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MIGUEL MUÑOZ DE SAN PEDRO

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CONDE DE CANILLEROS

EXTREMADURA (LA TIERRA EN LA QUE NACÍAN LOS DIOSES)

ESPASA- CALPE, S. A.

MADRI D 1961


D E D IC A T O R IA

ES ©

PROPIEDAD

E s p a s a -C a l p e ,

S. A., Madrid

Printcd in Spain

N.o Rgtr.°: 2.579— 6] Depósito legal: !Vt. 9.219— 1961

A la memoria de mi padre, extre­ meño de nacimiento y de corazón, ca­ ballero de la extremeña Orden militar de Alcántara, que duerme el sueño de los justos en estas tierras. Y a mi madre, que nació, vive y quiere morir en Extremadura.


PR EL IM INARES Un escritor de nuestro tiempo, Rafael García Serrano, tuvo la fortuna de encontrar un título definitivo para un libro suyo sobre una conquista americana: Cuando los dioses nacían en Extremadura. Nada más adecuado, como símbolo de la región extremeña, que ese título, pre­ gonero de una gloria impar, de un monopolio en el naci­ miento de aquellos auténticos dioses, superadores en rea­ lidades absolutas de las hazañas míticas de las olímpicas deidades helénicas. Extremadura, con sus terrenos primitivos, que le dan ancestral prestigio geológico y telúrico; con sus contrastes geográficos, con su tradición agrícola y ganadera, con sus remotas civilizaciones, con su historia gloriosa y sus teso­ ros de arte, tuvo su momento crucial y decisivo, su apo­ teosis universal, en la conquista de América. nacie­ ron los dioses, iodos /os grandes dioses conquistadores del inmenso continente, desde Vasco Núñez de Balboa a Pedro de Valdivia, desde Hernán Cortés a Francisco P izarro, desde Sebastián de Belalcázar a Pedro de Alvar ado, desde Francisco de Orellana, e/ titán del Amazonas, a Hernando de Soto, el soñador del M isisipí... Del norte mejicano hasta la Patagonia, /os pasos de los dioses ex­ tremeños, vibrando a lo largo de la gigantesca columna vertebral de los Andes, incorporaron a Cristo y a España la inmensidad del Nuevo Mundo. Desde el feliz hallazgo de García Serrano, Extremadu­ ra será ya siempre la tierra en la que nacían los dioses. Y esta tierra, en una visión necesariamente compendiada, es la que vamos a recorrer, lector amigo, a través de sierras y llanuras, por ilustres ciudades históricas y campesinas aldeas labradoras, entre viejos castillos y modernos pan-

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tanas, atentas a un ayer único y glorioso, sin olvidar un futuro de infinitas posibilidades, </we acaso pueda hacer el milagro de que la tierra en la que nacían los dioses sea el futuro paraíso de la patria. * * * Ambas provincias extremeñas, Cáceres y Badajoz, fo r ­ man las dos mitades del todo único que fue durante siglos la provincia de Extremadura. No cuenta ni en la raza ni en la Historia la linde marcada confines administrativos por una disposición estatal, aunque no se trazó demasiado arbitrariamente, ya que la divisoria sigue las cordilleras centrales extremeñas, casi delimitando las dos grandes cuencas del Tajo y del Guadiana. De todas formas, porque son recientes y rompen el concepto histórico de unidad regional, preferimos a las denominaciones provinciales las de Alta y Baja Extremadura, de más tradición geográfica. Con ellas encabezaremos las dos partes de nuestro libro, anteponiéndolas una Introducción que nos disponga para entrar en los ámbitos extremeños, sabiendo algo de su tierra, de su raza, de su historia, de su vivir... En realidad, si se tratara de encontrar peculiaridades, habría que ir a otras divisiones, porque arriba del Tajo está la zona de influencia leonesa, como al sur del Guadia­ na la de contacto andaluz y , entre los dos ríos, la de más independiente personalidad, .sin que queramos decir con ello que existan diferenciaciones fundamentales, ni que los geógrafos las consideren comarcas con rigor científico, pues en este caso sería precisa la fragmentación en más pequeños y numerosos sectores. Queremos mencionar íntegramente la toponimia extre­ meña, todas las localidades, sin excepción. Muchos pue­ blos no aportarán más que su nombre o, si acaso, cualquier escueta noticia. Esta es la Extremadura aldeana y olvi­ dada, que también tiene derecho a figurar alguna vez en las páginas impresas, porque, además, no faltará alguien que cifre su ilusión en leer aquí cualquiera de esos nom­ bres. La oscuridad que en ellos se encierre la compensarán crecidamente tantas ciudades y pueblos cargados de arte, de historia, de interés. Aunque con el fin de que exista alguna ordenación vamos a ir recorriendo los partidos judiciales, en algún momento alteraremos este plan, bien entendido que nues­ tro propósito no es trazar rutas turísticas — éstas se en­

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cuentran fácilmente en los mapas— , sino adentrarnos en Extremadura, perdernos en sus confines e ir descubrien­ do lo que nos salga al paso, sea historia o leyenda, arte o tipismo, pretérito o presente... Captar las estrofas de este poema que es lo extremeño, en el que riman la oveja merina trashumante y el recio castillo, la torre y el granero, el hidalgo y el gañán, la encina y el pantano, la sierra y la llanura, el sol y la espiga, el ayer y el mañana...

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1. o h m ontes de Hervás, en la zona orográfica de m ayores relieves

INTRODUCCIÓN A l oeste de España, entre León y Andalucía, entre Castilla y Portugal, se abre la dilatada geografía extremeña, con sus 41.848 kilómetros cuadra­ dos. La región es, pues, más grande que Bélgica — 29.455— , que Holanda — 33.078— y que Suiza — 41.324— . En cada una de sus dos provincias, Cáceres o Badajoz, las más grandes de España, caben regiones españolas. Las tres zonas montañosas de la orografía extremeña pertenecen a las cordilleras Carpetovetónica, Oretana y Mariánica, o de Sierra Morena. La primera constituye todo el sistema septentrional, el de mayores relie­ ves, que corre por la parte alta de la provincia de Cáceres y forma las sierras de Gredos, Hervás, Hurdes, Gata y Jálama, con sus derivaciones de la Vera, Trasierra y Sierra Alta, y con su pico culminante, el Calvitero, en Gredos, de 2.401 metros de altitud, en el límite de Cáceres con Avila y Salamanca. Las derivaciones de la Oretana proceden de los montes de Toledo y avanzan por el centro de Extremadura, entre las dos provincias, sien­ do sus más importantes núcleos las sierras de Altamira, Las Villuercas, Guadalupe, Marchar, Montánchez y San Pedro, con las prolongaciones centrales cacereñas de Deleitosa, Miravete, Serrejón, Corchuelas, Monl'ragüe, Serradilla, Mirabel y Cañaveral, que cruzan el Tajo.

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I

El T a jo , en su honda zanja, cerca de Almaraz

El Guadiana, tendido en su fértil vega, frente a Medellín

Las estribaciones de Sierra Morena, con relieves más suaves, avanzan por el sur de la provincia de Badajoz, con las sierras de San Miguel, Tudia y Guadaleanal, de las que se derivan hacia los ámbitos provin­ ciales las de Pedroso, Los Santos, Hornachos, Sierra Vieja, Jerez, Monsalud, Bienvenida, Oliva, Alor y Magacela. Las grandes cuencas hidrográficas que cruzan Extremadura de Este a Oeste, las del Tajo y del Guadiana, son esencialmente distintas y marcan peculiaridades diferenciales en las dos provincias: el Tajo, que parte en dos mitades casi iguales la de Cáceres, corre apretado en honda zanja la mayor parte de su curso, entre ásperos riberos; el Guadiana, que atraviesa por medio de la provincia de Badajoz y luego toma rumbo al Sur, avanza anchuroso, tendido sobre ameno y amplio valle de gran feracidad. Tan sólo unos sectores del sur extremeño mandan sus aguas al Guadalquivir. La red fluvial del Tajo la forman, en su margen derecha, los afluentes Tiétar, Alagón — con sus subafluentes Jerte y Ambroz— y Eljas, en la frontera portuguesa; en la izquierda, Gualija, Ibor, La Vid, Almonte — con el Tamuja— , Salor — con Ayuela— y Sever, también fronterizo.

Como quiera que el Tajo corre adosado al borde inferior del esca­ lón de la meseta trujillanocacereña, los afluentes de esta orilla izquier­ da — sin curso casi todos ellos durante el estiaje— van encajados en duros terrenos paleozoicos, en honda y estrecha escabrosidad, lo que les hace aptos, al igual que la gran arteria en que tributan, para sal­ tos productores de energía eléctrica. Por el contrario, los de la mar­ gen derecha, de caudal permanente, cruzan vegas entre la bajada de las montañas y el encaje en el ribero de desembocadura, lo que permite aprovechar sus aguas para regadíos. Queda así, pues, el Tajo como un viejo dios tutelar de la Alta Extremadura, que si con su mano diestra ofrece frutos, con la izquierda y con su pecho brinda energía. Al Guadiana tributan, por la margen derecha, el Estena, Guadalupejo, Ruecas, Bárdalo, Aljucén, Lácara, Alcazaba, Lucianilla, Guerre­ ro y Gévora; por la izquierda, Bezaire, Peloche, Valmayor, Zújar, Or­ tigas, Guadamez, Matachel, Guadajira, Albuera, Rivilla, Rivera de Yalverde, Olivenza, Táliga, Priega-Muñoz, Alcarrache y Ardila. Tam­ bién, como dios tutelar, el Guadiana ofrenda a la Baja Extremadura

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su inmenso valle, la mayor reserva de fertilidad y riqueza que tiene España.

Geológicamente, el territorio extremeño es de muy vieja formación, lo que denota la exis­ tencia de algunos terrenos primitivos. Su suelo lo constituyen de manera principal las pizarras silicooarcillosas del paleozoico inferior, si bien extensa comarca de Badajoz la ocupan los gneis micáceos. En la penillanura pizarrosa, las cuar­ citas silúricas forman una abrupta topografía pintoresca, de manera especial en Las Villuercas, cuya más alta cumbre alcanza los 1.443 metros. Grandes masas graníticas se intercalan en este conjunto pizarroso, formando las sierras de Gredos y la Vera, los berrocales de Trujillo, de Miajadas y Alcuéscar, los comprendidos entre Cáceres y Alcántara, el elevado pico de Santa Cruz y la cordillera de Montánchez, todo en la parte cacereña, así como las amplias c irregula­ res zonas de la provincia de Badajoz, de las que destaca por más extensa la que se prolonga en Córdoba por Los Pedroches. En el sector más bajo de la región, entre el Guadiana y AndaluLas arideces de Las Hurdes

uc ícgm uo en torno al nuevo pneblo de Guadiana del Caudillo

cía, se dan en abundancia las calizas marmóreas, encontrándose hoy en explotación varias canteras de mármol. Al sur de las montañas centrales extremeñas forman los espesores de aluviones la ancha banda de los llanos denominados rañas, residuos de la red fluvial de la época pliocena, cuando el Guadiana no entraba en Ex-

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tremadura por el Portillo de Cijara, sino que iba por el puerto del Rey y por el de San Vicente a verter en el Tajo. Estas tierras, cubiertas de jarales, aptas para cabreriles, caza mayor y alimañas, han sido hoy en gran parte descuajadas del matorral y convertidas en dehesas agrícolas y ganaderas. Como el mejor regalo que la geología hiciese a Extremadura, en la provincia de Badajoz están la llamada Tierra de Barros y el citado valle del Guadiana, por la Serena, Mérida y la capital, resto aquélla de un plioceno mar y éste de lagunas pantanosas de comienzos del cuaternario, cuyos fondos, desecados al formarse la actual red fluvial, se rellenaron con limos y ricos elementos fertilizantes, lo que hizo que sean las tierras más feraces de toda España. Los regadíos del Plan de Badajoz hacen brotar aquí los tesoros de una producción que jamás puede igualar otra alguna región española. Dejó también la geología una riqueza minera que se ha explotado en todos los tiempos, con más amplitud y permanencia la de fosfatos, así como la de cal, con sus típicos hornos, si bien hay toda clase de metales, incluso oro y plata, aunque no con la abundancia que refleja esta vieja copla popular de la Alta Andalucía: •

V engo de la Extrem adura, de ponerle a mi caballo de plata las herraduras. *

*

La agricultura y la ganadería fueron siempre las más fundamentales tareas extremeñas, porque a las anotadas condiciones del suelo se suma el clima de tipo oceánico continental, ya que la región está abierta a los húmedos vientos atlánticos, lo que le depara, en general, una pluviosidad suficiente. Se une a ello el que la penillanura tiene de altitud media unos 400 metros, resultando mucho más baja que la meseta castellana y que la planicie del Duero. El sol, germinante, vivificador y luminoso, completa las templadas condiciones climatológicas, con temperaturas estivales que llegan a pasar de 40° a la sombra y que rara vez descienden en invierno de 0o. La amplitud territorial a que empezamos aludiendo es pródiga en contrastes dentro de Extremadura, porque nada hay más dispar que los nevados picos de Hervás y las abiertas y calurosas vegas del Guadiana, las arideces de Las Hurdes y el verdor de la Vera, la tierra abierta de Cáceres o Trujillo y la quebrada de Las Villuercas o Tudia. El régimen de propiedad territorial se encierra en dos modalidades, más reducida la una que la otra. En la parte norte, aprovechada de an­ tiguo con pequeños regadíos y cultivos específicos, existe una parcela­ ción inmemorial, de manera más concreta en la Vera y sierra de Gata,

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lo que aisladamente se salpica por el territorio y se repite, aun en secano, en las inmediaciones de todos los pueblos. Pero en la mayor parte de Extremadura triunfan las dehesas, grandes extensiones terri­ toriales, impuestas por la necesidad del aprovechamiento conjunto de la agricultura y la ganadería. Esto, sin embargo, está hoy en fase de honda modificación en las diversas y amplias zonas de grandes regadíos que visitaremos en nuestro posterior recorrido. El árbol más típico y tradicional de Extremadura es la encina. Con él comparten la primacía el olivo y el alcornoque. El castaño, el roble y el pino completan el conjunto forestal en diversos sectores, con abundancia de otras especies menos extendidas, tales como el nogal, la morera o el álamo. La variedad de frutales es grande, con predominio de la higuera, sin faltar el naranjo y el limonero. La pal­ mera, casi siempre solitaria, adorna con sus arcadas muchos viejos rincones. De arbustos y matas, abundan la jara, la madroñera, el brezo, el lentisco, el romero, la retama, el tomillo, la adelfa y la madreselva. La flora, amplia y diversa en las distintas zonas, es muy apta para la abeja, lo que hizo que desde antiguo se atendiesen las colmenas, hoy en decadencia por la extensión de cultivos, si bien en algunos sectores, prin­ cipalmente los de sierra, se siguen explotando. En regadío se dan toda clase de productos: tomates, pimientos, hor­ talizas, tabaco, algodón, arroz, etc.; pero en Extremadura predominó siempre el secano. En él, cuando el cultivo es por parcelas, se siembran el garbanzo, la patata, la sandía, el melón y las habas. Los viñedos se salpican por todos los ámbitos regionales, con impor­ tante producción de buenos vinos, así como los olivares, de los que se cosecha aceite en cantidad y calidad. Las grandes extensiones cultivadas las llenaron siempre los cerea­ les, sobre todo el trigo, que es la base fundamental de la agricultura extremeña. El encinar mantiene la raza porcina negra, que es una de las grandes riquezas de la región, famosa por sus embutidos y jamones. En los ricos pastos de las dehesas extremeñas pace el ganado merino, estante y trashumante, productor de las más finas lanas. La trashumación de estas ovejas, que pasan los meses estivales en las montañas de León y Castilla y el resto del año en Extremadura, es una costumbre cuyo origen se pierde en la más remota antigüedad. Vacas y cabras completan la fauna de explotación ganadera, con el complemento en actividades de trabajo del ganado caballar, mular y asnal. Hay en la región ganaderías de toros bravos, entre ellas, en la parte sur, la que tiene fama de ser la mejor cuidada de España: la del conde de la Corte. Como curiosidad zoológica mencionaremos que existe aquí el único ganado vacuno totalmente blanco que hay en España, la llama-

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muchos venados y jabalíes, si bien el corzo, abundante en otros tiempos, ha desaparecido. Entre los animales dañinos los más comunes son los lobos, zorros, águilas y milanos. Los linces, que también hubo en cantidad, hoy están mermados. *

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La región es rica en pesca de ríos y lagunas. En la parte norte, de aguas frías y corrientes, abunda la trucha; en las demás hay diversos pescados, con destaque de anguilas, barbos, salmonetes y carpas. El pez típico de Extremadura es la tenca, que se cría en las aguas estancadas, cuya piel es tan exquisita al paladar como su carne. La caza, mayor y menor, es abundante. Conejos, perdices y liebres se multiplican en estos ámbitos. En menor escala hay avutardas, sisones, codornices, palomas, patos y otras especies. Entre las aves emigrantes que se crían aquí, predominan, por su enorme cantidad, las tórtolas; por su presencia en los núcleos urbanos, las cigüeñas, ave esbelta, bené­ fica y decorativa, que, como bandera de paz, se yergue en las torres de iglesias y castillos. Aunque la caza mayor ha disminuido como consecuencia del descuaje de jaras y madroñeras en los montes, aún hay cotos muy buenos, con

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Como ha dicho el profesor Hernández Pacheco, «en ninguna otra región española tiene la campiña más amenidad y placidez que en Extre­ madura». Los abiertos llanos, los oteros que se adornan con piedra berro­ queña o encinas, las sierras de suave verdor, los terrenos ondulados, todo, en fin, transpira honda serenidad, bajo el cielo intensamente azul. Sobre esta tierra se formó una raza en la que no es fácil determinar la influencia de los caracteres étnicos de los pueblos de la más lejana prehistoria. Las mezclas y fusiones de aquellas gentes remotas, nos llegan envueltas en nebulosas. Los más viejos y concretos antepasados se encuentran en los tiempos en los que ya reina el clima actual, en los momentos del neolítico, en los que una raza invasora de cabeza redonda llega a la Península e impone su cultura, célula generadora de la actual, mezclándose con los hombres del mesolítico y con los dolicocéfalos del paleolítico superior. De antes de esto, de las primitivas razas cuaterna­ rias, Extremadura tiene su valioso testimonio en la cueva de Maltravieso, junto a Cáceres.

La encina, el árbol tradicional de Extremadura

da «raza blanca cacereña», en campos próximos a Cáceres, conservada por los condes de Canilleros, a la que se han dedicado tesis doctorales de Veterinaria.

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El trigo, base de la agricultura extremeña


Ovejas merinas Dolmen (sector de Valencia de Alcántara)

Los posteriores hombres de la prehistoria fueron los habitantes de cuevas en Las Yilluercas, Alange o el Calerizo cacereño; los que alzaron dólmenes en Alburquerque, Garrovillas, Magacela, Valencia de Alcántara y tantos otros lugares. Eran gentes ganaderas, con perfiles agrícolas y cazadores, arrancando de ellas estas tradiciones, no interrumpidas jamás. Ganado vacnno de «raza blanca cacereña»

Sobre ese primitivo fondo étnico operaron diversas influencias, tal como la de los tartesios, la fina raza formada en la última época de la Edad del Bronce con elementos semitas de la costa asiática del Medi­ terráneo oriental y berberiscos del África próxima, la cual ocupó el valle del Guadalquivir, infiltrándose hasta el del Guadiana. Otra influencia fundamental fue la venida de los celtas, el pueblo europeo atlántico que invade en el siglo vi antes de Jesucristo el occidente de la Península, extendiéndose por Galicia y Portugal hasta Extremadura. Por último, pesaron en la formación racial los lusitanos, pueblos que Se supone ser el resultado del avance en tierras portuguesas de las tribus de la altiplanicie del Duero, empujadas por los vetones, al ascender éstos desde la cuenca del Tajo. Todos los referidos elementos étnicos, operando sobre el fondo neolí­ tico, formaron la raza extremeña, la de esas lindas mozas de las aldeas de hoy, sin que ya nada cambiase el cuadro trazado, porque la influen­ cia de iberos, extendidos por Levante, sólo pudo llegar a través de la fusión celtíbera, sin nuevos elementos, ya que, al igual que los árabes, lo berberisco y semita de ambos se había fijado en anteriores aportes. Por lo que se refiere a los bárbaros, los caracteres no sumados antes, fueron absorbidos por la raza autóctona. Formóse así el conjunto racial extremeño, el de los campesinos actua­ les, de duros músculos, estatura mediana y tez morena, templado en las ventiscas de sus inviernos y en las hogueras de sus estíos, duro y resis­

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A Y frp m i


E l verraco, la más primitiva expresión escultórica extremeña (Museo de Cáceres)

tente, de externa apatía y fondo ardoroso, apto como ningún otro para realizar, milenios después, la gran aventura de la conquista de América. Aludiendo a tal gesta, Unamuno escribiría de los extremeños: «El que no conozca algo de estas gentes, apáticas al parecer, violentas y apasio­ nadas en el fondo, mal puede explicarse aquella nuestra epopeya.» *

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Sobre el suelo de Extremadura la raza extremeña empezó a moverse. Tras los tiempos de los habitantes de cuevas y constructores de dólme­ nes, la Edad de los Metales trajo un intercambio, no circunscrito a la sangre y a lo racial. Por aquí pasaban el cobre y la casiterita, compo­ nentes del bronce, que iban a parar a las costas de Huelva y Cádiz, en un período en el que se mezclan lo fabuloso y lo histórico, cuando las naves de Salomón bogaban por rutas lejanas y los fenicios hacían comer­ cio con todo el mundo conocido entonces. De lo histórico de estos mo­ mentos, Extremadura tuvo una primera infiltración judía, en la que se ha querido ver el origen de los sepulcros excavados en rocas, muy exten­ didos, y el cruce de caravanas fenicias, de lo que dan fehaciente testimo­

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nio las joyas del magnífico tesoro de Aliseda, conservadas hoy en el Museo Arqueológico Nacional. Los núcleos urbanos empezaron a nacer, como célticas citanias de­ fensivas o como aldeas vetonas de agrupación tribal. De las segundas nos menciona Tolomeo a Augustóbriga — Talavera la Vieja— y Capa­ rra, hoy desploblado romano de igual nombre; de las primeras, que eran cerros fortificados, cercanos a un río o en la confluencia de dos, existie­ ron gran cantidad. Los habitantes de estas primitivas localidades se dedicaban a la agricultura y el pastoreo o la caza, sin desatender el manejo de las armas, con un temperamento rudo y belicoso del que nos habla Estrabón. Este autor menciona también los ritos de las religiones de estas gentes, con inmolación de víctimas, incluso humanas. En este aspecto existen va­ rios altares de sacrificios, siendo los más importantes los de Mayoralguillo de Vargas y Las Seguras, en término de Cáceres, labrados en rocas de granito. También graníticas y obras de estos pueblos primitivos son las escul­ turas de verracos y toros, encontradas en la provincia de Cáceres, no en la de Badajoz, lo que concreta a la Alta Extremadura como el avance más meridio­ nal de un arte espe­ cífico de vetones, carpetanos y arévacos, según Hübner. Algo semejante ocurre con las cabras de bronce, encontradas en los mismos territorios, de las que se conservan varios ejemplares en el museo de Cáceres, si bien éstas ya lindan con la d o m in a ció n romana. Como resumen, di­ remos que antes de la venida de los de Roma, la mayor parte de la Alta Extremadura la ocupaban los vetones — se tendían hasta el Duero— , divididos en diversas tribus, de los Detalle del teatro rom ano de Mérida


Arte de la Extremadura visigoda (Museo de Mérida)

que por textos epigráficos posteriores sabemos que una de sus diosas se llamaba Atecina; parte de la Baja, los veturios, con los dos sectores de Veturia Turdula y Veturia Céltica; un pequeño sector en el extremo sur de la provincia de Badajoz, los turdetanos. Todos éstos limitaban al Occidente con los lusitanos, avanzados también sobre Extremadura, y unos y otros se unían para guerrear contra los invasores, cosa que hicie­ ron frente a cartagineses y romanos. En la lucha contra estos últimos palpita en Extremadura el primer destello de solidaridad nacional, en­ carnado en Yiriato, cuya presencia en la región es indudable. Los romanos trajeron la plenitud histórica extremeña, que nace con. la fundación en el año 25 antes de Jesucristo de Emérita Augusta. Fun­ dóse para residencia de los eméritos, o veteranos, de las legiones V y X , bajo el imperio de Augusto, tomando nombre la ciudad de aquéllos y de éste. En la orilla derecha del Guadiana, erigida capital de la enorme provincia de Lusitania, que iba desde este río a Galicia y el Atlántico, se convirtió pronto en una urbe populosa y rica, embellecida por los más suntuosos monumentos, con rango e importancia excepcionales. Fue la Roma española, la primera de todas las ciudades de la península Ibérica, a la que el poeta Ausonio dedicó estas frases: «Emérita, ilustre ciudad..., que un río baña corriendo al mar, y ante la cual toda España humilla sus fauces. Córdoba no puede disputarte tu rango, ni Tarragona, con su poderosa fortaleza, ni Braga, tan orgullosa de los tesoros que arroja al fondo del mar.»

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La gran metrópoli irradió sobre Extremadura su luz civilizadora. El arte y la cultura prestigiaron las tierras extremeñas, por las que se tendieron numerosas y cómodas calzadas, cuyo trazado han seguido en su mayor parte las actuales carreteras. Tal sucede, por ejemplo, con la más importante de aquellas vías, la llamada de la Plata, que va de Norte a Sur, entrando en Extremadura por el puerto de Béjar, para cruzar el Tajo en Alconétar, seguir a Mérida y prolongarse hasta Sevilla y Huelva. Nacieron entonces muchas e importantes ciudades, que más tarde recorreremos, de las que, por citar aquí algunas, hacemos mención de Cáceres, Trujillo y Medellín. Extremadura fue un emporio de civilización, adornado por la gracia de los clásicos mármoles paganos y ungido pronto por la predicación evangélica, con sus mártires, entre los que floreció la candorosa inocencia infantil de la doncella Eulalia, Santa Eulalia de Mérida, quemada en aquella Emérita grandiosa, que si fue de siempre la sede del legado augustal, del gobernador romano, no tardó en serlo también de los obis­ pos y arzobispos emeritenses. Los bárbaros barrieron el esplendor de la Extremadura romana. En el año 409 los alanos conquistaron Mérida, en torno a la cual iba a seguir girando la vida regional. Sucesivamente, fue ocupada por Walia en 419 y por los suevos en 439, hasta que en 468 pasó de manera definitiva al reino visigodo de Eurico. El m onumental aljibe árabe de Cáceres


Si la metrópoli continuaba con cierto esplendor, Extremadura ente­ ra sufría un colapso. Su vida quedó paralizada y sus ciudades se arrui­ naron. Para mayor azote, la herejía de Arrio vino a sembrar primero el cisma y luego la guerra entre el rey Leovigildo y su hijo San Hermenegil­ do, de la que fue teatro la región, porque un gran protector del príncipe era el prelado cmeritensc Mausona. La uúidad religiosa católica y la paz de Extremadura, restauradas por Recaredo, se prolongaron hasta la invasión agarena. Tras su victoria sobre las fuerzas visigodas, los mahometanos avanzaron por la comarca poniendo cerco a Mérida, que hubo de rendirse a Muza, tras / larga y heroica defensa, en 715. Los pueblos volvieron a cobrar vida; pero no como centros de actividades, sino como fortalezas guerreras, pues es curioso obser­ var que la dominación islámica lo único que hizo en Extremadura fue alzar castillos. Ello refleja que ésta era una tierra de tránsito, en la que hubo que ocuparse fun­ damentalmente de la guerra de I incursiones cristianas y moras. Hasta el más curioso monumento del período, el aljibe cacereño, es una prevención guerrera, para dis- I poner de agua en caso de asedio. I Al contrario que otras ciuda­ des extremeñas, que prosperaron I en este tiempo, para la metrópoli emeritense vino la más completa decadencia, culminada en los al­ mohades, hasta el punto de que su vieja sede arzobispal, mante- I nida allí aún después de la inva- I sión, tuvo que trasladarse en el siglo xi a Santiago de Compostela, donde seguiría ya para siempre. j|

Epitafio del rey Sapur (año 1022), del reino m oro de B adajoz (Museo Arqueológico de Badajoz)

Al hundirse el reino visigodo, Extremadura quedó como una provincia, la antigua Lusitania, al

1.ti parroquia de Santiago, de Cáceres, que ocupa el lugar del tem plo cuna de la Orden

mando de un gobernador, residente en Mérida. Al debilitarse el califato ile Córdoba, este gobernador se hizo independiente y trasladó la capitali­ dad a la que daría desde entonces nombre al reino moro de Badajoz, que abarcaba toda Extremadura y los Algarves. Aunque los intentos reconquistadores comenzaron pronto, ya que desde la época del reino de Asturias hubo fugaces incursiones, los tanIeos firmes, mediante conquistas de bases en el norte extremeño, corres­ ponden a Fernando II de León y Alfonso Y III de Castilla. El impulso decisivo lo dio el leonés Alfonso I X , quien, tras rebasar definitivamente In zanja del Tajo, ocupó en 1229 la gran base estratégica de Cáceres. Su hijo, Fernando III el Santo, rey de León y Castilla, puso fin al rescate de toda Extremadura. Fue en estos tiempos de la Reconquista cuando la región nació con su nombre, cuya etimología se ha prestado a interpretaciones y tiene una lógica movible: la de extremo o avanzada. No surgió la denominación l>ura aplicarla a una comarca, sino como circunstancial nombre de zonas fronterizas. Así se dijo «Soria pura, cabeza de Extremadura» y «ExtremaDuri», cuando las avanzadas andaban por aquella ciudad y por el Duero; pero al llegar a esta región, el nombre ambulante tomó arraigo defi-


El conventual de San Benito, de Alcántara, sede de la Orden

nitivo, remachado por ser éste el «extremo» al que venía el ganado merino trashumante, que pasaba el estiaje en las sierras castellanas y leonesas. La Extremadura nacida entonces, vivió como una unidad, como reino o provincia, hasta que, tardíamente, en 1822, se hizo la división administrativa en dos mitades. Del período reconquistador arrancan las tres diócesis con sede en tierras extremeñas: las de Badajoz, Coria y Plasencia — aunque las dos primeras ya habían tenido antes obispo— , y las dos órdenes militares que iban a tener enorme importancia en la región: las de Alcántara y Santiago. Otras de estas milicias, nacidas lejos, tuvieron también aquí dominio, de manera principal la del Temple; pero fue pasajera esta influencia, ya que los templarios se extinguieron aparatosamente en el mundo en 1311. La Orden de Santiago, creada por bula de 1175, nació en el recinto cacereño, durante una de las transitorias reconquistas de Fernando II, denominándose en un principio de Fratres de Cáceres. Se puso bajo el patrocinio del Apóstol y tomó como emblema la roja cruz en forma de espada. Vuelta la plaza al poder islámico por el emir Abub-Jacob,

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desarraigóse del primitivo solar, ya que Alfonso IX quiso la villa para la corona, dando a los caballeros, en compensación, otros lugares. En la Alta Extremadura, la Orden de Santiago no tuvo luego más liase de importancia que el enclave de Montánchez y su término; pero en la Baja, sus dominios fueron vastos, estando incluida en ellos la his­ tórica Mérida. La Orden de Alcántara nació realmente en tierras portuguesas, en la ribera del Coa, en una vieja ermita denominada de San Julián del Pereiro. Éste fue el primitivo nombre de la milicia, borrado, tras la reconquista de Alcántara, al establecer su sede en esta villa en 1218. Su emblema fue luego una cruz verde flordelisada. Las encomiendas alcantarinas se tendieron por la Alta y Baja Extremadura. Las incidencias históricas de la Orden jugaron papel decisivo en la historia extremeña. Desde San Fernando a los Reyes Católicos, aparte de la cooperación en las tareas de reconquista en los campos andaluces, la vida de Extre­ madura fue una continua lucha de banderías. Las rencillas locales de los grandes linajes se enlazaban con los cismas de las Órdenes y se recru­ decían con las disputas dinásticas, tales como las habidas entre Alfon­ so X y su hijo Sancho IV , y entre los hermanos Pedro I y Enrique II. A las alteraciones dichas hay que sumar la intervención en todas las disidencias con el fronterizo Portugal y las inquietudes creadas por los Golfines, caudillos extranjeros, venidos a luchar contra los infieles, que luego, por cuenta propia, desde inaccesibles castillos de las sierras de la Jara y Las Villuercas, hicieron víctima de sus latrocinios a moros y cristianos, entre los siglos x i i i y xiv. Con la participación de la nobleza extremeña fueron eliminados los Golfines, quedando como recuerdo de El monasterio de Guadalupe


ellos uno de los más grandes linajes de Extremadura, el del apellido Golfín, del que fue tron­ co uno de aquellos caudillos, so­ metido a los reyes y asentado en Cáceres. En medio de las inquietudes de estos siglos ocurrió algo de ín­ dole bien diferente, que vino a dar a Extremadura una unidad es­ piritual: el comienzo del culto a Nuestra Señora de Guadalupe, que arranca, según piadosa tradición, de haberse aparecido la Virgen en la sierra de Las Villuercas, entre los años 1212 y 1322. Alfonso X I encomendóse a esta milagrosa imagen en la decisiva batalla del Salado, viniendo tras la victoria a Guadalupe, que empezó a ser desde entonces el primer centro de devoción mariana nacional. Alzóse un grandioso monasterio, que no hubo rey o procer que dejara de visitar, y al que los pe­ regrinos afluían a millares. Gua­ dalupe fue un foco no sólo de fe, Las armas de los Reyes Católicos, en el sino de cultura, cuyo benéfico in­ templete del Puente Nuevo de Plaaencia flujo dio en toda la región frutos de sabiduría y santidad. Las luchas y desórdenes culminan en los tiempos de Juan II y su hijo Enrique IV. Durante el reinado de aquél, sus primos, los revoltosos infantes de Aragón, asolaron campos y ciudades con sus ambiciosas rebeldías. Con el infeliz don Enrique vino el caos, porque a las disidencias para ventilar su sucesión entre su supuesta hija, doña Juana la Beltraneja, y la hermana del rey, la futura Isabel la Católica, se unió el gran cisma de la Orden de Alcántara, en el que se disputaban el maestrazgo don Gómez de Solís y don Alonso de Monroy, el heroico y magnífico paladín repre­ sentativo de la historia interna de Extremadura. Los Reyes Católicos vinieron a estas tierras, permaneciendo aquí, con paradas, principalmente en Cáceres y Trujillo, entre los años 1477 y 1479. Al ausentarse, su escudo quedó en los monumentos, como símbo­ lo de autoridad, porque todo había cambiado: se acabaron las banderías de los nobles en las localidades; el cisma alcantarino terminó, dando el

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maestrazgo a un tercero, don Juan de Zúñiga, hijo de los duques de /Yrévalo y Plasencia; el trono quedó firme para Isabel y Fernando, tras la extremeña batalla de La Albuera, cerca de Mérida, en la que las tropas del rey de Portugal, amparador de la Beltraneja, fueron definitivamente vencidas. El entusiasmo de todos los extremeños, nobles y pecheros, por los lleves Católicos, fue el factor más decisivo para ventilar la contienda sucesoria. Éstos eran ya los momentos cruciales, «cuando los dioses nacían en Extremadura». No quedaba otra cosa que hacer sino ir a la conquista de Granada y esperar a que Colón volviera del Descubrimiento. Luego, en 1502, marcharía a las Indias como gobernador el extremeño frey Nicolás de Ovando, con lo cual quedaba abierto a sus paisanos el camino de las remotas latitudes. La historia de Extremadura fue historia uni­ versal y sin parangón, escrita por Balboa en el Pacífico, por Cortés en Méjico, por Alvarado en Guatemala, por Pizarro en el Perú, por Orellana en el Amazonas, por Valdivia en Chile, por Soto en Florida, por Belalcá/.ar en Quito... Junto a los grandes caudillos, millares de extremeños, de más o menos fama, forjaron el imperio es­ pañol, unos como con­ quistadores y otros como misioneros, que también fue importan­ te la aportación de re­ ligiosos. El testimonio más patente de las glo­ riosas gestas son los nombres de origen extremeño grabados en la toponimia de Amé­ rica y Filipinas. En Europa otras fi­ nuras guerreras, como Diego García de Pare­ des, el Hércules y San*(>n de España; Cristó­ bal de Villalba o Alva­ ro de Sande, escribían heroicas páginas cualadas de laureles. Dentro de los ám­ bitos regionales la ple­ Ira n cisco P izarro. Bronce ilo los escultores norteameril anos Rumsey y Harriman, en la Plaza de Trujillo


nitud brillaba en todas las ramas del saber humano, en letras, ciencias y artes, con las comedias de Micael de Carvajal, Luis de Miranda y Torres Naharro; con las pinturas de Luis de Morales, el Divino, y Francisco de Zurbarán; con las obras de Francisco Sánchez, el Brócense, y Arias Mon­ tano; con el ascetismo y la sabiduría de San Pedro de Alcántara... Nom­ bres y más nombres, a los que antes o después se sumaron los de Díaz Tanco, Galíndez de Carvajal, Solano de Figueroa, Zapata, Acevedo, los Aldanas — con la figura destacante de Francisco, el poeta al que tam­ bién se llamó el D ivino— , Barrantes y Maldonado, Ulloa y Golfín, Car­ vajal y Lancáster, García de la Huerta, Donoso Cortés, López de Ayala, Bravo Murillo, Espronceda, Meléndez Valdés, Forncr, Gallardo, Carolina Coronado, Cascales y Muñoz, Cristóbal Oudrid...

La restante historia de Extremadura, a partir de los Reyes Católicos, podemos sintetizarla. A estas tierras vinieron a morir el rey don Fer­ nando y su nieto el emperador Carlos V. Las guerras de las Comunidades no tuvieron casi repercusión aquí; por el contrario, fue grande la de la Independencia de Portugal, como lógico resultado de ser zona fronteriza. Lo mismo ocurrió en ía guerra de Sucesión, en la que las tropas aliadas del archiduque de Austria inva­ San Pedro de Alcántara. Bronce del escultor extrem eñ o Enrique Pérez Comendador, en la plaza de Santa María, de Cáceres

dieron Extremadura, bajo el mando del ge­ neral portugués mar­ qués de las Minas. Fe­ lipe Y , candidato de los extremeños, vino en persona a la región para organizar la cam­ paña en defensa de sus derechos, triunfantes por fin. La guerra llamada de las Naranjas, en tiempo de Carlos IV , que dirigió el extre­ meño don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, favorito de los re­ yes y generalísimo de los ejércitos españo­ les, agregó permanen­ temente al territorio regional la plaza por­ tuguesa de Olivenza. Como contrapartida, más tarde segregóse del sur extremeño una zona que pasó a for­ mar parte de Andalu­ cía, en la que están en­ clavados Guadaleanal y Belalcázar. Creóse durante el reinado de Carlos IV, Patio de la sede de la Rea) Audienen 1790, la Real AuCia de E xtrem a d u ra , en C áceres diencia de Extremadu­ ra, con sede en Cáceres, suceso que repercutió en la vida social de la re­ gión, porque los doctos oidores y los inteligentes letrados trajeron reno­ vadores aires de cultura a la orgullosa sociedad nobiliaria extremeña, de perfiles feudales y ganaderos. Desde entonces radica en Cáceres la ca­ pitalidad judicial de toda Extremadura, así como la militar la ostentó Badajoz, por su rango de plaza fuerte fronteriza. Las tropas napoleónicas causaron enormes daños en muchos puntos. Hubo diversas acciones, entre ellas, en 1811, la victoriosa y de igual nom­ bre, aunque en distinto lugar, que la de tiempo de los Reyes Católicos,

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Badajoz, la más populosa ciudad extremeña

Patio del castillo de las Arguijuelas de Abajo

la batalla de La Albuera, en el pueblo así llamado, cerca de Badajoz, en la que los generales Castaños y Blake derrotaron al francés Soult. Las guerras carlistas repercutieron aquí, casi exclusivamente, en la expedición del general Gómez, en 1836, que produjo mucha alarma y algún daño. En nuestra reciente guerra civil Extremadura quedó dividida en sus dos provincias: la de Cáceres fue nacional; la de Badajoz estuvo sujeta a los marxistas. Como consecuencia de ello, aquélla se vio libre de los incendios y destrucciones que en ésta mermaron sensiblemente los teso­ ros artísticos. * * *

de la Sierra, Fuente de Cantos, Jerez de los Caballeros, Montijo, Olivenza, San Vicente de Alcántara, Villafranca de los Barros y Villanueva de la Serena. Los 20.000 habitantes los rebasan Almendralejo, Don Benito y Mérida. En la Alta Extremadura, tan sólo Arroyo de la Luz, Plasencia, Trujillo y Valencia de Alcántara están por encima de los 10.000 habitan­ tes, siendo un tipo medio de 6.000 a 8.000 el de las localidades que siguen en importancia. Plasencia alcanzará pronto los 20.000. Los municipios extremeños suman un total de 385, de los que 223, agrupados en 13 partidos judiciales, corresponden a la provincia de Cáceres, y 162, en 15 partidos, a la de Badajoz.

Extremadura se acerca hoy al 1.500.000 habitantes, cifra que es po­ sible se doble en poco tiempo, como consecuencia de los tan repetidos regadíos. Los núcleos más populosos son las dos capitales: Badajoz, que llega a las 100.000 almas, y Cáceres, que se aproxima a las 50.000. En general, los pueblos, con amplios cortijos en sus campos, son mayores en la Baja Extremadura, debido al más fértil suelo, siendo mu­ chos los que se acercan a los 10.000 habitantes, cifra que superan Alburquerque, Azuaga, Barcarrota, Cabeza del Buey, Castuera, Fregenal

* * * Las gentes extremeñas viven hoy conjugando el apego a la tradición con un renovador afán de superaciones. En los pueblos se alzan modernos edificios y se conservan los ante­ riores, no sólo los monumentales, sino también la casa sencilla, casi siem­ pre de dos pisos, con cuadra y corral, y con granero o bodega, según sea zona de cereales o de vino o aceite. El patio, esmaltado del verdor

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de las plantas, no suele faltar en las mansiones señoriales, urbanas o campestres. Estas casas, a lo largo de la amplia geografía, van siendo fisonómicamente distintas. En el Norte interviene la madera en la formación de sus muros y balcones, en el Centro predomina la piedra, y en el Sur las paredes blanqueadas, que recuerdan la influencia andaluza. Las corrientes arquitectónicas bajaron de manera principal por el puerto de Béjar y se fueron transformando en las distintas zonas, con un detalle que merece resaltarse: el balcón de esquina es un motivo que sólo alcanza difusión y plenitud en Extremadura. Los más destacantes modelos de este motivo arquitec­ tónico se conservan en Cáceres, Plasencia y Trujillo. Artesanos con verdadero espí­ ritu de artistas tuvo Extremadura en la hoy decadente práctica del labrado del granito, piedra dura y de difícil manejo, de la que los cinceles sacaron autenticas mara­ villas, de manera más concreta en los escudos y sus adornos comple­ mentarios. Al igual que en otras regiones, abunda la pétrea orna­ mentación en templos y edificios civiles; pero en escudos, lambrequines y celadas, ejecutados con primores, delicadezas y perfeccio­ nes incomparables, es difícil que se supere a los extremeños. Quizá, descendiendo a un análisis deteni­ do, pese a haber modelos magní­ ficos en Plasencia, Trujillo y otros puntos, el sitio en el que floreció en grado máximo el arte de las piedras armeras fue Cáceres, que conserva una inmensa colección antológica de blasones de granito.

El típico motivo arquitectónico extremeño del balcón de esquina (Palacio de San Carlos, Trujillo)

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Ciudades y pueblos, sin excep­ ción, tienen en las inmediaciones una o varias ermitas, en las que se celebran más o menos alegres romerías. El fervor religioso regio­

nal se exterioriza también en las numerosas y solemnes procesiones, in­ cluidas las de Semana Santa. Cada localidad tiene su Virgen, su Cristo o su santo patrón, en honor de los cuales se hacen siempre las más anima­ das fiestas. La costumbre de las capeas en la plaza pública está muy extendida en los pueblos; las poblaciones principales celebran corridas en sus plazas de toros, casi siempre como festejos de las ferias ganaderas, que tienen gran importancia en diversas ciudades. En algunos puntos hay afición a las pe­ leas de gallos. Y —¿por qué no decirlo, si su dominio es hoy absoluto en los ámbitos nacionales?— también aquí hay gran entusiasmo por el fútbol, habiendo ya construido sus buenos estadios las ciudades más importantes. Las aludidas ferias ganaderas son una costumbre tradicional, que arranca en la mayoría de los casos de los fueros o cartas pueblas de la Reconquista, impuestas por una necesidad económica y con una ante­ rior y remota raíz en los mercados más o menos concurridos. Las ferias siguen hoy celebrándose, con gran esplendor en muchos puntos, ani­ mándolas con regocijos y diversiones, pero con un fondo auténtico e im­ portantísimo de reuniones transaecionales en las que se mueve un gran volumen de riqueza. * * * Canciones y bailes folklóricos se han conservado, siendo una de sus características la pausada suavidad melódica y rítmica. Para cultiUna capea (Garrovillas)


var esta manifestación de arte popular existen varias agrupaciones de Coros y Danzas, destacando entre ellas las de Plasencia, Cáceres y Badajoz. El traje típico, muy en decadencia hoy, presenta peculiaridades diversas en las distintas zonas, aunque siempre sobre la base de refajo de vivo colorido, jubón negro, pañoleta bordada, mantilla de raso o pañuelo de flores, gargantillas y arracadas de filigrana de oro, en el femenino, y amplia capa, calzón corto, chaleco y chaqueta de plateados botones, todo en negro, en el masculino. La vistosa originalidad cidmina en el traje de Montehermoso, del que hablaremos al visitar este pueblo. También las agrupaciones folklóricas aludidas de Coros y Danzas están siendo las encargadas de salvar los trajes típicos, que desgraciadamente van de manera rápida hacia su desaparición en el uso diario. Este fenó­ meno es recientísimo, pues hace unos años era corriente ver en muchos pueblos mujeres y hombres luciendo su clásica vestimenta. El citado Montehermoso, acaso por su gran originalidad y por lo que ya tiene incluso de interés turístico, puede que sea el único punto que llegue a convertirse en el refugio del traje folklórico, presente en la vida cotidiana. En algunos sitios se conservan aún tradicionales y curiosas prác­ ticas en relación con bodas y entierros. Las más salientes suelen ser, en los enlaces matrimoniales, la previa y animada ceremonia del «pe­ titorio»; en los sepelios, la presencia de «rezaores» y «lloronas», que, casi siempre por contrata, ponen en los tristes actos la nota intermina­ ble de sus rezos y llantos. Realmente esto último está hoy en fase de desaparición. Existe una modalidad dialectal, que se acentúa en Las Hurdes, de la que han sido portavoces los poetas Gabriel y Galán y Luis Chamizo, en la Alta y Baja Extremadura, respectivamente. Sus principales fundamentos son los arcaísmos leoneses y los vocablos lusitanos, puros o deformados. * * * Las comunicaciones ferroviarias regionales resultan deficientes para la gran amplitud territorial. Se reducen a la de Norte a Sur, de Salaman­ ca a Andalucía, con desviaciones, y a las dos de Este a Oeste, de Madrid a Portugal, una por la provincia de Cáceres y otra por la de Badajoz. Actualmente están planeadas varias, tal como la de Yillanueva de la Serena a Talavera de la Reina, indispensable para mover las riquezas que crearán los regadíos. Las carreteras, con un esquema básico semejante al ferroviario, se amplían con diversas bifurcaciones y caminos vecinales, componiendo una red suficiente para recorrer la región.

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Algo semejante ocurrió con los lagares de aceite y vino, productos que se cosechan en cantidad, porque los primitivos procedimientos de trituración y prensado de la aceituna, así como la pisa de la uva y pre­ paraciones posteriores, se realizan hoy por los nuevos procedimientos de la técnica actual. Todo lo relacionado con el corcho tiene gran interés económico en diversos sectores, como consecuencia de corresponder a Extrema­ dura un elevado tanto por ciento en la producción corchera nacio­ nal. Ello fue causa de que de antiguo hubiese manufacturas de tal producto. La gran industria, que ha empezado a tener amplia representación en las fábricas ligadas a los regadíos, ignoróse tradicionalmente, siendo hasta hace poco su destacante e importantísimo modelo el Matadero Industrial de Mérida, centro admirable, montado con la más moder­ na técnica. Hoy existen ya otras industrias de gran envergadura, con amplitud de múltiple producción; de las que hablaremos en nuestra visita al Plan de Badajoz. * * *

El Matadero de Mérida

El teléfono o el telégrafo llegan hoy a casi todos los pueblos, sucedien­ do lo mismo con la electricidad para el alumbrado. *

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La aludida alfarería tiene raigambre y está difundida en todos los ámbitos regionales, con la curiosidad de que los modestos artesanos que se dedican a fabricar botijos, ollas y cántaros — no los de las tinajas, por su gran tamaño— llevan personalmente su mercancía en borricos o carrillos de tracción animal no sólo a apartados rincones de España, sino también a casi toda Europa. Siempre ha sido algo incomprensible este comercio lejano con cargas de tanto volumen y fragilidad; pero lo cierto es que en las calles de ciudades como Yiena o París no ha solido faltar la estampa del botijero extremeño, pregonando una mercancía elaborada a miles de kilómetros, en la Serena, en Salvatierra de los Barros o en Arroyo de la Luz.

Extremadura fue siempre más tierra de guerreros y pastores que de industriales. La industria la representan las manufacturas de corcho, las fábricas de harinas, algunos telares — los caseros, tanto para la lana, abundante aquí, como para el lino, que se produce en muchos sectores— , curtidos, orfebrería y los más generalizados objetos alfareros. Es curioso consignar que pese a la abundante producción de lana, siempre fueron pocas las industrias dedicadas a ella, ni siquiera a la parte previa del lavado. La molturación de granos se hizo de manera tradicional en los molinos movidos por el agua de ríos y arroyos, siendo rara la co­ rriente que no tiene en su curso varios de ellos. Ni en estos ni en otros menesteres fue utilizada en la región la fuerza del viento. H oy estos molinos han caído en desuso, haciéndose las molturaciones en fábricas modernas.

No queremos concluir sin hacer mención de una rareza jurídica, viva en algunos sectores extremeños: el llamado Fuero del Bailío. Es una institución del Derecho civil, que rige el matrimonio, en virtud de la cual los bienes de los cónyuges pertenecen por mitad a cada uno de ellos, sin tentar en cuenta su procedencia. Esta institución es indudablemente de origen portugués, y arranca de las primitivas cartas pueblas de la Reconquista. Parece que la propa­ garon los templarios y que el nombre le viene de que Jerez de los Caba­ lleros era un bailiato de tal Orden. Lo curioso es que después de tantos siglos y de tanta unificación codificadora y legislativa, el Fuero del Bailío sigue con total vigencia en

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PRIMERA PARTE

ALTA EXTREMADURA Castillo de las Arguijuelas de Arriba

unos islotes de la provincia de Badajoz, que comprenden las cabezas de partido de Albur quer que, Jerez de los Caballeros y Olivenza, con pue­ blos de estas jurisdicciones y de otras, todo próximo a Portugal. * * * Digamos por último que Extremadura es tierra de castillos, pues los hay en gran cantidad, incluso habitados. Dos modelos diferentes pueden señalarse en estas edificaciones: la fortaleza inmensa, inaccesible, para ejércitos, y el castillo cómodo, ha­ bitable, reducido y particular, que era a la vez baluarte defensivo de un linaje y residencia de campo del mismo. Tres de los últimos se encuentran en las inmediaciones de Cáceres, intactos y cuidados, prestando a los descendientes de los constructores parte de los servicios para los que se crearon, el de palacio campero, ya que el de defensa es hoy innecesario. Son los dos castillos de las Argui­ juelas, de Arriba y de Abajo, y el de Las Seguras. Y ponemos punto final a esta Introducción, que, pese a nuestro pro­ pósito de compendio, se ha alargado más de lo debido. Extremadura nos espera, con sus montes o sus campos de espigas, con sus caminos, perdidos entre siglos y esperanzas...

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Tierras dei distrito, vistas desde el puerto de Miravete

EL CAMPO DE ARAÑUELO (NAVALMORAL DE LA MATA)

Esa Extremadura de la que, sumariamente, en detalles y conjunto, hemos hablado en las páginas de la anterior Introducción, vamos ya a verla y a vivirla, pisando su tierra, oyendo a sus gentes, buscando sus rincones y sus monumentos. Vamos a entrar en ella por el Este, por su linde con Castilla la Nueva, ruta ésta también de tránsito de las culturas y cruce hoy del intenso tráfico que enlaza las dos capitales ibéricas. El viajero que desde Castilla avanza por la carretera general de E x­ tremadura, que es la que va de Madrid a Lisboa, cuando desde la pro­ vincia de Toledo entra en la de Cáceres, se encuentra en una específica comarca geográfica: en el Campo de Arañuelo. Bien es verdad que esta comarca se prolonga por tierra toledana; pero su natural núcleo capitalicio está aquí, en Navalmoral de la Mata, así como su zona más demar­ cada, abierta en el ángulo que forman el Tajo y el Tiétar.

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1. — En la auténtica comarca geográfica.

El distrito moralo — así se llama a todo lo de Navalmoral— tiene luego su prolongación al sur del Tajo, y en ella el mirador bellísimo de todos sus ámbitos, el puerto de Miravete, por el que a gran altura cruza la carretera y desde el que se abarca a vista de pájaro el conjunto comarcano. La parte del sur del Tajo es específicamente distinta del Campo de Arañuelo; pero el eje que la rige hace que gire también este sector, aun­ que sólo sea nominalmente, en torno a ese concepto geográfico, que debe su nombre a un parásito del olivo, llamado arañuelo.

El paisaje uniforme de la llanura castellana, sin límites en el horizon­ te, se ondula aquí y se encierra en anfiteatro de desigual altura por la mole imponente de las sierras de Gre­ dos, la de San Vicente y las menos elevadas de Navalm oral, Belvís y Serrejón. Este suelo de suave relieve, que oscila siempre en torno a una altitud de 300 metros, tiene un tono ama­ rillento, que se hace rojizo al avan­ zar hacia el Oeste. Sobre él crecen encinas, robles y quejigos, junto a los alcornoques más corpulentos de toda Extremadura. Los cursos de agua son escasos en esta plataforma, inclinada en su mayor parte para verter en el Tiétar. Aquí el pastizal triunfa sobre la mies, ya que es más apto para la ga­ nadería que para la agricultura, si bien ésta gana terreno por días, y en la parte próxima al Tiétar el regadío sustituye al secano. Eliminando este transformado sector del río, el resto Casatejada. Retablo barroco del Campo de Arañuelo ofrece un de la ermita de la Soledad paisaje seco, austero y sereno, en el que van saliendo al paso pueblos netamente rurales, distantes en general unos de otros y hermanados con los caseríos de las dehesas. En la parte alta, de Navalmoral al Tiétar, entre las especies arbóreas mencionadas, añorando la redención que pueda traer a algunos de ellos el agua de cercano embalse, reposan los pueblos de Torviscoso, que ha dejado hoy de existir como municipio, junto a la dehesa de San Marcos, o San Benito, una de las más grandes e importantes de Extremadura, propiedad de los marqueses de Mirabel; Talayuela, la esperanzada con los regadíos; Majadas, con cercano pinar, y Toril, entre peñas y barrancos. Todo tiene en estos pueblos un tono sencillo, como si Extremadura nos quisiera recibir con una sinfonía que a lo largo del recorrido enorme que nos espera fuese cambiando matices, que unas veces se pierdan en la suavidad y otras cobren vigor de trueno y apoteosis. * * *

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Los gigantescos alcornoques del Campo de Arañuelo


En la parte sur del Campo de Arañuelo, la mayor proximidad de los núcleos urbanos nos descubre unas mejores condiciones de vida, que empieza a matizarse con alguna pincelada histórica dentro del uniforme perfil rural. No hay modificación en el tono sencillo de Millanes, Saucedilla y Yaldehuncar, en los que la encina o el olivo presiden el trabajo campesino. Peraleda de la Mata se enriquece, ya en la vega del Tajo, con las tie­ rras del antiguo convento de Santa Cruz de Alarza, en feracísimo rega­ dío, próximo a enorme transformación, según veremos. Las pinceladas his­ t ó r ic a s e m p ie z a n a apuntar en Berrocalejo, señorío de los du­ ques de Frías, con res­ tos romanos y árabes en las inmediaciones, y en El Gordo, no tanto porque perteneciera a los condes de Montijo y se hable aún del sub­ terráneo del caserón de los Señores, como por los importantes megalitos de la cercana de­ hesa de los duques de Peñaranda, el Guadalperal, cu y os d ólm e­ nes, arruinados, son los de mayor tamaño de Extremadura. Si eri Serrejón apun­ ta lo artístico en los dos altares de su pa­ rroquia, procedentes de Yuste, en Casatejada cobra cierta pleni­ tud. Su ermita de la Soledad es una agra­ dable fábrica cuadra­ da, del siglo x v i, toda de sillería, de traza clásica y herrerianas Castillo de Almaraz pirámides en los ángu-

los, que adorna su in­ terior con recargado retablo barroco de co­ lumnas salomónicas. En la gótica parro­ quia de San Pedro, de manipostería y silla­ res, estuvo hasta hace poco el retablo mayor de la iglesia del mo­ nasterio de Yuste, tras­ ladado aquí al venir el abandono del venera­ ble retiro imperial, que hoy ha vuelto al punto de origen. Por estos campos, antes de entrar en los sectores en que más de lleno dominan el arte y la historia, escucha­ mos esta arcaica copla folklórica* que refleja cuánto valoraron de siempre los moralos su espíritu y sus pueblos: Cuando el Señor vino al [mundo, vino por Navalmoral, el Cristo por Peraleda y el Ángel por Yaldehuncar.

En Almaraz — que Portada de la parroquia de Almaraz en árabe quiere decir el labrantío— nos salen al paso los recuerdos de las luchas sostenidas en estos parajes durante la guerra de la Independencia, de la actuación en Méjico del misionero fray Juan de Almaraz y del feudal origen de la villa, poblada en el siglo x iv por Blasco Gómez de Almaraz. Este linaje fue enemigo del de Monroy, ensangrentando con sus banderías la ciu­ dad de Plasencia, en la que ambos radicaban, hasta fundirse mediante el matrimonio de sus mayorazgos, doña Isabel de Almaraz, señora de Almaraz, Belvís y Deleitosa, y Hernán Rodríguez de Monroy, señor de Monroy y de Las Quebradas. Una buena torre defensiva, de planta cua-

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Puente de Almaraz

drangular, le resta de su castillo, en el que se alojó Felipe Y durante la guerra de Sucesión. La parroquia de San Andrés, de matices góticos y renacentistas, es una fábrica de mampostería y sillares, con ábside de tres lados, una nave y estribos. Su mejor detalle es la portada, del Renacimiento, con medias columnas jónicas, pirámides, bolas, entablamento y hornacina con la imagen del santo titular. Cerca de la villa se encuentra el puente que lleva su nombre, el puente de Almaraz, por el que la carretera general cruza el Tajo. El recuerdo del César pone su impronta en el monumento, que se timbra con el águi­ la bicéfala. La sólida y bella fábrica de sillería de granito y dos ojos de gran altura la fecha la siguiente inscripción, que se ve en una cartela: ESTA PUENTE LA HIZO LA CIUDAD DE PLASENCIA. A CABOSE AÑO

1537,

REIN AN DO CESAR AUGUSTO CARLOS

V EM PERADOR. FUE MAESTRO PEDRO DE URIA

Castillo de Belvís

Los Almaraz dejaron de sonar, tras haber aportado sangre y riquezas a la glorificación de los Monroy, que tendrían ya siempre por su prin­ cipal y más representativo señorío este castillo de Belvís, heredado luego por los condes de Oropesa y los duques de Frías. Numerosas luchas provocaron los Monroy entre ellos mismos, pues hasta la varonil y desventurada doña Isabel de Almaraz pasó dieciocho años en una mazmorra del castillo, presa por hijos y nietos. Más tarde dividióse la casa del ilustre apellido en dos líneas, la de los señores de Monroy y la de los de Belvís, a la que perteneció la figura cumbre del linaje, don Alonso de Monroy, clavero de Alcántara. El pueblo humilde sigue hoy viviendo al amparo de la sombra pode­ rosa del castillo de Belvís, que, pese al abandono, conserva su majestuo­ sidad imponente y evocadora. La cuadrada torre del homenaje, los recios muros, salpicados de torretas, matacanes y blasones, se yerguen altivos sobre el cerro, recortándose en el horizonte como el eterno vigilante dominador del Campo de Arañuelo. 2. — La prolongación jurisdiccional.

Belvís de Monroy nos recibe con ecos de Romancero. Sancho IY dio el que era un cortijo a Hernán Pérez del Bote, para que lo convirtiese en baluarte defensivo. Por hembras pasó a los Almaraz y a los Monroy, que formaron una de las casas más poderosas y ricas de Extremadura.

El territorio moralo que se tiende al sur del Tajo, en las cuencas de los afluentes Gualija e Ibor, lo limitan al Oeste las sierras de Miravete y, en los demás puntos, diversas estribaciones montañosas, entre las

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que figura la parte extremeña de las sierras de la Jara, que tanto papel jugaron en las guerras de los Golfines. Hay, pues, un predominio orográfieo más o menos importante, que determina, en general, un suelo quebrado, sin amplitud para buenos cultivos. Pueblos pequeños, cuyo color terroso se funde en el paisaje, forman el exponente de una vida rural menos agrícola y más ganadera y cazadora, que en esto último es abundante el territorio. A la derecha del Gualija, con encinas y algún pequeño valle, se dise­ minan Carrascalejo, Villar del Pedroso, Valdelacasa de Tajo — en cuyas inmediaciones están las ruinas del castillo de Espejel—-, Garbín y Perale­ da de San Román, que hasta el siglo x ix se llamó Peraleda de Garbín. En la cuenca del Ibor, el río pone en el paisaje la pincelada pinto­ resca de sus viejos puentes rústicos. La jara, la madroñera, el acebuche o el alcornoque son los que predominan en torno a Bohonal, Mesas, Fresnedoso, Castañar, Navalvillar — todos con sobrenombre de lbor— , Valdecañas de Tajo, Campillo de Deleitosa, Higuera de Albalat y Casas de Miravete, que se acurruca en la falda de la sierra debajo del ya citado puerto de su nombre, por el que la carretera general salva el obstáculo orográfieo y desde el que se goza la contemplación de un extenso y bello panorama. En lo alto de esta sierra se alzaba roquero castillo, destruido en la invasión napoleónica, que fue señorío de la poderosa familia placentina de los Zúñigas, duques de Arévalo y de Plasencia. En las proximidades encontramos a Romangordo, un pueblecito seme­ jante a los otros, que vive junto al viejo recuerdo histórico del castillo que imperó sobre el territorio que componía la llamada Campana de Albalat, a cuya jurisdicción estuvieron sujetas en el período árabe, entre otras muchas localidades, nada menos que Cáceres y Trujillo. * * * Puente sobre el río Ibor, junto a Bohonal

Desde la zona del Gualija e Ibor el suelo se va inclinando hasta llegar al Tajo, en cuya orilla alza su evocador encanto Talavera la Vieja, la antigua Augustóbriga, de origen vetónico, poblada por los romanos. Los restos de varios edificios y de la muralla en semicírculo, con su línea de diámetro paralela al río, así como las numerosas inscripciones epigráfi­ cas y los vestigios del acueducto, recuerdan la importancia de un pasado de floreciente esplendor. En la actualidad se está excavando y se han puesto al descubierto el foro y un templo. Otro de éstos, deteriorado, estaba de siempre a la vista, con sus truncadas columnas unidas a mu­ ros de sillares. En el Ayuntamiento se guardan unas esculturas romanas, de recien­ te hallazgo. En las inmediaciones del pueblo están las ruinas del castillo de Alija, cabeza que fue de amplia jurisdicción, en el que vivieron roma­ nos y árabes, que pasó luego a señorío de los condes de Miranda. Lo extraordinario en Talavera es la elegante columnata, pórtico de templo o edificio piiblico, que al borde del río pone su clásica belleza, re­ flejando en el agua su encantadora esbeltez. Desde lejos se siente el viajero sorprendido y maravillado ante la contemplación de este monu­ mento, cuya silueta gallarda se recorta en el azul del cielo y tiembla en la plata del Tajo. Sobre un zócalo de sillería elévanse las columnas de orden corintio y fustes acanalados, cuya gran altura les presta una esbeltez que no ten-


drían en otro caso, ya que son fuertes y anchas, pues el diámetro de su base es de más de un metro. El interés excepcional de este monumento y su importancia en la arquitectura hispanorromana radica en el empleo, a la vez, del arco y de la construcción arquitrabada, que los romanos aprendieron de los griegos. Aunque este enlace de distintos sistemas lo usaron alguna vez los de Roma en grandes edificios, en España el caso es excepcional y único, no existiendo de ello otro modelo que esta asombrosa columnata de Talavera la Vieja. La contemplación del bellísimo monumento es suficiente para recom­ pensar con creces la visita; pero aún nos reserva la villa otra incompara­ ble sorpresa, en su parroquia — de tres naves y artesonada techumbre mu­ dejar— , en la que se guardan tres magníficos cuadros debidos al pincel del Greco, que representan la Coronación de la Virgen, San Pedro y San Juan Evangelista. La autenticidad, que pregonan los propios lienzos de calidad extraordinaria, comparables a los mejores del artista, está garantizada por la escritura que el pintor otorgara en Toledo, el 14 de febrero de 1591, com­ prometiéndose a realizar el retablo del que estas pinturas formaron parte. Nos alejamos de Talavera la Vieja, el insospechado relicario artístico, con el más profundo dolor, porque sabemos que dentro de poco tiempo nadie podrá contem plar sus encantos, condenados a dorm ir para siempre bajo las aguas del río. 3. — Rumbo al porvenir. Estamos en Navalmo­ ral de la Mata, cabeza del Campo de Arañuelo, que tiene realidad capitalicia de unas comarcas de infi­ nitas posibilidades. La que apenas empezara siendo una venta, aprovechada luego como lugar por el Concejo de la Mesta, su­ bió por su espíritu labo­ rioso a villa y cabeza ju ­ dicial. A su jurisdicción se sujetan las comarcas del c it a d o C am p o de Arañuelo, Castillo de Ali­ ja, Campana de Albalat, Portada de la parroquia de Navalmoral


Valle del Ibor y Concejo de la Mesta, que en otros tiem­ pos tuvieron por cabezas abadías o castillos arruina­ dos ya. Su fisonomía es de una acelerada evolución, de esas evoluciones que florecen al influjo de la prosperidad y el trabajo. La villa se abre hoy, se tiende por la campiña, del roquedal al llano, dejan­ do en la apretada parte vieja lo que le queda del ayer, que algo tiene estimable. Ahí es­ tán, para probarlo, la parro­ quia de San Andrés, de clá­ sica traza, con partes de los siglos x v y xvi, estribos y portadas platerescas de cier­ Secadero de tabaco to empaque, que se timbran con las armas del famoso obispo placen tino don Gutierre de Vargas Carvajal, y el rosetoncillo de la antes ermita y hoy parroquia de Nuestra Señora de las Angustias. Todo esto, aun teniendo interés, se esfuma en el ambiente de'un pue­ blo que vive cara al mañana. Son los modernos centros, en los que se apila el algodón o el tabaco; el trajín de su estación férrea o de los trans­ portes por carretera; la vida activa, en fin, los que atraen y acaparan la atención en Navalmoral de la Mata. El espíritu activo de esta gente canaliza todas las muchas posibili­ dades de los campos circunvecinos. Aquí fluyen productos y de aquí salen dirección e iniciativa. Acaso lo que nos parece que simboliza más el nuevo ritmo de vida de estos sectores son los modernos secaderos de tabaco, que se ofrecen en abundancia a nuestra contemplación, con sus muros alternativamente macizos y calados, aquellas partes con blanca cal y éstas con rojo ladrillo.

Al recorrer el territorio moralo hemos podido ver algunas cosas que voluntariamente silenciamos, para recapitularlas aquí, donde radica el eje de todas ellas. El Tajo, que al entrar en la provincia no se encajona del todo en hondos riberos, tiene vegas en las que los regadíos han creado grandes fuentes de riqueza, que Navalmoral administra y distribuye; pero, además,

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el gran río es una potente máquina, un gigante pode­ roso, cuya fuerza asombrosa está en fase de captación. Se va a hacer un trueque sensacional, dando feraci­ dad a cambio de energía. Si otros ríos pueden ser­ vir para el riego, sólo la po­ tencia del Tajo es capaz de dar fabulosas cantidades de kilovatios. Por eso se está haciendo un titánico embal­ se por encima del puente de Almaraz, grandiosa obra hidroeléctrica desde la que inmensas redes repartirán energía. Los trabajos siguen una marcha acelerada, lo que permite suponer que pronto las potentes turbinas llenen de sonoridades estos rincones, para tener lejanísimos ecos en los amplios confines a los que manden el fluido eléctrico. Esta gran central tendrá como complemento otras, una de ellas mayor aún, construida sobre el mismo río, cerca de Alcántara, la cual va a ser la obra más importante de Europa en su género. Ambas juntas suponen una energía fabulosa, indispensable también para poner en total producción todas las industrias ligadas al Plan de Badajoz. La tercera central irá, asimismo, sobre el Tajo, entre las dos citadas, por encima del puente del Cardenal, cerca de Torrejón el Rubio. Su también importantísima energía completa la enorme producción de electricidad. En lo que afecta al embalse de Almaraz, hay que sacrificar a estos beneficios los anteriores aludidos regadíos de las vegas, tales como los de las mencionadas fincas de Santa Cruz de Alarza y el Guadalperal, que quedarán sumergidas en el inmenso lago. Las aguas van a cubrir tam­ bién para siempre el histórico y artístico pueblecito de Talavera la Vieja. Es el tributo que el río exige para dar sus tesoros. De la inundación se salvará, como es lógico, todo cuanto hay trans­ portable en Talavera, incluso la bellísima columnata, que se piensa trasladar a Cáceres, donde será colocada en un parque hecho ex profeso para servir de marco al extraordinario monumento. Navalmoral es la otorgante de la escritura de trueque, en la que pierde riego y gana energía, con la cual podrá atender mejor a la rique­ za que tiene al Norte, en la más regable cuenca del Tiétar. Allí hay tierra

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La avutarda, el ave de mayor tamaño de España

para sustituir la perdida, y allí, en compensación del hijo que se le ahoga, le nacen otros hijos, otros pueblos flamantes, que se llaman Santa María de las Lomas, Tiétar del Caudillo, Barquilla de Pinares y Pueblonuevo de Miramontes. A ellos va la alegría del agua, que corre plateada por las acequias desde el pantano del Rosarito. Es el Tiétar el río que apresa el citado embalse, el cual debe áu nom­ bre a las cercanas ruinas de un monasterio de Nuestra Señora del Rosario. El pantano del Rosarito está fuera de Extremadura, próximo a la confluencia de las provincias de Ávila, Toledo y Cáceres; pero beneficia principalmente a la última, a la zona morala y a la parte más baja de la Vera. El dique rebasa en altura los 30 metros y en longitud los 223. El canal de la margen izquierda — el que afecta al sector moralo— , es de 50 kilómetros, con una red de acequias de 101. El tendido de la mar­ gen derecha, aunque fuera de esta jurisdicción, también tendrá a Naval­ moral por centro de salida de los productos. Su canal mide 56 kilóme­ tros y sus acequias 110. La capacidad del pantano es de 84 millones de metros cúbicos, que regarán 14.600 hectáreas. Pero aún hay algo mucho más importante para el futuro. El embalse de Almaraz no sólo está destinado a producir energía, sino que también servi­ rán sus aguas para el riego. Un túnel, obra asimismo gigantesca, ha de con­ ducirlas al Campo de Arañuelo, a la parte del lado izquierdo del Tiétar, para que rieguen allí nada menos que la enorme extensión de 80.000 hectáreas. Así, pues, Navalmoral de la Mata va a presidir una zona de riegos de 94.600 hectáreas, es decir, una cantidad tan grande de tierra regada, que no está lejos del Plan de Badajoz, que abarca 115.000.

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Se da aquí, además, la circunstancia de que esa extensión apa­ rece más junta y agrupada, menos extendida que la del citado Plan, lo que hace que no se reparta entre varias ciudades la primacía adminis­ trativa y distribuidora, sino que todo tiene que centrarse en Navalmo­ ral, que por eso es hoy, sin duda de ningún género, la población de más porvenir de toda Extremadura. Lo transformado hasta ahora, que ya supone mucha riqueza, no es nada si se compara con el futuro. Los colonos a los que se facilitará tierra, viviendas y utensilios, irán a residir con sus familias en nuevos pueblos, cambiando radicalmente de vida, tanto en lo económico como en las faenas, pues el gañán del arado romano se ha de convertir en culti­ vador de huertas, y el zagal que recorría los campos tras cabras y ovejas, en mozo de establo, al cuidado de las vacas lecheras. La abundante caza — reses en las sierras y avutardas en los llanos— quedará muy mermada. Es ésta la gran transformación — mucho mayor en el futuro— que vemos al entrar en Extremadura; la primera muestra de riegos que nos sale al paso en las recias y solemnes sequedades extremeñas; el primer indicio de un cambio que en varias zonas va a convertir la tierra de los conquistadores en tierra de colonos. El viajero que avanza por la carretera general y cruza la villa no des­ cubre todo el mundo de esperanzas que aquí se encierra, toda la insospe­ chada riqueza que acaricia como brisa redentora las viejas arideces y vie­ ne a traer su polen de vida nueva a Navalmoral de la Mata, la que empezó apenas siendo una venta y será pronto una gran ciudad, la que se alza con rango capitalicio sobre las abiertas perspectivas del Campo de Arañuelo...

Navalmoral de la Mata, frente al Campo de Arañuelo


Yuste, el retiro imperial

LAS ÚLTIMAS TIERRAS DE CARLOS Y (JARANDILLA)

Cuando el monarca más poderoso del mundo había dejado de reinar, renunciando a sus vastísimos dominios en el Viejo y el Nuevo Conti­ nente, aún le quedó en este rincón del norte extremeño una tierra suya, la última, pero suya para siempre. A ella vino a vivir retirado, en ella tuvo su corte y exhaló el último suspiro, y sobre ella sigue flotando el recuerdo imperial. El paso de los siglos no ha modificado nada: la tierra de Jarandilla, ese hermoso vergel que se llama la Vera de Plasencia, alienta y labora bajo el signo del emperador Carlos V, que está aquí vivo en la memoria y en la evocación de las gentes, presidiendo en espíritu un destino prós­ pero que se corona con águilas bicéfalas...


Valdeíñigos

1. — La canción del agua. Apenas hemos cruzado el Tiétar, dejando atrás la zona morala, vemos que el paisaje se transforma, que el tono verde empieza a triunfar sobre el amarillo o gris, que el silencio de los llanos y sierras antes recorridos, en el que sólo ponían su nota alegre los pájaros o las esquilas del ganado, se hace aquí sonoridad arrulladora. Es la canción del agua, limpia, cristalina, que baja de las sierras y salta en las gargantas, acariciando los lomos plateados de las truchas, para esparcir frescor y fecundidad por todas partes. Lo primero que nos sale al paso en la zona baja son los riegos del Rosarito, en los que han nacido los pueblos de Matón de los Iñigos y Mesillas, y en los que nacerán los de Jaranda de la Vera, Cuaterno y Robledo de la Vera. La primera de las citadas localidades — reciente­ mente ha cambiado su nombre por el de Valdeíñigos— está ya en plena vida y es el primer modelo que encontramos de la nueva floración urba­ na que hoy se multiplica en Extremadura, vivificada por las modernas obras hidráulicas. Sus blancos muros, sus plazas y calles, su iglesia de

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escuetas líneas, son para el viajero un saludo de juventud en estas tierras de tantos viejos recuerdos. Pero aquí, en la Vera, el regadío no es una cosa de hoy, sino de siem­ pre. Por todo el territorio comarcano se esparcen parcelas regables, para las que sus dueños aprovecharon las aguas de gargantas y manantiales. El regadío es consustancial a la comarca, lo que le depara un más elevado nivel de vida. La propiedad territorial es de predominio fragmentario, porque el agua elimina la necesidad de las grandes dehesas, indispensa­ bles en los aprovechamientos de secano. Históricamente se mantuvo aquí un equilibrio entre los señoríos de los grandes proceres y los pecheros cultivadores directos de reducidos predios. Eliminados aquéllos, éstos triunfan hoy, con la existencia de muchos pequeños propietarios, lo que amortigua los problemas sociales. La canción del agua arrulla los pueblecitos de calles encantadoras y los campos de una belleza y una feracidad de las que habíamos leído des­ cripciones en un ático y donoso escritor del siglo x v i i , don Gabriel Acedo de la Berrueza. Dice así, refiriéndose a la que llama provincia de la Vera: «Los diferentes géneros de frutos que los árboles de esta provincia tributan son los más excelentes y mejores que se conocen, así en hermo­ sura como en color y sa­ bor; pues en España ni fuera de ella se hallan otros tales... Cógense a racim os las violetas, a montones los claveles, y los jacintos a puños... Es la tierra de su naturaleza tan viciosa en criar árbo­ les y plantas y llevar fru­ tos, que m uchos años, cuando los inviernos no son demasiadamente ri­ gurosos, se ven muy de ordinario florecer segun­ da vez los árboles en oto­ ño, y llevar segundo fru­ to, que se coge a vuelta de Navidad... El muy re­ verendo padre fray Pedro de las Bárcenas presentó un racimo de uvas a la marquesa doña Mencía Pimentel, que le llevaron sobre un tablero, y pesó veintiocho libras, y cada Típica calle verata (Valverde)


grano de los de este género son del tamaño de una nuez... No es nuevo en aquesta tierra el ver en los frutos estos prodigios cada año; pues se crían peras de más de cuatro y cinco libras cada una.» El viejo autor dedica en el mismo libro un romance a la estancia de Carlos Y en Yuste, que termina con estas líneas: El viento lleno de olores, con mucho fruto la tierra, y en fin, todo es un milagro y un paraíso la Vera. *

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Ciertamente, esto es un paraíso. La carretera de Candeleda a Plasen­ cia la cruza de Este a Oeste, siendo su principal arteria de comunicación. De ella parten, al Sur, las que van a la zona de Navalmoral. Por estas rutas nos perdemos entre perales, camuesos, higueras, membrillos, cere­ zos, granados, castaños, pinos, robles, olivos, fresnos, moreras, álamo», nogales, laureles, naranjos, alisos... Bajo los árboles reposan ermitas y pueblos. En las parcelas, el frescor del agua da vida a hortalizas, algo­ dón, tabaco y, sobre todo, a los pimientos. Es ésta la riqueza típica y tradicional de la Yera. Cuando en ningún otro sitio de Extremadura había regadío, salvo contadísimas excepciones, aquí se cultivaba metó­ dicamente el pimiento, cuya calidad no admite competencia. Es un monopolio que siempre tuvo y tiene la Yera. Una completa y moderna industria hay montada en torno a los pi­ mientos, que, tras reflejar su púrpura en el agua que los riega, van al secadero y a la molienda, para convertirse en el pimentón, que se expor­ «Bajo los árboles reposan ermitas y pueblos» (Pasaron)

ta al mundo entero y sirve de condimento, principalmente en la prepa­ ración de embutidos. El pimentón ha anulado otras que fueron prósperas industrias, tales como la cría de gusanos de seda y los telares de lienzo. * * * A la carretera citada, arteria decisiva y columna vertebral de la comarca, se pegan los pueblos — muy pocos están apartados— , la mayo­ ría con sobrenombre de la Yera. Yan corriéndose a nuestra derecha las sierras de Gredos, Cuartos y Tormantos, mientras avanzamos por esta vía, de Este a Oeste, absortos en la contemplación del vergel y arrullados por la canción del agua, no sólo en los campos, sino también en los pueblos. Cruzamos por Madrigal de la Yera, que fue de los condes de Altamira; Yillanueva de la Yera, Yalverde de la Yera, Talaveruela, Yiandar de la Yera, con sus buenos higos; Losar de la Yera, con su vieja iglesia de San­ tiago; Jarandilla, Aldeanueva de la Yera, orgullosa de haber rechazado dos veces a los carlistas; Cuacos, Jaraíz y Torremenga. Desviándonos de la carretera, vamos a Guijo de Santa Bárbara, Robledillo de la Yera, Gargan­ ta la Olla, Collado, del que cuentan que le vino la decadencia porque un cura enseñó a los vecinos a cazar y dejaron los cultivos, y Pasaron. En la semejante fisonomía de todos ellos juega la madera en balco­ najes y entramado de muros. Su vida y su historia — salvo los que por diversas circunstancias mencionaremos aparte— , se encierran en el cul­ tivo de sus predios. Ésta es la Yera ubérrima y feliz, hermosa y trabajadora, que evoca el recuerdo imperial y se arrulla con la canción del agua que fertiliza los Plaza de sabor tradicional (Cuacos)


campos y corre sin cesar en las delicio­ sas plazas de los pueblos, brotando de los caños de fuentes de piedra; pero hay otra, la histórica y legendaria, la que pasó a las crónicas y a la literatura, la de los riscos y las soledades. En parte es otra y en parte es la misma, vista desde puntos distintos. 2. — El eco de «la Serrana». Allá en Garganta la Olla, en la Vera de Plasencia, asaltóme una serrana, blanca, rubia, ojimorena.

El romance popular de siglos leja­ nos, que flota en el viento de la Vera de riscos, llega con sus ecos a toda la comarca. Es imposible cruzar por estos campos sin sentir la evocación de la Serrana, que de la realidad pasó al ro­ mance del pueblo, y de éste a la alta literatura. Fue la abrupta serranía de TormanCruz de Garganta la Olla tos la elegida por la Serrana para sus andanzas, y el pueblecito de Garganta la Olla, señorío de los condes de Oropesa, el más próximo a los escena­ rios de sus fechorías. Apareció por aquí en el siglo xvi. ¿Quién era? ¿Cuál es su historia? Imposible contestar a lo primero y difícil a lo segundo, porque lo real se funde con lo legendario. Parece que se trataba de una noble dama placentina del linaje de Carvajal, hermosísima e indómita, que traicionada en sus primeros amores por un pariente suyo de igual estirpe, para vengar en cuantos hombres pudiera la afrenta que uno le hizo, se fue al campo y convirtióse en salteadora de caminos. Unas veces con seducciones y engaños, otras venciéndoles en lucha cuerpo a cuerpo, se los llevaba a la oculta cueva que le servía de guarida, asesinándolos tras de haber gozado con ellos. Los campos de Garganta la Olla se fue­ ron llenando de las fatídicas cruces — aún hay una que parece querer evocar aquéllas— , que colocaba sobre las tumbas de sus víctimas, hasta que un día la justicia de Plasencia puso fin a las fechorías, prendiendo a la desventurada insensata, que pagó sus crímenes en la horca. Se cree que estos hechos ocurrieron entre 1540 y 1550. La Serrana había concluido su existencia en el mundo; pero entonces empezó a vivir eñ la leyenda. La cantaron tradiciones y romances y pasó a las páginas literarias en los versos de Lope de Vega y Yélez de

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Estatua yacente, en la parroquia de Yalverde de la Vera

Guevara, que la hicieron protagonista de dos comedias. El romance que cuenta que la prisión de la protagonista se debió a que un mozo pudo escapar de la cabaña y descubrir el oculto escondrijo, pone en los labios del doncel estas palabras: Cansada de sus deleites, muy bien dormida se queda, y en sintiéndola dormida, sálgome la puerta afuera. Los zapatos en la mano llevo, parque no me sienta, y poco a poco me salgo y camino a la ligera.

* * * Los ecos de la Serrana rebotan aún en los riscos altos y en las tierras labradas de la Vera. Tan sólo se amortiguan en los lugares en los que se impone de manera absoluta el recuerdo imperial. En el resto vibran y se enlazan con este recuerdo. Si de Garganta vamos a Valverde, esos ecos nos acompañaran cuan­ do visitemos el castillo, hoy cementerio, y los sepulcros con estatuas yacentes de su parroquia del siglo xv. Algo tradicional y específico nos

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sale aquí al paso, en la costumbre de los «empalados», penitentes que, por promesa, desnudos de cintura arriba, atados los brazos a un yugo que descansa en sus hombros, recorren el Jueves Santo el pueblo procesio­ nalmente, haciéndose disciplinar. En Torremenga el recuerdo de la Serrana va unido al relato que nos hacen de la historia de la villa, señorío de príncipes, recaído al fin en los Manriques, duques del Arco. En el cercano Pasaron — cuya antigüedad atestigua un granítico toro céltico— olvidamos un poco el romance, ante la sorprendente sun­ tuosidad del palacio de los señores de este pueblo — también Manriques y duques del Arco— , magnífica fábrica de sillería de sabor renacentista. Estamos acostumbrados a que en los pueblos llamen palacio a cualquier caserón; pero aquí el nombre encaja en toda su plenitud señorial, con el curiosísimo detalle de que, por encima de la alta y extraordinaria facha­ da, en el tejado aún siguen las notas artísticas, en una colección incom­ parable de chimeneas, que fingen adornadas torretas. Al llegar a Jaraíz, el eco de la Serrana se adormece ante el rumor de la industria, que tiene aquí su principal sede del pimentón. Fue ésta una vieja aldea de Plasencia, que se redimió, convirtiéndose en villa en 1680. Su parroquia de San Miguel, por más antigua más reformada, no conserva como la de Santa María dos puertas góticas. Aquí estuvo el castillo de Jarifa — nombre puramente árabe, como el de Jaraíz— , sobre cuyo solar se alzan hoy el Ayuntamiento y otros edificios, porque éste es uno de esos pueblos en los que lo actual se sobrepone al pasado. Palacio de Pasaron

Jaraíz, que supera en habitantes a todas las localidades veratas, incluso la cabeza del partido, nos ofrece como su mayor orgullo su acti­ vidad, que ha hecho que los ecos de su nombre, unidos a la industria del pimentón, resuenen por el mundo entero con más fuerza que resue­ nan aquí los ecos de la Serrana. 3. — Rincones imperiales. Jarandilla, Cuacos y Yuste son los vértices del triángulo que encierra el más vivo y cálido recuerdo del César, siendo a la vez una trilogía representativa de los tres estados de la sociedad po1llic^iide^«^toB<ees: nobleza, pueblo y clero. Jarandilla procer, Cuacos humilde y Yuste monacal fueron símbolo en torno al emperador, para que no le faltase la representación de los tres brazos de la potestad nacional. En un punto tan pintoresco como todos los comarcanos, en la falda de la sierra de Jaranda y confluencia de las gargantas de Jaranda y Jarandilleja, existió desde remotos tiempos un poblado, que algunos suponen fundación de griegos, procedentes del Epiro, por el año 764 antes de Jesucristo, y otros, con más acierto, alzado por los romanos, lo que concuerda con la posibilidad de que una cercana ermita fuera templo de la diosa Palas. Los árabes tuvieron aquí villa y castillo, con nombre de Jarandilla, poseído luego por los templarios. Enrique III los donó a Garci Álvarez de Toledo, tronco de los condes de Oropesa, que fueron también marqueses de Jarandilla. Jaraíz, la capital del pimentón


Bajo el mando de la casa de Oropesa, la villa tuvo convento y hospital; pero su mayor interés se centra en el castillo, inmenso, de planta rec­ tangular, a la vez fortaleza y alcázar, alzado des­ de los finales del siglo x iv y durante el xv. Con torres en las esquinas, alternativamente redondas y cuadradas; muralla y puente levadizo, pese a la moderna restauración, conserva todo su procer empaque, embellecido en el interior con el bellí­ simo patio de arcadas y con algunos antiguos azulejos en los que aún se ve el escudo jaquelado de azul y plata de los Álvarez de Toledo. Sobre la justa fama que goza el vino de Jaran­ dilla se cuenta una curiosa anécdota: Como Car­ los Y, durante su permanencia en el castillo, pre­ guntase a uno de sus servidores flamencos cuál era la tierra del mundo que más le gustaba, éste contestó: «L o mejor del mundo es España, lo mejor de España, la Vera; lo mejor de la Vera. Jarandilla; lo mejor de Jarandilla, la bodega de Pedro Acedo de la Berrueza. Allí está lo mejor del mundo. Allí quisiera que me enterraran, para irme al cielo, porque tiene el mejor vino de la tierra.» Enterado del caso el bodeguero aludido, Patio del castillo de Jarandilla

Castillo de Jarandilla

Su parroquia de Santa María de la Torre más parece fortaleza que templo, como consecuencia de ser una adaptación para el culto del pri­ mitivo castillo. El ábside fue y es un torreón semicilíndrico, con torreoncillos; la destacante torre cuadrada, que sirve de campanario, era la del homenaje. Resulta curioso el enlace de estos matices guerreros de los siglos x iii o x iv , con las adaptaciones posteriores y las tres naves inter­ nas sobre pilares octógonos.

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llamó al flamenco y le hizo elegir las dos me­ jores tinajas de vino, diciéndole a continua­ ción: «Pues la una será para el emperador; la otra, para vuestra se­ ñoría. Y puesto que mi bodega es lo mejor del mundo y vuestra se­ ñoría sabe el camino, véngase para acá siem­ pre que gustare, que en todo tiem po será bien recibido.»

Cuacos es un pueblecito sencillo, mara­ villosamente pintores­ co, metido en una hon­ donada de la falda de la sierra de Tormantos. Palpita en él un enor­ me tipismo, que le dan sus casas de entrama­ do y balconajes de ma­ dera, sus calles estre­ chas y empinadas, su plaza graciosa, con la fu en te de p ied ra en Cuacos. Parroquia la que corre el agua cristalina... Las viejas raíces de la etimología del pueblo se quieren traducir, diciendo que el nombre significa «a todas partes». De ello arranca el viejo refrán que dice: «Y a sabes a Cuacos.» De ser esto así, resulta bien extraño, porque lejos de tratarse de un lugar de tránsito, es un rincón escondido en la sierra, que hay que buscar ex profeso, sin que sea paso para parte alguna, salvo su colocación, como tantos otros de la zona, en las proximidades de la carretera. La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de manipostería y sillares, acusa un gusto clásico de matices sencillos, patente en su por­ tada de granito. Una inscripción fecha esta iglesia como concluida el 3 de octubre de 1567, siendo obispo de Plasencia don Andrés de Noroña.

El templo que vemos es, por tanto, posterior a la estancia de Carlos Y en Yuste, aunque acaso sea reforma del que anteriormente hubiera. El interior, de tres naves, con bóveda de medio cañón, arcos de medio punto, crucero y cúpula, fue reparado mucho más tarde, en 1840. Aquí vinieron, procedentes de Yuste, la interesante sillería del coro, de fines del siglo x v, obra del maestro Rodrigo; el órgano, talla barroca con escudo de la Orden jerónima; una escultura policromada de Santa Catali­ na, debida posiblemente a Luisa Roldán, la Roldana, y un terno de ter­ ciopelo negro, con bordadas tiras rojas. H oy la mayor parte de los obje­ tos han vuelto a su punto de origen. El más entrañable recuerdo de Cuacos es una casa de soportales, en la que habitó, en 1557 y 1558, un muchacho de doce y trece años, al que entonces llamaban Jeromín y al que llamarían luego don Juan de Austria. Por estas calles en cuesta, por estas rinconadas típicas, corrió en juegos infantiles el futuro vencedor de Lepanto, ignorante aún de quién era, ajeno a suponer que por sus venas corría sangre de reyes y emperadores. Cuacos es el relicario de los recuerdos de este niño, del que se cuen­ tan anécdotas y travesuras, al que se evoca como algo propio del pueblecito pintoresco, mucho más propio que el emperador muerto en las cercanías.

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Yuste. Claustro gótico

4. — El retiro del César. En un lugar agreste y bellísimo, desde el que se descubre exten­ so panorama, en medio de una vegetación exuberante, existía una vie­ ja ermita llamada de El Salvador, a la que se retiraron a vivir unos ascetas placentinos, a quienes un piadoso vecino de Cuacos, Sancho Martín, hizo donación, en 24 de agosto de 1402, del terreno necesario para construir^iglesia*, y convenio^ En_ 1414 los ermitaños se pusieron bajo la protección de los frailes jerónimos de Guadalupe, constituyén­ dose en comunidad, cuyo primer prior fue fray Francisco de Madrid. Nacido así el monasterio de Yuste, en el siglo xv, amplióse en el x vi por los condes de Oropesa, terminando los trabajos en 1554. En este mismo año lo visitó el príncipe don Felipe, próximamente Felipe II, con el fin de ver si el lugar era adecuado para el ya elegido retiro de su padre el emperador. Como le placiera el sitio, dieron comienzo las obras de la residencia imperial, concluidas cuando ya estaba Carlos Y en Extremadura. Los daños enormes que primero los franceses y después las leyes desamortizadoras causaron en este relicario de arte y de historia, se han remediado hoy con una total reconstrucción. No hubo jamás en este punto poblado alguno, sino solamente el monasterio, amplio y con algún bello detalle, pero sin proporciones

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monumentales. La mayor importancia en él la tuvieron la iglesia y los dos patios. El más viejo de estos patios es gótico, sencillo, con claustros en sus dos plantas, de arquería y columnas de granito. Está adosado a la igle­ sia, con la que comunica, pasándose desde él por los otros lados a diver­ sas dependencias. H oy ha vuelto a surgir intacto, con todo su sabor monacal, como estaba en aquellos días en que el César paseó por sus claustros o por el apacible jardín central, al arrullo del agua de su fuente de piedra. Del otro patio, plateresco, más bello y rico que el anterior, también desaparecen los deterioros. Las arquerías de medio punto sobre colum­ nas corintias, con escudos, todo de granito, forman una auténtica obra de arte, que hoy admiramos como el más hermoso rincón del viejo monasterio. En esta parte que fue convento, la cámara que tiene más sabor es el refectorio, salón rectangular, que conserva adosados a los muros los lar­ gos asientos recubiertos de azulejos mudéjares. La iglesia, de los últi­ mos tiem pos del gótico, participa de la austeridad imperante, pues los úni­ cos adornos de la facha­ da son el festón perlado, las ventanas y la puerta de medio punto con pilas­ tras y frontón, todo ello más bien pobre. El retablo de los años imperiales fue sustituido por el que ahora vemos, que estuvo hasta hace poco en la parroquia de Casatejada. Lo encargo Felipe II, en 1580, al pin­ tor y arquitecto Antonio Segura, con obligación de colocar en medio una co­ pia del lienzo de Tiziano denominado indistinta­ mente la Gloria, el Juicio final y la Trinidad, cua­ dro que Carlos V tu vo aquí en Yuste y hoy está en el Museo del Prado. Claustro plateresco


La obra, hecha con arreglo al encargo, es una talla policroma y dorada, con pinturas de agradable colorido y reminiscencias florentinas, originales del autor; columnas, antepi­ lastras y esculturas, coro­ nado todo por las armas imperiales sobre el águila bicéfala. En el centro re­ salta una buena copia del cuadro tizianesco. En él aparecen, en el grupo de pecadores, Carlos V y su esposa, Isabel de Portu­ gal; Felipe II , la reina María de Hungría y el propio Tiziano. La gótica sillería del coro, de finales del si­ glo x v , recuerda la de la ca ted ra l de P lasen cia, como lógico resultado de ser obra del mismo artis­ ta. La sillería alta tiene su doselete corrido, sobre finas columnillas. El res­ paldo de la central lo ocu­ pa un relieve de San Je­ rónimo. Tanto ésta como la baja son un derroche de fantasía en todos los Portada de la iglesia adornos y tallas, en los que no sólo hay motivos religiosos, sino también alegóricos, burlescos, de lidia de toros, de depor­ tes, de costumbres y de oficios. La realización es perfecta y acabada, dejando bien patente en esta sillería el maestro Rodrigo su elevado ran­ go artístico.

La residencia del emperador, salvada de las destrucciones, sólo ha necesitado que se coloquen en sus estancias muebles y cuadros. Se hizo a semejanza de la casa de Gante en la que naciera Carlos V, con humil­ dísimos aposentos, adosada a la iglesia e independiente del monasterio.

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Es un edificio de dos plantas, destinada la baja a la servidumbre y la alta al César. A ésta se asciende no por escaleras, sino por una rampa, por la que se puede subir a caballo, que desemboca en un pórtico o glorieta, magnífico mirador para contemplar el bellísimo paisaje. Cuatro son en total las habitaciones, tres más pequeñas y un saloncito. Una de aquéllas es el dormitorio de Carlos Y, desde el que por una puertecilla se pasa al presbiterio de la iglesia. Cuadros y tapices, autén­ ticas obras de arte, decoraron estas estancias, que hoy, con objetos auténticos y reproducidos, reviven el pasado y tienen fuerza bastante para impresionarnos, para hacernos sentir cerca en espíritu la figura solemne e inmensa del monarca que renunció unos dominios que se tendían por toda la redondez del orbe y vino aquí a platicar con Dios y a morir santamente. Una amplia huerta se tiende delante de la residencia, cercada por un muro, en uno de cuyos esquinazos se puso luego granítico y bien labrado escudo con las armas imperiales. Es este posterior detalle el único signo de soberanía en aquel retiro humilde, que, aunque no igualase en pobreza a las celdas de los jerónimos, no po­ día ser menos para tan gran señor, cosa que co­ mentaban los que lo vie­ ron cuando se estaba ter­ minando de disponer: No del cuarto, de su dueño, van diciendo en agrias lenguas: Grande celda para un fraile; corto albergue para un César.

El 24 de octubre de 1555 Carlos Y abdicaba en Bruselas, dispuesto a marchar a Yuste, retiro elegido por referencias, sin haberlo visto nunca. En agosto del siguiente año se ponía en camino, llegando a Laredo el 28 de septiembre. En jorna­ das, por Burgos y Yalladolid, el 11 de noviembre Retablo mayor


entraba en Extremadura por Tornavacas. Al día siguiente cruzó el puerto que se llama del Empe­ rador y fue a Jarandilla, aposentándose en el casti­ llo del conde de Oropesa, en el que se detendría hasta que estuviesen con­ cluidas las obras de Yuste. El 25 vio por vez pri­ mera su futuro retiro, en visita hecha desde Jaran­ dilla. El 3 de febrero de 1557 marchó definitiva­ mente a Yuste. Al paso por Cuacos, autoridades y vecinos salieron a cum­ plimentarle. Unas cincuenta perso­ nas componían el séquito y pequeña corte, siendo de las más destacadas en la imperial intimidad su gentilhom bre, el extre­ meño don Luis de Ávila y Zúñiga, marqués de Mi­ rabel, comendador mayor de Alcántara; su mayor­ domo, don Luis de Quija­ da, señor de Villagarcía, y su secretario, Martín de Gaztelu. Sillería del coro En la hermosa tierra de la Yera, que había en­ cantado al emperador, empezó para él una vida sosegada, en la que los rezos y devociones alternaron con el paseo, la caza y la pesca. Para distracción casera tenía su papagayo, sus gatos y sus relojes. Recreo mayor podían depararle el delicioso panorama y la quietud de la huer­ ta, con la serena alberca de agua cristalina, en la que dejaban caer su azahar los naranjos. Pero el retiro de una tan inmensa figura histórica no podía ser abso­ luto. A Yuste llegaban correos con noticias de la política del mundo, de la que difícilmente se podía desentender don Carlos. Las visitas menu­ dearon aquí, como antes en Jarandilla. Dos de estos visitantes fueron

unos frailes que luego se­ rían San Pedro de Alcán­ tara y San Francisco de Borja. En septiembre vinie­ ron a Y uste las reinas doña María y doña Leo­ nor, sus hermanas, y aquí vino también la para él más importante de todas las visitas: la de aquel n iñ o al que lla m a b a n Jerom ín. Lo había cria­ do doña Magdalena de Ulloa, esposa de Quija­ da, la cual se estableció con él en Cuacos. En el mes de julio de 1558 se hizo aquella visita a Yus­ te, en la que padre e hijo, el viejo emperador y el futuro don Juan de Aus­ tria, se vieron por vez primera, ignorando aún el segundo su auténtica personalidad. El 31 de agosto, es­ tando sentado su majes­ tad en la glorieta o pór­ tico de acceso a la resi­ dencia, sintióse enfermo. Era aquélla la ú ltim a enfermedad. Una inscrip­ ción pintada en el muro señala el sitio que ocupaba el César. Dice así:

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SU M AGESTAD EL EM PERADOR D . CARLOS QUINTO NUESTRO SEÑOR EN ESTE LUGAR ESTA BA SENTADO QU AN DO LE DIO EL M AL A LOS T R E Y N T A Y UNO DE AGOSTO A LAS CUATRO DE LA T A R D E . FALLECIO A V E IN T E Y UNO DE SEPTIEM BRE A LAS DOS Y M E D IA DE LA M A Ñ A N A . AÑO DEL SEÑOR DE

1558.


P ron u n cia n d o el nombre de Jesús, tras muchos días de sufri­ miento, resignación y fervores, entregó santa­ mente su alma a Dios, en esta cámara en la que vemos el lecho con colgaduras, que aún conserva la colcha que usó el César. Se dice que en la noche del fallecim iento floreció junto a su ventana una azucena, que fue colo­ cada en el Sagrario. Después de celebrar los solemnes funerales, diose al cadáver sepul­ tura bajo el altar ma­ yor del templo. El pri­ mitivo ataúd lo vemos aquí, garantizada su autenticidad por esta inscripción:

desde Mérida los restos de la reina doña Leonor; de Granada llegaron los de la emperatriz Isabel, la princesa María, primera mujer de Felipe II, y los infantes don Juan y don Fernando. Desenterrado el emperador, seis ataúdes se reunieron en la iglesia conventual. El 26 de enero hubo funerales solemnes, y el 27 se puso en marcha la fúnebre caravana de imperiales y reales despojos. Los seis féretros, presididos por el del César, cruzaron por el verde vergel verato. El clero de Cuacos salió a rezar un responso. En Jarandilla descan­ saron aquella noche. Al día siguiente, el fenecido emperador, acompa­ ñado de sus familiares difuntos, salía de la Vera, rumbo a El Escorial. Salían sus mortales despojos; pero su espíritu quedaba aquí, imperando sobre ésta su última tierra. Aquella ráfaga de historia, de inmensa historia, que la imperial presencia trajo a esta amena floresta, flota aún en los riscos, mecida por las brisas sobre las copas de los árboles, cantada por el agua que refleja en los campos la púrpura de los pimientos y en las fuentes de las plazas los lindos rostros de las aldeanas... Yuste es cifra y símbolo de ese recuer­ do: dentro atesora las esencias de la evocación, que nos hacen sentir vivo al César, como lo vemos en el tizianesco retrato del saloncito, junto a su esposa, la emperatriz Isabel; fuera, la austeridad de la reciedumbre monástica se engarza en el verde esmeralda del paisaje, como una viñeta de tonos grises, que imaginamos ser el águila imperial, posada eterna­ mente en esta serranía...

«En esta caja de ma­ dera de castaño estuvo depositado durante los cuatro años que perma­ neció en este convento el cuerpo del Emperador y Rey Nuestro Señor Don Carlos I de Espa­ ña y V de Alemania de perpetua memoria.»

En 1570 Felipe I I vino a Yuste para pla­ near el traslado de su padre a El Escorial. En enero de 1574 el duque de Alcalá y el obispo de Jaén llegaron al monasterio, portadores de la real cédula en la que se ordenaba la entrega del cadáver. Como si acudiesen a fúnebre cita, los miembros fallecidos de la fami­ lia real española se fueron reuniendo en Yuste. El obispo de Coria trajo

Salón de la residencia imperial

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El dormitorio imperial


Uno de los puentes con que se adorna el Jerte (Galisteo)

«GRATA A DIOS Y A LOS HOMBRES» (PLASENCIA)

Desde la linde extremeña con la provincia de Ávila hasta un poco al sur del Tajo, se tiende la jurisdicción presidida por la histórica ciudad de Plasencia, de la que su fundador, Alfonso V III, dijo en el privilegio fundacional: «ad honrem Dei... urben edifico, cuy Placencia ut Deo placeat et hominibus nomen imposuit». Porque aquella tierra era amena y alegre, para que fuese «grata a Dios y a los hombres», se le impuso a la ciudad el nombre de Plasencia, nombre que cobija a todo un territorio y a toda una historia, con el sím­ bolo de su catedral, el primer templo de toda Extremadura por la rica ornamentación de su parte gótica. Lo que se denomina el Valle, arriba; la prolongación que remata Monfragiie, abajo, y en el centro, la capital, componen el conjunto del distrito placentino, antigua avanzada del reino castellano.

I


Juntos y casi rectos, bajan desde Tornavacas a Plasencia el río Jerte y la carretera, formando ambos el eje de lo que se denomina el Valle, tierra que se abre entre las ele­ vaciones de Hervás y la Vera, muy semejante a ambas comarcas, espe­ cialmente a la última, a la que antes pertenecie­ ron varios de sus pue­ blos. Aquí la púrpura que reflejan las cristali­ nas corrientes no es la de los pimientos, sino la ju gosa de las cerezas, pues aun siendo muchos los cultivos y múltiples los frutales, nada4puede competir con el predo­ minio del cerezo, que da el fruto típico y exqui­ sito que ha hecho famo­ so el Valle de Plasencia. No es ésta, como su nombre parece indicar, una zona baja y abier­ ta, sino angosta, mon­ tañosa y quebrada, con e s tr e c h a vega en las márgenes del río, que en to d o su curso alto no conoce anchuras, hasta acercarse a Plasencia. Cerezo en flor La tierra de las orillas del Jerte y los bancales de las laderas, hechos con ímprobos trabajos, le dan una riqueza creada por el esfuerzo humano en colaboración con las aguas del río y de las numerosas gargantas que bajan de los montes y riegan aquellos predios desde lejanos tiempos.

En lo no r e g a b le triunfan el castaño, el olivo, el roble y la vid. El panoram a es bello, p in t o r e s c o ; q u ie to y ameno, en las plácidas hondonadas; agreste y m ovido, en las cimas y torrenteras. Los pue­ blos siguen utilizando la madera en las balcona­ das y entramado de mu­ ros, material que alter­ na con la piedra en los puentecillos que salpi­ can el paisaje. P or T o rn a v a ca s — que está cerca del puerto de paso entre Castilla y Extrem adu­ ra— corre el incipiente Jerte, refresca n d o el pueblo, que fue señorío de los condes de Oropesa y tuvo un hospi­ tal fundado en el si­ glo X V II . Las aguas de la gar­ ganta de El Pinar son las que discurren por la ancha, larga, irregular y única calle de Jerte, el pueblo que toma nom­ bre del río, cuya torre parroquial pregona un origen muy anterior al adjunto tem plo diecio­ chesco de la Asunción. Cabezuela del Valle, la capital de las cerezas, Cabezuela del Valle, la capital de las cerezas tiene en su sen cillez todo el orgullo de haber trocado, por su trabajo, asperezas en vergeles. Navaconcejo nos muestra el próximo y ruinoso convento franciscano de Santa Cruz de Tabladilla, que fundaron en el siglo xvi don Lope de Cárde­ nas y doña Mencía de Carvajal, y el derruido puente romano sobre el Jerte.

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1. — El Valle y su prolongación.


Ayuntamiento dé Galisteo

Yaldastillas asienta no muy lejos de la carretera, de la que hay que desviarse a la izquierda para ir a Piornal — edificado sobre roca viva, en la parte alta y plana de una montaña que tiene junto al viejo caserío, en el que destaca el blasonado palacio del obispo Lovera, un moderno sanatorio antituberculoso— , a Cabrero, a Casas del Castañar, a Arroyomolinos de la Vera, a Tejeda del Tiétar, a Barrado y a Gargüera, todos con sus huertos, sus regadíos y sus castaños u olivos, ajenos ya algunos a la cuenca del Jerte y regados por afluentes del Tiétar. Nos falta la mención de las pequeñas aldeas de Rebollar y El Torno, para seguir, totalmente fuera del Valle, por el sector del norte y oeste de la cabeza del partido, que si hoy es de secano, va a dejar pronto de serlo, porque llegarán aquí los riegos del embalse de Gabriel y Galán. Cruzamos por unas localidades en las que la madera deja de jugar en el entramado de los muros de las casas y por unos campos en los que el verdor encendido del paisaje del Valle se sustituye por el menos vivo de la viña o por el gris de la encina, el alcornoque, el olivo o el roquedal. Si algunos de estos pueblos nos cuentan del pasado, del futuro nos hablan todos, llevando la voz cantante Valdeobispo, que tendrá la presa distribuidora del citado embalse. * * *

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En Galisteo, adonde llegamos tras de pasar por Carcaboso y Aldehuela, se enlazan con interés excepcional lo histórico, lo artístico y hasta el tipismo, representado por el gracioso Ayuntamiento de soportales. La vieja villa, que baña el Jerte, dio su nombre a una localidad de los Estados Unidos de América y tuvo en el Nuevo Mundo a fray Pedro de los Reyes, compañero del padre Las Casas. Cabeza de un señorío del que dependían nueve pueblos, pregonan su origen árabe las murallas de tal época, monumento de verdadera impor­ tancia. En este castillo firmó Alfonso I X en 1229 el convenio con los ca­ balleros de Santiago, en virtud del cual quedó exenta de la jurisdicción de la Orden la recién y definitivamente conquistada villa de Cáceres. Alfonso X donó el señorío de Galisteo a su hijo primogénito, don Fernando de la Cerda; pero muerto el infante en vida del rey su padre, Sancho IV usurpó a la descendencia del hermano mayor trono y seño­ río, dando el último a su otro hermano, don Pedro, marido de Marga­ rita de Narbona, guerreadora dama que, fallecido el esposo, sostuvo en Galisteo lucha en defensa de los derechos de su hijo. En el siglo x v fue se­ ñor de la villa el infante don Enrique de Aragón, al cual se la confiscaron por su rebeldía contra su primo Juan II de Casti­ lla. Traspasóla este mo­ narca a don Garci Fer­ nández Manrique, cuyo hijo fue primer conde de Galisteo, en 1451. Sus descendientes gozaron rango d u ca l, reca íd o luego en los duques del Arco y Fernán Núñez. Sus proceres señores convirtieron el castillo, que antes fue alcázar, en palacio suntuoso, ador­ nado con frisos, altos relieves y columnatas. En él se alojó durante la guerra de Sucesión el marqués de las Minas, jefe de los ejércitos del pretendiente Carlos de Austria. De la decaden­ cia y ruina, que vinieron Castillo de Galisteo


tras el esplendor culmi­ nado en el siglo x v i, restan las mencionadas murallas árabes, con sus puertas; el puente sobre el Jerte, la importantí­ sima torre, el edificio adosado y la interesante parroquia de la Asun­ ción, con su prim itivo ábside mudéjar, del si­ glo x ii; su gótica nave de crucería, del x v i, y su dorado retablo barro­ co, del x v i i i .

y se abre en campana, sin bajar apenas de la rodilla. Se adorna con arracadas y collares de filigrana de oro; usa medias tejidas con lana azul y se toca con sombrero de paja, a modo de capota, con levantada ala delante y copa alta, decorado en el frente con lanas de vivos colo­ res, en torno a un espejito redondo. Este detalle encierra la mayor originalidad y simbolismo, porque el espejo intacto lo llevan las solteras, lo quitan las casadas y lo vuelven a poner las viudas, pero roto. Los trajes masculinos son de paño negro, con calzón corto y botones de plata. Estas figuras de hombres y mujeres cantan y bailan al aire libre viejas canciones, al son de flauta y tamboril. El tamborilero del pueblo, el popularísimo Vidal, ha recorrido Europa y América, acom­ pañando a las agrupaciones artísticas forasteras que han exportado al mundo entero esta gracia, que aquí, en su propio ambiente, nos deleita y cautiva al fin de nuestro primer itinerario en tierras placentinas. 2. — Hasta Monfragüe.

Oliva y Villar, am­ bos con sobrenombre de Plasencia, se disputan el honor de ser cuna del presbítero, filósofo y poeta Cayo Vetio Aqui­ lino Juvenco, que en los siglos m y iv de nuestra Era figura en Roma en­ tre los principales escri­ tores, siendo el primer li­ terato hispanolatino que escribió sobre la vida y doctrina de Cristo. Esto Montehermoseña es una absoluta fantasía, invención de los falsos cronicones. Al imaginario honor aspiraba también Oliva de la Frontera. Oliva de Plasencia fue poblado céltico; conserva ruinoso castillo y se erigió en condado para don Rodrigo Calderón, el que pasó de la grandeza a la horca. Montehermoso, señorío y condado de los duques del Arco y Fernán Núñez, nos remata el recorrido, más que con historia, con tipismo, con un tipismo vivo, colorista y encantador. Sobre campo de encinas, el pueblo, limpio, de casas pequeñas, con especial sabor, formando calles, plazas y rinconadas de sencillez deliciosa, es marco perfecto para los femeninos atavíos originalísimos. La montehermoseña viste corpiño, pa­ ñoleta adornada y refajo rojo oscuro, que se ciñe plisado a la cintura

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Lo que aún hemos de recorrer, todo al sur de la cabeza del partido, son zonas de secano, en las que alternan la planicie y las elevaciones. El nudo ferroviario de la estación de Plasencia-Empalme, sin pueblo, preside la parte más llana. Antes de llegar a ella, por un desviado ca­ mino, encontranos a Malpartida de Plasencia, en una colina de pizarra, con espaciosa plaza central y una agradable fisonomía urbana. Sus ha­ bitantes no toman denominación del nombre del pueblo, sino que se llaman chinatos. No tiene más historia que la de haber sido siempre Baile en Montehermoso


una aldea placentina; pero, sin embargo, su parroquia de San Juan Bautista es suficiente para darle tono y rango. Trabajaron en ella, en la segunda mitad del si­ glo x v i, Pedro y Juan Ezquerra, Juan de la Fuente, Juan Álvarez y Juan Negrete, bajo la protección del obispo don Gutierre de Vargas Carvajal, cuyas armas heráldicas timbran las portadas, la torre y la clave de la bóveda de la capilla m ayor. Es una hermosa fábrica, en la que, pese a lo avanzado de la época de construc­ ción, aún está patente el gótico. En la fachada principal se abren puer­ tas y ventanas, entre columnas corintias y es­ tatuas de San Pedro y San Pablo; las laterales, platerescas, muy seme­ jantes entre sí, tienen c o lu m n a ta de o rd e n Portada de la parroquia de Malpartida de Plasencia compuesto y se adornan con imágenes, florones, figuras quiméricas, alto relieve místico y ventanal de parteluz. El inte­ rior del templo, de una sola nave, con bóvedas de crucería, conserva retablo mayor de traza clásica y talla dorada, obra del vallisoletano Agustín Castaño.

Castillo de Mirabel

En estos campos libróse la única batalla habida en la Alta Extrema­ dura durante la guerra de las Comunidades, derrotadas aquí por las tropas de Carlos V. En lo alto del cerro que llaman del Acero, descansan los deteriorados y sólidos muros del magnífico castillo, de planta rectangular, cuyo po­ sible origen agareno no avala su actual fisonomía, del último tercio de la Edad Media, época en la que fue construido con intervención de ala­ rifes mudéjares. *

*

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El pueblo de Mirabel, señorío y marquesado de los Zúñigas, empezó su vida con la epigrafía romana y conserva la picota, del siglo x vi; el viejo edificio llamado palacio y la parroquia de la Asunción, que luce en las esquinas de la torre de sillería las armas de los Zúñigas, bajo co­ rona de marqués.

La pintoresca e industriosa Serradilla, entre olivos, naranjos y limo­ neros, se enorgullece de la parroquia de la Asunción y del convento de recoletas agustinas, construido en tiempo del obispo don Diego de Arce y Reinoso, por iniciativa de la beata Francisca de Oviedo. En la iglesia del hermoso y amplio monasterio se rinde fervoroso culto al veneradísimo Cristo de la Victoria, original escultura del si­ glo x v 4 en la que el Señor no aparece clavado en la cruz, sino que se abraza a ella. La villa y sus aledaños tienen fe ciega en esta imagen, en cuyo honor se celebran grandes fiestas. Artísticamente es muy superior al Cristo otra antigua escultura, tam­ bién muy venerada por los serradillanos, la de la patrona, Nuestra

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Señora de la Asunción, talla policro­ mada de gran mérito e incomparable belleza, titular de la parroquia. Una de esas viejas coplas populares que se van perdiendo al paso de los siglos, canta las dos devociones, que compendian lo más intenso del sentir local: Serradilla, Serradilla, llevas en el corazón, con el Santísimo Cristo, la Virgen de la Asunción. ¡Dale la oliva, la naranja y el limón!

Cuando enfilamos la carretera de Plasencia a Trujillo, camino del Tajo, Villarreal de San Carlos no nos detiene siquiera, porque, pese a su sonoro nom­ bre, es un pueblecito pequeño y recien­ te, que ni se clasifica como municipa­ lidad. El viejo Tajo nos espera, para darnos paso por el puente del Cardenal, construido a imitación de los romanos, a expensas del ilustre purpurado don Juan de Carvajal. Un cronista del siglo x v i Serradilla. Virgen de la Asunción dice que el puente costó tantas mone­ das de oro como sillares tiene, dato que, exacto o erróneo, sirve para dar idea de la importancia del monumento. Torrejón el Rubio, que fue condado de los Carvajal de la línea de los cardenales don Juan y don Bernardino, es el pueblo más inmediato al castillo de Monfragüe, que se yergue en alto picacho, al borde del corte, impresionante por su elevación y estrechez, en el que el Tajo no llega a medir más de doce metros de anchura. Sobre una citania céltica, los romanos alzaron el castro de Monfragorum — monte fragoso— , nombre que cristalizó en el actual, habitado luego por bárbaros y agarenos. La enorme fortaleza de planta oblonga, con sólidos muros, cinco torres almenadas y dos recintos defendidos por fuertes barbacanas, asentó los cimientos de uno de los lados al borde del corte vertical y fue una de las más inexpugnables de Extremadura. La leyenda dice que vaga de noche por estos parajes el fantasma de Noaima, la hija del caíd moro que, enamorada de un cristiano, traicionó a los suyos y fue maldita por su padre. La historia cuenta que el conde de Sarriá, partícipe en la segunda Cruzada, fundó cerca de Jerusalén la Orden de Monte Gaudio — Monte

del Gozo— , disuelta ante el avance de Saladino y reorganizada en 1173, en este castillo de Monfragüe, del que tomó nueva denominación. El conde trajo desde Tierra Santa a la Virgen, que sigue aquí, venerada por las gentes de todos los contornos. Es una talla bizantina, sedente y policromada, cuya factura hace posible que sea la primitiva, pese a los retoques y a que el Niño Jesús es muy posterior. La Orden, tras vivir momentos de esplendores, extinguióse, incorpo­ rada a la de Calatrava. Aldea y castillo los donó Sancho IV a los Grimaldos, de quienes pasaron a los Tejos, los Vargas y los Calderón, mar­ queses de Sieteiglesias. Las guerras despoblaron la aldea y trajeron la ruina al castillo, que aún alza altivo su torre del homenaje y sus sólidos muros sobre la roca. Triunfante de siglos y destrucciones, la Virgen continúa en su capilla, venerada por Torrejón el Rubio, que la hizo su patrona, y por los pue­ blos de Malpartida de Plasencia, Serradilla, Villarreal de San Carlos, Riolobos y Grimaldo, cuyas gentes, en devotas peregrinaciones y alegres romerías, escalan la abrupta y frondosa montaña. Cuando nosotros des­ cendemos de ella por la única parte asequible al difícil escalo, soñamos con aquellos caballeros de blanca túnica y roja cruz en forma de estrella octógona, que dejaron jirones de sus mantos en las zarzas de estas lade­ ras y jirones de su alma allá arriba, en las piedras del viejo gigante vencido y en la gracia bizantina de la Virgen triunfadora.

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Castillo de Monfragüe

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3.— La ciudad de Alfon­ so VIII. Se lia dicho errónea­ mente que Plasencia, ciudad de catedral her­ mosísima, fue la Ambracía de los vetones; pero lo indudable es que en este lugar hubo una pe­ queña aldea, llamada Ambroz, en la que A l­ fonso V III, el vencedor de las Navas de Tolosa, fundó Plasencia, la que habría de ser «grata a Dios y a los hombres», posiblem ente en 1178, si bien el privilegio fun­ dacional es de 1189, año en que fue erigida en diócesis por el papa Cle­ mente III. Que por aquí hubo población desde tiempos remotos, es indudable, porque todos los terri­ torios circunvecinos son pródigos en hallazgos a rq u eológ icos que se elevan a la lejana pre­ historia. El em plazam iento de Plasencia no puede ser más delicioso, con el Jerte tendido a sus plan­ tas, no en angosturas, Nuestra Señora de Monfragüe com o en el curso alto, sino en ancha y feraz vega, abriéndose en dos brazos, para encerrar la belleza de la isla. La situación estratégica, en punto convergente de zonas ricas, deparó siem­ pre a la ciudad una vida floreciente y un rango capitalicio sobre la ma­ yor parte de la Extremadura del norte del Tajo. Tuvo desde los primeros tiempos su fuerte alcázar, con puente leva­ dizo, en lo más alto, y un trazado de calles que parece obedecer a una

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cabalística idea del número 7, ya que siete eran las que partían de la explanada del alcázar, y otras tantas las que iban desde la plaza a las puertas de la muralla, puertas de las que aún se conserva alguna de gran empaque, siendo la más vistosa la de Berrozana. Diéronle rango señorial los nobles linajes aquí asentados, empezando por el de Paniagua, que vino con la Reconquista, y siguiendo con los de Carvajal — cuyo tronco fue Diego González de Carvajal, gran servi­ dor de la reina doña Berenguela, madre de Fernando III— , Trejo, Cámara, Pérez del Bote, Grimaldo, Nieto, Almaraz y otros, para concluir en el famoso abad de Santander, don Ñuño Pérez de Monroy, canciller y consejero de la reina doña María de Molina, cortesano de Sancho IV y Fernando IV, cuyas inmensas riquezas basaron el poderío de los descen­ dientes de sus hermanos, los miembros de la belicosa estirpe de Monroy. Ya hicimos mención de los bandos de Monroy y Almaraz, que en­ sangrentaron el solar placentino, hasta concluir en matrimonio. La casa de aquéllos era la que llaman hoy de las Dos Torres; una de éstos — hay luego otra de herreriana fachada— se alzaba en el lugar que ocupa el palacio de Mirabel, frente por frente de aquélla. Se dice, sin fundamen­ to, que para no verse los rivales, levantaron una iglesia entre ambas residencias. * * * No podemos dejar de traer aquí el recuerdo de la famosa doña María de Monroy, a la que la historia llama la Brava, hija del enlace que acabó con las luchas, de Hernán Rodríguez de Monroy y doña Isabel de AlPlasencia. La isla


maraz. En tiempo de Juan II, doña María contrajo m atrim onio en Salamanca con En­ rique Enríquez, señor de Yillalba, quien la dejó pronto viuda, con una hija y dos hijos m ozos. Una disputa sostenida por éstos con dos jóvenes de la rival familia de los Manza­ nos, durante un juego de pelota, fue causa del asesinato de los hijos de la Monroy, la cual no derramó una sola lágrima al llevarle los cadáveres. Pero aque­ lla noche, reunida su hueste, se puso al fren­ te de ella, armada y a caballo, encaminándo­ se al vecino Portugal, en el que se habían re­ fugiado los Manzanos. En Viseo, después de asaltar su casa y darles muerte, cortó las cabezas de los dos jóvenes y las puso en las puntas de las lan­ zas, desfilando al retor­ no por las calles sal­ mantinas en triunfal cabalgada hasta la igle­ sia en que yacían sepul­ Puerta de Berrozana tados sus hijos, sobre cuyas tumbas arrojó las cabezas de los Manzanos. Retiróse luego a su palacio, dispuesta, ahora sí, a llorar su pena, si las lágrimas podían brotar de los ojos y del corazón de aquella mujer, a la que por este episodio se llama doña María la Brava. El relato nos da la tónica del temple de la pretérita generación placentina, que también produjo la Serrana de la Vera.

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Casa de Monroy

Los tiempos de Juan II trajeron para la ciudad la humillación de verse convertida en señorío de los Zúñigas, condes y duques de Plasencia, contra lo que inútilmente protestaron los orgullosos miembros de la nobleza local. Los Zúñigas, que luego tuvieron el título de marqueses de Mirabel, alzaron el suntuoso palacio de esta denominación, que se con­ serva y tiene el curioso detalle del pensil o jardín colgante. En mayo de 1475 vino a Plasencia la Beltraneja, al amparo de los Zúñigas, para desposarse con el rey de Portugal, gozando aquí de su momento de culminante y fugaz esplendor, ya que después de la boda y de la proclamación de los esposos como reyes de Castilla, León y Por­ tugal, la infeliz doña Juana, sin consumarse el matrimonio y anidado el vínculo, terminó viviendo santamente en un convento, en tierras portuguesas. Por iniciativa de los Carvajal, Plasencia se entregó a los Reyes Cató­ licos, sin que ello la librara del dominio de los poderosos Zúñigas, porque también éstos, virando en su política, acataron a los monarcas. Más que el hombre débil que ostentaba el señorío, don Alvaro de Zúñiga, era su mujer, doña Leonor Pimentel, otra hembra varonil, la que regía los destinos de la casa. Fue ella, enérgica e intrigante, la que consiguió que su hijo don Juan de Zúñiga, un niño, fuese nada menos que maestre, el último, de la Orden de Alcántara, en pugna con el colosal don Alonso de Monroy.

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tación perm anentem ente esperan zadora, cuyo rum bo siguió su espíritu em prendedor y laborioso, logrando el m ás com pleto triunfo. H oy adm inis­ tra, tran sform a y distribuye los productos de am plias zonas, como gran centro in du strial, y es en vecindario e im portan cia la segunda población de la A lta E x tre m ad u ra, pues tan sólo la supera la cap ital de la provincia. Sectores nuevos, con casas m odernas, se han agregado al histórico recinto prim itivo, ofreciendo los con trastes del paseo espacioso y la calle típ ica, el confort del H otel Alfonso V I I I y el sab or arcaico de la v ieja p o sad a, la m oderna fáb rica de la T extil A lgodonera y la llam ad a casa del D eán, que fue de los P an iagu as, con bello ejem plar del tan extrem eño m otivo arquitectónico del balcón de esquin a... L a vega, inm utablem ente bella, sigue ofrendándole am enidad y riqueza; la isla que aqu í hace el río, tiene el m ism o encanto que cuando g u sta b a de v isitarla Felipe V, durante su perm anencia en la ciudad. *

Palacio de Mirabel

A Plasencia vino tlon Fernando el Católico — cuyo retrato en taracea se ve en la sillería de la cated ral— poco an tes de m orir, p a ra el c a sa ­ miento de su n ieta b a sta rd a , doña A na de A ragón, con el duque de M edina-Sidonia. L a ciudad escribió su h istoria, fue reuniendo tesoros de arte, hizo de su escudo un sím bolo de señorío y cam po — un castillo entre un pino y un castañ o— , puso su nom bre en la toponim ia colom biana y tu vo lucida representación en las em presas recon quistadoras de A m érica, enviando allí varios de sus h ijos, entre los que destacaron Francisco y M artín A lm endras, en el im perio peruano; Pedro H ernández P an iagu a, m en sa­ jero de L a G asea al rebelde Gonzalo Pizarro, y Francisco de Cam argo, que con tres carabelas hizo v iajes de descubrim iento. E n E u ro p a repre­ sentaron a la ciudad paladin es como C ristóbal V illalba, de los ejércitos del Gran C ap itán ; en las letras, poetas como L u is de M iranda, Micael de C arvajal y Pedro de T rejo ; en la púrpura, los insignes cardenales don Ju a n y don Bernardino de C arv ajal; en las ciencias, el n atu ralista F ra n ­ cisco M ateo B a x a ran o ... Sin em bargo, P lasencia no quiso aferrarse nunca a las glorias pretéri­ tas y supo vivir cad a día y cad a m om ento con entrega de plenitud a to ­ das las tareas. Su s vegas feraces, su rica com arca, le m arcab an un a orien-

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A ntes de adentrarnos en el casco urbano, vem os los tres puentes: el de T rujillo, de tres grandes arcad as de medio punto; el N uevo, de s ille ría , con b e llísim o te m p le te , y el de S a n L á z a ro , gótico y refor­ m ado en 1498. N os salen luego al paso las m u ra­ llas, sem ejan tes a las de Á v ila , de s illa r e jo s y m an ipostería, de los si­ glos X I I y x m , lam en ta­ blem ente deterioradas y cu biertas por otras edi­ ficaciones. De sus puer­ ta s co n se rv a la de Berrozan a, que adornan la im agen de San Miguel y el escudo de los B ey es C a tó lic o s; la de T ru ji­ llo, m u y p e rd id a , y la del Sol, tam bién con las arm as de Isab el y F e r­ nando. Y a en el corazón de P lasencia, lo m onum en­ ta l ap u n ta en su plaza M ay o r, de s o p o r ta le s, presidida por la señorial fa c h a d a d e l A y u n ta R etrato del R ey Católico, en la sillería de la catedral


m iento, del siglo x v i, con reform as posterio­ res. E n e sta p la z a se celebra todos los m ar­ te s un m e rc a d o , que arran ca del año 1200, en el que se congregan con p roductos agríco­ las y artesanos gentes de m uchos lugares de la c o m a rc a , y en el que ponen su n ota de gracia y color los a ta ­ víos de las monteherm oseñas.

L a catedral placentin a enlaza lo grandio­ so con lo sorprendente, p o rq u e e stá fo rm a d a por dos m ita d e s, una rom ánica y otra góti­ ca. C u an do q u isieron hacer é sta, em pezaron a destruir aquélla y a a lz a r la n u e v a ; pero las obras no se conclu­ yeron, y un m uro fue la divisoria de las dos p egad as catedrales. L a rom ánica se hizo C asa del Deán e n tre lo s sig lo s X I I I y x iv , d irigien d o las obras el m aestro Ju a n Fran cés. L a p u erta del Perdón; lo que resta de las tres naves, que es hoy la p arro q u ia de S a n ta M aría; adornos y v e n tan a­ les, tienen todo el candor de un gusto arquitectónico que parecía pegarse a la tierra, en con traste con el ansia de elevación al cielo del gótico. P arte im p ortan tísim a del antiguo tem plo es la S ala capitu lar, hoy llam ada capilla de San P ablo. E n lo exterior rem ata en pirám ide de dieciséis lados, cubierta de escam as de piedra y festones, guardan do gran sem ejanza con la conocida torre del Gallo, de la catedral v ieja de S a la ­ m anca. E l interior lo cierra una cúpula de p u ra tradición bizantin a, detalle típico de la arqu itectura de la época en la zona salm antinozam orana del reino leonés.

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L a interesan te cá ­ m a r a , en la q u e se m ezclan d e ta lle s ro ­ m ánicos, bizantinos y ojivales, fue construi­ da en el siglo x i i i , si Bien con posterioridad se le abrió algún hue­ co. De ig u a l ce n tu ria es la V irgen de piedra, p o lic ro m a d a , con el N iñ o en lo s b r a z o s , que fo rm a arm onioso conjunto con el v e n ta ­ n al de a r c a ic a o rn a ­ m entación ante el que e stá colocada. L a torre cated rali­ cia, de cuatro cuerpos, cu ad rad a y de sillería, corresponde al últim o período de la catedral viej a, al siglo x iv , y en ella están p aten tes el rom án ico y el gótico prim ario. E l c la u stro re pre­ sen ta en estas dos ca ­ tedrales un idas el en­ lace m ás com pleto de am bos citados estilos. Com enzóse a edificar Ayuntamiento en el siglo x iv , siendo a c a b a d o o reconstrui­ do entre 1416 y 1438, por un m aestro m oro llam ado A zoite, con in ter­ vención posterior del cristiano Ju a n M artín. E l obispo don Gonzalo de S an ta M aría inauguró el claustro con solem ne procesión el 24 de m arzo del últim o de los citados años. B a jo b ó vedas de sencilla crucería se su ­ ceden en los m uros una serie de arcad as que realzan los encantos del apacible rincón. E n el centro del cu adrado p atio que circunda el clau stro, sobre tres g rad as circulares de piedra se ve una bella fuente gótica con las arm as del obispo C arv ajal.

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E l exterior cate d ra­ licio de la p arte nueva es sin duda alguna el de m ás riqueza de todos los tem plos de E x tre m ad u ­ ra. Crestería, pináculos, v e n ta n a le s y p o rtad as, con filigranas ornam en­ tales, m edallones e im á­ genes, im presionan por su grandiosidad y per­ fe c ta e je cu c ió n en el duro granito que los so­ les y agu as de siglos do­ raro n y b ru ñ ero n . E n los laterales se abren las dos p o rtad as, igualm en­ te bellas y ricas, siendo la del lad o de la E p ís­ to la la del a cce so de los fieles, y a que la del E v a n g e lio da sobre el p atio y terraza que lla­ m an del E n losado. E s ta cated ral nueva que se empezó a cons tru ir a fines del siglo x v es un h erm o so ejem piar del gótico del x v i con m atices platerescos T ra b ajaro n en ella Ju a n de Á vila, Fran cisco de C olon ia, A lon so Covarrub ias, Diego de Siloé y Gil de H ontañón , todos los m ás ilu stre s arqu i­ tectos de entonces. De tales m aestros sólo cabía esperar una obra perfecCatedral. Virgen rom ánica ta , g ra n d io sa y atrev i­ d a . E so es en sum a la catedral de Plasencia, en la que los derroches ornam entales se arm onizan con los alard es arquitectónicos. E l interior del tem plo, que adm ira por su am plitud y elevación, por curioso arcaísm o, es de p lan ta rom án ica, con tres ábsides en la cabecera.

Sus tres g allard as naves de cru cería de g ran ito d e sc a n sa n sobre e sb el­ ta s colum nas sin cap ite­ les, cuyos finos nervios se prolongan en las b ó ­ v e d as, com poniendo un conjunto de in com para­ ble arrogan cia. Por b ajo del arran que de los ar­ cos h ay un friso ador­ nado y , ad o sad as a los pilares, e statu a s de san ­ tos b a jo d o se le te s p la ­ terescos. V en tan ales, tam bién con adornos, com pletan el conjunto de las partes a ltas de este interior ca ­ tedralicio, en el que las colum nas, como palm e­ ras gran diosas, se abren so b re la s b ó v e d a s en e str e lla s y c u r v a s, de las que L a m p é re z dijo que son de las m ás lab e­ rínticas que e x iste n en E sp a ñ a . T ra s gozar la herm o­ sura y belleza del con­ ju n to , h ay que ir luego adm irando los em belle­ cedores detalles que se m ultiplican en este in te­ rior, tales como los escu­ dos que tim bran los m u­ ros, entre los que figura el águ ila bicéfala de Car­ los Y , tr a ta d a a la m a ­ nera gótica; el trascoro, Claustro de la catedral cuyos costados se ador­ nan con cuerpos de arqu itectu ra clásica, y en el que h ay capilla con for­ ja d a re ja artística; el retablo del a ltar del T rán sito , del siglo x v m , rea­ lizado por tres m iem bros de la fam ilia Churriguera: Jo a q u ín , A lberto y Jo sé , el fam oso arqu itecto y escultor; los blason ados enterram ientos del

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suelo de gran ito y p izarra; los órganos, entre los que destaca el cons­ truido en 1685 por el franciscano fra y Dom ingo A guirre; los altares y escu lturas de m érito... E l sepulcro del obispo de P lasen cia e inquisidor general don Pedro Ponce de León, fallecido en Ja r a ic e jo el 17 de enero de 1573, es una obra m aestra del escultor granadino M ateo Sánchez de V illaviciosa. E n m ár­ mol de Ita lia , el prelado aparece solem ne, en actitu d orante, en un a escul­ tu ra de inm ejorable calidad artística, que revela ser un retrato. L a sillería del coro es obra de interés excepcional. L a hizo R odrigo A lem án, a fines del siglo X V . M aravillosam ente ejecu tad a en m adera de nogal, los m otivos de las ta lla s son originalísim os, de una ironía burlesca, que llega a lo irrespetuoso y casi a lo obsceno. L o s sillones tienen en la parte a lta cu adros en tarace a, dos de los cuales son los retrato s de los reyes Fern an do e Isab el. L a re ja del coro fue concluida en 1598 por el m aestro B a u tista Celm a, vecino de San tiago de C om postela. E s p erfecta la ejecución de esta fo rja dorad a y h erm osísim a, de tra z a clásica, con rem iniscencias p la te ­ rescas. Un zócalo sirve de arran que a los barrotes finos y ab alau strad o s, que form an cinco tram os, divididos por barrotes m ás gruesos, con sendas p ilastras a los extrem os, sobre las que resaltan las e statu a s de Salom ón y D avid. E l conjunto de soportes tiene su entablam en to, ático y creste­ ría, profusam ente decorados con roleos, m edallones, cartelas y flam eros, haciendo de coronam iento central un cuerpo con telam ones, ángeles y la Asunción de la Virgen. E xterior catedralicio de la parte gótica

E l facistol del coro, que no corresponde al m érito de la sillería y la re ja , tiene como m e­ jo r detalle el pie p la ­ teresco, octógono, con co lu m n illas y figuras. E l re ta b lo m ay or, del sig lo x v n , dign o de la sun tu osidad ca ­ tedralicia, es una m ag­ nífica t a lla d o ra d a y policrom ada del fam o­ so e sc u lto r G regorio H ernández, con p in tu ­ ras de Fran cisco Rizi. D e t r a z a c lá s ic a , de dos cuerpos y esplén­ dido coronam iento, da realce, entre relieves y colum nas, a lienzos y e sc u ltu ra s. L a horna­ cina ce n tra l la ocupa la A sunción de la V ir­ gen; el rem ate, un cal­ vario. E n los interco­ lum nios aparecen San Ju a n B a u tista , S a n tia ­ go, S an Pedro, San P a ­ blo, San Jo a q u ín , S an ­ ta A na, San Fulgencio, S a n ta Florentina, San Jo sé y S a n ta T ere sa. Columna y bóvedas de la catedral R e lie v e s del P a d r e E tern o y el E sp íritu San to ; de la Pasión del Señor, de la vida de la V ir­ gen, de evan gelistas, doctores y san tos, y escu lturas de ángeles y v irtu ­ des, com pletan el m onum ental conjunto al que dio vid a la gub ia de Gregorio H ernández. L o s herm osos lienzos de Fran cisco R izi, que re­ presen tan la A nunciación, la N ativ id ad , la E p ifan ía y la Circuncisión, tienen algunas m alas restau racion es, que le restan belleza. O bras de arte g u arda tam bién la catedral en su pequeño m useo, en el que h ay cuadros, telas, cálices, cu stodias y un extraordin ario Códice m iniado de la B iblia, del siglo x v . E n las piedras lab rad a s del tem plo aún encontram os una autén tica jo y a en la pu erta de la sacristía, debida posiblem ente a C ovarrubias. El

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L a arqu itectura re­ ligiosa placentina no se re d u ce a la c a te d ra l, sin o q u e tie n e o t r a s m últiples e im portan tes representaciones. L a p a ­ rroquia de San N icolás, fábrica de sille ría , ori­ ginariam ente rom ánica, sufrió diversas reform as, q u e le d ie ro n a sp e c to gótico, gusto que ofrece su m ás c a r a c te r ístic o detalle en el rosetón de la fa c h a d a o c c id e n ta l. E n el te m p lo , de u n a nave, con techo de m a­ dera arteson ada y varias Sepulcro del obispo Ponce de León c a p illa s , e n c o n tra m o s d ig n o s de m ención un retablo barroco y otro plateresco, la pila b au tism al, del siglo x v i, y el m arm óreo sepulcro, con e statu a orante, del obispo de Coria don Pedro de C arvajal. L a p arroquia de San Pedro, de sillería y ladrillo, es posiblem ente la m ás an tigua, aserto que rem achan los m otivos rom ánicos y m udejares de las p o rtad as y ábside. Un retablo con deterioradas pin turas del siglo x v i es lo m ás estim able del m odesto y reform ado edificio del x m . Igu al viejo origen tiene la gran ítica p arroquia de San M artin, con la diferencia de estar m ejor recon struida y ser m ás im portan te. L a cuadrada torre gótica, las p o rtad a s y el interior de tres n aves cubiertas con artesonados, sobre pilares de estru ctu ra rom ánica, aun teniendo interés, que­

dan o lv id a d o s a n te el e x tra o rd in a rio re ta b lo m ayor, de ta lla dorada y policrom a, con pin tu­ ras de L u is de Morales el D ivino. Z ócalo, tres cu e rp o s de co lu m n as a b a la u s t r a d a s , friso s, h o rn a c in a s y c o ro n a ­ m iento, con ta lla s, im á ­ genes y escudo del ob is­ po don Gutierre de V ar­ gas C arv ajal, componen la estru ctu ra de la obra, en cuya realización in­ tervinieron los a r tis ta s F r a n c is c o R o d r íg u e z , B a l t a s a r G a rc ía y los h e r m a n o s A n to n io y Diego Pérez de Cervera. L a s ta b la s de M orales —algun as de su m ano— , p e rfe c ta m e n te re a liz a ­ d as, representan la E n carnación, la V isitación, la N ativ id ad , la E p ifa ­ nía, la Circuncisión, San M artín , y dos m o tiv o s de la vid a de este santo, que están en el zócalo. D ocum entalm ente se fecha la construcción de este retablo entre 1557 R e ja del coro y 1577. L a s pin turas de M orales fueron realizadas a p artir de 1565, año en el que le rem iten las prim eras ta b la s a la villa de A rroyo del Puerco — hoy A rroyo de la L u z — , donde se encontraba el a rtista ocupado en pin tar el retablo de aquella p arroquia, que es el m ejor y m ás im portan te de todos los conjuntos re a ­ lizados por él. En la parroquia de E l Salvad or, de m am postería y sillares, de una nave, se m ezclan con lo rom ánico y lo gótico añadidos m uy posteriores. Su p arte m ás v ieja la representa una cám ara cu ad rad a, ju n to a la torre, con gótica bóveda de crucería. L a iglesia del convento de m on jas franciscanas de San Ildefonso, que tim b ra sus m uros con las arm as del coronel V illalba, paladín de los

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P ad re E tern o, la A nun­ ciación y el escudo del obispo Á lvarez de T ole­ do resaltan en el adorno que sube sobre el dintel, r e a liz a d o s p r im o r o sa ­ m ente en gran ito, entre u n a p ro fu sió n de fili­ gran as que pregonan el buen gusto, el arte y la m aestría del autor.


ejércitos del Gran C apitán, conserva en su nave un retablo barroco y la tu m ba de m árm ol del citado coronel y su esp o sa, doña B eatriz de T rejo, fundadores del m on asterio, con e statu a orante y larg a inscripción en verso, que dice así:

resco, tan to por la gracia de la fisonom ía externa como por el retablo y decoración interiores, todo de gusto barroco. Su p arte m ás an tigua la represen ta su sacristía, que debió de ser el prim itivo oratorio y conserva bóveda gótica. U n a piadosa tradición dice que la v ieja im agen de talla que aqu í se venera es la que el m onarca fundador, Alfonso V III, re ga­ lara a la ciudad; pero indudablem ente esta escultura es m uy posterior. L a erm ita prim itiva fue reconstruida p ara hacer é sta tan peculiar y g ra­ ciosa que ahora vem os, por el obispo don Francisco L aso de la V ega y Córdoba. L a s obras se realizaron entre 1721 y 1723, siendo su ejecutor el m aestro Vicioso de H errera. Los dorados se pusieron en 1743. L a erm ita de San L ázaro, situ ad a fuera del recinto m urado, es una construcción poco im portan te, que d a ta del siglo x v i. Sin em bargo, hay en ella diversos detalles de m érito, tales como una Virgen de piedra, del x v , y unas buenas ta b la s pin tad as del x v i. Lo m ejor de todo es el retablo de San Crispín y San Crispiniano, de azulejos de T alav era, cos­ teado por los zapateros de la ciudad en 1599. E n el zócalo, dos cuerpos y rem ates, se desarrollan m otivos ornam entales y com posiciones con figu­ ras de san tos, todo ello con un m atiz inconfun­ dible de arte popular, en el que r a d ic a su m ayor interés. Por últim o visitam os la iglesia de San Vicente y el convento de dom i­ nicos, unidos al palacio de M irabel, que fu n d a­ ron en 1464 don A lvaro de Zúñiga y doña L eo­ nor Pim entel. E n el v asto edificio to d o es herm oso y se­ ñorial, con m uchos de­ ta lle s p o ste rio re s a la fundación, tal com o la su n tu o sa p o r t a d a del siglo x v i i. A d m iram o s a q u í la an ch a y a lta nave del tem plo ojival, la dorada talla del re ta ­ blo m ayor, de traza clá­ sica, con pinturas de la escuela española del x v i; el enterram iento de los

E n aq u esta estrecha cam a L a m uerte puso en m edida Al que no la tuvo en fam a Por no tem erla en la vida; Y tuvo siendo m ortal, Con dos contrarias victorias, Con vid a fam a inm ortal Y con m uerte inm ortal gloria E L CO RO N EL X P O V A L D E VILLA L B A

1596.

L a fecha es la de la erección del m onum ento funerario, no la de la m uerte del coronel, fallecido en N av arra en 1517. M andó construir el mausoleo su hijo, don Pedro Berm údez de V illalba, chantre de la catedral. *

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E n el h o sp ita l fu n ­ dado en tiem po de F e r­ nando IV por don Ñuño P é rez de M on roy, la s m odificaciones tan sólo d e ja ro n de lo a n tig u o los escu d o s del fu n d a ­ dor y unas c a p illa s en el p a tio de c o lu m n a ta clásica. E n la iglesia de San ­ ta A n a, que perteneció al a n tig u o colegio de je s u íta s , y en el con­ vento de m onjas cap u ­ chinas, los m ejores de­ talles son las p o rta d a s del siglo x v i , que tie ­ nen indudable interés y encanto. L a erm ita de la S a ­ lu d , reconstruida en el siglo x v m sobre el arco de la pu erta de la m ura­ lla denom inada de Trujillo, es un m onum ento original, alegre y pintoR etablos m ayor y del Tránsito

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L a arqu itectura civil de las solariegas m oradas de los nobles linajes se ofrece luego a nuestra contem plación en calles y plazas, in tacto su orgullo y señorío. L a de los C arvajal, condes de Torrejón, tiene fach ada

de sillería y logia de ar­ cos escarzanos sobre p i­ lares góticos; la de los G rim aldos, las argollas, sím bolo del derecho de asilo; la de los Monroy, o de la s D os T o rre s, puerta y ven tan a del si­ glo x v ; la y a citad a del D eán, balcón de esqui­ n a ... E sc u d o s que nos h ablan de los T oledos o de los N ie to s, de ta n ­ ta s ilustres estirpes, nos van saliendo al paso en nuestro recorrido, ju n to a v e n ta n a le s e n c a n ta ­ dores o sobre graníticos po rtalo n e s a trav é s de los cuales se entrevé el recoleto encanto de los patios. E jem p lar arquitectó­ nico de interesante y es­ cueta belleza es la casa de fa c h a d a h e rre ria n a de los A lm araz, que im ­ propiam ente, por poste­ rio res dueñ os, den om i­ n an de los G r ija lv a s , aunque la dragad a barra que cam pea en el único cuartel del escu do que Azulejos del retablo de San Crispín corona el balcón no deje lu g ar a dudas sobre que aquéllos y no éstos fueron sus constructores. Palacios se denom inan el episcopal y el aludido de M irabel, residen­ cia de los Zúñigas. E l episcopal, que alza su fach ada de sillería frente a la catedral v ieja y tiene en su interior p atio de traza clásica, es una recons­ trucción de otro anterior, del siglo x v i, hecha por el obispo L aso de la V ega en el x v n i. E l palacio de M irabel es la residían te del acoplam iento de dos edi­ ficios, con los que en el siglo x v i se form ó esta m ansión inm ensa y m onu­ m ental, en la que aún h ay una p o rtad a que d a ta del x iv . Posiblem ente e stas edificaciones fueron en su origen una especie de alcazaba, ya que la parte posterior del edificio d ab a sobre la m uralla, a la que sin duda

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K etablo m ayor de la iglesia de San con pinturas de Morales

presiona sobre todo el único y extenso E l constructor puso en ella su firm a,

sepu ltados, entre otros miem bros de la fam ilia, el ín tim o de Carlos Y , don L u is de Á v ila y Z ú ñ ig a , y su e sp o sa , doña M aría de Zúñiga, m a r q u e sa de M irab el; el clau stro de a rc a d a s góticas, la atrevida es­ ca le ra de g ran ito y el friso de azulejos de Talav era, del siglo x v i, be­ llísim o y perfectam ente conservado. E ste im portante con­ ju n to cerám ico, a la in­ versa que el retablo de San Crispín y San Crispiniano, es obra de un a r te e ru d ito , de unos m ae stro s que d o m in a ­ ban técnica, colorido y com posición. Los trazos firm e s del d ib u jo , los con trastes en las ton ali­ dades y las perfectas rea­ lizaciones de adornos y figuras lo pregonan así. Otro im portante de­ talle del convento dom i­ nico es la citada escalera m on u m en tal, construcM artín, ción de tr a z a c lá sic a , verdadero alarde arqu i­ tectónico, en la que im ­ arco que sostiene el tram o alto. en esta form a:

IVO. ALVAREZ. 1577. *

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defendía. Tiene este palacio, como m ás curioso detalle, el pensil o jard ín en la parte alta, que se adorna con num erosas láp id as y esculturas rom a­ nas traíd as de C áparra, Mérida y otros lugares. Tiene tam bién un m ag­ nífico busto de Carlos V, que se atribuye a Pom peyo Leoni, obra de indu­ dable im portancia y mérito. Sobre una plateresca ven tan a de la p arte norte del edificio, una inscripción h abla de los constructores de él, que pudieron ser tam bién los del pensil. Dice así: D . F A D R IQ U E D E ZU Ñ IG A Y SO TO M A Y O R . DOÑA IN E S D E GUZM AN Y A Y A L A . 1550. TODO P A SA .

Fue don F ad riq u e el prim er m arqués de M irabel. Con su h ija casó el y a citado don Luis de Á vila y Zúñiga, el am igo del César, que, sin duda, es el que aportó m ás al pensil. E n el interior del palacio se abre am plio y bello p atio de colum nas de granito y arcad as en sus dos plan ­ ta s. A hora se acab a de in stalar en u n a parte del e d ificio un gran m useo de caza, form a­ do con los trofeos cine­ g é tic o s del fa lle c id o duque de Arión.

No hem os de pen­ sar, pese a todo lo con­ signado, que Plasencia quedó a p re sa d a por com pleto en las m allas de e stas líneas im pre­ sas. E so no es así, por­ que la c iu d a d tien e tan to s tesoros de arte, tan to s m otivos de in­ terés en su v id a, que p a ra a b a rc a rlo s sería p reciso d e d icarle s la to ta lid a d de un v o ­ lumen. Nos dam os por sa ­ tisfe c h o s con h ab e r recorrid o ta n to s rin ­ cones, con haber capCasa de Alm araz

tado lo m ejor de sus esencias, con haber vivido unas horas de verdadero deleite. Queriendo agotarlo todo, no olvidam os p asar por la parte alta de la ciudad, p ara ver el sitio que ocupó el viejo alcázar, ni dejam os de subir al pintoresco alcor en el que se asien ta la bien cuidada y alegre erm ita de la Virgen patron a, N uestra Señora del Puerto, cuya devoción llev a­ ron los placentinos a M adrid, alzando otra erm ita a esta Virgen en la orilla del M anzanares. Luego y a podem os m archar, pensando aún en Zúñigas y C arvajales, en lo gótico y en lo rom ánico, en las in du strias y en los cam pos, en el río y en el pensil... E l tiem po corre sobre la m ás im portan te población de la E x trem ad u ra de arriba del T ajo , como corre el agu a, besando los m uros centenarios y haciendo renacer en cada in stan te nuevos frutos. No se equivocó Alfonso V III: Plasencia, la del jo ven espíritu lab o ­ rioso y las v iejas piedras doradas por los siglos, la de las evocaciones h istóricas y el plateado Je rte , la de las verdes alam edas y la herm osa catedral, que eleva al azul del cielo la afiligranada ofrenda de encaje de su crestería, es realm ente una ciudad «g ra ta a Dios y a los hom bres».

Pensil de Mirabel

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P aisaje de la zona verde y m ontañosa

IV TRILOGÍA GEOGRAFICA (H ER V Á S)

Por el puerto de B é ja r, ferrocarril y carretera entran paralelos en la provincia de Cáceres, en el partido de H ervás, siguiendo am bos, en m ás o en menos, el trazado de la rom ana calzada de la P lata . L a geogra­ fía de esta jurisdicción se parte en tres zonas, absolutam ente diferencia­ das: la verde y m ontañosa, la ondulada y seca, y la inconcebiblem ente estéril. L a prim era es en la que se asien ta H ervás; la segunda, la que preside G ran adilla; la tercera, la tan com entada de L a s H urdes. La dis­ paridad de esta trilogía brinda rudos contrastes. 1. — L a zona verde. Comienza esta zona, que embellecen el verdor y el agu a de casca­ das como L a C h orrera, en las m on tañ as de B é jar. E s la m ism a oro­ grafía septentrional extrem eña que hemos encontrado antes y encon-

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trarcm os aún. E l m ás alto, cardinalm ente, de los pueblos se llam a L a G argan ta. Pequeño y pintoresco, está en una ladera escarpada, entre castañ os y viñ as, y corre el agu a por sus calles, desde la fuente que hay en la plaza. Ofrece de curioso el encontrarse totalm ente aislad a, en las afueras, su p arroquia de San Antonio A bad. B añ os de M ontem ayor, que, con sus calles de encantador tipism o, sigue en la ru ta hacia el Sur, es, sobre todo, un fam oso balneario. E l pueblo nació en la frondosa hondonada, en torno al salutífero m an an ­ tial en el que el agua brota a elevadísim a tem p eratu ra. Los hum anos, desde los tiem pos prim itivos, buscaron aquí remedio a sus dolencias reum áticas. L a s gentes de R om a tendieron su calzad a ju n to a la fuente, dando vida al poblado, que tu vo su ninfeo — a la vez, tem plo y centro terapéutico— ju n to al sulfuradosódico m an an tial. N um erosas aras de aquella época paten tizan la gratitu d de los enferm os a las ninfas de las agu as, por haberles devuelto la salud. H e aquí una m uestra: «A las N in­ fas, Am mónico cum plió gustosam en te el voto que les h abía hecho.» Poco m ás que las láp id as resta de ta l pe­ ríod o, porque au n q u e hay dentro del m oder­ no b aln eario un a c á ­ m ara circular, cubierta con bóveda semiesférica, característica de las te rm a s ro m a n as, está co m p letam en te desfi­ gurada. Cercado de un an­ fiteatro de m ontañas, sin m ás h isto ria que sus agu as, el pueblo si­ gue viviendo al arrullo del riach u e lo que lo cruza y se adorna con p u e n te c illo s. L a R e ­ c o n q u ista le tr a jo la a n o m alía de p e rte n e ­ cer a dos diócesis, ya que fue la calzada de la P la t a la d iv iso ria de las cauriense y placentina. L a parroquia de S a n ta M aría — de sillería gótica, con p la­ teresca p o rtad a — deCalle de Baños de Montemayor

pendía de Coria; la de S an ta C atalina — que conserva retablo m ayor de talla, del siglo x v i, con ta b la s pin tad as de la escuela castellan a del R e ­ nacim iento— , de Plasencia. A las v iejas casas que quedan con el típico balcon aje de m adera, se unen hoy las m odernas quin tas de recreo, los diversos h ospedajes y el lujoso Gran H otel del Balneario, el cual centra la anim ada vida v e ra ­ niega de este apacible rincón, en el que florece la peculiar industria de las cestas fabricadas con tiras de m adera de castaño.

H e rv á s, cab eza del p a rtid o , en laza la fisonom ía e v o c ad o ra con una intensa vida in du striosa. E n alto y entre m on tañ as, cuyos picos cubre la nieve en invierno, fertilizados sus cam pos por el A m broz, el Gallego y el San tih erv ás, tu vo de siem pre el viejo pequeño regadío, al estilo de la V era y el Valle. Parece ser que tres tr ib u s, a se n ta d a s en c a d a uno de los ríos m en cio n a d o s, dieron v id a a la v illa , cu yo nom bre suponen unos derivado de San G er­ vasio — que, j unto con San P rotasio, es el p a­ trón — , y otros de la raíz latin a de h ierba. Pese a su viejo origen, H ervás no suena h asta los tiem pos de la R e ­ con qu ista, en los que tuvo castillo y fue de la Orden del Tem ple, un ido com o a ld e a a B é jar. P asó luego a los Z úñigas, que osten ta­ ron el d u c ad o de la citad a ciudad, y en el siglo x i x se hizo villa independiente y cab e­ za de una jurisdicción que antes estuvo su je ­ ta a G ranadilla. A la B a ñ o s de M ontem ayor. Parroquia de San ta María


c o n q u is ta d e l P e rú e n v ió a J u a n de la P laza. Sus fábricas de p a ­ ños, herencia de la tr a ­ dición bejaran a, son su m ás im portante indus­ tr ia , c o m p le m e n ta d a con los em butidos, m a­ d e ra s y e x p o rta c ió n de diversos productos agrícolas. E l tra b ajo y la prosperidad se enla­ zan con la belleza de su cam piña, en la que can ta el agu a, lo m is­ mo que en las diversas fuentes pintorescas del casco u rb an o . M oder­ nos y frondosos paseos riman con el encan to del p aisaje. L o m o n u m e n ta l tiene aquí lucida repre­ se n ta c ió n . L a p a r r o ­ quia de S a n ta M aría, en lo alto de la v illa, fue edificada en el sitio que ocupó el viejo cas­ tillo, del que aún que­ da en pie la torre de sille ría , que sirv e de cam panario, que en lo agregado a este fin luce las arm as de los duques de B é jar. L a p arte anH ervás. Parque tigu a co n serv a v e n ta­ nas góticas. E l tem plo, de m am postería y sillares, fue construido en el siglo X V II . L a portad a de arco de medio punto entre cuatro colum nas to scan as, da acceso al interior de una nave de escaso tam año y pretensiones, que se adorna con dorado retablo m ayor de talla barroca, del x v m . L o m ás im portante de la iglesia es la capilla de las A n gu stias, abierta en el lado del Evan gelio, de form a cu ad rad a, cuyos m uros y cúpula cubre un lu jo ­ so decorado barroco con oro e im itación de ja sp e.

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L a parroquia de San Ju a n es la iglesia del convento de trinitarios, fundado en 1664. L a cruz de la Orden, que resalta en varios puntos del edificio, recuerda el prim itivo origen. De sus tres pu ertas, la m ás im por­ tan te es la principal, que form a la fach ad a de varios cuerpos, con ven­ tan as, pilastras, escudos de los trinitarios y de los duques de B é jar y hornacina en la que se ve un ángel redim iendo cautivos. E l interior de una nave lo embellecen tres dorados retablos barrocos del siglo x v m , obras de indudable m érito, tan to por la profusión de adornos como por los bien ta lla d o s y herm osos relieves y esculturas. E n la c a p illa del lado del Evangelio hay estim ables lien zos del sig lo x v n ; la de la E p ís to la es el p u n to culm inante de las de­ vociones locales, pues en ella, sin retablo, en un tem plete, se venera el C risto del Perdón, o rig in a l por su a c t i­ tu d, de rodillas sobre la bola del m undo, que dicen sudó san gre du­ rante tres días en 1716. Otro edificio de in­ terés es el A yuntam ien­ to, in stalado en lo que fue enferm ería del m o­ nasterio franciscano de B ie n v e n id a , e d ific io del siglo X V I I I , con p a ­ tio de colum nas. E l m ay o r encanto de H ervás lo brinda su Ju d e ría , ya que difí­ cilmente puede encon­ trarse en otro sitio un conjunto tan completo y evocador del pueblo hebreo como este b a ­ rrio, en el que las calles aún llevan los nombres evocadores de la SinaR etablo m ayor de la parro­ quia de San Ju an


goga o el R ahileró. A orillas del Am broz alza sus casas de dos pisos, con saledizos en la plan ta principal y volados aleros, construidas exclu siv a­ m ente a base de ta p ia o adobe, entram ados con m adera de castañ o. Los siglos respetaron in tacto el barrio, que nos h abla de la gran colonia ju d ía que hubo aquí, a la que pertenecieron person ajes de quienes los propios reyes d e m a n d a b a n p réstam os, tales como los herm anos Cohén, Aben H axiz, R ab í Sam uel y B ellida la R ica. Un adagio recuerda la preponde­ rancia israelita antes de la expulsión: «E n H ervás, ju díos los m ás.» E l sabor tradicional de estos rincones trasciende a la villa, que pese a su ritmo activo y moderno conserva v iejas costum bres, tales como las fiestas en la erm ita de la Salud, del 14 al 16 de septiem bre, y los rego­ cijos de las bodas, con el recorrido de novios y acom pañantes por la calle a los acordes de la mxisica que les precede. Conserva tam bién otros m uchos rincones de sabor, siendo uno de ellos el puente sobre el río A m broz, a la salid a del barrio de la Ju d ería, que tiene em potrada en el pretil la yacente e statu a de granito, puesta en p o sic ió n v e r tic a l, de un c a b a lle ro que a p a re c e v istie n d o la a r m a d u r a . D e alg ú n tem plo vino este ador­ no, que el pueblo liga a una vieja leyenda, rela­ cionada con la conver­ sión al cristianism o de la colonia ju d ía . E n la a c tu a lid a d v a a co n stru irse una Casa-M useo p a ra re u ­ nir en ella las obras que dona el ilustre escultor y acad ém ico , h ijo de la villa, Enrique Pérez Com endador. A su interés sum a H ervás el del p aisaje, con los p ic o s de sus s ie rr a s que cu b re en invierno la nieve, tan rara en la región, que pocos pueblos pueden verla de cerca en E x ­ trem adu ra.

Barrio judío de H ervás

E n lugar m ás b ajo , próxim o y de p a ra je se m e ja n te , e n c o n tra ­ m os A ld e a n u e v a del C am in o , cu yo origen rom ano atestiguan v a ­ rias láp id as y un puen­ te. E l s o b re n o m b re p roced e del re p e tid o cam ino de la P lata, que divide el pueblo en dos m itades. Le dan belle­ za el A m b ro z, que la fertiliza, y la acequia de a g u a tr a s p a r e n te que corre por las calles y riega los huertos. S o ­ bre sus diversas indus­ trias so b re sa le la del pim entón. L a s p a rro q u ia s de N u e s t r a S e ñ o r a del Olm o y de S a n S e r­ v a n d o son de m an i­ p o ste ría , y la ú ltim a g u arda un retablo p la ­ teresco con quince t a ­ blas pin tad as. E n G a rg a n tilla si­ gue intacto el tono es­ m e ra ld a del p a is a je , que se v a perdiendo al a v a n z a r h a c ia o tro s i j a c u s c a u a u e i j d v n u r r e r y , a u o r n u u e la p u e b lo s, p u es si bien verde y m ontañosa del partido co n tin ú a la sie rra , el verde se hace opaco y se m atiza de grises con la encina y el alcornoque, que su stitu ye a robles y castañ os. E n Segura de Toro, de rem oto origen, que tom ó apelativo de una escul­ tura céltica, los sepulcros en roca afirm an su antigüedad. Alzado en punto estratégico, tuvo castillo de tem plarios, luego de los Zúñigas. U nas m urallas y unas torres cilindricas es cuanto queda de la fo rtale­ za. A specto fortificado, con aspilleras, tiene tam bién la cu adrada torre parroquial del siglo x v , que se a p arta unos m etros del tem plo. Casas del Monte nos recibe con el perfum e de su m ás represen tati­ vo p rod u cto : la fresa. Su plaza con soportales y su gótica parroquia

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E n este suelo ondulado, que preside G ranadilla, im pera el poeta Gabriel y G alán, tan to por el recuerdo, que sigue vivo, como porque lleva su nom bre el pantano que v a a adornar las secas asperezas de estos cam pos que inspiraron al v ate ta n ta s bellas y dulces estrofas cristianas y cam pesinas. A badía, de acusadísim a personalidad independiente, un poco al margen de la órbita galaniana, es en el sector la representación del seño­ río y del arte. Le dio vid a, a orillas del A m broz, un viejo castillo de posi­ ble origen rom ano, que denom inaron luego con el sonoro nom bre de Sotoferm oso. L a R econ qu ista tra jo aquí a los tem plarios, cam biando m ás

tarde su denom inación p o r la de A b a d ía , a cau sa de la alzada en el lugar por los m onjes cistercienses. E n el siglo x v fue se ñ o río de la re in a doña Leonor, esposa de don Fernando de Antequera, rey de A ragón, pasando m ás tarde a la casa de A lba. E n el siglo x v i, don Fe rn an d o A lvarez de T oledo, el gran duque de A lba, alzó sobre el viejo edificio una m an ­ sión s u n tu o sa , re g ia, en la que tra b a ja ro n los m ejores a rtista s es­ pañoles e italian os, y p a ra la que tr a jo lo m ás lujoso y exquisito que h ab ía. Jard in e s y terrazas, salones y g a ­ le ría s, e sta tu a s y co­ lu m n atas, m árm oles y bronces, form aron un co n ju n to in c o m p a ra ­ ble de arte, belleza y d e le ite , que a rran có adm irativos cantos a la lira de Lope de Vega. L a abadía. P ortada del jardín Por desgracia, tras el esplendor vino la de­ cadencia. H oy adm iram os no m ás que los restos de la pretérita grande­ za, presididos por las arm as de la casa ducal. E l edificio, de graníticas p o rtad as, descubre aún las tres fases de su m etam orfosis: el castillo, la ab ad ía y el palacio; porque algunos arranques de torres recuerdan la for­ taleza, el claustro, del siglo x i i i , es indudablem ente abacial, y m uros, p o rtad as y ven tan as tienen sabor palaciego. E l inmenso jard ín , dividido en plazas y glorietas, en el que cantaron las fuentes lab rad as por geniales artífices, en el que m árm oles y bronces de evocación m itológica y clásica pusieron la gracia esplendente del R enacim iento, es hoy una huerta. Sin em bargo, la e statu a de A ndróm e­

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Claustro de la abadía

de San F a b iá n y San S e b a stiá n le prestan m atices a rtístic o s y de tipism o. E n el pequeño y pintoresco lugar de Ja rilla , asentado entre alcorno­ ques, nos despedim os de la zona verde y m ontañosa, que nos ofreció en sus partes altas el encanto de auténticos p aisajes de sabor alpino, en los que ju egan las cascad as y los m ontones de heno, los caseríos y las cum bres... 2. — Gabriel y Galán.


Pantano de Gabriel y Galán

da, las hornacinas, los am orcillos, los m árm oles partidos y la herm osa p ortada nos evocan el p asad o de estos p arajes, que siguen siendo encan­ tadores y dignos de aquel viejo nom bre de Sotoferm oso. E l pueblo de A badía — curioso contraste— no ha sufrido deterioro alguno, y m uestra hoy un conjunto no exento de carácter, qne se agrupa en torno a su iglesia de San to Dom ingo de G uzm án, del siglo x v i. ♦

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G ranadilla está destin ada a ser un islote en el pantano de G abriel y G alán, sin beneficio alguno, porque los regadíos de este em balse afectan a diversos térm inos, pero no al que recorrem os. Los cam pos del poeta contem plarán el agu a que ha de ir a llevar riquezas a lugares de otras jurisdicciones, a las V egas B a ja s , m ientras aquí seguirá im perando el secano. E l dique, que corta el curso del Alagón, con un a altura de 72 m etros y una longitud de un kilóm etro, em balsará 24 m illones de m etros cú ­ bicos. 17 kilóm etros m ás ab a jo , en térm ino de V aldeobispo, v a la presa de derivación, de la que arran can los canales de la derecha y de la iz­ quierda, con la longitud respectiva de 94 y 98 kilóm etros. Ju n to a G ranadilla estará la gran central hidroeléctrica, productora de una energía de 84 millones de kilovatios hora al año. Otros 50 m i­

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llones d ará la presa de V aldeobispo. E n las 43.000 h ectáreas regables por e stas agu as nacerán nueve pueblos: V illar de Coria, P u ebla de A rgem e, E l B a tá n , A lagón del Caudillo, V alrío, S alta le jo , P a ja re s de la R ib era, V aldencín y Rincón del O bispo. G ran adilla, haciendo honor a su tradición señorial, prescinde de los m odernos beneficios y se sacrifica en bien de otros. A ella, que v a a perder su térm ino, no le q u edará sino el deleite de m irarse en el herm oso lago que v a a tran sform arla en islote sin m edios de v id a. E n el siglo IX , entre el A lagón y el arroyo de A ldovara, fundaron los árab es un pueblo que se llam ó G ran ada, y fue durante siglos cabeza de la m ayor parte de la jurisdicción que hoy depende de H ervás. Aquel extenso patrim onio lo dio Alfonso I X a la Orden de S an tiago , volviendo luego a la corona, p a ra donarlo Alfonso X en 1282 a su hijo el infante don Pedro. T an ta era su im portan cia, que en 1315 y a ten ía G ran ada voto en Cortes. T ras v a ria s incidencias, poseído el señorío por m iem bros de la fam ilia real, entre ellos por el rebelde infante don E n rique de A ra­ gón, pasó en el siglo x v a la casa de A lba. A l recon quistar los R eyes Católicos G ran ada, en evitación de confu­ siones, cam biósele el nom bre por el de G ran adilla, con el que se b a u ti­ zaron después dos lugares en el Perú, en cuya con qu ista intervino Diego Muñoz, n atu ral de la villa. L a s m urallas árab es, con alm enas cu ad rad as, de siete m etros de altu ra y tres de espesor, sin torres salien tes, sobre peñas, cercan su p lan ta de polígono irregular. Com pleta su fisonom ía bélica el castillo, de época Castillo de Granadilla


de la R econ qu ista, alzado en el punto que ocupara el alcázar agareno, que con sta de diversos recintos y del fuerte principal, verdadero m odelo de tra z a y gallard ía, pues es una torre cu ad rad a, con cuatro semicilíndricas, una en cad a frente, todo de sillares de granito. L a silu eta m edieval y guerrera de G ran adilla, con la n ota de fe de su parroquia de la A scensión, del siglo x v i, tiene un encanto digno del espejo de este p an tan o que v a a reflejarla p a ra siem pre, silenciosa y aban don ad a. *

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E l recorrido que nos re sta en los contornos es rápido. E n tre olivos y encinas, en tierras de cereales y viñedos, los pueblos se nos brindan pequeños, sencillos, sin otro adorno que sus hum ildes parro q u ias. G ran ja de G ran adilla — en tierra llan a y fértil— , Z arza de G ran adilla — en llan ura b a ja — , E l Bronco — en terreno quebrado, sin puesto hoy como m unicipio— , A h igal — entre frondosos encinares— , A ceituna —ju n to al arroyo de su nom bre— , San tibáñ ez el B a jo — entre riachuelos— , P a lo ­ mero — al borde de L a s H u rd es— , Cerezo — en una em inencia— y M ohedas — rodeado de m ontes— , son el reflejo de un vivir cam pesino. S a n ta Cruz de P an iagu a tu vo castillo y tom ó sobrenom bre del noble linaje placentino que ostentó el señorío y m arq u esado de la villa. C áparra, despoblado actu al, fue la ciudad en la que, sobre una aldea veton a, fundaron los rom anos la floreciente Capera, que Plinio coloca Cáparra. Puente romano

entre las estipendiarías de L u sitan ia y Antonino cita como m ansión de la v ía de la P lata . T ras el abandono y ruina, estas tierras fueron señorío, recaído en los condes de Canilleros. L a s aras y e statu a s encontradas, así como la profusión de restos de edificios, acusan claram ente la im p ortan cia que tu v o esta población, situ ad a cerca del A m broz, el cual -conserva aún el puente de aquella época. E l m onum ento excepcional, único en su género en E sp añ a , es el arco conm em orativo, que sigue en pie. E s, en realidad, un tem plete, con cuatro arcos, ya que b a jo él se cruzan dos cam inos. De sillería de gran i­ to, las arcad as de m edio punto arrancan de p ilastras á tic as, que descan ­ san sobre zócalo m oldurado. Su altu ra to tal es de tinos nueve m etros, y su silueta de gran belleza. E stu v o adornado con e statu a s de m árm ol, algun as de las cuales se conservan en la cercana finca de C asablanca.

Al rem ate de, este r e c o r r id o , G u ijo de G ra n a d illa nos recibe con el recuerdo peren­ ne de G abriel y G alán. A q u í vin o a c a s a r el p oeta, aquí estuvo v i­ viendo h asta el fin de sus d ías, aquí com puso sus versos, aquí m urió y aquí está enterrado. N os parece que sen ti­ m os flo ta r en el aire algunos de los últim os versos que e scrib iera: D e luz y de som bra soy y quiero darm e a los dos. ¡Quiero d ejar de mí en pos robusta y san ta semilla de esto que tengo de arcilla, de esto que tengo de Dios!

U n a lá p id a señala en el G uijo la casa en la que falleciera G abriel y G alán el 6 de enero de 1905; su e statu a ador­ na la p laza; su tu m ba G uijo de Granadilla. E rm ita del «C ristu B en ditu»


es el gran tesoro del cem enterio; la erm ita del «C ristu B en d itu », como un relicario de am or y de fe, entre la paz serena de bíblicos olivos y recias encinas, evoca en las afueras la poesía en dialecto extrem eño a la que dio nom bre... Todo es aquí evocación y ofrenda al p oeta. L a erm ita y el pueblo y la p arro q u ia de San A ndrés, en la que se rezaron sus funerales, todo recuerda a G abriel y G alán , que por estos cam pos, entre rocas de granito, b a jo árboles centenarios, v agó con el alm a e m p ap ad a en dulces mieles de poesía cam pesin a y cristiana. 3. — L a s tierras m alditas. ¿Qué m isterio telúrico o qué m aldición bíblica p alp ita en e stas tierras? L a s m on tañ as que a un lado y otro de e sta com arca se nos m uestran cu biertas de árboles y arrulladas por gorjeos de p á ja ro s, aquí se to r­ nan pedregales in h ós­ p itos, envueltos por un sudario de silencio, en los que por excepción se v e el a g u a de E l C h o rrite ro . S o b re el suelo de p izarra y cu ar­ zos d e sn u d o s, que se resq u eb raja en profun­ dos b arran cos, la m a ­ leza de ja r a y brezo a g a r r a su s ra íc e s, en p a r a je s in v ero sím iles, m ás p ro p io s p a ra ser hollados por la cabra que por el pie h um a­ no. Sin em bargo, aquí hubo civilización des­ de tiem pos rem otos, y en e sto p re c isam e n te radica su halo de m is­ terio y popu laridad, de los que casi se ha hecho una leyenda negra. N a d a e x t r a ñ o es que en un a nación exis­ ta una com arca desh a­ b ita d a p o rq u e la p o ­ L a s Hurdes. E l Chorritero

breza de su suelo no tentó ja m á s al hom bre a arraigar en ella. Sucede así en num erosos casos de to d as las latitu d es, y aun en países que m ar­ chan hoy a la cabeza de la civilización; pero aquí una raza paupérrim a se aferró por siglos a estos riscos, como si cum pliera un a extrañ a y ascé­ tica consigna an cestral. A unque resulte incom prensible, es cierto que desde tiem pos rem otos hubo h ab itan tes en L a s H urdes — o Ju rd e s, pues tam bién así se ha es­ crito— , que reciben su nom bre de un a de las b a ja s e inútiles m atas que en ella arraigan , el brezo, llam ado hur en dialecto leonés. N os lo a te s­ tigu an las cuevas de los térm inos de P in o fra n q u e a d o y N u ñ om oral, los petroglifos, sepu ltu ras e x c av ad as en rocas y otros restos arqueoló­ gicos, entre los que d estacan los de la zona del puerto del G am o. H a sta del oscuro período de las invasiones b á rb ara s existen en las rocas te s­ tim onios esculpidos, indudablem ente de los suevos, que, acosados por los otros p u e b lo s, tu v ie ro n que re fu g ia rse en este rin cón a b ru p to . De los árab es nos h ab lan las ruinas del castillo de T revel y Zam brano, en térm ino de P in o fra n q u e a d o , y del de F r a g o s a , p ró x im o a la alquería de su nom bre, sin fa lta r siquiera lo legendario y caballeresco, pues cerca del prim ero h ay una fuente que llam an de R oldán, porque dicen que brotó a un golpe de lan za del fam oso palad ín de la T ab la R edon da. E s de m anera concreta en la geografía — L a s H urdes son una com arca geográfica asom brosam en te definida y diferenciada— en la que radica el interés de este p aís, por su originalidad im presionante. Si desde las altu ras se siente la emoción de tener a la v ista un p a isaje dantesco, en Calle hurdana (E l Gaseo)


M estas, V egas, M artiladrán , A zab al, Pedro Muñoz y R ib e ra de O veja. E n todos ellos se encuentran las casu cas, que v ista s desde arriba p a re ­ cen colm enas de corcho; la poca tierra de pobre cultivo y los hom bres y m ujeres pequeños, hablan do cerrado dialecto, como ra za a p arte, con una conform idad fa ta lista , m ás propensos a pedir lim osna en las zonas colindantes que a tr a b a ja r en la propia, de la que, sin em bargo, no se derraigan nunca. G abriel y G alán nos dejó en estos versos la visión de una hurdan a m endiga: Como b ajan de las sierras tenebrosas las fam élicas h am brien tas alim añas, por la cuesta del Serrucho v a bajan do la paupérrim a ju rd a n a ... Viene sola, como flaca lob a joven por el látigo del ham bre flagelada... E s la im agen del serrucho solitario de m isérrim os lentiscos y pizarras; es el símbolo del barro em pedernido de los álveos de las fuentes agotadas.

Viejo y típico puente de L a s Hurdes

las hondonadas p a lp ita la an gu stia de considerarse sum ergido en los ám bitos de un astro m uerto. A teniéndose a conceptos norm ales, no se puede decir que aquí h aya pueblos, salvo alguna excepción. T odo se reduce a alquerías, agru p ad as adm in istrativam en te en concejos, en las que las pequeñas ca sas cons­ tru idas con p iedra p izarrosa form an calles peculiarísim as. E ste todo — hoy vencido y m odificado en m ucho— tiene y ten drá siem pre una arrolladora fuerza de originalidad; de agu afuerte obsesivo y av asallad or. ¡Qué asom bro produce el com probar que a la alquería de R iom alo, sum ida en hondonada inverosím il, no llega el sol de noviem bre a febrero! ¿Qué hom bres h abitaron ja m á s lugares como las alquerías de Abellanar, F ra g o sa y G aseo, a las que es preciso subir a pie, trepando con riesgo por los cortes de las e scarp ad as altu ras en que asientan? E ste p a isaje inédito lo delim itan, a N orte y Sur, L a s B a tu e cas, de la provincia de S alam an ca, y la tierra de la com unidad de G ran adilla; a E ste y Oeste, la s frondosidades de H ervás y Sierra de G ata. Sobre las ininterrum pidas y resq u e b rajad as agrupaciones m ontañ osas, en las que no faltan puentes de en can tadora ru sticid ad , se salpican los ocho m uni­ cipios o concejos — Cam inom orisco, C asar de Palom ero, C asares de las H urdes, L ad rillar, M archagaz, N uñom oral, L a P esga y P inofranqu eado— y alquerías como las de R iom alo — de A rriba y A b a jo — , Cabrero, L a s

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E ste cuadro no existe hoy. N i h ay ta l m iseria, ni tienen los hurdanos que alejarse p ara m endigar, porque la lim osna se la traen aquí. Se han a b i e r t o c a r r e te r a s y c a m in o s , q u e h a c e n posible el trán sito ; h ay dispensarios y a sisten ­ cia m éd ica ; la en fer­ m edad y el ham bre no son a z o te s in co n te n i­ bles; a la labor de la Iglesia y el E sta d o se su m a la ca ritativ a fu n ­ d a c ió n d e n o m in a d a Cotolengo. L a geogra­ fía, bella en su desn u­ d e z , ta m p o c o s ig u e in ta c ta , p o rq u e la re­ población fo restal em ­ pieza a crear zonas de pinares. L a I g le s ia fu e la prim era en ir a rem e­ d ia r el a b a n d o n o , lo que testifica el a rru i­ n a d o c o n v e n to fra n ­ ciscano de los Á ngeles, que da nom bre a un río U n poblado hurdano (M artiladrán)


y a unos m o n te s, en la alquería de B iju ela, térm ino del Concejo de Pinofr an quea d o .

L a cap ital geo grá­ fica de la com arca, Ca­ sar de Palom ero, es un p u e b lo con h is t o r i a , pues fue aquí el único p u n to h u rd a n o en el que el hom bre arraigó de antiguo, si no prós­ peram ente, por lo m e­ nos con las indispen­ sables con d icio n es de viab ilid ad . S itu ad o en la cuenca que form an la sierra de A ltam ira y las estribaciones de la Peña de F ran cia, pese a la s e sc a b r o s id a d e s del terreno— en esto no hay excepciones— , su m ejor tierra de cul­ tivo, sus o liv are s, v i­ ñ as y huertos lo dife­ ren ciaron siem p re de los lu g are s a le d a ñ o s. E s t u v o h a b it a d o en tiem po de los árab es y reu n ió d e sp u é s de la R eco n qu ista una regu­ la r co lo n ia ju d ía , lo que hizo que con serva­ ra te m p lo s con sabor Plaza de C asar de Palomero de m ezquitas y sin ago­ g as. Su an tigu a p arro ­ quia del E sp íritu San to , de tres n aves sobre colum nas, y la iglesia de la S an ta Cruz form an su m odesto pero estim able tesoro m onum ental. L a últim a, ad em ás, es el eje de su devoción, desde el lam entable y reso­ nante episodio ocurrido un Viernes San to del siglo x v , duran te el cual unos ju d ío s apedrearon la cruz que e stab a en el puerto del G am o. Des-

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cubierta la profanación, hubo resonante proceso, y la cruz m u tilad a fue tra íd a al pueblo, com enzando desde entonces un fervoroso culto a aquel san to m adero, culto que ha seguido en todos los siglos y que cada año tiene tres días de especial conm em oración: 3 de m ayo, 16 de ju lio y 14 de septiem bre. C asar de Palom ero vive hoy una vid a relativam en te próspera, que se irradia por el territorio hurdano, cuyos cam inos no son y a veredas de cab ras, a p ta s p ara lobos y ja b alíes. Su s ríos, en las h ondon adas b arran ­ cosas, están salv ad o s por puentes m odernos. E l no abu n dan te caudal de los tres m ás principales — el R iom alo, el H urdano y el de los Á ngeles— , cabe esperar que deparen alguna fertilidad a la tierra aprovechable, así como el agu a de E l Chorritero, que hoy se destrenza sobre la dura roca, poniendo en el pan oram a desolado la m ás v isto sa pincelada. Cuando oímos reb o tar en los riscos el dulce tañ er de las cam pan as y vem os el gris de la p izarra m atizado por las blan cas to cas de m on jas y enferm eras, tenem os el convencim iento de que el m isterio telúrico o la m aldición bíblica que p alp itan en estos rincones, han quedado circuns­ critos exclusivam en te al p a isaje , a ese p a isaje de agu afuerte, que difí­ cilm ente podrá olvidar el que lo contem pla una vez...

Paisaje hurdano

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P aisaje de la Sierra de G ata

y LA SIERRA DE GATA (HOYOS)

E l partid o ju d icial de H oyos es la com arca geográfica denom inada Sierra de G ata, con características sim ilares a la V era, que ocupa el rincón noroeste de E x tre m ad u ra, frontero a P ortugal. Su etim ología la bu scan algunos en la estratificación cristalin a, en sierra de Á gata. E n un antiguo privilegio se la denom ina A gatán , p a la b ra fácilm ente tra n s­ form able en el actu al nom bre. Pequeñas riberas y ríos como el G a ta, el A rrago y el fronterizo E lja s fertilizan el suelo de granito prim itivo y terciario arcilloso. E l p aisaje pintoresco, de perfiles serranos, se ondula menos violentam ente que en la restan te orografía septentrional y sirve de trono a un árbol que im pe­ ra sobre los otros diversos que aquí crecen y sobre las restan tes plan tas p rodu ctivas: el olivo. No im porta que al que podem os llam ar su árbol

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sagrado den guard ia castañ os, robles, n aran jo s, lim oneros o gran ados, porque el nom bre de la Sierra de G a ta v a unido siem pre a la abundan te producción de aceite de oliva de una calidad superior, fluido y dorado, sin tono verdoso ni acidez. 1. — Oro líquido. E s ta tierra ha sido una de las de trán sito de las cu lturas, que si descendieron en m ayor cu an tía por el puerto de B é ja r, tam bién b a ja ­ ron por aquí desde Ciudad R odrigo. L a calzad a que se llam a la Dalm acia fue desde los tiem pos rom anos la gran vía de com unicación de esta com arca, en la que hubo siem pre pequeños huertos regables y repartid a propiedad territorial, con m odalidades diferentes a las sem e­ ja n te s zonas que antes recorrim os. E n aqu éllas los pueblos eran sen­ cillos, de casas pobres, que co n trastab an en algún caso con la m agnifi­ cencia del palacio señorial. Por allí hubo pecheros y grandes señores; aquí el oro líquido del aceite hizo predom inar un nivel m edio, sin m ás destaque que el de los h idalgos acom odados. N os lo dicen las casas que en e sto s p u e b lo s lucen graníticos escudos en las fach ad as, no m ucho m ás im portantes que las de los sim p le s lab radores, que se m ezclan sin pre­ tensiones con ellas, de­ notando una conviven­ c ia de clases q u e produjo un ritm o pau sad o y con­ tinuo de eq u itativ a dis­ tribución de la riqueza. G e n é r ic a m e n te no h u b o en e s t a s tie r r a s m ás señorío que el im ­ person al de las Órdenes m ilitares, tra n sito rio y r e d u c id o el de la s del T em ple y San Ju a n , am ­ plio y constante el de la de A lcán tara, a cuya ór­ b ita e stu v iero n sujetos la casi to talid ad de los pueblos de la Sierra de G ata. E n e s t a s c a s a s de grandes dinteles h ab ita ­ Casa de la Sierra de G ata (Hoyos)

ron h idalgos y pecheros, sin otra diferencia que la piedra h eráldica, aten ­ tos todos al culto — en caja inás que cu ltivo— de los olivares. Un curioso detalle nos prueba esto últim o: aquí, como en otras zonas del norte ex ­ trem eño, se da en abu ndancia la m orera, y tu vo m om entos de auge la cría de gusanos de seda; pero con m otivo de una p lag a de la g a rta , enfer­ m edad del olivo, como a alguien se le ocurriera decir que la infección provenía de aquellos an im alitos, el Concejo del pueblo de G ata prohi­ bió la in d u stria sericícola, sacrificada en ignorante defensa de su árbol fundam ental. *

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L a pin toresca topografía de la Sierra de G ata form a cinco am plios valles y varios repliegues, sin faltarle alguna altitu d d e stac ad a, como las del Já la m a , con sus 1.450 m etros. E l cielo azulado d a claridad y tra s­ parencia a los p a is a je s encan tadores y a los ho­ rizontes que se brindan desde la s a ltu r a s. T ru ­ chas y an guilas surcan sus purísim as agu as; la caza corre en la p a rte de bosque; en los h u e rto s se crían to d a clase de fru tos, h o rta liz a s y le­ gum bres. E n cam bio los cereales, básicos casi en la to ta lid a d de E x t r e ­ m ad u ra, prácticam en te no existen. E l caserío de los pu e­ blos m uestra un tipism o de sab or alpino, con los balcon ajes y los v o lad i­ zos de sus casas en tra­ m ados con m adera, y el granito en las arcad as y partes b a ja s de los m u­ ros, co m po n ien do todo ello las e stam p as encan­ tad o ras de calles y p la ­ zas peculiarísim as. Á los viejos, pequ e­ ños y tradicionales ap ro ­ vecham ientos de agu a se ha unido el m oderno reOlivos


gadío, que perm ite d iv i­ dir en dos zonas la co­ m arca: una es la que se­ guirá viviendo de su oro líquido; otra, la que v a a tener el refuerzo de la p la ta del agu a em b alsa­ d a. L a prim era la presi­ de la cabeza del partido, H oyos; la presidencia de segunda la com parten las villas de San tibáñ ez y G ata, aunque realm en­ te sea un poco en for­ m a sim bólica, y a que los riegos están alejad os de a m b as localidades. *

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E n la zona que segui­ rá viviendo de los olivos, cinco pueblos ocupan el rincón nordeste: H ernán Pérez, que lleva el nom ­ bre del octavo m aestre de A lcán tara, en la parte m ás llana; T orrecilla de los Á ngeles, que asien ta su peculiaridad en la fa l­ d a de la sierra de Dios P a d re ; C a d a lso , a o ri­ llas del A rrago, que nos m u e s t r a su c u a d r a d a plaza y su gran ítica p a ­ rro q u ia de la C on cep­ ció n ; D e s c a r g a m a r í a Torre del castillo de E lja s — con el cercan o despo­ blado de Puñonrostro— y R obledillo de G ata, que com pendia el m ás rústico encanto serrano, con sus viñ as cu ltiv ad as a la m an era italian a, su je ta s a altos listones. E l m ás im portan te grupo de pueblos de la zona que seguirá su vida tradicion al, ocupa la p arte noroeste del p artid o . V alverde del Fresno, frente a P o rtu gal, en el m ás acciden tado de los valles, es una villa de floreciente com ercio, incluida an tiguam ente en la órbita

de la Orden alcan tarin a. Su estim able p arroquia de la Asunción está form ada por el acople de una parte gótica y la capilla m ayor, del R en a ­ cim iento, conservando retablo del siglo x v n , con pin turas de la escuela v allisoletan a. No lejos de esta localidad están las ruinas del castillo y villa de Salvaleón . E lja s, la Ergastulum de los rom anos, encom ienda luego de la Orden de A lcán tara, se alza sobre un abrupto cerro que corona el fuerte castillo agareno. Se conserva de este m onum ento una to rreta cu ad rad a, la que fue plaza de arm as, trozos del recinto m urado y una curiosa torre redon­ da, que hoy sirve de cam pan ario, con a d o sad a e sp ad añ a. L a en can tado­ ra fisonom ía guerrera del pueblo la com pletan en lo alto de la sierra de su nom bre otras y a ruinosas fo rtalezas, tales como las de Fernán Cen­ teno, a las que dio nom bre un inquieto banderizo de los tiem pos del clavero M onroy, y la de la peña de los E n am o rado s. San M artín de T revejo, an tigua cap ital del corregim iento del Já la m a , asien ta en la fald a del coloso picacho de este nom bre y tiene un extrao r­ dinario y encantador tipism o. E n sus frondosos alrededores se alza un viejo convento franciscano. Sus calles se adornan con b laso n ad as casas hidalgas y con la parro q u ia, en la que se conservan tres ta b la s del D ivino M orales, procedentes de la iglesia conventual de San B enito de A lcán­ ta ra , que representan el P adre E tern o, San M atías y San Miguel A rcángel.

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l ’laza de San Martín de Trevejo


E n S a n M artín de T revejo , m ás que cu al­ q u ie r a is la d o d e ta lle , im presiona el conjunto, la arm onía y el sab or de un casco u rb an o en el q u e se tre n z a n ca lle s evocadoras y p asadizos in v e ro sím ile s. E n su s ám bitos se sienten flotar los siglos, quietos, su s­ pensos, sin orgullo, con una sencillez hum ilde y m on taraz. P arece como si el alm a de la com ar­ ca, peculiar y bella en to d as sus tierras y pue­ blos, se hubiese refu gia­ do a q u í, aferrad a a un pretérito de lab orio sidad san a y de pura tradición.

Acebo es un rem anso de luz y artesan ía. D es­ de la fa ld a en q u e se asien ta, las persp ectivas se ofrecen serenas y di­ la ta d a s, con horizontes Calle de San Martín de Trevejo que cierran a lo lejos las sierras de B é ja r, Plasencia y C añ averal. E n sus inm ediaciones, el salto de agu a de L a Cervigona, cayendo perpendicularm ente desde m ás de cincuenta m etros de altu ra, ofrece el encanto decorativo de una bella cascad a. E l río, que lleva el nom bre del pueblo, da verdor y fruto a los huertos que circundan el ca­ serío, agru p ad o en torno a la p arro q u ia de N u estra Señora de los Ángeles. R esaltan d o sobre este fondo y m arco de cuadro, e stá la activid ad artesan a, in ten sa y paciente de los encajes, los fam osos encajes de Acebo, que con esta in du stria hizo su nom bre p opu lar. L a s calles ofrecen la incom parable estam p a de las lindas m ozas que en las p u ertas de las casas hacen repicar entre sus dedos los bolillos que con los blan cos hilos van trenzando las filigranas de los encajes, filigranas en las que se des­ bordan la fa n ta sía y la pericia fem eninas.

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L a s dos localidades que hem os de ver en este sector antes de ir a la cabeza del partid o , estuvieron lig ad as a los caballeros san ju a n ista s. V illam iel fue uno de los puntos de residencia del com endador de la Orden de San Ju a n . Sus calles estrech as y colgadas, en las que lucen blason es, nos ofrecieron la sorpresa de un as originalísim as p iedras rom á­ n icas, del siglo X I I I . U n a de ellas era un tríptico de gran ito, em potrado en un m uro, en el que se represen tab a a San S eb astián y dos obispos; las otras form aron una ven tan a, en la que en b a jo relieve burlesco, reali­ zado con un arcaísm o candoroso, ap arecía una m ujer desnuda, con una calab aza a ta d a a la cintura, y dos hom bres, uno a cad a lado, tirando de ella con una cuerda. E s ta s piedras han desaparecido, vendidas a un forastero. T revejo , que y a no es m unicipio, b rin da a nuestra contem plación su pequ eñ a iglesia del siglo x v i y el castillo de sillería, herm osa fortaleza del R enacim iento, en cuyos m uros luce esculpida la cruz de la Orden de San Ju a n de M alta, castillo que d estacó señero en lo alto, presidiendo la belleza del p a isaje , y que hoy está casi arruinado. *

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T erm inam os el recorrido de este sector en H oyos, cabeza de la ju r is ­ dicción, que se ofrece como un m odelo antológico de la com arca: escudos de gran ito, p laza principal con A yun tam ien to de soportales, p laceta p a ra las capeas, huertos bien cu idados, p aisaje pintoresco, árboles de to das clases y de tan buen rendim iento, que hay n aran jo del que se recoE n cajeras de Acebo


interesante conjunto otras figuras y unos canecillos rom ánicos, ejecutado todo con igual tosquedad. El interior del tem plo, que acaso en un principio fue de tres naves, h oy es de una sola, amplia, con bóvedas de crucería, cabecera y coro a los pies. El retablo m ayor es una hermosa talla barroca, de columnas salomónicas y profusa ornam entación, que ocupa tod o el frente de la cabecera y tiene en lo alto un calvario de figuras, de buena talla. Las lápidas romanas empotradas en los muros de .la iglesia son la ejecutoria del viejo abolengo de esta villa de H oyos, cabeza de la Sierra de Gata, que entre olivos que tienen sabor de bíblicas evocaciones pre­ side el sereno vivir de los cam pos en los que lo es tod o el oro líquido del aceite de oliva. 2 . — La plata del agua.

Hoyo9. Portada de la parroquia

gen cinco mil naranjas al año; la ermita del Santo Cristo, en las afueras... y un ritm o de actividad y trabajo que supo elevar al pueblo, de simple aldea, dependiente del obispado de Coria, a cabeza del partido. Aquí martirizó la barbarie de las tropas napoleónicas al anciano y santo obispo Álvarez de Castro, que fue sacado enfermo del lecho para arrastrarle por las calles. H oyos es una localidad activa, cuya vida preside la parroquia de Nuestra Señora del Buen Varón, título de extraordinaria originalidad. El tem plo es una fábrica de sillería de la última época del gótico, que se decora con festones perlados y remata sus estribos con pináculos. Su torre cuadrada la cierra ancho chapitel piramidal, en el que se aprecian vestigios de haber estado recubierto de azulejos blancos y azules. La parroquia es una reconstrucción, hecha a finales del siglo x v , de otra anterior de estilo rom ánico. Por eso dos de sus tres portadas, las laterales, son góticas, de escasa im portancia; pero la principal corres­ ponde al prim itivo tem plo, rom ánica y de gran interés. Se abre en arco de medio punto, con tres reentrantes que form an las archivoltas, sobre columnas de fustes cilindricos en cuyos capiteles hay figuras de tosca labra. En el muro, por encima de la arcada, com pletan la fisonom ía del

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A quí está el artificial y encantador lago del B orbollón . El nombre le viene de que en este paraje había numerosas fuentes que manaban el agua a borbollones. La presa del pantano, de 24 metros de altura y 225 de longitud, em ­ balsa 85 millones de m e­ tros cúbicos de agua del Arrago, que producirán cin co m illones anuales de kilovatios hora. 2.634 hectáreas serán regadas, a través de sus dos ca­ nales, de 48 kilóm etros el de la derecha y 21 el de la izquierda. Estos beneficios afec­ tan rea lm en te en una escasa p ro p o rció n a la Sierra de Gata y en una am plitud casi total al p a rtid o de C oria. Las aguas ocu p a n parte de los términos de Villa del C am po — de la ú ltim a jurisdicción citada— y de Santibáñez el A lto, al que nos dirigíam os cuando nos sale al paso este lago del B orbollón, que no tiene par en be­ lleza d entro de E x tr e ­ H oyos. R etablo mayor de la parroquia


madura, porque aunque hay en la región otros pantanos m ucho más im ­ portantes e infinitamente m ayores, ninguno reúne los encantos de éste. Santibáñez es una de las localidades más interesantes de la zona del partido de H oyos, en la que las plateadas aguas van a poner un com ple­ mento al dorado aceite. Llam óse antes San Juan de Macoras, y se yergue en un alto y rocoso picacho cónico, a manera de cráter, dom inando un horizonte que abarca toda la Alta Extrem adura. Su espléndida fortaleza, con foso y barbacana, fue, con las de Milana y Almenara, el antemural que se oponía al paso de las tropas de los reinos cristianos durante la dom inación agarena. Santibáñez se hizo luego cabeza de un rico priorato alcantarino, con muchos pueblos en su territorio. *

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En rutas N orte y Oeste partimos para recorrer las localidades res­ tantes. Perales del Puerto, asentada en el cruce de la sierra al que da o del que tom a nom bre, en el puerto de Perales, en la vieja calzada de Dalmacia, vio desfilar por el estratégico paso al tem ido Alm anzor y al general W ellington. Cilleros — el Cellarium rom ano— , el pueblo de los vinos de rico bouquet, de las típicas casas de corredores, hasta de tres pisos, y de la torre separada de su sencilla parroquia de la Asunción, tiene en las inm e­ diaciones el poético paraje en el que se alza el santuario de una imagen de la Virgen, veneradísima en todos los contornos con la advocación de Nuestra Señora de Navelonga. Pantano del Borbollón

V i l l a s b u e n a s de G a ta, en una colin a en el ce n tro de una lla n u ra , r o d e a d a de sierras, co n s e rv a los restos de la casa-fuerte en que h ab itaron sus com en d a dores alcantarinos. T orre de D on Mi­ guel, que regó de siem­ pre sus cam pos con las aguas del río San Juan, asien ta en un am eno paraje, en la falda de la sierra de Almenara, sitio que resultó grato a frey don Miguel Sán­ ch ez, com en d a d or de Santibáñez, alzando aquí para su recreo una torre, en torno a la cual form óse el pueblo. Su parroquia, del siglo x v i, tiene un sencillo encanto. *

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Gata, cabeza otros días del territorio que h oy preside H oyos, cierra la lista de las localidades del partido más o menos ligada a las aguas del B orbollón. Con personalidad acusadísima y peculiares encantos lleva el mismo nom bre que toda la com arca y que el río que nace por encima de la localidad. Pese a haber dependido de la encom ienda-priorato de Santibáñez, tu vo luego im portancia suficiente para que residiera aquí un gobernador. P oco conserva de su viejo aspecto de plaza fuerte, siendo su fisonomía la com ún en la zona, con el realce de diversos detalles, tal com o la plaza y la artística fuente tim brada con las armas de los Austrias. La pincelada guerrera se la brindan a Gata los restos del cercano castillo de Almenara, que fuera un día magnífico baluarte agareno. La parroquia de San Pedro es una buena fábrica de sillería, de arqui­ tectura ojival con matices renacentistas. En ella trabajaba en 1539 el maestro Juan B ravo, vecino de Brozas. Realm ente, el tem plo es el resul­ tado de la amplia reform a de otro anterior, en el que en 1410 celebró Capítulo general la Orden de Alcántara. Su nave de bóvedas de cruce­ ría cob ija el magnífico retablo m ayor, tallado por Pedro de Paz, con pinturas realizadas por Pedro de Córdoba, obra de indudable mérito y calidad. N inguno de los m onum entos ni de los episodios aludidos son los que dan a Gata su elevado rango, que radica en dos grandes recuerdos, que

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que aquí se produce, y en el alma el aroma de las evocaciones del maestre erudito y del fraile sabio y santo. Y llevam os tam bién, en la retina, la visión de paisajes y pueblos, que se armonizan en una perfecta ecuación de belleza y tipism o. No hay aquí, com o hemos com probado, m onum entalidades extraordinarias; pero sí un indudable encanto, que se im pone con fuerza al viajero. H ay, ade­ más, toda una gama de matices populares, contrastando con las evoca­ ciones de la Orden de Alcántara, representada por castillos y casas de com endadores. Acaso, en la despedida, puestos a recordar y teniendo que elegir, miremos a la villa de San Martín de Trevejo, para dar en ella el adiós a toda la com arca, porque ella es, según dijim os, la que condensa m ejor las viejas esencias de la zona. En sus cam pos sigue el culto del árbol sagrado, el olivo, que trenza su tronco milenario con una reciedumbre que parece quiere ser norma de eternidad para los nuevos plantones; en sus calles estrechas, de voladizos y entramados muros, jugando con el oro del sol o la plata de la luna — más fuertes que el oro del aceite y la plata del embalse— , ríe o llora, canta o suspira, tod o el em brujo, sencillo e intenso, típico y tradicional, de la Sierra de G ata...

Retablo mayor de la parroquia de Gata

dejaron su nombre escrito en las páginas de la cultura y de la santidad. El primero se refiere al maestre don Juan de Zúñiga, erudito mecenas, que aquí tuvo aquella corte de ingenios a la que se llamó la Academ ia del Maestre, en la que hombres de ciencia y letras se agruparon, a fines del siglo x v , en torno al procer, capitaneados por el insigne A ntonio de Nebrija. El segundo recuerdo es un episodio milagroso y penitencial de aquel frailecito del siglo x v i que hoy está en los altares con el nom bre de San Pedro de Alcántara. Es de aquí, de Gata, de donde arranca la cruz con la que siempre se le reproduce en tallas y lienzos, porque en esta villa construyó una de tan enormes proporciones, que doce hom ­ bres apenas podían m overla, y que él, solo y descalzo, subió sobre sus hom bros al más alto pico serrano. *

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Típico rincón de San Martín de Trevejo

Al alejarnos de estas tierras, que nos recrearon con tantos lindos rincones, llevamos en los oídos el eco de las palabras del viejo dialecto que se habla en la Sierra de Gata, en los labios el dulzor de la rica miel

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VI

LA VEGA DEL ALAGÓN (CORIA)

Coria, la vieja sede episcopal, preside una jurisdicción afectada en su m ayor parte por los modernos regadíos. Realmente, así tenía que ser, porque su topografía la form a de manera casi exclusiva la vega del Alagón, río que cruza el territorio de Oriente a Occidente, dando vida h oy a nuevas plantas, tales com o el tabaco y el algodón. La ciudad, que se alza en la margen derecha del río, en el centro de su partido, con rango m onumental e histórico, lleva milenios arru­ llada por las aguas del Alagón. Su vida y su historia han vibrado al riego de esta arteria que, com o la que lleva la sangre al corazón hum a­ no, trajo aquí el im pulso que dio latido a la com arca. El otro im pul­ so, el del espíritu, lo com pendia y sim boliza su catedral, que con su torre destacante, pone en el cerro y sobre el río la afirmación de una fe inquebrantable.

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Vegaviana

1. — La tierra de Coria.

Aun siendo nuevos, la fisonomía de estos pueblos, afortunadam ente, no desentona del con jun to, porque en ellos está viva la arquitectura rústica de la zona, estilizada, eso sí, pero con auténtico sabor extrem eño. Lo patentizan casas y calles, corrales y plazas, en una suave armonía de matices que tienen su m ayor fuerza evocadora en el juego de escorzos de chimeneas y muros, impregnados del sabor sencillo y campesino de la com arca. En realidad, estos pueblos no nacen para adorno, sino con un sentido eminentemente práctico; pero lo indudable es que tienen una gracia pecu­ liar, acaso porque son un sím bolo de juventud. Las ramificaciones fertilizadoras se prolongan por Calzadilla, Casas de Don Gómez y la misma Coria, aunque ya en ellas el m ayor aporte es el del pantano de Gabriel y Galán, cuyas aguas trazan con su línea de influencia un semicírculo que, dejando en el centro a la cabeza del par­ tido, arranca de Pozuelo de Zarzón y sigue por Villa del Campo, Guijo de Coria, Calzadilla, Casas de Don Góm ez, Casillas de Coria, Portaje, Torrejoncillo, Holguera y R iolobos. Los pueblos nos ofrecen su proceso de crecim iento, que va m odificando en algunos el caserío creado por los agricultores y ganaderos de secano. En Villa del Campo vem os la pintoresca ermita de Nuestra Señora de Gracia, en la que se celebra una de las más animadas romerías com ar­ canas; en Calzadilla, la ermita del Cristo de la Agonía, de planta en forma de cruz, con labradas columnas y muros de granito; en R iolobos, el viejo puente sobre el río que le da nom bre y unos textos epigráficos que nos recuerdan que fue la Rusticiana de A ntonino y la Rusticana de Tolom eo, asentada al borde de la calzada que iba a Zam ora. No hay en tod o ello pretensiones monumentales, sino un simple interés de re­ cuerdo y adorno.

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H ay en este distrito un pueblo, Villanueva de la Sierra, que geográ­ ficamente pertenece a la Sierra de Gata. Sus características son las de esta com arca, con idéntico paisaje e igual abundancia de aceite de oliva. A Moraleja, a la que podem os llamar capital de los riegos del B or­ bollón, que tienen su m ayor amplitud en este partido de Coria, se le ha agregado un casco urbano que supera en dos veces el que tenía. Ante lo nuevo, queda em pequeñecida su iglesia de las Angustias y se olvida que fue plaza fuerte de la Orden alcantarilla. Tan sólo en las cercanías queda viva la evocación, en el despoblado de Milana, próxim o a la con ­ fluencia del Arrago y el Gata, cuyas piedras siguen recordando que pu ­ dieron ser la romana Interamnium y que fueron un arábigo baluarte, del que apenas restan en pie unos muros del roquero castillo. Huélaga es la otra vieja localidad, rejuvenecida con los regadíos del B orbollón, en medio de los cuales está enclavada. Con ella y con Moraleja com parten la plenitud de beneficios los nuevos pueblos de Mohedas y Vegaviana, recién nacidos, alegres, rientes, que ponen en el paisaje que hoy matiza el perenne verdor su deslumbrante blancura de cal.

El punto culminante del recorrido es Torrejoncillo, en el que su encantadora fisonomía, su ancestral laboriosidad y su apego a la tradi­ ción ofrecen un maravilloso cuadro artesanoíolklórico. Las diversas y florecientes industrias culminan en las de fabricación de calzado y telas, tejidas éstas desde siglos en telares caseros. Su parroquia es un tem plo de dignas proporciones, con retablo m a­ yor de hermosa talla. El tipismo, que se manifiesta en diversos bailes y canciones, tiene su más extraordinaria y originalísima expresión en la fiesta de la Encamisá, que se celebra en honor de la Inm aculada, a primeras horas de la noche del 7 de diciembre. Una lucida y numerosa hueste de hombres envueltos en blancas sábanas, sobre caballos lujosamente enjaezados, portando faroles pen­ dientes de largas pértigas, cruzan las calles, detrás del m ayordom o de la cofradía, que se cubre con blanco m anto salpicado de estrellas azules y

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usado las tropas im pe­ riales sobre las armadu­ ras en las zonas m onta­ ñosas, a fin de no des­ tacar de la nieve, fue el a ta v ío elegido para la origin al, devota y hoy famosa cabalgata de la Encamisá.

Tras hacer entrega del estandarte al párroco, la cabalgata pierde el tono solemne, emprendiendo desenfrenada carrera hasta la casa del m ayordom o, en la que se sirven dulces y vino. Como detalle que consi­ deran milagroso, refieren que no hay memoria de que ocurriese jam ás desgracia alguna durante la peligrosa carrera de los caballos por las calles llenas de gente. La costum bre arranca de una promesa hecha por uno del pueblo, el capitán Á valos, durante la fam osa batalla de Pavía, en la que tom ó parte valerosamente, con gran riesgo personal, encom endándose durante ella a la Santísima Virgen, la cual lo devolvió a sus lares. Las blancas sábanas que en aquellas tierras lombardas y del norte italiano habían

E n to d a la am plia zona sólo h ay tres lo ­ ca lid a d es de p erp etu o secano: Pescueza, en ás­ pero terreno pizarroso de mata y jara; Cachorrilla, en una pequeña colina, y Grimaldo, que nació al amparo del vie­ jo e islám ico castillo. E ste baluarte, ce r­ cano al coloso de Monfragiie y al hundido de Las Gorchuelas, fue se­ ñ orío del linaje al que debe el nom bre, de los Grimaldos, pasando lue­ go a los Trejos, Vargas y Calderón. Su fortale­ za, ya no co n fis o n o ­ mía agarena, sino con la posterior señorial y cris­ tiana que le dieron sus señores, aunque con de­ Castillo de Grimaldo te rio ro s, sigue en pie, tim brada .con las armas de T rejo, en perfecto estado de habitabilidad, perdidos todos los interio­ res adornos y el m obiliario, ya que, pasada la época de esplendor, no fue vivida por sus dueños. Dentro del defectuoso arco de círculo trazado con nuestro itinera­ rio, están aún, a más de Coria, dos pueblos a los que afectan también los regadíos: Morcillo, cuyo riachuelo tiene fama de arrastrar en sus arenas pepitas de oro, y Guijo de Galisteo, en un llano rodeado de cerros,

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Torrejoncillo. «L a Encamisá»

lleva en sus manos el estandarte de la Inm aculada. La música, los cohetes y las manifestaciones del entusiasmo popular saludan el paso de este cortejo, que avanza solemne, cantando tradicionales coplas com o ésta: Oliva verde, palom a blanca: A ve María, llena de Gracia.


D ijo Schulten, hablando de Coria, que los neolatinos, aun teniendo ideas justas en lo referente a la belleza del paisaje, no sienten inclina­ ción hacia la montaña o el bosque enmarañado, sino que prefieren lo idílico, las sedantes abiertas perspectivas. Sin duda es cierto, porque encontramos un deleite inefable al contem plar desde Coria esta llanura abierta y ondulada, que se matiza de verdes intensos y grises suaves, partida y acariciada por la cinta de plata del Alagón, fundidos los culti­ vos nuevos y la eternidad solemne e inm utable del olivo y la encina. La ciudad, en alto la torre catedralicia, su gran antena espiritual, es el corazón, viejo y renovado, de esta vega abierta, amena y feraz, que ella preside con rango procer. La Coria nueva no es aún la plenitud, sino el com ienzo de una pobla­ ción que se va desbordando con sus modernos edificios hacia los nuevos cultivos que arraigan en sus fértiles cercanías. Cuándo el total de los embalses se vierta sobre esta vega, se multiplicarán las construcciones industriales y la actividad productora, en torno al viejo e interesante núcleo episcopal y recoleto que, ajeno a las modificaciones, conserva todo su sabor. Se ha dicho, con escaso fundam ento, que el nombre de Coria viene de la voz griega Cayros o Cauros, que significa m entecato, b o b o , deno­ minación esta última inm ortalizada por Velázquez al retratar al bufón de Felipe IV , el Bobo de Coria. Sin etimologías de voces extrañas, los vetones fundaron una citania en un emplazamiento típico de estos nú­ cleos, sobre una colina y a la orilla de un río, la cual denominaron Caura, y tuvo rango de capital vetona. Los romanos, que latinizan su nombre, llamándola Caurium, le dieron fuertes murallas, de las que aún subsisten las cuatro puertas, siendo la menos desfigurada, por la parte interior, la que llaman de la Guía, por la Virgen que hay en su hornacina. Sabemos que desde m uy antiguo fue Coria sede episcopal, suponién­ dose que la erigió el papa San Silvestre en 338; pero lo indudable es que

antes del 539 ya esta­ ba creada, porque en este año su obispo Ja­ cinto asistió al Tercer Concilio de Toledo. Y a entonces habían veni­ do las invasiones bár­ baras y con ellas vivió Coria con relativa pros­ p erid a d , hasta la lle­ gada de los sarra ce­ nos, de los que h u yó su p r e la d o , B o n if a ­ cio II, para refugiarse en Asturias. B ajo el poder de los mahometanos, MedinaCauria tu v o e x tra o r­ din aria im p o rta n cia , sien d o e s c e n a r io de diversos episodios y de alzamientos contra los califas cord obeses. Al am paro de las disen­ siones com enzaron los in ten tos recon q u ista ­ dores, iniciados por Ordoño I. Tras la ocupa­ ción por Alfonso V II, que restableció la sede e p i s c o p a l en 1 1 4 2 , aún h u b o v a iv e n e s, Coria. Puerta de la Guía con intervenciones de Fernando II y A lfon ­ so V I I I ; pero Coria quedó ya incorporada a los reinos cristianos, para seguir más tarde un destino histórico menos independiente, ya que iba a pasar a señorío de proceres. Enrique IV dio la ciudad con título de conde a don Gutierre de Solís, hermano del maestre de Alcántara, don Gómez, viviendo entonces duros episodios guerreros durante las luchas por el maestrazgo sostenidas entre Solís y Monroy. La decadencia de los Solís obligó a don Gutierre a empeñar su con ­ dado a don Garci Álvarez de Toledo, duque de A lba, el cual, por merced del mismo rey, desde 1469 titulóse marqués de Coria, continuando en su descendencia la posesión de la dignidad y de la plaza.

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con su ermita del Cristo de las Batallas, bélica denom inación que tiene para conjugar el deteriorado castillo moruno de la Atalaya, o de Pelay Bellido, que tom ó este último nombre del m ayordono de A lfonso V I, al que estuvo sujeta en los lejanos días de los vaivenes reconquistadores. Entre los pueblos que hemos recorrido van naciendo otros nuevos, citados en nuestra visita al pantano de Gabriel y Galán, siendo también preciso hacer mención de los notables aumentos en los cascos urbanos de R iolobos, Morcillo, Casas de D on Gómez y Casillas. H ay, pues, en esta fértil vega de Coria un predom inio de realidades, esperanzas y porvenir. Sobre ellos, la vieja sede episcopal, sumada a los nuevos afanes, pone el peso y la indeclinable responsabilidad de su arte y de su historia. 2. — A l arrullo del Alagón.


Los miembros de esta ilustre familia adornaron el que aún se llama palacio de los duques de Alba, que fue en su origen un alcázar fortifi­ cado, sobre el ángulo suroeste de la muralla, con externas defensas. Lo guerrero dio paso a lo señorial, convirtiéndose en una espléndida man­ sión digna de la alcurnia y riquezas de sus dueños. Diversos detalles lo testimonian aún, siendo el principal la arquería de dos pisos, mirador bellísimo sobre el río, con columnas de fustes cilindricos, octógonos capiteles, basas góticas y balaustrada jón ica, del Renacim iento. *

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— desfigurada por adi­ cion es y v e n ta n a s— están flanqueadas por sólidas torres, lo que no le ocurre a la del Sol, distante de tales defensas. El que pudiera ser punto vulnerable de la muralla, lo defendía el ca stillo , que no es el p r im it iv o , sino uno alzado por los duques de Alba en el siglo x v , de t íp ic a fiso n o m ía cristian om ed ieval. La traza es bella y origin alísim a, ya que su p la n ta la form a n un cu a drad o con adición de triángulo, lo que lo asemeja al tajam ar de un puente. T od o de si­ llería de granito, ador­ nan su parte alta una garita sem icilín d rica en cada lienzo y corni­ sa de a rq u illos sobre canes. En su in terior aún anida el señorío, en el salón de gran chimenea y bóveda de crucería. La arquitectura ci­ vil, que tiene detalles com o el gótico venta­ nal de una casa de la calle de San Pedro o la fachada del mismo esEl castillo tilo de otra de la del Sol, alcanzó su plenitud en el ya citado palacio de Alba. E l episcopal no fue nunca un edificio demasiado im portante, siendo acaso esto una de las causas de que los obispos prefirieran residir en el hermoso que poseían en Cáceres, hacia donde term inó luego desplazándose el cen­ tro de gravedad diocesano. H oy la diócesis se llama de Coria-Cáceres,

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Esta Coria histórica, de mitra y marquesado, es la que h oy nos ofre­ ce, al mostrarnos sus recuerdos, el fresco aroma que viene de la vega, mezclado con un vaho de siglos que parecen exhalar los viejos patios de naranjos y palmeras. Las fuertes murallas — ocultas en muchas partes por el adosam iento de edificios— trazan un trapecio irregular, con cua­ dradas torres .salientes, en las que la prim itiva sillería romana alterna con los reparos de posteriores épocas. De las cuatro puertas conservadas, ya hemos dicho que en la que está más patente lo rom ano, pese a las adulteraciones, es en la de la Guía. La del R ollo, así llamada por el que existe en la plaza que se abre ante ella, aunque originariamente romana, sufrió total m odificación en el siglo x v l, para darle cierto carácter de arco de Triunfo, adornado con pilastras, hornacina y escudo. Estas dos puertas y la de San Pedro Terraza del palacio de los duques de Alba

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porque la im portancia de la capital de la Alta Extrem adura ha hecho preciso el cam bio.

La arquitectura re­ ligiosa , en la que se cuentan la parroquia de Santiago, el conven­ to de la Madre de Dios y la erm ita de la patrona, Nuestra Señora de A rgem e, entre en­ cinas y sobre un riba­ zo del A la g ó n , tom a vuelos m onum entales en la catedral, com pen­ dio y suma de los re­ cuerdos caurienses. No fue ésta la primitiva, ya que a raíz de la R e­ con q u ista se h ab ilitó para el cu lto la m ez­ q u ita m a h o m e ta n a . Comenzaron las obras del n u evo tem p lo en la segunda mitad del siglo x m , construyén­ dose con gran lentitud, pues se p ro lo n g a ro n Torre de la catedral los tra b a jo s durante tre's centurias. Esta fábrica de sillería, de una sola nave, que en un principio tuvo tres, es un tem plo ojival, con adiciones y exornos del Renacim iento. De los que trabajaron en él, nos son conocidos los nombres de Francisco Moro, Gonzalo Arias, Martín Solórzano y Pedro de Ibarra, que rem ató la obra en más de treinta años de residencia en esta ciudad, en la que dejó de existir en 1570. La cuadrada torre gótica muestra un tercer cuerpo con arcadas y pilas­ tras toscanas, agregado en el siglo x v m por Manuel de Lara Churriguera, y reconstruido después de los derrumbamientos del fam oso terrem oto de Lisboa, que tu vo gran repercusión en Coria, pues sólo en el atrio de la catedral murieron veinte personas, quedando malheridas otras muchas.

162 r . i m r n n < *vt«»r¡n r rln ln n H r n le r u


En la parte baja de la torre, ju n to a la portada del E vangelio, hay un cuerpo adicional, que encierra la escalera, cuyas cinco caras cónca­ vas aparecen cuajadas de fino decorado plateresco. A dicha portada, ejemplar del gótico florido del siglo x v , embellecida con primorosa orna­ mentación de hojarasca, niños, sátiros, unicornios, águilas, perros y leones, se agregó en el x v i un marco y tím pano de plateresca labor un poco barroca. Un claustro exterior abre sobre la lonja una tribuna plateresca, que remata en lo alto con crestería, grumos y pináculos. La portada principal, a los pies del tem plo, da a un patio o jardín que servía de com unicación con el palacio de los A lbas. Es también plateresca, de tres cuerpos, con profusión de adornos que form an un conjunto rico y de buen gusto. *

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La gran belleza de las portadas y la tribuna, así com o la torre y los enormes contrafuertes, com ponen la fisonomía externa del tem plo, en cuyo interior la desusada anchura de la nave se cubre con atrevida bóveda de crucería, obra de Ibarra, que descansa sobre pilares que, ado­ sados a los muros, la dividen en cinco tramos de arcos apuntados. La nota característica interna de este magnífico ejem plar del gótico español es la sencillez, lo que sucede igualmente en el claustro adjunto, que representa la parte más antigua, ya que data en su casi totalidad del siglo X i v . Fachada principal

Caso único en los tem plos catedralicios, el coro está instalado en me­ dio de la nave, sin adosam iento a pilares. La sillería es gótica, dividida, com o habitualmente, en baja y alta, destinados los asientos de los extre­ mos de la última a los duques de A lba. Según costum bre de la inspiración fecunda de que aquellos artistas hacían gala, las tallas varían en cada silla, desarrollando sus adornos con la máxim a prodigalidad y fineza. No hay datos para identificar al desconocido realizador de esta sille­ ría del siglo x v , que tiene gran semejanza con la de Santo Tom ás de Ávila y la de la Cartuja de Miraflores. Lo tínico evidente es que el guar­ dapolvo o doselcte corrido de las sillas altas, con calada crestería del Renacim iento, medallones y estatuitas, es posterior y pudo ser obra de Martín de Ayala o Martín de Villarreal, autor el último de las plate­ rescas esculturas del trascoro, talladas en 1512. A nónim o es también el facistol de madera y bronce del siglo x v n ; pero no así la reja del coro, contratada en 1508 con el maestro H ugo de Santa Úrsula, vecino de El Burgo de Osma. Fina forja gótica de hierros sa lom ón icos, con fajas ca lad as, com pendia su m ayor interés en la cres­ tería de ta llos serpen ­ tean tes, con m acollas, querubines y alternado rem a te de flo r o n e s y platillos con llamas. E l r e t a b lo m a y o r seudobarroco, debido a los h erm an os Ju an y Diego de’ Villanueva, es­ cultor y arquitecto, res­ pectivam ente, fue inau­ gurado el día del Corpus de 1749. Consta de zó­ calo y dos cuerpos, con columnas de orden com ­ puesto, de fustes estria­ dos y guirnaldas en el tercio in ferior. E n la gran hornacina central h ay una im agen de la Asunción de la Virgen, misterio al que se con ­ sagró la iglesia. Tallas y esculturas policrom adas Portada lateral


com pletan el co n ju n to d e c o r a t iv o , de s a b o r barroco.

Tras de adm irar el conjunto del tem plo ca­ tedralicio y los m otivos más a la vista, nos va ­ mos deteniendo en los diversos detalles de in­ terés que encierra. Uno de ellos es el sepulcro alabastrino del ob ispo don Pedro X im énez de Préxam o, fa lle cid o en 1495, cuya obra arqui­ t e c t ó n ic a , del g ó t ic o florido, parece fue reali­ zada p or Juan F ra n ­ cés, labrando la estatua orante, ejem plar m ag­ n ífico, D iego Coín de H ola n da , escu ltor que tr a b a jó en 1500 en la catedral de T oled o. El relicario, que no es la prim itiva capilla, se h izo sien d o o b isp o don Juan García A lvaro y fue inaugurado el 9 de m ayo de 1789. CuadraSillería del coro do, de traza clásica, con adornos seudobarrocos, tres retablos dorados, obra de Miguel Martínez, y reja del salmantino Francisco de la Iglesia, representa en la catedral, más que lo artístico, lo devoto, por el gran número de veneradas reliquias que atesora. Entre ellas figuran un lígnum crucis, una espina de la corona del Señor, huesos de muchos santos y el mantel que cubrió la mesa de la Sagrada Cena. El prim itivo relicario lo fundó don García de Galarza, según atesti­ gua una larga inscripción que figura en la tum ba del insigne prelado. Es éste un suntuoso m onum ento funeral, realizado en 1596 por los mis­ mos artistas que hicieron la aludida capilla, por Lucas Mitata y Juan Bravo. El con jun to, bellísim o, de adornos de traza clásica del Renaci­ miento, que pregona la esplendidez del ilustre procer, lo preside la her-

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niosa escultura orante, que a u n q u e p udiera ser o b r a de M ita ta , buen artista, del que sabem os que tra b a jó en Madrid en 1570, re­ cuerda el ju stam en te fa m oso estilo de los Leonis. No querem os d e ­ ja r de recoger en unas líneas un cu rio so se­ creto que nos revelan los docum entos del ca­ tedralicio archivo cauriense y que guarda relación con este pre­ lado: Cuando Felipe II ocupó el trono de P or­ tugal tuvo por opositor a don A n to n io , p rior de C rato, hijo del in­ fante don Luis y primo del d esa p a recid o rey don Sebastián. V enci­ do en sus pretensiones, don A ntonio tu vo que huir del reino lusitano, dejando en él un hijo suyo, niño m uy peque­ ño, que vino a poder del m onarca español, Escultura del obispo X im énez de Préxam o quien lo entregó a Galarza, su íntim o amigo y consejero, para que lo criase con el m ayor secreto sobre su origen. Así, pues, uno de los varios sobrinos del obispo, que quedaron en Cáceres bien acom odados, era en realidad un descendiente de la dinastía portuguesa. *

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Aún hay en la catedral otros varios sepulcros interesantes. Uno de ellos, en la capilla de San Pedro de Alcántara, es gótico, de alabastro, en forma de arca con tapa inclinada, y tiene esculpidos dos hombres luchando, figuras quiméricas, escudos y hojarascas; otro, semejante, está en el vestíbulo, y su inscripción atestigua haberse enterrado en él Cata-

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lina Díaz, fallecida en 1485, mujer de Martín Caballero, arquitecto del duque de A lba; otro, en el claustro, es del siglo x v i y pertenece al chan­ tre Narváez. El recorrido que vam os haciendo nos lleva a ver m uy diversos deta­ lles interesantes. Junto al altar m ayor reparamos en las dos palomillas de hierro de las que penden las lámparas del Sagrario, de una forja con tallos serpenteantes, volutas y roleos, que form ó escuela en Extremadura y de la que fue el gran maestro Cayetano Polo, natural de Brozas, que es el autor de las que contem plam os, realizadas en 1759. Entre las viejas esculturas destaca la que representa la Asunción de la Virgen, del siglo x v i, talla policrom ada, procedente de un antiguo retablo; entre las pinturas, que las hay en gran número y de estimable calidad, el tríptico de sabor rom ánico, en tabla, cuyo centro ocupa la Anunciación, apareciendo en los laterales San Jerónim o y San Francisco, obra de indudable mérito, que erróneamente se ha querido atribuir al fam oso pintor Fernando Gallegos. Vem os por último custodias, cálices, cruces y telas, entre éstas un terno de seda y oro procede*1^** d■* loe tallprps Hp Hordado de (riiíidíiliiTíP. Finalmente, nos v a ­ mos deteniendo ante los altares que h ay en los muros del tem plo, algu­ nos de ellos de gran be­ lleza. El de más herm o­ so conjunto decorativo es el que, em potrado en un hueco, tiene de fon ­ do un lienzo de agrada­ ble factu ra y co lo rid o , en el que aparece la San­ tísima V irgen hacien do entrega de la casulla a San Ildefonso. El lienzo y el m arco, de profusa talla dorada barroca, los encierra un cu erpo ar­ quitectónico de la mis­ ma época, labrado bella y finamente.

A rte e h istoria nos han brindado sus encan­ tos en la catedral, en la Estatua del obispo Galarza


vega. Ahí está el Alagón solemne, que una vez gastó a los caurienses una graciosa brom a, por la que se dijo que en Coria había un puente sin río y un río sin puente. Era cierto, porque después de construir uno, el A lagón se labró nuevo cauce, dejándolo en seco. H oy se ha remediado esto, ya que otro m oderno salva por distinto sitio el fluvial obstáculo; mas para testimoniar la brom a, ahí están los ojos, en tierra, del viejo puente que el río abandonara. Desde la terraza, en el tibio atardecer, se nos brinda el verdor de la vega y la trasparencia de las lejanías, b ajo un cielo en cuyo azul ríen los tonos rosa y m alva. El aroma que sube de la huerta se mezcla con el del incienso, que sale de la catedral. Las notas del órgano tienen un eco en el suave arrullo del Alagón. Este arrullo, el mismo que escucharan vetones, rom anos, bárbaros y agarenos, mezclado con luces y aromas, nos envuelve en el divino atardecer, com o una caricia de despedida.,.

El puente sin río Tríptico de principios del siglo x v i

que se guarda el citado mantel de la Sagrada Cena, im portantísim a reli­ quia que visitaron durante siglos millones de peregrinos y a la que se rindió un culto esplendoroso, que ahora renace de nuevo. Tras el recorrido del tem plo catedralicio salimos a la amplia terraza que llaman el Enlosado, a cuyos pies se tiende la serena quietud de la

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Puente moderno de Alconétar

VII LA HERENCIA DE ALCONÉTAR (GARROVILLAS)

El T ajo, ronco y caudaloso, entre angosturas en las que sus voces rebotan con ecos rom anceros, llega a Alconétar, para formar una cruz con la famosa vía de la Plata. A quí están los restos del antiguo puente rom ano y los modernos del ferrocarril y carretera, defendido tod o por la vieja torre de Floripes, que aún mantiene en pie su arrogancia pentagonal. A caballo sobre la gran arteria ibérica, por una y otra margen, se tiende la jurisdicción garrovillana. Castillos, encomiendas, infantazgos y señoríos, se salpican sobre el quebrado suelo pizarroso de secano de la herencia de A lconétar, h oy usufructo de Garrovillas. 1. — Arriba del Tajo. En ruta desde Coria al T ajo, atravesamos el enclave jurisdiccional garrovillano en la orilla derecha del río, en el que nada puede distraer­ nos de la atracción inmensa que ejerce E l Palancar, el más im portante

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y sim bólico rincón del h m c c I í n i i i o extremeño. Apena* reparamos en las localidades que se nos ofrecen al paso, aunque algunas tienen auténtico interés, destacando entre ellas Casas de Millán, que conserva en las cercanías un importante cam pam ento rom ano y guarda en su parro­ quia de San Nicolás un magnífico retablo con tablas pintadas por el placentino Diego Pérez de Cervera. Con prisa cruzamos por Acehuche, cabeza de encomienda de A lcán ­ tara, donde vem os una iglesia del siglo x v i; El A rco, que es el m unicipio más pequeño de Extrem adura, pues suma h oy 42 habitantes, pese a ostentar corona de duque sobre su nombre; Cañaveral, villa industriosa y próspera, que tiene parroquia de granito, gran producción de limas y fábricas de chocolate y caramelos, y Pedroso de Acín, cuna de varios partícipes en conquistas indianas, que se prestigia con la cercanía del monasterio de El Palancar. Este m onasterio, no la parte agregada en el siglo x v i i , sino el diminu­ to recinto prim itivo, fundado por San Pedro de Alcántara en la anterior centuria, es algo asombroso que no se puede ni concebir ni explicar. H ay que verlo para que su conjunto y detalle impresionantes nos hagan sentir una in d efin ib le y p ro ­ funda em oción ascética. A quí no existe arte, ni m onum entalidad, ni lógica, sino pobreza, pe­ nitencia y renunciación en unos grados que esca­ pan a las apreciacion es hum anas. E l claustro — al hablar del claustro de un monasterio vienen a la mente tantos am plí­ simos y suntuosos— re­ basa p o co en su p atio central el m etro cuadra­ d o. Unas v ig a s en los ángulos y una barandi­ lla de madera en la par­ te alta form an su estruc­ tura pobrísim a, escueta y diminuta. Las celdas, el refec­ torio, la capilla, la p or­ tería y la cocina están impregnados del mismo signo de pequeñez y re­ nunciación absoluta. El diminuto claustro de El Palancar

El monasterio de El Palancar

El paraje abrupto, de serranía, apto para lobos y otras alimañas, fue marco adecuado del rincón ascético que fundara el gran penitente, gloria cum bre de la mística extremeña, San Pedro de Alcántara. Sus com pañeros de orden franciscana le decían que aquí no era posible que arraigase una fundación. Para probarles que con la Gracia Divina se consigue todo, clavó en tierra el seco palo que le servía de báculo, diciéndoles que, aunque pareciera más difícil, tam bién éste podía arrai­ gar, si Dios lo deseaba. Del báculo b ro tó la higuera que aún se con ­ serva en la huerta, rodeada de una veneración tradicional, cerca del sitio en el que una cruz recuerda el lugar de las oraciones y penitencias del santo, con una peña próxim a, en la que dicen se sentaba y en la que, de manera real, a diferencia de todas las otras, no se cría nunca el musgo, com o si ello fuera un hom enaje de respeto a lo santificado con el con tacto del asceta. La celda del santo es un detalle que supera todo cuanto se pueda imaginar. Sobre un m etro de altura, otro de ancho y menos de fondo son sus dimensiones, no com pletas en la primera, porque el techo es inclinado, ya que ocupa el hueco de la pequeña escalera que sube al pobrísim o claustro alto. En esta celda, en la que, com o es lógico, no se puede estar ni de pie ni echado, lo único que hay y hubo siempre es una piedra, que servía de asiento, y un leño, em potrado en el muro, para apoyar la cabeza.

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tantcs que los árabes tuvieron en la ribera derecha del T a jo. Llamóse del Portillo, luego Portichuelo y al fin Portezuelo, todo por su emplaza­ m iento topográfico, al borde del corte por el que cruza el camino de Coria a Alconétar. Cabeza de una encomienda de Alcántara, el último maestre, don Juan de Zúñiga, reunió aquí Capítulo de la Orden en 1486. Las luchas de posteriores centurias y sus consiguientes devastaciones arruina­ ron este castillo, del que aún quedan en pie sus muros, su grandiosa si­ lueta, que pone en el paisaje, al recortarse sobre el horizonte, una pince­ lada de evocación histórica. 2. — A l sur del río.

Castillo de Portezuelo

Por desgracia, en el siglo x v i i se construyó un monasterio normal, con iglesia de buenas proporciones, claustro de columnas de granito y diversas dependencias, quedando incluido dentro el prim itivo, que por eso no tiene a la vista el exterior. De todas form as, lo interno, perfecta­ mente conservado, es un ejem plar posiblem ente único en el mundo. El viajero se aleja de este retiro ascético, llena el alma de evocacio­ nes místicas, recordando al gran santo reform ador de los franciscanos, que no dormía ni dos horas diarias, que escuchó consultas espirituales de Carlos V y que fue oído y admirado por la gran Santa Teresa de Jesús, la cual nos describe su físico aspecto, diciendo que parecía hecho de «raíces de árboles». * * * Seguimos el recorrido hasta el último punto garrovillano de T ajo arriba, hasta Portezuelo, villa y castillo, cu yo rem oto abolengo certifi­ can la cueva prehistórica llamada de la Columna y los restos de poblado en paraje cercano, en el que se encontraron objetos visigodos. El castillo, de planta en polígono irregular y oblongo, de triple muro y fábrica de m ampostería y argamasa, fue uno de los más im por-

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Lo que es despoblado de Alconétar fue pueblo próspero, nacido du­ rante los tiem pos de R om a, para vigilancia del cruce del T a jo, en su margen izquierda y en las inmediaciones de la confluencia con el Alm onte. Tendióse el puente, llamado luego Mantible, bajo el im perio de Trajano. Los abundantes restos y aras de esta civilización han hecho supo­ ner que fuera el emplazamiento de Túrmulus, mansión m encionada en el Itinerario de A ntonio. Con las piedras romanas, los árabes alzaron su castillo, al que dieron el nom bre de Al-conetara, que quiere decir, Los Puentes. Tras ser encomienda templaria — com prendidos en su jurisdicción Garrovillas, Talaván, H inojal, Cañaveral y Santiago del Campo— y señoríos de infantes, pasó a los Enríquez, condes de Alba de Liste. V íc­ timas de su estratégica situación, pueblo y puente se fueron arruinando Restos del puente romano de Alconétar


al correr de los siglos. Quedó en pie, del castillo, la airosa torre de sille­ ría que se denom ina torre de Floripes. La leyenda, siempre bella y fantaseadora, dice que Fierabrás, rey de Alejandría y émulo de Carlomagno, se enam oró de su propia hermana, la princesa Floripes, la cual estaba enamorada de Guido de B orgoña; que el moro trajo preso a Guido y a la flor y nata de la caballería andante al cas­ tillo de A lconétar, confiándolos a su alcaide, Brutam ontes; que Floripes se introdujo en la fortaleza, dio muerte al alcaide y puso en libertad a los pre­ sos; que Fierabrás los cercó con sus tropas y Carlomagno vino con las su­ yas, logrando vencer y dar muerte al infiel, con lo cual pudieron ya casarse el paladín y la princesa. Los campesinos cuentan que vagan por las ruinas del castillo las almas de Brutamontes y Fierabrás, sin faltar quien dice ha­ ber visto al amanecer del día de San Juan, flotando sobre el río, los barriles que tirara desde el puente el rey de Alejandría al considerarse perdido, en los que tenía guardado aquel fam oso bálsamo que lo sanaba todo. Como realidad, frente a la fantasía de la apasionante leyenda, ahí que­ da en pie, erguida sobre el ribazo pintoresco, la torre de Floripes. Por poco tiem po, pues el enorme embalse hidroeléctrico que se va a hacer ju n to a Alcántara inundará todo: los modernos puentes y los restos del rom ano, el castillo y los pequeños regadíos de las orillas, los tradicionales molinos y la reciente fábrica de electricidad. * * * El pueblo denomina al sector de Garrovillas al sur del T ajo y al este de la vía de la Plata, entre el citado río y el Alm onte, los Cuatro lugares. Como es lógico, lo forman cuatro pueblos, que parece com o si quisieran centrar el interés en uno solo de ellos, en M onroy. Los llanos de H inojal, los encinares de Santiago del Campo y la colina en que descansa Talaván, Castillo de Alconétar. Torre de Floripes

que tiene una estimable parroquia, no son sino reflejo de un vivir sen­ cillo y campesino, un p oco indolente, según reza este dictado tópico: «L os arrieros de Talaván, h oy aparejan y mañana se va n .» El sector se prestigia y cobra personalidad histórica en M onroy, el del arrogante castillo, cu yo solo nom bre es pregonero de las glorias de aquella poderosa estirpe. El ya m encionado sacerdote y gran personaje don Ñuño Pérez de M onroy, abad de Santander, tenía tierras y un cortijo, sin pueblo, en el lugar que ocupa la villa. H eredólo de él su hermano Hernán Pérez M onroy, tam bién m uy m etido en la corte, pues era copero m ayor de la reina doña María de Molina. En 1309 Fernando IV le dio privilegio para que pudiese poblar con cien vecinos su cortijo y construir un castillo. Las grandes enemistades de esta familia y las banderías de tiem po de Enrique IV depararon a villa y castillo días de heroísmo y de dolor. El señorío se hizo m arquesado en 1634. H oy es M onroy un pueblo que vive atento a las faenas del cam po, orgulloso de su parroquia de Santa Catalina — gótica y plateresca, de los siglos x v y x v i, con magnífico retablo que tiene pinturas de Pedro Iñigo y Alonso de Paredes— y de su bien conservado castillo, de sólidos muros de piedra pizarrosa y mortero, con sus tres torres grandes y dos pequeñas, sus almenas, sus barbacanas, su doble recinto, su hondo fo s o ..., con una prestancia que aún pregona los afanes de unos tiempos guerreros y las glorias de una estirpe poderosa y luchadora. 3. — El solar de los turmódigos. Apenas se cruza a la margen izquierda del T a jo, hay que desviar­ se al oeste de la carretera general para ir hasta la cercana Garrovillas, la heredera de la jurisdicción del viejo Alconétar. Tan solamente se en­ Castillo de Monroy


cuentran en este sec­ tor la cabeza del par­ tido y Navas del Ma­ d roñ o, que queda ya fuera del terreno piza­ rroso, en la veta gra­ nítica, cercana a la in­ fluencia de la histórica villa de Brozas, lo que se refleja en los blaso­ nes que ostentan algu­ nas casas. Navas es un p u eb lo de vida rural, que tien e el cu rioso detalle de la enorm e cantidad de chimeneas que destacan sobre sus tejados. Garrovillas descan­ sa sus cimientos en un bajo rodeado de cerros, en tierra escabrosa y de pizarra por la que pasaron las viejas civi­ lizaciones, lo que ates­ tiguan los dólmenes de las Eras del G arrote. Se dice que aquí tu vo su asiento la tribu cél­ tica de los turm ódigos, arrancando de tan leja­ nas edades la vida de Garrovillas. Portada de la parroquia de San Pedro la que luego parece fue modesta aldea denom i­ nada Garro y sujeta a la jurisdicción de Alconétar, hasta que la deca­ dencia y ruina de ésta, casi consumadas en el siglo X I I I , la convirtieron en heredera de su vecindario, de su primacía y de su título de villazgo, que unido al prim itivo nom bre, form ó el de Garrovillas. Igual que la vieja sede, fue señorío de infantes, recayendo después en la casa de Alba de Liste, cuyos escudos tim bran los m onum entos, en detalles tan encan­ tadores com o la gótica portada lateral de la parroquia de San Pedro. En latitudes indianas actuaron com o paladines o misioneros num e­ rosos garrovillanos, tales com o Pedro de Ávila, Gonzalo Hurones, A lon ­ so Durán y fray Pedro de las Garrovillas, en M éjico; Alonso de Mendoza y Francisco Rodríguez, en el Perú; Benito H urtado, en Panamá v Ni-

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caragua, y Juan Dávalos, en Chile.

La fisonomía de Ga­ rrovillas no está exenta de bellos matices, por­ que su plaza, circu n ­ dada de casas con so­ portales, es un encanto de person alidad y ti­ pism o, que aún sirve de marco a las clásicas capeas. Otras viejas y curiosas costumbres se van p e rd ie n d o ; entre ellas, la más original, la de las « llo r o n a s » , m u jeres co n tra ta d a s para llorar a gritos en los entierros. En calles y plazue­ las ponen su nota m o­ numental diversos edi­ ficios, sin faltarle las hidalgas casas, con bla­ sones — que recuerdan los lin a jes de Sande, G randa o T in o co de Castilla— , el extrem e­ ño m otivo arquitectóni­ co del balcón de esqui­ na y las chimeneas traR etablo m ayor de la parroquia de Santa María tadas artísticam en te. En la parroquia de Santa María, construida entre 1494 y 1520, sobre planos del maestro placentino Francisco González, se mezclan los deta­ lles góticos — puros en la portada principal, obra de Gonzalo de la Vega con otros del R enacim iento, form ando agradable con jun to. Su interior, de una nave y bóvedas de crucería de m uy m ovidas líneas, se avalora con retablo tallado, de gran empaque y traza clásica, obra del siglo x v n . Tres conventos se alzaron en Garrovillas, dos de religiosas y uno de frailes; los primeros fundación del siglo X V I . Uno de ellos, que estuvo dedicado a Santa Isabel, ha desaparecido. El otro es de monjas jerónimas y se conserva con la advocación de Nuestra Señora de la Salud. En su iglesia hay fino y recargado retablo barroco. El centro de él lo

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ocupa una curiosa ima­ gen de la V irgen , que tiene el N iñ o Jesús dentro del cuerpo ma­ tern o, v isib le por un cristal. E l co n v e n to fra n ­ ciscano de San Antonio fundóse en tiem po de los Reyes Católicos. En su herm osa iglesia se enterraron los condes de Alba de Liste, con estatuas orantes sobre sus sep u lcros. El en­ canto de la contem [da­ ción del bello edificio se trunca por el dolor del deterioro, del que ni siquiera se salvan la iglesia y el espléndido y señorial patio. Como com pendio de la fe garrovillana, fuera de la villa, la ermita de la p atron a, la Virgen que ostenta el hermoso título de N uestra Se­ ñora de Altagracia, nos muestra un rincón re­ m oto de fervor mariano, en el que desde los albores de la R econ Interior de la parroquia de San Pedro quista rindióse culto a Santa María. El m onum ento más im portante de la localidad es la parroquia de San Pedro, toda de sillería, de estilo gótico, alta y amplia. La hermosa torre, adornada con escudos, denota ser una reconstrucción posterior. De más interés que la portada principal, de arco ligeramente apuntado, es la de la Epístola, una de las partes más antiguas que se conservan del prim itivo tem plo del siglo x v . Sobre ella, según indicamos, campean los escudos del señorío, con el de la Virgen en m edio. En el interior de tres airosas naves de desigual altura, el interés lo centra lo arquitectónico, que es auténticamente monumental; de los retablos, tan sólo merece mención el m ayor, de estilo plateresco.

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Se venera en esta iglesia un calvario de magnífica talla, presidido por el Cristo de las Injurias, cuya denom inación le viene de las profa­ naciones perpetradas en Él por unos ju díos en el siglo x v . Termina con la anterior nota el recorrido de un territorio que tiene los matices guerreros de las fortalezas, los viejos recuerdos de A lcónetar, las construcciones monumentales de la cabeza del partido y , sobre tod o, la evocación inolvidable de El Palancar, reliquia de primer orden, sím bolo del ascetism o en Extrem adura, que en un paisaje agreste y bello guarda las más puras esencias de la pobreza, la penitencia y la santidad. A l despedirnos de Garrovillas volvem os a pasar por su plaza de soportales, el rincón delicioso de am biente típico y tradicional. Luego, en las afueras, la villa nos despide con el frescor que llega de los modernos pequeños regadíos de A lconétar y con el ruido de las turbinas de la cen­ tral hidroeléctrica, m ovida por la fuerza del histórico T a jo, que nos suena a porvenir y nos parece la rúbrica del h oy, sobre el ayer que empezó a germinar con los casi míticos turm ódigos...

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Plaza M ayor de Garrovillas

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Patio de la casa de Barrantes

VIII UN PUENTE Y UNA CRUZ (ALCÁNTARA)

El nom bre de Alcántara es uno de los grandes sím bolos de E xtrem a­ dura. El puente y la cruz de la Orden se han hecho emblemas regionales, con los que únicamente puede com petir en valor representativo Guada­ lupe, si bien éste se basa en la Fe y aquéllos en la Historia. Ni Mérida, con toda su significación definitiva; ni B adajoz, Cáceres o Trujillo, con su valer y peso, superior en muchas facetas a Alcántara, han pasado a este terreno de la representación sim bólica que ostentan la sede de la Orden y el tem plo de la Virgen extremeña. Vam os, pues, a entrar en las tierras de uno de los grandes símbolos de Extrem adura, en el maestrazgo de Alcántara, que sigue viviendo en torno a la realidad de un puente y al recuerdo de una cruz.

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1. — Tierras del maestrazgo. Arrancando la vida histórica de estas tierras de un puente sobre el T ajo, es lógico que la jurisdicción se tienda a un lado y otro del río. La parte baja, que tiene al Oeste el territorio valenciano, queda rela­ tivamente alejada de Portugal; pero la alta resulta fronteriza, com o consecuencia del retroceso hacia España, en esta parte, de la línea di­ visoria. La jurisdicción entera es de perpetuo y absoluto secano, asen­ tando en ella pueblos que en la m ayoría de los casos recibieron de A lcán­ tara, más que la proyección monumental, los matices típicos, que se reflejan en los patios con sabor de casa labradora, que tienen su m odelo en el alcantarino de los Barrantes. Al sur del T a jo están Villa del R ey y Mata de Alcántara, ambos en los llanos ondulados, m uy semejantes en su sencillez, si bien éste se adorna con su parroquia de Santa María de Gracia, hermosa fábrica de sillería del siglo x v i. Las dos localidades fueron, com o todos estos terri­ torios, pertenencias de la Orden. Junto a Villa del R ey hubo dos enco­ miendas: la de Belvís y Navarra, de cuyo castillo resta un único paredón al borde de la carrete­ ra, y la de la Cabeza del Esparragal, ruino­ sa tam bién su fortale­ za. Mata tu v o en las in m ediacion es un de­ s a p a re cid o ca stillo y conserva en su térm i­ no el edificio llamado la Freirá, tam bién de la Orden, sólida casafu erte, a dorn a d a con esculturas y azulejos.

Situ án donos en el m onumental puente de A lcántara, arrancamos hacia el N orte, en don­ de son cuatro las locali­ dades a visitar: E stor­ ninos, Piedras A lbas, C ecla v ín y Z arza la M ayor. La primera es una pequeña aldea; la segunda, un paso fronOrfebrería de Ceclavín

terizo, que fue cabeza de encom ienda, tu vo castillo, asienta en una altu­ ra y nos trae a la memoria sus típicas canciones, que dieron pie al autor de Luisa Fernanda para colocar aquí unos cuadros de su zarzuela. Dentro de Piedras Albas vem os su parroquia, con la poco com ún advocación de Nuestra Señora de la Rom ana; fuera, en un paisáje duro y m ovido, de encinas y pinos, cuevas prehistóricas, dólmenes, sepulturas abiertas en roca y otros megalitos. Ceclavín es una villa industriosa, que fue tam bién cabeza de enco­ mienda y se supone de origen rom ano, haciéndose arrancar su etim olo­ gía de Celia — bodega— y Vinaria — v in o— , cosa falsa, pues procede de la palabra árabe Siglavin: cam pam ento de esclavos. Los no m uy leja ­ nos y curiosísimos restos del castillo de Lucillos son el testim onio de su florecim iento prehistórico. En la villa visitam os las bodegas de vino y almazaras de aceite, las alfarerías, los talleres de los orfebres, las fábricas de ja bón , cera, chocolate, aguardiente y caramelos. Entre todo ello, lo que más cauti­ va son las clásicas filigranas de oro, plata y esmalte que han hecho fam oso el arte tradicional de los oribes de Ceclavín. T ie n e in t e r é s su plaza cuadrada, con la sólida torre del R eloj; su convento de Santa C lara, fu n d a d o en el siglo X V ; su gótica pa­ rroquia de Santa María del Olm o, rodeada de atrio, de una nave, con tres puertas y retablo en el que lucen catorce lienzos de matices re­ nacentistas, y el pala­ cio de la Encom ienda. E n la e rm ita de N u e stra S e ñ o ra del E n cinar se venera a esta Virgen patrona, a Nuestra Señora de Cop acaban a y al Cristo de la Encina, imagen la ú ltim a ligada a la familia del ceclavinero don José Sánchez Bustam ante y a la conver­ sión de un joven e indó­ m ito indio en el Perú. Castillo de Peñafiel


No lejos de la villa, en la parte más abrup­ ta, se encuentra el lla­ mado Desierto de San Pablo, en el que a prin­ cipios del siglo x v i hi­ cieron penitencia unos erm itaños, que vivían cada uno en su peque­ ña casuca. Z a rz a la M a y o r, priorato de Alcántara, frente a Portugal, tuvo su tradición laboriosa en industria tan fina com o la de la seda. Su vid a estu vo ligada a las encom iendas, sien­ do una de ellas la de Benavente, en la que hubo varias fortalezas de origen árabe, hoy desaparecidas. El más im portante m onum en­ to de su territorio es el gran d ioso ca stillo de Peñafiel, cabeza de en co m ie n d a , que los árabes d en om in a ron Racha-R achel, p o r la enorme roca que le sir­ ve de cim iento. Se alza Alcántara. Puerta de la muralla en la fro n te ra portu­ guesa, al borde de la divisoria que marca el Eljas. Los destrozos sufridos no le han hecho per­ der su arrogancia impresionante. Con su torre del hom enaje, sus mura­ llas, sus defensas y su portada, sigue firme sobre la roca, en lo alto, frente a Portugal, que se tiende a sus plantas. 2. — La sede maestral. Cuando los romanos construyeron el grandioso puente sobre el T ajo, no existía, ni existió luego, población alguna en este lugar. Fueron los árabes los que alzaron murada villa y fuerte castillo, tom ando para ellos denom inación del impar m onum ento, pues los llamaron Al-Kantara

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a f S aif: El Puente de la Espada. Perdido más tarde el aditam ento, quedó para siempre la castellanización, que es h oy sím bolo en E xtrem a­ dura: Alcántara. E l castillo y la villa, que aún conserva de sus murallas una reform ada puerta, situados en lo alto de la honda quebradura del ribero, con pasos sobre el río asegurado por el puente, tuvieron desde su nacim iento una enorme categoría estratégica. A lfonso V III fue el primero en venir a rescatarlos, tarea rem atada por A lfonso I X en 1213. Dióse entonces a los caballeros de Calatrava; pero com o no pudieran atender debidam ente a su defensa por estar la plaza alejada de las bases de su milicia, la cedie­ ron a la Orden de San Julián del Pereiro, nacida en tierras portuguesas, la cual se posesionó de su nueva sede en 1219, cam biando su nombre por el de Orden de Alcántara. El verde peral, emblema prim itivo, trocóse después en la flordelisada cruz verde que con el puente com parte la representación sim bólica de Extrem adura. La im portancia com o plaza fuerte de Alcántara y la excepcional que le dio el ser sede del maestrazgo, hicieron que se desarrollaran aquí numerosos sucesos. La historia extrem eña, tan ligada a la milicia alcantarina, tu v o en muchos m o m e n to s a este ba­ lu a rte por eje de sus torbellinos. En 1479 se e n tre v ista ro n aquí la rein a d oñ a Isa b e l la Católica y su tía, la in­ fanta doña Beatriz de Portugal, para acordar las paces entre ambos reinos. En las guerras con los portugueses, en la de la Independencia y aun en la carlista, ju g ó papel destacado.

G loria legítim a y e x c e p c io n a l de esta villa es el haber sido cuna de San Pedro de Alcántara, figura cum ­ bre del ascetism o ex­ trem eño. Los alcantarinos dedicaron al san­ to un tem plo, cerca de Iglesia de San Pedro de Alcántara


las m urallas. Se dice que fue esta iglesia la m ás a n tig u a p a r r o ­ quia, fundada por A l­ fonso I X en 1214; pero de haber sido así, de­ sapareció la prim itiva, ya que la actual data ín tegra m en te del si­ glo x v n , centuria en la que fue canonizado San P e d ro . P or o tro lado aseguran que una capilla con retablo ba­ rroco y curioso grupo escu ltórico de la Pie­ dad, situada en el lado del E v a n g e lio , ocu pa el lugar exacto en que nació el santo. Según esto, fue la habitación de una casa, la de los padres del asceta, que en memoria de él con ­ virtióse en tem plo. Una portada de si­ llería de gu sto herreriano, con la im agen del santo en una hor­ nacina, da acceso a la pequeña y nada artís­ tica iglesia, de una sola nave. rincón de Alcántara

Alcántara m andó a Indias numerosos paladines, tales com o Garci Fernández Barrantes, A lonso Campofrío, A ntonio Villarroel, A ntonio Garabito y Diego López de Salcedo, gobernador de Honduras. Desde don Suero Fernández, que fundara la Orden ju n to al Coa en 1156, hasta don Juan de Zúñiga, que renuncia al maestrazgo a favor de los Reyes Católicos en 1495, suman treinta y ocho los que rigieran la milicia desde la máxima dignidad, si bien los cuatro primeros de la lista no tuvieron aquí su sede, com enzando el maestrazgo auténtico de Alcántara con don García Sánchez, primero que usó el título con la nueva denom inación.

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En el alto está la villa, con sus monumentos y sus típicos rincones; abajo, el puente. Son dos mitades de un tod o indivisible que, sin embargo, no se ven, porque el quebrado ribero pizarroso lo impide y porque media alguna distancia. No se ve siquiera la villa, cuando se camina hacia ella por la carretera de Brozas, ya que, pese a ocupar una altura, la superan otras, que suben a rematar la profunda zanja del T ajo. Lo visible a la derecha, durante el avance, es la ermita de la vieja y venerada patrona, Nuestra Señora de los H itos. *

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Es indescriptible la impresión que produce el puente, m onum ento sin par en el m undo entre los de su género y época, cuya grandiosidad apenas somos capaces de com prender. Esta inmensa mole de sillares graníticos, que cabalga sobre el cauce apretado del río, fue concluida entre los años 105 y 106 de nuestra Era. Se hizo a expensas de once municipios de Lusitania, b ajo la dirección de Cayo Julio Lacer, reinando Trajano. Seis arcos, sobre cinco enormes pilares con tajam ar, form an su es­ tructura, rematada con un arco de Triunfo. Su altura, desde el fondo hasta la cima de este adorno, es de 71 m etros; su longitud, de 194. Silla­ res y dovelas de labra perfecta fueron asentados en seco, en un impresio­ nante alarde arquitectónico, que sigue desafiando a los siglos. Desde el siglo x m para acá fue varias veces cortado en las guerras uno de los arcos y reconstruido luego. En la última restauración, en el x ix , se ta ­ paron las juntas de las piedras. El puente rom ano de Alcántara


I El asombro que cautín contemplar el puente desde arriba, siendo inmenso, no es comparable al que produce visto desde abajo, desde la orilla del río. Pilares y arcos se alzan al espacio con arrogancia y firmeza inverosímiles, creando en el que lo contempla el doble complejo de la pequeñez y de la grandeza humana, porque se siente insignificante junto a aquella mole de piedra y orgulloso al pensar que es obra de los hombres. El arco de Triunfo ostenta el escudo del águila bicéfala, colocada aquí en tiempo de Carlos V, y lápidas de mármol, relativas a la erección y restauraciones. Al lado izquierdo del puente, como parte complementaria de él, hay un pequeño templo, que estuvo dedicado al divino César. Es de labrado granito, incluso la techumbre, y fue construido para adoratorio de los caminantes. Sobre la puerta que se abre entre columnas toscanas, bajo frontón, una gran lápida de mármol reproduce la inscripción primitiva. Por encima del puente, en el cauce del río, se va a construir el em­ balse hidroeléctrico más importante de Europa, cuya cola tendrá una longitud de 200 kilómetros. *

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La villa de Alcántara palpita aún llena de encantos, aunque éstos se maticen a veces por la decrepitud de la ruina. Tal sucede, en grado mayor, con la casi desaparecida muralla árabe, que aún nos da acceso al casco urbano por la indicada puerta, y con el castillo, del que apenas restan unos vestigios de muros. Tem plo rom ano, ju nto al puente de Alcántara

Casas blasonadas se salpican en las calles y plazas evocadoras: la de los Barcos, de sillería, próxim a a la puerta principal de la muralla; la de los Topetes con inmensas dovelas en lia portada; la de los marqueses de Torreorgaz, con ventana de esquina; la de los Roco-C am pofrío, m o­ numental e inconcluida; la de los Barrantes-M aldonado, cerca de Santa María de A lm ocobar, solar de la familia de San Pedro de Alcántara, con un gracioso patio que llenara de lápidas el historiador Pedro Barran­ tes, hermano del santo... Escudos y más escudos nos hablan de aquellos nobles linajes y de los Aldanas, de los E scobar, de los Calderón, de los Flores, de los R o l... El tem plo arcipreslal de Santa María de A lm ocobar, cuya denom i­ nación tiene sabor arábigo, alzóse en el sitio que ocupaba la mezquita. La parte románica fue construida por el maestre don Garci Fernández, electo en 1254, que recibió sepultura en el templo. De esta época es la fachada principal, de sillería, con puerta y dos ventanas adornadas con archivoltas, arquillos, festones, capiteles de hojas y columnas cilindricas. El resto de la iglesia, de una sola nave, procede de la reforma del siglo x v i y conserva varios retablos barrocos y uno gótico, en el lado del E vange­ lio. El suelo está cubierto de losas sepulcrales, figurando entre ellas la de la madre del santo alcantarino, fallecida en 1544, y la del maestre don Martín Yáñez de la Barbuda, m uerto en lucha con los moros en los cam pos de Granada en 1394. En la sacristía, procedente todo de la iglesia conventual de San B e­ nito, se guarda el magnífico sepulcro de alabastro, con estatua yacente, Portada de la parroquia de Santa María de Alm ocobar


del com endador de Piedrabuena, don Antonio Bravo de Jerez, y cin­ co ta blas del D iv in o M orales, en las que aparecen la V irgen y el N iño, la R esu rrec­ ción, San Juan Bautis­ ta, la Transfiguración y San Pablo.

Deleite y dolor in­ mensos depara la con ­ te m p la ció n del c o n ­ vento e iglesia de San Benito, casa matriz de la fam osa O rden, en los que el arte se entre­ ga en los b ra zos del más d eplorable aban­ dono. Es ésta la indig­ nante obra destructora de la Desam ortización, de aquellas leyes, tor­ p e m e n te e n fo c a d a s , que, al p rivar de bie­ nes a la Iglesia y a las Órdenes militares y re­ ligiosas, dieron lugar al abandono y pérdida de Sepulcro del com endador Bravo de Jerez inm ensos tesoros ar­ tísticos. Si lo que aún queda en pie en San Benito es suficiente para asombrarnos, hay que pen­ sar lo que sería intacto un m onum ento con el que los beligerantes de todos los tiempos fueron más respetuosos que el legislador. La iglesia conventual es una esbeltísima fábrica de sillería, con tres ábsides, adornada, por fuera y las tres naves del interior, con escudos nobiliarios, cruces de la Orden y águilas de Carlos V. Esbeltas columnas sustentan las bellísimas bóvedas de crucería. Por los muros corren guir­ naldas del más depurado estilo plateresco. En este tem plo, h oy sin culto, hubo hermosos retablos con pinturas de Morales. Las dos capillas de los lados de la cabecera son los enterramientos del com endador Santillán, en la parte del Evangelio, y del gobernador de

las Indias y com enda­ dor m ayor, frey N ico­ lás de Ovando, en la de la Epístola. Granito y alabastro com piten en la herm osísim a orn a­ m entación de los bla­ sonados sepulcros, cu­ yas pertenencias acla­ ran unos letreros que corren en lo alto, por b ajo de las bóvedas. La capilla de Bra­ vo de Jerez, abierta en un lateral, en la parte de la Epístola, conser­ va aún su reja y ador­ nos p é tre o s; p ero ha perdido su central se­ pulcro, trasladado a la sacristía de la parro­ quia, según dijimos.Una plateresca p or­ ta d a d aba a cceso al cla u stro y otra a la s a c ris tía , de la q ue arranca un espléndido e je m p la r de escalera de ca ra col para subir a la techum bre. Durante el reinado de los Reyes Católicos se acordó la construcInterior de la iglesia conventual de San Benito ción de esta iglesia, prolongándose las obras más allá de los tiempos de Carlos V, cuyas armas resaltan a los lados del altar m ayor. El principal arquitecto que intervi­ no en esta fábrica goticorrenacentista fue Pedro de Ibarra. El convento adjunto es un edificio amplio y sólido, con una actual fachada reciente y sin carácter, porque las principales eran las de los lados Este y Sur, bellísimas y ruinosas. Dan estas dos fachadas a la que fue huerta. Las águilas imperiales, que timbran sus muros, denotan la fecha de construcción. Eran de tres pisos de galerías abiertas, con colum ­ nas de orden jón ico, de arcos rebajados en el inferior, de medio punto en el principal y con dinteles en el segundo, form ando tod o ello un m o­ delo interesante, bello y rico, de la primera época del Renacim iento.

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En los ángulos de esta airosa construcción se alzan dos cilin d rica s torres de sillares, divi­ didas por molduras en los tres cuerpos corres­ p on d ien tes a las tres galerías de las facha­ das. O sten tan en lo alto el escudo imperial, prim orosam ente ejecu­ tado, y rematan en pi­ náculos, g ó tico florenzado el de una, y del Renacim iento el de la otra, con finos adornos. La m ayor parte de estas galerías están hoy ruinosas, entre ellas las que daban acceso a las celdas, a los aposentos del prior, a los de la ser­ vidum bre, a la audien­ cia, a la cárcel eclesiás­ tica, al refectorio, a la h osped ería y a otras dependencias. En el interior del edificio — h oy vivienda de varias fa m ilia s— aún se abre el claustro gótico, con rebajadas Exterior del conventual de San Benito b óved a s de crucería, en cuyas claves resal­ tan escudos y emblemas de los Reyes Católicos. Es de dos plantas, más sencilla la superior. Los arcos de la baja se elevan desde las basas perfila­ dos por molduras que siguen el medio punto, sin que las interrumpan capi­ teles. En un ángulo hay un altar con retablo plateresco, labrado en grani­ to; en el suelo se multiplican las blasonadas losas sepulcrales, entre las que el viajero Ponz vio la de Marcelo de N ebrija, hijo del famoso gram ático. Desde el claustro, por una cuadrada cámara, se pasa al refectorio, que aún conserva algunos azulejos y olambrillas, y que ofrece la curiosidad de que su bóveda es, 110 ya rebajada, sino plana, estilo del que se hicie­ ron algunas en el siglo x v i. El efecto que produce es tan impresionante, que justifica la anécdota recogida por el cronista Torres Tapia, el cual

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dice que cuando Feli­ pe I I e n tró e n cim a del refectorio, dispuso que no pasara mucha gente, por tem or a que se p udiese hun dir la bóveda. Aún hay en el edi­ ficio con v en tu a l otro pequeño patio in tere­ sante; el resto está des­ figurado, sin carácter alguno. Con la pena y em o­ ción de San Benito nos da su adiós el m aes­ tra z g o , esta villa de Alcántara, entre cuyos m uros duerm e el re­ cu e rd o h e ro ico de su O rden , al arrullo del h o n d o y c a u d a 1o s o T ajo, <jue arrastra sus aguas b a jo la re c ie ­ dum bre asombrosa del p u en te rom an o más gran dioso del m undo. 3 .— La encomienda mayor. A l c o n tr a r io que sucede con Alcántara, que no se divisa hasta estar en ella, la villa de Brozas, encomienda m ayor de la Orden, destaca a lo lejos, sobre el abierto paisaje, elevada en la eminencia de granito prim itivo que le sirve de asiento. Su bella silueta semeja un navio an­ clado en el seco mar de pardas tierras onduladas, con torres por másti­ les: a proa, el castillo y Santa María; a popa, la parroquia de los Márti­ res. Su amplio término es hoy uno de los que recibe en más cantidad el ganado trashumante, a causa de los finos pastos de sus dehesas. Sobre los posibles orígenes célticos o rom anos sólo cabe afirmar la existencia de abundantes restos de tales períodos en las inmediaciones, principalmente en la dehesa Las Pueblas, de donde procede la protohistórica y pizarrosa lápida funeraria de guerrero que se conserva en

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el museo de Cáceres. Ello elimina el que el prim itivo núcleo fuera la Arábriga céltica, situada en la más lejana encomienda de Arava. Para seguir el hilo histórico aún tenemos los dos capiteles visigodos que sirven de pila de agua bendita en la iglesia de Santa Ma­ ría, restos indudables de un m onum ento, sin duda de una basílica. No es posible afirmar si se llamó Tangábriga o M apepelia, cosa que nos parece im probable. A raí/, de la R econquista, Brozas era una pequeña aldea, dependiente de la milicia al­ cantarilla e incluida en la encomienda m ayor de la Orden, de la que su creciente prosperi­ dad la hizo pronto cabeza. Aunque los epi­ sodios guerreros salpican su historia, tiene otros más altos m otivos de orgullo. Es uno el arrancar de aquí el gran período de apoteo­ sis extrem eña, ya que aquí nació el que con ­ dujo a las Indias a aquellos dioses que na­ cían en Extrem adura, frey Nicolás de O van­ do, porque si el temple y resistencia de los extremeños, su espíritu aventurero y audaz, fueron los puntales de la gesta, era preciso que alguien abriese de par en par las puertas

Palacio de los condes de Sorrondeguí

de Extrem adura frente a los mares, que se die­ ra la causa ocasional. Otro tim bre de glo­ ria es el h aber n a ci­ do aquí el in m orta l Brozas. Capitel visigodo, que sirve de pila de agua bendita en la parroquia de Santa María

Francisco Sánchez de las Brozas, el Brócense, el humanista insigne, al que Cervantes dedicara la conocida laudatoria octava en La Calatea: Aunque el ingenio y elegancia vuestra, Francisco Sánchez, se me concediera, por torpe me juzgara y poco diestra, si a querer alabaros me pusiera.

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del rielo i'inint y itiac*tra tiene que Her la que por la carrera de vuestras ala lianza» se dilate, que hacerlo humana lengua es disparate.

Cuna de ilustres varones, solar de nobleza de primer orden, Brozas nos recibe con la ofrenda de sus casonas y palacios, de sus iglesias, de su inmenso castillo... Por sus plazas y calles vamos encontrando la hermosa lachada de sillería del palacio de los Bravos, condes de la E nci­ na — hoy de los condes de Sorrondeguí—-; la puerta en chaflán del de los A rgüellos, condes de la Torre del Fresno; la piedra armera que in d ic a el lu g a r que ocupó el de los FloresM ontenegro, vizcondes de Peñaparda de F lo­ res; las ventanas y bal­ cones cerrados con for­ ja da s rejas del de los Paredes y Arces, mar­ queses del R ein o; los b arrocos escudos del de los Mendoza-Escalante — hoy de los F lo­ res de Lizaur— ... La prestancia externa tie­ ne en muchos de ellos el interno com plem en­ to de los patios de co ­ lum nas, al igual que en las casonas solarie­ gas de las varias líneas de los F lores, de los O riv e-S a la zar, de los E scobar, de Francisco de Lizaur, que perdie­ ra las cadenas, símbolo del derecho de asilo... En la de los Tejadas y en la de los GutiérrezFlores juega el extre­ meño m otivo arquitec­ tó n ico del b a lcó n de Escudo de esquina del palacio de los condes de Canilleros

esquina. Ksquinado es, no el halcón, sino el escudo, monumental y bajo calada corona, del palacio de los Porrcs-M ontem ayor, condes de Canilleros. El tiem po, que ha ido aventando los linajes desde sus solares a las urbes populosas, no tuvo éxito total en su tarea en estas mansiones brocenses, porque si unas quedaron abandonadas en manos de com pra­ dores extraños a las estirpes constructoras, otras siguen tenidas con todo su rango señorial, con muebles, cuadros y reposteros heráldicos en sus artesonados salones, y con un espíritu de amor a la tradición y a la tierra en los nobles que las habitan. La Desam ortización trajo el abandono de los tres monasterios de Brozas: el franciscano de la Luz, extram uros, y los de las monjas de los Remedios y com endadoras de Alcántara, llamado éste el de las Caballe­ ras, porque, al igual que los caballeros de la Orden, para ingresar era preciso que las damas probasen la nobleza de sus apellidos. La parroquia de Santa María, declarada m onum ento nacional, es una espléndida fábrica gótica del siglo x v i, con mezcla de gusto del R enaci­ miento, toda de sillería de granito. Cautiva el exterior del tem plo, por su esbelta torre, por sus blasonados m uros, por sus estribos, que deno­ tan la construcción o ji­ val; por sus sen cillas p o rta d a s laterales y por la principal, en la que lo gótico y lo pla­ teresco se enlazan en una ornamentación fina y b e llísim a . Se abre esta puerta entre dos pin á cu los resa lta d os, en arco de m edio pun­ to , b a jo una faja de flo r o n e s c o m p r e n d i­ dos en círculos. En los adornos de una de las a r c h iv o lta s re s a lta n figuras de ángeles con los atributos de la Pa­ sión de Cristo. Sobre este primer cuerpo bajo de la portada se eleva un ventanal del Rena­ cim iento, en cu adrado por pilastras, con m e­ dallones de San Pedro Portada principal de la parroquia de Santa María


y San Pablo en las enjutas y el jarrón de azucenas de la V irgen por a crotera s. Rematan la decoración la imagen de Nuestra Señora, en labrada hornacina, y la figura del Padre E tern o. En las pilastras que en­ cuadran dicha hornacina está grabada esta fech a: «A ñ o 1567.» El encanto del exterior del tem plo se com plem enta con el del interior de tres naves de igual altura, que sorprende por su elevación y por las esbeltas columnas que se abren com o palm e­ ras en los nervios de las b ó ­ vedas de crucería, form an­ do un conjunto gallardo y lin d ísim o . Con razón se dice que esta iglesia es el m ejor tem p lo p a rroq u ia l de la d iócesis de C oriaCáceres. Por lo que to ca a la historia de esta herm osa fábrica, se sabe que traba­ jaron en ella Juan de ViInterior de la parroquia de Santa María liante, el cantero Francisco Hernández y el arquitecto brócense A lonso González, que fue el que hizo los planos de la sacristía, de la bóveda del coro y de las capillas de los B ravos y los Flores. Escudos de Ulloa, de Paredes, de Orive y de Salazar tim bran los arcos sepulcrales de los muros de la iglesia, en los que tam bién se abren las aludidas capillas-enterramientos de los Bravos, condes de la Encina, y del caballero alcantarino don Gonzalo Gutiérrez Flores, con marmórea estatua yacente. Completan los detalles del magnífico conjunto el reba­ ja do arco del coro, las dos referidas piletas visigóticas, imágenes de mérito, el retablo m ayor, barroco, del siglo X V I I I , sin dorar, y las dos palomillas de igual centuria, forjadas por el artista local Cayetano Polo. El aludido retablo m ayor barroco, que sustituyó a uno anterior pla­ teresco, es de grandes proporciones, pues cubre por entero el ábside y su bóveda. Sobre zócalo de grandes ménsulas, descansan las columnas

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corintias del cuerpo principal, en cu yo centro se abre el camarín de Ja Virgen, y a cuyos lados resaltan hermosas imágenes en talla. Profusión de matices ornamentales cubren columnas, ménsulas y espacios, com p o­ niendo un conjunto rico y de buen gusto, que si no llega a tener la cate­ goría artística del tem plo, no desdice tam poco del espléndido edificio. La parroquia de los Mártires se alzó sobre la antigua ermita de San Fabián y San Sebastián, por acuerdo de tiem po de los Reyes Católicos; pero su trazado gótico, de sillería y de una nave, quedó truncado antes de llegar a la fachada principal. En su interior tiene los blasonados arcos de enterram iento de los Flores de Lizaur y las capillas de los condes de Canilleros y los de la Torre del Fresno, aquélla con severa arca de piedra y ésta con la escultura del patrón de la villa, el Cristo de la E xpiración, buena talla del siglo x v n , venerada con enorme fervor por los brocenses. El castillo sigue dando la impresión de amplitud y solidez, pese a las lamentables reformas que lo desfiguran y de las que se salvan alguna torre y la barbacana de cubos cilindricos. * * * Este Brozas m onum ental y evocador, que hemos recorrido, tu vo una tradicional costum bre famosísima: la del toro de San Marcos. Una res, designada al azar en la vacada, era traída suelta a la villa por el m a y o rd o m o y cofra d es, en las fiestas del santo. El animal, manso com o un cordero, iba con ellos a pedir limosna por las ca­ lles, entraba en casas y conven­ tos, asistía en la erm ita a los divinos oficios y acom pañaba la procesión, m archándose luego al cam po. En el siglo x v i, com o se co ­ mentara que la práctica tenía re­ miniscencias paganas, la autori­ dad eclesiástica la prohibió bajo pena de excom unión. O bedecie­ ron los cofrades y nadie fue a buscar el toro; pero llegada la hora de la procesión y misa, pre­ sentóse uno que, com o los demás años, estuvo en todos los actos, tom á n dose de ello in fo rm a cio ­ nes, por lo que la costum bre v o l­ vió a ser autorizada. Entre los m uchos testim onios que avalan Detalle del retablo mayor de la iglesia de Santa María


la veracidad de estos he­ ch os, tenem os el del cro­ nista franciscano fray Juan de la Trinidad: « Y o lo he visto — dice— subir al dor­ m itorio y claustro alto del con vento (de la Luz), y lo que más me a d m iró fue que subiese y bajara la es­ calera, por ser estrecha y agria... Cántase con solem ­ nidad la misa y se predica, y siempre está el toro con tanto sosiego cerca de las gradas del altar, que pro­ v o c a a suspensión y d e ­ voción. Nunca se trae un mismo toro... Caso extraor­ dinario, memorable, se ex­ perimenta en esta villa de las B roza s, cada año, de que y o también fui testigo de v ista .» ¿Cuándo cesó la tradi­ cional y curiosa práctica? Parece que fue suprimida en el siglo x v ii i y es indu­ dable que la ermita de San M arcos la arrasaron los franceses.

La im portancia de la ermita de San Gregorio no radica precisamente en tem plo ni imágenes, sino en las aguas medicinales que brotan al lado y tienen en torno a ellas un sencillo balneario, fam oso en la cura de afecciones de la piel y reumatismo. Con estos detalles concluim os nuestra visita al maestrazgo y la enco­ mienda m ayor, que nos ofrecieron en sus rutas un arte de suma calidad y unos recuerdos impregnados de las más puras esencias extremeñas. Concluimos en el hidalgo solar brócense, dedicando los últimos m o­ mentos a descubrir el lugar que ocupó la ermita ligada a la famosa tra­ dición del toro de San Marcos. En la infructuosa búsqueda de los restos de ella por los alrededores de la villa, nos sorprende la noche primaveral. Sobre la luna, la leve brisa hace correr unas tenues nubes. La silueta de Brozas se recorta b ajo la plata lunar, destacando com o su más alto mástil la torre de Santa María, clavada entre la estructura externa del hermoso tem plo. Ahora la villa es más que nunca un navio; pero el correr de las nubes nos da la sensación de que dejó de estar anclado y navega rum bo a Occidente, la cruz de Alcántara en sus velas, con Ovando por ca­ pitán, abriendo para toda Extrem adura el camino hacia los azules mares de islas y tiburones de los lejanos trópicos...

Entrada al castillo

A bundan en los campos brócense» las ermitas, cerca y lejos de la villa. De las próxim as, la de m ayor devoción, sin interés artístico, es la de Santa Lucía; entre las distantes merecen m ención la del Padre E ter­ no y la de San Gregorio. En la ermita del Padre Eterno, emplazada en un lugar pintoresco, entre frondosas encinas, lo arquitectónico carece de im portancia; pero la tiene la imagen que aquí se venera, que, además, es m uy poco con o­ cida, por el escaso número de personas que visitan este rincón. Se trata de un arcaico grupo escultórico de piedra policrom ada, en el que se re­ presenta a la Santísima Trinidad. El Padre aparece sentado, con el Espí­ ritu Santo en el pecho y sujetando con ambas manos un pequeño Cristo crucificado.

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Iglesia y torre de Santa María

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Pilas de corcho en los campos valencianos

IX

ENCOMIENDAS (VALENCIA DE ALCÁN TARA)

De manera absoluta la jurisdicción de Valencia de Alcántara estuvo sujeta a la Orden que da sobrenombre a la histórica villa fronteriza. Localidades y dehesas fueron encomiendas, com o lógica defensa de un territorio que es el más avanzado espolón que se clava en Portugal. Son éstos unos cam pos de secano, en los que los pueblos viven de la ganadería y el cultivo de cereales, con el com plem ento de abundantísima caza m ayor y menor, predom inando la sierra de San Pedro, que im pone en gran parte su paisaje de alcornoques y la producción de corcho. El corcho es una riqueza com arcana que vem os en abundancia en los cam pos. Por ser ésta una zona de frontera de fácil acceso, el arte no llegó a cuajar, barrido por las idas y venidas de ejércitos a lo largo de los si­ glos. Tan sólo la capital del distrito, amparada en su potencia de plaza fuerte, pudo tener y salvar algo; todos los demás pueblos no llegaron a subir nunca del nivel auténticamente campesino.

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1 .— Por los dominios de los comendadores. En la más avanzada punta de la cuña que se adentra en Portugal, en el ángulo entre T a jo y Sever, está Cedillo, que dependía de la encom ienda de Herrera de Alcántara, donde tuvieron los com endadores su palacio. Las gentes de este sector hablan un dialecto plagado de palabras portuguesas. El emplazamiento de Santiago de Carbajo no es tan fragoso com o el de Carbajo, que por estar en la vertiente este de la sierra de su nombre, le depara la originalidad de que en invierno deje de darle el sol a las dos y media de la tarde. Carga de mieses en los cam pos del partido

Los pueblos del oriente de la cabeza del partido, más alejados de la frontera, se sal­ pican de lleno en las ondulaciones y llanos en que declina en este sector la sierra de San Pedro, entre encomiendas — h oy corti­ jo s — más im portantes a veces que las lo ­ calidades. Tal sucede con M em brío, cuya insign ifican cia no puede com petir con la cercana Clavería, finca espléndida, con sun­ tuoso palacio y toda clase de dependen­ cias. Aunque fue ésta la encom ienda de los claveros, no queda rastro del viejo edificio, ya que el palacio es actual, de nuestro si­ glo, inaugurado en 1916. Lo alzó el propie­ tario, don A ntonio Garay, con planos del arquitecto D. M. Smith, sin obedecer a de­ term inado estilo arquitectónico, sino com o feliz ca p rich o, aunque con cierto aire de fortaleza. En esta residencia de grandes propor­ ciones se alojó varias veces el rey don Al-

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fonso X1JI cuando vino a cazar a este coto, uno de los mejores de Espa­ ña en caza m ayor y menor. El viajero que cruza Clavería por la carretera de Cáceres a Valencia de Alcántara se ve sorprendido casi siempre por las manadas de ciervos (|ue salen al paso, sin asustarse demasiado de los coches. Creemos que debe de tener pocos o ningún precedente en Europa este espectáculo de las reses salvajes en medio de una carretera de tránsito normal, con pueblos cercanos. *

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Y a hemos dicho al com ienzo del capítulo que en estas localidades no hay nada artístico conservado que ver. Más interesante es mirar al cam po, en el que nos deleitan las faenas agrícolas, com o la carga de carros de mieses, o las tareas ligadas a la aludida producción corchera. Esto es lo fundam ental. No im porta que apunte algún dato histórico o surjan vestigios de arqueología, que es lo que sucede en los dos pueblos que nos restan. Uno de ellos, Salorino, tom a nom bre del cercano río Salor, y deparó el hallazgo de hachas neolíticas. En torno a él las encom iendas se m ul­ tiplican: Belvís, Hornos, B en fayán... Cerca se encuentran, además, las ruinas del castillo de Jarrapo, fortaleza rem otísima, destruida en la guerra de Sucesión, próxim a a restos m egalíticos y aras romanas. Nuestro recorrido concluye en H errcrucla, cuya encom ienda fue Ja de Cantillana. Este pueblo, acaso el más humilde de todos, ofrece el dato histórico de haber pernoctado en él la infanta doña María de Por­ Almendros de la Campiña

tugal cuando vino a desposarse con el entonces príncipe y luego rey Felipe II. Los únicos y auténticos encantos de estos viejos dom inios de los com endadores, volvem os a insistir, son el paisaje y la caza, triunfantes en m edio de una vida rural. 2. — La Campiña. En Valencia de Alcántara llaman la Campiña a la tierra que la cir­ cunda y llega a la frontera portuguesa. Es un nombre concreto y espe­ cífico, adjudicado a este sector, aplicándole una palabra nada corrien­ te en Extrem adura, en donde el cam po tiene pocas variantes y casi nunca la de campiña. Esta zona fronteriza, amena y pintoresca, es un islote en el recio secano circundante. Triunfan en ella los almendros y se adorna con frutales, castaños, pinos y álamos. Por aquí, entre una verde arboleda, se descubren los restos del monasterio de San Pedro de Majarretes, en el que hizo el n oviciado San Pedro de Alcántara. La Campiña está poblada de pequeños caseríos, en los que viven unas gentes que cultivan parcelas reducidas, regadas algunas con agua de pozos. A veces los caseríos form an diminutos poblados, tales com o El Pino, San Pedro y Alconeo. Valencia, que es la tercera población de la provincia, en vecindario, pues sigue en la lista de número de habitantes a Cáceres y Plasencia, asienta en su cam piña y la preside con categoría de gran capital. La perspectiva de con jun to o el detalle de sus amenos parques nos confir­ man que es m erecido su rango capitalicio com arcano. Calles com o la que entre viejas portadas enfila hacia el castillo, nos reciben con su peculiar sabor tradicional. Lo mismo que toda la jurisdicción, esta villa y el territorio circunve­ cino fueron encomiendas de la Orden de Alcántara. Siendo la más avan­ zada localidad im portante fronteriza, su historia está llena de inciden­ cias guerreras; pero esto afecta a un pasado próxim o, en relación con su antigüedad rem ota. Es en sus, inm ediaciones donde m ayor número de dólmenes se han encontrado, lo que prueba la densa población prehistó­ rica, asegurando una continuidad en la existencia las lápidas y objetos rom anos. Es indudable que hubo aquí ciudad vetolia, dudoso que fuese la Julia Contrasta de los tiem pos de R om a y probable que Viriato andu­ viera por este territorio. Alguna aislada mención prueba su pervivencia a las invasiones bárbaras. En el período agareno fue plaza fuerte, con sólido castillo, rescatada definitivam ente en tiem po de A lfonso I X por el maestre de Alcántara don Garci Sánchez. De aquí arranca el predo­ minio de la Orden, que hemos encontrado en tod o el territorio. Valencia convirtióse a partir de entonces en una de las más ricas e im portantes encomiendas, hasta que el último maestre, don Juan de

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n n 'r ^ n --n a rran ‘ i r~cénras t '. á t wnSa k i i ^ i n - w fen^KÜ I-' r iT ”tW lj Fr<lC3l h it r n S L í

Castillo de Valencia de Alcántara

Zúñiga, la incorporó a la mesa maestral. El recio castillo, que se conserva hondam ente m odificado, fue testigo de numerosos episodios. A quí se refugió el depuesto maestre R u y Vázquez en 1318, y aquí fue vencido y m uerto por A lfonso X I el maestre Martínez de O viedo. Ocupaciones, defensas y luchas con los portugueses hubo aquí en 1350, 1408 y 1432. La situación fronteriza le produ jo numerosos daños, y las querellas con Portugal y los cismas de la Orden no dejaron reposo a los valencia­ nos. Paréntesis de paz y regocijo fue la boda de la infanta doña Isabel, hija de los Reyes Católicos, con el rey don Manuel de Portugal, cele­ brada en Valencia en octubre de 1497. Durante la invasión francesa hubo m om entos en que se concentraron en esta villa, por orden del marqués de la Rom ana, todos los organismos directivos extrem eños, Juntas de Gobierno y Guerra y hasta la Real Audiencia de Extrem adura. Y precisamente en el ocaso napoleónico intervino un valenciano ilustre, el diplom ático don Pedro Gómez La­ brador, representante de España en el Congreso de Viena. Tam bién la guerra carlista repercutió aquí, por encontrarse el preten­ diente don Carlos en Portugal y haber organizado una tram a que puso en peligro el trono de Isabel II, a causa de las vacilaciones de R odil, el general que m andaba en la plaza las tropas de la reina. * * *

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De tantas contrariedades y devastaciones, Valencia ha surgido siem­ pre con un espíritu progresivo, acaso no igualado en Extrem adura, sin que ello elimine los inevitables deterioros. Sus conventos de San Fran­ cisco y Santa Clara quedaron abandonados. Sus murallas se perdieron, aunque puede seguirse su perím etro perfectam ente y se conservan dos puertas; el castillo, sin guardar semejanza con lo que fue, subsiste, recons­ truido. Quedan en pie un pueblo nuevo, que se tiende alegre y lum inoso, con blancura de cal, sobre la amena Campiña, y m onum entos, com o la parroquia de Nuestra Señora de R oqueam ador, que destaca del con ­ ju n to urbano para marcar más contraste. Valencia ofrece h oy al viajero muchos de estos contrastes. A los m o­ dernos chalets de la periferia opone las casas blasonadas, entre las que sobresale la de los Cabreras, vizcondes de la Torre de Albarragena; a los edificios de diversas industrias y fábricas de harinas, el convento franciscano, convertido hoy en palacio de los duques de la Victoria, con su exterior austero, su interno claustro y sus salones adornados con objetos artísticos, entre los que no faltan recuerdos del general Espartero. En la plaza M ayor juegan el A yuntam iento y la iglesia de la Encarna­ ción; en las calles, los dinteles m odernos y las portaladas de sabor árabe. Si en el castillo — hoy cuartel de la Guardia Civil— apenas nos hablan de su pretérita fisonomía unos sillares que pueden corresponder a lo que fuera torre del hom enaje, y si las dos puertas de sus murallas, la de las Huertas y la de Alcántara, son insuficientes para representar la gran obra defensiva, los tem plos tienen aún fuerza bastante para mostrarnos lo que fue la arquitectura cristiana de esta villa. En el im afronte de la parroquia de la Encarnación revelan ser obra gótica la portada, con archivoltas sobre capiteles de hojas estilizadas, v el ajimez de arcos apuntados, dentro de otro m ayor. Los enterra­ mientos y el pulpito «le piedra, del siglo x v , aún siguen representan­ do lo gótico, en el restante con ju n to, reconstrucción de la época del Renacimiento. La parroquia de Nuestra Señora de R oqueam ador, al lado del casti­ llo, alzóse posiblem ente sobre la mezquita árabe, aunque las destruc­ ciones m odificaron su fisonomía. Conserva la portada de traza clásica, de fines del siglo x v i o principio del x v n ; la torre de sillería de estilo herreriano; el tallado retablo m ayor, dorado y barroco, del x v ri, y sus tres naves de bóveda de crucería y pilares que llevan adosadas columnas toscanas, muestra esto de la pervivencia del arte ojival en la Era del Renacimiento. En el retablo de la sacristía hay una tabla del Divino Morales, que representa a la Virgen con los Santos Juanes. Procede de una capilla que existió en el Caballar del Maestre, posesión feudal llamada así en memoria de don Gutierre de Sotom ayor, que fue quien hizo el palacio. Del Caballar pasó la pintura, en el siglo x v i, al convento de Santa Clara,

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de donde, al venir su abandono, la traslada­ ron, en el x ix , al lugar que h oy ocupa. El cua­ dro es, sin duda algu­ na, uno de los mejores y más origin ales del fam oso artista.

Para seguir en todo el co n tra s te entre lo viejo v lo nuevo, cuan­ do salimos de admirar la obra de un gran pin­ tor antiguo, tras de ir a p o stra rn o s ante la Virgen patrona, Nues­ tra Señora de los R e­ m ed ios, va m os al es­ tu d io de uno de los mejores pintores con ­ te m p o rá n e o s: G o d o fre d o O rtega M u ñ oz. N a ció en el ce rca n o San V icente de A lcán ­ tara; pero después de haber recorrido medio m undo, aquí reside y pinta, porque aquí es­ tán los tem as de su a rte p e r s o n a lís im o , Exterior de la parroquia de Roqueam ador que ha dado a conocer en todas las naciones matices de sabor extrem eño. Con estos temas ob tu ­ v o el premio de honor en la Bienal H ispanoam ericana y ha ganado un renom bre que le sitúa en la primera fila del arte actual. En los lienzos contem plam os los cercados de piedras que vim os en los contornos, los macizos troncos de los castaños, con unas pocas varas delgadas hacia arriba; los rostros enjutos de los campesinos, las encinas, las erectas ore­ jas de los asnos jóvenes, las cocinas aldeanas... ¡T odo el paisaje y el vivir de la com arca! La plaza fuerte fronteriza quiso agotar para nosotros sus temas, al ofrecernos los tan referidos contrastes, los recuerdos que pudo salvar del ayer de inquietudes y asaltos, ju n to a las realidades del hoy esperan-

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zador y prolífico, que la hace crecer y prosperar al arrullo de las brisas de paz y amor de los dos países ibéricos. Nos alejamos de Valencia llevando en la mente Campiña e historia, recuerdos y arte, con la ilusión, pocas veces fallida, de que al cruzar Clavería estén en m edio de la carretera las clásicas manadas de ágiles y esbeltos venados y ciervas...

Borricos, lienzo de Ortega Muñoz

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Castillo de Las Seguras

X.

EL TRIUNFO DE LA ETERNIDAD (CÁCERES)

En el paisaje abierto y ondulado de la meseta trujillanocaeereña com partieron las dos poblaciones que le dan nom bre una grandeza que dejó imperecederos testim onios. ('.áceres, esa ciudad única, maravillosa y eterna, que con su sinfonía de piedras labradas teje el más evocador poema de con jun to urbano, al mismo tiem po que preside com o capital a toda la Alta Extrem adura, tiene otra más reducida órbita en su partido judicial, sobre el que su rango y señorío se proyectan y destacan con fuerza arrolladora. Esta segunda jurisdicción suya, que vam os a visitar, es la destinada a ser el m arco de sus bellezas incom parables, triunfadoras de guerras y siglos.

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1. — El reflejo señorial. Acaso son los castillos, no el adusto, bélico c inaccesible, sino el cóm odo y palaciego, el primer reflejo del señorío cacereño que vemos en sus campos. De estos castillos hay varios habitados, tal com o el de Las Seguras, que fue de los Ovandos y hoy conservan sus descendientes los condes de Canilleros. Con su muralla de torretas redondas en los ángulos, sus muros almenados y su cuadrada torre del hom enaje, asienta al borde de la carretera directa de Cáceres a B adajoz, intactos su encanto y carácter. Se alzó este castillo en la zona entre los ríos Salor y A yueja, en la que arraigaron las viejas civilizaciones, encontrándose en las cercanías dólmenes, sepulcros excavados en rocas, aras romanas y los protohistóricos altares de sacrificios de Mayoralguillo de Vargas y Las Seguras. La casa-fuerte es otro reflejo señorial m uy típico en estos cam pos. De ellas vem os tan buenos ejemplares com o la de la quinta de la En jurada, de los condes de esta denom inación, en la que se detuvo Felipe II cuan­ do venía de coronarse rey de Portugal; la del Trasquilón, que de los Ulloas recibieron los condes de Campo Giro, y la de Santiago de Bencaliz, heredada de los Golfines por los duques de Valencia, que ofrece la curio­ sidad de tener empotradas en sus muros piedras romanas, abundantes en el paraje que ocupa, pues está al borde de la vía de la Plata y en el lugar de una de las mansiones de ella, la que se llam ó A d Sorrores. Sigue el reflejo de señorío en los pueblos, siendo ejem plo de ello Torreorgaz — con su rem oto abolengo, atestiguado por hachas de la Edad Casa-fuerte de Santiago de Bencaliz

del B ronce, cercano al castillo del Cachorro— , que conserva el palacio de su m a r q u e s a d o , y Sierra de Fuentes, próxim o a la cap ital, con su ermita del Cris­ to del R isco en un alto picacho de la sierra de Mosca, que son dos los ca seron es s e ñ o ria le s q ue tie n e , uno en el ca sco u rb a n o , de los condes de A danero, y otro fuera, el de la P e­ raleda, que perteneció a los Nidos y Figueroas. * * * Realm ente las m en­ ciones anteriores nos han desviado de nues­ tra ruta desde V alen­ cia de Alcántara, en la que e n co n tra m o s en primer lugar la villa de Aliseda, en la falda de la sierra de San Pedro, b ajo el picacho que lla­ man del A ljibe. Nada puede ofrecernos, por­ qu e su situ a ció n en p aso o b lig a d o de los ejércitos de Portugal le depa ró in in terru m pi­ das destrucciones, des­ de que por vez primera la arrasara el condesta­ ble Pereira, el héroe de A lju b a rro ta , en 1397. Su pasado rem oto lo pregonan los dólmenes ce rca n o s, la m en ción de T olom eo, que la cita Portada de la parroquia de Malpartida de Cáceres


com o la rom ana Isaleeus, y sobre tod o, las joy a s fenicias aquí encontradas, el fam oso tesoro de Aliseda, que h oy se custodia en el Museo A rqueo­ lógico N acional y es un conjunto espléndido de artísticas alhajas de oro. Vemos después Malpartida de Cáceres, un pueblo cam pesino, limpio y cuidado, tendido en un llano, que se diferencia de casi todas las localidades extremeñas en que sus calles son anchas y rectas, en trazado de paralelas y perpendiculares, sin que esto suponga una moderna crea­ ción, cosa que desmienten las viejas y blasonadas casonas de los Ovandos, Riveras, Topetes e Higueros, así com o su parroquia de la Asunción, inte­ resante fábrica de gra­ nito, del siglo x v i, con hermosa p orta d a . Un curioso detalle que se ob serva en este pue­ blo, tan p ró x im o a la capital — doce kilóm e­ tros— , es que se han conservado más que en otro alguno los trajes folklóricos de hom bres y mujeres, 110 desapa­ recidos aún totalm ente en el uso diario. Entre Malpartida y A rroyo está la estación que lle v a el n o m b re de ambas localidades, A r r o y o - M a lp a r t id a , gran enlace ferroviario de las líneas de Ma­ drid, Lisboa, Salaman­ ca y Sevilla; pero antes de detenernos en A rro­ y o , vam os a ir al Ca­ sar de Cáceres, que fue siempre una aldea cacereña. Su parroquia de la Asunción es un buen edificio de sille­ ría de matices góticos, con h erm oso reta b lo, que tiene com o c o m ­ plementos, en la locali­ dad, algunas casas de regular prestancia, con Muchacha de El Casar

fachadas de granito, y en las afueras la linda ermita de la patrona, Mues­ tra Señora del Prado, situada en un valle amenísimo, entre viñas, con modernas casas de cam po y viejos restos prehistóricos y romanos. El Casar es, por encima de tod o, un delicioso rincón de múltiples manifestaciones de tipism o. Una de ellas la representan sus costumbre* tradicionales en las bodas, sus lindas mozas con peculiares atavíos, su.» canciones y danzas; otra, sus famosísimos quesos de oveja, denom inados «tortas del Casar»; otra, su industria de fabricación de sillas con palos «Ir madroñera. Como curiosidades anecdóticas nos ofrece el que llaman «el lagarto», que se guarda en la iglesia, y no es-sino un disecado caimán, regalo de algún indiano, que dicen se pescó en la charca del pueblo, y la increíble realidad de haber residido aquí durante treinta y cinco años, hasta su reciente fallecim iento, un maestro de escuela que vistió siempre al estilo rom ano y com puso versos en griego y en latín, firmados con el seudónim o de «llelén ides de Salamina». ♦

Entre bien cuidados viñedos y cam pos de cereales asienta su pros­ peridad A rroyo de la Luz — antes se llam ó A rroyo del Puerco— , villa amplia, eminentemente labradora, con mucha industria alfarera, a la que le debería venir el prim itivo sobrenom bre de algún céltico verraco labrado en piedra, que estuvo ju n to al arroyo que la baña. El actual lo tom ó en fecha cercana de su patrona, Nuestra Señora de la Luz, cuya bella ermita se alza a unos dos kilómetros en un pintoresco paisaje de encinas. Fue A rroyo señorío de los Herreras y luego de los conde-duques de Benavente, cuya águila heráldica aún cam pea en viejo caserón con su arcaico lema: «M á s vale volando.» Cruzamos la villa trabajadora y populosa por calles de delicioso en­ canto, viendo el viejo castillo de planta cuadrangular, sin detenernos aún, porque queremos ir unos cinco kilóm etros adelante, sin carretera, por malos caminos, hasta el rincón escondido en el que duermen las ruinas de la un día famosa ciudad de Sansueña, nom bre que, aunque se preste a ligarlo con Zaragoza, tuvo aquí su arraigo y florecimiento in­ dependientes. El Salor y el Valgallegos forman la auténtica península fluvial en la que los celtas tuvieron magnífica citania, poblada después por los rom anos. Que fue éste un punto estratégico im portante, resulta indudable, por su emplazamiento en la subida de la cuenca del Tajo y sobre su afluente el Salor, aunque hoy nos cueste trabajo creerlo, dado el total aislamiento, sin vías de com unicación de clase alguna. Restos de murallas de sillares de granito, escaleras que bajan al río y vestigios de casas hundidas es cuanto queda de la ciudad que prolongó por m uchos siglos su existencia y que ha pasado a las páginas de oro de la literatura en estos versos de La profecía del Tajo, de fray Luis de León:

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A los que eu Constantino rom pen el fértil suelo, a los que baña el libro, a la vecina Sansueña, a Lusitana, a toda la espaciosa y triste España.

De regreso de la evocadora excursión nos detenemos, por fin, en A rro­ yo do la Luz. Discurriendo por unas calles bien cuidadas, en las que no faltan ni rincones típicos, ni edificios con la pátina del ayer, llegamos a la plaza, cu yo centro ocupa la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, hermosísimo tem plo de sillería, con decorativa portada principal, del góti­ co florido, que se ador­ na con reminiscencias de gusto portugués. Todos los encantos que puedan encontrar­ se en A r r o y o se ami­ noran o esfuman al pe­ netrar en la iglesia y e n fr e n ta r n o s con la m aravilla del retab lo m a y o r , c o n ju n t o el más amplio y com ple­ to que existe de tablas d ebid a s al p in ce l de Luis de Morales. En el zócalo, tres cuerpos y coron a m ien to de esta obra de talla plateres­ ca, pintada y dorada, el gran artista extre­ m eño nos b rin d a su in sp ira d o m isticism o en veinte cuadros, que representan la A n u n ­ ciación, la N atividad, la Epifanía, la Circun­ cisión, la Oración del huerto, la Cruz a cues­ tas, el Descendim iento, el Santo Entierro, la Descensión a los Infier­ nos, la R esu rrección , la Ascensión, la PentePortada de la parroquia de Arroyo de la Luz

l) « l u l k l i > m n v n r il<* la n i i r m i l l l í l l .

obra cumbre del D ivino Morales


costes, las Burlas al Señor, la Flagelación, el Bautista, San Jerónim o, Abraham, Isaac, Moisés y Jacob. En conjunto y detalles, nada se con ­ serva más com pleto y definitivo del D ivino Morales que este retablo de la iglesia arroyana. En ruta hacia otros sectores del distrito cacereño, evocam os las mani­ festaciones de tipismo de A rroyo y Malpartida, con sus bailes y tonadas, con sus trajes y, sobre tod o, con sus ferias ganaderas, a las cuales fue costum bre asistir la gente de Cáceres. Una vieja copla folklórica canta en la capital las dificultades que suponía para las clases humildes el trasladarse a una m ayor distancia, asequible sólo a los dueños de coches tirados por caballos o muías. Dice así: A la feria de Arroyo van los señores; a la de Malpartida, ricos y pobres.

* * * Otra vez encontramos en los campos la proyección nobiliaria, porque todos los grandes señores fueron y siguen siendo ganaderos y agricul­ tores. Por eso los palacios urbanos cacereños se com plementan con las suntuosas residencias campestres que adornan las extensas dehesas, que unas veces son tardías mansiones blasonadas y otras la clásica casafuerte o el castillo, según ya dijimos. Vem os ahora, tam bién vividos, dos de éstos, los de las Arguijuelas, de Arriba y de A bajo, ambos de los O vando, que poseen, respectivamente, dos líneas sucesorias, la de los marqueses de Camarena y la de los vizcondes de R oda. Aquél sobre una eminencia, con muros de manipostería; éste en un valle inm ediato, cons­ Castillo de las Arguijuelas de Abajo

truido con sillares de granito; ambos enlazan el leve matiz guerrero con una plenitud palaciega. El de Arriba tiene, además, un delicioso jardín y un espléndido parque con lago, en el que venados y ciervos se repro­ ducen com o si estuviesen en libertad. Algunas de las campestres residencias nacieron en los tiem pos de R om a, com o la ermita de Santa Olalla, que fue posiblem ente el pago Poncioano, quinta de recreo en la que habitó la santa niña mártir emeritense, hoy propiedad de los condes de Santa Olalla. Siempre con la im pronta de nobleza, vem os las piedras arruinadas de Zamarrilla, lugar destruido por los franceses, que aún lucen las armas de los Durán de la R ocha y de los Ovando. Aldea del Cano, al borde de la vía de la Plata, está metida en medio del que fue gran señorío de los Blázquez — luego M ayoralgo— y presti­ gia su sencillez con la granítica iglesia de San Martín, con los dos pala­ cios, de Arriba y de A bajo, ambos de la casa condal de Canilleros, y con el próxim o castillo de Blasco Muñoz, o Torre de M ayoralgo, de los condes de este título, que alza su recia osamenta sobre una im presio­ nante escombrera de enormes rocas de granito. Torrequem ada, pueblo fam oso por su feria de marzo, la más im por­ tante de la com arca en ganado equino, también tiene su viejo caserón, de los Sandes, marqueses de Valdefuentes, y algo de un m ayor interés en las inmediaciones: el tem plo de Nuestra Señora del Salor, situado en la orilla izquierda del recién nacido río que le da nom bre, que es una hermosa y evocadora fábrica mudéjar. Vieja tradición relata haberse aparecido la Virgen a un pastor en el siglo x i i i , anunciándole estar escondida en este lugar una imagen suya que, encontrada, empezó a recibir fervoroso culto, siendo la primera gran devoción m añana de toda la com arca y de la villa de Cáceres, pese a distar Castillo de la Torre de Mayoralgo


costes, las Hurlas al Señor, la Flagelación, el Bautista, San Jerónim o, Abraham, Isaac, Moisés y Jacob. Kn conjunto y detalles, nada se con ­ serva más com pleto y definitivo del D ivino Morales que este retablo de la iglesia arroyana. En ruta hacia otros sectores del distrito cacereño, evocam os las mani­ festaciones de tipismo de A rroyo y Malpartida, con sus bailes y tonadas, con sus trajes y, sobre todo, con sus ferias ganaderas, a las cuales fue costum bre asistir la gente de Cáceres. Una vieja copla folklórica canta en la capital las dificultades que suponía para las clases humildes el trasladarse a una m ayor distancia, asequible sólo a los dueños de coches lirados por caballos o muías. Dice así: A la feria de Arroyo van los señores; a la de Malpartida, ricos y pobres.

* * * Otra vez encontramos en los campos la proyección nobiliaria, porque todos los grandes señores fueron y siguen siendo ganaderos y agricul­ tores. Por eso los palacios urbanos cacereños se complementan con las suntuosas residencias campestres que adornan las extensas dehesas, que unas veces son tardías mansiones blasonadas y otras la clásica casafuerte o el castillo, según ya dijimos. Vemos ahora, también vividos, dos de éstos, los de las Arguijuelas, de Arriba y de A ba jo, ambos de los Ovando, que poseen, respectivamente, dos líneas sucesorias, la de los marqueses de Camarena y la de los vizcondes de R oda. Aquél sobre una eminencia, con muros de manipostería; éste en un valle inm ediato, cons­ Castillo de las Arguijuelas de A bajo

truido con sillares de granito; ambos enlazan el leve matiz, guerrero con una plenitud palaciega. El de Arriba tiene, además, un delicioso jardín y un espléndido parque con lago, en el que venados y ciervos se repro­ ducen com o si estuviesen en libertad. Algunas de las campestres residencias nacieron en los tiem pos de R om a, com o la ermita de Santa Olalla, que fue posiblem ente el pago Poncioano, quinta de recreo en la que habitó la santa niña mártir emeritense, h oy propiedad de los condes de Santa Olalla. Siempre con la im pronta de nobleza, vemos las piedras arruinadas de Zamarrilla, lugar destruido por los franceses, que aun lucen las armas de los Durán de la R ocha y de los Ovando. Aldea del Cano, al borde de la vía de la Plata, está m etida en medio del que fue gran señorío de los Blázquez — luego M ayoralgo— y presti­ gia su sencillez con la granítica iglesia de San Martín, con los dos pala­ cios, de Arriba y de A ba jo, ambos de la casa condal de Canilleros, y con el próxim o castillo de Blasco Muñoz, o Torre de M ayoralgo, de los condes de este título, que alza su recia osamenta sobre una im presio­ nante escombrera de enormes rocas de granito. Torrequem ada, pueblo fam oso por su feria de marzo, la mas im por­ tante de la com arca en ganado equino, también tiene su viejo caserón, de los Sandes, marqueses de Valdefuentes, y algo de un m ayor interés en las inmediaciones: el tem plo de Nuestra Señora del Salor, situado en la orilla izquierda del recién nacido río que le da nom bre, que es una hermosa y evocadora fábrica mudéjar. Vieja tradición relata haberse aparecido la Virgen a un pastor en el siglo x i i i , anunciándole estar escondida en este lugar una imagen suya que, encontrada, empezó a recibir fervoroso culto, siendo la primera gran devoción mariana de toda la com arca y de la villa de Cáceres, pese a distar Castillo de la Torre de Mayoralgo


(le ella veinte kilóm e­ tros. Los tem p la rios custodiaron la ermita, en la que se fundó en 1345 la hoy desapare­ cida Orden nobiliaria de los C aballeros de N u estra S eñ ora del Salor, con estatu tos semejantes a los de la coetánea Orden de la Banda, en cuyas filas form aron lo más lucido de los linajes cacereños. El azote napoleóni­ co destruyó parte del templo y la primitiva imagen sedente de tipo b iza n tin o, su stitu id a h oy por otra; pero el encanto de las arcadas mudejares que quedan en pie, en medio de un frondoso paisaje de en­ cinas, salpicado de res­ tos a rq u e o ló g ico s , es su ficien te para c o m ­ pensar al peregrino con una honda emoción de belleza y fe. *

*

*

en la zona entre Salor y Ayuela — hoy de la familia H iguero, sucesora del viejo y noble linaje de M ogollón — , que eleva en medio de un recinto murado su enorm e y alta torre cuadrada, con puertas de arco apuntado, ma­ tacanes en lo alto y escalera de caracol de granito para subir a la terraza. Al lad o del castillo se encuentra la ruinosa ermita de San Jorge, lamentablem en­ te deterioradas las pin­ turas al fresco, del si­ glo x v i, que decoraron los muros. T o d o esto no son sino los recuerdos de un pasado señorial, que proyecta en sus cam ­ pos y lugares el Cáce­ res nobiliario y eterno al que nos dirigimos. 2. — Rondando a Norba y Cazires.

R e co rrid o s ya t o ­ d os los p u eb los del distrito, aún podem os Arquerías del templo de ¿Nuestra Señora del Salor seguirnos perdiendo en el encanto de las dehe­ sas cacereñas, o en la sierra de San Pedro, entre encinas, alcornoques y jaras, pobladas de jabalíes y ciervos, o en los llanos ondulados que se tienden hacia Trujillo, en los que abundan perdices y liebres... Podemos seguir descubriendo, embriagados por el aroma de los tri­ gales y al arrullo de la esquilas del ganado, más nobles residencias de cam po, más ermitas, más restos arqueológicos; pero hemos de concluir nuestro recorrido. Y a tan sólo reparamos en el castillo de los Mogollones,

En una eminencia, sobre un co lla d o , se Castillo de los Mogollones alzó la vieja citania en la que el cónsul rom ano Lucio Cornelio Balbo fundara, por el año 28 antes de Jesucristo, la amurallada colonia Norba Cesarina, hoy Cáceres. Y a entonces existían dos campam entos de las guerras sertorianas, el Castra Cecilia y el Castra Servilla, el primero de los cuales dio lugar durante m ucho tiem po al error de creer que fue el prim itivo núcleo de Cáceres y que procedía de él la nomenclatura de la ciudad. Desde m ile­ nios antes se habían m ovido por aquí los hombres paleolíticos y neolíti­ cos, que habitaron las cuevas del Calerizo cacereño. La colonia, que llegó a ser una de las cinco más importantes de la Lusitania, tuvo siempre categoría de fortaleza, por su emplazamiento

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sobre la natural ruta de acceso a las cuen­ cas del T ajo y el Gua­ diana. Todavía conser­ va de entonces una de las puertas de la mu­ ralla, el rom an o arco del ( Irisl o. Los bárbaros con ­ cluyeron con la pros­ peridad lie la (|ue va denominaban solam en­ te Cesa riña, suprimido el ¡Sorba, culm inando su decadencia las des­ trucciones que le causó el m onarca v is ig o d o Leovigildo, el año 532, a causa de haberse de­ clarado este vecindario en favor di- su hijo San Hermenegildo. (Io n los árabes, la que con rango de plaza fuerte empezó a deno­ minarse Cazires, volvió a cobrar en la región un predom inio del que nos hablan A l Idrisí y el Tíldense, al recordar las incursiones de raz­ zia emprendidas desde Cáceres. Arco romano del Cristo aquí. El renovado es­ plen d or que tra jo la dominación agarena ya no iba a decaer nunca. Nuevas murallas de tapial sustituyeron a las derruidas romanas, alzándose tam bién espléndido alcázar y señoriales mansiones, con baluartes defensivos, de los que aún subsiste intacta una torre, la redonda de la casa de Carvajal, del s i g l o XII.

Alfonso V il inició los intentos de reconquista, logrados por A lfon ­ so IX en 1229. Según dijim os, durante un transitorio dom inio de Fer­ nando 11 creóse aquí la Orden de Fratres de Cáceres, que sería luego la famosa Orden militar de Santiago. Tras las fuertes murallas del Cáceres cristiano asentó un soberbio plantel de belicosos e ilustres linajes, que hasta el tiem po de los Reyes

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Católicos iban a vivir en constantes luchas, divididos en bandos de leoneses y castellanos, para quedar luego reflejados en el escudo de la ciudad, que en sus dos cuarteles ostenta las armas de Castilla y León. Ellos alzaron, junto a gallardas torres defensivas, esa cantidad asom bro­ sa de palacios y casonas solariegas que proclam an ser éste uno de los más im portantes solares nobiliarios de España. Cáceres tuvo en las conquistas indianas amplísima representación, ya que aquí nacieron, entre otros m uchos, Francisco de G odoy, lugarte­ niente de Francisco Pizarro en Lima durante la sublevación del inca Manco II; Juan Cano de Saavedra, capitán de Hernán Cortés y marido de la única hija legítima del emperador M octezuma; Hernández Girón, fam oso por sus andanzas y rebeldía en el Cuzco, y García Holguín, el que hizo prisionero al últim o soberano azteca, al indóm ito Cuauhtémoe. El oro indiano vino a sumarse a las grandes riquezas de la aristocra­ cia feudal y ganadera, para añadir bellos detalles al suntuoso y señorial con jun to urbano, tal com o el palacio del referido G od oy, de m aravilloso balcón de esquina, el más im portante ejemplar alzado con oro de I ndias. Afortunadam ente, las guerras de los siglos x v n al x i x no causaron aquí daño alguno, siendo escaso, y ya reparado, el que produjo un bom ­ bardeo durante nuestra últim a reciente con tienda. * * * El buen gusto de los cacereños y su amor a la tradición supieron respetar el conjunto monumental, crean d o, com o m undos aparte, otros barrios n u evos. E llo hace que el viajero encuentre, perfecta­ mente repartidos, tesoros de arte e historia, grandes edificios funcio­ nales, piscinas, cam pos de depor­ tes y paseos, com o el hermosísimo de Cánovas. Son el ayer y el hoy, ju n tos y separados, im pon ien do siempre aquél su p restigio y su rango excepcionales. Realm ente, tres núcleos distin­ tos form an la capital de la Alta Extrem adura: el barrio antiguo, ceñido por las murallas; el nuevo, form a d o en torno a esas d efen ­ sas por crecimiento del vecinda­ rio, desde la R eco n q u ista hasta Torre árabe de la casa de Carvajal


el siglo x i x , y «•! m oderno, últim a c enturia.

<'rti|x<«ó a n acer en los (¡nales de esta

El Cáceres m oderno, tendido en la parte más baja y llana, tuvo la que podríam os llamar su célula generadora en el indicado paseo de Cánovas, que se prolonga con el de Calvo Sotelo. Edificios recientes enmarcan este parque de gran urbe, de espaciosa anchura y cerca de un kilóm etro de lon ­ gitud. De él arranca transversalmente la avenida de la Virgen de la M on­ taña, por la que se va a la Ciudad D eportiva, en la que, entre árboles y ja r­ dines, están el hermoso estadio, los campos de hípica y otros deportes, tres piscinas, diversos pabellones y sala de fiestas; al lado, el edificio del Seguro de Enfermedad pone la nota com plem entaria de sus doce pisos de cem ento. En la periferia moderna se encuentran el H ospital Provincial, el Sem i­ nario diocesano, el Gobierno Civil, el Instituto N acional de Previsión, el H otel Extrem adura — uno de los mejores de España, m ontado a todo lujo— , la Plaza de Toros — que 110 es reciente, sino de las pocas que quedan de traza clásica, construida con material noble, pues graderío y columnas son de granito— , el barrio minero de Aldea Moret — centro productor de fosfatos— y la estación del ferrocarril, con fábricas de manufacturas de corcho y hornos de cal en las cercanías. * * * Una empinada carretera nos conduce, entre bíblicos olivos, a la cum ­ bre de la sierra de Mosca, en la que se alza sobre dentados riscos de

pizarra el blanco santuario de la Virgen patrona, Nuestra Señora de la Montaña, ju n to a la estatua del Sagrado Corazón de Jesús, entronizado en la altura. La ciudad se tiende a nuestros pies, con sus piedras grises y doradas, adornándose en lo bajo con la estrecha cinta verde de los varios kilómetros de huertas que riega la ribera que nace en el cercano manan­ tial llamado Fuente del R ey. Desde el bellísimo mirador se divisa un panorama inm enso, limitado al N orte por los lejanos montes de Gredos y al Sur por la más próxim a sierra de San Pedro. Y a cantó este pintoresco emplazamiento el poeta cacereño del siglo x i x , A ntonio H urtado: La Virgen que yo adoro, santa y bendita, entre breñas y riscos tiene su ermita, y en la alta loma, parece el casto nido de una paloma.

La contem plación de los paisajes de quebradas ondulaciones y abier­ tas llanuras, sím bolo de reciedumbre y austeridad, disponen las almas para postrarse con más fervor ante la Virgen pequeña, cuyo culto ini­ ciara, a principios del siglo x v n , el eremita Francisco de Paniagua. La blancura externa de los muros del santuario se hace dentro suavidad de luces y colores, en torno a la hermosa talla del dorado reta­ blo dieciochesco, verdadero desbordam iento de barroquism o, en el que se abre la hornacina de Nuestra Señora.

Palacio de G odoy Cáceres moderno. Comienzo del paseo de Cánovas


Ya otra vez abajo, en las afueras aún, vem os la ermita del Espíritu Santo, posible si­ nagoga, puramente mudejar, y el monasterio de San Francis­ co, fundado en el siglo x v , hoy H ospicio. Un gran atrio con arquería en la entrada se abre ante la iglesia, cuyo frente, con torres y coronam iento de bolas al gus­ to herreriano, denota ser una agregación del siglo x v il. En la nave de la iglesia y en el claus­ tro gótico, los patinados silla­ res de granito, los blasones y las laudes sepulcrales conser­ van su prim itivo sabor y evo­ can los ilustres linajes que aquí tuvieron capillas o nichos, los Mexías, Ovandos, Sarmientos, Valverdes, Ulloas, Paredes, Aldanas, De la Peña, Carvajal, Golfín... * * * No lejos, a la derecha de la carretera de M edellín, está la más rem ota vivienda de E xtre­ madura, la cueva de Maltravieso, que rebasa los 30.000 años de antigüedad. En sus muros de piedra el hom bre paleolítico pintó en rojo o en negro manos humanas, cabeza de cérvido y diversos signos, ofrendando con ello a la región un aporte de­ finitivo, porque esta cueva es ejem plar ún ico en el interior de la Península, en la que tan sólo existen pinturas semejan­ tes en la zona cantábrica y en el litoral malagueño. Su Santuario de la Montaña y vista de Cáceres

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im p o r t a n c ia

e x tr a o r d i-

n a r ia r a d ic a e n q u e e s t o s v e s -


Com probada por los especialistas la importancia de las pinturas, el hallazgo ha cobrado interés internacional. En estos momentos se estudia la realización de las obras precisas para que pueda ser admirado por todos este rem oto solar del hombre cuaternario extremeño.

ligios son escasísimos en el mundo y representan el más antiguo arte de la Hum anidad, siendo además aquí curiosa la tem ática pictórica por el predominio en la reproducción de manos, hasta ahora encontradas tan sólo en unas pocas cuevas de Francia y España. Es indudable que estas pinturas rupestres de manos humanas, en las que patentemente se aprecian mutilaciones de dedos, tenían un valor mágico que no es fácil se llegue a descifrar. En las recónditas oquedades de esta cueva de Maltravieso, a la vista de las pinturas, recubiertas algunas por las formaciones estalagmíticas, testimonio de su enorme antigüedad, pensamos que acaso el hombre com prendió desde sus albores que la mano es el instrumento más perfecto que existe, el que al servicio de la inteligencia le permitía vencer al mun­ do que le rodeaba, rindiéndole por ello un culto. De esa exacta valora­ ción pudieron surgir las mutilaciones com o suprema ofrenda, pues de tal práctica se han encontrado ejemplos en Patagonia, África del Sur, Australia, las Célebes y Nueva Zelanda. Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que los paleolíticos habitantes de Maltravieso, con su preocupación espiritual y sus manifestaciones pictóricas, dejaron en las afueras de Cáceres un monumento arqueoló­ gico de primer orden, único en los ámbitos del interior peninsular. La caverna, que debió cerrarse en tiempos lejanos por corrimientos de tierra, fue descubierta no hace m ucho por los obreros que trabajan en la explotación de las canteras del Calerizo, encontrándose en ella abundantes restos humanos. Tiene de longitud unos 120 metros y consta de varias salas, con sus correspondientes galerías de com unicación y el com plem entario adorno de las estalactitas.

* * * Entram os luego en la parte que hemos llamado nueva, en la que 110 faltan los monumentos, porque, según dijim os, empezó a formarse a raíz de la R econquista y en ella se salpicaron los palacios e iglesias que 110 cabían dentro de las murallas. Prescindiendo de tales edificios, esta parte tiene la inconfundible fisonomía de la ciudad provinciana, creada por los gremios, desbordados del recinto defensivo. Son estampas típi­ cas de un vivir laborioso y sereno, la plaza Mayor, con clásicos soportales y hermoso A yuntam iento, y las calles de nombres que evocan la agrupa­ ción por profesiones o por razas: Carniceros, Zapatería, Pintores, Moros... Vagando por los ámbitos del Cáceres nuevo, desbordado de las mura­ llas, vam os descubriendo los monumentos que, com o adelantados del Cáceres señorial y eterno, prestigian con su grandeza esta parte carac­ terísticamente provinciana. En la plaza de su nom bre, la parroquia de Santiago, originariamente románica, alza su gótica fábrica de granito, construida entre los años 1554 y 1556, por el arquitecto Rodrigo Gil de H ontañón y los canteros Pedro Marquina, Juan Mena y Lorenzo Martín, a expensas del arceSala de las Columnas, en la cueva de Maltravieso

Monasterio de San Francisco

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a la del sevillano Jesús del Gran Poder.

diano de Plaseneia don Francisco de Carvajal, en el lugar en que estuvo el viejo tem plo de los Fratres de Cáceres. La belleza de las portadas, de los ventanales y de las columnas que sustentan los fuertes estribos, la avaloran en el interior, entre otros detalles, la reja de tradición pla­ teresca, forjada en el siglo x v i por Francisco INúñez, y el espléndido retablo de talla policrom ada, de Alonso de Berruguete, obra de gran interés para el estudio de la producción del fam oso escultor, pues por haberla realizado en sus últimos tiempos — se colocó en 1570, muerto ya el artista— , se ve en ella la evolución hacia formas suaves y sintéti­ cas, ju n to a los escorzos violentos, procedentes de la prim itiva influen­ cia de M iguel Ángel. El retablo, que remata en el coronam iento con calvario y escudos de Carvajal, es un conjunto rico, con profusión de ador­ nos, columnas y relieves que representan a la Virgen, Santiago a caballo, los Cuatro Evangelistas, la A doración de los Reyes Magos, la Entrada del Señor en Jerusalén, la Resurrección y la Im presión de las llagas a San Francisco. En esta iglesia, en la que tienen sus enterramientos los Carvajal, Villalobos, Portocarreros, Guzmán, Bust amantes y Figueroas, se rinde fervoroso culto a la imagen del Nazareno, del siglo x v n , m uy parecida

En la misma plaza de Santiago nos delei­ tan las piedras d o ra ­ das del citado palacio de G odoy, arm onioso con ju n to del R en a ci­ miento, de labrado gra­ nito, en el que riman la belleza de la porta­ da, la del patio y, so­ bre to d o , la del m o­ n u m en tal b a lcó n de esqu in a , que co n su frontón, colum nas de orden com pu esto, sá­ tiros, amorcillos, tallos serpenteantes y h o ja ­ rascas, flanqueando el escu d o del rem a te, com ponen una autén­ tica filigrana y forman un ejem plar e x tra o r­ dinario de este m oti­ vo arquitectónico tan extrem eño. En la cercana pla­ zuela de la Audiencia Detalle del retablo de la parroquia de Santiago con tem plam os la fa ­ chada de sillería y escudo de mármol del que fue hospital de la Piedad y luego Real Audiencia de Extrem adura, en cuyo interior se abre hermoso patio de dos plantas, de traza clásica; en la esquina de la plazuela del Duque y la calle de Sancti Spíritu, el prim itivo solar de los Saavedras, del siglo x v , después palacio de los Carvajal, duques de Abrantes. Dos torres, una con volado m atacán, defendían esta vieja casa-fuerte, que aún conserva en sus muros góticas ventanas. Del mismo estilo es parto de su labrado patio, correspondiendo la otra al R enacim iento, gusto q u e' triunfa tam bién en la bella portada interior, que luce telam ón, cariátide, querubines y el escudo de Carvajal. En la calle Em pedrada, frente por frente, están la casa de los Galarzas, del siglo x v i, con patio renacentista y esbelta torre que adorna linda

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Reja y retablo de la parroquia de Santiago


E l c o n v e n t o de monjas de Santa Clara se fundó en 1561, ter­ minándose la construc­ ción en 1614. Destaca en él la bella puerta, adintelada, con enta­ b la m en to, fro n tó n y finísim as lab ores del R e n a cim ie n to en las molduras, que remata en tem plete, entre es­ cudos con los cuarteles de Golfín, Torres, Pa­ redes y Rivera.

ventana de esquina, y la de los Carvajal, marqueses de Camarena la V ieja, defendida por recio to ­ rreón del siglo x v , con fachada del x v i i , de huecos adintelados, que se timbra con las armas de Carvajal y Ulloa. En la p róxim a plaza de la C on cepción vemos el palacio de la Isla, que debe su nom bre al tí­ tulo de marqués de igual denom i­ n ación de sus antiguos dueños. Fue construido en el siglo x v i por una rama del linaje de los Blázquez, cuyo emblema heráldico se mezcla en los escudos con el de los M ogollón, Flores y Tapias. El hermoso edificio de ventanas gó­ ticas, puerta de dovelas almoha­ dilladas y patio con escudo esgrafiado, da hoy albergue en sus tres plantas a la B ibhoteca Pública y Archivo H istórico, guardándose en él auténticos tesoros bibliográ­ ficos y documentales, ya que aquí vinieron a parar libros de Guada­ lupe, Y uste y Alcántara, y en él se custodian los protocolos de la provincia, testimonios escritos de su h istoria, de su arte, de sus linajes... Portada interior del palacio de los duques de Abrantes Deambulando todavía por esta parte de la ciudad provinciana, aún encontramos la casa blasonada de los Ladrón de Guevara y Flores de Lizaur, el antiguo colegio seminario de San Pedro, de aspecto muy semejante al palacio episcopal, construido en el siglo x v i por el obispo Galarza; el palacio de los marqueses de M onroy, con marmóreo escudo y ventana de parteluz; la ermita de la Virgen del Vaquero, del x v ii, construida en el lugar en el que la tradición dice estuvo la casa del va­ quero al que se apareciera la Virgen de Guadalupe; la parroquia de San Juan y el convento de Santa Clara. La citada parroquia, de sillería de granito, com enzóse a construir en el siglo X I I I , habiéndole dado sucesivas reformas una fisonomía del x v i i . Sus muros y enterramientos se timbran con las armas de los Figueroas, Carrillos, Espaderos, Sandes, M onroy, Carvajal y otros linajes.

¿C óm o es p osib le que en estas murallas cacereñas se enlacen el basam en to céltico de la torre del Postigo, la puerta romana del Cris­ to, los restos visigodos ju n to al arco de Santa Ana, el tapial árabe de torres com o la R edon ­ da y la D esm ochada, los lien zos de la cris­ tiana R econquista y el tardío y d iecioch esco a rco de la E stre lla ? Palacio de la Isla Aquí tod o es p osible, porque el tiem po no cuenta. Prácticam ente, el barrio está intacto, com o si los siglos no hubieran corrido, com o si aún cruzaran por sus ám bitos aquellos grandes señores de las poderosas estirpes de O vando, Ulloa, Car­ vajal, Golfín, Sande, M ayoralgo, M ogollón, Espadero, Figueroa... Y a desde la clásica plaza M ayor — h oy del General Mola— , antigua plaza de armas de la villa, vem os varias de las torres avanzadas del recinto murado, tales com o la de los Púlpitos, que debe el nombre a las torretas de sus ángulos, y la de Bujaco — corrupción de A bu b -J a cob — , en la que, en maridaje extraño, sobre una almenara árabe, se alza un tem plete que cobija vieja y marmórea estatua romana de Ceres, o del

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3. — La eternidad triunfante.

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genio tutelar de la colonia Norba. A los pies de esta torre cierra sus arcos con rejas la dieciochesca ermita de la Paz. Cruzamos la muralla, que tu vo cinco puertas y unas treinta torres, por el arco de la Estrella. Ha sido tan sólo un paso; pero el viajero siente la impresión de haber cruzado siglos. Calles estrechas y abiertas plazas, blasones y ajimeces, torres y lambrequines, iglesias y palacios, nos transportan a un mundo monacal y caballeresco, en el que, bajo un cielo intensamente azul, surcado por las blancas siluetas de las cigüeñas, reina un silencio que sólo tiene derecho a rom per las voces solemnes de las campanas. ¿Por dónde empezar? Es lo mismo: hay que adentrarse, perderse en este m undo de labrada piedra de granito, al acecho de la sorpresa que va a depararnos cada paso en una plaza, cada doblar de una esquina... El Cáceres de torres y murallas que vim os de lejos, nos pareció una in­ mensa fortaleza o un soberbio alcázar, inverosímiles hoy; pero aquí com ­ probam os que todo es cierto, que las mansiones solariegas, baluartes defensivos, se apiñan, pregonando el espíritu bélico y el señorío de unos lin a je s, p ara los que el tiem po no cuenta, porque en los palacios viven los d escen dien ­ tes de los constructo­ res, g en era ción tras generación. El A darve, que se­ para la muralla de la ciudad, se alarga a de­ recha e izqu ierda del encantador arco de la Estrella, obra de Ma­ nuel de Lara Churriguera, original por su trazado en esviaje, em ­ bellecido con hornaci­ na n eo clá sica e im a ­ gen de granito. A un lado un arco que salva la calle se matiza con el verdor de una palm era; al otro la casa de los C anoM octezum a, condes de la Quintana de la Enj arad a, cuya torre es la única en la que juePortada del monasterio de Santa Clara

ga el ladrillo en vez de la piedra, evoca a los d e s c e n d ie n te s de la p rincesa azteca que primero se llamó Tecuixpo — Copo de A l­ godón — y luego doña Isabel de M octezuma. Cuando llegamos a la plaza de Santa Ma­ ría, aletean en nu es­ tra mente las estrofas que le dedicara Blanco Belmonte: Duerme de noche y de día esta plaza cacereña, lago de m elancolía... ¿Duerme? ¿Sueña? Guarda los viejos blasones de estirpe conquistadora, bate el viento sus rincones... ¿R u ge? ¿Llora?

Duerme y sueña y ruge y llora, to d o a la v e z , p o rq u e aquí se cen tra una evocación capaz de hacer sentir las más diversas sen saciones. Reparamos primero en el palacio de O van­ do, por lo que tiene de Torre de Bujaco recuerdo histórico, ya que lo alzó H ernando de Ovando, hermano del gobernador de las Indias, frey Nicolás, a com ienzos del siglo x v i, habitando aún en él sus des­ cendientes, los condes de Canilleros. La portada, de sillería plateresca, encuadra el arco de medio punto entre pilastras jónicas, con medallones en las enjutas, entablam ento, figuras y escudo en resalte oval, rem atado en lo alto con águila esgrafiada, agregación del siglo x v m . En los aludidos medallones se ve en uno el busto de un caballero y en otro el de una dama, que bien pudieran ser los constructores, el citado H ernando y su esposa, doña Mencía de Ulloa. En el interior del palacio se abre hermoso patio rectangular, con columnas y arquerías en ambas plantas. De él arranca señorial escalera, también de granito, que se cubre con airosa cúpula.

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Está al lado el pa­ lacio episcopal, que tie­ ne dos fachadas, una frente a Santa María, de sillares a lm oh a d i­ llados entre columnas to sca n a s, con stru id a en el siglo x v i por el obispo don García de Galarza, y otra en la calle del A rco de la Es­ trella, del x v , con puer­ ta b ilo b u la d a . E ste hermoso edificio tiene viejísim o origen, pues a raíz de la R econquis­ ta empezaron a residir aquí los prelados. La parte más antigua que se conserva es una por­ tada que vem os en el cuadrado y amplio pa­ tio, en la que una ins­ cripción atestigua fue construida por el obis­ po don García de Cas­ tro en 1412. La casa de Carva­ ja l da frente al ábside de la iglesia de Santa María, con la bella soArco de la Estrella briedad de su fachada de sillares. Su torre ci­ lindrica, del siglo x il o anterior, ya dijimos ser árabe, agregando ahora que es la más antigua torre señorial de Cáceres y un espléndido m odelo de la arquitectura militar de la Edad Media. En la fachada, m agnífica por su majestuosa sencillez, armonizan la puerta de enormes dovelas, el escueto escudo de Carvajal dentro de gótico alfiz, y el liso balcón de esquina, ejemplar de contraste con todos los balcones extremeños de esta form a, siempre llenos de adornos. El palacio de M ayoralgo alzóse, m uy a principios del siglo x v i, sobre el que había sido, desde la R econquista, solar del linaje, que cam bió el primitivo apellido de Blázquez por el de M ayoralgo, corrupción de ma­ yorazgo, en recuerdo de un pleito sobre la primera de estas fundaciones vinculares que hubo en Cáceres. En la hermosa fachada, cuyo cuerpo cen-

tral enmarca un arrabá, se abre puerta de medio punto, con grandes d ove­ las, al m odo avilés, resaltando sobre ella el escudo nobiliario, con cimera, lambrequines, roleos y espirales de magnífica labra, entre dos airosas ventanas gemelas de mainel, convertidas en balcones. Esta fachada aún conserva rasgos góticos. El patio de este palacio resulta original, porque su arquería es apun­ tada, de traza y fábrica mudéjar, de ladrillo enlucido, descansando en cuadrados pilares de granito, con capiteles de ornam entación vegetal estilizada, labor que, aun siendo gótica, denota un arcaísmo que lleva la construcción al siglo x iv . Una estatua rom ana adorna el patio de esta mansión, que siguen habitando los descendientes de los constructores, los condes de la Torre de Mayoralgo. La Diputación Provincial, que se une por una parte a la iglesia de Santa María y por la otra al palacio de los Golfines, fue el antiguo con ­ vento de m onjas de Jesús, que en las reformas y adaptaciones perdió su carácter. H oy se lo ha q u e rid o d e v o lv e r una fach ad a de sille­ ría, con puerta de m e­ dio p un to y ventana de p a rte lu z, a greg a ­ ción reciente, en la que se trata de conservar el estilo de los viejos edificios cacereños. V e m o s lu e g o , ya terminando el recorrido de esta plaza, la casa de los G olfín-R oco, h oy de los duques de Valen­ cia, sobre cuya puerta de dovelas se abre una ventana entre escudos. Por último nos de­ ten em os ante la casa rectoral de Santa Ma-, ría, que fue de los M o­ ragas, y tiene, dentro de su pequeñez, sufi­ ciente carácter para no desentonar del con jun ­ to, con su puerta de arcada y el blasonado balcón.

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Palacio de Ovando

r


R eto más orgulloso aún leemos en una piedra em potrada en un muro del patio, piedra traída, al igual que los bellos y blasonados frentes de sepulcros que hay ju n to a ella, del convento de Jesús, en el que tenían sus enterramientos los de Ja casa. La inscripción, que era la funeraria del linaje, dice así: AQUI

ESPERAN

LOS G O L F IN E S E L D IA D E L J U IC IO .

.A * ’ *

En el palacio, de grandes dimensiones, hay hermosas estancias, siendo una de ellas la llamada sala de los Linajes, verdaderam ente curiosa, tanto por el artesonado com o por los escudos e inscripciones que corren bajo él, trazando la genealogía familiar. El palacio de los Golfines, extraordinario, bellísimo, com pleta el cerco espléndido en torno al tem plo que da nombre a la plaza. * * * En medio del con jun to grandioso y evocador se yergue la iglesia — h oy catedral— de Santa María, que fue la primera alzada a raíz de la Reconquista. El tem plo actual es una gótica fábrica de sillería, concluida a mediados del siglo x v i, en la que trabajaron Pedro de Ibarra, Pedro Marquina, Sancho Ortiz y Jerónim o Góm ez. Canecillos y cornisas son el único arcaísmo por el que se infiere ser reconstrucción de otro templo anterior. A l pie de su torre, que se alza esbelta, coronada de nidos de cigüeñas, y fue concluida en 1558, está la estatua en bronce de San Pedro de A l­

Palacio episcopal

Finalmente nos paramos ante la maravilla del palacio de los Golfines de A bajo, el más im portante ejemplar de la arquitectura civil cacereña, p o­ seído h oy por los condes de Torre Arias, descendientes de los constructo­ res. En él se enlaza la tradición de la casa-fuerte con el desbordam iento de los primeros decorativos, que hacen de su fachada una deslumbrante fili­ grana, en la que ju n to a matices de sabor m edieval triunfa la más depu­ rada belleza plateresca. La crestería de duro granito, con grifos afrontados entre flameros y florones, supera la del salmantino palacio de Monterrey. A fines del siglo x m estableció aquí su prim itivo solar el apellido Golfín, del que luego se formaría una segunda línea, la de los Golfines de Arriba. En este palacio se alojaron los Reyes Católicos durante sus visitas a Cáceres, que por eso tiene las regias armas en uno de los escudos de la fachada. Las filigranas, los blasones, el alfiz adornado, que recorre en toda su al­ tura el cuerpo central; la ventana de parteluz, la torre destacante del cen­ tro y la lateral alta y guerrera, todo se armoniza con una belleza orgullosa, que tiene su reto en la cartela que dice:

Palacio de Mayoralgo

E S T A ES LA C A S A D E LO S G O L F IN E S .

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cá n tara, ul tra rocienti) « I d iIit» 1 1 <■ i-KCultor e x t r e m e ñ o C om en dad or.

E n riq u e Pérez

e n t r e ellos los d e C a r v u j u l , ( í o d o y , B e c e r r a , C e r d a , l ' i g u e r o a . T a p i a . Gol f i n, VillaloboH, E s p a d e r o , B l á z q u e z , M o g ol l ó n , M a y o r a l g o V Ul l o a ,

La parte externa del templo os encueta, austera. Tan solamente las portadas, los recios estribos y los ventanales rom pen la uniform idad de los muros de granito, dorados por los siglos. La torre tiene en su segun­ do cuerpo un medallón en relieve con el lirio, emblema de la Virgen. Las portadas son góticas, siendo la del lado del Evangelio la más im portante, con finas archivoltas. El arco apuntado se parte en dos puertas por un pilar, form ando en la parte alta un tím pano sin adornos, con ménsula para una imagen, que no tiene. Se abre en un cuerpo des­ tacado, cuya cornisa sustentan canecillos de sabor rom ánico, que perte­ necieron a la prim itiva fábrica y pueden datar del siglo x m . La puerta del Sur es semejante, aunque más sencilla; la del lado de la Epístola, cuyas pilastras estriadas se adornan con festones de hojas de higuera, no da hoy al exterior, sino a una capilla. Forman el interior del tem plo tres naves de desigual altura, con b ó ­ vedas de crucería que descansan en pilares cruciform es de basas góticas, con molduras o v o lu ­ tas, de gusto renacen­ tista por capiteles. Los arcos que separan la nave principal de las otras dos son apunta­ dos; los restantes, de medio punto. B e llís im o s sépulcros, antiguas im áge­ nes y forjado p u lp ito gótico, son detalles de admirar en el interior de este tem p lo, en el que el granito se cuaja de escudos nobiliarios, en suelo y muros, com o un eco que repite el or­ gullo que pregonan en la plaza de Santa Ma­ ría y en la ciudad en­ tera los palacios seño­ riales. Arcos, capillas y losas son enterramien­ tos de ilustres paladi­ nes, de los que sería in­ terminable la lista de apellidos, destacan do

La portada de la sacristía, obra del R enacim iento, la hizo en 1527 el entallador Alonso Torralba. Esta cámara tuvo el doble destino de capilla y sacristía, estando enterrado en ella el ya aludido conquistador Francisco de G odoy. El retablo m ayor, maravillosa talla plateresca, en madera de pino de Flandes y cedro en su color, consta de zócalo, tres cuerpos de cinco calles, en sentido vertical, y coronam iento con calvario. Todos los relie­ ves, columnas y estatuas están ejecutados primorosam ente por Guillen Ferrán y R oque Balduque, artistas que acabaron esta obra el 21 de febrero de 1551, según consta en cartelas sostenidas por ángeles, que hay en el hueco central, destinado a la imagen de la Virgen de la A sun­ ción, misterio al que se consagró el tem plo. Los citados artistas probaron sobradam ente su inspiración y maes­ tría en este retablo extraordinario, que por docum entos sabemos que en un principio se pensó que llevase algunas tablas pintadas. La belleza admirable de las tallas que los que lo encar­ garon iban viendo salir del taller que Guillen y Balduque habían ins­ talado en Cáceres, hizo m odificar la primitiva idea, felizm ente, por­ que así se ob tu vo este ejem plar magnífico. Las finas columnas de orden com p u esto, con d ecora ción en la parte baja, form an los in t e r c o lu m n io s q u e ocupan espléndidas es­ culturas de diez de los A p ó sto le s. Los table­ ros en relieve represen­ tan a los cuatro E va n ­ gelistas, doctores de la Iglesia, y Misterios de la vida de Cristo y la Virgen, aparte de dos de ellos, d edica dos a las especiales d evocio­ nes cacereñas de San­ tiago y San Jorge, por-

Palacio de los Golfines de A bajo

Exterior de! templo de Santa María


que b ajo el patrocinio do aquel se creó aquí la fa m o s a O r d e n , y este ostenta el patro­ nato de la ciudad, por haberse reconquistado en el día de su fiesta. A m b os santos apare­ cen a caballo, uno con m oros y otro con el de­ monio a los pies. En las r e s ta n te s tallas y adornos — án­ geles, querubines, vir­ tudes, quimeras, guir­ n a ld a s ...— , así com o en la cen tral im agen de la A sunción, im pe­ ra, al igual que en tod o el retablo, el arte más ex q u isito y la e je cu ­ ción más perfecta. E ntre las capillas del tem plo, todas con sepulcros b lason ados y posteriores retablos b a rro co s , m erece es­ pecial m ención la del Cristo, que se abre en el lado de la Epístola, en la cabecera, entre el presbiterio y la sacrisliitcrior «leí templo de Santa María tía. Es el enterram ien­ to de los poseedores del p a la cio de O vando, que tienen en los dos lados sus viejas arcas sepulcrales de granito, con profusión de adornos. En el retablo del altar, copia del m ayor, se venera una interesantí­ sima escultura de Cristo crucificado, de tam año natural, sin pintura, de tono com pletam ente negro. P or docum entos se sabe que esta imagen existía ya a principios del siglo x v . Su arcaísmo encaja perfectam ente en tal período, o acaso en los finales de la centuria anterior. ]^a iglesia de Santa María encierra en sus naves no sólo arte y monumentalidad, sino tam bién una fuerza de evocaciones irresistible, que le dan el granito ennegrecido por los siglos y la cantidad asombrosa, posiblem ente sin parangón con tem plo alguno, de escudos heráldicos que

A u nqu e no hemos h e ch o sin o v e r una plaza y entrar en un te m p lo , cu a n d o sali­ mos de éste, el Cáceres eterno nos ha ganado ya y estamos dispues­ tos a perdernos en el dédalo de calles im pre­ sionantes, a sumergir­ nos en este triunfo de la etern id ad que nos cerca y embriaga. A nuestro paso van s u r g ie n d o , u n o tras otro, palacios, torres y casas solariegas. La de los Espaderos con ser­ va su vieja torre jtira­ dera, e je m p la r t íp i­ co de Jos siglos x i i i o x iv , que tiene en la esqu ina de la parte alta enorme matacán y luce ventana de parte­ luz. El linaje del ape­ llid o E sp a d e ro , que alzó este edificio, vino co n la R e co n q u is ta , Tem plo de Santa María. Portada de la sacristía dejando pronto de so­ nar, porque sus riquezas recayeron en hembra y pasaron a otras estirpes. Algo semejante, aunque más tardíamente, ocurrió con los Durán de la R ocha, también desaparecidos del concierto social cacereño. E l más lindo detalle de su casa es la ventana sobre la puerta de dintel, que se abre entre cuatro escudos. Casi enfrente de este edificio, en unos recovecos de calles que llevan el delicioso y viejo nom bre de R incón de la M onja, encontram os la pequeña casa de una secundaria línea de los O vandos, con fachada de sillería, escudo, puerta de m edio punto y ventana gótica. La solariega residencia de los Becerras, que fue a recaer en los condes de Campos de Orellana, la hizo el com endador de Malta, Diego Becerra

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cubren el suelo y se sal­ ifican por todas partes.


Paredes, m uerto en lucha con los m oros en tierras andaluzas, en la Ajarquia, en 1483. Se ofrece a nuestra contem plación com o un bello ejemplar (le fachada de sillares, con puerta de arco de m edio punto y dos gemelos y bien labrados escudos sobre banderas cruzadas. La que denom inan casa Mudejar, con su ventana de parteluz y su original fisonomía, nos brinda un m odelo, único en Cáceres, de construc­ ción con ladrillo, que es a la vez típico ejem plar de la arquitectura toledana del siglo x iv . En la casa de los Aldanas, que fue luego de los condes de Cervellón, la torre cuadrada, el escudo de mármol y la reja diagonal reclaman para sí el m ayor interés del edificio. En la cuesta que lleva el nom bre del linaje antes citado, la m ayor im portancia la tiene la casa de los Espadero-Pizarro, con fachada de sillería, sobre cuya puerta de grandes dovelas resalta entre leones tenan­ tes el escudo, bajo ventana de arco conopial. De la cornisa moldurada en que descansa la techum bre destacan gárgolas, figurando endriagos. La inscripción « d . L O P E l e o n í » , grabada en una piedra, pudiera indicar el nombre del artífice constructor. Un m on o con co ­ llar y cadena vem os la­ brado en el pasamano de la escalera de esta casa, en la que tam ­ bién hay en relieve una pequeña ven ta n a, por la que asoma una per­ sona con capucha, que vigila al m ono. Estos adornos burlescos nos h a cen pensar en las tallas de R odrigo A le­ mán que vim os en la sillería del coro de la catedral placentina. En la misma cues­ ta de A ldan a, ocu lta por un muro exterior, encontram os la que fue casa rectoral de Santa María, delicioso rincón en el que ju n to a dos arcadas con colu m n a corre un frente de silleTem plo de Santa María. Cristo de la capilla del palacio de Ovando


ría del siglo x v , con puerta de dintel sobre ménsulas, ventana gemela de fdiación m udéjar, anagrama de Cristo, jarra emblema de la Virgen y es­ cudos de Espadero y Saavedra. El palacio de la Generala fue el solar de los M ogollón, heredado por los Ovandos, marqueses de Camarena la Real. Le viene el nom bre de la viuda del primer poseedor de este título, que tu vo en la milicia grado de general. El enorme edificio es un m odelo magnífico de casa-fuerte del siglo x v , en el que se abrazan estrechamente lo señorial y lo guerrero, cosa que simbolizan de manera concreta el matacán cilindrico, destaca­ do sobre dos nobiliarios e idénticos escudos. Frente al palacio de la Generala está lá casa de los Riveras, cons­ truida por A lon so de R iv era , doncel de Juan II de Castilla, muerto en las luchas contra los revoltosos infantes de Aragón. A quí quedaron sus descendientes, con título de señores de la Torre de la Higuera, si bien la fachada que hoy vem os es bien distinta, pues la reform a hecha en la pasada centuria m odificó su fisonomía, en la que lo más nota­ ble en la actualidad es el escudo y la puerta de grandes dovelas. J u n to al a rco de Santa Ana, una de las puertas de la muralla, form an ángulo los m u­ ros del palacio de los co n d e s de A d a n c r o , cuya p orta da enm ar­ can sillares alm ohadi­ llados, que en los late­ rales atraviesan en su m asa unas colu m n as adosadas. D os casas, una de los U lloas y olra de los Ovandos, se unieron para form ar el edificio, que nos ofrece un rin cón m u y co m ­ pleto del siglo x v i i . En la plazuela de los Pereros nos espera el solar de los de este linaje, al que por co ­ rrupción del n om bre el p u eblo llam a casa de los Perros. Dos son sus fachad as: la pri­ m itiva, gótica, del si­ glo x v , y la principal, Casa de los Becerras

del x v i, armoniosa y simétrica, con puertas de dovelas y dos se­ ries de ventanas. En su interior conserva lin d o patio, realizado por A lonso Marquina en 1561. Los frailes del monasterio de San Francisco edificaron en 1659, en la calle del Olmo, la enferme­ ría de San A ntonio — hoy colegio de monjas carmelitas— , que nos muestra una agradable fachada m uy del gusto de su época, cuya ventana rectangular decoran los escudos de España, de Cáceres y de la Orden franciscana. Muy próxim a se alza la casa de los Ó vando-Perero, recaída, al igual que el palacio de Ovando, en los condes de Canilleros, con hermosa fachada de sillería, puer­ ta de medio punto y preciosas ventanas, en las que los adornos góticos marcan supuestos cala­ dos sobre la piedra maciza. Otra espléndida casa, que se une por la parte posterior al so­ lar de los Ulloas, del que habla­ rem os, adorna aún la calle del Olmo con su fachada de perfec­ ta simetría, en la que los huecos de dintel sobre ménsulas se com ­ binan con dos ventanas de par­ Cuesta de Aldana y casa de los Espadero-Pizarro teluz de mármol, cuyos capiteles adornan escudos. Camino de la puerta de Mérida reparamos en el gracioso rincón de sabor gótico que form a el pequeño y antiguo hospital de los Caballeros, fundado en 1486 por Diego García de Ulloa. Frente a la desaparecida puerta de la muralla que se llamó de Méri­ da está la casa de los Sánchez-Paredes — h oy del linaje Montenegro— , cuya torre nos recuerda la prim itiva fisonomía guerreromedieval, m o­ dificada luego por reformas que dieron al edificio matices señoriales. El escudo, con inscripción latina b ajo él, representa uno de los viejos detalles ornamentales. E l m undo infinito de ensueños que es el Cáceres m onum ental nos embriaga con su sinfonía de piedras y evocaciones. Perdidos por sus

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Matacán y escudos del palacio de la Generala

á m b it o s , h e m o s id o v ie n d o y a d m ira n d o los detalles del con jun ­ to inverosím il, los co n ­ trastes sorprendentes, co m o el que p rod u ce en un rin cón de esta grandeza nobiliaria el barrio de San A ntonio, la Judería vieja, en la que imperan la cal y la m od estia de unas pequeñas y típicas casucas blanqueadas, so­ bre las que ponen su nota de color los ver­ des emparrados. Es el islote sen ci­ llo, entre lo m onum en­ tal, que sigue d o m i­ n an d o. A hí está, p or ejem plo, co m o mues­ tra, el atrio que en la cuesta de la Compañía abren las fachadas de la iglesia y colegio de jesu ítas, inaugurados en 1755. El frente de la iglesia, que se en­ marca entre dos torres cuadradas, tiene puer­ tas de m edio punto y dos cuerpos con colum ­

nas de orden com pues­ to, todo de granito. La entrada del colegio es sem ejante en las colu m ­ nas, aunque con portada y balcón adintelados. * * * Desde la puerta (le Mérida conduce a la plaza de San Mateo la lla­ mada calle Ancha, recta y estrecha, que avanza entre otra serie de her­ mosas mansiones solariegas y blasonadas. Una de ellas es el palacio construido en el siglo x iv por el com endador de Alcuéscar, de la Orden (le Santiago, Diego García de Ulloa. Sucesivas reformas, que se prolongan hasta el x v m , fueron cam biando su fisono­

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mía, sin restarle prestancia, sino agregando nuevos m otivos em bellece­ dores cada generación. La airosa torre de mampostería en la parte baja y sillares en la alta, representa lo más viejo del edificio, siendo lo más nuevo la dieciochesca fachada que rem ata con escudo bajo la corona marquesal del título de sus peseedores, los marqueses de Torreorgaz. La casa de los Paredes-Saavedra es otro adorno de la calle Ancha, con una fachada en la que están patentes gustos de los siglos x v y x v i, con retoques posteriores. Le dan singular interés la puerta de sillares almohadillados y las ventanas de parteluz, una de ellas ejem plar pre­ cioso, por su fina traza y por la originalidad de tener el mainel, no de blanco mármol, com o todas las otras que hay en Cáceres, sino de negra pizarra. Llegando ya a la plaza de San Mateo vem os en un rincón el que se denomina solar de los Ulloas, alzado en 1465. Su preciosa fachada de sillería tiene puerta de dovelas, ventana festoneada con denticulado gótico y alfiz que cob ija los escudos de Ulloa y Carvajal. *

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Si la plaza de Santa María, aunque elevada, está en un rellano bajo, la de San Mateo ocupa lo alto de la colina. H ay que subir a ella por calles empinadas y encantadoras, y pararse al llegar, no tanto para reponerse de la fatiga de la subida com o para m editar en lo visto y disponer el ánimo a la contem plación de lo que encontram os, porque aquí se nos brinda otro increíble conjunto. En una parte vem os los esquinados escudos de otra solariega casa de los Ulloas, recaída en los marqueses de Oquendo. A un lado se abre la Casa de los condes de Adanero


rinconada de sabor recoleto del convento de San Pablo, viejo beaterío que se funda en 1445. El edificio de sabor gótico, con la portada de arco apuntado y el pequeño cam panario, que siguen habitando monjas de clausura, más que m onumentalidades, tiene el intenso encanto de una estampa de quieta humildad monacal. En la iglesia de este convento se encuentran los bla­ sonados y artísticos sepulcros de los Aldanas y Espaderos. El fondo de la calle que aún lleva el señorial nom bre de los Condes, lo cierra el palacio de los Golfines de Arriba, que recayó en los marque­ ses del Reino, con su airosa torre, de com ienzos del siglo x v i, palacio que se ha incorporado a la historia española contem poránea, porque en él tu vo su primer cuartel general durante nuestra guerra el Generalísimo Franco, cuando se le proclam ó Jefe del Estado el 1 de octubre de 1936, lo que conm em ora una lápida. Una perspectiva la corta la llamada casa del Sol, que da frente al ábside de San Mateo, cu yo nom bre le viene del emblema que campea en el escudo del apellido Solís, con el cual tim bra su portada. Fue solar prim itivo de los Galíndez y Pantojas, pasan­ do de ellos a los des­ cendientes de una her­ mana del maestre don Gómez de Solís. Éstos alzaron en el siglo x v la original fachada, en la que el m atacán ci­ lindrico, con aspilleras en form a de cruz, que hace de garita volada en la p arte alta, da al co n ju n to un matiz de severidad guerrera. Entre los otros diver­ sos detalles del edifi­ cio, destaca la ventana de un m u ro la te r a l que, b ajo otro escudo del apellido Solís, tren­ za diagon alm en te los fuertes barrotes de su reja. Junto a la casa del Sol está la de los Sandes, marqueses de Valdefuentes, con struida Palacio de los marqueses de Torreorgaz


en tiem po de Juan II, en cuya fachada vem os una bella ventana gótica b ajo cenefa esgrafiada, y ante la que recordam os que nació aquí don A lva­ ro de Sande, fam oso general de los ejércitos de Carlos V y Felipe II. Tod o el encantador conjun to del barrio alto lo preside la parroquia de San Mateo, que ocupa el lugar en donde estuvo la m ezquita. La pri­ m itiva traza, de la que hablan docum entos de 1345, sufrió una reforma general en el siglo X V , prolongándose las obras hasta el x v m . La cabe­ cera fue reconstruida por Pedro de Ezquerra en 1500; las bóvedas se cerraron en 1539; la torre la alzó Pedro Vecino en 1780. La portada plateresca, posible obra de Guillén Ferrán, encuadra el arco escarzano entre columnas de orden com puesto, con su entabla­ mento, y se decora con medallones de San Pedro y San Pablo, querubi­ nes y busto de San Mateo, entre niños tenantes. Su interior, de una nave y capillas, que luce retablo barroco, de 1760, se adorna con numerosos blasonados sepulcros, entre los que descuellan los platerescos y bellísimos de los Ovandos, sobre los que se desarrolla una fina decoración con múltiples adornos, columnas, figuras, animales fantásticos, escudos, tibias y calaveras, que se tienden sobre las arcas sepulcrales y rem ate de los arcos. En uno de estos sepulcros reposa el ilustre don Juan de O vando, pre­ sidente de los Consejos de Indias y Hacienda en tiem po de Felipe II, canónigo de Sevilla, que estuvo a punto de presidir tam bién el Consejo de Castilla, cargo semejante al de presidente del Consejo de Ministros, pues los otros que tuvo equivalían a ministro de Indias y Hacienda.

E ste person aje reali­ zó tam bién una labor im p o r ta n te en leyes indianas. En los otros sepul­ cros del tem plo, todos co n sus bla son es c o ­ rresp on d ien tes, están en terrad os O v a n d os, P ereros, Sandes, T o ­ petes, Saavedras, G ol­ fines, Ulloas y M ayora lgos, d e s c a n s a n d o sobre uno de ellos ala­ b astrin a estatua y a ­ cente de caballero que luce gótica arm adura. En San M ateo, al igual que en los otros tem plos cacereñ os, lo nobiliario se im pone en la fuerte m edida que cuadra a esta ciudad de señorío e hidalguía.

El barrio de San Mateo, desde la torre de los Golfines de Arriba

A un la d o de la plaza de San Mateo se abre la plazuela de las Veletas, que tiene por Casa del Sol fondo el palacio deno­ m inado así, construido sobre parte de lo que fue solar del alcázar árabe, donado luego a una línea de los Ulloas. En un muro del patio de graníticas colum nas, una lápida en latín, vertida al castellano, dice así: «.Este antiguo Alcázar de los moros, en lo pasudo fu e conquistado por el R ey Alfonso. Terminadas al fin las guerras y pasado algún tiempo, por obra de Ulloa, surgió de sus ruinas esta hermosa casa.» El viejo palacio, cuya fachada tim bran cuartelados escudos bajo coronas, que hoy no tiene una sola veleta y recayó en los duques de Fernán Núñez, nos abre las puertas para mostrarnos los tesoros arqueo­ lógicos y artísticos del Museo Provincial, aquí instalado.

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jibe árabe, único resto que se co n se rv a del m encionado alcázar. F orm an el a ljib e cinco naves, separadas p or cu a tro arquerías paralelas de arcos de herradura, a p o y a d o s en monolíticas colum ­ nas de granito. En la co n stru cción se u tili­ zaron materiales ante­ riores, pues las colum ­ nas son romanas y no faltan piedras que pa­ rece sean visigodas. Este m on u m en to, más p osiblem en te alParroquia de San Mateo. Sepulcro de don Juan de Ovando

Lo p reh istórico y lo rom an o, las co le c­ ciones epigráfica y nu­ mism ática, la pintura extremeña y la repro­ ducción de una típica co cin a reg ion a l, con m aniquíes a ta v ia d os con los trajes folklóri­ cos, nos deleitan antes de bajar a ver el m o­ numento más original e impresionante, el alParroquia de San Mateo y convento de San Pablo

mohade que califal, es uno de los pocos que se conservan y el más im portante de España en su género. La sala de prehis­ toria del museo es rica en cantidad y calidad de objetos m uy diver­ sos, mereciendo espe­ ciales m en cion es los verracos célticos y las lápidas de la E dad del Bronce. La epigrafía rom a­ na es abundantísim a, siendo también de inte­ rés, de la misma época, todo lo que se encontró en las excavaciones del p ró x im o ca m p a m en ­ to rom ano, depositado aquí. La colección numis­ mática tiene verdadera im portancia, tanto por la calidad com o por la cantidad, pues a las co ­ lecciones de las distin­ tas épocas se suman los varios tesoros en co n ­ trados en la com arca, p rin cip a lm e n te de la Casa y torre de las Cigüeñas época árabe. Aun siendo m ucho más arqueológico que artístico el museo, no faltan en él cuadros de buenas firmas, antiguos y modernos. El palacio de las Veletas tiene una vieja leyenda: Se dice que por uno de los subterráneos, que fueron cubiertos caminos militares de la época agarena, conservados en parte, dio entrada a los cristianos que cercaban la plaza la hija del caíd moro, enamorada de uno de los capitanes de Alfonso I X . Maldita por su padre, el espíritu de la mora vaga una noche al año por encima de las murallas, convertida en gallina con polluelos de oro. Al salir del museo contem plam os, unida a la señorial casa de los condes de los Corbos, la esbelta torre de la Cigüeñas, del siglo x v , única

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¿Está recogido aquí tod o cuanto hay que ver en Cáceres? Podem os asegurar que no. Serían precisas muchas páginas para que la visión fuese com pleta. Casi no nos hemos asom ado a la colec­ ción de patios con colum nas de granito y arquerías en las dos plantas, cuadrados t o ­ dos, menos el del palacio de O vando, que es rectangular; incom pletos unos, concluidos otros, bellos sin excepción, con más o menos adornos. De la lista escogemos dos, casi al azar, para hablar de ellos brevem ente: el de la casa de los Pereros y el del p alacio de G odoy. El primero de los citados sigue con los arcos de la parte alta abiertos, lo que no ocurre en otro alguno, porque se cerraron con vidrieras, para resguardarse del frío. Dat a del siglo x v i y lo form an arcos de m edio punto y escarzanos, sobre columnas jónicas, con fina balaustrada de granito. En las enjutas de la arquería de la parte baja tiene esculpidas las armas de Perero, O vando, Golfín y Figueroa. En la actualidad se han puesto en él algunos adornos que desentonan. El patio del palacio de G odoy es seme­ jante, airoso y esbelto, con balaustrada y dos pisos de arcos de medio punto, sobre colum ­ nas toscanas en la parte alta y jónicas en la baja. A más de los escudos del linaje que lleva en las enjutas, tiene en los cuatro án­ gulos unos bustos en piedra que bien pudie­ ran representar al constructor, Francisco de G odoy; a su esposa, a su jefe de actuación indiana, el conquistador Francisco Pizarro, y a la princesa con quien éste tu vo su hija, a doña Inés Ytipanqui Huaylas. Sería preciso tam bién, para que la visión fuese com pleta, subir las señoriales escaleras de palacios y casonas, recorrer sus salones, admirar muebles y cuadros... Con un simple recuento, en una ojeada, nos convencem os de que hasta se silenció algún m on u m en to tan im portante com o la torre de los Platas, unida a la casa de los vizcondes de R oda, recia y airosísi­ ma, construida en el siglo x v , que tiene enorme matacán en la esquina

Vina sala del Museo Provincial

que conserva las almenas, por especial privilegio que los Reyes Católicos dieron al capitán Diego de Cáceres O vando, cuando ordenaron desmochar las torres de la localidad, para concluir con las banderías nobiliarias. *

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y empotra en sus mu­ ros de sillares ven ta ­ nas con p a rte lu z de mármol. L u ego nos agobia la idea de este incon­ cebible conjunto de no­ bleza en una ciudad de 50.000 habitantes. Pro­ porcion alm en te, esta­ m os seguros de que ni en España ni en el m undo existe un caso parecido, porque ade­ más de todos los títu­ los nobiliarios de los que hemos ido hacien­ do m ención, aún sue­ nan en Cáceres otros m u ch o s , c u y a lista c o m p le ta re s u lta r ía extensísima. Aún hemos de ano­ tar dos datos que nos causan cierta sorpresa. U no es que Cáceres 110 ca m b ió su viejo y clásico título de villa por el de ciudad hasta 1882; o tr o , que esta p o b la ció n de c a te g o ­ ría turística de primerísimo orden fue des­ c o n o c id a p or m u ch o tiem po. H oy esto está m o d ific a d o r a d ic a lPalio de la casa de los Fereros m ente, pues el turis­ mo nacional y extran­ jero se desborda de manera ininterrumpida sobre el recinto cacereño. Cáceres se conoce ya com o un conjunto extraordinario, que eso es lo que realmente significa. M onumentos aislados puede haberlos más im­ portantes en otros sitios; pero algo tan com pleto, difícilmente se encuen­ tra en parte alguna, con la peculiaridad de que todos los rincones tienen un encanto específico, que unas veces se lo dan los m onum entos, y otras, com o al A darve, el ju ego de arcos.

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En el barrio antiguo cacereño, en la plaza de Santa María, se cele­ bran en las noches de estío festivales artísticos. En el marco admirable, el aleteo de la música o de los sonoros versos de Calderón o de Lope de Vega transportan al espectador al mundo de evocaciones que Cáceres representa. Todavía hay que hacer una mención, dedicada a una gran reliquia histórica, que se guarda en el A yuntam iento: el Pendón de San Jorge. Tradicionalm ente se ha creído que esta bandera fue con la que A lfon ­ so I X entró en Cáceres, el 23 de abril de 1229, festividad de San Jorge, de lo que se deriva su nom bre; pero las armas de Castilla y León, que figuran en el escudo, im piden suponer que sea anterior a Fernando III, que es quien reúne definitivamente ambos reinos. A l valor que com o reliquia tiene el Pendón de San Jorge, se une el de la tela y el bordado, que lo hacen ejem plar im portantísim o en la historia de las industrias españolas y del blasón, además de ser una de las banderas más antiguas que existen, pues pocas se pueden encontrar que la superen en si­ glos, ya que ésta es del x m . Como lógica conse­ cu en cia de su a n cia ­ nidad, el pendón está d e te rio ra d o y varias veces fue recosida la p arte b o rd a d a , para ponerla sobre otras te­ las de fondo. La tra­ d ic ió n p o é t ic a d ic e que una de las perso­ nas que lo recosieron fue la propia Isabel la C atólica, durante sus e s t a n c ia s en C á ce ­ res, entre 1477 y 1479. A u n q u e e s to no es verdad, merecía serlo, p orq u e a tal gloriosa reliquia, tal insigne y regia costurera.

E n v u e lto s en un torbellino de arte y de, historia abandonam os Torre de los Platas


el viejo barrio, asom brados del conjunto arquitectónico, de las piedras doradas de tantos edificios o del ladrillo pálido de la casa m udejar; del silencio solemne que impera en los ám bitos de este m undo ancestral, com o un em brujo o un misterio que tan sólo tienen derecho a inquietar y com prender las voces graves de las campanas y las agudas de los vencejos, que giran y giran, entre torres, plazas y callejas, b ajo un cielo en el que se funden matices heráldicos de azur y gules... A l despertar del ensueño que nos hizo vivir en pretéritas centurias sentimos la misma sensación que refleja el poeta Ochaíta en este com ien­ zo de su poem a a la ciudad: Y o com prendo que a Cáceres llegué a destiempo, tarde: año mil novecientos cuarenta y tantos. ¿Veis? Debí de haber llegado con el glorioso alarde de unas décadas de oro del siglo dieciséis.

N o im porta, sin embargo, que el viajero llegue a Cáceres más tarde aún, porque lo encontrará lo mism o, quieto y solemne, guerrero y m ona­ cal, único y m aravilloso, com o un im posible caballeresco que, flotando en los siglos, en el poem a de su piedras labradas canta el triunfo de la eternidad...

La casa mudéjar

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Castillo de Montánchez

XI

LA CRUZ DE SANTIAGO (MONTÁNCHEZ)

Por la carretera de Cáceres a Medellín, que la gente llama de las Torres — Torreorgaz, Torrequem ada, Torrem oeha, Torre de Santa Ma­ ría— , entramos en la tierra de M ontánchez, que tiene por centro el m on­ tañoso y alto cono truncado que se corona con la villa y castillo de su nom bre. La fortaleza, m onumental, recia e inmensa, com o un hilo señero en la altura, preside el vivir com arcano. Es ésta una agrupación política y administrativa m uy antigua, ya que su término jurisdiccional y sus municipios son los mismos que eran en el siglo x m , al reconquistarlos Alfonso I X y pasar a depender de la Orden de Santiago en 1230. Esta Orden, nacida en Cáceres y desarraigada de su prim itivo solar, tu vo aquí su único gran enclave en la Alta Extrem adura, enlazado con sus muchos dominios en la Baja.

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Forma, pues, M ontánchez un sector de vieja historia, que se incorpora a los reinos cristianos y vive durante siglos bajo el signo de la roja cruz santiaguista. 1. — En torno a la serranía. Antes de subir a las abruptas y frondosas cumbres montanchegas, que dividen las aguas de las cuencas del T ajo y del Guadiana, vam os a recorrer los pueblos del distrito que con o sin título de villa tienen un tono sencillo, labriego y ganadero. La única excepción es Valdefuentes, porque, desglosada del poder santiagués, perteneció al famoso don Alvaro de Sande, siendo luego m arquesado. Por ello ofrecen cali­ dad artística la parroquia de Bienvenida, el bello palacio de los Señores y el espléndido convento de San Agustín, que conserva el hermoso pan­ teón marquesal. E xceptuando Alcuéscar, que es más im portante, impera la sencillez en los demás pueblos de la cuenca del Tam uja, que vam os recorriendo: Torrem oeha, no lejos del santuario de Torre A lba, en el que existió una fortaleza; Torre de Santa María, sin detalle que destacar; B otija, que conserva en el paraje de Villasviejas los restos de un im portante poblado céltico y rom ano; Salvatierra de Santiago — cuna del franciscano fray García de Salvatierra, fam oso en Méjico por sus milagros— , en cuyas cercanías están las ruinas de un castillo ciclópeo, que hace pensar en las civilizaciones antes citadas; Benquerencia, con su parroquia artística y rústica a la vez; Zarza de M ontánchez, que tiene cerca unas cuevas prcAlcuéscar. Vista desde el Calvario

históricas, formadas por grandes escombreras de rocas de granito, y Casas de D on A ntonio, entre frondosas encinas. Alcuéscar se alza en una ladera, no lejos de las huertas de las Herre­ rías, en paraje de abundantes naranjos. Y a lo dice una copla popular: Alm oliarín, para los higos: para patatas, la Vera; para bellotas, las Casas: para naranjas, Alcuéscar.

O bjetos de las épocas romana y visigoda se llevaron al museo de Cáceres desde las inm ediaciones de esta floreciente villa de Alcuéscar, que fue encom ienda, envió a Indias conquistadores com o Santos Docam po y guarda hoy entre sus casas nuevas la parroquia de la Asunción y el reformado palacio de los Comendadores. Pero el m ayor encanto de Alcuéscar es su tipism o, encuadrado en la belleza de un paisaje con naranjos y olivos, que se nos brinda en toda su plenitud desde el dom i­ nante cerro del Calvario. Por Albalat, entre olivos, viñas y fuentes, tras de ver su parroquia de la Magdalena, del siglo x v , pasamos a la otra vertiente de la sierra, antes de subir a M ontánchez. Nos esperan en esta zona, que manda sus aguas al aún lejano Guadia­ na, Valdem orales, pequeño, m e­ tido en una hondonada, con los viejos restos de la fortaleza árabe del Castillejuelo, y A rroyom olinos de M ontánchez, el de los típicos telares caseros — cuna de Diego de Porras, que luchó en M éjico— , con restos rom anos, escudos en varias casas y una interesantísi­ ma parroquia de exquisita porta­ da plateresca, torre al aire, sus­ tentada sobre arcos por los cuatro esquinazos, y una escultura de San Sebastián, obra de R oqu e Balduque. Este pueblo dio nom ­ bre a una victoriosa batalla de la guerra de la Independencia, en la que los españoles, mandados por el general Hill, derrotaron a los franceses de Girald, el 18 de octu ­ bre de 1811. Una copla recuerda el suceso, ligándolo a una derrota anterior: Arroyom oliaos. Portada de la parroquia


Batalla de MedeJlín, bien carita nos costó; pero en Arroyom olinos, el francés nos la pagó.

Pasamos luego a A lm oharín, que es fam oso por sus riquísimos higos, se enriquece con la cerca­ nía de las aguas medicinales de La Parrilla y m andó a las con ­ quistas americanas a Hernán Mu­ ñoz y Damián García. Fundaron villa y castillo los almohades, pa­ labra en la que se busca la etim o­ logía del nombre de Alm oharín. Los ecos islámicos aún resuenan en la ermita de Nuestra Señora de Sopetrán, gran foco de devoción, situada a p o co s k ilóm etros, en pintoresco paraje. Dice el tradi­ cional relato p ia doso que fundó este tem plo el infante Alí Maym ón, hijo del rey m oro de Toledo y hermano de Santa Casilda, quien vino aquí h u yen d o de su padre e hizo consagrar a la Virgen la que era antigua m ezquita. Cuatro óleos que decoran el interior del Parroquia de Almoharín tem p lo representan episodios de la vida del citado príncipe. Pero lo verdaderam ente im portante y curioso de Alm oharín es su parroquia de El Salvador, edificio al que da originalísima fisonomía la cuadrada torre, cuyo cuerpo alto se eleva saliente sobre canecillos de matiz rom ánico, y la galería de dos plantas, abierta al exterior.

Cerdos de raza negra extremeña

Hay en todos los pueblos de este distrito un fuerte sabor tradicional. Es algo indefinible y sin concreción, pero exacto. Acaso lo form an el enlace del paisaje y los matices laboriosos, porque aquél pone la solem­ nidad inherente a las tierras montañosas y éstos el apego a lo consuel udinario. Un dato digno de anotar es la abundancia que vemos en el distrito de piaras de ganado de cerda, animal m uy extendido en los encinares de Extrem adura y básico para las industrias chacineras. El cerdo extre­ meño, el mismo que sirviera de m odelo a los que esculpieron en piedra

los rem otos verracos, es de raza negra, de talla mediana, de formas redondeadas y gran productor de grasa. Esto últim o, que en las modernas técnicas de rendim iento puede considerarse defectuoso, ba hecho que se im porten ejemplares de otras variedades más productoras de carne; pero la difusión de las nuevas razas es reducida y el predominio de la negra, de rico sabor en em butidos y jam ones, sigue siendo casi absoluto en los ámbitos extrem eños y más aún en este distrito m ontanchego. A quí se ven los cerdos no sólo en los campos, sino tam bién, aunque en menor cantidad, en estas localidades, que contrastan con los otros sectores montañosos de la región por los muros blanqueados. General­ mente hemos visto en las diversas zonas altas los tapiales y los entra­ mados de madera, con sus gamas de grises, que hacen que los ptieblos queden fundidos en el paisaje. A quí destacan, y sus calles tienen una alegría que m itiga su hum ildad. En algún caso, estas calles ponen sobre tal humildad la nota orgullosa de unos escudos, sencillos, pero denotadores de que también hubo hidalgos en estos callados rincones serranos. Otro detalle a resaltar son los magníficos olivares de la zona m onta­ ñosa, en los que se ofrecen a la curiosidad del viajero árboles centena­ rios, de extraordinaria corpulencia, com o el que se ve en el llamado H uerto del Cura, en Alcuéscar. Este viejo olivo de recio y áspero tronco

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tiene el auténtico valor de una reliquia, porque, sin duda algu­ na, ha sido testigo de la historia extremeña, siglo tras siglo. El á rb ol cen ten ario, v iv o y ju g o so aún, nos parece que ha recog id o toda la sabia poderosa del señero M ontánchez, que nos espera arriba, en la cum bre, co ­ ronado con la recia mole de su castillo. 2. — El nido de águilas. Cuando trepamos hacia la cum­ bre de Montánchez, entre encinas, alcornoques, viñas y olivos, sen­ tim os que nos acom pañ a en la ascensión la sombra del intrépido clavero M onroy, que tantas veces vino a refugiarse en estos riscos, para tender el vuelo desde aquí en pos de heroicas aventuras. Solem­ ne, m ajestuoso, es este cono, cuyo truncamiento coronan villa y cas­ tillo: aquélla en un más b ajo rella­ no; éste en lo alto. La sensación de estar en un nido de águilas se siente de manera absoluta en un emplazamiento topográfico urba­ no inconcebible y maravilloso. Olivo centenario Son estas sierras graníticas la prolongación de la Oretana, que forma la orografía central de Extrem adura, casi dividiendo las dos p ro­ vincias. Montánchez se alza en una montaña destacada, a cerca de 1.000 metros de altitud, próxim a a otros picachos que la superan. Desde las alturas se divisan inmensas extensiones de las provincias de Cáceres y B adajoz, tendidas a los pies del viajero por las opuestas vertientes. Montánchez. que produce buenos vinos, tiene una primacía, que no hay hipérbole en calificar de internacional, por sus jam ones — el más puro jam ón serrano— , que no admiten com petencia. Todos los cerdos que vimos en la parle baja, suben aquí para ser sacrificados y conver­ tidos en chorizos y jam ones. El especial y rico sabor que la ceba con bellotas da a la carne porcina, se aquilata en el clima seco y fresco de la altura, que les depara una sazón perfecta. Los jam ones de M ontánchez

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son famosos en el m undo. Las matanzas de cerdos, tradicionales en toda Extrem adura, tienen aquí categoría de fundam ental base económ ica. En este pueblo industrioso se enlazan lo nuevo y lo viejo. Lo vemos al recorrer el casco urbano, en el que alternan el edificio industrial y las casonas hidalgas de los Orozcos, Arévalos, Lozanos, Gil, Góm ez de Trejo, M ogollón, C arvajal... Vem os tam bién la gótica parroquia de San Mateo, que data de prin­ cipios del siglo x v i y sufrió luego una reforma concluida en 1626. Es una fábrica de m aniposte­ ría, con sillares en los estribos, sin extern os adornos y con interior de una nave, dividida en cuatro tram os por p ilastras tosca n as y arcos de m edio punto. El retablo m ayor es de traza clásica. La torre, alta y esbelta, gótica en su m a y o r p a r te , está desunida del tem ­ plo y lleva en lo alto una balaustrada.

El pasado de M on­ tánchez se pierde en lo más lejan o y arranca de la geología, con la p resen cia de fósiles. Sigue con el hallazgo de hachas p reh istóri­ cas, para enlazar con un m on u m en to h o y Faenas de la matanza d esa p a recid o: la Pie­ dra bam boleante. Se encontraba en las inm ediaciones, a 1.114 metros de altitud. Era un enorme bloque de granito, con base reducida, al que el más leve impulso hacia oscilar. El cerrilismo de unos jóvenes derribó con palancas el curioso megalito en 1937. En este punto asentaron rom anos y musulmanes, apareciendo con los últimos las primeras menciones de su nombre, com o Montánges o Montánchez. De la dom inación visigoda no hay vestigio alguno, salvo la legendaria tradición piadosa que refleja esta copla, dedicada a la m ucho más moderna imagen de la Virgen del Castillo, patrona de la villa:

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traza irregular, por los accidentes del peñasco en que asienta, con recin­ tos defensivos, alza sobre la cum bre la recia gallardía de sus muros y torres, coronado de almenas y em bellecido por la pátina de los siglos. Los restos rom anos y árabes — de este período conserva un aljibe inte­ rior— se esfuman en la fisonomía del conjunto de la fortaleza, típica­ mente de reconquista cristiana. Dentro de sus ám bitos se encuentra la ermita de Nuestra Señora de la Consolación, la Virgen del Castillo, que tiene talaveranos azulejos en el camarín. Desde las alturas de la fortaleza vem os a un lado la villa, tendida a nuestros pies, y al otro los panoramas solemnes por los que pasaron civilizaciones y gestas históricas... En la quietud de la tarde luminosa nos envuelve una caricia de eternidad y sentimos algo así com o si el viejo colosal castillo nos diese el espaldarazo de caballero, apadrinán­ donos la sombra heroica de don A lonso de M on roy...

Montánchez. Parroquia (le San Mateo Pues vuestra imagen sagrada, desde tiem po de los godos, según tradición de todos, fue en M ontánchez venerada.

En 1259 celebraron aquí Capítulo general los caballeros santiaguistas. Pese a pertenecer a tal Orden villa y castillo, el clavero de A lcán­ tara, M onroy, los enrolo en sus luchas, por ser cuñado suyo el alcaide de la fortaleza. En el castillo estuvo preso don R odrigo Calderón, marqués de Sieteiglesias, que murió en Madrid en el cadalso, con la entereza que refleja la popular frase: «T iene más orgullo que don R odri­ go en la horca.» Montánchez ju gó en todas las guerras el papel destacado a que le daba derecho su situación estratégica. E n las empresas americanas lo representaron Pedro de Rentería, com pañero de Colón en el segundo viaje, luego lugarteniente de Velázquez en Cuba, y Bartolom é Gar­ cía, conquistador en Nueva Galicia.

Montánchez desde el castillo

* * * Lo verdaderam ente excepcional en M ontánchez — ya hemos aludido a él varias veces— es el castillo roquero, inmenso, cabalgando en lo más alto del elevadísimo cerro, cuya contem plación sobrecoge el ánimo. De

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Castillo de Trujillo

XII ECOS DE EPOPEYAS (TRU JILLO )

Pocas ciudades tienen un rango histórico tan grande com o Trujillo, una proyección universal tan señera, respaldada por unos monumentos urbanos tan impresionantes. Su gloria se refleja en el territorio sujeto a la ciudad, en el que casi todos los pueblos fueron aldeas de su juris­ dicción, convertidas luego en villas de señorío de linajes trujillanos. Trujillo, que sigue firme sobre el cerro, con la corona de su fortaleza islámica, tu vo una misión de caudillaje, seguida con fidelidad por su territorio, tanto en el quehacer diario, com o en las grandes epopeyas, cuyos ecos resuenan aún en las aldeas campesinas. 1. — Campos <le señoríos. Sobre el Alm onte y el Guadiana, desde el Ibor y el Ruecas al Tamuja, se tendía en otros tiempos el amplio territorio sujeto a Trujillo, desmembrado h oy, no sólo para crearse o engrosar partidos cacereños,

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sino tam bién por cesión a la provincia de B adajoz de las jurisdicciones de Herrera del Duque, Puebla de A lcocer y D on Benito. Los pueblos que le restan se reparten por una tierra de secano, de cereales, encinas o alcornoques, abierta, con ondulaciones más o menos fuertes, cruzada por una gran veta granítica que tiene su m ayor punto de elevación en la sierra de Santa Cruz. La parte alta del distrito vam os a ir a rematarla por encima del Alm onte, río que desde el siglo x v i tu vo aquí, para cruce de la carretera general, un lindo puente de sillería, que se adorna con artístico y bla­ sonado templete. En esta zona se salpican las pequeñas localidades de Santa Marta de Magasca, señorío y marquesado de los Loaisas, con rollo en la plaza y restos rom anos en la cercana dehesa Pascualete; Aldea de Trujillo, llamada hasta hace poco Aldea del Obispo, que adorna su m odestia con un caserón de noble aspecto, tim brado con las armas de Vargas, Carva­ jal, Loaisas y Pizarros; Deleitosa — cuna de Diego Muñoz, partícipe en la gesta peruana— , que pertene­ ció a los A lm araz y M onroy, cu y o castillo, que jugara papel histórico, arruinaron las gue­ rras, al igu al que el cerca n o convento de la V iciosa; Torre­ cilla de la T iesa, señ orío de una rama del apellido Pizarro re ca íd o en los m arqu eses de Lorenzana, que conserva tim ­ brado rollo y la curiosa imagen denom inada de Nuestra Seño­ ra de las Tres Manos, que, en efecto, tiene, y Aldeacentenera — en donde nació un Per A lon ­ so, que tom a apellido del pue­ blo y fue de los primeros acom ­ pañantes de Pizarro al Perú— , que era en origen un conjunto de caseríos, p erten ecien tes a varios nobles de Trujillo, cuyo interés se centra en la ermita de Nuestra Señora de los San­ tos, a la que acuden todos los 3 de m ayo en animada romería vecinos y com arcanos. Concluimos el recorrido del sector en Jaraicejo, en donde n acieron la m ística p oetisa Tem plete del puente sobre el Almonte

doña Luisa de Carvajal y el poeta Juan Gregorio Salas, que se alza al borde de la carretera general de Madrid, en la falda de una colina, no lejos y a la derecha del Alm onte. Fue señorío de los obispos de Plasencia, que aquí tenían palacio. Su parroquia de la A sunción, que destaca por su altura sobre el pequeño caserío y fue construida en el siglo x v i por el prelado don Gutierre de Vargas Carvajal, hom bre de gusto exquisito, es una fábrica ojival, de una nave, con crucero y capillas, que se adorna con ventanales góticos, portadas con imágenes, sepulcro de traza clasica y tribuna a la que daba acceso desde el episcopal palacio una linda ga­ lería del R enacim iento. * * * En la que podem os llamar ala suroeste del territorio trujillano, sobre abierta llanura ondulada, siete localidades modestas, labradoras, se agrupan con una m ayor proxim idad, en parajes en los que florecieran ancianas civilizaciones, de lo que dan testim onio objetos prehistóricos, abandonadas minas y lápidas romanas: La Cumbre, que lúe desde 1559 señorío de los Barran­ tes y con serva en su plaza el rollo ju risdic­ c io n a l; P la s e n z u e la , tam bién con su rollo, que dio título de señor a los Tapias y Erasos, de quienes lo hereda­ ron los condes de Ca­ n illeros; R uanes, con vestigios rom ánicos y g ó tic o s en su p a rro ­ quia de la A su n ció n , que p e rte n e ció a los C haves, al igu al que Santa A n a, llam ada antes A ld ea del Pas­ tor, la cual con serv a en su iglesia una inte­ resante im agen de la Virgen de Guadalupe, del siglo X I V ; R ob ledillo de T ru jillo , que a dorn a su p arro q u ia de San Pedro con pla­ teresco retablo, y Villamasía, a orillas del B órdalo, que tom ó en Parroquia de Jaraicejo


un p rin cip io d en om i­ nación de este río, cam ­ b iá n d o la en 1627, al pasar a d e p e n d e r de los Mesías, luego con ­ des de los Corbos. De su relativa monumenta lida d es e x p o n e n te la parroquia de Santo D om ingo, de cuadrada torre , p ó r tic o de c o ­ lumnas y arcos escar­ zanos, gótica s p o rta ­ das, d o ra d o re ta b lo b a r ro co y p la te re sco relieve en piedra en la sacristía. Hemos dejado apar­ te a lbahernando, por­ que nos depara la cu­ riosa sorpresa de exis­ tir aquí una pequeña grey p rotesta n te, con su culto y su pastor, que le mandan de In ­ glaterra. La a rq u e o ­ logía señala en este punto el lugar de más im portan te población desde los tiem pos pre­ h is tó rico s. Su p a r ro ­ quia de San Juan es de matices rom ánicos, al igual que la ermita de Nuestra Señora de la Jara, lugar de vieja d evoción trad icion a l.

El picacho tic San­ ta Cruz, casi aislado d<‘ prolongaciones montañosas, form a un grandioso cono en m edio de las llanuras. En su falda está la villa de Puerto de Santa Cruz; en lo alto, la de Santa Cruz de la Sierra, dom inando panoramas inmensos. En los liempos prehistóricos fue acaso el poblado más im portante de toda E xtre­ Cima del picacho de Santa Cruz

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madura. Vestigios de tal época, rom anos, visigodos y árabes, están pa­ tentes en esta cum bre, en la que se ven restos de edificaciones, de cem en­ terios, de castillo, form ando un auténtico museo en un emplazamiento incom parable. En la villa, que no es seguro fuera denom inada Sambris por los rom a­ nos, murió el favorito de Enrique IV , don Juan Pacheco, marqués de Villena, y vino al m undo Diego Gil, partícipe en la empresa peruana. Fue condado de los Chaves. Una bella cruz gótica se alza a espaldas de la iglesia, que tiene la advocación de la Santa Vera Crue y es una hermosa fábrica de granito, con elementos góticos y renacentistas. Del primer estilo son las ventanas con mainel y la portada principal de finas archivoltas y capiteles con hojarascas y figuras; del segundo, el pórtico de arcos y colum nata y la otra puerta, entre columnas de orden com puesto. En su interior, de una sola nave, hay altares con azulejos talaveranos del siglo x v i, labrado púlpito del X V I I I , sostenido por pilastra visigoda, y retablo m ayor del x v i i . Puerto de Santa Cruz, más en b ajo y menos rico en recuerdos, fue condado de los Vargas Carvajal, duques de San Carlos. Su parroquia de San Bartolom é y las casas en cuyas chimeneas lucen veletas y cruces de hierro, ponen su gracia sencilla en la pintoresca falda serrana. *

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De los pueblos al noroeste y sur de Trujillo, el más cercano es M adro­ ñera, que ha llegado a ser uno de los primeros de la jurisdicción. Señorío de los Aviles y Santa Cruz, conserva artístico rollo, blasonado palacio y señorial enterram iento en su parroquia de la Concepción. La prosperiPuerto de Santa Cruz


dad del pueblo la com p letan las cercanas viñas del pintores­ co pago de San Clemente, sal­ picadas de pequeñas casas de cam po. Herguijuela, en la falda de la sierra de G arcíaz, llam óse tam bién La Calzada, nom bre que tu vo más resonancia, pues con él se creó un vizcondado para los C haves, co n d e s de Santa Cruz de la Sierra, títulos recaíd os en la casa ducal de Alba. A quí nacieron los herm a­ nos Jim énez, partícipes en la conquista de M éjico. La villa de Conquista de la Sierra perpetuó su nom bre en la gran historia, por estar liga­ da al linaje del con q u ista d or del Perú. Se llamaba La Zarza cuando, en 1629, el bisnieto de Francisco Pizarro quiso dar de­ nom inación al títu lo de mar­ qués concedido p or Carlos Y a su bisabuelo. Nació entonces el m arqu esado de la Conquista, aludiendo a la gesta peruana, cuyo nom bre se aplicó al pueblo Conquista de la Sierra. Torre de los t'izarrus y a la sierra en que asienta. El capitán Gonzalo Pizarro, padre del conquistador, am ayorazgó en 1522 los bienes que tenía en este pueblo a favor de su hijo legítim o, Hernando Pizarro, gran partícipe en la con ­ quista peruana, quien contrajo m atrim onio con su sobrina carnal, doña Francisca Pizarro Y u pan qu i, hija única y universal heredera de su her­ mano el marqués don Francisco. El nieto de éstos, el primer marqués de la Conquista, com pró el señorío del pueblo en 1627. El citado H ernando fue el constructor del señorial palacio, que aún da prestancia a este pe­ queño rincón, en el que tam bién se alzan una torre con pretensiones de fortaleza y el tem plo de San Lorenzo, envuelto todo en la evocación in­ tensa de la conquista del Perú. *

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Escurial, cuya antigüedad avala la arqueología romana — lápidas y necrópolis— y cu yo espíritu laborioso patentizan los telares, com pró al

286 C r i a t o d e M ncurial


rey mi independencia en l(i2V, Su gótica parroquia de la Asunción es mi im portante m onum ento de xillnln, del siglo x v i, alto, con con tra­ fuertes y elevada torre que se adorna con moldura de bolas y remata en balaustres y coronam iento de pizarra con escudo de azulejos. En la portada de m edio punto juegan el festón de bolas, las columnas corin­ tias y la hornacina con imagen de la Virgen. El interior, de una nave y bóvedas de crucería, está em bellecido por el dorado retablo m ayor, de traza clásica, y el altar de azidejos, ambos del siglo x v i; los laterales retablos, barrocos, de Jas siguientes centurias; los episcopales escudos y las imágenes de mérito, tal com o la talla policrom a del Cristo del Desam ­ paro, obra maestra de la imaginería española del x v ii, com parable a las de Montañés y Mena, aunque la técnica del anónimo autor no permite relacionar con tales artistas esta escultura, en la que Cristo aparece de tam año natural, clavado en cruz de leño, la cabeza levantada, la boca entreabierta y un gesto patético de agonía. *

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La existencia de unos dólmenes en su término es un indicio del lejano origen de Miajadas, villa cuya fundación se atribuye a Cecilio Metelo. La fuerte torre cilindrica, que se alzaba al extrem o occidental, y unos trozos de muralla eran el recuerdo de su castillo del siglo x m . En sus calles, alguna casa hidalga, blasonada y artística, pone un matiz de orgullo señorial en el ambiente activo e igualitario. La parroquia de Parroquia de Miajadas

Santiago, del siglo x v i, ex licrrcriana y tiene cuadrada torre con superior cuerpo octógon o. El interés de sus ventanales y portadas, góticas en general, se centra en la del Sur, que revela el clasicismo decadente del x v ii. En ella, la puerta de medio punto se encuadra entre pareadas columnas toscanas, ascendiendo el adorno con entablam ento liso, frontón partido, bolas herrerianas, cuerpos de dobles colum nas, hornacina y remate en ventanal seudoclásico. El interior de este tem plo, de bóvedas góticas y una sola nave, fue lam entablem ente deteriorado. Miajadas, ajena a señoríos, remata el recorrido de la jurisdicción trujillana, mirando desde su despejado horizonte a los cam pos de la pro­ vincia de B adajoz. 2. — Solar de conquistadores. Sobre el cerro de berrocales graníticos, Trujillo pone en el abierto paisaje de anchas perspectivas la afirmación de su reciedumbre y la gallardía de su silueta guerrera, recortando sobre el cielo murallas y torres, con la destacante de Santa María. Desde que se divisa a lo lejos, com ienza a sentir el viajero la em oción de hallarse ante uno de los más grandiosos solares históricos. Es inútil que al acercarnos com probem os que en la parte baja hay paseos n u evos o recientes edificios indus­ triales, o que en las afueras se alza un lujoso hotel de primer orden, pues tam bién a él llega la proyección histórica y se llama Hostal del Conquistador. Trujillo. Barrio de Santa María


Trujillo, com pendio armónico de historia, arte y señorío, dejó gra­ bado su nom bre veintidós veces en la geografía americana. Sus torres nos parecen las antenas que radiaron ese nom bre por encima de los mares, para que Francisco de las Casas, partícipe en la conquista de M éjico, fundase Trujillo de Honduras; para que el colosal Francisco Pizarro alzara Trujillo del Perú; para que Diego García de Paredes, h ijo del h ercú leo paladín de igual n om b re, diese vida a Trujillo de Venezuela... El Trujillo extrem eño nació com o poblado céltico, fundando sobre él los romanos el Turgalium, cuya vida se desdibuja en las dominaciones bárbaras y renace pujante en los tiem pos agarenos, para ser el Turgielo o Turgiela, guerrero y estratégico, con grandioso castillo y fuertes murallas. Los tanteos reconquistadores, iniciados por A lfonso V III, tuvieron realidad definitiva el 25 de enero de 1232, día en que Fernando III el Santo ganó la plaza, con intervención sobrenatural, pues se dice que aparecióse sobre las murallas la santísima Virgen con su H ijo en los brazos, para dar la victoria a los cristianos. El suceso quedó grabado en el escudo de la ciudad, que tiene a María y el Niño sobre almenado muro, entre dos torres, así com o en la devoción de Nuestra Señora de la V icto ­ ria. la imagen patrona que, com o sím bolo de la reciedumbre del solar, en vez de ser tallada en madera o vestida con ricos ropajes, es de duro granito. Una de las puertas de la muralla, la llamada A rco del Triunfo, alude con su nom bre a la suposición de ser por ella por la que entraron los reconquistadores, aunque indudablem ente es posterior. Una nobleza indóm ita y orgullosa asentó entre sus muros, para vivir durante siglos en terribles luchas, dividida en bandos, que acaudi­ llaban los linajes Altam irano, Bejarano y Añasco. Juan II dio título de ciudad a la que hasta entonces era villa, que no fue ajena a una sola incidencia de lucha de la región y el reino, de la que Isabel la Católica vino a posesionarse personalmente en 1477. La decisiva misión universal de Trujillo, más allá de los mares, no fue sólo la conquista del Perú o el descubrimiento del Am azonas, ya que por todas las Indias triunfaron sus hijos. La barbarie de las tropas napoleónicas llenó de ruinas la parte alta del recinto m onum ental; pero ni aun esto merma mérito al conjunto urbano, guerrero, nobiliario y religioso. Las viejas murallas, con torres adosadas, visibles totalm ente desde el exterior por el frente más escarpado del cerro, son de la época árabe, con reparos de R econquista. A ellas se une el inmenso y bien conservado castillo, igualmente de origen árabe, cuyas enormes torres cuadradas lo diferencian del tipo com ún de castillo castellano, en el que las redondas juegan fundam ental papel. En su interior hay dos aljibes, y da albergue en el lienzo principal a la capilla de la Virgen de la Victoria.

291 Arco del Triunfo


De las siete p uer­ tas que tu vo el recinto m urado se con servan tres principales: la ya citada A rco del Triun­ fo, que mira al ponien­ te y es un arco apunta­ d o, de dovelas peque­ ñas, sob re m old u ras sencillas, con cuadrada torre fla n q u ea n te; la de San Andrés y la de Santiago. La puerta de San A ndrés, que tam bién es un arco apu n tado, de anchas y cortas d o­ velas, con molduras y pilares, p u ed e datar de los siglos x m o x iv . Perdió sus torres flan­ queantes y una refor­ ma del x v i colocó en la parte alta, sobre la al­ mena central, el escudo de la casa de Austria. La puerta de San­ tiago mira a la ciudad que se d e sb o rd ó del viejo recinto. Su arco apuntado se encuadra entre dos torres, una de ellas el campanario Puerta de Santiago de la iglesia de Santia­ go, que a tal fin se uti­ liza la que prim itivam ente fue una defensa, agregándole al efecto en el siglo x m unos cuerpos de sabor rom ánico. La otra torre, que está unida al palacio de los Chaves, es alta y esbelta, pudiendo aún verse en ella una ventana árabe y una serie de canecillos rom ánicos. El arco tiene encima una hornacina vacía y se adorna con los escudos de los Reyes Católicos y del linaje Altam irano. R om ánico es el gusto que impera en el ábside de la citada iglesia de Santiago, si bien una reforma del siglo X V I I m odificó por com pleto la fiso­ nomía del tem plo. En el interior, de reducidas dimensiones y tres naves, vemos el retablo m ayor, de traza clásica; diversas tum bas nobiliarias y

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los suntuosos enterra­ m ientos de don G on­ zalo de Tapia y doña María de Paredes, se­ ñores de Plasenzuela, tjue form an a los lados de la cabecera herm o­ sos cu erpos a rq u itec­ tó n ico s qu e co ro n a n los re s p e ctiv o s escu ­ d os, el de la esposa con el águila bicéfala y los cuarteles que a su fam oso abuelo, D ie­ go García de Paredes, c o n c e d ie r o n el R e y Católico y los empera­ dores M axim ilian o y Carlos V.

El su prem o in te ­ rés trujillano del arte re ligioso lo centra la p a r r o q u ia de S a n ta María, rom ánica fábri­ ca de sillería, del si­ glo X I I I , con posterio­ res reformas, cuya rui­ nosa prim itiva torre el vulgo denom inó Julia­ na, p o r creerla e rr ó ­ Exterior de la parroquia de Santa María n eam en te de origen ro m a n o y a se g u ra r que en ella hubo una piedra con la siguiente in scrip ción , alusiva a sus legen darios fu n d ad ores: H ÉRCULES J

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En el frente principal del tem plo se abre una portada con columnas y archivoltas, b ajo un elegante rosetón.

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Por una escalinata se asciende en el lado de la Epístola a la otra puerta, que se abre en un muro que tiene en la parte alta airosos ventanales. En tod o este tem plo, el gótico del siglo x v y aun del x v i pone matices sobre el rom ánico del x m , lo que claramente se aprecia en el interior de tres hermosas naves, cuyas bóvedas de crucería descansan en esbeltos pilares cuadrados con columnas adosadas. En suelo y muros, los blasones recuerdan el soberbio plantel de n o­ bleza que aquí duerme el sueño eterno. Arcos y capillas con labradas tumbas, que a veces se adornan con leones o niños tenantes, nos van diciendo con sus epitafios que en ellas reposan los Bejaraños, señores de Orellana la Nueva; los Bonilleja y Torres, los Vargas, los Carvajal e H inojosa, los Loaisas, los B lázquez... Algunas de estas capillas conservan retablos con tablas pintadas de indudable mérito, todas ellas con influencia italiana. Entre los enterramientos vem os los de los padres del cardenal don Gonzalo Cervantes Gaete, ilustre trujillano, nacido en la segunda década del siglo x v i, que fue quien donó los góticos pulpitos de esta iglesia. En el lado de la Epístola, ju n to a la puerta del Sur, un sencillo arco apuntado cobija una inscripción latina, que patentiza reposa aquí el insigne paladín al que llamaron Hércules y Sansón de España, Diego García de Paredes, m uerto en Bolonia en 1533, desde donde se trajeron los restos a su ciudad natal. De la larga inscripción tom am os, traduci­ das, las siguientes frases: « A Diego García de Paredes: Noble Caballero español... No fu e segundo a nadie en fortaleza de ánimo, en grandeza y gloria de hechos y empre­ sas... Muchas veces venció a sus enemigos en singular batalla y él jamás lo fu e de ninguno... Diestro y buenísimo general, murió este Varón, reli­ giosísimo cristiano, al volver felicísim o de la guerra acabada por el César siempre augusto, en Bolonia...»

D ispu ta con los d o c ­ tores en el tem plo, la Cena, la A su n ción , la Coronación de Nuestra Señora, San A m brosio, San Agustín, los cua­ tro E v a n g e lista s, la Oración del huerto, el Descendim iento — esta tabla es posterior y de otra m ano— , el Pren­ dim iento, la Resurrec­ ción de la carne, la R e­ surrección del Señor y la Ascensión. Un gru po escultó­ rico de la Asunción de la Virgen ocupa la hor­ nacina central de este reta b lo im p ortan tísi­ m o, en el que el gran artista nos prueba su maestría e inspiración, con unas pinturas per­ fectam ente concebidas y a ca ba da s en to d o s sus detalles.

Uno de los más curiosos tradicionales recuerdos de este paladín está también dentro de la iglesia, al lado de la puerta principal. És una enor­ me pila de granito, que la tradición dice que llevó allí el Hércules en sus brazos, para que su madre no se molestara en acercarse a tom ar agua bendita. El detalle artístico más extraordinario del tem plo es el gótico reta­ blo m ayor, de fines del siglo x v o principios del x v i, verdadera jo y a , form ado por veinticinco tablas del famoso pintor Fernando Gallegos, enmarcadas en dorados arcos conopiales, con lóbulos y grumos, friso y crestería. Las magníficas pinturas representan a San Joaquín y Santa Ana, el Nacim iento de la Virgen, los Desposorios, la Anunciación, la Visita­ ción, la N atividad, la Epifanía, la Circuncisión, la Huida a E gipto, la

Con d olor ante el abandono y ruina co n ­ tem plam os otros ediDetalle del ulterior Je la parroquia de Santa María ficios religiosos, tales com o el convento de m onjas de San Francisco el Real, conocido por el de la puerta de Coria; la parroquia de Santo D om ingo, del siglo x v i; el con ­ vento de San A ntonio, fundado en 1540, con claustro renacentista; el de dom inicos de la Encarnación, del siglo x v , utilizado en 1888 para el efí­ mero Colegio Preparatorio Militar, y el de la Merced, en el que habitó dos años el insigne Tirso de Molina, h oy convertido en garaje. Si la Desam ortización es la culpable de alguno de estos abandonos, la m ayor parte de culpa corresponde a los ejércitos napoleónicos, que, según dijim os, arrasaron el barrio alto. Tenemos el consuelo de poder ver habilitados otros conventos. Uno es el de m onjas jerónim as de Santa María y la Magdalena, del siglo x v ,

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R etablo mayor de la parroquia de Santa María, obra de Fernando Gallegos

que conserva torre gótica, con preciosas ventanas gemelas; bella portada y curioso parteluz de arcos apuntados, con arrabá del x iv . En su iglesia, llena del más puro encanto m onacal, reposa, en tum ba adornada con estatua orante, el caballero don Gómez de Sedeño Solís. V ivo encontram os también el convento de dominicas de San Miguel, fundación de la Reina Católica, en el que se guardan dos valiosos lienzos y una hermosísima talla de la D olorosa, atribuida a Gregorio Hernández. En el convento de San Francisco, que es un edificio sencillo y auste­ ro, está instalado h oy el Instituto Laboral. La portada de la iglesia se abre en arco de medio punto, haciendo de arrabá el cordón franciscano. Son sus adornos las armas de Carlos V y de Trujillo, una hornacina ocupada por el santo titular y un relieve del Padre Eterno. El interior de la iglesia, que se enriquece con altares barrocos, sirve de parroquia. La nota artística la da un cuadro de la Asunción, atribuido a Mateo Cerezo; pero hay tam bién una nota histórica im portante, p or­ que en una cripta tienen su sepulcro Hernando Pizarro y su m ujer y sobrina, doña Francisca Pizarro Yupanqui, hija del conquistador Fran­

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cisco P izarro y de la ñusta — princesa— in­ ca ica d oñ a Inés Y u ­ pan qui H u a ylas. De esta cripta se retiró la estatua orante de Her­ nando, que hoy ador­ na en el ce m en terio los enterramientos de los m arqueses de la Conquista. E l c o n v e n t o de Santa C la ra , fu n d a ­ ción del ca b allero alcantarino don Martín R ol, en 1530, y la igle­ sia de la Sangre, de m a­ tices b a rrocos, p ro te ­ gida por el in q u isidor don Gabriel Pizarro de H inojosa, ilustre trujillano, son las últim as escalas, para llegar a la parroquia de San Mar­ tín , que en la plaza M ayor cierra el re co ­ rrido de tem plos, con su sa b o r g ó tic o , del siglo x v i; sus dos her­ m osa s p o r ta d a s , su in te rio r de una nave y los señoriales entePortada de la iglesia de San Francisco rramientos. D e los viejos hospitales, fundaciones del siglo x v i, con edificios de más o menos interés, uno vive aún de los bienes de los conquistadores del Perú; otro, en las afueras, el de San Lázaro, fue protegido por los señores de Plasenzuela, luego condes de Canilleros. »

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Vam os ahora a ir recorriendo calles y plazas, para ver el Trujillo señorial y nobiliario, el de los grandes palacios y las evocadoras casas solariegas. ¿Cóm o hacerlo? Sin orden, perdidos indistintam ente por la parte alta o por la baja. Rejas y escudos, ventanales y portadas se m ul­ tiplican, reclamando nuestra atención. Cada perspectiva se hace sor-

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presa y encanto. Espe­ ram os que al v o lv e r una esquina van a es­ tar riñendo Altamiranos, Bejaranos y Añas­ cos; que en el atrio de un tem plo encontrare­ mos al grupo de hidal­ gos que co m e n ta las últimas noticias veni­ das del Perú; que en uno de esos patios tan m aravillosos co m o el p lateresco de la casa de O rella n a -P iza rro, damas de la más ran­ cia n obleza nos espe­ ran para ofrecernos un refrigerio... Lo m udejar, lo gó­ tico o lo plateresco nos deslumbra y nos habla de linajes y señoríos... Contemplamos en pri­ mer lugar la torre del Alfiler, llamada así por la aguja que remata su cú pu la, en la que ve­ mos ventanas góticas, b ajo cornisa de caneci­ llos; crestería calada y escu d o de Chaves y O rellana, en azulejos. Adornos y silueta haParroquia de San Alartín Cen de ella un m odelo original e interesante. Restos del antiguo alcázar son las dos torres cuadradas y esbeltas, que luego se agregaron al palacio de los Bejaranos, señores de Orellana la Nueva. La severa fachada de sillería de esta mansión, en la que habitó uno de los tres linajes primates, se timbra con el escudo familiar — un león con cabezas de dragones— y con las armas de los Reyes Católicos. Siempre fue costum bre en Trujillo enseñar al visitante una pequeña casa que luce el emblema heráldico de los Pizarros — dos osos que se alzan sobre pizarras a los lados de un pino— , com o en la que naciera el conquistador del Perú; pero el dato es erróneo, porque fue la solariega

del procer Diego Hernández Pizarro, tatarabuelo del héroe, de quien la heredaron sus descendientes por línea de varón, no la rama conquis­ tadora, que descendía de él por hembra. El nom bre de Casa de las Palom as, que se da a la de R ol-Zárate y Zúñiga, le viene del blasón del primero de los citados linajes, en el que campean cinco tórtolas. La exterior prestancia del edificio la realzan en la parte interna el patio y las dos escaleras de m arcado carácter gótico, en las que los mejores elementos arquitectónicos son la arquería, las colum nas, la balaustrada y un pilar octógon o con figuras quiméricas de relieve en los escudos del capitel. Casa de la Escalera se llama a la de los Escobar, por la que tiene ante su fachada, a causa del quebrado terreno. Se encuentra cerca de la puerta de San Andrés y fue por ello una típica casa-fuerte, con recia torre, característica del siglo X V . Junto a lo guerrero, el orgullo señorial resalta en góticos ventanales, cornisa perlada y escudos. Puerta apuntada, escudos, ventana gótica y patio de arcos rebajados son los detalles en que reparamos al ver la casa de los Calderón, cons­ truida en el siglo x v i. Frente a ella se alza la de los Calderón-Torres, de la anterior centu­ ria, en la que las dovelas del arco apuntado de la puerta descansan en

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Patio de la casa de. Orellana-Pizarro

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m oldura» con hoja* y llore», qu e «irven de ca p iteles a Ion pilares. El arrabá en m arca lo* blasonen, en cu y o » cu arteles ca m p ea n las arm as de C alderón , T orre», A ltu m ira n o, l.oai»a y G rad o.

El que se denomina Alcazarejo fue solar de los Altamiranos, señores de Orellana la Vieja, el primero de todos los linajes de Trujillo, pues a 61 correspondían la mitad de los puestos concejiles, repartiéndose la otra entre Bejaranos y Añascos. La primacía le vino de la im portante parti­ cipación que tu vo en la R econquista el fundador de la estirpe, un casi legendario personaje, llam ado Fernán R uiz, que se dice fue el que abrió a las tropas cristianas una de las puertas de la muralla, la que llaman A rco del Triunfo. El alcazarejo es una casa-fuerte con rango palaciego, en la que dos hermosas torres representan lo belicoso, y patio, capilla y salones lo señorial, b a jo el signo tod o de los diez róeles del heráldico escudo. En medio del abandono im perante nos hablan del perdido esplendor deta­ lles com o la chimenea con blasón esgrafiado. La casa de los H inojosas — el apellido nos recuerda a Pedro A lonso de H inojosa, general y jefe de la Arm ada, que fue el más eficaz colaborador de La Gasea en la pacificación del Perú— la vem os en la que llaman calle de los Naranjos, y es otro m odelo de la serie interminable y m ag­ nífica de blasonadas mansiones. Del palacio de los Chaves ya hemos hecho m ención, por estar unida su torre a la puerta de Santiago. En este edificio de forjadas rejas se alojaron los Reyes Católicos en sus visitas a la ciudad. En él estaban Casa de Escobar

cuando, por la muerte de »u padre Juan II de Aragón, heredó aquella corona don Fernando, iniciándose el reinado con jun to, con la lormula del «T an to m onta». _ . „ El recorrido, interminable y encantador, nos lleva a la casa de los Ba­ llesteros, recaída en los marqueses de Santa Marta y Espejas, cuya fachada ___ de sillería adornan las rejas y el b a lcó n en form a de solana, ofre­ cien d o en el in terior la originalidad de una lo g ia c u b ie r t a , con arcos y columnas de granito. La espléndida resi­ dencia de los OrellanaP iz a r r o , se ñ o re s de Magasquilla, abre en­ tre dos torres y sobre ménsulas un arco que sostiene una galería de arcadas en la planta principal, en cuyas co ­ lumnas jónicas los ca­ piteles hacen de zapa­ tas, para sustentar el alero. Está patente el Renacim iento en la be­ llísim a fa ch a d a , que tiene en el interior el complementario detalle del p atio, filigrana pla­ teresca. Se cree que en este palacio de m edia­ dos del siglo x v i habi­ tó Miguel de Cervantes a su paso por Trujillo. En el palacio de los Chimenea del alcazarejo marqueses de Sofraga y duques de la R oca lo más im portante es el esquinado balcón, valioso ejemplar, que sustenta una cornisa sobre ménsulas y se eleva entre pa­ readas columnas corintias, hasta rematar en el escudo con casco de fren­ te y lambrequines. El actual A yuntam iento, que fue alhóndiga en 1575, 110 ha perdido en la reforma el interés, lo que aún avalan la colum nata y frontón en la fachada de sillería.

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El palacio en el que h oy están instalados casino y teatro fue cons­ truido a principios del siglo x v i por el com endador Alvaro Pizarro, pala­ dín de los ejércitos del Gran Capitán, con uná^grandeza y señorío que aún mantienen toda su fuerza. Para concluir pasamos a ver las casas de los Quirogas y de los Sanabrias, con huecos de esquina; las de los marqueses de Lorenzana, de los A lvarados y rectoral de Santa María, con curiosos ventanales, algunos de influencia indiana; la pequeña casa gótica de la calle de los Caldero­ nes; el airoso rollo del siglo X V , tim brado con las armas de los Reyes C atólicos... Por no dejarnos nada atrás, hasta pasamos por el arrabal de Huertas de Ánimas, el com plem ento sencillo y aldeano de la ciudad procer. * * * R om piendo por fin con el evocador dédalo de callejuelas, vam os a situarnos en el centro de la plaza M ayor, que preside la estatua ecuestre de Francisco Pizarro, obra del escultor norteam ericano Carlos Rumsey, que la dejó sin concluir y fue acabada por su mujer, María Harriman. Los dos esposos cultivaban la escultura por afición, sin fines de lucro, pues eran inmensamente ricos. La viuda m andó fundir en bronce dos ejemplares de la estatua modelada por el m atrim onio, regalando a Tru­ jillo la que aquí vem os y haciendo donación de la otra a la ciudad de Lima. Palacio de los marqueses de Sofraga


I .ti recién fallecida maripM’oa «Ir la Conquista dccfa en unu ocasión que la plaza Irujillana era la iiiá* bolilla ilcl m undo. Eliminando la am]>litn<l hiperbólica del diclin, podemos admitirlo. La plaza de Trujillo es realmente encantadora, tanto por Ion edificios que la enmarcan com o por el recorte de torres y palacios del barrio alto que desde ella se divi­ san. Se divisa tam bién la mole im ponente del recio castillo, cuya silueta realza aún más los encantos de la plaza. Un ángulo del recinto lo ocupa la ya m encionada iglesia de San Mar­ tín. Próxim o a ella, el palacio de los Vargas-Carvajal, condes del Puerto y duques de San Carlos, yergue su magnificencia seudoplateresca, un tanto barroca, del siglo x v ii, de lujosa sillería. Los m otivos ornam enta­ les se desbordan en la fachada, sobre la puerta de dintel, en los huecos altos y en el balcón de esquina, prestigiado tod o por el águila bicéfala que en su pecho lleva el escudo con las ondas de Vargas y la banda de Carvajal. Se abre una elegante arquería en la fachada lateral del edificio, que aún tiene para más adorno, en la parte alta, unas chimeneas de sabor morisco. T od o en el interior resulta de proporciones grandiosas, m onu­ mentales: los salones, en los que no faltan chimeneas de gran empaque, son enormes; el patio es hermosísimo y de espléndida traza, descansando su arquería en columnas toscanas; la escalera es un m odelo extraordi­ nario de valentía, que eleva su estructura de granito sobre tres atrevidos arcos. T od o en esta mansión pregona el buen gusto y la opulencia de sus señores. Plaza Mayor

La casa de los Orella n a -T o le d o es o tro a d o r n o de la p la z a , con las arcadas de sa­ bor ita lia n iza n te, que con tra sta n a rm ón ica ­ mente con la crestería de reminiscencias góti­ cas y form an un bello edificio de fina sillería. Tam bién la que fue casa del Peso Real y luego de los condes de Quintanilla tiene deta­ lles que le p erm iten co o p e ra r al ornato de e sto s á m b it o s , p u es con serv a salom ón icas columnas que enm ar­ can el frente.

P orqu e su interés es distinto del de los otros ed ificios, antes de ir a admirar el últi­ m o m onum ental pala­ cio que aún hemos de ver en la plaza, vam os a h acer m en ción del que fue viejo A yuntaPalacio de los duques de San Carlos m ien to, situ a do ta m ­ bién en ella. A quí lo externo — y en eso radica la diferencia aludida— es de menos interés; es el interior el que lo tiene, concretam ente, un salón destinado h o y a B iblioteca pública. La fachada y soportales nos los fecha una inscripción, que dice: « Esta ciudad mandó hacer estos portales siendo corregidor de ella por S. M . don Juan de Lodeña. A ño de 1586.» E l salón citado es de planta rectangular, dividido p or un arco en dos partes iguales, cubiertas cada una por una cúpula. En ellas y en los m e­ dios puntos de los muros se desarrolla un bello decorado, con pinturas al fresco, del siglo X V I , que recuerdan por su estilo las de la Biblioteca

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de El Escorial, debidas al pincel del artista italiano Tibaldi. Los escudos de las pechinas fueron repintados posteriorm ente, para cam biar los m o­ tivos heráldicos. La decoración de las bóvedas es a base de casetones. En los medios puntos de los' muros, entre roleos y figuras pequeñas, en apaisadas cartelas rectangulares, aparecen unas buenas pinturas históricas, que representan el Juicio de Salomón; Cayo Mucio Scevola, quemándose el brazo; Curcio arrojándose a caballo a la sima del Foro rom ano y Guzmán el Bueno en los muros de Tarifa. En los lados que cortan las ventanas están pintadas la Justicia, la Tem planza, la F orta­ leza y la Prudencia. El con jun to decorativo es suntuoso; las [tinturas, de auténtico méri­ to y bien conservadas; pero aún hay en el mismo salón otra que las sobre­ pasa, en un altarcito em potrado en el muro, que sirvió antiguamente para que los miembros del cabildo hiciesen sus rezos. Es una Asunción de la Virgen, que aparece encuadrada en dorado retablo de columnas corintias y tiene el frente del altar de azulejos de Talavera. El cuadro es tan bello y de mano tan maestra, que recuerda el estilo de Leonardo de Vinci, y necesariamente ha de ser obra de un gran pintor florentino. *

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Cierra com o broche de oro el recorrido de la plaza trujillana, en una esquina, el palacio de la Conquista, pleno de grandeza artística y de evocación histórica. En este lugar estuvo la casa solariega del capitán Frescos del salón del Ayuntamiento viejo

Gonzalo Pizarro, padre del co n q u is ta d o r del Perú. El herm ano de éste, H ernando, úni­ co superviviente de la epopeya, sobre el solar paterno y otras peque­ ñas casas com pradas y derruidas alzó este pa­ lacio, el más suntuoso de todos, en el que el oro del Perú transfor­ móse en bellas piedras labradas. Se ha d ic h o q u e esta fábrica de sillería la h iz o c o n s t r u ir el primer marqués de la C on qu ista ; pero hay sobrada prueba docu­ mental de ([ue fue H er­ nando el con stru ctor. De un plateresco casi b a r ro co , la fa ch a d a , de cuatro pisos, cierra todas sus ventanas con artísticas rejas de airo­ so coronam iento y re­ mata en lo alto con es­ tatuas que representan los meses del año. Tal es el derroche de lujo Retablo del salón del Ayuntamiento viejo que el edificio refleja, que el pueblo creó una leyenda: Dicen que H ernando, haciendo alarde de riqueza, quiso construir un puente de plata para ir desde el palacio a la iglesia, y que enterado el rey, ordenó que construyesen al lado la cár­ cel, para que le sirviera de advertencia. Aunque carente de todo funda­ mento, el dicho refleja a qué altura llegó el poderío basado en la gloriosa gesta peruana. En el patio, en los salones, en todos los ám bitos del palacio, se enlazan con lo arquitectónico el encanto de las evocaciones; pero en donde todo ello culmina es en un detalle de la parte externa, en un balcón. Arte e historia se han unido en el monum ental balcón de esquina, [tara darnos aleccionador recreo. Su rica ornam entación, que asciende

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sobre colu m n as, para rematar en el escudo, es la m iniada viñ eta que encierra un recuer­ d o, porqu e el escu do de múltiples cuarteles, en el que figuran reyes encadenados, es el que Carlos V concediera al conquistador F ran cis­ co P izarro, y porqu e en los in tercolu m n ios están los bustos de este paladín, de la princesa incaica, doña Inés Yupanqui H uaylas; de la h ija de am bos, doña Francisca Pizarro Yupanqui, y del marido y tío de ésta, Hernan­ do Pizarro. ¡Qué fuer­ za de sim bolism o el de este balcón! Es T ruji­ llo y el Perú, los Pizarros y los incas, la sangre con q u ista d ora y la de la imperial di­ nastía, fundidas en el co n c e p to hogareñ o y cristia n o del im p erio español. Palacio (le los marqueses de la Conquista E l p a la c io d e la C o n q u is ta , s u p re m o ornato de la ciudad que es el más auténtico solar de conquistadores, cierra con broche de oro nuestros recorridos trujillanos.

Si fueres a Trujillo. por donde entrares hallarás una legua de berrocales.

Pero cuando se está dentro sigue la piedra berroqueña, que se hizo arte e historia, para darnos la sensación de que aquí nacieron dioses, pequeños y grandes, de la heroica m itología extremeña; ariscos halcones guerreros, cuyos aleteos estremecieron mares y continentes... B ajo el cielo azul, ju n to a las torres coronadas de cigüeñas, soñamos con los inmortales de la m itología trujillana: con Pizarro, el Júpiter vencedor del Sol, dios de los incas; con Orellana, Neptuno en el mar de agua dulce del Am azonas; con Paredes, Hércules redivivo sobre los cam pos de E uropa; con María de E scobar, la dulce y bondadosa Ceres que llevó el trigo al Perú...

Vista parcial de Trujillo

Nos disponemos a partir. Hem os visto un pueblo de excepcional rango histórico, en el que perspectivas ininterrumpidas nos brindan planos de incom parable belleza. De arriba abajo, o a la inversa, cuantas vistas contem plam os de la ciudad nos causaron sorpresa y deleite. Le damos el adiós, mirando a una parte y otra, ansiosos de llevarnos en la retina sus estampas. Una copla popular dice:

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El monasterio de Guadalupe, sublime adorno del paisaje del distrito

XIII EL CORAZÓN DE EXTREMADURA (LOGROSÁN)

H ay en la región extremeña algo que está por encima de tod o, no ya por su categoría historicoartística, que es inmensa, sino por el fervor ardiente de los extremeños. Ese algo es Guadalupe, enclavado en el partido de Logrosán. cuya tierra prestigia con el halo infinito de lo d ivi­ no. Y a lo dice la vieja copla que estos pueblos cantan a la Virgen: Eres el sol de Zorita, la luna de Cañamero, de Berzocana la estrella, de Logrosán el lucero.

311 Nuestra señora de Guadalupe


Guadalupe es el corazón de Extrem adura, auténtico e indiscutido, porque frente a ese nom bre no hay divisiones administrativas de Cáceres y B adajoz, ni distingos de Alta y Baja Extrem adura. Todos los territorios de esta jurisdicción tienen que girar para nos­ otros en torno al relicario guadalupense. Sus pueblos no han de ser sino las antecámaras del Sancta Santorum, en el que mora la Reina de E xtre­ madura y de la Hispanidad. Cuantos encantos nos brinde el recorrido, serán el acicate para llegar a la meta de Guadalupe, en donde la A lta Extrem adura va a despedirnos con triunfal apoteosis, poniendo con ella el punto final a la primera parte de este libro. 1. — En torno al relicario. En el paisaje alternan las ondulaciones y las sierras abruptas y fron­ dosas. En la producción agrícola se enlazan con el trigo los granos in­ feriores, la cebada y la avena. H ay distintas zonas, com o los montes de Las Villuercas y la vega del río Ruecas, en las que se conservan curiosos recuerdos de lejanas civilizaciones, entre ellos la escritura ógmica, de cazoletas, grabada en las rocas. A vanzando por la parte más alta del término, cruzamos R obledollano, sobre suelo áspero; Navezuelas, que asienta sus casas típicas en una topografía agreste, y Cabañas del Castillo, cu yo vecindario canta con orgullo esta copla a la cabeza del partido: Cabañas con su castillo, aunque es pequeño lugar, nunca lia sido de Trujillo com o lo fue Logrosán.

La interesante lápida funeraria de guerrero encontrada aquí, que hoy está en el Museo A rqueológico N acional, y los restos de la islámica fortaleza, que fue luego abacial retiro, afirman su abolengo rem oto y enlazan con el nom bre de esta aldea serrana los recuerdos del pretérito esplendor: el actual Cabañas del Castillo y la extensa jurisdicción his­ tórica de la abadía de Cabañas. Las fisonomías de estos pueblos de matices serranos, tienen también su m odelo en Guadalupe. Las calles que vem os, típicas del sector, son un rem edo en ton o b ajo del delicioso tipismo de las guadalupenses. *

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En Berzocana, pese a haber existido desde la prehistoria, lo anula todo la presencia de los sagrados restos de San Fulgencio y de su her­ mana Santa Florentina, que se veneran con profunda devoción en una capilla de la estimable parroquia de San Juan. En el siglo x m ,

313 í'n lli* tín ir»a H í»1 s p f t n r


Berzoeana. Arqueta que contiene los restos de San Fulgencio y Santa Florentina

del arado de un labrador tropezó con la tapa de un arca de piedra, que guardaba tales reliquias y sus justificantes docum entales. La dió­ cesis de Plasencia, a la que pertenece Berzoeana, nom bró patronos a los santos a raíz del descubrim iento. Desde entonces, esta tierra áspera y m ontuosa quedó convertida en una especie de Compostela com arcano, aunque sin las calidades artísticas que el gallego. Garcíaz, que al igual que Berzoeana fue una aldea de Trujillo, asien­ ta en una pequeña colina, entre vegetación exuberante, con el riachuelo de su nom bre a los pies. El poblado de origen árabe lo eligió luego para lugar de veraneo la nobleza trujillana, de lo que aún dan fe los escudos de muchos de sus linajes. A quí nacieron Diego y Juan Téllez, que actua­ ron en Nueva Galicia, y Hernán Sol, partícipe en la conquista del Perú, que vino rico a morir en sus lares y está enterrado en la parroquia de Santiago. Esta iglesia, gótica, construida en el siglo x v i sobre una an­ terior rom ánica, es un hermosísimo tem plo, adornado con alta torre, en cuyo interior de elevadas bóvedas destaca por más curiosa la capilla de las Reliquias, en la que logró reunir ciento veinte m uy preciadas un ilustre y piadoso vecino, llam ado Alonso Martín de Zárate. *

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Los pueblos de la parte baja del partido pertenecieron, sin excepción, a Trujillo. En todos ellos los objetos prehistóricos encontrados y los de sucesivas Edades son base para afirmar que este sector estuvo poblado desde hace milenios. Destaca en él Zorita com o uno de los núcleos más im portantes, porque olivos, viñas y huertos le depararon un cóm odo vivir, a la que Tom é Gil representó en empresas reconquistadoras. Las casas típicas, de los siglos x v y x v i, y los nobiliarios sepulcros de la parroquia de San Pablo, hermoso tem plo con esbelta torre de sillería y buen retablo de traza clásica, nos hablan de que hubo aquí un plan­ tel de hidalgos. En su término está situada la ermita de Nuestra Señora de Fuentesanta, de gran devoción desde m uy antiguo. Alcollarín, que tom a nom bre del cercano riachuelo, fue señorío de los Carvajal, condes de Torrejón, los cuales alzaron palacio y tienen enterramiento en la parroquia de Santa Catalina. Abertura, en cam pos labrantíos, ofrece ju n to a una tradición tejedora e hilandera el encanto de su parroquia de San Juan, en la que los m ati­ ces rom ánicos y góticos tienen un delicioso e impresionante sabor rural. El pequeño pueblo que llaman El Campo no ha llegado a perder su sabor de alquería, p ese al ca s e r ó n co n n o m b r e de p a la c io , que recu erd a al par­ cial y retrasado seño­ río que aqu í e je r c ie ­ ron en el siglo x v m los M endozas, condes de Quintanilla. A orillas del R ue­ cas, M adrigalejo, que desde los tiem pos ára­ bes fue una insign ifi­ cante aldea, sin tener siquiera parroquia has­ ta el siglo x v i i , ha prosperado de tal for­ ma, que h oy es el pue­ blo de más vecindario del distrito. Su porve­ nir le reserva aún m a­ yor p rosperid a d, p or­ que a su tierra, llana y fértil, frontera a la B a ja E x tr e m a d u r a , Retablo m ayor de la parroquia de Zorita


llegarán riegos del for­ m idable Plan de Ba­ dajoz; pero sobre estos halagadores afanes está un recu erd o h istórico de prim er orden, que casi le perm ite paran­ gonarse con Y uste. El rey don Fernan­ do el Católico quiso re­ poner su quebrantada salud y distraerse, ca­ zando garzas en E x ­ tre m a d u ra . El 27 de diciembre de 1515 fue desde Plasencia a T ru ­ jillo. Después de feste­ ja r el día de Reyes en esta ciu d a d , m a rch ó hacia G u a d a lu p e, te­ n ien d o que detenerse en M a d r ig a le jo , p or en con trarse enferm o. M agnates y p relad os, toda la corte y la n o­ bleza histórica, concen­ tróse aquí en aquellos días. El 23 de enero de 1516 el gran monarca en treg a b a su alm a a Dios. Era el fin de la primera parte del ca­ pítulo glorioso del en­ gran d ecim ien to espa­ ñ ol, que co n clu ía en tierras extremeñas, en M adrigalejo, com o iba a terminar la parte seParroquia de Abertura gunda en las mismas tierras, en Y u ste, cua­ renta y dos años más tarde. Una vieja casa, propiedad entonces del m o­ nasterio de Guadalupe, destruida h oy, fue la ultima residencia del rey C atólico, cu yo cadáver marchó a dormir el sueño eterno en Granada. *

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Rum bo a la cabeza del partido, cruzamos por Alia — casi en la con ­ fluencia de las provincias de Cáceres, B adajoz y Toledo, cuna de Diego Cá­ ceres Paniagua, conquistador en Nueva Granada— , que se alza en terreno quebrado de abundante caza, y por Cañamero, fam oso por sus vinos, que tom ó nom bre del cultivo e industria del cáñam o, y conserva en las cerca­ nías vestigios anteriores a la época glacial. Su estimable iglesia de Santia­ go, de los tiempos del cardenal don Bernardino de Carvajal — siglo x v i— , tiene el com plem ento de devoción en la ermita de Nuestra Señora de B e­ lén, situada en un puerto de la sierra. La sierra y el paisaje son realmente el m ayor encanto de Cañamero, porque ellos nos deparan la contem pla­ ción de viñas y huertos, de bosques y puentes de una rusticidad deliciosa. Todos los pueblos que hemos ido viendo, m u ch os en em p la za ­ mientos serranos, tie­ nen un matiz rural, re­ flejado en sus caseríos y en su vivir, no exen­ to de carácter y encan­ to. Más ganaderos y cazadores que agríco­ las, en general, al fal­ ta rle s la a p o r t a c ió n im p o r ta n te de una agricu ltu ra próspera, d erivaron hacia case­ ras industrias, com o la ya cita da de los tela­ res; pero hubo y hay otra, en la que también G uadalupe es m odelo destacante: la de tra­ bajar el cobre. Con él se fa b rica n diversos objetos, que antes fue­ ron ú tiles y h o y son curiosos y típicos, los cuales se exportan para servir de adorno. A rte­ sanos con verdadero es­ píritu artístico siguen esta tradición de siglos, que les reporta benefi­ cios y fama.

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Puente ju nto a Cañamero


Logrosán, hoy cuhe/.a del partido, fue de la jurisdicción trujillana des­ de 1232, fecha de la Reconquista, sin intento alguno de independencia, pese a su im portancia y vecindario, hasta 1792, año en que tu vo título de villa. La vida en estos parajes com enzó en el cercano cerro de San Cristóbal, en el que hay una cueva troglodítica de Ja Edad de la Piedra, restos de una citania de la de los Metales y vestigios de medieval cas­ tillo y de ermita. De aquí fueron a las Indias Martín de Logrosán, com pañero de Colón, que quedó en La Española, y Martín del B arco, que en R ío de la Plata com puso el poema La Argentina. La villa, próspera y sin rango nobiliario, se adorna con algunas casas d e los siglos x v y X V I . En una de ellas hay esculpidos un lagarto y una tortuga; e n otra, del R enacim iento, las fajas que hacen de capiteles de los [filares están decoradas con paños recogidos a m odo de guirnalda. La parroquia de San Mateo es un im portante m onum ento que data del siglo x m o principios del x iv , al que en varias partes se hicieron agregaciones góticas, adicionándosele el porche sobre pilares octógonos. Algunos elementos de­ corativos y las estria­ das p ila s tr a s de la puerta guardan seme­ janza con detalles de iglesias zamoranas que fundaron los H ospita­ larios, los cuales tra­ jeron a E spaña tales m otivos exóticos. En el in terior del tem p lo, que es espa­ cioso y está cu b ierto por bóvedas cuyos ner­ vios forman estrellas, se venera una curiosa y p r im itiv a im agen sedente de la Virgen, que corresponde al pe­ ríodo de construcción de la iglesia. En un extrem o de la lo ca lid a d , sin pre­ tensiones m onum enta­ les, la ermita de Nues­ tra Señora del Consuelo nos ofrece el testim o­ nio de su vie jo cu lto ¿\rtesanos del cobre

Logrosán. Interior de la parroquia

en la portada goticom udéjar, del siglo x iv . La tradición piadosa dice que esta Virgen, gran devoción de la villa, se apareció a un pastor. Por eso los pastores la consideran siempre más suya que de los otros vecinos, siendo los encargados de llevar la iniciativa en los festejos que en honor de la imagen se organizan el último dom ingo de septiem bre, festejos que antiguam ente tuvieron gran auge y peculiar sabor. El indicado día se ce­ lebraban solemnidades religiosas y dos procesiones; la víspera era corrido un toro en la plaza, form ando los pastores en el centro de ella un cuadro cerrado, con largas picas en las manos, dispuestos a resistir las em besti­ das de la fiera, mientras a grandes gritos invocaban a la Virgen del Con­ suelo. Muerta la res, el regocijo seguía durante toda la noche, recorriendo los pastores las calles de la villa, con canciones y vítores a su Virgen. Aunque con perfiles menos acusados, los festejos siguen celebrándose hoy. Realm ente, Logrosán, em pequeñecido por el peso enorme de G uada­ lupe, tu vo que refugiarse, para ofrecer algún encanto, en la sencillez y en el tipism o, ya que no era posible soñar en monumentalidades tenien­ do al lado un ejem plar tan extraordinario. Logrosán es el padre humilde de un hijo de universal fama deslumbrante, de un hijo que le surge de pronto, cuando los siglos habían corrido venerando a ese inesperado

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hijo com o a algo único y maravilloso. Por eso, al encontrarse un día con la elevación a cabeza de un distrito en el que Guadalupe quedaba sujeto a su autoridad judicial, ni pudo ni quiso ser otra cosa que lo que ya era: una villa trabajadora de perfiles rurales. Eso es hoy, y en ello tiene una auténtica personalidad, com o lo refleja su plaza con la clásica fuente de largos caños, tan peculiar en estos sectores más o menos serranos. Así, pues, lo que Logrosán ofrece es una estampa sencilla, de contras­ te, com o si no quisiera que el viajero que por aquí cruza pensara en que exista otra m onumentalidad auténtica que la asombrosa que le aguarda en Guadalupe, corazón de toda Extremadura. 2. — Sinfonía del paisaje y la historia. H ay que hacer aquí com o los peregrinos medievales, que caían de hinojos al llegar al Hum illadero, desde el que divisaban el lugar santo, término de sus caminatas. De rodillas es preciso recibir la primera im ­ presión de una fe que nos llega en Guadalupe envuelta en una sinfonía en la que se enlazan las notas del paisaje, del arte y de la historia. Estas sierras de Las Villuercas, Altam ira y Guadalupe, solemnes y agrestes, funden en su verdor los tonos del castaño y el alcornoque. El agua no canta aquí una canción suave de dom esticidad, com o en la Vera o Gata, sino un him no bravio, de independencia. Sus ecos llenan de rumores y sonoridades las laderas y vegas por las que corre alegre y libremente. Las primeras notas de la sinfonía guadalupense que percibim os con más claridad son las del paisaje, captadas desde el H um illadero, que lo hay auténtico y es una pintoresca ermita del siglo x v , que se alza en lo Plaza de Logrosán

alto, al borde del ca­ mino que venía de Ma­ d rid , p o r el que los redimidos cautivos de Berbería y Argel llega­ ron d u ran te siglos a dar gracias a la Virgen p or su lib e rta d . Uno de ellos fue Miguel de C ervan tes, que aqu í vino a postrarse a las plantas de la celestial Señora para luego con ­ vertirse en un cantor de las gran d ezas del m onasterio. En el paisaje que­ d aron , co m o sa lp ica ­ duras del poderío gua­ dalupense, el Arca del Agua, colosal obra hi­ dráulica, com parable a las rom anas, construi­ da en 1350, y las de La Presa y Los M oli­ n o s , re a liz a d a s c o n ig u a l m o n u m e n t a li­ dad en el siglo X V . Son éstas unas re a liza cio ­ nes de tip o p r á c tic o , en las que, no obstan­ te su m isión u tilita ­ ria, no faltan los maGuadalupe. Humilladero tices artísticos. La Granja de Valdefuentes, a unos cinco kilóm etros, es otro m onu­ m ento dejado por los frailes en el paisaje, que es aquí un valle ameno, con numerosos manantiales. En este auténtico palacio, construcción morisca de ladrillo encalado, hay partes del siglo x iv , época a la que corresponden la capilla y la arquería de la fachada, unidas a otras recons­ trucciones posteriores, hechas en el X V I . En las estancias de este palacete cam pero habitaron reyes y prínci­ pes. A quí pasó ocho días de retiro Enrique I I I , en 1406; aquí estuvieron Felipe II y su sobrino el rey don Sebastián de Portugal; aquí se aposen­ taron la reina Ana de Austria, la infanta doña Isabel Clara Eugenia, la infanta doña Catalina, el príncipe-cardenal A lb erto...

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Más cercan^ id mu llanterío, la Gratíjín¡ ,d< M irabel, alzada pá-ea recreo de los R eyes * Católicos, ofrece, pese a recien tes resta u ra ­ ciones, un b ello co n ­ ju n to señorial, a d or­ n ado p or el herm oso patio y por la capilla. En ésta se rinde culto con gran fervor a una imagen de Jesús, veneradísima por todos los com arcanos con la ad­ vocación de Cristo de Mirabel. *

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El caserío nació a la sombra del inmenso m on asterio y llamóse Puebla de Guadalupe. Esta Puebla, por cuyas calles cru za m os, c o n ­ serva pequeñas casas del m edievo y su tradi­ cional industria artesana de fabricación de objetos de cobre. En su típica plaza de soporfípico rincón de Guadalupe tales corren los caños de cristalina fuente. Además del m onasterio, hay en Guadalupe otros im portantes edifi­ cios, tales com o los llamados palacios del marqués del Riscal y del mar­ qués de la Rom ana — aquél hospedería de nobles, de fines del siglo x v , y éste colegio, del x v i, ambos con empaque señorial y patios mudéjares— y la casa solariega de una secundaria línea del linaje de los Pizarros, que fue de Gregorio López y de los condes de Cancelada. En este pueblecito nacieron Alvaro López, Francisco Díaz y Juan Gago, con actuación en Indias. Cuando desde el Hum illadero descendimos a Guadalupe — h oy no se le antepone la Puebla—■, las notas de la grandiosa sinfonía que em pe­ zaron a sonarnos más fuertes fueron las de la historia. Nos llegan com o

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una medieval melodía arcaica, en las que se a rmonizan piadosas tradicio­ nes, que b us ca n una raí/, evangélica. Se dice que San Lucas lalló la venerada imagen que vamos a visitar, posando para él la propia Virgen María antes de su glorioso Tránsito; que la escultura fue a R om a, donde hizo el milagro de cortar una epide­ mia, en tiem po del papa San G regorio, quien la envió luego al arzo­ bispo de Sevilla, San Leandro; que al huir los cristianos de la invasión sarracena, trajeron consigo la imagen y la enterraron en esta sierra; que entre los años 1312 y 1322, a Gil Cordero, vecino de Cáceres, que apacentaba sus vacas en estos parajes, aparecióse la Virgen, anuncián­ dole estar aquí enterrada aquella imagen suya, la cual encontraron el Concejo y clero cacereños, com enzando desde entonces a recibir culto en una pequeña ermita, cerca de un riachuelo llam ado Guadalupe. Sobre la suave sinfonía de tonos legendarios, lo histórico pone sus notas claras y definidas en tiem po de Alfonso X I . Este monarca, que acaso encontrara la ermita en sus correrías cinegéticas, se encom endó a esta Virgen, famosa ya entonces por sus muchos milagros, el 29 de octu ­ bre de 1340, fecha de la m em orable batalla del Salado. El rotundo triunfo o b te n id o fue el n a ci­ m ien to co n p len itu d histórica y pujanza sin par del culto a Nuestra Señora de Guadalupe, que sería por varios si­ glos el más im portante foco de fervor mariano de toda la Península. La com unidad re­ ligiosa creada en los p rim eros m o m en tos, fue sustituida en 1389 por frailes de la Orden jerónim a. Iglesia, monasterio y dependencias tuvie­ ron proporciones gran­ d iosas. La fe de los pueblos form ó una in­ interrumpida corrien ­ te de peregrinaciones, que llegaban de los más lejanos confines. Portada de la casa de Pizarro


La munificencia de reyes y magnates fue creando un poderío económ ico de primer orden, con inmensos estados territoriales. Las riquezas form a­ ron un em porio de cultura en este m onasterio, m onum ento extraordi­ nario y capital en la historia del arte español. H ubo escuela de todas las ramas del saber hum ano, y talleres de las diversas manifestaciones artísticas, destacando entre éstos los de minia­ tura y bordados, de los que salieron las ricas telas y las deliciosas viñetas de los libros corales, que aún se conservan. Fue aquí, en Guadalupe, donde por vez primera se practicó en Espa­ ña la disección sobre cadáveres, en la Escuela de Medicina, y donde funcionaron las prensas que dieran a la luz el primer libro impreso en Extrem adura. De los aludidos talleres de miniado dan vivo testim onio la colección espléndida de libros que se conserva, superior a la de El E scorial, sin que pueda comparársele otra alguna, de im portancia definitiva en este arte. Guadalupe alcanzó una primacía excepcional com o centro productor de miniado y escritura, com o verdadera escuela, en la que aprendieron y se adiestraron peritos especialistas. La producción fue enorme y las demandas constantes, de todos los otros monasterios e incluso del car­ denal prim ado, que pagó por un lote de libros 540.000 maravedís.

Adem ás de los frai­ les, trabajaron en estas tareas iluminadores se­ glares, siendo éstos los principales autores de los libros de coro del si­ glo x v . La m ayor parte de los realizados en esta centuria se llevaron al m onasterio de San Je­ rón im o, de G ranada. Los primeros nom ­ bres conocidos de ilu­ m inadores de Guada­ lupe, con las fechas de su m uerte, son los de fray A lonso, fallecido en 1440, y fray Alonso de Sevilla, en 1447. De otros artífices, partici­ pantes en los com ienzos de la misma industria, se con oce a fray A n tón de S evilla , ca lígra fo, que m uere en 1412; fray A lon so, pellejero, en 1429; fra y M artín V izcaíno, encuaderna­ dor, en 1439; fray Mar­ tín de Sevilla, encua­ dernador, en 1448; fray P ed ro, p e lle je r o , en 1451, y fra y A lv a ro , Miniatura de la escuela de Guadalupe pergam inero, en 1464. Al frente de la escuela estuvo en los finales del siglo x v y hasta 1527 fray A ntón de San Lúcar; en el x v i, fray Alonso de Cáceres, que fue maestro de escribanos e iluminadores. Entre los artistas de esta centuria destacaron fray Pedro de Zam ora, fray Juan Carpintero y fray Julián de la Fuente Saz, el m ejor de todos, cu yo arte exquisito tiene una clara influencia italiana. En el siglo x v ii continuó con auge esta actividad, que dio bellos ejemplares a otros monasterios y a este de Guadalupe la colección inm en­ sa y valiosa de los ochenta y seis libros de coro, en gran folio, y otros diversos e im portantes códices. En todos ellos, orlas, adornos y figuras form an viñetas preciosas, en las que el oro juega con el fino colorido y

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El monasterio


indiana, que ese número suman los accidentes geográficos, pueblos y santuarios con el nom bre de Guadalupe. Las diversas guerras no causaron aquí daños considerables, porque la fama de la milagrosa imagen sirvió siempre de freno. Fue la nunca suficientemente condenada Desam ortización la que trajo a estos parajes el abandono, al tener que marcharse los jerónim os, por carecer de bienes. H ubo a partir de entonces ruinas de algunos edificios y latrocinios de objetos de arte; pero era tanto y tan excepcional lo construido y acum u­ lado, que aún resta bastante para asombro del viajero. Lo está prego­ nando esa gigantesca fábrica del m onasterio al que nos dirigimos, que contem plam os ya desde la plaza del pueblo, una plaza que se alegra con el rum or de la fuente y con la gracia de los folklóricos atavíos de mozas y mozos. Porque Guadalupe, además de tod o, es un rincón delicioso de encantador tipism o, una estampa viva de la Extrem adura ancestral y aldeana. Los muros del edificio que se eleva ante nosotros, form an un im pre­ sionante conjunto guerrero y m onacal. Su silueta nos manda las primeras notas de la sinfonía de arte, con la visión de lo que es, al mismo tiem po, tem plo, alcázar, fortaleza y m onasterio. En él se mezclan la piedra y el ladrillo, lo m udéjar y lo gótico, la cuadrada torre de almenas y la torreta cilindrica flanqueante, en unos ajustes arquitectónicos que arrancan de m ediados del siglo x iv . La fachada principal se alza frente a la plaza y está precedida de una escalinata de acceso, con su lonja de balaustrada arriba. La enmar­

en las que el arte triun­ fa en una plenitud de inspiración y técnica. Sem ejan te en im ­ portancia fue el taller de b ord ad os de Gua­ dalupe, cuyos produc­ tos form an h o y una colección excepcional, un a u té n tico m useo, único en el m undo. En su taller se tejían las ricas telas con seda y o ro , sien d o ta m bién bordadas con los mis­ mos nobles materiales y con perlas y piedras preciosas.

R e y e s , r e iñ a s y príncipes visitaron este m onasterio, desde los tiem pos de A lfonso X I hasta los de Felipe II. Grandes figuras históri­ cas vinieron a postrar­ se ante esta V irgen , tales com o C ristóbal Colón, el Gran Capi­ tán, don Juan de A us­ tria, Hernán Cortés y Bordado de los talleres de Guadalupe otros con q u ista d ores extrem eños. La historia tejióse muchas veces entre estos muros, en los que los Trastámaras buscaran aliento y consejo, de los que saliera Isabel la Católica para pacificar Extrem adura, y en los que se reunieron Felipe II y su sobrino el rey don Sebastián de Portugal p oco antes de la africana expedición del último, que concluiría en el desastre de Alcazarquivir. Guadalupe, corazón de Extrem adura, fue tam bién el corazón p ujan ­ te de los Reyes Católicos y Carlos V, del imperio español, extendido por toda la redondez del orbe. La devoción a esta Virgen pasó los mares con los conquistadores extremeños, para quedar plasmada noventa y dos veces en la toponim ia

M ozos y mozas en la plaza de Guadalupe

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Fachada del monasterio

can dos cuadradas torres, que se denominan del Reloj y de la Portería, nombre el últim o debido a que en ella estuvo antiguamente la principal puerta de acceso al monasterio. Entre ambas torres se tiende la gótica fachada del siglo x v , de ladrillo enlucido, con cinco pilares o estribos cuadrados que se decoran con arcadas y se coronan con pináculos. Estos estribos la dividen en cuatro espacios, cada uno de ellos con un arco gótico. Los calados ventanales, que debieron de lucir vidrieras, han vuelto a cobrar tod o su carácter, al quitarle las adiciones que los cegaban. Dos arcos apuntados, con finas archivoltas, columnillas y capiteles de hojarasca, se abren en esta fachada, para dar acceso al tem plo. En ellos hay dos puertas forradas con chapa de bronce repujado, que son un primer detalle lujoso a contem plar. Por su tam año y por el trabajo, estas planchas tienen un valor antológico en la industria medieval española, más aún por ser escasos los bronces de tales períodos. La realización artística en sí no interesa por la bella perfección, sino, al contrario, por la ruda originalidad. Los relie­ ves son toscos, impregnados de un arcaísmo que hace suponer sean ante­ riores a la fachada, realizados en el siglo x iv , porque, aun siendo góticos, hay en ellos reminiscencias de un gusto anterior. En estos relieves rudos y prim itivos, con buena com posición y defi­ ciente técnica, se representa la Anunciación, la N atividad, la Epifanía, la Asunción, la Huida a E gipto, la Circuncisión, el Bautism o, la Pente-

Por las puertas de bronce entramos a la capilla de Santa Ana, que aunque parece vestíbulo del tem plo principal, fue construida com o ca­ pilla en 1450. Es el primer m otivo interno que vem os y ya nos brinda la primera sorpresa artística, porque su nave rectangular, cubierta con bóvedas de crucería que estuvieron decoradas, nos ofrece com o deta­ lles ornamentales el ajim ez del pequeño coro, de tipo toledano, del si-

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Puertas del monasterio

costés, la Ascensión, la Coronación de la Virgen, la Resurrección y la Santísima Trinidad. Columnillas y adornos enmarcan los citados cuadros, en algunos de los cuales torpes restauraciones trataron de subsanar anteriores dete­ rioros. Pese a todo ello, las puertas son dignas del m onum ento arquitec­ tónico que guardan. Hem os llegado ante estas puertas, que se abren para darnos acceso a tem plo y m onasterio. Al cruzarlas, nos acaricia la definitiva sinfonía del arte y la fe. 3. — Sinfonía del arte y la fe. í¡!


glo x iv ; el retablo de traza herreriana, del x v i, con pinturas, atribuido a Blas de Prado, y, sobre todo, el sepulcro de A lon so de Y elasco y su esposa, doña Isabel de Quadros. Este sepu lcro, ejem plar extraordi­ nario y de gran valía, lo realizó el maes­ tro Anequín Egas, de Bruselas. Es una sentida y elegante obra, acabada des­ pués de 1476, auténtica jo y a de arte, en la que la decoración, que se eleva por encima del propio arco sepulcral, con arquería, hojarascas, niños, ángeles, es­ cudos e imagen de la Virgen, sirve de relicario a las estatuas orantes del ma­ trimonio, con el curioso detalle de una puertecilla al fondo, por la que asoman dos pajes. Las estatuas de los esposos aparecen com o si estuvieran atentos al altar y ceremonias del culto, originalísima idea del artista, que supo expre­ sarla en la actitud de los representados de la manera más real y sencilla. La escritura en la que se contrata la erección de este m onum ento nos la muestran, y no resistimos al impulso de copiar algunos párrafos de ella. Dice así: «L a obra que ha de facer Egas en la capilla de Santa Ana de la yglesia de Guadalupe para A lfon de Velasco e para doña ysabel su muger es esta Ajim ez del coro de la capilla que sigue. Primeramente ha de abrir de Santa Ana un arco en la pared de la dicha capilla que está a la parte de la dicha capilla donde se dise el evangelio e está agora un postigo fecho, el qual arco ha de ser de m edio punto... e este arco a de levar toda la yinaginería e crestería... ha de facer una delantera que cierre el arco todo de luego que sea de altura de quatro palmos que esta delantera ha de levar alderedor sus molduras e en medio de esta delantera ha de nascer un follaje que tom e toda la dicha delantera a la una parte e a la otra en el qual dicho follaje han de yr enbueltos dos escudos... se han de asen­ tar dos bultos de ymagenes puestos de rodillas cada uno de altura de un omhre com unal, el uno ha de ser de hom bre e el otro de muger c han de estar entram bos e han de tener cubiertos sendos m antos largos (jue rastren por el suelo... P or esta obra ha de dar el dicho A lfon de

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Velasco al dicho Egas cinquenta mili m aravedís.» Algo eran entonces 50.000 m arave­ dís; pero no pudieron invertirse m ejor, porque después de los siglos corridos, esta jo y a de piedra sigue siendo uno de los m últiples e im portan tes ador­ nos de Guadalupe.

Cuando subimos las escaleras, bajo el arco que da acceso a la iglesia, desde la capilla de Santa Ana, reparamos en un azulejo, en el que consta estar ente­ rrado aquí el ilustre guadalupense Gre­ gorio López, com entarista de las Par­ tidas. Estos azulejos, que se repiten, fueron colocados en la tardía reforma del tem plo, para marcar los lugares de las tum bas, de las que desaparecieron sus lápidas. Este arco de bóveda rebajada se hizo perforando el m uro de la iglesia, (pie tiene el enorme espesor de más de tres metros y m edio. En un lado de él, en un hueco protegido por reja, vem os unos trozos de m árm ol, que se dice for­ maron parte del sarcófago en el que es­ tuvo enterrada la veneradísima imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, roto en los m om entos del hallazgo, tras de Sepulcro de Velasco la milagrosa aparición. La iglesia, de planta de cruz latina, de tres naves, crucero y cabece­ ra, es una gran construcción ojival del siglo x iv , desfigurada con refor­ mas del x v m , en las que intervino Manuel de Lara Churriguera. Hízose el tem plo prim itivo siendo prior fray Toribio Fernández de Mena, entre 1340 y 1363, prolongándose algunas obras hasta 1403. De su fisonomía poco queda, por la ya aludida reforma. Las bóvedas son de cru­ cería, con m ayor altura en la nave central que en las laterales. Para colgar las numerosas lámparas de plata que los devotos fueron acum ulando en el santuario, desfiguráronse la nave m ayor, el crucero y la cabecera, hacien­ do una cornisa con balconaje corrido sobre los capiteles de las pilastras. Es el tem plo en sí, no en sus magníficos adornos, lo único que decep­ ciona en Guadalupe, porque, aun siendo hermoso y monumental, las

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una exquisita forja plateresca del si­ glo x v i, realizada por fray Francisco de Salamanca y fray Juan de Ávila, los que luego forjarían las rejas de la catedral de Sevilla. En balaustres, fa­ jas, medallones y coronam ientos deno­ ta el más fino gusto y el más exquisito arte. Asienta sobre un zócalo de mármol, que tan sólo se interrum pe en las tres puertas. Está form ada realm ente por diversos cuerpos, alcanzando el central y m ayor la altura de unos diez metros. H ojarascas, emblemas, figuras, inscrip­ ciones, ángeles y escudos, una profusión de adornos bellísimos, com ponen el con­ ju n to de este ejem plar extraordinario. La parte del centro fue colocada en 1510; las otras, dos años más tarde. En todas, los dos citados frailes dominicos a cred itaron sobradam ente su arte de forjadores. * * * Ante el retablo m ayor recordamos el prim itivo, que se dice era de plata, gastada por Juan I en las guerras con Portugal. Felipe II dejó 20.000 duca­ dos para que con sus rentas se constru­ yera éste, suntuoso y seiuloherreriano, del siglo x v i, cuya parte arquitectónica corrió a cargo de N icolás Y ergara y Juan Bautista M onegro. El ensamblaje lo hizo el valenciano Juan Muñoz; la escu ltu ra, Giraldo de Merlo y Jorge Manuel Theotocópuli, hijo del Greco; la estofa y dorado, Gaspar Cerezo y el portugués Gonzalo M artín; la pintura Arco de acceso al tem plo en lienzos, Vicente Carducci y Eugenio Caxes. Cada artista puso en la obra lo m ejor de su técnica e inspiración, logrando un conjunto suntuoso, de tres cuerpos y coronam iento, en el que esculturas, lienzos, columnas y relieves com piten en belleza y perfec­ ciones. En los intercolum nios colocó Merlo las imágenes de los E vange­ listas, Santa Lucía, Santa Catalina, Santa Inés, Santa Bárbara, San Gre-

reformas le han quitado su carácter y sabor, que debieron de ser im pre­ sionantes. H oy, enlucido y rem ozado, no está a tono con la solemnidad grandiosa que impera en tod o el monasterio. Los detalles, com o hemos dicho, sí lo están. La enorme reja que cierra el crucero merece parangonarse con las mejores de España. Es

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gorio Magno, San A m ­ brosio, San Agustín y San Isidoro. En los re­ lieves talló la Oración del huerto, el Prendi­ miento, Jesús ante Pilato, la Coronación de espinas, el Santo E n­ tierro y la V erón ica. En toda su obra está patente la maestría del autor. Temas de los pin­ celes de Carducci fue­ ron la Anunciación, el Nacim iento y la A d o ­ ración de los Reyes; de los de Caxes, la Asun­ ción de la V irgen , la Resurrección y la V e­ nida del Espíritu San­ to . Los dos artistas dejaron d ebidam en te probada en los lienzos su inspiración. Otras tallas y otras pinturas y otros ador­ nos, con el calvario en lo alto y los escudos de la casa real a los lados, com p le ta n esta obra esp lén d id a , en cu ya parte cen tral se enReja <ic la iglesia garza la hornacina, de p osterior d e co ra ció n barroca, en la que contem plam os a la Reina de Extrem adura y de la Hispanidad, a la m oiena Virgen de Guadalupe. Por los cam pos extrem e­ ños habíamos oído coplas alusivas a este color: Me gusta lo moreno, desde que supe que es morena la Virgen de Guadalupe.

o x i i , a la que en el x v i le p u sieron v e s tid o s , apareciendo hoy com o si fuera de pie, con un Niño Jesús de esta úl­ tim a é p o ca . A n te la im agen e v o ca m o s el p asado m ilagroso, los millones de peregrinos, los e x v o to s in n ú m e­ ros que co lg a ro n de estos muros, de lo cual nos habla M iguel de Cervantes... T o d a v ía nos falta mirar en el retablo el Sagrario, que fue pape­ lera o bufctillo de Fe­ lipe II, damasquinado de plata y oro, con re­ lieves de la b or rep u ­ ja d a y estatu ita s de bronce dorado, mueble en el que co m p ite la riq u eza con el buen gusto del autor, Juan Guiamin, que lo firmó en R om a en 1561. E l m ueble es una auténtica joya artísti­ ca, en la que todos los detalles están realiza­ dos de manera perfec­ ta. Su valor real y arR etablo m ayor tístico lo hacen digno del alto fin a que se destina, fin que no puede estar más a tono con la acendrada religiosidad del m onarca donante, quien no pudo pensar m e­ jo r destino, pues lo que sirvió para guardar sus papeles sirve h oy de morada al propio Dios, en el misterio de la Eucaristía. * * *

La morenita de Las Villuercas le dicen a esta imagen, arcaica talla románica, sedente, que con rigor científico puede datar de los siglos x i

Dos fachadas laterales de mármoles de colores, a ambos lados del retablo m ayor, muestran en sus partes altas las estatuas orantes, debi­ das a Giraldo de Merlo, de Enrique IV de Castilla y su madre, doña

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D etalle del retablo mayor

lYliirfu de Aragón, pri­ mera esposa de Juan 11 de Castilla. Los h erm osos m o­ num entos fu n erarios atestiguan estar ente­ rrad os en G u adalu p e estos m on a rca s; pero con las grandes refor­ mas se había perdido la m em oria del lugar exacto. Descubierto ca­ sualmente, en octubre de 1947, com isionados por la Real Academ ia de la H istoria, proce­ dieron a su re co n o ci­ miento el doctor Marañón y don Manuel Gómez Moreno, a quie­ nes acom pañaba el que esto escribe. La c r ip t a se e n ­ cuentra tras el retablo, en la parte del E van­ gelio. Es una pequeña c á m a ra , en la q u e, dentro de vulgares ca­ jas de madera de pino, con sendos docum en­ tos que a cred itan su autenticidad, reposan las momias reales, en perfecto estado de con ­ servación. La gigantesCa de don Enrique — a

la vista de ella se de­ duce que en vida alcanzó de estatura unos dos metros— está envuelta en riquísimo manto de brocado verde y oro, que se conserva adm irablemen­ te; la de doña María, en una tela popular del siglo x v i i . A ésta le faltan las piernas, de rodillas abajo, porque ordenó que parte de su cuerpo se enterrase en la tum ba de su confesor, el padre Illeseas, y a ella las lleva­ ron, al morir el religioso, bastantes años después de fallecida la soberana. Los prim itivos ataúdes fueron de bronce; pero las necesidades béli­ cas dispusieron de ellos en el siglo x v i i , recogiéndose entonces en vulga­

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rísimas y humilde* cajún la* momias de madre e hijo, qu e, junto» y com­ pletamente solos, continúan. Tiene esto último una gran fuerza alec­ cionadora, porque el único auténtico cariño de que aquello* dos seres disfrutaron fue el mutuo. Doña María, sustituida por otra en el tálamo regio, borróse pronto de la memoria del rey, que además nunca pudo olvidar que era hermana de sus insumisos primos, los infantes de Ara­ gón. Solos para siempre, como estuvieron en el mundo, siguen en su cripta madre e hijo. *

»

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Con el recuerdo de la em oción que nos produjo años atrás la vista de las m om ias, nos dirigimos al antecoro, en el que contem plam os los alta­ res de San Ildefonso y San Nicolás de Bari, ambos con dorados retablos de colum nas corintias, del siglo x v i i , en los que resaltan unos hermosos lienzos, que se duda en atribuir a A ntonio Perera, a Félix Castelló o a B ar­ tolom é R om án, colaborador el últim o del insigne Francisco de Zurbarán. La sillería del coro, de mediados del siglo X V I I I , la talló en nogal A lejandro Carnicero, discípulo de Lara Churriguera. Se com pone de noventa y tres sillas, cuarenta y nueve en la fila de arriba y el resto en la de abajo, en las cuales el indudable barroquism o de los tallados ador­ nos y de las imágenes en relieve de los respaldos, se suaviza de manera arm ónica con una clásica tradición italiana. Fue realizada esta obra en Salamanca, donde residía Carnicero cuan­ do la talló. La fecha exacta de su colocación hay que centrarla tom ando com o base los años 1742 a 1744, durante los cuales se hizo la ampliación del coro, y el de 1756, en el que falleció el artista. El Sagrario, que fue escritorio de Felipe II


La sillería es hermosa y de indudable mérito, apareciendo cu ella la* bien realizada* figuran dr lo* re*paldo*, cada una l>ajo un arco y sobre una nube que le sirve de ménsula. Kn la* extensas hileras de santos y santas figuran apóstoles, santo* padres, mártires y fundadores. Kn el enorme facistol de bronce repujado impera pujante la fantasía barroca. Sobre un pie de ondulados perfiles, que descansa en cuatro leoncillos, se apoya el cuerpo form ado por cuatro atriles recubiertos de chapa de bronce con labor de roleos. Los chaflanes, las balaustradas, los adornos y el remate en balconcillo, que corona un calvario, com ponen una obra im portante en su género y estilo. Barrocos son también los cuatro órganos, dos bajos y dos altos, de cajas con pintura y dorado, que se adosan a los muros, poniendo sobre ellos su más o menos graciosa estructura del siglo x v m . En la actualidad hay en Guadalupe un órgano m oderno, de voces dulcí­ simas, que llena de sonoridades el templo y es un m otivo más para hacer gra­ ta la estancia al peregrino, al que se deleita frecuentem ente con conciertos de buena música, ejecutados con mano maestra por los frailes organistas. Barroco es, por úl­ tim o, el tenebrario, de talla p o licro m a d a y dorada, que no resul­ ta o b ra de m é r ito , ya que está realizado toscamente. En el te ste ro del fondo del coro, un alto relieve, puesto aquí en 1499, trein ta y dos años antes de que se apareciera en el Tepeyac la Virgen mejicana, guarda analogía con esta imagen, y se le da el nom bre de Guada­ lupe de M éjico, recor­ dando la gran devoción de Am érica, reflejo de la de Extremadura. G uadalupe fue en los labios y en el cora­ zón de los conquista­ dores extremeños a las latitudes indianas. Ya hemos dicho las veces que se repite su nornMonumento funerario de Enrique IV de Castilla M'RK I ( FtCJSCWFIAWONIMtN rVsNlK f?.

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bre en la toponimia del Nuevo (lon liu cn lc; pero donde alcau /ó má* reso­ nancia fue cu el templo m ejicano. I.a tradición piado*a cuenta que la Virgen dijo, al aparecerse al indio Juan Diego, que era INuentra Señora de Guadalupe. 101 nombre no podía ser otro que el extrem eño, el que el riachuelo diera a la imagen venerada. Un gran historiador, m ejicano pre­ cisamente, ha dicho que el cuadro de Tepeyac está ligado al monasterio de Extrem adura. De una u otra form a, lo real es que ambas idénticas advocaciones, tan lejanas en lo geográfico, están unidas en el origen y en el polarizar los fervores de los dos pueblos. * * * Antes de ir a la m onum ental sacristía recorremos la primitiva y angosta com unicación, que iba a ella desde el antecoro, así com o el anti­ guo lavam anos, pequeña cámara del siglo x iv , de gran interés artístico. Se cubre con bóveda de crucería, cuyos nervios descansan en ménsulas que representan ángeles, y tiene adosado ai muro, b ajo una ventana, el recipiente que sirvió para el uso que da nombre a la cámara. Un zócalo, procedente de los alfares toledanos, de vidriado barro árabe, form a su pre­ ciosa decoración, impresionante por la intensidad del colorido y brillo. Lo com ponen aliceres o m osaicos que trazan estrellas octógonas, com binan­ do arm ónicam ente los esmaltes verdes, melados, azules, negros y blancos, con friso de piñas y cornisas sobre la labor de alicatado. También el sue­ lo es de azulejos, lo que aún realza más el interés del delicioso rincón. Sillería del coro


La antesacristía, que fue la sacristía antigua, se reformó en el si­ glo x v i i , adornando con dorado y pinturas la bóveda y cubriendo los muros con mármoles y jaspes. De estos materiales está form ado el lavamanos, lujoso y de traza clásica, en el que se combinan los tonos negro y rojo. Sobre el pilón se eleva un cuerpo arquitectónico en el que están los cinco grifos y seis columnas toscanas de fuste rojo, con basas y capiteles de mármol amarillo. Cuelgan de las paredes de esta cá­ mara bellos espejos y varios cuadros. Tres de los últimos, de Carreño, repre­ sentan a Carlos II, a su mujer, María Luisa de Orleáns, y al cardenal Savo Mallini. H ay, además, un retrato de la duquesa de A veiro y sus hijos; dos co ­ bres, copias de Rubens o Van D yck; un San Lorenzo y un Cristo difunto en los brazos de María. T od o ello sirve para dar realce a lo que es hoy la antecá­ mara de la asombrosa sacristía, por la que avanzamos absortos, suspensos, deslum brados... La sacristía de Guadalupe es una jo y a artística incom parable, sin paran­ gón posible con otra alguna española. Su trazado, con la capilla de San Jeró­ nimo al fondo, es propiamente el de una iglesia. El zócalo de jaspe gris, la cajonería de granadillo y nogal, los m u­ ros y las bóvedas de cañón, decorados profusa y finamente con colores y oro, com binan de manera armónica el con ­ ju n to suntuoso, que com pletan los lien­ zos de Zurbarán, de enormes propor­ ciones, en los que aparece la plenitud vigorosa del gran pintor ascético del siglo X V II. Los cuadros representan: la El facistol Visión del padre Orgaz, la Aparición del Señor al padre Salmerón, el padre Gonzalo de Ulescas, la Misa del padre Cabañuelas, la Im posición de la birreta episcopal al padre Y áñez, el padre Carrión esperando a la muer­ te, las Limosnas del padre Vizcaya y el padre Salamanca. En 1638 y 1639 firm ó Zurbarán estas espléndidas pinturas, capitales en la obra dél gran artista. Los comentarios que nos sugieren los lienzos

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son tantos, que no es posible consignarlos. Nos tenemos que limitar a ir viendo uno por uno, para darnos cuenta de lo que en ellos figura. El del padre Orgaz es el menos importante de la colección. De tonos oscuros, vem os en él al fraile, que rechaza con el gesto a un león, un jabalí y una mujer, sím bolo de los poderes demoniacos. Por una venta­ na del fondo se divisa ciudad y convento, con un rom piente en el que en tam año pequeño está el mismo religioso, al que se aparece entre nubes la Virgen de Guadalupe, para premiar su perseverancia en la virtud. Lum inoso, místico en grado sumo, el lienzo del padre Salmerón es una obra maestra en la que Zurbarán se afirma com o artista de grandes vuelos, que nada tiene que envidiar a los mejores del Renacimiento. Ante el religioso, que está de rodillas, pues de esta forma andaba por promesas que había hecho, se alza la nobilísima figura de Jesús Resuci­ tado, posando su mano sobre la cabeza del fraile. En el ángulo superior izquierdo cantan tres ángeles niños y toca la cítara otro adolescente. El poderoso realismo de las figuras se enlaza con la fuerza mística im­ presionante, ofreciendo un cuadro de incom pa­ rables calidades. El padre Illeseas, a más de prior de Gua­ dalupe, fue o b isp o de C órd oba , del C onsejo de Castilla y confesor de Juan II, de su pri­ mera esposa, la reina doña María, y del hijo de ambos, Enrique IV. Su lienzo es un retrato, en el que el personaje, sentado ante su mesa de trabajo, con la plu­ ma en la mano, se dis­ pone a escribir. Unas columnas y una corti­ na roja forman un pla­ no, tras el cual se ve el c o n v e n to y un fraile s o co r rie n d o a los po­ bres. Un perro se tien­ de ju n to al ilustre pre­ lado, cu yo rostro mira al espectador con ojos p en etra n tes. En uno de los papeles que hay El padre ílleseas, lienzo de Zurbarán


•obre la mesa se ve la firma de Zurbarán y la fecha: 1639. El cuadro, m agnífico, es digno de su autor. C u a n d o el p a d re Cabañuelas estaba di­ cien do misa le asaltó un m om en to la duda sobre la realidad de la Eucaristía, sobre si de manera efectiva el pan y el vino se convertían tras la Consagración en el cuerpo y sangre de Cristo. En este instan­ te, la hostia consagra­ da alzóse sola en el aire, dejando caer gotas de sangre sobre los corp o­ rales. E sto es lo que Z urbarán p in tó en el hermosísimo lienzo, en el que el oficiante apa­ rece de h inojos, asom ­ brado y reverente, m i­ ra n d o a la S a gra d a Form a. D etrás, ajeno al prodigio, se arrodi­ lla el lego asistente. Un ra y o de luz baja del cielo con esta ins­ c r ip c ió n : «T a c e quod La Misa del padre Cabañuelas, lienzo de Zurbarán vides, el incertum perfice.» Al fondo, un cuer­ po de arquitectura descubre un patio. Sobre todo ello, en este cuadro, que es uno de los mejores, subyuga la expresión realista del rostro del padre Cabañuelas. El padre Yáñez, prior de Guadalupe, se arrodilla ante Enrique III, que le impone la birreta episcopal, presenciando el acto un cortesano, que mira al espectador y es un autorretrato de Zurbarán. Ésta es la com posición que aparece en el lienzo, con fondo de arquitectura clásica y con el curioso de­ talle de que el monarca está vestido al gusto de la época de Felipe III. El padre Carrión, que recibió aviso de su muerte, la espera en acti­ tud piadosa, de rodillas, juntas las manos, rodeado de otros frailes, que

contem plan con unombro el caso .ejemplar. Sobre la* tonalidades oscuras resaltan los blanco* hábito* en este lienzo lleno de un encanto en el que se fu míen realismo y espiritualidad. El caritativo padre limosnero, fray Martín de Vizcaya, fue pintado en el atrio del convento, rodeado de pobres, entre los que reparte los panes que tiene en un cesto, sobre una sinfonía de grises y oscuros, que anima la única viva pincelada de los albos vestidos talares. Por últim o, el padre Salamanca, iluminados los blancos hábitos por el resplandor del incendio, extiende un brazo en actitud enérgica y recoge el otro en ademán piadoso, ante las llamas que se apagaron luego mila­ grosam ente. Este cuadro es, sobre tod o, un ju ego fuerte y logrado de claroscuro. Con él se com pleta la serie magnífica de la grandiosa sacris­ tía guadalupense. ♦ ♦ ♦ Y a dijim os que la capilla de San Jerónim o form a la cabecera de la sacristía, luciendo la misma rica ornam entación. A quí vuelve a triunfar Zurbarán, en los lienzos de San Jerónim o, azotado por los ángeles; Apoteosis de San Jerónim o, que corona el retablo, y en ocho cuadritos con santos y santas de la Orden, que lo adornan. Algunos de éstos se San Jerónim o azotado por los ángeles, lienzo de Zurbarán


supone que non obra <le discípulos del artista. MI otro gran lien/o, las Tentaciones do San Jerónim o, se dudó en atribuirlo a llivoru o Forera; pero es más lógico ligarlo también a Zurbarán. La Apoteosis de San Jerónim o es uiia auténtica jo y a pictórica, en la <{ue el místico doctor, rodeado de ángeles, se eleva al cielo sobre un florido cam po, de rodillas, los brazos en cruz, radiante de dulzura el rostro que mira a lo alto, donde se muestran las maravillosas traspa­ rencias doradas de la gloria. En otro gran lienzo apaisado, Zurbarán pintó al santo penitente de rodillas, desnudo de cintura arriba, m irando al Señor que se le aparece sobre una nube, mientras dos ángeles le azotan y otros com pletan el con ­ ju n to bellísimo. El otro cuadro de la capilla, también apaisado y ju gando frente por frente con el anterior, ya hemos dicho que se dudó si era obra del gran artista extrem eño. Sin em bargo, es un lienzo de calidad, ligado a la téc­ nica zurbaranesca. En él se ve a San Jerónim o, desnudo de medio cuer­ po, en una cueva, entre peñascos, rechazando con su actitud las tenta­ cion es, representadas por seis damas con lu­ josos atavíos, que can­ tan y tocan instrum en­ tos musicales. La farola de la nave capitana turca, ven ci­ da en Lepanto por don Juan de Austria, trofeo que conm em ora uno de los más gloriosos epi­ sodios de la historia de España, fue ofrendada a la Virgen de Guada­ lupe y pende de la cú ­ pula de esta capilla. El riquísim o fron­ tal de oro y seda y el ya alu d id o retab lo de buena talla, con las pe­ queñas pinturas zurbaraneseas, tienen aún otro gran com plem ento en la magnífica escul­ tura en terra cota , de Pedro Torrigliano, que representa a San J e­ rón im o, y fue traída Imagen de San Jerónimo

Detalle de la sacristía y de la capilla de San Jerónimo, con la farola de la nave capitana turca de L epanto


en I,)2(>. I‘>1 Manto, en mi predilecta actitud penitente, de tamaño natural, es un modelo espléndido do inspiración y técnica, con el que no está a tono la figura mediocre del Icón que huy junto a él. *

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Sigue nuestro recorrido adm irativo, contem plando la capilla de San Juanito, con lienzo del siglo x v i i ; la de Santa Catalina, del x v ; los alta­ res de esta mártir y de Santa Paula, con tallas de Giraldo de Merlo, y los sepulcros del príncipe don Dionisio de Portugal y su esposa, doña Juana de Castilla, hija de Enrique II, con orantes estatuas, del x v i. Lo original de estas esculturas es que no están hechas de piedra, sino de madera policrom ada, im itando el bronce. Am bas aparecen de rodi­ llas sobre almohadones, las manos juntas, en devota actitud, con un aspecto ju ven il y gallardo, realzado por las ricas vestiduras. Este don Dionisio fue el primer fruto de los amores de don Pedro de Portugal con la desventurada Inés de Castro, amores que el rom ance, el drama y hasta el cine han popularizado en el m undo. Pasamos luego a la capilla del Relicario, que es de planta octógona y traza clasica,' con barandal de hierro y zócalo de azulejos talaveranos, cubierta por decorada cúpida. Se ven en ella diversos adornos y cuatro pinturas al fresco, con temas sobre la vida de San José. Tiene la capilla, ul fondo y en seis lados, buenos retablos, todos ellos del siglo x v i i . En sus anaquelerías aparecen bustos, brazos, pirámides, arquetas y c o ­ frecillos, en los que se guardan reliquias de santos. Capilla de Santa Catalina

Entre el con jun to llama la atención por su excepcional im portancia la que se denomina Arqueta de los Esmaltes, que se utiliza en Semana Santa para la reserva del Santísimo. Fue construida en el siglo X V por fray Juan de Segovia, quien hizo los repujados que tiene, engarzando en ellos los maravillosos esmaltes de tiem po de Enrique II, procedentes de los talleres de Lim oges. Son éstos seis placas, en los que aparecen la Pentecostés, la Anunciación, los Reyes Magos saliendo de Jerusalén, la A doración de los Reyes, la Entrada de Jesús en Jerusalén y el Señor predicando en la montaña. En la com posición y estilo pictórico de tales temas se aprecia una clara influencia italiana, que tiene atisbos de la escuela de G iotto. Los relieves hechos para formar la Arqueta son muy inferiores a los bellísimos y valiosos esmaltes del siglo x iv . Vam os después al que llaman Panteón Real, que es una capilla tam ­ bién octógon a, p arecida al R elica rio, situada detrás del ábside de la iglesia y debajo del camarín. Sus nichos de negro jaspe quedaron sin uso, porque parece que estaban destinados a los monarcas de España, y el pan­ teón de El Escorial se llevó los regios despojos que debieran ocuparlos. Frente a la entrada de esta capilla, en un marmóreo sepulcro susten­ tado por leones, reposa doña Guadalupe de Lancastre, duquesa de Aveiro y de Maqueda, fallecida en 1515, dama devotísim a de la Virgen extrem e­ ña, que «m an dó — dice el epitafio— se enterrase su corazón y cuerpo en este lugar debaxo de los pies de la imagen centro de su amor i esperanza». Vem os por últim o, en este interior recorrido, antes de salir al patio m udéjar, la pequeña capilla gótica de San Gregorio Magno, con bóveda de crucería, en la que el detalle im portante es el alabastrino sepulcro Arqueta de los Esmaltes


arca gótica adosada al muro de la capilla, re­ presentado sobre ella en estatua vacente, con galas de pontifical, m i­ tra, b ácu lo y p rolijos adornos.

Tras el largo reco­ rrido salimos al claus­ tro m udejar. La luz. se vierte en él, ju g a n d o con arquerías, plantas v tem plete. Es la más original obra arquitee-' tónica del m onasterio y la inesperada sorpresa, porque aquí se borra lo gótico v lo renacentista

Claustro mudejar

de fray Juan Serrano. Fue éste el últim o prior secular del monasterio, siendo el que hizo en­ trega a los jerón im os en 1389. E leg id o lue­ go ob isp o de Sigiienza, m urió en Sevilla en 1402, ordenando ser enterrado en G uada­ lupe. Aquí está, en un

de Occidente, para dar H !MLJ h paso al Oriente musul­ mán, en toda su pure­ za, con juegos de blan­ cas arcadas y verdes n aran jos. A ello h ay que agregar, para m a­ yor e n ca n to del c o n ­ ju n to , otros detalles a r q u it e c t ó n ic o s q u e desde el p a tio se d i­ visan, tal com o el in­ menso rosetón. Los claustros de las dos plantas se cubren con madera artesonada y se abren en arcos apuntados y de herra­ dura, de ladrillo, sobre los que la cal puso su blancor. T od o ello tie ­ ne proporciones m onu­ m entales y un a tra c­ tivo inm enso, porqu e este patio, que los frai­ les h icie ro n en el si­ glo X IV , es uno de los rincones más deliciosos del monasterio. P o s ib le m e n te fue construido así, m ude­ jar y de lad rillo, por Templete goticom udéjar ahorro, ya que uno de piedra hubiera costado m ucho más; pero el acierto fue definitivo, porque se creó un ejem plar peculiarísimo y con pocos precedentes, que suma nuevos temas a la adm iración del viajero, en este convento en el que tantas cosas admirables hay. La enorme amplitud del florido patio la corta en un ángulo la glorieta del lavatorio, guarnecida de alicatados azulejos árabes. Aquí estuvo — h oy está una réplica— la fuente de bronce, obra magnífica de Juan Francés, realizada en 1402, que h oy sirve de pila bautismal en la capilla de Santa Ana. En el pie de ella juega con el bronce un trozo de jaspe claro. La taza tiene unas inscripciones y diversos v bien realiza­ dos adornos, en los que con el gusto gótico empieza a enlazarse el R ena­ cim iento. E xplica esto el haber realizado la fuente un artista extranjero.

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•le Francia, que sin duda a n d u vo p or las tierras italia n as, en las que ya corrían por enton ces las auras renacentistas. En el cen tro de este maravilloso p alio se alza el original tem plete goticom u d e ja r, m o n u m e n to ú n ico y bellísim o, en el que el ladrillo al descu­ b ie r to y la g u a r n ic ió n de azu lejos crearon una auténtica e incom parable obra de arte. Esta vieja in s crip ció n a testigu a b a cu á n d o y p o r quién se hizo la obrar « A ñ o de mili cuatro­ cientos e cinco levantó esta fuente e castillo Fr. Joan de Sevilla p or mandado de Fr. Fernando Yáñes, p r i­ mero fundador y prior de este M onasterio.»

11o\ ento un en lo i|iic l'ue; pero aún sigue llenándose el claustro du­ rante la procesión d el din de la fiesta. Kn él resuena en tales momentos ese himno, más exaltador y amoroso que literario, que los extremeños cantan a su Virgen: Augusta Reina de Extrem adura, de tus vasallos oye el clamor, himno ferviente de su fe pura, que al cielo elevan en tu loor. Somos los hijos del gran Pizarro, los hijos somos de Hernán Cortés, y en nuestro pecho noble y bizarro un alma late, que fuego es. Bajo los pliegues de tu bandera luchar queremos cruzadas mil. No el Nuevo M undo, la tierra entera rinda tributo de honor a Ti.

Si los siglos se lle­ varon la primacía mariana cte Guadalupe so­ bre el imperio español, el fervor regional sigue intacto y firme en tor­ no a la imagen cente­ naria y milagrosa. * * *

T o d o s los 8 de s e p ­ tiem b re, día en que se celebra la fe stiv id a d de Nuestra Señora de Gua­ dalupe, recorre este claus­ tro b ajo la solemne proce­ sión con la veneradísima imagen, que no sale nun­ ca de los ám bitos del m o­ nasterio. Miles de peregri­ nos acudían en tal fecha durante las pasadas cenPortada de la escalera turias, para ganar la especialísima gracia del jubileo con indulgencia plenaria, concedido por m erced pontificia con carácter perpetuo, que aún sigue vigente. La serie constante de peregrinaciones que fluía sobre Guadalupe, aumentaba en enormes proporciones cada 8 de septiembre. El viejo cronista padre San José habla de 26.000 peregrinos.

La e s c a le r a d e l c la u s tr o a rra n ca de una hermosa y graníti­ ca portada plateresca, persistiendo en su as­ censión el m ism o es­ tilo, del que se ofrece aquí el m ejor m odelo que conserva el santua­ rio. Se hizo siendo prior fra y Juan de Siruela, entre 1521 y 1524. Dos arcos escarza­ nos se a b re n en su arranque, uno para la escalera y otro de ac­ ceso a un pasillo, desa-

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Sepulcro del padre Illescas


estar enterrado don Juan de Zúñiga y Sotom ayor, maestre de Alcántara, fallecido en 1448. Pero lo curioso es que no hubo ningún maestre llamado así. El que se llamó don Juan de Zúñiga, sin Sotom ayor, ni siquiera había nacido en 1448; el que tuvo por nom ­ bre don Juan de S otom ayor, sin Zúñiga, se enterró en Italia. Sin em bargo, éste es el único que puede yacer aquí. T uvo el claustro un Vía Crucis de figu­ ras de talla, del siglo x v , de las que aún se conservan algunas. De sus muros cuelgan cuadros de escaso m érito. De la citada cen­ turia es el sepulcro con estatua yacente que hay en un ángulo, en el que reposa el prior Illescas, m onum ento interesante. El propio padre aquí enterrado decía, en carta de 25 de agosto de 1458, que dejaba al monasterio varias mandas, una de ellas para construir su tum ba. Fray Juan de Segovia, el autor de la Arqueta de los Esmaltes, hizo los dibujos. En el año citado anteriormente, Illescas contrató la obra con el maestro Egas Comán, quien la tuvo conclusa en 1460. El m onum ento lo form an el arca sepul­ cral, con recuadros, escudo bajo capelo, sus­ tentado por un ángel; arcos, leones, adornos y las cabezas, hoy deterioradas, de San Jeró­ nimo y San Agustín. Sobre el arca descansa la estatua, en la que el prelado está reves­ tido de pontifical, con mitra, báculo y un libro en la mano derecha. En letras góticas, vem os el siguiente epitafio: «A q u í yace el muy Reverendo en Cristo Padre I). Fray Gonzalo de Illescas del Consejo y confe­ sor del R ey nuestro señor, obispo de Córdoba: f a ­ lleció en Hornachuelos a 22 de octubre de 1464.» Patio gótico

rrollándose en torno a ellos la lina ornam entación, con columnas, ánge­ les, escudo de la Virgen, adornos y relieve del Padre Eterno. Junto al arranque de la escalera está la puerta de acceso a la peque­ ña capilla de San Martín, en la que una inscripción en azulejos dice

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Sobre el sepulcro destaca en una hornaci­ na un Cristo y otras imágenes, cubriendo el rincón una hermosa bóveda de crucería, con adornos. Una lápida de azu­ lejos conmemora al lado, sobre una puerta, que por primera vez visitó el monasterio el rev don Alfonso X I I I en 1926.


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En el pabellón que se denomina de la Enfermería y de la B otica nos espera otro patio, el llam ado gótico, que en realidad es una obra m ixta, mudejar, gótica y clásica, de buena traza y arquería en sus tres plantas. Comenzóse a edificar en 1516 y fue concluido en 1524, siendo prior fray Juan de Siruela. El material empleado en su construcción fue el ladrillo. Los arcos de la parte baja son de medio punto, sobre pilares cuadrados, con chaflán; en los del segundo piso — realmente los importantes y los que dan ver­ dadera belleza al patio gótico— , sobre pilares también cuadrados y de chaflán, la arquería apuntada se parte por ajimez y se adorna con cala­ dos, com poniendo un lindísimo conjunto lum inoso, porque la cal cubre el ladrillo. La balaustrada de arquitos apuntados com pleta los detalles vistosos. En la segunda planta los arcos son más pequeños y sencillos. Desde estos claustros pasamos a recorrer los viejos pabellones que fueran biblioteca, sala capitular, m ayordom ía y otras dependencias, que, pese a su deterioro, sirven para darnos idea de que este m onasterio fue un conjunto que no tuvo par en España, ni acaso fuera de ella. Algunas estancias, tal com o el gran salón del refectorio, están desfiguradas y hay que ir por sus inmediaciones viendo chimeneas, ventanales o puertas que conservan su factura prim itiva. La biblioteca y sala capitular ocupan un cuerpo que tiene en sus ángulos torres cilindricas, con chapiteles cónicos, recubiertos de tejas vidriadas. Ningún interés hay en el interior del pabellón, construido a expensas del padre Illescas, entre 1469 y 1475.

La Hospedería R eal, desaparecida por hundim iento, alzóse para los Reyes Católicos por el prior fray Ñuño de Arévalo, entre 1486 y 1488. La m ayordo­ mía se conserva, aunque desfigurada. Su más lindo detalle es el pequeño p a­ tio, lleno de encanto y de luz, que se ofrece com o un remanso de sencillez y sabor monacal, en el inmenso piélago de arte y monumentalidades. * * * Vamos ahora a detenernos en los museos y las cámaras, en las que se guardan tesoros de todas clases. Pintu­ ras, Cristos de marfil, arquetas con re­ lieves, custodias y cálices, miniaturas y telas, relicarios y otros objetos, harían interminable la lista. T od o es exquisito, suntuoso y artístico. Muchas horas son necesarias para formar una idea de cuanto se ofrece Viñeta del antifonario del prior a nuestra contem plación. Numerosas menciones especiales habría que hacer si no fuera forzoso ceñirse a un mínimo, cosa que ya hemos venido haciendo en parte, pues tam bién en los recorridos anteriores hubo que prescindir de citar todas las imágenes, cuadros y otros detalles. Hablaremos de algo de cuanto nos deleita en estos casi finales recorridos de la visita. Anotem os en primer lugar las ya citadas y magníficas colecciones de miniaturas y telas. Junto a los inmensos libros corales, otros manuscri­ tos y códices brindan sus encantos. Cogemos uno de éstos, para mirar sus páginas. Es el antifonario del prior y está encuadernado en terciope­ lo rojo, con adornos de plata, esmaltes y dos relieves de marfü, uno representando a la Virgen y el Niño y otro a la coronación de Nuestra Señora. Abrim os con profundo respeto este códice de principios del siglo x v i, que estuvo en las manos de los santos varones que rigieron los destinos del monasterio. En sus hojas de vitela, oro y colores trazan entre orlas y adornos finísimas viñetas, con paisajes y figuras impregna­ dos de goticism o. Vienen luego las telas, que forman por su cantidad y calidad un con ­ ju n to único en el m undo; telas en las que los bordados son un prodigio de pintura a la aguja, en las que se mezclan con los productos de los talleres guadalupenses los regalos de reyes y príncipes, en las que se salpican las perlas y piedras preciosas, en las que resaltan la riqueza, el

Patio de la mayordomía

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arte y la historia, en las que van desfilando siglos en frontales, casullas, capas, ternos, capillas, paños de atril, mangas parroquiales y mantos de la Virgen y el Niño. , Abre en ellas el ciclo histórico el frontal de seda y oro que regalara en el siglo x iv Enrique II de Castilla. Sigue la lista con otros muchos, que abarcan del X V al X V III, figurando entre ellos el que llaman chino, traído de Oriente y regalado por una reina de Inglaterra, y los que donaran Felipe II y el duque de Alba. Entre las casullas y ternos vemos los que por sus donantes se llaman de los Reyes Católicos, del «T an to m onta», del condestable Velasco y de la emperatriz Isabel. Sin posibilidad de hacer anotaciones sobre las restantes riquísimas telas, diremos tan sólo que hay un palio regalado por doña Juana Enríquez, «L a loca del Sacramento». En los mantos de la Virgen y el Niño culmina el lujo, pues perlas pe­ queñas cubren en algunos totalm ente la tela, sirviendo de fondo sobre el que los adornos se bordaron con perlas m ayores, rubíes y esmeraldas. Uno de ellos fue donación de la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II. Las coronas de Nuestra Señora y su H ijo, curioso contraste, no tienen real­ mente interés. Las que pudieran existir antiguas de valor, se perdieron; la que queda de precio, es m oderna, construi­ da en Madrid, en los talleres de Granda. Con ella fue coronada canónicamente la imagen por el rey don Alfonso X I I I y por el cardenal primado don Pedro Segura. En los restantes objetos que se acu­ mulan en estas cám aras, ya aludidos genéricamente — custodias, cálices, reli­ carios, cruces, Cristos de marfil, etc.— , hay que prescindir de m enciones, que resultarían interminables. Nos limitare­ mos a citar el Lígnum crucis, en mag­ nífica cruz del siglo x v ; una Virgen en alabastro, procedente del sepulcro del padre Illescas, y tres hermosas pinturas en tabla, de igual centuria. Una repre­ senta el Nacim iento; otra, que se atri­ buye a Juan de Flandes, el Bautistno del Señor; la tercera es el llam ado tríp­ tico de los Reyes Católicos, que regala­ ron estos monarcas, atribuido a Adrián Virgen de alabastro

Tríptico de los Reyes Católicos

Isem brandt. Aparece en esta pintura la Epifanía, ocupando la tabla cen­ tral la Sagrada Familia, con uno de’ los Reyes Magos, y las laterales los otros dos. En los museos y en el jo y e l se guardan todas esas cosas, así com o las alhajas — rostrillos, broches, etc.— , mermadas en los años de abandono que mediaron entre la marcha de los jerónim os (1835), la declaración del monasterio com o m onum ento nacional (1879) y la venida de los padres franciscanos, que lo custodian desde 1908. *

*

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H em os subido al camarín por la lujosa escalera de m onolíticos pelda­ ños de jaspe rojo, matizados de varios colores, con dorado barandal de bronce y muros de pintada decoración. Puertas de buena madera y gran talla dan acceso al camarín y al jo y e l, que en este últim o, cuyas paredes cubre rojo dam asco, están varios de los objetos ya referidos, a más de la cajonería de madera de ciprés, con cuerpo alto de labor de taracea; las cornucopias, las pequeñas tablas pintadas, las vitrinas de concha y las papeleras de piedras de colores.

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El camarín se nos brinda com o la jo y a artística definitiva, que en­ garza el ob jeto de supremo valor: la imagen de la Virgen. Construido sobre el panteón Real, es propiamente una capilla bellísima. Preciosa y p ro­ fusa decoración adorna sus muros y cúpida, desarrollando en ellos una desbordada fantasía ornamental que ofrece un conjunto rico y m agní­ fico. Relieves, pintura y dorado se mezclan en esta ornamentación con el zócalo de jaspe, las pilastras toscanas, las cornisas, los florones, las hornacinas, los cuadros, las estatuas... Dan más realce aún a la deslumbradora capilla nueve hermosísimos lienzos del fam oso pintor napolitano Lucas Jordán, que representan la Virgen profetizada, su Nacimiento, su Presentación al tem plo, los Desposorios, la Anunciación, la Visitación, la Huida a E gipto, el taller de Nazaret y la Asunción. Son estas pinturas algo diametralmente opuesto a las que vimos de Zurbarán, ya que los pinceles del español trazaron creaciones austeras, serenas y monacales, mientras los del napolitano se desbordan en exu­ berancia, fantasía y contrastes. El resultado obtenido por ambos, aun­ que por caminos diferentes, es el mism o, porque los cuadros de Jordán son tam bién bellísimos. Al igual que hiciera el pintor extrem eño, el napolitano dejó su auto­ rretrato en uno de estos lienzos, en el de los Desposorios de la Virgen, en una figura de m edio cuerpo que mira al espectador. Pende de la cúpula del camarín una magnífica lámpara de cristal de roca, ejemplar valiosísim o, tanto por su gran tamaño com o por la abun­ dancia de adornos y colgantes. Completan los detalles de este rincón excepcional ocho imágenes de la inspirada escultora Luisa Roldán, conocida por la Roldana, que represen­ tan a Sara, la profetisa María, ¿Üébora, Jael, R ut, Abigail, Ester y Judit. Las bíblicas mujeres están colocadas en hornacinas, bajo cristales, siendo su tamaño la mitad del natural. Lo tallado en ellas son las cabe­ zas, bustos y extremidades, form ando lo demás las telas endurecidas, de bellos colores y bien plegadas. Se adornan estas figuras con collares y pendientes de perlas; sus trajes son curiosos, ya que aquellas mujeres de los tiem pos bíblicos aparecen vestidas a la manera pastoril. Estas lindas imágenes resultan aquí una nota graciosa, artística y decorativa. Entre el camarín y la perforación del muro del ábside de la iglesia, que sirve de hornacina a Nuestra Señora, está la capilla de Santa Ana y San Joaquín, con reja de plata, decorados muros y bóvedas pintadas. Es una pequeña cámara elíptica, en la que en un altar barroco se venera a los santos titulares, padres de la Santísima Virgen. Estamos llegando a la meta de nuestro peregrinar. Sólo unos pasos, y estaremos ante la imagen en torno a la cual se alzó el monasterio y se acumularon tantos tesoros.

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El camarín


Entramos en el arco que se llam a T ro n o , cuyo techo adorna una A n u n ciación , pintada por Francisco Leonar­ do, y cuyos muros cu­ bre rojo terciopelo con galones de oro y pla­ ta. E stam os ju n to a la v e n e r a d a im a g en de Nuestra Señora de Guadalupe, que aun­ que generalmente está m irando a la iglesia, puede girar en su rica peana, y ha girado, para mirar al camarín. De rodillas ante Ella, se borran todos los m a­ ravillosos tesoros con ­ templados y todas las emociones sentidas en este incom parable m o­ nasterio. Nos entrega­ mos en cuerpo y alma a la fe. Una h on da evoca­ ción nos hace vivir en p re té r ita s cen tu rias, cu a n do de to d o s los confines venían a pos­ La Presentación de la Virgen, lienzo de Lucas Jordán trarse reyes y pecheros ante la Señora, cuando estuvieron aquí Cristóbal Colón, Hernán Cortés y el autor del Quijote. Los sentimos en espíritu a nuestro lado: el almirante, con los primeros indios que trajo del Descubrimiento, bautizados aquí; el conquistador, con la ofrenda del alacrán de oro con una enorme esmeralda, que por promesa donó a la Virgen; al Príncipe de los Ingenios, diciéndonos al oído las palabras que dejara escritas en su Historia de los trabajos de Persiles y Sigismundo. Copiémoslas, porque dan una visión de la época d o ­ rada de Guadalupe. Dice así: «Apenas hubieron puesto los pies los devotos peregrinos en una de las dos entradas que guían al valle, que forman y cierran las altísimas sierras de Guadalupe, cuando, con cada paso que daban, nacían en sus corazones nuevas ocasiones de admirarse; pero allí llegó la admiración

a su punto cuando vie­ ron el grande y sun­ tuoso m onasterio, cu­ yas murallas encierran la sa n tísim a im agen de la em peradora de los cielos; la santísima imagen, otra vez, que es libertad de los cau­ tivos, lima de sus hie­ rros y a livio de sus pasiones: la santísima im agen que es salud de las en ferm ed ad es, consuelo de los afligi­ dos, madre de los huér­ fanos y reparo de las d esgracias. E n tra ron en su tem plo, y, donde pensaron hallar por sus p a r e d e s , p e n d ie n te s por adorno, las púrpu­ ras de Tiro, los damas­ cos de Siria, los broca ­ dos de Milán, hallaron en lugar suyo muletas que dejaron los cojos, ojos de cera que deja­ ron los ciegos, brazos que colgaron los man­ cos, m ortajas de que se desnudaron los muerJudit, escultura de «la Roldana» tos, todos después de haber caído en el suelo de las miserias, ya vivos, ya sanos, ya libres y ya contentos, merced a la larga misericordia de la madre de las mise­ ricordias, que en aquel pequeño lugar hace campear a su benditísimo hijo con el escuadrón de sus infinitas misericordias. De tal manera hizo aprehensión estos milagrosos adornos en los corazones de los devotos peregrinos, que volvieron los ojos a todas las partes del tem plo, y les parecía ver venir por el aire volando los cautivos, envueltos en sus ca­ denas, a colgarlas de las santas murallas, y a los enfermos arrastrar las muletas, y a los muertos mortajas, buscando lugar donde ponerlas, por­ que ya en el sacro templo no cabían: tan grande es la suma que las paredes ocupan. Esta novedad no vista hasta entonces... los tenia com o asombrados, no se hartaban de mirar lo que veían ni de admirar lo que

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imaginaban; y así con devotas y cristianas muestras, hincados de rodi­ llas, se pusieron a adorar a Dios sacramentado, y a suplicar a su Santí­ sima Madre que en crédito y honra de aquella imagen, fuese servida de mirar por ellos.» Las dulces evocaciones nos hacen sentir hondamente. Estamos de rodillas ante la Virgen que por siglos veneraron los pueblos, ante la Reina de las Españas. Luce — otra evocación más— el rico m anto que le regaló la infanta doña Isabel Clara Eugenia. Sentimos viva a María, com o la hemos visto en los lienzos luminosos de Lucas Jordán o en el viejo tríptico de los Reyes Católicos. Una em oción profunda hace brotar la Salve en los labios y las lágrimas en los ojos. Todas las tierras que hemos recorrido y las que aún tenemos que recorrer, todos los ámbitos extremeños, son los dominios inmutables de esta Virgen de Guadalupe, cuya devoción propagaron sus hijos por la redondez de la tierra. La silenciosa sinfonía que nos envolvió desde que vimos Guadalupe, se ha hecho de pronto sonora: el órgano llena de notas místicas el tem plo y las campanas lanzan sus ecos a la verde serranía. Un «Salve, Hispaniarum R egina», canta en el pecho al besar la orla del manto de la Celeste Señora. ¡En el corazón late el corazón de Extremadura!

SEGU N DA

PARTE

LA BAJA EXTREMADURA

Manto regalado a la Virgen por la infanta Isabel Clara Eugenia

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Crucero rústico en los campos de la comarca

I

LA SIBERIA EXTREMEÑA (HERRERA DEL DUQUE Y PUEBLA DE ALCOCER)

Cruzamos la linde geograficoadm inistrativa que separa las dos Extremaduras; esa linde que corre, com o dijim os, a lo largo de la orografía central y que no ha sido nunca divisoria de sentimientos, raza e ideales, porque el concepto de unidad extremeña la rebasó siempre. Son las mismas gentes y los mismos cam pos, con esos lógicos contrastes que la amplitud territorial im pone, aun dentro de cada uno de los ámbitos provinciales. Cruceros de piedra, algunos de una rusticidad encantadora, nos dan la bienvenida d é la Baja Extrem adura, cuando entramos en ella, rum bo al Sur, tras de cruzar la serranía, con los aires de la copla popular, que acaricia nuestro oído con su dulce tonada:

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Vivan los aires morenos, que vienen de Guadalupe, que pasan por Castilblanco y van a Herrera del Duque.

Desde el relicario guadalupense hemos pasado a la com arca geográ­ fica que llaman la Siberia Extremeña, zona de fuerte tipismo, situada en el ángulo nordeste de la provincia de Badajoz, rom piendo aquí el plan seguido hasta ahora de consagrar un capítulo a cada partido judicial, porque es más lógico que los dos que la integran vayan unidos y encabe­ zados por el mismo título com arcano. Así, pues, dos demarcaciones nos esperan en este primer itinerario por tierras pacenses, que así se deno­ mina a lo relativo a B adajoz, por el rom ano nombre de Pax Augusta, ligado a la capital. Realmente, no le cuadra a esta com arca de vida normal, dentro de un ambiente rústico, la denominación tomada de un lejano, helado e inhóspito país, cuya fisonomía no tiene la más remota semejanza con la tierra que aquí vemos, grata y acogedora en su sencilla rudeza. Respe­ tamos, no obstante, el nombre, por estar tradicionalmente adm itido y seguirse usando. Esta zona de suelo desigual y poco profundo, con frecuentes afloraciones pizarrosas, arranca de los declives hacia el Sur de la orografía central extremeña y se tiende en torno al Guadiana — que traza su gran viraje, para tom ar el rum bo Oeste— , rebasando con algunos pue­ blos su afluente el Zújar, sin que el prom etedor enlace hidrográfico le brinde riqueza, salvo en un reducido sector, porque la Siberia, en gene­ Ejem plar de macho cabrío

ral, es tierra de pastos y caza, m ontuosa y áspera, con alcorno­ ques, jara y retama, con una fuer­ te belleza solemne y agreste, que se matizará en el futuro con el ver­ dor de los [linares que va creando la extensa repoblación forestal. Pese a darse aquí todas las es­ pecies ganaderas extrem eñ as, el animal más típico de estas zonas, com o lógica consecuencia del pre­ dom inio de sierras y cam pos de ca­ lidad inferior, es la cabra, de la que ágiles y esbeltas saltan sobre el suelo quebrado bellos ejemplares. La casi totalidad de las locali­ dades que vam os a recorrer en los dos partidos de la Siberia E xtre­ meña, fueron señoríos del pode­ roso maestre de Alcántara don Gutierre de Sotom ayor, recaídos luego en los duques de Osuna. 1. — Con los aires morenos. La copla nos lleva en primer lugar a Castilblanco, pueblo senClásico telar casero cilio, que sufrió varias destruccio­ nes y destaca en alto su agradable silueta. Un modernísim o Ayuntam ien­ to nos da la tónica de que esta zona ha em pezado a tener con tacto con el m undo exterior. Porque acaso lo único que pudiera justificar el nom ­ bre de la Siberia sea el aislamiento, las escasas vías de com unicación que tuvo hasta hace p oco. Ello, com o todo en la vida, tenía sus ventajas y sus inconvenientes; m ayores éstos, pero encantadoras aquéllas, porque la soledad le ha perm itido ser un culminante rincón de delicioso tipismo, conservado intacto hasta fecha próxim a, que hoy, al incorporarse por las nuevas transform aciones al ritm o de la vida actual, com enzó a perderse, diluido en el am biente igualitario. T odavía vem os en casi todos los pueblos algo de lo que fue aquí tradicional ocupación femenina: los telares caseros. Durante siglos, en estos telares prim itivos y graciosos trabajaron de manera exclusiva las mujeres, detalle que acaso sea una herencia morisca, pues bien pudieron enseñarle el racial apego al encierro y trabajo de esposas e hijas. Morisco es sin género de dudas el ladrillo, que predom ina en la Baja Extremadura y que, avanzando al Oeste, por los cam pos del río Gar.gá-

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ligas, empezamos a ver en la parroquia de Valdecaballeros, una villa de escasas pretensiones y reducido vecindario. Esta iglesia, frente a la que se alza un crucero de granito y en la que sirve de soporte a la pila de agua bendita una piedra rom ana con ins­ cripción, data del siglo x v y es el más típico y curioso ejem plar de tem plo rús­ tico extrem eño. El ladrillo fue el ele­ mento constructivo de su fábrica, en la que destacan com o principales detalles la cuadrada torre con ventanas de arco a pu n ta do, los estribos cilin d ricos, la portada gótica, las tres originales na­ ves, la techum bre de madera y unos temas decorativos que descubren ser este edificio una obra ejecutada por mano mudéjar.

A l igual que cuando entram os en la A lta E xtrem ad u ra por el Campo de Arañuelo, tod o tiene aquí un ton o b ajo y rural, sencillo y cam pesino, ajeno a m onum entalidades. Sin em bargo, las notas artísticas de calidad son o fueron abundantes y re­ petidas en estas tierras. En la villa de Casas de D on Pedro, algunas pequeñas moradas con blasones denotan una cier­ ta categoría, que tu vo plenitud absolu­ ta en el maravilloso retablo plateresco, de talla policrom ada y pinturas en ta ­ blas, uno de los más im portantes de la región, desgraciadam ente destruido du ­ rante nuestra recien te co n tie n d a . La hermosísima parte pictórica tenía una clara influencia italiana; las tallas de Fragmento del retablo perfecta ejecución recordaban el estilo de Casas de Don Pedro del fam oso Gaspar Becerra. Tan sólo se salvaron del destrozo unos fragm en­ tos, que se guardan en el Museo A rqueológico de B adajoz y bastan para darnos idea del mérito e im portancia del retablo. Pese a ostentar la m ayor parte de ellos título de villa, el bajo tono al que antes aludíamos impera en varios de los pueblos por los que vam os cruzando y en los que abundan las colmenas y la caza. En un alto asien­

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Talarrubias

ta Garbayuela, rodeada de brezo y jara, con su parroquia de San Pedro: en una ladera, ju n to a su humilde tem plo de Santo Toribio, Tam urejo; sobre un collado cercano a la sierra, Villarta de los Montes, con su iglesia de la Magdalena. La vida de estos pueblos es más ganadera que agrícola. Fuenlabrada de los Montes, en alto, nos detiene, no por su sencilla parroquia de la A sunción, sino para recordarnos que en sus cercanías hizo un milagro San Ildefonso. Dicen que el santo se detuvo a orar y olvidó su breviario, echándolo de menos cuando ya estaba lejos. Al retroceder en su dem anda, dos filas de árboles fueron surgiendo m ilagrosamente, para marcarle el cam ino hasta el lugar en el que antes se detuviera y en el que luego se alzó una ermita, h oy arruinada, que durante siglos fue centro de gran devoción y lugar de alegres y concurridas romerías. Aun sin m onum entalidad alguna, hay en todas estas localidades un encanto de tipism o, que culmina en Talarrubias. N o tienen parte en ello ni su iglesia de Santa Catalina, ni la sencilla ermita de San R oqu e, con su blanqueado p órtico, sino un algo indefinible, con sabor de égloga y rom ance pastoril, que flota sobre el pueblecito alegre, tendido entre her­ mosas llanuras, ofreciéndonos en su contem plación una deliciosa estampa. Siruela nos brinda matices históricos y artísticos. Enrique IV erigió la villa en condado del Camarero de su padre, don Juan de Velasco,

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título que luego tuvo grandeza de España y reca y ó prim eram en te en la casa d u ca l de Fernán Núñez y h oy en la de A lba. La ermita de Altagracia asien ta en las afueras, entre álamos y frutales. En la villa vino al m undo el ora­ dor y catedrático don José Moreno N ieto, y aquí quedarpn, en mala c o n s e r v a c ió n , c o m o reflejo del señ orío, el h o s p ita l fu n d a d o [>or Francisco de Vargas en el siglo x v i, con her­ m osa p o rta d a de c o ­ lumnas; la parroquia de N uestra Señora de la Antigua, de ladrillo y de igual centuria; el an­ tiguo convento de monjas de San Francisco y el palacio de los Con­ des, a m bos del x v i i , este últim o con el es­ cu d o n obilia rio sobre el balcón central. * * * Siruela. Porlaila del convento

P ur

los

pequeños

huertos regados de Helechosa, que asienta en la falda de la sierra de los Batanes, con su parro­ quia de la A sunción y el anejo barrio de Bohonal, y por el reducido nú­ cleo de Peloches, que dejó en fecha no lejana de ser m unicipio, vamos hacia la meta de la primera parte de nuestra ruta en la Siberia E xtrem e­ ña, la que emprendimos desde la Alta E xtrem adura, la de la copla de los aires morenos, «qu e pasan por Castilblanco y van a Herrera del D uque». Del maestre Sotom ayor heredaron más tarde los duques de Osuna el señorío de esta villa de Herrera, h oy cabeza del partido, que vemos en un llano rodeado de cerros y disfruta de algún paraje tan ameno com o

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el del puerto, valle y ermita de Nuestra Señora de la Consolación. La plaza M ayor, rectangular, con soportales y una hermosa fuente de doce caños, tiene auténtico encanto, así corno las calles y plazuelas, adorna­ das algunas tam bién con fuentes, de las que hay asimismo abundancia en las inm ediaciones. En Herrera del D uque volvernos a encontrar ese tantas veces rep eli­ do tipism o, sin faltarle alguna casa de cierto em paque y un aspecto urbano de m ayor im portancia que justifican su rango capitalicio. En la parroquia de San Juan, de m anipostería, con estribos y torre de ladrillos, se abre al lado del E vangelio una portada gótica, de finas archivoltas. Las tres naves se cierran con techum bre de madera, en la que hay buenos trozos de artesonado del R enacim iento. Las capillas, que datan de 1494, se cubren con bóvedas de crucería. Lo im portante de este tem plo, planeado en el siglo x v y hecho en el x v i, era el gran retablo plateresco, que se puso en 1550, dorado, con tallas policrom adas y pinturas en tabla, obra de Gregorio Prado y Juan Correa, destruido durante la reciente guerra. En la villa vem os tam bién el casi ruinoso con vento de San Jerónim o, que fundara en 1517 don A lonso de Sotom ayor, primer conde, de Belalcázar. Es un edificio del R enacim iento, de muros de m am postería orna­ m entados con escudos de azulejos, en cu yo interior se abre un claustro más bien pobre, de arcadas de ladrillo. El citado don A lonso era hijo prim ogénito del maestre de Alcántara, don Gutierre de S otom ayor, tipo humano inconm ensurable, tío carnal del clavero M onroy. D on Gutierre fue el primer personaje extrem eño de su tiem po, con la característica asom brosa de que, con v o to de castidad, en su testam ento reconoce quince hijos y deja pensiones a cuarenta Plaza de Herrera del D uque


castillo de la cabnBH del partido, dom inando el paisaje con la evocación del gran procer ya citado, don Gutierre de Sotom ayor, al «pie donara la villa Juan II, el cual duerme el sueño eterno en estas tierras que fueron suyas, en el corazón de ellas, en la parroquia de Puebla de Alcocer. El castillo, desde el que en las distintas direcciones se divisan las fortalezas de Herrera del Duque, Capilla, A lm orchón, Benquerencia, Castelnovo, Medellín y Magacela, preside nuestro recorrido por sus alre­ dedores, por unos cam pos, quebrados y m ontuosos en su m ayor parte, que cruza el Zújar. Sobre ellos crecen el alcornoque, la encina, la jara y la retama, que alternan con pasto y caza, dejando tam bién cabida a los cereales, aunque siempre con predom inio ganadero. Los pueblos son pequeños, con la fisonomía que por lo general im pe­ ra en los de la Siberia, form ada por los muros blanqueados y las plazas con fuentes. En éstas suele encontrarse el m ayor encanto y la estampa clásica de las mujeres que llenan de agua sus cántaros. E l más grande de los pueblos es Navalvillar de Pela, que supera en habitantes a la cabeza del partido y asienta su relativa am plitud, sus casas de tipo rural y su parroquia de Santa Catalina en la falda de una sierra. Constantemente oím os hablar de las vastísimas posesiones y del d o­ minio jurisdiccional que tuvieron los duques de Osuna, herederos del maestre don Gutierre, en muchas localidades, especialm ente en las que com ponían el estado de Capilla, nacidas en los siglos x v y X V I , a excep­ ción de la cabeza del dicho estado y de Garlitos, que son de m ucho más viejo origen. Al amparo de estos dos prim itivos núcleos fueron surgiendo los otros, llegando a ser más populosos que los antiguos, a causa de estar situados en m ejor paraje o de haber nacido sin misión bélica, para con ­ sagrarse al cam po.

amanten, al mismo tiempo con voto <lt‘ pobreza, dispone de sus fa­ bulosos bienes, entre los <|ii<' figuraban unos estados territoriales de más de medio millón de hectáreas, o sea, en números redondos, la equivalencia a una cuarta parte de esta provincia de B adajoz, la más grande de E spa­ ña, lo que tasado hoy supone un valor de miles de millones de pesetas. Los dom inios del maestre se tendían por cuatro actuales provincias españolas: las dos extremeñas y las de T oledo y Córdoba, teniendo en la última la que fue cabeza del condado de su referido hijo prim ogénito, la villa de Belalcázar, que entonces estaba incluida en Extrem adura. El título condal quedó oscurecido pronto por el brillo de otros más importantes, a los que fue a unirse, los cuales cobraron renovado esplen­ dor con las fantásticas riquezas reunidas por don Gutierre. El m onum ento más saliente de Herrera es la fortaleza, que corona el próxim o cerro, curiosa por no tener torres que protejan sus ángulos y puerta, porque le bastaban para defenderse las altas y anchas m ura­ llas y el exterior primer recinto natural que form an los peñascos que erizan la colina. Este baluarte de la época agarena, de m am postería, con ladrillo en los vanos, adorna sus muros con ventanas perfiladas en arco de herradura y tiene ante él, para reflejar su silueta, una laguna, tras de los peñas­ cos, que hacen de primera defensa. Los deterioros no le han restado su gallardía, que sigue intacta y arrogante en la cum bre, com o el más legítimo m otivo de orgullo del pueblo que descansa b ajo él. Cuando nos alejamos de la villa vie­ ne a nuestra memoria el recuerdo de «la moza de H errera», una judía de quince años, que armó enorme revuelo y tuvo que ver con la Inquisición. P or su culpa volvieron al judaism o muchos con ver­ sos de su raza, a los que hizo creer que hablaba con el prom etido Mesías y que iba frecuentem ente al cielo. El viejo y real episodio nos resuena com o un eco legendario, incom patible hoy con la vida sencilla, pero próspera, de Herrera del Duque.

Castillo de Herrera del D uque

2. — La sombra del maestre Sotomayor. Sobre estos campos de la ju risdic­ ción de Puebla de A lco ce r se yergue grandioso y señero, en alto picacho, el Kl desaparecido retablo de la parroquia de Herrera del Duque

J .


M ujer en la fuente, típica estam pa com arcana

A un kilóm etro tiene la ermita con la original advocación de Nuestra Señora del Fuego, construida en 1702. El viejo Garlitos, achicado por los más jóvenes y prósperos vecinos — den­ tro de la sencilla pequeñez de tod os— , sigue, no obstante, conservando cierta primacía, porque, a inás de su parroquia de San Juan, tiene en su térm ino el san­ tuario de Nuestra Señora de Nazaret, en el que se celebran animadas rom e­ rías com arcanas los 8 de septiembre. Como hemos dicho, todos estos pue­ blos form aron el que se llamó estado de Capilla, teniendo por cabeza la locali­ dad que le diera nom bre, la antigua M isóbriga cé ltica , poblada por los ro ­ manos. Tras el dom inio de los del T em ­ ple y de la Orden de Alcántara pasó al maestre Sotom ayor y luego a los Osu­ nas este estado, en el que hubo minas argentíferas en explotación y en el que hoy se explota, com o en casi toda la Siberia, algo más m odesto: las colm e­ nas, alojadas aún en los viejos y rús­ ticos corchos. La im portancia estratégica de Capi­ lla hizo que fuese disputada y que su Colmenar rústico reconquista, en tiem po de Fernando III, tenga hasta perfiles legendarios y rom ancescos. Dicen que fue paladín de ella un noble castellano, llamado Alfonso de V illalobos, cu yo recuerdo quedó flotando en estos parajes, evocad o por la musa popular en coplas com o ésta:

Tal sucede con Peñalsordo, que la tradición dice haberlo fundado un cabrero que se llamaba Pedro Peña y que tenía el defecto físico de una gran sordera, por lo que le decían Peña el Sordo, derivándose de ello el nombre. Que lo dicho anteriormente sea cierto, no es fácil de probar. Lo que parece indudable es que unas cabañas de cabreros, establecidas en torno a la ermita de Santa Brígida, dieron vida al poblado, (pie en 1631 tuvo título de villazgo y quedó exento de la jurisdicción de Capilla. La vieja ermita del siglo X IV , reform ada en el X V I, se convirtió en parroquia, adornándose su interior con unas pinturas en tabla de la escuela sevillana. El nacim iento de Zarza-Capilla, com o pueblo exento del viejo estado, es más m oderno aún, pues data de 1816. Asienta en la falda de un pedre­ goso monte y ofrece la curiosidad de tener adosada a su parroquia de San B artolom é la ermita de la Virgen de la Aurora. Curiosidad m ayor es la discontinua fuente que hay en sus cercanías, que se seca por com ­ pleto en invierno y corre abundantísima durante el verano. El R isco existía ya en el siglo X V I, aunque nunca tu vo personalidad suficiente para eximirse de la jurisdicción del estado. Baterno fue aldea de Capilla hasta fines del siglo x v m , desde su nacim iento en el x v i, al que corresponde su parroquia de San Andrés.

E scaso interés encierran la parroquia de Santiago y el cercano m o­ nasterio de la E ncarnación, de origen tem plario, arruinado en la guerra carlista; pero en lo alto del cerro, un medieval y ruinoso castillo de redondas torres, recio, inmenso, impresionante, sigue brindándole a Capilla, si no ya protección, adorno y señorío. Sancti-Spiritus — cuya parroquia está consagrada a la tercera persona de la Sántísima Trinidad— y Esparragosa de Lares — que la consagró

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Aifonsino, caballero de Jo noble de Castilla, buen galán, hidalgo entero y ganador de Capilla, murió com o buen guerrero.


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Hemos recorrido toda la Siberia extrem eña y nos dirigimos a sus últimos rincones, a Puebla de A lcocer y las dos Orellanas. Como ya se ha dicho, estos ámbitos están impregnados de un fuerte tipism o y de un sabor peculiar, que se hace sencillez en los pueblos y agreste solemnidad en los cam pos. El ilustre pintor pacense A delardo Covarsí escribió una vez, tratando de esta com arca: «H a y que repetirlo. Toda la Siberia Extrem eña es una continua sorpresa. Hasta los cam pos, los magníficos campos de estas apartadas tierras, poseen bellezas insospechadas, que suspenden porque se llega a ellos con el prejuicio de encontrarse con parajes desoladores. Sin embargo, ¡qué equivocación!... Bosques interminables de encinas seculares, cam pos floridos en los que el perfume em briaga..., com o en Arcadia feliz.» Ha sido tan fuerte la leyenda negra de la Siberia Extrem eña, que he­ mos consignado su rehabilitación con palabras de otro, que, además, era un exquisito espíritu de artista. La villa de Puebla de A lcocer, que se alza en una elevada ladera de la cuarcítica sierra, al amparo de su recio castillo, fue baluarte arábigo Castillo de Capilla

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que, más tarde, según dijim os, vino a poder del maestre Sotomayor, c o n v ir tié n d o s e lu eg o en vizcon d ad o de sus d e sce n d ie n te s. Es un pueblo de aspecto gra­ to en paisaje austero, que tuvo su m uralla, de la que aún se apre­ cian algún tapial árabe y restos de una torreta cilindrica. La p a r r o q u ia de Santiago, del siglo x v , es un m onum ento m u­ dejar, de ábside e im a­ fronte de ladrillo, con arquería. Una esca li­ nata da acceso al atrio que se tien de ante el m uro del Evangelio, en el que se abre la p or­ tada de granito plate­ resco, con entablam en­ to y pilastras, rematada en una hornacina que ocu p a la im agen del Apóstol en hábito de pe­ regrino. De las tres ins­ cripciones que hay gra­ badas en las piedras de esta puerta, una resul­ ta curiosa, porque p o ­ dríamos aplicarla com o lema a la vida desen­ frenada de don Gutie­ rre de Sotom ayor. D ice El desaparecido retablo de Puebla de Alcocer así: «T odo es p oco.» El interior del tem plo, de tres naves, dividida por gruesos arcos apun­ tados sobre pilastras rectangulares, se adorna con azulejos mudejares y tuvo hermoso retablo m ayor de talla y pinturas, desaparecido. En esta iglesia reposan los restos del poderoso maestre, en sitio ignorado, sin señorial mausoleo ni piedra (pie marque el punto en que se enterró. ¡A dm irable lección la de la tum ba olvidada, que en un desconocido lugar

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a Santa Catalina de Alejandría y tiene aneja la aldea de Galizuela— son dos pueblos que pertenecieron a la Orden de Alcántara, conservan­ do el últim o el palacio de su encom ienda, que era la denom inada de Casas Viejas. T om ó esta localidad el apelativo de la sierra de Lares, en la que asienta, habiéndoselo cam biado, ya que el nom bre actual es Esparragosa del Caudillo.


Castillo de Puebla de A lcocer

de esta iglesia guarda los despojos de una vida espectacular, resonante y fastuosa! La medalla de aquella vida tuvo divino reverso en la del nieto pri­ mogénito del maestre: don Juan, de S otom ayor, segundo conde de Belalcázar. A la inversa que el abuelo, incuinplidor de los votos de po­ breza y castidad, él hizo renuncia a riquezas, honores y placeres, para convertirse en el humilde, fam oso y santo fraile franciscano fray Juan de la Puebla, el cual había nacido en esta villa. En Puebla de A lcocer, com o en casi toda la zona, más que lo m onu­ mental, de escasa consistencia, recrean las calles, plazas y rinconadas. El mal conservado convento de San Francisco, del siglo x v i, y la ermita de Nuestra Señora de la Cueva com pletan las curiosidades locales, con gran originalidad en la última, ya que el santuario es, en parte, una gruta escondida en las peñas de la colina, por bajo del castillo. En la en­ trada de este lugar de extraordinaria devoción se lee la siguiente estrofa: M h a en

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m atices platerescos del patio de arquerías, la más artística construcción de la Siberia, y del lindo balcón de columnas y entablam ento, que recuer­ dan los primores señoriales de la arquitectura trujillana. In concebible­ mente, el propietario actual ha destruido de manera voluntaria gran parte del espléndido edificio, alzando en sustitución otro de gusto detestable. Para consolarnos de la pérdida de pretéritas grandezas, hay aquí algo de inmensa grandiosidad presente y futura, que nos viene rondando durante nuestro recorrido: el Plan de B adajoz. En Herrera del D uque está­ bam os entre las presas de Cijara y Puerto Peña; en Puebla de A lcocer, entre la última y la del Zújar; ahora nos encontram os al borde de la de Orellana. No es posible dar un paso más en la B aja E xtrem adura sin conocer esta empresa gigantesca, digna heredera de las conquistadoras gestas extremeñas. El Guadiana nos aguarda para llevarnos al arrullo de sus ondas, curso abajo, rum bo al Oeste, a lo ancho de toda la geografía provincial, desde Cijara a B adajoz. Sus aguas indóm itas son h oy sumisas, aunque todavía ofrezcan en la Siberia obstáculos com o la típica barcaza en la que hay que cruzarlas por Talarrubias. En Orellana, al borde la gran arteria que va a guiar nuestros pasos, ponem os fin a la jornada y nos sorprenden las sombras del tibio nocturno de prim avera. La noche, que nos envuelve, arroja al río sus lum inosos confetis de estrellas, mientras des­ granan los grillos, mínimos y solemnes, su m onocorde serenata ancestral... Castillo de Orellana la Vieja

Resta por ver de cerca, en lo alto, el roquero castillo, uno de los mejores de Extrem adura, con su torre avanzada, corno proa de nave; las murallas, que se prolongan, acoplándose a los perfiles de la meseta; sus diversos recintos; su magnífica torre de m anipostería, dividida por hila­ das de ladrillo; sus numerosas defensas... La fortaleza nos parece un águila agarrada a las rocas de la cumbre, que otea sin cesar el inmenso paisaje áspero y sereno, encarnando el espíritu del poderoso maestre... * * * A l bajar, dejam os en el castillo de Puebla de A lcocer el recuerdo de don Gutierre, para dirigirnos a las dos villas de Orellana, la Vieja y la Nueva, o de la Sierra, en las que hay que evocar los grandes linajes de Trujillo. Los Altamiranos y los Bejaranos tuvieron respectivam ente los señoríos, tom ándolos por apellidos, ya que ambos dejaron los suyos para llamarse Orellana. Durante la lucha con los Golfines, para defensa contra ellos y com o premio a los que los com batían, nacieron las villas: en alto, la N ueva, y ju n to al Guadiana, la V ieja. Esta última conservó el recuerdo señorial de los Altam iranos en el castillo, hermoso palacio-fortaleza, al que más tarde se agregaron los

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Barcaza para cruzar el Guadiana en Talarrubias

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Presa de Cijara

II

LOS TESOROS DEL GUADIANA (PLAN DE BADAJOZ)

Un día, com o aquellos bíblicos de la Creación, en los tiem pos miste­ riosos, apasionantes e infinitos de la geología, el Guadiana, no queriendo ser tan sólo un afluente del T ajo, se abrió pujante el portillo de Cijara, para ir a derramar sus tesoros a lo ancho de la geografía de la que iba a llamarse millones de años después la Baja Extrem adura. Era el mesías esperado por estas tierras ubérrimas, que gracias a él iban a conseguir su redención, al dom ar las aguas libres y desbordadas, captándolas en canales y acequias. El Guadiana es un río de capricho y misterio. JNi se sabe m uy exac­ tam ente dónde nace, ni cabe m ayor originalidad que la de filtrarse en la tierra, para aparecer de nuevo en los pantanos llamados Ojos del

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Guadiana, que son el auténtico nacimiento, pues tampoco está claro (pie este agua sea la sumergida anteriormente. Su nombre es un liibridismo, ya que al primitivo de Antis los árabes antepusieron el (ruad, <|ue significa río. Los tres tramos en que se divide su curso, alto, m edio y bajo, tienen cada uno la longitud semejante de unos 220 kilóm etros. El trozo del curso medio, que com prende desde la entrada en la provincia hasta Ja capital, es exactam ente el (lcl Plan de B adajoz. El curso alto cae fuera de E xtre­ madura; el b a jo, en el que el río cam bia el rum bo Oeste por el Sur, es el que va de B adajoz al mar. 1. — En la zona alta. Desde el pantano de Cijara nos disponem os a emprender un reco­ rrido en el que la contem plación del agua, de los cam pos regados y de los pueblos nuevos, va a mezclarse con las cifras im presionantes y los datos asom brosos. Este pantano, el m ayor de España, es la pieza funda­ mental de tod o el gran sistema hidráulico, pues su capacidad de casi 1.700 millones de metros cúbicos garantiza el riego, aun con tres años de sequía continua. La presa, de una longitud en coronación de 295 metros, alcanza la form idable altura de casi 90, con lo que resulta ser la más ele­ vada construcción de todos los ám bitos extrem eños, incluidas torres, catedrales y hasta el m onum ental puente de Alcántara. El contorno del inmenso y bellísimo lago de Cijara es de 320 kiló­ metros. Según indicam os, él sólo asegura el caudal para el riego de las Central hidroeléctrica de Cijara

115.000 hectáreas que abarca el Plan de B adajoz, superficie que iguala, reunidas, a las justam ente famosas huertas de Valencia y Murcia, hasta ahora las de m ayor am plitud y feracidad de España, superando en varias veces a la última. Cijara tiene, 35 kilóm etros curso abajo del río, la presa de Puerto Peña, en construcción, que viene a ser su contraem balse, en el que se recogerán los volúmenes de agua, después de haber producido en el pantano principal una energía eléctrica de 33.400 kilovatios hora. Los 50 metros de altura del dique por 288 de longitud están destinados a em balsar 447 m illones de m etros cú b ico s, que p rod u cirá n 50.900 kilovatios. Otra tercera presa, la de Orellana, también con 50 metros de altura por una longitud de 693, está destinada a derivar las aguas por el canal de su nom bre y a servir de embalse regulador, com plem entario de los dos anteriores, con sus 850 millones de metros cúbicos de capacidad, que p ro­ ducirán una energía eléctrica de 22.300 kilovatios. Los tres magníficos embalses, realizados o en realización, tienen aún el co m p lem en to de otra presa en el Zújar, el más im portan te afluente del Guadiana, destinada a alimentar el canal de su nom bre, que riega las vegas altas de la m argen izqu ierda del río principal, con sus 723 millones de metros cúbicos, embalsados por un dique de 350 m etros de lo n g itu d y 60 de altura, con p ro d u cció n de 23.300 kilovatios. La red grandiosa de diques ha prendido en sus mallas de duro ce­ mento las aguas del caprichoso y riente Guadiana, los tesoros del río-dios Un canal


Plaza de E ntrem os

de la Baja Extrem adura, que, después de deslizarse en canales y acequias con tem blor de plata y luz, van a verterse en las tierras sedientas y fe­ cundas de las Vegas. Tam bién a la zona áspera y alta del nordeste extrem eño, en las que están los referidos embalses y a la que no suben los riegos, alcanzarán los beneficios del Plan, porque a ella corresponden la m ayor parte de las 50.000 hectáreas de repoblación forestal. Así, pues, la gracia latina de los verdes pinares será en el futuro, en la Siberia Extrem eña, el umbral del verdor lujurioso y rico de las Vegas. *

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Valdivia. Iglesia y jardines

Luego encontram os ya los pueblos nuevos, esa otra vida que canta el poeta Delgado V alhondo: Se nos iba la sangre del alma tan tem prano, se nos iba la vida sin darnos casi cuenta y moría de sed la tierra y era vano el esfuerzo del hombre con nervios en tormenta. \ a el cam po tiene agua, nacen pueblos hermanos, suenan nuevas campanas en el cielo extremeño: los hombres han sabido dónde tienen las manos para hacer nueva patria en un gigante empeño.

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H ay en estas inmensas tierras pacenses de regadío dos grandes sec­ tores, denom inados Vegas Altas y \ egas Bajas. 69.000 hectáreas de huer­ tas nos esperan en las Vegas Altas, que se tienden hasta más allá de Medellín y cerca de Mérida. En la margen izquierda, cuyo canal de riego mide 150 kilóm etros, son los viejos pueblos de Villanueva de la Serena, D on B en ito y el citado M edellín los que disfrutan de las riquezas creadas.

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La primera localidad reciente la vem os en el enclave entre Zújar y Guadiana, denom inándose por ello Entrerríos. En su plaza blanca, los clásicos soportales se estilizan con perfiles m odernos. La amplia zona de la margen derecha del Guadiana, cu yo canal mide 115 kilóm etros, es, o va a ser, la verde cuna de numerosos pueblos recién nacidos o esperados. Algunos viejos com partirán con ellos el frondoso oasis, tales com o Acedera, Rena, Santa Amalia, M adrigalejo y Miajadas. Las nuevas localidades, construidas, eji construcción o proyectadas, son:

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•>argáligns, Murria del ( . iiiiilmnii, CimdalpcralcN, Zurbarán, Palazuclo, l'orvitteal, Puebla de Alcollurín, Pizarro, Vegas Altas, Casar «le Miajadas, linceas, Hernán Cortés, Valdehoruillo, Alonso de Ojeda, Conquista, V iva­ res, Húrdalo, Torrefresneda, Yelbes y Valdivia. Nombres de conquista­ dores traen su evocación heroica a la nueva toponim ia del trabajo, la prosperidad y el porvenir. Mientras avanzamos por esta tierra de prom isión, bajo un cielo de un azul inconcebible, que en los atardeceres se incendia en rojo vivo, nos vam os enterando de datos asom brosos. En la realización de esta obra extraordinaria, que im porta miles de millones y ha de com pletarse entre 1952 y 1965, tendrán 13.000 obreros ocupación eventual y 50.000 permanente, durante los catorce años; 10.000 colonos se están instalando, con parcelas de cuatro y cinco hectáreas, facilitándoles viviendas, gana­ dos y utensilio: el total de acequias del Plan de B adajoz medirá 5.000 ki­ lómetros, casi la distancia que nos separa de Nueva Y ork ... 2. — Las tierras bajas. Siguiendo el curso del Guadiana, en torno a Mérida y antes de entrar en las Vegas Bajas, aún hay otros pantanos, hechos o proyectados, fue­ ra del gran río. Uno de ellos, con una presa de 210 metros de longitud y 33 de altura, está en un afluente de la margen izquierda: el Matachel, con capacidad para 43 millones de metros cúbicos, que regarán 5.000 hec­ táreas. Otros dos, a la derecha del Guadiana y cercanos a Mérida, son los más sorprendentes, porque no han sido concebidos ni creados ahora, sino que hace cerca de dos mil años que los hicieron los romanos, ha­ biendo venido h oy a sumarse al plan ultramoderno. Son los pantanos Pantano (le Proserpina

Presa (le M oulijo

de Proserpina y Cornalbo, en los riachuelos Parddla y Albarregas, respectivam ente. Estos hermosos lagos artificiales, obra de la ingeniería rom ana, unen a su valor utilitario la sobria belleza de unos muros en los que el cem ento juega con el granito y los estribos se rem atan con artísticos adornos. Si en capacidad no pueden com petir con los recientes, los superan con el prestigio de su origen milenario. El dique de Cornalbo tiene 20 metros de altura, 200 de longitud y embalsa 20 millones de metros cúbicos, para el riego de 600 hectáreas y suministro a Mérida de 3.000 metros cúbicos diarios. Más m odesto en rendim iento y m uy superior en belleza es el pantano de Proserpina, que sólo embalsa tres millones y m edio de metros cúbicos, para regar 250 hectáreas, con su hermoso dique de 8 metros de alto y la enorme y des­ proporcionada longitud de 427. Sus aguas, que eran unas de las que sur­ tían a Emérita Augusta, llegaban a la ciudad por el airoso acueducto del que aún quedan en pie algunos trozos. La denom inación de Proserpina se le aplicó no hace m ucho, com o consecuencia del hallazgo de una lápi­ da. Antes no tu vo nombre específico, porque los árabes le llamaron la Albuera, que quiere decir «la laguna».

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L om don viejos pantano» traen a mientra* páginas la historia y el arte, de los «pie (picriainort preseindir en ente recorrido consagrado a lo nuevo. Nuevo es el último de los embalses del Guadiana, el de M ontijo, que regula el riego de las Vegas Bajas en un total de 36.000 hectáreas. Su misión, que es distribuidora, se reduce a elevar en seis metros las aguas ya anteriormente captadas, almacenando siete millones de metros cúbicos. Esta obra, que es un gran alarde de ingeniería, consta de tres partes: la presa propiam ente dicha, de una longitud de 355 m etros; el túnel vertedero, para desagüe de la presa en las avenidas, y el m alecón de la margen izquierda, de más de dos kilóm etros y m edio, destinado a en­ cauzar el Guadiana en los desbordam ientos extraordinarios.

La presa de M ontijo es la puerta de las Vegas Bajas, que se tienden hasta rebasar B adajoz, regadas por los canales de M ontijo, en la margen derecha, y Lobón , en la izquierda, de longitudes respectivas de 70 y 54 kilómetros. A quí la plenitud es casi total, porque si en otros lugares hay partes en planeamiento o realización, en esta zona puede decirse que tod o está concluso y funcionando. En estos vergeles crece exuberante el algodón, la alfalfa y el arroz, porque a la fertilidad excepcional del suelo se suman las condiciones clim atológicas y el sol vivificador, candente, que sólo necesitaban del agua para hacer que las plantas arraiguen aquí con pujanza tropical. Vista aérea de Valdelacalzada

I,(ih puebloM viejo» B adajoz, LakAn y Talayera ln Heul, a la i/,«piicrda <lel río; La Garrovilla, M ontijo y Puebla <l«‘ la (.alzada, a la derecha— apadrinan el bautism o «le luz y alegría de Ion <pi«' nacen a una vida de hermosas realidades con los nombres de Guadajira, Balboa y Villafranco del Guadiana, al sur del cauce, y B arbaño, Valdelacalzada, Guadiana del Caudillo, Alcazaba, Pueblonuevo del Guadiana, B ótoa, N ovelda del Guadiana, Sagrajas y Gévora del Caudillo, al norte de él, todos construidos ya. En estos pueblos nuevos, blancos de cal, ricntes, las calles con árboles, las casas limpias, los parques, sus graciosos edi­ ficios oficiales y sus iglesias de m oderna traza, cantan un him no de paz al trabajo y proclam an el triunfo de la redentora colonización. Todavía, curso arriba del Gévora, que desem boca en el Guadiana frente a B adajoz, en uno de sus afluentes, el río Zapatón, encontram os otro pantano, aunque ajeno al Plan. Es el de la Peña del Águila, capaz para 16 millones de metros cúbicos, que riega 1.666 hectáreas y surtirá de agua a la capital de la provincia. E l agua redentora canta y ríe por todos los cam pos con alegría de triunfo. — La realidad triunfal. R ecorrem os p u e­ b los y ca m p os e scu ­ ch a n do los datos que nos com p leta n la v i ­ sión de esta realidad triunfal que se llama el Plan de B adajoz. INos hablan de la industria­ lización de los recursos naturales de la B a ja Extrem adura y de los productos agrícolas de los nuevos regadíos; de las industrias auxilia­ res, que perm iten dis­ poner de materiales de construcción y fertili­ zantes. Nos dicen que en M ontijo está la fá ­ brica de conservas veFábrica de conservas vegetales de M ontijo

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Ruedas de una compuerta

Por cam pos y pueblos vem os que los caminos, las carreteras, los ferrocarriles y las líneas conductoras de electricidad se m ultiplican, se tienden, se alargan, form ando inmensas redes de com unicaciones y ener­ gía, arterias y nervios do la actividad gigante. Hasta en el lejano puerto de Huelva repercute algo de esto, ya que en él se estudian reformas para la salida de los abundantes productos de las Vegas Bajas, y a él va directa, desde Zafra, la línea ferroviaria en la que se realizan notables mejoras. Las Vegas Altas necesitan tener sus rutas de exportación hacia el centro y este peninsulares. El ferrocarril de Villanueva de la Serena a Talavera de la Reina, que acortará en 100 kilóm etros la distancia a Ma­ drid, va a ser uno de sus principales medios de transporte. Pero, además, está prevista la carretera de B adajoz a Valencia, p or Almansa, con desviación a Madrid desde la presa de Puerto Peña, que unirá dos gran­ des zonas agrícolas, enlazando también a Extrem adura con el casi rem oto Mediterráneo.

T od o esto es de tal envergadura, supone tan com pleta transform a­ ción, que se llega a pensar que no estamos en las tierras extremeñas,

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sino en algún lugar dis­ tinto y distante; pero no, estamos en E xtre­ m adura, que, con los n u evos m atices de la colonización en la tie­ rra de los co n q u ista ­ dores, es la misma de siempre: la del castillo y la espiga, la de Rom a y las Órdenes m ilita ­ res, la de M érida y Guadalupe, la de Mé­ jico y el Perú, la del Amazonas y el Pacífi­ co .. El v ie jo m o tiv o extrem eñ o del balcón de esquina, m o d e rn i­ zad o, es un dato que nos afirma en N ovelda del G u a d ia n a la continuidad del sabor regional. La Extremadura en la que nacían los d io­ ses y en la que nacen h oy los titanes de la in cru en ta co n q u is ta , está aquí, con un nue­ vo ritmo y unos perfi­ les nuevos. Las calles y las plazas de los pue­ blos recién nacidos es­ Balcón de esquina en N ovelda del G uadiana peran las rondas de los m ozos y los bailes al aire libre en los días de fiesta. Los muros blancos o rojos, de cal o ladri­ llo, no han hecho sino seguir una norma de estilización. Hasta esas fuen­ tes graciosas, con caños y faroles, com o la de Gévora del Caudillo, alza­ das frente a las iglesias, son nietas legítimas de las que en tantos pueblos vierten sus aguas ante las ancianas parroquias. Aún quedan añosas encinas para adornar las plazas de los pueblos jóvenes. H ay un sabor indudable de continuidad en m edio de esta rev o­ lución, si bien a veces oculto, porque las maquinarias gigantescas que vem os rem over la tierra, o los potentes tractores, están lejos de la pala y del arado rom ano. Pero esta distancia es en lo cronológico, no en lo

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geográfico. El secano circundante y el rega­ dío feraz se abrazan, con sus grises, amari­ llos y verd es, en otra afirmación rotunda de lo extrem eño. Es algo así com o si el gris pla­ ta del olivo o la encina y el oro de los rastro­ jo s e n g a rz a se n una esmeralda de insospe­ chadas dimensiones. La ve rd a d es que E xtrem ad u ra , tras de conquistar m undos, se conquista a sí misma, para que el arte y la historia tengan el com ­ plem ento de una reali­ dad viva y pujante, de esta incom parable rea­ lidad triunfal. Para que lo extre­ meño sea más com ple­ to y abarque a toda la región, ya dijim os que parte de la tierra de las Vegas Altas perte­ nece a la provincia de Cáceres-; A h ora hay que agregar que en la misma p ro v in cia está Fuente (le Gévora del Caudillo construida la presa cla­ ve del Plan, la del pan­ tano de Cijara. Con ello la unidad histórica regional vuelve a revivir en idénticos afanes, en un mismo latido, en una estreeJba cooperación, que la encauza hacia una brillante unidad de destinos. Y el sabor extrem eño está en tod o. En las Vegas Bajas, ju n to al algodón exótico, aún florece la adelfa del G évora, aquella que Carolina Coronado pedía cuando quisieron coronarla solemnemente: Una corona. 110: dadme una rama de la adelfa del G évora florido, V el genio, si es que hay genio, hahrá tenido un galardón más grande que la fama

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Por el esfuerzo de unos hom bres de buena voluntad, con los tesoros del Guadiana, Dios ha vuelto a form ar aquí un nuevo paraíso terrenal. Perdidos en el frescor de esta inmensa huerta, entre aromas y luces, nos llegan los trinos de las campanas nuevas de las nuevas torres pueble­ rinas, en las que ya empiezan a anidar las viejas y bondadosas cigüeñas. Las campanas y el agua y el cam po y la luz y la brisa son caricia de eternidad en estos vergeles de parcelas cubiertas de flores y fru tos... Cigarras y grillos prosiguen el inm utable concierto iniciado hace milenios; trinan los mismos jilgueros y arrullan las mismas tórtolas que escucharan los rom anos; brilla el mismo sol que iluminó las glorias de Pizarro y Cortés; el azul del cielo es el mismo que copiaron Jos pinceles de Morales y Zurbarán... Los gañanes extremeños, convertidos en huer­ tanos, siguen cantando sus viejas tonadas en las nuevas faenas...

Gañanes extremeños convertidos en huertanos


Crucero en los campos de La Serena. (Zalamea de la Serena)

III LA SERENA (VDLLANUEVA DE LA SERENA Y CASTUERA)

La Serena — nom bre que llevaron sus hijos a Am érica, para dejarlo en lugares de M éjico, Chile y Brasil— es una com arca geográfica con ­ creta que, además, vivió com o unidad histórica b ajo el m ando de la Orden de Alcántara. Por eso volvem os a unir en un capítulo dos parti­ dos judiciales, los de Villanueva de la Serena y Castuera, que com par­ ten un territorio cruzado por los ríos Zújar, Guadamez y Ortigas, cuyas más destacadas características son el escaso arbolado y los abundantes y exquisitos pastos, productores de las finísimas lanas que hicieron famosa la cabaña merina de La Serena, nom bre derivado del árabe serna, que quiere decir «llanura, extensión». Los cam pos nos brindan la austeridad de unos paisajes recios, en los que reposan villas y caseríos y en los que los cruceros afirman una fe tradicional.

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Lo m inino «pie Kxl re m a d u ra , ta r d ía m e n te , d iv id ió se cute te rr ito r io en d o s m ita d e s , q u e hoy hoii hien d is tin ta s , |>nr<pie la u n a c o n s e rv a su tr a d ic io n a l fiso n o m ía, m ie n tra * la o tr a la h a m o d ific a d o en a lg u n o s se c to re s , al re c ib ir el a g u a , ú n ic o e le m e n to q u e n e c e s ita b a n e s ta s b u e n a s tie r ra s p a r a r e n d ir a b u n d a n te s f ru to s a g ríc o la s. H a n s u rg id o así dos S e re n a s, la d e V illa n u e v a , cerca del río, f e r tiliz a d a p o r los rie g o s, y la d el p r e d o m in a n te se ca n o de los c a m p o s d e C a s tu e ra . I - — C erca del río. O tr a v ez la O rd e n de A lc á n ta r a v u e lv e a s a lim o s al p a s o . E s ta m o s en su g ra n fe u d o de la B a ja E x tr e m a d u r a , q u e tu v o ju r is d ic c ió n esp iritu a l, e x e n ta de d iócesis, s u je ta al p r io ra to d e M a g ac ela . A p a rte d e la s d e ­ m a rc a c io n e s de ta l p r io ra to y de a lg u n a s e n c o m ie n d a s , esto s e s ta d o s fu e ­ ron d ir e c ta m e n te p o se sió n de los m a e s tre s , a u n d e sp u é s d e in c o rp o ra rs e el m a e stra z g o a la c o ro n a , y a q u e e n to n c e s creóse la fa m o sa R e a l D e h e sa de la S e re n a , de u n a s 50.000 h e c tá r e a s , q u e ta r d ó m u c h o en d e s m e m b ra rs e . L a j u r is d ic c i ó n de V illa n u e v a tie n e u n a a v a n z a d a p o r en c im a d el G u a d ia n a . E n ella e s tá n V illa r de R e n a , co n sus lá p id a s d el p e ­ río d o ro m a n o , y A ce­ d e ra , m e tid a en la p le­ n itu d d e los re g a d ío s, q u e n a d a n o s d ic en de la c o m a r c a q u e r e c o ­ rre m o s n i d e la s e v o ­ ca cio n es a l c a n t a r i n a s . E n e ste ú ltim o p u e b lo la n o ta p in to r e s c a la d a su p a r r o q u ia de la A su n c ió n , c o n s tru id a a m e d ia d o s d el siglo x v i, e n la q u e los m u ro s de to s c a m a n ip o s te r í a y los h u ec o s e n m a rc a d o s e n g r a n it o c o m p o n e n un m o d elo d e delicioso sa b o r ru ra l. E l r e c u e r d o d e la O rd e n de A lc á n ta r a e m p i e z a p u j a n t e en C a s te ln o v o , la d e s a p a ­ L a parroquia de Acedera

re c id a a ld e a d e la q u e se c o n s e rv a el c a s tillo , q u e fu e c a b e z a d e u n a e n c o m ie n d a . D o n A lonso d e M o n ro y se a p o d e ró en 14(>7 d e e s ta f o r ta le ­ z a , q u e d e s ta c a en a lto , p e r f e c ta m e n te c o n s e r v a d a , a u n a le g u a d e V illan u e v a . S us tre s c u e rp o s s u p e rp u e s to s y e s c a lo n a d o s, q u e c o n s titu y e n tr e s lín e a s d e d e fe n sa , así co m o sus to r re s , c irc u la re s y c u a d r a d a s , tie n e n a ú n m e d ie v a l e m p a q u e , p ese a las re c ie n te s a d a p ta c io n e s p a r a v iv ie n d a de a lg u n a s d e sus alas. H o y el c a stillo d e C a ste ln o v o , o d e la E n c o m ie n d a , com o g e n é ric a ­ m e n te se le d e n o m in a ta m b ié n , p re s id e co m o u n h ito se ñ e ro las tie r ra s v e rd e s d e los n u e v o s re g a d ío s d e la s V eg as A lta s d el G u a d ia n a . L os m u ro s c e n te n a rio s , q u e a lo ja r o n p a la d in e s y v ie ro n p a s a r m e d ie v a le s c a b a lg a d a s g u e rre ra s , tie n e n a h o r a a su s p la n ta s e x ó tic o s c u ltiv o s , e s p e ­ cies v e g e ta le s d e las q u e se ig n o r a b a la e x is te n c ia c u a n d o e s ta fo rta le z a fu e a lz a d a p a r a c u m p lir su m is ió n v ig ila n te y d e fe n siv a . *

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M o v ié n d o n o s y a en la a u té n tic a S e re n a , sie m p re al s u r d el río , v em o s los p u e b lo s d e L a C o ro n a d a , q u e fu n d ó a p rin c ip io s d el siglo x i v el m a e s tre de A lc á n ta r a d o n G o n zalo P é re z G alleg o , en p a r a je s sin á rb o le s n i m a ta s , co n su s a n tu a r io d e S a n ta M a ría d el Z ú ja r, y L a H a b a , c u y o re d u c id o c a s ­ co u r b a n o , q u e a d o r n a n p e q u e ñ a s c a sa s d e b la so n e s, u n a d e ellas co n c u ­ rio so b a lc ó n e n tre e sc u d o s, lo d iv id e el a rro y o q u e lla m a n d el C am p o . V am o s lu e g o a C a m p a n a rio , u n a v illa flo re c ie n te , q u e tie n e a n e ja la a ld e a d e L a G u a rd a . S u h is to ria e n la z a co n lo ro m a n o , t a n to p o r u n a s Castillo de Castelnovo


cercan as ruinas — en las que erróneam ente se quiso descubrir los restos de Valeria, lo ­ calidad perten ecien te a la provincia tarraco­ nense— , com o por la lápida ligada a la apa­ rición de la p atron a, que por ella se llama Nuestra Señora de Pie­ dra Escrita. Dicen que el hueco en el que se encontró la imagen lo cubría una lápida fune­ raria, que aún existe, la cual nos brinda en su inscripción la curio­ sidad de mencionar un V alerian o, n acido en Inglaterra. La V irgen es una talla en madera, seden­ te, de tipo arcaico, con el N iño en el regazo y una manzana en la mano, que puede datar del siglo x m y ha sufri­ do grandes retoques. Por desgracia, un mal e n te n d id o fe r v o r le puso en el x v m ves­ tidos, que ocultan coCampanario. Nuestra Señora de Piedra Escrita rrientemente la intere­ sante escultura. El santuario en el que se venera la imagen, de pintoresca sencillez, está rodeado en parte por un porche que sustentan columnas de gra­ nito. Se alza a pocos kilómetros de la villa, en el valle del Guadalefra, en tierras sin arbolado, en las que se enlazan arenales y lastrones pizarrosos. La misma escasez arbórea, típica de la vieja Serena, se aprecia en torno a la villa, que asienta en un llano algo elevado y tu vo com o base de vida las actividades ganaderas, con el com plem ento de la agricultura y alguna pequeña industria, tales com o los molinos en los ríos y arroyos próxim os, la fabricación de objetos de esparto y los telares de lienzo.

Este viejo cuadro lo ha reno­ vado Campanario con una m ayor intensidad de trabajo y cultivos, logran do una progresiva eleva­ ción, que ha hecho crecer y m ejo­ rar su casco urbano y su nivel de vida. No ha perdido por ello su sabor tradicional, de lo que dan fe la iglesia de los Mártires y las casas blasonadas de las plazas o calles de Feria, Chile y Valdivia, interesante tina de ellas por la fina y profusa ornamentación ba­ rroca que rodea el escudo. Más prestancia que los edificios citados tienen el gracioso cam pa­ nil de las monjas clarisas y la p a­ rroquia de la Asunción, en cuya gótica portada luce el episcopal escudo del último maestre alcan­ tarillo, don Juan de Zúñiga, que, tras renunciar el maestrazgo a fa­ vor de los R eyes C atólicos, fue cardenal y arzobispo de Sevilla. El antiguo y pequeño conven­ to de fráiles franciscanos, que más parece casa particular o sencilla hospedería que monasterio, cierra la lista de lo que con más o menos Campanario. Campanil de tas clarisas monumentalidad hay en la villa. Una inscripción atestigua que se fundó en 1600, y otra, bajo el escudo en el que hay dos brazos cruzados — uno el de Cristo y otro el de San Francisco— , aclara la form a de la representación en estos versos:

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C O M BIEN E QU E EST E V E ST ID O U N BRAZO D E A Q U E ST O S DOS, QUE SI NO NO S A B E IS VOS C U A L E L D E FR A N C ISC O HA SIDO Y C U A L E L BRAZO DE D IO S.

E l m ayor orgullo de Campanario, pregonado por una lápida en el A yuntam iento, es el haber sido probable cuna de uno de los más grandes de aquellos dioses que nacían en Extremadura, de Pedro de Valdivia, conquistador de Chile. Aunque las dos cabezas de los dos partidos ju d icia­ les de La Serena le disputan esta gloria, lo cierto es que muchas probabi­


lidades están hoy u fnv<ir ilr ( lampauario, en donde también vinieron al inundo el erudito <lon llarlnloiné José Gallardo y el novelista don A n to­ nio Reyes Huertas, fallecido no hace mucho. *

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La tierra llana y ondulada de La Serena se eleva montuosa en Magacela, para dar asiento en alto a villa y castillo, de tan rem oto abolengo, que nacieron de una citania, para ser luego la Contosalia romana. Su auténtica im portancia empezó tras la R econquista, en 1235, con la erec­ ción en priorato, que vino a convertirla en la capital comarcana. Cruzando por sus calles de típico encanto, escalonadas en la rápida vert ienle del cerro, con casas de sabor gótico, entre las que 110 falta algún bla­ són, vienen a.nuestra memoria las pretéritas grandezas, los alcantarinos priores de rango episcopal, los episodios vividos en estos rincones. Uno de tales episodios fue la traición de Francisco de Solís, el maestre electo, so­ brino de don Gómez, que atrajo con amistoso engaño a don Alonso de Mon­ roy, encerrándolo encadenado en la fortaleza, de la que intentó fugarse el coloso tirándose desde una torre, pese a tener el cuerpo rodeado de cadenas. En lo alto del escarpado cerro, soberbio lugar estratégico, las ruinas del castillo lloran el pasado poderío. Lo que queda en pie de sus torres, algunas árabes, y de sus muros, en los que se aprecia basamento ciclópeo de los anterromanos, de inmensas proporciones, nos permiten recons­ truir mentalmente lo que fue la fortaleza de diversos recintos, que hoy destina su plaza de armas a cementerio.

Las evocaciones y las perspectivas se juntan en esta colina de Magacela para hacernos sentir y ver intensamente Extrem adura, la de la cruz verde de la Orden de Alcántara y la de las tierras pardas de La Serena: dos verdades que enlazadas forman el símbolo de la más pura esencia de la región, que fue, ante todo y sobre todo, una tierra de guerreros y pastores. Con ambos conceptos se form ó la personalidad regional y el im perio español, conquistado por los extrem eños, que aquí, ju n to a estos muros llenos de recuerdos y frente a esta tierra plena de vida, nos llega com o un eco glorioso, flotando en la brisa que acaricia la colina... * * * Entre los muros del castillo de Magacela se alberga la parroquia de Santa Ana, cuya portada m udejar decoran un friso ornamental de la­ drillo y graníticos leones. Su única nave se cubre con madera y su capilla m ayor con bóveda de crucería. Más que los adornos de talla barroca, destaca en ella la pila bautismal, posiblem ente del siglo x m , de form a semiesférica, con róeles que forman línea junto al brocal y arquería sobre ménsulas, por bajo. En un llano, al pie del cerro, está la ermita de ¡Nuestra Señora de los R em edios, que fue la iglesia prioral, con su pórtico de blancas arcadas y su espaciosa nave de traza clásica. En el muro del lado del Evangelio se encuentra el enterram iento del prior de Magacela y canónigo de Se­ villa don Cristóbal Bravo de Laguna, fallecido en 1528, que era del m ismo linaje del com endador B ravo de Jerez, cu yo magnífico mausoleo

Castillo fie Magacela

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\ ¡ i l i o n en la sacristía de la purrnqiiia de Santa María «Ir Alm ocobar, ríe Alcántara. Sobre el sarcófago reposa la eslalua yacente del prior, revestido de ropas sacerdotales, tonaurada la cabeza, con cerquillo, las manos juntas sobre el p ech o... Sin ser obra de extraordinario mérito esta escultura, tiene cierto empaque e indudable encanto. A la ermita de los Rem edios estuvo unido el palacio de los priores, hermoso edificio de dos plantas, cuya portada de traza clásica, con pilas­ tras de orden toscano, se timbra con escudo prioral y fue construida en 1628, según consta en una inscripción. No más que ruinas es lo que restan de esta histórica residencia, porque parece com o si en Magacela todo lo de matices monumentales, después de llenar su m om ento, hu­ biera quedado voluntariamente en brazos del más com pleto abandono.

Todo lo que es muerte y decadencia en Magacela, es vida y prospe­ ridad en Villanueva de la Serena. Nacida com o simple aldea, no lejos del Guadiana, Fernan­ do I V la cedió en 1303 al maestre de A lcánta­ ra don Gonzalo Pérez G a llego, para que la poblase. T uvo en ton ­ ces el adecuado nom ­ bre de V illa -N u e v a , que primero se apelli­ dó de Lares, luego de M agacela y, en 1600, de la Serena, alcanzan­ do título de ciudad en tiem po de Isabel 11. Lo antiguo y lo m o­ derno se enlazan en Villanueva, con un pre­ dominio casi absoluto de lo último, com o con ­ secuencia del proceso de crecim iento que im ­ ponen los regadíos, a los cuales coopera con la fábrica de elabora­ ción de fosfatos. El ú ltim o eco del perdido dominio alcan­ tarillo es el palacio de Magacela. Portada del tem ­ plo «le los Remedios

los priores de Magacela, hermoso y sencillo edificio, que ^conserva patio e iglesia, timbrando la portada de ésta el águila bicelala. Aquí, al igual que en Gata, vivió con su corte de ingenios el erudito maestre Zuñiga después de su renuncia al maestrazgo. Claro es que entonces no tenía el aspecto con que llegó a nuestra época el edificio, ya que se hizo en el una gran reforma en tiem po de Carlos III, en 1788. Una inscripción latina, con letras de bronce, se colocó para atestiguarlo. Lam entable­ mente, las religiosas concepcionistas que hoy ocupan el palacio han recubierto con moderna solería las lápidas sepulcrales de los priores de Magacela, que estaban en el suelo de la iglesia. Paseos cuidados y calles, en general, anchas y bien trazadas, dan a Villanueva una fisonomía alegre, en la que blancas casas modernas e importantes edificios industriales cercan y casi ahogan las nobles man­ siones y las antiguas muestras de la arquitectura religiosa, que en nuestro deambular vam os descubriendo entre el ritmo reformador. Las residencias solariegas, aunque mermadas, no dejan de brindarnos m otivos de interés, tal com o el curioso blasón que, en vez de celada, tiene [ior rem ate la cabeza de un b arbu d o ca b a ­ llero. Las piedras ar­ # 4 A meras de casas y tum ­ bas nos hablan de una abundante nobleza, de los títulos de marqués de Perales y TorresC abrera, del v iz co n dado de la Montesina, de los apellidos AriasCañizares, Sánchez de Arévalo, López-Berrio, Morales-Arce, Becerra, Nogales, Gil de Zúñiga, M iguel-Rom ero, Ceba­ dos, Calderón, Herrera, O vando, Torres... En obligada visita, (‘ii demanda de lo ar­ tístico y monumental, vamos a la parroquia de la Asunción, que es una fábrica de granito, de gu sto herrerian o, con estribos coronados de ja rro n e s, corn isa corrida y ventanas de V illanueva de la Serena. Erm ita del palacio de los priores


sabor g ó tico . Su cua­ drada torre, de tres cu erpos con adornos, remata en templete de pilastras de orden toscano, cubierto por cha­ pitel piramidal. Un on ­ dulante coronamiento barroco, del siglo x v i i , corre sobre la cornisa de la fach ad a p rin ci­ pal, en la que se abre una puerta de m edio punto, entre columnas m on olítica s de orden c o r in tio , con sen cillo entablam ento, frontón partido y enormes b o ­ las por acroteras. Las portadas de la Epístola y el Evangelio las de­ coran , respectivam en­ te, una estatua de la V irgen y los bustos de San Pedro y San Pablo. A lg u n o s d e ta lle s de las portadas, todas de orden corintio, así com o los aludidos ven ­ tanales góticos, pare­ cen indicar un planea­ m iento arquitectónico m od ificad o para con Villanueva de la Serena. Portada de la parroquia cluir en el gusto herreriano del siglo x v i. En el interior, de tres naves de igual altura y varias capillas, dos de ellas góticas, lo que se guarda de más interés es una tabla de Morales, el D ivino, de su primera época, de tono claro y m odelado suave, que representa a la Virgen con su H ijo y San Juan, niños. Visitamos luego el convento franciscano de San Bartolom é, que se fundó en 1574 y es un sencillo edificio de ladrillo encalado. Está en las afueras y tan sólo conserva parte del claustro y la iglesia, de una nave, con ornamentación y retablo barroco. En ella se ven aún varios sepul­ cros blasonados, cuyos epitafios dicen pertenecer a Juan Martín R edondo, vecino de Don Benito, y su esposa, doña Mencía de Paredes; a Juan

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Chile, Pedro de Valdi al A yuntam iento. L< viejo cronista de la y el novelista contem poráneo Felipe Trigo. Tras los recuerdos nos dedicamos a reparar en lo reciente, en la alu­ dida fábrica, en las diversas industrias, en los edificios m odernos... H ay en tod o ello un ritmo activo, una renovación que hace olvidar cercanos y profundos dolores, porque también aquí nuestra guerra causó destro­ zos m uy lamentables. La vida sigue pujante y a ella nos entregamos de lleno, prescindiendo de tales episodios, sin rehuir las auténticas evocaciones históricas. Por plazas y calles, entre blancura de cal y oro de sol, vam os contrastando los recuerdos del pasado y la presente prosperidad que, sobre la tierra abierta y bajo el claro cielo, tejen con hilos de ayer y h oy el tapiz alegre y colorista de esta Villanueva de la Serena, una de las grandes novias del porvenir... 2. — Los campos de Castuera. Pueblos que en su m ayor parte llevan el patroním ico de La Serena esperan en nuestras rutas, en unos cam pos por los que avanza el ferro­ carril de Villanueva a Castuera, que sigue por Benquerencia, Almorehón y Cabeza del Buey, para alejarse de Extremadura. Villanueva de la Serena. Ayuntam iento y estatua de Valdivia

Gallego e Inés Delgado, a Miguel Gutiérrez Quitanilla y doña María de V aldivia, y al coronel don Francisco Álvarez. El convento de religiosos de la Concepción, que fundó en 1626 el licenciado Juan Adam e, sólo tiene de interés la ventana de ángulo, que adorna una imagen en busto, de estilo italiano. H ay además en Villanueva varias ermitas, con más o menos carác­ ter y m ejor o peor conservadas, entre las que figuran las de la Escuela de Cristo, Santiago, Jesús Nazareno y Cristo del Sepulcro. Fuera ya de lo religioso, contem plam os el A yuntam iento de la ciudad, que, aunque m odernizado, es un buen edificio del siglo x v i, con fachada de piedra, en la que b ajo el frontón resalta en relieve la figura de una sirena, único m otivo heráldico del escudo de la ciudad, entre dos cartelas con epígrafes que fechan la construcción en 1583. Se hizo siendo gobernador el licenciado Duarte de Laguna, pero posteriormente agregó­ se la puerta adintelada, que timbra el escudo de los Austrias, parte que corresponde a la antigua cárcel y que otra inscripción dice fue construi­ da en 1595. Numerosos conquistadores marcharon de esta ciudad a las Indias; pero entre ellos no se puede contar en forma alguna al conquistador de

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Ovejas merinas, frente al castillo de Almorehón


Con los llanos ondulados y la clásica escasez de árboles alternan las estribaciones orográficas, sin faltar a veces jaras, encinas, alcornoques, olivos y viñas, entre los comunes pastos y los cereales de secano. No falta

siquiera el pequeño islote de regadío, en la villa inmortalizada por la litera­ tura, en Zalamea de la Serena, si bien esto es lo excepcional. La estampa que nos parece sim bo­ liza m ejor esta parte de La Serena, enlazando la Orden de Alcántara y la ganadería, es la que captam os en A l­ m orehón: arriba, sobre las rocas, los restos del castillo; abajo, el rebaño de ovejas merinas. Todos los pueblos son de fisonomía semejante, con sencillas iglesias, en las que juega el ladrillo, v casas blanquea­ das, con puertas de dintel. Las que lu­ cen escudos se distinguen poco de las otras, porque no se da el palacio seño­ rial. Ocurre algo semejante a lo de la sierra de Gata, en la que imperó tam ­ bién la Orden de Alcántara, sólo que aquí el nivel m edio de los hidalgos a co m o d a d o s no lo im pu sicvon los olivos, sino los pastos y las ovejas merinas. En Quintana de la Serena vemos sus barrios de Castillejo, Laguna y R in co­ nada; los clásicos telares y alguna casa hidalga, no exenta de auténtico encan­ to. En la sencillez de Valle de la Sere­ na recordamos que aquí vino al mundo D onoso Cortés. Malpartida «le la Serena — con su huerta de Cerro Palacio y el T orilejo— , a la que no le faltan los es­ cudos, lo mismo que Higuera di la Serena, en cuya tierra se salpiean las jaras, nos ofrecen com o el m ayor encanto su paz campesina. Tan solamente rompe en este grupo «le pueblos el tono sencillo Benqucrencia de la Serena — que tiene anejos un Ben querencia de la Serena lugar y dos aldeas: Helechal, La Nava y Puerto Urraco— , no tanto por su gó­ tica parroquia, que conserva azulejos mudéjares, com o por los restos del enorme castillo, que antes fue alcazaba árabe y luego cabeza de enco­ mienda aleantarina. Este castillo, que aún nos impresiona con sus ruino-

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com o el adjunto hospital, por el arqui­ tecto Francisco de Mora. En un retablo m oderno está la veneradísima imagen del Crucificado, gran talla realista y p o ­ licrom ada del siglo x v i i , algo m ayor que el natural. El más bello detalle artístico es el zócalo de azulejos de Triana, de tres metros de alto, que adorna la sacristía. Por último subimos a la meseta del cerro en el que asienta el castillo, en medio de la villa antigua que luego se tendió por el llano. La fisonomía de esta fortaleza de planta rectangu lar es de fines de la Edad Media, pudiendo ser árabe una torre octógona. Su fábrica de manipostería y sillares, con torres cilin­ dricas en los ángulos, tiene una recie­ dumbre a tono con la del famoso alcal­ de que nos acompaña en espíritu. Y a sólo le resta por mostrarnos al invisible acom pañante, en los campos cercanos, el trozo regable con agua del río Ortigas, en el que de antiguo había una presa que ha sido objeto de obras de adaptación, a fin de regar 284 hectá­ reas. Ésta es una cosa modesta, al lado de los grandes planes; mas para Zalamea representa bastante y supone un refuer­ zo de riqueza sobre la que ya de siem­ pre tenía la villa agricultora y ganade­ ra, en la que floreció la reciedumbre de este alcalde que sentimos invisible a nuestro lado. Ahora ya, tras de haberlo visto todo, abarcando los milenios que empiezan en el rom ano M unicipium Julipense y ter­ minan en el m oderno regadío, la sombra de Pedro Crespo se desvanece bajo la trasparencia del cielo de La Serena, di­ suelta en la brisa de ecos calderonianos... Cabeza del Buey. Ermita de Belén

Vamos luego — siempre con el recuerdo de Crespo al lado-— a la capilla Real del Santo Cristo de Zalamea, buen edificio del siglo x v i i , de portada de traza clásica, (pie remata el escudo de los Austrias. Fue construido, asi

Avanzamos entre las casucas blasonadas y los cam pos de alcorno­ ques, encinas, jaras y madroñeras de Esparragosa de la Serena — que tiene parroquia de sillería— , de Monterrubio de la Serena — en donde

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o h tradicional la fabricación do illnn Inútil* que so rodea do dehesan do monte.

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do Peraleda de Zaiicejo,

Viene luego una villa im portante, Cabeza del Buey, que fue en co­ mienda de Alcántara, en cu yo término vestigios prehistóricos y unos restos romanos, que no se puede afirmar sean los de Turóbriga, testi­ monian la presencia de lejanas civilizaciones. l)e la im portancia alcanzada por Cabeza del Buey en más próximas centurias, tenemos la prueba tangible de sus monumentos. Uno de ellos es la ermita de Nuestra Señora de Belén, de graciosa y original estruc­ tura, situada a once kilómetros de la villa, que es centro de la máxima devoción, celebrándose en ella animada romería el 27 de septiembre. Fue un prim itivo convento templario, que ha sufrido varias reformas. Su frente, el patio cuadrado, con arquería en las dos plantas; la iglesia, el camarín, ricamente decorado con frescos barrocos; los estribos, que rematan en torrecillas, y otros detalles, proclaman su indudable mérito. Tam bién tiene interés la parroquia de Nuestra Señora de la Armentora, o de la Divina Pastora, del siglo x v i, en la que contrastan el gra­ nito de las portadas, una del Benacimiento y otra gótica; el ladrillo de la torre de tres cuerpos, con remates de ánforas vidriadas; la cal de los muros blanqueados y el cuerpo saliente, con arcos sobre columnas, adosado a la capilla mayor. En su interior, de una nave, cubierta con madera, destacan el reta­ blo barroco, los azulejos del suelo y de la escalera del camarín, y el se­ pulcro con estatua yacente del com endador Martín B ol, que está ado­ sado al muro del Evangelio de la capilla m ayor y fue construido en 1515. Zalamea de la Serena. Castillo

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Cabeza del Buey. Estatua yacente del hermano del comendador Rol

Fundó el citado alcantarino el convento de m onjas de la Purísima, en cuya iglesia reposa su hermano, don Alonso, tam bién bajo estatua yacente, con armadura y un lebrel a los pies. Las armas de los B ol cin­ co tórtolas— tim bran distintos lugares de este edificio, que tiene ante su entrada un patio, cerrado al fondo por las arquerías del pórtico, pa­ tio al que da acceso una bella portada gótica. La escuela del Cristo de la Misericordia, de los hermanos de San Feli­ pe Neri, fondóla a principios del siglo x v m el párroco don Antonio Gómez Calvo. En una capilla rectangular, con techum bre de alfarje, al m odo morisco, se venera la policrom ada imagen del Crucificado. El hospital de Santa Elena, que fundó la madre del com endador B ol, es un m odesto y desfigurado edificio, del que restan por más nota­ bles unos arcos de ladrillos blanqueados, sobre pilares de piedras; parte del patio, la escalera y la capilla, adornada con pinturas en lienzo y retablo barroco. La última construcción religiosa es la ermita que estuvo dedicada a San Mateo y hoy a San Marcos, con atrio cubierto y nave de cuatro gruesos arcos apuntados de ladrillo, sobre los que descansa el techo de madera. En las calles de Cabeza del Buey la arquitectura civil tiene b u re­ presentación en las mansiones nobles, hermosas unas, tales com o la de

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Nuestra visita a La Serena termina en Gastuera, cabeza de uno de los dos partidos de la com arca, el alejado de los riegos, el de la tradi­ cional vida ganadera. Hachas prehistóricas y restos de explotaciones de minas romanas garantizan el viejo origen de la villa trabajadora, de calles rectas y bien

empedradas. La cruz de A lcán tara, en las pie­ dras de las tres puertas de su parroquia de la M agdalen a — tem p lo del siglo x v m , de tres naves, con bóvedas so­ bre pilastras y altar b a r r o c o — , afirma el h aber sido depen den ­ cia de la Orden. E l b a rrio de San Juan, que preside la ermita dedicada a este san to, es el de más tono, ya que en él se encuentran la m ayor parte de las viejas ca­ sas hidalgas, que osten­ tan los escudos de los Barrantes, de los Cal­ derón, de los Chaves, de los M uñoz... Todos estos edificios tienen su peculiar encanto, p or­ que en uno se admira el gem in ado ventanal del siglo x v , de ladrillo y mainel de m árm ol; en otro, la fachada de p ied ra del x v i, que cierra sus ventanas con rejas en cuyo corona­ m iento de escudos figu­ ra la cruz de A lcá n ­ tara; en un tercero, la Castuera. Casa de las Sireuas p o rta d a con sirenas, conchas y diversos m otivos; en algunos, las puertas góticas y los adornos de puntas de diamantes en los alféizares de las ventanas. Más antiguas que la parroquia son las ermitas, la ya citada de San Juan, del siglo x v i; la de los Mártires, de igual centuria, y la de San Benito, modesta fábrica del x v n . La ermita de San Juan tiene portada de grandes dovelas, lo que le da cierto carácter; la de San Benito, puerta plateresca, retablos barro­ cos y pinturas en la cúpula y en la sacristía.

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los G aetes y la que denominan casa de la Audiencia, gran edifi­ cio del siglo x v i; otras con curiosos detalles, com o las portadas gó­ ticas, el relieve que re­ presenta dos bueyes arando, el ventanal con m oldu ra de róeles y reja de barrotes salo­ m ó n icos, y la gótica ventana del siglo x v , que se perfila en arco conopial, con molduras y hojarascas, timbrada con los escudos de la familia Castañeda. Una placa recuerda en el salón del A yu n ­ tamiento que nacieron aquí el célebre patrio­ ta don D iego M uñoz Torrero y el poeta don Manuel José Quintana. En las afueras de Cabeza del B u ey, el rollo co n la cru z de Alcántara vuelve a re­ cordar a la Orden, que Cabeza del Buey. Casa (le la Audiencia form ó una en com ien ­ da con la villa y con el ya citado castillo de Alm orchón, que está en una pequeña aldea ane­ ja, sobre un cerro de difícil acceso, erizado de peñascos. Las ruinas, que lucen el escudo de los R ol, aún com ponen una bella estampa con el recio cubo, los muros fie manipostería y ladrillo, y la torre del hom e­ naje, de sillares, cuya planta poligonal se acopla al terreno, rem atando en un extrem o en ángulo, a m odo de proa de nave. *

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R ealm ente no son los edificios religiosos los que dan personali­ dad a Castuera, porque su im portancia es rela­ tiva. Esta villa, que no p reten d ió n u n ca ser rin cón m on u m en ta l, cifra su orgullo en di­ versos m otivos, ligados principalm en te a sus campos y a sus indus­ trias. Una cu riosidad es que éste fue uno de los p oqu ísim os sitios de Extremadura en el que hubo alguna vez molinos de viento. El valle en que Cas­ tuera asienta, abierto al fin de una prolon­ gación de la orografía mariánica, es un para­ je de placidez suave, que rima con la sere­ nidad imperante en la población. A la inversa que en otros sectores, en los que se ven fuentes en calles y cam pos, aquí Casa de Valdivia es tradicional el surtir­ se de agua de los pozos. Lo que pueda haber de modernas obras hidráulicas de abastecim iento no cuenta con esta peculiaridad, que brinda estampas de evocación de ulgún pasaje evangélico com o el de la Samaritana. Los recuerdos históricos los representan la ya dicha influencia de la Orden de Alcántara, con la potestad del priorato de Magacela, y el también indicado orgullo de considerarse cuna de uno de los grandes dioses extremeños. Entre las casas hidalgas no faltan las que lucen las sierpes heráldicas de los Valdivias. Una lápida señala una de ellas com o la del conquistador de Chile; pero ya hemos dicho que su nacim iento aquí es posible, aunque no seguro, pues tam bién pudo nacer en Campa­ nario. Sin embargo, no hay duda alguna de que Valdivia residió en Castuera, por lo que esta casa tiene todo el valor de una gran reliquia,

ya que en ella estuvo el paladín insigne que, tras agregar el florón de un nuevo reino a la corona de España, derramó su sangre, martirizado, en las lejanas tierras del Arauco. Al armonizarse en Castuera lo viejo y lo nuevo, lo hace con cierto tono de sobriedad, en un punto m edio, sin pretensiones ni claudicación. B ajo este signo vive una vida tradicional, con su trabajo de siempre, con los finos pastos de sus dehesas, que siguen apacentando millares de cabezas de ganado lanar, estante y trashumante, y con la fabricación de sus hermosas tinajas, verdadero sím bolo de la villa, reflejado en esta copla popular:

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Don Benito por bonito, Guareña por las bodegas, Medellín por el castillo, por las tinajas Castuera.

Si Villanueva deserta — felizm ente para ella— , ganada por los rega­ díos, Castuera continúa fiel a la tradición, consciente de sus deberes y orgullosa de presidir lo que queda de más auténtico de esta tierra de égloga y rom ance bucólico, de hidalgos y pastores, que por los siglos hizo resonar en el mundo el nombre de La Serena unido al alegre tintineo de las esquilas de sus ovejas...

Tinajas de Castuera


Mozas ataviadas con trajes típicos

IV VERDAD Y ROMANCE (DON BENITO)

Esta buena tierra de cultivo y ganado, que en una parte, según ya sabemos, va a recibir el celeste maná de las aguas fecundadoras, tiene engarzada en la gran verdad de los cam pos que preside D on Benito el ensueño rom ancesco de Medellín, el evocador rincón histórico en el que se olvida el trigo, viñas, olivos y regadíos de territorio, para sen­ tir la caricia del recuerdo del Anahuac. El tipism o de las mozas que aún visten trajes folklóricos es el común denom inador que unifica un distrito que la historia partió en dos mitades, la de la realidad y la del ensueño, la de ü o n Benito y sus pueblos, y la de Medellín y sus evocaciones.

427 Pila en la <iue fue bautizado Hernán Cortés, gran reliquia del partido


septiembre de 1936— , M anchita — de tierra m ontuosa, con caza y jara— y Guareña, am­ plia, con vestigios de una ascendencia pre­ histórica y romana. Aunque desgracia­ damente p erd ió com o Cristina sus obras de arte, el ritmo del tra­ bajo ha restañado en Guareña las otras heri­ das. En una llanada, sobre m agníficas t ie ­ rras cerealistas, tiende su ca sco u rban o de agradable aspecto, con em paqu e de gran p o ­ blación, en el que no faltan las viejas casas Guareña. Ayuntam iento y torre parroquial de escudos. La parroquia, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, del si­ glo x v i, renacentista con reminiscencias del gótico, es su destacante monumento. La hermosa portada principal, de dos cuerpos, se decora con columnas corintias y estriadas, escudo episcopal, imágenes de San Pedro y San Pablo, hornacina con Virgen, pirámides, figuras femeniles y otros adornos. Semejante es la portada norte, del XVII, que com pleta el interés del tem plo con los canceles de lacería morisca del interior y con la cuadrada y esbelta torre de gallarda silueta. El Ayuntam iento de soportales, con fachada de sillería que remata en bolas herrerianas, tiene importancia y monum entalidad suficientes para darnos idea de la elevada categoría de la villa, aserto que nos confirman las casas modernas de hermosas proporciones. E n Guareña nació el cantor de la Baja Extrem adura, el poeta de los versos «castú os», Luis Chamizo, el que dijo de los extremeños:

1. — Ln verdad de lo* cunijio*. Estuvieron estos campos, que com ponían el condado de Medellín, unidos jurisdiccionalm ente a la histórica y alejada ciudad de Trujillo, que hasta aquí alargó las fronteras de su enorme distrito. Barros y arenales forman el suelo del partido, con pizarras al Sur, algún risco de cuarcita en las sierras y la encina com o árbol dominante. El predom inio de tierras fecundas diole siempre calidad de zona agrícola, con más valor en lo práctico que en lo pintoresco, sin que ello suponga la negación de la existencia del paisaje, que tiene matices en diversos puntos; pero sí una m ayor amplitud de cultivos, con la inevitable uni­ formidad en las perspectivas. Sin embargo, éstas son gratas y, sobre todo, denotadoras de riqueza y prosperidades. En sus campos se nos brinda la estampa — enlace del pasado histórico con la eternidad labriega— del gañán, arando ante los muros del viejo castillo. En el sector de la margen derecha del Guadiana asientan solamente dos pueblos: Bena y Santa Amalia, situados en la plenitud de los rega­ díos del canal de Orellana, que no tendrán en el futuro otra misión que la de consagrarse a explotar los tesoros de los nuevos cultivos. Bena, ju n to al río de su nombre, vive un proceso de rejuvenecim ien­ to, en el que nada viejo y de interés va a perderse. Santa Amalia puede presumir de procer frente a sus vecinos los pue­ blos nuevos, porque ocupa el lugar de la rom ana Lacipia, primera man­ sión de la vía que iba a Toledo, pasando por Trujillo. Bestos de edifi­ cios, sepulcros y monedas, le sirven de ejecutoria, aunque le queden siglos sin llenar, porque, volvió a nacer en época m uy reciente, fundada en 1826 por cien obreros de D on Benito y Montánchez, capitaneados por un Antonio López, hombre pobre, trabajador y tesonero, oriundo de la primera localidad citada. Fernando V II le dio el nombre actual, tom án ­ dolo de la santa que lo daba a su esposa, María Amalia de Sajonia. *

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Del Guadiana abajo, cruzando por Valdelorres, pueblo de absoluta sencillez, situado en el ferrocarril que desde Don Benito avanza a B ada­ jo z y Portugal, vemos a las tres localidades más alejadas del río: Cristina — que perdió en nuestra guerra to ­ dos sus retablos, o b je ­ tos de arte y hasta el fam oso C risto de la A gon ía , qu em ad o en acto p ú b lico el 30 de

Porque sernos asina, sernos pardos, del coló de la tierra, Jos nietos de los machos que otros días trunfaron en América.

«Guareña por las bodegas», dice la vieja copla popular. Es justa la afirmación, porque entre las diversas actividades locales destacan las industrias del aceite y del vino, este últim o de gran calidad, depurado en esas clásicas bodegas espaciosas y abundantes.

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Gañán arando ante los muros del viejo castillo 1


1.a alfarería es otra activa manifestación laboriosa de esta villa, que es una de las que tiene el trabajo com o lema fundamental de su vida. Para despedirnos de Guarefla, pasamos por el convento de San Gre­ gorio, un edificio lleno de encanto, en el que la blancura de la cal de los muros y la nobleza del granito de las columnas en que descansa la arque­ ría del porche, se armonizan bajo el gracioso campanil, com poniendo un conjunto en el que lo alegre y típico triunfa sobre lo monumental. *

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Cruzando por la pequeña villa de Mengabril, que con su parroquia de Santa Margarita descansa en la zona entre el Ortigas y el Guadamur, ju n to a la vía férrea, llegamos a la cabeza del partido. Don Benito es una ciudad rica y populosa — la tercera en vecindario de la provincia— , que estuvo representada en Indias por varios paladines, dio su nombre a una localidad de la Argentina y tuvo grandes daños duran­ te la invasión napoleónica. Su gran verdad fue siempre la tierra, esta tierra calida y fecunda a la que todo lo debe, que hoy, dispuesta a rendirle más aún, se bautiza para los nuevos cultivos con las aguas del Plan de Badajoz. Nació la ciudad, por eso, por la tierra, no más allá del siglo x v , to ­ mando el nombre de un oscuro labrador, del que ni siquiera sabemos el ape­ llido, com o una simple aldea d epen d ien te de Medellín. Bien pronto fue cob ra n do im p o r­ tancia y los nobles v i­ nieron a establecerse aquí, lo que nos ates­ tigu an los solares de los A n aya s, C am pos, C alderón de R o b le s, Morales, Solo de Zaldívar, Peraltas y Calde­ rón de lá Barca, linajes ju n to a los que sona­ ron en la localidad los a pellidos L a d rón de Guevara, M uñoz, L a ­ guna, Granda, Quirós, H id a lg o -B a r q u e r o y Cáceres, y los títulos de conde de los Cam­ pos de Orellana y mar­ qués de Y aldegam as, este último concedido al insigne filósofo e x ­ Cuareña. Convento de San Gregorio

tremeño don Juan D o­ noso Cortés. Como hijo su yo con sidera Don B en ito a este ilustre pensador, porque aquí estaba arraigada su fa­ milia y aquí residió él, aunque p or fortu itas circunstancias naciese en la cercana villa de Valle de la Serena. Nobles y la b ra d o­ res vivieron consagra­ dos al cam po, al trigo y la ganadería, con su mercado semanal y sus importantes ferias ga­ naderas; con sus tela­ res y sus bodegas, con sus fábricas de curti­ dos y de harina. Calles D on Benito. Casa de los Calderones anchas y limpias, pla­ zas o paseos, se nos brindan acogedores, con tono de ciudad progresiva. Asienta Don Benito en suelo llano, con el barrio de San Sebastián en parte más alta. En la cuadrada plaza, el viejo Ayuntam iento de soportales luce, esculpido en piedra, el escudo de la ciudad, en el que campean un castillo, un oso encadenado a un árbol y dos llaves cruzadas. Por desgracia, perdió durante nuestra reciente guerra gran parte de los tesoros artísticos, entre ellos, el retablo m ayor de la parroquia de Santiago, del siglo xvxi, de traza clásica, de talla dorada y pinturas. Las fechas de 1570 y 1598, grabadas en las puertas laterales, mar­ can los años de la construcción de partes del tem plo, que se dice tuvo en lo alto del frontis las estatuas, con trajes de labradores, del fundador, el desconocido don Benito, y de un don Llórente, que dio vida a la cer­ cana aldea que lleva su nom bre, aneja h oy a la ciudad. En el estilo de las tres portadas de granito, que rematan pináculos, hay ciertos recuerdos platerescos, dom inados por el clasicismo herreriano. Las puertas de arco de medio punto se abren entre columnas corintias y entablamentos, con otro cuerpo alto, que en la del Evangelio adorna una hornacina; en la central, hornacina, ventana y escudo de España, sustentado por leones; en la de la Epístola, las armas del carde­ nal Mendoza, finamente esculpidas. La torre, de mampostería y ladrillo, es una reconstrucción del siglo pasado. F.1 interior, de tres naves de igual altura, lo cubren bóvedas ojivales sobre pilares cuadrados. Dos capillas tienen, en el muro y en

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el coronam iento de su reja, los escudos fie los S otom a yor y los R o ­ d ríg u e z de A r é v a lo , respectivamente. Durante el recorri­ do de la ciudad vemos las diversas manifesta­ ciones de las activida­ des industriosas y co ­ merciales aludidas, al mismo tiem po que v a ­ mos reparando en los viejos recuerdos. Esca­ sos son estos últim os en lo que se refiere a edificios religiosos, ya que se perdieron o es­ tán totalm en te ren o­ vados. A fecta lo dicho al convento de monjas agustinas que hubo en la plaza de N uestra Señora de Gracia, del que sobrevivió la igle­ sia, de escaso carácter; a la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, que fue capilla del an­ tiguo hospital de San Don Benito. Parroquia de Santiago Andrés y San Sebas­ tián , en el b arrio de este último nom bre; a las ermitas de San Gregorio y de Nuestra Señora de la Piedad, situadas en las afueras, y a la iglesia de Santa María, la más hermosa de estas construcciones, de lisos muros, rematados por sen­ cilla crestería. Entre los modernos edificios que llenan los ámbitos de la ciudad, quedan apresadas las casas hidalgas, en la plaza M ayor y en las calles de Solo de Zaldívar, A rroyazo, Carreras, Torres, Donoso Cortés, Arias, Galdós, Villanueva... Unos edificios religiosos y unas mansiones nobles, p oco, en realidad, es lo que tiene Don Benito en representación del pasado; mas para representar presente y futuro, cuenta, y le sobra, con su amplio casco urbano y con la verdad alegre, próspera y esperanzadora de sus campos; verdad que le permitió ser en el pasado siglo el más populoso núcleo

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de toda Extremadura, por encima de las dos ca p ita les, por lo que con razón decían en­ tonces sus habitantes que eran del pu eblo más grande de la p ro­ vincia más grande de España. 2 . — El romance del Anahuac. Estamos en Medellín, en donde vino al m u n do H ern án C or­ tés, uno de los dos más g ra n d e s de a q u e llo s dioses que nacían en Extremadura —el otro, de magnitud semejan­ te, es su pariente Biza­ rro— , el vencedor del Anahuac, del imperio azteca de Moctezuma. Paisanos suyos, com o el valeroso Gonzalo de S andoval, cooperaron con el caudillo en tal empresa. A orillas del Gua^on Benito. Iglesia de Santa María diana, que salva un puente del siglo x v n , Medellín nos dice su rom ance. En M éjico, en Co­ lom bia y Filipinas suena su nom bre, en las localidades fundadas por hijos suyos. En la historia extremeña vibra sonoro a la cabeza del gran condado, o, tristemente, en la batalla de Medellín, perdida por los espa­ ñoles durante la guerra de la Independencia. Pero m ucho antes de todo eso, ya vivía y sonaba, porque el hombre prehistórico dejó aquí sus hachas y los celtas tuvieron una citania en el cerro que ocupa el castillo, en un emplazamiento típico, entre dos ríos, el Guadiana y el Ortigas. Los rom anos fundaron luego la colonia Metellinensis, el Metellinum de la calzada de Mérida a Toledo, con bifurcación a Córdoba. La proxim idad a la grandiosa Emérita hizo que el Medellín de enton­ ces fuese un núcleo de im portancia, al que no le faltó ni su teatro, que

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Medellín. Puente sobre el Guadiana

Estatua de Hernán Cortés

aún se ve, enterrado en la vertiente del cerro, ni el hermoso puente, del que guerras y siglos sólo nos dejaron ruinas. Al Metellinum romano le vino la decadencia, para volver a surgir pujante, tras alguna mención en los itinerarios árabes, a partir de su reconquista en 1234. Fue luego señorío de Juan Alonso de Alburquerque, favorito de Pedro I, y del infante don Sancho, en 1372, erigiéndose en condado, con dominio en muchos territorios y villas, en 1452, a favor de don R odrigo Portocarrero y M onroy. Casó éste con doña Beatriz Pacheco, hija natural del marqués de Yillena, la famosísima y belico­ sa condesa de Medellín, una varonil mujer, tejedora de intrigas y luchas, que peleó contra los Beyes Católicos, tuvo alianza con el clavero M onroy y, para seguir ella mandando, encerró a su hijo en un calabozo del castillo. Algo después, en 1484, llególe a Medellín el punto de arranque de su glorificación universal, con el nacimiento de Hernán Cortés. Sus recuerdos son los primeros que nos atraen. La estatua, obra del escultor Eduardo Barrón, le representa de pie, vestida la armadura, con el estan­ darte de Castilla en la mano, pisando un ídolo azteca, sobre el pedestal que tiene en su base nombres de heroica evocación: Méjico, Tabasco, Otumba, Tlascala. ¡Son las estrofas del grandioso rom ance del Anahuae!

En la misma plaza una lápida marca en unos muros el lugar del naci­ miento del dios y se admira el escudo que le concediera Carlos V, que también le otorgó el título de marqués del Valle de Oaxaca. Una Virgen de granito que estuvo en la casa de Cortés la vemos hoy en otro lugar; la pila en que recibiera el bautism o, en la parroquia de San Martín: el retrato del conquistador, de verdadera im portancia, por haber sido pintado indudablemente del natural, en el Ayuntam iento. Esta villa, metida en el corazón de las Vegas Altas, no tuvo nunca otras actividades que las agrícolas y ganaderas. En sus calles hay algu­ nas residencias nobles, con cierto empaque señorial, tales com o la de los condes de Estrada y, sobre tod o, el palacio de puerta plateresca de los duques de Medinaceli, herederos del condado de Medellín. De las murallas que abajo, en el llano y la ladera, cercaron la locali­ dad, enlazando con las del castillo, sólo se conservan algunos restos, en los que no faltan las piedras romanas, y la no mal conservada puerta que denominan de Portaceli, de sillería, que debe datar del siglo x i i i o del X I V , abierta al final del puente sobre el Guadiana. El puente actual de sillería, que avanza paralelo a los restos del rom a­ no, consta de veinte ojos, fue concluido en 1630 y luce un lindo templete,

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con imágenes en hornucinuN, Li|>nln y encudo de los Austria*, lo d o en mármol blanco. De la importancia <|iie Mcdcllín tuvo da idea el hecho de que exis­ tieran cuatro parroquias y tres conventos, dos de monjas y uno de frailes franciscanos. El huracán de nuestra guerra reciente pasó por los sagrados recintos, aventando retablos y objetos de arte. Pero antes habían pasa­ do por ellos otras luchas, tal com o la guerra de la Independencia, deján­ dolos muy mermados. La parroquia de Santa María, situada en el alto cerro, dentro de una de las plazas del castillo, quedó arruinada en el pasado siglo. Igual suerte corrieron los tres conventos: el de monjas de la Concep­ ción, fundado por el cuarto conde de Medellín a mediados del siglo x v i; el de agustinas recoletas, de comienzos del x v i i , y el de frailes francis­ canos, fundación del primer conde, que en su capilla m ayor tenía el enterramiento de estos señores. La abandonada y ruinosa parroquia de Santiago, de una nave, que fue la arciprestal de esta Orden, se alza en la vertiente de la colina, sobre los restos de la escena del aludido teatro ro­ m ano. Su ábsid e, de sillares pequeños y ci­ lindricas columnas del­ gadas, del siglo XII, re­ presenta la transición del rom ánico al ojival. A la primitiva estruc­ tura del templo corres­ ponden ta m bién los muros y estribos de la nave, así com o las por­ tadas de la Epístola y el Evangelio, de toscos adornos. En la¡ parte alta de la cuadrada torre de sillería consta com o fecha de con s­ tru cción el año 1499. El im p o rta n te re­ ta b lo m a y o r , de dos cuerpos, zócalo y coro­ nam iento, de dorada y decorativa talla plate­ resca, con diez tablas anónimas, de la escuela española del siglo XVI,

Templete del puente


con influencia florenti­ na, trasladóse a la pa­ rroquia de San Martín y en ella fue totalm en­ te destruido. Este tem ­ plo, sem ejante al an­ terior, es una fábrica gótica, reconstruida en el siglo x v n , con recias portadas de arco apun­ tado. La antigua verja de la capilla del Cristo de la Misericordia, en el lado de la Epístola de la única nave, y el cu erp o saliente de la parte del E va n g elio, con pequeñas v e n ta ­ nas, d efen d id as p or fuertes rejas, que fue cá rc e l de c lé r ig o s , son sus más cu riosos detalles. La p a r ro q u ia de Santa Cecilia, situada en el llano, es la de más m od ern o origen , ya que fue construida en el siglo x v i. Gótica de los ú ltim os tie m ­ pos, espaciosa y alta, de una nave, destacan en ella las portadas de traza clásica y las re­ jas de las capillas, que Portada de la parroquia de San Martín lu cen escu dos en SUS coronamientos. En lo alto del cerro que bordean el Guadiana y el Ortigas nos espera el castillo, inmenso y señorial, que por fortuna va a ser salvado, elimi­ nando de su recinto el cementerio, para darle un destino vivo, tras la total restauración, pues se piensa destinar a Museo de la Raza. El importantísimo monumento del último tercio de la Edad Media, sobre los diversos recintos que descienden con sus murallas por la ladera, pone en la cumbre del cerro su gallarda corona de baluartes y almenas, en un emplazamiento estratégico extraordinario, pues la meseta en

tjue asienta sólo es franqueable por un lado, ya que los restantes los forman escarpadas quebraduras. La más vieja y principal puerta mira hacia la población, teniendo luego otras varias en los diversos recintos. Cuadrada y de sillería es la gran torre del homenaje, que data del siglo x iv , siendo redondas la m ayor parte de las que defienden las puer­ tas. De una y otra forma se repiten los baluartes defensivos, com po­ niendo un conjunto recio, inexpugnable, de extraordinaria belleza, cuyos muros tim bran m otivos heráldicos en los que se ven las armas del infante don Sancho, hijo de Alfonso X I y de doña Leonor de Guzmán. Las ruinas que vem os en el interior de los recintos, ya hemos dicho que van a ser reparadas, por lo que cabe esperar que en plazo no lejano este castillo sea un monumento extraordinario, verdadero ejemplar antólógico, digno de parangonarse con los mejores que existen. Descendemos del cerro para cruzar el río y ver desde el ribazo de la otra margen la fortaleza y la villa. A bajo está la plata del Guadiana y arriba el azul de cerámica del cielo de las Vegas. En medio destaca el castillo, señorial y grandioso, bello y evocador, diciéndonos su romance, el m edieval y banderizo, el de la condesa belicosa y el joven conde preso, que nos suena a contrapunto y com plem ento de aquel otro rom an­ ce lejano, dorado y casi legendario, del A nahuac...

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Medellín, el castillo y el río


Alfarería de la Tierra de Barros

V LA TIERRA DE BARROS (ALM ENDRALEJO)

Estamos en otra com arca geográfica, la Tierra de Barros, que presi­ de Alm endralejo, cuyas características son la profundidad y calidades extraordinarias de su suelo, fértil en un grado sin parangón dentro y fuera de Extremadura. Sus gloriosos símbolos tradicionales los repre­ sentan las eras, repletas de mieses; los frondosos olivares; las viñas, exuberantes y lujuriosas, con las parras cargadas de gruesos racimos, y la alfarería, extendida por todos los ámbitos comarcales. La form ación de este suelo es un apasionante misterio de la geología, que obsesiona a los especialistas, porque esta tierra se regenera sola, subiendo por capilaridad a la superficie las riquezas orgánicas y minera­ les que acumularon los desecados fondos pantanosos hace millones de años. En parte alguna rinde el trigo cosechas semejantes, sin regadíos,

441 La torre parroquial de Almendraleio, hito que marca el corazón de la Tierra de Barros


porque aquí no pueden llegar los del Plan de B adajoz, y el régimen que im pera, salvo en reducidas parcelas, es el secan o, en el que hay cereales que llegan a p ro d u cir el cien to por uno. La Tierra de B a ­ rros, ju gosa y calien ­ te, cu y os hij os c o n ­ quistadores llevaron su nombre a rincones de Puerto R ico, Argenti­ na, Perú y Brasil, nos abre b ajo el cielo azul sus rutas luminosas. 1. — La primera avan­ zada santiaguesa. Nos m ovem os a ca­ pricho, sin itinerarios lógicos, por unos cam ­ pos planos, con alguna sierra, que cruza el des­ cendente ferrocarril de Andalucía. A l avanzar, sentim os por vez pri­ mera la influencia po­ derosa de la Orden de Santiago en la B aja Hornachos. Calle y restos del castillo Extrem adura, que su­ je t ó a su au torida d vastísimos dominios, agrupados en la provincia-priorato de San Marcos de León, con sede en Llerena. Los pocos pueblos del partido que no pertenecieron a tal priorato, del que también dependía Almendralejo, estaban sujetos a la casa de Feria, cuyo encumbramiento arranca preci­ samente de la Orden. Encinas o adelfas adornan las cercanías de Palomas — que tradicio­ nalmente edificó sus casas con tapial o adobes— y de Puebla de la Reina — que disfruta fuente con caños y la baña el arroyo del Pilar— , villas que perdieron en nuestra guerra el total de sus tesoros artísticos, aquélla :ncluso la imagen de su patrona, Nuestra Señora de Gracia.

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Hornachos, que asienta en la falda de la sierra de su nombre, es una localidad cargada de recuerdos históricos, que empiezan con su nacimien­ to com o la citania Misóbriga, siguen con el refugio en estos lugares del príncipe San Hermenegildo, perseguido por su padre el rey Leovigildo, y rematan en ser cabeza de encomienda de Santiago. Su núcleo tiene anejos la mina Pino y el balneario de los Remedios (D os Castaños) y Trasierra. Los restos del castillo árabe, reparado en la Reconquista, siguen rematando el cerro con su rota osamenta. A ba jo, dentro de la villa trabajadora, que supo reponerse del colap­ so que causara en las faenas del cam po la expulsión de los abundantes moriscos, le dan belleza el edificio del Pósito, sólida construcción del siglo x v i; el crucero de piedra, frente al ruinoso convento de San Fran­ cisco; las casas solariegas — alguna de gran encanto, com o la que remata su fachada enlucida con recortes de cornisas sobre el balcón y escudo— y la parroquia de la Concepción. Este tem plo, de origen medieval, reconstruido en el siglo x v i, decora su portada gótica con un relieve en mármol de la \irgen. Sobre ella se alza la torre de traza clásica, llena de origi­ nal belleza por los hue­ cos sobre columnas que com ponen su estructu­ ra externa. Tiene la iglesia otra portada m udéjar, con ven tan a de ladrillos. El interior, de tres na­ ves, lo cubre una te­ ch u m bre de m adera, obra de mudejares, for­ mando lacería; pero la gótica capilla m ayor remata en bóveda. El principal adorno lo for­ man los azulejos, que en el friso del presbite­ rio son del siglo XV y en la puerta de la sacristía del Renacimiento. La nota de im por­ tancia se la da a esta parroquia el tener si­ llería de coro, con gran sillón prioral, en el que resalta la cruz de SanHom achos. Torre parroquia!


villa, de dos cuerpos, entre adosadas columnas torsas, con imagen en hor­ nacina bajo pequeño rosetón y sobre la puerta de arco rebajado. Si H inojosa del Valle tan sólo nos puede mostrar su parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles y sus llanuras cerealistas, Ribera del Fres­ no, antaño cabeza de encomienda de Santiago, tiene varias cosas de im portancia que enseñarnos, com enzando por los vestigios de la época romana. Las casas blasonadas adquieren aquí cierta categoría m onu­ mental. Destaca de entre ellas la de Grajera, de puerta y balcón del siglo x v i, bellamente ornamentados al gusto plateresco. La parroquia de Nuestra Señora de Gracia conserva m uy poco de la primitiva estructura gótica, ya que es una reconstrucción del siglo x ix ; en cam bio, la ermita del Cristo de la Misericordia, de ladrillo blanqueado, mantiene toda su originaria fisonomía del x v n . Un pórtico de arcadas rodea la nave por el exterior, en el que destaca la torre, que se alza sobre la puerta principal. El interior, de crucero, con capilla m ayor y camarín, cerrados con bóvedas de cañón y cúpula, se adorna con unos retab los b a rrocos y otros modernizados. Construyóse la er­ mita para rendir culto en ella a la veneradísima imagen que le da nom bre, escultura en tamaño natural de Cris­ to d ifu n to, magnífica talla policromada de la escuela de M ontañés. Recorriendo las ca­ lles de Ribera del Fres­ no, en una casa de apa­ riencia humilde, vemos la siguiente inscripción:

liago, que estaba dcMtinudo n Inrt prinrcn de Sun Marcos de León. Es ello un testim onio de la importancia, dentro de la órbita santiaguesa, de esta villa de H ornachos, en la que vemos varias fuentes, o pilares, com o aquí se denominan, en medio de un caserío que pone la nota pintoresca de su alegría bajo el cerro del castillo y sobre un abierto paisaje. *

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El nombre de Puebla del Prior alude claramente al priorato de San Marcos y denota que la villa fue dependencia santiaguista; pero aún hay más concretos enlaces con la Orden y con la dignidad citada, porque prioral fue su parroquia de San Esteban, a la que están adosados los restos del palacio de los Priores. En el curioso tem plo de altares barrocos ofrecen rudo contraste la nave, con muros en los que interviene el ladrillo y bóvedas de cañón, y la capilla inayor, más antigua, alta, cuadrada y con alm enas, de a u ten tico a sp ecto de fortaleza. P osiblem en te esta capilla m ayor fue parte del aludido y adosado palacio de los Priores, del que en lamentable estado de conservación vem os unos m uros y una porta da , en los que aún se distinguen las con ch as y la cruz de Santiago, el león de San Marcos y el capelo prioral. Santa Marta — que fue señorío de la casa de F eria y tiene ane­ jas las minas de Las C olm enitas y de Los Llanos— , aunque des­ p rov ista p or nuestra con tien da reciente de objetos artísticos, con ­ serva de cierto interés alguna casa hidalga y la portada del templo parroquial, cuya advo­ cación da nombre a la Santa Marta. Portada de la parroquia

En esta casa que ves de aspecto tan miserable, nació el poeta admirable, don Juan Meléndez Valdés.

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Es el primer brote lírico que encontramos en la Tierra de Barros, fecunda no sólo en los fru tos agrícolas, sino también en la inspira­ ción poética. *

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Ribera del Fresno. Casa de Grajera


La más importante loca lid a d del partido, después de Alm endra­ lejo, es Villafranca de los Barros, otra cabeza de encomienda de San­ tiag o. Calles espa cio­ sas, plazas con árboles y amenos paseos fo r­ man h oy un n úcleo alegre y rico, de m ati­ ces h éticos, en el lu­ gar donde el hom bre p re h istó rico d ejó sus hachas y los romanos tuvieron su Perceiana. No hubo, sin embargo, continuidad en la exis­ tencia, pues la p o b la ­ ción tan sólo vuelve a sonar débilmente, tras la Reconquista, com o simple villazgo sujeto a la Orden, con mucha menos importancia que las cercanas y fortifi­ cadas localidades de H ornachos y Fuente del Maestre. En t i e m p o d e Car­ lo s Y , la Villa l a b r a ­ d o r a a lc a n z ó t ítu lo de

Franca, c o m o e x e n t a VUlafranca.de los Barros. Parroquia

de

lo s

s a n tia g u e s e s ,

com p letan d o con ello su n om bre, al que agregaron el de la com arca de los B arros. H oy la villa es ciudad y tiene un extendido caserío, m oderno en su mayor parte, aunque no le faltan los blasones, en las casas solariegas de los nobles linajes de Solís, Jaraquemada, Sánchez-Arjona, Cabeza de Vaca, Peche o Ceballos; unas — tal la del conde de Bagaes— , con la blancura marmórea de las grandes mansiones andaluzas; otras, de sabor extremeño, con forjadas rejas y pétreos escudos. Entre éstas destacan la de los marqueses de la Colonia y la de los Ceballos-Zúñiga. El m onum ento más notable de Villafranca es la iglesia parroquial de Santa María del Valle, que centra el m áxim o interés en la magnífica

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y bellísima portada principal, que ocupa el cuerpo bajo de la torre. Con labra perfecta, una profusa ornamentación de múltiples adornos, escu­ dos y figuras, forma un espléndido ejemplar del gótico florido de tiem po de los Reyes Católicos. El resto del tem plo sufrió varias reconstrucciones, en las que fue perdiendo su carácter, lo que hace que no esté a tono cou la suntuo­ sa portada. Las tres naves descansan sobre pilares redondos. En los muros se abren capillas modernas. La torre está también reconstruida modernamente. Algo de interés aportó una de las reformas, la hecha en el siglo x v i i , pues entonces se puso un gran retablo m ayor, en talla dorada, con esta­ tuas y relieves policrom ados, obra hermosa y tardía del Renacimiento. EÍ otro edificio im portante de la ciudad, centro de gran devoción, es la ermita de Nuestra Señora de la Coronada. A la prim itiva fábrica corresponden los estribos semicilíndricos, los arcos apuntados de la nave y la portada gótica; pero el conjunto actual es la resultante de una am­ plia resta u ra ción del siglo x v i i i . T o d o lo dem ás es en Villafranca nuevo, tanto el hermoso cole­ gio de jesu ítas, en el que se educa la m ayor parte de la ju ven tu d m asculina extrem eña de las clases altas, com o las industrias y el horno eléctrico y tren de laminación de m e­ tales del Plan de B a­ dajoz. Los campos, de extraord in aria fecu n ­ d id a d , m u e v e n una riqueza r e n o v a d o r a , que co n d u ce a co n s ­ tantes tra n sform a cio­ nes. Y así v iv e esta ciudad: con un perma­ nente rejuvenecim ien­ to que envuelve los re­ cuerdos monumentales en la luminosa blancu­ ra de sus calles o de su cuadrada y linda plaza con paseo, com o una Retablo mayor de la parro­ quia de Villafranca de los Barros


sonrisa abierta sobre el abierto paisaje de la Tierra de B arros... *K

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En Nogales encon­ tram os el prim er ba­ luarte de la form idable red de fortalezas que alzaron los Suárez de Figueroa, condes y du­ ques de Feria. Una lápida a testigu a que ordenó la construcción, en 1476, el gran procer don Lorenzo Suárez de Figueroa, primer conde de F e ria , n ie to del maestre de Santiago de igual nombre, de quie­ nes ya hablaremos. E l c a s t illo es un hermoso ejemplar, con puerta de arco apu n ­ tado y un prim er re­ cinto de redondos to ­ rreones en los ángulos, dentro del cual se alza la gran torre cuadrada del homenaje. Villafranca de los Barros. Ermita de la Coronada

C o m o c a s i t o d a s est a s c o n s t r u c c i o n e s , el

castillo está en lo alto. Un poco más abajo, en la meseta, se tiende la villa, de buenas calles y casas blasonadas, cuya parroquia se timbra con las armas heráldicas de sus alu­ didos señores. No es edificio de mérito este tem plo; pero el frente principal tiene cierta gracia y prestancia por las arcadas que lo rematan y sirven de campanario. La puerta de arco conopial que se abre en este lado, se encua­ dra en airoso resalte; la del Evangelio es de m ayor sencillez; en el interior conserva de su construcción primitiva las bóvedas de crucería, y el resto está modificado por com pleto y sin adornos que merezcan mención. Nogales, con los referidos detalles y la sencilla gracia de su caserío, es, sobre tod o, un recuerdo histórico de la gran casa de Feria, recuerdo que se simboliza en la gallardía de su castillo.

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Castillo de Nogales

Localidades labradoras, sin especiales detalles a destacar, que per­ dieron en la reciente contienda los escasos objetos artísticos que poseían, son Corte de Peleas — que conserva algún resto del período rom ano— y Solana de los Barros — que tiene anejas las aldeas de Cortegana y R etam al— , señoríos ambos de la casa de Feria. Semejante en sencillez es Entrín B ajo, que se com pleta com o m unicipio con el barrio de Entrín Alto. Aceuchal es una villa activa, con gran producción de vino y aceite, que fue depeitdencia templaría, cosa que atestigua la torre-fortaleza unida h oy a su parroquia del siglo x v m . Este tem plo, con barroco reta­ blo y buenas imágenes de talla; la iglesia del convento de dominicas, con azulejos sevillanos del siglo x v n ; el A yuntam iento, de auténtico tipismo, y varias casas nobles de indudable encanto, son los exponentes de lo monumental y artístico en la localidad. Las citadas mansiones hidalgas atestiguan el arraigo aquí de una nobleza entre la que sonaron apellidos com o Solís, Becerra o Gutiérrez de Salamanca. Pero lo originalísimo que en Aceuchal se encuentra y que visitamos con verdadera curiosidad y gran detenim iento, es el Museo Taurino, un museo abierto al público, con perfecta instalación y gran cantidad de objetos, trofeos y recuerdos, form ado por su propietaria, la escritora y gran aficionada a los toros doña María de la Hiz Flores de Pérez Alonso,

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conocid a por el seud ónim o de « M ith i/ flo i» , I I c a to os único en E x t r e m a ­ d u ra y con m casfM ino» precedente* orí E s p a ñ a , y a que, a p a rte alg u n a colección p r iv a d a , com o talen muscos la u rin o s público s sólo e x iste n los de M a d rid y V a le n c ia .

Cabezas de toros, capotes y trajes de toreros, entradas y carteles de la fiesta nacional, banderillas y estoques, todo cuanto, en fin, se rela­ cione con la tauromaquia y tenga cierto valor histórico o anecdótico, se guarda aquí y lo contem plam os durante nuestra visita, que es com o algo aparte e inesperado, com o si las tierras extremeñas quisieran probarnos que en ellas se puede encontrar absolutamente todo, hasta lo que menos pueda sospecharse: un Museo Taurino. *

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En Villalba de los Barros vuelven a aparecer los Suárez de Figueroa, que antes de ser condes de Feria eran ya señores de esta localidad. Fue el maestre don Lorenzo el constructor del castillo, de más aspecto arquitectónico señorial que guerrero, principalmente por la decoración, obra indudable de moriscos. De su primer recinto apenas conserva unos trozos rotos y' desm ocha­ dos; el segundo es un rectángulo de airosa construcción, con destacadas torres semicilíndricas de distinto diámetro. Desde la meseta de la no m uy elevada colina, el castillo preside la vida de la villa, que asienta en la vertiente y en torno a él, tuvo un Nogales. Vista desde el castillo

convento franciscano, con el título de Montevirgcn, y tiene la parroquia de la Concepción, del siglo xv i, reformada lu^go, con muros de sillares y bóvedas de crucería. Tres casas hidalgas ennoblecen sus ámbitos, ostentante una de ellas en su escudo este arrogante lema: «M orir y ser degollados y no vivir deshonrados.» Es un eco caballeresco de tantos com o resuenan en estos campos que han sido para nosotros la primera avanzada santiaguesa que nos sale al paso en la Baja Extrem adura. 2. — El triunfo de los Barros. Alm endralejo, capital de la Tierra de Barros, no enlaza con los dól­ menes y restos prehistóricos de sus cercanías, entre los que sobresale el gran yacim iento arqueológico de la Vega del Arnina. En 1340 de­ claróse aldea de Mérida la que en la anterior centuria fundaran vinos labradores emeritenses en lugar poblado de almendros. Fue luego ca­ beza de encomienda de Santiago, y Carlos V la hizo villa exenta, arran­ cando de ahí el engrandecimiento de la que hoy es ciudad y no tiene por delante en la provincia, en vecindario, más que la capital, Mérida y Don Benito. Es éste el resultado del enlace entre el trabajo y la ubérrima Tierra de Barros, que aquí alcanza su triunfo de riqueza y fecundidad. En Alm endralejo, que asienta en un llano, destacando sobre el amplio caserío la gallarda torre parroquial, vem os en grande lo que en otros lugares del distrito vim os en más pequeño: las almazaras y las bodegas. Aceuchal. Museo Taurino


La aceituna, que se cosecha en cantidades enorm es, se tra n sfor­ ma en las m odern as instalaciones industria­ les en selectos aceites, co m p le ta n d o el ciclo de explotación las refi­ nerías y las fábricas de orujo y de ja bón . Tiene además la aceituna de verdeo, que se exporta aliñada, para el consu­ m o d irecto, y es una a u té n tic a fu en te de divisas-'en el mercado extranjero. El vino no es la tan Castillo de Villalba de los Barros c o r r ie n t e in d u s tr ia , más o m enos casera, sino la elaboración de caldos de marca, para la exportación, fabricados con todos los adelantos de la técnica. Los espléndidos racimos de las viñas se transforman en productos en los que el azúcar de los mostos da perfec­ tas graduaciones y alcoholes excelentes, que invaden todos los mercados. Las bodegas, que tienen gran empaque, con sus enormes conos, sus cubas y sus botellas de etiqueta, se visitan un p oco al estilo de las de Jerez, catando los vinos. El enlace del olivo y la vid ha sido la base fundam ental del engran­ decimiento de Alm endralejo, que cuenta tam bién con una enorme p rodu c­ ción cerealista. Ello le permite llevar en todo un ritmo vibrante y em pren­ der nuevas mejoras, tal com o la presa en el Guadajira, para aumentar el abastecimiento de agua, que im porta once millones de pesetas. Otras varias industrias existen en la localidad, mereciendo citarse com o típica la fabricación de caramelos. H ay en el ambiente ese tono cordial y feliz que brinda la abundancia, matizado de poesía, porque aquí nacieron dos grandes predilectos de las musas, el poeta José de Espronceda y la poetisa Carolina Coronado, cuyos nombres llevan dos locales de espectáculos. Las actividades culturales las centra hoy la Biblioteca Municipal, con buenos fondos y perfectam ente instalada en el A yuntam iento. *

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Su pujanza le ha perm itido a Alm endralejo superar las adversidades. Desgraciadamente, cuanto contenía la nave de su parroquia de Nuestra Señora de la Purificación y San Pedro, incluido el soberbio retablo

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mayor, fue pasto de las llamas en nuestra gue­ rra; pero tod o ha sido su stitu id o con derro­ che y lu jo , borra n do con nuevos retablos y con p in tu ra s en los muros el aspecto deso­ lador que dejara el in­ ce n d io . Para ello se reunieron rápida y v o ­ luntariam ente ca n ti­ dades de siete cifras, y com o al final aún fal­ tase algo, se gravó con u n os c é n tim o s cada arroba de uva que en­ tra ra en la c iu d a d , ju n tá n d o s e así unas 500.000 pesetas, detalle que habla claramente de la enorm e riqueza vinícola. No olvidem os que la p ro v in cia de B a d a jo z es la cuarta de España en produc­ ció n de v in o , y que esta zona representa el más elevado tanto por ciento en el conjunto provincial. La p a rte externa de d ic h a p a rroq u ia , que acusa un origen del siglo XVI, se tim Faenas de la industria vinícola en Almendralejo bra con la cruz de San­ tiago y con el águila de Carlos V , que adorna uno de los estribos co ­ ronados con pináculos y gárgolas. B ajo el imperial m otivo heráldico, ju n to a la fecha de la construcción en 1539, se ve en letras capitales la siguiente estrofa: CON ESTAS ARMAS VENCIDOS MOROS, TURCOS, LUTERANOS, AL YUGO DE LOS CRISTIANOS FUERON TODOS SOMETIDOS.

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E l e d ificio , e s b e l­ to, de alta y hermosa torre de p u ro estilo herreriano, tiene tres buenas p ortadas, su­ perando a la p rin ci­ pal, gótica, abierta en­ tre c o lu m n illa s con pináculos, las laterales p la teresca s. La de la Epístola se decora con flores y fru tos en las pilastras, m edallones, ángeles tocando laúdes y el sim bólico lirio de la Virgen; la del E van­ gelio, de a d orn os se­ mejantes, tiene, entre otros detalles, cabezas de carneros, calaveras y un calvario en alto relieve. E l p erd id o y h er­ m oso re ta b lo , del si­ glo x v i i , lo re a liz a ­ ron Salvador Muñoz y Francisco Morata, v e ­ cinos de Mérida y Z a­ fra, re sp ectiv a m en te, actuando en la dora y esto fa d o el sevillan o Lázaro de Pantoja. El interior del tem ­ plo, de una nave alta Una portada de la parroquia y ga llard a, de cin co tramos de arcos apun­ tados sobre pilastras del R enacim iento, está, según dijim os, rejuvene­ cido en pinturas y retablos, con alarde de lu jo y riqueza.

De los conventos que hubo en Alm endralejo perdura el de monjas de Santa Clara, que fue antes ermita y se reform ó en el siglo x v m con un legado de don Juan Francisco de Bolaños. Es un edificio de escasas pretensiones monumentales, de blasonada puerta e iglesia de una nave,

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de tres tram os de bóvedas, con cúpula en la capilla m ayor, ornamentada con retablo barroco. De entre las ermitas de la población destaca, por el profundo fervor, la de la patrona, Nuestra Señora de la Piedad, espaciosa y bien cuidada, de blancos muros y linda nave y camarín, tod o con sello reciente. En honor de esta Virgen se celebran en agosto grandes fiestas con el esplen­ dor y derroche que la riqueza de la ciudad sabe imprimir a todos sus actos. Como lógica consecuencia del elevado tono económ ico de Almendralejo, nobles linajes alzaron aquí casas solariegas con la categoría de palacios señoriales. Destacan de entre ellas la de los marqueses de la Colonia, con rejas en los huecos de sus dos pisos y escudo en la esquina; la de los Flores, marqueses de la Encom ienda, con amplio patio; la de los condes de la Oliva, tim brada con las armas de Golfín y Cerda; la do una rama del apellido N ieto, cuya blanca fachada remata en resalto el b la só n fa m ilia r, y la de los m arqueses de Monsalud. E ste últim o p ala­ cio, situado en la pla­ za de la Parroquia, es un ejem plar interesan­ tísim o , en el que el escudo del ángulo se envuelve en lujosa o r­ n am entación barroca que enlaza con los co ­ ronam ientos y recu a­ dros de los dos b alco­ nes próxim os. H u b o en este edi­ ficio una im p o rta n te c o le cc ió n de o b je to s a rq u e o ló g ico s , reu n i­ dos por su erudito pro­ p ietario a fines de la pasada centuria y co ­ mienzos de la presente. Por desgracia, se des­ hizo a la m uerte sin nucesión del co le cc io ­ n ista , r e s ta n d o tan sólo hoy algunas inte­ resantes piedras rom a­ nas y visigodas em poCuitu del marqués dr lu Colonia


tradas en los m uros del corral del palacio. Los patios, que no suelen faltar en estas nobles mansiones, son en Alm endralejo, com o en casi toda la p rovin ­ cia de B a d a jo z , bien distintos de los recios y esbeltos de Cáceres o T ru jillo, porque de una parte los modifica la menor altura de los edificios y de otra los muros b lanqu eados y la frecuente interven­ ción del mármol —aun­ que m u ch o s te n g a n columnas de granito—, com o consecuencia de la abundancia de calizas marmóreas en la zona extrem eña al sur del Guadiana. Ello no quie­ re decir que carezcan de belleza, sino que su encanto representa otra modalidad diferente. V ie jo ed ificio que también tiene interés, es la antigua cárcel, cons­ truida en el siglo x v m , de ladrillo blanqueado, Palacio de Monsalud con huecos en recuadros y adornada puerta. Después, prescindiendo ya de detalles monumentales, nos dedica­ mos a ver la ciudad actual, amplia, de anchas y rectas calles, con plazas y paseos adornados por el verdor de árboles y plantas, con los aludidos edificios de la industria y los locales de espectáculos — teatros, cines, plaza de toros— , con todo el ya repetido ritm o de su prosperidad. Un indudable sabor tradicional le prestan a la fisonomía urbana los blancos muros de las casas y las rejas salientes, rasgadas hasta el suelo, que com ponen un conjunto de cierta influencia andaluza, m uy com ún en las localidades de la Baja Extrem adura y que aquí casi se puede decir que tiene su más genuina expresión.

Tras el recorrido, nos disponemos a seguir nuestras rutas, a través de esos cam pos en cuyas eras repletas de mieses, aunque invadidas la m ayor parte de ellas por modernas mecanizaciones, no se han borrado del todo las estampas tradicionales de los gañanes que avientan paja y grano. R um bo a otro partido, dejam os atrás Alm endralejo, alegre y blanco, testim onio viv o del triunfo de esta Tierra de Barros, abierta y fecunda, que rinde el ciento por uno...

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Era en la Tierra de Barros


«... la tierra que se divisa desde el castillo de Feria»

vi LA PODEROSA CASA DE FERIA (Z A F R A )

Lo dice la copla, reflejando una realidad geográfica que evoca el poderío de un linaje: ¡Madrecita, quién tuviera la tierra que se divisa desde el castillo de Feria!

Como a su hom ónim o el Médicis florentino, al gran procer extremeño Lorenzo Suárez de Figueroa, primer conde de Feria, se le puede llamar Lorenzo el Magnífico. T u vo por antecedente a su abuelo de igual nombre, maestre de Santiago, que asentó las bases del engrandecim iento, culm i­ nado en el nieto, de la poderosa casa de Feria, que im pone sobre los ámbitos del distrito de Zafra el recuerdo de su grandeza.

459 El castillo de Feria, símbolo guerrero de la poderosa casa


A quí ya el suelo, en general, salvo los manchones de Barros, no es hondo y jugoso, sino duro y esquivo, para vencerle en constante lucha. Derivaciones de la orografía Mariánica, que alcanzan sus m ayores altu­ ras en sierra Vieja y en la de los Santos, dan diversos relieves al amplio secano, en el que impera la encina, alternando con los cereales, la viña y el olivar. En los llanos emerge la piedra pizarrosa; en la sierra, la caliza marmórea. Dos puntos centran com plementariamente el recuerdo de los Suárez de Figueroa: Feria, que es el castillo, lo guerrero, y Zafra, que es el alcá­ zar, lo señorial. 1 .— El castillo. El castillo de Feria, más o menos lejano, nos vigila en nuestro avan­ ce y nos atrae hacia su cumbre; pero queremos ir primero a otros pun­ tos, tales com o La Morera, un pueblo pequeño en el que se alza una iglesia de buenas proporciones, con tres puertas de piedra labrada, y La Parra, otra localidad semejante, nacida al amparo del desaparecido cas­ tillo tem p la rio, cu ya p arroqu ia es un esti­ mable ejemplar gótico, de tres naves, con p or­ tadas sencillas y gár­ golas en los estribos. En las cerca n ía s, la e rm ita de San Juan conserva una rom áni­ ca imagen de alabastro p o licro m a d o , que re ­ presenta al titu lar, y un ara rom an a que sirve de pila de agua bendita. Ambas locali­ dades fu eron , com o tantas otras, señoríos de la casa de Feria. Nos detenemos des­ pués en la v illa de Fuente del M aestre, otro recuerdo del p ode­ roso linaje, porque fue el abuelo, don Lorenzo Suárez de F igu eroa, elevado al maestrazgo de Santiago en 1387, Fuente del Maestre. Retablo mayor de la parroquia

qxiien le dio el apelativo, cam bian­ do el que le dieran los árabes, que la llam aron Fuente Romiel. Él mismo procer concedióle escu­ do, con la venera de la Orden, una cruz de brazos iguales entre dos estrellas, una fuente y un león em ­ pinado, envuelto todo por bordura con seis conchas y una luna. La que fue cabeza de e n co ­ m ienda de S an tiago y m urada villa, con cuatro puertas, de lo que aún hay vestigios, tu vo tam ­ bién matices nobiliarios, porque ilustres linajes edificaron aquí sus solares. Catorce casas con escudos vemos por sus calles, recordándo­ nos nobles estirpes y título com o el m arquesado de Lorenzana. En la parroquia de la Cande­ laria, gótica, de manipostería, con detalles del Renacim iento y torre morisca de ladrillo, com probam os la existencia de partes que pueden datar del siglo x v , siendo el resto y su fisonom ía general del x v i. El frente im portante, el del lado de la Epístola, que corona calada crestería de granito, tiene pinácu­ los en los estribos, ventanas gótiFuente del Maestre. Portada cas, con pétreas celosías de bella de la sacristía de la parroquia labor, y portada de dos cuerpos, en la que destaca la cruz de Santiago. La puerta principal la bordean puntas de diamante; la del Evangelio, que remata con hornacina, bolas. El interior del tem plo, de una nave, con bóvedas de crucería, es amplio y se decora con hermoso retablo m ayor barroco, de talla dorada. Las imágenes de los intercolum nios, góticas, pertenecientes a un reta­ blo anterior, están policrom adas. Tras la hornacina central de la parte alta se encuentra el camarín del Cristo. El calado barandal del coro, los otros retablos, tam bién barrocos; la escalera de caracol y la gótica pila de bautism o son detalles de interés que vem os en esta iglesia, en la que aún divisamos otro rincón más bello: la plateresca portada de la sacristía. Entre los finos m otivos ornamentales que la decoran figuran el escudo papal y el del priorato de San Marcos, con el león y la cruz de Santiago.

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En el v ie jo convento de la calle de San P ed ro, destinado hoy a otros menesteres, aún p o ­ demos con tem plar la portada, del siglo x m o del x iv ; la galería m udejar y la capilla, del x v n , con una nave y cúpula. En nuestro recorrido vemos, fuera de la v illa , la cruz so ­ bre columna de mármol, erigida por Pedro Alonso Zam brano en 1590; dentro, el convento de San Francisco, del siglo x v i, de la­ drillo encalado; el ruinoso de los jesuitas, cuya portada adorna el escudo real de los B orbones; la casa gótica del maestre de San­ tiago, en la plaza, que tiene de­ lante la hermosa fuente llamada del Corro, y el Ayuntam iento, del x v i, con reformas, tim brado con las armas de los Austrias. * * * Y a no queremos demorar el ir al castillo que simboliza el po­ derío guerrero de los Suárez de Figueroa. La villa que no fue n¡ puede ser otra cosa que el com ­ plemento indispensable de la for­ taleza, tiene el orgullo de haber dado a condes y duques su nom ­ bre de Feria. Ellos le dieron a ca m b io, por armas heráldicas, las cinco hojas de higuera de los Figueroas, que tim bran casti­ llos, iglesias, conventos y pala­ cios de tantas loca lida des, al­ tern a n do m uchas veces con el cuartelado escudo — primero y cuarto, mano alada con espada; segundo y tercero, un león— de los M anuel, d escen d ien tes del infante de este nom bre, hijo de

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Fernando 1ÍI el Santo, apellido de la esposa del prim er co n d e de Feria. Los más salientes edificios de la villa son el sencillo y blasonado Ayuntam iento y la pa­ rroqu ia de San B a r­ to lo m é , de cu adrad a torre y de una nave, cu bierta con bóvedas de crucería, que puede datar de fines del si­ glo x v o p r in c ip io s del x v i. U na de las portadas de este tem ­ plo, que tiene induda­ ble empaque, se ador­ na con tallos, hojas, flores, cen tau ros, leo­ nes, aves fantásticas y h o rn a cin a c o n im a ­ gen, com p on ien d o un c o n ju n to b e llo y de interés. E l ca s tillo , en lo alto, es un hito señero de h istoria . En 1241 ganó a los moros este baluarte el maestre de Portada de la parroquia de Feria S an tiago don P ed ro G óm ez M en g o; p ero era otro bien distinto, porque el actual fue obra del primer conde de Feria, a quien concediera Enrique IV en 1460 el condado, convertido por Felipe II, en 1567, en ducado para el quinto conde, don Góm ez Suá­ rez de Figueroa. Lorenzo el Magnífico, soberbio prerrenacentista, rico y poderoso, puso en sus vastos territorios la afirmación de su grandeza, hermanando los conceptos de defensa y señorío. El alcázar-fortaleza de Zafra tenía una com plementaria red de baluartes, que aseguraba los dominios, for­ mada por los castillos de Nogales, Benquerencia, Villalba de los Barros y Los A rcos, presididos por este de Feria. Los h oy deteriorados recintos se agarran a las rocas del cerro, con las torres redondas de su línea defensiva y la central mole cuadrada, altísima

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e im ponente, <le la del hom enaje. Muros de mampoHtoria, ventanas góticas y blasones, venciendo «'1 dolor del abandono, ho, empeñan en mantener firme una bella grandeza del siglo x v , en la cum bre desde la que se divisan tantos castillos, tierras y pueblos que fueron de la gran casa, la más im portante de toda Extrem adura, que tom ó nombre de esta pequeña, campesina e histórica villa de Feria. 2 . — En torno al alcázar. Rondando a Zafra, pasamos por los pueblos de La Lapa, otro señorío de los Ferias — que nos brinda la curiosa originalidad de su parroquia y el recuerdo de haber estado aquí San Pedro de Alcántara— , y Alconera, consagrada a la activa explotación de sus canteras de mármol, de tan buena calidad com o los mejores de Italia. Burguillos del Cerro, que tiene un hom ónim o en el Perú, vuelve a darnos el tono histórico con un pasado de cuevas primitivas, hachas de piedra y restos rom anos y visigodos. Aquí estamos fuera de la órbita de los Suárez de Figueroa, porque la villa fue señorío de templarios y de doña Beatriz, hija de Pedro I y doña María de Padilla, pasando luego a las casas ducales de Béjar y Benavente. Sobre la colina destaca el castillo, de fisonomía de la Reconquista, casi cuadrado, de dos recintos, que conserva ventanas geminadas y las alme­ nas en la m ayor parte de sus torres, cuadradas unas y redondas otras. Su silueta, a la vez señorial y guerrera, se recorta com o una evocación bajo el cielo claro y sobre las rocas oscuras de la cum bre, casi intacta la pureza de su encanto. Parroquia de La Lapa


Castillo de Burguillos del Cerro

Entre la fortaleza y la villa, la ruinosa pa­ rroquia de Santa María de la Encina nos ofrece com o detalle de gran interés su capilla m a­ yor, de aspecto guerre­ ro, auténtico baluarte d e s t a c a d o , que aún conserva ventanales y aspilleras. T a m b ién reina el a b a n d o n o en la que fue parroquia de San Juan, en la que lo más curioso es la sepultura de A lfonso Fernández Vargas, señor de Bur­ guillos, con estatua y a ­ cen te y este cu rio so mote heráldico: « Olla que mucho fe r v ió , su sabor perdió.» La p a rroq u ia a c ­ tual, que lleva unidos los nombres de las dos anteriores, Santa Ma­ ría de la Encina y San Juan , es una buena fábrica del siglo x v m , con gallarda torre de cuatro cuerpos y por­ tada de m á rm ol. Su construcción dio lugar a numerosas disputas entre los sacerdotes de las dos antiguas fe li­ gresías; pero al fin fue construida e inaugura­ da, en la form a que a testigu a una lápida que vem os sobre la Burguillos del Cerro. Vista desde el castillo

puerta principal, que se abre entre columnas de orden com puesto, en el cuerpo b ajo de la torre. Dice así: MARIA JOSEFA ALFONSO PIMENTEL CONDESA DE BENAVENTE CONSAGRO ESTE TEMPLO A HONRA DE LA VIRGEN MARIA Y BENEFICIO DE SU AMADO PUEBLO DE BURGUILLOS AÑO DE 1795.

Una im portante curiosidad de Burguillos es el paraje en el que en la época visigoda existió un pueblo llam ado Yanises, en el cual hubo una basílica dedicada a la Santa Cruz, de la que por desgracia sólo se con ­ servan vestigios. Pero el encanto m ayor que nos ofrece la localidad, en con jun to, prescindiendo de detalles monumentales, es la contem plación de la villa desde la fortaleza, blancos hasta los muros de su parroquia, co n sus calles largas, enfiladas hacia la quie­ tud de los cam pos... * * * En nuestras rutas, los estados de la casa de Feria se m ezclan con las dependencias de la Orden de Santia­ go, a la que estuvieron sujetas otras localida­ des del d is trito . Una de ellas es Los Santos de Maimona, cabeza de encom ienda, que vivió antes y en la época ro ­ mana. En un llano, al pie de la sierra, per­ didos el castillo y el palacio de los santiaguistas, nos ofrece el contraste de la m oder­ na fábrica de cem ento del Plan de B adajoz, las casas b la son a d a s — entre las que destaPortada de la parroquia de los Santos de Maimona


can la de los condes de Casa Henestrosa y la de los Rodríguez de Sanabria— , la parroquia de Nuestra Señora de los Santos y las minas de carbón, pues tam bién hay en Extrem adura alguna cuenca carbonífera. Estas minas de Los Santos rendirán en el futuro 3.500 toneladas de car­ bón al mes. La dicha parroquia es un im portante m onum ento gótico, de principios del siglo x v i, con bellos detalles del Renacim iento. La portada princi­ pal, abierta al pie de la torre con gárgolas, es una lindísima jo y a plate­ resca, que luce decorado lujoso y rico en los varios cuerpos, embellecido con pilastras, capiteles con querubines, escudos de la Orden de San­ tiago — cruz, león de San Marcos y conchas del A póstol— , medallones, hornacinas y el águila de Carlos Y . La portada del Evangelio es tam bién plateresca, aunque más senci­ lla; la de la Epístola, del siglo, x v m . El interior, de tres naves, con bóvedas de crucería sobre monolíticas columnas de granito, form a un hermoso conjunto en el que se colocaron, com o mejores detalles, un altar barroco y el m ayor, que tiene pinturas de la escuela de Murillo. V em os luego la ermita de Nuestra Señora de la Estrella, a la que pasó el que posiblem ente fue antiguo retablo de la parroquia, de pintadas tablas de estilo italiano, del siglo x v i. Es éste un tem plo de cierto em pa­ que, blanco, lum inoso, con portada de mármol, pórtico de arquería e interior de tres naves sobre pilastras. Aparte de lo artístico m encionado y de la inolvidable portada princi­ pal de la parroquia, Los Santos de Maimona es, sobre tod o, una villa flore­ ciente, con un casco urbano grande y bien atendido. *

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Los Santos de Maimona. Ermita de Nuestra Señora de la Estrella

lies viejos son tam bién la torre de ladrillo y la portada de columnas de mármol, con cruz de Santiago y hornacina, así com o las lápidas sepulcra­ les que en el suelo del tem plo recuerdan a los hidalgos que alzaron las casas blasonadas de la villa: a los Corderos, Montanos* Garcías, Cocas, T oros... El término de Puebla de Sancho Pérez se enriquece con el balneario del Raposo, de fama en la cura de afecciones reumáticas, que tiene la curiosidad de no tratarse de una fuente con cuyas aguas se dispongan las inmersiones, sino de unos lodos, que son en los que se bañan los enfermos.

Puebla de Sancho Pérez, tam bién cabeza de encomienda de Santiago, sufrió en nuestra guerra el deterioro de su más característico m onum en­ to: el curioso Vía Crucis de piedra del camino de la ermita de Santa María de Belén, distante del pueblo un kilóm etro. Su cruz principal fue destruida y las otras quedaron dañadas; pero se espera que una recons­ trucción le devuelva su carácter. La citada ermita de Belén, en paraje delicioso — aquí las huertas alternan con los cereales— , es un enjalbegado edificio del siglo x v m , de indudable encanto. La barroca portada de frontón ondulante da acceso por una escalinata a un gran patio de tres lados de claustro, en cuyo fondo está el tem plo, de una nave, con capilla m ayor y camarín. Una mal entendida piedad, com o en tantos casos, cubre con ropas la poli­ crom ada imagen de alabastro, de fines del siglo x v . Encontram os el pintoresco encanto de la ermita, superior al mérito de la parroquia de Santa Lucía, reconstruida, que conserva de su origi­ naria fábrica gótica la capilla m ayor y las columnas de las naves. Deta-

Medina de las Torres, otra cabeza de encomienda santiaguesa, es nuestro últim o paso hacia el alcázar. Del dom inio de la Orden pasó com o ducado al conde-duque de Olivares y luego a la casa de Osuna. Sobre los cam pos de olivos y encinas, en los que se encontraron estatuas romanas y en los que se ve la ermita del Santísimo Cristo del Hum illadero, se alza el cerro que sirve de asiento a los restos del castillo de origen árabe, reform ado en el últim o tercio de la Edad Media. T uvo diversos recintos y puertas flanqueadas por torres, enmarcándose en ladrillo los huecos abiertos en los muros de manipostería. El lamentable

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Medina de las Torres. Restos del castillo

abandono ha dejado aún en pie elementos arquitectónicos que nos ha­ blan de su grandeza, entre ellos las gallardas torres redondas, que se alzan al cielo com o muñones truncados y carcom idos. El adorno de la villa son las casas hidalgas, en general, del siglo x v n , tal com o la de los Cardos, y la parroquia de Santa María del Camino, de capilla m ayor ojival, portadas platerescas y torre neoclásica, lo que denotan elementos que abarcan del x v i al x v m . En ella termina nuestro recorrido en torno a la ciudad que fue sede y alcázar de la poderosa e ilustre casa de Feria. 3. —-E l alcázar.

de Guzmán el Bueno y del arzobispo de Toledo, pasando en el reinado de Enrique III a los Suárez de Figueroa, a la entonces naciente casa de Feria. De aquí arranca tod o el esplendor de la ciudad linda y luminosa, a la que llaman Sevilla la Chica. T u vo Zafra viejas tradiciones artesanas, tales com o los plateros, los fabricantes de velones y calderas y especialmente la fabricación de guan­ tes, alcanzando todo esto su m ayor esplendor en el siglo x v i. A quí nacieron los escritores Cristóbal de Mesa y García de la Huerta, y Juan Coles, com pañero de Soto en la expedición a Florida, e historia­ dor de la aventura. Asentada en un llano, frente a las sierras de San Cristóbal y el Cas­ tellar, la privilegiada situación sobre rutas naturales fue base para man­ tener el auge de la ciudad, que es h oy im portante nudo ferroviario en el que la línea descendente se bifurca para seguir por Llerena a Sevilla, por Fregenal de la Sierra a H uelva y por Burguillos a Jerez de los Caballeros. Testim onio viv o de que Zafra es la obra cum bre de Lorenzo el Mag­ nífico, nos lo ofrecen las numerosas lápidas que vam os leyendo. Una de 1442, que estuvo en las murallas, dice: « Esta villa suya mandó cercar el noble caballero Lorenzo Suárez de Figueroa-»; en otra de 1437, consta: «Se comentó este Alcázar por mandado del noble caballero Lorenzo Suárez de Figueroa» ; otra de 1443, insiste: « Este A lcafar que mandó fazer el noble caballero Lorenzo de Figueroa.» Su padre, don Gómez Suárez de Figueroa, hijo del maestre de San­ tiago, fue el que com pró Zafra al rey. Las murallas, que existieron desde la dom inación mahometana, las rehizo por com pleto, según consta en una de las inscripciones copiadas, el primer conde de Feria, en la fecha referida; pero la ciudad, al crecer, rom pió su cinturón y h oy no quedan de ellas más que dos puertas dcsliguradas, que se llaman del Cubo y de Jerez. H ubo dos más, las de Sevi­ lla y Los Santos, y dos portillos, que se denom inaron del Niño y Puerta Nueva, abiertos en el siglo x v n , durante la guerra con Portugal. Lo poco que subsiste en pie es insuficiente para darnos idea de lo que debió de ser la línea defensiva de Zafra. * * *

I

Zafra — en cuyas cercanías vem os la graciosa y blanca ermita de Nuestra Señora de Belén— es, ante tod o, el alcázar de Lorenzo el Magní­ fico, que, com o un príncipe del Renacim iento, tuvo su corte en la for­ tificada mansión a la que no se llama castillo ni palacio, sino eso: alcázar. Si esta ciudad era o no la Segeda Restituía Julia de Plinio, no es posible afirmarlo, aunque los naturales de aquí se llamen segedanos. Los árabes tuvieron un castillo que, tras la Reconquista en tiempo de Alfonso I X y Fernando III , fue feudo de la reina doña María de Molina,

El alcázar, palacio fortificado, es la más im portante de tales construc­ ciones en Extrem adura. De planta cuadrada, con torres cilíndricus o semicilíndricas en los ángulos, en los lienzos y flanqueando la puerta; con el alm enaje de cuerpos prismáticos cuadrangulares, coronados por pirámides, y con su enorme torre redonda del hom enaje, com puso un extraordinario conjunto señorial y guerrero. Aún hoy tiene empaque m onum ental, pese a la arquería adicionada, a la reforma de diversos detalles, tal com o la puerta, y a la pérdida de un primer recinto, que debió de unirle con la muralla de la ciudad.

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En el interior se abre un suntuoso patio con claus­ tro, de gran belleza y magnífica traza, que se supone construido en el siglo x v i por el arquitecto de El E sco­ rial, Juan de Herrera. T od o él es de mármol blanco, fina­ mente labrado, así com o la fuente del centro, que vierte sobre un pilón poligonal los surtidores que brotan de un remate esférico. La escalera principal arranca de un ángulo del claus­ tro, habiendo otras secundarias más al interior, sobre la cual vemos una de las lápidas referidas y los escudos de los Suárez de Figueroa y de los Manuel. Cámaras, salones y dependencias ofrecen a nuestra contem plación su grandeza suntuosa, que aún m antie­ nen la monumental chimenea o el rico artesonado. R in ­ cones auténticamente deslumbrantes son las estancias de la planta b aja, que recuerdan las de los alcázares sevillanos; la capilla, maravilloso conjunto decorativo, con cúpula goticom udéjar, capaz por sí sola de glorifi­ car el recuerdo de Lorenzo el Magnífico, y la Sala D o ­ rada, con riquísimo artesonado, en la que los adornos

Zafra. Vista desde el alcázar

alternan con los m otivos heráldicos de los Figueroas, form ando un conjunto de asombrosa riqueza. Fue este alcázar la digna y regia morada de condes y duques, que aquí recibieron com o huéspedes al cardenal Mendoza, al marqués de Santillana, a don Juan de A us­ tria... Por desgracia, del marco grandioso han desapare­ cido todos los com plem entos de muebles, tapices, cuadros y lámparas. La casa de Feria se incorporó a la de Medinaceli, que h oy posee el edificio, sin residir en él desde hace m ucho tiem po. *

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Adosado al alcázar está el convento de Santa Mari­ na, cerrando lo que fue plaza de armas, que tu vo su acceErmita de Belén


so por la interesante puerta llamada del A cebuche. El edificio, que es una casa-palacio de tres plantas, hízose en 1601, por disposición testam enta­ ria de doña Margarita H arintón, amiga íntima de la duquesa de Feria, sobre otro fundado en 1521. En su iglesia, de severa portada de traza clásica, con una nave y tribuna en la parte unida al alcázar, reposa en artístico enterram iento la referida dama. Su estatua orante, de márm ol blanco, con rasgos de juvenil belleza en el rostro y continente de gran señora, es una im portante y anónima escultura, debida acaso a un artis­ ta italiano. * * * Recorrem os Zafra, por calles alegres, paseos con árboles y plazas llenas de encanto. Dos de éstas forman el más atrayente rincón, porque son dos plazas juntas, una grande y otra chica — así las llaman— , ambas con arcadas sobre columnas. En la primera se congregaban antaño los mercaderes que acudían a las ferias, famosas siempre, pues en la actua­ lidad su feria de ganados de com ienzos de octubre es una de las más im portantes de Extrem adura y de España. R om pe el trazado de las arquerías de la plaza Grande la fachada neoclásica del A yuntam iento, del siglo x v i i i , con pilastras toscanas en el piso b ajo y jónicas en el principal, cuyos ventanales con rejas coro­ nan frontones. Sus muros se timbran con el viejo escudo de Zafra, en cuyos cuarteles campean la jarra de azucenas de la Virgen y un castillo sobre rocas. En la plaza Chica, que es rectagidar y sirvió para corridas de toros, las columnas tienen grabadas curiosos modelos de medidas e inscripcio­ nes com o la siguiente: «E l año de 1720 bajo el pan a quarto.» El alcázar

Aquí vem os una típica casa m udéjar y el hermoso y blanco edificio de la cárcel, armonioso, con todas sus ventanas cerradas con hierros. En esta plaza se establece durante el verano el clásico y abundante mercado de melones y sandías. * * * En los ámbitos de esta ciudad alegre y bética, en la que hay mucho de gracia andaluza — no en vano la llaman Sevilla la Chica— vam os des­ cubriendo m onum entos, la m ayor parte ligados a los Ferias. Otros no, com o las casas con blasones que se salpican entre las nuevas, en las que no falta alguna geminada ventana morisca y en las que sus armas nos dicen ser los solares de Mendozas, Tejadas o Dazas. La casa de estos últimos es auténticamente un palacio, de notable portada de mármol, con columnas, entablam ento, balcón y pilastras jónicas. Su interior lo realza hermosísimo patio de claustro en las dos plantas, tam bién de mármol, con ojos de buey entre los arcos del cuerpo inferior. M otivo trad icion a l y práctico que encon­ tram os en Zafra son los pilares, o fuentes públicas, que h ay va ­ rios, p eq u eñ os unos y con gran em paque otros. La toponim ia urba­ na de calles y plazas, superando nuevos bau­ tismos no arraigados, es típ ica m en te evoca­ d ora , p o rq u e en ella se m ezclan con nom ­ bres de san tos, otros de clasicismo tradicio­ nal, tales co m o B oti­ ca, C errajeros, P ilar R e d o n d o , Pasteleros, Cesterías, Maestranza, Tinajeros, Huertecillos de la Cera, Garrotera, M a ta d e ro y F u e n te Grande. Tras respirar la sana alegría de estas calles y plazas, seguimos la l’ atio del alcázar


visita de los ed ificios monumentales.

La p arroq u ia , que fue colegiata de Nues­ tra Señora de la Can­ delaria, es otro testi­ monio de la grandeza de los Suárez de Figue­ roa, sus patronos, p or­ que este tem p lo tu vo abad m itrado, algo así com o si los Ferias, a la regia usanza, tuviesen para ca p ellán m a y o r un obispo. El tem plo, construido a costa de los ilustres proceres en 1546 y tim b ra d o con sus armas, presenta la cu riosid a d de m a n te­ nerse en la línea del g ó ­ tico, que ya casi no se empleaba en tal fecha. R e a lm e n te fu e una obra realizada con pre­ cipitación, al arruinar­ se la anterior p a rro ­ quia, lo que e x p lica que no esté a tono con su rango de colegiata, Techo de la Sala Dorada del alcázar ni con los otros tem ­ plos de la ciudad. La portada principal es posterior, de traza herreriana, con columnas m onolíticas y hornacinas con estatuillas. La torre de ladrillo tiene su principal mérito en la altura. A l interior, de una nave, con retablo del siglo XVII, de buena talla, con salomónicas columnas, están unidas varias capillas. En todas ellas y en la sacristía hay retablos, algunos de mérito, siendo los principales el barroco de Nuestra Señora de Valvanera, talla­ do por José de Churriguera, y otro más im portante aún, que tiene nue­ ve lienzos de Zurbarán. No son estos cuadros com o los de Guadalupe, ni por valor representativo, ni por el estado de conservación; pero forman el único conjunto del gran artista que existe en la Baja Extrem adura, en la que vino al mundo y de la que el general francés Soult se llevó

476 Plaza Chic*


cuantos liení oh tuyos pudo descubrir, puei» era un ferviente admirador de Zurbarán, para desgracia del tesoro artístico extremeño. Entre los distintos ob jeto» «le mérito que conserva la iglesia, repara­ mos en el relicario <]ue guarda la cabeza de San Ciro mártir, regalada por el papa Paulo V al conde de Feria. Unida a la parroquia encontram os la iglesia de San José, que es un tem plo reducido y de buena traza, del siglo x v n , con dorado retablo barroco sobre zócalo de mármol. Por un pintoresco patio, que conserva al fondo arcadas en dos pisos, llegamos al pórtico de acceso al hospital de San Miguel, luego asilo de ancianos, que tiene un m arcado carácter morisco. Fundóle doña María Cecilia Rodríguez de Arenzana; pero la fundación fue hecha sobre otra anterior, y no estuvo ajeno a la influencia de la casa de Feria, porque en sus muros vem os las armas de Figueroa y Manuel. Desfigurado el conjunto y detalles, lo más viejo que conserva es una portada de marca­ do carácter medieval, que pudo ser construida en el siglo x v . La hospedería de San Francisco, del siglo x v m , con pétrea portada de graciosas líneas y la corona ducal de Feria, subsiste dentro de la ciudad; por el contrario, del convento franciscano, fundado en las afueras por el segundo conde, don Gómez Suárez de Figueroa, en 1480, no queda sino la alta y aislada torre de cu a tro cu er­ p os, en los que inter­ vienen los sillares, la m anipostería y el la ­ d rillo, q ue es p o s t e ­ rior, del siglo x v i, con adiciones. La iglesia del co n ­ v e n to de m on ja s de Santa Catalina, funda­ do en 1500 p or doña Inés de Santa Paula, es un tem plo reducido y pobre, de una nave, en el que solam ente encontram os digno de m ención la techumbre de m a d era al m o d o morisco.

La m ism a cita d a dam a, fu n d ad ora del anterior convento, dejó bienes para que se al­ zase el del R o sa rio , Cárcel

fondos que fueron engrosados en 1528 con los cpie donara doña María Manuel y Suárez de Figueroa, condesa de Modollín. Construyóse fuera del recinto m urado, frente a la puerta del Cubo. El convento es un edificio sin im portancia; pero no así la iglesia de sillería, cuya traza y ventanas denotan ser obra de los finales del gótico. El interior, de tres naves sobre columnas, con bóvedas de crucería, tiene diversas capillas y un camarín con pinturas del siglo x v i. Aquí nos postram os a las plan­ tas de la milagrosa y veneradísima imagen del Cristo del Rosario, talla policrom ada en la que el Señor, de tam año más que natural, aparece m uerto, clavado en la cruz. Zafra rinde fervoroso culto a esta imagen, que es una buena obra de arte de la escuela de Montañés. D el hospital de Santiago, fundación del segundo conde de Feria, el detalle artístico e im portante es la bella portada gótica de granito, de rico y profuso decorado, que luce en el fondo de un hueco de arco conocipial una Anunciación pintada al fresco, de estilo italiano del R enaci­ m iento. Un patio de blanqueados muros, con arquería en ambas plantas, form a un delicioso rincón de sabor m onástico en el interior de este hospital. * * * El últim o y evocador punto de nuestro recorrido es el convento de monjas de Santa Clara, el gran relicario de la casa de Feria. Lo fundaron en el siglo XV los padres de Lorenzo el Magnífico, don Gómez Suárez de Figueroa y doña Elvira Laso de Mendoza. Una hija de éstos, doña Isabel, fue la primera abadesa. Pilar


La a d v o ca ció n de N u e stra S e ñ o ra del V alle la debe a una im agen de a la ba stro del siglo x v n , que aquí se venera y que dicen fue encontrada al abrir los cim ientos del edifi­ cio, entre los restos de una iglesia anterior, posiblem ente morisca. En el altar m ayor, con su correspondiente ca ­ m arín detrás, recibe culto la interesante es­ cultura, que representa a la Virgen en pie con el Niño descansando so­ bre el brazo izquierdo. Una primera puer­ ta gótica y otra de m e­ dio punto, que se tim ­ bran con las hojas de higuera de los Suárez de Figueroa, dan acce­ so al patio de arcadas, al fo n d o del cual se alza el p ó rtico de la iglesia, reconstruida en el siglo x v n . Él co n v e n to , que Puerta del hospital de Santiago sigue habitado por las m onjas, es un con jun to de deliciosos rincones llenos de paz y arte. Patios en los que las flores brindan su colorido y fragancia, se rodean de colum ­ nas de mármol o de arcos de ladrillo, que forman deliciosos claustros. En este m undo quieto y soñado, las celosías ponen su nota de misterio, inviolables hasta para la luz, dejando filtrarse por ellas no más que el susurro de rezos y surtidores. La iglesia, de una nave, con crucero y bóvedas de lunetas, conserva de su época de origen la gótica capilla m ayor, con bóveda nervada. Las pilastras llevan por capiteles unas fajas en las que están esculpidas las heráldicas hojas de higuera de los Figueroas. Las diversas capillas son fundación y recuerdo del linaje. El retablo m ayor, del siglo x v n , es una buena talla con columnas salomónicas e imágenes, en cuya hornacina central se venera la Virgen

Una calle


del Valle. Los retablos de los o tro s altares del tem plo, dedicados a San Juan Bautista, San C rispín, la V ir ­ gen de los D olores y San Juan Evangelista, son t o d o s b a r r o c o s , del x v m , realizados p or los artistas José Reniz Osorio y Felipe Durán Zapata. En la paz inefable de esta iglesia d uer­ men el sueño eterno m iem bros destacados de la poderosa casa de Feria, entre ellos L o ­ renzo el Magnífico. Su estatua yacente y la de su esposa, rem ovidas del prim itivo emplaza­ m iento, aparecen hoy coloca d as en posición vertical, en el lado iz­ quierdo del presbiteiio. Con m anto sobre la ar­ madura, luciendo afili­ granado collar, vemos al ca b a llero insigne con esta inscripción en su tum ba: « A quí yace el M ag­ nífico Señor Don LorenPatio del hospital de Santiago zo Suarez de Figueroa, prim er conde de Feria, Señor de la casa de Villalba, del Consejo del R ey Nuestro Señor. Falleció en esta villa de Zafra mediado agosto, año del Señor de mil y cuatrocientos y setenta y un años.»

Junto a él está la e s p o s a , d o ñ a M aría M anuel, con un rosa­ rio en las m anos, vis­ tien do am plio rop a je de anchas mangas, con toca y velo. Su epitafio dice así: «.Post tenebras, spero lucem. A quí está la magnífica Señora doña M aría Manuel, prim e­ ra condesa de F e ria , que D ios haya. F a lle­ ció en esta v illa de Zafra, a dos de jun io, año del Señor de mil y cuatrocientos...» No podemos saber el año exacto de la muer­ te de la n oble dam a, p orq u e la in scripción no está com pleta. Próxim o al enterra­ m iento de los primeros co n d e s, se en cu en tra el de don García Laso, herm ano de L oren zo, en un h u eco en arco abierto en el muro del Portada del monasterio de Santa Clara Evangelio de la capilla m ayor. La escultura yacente de alabastro representa al caballero, vestida la gótica armadura, con birrete, la espada sobre el pecho y un lebrel a los pies. En el coro de las m onjas descansan los padres de Lorenzo y García, los fundadores, a los que evoca esta lápida:

A uténtico señor feudal, poderoso e independiente, murió cuando iba a iniciarse el reinado de los Reyes Católicos y el engrandecimiento del imperio español; cuando tipos com o el suyo no cabrían ya en los nuevos conceptos de organizaciones estatales.

«E ste es el monasterio de Santa M aría del Valle, de la Orden de Santa Clara de observancia el cual dotaron los muy magníficos señores así en vida como en sangre Gómez Suárez de Figueroa y doña Elvira Laso de Mendoza, cuyos cuerpos huelgan en medio del coro de las religiosas, el qual principiaron liazer en el año de nuestro Salvador Jesucristo de mil e quatrocientos e veinte e ocho años.»

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En la capilla de San José, que se abre en el la d o de la E p ís to la , están en terrad os los segu n dos d uqu es de F e r ia , d o n L o r e n z o Suárez de Figueroa y d oñ a Isa b e l de M en­ doza, que la fundaron en 1607. T odavía en el coro cop iam os dos lápidas m ás, b a jo las cuales y a cen sepultadas dos d am a s de la ilu s tr e e stirp e, herm anas de Lorenzo el Magnífico, que sobre su n obleza pusieron las virtu des de una vida de renun­ ciación. Éstos son sus epitafios:

reparamos en ellos, porque es más fuerte e impresionante el recuerdo evocador y obsesivo de la esclarecida y poderosa casa de Feria. Nos sentimos aquí viviendo entre la familia, con damas que brillaron en la corte o que se consum ieron en la clausura, con caballeros de espada al cinto y coronas de conde o duque, con la señorial magnificencia y el casi regio y deslumbrante poderío de L orenzo... Unas voces suaves y deliciosas que resuenan en el coro, nos haccn volver a la realidad. El m undo que recuerdan las letras góticas de lo» epitafios se fue para siempre. Las m onjitas, en su convento de sabor de siglos, velan desde las for­ jadas rejas el sueño de la poderosa casa de Feria. Fuera están la luz y la alegría, Zafra y los castillos, pueblos y territorios de los extintos seño­ ríos; dentro, las estatuas yacentes, la paz y estas m onjas, rezando y rezando, siglo tras siglo, por aquellos poderosos que ayer hicieron la his­ toria y h oy son un p oco de p olvo en el olvido frío de unos sepulcros...

«E n esta sepultura esta la señora doña Isa ­ bel de Figueroa hija de los muy magníficos se­ ñores don Gómez Suá­ rez de Figueroa y doña Elvira Laso de M endo­ za, fu e la primera aba­ desa del monasterio, y fuélo veinte años y dejó santa doctrina.» «E n esta sepultura está la señora doña T e­ resa de Figueroa, hija de los muy magníficos señores D. Gómez Suárez de Figueroa y doña Elvira de Mendoza. Fué la segunda abadesa deste mo­ nasterio y fuélo I X años y dexo grande exemplo y doctrinas.»

Estatuas sepulcrales de Lorenzo el Magnífico y su esposa

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Estatua sepulcral de García Laso de la Vega

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Aunque vem os luego tallas, cuadros, relicarios y la sillería del coro, todos los objetos que representa la em oción estética del arte, casi no

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Paisaje de Fuente del Arco

VII SAN MARCOS DE LEÓN (LLERENA)

Estamos en el corazón de la gran provincia de la Orden de Santiago, que se llam ó de San Marcos de León y tu vo su diócesis-priorato en Llcrena. Form ada a raíz de la Reconquista, por la parte activa que en ella tom aron los santiagueses, fue el gran desquite de la pérdida de Cáceres, la plaza en la que había nacido la Orden, que el rey reconquistador no quiso que volviese a poder de ella. Los vastos dominios, con mucha* importantes encomiendas, se extendían no sólo en este partido, h í i i o tam bién en los de Alm endralejo, Fregenal, Fuente de Cantos, Mérida y Zafra, amén del de M ontánchez, en la Alta Extremadura. El paisaje tiene fuerza y encanto en algunos puntos del partido, cuyo suelo está form ado por llanos pizarrosos y sierras de calizas marmórea*.

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La ca/.n, la encina, el alcornoque y lu jara non abundante», alternando con los clásicos cereales, todo b ajo un signo general de secano y sobre un conjunto recio, matizado en lus localidades por la blancura de la cal, que no en vano el sector es fronterizo a Andalucía y manda algunas de sus aguas al Guadalquivir.

blo» en In cercana contienda, lo» resto» rom ano» prueban nu viejo origen, Lo monumental contorva uquí una representación auténtica, en la parro­ quia de la Concepción, cuya torre ju »liílca plenamente el apelativo de la villa. El tem plo en »í e» secundario; lo importantísim o cm la alta y mara­ villosa torre goticoinudéjar de ladrillo, originalmente decorada, m onu­ mento capital en su estilo, dentro de Extremadura. Higuera de Llerena, en llano; Maguillu, sobre desigual suelo pizarroso — con sus barrios de Los H itos y Mira del R ío— , y Berlanga, en buena tierra de labor, sufrieron el huracán de nuestra guerra, que se llevó sus patrim onios artísticos. Quedaron por ello desmanteladas lan parro­ quias de las dos primeras localidades referidas — de Nuestra Sefiora del Valle y de Gracia— , así com o la de Berlanga — de igual devoción que la última citada— y sus varias ermitas, pues ésta es una localidad im por­ tante, que estuvo ligada por señorío a la casa de Alba.

1. — En tom o al priorato. Avanzando desde el Norte, se nos ofrecen al paso unos pueblos em i­ nentemente campesinos. Tal sucede con Retam al, que destaca en el verde opaco de jaras y encinas, y con Campillo de Llerena, que aún conserva el viejo caserón de los com endadores de Santiago. Pero no se piense por lo dicho que estas localidades viven en tono apagado, porque, en general, casi todas las de la Baja Extrem adura tienen un ritm o activo. En Cam­ pillo nos lo prueba su remozada calle de San Bartolom é y las diver­ sas obras actualmente emprendidas. T al es ta m bién el caso de Llera, peque­ ña villa situada en un valle, que nos ofrece el contraste de un pasado que dio su n om bre a una loca lid a d m ejica­ na y el futuro que ha de brindarle la m oder­ na fá b rica de sém ola del Plan de B adajoz. Valencia de las T o ­ rres, a orillas de un a rro llo , nos m uestra com o sus detalles m e­ jores los restos del v ie ­ jo castillo, la huerta de Agua del Pinar y la in­ teresante pila de bau ­ tism o de su parroquia de la Asunción. En Granja de Torrehermosa, que tiene aneja la aldea de Los R ubios y perdió reta-

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Azuaga, cabeza de encomienda santiaguista, es una villa de vieja historia, a la que las hachas de piedra llevan a lo prehistórico y en la que los de R om a tuvie­ ron el M unicipium Julium. Fue incorporada a los reinos cristianos en 1236, p or el famoso m aestre de S an tiago Pelay Pérez Correa, el auténtico creador de la provincia de San Mar­ cos de León. No escapó ta m p o co de las enor­ mes pérdidas de la gue­ rra, que la p riva ron de retablos, cuadros y sillería de co ro ; pero conserva un monumen­ to de e x tra o rd in a rio interés, su parroquia de Nuestra Señora de la Consolación, del g ó ­ tico florido, que es el tem plo más im portan­ te de toda la B aja E x ­ tremadura, después de la catedral de B adajoz. La portada princi­ pal, que se abre en la

Granja de Torrehermosa. Torre parroquial

Azuaga. Portada de la parroquia

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parte baja de la torre de sillería, con sta de cinco cu erpos con di­ versos y finos adornos, en los que destacan estatuas, imágenes, p i­ náculos, arquería, co ­ lum nas sa lo m ó n ica s, m énsulas, b a lcón con antepecho, ventana de parteluz y em blem as de la Orden de Santia­ go y de la Virgen. La p o rta d a de la Epístola, tam bién im ­ p o rta n te , está b e lla ­ m ente orn a m en ta d a ; la del Evangelio es un e s p lé n d id o e je m p la r gótico. En el interior, mag­ n ífico, de tres naves sobre pilares de face­ tas convexas, la labra de la piedra, los azu­ lejos, mudéjares o del Renacim iento, y la pila bautismal, de vidriado barro verde, ponen en Torce parroqu ial de A zu aga distintos sitios su nota de buen gusto. Sobre el conjunto del tem plo destaca la ya aludida torre, con una encantadora plenitud de reciedumbre y belleza. No im portante, aunque sí estimable, es la iglesia conventual de Nues­ tra Señora de la Merced, que conserva la portada de m ampostería y ladri­ llo enjalbegado, obra de mudéjares, con arco de herradura, flanqueada por estribos semicilíndricos, que tienen aspecto de torre de fortaleza. En el caserío de esta villa amplia, que se acerca a los 20.000 habitan­ tes, no faltan los escudos, ni las ventanas, geminadas o goticom udéjares, de ladrillo y con azulejos, en medio de la dom inante blancura de muros, lógica en un punto tenido por caluroso hasta en las coplas populares: „

Azuaga. Convento del Cristo del Humilladero

¡Válgame Dios, qué calor! En la sombra estoy sudando, ¿cóm o estará mi moreno en Azuaga, segando?

El problem a de Azuaga, la villa populosa y rica, es el agua, que hoy se gestiona activam ente su traída, con un proyecto que im porta más de diez millones de pesetas. En el hermoso castillo y alcazaba árabe, de planta de hexágono y torretas semicilíndricas, al que agregaron los reconquistadores una torre central de piedra, fue elegido maestre de Santiago, en 1477, don Alonso de Cárdenas, el vencedor de los portugueses en la batalla de La Albuera, cerca de Mérida, en tiem po de los Reyes Católicos. Por desgracia, la más com pleta ruina impera en este castillo, en el que lo que sigue en pie es incapaz de darnos una idea del m onum ento pasado. Tiene la villa, en su aneja aldea de La Cardenchosa, otra iglesia, la de Nuestra Señora de la Paz, que si en conjunto no resulta im portante, sí lo es en el concreto detalle de la portada goticoinudéjar, de ladrillo, del siglo x v o x v i. Dentro de Azuaga aún nos recrea la contem plación del tem plo del Cristo del H um illadero, con su estructura blanca y alegre, de sabor dieciochesco. * * *

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La pérdida de objetos de arte alcanzó tam bién a Malcocinado — que se hizo exento en el siglo x ix , tras de haber sido una dependencia de viñas y olivares de Guadalcanal— , y a Valverde de Llerena, cuyas calles atraviesa un arroyuelo. Fuente del A rco, que tom ó nom bre de la fuente de tal forma que tenía en su plaza, resalta su tipismo sobre un paisaje de serranía caliza, que se ofrece a la contem plación en toda su belleza desde la torrecilla o pequeña atalaya que se eleva en cerro próxim o. Reina, la Regina de los de R om a, se prestigia con los restos de un teatro rom ano y con los de una posible basílica visigoda, h oy ermita con columnas de tal época, emplazada dentro del castillo. La fortaleza es un magnífico ejem plar de alcazaba árabe, que, con sus muros de tapial y sus torres octógonas y cuadradas, corona la mese­ ta del m ontecillo que domina la villa. La im portancia que la localidad tu vo en el período islámico, lo refleja la curiosa lápida funeraria de márm ol del tiem po alm ohade, encontrada aquí, que h oy está en el Museo A rqueológico Nacional, bajo la que reposó un Guazir, hijo de Am ir, fallecido el 19 de agosto de 1152 de nuestra Era. En Trasierra y en Casas de Reina — la última con sus construcciones de Barrionuevo— contem plam os las parroquias del siglo xvx, con tallas y cuadros del x v n . Ahillones, que tiene un hom ónim o en el Perú y destaca en una llanu­ ra totalm ente desprevista de árboles y matas, perdió en la guerra todos los adornos de la parroquia de los Rem edios y de la ermita del Cristo. Reina

Term inamos el recorrido en Villagarcía de la Torre, de la que com ien­ zan las noticias en la época árabe. El pueblo llega con sus casas al medie­ val castillo, que asienta en la meseta sus dos recintos, el segundo de los cuales impresiona por la elevación y reciedumbre de las murallas y de los destacantes torreones redondos y cuadrados. En la gran torre rec­ tangular de esta im portante construcción guerrera, que puede datar del siglo x i i i , una lápida de m ármol ostenta escudo con rótulo que dice ser las armas de don Luis Ponce de León. La parroquia de Nuestra Señora de Araceli, de portada clásica, apoya sus naves de bóvedas de crucería sobre lisas columnas toscanas. En este tem plo de fines del siglo x v i, duerme el sueño eterno el carde­ nal Martínez Silíceo, catedrático en París y Salamanca, maestro de Feli­ pe II y arzobispo de Toledo, hijo ilustre de la localidad. De la capilla por él fundada para enterramiento, han desplazado inexplicablem ente la her­ mosa y marmórea estatua orante, que recuerda el estilo de los Leonis. Con su contem plación nos despedimos de los alrededores de la sede del priorato, para ir a la ciudad que fue cabeza de él, a esa Llerena acoge­ dora que nos espera con la ofrenda de sus recuerdos y de su alegría.

2. — Diócesis y maestrazgo. Al pie de la sierra de San Miguel, desde la que se divisan vastos horizontes, en una llanura de buena tierra, nació en tiempos lejanos esta Llerena que h oy vem os radiante de luz y vida, con plazas en las Castillo de Villagarcía de la Torre


I,ii pérdida de ob jeto» <l«* arte alcanzó lamhién a M alcocinad» — que se hi/,o exento en el »iglo X I X , tra» de h a b e r nido una dependencia de viñas y olivares de Guudnlcanal— , y a Valverde de Llerena, cuyas calles atraviesa un arroyuelo. Fuente del A rco, que tom ó nom bre de la fuente de tal form a que tenia en su plaza, resalta su tipismo sobre un paisaje de serranía caliza, que se ofrece a la contem plación en toda su belleza desde la torrecilla o pequeña atalaya que se eleva en cerro próxim o. Reina, la Regina de los de R om a, se prestigia con los restos de un teatro rom ano y con los de una posible basílica visigoda, h oy ermita con columnas de tal época, emplazada dentro del castillo. La fortaleza es un magnífico ejem plar de alcazaba árabe, que, con sus muros de tapial y sus torres octógonas y cuadradas, corona la mese­ ta del m ontecillo que domina la villa. La im portancia que la localidad tu vo en el período islámico, lo refleja la curiosa lápida funeraria de mármol del tiem po alinohade, encontrada aquí, que hoy está en el Museo Arqueológico N acional, b ajo la que reposó un Guazir, hijo de Amir, fallecido el 19 de agosto de 1152 de nuestra Era. En Trasierra y en Casas de Reina — la última con sus construcciones de Barrionuevo— contem plam os las parroquias del siglo x v i, con tallas y cuadros del x v n . Ahillones, que tiene un hom ónim o en el Perú y destaca en una llanu­ ra totalm ente desprevista de árboles y matas, perdió en la guerra todos los adornos de la parroquia de los Remedios y de la ermita del Cristo. Reina

Terminam os el recorrido en Villagarcía de la Torre, de la que com ien­ zan las notician en la /'poca árabe. MI pueblo llega con »u» cana» al medie­ val castillo, que asienta en la meieta »u» don recintos, el segundo de lo» cuales impresiona por la elevación y reciedumbre de las murallas y de los destacantes torreones redondos y cuadrados. En la gran torre rec­ tangular de esta importante construcción guerrera, que puede datar del siglo xrii, una lápida de mármol ostenta escudo con rótulo que dice ser las armas de don Luis Ponce de León. La parroquia de Nuestra Señora de Araceli, de portada clásica, apoya sus naves de bóvedas de crucería sobre lisas columnas toscanas. En este tem plo de fines del siglo x v i, duerme el sueño eterno el carde­ nal Martínez Silíceo, catedrático en París y Salamanca, maestro de Feli­ pe II y arzobispo de Toledo, hijo ilustre de la localidad. De la capilla por él fundada para enterramiento, han desplazado inexplicablem ente la her­ mosa y marmórea estatua orante, que recuerda el estilo de los Leonis. Con su contem plación nos despedimos de los alrededores de la sede del priorato, para ir a la ciudad que fue cabeza de él, a esa Llerena acoge­ dora que nos espera con la ofrenda de sus recuerdos y de su alegría.

2. — Diócesis y maestrazgo. Al pie de la sierra de San Miguel, desde la que se divisan vastos horizontes, en una llanura de buena tierra, nació en tiem pos lejano» esta Llerena que hoy vem os radiante de luz y vida, con plazas en la» Castillo de Villagarcía de la Torre


que ríen las fuentes, entre los m uros d es­ lumbrantes de cal. Su p rim itiv a h istoria se d e sd ib u ja y sólo c o ­ bra perfiles vigorosos y magníficos después de la R econquista. Lo an­ terior, pese a m encio­ narse co m o p osibles p oblad ores a celtas o cartagineses, queda en su m a y o r p a r te e n ­ v u e lto en n ebu losas más legen darias que históricas. Ganada a los moros por la Orden de San­ tiago, el cuarto maes­ tre de ella, Pelay Pérez C orrea, tan e n tra ñ a ­ b lem en te u n id o a la historia de la Baja E x ­ trem ad u ra , hizo a la que luego tendría títu ­ lo de ciudad, residencia maestral, com enzando con ello el en gran de­ cim iento. Más tarde se erigió en diócesis, con el título de priorato de San M arcos de León, a b a rca n d o su órb ita Llerena. Plaza M ayor los ya m e n c io n a d o s am plísim os dom inios en las dos Extremaduras. En Llerena reunió Cortes A lfonso X I y estuvo presa su favorita, doña Leonor de Guzmán, madre de Enrique II, perse­ guida por Pedro I, el hijo legítimo de su entonces ya difunto amante. En la guerra de la Independencia Llerena tu vo en sus inmediaciones, en Cantaelgallo, una batalla, el 10 de agosto de 1810, y se defendió he­ roicamente de los franceses en 1811, sin que ello evitase un duro saqueo. Lo que representa Alcántara en la A lta Extrem adura, lo fue Llerena en la B aja, com o sede ambas de las dos grandes Órdenes extremeñas, con el com plem ento en la última de haberlo sido tam bién de la Santa Inquisición regional.

Las murallas de to ­ rres cuadradas pueden seguirse aún entre las casas que las rom pie­ ron y desb ord aron al crecer esta p o b la ció n de calles y plazas en las que la gracia blan­ ca de lo meridional se engarza en el ton o aus­ tero de lo caballeres­ co. El tapial de origen árabe, el lad rillo y el p eq u eñ o a p a r e jo de piedra forman las casi perdidas defensas, de cuyas puertas conserva com o más m on u m en ­ tal la de Montemolín, tim brado el prim itivo arco de ladrillo con las armas de Felipe II. Los trozos m ejor conservados de las mu­ rallas están cerca del p a la cio in q u isito ria l, del que las reform as modificadoras sólo res­ petaron, de la prim iti­ va traza del siglo x v i, un trozo de porta da , con finas m olduras y hojarascas; un pilar y una ménsula. En el inPuerta de Montemolín te rio r con te m p la m o s dos patios, uno de columnas de orden toscano y molduras de rocíes, y otro morisco de arcos de herradura sobre pilares octógonos. Los viejos artesonados nos hacen pensar, entre tantas cosas cambiadas, en los sucesos ocurridos b ajo ellos, sobre todo en aquella secta herética de los «alu m ­ brados», tan extendida en Extrem adura, que con sus inmorales prácti­ cas religiosas tanto diera que hacer a la Inquisición. La guerra reciente pasó por esta ciudad con daño tan grande, que no sólo retablos, lienzos y tallas fueron destruidos, sino hasta su veneradísima patrona, Nuestra Señora de la Granada, arcaica escultura del siglo x i i i . Queda el templo, hermosísimo, que fue matriz de la diócesis*

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priorato. De su prim itiva fábrica del m edievo conserva, a más de una capilla en el muro sur, la im portante portada principal de granito, con la pátina que le dieron los siglos corridos desde que se construyó en el x i i i . Sus dos cuerpos, en los que destacan ventanas geminadas, cor­ nisa de canecillos, medallones heráldicos, emblema del priorato, festones y archivoltas severas y elegantes, son un espléndido exponente del arte ojival primario y del gusto decorativo que empezaba a desarrollarse. La fisonomía exterior del tem plo, original e interesante, en la que los elementos arquitectónicos van de los siglos x v i al x v m , la com pletan, entre otros detalles, estribos redondos, de estilo herreriano; portadas barrocas, escudos de la Orden, de España y de Llerena — una fuente entre dos encinas— y las airosas y lindísimas arquerías, que sirvieron para que el público presenciase los autos de fe y las corridas de toros, que se celebraban en esta plaza. D oble serie de arcadas blancas y finas, con barandal de hierro y remate de balaustrada y pináculos, forman un alegre y bello conjunto que contrasta hermosamente con el oscuro granito de blasones, portada barroca, estribos y ventanas que bajo ellas se incrustan. Por encima destaca la torre rectangular, altiva y gallarda, de un gracioso barroco, en la que juegan arcos, bolas y caladas torrecillas con copulines por remate. El interior, de tres naves sobre pilares de orden toscano, que perdió, según dijim os, sus adornos, había perdido antes su carácter en una gene­ ral reforma. Tan sólo conserva de la prim itiva traza ojival la capilla de San Juan, con sus bóvedas de crucería, rejas, azulejos y escalera de cara­ col en el grueso del m uro, de d o­ ble trazado en espiral, que perm i­ te subir por una parte y bajar por la otra. El maestre don Lorenzo Suá­ rez de Figueroa m andó hacer la hoy m odificada capilla de la Tri­ nidad, para dar culto en ella a un grupo escu ltórico de alabastro, del siglo x i i i , m onum ento icon o­ gráfico de primer orden, destruido también. Las pinturas de Zurbarán que hubo en este tem plo han salido de él, entre ellas, una puerta de sa­ grario, que se conserva en el M u­ seo P rovin cia l de B a d a jo z. Tan sólo h ay aquí un cru cifijo que realmente no es del artista, sino de su taller. Puerta de la parroquia de Nuestra Señora de la Granada

En la citada capilla de San Juan reposa bajo larga inscripción el ya m en cion ado es­ critor Luis de Zapata, hijo ilustre de esta ciu­ dad, que también fue cuna del cronista Cieza de León y de Juan del Pozo, el que fabricó el reloj de la Giralda de S evilla . D e la p arte intern a de la ca p illa d im os ya referen cia . El exterior, que corres­ ponde a la puerta de la Epístola, es un bello ejem plar de fines del gótico, que conserva es­ tribos, pináculos, p or­ che, cam panil, m eda­ llones, balaustradas y escudo de mármol. *

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La p a r r o q u ia de Santiago y San Pedro, que fu n d ara en el si­ glo x v el maestre don Alonso de Cárdenas, se ha salvado de m odifi­ caciones y ofrece su en­ canto ojival, con finos Arquería y torre de la parroquia estribos, bella portada de Nuestra Señora de la Granada e interior de una nave — victim a también del saqueo— , tim brado todo con las armas del fun­ dador. Del enterramiento de éste y de su esposa se conservan, rem o­ vidas de su sitio y puestas en pie, las bellas estatuas yacentes, en las que el caballero aparece armado, con m anto en el que resalta la venera santiaguesa y espada cu yo puño ostenta los dos lobos pasantes del escu­ do de los Cárdenas. Por las calles y las plazas, adornadas con fuentes, llenas de sol y de nuevos edificios, en esta ciudad a la que no le falta teatro, plaza de toros ni biblioteca, encontramos aún el palacio episcopal, de portada

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gótica, que se timbra co n las arm as de la O rden y del p riora to — cruz y león, b ajo ca­ pelo— ; el convento de la Concepción, del si­ glo x v n , de m anipos­ tería y ladrillo, cuya p o rta d a d ecora n los escudos de los Austrias y de la Merced, y las blasonadas casas n obi­ liarias que nos hablan con el empaque de al­ gunas de ellas, 110 de simples hidalgos, sino de a u t é n t ic o s s e ñ o ­ res, de apellidos com o M on tero de Espinosa o Zam brano y de tí­ tulos com o los conda­ dos de la Corte y de R ojas. M uy p ocos restos se conservan de la que fue herm osa y p la te ­ resca m ansión del ci­ tado escritor Luis de Z a p a ta , de la que él m ism o d ijo c|ue era «el m ejor p alacio de caballero». P o c o queda ta m ­ bién de los conventos, que fueron ocho, cuatro de frailes y cuatro de monjas, y de las ermitas antiguas, ya que las existentes están modernizadas. La más típica de ellas es la de San Miguel, que se alza en lo alto de la sierra de su nombre. Fuera del casco urbano vem os el cuartel de tiem po de Carlos Til, con portada de ladrillo, pilastras resaltadas de orden toscano y escudo real; los más o menos lejanos núcleos, considerados h oy barrios, de Cantaelgallo y Los Molinos, y la interesante cruz de San A ntón, de 1583, con relieve de la Piedad. Desde el sitio que llaman Piedras Baratas se nos ofrece en agrada­ ble perspectiva la población, que cada año se agita alegremente en sep­ tiembre con sus clásicas ferias, más animadas que ganaderas.

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Mucha pérdida y muchos cambios hubo, indudablem ente, en Lle­ rena; pero la ley de com pensaciones le deparó una prosperidad que hace olvidar lo pasado. Y a no es la Inquisición o el priorato, sino unas calles, plazas y paseos llenos de vida, que crecen y se m ultiplican, animados por la aludida gracia de matices andaluces, que parece com o si subiese por las aguas que algunos sectores de su distrito mandan al Guadalqui­ vir. Sin em bargo, no se olvidan estos vecinos del alto rango y de las glo­ rias de su solar, que esgrimen en esta vieja copla frente a la capital de la provincia, orgullosos de su gran recuerdo histórico: Llerena, con ser ciudad, vale más que Badajoz: Llerena tiene la Orden de San Marcos de León.

La cruz de San Anión

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Bienvenida. Casa señorial

VIII

BAJO EL SIGNO DE TENTUDIA (FUENTE DE CANTOS)

D icen que aquí floreció el milagro medieval y guerrero, que en este distrito de Fuente de Cantos detuvo el curso del Sol el famoso maestre de Santiago Pelay Pérez Correa, para tener tiem po de ganar una bata­ lla a los moros, invocando la ayuda divina con esta frase: «Señor, mi Dios, ten tu día.» La sierra en que esto pasaba llamóse de Tudia; el monasterio alzado en el lugar del suceso, de Tentudia. N o im porta si los siglos dañaron hondam ente el sagrado recinto m onacal; lo cierto es que sigue en pie, con su arte y su historia, sim boli­ zando este distrito, que es el com plem ento del de Llerena en el recuerdo del poderío santiagués y el com pendio de la más fuerte evocación del citado Pelay, el Cid de la Baja Extrem adura.

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Si en el paisaje <lel partido no existe unidad, por los contrastes de llanos y sierras, en la arquitectura podem os encontrarla por el triunfo casi absoluto del ladrillo y la cal, form ando aquél con su rojo viejo torres y templos, y cubriendo ésta con su blancura hasta los muros de las más hermosas casas nobiliarias.

1. — Llano y sierra. Por encima de la cabeza del partido se reparten las localidades so­ bre campos en los que predomina la llanura del suelo, en parte hondo y de barros, en el que el secano, con algún pequeño huerto regado con agua subterránea, nos ofrece en el avance la serenidad de sus abiertas perspectivas. Bienvenida, que fue cabeza de encomienda de Santiago, a la pérdida de retablos sumó el acuchillamiento de los lienzos del siglo x v n del mayor de la parroquia de Santa María de los Angeles. Dos de las tres portadas de este templo del x v i son de ladrillo, representando la parte más artística la del lado de la Epís­ tola, de rica labra, pla­ teresca, que aparece encuadrada en un con ­ junto arquitectónico de columnas, entablamen­ to de frisos decorados con caballos marinos y hom bres susten tan do conchas, e imágenes o bustos de Santiago, San Pedro, San Pablo y la Coronación de la V ir­ gen. La elevada torre de lad rillo, de cuatro cuerpos, con ventanas, molduras, arcos, pilas­ tras, azulejos y pirám i­ des, tiene un indudable encanto. En el interior de la iglesia los mejores detalles que encontra­ mos son la reja plate­ resca y el retablo atri­ buido a Zurbarán, que documentalmente cons­ ta que no se pudo com ­ prometer a pintarlo. Torre de la parroquia de Bienvenida

l.a gran devoción del pueblo la centra la ermita de Nuestra Señora de los Milagros, fuera de la villa, sin particular interés, pero llena de tipismo. Usagre, que conserva vestigios rom anos, salvó de la destrucción de veintidós retablos, las tablas pintadas, del siglo x v i, del m ayor de su pa­ rroquia de Nuestra Señora de Gracia. Son ellas el único m otivo artístico que encontram os en el tem plo, reconstruido en el x v m , que conserva portada goticom udéjar de ladrillo. P or fortuna, de las pérdidas secundarias se salvó en Calzadilla de los Barros el retablo de su parroquia de El Salvador, el más im portante de los de su clase en la provincia, desaparecido el de Casas de Don Pedro. Sobre un frontal de azulejos sevillanos del siglo x v i form a un gran tríptico, adosado a los tres lienzos del ábside, con su talla dorada, su ornam entación m udéjar y las tablas de anónimo pintor, de dibujo tosco, pero lleno de carácter. Un total de veintiocho suman estas pinturas valiosas, en las que se desarrollan los temas de la Anunciación, la V isi­ tación, el N acim iento, la Circuncisión, la Oración del huerto, la A scen­ sión, la Huida a E gipto, la Epifanía, la Flagelación, la Caída del Señor con la Cruz a cuestas, el Calvario, la Piedad, la Resurrección, la Cena, el Pecado de los Primeros Padres, la Virgen poniendo la casulla a San Ilde­ fonso, los doce A póstoles... P o rtad a de la parroquia de TTsagre


La hornacina central del magnífico retablo la ocupa una antigua escultura policrom ada del Salvador, titular de la parroquia. El tem plo, de una nave, con estribos y torre con arcos de medio punto, tiene tres portadas góticas: las laterales de ladrillo y la principal de granito, adornada con puntas de diamante y róeles. Ante ella se abre un pórtico de bóveda de crucería y arco rebajado. La monumentalidad de la villa la com pletan una casa de escudo, la iglesia del hospital de Nuestra Señora del Socorro y la ermita de la Virgen de la Encarnación, del siglo x v i, precedida de lonja, encantadora por su m ucho carácter y por el pintoresco y elevado emplazamiento.

Atalaya, que entre sus casas cuenta una con el escudo de los Cortés y Maraver, tom ó nombre de la cuadrada torre con almenas y saeteras, que hoy es capilla m ayor de su parroquia de Santa María del Camino. Esta imagen titular, rom ánica, del siglo x i i i , recibe culto en el templo de una nave, cuyo altar barroco coronan las armas de los Zúñigas, duques de Béjar, que tuvieron el señorío de la villa. Ellos donaron a la iglesia la plateresca cruz parroquial y otros artísticos objetos del culto, que se conservan. Valencia del V entoso, que cierra el recorrido de esta zona, tiene diver­ sos m otivos de interés. Uno, en las afueras, es la ermita de la Virgen del Valle, con gracioso porche, y la inmediata vieja y curiosa plaza de loros; otro, en las cercanías, los restos rom anos y paleocristianos. Dentro de la villa nos recrean las viejas casas nobles, entre las que destaca la de los condes de M ontoya; el suave barroco del convento de

Castillo de Valencia del Ventoso

franciscanas concepcionistas, la parroquia de Nuestra Señora de la Es­ peranza y , sobre todo, la fortaleza de origen agareno. Tras de ver tantas semejantes construcciones ruinosas, nos alegra contem plar este castillo, unido al caserío, perfectam ente conservado y vivido, con muros, torres, patio y salones llenos de fuerza evocadora.

Calzadilla de los Barros. Retablo mayor de la parroquia

* * * Seguimos hacia tres localidades más abajo de la cabeza del partido, por cam pos en los que se van alzando los relieves orográficos de piza­ rras silíceas y calizas marmóreas, que tienen su triunfo en el paisaje agreste de la sierra de Tvidia. M ontem olín, con sus anejas aldeas de Pallares y Nuestra Señora de la Nava, que fue señorío de Pelay Pérez Correa, incorporado luego a la Orden de Santiago, nos recuerda que su nombre quedó unido a la dinas­ tía carlista. De una transitoria enajenación por Felipe III, en 1608, la villa vino otra vez a la corona, dándola Fernando V II a su hermano don Carlos, el Carlos V de la rama tradicionalisla, cuyo prim ogénito, el Car­ los V I, usó el título de conde de M ontem olín. El castillo, alcazaba árabe de grandes dimensiones, es h oy una lam en­ table ruina, que todavía sigue adornando el cerro con sus prim itivos muros y torres de tapial y con las agregaciones cristianas.

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Al suroeste de la villa, en la linde de la tierra sevillana, en la dehesa La Matilla, se alza un castillo del últim o tercio de la Edad Media, que parece ser una avanzada de la im portante y próxim a fortaleza andaluza del R eal de la Jara. E l rem oto origen de Puebla del Maestre, que asienta en un collado, entre asperezas serranas pobladas de encinas, olivos y viñas, lo atestiguan hachas prehistóricas; pero su nom bre y apelativo nos hablan de un pos­ terior nacim iento, ligado a la milicia santiaguesa. Fue el maestre don Alonso de Cárdenas el que tu vo este señorío, convertido luego en condado con grandeza de España. De los Cárdenas es el primer cuartel que ostenta el escudo de la única casa blasonada, y de ellos fue la fortaleza, de la que queda en pie una torre defensiva sobre el cerro, única construcción destacable, porque su parroquia del Salvador carece de m onumentalidad. Nuestras jornadas por los llanos y sierras de la jurisdicción terminan aquí. Nos esperan los grandes y evocadores relicarios. 2. — Zurbarán.

Caslillo de Montemolín

En la iglesia de Nuestra Señora de la Granada, de puertas sencillas con pórticos de arcos de medio punto, podem os apreciar el contraste (jue ofrecen la capilla m ayor, de ladrillo, obra morisca, y la nave, recons­ truida en el siglo x v in . Sus principales adornos son los retablos barrocos y los azulejos sevillanos, del Renacimiento en el altar y árabes en el suelo. En la parroquia de la Concepción, de ladrillo y mampostería, el con ­ traste lo ofrecen las dos portadas; del x v i, la del Evangelio, que se timbra con la cruz de Santiago, y del x v m la de la Epístola, jónica, de mármol, con el escudo de Carlos IV . El interior de una nave lo decoran retablos barrocos, destacando entre ellos el m ayor, del x v n , de talla, con lienzos pintados. * * * Monesterio, en lo alto de la sierra que divide las aguas entre el Gua­ diana y el Guadalquivir, fue la Cúriga de la provincia bética, del conven­ to hispalense. Su nombre actual se dice le viene de un m onasterio tem ­ plario, del que no queda vestigio alguno. Perdidos en la reciente guerra retablos, cuadros e imágenes, sólo puede mostrarnos la parroquia de San Pedro, de la que es la parte más antigua el ábside almenado, de bóvedas de crucería, del siglo x v i.

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Tres puntos, plenos de evocación intensa, van a rematar nuestras rutas en este partido. Dos glorias dispares, del arte y de la guerra, im ­ pregnan con su recuerdo los bellos rincones. Una de ellas es Francisco de Zurbarán, el de los místicos pinceles, com ­ parables a los mejores de todos los tiempos. En Fuente de Cantos, en esta localidad de pequeñas casas blancas con escudos, donde nació, su recuerdo F u en te de Cantos. Casas hidalgas


se im pone, aun por encima de la fuerte impronta dejada aquí por los santiagueses. Por eso, antes de detenernos a contem plar el aspec­ to floreciente de la villa y sus in­ teresantes monumentos, vam os a la parroquia de Nuestra Señora de la Granada, para leer en un viejo libro una sencilla anotación, que es una reliquia: la partida de bautis­ mo del artista: « A siete días del mes de n oviem bre — d ice— de m ili y quinientos y n oven ta y ocho años el señor Diego Martinez M ontes... bautizó un hijo de Luis de Zurbarán y de su muger Isabel Márquez... y se llamó Francisco.» Francisco llam óse el glorioso hijo de Extrem adura y de Fuente de Cantos, del que no hay aquí un solo cuadro, cosa explicable, p or­ que m uy joven fue a establecerse en Sevilla y, aunque vino a pintar en localidades extremeñas, tales F u en te de Cantos. G rupo com o Llerena y G uadalupe, no escu ltórico de la P iedad ejercitó su arte en el rincón natal. La parroquia de la Granada es una fábrica de mampostería y ladrillo blanqueado, del siglo x v i, con reparaciones posteriores. A l x v n corres­ ponde la portada principal, de pilastras corintias y frontón; al x v m , la cuadrada torre neoclásica. De la primitiva fábrica son las platerescas portadas laterales, precedida la de la Epístola de un pórtico de galerías de dos pisos, que da a la plaza. Del incendio de su nave de bóveda de cañón salvóse el retablo m ayor del siglo XVIII, dorado, de talla y figuras policrom adas, que es el más im portante de estilo barroco de los de la provincia, no tanto por el con ­ ju n to com o por la perfecta ejecución de los detalles e imágenes. Las pilastras abalaustradas con capiteles corintios, los medallones, los relie­ ves, las esculturas de santos, el airoso copete, tod o, en fin, es m odelo maestro en su género. Como m otivo aislado, acaso el de m ayor belleza es la admirable y arrogante imagen de San Miguel, que ocupa el centro de la parte alta, b ajo el copete que decora la solemne representación del Padre Eterno, rodeado de nubes y rayos. Reparamos por las calles en las casas hidalgas, entre las que merece mencionarse la de los condes de Montalbán, que adorna su puerta y balcón de traza clásica con estriadas columnas.

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Un rl ron vn ilii «Id ( 'iirumn, »I<■ mutu|iom|<*r(n y ladrillo enlucido, la iglesia <la* iimii iiiivc, ron rrtirrro, cúpula, capillas y altares barrocos, lo más importunte que guarda rs un grupo escultórico de lu Piedad, escul­ pido en piedra y policrom ado. Esta obra de gran mérito, en la que apare­ ce la Virgen con su H ijo muerto en el regazo, fue realizada en 1803 por Antonio Calvo, un escultor desconocido, cu yo arte recuerda el de su contem poráneo Carmona. *

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Los vestigios romanos de lugares próxim os parecen asignar un viejo origen a Fuente de Cantos, que tu vo continuidad histórica en un con ­ vento templario y en el destruido lugar de Aguilarejo, que fue cabeza de encom ienda. En este paraje estuvo la ermita de San Bernabé, en la que se reunían para tratar de sus asuntos las cinco villas que form aban hermandad, que eran Fuente de Cantos, Medina de las Torres, Calzadilla de los Barros, Monesterio y Montemolín. A l arruinarse la ermita, cele­ braron temporalm ente las reuniones en la de Santiago, inm ediata a la última villa citada; pero luego decidieron reunirse en Fuente de Cantos, que era realmente la capital geográfica del sector. La historia contem poránea de la villa nos habla de la batalla contra los franceses, adversa para los españoles, reñida en estos parajes el 15 de septiembre de 1810. El fervor popular nos lleva, por último, a la ermita de Nuestra Seño­ ra de la Hermosa, en la que impera el barroquism o, tanto en el retablo F u en te de Cantos. T r ni i til de Nuestra Señora de la H erniosa

com o en el edificio, de ladrillo e n ja lb e g a d o , pintoresco por su fiso­ nomía externa y por la profusa y graciosa or­ n am entación interior de yeso. Por encim a de to ­ dos los recuerdos, flo­ tando sobre el amplio n ú c le o u rb a n o , q ue asienta su prosperidad en una co lin a ; sobre los cam pos de viñas y olivares; sobre las can­ teras de mármol azu­ lado, que dieron m ate­ rial para el suelo de su parroquia y ermita; so­ Calera <le L eón . Ydorno en el claustro del c o j i a eiiluai bre la vida de un pue­ blo viejo y progresivo, de tradición de telares caseros, se im pone el recuerdo de Zurbarán, el h ijo insigne de la villa, que deslumbró al m undo con la magia de sus místicos pinceles. 3. — Pelay Pérez Correa. Lo que nos falta por visitar en el partido, com pendia la más pura esencia de lo santiagués. Calera de León, última localidad del sector y antecámara del gran relicario de Tentudia, encierra en su nom bre un exponente geológico e histórico, ya que Calera nos habla de los ca­ lizos mármoles de su suelo y León de la Orden de Santiago. A quí es el maestre Pelay Pérez Correa el que impone su recuerdo dominador. Él ganó a los moros la villa, asentada en tierra áspera, es­ cabrosa y de sierra, en la que se alzó el conventual de la Orden, que a los daños del anterior abandono, ha sumado la pérdida de retablos e imágenes, consumidos en la hoguera durante la guerra reciente. Pese a tantas devastaciones, aún conserva auténticos y evocadores encantos, que prestigian la sencillez del poblado humilde y de escaso vecindario. La iglesia del conventual, que hoy sirve de parroquia y tiene la advo­ cación del apóstol Santiago, es una fábrica de mampostería y ladrillo, de fines del gótico, de una nave, con estribos y bóvedas de crucería, en la que desde tiempos lejanos recibió culto y veneración una arcaica y policrom ada imagen en mármol de la Virgen y el Niño, esculpida el año 1327.

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I .ti portada |>r¡ lie i|>ii I ilrl l •-ii 11 >l<> ch ilrl Itciiacimicnln y se adorna con cuatro columna* toscunu* y hornacina* en I intercolumnios; la del lado d d Evangelio, gótica. o n

La iglesia está nnida al conventual y com unica con el claustro por una puerta, tim brada con la cruz de la Orden, el Icón de San Marcos y un escudo con conchas. Sobre la ruina imperante se im pone el maravi­ lloso encanto del cuadrado patio de granito, de dos plantas, ambas con columnas jónicas, la baja con bóvedas y cinco arcos en cada lado y la alta con techumbre de madera y doble número de arcadas. Los claustros com unican con el resto del edificio, en el que encontra­ mos la Sala capitular, la celda del prior, con pintados escudos y gran chimenea de campana; el refectorio y las restantes dependencias, todo en el más lamentable abandono. Tan sólo la fuerza de la evocación histórica es capaz de hacernos olvidar lo que vem os y revivir en nuestra mente lo que fue este conventual de Calera, en el que alentaran maestres, com endadores, caballeros y mesnadas, en el que muchas veces se perfi­ laron gloriosos capítulos de historia... *

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La em oción y el dolor que nos depara el conventual de Calera se agigantan en el monasterio de Tentudia, el más representativo relicario de la Baja Extrem adura, que se engarza en el paisaje bello, de matorral, peñascos y encinas, de la sierra de Tudia. Fue aquí donde P elay detuvo Claustro alto del con v en tu a l de Calera de L eón

al Sol, para poder derrotar a los moros, que intentaban cerrarle el paso de estos desfiladeros de Sierra Morena, cuando con la importante hueste reunida en Calera iba a socorrer a Fernando III el Santo, que andaba empeñado en las conquistas do Córdoba y Sevilla. Fruto del milagro guerrero y medieval, de la fe y el arrojo del Cid extrem eño, nació el m onasterio, puesto b ajo el patrocinio de la Virgen, con la advocación de Nuestra Señora de Tentudia. Tras la larga y penosa subida de la áspera sierra, embargan el ánimo tres hondas emociones: la de la fuerza evocadora del monasterio, la de la belleza impresionante del paisaje y la del dolor de la soledad y aban­ dono del sagrado recinto. Afortunadam ente, parece ser que se piensa en una restauración que salve de manera definitiva el gran relicario santiagués. El edificio, pequeño, tiene el encanto de lo escueto y conciso, tan a tono con el ascetismo medieval. Una rasgada ventana de arco apun­ tado patentiza en el ábside de la iglesia el origen del siglo x i i i , en tanto que la nave y las dos cuadradas capillas con cúpulas octógonas de los lados del presbiterio reflejan ser adiciones del x v o x v i. U nido al tem plo por la parte m eridional, está el ruinoso m o ­ nasterio, con arquería exterior y claustro humilde. Por una puerta sencilla entra­ mos a un atrio espacioso, desde el cual se pasa a la iglesia. Una vez dentro, deslumbrando al viajero, triunfa en el interior el conjunto fantástico de vivo colorido y brillo metálico de los azulejos de Triana, mudéjares unos y del Renacim ien­ to otros, que desarrollan su des­ bordada ornamentación en gradas, zócalos, frontales y retablos. El m ayor de éstos, ejem plar extraor­ dinario por su co lorid o y por el dibujo de las figuras de los cua­ dros religiosos que destacan sobre un fondo anaranjado oscuro, lo firmó en 1518 el gran azulejero de Sevilla N iculoso Pisano. E n otros com plem entarios adornos aparece la firma del tam bién fam oso Juan Riero. Am bos artistas realizaron en azulejos los interesantes reta­ blos de las capillas laterales. Turitudia. Azulejos de la iglesia

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T od o este derroche de cerámi­ ca tiene un interés y belleza ex­ traordinarios, que si en conjunto deslumbra, recrea al ir viendo los detalles y las com posiciones, per­ fectamente concebidas y realiza­ das, en las que aparecen cuadros que representan el árbol genealó­ gico de la Virgen, con la raíz en el seno de Abraham; la Anuncia­ ción, la N atividad, la Epifanía, la C ircu ncisión , la A scen sión , San Juan, Santiago...

Sin epitafios, en el la d o del E vangelio, hay dos enterramien­ tos, uno en el centro y otro en el muro, ambos con dos estatuas y a ­ centes cada uno: las de aquél, en granito, de dos caballeros de San­ tiago; las de éste, en mármol, de un santiagués y una dama. No hay datos que permitan saber quiénes sean los aquí enterrados. El estilo gótico que predom in a en ambos monumentos funerarios lo único que nos descubre es que estas es­ tatuas fueron labradas a fines del R e ta b lo m a y o r y sepulcro siglo X Y o principios del XVI. de P e la y P é r e z C o rre a Otro sepulcro de mucha m ayor importancia h istórica lo contem ­ plamos adosado al muro del lado izquierdo del ábside. Está revestido de azulejos, blancos unos y otros en tonos azul, amarillo y verde. Es ésta la tum ba sencilla del heroico fundador, del paladín insigne, cuyo nom ­ bre vemos en una inscripción, también en azulejos, con negros carac-

cia de unas cenizas, porque Pelay Pérez Correa está y estará siempre en Tentudia. Sus restos es m uy posible que reposen en este sepulcro; pero su espíritu es indudable que no se alejó nunca del monasterio, al que diera vida tras el milagro medieval y guerrero, y en el que sigue vivo y latente su recuerdo im borrable. Sentimos a nuestro lado al maestre ál recorrer el resto del edificio, en el claustro m udéjar de arcadas de la­ drillo, sobre pilares octógonos; en la arquería alta de la fachada oriental, en las cámaras solitarias, entre los muros ruinosos... Nuestro dolor lo com parte el paladín que llena con su recuerdo todos los rincones. Es un dolor hondo, agudo, porque el relicario de Tentudia, uno de los más legítim os m otivos de orgullo de Extrem adura, no puede seguir así. H ay que salvarlo para que continué en la alta sierra com o un hito señero; para que el espíritu del Cid extrem eño no acom pañe al visitante, com o ahora, dolorido, sino glorioso, triunfal. Cuando salimos para alejarnos por el paisaje bello y duro de encinas y matorrales, Pelay se queda en las piedras de su m onasterio, entre los reflejos cerámicos y la tristeza de los citados sepulcros anónimos. La brisa de la serranía y los trinos de las golondrinas oscuras, que vuelan b ajo el cielo azul, nos parece que m odulan unos ecos en los que creemos oir la voz del héroe, gritando, ahora para que no se acabe de hundir su recinto: «Señor, mi Dios, ten tu día.»

AQUÍ IAZE EL GRAN MAESTRE DE SANT1ACO PELAI PEREZ CORREA Los sepulcros anónimos tic Tentudia

H oy se debate si efectivamente reposa en este sepulcro el Cid de la Baja Extremadura o si está enterrado en Portugal, donde otra tum ­ ba dice ser la suya. Es un poco el caso de los restos de Cristóbal Colón, con la diferencia de que aquí es secundaria la materialidad de la presen­

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C laustro del santuario de JNuestra Señora de los R em ed ios

IX SANTIAGO Y SEVILLA (FREGENAL DE LA SIERRA)

La sierra de Tudia, que se adentra al sur del partido, con otras estri­ baciones del sistema orográfico meridional extremeño, imponen el pre­ dominio montañoso en un territorio de secano, en el que decaen los cerea­ les frente a la caza, la encink, el olivar o la viña, y en el que se inter­ calan algunas masas de piedra de granito. La unidad geográfica casi com pleta de la jurisdicción contrasta con la carencia de un signo histórico más o menos unificador, porque aquí no hay sím bolo o aglutinante que se imponga. Ni siquiera abarcan a todos los pueblos las dos autoridades que imperaron en el territorio: una, la tan tradicional y repetida de la Orden de Santiago; otra, la nada corriente de la ciudad de Sevilla, de la que fueron feudos la cabeza del partido y la cercana Higuera la Real.

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I

Castillo de Segura de León

Tan sólo en los conceptos de fuerza y fe puede verse alguna primacía unificadora, porque la primera la representa en el partido el castillo de I'regenal de la Sierra y la segunda la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, centro de la máxima devoción comarcana. 1. — Lo que no era de Sevilla.

Ayuntamiento de Segura de León

com ienda de Santiago, se nos brindan diversos m otivos de interés, com enzando por un cipo visigodo de mármol, que sirve de grada ante el altar de la parroquia. El bien conservado castillo del siglo XIII, ejem plar de verdadera im portancia, se alza en parte elevada, con todo el encanto, reciedumbre y gallardía que le prestan sus m urallas, almenas y torres, cuadradas y semicirculares, grandes y pequeñas.

De N orte a Sur, las localidades de la zona podrían recorrerse tra­ zando una línea que arrancase de Valverde de Burguillos y concluyera en Fuentes de León; pero en busca de un p oco de unidad histórica nos dirigimos primeramente a los tres puntos más meridionales y m ontuo­ sos, que fueron las avanzadas santiaguesas, sujetas al poder y dominio del priorato de San Marcos de León. Cabeza la Vaca es una villa reducida, que asienta en la sierra de Tudia sin más adorno monumental que la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles y el gran rollo de piedra; pero con el encanto de sus peque­ ños huertos, productores de exquisita fruta, principalmente albérchigos y ciruelas. En Fuentes de León no encontramos otra curiosidad que una cueva prehistórica; por el contrario, en Segura de León, cabeza un día de en­

La parroquia de la Asunción, de mampostería, luce en sus tres góti­ cas portadas la cruz de Santiago y conserva en la del Evangelio, que es la más im portante, cierto matiz rom ánico, por las columnillas que la decoran. El interior, de tres naves sobre pilares cuadrados, denota una reconstrucción, de la que se salvaron las capillas góticas, una con dos graciosas figuras barrocas de policrom ados ángeles portalámparas y otra con reja plateresca de buena forja, rem atada por escudo nobiliario. Las losas con blasones, la marmórea pila de agua bendita y los retablos barrocos — uno con las armas de los Jaraquemadas— com pletan los detalles artísticos del templo. La ermita del Santo Cristo de la R eja, que fue iglesia del convento franciscano, es una interesante fábrica del siglo x v n , original por la dis­ posición del crucero y la nave. Una alta reja divide ambas partes, co-

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Los retablos — el mayor de traza clásica y orden toscano— apoyan sobre altares revestidos de buenos azulejos, lo que da vistosidad al tem ­ plo, en cuyas lápidas funerarias se leen, entre otros varios, los nombres del regidor Alvaro Martín y del noble caballero portugués don Lorenzo Hamírez de Prado. La puerta principal de la iglesia, de arco apuntado; una capilla góti­ ca y el claustro de dos plantas, con tres arcos abajo y seis arriba, en cada lado, representan los restos más antiguos del convento. La popular devoción celebra fiestas en honor del Cristo el 14 de sep­ tiembre, con tres días de romería, mercado y corrida de toros. La villa, ajena a renovadoras fuentes de riqueza, sigue viviendo del recuerdo de la encomienda de Santiago, sobre el collado, en medio del agreste paisaje de sierra, con su no numeroso vecindario y el viejo casco urbano, cuyo encanto pintoresco culmina en la plaza de soportales blan­ queados, presidida por el típico A yuntam iento, que luce en su fachada el águila de Carlos Y , en mármol. *

*

H ig u e ra la K e a l. T a b la d e M orales

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Dos localidades, una por encima y otra por debajo de Fregenal, se mantuvieron ajenas a las dominaciones de la Orden de Santiago y de la Paisaje do Cabeza la Vaca

ciudad de Sevilla. Una es Va)verde de B urguillos, señorío de la casa ducal de Béjar, al Norte, en llanura poblada de encinas, que con serva vestigios romanos, y la otra B odonal de la Sierra, al Sur, m etida entre encinares, sobre suelo m ontuoso, de p oco trigo y m ucho ganado y caza. E n alto, frente al castillo de Se­ gura, fuera de la villa, tiene Bodonal la pintoresca ermita de Nuestra Se­ ñora de las Flores; dentro conserva el Ayuntam iento del siglo x v m , que tim bra su fachada con escudo real de márm ol, y la parroquia de San Blas, recon stru ida en el x v n , con torre de ladrillo y portada con fron­ tón de caprichosas líneas, m u y al gusto de la época de Carlos II. A estas dos últimas localidades, con las que finalizamos la visita a los sectores del m ontuoso partido no sujetos a la autoridad sevillana, no cuadra realmente el epígrafe con que encabezamos el capítulo, porque nin­ guna tu vo que ver con Santiago o Sevilla, Orden y ciudad. Sin embar­ go, com o ya dijim os, lo unitario en toda la zona lo im pone el paisaje, bello y quebrado, con alcornoques, encinas y algunas rocas de granito. 2 . — El feudo sevillano. La historia de Higuera la Real es paralela a la de Fregenal de la Sierra; cosa lógica, dada la situación inmediata. Ambas localidades fueron donadas por Alfonso I X a la ciudad de Sevilla, pasando luego a los tem ­ plarios, para tornar a ser feudo se­ villano hasta el siglo x v i, en el que sacudieron tan extraño yugo. Higuera la Real. Portada de San Bartolomé


Higuera ofrece a nuestra contem plación auténticas obras de arte .Su ojival parroquia de Santa Catalina, de mampostería y sillares, con recios estribos, fue construida en el siglo x v i y reparada en la siguiente

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centuria. Suprimida por cegamiento su puerta principal, le quedan en uso las laterales, gó­ tica la de la Epístola, remata­ da por ventana de medio pun­ to, y de arco con op ia l la del Evangelio. La única nave descansa en pilares, en los que hacen de ca­ piteles fajas de ornamentación plateresca. De igual estilo son las rejas de las capillas, que en sus coronam ientos lucen herál­ dicos escudos. Para una de es­ tas capillas — son cuatro, vién­ dose en una las armas de los marqueses de R iocabado— [tin­ tó el D ivino Morales un reta­ blo, del que se conservan a un lado del altar m ayor las seis tablas, que representan la Fla­ gelación , la P iedad, la Caída del Señ or, C risto d ifu n to en brazos de su Madre, San Juan y la Magdalena. Todas estas ta­ blas son de gran calidad por la delicadeza que en ellas puso el artista. En el retablo m ayor, de tra­ za clásica, del siglo XVII, con columnas salomónicas y capite­ les corintios, hay ocho lienzos de asuntos de la vida de Santa Catalina. Aún m erecen verse en la iglesia la pila b au tism a l, de loza de T alavera, y dos cua­ dros sueltos, de indudable va ­ lor, que recuerdan los estilos de Mateo Cerezo y Zurbarán. Fregenal (le la Sierra La ermita de Loreto la fun­ daron en el siglo XIII los tem ­ plarios, cuya cruz resalta sobre la gótica portada; pero de su origen tan sólo conserva la capilla m ayor, con bóveda de crucería, ya que la única nave es una posterior agregación del xv i.


Delante ilr Iu |>ii«*rlii ilr la ermita está rl curiosísimo y tosco grupo escultórico medieval dr granito, (|iie el pueblo llama la M untar rachá, en el «|ue aparece un león alado, que sujeta con sus garras a un hombre con manto. Prescindiendo de las varias pequeñas ermitas, diseminadas en torno a esta villa, entre viñas y olivares, y m encionando com o signos de acti­ vidad la fábrica de harina y los molinos de Garballón, terminamos nues­ tro recorrido en la iglesia del colegio de jesuítas de San Bartolom é, a la que da acceso una bella portada plateresca, de perfecta labra y fina ejecución, que decoran bustos en alto relieve, columnas, capiteles corin­ tios, hércules tenantes y escudo real. Cinco retablos barrocos, de columnas salomónicas, adornan el inte­ rior, en cuya nave y crucero se abren doce tribunas con balconaje de hierro. Una lápida señala ante el altar m ayor el enterramiento del caba­ llero de Santiago don Francisco Fernández Dávila y de su esposa doña Luisa Fernández de Córdoba, marquesa de Arcicóllar, personajes que fueron los fundadores del colegio en el siglo x v n . *

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Un corto recorrido nos lleva a Fregenal de la Sierra, cuya perspectiva se nos brinda en el quebrado paisaje, en alto el castillo y las torres de las iglesias, en medio de unos campos de cultivo y arbolado en los que triunfan la viña y el olivar. Castillo de Fregenal de la Sierra

l.o misino que cu Higuera, el pasado no rem oto, en el que el mando religiosomililar de los templarios se incrusta en los siglos de dominio sevillano, dejó su recuerdo en los monumentos de la que b oy tiene títu­ lo de ciudad. Aparte de las hidalgas casas de escudo, de las iglesias y del castillo, reflejo de ese pasado, la población es un núcleo floreciente y activo, en el que calles y plazas bien cuidadas denotan la prosperidad reinante. Fregenal tuvo un más lejano antecedente en la Nertóbriga de la Veluria Céltica, una citania convertida por la gente de R om a en el muni­ cipio Concordia Julia Nertobrigensis. Las próximas y excavadas ruinas de tal m unicipio, que depararon importantes hallazgos arqueológicos, marcan el lugar del nacimiento a la vida histórica de esta h oy cabeza del partido. No está aquí el castillo en el próxim o cerro dominante, sino en medio de la ciudad, en el lugar más elevado de ella. Su amplitud nos hace pensar que los templarios lo utilizaron com o centro de reunión de tropas, para ser dis­ tribuidas, según las necesidades, entre las otras fortalezas de la comarca. La mampostería y sillares de sus seis t o ­ rres cuadradas y una p e n t a g o n a l, con los sólidos lienzos de las murallas, forman la re­ cia estructura de este im portante m onum en­ to del siglo x i i i , cuya c o n s t r u c c ió n parece que fue iniciada por la ciudad de Sevilla, previo el permiso que para ello diera el rey Sancho IV. Sobre la puerta de entrada, de arco apun­ tado, destaca en már­ mol el escudo del T em ­ ple, con la cruz de brazos iguales sobre la media luna. En los es­ pacios que antes o cu ­ paron varias cámaras y la vieja plaza de ar­ mas, alzóse lu ego la plaza de toros.

Portada de la parroquia de Santa María


Un anejo de la fortaleza fue la h oy parroquia de Santa María, aco­ plada en el ángulo noroeste de ella y defendida por dos de sus torres, una de las cuales sirve de campanario.

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De la prim itiva fábrica sólo conserva la portada principal, del siglo XIII, de un gótico inci­ piente, con arco apenas apun­ tado, sobre dos columnas cuyos capiteles decoran hojas de hi­ guera y m ascarones. El resto del tem plo pertenece a épocas posteriores, pues el interior, de una nave y de traza clásica, es del x v ii , centuria a la que tam ­ bién corresponde el retablo m a­ yor, siendo los restantes barro­ cos, del x v ii i . La puerta lateral, que se perfila en cuadrado, data del x v i y aparece embutida en una vistosa fachada de blan­ queados muros, que más tiene a sp ecto de p a la cio que de iglesia. El p rin cip a l interés de la parroquia de Santa Catalina radica en el interior de tres naves, separadas por gruesos arcos apuntados sobre pilares octógonos, con techo de alfarje mudéjar, del siglo x v . Las ca­ pillas cuadradas se cubren con bóvedas de crucería o de ca ­ ñón, excepto la de la Virgen de la Salud y su cam arín, del x v m , cerrados ambos con cúpulas. La parroquia de Santa Ana. de una nave, con gárgolas en los estribos, fue construida en el siglo XVI y reformada am ­ pliam ente en el x v m y x ix . Su detalle im portante es el pla­ teresco retab lo m ayor, desaFachada sur de la parroquia de Santa María rrollado en form a de tríptico sobre las tres caras del ábside, obra de autor desconocido. Columnas — con profusión de grutescos unas: abalaustradas otras— , relieves, esculturas y frisos con guirnaldas y que­ rubines, todo de fina ejecución, se armonizan en el bellísimo conjunto


d ora d o y p o lic r o m a ­ do, que consta de z ó ­ ca lo , tres cu erp os y coronamiento. Tras ver los restan­ tes retablos barrocos, contemplamos en la ca­ pilla del E vangelio la tumba de m árm ol de uno de los hijos ilus­ tres de Fregenal, el es­ crito r y p o lític o don Juan Bravo Murillo. D el que fue c o n ­ vento franciscano, fun­ dado en 1563, la parte m ejor conservada es el hermoso patio, de un severo clasicismo, con claustros en sus dos plantas. E l c o n v e n t o de Santa Clara, h o y sin com u n id a d religiosa, fu n d ó lo con bula de 1502 doña Elvira Suá­ rez de Figueroa, hija de los primeros duques de Feria y viu da del mariscal don Per Afán de R iv e r a . D el x v i data la iglesia, de sen­ cilla traza clásica, en Retablo de la parroquia de Santa Ana la que hay blasonados e n te rr a m ie n to s , uno de ellos de don Francisco de Velasco y doña María Jara Castillo; pero el resto del edificio es de época posterior. El colegio de jesuítas, austera fábrica de piedra del siglo x v i i , lo fundó por su testamento, en 1597, don Alonso de Paz, fundador también del inmediato monasterio de monjas agustinas de la Paz. Su enterra­ miento, timbrado con los bezantes de sus armas, lo vemos en la capi­ lla m ayor de la iglesia del convento, iglesia de una nave, con secundarios retablos barrocos y principal de traza clásica. La abundancia de edificios religiosos, que denotan la categoría histórica de la ciudad, tiene dentro de ella el com plem ento de las cons-

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m iccion es civiles, entre las que merecen mención el A yuntam iento, la casa rectoral de Santa María, del siglo x v i, blasonada con las armas de don Carlos de Bazán, em bajador en Venecia; la que en la calle de la Corredera luce em potrados en el muro dos leones medievales, esculpi­ dos en piedra; la de los Vélaseos, marqueses de R iocabado; la de los Sánchez-Arjona, condes de R iom olinos; la de los condes de Torrepilares y la de la marquesa de Torreorgaz. * * * Fuera del casco urbano, a unos seis kilóm etros, aún hay otro tem plo, el primero com o foco de intensa devoción: la ermita de Nuestra Señora de los Remedios. Asienta en un pintoresco lugar de la sierra sus depen­ dencias espaciosas, poniendo en el paisaje la pincelada alegre de sus blancos muros, frente al artístico y viejo crucero de piedra. En el pórtico de arquerías, ju n to a la puerta de la Epístola, una lápida de mármol consigna com o fecha de construcción el año 1642, com pletando las noticias cronológicas el de 1785, grabado en la en­ trada del camarín. Es ésta la parte más im portante del santuario, ya que recuerda el camarín de Guadalupe por su traza y por la fastuosa decoración barroca de muros y cúpula. Pero realmente no son los deta­ lles los que aquí despiertan la admiración, sino el conjunto, por algo que queda al margen de lo monum ental y entra de lleno en una gracia indefinible que acaso radique en la blanca alegría de los muros y en el airoso juego de arcadas, armonizado todo en el encanto del paisaje. Curiosos departamentos son la galería de los Milagros, repleta de cuadros, figuritas, brazos, piernas, trenzas de pelo, muletas y otros objetos, que patentizan el fervor de muchas generaciones, y los refec­ torios, adornados con una serie de retratos en lienzo, sin mérito alguno, pero de gran interés, porque en ellos están representados todos los hijos ilustres de Fregenal. En la lista figuran los nombres, absolutamente legendarios, de San T eopom po y San Eutripio, supuestos obispos de Fregenal, y de San Exeveración, imaginario abad y fundador del monasterio de San Benito. Sigue luego una serie auténtica de ilustres fresnenses, en la cual están representados el glorioso y sapientísimo Benito Arias M ontano, don Benito Hermoso, obispo en Indias; fray Juan Franco, obispo de Manila; el padre Manuel Solórzano, provincial de los jesuítas en las islas Maria­ nas, en las que sufrió el martirio; fray Pablo Jerónim o Casquete, m isio­ nero en Guinea; don Francisco Gómez Cid, gobernador y capitán gene­ ral de Puerto R ico; don A ntonio María Cid Carrascal, obispo de Coria; don Juan Bravo M urillo... En la lista, que rematan otros nombres de menor cuantía, falta el de Vasco Díaz Tanco, autor de la Palinodia de los turcos, nacido también en esta ciudad.

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industriosas, que iniciaran los cultivos y telares. La riqueza ganadera, que fue de siempre la más sólida base de su econom ía, sigue en una pujante plenitud, que cada año tiene magnífico exponente en la feria de septiembre, en esas reuniones tradicionales en las que se mezclan la ale­ gría y el negocio, el gitano y el señor, el mercado y las diversiones...

Santuario de Nnet»lra Señora de los Remedios

Otro hijo ilustre (le Fregenal, vivo aún para bien del arte, es Eugenio Hermoso, el gran pintor representativo de la Baja Extremadura, aca­ démico y medalla de honor de la E xposición Nacional, del que admira­ mos varios cuadros en su residencia fresnense, vieja casa hidalga de típica traza. La maestría de dibujo y color es recreo en la contem plación de unos lienzos en los que el paisaje y las figuras están impregnados de las más puras esencias extremeñas. Corno curiosidad, reparamos de entre ellos en un juvenil retrato del rey don A lfonso X I I I , firmado por el artista en 1900, y en el cuadro que se titula La romería de Nuestra Señora de los Remedios, hermoso lienzo de encantador tipism o, en el que se refleja la alegre fiesta en la que el vecindario se congrega en masa cada año frente al tem plo de la patrona. El cuadro, luminoso y costumbrista, es de un intenso realismo, porque a tal norma corresponde la técnica de las figuras, porque los tipos son reales y porque recoge una realidad cálida, que es jirón entrañable del vivir fresnense. El arte de h oy remata nuestra visita a Fregenal de la Sierra, que guarda tanto arte de ayer y vive a un ritm o actual, con sus actividades

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La romería de Nuestra Señora de los Rem edios, lienzo de Kugenio Hermoso


Salvatierra de los Barros y su castillo

x EL BAILIATO (JE R E Z DE LOS CABALLEROS)

Este partido de Jerez de los Caballeros, en el que alternan las tierras llanas y los rebeves, poniendo en algunos lugares sus matices pintorescos el berrocal de granito, tiene dos m otivos que pueden ser considerados simbólicos. El uno, de índole plástica, son las maravillosas torres de las iglesias de la cabeza del partido; el otro, de aspecto legal, es un recuerdo, que se im pone sobre lo que no fue conjunto histórico, por una viva y rara realidad jurídica. Las localidades del distrito no estuvieron ligadas, ni por conceptos de com arca geográfica ni por im perativo de vida histórica, ni siquiera por la aludida rareza legal; pero el peso de esta liltima, unido a la cate­ goría de bailiato tem plario de la cabeza del partido, que dio nombre

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al fam oso Fuero del Bailío, tiene fuerza bastante para ser sím bolo unitario de la jurisdicción jerezana. 1. — Barro y granito. Son acaso esos conceptos geológicos de tierra y piedra — barro y granito— , los que com pendian m ejor el conjunto del territorio. Claro es que, para com pletarlo, hay que añadir el enlace de la pizarra y unas encinas y alcornoques, de los más hermosos de Extremadura. El apelativo de Salvatierra de los Barros nos habla ya de que en la parte noroeste del partido hay un m anchón de ese suelo excepcional; pero la villa, que fue señorío de la casa de Feria y acredita su viejo origen con vestigios rom anos y visigodos, no la encontramos en la parte llana, sino en la falda de una sierra, con el clásico castillo en lo alto. Fue éste uno de los baluartes de la mencionada red defensiva de los Suárez de Figueroa, posiblemente el más antiguo de ellos, ya que parece datar del siglo x i i i . Pese al deterioro, aún resulta imponente esta fortaleza, cercana a la de Feria, cuyos restos permiten reconstruir el conjunto de la obra defensiva que escalonó sus varios recintos fortificados por las vertientes de la colina. A m plio y recio, con sus numerosas torres redon­ das, el cuerpo central y la torre cuadrada, su silueta guerrera se nos brinda a la contem plación con una arrolladora fuerza impresionante. Alfarería de Salvatierra de los Barros

En la villa, que tie­ ne en su térm in o el balneario de los Baños del Moral, nos traen el r e c u e r d o de ilu s tre s linajes la casa que en el primer cuartel de su escudo luce las armas de los O van d os y los en terra m ien tos de la parroquia, en los que e s t á n g r a b a d o s lo s apellidos La B astida, A ponte, Vargas, Figue­ roa , T o rd o y a , B azán, La M ota, H inestrosa... El aludido tem plo, d ed ica d o a San Blas, es una fábrica de m ani­ postería y sillares de g ra n ito , de fines del gótico, que adorna sus estribos con pináculos sobre fustes salom óni­ cos. D os portadas, una de arco conopial, den­ tro de recuadro, y otra del R enacim iento, con pilastras, dan acceso a la nave, en la que los citados enterramientos nobiliarios son los más curiosos detalles. J u n to a la m on u -

Barearrola. Portada de la parroquia

mentalidad del castillo y a los recuerdos históricos y artísticos que guarda la villa, Salvatierra nos ofrece su ininterrum pida tradición alfarera, los talleres en los que gira el torno de moldear el barro y los hornos en que se cuecen ollas, botijos y cántaros. Es éste el principal centro productor de esos objetos alfare­ ros que, según dijim os al com ienzo de este libro, van a venderse por toda Europa. En Salvaleón, tam bién señorío de los Ferias, que dio nom bre a una localidad de la isla de Santo D om ingo, vem os representada su antigüe­

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üanurrotu. R etablo m ayor de la parroquia de Nuestra Señora del Soterraño

dad por una interesan­ te cueva prehistórica y por los vestigios rom a­ nos y árabes. T od o lo demás es sencillez pin­ toresca, en los arroyos que cruzan por las ca­ lles, en las abundantes fuentes, en los huertos, en la tradicional fabri­ cación de colmenas de co rch o , en los bosquecilios de álamos... Los dólmenes y res­ tos p re h istó rico s nos prueban la ancianidad de B a rca rro ta , villa que A lfonso I X m an­ dó p o b la r al m aestre de Alcántara y que en 1515 se hizo m arquesa­ do, conjuntam ente con Villanueva del Fresno, a fa v o r de don Juan Portocarrero, cuya su­ cesión fu e a la casa ducal de A lba, p or el co n d a d o de M o n tijo . E n c in a s y c e r e a le s triu n fa n en to r n o al d eclive en que asien­ ta , del que ocu p a el ca s tillo la p arte más elevada. E l h erm oso e d ifi­ cio de m am postería y sillares, cuya gran plaZa de arm as se h izo plaza de toros, lo for­

m an siete lien zos de muro unidos por seis torres cuadradas, más otras dos de igual forma, que flanquean la puerta. El cam ino de ronda de la parte alta de las m u­ rallas, al que sube una escalera, transitable y con acceso a las torres, per­ mite contem plar las perspectivas que desde aquí otearon en el m edievo vigías y centinelas.

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Barcarrota. Kstatua de Hernando de Soto y torre del castillo

La parroquia de Santiago es sencilla, de tres naves, con portada prin­ cipal gótica, del x v , y retablo barroco, del x v m . La parroquia de Nuestra Señora del Soterraño debe su advocación a la cripta o subterráneo, en el que hay una fuente y en el que dicen se apareció la Virgen, cuya venerada imagen puede datar del siglo Xiii. A igual centuria parece corresponder en origen el tem plo, de una nave, que adorna su portada principal con relieves de la Piedad en m ármol, y la del E vangelio con columnas toscana y un cuadro en claroscuro de la Virgen titular. El camarín, con cúpula; el retablo m ayor, barroco, y el piílpito, estim able obra de rejería del siglo x v i i o x v m , son sus más im portantes detalles. Tras recorrer la villa, en la que vem os alguna casa de escudo, vam os a la plaza principal, que preside la estatua de H ernando de Soto, el pala­ dín de Florida, firmada en Lisboa por Fortunato da Silva. El insigne conquistador aparece en pie, con armadura, sin nada a la cabeza, ante una torre del viejo castillo. En el frente del pedestal está grabada en nueve líneas la siguiente inscripción:

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AL VALIENTE Y MAGNANIMO GUERRERO HERNANDO DE SOTO CONQUISTADOR DEL PERU GOBERNADOR DE CUBA ADELANTADO CAPITAN GENERAL Y GOBERNADOR DE LA FLORIDA. LA VILLA DE BARCARROTA, SU PATRIA, LE DEDICA ESTA MEMORIA EN 1866.

Un error hizo que se alzase este m onum ento al supuesto hijo ilustre de la villa; pero la verdad es que las pruebas docum entales no permiten afirmar que el héroe, uno de los grandes dioses de la m itología extrem e­ ña, naciera aquí, sino en Jerez de los Caballeros. *

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B ajando de N orte a Sur, pasamos por los pequeños pueblos de Valle de M atamoros, Valle de Santa Ana — que perdió nueve retablos en la guerra, se amplía con los barrios de Los Clementes y La Concepción y tiene en su térm ino los molinos de A rroyo del Castaño y Rubiales— , Zahinos — señorío del maestre Sotom ayor y luego de los marqueses de San Juan de Piedras Albas— y Valencia del M om buey, localidades de grato ambiente rural, señorío la última de los duques de Feria. Si no Valle de Matamoros

detalles monumentales o recuerdos históricos, encontram os en el reco­ rrido un suave encanto, form ado por los pequeños cascos urbanos, que se engarzan en la belleza del paisaje, com poniendo alguna estampa tan pin­ toresca com o la que ofrece Valle de M atamoros en la frondosa hondona­ da serrana. Oliva de la Frontera, villa que construye un m atadero municipal y celebra animadas fiestas en honor de su patrona, Nuestra Señora de Gracia, es nuestro últim o paso hacia la cabeza del partido. Fue otra posesión de la casa de Feria y la cuna del obispo de B adajoz don Mateo Delgado Moreno, cu yo escudo vem os en la fachada de una casa. Sobre el secano de estos cam pos, impregnados de evocaciones pasa­ das, los riegos van a poner su matiz esperanzador, con la presa-del río Ardila, que regará (>08 hectáreas, para 146 colonos, que han de vivir en los pueblos nuevos de Valuengo y La Bazana. Es éste un pequeño eco del Plan de B adajoz — que estará tam bién representado en la cabeza del partido por la fábrica de carbonización de madera— , un eco suave, que viene a prender el contrapunto del verde encendido en la ruda sin­ fonía de grises que son estas tierras del bailiato, en las que triunfan la dehesa y el ganado ju n to a la historia y el arte del recinto jerezano. 2. — M onjes y guerreros. Prescindiendo de la excepcional m onum entalidad romana de Mérida, Jerez de los Caballeros es el con jun to urbano más com pleto de toda la Baja Extremadura. En esla ciudad de encantadora fisonomía, que ofrece rincones de un tipismo delicioso y cuya im portancia prego­ na la existencia de cuatro parroquias v las numerosas mansiones nobles, vinieron al m undo dos de aquellos dioses que nacían en las tierras ex­ tremeñas: H ernando de Soto y Vasco Núñez de Balboa, descubridor del océano Pacífico. En el rincón m ontuoso, de regulares cam pos de labor, vivieron los hom bres de la cultura dolm énica, que acaso utilizaron la cueva, natural o artificial, p or la que el río Oliva cruza un túnel de más de 200 metros. En estos cam pos, en la hermosa dehesa denom inada Los Bol­ sicos, pastan h oy los toros bravos de la ganadería del conde de la Corte, ([ue tiene fama de ser la m ejor cuidada de España. No se sabe seguro si esta ciudad fue en los tiempos rom anos la Caeliana o la Seria Fama Julia. Lo indudable es que su vida siguió en las dominaciones bárbaras y agarena, cobrando renovados bríos desde que la poblara Fernando III el Santo, el cual la llam ó Jerez de B adajoz. Los templarios le cam biaron el apelativo por el de los Caballeros, que pros­ peró de manera definitiva. Como bailiato vivió la ciudad hasta la trágica desaparición de la Orden, en 1312, prolongándose aquí tam bién la tragedia, porque estos cruzados quisieron resistir al mandato papal de disolución, haciéndose

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tópfr:

i§r tuertes en Jerez, donde fueron vencidos v d e­ g olla d os p or F ernan­ do IV. La que aún se llama torre Sangrien­ ta, se dice tradicional­ mente que fue el prin­ cip al escen ario de la despiadada lucha. Firme la plaza en la línea de pertenecer a m onjes y guerreros, tras el dom inio de la O r d e n d el T e m p l e pasó a la de Santiago, por donación de Enri­ que II. Carlos V le dio títu lo de ciu dad , con el privilegio de que sus vecinos pudieran usar espada y daga. T a r ­ díamente, en 1886, sin ningún efectivo d om i­ nio de señorío, creóse el m arquesado de Je­ rez de los Caballeros a fa v o r de don Manuel Pérez de G uzm án y Boza. Del legen dario re­ cuerdo de un templo mozárabe d edica do a San Bartolom é y de la fisonomía de sus caraTorre Sangrienta p os, n a ció el escu d o heráldico de Jerez, en el que el santo, con el dem onio encadenado a sus plantas, aparece entre una encina y un m anojo de jara.

Antes de ir a los detalles, vam os orientándonos en la topografía de esta ciudad, que nos cautiva con sus encantos. El punto más elevado del escabroso emplazam iento es el cerro de San Bartolom é, que tom a n om ­ bre de tal parroquia. En otra menos destacada altura asienta el castillo. Entre ambas elevaciones está la meseta, el núcleo más im portante de

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la p oblación , presidido por la p a rro q u ia de San Miguel. E xtram u ­ ros se tienden seis ba­ rrios o arrabales. El engrandecim ien­ to de Jerez lo im pulsa­ ron los santiaguistas y culmina en los finales del siglo x v y durante el x v i, iniciándose lue­ go la decadencia. Unas fechas nos dan la tóni­ ca de las a ctiv id a d e s del p erío d o in d ica d o: en 1491 fu n d ó s e el co n v e n to de N uestra Señora de G racia; en 1499, el de la Conso­ la ció n , fuera de las murallas, en el barrio de Santa Catalina; en 1502, el de la Madre de Dios, extram uros, en el barrio de los Mártires, junto a la fuente de los C aballos; en 1520, el de la Luz, cercano a la poco antes construida fuen te del C orch o; en 1558, el b eaterío fun­ dado por doña Isabel de S olís; en 1561, el l ’ nerta de la m uralla con vento de la Santísi­ ma Trinidad; en 1579, la erm ita de San G regorio; en 1593, el con ven to de la Esperanza, beate­ río desde 1553; en 1514 se hizo la fuente de la Silva; en 1557, la casa de la Carnicería; en 1566, la de Justicia, en la plaza de San Miguel; en 1577, el Pósito. Tam bién en el siglo x v i se puso reloj en la torre del castillo y fue construida la fuente de la Morería, llam ada h oy N ueva, en las afueras de la puerta de Santiago. Las murallas, anteriores a tal centuria, destruidas en parte y cubier­ tas por adosadas edificaciones, tuvieron seis puertas, de las que se co n ­ servan dos, las que llaman de la Villa y la N ueva, antigua aquélla, aun­ que desfigurada, y reconstruida ésta en 1659. Las otras se llam aron de

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E l c a s tillo

Alconchel, o de San Bartolom é; de Burgos, de A lbóndiga o de Santiago, y de Sevilla. La puerta de la Villa conserva su baluarte defensivo, la gran torre cuadrada del siglo x i i i , de mampostería con sillares en los ángulos, en la que se abren lindas ventanas de parteluces de mármol y a la que se agregaron en lo alto adornos de ladrillo, obra de alarifes moriscos. Entre las puertas de Santiago y Sevilla se alza el castillo, unido por los ángulos a la muralla, quedando fuera, com o avanzada, la aludida torre Sangrienta, la más im portante de todas las del edificio. Esta fortaleza del siglo x i i i , en la que se dice que se alojó A lfonso X I en 1331 y 1340, sufriría grandes deterioros durante las contiendas con Portugal, lo que justifica la amplia reparación que en ella se hizo en 1471 por el maestre de Santiago don Juan Pacheco, marqués de Villena, siendo alcaide Martín de Manjarres. Modernos adosam ientos, para convertir en cuartel el castillo, desfi­ guran en parte el prim itivo aspecto de esta construcción de m am poste­ ría y sillares, que a pesar de todo es una buena representación de la arquitectura militar que hubo en esta plaza fuerte. *

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J u n to al c a s t illo vem os la parroquia de Santa M aría, el más antiguo tem plo de Je­ rez, va que se deduce de una inscripción visi­ g o d a , la b ra d a en un fuste de colum na, que se co n sa g ró el 24 de septiembre del año 565. La p rim itiv a iglesia fue sustituida en el si­ glo x v i por la actual, de planta de cruz lati­ na, cuyos mejores de­ talles son el intern o y fa s tu o s o d e c o r a d o barroco, del x v n ; los cu e rp o s laterales de m árm ol blanco y ja s ­ pe de la capilla m ayor, el hermoso retablo de talla dorada, del x v m ; las tribunas de calados antepechos y los ente­ rram ientos nobiliarios. Uno de ellos, con p ro­ porciones de gran pan­ teón , fue co n stru id o en el x v n y tiene un Parroquia de Santa María largo epitafio en latín, q u e co p ia m o s tra d u ciclo, por la nota sentimental de ardiente amor que refleja. Dice así: « La fidelísim a esposa doña M ariana de Céspedes, ilustre por su abo­ lengo, pero más ilustre por su fam a, dedicó el mausoleo, erigió el sepulcro y dotó la capilla en honor del señor don Alfonso Pacheco Portocarrero, el más virtuoso del mundo, sobresaliente por su linaje, amado esposo y dueño suyo, muerto en mitad de su carrera, pero vivo siempre en el corazón de ella, y /¡ara sí misma, estando viva, con la esperanza, por su amor eterno, de ser sepultada con las mismas cenizas de él.» En otros enterramientos leemos los nom bres del doctor» Mexía de A cevedo, del licenciado Pero López, de Diego Girón y de don Juan de Valí. En la capilla que llaman de Fernán Núñez, porque en esta casa

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ducal recayó el señorío, encontram os el panteón de los señores de la Higuera de Vargas, en cuyas lápidas figuran los apellidos Quiñones, Vela, Sánchez de Silva, Vargas, Enríquez, Figueroa y Aldana. T o d o un plantel de ilustre y vieja nobleza reposa en la quietud de este tem plo jerezano. * * * La parroquia de San Bartolom é se supone de tan viejo origen com o la anterior; pero no hay detalles arquitectónicos que lo acrediten. Lo más antiguo es un hueco gótico del baptisterio, del siglo x v , correspon­ diendo las restantes capillas y las tres naves al x v i y x v n . A la inversa que en Santa María, lo más im portante aquí es el exterior del tem plo, por dos magníficas obras barrocas del x v m . Una es la linda torre, trasun­ to de la Giralda de Sevilla, de sillería en la parte baja y ladrillo en el resto, decorada con yeso y barro vidriado; la otra, la portada del E van ­ gelio, de tres cuerpos y bellísima, en la que con columnas, pilastras, entablam ento ondulante, hornacina y estatua de San Fernando, juega la magia del colorido de una profusa decoración de cerám ica sevillana. T a m b ié n en esta iglesia yace bajo pie­ d ra s h e r á l d i c a s un plantel de nobleza, que o s te n tó los a p ellid os Liaño, Córdoba, Solís, Mejías y Malpica, y los títulos marquesales de Rianzuela y San Fer­ nando. El enterramien­ to de más mérito es el del caballero alcantarino y com endador de Piedrabuena don Vas­ co de Jerez y su espo­ sa, doña Beatriz B ra­ vo, construido en 1535. Fuera de su sitio y em potrados en un m u­ ro, vem os los blancos mármoles del funerario m onum ento, en p ostu ­ ra vertical las estatuas yacentes, bajo escudo de adornos platerescos, con seis cuerpos delan­ teros de león a sus pies. Torre de San Bartolomé


La parroquia de San Miguel, en la plaza de su nom bre, en el centro de la ciudad, se dedicó al apóstol Santiago cuando los de la Orden se pose­ sionaron de Jerez. Uno de los más viejos detalles que conserva es el sepulcro de Garci Martínez de Logroño, fechado en 1463. El tem plo es un edificio gótico, reconstruido en el siglo x v i, con muchas adiciones posteriores, tales com o las cúpulas del crucero y la ca­ pilla m ayor, los camarines de la Virgen del Rosario y de la Purísima, la barroca portada de mármol de la Epístola, que remata la imagen del santo titular, y la torre, tam bién barroca y del siglo X V I I I , magnífico ejemplar, con sillares en la parte baja y ladrillo y barro cocido en las superiores. Junto al rojo de estos elementos y la pátina de la piedra, el brillo de los azulejos incrusta su contraste, para com poner, con pilastras, arquerías, balaustradas y figuras de santos sobre ménsulas, el con jun to lindísimo, que remata una imagen de San Miguel. El interior, de tres naves y crucero, nos brinda para deleite la pinta­ da decoración de gusto italiano, del siglo x v n ; los restos del antiguo pavi­ m ento, de mármol blanco y pizarra negra, recuadrado por baldosines, con pequeños azulejos en los encuentros; la fina forja de los púlpitos y de la reja de la capilla m ayor; la barroca sillería del coro, destinada al Capítulo de los Caballeros de Santiago; los barrocos retablos — el de la capilla de Santa Ana, enm arcando una hermosa tabla gótica, del si­ glo x v — , cuadros, imágenes y los escudos y sepulcros de los Porres, Méndez, Hernández-Salguero, Álvarez de Lara, Vargas, Solís, Tous de M onsalve... Por últim o, en la parte más baja de la ciudad, encontram os la cuarta parroquia, la de Santa Catalina, gótica, de una nave, con sencilla torre del siglo x v m , cu yo barroquism o atemperan los matices neoclásicos. Una pom posa inscripción hace constar que la torre fue alzada durante el pontificado de Clemente III , reinando Carlos III , el año 1762. En el interior del tem plo, que preside dorado retablo barroco de columnas salomónicas, se mezclan las tum bas nobles, tal com o la de A ntonio Guerrero, teniente de m ayordom o de la princesa de Portugal, con otras en cuyos epitafios leemos nombres com o los de María Díaz, la Botella, e Isabel Rodríguez, la Gata. V isitando las varias capillas, modernas unas y con bóvedas de cru­ cería otras, concluim os el recorrido de esta iglesia de regular prestancia. *

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Conventos y monasterios, ya hecha m ención de algunos, que suma­ ron hasta diez, entre los de frailes y m onjas, com pletan la abundante arquitectura religiosa de esta ciudad de m onjes y guerreros. El granito o el mármol, el ladrillo o la cal, matizan los muros de tales edificios, más o menos interesantes y peor o m ejor conservados. Los encontra­ mos al recorrer las empinadas calles de rincones evocadores y las pla-

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zas llenas de peculiar encanto. En ellas d escu bri­ mos tam bién las fuen­ tes p in to r e s c a s , las casu cas de m e d iev a l sabor y las mansiones b la son a d a s que a lza ­ ron los nobles que hoy reposan en los tem plos. Una de éstas, de m am ­ postería y sillares en ángulos y huecos, con señoriales torres y v en ­ tanas geminadas y g ó ­ tica s, fu e con stru id a en 1470 p or Juan Mar­ tínez de Logroño, her­ mano de García Martí­ nez de P o r re s , te s o ­ rero de la reina doña Leonor de Aragón. Es uno de los más bellos re cu e rd o s del ilu stre linaje jerezano, para el que se creó el condado de Canilleros, arraiga­ do después en la Alta Extrem adura. V e n ta n a le s, e scu ­ dos y portadas juegan b e lla y a r m o n io s a ­ mente en las nobles re­ Torre de Santa Catalina s id e n cia s s o la rie g a s, co m p o n ie n d o con ju n ­ tos de más o menos interés, que unos tienen categoría de casas y otros de palacios. Entre ellos merece m en ción el solar de los duques de T ’ Serclaes. Lo nuevo — Jerez es tam bién vida actual— parece com o si no qui­ siera rom per el sortilegio que envuelve al viajero, para dejarle que goce en plenitud del ambiente m ístico y señorial. La contem plación desde un sitio elevado de las afueras es el últim o y más intenso mensaje que la ciudad envía: un mensaje de luz y gracia, de evocación y reciedumbre. Sus torres, esas torres inconcebiblem ente airosas y bellas, se clavan en el casco urbano com o mástiles destacantes, pregoneras de una fe inm u­

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table, que alentó por igual en todos los corazones, b a jo las ropas talares o b ajo las férreas armaduras. Desde la quietud del cam po, entre grises olivos, vem os cóm o el sol ardiente incendia el rojo del ladrillo y se quiebra en los reflejos intensos de la cerám ica, mientras oímos la oración solemne de las cam panas de tantas torres, que alzan sus voces con ecos de siglos a un cielo infinita­ mente azul...

Vista general de Jerez de los Caballeros

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Vista parcial de Olivenza

XI «SAUDADES» (OUVENZA)

Olivenza es la última localidad incorporada a Extrem adura. Se hizo definitivamente extrem eña en la llamada guerra de las Naranjas, en 1801, trayendo a la tierra de los conquistadores to d o el suave y dulce bagaje de las saudades portuguesas y el encanto del arte manuelino. Para formarle un partido, se le dio una corte de pueblos extrem eños, que deberían im poner sobre la lusitana ciudad la aclimatación a la re­ ciedum bre regional; pero su encanto nostálgico y poético fue tan fuerte, que m atizó el territorio, sin perder su extrem eñism o, del ensueño tierno y nostálgico de las saudades.

1 . — La corte extremeña. Eso es realmente el con jun to de pueblos de la jurisdicción: la corte extrem eña de una ciudad portuguesa. En esta corte h ay dos jóvenes pajes, que se llaman San Rafael y San Francisco, am bos con sobre-

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nombre de Oliven/,ti. II.m nucido en el manchón <le riego* que fertiliza 731 hectáreaH con el agón embalsada en la presa construida en el río

Olivenza.

Aparte de esta nota dispar, descendiendo desde B adajoz, unos cam ­ pos en los que se prolongan los Barros, sirven de umbral a la transición en los pizarrosos, que dominan la m ayor parte del distrito. En ellos se alzan relieves paralelos a la frontera de Portugal, que en algún caso tiene roca caliza, com o en la sierra de A lor, adornado to d o principal­ mente por encinas, vides y olivos. En Valverde de Leganés, que fue señorío de los condes de Altamira, encontram os los muros del desaparecido castillo de la Jineta, la reciente parroquia de San Bartolom é, una casa hidalga y el cariñoso homenaje que el apelativo entraña para el marqués de Leganés, jefe de las tropas extremeñas a m ediados del siglo x v i i . Torre de Miguel Sesmero fue señorío de los duques de Feria y tiene vestigios rom anos, una casa noble, la parroquia de la Purificación y restos de castillo. Almendral, que asienta cerca de la sierra de Monsalud, fue señorío de los obispos de B adajoz, vino luego a la casa de Feria y dio nom bre a localidades de Chile y Perú. La ojival parroquia de la Magdalena con ­ serva dos portadas antiguas. E l interior, de tres naves, perdió varios retablos en la reciente guerra. No puede por ello ofrecer a nuestra curio­ sidad otra cosa que la capilla de San Mauro, con la plateresca reja y el blasonado sepulcro de don Juan Briceño Céspedes, construido en 1596. La tam bién ojival parroquia de San Pedro, sobre cuyos estribos destacan gárgolas, tiene dos portadas sencillas y una del R enacim iento. El nuevo pueblo de San Francisco de Olivenza

El retablo m ayor de la única nave, dorado y barroco, sufrió daños en la guerra. Esta villa, en la que se encontraron aras romanas, tu vo una pequeña fortaleza, un con vento y conserva algunas casas con escudos. Al oeste de Alm endral, en la h oy dehesa y antes encom ienda de Los A rcos, vem os el castillo de este nom bre, otro de los que pertenecieron a la casa de Feria, que asienta sobre una lom a, en paraje en el que hay varios dólm enes. Sigue h oy arrogante y en pie, ofreciendo la visión de un com pleto m onum ento m edieval, que tam poco tiene deterioros en el interior. Una lápida menciona en este castillo a Lorenzo Suárez de F i­ gueroa, para cu yo linaje se creó en 1599 el título de con de de Los Arcos, a favor de don Pedro Laso de la Vega y Figueroa. Villanueva del Fresno, que se alza en tierra llana, fue señorío y m ar­ quesado, juntam ente con Barcarrota, y nos brindan un típico encanto cam pesino.

* * *

Cruzamos p or la aldea de Táliga, situada en un llano, rum bo a unos rincones en los que encontrarem os castillos. Higuera de Vargas sufrió daño en los retablos de su parroquia de la Concepción, tem plo en el que se venera la imagen de Nuestro Padre Jesús de los Afligidos, escultura vestida que representa al Señor con la cruz a cuesta. El señorío de la villa, concedido en 1390 a Alonso Fernández de V ar­ gas, se conservó en sus descendientes y fue a incorporarse a la casa de los duques de Fernán Núñez, siendo curioso anotar que, sin modificaCastillo de Los* Arcos


A lfonso I de Portugal, en un paraje en el que hay una cueva prehis­ tórica, pobló la villa de A lconchel, que en 1264 pasó por convenio al reino castellano. Com o centinela que vigila los sueños de la villa de tra­ dición tejedora, en el alto cerro que llaman de Miradores se alza el m e­ dieval castillo, de tres recintos, el segundo de los cuales tu v o puente levadizo. Es la fortaleza el gran adorno de la localidad, que en su casco urbano tan sólo puede mostrarnos la gótica y sencilla arquitectura de su parroquia del siglo x v i, de tres naves, cubiertas con bóvedas de crucería. La villa nos despide con esta copla arcaica, que denota el rango de la cabeza del partido: Si de A lconchel, m i niña, vas a Olivenza, pon te saya y corpino de día de fiesta.

2. — La gracia del manuelino.

Castillo de Higuera de Vargas

ción ni aditam ento de grandeza, el título de señor de Higuera de Vargas es el único de su clase que sigue viv o y en uso legal en España. Tam bién el viejo castillo medieval, sím bolo del señorío, sigue en pie, en lo más alto, aunque deteriorado por el paso de los siglos, las guerras y el abandono. Es una fortaleza reducida, de las clásicas de tipo familiar de un linaje. En Cheles y A lconchel volvem os a encontrar el recuerdo del maestre don Gutierre de Sotom ayor, porque ambas villas le pertenecieron, for­ mando con ellas el feudo de su hijo segundo. Más tarde se separaron en dos líneas sucesorias: aquélla fue a los Manuel de Villena, condes de Vía Manuel; ésta, a los Zúñigas y luego a los marqueses de San Juan de Piedras Albas. Cuéntase en Cheles una curiosa anécdota: Después de destruir duran­ te la guerra los retablos, quisieron acabar con un venerado Cristo y a ­ cente; pero al ir a herirle con un hacha, el sacrilego cayó al suelo sin sentido, causando el hecho tal impresión en el vecindario, que se salvó lu escultura y terminaron las destrucciones de imágenes y objetos religiosos. Villa fronteriza, de m ucho contacto con Portugal, cuyo nom bre figura en la toponim ia del Perú, conserva el palacio de los Vía Manuel y la parro­ quia de la Concepción, de dos naves, en la que se ve mármol portugués de V illaviciosa y en la que están los enterramientos de los condes.

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Aunque no hay duda de que en Olivenza se pueden admirar diver­ sos estilos artísticos, sobre todos ellos se im pone, en plenitud o en ma­ tices, la gracia del gus­ to p ortu gu és que se llama manuelino, que dio al gótico belleza y su a v id a d e s, cu y a in ­ flu en cia salp icóse en sucesivas épocas. Tom ó el estilo su nom bre del monarca don Manuel I, que reinó en Portugal desde 1495 a 1521. Olivenza es autén­ ticam ente el m arco lu­ sitano de un vivir ex­ trem eño, en el que se mezclan las voces de los idiom as de las dos naciones peninsulares. Tres veces se repite en la toponim ia del Brasil el nom bre de esta ciu ­ dad, de la que los o b ­ je to s p re h istó rico s y rom an os pregon an el viejo origen. Asienta en el paraje olivarero que se llama Castillo de Alconchel


Campo de Olivenza, y tiene anejas la villa de San Jorge y las aldeas de R a m a p a lla s, San Benito de la Contien­ da, Santo D om ingo y V illa r r e a l. O s cila n te entre los dos pueblos ibéricos, dicese que la población se hizo p or­ tuguesa al ser llevada com o dote por una in­ fanta castellana, espo­ sa de un hijo de don Dionís; pero en reali­ dad, fue este monarca el que alzó el castillo en 1306. El marqués de Leganés fracasó en su in ten to de con qu ista en 1648, consiguiendo ganar la plaza para E s­ paña, en 1657, el duque de San Germán. Por el Tratado de Lisboa de­ ífe fc s . volvióse a Portugal en 1668, co n v ir tié n d o se definitivam ente en es­ pañ ola y extrem eñ a , según dijim os, en 1801. Olivenza. Puerta de la muralla La m u ralla, de la que se co n o cía n tres puertas, llamadas del Calvario, de San Francisco y N ueva, se pierden hoy entre los edificios que las cubren. Se conserva alguna de tales puer­ tas, com o la del Calvario, de gran prestancia, de sillares almohadillados y original frente alto partido, que luce en el centro las armas de Portugal. Se conserva tam bién el hermoso castillo, convertido más tarde en prisión, con rectangulares torres en los ángulos y una alta y cuadrada de sillería, ejemplar notable de arquitectura militar, posterior a la refe­ rida fecha de construcción, ya que data del siglo x v i. Una gran curiosidad de esta torre es la galería en rampa ascendente, que arranca de la puerta y llega hasta la terraza de la parte alta, por la que se puede subir a caballo. Bóvedas escalonadas cubren esta subida, en la que hay saeteras abiertas en los gruesos muros, destinadas a dar luz al camino ascendente y a cum plir con la misión defensiva del edifi-

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ció, ya que desde ellas se podía hostilizar. Cám aras, m a zm o­ rras y puertas bien de­ fen d ida s nos dan en este edificio la sensa­ ción co m p le ta de lo que fue la vida en una mansión guerrera; vida vigilante y dura, entre el frío de las piedras, al acecho de la salida en ofensiva atacante o de la preparación de la heroica defensa. * * * La p a r r o q u ia de Santa María del Casti­ llo, que se llam a así por estar inm ediata a la fortaleza, es una fá­ brica del siglo x v i, en cuya con stru cción in­ Castillo de Olivenza te rv in o a ctiv a m e n te Andrés de Arenas, un artista castellano que trabajó en la puerta de los Leones de la catedral de Toledo. Leem os su nom bre en la gótica portada de la Epístola, en la que resalta la cruz de la histórica Orden portuguesa de Avís. En el cuerpo inferior de la torre de sillería se abre la portada prin­ cipal, bello y sencillo m odelo del R enacim iento, entre columnas, con rosetón por remate. En el interior del tem plo, de muros de granito y suelo de mármol, las tres naves de igual altura, con bóvedas por aristas sobre columnas lisas, rematan en tres capillas absidalcs de profusa ornam entación barro­ ca. Lienzos y retablos de dicho estilo y zócalo de azulejos com pletan los detalles de la capilla m ayor. La capilla absidal del lado de la Epístola, decorada tam bién en estilo barroco, se adorna con curioso retablo del siglo x v n , de dos cuer­ pos que, en un trazado arquitectónico de talla corintia, negro, dorado y del color de la madera, enmarcan seis lienzos, figurando otro circular en el copete. El retablo de la capilla absidal del lado del E vangelio es un interesan­ tísimo ejemplar del gótico manuelino. De talla dorada y policrom ada,

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sobre fondo azul, representa el árbol genealógico de la Virgen, con per­ sonajes en cuyos atuendos se m ezclan prendas de m oros, rom anos y caballeros del siglo x v i, época de la ejecu ción de la obra. El árbol tiene su raíz en Abraham , el cual aparece echado en la parte inferior. Las otras doce figuras están en pie sobre las ramas, sim étricamente, ocupando la parte alta central Nuestra Señora, con su H ijo en los brazos. En las funerarias y blasonadas losas de m árm ol de la iglesia se leen los apellidos Da Gama, Fonseca, Matos, Altam ira, Coello, Vázquez, Lobo, C haves... Nobleza portuguesa, porque portugueses fueron sus n o­ bles linajes y los escudos de las casas solariegas que adornan la ciudad. * * * La parroquia de Santa María Magdalena data tam bién del siglo x v i. La torre de sillería se alza a los pies del tem plo, dividida en tres cuerpos por molduras torsas, con ventanas de arco apuntado en la parte supe­ rior, rem atando en un coronam iento de pirámides sobre pedestales. En el cuerpo bajo de la torre se abrió des­ pués la lujosa portada p rin cip al de m árm ol, perteneciente al primer estilo del R enacim ien­ to. En ella se com bi­ nan a rm ó n ic a m e n te zó ca lo , colum nas p a ­ readas de orden jón ico, querubines y m edallo­ nes, en cu adrado todo por pilastras y elegan­ tes columnas corintias, entablam ento de friso finamente ornam enta­ do, niños sustentando un escu do y rem ates co n figuras ta m bién infantiles. Detalles cu­ riosos de este conjunto son las parejas de colum nillas de m árm ol, delgadas y finísim as, que producen una au­ tén tica sen sa ción de fra gilid a d y parecen Parroquia de Santa María

adorno de mueble rico, ejecutado en marfil. La p o rta d a de la Epístola, que se perfila en arco trilobidado y se tim bra con el león de San Marcos, es un lin­ do ejem plo del manue­ lino, gusto que triunfa en el interior del her­ m osísim o te m p lo de tres naves, la cen tral más alta que las late­ rales. Las bóvedas ner­ vadas descansan sobre bellas columnas torsas, cuyas espirales rem a­ ta n h o ja ra sca s. E sta estructura arquitectó­ n ica , co n el c o m p le ­ mento de la decoración de los muros, en la que lucen las armas de P or­ tu ga l, form a un c o n ­ ju n to e x tra ord in a ria ­ mente encantador, que recuerda el con v en to de los jerónim os de B e­ lén, cercano a Lisboa. La ca p illa m a yor de las tres que form an Parroquia de Santa María. Retablo la cabecera del tem plo, con el árbol genealógico de la Virgen se une a la nave por un arco ondulado con festón de hojarasca dorada y se cubre con bóveda de estrella, armonizándose con estos ricos detalles el total revestimiento barroco, fastuoso y dorado, del siglo x v n . Juegan con tod o ello retablo de columnas salomónicas, arcada de prolijo adorno, guirnalda y niños. En el testero están el camarín y el tabernáculo en form a de gran tem ­ plete. Completan el bello con jun to imágenes, pinturas de escuela italia­ na y los azulejos de los costados, en los que aparecen Marta, María y la Sagrada Cena. En el resto del tem plo, de una riqueza deslumbrante, ponen matices maravillosos los retablos de mármoles, dos con salomónicas columnas de jaspe; la capilla en que reposa don Enrique, obispo de Ceuta, fallecido en 1532, con retablo del siglo x v i i y zócalo de azulejos; las dos laterales

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y bellísimas capillas del ábside y una inacaba­ da serie de detalles, de adornos, de ornam en­ tación, ejecutados con maestría y finura, con gracia y riqueza, com o si con este tem plo lusi­ tano se hubiera queri­ do ofrendar a las tierras hispanas un m odelo de la plenitud del encanto del manuelino. * * *

vem os a A dán y Eva, a Moisés, haciendo b ro­ tar el agua de la roca; a Daniel, en la cueva de los leones; a Jesús, sanando a un tullido; a R ebeca, a T obías, a Isaac, a L o th ... T od o este alarde de cerám ica tiene réplicas en los otros tem plos de Olivenza; pero el me­ jo r y más im portante c o n ju n to es este del hospital de la Caridad, ta n s u fic ie n t e p ara darnos m odelo antológ ico de la azu lejería lusitana, com o el tem ­ p lo de la M agdalena, del manuelino.

El convento de frai­ les fra n cisca n o s nos recrea en su iglesia, de una nave, con bóvedas de lu n e to s, c o n te m ­ plando el barroco reta­ blo de m árm ol y jaspe, del siglo x v m , y el zó­ calo de azulejos, en el que se reproducen epi­ sodios de la vid a de San Francisco. Fundó­ se primeramente en el lu gar lla m a d o O tero de San Lorenzo, por el duque de Cadaval, en P o rtad a de la p arro q u ia de la M agdalena 1500, siendo luego tras­ ladado en 1594. E xistió tam bién en Olivenza un con vento de clarisas, convertido después en hospital de San Juan de Dios. La ciudad tuvo varias ermitas, entre ellas las de Santa Quiteria y San A ntonio. El propio rey don Manuel se dice que fundó, en 1501, el hospital de la Caridad. La capilla de una nave, con coro de tres arcos sobre colum ­ nas de mármol, aunque renovada, conserva el detalle im portantísim o de tener totalm ente revestidos los muros de azulejos de gusto barroco. La fantasía y perfección de los ceramistas portugueses se patentiza en este alarde decorativo, en el que resaltan grandes figuras, que representan con bellas tonalidades múltiples paisajes bíblicos y evangélicos. En ellos

La vieja a rq u ite c­ tura civil, impregnada de sa b o r p ortu gu és, con blasones de linajes lusitanos, la vem os re­ partida entre los nue­ v o s e d ific io s , en los que no faltan las inIn te rio r de la parro qu ia de la M agdalena d u stria s, re p re se n ta ­ das principalm ente por las almazaras de aceite. El más im portante ejem plar de esa arquitectu ra es el antiguo palacio destinado luego a A yuntam iento y B iblioteca. La gracia del arte portugués vuelve a des­ lum brarnos en su portada de fines del siglo XV o principios del x v i, cuya finísima ornam entación se perfila en lóbulos, ondas y ángulos, com bina­ dos sobre columnillas de las que irradian elegantes grumos, con las es­ feras, sím bolo de los descubrimientos, las armas de Portugal y la cruz de A vis. Luego vem os en conjunto y detalles la población y su cam po: aquélla, con sus fuentes y jardines; éste, con sus anejos, sus ermitas y sus olivos. La ciudad nos recuerda su rango de plaza fuerte, que tu vo gobernador militar, sargento m ayor y dotación artillera. El cam po se nos ofrece

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recortado por la plata de n u m erosos ríos y a rroy os, pues no son tan sólo el Guadiana y el que lleva el nom bre de Olivenza los que lo cruzan, sino tam bién el Arcarrache y las ri­ beras de T áliga, Frcjo , Los M orenos, San B enito, San A m aro y Ram apallas. Sobre el Guadiana v em os los restos del p u en te de A ju d a , la rota osamenta que pre­ gona con su d estru c­ ción las pretéritas con ­ tiendas de los dos países colindantes. Parece, al m ism o tie m p o , com o si estos arcos rotos quisieran reforzar con el im posible tránsito el apartam iento de P or­ tugal de la que fue pla­ za portuguesa; refuer­ zo inútil, porque en lo real y p a trió tico está separada sin que sea preciso el obstácido, y en el ensueño sigue unida, a pesar de él. H a y a lgo en esta ciu d a d que está p or encima del casco urba­ no y del paisaje, algo que hemos visto refle­ ja d o en los monumenP o rtad a de la B ib lio teca tos y que oím os flotar en las palabras: el sa­ bor portugués. La lógica frontera de las dos naciones es el Guadiana, y Olivenza está situada en la parte española. Fue siempre un enclave, una avanzada, sujeta a la influencia hispana. Sin em bargo, acaso por eso mismo, .refuerza su personalidad con un fuerte matiz lusitano, que hoy,

aun sintiéndose íntegramente española y extremeña, se percibe no com o cosa extraña y disgregante, sino com o un encanto peculiar, com o algo delicioso, que parece reflejado en la belleza de las piedras labradas, en los azulejos del hospital de la Caridad... En ese encanto, que flota en el ambiente de esta Olivenza alegre, próspera y española, se sienten las saudades del alma portuguesa, que alientan en el cuerpo extrem eño; del alma que mira a un lado la recie­ dumbre de Extrem adura y vuelta hacia el otro, sobre la plata del fron ­ terizo Guadiana, añorando las velas y los mástiles, los marinos y las olas del festón de la costa de Portugal, sím bolo de un pasado de des­ cubrim ientos, del que Olivenza conserva com o su m ejor reliquia la gra­ cia del m anuelino...

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A zu lejos del hosp ital de la Caridad


Ja r d ín de la T rin id ad , de B a d a jo z

X II

EL REINO MORO (B A D A J O Z )

El paso del tiem po no ha podido borrar el halo que nimba a B adajoz con el recuerdo del reino m oro del que fue capital. Arrullo y espejo, las ondas del Guadiana recogen su silueta esbelta, recostada en el ribazo, con corona aún de almenas musulmanas. La torre de Espantaperros sigue siendo su vigía m ahom etano; el agua que canta en los surtidores de los jardines pacenses tiene ecos de risa y llanto agarenos. E l reino en sí, aquel reino extenso, se ha desvanecido. Le queda a Badajoz rango capitalicio — ¡curioso contraste!— sobre la provincia más grande de España y sobre el partido judicial de Extrem adura de menos localidades, ya que tan sólo tu vo en él hasta hace p oco dos, aumentadas h oy con los pueblos nuevos, nacidos en esta zona y m encionados al tra­ tar del Plan de B adajoz.

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('.ampos abiertos y fértilcM, con «1 relieve de la Serreta que cruza el río, ('orinan un territorio que t i l Sur es prolongación de I o n Barros y al Norte terciario arenal fecundo. Sobre él se enlazan el verdor de los rega­ díos y el encanto de la tradicional adelfa, más frondosa aún que la m edi­ terránea, de (lores rojas o blancas, florecida de febrero a octubre, que alcanza su m áxim o esplendor en las orillas del Gévora. 1. — Un recuerdo y una realidad. El recuerdo es La Albuera, al sur del Guadiana, reducido núcleo, situado en ameno paraje de secano, en el que de antiguo las gentes de Badajoz edificaron numerosos cortijos y una iglesia, h oy parroquia, de Nuestra Señora del Camino. El pueblo en sí es com o tantos otros rurales; pero su nombre se hizo fam oso, porque aquí se libró la más importante batalla extremeña de la guerra de la Independencia, v icto ­ riosa para España, la batalla de La Albuera, que tu vo lugar el 16 de mayo de 1811. En ella, los generales Beresford y Castaños derrotaron a los franceses, mandados por Soult. Un monumento conm em orativo recuerda la gloriosa gesta en la plaza lugareña. La r e a lid a d del partido es Talavera la Real, aunque tam bién tenga un recuerdo his­ tórico, pues aquí m u­ rió la reina A n a de Austria, m ujer de Feli­ pe II. cuando su espo­ so iba a posesionarse de Portugal. La villa, de viejo origen, asen­ tada en la plenitud de los riegos, tam bién al sur del G u adian a, se denomina com únm en­ te en la región Talave­ rilla. Los propios veci­ nos le dan tal nombre, co m o se v e en esta copla popular que can­ tan a su patrona: E n B a d a jo z está D ios y en A lcá n ta ra S a n Ped ro, y en T a la v e rilla , m ad re, la V irgen de los R em edios. L a A lb u era. M onum ento c o n m e m o r a tiv o de la b atalla

V ista de B a d a jo z

Pu en te de P alm as


Alguna casa blasonada y su parroquia de Nuestra Señora de Gracia forman su patrim onio artístico. El tem plo, de m ampostería, ladrillo y sillares, del siglo x v i, reconstruido, tiene interés y encanto, por el pórtico en form a de tem plete, el plateresco retablo con pinturas de la escuela castellana, la pilastra visigoda que sirve de soporte a la pila de bautismo y los hermosos frescos murales. Pero tod o esto se esfuma ante la realidad de los nuevos vergeles regados que circundan la villa. Frutos e industrias se han hecho vida y riqueza en este rincón, que hasta cuenta con uno de los aeródromos militares más im portantes de España: la base de aviones a reacción. 2. — E l ensueño ag aren o . En la orilla izquierda del Guadiana, al borde de la plata del río, Badajoz, la más populosa ciudad extrem eña, se nos brinda acogedora com o una sonrisa, vieja y nueva, alegre e industriosa, morisca y meridional. Y a hemos visto que en Extrem adura los contrastes se repiten, para actuar de com plem entos. E l T ajo y el Guadiana lo testifican, cada uno con misión diferente y con enorme im portancia en la suya. Ahora com ­ probam os los contrastes entre las dos capitales extremeñas, en los que cada una aporta distintos y específicos encantos. Cáceres es el granito y la eternidad, el señorío y el misticismo, la reciedumbre y el secano; M urallas de B a d a jo z

P u erta de Palm as

B adajoz, el río y los puentes, la actividad y los jardines, la cal y los rega­ díos. Hasta lo viejo y monumental de ambas es contraste y com plem en­ to, porque lo que tiene allí austero tono castellanoleonés, aquí se matiza de ensueño agareno. E l em plazam iento nos parece el típico de una citania, bordeada la eminencia en que descansa por el Guadiana y el Rivilla. Desde el puen­ te de Palmas contem plam os a B adajoz, antes de pensar en su historia, para empaparnos en su peculiar encanto. Este puente, que une la ciudad con la amplia barriada en la que tiene la estación de ferrocarril, defen­ dido desde la orilla derecha por el fuerte de San Cristóbal, alzado en un cerro, entre el Guadiana y el Gévora, es algo típico y entrañable para la población. Si en origen pudo ser rom ano, borró su prim itivo aspecto la actual traza, en la que se aprecia el gusto herreriano del siglo x v i. Con sillares y mampostería salvan el gran río, firmes y arrogantes, sus treinta y dos ojos de arcos de m edio punto, que en varias ocasiones fueron des­ truidos y restaurados. Una perdida lápida latina, en su traducción al castellano, decía así: « Siendo don Felipe I I rey de las Españas e Indias y Gobernador de esta ciudad don Diego Hurtado de Mendoza, el Concejo de P ax Augusta dedica en bien de todo el orbe esta obra, acabada de los fondos públicos, en el año del Señor de 1596.»

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«E l Concejo de P ax A ugusta», dice la lápi­ da, y se ha dicho siem­ pre, porque, antes del vivir agareno, el oscu­ ro y lejano origen de B adajoz aparece unido a tal nom bre. ¿A cau­ sa de qué? De la sede episcopal. N o es fá c il d ic t a ­ minar si la P a x A ugusta rom ana estuvo aquí o en B eja , en P o rtu ­ gal. Lo últim o parece lo p ro b a b le . Sin em ­ b a rg o , la sede e p is­ cop a l de B a d a jo z se llamó Pacense. Para la s o lu c ió n d el en ig m a hay dos opiniones: que hubiese dos localidades q ue se lla m aran P a x Augusta y que de Beja trajera el n om b re la sede trasladada desde allí a B a d a jo z . E sto del tra sla d o es cosa a bsolu tam en te cierta, com o el que cuanto se relaciona con la capi­ tal de la Baja E xtre­ P u erta de la subida a la alcazab a madura fue, es y será siempre pacense. Los objetos rom anos encontrados aquí no dejan lugar a duda sobre su nacim iento en tal período, en el que debía de tener poca im portancia, siendo, más que una población, un conjun to de diseminadas quintas de recreo, cuya existencia era lógica en paraje tan fértil y cercano a Mérida. !\o obstante, pronto tuvo obispado, sufragáneo de la sede m etropolitana de Emérita. El mismo escaso destaque predomina en la época visigoda, aunque parece que, al fin de ella, su prelado, al que se llama pacense, estuvo con <■1 últim o rey, don R odrigo, en la desdichada batalla en la que le derro­ taron los árabes. Con éstos vinieron para B adajoz los días gloriosos, cuando el gobernador de Mérida se subleva contra el califa cordobés

y crea un reino del que hace capital a la que parece que denom inaban Batalios, nom bre que se ha prestado a diversas etimologías que lo ligan con las palabras paz, muela, santidad y vides. Su primer rey fue el persa Sapur. Los árabes alzaron esas murallas que aún vemos en el ribazo, recias y firmes, dándole desde entonces la categoría de plaza fuerte, que con ­ servó ya siempre. Aunque perdidas o reformadas, las defensas son el primer recuerdo de un esplendor que tiene todos los matices de un orien­ tal ensueño agareno. El reino m oro, nacido a principios del siglo x i, abarcando en sus dom inios Extrem adura y los Algarves, florece en todas las actividades, en artes y en letras, en poetas y sabios. El Idrisí m enciona la ciudad com o cosa im portante. Fue aquélla una plenitud que dejó un signo im borrable en la fisonomía y en el alma de B adajoz. Cuando A lfonso I X reconquista definitivam ente la ciudad, el 19 de marzo de 1230, la cruz de Cristo reina triunfal; pero en un m arco agareno. Cristiana es totalm ente la puerta de Palmas, que vem os en nuestro avance desde el puente hacia la población. Sin em bargo, aún sigue impregnada de aquella gracia esta puerta, que es uno de los m onum en­ tos más típicos y representativos. Airosa y pintoresca, con adorno de palmeras, para que no le falte el sabor meridional y m oruno, la que fue entrada de las murallas aparece hoy sola, com o arco de Triunfo, entre dos torres redondas. Otro debió de ser su prim itivo aspecto, ya que el actual data de 1551. Aunque modernas restauraciones recubrieron las torres con un revestim iento que figura sillares almohadillados, el con ­ ju n to no ha perdido su gracia, y el granito continúa a la vista en el arco de grandes dovelas, en las molduras torsas y en los medallones de las enjutas, uno de los cuales representa a Carlos Y . El escudo real de los Austrias tim bra la puerta de Palmas, que sigue siendo, en sím bolo, la puerta por la que el viajero entra a esta ciudad que en los actuales m om entos está rebasando los 100.000 habitantes.

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Y a dentro de la población, no queremos perder el hilo histórico y vam os a lo que más directam ente vuelve a enlazarnos con él, a la parte alta, a lo que fue alcazaba o ciudadela, al cerro del Orinace, elevado se­ senta metros sobre el Guadiana. Aquí tuvieron su residencia los reyes moros y antes los obispos pacenses. ¿Cuándo asentaron aquí los últim os? Parece lo probable que alrededor del año 681, por traslado desde la Beja portuguesa. Para subir hasta esos rincones hemos de pasar por la fortificada puerta de arco de herradura, en la que sigue intacto el ensueño agareno, porque es puramente árabe. Un paso angosto, unos escalones y una especie de patizuelo cuadrado, que cierran las murallas y defiende la


b a rb a c a n a do época p o ate rio r, vcm oa en to rn o 11 I ii |io rliiila , que nún tiene en el lad o in te rn o las q u ic ia le ra s «le las ho jas ile la* p u e rta s . U n ro m an o c a p ite l c o rin tio de m á rm o l b la n co a d o rn a I o n v ie jo * do rados m uro* de esta e n tra d a , po r la que se cru za p a ra su b ir, tra s s a lv a r o tro pasadizo y escalones, a la p a r le a lta .

Lo primero que nos atrae arriba es la torre que llaman del Apren­ diz o de Espantaperros, la más representativa construcción pacense del reino agareno, que tom ó el último nom bre del ruido fuerte de la cam pa­ na que tu vo en lo alto. Destacada de la antigua fortaleza, con la que com unica por el adarve, a través de un largo muro, se nos ofrece com o un ejem plar del tipo de la sevillana torre del Oro. En los muros de tapial de su traza octógona no hay otro adorno que la faja entre dos resaltes, que marca el arranque de las almenas. Un pequeño cuerpo de ladrillos, con ventanas, corona esta torre de Espantaperros, que vio cruzar ante ella el esplendor dorado de los reyes moros de B adajoz. El recuerdo de tales monarcas se hace más fuerte aún en el Museo A rqueológico, instalado en un m arco delicioso, en unas viejas estancias situadas al pie de la referida torre. Entre una serie de objetos valiosos de muy diversas épocas, la pacense dinastía nos habla desde las lápidas funerarias, tal com o la del primer rey, la de Sapur, cuyo epitafio, según la transcripción de don Francisco Codera, dice así: « En el nombre de Allha, el clemente, el misericordioso, este es el sepul­ cro de Sapur el hachib, compadézcase de él A llh a: y murió en la noche del jueves a diez noches pasadas de xaabá en el año tres diez y cuatrocientos; y testificaba que no hay Dios sino Allha.» U n a sala del M useo A rqueológico

El recuerdo del rey, que nos lleva al año 1022 de nuestra Era, se enlaza en este m u­ seo con el de otros re­ yes y con infinitas e v o ­ caciones, rem otas unas y próxim as otras, que emanan de los objetos aquí reunidos. V ie ja e v o c a c ió n ofrecen los parajes en los que estuvo la pa­ rroquia de Santa Ma­ ría, antes basílica visi­ goda y mezquita ára­ be, la que a raíz de la Reconquista fue sede y llam aban Santa María la O bisp al. La ruina consum ió en esta altu­ ra de la ciu da d ela el a n tig u o te m p lo , p o r el que los prelados tu ­ v ie ro n ta m bién aquí su p a la c io p rim itiv o . A lguna torre y algún episcopal escudo lo re­ cuerdan en el m oderno h o s p ita l, q u e o c u p a h o y el e d if ic io , tra s am plísim as reform as. T o rre del castillo D el v ie jo ca stillo siguen en pie torre y almenas; no m ucho, pero suficiente para patentizarnos la continuidad his­ tórica, la superposición a lo agareno de edificaciones de la Reconquista. Desgraciadam ente, esta parte alta fue azotada con daños en muchas gue­ rras, siendo de los m ayores los causados por los franceses en 1811. Am enos jardines, con palmeras y flores, alegran h o y estos ám bitos y ponen su nota de color entre la belleza de los m onum entos y la pena de las ruinas. Lo que se mantiene firme de fortaleza, torres y murallas sigue proyectando su em oción de siglos sobre el paisaje abierto que desde aquí se divisa, paisaje en el que dan vivas pinceladas la blancura de los pueblos nuevos, el verde de los regadíos y la plata del Guadiana, ancha y brillante, que avanza con m ajestuosidad solemne sobre la vega.

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r en todas las principales poblaciones extremeñas, tuvieron aquí enorme intensidad y un trem endo desenlace sin parangón. La poderosa estirpe de los Bej araños — la misma que huyendo de B adajoz fue luego a T ru jillo— , orgullosa e indóm ita, v ivió en pugna constante con los Portugaleses, gente noble de origen lusitano, que capi­ taneaban el bando opuesto. A tal punto llegaron los desmanes com etidos por los Bejaranos, que el rey Sancho IV decidió venir contra ellos, en unión de las tropas de los maestres de las Órdenes militares. E l escar­ m iento terrible, ejem plar, consum ado en el año 1288, lo reflejan estas estrofas de viejo rom ance: E l re y , con crecido enojo, m an dó m a ta r todo el bando: entre hom bres y m u jeres, cu atro m il ha degollado. T o do s los m ató en un día, que ninguno no ha dejado que hubiese po r apellido sobrenom bre B e ja ra n o .

E l tema de estas luchas inspiró al duque de Rivas una bella rimada leyenda, que sitúa en la N ochebuena, en la hora en que se celebra la misa del Gallo: Mientras en las calles se m ataban unos a otros, el sacer­ dote com enzó en la más com pleta soledad los D ivinos Oficios; pero de las tum bas salieron las generaciones anteriores, los esqueletos, envueltos P alacio de los Su árez de Figu eroa

El últim o edificio que contem plam os en la parte alta es el deteriora­ do palacio que fue de los Suárez de Figueroa, auténtica casa-fuerte, señorial, con torres cuadradas en los ángulos y patio en el centro, edi­ ficio en el que algunos detalles arquitectónicos tienen carácter mudéjar. Se ha pensado en convertir este palacio en parador. T an to el emplaza­ miento com o la construcción en sí lo harían uno de los más pintorescos de España, porque en él se iba a vivir entre el encanto de los m onum entos que lo rodean y sobre la alegría de los claros horizontes que domina. * * * Al descender de la alcazaba, la historia vuelve a prendernos en sus redes. El barrio que cruzamos, la plazuela de San José, es el rincón de B adajoz que conserva más carácter ancestral. E n estos recovecos de arquería y cruces vivieron tras la R econquista hidalgos y pecheros, aten­ tos siempre a las incidencias guerreras que les deparara la situación fronteriza con Portugal y la im portancia del recinto com o plaza fuerte. Pero, sobre tod o, estos rincones nos parecen el escenario adecuado para las luchas de las banderías locales de los nobles linajes que, al igual que

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P lazu ela de San .Tose


en sus sudarios, para acom pañar en tan so­ lemne noche al Señor, al que sus descendien­ tes, víctim as del odio y la ira, dejaban aban­ donado. En esta plazuela, la de más in ta cto sabor tra d icio n a l, entre las arquerías de lad rillo sobre columnas de gra­ nito, nos parece oir los ecos de aquellas terri­ bles luchas banderizas, en las que la reciedum ­ bre medieval se deba­ tió estérilmente en toda E xtrem ad u ra — aquí, tras el ensueño agare­ no del reino m o ro — , en espera de la aurora lum inosa de las co n ­ quistas americanas. 3. — El corazón cristiano. La catedral pacen­ se es el corazón cristia­ no de esta ciudad que evoca los esplendores del reino m oro. Parece que desde el siglo x Jorre de la catedral hubo una iglesia m o­ zárabe en el sitio en el que a raíz de la R econquista se com enzó a construir la catedral, dedi­ cada a San Juan. Fray Pedro Pérez., que al ser el primero en la nueva lista de la restaurada sede se titula primus episcopus pacensis, dio co ­ mienzo a las obras en 1232. Gran parte de ellas quedaron terminadas en la centuria, si bien luego hubo agregaciones. Es digno de observar que este m onum ento se aparta de la línea com ún de los de su clase, que suelen ser ostentosos, desbordados de ador­ nos y filigranas. En la fisonomía de la catedral de B adajoz, aun sin faltarle hermosos detalles, impera una sencillez que le da recia persona-

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lidad y peculiar encanto. La torre es, sin duda, la que menos se aleja de esa línea com ún, porque tiene auténtica belleza. Su cuadrada fábrica de m am postería y sillares, que ocupa el ángulo noroeste del tem plo, acusa una construcción de los finales del siglo x v o principios del x v i. Sus cuatro cuerpos los separan molduras: perlada, la más baja; de ajedrezado con fina crestería, la segunda; sencilla, la tercera. Dos artísticas ventanas se abren en el segundo cuerpo de esta mole de piedra ennegrecida por el tiem po: una gótica, con finas m olduras, arco trilobulado, cabezas de San Pedro y San Pablo, hojarascas, pináculos y escudos, y otra de hueco gem inado, del R enacim iento, con fino parteluz de m árm ol, que se abre entre pilastras de orden com puesto, prolija­ mente adornadas, y tiene frontón semicircular con una concha. Los dos huecos del tercer cuerpo, uno en cada frente, están adornados por m ol­ duras y los ocupan las esferas del reloj. Un coronam iento de pináculos remata la torre, cuya altura es más del doble que el resto de la catedral. En la parte externa del tem plo representa lo más viejo la fachada norte, a la que le dan carácter el almenaje de torretas y los escudos de las estirpes a las que pertenecen las capillas interiores. En las dos portadas laterales im ­ pera la sen cillez, que tan sólo rom pen, en la del sur, una imagen en hornacina, y en la del norte las pilastras. La portada princi­ pal, to d a de m árm ol blanco, corresponde a la segu n da é p o ca del R e n a cim ie n to , en la que el estilo cobra se­ veridad. Entre colum ­ nas pareadas se abre el h u e co a d in te la d o , b ajo hornacina, con la imagen de San Juan y escudos. El resto del e x te ­ rior catedralicio, com o ya dijim os, tiene una d o m in a n te sen cillez, que no revela el mérito interno de un ejemplar P o r t a d a de la c a te d ra l


arquitectónico, im portante en el estudio de la transición del rom ánico al gótico, en el que los viejos pilares cruciform es, con columnas adosadas y capiteles de tosca labra, sustentan las bóvedas de crucería de sencillas nervaturas. La planta es de cruz latina, con nave y crucero. La prim itiva fábrica sufrió amplias reformas, una a fines del siglo x v n , en tiem po del obispo don Juan Marín del R odezn o, y otra en el x v m . A tales fechas co ­ rresponden las rejas y pulpitos, la m ayor parte de una forja típica extre­ meña, que tu vo su maestro, según se d ijo, en el brócense Cayetano Polo. Una lámpara de metal dorada, de enormes proporciones, adorna el interior desde la pasada centuria, en la cual fue traída del Congreso de Madrid, por gestión de su presidente, el poeta extrem eño don A delardo López de Ayala. En los muros se abre una serie de capillas, agregadas en su m ayor par­ te desde el siglo x v . En la del baptisterio, concluida en 1523, nos recrean unos buenos azulejos sevillanos de la época; en la de Santa Bárbara, antes de la Purificación y h oy de las Tribulaciones, un altar barroco, de 1723, y otro gótico, m ucho más im portante, con ocho tablas anónimas, del si­ glo x v , en las que se aprecian atisbos renacentistas de influencia italiana. La capilla de la E n ­ carnación, denom inada de los Fonsecas, fun­ dóla en 1501 un don Lorenzo Suárez de Fi­ gueroa, del que luego h ablarem os. A quí, en un p o ste r io r retab lo del siglo x v m , admi­ ram os un relieve de alabastro que es una auténtica jo y a . En él aparece la V irgen en busto con el Niño de cuerpo entero, desnu­ d o , sen ta d o sob re el brazo izquierdo de la M adre, que lo su jeta amorosa con la mano diestra, juntas las ca­ ras, tratando de envol­ v e rlo en el v e lo con que Ella se cubre. S obre el sagrario destaca esta obra de a rte , e n v ia d a d esd e Italia p o r el referido In t e r io r de la c a te d ra l

Lorenzo, en la que tod o es fino, d elica d o, suave, p e rfe cto . Sabe­ mos que el autor de este relieve de la escuela florentina fue Deside­ rio Settignano, y que existe otra igual en la pinacoteca de Turín. P rosigu ien do el re co rrid o de capillas, pasam os por la de las Reliquias, en la que se conservan los restos de San Julián; la de los V ázqu ez de M oscoso, con plate­ resca reja; la de la M agdalena, en la que está en terrado el ob isp o R odezno, fallecido en 1706; la de Santa R ita , sencilla, ú ltim a del lado del E vangelio; la del Sagra­ rio, am plia, con las sepulturas de varios prelados; la de Santa Ana, que tu vo un perdido retablo con pinturas de Morales, y la de San Fernando, que albergó en varias ocasiones a la Virgen de B ótoa, v e ­ nerada en una ermita campestre. A gotadas las capillas latera­ les, llegam os a la sacristía, de plan ta cu a drad a , con stru id a en 1697 por el obispo R odezno, quien la dotó de la hermosa cajonería de nogal que conserva. Espejos con m arco de ébano, portada de R e lie v e de la V ir g e n y el N iñ o mármol y un buen Cristo del si­ glo x v n , son el com plem ento del gran tesoro que aquí se custodia, for­ m ado por la rica colección de tapices que cuelgan de los muros. Son ocho en total, y carecen de marca; pero su estilo los sitúa en el x v i, posible­ mente realizados en Flandes a la vista de cartones italianos, influidos por el R enacim iento. Las amplias cenefas de profusa decoración, con figuras y m otivos vegetales, enmarcan com posiciones m itológicas en las que hay fábulas de Cupido, Dafne, Diana y deidades acuáticas y cam pestres, sobre fo n ­ dos en los que se ven paisajes, tem pletes y animales diversos, figurando entre ellos águilas, tortugas, m onos, pavos reales y perros. La fina eje­ cución y el bien com binado colorido de lanas y sedas hacen que estos tapices sean obras de gran mérito. La cripta catedralicia es otra reform a del prelado R odezno, realiza­ da para enterramiento de canónigos y dignidades eclesiásticas. También

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reposó aquí el general Menacho, pero sus res­ tos fueron trasladados al claustro, que visita­ mos seguidamente. En él vem os la tum ba de blanco mármol, con leo­ nes y busto, en la que se lee esta inscripción: « A quí yacen los res­ tos del excmo. Sr. D. Ra­ fa el Menacho y Tutlló, Gobernador militar de esta plaza, que murió gloriosamente defendién­ dola contra los ejércitos fra n ceses el día 4 de marzo de 1811. Badajoz dedica este monumento a su heroico defensor en su I Centenario de su muerte.» Al lado derecho del tem plo y oblicuam ente a las naves se tiende el cla u stro, co n stru i­ do por el o b isp o don A lo n so M an riqu e de L a ra , e n tre 1509 y 1520, en torno al cua­ drado y apacible patio de naranjos y lim one­ ros. La luz que se mues­ tra huraña con la igle­ sia , se d e rra m a co n alegría a través de los ven tan ales sobre este D e t a lle de u n o de los ta p ic e s de la c a te d ra l recinto, ejem plar inte­ resante, en el que el gó­ tico tiene reminiscencias portuguesas. Hermosas bóvedas nervadas cubren la construcción, cuyo encanto es tan fuerte, que se im pone a la nota dis­ corde de los vidrios y azulejos m odernos. En los cuatro altares, uno en cada ángulo, se ven cuadros pintados por A ntonio Luis Chinsqui en 1804.

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D os capillas hay en el claustro: la de San Benito y la del Santo Cris­ to; aquélla con retablo barroco y ésta con la veneradísima imagen de un Cristo crucificado, obra de principios del Renacim iento.

El ob jeto extraordinario que encontram os en el claustro es la laude sepulcral del ya aludido don Lorenzo Suárez de Figueroa, hijo de un hermano del primer conde de Feria, de Pedro Suárez de Figueroa. Digno sobrino de su tío el M agnífico, pasó por el m undo derrochando magnificiencia, de lo que en la catedral pacense dan testim onio la laude y el citado relieve de la Virgen y el Niño. Entre 1494 y 1500, Lorenzo estuvo com o em bajador en Yenecia y R om a, falleciendo en aquella ciudad el último año indicado. Desde las tierras italianas, enam orado de las exquisiteces que allí se producían, m andó a B adajoz las dos obras de arte citadas. En la laude sepulcral, el caballero no aparece ni orante ni yacente, sino v iv o , en pie, luciendo con airoso porte el traje de los últimos años del siglo x v y pri­ meros del XVI, de per­ fil, vuelta un poco la mirada al espectador. La origin alid ad enor­ me tien e el c o m p le ­ mento de la belleza, de la fina ejecución. Orlas de exquisita filigrana y los escudos de Figueroas, Mendozas y Aguilar com pletan el con ­ ju n to de esta hermosa pieza de bronce, en la que se lee el siguiente epitafio: «.Sepulcro de Loren­ zo Suárez de Figueroa y M endoza, con doña Isabel de A gu ilar su m ujer: este en la ju v en ­ tud hizo según la edad, y en las armas usó como convenía: fu e hecho des­ pués del consejo de sus altezas y enviado emba­ jador diversas veces: así C la u s tr o y tu m b a d el g e n e ra l M e n a c h o


confirmó el exercicio con los años y dexa para después esta memoria: lo que dél más sucediese dígalo su sucesor.» Tan original es la inscripción com o el m onum ento, que se creyó realizado por Alessandro Leopardi, y parece más probable lo hicie­ ra, por 1503, Pier Zuanne della C am pané, au tor de la V irgen della Scorpa, en San Marcos, de Venecia. L o re n zo e n ca rg ó en v id a el m ausoleo, que fue rem ovido de su capilla; pero ni él ni su esposa re­ posaban b ajo este bronce. El m a­ rido m urió, com o hemos dicho, en Italia; ella fue enterrada en el m o­ nasterio de Santa Ana. Doña Isa­ bel, que no se m ovió de las tierras extrem eñas, esperando el regreso de Lorenzo, refleja su amargu­ ra en esta cláusula testamentaria de 1519: «D entro de la capilla que yo estuviese no se entierre otra per­ sona sino la m ía, pues es ju sto que quien tan sola fue en la vida no tenga com pañía en la m uerte.»

fijos, esculturas, miniados libros corales y viejos docum entos com pletan el con jun to. V olvem os de nuevo, tras la desviación, al interior del tem plo, pasan­ do ante las rejas de la capilla m ayor y el coro, que luego recorreremos. En las tantas veces aludidas reformas del obispo R odezn o, al m odificar­ se los tres ábsides de la cabecera, se hicieron los tres retablos que h oy tienen, el m ayor y los dos laterales, barrocos éstos, realizados por el artista de Zafra A lonso Rodríguez Lucas. En el del E vangelio está el cua­ dro de Nuestra Señora de la Antigua, copia de uno existente en Sevilla, de donde fue traído en 1498. Un interesante ob je to vino hacia este lugar con las m odificaciones: la vieja laude de m árm ol del obispo don Gil Colonna, que rigió la sede de 1273 a 1280. En el m árm ol aparece grabada, sencilla y correctam ente, la imagen del prelado, con mitra y báculo; la inscripción y el familiar escudo en el que cam pea una colum na. La capilla m ayor la form an un recinto cuadrado, cubierto con cúpula, y otro al fondo, que tiene bóveda de lunetos. A esta obra de fines del siglo x v n se agregó la reciente decoración pintada. El retablo, construido en el siglo x v m , es de un barroquism o exuberan­ te, con columnas salom ónicas revestidas de hojarascas. Adem ás de la im a­ gen del titular del tem plo, San Juan Bautista, están en él la Purísima, San Pedro, San Pablo, San A ntón y San Francisco Javier, todos de buena talla y de escuela sevillana. Ángeles, virtudes y doctores com pletan la obra, m ajestuosa y notable entre las de su estilo. Dos de las imágenes dichas son esculturas de mérito: la Purísima y San Juan. De la primera se sabe que fue traída de Sevilla, ignorándose su autor. Su estilo puede relacionarse con el de Pedro Duque Cornejo, discípulo de Pedro R oldán. La imagen del Bautista, obra m uy acabada, se atribuyó a Juan R on , que tu vo taller en Madrid; pero no faltan op i­ niones sobre una posible relación con el granadino Juan Risueño, con ­ tinuador, en los com ienzos del siglo x v m , del estilo efectista de los her­ manos Bernardo y José de Mora. *

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La Sala capitular, alta y baja, así com o otras dependencias que aquí vem os, corresp on den ta m ­ bién a las obras realizadas por el L a u d e se p u lcra l de L o re n z o S u á re z activo obispo R odezno. A rch ivo y de F ig u e ro a museo están instalados en ellas, realizándose en la actualidad re­ formas que han de m ejorar n ota blem en te la instalación del último. Algunos objetos im portantes se han reunido en el Museo Catedralicio. Entre los cuadros hay una Virgen firmada por Atanasio Bocanegra, nu­ merosos lienzos de mérito, con distintas atribuciones, y cinco pinturas atribuidas al D ivino Morales, algunas de indudable autenticidad. Cruci­

Las rejas de la capilla m ayor y del coro, con sus roleos y filigranas, representan el ya indicado estilo del que hubo escuela en Extrem adura. Su forja es bella y fina, impregnada de gusto barroco. E l coro, instalado al m odo clásico español, ocupa una parte de la nave central. La sillería es una im portantísim a obra de talla, realizada por el escultor Jerónim o de Valencia, discípulo de Berruguete, en Valladolid. A cuerdos tom ados por el cabildo en 1554 y 1557 docum entan los tratos con el artista, quien se com prom etió a terminar la obra en agosto de 1558.

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Arrancando del río, F orm an la sillería seguimos con la mirada cuarenta y tres sillas los baluartes que nos en la parte alta y treindescubren el viejo tra­ ta y seis en la b a ja . zado de la perdida línea Con la acostu m brad a defensiva. El prim ero, inspiración fantástica por bajo de la puerta y fecunda en la varie­ de P a lm as, es el b a ­ dad de m otivos y ador­ luarte de San Vicente, nos, Valencia nos dejó co n tin u a n d o la línea en estas tallas p la te ­ por los de San José y rescas un notable m o ­ S a n tia g o . Más le jo s , n u m en to. F igu ras y frente a la puerta del filigranas de fina ejecu­ Pilar, está el fuerte de ción llenan recuadros, Pardaleras. Luego si­ brazos y misericordias, o la parte inferior de guen el baluarte que ocupa h oy la plaza de los asientos. Sobre la toros, el de Santa Mar­ sillería alta se elevan ta y el de la Trinidad, los respaldos, adorna­ dos con grandes figu­ ju n to a la puerta de este n o m b re , p a ra je ras de santos y santas que adornan bellos ja r ­ entre columnas de ca ­ piteles corin tios, que dines. Por últim o, ya en dirección al castillo, sustentan sobre m én ­ sulas las bovedillas de se encuentra el baluar­ los doselétes. La bella te de San Pedro. crestería la forman que­ Los avanzados pun­ rubines, bustos en m e­ tos defensivos, com o el d allon es y d eliciosa s rebellín de San R oque, figuras de niños. En el el fuerte de Picuriña y R e j a d e l coro respaldo del sillón epis­ el referido de PardaleS ille r ía d el coro copal figura el Señor; ras, dan ahora nom bre en los dos inm ediatos, la Virgen y San Juan Bautista, respectivam ente. a modernas barriadas, a las que hay que agregar las de Santa María y En la parte alta del coro hay unas tribunas, con balaustradas y tallas San Fernando, esta última en la orilla derecha del Guadiana. de gran estilo, que denotan ser obra de la misma mano que la sillería. Desde la torre se com prende m ejor aún que la catedral es el cora­ Los órganos barrocos y el facistol plateresco son los com plem entos del zón cristiano de este n ú cleo activo y p op u loso. B a d a jo z se tiende a coro, que form a uno de los rincones más artísticos de la catedral. nuestros pies, prendiendo casas e iglesias en la red de sus calles. A b a ­ jo está el río y arriba la a lcazaba. Las palm eras m atizan los rin co­ * * * nes con su eterna añoranza meridional y moruna. Los barrios se des­ bordan sobre los cam pos. La pureza del azul del cielo se empaña con Concluimos la visita, tras ver despacio otros detalles — cuadros, el hum o que sale de las altas chim eneas de las m odernas fábricas... tallas, escudos y tumbas de prelados, canónigos y nobles— , subiendo a Sobre tod o ello se im ponen cuando quieren hablar las voces de estas lo alto de la torre catedralicia. Desde ella se nos brinda la ciudad cam panas, que fueron, son y serán el latido del corazón cristiano, p ro­ a vista de pájaro, vieja y nueva, blanca y alegre, indu striosa y clam ando en los siglos el triunfo de la verdadera fe sobre el mundo guerrera. agareno.

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4 . — A yer y hoy. Al salir de la catedral estamos en el punto más céntrico de B ada­ jo z, en el clásico Campo de San Juan, h oy plaza de España. Vem os aquí, ante la fachada no exenta de carácter y em paque del A yu n ta­ m iento, la estatua en bronce del pintor Luis de Morales, el D ivino, uno de los más ilustres hijos de la ciudad. A l recorrer ahora todos los ám bitos de la población, retornam os de nuevo al hilo histórico, en el que, tras los reyes m oros y las banderías, se suceden luchas constantes, com o lógica consecuencia de la vecindad con Portugal, de la que la separan los escasos kilóm etros que hay a la fron ­ tera de Caia, teniendo además a la vista la lusitana y fortificada plaza de Elvas. Entre tales episodios destacan el asalto de los portugueses después de la batalla de A ljubarrota, los incidentes de las guerras de Secesión y Sucesión y los asedios, defensas, heroísmos y daños del periodo n apo­ leónico. T od o esto, si de una parte sirvió para escribir una brillante historia, de la otra trajo perjuicios enormes a su acervo monumental. La im portancia de B a d a jo z hizo que v i­ nieran aquí regios visi­ tantes, entre ellos A l­ fonso X I , para ver a la reina Santa Isabel de P o rtu g a l; Juan I, v e n id o a desposarse co n la in fa n ta doñ a B eatriz, heredera del trono lusitano, y Feli­ pe II, que desde Gua­ dalupe y Mérida llegó a la ciudad para ir a ceñirse en Lisboa la c o ­ rona portuguesa. Una posterior y resonante v isita regia fue la de Carlos IV y su espo­ sa M aría Luisa, que vinieron en 1801, con su favorito, el pacen­ se don Manuel G odoy, príncipe de la Paz, ge­ neralísimo de los ejér­ citos españoles, quien en aquellos días ganó a los p ortu gu eses la E l A y u n t a m ie n t o y l a es­ t a t u a d e l p in t o r M o ra le s

V i s t a desde la to r re de la ca te d ra l


plaza ilr Olivctr/.a, durante ln victoriosa y breve guerra llamada dr las Naranjas. Del pasado bélico, lo m á s representativo que tiene liadajoz son las referidas murallas, que en una parte se perdieron y en otra se conservan, con las tres citadas puertas de Palm a, de la Trinidad y del Pilar. La últi­ m a , del siglo x v i i , está em bellecida por bien labrados escudos de mármol. L o bélico tu vo funesta repercusión en los tem plos, pues salvo el catedralicio, los restantes sufrieron no sólo destrucciones, sino también unos trasiegos lamentables. Subsisten tres de las antiguas parroquias, aparte de la capilla del Sagrario de la catedral, que tam bién lo es. En sus edificios vem os algunos detalles arquitectónicos y algunas viejas imágenes y retablos; pero, en general, perdieron su m érito y carácter en los aludidos trasiegos. De un sitio a otro han ido pasando, con cam bio de las ad­ v o c a c io n e s , las qu e h o y se llam an p a rro­ quias de Santa María la Real, de la Madre de Dios y San Andrés, y de la Concepción y San Gabriel. Los conventos, cin­ co de frailes y ocho de monjas, podem os com ­ probar en n uestro re­ co rrid o q ue ta m p o co gozan m ejor fortuna. U nos d esa pa recieron — entre ellos, el de la T rin id a d , ju n t o a la puerta de la m uralla que lleva su n om b re, destruido en la guerra de la Independencia— y otros pasaron a ser cuarteles. Los que per­ duran están m oderni­ zados — tal com o el de cem ento de las Adora• trices— o acusan los daños que les restaron interés.

Puerta del Pilar

Kn uno de los conventos, en el de m onjas de Sania Catalina, eslá instalada hoy la Diputación Provincial. I'il amplio edificio ha sido remo­ zado con lujo y buen gusto, para dar albergue no sólo a las diversas dependencias de dicho centro, sino tam bién al Museo Provincial de Bellas A rtes, que ocupa la planta baja. Una buena instalación realza cuadros y esculturas en las salas del museo, en el que tam bién hay un im portantísim o m osaico rom ano. La pintura extrem eña contem poránea tiene aquí lucida representa­ ción, sin faltar de la antigua dos obras de Zurbarán. Entre la larga lista de los recientes, figuran los nom bres del citado Eugenio H erm oso y de los pacenses Covarsí, Felipe Checa y A ntonio Juez, el artista de los temas irreales y fantásticos. Felipe Checa fue un pintor de bello colorido y perfecto dibujo, espe­ cializado en bodegones. En esta ciudad vino al m undo en 1844, y aquí dejó de existir en 1907. Los cuadros de Adelardo Covarsí, primera medalla en la E xposición N acional, que nació en B adajoz en 1885, los vem os no sólo en las salas del museo, sino también en los salones de la Diputación y en el que fue estudio del pintor, fallecido en 1953. Sus pinceles plasmaron tipos, paisajes y cielos extrem eños, con una inspiración intensa, con una des­ lum brante fuerza colorista, m ostrando especial predilección por el tema de las cacerías, tratadas por él magistralmente. Ciervos o avutardas aparecen en estos lienzos, ju n to a tipos humanos de clásicos monteros de E xtrem adura, curtidos por el aire y el sol, entre los cuales puso con M o n te ro s d e A lp o tr e q u e , lie n z o d e C o v a rs í


riscos y encinas de la sierra de San Pedro form an los fondos de unas com posiciones impregnadas siempre de sabor extrem eño. E l arte de Covarsí es h oy orgullo y tesoro de esta ciudad, fecunda en la inspiración pictórica, que inicia tal trayectoria con el D ivino Morales y la con tin ú a actualm ente co n nu m erosos nuevos valores.

preferencia com o protagonista a su padre, un viejo em pedernido caza­ dor, que en los cuadros del hijo aparece siem pre de perfil, para que no se vea que le faltaba un ojo. Lejanías luminosas, cielos que se in­ cendian en rojo crepuscular sobre las abiertas llanuras del Guadiana o

Arte son tam bién, en suma, los abundantes jardines pacenses, que nos deleitan en el recorrido. Las flores esmaltan no sólo lo específicam ente des­ tinado a jardín , sino tam bién las plazuelas y los que llaman Campos — amplias plazas con par­ ques— , com o el de San Francisco. Los dos más im portantes y bellísimos jardines son el de Castelar y el de la Trinidad. E l primero fue trazado en nuestro siglo por Juan N ogré R ouch, un portugués de ascendencia francesa, h ijo del ja r­ dinero de la casa ducal lusitana de Palmelha, que trajo aquí la desconocida novedad del parterre. E l parque de Castelar es un paraje encantador, en el que la colección zoológica, las palmeras, las fuentes y las flores tejen rincones deliciosos y bellí­ simos, para reposo y esparcimiento de los pacenses. E l parque de la Trinidad une al inm enso encan­ to de las murallas a la vista, de sus estanques, de sus flores y de sus enredaderas, el estar unido con el bosque de pinos del castillo por la corriente de agua, con cascadas de saltos escalonados, que baja desde cerca de la puerta de Mérida. Dan estos jardines realce y belleza al B adajoz de h oy, al amplio y m oderno, al de los hermosos centros benéficos y los edificios nuevos de la a ve­ nida de H uelva, al de la línea aérea de viajeros y las amplias construcciones utilitarias. Es el B ada­ jo z pujante de las grandes industrias, com o la Cen­ tral Lechera o la fábrica de hilaturas; el B adajoz Una sala del Museo Pro­ vincial de Bellas Artes d eportivo del estadio en el Campo del V ivero, con su equipo de fú tbol de segunda categoría; del Tiro de Pichón, de las piscinas, de la isla y las playas en el Guadiana, el río ancho y manso en el que se pescan hermosísimos barbos. Realm ente, la ciudad toda, salvo las grandes reliquias monumentales, es exponente de un h oy intenso, cosa que con firmeza y esperanza sim-

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b oliza n en su escudo el león y la colum na con las palabras Plus Ultra. D el ayer hablan el q u e fu e p a la c io d el p rín cip e de la Paz y las n obles m ansiones, que recuerdan los ape­ llid os A lv a r a d o , G odoy, Figueroa, Caldera, Mesa y otros lin a jes, así com o los títulos de conde de la Torre del F resn o, v iz co n d e del P a rq u e, co n d e de la Oliva, marqués de T o ­ rres Cabrera, conde de Campo E spina... Un B adajoz perm a­ nente es el militar, por­ que este rango sigue co m p le to , con la n u ­ trida guarnición y con los numerosos cuarte­ les de diversas armas. I n t a c t o co n tin ú a también el fervor a la p atron a, N uestra Se­ ñora de la Soledad, v e ­ nerada en una ermita dentro de la población, A venida de tíuelva cu ya im agen vestida, llevada al lienzo por un pintor del siglo x v n , dio lugar a la devoción matritense a la Virgen de la Palom a. Es curioso detalle, ignorado por m uchos y digno de resaltar, que la madrileñísima Virgen de la Palom a es la Virgen de la Soledad de B adajoz. Otro punto de fervor local es el santuario de Nuestra Señora de B ótoa, a unos kilóm etros, en paraje de frondosas encinas.

Tras el recorrido por la am plitud próspera y acogedora de la pobla­ ción y sus desbordados y populosos barrios, nos dirigimos de nuevo a la parte alta, a la alcazaba, tras reparar en las estatuas que en plazas y

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paseos honran la me­ moria del cita d o pa­ cense Morales y de I o n extrem eños Zurbarán, E sp ron ceda , Carolina C oron ado, Cham izo y Moreno N ieto. E sta ciu d a d , <]lu­ dio su nom bre a locali­ dades de Costa R ica, Brasil y Filipinas, tie­ ne una larga serie de h ijos ilustres, que He en cabeza co n p ro b le ­ m áticos mártires y san­ tos, com o San A ntón; sigue con poetas e in­ te le ctu a le s del reino m o r o y p o s t e r io r e s — entre éstos el hum a­ nista R odrigo Dosma y el cercano historiador V icen te B arrantes- , rem atando con una lu­ cida representación de con q u ista dores india__ __ nos: H ernando de Buf f í »! daj oz, Juan y Alvaro de V argas, R u y Her­ nández Briceño, Frun cisco Moreno, Gonzalo de B ad ajoz... Linajes pródigos en vástagos insignes en letras o en lides fueron Barbo del Guadiana los de Suárez de Figue­ ro a , c o n n u m e ro s o s obispos; Argüello Carvajal, Sánchez de B adajoz y Alvarado. Este último dio varios im portantes paladines del N uevo M undo y la figura cumbre de la estirpe, don Pedro de A lvarado, conquistador de Guatemala, uno de los grandes dioses de la m itología extremeña. La ciudad dio a la música la im portante figura del com positor Cris­ tóbal Oudrid, nacido en B adajoz. Meditamos esto arriba, en la alcazaba, ju n to a los más viejos recuer­ dos de la ciudad. Si en toda la población se enlazan un ayer más próxim o

con el h oy intenso y pujante, aquí están unidos el ayer lejano y el hoy sencillo y elemental, representadas ambas cosas por los recuerdos del reino m oro y por los jardines amenos en los que se alza la arquitectura escueta de la cruz de los Caídos. A quí, en la altura, durante los últimos instantes de nuestra perm a­ nencia en B adajoz, el cálido atardecer nos envuelve en una caricia. Las som bras van borrando el paisaje abierto, el río, las torres y las m u­ rallas. T od o se esfuma en el crepúsculo que agoniza. Y a no hay flores ni m onum entos, ni evocaciones del reino agareno. Tan sólo destaca sobre el reflejo celeste, abiertos los amorosos brazos, la cruz, triunfante de siglos y sombras, corno la fe que sim boliza...

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Cruz de los Caídos

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La Codo sera. Ermita de Nuestra Señora de Chande vila

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X III

ROMANCE FEUDAL (A L B U R Q U E R Q U E )

Prolongaciones de la sierra de San Pedro, con sus más fuertes aspere­ zas en la serranía de Santa Bárbara, form an en el rincón noroeste de la Baja Extrem adura el partido de Alburquerque. El paisaje, abrupto y pintoresco en general, con abundantes alcornoques, cam bia en los que denominan Baldíos de Alburquerque, cuyas características son el escaso arbolado y la abundancia de matorral y retama. En estos baldíos, sobre las peñas del alto cerro, desafiando a los siglos y a los hombres, se eleva la solemne grandiosidad del castillo de Alburquerque, ejemplar com parable a los m ejores de toda Europa, desde el que las ambiciones feudales irradiaron por to d o el territorio romances de gestas comarcanas.

597 Paisaje de La Codosera, que se dice santificado con las apariciones de la V irgcn


Un Id Hierra «lo Sun l'oilin.

Vamos ii m overnos en rl Mecano «I«■ la sierra de Snn Pendro, lamosa por sus cotos de caza mayor, en el mismo paisaje que vim os en el lin­ dero distrito de Valencia do Alcántara, en tierras cacereñas. Alfío de índole espiritual hace que antepongam os a todos los punios do nuestro recorrido el ir a La Codosera, un pueblo situado com pleta­ mente al Oeste, en la lindo con Portugal, que fue señorío de los duques do Alburquerque. Es sencillo, sin otros adornos que una casa blasonada y la parroquia de Nuestra Señora de la Piedad. Su vida se redujo siempre a las faenas del cam po, sin más historia que la de haber pertenecido a los citados señores y los trastornos que lo causó la proxim idad a la fron­ tera. Pero su nom bre ha sonado recientem ente en la región, por algo extraordinario, que se dice ocurrió en sus inm ediaciones. En un rincón de estos quebrados cam pos, en los que el castaño so mezcla con olivos, encinas y alcornoques, dicen que se apareció la San­ tísima Virgen, vestida de negro, en la form a en que se la representa en la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. El suceso ocurrió hace pocos años y tu vo re­ sonancia region al. Varias jó v e n e s aseguraban que la Virgen se les hacía visi­ ble en este paraje de abun­ dantes castaños, cerca do la erm ita de C handevila. Se c o n ta r o n n u m e ro so s detalles, sin que se llega ra a discriminar claram en­ te lo que p u d iera haber de m ilagro. Un religioso franciscano publicó un re­ lato, inclin án dose do nía ñera decidida a favor de la realidad de los hechos extraordinarios. Sea lo que fuere no en tra m os en asu n to que sólo la autoridad eclcsiásli ca puede juzgar y definir , lo cierto es que si la expío sión momentánea do inlo res general pasó p ron to, quedó un rescoldo perma­ nente, que sigue atrayendo a peregrinos com arcanos a Portada de la parroquia de La R oca de la Sierra

visitar con fervor y devoción osle paraje de las supuestas o reales apa­ riciones, en el que ha sido remozada la ermita de Nuestra Señora de Chandevila.

N ota original de la zona, que m encionam os aquí antes de iniciar las rutas, es el ya citado pantano de la Peña del Águila, en el río Zapatón, desde el que, según dijim os, irá el agua a B adajoz. E m pezando ya el recorrido, al borde de la provincia de Cáceres, ju n to a la carretera que une directamente las dos capitales extremeñas, Puebla de O vando, con su humilde parroquia de San Ildefonso, no nos ofrece otra curiosidad que la de que nadie le dé en la región el nombre que oficialmente lleva, pues se la llama siempre El Zángano, denom inán­ dose zanganeros a sus v e ­ cinos. N ació por carta de p o b la ció n que diera Car­ los V en 1524. Enajenada luego de la corona, creóse en 1625 el marquesado de la Puebla de O vando, a fa­ vor de don Francisco Velázquez y Guzm án, título que ha recaído en la actua­ lidad en los descendientes del maestre Cárdenas, en los condes de la Puebla del Maestre. Sobre la misma carrete­ ra está La R oea de la Sie­ rra, otra villa rural, en la que, no obstante su senci­ llez, vem os, a más de su parroquia de N uestra Se­ ñora del Prado, 1111 barro­ co escu d o que sustentan sirenas. P erten eció su se­ ñorío al noble linaje emcritcnse de los V eras, que fueron condes y duques de la R oca, en 1628 y 1792, respectivam ente. La citada parroquia no está exenta de interés, va que p arece datar del si­ glo x v y tiene cierta presVillar del Rey. Virgen de la Salud


lum ia n i i fábrica «lo sillería. I.a portada de urco de m edio punto, con archivoltas, adorno de rocíen y ventana de parteluz encima, es un detalle de indudable y austero encanto. Desviándonos al oeste de nuestra ruta, encontram os Villar del R ey, que perteneció a los condes de Altamira, en el que apuntan los vestigios rom anos, que entre sus casas sólo puede ofrecernos la hum ildad de su parroquia del Rosario. N o obstante, hay en este tem plo alguna imagen de m érito artístico, tal com o la de Nuestra Señora de la Salud, bellísima talla del siglo x v i, en la que la Virgen aparece en pie, sosteniendo graciosamente su H ijo con las manos. En térm ino de esta villa se encuentra el santuario de Nuestra Se­ ñora de la Ribera, a orillas del Albarragena.

En la parte más al norte del partido visitam os San V icente de A lcán ­ tara, en cu yo territorio triunfó la prehistoria, con cuevas, diversos o b je ­ tos y d ólm en es. En realidad, tod o este sec­ to r p erte n e ce a una gran zona arqueológica de la cultura dolménica, que tiene su m ayor altitud geográfica en la sierra de San Mamed y que se prolonga en P ortu gal por Portalegre, Gástelo da V ide y Marvao. El sobrenom bre de la villa indica la de­ pendencia de la Orden a lc a n ta r in a , que en estos confines tuvo tres im portantísim as enco­ miendas: Azagala, Mayorga y Piedrabu en a. El flo r e c im ie n to p reh istórico en torno a San V icente y las lá­ pidas romanas encon­ tradas son indicios de lina posible existencia rem ota, de la que no hay datos. El origen Torre parroquial de San V icen te de A lcá n ta ra

villa no parece ir más allá de los siglos xiv o x v , en los auténtico de la que nace por agrupación de gente ganadera, com o aldea ib' Valencia de Alcántara, con el nom bre de San Vicente de los Vaqueros. El núcleo originario debió de abarcar lo que luego fueron las plazas de la Gruz de Piedra, de los Clérigos y del Corro, a más de los alrededores de San R a ­ m ón. Las portadas ojivales de algunas viejas casas abonan la indicada fecha de nacim iento. La prim itiva iglesia ocu p ó el lugar de la actual parroquia y estuvo b ajo la advocación de Santa María, nom bre que conserva la calle qxie de ella arranca, en la que se encuentra una casa que aún denominan la de la Fuente de los Vaqueros. La construcción del tem plo actual, de lisa y alta torre, hay que centrarla entre 1740 y 1772, fechas que están grabadas en los muros. Se dice que el constructor fue un portugués, que alzó otra iglesia m uy sem ejante en Castelo da Vide. La advocación del m ártir San V icente se la dieron porque se conserva en la parroquia una reliquia del santo. S U 1 (1 U H l v» u J r vr ^ ----i ,w.r.lj(.ra el apelativo de los Vaqueros, De él tom ó nom bre la villa, que perdif por estar incluida, se­ gún dijim os, en los d o ­ minios de la Orden de Alcántara. La citada parroquia no tiene ningún interés particular en su estruc­ tura, salvo la torre y la curiosa portada de d in tel; p ero en el in ­ terior guarda retablo c imágenes proceden tes de la iglesia c o n v e n ­ tual de San B enito, de A lcántara. Pobres son los otros edificios religiosos, la iglesia de San R am ón y la ermita de Santa Ana, co n stru id a en 1780 a expensa de los vizcon ­ des de la Torre de A l­ barragena. En cam bio los edificios civiles tie ­ nen cierta prestancia, tanto el A yuntam iento — alzado en 1710, sien­ do corregidor don José San V icente de Alcántara. Casa de los Tejadas


Cantos Molina— com o las casas nobles, en cuyos artísticos escudos v e ­ mos las armas de los Figueroas, Mendosas, Tejadas, Barrantes, Flores, S otom ayor... La villa es un núcleo populoso, que casi iguala en habitantes a la cabeza del partido y que vive, podríam os decir, oscilante entre las dos Extrem aduras, porque si pertenece a la provincia de B adajoz, dependió hasta hace p oco de la diócesis de Cáceres, y su proxim idad a la cacereña Valencia de Alcántara hace que tenga casi más contacto con esta p o ­ blación que con la pacense de Alburquerque. De los inevitables daños que la posición fronteriza deparó a San Vicente, supo recuperarse con espíritu laborioso, logra n do así su aclual prosperidad, sin pretensiones históricas, ya que el rango se lo dan, en sus cercanías, las citadas encomiendas, que com pletan el romance feudal centrado en Alburquerque. * * * Azagala es el relicario de aquel tantas veces citado titán que se llamó don Alonso de M onroy. Tras las infinitas luchas, cuando las bande­ rías murieron a manos de los B eyes C a tó li­ cos, el clavero vino a encerrarse en el casti­ llo de Azagala para el resto de sus días, pa­ sando años de vida os­ cura, durante los cua­ les, un p o co al estilo del p a p a L u n a , por en cim a de to d o , si­ g u ió co n s id e rá n d o se maestre de Alcántara. La encom ienda es­ tuvo antes b ajo el d o ­ m inio feudal del por­ tugués conde de B árre­ los, alférez del monarca lusitano, quien mandó construir en 1303 una de las torres del casti­ llo, según atestigua una lápida. Fue luego se­ ñorío de doña Leonor, condesa de Alburquerque, m adre de los re­ Castillo (le Azagala

Castillo (le l ’ iedrabueua

voltosos infantes de Aragón. El más inquieto de ellos, don Enrique, here­ dó los maternos feudos extremeños. A quí tu vo lugar en 1086 la desgraciada batalla que llaman de Zalaca — corrupción de Azagala— , en la que Alfonso V I fue derrotado por los moros. Im portantísim o papel ju g ó en las luchas banderizas el castillo, conservado y vivido h oy, que se alza en una altura, sobre peñas­ cos que son ya en sí una defensa auténtica. En el recinto muradq se apiñan capilla y dependencias, lo que supone algunos añadidos y refor­ mas. Sin em bargo, mampostería y sillarejos, puertas de arco apuntado, torres, almenas y barbacana form an en lo alto la estampa maravillosa de un castillo roquero, pleno de belleza y evocación. * * * La encom ienda de Mayorga fue menos afortunada en conservar su baluarte; pero no así la de Piedrabuena, que, aunque restaurado, m antie­ ne en pie y vivido el castillo de suntuosa magnificencia, bien diferente del de Azagala, pues descansa en un llano y más parece palacio o alcá­ zar que fortaleza. Diole este aspecto señorial, en el siglo x v i, el com enda­ dor don A ntonio B ravo de Jerez, el que fue enterrado, según dijim os, en

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S a n B e n ito , de A lc a n ta r a . É l hizo Ias a m p lia s refo rm a s p a ra c on v ertir <■11 resid en cia su n tu o sa el v ie jo edificio m e d ie v a l y guerrero, m o d e r n i­ za n d o la fiso n o m ía ex te rn a y c o n str u y e n d o en el in terio r el a m p lio p a tio con cla u stro d e c o lu m n a s p la teresca s. A lg u n a s adicion es y r e to q u e s de m al g u sto se h an a ñ a d id o al esp lén ­ did o edificio en la resta u ra ció n h ech a d u r a n te n u estra c en tu ria . Sin e m b a r g o , la m u ralla con to rre ta s r ed o n d a s, los m u ros en los q ue se abren arca d as y la gran torre c u a d ra n g u la r del h o m e n a je , se a rm o n iza n para ofrecer el en c a n to de una a m p lia , recia y b ella c o n str u c c ió n , «pie inspiró al v u lg o de los p u e b lo s de esta sierra de San P e d ro la sigu ien te cop la : C astillo de P ied ra b u en a , qu ien no te h a v isto no v io lo m ás lin d o de la sierra.

2 . — La flo r del r o m a n c e . C om o un h ito señ ero, c o m o la fior v iv a del ro m a n c e fe u d a l y c a b a ­ lleresco, se y e rg u e sobre las rocas de g ra n ito el castillo de A lb u r q u e rq u e . B ien le en c a ja lo q u e d ijo O rte g a y G a sse t sobre las fo r ta le z a s en g en e­ ral: «M a n s io n e s de o fen sa y d e fe n sa , señeras sobre los a lcores, ceñ u dos y a g resiv o s, m o rd ie n d o siem p re lo azul con sus v ie ja s d e n ta d u r a s .»

d e S a n c h o J, r e y d e P o r t u g a l. T u v o lu ego el señ orío d o ñ a T eresa de M e n eses, c a sa d a con d o n A lo n s o S á n c h e z, o tr o b a s t a r d o p o r t u ­ g u é s, h ijo del r e y don D io n ís, q u e fu e el q u e alzó m u ra lla s y c a s ti­ llo , c o lo c a n d o en ellos su e s c u d o y lá p i d a s c o n m e m o r a tiv a s . T ra s p e rten ecer al fa v o r ito de P e d ro I , don J u a n A lfo n so de A lb u r q u e r ­ q u e , p a só a in fa n te s de la d in a stía d e T r a s tá m a r a , h a sta recaer en la c ita d a d o ñ a L e o n o r y en su h ijo , el in q u ie ­ to d o n E n r iq u e d e A r a ­ g ó n , m a e str e d e la O r ­

M ien tras el castillo m u erde el cielo, la v illa se p ega a la tie rra , v iv e v tr a b a ja , con scien te de la s resp o n sa b ilid a d e s que le im p o n e n su vieja

d e n d e S a n tia g o , p rim o h e rm a n o y cu ñ ad o de

h isto ria y el h ab er d a d o su n o m b r e a

J u a n I I de C a stilla . F u e en to n c e s A l ­

lo calid ad es de E s ta d o s U n id o s , M é ji­ co, L a s A n tilla s , B r a sil y F ilip in a s. L a s cu ev a s p reh istó ric a s, los d ó l­ m en es, los a ltares de sacrificios y los

b u rq u e r q u e cen tro

sep u lcros en rocas se m u ltip lic a n en

b eld ía s del tu r b u le n to in fa n te , h a sta q u e las corta de raíz el y a re­

este p u n to c u lm in a n te de ta le s c iv i­ liza cio n es, en torn o al cerro q u e su s­ te n ta el castillo y q ue fu e u na c ita nia. E n lu g a r tan de a n tig u o p o b la d o d e n sa m e n te no p o d ía n fa lta r los v e s ­ tigios ro m a n o s ni la presen cia de las d o m in a c io n e s v is ig o d a y a g a r e n a . A esta ú ltim a arreb ató v illa y c a s­ tillo F e r n a n d o I I , en 1 1 6 6 . M e tid o v a d e lle n o en un fe u d a lis m o de a lto r a n g o , a to n o con su ca teg o ría estra tég ica y fr o n te riza , A lb u r q u e r ­ qu e fu e re p o b la d o en 1 2 0 0 p o r don A lfo n so T é lle z de M e tie se s, m a rid o de d o ñ a T ere sa S á n c h e z, h ija n a tu ra l

de

las c o n sta n te s guerras p r o v o c a d a s p o r las r e ­

ferid o g o lp e de a u d acia del m a e str e d o n G u tie ­

L as m urallas, v istas desde el castillo

rre de S o to m a y o r . L a a p etec id a p la za fu e rte se h izo a co n tin u a c ió n fe u d o d e fa v o r ito s , p o se y é n d o la prim ero don A lv a r o de L u n a y d esp u és d o n B e ltr á n d e la C u e v a . E s t e ú ltim o , p o r m erced de E n r iq u e I V , fu e d u q u e de A lb u r q u e r ­ que en 1 4 6 4 . P a sa d a la rá fa g a fe u d a l, la v illa co o p e ró en las g ra n d es ta r e a s , en ­ v ia n d o a In d ia s no sólo co n q u ista d o re s y m isio n ero s, sino h a s ta un h isto ria d o r, J u a n R u iz de A r c e , q u e escribió u n a crónica d e la c o n q u ista d el P e rú . L a s inquietxides no le fa lta r o n n u n c a , p o r q u e su v a lo r e stra ­ tégico y la p r o x im id a d a P o r tu g a l h iciero n q u e in te rv in ie se en to d a s la s guerras. H o y y a su v id a h a v u e lto a ser la que en s ím b o lo c o m p e n d ia

605 A lbu rq u erqu e. T orre del h om en a je del «a stillo


su escu d o: en cam po de plata, una encina.

Marcan aún el re­ c in t o de la a n tig u a p o b la ció n una buena parte de las murallas, sólidas y defen dida* por torres, que conser­ van dos puertas, al es­ tilo de las de Á vila, aunque más sencillas. P o r las la d e ra s del cerro se tiende el tra­ z a d o d e fe n s iv o , que arranca de la fortale/.a y va e n v o lv ie n d o lu parte de población que fue villa murada. En el A yuntam ien­ to se guardan las lápi­ das de alabastro que estuvieron en las puer­ tas llam adas de San Mateo y de Alcántara, perm an eciendo en su sitio la de la puerta de Valencia. En toda» ellas consta la fecha do con stru cción por don A lfonso Sánchez, en lu Puerta de la muralla Era de 1314, que co ­ rresponde el año 127(>. En lo alto del cerro, enlazando con el recinto murado, pone su gran­ deza admirable el castillo, obra maestra de fortificación medieval, en el ipie recientemente se han reparado algunos daños, con lo que queda com pleta su buena conservación. Esta fortaleza de sillares y mampostería es un m odelo extraordinario de arquitectura militar, en el que al lado del conjunto grandioso se admiran los detalles, tales com o los diver­ sos recintos defensivos, las puertas, que tuvieron rastrillo y puente levadizo; las cámaras, con bóvedas de crucería y chimenea; la plaza de armas y las diversas torres, entre las que destacan la enorme cuadrada del homenaje, la albarrana que tiene acceso por un puente que sustenta

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un gallardo arco apun­ tado, y la pequeña que conserva en su interior el aljibe. En los muros se incrustan blasones, figurando entre ellos las armas de don A lva ­ ro de Luna. La que fue capilla del castillo, puesta bajo el patrocinio de Santa María con la denom i­ nación de Nuestra Se­ ñora de las Reliquias, está incluida en la for­ taleza. E l abandono y ruina imperan en este tem plo, que es un cu ­ rioso ejemplar del esti­ lo rom ánico de transi­ ción, del siglo x i i i . E xtram uros, frente a una de las cita d a s puertas de la muralla, encontram os la parro­ quia de San Mateo. En su fachada principal, de sillería, del siglo x v n , se abren, arriba, líneas de ventanas con fron ­ tones y alféizares so­ bre ménsulas; abajo, la puerta de arco de m e­ dio punto sobre pilas­ tras, coronada por fron­ R etablo de la parroquia Ae Santa María tón. No están exentas de interés las portadas de N orte y Sur, éstas de estilo herreriano, con pirámides sustentando bolafe. E l interior del tem plo, de una nave, denota una mezcla del gusto ojival con el del R enacim iento, que le sitúa a principios del siglo x v i. Sus más interesantes detalles son las varias capillas, una con pinturas de santos en claroscuro; los enterramientos — tres con estatuas yacentes, una del arcipreste don H ernando del R isco; dos, sin epitafios, de caba­ llero y dama, toscam ente labradas en granito— , los escudos nobiliarios, entre los que figuran los de Velarde, Tejada y R ocha, y los motes herál-

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d icos, tal com o éste: « Belarde el que la sierpe mató y con la infanta rasó.» La parroquia de Santa María, cuya torre tiene carácter defensivo, se encuentra dentro del recinto y la llaman del Mercado por estar ante ella el sitio tradicional de las ventas. Lo más antiguo es la portada principal, del siglo x i i i , de arco apuntado, con festón de hojarasca por capiteles, encima de la cual se ve un relieve con las tres Marías y Cristo muerto en los brazos de su Madre, que estuvo sobre la puerta de la antigua iglesia del castillo. De igual procedencia es el relicario de cobre dorado, depósito de im portantes reliquias, que se guarda en el interior. Diversos retablos ornamentan las tres naves y las capillas de la igle­ sia, destacando entre ellos el m ayor, de dorada talla renacentista, del siglo x v i, que enmarca quince buenas tablas pintadas, en las que se repre­ sentan pasajes de las vidas de Jesús y la Virgen. Las armas de los duques de Alburquerque, sucesores de don Beltrán ile la Cueva, con corona y toisón , timbran el presbiterio del templo. En una capilla se conserva el sepulcro de un caballero de la familia Rocha. Otra representación de la arquitectura cristiana la encontram os en el que fue convento de frailes de la Orden de San Francisco, construido en el siglo x v n . A la portada de granito de la iglesia, de orden toscano, le dan cierto empaque la hornacina con la imagen del santo titular y el coronam iento de bolas. El interior es sen cillo, con retablo barroco y alguna ta­ llada imagen de interés. Del v ie jo co n v e n to se conserva el patio, con arcos de medio punto sobre parea­ das columnas de granito, en la parte baja, y arcos reba­ ja d o s s o b re b la n q u e a d a s pilastras de ladrillo, en la alta.

T u vo la villa otros edifi­ cios religiosos, com o el extin­ guido co n v e n to de monjas de la Encarnación, y varias ermitas, dentro y fuera del casco urbano, entre ellas la Portada gótica de una casa típica

de la Soledad y la de Santa A na, sin contar las más aleja d as de Santiago y de la V ir­ gen patrona, que des­ pués v is ita r e m o s en n uestro recorrid o por los cam pos del distrito. A h ora va m os a re co ­ rrer la población , pa­ sando por sus cu atro plazas — la M ayor, la del Pilar, la de las Mon­ jas y la de A rm as— y por sus calles, en las que se hermanan el ti­ pism o con el progreso, los viejos rincones de * a n cestra l sa b o r y lo reform ado a tono con la vida actual. Tienen aquéllos un indudable encanto, que avaloran las casas, unas con bla­ sones — la de los R o ­ chas, con ángel sobre la cim era— y otras con encantadoras portadas góticas. Los cam pos, el arte y la fe triunfan en dos ermitas. La de Santia­ go, en el sector de A za ­ gala, aun siendo una pintoresca ruina, tiene un enorme interés, por haberse em p leado en su construcción m ate­ riales rom a n o s y v i ­ sigodos y p or ser un e je m p la r n o ta b le de Santuario de Nuestra Señora de Carrión las p o s tr im e ría s d el rom ánico. El santuario de Nuestra Señora de Carrión, patrona de la villa, une a la delicia de un paisaje de ríos y puentes la amplitud del edificio, en

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En medio de sus campos, a la vista aún en la lejanía el recio baluarte, damos nuestro adiós a Alburquerque, fronterizo, eternamente vigilante y firme. Campos y villa, baldíos y sierra, arte y paisaje, agotaron sus temas, para ofrecérnoslos en la despedida, unidos, simbólicamente, en la silue­ ta del castillo lejano, auténtica flor del romance feudal y caballeresco, de un romance rudo y sonoro, en el que se mezclan Portugal y Castilla, infantes y encinas, granito y validos...

C iervo m uerto

el que no faltan ni la hospedería, ni los arcos para celebrar ferias en las animadas fiestas del 6 de septiembre. El asunto de las ferias es de gran interés en Alburquerque, por ser la riqueza ganadera la base de una economía que refuerzan el corcho, los carbones y los cereales. Los concurridos mercados ganaderos son siempre aquí tema importante, mezclándose en ellos, con los comarcanos, gente portuguesa, pues la proximidad que ayer fue peligro, hoy es conviven­ cia cordial e íntima. Éste es también uno de los sectores en que se usan palabras lusitanas y en el que sigue vivo el Fuero del Bailío, de igual origen. Una intensa vida consagrada al campo la vemos al recorrer los del distrito, en los que castillos, encomiendas y evocaciones históricas que­ dan prendidos en un paisaje en el que si en las partes llanas tiene cabida el cultivo, en el resto triunfa lo agreste, con sus faenas de ganadería y explotación de los productos de encinas y alcornoques; con los ciervos y jabalíes que corren por estas sierras, que son presa de monteros en las cacerías y fueron temas vivos y coloristas de los inspirados pinceles del pintor pacense Adelardo Covarsí.

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C astillo d e A lb u rq u erq u e

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Uno de los viejos puentes rotos que se salpican en el paisaje del partido (Alange)

XIV DONDE EMPEZÓ LA HISTORIA (MÉRIDA)

Vam os a acabar este libro donde empezó la historia extremeña. Parodiando el com ienzo del Evangelio de San Juan — In principio eral verbum...— , podem os decir: «E n el principio era Mérida, y Mérida estaba con Extrem adura, y Mérida era E xtrem adura.» Lo demás fue la ante­ historia, en la que Mérida flotaba, viva en lo prehistórico, com o verbo que en un m om ento determ inado iba a pronunciar el creador «F ia t», el «H ágase la H istoria», para que Extrem adura se pusiese en marcha, rum bo a sus destinos. A la que im peró en media Península, h oy le queda no más que un distrito jurisdiccional, arriba y abajo del Guadiana, desde la linde cacereña, en la sierra de San Pedro, hasta la Tierra de Barros; distrito que estuvo incluido en la órbita de la Orden de Santiago, en el que viejos

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puentes, lápidas y monumentos evocan lo romano, y sobre el que sigue y seguirá imperando por siempre la grandeza de Emérita. 1. — La sierra y la diorita. La jurisdicción emeritense al norte del Guadiana tiene dos zonas bien definidas. La primera y más alta es la del granito, la de la ya citada sierra de San Pedro; la segunda, la de los llanos que descienden hasta el río, curiosa por el gran manchón de rocas de oscura diorita, que al descomponerse forman una buena tierra negra, extraordinariamente fér­ til, aunque sin llegar a la de Barros. En el primer sector se prolonga la abundancia de restos prehistóricos del partido de Alburquerque. El hombre primitivo tuvo aquí una ancha banda en la que m o­ verse, a la vez con la seguridad que le brin­ daba el refugio en la serranía y con las po­ sibilidades de medios de vida en el descenso hasta el Guadiana. E l paisaje de se­ cano, de encinas y alcornoques, se com ­ plem enta en algunos puntos con otros árbo­ les y se adorna con ria­ chuelos que le brindan pintorescos y apacibles rincones. Las más altas lo­ c a lid a d e s, c a rd in a l­ mente, en el sector de la sierra, son Cordobi11a de Lácara, junto a la ribera de su apela­ tivo, en cuyas inm e­ diaciones se conservan los restos de uno de los mejores dólmenes de la región, y Carmonita, que asienta en un cerro poco elevado, cerca de la cual en­ tran casi paralelos en T orrem a y or. R e ta b lo de la parroquia

la B a j a E x t r e m a d u r a ferrocarril y carretera, pura ir dcHceudiendo llanta

Mérida. En este descenso de las vías de comunicación, junto al río de su nom­ bre, encontramos a Aljucén, que sobre el quieto ritmo de su tradicional vida agrícola y ganadera tiene hoy la actividad intensa de la fábrica de tejas y ladrillos del Plan de Badajoz. Tras de cruzar El Carrascalejo, cuya parroquia de la Consolación luce una buena portada de granito, las aludidas vías llegan a Mérida y salvan el Guadiana; pero antes se desvía al Oeste el ferrocarril de Portugal, que avanza por la zona de regadíos, en la que con los pueblos nuevos se mez­ clan cuatro viejos. En La Garrovilla, sede de la moderna fábrica de óxido de calcio, vemos la parroquia de la Asunción, con una portada plateresca, otra gó­ tica y ábside de arcos de ladrillo, obra de mudéjares, en cuya fábrica se utilizaron sillares romanos. Torremayor, que asienta en amena y espaciosa llanura, une a las esperanzas del gran porvenir algún viejo recuerdo artístico tan impor­ tante como el retablo de su parroquia de Santiago, del siglo X V I , de talla dorada, con pinturas en tabla de gran calidad. La atribución que se quiere hacer de tales tablas al Divino Morales puede tener como base el estilo moraliano que en ellas se ve y el tratarse de pinturas de ver­ dadero mérito, trazadas por mano maestra. Para Puebla de la Calzada lo más importante es el porvenir, pues del pasado sólo conserva una casa de escudo y la parroquia de la Encarna­ ción, reconstruida en el siglo x v m , que se timbra con las armas de los condes de Montijo, señores que fueron de la localidad. La torre parroVista

P uebla de la Calzada


<]uiiil d e s la c a gallarda del c o n j u n t o u r b u n o de g ra ta p e rsp ectiva .

Montijo. Retablo mayor de la parroquia

Montijo es esperan­ za e historia, porvenir y pasado. Y a es sufi­ ciente motivo de orgu­ llo el que su nombre se haya hecho famoso en el mundo, colocado sobre un trono por una mujer de belleza des­ lumbrante, la empera­ triz Eugenia de Monti­ jo, cuyos ascendientes, los Portocarreros, fue­ ron condes de la villa desde 1599. Aquí está su palacio, mal conser­ vado, con portada del siglo x v i que corona el escudo de márm ol, y con fuente y chim e­ nea de la misma pie­ dra en jardín y salón, respectivamente. La localidad, abar­ cando en plenitud el tiempo, nos lleva desde los restos prehistóricos y rom anos hasta la modernísim a fábrica de conservas, ya citada en nuestra visita al

Plan de Badajoz. En medio del espacio abarcado se encuentran el Ayuntamiento, de soporta­ les, en la plaza cuya parte central ocupa un pozo, y la parroquia de San Pedro, de origen gótico, del siglo xvi, que decora sus puertas con escu­ dos de mármol, cubre sus naves con bóvedas nervadas y tiene una torre construida con manipostería y ladrillos. El retablo mayor, del xvn, cons­ ta de tres cuerpos y se adorna con tablas pintadas. Los restantes son barrocos, luciendo el de la capilla de la Concepción pinturas de Juan e Ignacio Estrada, artistas pacenses del x v m .

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Al oeste de las cita­ das descendentes vías de com unicación, tan sólo nos faltan visitar dos pequeños pueblos: E sp a rra g a le jo y La Nava de Santiago, con­ sagrados a una vida campesina. En el sec­ tor volvemos a ver de nuevo el bello y ya descrito pantano de P roserp in a, del que se hizo mención con anterioridad. Al oeste de las re­ petidas vías, muy aba­ jo, sobre el ferrocarril que desde Mérida toma rumbo opuesto al de Portugal, encontramos la villa de Don Alvaro, en la que existen ves­ tigios visigodos, que tomó nombre del famo­ so don Alvaro de Luna, como consecuencia de un privilegio que éste diera al pueblo. La parroquia de la M a g d a le n a , d e l s i ­ glo x v i, con retablos barrocos, más que im ­ portante, resulta pin­ toresca, por su porche y por la desproporcio­ nada altura de la torre de mampostería y la­ drillo en relación con

M iraudilla. F ren te de la iglesia

la nave. San Pedro de Mérida tiene unida a la parroquia una basílica visigo­ da de gran interés, que recientemente ha sido limpiada de aditamentos y dispuesta para que la visite el turista. Casi todos los restantes pueblos de este sector están encajados en un patrón de sencillez; suavizada, en Valverde de Mérida, por las ca-

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«a» de escudos; en Trujillanos, por la parroquia de la Trinidad, del si­ glo X VI . Tan sólo Mirandilla — cu yo nom bre lleva una localidad m ejicana— destaca un p oco, por el blasón sobre águila, con el lema Veritas Vinci, del linaje de los Veras, que luce una casa, y sobre todo por su parroquia de la Magdalena, de origen gótico, de sillería, con tres naves y estribos, cuya portada principal se abre con graciosos adornos en el cuerpo bajo de la torre. Para em bellecer la zona está aquí el tam bién citado y antiguo pan­ tano de Cornalbo, otro de los viejos lagos de la imperial Emérita. 2. — Los cam pos de Castrum Colubri. La jurisdicción emeritense al sur del Guadiana tiene su punto cul­ minante de interés en Alange, el antiguo Castrum Colubri, que alza su castillo sobre unos cam pos que van a empalmar con los de la Tierra de Barros. Hacia B adajoz vuelven a tenderse los regadíos y en ellos se incrusta una sola vieja localidad: Lobón , cabeza de encomienda de Santiago, que tuvo ju n to al Guadiana im portante fortaleza árabe, h oy casi derruida, y salió de la guerra con sus retablos dañados y perdida la imagen de Nuestra Señora de los Rem edios. Las vías del Sur van por Calamonte, que asienta en una hondonada entre cerros, y por Torrem ejía, pueblo pequeñísim o, que descansa en tierra llana y tom ó nom bre de la torre alzada por sus señores, los Mexías emeritenses. Torremejías. Palacio

Aparte de los abun­ d an tes restos de una anterior existencia ro ­ mana, el único edificio interesante es el pala­ cio de tales señores, que se a dicion ó en el siglo x v i a la d ich a torre. Conserva herm o­ sa portada de sillería, con grandes dovelas y e s cu d o s de m á rm o l, o frecien d o adem ás la curiosidad de tener aras y trozos de estatuas del período rom ano em po­ trados en sus muros. D e s v iá n d o n o s al Oeste, vem os en A rro­ y o de San Serván una cueva prehistórica, la p a r r o q u ia de S an ta Cruz y numerosas er­ mitas, entre ellas la de San S erva n d o y San Germán, en lo alto de la sierra del apelativo de la v illa , lugar de vista pintoresca, en el que se en cu en tra la gruta en la que dicen Erm ita de Cubillana que habitaron los cita­ dos santos. M ucho más im portante es otra vieja ermita sujeta a esta feligresía: la de Nuestra Señora de Cubillana. H oy está en un despoblado, en una dehe­ sa agrícola y ganadera; pero anteriormente fue parroquia de un núcleo urbano, desaparecido por sumarse su vecindario a A rroyo de San Servan. Una fuerte leyenda gira por los siglos en torno a la ermita de Cubillana, en la que dicen que v ivió escondido el últim o rey godo, don R odrigo, des­ pués del desastre del Guadalete. Incluso se afirma que está enterrado en el tem plo. Las afirmaciones no pasan de lo infundado y legendario; pero el paraje tiene gran interés por los diversos restos arqueológicos y porque la ermita es una vieja fábrica con detalles del R enacim iento y bella de­ coración interior barroca.

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quial deslaca gallarda del c o n ju n to u rban o de grata perspectiva. M ontijo es esperan­ za e historia, porvenir y pasado. Y a es sufi­ ciente m otivo de orgu­ llo el que su nom bre se haya hecho famoso en el m undo, colocado sobre un trono por una mujer de belleza des­ lum brante, la empera­ triz Eugenia de M onti­ jo , cuyos ascendientes, los Portocarreros, fue­ ron condes de la villa desde 1599. A quí está su palacio, mal conser­ vado, con portada del siglo x v i que corona el escudo de m árm ol, y con fu en te y ch im e ­ nea de la misma pie­ dra en jardín y salón, respectivamente. La localidad, abar­ cando en plen itu d el tiempo, nos lleva desde los restos prehistóricos y rom an os hasta la m od ern ísim a fábrica de conservas, ya citaM ontijo. Retablo m ayor de la parroquia d a en nuestra visita al Plan de B a d a joz. En medio del espacio abarcado se encuentran el A yuntam iento, de soporta­ les, en la plaza cuya parte central ocupa un pozo, y la parroquia de San Pedro, de origen gótico, del siglo x v i, que decora sus puertas con escu­ dos de mármol, cubre sus naves con bóvedas nervadas y tiene una torre construida con mampostería y ladrillos. El retablo m ayor, del x v n , cons­ ta de tres cuerpos y se adorna con tablas pintadas. Los restantes son barrocos, luciendo el de la capilla de la Concepción pinturas de Juan e Ignacio Estrada, artistas pacenses del x v m .

Al oeste de las cita ­ das descendentes vías de co m u n ica ción , tan sólo nos faltan visitar dos pequeños pueblos: E s p a r r a g a le jo y La Nava de Santiago, con ­ sagrados a una vid a campesina. En el sec­ tor volvem os a ver de n u e v o el b e llo y ya d e scrito p an ta n o de P r o s e rp in a , del que se hizo m ención con anterioridad. Al oeste de las re­ petidas vías, m uy aba­ jo , sobre el ferrocarril que desde Mérida toma ru m b o o p u e sto al de Portugal, encontram os la villa de Don A lvaro, en la que existen ves­ tig io s v is ig o d o s , que tom ó nombre del fam o­ so don A lvaro de Luna, com o consecuencia de un privilegio que éste diera al pueblo. La parroquia de la M a g d a le n a , d e l s i­ glo x v i, con retablos barrocos, más que im ­ p orta n te, resulta pin­ toresca, por su porche y por la desproporcio­ nada altura de la torre de m ampostería y la­ Mirandilla. Frente de la iglesia drillo en relación con la nave. San Pedro de Mérida tiene unida a la parroquia una basílica visigo­ da de gran interés, que recientemente ha sido limpiada de aditamentos y dispuesta para que la visite el turista. Casi todos los restantes pueblos de este sector están encajados en un patrón de sencillez; suavizada, en V alverde de Mérida, por las ca-

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de escudos; en Trujillunos, por Iii parroquia de la Trinidad, del si­ glo X VI . Tan sólo Mirandilla — cu yo nom bre lleva una localidad m ejicana— destaca un poco, por el blasón sobre águila, con el lema Veritas Vinci, del linaje de los Veras, que luce una casa, y sobre todo por su parroquia de la Magdalena, de origen gótico, de sillería, con tres naves y estribos, cuya portada principal se abre con graciosos adornos en el cuerpo bajo de la torre. Para em bellecer la zona está aquí el también citado y antiguo pan­ tano de Cornalbo, otro de los viejos lagos de la imperial Emérita. b u h

2. — Los cam pos de Castrum Colubri. La jurisdicción emeritense al sur del Guadiana tiene su punto cul­ minante de interés en Alange, el antiguo Castrum Colubri, que alza su castillo sobre unos campos que van a empalmar con los de la Tieira de Barros. Hacia B adajoz vuelven a tenderse los regadíos y en ellos se incrusta una sola vieja localidad: L obón , cabeza de encom ienda de Santiago, que tuvo ju n to al Guadiana im portante fortaleza árabe, hoy casi derruida, y salió de la guerra con sus retablos dañados y perdida la imagen de Nuestra Señora de los Rem edios. Las vías del Sur van por Calamonte, que asienta en una hondonada entre cerros, y por Torrem ejía, pueblo pequeñísimo, que descansa en tierra llana y tom ó nom bre de la torre alzada por sus señores, los Mexías cmeritenses. Torremejía». Palacio

Aparte de los abun­ dan tes restos de una anterior existencia ro ­ mana, el único edificio interesante es el pala­ cio de tales señores, que se a dicion ó en el siglo x v i a la dicha torre. Conserva herm o­ sa portada de sillería, con grandes dovelas y e s cu d o s de m á rm o l, o frecien d o adem ás la curiosidad de tener aras y trozos de estatuas del período rom ano em po­ trados en sus muros. D e s v iá n d o n o s al Oeste, vem os en A rro­ yo de San Serván una cueva prehistórica, la p a r r o q u ia de S a n ta Cruz y numerosas er­ mitas, entre ellas la de San S erva n d o y San Germán, en lo alto de la sierra del apelativo de la v illa , lugar de vista pintoresca, en el q ue se en cu en tra la gruta en la que dicen que habitaron los cita­ dos santos. M ucho más im portante es otra vieja ermita sujeta a esta feligresía: la de Nuestra Señora de Cubillana. H oy está en un despoblado, en una dehe­ sa agrícola y ganadera; pero anteriormente fue parroquia de un núcleo urbano, desaparecido por sumarse su vecindario a A rroyo de San Serván. Una fuerte leyenda gira por los siglos en torno a la ermita de Cubillana, en la que dicen que vivió escondido el últim o rey godo, don R odrigo, des­ pués del desastre del Guadalete. Incluso se afirma que está enterrado en el tem plo. Las afirmaciones no pasan de lo infundado y legendario; pero el paraje tiene gran interés por los diversos restos arqueológicos y porque la ermita es una vieja fábrica con detalles del R enacim iento y bella de­ coración interior barroca.


Por el ala este, en la que tam bién está Alange, sobre ponqu-rlivit» abiertas, se reparten Villagonzalo, en el ferrocarril de Ma<lri«l, que p< . ibó en la^ guerra el magnífico relicario donado por el provisor de Lima Juan Núñez; Oliva de Mérida, en la que las pérdidas fueron totalen, eiiyu vida rem ota atestiguan muchas hachas y cuevas prehistórica*, y /urm i

de Alange, en la falda de la sierra del Calvario, im portante yacim iento prehistórico, con su parroquia de San Martín y el campestre santuario de Nuestra Señora de las Nieves, con pórtico y alameda. Alange es el punto culminante de este recorrido. Que el cerro en forma de cono aislado y esbelto en que asienta el castillo y a cuyos pies

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corro el río M a tu ch e l fue u n a c itm iia , re »u lta in d u d a b le , así com o la densa p o b lació n dt; cata zona en I o h tiem pos rem o to », de I om que los m e­ jore» recuerdo» »on la g ru ta y p in tu ra » n e o lítica».

Un salutífero manantial, con lama en la cura de afecciones nerviosa», sirvió de base al florecim iento del rom ano Castrum Colubri, nom bre que los árabes tradujeron a su lengua, llamándole Hisn Alhanx, y que en la nuestra quiere decir Castillo de la Serpiente. El Alhanx convirtióse pri­ mero en Alhange y luego en Alange, que es com o h oy se escribe. Al igual que Baños de M ontem ayor, Alange fue siempre, de manera casi exclusiva, un balneario, con la particularidad de que por su roquero castillo tu vo tam bién valoración de punto estratégico. Bañistas o soldado» dieron vida a una población escasa, que cultivó sus cam pos de secano, en los que hoy existe un enclave de riegos, con agua del Matachel. Pese a los siglos corridos y a la enorme cantidad de bañistas que por aquí desfilaron durante ellos, las primitivas termas se conservan bastan­ te bien, llamándose aún Baños R om anos las dos amplias cámaras geme­ las e independientes, de planta circular, cubiertas por cúpulas semiesféricas. En el centro de cada una se abre la tam bién circular piscina, con gradas en to m o , para descenso de los bañistas, los cuales se desnudaban y vestían en las celdillas abiertas al efecto en los muros de las rotondas. Pese a la pérdida de mármoles y m osaicos, las termas de Alange son un m onum ento interesantísimo, que recuerda el panteón de Agripa, de R om a, y que guarda semejanza casi absoluta con las termas del Foro y con las Estabianas, de Pom peya. Gitanos en un m ercado de caballerías (Oiiva de Mérida)

En una galería del balneario vem os, colocada sobre una ménsula, la estatua en metal de Juno. B ajo ella hay un ara de mármol, en la que un noble m atrim onio rom ano da gracias a la diosa porque las aguas habían devuelto la salud a su hija Virinia Serena. En el rellano, al pie del cerro, asienta la villa, en una cuesta, con el balneario en la parte más baja. Entre casas típicas, algunas con escudos, y m odernos hoteles, vem os la ojival parroquia, de m am postería y la­ drillo, m onum ento de verdadero interés. Lo más im portante de ella es la torre cuadrada, de cuatro cuerpos, divididos por m olduras, con colum nillas adosadas a los ángulos y adorno de lacería de ladrillo y azulejos, de mano morisca. Un recuadro, tam bién de azulejos, del R enacim iento, decora la portada del E vangelio; la de la Epístola se abre entre columnillas, que com o las de la torre, están adosadas. E l interior, de una nave, tiene retablo m ayor barroco y una pequeña capilla, fundación de doña Isabel de Córdoba. Parece ser que el rey m oro Alagio alzó en lo alto del em pinado cerro el castillo, com o avanzada base defensiva contra los califas cordobeses. Lo más im portante que conserva de este período es un cuadrado torreón con ventanas de arco de herradura, ya que el resto del edificio procede de las agregaciones hechas por los reconquistadores, que aprovecharon la fortaleza para sede de una encom ienda de Santiago. La arrogancia de sus diversos recintos, de sus torres y muros, triunfan aún sobre el aban­ dono lam entable, gallardamente sobre las rocas de la cum bre, oteando inmensos horizontes desde un em plazam iento bellísimo y casi inaccesible. Mérida. Puente romano sobre el Guadiana


El acueducto

Una nota, si no original, porque se repite m ucho en Extrem adura, más destacada, la dan en el sector los m ercados ganaderos, con interven­ ción de abundantes gitanos en los tratos de caballerías. 3. — R om a. Nuestras rutas, nuestras largas jornadas por sierras y llanos, a tra­ vés de toda la geografía extremeña, vienen a morir a orillas del Gua­ diana, en Mérida, la ciudad que Ausonio Cantó entre las primeras del mundo, por encima de Atenas; la Rom a indiscutida de la península Ibérica. Su historia ya la apuntamos en la Introducción, porque es la de toda Extrem adura, incorporada por ella a la plenitud histórica. Sabe­ mos además — así tenía que ser, tratándose de un paraje tan privilegia­ do— , que desde los más rem otos tiem pos asentó el hombre en este punto de la margen derecha del Guadiana, elegido luego por los rom anos para dar vida a Emérita Augusta. Lo afirman sin lugar a dudas los dolmen en y otros restos arqueológicos de su término. Pero esos antecedentes de la Mérida en potencia carecen de interés ante lo que, pese a haber transcurrido milenios, se ofrece h oy a nuestra contem plación. Si lo que

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rosta os su íicio n to ■»>ir11 d o H liiiu h ru i iio n , /«j i i /i osla c iu d a d ?

k it I b

la re a lid a d in t a c ta do

I)c m om ento, vamos a buscar a<|ti¡ a Moma, a la Homa de cesares y mármoles, de «¡lluros y columnas, de arcos y estatuas, prescindiendo de todo lo demás, de la Méridu de hoy, con un ritm o de vida intensa, porque queremos ir tras la Emérita inm ortal y grandiosa. La encontram os pronto y en todas partes. En primer lugar, la repre­ sentan en las afueras los puentes de sillares de granito: al N orte, el del río Albarregas, por el que cruza el camino de la Plata, con su desvia­ ción a Lisboa; al Sur, el m onumental sobre el Guadiana, arranque de las vías de la Bética. Este último es el más largo de todos los puentes rom anos de España. Sobre la vega avanzan sus 792 m etros, con sesenta grandes ojos, aparte de los pequeños que se abren en los pilares, para facilitar el paso del agua en las avenidas. Numerosas restauraciones ha tenido que sufrir esta magna obra de tiem po de A ugusto; pero no ha perdido por ello tod o el encanto que le dan su grandeza extraordinaria, sus recios sillares, sus descensos a la isla que form an los brazos del río. E l trozo antiguo que m ejor se con ­ serva es el prim ero, el del arranque desde la muralla del Conventual. Como dos símbolos, sobre los dos grandes ríos extremeños, los rom a­ nos tendieron dos puentes monumentales, antológicos y distintos. El puente de Alcántara es la asombrosa gallardía vertical; el de Mérida, la horizontal recia y firme. Sobre aquél, sin poblado alguno, cruzaron los viajeros; sobre éste, unido a la gran urbe, pasó Rom a en toda su plenitud de legiones, patricios, matronas, plebeyos y esclavos.

Tam bién en las afueras volvem os a enfrontarnos con las glorias de Emérita, al contem plar el acueducto que llaman de los Milagros, otra obra de ingeniería que causa asombro por su atrevida estilización y que sirvió para traer el agua desde el pantano de Proserpina. Hiladas de sillares de granito alternan con las de ladrillos, material utilizado tam ­ bién en las arquerías. Este contraste decorativo de rojo y blanco — ladrillo y piedra—-, se ha supuesto que inspiró a los árabes para hacer igual com binación en la m ezquita de Córdoba. La rota osamenta que aún sigue en pie, encantadora e im presionante, justifica bien el nom bre de los Milagros, porque milagrosos son la firmeza y el equilibrio de tan estilizado m onum ento. Desde el pantano avanzaba el canal del agua, serpenteando cerros, hasta la última estribación, en la que, a fin de salvar el desnivel, com en­ zaba la airosa arquería en una longitud de 828 m etros. Sobre los trozos de pilares y arcos, sobre los milenarios restos evocadores, anidan y se yerguen h oy las cigüeñas, com o sím bolo de paz y continuidad. La Emérita de Roma hacía las cosas bien, con abundancia y de manera suntuosa. No fue tan sólo este acueducto el construido, sino que hubo dos más, destinados a traer el agua del Valle de las Tom as, del pantano de Cornalbo. Los trozos de las magníficas arquerías de uno de ellos los vem os en el arrabal de la ermita de San Lázaro; los restos del segundo, cerca del Anfiteatro. Como com plem ento de estas obras hidráulicas, tendióse b ajo Emé­ rita una red de cloacas, visibles en algunos extrem os, con muros de sillería, bóvedas de ladrillo y suelo de cem ento.

* * *

* * * Tem plo de Diana

Tlom ito «le Santa Eulalia, antiguo tem plo de Marte


El teatro romano. Detalle de la «scena»

Columna de Santa Eulalia

Fundóse Emérita com o una colonia, com o una plaza fuerte, con sus recias y altas murallas circundantes; pero esta magnífica arquitectura militar, hecha para las guerras, las guerras terminaron abatiéndola casi por com pleto. No obstante, seguimos tam bién en esto encontrando a Rom a, aunque con más leve latido. Perdidas en gran parte y reformadas en otras, las murallas tuvieron seis puertas, una de ellas de doble arco,

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para vehículos y peatones, apareciendo así en monedas acuñadas en la ciudad por los romanos. Estas defensas, pese a su escasa representación, nos hacen evocar la ceremonia fundacional, en la que con un arado se delimitaba el perí­ m etro, trazando luego dos surcos perpendiculares, de N orte a Sur y de Este a Oeste, que iban a ser las dos principales vías: la Kurdo y la De-


cumimus. Aún podem os seguir multa*, |Hii'M la primera es la <1110 va del arco de Trujano al filial de la calle (le liastim cntos, y la segunda, la (|ue, arrancando de la calle «le Santa Kulaliu, sigue llanta el puente del Gua­ diana. Abriendo surcos con el arado, com o el trigo en la fértil vega, Emrrita fructificó pródiga y pujante. hl imperio nos sale; al paso en el arco al que hemos aludido, que más parecí- datar de los tiempos de Augusto que de los de Trajano. Es una construcción airosa y atrevida de sillares de granito, hoy desprovista del revestimiento y adornos que tu vo, cuyo destino exacto — puerta de la muralla o triunfal m onum ento conm em orativo— no es fácil precisar. Sus dovelas, firmes y anchas, recortan su recio semicírculo sobre el cielo, con una belleza y gallardía que reclaman para este que denom inan arco de Trajano un puesto im portante entre las construcciones representati­ vas de Emarita. *

*

*

Si en otros lugares hemos recorrido las iglesias, aquí, transportados en (lleno a un m undo de miles de años atrás, hemos de recorrer los tem ­ p los de la m ito lo g ía pagana. E n la p arte más elevada, en la que se puede co n sid e ra r la antigua A crópolis, está el que llaman de Dia­ na, aunque por su si­ tu a ció n preem in en te parece más lógico que estu viera d e d ica d o a Júpiter. Las columnas de gra n ito, de fustes aca n a la d os, aparecen empotradas en los m u­ ros con los que en el siglo x v i macizaron los in te rco lu m n io s , para convertir el edificio en residencia de los con ­ des de los Corbos. T uvo este tem plo, que sin duda fue ejem ­ plar de extraordinaria im p o rta n cia , seis c o ­ lumnas en el frente y nueve en cada uno de Graderías del teatro romano

los costados. De la parle norte debería de arrancar la escalinata de acce­ so, ya que aquí descansan las columnas sobre un elevado basamento de sillares. La estructura del edificio es típica de los santuarios romanos, guardando gran semejanza con los de É vora y INimes. Pese a las m od ificacion es que han cam biado la fisonomía de este que denom inan tem plo de Diana, sigue aún con fuerza suficiente para recrear al viajero con su encanto. *

*

*

Tan sólo unos trozos de horm igón en el patio de una casa de la calle del Portillo marcan el lugar de un tem plo que bien pudo ser capitolio, dedicado a la tríada Júpiter, Juno y Minerva, del que se guardan en el museo, com o testim onio de su suntuosidad, trozos de cornisas, capiteles y estatuas de mármol. E l hermoso tem plo de Marte, de la época de Nerón, de mármoles blanco, violeta y veteado, de orden corintio, sirvió en el siglo x v i i para construir con sus materiales el pórtico de la capilla denom inada H ornito de Santa Eulalia, que se alza en el lugar en que se supone que la don­ cella emeritense sufrió el martirio. Entre los preciosos y finísimos ele­ m entos arquitectónicos de rica ornam entación, no com binados de m a­ nera m uy arm ónica, subsiste la lápida dedicatoria, que, traducida, dice así: CONSAGRADO A MARTE POR VETILA, MUJER DE PACULO. M osaico em eritense


11 iiti piadosa > m u m ui ■<111ii 11• I'.iiivi iln iil/ii este I «■n i|>li> ilc lina o rn a m e n ta c ió n , en m em oria ilr su chihikii, míii d u d a iiii o p u le n to propiela r io y a g r ic u lto r en las fértiles vegas del (íu a d ia n u , ya <|iic M a rte no fue a d orad o tan s ó lo com o dios de la g u erra , sino ta m b ié n com o deidad de la a g ric u ltu ra .

I ’u rle lie sus pied ras se em p le a ro n en el que me c o n v e n io ne je s u s , mego cá rc e l y h o y P a r a d o r N a c io n a l de T u ris m o ; o irá s fueron al m useo; con las bellas a ra s c ircu la re s de m árm o l form óse la co lu m n a que lla m an O belisco de S a n t a O la lla , que es o tro sím bolo del triu n fo de la d o n cella c ris tia n a sobre el pag anism o.

En replica a la inscripción pagana, los devotos (pie hicieron la recons­ trucción en 1617, colocaron otra, cuyo texto, vertido del latín al caste­ llano, es el siguiente:

Las aras, excepto una que aparece sin terminar, están decoradas con finos relieves. La que sustenta el m onum ento tiene grabada esta ins­ cripción:

YA NO A MARTE, SINO A JESUCRISTO, DIOS OMNIPOTENTE, MÁXIMO, Y A SU ESPOSA EULALIA, VIRGEN Y MARTIR, ES A QUIEN DE NUEVO SE CONSAGRA ESTE TEMPLO.

Aún hay otras dos inscripciones, colocada una en un recuadro de la parle alta del coronam iento de pináculos y bolas de gusto herreriano en «pie se remata el tem plete, y otra en una piedra del ángulo izquierdo fiel atrio. Dicen así:

CONCORDIAE AUGUST1.

En la parte opuesta de la misma piedra, al darle su destino actual, grabaron lo que sigue: «E sta piedra con las letras de la Concordia de Augusto se halló en la Plaza de Santiago, cavando una ruina de romanos, año de 1646.» *

« Año de Cristo de 1617: la ciudad de Mérida, con sus limosnas y de si i jurisdicción reedificó este hornito que es el propio sitio en que fue mar­ tirizada la Virgen Santa Olalla, Patrona y natural de ella. Siendo Gober­ nador don Luis M anrique de Lara, caballero del hábito de Santiago.» « Estas piedras de mármol se hallaron labradas en las ruinas de esta ciudad.»

Los dioses extran jeros, el grecoegipcio Serapis y el persa Mithra, tuvieron su tem plo en las afueras, descubriéndose sus elementos al construir la plaza de toros. Un te x to epigráfico m en­ ciona el tem plo de Cibeles; una placa, el de Antonino Pío. Por últim o, el que pudo ser Augustal de la Concordia, en el que se rindió culto a algunos de los emperadores divinizados, estu­ vo en la plazuela de Santiago. Mármoles en el Museo Arqueológico

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Si la calidad y abundancia de edificios religiosos nos ha dado sufi­ ciente idea del extraordinario rango de Emérita, los dedicados a espec­ táculos públicos superan tod o lo im a­ ginable. El encanto que nos produce contem plar las elipses del circo y el anfiteatro — en los que evocam os las carreras de cuadrigas, las fieras en la arena y las naumaquias— , se hace asom bro indescriptible en el teatro, que es uno de los monum entos rom a­ nos más im portantes del m undo. Con cabida para 5.500 espectadores, ter­ m inóse en el año 28 antes de Je­ sucristo, si bien p osteriorm en te se agregaron algunas estatuas y otros adornos. Durante siglos perm aneció sepul­ tada esta maravilla, que han puesto totalm ente a la vista las excavacio­ nes hechas en nuestra centuria. Los m uchos daños sufridos y la merma de sus elementos de decoración no le restan grandeza al conjunto, d ivi­ dido, según las normas de todos los teatros rom an os, en tres partes: la cabea, o graderío en hem iciclo, para Sala visigoda del Museo Arqueológico


los espectadores; la orchestra, o semicírculo bajo, destinada al coro, y la scena, en la que los actores hacían la representación. Conservada la alta gradería con sus puertas, aunque desprovistos los asientos de la piedra de granito, la escena ha sido reconstruida en parte con los ricos mármoles de zócalos, frisos, columnas, capiteles y estatuas, bella y artísticamente labrados. Lo que falta es m ucho, porque las columnatas encantadoras están incom pletas y porque sólo una parte, con m utilaciones, resta de aquellas estatuas que la adornaban, repre­ sentando dioses — O r e s , Pintón, Proserpina...— , emperadores y per­ sonajes. Sin embargo, la belleza de la escena es extraordinaria y asom­ broso el efecto de las representaciones que con derroche de escenografía, vestuario y lum inotecnia se dan aquí todos los años con obras del mundo clásico, que hacen revivir las glorias de Emérita. El teatro es la plenitud absoluta de R om a, porque éste 110 es un m o­ n u m e n t o provinciano, sino algo parangonable con las mejores construc­ ciones de la Ciudad Eterna y del m undo entero. Si Emérita, solamente ella, pudo tener un teatro así, es porque su rango, no sólo en Lusitania, sino en toda la península Ibérica, no tuvo par, porque ella fue la Rom a ibérica, en triunfo com pleto de poderío y de arte. * * * Tras la em oción única del teatro, seguimos encontrando a R om a en los restos de diversas termas, en los colum barios de la zona de enterra­ mientos, en la basílica rom anocristiana de la post scaena, en los mosaicos, en los mármoles que adornan calles, fachadas o patios; en las pinturas pompeyanas, en las infinitas lápidas y, sobre tod o, en el museo. El Conventual

No existe en España museo al­ guno con una cantidad tan asom ­ brosa y selecta de estatuas, re­ lieves, vidrios, m onedas, barros, uten silios, m árm oles, m etales y diversos objetos del período ro ­ mano. A quí está R om a, o Eméri­ ta, que una misma cosa son en la Península, reunidas sus reliquias y tesoros transportables, en la igle­ sia del que fue convento de Santa Clara, h oy sede del Museo A rqu eo­ lógico. En este rincón, el arte glo­ rioso del im perio nos envuelve totalm ente en su blanca caricia de mármoles, que parece darnos el adiós del m ondo clásico, frente al cauce abierto de la historia emeritense. 4. — Cuando la historia sigue y acaba. A l h u ndirse el p o d e r ío de R om a, Emérita siguió con poder. Tenía ya un alma cristiana, de la que nos llegan las noticias inicia­ les con el nom bre de su primer obispo, M arcial, anterior al año 252; alma ennoblecida por la san­ gre de sus mártires e iluminada Aljibe del Conventual luego por las llamas que consu­ mieron en la hoguera el cuerpo lindo y virgen de Eulalia el año 304. El huracán nórdico de las hordas bárbaras sopló am bicioso e iracundo sobre los mármoles de la entonces primera ciudad ibérica, sím bolo y alma de Extrem adura. Tras ser disputada por alanos, suevos y visigodos, Emérita quedó definitivam ente en poder de los últim os, en tiem po de Eurico, para seguir manteniendo un rango de primacía. La Mérida visigoda la encontram os en capiteles, frisos, fustes de colum nas, pilastras y lápidas, unidos a posteriores edificios o conser­ vados en el Conventual y en el museo, en cantidad suficiente para saber que siguió siendo un gran em porio de cultura y arte. Después de sufrir las luchas por m óviles religiosos entre San H erm e­ negildo y su padre Leovigildo, con intervención del arzobispo Mausona, la ciudad recobró la paz cristiana con R ecarcdo, celebrando el último

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Concilio Em eritense en el año 666. Esta paz no fue larga, porque la invasión agarena llegó a sus puertas y, tras llura lucha, la ocu pó Muza el 715. De lo que aún era, da idea esta frase, arrancada por el asom­ bro de la contem plación de Mérida a los labios de Muza ben Noseir: «¡B ien haya el predilecto mortal a quien Alá conceda señorear ciudad tan soberbia!» Los árabes le conservaron en un principio el rango de capital de la provincia llamada Mereda, que era la antigua Lusitania y parte del terri­ torio gallego; pero después consumaron la ya iniciada decadencia. De una parte sufrió el expolio de que fueran a parar a Córdoba muchos mármoles rom anos; de la otra le vino el golpe definitivo, con el traslado de la capitalidad a Badajoz. La Mérida mahometana la representa, com o m onum ento más im por­ tante, la alcazaba, el llam ado Conventual por el destino que más tarde le dieron los caballeros de Santiago. El hermoso edificio, enorme fortificación sobre la línea del río, se hizo aprovechando sillares rom anos y sobre el dique de igual época. Sólidas murallas almenadas, torres y puertas form an su bella estructura guerrera del siglo ix , de tiem po dei califa Abderram án II, el que una inscripción dice haber sido el constructor. Lápidas, monedas y diversos o b je to s com ­ pletan en el museo el recu erd o de la d o m i­ n a ción a garen a, que term ina con la recon­ quista por A lfonso I X en 1229. Y a entonces había m u erto d efin i­ tiva m en te la Emérita consustancial a E xtre­ madura y primera en­ tre las poblaciones pe­ n in su lares, para dar paso a la Mérida de los recuerdos inigualables y las realidades a tono con tantos otros pue­ blos. Tras ser d epen ­ dencia del a rzo b isp o de Com postela, la archidióccsis heredera de la m etropolitana eme­ ritense, pasó a la Or­ Iglesia de. Santa Eulalia

den de Santiago, com o cabeza de encom ienda. Mérida fue alzando sus iglesias y sus ca­ sas blasonadas, dio su nom bre a localidades de M éjico, Venezuela y Filipin as, cu ltiv ó sus fértiles cam pos y tu vo industrias. Era ya una de tan tas im p o r ta n ­ tes ciu dades extrem e­ ñas, pero sin perder la fuerza de sím bolo, a lo que le daban de­ recho su pasado y sus monum entos.

De la Mérida p os­ terior a la Reconquista encontram os el primer recu erdo en el cita do Conventual, en la par­ te a la que realmente le cuadra el nom bre, que es a la iglesia y co n ­ v e n to agregados a la alcazaba por los caba­ lleros de Santiago. Lo que hoy existe de la pri­ m itiva fábrica son rui­ nas en las que se hicie­ ron re co n stru ccio n e s, tal com o el patio con Parroquia de Santa María claustro, del siglo x v n . M ucho más interesante es el curiosísimo aljibe, que aunque origina­ riamente rom ano y reconstruido por los árabes, agregando elementos propios y visigodos, una posterior reform a le ha dado su original fisonomía. La obra, toda de sillares de granito, consta de dos tramos de escalera, cubiertos con bóvedas planas, por las que se baja a un hondo depósito en el que se filtra el agua del Guadiana. »

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S ig u en luego, com o recuerdo* posteriores a I ii lle c o n q u is la , los lemI>!om. I,u p a rro q u ia ile S a n ta K u la liu , o r ig in a ria m e n te b a sílica v isig o d a , (ue re c o n stru id a en el siglo X lll, reco listM icció n que hc re lle ja en la fach u ­ da sur, en la que la p u e rta de arco visigod o de h e rra d u ra fue g u a rn e c id a de aditam ento)* ro m án ico s, con co lu m n a s de fustes c ilin d ric o s y c a p i­ teles de tosca la b ra .

El interior del tem plo, de tres naves, es curioso por'apreciarse en él todos los arreglos: los sillares rom anos en los muros, los aprovechados restos visigodos, los aportes rom ánicos, que dan la nota dom inante, y las reparaciones góticas. El coro b ajo tiene sillería sin adornos, que sir­ vió jiara los caballeros de Santiago. Una de las varias capillas es fundación de Diego de Vera — tronco de la ilustre casa emeritense de su apellido, luego condes y duques de la R oca— , valeroso capitán de los Reyes Católicos, a quien los monarcas concedieron por sus muchos servicios el especial privilegio de poder hacer perpetuam ente treinta hidalgos cada año. La señalada merced está recogida en una posterior lápida, cuya inscripción dice así: « Esta capilla de Nuestra Señora de los Remedios fundó el muy ilus­ tre Caballero D. Diego de Vera, capitán general y Trece de la Orden de Santiago, comendador de Calzadilla, a quien los Reyes Católicos D. F er­ nando y D." Isabel hicieron p or sus muchos y señalados servicios de que (l v sus sucesores en su casa pueden hacer treinta excusados cada año perpetuamente. Reedificóla su séptimo nieto D. Vicente X avier de Vera, Conde de la Roca y del Sancto Im perio, Mayordomo de Semana de la Reina Nuestra Señora. A ño 1742.» Como finales detalles, vem os en el tem plo unas viejas tablas pinta­ das, procedentes del antiguo retablo, que representan pasajes de la vida de los santos emeritenses San Servando y San Germán, el últim o de los cuales, martirizado en Cádiz^&c_trajo a-enterrar, en esta iglesia. * * * La parroquia de Santa María alzóse a raíz de la R econquista y fue reformada en el siglo x v por el maestre de Santiago, don A lonso de Cár­ denas, después de la batalla de La Albuera, en la que derrotó a las tropas del clavero M onroy y de la condesa de Medellín, aliados del rey de P or­ tugal. Los muros son de sillería, lisos, con algún márm ol em butido. Al pie de la torre, reparada modernamente, se abre la puerta principal, de traza clásica, de dos cuerpos de pilastras pareadas, con los escudos de la ciudad y del maestre, construida en el siglo x v i por el artífice Mateo Sánchez de Villaviciosa. De igual época es la sencilla portada lateral, que da a la plaza de soportales, plaza que precisamente tam bién ordenó su construcción don Alonso de Cárdenas. Sobre esta portada se abre un

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arco con re ja, en el que se v en e ra la im agen en m á rm o l de N u estra S e ­ ñora de la (>uia, del siglo X V I .

En el interior del tem plo, de tres naves y varias capillas, están el enterram iento de los Veras, duques de la Moca, y los sepulcros del maes­ tre Cárdenas y su mujer, éstos con hermosas estatuas góticas yacentes de alabastro. Pero es curioso recordar que los mismos personajes tienen otras semejantes sepulturas en Llercna. Perdidos los epitafios, no es fácil saber dónde reposan realmente. * * * Llegamos luego en nuestro recorrido a los conventos, que, para la im portancia de la ciudad, no fueron muchos. El de San Francisco — luego m anicom io— fundóse en 1529, agregán­ dole en el siglo x v iii la iglesia adjunta, puesta b ajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen. La portada del tem plo, de orden toscano y de espléndida traza, se tim bra con los escudos en mármol de Mérida y de la Orden franciscana, que resaltan a los la­ dos de la h orn acin a ocupada por una im a­ gen de la Virgen. Una lápida recoge en esta fachada la historia de la erección <1el tem plo, com enzado en 1721 y concluido en 1737. En el interior de la iglesia, de una n ave, con crucero y cúpula, las p ilastras son de granito y los muros y bóvedas de ladrillo, de­ corados con yeso sobre fondo azul, resaltando en la orn a m e n ta ció n fig u r a s de s a n to s y ángeles. El viejo con ­ v e n to co n se rv a aún, m uy reform ado, el an­ tiguo claustro de robus­ ta arquería recubierta de cal. De 1529 data el m o ­ nasterio de m onjas de Convento del Carmen


la Concepción, cuya iglesia tiene acceso por dos portadas, una gótica y otra clásica, con adornos barrocos. El hospital de San Juan de Dios, construido en el siglo x v m , conser­ va su iglesia de planta octógona, con capilla m ayor y cuatro huecos en forma de hornacina, para los altares, en los que se colocaron retablos barrocos de talla, sin dorar. En el claustro, de dos plantas de arcos sobre pilastras, hay dos pilones con brocales octógon os, viéndose esculpida en uno de ellos la fecha de 1785. Del convento de Jesús, construido en 1602, ya dijim os que se utili­ zaron en él materiales del tem plo pagano de la Concordia y que es hoy Parador N acional de Turismo. H ay que agregar que tam bién sirvieron cu la reconstrucción restos de una basílica visigoda y columnas de una mezquita árabe, utilizados en 1751 para construir el interesantísimo claustro de columnas de mármol, conservado en tod o su sabor. Igual­ mente conserva su encanto el resto del edificio, pues la moderna adap­ tación se ha hecho con el m ejor gusto. El viejo convento es h oy uno de los paradores de turism o más visi­ tados de España, y centro im portante en la vida de Mérida, que, a tono con su tradición artística, ha sabido utilizar para fines prácticos el reco­ leto rincón form ado con piedras de tres civilizaciones. Del convento de San Andrés, de predicadores dom inicos, fundado en 1573 y casi derruido, lo más estimable es la portada con colum nata, que liinbra la cruz de Santiago. * * * Parador do Turismo

Con los edificios religiosos se mezclan en Mcriila las viejas casas de interés, unas con ventanas geminadas, otras con puertas góticas, otras con blasones. El más im portante de estos edificios es el señorial palacio de los Veras, situado en la plaza, de fachada construida con sillares rom a­ nos, que se adorna con lindos huecos y escudos de m árm ol. En la exter­ na fisonomía y en el hermoso patio, elementos góticos y del Renacim ien­ to se com binan para ofrecer un ejem plar notable de mansión nobiliaria. Como curiosidad m encionarem os la casa del historiador emeri tense del siglo x v n , Bernabé Moreno de Vargas, en la calle de Santa Eulalia, que, aunque reform ada, ofrece detalles de interés, entre ellos una sub­ terránea cisterna romana. * * * Nos falta por ver la Mérida del presente y del porvenir, esta Mérida en la (jue, absortos en la contem plación de los m onum entos, no había­ mos reparado. Es una ciudad alegre, cuyas calles angostas y tortuosas, que le dan carácter, alternan con paseos y plazas en los que los árboles ponen la nota alegre de su verdor y en los que no suele faltar el adorno de algún már­ mol rom ano. Segunda población en vecinda­ rio de la p rovin cia y tercera de E xtrem adu­ ra — sólo están delante las capitales, B adajoz y C áceres— , tea tros, cines, plaza de toros y círculos de recreo c o o ­ peran a darle una ani­ mada vida social. Sus ferias de s e p ­ tiem bre son fam osas, tanto por los festejos com o por la riqueza ga­ nadera (pie en ellas se mueve. Una nota pintores­ ca es la gran cantidad de gitanos que pululan constantem ente por los ám bitos de la ciudad y acampan ju n to al río, alegrando el am biente


* V4

co n el donaire de su gracia picara. Luego hay que re­ parar en la otra Mérida de h oy y de mañana, en la de las grandes fá­ bricas de algodón, co r­ cho, cerveza, hilaturas e insecticidas, en la del M atadero 1iidustrial... Vale la pena visi(ar cualquiera de estas modernísimas instala­ ciones, m ontadas con todos los adelantos de la técnica, en las que tienen em pleo centena­ res de trabajadores. En el m atadero, al mismo tiem po que se fabrican em butidos y conservas de todas clases, se o b ­ tien en en c i e n t ífic o s la b o ra to rio s diversas sustancias, entre ellas la insulina. Consuela ver la Mérida de in d u strias y regadíos, renacida, de r’ vuelta de los huraca­ nes y tormentas que la a zota ron desde su caída del solio im pel’ roserpiiia, un o de los la n ío s m arm oles que e v o c a ji rial, que en Sil escudo la « K m e r ila » etern a heráldico, <‘n cam po de gules, conserva, com o su más perenne gloria, la imagen de la dulce niña Santa Eulalia, sobre una muralla con almenas, puertas y torres. Mérida vibra y trabaja, al borde del río que le dio vida y que lleva milenios reflejándola en el cristal de su corriente, río del que un poeta emeritense de h oy, Félix Valverde, d ijo:

Frente a Mérida, las aguas parecen conservar su libertad jirísima, sin las trampas de cem ento que las aprisionan y doman curso arriba \ abajo. Es el mismo Guadiana de las glorias imperiales, el que vieron matronas y ediles, el (pie cruzaron legiones y cortejos. Cuando vam os a alejarnos de Mérida y en ella queremos decir adiós a toda Extrem adura, hay que volver a los mármoles paganos y al ensue­ ño, sentir que la Emérita Augusta de la Lusitaniu no murió, no podía morir, porque ella era Extrem adura, y E xtrem adura es inm ortal. Si mis labios han pronunciado otra vez el «F ia t» creador, para (pie surja el m undo nuevo, creado por las aguas dom adas del Guadiana, en su cora ­ zón sigue latiendo el corazón de esta tierra cargada de arte y' de histo­ ria; de esta tierra que es la de siempre, en las rojas amapolas de los cam ­ pos o en las blancas cigüeñas que anidan sobre el esqueleto del acucdtielo; en las estatuas o el teatro rom ano, en el que cada año revive Kinvrila con las representaciones de obras del m undo clásico. La Extrem adura en la que nacían los dioses, la región que cru/.umo* a lo largo de tantos cam inos, nos despide aquí con el poema de su ancia­ nidad triunfante. Es el m ism o poem a glorioso oído en todas nuestra*' rutas, unas veces com o eco suave y lejano, otras com o estruendo sonoro y triunfal. Es el poem a que nos cantó con el nom bre de Guadalupe la última estrofa de su primera parte y nos canta la definitivam ente litiul con el nom bre de M érida...

Kepresentación en el teatro rom ano

Dejad al río libre... Que corra, que salte, qne bañe, que riegue... Al río valiente y humilde, al río pujante y rebelde.

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643 i


COLOFÓN Hem os recorrido E xtrem adura, región de historia, arte, tipism o y realidades, que, es preciso decirlo, fue por largo tiem po ignorada de muchas gentes. En lo que la pluma trazó para darla a conocer, es seguro que habrá numerosas omisiones, com o consecuencia lógica de abarcar m ucho, teniendo que encajarlo en una forzosa síntesis. Seguro estoy tam bién de que no faltará algún error o confusión. Esas deficiencias, cuya culpabilidad recabo íntegram ente para mí, no alcanzan a la parte gráfica, de la que quiero proclam ar los méritos, que corresponden h los autores de las fotografías y a las entidades que me las facilitaron. Quede consignada aquí mi más profunda gratitud a todos, a quienes m enciono seguidamente. Comienzo las citas por los A rchivos Fotográficos de las Diputaciones Provinciales de Cáceres (Colección Mas) y B adajoz, de los Museos Ar­ queológicos de B adajoz y Mérida y del Provincial de Cáceles, de la Direc­ ción General de Bellas Artes, de la Junta Provincial de Turism o de Cáceres, del Gabinete Fotográfico del Ministerio de Inform ación y 'Pu­ rismo, de los Servicios del Plan de B adajoz (Trabajos Aéreos y Fotom étricos y Servicios Aéreos del N orte), del Instituto Nacional de Coloni­ zación, de la editorial Espasa-Calpe, de don Francisco Hernández P acheco y de don A ntonio R odríguez Moñino. En calidad de fotógrafos, tengo que citar con intervención directa a don Luis Olivenza, quien con admirable entusiasmo ha recorrido, para reunirme fotografías, la B aja E xtrem adura y algún sector de la Alia; el m encionado profesor H ernández Pacheco, don Carlos Callejo Serrano, don Marcos E scribano, doña María de la H iz Flores, «M ai/.flor»; don Manuel Márquez de la Plata, don Luis Sánchez N avarro, don Manuel Terrón Albarrán, don Gervasio Velo y N ieto, don José Rainón y Fernán­ dez Oxea, don A ntonio Verdugo, don Justo Corchón, don Juan Marín Pulido, el marqués de Cerverana, don R ufino Murillo, don Juan Martí­ nez Quesada, don Manuel Ramírez Chamero y fray A rturo Álvarez. No quiero om itir la participación, más o menos amplia, de los fo tó ­ grafos profesionales Lara, B ravo, Prats, Óscar, Medina, R obert, Fer-

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riando Garrorena, Javier García Téllez, Enrique Torán, A quilino Olivenza, Pim iento, Barrera, Castillo, B oconi, Martín, M ontero, Guelmi y Rodrigo. Por el entusiasmo con que patrocinaron las tareas fotográficas, con ­ signo com o m erecido tributo los nombres de los presidentes de las dos Diputaciones Provinciales extremeñas, don A dolfo Díaz A m brona, de la de B adajoz, y don José Murillo Iglesias, de la de Cáceres. Todas las fotografías de la provincia de B adajoz, hechas por Fernando Garrorena y Aquilino y Luis Olivenza, han corrido a cargo de su D iputación, que facilitó tam bién al último de los citados el coche con que recorrió los ámbitos provinciales. Por su cooperación en informes y gestiones debo m encionar al inge­ niero don Manuel Martín L ob o, al repetido profesor H ernández Pacheco, a don José Álvarez y Sáenz de Buruaga, director de los Museos A rqu eoló­ gicos de B adajoz y Mérida; a don Julián N evado, secretario de la Junta Provincial de Turism o de Cáceres; a don A lejo Leal García, al doctor Francisco Montes B ravo, a don A ntonio López Martínez y al ilustre escritor don Enrique Segura Otaño, jefe de los Servicios Culturales de la Diputación Provincial de B adajoz, a quien intencionadam ente coloco al fin de la lista para resaltar el interés y cariño con los que correspondió siempre a mis demandas y molestias. Otra vez, mi gratitud a todos.

FOTÓGRAFOS QUE COLABORAN EN ESTA OBRA A l m a g r o ( M a r t í n ): f o t o g r a fía d e la p á g i-

B o c o n i:

_ 11a 2 3 7 . A l va r e z (F r a y

y 635. B r a v o ( I I . ) : f o t o g r a fía s d e las p á g in a s 1 5 6

A r t u r o ): f o t o g r a fía d e la

p á g in a 3 1 4 . A r c h iv o f o t o g r á fi c o

la

E xcm a.

D i­

M a s ) : f o t o g r a fí a s «le las p á g i­

nas 2 6 , 2 9 , 3 2 , 3 9 , 4 0 , 4 2 , 4 8 , 5 3 - 5 5 , 5 7 . 58, 64, 6 7 , 71, 74, 76, 82, 83, 86, 87, 90-

p á g in a s

634

nas

75,

145

328.

C e r v e r a n a ( M a r q u é s d e ): f o t o g r a fía s d e las p á g in a s 1 4 1 , 1 5 7 . 1 7 2 , 1 7 4 . 1 7 5 . 2 0 0 , 219. 567, 569 y 588. Co r c iió n

1 8 8 , 1 9 0 -1 9 9 , 2 0 1 , 2 0 2 - 2 0 6 , 2 1 5 , 2 1 6 , 2 1 8 ,

E s c r ib a n o

232, 236, 239,

y

C a s t i l l o : fo t o g r a fí a d e la p á g in a 4 5 3 .

127. 1 29, 1 3 0 , 1 3 8 -1 4 0 , 143, 144, 146, 1 4 7 , 1 5 0 -1 5 2 , 1 5 9 -1 7 1 , 1 7 6 , 1 7 7 , 1 8 0 -1 8 5 ,

G a r c ía

( J u s t o ):

f o t o g r a fía s

de

la s p á g in a s 8 8 , 153 y 2 2 8 . p á g in a s

241.

(M a r c o s ): 16, 2 2 .

f o t o g r a fía s

1 1 9 , 1 3 2 -1 3 5

y

de

las

137.

2 4 8 -2 5 4 , 2 5 8 , 2 6 0 -2 6 2 , 2 6 5 -2 6 8 , 2 7 0 , 2 7 8 -

G a r c í a T é l l e z ( J a v i e r ): f o t o g r a fía s d e las

2 8 0 , 2 8 3 , 2 8 7 -2 9 0 , 2 9 2 , 2 9 3 , 2 9 5 -3 0 3 , 3 0 5 -

p á g in a s 3 3 , 3 4 , 6 5 , 9 9 , 1 0 1 , 1 1 7 , 1 3 1 , 1 3 9 ,

310,

329.

2 3 1 , 2 3 3 -2 3 5 , 2 3 8 , 2 1 0 , 2 4 3 , 2 4 4 , 2 4 6 , 2 4 7 ,

3 3 1 -3 3 4 , 3 3 6 -3 3 9 , 3 4 1 -3 4 7 , 3 4 9 , 3 5 1 -3 6 0 ,

257, 259, 264, 269. 271, 330, 340, 318,

312,

315,

319,

322,

3 2 4 -3 2 6 .

D ir e c c ió n

350 y 643. G a r r o r e n a ( F e r n a n d o ): f o t o g r a fía s d e las

G e n e r a l d e B e l l a s A r t e s : fo t o g r a fía s

p á g in a s 3 6 6 , 3 6 9 , 3 7 4 . 3 7 8 , 3 7 9 , 3 8 1 , 3 8 2 ,

d e las p á g in a s 7 8 - 8 1 , 8 4 y 8 5 .

402,

3 6 2 -3 6 4 . A r c h iv o

A r c h iv o

f o t o g r á f ic o

f o t o g r á f ic o

f o t o g r a fía s

de

6 3 1 -6 3 3 , 6 3 9 y

las

de

de

la

p á g in a s

28,

c io n a l d e

6 2 6 -6 2 8 .

5 6 3 , 5 9 9 , 6 0 3 , 6 0 7 , 6 14 , 6 1 6 , 6 18 , 6 19 y 6 3 6 .

642.

C o l o n i z a c i ó n : f o t o g r a fía s de

G ü f . l m i : fo t o g r a fía d e la p á g in a 6 8 . H ernández

P acheco

( F r a n c is c o ):

fo to ­

g r a fía s d e las p á g in a s 2 2 . 5 2 , 6 3 , 8 9 , 1 3 6 ,

las p á g in a s 6 0 , 6 1 , 6 6 y 1 5 4 . A r c h iv o f o t o g r á f ic o d e l a J u n t a v in c ia l d e

104, 41 7 , 420, 42 3 , 43 7 , 4 4 5 , 44 9 ,

4 5 6 , 4 6 0 , 4 6 1 , 4 7 4 , 4 8 1 , 4 8 4 -4 8 6 , 4 8 8 , 4 9 9 , 5 0 3 -5 0 5 , 5 0 9 , 5 3 6 , 5 4 5 , 5 5 3 -5 5 5 , 5 5 9 , 5 6 1 ,

E s f a s a -C a l p e :

A r c h iv o f o t o g r á f ic o d e l I n s t it u t o N a ­

2 0 7 , 2 1 2 , 2 2 0 , 2 2 7 , 2 7 2 , 2 7 4 -2 7 6 , 2 8 2 , 2 8 4 ,

P ro­

317, 320, 373, 375,

I n f o r m a c ió n y T u r is m o d e

C á c e r e s : fo t o g r a fía s d e las p á g in a s

377. 390,

125, 4 3 9 ,

4 6 5, 466, 469, 609, 615 y 617.

13,

2 3 . 6 9 . 7 0 , 7 7 , 9 6 . 1 0 0 , 1 2 2 , 1 2 5 , 1 2 8 , 1 78.

L a r a : fo t o g r a fía d e la p á g in a 5 0 .

210, 213, 226, 242, 255 y 281.

M a i i i z f l o h : fo t o g r a fí a d e la p á g in a 4 5 1 .

A r c h iv o del

Barrera: y

f o t o g r á f ic o

«P lan

p á g in a

646

la s

C a l l e j o ( C a r l o s ): fo t o g r a fía s d e las p á g i­

9 2 , 9 4 , 1 0 2 -1 1 6 , 1 1 8 , 1 2 0 . 1 2 1 , 1 2 4 , 1 2 6 ,

221, 224, 225, 230,

de

y 277. de

p u ta c ió n P r o v in c ia l d e C á c e r e s (C o ­ le c c ió n

f o t o g r a fía s

de

B adajoz»:

los

s e r v ic io s

f o t o g r a fía

de

fía s d e las p á g in a s 4 6 y 2 0 9 . M a r t í n : f o t o g r a fí a d e la p á g in a

17. fo t o g r a fía s

M á r q u e z o e l a P l a t a ( M a n u e l ): fo t o g r a ­

la

de

la s

p á g in a s

623

1 23.

M a r t í n e z Q u e s a d a ( J u a n ) : f o t o g r a fía de la p á g in a 2 6 2 .

637.

647


P r a t s : fo t o g r a fía s d e las

M e d i n a : fo t o g r a fía de la p á g in a 9 3 . M o n t e r o : f o t o g r a fía s

de

las

p á g in a s

y

579

p á g in a s 3 0 . 3 7 0

572.

y 580. M u r i i x o ( R u f i n o ): fo t o g r a fía d e la p á g i­

P u l id o (J u a n

na 179. O lí v e n z a

R a m í r e z ( M a n u e l ): f o t o g r a fía d e la p á g i­

p á g in a s O l iv e n z a

( A q u i l i n o ): 5 1 3 -5 1 5

y

fo t o g r a fía s

de

na 273.

las

R amón

589.

376,

380,

383,

400,

401.

403,

371, 372, 4 0 5 -4 1 3 ,

( J o s é ): f o t o ­

R o d r i g o : f o t o g r a fía d e la p á g in a 2 1 7 . Sá n c h e z

Navarro

(L u is ):

fo t o g r a fía s

de

la s p á g in a s 4 1 , 4 2 , 1 7 3 y 1 8 6 .

415, 416, 419, 421, 422, 424, 427, 4294 3 6 , 4 3 8 , 4 4 0 -4 4 2 , 4 4 4 , 4 4 6 -4 4 8 , 4 5 0 , 4 5 2 ,

F ernández Oxea

316.

nas 15, 2 1 , 2 7 , 3 1 , 3 5 -3 8 , 4 1 , 4 9 , 5 9 . 73. 245, 256, 263, 367. 368.

y

g r a fía s d e las p á g in a s 5 6 , 5 7 , 9 8 , 2 8 5 y

( L u i s ): fo t o g r a fía s d e las p á g i­

208.

M a r í a ): fo t o g r a fía d e la p á ­

g in a 1 4 8 .

T errón

A l b a r r á n ( M a n u e l ): fo t o g r a fía s

d e la s p á g in a s 6 2 , 5 9 4 y 6 1 0 .

4 5 4 -4 5 9 , 4 6 3 , 4 6 4 , 4 6 6 , 4 6 7 , 4 7 0 , 4 7 2 , 4 7 3 , 4 7 6 -4 8 0 , 4 8 2 , 4 8 3 , 4 8 7 , 4 8 9 -4 9 2 , 4 9 4 , 4 9 5 ,

T o r á n ( E n r i q u e ): f o t o g r a fía s d e las p á g i­

4 9 7 -5 0 2 , 5 0 6 -5 0 8 , 5 1 0 -5 1 2 , 5 1 6 -5 2 0 , 5 2 3 -

nas 3 8 4 -3 8 9 , 3 9 3 -3 9 5 , 3 9 7 -3 9 9 y 552. T r a b a j o s f o t o g r á f i c o s a é r e o s : fo t o g r a ­

5 2 5 , 5 2 7 , 5 3 0 , 5 3 2 -5 3 5 . 5 3 7 . 5 3 8 . 5 4 1 -5 4 4 ,

V elo y

Paginas

N i e t o ( G e r v a s i o ): f o t o g r a fía s de

la s p á g in a s 7 2 , 9 5 , 1 4 2 , 1 4 9 y 1 8 7 .

5 9 5 -5 9 8 , 6 0 0 -6 0 2 , 6 0 4 -6 0 6 , 6 0 8 . 6 1 1 -6 1 3 ,

V e r d u g o ( A n t o n i o ) : f o t o g r a fía s d e las p á ­

, 6 2 0 -6 2 2 , 6 2 4 , 6 2 5 , 6 2 9 , 630 y 6 4 1 .

GENERAL

f ía s d e la s p á g in a s 3 9 1 , 3 9 2 y 3 9 5 .

5 4 8 , 5 5 0 , 5 5 1 , 5 5 6 -5 5 8 , 5 6 0 , 5 6 2 , 5 6 4 -5 6 6 , 5 6 8 , 5 7 0 , 5 7 3 -5 7 8 , 5 8 1 , 5 8 4 -5 8 7 , 5 9 1 -5 9 3 ,

Í NDI CE

O s c a r : f o t o g r a fía d e la p á g in a 5 1 .

g in a s 1 2 , 1 4 , 2 0 , 2 4 , 2 5 , 2 2 2 , 2 2 9 , 3 0 4 ,

P i m i e n t o : f o t o g r a fía s d e la s p á g in a s 5 2 1 ,

3 11, 318, 321, 323, 327, 335, 350, 426,

D edicatoria................................................................................................................................. Preliminares................................................................................................................................ In troducción ...............................................................................................................................

7 9 13

4 28, 4 7 5 , 5 40. 547. 549, 582 y 640.

522 y 528.

PRIM ERA PARTE

LA

ALTA

EXTREM ADURA I

E L CAMPO D E A R A Ñ U E L O (N a v a lm o u a l

1. 2. 3.

de

la

M a ta )

En la auténtica com arca geográfica............................................................................ La prolongación jurisdiccional...................................................................................... Rum bo al porvenir...........................................................................................................

51 55 59

II LAS Ú LTIM AS T IE R R A S D E CARLO S V (.1 a r a n d i l l a ) 1. 2. 3. 4.

La canción del agua......................................................................................................... El eco de «la Serrana»..................................................................................................... Rincones im periales.......................................................................................................... El retiro del César.............................................................................................................

66 70 73 78

III «G R A T A A D IO S Y A LOS H O M B R E S» ( P l a s e n c ia )

1. 2. 3.

648

El Valle y su prolongación............................................................................................. Hasta M onfragüe............................................................................................................... La ciudad de A lfonso V I I I ...........................................................................................

649

88 93 98


IV

XI

T R IL O G IA G E O G R Á F IC A

Págillll9

LA C R U Z DE SA N TIAG O (MONTÁNCHEZ)

(HisnvÁs) 1. '2. 3.

La zona verde..................................................................................................................... Gabriel y G alán................................................................................................................. Las tierras m alditas.........................................................................................................

126 *32

1. 2.

En torno a la serranía.................................................................................... ........... El nido de águilas.............................................................................................................

ECOS

DE GATA

DE E P O P E Y A S (T r u jillo )

(H o y o s )

1. 2.

Oro líqu ido.......................................................................................................................... La plata del agua..............................................................................................................

140 *47

1. 2.

Campos de señoríos.......................................................................................................... Solar de conquistadores..................................................................................................

VI

281 289

X III

LA V E G A D E L ALAGÓN

E L CORAZÓ N D E E X T R E M A D U R A

(C o h ia )

1. 2.

272 276

XI I

V LA S IE R R A

Pír Ih».

La tierra de Coria............................................................................................................. Al arrullo del A la gón .......................................................................................................

(Logrosán) 154 158

V II

1. 2. 3.

E n torno al relicario......................................................................................................... Sinfonía del paisaje y la historia................................................................................. Sinfonía del arte y la fe ..................................................................................................

313 320 329

LA H E R E N C IA DE A LC O N É TA R (G a r r o v illa s )

1. 2. 3.

Arriba del T a jo .................................................................................................................. Al sur del río....................................................................................................................... El solar de los turm ódigos.............................................................................................

SEGUNDA PARTE 1^® 1~f} 1

LA

B A JA

EXTREM ADURA i

V III

LA S IR E R IA E X T R E M E Ñ A

UN PUENTE Y UNA CRUZ

(H e r r e r a

(A lc á n ta r a )

1. 2. 3.

Tierras del m aestrazgo.................................................................................................... La sede m aestral............................................................................................................... La encomienda m a y or.....................................................................................................

1 I**® 197

1. 2.

d e l D uque y

P u f .r l a

de

A lc o c e r )

Con los aires m orenos...................................................................................................... La sombra del maestre Sotom ayor.............................................................................

369 374

II IX LOS TESOROS D E L G U A D IA N A ENCOM IEN DAS (V a le n c ia

1. 2.

de

(P la n

de

R a d a jo z )

A lc á n ta r a )

P or los d o m in io s de los c o m e n d a d o r e s ....................................................................... La Campiña........................................................................................................................

208 ^11

1. 2. 3.

En la zona alta.................................................................................................................. Las tierras b ajas................................................................................................................ La realidad triunfal..........................................................................................................

386 390 393

X III E L T R IU N F O

DE L A E T E R N ID A D LA SE REN A

(C á ce re s )

1. 2. 3.

El reilejo señorial.............................................................................................................. R ondando a Norba y Cazircs........................................................................................ La eternidad triunfante..................................................................................................

650

(V illa n u e v a

990

1. 2.

de

la

Seren a y

C a stu e ra )

Cerca del río ....................................................................................................................... Los campos de Castuera.................................................................................................

651

102 413


1

XI

IV VERDAD

Y

(D on

1. 2.

«S A U D A D E S »

ROMANCE

B e n it o )

La verdad de los cam p os................................................................................................ El romance del Anahuac.................................................................................................

428 433

1. 2.

T IE R R A

l a corte extrem eña...................................................................................... ................. .. La gracia del m anuelino..................................................................

Vil ’»'•'»

XH

V LA

..............

(O liven za ) 1

E L R E IN O MORO (B a d ajo z )

DE BARROS

(A i.m e n d r a le jo )

1. 2.

La primera avanzada santiaguesa.............................................................................. El triunfo de los Barros..................................................................................................

442 451

VI LA P O D E R O SA CASA D E

1. 2. 3. i.

El castillo............................................................................................................................ En tom o al alcázar........................................................................................................... E l a lcá z a r ............................................................................................................................

460 465 4-70

RO M AN CE F E U D A L (A lbü r q ü e r q u e ) 1. 2.

V II

D O N D E EM PEZÓ LA H IS T O R IA (M é r id a )

(L le k e n a )

En torno al priorato........................................................................................................ Diócesis y maestrazgo......................................................................................................

488 493

V III BAJO E L SIGNO D E T E N T U D IA (F u e n te

1. 2. 3.

de

En la sierra de San P ed ro............................................................................................. La flor del rom an ce..........................................................................................................

1. 2. 3. 1.

La sierra y la diorita ........................................................................ .............................. ......61 I Los campos de Castrum Colubri........................................................................................6 l8 R om a ..........................................................................................................................................624 (Cuando la historia sigue y a caba................................................................................ ......635

502 507 511

IX SAN TIAG O Y

1. 2.

S E V IL L A la

S ie r r a )

Lo que no era de Sevilla................................................................................................ E l feudo sevillano.............................................................................................................

518 521

X E L B A IL IA T O (J e re z

l.

i.

i» e

lo s

C a b a lle r o s )

Barro y granito.................................................................................................................. Monjes y guerreros...........................................................................................................

652

^

Colofón........................................................................................................................................ ^ológrafos que colaboran en esta o b ra .............................................................................

C a n tos)

Llano y sierra..................................................................................................................... Zurbarán.............................................................................................................................. Pelay Pérez Correa...........................................................................................................

(F b e g e n a l d e

598 601

X IV

SAN MARCOS DE LEÓN

I. 2.

.r»6<» 5ft8 576 .r>ll7

X III

F E R IA

(Z a fr a )

1. 2. 3.

Un recuerdo y una rea lid ad.......................................................................................... El ensueño agareno.......................................................................................................... El corazón cristiano......................................................................................................... A yer y h o y ..........................................................................................................................

534

653

645 617

Extremadura. La tierra en la que nacían los dioses por Miguel Muñoz de San Pedro.Conde de Canilleros  

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