejuelas, con sus pu erta s, ventanas y balcones engalanados. Tienen m ucha vistosidad las colgaduras; destaca el colorido de las colchas b o r ­ dadas en des-hilados con trabajosos encajes, de las mantas tejidas p o r las m ujeres del p ueblo, de las ropas q u e sacaron los vecinos

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de cofres y arcones, para ad o rn o y fantasía de las plazas, de las calles, de las m oradas. Extrañan las to rce d u ras, los recovecos, los arabescos de las calles, de las plazuelas. C asatejada se levanta en una llanura. La azotan t o d o s los vientos. Es fácil el tra z a d o simétrico; pero esta simetría facilita las corrientes violentas del aire q u e sopla del n o r ­ te, que viene de la sierra. Razón tuvieron los antiguos po b lad o re s de C asatejada para trazar sus calles con to rceduras, con tranquilas rinconadas. Estas torce d u ras, estas rinconadas, son b u e n tafarro, sirven de abrigo cu a n d o el céfiro azota con m ay o r dureza. Sirven tam bién los bellos rincones para el descanso y sosiego en el rigu­ roso estío; son «lugar codiciadero para h o m b re cansado», q ue d i ­ jo el poeta. C am inam os, co ntem p lan d o estas cosas, a la erm ita d e la S ole­ dad. Es b uen a la traza de esta ermita; sus hastiales son de b e r r o ­ queña m anipostería; en sus ángulos y c o n tra fu erte s lucen piedras graníticas bien trabajadas; su ex terior ofrece co n to rn o s y perfiles de buen gusto. C o n tra s ta la fábrica de esta ermita, fuerte, p o d e ­ rosa, arrogante, hecha en un t o d o de cantería, con las otras c o n s ­ trucciones de C asatejada, de adobes, de ladrillos, de tapias (no hay piedra en la com arca). N o s viene a la m ente el re cu erd o de Ped ro G onzález, de Francisco González, su hijo, m aestros c a n te ­ ros, m o rad o res de Plasencia, q u e tantas obras de lucimiento hicie­ ron en el o b ispad o, en los siglos XV y XVI (el p uen te del C ardenal so b re el T ajo, el del A lm onte próxim o a Jaraicejo, la nave m ay o r de la nueva catedral placentina, iglesias, conventos, ermitas). Igno­ ram os quién levantó esta erm ita de la Soledad; pero el aire, la pin­ ta, el estilo, nos recuerdan a Pedro, a Francisco G onzález, m aes­ tro s canteros, m o rado res de Plasencia. (En la p u erta de la sacristía, so b re el dintel, hay un escudo de obispo. El gentío nos impidió contem plarle a n uestro sabor. D esde lejos, nos pareció, a veces, de don G u tierre de Carvajal; a veces, de don P edro Ponce de León). N o era fácil e nt ra r en la erm ita de la Soledad. Es espaciosa; mas su holgura no es b a sta n te a cobijar a to d o el vecindario. T ra b ajo sam en te, con fatiga y apreturas, en tra m o s al recinto sa­ grado. En el coro, entonan la Salve pop u lar a N u e stra Señora. C an tan a dos voces las mocitas del lugar. El arm onio llena de acordes suaves, discretos, el ám b ito del tem plo. El prim er acto de hom enaje a José Ant oni o Pavón es breve: una Salve a Santa María de la Soledad. Apenas tuvim os ocasión de ad m ira r—con admiración devota, con em beleso artístico —esta imagen de la Señora: su faz divina, su expresión de amargura, de resignado sufrim iento, de in c o n s o ­ lable dolor. ¡Cuánta fe tenía el imaginero q ue la esculpió con sus manos! ¡C uánta destreza en su oficio! S upo expresar dulcem ente,


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bellamente, genialmente, la h o n d u ra de la pena q ue tenia la S eñora en el trance que la hizo exclamar: «¡Ah, to d o s los que váis de camino, a ten d e d y mirad si hay d o lo r c o m o mi dolor!» Esta Salve cantada a N u e stra Señora co m o acto prim ero del hom enaje a José A ntonio Pavón, sím bolo de la fe de España, de E xtrem adu ra, de Casatejada, h ab rá p u esto en el corazón de Santa María consuelo y ternu ra en la pena, alivio y descanso en la soledad. Mientras sale el gentío, una v o z suave, de tim bres dulces, bien concertada, en to n a a la Señora una plegaria. Pero el m urm ullo la ahoga, no luce; se pierde a lo lejos...

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medicina n eu ro psiq uiatra en Sevilla, nacido en Casatejada, el en­ cargado de disertar, en este hom enaje solemne, so bre José A n to ­ nio Pavón, so b re E x trem ad ura. El alcalde no en cu entra palabras — dice— para expresar la g ra titu d que él, su pueblo, E x trem a d u ra, sienten hacia los que tan b uena m em oria hacen de un hijo de C a ­ satejada. Su lengua no tiene palabras; pero su lengua tiene energía, em oción, para dar ro tu n d o s vivas a Chile, al Perú, a C olom bia, a España, a E x trem a d u ra, a José A ntonio Pavón. Se contestan a es­ tos vivas con enardecim iento. El pueblo aplaude a su alcalde con frenesí.

P S a l u t a c ió n

r o e m io d e l d o c t o r

F

ons

del alcalde

Los actos de m ayor lustre y prestancia, en hom enaje a José A ntonio Pavón, se celebran en el local del cinema. N o es cosa de poca m onta ac o m o d a r a un pueblo en una sala cuya normal cabida no alcanza ni a la m itad de este pueblo. ¡Válgame Dios, qué apreturas! El edificio del cinema se levanta al m ediodía, en las afueras de Casatejada; es nuevo, sencillo, m o d esto , espacioso, ven­ tilado. (V em os m uchos edificios nuevos, de n uestros días, en Casatejada; en parte, d e b id o a su crecim iento; en parte, a una fe­ c und a política de realizaciones). Se llenan las butacas, ios pasillos del cinema; rebosa el «gallinero»: ¡y aún falta medio p u eb lo p o r entrar! O cu p an el estrado presidencial el g o b ern ad o r, el alcalde de C a ­ satejada, representantes de las universidadesespañolas, deC hile, del Perú, de Colombia... Poco a poco, el m urm ullo del gentío va am ai­ nando. Se aprovechan to d o s los rincones, para dar algún desahogo a los que están de pie. D e cu a n d o en cu a n d o , se oyen vítores a España, a los representantes americanos; co n testa a estos vítores el pueblo entero, con ím petu, con rudeza, con fervor. P or fin, se llega a! silencio. Se levanta el alcalde de Casatejada. «Excelentísimo señor...»— dice el alcalde. (Ha c o m p ro b a d o que el m icrófono no funciona; no hay flúido eléctrico a causa de la sequía). El alcaide se aparta del m icrófono; lee unas cuartillas, breves, discretas, con sentido de la medida. H abla el alcalde del oigullo que siente Casatejada; de la ho nra q ue la hacen los prestigiosos visitantes; de la feliz coincidencia—¿no será providencia? pensa­ mos n o s o t r o s —de que sea e¡ d o c to r Guija Morales, catedrático de

Se levanta el d o c to r Fons, catedrático de la universidad de M a­ drid. El d o c t o r Fons es joven, m en u d o , elegante; tras sus lentes ofrece unos ojos inquietos, inquisidores; su faz brinda de o rd in a ­ rio un rictus de simpatía. «Excelentísimo señor...» —dice el d o c to r Fons — . (Al m icrófo ­ no le sigue faltando flúido). El o ra d o r guarda la m ano diestra en el bolsillo; con la o tra t o ­ ma el m icrófono; se le acerca y habla pausadam ente, con vo z su a­ ve, clara, insinuante. El silencio es absoluto. El d o c t o r Fons habla de la infancia, en Casatejada, de José A ntonio Pavón, el hijo del boticario; de sus andanzas en tre labradores del terruño; de su c r e ­ cer en el am biente extrem eño. D os cualidades, entre otras, a trib u ­ ye el d o c to r Fons a E xtrem adura: la h om b ría de bien; el espíritu idealista. C o n esta h om b ría de bien, con este espíritu idealista... (Un niño, en b razos de su m adre, empieza a llorar con to d a la fuerza de sus pulm ones. N o d eb e distraerle m u ch o esto de la h o m ­ bría de bien, del espíritu idealista. C o m o siempre, en parecidos trances, el siseo de los asistentes para que el niño se calle, p r o d u ­ ce más ruido, más alb oro to , qu e el llanto del pequeñuelo. C u a n d o este pequeñuelo alcance el uso de la razón, sus d e u d o s le hablarán de su lloro en este homenaje; servirá de anécd ota, de re cordato rio ). C o n esta h om bría de bien, con este espíritu idealista— co n ti­ núa el o r a d o r — José A ntonio Pavón fué a M adrid, a la universidad, a ver m u n d o , a form a r su espíritu, a o rd e n ar las ideas de su m en­ te, a ejercitar las cualidades de su buen entendim iento. T ra s los afanes universitarios, a los 23 años, sentó plaza de boticario en un pueblecito cercano a M adrid, en San Ildefonso de la Granja. A este p u e b le c tto , a oídos de! joven boticario, llegó la noticia ru m o ­


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rosa, incitante, de que se organizaba una expedición a Chile, al Perú, en las Indias, para estud iar m inuciosam ente, exh a u stiv a m e n ­ te, científicamente, la flora de aquellas tierras, lejanas, e n s o ñ a d o ­ ras, te a tr o de viejas hazañas, susten to de fantasías y leyendas. José A n tonio Pavón deja el sosiego; m archa en la expedición. Al frente de la expedición va un burgalés, Hipólito Ruiz. C o rre el año 1777... O n c e años estu vo la expedición en tierras americanas, re c o n o ­ ciendo, e stu d ian d o sistem áticam ente, la flora de las llanuras, de las m ontañas, de los otero s, de las vaguadas. Iban los expedicionarios en muías, en borriquillos, q u e o tra cosa no permitía la aspereza de su caminar. A nuestro José A ntonio Pavón le llamaban los nativos «el b ru jo yerbatero ». Los expedicionarios sufren accidentes en sus andanzas p o r vericuetos y espesuras; padecen enferm edades en su estancia p o r insalubres parajes; Ies despojan los ladrones p o r los caminos solitarios; les acom eten los indios. Estas co ntraried ades no em pecen la tarea de la expedición; más bien sirven para enca­ labrinar los ánimos de H ipólito Ruiz, de José A ntonio Pavón; Ies hace más constantes, más tenaces en su labor. ( D o c to r Fons: ¿no le parece qu e a la h o m b ría de bien, al espí­ ritu idealista, sería b u e n o añadir el afán teso nero, la entrega viril, la im pavidez ante la dificultad, para m ejor definir el carácter e x ­ tremeño?). El o ra d o r sigue perfilando la o b ra de José A ntonio Pavón. Insi­ núa la tarea realizada: naufragios, incendios, revoluciones, d e s t r u ­ yen el trabajo. T o rn a n , im pávidos, con igualdad de ánimo, a c o ­ m enzar de nuevo. El d o c t o r Fons sabe m uchas cosas del «brujo y e r b a te ro » , nacido en Extrem adura. Ya nos hablará de ellas el d o c t o r Guija Morales. El d o c to r Fons sólo quiere unir su voz, cá­ lida, admirativa, em ocionada, a este hom enaje. A esta voz del d o c ­ t o r Fons une el pueb lo de Casatejada, los forasteros, las a u to ri­ dades, las jerarquías, los h o m b res de ciencia, clam orosos aplausos.

El d o c to r Rivas G o d a y siente una hon d a, una em ocionada sa­ tisfacción, al participar en este homenaje; al pisar la tierra de Ex­ trem adu ra. Sus años m ozos transcurrieron en Serradilla, la del Cristo fam o so, la d e bellos paisajes; d o n d e crece el lentisco, la jara, el ojaranzo; d o n d e millones de abejas sacan el néc ta r d e infi­ nitas flores, q u e dan b u ena fama a su miel oscura; d o n d e apren dió a m atizar la H aspirada con aire extrem eño, a decir «jacha, jigo, jiguera». Estas cosas q u e se le vienen a la m en te al d o c to r Rivas G o d a y , le p ro d u c e n h o n d a, em ocionada satisfacción. T am bién siente orgullo: hace 200 años nació en E x trem a d u ra un «brujo y eib a te ro » , q u e p ro y e c tó su personalidad, su tem ple extrem eño, p o r el ám bito del m u n d o ; que legó ejem plaridad en su vida; que ganó fama, crédito, en su obra. U n a p arte de esta o b ra se deb e exclusivam ente a la plum a, al ingenio, al trabajo de J o s é A ntonio Pavón; o tra parte la hizo en colaboración con H ipólito Ruiz. Las o bra s propias del « bru jo y e rb atero » se publicaron d u ­ rante su vida; las otras, las q ue hizo en colaboración con H ipólito Ruiz, q u e d a ro n a m edio imprimir. La comisión d e h om enaje, los ho m b res de ciencia, los cen tros de alta cultura, han p ensad o qu e el mejor trib u to a la m em oria de estos b u en o s trabajadores, era la impresión de sus obras. A este pensam iento siguió la acción: el d o c to r Rivas G o d a y ofrece a E xtrem adu ra, p o r gala, p o r cortesía, las primicias de esta impresión. Q uiere hacerlo, para m ayor ho nra, en la persona del g o b e rn a d o r civil. Esta finura, esta atención, es prem iada con aplausos, con vítores, m ientras el d o c t o r Rivas G o ­ day pone en m anos de do n A ntonio Rueda y Sánchez-M alo, g o ­ b e rn a d o r civil, el fascículo I del to m o IV de la obra «Florae p e r u vianae et chilensis Prod rom us» .

G

O

fr en d a d e

R iv a s G

oday

T o m a ahora la palabra el d o c to r Rivas G o d a y , catedrático de la universidad d e M adrid. Es h o m b re de gran prestancia este d o c ­ tor; m uestra donaire, soltura, dom inio de sí, en los gestos, en los ademanes. «Excelentísimo s e ñ o r...» - empieza tam bién el d o c to r Rivas G o ­ day. Pero advierte q u e él no viene a pronun ciar un discurso; quie­ re sólo m o s tra r su satisfacción, su orgullo; viene para hacer un simbólico ofrecimiento.

r a t it u d d e l d o c t o r

C

a s t il l o

Habla después el d o c t o r Castillo Delgado, que ostenta la re ­ presentación del Perú. Es m e m b ru d o , alto, co rp ulen to , aunqu e m ozo en años, este d o cto r. Se encuentra en España, en ampliación de estudios, g o zando u n a b eca del ministerio español de A suntos Exteriores. D e ello se jacta, se enorgullece el d o c t o r Castillo D el­ gado. M u estra su em oción, su b u en a fortu n a , p o r hallarse en este homenaje a un ex trem eño de universal renom bre; p o r ten er o ca­ sión de ofrecer, en n o m b re de su Patria, un reconocim iento cálido, fervoroso, adm irativo, a José A ntonio Pavón; a este hijo de C asatejada, q ue fué exam inando con ojos de sabio, con tesonería de


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extremeño, con afecto de hom bre bueno, las plantas innúmeras que puso Dios en las quebraduras de las sierras, en las cimas de los montes, a la vera de los ríos, gargantas y arroyuelos, entre la frialdad de las nevadas cumbres, en las costas bravias, en las plá­ cidas llanuras de Chile, del Perú... Este homenaje que viene a rendir personalmente el doctor Castillo Delgado, refleja los actos que, por estos días, se celebran en la ciudad de Lima, para recuerdo imperecedero de José Antonio Pavón, de Hipólito Ruiz, dando su nombre a cátedras de la Uni­ versidad peruana, lapidando en su honor altos centros de cultura. Mucho merecen estos botánicos por su labor científica; más, mucho más, por haber llevado a las Indias la fe del Dios verdade­ ro, la lengua de Castilla, la cultura de Occidente. T o d o esto me­ rece gratitud sin límites. T am poco tiene límites el enardecimiento que pone el doctor Castillo Delgado en los vítores con que termi­ na su salutación, su ofrenda, su homenaje.

I M P R O V IS A C IO N DEL PADRE U

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r IBES

Por último, en este certamen de salutaciones que sirven de preludio a la conferencia del d octor Guija Morales, se levanta el padre Uribes, delegado de Colombia. N o traía el padre Uribes propósito de hablar en este homenaje. Mas el padre Uribes está emocionado, le sale al rostro esta emoción de su alma. Su lengua se torna parladora, guiada por los sentires que guarda en su noble corazón. Ha pisado tierra extremeña y todo él se ha conmovido, al venírsele a la mente la grandeza de la obra que realizaron, allá en Indias, los extremeños: José Antonio Pavón, los conquistadores, los altísimos poetas, los ignorados misioneros, los discretos gobernantes... La obra de los extremeños con universales dimensiones, la sin­ tetiza el padre Uribes en tres hitos culminadores: la fe, la lengua, la cultura. N o puede menos el padre Uribes de mostrar aquí, en Casatejada, en el homenaje a un «brujo yerbatero», la gratitud de América por la obra gigante de los extremeños. Es difícil explicar lo asombroso de la obra, la sinceridad en el agradecimiento que tienen los buenos americanos: no es bien nacido quien no es agra­ decido. El padre Uribes es bien nacido, entiende de agradecimien­ tos. Bien se notó en los rotundos vivas con que puso fin a su len­ guaje de emoción. El ambiente se ha caldeado. La tensión de los espíritus alcanza

violencias de frenesí. El doctor Guija Morales tiene la palabra.

D

is e r t a c i ó n d e l d o c t o r

G

u ij a

M

orales

Imaginamos al doctor Guija Morales en tierras de María San­ tísima, en la quietud de su gabinete de trabajo, leyendo, escri­ biendo, pensando, soñando en las cosas de Extremadura. El d o c ­ tor Guija Morales tiene que venir a Casatejada, pueblo de su n a tu ­ raleza, a disertar sobre José Antonio Pavón, su paisano, en el homenaje de feliz recordación que se le tributa en el bicentenario de su nacimiento. Al doctor Guija Morales se le escaparon por los puntos de la pluma los sentires de su corazón, las ideas de su e n ­ tendimiento: escribió una cuartillas, una conferencia, para leerlas en este solemne aniversario. El doctor Guija Morales tom a la palabra; se levanta; estira los puños de su camisa; comprueba que lleva los lentes en su sitio; pone en la mesa unas cuartillas; observa con sosiego el espectáculo impresionante de la sala; mira a sus paisanos con mirada de afecto, de simpatía, de emoción. Es terrible la mirada—también el gesto y el ademán— del doctor Guija Morales: a veces, insinuante; siempre, de mucha, de ostentosa hombría. (Ya nos dijo algo el doctor Fons sobre esta hombría que matiza el carácter de los extremeños). Las brumas se han disipado; el añil del firmamento reina en toda su pureza; en el cinema, a través de sus ventanales, se filtra una luz hiriente que hace espejear con sombras y reflejos en la techum bre los movimientos de la concurrencia. El doctor Guija Morales reconcentra su mirar. Hay un momento de pausa, de silencio absoluto. El doctor Guija Morales comprueba que aún no tiene fluido el micrófono del estrado. Empieza su disertación: «Excelentísimo señor...», dice. No quiere el orador empezar leyendo su discurso. Antes, en torrente de emociones, deja que su palabra incisiva, escueta, m a­ nifieste al natural, sin adornos retóricos, la emoción qüe el am­ biente ha despertado en el noble sentir de su alma. Saluda el o ra ­ dor a sus «hermanos»: hermanos, sí, de Casatejada; hermanos ex­ tremeños; hermanos españoles; hermanos americanos; hermanos de la faz de la tierra; porque obra de hermandad, de humanidad, de convivencia, de sabiduría, de ejemplaridad, es la obra de José Antonio Pavón. Grandes aplausos premian el sentimiento, el calor, la simpatía, que el d o c to r Guija Morales ha puesto en su vibrante salutación.


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«Resulta inefable expresar—continúa el o rad o r—la jornada his­ tórica que hoy vivimos los naturales de aquí. Nada menos que un motivo más de la universalización de nuestra Extremadura a tra­ vés de Hispanoamérica. Dominando ese vivo sentimiento»... (Bien se nota en la viveza del semblante, lo que le cuesta al d octor Guija Morales dominar su sentimiento). «Dominando ese vivo sentimiento, quiero exaltar el gesto de gratitud, de señorío, de la honorable Embajada chilena y peruana, en su noble afán de honrar a un hom bre nuestro, que con su es­ fuerzo y sabiduría consiguió hacerse también vuestro. Seguida­ mente, he de hacer notar mi calidad de mensajero, en este acto, de la universidad de Sevilla, cuyo claustro me ha encomendado la grata misión de exaltar a nuestro grande hom bre, de adherirla a tan solemne conmemoración, de estrechar en apretadísimo abrazo de herm andad a los representantes de los hermosos países chileno y peruano, que con tan loable propósito han cruzado el Atlántico; y, a su vez, a la comisión española, colombiana...» (Aquí, el d octor Guija Morales hace un paréntesis ruboroso: quiere que nos sirva de lección el ver reunidos a tantos hombres de ciencia, del viejo y nuevo mundo, tributando homenaje a un sabio extremeño, hasta ahora casi desconocido en Extremadura: «Nadie—dice—es profeta en su patria»). «Aunque sea de pasada—continúa—quiero hacer notar que el hecho de que sea un extremeño el catedrático que aquí representa a la gloriosa universidad hispalense, es algo simbólico para las evo­ caciones que hoy han de hacerse, ya que Sevilla fué el puerto que hizo posible la vocación atlántica de Extremadura, desde que en la edad media quedó internada, al escindirse la Lusitania extreme­ ña de los romanos». (El d octor Guija Morales alza su mirada de las cuartillas; deja correr su fantasía por la historia de la vieja Hispania Ulterior, de la Lusitania, de la Bética, que fueron sus provincias romanas. Nos habla de los caminos y calzadas que venían de la «otra Roma» a la colonia Emérita Augusta, que fundaron los legionarios «eméritos» de César Augusto. Nos habla del puerto que tenía Hispalis, avan­ zada del mar tenebroso, primero; trampolín para saltar al nuevo mundo, después. Evoca a los extremeños, caminando a pie hacia Sevilla por caminos polvorientos entre encinares verdosos, al bra­ zo la rodela, una espada en la cintura, una bolsa escuálida de di­ neros, una fantasía calenturienta, un corazón impávido, invencible. En Sevilla, embarcan los extremeños para el nuevo mundo, para descubrirle, para dominarle, para infundir en los nativos su fe, su lenguaje, su cultura, para mezclar con ellos su sangre, para—era bien justo—acrecentar su hacienda, dar lustre a su estado e irse fraguando un buen pasar. Este recuerdo histórico ha conmovido al doctor Guija Morales. También ha conmovido al auditorio, que

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Ir premia con encendidos aplausos). «También—dice el orad o r—promueve en mí una honda con­ moción la ocasión que me da este acto de convivir con los sabios de la Real Academia de Farmacia, porque esa facultad tiene en mí hondas raíces de admiración, ya que fué la primera que viví, por honrarse mi padre con su investidura. Además, la circunstancia de ■clebrarse tan solemne acontecimiento en mi provincia, me brinda 1.1 feliz coyuntura de ofrecer mis respetos a las personalidades que 1.1 rigen. En fin, señores, el que un sabio universal como José Pa­ vón y Jiménez haya surgido en este humilde rincón extremeño, me llena de orgullo; lo mismo que el ver a su pueblo, que también lo es mío, vibrando de efusión en esta jornada, que quedará escri­ ta con letras de oro en su historia, de contenido sencillo, honesto y laborioso». (El doctor Guija Morales hace un aparte en su disertación. N o puede eludirlo. Por espíritu de justicia, por ser extremeño, p o r h a ner nacido en Casatejada. Hace, sí, un aparte para felicitar a las autoridades provinciales, a las autoridades del pueblo, por las m u­ chas realizaciones, por el gran crecimiento en prestancia y en gen­ tío, que ha observado en Casatejada.) «Es razonable que esté yo en medio de esta encrucijada de in­ citaciones afectivas, respondiendo a la invitación con que me h on­ ró la comisión nacional organizadora de este bicentenario, en lugar de estar en Madrid, donde, a esta misma hora, celebra su sesión inaugural un congreso médico, en el que tengo que desempeñar una ineludible misión oficial. Y cumplidos todos estos deberes de cortesía, aprovecho la oportunidad que ahora se me brinda, para hablar de la esencia de lo extremeño, que es tanto como intentar el análisis de hom bres de cuerpo entero». (El doctor Guija Morales quiere aprovechar la oportunidad de hallarse presentes las autoridades provinciales; quiere lanzar una iniciativa que ya ofreció con éxito en otras provincias; quiere que las autoridades extremeñas organicen conferencias, actos cultura­ les, para dar a conocer los valores de Extremadura. Perdone el doctor Guija Morales que el diablillo del cronista se mezcle en sus rosas; pero el cronista quiere también aprovechar ciertas o p o r tu ­ nidades. El cronista quiere recordar al doctor Guija Morales, que los servicios culturales de las Diputaciones, los departamentos de '.rininarios de las jefaturas provinciales del Movimiento, publican irvistas, colecciones de estudios, bibliotecas sistematizadas, folle­ tón, etc., sobre estos temas; organizan conferencias de cultura gencral, de asuntos extremeños; subvencionan exposiciones de nuest ras obras, de nuestros valores; organizan ciclos de arte... El doctor Cuija Morales se dirige a una autoridad concreta, a don Anto­ nio Rueda y Sánchez-Malo, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento en Cáceres. El cronista sabe que la finura y delicade­ 3


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za de! señor Rueda le im pide hablar de los m éritos de su perso­ na, de lo realizado bajo su gestión. P or ello, el cronista quiere re ­ c o rd ar lo q u e se ha h e c h o — y lo recuerda p o r vía de ejem plo— en un solo organismo. En el D e p a rta m e n to de Seminarios de la Je­ fatura Provincial del M ovim iento en Cáceres, se ha organizado una biblioteca que, en tre otras cosas, tiene a disposición del público más de diez mil fichas bibliográficas so b re Extrem adura. Se está publicando la «Biblioteca Extrem eña», cuyo volumen n ú m ero XIII está en prensa. Se ha dad o un ciclo de co n feren ­ cias de carácter social; o tro , de ca rácter económ ico; o tro , de carácter político; o tro , de carácter extrem eñ o; o tro , p o r los pueblos, para dar a co n o c er los valores de nuestra tierra; otro... q ue se está organizando; estos ciclos de conferencias se han pu bli­ cado; se publicarán los venideros. Se ha o fre c id o —g ratuitam en te, gene ro sam en te—un ciclo de conciertos por artistas españoles y extranjeros de universal reno m bre, que dió p o r fru to la creación de la «Sociedad Musical Cácereña». Se recogen nuestras canciones y se publican con letra y música. Se ha c o n stru id o una sala de ac­ to s espléndida, lujosa, elegante—con aparato de proyecciones, con máquina de cine—y se ha p u esto a disposición de to d a persona u organism o qu e se afane en los altos problem as de la cultura... Se han hecho o tras cosas de m eno r cuantía; pero de fecunda, de e n o r ­ me transcendencia. T o d o esto en un solo organism o de los q ue rea­ lizan su tarea bajo los auspicios del señor Rueda. En los o tro s o r ­ ganism os— «niutatis m u tan d is» — se efectúa similar tarea. P erd on e el d o c t o r Guija Morales; p e rd o n e el lector, si el cionista fué p r o ­ lijo; pero el cronista busca en ello la o p o rtu n id a d de re cord a r, de pedir a las autorid ad es, a las diputaciones, a los ayuntam ientos, no oculten su luz bajo el celemín— dam os más valor a estas palabras del Evangelio q u e al adagio p op ular de q ue «el b uen paño en el arca se v ende»—, q ue difundan más entre el público de nuestra tie­ rra, entre los centros culturales de nuestra patria, del m u n d o e n t e ­ ro, los valores extrem eños: ¡cuántas cosas nos vendrían de añadi­ dura! El cronista quiere tam bién record ar a t o d o s - - a u n q u e sea ech an d o un cu a rto a espadas de su ped an tería— el aforismo ro ­ mano: «Nihil volitum quin pi aecognitum». El cronista hace mutis... Ya estaba escrita esta crónica, cuando llega, casualm ente, a m an os del cronista una carta del d o c to r Guija Morales: «Estoy ad m ira d o — dice en la c a rta— de que estem os tan cerca y, siendo yo tan apasionado de lo extre m eñ o , desconociera en ab so luto la ex traordinaria tarea cultural q u e viene realizando el señor Rueda y Sánchez-M alo». Buena ocasión tiene el cronista para echar un plum azo so b re las líneas an terio rm ente escritas. Pero ya están es­ critas; le han c o s ta d o algún esfuerzo. El cronista determ ina dejar­ las, p o r si acaso sirven de algún provecho). «Antes...» (Antes de h ab lar de la sustancia de lo extrem eño).

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«Antes— co n tin ú a el o r a d o r —qu iero hacer un anticipo a los ami­ gos de Chile, de C olom b ia, del Perú, q u e hoy ta n to nos ho nran, para justificar las cosas íntimas de q ue voy a hablar, sólo interesa­ bles cu a n d o se dicen en familia, co m o yo os considero a v o so tros. Apenas hace falta decir q u e v o so tro s en España no sois e x tra n ­ jeros; pero si el lugar de España q ue os acoge es extrem eño , es seguro q u e os supon dréis en vuestra propia casa, ya q u e p o r cualquier lado veréis p ro y e c ta d o el am biente y la historia de vuestra patria. Reparad, p o r ejemplo, q u e os encontráis en esa vieja E xtrem a d u ra, cuya p atern id ad tenéis proclam ada al d e n o ­ minar «N ueva E x trem adu ra» a una zon a im p o rta n te de Chile, bajo la iniciativa de P edro de Valdivia. P or cierto q ue esa « N ueva E x trem a d u ra» consiguió más alcance e im portancia qu e la del n o rte del actual Méjico y la tentativa venezolana hacia los llanos y valles del O rino co . P erm itidm e o tra evocación. A escasísimos kilóm etros de aquí, hay un pueblecito, Belvís de M o nro y, cu y o co n v e n to franciscano, im pregnado todavía e n t o n ­ ces p o r la san tid ad de un glorioso extrem eño, San P edro de Al­ cántara, dió a H ernán C o rté s los prim eros religiosos q ue se pidie­ ron a España. Si reparáis en las correlaciones toponím icas de E x trem a d u ra en Chile, ya habréis advertid o al n o m b ra r a n uestro santo, que v o s o tro s tenéis tam b ién un lugar q u e se llama Alcánta­ ra, co m o o tro s q u e llamáis Almendral y Oliva— repetición de los inm ediatos a Plasencia, una de las más bellas ciudades e x tre m e­ ñ as— y un Trujillo, ciudad nuestra, inm ortalizada en sus viejísimas piedras cargadas de la m ejor historia, qu e nu trió con máxim o acento la grandiosa o b ra hispanoam ericana y, co m o me decía hace aproxim ad am en te un año mi ad m irado amigo el e ru d ito trujillano P. T e n a —y tenía m ucha razón al decírm elo— «sin c o n ta r con T r u ­ jillo no se p u ed e escribir la historia de España, ni ta m p o c o la his­ toria universal». Si nos fijamos en las correlaciones toponím icas con el Perú, tenem os a Almendral, Cáceres, Granadilla, G u a d a lu ­ pe, T rujillo—grandiosa trilogía ecuménica: Trujillo, Pizarro, el P erú — . N o es preciso más; h arto sabéis q ue estáis inco rp o rad o s a la gran familia hispana, y con vínculos más estrechos a la e x tre ­ meña; p o r lo q u e este extrem eño va a hablaros con la confianza q u e sólo se tiene con los de casa; y os va a referir có m o ve él la esencia del m o d o d e ser del h o m b re extrem eño, con vistas a que os veáis reflejados en no so tro s, a que, ju n to s , sigamos d e s tru y e n ­ do, si es q u e vale la pena, la leyenda negra con q u e ta n to «se ha h o n ra d o a España» y a q ue suméis argum entos capaces de expli­ car la inconcebible gesta española y el h o n d o sentido de la «hispa­ nidad», que no p ued e ser un vocablo más, sino q u e expresa una fu tu ra tarea co m ú n p o r encima de acuerdos, convenios o tra ta d o s , en la qu e una auténtica y natural h e rm a n d a d sea la consecuencia d e c o m u n id ad de sangre, de idiom a y de credo».


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(El d o c t o r Guija M orales hace una pausa— pausa obligada p o r los vítores y plausos— ; el d o c t o r Guija Morales se dispone a h a ­ b lar de la sustancia d e lo extrem eño . V eam os lo q ue, en un a m ­ biente enardecido, nos dice so b re E x trem a d u ra el insigne c a te d rá ­ tico. El d o c to r Guija Morales, con un au ditorio ex p e ctan te p o r lo sugestivo del tema, habla de lo q u e es sustantivo en el c o n c e p to de lo extrem eño). «Si hem os de definir lo extre m eñ o —dice—hay q ue hacer una salvedad: para definir los rasgos propios de una com arca q u e ha hecho con las dem ás un d estino com ún, ha de afrontarse analizan­ do lo com ún y lo dispar. En ese fo n d o com unal nace la llamada «tradición hispana», es decir, re ctitu d moral en el estoicism o y en la m entalidad cristiana». (El d o c t o r Guija M orales hace un inciso ilustrativo. N o s habla d e un ciclo de conferencias celebrado en Burgos so b re el co n c e p to hispánico de re c titu d moral. Resalta la coincidencia de q u e t o d o s los conferenciantes—los españoles, l o s e x tra n je ro s —estuviesen acordes en considerar co m o algo sustantivo de lo español la acti­ t u d moral ante la vida, ante la m uerte, ante la historia). « D esde ese eje diam antino de lo español, de q u e habla Séneca, deben desviarse los distintos tip os españoles, hacia el ce n tro o hacia la superficie. Pues bien, el e stra to más sólido y h o n d o del e xtrem eño se c o rresp o n d e con el más p u ro estoicismo natural y h u m an o de Séneca, arqu etipo a su vez de lo español. Su actitud ante la m u erte es decisiva en este análisis. ¿Crees d ifíc il— preguntan a Séneca— conducir el alm a a l desprecio de la v id a ? R esponde Séneca: CNadie puede perder m ucho f*i acuello cjue se le escurre g o ta a g o ta desde (fue nace. T A orir antes o después, no im p o rta , lo im portante es m orir bien o m a l, o sea, que lo b u e n o no es vivir, sino vivir bien. Ya no p u ede c h o ­ car q u e Séneca fuera d irec to r de conciencias q u e presentían la libertad evangélica. C u a n d o aún el estoicismo no conocía al cris tia ­ nismo, uno y o tro habían d a d o m u ltitu d de víctimas. En fin, c u a n ­ d o lo estoico es fe cu n d ad o p o r el senequism o— que no es e x a c ta ­ m en te lo m ismo— y el co n ju n to se im pregna de cristianismo, se ap rende a sufrir y a tolerar, a la vez q ue a ac o m e ter y a dom inar». (U na v oz in terru m p e al d o c t o r Guija Morales; una voz p o t e n ­ te, ru da, incisiva. Esta v oz dice: Si la nación nos reclama, sabremos todos vencer, que por algo som os hijos de Pizarro y de Cortés.

Risas, aplausos. Esta v o z del pueblo, espontánea, viril, poética, a uno s ¡es ha hecho gracia; a o tro s les ha em ocionado. Se oye o tra voz: «Sí, señor, eso está m uy bien»).

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«Lo autén tico e x t r e m e ñ o - co ntinúa el d o c t o r Guija M o r a l e s está siem pré d isp u esto a d a r la existencia p o r la esencia. El e x tr e ­ meño es apático al parecer— según U n a m u n o — pero violento y apasionado en el fo n d o , lo q u e explicaría su epopeya. Esa apatía —añadim os n o s o t r o s —es docilidad y resignación con su suerte; es generoso exprim iendo su s u d o r so b re la tierra, para luego mirar al cielo cósm ico y al espiritual, inv ocando sus d o n e s y c o n fo rm á n ­ dose con ellos, m ientras en lo dem ás, se entrega a la custodia de su hom bría y de su propia estimación, dom inios tan suyos q ue ¡ay de quien se atreva a mancillarlos!; enseguida verá surgir el h o m b re vis­ ceral, que antes desgarra sus entrañas que hace nada qu e le traicio­ ne a sí m ismo, sea quien fuere jerárq uicam ente quien le afrente. Reflejan esta cualidad nuestros poetas: C alderón, en «El alcalde de Zalamea»; Gabriel y Galán, en «El C ristu Benditu», en «El e m ­ bargo»... (El d o c t o r Guija M orales desearía ilustrar su conferencia reci­ ta n d o estas poesías; pero tem e la prolijidad. Em pero, no quiere eludir un breve inciso. El alcalde de Zalam ea—en las o b ra s de C alderó n —m anda ahorcar a un capitán q u e mancilló la h o n ra de su hija. El rey trata de afearle su acción; le recrimina su atrevi­ m iento, su a te n ta d o co n tra lo q u e sólo es p o te s trtiv o del rey. Le dice el alcalde: Al rey la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrim onio del alma y el alma sólo es de Dios.)

«Al e x tre m e ñ o —c o ntinúa el o r a d o r —le interesa m u ch o más vivir en paz consigo mismo, con su conciencia, q u e vivir el m u n d o cósm ico, el sensorial, el sensual (espíritu fáustico). En él dom inan las relaciones reales— cada uno es lo q ue vale y, so b re to d o , lo q u e m erece— y no las formales: es ru d o , sin pulim ento, sin ca p a­ cid ad para fingir apariencias, p o rq u e no entiende de con ven cio ­ nalismos. Ejemplares con estos rasgos, se encu en tran en m u ltitu d de los grandes y pequ eño s co nqu istad o re s extrem eños. M uchos m urieron con las b o ta s puestas y la b o ca cerrada, antes de pactar algo que rozara, no más, sus convicciones; pero de ninguno se p u ­ d o decir q ue no m urió co m o el más valiente, cualquiera q ue fuera su categoría y aún su edad: Pizarro, Valdivia y el p rop io Almagro, en tre mil ejemplos. En cam bio, hay extrem eñ os históricos, co m o G o d o y — so b re quien la historia no ha dicho la últim a p a lab ra—y D o n o s o , cuyas m entalidades apenas tienen rasgos extrem eños». (Lam enta el d o c t o r Guija M orales la pre m u ra de tiem po: él uisiera ex ten derse so bre las facetas más características de G o d o y , e D o n o s o — diplomacia, literatura, política, filosofía— m uy altas y

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estimables, pero sin matices extrem eños; son más bien de carác te r universal. Cita, de pasada, el «discurso de ap ertura» de D o n o s o C ortés, c o m o cated rático de H u m an id ades en el colegio recién creado en Cáceres, el año 1829). «Según historiadores de E x tre m a d u ra — agrega el d o c t o r Guija M orales—q u e tienen mi admiración, co m o L ópez Prudencio, Publio H u rta d o y otro s, lo extrem eño sería un p r o d u c to del m edio, en el q ue la tierra, al obligar al no m b re a una vida frugal y esfo r­ zada, le haría recio y sobrio, viril y orgulloso». (Y, ahora, el d o c t o r Guija M orales va a decirnos su in te rp re ta ­ ción personal —co m o tal, en su m odestia, quiere q u e se estim e— de la gigantesca o b ra d e los co n q u istad o re s extrem eños). «Definida la esencia de lo e x tre m e ñ o — prosigue— co m o en rai­ za d a en la austerid ad y en el ascetismo de los prim eros cristianos (a la m en te del cronista viene la eficacia de la sede m etro po litana emeritense, fu n d a d a p o r el ap óstol Santiago), hay q ue adm itir q u e ese espíritu fragua plenam ente en la e d a d media. En efecto, apenas es concebible lo ex trem eñ o conviviendo con el espíritu renacentis­ ta, con el b arro co , con la ilustración y, n o digam os, con la re for­ ma, con el rom anticism o, etc. En este aspecto, hay q u e re co rd a r q u e el vocablo «hispanidad» tiene un d o b le sentido. C u a n d o le acuñó Zacarías Vizcarra, sac erd o te español residente en la A rgen­ tina, y se pop ularizó al apadrinarle M aeztu, significaba co n ju n to de pueblo s surgidos al calor d e la expansión española; mientras, García M o re n te lo define c o m o acuello por lo <\ue lo español es español, o sea, la fusión del sentim iento religioso co n el patriótico. Este c a ­ ballero español d e M o rente, es esencialmente el de la e d a d media, ép oca q u e se reivindica aquí frente al o ste n to s o renacim iento, h e n ­ chida d e capacidad creadora, en lugar d e ser, c o m o t a n t o se ha re ­ p e tid o , la e d a d de las tinieblas. Esta fo rm a d e vida encarnó y se conserva en sus hom bres; con m ucha más a u te n ticid ad q u e en los demás, en el h o m b re extrem eñ o. Sólo así p u e d e concebirse— en ta n ta creación y e p o p e y a —q ue, guiados p o r el co ra z ó n y la cru z, realizaran el m a y o r episodio d e hum anism o q u e registra la h is to ­ ria universal. Esta em presa sólo p u e d e afro ntarse con el espíritu y n o con la materia; guiándose m u ch o más p o r la intuición q u e p o r el p ru d e n te cálculo de probabilidades; es im posible con c eb ir a los co n q u istad o re s m idiendo el éxito p ro b a b le d e su gesta mejicana, chilena o peruana; recuérdese q u e H ernán C o rté s c o n q u is tó Méji­ co ¡con sólo 450 hom bres! Y t o d o para q u e esos h o m b re s caigan allí con sus entrañas desgarradas y cediend o fácilmente el oro , p e ­ ro la gloria d e la conquista, nunca». (Los aplausos co rta n el b u e n discurso del d o c t o r Guija M o r a ­ les; discurso de h o n d o sentido, de estilo galano; discurso d e g esto ru d o , d e so brio ademán; discurso de pensam iento claro, de recio sentir).

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«En fin, señores— dice el d o c t o r Guija M orales, tras una p ausa tras un gesto de m ed itació n —en esta gloriosa jo rn ad a , r o tu n d o mentís a la leyenda negra, se exalta a un h o m b re sabio, a José A n ­ tonio Pavón, limpio de sangre y cargado de ciencia. Limpio d e lo que ta n to se nos ha acusado: la sangre; cargado de lo q ue ta n to se nos ha negado: la ciencia». (¡Válgame Dios y có m o aplauden los d e Casatejada a esta b u e ­ na m em oria q u e se hace de su ilustre paisano, p o r b o c a de o tro paisano tam bién ilustre! V eam os lo que el d o c t o r Guija M orales dice a los de C asatejada, a los forasteros, a las autoridades, a las jerarquías, a los h o m b res de ciencia, so b re su paisano el «brujo y e rb atero » José A ntonio Pavón). « N o e n tra d e n tro de mi p ro p ó s ito ...» — dice el d o c to r Guija M orales. (N o tiene p ro p ó s ito el eximio ca te d rático de c o m en ta r la o b ra científica de José A ntonio Pavón y Jiménez; sólo quiere re co rd a r peripecias, ané cd o tas de su vida azarosa, fecun da, ejemplar. Peri­ pecias y an é cd o tas q u e reflejan las virtud es del alma extrem eña. Pero el cronista tiene afición, estim a en m u ch o las o b ra s que se re­ fieren a E x trem a d u ra, las o b ra s q u e están escritas p o r ex trem eños. Q u iere hacer un aparte con el lecto r y e n u m erar tan só lo —sucin­ tam en te, b re v e m e n te —el legado científico q u e nos dejo el « b ru jo yerbatero» nacido en E x trem a d u ra. José A n to n io Pavón es tu d ió m uch o; ob serv ó m u c h o —esto hace q u e tengan m uy su b id o m érito sus escritos; n o están hechos con o tro s libros, están h ec h o s con la observación direc ta,a te nta, m inuciosa,de la v id a,d e la n aturaleza— ; viajó m ucho; escribió m ucho, losé A n tonio Pavón escribió un «In­ dice de los no m b res índicos provinciales y castellanos d e to d a s las plantas publicadas e inéditas de la flora peruviana y chilense». E s­ cribió una «N ueva Quinología», en la q u e incluye algunas especies de plantas no descritas en la obra anterior. Escribió una «D iserta­ ción botánica so b re los géneros T o varia, A ctinophyllum , A ra uca­ ria y Salmia», publicada en las «M em orias d e la Real Academia M édica de M adrid», el año 1797; en este escrito, el b o tá n ic o e x ­ trem e ñ o se ap a rtó del criterio de H ipólito Ruiz, G ó m e z O rte g a y otro s, que no admitían el género «Araucaria», sup o n ien d o v e rd a ­ dero «pinus» el llamado «pinus chilensis». Escribió, en colab o ra­ ción con H ipólito Ruiz, d esde 1794 a 1802, la «Florae peruvianae et chilensis P ro d ro m u s» y el <Systema vegetabilium », obra s q ue no se term inaron d e imprimir y que, ahora, co m o p ó s tu m o hom enaje a su m em oria, en este su seg und o centenario, se están im prim iendo. D ieron tam bién a la estam pa un «Suplem ento a la Q uinología». Estas obras, d e alto valor científico, las tienen los b o tán ico s del m u n d o so b re su cabeza, no cesan de can ta r sus m éritos, hacen in ­ nú m eras sus alabanzas. José A ntonio Pavón, aparte de sus escritos, acopió un fam oso h erb ario . El cronista no quiere h ablar del h e r ­


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bario de José A ntonio Pavón: su am o r a España, su am or a E x tre ­ m adura, le hicieran acaso decir alguna intem perancia. El cronista copia, con dolor, con pena, con resignación— y tam bién con o rg u ­ llo, con m u ch o o rgullo—a un a u to r del p asado siglo: «El herbario de este b o t á n i c o —de José A ntonio Pavón y Jim énez— se haila ac­ tu alm en te d esp arram ado p o r Europa. W e b b , en París, tenía más de 4.000 especies del Perú, Chile y Filipinas, cogidas p o r esp año ­ les y adquiridas d e Pavón. T am b ién en París, en el herbario Delessert, hacia los com ienzos de la presente centu ria— del siglo XIX— algunas plantas de Ruiz y Pavón en el Perú y Chile, con varias de Méjico q ue. a pesar de ser pro c ed en tes de Pavón, debieron h a b e r­ lo sido antes del herbario de Sessé y M ocino, advirtiendo que unas y o tras las adquirió el M useo Británico, cu a n d o se vendieron las colecciones de Lam bert. En el herbario de H o o k e r, existía una colección de Ruiz y Pavón co m p ra d a en Lima. Fielding (de Bolton Lodge, en el c o n d a d o de Láncaster) poseyó p arte de las plantas qu e L am b e rt había ad qu irid o de Pavón. Finalmente, en G inebra, M oricand y D unant; quienes tuvieron más plantas de Pavón, s u ­ p u esto q ue Boisser adquirió la m ayor p arte del herbario p a r tic u ­ lar del m ismo Pavón, del cual había o b te n id o antes un millar de especies la Academ ia de Ciencias N atu rales de Barcelona* (1). N o insistamos, no alteremos de nuevo los malos vientos que d e s p a rra ­ m aron la o b ra ingente del botán ico extrem eño . Escuchem os al d o c t o r Guija Morales). «N o entra d e n tro de mi p r o p ó s i t o —dice el d o c t o r Guija M o ­ rale s—el c o m e n ta r la o b ra científica de n uestro sabio; pero sí quie­ ro re c o rd a r algo de la peripecia de su vida, p o rq u e en ella se re­ flejan las virtud es del alma extrem eña. José A ntonio Pavón y Ji­ m énez ha de luchar con una reiterada adversidad: prim ero, un naufragio q ue h u n d e en el fo n d o del mar los 170 cajones q u e c o n ­ tenían los hallazgos conseguidos con m u ltitu d de sacrificios de él y 's u co m p añe ro Hipólito Ruiz; luego, un incendio d estru ye lo nue(1) Breve añadim iento cronológico: José Antonio Pavón y Jim énez na­ ció en Casatejada (Cáceres), el dfa 22 de abril de 1754. Fueron sus padres: don Gabriel Pavón, boticario, y doña Josefa Jim énez Villanueva. En 1765, se trasladó a Madrid, a casa de su tío don José Pavón, boticario de Carlos III. En 1768, inició los estudios de lógica, ética, física y m etafísica, en el co­ legio de Santo Tomás. En 1771, empezó los estudios de m ineralogía, q uím i­ ca, geografía, m atemáticas, botánica, farmacia y lenguas vivas. Se especia­ lizó en botánica en el jardín m adrileño de «migas calientes», bajo el m agis­ terio de don Casim iro Gómez Ortega, botánico de fama. En 8 de abril de 1777, José Antonio Pavón y su condiscípulo H ipólito Ruiz, fueron elegidos para la «real expedición» a los reinos de Chile y del Perú. Vueltos a Espa­ ña, José Antonio Pavón e H ipólito Ruiz estudiaron el m aterial recogido y e s c r ib ie r o n obras de mérito. Ya quedan reseñadas. H ipólito Ruiz murió en 1816. José Antonio Pavón sigu ió trabajando, escribiendo, solo, hasta el año de su m uerte en 1840. Gran parte de su obra aün está inédita.

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vam ente reu nido p o r am bos; y todavía tienen q ue d efender en a r­ diente polémica la discutida falta de fu n d a m e n to p o r h aber esta ­ blecido varias especies botánicas; y, en fin, el gran herbario reuni­ d o con tan tenaces esfuerzos, en lugar d e en con trarse en p o d e r de alguien, se halla d e sp a rram a n d o p o r E u ro p a y América, en centro s oficiales y en colecciones particulares. ¿C abe una encarnación más pura de lo extrem eño ? Su labor, su o r o — la labor, el o ro de José A ntonio Pavón, de Hipólito Ruiz --se dispersó en m anos de uno s y otros; p ero no su gloria, p o r ser esa la v o lu n tad de n uestro s h e r m a ­ nos de Chile, del Perú... y de los sabios m iem bros d e la Real A c a­ dem ia d e Farmacia, de las autorida d es de C áceres y de cua n to s viven en este rincón ex tre m eñ o del sabio universal... Q u e a to d o s estim ule y aliente su ejemplo; qu e sepam os m antener p erenne el brillo de su gloria. Si así lo hacem os, q ue Dios nos lo premie; y si no, q ue nos lo dem ande». (Así sea, d o c t o r Guija Morales,; así p ro m ete n que ha d e ser esos aplausos encendidos q u e premian su disertación).

H

a b la e l

G

obernador de

C

áceres

Se levanta el g o b e rn a d o r civil y jefe provincial del M ovim iento de Cáceres, d o n A ntonio Rueda y Sánchez-M alo. El am biente está en cendido; el silencio es p ro fu n d o ; la expectación, extraordinaria. El señ o r R ueda se acerca al m icrófono... ¿qué dirá en tal c o y u n tu ra un g o b ern an te discreto? V eam o s lo que dice la discreción de d on A ntonio R ueda y Sánchez-M alo, el g o b e rn a d o r civil, el jefe p r o ­ vincial del M ovim iento en Cáceres. «U nidad en tre los h o m b re s y las tierras de España...» - e m p ie ­ za diciendo d o n A ntonio Rueda y S ánchez-M alo— . Difícil arte es la. oratoria: arte de la mímica, arte de la palabra, arte del silencio. «U nidad en tre los ho m b res y las tierras de España...»— ha d i­ c h o el señ or R ueda— . Y el señor Rueda ha h ec h o una pausa. Las tro m p e ta s d e la fama llevaron sus ecos a los más ap artad o s rin co ­ nes de la Alta E xtrem adu ra. Los sones de estas tro m p e ta s han di­ vulgado q u e el o ra d o r tiene buenas ideas, en su entendim iento; bu en o s prop ósitos, en su v oluntad; b uen o s sentires, en su c o ­ razón; bu en o s hábitos, b u en a discreción, en las cosas de g o ­ bierno; b uen conciertu, para d ar siempre cue nta de su oficio, de su persona... Ya sé, lector, lo q ue piensas: no pongas esa cara de extrañeza; no hablaré más de las buenas cualidades de do n A ntonio Rueda y Sánchez-M alo, g o b e rn a d o r civil y jefe provincial


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del Movimiento. Sólo quería hacer notar que, para ser buen ora­ dor, se necesitan buenas ideas en la mente, buenos propósitos en la voluntad, buenos sentires en el corazón... Y el señor Rueda es buen orador, un gran orador. «Unidad entre los hombres y las tierras de España...»—dice el señor Rueda— . Y el señor Rueda, pausadamente, con gran prestancia en su persona, con gesto suave, imperceptible, na­ tural, con aire de señorío—de señorío auténtico: sobre sí, sobre la concurrencia, sobre la circunstancia—, con una voz melodio­ sa, de timbre limpio, claro, sonoro, de finos matices, de con­ certadas modulaciones..., nos va hablando de la unidad entre los hombres y las tierras de España. ¿Quiénes son estos h o m ­ bres? ¿Cuáles son estas tierras? El orador compara España a un hogar. Hogar fecundo. A su vera, con sus mimos, con sus sa­ crificios, han nacido, crecieron y ya gozan mayoría de edad, veinte hijas, veinte naciones, que por su origen y por su ejecutoria, se llaman «hispano-americanas». En estos hombres, en estas tierras, hay unidad. Pero unidad en la sustancia, en el cogollo, en la mé­ dula del ser: unidad de fe, unidad de lengua, unidad de cultura. ¡Qué bien lo han proclamado! ¡Cómo lo han agradecido, en esta misma sala, el d octor Castillo, el padre Uribe! ¡Cómo se jactaban! ¡Cómo se enardecían con esta unidad de fe, con esta unidad de lengua, con esta unidad de cultura, que de España recibieron! Esta unidad sustancial—advierte el señor Rueda—se sublimiza, se fortalece, adquiere dimensiones y contornos de mayor univer­ salidad, de mayor transcendencia, de nuevo vigor, de extraordi­ naria fecundidad, en las variantes y forma de ser peculiares a cada una de estas hijas, de estas naciones. Y España, buena madre, orgullosa de la ventura que gozan sus hijas, no siente envidia; siente alborozo en sus entrañas, como nosotros—hombres de carne y hueso, llenos de virtudes y pecados —olvidamos la inquietud, el afán, la angustia con que hicimos la crianza de nuestros hijos, para recrearnos en verlos ascender y subir a puestos que nosotros no hemos alcanzado. T errible—«ut castrorum acies ordinata»—contundente, es­ truendoso, es el rugir de los aplausos. ¡Qué buen orador es don Antonio Rueda y Sánchez-Malo! ¡Qué cosas tan bellas, tan pro­ fundas, dice! ¡Qué donaire pone en el decir! ¡Qué señorío en el gesto! Su lengua parece gubia y cincel que modula con sublime artificio la entonación en la frase, el matiz en la palabra...Perdón. Prometimos no hablar más de las cualidades buenas que tiene el gobernador civil, el jefe provincial del Movimiento; y lo prometi­ mos, precisamente, por ser jefe provincial y gobernador civil, que es carga de los cargos el que se interprete como adulación y li­ sonja la justa alabanza. Aclarado esto, sigamos. El cronista lamen­ ta no ser muy versado en taquigrafía; lo lamenta, porque sus pa­

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labras, las palabras del señor Rueda, son, en verdad, extraordina­ rias palabras. Esta unidad sustancial entre los hombres y las tierras de España, entre los hombres y las tierras de Hispanoamérica— dice el señor Rueda—engendra inquietudes transcedentes, valoradas con sentido jerárquico, dentro de esa universalidad. Así, España, Hispanoamérica, mientras el mundo parece tener en almoneda su razón de ser, su razón de vivir, su razón de morir, vendiéndose al oro del mejor postor, prescindiendo de toda norma fundada en valores absolutos; en tanto, España, Hispanoamérica, vienen a Extremadura, a Casatejada, con finura, con elegancia espiritual, a rendir homenaje a la memoria de un sabio; a inaugurar una lápi­ da; a poner sobre su cabeza, para estímulo, para ejemplo, la vida de un hom bre que despreció el lucro material, que puso su c o ra ­ zón en el oro de la sabiduría, en el oro de la generosidad, en el oro de la ciencia. Y el espíritu, la reciedumbre, el afán tesonero en las empresas, aquella manera de comportarse que tuvo José A n to ­ nio Pavón y Jiménez, el «brujo yerbatero», el botánico famoso, nacido en este pueblo, en la plaza mayor, en una humilde casa frontera a la iglesia, perdura aún en el ambiente de Casatejada. El orador, el señor Rueda, se maravilla del ímpetu con que este pueblo trabaja— sin desmayos, con alegría, sin cálculos, con eficacia—; trabaja por mejorarse, por llevar a la plenitud realiza­ ciones que exceden a toda previsión, a todo buen sentido en el cal­ culo de las probabilidades. Y aún maravilla mucho más el ver que estos proyectos, estas nobles aspiraciones, que el llamado «buen juicio» considera utopías, se llevan a efecto, las vemos converti­ das en palpable realidad. Esto maravilla y es consolador; esta ma­ ravilla y este consuelo nos vienen de com probar que aún perdura aquel entregarse a nobles empresas—la entrega típica de los c o n ­ quistadores—sin hacer caso a la mente calculadora, obedeciendo por intuición los sueños de la fantasía, poniendo en las empresas toda el alma, todo el entusiasmo, toda la fortaleza del corazón... Aplausos, muchos aplausos cortan la frase del señor Rueda. El señor Rueda espera tranquilo, impasible, con un matiz ruboroso en el gesto, a que terminen los aplausos. Luego, el señor Rueda alude, resume, encomia las palabras de los oradores que le precedieron: las palabras del alcalde, del do c ­ tor Fons, del d octor Rivas G oday, del doctor Castillo, del padre Uribe, del doctor Guija Morales. Y al doctor Guija Morales ofre­ ce el orador, como gobernador civil, como jefe provincial del Movimiento, la tribuna que en Cáceres tiene la Falange, para que en ella organice el doctor Guija Morales las conferencias, los ac­ tos de difusión cultural que proponía en su disertación. El señor Rueda no hace referencia alguna a la tarea que, bajo sus auspicios y en este sentido, se está realizando. Y este silencio del señor


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Rueda sobre la tarea cultural realizada, es el mayor elogio que el cronista puede hacer en su alabanza. Termina el señor Rueda con una salutación efusiva, con un agradecimiento sincero a todos los que han contribuido a exaltar la memoria de José Antonio Pavón y Jiménez; esta salutación, este agradecimiento, le salen del alma; lo hace con alegría, con satis­ facción, porque muestran que en Hispanoamérica, en España, en Extremadura, en Casatejada, aún perdura un hondo sentido jerarquizador de los valores, que reúne en este pueblo de la Alta Extre­ madura a tantas jerarquías, a tantos hombres de ciencia, para dar testimonio de que el espíritu está sobre la materia... El público, en pie, lanza vítores, aplausos...

Dos

LÁ PIDA S

En tumulto, con apreturas, el gentío se dirige a la plaza mayor. Tiene la plaza irregular estructura; el suelo, en parte es terroso, en parte empedrado; las casas, bajas, de dos pisos; la iglesia, en medio de la plaza. Frente a la cabecera de la iglesia, al lado del poniente, hay una casa modesta, con flores en el balcón, con un paño en el hastial de la fachada a la altura del dintel. Este paño cubre una lápida de mármol. En esta casa, hace 200 años, nació José Antonio Pavón y Jiménez. Las autoridades, las jerarquías, los hombres de ciencia, el pu e ­ blo entero, se han congregado en la plaza mayor, ante la fachada de la casa en que nació el «brujo yerbatero», el botánico famoso. Se descubre la lápida entre aplausos del gentío. En el mármol, aparece grabada esta leyenda: «A la memoria del insigne hijo de Casatejada don José Antonio Pavón y Jiménez, farmacéutico, b o ­ tánico, explorador de la flora del Perú, 1754-1840, el Ayuntamien­ to , en el bicentenario de su nacimiento. MCMLIV». El doctor Roldán, presidente de la comisión de homenaje a José Antonio Pavón, quiere decir unas palabras. El murmullo difi­ culta que le oigamos. A retazos, seguimos el hilo del discurso. Le oímos recomendar la alta estima en que se ha de tener a los h om ­ bres que, hondamente, esforzadamente, adquieren gloria, reputa­ ción, fama. Pero hemos de estimarlos con sentido fecundo, sacan­ do de su vida provecho, estímulo, ejemplo para nuestro proceder... Lamenta el doctor Roldán el olvido en que los afanes de cada día pone a los grandes hombres. Y este olvido llega a su mayor extre­ mo, cuando se trata de un hom bre de ciencia y, más aún, de un b o ­ ticario. Recuerda que, antaño, se recomendaba que, al llegar a una

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apartada aldea, se pusieian los ojos en la iglesia, donde está la sa­ lud del alma, y en la botica, donde un hom bre de ciencia, callada­ mente, abnegadamente, trabaja y busca remedio a las dolencias del cuerpo. Desde hoy, el boticario que nació en Casatejada, José An­ tonio Pavón y Jiménez, servirá de ejemplo a las generaciones fu tu ­ ras, porque esta lápida en su honor hará que perdure su memoria... Sobre el olvido en que, aún en vida, se tiene a los grandes h om ­ bres, saca a colación una anécdota el d octor Roldán...Cierto rey del norte europeo salió en gira de cortesía por otros reinos, acompañado de sus ministros y cortesanos. En los actos oficiales, en las fiestas, en las conversaciones, todos encomian ante el rey a un físico extraordinario que había en su reino. El rey, sus minis­ tros, sus cortesanos, jamás oyeron hablar de tal físico; pero simu­ lan, con gesto de satisfacción, conocerle y estimarle. Vueltos a su reino, el rey, sus ministros, sus cortesanos, concedieron la más alta condecoración al físico tan alabado en el extranjero. M anda­ ron buscar a quien tuviera el nombre y apellidos que tan loados eran en el mundo. El físico famoso y un empleado sin fama tenían el mismo nombre. La alta condecoración se puso en el pecho del empleado. El físico tan alabado en el mundo siguió, entre sus compatriotas, en su habitual anomimato: nadie es profeta en su patria. Por ventura, en Casatejada, en Extremadura, en España, en el mundo, José Antonio Pavón y Jiménez lucirá esplendoroso entre los hombres de ciencia... El doctor Roldán lanza vítores que ahogan los aplausos. Las autoridades, las jerarquías, los hombres de ciencia, se diri­ gen a la iglesia. Tras ellos, va el gentío. Quieren ver el altar mayor, que procede de Yuste, del monasterio de jerónimos que eligió Carlos V para imperial reposadero. Tiene la iglesia igual estilo que la ermita de la Soledad; data del siglo XVI. Es de una sola nave, amplia, espaciosa. Su retablo, traído cuando la desamortización arruinó el monasterio de Yuste, morada postrera del emperador Carlos, es de estilo renacimiento. Hizo su traza Juan de H errera, según escritura otorgada en 16 de junio de 1580, por encargo de Felipe II. Antonio Segura, pintor y arquitecto que trabajó mucho en el Escorial, realizó la obra. Tenía cuatro columnas corintias y, en medio, el famoso cuadro del Ticiano conocido por «La Gloria». El original de este cuadro estuvo en el altar mientras los restos de Carlos V permanecieron en Yuste; luego, se trasladó a la «Aulilla del Escorial», y en Yuste quedó una copia, la que hoy, muy dete­ riorada, se conserva en dicho retablo. Se hizo de esta manera, porque el em perador dispuso que el cuadro de su pintor favorito estuviese junto a la sepultura de su cuerpo. En el remate de este altar, en tiempos de Felipe III, con dibujos de Juan Gómez de Mora, se puso el escudo de las armas imperiales. C uatro efigies de virtudes— prudencia, justicia, fortaleza, templanza—lucían sobre


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el retablo... Hoy, en Casatejada, en su iglesia parroquial, se e n ­ cuentra este retablo que fué de Yuste: la copia del cuadro de «La Gloria», completamente arruinada; lo demás, en progresivo d ete­ rioro. Las autoridades, las jerarquías, los hombres de ciencia, la­ mentan la ruina de Yuste—hoy, y en ello puso gran empeño la Falange, en reconstrucción—; lamentan el destrozo de tanta obra de arte, de tantos libros de honda sabiduría, de tanta riqueza c o ­ munal—el cronista sabe de cierta ciudad, en cuyo paseo más vis­ toso se levanta la estatua de un pro-hom bre liberal que en el pa­ sado siglo arruinó la hacienda del municipio y «precisamente» por esta ruina se le erigió la estatua—secuela de los aires masónicos, descreídos, racionalistas, que gobernaron— mejor diríamos, desin­ tegraron—a España en el siglo XIX, en el «siglo de las luces». Al­ guien ofrece gestionar en Madrid la restauración del retablo... Esta visita a la iglesia fué la nota triste, melancólica, e r el brillante h o ­ menaje a José Antonio Pavón. Luego, se descubre otra lápida, en el paseo que va a la esta­ ción del ferrocarril. En ella se lee: «Paseo de José Pavón, preclaro hijo de Casatejada, farmacéutico, explorador botánico del Perú, 1754-1840. El Colegio de Farmacéuticos de Cáceres rinde hom e­ naje a su memoria». El doctor González de la Riva, presidente del Colegio Farmacéutico de Cáceres, pronuncia unas breves palabras d e ofrecimiento de esta lápida, de gratitud para los que, generosa, entusiásticamente, han contribuido a exaltar la memoria de José Antonio Pavón.

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o n v iv io

Después, el Ayuntamiento de Casatejada ofreció un banquete. En este banquete—con vino de la tierra, con guisos extremeños— el doctor Zúñiga, secretario perpetuo de la Real Academia de Far­ macia, pronunció un brindis. Hizo gala en este brindis el doctor Zúñiga—el cronista se acuerda de los grandes hechos que los Z ú ñigas realizaron en Extremadura y allende de sus fronteras—de un patriotismo exaltado, de una fe sin límites en los principios del Movimiento Nacional, de un gozo, de una alegría, de una satisfac­ ción esperanzadora, al ver que son posibles en España, en Extre­ madura, en Casatejada, actos como el homenaje a José Antonio Pavón, en el que, sin pasiones viles, sin discordias estériles, con fe, con entusiasmo, se exaltan los valores del espíritu. Esto se debe —dice el doctor Zúñiga—a ese hom bre ejemplar que rige nuestros destinos, al Caudillo Francisco Franco. Y, como nobleza obliga,

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para él, en la persona que aquí le representa, el gobernador civil, el jefe provincial del Movimiento, don Antonio Rueda y Sánchez-Ma­ lo, pide el doctor Zúñiga una ovación. A esta petición del doctor Zúñiga se responde, en pie, con vítores, con grandes aplausos... Los actos en homenaje a José Antonio Pavón y Jiménez han terminado.

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n s u e ñ o d e l c r o n is t a

Para recreo, para distración de los forasteros, de los visitan­ tes, del pueblo, el municipio organiza una tienta de reses bravas, organiza otros festejos. El cronista tiene obligaciones graves, ine­ ludibles, que cumplir. Aunque lo siente, no puede asistir a la *-ienta de reses bravas, a los otros festejos. El cronista retorna de Ca­ satejada por las tierras del viejo Cam po Arañuelo, por los pue­ blos de la antigua Campana de Albalat. Desde el coche, va con­ templando las llanuras inmensas, fecundas en cereales, en ganados, cuyos límites se pierden en lontananza; las encinas de oscuro ver­ dor, ajadas por la sequía, con un brillo ceniciento en la rugosidad de los troncos, en la reseca hojarasca. Este brillo lo produce el pol­ vo que levantan los pastores, los labriegos, los caminantes, el ir y venir de los rebaños, de las vacadas; hasta parece oirse el crujir de los rastrojos tostados, el romperse de las hierbas sin savia. El sol, próximo al ocaso, aún se recrea entorpeciendo con sus rayos, con sus reflejos veleidosos, nuestro ávido mirar. Los campos, las gen­ tes que laboran, que pastorean en los campos, andan como ensi­ mismadas, temerosas, angustiadas, mirando al cielo; este aire me­ ditativo, este temor, esta angustia, este mirar al cielo, es fruto de la rigurosa, de la pertinaz sequía... El cronista, con estas cosas que percibe en los sentidos de su cuerpo, con las impresiones que en su ánimo ha dejado el hom e­ naje al «brujo yerbatero», ha perdido las riendas de su fantasía, no acierta a coordinar bien las ideas, a concretar, a discernir las inquietudes de su corazón. El raudo caminar y el crepúsculo ves­ pertino le impresionan con sus extraños fantasmas de luces y de sombras. El cronista se pone a soñar. Sueña que han pasado los días, los meses, los años—no muchos años—; ve estas llanuras, hoy tan resecas, llenas de verdor; ve hombres risueños, alegres, satisfechos, manipular en los canales, en las acequias, en los azar­ bes; ve espejear la luna, brillar el sol, en la cinta plateada del agua cristalina; ve la silueta de pueblecitos nuevos, rutilantes; percibe el menudo repicar de los esquilones, el grave son délas campanas


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que hay en las torres de estos pueblecitos; ve una mole gigante, simétrica en su arquitectura, de líneas armoniosas, de color rojizo como los dorados rastrojos: es la Universidad Laboral; ve en las aulas de esta Universidad, limpias, llenas de luz, un Crucifijo y , a uno y otro lado, las efigies, los cuadros del Caudillo, de José An­ tonio; ve unas mesas, unos muebles de pulido castaño. En este aula, en un atardecer, ve el cronista a un mozo de los que manipu­ lan en los canales, en las acequias, en los azarbes; le ve recitar sua­ vemente, dulcemente, poéticamente, unos versos... El mozo extre­ meño, el alumno de la Universidad Laboral, recita a Virgilio. El cronista aguza el oído; entre el follaje de los exuberantes rega­ díos, percibe claramente, como una caricia, como un susurro, como una charla de amor: et rudae quercus sudabunt roscida mella...

El cronista lleva mucho tiempo sin decir ni una palabra. —¿Te has dormido?—le pregunta un amigo que le acompaña. —N o me he dormido, pero... ¡soñaba! (Publicado en «Extremadura>, de Cáceres, octubre-diciem bre de 1954).

¡S A N G R E EMERITENSE! (Semblanza martirial de Emérita Augusta, cabeza de Lusitania)


I LAS

PERSECUCIONES

L a l e g is l a c ió n r o m a n a

Semilla de la Iglesia fué la sangre de cristianos. Durante siglos, desde Nerón a Constantino, testificaron la profecía del Maestro: «Seréis objeto de odio a todas las gentes a causa de mi nombre». M ultitud ingente de toda edad y sexo, de todas condiciones so­ ciales, dieron su vida, entre suplicios, por la doctrina que profesa­ ban: sólo la muerte es prueba cierta de la sinceridad de una con­ ducta. Roma persiguió a Cristo durante seis años en el siglo I; ochenta y seis, en el II; veinticuatro, en el III; trece, en el IV. Los cristianos sufrieron el rigor de la legislación romana, aplicada se­ gún la crueldad o sentido político de los que en su mano tenían la muerte y la vida. Son las persecuciones un hecho histórico; como tal, tienen sus causas naturales. Tres delitos aparecen especificados en el de­ recho romano: delitos privados, que sólo ofendían a los h om ­ bres y a ellos competía el castigarlos, como el robo, el asesina­ to; delitos de lesa majestad, que ultrajaban a la patria o al em ­ perador, y tenía el Estado a su cargo la represión de los mismos; delitos religiosos, que se cometían en ofensa de los dioses y de las personas o lugares sagrados, reprimidos por el tribunal eclesiástico de los pontífices. Cada delito tenía su legislación especial; a cada reo se le instruía procedimiento; podía una misma persona agra­ viar a los hombres, a la patria y a los dioses, juntamente. Entre los delitos comunes penaban con rigor a los magos, en­ cantadores y hechiceros; a los que asistían a reuniones clandesti­ nas o formaban parte de sociedades secretas; a los que daban cul-


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to privado a divinidades extranjeras no reconocidas p o r el Esta­ do; a los que poseían libros reprobados. Los convictos eran entre­ gados a las bestias feroces, crucificados o quemados vivos; sus bienes, confiscados; los nobles, enviados al destierro; los de h u ­ milde condición sufrían la pena capital. Fueron los cristianos tildados de hechiceros: sólo a la magia imputaban los jueces los milagros que obraba Dios en los m árti­ res, que florecen como lirios y están en su presencia como el a ro­ ma del bálsamo. Las heridas que desaparecían sin curarlas, el ale­ gre semblante en la flagelación, el respeto de las fieras, la sonrisa en las torturas, las estatuas de ídolos y emperadores que rodaban por el suelo a una señal de los fieles, el fuego que no les quem aba, las aguas que servían de lecho mullido a los que en ellas eran arrojados; todas las infinitas y maravillosas señales de la om nipo­ tencia divina, se volvieron contra ellos, que sufrían las sanciones legales como magos y fautores de las ciencias ocultas. Según Ulpiano, cometían delito de lesa majestad «aquellos que con sus malas acciones o consejos conspiraban contra el pueblo romano; los que mataban a los prisioneros sin consentimiento del príncipe; los que estaban armados en Roma con intento de pertur­ bar la república; los que ocupaban lugares o templos para reunio­ nes clandestinas; los que tramaban el asesinato del jefe del Estado; los que escribían cartas a los enemigos o enviaban personas dele­ gadas para tratar negocios contra la patria; los soldados que se amotinaban o levantaban armas contra la república». Después, los magistrados hicieron culpables de este delito a los que se obstina­ ban en no dar culto al emperador, que era, según Tertuliano, «la más terrible de las divinidades paganas»: los acusados perdían su rango social; el noble y libre descendía a ser esclavo; eran decla­ rados infames, para poder, legalmente, sufrir to d a clase de su­ plicios. Los juristas de Roma daban el nombre de sacrilego al que ro ­ baba objetos consagrados a los dioses; al que saqueaba un lugar sagrado; al que no guardaba en su domililio una efigie del empe­ rador; al que no sacrificaba y ofrecía culto a los dioses; al que d e ­ jaba sin cumplir los deberes religiosos. Estos delitos eran conside­ rados gravísimos; castigados casi siempre con la última pena. Prue­ ba de su rigor es el hecho de ser enterradas vivas las vestales que se dejaban apagar el fuego sagrado o habían quebrantado sus vo­ tos y compromisos. N o fué necesario tomar especiales medidas de rigor contra los cristianos, ni fué intención del Estado ensañarse contra ellos, sino que Roma se limitó, por lo general, a'aplicar las duras sanciones de su legislación a un crecido número de delincuentes, que se llama­ ban cristianos.

El

p u e b l o j u d ío

Roma tuvo sus dioses particulares, mientras dominó en el I acio. A medida que fué extendiendo su Imperio, dió cabida a las divinidades de los pueblos vencidos, exceptuando aquellas orien­ tales que por sus ritos secretos se prestaban a desórdenes y cons­ piraciones; a las que eran contrarias al culto tradicional del Impe­ rio; y a las que, como Isis, Cibeles y las Bacanales, suponían escán­ dalo para la moral. Cuando, en el siglo I antes de Jesucristo, conquistaron los ro ­ manos Palestina, dieron a los judíos aquella especial autonomía que su táctica política sabía conceder a los pueblos vencidos, con­ sintiéndoles el libre ejercicio de su culto, la dispensa de participar en los sacrificios a los dioses del Lacio. Los judíos de la «diáspora», en su afán de dominio universal, inundaron los rincones del Imperio de comunidades, que cuidaban celosamente de no di­ luirse entre las gentes con quienes vivían, a las que tiranizaban con las áureas ligaduras de su espíritu usurero. Después de la toma y destrucción de Jerusalén por Tito, perdieron su nacionalidad; pero aquellos israelitas que pagaban el didragma al fisco, podían vivir libremente «more judaico». En un principio, concedieron los romanos a los seguidores de Cristo los mismos privilegios de los judíos. Consideraban a los cristianos como una secta de los hebreos: los mismos magistrados de Roma protegieron a los fieles contra el fanatismo israelista, contra los ataques de los gentiles. Los judíos, que odiaban a los cristianos por considerarles apóstatas y despreciadores de su ley, siguiendo el proceder sinuoso, lleno de perfidia, que siempre ha caracterizado a la raza deicida, llevaron a la opinión pública ca­ lumnias espantosas contra los fieles. Hasta las personas graves les echaban en cara que adoraban a un asno, que formaban aquelarres de obscenidades, de conspiraciones contra el Estado; que sus ini­ ciados tenían pacto con el demonio; que sus ritos y oraciones eran conjuros y maleficios contra los hombres; que sus libros predica­ ban crímenes nefandos; la absurda, la extraña teoría de que el mundo se acabará; que es necesario odiarnos a nosotros mismos, amar el dolor, sonreír al sufrimiento, no tem er la muerte, dejar los bienes y afectos del mundo para servir a su Dios, que era un cri­ minal a quien los judíos habían crucificado. Estas patrañas encen­ dieron al populacho, que culpaba a los cristianos de sus desven­ turas. Eran debidas estas patrañas a la mala fe, al odio de los h e ­ breos. Según Tertuliano, «las sinagogas de los judíos son los ma­ nantiales de las persecuciones».


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El 19 de julio del año 64, estalla un incendio en los com ercios pró xim os al circo rom ano. A vivado p o r el viento, se extiende a los barrios pop u lo so s de la ciudad. F ueron calcinadas, d u ra n te nueve días, siete de sus regiones; tres, arrasadas. La m ano in cen ­ diaria fué la de N eró n. M a n d ó a sus palaciegos, vestidos d e escla­ vos para no ser reconocidos, p o n er fuego a Roma, p o r el deleite de con tem p lar el espectáculo de las llamas y pasar a la p o s terid ad co m o el nuev o artífice d e la capital del m u n d o . El p u eb lo se indigna; se alborota. Es necesario ofrecerle una víctima en q ue clave las garras d e su venganza. Popea Sabina, m ujer del em perado r, prosélita, am p arad o ra d e los ju díos, a insti­ gación de su favorito y o tro s israelitas d e su serv idum bre, llevó al ánimo de N e ró n la conveniencia de culp ar a los cristanos. Salió el edicto: •C b ristia n i non sint.- no haya cristianos».

LOS PERSEGUIDORES

D e sde este día, una «ingente m u ltitu d » fué víctima, no del in­ cendio de Roma; fué víctima del odio del género h u m an o , apli­ cando la legislación rom ana para los s u p u e s to s delitos de los cris­ tianos. N e ró n Ies im pu ta externa superstición. D om iciano les c o n ­ dena p o r ateísmo y co s tu m b re s judaicas. T ra ja n o les persigue c o m o m iem bros de sociedades secretas, a u n q u e p ro h íb e las d e ­ nuncias anónimas. Adriano y A n to nio Pío no fu e ro n hostiles al C ristianismo, mas se doblegan a las exigencias del po p u lach o , consienten q u e sean algunos m ártires sacrificados, exigiendo q ue nadie fuera c o n d e n ad o sin acusador, el cual recibía castigo si no p ro b a b a su denuncia. M arco Aurelio les hace culpables del h a m ­ bre, de la peste, de las guerras. C ó m o d o se m uestra benév olo p o r influjo de su esposa Marcia. Septim io S evero les persigue p o r mi­ ras políticas y exageraciones m ontañistas. Heliogábalo les am para, p o rq u e preten día co m binar el C ristianism o con su culto siriaco al sol. Alejandro Severo, a instancias de su m ad re Julia, les protege; p o n e en su larario la imagen d e C risto; g raba en su palacio la m á­ xima «no hagas a o tro s lo q u e no quieras para ti»; co n c ede un sitio pú blico para el cu lto de los cristianos en Roma. M aximino T ra cio m anda degollar a los jefes de las iglesias, para satisfacer a la plebe, irritada, llena de esp a n to p o r los te rre m o to s . D e Filipio c ue nta E usebio q u e hizo penitencia canónica. Decio les degüella p o r negarse a sacrificar y com er de los sacrificios. G alo les persi­ gue p o r no prestarse a d ar culto a A polo co n ocasión d e la peste

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del año 252. Valeriano s u c u m b e a las insinuaciones de su favorito M acriano, aficionado a la magia, en cuy a persecución voló al cielo la «masa cándida» q u e integraban 143 fieles q u e m a d o s en cal viva. Galieno revoca los anteriores e d icto s persecutorios; les restituye los bienes confiscados; consiente q ue edifiquen tem plos suntuoso*; da ocasión a q ue, d u ra n te los cu a re n ta años de paz, se propagara el Cristianism o p o r los confines del Im perio, adm itiendo en su se­ no los hum ildes esclavos, las clases elevadas, los altos funcionarios civiles y militares. Aureliano da un edicto de persecución; su m u erte hace q u e no sea cum plido.

M o l ic ie e n l a p a z

Siguió una era de paz, d u ra n te la q u e fué de lam entar el p o co fervor de los fieles, que más cuid aban los intereses del m u n d o qu e los del cielo. Se vió la fe tirada, casi d orm id a, com o antaño sucediera con el « p erd ó n general» d e Filipo el A rabe. San C ipria­ no traza este c u a d ro desolador: « C ad a cual p ro c u ra b a aum en ta r sus riquezas con avaricia insaciable, n o a c o rd án d o se ya de lo que los fieles habían hecho en tiem p o d e los A p óstoles y debían hacer siempre. N o se veía el sacrificio p o r la religión de los m ayores en los o bispos ni en los sacerd otes, ni fidelidad en los ministerios, ni misericordia en las obras, ni disciplina en las co stu m b res. Los h o m b res se teñían la barba; las m ujeres se p intaban el ro s tro , las cejas, los cabellos, co m o q u erie n d o corregir la o b ra de Dios. Se usaban artificios para engañar a los simples. Se pro stituían los m iem bros de Jesucristo a los paganos, c o n c e rta n d o m atrim onios con ellos. N o sólo se ju rab a tem erariam ente, sino q ue se p erju ra­ ba. Se despreciaba a los prelados; se les injuriaba. La división de las gentes se sostenía p o r odios tenaces. Algunos obispos, en lu ­ gar de ex h o rta r a los dem ás y darles ejem plo, a b a n d o n ab an los intereses de Dios, o c u p á n d o se en negocios tem porales; dejaban sus cátedras; ab a n d o n ab an su grey; corrían de una provincia a otra, frecu e n ta n d o las ferias para enriquecerse. M ientras los h e r­ m anos m orían d e ham b re en la Iglesia, ellos querían tener dinero en abundancia, u su rp a r tierras p o r m edios fraudu len tos, sacar grandes p ro v e ch o s de la usura». Así las cosas, subió al p o d e r D iocleciano, hábil para el gob ier­ no, supersticioso, d é s p o ta a la manera oriental, práctico, calcula­ do r. En los prim eros días de su m a n d a to , testifica E usebio de C e ­ sárea q u e «gozaban los cristianos de amplia libertad para p rofesar p úblicam ente su religión, ellos, sus m ujeres, sus hijos, sus esclavos.


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Libres para gloriarse de su fe, eran preferidos del s o b eran o en tre t o d a la re sta n te serv idum bre en el palacio del em perad o r» . En el relajamiento d e co s tu m b re s habían llegado la molicie y el a b a n d o ­ no a tal ex tre m o que, según el mismo E usebio, «entonces, el juicio de D ios com enzó su o b ra en su pueblo». P or aquel tiem po, celebróse en España el concilio de Elvira. Sus cánones reflejan los abusos frecuentes e n tre los cristianos. D e las penas im puestas se d ed u c e qu e los fieles participaban en cultos idolátricos, en ju ego s inmorales de paganos, en luchas de g ladiado­ res; eran aficionados a la magia y hechicería; el divorcio, la p ro s ­ titució n de los hijos, se estim aban cosa natural; las vírgenes q u e ­ b ra n ta b a n sus v otos, se casaban con infieles; la incontinencia afectaba a to d o s ; d estacaba en tre t a n to vicio la usu ra y simonía d e los clérigos. El juicio de Dios se dejó sentir so b re su pueblo , perm itiend o q ue se d esencadenara la más terrible y sangrienta persecución.

N u e v o r ig o r

Diocleciano, de origen servil, fué elevado a la prim era magis­ tra tu ra del Imperio el 29 de agosto del año 284. La hegem onía qu e los legionarios venían im p oniendo , desde hacía más de un siglo, fué destruida. Los cristianos, q u e aspiraban a disfrutar los b e n e ­ ficios o b te n id o s d u ra n te una paz d u ra d era , fueron c o ro n a d o s con la estela de una legión im p o n d era b le de m ártires, q u e volvieron a su prim er ferv o r la c o n d u c ta de los fieles. Las sesenta provincias q ue abarcaba el Im perio, las au m en tó Diocleciano hasta n oven ta y seis, distribuidas en circunscripciones más extensas, llamadas diócesis. Al frente de cada diócesis se hallaba un vicario a las ó r­ denes directas del em p erad o r, del cual hizo tam bién d e p e n d e r al jefe su p re m o de las fuerzas militares. Diocleciano reunió en su person a la au to rid a d sup rem a del Estado. Para fortalecer el Im p e­ rio, en m uchas partes am enazado, lo dividió ¡en dos mitades: dió la occidental al guerrero q u e som etió a los campesinos de las G alias, Maximiano Hercúleo; él, Diocleciano, se reservó las p rov in­ cias de oriente. Para evitar guerras en el fu tu ro , fu eron designa­ dos C o n s ta n tin o C loro , para suceder a M axim iano en occidente; el b o rra c h o Galerio, para su stitu ir a Diocleciano en oriente. Galerio, los neoplatónicos Porfirio, Jám bico e Hierocles, los perjuros sacerdotes de los ídolos, los fanáticos del paganismo, ap rov ech a ron las incidencias políticas para arrancar de Diocleciano un edicto de persecución. El falso celo de un joven cristiano, que

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se negó a inscribirse en el ejército imperial, d ecapitado , víctima de su fervor mal e n ten d id o , fué la piedra de escándalo para los g en ­ tiles, q u e em pez aro n a ver en los cristianos sú b d ito s rebeldes al e m p erad o r, enemigos de las instituciones del Estado. Maximiano y Galerio d ecretan una persecución general co n tra los soldados cristianos: perdían su empleo, si rehusaban sacrificar a los ídolos; a los más exaltados se les castigaba con la pena de m uerte. « V e tu rio —dice E u se b io —, jefe de la milicia, persiguió a los s o ld ad o s cristianos; desde entonces la persecución ha e m p ez ad o p oco a p o c o a ex ten derse (298 301)». Diocleciano se o p o n e a la efu ­ sión de sangre. S u yerno Galerio le insta con insidias. Para arrancar­ le un ed icto general, insinúa la conveniencia de consultar al o rácu lo d e A polo en Mileto. Este oráculo, ven did o a las dádivas d e Galerio, intim idado p o r sus amenazas, m anifestó q u e los cristianos habían de morir. En fe b rero del año 303, con m otiv o de las fiestas de los Terminalia o dem arcación de los cam pos, se publicó el edicto per­ s ec uto rio en Nicom edia; fué ex p u e sto en las calles y pu erta s de la ciu d ad . Se prohibía las asambleas de los cristianos; se m an d ab a el derrib o de los tem plos, la entrega de los libros sagrados para q u e ­ marlos; to d o s habían de abjurar, so pena de p erd er su em pleo. La en fe rm e d a d de Diocleciano, un incendio q u e se p ro d u jo en pala­ cio, la d estrucció n de los edictos persecutorios, calam idades y d e s ­ venturas, atribuidas a los cristianos, au m en tó la saña persecutoria: m agistrados, o bispos, sacerdotes, clérigos, fieles, m ueren en masa, q u e m a d o s o ahogados; exten diénd ose la persecución p o r t o d o el oriente. En occidente, C o n s ta n tin o C lo ro dulcificó la ejecución del m an d ato imperial. Se limitó a d errib ar algunas iglesias sin exigir la entrega de los libros sagrados. Maxim iano recibe go zoso el edicto p ersecutorio: en Italia, Africa y España, se co m e te n atrocidades; los libros fueron robados; los archivos, dispersos o q u em ad o s; las posesiones de los fieles, confiscadas; los tem plos, cem enterios y catacum b as, profanados, entre g ad o s a las llamas o a la piq ueta d e ­ m oledora. Los años 303 y 304 son en la historia d e la Iglesia sin ó ­ nim os de lucha, sangre, triunfos celestiales. La diócesis d e España pertenecía a M axim iano, d esde q u e el Im perio fué rep artido . Maximiano e n c o m e n d ó la ejecución de los e d ic to s imperiales a Deciano, m agistrado investido p o r el em p era­ d o r de om ním od a autoridad. « N o hay p alab ras—dice E usebio de C esárea— que puedan explicar lo q ue entonces presenciamos: una m u ltitu d incontable de personas fu e ro n arrojadas a los calabozos; reservados antaño a los violadores de sepulcros y ladrones, e s ta ­ ban entonces llenos de obispos, sacerdotes, diáconos, lectores y exorcistas, de su erte que no había lugar para los criminales de d e ­ recho com ún».


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•lino, Máxima y Julia, en Lisboa; Julio, Juliano, Vicente..., y tan­ to» otros cuyos nombres conoce Cristo. La p e r s e c u c ió n e n E sp a ñ a E m é r it a

La crueldad, el fanatismo del sanguinario Deciano se desenca­ denó en España más airadamente que en parte alguna. Es de la­ mentar el número de vidas que fueron segadas; también la pérdida y destrucción de los archivos y libros sagrados de la Iglesia. C a ­ si todas las actas de los mártires fueron pasto de las llamas. Sólo tenemos los datos seguros que el poeta Aurelio Prudencio nos ofrece en sus cantos de exaltación a los cristianos perseguidos: «Nuestro pueblo—dice—guarda en un sepulcro las cenizas de die­ ciocho mártires. La ciudad que tiene tal honra se llama Zaragoza. Una casa llena de tan poderosos ángeles, no teme la ruina del frá­ gil mundo, llevando en su seno para ofrecerlos a Cristo tales d o ­ nes. Cuando Dios, blandiendo su fulminante diestra, apoyado en una nube, venga esplendoroso a pesar a las gentes en su justa b a ­ lanza, le saldrán al encuentro en medio de todo el orbe con la ca­ beza erguida las ciudades, llevando en canastillos sus ofrendas pre­ ciosas. La africana Cartago mostrará tus huesos, ¡oh Cipriano!, d o c to r fecundo. C órdoba dará a Acisclo y a Zoilo y las tres c o ­ ronas de Fausto, Genaro y Marcial. T ú , Zaragoza, ofrecerás a Cristo una diadema bellísima con tres perlas, engarzadas sutilmen­ te por Fructuoso. La pequeña, pero rica Gerona, expondrá los santos miembros de Félix. Nuestra Calahorra llevará a los dos— Emeterio y Celedonio—a quienes veneramos. La esclarecida Bar­ celona se levantará con Cucufate... Mérida, cabeza de los lusita­ nos, extenderá ante el ara las cenizas de su niña Eulalia. Alcalá pondrá a los pies del juez las urnas llenas de sangre de Justo y Pastor. Tánger introducirá a Casiano... Puedes, ¡oh Zaragoza!, en­ salzar con alabanzas to d o ese senado conscripto, a los dieciocho, a O p ta to , a Lupercio, a Suceso, a Marcial, a Urbano, a Julio, a Quintiliano. Publique un coro de música la grandeza de Publio, los trofeos de Frontón, los sufrimientos de Félix, la firmeza de Ceciliano, las sangrientas hazañas de Evento, la gloria de Primitivo, el triunfo de Apodemio, sin olvidar a los cuatro Saturninos. Sin olvidar a la virgen Engracia, al diácono Vicente, a Carpo, a Cle­ mente...» Y tantos otros confesores de la fe, que en España recibieron muerte por los esbirros de Deciano: Leocadia, en Toledo; Vicente, Sabina y Cristeta, en Avila; Crispín, en Ecija; Servando, Germán, Víctor, Estercacio, Antinógenes, Hermógenes y Donato, en Méri­ da; Víctor, en Braga; Ciríaco y Paula, en Málaga; Facundo y Pri­ mitivo, en Sahagún; C ^ u d io , Lupercio y Vitórico, en León; Verí-

Augusta

Era la populosa Mérida la más importante ciudad del m undo, después de Roma; en ella tenía su sede el legado augusta!; a ella convergían las calzadas principales de la península; en su recinto se encerraban los centros burocráticos de aquellos tiempos. Sus baños acogedores, su monumental anfiteatro, su circo esplendoro­ so, sus paseos bien trazados y suntuosas avenidas, sus templos, escuelas, bibliotecas y acomodadas residencias, hacían que pulu­ lase por la ciudad un continuo trasiego de forasteros, comercian­ tes, soldados, empleados públicos y vividores, que la daban una riqueza, esplendor e importancia semejante a la capital del Impe­ rio. En ella podía encontrarse cuanto el gusto refinado pudiera d e ­ sear para vivir al estilo de las costum bres romanas. Muchas fami­ lias de la aristocracia de Roma fueron residiendo aquí, cada vez en número más crecido. Entre ellos, vinieron muchos cristianos; con su ejemplo propagaron la Buena Nueva por la España Ulterior; especialmente, por las tierras lusitanas. El ser gobernador de Mérida era un puesto codiciado por sus pingües beneficios, por la prestancia que implicaba el cargo. Es na­ tural que pusieran interés en cumplir los edictos imperiales; más, ahora, que venía la persecución recrudecida por el rigor de Decia­ no. Se tomaron medidas para borrar el espíritu de Cristo; se ali­ mentaba el fuego con las actas de los mártires y libros sagrados, que, a su juicio, sólo encerraban truculentos principios de magia y hechicería. Pronto rebosaron las cárceles, mazmorras y calabozos de obispos, sacerdotes y fieles seguidores de Cristo. En cierta ocasión, fué encargado de custodiar los presos, que habían de ser martirizados al siguiente día, un oficial cristiano lla­ mado Víctor. Este oficial, lleno de fervor, ansioso de morir por la fe, manda a los legionarios que den libertad a los encarcelados; se presenta al prefecto; le declara su acción; pone como justificante de su proceder su condición de cristiano. Indignóse el prefecto por la falta cometida; más aún, por tener entre los oficiales de su ejér­ cito hom bres que se gloriaban de seguir a Cristo. Tenía Víctor dos hermanos: Estrocacio y Antinógenes; pidieron asociarse a la suerte de Víctor; los tres fueron degollados en Mérida, el 24 de agosto del año 303. • Tal suceso hizo aumentar la saña contra los cristianos; en masa


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sufrían dolores salvajes. «Hemos visto—escribe Eusebio de Cesá­ rea— , siendo testigos oculares, sufrir en masa un gran número de cristianos: unos, la decapitación; otros, el suplicio del fuego. T o ­ dos los que querían podían matarlos. Unos los golpeaban con pa­ los; otros, con vergas; otios, con látigos. Unos eran azotados, puestas las manos detrás de la espalda y ligados a un leño, mien­ tras los verdugos los lastimaban to d o el cuerpo. O tro s eran sus­ pendidos de un pórtico por una sola mano; de todos, era éste el sufrimiento más cruel, ya que por él las articulaciones y miembros del mártir estaban en tensión violentísima... Después de tales pa­ decimientos, unos eran puestos en cepos con ambos pies separa­ dos; otros, yacían echados por el suelo, quebrantados por la inten­ sidad de los tormentos... A unos les atravesaban los dedos e intro­ ducían en las extremidades de las uñas cañas puntiagudas; para otros se hacía fundir plomo; se les rociaba la espalda con el líqui­ d o bullente y abrasador; se les quemaban las partes más delicadas del cuerpo... A los azotes seguía el combate con las bestias fero­ ces: leopardos, osos, jabalíes, toros aguijoneados po r el hierro y p o r el fuego. Nuestros ojos han contemplado tales cosas». Este cuadro que nos refiere Eusebio sobre los martirios que él presen­ ció en Palestina, es tenue reflejo de lo que en Mérida sufrieron los cristianos. En España fué la persecución más sanguinaria, más rigurosa. El ejército de fieles seguidores a Cristo que fué inmolado, no tiene núm ero. A semejanza de Roma, pueden aplicarse a Mérida estas palabras del poeta Aurelio Prudencio: «Muchas de las tum bas ha­ blan con elocuencia: nos dicen el nombre del mártir y su elogio; pero las hay silenciosas también, cenadas por mármoles inexora­ blemente mudos, marcados solamente por un guarismo. Por esta cifra se puede conocer el número de los mártires anónimos que allí yacen en un mondón. Recuerdo que me informaron que bajo una sola piedra estaban encerradas las reliquias de sesenta h om ­ bres, cuyos nombres son conocidos de solo Cristo, que les unió a todos en el haz estrecho de su propia amistad». D uros cual guijarros tenían el corazón los gentiles, cuando desoían la voz que de lo alto les hablaba, a través de los ríos de sangre que los cristianos vertían. Nos dice Prudencio el afán e ilusión de las damas de aquellos días, entregadas a su mundaneo, a sus galas, a sus vanidades: «Se imaginan las mujeres que las manos del divino Artífice que modeló su rostro, ha dejado su obra imperfecta; aplicar a su empinada frente una diadema de granates de un azul de jacintos; rodean su cuello puro con collat e s ardientes de topacios; suspenden en sus orejas pesadas esme­ raldas; en sus nítidos cabellos ponen sartas de aquellas piedras blancas q u e las conchas crían; rizos de oro rígido caen a la par po r sus trenzas».

Y en cuanto a los hom bres, comenta Lorenzo Riber: «¿Qué runcho que el sexu s male fo rtis, que dice el poeta aragonés, el sexo débil, como con ausencia de verdad y aún de caridad decimos nosotros, haga tales cosas, cuando el efue es cabeza y re y del cuerpo mujeril, aefuél (fue gobierna la partícula inválida Que se separó de su propio i urrpo, se entrega a porfía a to d a clase de debilidades y mollezas? ¿Si los que debieron ser héroes se avergüenzan de ser varones y buscan las exquisitas vanidades para lucir? ¿Si fueron ellos los que debilitaron la propia reciedumbre, cubriéndola no con el vellón d e las ovejas, sino que tom aron vestidos de unas ramas que fueron a buscar a oriente?... Para ellos cárdanse las lanas más suaves: aquél lleva una túnica que al viento de la carrera ostenta sus indecencias, o vestidos tejidos de plumas de aves; aquel otro, adobado, espol­ voreado, deja tras sí un olor de hembra. T o d o lo que el O m nipo­ tente dió a los hombres, lo tuercen éstos a los usos contrarios. En el principio del mundo, cuando Dios creó todas las cosas, vió que éstas eran buenas. ¿Acaso el caballo, el hierro, el toro, el león, la cuerda, el aceite, al ser criados, tenían eficacia alguna de maldad? Y, no obstante, a estas cosas inocentes las trocó en malignas la férvida vesania del circo. U n don útil se echa a perder por un infame frenesí... En el ejército del mal milita una cohorte num ero­ sa: la ira, la superstición, la tristeza, la discordia, el lujo, la sed de sangre, la sed de vino, la sed de oro, la envidia, el adulterio, el dolor, la maldicencia, el hurto. En el foro, la elocuencia, armada de colmillos: fa c u n sin d ia ».embargo, era estercolero de aberraciones N o to dcanina a Mérida, y vicios.


II LOS

DOS

HERMANOS

V id a y p a s i ó n d e S e r v a n d o y G e r ­ mán,

SEGÚN LOS BREVIARIOS ANTIGUOS

Los beatísimos mártires Servando y Germán, cuyo martirio re­ fulge esplendoroso, ilustres, de linaje esclarecido, m ostrando un esfuerzo de ánimo superior a su edad, recibieron la gracia del b a u ­ tismo. En nombre de Jesucristo, arrojaban los demonios de los cuerpos poseídos; curaban los miembros de muchos aquejados con diversa enfermedad. En sus tiempos, como bramase contra los cristianos recia persecución, siendo ellos más fuertes que los de­ más, soportaban los torm entos más atroces. Entonces, durante aquella persecución, dilatada gravemente la articulación del cuer­ po y de los nervios, merecieron ser tenidos como ejemplo en la confesión del nom bre de Cristo. Pasado el tiempo del furor y la ruina de muchos, permitiéndo­ lo el Señor, vuelta la trrnquilidad a la Iglesia, brilla la paz. A Ser­ vando y Germán, confesores primero, les estaba deparada la c oro­ na del martirio con otra victoria. Después que mandaron poner en libertad a cuantos se hallaban en cadenas, en suplicios, en to r­ mentos y prisiones, Servando y Germán, libres, no relajaban su ánimo con satisfacción temporal, ni estimaban que valía algo la vida de este siglo, porque buscaban de Dios la vida eterna. Así pues, destruían, afanosamente, los simulacros de los gentiles, que los hombres necios estimaban dioses, con sus bosques sagrados, templos y aras, para alejar el error de vacua superstición de los hombres de mente fatua y, de esta manera, conducir a los misera­

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ble* de la muerte a la vida, de las tinieblas a la esplendorosa luz de Cristo. Por ellos empezaron muchos a aborrecer los funestos sacrifi­ cios, abandonando los ídolos, porque, viéndolos tan frágiles, no podían en forma alguna rehuir los argumentos de los cristianos. Creían, pues, en el nombre de Cristo, acudiendo a la iglesia de Dios, dando gracias a nuestro Señor Jesucristo, limpios de las in­ mundicias de los pecados. Muy pronto se dolió de esto el diablo: envidioso, maquinó e infundió otra vez el virus de las serpientes en los pechos de los jueces temporales. En efecto, ordenó el ini­ cuo juez que los santos mártires Servando y Germán fuesen, de nuevo, arrastrados a las prisiones, a los suplicios que antes pade­ cieron, saliendo victoriosos. Por último, comenzó con tesón a ma­ quinar que se les deparase a los futuros mártires gloriosa muerte, porque veía que sus ídolos funestos eran destruidos por las justí­ simas acciones de aquéllos. Así pues, a instigación del diablo, los santos mártires, tan gloriosos después de la corona de la confesión y aún más sublimes por el triunfo que habían de conseguir de la muerte y del demonio, fueron sometidos a prisiones, castigos y duros torm entos, por haber destruido aquellos simulacros ante cuyas aras les inducían a sacrificar. Según la manera que el ferocí­ simo juez tenía de pensar y resolver, no sólo deseaba matarlos, sino que les reservaba para otros géneros exquisitos de torm ento. A fin de que nada extraño o no intentado faltase, ordenó que sus cuellos fuesen rodeados con férreas ataduras y encadenadas sus manos religiosas. Mas, como el presidente, de nombre Viator, desempeñando interinamente la prefectura, marchase desde la Ciudad Emeritense, en la provincia de Lusitania, a la provincia de la Mauritania, o rd e ­ nó que los bienaventurados Servando y Germán fuesen conduci­ dos en pos de él, atados con férreas ligaduras, para que no faltase ninguna pena en los suplicios. Ellos, agobiados por el duro trabajo del camino, soportaban las cadenas, el hambre y la sed, triunfando esforzadamente del hostil diablo, mientras otros sentían tristeza, dolor y llanto en los tormentos; aquel trabajo del largo camino era para Servando y Germán gozo en lugar de tristeza, alegría en vez de lamento. Por fin, se llegó a una heredad llamada Ursiano, que se halla en territorio de Cádiz. Allí dió orden Viator para que los verdugos cortasen la cabeza a Servando y Germán. Conduci­ dos a un montículo, en el lugar más alto, puestos de rodillas, o ran ­ d o interiormente, presentaron sus cabezas sagradas a la espada, ofreciéndose a Dios como víctima pura. ¡Oh venturosa tierra ga­ ditana, que recibiste en tu seno la sangre de los mártires biena­ venturados! Padecieron, pues, en defensa de la verdad, alcanzando la vida eterna con su muerte gloriosa, el día X de las kalendas de noviem-


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bre. Los cristianos recogieron sus cuerpos y Ies enterraron. Su tie­ rra natal emeritense recibió el cuerpo de Germán, al que se le dió honesta sepultura junto a Eulalia y los otros mártires. Pero el cuerpo de Servando tiene el sepulcro con toda reverencia en el cementerio sevillano, entre Justa y Rufina. C o m e n to N o consta el año de su muerte en los antiguos breviarios e s­ pañoles. Las incidencias del martirio hacen suponer que en la per­ secución de Aureliano recibieron los primeros suplicios y en la de Diocleciano alcanzaron la palma del tiempo. La tradición, piadosa, constante, afirma que Servando y Germán eran legionarios de guarnición en Mérida.

III SANTA

EULALIA

A c t a s d e l m a r t ir io

Es innumerable el pueblo e infinita la multitud que recibieron con ánimo esforzado muerte cruelísima por el nom bre de Cristo, buscando ganancias de vida eterna. Entre ellos, la bienaventurada mártir Eulalia, confiando en Cristo sobre el feliz término de su victoria, segura de la triunfal cima suprema, añorando el certamen del martirio, fue digna de merecer la palma. Sin dejarse ablandar por halagos, ni convencer con persuasiones, abatió al viejo enemigo en muerte gloriosa con ejemplar fortaleza. Esta virgen beatísima, fervorosa jovenzuela, timorata de Dios, educada para el matrim o­ nio, rondando los trece años, casta de mente y de cuerpo, íntegra en la religión, firme en la pureza, era ilustrada p o r el presbítero Donato, desde los primeros días de su infancia, para que confesa­ se a Cristo, en lugar de negarle, y defendiera la indivisa Trinidad, que es Dios, con el asentimiento de su inteligencia. Ninguna otra cosa perseguía en lo más profundo de su alma, que el servir con el afecto de su corazón intrépido a Dios Om nipotente, al cual se había sometido con toda piedad. Cuando llegó a los años de la pubertad, robustecida más y más en el culto intenso de su creen­ cia, conservaba con ánimo entero la fe adquirida con santa devo­ ción. Había consagrado su alma a Dios y anhelaba ofrecerla a Cristo, por lo que se estimaba venturosa en su afán de obtener la palma del martirio ansiado. El p rotector de la misma se llamaba Liberio. A éste le tenía por padre la bienaventurada Eulalia. Así pues, com o fuera decretada una persecución contra los cristianos por el cruelísimo Calpurniano y se aproximara el día 5


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del martirio, la beatísima Eulalia se hallaba, casualmente, viviendo en una granja, llamada Ponciano, en la provincia de Lusitania, a poco más de unas treinta y ocho millas de la ciudad, más allá de Mérida, en los confines de la provincia Bética. La cual, como fuera invitada a la referida posesión por cierta parienta, en atención a su santidad, y morase allí, castísimamente, en santas alabanzas de Dios, con Félix, su confesor, y con los demás, que eran temerosos del Señor, la fama no ocultó el mal con que el cruel enemigo infligía a la ciudad de los emeritenses. Fue anunciado a la beata Eulalia que se acercaban unos emisarios en carruaje público, que habían de conducirla a Mérida; que allí se encontraba ya su padre Liberio, con otros confesores, recluidos en la cárcel. Sabido lo cual, la beatísima Eulalia corrió, alborozada, hacia el martirio, deseando llegar con presteza a la ciudad. T om ando al instante el camino, mandó que se dispusiera el vehículo. N o la impresionó ni la aspe­ reza del sendero, ni la cuantía de su rico patrimonio, ni las adver­ tencias de los seres queridos. M ostrando viril entereza, se apre­ suraba con toda el alma hacia el triunfo que la esperaba; de f o r ­ ma que, si posible fuese, hiciera todo el largo camino en una hora; así, urgía con impaciencia al mozo de muías, para que alige­ rase a todo correr el vehículo. La prestaba sus servicios y com pa­ ñía la doncella Julia y, cuando iban por el camino, dijo la bien­ aventurada Eulalia: —Has de saber, señora hermana, que voy la postrera, mas he de morir la primera. Y así sucedió, como la dulce Eulalia había predicho. Cuando se acercaban a la ciudad, que era colonia de los em e­ ritenses, cierto judío salió al encuentro y la dijo: —Seas, hija, bienvenida: anda, ofrece incienso, para que pue­ das vivir. Al cual respondió y dijo la esforzada Eulalia: —Dios te aumente los años a ti, porque yo deseo morir por Cristo, mi Señor. Y siguió a todo correr del vehículo. Mirándola el judío, vio que la circundaba un fulgor, a manera de llama ígnea. Asom­ brado de tal visión, se dio cuenta de que los ángeles de Dios la protegían. En efecto, Dios quiso mostrar este milagro a los judíos, para que la dureza insensata de su corazón contemplase las ma­ ravillas de Cristo. Marchó la gloriosa Eulalia, espontáneamente, al foro. E nton­ ces, se extendió la noticia rumorosa por las calles cercanas. Acu­ dió una turba innumerable, tan ingente, que nadie quedó en su casa. Era tal la fama de santidad y belleza de la angelical Eulalia, que todos los habitantes de la ciudad emeritense se congregaron a su llegada, atraídos por su afecto, para contemplar a una don-

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celia de familia senatorial, domiciliada en la misma provincia, dis­ putando con el presidente. Dieron cuenta enseguida de tales cosas a Calpurniano, presi­ dente de la provincia de Lusitania, el cual fue enviado por el san­ guinario emperador Maximiano en persecución de los cristianos. A este Calpurniano, príncipe de la maldad y cabeza del crimen, no cesa de injuriar con improperios la animosa Eulalia. Ni la p a ­ labra amenazadora, ni la mano sanguinaria, ni la áspera amones­ tación, consiguieron desviar sus ansias de martirio. Se veía con­ fortada de mayores fuerzas, cuando quiso con tesón vencer en su dignidad al presidente hostil. Mirando a Calpurniano, dijo: —¿Por qué vienes a la ciudad, enemigo del Dios excelso? ¿Por qué persigues a los cristianos y tratas de perder a las vírgenes de Dios? El Señor me ilustró en su verdad: no me apartarás de mi pureza; no has de mancillar mi juventud. El presidente Calpurniano la amonestó: — ¡Oh jovenzuela! ¿quieres destruir la flor de tu edad, antes de que crezca? Mas Eulalia respondió: —Yo tengo casi trece años: ¿piensas que con tus amenazas puedes vencer mi juventud? N o me hace falta esta vida transito­ ria, porque no me deleito con los placeres del mundo terrenal; espero otra vida futura bienaventurada, en la cual seré dichosa con la gracia divina. El presidente Calpurniano la aconsejó: —N o te seduzca esta miserable vanidad. Accede; sacrifica a los dioses, según el mandato imperial, con lo cual puedes eludir los tormentos, ser honrada, merecer un esposo acaudalado. Respondió Eulalia: —T e ngo un esposo rico, Cristo inmortal, quien te aniquilará a ti, a los tuyos y a tu diabólico padre, que se llama Satanás. Entonces, el presidente ordenó que fuera enviada a la cárcel. Antes, sin embargo, la llamó hacia sí. T ratando de persuadirla con palabras suaves y engañosas, decía: —Considera tu juventud; mírate a ti misma; compadécete de ti: anda, ofrece incienso, para que puedas vivir. Pero la insigne Eulalia, llena de fe, constante en la virtud, sin temer a los suplicios hasta el extremo de la muerte, respondió de esta manera: — Soy cristiana y no lo haré. Entonces, Calpurniano, enardecido con turbulento furor, q u e ­ riendo turbar la honestidad de la virgen en su tierna infancia, mandó que fuese puesta en cueros y azotada p o r el verdugo. Después de los azotes, su cuerpo delicado y santo sufría con en­ tereza admirable los golpes y las heridas. Confiando, valerosa y constantemente, en la gloria inmensa del Señor, insultaba al rey y


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al césar con todos sus dioses. Pero los ángeles de Dios protegían a Eulalia. De esta manera estimaba el inicuo juez que podría c o n ­ seguir sus intentos: ultrajando con afrenda a la virgen purísima. La cual, mientras era torturada con estas heridas, como dijera ta ­ les cosas, llegaron a oídos del presidente las palabras de la bien­ aventurada Eulalia. Este la mandó llamar a su presencia. Admi­ rando su arrogancia y hermosura, medio compadecido de su j u ­ ventud, dijo: —¿Qué te aprovecha esto? Obedece; sacrifica e inmola a los dioses; evita las torturas de la muerte. Eulalia, cuando había sido martirizada con los primeros to r­ mentos, dijo a Calpurniano: —¿De qué te sirve, miserable, el haber pretendido ultrajar mi pu d o r con perversas decisiones? Ciertamente, posees autoridad sobre mi cuerpo, mas nada puedes contra mi alma, que sólo per­ tenece a Dios, que me la ha dado. Entonces, Calpurniano, como viese que nada había adelantado en su propósito con los primeros tormentos, dijo a Eulalia: —T e suplico: ¿qué obstinación es ésta, que sabes ha de ser causa de muchos sinsabores, y por qué eludes inmolar a los dioses, para gloria de tu linaje? Eulalia, sin embargo, confiando en el Señor con to d a su alma, respondió, de nuevo, al presidente: —¿Para qué me interrogas? Lo he dicho muchas veces y lo repito: en manera alguna haré lo que dices y pretendes, porque soy cristiana. Para que lo sepas todo: he maldecido y maldigo a vuestros reyes con todos sus dioses. Mientras oía esto el presidente, iba retrasando el dictar sen­ tencia contra la joven. Perseverando la virgen Eulalia, audazmente, en su constancia, llena de fe, confortada desde lo alto, exclamó, en forma que todos pudieran oirlo: — Calpurniano, dicta la sentencia. Sobre tus reyes y sus íd o ­ los, repito lo que tantas veces dije: Ies he maldecido y les maldigo. Al oir estas palabras de la santa virgen, lleno de ira C alpur­ niano e indignado con gran furor, ordenó que le dispusieran en el foro, para el día siguiente, un tribunal. Entonces, dictó el veredic­ to de que la santa virgen fuese crucificada y quemada viva entre las llamas. Al cual respondió la intrépida Eulalia: —N o temo tus amenazas: mi Señor es omnipotente. El, que me dió fortaleza en tus primeras torturas, me conservará ilesa del fuego que ahora preparas. Calpurniano dijo: —Me conmueves entrañablemente y aún siento más compa­ sión p o r tu infancia. La beata Eulalia contestó:

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—El Señor tenga misericordia de ti: porque ¿en qué consiste, maldito, tu misericordia? El presidente Calpurniano dijo a los soldados: —T o m a d de los árboles unas ramas con todas sus asperezas y golpeadla, teniéndola bien sujeta. Eulalia responde: —Estas son, malvado, tus amenazas; ningún daño me p ro d u ­ ces; antes bien, me fortaleces. El presidente Calpurniano ordenó: —T o m a d aceite, calentadlo y arrojad en sus pechos insinuan­ tes el líquido hirviente. Respondió Eulalia: —T u fuego, amortiguado, me confortará; el aceite caliente no me quemará, porque me inflama la caridad de Cristo, a quien deseo contemplar. Dijo el presidente Calpurniano: —T ra ed cal viva, arrojadla en ella y derramad agua. La beata Eulalia respondió: —El fuego eterno te abrasará, de la misma forma en que has dispuesto sea martirizada la sierva de Dios. El Señor me auxiliará y me librará de tus manos, porque no sufro estos suplicios por mí, sino por Cristo. El presidente Calpurniano dijo: —Llenad una caldera de plomo, derramadlo ante ella muy ca­ liente y tendedla desnudé sobre el férreo lecho. Comunicadla pri­ mero esta pena, por-si^acaso, se convierte a los dioses. Si no quiere sacrificar, tendedla en dicha forma. La beata Eulalia, que leía a diario la pasión del bienaventurado Tirso, estimulada con un mayor entusiasmo, cuando conoció la pena que la ofrecía, dijo: —Ven, Dios verdadero, a salvar a tu sierva. Creo que si tuvis" te misericordia del bienaventurado Tirso, siendo gentil, y le lle­ vaste hacia ti, de igual m odo me llevarás a mí. Seguidamente, recibió el plomo: quemaba las manos de los que lo tenían, pero, cuando llegaba a la beata Eulalia, se había enfriado. Calpurniano, entonces, lleno de gran furor, dijo a los soldados: —T o m a d algunas varas y golpeadla; preparad unos trozos de telas y restregad sus heridas. La singular Eulalia exclamó: —Señor Jesucristo, compadécete de tu sierva, para que no desfallezca mi corazón. Confórtam e aún más, porque quiero rehuir el infierno y llegar a ti, que eres uno y trino; que concedes la vida eterna. El presidente Calpurniano dijo:


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—Piensa en ti, miserable, antes de ser exterminada. Sacrifica a los dioses. La celestial Eulalia respondió: — Sacrifica tú y todos tus ministros a vuestros dioses. Yo sa­ crificaré a mi Dios, ofreciéndome a él como hostia viva, de igual manera que él se ofreció por mí, para librarnos del poder de las tinieblas y de las garras del diablo. Pues, ¿con qué sacrificios p u e ­ den ser venerados vuestros dioses, a los que conocemos por la vacuidad de vuestra superstición, llenos de aire, esculpidos en piedras o figurados con diversos géneros de metales? Los cuales no son aceptados por los cristianos, porque, si no tuvieran vues­ tra custodia, ellos no se podrían defender. El presidente Calpurniano dijo: —Pero, si es Dio? en quien tú crees, ¿por qué sufrió pasión en la tierra, como hombre? Eulalia contestó: —Recibió, ciertamente, pasión, como hombre, porque se hizo hom bre por nosotros y tomó forma servil por nuestra salud, para conducirnos a la libertad. El presidente Culpurniano dijo: —T e perjudica tu manera de pensar. Yo no escucho tales c o ­ sas con agrado. Accede; sacrifica a los dioses, a fin de que no se dispongan para ti torm entos más atroces. Eulalia, sonriente, exclamó: —Tanto más fomentas mis ansias, cuantos mayores suplicios me ofreces. Lleva a efecto lo que piensas, para que me hagas ser vencedora en todas las cosas por Cristo. El presidente Calpurniano dijo: —Yo nunca te dejaré invencible, sino que te afligiré con gra­ vísimos tormentos. La beata Eulalia contestó: —N o puedes vencerme, porquevence en mí el que lucha por mí. El presidente Calpurniano ordenó: —Encended unas candelas y aplicadselas a "las rodillas. La beata Eulalia respondió: —Mi cuerpo está abrasado y me encuentro fuerte. Manda que pongan sal, para que pueda ser condimentado, sabrosamente, en Cristo. Entonces, el presidente Calpurniano, llevado de un furor d ia ­ bólico, dijo: —jO h carnífices!, encended el horno y arrojadla allí hasta que perezca. Se encendió el horno, según la orden del presidente. Fue lle­ vada y metida en él la joven, la cual empezó a cantar entre el fuego y a decir:

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—Sean las vírgenes llevadas ante el rey en pos de ella; perm a­ nezcan sus amigas en júbilo y alegría. El presidente Calpurniano paseaba a las puertas del pretorio, que se hallaba próximo al lugar donde ardía el fuego. Cuando oyó cantar a la santa virgen Eulalia, dijo a los suyos: —Creo que somos vencidos. Esta virgen continúa en su o b s­ tinación. A fin de que no pueda ufanarse, sacadla; buscad un bufón y paseadla en público, sin cabellos y desnuda, antes de que pe­ rezca, para que sea contemplada su virginidad. Cuando oyó tales cosas la bienaventurada Eulalia, respondió de esta manera: —He sabido de aquél por quien sufro, que consiente en que yo padezca esta ignominia en la tierra, sin cabellos y desnuda, pa­ ra que ostente mayor fealdad. Pero él ya conoce cuándo te hará responder de esto, enemigo de la justicia. El presidente Calpurniano dijo: —Pues, si temes verte reducida a tanta fealdad, accede e in­ mola a los dioses. La beata Eulalia respondió: —Yo ya inmolo a mi Dios el sacrificio de la alabanza y la víc­ tima de la alegría. Entonces, Calpurniano, movido por cruelísima intención, dijo a sus carnífices: —Sea puesta en el ecúleo y abrasada con las llamas, encendi­ das a uno y otro lado. Al oir esta sentencía la virgen sacrosanta, decía cantando: —Me has probadtí, Señor; me examinaste en el fuego; la ini­ quidad no fue hallada en mí. Y se gozaba en el Señor. Contemplaba, en verdad, a los ánge­ les, que la asistían, pero ellos aguardaban la consumación del mar­ tirio. Luego, atada con una cuerda por los cabellos, fue conduci­ da al suplicio. Cuando llegó al lugar de la pasión, fuera de la ciu­ dad, despojándose ella misma con sus manos del vestido, se e n ­ tregó a los verdugos. Tan sólo se quedó, prudentemente, con un ceñidor por la parte de los muslos a causa del pudor. Y cuando la pusieron en el ecúleo, fue descoyuntada, afligida, torturada. El cuerpo soportaba el creciente suplicio con los miembros dilata­ dos. Pero, como confesaba a Cristo victorioso, no podía sufrir ningún torm ento. Ni con la atrocidad de tantos suplicios se aquietó la crueldad ingeniosa: porque mandó que el cuerpo de la joven fuese quemado por dos legionarios, colocando haces de le­ ña ardiendo en ambos costados de la santísima mártir, y ordenó que, tras las quemaduras del fuego, los santos miembros fuesen desgarrados atrozmente, con horrible ensañamiento en los supli­ cios. La santa mártir Eulalia, herida con el ludibrio de los to r­ mentos, le dijo:


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—¿Qué te aprovecha, Calpuniano, el haber querido ejercitar en mí el rigor de tu crueldad? N o tem o tus suplicios y amenazas. Me confieso cristiana y esclava de Dios. Fíjate en mi rostro, para que, cuando vayamos al tribunal de mi señor Jesucristo en el tiempo de su juicio, reconozcas mi cara en aquel día y recibas el castigo merecido por tus iniquidades. Muchos, atemorizados y compungidos de corazón, al oir estas palabras de la bienaventurada mártir Eulalia, renegaron de los ídolos y creyeron en el Señor. Después de esto, la gloriosa Eulalia, macerada con diversas clases de tormentos, pendiente en la cruz, se gloriaba sobre todos ellos, viéndose a sí misma en el trance que desde su infancia había deseado. Aún recomendaba a todos los que la oían: —Es necesario creer en un Dios verdadero, padre celestial, y en Jesucristo, su hijo omnipotente, al que se ha de adorar con eí Espíritu Santo, eternamente. Así, la gloriosa y beata Eulalia, loando en su agonía al Señor, hacia el que ansiaba marchar con presteza; teniendo la llama ígnea en sus dos costados y la boca entreabierta, aspiró con ansia y sorbió el fuego. Después, en figura de paloma, a la vista de todos, emigró al cielo el espíritu de la santa mártir, que arribó a las eté­ reas regiones como sufridora de torm entos por Cristo. ¡Oh már­ tir dignísima, que deparaste a los ciudadanos espectáculo tan su­ blime: venciste el pasado, honraste el presente, fuiste ejemplo del futuro! Su cuerpo bienaventurado, ileso e íntegro, estuvo, durante tres días, pendiente del madero por mandato del presidente. De esta manera, pensaba el miserable, con la estulticia de su creduli­ dad, que podía vencer, muerta, a la que no consiguió dominar en vida. Si la fueron negadas humanas honras, recibió obsequios celestiales por divina largueza: la nieve cubrió desde lo alto el cuerpo de la doncella; lo cual proporcionó decoro y fortaleza, para que sus cabellos, a los que la mano sanguinaria de los lictores había desfigurado, fuesen embellecidos al recibir los dones celestiales. De todos es conocido que la beatísima Eulalia obtuvo, ya aquí, el premio de su esfuerzo, pues su cuerpo, al que había abrasado con su incendio la intensidad del fuego puesto a sus la­ dos, cubierto de niveo candor, recobró su blancura con el favor divino. Su cuerpo fue raptado, sigilosamente, por los cristianos y recibió sepultura con to d a reverencia. A su sepulcro acuden los enfermos y son curados. Después, los santos D onato y Félix se acercaron al lugar don­ de había sido colocada; permanecieron constantes en la fe y si­ guieron el ejemplo glorioso por la gracia de su confesión. El bie­ naventurado Félix, con alegría e inmeso gozo del alma, dijo: —T ú , señora, mereciste la primera la palmada del martirio.

Mas la bienaventurada Eulalia, como sonriendo en su rostro, segura del honor de su victoria, aún se mostraba solícita por la salud de los circunstantes. Conoced, hermanos, el martirio inaudito y admirable de la virgen que fue transportada al reino con la palma inmarcesible de la gloria, venciendo, en primer lugar, al enemigo de la carne y superando, después, al adversario de la fe. Es digna de alabanza por su piedad, pero más venturosa por su confesión. Si mereció premio como sesenta por la excelsitud de su virginidad, se hizo digna como ciento por el heroísmo de su martirio. Decoró las glorias de los antiguos, fortaleció a los presentes para la fe y mos­ tró a los venideros el ejemplo de su constancia, reinando N ues­ tro Señor Jesucristo, que recibió a su mártir en la paz; para el cual es el honor y la gloria, la virtud y la potestad, por los siglos de los siglos. Amen.

C o m e n to El texto latino que hemos utilizado para esta traducción, es el que consigna el padre Enrique Flórez en el tom o XIII de su España Sagrada, apéndice II. Dice el padre Flórez que ha tom ado las actas del martirio del Pasionario de San francisco y del Códice esmaragdino de la iglesia de T oledoJdel cual le franqueó una copia el padre Andrés Marcos Burriel, después de confrontarla con otro manus­ crito de la misma tgtesia. Tenía, además, en su estudio el padre Flórez otra copia manuscrita en pergamino de a folio, incompleta por faltarle la última hoja. En las actas del martirio se narran con minuciosidad los supli­ cios que padeció Eulalia. Sus torm entos perfumaron las oraciones e himnos del Breviario gótico, del Oficio muzárabe, del Códice veranense y de otros documentos eclesiásticos de venerable antigüedad. La ofrenda de Eulalia ha servido de ejemplo, de emoción, de estímu­ lo, a los fieles de todos los siglos. Las actas no son contemporáneas del martirio, ni redactadas por una sola mano: o los testigos del suplicio no escribieron el suceso; o, si lo escribieron, desapareció su escrito, sin dejar huella, en las alteraciones de los bárbaros, si es que no fue des­ truido por los mismos perseguidores de los cristianos. Sea de una u otra manera, las actas fueron compuestas un siglo más tarde, al menos, del tiempo de Eulalia.


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H im n o d e A u r e l io P r u d e n c io

Eulalia, noble por su nacimiento, aún más preclara por la glo­ ria de su muerte, virgen sacrosanta, adorna con sus huesos y cul­ t i v a con su amor a Mérida, en cuyo regazo fue engendrada. Doce años tenía cumplidos; era ya un abril triunfante sobre doce in­ viernos, cuando, en chispeante hoguera, espanta con su gesto a los carnífices atónitos y recibe la dulzura del suplicio. Ya había dado con anterioridad asomos de que se entregaba al reino del Padre; de que sus carnes no conocerían varón. Despreciaba los juguetes; siendo tan niña, desconocía el jugar. Rechaza el ámbar; desdeña las rosas; aparta las joyas doradas; severa en el decir, modesta en el andar, muy discreta en sus puras costumbres, de­ muestra una mente cana. C uando la furiosa lucha arrecia contra los siervos del Señor y, sanguinaria, ordena a los cristianos quemar incienso y ofrecer a los dioses las entrañas de la víctima sacrificada, el sacro espíritu de Eulalia se enardece; su ánimo esforzado se dispone a combatir la turbulenta persecución; anhela su pecho con ansia a Dios: una mujer provoca la guerra a un hombre. El afectuoso cuidado del padre hace que se aleje del hogar la virgen animosa, en una granja campestre lejos de la ciudad, para que, con el afán del triunfo sangriento, la doncella no se entregue al gozo de la muerte. Ella, no tolerando la placidez de la quietud, incapaz de sufrir el retiro a que la sometieron, abre las puertas en la noche, sin testigo; salta, sigilosa, el seto del jardín; de allí emprende la marcha por ignora­ do sendero. Camina con los pies desgarrados por lugares llenos de abrojos y asperezas, acompañada de cortejo angelical; aunque la tenebrosa noche impera, ella, sin embargo, tiene luminosa guía. Igual que la turba férvida de antepasados tuvo resplandeciente columna de fuego que, rompiendo las tinieblas con su brillo, se­ ñaló el lóbrego camino con vivo resplandor, disipando la obscu­ ridad; así, la virgen piadosa, caminando durante la noche, alcanzó el día; no fue vencida por las tinieblas, cuando rehuía los reinos de Canope y la mostraban el sendero estrellas refulgentes. Ella, caminando en vigilia constante, recorrió muchas millas, antes de que el refulgente Apolo remontara el cielo. A la mañana, se acerca animosa al tribunal. Ante las insignias de la justicia, puesta en me­ dio, exclamó: —Decidme, ¿qué furia os mueve a perder las almas, haciendo que los corazones con propio vilipendio se postren ante las puli­ das estatuas y nieguen a Dios, creador de todas las cosas? ¿Vus-

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cáis, miserables, gentes cristianas?: aquí estoy yo. Soy enemiga de los sacrilegos demonios; pongo a los ídolos bajo mis pies; con­ fieso a Dios con la boca y el corazón. Isis, Apolo y Venus, nada son; el mismo Maximiano es nada: aquéllos, porque son hechos con las manos; éste, por adorar las obras de los hombres. Vacíos unos y otros; y todos nada. Maximiano, dueño de las riquezas y adorador, no obstante, de las piedras, prostituya y doble la cer­ viz ante sus ídolos: mas, ¿por qué aflige a los pechos generosos? El guía poderoso y árbitro altivo se nutre de sangre inocente; codicia los cuerpos santos; aniquila las entrañas piadosas; goza destruyendo la fe. Pero, anda, atormenta, quema, corta, destroza los miembros hechos de barro: es fácil romper una cosa delicada, pero el santuario del alma no será ultrajado con el dolor más acervo. Enfurecido con ello el pretor, dijo: —Prende, líctor, a la imprudente y oprímela con tormentos; sienta que existen los dioses patrios y que no es vano el imperio del príncipe. Sin embargo, quisiera, antes del torm ento, sanar, si es posible, ¡oh jovenzuela!, tu impiedad. Repara cuántos, gozos, que te ofrece el honor conyugal, declinas. T u casa queda derretida en lágrimas; la nobleza de tu linaje suspira angustiada, porque m ar­ chitas tu tierna flor, próxima a la dote y al tálamo. ¿No te mueven las pompas doradas del lecho conyugal, ni la venerable ancianidad de los tuyos, a los que con temeridad ultrajas? He aquí los ins­ trum entos del suplicio espantoso: o la espada segará tu cabeza; o las fieras triturarán tujs miembros; o, hecha llanto amargo para los tuyos, serás convertida en cenizas. Dime, ¿qué obstáculo im­ pide eludir esto? Si quieres tom ar con el extremo de los dedos un poco de sal o un grano de incienso, alejarás el grave castigo. A esto nada responde la mártir: se enardece; arroja saliva a los ojos del tirano; derriba los simulacros; aplasta con el pie el polvo sagrado puesto en los turíbulos. AI momento, dos carnífices des­ garran los senos medrosos. El garfio araña por doquier sus virgí­ neos costados hasta los huesos, mientras Eulalia cuenta sus llagas: —Señor, te escribes para mí: ¡cuánto gozo produce el leer es­ tos caracteres, que hablan, oh Cristo, de tus victorias! Y ella misma escribió el nom bre sagrado con la púrpura de la sangre que fluía. Hasta cantaba, intrépida y gozosa, sin lágrimas ni gemidos. El fiero dolor está ausente del alma; los miembros, hermoseados con nuevas heridas, bañan su piel con sangre palpi­ tante. Luego, el postrer suplicio: no el hiriente desgarramiento, ni los surcos de la carne hasta los huesos, sino que el incendio crece con las teas por todas partes sobre los costados y el estómago. Com o el perfumado cabello rodeara la garganta, flotando sobre los hom bros, para cubrir la honestidad pudibunda y el virgíneo decoro, sirviendo de escudo al p udor, la llama crepitante vuela ha­


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cia el rostro; devorando sus cabellos, enciende su cabeza y ar­ de encima, mientras la virgen, deseosa de morir, sorbe el fuego con su boca. De allí sale, rauda, impetuosa paloma, que, más blanca que la nieve, abandonó la boca de la mártir y subió hacia los astros. Era el espíritu de Eulalia, puro, ligero y tenue. Ceden los músculos, al partir el alma; se extingue la resplan­ deciente hoguera; se otorga sosiego a los miembros exánimes, en tanto que su espíritu alegre cruza triunfante el espacio y vuela raudo hacia mansiones celestiales. Los mismos soldados vieron el ave que salió, a su vista, de la boca juvenil; medrosos y aterrados, huyeron y abandonaron su misión; el mismo líctor huyó d e s ­ pavorido. He aquí que el invierno glacial arroja nieve y cubre todo el foro; envuelve, también, los miembros de Eulalia, que yacían ca­ be el gélido suplicio, haciendo las veces de túnica de lienzo. Ceda el amor doloroso de los hombres, que suelen celebrar tales extre­ mos; cese la actitud llorosa: los mismos elementos, ¡oh virgen!, te hacen por mandato de Dios los funerales. Ahora, se halla en u r montículo este lugar de Mérida, colonia esclarecida de la Vetonia, a la que abraza el memorable río G ua­ diana y lame sus muros con la corriente de agua verdosa y altera­ da. Aquí, donde un almo resplandor ilumina los atrios de m árm o­ les preciosos, el peregrino y el indígena acuden a postrarse ante las reliquias y cenizas sagradas, que la tierra amorosa guarda en su regazo. Los techos rutilantes brillan en lo alto con dorados ar­ tesones y los mármoles pulidos matizan el pavimento; te parece­ rán como prados floridos cuajados de rosas, que enrojecen de modos diversos. Coged las violetas purpúreas y cortad el azafrán sanguíneo; no carece de ellos nuestro fecundo invierno; la tibia escarcha ablanda los campos, para colmar de flores los canastos. Ofrendad, vírgenes y donceles, estos presentes adornados con hojas; mien­ tras yo, en medio del coro, llevaré guirnaldas entíetegidas con verso dáctilo, viles y mustias, pero alegres. Así podemos venerar los huesos y el altar puesto encima de los huesos. Ella, asentada a los pies de Dios, contemplará estas cosas y, propicia por el canto, protegerá a sus pueblos.

Comento Aurelio Prudencio, poeta hispano contemporáneo de la mártir, veraz narrador de los suplicios, canta con divino acento en verso de clásica factura el triunfo de Eulalia. Aurelio Prudencio—según anota el padre Flórez, en la obra y tom o citados—«atendió prin­

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cipalmente a las glorias de los triunfos, sin expresar todas las in­ dividualidades de la historia...; así como no escribió de to d o s los mártires, tampoco fue preciso que en cada uno expresase cuanto había». Si omitió el decir minucioso, suple la falta el canto subli­ me, realzado con galas de extraña hermosura, cual convenía a la gloriosa Eulalia. Aurelio Prudencio es el primer poeta, dulcísimo poeta, que cantó a mujer cristiana en la lengua del Lacio, en el himno III del Peristepbanon P assio. Mi flaco ingenio ha osado verter al romance los dulces versos latinos. Mitigue la buena fe, el e n tu ­ siasmo y el fervor con que lo hice, el descaro del atrevimiento. Las actas éxpresan el hecho con llaneza. Prudencio canta el simbolismo del suplicio. Entre ambos no existe contradicción. Hay un punto oscuro: ¿cómo realizó Eulalia el viaje desde la villa Ponciano a la populosa Emérita? Prudencio la ensalza caminando entre cardos y asperezas, guiada por ángeles. Las actas afirman que to m ó el camino y mandó preparar un vehículo: «illico iter arripiens vehículum jussit aptari». La villa Ponciano distaba más de nueve leguas de la ciudad emeritense. Dice sobre esta villa el padre Flórez—obra citada, pág. 299—: «más tolerable—entre la opinión de los historia­ dores—era el recurso de los que ponen a Ponciano junto a Cáceres, en el sitio llamado Santa Olalla, donde hay una ermita de la santa con rastros de edificio romano». Aunque no existen pruebas para sa­ ber con certeza el lugar que ocupaba la villa Ponciano, el padre Fló­ rez, con su autoridad indiscutible, afirma que esta opinión es la «más tolerable»; la opinión de los que sitúan la villa Ponciano junto a Cáceres. Pues bien: es imposible que una joven de doce años, en una noche, por sendero áspero e ignorado,pueda ir desdeCáceres aM érida sin milagro, auxilio divino que no consta en las actas ni en el himno de Prudencio. No hemos de multiplicar los milagros sin necesidad, a tenor de la práctica que sigue la iglesia. Podemos, sin violencia, con lógica, armonizar las dos versiones. Eulalia salió de noche, clandestinamente, de la villa Ponciano en unión de Julia, su doncella. Recorrió el camino desde la villa Ponciano hasta la «Vía de la Plata», calzada romana que unía a Cáceres con Mérida. En el trayecto, Eulalia y Julia se lastimaron los pies—«pedibus laceratis», dice Prudencio— . En la «Vía de la Plata», tomaron el vehículo que Eulalia mandó preparar por mediación de Julia u otra persona de confianza. Teniendo una vía fácil, cómoda, segura, ¿ p o rq u é razón había de ir to d o el camino hollando asperezas? Q ueda, pues, allanada la única discrepancia entre las actas del martirio y el can­ to del poeta.


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A ñ a d im ie n t o

Eulalia es sol refulgente en el martiriologio romano. Mérida, la patria de Eulalia, se decora también con la sangre de otros héroes. Allegaremos breves noticias sobre el triunfo de estos mártires. Julia era doncella de Eulalia. La doncella y la señora creían, prac­ ticaban, defendían, confesaban la doctrina cristiana. Julia fue con Eulalia a la villa Ponciano. Julia fue cómplice del ansia martirial que tenía Eulalia. Julia organizó la huida sigilosa de la villa campestre, apartada y segura, donde las recluyera el cuidado paternal. Julia dispuso el vehículo que, entrada la noche, las esperarse en la Vía de la Plata. Ya está todo a punto. Eulalia, la señora, y Julia, su don­ cella, visten su rostro de pueril gravedad. Saben que el Esposo aguarda, luciendo galas de gloria, para el celestial connubio. Las tinieblas circundan a la villa Ponciano. Abren con tiento un posti­ go de la villa. Con pie asentado, con sigilo medroso, trasponen el seto del jardín. Caminan, en la oscuridad, hollando jaras, aliagas, pastizales y asperezas. T opan en las piedras, resbalan en el lodo, se rasgan las telas y encajes en el breñal sin senda. Julia está más prác­ tica, más avezada que Eulalia en los rigores del camino. Julia lleva la delantera. Eulalia, con suavidad, con profecía, advierte a Julia: —Has de saber, hermana, aunque voy la postrera, que he de morir la primera. Sí, Eulalia goza la primera del martirio. Julia contempla, envi­ dia, ansia padecer los mismos suplicios que Eulalia. Julia se pre­ senta al juez. Dice que es cristiana. Julia, como Eulalia, rehúsa tocar con la yema de sus dedos el grumo de sal y el grano de incienso destinados a la idolatría. Julia no tiene la hermosura, ni la hacienda, ni el linaje que Eulalia. Su muerte no dio que hablar en la ciudad. Julia, al fin, era una doncella, una esclava, un ser des­ preciable a los ojos de los hombres. Julia, empero, fue recibida en la mansión eterna, en el seno de Dios, con el mismo júbilo que Eulalia, su señora. La iglesia celebra su triunfo en el mismo día. Ni las actas del martirio, ni el himno que Aurelio Pruden­ cio dedicó al triunfo de Eulalia, ni los martirologios, ni los santo­ rales, ni los breviarios antiguos hacen referencia a la madre de Eu­ lalia; sólo hablan de Liberio, su padre. Este silencio parece indicar que Liberio era viudo. Así, en los últimos años del siglo III, eligie­ ron arzobispo a Liberio, a la muerte de su antecesor. Liberio en­ comendó la educación de su hija a dos sacerdotes: a Donato, para maestro; a Félix, para confesor. D onato y Félix acompañaron a Eulalia cuando fue a la villa Ponciano, huyendo de la persecución

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e invitada «por una parienta», como se dice en las actas. Siendo arzobispo Liberio, se explica que fueran dos sacerdotes los encar­ gados de educar a Eulalia. N o teniendo Eulalia madre, se explica que fuese recogida por una parienta. T o d o ello ha recostado mi juicio sobre el parecer de los que identifican al arzobispo Liberio con el padre de Eulalia. D onato y Félix, cuando notaron en la vi­ lla Ponciano la falta de Julia y Eulalia, corrieron en su busca a la ciudad de Mérida. Sólo hallaron los despojos de las mártires. Fé­ lix y D onato siguieron su ejemplo: confesaron la fe de Cristo; pa­ decieron martirio. Donato era de Trujillo. Aquel día trajeron a Mérida a veinti­ dós cristianos, también naturales de Trujillo. Sólo conocemos el nombre de uno: Hermógenes. T odos perseveraron en la fe. T o d o s recibieron el martirio. Así consta en los martirologios geronimiano, epternacense, florentino, blumano, richenoviense, labeano y en otros documentos: en todos se afirma que padecieron el mismo día que Eulalia. El martirologio rabano añade que padecieron en Mérida. Juan Tam ayo Salazar, secretario del obispo de Plasencia don Diego de Arce y Reinoso, demostró y convenció a dicho pre­ lado, en 1651, de que estos mártires habían nacido en Trujillo. El obispo firmó un decreto declarando a estos mártires santos propios del obispado de Plasencia. Estos mártires tuvieron en Trujillo su ermita y cofradía desde tiempo inmemorial, según consta en su archivo. N o comprendemos, en este asunto, la per­ plejidad e indecisión de algunos historiadores. Cuando el espíritu de Eulalia, en forma de paloma, abandonó la carne macerada que la había servido de envoltura en este mundo, los soldados, temerosos, huyeron y dejaron los despojos santos en el lugar del suplicio. El cielo envió copos blanquísimos, para que sirvieran a Eulalia de nivea mortaja. Uno de los cristia­ nos que rondaban las cercanías con intención de apoderarse del cuerpo de Eulalia, se acercó, reverente, y la cubrió con su capa. Le vieron los soldados; confesó que era cristiano; su gesto le acarreó la muerte; alcanzó la palma del martirio. En tanto, otros cristianos robaron el cadáver de Eulalia y le pusieron a buen recaudo. En­ tonces, para evitar que los fieles dieran sepultura a los cuerpos de los mártires, los legionarios tomaron los despojos de Félix, de Donato, del «caballero de la capa»—así le nombran las historias—, de Hermógenes, el trujillano, y de sus compañeros, y los echaron en una laguna: se llama desde entonces «Laguna de la sangre». Era el día 10 de diciembre del año 303, según unos; del año 304, según otros. Fue éste un día de gozo y triunfo para la iglesia emeritense. O tros mártires decoran la ciudad de Mérida. Viejos m artiro­ logios ponen el tránsito y fiesta de Saturnino en el día 1.° de mayo. Afirman que nació, vivió y sufrió martirio en Mérida. Unos le


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dicen santo, otros, santa. N o consta bajo qué perseguidor padeció torm ento. Los escritores antiguos contraen a Mérida la patria de los mártires Septimio, Amasio, Orasio y Luciano, sin especificar otros datos de su vida, ni aclarar la índole del martirio que padecieron. También hacen emeritense a Lucrecia. Galesiano, en su «m artiro­ logio», dice: «En Mérida, en España, santa Lucrecia, virgen, que en la persecución de Maximiano, por mandato del presidente Deciano, crucificada por Cristo, vertida su sangre, fue adornada con la co­ rona del martirio». Mérida tuvo en grande veneración a esta mártir; levantó en su honor suntuosa basílica junto al puente de Guadia­ na, ya desaparecida. Los autores discrepan sobre si Mérida fue o no la patria de los mártires Estercacio, Víctor, Antinógeno, Fides y Sabina. C om o el fundam ento no es seguro, renunciamos a levantar ninguna afirma­ ción. N o está Mérida necesitada de galas dudosas. En tanto que los mártires triunfaban del suplicio, Liberio, el padre de Eulalia, el pastor de la grey cristiana, el arzobispo de Mérida, sufría cárcel y tormentos: permaneció constante en la fe; vio el fin de la saña persecutoria. Pasado el furor, Constantino publica en Milán, año 313, un edicto declarando libertad de cul­ tos. La neutralidad del emperador se transforma en ayuda mani­ fiesta. Pasó el cristianismo, tolerado hasta entonces, a ser religión privilegiada. Liberio organiza la cristiandad emeritense. C onstan­ tino fijó límites a las iglesias y obispados españoles. Dice Alfonso el Sabio sobre esta división: «Partió toda España en seis arzobis­ pados... El quinto arzobispado puso en tierra de Lucena, en la ciudad de Mérida; y puso que le obedeciesen estos obispados: Beja, Lisboa, Osama, Inaytalla, Coimbra, Bisana, Lenza, Talabria, Salamanca, Gaba, G uruba, Coria». Los verdugos ya no acosan a los cristianos. En cambio, la perfidia de los herejes daña a la iglesia. El ímpetu cristiano arrolla la nervatura tradicional del Imperio. Era necesario proclamar nuevas fórmulas de convivencia, reprimir las desviaciones heréticas, dar sentido, en lo divino y en lo hum a­ no, a la nueva situación creada por el cristianismo triunfante. La iglesia reúne concilios para estudiar y definir los nuevos proble­ mas. Liberio, el arzobispo emeritense, el padre de Eulalia, asistió a tres concilios: al de Illiberis (Granada), acompañado del sacerdote Barca; al de Arlés, acompañado del diácono Florencio; al de Nicea, primer concilio universal, acompañado también por el diácono Flo­ rencio. Asistieron al concilio de Nicea trescientos prelados; Osio, obispo de Córdoba, y Atanasio, patriares de Alejandría, redactaron el «credo» o símbolo de la fe, que, desde entonces, rezan y cantan los hombres en todos los idiomas. Liberio murió hacia el año 321. Le sucedió Florencio, el diácono que le había acompañado al con­

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cilio de Arlés y al de Nicea. Después de Liberio, Roma nunca más persiguió a los cristianos. Los sepulcros de los mártires son devotas raíces que sustentan al árbol cristiano. Sobre los huesos de Eulalia se elevó pronto el ara del altar. Sobre el ara, una basílica, suntuosa, rica, devota. En los atrios de mármoles preciosos refulgían con almo resplandor los brillantes y dorados artesones. El oro irradiaba sus fulgores. Los mosaicos del pavimento simulaban praderas cuajadas de rosas, c o ­ mo un florido vergel. Aquí venía el indígena y el peregrino, a pos­ trarse ante las cenizas sagradas, a esta ciudad de Mérida, tan rica en monumentos paganos, que no supo conservar el recuerdo de su antigua opulencia cristiana. Frente a la puerta de esta basílica, lugar en que Eulalia padeció el suplicio, levantaron los emeritenses, el año 1617, un sencillo m o­ num ento ofrendado a la mártir. Utilizaron piedras de templos pa­ ganos. Llaman a este monumento «El Hornito de Santa Eulalia». En el siglo XVIII, año 1752, con mármoles dispersos entre las rui­ nas, se erigió un obelisco a la patrona que decora a la ciudad. En la villa Ponciano, desde tiempo inmemorial, se levantó una ermita en ho n o r de Eulalia. A esta ermita, humilde, pintoresca, vetusta, llegan cada año los romeros de Cáceres, a celebrar el tránsito de Eulalia al cielo. Allí, en el cielo, acurrucada a los pies de Dios, re­ cibe Eulalia, benigna, propicia, el homenaje de sus devotos; p ro te ­ ge a su pueblo.

F a n t a s ía

Estos son los héroes que decoran a Emérita Augusta con san­ gre martirial. Vamos a soltar en pos de ellos nuestra fantasía; en pos de los torm entos que padecieron; en pos de los suplicios de que triunfaron; en pos del fruto que consiguieron. Sujetamos, em­ pero, nuestra fantasía con las riendas de la historia, con las noti­ cias de autores graves, con los cantos de dulces poetas. Así, ve­ mos con nuestra fantasía a España, la provincia más identificada con Roma, en la que más lozano floreció su espíritu. El cetro de Roma se hallaba en la cumbre de todas las pujanzas. Sus armas, bajo el imperio de unas mismas leyes, habían dom ado a los pue­ blos discrepantes. La familia cristiana, en la faz de la tierra, se iba ligando con un solo vínculo, bajo un solo pastor. En España estaba la «segunda Roma»: Emérita Augusta. En esta Emérita Augusta, henchida de municipios estipendiarios, agricultora, industriosa, ardiente, novelera; arrullada por el canto de sus 6


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poetas; amonestada por la voz de sus filósofos; embellecida por las creaciones de sus artistas; en su amplio foro, lleno de una mul­ titud ansiosa de novedades; en los corazones endurecidos por la opulencia y prosperidad; en los espíritus fatuos, altaneros, hincha­ dos de humana sabiduría; cabe los templos en que ardían idolátri­ cas llamas, rompieron el velo pagano palabras de varones apostó­ licos. Mientras se extingue la hoguera de idolatrías y simulacros, en Emérita Augusta fructifica la palabra divina, la luz del mundo. Esta palabra divina ciece, fértil, en medio de asperezas, de sangre palpitante, de carne macerada, de músculos relajados, de huesos partidos. Contemplamos con la fantasía a esta «segunda Roma», a Emé­ rita Augusta. A su anfiteatro, para diversión y regocijo, acudía la multitud, a recrearse en los suplicios cristianos. Los fieles salían a la arena. Con rostro plácido, impacientes de morir por Cristo, sa­ ludan a su matador: ¡Ave Caesar, tnoriluri te saíutant! G ustaba la ple­ be de que la grey cristiana simulara cuadros mitológicos. Unos fie­ les, vestidos con túnicas impregnadas de aceite, de pez, de resina y brea, imitan a Hércules tratando de arrancarse las vestiduras in­ flamadas; otros, cubiertos con pieles de bestias salvajes, parodian a Orfeo despedazado por un oso; otros representan a Dédalo a rro ­ jado del cielo sobre horrendos precipicios. De las mujeres cristia­ nas, unas hacen el papel de las Danaides; otras, el de Circe. Luego, salen los esclavos con su rojo tridente, cual si fueran Plutón o Mercurio, a com probar que habían muerto los cristianos; les arrastran por la arena, palpitantes todavía; Ies llevan a los jardines y bosques sagrados, para que los cuerpos sárvan de luminarias nocturnas. La avaricia, el miedo, la crueldad, el endiosamiento de los per­ seguidores, el capricho de los magistrados, el odio del pueblo, el fanatismo gentil, eran ruedas que molían carne de mártires, t r o ­ cándola en pan blanco de Cristo. El ergástulo, la cruz, la espada, los garfios, los cepos, el plomo bullente, las prisiones, los torm en­ tos sutiles, fueron segur del divino podador que cortaba los sar­ mientos cristianos que habían dado fruto, para hacer retoñar, fuerte, lozana, la viña plantada por su mano, regada con su sangre. La saña persecutoria no se conforma con los cuerpos; quiere destruir las almas. Los cristianos sufren olvido y abandono en la cárcel; les curan sus heridas para torturarlos de nuevo. Cuando los suplicios no vencen su constancia, les intentan seducir con pía • ceres lujuriosos. Se aguza el ingenio para borrar el nom bre cris­ tiano: unos eran azotados y clavados en cruz, donde morían de sed y de hambre; otros eran sofocados; a éste le colgaban con pesos para descoyuntar sus miembros; aquél moría aplastado con ruedas de filos cortantes; a uno le desgarraban sus carnes, ya tos­ tadas por el fuego, con peines de hierro, con uñas, con tenazas; a

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o tro le metían en cepos; les azotaban hasta descubrir los huesos; les quemaban en hornillos, en hogueras, en toros de bronce, en parrillas de hierro, en aceite hirviendo, en pez, en metal y en plo­ mo derretidos; les decapitaban; les herían con lanzas y saetas; les enterraban en vida; les abrían el vientre para dornajo de animales Inmundos; violaban a las mujeres, a las doncellas, llevándolas por las calles desnudas; mutilados y hambrientos, les hacían trabajar hasta sucumbir...; horrores y más horrores, imposibles de soportar sin la divina asistencia de Cristo. Los martirios eran semilla de cristianos: «Somos de ayer— dice Tertuliano—y lo llenamos todo.» Los mismos perseguidores, con la facundia de Roma, preparaban el crecimiento del vergel cris­ tiano: «Por ti—dice Paulino de Ñola a Niceto de Remenasia—; p or ti aprenden los bárbaros a ensalzar a Cristo con romano corazón». Mas «el Cristianismo—advierte Menéndez y Pelayo—no venía sen­ cillamente a levantar altar contra altar, sino a herir en el corazón a la sociedad antigua, predicando nueva doctrina filosófica nun­ ca enseñada en Atenas ni Alejandría». La nueva concepción del m undo, de la vida, de la muerte, de la religión, de la sociedad, sacó triunfante de las cenizas paganas el fuego de Cristo. N o fue necesario el aniquilamiento de los módulos y valores de la cultura romana, sino la purificación, la integración de esa cultura en el es­ píritu cristiano. Y Emérita Augusta, síntesis de Roma vivificada en Cristo, tuvo función rectora, ejemplar, decisiva, en tan laborioso alumbramien­ to. Roma consiguió plasmar su espíritu en los pueblos conquista­ dos. España era la provincia más romanizada. Emérita Augusta, la «segunda Roma», era la principal colonia de España. N o es de ex­ trañar que España sea la vocera adelantada del espíritu de Roma. Las voces hispanas, por el ámbito del mundo, cantan sin reticencia su admiración, su aprecio por la obra de Roma; proclaman su gran­ deza; se estiman herederos, mayorazgos de su fortuna. Es un poe­ ta hispano quien tañe en fuerte lira los balbuceos de Virgilio—tu regere pópulos—y entona en verso horaciano un canto suavísimo a la ciudad de Rómulo. «¡Oh Cristo—dice Prudencio en su ditiram­ b o —, Dios único y verdadero! ¡Oh esplendor! jO h poder del Pa­ dre! ¡Oh Hacedor del cielo y de la tierra y fundador de estas m u­ rallas! Tú, que colocaste el cetro de Roma en la cumbre de todas las pujanzas y decretaste que el mísero mundo obedeciese a la t o ­ ga de Quirino y sirviese a sus armas, con el intento de domar así, bajo el imperio de unas mismas leyes, las costumbres, el genio, las lenguas y los cultos de naciones discrepantes. He aquí que el h u ­ mano linaje todo entero ha pasado bajo la ley de Remo. El mismo sentir tienen los pueblos más diversos y los más disonantes ritos publican una sola verdad. Y esto fue así predestinado, para que to d a la grey cristiana derramada en la sobrehaz de las tierras, que-


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dase más estrechamente ligada con un solo vínculo. Concede, ¡oh Cristo!, a tus romanos que sea cristiana la ciudad por cuyo minis­ terio hiciste que todas las otras participaran de una sola religión. Ya, por este símbolo divino, los pueblos son miembros unidos; el sojuzgado mundo se amansa; amánsese tam bién la cabeza supre­ ma. Las plagas más confusas y distantes confluyan en una misma fuente de gracia... Veo a un príncipe fu tu ro , siervo de Dios, que vendrá a su tiempo justo y no permitirá que Roma torne a la afren­ ta de su viejo culto; que cerrará los templos desierto?; que obs­ truirá las puertas ebúrneas; que condenará los umbrales nefastos y vedará que se alcen los goznes de bronce. Entonces, por fin, p u ­ ros de sangre corrompida, esplenderán los mármoles; se erguirán los bronces inocentes en estatuas que ahora reverencian los ídolos». Así canta el poeta hispano. Siempre fue España obsesión de Roma. Siempre fue Roma obsesión de España. Romana era Espa­ ña, cuando entona Prudencio: «Hispanus Deus adspicit benignus»; este Prudencio dulcísimo, que introdujo a la mujer en la poesía la­ tina cantando a la dulcísima Eulalia.

VISIONES DE UN CAMINANTE

(Publicado, en parte, como suplem ento de divulgación del «Boletín Inform ativo» de la Asociación de Amigos de Guadalupe, en Cáceres, septiem bre de 1947).

(El agua fecunda de la Alta Extremadura)


I A

VISTA

DE

OJOS

Rondan las once de la mañana. Es el día 4 de abril; lunes santo del año 1955. Cendales de nubes se diluyen en el firmamento. Amortiguan estos cendales de nubecillas, de trecho en trecho, el rigor del sol, que en esta época ya se siente por Extremadura. El consejo provincial de Falange ha salido a conocer, por vista de ojos, las zonas de regadío que tiene la provincia. Ha llegado el cortejo a las cercanías de Moraleja, pueblo de solera falangista, que cae hacia el oeste, camino de Portugal. Allí, junto a Moraleja, en la carretera, el ingeniero jefe de la Delegación del Instituto de Colonización en Cáceres, don José María García Pérez, explica sobre unos planos los proyectos de regadío—lo hecho, lo que falta por hacer— de la zona afectada por el embalse del Borbollón. Resalta la cortesía, la enjundia, la manera pausada, concisa y pre­ cisa, de su amable explicación. El jefe provincial de Falange y g o ­ bernador civil, don Antonio Rueda y Sánchez-Malo; el consejo provincial, otros invitados, miran los planos, agradecen las expli­ caciones. Estas incitan al curioso, aumentan la impaciencia por ver con los ojos, hechas realidad, las cosas que en los planos más han herido la fantash. En cuatro coches partimos todos, en busca de altozanos, para otear en perspectiva la inmensa llanura que se t r o ­ cará en regadío. Ansiábamos contemplar lentamente, con delectación, como quien gusta de un licor exquisito, las bellezas que se nos ponían antes los ojos: las nubecillas, que se iban diluyendo en cendales vaporosos sobre el añil purísimo; las montañas que circuyen, abra­ zan y protegen la vega de los fríos aires del septentrión y permi­ ten que florezcan el naranjo y el limonero; los árboles frondosos


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de oscuro verdor—destaca, abunda la encina—que al extender la vista sobre sus tupidas copas, dan sensación de boscaje, producen un no sé qué de misterio; las hierbas aromáticas, en el suelo h ú ­ medo, bien abrigadas en las silenciosas laderas, que embalsaman el aire de los sotos, transparente, límpido, puro; el agua susurrante de las fuentecillas que nacen en las sierras, este agua que m urm u­ ra y se encrespa en lo hondo de los barrancos, que, tranquila, se­ rena, con movimiento imperceptible, culebrea por la llanura, mien­ tras las ondas que levanta la brisa tenue son espejos que reflejan con infinitos matices el abundoso follaje... Otras delicias, otras amenidades, otras menudencias bellísimas, contemplamos al pasar. Ibamos por las angostas sendas que transitan los ganados; por veredas que sólo cruza, de tiempo en tiempo, algún pastor; por caminos de herradura— a veces carreteros—, a campo abierto, cruzando los surcos de través o aplastando el matorral, que a todo se prestan los coches potentes que nos ofreció el señor ingeniero de Colonización. Llegamos a un otero. En la solana de éste, había dos cigüeñas: siguieron impasibles, indiferentes a nuestra llegada, sin acusar extrañeza ante el ruido de los coches. Una mariposa blanca revolotea, juguetona, entre nosotros. En un chozo, recos­ tado sobre el tronco rugoso y áspero del árbol consagrado a Júpiter, se oye el cacareo peculiar de una gallina que acaba de hacer su postura. Pisamos blandamente, voluptuosamente, sobre la fina hierba de un prado. Sobre la alfombra de este prado, luce la flor blanca de la magarza en caprichosas filigranas, en contraste con el verdor restallante de las otras hierbecillas. El sol esplende en la llanura. Recréanse los ojos admirando este esplendor de la llanura, sin fin para nuestra mirada, que se pierde en lontananza. Once mil hectáreas tiene la llanura. Estas once mil hectáreas, casi en un todo, se harán regadío con el agua cristalina que nace allá en la sierra, que murmura en los barrancos, que culebrea en las vegas. Al mirar desde el otero, se advierten matices extraños en el verdor de los encinares: tienen algunas encinas el pajizo color de reseca hojarasca. A veces, el aire nos trae al oído el susurro lejano de recia segur. Humaredas perennes se vislumbran, de trecho en trecho, en la llanura. Huebras de tierra calva rompen la simetría de la arboleda. T o d o esto nos da en la cara. Explica el ingeniero: los matices extraños en el verdor, las encinas de pajiza hojarasca, los golpes del leñador, el humillo que asciende, fino, perenne, gentil, hacia la altura, las huebras de tierra calva..., son debidos a que la vega se está aparejando para hacerse más fecunda. Se cortan los árboles y, al secarse, trastruecan su verdor; se hacen carboneras de tronco y de vuelo— al carbón de vuelo llaman «canutlilo»—; el ramaje menudo, el ramoneo, sirve al picón; lo más escogido se aparta en leñeras... Ello se hace pausadamente, sensatamente, has­

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ta aprovechar to d o esquilmo. Así, a sus tiempos, quedará la llanura sin arboleda, expedita, nivelada. (La vista de ojos nos ha engañado: la lejana calvicie en el m on­ te que nos pareció una huebra, son 900 hectáreas puestas ya en regadío). Tornam os a los coches, camino de Vegaviana.


II VEGAVIANA

Escasea el color blanco en el agro extremeño. La flor del al­ mendro, el azahar del naranjo, los pétalos de la jara, la magarza, las campanitas silvestres y pocas más hierbecillas, esmaltan de blancor nuestros campos. Empero, sobreabunda el amarillo, el verde, el bermejo. A estos colores tenemos la retina acostum bra­ da. Choca en nuestra retina, al trasponer un altozano, la blancura hiriente de nuevas construcciones. Es maravilloso el contraste de esta blancura entre el oscuro verdor de la nutrida arboleda, entre el verdor más alegre, matizado en colores, que tienen los prados. Se nos antojan estas construcciones un pueblecito de ensueño, puesto en la cima de un otero, para alegría del caminante, para deleite del sentido. La cima de este otero en que rutila la hiriente blancura de las nuevas construcciones, se llama Vegaviana. (De nuevo nos ha engañado la vista de ojos: estas nuevas cons­ trucciones, de oscuros tejados que no percibíamos entre el verdor, de hastiales blanquísimos, no son un pueblecito; son barracones provisionales para albergue de colonos). Bajamos de los coches. Contemplamos estos albergues, estos barracones provisionales para los colonos. Están dispuestos en la traza de un pueblecito, con sus calles rectas, con su ancha plaza en medio. En las calles, en la plaza, se conservan las encinas, que dan vistosidad, que sombrean los albergues, que mitigan el rigor del estío al retom o del trabajo. Además, estas encinas conservadas en las nuevas construcciones, en los albergues, en los pueblecitos, las vemos nosotros como el lazo de unión entre el pasado y el presente; como testimonio fiel de que jamás renunciaremos a nuestra vieja, a nuestra gloriosa, a nuestra simpar ejecutoria; como velo nupcial de los afanes de antaño cobijando nuesttos fecundos

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quehaceres de hogaño. Bajo las sombras de estas encinas, contem piamos la hermosura del paisaje. Examinamos, admiramos, curioseamos los barracones, los al­ bergues provisionales; unos son para vivienda de los colonos; otros, para heniles, para graneros, para cuadras de ganado. C ons­ tan las viviendas de tres habitaciones: una amplia cocina-comedor con su hogareña chimenea, dos alcobas-dormitorios. El suelo es arenizo; los techos, de cielo raso; las paredes, limpias, blancas, en­ caladas; la iluminación, alegre, clarísima, acogedora, entra por los ventanales. Las cuadras, los graneros, los heniles, tienen la misma traza, pero sin cielo raso en la techumbre. Armaduras de hierro sustentan la construcción. De cemento y ladrillo son los hastiales. Grandes láminas de cartón-piedra acanaladas, protegidas con un baño de betún, cubren los techos. En las viviendas, en las cuadras, en los heniles, en los graneros, vemos Interruptores, hilos, bujías; de noche, son iluminados por electricidad. En todo ello, admira­ mos la finura, la armonía de líneas, el feliz casamiento de la técni­ ca c o r una discreta elegancia. Pensamos, dudamos. ¿Esto—según dicen—es provisional? H e ­ mos pensado, hemos dudado por nuestra cuenta; y hemos d ud ad o y hemos pensado mal. Aclara el ingeniero: to d o este tinglado se desmonta en un santiamén. Aquí, en la cima del otero, en la finca Vegaviana, en dos grupos, se levantan 350 albergues para colonos del regadío, 50 para obreros agrícolas. En medio de estos alber­ gues, se levantará un pueblo. Este pueblo también se ha de llamar Vegaviana. (¡Bonito nombre!) Pero urge, apremia la inmediata explotación del regadío. Por esta urgencia, por este apremio, se han construido los barracones. Cuando el pueblo esté acabado, se desmontan los albergues y se utilizan en otra nueva explotación. Esto ha explicado el ingeniero. Tras sus explicaciones, quedamos arrepentidos de nuestras dudas, de nuestros malos pensamientos. Luego, vemos—con ojos inquietos, con parloteo in q u is id o rios planos del futuro Vegaviana. Asentará el pueblo en la cima del otero, abierto a todos los aires, en clima sano, con vista alegre. La plaza estará en el medio. En la plaza, la iglesia, las casas para ayuntamiento—pedáneo de Moraleja—, para juzgado, para co­ rreos, para escuelas, para cine, para maestros, para médico..., para to d o aquello que necesita el hom bre para sustento del alma, para recreo del cuerpo. El trazado» de este pueblo no se ha hecho me­ diante el surco, a la manera romana; tampoco en plaza rectangu­ lar, con avenidas paralelas, al uso de nuestros conquistadores. El trazado de este pueblo se ha hecho de muy ingeniosa manera. Las calles no guardan simetría ni en dirección ni en anchura. Tuvo en cuenta el planeador que el pueblo culmina un altozano, que está abierto a todos los aires, y no es discreto encallejonar al céfiro cuando, en invierno, traspone el pico de Jálama, y llega aquí enfu­


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recido, airado y silbador. Lleva el trazado de este pueblo aristas quebradizas, que romperán la furia del viento. En la desconcerta­ da armonía de sus calles, se atisban, acotados, espacios verdes. Hay casas de un solo piso; otras llevan dos. Algunos sobrados de estas casitas se amparan bajo la sombra extendida de rugosas e n ­ cinas. Allí, ante planos, vemos con la imaginación el futuro Vega­ viana. Pedimos a Dios que p ro n to —antes de tres años, según los proyectos—contemplemos esta maravilla a vista de ojos. El tiempo apremia. Hemos de partir. Las mujeres, los niños del poblado, miran a los coches y a nosotros, cobijados r. la som ­ bra de las encinas. Hay pocos hombres, porque andan en sus fae­ nas. AI levantar el día, se va tornando otra vez neblinoso. Partimos. Un mastín con recias carlancas nos ladra furioso. El pastor lleva al hom bro un lechal que ha nacido esta mañana, a la espalda su zamarra, algo abierta su pellica y en la mano un garabato. Nos mira indiferente. ¿Qué pensará este pastor? ¡Quién pudiera ahon­ dar en la entraña de su filosofía! En nuestro caminar, pasamos un arroyo, otro arroyo. A veces, infunde tem or el paso de estos arroyos: el agua cubre el asiento de los coches. En un llano, carpantea un labrador; para las muías; nos mira y sonríe al vernos pasar. Un rapazuelo, en la ribera, allega un manojo de pan y quesito. En tanto, una linda mozuela agita una chambra en la mano. N os dice adiós, al pasar.

III LA

MOHEDA

Nubes de polvo levantan los coches al pasar por la llanura. Vamos hacia Moraleja. Entre las nubes de polvo, a la parte del sur, atisbamos la ermita de las Angustias. Mirando hacia el pueblo, destacan sobre la arboleda las agujas de la torre en la iglesia de la Piedad. Entre el boscaje, aledaño al camino, están las hazas ver­ dosas de los sembrados: del trigo, del centeno, de la cebada, de las granzas, de la avena, de las habas, de la hortaliza. Entre el ver­ dor, alternando, los surcos rectos de los barbechos. Seguimos la margen derecha de la rivera. Cruzamos un puente. Frente al puen­ te, a la margen izquierda, vemos, arruinada, la puerta que tenía al norte este pueblecito; vemos señales de los fosos que circundaban el caserío, cuando se fortificó la villa en las últimas guerras con Por­ tugal. Pasamos calles irregulares, desempedradas, terrosas; la plaza cuadrilonga, con soportales. Se nota ajetreo, actividad, industria, Comercio. Hace un siglo, el pueblo tenía cien casas: más de cin­ cuenta estaban en ruinas, deshabitadas por falta de moradores. Hoy, este pueblo, por su topografía, por sus comunicaciones, por su bien concertado pergeño, es el centro de la zona en regadío. Se le augura fulminante crecimiento: en hombres, en riqueza, en industria, en... Dejemos lo que se le augura, pues estamos hacien­ do una crónica a vista de ojos. Llegamos a la Moheda. N os gusta este nombre. Es cosario por Extremadura. M oheda significa lugar escondido, monte alto con jarales, maleza y espesura. Ahora, el lugar no está escondido, ni tiene monte, ni tiene jara, ni tiene maleza, ni tiene espesura: las tierras de su c ontorno están ya en regadío. Pensando en la etimo­ logía árabe de la M oheda, se nos vino a la mente cierto suceso de una finca cercana, llena también de temerosa espesura. Allí, en la


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M oheda, co n tam o s el suceso, de palabra, a varios camaradas. H agam os una excepción en esta crónica de cosas vistas, para q ue tenga el lector un p u n to de curioseo. C o p iam o s de un m anuscrito: En miércoles santo, 18 de abril (1763), me envió la siguiente parti­ da don Juan Monroy, natural de la villa de Gata, obispado de Coria, y cura ecónomo del lugar de Villasbuenas, distante como una legua de dicha villa de Gata, el cual, registrando en el referido lugar de Villasbuenas los libros de bautismo, encontró dicha partida. PARTIDA: En 18 días del mes de mayo de 1690, bauticé y puse los santos óleos a un niño, hijo de don Carlos Manuel y doña Ana de Ve­ ra, que, malheridos, murieron en mis brazos; mozos solteros, a quie­ nes desposé «in artículo mortis», según dijeron cuatro embozados que los traían a las ancas de sus caballos; y me sacaron de mi casa a la medianoche. No me quisieron decir la patria. Y uno de ellos, que fue padrino, dijo se llamaba don Esteban Zapata. Puso por nombre al nifio Carlos Próspero y dijo había nacido el día catorce del dicho mes. Y el cual me dejó cincuenta doblones para criarle. Y lo firmé.

H asta aquí la p artida de b au tism o . C o n tin ú a el m anuscrito: Habiendo hablado sobre este particular con dicho don Juan, me dijo decirse en el referido lugar de Villasbuenas que, habiendo saca­ do de su casa, a la medianoche, al cura, le montaron a las ancas y le llevaron a una dehesa inmediata, donde estaban los referidos don Carlos Manuel y doña Ana de Vera, jóvenes ambos; y que habiéndodole hecho que los confesase y bautizase una criatura que estaba con ellos, les cosieron a puñaladas a los dos jóvenes en su presencia; y que habiendo venido acompañando al cura hasta su casa, le dieron para criar la criatura la cantidad expresada y algunas cosas de va­ lor. Asimismo, oí a dicho Monroy que después encontró la partida de muerte de este niño. Se dice que se llamaba la dehesa del Fresno.

El m an uscrito se titula: «Miscelánea placentina». Su autor: T o ­ más del Barco y Villalobos. Se guarda en la Biblioteca Pública de C áceres, signatura S— 1—8641. Ya la M o h ed a no es tem erosa. Asienta en despejada llanura. El pueblo, en construcción, su rg e pegado a la carretera, al lado oeste. Va m uy adelantado. V em os su traza sin recurrir a los pla­ nos. Los m u ros de las casitas son de pizarras, cogidas con ce m e n ­ to. Extraña es su fortaleza. El tra z a d o se ha hecho a la m anera española, extrem eña, castellana. Su plaza es armoniosa. Sus calles guardan simetría. Su aspecto es distinto al d e Vegaviana. Al ver con los ojos levantar t o d o un pueblo, con capacidad para 180 c o ­ lonos y 20 o b re ro s agrícolas, inquirim os su im porte: pre su p u esto para la fase actual en la M o hed a, 11.700.000 pesetas; para Vega-

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viana, 22.000.000 de pesetas. U n ta n to anon ad an las cifras. Ju sti­ fica estas cifras la ingente tarea. La labor q u e en la h o ra actual se realiza en esta llanura, es p erd urab le. Se hace b ajo el prisma de valores eternos. D u ra rá p o r los siglos de los siglos. Iterará su p re­ sencia c o m o el d o lo r h u m ano. A quí vend rán los h o m b re s con sus gozos y alegrías, con sus achaques y tristezas, con sus ilusiones y esperanzas, con sus traiciones y desengaños, con sus generosida­ des y sordideces, con sus valentías y apocam ientos. C osas pasarán y cosas quedarán: qu ed a rán las o b ra s buenas; p asarem os n o so tros, nuestras ruindades. En t o d o tiem po , día tras día, se irán c o n ju ­ g an d o el vivir y el morir. ¿Por q u é se despiertan en mí tan graves pensamientos? Estos pensam ientos se me han d e s p e rta d o ju n to a una encina, m ientras se ajaba en mis m anos una m atricara con su b o t ó n amarillo y sus pétalos blancos. Esta florecita delicada, efí­ mera, humilde, q u e ofrece su aro m a a quien la m altrata o acaricia al cru zar p o r el camino. N o s extrañan estos graves pensam ientos, en esta época del año, cu a n d o es más intensa la vida, cu a n d o se respira lozanía en las plantas, en las flores y en los p rom etido s frutos. A pesar de estos graves pensam ientos, el am biente denso y em briag ado r de la prim avera nos em barga el ánimo con un leve ensueño dulcísimo. El día sigue neblinoso. Ya es m ediodía. Se siente b o c h o rn o . ¡Q ué h o n d a im presión nos ha cau sad o la M oheda!


IV EL

CARRASCAL

Tiene la Moheda, hacia el oeste, como a tiro de arcabuz, un grupo de albergues para colonos. Hacia el oriente, como a tiro de fusil, en la finca del Carrascal, hay otro grupo de albergues. De estos albergues, sólo visitamos el Carrascal: son los dos grupos iguales; iguales que los de Vegaviana. Salimos de la Moheda. Un poco al norte, en una tenue vagua­ da, aparece, herida por los reflejos del sol que se filtra entre las nubes, una hilera de arcos, simétrica, en forma de acueducto. A lo lejos, parece obra de poca monta. Nos vamos acercando. Poco a poco, la obra presenta dimensiones ingentes. Terminan las tierras puestas ya en regadío. Surge, de nuevo, el oscuro verdor de las añosas encinas. En esta llanura adquieren las encinas reciedumbre en el tronco, ampulosidad en las copas. De trecho en trecho, unas paralelas, otras sesgadas, contemplamos las acequias, los azarbes, las azarbetas, las tomas de agua, los dibujos geométricos que f o r ­ man las parcelas. Mientras recreamos en estas cosas los ojos, mientras pensamos, mientras imaginamos las realizaciones conseguidas, las posibilida­ des al alcance de la mano, la riqueza fantástica que nos llega a Ex­ tremadura (aquí vienen al pelo unos tópicos, unos ditirambos, unas retóricas vacías; pero los tópicos, los ditirambos, las retóri­ cas vacías, son propios de una política trasnochada, sin crédito, infecunda; nuestra política gusta de mayor llaneza; en su honor, allanamos los comentarios con un viejo adagio: «obras son amores y no buenas razones»; estas obras, estos amores de la política fa­ la n g is ta -o b ra s y amores en la tierra y en los hombres de Espa­ ñ a —que anda conociendo a vista de ojos el consejo provincial de la Falange); mientras vemos, pensamos e imaginamos tan grandes cosas, casi nos damos de bruces, al salir de los coches, con una

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mole u fa n te . En esto se ha trocado la hilera de arcos, que veíamoa desde lejos, al partir de la Moheda. Se trata del acueducto qu r aostiene en sus lomos el canal de la margen izquierda, en la auavc hondonada. Reiteramos la comprobación de los engaños cinc* los juegos de luces producen a la vista de ojos en la inmensa llanura. Tiene el acueducto, de largo, más de un kilómetro; de ancho, t u s buenas zancadas de paso lobero; su altura triplica la talla de un buen mocito. Bajo los arcos camina una moza con su cántaro •i la cabeza. La estampa es bellísima. Con esta estampa, natural, sin artificio, tratan de lucirse los que tienen afición a la fotografía. O tros miran las máquinas de mezclar cemento; otros, las vagone­ tas que van por el aire sobre tinglado ingenioso. Los obreros no dicen nada, pero trabajan ufanos y con afán; a todos nos gusta que admiren nuestra pericia; y estos obreros, en el acueducto, bien han mostrado su laudable maestría. En tanto, yo pienso: si las ligaduras sutiles que atan los espíritus, en los pensamientos, en los quereres, en las ilusiones, en las fantasías, tuvieran la forta­ leza de esta argamasa—de la argamasa que forma el cemento con las piedrecitas de los arroyuelos— ¡qué fecunda sería la unidad de los hombres, la unidad de los pueblos! Salimos hacia el Carrascal. De paso, aprendemos, anotamos en un papelito ciertas menudencias: los canales y acequias,los azarbes y azarbetas, las tomas de agua y el rayado de parcelas, pronto serán acabados sobre la tierra, amén de en los planos. Sólo las acequias importan 26 millones... Pero hemos llegado al Carrascal y, con la llegada, cesamos de apuntar menudencias. Con nuestra llegada se alborota el gentío. Las mujeres, los niños, las mocitas, salen de sus casas— de los albergues para colonos— llevadas del curioseo. Escasean los hombres, que ya— son las tres de la t a r d e —han salido al trabajo. Asientan los blancos albergues en un círculo, como de un par de héctáreas, que está sin labrar. Al mediodía de este cír­ culo, en la antigua casa del Carrascal, remozada, bien dispuesta, tiene el señor ingeniero, para él, para sus ayudantes, una residen­ cia acogedora. A la puerta de esta residencia, sobre el césped de­ licado y fino, en blancos manteles, bajo una encina, el señor inge­ niero nos ofrece un yantar exquisito, abundoso, reparador. En otros tiempos, en el Carrascal, a esta hora (la hora litúrgica de «sexta», que de ella viene «siesta», como de «nona» viene «nana» por ser la hora del crepúsculo vespertino en que se d u e r­ men, arrullados, los pequeñuelos); a esta hora y en otros tiempos, en el Carrascal, se oía el tañer cristalino de un esquilón. Venía el sonido dulcísimo, purificado por la distancia, del convento de Nuestra Señora de Monteceli, que llamaban del H oyo y que tenían los religiosos franciscos, en paraje de ensueño, al noroeste de Gata. Ya no se oye en el Carrascal, a la hora de «sexta», el tañido am o­ 7


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roso que rosonaba en la quietud de los campos, invitando a loar al Hacedor de toda hermosura en los oficios divinales. El sectaris­ mo de una política, ha más de cien años, arruinó el convento del Hoyo. Pronto, la fecundidad de otra política hará que rompan la quietud de los campos los tañidos de nuevos esquilones, desde los campanarios de las nuevas iglesias que se alzan en los nuevos pueblecitos. Esto pensamos entre el saboreo del yantar gustoso. Pero dejamos las tentaciones de escribir nuestros propios pensamien­ tos. Tornam os a consignar lo visto por los ojos. C o r los ojos, desde el Carrascal, vemos grandes cosas, bellas cosas. A lo lejos, los picachos en que asientan los castillos de Almenara, Santibáñez y Portezuelo, unidos antaño por una calzada. Más lejos todavía, las serradas crestas, canas por la nieve, de las sierras de Gredos y de Francia. En nuestro derredor, sobre la tierra llana puesta en regadío, vemos yuntas; unas carpantean, otras alzan, otras binan, todas se afanan en un minucioso, con­ cienzudo laboreo. Tras las yuntas, van los gañanes. A gañanes y yuntas envuelve el polvillo que levantan en su trajinar. He aquí algunas menudencias sobre yuntas y gañanes: cada colono tiene asignadas cuatro hectáreas de regadío; una hectárea en regadío produce siete veces más que en secano, necesita ocho veces más jornales, mantine cinco veces más ganado de tiro y de carne. Pero ello cuesta sus buenos dineros: en la zona de Borbo­ llón, cada hectárea de regadío, sin vivienda, importa 24.475 pese­ tas; con vivienda, 37.800 pesetas. Las tierras, viviendas, ganados, semillas y aperos, que se facilitan a cada colono, valen más de 30.000 duros. Reiteremos el calificavo de tal política: «obras son amores y no buenas razones». Vemos otras cosas en nuestro derredor. Vemos leñeras de troncos y taramas, parduscos y secos, junto a las blancas paredes de los barracones. Vemos a los chiquillos—|oh fecundidad de las madres campesinas!—jugando en el césped, trepando a las encinas, con regodeo alborotado. Algunos, con envidia de los otros, m on­ tan en bicicleta. Vemos, oímos, admiramos, el talle gentil, la tri­ gueña color, el parloteo cantarino, el reir cascabelero de lindas mocitas. Tienen sus rostros bravia femenidad. Nos extraña este matiz. ¿A qué será debido? Acaso se deba a la largura y abundan­ cia de su pelo. Nos choca el contraste, acostumbrados a ver el pelado hom bruno que ha impuesto la m oda—¡oh cruel tiranía!—a las mocitas de la ciudad. Se nos viene a la mente una copla del pueblo— de mi pueblo, de Z orita—: Las m ocitas van por agua y ninguna lleva soga: con las trenzas de su pelo sacan agua de la noria.

V EL

BORBOLLON

Salimos del Carrascal. Vamos hacia el Borbollón. De paso, en un altozano, recreamos el mirar por toda la llanura, circuida de montañas. El sol va ya de caída. Su luz, en juegos con la sombra, llena de lindezas el colorido del paisaje. Es pura gloria la transpa­ rencia del aire en los campos extremeños. Refulgen en el cielo los bordes coloreados de las nubecillas. Salpican las márgenes de los arroyuelos árboles de claro verdor, álamos tembladores, que lla­ man a los ojos entre la oscura hojarasca de las encinas. Llegan, hirientes, susurrantes, a nuestro pensamiento los versos de Antonio Machado: Alamos de la ribera, chopos del cam ino llano, espum a de la m ontaña ante la azul lejanía, sol de día, claro día: ¡Hermosa tierra de España!

Llenos los ojos de esta hermosura, rebosante el sentido de las vitales emanaciones que brinda la primavera, sereno el espíritu en la honda quietud de los campos, se nos desborda la fantasía. Pero hacemos gracia al lector de nuestro fantasear. Reducimos la pluma a la vista de ojos. La achicamos aún más, mirando sólo en nuestro derredor. Con los ojos, en el altozano, junto a nosotros, vemos un caserío: la casa para los señores, las dependencias para la servi­ dum bre, los anejos para el ganado, los aperos de labranza; miran­ do al oeste, un horno de cocer pan; cabe el horno, una higuera des­ medrada, roída por las bestias; po r una ventana pequeñita, en la penumbra interior, se atisba la artesa, varillas y cedazos para cerner y para heñir el pan que, siglo tras siglo, han comido los señores y


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labriegos en el caserío. En este caserío—en todos los caseríos— r nos dice Lope en el «Isidro», día atras día, se levanta el labriego muy de mañana y con él empieza el trajín cotidiano: Pasa de un blanco cestillo a la alforja el pan y el puerro, relincha la yegua en cerro, rozna el rudo jum entillo, canta el gallo y ladra el perro. Ya en el corral bala el manso; deja el pastor el descanso, que ha dado envidia a algún rey; gruñe el lechón, muge el buey, bate las alas el ganso.

Desde el altozano, por un camino de servicio para el canal, endilgamos hacia el Borbollón. Serpentea el canal por las laderas, en suavísima pendiente. Todas las tierras más bajas de su nivel, del nivel del canal, recibirán la savia fecunda que, mansamente, se desliza y del canal se vierte en las acequias, en los azarbes y azarbetas. Ibamos nosotros contemplando, recreándonos la mirada en la policromía de colores con que el sol doraba las crestas de las sierras, en el contraste de estos colores con la penumbra de las hondonadas, en los matices de los cerros llenos de pinos y de los que aún no están repoblados. Veíamoslo todo recortado en el añil purísimo del firmamento, casi limpio ya de nubecillas. De pronto, al abocar en la cima de un altozano, como por arte de magia, apareció la hermosura de las sierras, con sus luces y con­ trastes, reflejadas en un espejo. Servía de espejo el agua serena, impresionante en su quietud, del embalse que forma el pantano. Un acopio de 86 millones de metros cúbicos, remansados allí, noche y día, por el Arrago, que trae en su álveo el agua cristalina de infinitos manantiales; este agua que se purifica cincelando, con espumas y caricias, los riscos y pizarras de la serranía. Quedém e yo transido, desquiciado en la sensibilidad. De mi mente huyeron cifras y cosechas. Me olvidé del tabaco, del algo­ dón, del pimiento, de los forrajes, de las hectáreas, de los ganados, del laboreo... Transido, desquiciado, sólo sabía mirar, mirar y mi­ rar. Mirando, mirando... loaba a Dios, que ha puesto al hom bre en su inteligencia luz y energía para hacer estas maravillas. Miran­ do, mirando... sentía, presentía el bullir de los pececillos: unos, pequeñitos, juguetones, haciendo burbujas con su hocico en la su­ perficie; otros, pesados, tranquilos, deslizándose a 20 metros de profundidad; todos, alterando, suavemente, el claror azulado del agua. Mientras la brisa peina este agua con rizos de ligera ondula­

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ción, con suave movimiento de las ondas, espejean en la transpa rencia líquida las nubes de plata oxidada, las florestas de las ori­ llas, los montes de la lejanía. A las márgenes, inmóviles, pacientes, constantes, los pescadores de caña no pierden ojo a la boya, ilu­ sionados con llenar de peces la costera. Ignoro si los pescadores llenaron de peces su costera; lo que sí llenaron—lo hacen cada día—, lo que sí llenaron fue su alma con visiones de infinita her­ mosura. Para colmo, en gala de esta hermosura, en medio de las aguas, surge una isla diminuta; en la isla, una casita, de blancas p a ­ redes, de tejas coloradas; en torno a la casita, una fronda exube­ rante, de tupido boscaje, que excede toda imaginación para quien no la ha contemplado a vista de ojos. Recortemos nuestra visión, nuestro ensueño, que el ponerlo todo a la letra sería nunca acabar. El señor ingeniero, amablemente, con fina cortesía, en nuestro ho n o r—en honor del consejo provincial de Falange—mandó le­ vantar un punto las compuertas, una de las tres que tiene el panta­ no. Alzóse con bronco rumor el férreo tinglado. Deslizóse el agua, impetuosa, arrolladora, por la superficie convexa del cemento. Se deslizaba por igual en toda su anchura. Al caer el agua, el cemen­ to se trocaba en cañamazo; en este cañamazo, bordaba el agua di­ bujos y filigranas, que podrían ser ejemplar y dechado en el más fino encaje. Las espumas descomponían la luz en sus gotas y los rayos del sol poniente se trocaban en prado florido de estupendos colores. La mole de cemento donde se borda este encaje, ha cos­ tado 136 millones. Es la presa que contiene el agua que viene de la montaña, cantando alegre por los arroyuelos. Esta mole de ce­ mento y esta agua cantarína, además de producir juegos de luz y finos encajes, sirve para regar 8.670 hectáreas de las 11.000 que hay en la llanura—este año se riegan ya 900; todas se regarán en 1958—. Sirven para producir 4.200.000 kilovatios-hora de energía eléctrica. Los juegos de luz y los finos encajes son deleite alquita­ rado para el alma de quien los mira; las hectáreas en regadío, la energía para la industria, aseguran un buen pasar, un sosegado vi­ vir para los cuerpos. M editando en esta ventura para el cuerpo y para el alma, dejamos, con pena, con nostalgia, la vista del pantano. Más abajo, siguiendo el río, vemos, curioseamos la presa de derivación, con 1.500.000 metros cúbicos de capacidad, con 10 metros de altura, con un canal a la diestra orilla, con otro canal a la orilla siniestra. Aquí, junto a la presa de derivación, dejamos los coches que nos ofreció el señor ingeniero; ocupamos los que, en la mañana, utilizamos hasta Moraleja. El crepúsculo va tendiendo su manto de misterio, su liviana penumbra, entre el verdor de las encinas. Ante los coches, por la carretera, empiezan a cruzar pajarillos noctivagos. Tras un cerro se dibujan las torres de la cate­ dral: estamos junto a Coria. Se oye el toque del Angelus. Callada­ mente, devotamente, rezamos a Nuestra Señora un Ave María.


VI LOS

CAMPOS

ELISEOS

H ubo un tiempo en que los dioses paseaban por la tierra. En este tiempo, nadie caminaba de noche, porque los hom bres anda­ ban temerosos de toparse alguna divinidad. Había en el mundo un paraíso gentílico y campos elíseos, llenos de las amenidades y delicias propias de la corte de los dioses y del premio de los jus­ tos. Se hallaban el paraíso gentílico y los campos elíseos en la parte meridional de España. Así lo cuenta Homero; así lo refiere Estrabón; así lo acredita Eforo; así lo cree el dominico avellanado fray Alonso Fernández—no es desdoro lo de «avellanado», aunque de tal lo motejó Cervantes por haber escrito una segunda parte del «Quijote» bajo el pseudónimo de Alonso Fernández de Avellane­ da—; así lo canta en lenguaje sonoro Gabriel Azedo de la Berrueza; así yo lo he visto con vista de ojos; así es el Valle y la Vera. Para verlo, para admirarlo con sus ojos, salió el consejo p ro ­ vincial de Falange, un miércoles santo, 6 de abril de 1955. A media mañana, cuando ya el sol había rem ontado la ermita de Santa Bárbara, llegamos a Plasencia. Pasamos de corrido, sin dar lugar a recrearnos en su hermosura. Penetramos en el valle ameno, fértil, deleitable, apacible, que sirve de cauce al río gozoso—Jerte viene de Xerete, que en griego significa g o zo — . Vamos entrando en el paraíso gentílico, en los campos elíseos. V em os—unas cosas, aho­ ra; otras, en días anteriores de asueto y regocijo—; vemos, perci­ bimos sensaciones y bellezas jamás contempladas. El clima, suave y fresco en verano, templado y acogedor en invierno. Los vientos, tranquilos, acariciadores, sosegados. En nuestra visión participan los ojos, la fantasía, la memoria de los hechos pasados, la realidad de lo presente. La región que dicen la Vera y Valle, en la Alta Extremadura,

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abraza 24 leguas de largo y unas tres de ancho. Tiene muchas p o ­ blaciones, que abundan en gentío. Sigue la carretera el viejo tra­ zado de caminos tortuosos, de veredas empinadas. Al dominar los repechos, oteamos, pasmados, silenciosos, con emoción, aquel rei­ no de las maravillas. En lontananza, a una y otra parte, surgen ele­ vadas sierras, de perfil hiriente, de crestas nevadas: unas veces, se confunden con los vaporosos y triscadores velloncinos de las n u ­ bes; otras veces, parecen desafiar las negruras centelleantes de h ó ­ rrida tormenta. En las faldas de estas sierras, a escalonada altura, crecen montes de fronda varia, de verdores múltiples en sus am ­ pulosas copas, de broncos matices en los juegos de luces y de sombras. En lo antiguo, estos montes se llamaban de Jaraíz, de Godín, de Valmorisco, de Lancha, de Robledohermoso, de Valdemidos, de Jara del T orno, de Valverde, de Robledo, de Valdelatorre, de Lagunas, de Labuja, de Faz de Ladrones, de Madroñal, de la Cueva, de Jarilla, de Alzapierna, de Solana, del Guijo, de Li­ sera, del Collado de las Yeguas... ¡Qué armonía, sencillez, propie­ dad, donosura, encierran estos nombres! Así, con estos nombres, los ensalza Alfonso XI en su libro de «La Montería». En ellos, cuan­ do los dioses gentílicos abandonaron la tierra, gustaban tener sus lances divertidos los reyes de Castilla. Los principes y magnates, los hidalgos y caballeros de Extremadura, aquí mitigaban los rigo­ res del estío y gozaban sus entretenidos asuetos, porque eran b u e ­ nos montes de oso en tiempo de pan llevar. Abundan, también, los peludos jabalíes de colmillo temeroso, el corzo ligero, el ciervo de cornamenta florida, la saltarina cabra montés, el artero lobo que llaman «sabiomudo», el tejón de suavísima pelambre, el lince de orejas borladas, el topo subterráneo, la vulpeja astuta y gallinera, la nutria de aristocrático ropaje, la jineta de piel rayada y vistosa cola, la patialbilla de piel sedosa y codiciada, el erizo punzante, la garduña chupadora, la comadreja de ojos claros, la liebre c orredo­ ra, el conejo medroso... Cruzan, a sus tiempos, el cielo transparente, con vuelos ra u ­ dos, solemnes, juguetones, aves cantoras, de plumaje tan vario en color, que dan celo y envidia al pincel más adiestrado: la juncal y airosa perdiz, la aguanieve de rodete airoso, la oropéndola colo­ rida y silvadora, la codorniz tímida y rijosa, el cuco de canto pri­ maveral, la tempranera alondra, el chichipán anunciador de la llu­ via, la mística tórtola, la cándida paloma, el ruiseñor de trinos ar­ moniosos, el mirlo doliente, el arrendajo intespectivo, la churubita terronera, la abubilla presuntuosa y maloliente, la pitorra exquisi­ ta, el colorín bullicioso, el jilguero de dulces melodías, el verderón sosegado, el gorrión saltarín y golfante, el to rd o aceitunero, el cuervo de mal augurio, el carnívoro buitre de alto vuelo y agudo olfato, la grulla bellotera, la abutarda de lenta parsimonia, el mi­ lano terror de los poyuelos, el cernícal langostero, el vencejo de


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nido abrigado, el asisdn que muere de susto, el gapacho o engañapastor sorpresa del caminante, el triguero campechano, la zarzalera hordala, la inquieta golloría, la pizpireta pajarapinta, la cotorra parladora, el finche atildado, la avariciosa hurraca-marica, la terre­ ra que anida en los barbechos, la malhumorada rabúa, el murcié­ lago tenebroso, el abejaruco de pico barrenador, el raudo avión, la evangélica golondrina, el rabioso alcaudón, el sabroso pato, el celoso alcarabán, la garza pescadora, el voceador cárabo, la chova o grajo estridente, la cigüeña estilizada y bienhechora, el buho de mirada espantosa, el mochuelo de carne estimulante, la gallina p o ­ nedora, el gallo tomatero, el pavo navideño, la lechuza rondadora, el azor valiente y sanguinario, la coguta o cotobía molinera «que agosta los garbanzos y las trojeras», el chorlito veleidoso, el soli­ tario estornino, el águila majestuosa... Las aves que el Señor puso en la Vera, son alegría de los ojos por sus vuelos y plumas, gozo del oído por sus trinos concertados, encanto del gusto por sus carnes deleitosas, recreo de los mortales que divertidos las cazan. Las sierras y montes, en los altos y bajos, en las cimas y que­ bradas, en los bancales y en campo abierto, del septentrión al me­ diodía, del oriente al occidente, gozan la frescura de infinitas gargantas, regatos, arroyos y torrenteras. A trechos, deslizan su caudal embravecido entre riscos encumbrados, cortantes piza­ rras, guijarros diamantinos, abismos ocultos y temerosos, con tal estruendo en la rugiente espuma que pone cuidado en el corazón. A trechos, se deleitan sus aguas con la caricia de la brisa tenue en el sosiego de las praderas y remansos; reflejan las márgenes delei­ tosas, la floresta verdeante y el limpio azul del firmamento; ale­ gran el espíritu; entretienen la fantasía; fecundan la tierra, que nunca está ociosa, que jamás tiene holganza. Se abrazan y entre­ cruzan las corrientes por canales y aceñas, que el ingenio trazó pa­ ra utilizar sus aguas. Son buenos regantes los hijos de la Vera. Por to d o el reino ensalzan su maestría. Los moriscos les enseñaron bien este oficio. Surgen por doquier fuentes y veneros de aguas frígi­ dísimas. Ninguno aguanta en ellas sus manos por el espacio de un credo. Los muchachos hacen sus apuestas y salen gananciosos los que de un tanteo sacan cinco chinas de una somera fuentecilla. Abundan tanto, que no se anda por atajo, camino, vereda o sen­ da, sin hallar a uno y otro lado el murmurio de incontables ma­ nantiales. Causa pasmo contemplar, en las calles y plazuelas de los lugares y aldeas, la entretenida corriente, cristalina y pura, que a todas horas se desliza: a veces, para uso del vecin­ dario; a veces, para limpiar las callejuelas; siempre, para recreo de la vista. «Es recreo de naturaleza — afirma Gabriel Azedo — el verlas correr, divididas en muchos arroyuelos, lo empe­ drado de las calles, ufanas, bulliciosas, alegres y muy apresura­

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das, que susurrando por entre aquellas guijas sus corrientes, ha­ cen un suave y deleitoso murmurio y manso susurro, con que parece que allí las abejas forman sus artificiosos y primorosos vasos. ¿Quién ve salir a los umbrales de sus casas, a juguetear las aguas de estos entretenidos arroyuelos, a la? veratas, serafines de aquel valle, que no se admire y suspenda de ver paradas las aguas a la obediencia y ultraje de sus blancas manos, que desmenuzando con ellas sus hermosos cristales, parece que se avergüenzan y con más acelerado paso corren su curso con veloz carrera, quizás por no verse entre tanta blancura ultrajados sus cristales? Son, pues, her­ mosas por extremo las veratas, de mucha gallardía, donaire y gen­ tileza. Son entretenidas, briosas y dispuestas, buenos talles, cabos negros y blancas todas como la blanca nieve; y, sobre todo, h o ­ nestas y recatadas, que es el realce de la mayor hermosura. Y sus claveles y rosas son del campo y no de tienda». La tierra, con la abundancia de agua, se torna amorosa, fecun­ da. Abraza en su seno las raíces de muchos árboles, de muchos frutos, de muchas flores, de muchas plantas; a todas les da desa­ rrollo, frescor, lozanía; a todas las pone que son cosa de ver. Allí crece el laurel de la gloria; el ciprés de la tristeza; el olivo d éla paz, consagrado a Minerva; la rugosa encina, consagrada a Júpiter; el álamo hispano, con altura desmedrada; el álamo blanco o pobo, enhiesto y tremolante, con hojas de dos caras; el álamo negro, que dicen chopo, de oscuro verdor; el fresno, de madera elástica; el r o ­ ble, de amarga bellota; el aliso, de blancas flores y frutos anaran­ jados; el loro, de color moreno; el castaño injerto, de semilla dul­ ce, y el regoldano, de agrio paladar; las moreras, que esquilman seda; la charneca, de flor untuosa; el aromático y medicinal rome­ ro; el tomillo, de culinaria virtud; el m adroño, rosáceo y sabroso; la jara, de nivea flor, con rojizos pétalos; la escoba, de flor blanca y amarilla; el abedul, de corteza curtidora; la espinosa tamuja; las palmas triunfadoras; el sauce llorón; el pino, de tupida sombra; el quejigo, con flor de peral; el adelfo venenoso; la zarza, de aguijón en gancho; el alcornoque, de corteza esponjosa; la acacia, de espe­ cies varias, con racimos colgantes; la mimbrera, sustento de la ces­ tería; el agrio acebuche; la caña gentil; el tilo ceniciento, de acora­ zonadas hojas; el altísimo abeto, de ramas horizontales; las damas de noche, con perfume embriagador; el eucalipto, de glaucas hojas; el bello magnolio; el nogal, de preciada madera; el pan y quesito, con sus bolas de infantil regocijo; el lentisco cabreril; el brezo, te ­ soro del carbonero y deleite del fumador; la nociva turra; la tierna abulaga; el mirto oloroso; el espinoso acebo, de corteza ligosa; la parra trepadora; las guindas, de rojo pálido, y las cerezas, de rojo oscuro, famosas en todo el mundo; las manzanas, de lozanía son­ rosada; el durazno o melocotón azucarado; el áspero membrillo, que llaman zamboa; la temprana cermeña; la suave camuesa; el


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correoso avellano; el violáceo albérchigo; las higueras morunas oñigales, goenes, verdejas, de rey, burriqueñas, de granillo, de cue­ llo de dama, blancas y negras; la punzante chumbera; la naranja, con flor de pureza; la cidra olorosa; el ovoide limón; la insípida lima; la bergamota, de agudo perfume; la granada, que imita al pa­ nal; el silvestre endrino; la acerva níspola; la acuosa pavía; el perfu­ mado enebro; el ojeranzo, de airosas varas; el recio perejón; el dul­ ce almendro; el hueco sauce... y otras infinitas especies, cuya enume­ ración gastaría la pluma y, acaso, diera fastidio a quien esto leyere. O tras muchas cosas hay en la Vera. Su hermosura nos tienta a reparar en ellas. Si el lector discreto tiene afición a los suaves perfumes y vistas regaladas, acuda a la Vera: podrá recoger a pu­ ños en sus campos de esmeralda, en vergeles, en praderas, ju n to al camino o cabe linderos, rosas, geráneos, claveles, nardos, jacin­ tos, lirios, azucenas, verdeles, pasionarias, hiedras, pensamientos, tulipanes, peonías, violetas, espliego, cantueso, margaritas, campa­ nillas de esquilón...; y esto casi por to d o el año, que su clima apa­ cible consigue, a veces, que en verano y en otoño florezcan y den fruto las plantas que allí se crían. Si el lector discreto es dado a libar del clarete, tinto o blanco, acuda a la Vera: allí probará los caldos generosos que despiertan el ingenio, que confortan el c o ­ razón; y si va a Jarandilla, catará lo mejor del mundo. (Lector, permíteme un paréntesis y te contaré una anécdota. Es el mes de noviembre de 1556. Llega don Carlos I, el emperador del mundo, a Jarandilla. Se hospeda en el palacio que allí tienen los condes de Oropesa. Aguarda que su alojamiento en Yuste se termine de acondicionar. Los tudescos que vienen a su servicio, andan como sin sentido, contemplando la claridad del cielo, la hermosura de la tierra, que nunca igual en otras partes vieron. Los vecinos les tratan con amor, por respeto al César, que viene a morir entre ellos. Los alemanes gustan del vino generoso y el de Jarandilla excede toda ponderación. Preguntaron a un tudesco cuál de las tierras en que había estado era la mejor: —Lo mejor del m undo—respondió— es España; y lo mejor de España es la provincia de la Vera; y lo mejor de la Vera es Jaran­ dilla; y lo mejor de Jarandilla es la bodega de Pedro Azedo de la Berrueza; allí es lo mejor del mundo y allí quisiera que me ente­ rraran para irme al cielo, porque tiene el mejor vino de la tierra. Pedro Azedo, que era honrado y generoso hidalgo, le mandó escoger las dos tinajas de más agradable gusto y olor: —Pues la una— dijo Pedro Azedo—será para el emperador y la otra para vuestra señoría. Y puesto que mi bodega es la mejor del mundo y vuestra señoría sabe ya el camino, véngase por acá siempre que gustare, que en todo tiempo será bien recibido. ¡Qué buen gusto tuvieron los dioses paganos al poner en la Vera su paraíso gentílico!)

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Si el lector discreto gusta de carne sabrosa y tierna, de queso o mantequilla sin igual, acuda a la Vera: allí le ofrecerán el magro de jóvenes recentales, cebados en sus praderas, trinchados sin c u ­ chillo, sólo con tenedor, que ello da ocasión su ternura. Si el lec­ tor discreto goza con la entretenida pesca, acuda a la Vera: allí tiene, lozanos, repletos, barbos, anguilas, truchas, cormillejas, ten­ cas, salmonetes... Si el lector discreto quiere saborear suculencias, acuda a la Vera: allí le darán tiernos salchichones, morcillas graso­ sas, chorizos picantes, chicharros, caldillo, jamones, cachuela..., que es pura gloria el pimentón con que adoban y ganó laureles por todos los confines. Si el lector discreto pica en goloso, acuda a la Vera: las amas de casa le darán de buen grado pestiños, ga­ ñotes, bollas, perrunillas, magdalenas, flores enmeladas, buñuelos, borrachos, roscas de muégado, brazos de sultán, huesillos... Si el lector discreto tiene fantasía, acuda a la Vera: allí escuchará lo que hizo la serrana hom bruna, puesto en romance: Allá en Garganta la Olla, en la Vera de Plasencia, salteóme una serrana, blanca, rubia, ojimorena. Trae el cabello trenzado debajo de una montera y porque no la estorbara muy corta la faldamenta. Entre los montes andaba, de una en otra ribera, con una honda en las manos y en los hombros una flecha. Tomárame por la mano y me llevara a una cueva; por el camino que iba tantas de las cruces viera. Atrevíme y preguntóle qué cruces eran aquellas y me responde diciendo que de hombres que muerto hubiera. Esto me responde y dice, como entre medio risueña: —Y así haré de ti, cuitado, cuando mi voluntad sea. Dióme yesca y pedernal para que lumbre encendiera y, mientras que la encendí, aliña una grande cena. De perdices y conejos


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su pretina saca llena y, después de haber cenado, me dice: —Cierre la puerta. Hago como que la cierro y la dejé entreabierta. Desnudóse y desnudóme y me hace acostar con ella: cansada de sus deleites, muy bien dormida se queda. Y en sintiéndola dormida, sálgome la puerta afuera. Más de una legua había andado sin revolver la cabeza y, cuando mal me pensé, yo la cabeza volviera. Y en esto la vi venir, bramando como una fiera, saltando de canto en canto, brincando de peña en peña. —Aguarda—me dice—aguarda; espera, mancebo, espera; me llevarás una carta escrita para mi tierra; toma, llévala a mi padre: dirásle que quedo buena. —Enviadla vos con otro o sed vos la mensajera.

Si el lector discreto quiere... ¡venga por acá, que aquí hallará to d o lo que quiera! Cortem os la narración de los encantos que tiene la Vera. Es­ cuchemos, como epílogo de estos encantos, al prudente dominico, al cronista minucioso, al eximio literato, al predicador de crédito, a fray Alonso Fernández («Historia y anales de la ciudad y obis­ pado de Plasencia», libro I, capítulo 5): «La Vera y Valle son de los sitios más deleitables, amenos y fértiles que hay en España y aún en Europa y Asia. Y si los griegos creyeron que estaban en España los campos elíseos, habitación de los dioses y premio de los varones justos, a ninguna tierra se podían atribuir con mayor fundam ento que a la Vera y Valle de Plasencia. Hom ero escribió que los campos elíseos estaban en estos reinos. Y lo refiere Estrabón... Este gravísimo autor escribe una relación de los fenices, por la cual consta que Hom ero estuvo en España, el cual afirma no haber hallado entre todas las tierras de Europa y Asia, donde nació y se crió, provincia más apropósito de este paraíso gentílico

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que la meridional de España, donde experimentó que había con realidad y verdadera existencia la amenidad y delicias que los p o e ­ tas fingen de la coi te de los dioses. Eforo escribió que en España ninguno andaba de noche, porque los dioses paseaban la tierra; y, así, los que caminaban se quedaban donde les cogía la noche. Pues si los antiguos pusieron el paraíso gentílico y los campos elíseos en la parte meridional de España, por sus delicias y ameni­ dad, a ninguna otra viene más apropósito, ni con mayor propie­ dad, que a esta tierra de Plasencia y a su Vera y Valle, que, cayen­ do en la parte meridional, exceden a todo el resto de España en abundancia de regalos de diferentes géneros que produce la tierra y en los aires y en las aguas saludables, que to d o sustenta, deleita y causa recreación». Entre tanta belleza se iguala realidad y fantasía. Somos ex­ tremeños y hemos visto la Vera. Su hermosura nos ha cauti­ vado y el amor a la tierra nos obligó a extendernos en demasía. En la Vera se nos quedó el alma prendida en el clima saludable, en la tierra fértilísima, en las florestas deliciosas, en las frutas de sabroso gusto y variado color, en la pesca fina y delicada, en la abundancia de caza volátil y terrestre, en los vinos con­ fortadores, en la carne tierna y exquisita, en los aires suaves, en la templanza del invierno, en el frescor del verano, en los m u­ chos veneros de aguas finas, en la semilla de! cielo que aún rezu­ man los conventos que hay en la comarca: el de Yuste, de m on­ jes jerónimos, junto a Cuacos, que fundaron Juan Brañes y D o ­ mingo Castellanos, en 1402; el de Santa Catalina de Sena, de la Orden de Predicadores, junto al puerto que luego llamaron «nue­ vo o de emperador», a media legua de Aldeanueva, que tuvo su principio en una ermita levantada por dos caballeros principales y un sacerdote, en 1445; el de Santo Domingo, de la observancia de nuestro padre San Francisco, que de su peculio levantó el con­ de de Oropesa, don Fernando de Toledo, el año 1502, en Jarandi­ lla; el de recoletos agustinos, que fundó Juan Arias a principios del siglo XVI, también en Jarandilla; el de... Paremos en la enume­ ración de conventos e iglesias, de oratorios y ermitas, que decir to d o s los que existieron, los que existen en la Vera, sería prolijidad. En el término de Cuacos, un tanto por encima, vienen de la cum bre impresionante de la montaña dos arroyuelos: Gilona y Vercelejo. Este recibe, a la falda de la montaña, el nombre de Yus­ te, que así se llamaba el amo de los terrenos. En sus márgenes asienta el convento de jerónimos, que del arroyuelo tom ó el nom ­ bre. En su recinto había ejemplo, sabiduría, virtud. En aquel sitio, la caricia del aire y la igualdad del cielo por to d o el año fomentan la salud, llevan conocida ventaja a las tierras vecinas. La ausencia de gargantas alteradas en aquella ladera libran al convento de va­ pores y humedades. Su distancia de las llanuras, cuajadas de huer-


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to s, vergeles y frutales de riego continuo, alejan del monasterio las impurezas que ocupan el aire en las hondonadas. Los pe­ queños arroyuelos y las fuentes del cercado aledaño templan la sequedad y sutileza del céfiro invernal, refrescan los calores del estío, evitan las mudanzas repentinas en to d o tiempo, sin que el rigor de las estaciones llegue a producir incomodo. Las flores que de por sí crecen en todas partes, perfuman el aire que se respira. Por hallarse Yuste en campo abierto, es muy apropósito para aquietar el alma y apartarse en él de los ruidos y negocios del mundo. Por ello, sin recurrir a sutilezas ni fantasías políticas, com ­ prendemos que se trocara Yuste en imperial reposadero. Sobre Yuste, sobre el reposadero imperial, dice Blanco Belmonte: Hubo aquí un alm a indom ada, mezcla de som bras y luz, que de las luchas cansada, dejó a las puertas la espada, p ara convertirla en cruz.

Ibamos diciendo que el día 6 de abril de 1955, miércoles santo, el consejo provincial de Falange salió de Cáceres a contemplar, con vista de ojos, las zonas de regadío que tiene la provincia. Con nuestros recuerdos, con nuestras visiones, con nuestras fan­ tasías, casi lo habíamos olvidado, por el embrujo que siempre en nuestro ánimo produjeron los encantos de la Vera. El sol ha alcanzado ya buena altura. Junto a Tejeda de Tiétar, dejamos la carretera y tomamos el camino vecinal que lleva aí M atón de los Iñigos. Desde un cerro vemos... Ya diremos lo que hemos visto.

VII EL

MATON

DE

LOS

IÑIGOS

De corrido y largo hemos hablado, hemos escrito de la Vera. Acaso, con prolijidad. Ahora, al seguir escribiendo esta crónica de lo visto con los ojos, empecen a la pluma dos temores: es uno el tem or de que, a pesar de lo escrito, se hayan quedado en el tin­ tero los matices de mayor encanto y hermosura que tiene la Vera; es otro, el tem or de que nuestra visión resulte ditirámbica y que­ de reducida a vacua palabrería. Estos temores son hijos del e n tu ­ siasmo indómito, del fervor constante, de la pasión desbordada que sentimos hacia Extremadura. Y el entusiasmo, el fervor, la pasión, cuando no se moderan con temple sereno, con juicio dis­ creto, suelen inducirnos a mirar en demasía la corteza de las c o ­ sas y a olvidarnos del meollo, de la sustancia y transcendencia que, en verdad, tienen. Cohibido por estos temores, seguimos el rasgueo sobre las cuartillas blancas e impolutas. Ya hemos dicho que, junto a Tejeda de Tiétar, dejamos la ca­ rretera; torcimos a la derecha, por un camino vecinal construido de nuevo, que lleva al M atón de los Iñigos. Serpentea el camino en la bajada, por las cumbres y laderas de los montecillos escalona­ dos. Desde la cumbre de cualquiera de estos montecillos, se pier­ de la vista. Los ojos más linces agotan su visión. Lo que se ve es una llanura. Forman esta llanura, en su parte principal, el Campo Arañuelo, los Concejos de la Mata, la Campana de Albalat. A lo lejos, hacia el sureste, en difusa lontananza, se ven las Villuercas; hacia el mediodía, quiebra el horizonte la línea que forman el cielo y la tierra, que se pierden, que se difuminan en la lejanía. Por m e­ dio de esta llanura corre el aurífero Tajo; junto a la linde del p o ­ niente, se desliza el Tiétar. Hacia el nordeste, se introduce la llanu­ ra en la provincia de Toledo, por los campos de Talayera, que


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antes, durante siglos, pertenecían a Extremadura. Esta llanada in­ mensa, por su extensión, por su riqueza, no tiene igual en toda España. (Prescindimos ahora del problema social que hoy presentan los latifundios en esta llanura; y prescindimos, porque tal problema desaparecerá, inexorablemente, al ponerse la llanura en regadío). Sólo en la parte de esta llanura que pertenece a la provincia de Cáceres, se regarán unas 100.000 (cien mil, no es errata) hectáreas. Y estas hectáreas són más de las que se regarán en la provincia hermana con el generoso «Plan Badajoz». En la provincia de Cáce­ res, con los pantanos de «Borbollón», «Gabriel y Galán», «Rosarito» y otras añadiduras, se regarán unas 150.000 hectáreas; en la provincia de Badajoz, unas 100.000. ¡Ah de los escritores m ostren­ cos que, sin ver con los ojos del cuerpo ni con los del alma, tanto han cacareado la esterilidad aparente de la fecunda Extremadura —fecunda en hombres, madre de pueblos, creadora de riqueza—! Cesamos en el comento, temerosos del ditirambo, de la palabre­ ría. Sin comentarios, seguimos nuestras visiones. Mientras veíamos to d o esto, con los ojos de la carne y con los ojos de la fantasía, llegamos al M a t ó n de los Iñigos. Los coches pararon en la plaza del pueblo. AI bajar, dime yo una palmada en la frente; restreguéme los ojos con el puño vuelto, p o r tem or de estar dormido o quizá mirlongo, de ciertas caricias que hice a una bo ta en el camino. (Era la bota del camarada Ladislao, alcalde de Malpartida de Cáceres y consejero provincial, y era el vinillo infa­ lible remedio de todo quebranto, cuando traspasa la «canal ma­ yor», que dijo Cervantes). Pero ni y o —ni ninguno—estaba d o r ­ mido, ni estaba mirlongo. Lo que veíamos, era realidad. Estamos en la plaza mayor. El p u e b lo —M atón de los Iñigos— es nuevo, rutilante. (1) Esplenden los blancos hastiales, los rojos te ­ jados, las calles enarenadas, el azul purísimo de firmamento, el cla­ ror restallante de todo el ambiente. Nos rodea el gentío: los h o m ­ bres, las mujeres, los mozos, los niños. Vitorean al gobernador, a España, al Caudillo. En la plaza mayor, a la parte de arriba, está la iglesia. A esta nueva iglesia fue nuestra primera visita: la belleza de este pueblo, bien merecía dar gracias a Dios. La iglesia es bellísima, de estilo moderno. Destaca en ella, en la iglesia, pulcritud en la ejecución, sencillez en el conjunto, armo(1) Publicada esta crónica en la Prensa, varias personas nos pregun­ taron el por qué de llam arse este pueblo Matón de los Iñigos. Muchos pen­ saron que tiene su origen en alguna fechoría. Algunos trajeron a colación la Serrana de la Vera. La cosa es más sim ple. La heredad en que se levanta el pueblo pertenecía al linaje de los Iñigos, estirpe descollante en España y en Extrem adura. En la heredad había una m ata frondosa, exuberante; un •matón», que decimos los extrem eños. Así, dieron en llam ar a esta heredad el «matón» de los Iñigos.

nía en los decorados, elegancia en las líneas, contraste muy dis­ creto en la blancura de las paredes y el granito de los arcos del altar, de las ménsulas. Cuadra en su punto al alma extremeña el escueto altar de piedra. La técnica, sirviendo al arte, ha consegui­ do un entrañable efecto de espiritualidad en la bóveda de cañón puesta en la iglesia. El ayer y el hoy, lo tradicional y lo actual, se ven reflejados con armonioso concierto en los decorados, en la manera de hacer, en la traza lógica, seria, precisa, consecuente, de la fábrica. La imagen de Nuestra Señora, sobre el altar de piedra, sola, sin na­ da que cubra o mengüe su infinita prestancia, es algo que llega a lo más hondo de la ternura, de la convicción religiosa que lleva­ mos en el alma. El austero viacrucis en hierro de filigrana; los án­ geles pintados en las paredes, que sirven de fondo a la imagen de Nuestra Señora; los dibujos coloridos, hirientes y misteriosos, de los altos ventanales; todo, en fin, lo que azuza, despierta y estimu­ la el sentido religioso, sirve en esta iglesia para levantar a Dios nuestro espíritu. Fue cosa impresionante ver al consejo provincial del Movimiento, de hinojos en la iglesia nueva, bendecir y agra­ decer al Hacedor de toda hermosura la maravilla de esta obra de la iglesia nueva, en medio del pueblo acabado de hacer. Desde que llegamos, hasta salir de la iglesia, voltean las campanas en el nuevo espadañal, de pulida cantería. Serenado el espíritu en el sosiego del templo, contemplamos, bajo el sol del mediodía, al salir, la plaza mayor. La plaza es c u a ­ drilonga; en medio de la plaza, una fuente de granito con varios caños—no recordamos su núm ero—de agua cantarína; a un lado, bajo soportales, la casa rectoral, abacería, consultorio médico, mercería, local de Acción Católica, taberna...; haciendo esquina, frente a ¡a iglesia, el ayuntamiento, con dos fachadas; por otros lados, rodean la plaza casas de vecindad; todos los edificios, de blancas, blanquísimas paredes, de rojos tejados. El suelo de la plaza, a trozos es terrizo, a trozos está embaldosado con losas de cantería. En los espacios terrizos, crecen milenarias encinas. ¡Que hermoso contraste hacen el verdor oscuro, el tronco rugoso de las encinas, con las blancas paredes, con los rojos tejados! Junto a la iglesia, a la parte de arriba de la plaza mayor, hay otra plazuela. Aquí, en plazuela, están las escuelas, la entrada principal del ayuntamiento, otras casas de morada. De esta pla­ zuela, parte una ronda: la «Ronda del Arroyo», que circuye al pueblecito. Visitamos las escuelas, limpias, con amplios ventana­ les, blanquísimas— ¡cómo uno se asombra de esta blancura de las paredes heridas por la alegre luz del mediodía!—. De las escuelas vamos al ayuntamiento. Tan nuevo es el pueblo que aún no se ha terminado la instalación del mobiliario. Empero, a la puerta del ayuntamiento hay una sencilla tabla de anuncios hecha con m a. 8


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dera de pino. Lo que vemos en esta tabla de anuncios, se nos an­ toja el mejor mobiliario de que puede adornarse un ayuntamiento, porque supone un adorno sublime en el espíritu del vecindario. En la tabla de anuncios, hay un papel; en el papel, una lista de nombres; a la derecha de los nombres, unas cantidades. Se trata de una suscripción espontánea que han hecho los vecinos en favor de un colono a quien se malogró la yunta. En verdad que los nue­ vos edificios, la riqueza de los terrenos en regadío, la infinita y múltiple hermosura del paisaje, de poco serviría si en las almas no creciera, juntamente, este espíritu de caridad. A esta suscripción espontánea en humilde tabla de pino, damos nosotros más valor, infinitamente más valor, que a todos los regadíos. Así, con este espíritu en las almas, hacían nuevos pueblos los conquistadores. Y estos pueblos han perdurado, no por la material reciedumbre de sus fábricas, sino por el espíritu del vecindario. De este modo perdurará también el M atón de los Iñigos por los siglos de los si­ glos. Por ello, para que conste a las generaciones futuras el espí­ ritu que animaba a los fundadores de este pueblo, dejamos cons­ tancia del primer anuncio que se colgó en una tabla de pino a la puerta de su ayuntamiento. En el ayuntamiento, curioseamos todas las dependencias. El alcalde menudea, en animada charla con el señor gobernador, los detalles pendientes para el buen gobierno del vecindario. En tanto, allegamos también nosotros algunas menudencias. He aquí las me­ nudencias que allegamos en el ayuntamiento: El Instituto Nacional de Colonización, el año 1947, adquirió la finca Matón de los Iñigos, para solucionar el problema social que existía en Tejeda de Tiétar. Tiene la finca 406 hectáreas de secano, pobladas de encinas y ro­ bles; 352 hectáreas eran de aprovechamiento agrícola; el resto, de terreno improductivo. En la finca se ha levantado el pueblo, que conserva el nombre: Ma^ón de los Iñigos. Se han puesto en rega­ dío 280 hectáreas, repartidas a 66 colonos, en lotes de unas cuatro hectáreas. Se han plantado de chopos dos hectáreas, a lo largo de mil metros, para defender las márgenes del río. Se han puesto 1.210 pies de árboles frutales en las lindes de las parcelas, a la vera del camino, a lo largo de las acequias. Se ha construido un camino de acceso desde la Bazagona; otros caminos cruzan la explotación. Las acequias tienen de largo 5.800 metros; los azarbes y azarbetas (desagües), 6.000 metros. Se ha hecho instalación eléctrica para el riego y alumbrado público. Ahora, se eleva con motores el agua del río; después, se regará esta finca con las otras que fertilizará el agua del «Rosarito». T o d o esto se ha hecho serena­ mente, honestamente, silenciosamente, sin voceo, sin fatuidades. Iteramos y reiteramos los módulos de nuestra política: «obras son amores y no buenas razones». Con este menudeo noticioso, pasaba el tiempo y el gentío, en

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la calle, se impacientaba. Reclamaba el gentío—los hombres, las mujeres, los mozos, las mozas, los niños—la presencia del señor gobernador; quieren que hable, aunque sólo sea unas palabras. Y el señor gobernador, don Antonio Rueda y Sánchez Malo, sale al balcón y habla. Los hombres le escuchan sombrero en mano. N o les importa el rigor del sol. El semblante, el mirar de estos hombres, es de profundo agradecimiento. Dice el señor gobernador que no pensaba hablar, porque a nuestra política, a la política falangista, le gusta más el voceo de las obras que el parlerío de las lenguas. También nos recomienda el Evangelio conocer, enjuiciar a los hombres por las obras. Y en política—en sana, en fecunda política—es muy saludable seguir las huellas de este divino mandamiento. El gobernador no pensasaba hablar; pero el afectuoso recibimiento, en este día de prima­ vera sonriente, que nos ha hecho el vecindario, y el entusiasmo que ha p roducido—en el señor gobernador, en todos nosotros— la maravilla del paisaje, la belleza de estas construcciones ruti­ lantes, le obligan, por cortesía, por movimiento espontáneo, a ofrecer un cordial saludo a los fundadores de este pueblo, des­ cendientes de los que tantos pueblos fundaron en el nuevo m un­ do. Y, va puesto a hablar, quiere el gobernador que el vecin­ dario reflexione sobre algo que no es fortuito. Dice que ese pueblo no se ha hecho por a r t e d e magia o encantamiento. Ha costado preocupaciones, desvelos, fatigas, pesetas. Se ha trabajado en él varios años. Hasta hoy, no habrán visto a ningún político por estos andurriales, haciendo promesas o lanzan­ do soflamas con engañoso arrumaco: la Falange no gusta de ron­ cerías; es nuestra forma de ser. Es la política de Franco. Hoy, h e ­ cho ya el pueblo, asegurado el pan de sus moradores, el consejo provincial de la Falange viene a visitarlo. No viene a prometer; viene a recrearse, a estimularse en la obra hecha. Dios, cuando hizo el mundo, descansó y se recreó en la obra de sus manos. Natural es que nosotros, hijos de Dios, hechos a su semejanza e imagen, gustemos también de estos recreos. Así, el consejo provincial de Falange viene a recrearse en las realizaciones de la política falan­ gista; viene a contemplar la obra realizada, para mejor estimularse en su tarea; viene a unirse al canto de la primavera en loa del H a­ cedor de toda hermosura. Dice el gobernador a los vecinos que nunca olviden que en el pueblo hay una iglesia, donde las almas se santifican y se adiestran en el servicio de Dios; hay una escuela, donde se ilustran las mentes y se forman los hombres para servir a la Patria. Y el servicio de Dios y el servicio de la Patria son los más sublimes servicios. Esto ha dicho el señor gobernador y le han colmado de aplau­ sos. Luego, brazo en alto, con el saludo romano de nuestra Falan­ ge, cantamos todos el «Cara al sol», gozosamente, entusiástica­


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mente. En este pueblo de ensueño, fruto de la España renacida, sonríe de verdad la primavera. Después de oir al gobernador, después de cantar con acento emocionado y brioso el «Cara al sol», después de sosegar un poco el alma y acallar los encendidos elogios que brotaban de los cora­ zones y en m onocorde parloteo decían las lenguas, fuimos de calle en calle y de puerta en puerta, contemplando las moradas y el vi­ vir de los colonos. Buen arte, manifiesto dominio de la perspecti­ va, de los matices en el color, de los juegos de luces y de sombras, de armoniosa variedad en la traza de las casitas, se observa al pri­ mer golpe de vista. Tienen las casas un soportal junto a la entrada, de orientación y trazado diferente en cada una. En .las columnas y paredes que sostienen al soportal, se ven, desnudas y en saliente posición, pie­ dras grandes y pequeñas, de granito y de pizarra, que alternan con el blancor de los hastiales y rompen su monotonía. La disposición ingeniosa, de apariencia sencilla y natural, que tienen las casitas, da origen a plazuelas y rinconadas de suaves quebraduras en las líneas, de ambiente recoleto, de cegadora luminosidad. Y es tam ­ bién delicioso el gracejo que presenta el trazado de las calles, con sus aceras, con sus filas de arbolillos recién plantados, que mez­ clan el alegre verdor de sus tiernos brotes con el otro verdor, gra­ ve, oscuro, de las encinas que aún perduran en las calles, en las plazuelas, en los cortinales. Penetramos en una, en dos, en tres viviendas. Los colonos que en ellas moran, nos reciben satisfechos, orgullosos de nuestra visita, que juzgan de honra. Pasado el umbral, tienen las casas —las que vemos y las que dejamos de ver— un amplio zaguán con chimenea de leña—¡qué buena leña de encina consumen estos hogares!— para cocinar, para mitigar los rigores del frío. En estos zaguanes pasan los colonos, con sus mujeres e hijos, las veladas del invierno en torno a la lumbre. A este zaguán dan las puertas de algunas habitaciones. De este zaguán sale un pasillo que lleva al corral. En el corral, espacioso, alegre, limpio, con sus bardas espinosas, con sus puertas carreteras, se hallan las cuadras, los graneros, los heniles. En todas las casas dominan, predominan y alegran el mirar estos colores: el blanco de los hastiales, de los techos, de los tabiques; el rojo de los tejados; los verdes, oscuros y tiernos, de las encinas viejas, de los arbolitos nuevos; los suaves grises del granito y de la pizarra descubiertos en las jambas y pare­ des; y los más grises aún de las calles y corrales con arena. La simpli­ cidad de estos colores, heridos por la luz esplendente del sol extremeño, producen en el ánimo sensación de paz, de sosiego, de hondura en el vivir, de señorío en el holgar. Así, escuetos, sin alharacas, sin estridencias superficiales, hondos, profundos, graves,

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son los pueblos—los viejos y los nuevos—, son los hom bres de esta hidalga Extremadura. En el curioseo pausado, admirativo, por el ámbito del pueblo, se nos fue lo mejor de la mañana. En la plaza del lugar, subimos a los coches. El gentío, como a la entrada, nos despide con afecto, con vítores, con adioses de pañuelos, con gestos alegres, con caras de pascua. Cruzamos los caminos, entre las parcelas. A uno y otro lado del camino, cabe linderos, rente a las parcelas, hay tiernos plantones de árboles frutales, que ya deleitan el sentido con el perfume de sus flores, que pronto suspenderán con sus frutos al gusto más delicado. Hacia el oriente, a tiro de honda, pasa el Tiétar. Por las no­ ches, en la quietud de los campos, se escucha desde el pueblo el rumor de sus aguas, puras, cristalinas, serenas, que blandamente se deslizan sobre el fondo arenizo, en tanto que en su transparen­ cia juguetean los inquietos y zahareños pececillos. A las márgenes del río, en prietas hiladas, crecen los chopos que sujetan la tierra en la pina barranquera, cuando se enfurece la corriente y se hace temerosa, con el empuje de las avenidas. A la diestra orilla, poten­ tes motores sangran el río y elevan sus aguas para fecundar las parcelas de la llanura. A veces, mientras recreamos los ojos en los espejos del agua, alargamos la mirada hasta el boscaje de la Vera en las cercanas serranías. Conjugamos la hermosura de la vega en regadío con los montes frondosos que cortan el horizonte; en es­ ta conjugación de bellezas infinitas del pasado, del presente, del futuro; en estas bellezas de todo tiempo, se nos encrespa el alma con sentires de ternura, con anhelos jubilosos; y de arrobo en arrobo, añadimos nuestra voz al himno perenne de la tierra y de los cielos, loando las glorias del Señor. Hemos descansado breve espacio en la residencia acogedora que allí tiene el señor ingeniero de Colonización, al noroeste del poblado. Y en tanto descansábamos, el pueblo ardía con una tre ­ menda inquietud. Las mozas quieren hacer un pedido al señor gobernador. Para las mozas, el pedido era acuciante, resolutivo, de vitales dimensiones; porque en ello se jugaba el problema de larga tristura o eterna felicidad en su vivir. Para los mozos, este pedido era causa de ironías, de regodeo, de jolgorio. Es el caso que los mozos, en las fiestas y domingos, se van a los pueblos v e ­ cinos a tener sus alegrías y diversiones; atrochan por veredas escusadas; van y vienen a caballo; y quien no lo tiene, a pie. Entre idas y venidas se enzarzan en amoríos — al principio, en broma; luego, de veras— que suelen abocar al altar. C om o en el M atón de los Iñigos no hay baile, las mozas quedan muy solas y andan los mozos p o r otros pueblos, en las fiestas y domingos, alegres y en gozoso galanteo. U no u otro día, tornan prisioneros de su ga­ lanteo festivo...


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Ya h em os su b id o a los coches. C am inam os p o r la Ronda de la Vega, aledaña al caserío. Las m ozas salen al camino. V itorean al g ob ern ad o r. Paran el coc h e de p o r fuerza, le rodean, gritan, ríen... Pero nad a osan decir. P o r fin, una se arresta y, sin pizca d e h esita­ ción, hace el pedido: — Seño r g o b ern ad o r, q u erem o s un m úsico para p o d e r bailar.

VIII VEGA

>

DE

MESILLAS

Salimos del M atón de los Iñigos. C ru z a m o s los pueblo s d e T e jeda, T o rr e m e n g a , Jaraíz; pu eblo s de la Vera, llenos de historia, fecu n d o s en riqueza, ro d e a d o s de cultivos y arboledas de infinita herm o sura, fam osos p o r el arte de sus m o rad o res en los trabajos de regadío. Llegamos a la finca Vega de Mesillas. Esta finca se h a ­ lla en el térm in o de Collado; es p ro p ie d a d del ay u n tam iento de Aldeanueva. D e c h a d o es esta finca de los afanes de un p ueblo, de la tenac id ad de sus h abitado res. M erece q u e hagamos de ella es­ paciada m emoria. Asienta Aldeanueva de la V era entre las faldas de T o r m a n to s y Jarand a o Peña Negra, sierras fragosas, de tierra feraz, q u e a b r a ­ za bien las raíces de la arboleda: castaños y robles, cerezos y n o ­ gales, encinas y olivos, p ám panos y flores...; q u e fecunda a m ara­ villa el ta b a c o y el pimiento, la hortaliza y el algodón. Las gargan­ tas de Yeguas, H orcajo, Cascarones... y o tro s arroyuelos in nú m e­ ros, la circundan y alegran con el agua esp um osa y clara, q u e dis­ curre entre guijos p o r barran co s y praderas, y surten de tru ch a s sabrosas a to d a la com arca. P ueblo de origen agareno, de gente revoltosa y levantisca, de genio vivo, de rápida intuición, de asom ­ b ro s a tenacidad. D e antiguo venía g o za n do el m unicipio de Aldeanueva la d e ­ hesa Mesillas, con una superficie q u e excede las 1.500 hectáreas. N o ha m uch o s años, bien e n tra d o este siglo, la dehesa de Mesillas era casi to d a un espeso m atorral, con robles, encinas, alcorno ­ ques... y algunos p ra d o s sin im portancia. La m araña d e zarzas y fresnos, sauces y robles, era más intensa y escondida en la p arte q ue llaman «La Vega»; lobos y otras alimañas com partían la e s p e ­ sura entre facinerosos y gente de mal vivir. El municipio de Al-


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deanueva apenas gozaba los frutos exiguos que daba Mesillas. El vecindario sufría mucha escasez. El año 1925, se intentó explotar en regadío la Vega de Mesillas. Se allegaron préstamos con la fianza de algunos vecinos; el municipio empeñó en la obra todo su patrimonio. Motores, secaderos, viviendas...—rústico y desme­ d rado todo ello—van trocando la faz inculta de la Vega de Mesi­ llas en segura promesa de lozanía y fecundidad. Intrigas, pesadum ­ bres, indecisiones, luchas—¡oh tiempos republicanos!—generosi­ dades, cazurro empeño... y otras variantes, ya fecundas, ya estéri­ les, ha sufrido esta explotación. Al fin, tras el Movimiento, se hace cargo de esta finca la O bra Sindical de Colonización: pagó los créditos pendientes; inició las nuevas construcciones que hoy ya esplenden, blancas, rutilantes, armoniosas, en la llanura. Son estas construcciones: casa de administración, escuelas graduadas para niños de ambos sexos, viviendas de empleados y maestros, seca­ deros de tabaco, setenta casas para cultivadores, iglesia, dispensa­ rio médico... Las casas, igual que en M atón de los Iñigos, son de una planta; tienen cocina, com edor, dorm itorios—dos o tres—co­ rral con su cuadra, graneros y heniles. También, como tn el Matón, destaca en la Vega de Mesillas el claror de los hastiales, el rojo de los tejados, el semblante alegre y satisfecho de sus moradores. (Aquí no existe el gravísimo problema del Matón de los Iñigos: no han pedido un músico al señor gobernador). El pueblo de Vega de Mesillas tiene cierta particularidad. C o n ­ siste la particularidad esta en que la O bra Sindical de Colonización dirige los cultivos en nombre del ayuntamiento de Aldeanueva de la Vera: los beneficios son para las arcas de su municipio. Los cul­ tivadores trabajan en plan de «medieros», durante un período de seis años; para ellos son las viviendas construidas. A los seis años, vienen otros cultivadores—es requisito para ello, ser vecino de Al­ deanueva, honrado y trabajador—. A los seis años, tornan a venir otros cultivadores. Y así, en rotación permanente, los vecinos más pobres de Aldeanueva van mejorando de posición; tienen como un seguro contra las penurias de acuciante necesidad. Esta es obra de mucha honra para Aldeanueva, para la Delegación Provincial de Sindicatos, para Extremadura. Esta obra apenas ha tenido ayuda del Estado. Se ha hecho con los medios allegados por el municipio, por los sindicatos, por los buenos extremeños; se ha informado del espíritu fecundo de una política nacional; de una política sin­ dicalista, que es la política que sustenta al Movimiento. (También aquí vendrían al pelo ciertos ditirambos y palabrerías. Dejamos las palabrerías y ditirambos; iteramos y reiteramos: «obras son am o­ res y no buenas razones». N o queremos se nos tache de petulante enlabio). Hemos curioseado con pausa, con regocijo, con admiración y entusiasmo, por todo el pueblo. Hemos oído de los cultivadores,

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contadas por menudo, las incidencias de los cultivos, el precio de los frutos, sus ilusiones, sus esperanzas: alguno se prometía aho­ rrar en los seis años más de 20.000 duros. Y esta seguridad de me­ jora, de empinamiento en la vida, alegraba los ojos, hacía parlera la boca de los buenos cultivadores. En nuestro pecho, oyéndoles, poco a poco, se nos iba ensanchando el corazón. Mientras pensá­ bamos, mientras hablábamos de estas cosas y de otras de mucho ejemplo—ejemplar es la tradición de los «empalados», la noche de Jueves Santo, en Valverde de la Vera—saboreábamos las finas t ru ­ chas de los arroyuelos y gargantas que circundan Aldeanueva de la Vera. Es Vega de Mesillas el primer pueblo construido en la zona re­ gable del pantano de «Rosarito». Las noticias que nos dan sobre este pantano han herido nuestra fantasía. Dispuesto estaba yo a dejar correr la pluma en pos de mi fantasear, a decirte, lector— lector resignado y pacience que has llegado hasta aquí— a decirte cómo he visto yo en los planos y cómo veía en la imaginación los siete pueblecitos nuevos que se proyectan en la zona de «Rosari­ to»: Jaranda de la Vera, Cuaternos, S m ta María de las Lomas, Ro­ bledo de la Vera, Tiétar del Caudillo, Barquilla de Pinares y Pueblonuevo de Miramontes, son los nombres de estos nuevos pue­ blecitos. Pluma en ristre andaba ya para decirte mis fantasías, cuando me percaté de que estaba escribiendo una crónica a vista de ojos. T e hago gracia, lector amigo, de mi fantasear y cuelgo mi pluma en la espetera. Quédate, pues, con Dios. Hasta que reanu­ de las visiones de mi caminar, El sea contigo y conmigo. (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, abril-m ayo de 1955)


DOS PUENTES SOBRE EL TAJO (Semblanza de los puentes de Alcántara y Alconétar)


I EL

PUENTE

DE

ALCANTARA

Octavio Augusto fue el primer emperador romano. El año 38 antes de Cristo, terminada la pacificación de España, la incorpora definitivamente al Imperio de Roma. En esta pacificación de Es­ paña, Roma gastó dos siglos. Un lusitano opuso la mayor resis­ tencia: Viriato. Octavio Augusto, para estar a salvo de nuevos levantamientos, fundó en Lusitania la principal colonia de la pe­ nínsula: Emérita Augusta. Poco a poco, España va adquiriendo eficaz, decisiva importancia en la política de Roma. Cinco empe­ radores, nacidos en España, rigieron los destinos del mundo ro ­ mano desde el año 68 al 395: Galba, Trajano, Adriano, Máximo, Teodosio. Algunos historiadores afirman que también Marco Aurelio nació en nuestra patria. Buena cosecha de emperadores llevó España a Roma. T anto, que aquí, en España, estaba la «otra Roma»: Emérita Augusta. España llevó a Roma otras cosas de valor; llevó mentes pro ­ fundas, luminosas, que habían asimilado su cultura y la hicieron brillar con propios resplandores. Españoles fueron el cordobés Luciano, m uerto por orden de Nerón, envidioso de sus triunfos literarios. Séneca el «retórico», padre, y Séneca el «filósofo», hijo, preceptor de Nerón, que no podía soportar la virilidad moralizadoia del genio hispánico y ordenó su muerte. Quintiliano, aboga­ do, profesor, maestro de Plinio el Joven y del emperador Adriano, autor de la «Institución Oratoria». Columela, gaditano, el agró­ nomo más insigne del mundo antiguo. Pomponio Mela, destaca­ do geógrafo. El poeta Marcial, nacido en Bílbllis, autor de famosos epigramas que destilan raudales de finura y delicadeza. El cristia­ no Aurelio Prudencio, que supo cantar en verso dáctilo las gestas del cristianismo e introdujo en la poesía a la mujer cristiana.


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Orosio, historiador, filósofo, teólogo, que alzó su voz contra los paganos y dio sentido provincialista a la historia. San Isidoro de Sevilla, templo, custodio, inspirador cristiano del legado cultural de Roma... Así devolvían los españoles los beneficios que de Roma les llegaron. La España Ulterior fue la primera, la que más hondamente asi­ miló la cultura de Roma. Emérita, cabeza de Lusitania, era el cen­ tro principal de comunicaciones en España. Desde Emérita Augus­ ta se iba por caminos romanos a Lugo, Braga, Astorga, Zaragoza, Lisboa, Sevilla, Cádiz, Toledo... El camino principal era la «Vía de la Plata», señalada con el núm. 24 en el «Itinerario» de Caracalla. Salía de Cádiz y, por Mérida, Cáceres, Salamanca y Zaragoza, lle­ gaba hasta la capital del Imperio. Lo principal de esta «Vía de la Plata» se debe al emperador Trajano. Saliendo de Emérita, la pri­ mera mansión se llamaba «Ad Sorores», por hallarse entre dos quintas próximas, como hermanas, ya desaparecidas. La segunda mansión era «Castra Caecilia», campamento romano ju n to a «Norba Caesarina», que así entonces llamaban a Cáceres. Esta •Vía de la Plata» cruzaba el Tajo por Alconétar, sobre un puente de mucha fortaleza. Los pueblos lusitanos allende el Tajo hacían un gran rodeo para venir a Emérita Augusta, capital de la pro ­ vincia. Esta incomodidad necesitaba remedio. Para remedio de esta incomodidad, se concertaron los muni­ cipios de una y otra orilla. La fortaleza política, económica y a d ­ ministrativa de los municipios romanos, era el mejor sustentáculo de to d o el Imperio. Cuando el centralismo arruinó esta fortaleza administrativa, económica y política, el Imperio cayó ante el em­ puje de los bárbaros. Ahora, con el emperador Trajano, gozan los municipios de extraordinaria pujanza. Los municipios de una y otra orilla determinaron construir nueva calzada que, desde la «Vía de la Plata», se adentrase en el corazón de Lusitania. La nueva calza­ da partía de las proximidades de N orba Caesarina. El paso del Tajo necesitaba un puente. Los municipios, a su costa, decidieron construir el puente que el Tajo necesitaba. Una comisión de ciudadanos, moradores en estos municipios, fueron a Emérita Augusta. Buscaban un arquitecto para construir el puente sobre el Tajo. Emérita Augusta tenía buenos maestros en el arte de Vitrubio; habían construido famosos templos, circos, teatros, baños y otras maravillas en el recinto de la ciudad. Se p u ­ sieron en trato con Cayo Julio Lácer, arquitecto de fama. C o n ­ certaron la traza del puente sobre el Tajo. Cayo Julio Lácer encontró una dificultad primera: la im petuo­ sidad de la corriente. Viene el río en esta zona muy arrebatado. Sus aguas, en las crecidas, se deslizan con ímpetu, con fiereza, arrolladoras. Es peligroso multiplicar los pilares en los puentes. Cayo Julio Lácer venció esta dificultad: puso el puente entre dos

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recodos próximos. Estos recodos atenúan el ímpetu de la corrien­ te. Entre ellos, las aguas se deslizan con mansedumbre, a pesar del terreno escarpado. N o obstante, convenía reducir los pilares del puente. Para reducir su número, les dió grandes dimensiones. La masa ingente de los pilares resiste sin dificultad la presión de las aguas. Además, el ingenio de Cayo Julio Lácer dispuso que los arcos de uno y otro pilar fueran gigantescos, desiguales. Con tal maña, sólo un pilar quedó en la corriente, cuando el río va sose­ gado. Ya estaba vencida la dificultad del ímpetu arrollador. Q ueda, empero, otro inconveniente. Las orillas, de uno y otro lado, se elevan a mucha altura; son ásperas, pedregosas, de tránsito difi­ cultoso. La calzada resultaba pina en su acceso a los extremos del puente. Era una nueva dificultad. Fue necesario elevar la fábrica del puente a descomunal altura. En tal guisa, teóricamente, se alla­ nó toda dificultad. Cayo Julio Lácer puso manos a la obra. El material del puente es sillería granítica, abundante en la comarca. Los sillares de toda la obra, de enorme tamaño, bien trabajados, presentan la cara exterior en almohadilla; van asenta­ dos sin argamasa visible, según la costum bre romana; el interior, relleno con una mezcla de cal y guijarros, que el tiempo endurece y aumenta su consistencia. Los extremos del puente distan 194 metros; se apoyan en la dureza rocosa de las riberas. Para refuerzo de los extremos, se construyeron malecones a uno y otro lado, fortísimos, de 50 metros de largo; en el de la parte occidental que mira al norte, se hizo un arco para salvar cierta quebradura del terreno. T o d a la obra monta en cinco pilares, que sirven de apoyo a seis arcos desiguales. Los arcos se corresponden en magnitud de dos en dos: el primero y el sexto; el segundo y el quinto; el terce­ ro y el cuarto. Esta es su luz: el primero y el sexto, 18'4l metros; el segundo y el quinto, 2 4 '2 7 metros; el tercero, 28'06 metros; el cuarto, 27'35 metros. La anchura del puente, incluidos los antepe­ chos, es de ocho metros. La superficie de la calzada, completa­ mente llana. Su altura alcanza 71 metros: 13 metros, desde el fon­ do a la superficie del agua; 40 metros, desde la superficie del agua hasta la clave de los arcos; 4 metros, desde la clave de los arcos hasta el piso de la calzada; 14 metros, desde la calzada hasta la cúspide del arco triunfal. Los macizos de los pilares, para mayor resistencia del agua, forman ángulos hacia la parte de la corriente y son cuadrados en el lado opuesto, hasta la línea de arranque de los arcos. A causa del terreno quebrado y en declive de las orillas, la altura de los pilares, a los arranques del puente, es pequeña. Va aumentando hasta llegar a los arcos centrales, majestuosos, imponentes, sobrecogedores. Estas dimensiones dan a la obra as­ pecto hermoso, fantástico, impresionante. La armonía, la propor­ ción de todas sus partes recrean a la vista, deleitan el ánimo. Es el


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mejor puente que se construyó en todo el Imperio de Roma. Templos, lápidas, inscripciones de varias épocas ilustran la fá­ brica del puente. Haremos suscinta memoria de ellas. Están escri­ tas en latín. Aquí las pondrem os vertidas al romance de Castilla: nuestro intento es de llaneza, divulgador, no erudito. Empecemos. Los municipios que costearon el puente, le ofrecieron al empera­ d o r Trajano. En su honor, en honor de Trajano, Cayo Julio Lácer levantó un arco de triunfo en medio del puente. Es de sillería almohadillada, como el resto de la obra. Tiene un arco con 5 '8 9 metros de luz y 14 metros de altura. Sostienen al arco dos m acho­ nes de 3'02 metros de espesor. Los manchones descansan en los extremos del pilar central. En el ático del arco de triunfo, graba­ ron esta dedicatoria: Al Em perador y César, hijo del divino Nerva, Nerva Trajano Au­ gusto, germ ánico, dácico, pontífice máximo, en posesión de la trib u ­ nicia potestad por octava vez, em perador por la quinta, cónsul por la quinta, y padre de la Patria.

En cada frente de los pilares que sostenían el arco triunfal, se colocó una lápida rectangular de mármol. Tres lápidas se han per­ dido. Una se conserva en parte; lleva esta inscripción: Municipios de la provincia lusitana que hicieron a su costa la obra del puente: igaditanos, laucenses, opidanos, talores, iteranienses, co­ larnos, transcudanos, araves, m eidubrigenses, arabrigenses, banienses, pesures...

Se ignora el lugar donde estos municipios se hallaban enclava­ dos y si eran más de los que se consignan, porque la lápida no está completa. A la parte izquierda del puente, frontero y más alto que el ni­ vel de la calzada, levantó Cayo Julio Lácer un templo pequeño. La puerta da al ocaso; ante la puerta, hay breve escalinata. La fá­ brica del templo es de sillería granítica almohadillada; tiene 5'86 metros de largo, 4'10 de ancho, 6'61 de alto. Su planta es rectan­ gular. El interior está dividido en dos compartimentos. Seis gran­ des piedras p o r cada lado forman la cubierta en dos vertientes. Dos columnas toscanas en la puerta, son el único adorno del templo. En el dintel, sobre una lápida de mármol, grabaron la ofrenda del templo. Dice así: Consagrado al em perador Nerva Trajano, César Augusto, g erm á­ nico, dácico.

Por bajo de la ofrenda, se colocó un panegírico hecho po r

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l’llnlo en loa de Cayo Julio Lácer y del puente. Consta el panegíilco de doce versos musicales, armoniosos, perfectos. Vertido al romance, significa: Templo sobre una roca del Tajo, lleno del favor de los dioses y del César, donde el arte es sobrepujada por su m ism a hechura. Quién y con qué motivo lo hiciera, tal vez pregunte la curiosidad de los cam i­ nantes, a quienes la nueva fam a intriga: Lácer construyó el puente grandioso, el cual tam bién levantó el templo para ofrecer dignam en­ te sacrificios. Este Lácer que hizo el puente, consagró adem ás nuevos templos, porque sólo las ofrendas aplacan a los dioses. El m ism o dedicó el templo a los dioses rom anos y al César. Venturosa es una y otra ofrenda de este sagrado monumento.

Tras los versos del poeta, se leen estas palabras: Cayo Ju lio Lácer, junto con su amigo Curio Lacón Igeditano, ofren­ dó este templo.

En el interior del templo, hay una piedra en forma de copa y una vara de altura. En el lado anterior de esta piedra, se lee: Cayo Ju lio Lácer levantó este ara para que se hicieran sacrificios a los dioses.

Cayo Julio Lácer tenía conciencia de su obra, de su valor té c ­ nico, de su belleza estética, de su resistencia contra los siglos y contra los elementos. Intuyó que el puente sobre el Tajo se t r o ­ caría en maravilla de la humanidad, en orgullo del pueblo romano. El artífice mandó que sus huesos descansaran junto a su obra, en el recinto del templo que ofrendó al César y a los dioses. Allí está su laude sepulcral: Cayo Ju lio Lácer está aquí sepultado. Sea para ti la tierra leve.

Una lápida con esta inscripción cubre los huesos de Lácer. Ni los sucesos del mundo, ni el paso de los siglos han cubierto de olvido su gloria y su fama, como artífice del puente sobre el Tajo. Esta gloria y esta fama de Cayo Julio Lácer dura y perdura por los siglos de los siglos, desde el año 106 de Cristo N uestro Señor, cuando el español Trajano arbitraba el destino de Roma. El tiempo y los sucesos de los hombres grabaron su huella en el puente sobre el Tajo. Junto al puente, creció un poblado rom a­ no, para defenderle, para servir de viático y descanso a los cami­ nantes. N o sabemos el nom bre que tenía este poblado romano. Algunos dicen que se llamó «Brutóbriga» la villa y castro le­ vantados junto al puente. Los árabes llamaron a este poblado «al-kantara», que significa «ciudad del puente». Mohamed-al-Edrisi, en su obra «Descripción de España», cap. II, dice: «De Mérida a 9


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Cantara-as-saif, dos jornadas. Cantara-as-saif es una de las mara­ villas del mundo. Es una fortaleza construida sobre un puente. La población habita en esta fortaleza, donde está al abrigo de to d o peligro, porque sólo se la puede atacar por el lado de la puerta. De Cantara as-saif a Coria dos jornadas cortas. La villa de Coria está hoy en poder de los cristianos...» Pronto, muy pronto, en el mismo siglo XIII, don Alfonso XI, rey cristiano, sitiaba a la for­ taleza mora que se erguía sobre el puente. En la lucha, el puente s u ­ frió un desaguisado: arrancaron 60 piedras del primer arco en la diestra orilla. N o sabemos si fueron moros o cristianos los autores de esta ruina. Desde entonces la fortaleza se llamó Alcántara. Allí asentó la orden de caballería que lleva su nombre: para vigilancia de la frontera portuguesa; para reducto inexpugnable y punto de partida a las razias contra moros. En el siglo XV, tuvieron sus pendencias los Reyes Católicos y don Alfonso V de Portugal. Los Reyes Católicos andaban apreta­ dos de fuerzas; defendía en su nom bre Alcántara don Alfonso de Aragón, primer duque de Villahermosa, y quiso, para mejor d e ­ fensa, romper el puente. Venía el de Portugal presuntuoso y ta­ quillo. Mandó un propio al duque de Villahermosa diciéndole que no destruyela el puente «que él rodearía, porque edificio tal no se gastase». Ya era tarde; el de Villahermosa había arrancado cinco piedras «y el volver a poner otras cortó tres quentos». El rompimiento que los moros y el duque de Villahermosa hi­ cieron en el puente, no tuvo mañosa compostura. En tiempos de Carlos V, la fábrica del puente amenazaba ruina. Súpolo el empe­ rador: mandó que fuese reparado. Empezaron las obras el año 1543, bajo la dirección de Martín López, «maestro de cantería y carpintería, natural de Alcántara, hom bre de gran cuerpo y m em ­ brudo, moreno y muy ingenioso». Importó la restauración 600.000 maravedíes. Este buen Martín López, el maestro de cantería, aña­ dió de su peculio ciertas reformas. Guiado por el ambiente guerre­ ro y caballeresco de la época, desfiguró la traza primera del arco triunfal; cubrió de argamasa las juntas de las piedras; renovó el pavimento; coronó de almenas con las águilas imperiales la termi­ nación del arco. En memoria de este reparo, entre las almenas, por la cara del mediodía, se grabó en mármol el escudo del emperador. En los pilares del arco, en el lugar de las inscripciones antiguas que se habían perdido, se colocaron tablas de mármol con esta leyenda:

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atención a las águilas imperiales de Carlos V. Durante la repara­ ción, se encontró una espada encima del arco: por ello, también se le dio en llamar «Torre de la Espada». Tal es la razón de estos n om ­ bres que lleva el ateo triunfal, sin recurrir a fantasías ni leyendas. En 1648, regía la orden de Alcántara el maestre don Pedro de Carvajal y Ulloa. Este don Pedro ordenó que la toza de mármol que servía de dintel a la puerta del templo, fuera sustituida por otra de granito: en la nueva piedra de granito se grabaron las anti­ guas inscripciones, con falta de esmero, con sobra de errores or­ tográficos. Durante la guerra de Sucesión, cortaron los portugueses el ar­ co primero de la orilla derecha. Ya habían olvidado el gesto caba­ lleresco de su rey don Alfonso V. Poco después, el monarca espa­ ñol Carlos III dispuso la reparación. En la guerra de la Independencia, año de 1809, el general inglés Mayne, jefe de las tropas aliadas, cortó el arco segundo, para su­ jetar a los invasores franceses. Terminada la guerra, se habilitó el paso con maderas. Luego, en 1836, durante la contienda carlista, los vecinos de Alcántara quemaron estas maderas, en defensa con­ tra el cabecilla Gómez. El puente quedó en abandono lamentable. Más de veinte años duró el abandono. Si no al interés, la Real Academia de la Historia miró al decoro artístico, al marchamo ig­ nominioso que suponía para los españoles tal abandono. La Real Academia gestionó su remedio. El Gobierno subvencionó las obras. D on Alejandro Millán, académico correspondiente, dirigió las re­ paraciones. Se empezaron en 1858. Se terminaron en 1860. Fue su costo de 1.638.772 reales y siete céntimos. Se hizo una reparación general. Se pavimentó la calzada. T o d o con buen gusto, con res­ peto a la traza primitiva. Los pretiles se hicieron nuevos. Los di­ ques y avenidas se renovaron. En el arco de triunfo se guardó ex­ cesiva regularidad en el almohadillado de las piedras. En la cara norte del dicho arco, se puso el escudo de los Borbones. Se re­ produjeron las inscripciones antiguas en tablero de mármol. A las inscripciones se añadió este pie: La reina Isabel reparó la traza y el recuerdo.

Haciendo juego con el referente a Carlos V, se colocó un ta ­ blero grabado así:

Carlos V, Em perador, César Augusto y Rey de las Españas, mandó rep arar este puente que, deteriorado por las guerras y por la anti­ güedad, am enazaba ruina, el aflo del Señor 1543, en el 24 de su im ­ perio y 26 de su reinado.

Isabel de Borbón, reina de las Españas, reparó en un todo el puen­ te norbense (1) de la antigua provincia lusitana, obra m uy deteriora­ da por las guerras y el paso del tiempo, y dispuso que se am plifica­ ra a uno y otro lado el largo camino de los vaceos. Año del Señor 1859.

Al arco de triunfo se le dio en llamar «Torre del Aguila», en

(1) Se llam a «norbense» al puente, por la creencia de que Norba esta­ ba en Alcántara y no en Cáceres, según después se ha comprobado.


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En las obras de esta reparación, se hallaron dos grapas de las que utilizó Cayo Julio Lácer para unir en sentido horizontal las hiladas de piedras. Se arrancaron algunos letreros en azufre que los m oros habían trazado con sus gumías entre las inscripciones del arco triunfal. T o d o se envió a la Real Academia para su estu­ dio y custodia. Este arreglo del puente se inauguró el 4 de febrero de 1860. Las fiestas que se organizaron, fueron lucidas. Acudió al regocijo mucha gente de importancia: don Francisco Belmonte, gobernador civil de la provincia; don Juan Martínez, gobernador militar; a u to ­ ridades provinciales, comarcales, locales; eruditos, poetas, escri­ tores.,. Ofició en la misa don Rodrigo Barrantes, arcipreste de Va­ lencia de Alcántara; pronunció desde el púlpito un discurso galano el párroco de Cediílo; hubo otros actos de mucho lucimiento. Esta fue la última reparación que se hizo al puente. Así continúa. «Estas modificaciones— dice Mélida—no han afectado a lo esen­ cial, que es la traza primitiva del monumento, tan parfecta como sintética; y, así, el efecto de conjunto del gigantesco puente, tan proporcionado y armónico en sus macizos y huecos, con sus gen­ tiles arcos, la línea horizontal del pretil y alzándose al medio de ella el arco triunfal, que de perfil parece una torre, es de una gran­ diosidad sólo comparable a las de las pocas ingentes fábricas ro­ manas que, llevando el sello del poderío de Roma, es bastante cualquiera de ellas para caracterizarle». Sí, éste es «el mejor y más completo m onumento romano que existe en el mundo», a juicio del profesor Schulten, extasiado ante su vista. C om o añadidura del puente, los árabes edificaron, en la parte derecha de la calzada, frontero a la salida, un pequeño fortín de ladrillos sin importancia arquitectónica. Aún se conservan resto» del fortín. Nunca fue reparado.

II EL

PUENTE

DE

ALCONETAR

Trajano, emperador de Roma, hizo grandes obra? en España, su patria. Una de estas obras fue la «Vía de la Plata», calzada núm. 24 en el «Itinerario» de Caracalla. Los caminos en la España Ulterior, en la Vetonia y Lusitania, eran pobres, mal acondiciona­ dos. La ganadería y labranza en esta región eran prósperas, ab u n ­ dantes. Las minas ofrecían buen rendimiento. La seguridad necesi­ taba fáciles vías para las legiones. El trasiego se hacía por veredas empinadas, entre malezas y espesuras. Se cruzaban los ríos sobre tinglados de madera, que aún se llaman «lurias»; sobre barcas in­ seguras. A todo puso remedio la «Vía de la Plata». La tercera mansión de esta vía, partiendo de Mérida, se llamaba «Túrmulus», en la confluencia del Almonte con el Tajo. Alleguemos noticias, breves, ordenadas, sucintas, desde su principio. Faltaban 95 años para que viniese al m undo el Redentor de los hombres. Publio Lucinio Craso, pretor romano en la provincia lusitana, empezó a construir la «Vía de la Plata». Buscaba en ello seguridad para los intereses militares, políticos y económicos de Roma; buscaba también el desarrollo, la pujanza del pueblo co n ­ quistado. Roma atesoraba riquezas; en trueco, dejaba su cultura, su lengua, su arte, sus dioses, su enjundia social, su potencia civi­ lizadora. Esta calzada de Publio Lucinio Craso, mejoró un tanto la economía de Lusitania. Pero la romanidad, en creciente brío, aumentó la riqueza y el trato de las gentes. Pronto vino a ser menguada esta «Vía de la Plata» que trazó Publio Lucinio Craso. Q uinto Cecilio Metelo Pío, cónsul romano, vino a España en misión de guerra contra Hirtuleyo, capitán de Sertorio. Q uinto Cecilio Metelo Pío tuvo sus campamentos junto al Guadiana y ju n to a la colonia N o rb a Caesarina. El campamento junto al G u a -


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diana se llamaba «Castrum Metelli»—campamento de M etelo—y en él tuvo su origen nuestro Medellín. El campamento ju n to a N orba Caesarina se llamaba «Castrun Cecilii»—campamento de Cecilio—en lo que hoy decimos «Cáceres el Viejo». Este cónsul Q uinto Cecilio Metelo Pío arregló, mejoró y amplió la «Vía de la Plata». Con estos arreglos, mejoras y ampliaciones, llegó la «Vía de la Plata» hasta los tiempos del em perador Trajano, hasta el siglo II de la era cristiana. Ya entonces se llamaba «Vía de la Plata», por las enomes cantidades de metal argentífero que trans­ portaron por ella los soldados de Roma, metal abundante en las minas de Bética y Lusitania. El emperador Trajano dispuso aumentar, renovar y mejorar las calzadas de España. La «Vía de la Plata» necesitaba un puente pa­ ra cruzar el Tajo. Se encargó la fábrica del puente a Lucio Vivió, buen arquitecto, contemporáneo y amigo de Cayo Julio Lácer, que levantaba otro puente sobre el Tajo en el ramal que desde la «Vía de la Plata» se dirigía a Lusitania. Lucio Vivió dispuso la fá­ brica del puente en la confluencia del Tajo y el Almonte, junto a Túrmulus, tercera mansión de la «Vía de la Plata». Túrm ulus era mansión populosa: legionarios defensores del lugar estratégico, barqueros encargados del tráfico por el río, colonos y ganaderos, llenaban la mansión de vida y de gentío. Lucio Vivió comenzó su obra. Aún se ignoraban las cámaras de descomprensión. Era muy dificultoso construir los cimientos de los pilares. Lucio Vivió creyó más hacedero desviar el curso del Tajo hacia la derecha. Todavía quedan vestigios, aunque borrosos, de esta desviación. Allanada esta dificultad, Lucio Vivió realizó su obra sin grave entorpecimiento, en esta guisa: el puente tiene una longitud de 250 metros; 13 arcos de medio punto, a la manera ro­ mana, sostenidos por pilares de 6'60 metros de largo y 4'20 de es­ pesor, en forma de tamajar por el lado de la corriente y convexa en el opuesto, separados por trechos desiguales, a semejanza del coloso alcantarino, pero de menor grandiosidad. T o d a la fábrica es de sillería granítica almohadillada en el exterior, rellena con un m ortero de cal y guijarros. Lucio Vivió puso molduras en el arran­ que de los arcos yen la cornisa que sirve de base al pretil del puente. En medio del puente se levantó un arco de triunfo en honor de Trajano. Al extremo izquierdo, un templo para ofrecer sacrificios a los dioses. Este puente era similar al que el mismo Trajano man­ dó construir sobre el Danubio. Sobre el Almonte, ju n to a la con­ fluencia, se hizo otro puente de m enor cuantía. Estos dos puentes acrecieron la importancia estratégica del lugar. Para mejor defensa, los romanos labraron fortificaciones en aquel paraje. Túrm ulus se trocó en segura fortaleza. Tanto que Bruto, durante algún tiempo, puso en Túrmulus su cuartel general. Pasa el tiempo, los años, los siglos, los hombres. Sólo queda

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la historia, los hechos descollantes de los hombres. Con el paso del tiempo, llegaron los árabes. Las gentes de M uza vieron la obra de Cayo Julio Lácer: la llamaron «al-kantara», que significa puen­ te; vieron la obra de Lucio Vivió: la llamaron: «al-conetara», que significa dos puentes o segundo puente. Desde entonces Túrmulus se llamó Alconétar. Todavía se llama «el puente de Alconétar». Los árabes reconstruyeron y mejoraron la fortificación romana. Pasa más tiempo. Vienen los cristianos reconquistando la tie­ rra de moros. Los cristianos, para defensa de la tierra conquista­ da, como punto de partida para nuevas incursiones, levantan castillos. Los cristianos llegan al puente de Alconétar. Allí se esta­ bleció la O rden del Temple. Alconétar fue cuña, avanzada, sostén de los cristianos en su guerra contra el moro. Los templarios rehicieron el castillo, le dieron fortaleza, seguridad, amplitud. El puente y el castillo son ya poética ruina. Sólo queda en pie la t o ­ rre de Floripes—ya diremos su leyenda— , algunos machones del puente y lienzos desmoronados. Es la torre de Floripes de planta pentagonal; asienta en dura peña sobre un barranco; en sus lienzos de pared se aprecian sillares y restos del castro primitivo; su puer­ ta, a cuatro metros de altura, era franqueada con un puente leva­ dizo; las ventanas, por seguridad, son altas y pequeñas; luce, en cada frente, hermoso matacán; está coronada por un antepecho sobre canes. La torre de Floripes, exteriorniente, alcanza 13'05 en su lado mas alto y 6'85 en el menor. Aún perduran los quicios de la puerta y las cajas para atrancarla. Junto a la puerta, a la iz ­ quierda, una pina escalera conduce a la terraza. En la cámara que todavía subsiste, de 10'35 metros de longitud por 4'35 de anchu­ ra, aparecen los mechinales del piso que falta, colocado sobre la estancia que sustenta la bóveda de cañón que hoy existe. Los templarios llegaron a Alconétar el año 1225. Aderezado el castillo, le hicieron encomienda de su Orden, capital del estado de Garrovillas, con Talaván, Hinojal, Cañaveral, Cabezón y San­ tiago del Campo, bajo su jurisdicción. Hasta que Medellín, T ru ji­ llo, Santa Cruz y Montánchez vinieron a manos cristianas, Alco­ nétar fue un baluarte de estratégica importancia. Luego, los del Temple utilizaron Alconétar para sus tratos y negocios; también para ciertos abusos (1). (1) Sobre los abusos y pendencias de los tem plarios en Alconétar, transcribim os, sin com entario, un documento poco conocido. Es una carta de don Sancho IV, fechada en Ciudad Rodrigo, en 2 de mayo de 1292. Está escrita en pergam ino. Se guarda en el Archivo H istórico Nacional, entre los papeles de la Orden de San Juan. La transcribe a la letra don Jo sé Benavides Checa en su ra ra obra «Prelados placentinos: notas para sus biografías y para la historia docum ental de la santa iglesia catedral y ciudad de Plasencia», im presa en dicha ciudad el año 1907. Ya inserta en las páginas


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El tiempo, con sus rigores y mudanzas, fue arruinando el puen­ te, el castillo y'la villa de Alconétar. Además, contribuyó a la ruina de Alconétar el que su señorío fue de mano en mano. Perteneció a don Fernando, el hijo de Alfonso X; a doña Leonor, condesa de de Alburquerque; al conde de Alba de Liste; al duque de Frías... XLIX - LII del «Apéndice». Ahora, la transcribim os con ortografía actuali­ zada. Dice así: «Sepan cuantos esta carta vieren, cómo ante mí, Pero Ferrandes, escri­ bano del rey y notario p o r él en Plasencia, ha aparecido una carta de nues­ tro señor el rey, sellada con su sello de cera colgado, hecha en esta guisa: «Sepan cuantos esta carta vieren, cómo nos, don Sancho, rey de Casti­ lla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y del Algarbe, sobre contienda que es entre el Concejo de Plasencia, de la una parte, y la Orden del Temple y los com endadores que están en la puente de Alconetara, de la otra, en razón de los térm inos sobre que acae­ cieron allí m uchas muertes, y quem as, y prisiones, y desdicham ientos, y prendas, y robos, y otros m ales mucho desaguisados, que se hacían unos a otros, y que hacían los com endadores de la puente a otros muchos que no eran del térm ino de Plasencia, yendo seguros por esos caminos, diciendo que no habíaD de tom ar otro camino sino por la puente, lo que no debían hacer de derecho; y por esto, como quier que g ran deseo habernos siem pre de lib rar esta contienda que es entre ellos, p o r derecho, por las m uy g ra n ­ des priesas que habernos habido hasta aquí, y por esta gracia que quere­ m os hacer a la frontera, a servicio de Dios y a pro y a honra de toda la cris­ tiandad, no lo pudim os ni podemos agora lib rar por sentencia; m as por g u ard ar todas las partes de daños y de trabajo y de peligro, y que no ven­ ga allí tanto daño y tanto m al como hasta aquí, y porque los hom dres an­ den seguros por los cam inos de su tierra hasta que nos podam os lib ráro ste peligro por derecho, como debemos, tenemos por bien y m andam os que el Concejo de Plasencia use, labrando, paciendo, criando, arando, venando, desde donde cae la garganta de G uadaserna en Tajo, en su derecho pasante Tajo como da en el Torrejón, y del Torrejón como da en su derecho en la carrera de Cáceres, y la carrera así como da en Almonte en el vado que di­ cen de la Sosa; y destos mojones que son dichos arriba, que usen según dicho es.—Y, otrosí, que usen de los barcos y de los pasajes del río Tajo, que son su frontera destos mojones desde la garganta sobredicha que co­ m ienza el p rim er mojón a rrib a .—Y defendemos que la Orden sobredicha y los com endadores que estuvieren en la puente de Alconetara, ni otro nin­ guno, no usen destos mojones arriba, ni labren, ni pascan, ni cort -u, ni críen, ni monten, ni diezmen, ni hagan allí otro embargo ni daño ninguno. —Y m andam os que destos mojones y deste camino ayuso hasta en la puen­ te, use (a Orden; y el cam ino que vaya seguro a iodos aquellos que por allí pasaren y los com endadores que allí estuvieren labrando y paciendo y criando.—Y defendemos que el Concejo de Plasencia, ni otro por ellos, nó entren destos mojones ayuso a pacer ni a cortar, ni a hacer allí otro em bar­ go ninguno.—Y del Tajo aquende m andam os que use el Concejo de Plasen­ cia así como p arte la calzada hasta en derecho del Cañaveral; y dende en su derecho así como da en Tajo; y de la calzada allende así como entra en el reino de León, que use la Orden.—Y defendem os que ninguno no sea osa­ do de pasar contra esto que no» mandamos; que cualquier o cualesquier que lo hiciese habría nuestra ira y pecharnos en pena diez m il m aravedís de la moneda nueva, la m itad a nos y la otra m itad a la parte que fuere agraviada, con las costas y los daños y los menoscabos que por esta razón recibiesen.—Y sobre esto m andam os a Gómez Martínez, o a los alcaldes o a

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Los riberos entre los que p o r allí se desliza el Tajo, son pobres, ásperos, improductivos. Esta pobreza justifique, tal vez, la indife­ rencia de los señores de Alconétar. T odo se fue perdiendo; hasta las inscripciones del puente, del .templo, de la villa y del castillo. T am poco existe la ermita de la Magdalena que ocupó el templo romano construido junto al puente, donde es seguro que Lucio Vivió, a imitación de Lácer, sería enterrado. Bien podemos decir con el poeta: Sólo quedan m em orias funerales, donde erraron ya som bras de alto ejemplo: este llano fué plaza; aquél fué templo; de todo apenas quedan las señales.

La última vez que se trató de reparar el puente fue en 1761. Francisco Ramos de Callazos, en su obra manuscrita «Noticias particulares de lo que va sucediendo en Plasencia», dice: «En este año, se dió principio a la puente Mantible, obra que hacía mucha falta por los desastres que en esta barca sucedían. Y a últimos dél, tenían hecha una casa para habitación del maestro, que era Andrés, natural de Salamanca». Se refiere a la reparación del puente, no a la obra primera. Pero quedó en intento, porque la reparación alcanzaba muchos dineros. las justicias de Trujillo, o de las otras vecindades a quien o quienes esta carta fuere m ostrada, que no lo consientan y que prendan por la pena so­ bredicha a aquellos que no quisieren cum plir esto que nos m andam os, y todavía que se lo hagan así g u ardar y cum plir hasta que nos se lo librem os p o r sentencia de derecho.—Y si para esto m enester hubieren ayuda, m an­ damos al Concejo de Trujillo y de Cáceres, y a las otras vecindades que él o ellos llam aren, que les ayuden en guisa que se cum pla esto que nos m an­ damos; y no hagan ende al, so la pena sobredicha, a cualesquier que lla­ mados fueren, según sobredicho es; y a quien no lo quisiere, y la prenda que hecha fuere por cualquier destas razones, así contra aquellos que p a­ saren nuestro mandado, como a aquellos que llam ados fueren y venir no quisieren, que la venda luego el que la prenda hiciere y a cualquier que la com prare nos se la dam os sana con el traslado desta nuestra carta, sellada con el sello de aquél que la prenda hiciere.—Y porque esto sea firme y no venga en duda, pusim os nuestro nom bre con nuestra mano en esta carta y m andárnosla sellar con nuestro sello colgado de cera.—Dada en CiudadRodrigo, a dos días de mayo, era de 1330 años (1292 de la era de Cristo).— Nos, el rey don Sancho. «Yo, Pero Ferrandes, notario sobredicho, hice hacer esta carta letra por letra e hice en ella mío signo en testim onio de verdad». Otros docum entos curiosos, abundantes en noticias, se conservan acer­ ca de los tratos y acuerdos de los tem plarios con los m unicipios de la co­ marca. Reseñarlos, sería prolijidad fuera de nuestro propósito. En el archi­ vo m unicipal de Cáceres se guardan los documentos de más valía. Véanse los que reseña don Antonio Cristino Floriano Cumbreño, en su obra titu la­ da «Documentación histórica del archivo m unicipal de Cáceres», im presa e n esta ciudad el año 1931.


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En el pasado siglo, en la guerra de la Independencia, los hom ­ bres alteraron el reposo de las ruinas. De nuevo, como antes de Cristo, se pasaba el rio con barcas. El francés invasor fortificó aquel lugar. Allí sucumbió, heroicamente, don José Berenguer, capitán español. En medio de un llano está su tumba. En nuestro siglo, se han construido dos puentes más abajo de Alconétar: uno, para el ferrocarril; otro, para la carretera. Desde estos puentes, el caminante contempla las ruinas, medita en la his­ toria, siente la poquedad de lo humano.

111 LEYENDA

DE

FLORIPES

Y, ahora, va de cuento, de tradición, de leyenda, con un poco de historia y un mucho de fantasía. Diremos algo de Floripes, la bella agarena; sobre Fierabrás, su hermano, su amador incestuoso, no correspondido; sobre Guido de Borgoña, el galán de Flo­ ripes; sobre las hazañas, sobre los amores y desamores de unos y de otros; sobre Alconétar, que llamaban puente Mantible, esce­ nario de las gestas. Tom arem os prestadas algunas noticias, algu­ nos versos, algunas ideas de don Pedro Calderón de la Barca, en su comedia famosa «La Puente de Mantible», basada en esta le­ yenda. Empecemos. Los moros han ganado muchas tierras de ciistianos. Los moros han llegado a un puente del Tajo en la confruencia del Almonte. Los moros han llamado a este puente «Al-conetara» o segundo puente, para distinguirle de «Al-Kantara» que era más principal. Los moros y cristianos han luchado en «Al-conetara»; se distin­ guió en la lucha el gigante Mantible; así, le dieron también en lla­ mar el «Puente de Mantible».Junto al puente, hay una singular for­ taleza. En esta fortaleza, asestaron los moros sus reales. Tienen los moros un famoso capitán: Fierabrás de Alejandría; tiene Fierabrás una hermana gentil, aguerrida, hermosa: Floripes de Alejandría. Ambos, Fierabrás y Floripes, descienden de Balán, rey de Africa, señor de Alejandría. Aún Floripes no entiende de amores. Sólo la entusiasma el ruido de las cajas, los sones de las trompetas; rechaza las melodías de la guzla. Hablando de su her­ mano, Floripes solía decir: —Sólo lo que nos ha hecho hermanos, fue el varonil espíritu, el corazón


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de que adornada me vi. Siem pre a su lado me hallasteis, siendo en una y otra lid trofeo de sus victorias, rayo no, cometa sí. El corcel menos domado, el polaco m ás cerril, que a la obediencia del freno jam ás dobló su cerviz, si su espalda ocupo, pierde la ferocidad gentil, sin m ás freno y sin más rienda que un cabello de la crin. Las m úsicas y alegrías más sonoras p ara mí, son lo horrible de la caja, son lo dulce del clarín...

Estos afanes guerreros eran la única estima de Floripes; tenía com o en nada las galas de su vestido, las joyas de su adorno, los perfumes, las músicas, el galanteo; su boca era muda, su oído no entendía palabras de amor. Anda Floripes muy a su gusto entre las almenas; otea desde una torre las quebraduras del paisaje, la aspereza del ribero, los perfiles en lejanía. Los ruidos de la caja, los sones del clarín, no acaban de llenar la inquietud de su cora­ zón. Un día, vio acercarse un caballero cristiano. Floripes le sigue con la vista en su raudo galopar. Floripes siente zozobra en su corazón; baja de la torre; cuenta a sus damas, a sus amigas, a sus confidentes, lo que ha visto. Floripes, cosa extraña, muestra e n tu ­ siasmo en su narración. Cuenta Floripes con manifiesto rubor: —Era el bruto un cisne hermoso, a pesar de una telliz encarnada, tan de nieve, que la espum a que escupir le hizo el freno, parecía blancos copos que de sí iban cayendo; la cola y guedejas que, al p artir veloz, el viento rizaba, eran hebras de marfil; y como el cuerpo era nieve y ellas ondas, presum í que por la crin y la cola se em pezaba a derretir. El valiente campeón,

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el generoso adalid, el gallardo caballero, el ilustre paladín, sobre arnés blanco, traía de un encarnado tabí una aljuba y, a los visos del sol, os puedo decir que vi bajar por la selva todo un orbe de rubí, todo un globo de escarlata, todo un cielo de carm ín, nadando en golfo de flores un escollo carmesí.

Esto ha contado Floripes a sus damas, a sus amigas, a sus con­ fidentes. Al contarlo, sentía en el alma extraña inquietud. El caba­ llero cristiano se llamaba Guido de Borgoña. Venía en nom bre de Carlomagno a tratar con Fierabrás asuntos de paz y de guerra. G uido de Borgoña fue bien recibido, tratado con mucho agasajo, con fina cortesía. Floripes, al fin mujer, trató de amores con Guido de Borgoña. E n uno y otro festín, creció am or comunicado; que aunque el ver suelen decir que es el que enam ora más, m ás enam ora el oír.

G uido de Borgoña partió del castillo a dar cuenta de su em ba­ jada al em perador Carlomagno. Floripes, vencida, amorosa, quedó sin G uido como sin alma. C om o ya entendía de amores, sintió Floripes sobresalto, tristeza, inquietud, ante el agasajo tenaz, insis­ tente, rum boso, de Fierabrás, su hermano. Tras la inquietud, llegó el tem or. Tras el temor, vino ía temida desventura: Fierabrás decla­ ró a Floripes su incestuoso amor. Para requiebro, por fineza, dis­ puso festejar el cumpleaños de Floripes con un lucido torneo. Fierabrás echa sus pregones entre moros y cristianos para que vengan a lucir en el torneo. A la voz de los pregones, llegó Guido de Borgoña; justó mejor que nadie; ganó el trofeo prometido: una banda de Floripes. Guido trae cubierto el rostro. Fierabrás desea conocer al ganador del torneo. Guido le responde: —No esperes saber más, que un caballero a quien veloz la fama con los aplausos destas fiestas llama. A verlas he venido;


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im pórtam e volver desconocido. P or eso no te asombre que encubra en tu presencia rostro y nombre. Pero si alguno quiere cobrar la banda, y a esto se prefiere, venga al campo por ella: Conoceráme al ver que cruza y sella la esfera de mi escudo, si ya por astro celestial no dudo que la cobren los cielos y entre líneas, coluros, paralelos, la fijen por estrella como despojos de Floripes bella.

Así dijo Guido de Borgoña, espoleó al caballo y abandonó el torneo. Fierabrás, al oir en boca ajena loanzas de Floripes, se llenó de ira y enojo; se le arrebató el juicio y se mostró decentado; la carcoma de los celos empezó a roer la serenidad de su espíritu. Fierabrás sigue las huellas de Guido de Borgoña hasta el campo del emperador Carlomagno. Fierabrás reta a Guido de Borgoña. Mas Guido de Borgoña no puede salir al desafío, porque le puso en prisiones Carlomagno por haber acudido sin su licencia al to r­ neo. Fierabrás dice intemperancias, bravatas, descortesías. Se en­ cienden los ánimos; se aproximan los ejércitos; luchan fieramente moros y cristianos. Fierabrás y los suyos tienen buen hado, prós­ pera fortuna. Floripes lo presiente; conoce la fiereza de su herm a­ no. T em e por el riesgo de Guido de Borgoña. Floripes, desespera­ da, temerosa, quiere detener a Fierabrás. N o lo consigue. Floripes se lamenta ante sus damas, ante sus amigas, ante sus confidentes. Irene, su amiga, comenta: —No le pudiste alcanzar; vano fue tu pensam iento.

Floripes dice: —Un aguila hiriendo el viento, un delfín cortando el mar, un caballo desbocado en medio de la carrera, un rayo abriendo la esfera adonde ha sido engendrado, una flecha disparada del corvo m arfil herido, un cometa desasido de su fábrica estrellada,

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se podrán volver atrás, sólo con quererlo yo, en su violencia; mas no la furia de Fierabrás.

Floripes encuentra a Fierabrás apartado de su ejército. Floripes quiere velar la inquietud de su corazón. Dice a su hermano que venía temerosa de q u e pudieran hacerle mal con ventaja o malas artes. He aquí sus palabras. Fierabrás, quier amoroso, quier resen­ tido, contesta a Floripes: —¡Hermosa resolución! Pero que m e ofende, digo, quien de mi desconfiaba. —¿Estabas solo? —No estaba; pues yo me estaba conmigo. Yo no estoy solo jamás, pues dondequiera que estoy, tu herm ano y tu am ante soy y soy después Fierabrás.

Floripes quedó contristada. Fierabrás partió hecho un rayot una furia, un huracán de celos. El ímpetu de su brazo alcanzó flo­ ridos laureles. Llevó a Mantible sus trofeos encadenados: G uido de Borgoña, Ricarte de Norm andía, el infante Guarinos, Oliveros de Castilla, pares de Francia, eran los trofeos encadenados, sin armas, deslucidos. Guido de Borgoña sangra por abundosa herida. Fie­ rabrás les encierra en la torre más segura. Pone en su guarda al alcai­ de Brutamonte. Dispone que al o tro día, muy de mañana, la corva gumía les arranque el corazón. Floripes conoce estos planes y no se resigna a perder, sin lucha, sin heroico esfuerzo, a Guido de Borgoña. Floripes traza su plan; comunica este plan con Irene y Arminda, doncellas de su confianza. Entrada la noche, Floripes, Irene y Arminda van hacia el baluarte que guarda a los prisione­ ros. Floripes llama al alcaide Brutamonte, en la noche callada, se­ rena, misteriosa. —¡Ah, de la torre! —¿Quien llam a a estas horas? —Quien procura ejecutar la sentencia que el alm irante pronuncia en esos míseros presos, tragedias de la fortuna.


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—Buenas señas son; por ellas abro. —Pues ¿de qué te turbas? —De haberte, señora, visto. —¿Cuál es la cueva que oculta los franceses prisioneros? —Yo, Floripes... —No hay disculpa. Cuál su prisión es me di o deste acero la punta pasará tu pecho. —Ven conmigo, señora.

Y Floripes siguió a Brutamonte. A Floripes siguieron Irene y Arminda. Al primer descuido, Floripes clavó su puñal a Brutamon­ te; el golge fue certero: le arrancó la vida. Luego, Floripes, Irene y Arminda cierran la puerta de la torre; quitan, estancia por estan­ cia, candados y cerraduras, hasta que toparon la bárbara prisión. Floripes, emocionada, decidida, anhelante, llama a los presos. Sale primero Ricarte de Normandía: en Floripes aumenta la emoción, la ansiedad, el rubor. Sale el infante Guarinos: en Floripes aumen­ ta el rubor, la ansiedad, la emoción. Sale Oliveros de Castilla: en Floripes se redobla la emoción, el rubor y la ansiedad. Ha salido Oliveros de Castilla y ninguno otro sale. Floripes desfallece, cuan­ do no sale su amor. Pregunta a Oliveros: —¿No está Guido de Borgoña en esta cárcel inculta? -S í. —Pues ¿cómo no responde, cuando m i voz le intitula horror de Africa y de Francia honor, cuando le articula el m ás galán paladín? —Porque sin fuerza ninguna, agonizando en su sangre, yace en una peña dura; que como ha de ser después de nobles cenizas urna, en vida se está tom ando m edida a la sepultura. —Calla y el necio recato n i e l necio decoro sufra oir su muerte: yo m ism a

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me arrojaré a esa profunda bóveda a m orir con él.

Guido de Borgoña, moribundo, a pesar de las tinieblas, notó la falta de sus compañeros. Piensa Guido de Borgoña que salieron a luchar o morir. Guido de Borgoña, tambaleante, esforzado, ani­ moso, llegó a la puerta del antro: cayó en brazos de Florispes... El claror del día va llenando de perfiles la campiña. Fierabrás, altanero, vengativo, celoso, marcha hacia la torre que guarda a los prisioneros. Su alegría se desborda en el gesto, en el ademán, en las palabras, en el semblante. Viene esta alegría de que está cer­ cana la hora fijada para el sacrificio de los prisioneros. Llama a Brutamonte. —¡Ah, de la torre!—dice Fierabrás. Nadie contesta. Piensa Fierabrás que Brutamonte está dormido. Quiere despertarle con bellas frases, con risueño humor. —¡Ah, de la torre!—insiste Fierabrás.—¿Duermes, Brutamonte? Mita que el sol baña de luz la nivea cumbre de la montaña; mira que sus hilos de oro besan las corolas de la flor; mira cómo se quiebra en finos cristales el rocío que pisa la alondra; mira cómo bosteza el Tajo aurífero y cubre su aliento de airosos cendales la ribera enflorecida; mira... Pero ¿qué miro? ¡Brutamente yace a mis pies, frío, sin vida, con un puñal en el pecho! Los presos han roto la cárcel. Se han ido. ¿Será traición? ¡Ay de mí, que el puñal es de Floripesl Su amor a G uido de Borgoña la llevó en su ayuda. ¡Por Alá, que será de espanto en los cielos y en la tierra mi justa venganza! Pero ¿qué oigo? —¿Quién llama a la torre?—dice Guido en las almenas. —¿Quién desde arriba a mi voz responde?—contesta Fierabrás. —Su dueño ¿quién otro pudiera ser? G uido de Borgoña os habla. ¿Qué deseáis? ¿quién sois? ¿venís en son da paz o en son de guerra? Si os dais a partido o traéis una embajada, os daré mi agasajo, os mostraré cortesía. —Miserable cristiano ¿hasta dónde llega tu imprudencia, tu locura? ¿cómo osas hablar en mi casa de paz y de guerra, cuando tengo a mi arbitrio tu muerte y tu vida? T u vida, la de Floripes y la de esos perros cristianos que te acompañan. ¡Ah, Floripes trai­ dora, con este brazo y esta espada te arrancaré el coiazón! ¡Ya me impacienta tu castigo! —Tú ignoras cuán segura está conmigo, pues así la amenazas. —Nuevos linajes de torm entos trazas; ¿contigo está Floripes? —Si supiera que lo ignorabas, no te lo dijera;

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mas con las am enazas que la hacías, pude pensar que todo lo sabías. Mas ya está dicho. —[Cielos! esto es más que m orir, que estos son celos. —Los cuatro que aquí estamos, sus vidas y las nuestras les guardam os. —¿Cómo, si soy volcán de fuego y humo? —Yo m ar, que me le bebo y le consumo. —Yo soy fuego, soy rayo. —Yo viento, que con soplos le desmayo. —Yo soy rabia, soy ira. —Yo furia, que las vence y las respira. —Del brazo de la m uerte es esta espada guadaña, acicalada con la sangre que vierte. —Este es el mism o brazo de la muerte, que m anda esa guadaña. —Presto veréis cuánto el valor engaña. —Presto verás cuánto este nuestro ha sido, que es fuego y hoy revienta de oprimido. —¿Y habrá partidos? -S í. —Tu voz los pida. —Dejarte que te vuelvas con la vida.

Fierabrás, despechado, iracundo, se torna al castillo. La torre es invencible; no la abatirá su espada. Fierabrás dispone cercar la torre: la alcanzaría con sed y hambre. Para mayor tortura, manda que a él y a todo su ejército Ies sirvan exquisitos manjares en la floresta de la ribera junto al río, donde los hambrientos sitiados puedan ver los manjares. Fierabrás ha mandado a sus músicos que alegren el abundoso yantar. Mientras comen, los sones de la guzla acompañan esta copla: La reina de Alejandría, la bellísim a Floripes, en la torre del encanto sitiada por ham bre vive.

Fierabrás anda ufano por en medio del festín. Los sitiados de­ ciden salir de la torre y tomar por la fuerza algo para comer. En esto, llega Roldán de Anglante, par de Francia, embajador de C a r­ lomagno, para convenir partido sobre libertar a los presos. Fiera­ brás le trata con descortesía. Llegan a las manos. Salen los de la torre. Sorprenden a los comensales. Luchan. Viene la noche. Los

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presos, con los despojos del festín, se retiran a la torre. En las al­ menas, les sirve de guía una voz de mujer: El m anso viento que corre, m i voz lleve a los confines: ¡A la torre, paladines! ¡Caballeros, a la torre!

Guiados por esta voz, llegan todos a la torre. Guido de Borgo­ ña recib'ó nuevas heridas. Con los despojos del festín alivian su necesidad. Echan suertes para ver quién debe salir y mover en su ayuda al Emperador. Echan suertes de esta manera. Con la espada partieron en trozos una cinta; en cada trozo escribieron un nom ­ bre; Floripes sacó el agraciado: Guido de Borgoña. ¡Qué tierna, entre Floripes y Guido, fue la despedida! Sale G uido de Borgoña. Avisa a Carlomagno. Corre en ayuda de los prisioneros. Vence a Fierabrás sobre el puente Mantible y a los dos gigantes que luchan a su lado. Floripes y Guido... Bueno, la escena entre Guido y Floripes la rehará el lector sin esfuerzo en su fantasía. Pasada la emoción primera, Carlomagno se ofrece a ser padri­ no del feliz connubio. Carlomagno dice a Floripes: —Despacio quiero ofrecerme a vuestro servicio. Agora, dadm e los brazos. —Yo soy en ser tu esclava dichosa.

Luego, Carlomagno, el emperador, victorioso del bárbaro Fie­ rabrás, dispone la ruina del puente: —Pues cobré mis caballeros, asegurando la gloria, aquesta fábrica altiva que el paso al Africa estorba, en ceniza se resuelva, para que de todas formas hoy la puente de Mantible tenga fin con tal victoria.

Comento El meollo de esta leyenda es el amor incestuoso de Fierabrás a la bella Floripes. Esta leyenda sirvió a Calderón de la Barca de te­


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ma para su comedia famosa «La Puente de Mantible». Cabría pen­ sar si fue la comedia origen de la leyenda o fue la leyenda el ori­ gen de la comedia. Nos inclinamos a dar primacía a la leyenda, al menos, en el tema fundamental. Hay en Extrem adura varios ro ­ mances sobre la pasión incestuosa. Pertenecen a la época de la reconquista. Veamos, para muestra, uno que recitan en Santiago de Carbajo, pueblo de la Alta Extremadura. De este romance exis­ ten variantes en otros pueblos. Consignar todas las variantes, sería mucho consignar. Véanse algunas en la «Revista del C e n tro de Estudios Extremeños», t. XVII, año 1943. El romance de Santiago de Carbajo, dice así: El rey m oro tenía un hijo, que Pepito (1) se llam aba. Navegando en altas mares, se enam oró de su herm ana. No logrando su intención, cayó m alito en la cama, con dolores de cabeza y calenturillas malas. H a subido el padre a verlo: —¿Qué tienes, hijo del alma? —Tengo una calenturilla, que el corazón me traspasa. —¿Quieres que te m ate un ave desos que vuelan por casa? —Quiero una taza de caldo, que me la suba m i herm ana. Si sube, que suba sola, que no suba acom pañada; que si acom pañada sube, soy capaz de rechazarla. Como era tiempo de verano, ha subido en sayas blancas y, al darle la taza e caldo, el m uerto resucitaba. La ha cogido de la mano; p ara adentro la llevaba; y tapándola la boca y besándola la cara... —P or Dios te lo pido, herm ano, y la Virgen Soberana, que en una reunión de amigos

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quieres m anchar a tu herm ana. Al b ajar las escaleras, con su padre se encontraba: —¿Dónde vienes, hija mía, tan triste y desconsolada? —El m aldito de m i hermano, ese hom bre sin conciencia, por darle gusto a su cuerpo quería en trar en mi hacienda.

Este romance, a nuestro juicio, originó la comedia famosa de «La Puente de Mantible». El romance y la comedia matizaron la leyenda. Luego, con el tiempo, las consejas populares adornaron la leyenda con ciertas añadiduras. Las huellas arqueadas en unas peñas ju n to a Serradilla, son de los pares de Francia que vinieron en socorro de Floripes. | Por las noches, en el misterio silencioso envuelto por las hum e­ dades que exhala el río, en la torre de Floripes, se escuchan la­ mentos y suspiros de Fierabrás y Brutamonte, que lloran sus des­ venturas, mientras los cuervos que anidan en las almenas atemori­ zan al viandante con sus tétricos graznidos. T o d o s los años, el día de San Juan al salir el sol, flotan en el agua, junto al charco de Rocafría, unos barriles con el bálsamo de Fierabrás, aguardando que les saquen de su encantamiento para que los hombres gocen de su virtud. Era este bálsamo remedio infalible contra las heridas y dolencias. Fierabrás poseía su secreto y lo tenía junto a sí, cuando fue vencido én el puente. Rehusó a pro­ vechar su virtud, porque antes quiso la muerte que ver a Floripes en brazos de otro amor. Contra estos achares el bálsamo no tenía virtud. Los mozuelos comarcanos, unos fantasiosos y otros avaros, han hecho un grande socavón en la torre de Floripes: los fantasiosos, espoleados por la curiosidad de hallar la oculta senda por donde escapó G uido de Borgoña; los avaros, con el afán prosaico de ha­ llar un tesoro. (Publicado, en parte, como suplemento de divulgación del «Boletín Informativo» de la Asociación de Amigos de Guadalupe, de Cáceres, octubre de 1947).

(1) El nom bre del hijo del rey moro varía a voluntad del narrad o r, con tal de que el verso conserve el núm ero adecuado de sílabas.

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Monjas de Santa Clara (Semblanza de un convento placentino)


I LA

VOLUNTAD

DE

DOÑA

SEVILLA

D oña Sevilla López de Carvajal está enferma en la cama; se halla en trance de muerte. Empero, aún conserva su buen juicio; usa del entendimiento natural que Dios la ha dado. Junto a ella está su esposo, el bachiller don Alonso Ruiz de Camargo, que go­ za alta reputación, general estima en Plasencia. Ha venido el nota­ rio, algunos deudos, varios criados. Es el día 20 de junio del año 1467. Doña Sevilla quiere hacer su testamento; disponer su última voluntad. Doña Sevilla habla lentamente, con fatiga; hace frecuen­ tes pausas; pide, algunas veces, parecer a su esposo; añora, lamen­ ta —en este trance más que nunca—el que Dios no les diera hijos. El notario, grave, silencioso, con semblante eutrópico, deja correr la pluma por grandes folios, ásperos, amarillentos; va anotando la última voluntad de la enferma. Dice doña Sevilla que es buena cristiana; que cree cuanto manda creer ia santa iglesia católica. Hace una muy sentida pro ­ fesión de fe. Pide, humildemente, a Dios que tenga misericordia de su ánima; que la perdone sus culpas. Doña Sevilla quiere e n te ­ rrarse en la parroquia de San Martín, junto a la sepultura de su padre don Diego Rodríguez de Carvajal. Allí descansará, troncán­ dose en podredum bre, la envoltura de carne que en este mundo tuvo su ánima, hasta que se haga el monasterio de religiosas que ella, la testadora, piensa fundar; luego, manda que trasladen su enterramiento a la capilla de su fundación. El día que doña Sevilla parta de este mundo, se harán por ella grandes honras fúnebres en San Martín. Se dirán todas las misas que se puedan en las iglesias y conventos de la ciudad, con las pitanzas usuales para los sacer­ dotes. T odos los días que duren sus novenas, se repartirán a los d o ­ ce pobres más necesitados pan, vino, carne y pescado. Luego, du-


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rante un año, se hará en la misa ofrenda diaria de pan, vino y cera; esta ofrenda, desea la testadora que la lleve su criada «más honesta», y que la den por ello «un puerco», diez fanegas de trigo y diez varas de tela, para que se vista y la guarde el duelo. Pasado este año pri­ mero y mientras su cuerpo esté en San Martín, celebre por su ánima, diariamente, misa un sacerdote, y salga luego, bajo cruz y revestido, a decir un responso en su sepultura y en la de su padre. Quiere, además, doña Sevilla que la hagan dos «treintenarios». T o d o ello, en descargo y en sufragio de su ánima. Esto ha dicho doña Sevilla; ha dado un suspiro quejumbroso, doliente, apagado; ha hecho una pausa. El notario rasguea en sus folios; con letra grande, con amplios márgenes a uno y otro lado - c o b r a por folios—va escribiendo, dando forma notarial, oficinesca, a lo que ha dicho doña Sevilla. Desde la calle, penetra en la estancia un son lastimero, indescriptible, misterioso, que parece melopea de almuhédano en su alminar. Es un morisco que, tras un borriquillo, va pregonando su mercancía. Doña Sevilla tiene algunas particulares devociones. Desea man­ tener el culto de la religión que profesa. Se acuerda de los que, entre infieles, sufren cautiverio. Quiere honrar a las advocaciones de Nuestra Señora que mayor devoción en ella han despertado. Muestra su espíritu devoto, su limosnero corazón. A la iglesia de San Martín, deja 2.000 maravedíes; a Santa María, que es la cate­ dral, 50 maravedíes; a la orden d e la Santísima Trinidad, para la redención de cautivos, 5 maravedíes; a Santa Olalla, de Barcelona, 5 maravedíes; a Nuestra Señora de Gualupe, 5 maravedíes; a Nues­ tra Señora de la Peña de Francia, 5 maravedíes; a otras sus devo­ ciones, 5 maravedíes a cada una. Doña Sevilla se toma un respiro; en tanto, el notario va escribiendo estas mandas de su devoción. Doña Sevilla y su esposo don Alonso comentan la mejor forma en que se podría fundar un monasterio. C o m o no han tenido hijos, ella quiere dejar a las esposas de Cristo parte de los bienes que gozó, que administró de por vida. Don Alonso es hom bre creyen­ te; aplaude la intención de su esposa; la anima; la aconseja. Acuer dan que el monasterio se funde en las casas de morada que doña Sevilla heredó de su padre, en la calle del Rey. (Hoy, estas casas de morada tienen los números 19, 21, 23 y 25). Estas casas se acon­ dicionarán en forma de monasterio, donde puedan hacer vida reli­ giosa 12 o 15 monjas. Estas casas tenían por linderos: por detrás, la calle de la Tea; por encima, la calleja que de la Tea va a la del Rey; por abajo, las casas y corrales de Ruy Díaz de Buezo; por delante, en su fachada, la calle del Rey. Se levantará una buena iglesia. Para esta iglesia, deja doña Sevilla un terno negro de seda, dos frontales, manteles, libros de coro, un cáliz y una cruz de pla­ ta, con otros enseres necesarios para el culto. Para sustento de las monjas, deja 15.000 maravedíes de yerba, en las heredades que se­

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ñalen sus testamentarios. Además, un molino que tiene en tierras de la villa de Galisteo, en la ribera del Jerte, cerca de Aldehuela; una octava parte en e¡ molino de Tajabor, cabe el puente de T r u ­ jillo, en esta ciudad de Plasencia; una renta anual de 200 fanegas de pan. El monasterio será de la orden que determine su esposo, a quien nombra su principal testamentario. Este monasterio quiere doña Sevilla que jamás sea m udado, ni vivido por otra orden que la establecida por don Alonso, su esposo y albacea. En dicho monasterio, funda una capellanía perpetua, sin que el obispo la pueda variar ni conmutar. El capellán que la sirva, será de buenas costumbres, mayor de 45 años. Le nombrará la abadesa que por tiempo fuere y el convento. Tendrá por obligación admi­ nistrar a las monjas todos los sacramentos; decir misa cuatro días a la semana —domingo, miércoles, viernes y sábado— y, después de misa, revestido, cantar un responso en su sepultura. Deja ren­ tas suficientes para el mantenimiento de la capellanía y unas casas de mcrada, en la calle de Cartas, donde viva el capellán. Para que se cumpla en un todo la fundación de este monaste­ rio, dice doña Sevilla, se gaste cuanto sea necesario de su hacien­ da. Pero la hacienda de doña Sevilla es cuantiosa, muy saneada. Mientas el notario va consignando los pormenores de esta funda­ ción,piensa la testadora en dar empleo a la otra parte de su fortuna. Doña Sevilla ha sufrido mucho en los achaques y dolencias de su larga enfermedad. Su marido la atendió con afecto, con solici­ tud, hasta la hora postrera. Ella, agradecida, como prenda de amor, le deja en usufructo toda su hacienda. Cuando muera don Alonso, se fundará el monasterio en la forma que él disponga. D oña Sevilla deja su última voluntad, como la había tenido en vida, puesta en manos de su esposo. Doña Sevilla tiene una hermana; se llama doña Juana Sánchez; no empece el apellido, que en esto había entonces mucha arbitra­ riedad. Doña Juana casó con don Pedro Gómez de Tapia; de él tuvo a don Diego de Tapia. Doña Juana, en segundo matrimonio, volvió a casar con don García de Toledo; de él tuvo a don Juan y a doña Isabel de Toledo. Eran primos de doña Sevilla don Rodrigo y doña Teresa de Buezo, hijos del alcaide placentino don Ruy Díaz de Buezo, el que tenía unas casas y corrales a la parte de abajo de las moradas donde quiere la testadora fundar un monasterio. Este don Rodrigo de Buezo, el primo de doña Sevilla, tiene una hija lla­ mada Inés. Cuando muera don Alonso Ruiz de Camargo, el bachi­ ller, el esposo de doña Sevilla, la hacienda que sobre de fundar el monasterio, pasará a estos sus deudos más cercanos, en la forma que ella específica muy por menudo. Pero hacemos gracia ai lector de estas menudencias. Le remitimos— si es curioso averiguador__ al archivo de la catedral de Plasencia, legajo 89, número 11. Allí encontrará estas noticias y otras curiosidades.


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D oña Sevilla ha dispuesto su última voluntad en lo referente a las cosas de este mundo. Ajena a estos cuidados, sólo se ocupa­ rá ya en disponer su ánima para el tránsito postrero. Su dolencia arreció más cada día. Poco después, finó doña Sevilla. Recibió se­ pultura en la iglesia de San Martín. ¡Pobre doña Sevilla! ¿Pensaría ella que los hombres poderosos, harían muy poco caso de esta su última voluntad, de esta su piadosa fundación?

II NUNCA

SEGUNDAS

PARTES...

Ha muerto doña Sevilla López de Carvajal. Su esposo, el dis­ creto bachiller, el honrado vecino, el m orador de Plasencia, don Alonso Ruiz de Camargo, lleva entristecido su corazón; ha perdi­ do el gusto de su oficio; ya 1 1 0 cuida tan ilusionado su cuantiosa hacienda. ¡Si, al menos, don Alonso tuviera un hijo, que pertetuara su nombre, que heredara esta su hacienda cuantiosa! Ha pasado un año. En este año, don Alonso ha cuidado solamente de hacer las honras fúnebres a doña Sevilla, los sufragios en beneficio de su ánima. El tiempo, riguroso, impasible, va pasando. El tiempo sua­ viza, mitiga, cicatriza el dolor de don Alonso. Insensiblemente, vuelve a interesarse por las cosas del mundo, por su hacienda, por las intrigas de la ciudad, por los intereses de su oficio, por los sucesos del reino, de Extremadura. Anda en lenguas—y don Alonso gusta de oirlo— el continuo batallar de los reyes don Fernando y doña Isabel por pacificar, por unificar las tierras, la política, la fe, la lengua de España. En esta lucha, en este batallar continuo, descuellan por la bravura de su corazón, por el esfuerzo de su espada, dos caballeros de Ex­ tremadura: don Alonso de M onroy, clavero de Alcántara; don H ernando de M onroy, su primo; que llaman «bezudo». Los Monroyes descienden de aquel famoso don Ñuño, el abad de Santan­ der, el gran servidor, el fiel vasallo de la reina doña María de M o­ lina, el que fundó en Plasencia el hospital.de Santa María. Los Monroyes abandonaron Plasencia, cuando el veleidoso rey don Juan II dio esta ciudad en señorío a los poderosos ,Zúñigas. Los M onroyes tienen sus castillos, sus vasallos, su hacienda, en los lu­ gares de Monroy, de Belvís y Deleitosa. ,Los Monroyes han reali­ zado grandes, portentosas hazañas. Estas hazañas de los Monroyes


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andan en romances por to d o el reino. La reina doña Isabel, el rey don Fernando, gustan de oir a los juglares, a los tañedores de vihuela, recitar y cantar estos romances, cuando están en Trujillo, en el palacio de Luis de Chaves, entre angostas, recatadas, miste­ riosas callejuelas; cuando van a Guadalupe en busca de consejo, para aquietar su conciencia, en la celda, en el confesionario del padre prior; cuando frúen y retozan en la quinta de Mirabel, que para ellos hicieron los frailes jerónimos; cuando tienen sus ale­ grías y entretenidos asuetos en el jardín del patio mudéjar, donde el agua cantarína sirve de contrapunto a las vihuelas, donde el aroma embriaga el sentido, donde las flores recrean la vista, donde el alma recibe saudades placenteras de ansias, de «empinamiento» — como dice el Cura de los Palacios—, de ascensión hacia lo infi­ nito. Los buenos fiailes también gustan, con un gusto inocente, con un regocijo ingenuo, con interior cascabeleo, de estos roman­ ces que recitan los tañedores. Los buenos frailes van copiándolos minuciosamente. Los buenos frailes van poniendo en solfa los sones de las vihuelas. Los buenos frailes van guardando todo esto en el archivo del monasterio y en los más profundo de su cora­ zón. Cuentan estos romances... Lo que cuentan estos romances está consignado muy por m e­ nudo en las historias. Pero entonces, en el siglo XV, cuando don Alonso Ruiz de Camargo escuchaba, comentaba, aplaudía los he­ chos de estos romances, eran pura vida; no se habían consignado aún en ninguna historia. Estos romances han ido calentando la fantasía, enardeciendo el corazón del bachiller Ruiz de Camargo, como usualmente le nominaban los placentinos. A veces, don Alonso Ruiz de Camargo, el discreto bachiller, siente cierto res­ quemor, está a punto de maldecir todas sus bachillerías, que no le proporcionaron fama trompetera, como su espada a los Monroyes. Don Alonso Ruiz de Camargo en persona, hacía ya tiempo, el año 1469, había com probado el valor, la fortaleza, el buen sentido guerrero, la osadía de Hernando de M onroy. Andaba po r enton­ ces el reino muy dividido, unos a favor y otros en contra de don Enrique IV. Don Alonso Ruiz de Camargo tenía mucho predica­ mento en la casa de don Alvaro de Zúñiga, el duque, el señor de Plasencia. Don Alvaro de Zúñiga salió de Plasencia con la más de su gente para asistir a las pendencias y alborotos de aquellos días. En Plasencia, quedó a personas de su confianza: a don Alonso Ruiz de Camargo, corno gobernador de su casa y estado; a don Juan Darías, como alcaide en la fortaleza placentina. Supieron esto don Gómez de Solís, maestre de Alcántara, y don Gutierre de Solís, conde de Coria, su hermano. Enviaron a un su capitán de Cáceres, don Pedro de Carvajal, con 120 de a caballo, a robar los campos de Plasencia y su tierra: robaron muchos ganados de Plasencia y Malpartida. Fue una gran ruina para todos.

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Al acaso, llegó a Plasencia Hernando de Monroy, el «bezudo»: supo el robo de los Solises; se compadeció de los dueños del k.i nado. Hernando de M onroy no era amigo de los Solises ni de los Zúñigas. Pero, en esta ocasión, le vino en gana ayudar a la tierra de los Zúñigas. Juntó en Plasencia hasta 60 de a caballo, que le pudieron facilitar el alcaide de la fortaleza y el bachiller don Alón so Ruiz de Camargo. El «bezudo» salió a perseguir a la gente de Coria, que iban ufanos y vanidosos con su presa abundante. Los del «bezudo» alcanzaron a los de Cotia. «Y, como les vieron ve­ nir— dice fray Alonso Fernández: «Historia y anales de la ciudad y obispado de Plasencia», lib. II, cap. 11—; se pusieron en orden de guerra, tocando las trom petas a acometer. La pelea fue muy recia por ambas partes. Finalmente, los de Coria, aunque eran muy superiores en número, no pudiendo sufrir la valentía y es­ fuerzo grande de Hernando de Monroy, volvieron las espaldas. Con esto, trajo el señor de Monroy la presa y ganados a Plasencia y 18 prisioneros, quedando 20 de los contrarios muertos en el campo». Estas y otras infinitas hazañas del «bezudo» llenaron de admiración al bachiller Ruiz de Camargo. Un día que estaba exaltado en estas cavilaciones, un grave, un gravísimo pensamiento vino a Ir mente de don Alonso. Pensaba que don Hernando de Monroy, el «bezudo», el famoso, el que an­ daba en los romances, tiene una hija: se llama doña Beatriz; es j o ­ ven; es agraciada. Piensa que la hacienda de doña Beatriz y la suya no son muy dispares: doña Beatriz lleva en dote 400.000 marave­ díes; don Alonso tiene hacienda propia bien saneada, goza el usu­ fructo de los bienes de doña Sevilla, su querida esposa, ya difunta. (¿Por qué sonará, de pronto, como algo extraño, esto de «querida esposa» en los oídos del bachiller?). Piensa en su soledad y que le serviría de mucho consuelo el tener un hijo, un heredero. Don Alonso anda preocupado con estos graves, con estos gravísimos pensamientos. Don Alonso piensa en doña Beatriz. Don Alonso, en segundo matrimonio, se casa con la hija del «bezudo». Y aho­ ra ¿se ocupará don Alonso de la última voluntad de doña Sevilla, de la fundación del monasterio? No; don Alonso tiene como olvi­ dado su amor primero; anda como aturdido en sus nuevos amo­ res, en sus deseos, en sus esperanzas de sucesión. Los Zúñigas tienen el señorío de la ciudad; se llaman duques de Béjar, condes de Plasencia; están empeñados en la fundación de un monasterio. Los Zúñigas buscan ayuda para esta su fundación — de agrado o por fuerza—: por algo son los dueños de la ciudad; p or algo tienen fantástico, extraordinario poderío. Los duques — don Alvaro de Zúñiga, doña Leonor de Pimentel —alcanzaron mucha entrada con el pontífice Sixto IV. Consiguen de Roma una bula conmutando las mandas piadosas de los testamentos que es­ taban por cumplir: las tres cuartas partes, para ayuda del conven­


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to que los duques levantaban en Plasencia; la otra cuarta parte para la cruzada y guerra contra los turcos. Por este medio, allega­ ron los duques muchos bienes. Fray Alonso Fernández, cronista placentino («Flistoria y anales de la ciudad y obispado de Plasen­ cia», lib. II, cap. 5) dice: «Año 1474, en 29 de diciembre, se aplica­ ron a este convento la cuarta parte de la dehesa de Aldeanueva de Beringues y la octava parte del molino de Tajabor, que cae deba­ jo de la puente de Trujillo, que eran de Sevilla López de Carvajal, primera mujer del bachiller Alonso Ruiz de Camargo, la cual había mandado hacer un monasterio de monjas en la calle del Rey... Y año 1473, en 13 de octubre, a instancia de la duquesa y de doña Beatriz de Monroy, segunda mujer de Alonso Ruiz de Camargo, fue pronunciada sentencia en favor deste convento, adjudicándole la dicha hacienda». Al anejar estos bienes a la fábrica de San Vi­ cente, advocación del monasterio que levantaban los duques, h u ­ bo engaño, mala fe por parte de éstos. Ocultaron al Papa que la hacienda de doña Sevilla no debía emplearse en hacer un monas­ terio de monjas hasta la muerte de su esposo. N o obstante, se dic­ ta la sentencia «a instancia de la duquesa y de doña Beatriz de Monroy». Es que doña Beatriz sentía celos; quería apartar de su marido to d o recuerdo, toda preocupación relacionada con doña Sevilla, su primera esposa. D on Alonso veía estas cosas; dejaba hacer; pero se le iba entristeciendo el corazón. Pasa el tiempo, riguroso, implacable. El tiempo va enseñando a don Alonso nuevas amarguras, nuevos desengaños. Aquellos ím­ petus y ardores juveniles de doña Beatriz, en los que puso él tan­ tas ilusiones de conseguir sucesión, van amortiguándose. Ya ha perdido sus esperanzas del soñado heredero, sucesor en el linaje de los Monroyes, de los Camargos. Las andanzas de doña Beatriz en la briosa y alegre juventud, los gustos de don Alonso en la asendereada madurez, son muy difíciles de concertar. Aquel visi­ teo pertinaz, a todas horas; aquel ir y venir de fiesta en sarao; aquel desasosiego por brillar, por lucir galas, que tanto gustan a doña Beatriz, producen en don Alonso tristura, melancolía. ¿Ver­ dad, don Alonso, que para venir a parar en esto, no merecía la pe­ na hacer la descortesía que vos hicisteis a la buena memoria de doña Sevilla, tan piadosa, tan enamorada, que iluminó toda su vi­ da con la luz de vuestros ojos? Don Alonso piensa en esto; lo lle­ va muy dentro de su alma. Pero no lo dice; ni siquiera tiene el consuelo de expansionar, de comunicar sus penas. ¡Qué triste está don Alonso! Don Alonso tiene en Salamanca dos hermanos: don Julián Ruiz de Camargo, doctor, maestrescuela de la catedral; don Diego Ruiz de Camargo, bachiller, administrador del estudio famoso de aque­ lla ciudad. Don Alonso no puede sufrir más en Plasencia la sole­ dad de su espíritu, la angustia de sus recuerdos, la muerte de sus

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esperanzas. En el mes de noviembre de 1475, en una fría mañana, camina por la dehesa de Valcorchero, por el viejo «camino de la Plata». D on Alonso va triste, silencioso, preocupado; va a Sala­ manca, a ver a sus hermanos, a abrirles de par en par las puertas de su corazón.

11


I

111 FUNDACION

DE

SANTA

CLARA

Don Alonso Ruiz de Camargo llega a Salamanca; parece que del alma se le escapa toda la angustia, al apretar con sus brazos a don Diego, a don Julián, sus hermanos. Hablan, largamente, con serenidad, en torno al fuego, en los atardeceres sombríos y tristo­ nes del otoño salmantino. Lo que más preocupa a don Alonso, es no haber cumplido la fundación de un monasterio que en su tes­ tamento dispuso levantar su mujer primera, doña Sevilla López de Carvajal. Las apetencias de los duques, las intrigas celosas de doña Beatriz, la pasividad del bachiller—y esto es lo que más to r ­ tura a don Alonso—han interpretado injustamente la última vo­ luntad de doña Sevilla. Don A l o n s o quiere, ante todo, que esta voluntad de su mujer primera se cumpla. Don Julián, Don Die­ go, discretos, de juicio ponderado, aconsejan a su hermano. Don Alonso puede hacer testamento allí, en Salamanca; puede ordenar lo que mejor cuadre a su conciencia, para alejar temores; puede hacerlo sin inquietudes, sin que doña Beatriz reavive sus celos. Doña Beatriz no verá el testamento hasta que don Alonso parta de este mundo. Allí, en Salamanca, en casa de don Diego, un jueves, a 27 de noviembre de 1475, don Alonso hace testamento. Quiere don Alonso enterrarse junto a la sepultura de doña Sevilla; teme que esto contraríe algún tanto a doña Beatriz de Monroy, su actual esposa: don Alonso deja lo referente a su morada postrimera al arbitrio de sus albaceas, de sus testamentarios. D on Alonso ha he­ cho una muy sentida profesión de fe, igual que doña Sevilla; lue­ go, ordena su última voluntad. Manda que, el día de su enterra­ miento, se den ropas a 20 pobres vergonzantes, hom bres y mujeres: a los hombres, camisas de lienzo, sayos y capas de paño de blan-

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queta; a las mujeres, sayas de blanqueta y mantillas de veinteno negro. O rdena que se digan por su ánima 300 misas, con la pitan­ za usual para los sacerdotes; que se rediman cautivos de ticna de moros, con 400 doblas de oro de avanda. Don Alonso hace otia* mandas piadosas, otros legados de caridad, que ascienden .t ^i.m suma de dineros. Don Pedro González de Monleón, escribano y notario por el rey y reina, va poniendo con grandes letras en kus folios las mandas de don Alonso. —Yo quisiera...—dice don Alonso. Don Pedro, el escribano, le mira con gesto expectante. —Escriba su merced, don Pedro, como yo le dictare; impórta me que escriba a la letra mis palabras en esta parte de mi testa ­ mento. —Diga su merced l o que quisiere, que y o lo escribiré con buen agrado. Habla don Alonso. Don Pedro escribe. —Yo quisiera—dice don Alonso —hacer el monasterio que dis­ puso mi primera mujer doña Sevilla; pero la duquesa de Arévalo, condesa de Plasencia, consiguió una bula del papa Sixto, con la cual conmuta todas las mandas de testamentos... Y, así, se aplicó la manda de mi mujer doña Sevilla y dejó de hacerse el monasterio que ella quería. Pero don Alonso, como heredero universal de doña Sevilla, posee bienes suficientes para que se cumpla su voluntad y se haga el monasterio. Para hacerle, manda las casas principales que él edificó y donde mora en Plasencia, en la calle de Santa María. Esta morada de don Alonso tenía por linderos: por un lado, las casas y corrales de doña Catalina de Camargo, mujer de don G u ­ tierre de Carvajal; por abajo, con casas y corrales de Santa María, la catedral, donde m ora un judío, y con otros corrales de don Francisco de Carvajal; por delante con la dicha calle de Santa María; por detrás, con la caile de Trujillo. En esta su morada, quiere don Alonso que se haga el monasterio, con su capilla de bóveda y cuanto sea necesario; para su reparo y sustento de las monjas, deja «la Salgada», dehesa en el término de Galisteo, con sus moli­ nos y aceñas del río Alagón. Deja al monasterio otras cosas: doce o quince camas, ropas, preseas, utensilios, vasos, ornamentos, libros, etc. Com o doña Sevilla deja a su voluntad elegir la Orden de monjas, dice que sea el monasterio de la orden y regla de Santa Clara, bajo la advocación de Santa Ana, madre de la Virgen; las monjas vivan a la manera de las de Tordesillas; tengan por visita­ dor al de San Francisco de la observancia—al provincial, no al de Plasencia, por los inconvenientes que puede tener.—Don Alonso funda una capellanía perpetua con 5.000 maravedíes, cargados en la heredad de «Aldeanueva de Beringues», con el mismo patronato y obligaciones que estableció doña Sevilla. Esto ha dispuesto don


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(V INTRIGAS

MUJERILES

Ya ha muerto don Alonso. Ha muerto don Julián, su hermano. Ha m uerto don Martín, su otro hermano. Sólo queda en este mundo don Diego Ruiz de Camargo, el bachiller, el administrador del estudio en la noble ciudad de Salamanca, para ocuparse de la fundación del monasterio que mandó hacer doña Sevilla, que tornó a mandar hacer don Alonso. De doña Beatriz, de don Fernando de Monroy, los otros testamentarios de don Alonso, poco interés se podía esperar; más bien lo entorpecerían en cuanto pudieran. Don Diego Ruiz de Camargo ha venido a Plasencia; ha concer­ tado, con cariño, con diligencia, con buena discreción, lo necesa­ rio para que se empiece a levantar el monasterio de Santa Clara. Don Diego se ha convenido con Pedro González, con Francisco González, su hijo, maestros canteros, vecinos de Plasencia, auto­ res de obras muy lucidas en esta ciudad y en to d o el obispado, famosos en Extremadura; han convenido levantar una capilla y poner en traza de convento las moradas de don Alonso. D on Die­ go se ha vuelto a Salamanca, donde ejerce su oficio, donde goza su hacienda, donde tiene su obligación. Pedro González y Fran­ cisco González han puesto mano a su obra; han levantado una hermosa capilla, adornada z la manera del estilo florido; en su puerta, han colocado un arco florenzano de sobria elegancia. A la derecha de la puerta, un escudo con las ollas de los Camargos; a la izquierda, otro escudo con la barra de los Carvajales. Doña Beatriz quedó un tanto chasqueada, al ver lo que en su testamento disponía don Alonso; guardó aparente sosiego; mas, en su propio amor resentido, decidió impedir, en to d o o en parte al menos, que el monasterio de doña Sevilla se fundara. Doña Bea­ triz, por vanidad mujeril, buscando ocasiones de lucimiento, de

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brillo para su persona, para sus galas y lujos, cultivó siempre la amistad con doña Leonor, la duquesa, la señora de Plasencia. Am­ bas, doña Beatriz y doña Leonor, fraguaron una intriga para bur­ lar a doña Sevilla y a don Alonso. En esta intriga intet vinieron las «beatas de San Ildefonso», sobre las que tenía mucha ascendencia la duquesa doña Leonor. Veamos, lo primero, quiénes eran estas «beatas», cómo estaban muy agradecidas a los Zúñigas. Estas «beatas de San Ildefonso» fueron siempre bien tratadas de los Zúñigas. En un principio, no tenían regla aprobada ni e sta­ ban sujetas a obediencia. Hacían vida laudable en las casas y c o ­ rrales que las dio el bachiller don Miguel Sánchez de Yanguas, ar­ cediano de Plasencia. A 27 de enero de 1417, el obispo don G on­ zalo de Zúñiga, tío de don Alvaro, el duque, el marido de doña Leonor, se andaba recreando en una torre de los muros que cir­ cundan la ciudad y están arrimados al palacio del obispo. Le acompañan el provisor y vicario general don Gil Martínez de So­ ria—fue también este don Gil canónigo de Calahorra, arcediano de Trujillo, oidor de la audiencia y del consejo real—, el maestres­ cuela don Diego de Zúñiga y el camarero don Fernando de Z úñi­ ga. Contemplaban la hermosura de la isla que por allí forma el Jerte, gozaban de su encanto, departían sobre las cosas de la ciudad. Salió a colación la vida que llevaban Teresa Alfonso, María Fernán­ dez, Juana Martín, Catalina Fernández, Elvira Gómez del Barco y Marina González, beatas pobres, resignadas, ejemplares. Unas eran de Plasencia; otras, de Béjar; otras, de Talavera; otras, del Barco. Es­ taba el obispo de buen talante; las delicias que desde su palacio se admiran, predisponen el ánimo a la generosidad. Allí mismo, en la torre de las murallas, hizo a estas «beatas» muchas concesiones: que tuvieran vida de monjas terceras de San Francisco; que levan­ tasen iglesia y monasterio; que pudieran decir los oficios divinos y las horas, y tener campanas para tocar a ellas; que nombrasen ca­ pellán que las diga misa y administre los sacramentos; que guarda­ ran en el sagrario al Santísimo... Tres días después, a 31 de enero, tomaron el hábito, velo y cordón de San Francisco, al tiempo del ofertorio de la misa mayor y en presencia de don Gil Martínez, el provisor y vicario general, d octor en derechos, su intercesor, su abogado ante el obispo, ante los Zúñigas, señores de la ciudad. La vida honesta de las «beatas», la protección de los duques, las sim­ patías que hacia ellas sintió el obispo, llevaron a su género de vida muy linajudas y principales damas. Doña Beatriz y doña Leonor influyeron en el ánimo de las «bea­ tas de San Ildefonso», para que accedieran a trasladarse al c o n ­ vento de Santa Clara; las darían los bienes que doña Sevilla y don Alonso habían dejado para la fundación de este monasterio. Así, estas «beatas de San Ildefonso», convertidas en religiosas conven­ tuales, podrían tener buena casa donde vivir, buena hacienda con


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que sustentarse, buena iglesia para el culto divino y para sus d e ­ vociones. Así, doña Beatriz y doña Leonor estarían ufanas de su influencia en los dos conventos de mayor lustre que tuviera la ciu­ dad: el de San Vicente, de religiosos dominicos; el de Santa Clara, de las «beatas de San Ildefonso», que eran ya terciarias francis­ canas. La duquesa elevó al pontífice Sixto IV una súplica reve­ rente, para que autorizase el traslado de las «beatas» al nuevo convento de Santa Clara. El 21 de enero de 1479, Sixto IV exten­ dió, en Roma, una bula favorable: las «beatas de San Ildefonso» podían trasladarse a la nueva fundación, pero cumpliendo con las obligaciones y cargas establecidas por los fundadores. Don Alonso Ruiz de Camargo había mandado que las monjas de Santa Clara llevasen la manera rigurosa en el vivir que tenían las de Tordesillas. Este rigor pareció excesivo a las «beatas de San Ildefonso»; no quisieron dejar la regla en que venían sirviendo a N uestro Se­ ñor, con gran consuelo para sus almas, con mucho aprovechamien­ to en el camino de la virtud. Alegaron su tem or de naufragar en medio de la cuantiosa hacienda, el peligro de la disipación que p u ­ dieran tener entre las novedades y mudanzas. Además, ellas, las «beatas de San Ildefonso», tenían una buena iglesia, levantada por Pedro y Francisco González—los maestros de cantería que hicie­ ron la de Santa Clara—a costa de los Villalvas, sus patronos, que eligieron sepultura en la capilla mayor; en ella descansa el famoso coronel don Cristóbal de Villalva, en enterramiento de bulto, con artística efigie orante, al lado del evangelio. Don Enrique IV asignó a las «beatas» una renta de 100 fanegas de trigo, de la medida ma­ yor, en las tercias de Trujillo. O tros bienhechores las dejaron ren­ tas, limosnas, casas... Véanse otros pormenores, en la «Historia y anales de la ciudad y obispado de Plasencia», de fray Alonso Fer­ nández, lib. I, cap. 26. Y nuestra historia del convento de San Ildefonso, que, Dios mediante, aparecerá en la «Biblioteca Ex­ tremeña». Las «beatas de San Ildefonso» no fueron al convento de Santa Clara. Doña Beatriz, doña Leonor, las burladoras, se vieron b u r­ ladas por las mismas «beatas» que ellas quisieron utilizar como instrumento de sus vanidades. Pero los bienes de doña Sevilla, que la misma doña Leonor, la misma doña Beatriz, ofrecieron entregar a las religiosas que ocuparan el nuevo monasterio ¿a quién, ahora, debían entregarse? ¡Qué herencia de pleitos, desazones, intemperancias y discordias, legaron doña Leonor y doña Beatriz al convento de Santa Clara! Dejamos ya para siempre a doña Beatriz y a doña Leonor, con sus afanes de mundaneo, con sus intrigas, con sus lujos, con sus galas. Don Diego procura, desde Salamanca, estar bien informado de las obras que se hacen en el nuevo convento. A sus oídos lle­

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garon las intrigas, la mala voluntad contra esta fundación. Don Die go allegó en torno a su persona general prestigio, alta reputación; goza de un cargo preeminente; también tiene sus influencias. Don Diego consigue que vengan algunas religiosas de Tordesill.i-. .i morar en las casas de don Alonso, aunque la fábrica del monatterio no se había terminado. El año 1484, el pontífice Inocencio VIII —Sixto IV, el amigo de los duques, había m uerto en aquel mismo año—autoriza la constitución de la comunidad y confirma a la abadesa en el convento placentino de Santa Clara. Don Diego ha cumplido, honradamente, diligentemente, la última voluntad de su hermano don Alonso, de su cuñada doña Sevilla. Don Diego Ruiz de Camargo está satisfecho. Poco después, el 31 de marzo de 1486, murió doña Leonor, la duquesa; dejó llenos de alteraciones y enemistades a sus hijos, a sus deudos, a su estado, a su casa, al convento de Santa Clara. Poco después, murió don Alvaro, el duque, en 10 de mayo de 1488. Poco después, en 20 de octubre de aquel mismo año, los Re­ yes Católicos quitaron el señorío de la ciudad de Plasencia a los Zúñigas. Los placentinos rompieron las coyundas que Ies uncían al yugo de la servidumbre. La mala voluntad que los Zúñigas y doña Beatriz habían mostrado hacia el convento de Santa Clara—por razones mundanas, no por virtudes celestiales—se convirtió en simpatía, en admiración, en respeto, en ayuda hacia estas religio­ sas penitentes, ejemplares.


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V LA

HACIENDA

DE

SANT \

CLARA

Año decisivo es este de 1488 para el convento de Santa Clara: los Reyes Católicos le donaron 17.000 maravedíes de renta en ca­ da año. Tal gesto de don Fernando, el rey, y de doña Isabel, la reina, sirvió de ejemplo, de emulación, entre la gente de mayor predicamento que había en la ciudad. ¡Cómo de ello se alegra don Diego! ¡Cómo rezan a Dios las monjas clarisas por el eterno des­ canso de doña Sevilla López de Carvajal, de don Alonso Ruiz de Camargo, los fundadores del convento! Don Diego Ruiz de Camargo vive en Salamanca, cumpliendo las obligaciones de su oficio. Ya, don Diego está achacoso, carga­ do de años, de trabajos, de ocupaciones, de preocupaciones; ne­ cesita descanso, tranquilidad, sosiego en el cuerpo y en el alma; quiere abandonar los cuidados de este mundo; le importa dispo­ ner su alma, limpiarla de pecados y remordimientos, hermosearla con virtudes y actos meritorios. Don Diego va a disponer de su hacienda; va a otorgar su testamento; va a decir cuál es su postri­ mera voluntad. Es el día 5 de marzo de 1490. En casa de don Diego está don Pedro González de Monleón, escribano y notario por el rey y reina en Salamanca; escribe, en sus folios ásperos, amarillentos, las últimas disposiciones que le dicta don Diego. Quiere don Diego enterrarse en Salamanca, donde pasó lo más florido de su edad, los años de la madurez, los achaques de la senectud; quiere ente­ rrarse en la iglesia mayor, donde está su hermano don Julián, el maestrescuela. Com o él, don Diego, no tuvo hijos, hace mandas a sus deudos, a sus criados, a los amigos que le estimaron, que le quisieron bien, que le asistieron en sus dolencias, en su enfermedad. Para su ama

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y para la hija de ésta, manda don Diego 20.000 maravedíes .i cada una y todo lo que tiene en casa, excepto el oro, plata, bestias, al fombras y alcatifas; a Gonzalo de Medina, su criado, 30.000 ma ravedíes y una muía; a Poveda, su criado, 20.000 maravedíes y una muía; a Damián, su criado, 15.000 maravedíes; a Francisco, su criado, 10.000 maravedíes; al ama que crió el niño, 10.000 m a­ ravedíes y dos paños. (No dice don Diego quién era este niño; debe referirse a su sobrino, hijo de su hermano don Martín). M an­ da a Diego Dueñas y a Sancha, su mujer, 20.000 maravedíes y un arca con lo que tiene dentro. Encarga don Diego a Alonso de Carrión que recaude todo lo que le deben y cobre por su trabajo la veintena de lo recaudado. Manda que se gratifique, especialmente, a los criados y sacerdotes que le han sufrido en su enfermedad. Para pagar a estos criados y sacerdotes que le han sufrido, vén­ dase el mesón que tiene en Salamanca, en el Arrabal, y las casas de Cantalpino y de Madrigal. En el hogar de don Diego, parece como si los amigos, criados y deudos, fueran una misma cosa. ¡Qué armonía, compenetración y buen concierto, existía entonces entre ciertos amos y criados! Luego, el testador, don Diego Ruiz de Camargo, dispone los sufragios que han de hacerse por su ánima. Deja cinco pares de casas que él tiene, en el barrio de San Agustín, para los capellanes de Santa María la Mayor y que por ello le digan una misa los pri­ meros miércoles de mes. Al convento de agustinos manda en cen­ so una renta anual de 4.000 maravedíes y que digan una misa co­ tidiana a su hermano don Julián, el maestrescuela. A Santa María del Castillo, de la villa de Madrigal, deja su heredad de «Palazuelos», que está a una legua de la villa, y las demás tierras que tiene en su término, para que le digan una misa los primeros miércoles de mes. Esto dispuso don Diego en beneficio de su alma. Don Diego se acuerda del monasterio que, en Plasencia, man­ daron hacer doña Sevilla y don Alonso. Se acuerda de las santas mujeres, de las esposas de Cristo, que ya viven en comunidad en las moradas que tenía don Alonso, en la calle de S arta María, c o ­ mo a un tiro de piedra por encima de la catedral.Las monjas andan metidas en obras; tienen muchos gastos; aún no les han dado los bienes que para ellas dejó doña Sevilla. Se acuerda don Diego que, tal vez, pasen escaseces, sufran estrechuras. Manda que se venda el «Arenalejo», «para que se haga —dice—el monasterio de Santa Clara, que yo tengo comenzado en Plasencia, y lo que sobre sea para pagar las mandas y cosas de este monasterio». (Esta dehesa del «Arenalejo» la adquirió, en 1425, don Juan Ruiz de Camargo, padre de don Diego. Ahora, al ponerse en ven­ ta, una parte fue adquirida por el cabildo de la catedral de Plasen­ cia; otra parte, por don Diego de Jerez, deán y protonotario. Para adquirir su parte, el cabildo vendió al maestro luán, entallador.


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unas casas que tenía en la calle de la Rúa; en 1471, vivía en estas casas el notario don Diego González; en 1482, el judío Harari. Don Diego de Jerez, el deán, el protonotario, el criado de los duques don Alvaro y doña Leonor, el consejero de los Reyes Católicos, el que se mandó hacer una espantable agonía que sirvió de antece­ dente a los funerales que en vida se mandó hacer Carlos V en Yus­ te; este don Diego de Jerez hizo su testamento a 18 de septiembre de 1509: «e por razón —dice don Diego de Jerez— de la dicha mi sepultura, e porque yo sea particionero en los sacrificios, oraciones e otros bienes que continuamente son fechos e se facen en la dicha iglesia, e de todos los sacrificios, horas e oficios divinales, que en ella se dicen e celebran e cantan en cada un día, dejo a la fábrica de la dicha iglesia, por razón de la dicha mi sepultura, toda la parte que yo he y tengo en la heredad del «Arenalejo», que es casi toda de los dichos señores deán y cabildo, e está en tierra de Coria, cerca del Portezuelo, la cual dicha parte que yo allí tengo, que es media caballería, suele rentar comunmente 2.500 marave­ díes en cada un año». El cabildo de Plasencia poseyó esta heredad hasta que la desamortización sacrilega arruinó su hacienda. Para noticias más circunstanciadas del «Arenalejo», véanse, en el archi­ vo de la catedral de Plasencia, el testamento de don Diego de Jerez, leg. XIII, número 44, y otros papeles y escrituras en el leg. 89, núm. 12 y 15). Don Diego Ruiz de Camargo quiere perpetuar su memoria en esta fundación del convento de Santa Clara. Piensa que los re­ zos de las monjas le harán mucho provecho en sufragio de su áni­ ma. Don Diego deja al convento la mitad de sus dehesas «Torre de Vigo», «Pajares» y «La Salgada». Esta hacienda servirá de m u­ cho alivio a las monjas de Santa Clara. Cumplidas estas mandas, aún le quedan a Don Diego muchos bienes. La fortuna se mostró con él abundosa y pródiga en las c o ­ sas de este mundo. Su deudo más allegado es Martín, su sobrino, hijo de su hermano, ya difunto, don Martín Ruiz de Camargo. Este su sobrino heredará los apellidos del linaje, la cuantiosa ha­ cienda; don Diego le num bra universal heredero. Com o es aún mozo tierno, le deja por tu to r a Lope de Guzmán, vecino de Pla­ sencia. (Don Diego hace mandas y llama su sobrino a Juan H u rta ­ do. ¿Quién era este Juan H urtado? ¿Será el niño que crió el ama, de quien antes nos habló don Diego? ¿Es que tiene don Diego al­ gún secretillo en su vida? ¿Se debe a la anarquía en los apellidos que entonces reinaba? ¡Misterio!) D on Diego ha dispuesto su última voluntad. Don Pedro G on­ zález de Monleón, el escribano, el notario, rasguea, incansable, con monotonía, en sus grandes folios, ásperos, amarillentos. La noche, ciega y fría, va cubriendo de sombras, de misterio, las calles, las

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plazuelas de la docta Salamanca. Desde su estancia, reclinado en el lecho, don Diego ve perfilarse borrosamente las torres esbeltas, los agudos campanarios. Los recuerdos de su vida, el frío anoche­ cer, han llenado a don Diego de melancolía, de una blanda, de una suave añoranza. Piensa don Diego que el cumplimiento de esta su última volun­ tad ocasionará algunos gastos. Para estos gastos, manda que se vendan unas vacas— más de 100—y yeguas que él tiene, en la feria de Coria... El notario sigue escribiendo. Ya ha em botado las plu­ mas que recién aguzadas traía en un cestillo. Para de escribir; va aguzando de nuevo estas plumas de ave que él tiene en su cestillo... Don Diego sigue con su añoranza, con su melancolía. La noche, ciega y fría, va espesando su negrura... Poco después, don Diego abandona este mundo. Las monjas de Santa Clara han sentido la muerte de don Diego. Ya, en sus oraciones, unirán su nombre al de doña Sevilla, al de don Alonso, sus principales bienhechores. Sienten las monjas que haya muerto su tan discreto valedor. Desde hoy, han de vrlerse por sí mismas, para defender sus derechos. Empiezan a ocuparse de su hacienda. Las monjas tienen una copia del testamento de doña Sevilla. En 4 de marzo de 1491, sacaron otra copia del testa­ mento de don Alonso, ante don Sancho de Carvajal, arcediano de Plasencia, provisor y vicario general por el obispo don Rodrigo Dávila. Ahora, necesitan el de don Diego Ruiz de Camargo; lo di­ ligenciaron en esta guisa: «En la noble ciudad de Plasencia, diez y nueve días del mes de abril, año del nacimiento de Nuestro Salva­ dor Jesucristo de mil e cuatrocientos e noventa y un años, ante honrado e discreto varón Gomes de Carvajal, clérigo compañero en la iglesia de Plasencia, vicario general en la dicha ciudad e en t o ­ do su obispado por el reverendo señor don Sancho de Carvajal, arcediano de la dicha ciudad, provisor e oficial e vicario general en lo espiritual e temporal en todo el obispado de la dicha ciudad por el muy reverendo en Cristo, padre e señor don Rodrigo Dávila, por la gracia de Dios e de la santa iglesia de Roma obispo de Pla­ sencia, del consejo del rey e reina, nuestros señores, e en presen­ cia de mí, el escribano e notario público, e testigos yuso escriptos, paresció e fue presente el devoto religioso frey Francisco de M a­ drid, administrador e vicario del convento de Santa Clara de la dicha ciudad de Plasencia, e en nombre de las devotas religiosas, abadesa e freylas de dicho monasterio de Santa Clara de la dicha ciudad, presentó ante dicho señor vicario e leer fizo por mí, el di­ cho escribano e notario, una escritura de testamento del reverendo señor el bachiller Diego Ruiz de Camargo, administrador del estu­ dio de la noble ciudad de Salamanca, defunto, que santa gloria haya, signada de notario y escribano público, según por él parescía, cuyo tenor, de verbo ad verbum, es éste que se sigue»... Ya


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sabemos lo que sigue. Sigue la última voluntad de don Diego Ruiz de Camargo. Estos papeles, escrituras y testamentos han quedado, tienen que quedar, para constancia, para hacer fe, en al archivo de la ca­ tedral de Plasencia. Han pasado los años. Han pasado los siglos. Hoy, estos papeles, escrituras y testamentos, continúan en el ar­ chivo. No ha muchos años, cierta mañana, después de coro, está en el archivo un canónigo; anda ordenando los papeles del archi­ vo. Ha topado con los testamentos de don Alonso Ruiz de C a ­ margo, de don Diego, su hermano. El canónigo ha quitado el polvo a estos papeles; se ha manchado las manos, la sotana: esto casi ya no le importa, pues le sucede a diario. El canónigo va leyendo p a u ­ sadamente, con atención. Va anotando los datos más principales. Con estos datos, va haciendo un índice. Nadie le ve trabajar; pero él lleva ya ordenados, extractados, fichados, 88 legajos. Ahora, en esta mañana, después de coro, está ordenando el legajo 89; en él, ha colocado los testamentos de don Alonso, de don Diego; les ha señalado con el número 12, dentro del legajo 89. Así lleva este canónigo cinco, diez, quince, veinte años. Este buen canónigo no piensa en lo meritorio de su labor; él trabaja porque le gusta, p o r­ que está enamorado de la historia de Plasencia, de Extremadura, de España; trabaja, además, poique es su obligación. ¡Cuánto tie­ nen que agradecer los eruditos, los amantes de la historia, de la tradición, a este buen canónigo, a su trabajo silencioso, fecundo, perseverante; a este buen canónigo que todos los días mancha sus manos, sus vestiduras clericales, revolviendo papeles en el archivo de la catedral! Gracias a este buen canónigo, a su trabajo silencio­ so, fecundo, perseverante, escribimos estas notas placentinas; gra­ cias a él, Deo volente, escribiremos otras muchas. Se llama don Pedro Cancho Bernardo. Es extremeño: nació en Zorita. Hoy, es deán de la catedral. Está casi ciego de tanto leer en viejos papeles

V i

PLEITOS

Las monjas de Santa Clara gestionaron la entrega de los bienes que, para su convento, dejaron don Alonso y don Diego Ruiz de Camargo. En ello, no hubo grave entorpecimiento. Esta hacienda de los Camargos se gastó casi toda tn las obras de la capilla, en el acondicionamiento de las moradas. Para holgura de las monjas, los Reyes Católicos, en 1495, las cedieron una casa aledaña al conven­ to, en que moró un judío. Don Juan de Zúñiga y Pimentel, maes­ tre de Alcántara, hijo de don Alvaro y de doña Leonor, un poco por devoción, otro poco para demostrar a los Reyes Católicos que no sentía malquerencia alguna por el convento de Santa Clara, las dio para ayuda de la obra 50.000 maravedíes. Con estas amplia­ ciones y ayudas, la capilla y monasterio resultaron muy lucidos. Pero las monjas se quedaron con escasa hacienda para el sustento de sus necesidades. Las monjas pensaron en reclamar los bienes de doña Sevilla; utilizaron la gran influencia de sus valedores. El pontífice Alejandro VI, el día 1 de julio de 1499, nom ­ bró jueces competentes para estudiar el asunto, para defender a las monjas de Santa Clara en sus pretensiones. Eran estos jue­ ces: don Enrique de Guzmán, tesorero de la catedral de Pla­ sencia; don Gutierre Alvarez de Sevilla, doctoral; y el provisor de Coria. Informaron estos jueces la verdad del caso. El mis­ mo Pontífice, a 27 de septiembre de 1502, expidió un «breve», en el que hacía historia de haber sido mal informado el papa Sixto IV y haberse aplicado, sin razón, los bienes de doña Se­ villa al convento de San Vicente, de frailes dominicos. El Pon­ tífice nombra ya otra comisión: don Diego de Jerez, deán y protonotario apostólico; don García López de Carvajal, arcediano de Plasencia y Béjar (éste delegó la facultad que le confería el Papa en


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don Francisco de la Fuente, provisor de Plasencia); don Diego d t Lobera, chantre. Manda el Pontífice a esta comisión que, llamadas las partes, aplicasen los bienes de doña Sevilla al convento de San­ ta Clara. Si los frailes dominicos de San Vicente no consienten en la devolución de estos bienes, les impone censuras espirituales e in­ voca contra ellos el auxilio del brazo secular. El notario don Alonso de Torralba, a 19 de julio de 1503, citó al convento de San Vicente para que, en el término de tres días, compareciese ante el tribunal eclesiástico. Las monjas, aparte de las casas y otros bienes de doña Sevilla, reclaman sus beneficios durante los 20 años transcurridos; valoran estos beneficios en 500.000 maravedíes por los frutos y 3.000 por la renta del pan. Los frailes oponen sus razones. Tienen los frailes en su convento gente muy docta en todas las disciplinas. Es muy difícil, casi im­ posible, poder contestar a la sutileza, al artificio de sus razona­ mientos. Se discute largamente. Pasan los años. El «breve» ponti­ ficio, por ahora, no se cumple. El pleito sigue. Las monjas de Santa Clara han gastado en pleitos, en procura­ dores, en escribanos, en notarios, mucha parte de su hacienda. A veces, pasan estrechuras, necesidades. N o cesan de reclamar los bienes de doña Sevilla. En 14 de marzo de 1555, el procurador de las monjas presenta una carta de poder ante el licenciado Jiménez, teniente de corregidor en Plasencia por el muy magnífico señor don Juan Maldonado de la Rúa, para reclamar a los frailes de San Vicente los bienes que las dejó doña Sevilla. Esta reclamación la hacen «por sí y en nom bre de las demás monjas»—luego había otras—las siguientes: sor Ana de Guzmán, abadesa, sor Catalina de M onroy, vicaria, sor Inés de Castañeda, sor Catalina de Bobadilla, sor C a t a l i n a de Camargo, sor Francisca de Zúñiga, sor Bea­ triz de Carvajal, sor Teresa de Cáceres, provisora, sor Isabel L ó­ pez, sor María Barrena, sor Mencía de Silva, sor Ana de los An­ geles, sor Catalina de Carvajal, sor Ana de Sotomayor, sor Catalina Núñez, sor Leonor de Camargo, sor Juana de Trejo, sor Isabel de Figueroa, sor María de Trejo, sor C a t a li n a López, sor Estevanía de Trejo, sor Ana de Ortega, sor Isabel de Guzmán, sor C a­ talina Portocarrero, sor Cecilia Teresa Rodríguez, sor Ana de Carvajal, sor Inés de la Cerda, sor Gerónima de Cáceres, sor Leo­ nor de Loaisa, sor María de Paredes y sor María del Barco, todas monjas profesas. Fueron testigos de este poder Baltasar de Villa­ lobos, hijo de Rodríguez de Villalobos, y Pedro Martínez, hijo de Juan Martínez, vecinos de Plaséncia. Los apellidos de estas reli­ giosas muestran que profesaban en Santa Clara las damas de ma­ yor alcurnia que había en la ciudad. Tam poco en esta ocasión lograron nada las monjas. Y Ies hacía mucha falta, porque gozaban exiguas rentas. ¿Quién, en Plasencia, sabría oponerse a la sutileza, al artificio de los razonamientos que esgrimían los frailes domini-

eos? (Archivo de la catedral de Plasencia, leg. 89, núm. 15). Los años de 1556 y 1557 fueron de mucha hambre en Plasen­ cia y en su comarca. A tal punto llegaron las escaseces de las m on­ jas, que pidieron salir del convento y mantenerse a costa de sus deudos y parientes. Lo impidió el obispo don Gutierre de Carvajal y de su peculio las prestó algún auxilio. Acuciaba, empero, la ne­ cesidad. El 23 de octubre de 1557, con la autorización de fray G as­ par de la Estella, doctor en teología, provincial y comisario general de los franciscanos menores conventuales, natural y m orador en­ tonces de Plasencia, visitador del convento de Santa Clara, com pa­ recen las monjas ante escribano. Ya es abadesa sor Mencía de Sil­ va; es vicaria sor Beatriz de Carvajal; es provisora sor Catalina N ú ­ ñez. Las acompañan otras 18 religiosas. (Veánse sus nombres en el archivo de la catedral de Plasencia, leg. XII, núm. 3, doc. 12). T o ­ das estas religiosas son monjas profesas. Quieren vender ciertas yerbas que habían llevado en dote algunas de ellas. Alegan que no tienen para comer y vivir, según información de testigos. Dice uno de los testigos que es así y no es extraño, porque «es público que el año pasado fue muy carestioso, porque llegó el pan a valer a más de 27 reales y agora vale a más de 14». El canónigo don G ar­ cía de Carvajal adquirió las yerbas que vendían las monjas. Reme­ diaron el hambre. Salieron del apuro. Discurren los años. En 13 de junio de 1565, don Salvador Sán­ chez de Tamayo, racionero de la catedral, donó su casa a las monjas de Santa Clara. Hacía esta casa esquina en la plazuela de la catedral. Tenía dos salas notables por sus decoraciones y artesonados, que las monjas conservaron con esmero. La adornaba una alta y gentil torre. En ella, en la casa, había nacido, el 23 de diciembre de 1472, el célebre doctoi don Lorenzo Galíndez de Carvajal, catedrático en la Universidad de Salamanca, íntimo con­ sejero de Fernando el Católico, muy apreciado del emperador C ar­ los V. Recibió el monasterio amplitud, comodidad, hermosas vis­ tas en la plazuela. Veían las monjas la fuente del cabildo, con el escudo de los Reyes Católicos, hecha en 1491 a costa de la mesa capitular—en este año de 1954, se ha reinstalado— . Por el día, escuchaban el m onótono y acompasado martilleo de los maestros de cantería, el agudo tintán de los herreros, el estruendo de las maromas, el rechinar de las carretas, el trabajo de los alarifes, las voces ásperas de los carreros, el murmullo de los peones, de los infinitos obreros que trabajan en la nueva catedral. Por la noche, desaparecía el alboroto, reinaba silencio profundo; en los pasillos del convento, a la hora de maitines, se deslizan, dulcemente, sua­ vemente, llenas de compostura, las monjas de Santa Clara; van al coro, a rezar los oficios divinos; en un rincón del pasillo, hay una candileja con llama ondulante, con luz mortecina; esta llama, al pasar las monjas, proyecta en el fondo sombras descomunales, 13


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fantásticas, temerosas; se palpa el silencio. De la plazuela, apaga­ do, tenue, susurrante, llega el canto alegre del agua al caer de la taza en la fuente; este canto que siempre parece igual, pero que eternamente varía, porque tiene su propio matiz cada gota. ¡Qué buen regalo hizo el racionero don Salvador Sánchez de Tam ayo a las monjas! Por las celosías que pusieron en las puertas y ventanas, se recreaban con juguetona alegría, contemplando las fiestas, las danzas, los fuegos de artificio, las comedias que se hacían en la plazuela los días de Corpus, de la Asunción, de las grandes solem­ nidades. ¡Cómo bendicen al Señor las buenas religiosas por estas sus inocentes alegrías! N o todo eran alegrías para las monjas de Santa Clara. Su car­ ne, penitente y magullada con los ásperos cilicios, carne al fin, exi­ gía alimentos. Y las monjas de Santa Clara apenas cuentan con la hacienda suficiente de un mal pasar. ¡Si las dieran los bienes de doña Sevilla, que etan suyos con toda justicia, que injustamente se los retenían! El 6 de marzo de 1572, renuevan el pleito contra los frailes de San Vicente. En representación del convento de Santa Clara, actúan sor Ana de Carvajal, abadesa, sor X. de Men­ doza y Loaisa, sor Catalina de M onroy, sor Ana de Sotomayor, provisora, sor María de Barrero, sor Catalina de Carvajal, sor C a­ talina Núñez, sor María de Trejo, sor Catalina López, todas p ro ­ fesas. En representación del convento de San Vicente, por sí y en nombre de los otros padres, novicios y legos, actúan fray Juan de Vera, prior, fray Andrés de Pedrosa, fray Blas de Aguilar, fray Tom ás de Santa María, fray Diego de Contreras, fray Guillermo de la Magdalena, fray Francisco Durán, fray Francisco de Santos, fray Juan Sánchez, fray Gaspar de Palencia, fray Hernando de Monforte, fray Miguel de Torreblanca, fray Felipe de Rivera, fray Domingo de Guevara, fray Gerónimo de Orellana, fray Juan Bajo, fray Andrés de Portillo, fray Diego González, fray Gabriel Rodrí­ guez, fray Andrés de Soto, fray Juan de Gadea, fray Francisco González, fray Tomás de Acevedo, fray Cristóbal del Pulgar, fray Bartolomé López, fray Alonso de la Trinidad, fray X. de Santa María, fray José de Trujillo, fray Juan Asensio, fray Miguel de Zamora y fray Alonso de Carvajal, todos profesos y conventuales. Nada en limpio sacaron las monjas de Santa Clara: nuevos gastos; nuevas estrecheces. Dejemos ya este pleito, que va picando en prolijidad. Los frai­ les de San Vicente y las monjas de Santa Clara pleitearon hasta que la desamortización sacrilega arruinó la hacienda de las monjas de Santa Clara y de los frailes de San Vicente. (O tros pormenores de este pleito se encontrarán en el archivo de la catedral de Pla­ sencia, legajo 89, número 15).

VII PRESTANCIA

DEL

CONVENTO

Las monjas de Santa Clara hacían vida de rigurosa penitencia, d e habitual sacrificio. Era su principal cuidado solemnizar, devo­ tamente, los cultos divinos, los oficios litúrgicos. Tenían especial devoción a Santo Tomás, doctor angélico. En 1639, consiguieron del pontífice Urbano VIH jubileo plenísimo en el día de su festivi­ dad. Este día—y en todo tiem po—venía a la fiesta gran concurso de la ciudad, de la clerecía, del pueblo. A este convento llegaban, haciendo sus clamores para remedio de las calamidades públicas, cuando llovía con exceso; cuando el agua faltaba; cuando la nieve, el cierzo, el granizo, sembraban de angustia los corazones, de ruina los sembrados. Estas rogativas alcanzaban mucho esplendor, m u ­ cha solemnidad. Así, por ejemplo, el año de 1626, a 9 de febrero, dispuso el cabildo que este día, después de completas, se hiciera una procesión por el claustro de la catedral con el Santísimo Sa­ cramento y, luego, se llevara en andas al convento de Santa Clara, implorando remedio para la falta de lluvias, para la abundancia de necesidades. (Archivo de la catedral de Plasencia: «Actas capitula­ res». Tam bién consta en las actas capitulares el aprecio que sentía el cabildo, la ayuda que solia prestar a las monjas de Santa Clara: las monjas piden al cabildo, en 9 de marzo de 1623, que las ayude en algo, pues van a arreglar la torre de su iglesia. El cabildo las proporcionó madera). Los condes de la Oliva, descendientes indirectos de los funda­ dores, ayudaron siempre con limosnas y fueron patronos del c o n ­ vento de Santa Clara. Escogieron su capilla para enterramiento y sepultura. Así consta de testimonio presentado ante escribano p ú ­ blico por doña Luisa de Vargas y Carvajal, vecina de Plasencia, viuda y heredera de don Pedro Pablo Calderón, conde de la Oliva,


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de una copia de testamento hecho en Plasencia, a 28 de septiem­ bre de 1744, según el cual este don Pedro Pablo Calderón Vargas Camargo Trejo y Sotomayor, conde de la Oliva, señor de las vi­ llas de Siete Iglesias, Grimaldo, las Corchuelas y el castillo de Almonfragüe, alcaide de los castillos de la ciudad de Santa Fe y villa del Pinar, en el reino de Granada, y regidor perpetuo de Plasencia, quiere ser enterrado en el convento de Santa Clara, del que es p a ­ trono. N om bra testamentarios a don Luis de Vargas Carvajal, su suegro; a don Antonio Lorenzo de Vargas Carvajal, alférez mayor y regidor decano del ayuntamiento de Plasencia; y a don Ausano de Carvajal Nieto y Girón, señor de la villa de Torre Cardela, en el reino de Granada. Deja por única y universal heredera a doña Luisa de Vargas Carvajal, condesa de la Oliva, su legítima mujer. (Archivo de la catedral de Plasencia, leg. XI, número 21). O tra gente principal escogió sepultura en el convento de Santa Clara. Veamos algunos enterramientos. A uno y otro lado del altar mayor, en forma de retablo al estilo dórico, había dos elegantes sepulturas. La que estaba en la parte del evangelio, decía: «Joannis de Vargas, Caroli V et Fillipi II consiliarius, in supremo Italiae consilio regens atque in Flandriae s enatu justitiae praesens, jacet exigua in urna, magno viro, hujus capelUe et monasterii patrono, una cum uxore domina Agate de Camargo, domina villarum Olivae et Placentiunenlae» Puesto en romance de Castilla, significa: «Juan de Vargas, consejero de Carlos V y Felipe II, regente del s u ­ premo consejo de Italia y presidente en el de Flandes, yace en exi­ gua urna; gran varón, patrono de esta capilla y monasterio, ju n ta ­ mente con su mujer doña Inés de Camargo, señora de las villas de 11 Oliva y Plasenzuela» (1) En la sepultura que hay al lado de la epísto­ la, dice una leyenda: «Descansan aquí Miguel de Vargas, caballero de la orden de Santiago, comendador de Castilleja de la Cuesta, se­ ñor de las villas de la Oliva y Plasenzuela, hijo de los mismos Juan e Inés, cuyos cuerpos yacen en el entierro de enfrente, juntamente con el de doña Elvira de Trejo y Carvajal, su mujer; cuyo yerno don Rodrigo Calderón, caballero de Santiago, conde de la Oliva, comendador de Ocaña, juntamente con su mujer doña Inés de Var­ gas, hija de los dos señores, esta capilla restauraron y pusieron nueva renta al monasterio». Esta nueva renta fue de 200 ducados. En el altar de San Cristóbal, frente a la puerta de entrada, en el arquitrave del retablo, hay esta inscripción: «Este enterramiento es del ilustrísimo señor don Gabriel Pizarro, arcediano de Medellín en esta santa iglesia de Plasencia. Murió víspera de Nuestra Señora de Agosto, de 1571». (1) Esta doña Inés de Camargo fundó una capellanía en el convento de Santa Clara. Constan por m enudo los extrem os de esta fundación en el archivo de la catedral, leg. 95, núm. 13.

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La dura regla de las clarisas es buen yunque para forja de al­ mas santas, que impregnan el cotidiano vivir del más heroico sa­ crificio. Muchas religiosas, distinguidas por linaje y por virtud, florecieron en el convento de Santa Clara. Los dones celestiales acudían generosos. Sor Josefa Francisca predijo el día de su trá n ­ sito, en 1690;*sor Beatriz de Contreras gozó igual ventura, en 1720; sor María del Aguila y tantas otras, cuyos nombres apuntó Jesu­ cristo en el libro de la vida eterna, fueron deleite del ánimo piado­ so, ejemplo de ardores divinales, mientras habitaron la ciudad del Jerte. Cerremos estas notas con un hecho portentoso. La irritada al­ tivez de los ejércitos franceses convertía en desmanes su impoten­ cia ante la reciedumbre hispana. Las monjas placentinas andaban fugitivas, velando su integridad. Corría el año 1808. Las monjas de Santa Clara huyeron del convento, temerosas del francés. Cada una salió en busca de parientes, deudos o conocidos, ansiosas de amparo en su flaqueza. Sor María Magdalena se unió a otras pia­ dosas mujeres; se encaminó a Tornavacas, pueblo de su naturale­ za, residencia de su familia. Un destacamento francés ejercía en la Vera su esquilmador merodeo. Arruinaban las haciendas. Mataban a su arbitrio. Talaban, envidiosos, las florestas. Eran espanto de lugareños y nudo en afligidos corazones. T o p ó la soldadesca a la fugitiva caravana; la hicieron víctima de su pillaje y desenfreno. El pánico, el desconcierto fue grande; los abusos, sin nombre. Sor María Magdalena vino a caer en las garras de un soldado. La noche era oscura; sor María, agraciada; la ocasión, propicia a la insolencia. Las forzadas caricias, las ofertas generosas, las amena­ zas, no doblegan a la monja de Santa Clara. Se defiende con áni­ mo, con insólita constancia; infunde tem or al que trata de man­ char su honra. El francés, impotente, vencido, irritado, retrocede; apresta el arma; dispara: un balazo en la frente arrancó la vida a la esforzada religiosa. Personas de buen sentir dieron sepultura al cuerpo en que moró su alma. Siguió un hecho portentoso. C e d a ­ mos la pluma a un testigo que nos informará minuciosamente, in­ genuamente, amorosamente: «Pasados los años, nadie se acordaba de ella, cuando un pas­ tor, yendo por casualidad con su ganado por cerca de su sepul­ cro, vio sobre la tierra el brazo de una persona, fresco, entero y com o si acabase de morir. Acercóse; examinó; vio que el brazo estaba unido a su cuerpo, tan fresco y sano como el brazo. C re ­ yólo casualidad, porque o no sabía o no se acordaba del suceso de la monja; y entrándolo bajo de tierra todo, se marchó, como si sólo hubiera hecho un simple oficio de caridad y con algunas dudas acerca de aquel cadáver enterrado allí. Estas le hicieron volver por el mismo sitio al otro día y ya empezó a sorprenderse algo, viendo otra vez el braz o fuera, lo mismo que el anterior.


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Tapólo, no obstante, con la precaución de poner algunas piedras sobre la tierra; y al otro día u otros días, volviendo a hallarlo des­ cubierto, tom ó la resolución de ir a dar parte de este negocio a su pueblo de Cabezuela. Apenas corrió la voz y se nom bró el sitio, se recordó la muerte de la monja; y, efectivamente, se halló ser ella, cuando se hizo la exhumación. Su cuerpo estaba como cuan­ do se enterrara, sin más que un poco de negro todo alrededor del balazo. Y, así, fue más fácil conocerla, tanto en el pueblo del pas­ tor como en Plasencia, especialmente en su convento, adonde lue­ go se la condujo. Allí estuvo expuesta a la curiosidad pública. Y el médico que la reconoció, don José M ontes, que aún vive, sabio facultativo, dio testimonio de la incorrupción y estado del cadá­ ver. T o d o esto fue público y, como tal, lo referimos, sin mezclar­ nos en sacar corolarios... El que esto escribe, la vio en los tres días que la comunidad tuvo su cuerpo presente, el cadáver en el coro del expresado convento de Santa Clara». (José María Barrio y Ru­ fo: «Historia de la muy noble y muy leal ciudad de Plasencia». Manuscrito del siglo XIX, en la biblioteca pública de Cáceres, le­ gado de Paredes, sin catalogar). Tam poco nosotros sacaremos corolarios. Diremos que los «franchutes», vencidos y maltrechos, abandonaron España. Nos dejaron la semilla de una razón endiosada, anticlerical, librepensa­ dora. El virus maligno atacó la sustancia, la médula, el cogollo de España. La catolicidad, nota dominante en nuestra ejecutoria, fue puesta en entredicho. Una secuela desamortizadora clausuró m u ­ chos centros religiosos. Entre ellos, se exclaustraron las monjas de Santa Clara. Los condes de la Oliva, como patronos, pudieron reclamar el edificio del convento. N o lo hicieron. Fue una pena. La casa de don Alonso Ruiz de Camargo, convertida durante si­ glos en semillero de virtudes, que atraían celestiales bendiciones para la ciudad, en cuyo recinto tanta gloria recibió el Señor, se ha trocado en nuestros días en morada de vecinos, donde los h om ­ bres hacen sus tratos y expenden sus mercancías.

VIH EPILOGO

Ya no existe el convento de Santa Clara. Este año—el año 1833—el Gobierno ha dispuesto grandes cosas. Asegura que en es­ tas disposiciones está el remedio de la patria, la felicidad de los españoles. Una de estas disposiciones fue negar licencia a las m u­ jeres de España para que entraran a servir a Dios en los conventos. Esta disposición se celebró en los antros políticos, en las tabernas, en las públicas algaradas, con mucho vino, con gran regocijo, con gritos desconcertados y rabiosos de ¡viva la libertad! Alguien pensó —¡gran pensamiento!—que anduvo en esto el Gobierno escaso: era necesario suprimir conventos. Con la hacien­ da de estos conventos se remediaría toda necesidad. Estimaban ignominia—¡oh manes del patriotismo!—; estimaban ignominia p a ­ ra el nombre hispano el venir consintiendo, siglo tras siglo, que cierta gentecilla vestida de sayal, viviera enclaustrada, so pretexto de religión, pero buscando el no trabajar. A esta gentecilla, como para nada había servido, como no servía para nada, se la dio en llamar «manos m uertasi. (Permítame el lector una confidencia: después de largos traba­ jos, he averiguado algunos nombres de esta gentecilla que llama­ ban «manos muertas». Helos aquí: Francisco de Vitoria, Vicente Ferrer, Domingo de Guzmán, Melchor Cano, Francisco Javier, Pe­ dro Calderón de la Barca, Francisco de Borja, Tirso de Molina, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Juan de la Puebla, Pedro de Alcántara, un tal Salmerón, un tal Láinez, un tal Cisneros, un tal Luis de León, un tal Luis de Granada, un tal Suárez, un tal Soto... y otros muchos que omito, por no alargar esta lista de «manos muertas»). El obispado de Plasencia tenía 21 conventos de religiosas. Esti­


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mó el Gobierno que esto era excesivo para un solo obispado. Q u i­ so remediar tal demasía. De los 21 conventos, sólo quedaron siete; y esto por gracia éspecialísima. Al punto, la fortuna abundosa derramó su cuerno lleno de felicidades sobre todos los españoles: guerras, públicos desconciertos, antros de revolución, pérdida de colonias, liberalismo, materialismo, ateísmo, antiespañolísmo y otros mil venturosos «ismos», que hicieron de nuestra Patria una Arcadia feliz. ¡Ah, doña Sevilla López de Carvajal; ah, don Alon­ so Ruiz de Camargo; ah, de los otros fundadores de monasterios, qué flaco servicio hicisteis a España, a Extremadura, a Plasencia! ¿No sabíais que la hacienda que disteis a vuestras fundaciones, sería la ruina de la Patria? ¿Ignorábais que por haber fundado un monasterio, sería con el tiempo maldecido vuestro nombre? ¿Por qué no gastasteis vuestra hacienda en orgías, vanidades y lujos, aunque no hubiera perdurado vuestra memoria? Pero ya el Gobierno ha remediado tantos males. Doña Sevilla y don Alonso han visto, desde el cielo, la ruina de su fundación. Ya no se oye en el coro de su convento los acordes del órgano, las melodías de canto llano, las voces blancas de las esposas de Cristo, en los oficios y horas divinales. Sólo se escuchan gargantas que rugen ¡viva la libertad! Y en aras de esta libertad, se arruinó el convento de Santa Clara.

Ha pasado algún tiempo. Corre el año 1836. Un día, llega a Pla­ sencia un carromato cargado de mujeres. Son diez mujeres y una — se llama Antonia— viene muy enferma. Traen las mujeres pobres vestidos, cara de espanto, humilde mirar. Son las monjas de San Francisco el Real de Trujillo, moradoras del convento que decían de la Coria, arrojadas con violencia de esta su morada. Vienen a refugiarse en el convento placentino de San Ildefonso, uno de los siete que perduraron en el obispado. O tro día, llegaron monjas del convento de San Pedro, también de Trujillo. O tro día, llega­ ron monjas del convento de Santa Clara, de Belvís de M orroy. O tro día, llegaron monjas del convento de la Anunciación, de Béjar. O tro día, llegaron a San Ildefonso las monjas placentinas de Santa Clara. O tr o día... O tro día, pasado ya más de un siglo, año 1954, andaba quien esto escribe curioseando papeles del archivo en el convento pla­ centino de San Ildefonso. En este curioseo, topó con ciertas cu­ riosidades. Algunas, sobre el convento de Santa Clara. Van estas curiosidades escritas por las abadesas—«presidentas» hacía el G o ­ bierno que se llamaran— del convento de San Ildefonso. Tememos pergeñar con nuestro estilo estas noticias. Y lo tememos porque en estas noticias no hemos hallado una palabra de resentimiento, I

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de protesta, de crítica, de odio, de alteración en el abadesas. Se funda, además, nuestro tem or en la que sentimos para escribir con tanta mesura. Por a la letra los papeles del archivo del convento de Dicen así:

espíritu de las poca fortaleza ello, copiamos San Ildefonso.

El año 1832, fue el último feliz que gozó el convento. En él se acabó de restablecer el canto llano y figurado en el coro, que había sido in­ terrum pido hacía años—por la invasión del francéa—... El mismo año de 1833, m urió el rey y empezaron los trastornos políticos que quitaron las licencias para ingresar m onjas y suprim ieron 14 con­ ventos de 21 que había en este obispado. Así, vino a ser este convento —el de San Ildefonso—el refugio de gran parte de las exclaustradas y se reunieron m onjas hasta de seis comunidades... Fueron abade­ sas sucesivam ente en este tiempo, doña Ju an a López y doña Rita Juárez de los Dolores, religiosas de mucha virtud y dotadas de gran prudencia, con la que supieron conservar la paz y observancia en medio de circunstancias tan difíciles como eran el despojo de sus bienes y la reunión con tan diferentes religiosas...

Luego, en el necrologio, vimos noticiosas partidas de falleci­ miento de las monjas de Santa Clara. Copiamos las dos últimas: El año 1836, fue suprim ido por orden del Gobierno el convento de Santa Clara de esta ciudad, a cuya com unidad pertenecía doña María del Carmen Calvo; y fue recogida en este convento de San Ildefonso, en el año 1837, en 10 de diciem bre, en el que perm aneció hasta su fa­ llecimiento, que fue el día 6 de junio de 1851, de edad de 51 años, ha­ biendo recibido todos los santos sacramentos. Está enterrada en el coro bajo. Y para que conste, lo firmo en el m ism o día, mes y año de su fallecimiento. R. I. P.—R ita Juárez, abadesa. El año 1836, fue suprim ido por orden del Gobierno el convento de Santa Clara de esta ciudad, a cuya com unidad pertenecía doña Lo­ renza Garrido; y fue recogida en este convento de San Ildefonso en el año 1838, el 19 de julio, en el que perm aneció hasta su fallecimiento, que fue el día 12 de febrero de 1860, de edad de 83 años, habiendo re­ cibido todos los santos sacramentos. Está enterrada en el coro bajo. Y para que conste, lo firm o en el mismo día, mes y año de su falleci­ miento. R. I. P.—Sor María del P ilar Viñes, abadesa.

Lorenza Garrido fue la última religiosa del convento placentino de Santa Clara que moró en el mundo. De él, del convento, sólo queda un recuerdo ejemplar, dulce, añorante. Hemos pergeñado esta semblanza, para gloria de Dios, para honra de Plasencia, para feliz memoria de doña Sevilla López de Carvajal, de don Alonso


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Ruiz de Camargo, sus devotos fundadores. Al escribir, hemos re­ flexionado mucho sobre las cosas del cielo, sobre las cosas de la tierra. Estas reflexiones han llenado de paz nuestra alma. Esta paz, lector querido, te deseo que goces, día tras día, en toda tu exis­ tencia. Ahora, Dios y Santa María te guarden y a mí no me ol­ viden. Vale. (Publicado en «Extrem adura», de Cáceres, febrero-m arzo de 1955)

EL

POETA

(Homenje a José María Gabriel y Galán en el cincuenta aniversario de su muerte)


I

UN

MARTIR

EN

LA

TUMBA

DEL

POETA

Es el día 19 de enero. Corre el año 1905. Un sacerdote ha lle­ gado a Guijo de Granadilla. Lleva este sacerdote tristeza en el sem­ blante, dolor en la mirada, serena angustia en la expresión. El sacerdote es joven, animoso, entendido en letras, ducho en socio­ logía, aficionado a gozar la placidez de los campos, a sorber con deleite su infinita hermosura. Nada de ello embarga este día su cuidado. El sacerdote está triste. Camina, paso tras paso, lenta­ mente, ensimismado, hacia la ermita del «Cristu Benditu». En esta ermita, devotamente, el sacerdote ha dicho su misa: la ha ofreci­ do por el eterno descanso de un poeta. Después, con su inmensa tristura en el mirar, endilga hacia el camposanto. En el camino, se topa algunos labriegos. Los labrie­ gos le saludan sombrero en mano. El sacerdote les corresponde con leve inclinación de su cabeza. El sacerdote y los labriegos han cruzado sus tristes miradas. N o se han dicho una palabra: lo impi­ de la angustia que los labriegos y el sacerdote llevan en su corazón. El triste silencio—bien ellos lo saben, aunque nada se digan—; el triste silencio es lloro callado en honor del poeta; del poeta dul­ císimo que no ha muchos días se ha muerto. El sacerdote llega al camposanto. Va emocionado. Si le preguntaran qué había en el camposanto, no sabría decirlo. Busca una tumba. Por fin, la en­ cuentra. Ante ella queda silencioso, baja la mirada, inmóvil el cuerpo. ¿Qué pensará en su mente, qué sentirá en el cogollo del alma este sacerdote? Ha pasado un gran rato. El sacerdote tam ­ bién es poeta. Se sienta cabe la tumba. Saca un cuaderno y un lápiz. Escribe sus hondos sentires, su grave pensar, en traza de versos.


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En la losa que cubre al cadáver escribo estos versos...

El sacerdote hace una pausa. Se le agolpan los tiernos sentires. Le trastorna la intensa fluidez con que vienen las ideas a su pen­ samiento. Recuerda lo que vio en su muerte, en la muerte del poeta: y al través de parduzcas paredes yo percibo los flébiles ecos del solemne cantar funerario que, isócrono y lento, va llenando los ojos de lágrim as, va llenando de som bras el templo.

Luego, recuerda la obra, las rimas, los cantos del poeta muerto. El buen sacerdote escribe pausadamente, con sosiego. Frúe, pala­ bra a palabra, los renglones desiguales que la mano serena va es­ cribiendo. Habla con el poeta que tiene la carne bajo el sepulcro. Le dice: R im ador del decir castellano, tus estrofas triunfantes vertieron el aroma del trigo encerado y e l áspero brezo. El gañán que ara y canta en el surco y la alondra que pica el barbecho, la planicie callada que extiende m anto gris con el fondo de cielo, te m ostraron sus dulces caricias, sus hondos misterios. Con tu m uerte rom pióse la lira que agitó los sentires de un pueblo y la sangre que lleva una raza ya no late con ritm o soberbio. ¡Ay de m i Castilla que llora en silencio quejum brosos sones de la lira rota, doloridos ayes del poeta muerto!

El buen sacerdote anda abstraído, encerrado en sí. N o se aper­ cibe de lo que le circunda. N o ve acercarse a un pobre jurdano, humilde, cohibido, mal trajeado. Quién era, lo que hizo el jurdano nos lo dice el buen sacerdote en sus versos: A la losa que cubre el cadáver se agarra, gimiendo, el jurdano que hogaño en la siega

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tuvo pan y cariños tan tiernos, que no acierta a expresar oon la boca, aunque sabe sentir con el pecho. Y me dice con voz quejumbrosa: —¡Ay, señol, don José mos s‘a muertu! H ogañazu, ni comu a su vera, ni sus m iesis siegu; ajuyó toítu aquellu pa siempri: er pan del inviernu, las cosinas tan durcis que icía pa siem pri se juerun. ¿No lo sabi el señol, no lo sabi? ¡Ay, señol, don José mos s‘a muertu! Y sus ojos hundió entre la tierra y sus m anos cruzó sobre el pecho y escapóse la hum ilde plegaria de sus labios fervientes y trémulos. Con la fiebre del alm a en los ojos, con la fiebre del ham bre en el cuerpo, el jurdano que hogaño en la siega tuvo pan y cariños tan tiernos, abandona la triste morada, llorando en silencio. En la losa que cubre al cadáver se oyeron dos ruegos: es el mío, que lloran las musas; es el suyo, que lloran los buenos.

El sacerdote ha terminado sus versos. Ha puesto en el cuader­ no: Cementerio de Guijo de Granadilla, 19 de enero de 1905. El sacerdote ha puesto su firma: José Polo Benito. Después, paso tras paso, lentamente, tristemente, se va alejando del cementerio. * * * Pasan los años. Este buen sacerdote vive en Toledo. Es la n o ­ che del 23 de agosto de 1936. Junto a la fuente del Salobre ha so­ nado una descarga. El plomo de fusilería, de ametralladoras, por odio de Cristo, segó la vida, cortó la palabra de este buen sacer­ dote, que hacía versos, en sus años mozos, en la soledad de un humilde cementerio. El mismo plomo segó la vida, cortó la pala­ bra de otros mártires de C risto—más de cincuenta sacerdotes e n ­ tre ellos—: sus almas, tenues, suaves, purísimas, volaron al cielo. Pero hoy, en homenaje al poeta, no vendrá este sacerdote junto a la tumba, para hacer versos. (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, abril de 1955.)


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II UN

CANTOR

ANALFABETO

Corre el año 1905. Es el día 6 de enero. En Guijo de Granadi­ lla, ha muerto el poeta; el poeta de Castilla, de Extremadura. Al­ tos y bajos, hombres de letras y gentes sin ellas, en las ciudades, en los lugares, en las aldeas, hablan de su muerte; sienten oprimi­ do el corazón, cuando saben que ha muerto el poeta. Algunos ignoran su nombre: José María Gabriel y Galán; todos saben de corrido los cantos del poeta. Estos cantos que aprisionaron el alma de Extremadura, de Castilla; que en bellas estrofas dicen los sentires hondos, ingenuos, transcendentes de un pueblo que cree, labora y canta; sin retóricas, sin artificio, con alma, con sentimien­ to, con llaneza. En los funerales de este poeta, ha sonado, dulcemente, con unción, con amor, con lloros muy sentidos en el orador y en los que le oían, la voz de un obispo: don Francisco Jarrín y Moro, obispo de Plasencia. Hoy, cincuenta años más tarde, los viejecitos del Guijo, los que gozaron la presencia del poeta, los que sintie­ ron el vacío de su muerte, recuerdan con voz trémula, con suave añoranza, las cosas que dijo aquel buen obispo de Plasencia; aquel buen obispo enamorado de toda virtud, aficionado a gozar la plá­ cida hermosura que puso Dios en el mundo, las íntimas bellezas que adornan a las almas buenas. La noche del mundo, ciega y triste, tendió su manto sobre los restos fríos en que moró el alma del poeta. La eterna mansión de la luz recibió su espíritu a la nueva, a la auténtica vida, que no tiene fin. La historia grabó su nom bre entre los varones descollan­ tes que fueron hitos de la humanidad. La frivolidad, la ambición de lujos, vanidades, goces y falsa nombradía, sigue arañando con garfios crueles el corazón, sangrante y entristecido, de los inquie­

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tos mortales. La obra del poeta... ¡ah, la musa discreta, sencilla, pudorosa, esconde sus cantos en la besana, en los sotos, en las lla­ nuras, en las apartadas alquerías, en los campos serenos de la an­ cha Castilla, de la recia Extremadura, en las brumosas lejanías que mueren en sedantes y onduladas lontananzas! Aquí la guardan los buenos labriegos en el cogollo de su alma. Ya han pasado algunos días desde que murió el poeta. En h u ­ milde cementerio, su cuerpo va trocándose e n podredum bre. Su espíritu remontó al cielo. Las plumas de los más altos ingenios an­ dan afanosas voceando su nom bre con fama trom petera. Cierto día áspero, con céfiros silbadores, en Béjar, monta en el tren el obispo de Plasencia, el de la voz melodiosa, el de profundos deci­ res, el de encendidos sentimientos, que desgarró la emoción de su alma en los funerales del poeta. Le acompaña su secietario, el ca­ nónigo don José Polo Benito, que, luego, murió teñido en su p ro ­ pia sangre, por admirar, por tener los mismos ideales, los mis­ mos sentimientos del poeta. En el mismo departamento viaja el escritor de mérito don Rufino Blanco Belmonte. El tren, con indi­ ferencia, con monotonía, con metálico zumbido, con perenne t r a ­ queteo, va surcando los campos de la Alta Extremadura. El obis­ po, su secretario y el escritor de mérito hablan del poeta. Se a pro­ ximan a los campos que inspiraron a su musa; donde pasó los días más fecundos de su existencia. Don Rufino Blanco Belmonte recuerda, en visión amorosa, e m o ­ cionada, la figura del poeta: enjuto de carnes; sencillo en el gesto; mostacho hirsuto; de mirar dulce, penetrante, sereno; de aspecto algo tímido, fruto de su buena discreción; de rostro pálido, de in­ tensa palidez, donde espejeaba el mal que le llevó al sepulcro. Re­ cuerda el triunfo unánime, clamoroso, efusivo, que logró el poeta en el Ateneo de Madrid. Allí, la emoción subió a tal punto que, entre vítores, sollozos y aplausos, el público parecía haber roto el dique de la compostura y todos andaban cual hombres sin sesos. Entre el desconcertante embelesamiento, dominaba, serena, ente­ ra, la voz del poeta: un nervioso temblor en los labios delataba su emoción; pero esta emoción no rompía su entereza. La velada t o ­ ca a su fin. Rompen el aire las sublimes estrofas de «Fecundidad». Los aplausos interrumpen al poeta; los aplausos le obligan a per­ manecer varios minutos con la cabeza inclinada, en gesto agrade­ cido. AI erguirse, siente el poeta fuego de calentura, tiene en los ojos extraño brillo, hiriente resplandor; dos lágrimas se despren­ den de sus pupilas, bañan sus mejillas encendidas; al caer al suelo, estas dos lágrimas parecen dos gotas de luz. —La velada terminó en un sollozo—afirma, evoca don Rufino Blanco Belmonte—. Los próceres de las letras reconocieron el triunfo apoteósico. —Ese triunfo —dice el obispo— lo había ya obtenido en el al­ 13


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ma de los gañanes y pastores, rudos y montaraces. Hasta los anal­ fabetos saben y repiten de memoria las poesías de su cantor. Don Rufino Blanco Belmonte escucha al buen obispo. N o le contradice, pero en el gesto insinúa que no será para tanto, que el amor, el entusiasmo del obispo, ponen en sus palabras algo de exageración. El obispo comprende el gesto de don Rufino; el obis­ po sonríe... En el pasillo del tren, viaja un rudo mocetón. Va en pie. C o n ­ templa por la ventana la serenidad de los campos. Viste chaqueta parda. Lleva en la cintura ancho cinturón de cuero. Del hom bro, cuelgan las alforjas. Un sombrero desvaído le cubre la cabeza. Su rostro es, a la vez, fiero como un desafío, rudo como un gañán, dulce cual flor de espino. Se llama Juan. Es de la Oliva. No sabe de números ni de letras. Le dice el obispo: —¿Quieres echarnos alguna relación de coplas bonitas? —Si es que ustés gustan... a mandar—contesta el labriego. Y el mocetón, cachazudamente, con la mayor simpleza y natu­ ralidad, suelta las alforjas; se quita el sombrero; entre sus dedos, con fuerza, con nervio, estrecha sus alas; mira con fijeza, sin te­ mor, sin azoramiento, al obispo, al secretario y al señor que les acompaña. El obispo sonríe, satisfecho: él bien conoce la hondura en el sentir que encierra la tosca apariencia en la gente de labran­ za; a los mismos jui danos escuchó muchas veces echar las cancio­ nes del poeta en su fabla nativa. Sonríe el obispo al ver al m ozue­ lo. Sonríe también don Rufino Blanco Belmonte; pero sonríe por­ que espera escuchar alguna bobada. El mocetón pone como en el vacío su mirar. Se aprecia extra­ ño cambio en la expresión. Sus dedos agarrotan las alas del pálido sombrero. Con voz desgarrada, insinuante como una invitación, tremenda como un rugido, empieza a declamar: Seflol jues, pasi usté más alan ti y que entrin tos ésos; no le dé a usté ansia; no le dé a usté mieo... Si venís antiayel a afligila, sos tum bo a la puerta. ¡Perú ya s‘a muertu!

El buen obispo de Plasencia sonríe, satisfecho. El semblante de don Rufino Blanco Belmonte va adquiriendo gravedad, emoción. El secretario del obispo, don José Polo Benito, se deleita con los finos matices que pone el mozuelo en su recitar... Juan, el de la Oliva, termina «El embargo», entona «Los pasto­ res de mi abuelo», recita las quintillas de «Castellana»... La cara de don Rufino ya no muestra gravedad ni emoción; aquella ruda maravilla ha dislocado su gesto, tiene cara de espanto... En verdad,

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son espantables las dos lágrimas que brillan en las mejillas de aquel hom bre montaraz, lágrimas auténticas, lágrimas que al caer—como en el Ateneo de M adrid—parecen dos gotas de luz... En la gar­ ganta del mozuelo se quiebra la voz. Dice, como en susurro, en­ trecortado de sollozos: —Señol obispu, no pué unu pol menú... ¡Son tan jondas y tan sentías las coplas e don José!... ¡Y cuandu unu piensa que ya s'a mueltu! (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, abril de 1955).


T R A S U N T O S MUS I CA L E S (OrganerĂ­a placentina y otras inquietudes)


I

I

LOS

ORGANOS

DE

LA

CATEDRAL

PLACENTINA

Siempre tuvo la catedral placentina buena música de organería, cantores graves de voz concertada y mozos de coro que ha­ cían de tiples en las obras de contrapunto y entonaban las salmo­ dias, antífonas e himnos en las horas divinales. La música de la ca­ tedral suspendía el ánimo, levantaba el espíritu hacia Dios y era mina de regocijo perpetuo en el oído. Ya el papa Inocencio IV, en el estatuto fundacional de esta igle­ sia, aprobado en Asís el día 29 de mayo de 1254, dice que «al ofi­ cio de chantre pertenece disponer el coro e introducir en él a los beneméritos e idóneos..., para lo cual examine diligentemente a los que ha de admitir: en primer lugar, acerca de las costumbres; en segundo, acerca de su nacimiento; en tercero, acerca de la com ­ petente instrucción, así en la lectura como en el canto. Y no admi­ ta a nadie en el coro, si en esta forma no fuere hallado idóneo». La pitanza era larga, por ser la renta cuantiosa. La selección, en costumbres, nacimiento y arte, afinada. El resultado, una maravilla. Los órganos de la catedral vieja se hallaban en el trascoro. Así los describe, en el siglo XV, el racionero don Juan de Varajas, que manda ciertos responsos sobre su enterramiento, en el trascoro, «a raíz de una pared donde están unos órganos a mano derecha». Estos órganos tenían buenos tañedores. Había en la ciudad o r ­ ganeros de crédito. El más antiguo de que hallamos noticia es Juan González, maestro organero, que, en 1425, fue testigo en la es­ critura de venta del «Arenalejo» (1). Hasta los moros se habían me­ tí) Sobre esta finca del «Arenalejo», véase, en este volumen, el trasun­ to de «Las m onjas de Santa Clara», cap. V.


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tido a componer órganos; en 1434, el moro Amat, organero y teje­ dor, tenía en la plaza su morada, en arriendo, en el portal del Pan. Don Diego de Jerez, ilustre deán placentino, fue gran aficiona­ do a gozar de toda hermosura. Com o deán, presidía el cabildo y se ocupó siempre en aderezar bien los órganos. En 28 de marzo de 1500, el cabildo encargó a don Enrique de Guzmán, tesorero y m ayordom o de la fábrica, y a otros visitadores, que se ocupen en hacer afinar los órganos y cuiden de que sean bien compuestos: los arregló el maestro Cristóbal Cortejo. Pero don Diego, el deán, no está satisfecho. Quiere mayor es­ plendor en el culto divino y, pues las rentas del cabildo lo permi­ ten, propuso, y así se acordó, en febrero de 1503, escribir e ilumi­ nar los libros corales, reparar y mejorar los órganos viejos y hacer otro nuevo de la mejor traza entonces conocida. Se encomendó este cuidado nada menos que a un consejero de los Reyes Católi­ cos y canónigo de esta iglesia catedral, al licenciado don Juan Ló­ pez del Barco. El maestro Cristóbal Cortejo había hecho ya lucidos trabajos de organería a satisfacción del cabildo. El se encargó de reparar los viejos y construyó uno nuevo en el que agotó su ciencia y maestría en el oficio. Importó el órgano nuevo 40.000 maravedíes. El maestro organero Cristóbal Cortejo llegó a ser famoso en todo el reino. Hizo los órganos de Coria y otros muchos en la provin­ cia de Extremadura. Los que se conservan, son la admiración de nuestros días. Los organistas de la catedral, en tiempos de don Diego de Jerez, se llamaban Andrés Martín y un tal Francisco. Ellos tocaron en las famosas y extrañas exequias de este deán. Don Gómez de Jerez, que era hijo de don Diego de Jerez y por resignación suya ocupó el deanato, heredó el buen gusto por la música y puso desvelo en atender a los órganos y a la cantona. El rño 1522, volvió a Plasencia el organero Cristóbal Cortejo, ya casi anciano y en la cumbre de su fama. Don Gómez propuso al cabildo aprovechar la estancia en Plasencia del famoso organero: se encomendó a don Hernando de Villalva, racionero, mayordomo de la fábrica y deudo del simpar coronel don Cristóbal, el arreglo y perfecta afinación de los órganos. Nadie en ello igualaba al maestro Cortejo, por la experiencia en el oficio, por la finura en el oído, por el amor a su arte. Hizo con esmero su trabajo—el órga­ no nuevo era obra de sus m anos—: los teclados, fuelles, registros y tono quedaron listos para muchos años, mientras duró aquel siglo. Las obras de la nueva catedral iban muy adelantadas. A sus tiempos, trajeron de la vieja ciertos altares para el culto, el sagra­ rio, la sillería del coro y los órganos. Los dos viejos se pusieron a los lados del coro, uno a la derecha, otro a la izquierda. El nuevo se instaló sobre la puerta que da al oriente, en una armazón y so­

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p o rte de gran hermosura y bien aderezada con motivos referentes al arte musical. (Allí luce su donaire en piedra el tamborilero de la Alta Extremadura). Tenía ya la iglesia un realejo u órgano p o r ­ tátil, para llevarlo a las parroquias, conventos y ermitas, cuando a ellas asistía el cabildo. (Ignoramos quién construyó el realejo, pero hay sospechas de que éste y el que había en Yuste, conservado hoy en el Escorial, serían obra del maestro Cristóbal Cortejo). El organero Melchor de T ovar fue el que, en 1600, trasladó los órganos de la catedral vieja a la nueva, hizo su instalación y los restauró de manera que parecían nuevos. Sólo debían parecerlo, porque, en 1604, se abonó 8.000 maravedíes al maestro Juan Francisco Fabri por las restauraciones hechas en los tres órganos. Vivía este organero en Plasencia y tuvo m ucho tiempo a su cargo el arreglo y afinación de los órganos por el sueldo anual de 10.000 maravedíes. Así, el cabildo se liberó de este cuidado y la música de organería siempre estaba en su punto. El año 1651—había ya muerto el organero Juan Francisco Fa­ bri—abona el cabildo al |maestro Salazar 5.000 reales, precio con­ venido, por su trabajo en restaurar los órganos y afinar el realejo. El órgano grande fue ampliado con «nuevas diferencias». Seguía el arte de la música gozando en Plasencia su antiguo esplendor. T u v o la iglesia maestros de capilla con mucho renom­ bre. Tal, don Gregorio de Salinas, compositor eximio, que ejerció su oficio muchos años en la catedral, y al morir en 1672, dejó una rica colección de obras originales para el servicio de la iglesia. Años más tarde, los órganos estaban ya muy acabados por su antigüedad y por el uso continuo en el correr de dos siglos. T o d o eran arreglos, afinamientos y restauraciones. En 1675, el maestro Alonso Chavarrías los compuso en cuanto pudo. Cada vez nece­ sitaban más frecuentes composturas, pero cada vez andaba el ca­ bildo más entrado en deudas por las obras de la nueva catedral. En tiempos del obispo don fray José Jiménez Samaniego, ser­ vían los órganos malamente al oficio divino. Era un descoro para la iglesia. Este prelado buscó el remedio y, para aliviar a la fábrica en sus cuantiosos gastos, mandó construir a su costa un órgano grande y con todas las perfecciones que se conocían en la materia. Se buscó un organero entendido: pensaron en fray Domingo Aguirre, franciscano, que gozaba de mucho crédito. H ubo dificul­ tades en que viniera este religioso, porque estaba com prom etido a construir uno en el convento de San Francisco de Valladolid y otro en la capilla de los sepulcros de los reyes de Aragón. Se recu­ rrió al ministro general de la orden y, tras muchas recomendacio­ nes y súplicas, vino a Plasencia fray Domingo. Empezó su tarea con dos oficiales que trajo de Salamanca, ayudado en la carpintería por los maestros Antonio M oriano, Juan Lidmendi y Tom ás Audmendi, que hicieron la caja interior y


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exterior. No habían com puesto la tercera parte, cuando un sába­ do, a 14 de junio de 1692, murió el obispo. El organero francisca­ no trató de irse, alegando la urgencia de otros compromisos y receloso de que el pago de su obra cayera en manos de testamen­ tarios. Pero el cabildo, satisfecho de sus trabajos meritorios, acor­ dó suplir lo necesario. Fray Domingo prosiguió en su tarea. A los dos años, el 3 de julio de 1694, compareció ente el cabil­ do y manifestó que el órgano grande se había concluido. Pero sur­ gía una dificultad: el órgano era del «nuevo sistema», tenía gran­ diosas «diferencias»; los organistas de la catedral ignoraban las nuevas combinaciones de fondos graves, registros puros de celes­ tes gamas, dulces flautados, armoniosos casamientos de las octa­ vas. Dijo fray Domingo que él conocía a tres músicos capaces de tocar el nuevo órgano: Sebastián de Landa y Eraso, de Tafalla; José de Celumendi, de Soria; Pedro San Martín de la Calle, de Medina del Campo. El cabildo les requirió a examen: ganó la plaza Sebastián de Landa y Eraso, con la asignación anual de 300 duca­ dos (3.300 reales) y 36 fanegas de trigo. Gran sueldo por aquel entonces. Causó regocijo a todos la maravilla del órgano. Las gentes acu­ dían a los oficios para escuchar el arte de Sebastián de Landa. Pero fray Domingo Aguirre, el aplaudido organero, veía, a su pe­ sar, que el tiempo de la paga iba tardando, según él receló. El 13 de mayo de 1695, decía en una petición que, estando completa­ mente terminado el órgano con «algo más de lo ofrecido al difun­ to señor obispo Jiménez Samaniego», suplicaba al cabildo «señala­ se una tarde para oir las diferencias» y que los expolistas del obispo le pagasen los 5.000 reales de alcance, que los necesitaba. Por fin, cobró su trabajo. Al año siguiente, vino fray Domingo Aguirre a Plasencia, para afinar los dos órganos que estaban sobre el coro y el realejo. Le pagaron 4.000 reales, de manera que se fue contento. Volvió pronto: el cabildo, a fuerza de súplicas, obtuvo del comisario general de la orden—sin embargo de los continuos re­ querimientos que por doquier llegaban al organero franciscano— que fray Domingo Aguirre viniese a Plasencia, para construir de nuevo el órgano que estaba sobre el coro, a la mano derecha. Un sábado, a 10 de noviembre de 1696, le entregaron 1.000 reales a cuenta y el organero empezó su obra. Antes de un año, fray Domingo manifestaba al cabildo que el órgano nuevo se había concluido y el órgano grande sobre la puer­ ta de oriente quedaba afinado para mucho tiempo «con régimen para distribuir las mixturas». Los organistas—entre ellos el famoso Sebastián de Landa—informaron que habían reconocido, experi­ mentado y cotejado el órgano y que «tenía mejoras de muchas ventajas y perfección».

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Para dorar y jaspear la caja exterior, se hizo una colecta: don Diego de Araoz, deán, aportó 200 reales; don Alonso de Villalva, arcediano de Plasencia, 100; don Diego Fermín de Balarza, arcediano de Trujillo, 100; don Juan de la Flor, 100; don José Blanco, doctoral, 50; don José Santos, 50; don Hipólito de T r u ­ jillo, 50; don Diego González, racionero, 30. Para la construcción del órgano se habían recaudado 3.060 reales de limosna. Le doró y jaspeó el maestro Alonso de Paredes, que dio fin a su trabajo el 16 de noviembre de 1697. De lo antiguo ya sólo quedaba el órgano puesto a la izquierda del coro. Don Juan Gómez del Aguila, arcediano de Medellín, se ofreció a construirle por su cuenta. La caja interior se ajustó con el organero que vino de Malpartida. Lo demás, con Manuel de la Viña, también organero, vecino de Salamanca y discípulo de fray Domingo de Aguirre, que prometió hacer un órgano igual en un to d o al que estaba frontero, aprovechando los materiares del vie­ jo. La obra duró más de lo convenido, porque Manuel de la Viña sufrió malignas tercianas. Un miércoles, 15 de junio de 1701, q u e ­ dó listo el nuevo órgano. Importó 700 ducados. Los organistas— era ya organista primero el licenciado don Lucas Rodríguez, pres­ bítero—hicieron el más cumplido elogio del nuevo órgano, que no desmerecía del construido por el maestro franciscano. T a m ­ bién se restauraron algunas imágenes que se habían desprendido del órgano grande. Hechos ya de nuevo y con toda perfección los tres órganos de la catedral, sólo restaba tener a punto los libros de cantoría. Para restaurarlos y ampliarlos, vino de Yuste fray Alonso de la T orre, muy ducho en este oficio. D urante el XVIII, apenas necesitaron afinación ni compostura los órganos catedralicios. En 1777, vino un organero de Madrid pa­ ra afinar y componer los cuatro órganos. C obró por su trabajo 35.000 reales. El año 1887, se hizo en ellos reparación de importancia. Enton­ ces, el maestro organero Marcial Rodríguez, natural y vecino de Avila, restauró y puso nuevo fuelle al órgano grande; modificó y perfeccionó el que estaba a la derecha del coro; afinó el de la izquierda. Su trabajo importó 28.800 reales. El realejo apenas se usaba, por andar muy consumido. (Aunque viejo, todavía se con­ serva, como reliquia, en la catedral). En nuestro siglo... mejor es no hablar. Organeros sin concien* cia...— ¡bendigamos la memoria de Juan González, del moro Amat, de Cristóbal Cortejo, de Melchor de Tovar, de Juan Francisco Fabri, del maestro Salazar, de Alonso Chavarrías, de fray Domin­ go Aguirre, de Manuel de la Viña, de Marcial Rodríguez..., viejos organeros, honrados en su oficio, porque honradamente hicieron


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sus obras de organería en nuestra catedral!—; organeros sin con­ ciencia, en nuestro siglo, engañaron al cabildo—no es su oficio en­ tender de organería—y, so pretexto de instalar uno m oderno a la derecha del coro, desmantelaron y se llevaron la tubería de los órganos viejos, espléndida, inigualable en la pureza de sus timbres, cual ya no se construyen. Por ventura, ha pocos años, el cabildo, con buen gusto, con sentido histórico, ha vuelto el órgano grande sobre la puerta de oriente a su traza primera, con fuelles y consola eléctrica. Pero las tuberías de los antiguos—las que se llevaron—grandiosas, con aleaciones sin mácula, que durante siglos loaron a Dios en los ofi­ cios divinos, andarán fundidas y empleadas en más bajos menes­ teres: a todo da lugar el ansia materialista de nuestros días. De los otros órganos que había en Plasencia, sólo el de San Francisco aguantaba comparación y acaso excedía en méritos a los tres de la catedral. Era obra del maestro Benito Vaquero. (Cuando mediaba el siglo XIX, arreciaron los aires masónicos que entraron por Gibraltar y pasaron al antro que floreció en Ma­ drid, en la calle de San Bernardo. Se dieron maña a que un hom ­ bre sin seso, Mendizábal, bien graduado en las logias, manchase el honor de España ocupando su gobierno. Ruin pelele, manejado por «hermanos triangulares» y sumiso a los «consejos» que venían de Gran Bretaña, dispuso el sacrilegio de la desamortización). Los religiosos del convento de San Francisco, en Plasencia, fue­ ron exclaustrados: allí quedó el órgano, al arbitrio de gente vil y agamberrada, que arrancaron el marfil del teclado y los juegos de trompetería, para regocijo de pequeñuelos en los arrabales de la ciudad. El cura de San Esteban, don Manuel Gabriel de León, obtuvo licencia para llevar el órgano a su iglesia parroquial. Mucho goza­ ron con ello los buenos placentinos y, generosos, contribuyeron al traslado: Vicente Sánchez, maestro armero, trabajó en los re­ gistros y fuelles; Bernabé Ovejero, ebanista, recompuso el arma­ zón; fray Juan Muñoz, lego dominico del convento de San Vicen­ te, puso los registros y concertó las tuberías. Salvaron gran parte del valioso instrumento. T odos hicieron su trabajo gratuitamente, por amor a Dios. El día de Santiago, 25 de julio de 1838, se cantó en San Esteban la primera misa con acompañamiento de órgano. La tocó el lego dominico fray Juan Muñoz. Los conventos e iglesias placentinas conservan órganos del vie­ jo sistema; buenos, aunque no comparables a los viejos de la cate­ dral ni al de San Francisco. Los teclados, fuelles, registros y me­ canismo interno para distribución del aire, pueden y deben m o­ dernizarse. Pero... ¡ojo con los juegos de tubos, con el dorado e x ­ terior, que son excelentes!: no venga algún organero con labia, saque los dineros, se lleve los viejos tubos y, en trueco, deje o r ­

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ganillos rutilantes de purpurina vistosa, que pronto se convierten en sonajeros de lata.

Añadimiento Los órganos de las otras iglesias y conventos placentinos tie ­ nen menor importancia que los de la catedral y el de San Francis­ co. Puestos a hablar de organería, consignaremos las breves n o ti­ cias que sobre estos órganos humildes hemos allegado. En el convento de San Vicente, a finales del siglo XV, se instaló un órgano de poco mérito. Francisco y Pedro iMaría Ramos de Collazos, en su obra manuscrita. «Noticias particulares de lo que va sucediendo en Plasencia», tratando del año 1756, dicen: «Este año, se hizo el órgano en el convento de San Vicente, siendo prior el padre fray Sebastián Marcos, hijo de este convento. Y antes había en el mismo sitio otro muy tosco y de mal sonido. Le hizo éste don Francisco Yustas (maestro de mucha fama); y la caja, Francisco Gómez de Aguilar. Le doró Alfonso de San Juan. T u v o to d o de costa 30.000 reales». Aún perdura este órgano en la igle­ sia de San Vicente. Sobre el órgano en la ermita de la Salud, los dichos Collazos, refiriéndose a! año 1760, escriben: «En este año, se hizo el órgano en la capilla de la Virgen de la Salud, con las limosnas de los pla­ centinos ausentes. Costó 3.600 reales, sin el dorado. (Más adelan­ te, dice que fueron 4.600 reales. Luego el dorado costaría 1.000 reales). T o d o consta de las cartas archivadas en dicha capilla y en los libros de acuerdos». Sobre la iglesia de San Nicolás, dicen los mismos Collazos que, en el año 1764, «se hizo en la parroquial de San Nicolás un órga­ no, para culto y veneración de Nuestra Señora de los Remedios, a expensas de sus devotos; el que tuvo de costa más de 3.000 reales». El convento de San Ildefonso, desde su fundación en el siglo XV, tenía un órgano muy decente. A principios del siglo XIX, durante la guerra de la Independencia, el invasor francés ex­ claustró a las esposas de Cristo y ocupó el convento. El francés hizo del coro un depósito de armas. En los ratos de ocio, servía de juego, de chacota y regodeo a la soldadesca el órgano antiguo, de caja elegante, de gamas y registros con dulces armonías. Dejó el francés desmantelado el monasterio. Sintieron mucho las reli­ giosas los despojos. Más que todo sentían el no poder solemnizar con música de órgano las alabanzas de Dios. Muchas veces habla­ ron de estos sus pesares con don Miguel Blanco, capellán del con­ vento y del número en la iglesia catedral, beneficiado de San Mar­ tín. Sentía el buen capellán las penurias, las estrecheces, los cuida­


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d os de las monjas. Las dio muchos dineros para las más urgentes apreturas. También «hizo el órgano, que le costó 9.000 reales, dando la comunidad las maderas», dice un papel del archivo. Ya tenían órgano. Deseaban experta organista. Con este oficio vino de Zaragoza sor María Josefa del Pilar Viñes. Profesó en San Ilde­ fonso, sin dote ni otro gasto. Perduraba la costumbre de que las novicias que entendían de música, eran diestras en canto y en ta­ ñer el órgano u otro cualquier instrumento, se recibían sin dote ni gasto. Para el viaje de sor María Josefa, el capellán don Miguel Blanco aportó de su peculio otros 1.000 reales. ¡Cómo agradecie­ ron las monjas éstas y otras limosnas del piadoso capellán! T anto lo agradecieron que «la comunidad, en prueba de gratitud, se obli­ gó a rezar una vigilia todos los años por su alma»—consta en el archivo del convento—. Sor María Josefa del Pilar Viñes, la orga­ nista, tenía mucho donaire en su persona, muy lucido entendi­ miento, profunda, maciza, asentada humildad. Fue abadesa largos años. Mejoró las cosas del convento. En 1867, «se desmontó el órgano y se puso un registro nuevo; costó 810 reales». Ninguna otra noticia he allegado todavía sobre los órganos de las otras iglesias y conventos placentinos. (Publicado en «El Regional», de Plasencia, septiem bre de 1954)

II

EN

TORNO

A

MUSICAL

LA

SOCIEDAD

CACEREÑA

Es magnífica la tarea cultural que viene realizando la Jefatura del Movimiento. Múltiples son las facetas en que desenvuelve su actividad. Busca en todas la médula, el cogollo del alma extreme­ ña, del alma española, del alma de universales dimensiones, que p o r algo la Falange actúa siempre «sub specie aeternitatis», bajo el prisma de la eternidad, con hombres portadores de valores eternos. Ahonda en los sentires de nuestro pueblo, siembra en su espíritu la semilla fecunda de nobles quehaceres, recoge cosecha abundosa de entusiasmos, entregas de hombres selectos, horizon­ tes claros de política buena, honrada, eficiente. Luego, vienen m u ­ chas cosas de añadidura: publicaciones, conferencias, conciertos, asambleas, exposiciones, coloquios, obras terminadas... Odia la Falange la pedantería y fatuidad de las primeras pie­ dras, los proyectos no realizados, la palabrería utópica, el cicatero comadreo de los miopes. Quiere la F a la n g e obras, obras y más obras..., que ya lo dice el Evangelio: «por las obras les conoceréis». Una obra buena que viene realizando la Falange, es la atención que ha prestado, que presta, al arte musical. Los hombres de la Falange, las mujeres de la Falange, con amor, con entusiasmo, en silencio, sin prisas, sin pausas, han cruzado los caminos de Extre­ madura, del oriente al occidente, del septentrión al mediodía; ca­ minos duros, fatigosos, pero caminos alegres, de vario colorido, que llevan a una mansión placentera, deliciosa para el alma, gus­ tosa para el sentido, donde se guarda la inspiración ancestral de nuestro pueblo. De esta fuente tomaron sus cauces esos coros, esas danzas, esas rondallas que tiene la Falange, que han hecho los hombres, las mujeres de la Falange, con esfuerzo titánico,


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des cosas en este año, para hacer posibles sus proyectos, sus ilu­ siones, sus esperanzas. La ayuda que prestéis, será devuelta cen­ tuplicada en honra para la ciudad, para Extremadura.

Añadimiento Al día siguiente de aparecer este artículo, comentaba el diario «Extremadura»: «Uniéndonos a un ruego: hay que ayudar a la Sociedad Musi­ cal Cacereña. La pluma asentada y siempre constructiva de Sán­ chez Loro proponía ayer, en estas mismas columnas, la máxima atención para el arte musical en Cáceres. Concretamente, solicita­ ba ayuda para la Sociedad Musical constituida a fines divulgado­ res del divino arte, de la Diputación Provincial y del Ayuntamien­ to de la ciudad. La petición es justa. El móvil, simpático. La meta, eminentemente popular. Estimamos que tan ponderada sugestión encontrará eco adecuado en ambos organismos, cuyo amor a la cultura está bien patente en continuas y mentísimas obras y m e­ cenazgos. A la petición de nuestro colaborador sumamos la nues­ tra, porque entendemos la eficacia que la música envuelve en el corazón y en los gustos del pueblo». Desconsolador, muy lamentable es que haya tanto oído sordo a este llamamiento voceado por el diario «Extremadura». Como desde el periódico no lo escucharon, lo ponemos en este libro. Acaso, acaso... (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, octubre de 1954.)

III ESTEBAN

SANCHEZ

HERRERO

Tiene España una región de ejecutoria universal, descollante, sorprendente en las calidades de sus valores: Extremadura se lla­ ma esta región. En Extremadura, los valores hum anos—los de ayer y los de hoy— no están vinculados a una ciudad, a una villa, a una aldea. Cualquier lugarejo puede sorprendernos—habituada está la Historia Universal a estas sorpresas—; puede sorprendernos cualquier lugarejo, en‘uno de sus hijos, con la personalidad gigante de un literato, de un artista, de un político, de un santo, de un guerrero que agota en el mundo la capacidad de asombro. Q u e re ­ mos hoy divagar sobre uno de estos personajes, sobre un artista eximio. En la Alta Extremadura, se halla Plasencia; la perla del Valle; la ciudad del Jerte, el río gozoso; la que es placentera a Dios y grata a los hombres. Tiene Plasencia muchas cosas de buen ver, de re­ creación para los sentidos, de embeleso para el alma. Una de estas cosas, es su iglesia catedral. Fueron siempre famosas en esta cate­ dral las «danzas pulidas», la música de organería, las bien sonadas voces del coro bajo, el virtuosismo de sus ministriles. El maestro de capilla, concertador de la música en los oficios divinales de la catedral placentina, gozó siempre buena reputación por to d o el reino. Los hubo de mucho renombre: buenos concertistas; galanos compositores. Aún tienen los músicos de España, del mundo, pues­ tas sobre su cabeza las obras de los maestros concertadores en la catedral placentina. (Desplació, empero, a Carlos V el virtuosismo de un cantor placentino en la iglesia de Yuste: tanto virtuosismo, tan rigurosa perfección, picaba en mundaneo, en frivolidad, en amaneramiento, a juicio del Emperador del mundo; se excedió un poco el cantor buscando galas que lucir).


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N o ha muchos años, tenía Plasencia en su catedral un buen maestro de capilla. Destacaba este maestro en el arte de organería; dominó los secretos del piano siendo muy mozo; adquirió el difí­ cil arte de enseñar: García Matos, el padre Mancha y tantos o tro s pregonan su maestría. Se llama este maestro de capilla don Joaquín Sánchez; es buen clérigo; buen teólogo; tiene el genio algo subido; piensan algunos que sus músicas llegarán a ponerle el juicio decen­ tado. P e r o d o n Joaquín no hace caso de estas parlerías. Sigue don Joaquín con sus músicas, con sus sueños, con sus tocatas. Todas las mañanas, al romper el día, sale don Joaquín de su morada; se dirige a la iglesia; celebra la misa primera. Aún no ha salido el sol y sale ya don Joaquín de celebrar la misa de alba. T o d o s los días, en la quietud matinal, pasea don Joaquín por el alfoz de la ciudad. Frúe la pureza del aire, admira los matices en los colores que tiene el alfoz, las ondulaciones de la campiña, el añil del cielo, las nubecillas, tenues o graves, ágiles o pesadas, que cruzan el firmamento. Y don Joaquín torna con el alma impregna­ da de infinita hermosura, de etéreas ensoñaciones, de extrañas fantasías. Esta hermosura, estas ensoñaciones, estas fantasías, don Joaquín las hace sonido en las teclas blancas y negras de su piano, un día y otro día. N o puede vivir don Joaquín sin este diario en­ trenamiento. Luego, un día y otro día, va don Joaquín a la cate­ dral, a tocar el órgano en los oficios divinales. En la catedral, en los oficios divinales, un día y otro día, indefectiblemente, goza don Joaquín de la misma emoción: en la misa mayor, cuando el sacerdote alza la Hostia, las dignidades, los canónigos, los benefi­ ciados, los otros clérigos, los sacristanes, el pueblo devoto, están de rodillas; todos postrados de hinojos, menos don Joaquín que, sentado ante el órgano, desgrana en notas suaves, en melodías de ensueño, en acordes tembladores, trémulos, insinuartes o atercio­ pelados, con las múltiples gamas y diferencias de timbres bien concertadas que arranca a los tubos dispares; desgrana don J o a ­ quín la infinita ternura que guarda en su alma, en loa del Altísimo. Así, un día y otro día, se emociona don Joaquín, mientras toca, sentado, en la presencia de Dios. Así, un día y otro día, siente don Joaquín la misma emoción. Don Joaquín tiene un sobrino. Se llama Esteban Sánchez el sobrino de don Joaquín. Pasa largas temporadas este sobrino en Plasencia, en casa de don Joaquín. Tiene el sobrino voladora fan­ tasía; reciedumbre, tesón, coraje, en la voluntad; comprensión, claridad, hondura, en su entendimiento; terneza, sensibilidad, fer­ vores incontenibles, en su corazón. Y este sobrino, día a día, va acariciando las teclas blancas y negras bajo la pauta de don Joa­ quín. Muchos días, el sobrino va con el tío a la catedral, Allí, 'en la catedral en los oficios divinales, veía el sobrino al tío, sentado ante el órgano, desgranar su alma en los sones concertados que

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arrancaba a los tubos dispares: esta era su más fecunda lección. Esteban Sánchez, el sobrino de don Joaquín, no ha nacido en Plasencia. Ha nacido en la Baja Extremadura, en la provincia de Badajoz, hacia la parte de oriente. Aquí, por estos andurriales, el mayorazgo de un linaje trujillano tuvo ciertos vasallos en una pin­ güe heredad. La heredad y el poblado tom ó el nom bre del señor: Orellana. Aquí nació Esteban Sánchez. Un vástago segundón del linaje Orellana, desde Trujillo, sien­ do mozo tierno, salió a ver mundo, a probar su ventura en incier­ ta aventura. Este vástago segundón, Francisco de Orellana, sintió que era pequeño el mundo para la soñada aventura: conquistó el Amazonas; ensanchó el mundo. Esteban Sánchez sintió también ganas de ver mundo, de probar su ventura en la aventura del arte. Esteban Sánchez, el sobrino de don Joaquín, siendo mozo tier­ no—hoy tiene 20 años—ha encontrado pequeño el m undo para el genio de su arte. Del primer salto, de aprendiz, se ha trocado en hito culminador. Esteban Sánchez ha ganado un puesto... Cortemos aquí. Tengo miedo a los ditirambos, que suelen caer en fruslerías. De Esteban Sánchez, el sobrino de don Joaquín, decía Aloys Mooser, en «La Suisse», de Ginebra, el 18 de noviembre de 1954: «España nos asombra: hace algunas semanas, Andrés Segovia; ayer, Ataúlfo Argenta; hoy, Esteban Sánchez Herrero. Dichosa la nación que, en estos tiempos de casi universal agotamiento, puede per­ mitirse el lujo de enviar artistas de una tan excepcional calidad». España descubrió, conquistó, civilizó, cristianizó al nuevo m un­ do. Ya no hay en la tierra otro m undo nuevo que conquistar. Sin embargo, España está hoy empeñada en la conquista de otro m un­ do; del m undo del espíritu, del arte, de la cultura; del mundo de las almas para Dios. Y en esta conquista, Esteban Sánchez, el so­ brino de don Joaquín, es un grande, un descomunal conquistador.

Añadimiento Esteban Sánchez Herrero dio un concierto en Cáceres el día 13 de noviembre de 1955. El éxito fue rotundo, apoteósico. En el programa del concierto pusimos esta semblanza sucinta: «Nació en Orellana la Vieja (Badajoz), el día 25 de abril de 1934. Cursó sus estudios en el Conservatorio de Madrid, en la clase de la profesora Julia Parody. Ultimamente, hizo estudios de perfeccionamiento en la academia de Santa Cecilia, de Roma, en la cátedra de Carlos Zecchi. En pocos años ha acumulado los si­ guientes premios: en Madrid, primer premio por unanimidad, pre­ mio extraordinario y premio de música de cámara, del Conserva­


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torio, premio «Aunós» del Círculo de Bellas Artes, y «Masaveu»; diploma en el concurso «Marguerite Long», de París; «Bussoni», en el concurso internacional de Bolzano, en Italia; «Dinu Sipatti», de Londres; y primer premio en el concurso internacional «Casella», de Nápoles. Ha actuado en las principales ciudades de la Europa occidental, siempre con éxitos señalados de publico y crítica. De Esteban Sánchez se ha dicho que es un producto de la naturaleza. Ese instinto hacia la música, que con claras transparencias se le hace notar, quizá no hubiese pasado al plano del triunfo, si no hubiese sido apoyado en una línea vocacional recta. Instinto m u­ sical, vocación, temperamento y una férrea voluntad de triunfar, han sido los elementos que, bien conjugados por él y sus maes­ tros, han alumbrado al portentoso artista que Esteban Sánchez es hoy». ¿Hay quien dé más a los veinte años? (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, febrero-marzo de 1955)

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IV LOS

COROS

PLACENTINOS

En la zona de la Alta Extremadura allende el Tajo, por su his­ toria, tradición, cultura, belleza y galas de lucimiento, destacó an­ taño, sobre las demás, Plasencia. Entre otras lindezas, ha tenido y tiene esta ciudad un garbo y extraño donaire para calar hondo en el alma del pueblo, para sacar de entre las gentes los más delica­ dos matices de su forma de ser y plasmarlos en instituciones de relieve, de prestancia, de honra y gloria para la ciudad, para Espa­ ña, para el mundo. De antiguo—y mucho se habla de ellos en la literatura clásica—eran famosos por todo el reino los cantos, las danzas, las comedias, los autos sacramentales de la ciudad del Jerte. Y esta buena ejecutoria la sostuvo, en tiempos, el cabildo de la catedral; la mantienen, hoy, los «coros placentinos» de Educa­ ción y Descanso. Es curiosa la trayectoria que, siglo tras siglo, han seguido en Plasencia los cantos, las danzas, las «fiestas con gozo». Vistas bajo el prisma técnico, las melodías populares de la zona placentina conservan los tonos y modos que tenían Grecia y Roma, con los matices y arabescos en la nota sensible de la tonalidad que importaron los agarenos; que hicieron arraigar los moriscos. A es­ tos módulos tonales se adaptan las canciones, las tocatas para el tamboril, para las flautas de caña o sauce, para los «pitos» de cuer­ no de cabra. Estas características son casi generales en toda Extre­ madura. Mas, en Plasencia, por devoción al Santísimo, se conser­ varon siempre en honroso esplendor, en tradicional pureza. La cosa fue de esta manera. La festividad del Corpus se instituyó en Lieja, en el siglo XIII. En tiempo de l o s Reyes C a t ó l i c o s , de C a r l o s V y de Felipe II, llegó en España el Corpus a la cima de su devoción. En Plasencia, desde su principio, se hacía la fiesta con mucho lucimiento, con grave


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pompa religiosa, con varios y deslumbrantes regocijos públicos. Pronto, la fama de estas fiestas se extendió por to d o el reino. Lo más decorativo y admirado eran las danzas, los autos, las comedias. En prueba de ello y para constancia honrosa del cabildo, con­ signamos algunas menudencias, sacadas de las actas capitulares. En 1542, el cabildo manda que, para el Corpus, se haga un auto sacramental en la plaza, pero «sin danzas nuevas», sólo «con los atavíos de las fiestas pasadas», por evitar gastos: luego el cabildo tenía ya de añejo estos atavíos. En 1630, dispone concertar, para el Corpus, los mejores autores y comediantes: Sánchez, Amarilis, Roque, Riquelme o Prado; y no otros, porque eran éstos los de mayor fama; y dice el cabildo que se les pueda dar hasta 7.000 reales, que entonces era una fortuna. A veces, actuaban comedian­ tes de la ciudad, que no desmerecían de los famosos. Para refor­ zar el coro, se traían tenores, contraltos y demás voces, de M a­ drid, Sevilla, Badajoz, Salamanca y otras partes. Los autos y c o ­ medias se representaban, unos, en la iglesia; otros, en la plaza ma­ yor; otros, en la puerta del «estudio», frente a la catedral. El auto más famoso era el que llamaban E l i a s . Se hacían concursos litera­ rios con grandes premios que abonaba el obispo. Los ministriles (músicos instrumentistas: bajón, sacabuche, trom petas, clarín, arpa, chirimías, tamboril, vihuelas, etc.) alegraban la ciudad, día y noche, con sus tocatas. Los ministriles eran artistas de primera calidad; cobraban sueldos fabulosos (en 1645, el cabildo asigna de dotación anual al ministril Juan de Alva 60.000 maravedíes y 30 fanegas de trigo, «para que taña con todos los instrumentos que mande el cabildo»; a otro ministril, Francisco de Herrera, se le dan 80.000 maravedíes y 36 fanegas de trigo al año...) La afición por ver iepresentaciones, sacras o de regocijo, llegó a tanto en Plasencia que, en 1767, durante el mes de m ayo—dice un manuscrito—«estuvieron en la ciudad unos italianos, que eje­ cutaron más de c u a r e n t a ó p e r a s —]oh manes del Liceo barcelo­ nés! —con tales tramoyas y apariencias cuales nunca vistas ni se discurre se volverán a ver; se hacían de noche; se solía empezar a las siete de la tarde y duraba hasta las diez; era la entrada a real; los cuartos bajos, a 6 reales; y los altos, a 5 reales». De estos ita­ lianos aprendieron los placentinos unas danzas que llaman «italia­ nas» y que tienen sorbido el seso a los folkloristas de Extrema­ dura. Este es su origen. Tanto o más que las músicas y comedias, lucían en Plasencia las «danzas pulidas», especialmente en el Corpus. Describirlas se­ ría prolijo. He aquí algunas: de los «gigantes», de los «esturdiones», de los «guineos» (grandes y pequeños), de los «canarios», de los «segadores», de los «personajes y los niños», de las «dancillas», de la «jami-dama», de la «madroñera», de la «espada», la vistosa «tarasca», etc., etc. Solía el cabildo, aparte del agasajo, pagar bien

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a los danzantes: en 1632, por ejemplo, abonó 10 reales a todas las villanas que danzaron; 17 al bailador; 6 a las niñas y 4 a los niños que hicieron la danza del obispo; 8 al tamborilero, etc. De tal guisa, año tras año, iba creciendo el decoro de las músi­ cas, de las danzas y comedias, en la ciudad del Jerte; hasta que, en 1777—consta tn el archivo—«vino vedado todo género de dan­ zas, bailes, contradanzas, ni tamboriles, ni ramos u ofertorios; todo esto que no entrase dentro de ninguna iglesia, ni en sus sagrados; to d o lo dicho ha sido orden real, para todo el reino y sus Indias». Así, por real orden, se arruinaron las danzas, las músicas y com e­ dias. Pasados los años, en nuestro siglo, un extremeño ilustre y eximio artista, Manuel García Matos, para revivir y conservar estas bellas tradiciones, formó los «coros placentinos», que hoy patrocina Educación y Descanso, que han ganado laureles triun­ fadores, dentro y fuera de la Patria. (Publicado en el folleto-guía de las «Jornadas literarias por la Alta Ex­ trem adura». Cáceres, mayo, 1955).

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V COROS

Y

DANZAS

Es la música vehículo sublime para que hablen las almas. Y la música popular de la Alta Extremadura, ajena en un to d o al alambi­ cado cromatismo actual, por sus cadencias, graves, señoriales, deli­ cadas; por la sencillez, profundidad y elegancia de sus tonos; por la variedad melódica dentro de una finura impecable y sin ningu­ na concesión a la fácil sensiblería o a la fatuidad populachera; por ese hálito telúrico, arrancado a la gleba milenaria de nuestro te ­ rruño, que impresiona, hiere la sensibilidad y tensa las fibras del entusiasmo y de la admiración en quien la escucha; por ese don del cielo que han tenido nuestros padres para legarnos en dulces cantos la altura de sus pensamientos, el esfuerzo de sus corazo­ nes, lo profundo de sus quereres, la gravedad de su comportarse...; por to d o esto y por otras lindezas infinitas, parece haber sido creada esta música en arrullo de los dioses, cuando los dioses na­ cían en Extremadura. Son las melodías que cantaron nuestros pa­ dres y que nosotros cantamos doquier se allega golpe de gente; en el hogar y en el atrio de la ermita, en las bodas y en los bauti­ zos, en la plaza pública y ante el Santísimo Sacramento, en las rondas y en las matanzas, en la parroquia y en las eras, en el chozo y en el lavadero, cuando nos agobia la tristura y cuando nos cas­ cabelea el corazón de puro gozo... Por estos campos de bendición que tiene nuestra tierra, en las aldeas y en los lugares, en los cotos y en las riberas, en las llanu­ ras y en las montañas, se escucha durante los plácidos atardeceres de la primavera, en las noches calurosas del estío, en las nostálgi­ cas del otoño o al claror de la luna en el invierno, las melodías de nuestras canciones. Salen, unas veces, de las gargantas de nuestros

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hombres y de nuestras mujeres; otras, de las gaitas de madera que usa el tamborilero, de la flauta de cuerno que, a navaja, se hizo el zagal o del rabel monocorde que tañe el pastor. Y acompañan a estos sones panderos y tambores, almireces y castañuelas, palillos y sartenes, los «pitos» que se producen al castañear los dedcs, las rítmicas palmadas o el armonioso rasgueo de las guitarras. Junto a los sones, vienen las letras, de temas tan floridos que exceden al más agudo fantasear: hay coplas de hum or y picardía, de arabescos y agudezas, de amores y desamores, de faenas y re­ tozos, de rondas y de «ánimas», del hogar y de la calle, de valen­ tías y de finuras, de «quintos» y de mozas, de bullicio y de santi­ dad, de judíos y de moros... Y es cosa de ver el cruzarse de los pasos en las danzas afiligranadas, unas de brincos y otras sin brin­ car, a veces reposadas, a veces majestuosas y a veces de «remoli­ nos», para que luzcan refajos y enaguas, zapatos y medias, adere­ zos y pañuelos. Y en esto del vestir, es pura maravilla el colorido, la traza, la finura, el ingenio que se ha derrochado en cada prenda. Sirva de ejemplo el sombrero altivo que usan las de M ontehermoso, distinto para solteras, casadas o viudas. N o da lugar el espacio a extendernos en menudencias noticio­ sas. Puestos en atalaya, sería visión de ensueño el ir descubriendo en su punto las variantes de nuestros cantos, de nuestras danzas: ver, en Cáceres, a las mozas del Camino Llano o de la calle Cale­ ros danzar en el «Rtdoble», mientras cantan jugosas y picantes tonadillas; en Arroyo de la luz, oir las «coplas del pandero», en las noches de luna o en la hoguera de San Juan; seguir los pasos m o­ vidos en la «Reverencia al Santísimo», que bailan ocho pastoras vestidas de «serranitas», siguiendo a un buen mozo «guiador», en el pueblo de Portaje; en Alcuéscar, deleitarnos con el fino regodeo de la «jota del candil» y reir de buena gana con las «bombas» de los mozos que, entre coplas y donaires, se declarar los amores; en Zorita, asistir al jolgorio del «baile de las morcillas», mientras se masca un tasajo, se dobla el codo o se prueba la «cachuela»; en Monroy, lamentar el desvío de la moza zahareña que, en la «jota cuadrada», hace a su rondador; en Guadalupe, unirnos a las co­ plas con que los bailadores piropean a la Señora; en Torrejoncillo, admirar a las parejas que, siempre de frente, hacen sus giros y nos dicen sus afanes, donde «al crujir los telares, suenan más y mejor los cantares»; en Plasencia, las «danzas pulidas» que hacen al C o r ­ pus; acompañar a las «prioras», en el Portezuelo, que andan de puerta en puerta, pidiendo la ofrenda del Rosario; llegarnos a M ontehermoso—y esto sombrero en m ano—a que, sin darnos respiro, nuestra pupila se alegre con la «guerra dei moru», «las Isabeles», el «quita y pon», «el cerandero», «el pollo», «el zapaterito», «el pindongo»... y seguir de pueblo en pueblo, viendo y es­ cuchando tantas maravillas, sin hacer mucho caso si, al cruzar los


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caminos, oímos a algún mozo cantar su despecho en la era o junto a la besana: Yo eché lefia en tu corral, creyendo que me querías; ahora que ya no me quieres, veDga esa lefia, que es mía.

N o hacer mucho caso, que pronto este mocito rondará a nue­ vos amores, y los dirá en tonadillas: Yo he visto unoa ojos negros en una cara m orena, que si no son p ara mí, me voy a m orir de pena.

MENUDENCIAS

(Publicado en el folleto-guía de las «Jo rn adas literarias por la Alta Ex* trem adura». Cáceres, mayo, 1955).

(Trasuntos de historia, de leyenda y fantasía)


I

EL

CRISTO

(

DE

leyenda

LAS

P

BATALLAS

l a c e n t i n a

)

El año, 1300. La ciudad, Plasencia. La hora, a prima noche. El vecindario duerme tranquilo, sin preocupación, en sus moradas. Por las callejuelas, tortuosas, oscuras, sin empedrado, no transita ningún viandante. Las rondas que guardan la muralla, están ador­ mecidas, con sosiego y sin temor: la fortaleza placentina es inex­ pugnable. Hay un silencio profundo, que llena el ámbito de toda la ciudad. El sonido áspero, vibrante, misterioso, de una trompeta ha quebrado el silencio profundo en la noche callada. A poco, una fogata rompe las tinieblas en la torre «Lucía», que es el mejor baluarte que tiene la fortaleza. Después, la campana del concejo toca a arrebato. La muralla, con esta alarma, quedó en seguida a punto de guerra. El vecindario se alborota; causa estruendo, gri­ terío; se apresta a la defensa. Plasencia se ha convertido en un campamento. La noticia rumorosa corre de boca en oreja. Los centinelas han visto otras fogatas en los castillos, en los fortines, en las atala­ yas de la región que miran hacia el mediodía. Anuncian estas foga­ tas razias de la morisma, que impera allende el Tajo. Estas razias de la morisma son frecuentes, rigurosas, espantables. Asolan el campo, roban el ganado, aprisionan a los hombres, mancillan a las mujeres. Las luminarias, en la noche oscura, piden ayuda contra estas razias de la morisma. Las huestes de Plasencia se concentran en la fortaleza. Al des­ puntar la aurora, las huestes bajan por la calle del Rey; cruzan la plaza mayor; desfilan hacia la puerta del Sol. Los viejos miran a los


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soldados con emoción; añoran sus buenos tiempos: cuando salían a perseguir al moro; cuando defendieron contra el moro a la ciu­ dad. Las mujeres, llorosas, parleras, sensibles, van tras los solda­ dos hasta la puerta del Sol: son madres, esposas, hijas, prometidas de los que parten. T am poco faltan las que sólo van por curioseo. Las más angustiadas, les siguen hasta la puerta de Talavera; algu­ nas, las más fuertes, llegan hasta el molino del Tajabor, cabe el puente de Trujillo. Una madre se acerca a un soldado; le abraza. Esta madre saca del seno un Crucifijo; se lo pone al hijo en el cuello; le dice: —Q ue este Señor te proteja en las batallas. N o le olvides. Piensa en mí—dijo una voz quebiada, amorosa, susurrante. Era la prometida del soldado que partía. Un vieiecito, días más tarde, cantaba por las esquinas y en las plazuelas bellos romances. Estos romances que cantaba el viejecito, describían las hazañas que hicieron contra el moro los solda­ dos de Plasencia. ¿Quién sería este viejecito que cantaba los ro­ mances por esquinas y plazuelas? Un día, volvió el soldado. Dijo el soldado que nunca olvidó en las batallas rezar al Cristo que le dio su madre. Dijo también el soldado—en tono menor, a manera de arrullo—que tampoco olvidó la recomendación de su prometida, la súplica ruborosa de que pensara en ella. ¡Cuánto gozo, cuántas ilusiones, cuánto re­ gocijo causó el soldado con su retorno! Pronto el júbilo se trocó en tristeza. Andaba el mozuelo pen­ sativo, angustiado, como fuera de sí. Temía la madre que hubiera perdido el juicio: ¡malditas guerras!. Temía la novia que hubiera perdido su amor: ¿quién se lo habría robado? Y el mozuelo, de día, de noche, a todas horas, mantenía su aire de embeleso, de obsesión, de tortura. Decía a menudo: —¡Oh, si yo pudiera! Siempre que esto decía el mozuelo, sacaba del pecho el Cruci­ fijo; lo miraba, extático; lo volvía a guardar. Así, un día, otro, otro... Y, otro día, se levantó con semblante más acongojado, con el ánimo en tensión nunca sentida. Teme la madre alguna tragedia; no aparta de él su mirada. El hijo repite, una y otra vez: —¡Oh, si yo pudiera! De pronto, con extraña decisión, se levanta; se acerca a un madero que guarda en casa. Esto lo hace el mozuelo a diario y muchas veces en cada día. Pero, hoy, no se para en actitud con­ templativa. Tom a una zuela y se pone a trabajar. Suspira entre golpe y golpe: —¡Oh, si yo pudiera! A su espalda, suena una voz cascada, lastimosa. Es el viejecito

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que cantaba los romances por esquinas y plazuelas. Ahora no can­ ta, porque es cuaresma y ha llegado la semana de Pasión. Viene a pedir, por amor de Dios, una limosna. Cesa el mozuelo en su trabajo. Hace ademán de socorrerle. El anciano, con aire indife­ rente, le pregunta: —¿Qué vas a hacer? De ese leño podrís salir... —¿Q ué?—pregunta con ansia el mozuelo. —Una imagen. —¡Una imagen! Sí: lo sé. —Un Crucificado. —¡Oh, sí! Pero como aquél...—y puso gesto de arro b o —¡no es posible! —Veamos—dice el viejecito—. Yo algo entiendo. T e ayudaré. Primero, haremos un esbozo. Déjame solo. El viejecito se encerró en una habitación. Pasan las horas; ano­ chece. La habitación queda silenciosa. Pero el viejecito no sale de la habitación. El mozuelo llama; torna a llamar. Se impacienta. T em e que haya m uerto el pobre anciano. Rompe la puerta. En­ ciende luz. El viejecito no está allí. El leño se ha convertido en una imagen del Crucificado. —¡Oh, mi Cristo de las batallas!—exclama el m ozuelo—. ¡Ha podido ser! ¡Así le vi tantas veces entre el duro pelear! La noticia traspuso el umbral de la morada, rumoreó por las calles, inundó la ciudad. T o d o s buscan al anciano. Y al anciano nun­ ca más se le oyó cantar bellos romances por esquinas y plazuelas. En procesión muy lucida, con grandes lloros, con devotas p e ­ nitencias, se llevó la imagen a la parroquia de Santiago, extram u­ ros. Allí, en la misma parroquia, se continúa hoy venerando al Cristo de las Batallas. A este Cristo rezaban todos los días una mujer de edad y una doncella tierna: era una madre que agradecía el buen seso de su hijo; era una mocita que festejaba su confiado amor. Todavía las mocitas de Plasencia van treinta y tres martes a rezar treinta y tres Credos al buen Cristo de las Batallas, para que se realicen sus sueños de amor. La casa del suceso estaba en la calle del Rey, frontera a la igle­ sia de Santa Ana, la primera catedral. Sobre esta casa levantó su morada el linaje de los Trejos. En esta morada de los Trejos, ha­ bitó San Francisco de Borja mientras fundaba en Plasencia el cole­ gio de la Compañía. Allí le visitó San Pedro de Alcántara; allí t u ­ vieron sus coloquios divinales. Allí está, hoy, la piadosa fundación de San Calixto. Esta es la historia, la tradición, la leyend? del Cristo de las Batallas. (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, ab ril de 1955). 15


II UNA

OFRENDA

DE

PIZARRO

Tras la conquista por las armas cristianas de la fortaleza de Trujillo y su tierra, el año 1232, a 25 de enero, festividad del apóstol San Pablo, concedió el rey muchas tierras y privilegios a los caballeros que más se esforzaron en su conquista. En las llanu­ ras que besan la falda meridional de las Villuercas, en los términos de Zorita, Alcollarín, Herguijuela y Zarza (hoy Conquista de la Sierra), recibió heredad cuantiosa la familia de los Pizarros. Los que participaron en los hechos de armas, tenían derecho a que sus caballos pastasen en algunas dehesas de la jurisdicción trujillana, que con tal motivo recibieron el nom bre de «caballerías». Un siglo más tarde, cuando reinaba Alfonso XI, se apareció en las Villuercas, junto al río Guadalupe, la imagen de Nuestra Seño­ ra, escondida en aquellas fragosidades, hacía más de 600 años, por los clérigos de Sevilla, para aligerar su carga en la huida acelerada de la invasión sarracena. La fe levantó en tan escabroso lugar un santuario, centro de grandes peregrinaciones, escudo y defensa de la Patria. Dos peregrinos sedientos, que dirigían sus pasos a Guadalupe, hallaron agua de forma milagrosa, en la dehesa que ocupa la falda de la sierra entre Conquista y Zorita. Por agradecimiento, se eri­ gió en aquel lugar una ermita, dedicada a Nuestra Señora bajo el título de Fuente Santa. La finca recibió el nombre de «Caballería de Fuente Santa»; y adquirió pronto mucha devoción esta ermita por toda la comarca. A finales del siglo XV, hizo gala de su bizarría y dio buena cuen­ ta de su honra y persona, en las guerras de Italia y Navarra, el capi­ tán Gonzalo Pizarro, natural de Trujillo. T uvo varios hijos y, fue­ ra de matrimonio, a Francisco Pizarro: unos afirman que en hem ­

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bra de baja condición; pero el cronista placentino fray Alonso Fernández («Historia y anales de la ciudad y obispado de Plasen­ cia», lib. II, cap. 32, pag. 346. Cáceres, 1952), sienta que le engen­ dró «en una mujer noble, como consta de las pruebas que se hi­ cieron para el hábito de Santiago, de que el emperador Carlos V le hizo merced..., que yo he visto original». El padre continuó sus andanzas guerreras y amorosas; y el rapazuelo quedó sujeto al agobio del estrecho caudal de la m adre— hidalguía y pobreza no estaban reñidas en aquel entonces—, y a la buena voluntad de sus deudos, los Pizarros. En verdad, que no se esmeraron por educarle: jamás supo de pluma ni de letras; pero la experiencia de su vida asendereada y su buen entendimiento na­ tural le enseñaron a discernir el cogollo de las cosas. Com o la hacienda principal de los Pizarros radicaba en Alco­ llarín, Zorita, Herguijuela y Conquista de la Sierra, llevaron allí al fruto de los amoríos del aventurero Gonzalo, para que la cuidara y ganase con su esfuerzo el pan de cada día. Entregado a las fae­ nas del campo y pastoreo del ganado, merodeaba el mozuelo en torno a la ermita de Fuente Santa. A los pies de la Imagen y a la sombra de las rugosas encinas, soñaría con hazañas y aventuras en el campo de la gloria, donde cada cual recibe el pago que merece su persona. Estos afanes que le bullían en la sangre, fue la heren­ cia que le dejó su padre. ¡Y bien que les dio cumplido empleo en las fantásticas Indias! Ya famoso, lleno de gloria y escudos, no olvidó los consuelos y favores que recibió de Nuestra Señora, en la ermita de Fuente Santa, los días de abandono y tristeza que tuvo en sus años m o ­ zos. Desde el Nuevo M undo, envió una ofrenda a la Imagen que veló los sueños de su juventud. Es la única ofrenda que Francisco Pizarro envió desde las Indias. En el inventario de los bienes de la ermita, hecho el 17 de di­ ciembre de 1543 por mandado del visitador del obispo don G u ­ tierre de Carvajal, «porque había mucho tiempo que se había hecho» el inventario viejo y estaba roto, se dice: «Item: otra co­ rona de plata muy buena, que pesa tres libras, que mandó el señor Francisco Pizarro a Nuestra Señora, con un escudo de armas con Nuestra Señora por abajo y unas letras alrededor que dicen: Esta corona m andó dar et señor fr a n c isc o P iza r ro ». Tenía, además, la Virgen «otra corona de plata pequeña con un escudo de pino y dos osos» ofrenda también de los Pizarros, cuyo asiento aclara definitivamente la duda planteada por algunos historiadores sobre si el árbol del escudo era una encina o un pino. Otras mandas, venidas de allende los mares, enriquecían la vieja ermita, tales como *un frontal de plumas de Indias amarillo» y «otro frontal de las Indias con unas bandas por él amarillas y de diversos colores... que dio Juan Prado, del Herguijuela» y «veinte


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reiles de limosna, que mandó el canónigo Cosme R..., que murió en las Indias», nacido también en Herguijuela; pues es razonable que en sus hazañas acompañaran al Conquistador los clérigos y labriegos de aquella comarca, que en los días de penuria habían compartido con él el duro pan ganado con el sudor de la frente, y se acordaran después de la pobre ermita, en cuyas romerías aho­ garon penas, entre requiebros de amor con las mozas, y soñaron glorias y venturas. (Estos datos sobre el ganador del Perú se hallan en el Libro II de Fuente Santa, folios 1, 4 y 133 vuelto, del Archivo Parroquial de Zorita).

III

(Publicado en «El Regional», de Plasencia, septiem bre de 1953)

LAS

FERIAS

DE

CACERES

Las fiestas en Cáceres, en Extremadura, en todas partes, tienen diverso origen: unas, para celebrar efemérides religiosas; otras, para conmemorar sucesos históricos; otras, para acrecentar la ha­ cienda, para que los hombres hagan sus comercios y truequen sus mercancías. A veces, se juntan uno y otro motivo: son las fiestas de más esplendor. Extremadura es agrícola, ganadera: las llanuras del Guadiana con sus pastos de esmeralda; los riberos del Tajo, del Tiétar, del Alagón... con sus hierbas de finos tallos, de sabrosas hojas, de perfumado aroma; los collados de suave ondulación, los oteros recatados entre florestas, las vaguadas con su grama siempre ver­ de, son fuente de pastos deliciosos, nutritivos, incitadores para el ganado. Desde los tiempos en que Roma sometió bajo el rigor de sus leyes a los pueblos discrepantes, son famosos los corderos, los re­ centales, las sedosas merinas de los campos fecundos, regidos por la «otra Roma» que decoraba al Imperio, Emérita Augusta. Este ganado era la hacienda más abundosa de sus viejos y nuevos h a ­ bitadores: de los túrdulos, de los vetones, de los lusitanos, de los extremeños. En la compra, en la venta de estos ganados, tienen su origen muchas ferias de Extremadura. Existe una razón que determina la época de estas compras, de estas ventas. Los pastos de nuestras tierras se agostan antes de agosto; no conservan el frescor más allá de mayo, de junio, flori­ dos en Castilla, secos en Extremadura, Entonces hay que vender el ganado que se cebó para carne, hay que adquirir lo preciso pa­ ra reponer los rebaños, las vacadas, las yuntas que hagan la trilla. Estas compras, estas ventas, originan las ferias que dicen adiós a


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la primavera. Cáceres tiene su feria, galana, vistosa, de mucho co­ mercio, de forastero gentío. Pasado este tiempo, los rebaños trashumantes suben hacia Castilla, con espolvoreo de caminos, con tintineo de esquilas, con aullido de mastines, con algarada de pastores en el um broso abre­ vadero, por las cañadas de la Mesta, que las cuida celosa, con or­ gullo, con sentido de la economía. En Castilla, en las altas sierras, en las praderas verdeantes, en los dorados rastrojos, cuidan su ganado los pastores de Extrem a­ dura. Allí tienen sus lances divertidos, sus músicas ancestrales, sus danzas de ritmo señorial, de colorido atuendo. Allí enamoró un zagalejo a su discreta zagala... Llega San Miguel. Vienen las lluvias primeras, que harán com ­ petir nuestros prados con el añil del firmamento; que harán espe­ jear la luna, en las noches serenas, sobre las cintas plateadas de nuestros regatos, de nuestras acequias: que tornarán amorosa a la tierra, para fecundar las semillas. En tanto, los fríos comienzan en Castilla. Los pastores se tornan hacia Extremadura. Vendrán con ellos serranos, que bajan con sus ganados para acomodarlos aquen­ de el Tajo, donde el céfiro es más blando, donde no es tan cruel la invernada. Entre el polvo del camino, con su zamarra a cuestas, con su cayado al hom bro y en la punta su morrala, con el mastín a su vera esperando una caricia, sigue al rebaño un zagalejo, pen­ sativo, ensimismado, traspuesto en el mirar. Allá en Castilla, a la misma hora, se quiebra en los aires, se pierde en lontananza, la melodía quejumbrosa de una zagala discreta, que canta la ausencia de quien se lleva su amor: Ya se van los pastores a la E xtrem adura: ya se queda la sierra triste y oscura...

A la vuelta de Castilla, según el tiempo prometa, se aumentan o recortan los rebaños, las piaras, las vacadas, las yuntas que harán la sementera. Se imponen nuevos tratos: son las ferias de septiem ­ bre, de octubre, días más, días menos, allá por San Miguel. Com o en mayo, Cáceres tiene su feria, también galana, vistosa, de mucho comercio, de forastero gentío. Este ir y venir con los ganados de Extrem adura a Castilla, de Castilla a ¡Extremadura, rápido en nuestros tiempos, entretenido en los siglos pasados, no siempre fue de esta manera. Hasta que los Reyes Católicos aquietaron a la gente belicosa—noble o ple­ beya—que alteraba sus reinos y Ies dio en trueco, por metas de sus inquietudes, un quehacer transcendente, el ir y venir de los ga­ nados era empresa de riesgo, de peligro, de aventura. C uatro p a ­

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sos o cañadas eran los más principales: el puente de Alcántara, que levantó Julio Lácer, hacia el poniente; el de Alconétar, obra de Lucio Vivió, tránsito para la «vía de la plata», hacia el septentrión; el puerto de Miravete, sobre Jaraicejo, hacia el oriente; la cañada de Zorita, junto al «castillo del moro», en las estribaciones de las Villuercas. Eran estos los caminos más hacederos, de menor incomodidad. A poco de ser cristiana Alcántara, asentó en ella la Orden de Caballería que lleva su nombre. Custodiaba el puente; cobraba el pontazgo: una cabeza por millar, a veces más, a veces menos. Esto en días de sosiego, que cuando el maestre, clavero y com endado­ res andaban en discordia y tenían sus peleas, al socaire de la gue­ rra, diezmaban los rebaños, destruían las haciendas. El puente de Alconétar le guardaban caballeros templarios y con el paso de los ganados acrecentaban su fortuna. Tuvieron graves discordias con la gente de Plasencia p o r razón de términos. T anto corrió la sangre, que puso mano en ello el rey don Sancho el IV y libró real carta en Ciudad Rodrigo, a 2 de mayo de 1292, «sobre contienda que es entre el concejo de Plasencia, de la una parte, y la orden del Temple y los comendadores que están en el puente de Alconetara, de la otra, en razón de los términos, sobre que acaecieron allí muchas muertes y quemas y prisiones y desdichamientos y prendas y robos y otros males mucho desaguisa­ dos que se hacían unos a otros y que hacían los comendadores de la puente a otros muchos que no eran del término de Plasencia, yendo seguros por esos caminos, diciendo que no habían de to ­ mar otro camino sino por la puente, lo que no debían hacer de derecho, y por esto...» determina el rey los términos en que los placentinos pueden andar «labrando, paciendo, criando, arando, venando...», y ordena «que usen de los barcos y de los pasajes del río Tajo... y si para esto menester hubieren ayuda, mandamos al concejo de Trujillo y de Cáceres y a las otras vecindades que él o ellos llamaren, que les ayuden en guisa que se cumpla esto». Malos días eran aquellos para los ganados trashumantes. Las fe­ rias, los tratos, andaban muy acabados. (Se guarda esta carta del rey don Sancho IV en el Archivo Histórico Nacional, documentos de la O rden de San Juan). N o eran más halagüeñas las perspectivas en el puerto de Mi­ ravete sobre Jaraicejo, y en el paso de Zorita. Allí imperaban los «golfines»; allí hacían sus robos, sus muertes, sus atracos. Llegaron hasta apoderarse de una fortaleza en Jaraicejo. En 1284, a 28 de diciembre, en Segovia, para dom eñar a los «golfines», el mismo rey don Sancho IV había otorgado un privilegio a Gonzalo Godines, su escribano, y a doña Sol, su mujer, y dice que «por servi­ cios que nos hizo él y hace, dárnosle Jaraicejo... con sus términos, con montes, con fuentes, con ríos, con pastos, con dehesas y con


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entradas y salidas, y con todos sus derechos y con todas sus per­ tenencias». Sería largo de contar el ajetreo de esta villa, la ruina de los que po r allí pasaban. Sufrió mucho con los «golfines», árbitros en el puerto de Miravete, que se adentraban en las Villuercas haciendo guarida en el «catillo del moro», que venían hasta la sierra de Santa Cruz. Por ello, en 1288, a 6 de diciembre, en Burgos, concede el mismo don Sancho otro privilegio, en el que dice que «porque este lugar es poblado en fuerte tierra por razón de los «golfines» y se pue­ ble mejor, y esté siempre bien poblado, tenemos por bien que todos aquellos que son allí vecinos y moradores, y lo fueren de aquí en adelante, que sean quitos de portazgo y de peaje y de ron­ da». En verdad, eran tiempos fuertes y duros para el ir y venir de los ganados. Dieron mucho que hacer los «golfines» hasta que les aquieta­ ron los Reyes Católicos. Luego, dejaron sus robos, muertes y atracos; levantaron en Cáceres espléndidas moradas (los palacios de los «golfines»); sirvieron con su hacienda y sus personas a estos reyes y a los que les sucedieron; uno de los «golfines» llegó a ser camarero de la reina Isabel la Católica... (Las cartas y privilegios que aquí se citan y otros documentos sobre los «golfines», Jaraicejo, etc., se guardan en el archivo epis­ copal de Plasencia, sin catalogar). Pero esto fue antaño. No temas, lector discreto, estas sinra­ zones hogaño. Si gustas de cosas buenas, aleja cuidados, ponte en camino, vente a la feria. (Publicado en «Hoy», de Ba­ dajoz, septiem bre de 1954).

I V

EL

AGUA

MAGICA

DE

NUESTRA

VILLA

P ara el Concejo de Cáceres y para todos los que se han afanado, se afanan o se afanaren por dar agua al vecindario, que es una obra de m i­ sericordia.

Se guarda en el archivo de Guadalupe un manuscrito estram ­ bótico, de principios del pasado siglo—sig. A-276—cuyo autor se firma G. L. E. H. D. y «en breves razones impolitas, fundadas en natural filosofía» nos describe las ocultas causas que originan el fenómeno acuático de los Caños de Santa Ana. Se halla esta fuente o venero enigmático en la Corchuela, ju n ­ to a la vieja ermita de esta Santa, en la que según Boxoyo—« N o ­ ticias históricas de la villa de Cáceres», pág. 137. Cáceres, 1952— «se cree hay oculta la mayor caverna: por el extremo y valle de la ermita, arroja un arroyo de agua (que toma el nom bre de Alcózer) p or tres roturas de peñas calizas, capaz de hacer moler piedras harineras, si fuese perenne; en un mismo año se ha visto correr y suspenderse; dos continuados ha seguido su curso y muchos más lo ha suspendido; por estas mismas roturas de peñas recibe agua en avenidas y, por la parte opuesta de Corchuela, se ha visto salir en mucha abundancia, continuando algunos meses, principiando con extraordinario rumor y elevación de algunas varas en forma de columna». Aquí nace con intermitencias el regato Alcózer, afluente del Salor. El autor del manuscrito guadalupense afirma, como testigo ocular, que las aguas «habiendo estado en silencio por espacio de siete años, comienzan a correr repentinamente en diversos días


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del año, con grande abundancia; y con la misma corren por espa­ cio de siete meses, y, éstos pasados, cesa su curso, también de re­ pente, como comenzó al principio de sus movimientos». Aunque don Vicente Barrantes—«Aparato Bibliográfico para la Historia de Extremadura», t. I, pág. 418. Madrid, 1875-1877—le moteja de «autor indigesto y de enmarañado estilo», merece dis­ culpa su pluma laberíntica, con tal de que podamos conocer la causa de estos fenómenos, que «no ha sido conocida hasta el día de hoy, desde el principio del mundo». Veamos su descripción que, si no es científica en un todo, ?1 menos hace gala de mucho ingenio: «Hay —dice en lo subterráneo de el monte, a cuya falda está dicha fuente, a quien llaman los Caños de Santa Ana, una caverna o concavidad muy grande, en la cual, ya sea por las aguas y llu­ vias del cielo, ya por algunas venas de la tierra, van destilando unas y otras en tan pequeñas cantidades, que tardan en llenar di­ cha caverna el espacio de siete años; para cuya evacuación dispu­ so el soberano Artífice del orbe un acueducto que, teniendo su principio junto a el pavimento o suelo de dicha caverna, se va le­ vantando por fuera de ella, corriendo por ventura muchas leguas por lo subterráneo de aquel país, hasta el nivel de la altura de di­ cha concavidad, que es lo más que puede subir, para que surta el dicho efecto. Y desde aquella superficie vuelve, bajando por los ocultos senos de la tierra, hasta la falda de el monte, donde ter­ mina en dos bocas o caños distintos, por los cuales esguazan las aguas de dicha caverna; lo cual no puede suceder hasta llegar di­ chas aguas a llenar su mayor altura, subiendo por dicho caño, a el mismo tiempo que se va llenando aquella gran concavidad subte­ rránea con las aguas que naturalmente a ella se conducen por las venas y poros de la tierra; y al mismo instante que éstas llegan a llenar perfectamente la superficie de dicho caño, igualando su al­ tura con la que tienen las aguas que contiene en sí dicha caverna, las que sucesivamente van entrando en ella impelen a las que se hallan en la mayoi altura de el caño e, instantáneamente, sin po­ der resistir a su peso, cae repentinamente por el caño abajo con grandes ímpetus, llevándose tras sí gran variedad de animalejos silvestres y otras terrestres sabandijas, que en diversos senos que hay en aquellos subterráneos de los caños tenían su reposo: z o ­ rras, gatos monteses, garduños y otros animalejos bravios que se crían en los montes circunvecinos, lagartos, culebras, etcétera..., que saltando en medio de las aguas unos sobre otros, por liber­ tar sus vidas, causan notable diversión a los que logran su vis­ ta, viendo los unos con los otros estar riñendo, chorreando agua por todas las partes de su cuerpo, retirándose a más correr a los montes, luego que salieron del peligro. La causa, pues, de evacuarse en dichos siete meses la cantidad grande de agua que

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en los siete años referidos se juntaron en dicha caverna, es el ser muy tenues las aguas que van entrando en aquel grande seno o concavidad, y por eso tarda tanto tiempo en llenarse, y por el contrario, ser aquel acueducto por donde desaguan de capacidad tan grande, que por él salen en siete meses todas las aguas que en siete años entraron en dicha caverna. Q ueda bastante expresa­ da la razón de su evacuación, que es punto clarísimo en natural filosofía, en que no hay donde tropezar». Y tras afirmar con tesón que sólo se funda en principios de natural filosofía, allega nuevas explicaciones, para darnos a enten­ der en qué consiste el comenzar y acabar de repente el curso de dichas aguas: «A el tiempo— afirma—que dichas aguas van cayendo poco a poco en aquella gran caverna, van subiendo a el mismo tiempo por dicho caño o acueducto a el igual peso y nivel, por no haber impedimento que lo estorbe, yendo entrando por la boca antigua del acueducto que sale junto a el pavimento de dicha concavidad, por donde van subiendo hasta que unas y otras aguas de dicho caño y caverna llegan a un mismo tiempo a su mayor altura y, habiendo llegado a este punto, luego que en dicha caverna van entrando más aguas, impele su peso a las que ocupan la mayor al­ tura del acueducto, como va dicho, y caen inmediatamente por la parte que baja a los caños que están a la falda de el monte, sin poderse contener más en su altura; y, dividiéndose dicho caño en dos partes, antes de salir las aguas a los caños, salen por las dos bocas o caños ya referidos. Y denota ser esto así la igualdad de sus corrientes, pues comienzan a correr y cesan su curso a un mismo tiempo por ambos caños». ¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo? Pues yo que te lo digo, no lo entiendo. (Publicado en «Extremadura», de Cáceres, mayo 1953)


V ARTESANIA

Acaso por hallarse la Alta Extremaduia en la parte central de la península, apartada del movido escaparate del litoral y de las grandes y frecuentadas vías de comunicación, sean ignorados m u­ chos matices de su íntima forma de ser, de obrar, de pensar y de sentir. Los que no han profundizado en el alma extremeña, se em­ pecen la visión, trastruecan el auténtico sentido de su historia, atribuyen al acaso o a genios esporádicos las famosas maravillas que han salido de sus manos o las acciones de universal proyec­ ción que realizaron sus hombres con temple de semidioses. Pero nada es fortuito: es lógica consecuencia de una manera de ser, de una manera de vivir. El extremeño entrega toda su alma a la obra que ejecuta, sea obra de la inteligencia, de la sensibilidad, del c o ­ razón o de las manos. Y esta entrega absoluta es la clave de su in­ mensa ejecutoria. En la Extremadura romana, visigoda, árabe o cristiana, perdu­ ra la constante entrega de sus hom bres—entrega amorosa, tenaz, inteligente— a las empresas que embargan su vivir. Y esta entrega es más sintomática, nos habla más del pergeño de unos hombres, si reparamos en las cosas humildes—humildes, sí, pero artísticas, ingeniosas—que salen de sus manos. Y este es nuestro caso en la artesanía extremeña. Hay otra razón, para explicarse la variedad y el arte de nues­ tros artesanos. Y se funda esta razón en las tres escuelas de arte­ sanía que decoraron a la Alta Extremadura luengos siglos: las es­ cuelas de Guadalupe, Plasencia y Coria. La primera creció a la sombra del monasterio; las otras dos, al abrigo de las catedrales. Maravilla, en Guadalupe, el examinar los «cuadernos de oficios» compuestos por los frailes jerónimos, que igual hacían—sencilla­

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mente, modestamente,santamente, sin vanidades ni ostentaciones— el portento de un libro de rezo para Isabel la Católica, labraban la reja que pasma en la capilla mayor o iluminaban las viñetas de un cantoral. En Plasencia, en Coria, los oficios que sostenía de por quieto la mesa capitular, eran escuela permanente de enseñanza, de ejemplos, de modos de hacer. Luego, por los hilos arraigados de los gremios, se iba diluyendo la artesana maestría por las aldeas y lugares. Estas son las fuentes que dieron caudal perdurable a la sed de arte y finura que nunca sacian nuestros artesanos; de allí manan sus primores. Así, nos vamos explicando, se mitiga la sorpresa, al ver a nues­ tros hombres y nuestras mujeres acariciar la materia y trocarla en puro arte, en los más apartados rincones, sin aparente explicación de su inconcebible pericia. Podemos llegarnos a una retirada ermi­ ta y rezar a la penumbra ondulante de lamparillas hechas a mano por un zagalejo que aprendió el oficio en la tradición del hogar. Y admirar las filigranas de madera que trabajan en Cáceres, Trujillo, Albalá o la Cum bre. O acercarnos al pertinaz tintineo de alguna herrería y, en silencio, curiosear la destreza con que forja y mol­ dea sus hierros el artesano en una espetera, en un garabato, en algún candil o en cierta reja hecha de encargo: al salir de la herre­ ría, tendremos el convencimiento da que aquel hom bre humilde ca­ paz es de formar escuela en el mundo de las artes, como hizo el de Brozas, Cayetano Polo, al forjar los colgantes de unas lámparas en Coria. Y podemos recrearnos en las florestas del Jerte, mientras los fundidores placentinos templan gigantes campanas para su ca­ tedral. O platicar con el organero de Mapartida sobre las «nuevas diferencias» que piensa introducir en el órgano nuevo que le en­ cargó el deán. O sentarnos al rescoldo en alguna cabaña, en tanto el pastor mide a ojo, con perfecta afinación, la distancia del semi­ tono que ha puesto en su gaita, llena de fantasías y dibujos, y en­ seña al zagal a tatos perdidos a tocer la tripa que servirá de cuer­ das al lindo rabel que piensa lucir cuando cierta pastora visite la majada. O com probar la paciencia que gasta un devoto en labrar figuras con bella expresión para el retablo de corcho que prom e­ tió a su Patrona. O sentarnos de espacio en la penumbra de algún tejedero y seguir con la vista el ir y venir de la lanzadera, que lle­ va en su seno la tenue canilla forrada de lana, de lino o de trapo, y ver enrollarse la tela suave, de finos dibujos, de admirable color. O ir de resolano a comadrear de amores con las mocitas que h a ­ cen bolillos pensando en su ajuar. O apagar la sed en una botija de gentil figura. O rendir pleitesía a la hermosa custodia en que va el Sacramento. O vestirnos de paños de Torrejoncillo; y ya bien vestidos, lucir en la feria... Se nos acaba el espacio, más no el fantasear: recortemos la fan­ tasía. He aquí un escueto itinerario de bellezas artesanas: por toda


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Extremadura se trabaja la madera y el corcho, pero con más arte, en Arroyomolinos de Montánchez, en Baños, en Losar de la Vera, en Plasencia...; la forja de hierro y otros metales, en Cáceres, G ua­ dalupe, Brozas, el Casar, Malpartida...; los paños y encajes, en bue­ nos telares de Zorita, Albalá, Acebo, Ibahernando, La Cumbre, Alia, Alcuéscar, Ruanes, Portaje...; los cueros, en Salorino, T ruji­ llo, Santibánez...; la cerámica, en Arroyo de la Luz...; la plástica en Valencia de Alcántara...; los tocados, en Montehermoso... Si tenemos paciencia y alguna curiosidad, podemos allegar en coplas las faenas artesanas de la Alta Extremadura. Empecemos p o r una-. En m i pueblo, al crujir los telares suenan m ás y m ejor los cantares; y aunque Béjar le ponga más brillo, para paño, el de Torrejoncillo. (Publicado en el folleto-guía de las «Jornadas literarias por la Alta Ex­ trem adura». Cáceres, mayo, 1955).

VI ROMERIA

EN

EL

PUERTO

Tiene la «perla del Valle», la ciudad de Plasencia, hacia el norte, en la finca de Valcorchero, un puerto de paso sobre la cima de la montaña. Desde esta cima, se pierden los ojos, se turba el sentido, se recrea el ánimo, contemplando la maravilla del paisaje. El terre­ no es una pura canchalera, donde el cierzo y el agua sirvieron de gubia, que siglo tras siglo fue cincelando el granito de sus be rro ­ cales. La tierra es generosa, fecunda; y abraza bien las raíces de las oscuras encinas. Antaño, fueron estos parajes buen monte de oso en tiempos de pan llevar. Abundan también en toda caza y volate­ ría. Aquí, en la peña que llaman «cancho de las tres cruces», se apareció Nuestra Señora a un pastorcillo. En este lugar, un tanto por encima, levantó la devoción una pobre ermita para la imagen de la Señora. Cuidaban de su culto ermitaños de la orden tercera de San Francisco. Vivían los ermitaños en chozuelas desmedradas — todavía en el siglo XV, el cabildo de la catedral concede en li­ mosna unas tejas y maderos para la «cueva» de los ermitaños del Puerto— . Los ermitaños, según consta en un pergamino del c o n ­ vento de San Ildefonso, debían tener «el hábito no más largo de hasta la garganta del pie; y la capilla, sencilla y redonda, por las es­ paldas y por el pecho, a manera de muceta; y anden trasquilados a sobrepeine y la barba crecida; y traigan el manto angosto y todo cerrado, pero por delante sea abierto o la mayor parte dél; y trai­ gan caperuzas con orcias del mesmo paño, y calzas del mesmo co­ lor, y calzado negro y abrochados los zapatos con su lazo; y la túnica que debajo trajerer, sea de paño honesto; y traigan cordón». Desde un principio, cuidaron siempre a Nuestra Señora los frailes de San Francisco: primero, los ermitaños; después, los reglares. Poco a poco, el buen ejemplo de los ermitaños, las gracias de


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la Señora, la devoción de Plasencia, fueron atrayendo los fervores de la ciudad, de la comarca, hacia la ermita del Puerto. A finales del siglo XV, el chantre don Diego de Lobera, buen arquitecto, de los primeros que «platicaron» en el cabildo sobre la construc­ ción de la nueva catedral, levantó, en gran parte a su costa, una muy decente ermita a Nuestra Señora. El fervor creció tanto, que los dos cabildos—el de la catedral y el del concejo—rivalizaban en recabar para sí el honor de llevar las andas de la Patrona: y ocasión hubo en que poco faltó para llegar a las manos. Eran cosa de ver las rogativas que hacían a la Señora. Iban los del cabildo—las dig­ nidades, los canónigos, los prebendados— «descalzos de pie y pierna», con roquetes y sobrepellices sin rizar; los hidalgos, caba­ lleros, corregidores, alcaldes y alguaciles, iban desmontados, sin espuelas, sin adornos, sin lujos, sin vanidades en el vestir; los pe­ nitentes, haciendo cosas espantables con las rigurosas disciplinas; el pueblo, atronando los aires con sus clamores. Así recorrían las calles de Plasencia, desde la catedral a San Roque y desde San Roque a la catedral. Solía Nuestra Señora acudir siempre en reme­ dio de sus clamores, de sus rogativas, de sus calamidades. Para agradecer los favores de la Señora, el cabildo se vestía los ornamentos de más lujo y valor que tenía la iglesia mayor. Los ministriles subían a los corredores de la catedral a tocar sus chiri­ mías. En los cubos de la muralla se encendían luminarias. A las puertas de las casas, ardían las «cubas». Alegraban las calles las «danzas pulidas» y alguna «tarasca», a costa del cabildo. El pueblo se engalanaba de colorido atuendo. La comarca acudía en masa a estos regocijos; a ver los toros en la plaza mayor, en la de la Salud, en la de San Nicolás, en la Isla o en la fortaleza; a recrearse con los «fuegos voladores»; a presenciar las comedias; a lucir en los saraos. El concejo abría sus arcas y asistía a todo bajo dosel y en lujosos tabancos. Siempre en medio de los sones de campanas que tañían con gaudio. Luego, con enorme gentío del contorno, acom­ pañaban en procesión hasta la ermita a Nuestra Señora. Allí, en la ermita, se hacía la romería. Primero, sólo cuando por agradeci­ miento se celebraba algún favor de la Señora. Después, cada año, en tiempo de Pascua, cuando empieza a sonreír la primavera. Y son cosas de ver los trajes, los cantos, los bailes, las danzas. Y el caracoleo de los caballos, con vistosos arreos, m ontados por gala­ nes que llevan a su dama en la grupa. Así ha perdurado, año tras año, la devoción a N uestra Señora. Los placentinos, los de la Vera y Valle, los que viven desparrama­ dos por la geografía de España, por la faz del mundo, acuden a estas romerías del Puerto, el domingo de Cuasimodo. Traen sus mejores galas, sus penas, sus gozos, sus cuidados; los ponen, de hinojos, ante la Señora, y todos salen con serenidad en el espíritu a gozar los encantos de la romería: el límpido y transparente añil

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de los aires extremeños; el boscaje de verde color que se atisba en lontananza; los suaves grises de las mórbidas canchaleras; la ale­ gría en el parloteo cantarino de la juventud; las suculencias de la cocina extremeña; el colorido en el vestir; las dulces, profundas, suaves melodías en el cantar; la infinita belleza que puso en la «perla del Valle» el H acedor de toda hermosura. De cuando en cuando, entre el regocijo de los romeros, se oyen coplas de amor, romances y aleluyas populares. En la mayor euforia, vocean los romeros con desgarrada voz el himno a Plasencia: P erla del Valle te llam an p o r tu herm osura; de Extrem adura edén te digo yo. Desde las rocas, allá en su altura, vela tu sueño la Virgen Pura y por tu dicha le pide a Dios... (Publicado en el folleto-guía de las «Jornadas literarias por la Alta Ex­ trem adura». Cáceres, mayo, 1955).


I N D I C E Páginas

O f r e n d a ...........................................................................................

5

P r o e m io .........................................................................................

7

Confidencia ................................................................................ Un cartujo en Miraflores ......................i ................................

7 12

EL

BRUJO

YERBATERO

(Crónica del homenaje a José Antonio Pavón y Jiménez, celebrado en Casatejada, el día 28 de octubre de 1954, con motivo del bicentenario de su nacimiento)

Compás de espera ..................................................................... ..... 21 La Virgen de la S oledad ........................................................ ..... 24 Salutación del a lca ld e .................................................................. 26 Proemio del doctor Fons ........................................................ ..... 27 Ofrenda de Rivas O oday ........................................................ ..... 28 Gratitud del doctor Castillo .................................................... .....29 Improvisación del padre Uribes ........................................... ..... 30 Disertación del doctor Guija Morales...................................... 31 Habla el gobernador de Cáceres ....................................... ......41 Dos lápidas ................................................................................ ..... 44 C o n vivio ...................................................................................... ..... 46 Ensueño del cronista .....................................................................47


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Páginas Páginas

SANGRE

EMERITENSE DOS

(Semblanza martirial de Emérita Augusta, cabeza de Lusitania) 51

La legislación r o m a n a .................................................... El pueblo j u d í o ............................................................... Los perseguidores........................................................... Molicie en la p a z ............................................................. Nuevo r i g o r ..................................................................... La persecución en E spaña.............................................. Emérita A u g u s t a .............................................................

51 53 54 55 56 58 59

I I . — Los dos hermanos ...........................................................

62

Vida y pasión de Servando y Germán, según los breviarios a n ti g u o s .................................................... C o m e n to ............................ .........................................

62 64

I I I . — Sania Eulalia .....................................................................

65

Actas delm artirio............................................................ Com ento ................................................. ....................... Himno de Aurelio Prudencio ..................................... C o m e n to ........................................................................... Añadimiento ................................................................... Fantasía ............................................................................

65 73 74 76 78 81

DE

UN

SOBRE

EL

TAJO

(Semblanza de los puentes de Alcántara y Alconétar)

I.—Las persecuciones ...............................................................

VISIONES

PUENTES

I.—El puente de Alcántara ................................................... 125 II. —El puente de Alconétar..................................................... 133 III.—Leyenda de Floripes ...................................................... ... 138 C o m e n to ................................................................................. 147

LAS

MONJAS

DE

SANTA

CLARA

(Semblanza de un convento placentino)

I.—La voluntad de doña Sevilla .........................................153 II.—Nunca segundas p a r te s ..................................................157 III—Fundación de Santa C la ra ....................................... ....162 IV.—Intrigas mujeriles.......................................................... ....166 V.—La hacienda de Santa Clara .................................... ....170 VI —P le ito s ..................................................................................175 VIL—Prestancia del convento ..................................................179 VIII.—E p ílo g o ........................................................................... ....183 EL

POETA

(Homenaje a José María Gabriel y Galán, en el cincuenta aniversario de su m uerte)........................................................ 187

I.—Un mártir en la tumba del poeta .......................................190 II. —Un cantor analfabeto ...................................................... ....191

CAMINANTE

(El agua fecunda de la Alta Extremadura)

I. —A vista de o jo s ............................................................... II. — Vega viana ....................................................................... III.—La M oheda ..................................................................... IV.—El Carrascal................................................................... V.—E! Borbollón ................................................................... VI.—Los Campos E líseo s .................................................. VII.—El Matón de los Iñigos ............................................... VIH. — Vega de Mesillas ....................................... ...............

87 90 93 96 99 1 02 111 119

TRASUNTOS

MUSICALES

(Organería placentina y otras inquietudes) / .— Los órganos de la catedral placentina ................. ... 199 Añadim iento ..................................................................... ... 305 II.—En torno a la Sociedad Musical Cacereña .............. 207 Añadim iento ..................................................................... ... 210


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— Páginas

¡ II.— E s t e b a n S á n c h e z H e r r e r o ............................................

Añadimiento ..................................................................... I V .— L o s c o r o s p l a c e n t i n o s .................................................... V .— C o r o s y d a n z a s ...............................................................

211 213 215 218

MENUDENCIAS (Trasuntos de historia, de leyenda y fantasía) I . — E l C r is to d e la s B a ta lla s (leyenda placentina) . . . 223 I I .— U n a o fr e n d a d e P i z a r r o ....................................................226 III. — L a s f e r i a s d e C á c e r e s .................................................. ....229 I V . — E l .a g u a m á g ic a d e n u e s t r a v i l l a ................................ ....233 V .— A r t e s a n í a ....236 VI..— R o m e r í a e n e l P u e r t o .................................................... ....239

Biblioteca (Extremeña £1 corazón no am a lo que el entendimiento ignora. Si quieres plasm ar en tu espíritu hondos afectos hacia esta tierra de conquistadores, santos y poetas, conócela profundamente. L a «Biblioteca E xtrem eña» recogerá documentos m a­ lí uscritos, obras impresas cuyos ejemplares escaseen, colecciones de trabajos disem inados por revistas y periódicos, extractos de lo referente a E xtrem adura en obras generales y volum inosas..., todo lo que pueda servir de base a]un co ­ nocimiento de la región, presentado en ortografía actual, para que sirva a los eruditos, a los estudiosos y al común de los lectores. VOLUMENES PUBLICADOS 1 .— B ib lio g r a fía d e E x tr e m a d u r a , por Domingo Sánchez Loro.

Cáceres, 1951. Tom o I. Precio: 68 pesetas. Contiene 5.000 fichas bibliográficas de lo existente sobre la región, im ­ preso, m anuscrito o publicado en revistas y periódicos. Es una obra ingen­ te y monum ental, que por la am plitud de sus facetas y el carácter exhaus­ tivo con que el autor las trata, hará posible que sea estudiada y conocida la ejecutoria de Extrem adura en el correr de los siglos y las posibilidades que encierra para el futuro engrandecim iento de la Patria. Este prim er volu­ men de la «Biblioteca Extremeña» contiene una am plia introducción sobre los fines de la misma. 2 . — V id a y M i la g r o s d e l o s P a d r e s E m e r i t e n s e s , por Paulo

Diácono. Cáceres, 1951. Precio: 16 pesetas. Este libro fue escrito en latín en el siglo VII. Es uno de los más im por­ tantes para la historia eclesiástica de España y para la de Extrem adura ina­ preciable. La «Biblioteca Extremeña» lo publica ahora, por prim era vez en castellano, con las notas que puso a la obra el regidor de Mérida Bernabé Moreno de Vargas, en el siglo XVII, según un rarísim o ejem plar existente en la Biblioteca Provincial de Cáceres. El texto va precedido de un estudio prelim inar sobre el autor y la obra, y una sem blanza sobre la sede m etro­ politana em eritense; como apéndice, lleva documentos de interés para Mérida, entre los que destaca la traducción castellana de las actas del m artirio de San Germán, San Servando y Santa Eulalia, que decoran la historia de Em érita Augusta. La traducción, estudio prelim inar, apéndices y notas, se deben a Domingo Sánchez Loro. 3 . — A m e n id a d e s , f lo r e s ta s y r e c r e o s d e la p r o v i n c i a d e la Ve­ r a A lta y B a ja , e n la E x t r e m a d u r a , por Gabriel Azedo de la

Berrueza y Porras. Cáceres, 1951. Precio: 12 pesetas. Es una joya literaria esta obra, que oompite en las antologías con los más celebrados estilistas de la lengua castellana. Sus descripciones de la Vera son de lo m ejor que existe en el idiom a de Cervantes. Aparte de esto


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contiene varias y curiosas noticias de la región, que hacen m uy sabrosa su lectura. T rata de la retirada que muchos santos pontífices, prelados y diá­ conos de Andalucía y otras partes, hicieron a las sierras de la Vera, huyen­ do de la persecución de los moros; de cómo los griegos vinieron a España y asentaron en la región de Plasencia; de algunos hijos de esta tierra, pre­ claro? en arm as, letras y virtud, que sirvieron mucho a los reyes de España y a Dios Nuestro Señor; de Viriato; de la Serrana de la Vera; de romances; de historia; de tradiciones; de leyendas; de paisajes y de otras m il curio sidades. Fue escrita en el siglo XVII. La precede en esta edición un prólo­ go, sobre el autor y la obra, de Domingo Sánchez Loro.

prelim inar sobre el autor y la obra, con anotaciones y com entarios al texto de Boxoyo, de Miguel Muñoz de San Pedro. Va dedicada al Caudillo esta im presión de la H istoria de Cáceres, en cuyo recinto evocador y pleno de añeja historia, en el palacio de los Golfines de Arriba, fue proclam ado Jefe del Estado Español y Generalísimo de los Ejércitos. La tianscripción del tex­ to prim itivo a la ortografía actual, ordenación e im presión de las dos obras que integran este volumen, han sido hechas por Domingo Sánchez Loro.

4 . — P o s i b i l i d a d e s in d u s t r i a l e s d e Ia A lta E x tr e m a d u r a . —(Se­

Integra este volumen todo cuanto constituye la m édula histórica de la villa del Casar: el dato geográfico, las condiciones sanitarias del lugar, la anécdota histórica, las piedras ilustres, el nivel agrícola, el censo de hijos preclaros, la referencia industrial, la flora y la fauna, etc. El original, con­ servado en el m onasterio de Guadalupe, se da a la im prenta por prim era vez. La descripción y noticias del Casar van seguidas de las biografías de tres hijos ilustres: Vida prodigiosa del venerable y extático varón fr a y Juan de San Dugo, por fray Francisco de Soto y Mame; Vida del santo padre y mártir de Cristo fr a y Agustín del Casar, extremeño de nación e hijo del real convento de Valladolid, por fray Francisco de Vega y Toraya; Noticias de fr a y Diego de Vivas, natural de el Casar de Cáceres y provincial de la de San ^Miguel de nuestro padre San “francisco, por fray José de Santa Cruz. También es dechado esta historia del Casar, del trasiego de hom bres, instituciones e ideas, entre los hum ildes lugares de Extrem adura con el nuevo mundo. La plum a de Domingo Sánchez Loro hace prólogo y pregón de este volumen y allega notas y comentarios sobre el texto. En este prólogo de Domingo Sánchez Loro se estudia a la luz de la filosofía y de la teología la naturaleza humana, para situar a los hombres ante la vida y ante la hi-toria, en el crisol de los hondos problem as de ayer y de hoy. Vicente Barrantes aporta noticias del m anuscrito y Felipe León Guerra hace la presentación.

gundo ciclo de conferencias organizado por el Departamento de Seminarios de la Jefatura Provincial del Movimiento, de Cáceres). Cáceres, 1951. Precio: 30 pesetas. Las más prestigiosas figuras, por sus conocimientos y por las altas je­ rarquías que ostentan en los organism os del Estado, exponen en este volu­ m en los problem as de m ayor transcendencia y urgente solución en la Alta Extrem adura, sobre los más variados temas industriales y económicos: re ­ gadíos, turism o, transportes, cultivos diversos, ahorro, repoblación, indus­ trias varias, e tc , todo ello del m ás subido interés para la economía extre­ meña. Su lectura abre nuevos e insospechados horizontes a los técnicos, em presarios y a todo el que sienta alguna inquietud sobre tales proble­ m as y desee conocer su verdadero planteam iento y posibles soluciones. Prestigia a este volumen un prólogo del jefe provincial del Movimiento y gobernador civil en Cáceres, Antonio Rueda y Sánchez-Malo. 5 . — H is to r ia y a n a l e s d e la c iu d a d y o b i s p a d o d e P la s e n c ia ,

por fray Alonso Fernández. Cáceres, 1952. Precio: 80 pesetas. F ue escrita esta obra a principios del siglo XVII, de cuya edición ya quedaban rarísim os ejem plares. Es de las obras más im portantes de carác­ ter general que existen sobre Extrem adura. El autor no se lim ita a Plasen­ cia y su obispado; abarca tem as históricos y personajes que actuaron en to­ da la región y aún fuera de ella, especialm ente los caballeros de la Orden de Alcántara; dedica varios capítulos a la gesta de los extrem eños en el nuevo m undo. Por la seriedad con que está escrita, por l a personalidad del autor y su galano estilo, por la discreta y sabia exposición de los sucesos, merece esta obra ser conocida; por atribuirse a fray Alonso la paternidad del «Quijote*, que vio la luz bajo el seudónim o del licenciado Alonso F e r­ nández de Avellaneda, adquiere dim ensión universal ei autor y su obra. El prólogo de esta edición contiene una biografía del celebrado fray Alonso, escrita por Domingo Sánchez Loro. Un m apa del obispado de Plasencia, hasta ahora inédito, hecho en 1797 por Tomás López, ilustra el texto. d e C á c e r e s y s u p a tr o n a , por Simón Boxoyo. Cáceres, 1952. Precio: 30 pesetas.

6 — H is to r ia

Benito

Las noticias históricas que contiene este volumen se hallaban hasta ahora inéditas. Al publicarlas, se presta a Cáceres un gran servicio, pues carecía de una historia general. La historia de N uestra Señora de la Mon­ taña ocupa la segunda parte del volumen. Avalora esta edición un estudio

7.—D e s c r ip c ió n y n o tic ia s d e l C a s a r d e C á c e r e s , por G regorio Sánchez de Dios. Cáceres, 1952. Precio: 25 pesetas.

S . — R e la c ió n d e l n u e v o d e s c u b r im ie n to d e l f a m o s o l i o g r a n d e , q u e p o r e l n o m b r e d e l c a p itá n q u e lo d e s c u b r i ó , s e H a m o e l r ío d e O r e lla n a , por fray Gaspar de Carvajal, capellán de

tan famosa empresa. Cáceres, 1953. Precio: 60 pesetas. Se hace la im presión de este volumen en m em oria de Francisco de Orellana, descubridor del Amazonas, en el cuarto centenario de su muerte, y en homenaje de su biógrafo eximio e ilustro chileno don José Toribio Medina, en el prim er centenario de su nacimiento. Francisco de Orellana, capitán de la hazaña, y fray Gaspar de Carvajal, capellán y cronista de la misma, eran trujillanos. Sirve de proemio a este volumen un estudio, hecho por Domingo Sánchez Loro, sobre la profundidad histórica de la gesta trujillana, con una semblanza del viejo Trujillo, noticias del linaje de Orellana y apuntes biográficos sobre Toribio Medina. Sigue una espléndida in tro ­ ducción escrita por este chileno, pasmo de erudición, que es lo m ejor que hasta ahora se ha producido sobre el héroe, sobre su cronista y sobre la hazaña del río Amazonas. Este volumen viene a llenar una honda laguna en el mundo erudito, pues era muy difícil poder consultar los rarísim os «jem plares de esta obra. A continuación se inserta la crónica del padre Carvajal, de extraordinaria im portancia histórica. En la parte documental se incluyen valiosos alegatos en pro del buen nom bre de Orellana, en cuya reputación se había cebado el sectarism o y saña de la leyenda negra an­ tiespañola.


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9 .— L ib r o d e la in v e n c ió n d e e s ta S a n t a I m a g e n d e G u a d a lu ­ p e ; y d e Ia e r e c c ió n y fu n d a c ió n d e e s te M o n a s te r io ; y d e a l g u n a s c o s a s p a r tic u la r e s y v i d a s d e a lg u n o s r e lig io s o s d e é l, por el padre fray Diego de Ecija, vicario de esta Santa

Casa. Cáceres, 1953. Precio: 65 pesetas. Se publica en este volumen el m anuscrito de la prim era historia que se escribió sobre el real m onasterio de Guadalupe, a principios del siglo XVI. La obra consta de cuatro libros: el prim ero, trata del origen e inven­ ción de la Santa Im agen de Nuestra Señora de Guadalupe; el segundo, de la erección y fundación de su iglesia y m onasterio; el tercero, n arra la fun­ dación de la Orden de jerónim os en España por fray Fernando Yáñez de Figueroa, natural de Cáceres, y de su llegada con otros religiosos a Gua­ dalupe; el cuarto, contiene la vida de algunos siervos de Dios que brillaron en G uadalupe por sus letras y virtud. La im portancia del m anuscrito por su antigüedad, por ser el autor testigo de vista de la m ayoría de los suce­ sos que cuenta, por ser la fuente principal de donde sacaron sus noticias los dem ás historiadores de G u a d a l u p e — m uchas veces sin decirlo—y por la vigorosa personalidad de fray Diego de Ecija, le hacen ocupar un puesto destacado en la historia extremeña. La prestigiosa plum a del doctor fray Arcángel Barrado Manzano avalora el texto con una erudita introducción sobre la obra y el autor. Este volumen va dedicado a conm em orar el vein­ ticinco aniversario de la coronación canónica de Nuestra Señora de Gua­ dalupe, Reina de las Españas, bajo cuyos auspicios realizó nuestra P atria los hechos m ás culm inantes de su historia. 10. — R e a l i d a d e s y e s p e r a n z a s d e la A lta E x tr e m a d u r a . (Cuarto

ciclo de conferencias organizado por el Departam ento de Se­ minarios de la Jefatura Provincial del M ovimiento, de Cáce­ res). Cáceres, 1953. Precio: 43 pesetas. Desfila por este volumen la flor y nata de Extrem adura, evocando glo­ rias de ayer, bellezas de hoy, esperanzas del m añana. Un equipo de mentes privilegiadas, plenas de sabiduría y en vértice de prestigio nacional, con­ vierten este libro en cátedra de prestigioso y am plio m agisterio sobre las m ás hondas y variadas facetas de la Alta Extrem adura: Bútler descubre el tesoro forestal de las H urdes legendarias y escondidas; González Valcárcel narra el encanto de la celda resurgida del m onarca que llevó en sus hom ­ bros el peso del m undo y cerró sus ojos en las delicias de Yuste; Carbonero Bravo nos ilustra sobre la inm ensa riqueza del ganado trashum ante en nuestra región, orgullo y sustento de la Patria; Floriano Cumbreño ofrece el mosáico de castillos y piedras togadas que vuelan heráldicam ente; Pérez Comendador deleita nuestra fantasía con sus im presiones de artista por las huellas de la civilización; García-Pablos nos conduce con la Jinterna urba­ n í s t i c a por los barrios añosos de Cáceres, Trujillo y Plasencia; Hernández Pacheco nos pasm a con su ciencia sobre los secretos cósmicos escondidos en la gleba milenaria; Herm oso despierta en las almas sutiles florilegios de galanura pictórica; Roso de Luna nos sobrecoge con sus aventuras soli­ tarias por continentes m isteriosos. La péñola del señor Rueda y SánchezMalo sirve de pórtico a este volumen, haciendo gala con su habitual donai­ re de espíritu cultivado y selecto como artífice del buen decir. El conjunto del volumen es una semblanza honda, sugerente, fecunda—esto es, desper­ tadora de iniciativas—; es una semblanza transcendente de la Alta Extrem adura.

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d e E x tr e m a d u r a , p o r Pascual Madoz. Cuatro volúmenes. Cáceres, 1953-55. Precio: 300 pesetas.

11.— D ic c io n a r io h is tó r ic o - g e o g r á fic o

Abarca este diccionario, con método riguroso en sus artículos, datos y noticias sobre el nom bre de cada pueblo, sus dependencias y distancias, situación y clima, interior de la población y sus afueras, término, calidad del terreno, caminos, correos y diligencias, producciones, industria, co­ mercio, población, riqueza, tributos e historia. Este noticioso conjunto, prestigiado por la seriedad y pulcritud con que su autor lo compuso, ha sido durante un siglo lo más perfecto que en su género tenía España; y, para nosotros, aún es hoy el libro general que mejor nos habla de Extre­ m adura. Su valor es perm anente. Va dedicado a los Cabildos de H erm an­ dad, en la Alta y Baja Extrem adura. Sale a luz esta edición tal y como su autor dejó compuesto el diccionario. Para ofrecer m ayor claridad tipográ­ fica, mejor acomodo y utilidud en su lectura, se han deshecho abreviaturas, actualizado su ortografía y puesto acápites discrecionales en cada artículo, añadiendo un am plio índice general en cada tomo. Un estudio prelim inar sobre la obra y el autor, debido a la plum a de Domingo Sánchez Loro, que ha preparado la edición, abre las páginas de este diccionario. 1 2 .— ¡ S a n g r e d e M á r tir e s !: v id v y m a r tir io d e u n e x tr e m e ñ o e n la c iu d a d d e l o s c o n c ilio s (d o n F a u s to C a n te r o R o n c e r o ) , por

el P. Diego Marcelo Merino. Cáceres, 1954. Precio: 43 pesetas. Viene este libro a m ostrarnos un moderno hito de ejem plaridad: la vi­ da, el m artirio de un extremeño; vida fervorosa, transcendente, humana, fecunda; m artirio cristiano, gozoso, sin odio, sin rencor hacia los verdu­ gos. En este libro aparecen hechos carne, hueso, espíritu, las raíces profun­ das, los módulos perm anentes de la form a de ser hispana; en sus hechos culm inantes, se otean los matices de la reciedum bre extrem eña. La fe, el patriotism o de don Fausto Cantero, hondos, abnegados hasta la m uerte, son exponente de la argam asa con que se fraguaron los ideales que sustentan al Movimiento. La plum a de don Diego Marcelo Merino, donosa, aguda, llena de arm onía, va desflorando ante el lector la rosa fra ­ gante de una vida, el calvario doloroso de un m artirio. Domingo Sánchez Loro presenta al autor y evoca con hondura, con arte, bellamente, la gesta que dio vida a los ideales que exhala este libro. 1 3 .— F lo r e s d e m i tie r r a : h is to r ia , c o s t u m b r e s y le y e n d a s d e A h ig a l, por el P. Segundo García y García, arcipreste de La-

gunilla. Cáceres, 1955. Precio: 30 pesetas. Las cosas pequeñas del cotidiano vivir son el exponente más flel del alm a de un pueblo; en la llaneza y sim plicidad de los usos, costum bres y afanes diarios, se encierran los matices de la forma de ser característica de una región, de una comarca, de una aldea. Se necesita aguda intuición, ex­ quisita sensibilidad, espíritu observador, sutil, delicado, para ahondar en la ruda corteza de los pueblos extrem eños y percibir la savia de su alm a recatada y profunda, llena de poesía, de exaltación, de rectitud, de espiri­ tualidad y ensueño. Este libro del arcipreste de Lagunilla, con sabroso do­ naire y armonioso equilibrio en la narración, nos m uestra el carácter recio y dulce, laborioso y alegre, rústico en apariencia y sensible en el corazón,


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•de un pueblo de la Alta Extrem adura: Ahigal; sus costumbres, sus leyendas, sus tradiciones, su historia, sus esperanzas. Varias ilustraciones decoran y amenizan las páginas del libro. 1 4 .— T r a s u n to s e x t r e m e ñ o s , por Domingo Sánchez Loro. Cáceres,

1955. Precio: 60 pesetas. E ncierra este libro un conjunto de m atices del alm a extremeña. En sus páginas se aprecia el propósito de rehuir los ditiram bos, alharacas y frus­ lerías. Se busca, íntim am ente, pudorosam ente, con amor, los matices ca­ racterísticos de los hom bres y las cosas: las razones telúricas, últim as, re ­ cónditas, que mueven a los hombres; la belleza, la intim idad, el meollo, la sustancia de las cosas, que circuyen a los hombres; la m isteriosa com pene­ tración de las alm as y el paisaje, de la tierra y de la vida. Desfilan sem­ blanzas de sabios y poetas, de guerreros y m ártires; de la ejecutoria de ayer, de los trabajos e inquietudes de hoy, de las esperanzas del mañana. La pasión—serena pasión—, el fervor, la sencillez del estilo, son vértice que trueca en unidad transcendente, histórica, sentim ental, la tem ática variada de sus capítulos. La lectura de este libro engendra en el alm a una visión plácida, sutil, amorosa, de Extrem adura.

EN PRENSA 1 5 .— C o r ia (R e c o n q u is ta d e ¡a A lta E x t r e m a d u r a ) , por Gervasio

Velo y Nieto. La plum a galana, amorosa, erudita, asentada, de Gervasio Velo y Nieto, traza en este libro la semblanza de una época histórica descollante en la Alta Extrem adura: su reconquista por las arm as cristianas del poderío agareno. L ugar decisivo en esta reconquista fue la ciudad de Coria. En este volum en se perfilan los hechos de la g uerra y las inquietudes de la paz; las hazañas legendarias y las curiosas m enudencias del cotidiano vivir; las letras y las artes; la historia y la leyenda. Con su lectura, poco a poco, go­ zosamente, se nos va entrando en el alm a la form a de sentir, de pensar, de com portarse; la form a de ser que tenían nuestros progenitores. Vemos cómo proyectan su pujanza en la historia de la Patria; cómo es natural que aquallos hom bres gigantes, los hijos de aquellos hombres, agotaran en el nuevo m undo la capacidad de asombro. La época estudiada en este volu­ men, con su rudeza, con sus heroísmos, con sus pasiones y santidades, preludia esa ejecutoria extrem eña que no tiene igual en el m undo. El estilo es llano; la narración, insinuante. Pero los fundam entos históricos so basan en maciza erudición. 1 6 . —E i c o n v e n t o p la c e n tin o d e S a n I l d e fo n s o , por Domingo

Sánchez Loro. El resorte decisivo que mueve a los hom bres y a los pueblos, es el espí­ ritu; las obras, las inquietudes del espíritu. Este volumen, que encierra la historia y la vida de un convento placentino, sirve de aldabonazo a las al­ m as de nuestro m undo m aterializado; es tábano sugerente y norm ativo p a ­ ra los hom bres de fineza espiritual, de afanes transcendentes. La visión que nos da el autor de este convento placentino, al seguir las hebras de su his­ toria, trasluce, insensiblem ente, las creencias norm ativas de nuestro pue­

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blo; m uestra la raigam bre de nuestros místicos, de nuestros ascetas qu& —en frase de Santa Teresa—parecían «hechos de raíces de árboles». La historia de este convento explica, en anchura y profundidad, la inmensa, la inexplicable—a los ojos frívolos—ejecutoria Extrem eña. Con su lectura, apreciam os la reciedum bre de nuestro espíritu, del espíritu de nuestros hombres, de nuestras instituciones, de nuestro pueblo. Los matice? de unas almas enclaustradas influyen más en la historia del m undo que todos los adelantos de la m ateria, cuando la m ateria no sirve al espíritu. El estilo del libro es discreto, bello, de factura clásica. La erudición—aunque el libro no tiene apariencia erudita—es en un todo de prim era mano. 1 7 . — M e m o r ia ! d e la c a lid a d y s e r v i c i o s d e la c a s a d e d o n A l v a r o F r a n c is c o d e U iio a G o lfín y C h a v e s , c a b a lle r o d e ! o r d e n d e A lc á n ta r a , s e ñ o r d e ! m a y o r a z g o d e C a s tille jo , e n la v illa d e C á c e r e s , atribuido a José Pellicer de Tovar. El hombre es el sistema. Los hechos de los hom bres forman la historia. P ara conocer la historia, necesitamos conocer los hombres, el pensar, el sentir, el obrar de los hom bres que han hecho la historia. La historia cono­ cida de esta m anera, es m aestra de la vida. Cáceres tiene su historia; histo­ ria ejem plar, colorida, fecunda. Este volumen nos m uestra a los hom bres que han hecho la historia de Cáceres: su genealogía, sus entronques, sus hazañas, sus em pinam ientos y decadencias, sus venturas y desventuras. Abraza este libro apellidos cacereños; los entronques de estos apellidos nos m uestran la proyección de Cáceres sobre Extrem adura y sobre la patria de aquende y allende el Océano. Al seguir la ejecutoria de estos apellidos, nos adentram os en la historia del mundo; vemos la influencia de nuestros hom ­ bres en la universal historia. Además, este libro es el único, puntual y se­ rio, que trata las cosas de Cáceres; es la base de todos los demás. En fin, es el m ejor libro que existe sobre Cáceres. Se escribió en 1675. Su reim pre­ sión era de urgente necesidad. Domingo Sánchez Loro ha transcrito el texto a la ortografía actual, le ha comentado y le ha puesto un prc logo sobre la obra y el autor. 1 8 .— D o n D ie g o d e J e r e z ( C o n s e je r o d e l o s R e v e s C a tó ­ lic o s , s e r v i d o r d e l o s d u q u e s d e P la s e n c ia , d e á n y p r o t o ­ n a to r io d e s u ig le s ia c a te d r a l) , por Domingo Sánchez Loro. Tiene Extrem adura muchas figuras de universales dimensiones; aún perm anecen ignoradas otras m uchas de prim era m agnitud. Hom bres d& ejecutoria descollante en cualquier otra región, apenas alcanzan que en Extrem adura se repare en ellos. Una de estas gigantes figuras olvidadas es don Diego de Jerez. Contiene este volumen la biografía de don Diego de Jerez. Don Diego presenta en su vida grandes motivos de m editación, de ejem plaridad. Se m anda hacer las exequias antes de m orir y que su cuerpo agonizante sea puesto en el suelo sobre ceniza o polvo, o a lo más sobre unas pajas. Estas exequias de don Diego fueron antecedente de los funera­ les que en vida se m andó hacer Carlos V en Yuste. Como servidor de los Zúñigas, don Diego intervino en grandes rebeliones y levantam ientos d u ­ rante el reinado de Enrique IV. Como ayo del m aestre don Ju an de Zúñiga, proyectó su influencia, su discreción y sabiduría sobre la orden de Alcán­ tara y sobre la vida y aficiones artísticas y literarias del maestre. C ontri­ buyó de m anera decisiva en la pacificación de E xtrem adura a favor de los Reyes Católicos. Como deán de Plasencia, hizo grandes cosas; entre otras,


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«mpezó a construir su herm osa catedral. La plum a de Domingo Sánchez Loro, con m ateriales inéditos, con abundosa erudición, con estilo que pue­ de servir de ejem plar y dechado, va trazando en este volumen la vida y la obra de don Diego de Jerez: sus grandes hechos, su parecer brillante, sus m iserias hum anas. Junto con la biografía de don Diego, nos m uestra el autor una discreta sem blanza de aquella época histórica en la Alta Extrem adura.

L a s H u r d e s : L o q u e h a n s id o , lo q u e s o n , lo q u e p u e d e n s e r ,

1 9 .— N o tic ia s p a r tic u la r e s d e io q u e v a s u c e d ie n d o e n P l a ­ s e n c ia (1738-1800), por Francisco y Pedro María Ramos de

H is to r ia d e N u e s tr a S e ñ o r a d e G u a d a lu p e y fu n d a c ió n d e s u s a n ta c a s a , por fray Gabriel de Talavera.

Collazos. Se trata de un curioso m anuscrito sobre Plasencia. Es una m iscelánea de sucesos: historia, religión, costumbres, economía, anécdotas, hechos de im portancia, menudencias; nada escapa a la curiosidad de los autores. Francisco Ramos de Collazos y su hijo Pedro María sólo narran lo que han visto con sus ojos u oyeron a personas de crédito. Pacientemente, día a día, van escribiendo las páginas coloridas de su diario. Estas páginas em anan p ura vida; la vida del pueblo placentino en el siglo XVIII. Con la lectura de este volumen, nos percatam os de que, m enudeando en el estudio de los m atices íntimos, sensibles, de las cosas vulgares, cotidianas, so aprehende m ejor el alm a de un pueblo, el recóndito im pulso de su vivir, la intrínseca razón de su obrar. La sencillez, la propiedad, la n aturalidad-no vulgaridad— del estilo, es puro encanto. La transcripción del manuscrito, ordenación del texto, actualización de su ortografía, notas, prólogo y com entarios so­ bre el libro y los autores, han sido hechas por Domingo Sánchez Loro. Es esta la prim era de las m isceláneas placentinas que, Dios m ediante, se p ublicarán en la «Biblioteca Extremeña»; todas m anuscritas, aún inéditas. N inguna otra población de Extrem adura es más rica que Plasencia en m isceláneas.

PROXIMOS VOLUMENES por varios autores. H is to r ia d e Z o r i t a y s u P a tr o n a , por Domingo Sánchez Loro.

A c o ta c io n e s d e u n le c to r s o b r e E x tr e m a d u r a , por Domingo

Sánchez Loro. B ib lio g r a fía g e o g r á fic a d e E x tr e m a d u r a , por José V. Corraliza. M u je r e s e x tr e m e ñ a s , por Domingo Sánchez Loro. P a r tid o s tr iu n fa n te s d e la B e tu r ia tú r d u ia , c o n t o d a s la s p o b l a ü o n e s lib r e s c o m p r e n d id a s b a jo e l c e r c o d e q u in c e le ­ g u a s d e la v illa d e H o r n a c h o s , por fray Juan M atheo Reyes

Ortíz de Tovar. E l e m p in a m ie n to h u m a n o ( V is io n e s d e u n c a m in a n te p o r la A lta E x tr e m a d u r a ) , por Domingo Sánchez Loro. L o s J e r ó n im o s e n E x tr e m a d u r a : C á c e r e s , G u a d a lu p e y Y u s te ,

por fray José de Sigüenza. E f e m é r i d e s e x tr e m e ñ a s

2 0 . — E m é r ita A u g u s t a ( H is to r ia y m o n u m e n to s d e M é r id a ),

por Domingo Sánchez Loro. Este libro, en apariencia, no es erudito. Em pero, es obra del entendi­ miento, del estudio, de una sutil, aunque disim ulada erudición. También es un libro emotivo, fruto del corazón. El autor, con sosiego de erudito, con im paciencia de enamorado, en ingenioso casam iento de serenidad y fervo­ res, nos m uestra las galas, los siglos de ventura, los años de apocamiento, en Em érita Augusta. La historia de esta colonia rom ana ocupa la prim era parte del volumen; sus m onumentos ocupan la parte segunda. En todo el libro esplenden dos proyecciones emeritenses: una es la vida íntim a, esplen­ dorosa, llena de pujanza, que tuvo la ciudad; otra es su influencia decisiva en la integración del m undo hispano-romano, en la cristianización de los módulos que m erecían salvarse cuando se arruinó el Im perio, en la unifi­ cación religiosa de Espatia a través de sus arzobispos, en la buena cuenta que dieron sus hijos en los tiem pos de la Reconquista, en la hazañosa p a r­ ticipación que tuvo en las gestas del nuevo mundo. Itera y reitera el autor la im portancia de Mérida, que es índice, vórtice, punto geométrico, hito culm inador de la ejecutoria hispana; porque Em érita Augusta se llam aba tam bién «la otra Eoma»; en todo el mundo, ninguna colonia ganaba en prestancia a Em érita Augusta, si no es la ciudad de Rómulo. Fruto de esta prestancia son los monum entos que el autor nos describe por menudo. En cuanto a la parte literaria sigue este volumen la placidez, la facundia, la llaneza en el estilo peculiar de Domingo Sánchez Loro.

(U n a

le c tu r a p a r a

cada

d í a ) , por

Domingo Sánchez Loro. H is to r ia d e P la s e n c ia , por José María Barrios y Rufo. L a M ú s ic a e n G u a d a lu p e ( L o s ó r g a n o s y lo s o r g a n is ta s , la c a p illa y s u s m a e s t r o s , la o r q u e s ta y l o s m i n is tr ile s , lo s c o m p o s ito r e s y la e n s e ñ a n z a d e ¡a m ú s ic a ) , por Domingo

Sánchez Loro. L a S e r r a n a d e la V e ra y o tr a s n a r r a c io n e s d e E x tr e m a d u r a ,

por Vicente Barrantes. G e n e a lo g ía d e in d ia n o s e x tr e m e ñ o s , por Domingo Sánchez Loro. V ia je s p o r E x tr e m a d u r a , de varios autores. C r ó n ic a d e la o r d e n d e A lc á n ta r a , por Alonso T orres y Tapia. P r e la d o s p la c e n tin o s : n o t a s p a r a s u s b io g r a fía s y p a r a la h i s ­ to r ia d o c u m e n ta l d e la s a n ta ig le s ia c a te d r a l y c iu d a d d e P la s e n c ia , por José Benavides Checa.


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Extremeños ® FM ^ispaniarum

Hegina,

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ora pro nobis

Trasuntos

Sancta ZÍTarta 6e <5ua6alupe,

Trasuntos extremeños por Domingo Sánchez Loro  

Trasuntos extremeños por Domingo Sánchez Loro

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