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K JL Ml|*ut'l H errero Lceda Sus primeros recuerdos del inundo natural y del mundo rural están en el campo extremeño, en el Ceclavín de su infancia, y en las historias que le contaba su padre. A la manera de los hombres del Renacimiento, su admi­ ración por la naturaleza se une con su interés por las mies, las ciencias, las letras y la técnica. Es ingeniero informático, desarrollador de sistemas y doctor en Inte­ ligencia Artificial, una rama multidisciplinar de investi­ g a c ió n lis colaborador de la Fundación Más árboles y de la fun­ dación Cultura de Paz, forma parte de proyectos para conservar y generar bosques así como de la iniciatica para el retorno rural. Su alan por conocer es comparable al deseo por com­ partir ese conocimiento mediante colaboraciones en diversas publicaciones, intervenciones en numerosos programas de radio, a través de ciclos de conferencias, exposiciones, o bien directamente, a sus alumnos de la Universidad Complutense de Madrid, donde ha sido profesor en las Facultades de Física, Química, informá­ tica y la E. U. Estadística. En 2005 publicó El Alma de los árboles. Tres años más tarde, Elam Editores lanzó una nueva edición notable­ mente ampliada En 2009 aparece el libro Los árboles del Bosque de

lu Calma. Junto con Elisa, publica en 201 I Extremadura en el l 'tirazón y en 2012 Mi Extremadura. Elisa H errero Uceda Nacida en Ceclavín (Cáceres) es doctora en Biología e ingeniera informática. Colabora con Miguel en sus nu­ merosos proyectos y le acompaña en las conferencias donde interviene intercalando citas y poemas en las charlas, con su voz cálida y sentida. Miuiicl y Elisa, con la colaboración de sus hermanos, siguen trabajando para reunir la memoria de un pueblo en diversas obras literarias, donde se muestra con respeto y dignidad la esencia de nuestro ser, las formas de vida y la sabiduría que se han desarrollado y se han transmitido de generación en generación desde hace milenios con numerosos testimonios de personas que vivieron ese mundo en los años cincuenta y sesenta, antes de la emi­ gración a las grandes ciudades. Sus recuerdos constituyen la identidad de un pueblo. Pora saber más: w w w.cchorrincho.elam .es En esta web se puede acceder a contenidos multimedia con textos de algunos de estos relatos, leídos en extre­ meño, canciones, habla, recetas en extremeño, tonos de móviles, imágenes, vídeos y mucho más.


D e s e a m o s a g r a d e c e r e l a p o y o r e c ib id o de b u e n a p a r t e de n u e s tro s p a is a n o s

y e s p e c ia lm e n te d e E u g e n io D o r a d o , Ir e n e f^Karin y C r u z D ía z fA a rc o s .

E n re c u e r d o a n u e s tr o p a d r e que nos e n se ñ ó a a m a r la t i e r r a que nos vio n a c e r

Esta obra está protegida por las leyes y tratados inter­ nacionales que regulan el derecho de la propiedad de autor y editor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra sin autorización expresa de los titulares de los derechos de reproducción (copyright) por cualquier medio o procedimiento.

© 2013, del texto, Miguel y Elisa Herrero Uceda © 2013, de las ilustraciones y diseño de la cubierta, Herrero Uceda © 2013, de la presente edición, Elam Editores, Fresnedillas 25, 28035 Madrid, España ww w .elam -editores.eselam @ elam .es

ISBN: 978-84-936585-5-7 Depósito legal: M-16583-2013 Impreso en España / Printed in Spain 2013 - Advantia, Comunicación Gráfica C/ Formación, 16 - P.l. Los Olivos, 28906 Getafe - Madrid


C o n te n id o Introducción...............................................

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Ceborrincho, el mi burrinu serraillanu...........................

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El burro, compañero inseparable del hombre del campo. Animal emblemático de la cultura rural, solícito y fiel, casi un filósofo. La abnegada confianza en su amo sacará a todos de más de un atolladero. Asistimos, contado por el labrador, a las faenas en el campo al lado siempre de Ceborrincho. (Primer premio Luis Chamizo de prosa en extremeño, 2012)

Dagalis, muchachinus y gorriatus..................................

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Los niños comparten con los pájaros los anhelos de libertad. No contaban con juguetes sofisticados pero sí se sentían dueños del tiempo y del espacio, ¿qué más podían desear? (Segundo premio Luis Chamizo de prosa en extremeño, 2012)

La tía Bonifacia.................................................................... 31 El papel de la mujer en el mundo rural. Las sencillas sabidu­ rías que guardan en su interior. La tía Bonifacia nos va des­ granando los secretos de su vida, con sus alegrías y sus tris­ tezas, revelándonos, sin proponérselo, muchas verdades de la sociedad actual.

¡Collazu, acuérdati!..............................................................37 Todo lo que significó el cine en los años cincuenta y sesen­ ta para un pueblo, una ventana abierta a otros mundos. La llegada de los rollos de películas, las calificaciones morales de la época, el entusiasmo que despertaban, donde los hombres del campo, en su deslumbramiento, podían salir convencidos de que su lucha diaria por la vida, su afán por el trabajo para sacar el pan de la tierra y llevarlo a su fami­ lia, esa verdadera heroicidad silenciosa y cotidiana era una tarea sencilla, una vida corriente y casi olvidada frente a esos jardines celestiales, esas crueles desesperaciones, esos sentimientos infinitos de culpa, esos llantos...

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Ceborrincho. Relatos extremeños

Los bañus en el Taju........................................................

Contenido

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Las aventuras tejidas en el verano, con sus baños en el río, son recordadas por un niño desde las frías clases de un colegio interno, mientras solo espera acabar el curso para poder volver. Se ve el contraste entre los días luminosos de su pueblo y el internado de frailes, donde todo le resulta raro, gris, serio, monacal. Le cansan las clases monótonas, encerrado siempre entre cuatro paredes, repitiendo retahilas y sonsonetes de Pelayos y Witizas. ¡Qué le pueden impor­ tar! Él quería ir a coger nidos, ordeñar las cabras, varear oli­ vos, ver el vuelo de buitres o de águilas...

¡Fuegu! ¡Fuegu!................................................................

La boda extremeña en su más genuino sentir. El tálamo, la cama guapa, la alborada, las canciones, la participación de todo el pueblo, el banquete preparado en la misma calle con mesas, sillas y cubiertos aportados por los propios convida­ dos, el cochifrito y la chanfaina. Estampas multicolores vis­ tas a través de los ojos de una joven que se reencuentra consigo misma y con el pueblo que abandonó cuando era una niña al emigrar con su familia.

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La Feria y la llegada de feriantes llenan de entusiasmo la vida de un pueblo. El rodeo, el puesto de turrón, el guarni­ cionero, el alfarero y sobre todo el puesto de cacharrinos con un juguete especial que deslumbra a un niño, hijo de pastores que vive en un chozo en la majada. El relato gira sobre la huella que nos puede dejar en la niñez el desarro­ llo de una ilusión.

La viñina y el cachuju e jaera......................................... 51

El horror del infierno desatado en la dehesa. ¿Cuántas veces alguien habrá llorado ante la visión de un campo cal­ cinado? Las tierras arrasadas, los troncos retorcidos y negros que piden justicia, los animales muertos, las ilusio­ nes perdidas. Quien ha presenciado un fuego de grandes proporciones no puede olvidar el grito de dolor de los árbo­ les, un estremecedor alarido provocado por la violenta eva­ poración de los fluidos internos. Quizás nuestro grito de dolor o de terror, no sea más que un reflejo condicionado de nuestra especie. Millones de años de evolución a la sombra de los árboles nos han hecho temer el grito del fuego como la peor de las maldiciones posibles.

El casoriu..........................................................................

San Miguel..........................................................................

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La propia tierra, la viña, nos habla de los hombres, de la paz y de la guerra. Una pareja de recién casados enlazará su confianza y su futuro al cuidado de su viña, como sinónimo de vida sencilla y de amor a la tierra. Un año pasará sobre el campo, y asistiremos a su transformación en el trascurrir de las estaciones que culminará con la vendimia.

La campana rota...............................................................

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Acontecimientos en el Día de todos los Santos. La recogida y el consumo de castañas, nueces y bellotas es una mane­ ra de celebrar la maduración de los frutos, y el comerlos en grupo, en el campanario, en el campo o junto al cementerio, representa una celebración en comunión con los difuntos, una unión atemporal, donde lo terrenal y lo oculto se dan la mano y todo puede ocurrir.

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Ovidiu el Montañés............................................................. 93 Al llegar los aires invernizos, por las tierras del norte, se ponen en marcha los rebaños trashumantes. La trashumancia es el eje difusor de la cultura pastoril. El relato sigue la ruta por la cañada de la Plata, desde los Montes de León hasta los invernaderos, los pastos de invierno de las dehe­ sas extremeñas, con todas sus vivencias.

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Dali a la v a ra ..................................................................... 107 La recolección de la aceituna siempre ha sido una labor tanto del hombre como de la mujer, de ahí que fuera ésta una ocasión donde era más fácil que espontáneamente reparara el uno en el otro, y se produjera el enamoramiento entre los jóvenes. El relato se teje a partir de lo que una muchacha le cuenta a su madre, día a día, según transcurre la recogida, y como sus sentimientos van cambiando y nos los trasmite a través de los cantares de aceituneros.

Los lagaris........................................................................ 115 En los días desapacibles del invierno, los lagares servían como lugar de reunión y tertulia de los hombres mientras los operarios de la almazara van molturando las aceitunas para obtener el aceite. En ocasiones el desenlace de un aconte­ cimiento contado al amor de la lumbre se tenía que esperar a la tertulia del año siguiente.

Contenido

El cabreru de Valdesotalvu.............................................. 139 Cuando se hablaba con los pastores o cabreros se advertía el gran saber que tenían sobre la naturaleza y la vida en el campo. A pesar de que no habían ido a escuela por haber estado siempre con su trabajo en el campo; o quizás preci­ samente por eso, poseían, sin vanagloriarse de ello, un gran conocimiento de todo lo importante.

La corrobla........................................................................ 149 Relato sin narrador donde las conversaciones fluidas teni­ das por un grupo de señoras mayores, en la llamadas reso­ lanas, se suceden. Estas mujeres sentadas en un rincón de una calle soleada hacen encajes de bolillos, mientras se entretienen hablando de los tiempos antiguos, que recuer­ dan de cuando eran niñas, del presente y de las personas que pasan por la calle.

El mi agüelu Nochi e lobus ................................................................... 121 En medio de la noche, en la mitad de la dehesa, a veces se oían los aullidos de los lobos, todo parece aquietarse ante el más terrorífico de los sonidos del monte. El eco de sus agu­ dos lamentos provoca terror en los pastores y agitación en el rebaño. Entonces, se hacía lumbre a la vera de los cho­ zos, para que el poder demoníaco, ¡el horror!, no se acerca­ ra. A la luz temblorosa de las llamas se leía el miedo en el rostro de la gente.

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Vivencias, pensamientos y recuerdos se mezclan en la mente de un muchacho durante el velatorio y entierro de su abuelo. Se describe paso a paso todas las costumbres y ritos arraigados en aquellos años, mientras se entrelazan con las imágenes de los veranos vividos con el abuelo y que nunca ya podrán volver.

El habla, el nuestru p a lr a l .................................................. 169

Emigrantis......................................................................... 129 La emigración hizo que muchas familias tuvieran que aban­ donar sus hogares. Es muy duro ser emigrante, se quedan atrás muchas cosas queridas y te esperan delante, dudas, dudas y más dudas. El relato nos habla de las vicisitudes de una familia de emigrantes contadas en primera persona por el hijo, quien, a través de su abuelo, conocerá también las penurias de los años de la posguerra.

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II


In tro d u cció n a vida en nuestros pueblos, la cultura rural, ha dibujado aconteceres y vicisitudes, estampas todas, unas alegres, otras tristes, a veces cómicas, pero siempre sentidas, “mu jondas", escenas que hemos querido reflejar en esta serie de relatos, porque los relatos, los cuentos, son pinceladas de realidades tejidas por la fic­ ción para unirlas en ese otro transcurrir. Estos relatos están escritos con sentimiento, humor y el rigor histórico necesario para poder retratar de forma fide­ digna como se vivía en el medio rural por los años cincuen­ ta o sesenta, años difíciles de la larga posguerra. Entrelazados con la narración se muestran las costumbres y los saberes de entonces. Son relatos de la tierra, de la naturaleza, del entorno rural, escritos en prosa poética no exenta de la dura realidad de aquellos años. Pertenecemos a una generación que ha conocido el más genuino vivir inmerso en la cultura rural, aquellas cos­ tumbres y sabidurías que se trasmitían de padres a hijos, y

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hemos visto cómo, en pocos años, se está olvidando todo ese acervo cultural. Después de escribir los libros “Extremadura en el cora­ zón” y “Mi Extremadura” donde presentábamos una cróni­ ca detallada de la cultura rural, la vida de un pueblo a lo largo de un año, nos hemos adentrado, ahora de la mano de la ficción, en ese mundo para vivir junto a los persona­ jes, las más diferentes situaciones, como si de un viaje en el tiempo se tratase. De ese modo, cada narración se teje en un escenario distinto, mostrando aspectos diferentes de ese transcurrir, tan cercano y tan lejano a la vez, que hemos visto de niños y donde han vivido nuestros padres y nues­ tros abuelos. Aprendimos de nuestro padre a amar la tierra. A través de las páginas, conoceremos los sentimientos de una muchacha durante la recogida de aceitunas, esce­ nas de vareadores y apañadoras, los anhelos de libertad que sentíamos de niños, el burro entrañable, protagonista y compañero del hombre del campo, el fantástico día de cine, la vida y la sabiduría de las mujeres rurales, el casorio, el dolor de la emigración, los veranos, la feria, la trashumancía, los lagares, la noche de lobos, el fuego, la muerte... Unos relatos estarán contados en primera persona por el propio protagonista de la historia, otros en tercera. En unos habrá un narrador que nos vaya describiendo la esce­ na y los acontecimientos, y en otros no habrá necesidad de él. Incluso en uno de ellos será la propia tierra, una viña, la que nos revelará sus sentires sobre los hombres. Hemos querido que cada narración tenga su propia personalidad.

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Introducción

Asistiremos a las historias paseando por las calles de un pueblo, sentados en el interior de una casa, en el campana­ rio, en la majada, en las cañadas, en un colegio interno, en la dehesa, en la sementera, en el río, en la viña, en el tren... Viviremos los relatos, nos harán reír, nos harán llorar. Estos cuentos están escritos en extremeño o castúo porque es la lengua de la cual han emergido estos suce­ sos, estos personajes, estas situaciones. La riqueza de palabras, las entonaciones, los giros, las expresiones representan ese otro paisaje humano que íntegra cada una de las escenas, y que no debemos dejar atrás. El extreme­ ño es una lengua de una gran expresividad que junto a la profusión del uso del diminutivo acabado en “ino” o “inu”, el cierre de las terminaciones (“o” en “u” y “e” en “i”) y su peculiar entonación dan al lenguaje un acento dulce y musical de gran colorido, a la par de mostrar la “jondura” en el sentimiento. Su lectura, debido a la cercanía con el espa­ ñol o castellano, es de rápida comprensión y sumergen al lector en esa atmósfera mágica de los relatos, acariciando esos vocablos tan bellos de pronunciar como manantíu, regatu, menester, velaí, enjundia, espetera, corrobla, macucu, enteosu, jatu, jiguera, cutau, azafati, asina... El extremeño pertenece a la familia de las lenguas del asturleonés, catalogada por la UNESCO como idioma en peligro de extinción, recomendando su preservación. Es, por todo esto, por lo que hemos querido escribir los relatos en extremeño, poniendo en valor todo este rico patrimonio cultural que tenemos en Extremadura. Como

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Ceborrincho. Relatos extremeños

muestra de la dulzura y expresividad del lenguaje hemos dejado grabados algunos relatos, accesibles en la web www. ceborrincho. elam. es Son relatos para ser leídos en voz alta, para darse el gusto de hablar en extremeño, en esa lengua dulce, rica, sentida y profunda que hemos conocido y que no debe per­ derse. Nuestra forma de hablar y de expresarnos, nuestras costumbres y tradiciones deben ser vínculos que nos unan, que nos identifiquen y enorgullezcan, nunca armas que nos distancien y separen del resto de hispanohablantes. El extremeño complementa y nutre al español o castellano, que es también nuestra lengua propia. Dos de estos relatos han recibido los premios Luis Chamizo de prosa en extremeño, 2012; el primer y segun­ do premio a cada uno de los autores. Miguel Delibes comparaba la precisión del lenguaje rural, cercano a la tierra y a la naturaleza donde cada cosa tiene su término preciso e insustituible, frente al empobre­ cimiento y la simplificadora economía del lenguaje urbano lleno de barbarismos, de vocablos comodín y azotado por modas efímeras. Esta carencia de conocimientos la vimos reflejada claramente cuando, en cierta ocasión, nos comentó una profesora de matemáticas, que acababa de poner un problema a sus chicos, de primero de la ESO, donde indicaba que unos bueyes araban una finca de tan­ tas hectáreas y que tal..., esperando que tuvieran dudas sobre la equivalencia de la hectárea. Pero, para su sorpre­ sa, las dudas recayeron sobre el significado de la palabra

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Introducción

“arar” e incluso llegaron a preguntar: ¿qué son bueyes? Al imaginar estos relatos, nuestro deseo ha sido que los extremeños, los emigrantes, los hijos o nietos de emigran­ tes o cualquier persona que conozca o no conozca Extremadura sienta al leer estos cuentos, escritos con el alma, una querencia de volver a pisar esa tierra sabiendo por donde pisa (aunque no haya estado nunca o viva allí cotidianamente), como aquel muchacho de la narración de Emigrantes que dice “Quieru paseai por ondi tantas vedis he paseau en sueñus, siguiendu sus relatus”. Los relatos, los libros hacen volver.

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C e b o rrin ch o , el mi burrinu serra illa n u yy /

eborrincho, el mi burrinu serraillanu, era mimosinu calaceru a más no poel. Compañeru de faenas de toa |a vía. Ca día, al dal de manu, acabandu los

trajinis en el campu, aparejaba al burru con la jáquima, la albarda de bálagu, la serilla, la cincha y tous los arreatis, entonci me montaba en él, sentándumi daleau. Y asina, aginau y arrengau de cansera me ejaba conducil por Ceborrincho, que me traía tranquilitu a casa, pasinu a pasu, con su caeza baja, pensativu, metíu en sus cavilacionis. Al escurecel solo se veía su jocicón blancu cabeceandu. Estoy convencíu de que el mi burrinu era cuasi un filósofu, endi siempri solícitu, queriendu agradal. M’acuerdu cuandu lo trujiun de la Serraílla, cuandu era un bochi mu lambuzu que le gustaba mezuqueal, sin mal­ dad, de toas las banastas de uvas recién traías de la ven­ dimia. -¡Ceborrincho!, ¡Desapaltati d’ahí! ¡Carambu! ¡Eris peol que los muchachinus! -perú pa que no se asustara el

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C"eborrincho. Relatos extremeños

cutau, sobresaltau con mi enfadu, le sacaba unus potrecus del morralinu enseñándusilus, entonci se acercaba con un trotecinu zalameru pa apañalus endi mi manu, estirandu su belfu, mentrun yo le acariciaba la su caeza de pelu suavi —¡Bochi! ¡Bochi! ¡Qué guapinu es! ¿No vei?, las uvas no son pa ti, ricu míu, son pa písalas en el gamellón. Ya te jun­ taré un recaperu de alguninas que quein en el fondón, perú no t’empiquis. Era un burru mu pelúu, de un colol canelu, con una raya negra que remotamenti lo emparentaba con las cebras. Tenía un geñu vivu y una güeña apostura. -V a a sel menestel buscalti una bocha -le idía a menúu - , pa que andis tranquilinu y no enreis tantu, que t’has dau traza en cael tos los aperus. Llegué a conocel toas las clasis de rebuznus que jadía, y sabía cuandu roznaba por jambrina o por jadelsi notal o por celu y asina jasta veinti tonus distintus, que idin angunus. Él tamién me conocía tos los mis andujus. Los burrus, por pura querencia, toman las costumbris de los sus amus comu propias. Se me vieni a la menti el casu del burranquinu de mi compairi Santiagu el de la Vicenta, pol ponel un clusu, que echó toa la jorná pa Ilegal a la su viña, pos el burrinu, que acababa de mercal al su vedinu Gustavinu Boega, se iba parandu en las puertas de toas las tabernas. Ceborrincho me ayuaba en tous los quehaceris. Asina cuandu llegaba el tiempu de la labranza, allí estaba tirandu del arau en la sementera comu el que más. Toas las maña­ nas, al pasal de madriugá con mi burrinu, caminu del

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El mi burrinu serraillanu

labrantíu, renti al tapau de Fuenti Morena, veíamos al tíu Gregorión bregandu en la su besana, jadiendu los surcos con el arau tirau de güeyis. Era un gustu vel jundilsi la reja del arau tras el puji de la yunta, formandu la cama mullía pa la simienti, al pasu lentu y firmi de los güeyis con sus blan­ das recaías, y el buen goló a tierra jumia del recenciu. A nuestru pasu, el tíu Gregorión y sus güeyis paraban la brega un inti y mos miraban de reoju, comu idiendu: -Óndi vais dambus a dos, precinus, si no tenéis juercina pa tiral del arau y jadel la besana, ni pa ná -perú lo que no sabían es que si mujotrus andábamus comu faltinus de juerza, por la contra, mos sobraba nerviu y coraji. Ceborrincho sacaba p’alanti toas las empresas, sin rejuil una miajina y con abundu pacencia. Sino veti a vel aquel día que me lo truji, pos tenía que jadel unos recaus a L’Acihúchi. Al Ilegal al pueblu lo queé atau a una reja, le colgué el morralinu pa que comiera y me jui enderezau pa mis asuntus. Güenu, pos la cosa más enrevesá de lo qu< barrunté, y jasta la nochi no me desenreé. Y velaí, allí estaba el proi burrinu, aguardandu sin desespe­ ranza, quietinu, pacienti, con el morralinu colgau perú vacíu. Ningún reprochi, ningu­ na mirá airá. Por lo únicu que se poía conjetural de la tar­ danza era por el montoninu de cagajonis que tenía detrás. Lo que le daba un poquininu e recelu era cuandu coinci-

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Ceborrincho. Relatos extremeños

diamus con Miliu el Saboreti, yo pa mi que era por el voza­ rrón sotorreñu, roncu de sochantri que gastaba, siempri jurguneandu la garraspera, contrimás cuandu veía aparecel a Ceborrincho. ¡Es que era de unas condicionis.J Resulta que cuandu los añus de la jambri, por las callis se paseaba Miliu voceandu -¡E l saboreti!, ¡el saboreti! -E l saboreti era, ni más ni menus, que un cachinu e tocinu colgau d’una cuérdiga, que s’arrendaba a las mujeris pa dal algu de sabol al caldu. Por una perra chica poían metel un ratinu el peacinu de tocinu en el pucheru de garbanzus o de colis, endispués se sacaba y Miliu poía seguil rogándulu por las callis -¡E l saboreti!, ¡el saboreti!-jasta que el cachinu se queaba rechupau del tou -Miliu, trailu p’acá, ¡perú mía comu lo tienis!, ¡Conchu!, po ya queámilu, no me lo retiris que, velaí, ya poquinu se puei sacal. En tiempu de la siega era una risa vel a Ceborrincho cargau jasta los topis con los jacis de trigu o de centenu caminu de la era, paecía una bola de paja, ondi malamenti se le veían las puntinas de las pezuñas, perú, velaquí, con que soltura y donairi lo acarreaba. Los vedinus tous se queaban asombraítus al velmi llevándulu del cabestru -¿D e quién es esi burru de tantu rumbu? Pos, ¿y en la Borrasca?, lo galanu que iba el mi burrinu caminu e la ermita. Tos los dagalinus y las mozuelas querí­ an montali pa jadelsi un retratu. Ceborrincho, pacientinu entri tantus criínus, s’ejaba querel. Aluegu, en la trilla, la de güeltas que habrá dau el mi burrinu tirandu del trillu por cima e la parva. Y lo que es

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El mi burrinu serraillanu

tenel conocimientu, cuandu se subían los muchachinus, los ñetus del amu, enreandu con sus juegus a tiralsi del trillu, notaba que el mi burrinu iba con más tientu pa evital cualisquiera avería. Un añu pasó un percanci con los güeyis del tío Gregorión, pues llevandu el carru mu cargau de costalis, esti se queó atollau en un quiebru que tieni la cuesta del valli, por baju del regatu e los poleus. Asina que se pararun y no había mou de sacalus del atollaeru. El tíu Gregorión tiraba de los güeyis con una sofoquina que pa qué, idiendu ajus y barajus, y arreándulis de rediu. Los animalitus, bramandu. Perú al velu le iji -¡Quietu tíu Gregorión! No te pongas esmaejau, con esi descalientu, que aquí, velaquí traigu a Ceborrincho pa que tiri de los güeyis. El tíu Gregorión, mofándusi, me espetó -Perú ¿cómu va a sel esu?, ¿en? ¡Anda, quita paí! -desmoreciéndusi de risa, acostumbrau, comu estaba, de jadel siempri de su capa un sayu. Yo, sin reparal en la jeringonza de su bulra, até el burranquinu al yugu de los güeyis -¡A rre Ceborrincho, que tú pues! -Estaba craru que Ceborrincho no tenía juerza pa desatollal tou esu, perú su fe ciega en mí jidu que no ejara de tiral, y esa juercina del burrinu sir­ vió para que los güeyis no lo dieran tou por perdíu y vieran por ondi tenían que d’il pa desembarrancalsi, y asina vinu

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Ceborrincho. Relatos extremeños

a movelsi toa la molí. De esi mou, Ceborrincho consiguió que tous, güeyis, carru y Gregorión, salieran del atollaeru. Endi entonci no mos golvierun a miral de reoju cuandu pasabamus renti a sus labutus, sino con un saluu de caeza -¡éeeeeh! ¡Ceborrincho, el mi burrinu serraillanu! Asina me gusta­ ba Ceborrincho, cojúo, con toa su juerzina, su nerviu, su querencia y angunas vedis con su cabezonaura; tou un filósofu.

D a g a lis, m uchachinus y a o rria tu s A

a coguta, cobijandu a las sus borrifas endil su ñíu, I arrutáu en un pajizu del terrenu, oyó al dagal relaun textinu, di que, a un cocu que mantenía aposau en la su manu: -Sampedrína, nina, nina, échati a volal, que sino vieni el pájaru y te va a tragal -entonci, vió que jidu comu un prontu con el su brazu y la sampedrina sacó las sus alas y se echó a volal. Aluegu el muchachinu se acachó anti una refilera de jormigas. La coguta miraba con comenencia, temerosa por sus crías, a los dagalis que se acercaban p’al tapau. Los críus siempri andaban enreandu con los cocus, amás d’apañal jigus o piruétanus, dil a ñíus, jugali al clavu, pescal ranas o ranis en la charca del valli, avistal colmillejas en el

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Ceborrincho. Relatos extremeños por Miguel y Elisa Herrero Uceda  

Ceborrincho. Relatos extremeños por Miguel y Elisa Herrero Uceda

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