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SE R V IC IO S CULTURALES DE LA

E X C M A . D IPU TA C IO N P RO V IN C IA L DE CA CERES


D IP U T A C IO N P R O V IN C IA L D E (S E R V IC IO S

CACERES

C U L T U R A L FS1

ESTUDIOS DE

HISTORIA DE CACERES * (DESDE LO S O R IG E N E S A LA R E C O N Q U IST A ) PO R

ANTONIO C. FLORIANO


H O M E N A JE

PRIM ERA ED IC IO N A G O S T O 1957

A la memoria de D. Publio Hurlado

Pérez, el gran Jlfaestro de la ^Historia Cacerense, en el primer Centenario de su nacimiento. EL A U T O R

EDITORIAL E IMPRENTA «LA CRU Z*.—O V IE D O


En la vida de C áceres h ay dos m om entos— y sólo dos m om entos— en los que la Ciudad y su íerriíorio destacan evidencian do caracte­ rísticas propias, o, lo que es lo mismo, una au­ téntica personalidad. Esta es una realidad, que insoslayablem ente tenem os que afrontar, si queremos, al m argen de cualquier clase o cate­ goría de sentim ientos, darnos cuenta exacta de la actividad desarrollada por nuestro pueblo en el acontecer histórico. Fué el prim ero de estos m om entos el de su fundación y existen cia más o menos p rolon ga­ da (quizá no alcanzara a los dos siglos) com o C olonia romana. Fué el segundo (que duró otros tres) el de su Reconquista e incorpora­ ción a la C ivilización Cristiana. Antes de estos dos sucesos, o si se quiere decir mejor, antes del prim ero de estos dos


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procesos históricos, Cáceres no existió como población, y su territorio, es decir, toda la e x ­ tensa penillanura comprendida entre las sie­ rras que limitan la Cuenca del Tajo, desde el Tiétar hasta el Seber, aparece ante nosotros co ­ mo algo impersonal, sin características pro­ pias, y a grandes lapsos, hasta sin vida. Entre ambos acontecim ientos hay un hiatus, un vacío de cerca de diez siglos, durante los cuales Cá­ ceres y su territorio no son otra cosa sino pa­ rajes abandonados, tierras de tránsito, cruzadas por los invasores del Norte o del Sur, que na­ die se atrevía a poblar, y después del siglo X V , toda su existencia se resuelve en un largo período de atonía y laxitud, que llega casi hasta las fronteras de nuestros días. Hacer una IHistoria de Cáceres, sería pues una ardua empresa por falta de continuidad, y por­ que, interrumpida la sucesión de los acon teci­ mientos por cortes prolongados, siempre nos encontraríamos con algo fragmentario, sin en ­ lace ni cohesión, so pena de rendirnos al fácil arbitrio de llenar vacíos y lagunas con d iv a­ gaciones, con hipótesis o fantasías, o bien, re­ curriendo artificiosamente al socorrido tópico de las declam aciones. Y , sin embargo, el empeño es posible, por­

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que Cáceres tiene una personalidad nacida, paradógicam ente si se quiere, de su misma sole­ dad y su aislamiento, pese a los cuales, tuvo una misión histórica que cum plir dentro de sí misma, dentro de la patria común, y aun pro­ yectando la energía, la inteligencia y el valor de sus hombres sobre mundos lejanos. Y esto precisamente, que es la única Historia de Cáceres posible, es la tarea que intentamos realizar. En una serie de trabajos sucesivos, y bajo el título común de ESTUDIO S DE H ISTO RIA DE CACERES, proyectam os dar a la p u b lici­ dad un conjunto de ensayos sobre aquellos momentos en los que nuestra población y su territorio destacan con una actuación personal y autónoma, influyendo en los acontecim ientos generales, poniendo al mismo tiempo de ma­ nifiesto los caracteres de su indiscutible o rig i­ nalidad. Cáceres fué, y lo sigue siendo, no sa­ bemos si por ventura o por desgracia, un rin ­ cón de España, más bien ignorado que o l­ vidado, y es verdaderamente maravilloso que estas circunstancias, no hayan sido obstáculo para que consiguiera realizar hidalgam ente


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dos, ingratitudes y postergaciones, una vez cumplido con su deber. Y eso, precisamente eso, es lo que convie­ ne destacar. En el presente tomo, primero de la serie anunciada, vamos a recorrer un amplio tramo histórico, en el que, partiendo de una conside­ ración, de un sumario estudio del suelo, del te­ rritorio y de los orígenes, se habrán de señalar y razonar los altibajos, y aún los vacíos de la vida de Cáceres, hasta el momento preciso de su Reconquista, hecho que jalona la culmina ción de nuestra historia y que es la base expli­ cativa de todo nuestro vivir actual. Posiblemente este trabajo resultará, por lo que respecta al método expositivo, un tanto heterogéneo, como consecuencia del carácter de las fuentes que, para cada momento, hemos tenido que utilizar. Se ha procurado, no obs­ tante, darle una cierta unidad doctrinal, bus­ cando en todo lo posible, enlace para los acon­ tecimientos. Una última advertencia. En este libro hallará el lector muchas, y hasta muchísimas rectificaciones de asertos y teorías por nosotros expuestos y sostenidos, incluso con calor, en obras anteriores. Ello es

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bien natural, y no debe ser achacado a incon­ secuencia. A lo largo de los años, que ya son muchos, que llevamos dedicados a esta cla­ se de estudios, y, concretamente a la investiga­ ción de la historia cacerense, los hechos mis­ mos imponen las rectificaciones y éstas son algo consustancial e ineludible a la honradez científica,- pues nadie puede sentirse científica­ mente honrado obstinándose en el error, cuan­ do encuentra por sí, o le hacen conocer con evidencia, la verdad con la que está moral­ mente obligado a substituirlo. Madrid-Oviedo, 1957


PRIMERA PARTE

CACERES ANTERIOR A SU RECONQUISTA


I

ORIGENES, ROMANIZACION, INVASIONES 1.°

Territorio y suelo

La com arca cacerense se ex tien d e por la paríe más o c c i­ dental de la Subm eseta Inferior regada por el Tajo, en una dilatada penillanura cerrada al N orte por las cadenas serráticas de G redos y Gata —parle de la gran divisoria del Sistema C en tral— y que se lim ita al Sur m ediante el abom bam iento que form an las Sierras de Guadalupe, Santa Cruz, M onlánchez, San Pedro y San M amed. El T ajo es su gran río, que penetra en tierras au ténticam ente cacereñas por Almaraz, y recibe a lo largo de su curso a través de ellas, por la dere­ cha el Tiétar, A lag ó n y Eljas, y por la izquierda el A lm onte, Salor y Seber. Los ríos de la vertiente N orte son caudalo­ sos y constantes, m ientras que los del Sur interrum pen su curso durante los largos y abrasadores estiajes propios de la región, secándose en absoluto, o form ando cen ag osos chabarcones. El reliev e es, com o decim os, una penillanu ra entrecorta­ da, ya por abom bam ientos y espigon es serráticos despren­ didos de las alin eacion es o contrafuertes de las cordilleras, ya por tortuosos hundim ientos, a causa de los cuales en las


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m árgenes del T a jo se produce la lípica «lierra de Ribero», que, casi sin solu ción de continuidad, se ex lien d e desde M oníragüe hasla A lcán tara1. La com paración eníre am bas vertientes acusa n otables di­ ferencias, aunque sin llegar, a causa de éstas, a dibujar un a b ­ soluto contraste. En efecto, el paisaje cacerense es unánim e en su aspecto general; en él destacan com o sus más acusa­ das características, el b errocal y la pizarra, la en cin a y el o li­ vo. Pero en el N orte el berrocal se debilita, los pizarrales se ex tien d en solam ente por las m árgenes de los ríos y la en ci­ na y el alcornoqu e se m ezclan abundantem ente co n el cas­ taño y, a veces, con m an chones de r o b le —este últim o esca­ sísim o y hasta raro al Sur d el T a jo — m ientras que en la parte m eridional, la tierra gredosa, seca y com pacta, juntam ente con la caliza, co n d icio n a n el predom inio casi absoluto de los encinares, de la jara y m onte de matas bajas, entrecorta­

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tas por la naturaleza misma del terreno, y contra las cuales es inú til declam ar. Solam ente en el Norte, en las v egas del alto curso del Tiétar, del Jerte y del A lag ón , se acusan h o y otras p o sib ili­ dades. El resto tien e que rendirse a la realidad de v iv ir de los productos espontáneos. Y v iv ir de la tierra d ebió ser aquí y en la antigüedad un duro vivir,- por lo cual, el que Cáceres haya persistido y aun prosperado, después de cum ­ plir sus fines históricos, ha sido un verdadero m ilagro, con el cual D ios ha querido premiar el am or de sus h ijo s a la tie­ rra que los v ió nacer, y su ab n eg ació n , su sobriedad y su constancia, para con v ertir en lugar apto para la vida, un erial im productivo e inhospitalario: que tal dabía ser la com arca cacerense, en los prim eros días de su ex isten cia com o esta­ b lecim ien to hum ano.

dos por las extensas zonas de rocas cristalinas, que dan lu ­ gar a los gran íticos berrocales. El suelo escaso, salvo en las vegas, n o es apto para el cultivo, y n o lleg a a rendir sino co n m uch o esfuerzo. En cam bio produce pastos ricos y abundantes, siendo sus d eh e­ sas m agníficos invernaderos para el ganado lanar, pudiendo

2.°

Lo anierromano

H allazgos in sign ifican tes o, a lo m enos escasam ente sig ­ nificativos, perm iten apenas form ular hipótesis acerca del poblam ien to de la tierra caceren se en la Epoca C uaternaria1.

por otra parte su arbolado alim entar en m ontanera grandes piaras del de cerda. Por eso esta com arca es la tierra clásica del latifundio y de la trashum ancia: Formas de vida impues-

1 Véanse nuestros trabajos: Orígenes históricos de la floricultura y la g a ­ nadería en Laceres, Cáceres (1935),- Cáceres ante la H istoria: £ I problema medieval de la propiedad de la tierra, Badajoz (1949),- Quía “H istórico-Artística de Cáceres, 2." Ed. Cáceres (1952), pgs. 18-22,• Castillos de la Alta Extremadura, Madrid (1953).

1 De la Prehistoria en nuesta comarca, ya se ocupó en el alborear de esta ciencia V iu ( Extremadura. Colección de sus inscripciones y monumentos), trabajo al que puso notas el m édico de Sierra de Fuentes don Felipe León Guerra,- consignando en ellas los resultados obtenidos por Don Gerónim o de Sande en sus exploraciones de los dólmenes de Garrovillas. Poco tiem­ po después, el abogado Don Tomás Sanlibáñez inició por su cuenta las ex­ ploraciones de las cuevas del Calerizo, próxim as a la Capital, sin que se conozcan los resultados obtenidos. En 1889, D on Ju an V ilanov a y Piera exploró los dólm enes de V alen cia de A lcántara, presentando ante la Real Academ ia de la Historia un In firm e (B. R. A. H. t. X V , pg. 192), acerca de los trabajos realizados. En 1909 y en el tomo X I de la R. E., (pgs. 418 y


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— 23 —

Los supuestos v esligios industriales descubiertos al N orte y

M altravieso, fueron habitadas en este período, y los vesti­

Este de la p ro v in cia1, son escasos e inseguros y el hallazgo

gios industriales (hachas de piedra, cerám ica, etc.), aparecen

recien te de pinturas esquem áticas en la cueva de M altravie-

por todas partes, hasta con una cierta profusión.

so, aunque es, ciertam ente, m uy prom etedor, aun necesita

A estos testim onios se suma el dato sig n ificativ o de la ar­

una confirm ación. Es preciso pues, aunque ello sea de una

quitectura m egalítica, y m uy principalm ente el de los d ól­

forma más o m enos provisional, llegar a la d ed u cción de que

menes, de los cuales se han recon o cid o tres grupos perfecta­

Cáceres estuvo despoblado o m uy débilm ente habitado en

m ente determ inados y los tres em plazados hacia O ccid en te:

la Epoca Cuaternaria,- hipótesis que, por otra parte, n o es e x ­

El de V ale n cia de A lcántara, el de G arrovillas y el de Las

cesivam ente aventurada, ya que, de la C uenca m edia del Ta­

Seguras. El tipo de estos m egalitos se relaciona, com o es fácil

jo hasta el án gu lo Suroeste de la Península, los testim onios del Paleolítico se nos ofrecen co n análoga parvedad. En cam bio los del N eolítico son singularm ente abundantes. T o ­ das las cuevas reconocid as com o g eo lóg icam en te cuater­ narias, com o las de A liseda (al Suroeste de la Sierra del A l­ jibe) Zarza de M ontánchez, el C on ejar en el Calerizo de Cáceres, la del Boquique en Piasen cia y la ya nom brada de

suponerlo, co n los del N orte de la Provincia de Badajoz y Este de Portugal y son unas veces pequeños, de cám ara sim ­ ple, y otras, las menos, de cámara y corredor. H ay que c o n ­ signar el h ech o de que toda la región central de la C uenca es estéril, acusando in h abitabilid ad o sim ple tránsito1. N o m ucho más densa aparece la huella de la Edad de los M etales, cuyos más acentuados testim onios son los petroglifos de Brozas y Solana de C abañas (com o se vé, todo ello en las periferias) y algunos hallazgos esporádicos en el centro

433) dió cuenta Don V icente Paredes de supuestos yacim ientos paleolíti­ cos en la caverna de Castañar de Ibor y de excavaciones en los citados dólmenes de Garrovillas. Don Ismael del Pan, en 1916, exploró la cueva del Conejar, publicando los resultados en el B. R. S. E. H. N. (1913) y en la nota n.° 14 de la Com isión de investigaciones paleontológicas de la Ju n ta para la am pliación de Estudios e investigaciones científicas. Recientem en­ te, en 1954, y en el citado B oletín (B. R. S. E. H. N. núm ero-hom enaje al Sr. Hernández Pacheco Madrid 1954) publicó el mismo Sr. del Pan un do­ cumentadísim o ensayo en torno a un ídolo-placa encontrado durante su exploración en dicha cueva. Los «novissima» de las investigaciones pre­ históricas en nuestra provincia, los constituyen las exploraciones realiza­ das en la cueva de M altravieso, de las cuales, la realizada en 1950 por el Sr. Hernández Pacheco (hijo) com probó su utilización en la Epoca N eolíti­ ca, y la recientísima llevada a cabo por Don Carlos C allejo Serrano, que ha revelado datos, que parecen indudables, de su poblam iento en la etapa Paleolítica O riñacense. 1 M artín A lm agro, El Paleolítico español, H. M. P., (1954) pg. 274.

(espada de A lconetar, hachas de Torrequemada...). En resu­ men, nada propio, sino rebose de culturas que apenas se de­ jan sentir y que, al parecer, no tuvieron dem asiadas co n se­ cuencias. Y

el fen óm en o se con tin ú a en el alborear de los tiem pos

históricos. Los problem as planteados en torno a la etn ología, o ríg e­ nes y distribución de las distintas tribus que h abitab an la 1 M uy recientem ente («El Regional» de 4 de Ju n io de 1957) D. A nto­ nio Sánchez Paredes ha anunciado hallazgos m egalíticos en Losar de la Vera, Guadalperal y Torrejón el Rubio, lo que, de com probarse, reduciría notablem ente el área estéril arriba consignada.


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Península en los com ienzos de la Historia, se ven aún oscu ­ recidos por una multitud de interrogantes a las que la in v es­ tigación v a con testan do con in evitable parsim onia, dad as las dificultades a superar. Sin em bargo, lo s m odernos estu­ d io s1 han con seguido, au n q u e sin pretender una absoluta precisión, localizar de una m anera bastante apro xim ad a m u­ chas de estas tribus, e identificar, interpretando datos epi­ gráficos y de los autores an tigu os, m uchas de las p o b lac io ­ nes prim itivas con las de la Epoca Romana, e in clu so rela­ cion ar los nom bres de éstas con los que llevan en la actua­ lidad. Según estas inform aciones se colige, qu e lo que lla­ m am os Cáceres, es decir, el territorio entre las d o s sierras que d iv id e el T ajo en su curso, aparece com o un esp acio de co n ­ v ergen cia de tres de los p u eb lo s que habitaron en los pri­ m eros tiem pos el O cciden te Peninsular,- pero al m ism o tiem ­ p o nos ofrece el síntom a de una casi segu ra despob lació n de toda su parte central, lo qu e y a sospech ábam os a la vista de la estructura geo g ráfica qu e m ás arriba dejam os reseñada. Sabem os pues, que en las m ontañas del Norte, G redos y Gata, habitab an los V elon es, que llegab an por el Norte h as­ ta las m árgen es del Duero, alcan zan do por el Sur hasta las del Tajo, pero, al parecer, n o pasaron este río sin o por a lg u ­ n os lu gares aislados, sien d o su establecim iento m ás m eridio­ n al el de Eberóbriga, en las p roxim id ades del actual pu eblo de Talaván. Los Celtici, asen tados en el án g u lo Suroeste d e la Penín­ sula, o cu p an d o el A lg arb e y el Alem tejo, se ex tien den al 1 Sch ulten, Wispania, B arcelon a (1920),- B osch y G im pera, Etnología de la Península Ibérica, B arcelon a (1934),- el m ism o, El poblamiento y la formación de los pueblos de España, M é x ico (1945),- M a lu q u e r de M ontes, Pueblos Celtas, H. M. P. t. I. M ad rid (1954), p g s. 6-194.

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Este hasta Segeda (cerca de Zafra) y Contributa Ju lia (Fuente de Cantos). A u nqu e sin localizacion es de ciudades, se c o n ­ sidera, m ás o m enos hipotéticam ente, com o territorio célti­ co, toda la vertiente norte del G uadiana, y no parece que pasaran la divisoria del Tajo. El centro de los Lusitanos estaba en las fragosidades de la Sierra de la Estrella (3fons 'Herminias). Estos llegab an por el Norte al Duero, y al T ajo por el Sur. Caurium (Coria), R u s ticiana (Galisteo) y Túrmulus (Alconetar) eran las av an zad as de lo s Lusitanos hacia el país de los V elon es sus constantes aliados. N o se con ocen localizacion es lu sitan as en nuestro territorio con anterioridad a la Epoca Romana,- sin em bargo, fueron estas tribus las qu e ejercieron una m ayor influencia, com o lo dem uestra el hecho de que en la Rom anización to ­ da la com arca fuera con siderad a com o una parte de la Lusitania. C áceres pues, aparece en esta distribución com o una zo ­ na neutra, com o una tierra de nadie, som etida a las alterna­ tivas influencias de los tres p u eb lo s m encionados, sin p red o­ m inio ab so lu to por parte de n in g u n o de ellos, aunque acu ­ san d o una relación m ás estrecha con los Lusitanos, por ser éstos, de los tres n om brados, los qu e tuvieron una m ayor tendencia ex p a n siv a hacia el Sur y el O este. De esta relación hem os de ver m uy claras m uestras en el perío do de la R o­ m anización. N o obstan te ser la com arca de C áceres un p aís interior llegaro n hasta ella testim onios de las prim eras colon izacio­ nes. Son estos testim onios ob jeto s del com ercio fenicio, p ro ­ cedentes de las factorías del litoral, sin d u d a alg u n a de Gades, y qu e p o r codicia, tem or al robo o cualquier otra cir.


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cun slancia fortuita, fueron enterrados en nuestro suelo. Tal ocurrió con el tesoro de la A liseda, descubierto en un tejar de las p ro x im id ad es de dich o pu eb lo en el añ o 1920. Estaba com puesto po r piezas de oro, en su m ayor parle ad o rn o s fe­ m eniles, de u n a sun tu osidad extraordinaria: A n illos, braza­ letes, aros, collares, un plato de oro liso, un gran brasero de plata y un cinturón, una diadem a y d o s arracadas de oro, prim orosam ente labrado s con m otivos vegetales y anim ales. T odas estas joyas, salv o la diadem a, qu e parece ser tra­ b ajo in dígen a, son de proced en cia oriental, egipcia, fenicia o cartagin esa y pueden ser clasificadas dentro del sig lo VII a. de J. C. y atestiguan la existen cia de una corriente c o ­ m ercial fenicia a través del país de los celtici, y qu e sin d u ­ da con tinuaba por el interior, cam ino de las com arcas N oroccidentales de la Península.

3.° El contacto con Roma La rom anización de la Península fué un proceso histórico que tardó en cristalizar m uy cerca de d o s siglo s. Com enzó con la llegad a de Escipión a A m purias en el añ o 218 (a. J. C ), y term inó entre el 25 y 19, al ser som etidos por A u gu sto los últim os p u eb lo s in dependientes, esto es, los C án tab ros y los Astures. Estos doscien tos añ os fueron de guerra y de co n ­ quista, pues adem ás de la em presa de desalo jar al cartaginés, lo s rom an os tuvieron que luchar con las tribus in d ígen as que defendían su in dependencia, y, por últim o, dirimir aquí sus propias contiendas, h acien do a nuestro su elo teatro de las luchas civiles. La con quista h ubo de llevarse a cab o p aso a paso, m uy parsim oniosam ente, con frecuentes av an ces y n o p o co s re­

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trocesos,- hasta qu e fijado en el añ o 197 un lím ite m ás o m e­ n os teórico entre la E spaña libre y la E spañ a som etida, fué ésta d iv id id a en d o s prov in cias que, m ás que tales, eran n ú ­ cleos de ocu pación militar. A la prim era de estas provin cias se la den om in ó la Tíispcwia Citerior, y com prendía desde el V alle del Ebro hasta Almería,- llam óse a la seg u n d a Jlisp a n ia U lterior y se exten d ía por toda la región de la Bélica. D e hecho los rom anos n o osaban alejarse dem asiado de la costa durante estas prim eras exped icion es, hasta que en el añ o 195, M arco Porcio C atón lleg a a España, y u nas veces por m edio de las arm as, y otras valién d o se de una astuta e inte­ ligen te política, pacifica las rebeliones del N ordesle, som ete a lo s T urdelan os en la Ulterior, y para castigar a los C eltíbe­ ros por el au x ilio que prestaban a las rebeliones m eridiona­ les, se dirige al centro de la Península, sitian do a Sigüenza. Catón es pues, el prim er rom ano que pisa la M eseta. Pero toda la parle N orte y O ccid en lal estaba au n por conquistar, y de allí era de do n d e partían las in cursiones in d ígen as que hacían in quieto e inestable el dom in io rom ano en lo y a con quistado. A esta in estab ilid ad contribuían, por otra parle, la torpeza, la crueldad y la avaricia de casi todos los pretores rom anos, que m alograb an lo s progresos a l­ canzados por la acción política de los go b ern ad ores inteli­ gentes, com o C atón y m ás larde Tiberio Sem pronio Graco, hasta prov ocar la gran rebelión lusitana, que señala el pri­ mer contacto de las legio n es rom anas con el suelo de C á­ ceres. Los chispazos iniciales de esta lucha, la m ás san grien ta de cuantas tuvieron que sostener los rom anos en España, se produjeron entre 155 y 152. A liad os los Lusitanos con los V elones, descienden aq u éllos de la Sierra de la Eslrella y és-


— 28 — ios de Gredos, con cen írán d o se iod os enlre el T ajo y el Gua­ diana, y parapetados tras las sierras m eridionales de Cáceres, form an en la penillanura un am plio reducto del que partían para realizar audaces correrías por tod o el territorio ya so ­ m etido a los rom anos. Esto causó una seria inquietud en Roma, lo que h u b o de acentuarse con el levan tam ien to en el añ o 152 de los pue­ blos de la C eltiberia, o b lig a n d o al Senado a decretar una cam paña a fond o contra la Lusitania, de la cual tenía que ser p rólogo in elu d ible la ocu pación de la penillanu ra y la lim ­ pieza cuidadosa de las sierras de la divisoria. Dos pretores de triste notoriedad en la historia, Lúculo y G alba, fueron los encargad os de sofocar la rebelión. Los historiadores antigu os rivalizan en acum ular sobre estos dos personajes las más trem endas acusaciones. Lúculo v in o dispuesto a enriquecerse a costa de los españoles, sin reparar en los m edios, y G alba, a una avaricia an áloga a la de su colega, unía una perfidia y una fría crueldad, que se han h ech o proverbiales. C on ocid a es por los historiadores Suetonio, V alerio M áxim o y A ppian o A lejan d rin o, la trai­ ció n perpetrada por G alba en la cual treinta m il españoles fueron engañad os con promesas de paz y de am istad y a los que rodeó con su ejército, cuand o los tuvo desunidos y des­ armados, acu ch illan d o a nueve m il de ellos y transportando a más de v ein te mil a las G alias donde fueron v en d id os c o ­

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y más representativas de nuestra Historia, resum iendo en sí todos los caracteres d istintivos del guerrero in d íg en a 1. H ijo de la m ontaña, dond e h abía llevad o la vida pastoril, en lu ­ ch a con stan te con el m edio y co n las fieras de los bosques, vigoroso y sobrio, estaba dotado de una aguda capacidad de ob serv ació n , de una fiereza in dom able y de un apasiona­ do am or por la libertad. Elegido caudillo de los Lusitanos, tuvo durante más de diez años en jaq u e a las legion es ro­ manas, v en cien d o, u no tras otro, a cuantos gen erales en v ia­ ban para com batirle. R ecorrió en com plicadas m archas todo el centro de la Subm eseta m eridional y una buena parte de la cu enca del Betis. Sus guerrilleros descendían desde la Sierra de la Estrella hasta las riberas del Tajo, dond e se le u nían los velones,- cruzaban el río, seguram ente por A leonelar, al am paro de un castro b ien fortificado allí ex isten te des­ de los días de los primeros levantam ientos indígenas, y re­ m ontando la corriente por la orilla izquierda, ocu ltos por el R ibero y al amparo de las m ontañas del país de los V elon es, alcazaban la Carpelania. Por el Sur y desde la cuenca del Belis, llegaron hasta m uy cerca del M editerráneo, y subían des­ pués, atravesando Sierra M orena, por enlre las de H ornachos y el Pedroso, hasta el Guadiana, penetrando en tierra cacerense por el Puerto de C arm onita. La lucha se hacía interm inable, v in ien d o a con stitu ir una verdadera pesadilla para Roma, que en vista de las circu n s­

m o esclavos. A lgu n os con sigu ieron escapar de la trem enda d egollina, h u yend o al Norte, para esconderse en sus refu­ g ios del HMons Herminias, dond e se prepararon para la v e n ­ ganza. U no de estos fugitivos fué V iriato. V iriato es una de las personalidades más extraordinarias

1 La personalidad de V iriato es conocidísim a de nuestra historia, y muy abundante la bibliografía relativa a sus campañas. Todo ello ha sido codificado, ordenado y puesto al día por A. Schulten, en el artículo titula­ do Virialus de la «Realenziclopádie der Klassischen Altertumswissenschaft» de Pauly W issow a. Hay trad. Española en el Boletín de la B ibliote­ ca «Menéndez Pelayo». 1900.


— J i ­

— 30 — tancias, en el año 141 en v ió dos nuevos cón su les a España,

las reservas acam padas al Sur del Guadiana, y situando en la

que fueron, Q u in to Pom peyo para el g ob iern o de la C ite­

penillanura un cam pam ento, desde el cual ten er en respeto

rior y Q u in to F ab io Serviliano para el de la Ulterior. A este

a los V elo n es y al m ism o tiem po p rotejer su retaguardia,

ú ltim o se le en com en d ó taxativam ente la lu ch a contra V i-

mientras él avanzaba hasta el Duero y se adentraba en el

riato. Este se h allaba en las m ontañas rep on ien d o su ejé rci­

país de los Calaicos.

to de guerrilleros, sin que por ello dejase de observar los

A estos fines estratégicos ex p lan ó una vía que, partiendo

m ovim ientos del enem igo, y al añ o sigu ien te (140) mientras

del Guadiana, penetraba en el territorio cacerense por el

que Pom peyo intenta sin é x ito cercar a N um ancia e in icia

Puerto de las Herrerías, pasaba el A yu ela por los vados

n eg o ciacio n es de paz con los num antinos, el caudillo lusita­

(frente a las Casas de D on A ntonio) y con un trazado casi

n o vuelve a la Béíica, ataca a Serviliano, lo v en ce y le o b li­

rectilín eo se dirigía al río Salor, cruzándolo por un lu gar in ­

ga a con clu ir un tratado de paz, por el que se recon o cía a

m ediato al actual puente v iejo . C on tin u ab a lu eg o por el

V iriato com o rex y se le otorgaba, el título de atnicus populi romani.

Puerto del Trasquilón hasta las lom as donde actualm ente es­

Roma n o respetó este tratado, relevó a Serviliano, y n om ­

tá Cáceres, y de allí al Tajo, vadeándole en su con flu an cia con el A lm onte.

b ró en lugar suyo a su herm ano Q u in to Servilio C epión,

Fué con m otivo de la ex p lan ació n de esta v ía 1, cuando,

que se hizo cargo del m ando de los ejércitos de la Ulterior.

por primera vez penetran los rom anos en nuestra com arca.

La m isión prim ordial de Servilio C epión era la de rom per la

V iriato y sus guerrilleros se h abían escond id o al N orte del

paz acordada entre su herm ano y el caudillo in d ígen a, ya

Tajo, no atreviéndose a descender a las llanuras, por com ­

p rovocan d o a V iriato para o b lig arle a tom ar las armas, o

prender la im posibilidad de h acer frente a las leg io n es en

b ien , de una m anera más abierta, an u land o el pacto y lan ­

cam po abierto. Por otra parte estaba im posibilitad o tam bién

zando las legion es sobre el territorio lusitano. Se optó por

de correrse hacia el Este pues el g ob ern ad or de la Citerior,

esto últim o, y las tropas del C ónsul, rápida e in op in ad am en ­

Popilio Lenas, ocu paba toda la cu enca del Tiétar. A sí pues,

te, atacaron a V iriato que se h allaba en la Beturia. Este sor­

Servilio hizo toda la e x p lan ació n de la v ía sin ser h ostiliza­

prendido, huye una vez más a sus refugios del Norte, a d o n ­

do, y cum p liendo el resto de su program a, estab leció un

de Servilio determ ina buscarle para acabar co n él y con la

fuerte cam pam ento2 dentro de la m isma penillanu ra y al Sur

rebelión . Servilio avanza hasta el Guadiana, y allí com pren ­ de que no podría realizar su incu rsión hasta las guaridas lu ­ sitanas, d ejan d o a sus espaldas y sin som eterla, toda la tierra com prendida entre la divisoria y el Tajo,- para lo cual n ece­ sitaba transportar las legion es hasta las orillas de este río, establecien d o un en lace entre el ejército ex p ed icion ario y

1 Desde luego, esta explanación o vía terrena hecha por Servilio, fué el origen de la Vía Lata, que habrá de construirse com o calzada (vía munita) en los tiem pos del Imperio, com o veremos. ‘ La noticia de este cam pam ento aparece en Plinio (N. H. IV . 177) y del mismo y de la vía mencionada, se ha ocupado extensam ente Schullen en su artículo Eín Rómiscbes Lager aus dem Sertorianiscben 'Kiege, publicado en


del Tajo, a fin de que le sirviera como base de sus operaciones. De iodos es sabido com o terminaron éstas. Viriato había acampado en el Monte de Venus, elevada cúspide situada al Norte del Tajo, posiblemente en el Puerto de los Casta­ ños, al Oeste de Casas de Millán, y viendo acercarse a Servilio por el Sur, y amenazado por Lenas por el Este, entró en negociaciones con este último, con el fin de ajustar una paz. Lenas pretendía imponer durísimas condiciones, como era la entrega de los principales rebeldes y de todas las ar­ mas,- y como al mismo tiempo y en el transcurso de las n e­ gociaciones, hizo cortar la mano derecha a todos los rehe­ nes, el lusitano rompió los tratos, y se puso al habla con Servilio Cepión. A estos fines envió al Cónsul una em baja­ da compuesta por tres desertores originarios de Urso, en la Bética, y que eran por lo tanto súbditos de Roma que se h a­ bían pasado al partido de Viriato. Estos fueron seducidos por las promesas de Servilio, el cual les garantizó el perdón de Roma, les ofreció ventajas personales para el futuro y les entregó ricos presentes induciéndoles a dar muerte a V iria­ to. Y esta infamia, acaso tramada en los Castra Servilia cacerense, se consumó: Viriato fué asesinado en su tienda mientras dorm ía1. Así cayó el héroe más auténticamente hispano que re­ gistra la Historia de la Antigüedad.

«Jahrbuch des D. Arch. Insi.» 1918. La localización del campamento de Servilio, es uno de los problemas más debatidos en la historia cacerense. 1 Las localizaciones que se expresan en el texto, se deducen de los autores latinos que tratan de estos sucesos: Dion Cassio, fr. 77 ,•Diodoro, XXXIII, 21; Livio, Ep. 54,■ Oxyrh. 197,•Valerio Máximo, IX, 6 ; Veleyo II, 136/ Floro, I, 33, 17. Las identificaciones que establecemos, se dan como hi­ potéticas.

33

En el año 139 muere Viriato, y seis más tarde, en 133, se termina la Guerra Celtibérica, con la caída y destrucción de Numancia. Iniciase entonces un período de paz, apenas tur­ bado por las bandas de montañeses que, de cuando en cuan­ do, bajaban a las ricas campiñas de la Bética en incursiones de bandidaje y con las cuales acabó Mario en el año 114. Esta paz parecía asegurada para mucho tiempo: El Levante y Me­ diodía de la Península iban poco a poco asimilando la Roma­ nización, y la Meseta y el O ccidente, habían comprendido en durísimas lecciones la inutilidad de su resistencia. Una política humana, comprensiva y leal por parte de los inva­ sores, hubiera favorecido y acelerado la asimilación,- pero surgió la codicia romana malogrando todas las esperanzas. Cierto que había necesidad de organizar la administración de los territorios conquistados y sistematizar la explotación de sus riquezas,- pero al realizar ésto Roma sólo pensó que tenía que resarcirse de los cuantiosos gastos de la conquista, y ello cuanto antes,- razón por la cual, en vez de emplear el método prudente de quien trata de establecerse en un terri­ torio para extender por él su cultura, lo hizo con toda la precipitación y toda la violencia de quienes tienen por úni­ co objetivo sacar el mayor rendimiento posible a su empre­ sa, sin pararse a meditar sobre los procedimientos. La riqueza minera de España fué su primer incentivo. Los Fenicios primero, y más tarde los Cartagineses, habían pues­ to en explotación numerosos y ricos yacim ientos de plata, cobre y hierro, de todos los cuales se apoderaron los Roma­ nos; y más de cuarenta mil esclavos, prisioneros de las gue­ rras de la conquista, fueron forzados a trabajar en estas e x ­ plotaciones. Polibio y Posidonio describen de una manera


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im presionante el trato brutal e inhum ano que se daba en las

lió n contra Sila, llega al N orte de Africa, donde, lu ch and o

m inas a los in felices esclavos españoles. A esto se u nían otras v ejacio n es: Verdaderas bandadas

con los príncipes in d ígen as afectos al dictador, con sigu e un resonante triunfo con la tom a de Tánger. La fama de estas

de Cuestores se repartían por toda la tierra ocupada, con el fin

hazañas lleg ó pronto a la Península, y los Lusitanos, que

de cobrar los tributos, cada vez más frecuentes y cuantiosos,

a pesar de su pretendida sum isión no pensaban en otra cosa

y u na n u b e de n egociantes, traficantes y usureros, v en id os

sino en v en g ar la perfidia com etida en la persona de V iriato

desde todas las partes d el M undo Rom ano, cay ó sobre Espa­

y en librarse del om inoso y u g o de las ex accio n es, enviaron

ña, estrujando m aterialm ente a los naturales, hasta llevarlos

una em bajada al fugitivo, in v itán d ole a v en ir a su país, para

a los bordes de la miseria. El fisco procedía, sobre todo, de

ponerse al frente de la insu rrección que preparaban contra

una m anera im placable, alzándose co n los ganados y las c o ­

el Pretor de la España Ulterior, Tufidio, en v iad o por Sila pa­

sechas de los que no pod ían pagar, e in clu so reduciendo a

ra sujetarlos.

la esclavitud a los m orosos; y si para salir de este estado de

Sertorio llega a Lusitania el año 80. Era el héroe soñado

cosas se producían rebelion es, éstas eran rápidas y san grien ­

por los españoles: Ben ign o, com prensivo, prudente, dotado

tam ente sofocadas, com o la producida en el año 99 en la

de una arrolladora sim patía personal y de una adm irable c a ­

C eltiberia, reprim ida por el C ónsul T ito D idio en mortífera

pacidad organizadora, im presionó vivam en te a los naturales

cam paña rem atada con una traición an áloga a la de Galba,

del país1.

o la de los mismos Lusitanos del año 94, a la que dió fin por

Nuestra tierra, Cáceres, juntam ente con la parte portu­

an álo g o proced im iento el Pro-Cónsul Publio Licinio Craso.

guesa com prendida entre el T ajo y el Guadiana, fué el tea­ tro de las prim eras luchas de este caudillo contra los m e jo ­

Entre tanto en Roma, la rivalidad entre los partidos aris­

res generales de Roma. Si querem os precisar el territorio de

tocrático y popular, preparaba la Guerra C ivil. Sila era el je ­ fe de los patricios y M ario el caud illo del partido popular. La lucha entre estos dos personajes, en san gren taba frecuen­ tem ente el suelo de la M etrópoli y de otras ciudades de la República, hasta que en el añ o 81 con sigu e Sila apoderarse de Rom a e im plantar la dictadura. Su triunfo fué un período de tiranías y crueldades inauditas. Las ejecu cio n es se co n ta ­ ban por cien tos y las proscripciones por m illares. Q u in to Sertorio, u no de los más in teligen tes y valerosos generales del partido de M ario, tuvo que huir de Roma,- y después de vagar por distintas com arcas tratando de levantar una reb e­

1 Sobre la personalidad de Sertorio, su carácter, idea política y cam ­ pañas, existe abundante bibliografía basada en las inform aciones de Plu­ tarco, Salustio, Livio, Diodoro y Appiano. No podemos detenernos en estos porm enores que caen fuera del ob jeto del presente estudio, rem itien­ do al lector a la m agnífica m onografía del Prof. Schulten (Serlorius, Dielerich'sche V erlagsbuchhandlung. Leipzig, 1926. Ed. Española, Barcelona 1949) donde se hace un docum entado estudio y una revisión de este per­ sonaje, uno de los más grandes de la Historia de Rom a. En el trabajo de Schulten apunta una cierta parcialidad y se expresan algunos juicios poco justos acerca de España y de los Españoles, pues el gran investigador ale­ mán no siempre correspondió, com o debiera, a las atenciones y ayudas de que fué ob jeto en nuestra patria, a la que, al fin y al cabo, debe lo más saliente de su justa fama.


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estas hazañas, hem os de considerarlo d ividido en tres partes:

com binados la láctica rom ana y la guerra de guerrillas, en

U na de ellas es la occid ental, com prensiva de las estepas del

la que tan diestros eran los naturales del país. En ex p lo ra­

A lem lejo y del A lg ab e actuales, hasta el mar; la segunda o

ciones y tanteos realizó algunas incu rsiones afortunadas por

central estaba formada por la com arca de Cáceres, y por ú l­

la España Citerior. A cu d ió desde el Ebro M arco D om icio

timo, la oriental, que, desde el Tamuja, se exten d ía hacia el

C alv in o para conten erle, y a éste se le unió enseguida Q u in ­

Este, y en d o por la Sierra de Altam ira hasta la actual Jara T o ­

to C aecilio M elello, en v iad o rápidam ente por Sila, justam en­

ledana. A todo este territorio se le denom inaba ya la Lusila-

te alarm ado por el in crem en to que estaba tom ando la rebe­ lión.

nia M eridional o Inferior, pues aunque los Lusitanos propia­ m ente dichos n o h abitaban sino la parte de la costa entre

M etello era un gen eral experim entado. Frío, prudente,

Duero y Tajo, más los refugios de sus m ontañas, Servilio Ce-

calculador, quizá un p oco lento,- pero de una gran capacidad

pión, a raíz de la guerra contra V iriato, había disem inado

militar, y acostum brado a la d isciplin a de los cam pam entos,

por toda la com arca m uchas fam ilias lusitanas, que se mez­

en los que había pasado la m ayor parte de su vida, desde

claron con los C élticos y V elon es, y aun con una parle de

que allá, en los días de su juventud, ya alg o lejana, («La V ie ­

los C arpelanos.

ja», le llam aba Sertorio despectivam ente) acom pañara a su

En los com ienzos de la lucha, Serlorio, para m ovilizar y

padre N um idico en la guerra contra Yugurta. V in o a Espa­

trasladar su ejército, com puesío por rom anos fugitivos, n o r­

ña M etello con el cargo de Pro-Cónsul de la Ulterior, en el

te-africanos y españoles, utilizó la vía explanad a por Servi­

año 79, y al m ando de dos leg io n es a las que se sumaron los

lio durante las guerras contra V iriato, y que le perm itía el

efectivos que tenía en la Península D om icio C alvino, más

rápido transporte de sus efectivos desde las Sierras de Gre-

algu n os con tin g en tes españoles. C on ello reunió una fuerza,

dos y Gata hasta el Guadiana. Los Rom anos debieron ab an ­

alrededor de los 80.000 hom bres, que Plutarco hace subir a

donar la com arca cacerense rápidam ente, pues Sertorio, al

120.000, con ev id en te exageración . En cam bio Serlorio no

descender por esta vía, no los encuentra sino al Sur de dicho río,- y aun tien e que avanzar hasta el Betis, para con seguir

con taba sino con unos 8.000 soldados, gen te d ifícil de m a­ nejar, heterogénea y mal equipada.

que Tufidio osara hacerle frente. Lo hizo para su mal, pues

El caudillo, no obstante esta trem enda inferioridad, hizo

fué com pletam ente derrotado, quedando 2.000 rom anos so­

frente a su enem igo. Su lu garteniente H irtuleyo, partió des­

bre el cam po de batalla.

de la reg ió n de C áceres hacia el Este, siguiendo la lín ea

Sertorio se retiró nuevam ente a la Lusitania M eridional,

de la divisoria, y en Consábura (¿Consuegra?) sorprendió al

ocupándose lod o el resto del año 80 en preparativos b é li­

ejército de C alvino, lo derrotó y dió muerte al general,- m ien­

cos, en los que siem pre desarrollaba una p acien te m in u cio­

tras que el propio Serlorio se enfrentaba co n las leg ion es del

sidad. C on oced or del terreno y de sus hom bres, se dispuso

Legado L. T h orio Balbo, a quien M etello enviara en ayuda

a realizar una cam paña a fondo, utilizando en m ovim ientos

de C alvin o, y repelía an álog a hazaña: Tam bién aquí los ro­


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m anos fueron derrotados, quedando el Legado sobre el cam ­

fal carrera, cu y o relato n o es de este lugar, hasta que la e n ­

po de batalla. M elello entre tanto, había penetrado en la Lusitania por

vidia, la perfidia y la traición, lo mismo que había ocurrido

el Sur. C om enzó por acercarse al Guadiana, y sigu ien d o su

filos del puñal de un asesino.

en el caso de Viriato, term inaron con ella y co n su vida, a

curso por la orilla derecha, estableció su cuartel general en un recod o del río, en freníand o los pasos de la Sierra de

4.°

M ontánchez. En este m ism o añ o o en el siguiente, según lo

La Colonia Norbensis Caesarina

conjetura m uy acertadam ente Schulten, tom ó desde este lu ­

En Cádiz, y durante el transcurso de los sucesos que d e­

gar, que en su h on or se d en om in ó !MeteIlitium (M edellin), el

jam os relatados, v iv ía una antigua fam ilia indígena, de gran

cam ino del Norte, aprovech an d o tam bién la ex p lan ació n de

prestigio por su nobleza y opulencia, que, desde los prim e­

Servilio, y cruzó el T ajo su bien do hasta la articulación de

ros con tactos co n los Rom anos, se sintió atraída por su cu l­

Gredos con Gata. Pero Sertorio estaba a la sazón muy lejos.

tura y su civilización. M erced a esta familia, Cádiz se m an­

Los Rom anos fueron establecien d o p osiciones fortifica­

tuvo al m argen en los alzam ientos de la Ulterior, y, tam bién

das a lo largo de la vía, con el propósito de partir en dos la

por su influencia, perm aneció al lado de Rom a durante las

Lusitania M eridional y al m ism o tiem po incom u n icar por es-

guerras Sertorianas. Tal fué la fam ilia de los Balbos1, quizá

la parte el A lem tejo y la región de Cáceres con la cuenca

los prim eros entre todos los bispani en incorporarse a la R o­

media del Tajo, que era el paso ob lig ad o de los su blev a­

m anización.

dos hacia la Citerior. D icen los historiadores que M etello

En el añ o 80, era su representante más destacado Lucio

hizo destruir todas las aldeas lusitanas próxim as a la vía y

C orn elio Balbo, jo v en que a la sazón apenas si contaría 25

que fué en esta ocasión cuand o constru yó al N orte de C á­

años, y que, am igo de M etello y de Pom peyo, peleó ju n to

ceres, com o base de una operación hacia las sierras septen ­

al prim ero en las guerras Sertorianas, dando pruebas de un

trionales, el gran cam pam ento de Castra Caecilia, capaz para

indom able valor. H om bre riquísim o, h abía cifrado todas sus

una le g ió n entera con sus auxiliares, y que ocupaba el pu n­

aspiraciones y colocad o la meta de sus deseos, en con v ertir­

to m edio entre !Metellinum y el Yicus Caecilius (hacia Baños

se en un rom ano, en crearse una p osición en la M etrópoli,

de M ontem ayor), punto este el más septentrional de aquella penetración de M etello por la Lusitania. Sertorio se había corrido hacia el Suroeste, donde en L acóbricia (Lagos) burló y v en ció a M etello, con harto v ilip en ­ dio para éste. Después, y no obstan te todas las precauciones que los Rom anos tom aron para evitarlo, con sig u ió pasar a! Este, lanzándose a la conquista de la Citerior, en una triun­

1 La familia de los Balbos está por estudiar,- lo que no deja de ser ex­ traño, pues fueron de los personajes que más influjo ejercieron en los acontecim ientos políticos de su tiempo, influjo que fué decisivo en el sec­ tor de las relaciones hispano-romanas. La biografía que bosquejam os está recogida de las fuentes latinas: Tácito, A nn, XII,•60, Gellio,- XV-I1I, 9¡ Dion Cassio, X L V III, 32,2,- César, Bell. Gall. L.VIII,- Cicerón, A d Fam. IX .6,1.— C apitolino, Hist. Aug. X X I, t. 3; Plinio, N. H X X X I , 60


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— —

igualánd ose a los cjuírites que gob ern ab an el m undo desde la C apital de la República. La empresa era am biciosa para un provincial,- pero B albo estaba dispuesto a realizar todos los esfuerzos, y aun todos los sacrificios que fuesen necesarios para coronarla c o n éxito. Así, una vez term inada la guerra, L. C orn elio Balbo mar­ cha a Rom a (a. 70) con sus am igos M etello y Pom peyo, lle ­ vand o co n sig o a un so brino suyo de su misma n o m in ació n 1, y que, por aquel entonces, d ebía ser casi un adolescente. Tío y sobrino se establecen en la C apital con un b oato e x tra o r­ dinario. El lu jo y la esplendidez de su villa Tusculana su­ peraban al de las m ansiones de los más opulentos patricios, y en ella recibían a todas las figuras más salientes de la in ­ telectualidad rom ana, y a las personalidades más influ yentes de la política y del foro: M etello, Pom peyo, C icerón, V arrón y César, eran sus am igos más asiduos. Sus fiestas se h icieron famosas por la fantasía y el d erro­ che. Y a había dado de ello m uestras en las que organizó en la Bélica para obsequiar a M etello y celebrar sus triunfos, pues le hizo recorrer las ciudades entre delirantes aclam acio­ nes, en las cuales, las graciosas d on cellas de la Bética can ta­ ban sus triunfos y sus glorias y los poetas cordobeses lo ce ­ lebraban en sus poem as o com p onían en su h o n o r fábulas teatrales que eran representadas con in sólito aparato2. El año 68 César v ien e por primera vez a España, con el cargo de Quesfor de las leg io n es del Pretor V étere A ntistio. 1 Se llam aba también Lucio C ornelio Balbo, y para distinguirlos, son citados por los historiadores con los dictados de TAaior (el Mayor) y M inor (el Menor). A sí los nombraremos tam bién nosotros en adelante. 8 Masdeu, IV pgs. 448 y sigs. Cfr. Bosch y Gimpera y A guado Bleye, La Conquista de España por Roma, H. M. P. t. II, pg. 243.

41

N o sabem os si en este viaje, que solo duró unos meses, le acom pañó alg u n o de los Balbos,■ pero en el 61, cuando al­ canzada la preiura se le confiere el m ando de la España U l­ terior, L. C orn elio Balbo forma parte del ejército de César, desem peñando el cargo de Praefecto fabrurn. César, deseoso de glorias militares, p ro v o có a los Lusitanos, que estaban con ten id os en sus refugios del ‘M ons Jíerminius, in tim án d o­ les a b ajar de las m ontañas y establecerse en las llanuras. Los m ontañeses resistieron, y en ton ces César, por tierra y por mar, desde Cádiz, hace una rápida cam paña, en la que lleva su ejército hasta Brigantium (La Coruña). V e n c e a los Lusitanos, y al regresar, después de som eter a casi todas las tribus gallegas y lusitanas, se retira hacia el M ediodía por la V ía Lata, d ejan d o destacam entos en los castra escalonados a lo largo de esta vía. En el añ o 59 regresa con Balbo a Roma. Reunidos am bos Balbos con tin ú an cu ltiv and o la amistad que les unía co n César y Pom peyo, procurando sortear h á­ bilm en te la rivalidad que ya com enzaba a m anifestarse en ­ tre am bos generales. Balbo el M ayor aspiraba a la ciudada­ nía rom ana com o paso in icial en la carrera que proyectaba y que habría de con ducirle a los puestos más elevados de la República. Pero pronto com enzó a suscitar los recelos y la envidia entre el orgu lloso paíriciado rom ano. A quel osten ­ toso provincial, al fin y al cabo, n o era más que un ad v en e­ dizo p erten ecien te a la raza de un pu eblo som etido, y sin em bargo, los hum illaba a cada paso co n sus alardes de ri­ queza, de lu jo, de esplendidez y de in flu en cia, y, n o c o n ­ ten to con ésto, trataba nada m enos que de igualárseles, v a­ liéndose de su amistad co n Pom peyo1. Este últim o, desoyen1 Esta hostilidad contra L. C ornelio Balbo se refleja elocuentem ente


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do iodos los clam ores y deseando com placer a su am igo,

das m isiones, una de las cuales fué la de penetrar en el cam ­

le con ced ió al fin la ciudadanía, basándose en la leallad, en

pam ento Pom peyano de Durazzo, para atraer a la causa de su

la constancia, en la actividad y en el v alor guerrero desple­ gados por Balbo para servir a la R ep ública1.

general al C ónsul L. C orn elio Lentulo Crure, lo que hizo con singular astucia y alcanzando el éx ito apetecido.

Esta d eterm inación de Pom peyo suscitó en el Senado

A la muerte de César los Balbos se declararon por O c ta ­

una protesta tempestuosa,- en prim er lugar por lo in sólito de

vio. El M ayor es Pro-Cónsul en el año 41 y C ónsul en el si­

sem ejante co n cesió n a un extranjero,- después, porque de

guiente, sien d o tam bién el prim ero entre los n o itálicos que

ello tom aron pretexto los en em igos de Pom peyo para ata­

alcanza esta dignidad. Se sabe que aun v iv ía en el año 32,

carle acusándole de vulnerar las leyes de la República. Fué

pues fué u no de los que asistieron en su larga agon ía al h is­

in coad o pues un proceso de ambitu, durante el cual se d iri­

toriador T ito Pom ponio A ttico. D ebió m orir en los prim e­

gieron durísim os ataques, tanto a Balbo com o a Pompeyo.

ros días del Im perio, de edad m uy avanzada, d ejan d o toda

Este se d efendió por sí mismo, y el hispano fué defendido

su fortuna, valorada en cin co m illones de sextercios, para

por C icerón con su proverbial elocuencia, m erced a lo cual Balbo quedó triunfante y en poder de la ansiada ciudadanía.

los pobres de Roma. Balbo el M en or v ien e a España al servicio de O ctav io

Entre tanto el sobrino, B albo el M enor, se había alistado

en el año 43, y durante diez más perm anece en nuestra Pe­

en el ejército de César, alcanzando rápidam ente el grado de

nínsula, donde son m uchas las acu ñ acion es de m onedas g a ­

C enturión. A m bos colaboran después en la form ación del

ditanas que llev an su nom bre, hasta que d esign ad o Cónsul,

Primer Triunvirato, esforzándose en m antener la paz entre

fué en cargad o de d irigir en A frica una ax p ed ició n contra

César y Pompeyo,- pero se produjo la ruptura in ev itab le, y

los Garamanlas, cam paña delicada y llen a de dificultades

puestos los Balbos en la alternativa de elegir entre los dos

por el v alor del enem igo, y que él desarrolló co n sigular

rivales, se d eclararon por el partido de César. En esta o ca­

acierto, resultando tan copiosa en triunfos m ilitares, com o

sión el M enor obtu v o el cargo de Questor de la Bética.

fecunda en conquistas científicas, al decir de Plinio el V ie ­

La confianza que César tenía en los dos hispanos era tan absoluta, que, durante la Guerra C ivil, Balbo el M ayor y C a­

jo, pues,- durante ella, se acrecentaron y precisaron los c o n o ­

y o O ppio fueron, prácticam ente los dueños de Roma, y al M enor, durante la cam paña, se le en com endaban arriesga­

cim ientos geográficos acerca del C on tin en te africano, de una m anera notable. A l regresar v ictorioso de esta ex p ed ició n , d ecretó el Se­ nado en su favor los h onores triunfales,- se le dió el título

en la defensa que Cicerón hizo del hispano ante el Senado durante el pro­ ceso de que hablam os a continuación. V id. 7A. Tullí Ciceronis: Pro £ . Cornelio Balbo, oralio, en Bibliotheca Scholástica Scriptorum latinorum , curante Humberto N ottola. Torino 1903. Cap. X X V I-X X V II. 1 Cic. Pro Balbo, II. 111.

de Jmperator y adem ás el de Procónsul ex A frica1. Esto ocurría

1 £ . Corntlius P . J . Batbus. Anno D C C X X X III (20 a. J. C.) Procos ex A fr. V I X al. Aprilis. Panvinio, Tastos.


44

en el año 20. L. C orn elio Balbo el M enor, con taba a la sazón

Se ha escrito recientem ente que la m entalidad rom ana

m uy cerca de los cincuenta, y ya dedica el resto de su vida

es el resultado de la fusión de dos m entalidades: la del cam ­

a elevar ed ificios y fundar ciudades. En Rom a hizo co n s­

pesino y la del soldado, no separadam ente, sino form ando

truir un teatro que fué inaugurado con ju egos escén icos al

una unidad, que es la del soldado-cam pesino. Toda la acti­

regreso de A u gusto de la Galia. Poco después se establece

vidad del leg io n ario iba encam inada siem pre a un solo fin,

en su patria, y v ien d o la escasa ex ten sió n que tenía su ciu ­

cual era el de con seg u ir una tierra para labrar y una casa p a­

dad natal, con stru yó a sus exp en sas otra con tigu a a la an ti­

ra vivir. A llí donde las encuentre, encontrará su patria, a la

quísim a Gadir, dando a la nueva el nom bre de 7<leápolis y a

que transportará todas las esencias espirituales y materiales

las dos juntas el de Didyma, es decir, Gemelas.

de la m etrópoli. Esto exp lica, de una parte, la unidad del

Es en esta fecha (año 19 a. de J. C.) cuan d o realiza la fun­ d ación de Cáceres, con la d en om in ación de C O L O N IA N O RBEN SIS C A E SA R IN A de la que el m unificente gadita­ n o fué adem ás de fundador, su prim er patron o1. ¿Por qué esta d en om in ación ?

1 La cuestión crítica de la fundación y del nom bre que a Cáceres die­ ron los colonizadores romanos, quedó definitivam ente resuella en el año 1930 mediante el hallazgo de un testim onio epigráfico de singular im por­ tancia. Desde el siglo X V I venía preocupando este problem a a la erudición local, la que, apoyándose en Plinio (N. H. IV , 22) y en los dalos suminis­ trados por el Itinerario de Jntonino, lleg ó a la conclusión de que Cáceres fué la Castra Caecilia m encionada en d icho Itinerario, com o situada sobre la 'Via Lata y a 44 millas del origen de ésta en Mérida (son 46 estas millas, com o veremos). Ello vino a corroborarse con un supuesto descubrim iento epigráfico: Solano de Figueroa, el más cándido de cuantos im aginativos se dedicaron a em borronar nuestra historia, d ijo haber descubierto ju nto al Matadero prim itivo, a espaldas de la C alle de M oros y cerca del C o n ­ vento de Santo Dom ingo, una miliaria con la inscripción siguiente: CAST CastCra

.

CA E . CaeCcilia

XLIII. XLIII.

C on lo que la hipótesis se convertía en certeza, según el criterio del pretendido descubridor,- pues la inscripción situaba a Castra (aecilia, a las supuestas 44 m illas de distancia de Mérida.

Esta inscripción está proclam ando por sí sola y en forma irrefutable su falsedad, com o después lo evidenció la crítica m oderna (Hübner C. L. I. 70; Fita B. R. A. H. LIX, pg. 473,- Floriano, Orígenes... pgs. 9 10); pero ello bastó por entonces com o argum ento dem ostrativo de la identificación que se postulaba. Mas, en 1794, Don Simón Benito B oxoyo, doctísim o y diligente colec­ cionador de reliquias epigráficas, descubrió un trozo de arquitrabe empo­ trado en la muralla, ju n to a la Puerta de Mérida, en el que se ostentaba la inscripción: CO L ColConia

N O RB T^oi b)ensis

.

CA ESA RIN CaesarinCa

El descubrim iento fué com unicado a Masdeu y, recogido por Cortés y Constanzo, dió hase a H übner para argum entar, com pletando inform acio­ nes de Plinio, en favor de la tesis de que la Cáceres actual, es decir, la en ­ cerrada dentro del recinto amurallado, fuera la Colonia N orbense, una de las cinco de la Lusitania, de la cual eran contribuías Castra Caecilia y Casira Serpilia, extendiendo la hipótesis hasta la presunción de que nuestra Ciudad había sido fundada por César. Mas en el año 1930 se llegó por fin al descubrim iento definitivo. D u­ rante las obras que se realizaban para la construcción d el actual antiesté­ tico y antihigiénico mercado, entre las torres del H orno y de la Y erb a, fué preciso derribar el lienzo de cortina que las unía y se vió que tras el tapial árabe aparecían restos rom anos, los cuales pertenecieron a una puer­ ta que allí tu v o la muralla de la antigua Colonia, y a cuyas jam bas se ha­ bía incrustado un tizón de un m etro de largo por 0,40 de alto, en la base del cual, es decir, en la cabeza del tizón que form aba el paramento exte­ rior de la jam ba, se leía la siguiente inscripción:


46

M undo Rom ano, y de oíra el íen óm en o de la co lo n izació n 1. El reíiro más ansiado del leg ion ario era, por co n sig u ien ­

Es fácil deducirlo de los acon tecim ientos relatados, y de los datos que n os sum inistran las inscripciones.

te, la colonia, es decir, el asentam iento agrícola sobre un te­

No pudieron ser los de las leg io n es que com batieron c o n ­

rritorio más o m enos dilatado, que se centraba en un n ú cleo

tra V irialo, por estar muy alejad os ya de la fecha en que se

o entidad de p ob lación , la urbs, en el cual en con trar sus m e­

fundó nuestra C olonia; ni tam poco los de las Guerras Ser-

dios de vida. Así, los de la Legión V II Qemelat colon izan la

lorianas, pues éstos fueron asentados en la M elellina por su

tierra de León, los veteranos de Q u in to C aecilio M elello

general,- sino, seguram ente, soldados de César, de los que

con v ierten en co lo n ia los Castra fyfetellina (M edellín) funda­

com batieron a las órdenes inm ediatas de Balbo el M ayor

dos por su general. Los de las leg io n es V .a y X .a de Publio

durante las cam pañas contra los Lusitanos en el año 60, y

Carisio reciben la Augusta Emérita en prem io a sus servicios

que quedaron an clad os en los dos cam pam entos de Castra

en la Guerra de Cantabria... Y así pudieran m ultiplicarse los ejem plos, no sólo en la Península, sino en todo el ám bito del M undo Rom ano.

Servilia Castra y Caecilia, que nunca se despoblaron, y donde

sin duda asentaron los prim eros co lo n o s de nuestro territorio.

A hora b ien . ¿Q u iénes eran los eméritos o veteranos lice n ­

antiquísim a del Lacio M eridional, sita en el territorio de los

ciados con los que B albo fundó la colon ia caceren se?2.

Estos eméritos procedían de N orba — «La Excelsa» - ciudad V olscos. N orba fué tam bién en sus orígen es (340 a. de J. C.) una co lo n ia elevada sobre la altip lan icie de los m ontes Lepinos, en riente y vario paisaje, que se ex tien d e al O este

C

'

L . C O R N E L I O B A L B O • I M P N O R B • C A E S A R

P A T R O N O £(ueio Cornetio Balbo Jm p(eratori C)olonia Norb'.ensis Caesar(ina Patrono. Esla inscripción nos llevó a las conclusiones que exponem os en el texío, y que fueron ya por nosotros desarrolladas en el trabajo titulado: Cá­ ceres ante la H istoria. La cuestión crítica de la fundación y del nombre de Cáceres, Cáceres (1931). Editada por el Exm ° A yuntam iento. La inscripción fué recogida y colocada a todo honor en el primer re­ llano de la escalera de las Casas Consistoriales. 1 Barrow, R. H., Eos Romanos. Breviarios del fondo de Cultura eco­ nóm ica, M éxico (1950) pgs. 12 y 13. Etnériti se denom inaban, según Livio, los soldados que habían ya cum plido su tiempo en la milicia y alcanzado licencia y exención de ella. Este retiro, dice Cicerón, estaba fijado por las leyes cuando se com pleta­ ban los 20 años de servicio en filas.

hasta las crestas de la cordillera, desde las cuales se dom ina el am plio horizonte de la llanura Pontina. In terv in o N orba en las Guerras Latinas (327) y fué n ú cleo h eroico de resisten­ cia contra los Cartagineses. Después, y durante las primeras contiendas civiles, la ocuparon los partidarios de Mario, siendo conquistada por Em ilio Lépido, gen eral de Sila, que la destruyó; pero Sila, reco n o cien d o su indu dable v alor es­ tratégico, la hizo reconstruir, dotándola de sólidas murrallas. Su vida posterior fué sin em bargo m uy efímera, pués, por causas que se d esconocen , se com enzó a desp oblar rápida­ mente,- tanto, que en la fecha de la fundación de C áceres ya estaba casi abandonada. La m ayor parte de sus habitantes se alistaron en las leg ion es de César, y con el gran Dictador v in ieron a España en busca de una nueva patria, la que en-


— 48 c o n ta r o n en nuestra C olonia, cu y o em plazam iento y aspec­ to del terreno, no difería osten siblem en te de su país n atal1. De todo ésto se encuentran abundantes testim onios e p i­ gráficos en toda la com arca de Cáceres. El nomen T^orbanus y el ad jetiv o TJorbensis, em pleado éste unas v eces com o cogtiomen. y otras com o in d icación de patria, aparecen en num ero­ sas in scrip cio n es de los siglos I a. de J. C., y I y II de nues­ tra Era, halladas en la C apital y en sus alrededores. U n c o n ­ ju n to im portante de N orban i se puede localizar en Trujillo, está entre M ontánchez y Salvatierra de Santiago,- siendo de notar que del T ajo al N orte no h ay nin gu no, pues so lam en ­ te en Cáparra, se ha en con trad o una Coccelia Severa, que, com o in d icación de patria, d ice ser norbensis. El Caesarina cognómine se ex p lica por sí sólo. Y a sospechó H übner que la fundación de C áceres fuera debida a sold a­ dos de César,- pero, aun sin ello, bastaba la an tigu a d ev oció n de los Balbos por el gran Dictador, para que unieran el nom bre de éste a sus fundaciones. Hemos definid o la co lo n ia com o un asentam iento ag rí­ cola que se cen traba en un n ú cleo de p ob lación , la urbe. En torno a éste se exten d ía un territorio, más o m enos dilata­ do, que ven ía a construir la co lo n ia propiam ente dicha. La fun d ación de la co lo n ia (deductio coloniae) había de ha­

1 H o y ,.y a pocas centenas de metros de las ruinas de la antigua Norba, se eleva la aldea de Norma, sobre áspero picacho en torno al cual se extienden colinas y valles que la laboriosidad de sus habitantes, dedica­ dos al pastoreo de ovejas, a la cría de cerdos y al cultivo de olivos y ce ­ reales (lo que rio deja de ser una coincidencia bastante im presionante con el actual cam pesino cacerense) ha convertido en alegres parajes, sanos, lu­ minosos y de un panorama encantador.

ALCÁNTARA.— El puente romano.

H erguijuela e Ibahernando,. y otro de cierta con sid eración


— 49 — cerse en viríud de una le y senatorial popular, en la que se señalaba el territorio y núm ero de colon os, y se determ ina­ ba el de los m agistrados encargados de regirla. Procedíase lu ego a formar la conscriptio o lista de ciudadanos esco g i­ dos para colonizar, a los cuales se en viaba al territorio, h a­ cien d o en él su entrada en form ación militar. Consultados los auspicios, y h ech os los sacrificios a los dioses, se señala­ ba el perím etro de la urbs que había de ser la capital de la colon ia, m ediante un surco abierto por el arado, y, seguida­ m ente los agrim ensores procedían a parcelar la tierra ad ju ­ dicando los lotes por sorteo entre los asentados. Cada c o lo ­ nia tenía sus leyes propias, que eran grabadas en placas de bronce, y los co lo n o s elegían a las personas que habrían de representar sus intereses ante los poderes de la M etrópoli c o ­ m o patronos. El Patronus coloniae, era pues una especie de protector de la Ciudad y gestion aba en Rom a todos sus n e ­ gocios e intereses. A sí se hizo en la C olo n ia N orbensis Caesarina. Era ésta una de las cin co deducidas en la Lusitania,- las otras cuatro fueron: 'Metellinum (Medellín), Emérita (Mérida) P a x Julia (Beja) y Scallabis (Santarem). N o es fácil determ inar la exten sió n de terreno que en un principio fué asignado a la C olonia Norbense,- pero cabe conjeturar que fuera dilatadísim o. Plinio nos dice, después de m encionarla: Contribuía sunt in eam Castra Servilia, Castra Caecilia1, con lo que se quiere expresar que las dos únicas entidades de p ob lación que caían dentro de su territorio y b a jo la ju risd icción de sus m agistrados, fueron las nacidas de los dos cam pam entos de Servilio y de C aecilio, p ró x i­ mos a la Ciudad. 1 Hübner, Cáceres en tiempos de los Romanos, R. E. i. I (1899) 145.


— 50 —

5.°

— 51 —

La Romanización en el íeirilorio de Cáceres

Los restos arq u eológicos rom anos en C áceres, si n o ab u n ­ dantes, son a lo m enos bastante numerosos,- pero m uy pocas

A sí quedó establecida en tierra de C áceres la Rom aniza­

veces tien en carácter verdaderam ente m onum ental. U n edi­

ción. Pero ésta se m anifestó aquí de una forma m uy desigual.

la grandeza de un ejem plar único. Las ruinas de Tala vera la

ficio in sign e, el Puente de A lcántara, se n os ofrece co n toda

D esde luego, en el centro, aparte la co lo n ia y sus dos c o n ­

V ie ja (ya virtualm ente fuera de nuestro territorio) y las de

tribuías (prestam ente absorbidas éstas por la Capital), los sín ­

Cáparra, con servan asim ism o una cierta grandiosidad,- pero

tom as son m uy pobres y reveladores de una duración muy

aparte ésto, apenas si se hallan restos que acusen huella sen­

efímera. La lucha con el suelo d ebió presentarse desde el co ­

sible de la Rom anización. V am os pues a reseñar b rev em en ­

m ienzo com o difícil empresa, y los resultados, al parecer, no

te estos v estigios, com enzando por el estudio de las vías o

com pensaban el esfuerzo que ex ig ían . N orba, pues, n o de­

cam inos, que, si en un sentido m onum ental son lo m enos

b ió durar m ucho tiem po. La últim a cita literaria de la Colonia

im portante, desem peñaron en lo histórico un papel m uy principal.

TJorbensis Caesarina, consta en P linio (23-79 d. J . C.) y la más m oderna m en ción epigráfica data de los tiem pos de

Las vías rom anas nacieron de las necesidades militares,

Trajano. Seguram ente se despuebla dentro del sig lo III, o

si b ien después se con v irtieron en m edio regular de tránsito

acaso antes, si la in scrip ció n de la fachada del p alacio Go-

y en vías com erciales. Su estructura era m uy varia. La más

d o y es, com o lo sospecham os, u na pieza de acarreo1,- pues

sen cilla con sistía en la e x p la n a ció n de u n cam ino, ap ro v e­

es b ien raro, pese a todas las ex p licacio n es, que estando la

chando el firme natural del terreno, o m odificándolo lig e ­

C olo n ia en clavad a a orillas de la V ía Lata, su nom bre no

ram ente, para hacerlo adecuado a las necesidades de la cir­

aparezca en

culación. A ésto es a lo qu e se llam aba vía terrena, la cual,

el

'Itinerario de Jntonino (138-161). A l N. del

T a jo y en las periferias, sobre todo en las orientales, los

aunque con una m ayor anchura, se form aba a la manera de

síntom as de poblam iento, sin acusar gran densidad, son, sin

nuestras veredas, es decir, m erced al hollad ero con tin u ad o

em bargo, más num erosos. Ello se ev id en cia b ien claram ente por las supervivencias

forma perfecta, la definitiva, es ya una verdadera obra de

arqueológicas, de las que vam os a dar cuenta a con tin u ación .

de los hom bres, de las bestias o de los v eh ícu los. Pero la ingeniería, co n su trazado previam ente establecido m edian­ te el estudio del terreno, y una com p osición del firme aju s­ tada a reglas precisas1.

1 Esta inscripción dedicando una estatua al Emperador Lucio Seplimio Severo Pertinax en el año 194, se conserva actualmente en el Museo de Cáceres, y ha sido publicada muchas veces: Hübner, C. L. I. n.° 693( Sanguino, B. R. A . H , 1.1. pg. 73.

Lo esencial era para los Rom anos buscar la lín ea recta, con el fin de dism inuir en todo lo posible las distancias a 1 V itrubio, De Arcbitcctura, V II, 1.


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recorrer. Sobre esie sen cillo Irazado se abría la «caja» de la

posta (tabernae diversoriae) para descanso de los viajeros, o pa­

carretera de una profundidad variable, según la categoría

ra el relevo de cabalgaduras.

del firme que se trataba de construir, lim itándola a derecha

C uando los Rom anos lleg aron a la Península, la hallaron

e izquierda co n gruesos pedruscos, para evitar que los b o r­

casi totalm ente desprovista de vías de com u nicación. Los in ­

des del terreno cayesen al interior, o b ien que el firme de­

d ígenas utilizaban para sus desplazam ientos las rutas natu­

rramase al exterior. Según V itru bio, una carretera cuidad o­

rales de los valles, m árgenes de los ríos y desfiladeros entre

sam ente construida se com ponía de diversas capas super­

las montañas,- y com o en la guerra, ni m ovilizaban grandes

puestas: La primera, o sea la inferior, era el statumen o afirm ado

masas hum anas ni una pesada im pedim enta, se trasladaban

de fondo, constitu id o por piedras más o m enos grandes (no

de un punto a otro a cam po través, o por veredas m ontara­

m ayores que las que pueden caber en el puño, dice Vitrubio)

ces tan solam ente de ellos conocidas. H abían los C artag in e­

y que eran fuertem ente apisonadas. Sobre esta capa se e x ­

ses sin em bargo construido una vía llam ada «El cam in o de

ten d ía el rudus o mortero, h ech o con una m ezcla de piedras

H ércules», que bordeaba la costa de Levante, desde el Pirineo

picadas, arena y cal. La tercera capa, llam ada nucleus, era de

hasta C artagena, y que fué utilizada por los Rom anos para

cascajo, formada por tejas roías, ladrillos pulverizados, tam ­ b ién m ezclados con arena y cal, disponiéndose sobre todo

los prim eros m ovim ientos de las legiones,- pero pronto los

ello el pavim en to o summa crusta, que podía ser de dos c la ­

cam inos que cruzaban la Península en todas las direcciones,

ses: o con rollos, com o nuestros em pedrados (via glareata) o

enlazando los principales cen tros de aprovisionam iento y

co n losas rectangulares o p olig o n ales acopladas (vía munita)1.

los más im portantes puntos de co n cen tració n de los ejé rci­

nuevos invasores se dedicaron a construir toda una red de

Para señalar las distancias las vías ten ían postes in d ica­

tos. Una de estas vías fué la que u nía Mérida co n Astorga,

dores (columnas miliarias) en los que se hacía con star el n ú ­

atravesando la tierra de Cáceres, y pasando por Salam anca,

m ero de m illas rom anas (millia pasuum, mil pasos = 1500 m e­

y a la cual se llam ó la Via Lata (¿ancha?) Los árabes la d en o ­

tros, aproxim adam ente) que se con taban desde el arranque

m inaron por su belleza el Camino de la Plata, y los cristianos

de la vía hasta la m iliaria correspondiente,- y de distancia en

en la A lta Edad Media, le dieron el nom bre de La Quinea1.

distancia, equ ivalen te cada una de éstas a una jornada m ili­ tar (20 m illas = 30 kilómetros) se establecían lugares de re ­ poso (mansiones), procurando que coin cid iesen en todo lo p osib le con p ob lacion es o cam pam entos. Tam bién se esta­ b lecía n a lo larg o de las vías, posadas, m esones, casas de 1 Chapot-Cagnat, M anuel d ’Arcbeologie Romaine, t. I. París (1916), pági­ nas 41 ss.

1 La base para el estudio de las vías romanas es el Jtenerario de Antonino Caracalla, que describe 34 vías militares de España, y entre ellas la V ía Lata. Fué publicado en 1848 (Berlín), por G. Parthey y M. Pindes y más modernam ente por O . Kuntz. Tam bién es im portante a estos efectos la llam ada Tubula Peutincjeriana, o Mapamundi de Caslorius, que es un largo pergamino de cerca de siete metros, por 0,34 de ancho, conteniendo una carta de las vías existentes en la época del Imperio. Ha sido editada mu­ chas veces y últimam ente reproducida por Konrad M iller, en 1916. El frag-


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La V ía Laía salía de M érida por el puente ten d id o sobre

cam pos del Casar, para dirigirse al Tajo, cruzándolo en su

el arroyo A lbarregas, tom aba d irección Norte, y penetraba

con flu en cia con el A lm onte, para con tin u ar por G alisteo y

en tierra cacereña por el Puerto de las Herrerías. Cruzaba el

Cáparra a Baños de M ontem ayor, Salam anca, Zamora y As-

A yuela, seguía hasta el Salor y por el Puerto del Trasquilón

torga. C om o se vé este trazado, es, p oco más o m enos, el de

y v alle de las Cam ellas, iba hasta Cáceres (bordeando segu ­

la vía terrena explanad a en el añ o 139 (a. J . C.) por el C ónsul

ram ente sus muros por M iralrio, San Roque, Caleros, T en e­

Servilio C epión, para unir el Guadiana co n el Tajo, pasando

rías Altas, Afueras de V illalobos), desde donde, por la mar­

por los Castra Servtlia em plazados entre am bos ríos. N o sab e­

g en izquierda de la Ribera, subía hasta el C am pam ento de

mos cual sería el pu nto de arranque de este cam ino, que no

C áceres el V ie jo 1. Partiendo de este punto atravesaba los

podía ser Mérida, que aun había de tardar más de un siglo en ser fundada,- pudiendo con jeturarse que fuese el recodo

mentó relativo a las vías españolas, puede-verse reproducido en la lom o II, pg. 570. Por lo que se refiere concretam ente a la V ía Lata, hay de ella una des­ cripción hecha en 1752 por L. J. Velázquez, que se conserva inédita en la R. A. H. Más tarde la describió Ponz en su Viaje de España, t. I. (1784) pá­ gina 105. Un buen estudio, entre los antiguos, es el de V iu, en su Extre­ madura, pg. 75, y en el cual se han basado todas las descripciones poste­ riores. De éstas es la más importante la de Don V icente Paredes, que dejó concluida e inédita al morir en 1916 . El Sr. Paredes hizo de este estudio el trabajo de toda su vida, al que consagró m uy cerca de 50 años de cons­ tantes investigaciones sobre el terreno, en algunas de las cuales (1912) le acompañamos en unión del Sr. Sanguino. Publicó un avance en su obra Origen del nombre de Extremadura, Plasencia (1886) pgs. 81-88; avance que fué ampliamente utilizado por el Sr. M élida en su Catálogo, t. I, pgs. 48-61. En 1912 Don A ntonio Blázquez publicó su estudio Via Romana de M érida a Salamanca (B. R. A. H. t. LXI, pg. 101) el cual fué com pletado en 1920 con dos M em orias de la Ju n ta Superior de Excavaciones y A ntigüedades, en las que se contenían los trabajos de campo realizados por d icho Sr. Bláz­ quez, su hijo Don A ngel y Don Claudio Sánchez Albornoz. Indispensable la consulta del Mapa de la España Rom ana publicada por H übner en su obra Inscripciones J-tispaniae Latinae suplementum; y com o inform aciones com­ plementarias pueden consultarse: Las noticias contenidas en Barrantes, a p arato Bibliográfico para la ‘H istoria de Extremadura, t. I, pg. 453,• Hübner, Cáceret en tiempo de los Romanos R. E. t. I (1899), pgs. 152, ss.; Fita B. R. A. H. tomo LIX, pg. 473 y la escueta, pero m uy ilustrativa m ención de Schulten en su Sertorius, pgs. 91-93, de la Ed. española. 1 El trayecto entre el Puerto del Trasquilón y los campam entos de

del río en el que más tarde, hacia el añ o 79, estableciera Q u in to C aecilio M etello los Castra MetelUna, lo cual es e x ­ p licable si se tien e en cuenta que este gen eral aprovech ó para el transporte de sus leg ion es la misma vía explanada por Servilio, m odificando acaso su trazado, para hacerla pa­ sar, n o por los Castra Servilia, sino por los que él construyera al NE. de las lom as donde después se elevará Cáceres. Tam-

M etello (Castra Caecilia = Cáceres el V iejo) es com pletam ente hipotético, pues entre ambos jalones no se ha hallado resto alguno de calzada. Pare­ des reconoció un tramo de afirmado en el m encionado Puerto, de lo que pudo inferir, razonablem ente, que el cam ino no iba por Santa O lalla com o se había supuesto,- y de ser así tiene que pasar por el v alle más cercano, que es el de las Cam ellas, entre el Arropez y Santa Ana,- y si habría de dirigirse en línea recta al Cam pam ento de M etello, donde, según el Itine­ rario estaba la segunda mansión, com o veremos más adelante en el texto tenía que ir, necesariamente, por los llanos del Calerizo, a buscar la mar­ gen izquierda de la Ribera de Cáceres por los sitios que indicamos,- esto es, en el paso del espigón entre La M ontaña y la loma oriental sobre la que se asienta nuestra Ciudad,- pues otra cosa obligaría a un rodeo por el Puerto del C ollado al Este, o por V alcajarillo al O este. En uno u otro ca­ so el número de millas sobrepasaría considerablem ente el norm al de la jornada militar. El hecho de que N orba no figure sobre la calzada en el citado Jtinerario, no invalida nuestra hipótesis.


— 57 — Es decir, que según el Itinerario, desde M érida hasía Za­ ragoza había 632 millas,- a la primera m ansión (ad Sorores) desde Mérida, 26 m illas ( = 3 9 kilómetros),- desde ésía a Castra Caeciíia, 20 m illas ( = 3 0 kms.)f la misma distancia entre Castra Caeciíia y Túrmulus (Alconetar),- y u na distancia constante de 22 m illas ( = 3 3 kms.) entre Júim ulus y Rusticiana (Galisteo), entre Rusticiana y Cappara y entre Cappara y el V i cus Caecilius, lo que dá un total de 132 m illas (198 kms.)1. Se han recon o cid o en este trayecto tres tabernae diversoriae (Paredes las llam a descansos diurnos) una en el Puerto de las Herrerías, otra en el de los Castaños ju n to a las ruinas del C astillo de Grim aldo y la tercera en la dehesa de la Buhona, cerca del térm ino de Plasencia. D el h ech o de que en el Jtinerario de Jntonino n o ap a­ rezca citada N orba, com o situada sobre la V ía, se ha sacado la con secu en cia de que ésta n o pasaba por nuestra C olonia, suponiéndose la ex isten cia de un ramal que, a partir del Salor, se dirigía a C áceres y de allí al Puente de A lcántara. N a­ da confirm a esta hipótesis, siend o por otra parte muy p osi­ b le que la Colonia !Norbensis Caesarina ya hubiese sido ab an d o­ nada cuando se redactó el Jtinerario, con serván d ose la an ­ tigua Castra Caeciíia com o m ansión a los efectos de escala por jornadas militares. O tras calzadas rom anas han sido recon ocid as co n más o m enos ev id en cia dentro de nuestro territorio, y son las si­ guientes: 1 El trayecto de la vía era, en realidad, de M érida-Aslorga-Zaragoza, y las 632 millas (= 9 4 8 kms.) cubrían casi los kilómetros (980) que hay hoy por carretera. Respecto al tramo de M érida a Baños de M ontem ayor, de 132 millas (= 1 9 8 kms.) com o se dice en el texto, son h o y 211 kilómetros por carretera.


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— 58 —

D e Norba, por Brozas y V illa del Rey, hasta A lcántara y

De lodos éstos es el más im portante, a pesar del estado

Portugal, siguien d o por el Puente de Segura,- v isib le en a l­

de ruina en que se encuentra, el de A lconetar, con ocid o

gunos tramos, especialm ente entre los dos puentes.

tam bién por el Puente de M antible.

D e N orba a Scaílabis (Santarem) por A rroy o de la Luz y

Tend id o sobre el Tajo, y en un lugar de su cauce de mu­

V alen cia de A lcántara. V iu 1 dá n oticias de ella y H übner

cha anchura, cerca de la desem bocadura del A lm onte, debió

la co n sig n a en su mapa, si b ien com o hipotética. N o c o n o ­

ser obra im portantísim a, calcu lán d ose un arco central, flan ­

cem os al presente testim onio arq u eoló g ico de su existencia.

queado por o ch o laterales (cuatro a cada lado) y term inando

D e A lco n etar por Caurium (Coria) y H oyos a ’M iróbriga

por sendos pares abiertos en muro, a los extrem os. De lodo

(Ciudad Rodrigo). Tam bién la co n sig n a H übner com o h ip o­

ésto sólo quedan ruinas en la parte derecha, consistentes en

tética. Es seguro que se trata de la misma vía que en la Edad

cuatro de los m achones o estribos del flanco, y el muro ter­

M edia fué d enom inada la D alm acia2.

m inal con sus dos arcos rebajados y enjarjados. Dos pares

Tram o de la v ía directa desde Emérita a Caesaraucjusta, por Toletum, Secjontia y Bilbtlis. Entraba en territorio caceren ­

de los estribos están unidos por arcos tam bién rebajados,-

se por Escurial, y seguía por Abertura, C onquista, Trujillo, Ja ra ice jo y puente de Almaraz.

guram ente m edieval. La obra es de horm igón revestido con

pero éstos son debidos a una recon stru cción posterior, se­ enorm es sillares alm ohadillados. Se supone que fué construido este puente en tiem pos de

Son num erosos los puentes de nuestra com arca que en más o en m enos de su fábrica actual, conservan parte de la

Trajano, y que su ruina d ebió com enzar en 1 2 2 8 , en que fué cortado por los árabes, para en torpecer el av an ce de las tro­

obra romana. Sólo en la vía que acabam os de describir, se ca­

pas de A lfo n so IX lanzadas a la conquista de la C uenca M e­

talogan ocho: U no sobre el A yuela, que es un p o n lo n cillo

ridional del Tajo.

m uy transform ado y casi en su totalidad reh ech o en tiem ­

Pero el rey de los puentes de nuestra com arca y una de

pos medievales,- el segund o es el del Salor, reedificado total­

las obras de m ayor em puje de lo d o el M undo Rom ano, es,

m ente en tiem pos m odernos (¿siglo XVIII?),- es el tercero el

sin duda alguna, el de A lcántara. Su fama es tan universal

que está sobre el A lm onte, cuyos estribos con servan parte de

y ha sido esludiado, descrito y reproducido co n tal profu­

le fábrica romana,- el cuarto el de A lconetar, del que segui­ dam ente nos ocuparem os, y ya, al N orte del Tajo, lo s del A rroy o Z angaena o R iolobos, sobre el Jerte en C arcaboso, el del Am broz, cerca de Cáparra, y el llam ado del C ubo, en Baños de M ontem ayor. 1 V iu, Extremadura, pgs. 129. “ J. González, "¡legista, pg. 129,

sión, que casi nos revela de h acer en este lugar otra cosa que no sea una m en ción adm irativa a toda su valentía y gran diosidad1. 1 Un estudio detalladísim o, circunstanciado, conteniendo toda la bi­ bliografía existente acerca de este m onumento, su descripción y noticias de las vicisitudes sufridas por el mismo, puede verse en M élida, Catálogo... t. I. pgs. 118-138.


-

60

Su estructura es sencilla. Emplazado en un recodo del río donde se amortigua el empuje de la corriente, impetuosa en aquel lugar, por ir el Tajo encajonado en el angosto cauce del ribero, consta de seis arcos tres a cada lado del macizo estribo central, con los cuales se salvan los 194 metros que tiene la fábrica. Esta es de sillería almohadillada, y el dovelaje de los arcos es doble,- es decir, que hay una serie de dovelas gran­ des que forman la rosca de los arcos, que además van trasdosados con un cerco de dovelas más pequeñas. Los machones se perfilan en tamajar hasta las impostas de los arcos, forman­ do un resalte sobre el que se alzan los contrafuertes, hasta el pretil. Sobre el machón central va un arco honorífico con inscripciones, que revelan, unas que el puente fué edificado en tiempos del emperador Trajano y en el año 104 d. J. C,- y otras en las que se enumeran los municipios que costearon la obra, todos ellos pertenecientes a la Lusitania. A la cabecera del puente hay un pequeño tem plo con inscripciones en las que se declara que el constructor de tan m agnífica obra fué el arquitecto Caius Iulius Lacer. Con este puente empareja el de Segura, sobre el río Eljas, de cinco arcos y de estructura y fábrica análoga al de Alcántara, debiendo haber formado ambos parte de la mis­ ma vía que conducía desde Norba hasta Portugal. A dos kilómetros y medio, casi justos de Cáceres, en di­ rección Nordeste, y cortado en su ángulo Sudeste por la ca­ rretera de Torrejón, se encuentran los restos apenas visibles del Campamento Romano llamado de «Cáceres el V iejo »1. Es1 Esle nombre es el de la dehesa en que está enclavado el campa­ mento, que perteneció a un miembro de la familia de los Cáceres, al que

61

te campamento, reconocido com o tal desde muy antiguo, fué explorado inicialm ente en 1910 por el prof. Adolfo Schulíen, exploración que dió por resultado el fijar su fecha en los últimos tiempos de la República, próximos a la Era Cristiana. Después, en excavaciones sistemáticas realizadas entre 1927 y 1930, se llegó a la conclusión por el mismo historiador1, de que se trataba de un campamento construido por el general Q uinto Caecilio Metello, en el año 79 -78 , a. de J. C., durante sus campañas contra Sertorio en la Lusita­ nia Meridional. Es el campamento un gran rectángulo de 650 por 380 metros, lo que da una superficie de 22,4 hectáreas, con su parapeto o muro de piedra precedido del indispensable fo­ so, y en el interior, edificaciones, también de piedra, tales co­ mo tiendas para el alojam iento de los legionarios, el pretorio con su patio, el foro, la Porta Praetoriana al Norte, la Decumana al Sur, y la Quintana sinistra al saliente. Nada de ello es visible actualmente, pues lo excavado se volvió a cubrir de nuevo una vez realizados los estudios y m ediciones2. Como ya veníamos exponiendo reiteradamente, según Plinio3 la Colonia Norbense estaba situada entre dos cam­ pamentos (los Casta Caecelia y Servilla) que después se convir­ tieron en sendas poblaciones contributas o dependientes de

llamaban El Viejo, para distinguirlo de un su homónimo, al que denomi­ naban El Mozo, según se hacía frecuentemente. 1 Schulten, £íh rómiscbes Lager... ’ El Sr. Schulten excavaba por el procedimiento de revelar los con­ tornos de las tubernae (tiendas) amontonando la tierra hacia el interior. Los fondos no han sido excavados, ni tampoco el campamento en toda su extensión. * Plinio N. H. IV. 117.


62

la C olonia. Hasta el m om ento no se ha descubierto otro cam pam ento, sin o el que acabam os de describir,- por lo que, partiendo de la n oticia pliniana, ha surgido, y ello desde m uy antiguo, la cuestión crítica de determ inar cual de los dos castra citad os por el gran naturalista rom ano es el de C áceres el V ie jo . En la segunda mitad del pasado siglo, D on A ureliano Fernández Guerra d ió por resuelta la cuestión 1, en la forma siguiente: El perím etro de N orba era el lim itado por la mu­ ralla o sea la parte alta de la actual población,- Castra Caecilia estaba situada en el d ecliv e del cerro denom inado de Peña Redonda, en d irección a la Ribera, hacia dond e h o y se e x ­ tien d en las calles de Barrionuevo, alg o de M oros, Sancti Spiritus, Nidos, Canterías, Cam beros, Peña, Sande, Picadero y co n to rn o s2. C o n lo cual la tercera co n clu sió n se despren­ día por sí misma: el cam pam ento de Cáceres el V ie jo tenía que ser, necesariam ente, los Castra Servilia. A esta op in ión se adhirió H übner, si b ien co n ciertas re­ servas3, y no p oco asom bro de los historiadores locales, quienes respetuosos con la autoridad de los opinantes, se li­ m itaron a expresar su extrañeza y a esperar que nuevos des­ cubrim ientos y estudios más detenidos in clin aran las o p i­ n ion es del lado de la razón. Estos descubrim ientos y estos estudios, se han realizado al fin en los últim os d ecenios: La fijació n de la C o lo n ia N orbensis Caesarina ha sido corro bo­ rada por hallazgos epigráficos, de los que ya hem os h abla­ do,- com o asim ism o, se ha podido precisar la fecha de su

1 * *

Fernández Guerra, B. R. A. H., (1873), tomo I, p g . 96. Hurtado, fam ilia s, pg. 87. Hübner, Cáceres en tiempo de los Romanos, pg. 152.

fundación; los trabajos de Paredes, Blázquez y Sánchez A l­ bornoz sobre la vía romana, han establecid o la trayectoria ló g ica de esta calzada,- y la distancia de X X m illas marcadas en el Itinerario entre las m ansiones Sórores y Castra Caecilia, coin cid e exactam en te co n el cam pam ento de C áceres el V ie ­ jo, m ientras que los Castra Servilia con tin ú an sin aparecer por nin gu na parte. Pudieran estar, com o se ha dicho, hacia Santa O lalla, donde afloran algu n os restos rom anos, pero eso ha­ bría que demostrarlo. Testim oniando la densidad de p o b lació n que d ebió ex is­ tir en el territorio de C áceres en tiem pos de los rom anos, según ya lo expusim os en .párrafos precedentes, hem os re­ gistrado más de v ein te lugares de n úcleo u rbano en toda su exten sió n . De éstos, algunos, m uy pocos, subsisten en las p ob lacion es actuales, de otros n o restan sino las ruinas, aflo ­ rando más o m enos acusadam ente sobre el terreno, por esas tierras a las que los cam pesinos del país suelen designar con los nom bres de despoblados o villares. Los eruditos han tratado con varia fortuna de identificar estos núcleos de población , b ien subsistentes o ya arruinados, con las m en cion es de Strabon, de P linio o del Jtinerario, no h abién d ose co n seg u i­ do hasta el m om ento formular com o fijas o hipotéticas, sino las atribuciones siguientes: Colonia TJorbensis Caesarina (Cáceres). Demostrada por in ­ form aciones de Plinio, por los h allazgos epigráficos, y, o b ­ v io es decirlo, subsistente en el recin to am urallado de la a c­ tual Ciudad. Castra Caecilia (Cam pam ento de C áceres el V iejo). Identi-


— 65 — Caurium (Coria). Justificada epigráficam ente y subsistente en restos abundantes de su an tigu o recinto, del que se c o n ­ servan trozos de la muralla y dos de sus puertas. Cappera (Cáparra). D espoblado en el v alle del Ambroz. Identificada epigráficam ente y con servan d o abundantísim os restos, tales com o el arco quadrifronte, las murallas, el tem ­ plo de Júpiter, un pan tano y un teatro1. En cu an to a las artes figurativas no son m uchos los tes­ tim onios rom anos conservados. Aparte las esculturas del Pensil de M irabel en Plasencia, cuya p ro ced en cia es m uy varia, pues h ay bustos y estatuas de Cáparra, otras de fuera de la Provincia y algunas im portadas in clu so de Italia, sólo cabe reseñar las siguientes: La M inerva de m ármol de A lcu escar2 y las dos de b ro n ­ ce del M useo de Cáceres, una de ellas procedente de las e x ­ cav acion es del cam pam ento de C áceres el V ie jo . La bella estatua fem enil que calificada com o D iana3 e x is­ te en el patio del palacio M ayoralgo. La atrib u ción es to ­ talm ente caprichosa, pues n o só lo le faltan todos los alri-

1 A parte las reseñadas, y com o es frecuente en la casi totalidad del territorio de la actual Extremadura, el resto rom ano aflora por todas par­ tes, aunque sin testimonios suficientes para acusar siempre la existencia de entidades de población, siendo en su m ayoría restos de explotaciones agrícolas u otros establecim ientos semejantes. 1 Hallada en términos de esta villa. Es propiedad del sabio naturalis­ ta Don Eduardo Hernández Pacheco, quien la conserva en su casa de M a­ drid. 8 Bella, y hasta bellísim a por la finura con que están tratados los pliegues del chitón y de la túnica que viste, los cuales se ciñen al cuerpo dejando traslucir, com o por transparencia, el b ello modelado de las formas,pero... todo ello se pierde, desgraciadam ente, ante el contraste que pro­ duce la horrenda cabeza que le agregaron en el año 1702.


— 67 — buíos correspon d ieníes a esta deidad, sino que además ca ­

6.°

El «hiatus» paleo-cristiano y Visigodo

rece de los caracteres ico n o g ráficos propios de la misma. M élida opina con algú n fundam ento, que por su actitud se asem eja vagam en te a algu n a de las M usas1.

C áceres desde el siglo III hasta el período de su reco n ­ quista por las armas cristian as—período que se in icia hacia

Pero el ejem plar ico n o g ráfico más n otable es, sin duda

la mitad del sig lo X I I — desaparece casi por com pleto del

alguna, la estatua de Ceres que corona actualm ente la torre

h orizonte histórico. Son nueve siglos de silen cio absoluto,

principal de sus murallas. Esta d ivinidad, com o protectora

durante los cuales, ni las crónicas, ni los m onum entos, y,

de los cam pos y de las cosechas, tenia necesariam ente que

no h ay por qué decirlo, ni los docum entos, nos dan n om ­

con tar con num erosos adoradores en una p o b lació n com o

bre alg u n o de ciudad o p o b lació n que sea asim ilable a C á­

la nuestra, fundada en prim er térm ino co n fines colon iza­

ceres. R especto al territorio, estamos, sobre p oco más o m e­

dores y agrícolas. De tiem po inm em orial ex iste en Cáceres

nos, en la misma situación. C oria es la ú nica que p ervive a

su estatua conservad a co n respeto y reverencia, santificada

través de las fuentes visigodas, y de ésta al Sur, hasta las

in clu so por el pensam iento in g en u o de las gen tes sencillas,

Sierras, no se encuentra n i un solo n ú cleo de h abitación

y ocupando un lugar de h on or dentro de la p o b lació n 2.

colectiva, ni con stan cia de nom bres que in d iq u en una lo ca ­ lización. A n o ser por las supervivencias arqueológicas, en

1 La atribución a Diana se debe a Cortés y López, quien la formula en su Diccionario Qeográfico-histórico de la España Antigua t. II, pg 325. De éste la tomó V iu en Extremadura, pg. 86 y posteriorm ente Fita, B. R. A. H. t. X L IX , pg. 48. Con anterioridad a todos ellos la m enciona Ponz ('Viaje..t. VIII, (1784) pg. 92) quien cautam ente la califica com o «fragmento de es­ tatua de mujer». ’ Debe darse por resuelta la cuestión relativa a la representación ico­ nográfica de esta escultura. Se trata de una figura evidentem ente femenil, en pie, vistiendo larga túnica, y , sobre ella, el manto terciado, que sube por el lado derecho del pecho velando la cabeza, levem ente inclinada a la derecha, y cae por la espalda del mismo lado. El brazo derecho destacaba del cuerpo, doblado por el codo, y con la mano izquierda sostiene la cor­ nucopia terciada sobre el hom bro y cargada de frutos. El rostro femenil, de labios finos, ligeram ente sonrientes, nariz recta y delicados arcos su­ perciliares, se ciñe por un peinado en bucle, hacia atrás sobre la frente,continuando el bucle a derecha e izquierda del rostro, tapando las orejas. Todos los autores antiguos que la vieron de cerca (Lucio M arineo Sículo en el siglo X V , Gaspar de Castro en el año 1550, Solano de Figueroa en 1665, Ponz en 1784) la reputan com o femenil. Solo Laborde (1806-1820) lan­ zó la hipótesis de que acaso representara el Qenio de Augusto, lo que bastó

verdad nada abundantes ni m uy significativas, podríam os llegar a la co n secu en cia de que Cáceres desapareció com o p ob lación a principios del siglo III para resucitar com o for­ taleza durante las correrías de los almohades,- y que el terri­ torio, casi en su totalidad, quedó p oco m enos que d esp obla­ do, siendo tierra de tránsito en los trasiegos m ilitares de las in vasion es y en los con sigu ien tes a las luchas de los pueblos bárbaros entre sí y después, de ios m usulm anes entre sí o con los cristianos. para desorientar a H übner y luego a M élida, que ya la vieron muy de le­ jos, quienes opinan que representa el G enio de la C olonia, o el G enio de Augusto. Los medios ópticos actuales (prismáticos, fotografías con teleobjetivo, etc ), han venido a corroborar a este respecto la opinión de los antiguos, lo que puede com probarse en la m agnífica fotografía de la lámina 8 del ál­ bum Cáceres, en los «Cuadernos de Arte» de las Ediciones de Cultura His­ pánica.


— 68 — U n eco íénue, casi apagad o por lo legen d ario, enlaza la

Suevos, que h abían in v ad id o la Península. V alia, en cum ­

falda Sudeste del llam ado C erro de los Rom anos (a cuatro

plim ien to de lo pactado, em prende en el año 416 una cam ­

kilóm etros al Sur de Cáceres) con la piadosa tradición de la

paña contra los A lan os y los V án d alos Silin g os de la Bética,

V irg en Eulalia, la M ártir Em iretense. A llí sitúa u na tradición

co n tal fortuna, que en m uy b rev e espacio de tiem po c o n ­

el llam ado Pago Pontiano, del que era v ecin a la g ran ja de Li-

siguió aniqu ilar a am bos pueblos, que desaparecen por co m ­

berio, donde la Santa n ació o, por lo m enos, v iv ía al ad v e­

pleto del panoram a h istórico (418)1. Los A lan os por co n si­

nim iento de su martirio,- lo que tien e cierto ap oyo, aunque

guiente, n o dom inaron sobre territorio cacerense, sino d u­

m uy débil, en la pervivencia, desde tiem pos m uy antiguos,

rante p o co más de un lustro, y no h ay para qué decir, que

de una ermita consagrada a esta Santa, y en la abu n d an cia

n o dejaron tras sí ni el m enor rastro. Pero n o por ello quedó

del resto rom ano por los alrededores. Todo e llo ha sido o b ­

ya toda la Lusitania incorporada al R ein o V isig od o . El O c ­

jeto de apasionadas discusiones, en las que, ni en un senti­

cid en te peninsular no ob ed ecía a n in gú n d om inio y su tie­

do ni en otro, se ha podido llegar a una co n clu sió n que sa­

rra era corrida por toda suerte de bárbaros, con tin u an d o así

tisfaga al m enos ex ig e n te rigor h istórico1. Prácticam ente, al in vad ir los bárbaros nuestra Península,

hasta que los V án d alos pasan al Africa, y los Suevos se es­ tabilizan ocu pan do tod o el án gu lo N or-occid en tal de la

C áceres y su territorio n o quedaron incorporados al R eino

Península y fijan d o su frontera m eridional, más o m enos

V isig o d o hasta b ien entrado el reinado de Leovigildo.

teóricam ente, en las m árgenes del Tajo, desde A lconetar

En el reparto de tierras que en el año 411 se hizo entre

hasta Lisboa.

los pueblos invasores, correspond ieron a los A lan os las an ­

Los Suevos no eran, ciertam ente, una buen a vecin d ad pa­

tiguas provincias rom anas de la Lusitania y la C artagin en se2.

ra los V isigod o s, y al subir al trono Leovigildo, hizo u no de

Pero el d om inio de los A lanos duró m uy p oco en estas c o ­

los o b jetiv o s de su política unificadora, el term inar radical­

marcas. V en id o s los V isig od o s a España (415) al m ando de

m ente co n las inquietudes que le proporcionaban . H acia el

Ataúlfo, su sucesor (tras el reinad o relám pago de Sigerico)

añ o 572, el R ey suevo M irón, receloso de las conquistas lle­

V alia, con cierta un pacto con el Emperador H onorio, en v ir­

vadas a cab o por L eov igild o en la Bética, em prende una

tud del cual, a cam bio de una con siderable cantidad de v í­

cam paña con tra los A rragones, que h abitaban los actuales

veres para calm ar el ham bre de su ejército, el R ey G odo se

territorios de las Batuecas, las Hurdes, C oria y Plasencia, y

com prom etía a d ev olver a H onorio a su herm ana G ala Pla-

más tarde contra los R ucones, que v iv ía n entre Jaraicejo ,

cidia, y a com batir, com o auxiliar, a los A lanos, V án d alos y

Tru jillo, C onqu ista y Logrosán, apoderándose de am bos p u eblos2. Esto fué interpretado por el m onarca toled ano c o ­

1 Florez,- E. S. X III pgs. 297 a 300,- Hurtado, La Parroquia de San M a ­ llo de Cáceres y sus agregados, Cáceres (1918) pg. 156. ’ Hidacio, Cap. 49. E. S. t. IV, pg. 552.

1 San Isidoro, Tlisloria Qotborum, E. S. V I, pg. 489,- Hidacio,- Loe. cit. ’

Fernández Guerra A., H istoria de España desde ta invasión de los pueblos


/ — 71 — mo una p rovocación , y para responder a ella, atacó a los Suevos

im petuosam ente, d esh aciéndolos de u na manera

Y

ésto es todo,- lo cual, com o se vé, ni es m ucho, ni ofre­

ce el m enor ap oy o de seguridad, pues n o consta en testim o­

com pleta. En el año 584 el estado Suevo desapareció, y todo

nios indisputables, basándose en meras conjeturas, inferidas

su d om inio quedó incorporado, com o p rovincia al reino V i­

caprichosam ente, m uy a la larga de los sucesos y con una nada escasa dosis de fantasía.

sigodo. La u n ificación de la Península quedó de este m odo conseguida, y Cáceres, com o es natural, in corporada al im ­ perio de los nuevos dom inadores. Las demás n oticias que poseem os del reinado de Leovi-

Las supervivencias arqueológicas van a ton o con esta misma parvedad. U nos hallazgos interesantes, recientem ente realizados en

g ild o y de su relación con Cáceres, se refieren al período de

el territorio de las Hurdes, v ien en , no obstante, a proyectar

la reb elión religiosa de su h ijo H erm enegildo. Según ellas,

un rayo de luz sobre este período, atestigu ando la llegada a

M érida y C áceres habían abrazado el partido católico, a l­

aquellos parajes de gentes bárbaras, probablem en te Suevos,

zándose en favor de este príncipe. Leovigildo ante ésto re­ u nió un fuerte ejército y m archó sobre la Lusitania atacando Mérida, y a C áceres por dos veces, y con sig u ien d o apod e­ rarse de am bas p o b la cio n es1. germánicos hasta la ruina de la monarquía Visigoda. Madrid (1897) t. I, pg. 311. La identificación de estos pueblos son conjeturas del Sr. Fernández Gue­ rra, basadas sin duda en la analogía de los nom bres con los de los ríos Arrago y Ruecas,- pero en realidad no ha podido determinarse con segu­ ridad su localización. V id. Torres, M. L as invasiones y los Reinos germ áni­ cos de España, H. M. P. t. III, pg. 101. 1 He aquí com o el Sr. Fernández Guerra (£oc. cit. pg. 366, 368) relata estos sucesos,- «Antes [Leovigildo] se propuso tomar y castigar en la mis­ m a provincia a Cesarea (Cáceres), colonia rom ana también, y ciudad tri«partita, com puesta de la antigua y m uy fuerte población de la Colonia «Norbense, que se apellidaba Cesarina y estuvo sobre la finítim a sierra, »y de los Campamentos Rom anos de Castra Servilia y Castra Cecilia, muy «cerca de su pie, establecidos por Cecilio M etelo cuando la guerra contra «Sertorio. «Denodadamente com batió el anciano monarca a la ciudad, la entró «por fuerza de armas y fué duro en el castigo. «Sin detenerse, y a fin de que éste sirviera de escarmiento, a los de Mé«rida, «puso cerco a la población y entabló negociaciones con los ciudada«nos más conspicuos e influyentes, deseoso de otorgarles una paz honro-

»sa. M uchos se opusieron y pelearon con bizarría, pero del Rey fué la v ic­ toria. «Cuando de ella se consideraba m uy pagado, supo haberse rehecho »los de Cesarea con grandes refuerzos y vuelto a tomar la voz de Erme«negildo. A seguró bien la interesantísim a conquista de M érida y v olv ió «atrás abriendo una nueva guerra sin cuartel. Cesarea sucum bió, fueron «pasados a filo de espada sus moradores, y el vencedor se detuvo después «en M érida pocos días. «Cuidó de perpetuar estos sucesos en monedas de oro: la triste suerte »de Cesarea y la medalla eran hasta h o y desconocidas. «Por am bos lados se vé en ella de frente el busto del R ey afeitada la «barba, m uy rizada la cabellera,- viste paludamento,- y a una parte dice la «inscripción: BI

CA ESA REA

IV

«y otra *

T O LEOBELDUS

«(Dos veces Cesarea es justo Leobeldus). La concordancia gram atical »vá com o de entonces por las nubes». Ignoram os las fuentes de donde el Sr. Fernándaz Guerra extrajo los elem entos para tan im presionante relato del martirio de Cáceres, pues no creemos que todo ésto pueda deducirse de la lectura harto dudosa de la moneda a que alude, y cuya atribución a Cáceres nos parece, por otra parte, bastante discutible.


72

— 73 —

entre el final del siglo V y principios del V I. Son esios h a­

iar dos in scripciones sepulcrales, griega la una (de M axim i-

llazgos, p eiroglifos o insculiuras grabados en las peñas, re­

na, h ija de N icolao) Procedente de Plasenzuela y fechada en

presentando armas, esquem as zoomorfos, rayas, rom bos y

la Era 613 (= 5 7 5 ) y otra de la sierva de Dios G unthoerta, fe­

círculos dibujados más o m enos arbitrariam ente, y cuya fi­

chada en 656 de la Era (=618) y que fué bailada en H ergui-

liación y fecha quedan acreditados por la presencia de una

juela.

espada de tipo netam ente galo, y, lo que es más interesante,

C om o fácilm ente se com prende, nada o m uy p oco es lo

por estar u no de los grupos firm ado y fechado en la Era 559 (= 521, a. J. C.)1.

que puede deducirse de tan escasos testim onios. Tanto por

A parte ésto, en las murallas de Cáceres y en ciertos tra­

rritorio, se robustece con este dato n eg ativ o nuestra h ip ó te­

mos, se v en algu nas zonas que están asentadas sobre el b a­

sis ya apuntada, de la casi absoluta d esp oblación de la

sam ento rom ano y b a jo el tapial alm ohade, y al no tener

C uenca del T ajo a raíz de las invasiones.

carácter n i alm ohade ni rom ano, venim os todos, sin otra ra­

Y el síntom a habrá de continuar, com o verem os, hasta muy entrada la época árabe.

zón, reputándolas com o visigodas. Pudieran, n o obstante, ser reparaciones cristianas realizadas a raíz de cualquiera de las conquistas. En Brozas se con servan , sirvien d o de pilas para el agua bendita en la Parroquia de Santa María, dos capiteles corintios de in d iscu tible labra V isigod a, cuya pro­ ced en cia se ignora. En Santa Cruz de la Sierra vim os allá por año de 1915 o 1916, y tam bién sirviendo com o pila de agua bendita, un fragm ento de pilar de mármol, que en to n ­ ces reputamos com o V isig od o , sin que al presente tengam os plena seguridad de la justeza de nuestra atribución. Proce­ dente de A lcu escar (Las Torrecillas) se conserva en el M useo de Cáceres un fragm ento de cap itel corintio, tam bién atri­ buido a esta época, y de otros fragm entos an álo g o s h ay n o ­ ticias en Coria, Plasencia y Portezuelo. Por últim o h ay que ci-

1 Es mucho y muy interesante lo que puede surgir en un estudio atento y detallado de estos importantes descubrim ientos. Nos abstenemos de hacerlo respetando la prioridad que pertenece a sus descubridores Dr. Seyans, D. A ntonio Sánchez Paredes y D. V icen te González.

lo que se refiere a Cáceres, com o por lo que respecta a su te­


II LA INVASION ARABE Y LA REACCION CRISTIANA 1.°

Cáceres anle la Invasión

Se realizó la in v asión m usulm ana en el liem po y con las circu n slan cias que son de lodos con ocid as y cu y o reíalo no es de este lugar. La co n m o ció n fué enorm e: La nobleza v isi­ god a huye hacia las- m ontañas de Cantabria, el alto clero se refugia donde puede, y el pueblo, en unas partes, abandona las ciudades, en otras, m uy pocas, ofrece u na som bra de re­ sistencia, y en otras, en fin, trata de acom odarse a las cir­ cunstancias, dispon ién dose a vivir, com o buenam ente se pudiera, b a jo la le y de los n u evos dom inadores. La com arca de C áceres tarda, sin em bargo, más de cu a­ renta años en sentir estos efectos. Tariq n o se acercó a nues­ tro territorio y Musa, después de conquistar Sevilla, se d iri­ g ió a la Lusitania, apoderándose de M érida (30 de ju n io de 713) desde dond e un mes después se en cam in ó a T o le ­ do, im paciente por encontrarse co n su subordinado T a­ riq, cuyos triunfos le in qu ietaban y cu yos entusiasm os c o n ­ quistadores le interesaba frenar. Musa, cam in o de Toledo, d esdeñó pasar por nuestra tie­ rra, sabien d o sin duda que en ella n o tenía nada que ganar, n i tam poco m ucho que temer, pues desde la Sierra de San


-

76 —

— 77 -

Pedro hasta el T ajo no había otra cosa que un inm enso d es­

fluencia del Tiétar con el Tajo. R em onta el río por Tala-

poblado, en el que afloraban com o un islote de d eso lació n

vera y lleg a a Toled o, desde donde m archa a A n dalu cía pa­

las abandonadas ruinas de lo que fué, hacía ya cuatro siglos,

ra trasladarse al Africa, cam in o de O riente.

la C olo n ia Norbense,- y del T ajo al Norte, só lo existía una

Este desdén de los prim eros invasores m usulm anes por

mustia p erv iv en cía de vida cristiana en Coria: acobardado

el territorio situado entre am bas sierras, se e x p lica por la n a­

rebañ o sin pastor, pues su obispo Bonifacio había huido con

turaleza del m ism o y por las aspiraciones de los em igrantes

otros prelados, que tam bién abandonaron a su grey, para refugiarse en las m ontañas asturianas1.

m usulm anes que form aban parte del ejército de Musa, ára­

El jefe árabe pues, m archó desde M érida (por la vía ro ­

tierras secas de nuestras estepas, ni las fragosidades de nues­

m ana que desde la antigua capital de la Lusitania se e n ca ­

tras sierras, ni los pizarrales cen icien to s del Ribero, n i las pe­

m inaba a Zaragoza) hacia Toledo, tom ando la lín ea del T ajo

ladas cabezas de los berrocales,- tierras de pastores, que a la

cerca de su con flu en cia con el Tiétar2, y siguien d o aguas

sazón n o brin daban n in gu n a clase de bienestar. Y

arriba hasta Almaraz, donde, según parece, se v erificó el e n ­

ello prefirieron asentarse en las llanuras de la C uenca del

cuentro de los dos caud illos3, que ju ntos y en una aparente

G uadiana1, tan abiertas, tan prom etedoras de riquezas y

arm onía, que presagiaba una posterior torm enta, siguieron

tan próxim as a las ciudades opulentas. A sí, m ientras que

hasta Toledo, con tin u an d o después a Zaragoza.

bes yem eníes en su m ayoría, a los que no podían atraer las

por

M érida y las com arcas de Badajoz y M edellín, y lo que des­

Desde Zaragoza Musa siguió solo hacia el N oroeste, lle ­

pués habría de llam arse la Tierra de Barros y la Serena, se

g an d o a Lugo, d on d e recib ió orden del Califa para que re­

pueblan, y se alzan por todas partes castillos y fortalezas pa­

gresara inm ediatam ente a Dam asco, a fin de dar cuenta de su

ra asegurar su posesión, todo lo com prendido al N orte de la

gestión. Em prendió el cam in o de regreso b ajan d o por la vía

divisoria, sigue tan ab and o nad o com o v en ía estándolo des­

romana, cruzando por Zam ora y Salam anca, hasta llegar a

de hacía cien tos de años. Sólo más tarde m erecen la aten ­

las fuentes del A lagón , dond e aband ona el m en cion ad o ca ­

ció n de los invasores las vegas del alto A lag ó n , que acab a­

m in o desviándose al Sudeste a buscar de n u evo la c o n ­

ron por poblarse,- pero n un ca co n árabes, sino co n b eréb e­ res, a quienes cupo el reparto tod o el án gu lo com prendido

1 E. S. X IV , pg. 61. * Rodr. vid. Repertorio Diplomático (XI. 1). * Sánchez A lbornoz, Itinerario de la Conquista de España por los M usul­ manes, C. H. E. t. X . Buenos Aires (1948) pgs. 21-74. Según Sánchez A lbornoz Tariq, pasado el Tajo, se encontró con Musa en un lugar llam ado A lm a­ raz («El Encuentro») situado en el distrito de C esaróbriga (Talavera). To­ das las indicaciones hacen suponer que se trate del Almaraz de nuestra provincia, salvo el hecho de suponer que fuera Tariq el que pasara el Ta­ jo , y no M usa que venía del M ediodía, pues Almaraz está al N orte del río.

entre el río Eljas y la orilla derecha del Tajo. Próxim am ente a los cuarenta años de la in v asión (hacia 750) una co lo n ia de estos beréberes se corre h acia el N orte y ocupa Coria, que seguía conservando, en form a un tanto rom ántica, su ran go de ciudad episcopal. Sus habitantes se *

Levi Provengal. España Musulmana H. E. M. P. t. V , pg. 54.


— 78 — rep liegan d ispon ién d ose a la co n v iv en cia co n los in v aso ­ res, con stitu y en d o así el prim er n ú cleo m ozárabe de nuestro suelo, que allí se m antuvo a duras penas, apegado a la tie ­ rra, hasta que las sangrientas razias de A lm anzor acabaron por aniquilarlo. Estos beréberes com enzaron a pon er en c u l­ tiv o las v egas y destacaron al Sur un grupo de esclavones que fueron los prim eros colonizadores de las tierras de C ec la v in 1, creand o un brote de riqueza nada desdeñable, y

zón de la Sierra de San Pedro, en el an g osto puerto que ha con servad o por ello el nom bre de Puerto de la Mezquita, y que, por aquellos tiem pos, d ebía ser un lu gar p oco m enos que in accesible. A ellos se u nieron b ien pronto m uchos m uladies1, procedentes de M érida por regla general, y que eran gentes n o m enos inquietas que los berberiscos. U nos y otros, n o habrían de tardar m ucho tiem po en causar serias preocupacion es a los em ires andaluces.

que habría de ser cen tro de irradiación de toda la actividad colonizad ora a lo larg o d el curso del A lag ón . Pero al m ism o tiem po, oíros grupos de m ontañeses, tam bién beréberes, aunque m enos orientados a las pacíficas actividades de la agricultura, h abían id o ocu p an d o las sierras m eridionales. E ntonces quedaron habitadas las de Santa Cruz, M ontánchez, San Pedro, La A liseda, el esp igón serrático de C áceres2 y al N orte de las de M irabel, n o creando p o b lacio n es n i es­ tablecim ientos hum anos perm anentes, sino sim ples refugios de bandas nóm adas, y partidas de fronterizos qu e corrían la tierra com etiend o toda clase de desm anes, y que, a pesar de v iv ir al m argen de toda le y y con una dep end encia nada más que n om in al de los em ires cordobeses, ten ían sin em ­ b argo un cen tro religioso com ún (m asyJ) en el m ism o cora­ 1 De esta colonia de esclavos tom ó su nombre el pueblo, cuya deno­ m inación árabe es S iq lab íy in , que quiere decir precisamente, «esclavos». M. Asin Toponimia pg. 102. Precisa pues desechar la antigua etim ología de Celia vini. ’ Forman este espigón una serie de m ontañas articuladas y de regu­ lar altura, que son, enumeradas de Este a O este: El Risco, Portanchito, Valdeflores, Sierra de M osca (hoy la M ontaña), La Zorra y la Butrera, (mon­ tes paralelos a la Sierra de M osca de la que están separados por los valles de la Palacina y Valincoso) altos de Cáceres, la Sierrilla, Aguas V ivas, y, por últim o, Santa Fe y V alcajarillo.

2.°

Las rebeliones y los primeros con­ tactos con los monarcas asturianos

En el año 740 estalla en efecto una reb elión beréber en Africa, que pronto tiene resonancia en la Península2. La per­ turbación se sintió en Kauria (Coria)3 y en seguida repercu­ tió en las band as de guerra de la Sierra, u nién d ose todos pa­ ra com batir al gobern ador ’A bd al-M alik b en Q atan, y al Si­ rio Balach que h abían acudido para com batirlos. A unque los rebeldes beréberes fueron ven cid os, la c o n ­ fusión que se produjo en toda la España m usulm ana fué enorm e, y esta circu n stancia fué aprovechada por los cristia­ n os para raziar la tierra de m oros en audaces correrías. Y es en ton ces cuando se produce el prim er co n tacto de nuestro suelo con los m onarcas asturianos. A lfonso I recorre las tie­ rras de G alicia, A storga y las riberas del Duero, m edio ab an ­ donadas por los beréberes que h abían acudido a sumarse a 1 Estos eran cristianos o descendientes de cristianos que habían abra­ zado el mahometismo. a Levi Provenqal. O b cil., pg 26. 8 A jbar M ay m u ’a. Trad. Lafuente Alcántara. M adrid (1867) pg. 48. Cfr. Matías R. M artínez. Coria, R. E. (1901) 388


— 80 —

— 81 -

la rebelión, em pujando hacia el Sur a los que quedaron pa­

paña, don d e al m enor p retexto se m anifestaba la insurrec­

ra defender sus posiciones y propiedades,- y así lleg a por es-

ció n b a jo sus formas más violentas.

la parte hasta las llanuras de C oria y atravesando en 750 la

A sí en 768 se produce la de Shaqya ben 'A b d al-W ah id ,

cu en ca m eridional del Tajo, se aventura hasta las proxim i­

un beréber de la tribu de M iknasa que se h acía pasar por un

dades de M érida1. U na vez realizada esta correría v u elv e car­

im án descendiente de la fam ilia del Profeta, y que había

g ad o de b otín y de cautivos hasta la lín ea del Duero, trayen ­

con seg u id o enfervorizar con sus fanáticas pred icacion es a

do con sig o gran núm ero de m ozárabes co n los que rep obló

todas las tribus establecidas en las riberas del T ajo y del

las tierras de León y de Zamora.

Guadiana, e in clu so a m uchos de los andaluces. Este, com ­

E xp ed icion es com o ésta habrán de constituir el todo de

batido por las tropas O m eyas en el curso alto del Tajo, se

la historia de nuestra com arca durante un lapso de más de

refugia en el O este h acien d o de las sierras m eridionales de

450 años. Entre la España C ristiana y la España Musulmana,

la región de C áceres su cen tro de operaciones. Se apoderó

se ex tien d e a partir de este m om ento una exten sa faja de te­

por el Sur de M érida y M edellín, penetró lu eg o en la C u en ­

rreno, casi desierta, especie de binterland o tierra de nadie, c o ­

ca del Tajo, y, aprovech an do el Ribero, atraviesa este río ca ­

rrida alternativam ente por u no u otro bando, co m o «reg io ­

y en d o sobre Coria. N ueve años duró esta in su rrección (768-

nes abiertas a las correrías, dond e se riñen com bates de d e ­

776) y durante ellos, el rebelde y sus fanáticas hordas co rrie­

ten ció n » 2. C áceres y su tierra form an la parte más O ccid e n ­

ron a su placer toda la zona com prendida entre la Sierra de

tal de esta franja, y se habría de con v ertir por largo tiem po

San M amed y la Serranía de C uenca. 'A b d al-Rham an I,

en escenario dond e se dirim irán las contiendas entre las fuer­

unas veces por sí y otras con fian d o la d irección de la cam ­

zas an tag ón icas que se disputan el predom inio de España.

paña a sus más expertos generales, trató de combatirle,- pero v ien d o que n o podía con sus astucias, recurrió al p ro ced i­

A ñ os más tarde se repite esta circunstancia, al encontrar

m iento, ya de an tigu o acreditado en la historia, de sobornar

los m onarcas cristianos ocasión para nuevas correrías, pues

a dos de sus partidarios, los cuales asesinaron al guerrillero

las rebelion es de los beréberes eran un mal in cu rable en el

ten d ién d ole una em boscada1.

Im perio musulmán de O cid en te, y más incu rable aun en Es-

Y

vuelve a reproducirse el mal. A un n o h abían transcu­

rrido los cin cu en ta años de la m uerte de Shaqya, cuando la 1 A jbar M aym u'a. Trad. cit. pg. 66-67. Barrau-Dihigo. Recbercbes sus i H istoire Politicfue du Royaum e Asturien, Rev. Hisp. t. LII (1951), pg. 139,- Dozy, W st. des Musulmans d' Espatjnc. III, pg. 24,- Pérez de U rbel, Los Primeros siglos de la Reconquista, H. M. P. t. V I pg. 32-33. ’ W . Margais, Ce passé de i Algerie musulmane, en «Histoire el Historiens de 1 'A lgerie», París (1931), pg. 141-42. Cfr Levi Provengal, Ob. citpg. 44.

insurrección prende otra vez en M érida (828). Esta ciudad era la capital de la llam ada «M arca Inferior» o territorio que se exten d ía entre el T ajo y el Guadiana, com prendiendo, com o

1 Ajbar M aym u’a, Ed. cit. pg. 99,■ M. R. Martínez, Loe. cit. pg. 388; P. Hurtado, Castillos¡ pg. !39; Levi Provengal Ob. cit. pg. 75.


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es natural, la región de Cáceres. Su p o b lació n estaba form a­ da en su m ayor parte por m uladíes, a los que se sumaba una

ca quedando ésta otra vez a la m erced del que quisiera ocuparla.

buen a cantidad de mozárabes,- es decir, que en ella predo­

Entonces (854) se registra una correría de O rd oñ o I por

m inaba el elem ento cristiano o de proced en cia cristiana;

esta parle de la frontera1, que llega, después de v en cer a M u­

g en te de su yo inquieta, arriesgada, aventurera, y nada c o n ­

sa b en Q asi en la batalla de A lbaida, hasta el Sur de la Sie­

forme con el predom inio de los árabes, que estando por otra

rra de Gata, y en la cual sorprende a C oria lom ándola al

parte bastante alejad os de C órd oba y peligrosam ente cerca­

asalto, y después de apoderarse de un cuantioso botín, regre­

nos a los lím ites de la M arca, podían huir fácilm ente hacia

sa llev án d o se prisionero a su gob ern ad or Z eith 2.

el Norte, co n cuyos príncipes n o tenían el m enor in co n v e ­

Pero quien m ejor supo aprovecharse de la confusa situa­

n ien te en relacionarse. Dos eran sus jefes más calificados: M uhamm ad ben 'A bd

ció n creada por los rebeldes en el m undo musulmán, fué sin

al-C habbar, y el muladí Sulaym an ben M artin. La lucha duró

prim eros añ os de su reinado, se d ed icó a observar las co n s­

seis años (828-834) desarrollándose en co n d icio n es análogas

tantes disen siones que, com o ven im os vien d o, se sucedían

a la anterior: Los rebeldes pillaban las tierras al Sur del

de una m anera casi ininterrum pida en e l sen o del Em iralo y

Guadiana y, en cuanto tenían n oticias de la proxim idad de

en los lím ites de la M arca O ccid en tal. Su mirada estaba fija

las tropas cordobesas, se refugiaban en las m ontañas de la

en M érida y esperaba qu e en cualquier m om ento, ya los b er­

duda alguna A lfonso III (866-911). Este m onarca, desde los

divisoria para caer de n u evo sobre las ciudades y poblados

beriscos o ya los m uladíes, le deparasen u na ocasión para

tan pronto com o el ejército se alejaba. El añ o 834 el Emir

intervenir. Esta ocasión se presentó a los dos añ os de c o ­

hizo un rápido m ovim iento de sorpresa, y se lanzó sobre

menzar su reinado 'A b d al-R ahm an ben M arw an más g e ­

Mérida, destrozando las partidas de rebeldes, que se disper­

neralm ente co n o cid o por el sobrenom bre de Ibn al C h illi-

saron desordenadam ente. El b eréber se refugió en Badajoz

qí, es d ecir «el h ijo del G allego», se alzó en 868 contra

y el muladí penetró en el territorio caceren se am parándose

la autoridad del Emir M oham ed I. Ben M arw an p erten e­

en las sierras, hasta llegar a la de Santa Cruz, donde se hizo

cía a una fam ilia de m uladíes oriunda del N orte de Portugal,

fuerte. El Em ir hizo por el N orte una operación de lim pieza

que se h abía establecido en M érida desde hacía y a m ucho

hasta las orillas del Tajo, y cayó lu ego sobre el reducto del

tiem po. Su padre,- M arw an fué gobern ad or de esta ciudad y

muladí al que derrotó com pletam ente, p ersigu iéndole en la huida hasta con seg u ir darle muerte. Las tropas om eyas no se atrevieron, sin em bargo, a per­ m anecer en la región batida. Por las sierras an d aban disper­ sas las partidas y se hacía m uy d ifícil el aprovisionam iento del ejército, en vista de lo cual se retiraron al Sur de la M ar­

1 Rot. (II/l); Tud. (X/l); Rodr. (XI/3),- Cr. G. (XII/1). Barrau-Dihigo, Recherches, pg. 175. a A este w aly o reyezuelo de Coria se atribuye y por este tiempo, un asedio de Cáceres a la que rinde por hambre. La noticia es totalm ente fan­ tástica, pues Cáceres a la sazón ni siquiera existía. Vid. M élida Catálogo, t. I. pg. 227 y 230.


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murió asesinado en la rebelión de Sulaym an del año 828.

tenses y los con sab id os mozárabes de las p ob lacion es del

N o era el rebelde, com o oirás veces, un sim ple aventurero ni

Sur del Guadiana. V in o el Emir nuevam ente a reducirlo,

un fanático ilum inado, sino un hom bre de tem ple, decidido

con sigu ien d o cercarlo en el castillo, donde a los tres meses

y en érg ico y dotado de u na sorprendente capacidad o rg an i­

de asedio b en M arw an tuvo que rendirse ob ligad o por la

zadora. A dem ás, su sim patía y su atractivo personal le h a­

sed. O tra vez M oham ed se m ostró b en ev o len te y autorizó

bían g ran jead o num erosos partidarios, no solam ente en M é­

al rebelde para residir en Badajoz, que todavía n o era más

rida, sino en toda la M arca Inferior, con tan d o tam bién con

que una pequeña aldea, si b ien llev ánd ose en rehenes a

valiosas am istades en la misma corte de los Em ires1.

u n n ielo del v en cid o. Pero a pesar de todo, b en M arw an c o ­

M ahom ed acud ió a com batirlo v en cién d o le sin grandes

m enzó a fortificar Badajoz decidido a m antener viva la in ­

dificultades, a pesar de todo,- pues el Emir se apresuró al te ­

surrección, pues lo que él quería era lom ar v en gan za del v i­ sir Hashim.

ner las primeras n oticias de la rebelión , y sorprendió a M é­ rida cuando aun n o estaba preparada para la resistencia. No

U n refuerzo con sid erable recibieron en ton ces los insur­

trató mal al insurgente, conform ándose co n trasladarlo a C ór­

gentes, cual fué el de Sa'dun al-Surunbakí, que se había a l­

d oba en u n ión de toda su fam ilia y los más sign ificad os de

zado con un buen g olp e de g en te en el C astillo de M onsa-

sus partidarios, esperando apaciguarlo por m edio de h ala­

lud. Ello hizo al Emir m ovilizar nuevam ente al ejército om e-

gos. Pero un día, a lo largo de una disputa, b en M arw an fué

ya decidido a pon er fin por lodos los procedim ientos a la

gravem ente ofen d ido por el visir Hashim, u no de los fav o­

obstinada rebelión,- pero b en M arw an esta vez había dis­

ritos del Emir, y el orgu lloso m uladí m archó de C órdoba in ­

puesto una resistencia en regla y n o sólo encuadra una n u ­

m ediatam ente sin pensar en otra cosa que en tom ar v e n ­ ganza.

militar, sino que se procura la asistencia de poderosas ayu ­

Se en cam in ó a M érida, pero n o atreviéndose a perm ane­

das, pues sabía que su mortal en em ig o Hashim era el desig­

cer allí b ajo la mirada del gobern ad or puesto por el Emir,

nado para m andar el ejército que habría de com batirle, y

reu n ió un pequ eño grupo de partidarios con los cuales se

quería tener b ien asegurada su venganza. A sí pues, en v ía a

apoderó del castillo de A lan je, atrincherándose en él y c o ­

su co leg a Sa'dun a O v ied o , para pedir refuerzos a A lfo n ­

merosa hueste y la adiestra con toda la pericia de un v iejo

m enzando en seguida a levantar la tierra. C om o había ocu ­

so III, quien n o dudó un solo m om ento en proporcionárse­

rrido siempre, se le unieron pronto los beréberes que m e­

los. U n lucido co n ju n to de soldados asturianos b aja de sus

rodeaban por la Sierra de San Pedro, los m uladíes em eri-

m ontañas hasta A storga y desde allí, por la vía romana, des­ cien d e hasta las M arcas y v ien e a juntarse al Sur de las Sie­ rras co n la tropa de los m uladíes. A llí se sitúan en un terre­

1 Dozy, IHisl. des JWusuhnans i' Espat)ne, II, pgs. 183-188, 308 y 260,• C o­ dera, Los Benimerines de aterid a y Badajoz, pg. 1-74,- Barrau-Digigo, Kechercbes, pg. 180.

n o accid en tad o hacia el que con sigu en atraer al ejército om eya, ocasion án d ole una trem enda derrota. El núm ero de


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bajas del ejército del Emir fué enorm e y el propio Hashim

Guadiana (por M edellín) fué a parar a un m onte llam ado

qued ó p risionero1. Ben M arw an, sabiendo que era una b u e­

O xiferiu m donde tom ó co n tacto co n las tropas om eyas a las

na presa para rescate, en recon o cim ien to al m onarca asturia­

que derrotó m atando a q u in ce de sus jefes principales y re­

n o y en un refinam iento de su venganza, lo en v ió cautivo

gresando a O v ied o cargado de un cuantioso b o tín 1.

a la corte de A lfo n so III A llí aju stó su libertad en la elev a­ da cantidad de cien m il dinares de oro, y com o n o los pudo

Hasta el reinado de O rd o ñ o II n o v u elv en a encontrarse

pagar de una sola vez, tuvo que dejar en rehenes a sus dos herm anos y a un sobrino.

otras n oticias relativas a ex p ed icio n es de m onarcas cristia­

Ben M arw an con tin u ó su rebeldía, con v irtién d ose en un

todavía R ey vasallo de G alicia (913) realizó una afortunada

verdadero señor ind ep endiente de Badajoz y de casi toda la

incursión por el A lem tejo asediando a la ciudad de Evora,

ribera del Guadiana,- pero dos años más tarde, sorprendido,

la que asaltó e incen d ió, en tregán d ola al saqueo y la m a­

en el mismo Badajoz, fué tan estrepitosam ente derrotado que

tanza y regresando a G alicia con 4.000 cautivos, m ujeres y

tuvo que huir hacia la Marca, v iv ien d o com o pudo en el te­

n iñ o s2, y cuatro años más tarde, y siguiendo el m ism o ca­

rritorio de Cáceres hasta que acosado, hubo de refugiarse en

m ino que sus antecesores b a jó hasta las riberas del Tajo. Era

la corte de su am igo A lfonso III. A llí se dedicó a in stigar al

su o b jetiv o apoderarse prim ero de M érida y de Badajoz des­

m onarca cristiano contra el Emir presentando el p ro yecto de

pués, y com o operación preparatoria una vez cruzada la d i­

una ex p ed ició n contra los m usulm anes con tan halagüeñas

visoria del Guadiana puso sitio al C astillo de A la n je 3. Lo

nos a la parte O ccid en tal de la Marca. Este príncipe, siendo

perspectivas, que el R ey astur, a pesar de ten er concertadas treguas con M oham ed I, en el año 880 se puso personam ente al frente de los ejércitos y siguien d o la V ía Lata b a jó has­ ta las sierras de la divisoria septentrional. Las traspuso por la parte del Puerto de Béjar,- pero allí se v ió detenido en su av an ce por los beréberes de la tribu de Nefza que, ahora fieles al Emir, estaban establecidos al Sur de la vertiente. Lu­ ch ó co n ellos v en cién d oles y saqueando sus cam pam entos después de lo cual, atravesando el T ajo por A lconetar, se d irigió a Mérida, alcanzand o el décim o m iliario de la V ía Rom ana antes de la ciudad, esto es, el Puerto de las H erre­ rías. A llí se d esvió a la izquierda, y después de cruzar el 1 Alb. (I/i.)

1 Esta es, es nuestro sentir, la interpretación correcta del paisaje del Jlbeldense (1/3) en el que se reseña la hazaña. No hay duda de que descen­ dió por la V ía Lata pues la m ención del X miliario ab Emerilam lo acredita,y en cuanto a la tribu de Nefza no podía estar establecida entre Trujillo y el Guadiana com o supone Barrau-Dihigo (Kecherches, pg. 193) pues bien.claro se nos dice que A lfonso III la dostrozó saqueando sus campam entos an­ tes de pasar el Tajo. El monte O xiferium no ha sido identificado. La opi, nión de Am ador de los Ríos (H istoria Crítica de la Literatura Española, IIpg. 146), de que fuera Sierra M orena no tiene ningún fundam ento. V id . aparte la versión de Barrau-Dihigo, Codera,- Los Benimerines... pg. 32,- Cotarelo, Alfonso III el M agno, Madrid (1933), 151 a 154,- Levi Provengal, Ob. cit. pg. 207 y Pérez de U rbel, Ob. cit., pg. 86. * Levi Provengal, O b. cit., pg. 280. * Esta fortaleza, de la que ya hem os hecho otras m enciones, fué con s­ truida por lo s árabes en los primeros avances, com o atalaya de toda la ri­ bera del Guadiana, pues desde ella se dom inaba por el Norte la entrada


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lom ó al asalto, lo que d ebió ser una verdadera azaña dada

ce un d om inio nada más que n om in al sobre esta parte de la

la situación de la fortaleza, y después de h acer una espanto­

C uenca del Tajo. C oria pervive lángu idam ente d ep end ien ­

sa d ego llina en la gu arn ición , com enzó a am enazar sim ul­

do de estos reyezuelos, y los m onarcas cristianos buscan por

táneam ente a M érida y Badajoz. Esta última plaza había q u e­

otras partes la exp an sión de sus dom inios sin intentar saltar

dado desde el levantam iento m uladí de que hablam os en el reinado anterior, en poder de la fam ilia de M arw an, con

transcurren 130 años hasta que A lfonso V I com prende la n e ­

una casi absoluta ind ep en d encia del g o b iern o de C órdoba,

cesidad de tapar este h u eco por el cual podría en cualquier

estando gobernad a por un nieto de Ibn al-C h illiq u í llam a­

m om ento realizarse una infiltración, fatal para la exp an sión

el foso v acío e inhospitalario de nuestra com arca. Y así

do 'A b d A llah b en Muhammad. El nieto no tenía, por lo v is­

de la Reconquista. Entonces cam bia el panoram a histórico y

to, los arrestos del abuelo y ante el primer ataque de los

nuestra tierra pasa a representar un papel preponderante en

cristianos se acobard ó en tal forma, que se apresuró a pactar

el desarrollo de los acontecim ientos, lo que prim ord ialm en ­

c o n O rd oñ o, quien se a v in o a retirarse m ediante un im por­

te se m anifiesta por la adquisición de un nom bre, com o h e ­

tante tributo en oro, plata y sedas1.

ch o sig n ificativ o de su cristalización en una personalidad

Y

ya no se sabe más de nuestra com arca hasta el reina­

con creta dentro de lo histórico.

do de A lfo n so V I. Es un in terreg no durante el cual h ay un absoluto silen cio en torno o todo el territorio com prendido entre las dos cordilleras, que quedó sin duda algu na y una vez más, despoblado, y sin que llam ase la aten ción a n in g u ­

3.°

Lusilania, Extremadura, Marca y Transierra

na de las fuerzas contend ientes. Se desm orona el C alifato de

La tierra entre am bas cordilleras que cruza el T ajo venía

al-A ndalus y el Im perio de los A rabes españoles queda

siendo considerada desde los tiem pos de la C onquista ro ­

fraccionad o en Taifas, una de las cuales, la de Badajoz, eje r­

mana, com o una parte de la Lusitania (Lusitania Inferior, la llam an los autores latinos). N o era tal en realidad, sino más

de la Marca, y una considerable extensión de terreno por el Sur. Los constructores le dieron el nom bre de Kalat al-Hanash (que después se cam ­ bió por al-Hansh) o «Castillo de la Culebra» lo que fué traducido en Castrum Colubri por los cronistas cristianos: Sil. (III/l), Tud. (X/2), Rodr. (XI/4). 1 La noticia de la expedición en el Silense, (III/l), de acuerdo con Ibn Jald u n ('Ibar. IV ., pg. 141). Del Silense la reprodujeron Lucas de Tuy (X/2) el A rzobispo Don Rodrigo (Xl/4) y la Cron. Gen. (XII/2). Vid. Codera, Los Benimerines... pgs. 54 y 55,- Levi Provenipal, Ob. cii., pg. 280. Pérez de U rbel, Jbid. pg. 112. Para precisar la cronología de O rdoño II, consúltese el trabajo de E. Saez, Sobre la cronología de Ordoño II de León, en «Cuadernos de Estudios G allegof» Fase. X X , año 1951. pgs. 356 y 365.

bien, com o va exp licad o, un punto de co n v erg en cia de d i­ versos pueblos, entre los cuales es cierto que u no de ellos era el Lusitano. Pero com o p erten ecien te a la Lusitania figu ­ ra ya en las division es de A ugusto (27 a. J. C.) y más tarde en las de D io clecian o (285, d. J. C.). Los V isig o d o s c o n ti­ nuaron consideránd ola dentro de la misma dem arcación au n q u e sin segura fijació n de lím ites, pues más que nunca este territorio fué en el tiem po de la d om inación bárbara una tierra de paso. Y así la hallam os nom brada en sus eró-


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nicas de las cuales el nom bre transcendió a las de los pri­

Duero o en su cuenca, se les den om in ó extrema Durii, n om ­

meros autores cristianos de la Edad M ed ia1, persistiendo

bre que pasó con v ertid o en Extremadura o Strematura a d esig­

hasta b ien cercan os los linderos del sig lo X I. Pero ya desde m ediados del siglo X el nom bre de Lusi-

nar toda la vertiente m eridional de este río, entre su m argen izquierda y las cordilleras del Sistema C entral (Guadarrama,

tania v en ía perdiend o v ig en cia, quizá por n o sign ificar una

Gredos y Gata) que form an la divisoria septentrional con el

unidad política real, o acaso, por ese mismo carácter, tan

T a jo 1. Por eso se decía y aun se dice «Soria pura, cabeza de

reiteradam ente subrayado por nosotros, de ser una tierra in ­

Extrem adura» porque al n acer el Duero en Soria, en cabeza­

term edia entre lo que a la sazón se llam aba Jíispan ia o Spania

ba la com arca fronteriza (extrema), que al ser reconquistada y

(tierra de moros) y los Campos (/óticos (tierra de Cristianos). El

sobre todo repoblada, tuvo su capitalidad más o m enos teó­

caso es que el nom bre Lusitania fué p oco a p oco desapare­

rica, en Soria primero, y después, sucesivam ente, en Sala­

cien d o, y es m uy posible que en los últim os d ecen ios de d i­

m anca y Segovia.

ch a centuria, no fuera ya otra cosa que un cultism o con ser­ vad o a través de la erudición de los cronistas.

Para los árabes y en este mismo tiem po, nuestra tierra era parte de la C larea La palabra marca, (en árabe thugur) te­

M uy pronto (no sin em bargo con m ucha anterioridad al

nía, com o ya lo hem os visto anteriorm ente, una acep ción

sig lo XI), hizo su aparición el nom bre Extremadura, co n un

parecida a la de los extrema latinos: era la tierra interm edia,

sign ificad o m uy distinto del actual, desde luego, pero que

de contacto, lo que va m uy de acuerdo co n las característi­

and and o el tiem po, y m erced a una exten sió n abusiva de su

cas geográficas e históricas que ven im os destacando. Esta

em pleo, habría de aplicarse a esta región . Extremadura n o fué

denom in ación procede de las crón icas árabes y fué con ser­

en sus orígen es una d en om in ación com arcal. Extrema, extre­

vada entre m oros hasta la reconquista de estos territorios,

mo, extremitas, son palabras en u n p rin cip io usadas para d esig­

desapareciendo

nar los lím ites, los confines, las fronteras, o, más am plia­

adquieren una cierta estabilidad.

m ente, los territorios, por regla gen eral despoblados, que es­

cuando las fronteras quedan definidas y

El nom bre con que los cristianos, a partir de la segunda

taban en con tacto con otros estados y, especialm ente, con los musulm anes: eo quod dum extremi fines prouincia... ab anticfuis per impulsionem sarracenorum in occidentali plaga deserti iaceren t; co n lo que b ien claro está que los extrema unas veces se fi­ jab an en un territorio y otras en otro, según los avances o retrocesos de la Reconquista. Cuando estos lím ites estuvieron en las m árgenes del *

A lb. (1/1, 2 y 3).

1 Así por lo menos desde los tiempos del O bispo Don Pelayo (11011120) donde encontram os, por lo que a las crónicas se refiere, la m ención más antigua de Extremadura. La etim ología viene acreditada y a desde el A lbedense (1/4) Opsa (¡uocjue bostis in extremis Castellar ueniens y más explíci­ tamente aun en la Chron. Ad. Similiter et omnis Extremitas <¡uae trans flumen Dorii habitatur. Interesante a este respecto es la nota de Florez en su ed. de la H istoria Compostelana (E S. t. X X , pg. 130) O/im Extrema et Extremitas ab extremis Durii partíbus ad ortum fluminis et ad oram Australem (cujus Secobia caput). 7^une Extremadura a Salamantica in Emeritam, et ultra fluvium Anam.


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m itad del sig lo X I co n o cía n esta parte de la C uenca del T a­

gráfica de «R eino de Extrem adura», com prensiva, p oco más

jo, y con el cual es designada en crón icas y docum entos, es

o m enos, de lo que h o y son las p rovincias de C áceres y Ba­

el de Transierra. Este in d ica ya una localización precisa, g e o ­

dajoz,- sin que ello refleje n in gu n a clase de uniform idad g eo ­

gráfica e históricam ente determ inada, ya que con tal d icta­

gráfica n i histórica, pues el T ajo nada tien e que ver con el

d o trátase de significar, o b v io es decirlo, el territorio que es­

Guadiana. C áceres es una tierra de dehesas y de pastores, Ba­

tá «del otro lado, de la otra parte, más allá o allen d e la sie­

dajoz de agricultores y de moriscos,- la cultura de Cáceres

rra». H ay que aclarar que en un p rin cip io este nom bre no

arraiga en lo septentrional, leonés, la de Badajoz en lo m e­

se aplicó a la totalidad de la C uenca, sino solam ente a la

ridional y es típicam ente andaluza,- las posibilidades de C á­

zona com prendida entre las cordilleras del Sistem a Central

ceres no son, desgraciadam ente, las mismas de Badajoz, y,

y el Tajo, pues éste form aba en los siglos X I y X II la fronte­

por últim o, históricam ente h ablando, el T ajo fué el ápice de

ra superior de la M arca, que se ex ten d ía desde él a la d iv i­

la conquista leonesa,- m ientras que el G uadiana representa

soria del Guadiana, pero a partir d el X II ya se co n o cía com o Transierra a la totalidad d el territorio.

el in icio del av an ce castellano. Esta es una realidad qu e a m uchos cuesta trab ajo reco n o ­

El dictado de Transierra aparece por primera vez en tiem ­

cer, y que otros tratan de desviar de su verdadero significado,

pos de A lfonso V I, y, tenuem ente, em pezó a confundirse

para derivar de ella rivalidades entre las dos provincias,- lo

c o n el de Extrem adura en la centuria siguien te (Cbronica Ade-

cual es una estupidez, que solam ente puede albergarse en

pbonsi Jmperatoris); pero fué solam ente a partir del segundo

m entes estrechas, de lim itados horizontes e incapaces de

tercio del sig lo X III, concretam ente en los tiem pos de A lfo n ­

com prender toda clase de convivencias,- pues h o y Cáceres y

so X , y más precisam ente aun en lo s d ocu m entos de la Mes-

Badajoz, sin ser herm anas, com o tópicam ente se dice con e x ­

ta, cuand o el nom bre de Extrem adura empieza a predom i­

ceso, y pese a su diversidad, tien en intereses com unes, y tie ­

nar, com o aplicad o a toda la C u en ca media del Tajo,- pues

nen, sobre todo, un hogar espiritual com ún: Guadalupe, que

para los pastores que trashum aban desde el N orte (tierras de

las une b a jo el sign o im perecedero de lo providencial.

Zamora y de León) a las com arcas lim ítrofes (Sur de Salam an­ ca y después Transierra) en busca de los pastos de in v ier­

El asalto a la com arca

no, «ir a la Extrem adura» se co n v irtió en lo cu ció n sinónim a de «trashumar» fueran las que fuesen las regiones m eridio­ nales hacia las que se d irigían c o n sus ganados.

rada en la Transierra, com o o b je tiv o de conquista y estabili­

A partir de en ton ces pues, el nom bre Extrem adura va

zación. Su pensam iento era certero: la ex p an sió n occid ental

desplazando progresivam ente a la verdadera denom in ación

im ponía la con qu ista de la lín ea del T ajo y el traslado a élla

histórica, que term inó por ser olvidada en el siglo X IV . En

del cen tro p o lítico de la M onarquía, p ró log o in elu d ible pa­

el X V ya tom a carta de naturaleza la exp resió n político-geo-*

ra el av ance h acia el Sur. Para ello n o bastaba co n apoderar­

A lfonso V I es el prim er m onarca cristiano que fija su m i­


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se de Toledo, sin o que adem ás se h acía preciso deshacer la

tre C oria y G alisteo, elev a u na atalaya, que p o n e b a jo la en

M arca O ccid en tal, salvar el foso del T ajo entre las dos sie­

com iend a de su m ayordom o Pelay V ellidiz. La dotó de fuer­

rras, rep oblarlo y op o n er un fuerte valladar por este lado a

te gu arn ición y en ella fué co n cen tran d o las fuerzas que

una posible reacción m usulm ana de los Banu Aftas y los Banu A bbas, los poderosos reyes de Badajoz y Sevilla.

destinaba al sitio y con qu ista de Coria. N o es p osib le que los m oros ign orasen estos m ov im ien ­

En la Transierra tan solam ente una p osición musulmana

tos,- pero la realidad es que nada. h icieron por im pedirlos, y

podía m erecer su aten ción . Esta era, com o lo hem os visto,

A lfo n so V I pudo dedicarse durante m uy cerca de dos años

Coria, situada a orillas d el A lag ón en una em inencia que d e­

a recorrer toda la parte septentrional de la Transierra aso lan ­

fendía el paso d el río, y desde la cual se dom inaban las lla­

do los cam pos, hasta que por fin, en el m es de septiem bre

nuras del Norte. C oria poseía casi intacta su cerca rom ana de

de 1077, se acerca a la ciudad y la toma, seguram ente sin que

robustos sillares, y u n alcazar o castillo que resistió in clu so

ésta presentara una sensible resisten cia1. Los musulmanes

al ím petu de A lm anzor en la feroz razia del añ o 997. Desde

perdían de este m odo su ú nica posición avanzada al Norte

la últim a ex p ed ició n de A lfonso III estaba en poder de m o­

de del Tajo, p osició n que d ebía ser para ellos de singular

ros y al ad venim iento de A lfonso V I se hallaba poblada por

im portancia, pues el R ey m oro de Badajoz, n o c e ja en la­

un pequ eño n ú cleo de mozárabes, v iv ien d o a duras penas

m entarse y ex citar al C alifa A lm orávide para que acuda a

b a jo la opresión de un destacam ento avanzado, dependiente de la taifa de Badajoz, en la que a la sazón reinaba Umar ben

raparar el desastre. Estas llam adas, ju ntam ente con las de los dem ás Reyes

M uham m ad al-M utaw akkil. Esta g u arn ición era en realidad

de Taifas (en especial de al-M u'tam id de Sevilla), d ecid ieron

com o un islote en la m itad de la M arca Septentrional, y no

al C alifa african o a v en ir a la Península para con ten er el ím ­

estaba en co n d icio n es de con ten er un ataque serio, teniendo

petu del m onarca cristiano, que tras la toma de Toledo, se

adem ás el p eligro de quedar aislad o en un m ovim ien to e n ­

hacía llam ar «el Emperador de las dos religion es y de todas

v o lv e n te de táctica elem ental, pero su m isión n o parecía ser

las Españas» h acien d o tributarios o vasallos a todos los re ­

la resistencia, sino más b ien la ob serv ació n de los m ov im ien ­

yes m usulm anes y hum illándolos co n una con tin u a in te r­

tos de las fuerzas cristianas que se con cen traban en la E x tre­ madura Leonesa.

v en ció n en sus cuestiones internas. Y usuf ben Tashufin al añ o siguiente de la tom a de T o ­

H acia el final del año 1074 A lfonso V I decide entrar en

ledo (1086) desem barcó en A lgeciras, lle g ó a Sev illa don d e

acción : aband ona la Extrem adura, pasa la Sierra de Gata por

se u n ió a los reyes de G ranada y Sevilla y ju n to s se en ­

el puerto del A cebo, y explora toda la vertien te sep tentrio­

cam inaron hacia Badajoz, que era la plaza más amenazada

nal del T ajo en operaciones de tanteo, que repitió varias v e ­ ces al añ o siguiente. En una de éstas clava su prim er balu ar­ te detrás de las m ontañas. En las m árgenes d el A lag ón , e n ­

1 Conim. (XIV/1); Lus. (XV/2) V id . Prieto Vives, Los R eyes de T aifas, M adrid (1926), pg. 68.


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— 96 — por los cristianos desde la conquista de Coria. A lfo n so VI, que tenía repartidos iodos sus ejércitos por la Extremadura Leonesa, ab an d o n ó el sitio de Zaragoza y dió las oportunas órdenes para que se con cen traran en Coria, a donde acu d ie­ ron tam bién los aragoneses enviad os por San ch o Ramírez, las huestes de A lvar Hañez y hasta algu n os caballeros fran­ ceses e italianos. C asi al m ism o tiem po salieron los alm orávides y sus alia­ dos de Badajoz, y de Coria los cristianos, en con tránd ose am bos en la vertien te m eridional de las sierras, ju n to al río Zapatón y cerca del actual C astillo de A zagala, donde se dió la batalla de Zalaca o Sacralia, fatal para los cristianos, pues fueron totalm ente derrotados y D on A lfonso herido en

añ o 1110, y a en el reinado de D oña Urraca, en el cual los a l­ m orávides la cercan con un poderoso ejército, m agn ífica­ m ente pertrechado co n m áquinas de guerra, al que C oria re­ sistió co n heroísm o, hasta que la traición «de u nos malos hom bres que se d ecían cristian os y n o lo eran »1 la en tregó a las hordas africanas. El C alifa A lí b en Y usuf fortificó la p osició n nuevam ente para asegurarse el d om inio de la Transierra, siguió lu ego para el Este ocupand o la A talaya de Pelay V ellid iz2, y ya en la parte castellana, se adueñó de una fortaleza llam ada A lbalat (no el A lb alal de M onlánchez) con tin u an d o su triunfal carrera hasta som eter toda la Extrem adura Leonesa, uscfue ad flumen Dorium.

una pierna h u b o de retirarse a C oria con 500 caballeros, c a ­ si todos ellos tan m alparados com o él. C uentan las cró n i­ cas1 que en esta retirada, A lfonso VI, atorm entado por su herida, que le ocasion aba fortísim os dolores y una con tin ua pérdida de sangre, sentía una sed insufrible. En todo el tra­ y ecto n o encontraron agua con que calm arla, por lo que en vez de agua le daban v in o con lo cual le so b rev in o un gravísim o desm ayo, que puso su vida en peligro. Y así, tras un p enoso cam inar de cuatro días a través de sierras agrestes y llanuras desoladas, lleg ó el infortunado m onarca co n su derrotada hueste a refugiarse tras los muros de C o­ ria2. Esta aun se m antuvo en poder de los cristianos hasta el

5 o Los Almohades y Ia segunda fundación de Cáceres. N o fué m uy duradera la d om inación de los A lm orávides. C om o es sabido, unas tribus salvajes que habitaban en el A lias M arroquí, fanatizadas por A b u A llah b en Turmat, que pretendía pasar por el M ahdí an un ciad o por el Profeta, se lanzaron a la depuración del Islam a filo de espada. Estos fueron lo s A lm ohades. En (1121 co n sig u en en A frica los pri­ m eros triunfos acom etiend o a los A lm orávides, q u ien es tie­ n en que ech ar m ano a sus fuerzas de España y pasar co n tin ­ gen tes a M arruecos para tratar de reprim ir el levantam iento de estos fanáticos. C ed ió por esta causa la presión que eje r­ cían lo s A lm orávides sobre sus conquistas peninsulares, y

1

Lus. (XV/3).

a Una preciosa y circunstanciada descripción de la Batalla de Zalaca, puede leerse en R. M enéndez Pidal, La España del Cid, Buenos A ires (1939) pgs. 234-239.

1 Chron. A deph. (V/l). a P. Hurtado Castillos, pg. 55.


— 98 — las íaifas españolas son las primeras en aprovechar esía o ca­ sión para alzarse contra sus opresores, a lo que siguió, com o es natural, un recrudecim iento de las ofensivas cristianas. R ei­ na ya en el O ccid en te C ristiano el Em perador A lfonso V II quien vé prop icio el m om ento para recuperar la Transierra, y en el añ o 1142, liberta nuevam ente a Coria, que ya, de un m odo d efinitivo, queda en poder de los cristian os1. D os añ os más tarde, y com pletam ente dom inada el A fri­ ca, el C alifa alm ohade A bu al-M um in pasa el Estrecho, y, tras som eter a la m ayor parte de las taifas, se apodera de Ba­ dajoz (1148). En esta misma cam paña, y com prend ien d o que el obstáculo más efectiv o a la ex p an sió n de su Im perio por España radicaba en el Norte, trata de establecer avanzadas

— 99 dilleras y atalayando los pasos, y com o puesto destacado al Norte, elig e el em plazam iento de la aband onad a C olo n ia N orbense. Rehizo sobre la base rom ana sus arruinadas d e­ fensas y dió al n u evo reducto el nom bre de H isn Qáeriü, exp resió n que quiere decir «el Alcázar, el C astillo, la C iu­ dad fortificada»1. A sí renace Cáceres com o p ob lación ante la Historia,- es decir, co n la categoría de un puesto militar, de un reducto de inlerés estratégico ex cep cio n al. Y ello en tal m edida, que durante más de och en ta añ os v in o a con stitu ir el ob jetiv o , si n o principal, a lo m enos más inm ediato, de la R econqu ista por la parle leonesa, com o alg o previam ente indispensable

h acia el T a jo que asegurasen el tránsito de sus tropas por los puertos de la Sierra, y que al par v ig ilasen las posibles incursiones cristianas por el O ccid en te. Fortifica en ton ces Santa Cruz, T ru jillo y M ontánchez, en los bordes de las cor-

1 Dos tentativas hizo el Emperador para recuperar esta plaza, una en 1138, que fracasó y otra la de 1142, a que nos referimos. Las circunstancias de am bos hechos de armas, en cu y o relato no podemos detenernos, están m inuciosamente detalladas en la Chr. A deph (V/3, 4 y 5) en los A. T. I. (VIII/3) y recogidas en la Gr. G. (XII/5) cuyos textos reproducimos en nuestro Repertorio de fuentes. Referente a estas campañas del Emperador no han faltado historiado­ res que registren una conquista de Cáceres a raíz de la de Coria, pero ésto no consta en ninguna fuente. Don Publio Hurtado (fa m ilia s, pg. 20 y Cas­ tillos, pg. 70) consigna la noticia,- pero lo hace con m uy escaso convenci­ miento,- tanto que, en otro lugar de la primera de estas publicaciones (pg. 89) al tratar de las visitas reales a Cáceres y consignar la del Empera­ dor en el año 1142, com o consecuencia de la pretendida reconquista, aña­ de al final esta apostilla: «Hecho de armas no m uy inconcu so y esclareci­ do». Para nosotros es evidente que no existió tal conquista, entre otras razones porque Cáceres no existía com o población en aquella fecha.

1 Sobre el nom bre dado a Cáceres por los musulmanes, pueden con­ sultarse las siguientes fuentes: 1 ° Qeografia del Edrisi, terminada en el año 1154, de la que h a y una ed. francesa de R. Dozi y M. de G oege, titulada Descriptión de 1‘Africjue et de l’Espagne par Edrisi, Leiden 1866. Las m enciones a Cáceres están en esta ed. a la pg. 187, del texto árabe y 227 de la trad. francesa. H ay ed. española corregida y ampliada de la anterior, por E. Saavedra con él título de La Qeografia del Edrisi, Madrid (1881) pudiendo consultarse tam bién A. Blázquez, Descripción de España... M adrid (1901).— 2 ° A bd al-M alik ben Sahibe Apala, historiador árabe del siglo X II, del que se tienen m uy pocas noticias. Escribió una J-listoria de los Almohades de la que se conserva sólo la segunda parte, com prensiva del período 11591184).—3.° Pedro de A lcalá, Arte para lijeramente saber la lengua aráviga, en­ mendada y añadida y segundamente imprimida, Salam anca, 1905. De bibliografia moderna, el primero en tratar esta cuestión fué H übner en su trabajo ya citado Cáceres en tiempos de los Romanos, y posterior, mente M enéndez Pidal en Orígenes, (pg. 195),- Steiger, Contribución a la fo n é ­ tica del bispano-árabe y de los arabism os en el Jbero-románico y el Siciliano, (pá­ gina 251),- Torres Balbas, Cáceres y su cerca almohade, en «Al A ndalus, t. X III, página 446, 492,- Piel, M iscelánea de Toponimia peninsular, en «Revista Portu­ guesa de Filología» vol. IV (1951) pg. 212. Todos estos trabajos fueron re­ cogidos y com entados por nosotros en el titulado Cáceres. Los problemas de su Reconquista y de su nombre. O vied o, 1956, pgs. 41-46.


— 101 — para la ex p an sió n crisíiana por el Sur. Poseer C áceres com o

traba el lien zo de m uralla entre las dos torres albarranas an ­

avanzada hacia el Tajo, en el centro del espigón serrálico

gulares llam adas la R edonda (impropiam ente, pues es o cto ­

que se alza com o un in g en te parapeto entre las Sierras y el

gonal) y la tam bién o cto g o n a l con ocid a por la D esm ochada

Ribero, era para el m usulm án com o una lanza am enazando

(vulgarm ente Torrem ochada). De d icha puerta árabe, no

la Transierra. R econqu istar Cáceres, que salvaguardaba el

queda absolutam ente nada. D ebía avanzar una v ein ten a de

T ajo y am enazaba el Guadiana, era para el cristiano atalayar

m etros co n d irección a la actual Plaza de Santa Clara, a p ar­

los puertos y ten er en su pod er las llaves de la divisoria.

tir del com ienzo de la C alle A ncha, pues en una de las fa­

A bu M uham m ad A b d al-M um in al fortificar Cáceres, no

chadas de la acera de la derecha aun pueden verse los silla-

sólo hacía ren acer después de n o v ecien to s añ os de ab an d o­

rones del an tigu o basam ento rom ano sobre el cual la puerta

no, de ruina y de olv id o la v ieja Ciudad, sino que la ponía

se reedificó1.

en co n d icio n es de cum plir una verdadera m isión histórica.

D el lienzo de cortin a subsiste en esta parle un Iramo m agníficam ente con servad o, que se vé por su parte interior,

La cerca, fortaleza o recin to fortificado que con stru ye al-

en la Plazuela de los Pereros, y que se con tin ú a cerrando los

M umin, n o h u b o de presentar n in gú n problem a previo de

corrales, hasta enfrentar co n el espigón que lo unía a la T o ­

replanleam iento y cim en tación . La base estaba allí, trazada y

rre D esm ochada.

resuelta, desde que los em éritos de las leg io n es de César la

Esta es un b loq u e m acizo, es decir, sin acceso interior, de

trazaron con arreglo a rito, y m arcaron su con torn o. Este c i­

planta octog on al, toda ella d e robusto tapial, que enlazaba

ñe un terreno quebrado, cuy a cola más alta es una meseta

con la cerca por el aludido cuerpo saliente, del que resta

com prensiva de lo que llam am os el A lio de San M aleo, y

una escasa p orción en su arranque Su situación, adarvando

que mide una altilud de 458 m etros1. Las murallas dibujan

el rápido d ecliv e hacia la Ribera, y su robustez, debían h a­

un cuadrado sensiblem ente rectangular2, co n orientación

cer de esta torre un reducto casi in exp u g n ab le. A partir de

N ordeste-Suroeste. Su acceso principal en tiem pos de los

ella se in icia el costado oriental de la cerca, que en su pri­

árabes d ebió ser la desaparecida Puerta de M érida, que c e n ­

mer tram o ha desaparecido por com pleto, pudiendo verse tan sólo restos de las dos torres, la C oraja y la Burraca, que, com o la D esm ochada, dom inan el v alle de la Ribera.

1 Poseemos acerca de la muralla de Cáceres un m agnífico trabajo del arquitecto Sr. Torres Balbas, que es el que acabam os de citar en la nota anterior, sobre ca y o s datos construim os nuestra descripción, com pletán­ dola con algunas inform aciones de carácter puramente local. * Su eje m ayor, que uniría las puertas desaparecidas de M érida y C o­ ria (hoy del Socorro) mide una longitud total de 385 metros y el transver­ sal, desde la puerta romana desaparecida entre las torres del H orno y de la Y erba y el A rco del Cristo, mide 187 metros.

El resto más im portante del muro oriental es, sin duda alguna, la llam ada Torre de los Pozos o del G itano, que 1 Todas las puertas estuvieron dedicadas a alguna devoción a partir del siglo X V III. Esta lo estuvo a Jesús Nazareno y en la esquina de la ca­ lle de los Pereros, aun se conserva la pequeña im agen dentro de una hor­ nacina.


-

102 —

— 103 —

avanza de la cortin a m ontand o sobre la roca viva,- que en

da, com o la torre, en la residencia de las Siervas de María,

aquella parte forma recio escarpe sobre el valle. Es una sóli­

y a con tin u ación se abría la m encionad a puerta, que, por h a­

da con stru cción rectangular, de unos 25 a 30 m etros de fren­

ber ten id o h orn acin a co n la im agen de la V irg en del So co­

te, por más de 20 de profundidad, con stitu yen d o una am plia

rro fué con ocid a con este nom bre. El suyo h istórico fué el

plataform a macizada y alm enada, en una de cuyas esquinas

de Porta Cauriense o puerta de C oria1. La flan queaban dos to ­

se alza la torre. El rectán gu lo forma así una gran terraza des­

rres albarranas, una a la derech a unida al muro por edifica­

de la que se dom ina, no solam ente el valle, com o se ha d i­

ciones , y otra a la izquierda, que enlazaba co n la muralla

cho, sino que adem ás se adarvan todas las m ontañas del

m ediante un arco (el A rco del Rey), y después de éste iba el

frente y las llanuras, al Norte, hasta el R ibero y al Sur has­

muro a buscar su án gu lo N oroeste, donde d ebió haber otra

ta las Sierras. La torre, de sólidos muros macizos, consta

torre, h oy desaparecida, así com o tam bién el muro o c ci­

de aposento para la guardia, cubierto por bóveda vaida

dental en su prim er tramo, hasta la torre de Bujaco.

y plataform a alm enada. Este reducto estaba en com u n ica­

Aparte la falta de este prim er tramo, este muro o cc id e n ­

ció n directa co n el Alcazar, del cual form aba parte, v i­

tal es el más com pleto de toda la cerca. En su lín ea desde la

n ien d o a ser a la m anera de alcazaba para su defensa. M uy

torre de Bu jaco hasta la llam ada Torre Redonda, se suceden

d eteriodado a causa del enlucido, de obras posteriores y por

siete cu bos que, aunque deteriorados o alterados por adita­

el desm oche de las alm enas de la torre, aun con serva mu­

m entos inoportunos, dan una idea com pleta de toda la es­

ch o de su prim itiva grandeza.

tructura. La primera es la ya citada torre de Bujaco, que dá

La línea de la muralla, m uy arruinada en una gran parte,

sobre la Plaza M ayor. Es de m am postería co n esquinazos de

y en otra, no m enor, oculta por con stru ccion es posteriores,

sillares, m atacanes en los costados y alm enar de m erlones

con tin u a siguien d o la misma d irección N orte hasta el A rco

rematados en pirámide, que h o y están interrum pidos al c e n ­

d el C risto1, el cual se defiende a la derecha por otra torre al-

tro de su frente por el tem plete que co b ija la estatua de la

barrana que lleva este mismo nom bre, y, a co n tin ació n vá

diosa Ceres. Su nom bre procede, no con m ucho fundam ento,

íntegra y rectilínea hasta el án g u lo Nordeste, en cu y o v érti­

com o verem os, del Califa alm ohade A bu Y a 'q u b Yusuf, y

ce se ven los restos de una pequeña torre redonda.

era albarrana para la defensa de la puerta que existía donde

El lienzo Norte, entre la citada torre redonda y la puerta

se con stru yó en el siglo X V la llam ada Puerta N ueva, y que

de Coria, derribada en 1876, solo se interrum pe por la Torre

en el X V III fué substituida por actual A rco de la Estrella,-

del A ire, en lo que fué plazuela de este nom bre, h o y inclui1 El A rco del Cristo es una de las puertas romanas A provechando parte de su estructura se edificó sobre ella una vivienda en el siglo X V III, y por la parle interior se abrió una hornacina, en la que, al co mienzo del X I X se colocó un lienzo con la im agen del Crucificado.

1 La puerta de Coria se derribó, com o decimos en el texto, en el año 1874. Así lo hizo constar el albañil que hizo dem olición, en un rústico le­ trero esgrafiado en el muro de la izquierda conform e se inicia la cuesta, revelando con ésto más sentido histórico que el que ordenara la de­ m olición.


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104 -

d ed icad o a la v irg en de esta ad v ocación . A la derecha del A rco avanza en la muralla la íorre llam ada de los Púlpiios, conslruida tam bién en el X V com o com plem en to de la Puerta N ueva, y la que se dá tal nom bre a causa de las g a­ ritas circulares que tien e en sus ángulos. Siguen a ésta las dos nom bradas del H orno y de Y erba. El muro de cortina que las unía fué bárbaram ente destrozado para la con stru cción del M ercado actual. La muralla, a partir de este tramo, tom a d irección ascen d en te y en la culm ina­ ció n de la em pinada cuesta, se abre la Puerta de Santa Ana, que d ebió ser postigo en la prim itiva cerca, pues toda esa parte con serva ese nom bre. A l interior, y com o ya lo hem os visto en las demas puertas, se perfila en h orn acin a sobre el arco, y en ella un cuadro representando a Santa A na co n la v ir­ gen, en una m enos que m ediana pintura m oderna. A la d erecha de esta puerta avanza una torre que se une a la muralla por otro arco, form ando este co n ju n to de edi­ ficacion es un pintoresco rin cón , que es lástim a h aya perdi­ do m ucho de su prim itivo carácter por edificacion es poste­ riores. Es curioso ver el sistem a de bóvedas de ladrillo que sirven para enlazar la torre al muro de cortin a en este lugar, de una técn ica que ha persistido desde la ép oca alm ohade hasta nuestras con stru ccion es de tipo popular. A con tin u ación se conserva la Torre Baja del Postigo, de tipo an álog o a las del H orno y de la Yerba,- y por últim o v o lv ien d o al punto de partida, y en el án g u lo Suroccidental, está la Torre Redonda, asentada sobre base cuadrada de con stru cción rom ana, y con su alm enaje com pleto, formado por un m erlón al centro de cada cara y otro por cada án g u ­ lo. A l interior tiene una estancia con pilares centrales que la

FERN A N D O II PELE A N D O .-T u m b o A de Santiago.


— 105 — dividen en seis tramos, cubiertos con una curiosa com b in a­ ció n de bóv ed as de cañ ón y vaidas. La fábrica de íoda la cerca es en su m ayor parle de íapia de argamasa, cuyas robustas tongadas se alin ean com o si fue­ ran sillares, m arcándose el despiezo por los m echinales que dejaron los travesaños de las hormas. O tros tramos son de mampostería, con esquinazos de sillares, según lo hem os v is­ to, lo que hace sospechar que se trate en m uchos casos de obra critiana. Esto en el A darve del Cristo, nos parece ev i­ dente. Tal fué el recinto con que el Califa alm ohade A bu Muhammad A bd al-M um in fortificó los A ltos de Cáceres. No fué en su principio sino un inm en so cercad o se sesenta y o ch o mil metros cuadrados de superficie, capaz para con ten er un ejército de m uchos m illares de hom bres, lo que sign ificaba una base de operaciones cuya im portancia b ien supieron ponderar tanto los cristianos com o los m oros, en los 81 años que siguieron a su edificación.

6.°

Fernando II Rey de León

En 21 de agosto de 1157 muere en el Puerto de M uradal el Emperador A lfonso V II. N o d ejab a tras sí una p acífica h eren ­ cia, pues dividido el Im perio entre sus dos h ijo s (dando a San­ ch o III C astilla y a Fernando II León), sin una clara delim ita­ ción de sus respectivos dom inios ni de sus zonas de e x p a n ­ sión, era m uy de tem er que surgiera entre am bos herm anos la contienda. Y a en vida del padre, Sancho el prim ogénito, d e­ b ió haber dado muestras de disconform idad, pues Fernando, apenas exp iró el Emperador, acudió precipitadam ente a p o ­ sesionarse de los estados que se le h abían asignado en la


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— —

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herencia p alern a1. Eran éstos los antigu os reinos de G alicia

su inm ediata relación co n la conquista de C áceres. Estas te­

y de León. Por el N orte lin d aban con el mar, desde la des­

nían dos nú cleos de p o b lació n que, en cierto m odo, osten ­

em bocadura del D eva a la del M iño, al O este, lim itaban

taban el ran go de capitalidades, y eran, respectivam ente, las

co n el nuevo estado portugués, desde el citado M iño a la

dos ciudades episcopales de Salam anca y C oria

En torn o a

M iranda, d escend ien d o la frontera hasta Coria. La corriente

la primera había un núm ero, si no denso, a lo m enos num e­

del T ajo los separaba al Sur del Im perio A lm ohade y la fron­

roso de aldeas relativam ente pobladas, tales com o Ciudad

tera oriental estaba m arcada por una línea, lím ite con C asti­

R odrigo, Ledesma, M iranda, M o n león y algu n as más en la

lla, que partiend o de A lco n etar subía por G alisteo y Granada

región del Coa, h o y p erten ecien tes a Portugal. En cam bio en

(hoy Granadilla) hasta M ontem ayor, y ya, por encim a de las

la Transierra solam ente C oria estaba poblada, h ab ien d o otras

sierras, desde Salvatierra del Tormes, se dirigía al N orte por

localidades tales com o Salvaleón, A talaya de Pelay V ellid iz,

el Duero en C astronuño al río V alderaduey, d ejan d o a la derecha Sahagún y ascen d ien d o por Alm anza a Siero, pa­ ra cerrar el circu ito en la desem bocadura del Deva. En la parte m eridional de este reino se distinguían dos regiones, claram ente separadas entre sí por la divisoria de la sierra. La más Septentrional, entre el Duero y la Sierra de Gata, era d enom inada la Extrem adura Leonesa, y entre esta sierra y el Tajo, se exten d ía la Transierra, tam bién Leonesa, que se p ro lon g ab a al Sur de este río por tierras que form a­ ban la M arca hasta la divisoria co n el Guadiana. O tra E x ­ tremadura y otra Transierra h abía por la parte de Castilla, pues la frontera establecida por el Emperador, había escin ­ dido en dos, verticalm ente, am bas region es naturales. Extrem adura y Transierra de la parte leonesa, son por lo tanto los dos territorios que peculiarm ente nos interesan por 1 Guía insubstituible para el estudio de este período, es la obra de D. Ju lio González, Jlet)esta de Tem ando II, Madrid, 1943, que apoyándose en los documentos y con una cuidadosa-utilización de las fuentes narra tivas, permite seguir paso a paso todos los hechos de este monarca siendo peculiarmente útil para cuanto se relaciona con el avance leones por la Transierra y con las conquistas de Cáceres y su territorio.

Granada y A lconetar, que n o eran p ob lacion es, sino puestos m ilitares, ocupados alternativam ente por m oros o por cristia­ nos y, frecuentem ente, abandonados. T odo este territorio con sus dos region es, a pesar de su d esp oblam ien to y de las vicisitudes de los tiem pos, n o esta­ ba nada escaso en vías de com u nición . La an tigu a V ía Lata, ahora co n el nom bre de La G uinea cruzaba la tierra de m o­ ros desde M érida hasta A lconetar, pasando por C áceres. A partir de A lconetar m arcaba la frontera co n C astilla hasta el Puerto de Bejar y luego, por la izquierda del Torm es, subía a Salam anca, para alcanzar el Duero en Zamora. De Salam an­ ca arrancaba co n d irección O este la vía C olim briana, que por Ciu<l»dad Rodrigo y el Pereiro seguía hasta C oim bra, y desde A lco n etar a

Ciudad Rodrigo, pasando

por Coria

corría la Dalm acia, vía que por ser interior, habría de co n v er­ tirse por este tiem po en la arteria principal para la co m u n i­ cación de la Transierra co n la Extrem adura Leonesa. A un h u b o dos ramales secundarios, que tam bién ju g aron im por­ tante papel en la reconqu ista de esta reg ión , com o so n el que unía C oria con A lcaniara, siguiendo la m argen derecha


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— 108 — d el A lag ón , y que pasaba por C eclav in , y el de Salam anca a Zamora, pasando por Ledesma. Fernand o II orienla la p olítica leonesa en los primeros años de su reinado, en el sentid o de procurar una paz, lo más sólida y estable que fuera posible, con los estados cris­ tianos sus v ecin o s A estos efectos, celebró una serie de en ­ trevistas con su suegro el R ey de Portugal A lfonso H enriques, para tratar de contener, de una parte, sus pretensiones sobre los territorios fronterizos de G alicia, y de otra sus as­ p iraciones de ex p an sió n m erid ional a costa de los territorios m usulmanes, que por la geografía y con arreglo a las dispo­ siciones del Emperador, habrían de ser, al conquistarse, in ­ corporados a la corona leonesa. Sim ultáneam ente

busca un acuerdo con su herm ano

Sancho de Castilla, y reunidos am bos soberanos en Sahagún,el día 23 de m ayo de 1158, su bscriben un pacto que ratifica el reparto h ech o por el Emperador, y se precisan los lím ites de los reinos. Aparte ésto, y aunque ello era p oco com pati­ b le co n las actividades diplom áticas que Fernando II ven ía desarrollando cerca de su suegro A lfonso H ernriques, am bos soberanos se com prom eten a n o tratar pactos de amistad co n Portugal, y en cuanto a la España M usulm ana fijaron el área de ex p an sió n que habría de corresponder a cada estado en la conquista. A F ernand o se le asign aban todos los territorios com prendidos entre N iebla y Lisboa, especifi­ cánd ose los de M ontánchez, M érida, Badajoz, Evora, M ertola y Silves, más la m itad de Sevilla y todos los castillos com ­ prendidos entre ésta y N iebla. A C astilla se le adju dicaba lo restante, especialm ente las com arcas que se extien d en entre el G uadalquivir y G rananda1. 1 J. González, Jlegista, pág 241 y de ahí Huici, H istoria Almobade.

Tod o ello habrá de repercutir m uy claram ente y en una forma decisiva, en los sucesos porteriores en los que C á­ ceres habrá de representar un principal papel. El pacto de Sahagún abre por con sig u ien te el período más interesante para la H istoria de Cáceres, cual es el de su Reconquista.


SEGUNDA PARTE

LA RECONQUISTA


CICLO DE FERNANDO II 1.°

La expansión leonesa

La fronlera con los m usulm anes al firmarse en 1158 el pacto de Sahagún, estaba en el Tajo, entre la desem bocadu­ ra del A lag ó n por el O este y la del A lm o n le por el Este. A l Sur del T ajo hasta las Sierras, no había ni una sola p o b la­ ción, ni m usulm ana ni cristiana, sino solam ente los puestos m ilitares alm ohades de Santa Cruz, M o n lán ch ez y Cáceres (Trujillo caía en la parte de Castilla) más la fortaleza de A l­ cántara recién construida por los invasores, ju ntam en te con las de V a le n cia y A lburquerque. A los tres meses de firmarse el pacto de Sahagún, murió el R ey San ch o III de Castilla, d ejan d o com o heredero del tron o a un n iñ o de corta edad: el que an d and o el tiem po habrá de ser el fam oso A lfonso VIII. Fernand o se d esen tien ­ de, a lo m enos en una forma aparente, de los n eg o cio s de Castilla, dedicándose a con solid ar la paz co n Portugal, con olvid o de su recien te com prom iso, a la g o b ern ació n interior de su reino y a repoblar en él las com arcas que estaban y er­ mas y abandonadas. De éstas requirió pecu liar aten ción po su parte la de Ciudad R odrigo, que ya había sido poblad


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principios del siglo, pero que, a causa de los recelo s de los

allá por el añ o 1164 hizo su aparición por aquellas latitudes

señores de Salam anca, n o había con seg u id o prosperar. Era

un extrañ o personaje, que produjo una perturbación tan

Ciudad R od rigo un lugar interesante para los proyectos fu­

profunda en la v ertien te m eridional del T ajo y N orte del

turos del R ey leonés, pues en esta p ob lación enlazaban, c o ­

Guadiana, que h ubo de reclam ar la a ten ció n del m onarca

mo lo hem os visto, la v ía C olim briana con la D alm acia(

leonés. Este fué el aventurero portugués G eraldo Sem pavor1.

siendo por con sig u ien te un cam in o estratégico, tanto para alcanzar la lín ea del T ajo y la frontera m usulm ana a través

2.°

Geraldo Sempavor

de la Transierra, cuanto para el traslado de fuerzas hacia Por­ tugal, si ello se hacía n ecesario. H aciendo pues caso om iso

G eraldo era hom bre de fantásticas y arriesgadas an d an ­

de las reclam acion es de Salam anca, en el añ o 1161 rep obló y

zas. V iv ir el peligro era su forma natural de vivir, y lo bus­

dió fueros a esta Ciudad y a la de Ledesma, y en ese m ism o

caba incansablem ente, com o una necesidad b iológ ica, in h e­

añ o y al Sur de las Sierras, rep obló asim ism o a Granada, d o n ­

rente a su propia naturaleza. Esta clase de caracteres d esco­

de hubo una antigu a fortaleza musulmana que había sido

n ocen el m iedo (sirte pavore) o, quizá en sentirlo y en v e n ­

ocupada por los leoneses en una de sus primeras in cu rsio­

cerlo en cu entran cierta m orbosa voluptuosidad. D ebió sin

nes por la Transierra1. Poco tiem po después, en 1163, c o n c e ­

duda tener m uy turbios com ienzos, al m argen de toda ley o

dió el señorío de C oria a la Iglesia C om postelana. El Rey, por aquellas fechas, parecía com pletam ente des­

contra ella,- hasta que im posibilitado para desarrollar dentro

preocupado de la frontera m eridional. H abía firm ado paces

1 La figura histórica de este personaje está m uy docum entada por fuentes, tanto cristianas com o árabes, fehacientes, contand o en la actu ali­ dad con una bibliografía bastante copiosa. A unque m uy escuetas, dan noticias de Geraldo Sempavor y de sus hazañas: el Cron. Lus. (XV/4),- el Lamec. (XVII/1), el Conim. (XIV/3) y la C. L. R. C. (XVIII/1) Entre las fuen­ tes árabes, la que nos proporciona más copiosos datos sobre este aventu­ rero es la H istoria de los Almohades de Ibn Sahibe Agala, hallándose tam­ bién noticias com plementarias en el Al-Bayan de Ibn ’ldari (Ed. Huici. 1 .1, pg. 9, 10). A cerca de la muerte de Geraldo se han recogido datos im portan­ tes por Levi Provengal en sus Documents inedits d’ bistoire almohade, pgs. 127 del texto y 216 de la trad. En lo que se refiere a Bibliografía, cabe citar: H erculano, H istoria de Portugal; t. II, pg. 81, 82; Fortunato de Alm eida, H istoria de Portugal; Davis Lopes, Os árabes tías obras de Herculano, 1911,- el mismo, O Cid Portugués: Qeraldo Sempavor, en R. P. H. t. 1, (1941) pgs. 92, ss.,y entre nosotros, véase J González, Petjesta, pg. 79,- Floriano, Quía, pg. 55; O rti Belm onte, Cas Conquistas, Badajoz 1947,- V elo N ieto, La Orden de los Caballeros de CMonfratjüe, Madrid, 1951, y m uy recitenem ente, Huici, H iste­ ria Política del Jmperio Almohade, 1, pgs. 232, 233, 236-238.

con el C alifa A bu M uham m ad A bd al-M u'm in y al morir éste, precisam ente en 1163, dichas paces fueron ratificadas por su h ijo y sucesor Abu Y a 'q u b Yusuf. Su ú nica in q u ie­ tud procedía del O este, pues su suegro A lfonso H enriques n o cejab a en sus propósitos de exp an sión a costa de los te­ rritorios leoneses, e incluso, contrariado por la rep oblación de Ciudad R odrigo, había traspasado la frontera ocupando, si b ien transitoriam ente, Salam anca. El portugués, por otra parte, no ocu ltaba los proyectos que acariciaba de apode­ rarse de Badajoz. La frontera m eridional, estaba pues en calma, cuando *

Tud (X/4).


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de una vida norm al sus in stintos antisociales, bu scó cam po

pero, por regla general, las ab an d o n ab a después del d es­ p o jo 1. ^

donde pudiera darles salida co n com pleta im punidad y, has­ ta, en cierto sentido, d ig n ificán d olos. D ecidió pues, hacer la

De este m odo G eraldo en el 14 de m ayo 1194, se apoderó

guerra a los m oros por su cuenta,- y ju n tan d o una amplia

de Trujillo,- y en septiem bre d el m ismo año, asaltaba Evora2.

partida, reclutada entre ladrones y toda suerte de m aleantes

En septiem bre de 1166 sorpiendía Cáceres, y en marzo de

(latronibus socii eius) se lanzó sobre el cam po musulm án dis­

1167, se hacía dueño de M onlánch ez y Serpa, tom ando des­

puesto a v iv ir de la aventura.

pués Santa Cruz, Urum eña y acaso Beja.

E scogió com o principal teatro de sus hazañas la tierra de Cáceres, tierra de fronteras, donde los m oros tenían, com o

A Fernando II n o parece que le in qu ietaron m ucho las

hem os visto, tan sólo unas cuantas atalayas desperdigadas

primeras correrías de G eraldo Sam pavor por su área de

para v ig ilar la línea del Tajo, y em pezó a operar sobre ellas.

exp an sión al Sur del Tajo. A l fin y al cabo, n o era otra c o ­

Los cronistas, especialm ente los árabes, nos d escriben m inu­

sa sino un franco tirador, un aventurero libre y fuera de la

ciosam ente su m anera de proceder. O cu lto G eraldo con su

ley, que batía a su propio enem igo, y que, cualquiera que

partida durante el día, b ien en las Sierras o ya en el Ribero,

fuese su fortuna, ésta, a la larga, n o podía repercutir sin o en

escogía las n och es oscuras, preferentem ente con lluvia, n ie­

su propio b en eficio. Sin em bargo, d ecid ió no v iv ir descui­

v e o v iento, y avanzaba cautelosam ente, sin ser visto, hasta

dado, por sí, com o parecía natural, A lfonso H enriques tra­

la posición que trataba de sorprender, llev and o prevenidas

taba de sacar partido de las andanzas del aventurero, c o n ­

grandes escaleras que hacía transportar a hom bros de sus

virtién d ole en adalid o fronteiro a su servicio. En previsión

peones. Llegados al o b jetiv o , espiaba los m ovim ientos del

de lo que pudiera ocurrir, y para ten er debidam ente prote­

cen tin ela que m ontaba la guardia en el adarve, y en el m o­

gida su frontera con Portugal, ocupó los castillos de la Mi-

m ento oportuno, apoyaba las escalas sobre el muro, siendo

lana y Santibáñez, dando am bos en custodia a la O rden del

G eraldo el prim ero en trepar por ellas. A l llegar a las alm e­ nas, se lanzaba sobre el cen tin ela, m udo por la sorpresa y el terror, y le ob lig ab a gritar el «sin novedad», mientras que el resto de la partida subía hasta coronar el muro. En­ tonces, form ando una espantosa gritería, saltaban al interior de la fortaleza, m atando a cuantos hallaban a su paso y ro­ b and o lod o lo que en contraban. Unas veces con servaban las p osiciones asaltadas durante un cierto tiem po, ex ig ien d o por ellas rescates o v en d ién d olas a los m onarcas cristianos,-

1 De la irad. que del pasaje de Ibn Sahibe Agala pública David Lopes en el citado trabajo O Cid Portugués, G ayangos recogió la narración en The M istory o/ the 'Mobammdan Dynaslies in Spain t. II, pág. 522, om itiendo el nom bre de Geraldo, por lo que Herculano (W s. de Port, t. III, pág. 70), que se apoyó en G ayangos al tratar de estos sucesos, atribuyó a A líonso H enriques las conquistas de Geraldo, lo que se ha encargado David Lopes de rectificar. Huici, Coc. cit. pág. 233, juzga exagerada esta generalización de la táctica del aventurero portugués. 8 Am bas plazas, nos dice Huici, {Ob cit. pág. 232) las vendió a los cris­ tianos,- no especifica a qué cristianos, si bien se sobreentiende que fuese al R ey de Portugal.


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T em p le1, y por el O este se adelantó hasta el Tajo, pon ien d o

1169, y adoptando para el caso la táctica de los ejércitos re­

sitio a la fortaleza de A lcántara, que cay ó en su poder en la

gulares, puso sitio a la ciudad. Badajoz se en con traba a la

prim avera de 1166. Este h ech o de armas tuvo gran reson an ­

sazón en buenas co n d icio n es de defensa. Sin em bargo G e­

cia, pues sign ificaba nada m enos que la posesión de la pri­

raldo la rodeó, taló los cam pos del con torn o, y, por fin, el 3

mera plaza cristiana al Sur del T ajo, y en él prestó al Rey

de m ayo con seguía penetrar en la plaza. La g u arn ición mu­

eficaz ayuda D on A rm engol, C on d e de Urgel, con los cab a­

sulm ana se refugió en la A lcazaba don d e resistió tenazm en­

lleros catalanes A rnal Ponte y Berenguer A rnal, a los cuales

te los con tin u os ataques del portugués,- y al v er éste que no

recom pensó el R ey con ced ién d o les el señorío de la V illa 2.

con seg u ía reducirla en v ió m ensajeros a A lfonso H enriques

A raiz de la tom a de A lcántara, com o llegasen a oídos

p id ién d ole refuerzos, y prom etiéndole la entrega de la plaza

de Fernando II n oticias de que G eraldo Sem pavor con tin u a­

una vez conquistada. Los m oros sitiados supieron o sospe­

ba sus correrías al Sur del Tajo, a fines del 1168 v o lv ió a la

charon tales m anejos y despacharon a su vez otro emisario

Transierra para tener una más com pleta inform ación de las

a Fernando II, que se h allaba en Lugo, p on ién d olo al c o ­

actividades e in ten cion es del aventurero partugués. Durante

rriente de los sucesos y de las in ten cio n es de los poriu;

ellas d ebió sin duda enterarse de que Geraldo, anim ado por

gueses.

sus recientes éxitos, pensaba coronarlos con u na hazaña

El R ey leonés acudió presuroso,- pero cuan d o ya estaba

de m ayor im portancia, cual era la toma de Badajoz, que

cerca de la plaza se enteró de que A lfonso H enriques se le

habría de pon er en sus m anos un b o tín espléndido y que

había adelantado, y que las tropas de éste, ju ntam ente con

podría servirle adem ás para congraciarse con su señor, el

las de G eraldo eran dueñas de más de dos tercios de la p o ­

R ey de Portugal, con el cual, según todas las señales, ya an ­

blación. Fernando, adoptando todo g én ero de precauciones,

daba en m anejos. Fernando c o n o ció estos proyectos, y c o ­

se acercó no obstan te a la plaza y su g ob ern ad or A bu ’A li

m o no estaba dispuesto a tolerar que le cortasen la ex p an ­

’Umar ben Tim silt, n oticio so de su llegada, abrió una brecha

sión m eridional de su reino, aunque aparentem ente ocu pa­

en el muro del Alzázar en un lugar ocu lto a las miradas de

do en resolver diversos asuntos en la frontera de Galicia,

los portugueses, y por ella se deslizaron varios moros que

iba sagazm ente realizando los preparativos necesarios para

en un m om ento oportuno lleg aron a la puerta más próxim a

cortar co n energía cualquier acto osten sible de A lfonso H enriques en este sentido.

de la m uralla y la abrieron de par en par, franqueando la entrada al ejército de Fern an d o1. Lucharon leon eses y por­

Geraldo, firme en su propósito, en el mes de A b ril del

tugueses en las mismas calles de Badajoz,- pero éstos, c o g i­ dos entre dos fuegos, pues los de la A lcazaba salieron en

1 P. Hurtado, Castillos, pg. 160 y 213. 1 López A rguleta, Vida del Venerable fundador de la Orden de Santiago, Madrid 1731, escr. 25. Cfr Hurtado, Castillos, pg. 22.

ayuda de las tropas leonesas, quedaron ven cid os. El Rey 1 Huici, Loe. cit., pg. 236.


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3.°

121

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Primera reconquista de Cáceres

Fern an do II, que en un p rincip io pen só ocupar la plaza de Badajoz, d ejó por fin a la Ciudad en poder de los moros, entregándola, con todo el b o lín co g id o a los portugueses a su g ob ern ad or Umar ben Tim silí, con promesa de vasallaje, y en 21 de m ayo de 1169, lev an tó el cam pam ento para reti­ rarse a sus estados. Los sucesos de Badajoz habían aleccio n ad o am pliam ente al m onarca leon és acerca de dos extrem os fundam entales: Fué el primero, que a los m usulm anes lo que por el m om en­ to más les interesaba era con solid ar a toda costa la posesión de la cuenca del Guadiana,- fué el segundo, que su suegro, el R ey de Portugal, había h ech o de Badajoz precisam ente, el o b je tiv o más inm ediato de sus conquistas, v alién d o se de Geraldo Sem pavor para enm ascarar la realidad de sus in ten ­ ciones. Esta co n v erg en cia an tag ó n ica de los intereses por­ tugueses y alm ohades n o sign ificaba, al fin y al cabo, otra cosa, sino que unos y oíros y cada cual co n sus miras, esta­ ban decididos a estorbar la ex p an sió n leonesa por el Sur. Fern an do II tom ó inm ediatam ente sus m edidas para evi-

que los rom anos llam aron a este m onte Tvíons fragorum (mejor hubiera sido adjetivarle fragosas) y que de ahí v in o el llam arle M ontfragüe o Monfragüe, nom bre que del monte pasó al castillo que corona su cima. Se ignora la fecha de la fundación de esta fortaleza, seguramente de origen IberoRomano,- pero lo que resta actualm ente del castillo es evidentem ente al­ mohade. En cuanto al nombre, es de origen árabe (al-mufarrag) y significa «el vacío» (Asin, Toponimia, pg. 69) lo que va m uy de acuerdo con las ca­ racterísticas topográficas de su emplazamiento. Este C astillo fué cuna de una orden militar, la de los caballeros de M onsfrag, de vida efímera, y acerca de la cual ha publicado un precioso y bien docum entado trabajo Don Gervasio V elo Nieto, según ya lo dejamos citado anteriorm ente.


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íarlo, y al retirarse de Badajoz, se in tern ó por la parte o c c i­

asolados. El guerrillero m erodeaba en torno, apoderándose

d ental de las sierras y ocu pó el castillo de A lburquerque,

de todas las provisiones co n las que se in ten taba abastecer

que aun cuand o a la sazón n o era froterizo con Portugal, es­

la plaza. Los m oros acudieron en dem anda de au x ilio al C a­

taba situado en la articu lación de las Sierras de San Pedro y

lifa A bu Y a ’q u b (pues y a se habían olvid ad o del vasallaje

San Mamed, sobre una em inen cia que dom inaba todos los

prom etido a Fern an do II) y éste en v ió desde Sevilla un c o n ­

accesos y cam inos desde el v e c in o reino a Badajoz. Desde

v o y form ado por más de 5.000 acém ilas cargadas de víveres,

A lburquerque se d irigió a Cáceres, d ecid id o tam bién a ocu ­

forrajes y armas, c o n v o y que iba protegid o por una nutrida

parla. Seguram ente la fortaleza n o resistió, pues el R ey la to ­

tropa al m ando del hafiz Zakariya ben ’Alí. N o pudo llegar

m ó en m uy corto espacio de tiem po, siguien do después h as­ ta el N orte del Tajo, d on d e ocupó prim ero el C astillo de

este co n v o y a su destino, pues G eraldo le salió al encuentro

Portezuelo, y más tarde los de C abeza del Esparragal y G a­ ta, entregánd olos a la O rd en d el Tem ple.

Zakariya perdió la vida, y se apoderó de toda la carga.

co n su gen te, derrotó a la escolta en un com bate en el que Este n u evo é x ito del fronteiro sacó a A lfo n so H enriques de su aparente pasividad, y a fines del añ o 1170 intenta otra

4.°

Fin de Geraldo Sempavor

vez apoderarse de Badajoz con la ayuda de Geraldo,- pero Fern an do II, al ver nuevam ente la plaza en p eligro de caer

¿Q u é fué de G erald o Sem pavor?

en m anos de los portugueses, acudió co n su ejército, y éstos

Sigu ió su d estino a im pulsos de su tem peram ento, pues

hubieron de desistir de sus propósitos, retirándose p recipi­

apenas co n sig u ió la libertad, v o lv ió a las andadas. R eclutó

tadam ente. G eraldo se refugió en el castillo de Urumeña

g en tes de Santarem y m ozárabes de todas las procedencias,

hasta el cual llegaron los m oros en su persecución, y h ubo

lleg a n d o a con v ertir su partida en un ejército considerable. A lfonso H enriques le dejaba hacer, lim itándose a cubrir las

de salvarse apelando a la fuga. La estrella del aventurero com en zó en ton ces a declinar.

apariencias, y el guerrillero corría los cam pos a su placer,

A lfo n so H enriques le retiró su favor, o, a lo m enos, se puso

destrozando cosechas, roband o ganados, p on ien d o a las

al m argen de sus actividades. A un an d u v o en razias

ciudades y poblados m oros en gravísim os aprietos, e, in clu ­

m erodeos por toda la cuenca del Guadiana entre 1171 y 1173;

so, secuestrando a varios personajes alm ohades que h u b ie­

pero ya su audacia estaba frenada,- prim ero, por la in d iferen ­

y

ron de pagar por su libertad elevadísim os rescates. Todo

cia de su Rey, lu ego, por la con stan te v ig ila n cia del leonés,

ello, naturalm ente, a lo largo del Guadiana, pues ya no se atrevió a pasar a la vertiente d el Tajo.

de cuyas reaccio n es tuvo, m uy a su pesar, tan claras m ues­

H acia fines de abril de 1170 G eraldo puso a Badajoz al

deseos de v en g ar sus pasados desastres. Entonces, acorrala­

borde del ham bre. La p ob lación qued ó encerrada dentro de

d o por todas partes, y aban d o n ad o por la casi totalidad de

sus muros, y todos los alrededores, en m uchas leguas, fueron

sus partidarios (pues apenas si le qu ed aban fieles u nos 350

tras, y, por últim o, por la furia de A bu Y a ’qub, que ardía en


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— 124 — hom bres) pen só remaíar sus aventuras de una m anera real­ m ente desastrada. Los autores árabes están todos conform es en el relato del fin d el guerrillero, aunque n o en la fecha en que los suce­ sos tuvieron lugar. Parece ser que en el año 560 de la H egira (entre 12 de agosto de 1173 y 1 de agosto de 1174) Geraldo, con la escasa tropa que le quedaba, se presentó en Sevilla ante el Califa, sum iso y obed iente, ofreciéndose com o su es­ clav o para servirle «y h acer daño a sus herm anos los cris­ tianos». A bu Y a 'q u b aceptó su sum isión ordenando que se le atendiese y honrase. Pero G eraldo com enzó enseguida a com unicarse con A lfonso H enriques, su an tigu o señor, pla­ neand o entre am bos una nueva traición. C om o el C alifa no le había perdido de vista, se descubrieron enseguida sus turbios m anejos y los m usulm anes cog ieron a G eraldo y a todos los suyos y los en v iaron a Siyilm asa (hoy Tafilete) encerrándoles en estrechísim a prisión, y b a jo con stan te v i­ gilan cia. A un así preparó su evasión,- pero fué sorprendido, y, de orden d el C alifa le cortaron la cabeza1. A sí aca b ó su vid a aquel in q u ieto guerrillero, que fué el prim er cristiano, au nqu e m al cristiano, que pisó el suelo de Cáceres. Fué sin duda hom bre astuto, valeroso y de una gran capacidad militar,- pero n i su vida n i su muerte resisten una com paración co n el C id C astellano, al que h an preten­ d id o equipararle.

5.°

Los «Fralres de Cáceres»

*■ El añ o 1170 es im portantísim o en la H istoria de Cáceres. La fortaleza, ya v illa naciente, estaba en poder de cristianos y defendida por un lu cid o p lantel de caballeros principales. De A lcántara a M onfragüe n o había ya ni rastros de moros y las llanuras del Salor y el v alle del A yuela, com enzaban a poblarse, sobre tod o en los bordes de la calzada. El con d e C astellano D on G onzalo de M arañón, que había sido A lfé­ rez del Em perador, y que estuvo en diversas ocasion es al servicio de Fernand o II1, fundó casi a las puertas de la tierra de los sarracenos, y a la vista del castillo de M ontanchez, un p ob lad o o casar al que dió su nom bre, y que más tarde, de algú n sucesor suyo, sin duda, se habría de llam ar las C a­ sas de Don A n ton io. Un m orisco Ibn Jalis, al que los cris­ tianos llam aban A bengales, eleva otro caserío sobre las rui­ nas de la m ansión A d Sórores, c o n una pequ eña torre o ata­ laya que pasaron luego a poder de la O rden de Santiago, y que, actualm ente y por esta razón, h oy se llam a Santiago de Bencaliz. Por últim o, un Pedro C ervero, v en id o co n la hues­ te leonesa, funda en lo alto de la divisoria de lo s v alles del A yu ela y del Salor una gran ja (en árabe aídai'al) que se lla­ m ó en ton ces aldea de Pedro C ervero, y que h o y es la d eh e­ sa La C ervera. Parecía pues que el territorio de C áceres n acía a una nue­ va vida y que los azares y peligros de las tierras fronterizas, quedaban retirados tras las sierras del Sur, de las cuales el m oro no se atrevía a pasar En estas circunstancias, varios

1 El relato en el A l-Bayan por Ib n ’ldari. Trad. Huici, pgs. 13-14. Hay otra versión recogida por Levi Provencpal, Documents inidils d’hisloire Almo­ hade, pg. 227, según la cual el Califa llevó con sigo a Geraldo a M arruecos allí fué donde se descubrieron sus intentos de traición, dándose orden al gobernador del Drá, país del Sur, para que lo matase.

caballeros de la gu arn ición cacerense acordaron fundar una

1

J. González, Regesta pg. 60, 373, 376.


— 126 — O rd en religiosa y militar, que tuviera com o todas sus sem e­ jantes, dos fines principales: La defensa de la R elig ió n y la lucha contra los infieles, d edicándose durante la paz a la guarda y p ro tección de los cam inos de las peregrinaciones a Santiago E scog ieron a este A postol com o su protector c e ­ lestial y al O b isp o de Salam anca com o su patrono y v a le­ dor en lo tem poral, a todo lo cual el R ey prestó com p laci­ dísim o su aquiescencia, d on an d o a la n acien te m ilicia la V i­ lla de C áceres recien conquistada, com o su sede y su solar. El día 1 de ag osto de 1170 la «C on gregació n de los Fra­ tes de C áceres», que tanto habría de con tribu ir a la obra de la Reconquista, quedaba fundada. A doptaron sus caballeros com o in sig n ia u na cruz roja en form a de espada, c o n los re­ mates de puño y g av ilanes floreteados, y establecieron su casa en una iglesia de Cáceres, elevada extram uros, frente a la puerta de Coria, en una m eseta que forma el d ecliv e hacia la Ribera, d ecliv e que, desde los tiem pos del prim er Maestre D o n Pedro Fernández, se v en ía llam ando la Cuesta del M aes­ tre, y que h o y se llama del M aestro1. La O rd en cam bió pronto de nom bre: Los docum entos la llam an en los prim eros tiem pos Ordinem de Cáceres, Milites de Cáceres o Tratres o Treyres de Cáceres; pero a causa de su in sig ­ nia fué b ien p ronto con ocid a con el dictado de "Iratres de la Espada, hasta que al final del siglo X II com enzó a ser d en o ­ m inada O rd en de la C aballería del Señor San tiag o2.

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6.°

La catástrofe de 1174

Las relacion es entre los alm ohades y los leoneses en es­ tas fechas, eran pacíficas solam ente en apariencia. Sabían los prim eros que si Fernando lo graba con solid ar su dom inio en la vertien te m eridional del Tajo, no tardaría m ucho tiem po en asaltar la septentrional del G uadiana. N o ign oraba éste, recíprocam ente, que los moros, y m enos ten ien d o al frente un Califa del tem peram ento de A bu Y a'q u b , n o podían re­ signarse a una situ ación de inferioridad, precisam ente en la parte más peligrosa de su frontera. A bu Y a'q u b , al llegar el v eran o de 1174, rom pió las pa­ ces que tenía ajustadas co n León, irrum piendo con sus tro ­ pas la C uenca del T a jo 1. Iba al frente de ellas el Sayyid A bu Hafs 'Umar, quien salió de Sevilla el 3 de septiem bre, recog ió al paso refuerzos en M érida y Badajoz, e in v ad ió con este num erosísim o ejé r­ cito el territorio de Cáceres. C on él lleg ó hasta los muros de la V illa defendida por los Freyres y después de sangriento asedio, la tom ó al asalto. Existe en C áceres la tradición recogida en u na referen ­ cia del Santoral de las Ordenes ‘M ilitares, de que los moros, si­ tiaron la V illa durante seis meses, tom ando sus murallas to ­ rre por torre, hasta que reducidos los defensores a un últim o baluarte, que fué la torre defensiva de la puerta O ccid en tal, se en castillaron en ella, su cum biend o ante la superioridad num érica de los asaltantes, quienes d ego llaro n a cuantos en-

1 Floriano, Quía, pg. 186. a Para el estudio de las O rdenes M ilitares en relación con los casti­ llos, y fortalezas de la Transierra leonesa, véase nuestro trabajo titulado Castillos de la Alta Extremadura, M adrid 1953. V id el mapa adjunto.

1 Los autores árabes culpan a Fernando II de la ruptura, diciendo que éste, quizá disgustado por las treguas que el Califa había firmado con Castilla, hizo una algara por A ndalucía en represalia de la cual A bu Y a ’qub realizó la invasión. Huici, Ttist. Alm. t. I. 272.


— 128 contraron dentro, y entre ellos a cuarenta caballeros de la O rd en 1. Los A lm ohades desde Cáceres se d irigieron a A lcántara, apoderándose de esta fortaleza y de la de Nadux,- volvieron al Noroeste, recuperando los castillos de la M ilana, Santibáñez y C abeza del Esparragal2, y después de talar la com arca de A lb alal se apoderaron del de Portezuelo, desde el cual y subiendo por la Calzada D alm acia llegaron a al-Sibtat (¿la Ciudad?) es decir, a Ciudad Rodrigo. Fernando II, que no esperaba este ataque, se hallaba en tierras de León. Los de Ciudad Rodrigo se defendieron bra­ vam ente, detrás de barricadas formadas por carros y toda suerte de enseres dom ésticos, hasta que avisado el R ey a cu ­ dió en socorro de los sitiados. Peleó con los mulsulmanes causándoles una enorm e m ortandad, les hizo levantar el sitio, y aun los em pujó, enorm em ente quebrantados, hasta el Sur de las m ontañas Esto libró a Coria de caer nuevam ente en poder de los moros, pues A bu Hafs' al tratar de apoderarse de Ciudad Rodrigo, lo hacía con la idea de ocupar el nudo

1 Toda esta tradición se apoya en la noticia o referencia del citado Santoral, de donde la hemos recogido todos los historiadores locales (Hur­ tado, Jam ilias, pgs. 21-22, el mismo, Castillos, pgs. 71-107,■ O rti Belmonte, Cas conquistas, pg. 9¡ Floriano, Quia, pg. 53). Desde luego los autores árabes aclaran que no fué A bu Y a 'q u b el que dirigió esta expedición, sino su lu­ garteniente A bu Hafs,- y, por consiguiente, el nom bre de Bujaco dado a la torre com o derivado del nom bre del Califa, es históricam ente impropio Tam bién se yerra en lo referente a la fecha, pues la de 10 de marzo que dá Hurtado, com o tomada del m encionado Santoral, en el que los inmolados caballeros figuran com o mártires, no es aceptable, dado que hasta el final del verano del año siguiente no se rom pieron las hostilidades. 2 Hurtado (Castillos p g s. 19, 64, 108, 213), sitúa todas estas conquistas en el año 1171.


— 129 — principal de las com u n icacion es con el Sur, para después caer sobre Coria, plaza de m ayor fortaleza, cuando n o pudiera recibir socorro por parle de los cristianos. La derrota de los m usulm anes an te la Ciudad R od rigo fué un fin ciertam ente glorioso: pero éste no podía en m anera algu n a com pensar el trem endo descalabro que para los cristianos representaba el hundim iento casi total de la Transierra. De él no se repu­ sieron con la audaz ex p e d ició n que en 1177 h icieron a tie­ rras de A rcos y Jerez, pues, a pesar de sus triunfales co m ien ­ zos, term inó con otro desastre.

7

Y

°

Los intentos de revancha y el fra­ caso de la expedición de 1184.

ya hasta 1181 no se v u elv e a tener n oticias de más em ­

presas m ilitares leonesas por nuestra com arca. En cam bio, en la Transierra castellana tiene lugar un h ech o que no d eb e­ mos dejar de consignar. Tal es el de la fundación de Plasencia. El Rey de C astilla A lfonso V III en 1177 g an ó la ciudad de C uenca y al año siguiente, v ien e hasta la frontera leo n e­ sa con el fin de establecer una posición que fuese a la vez avanzada hacia León y a la frontera musulmana, y en un al­ tozano a las orillas del Jerte, donde existía una pequeña a l­ dea llam ada A m broz o Am bracia, perteneciente al O b isp a­ do de A vila, ech ó los cim ientos de una nueva ciudad, a la que dos años más tarde, en 1189, al con ced erle su Carta de Población, habría de dar el nom bre de Plasencia, ut placeat Ueo et bominibus, esta ciudad estaba llam ada a los más gran-


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des deslinos, y a ser una de las más ricas e ilustres de nues­

Coria, de la que dice estar in faucibus sarracenorum, y después

tra reg ió n 1.

de donar a la iglesia de C om postela las A talayas de Pelay V ellid iz y Ranconada, se en cam in ó a la frontera de Castilla,

C om o y a dijim os, en 1181 Fernando II vu elv e a dar seña­

donde firm ó con A lfonso V III el tratado llam ado de Lavan-

les de preocuparse de los asuntos de la Transierra, co m en ­

dera-Fresno, en el que se aseguraba la paz entre am bos rei­

zando los preparativos para una cam paña de desquite. D ió

nos, acordándose que n in g u n o de los dos soberan os podría

al C ond e A rm en g ol las fortalezas de A lm enarilla y Santa

en adelante firmar paces ni treguas con los musulmanes, sino

Cruz (la de Paniagua) rehizo los castillos de la frontera del

que, por el contrario, cada u no de ellos se ob lig ab a a h a­

Tajo, y com enzó a con cen trar en ellos las fuerzas que desti­

cerles la guerra por el área de exp an sión de sus respectivos estados.

naba a una in v asión por tierras musulmanas. El ob jetiv o , era Cáceres. Sabía el m onarca leon és que el é x ito de toda em ­

El leonés, en efecto, una vez expiradas las treguas que te­

presa hacia el Sur dependía de la posesión de esta plaza, que

nía concertadas con los alm ohades, se dispuso a rom per las

era inútil todo in ten to sobre el Guadiana m ientras que la

hostilidades. Desde m ucho antes del mes de noviem bre estu­

v ertiente m eridional del T a jo no estuviese asegurada, y

v o ocupado en preparativos bélicos, y a fines del año ya te­

que sin C áceres v ig ila n d o la salida de los puertos de la Sie­

nía a sus ejércitos situados a lo largo de las fronteras. El día

rra, especialm ente de la de San Pedro, las infiltraciones e n e­

19 de en ero se en con traba ante los muros de Cáceres.

m igas y los ataques por sorpresa eran in evitables. Cáceres

La cam paña y sitio de C áceres del añ o 1184, plantea serios

tenía pues que cerrar todo paso m usulm án h acia el Norte.

problem as críticos que vam os a tratar de desentrañar pues su

La lín ea defensiva actual estaba asegurada co n la posesión de

aclaración es indispensable a fin de poder llegar a una recta

C oria y A lconélar. Esta últim a defendía el punto más im ­

y total com prensión de los sucesos posteriores. La carencia

portante d el sector oriental, cual era el puente de su mismo

de fuentes narrativas sobre estos acontecim ientos, por una

nom bre sobre la Calzada G uinea, y adem as estaba asegura­

parte, la interpretación eq u iv ocad a de los docum entos por

do el en lace de ésta co n la Dalm acia. Si se ganaba Cáceres,

otra, y por otra en fin, las afirm aciones inconsistentes de a l­

se desarticularía la M arca y expulsar a los moros de cuanto

gunos historiadores locales del final del pasado siglo y c o ­

habían ganado en la cam paaña de 1174 sería una simple op e­

m ienzos d el presente, desorientados por los eruditos del si­

ración de lim pieza. Para ésto era in d ispensable ante todo no distraer fuerzas,

ex p ed ició n Fernando II había ob ten id o el más rotundo é x i­

asegurar la paz con C astilla y, a ser posible, buscar su co la­

to, coronán d ola con la conquista de la V illa de C áceres1.

g lo X V III, in d u jeron a dar por cierto el h ech o de que en esta

b oración A sí pues, en abril de 1183 el m onarca leonés b aja a 1 Cr. G. (XII/8).

1 Floiian o, Quía, pg. 53. Solam ente O rti Belm onte (Cas Conquistas pá­ ginas 11 y 18) reaccionó contra este error, señalando el fracaso más o me nos glorioso de la expedición.


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— 133 —

D esviados lod os o casi lodos, nosotros incluso, por in ­

serio en el Tum bo M enor de León, de donde, al parecer, la

form aciones insuficientes, tend enciosas o adm itidas sin un

lom ó Ferrera1. La cita es totalm ente errónea, pues la carta in ­

ex ceso de crítica, dábase por cierto que el C alifa alm ohade,

serta en d ich o códice y lugar de la referencia, es un p riv ile­

para defender las plazas que A lfonso V III de C astilla am e­

g io de Fernando II, fechado apud Cáceres2, en 22 de febrero de

nazaba en la región m urciana, sacó fuerzas de las que guar­

1184, por el cual este m onarca dona a la O rd en de Santiago

n ecían Cáceres y su territorio, que de este m odo quedaron

y a su Maestre dilectissimo nostro Pedro Jernández, n o la V illa

sin tropas suficientes para co n ten er la presión que sobre es­

de Cáceres, com o se prelende, sino la aldea de V illoruela,

ta parte de la frontera pudieran ejercer los leoneses. A ñ a­

cerca de Salam anca, d iciendo, en efecto, h acer esta don ación

díase a ésto que D on Pedro Fernández, el M aestre de Santia­

pro bono servicio, y co n el co n sejo de su curia. La confusión,

go, v ien d o en estas circunstancias una ocasión propicia para recuperar Cáceres, solar de su O rden, av iv ó el celo del m o­ narca d ecid ién d ole a em prender la campaña, durante la cual

m uerte del C alifa ante los muros de Santarem, lo que les h i­

1 Hurtado, Castillos, pg. 72. A. H. N. Tumbo menor de León, lib. IV Ca­ rta 2.*, folio 112, según la cita de Hurtado. Ferrera, Synopsis histórica cbronológica de España, M adrid (1775) t. V , año 1184. * El error de deducir de esta expresión que las ciudades, villas o cas­ tillos que con ella se determinan en las fórmulas cronológicas de los do­ cumentos reales, estaban en poder de las tropas cristianas, es m uy corrien­ te,- y por lo que se refiere a los de Fernando II y A lfonso IX , relacionados con las conquistas de Cáceres, ha producido evidente desorientación, que trataremos de aclarar. Concretam ente, en lo que respecta a los del año 1184 promulgados por Fernando II durante el sitio de la V illa, encontram os los seis siguientes: A) 19 de enero. Confirm ación del C oto de Meira, fechado: Apud ( á zzeres... (J. González, Regesta, n.° 50, pg. 325). B) 22 de febrero. Es el citado de la donación a la O rden de Santiago de la aldea de V illoruela, fechado: Apud Cáceres... (Ibid. pg. 494). C) 22 de febrero. Concesión a la O rden de Santiago del «nuncio» de sus caballeros, fechado: Apud Cánceres... (Ibid).

zo levantar el sitio y retirarse a A ndalucía. En este relato hay una enorm e confusión producida, en

D) 24 de marzo. Privilegio a favor de la Catedral de Coria (incluido en confirm ación a A lfonso X) fechado: Apud Cáceres, guando obsidebat a R e­ ge (Ibid pg. 495).

prim er lugar por la m ezcla de hech os ciertos co n flagrantes

E) 27 de marzo. Privilegio conced id o a la Iglesia de O v ied o el diezmo de las rentas, calum nias y portazgo o peaje de Coyanza, fechado Apud Cáceres guando erat obsesa (Ibid).

la V illa cay ó en poder de Fernando en la primera q u in ce­ na de enero, q u ien la restituyó al Maestre «por co n sejo y con in terv en ció n de los m agnates de su Corte». Se agreg aba además que el Califa, buscan d o un desquite al descalabro, había d iv id id o su ejército en dos partes: Una de éstas se lanzó sobre las fortalezas de levante, con q u istan ­ do las de Tru jillo, M ontánchez y M edellín, y con la otra se d irigió él personalm ente a Sanlarem . Las fuerzas que opera­ ron en el Este, una vez logrados sus ob jetiv os, se decía, v o l­ vieron sobre Cáceres defendida por el M aestre; y cuando apretaron el cerco de la V illa y ésta se h allaba a punto de caer en sus m anos, lleg aron al cam po m oro n oticias de la

falsedades, de las cuales la que ahora interesa rectificar es la de la supuesta tom a de la V illa por Fernando II. La noticia procede, según H urtadofd e un docum ento que se dice in-

F) M ayo, s. d. D onación a Pedro Peláez de las villas de G uillarey y Sa­ rria, fechado: 7n obsidione Cázzeris (Ibid).


— 134 — si no h ubo m ala fé, dim ana de haber tom ado Cáceres por

Según éstos, Fern an do II, en los prim eros días del año

V illoruela, com o o b jeto de la d on ación h ech a al Maestre,

1184 y por el cam ino acostum brado (desde Ciudad Rodrigo

deduciendo que Cáceres estaba en poder de Fernando de la

Y

lo cu ció n Apud Cáceres co n que se in icia la fórm ula cro n o ló ­

tir de A lco n étar descend ien d o por la Guinea) lleg ó ante los

g ica del docum ento.

muros de C áceres dentro de la primera q u in cen a de enero,

por la calzada D alm acia hasta C oria y A lconétar, y a par­

De las fuentes narrativas árabes y de los docum entos, se

ten ien d o establecido el sitio el día 19 del m ism o mes. Se sa­

deduce otra versión, totalm ente distinta, del desarrollo de

be que el ejército leon és era lu cid o y num eroso, y que todos

estos sucesos.

rivalizaban en denuedo y valentía,- pero los m usulm anes re­

Es evidente pues, que las preposiciones apud o in, precediendo a la expresión de lugar en las fechas de los docum entos reales, no indican necesariamente que éstos se datasen dentro de la ciudad, villa o castillo a que se refieren,- pues bien claro se especifica en los reseñados D, E y F ( que fueron prom ulgados fuera de Cáceres, es decir, durante el cerco, fe­ chándolos,- no obstante, apud o in. Y en cuanto al argum ento de que ésto es así porque el Rey cuidaba de hacer esta distinción, fechando apud sim ple­ mente cuando prom ulgaba dentro de la plaza ocupada y apud más la m ención del asedio si se hallaba ante ella, aun tendría cierto valor si no estuviera en contra de hechos diplom áticos harto conocidos,- pues ya hizo notar M illares hace más de treinta años (£ a Cancillería R eal de Castilla, A. H. D. E., t. III, 1926 pg. 426) que la m ención de sucesos coetáneos en las fechas de los docum entos reales a partir de A lfonso V III en Castilla y de Fernando II en León, se reservaba exclusivam ente para los privilegios om itiéndose de un modo absoluto en los preceptos o mandatos; con lo cual está bien claro que la m ención del cerco en los documentos que com en­ tamos, está allí expresada para significar solo y exclusivamente que tales do­ cum entos son privilegios y que no se consigna para señalar si fueron expe­ didos dentro o fuera de la población. Aparte el hecho diplom ático consignado, las fórmulas de los seis do­ cum entos que se reseñan, y sin necesidad de recurrir a más ejem plos, se bastan por sí solas para corroborar nuestro aserto,- pues de admitir la toma de Cáceres en la primera quincena de 1184, y estando en poder de cris­ tianos el día 19 del mismo mes y en 22 de febrero, en que se fechan los documentos A, B y C con la locu ción Apud Cáceres, se daría el caso de que Fernando II aun continuara sitiándola después de ganarla, puesto que los documentos de 24 y 27 de marzo (D y E) y el del mes de mayo (F) nos dicen que aun continuaba el asedio.

sistieron co n tenacidad y Fernando h ubo de conform arse | pon talar los campos, ten ien d o que levantar el cerco después de casi cin c o meses de asedio, retirándose sin tom ar la V illa, al tener n oticias de que se aproxim aba un poderoso ejército alm ohade, al que no se atrevió a hacer frente, por lo ag o ta­ das que estaban sus tropas después de tan larga cam p añ a1. D ebieron, sin em bargo ser m uchas las heroicidades y los servicios que se prestaron en la fracasada empresa, pues no se regatearon los elogios, ni fueron escasas las recom pensas. U no de los que más se d istinguieron fué el O b isp o ovetense D on Rodrigo, quien ayudó con hom bres y dinero, dando al Rey los 700 áureos que acababa de recibir com o com pensa­ ció n en el pleito sostenido con el O bisp ad o de Burgos sobre la ju risd icción de las iglesias de las Asturias de Santillana. O tro prelado que tam bién dem ostró entusiasm o y g en ero­ sidad füé el com postelano D on Pedro Suárez que em peñó m uchos b ien es de su Iglesia y de su patrim onio personal para con tribu ir a los gastos de la exp ed ición . Se d istin g u ie­ ron tam bién, com o a ello estaban obligados, los C aballeros

1 Esta es la versión que dan de los sucesos J . González, Regesta, pági­ na 134. y Huici nota a la ed. de Al-Bayan pg. 50, y en su Historia Política del Jmpero Almohade, t. I. pgs. 238 y 292.


de Santiago, que ansiaban recuperar su solar, y el Alférez Pedro Peláez, que lu ch ó bravam ente, a decir de las crónicas,contra m oros y cristianos enem igos. La cam paña de 1184 cierra el ciclo de Fernando II con re­

II

la ció n a la reconqu ista de C áceres y su territorio. Este m onarca, valeroso, in teligen te, quizá un p oco im ­ pulsivo, logró, si n o consolid ar su poder al Sur del Tajo, a lo m enos asegurar las com u nicacion es en la parte m eridio­

CICLO DE ALFONSO IX

nal del reino para con solid ar el poderío cristiano sobre la Transierra. Su incesante afán fué el de apoderarse de Cáceres, a fin de tener de este m odo holgura suficiente para accion es futu­ ras sobre su área de expansión,- lo que dá idea de su acerta­ da visión estratégica, pues la V illa era clave, com o base de operaciones para poder realizar lo que D. Ju lio González llam a con sing ular acierto «el asalto al Guadiana» y que en el reinad o siguiente habrá de llevarse a cabo, desp ejando para la R econquista, las rutas de A ndalucía.

1.°

Alfonso IX

A lfonso IX es el m onarca cristiano que personifica y e n ­ carna el m om ento culm inante de nuestra historia, pues du­ rante su reinado C áceres se reintegra defin itivam ente a la C iv ilización cristiana y com ienza una vida nueva que es la de su au tén tico vivir, regida la V illa por institu ciones que la in corp oran al ritm o histórico de los dem ás estados p e­ ninsulares. N o debe extrañar, por con sigu ien te, que demos a su estudio una im portancia y una exten sió n a ton o con el interés que por estas causas m erece1. N ació A lfonso

IX

en Zamora, el día 15 de agosto

de 1171. Era h ijo de Fern an do II y de Urraca, h ija ésta a su vez de A lfo n so H enriques, R ey de Portugal,- y com o des­ cen d ien tes am bos de A lfonso V II, eran prim os en séptim o grado. A lfo n so n o n ació en buena hora. Por de pronto, al año de v er la luz primera, el ham bre azotó a todos los pue­ b los peninsulares,- dos más larde, los estados de su padre se v ieron in vad id os por las hordas alm ohades (1174) y al año 1 También para esle reinado nos proporciona D on Ju lio González una guía insustituible y valiosísim a con su obra Alfonso IX (Premio Rai­ mundo Lulio del año 1943) que nació a continuación de la tan citada


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siguiente, cuand o el Infante con taba tan solam ente cuatro

de la corte y buscar refugio al lado de su abuelo el Rey de

de su edad, se prod ujo u na de esas catástrofes dom ésticas

Portugal. Sin em bargo, D on A lfonso recibió una educación

tan frecuentes en la Casa Real de León: sus padres se vieron

bastante com pleta, si b ien h ay que suponer que en su for­

obligad os a separarse a causa de las determ inaciones p o n ti­

m ación influyera más su clara in telig en cia que la actuación

ficias, pues en aquellos tiem pos el im pedim ento de co n san ­

de sus maestros. Su padre despertó en él el am or a la poesía

guinidad alcanzaba hasta el séptim o grado. Claro es que nada de ésto podía afectar íntim am ente al

su afición al derecho. M uchacho robusto y de aventajadas

tierno Infante, que apenas si había alcanzado la edad en

con d icion es físicas, fué siem pre un buen jin ete, diestro caza­

que aparecen las primeras in tu icion es al producirse la catás­

dor y h abilísim o esgrimidor,- presentando com o reverso de

trofe familiar,- pero es interesante destacar que su infancia

estas buenas co n d icio n es la facilidad co n que se dejaba

n o fué m uy feliz, pues se v ió privado de las caricias m ater­

arrastrar por la ira, pues tenía, com o ahora se dice, «prontos»,

nales,- precisam ente en el m om ento en que em piezan a ser

y, durante ellos era cosa de echarse a tem blar: V ox eius in ira

y a las armas, y los curiales de la C ancillería le in cu lcaron

más necesarias. U na nodriza llam ada María Ibáñez las su­

cjuasi leo rugiens, nos dice el Tudense, que lo co n o ció b astan ­

plió com o buenam ente supo y d ebió suplirlas bastante bien,

te bien. Pero pasado el ím petu primero y recobrada la calma,

pues D on A lfonso sintió siem pre por ella singular cariño, y, y a de m ayor, fué ella u no de los con sejeros íntim os más

se m ostraba com prensivo, prudente y siem pre accesible a la m isericordia.

escuchados por el m onarca. Su ad olescen cia se v ió m uchas veces perturbada a causa

tendencias amatorias, in h eren tes a una naturaleza v igorosa

de los m an ejos de su madrastra D oña Urraca López, m ujer

y a su extraordinaria vitalidad,- pero esto en un rey, n o re­

bellísim a y n o m enos autoritaria, in trigan te y revoltosa,

presentaba en ton ces un defecto de la m ayor im portancia.

O tro aspecto rep rochable de su carácter era el de sus

que tenía sorbido el seso al v ie jo m onarca, cu y o ánim o tra­

En 22 de enero de 1188 muere en Ben aven te el R ey D on

taba de in clin ar para que d esignase com o heredero del

Fernando a los 31 años de su reinado. D on A lfonso regresa

trono a su h ijo el Infante D on Sancho, y que por otra parte

de Portugal, y después de dar sepultura a los restos de su

se dedicaba a perseguir in p lacablem en te a la desdichada

padre, se dispone a enfrentarse co n los num erosos y nada

D oña Urraca y a su h ijo, que hasta se v ió precisado a huir

gratos problem as que, tanto en el interior com o en el e x te ­ rior, le planteaba la situación del reino. Esta n o podía ser

Jlegesta de Tem ando II a la que iguala en méritos. Para inform aciones con­ cretas, por lo que a Cáceres se refiere puede utilizarse el trabajo de nues­ tro fraternal am igo y com pañero D on M iguel A. O rti Belm onte Las Con­ quistas de Cáceres por Tem ando II y Alfonso IX de León donde por primera vez y en una forma verdaderam ente científica se abordan las cuestiones relativas a la recuperación de la V illa por las armas cristianas.

más desagradable. Las intrigas de la Reina viuda h abían producido serias perturbaciones despertando partidism os y rivalidades,- en el estado n o se co n o cía la autoridad, y por todas partes se com etían desafueros y actos de bandidaje. Por si ello fuera poco, entre las m ercedes otorgadas por su


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padre y lo que los n ob les se tom aron por su cuenía, habían

salvo por lo que se refiere a este castillo, em plazado al b o r­

d ejad o exh au slo el erario real.

de m ismo del río y en su con flu en cia con el A lm onte. Los

Tod o ello se rem edió en la m edida de lo posible, reu­

musulm anes en cam bio, en el sector occid ental, con taban

n ien d o una curia extraordinaria en León, que robusleció la

con puestos avanzados, m ezclados con posiciones cristianas,

autoridad del

in clu so m uy cerca algu n os de la Sierra de Gata. Para im pe­

soberano, lo g ran d o introducir un

orden,

aunque nada más que relativo, en los asuntos del reino.

dir una exp an sió n m usulm ana por el O este, con eviden te

Enlre tanto, A lfonso V III de C astilla se preocupaba de

peligro para Coria, a más de lo que sign ificaba el corte de

repoblar las com arcas fronterizas con León, co n ced ien d o a

las com u n icacion es con el M ediodía, A lfo n so IX ced ió el

los de Plasencia, en 23 de m arzo de 1189, una carta de p o ­

castillo o A talaya de Pelay V ellid iz al A rzobispo de Santia­

b lació n por la que se les asign aba un am plísim o térm ino,

go, en cargán d ole de la defensa de todo aquel territorio1, d o­

pues bajaba hasta la Sierra de San Pedro, procediendo, com o

n ación a la que más tarde ag reg ó el señorío de Granada.

era costum bre en aquellos tiem pos, con esa am plia y fácil

El p eligro musulm án no parecía sin em bargo ser cosa

generosidad del que dá lo que n o es suyo, pues la m ayor

muy inm ediata. C astilla había con seg u id o por el mes de m a­

parte de las tierras conced id as al M ediodía, estaban aún en

y o de este m ism o año h acer las paces con el Califa alm o h a­

poder de los moros, y otras m uchas pertenecían al área de

de al-M ansur y León pidió al m ism o tiem po, y le fué c o n c e ­

la exp an sión leonesa.

dida, una ren ov ació n de las treguas que tenía concertadas co n anterioridad. Esto fué aprovechado por el C alifa para

2.°

La frontera meridional

batir a los portugueses que se m antuvieron a la defensiva dentro de sus castillos. Pero los m onarcas de C astilla y de

Resueltas unas agresiones casi sim ultáneas por parte de

León estaban m uy lejo s de v iv ir confiados. Sabían que, pese

Castilla y Portugal, y realizado el m atrim onio del R ey con su

a todas las apariencias, el ataque alm ohade podía producirse

prima D oña Teresa, reincid ién d ose en el error del im pedi­ m ento que tantas perturbaciones había causado durante el reinado an terior1 A lfonso IX com enzó a ocuparse de los asuntos relativos a la frontera m eridional (1190). Esta tenía, según sabem os, sus puntos más avanzados en C oria y A lco ­ nétar, n o pasando del T a jo la parte cristiana por este sector,

1 Doña Teresa era hija de Sancho I, herm ano de doña Urraca, la ma­ dre de A lfonso IX eran pues primos carnales, nietos am bos de A lfonso Henriques.

1 Mas bien fué esta la confirm ación de un privilegio anterior. La A ta­ laya de Pelay V ellidiz, erigida com o sabemos por A lfonso VI, había caido poco después en poder de los musulmanes, siendo rescatada por Fernan­ do II en el año 1169, durante la campaña que precedió a la primera Recon­ quista de Cáceres. Este m onarca la cedió después a la Iglesia de Compostela por Privilegio de 21 de abril de 1183 (Vid. López Ferreiro Iglesia de Santiago t. IV . Ap. LXII, y cita a la pg. 333 del mismo volum en, Cfr. J . G on­ zález, Regesta pg. 488). La confirm ación a que nos referimos en el texto es de 18 de ju lio de 1188 (J. González, Alfonso IX t. II, pg, 29, núm. 14). Espe­ cifica este docum ento que la A talaya está in episcopatu Cauriensi inter Qtanatam et Cauriam, super flumen Alauon.


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en cualquier m om ento, dudándose tan sólo acerca del lugar

y avanzaban co n d irección al Tajo, in ten tan d o am enazar

sobre el que descargaría la torm enta, si del lado leonés, por

Toledo. Su ím petu y su rapidez fueron sorprendentes, pues

Coria y C iudad Rodrigo, por la frontera castellan a en la par­

en m uy p oco tiem po con sigu ieron alcanzar la altura de Ta-

te de Plasencia o b ien por la parte central de Castilla, te­

lavera, donde trabaron durísim o com bate con las tropas ca s­

n ien d o a T o led o por ob jetiv o. A m bos reinos, co n más o m enos sigilo, h acían sus apres­

tellanas a las cuales con sigu ieron derrotar, persiguiéndolas

tos defensivos: se reforzaban las gu arn icion es en los casti­

Entre tanto una parte de la vanguardia alm ohade, se h a ­

hasta hacerlas buscar am paro tras los muros de Toledo.

llos, y se hacían espléndidas d on aciones a las O rd en es M i­

bía destacado al O este, lleg an d o al castillo de M ontánchez

litares de v illas y castillos dentro del territorio moro, para

el día 14 de ju n io, in ician d o en el m ism o día el ataque a la

c/uando fueran ganados, a fin de estim ularlas a su conquista, y

fortaleza. M ontánchez era a la sazón reducto de C astilla y

estas d on acio nes apriorísticas fueron tan abundantes, que

estaba defendido por una corta gu arnición, habién d ose c o ­

había O rd en, com o la de Santiago, que con taba con más fortalezas propias para el futuro, que las qu e tenía en la a c ­

m enzado a co n g reg ar en torn o al castillo un núm ero b as­ tante con sid erable de pobladores.

tualidad. Bien es verdad que era ella, con sus m ilicias la más

El co n tin g en te musulmán que acudió para tom arlo estaba

eficien te salvaguardia de la frontera musulmana.

form ado por fuerzas de ch oqu e, en las que figuraban bandas de guerreros árabes fanatizados, que, m ientras el grueso de

Ofensiva musulmana. La matanza de Montánchez

la colum na atacaba la fortaleza, en la que se había refugiado

En 1195 se d esencad enó por fin la torm enta. Los castellanos provocan al musulmán en atrevida alg a­

de cualquier in filtración cristiana que pudiera v en ir por la

ra, a la que el C alifa respondió pasando el Estrecho con un

tió con v alor el primer ataque,- pero al día siguiente vieron

3.°

la p oblación , se desparram aron por los alrededores, lle g a n ­ do hasta el Salor, a fin de raziar los cam pos y estar a la mira parte de Tru jillo en au xilio de la fortaleza sitiada. Esta resis­

poderoso ejé rcito que derrotó a A lfonso V III en la batalla

los sitiados que por los valles del saliente avanzaba un p o ­

de A larcos. El castellano culpó al leonés de haberse retrasa­

deroso ejército, con gran núm ero de m áquinas de guerra,

do en llegar con los refuerzos que le correspondía aportar,

que al m ando del propio al-M ansur v en ía de la parte de Ta-

esto hizo qu e se rom pieran las relacion es entre am bos so ­

lavera. En la im posibilidad de resistir los de M ontánchez

beranos, y que, al año siguiente se coaligara el leon és con

pidieron el aman, y co n ced id o éste por el Califa, fueron to ­

Y

el R ey de Navarra, y aun con los m ismos alm ohades, para

dos, una vez desarmados, entregados al caid 'A b u A llah ben

h acer la guerra a la Castilla. A lfonso IX in ició la ofensiva por la parte de este R eino

Sanadid, con la orden de con d u cirlos en seguridad hasta el prim er puesto cristiano. El caid se en cam in ó con ellos hacia

mientras que los alm ohades salían de Sevilla (el 15 de abril)

el Nordeste, acam pando en un v alle cerca de la actual Toy


rrequem ada, ju n io a V illa v ie ja del Tamuja,- pero una de las bandas árabes que corría por aquellos cam pos, les salió al encuentro y, a pesar de los esfuerzos que el caid hizo para evitarlo, se lanzaron sobre los indefensos prisioneros pasán­ dolos a cu ch illo. Sólo quedaron co n vida las m ujeres y los niños, que fueron cogid os por los asaltantes com o cautivos. El nom bre de «V alle de la Matanza» aun perdura por aqu e­ llos parajes com o un recuerdo de la terrible carnicería. Los cronistas árabes cuentan que al-M ansur se in d ig n ó m ucho al co n o cer la felonía, h acien d o en carcelar a sus au to­ res, y ord enand o al propio 'A b u A llah que con d u jese a los su pervivientes hasta la frontera1. Desde M ontánchez se lanzaron los alm ohades sobre Trujillo , pero sus habitantes huyeron ante la presencia de los moros, que aun los persiguieron en su huida exterm in án d o­ los,- lu ego ocuparon, tam bién sin resistencia, Santa Cruz y por últim o Plasencia que fué arrasada, asaltando el castillo y d egollan d o a los jefes de la defensa y a los personajes más principales de la p ob lación y cautivando al resto para llev ar­ los a trabajar al A frica en la con stru cción de la mezquita de R abal2. Seguidam ente el Califa co n tin u ó su ofen siva por la M e­ seta.

4.°

La paz con Castilla

Tras m uchas vicisitudes que no nos entretendrem os a detallar, por no estar directam ente relacionadas con el o b jeto 1 Efem Tur (XVI/1), A. T. I. (VIII/5); A l Bayan, pg. 393 a 395,- Huici, Tlisl. Almoad. I. 371. a Cr. G. (XII/9).

A LFO N SO I X .—De su estatua tumular de Santiago.


— 145 — de este trabajo, en 1197, se acord ó por fin la paz co n Castilla. A lfonso IX , lo mismo que su padre, h abía ten id o que separarse de su esposa Teresa, tam bién a causa de las cen su ­ ras pontificias, y co n el fin de con solid ar las paces acord a­ das, se pactó el m atrim onio del leonés co n Berenguela, hija p rim ogénita del m onarca castellano. La nueva reina recibió com o dote del leonés diversos castillos en G alicia, Asturias, M ontañas de León y Tierra de Campos,- acord ándose que si el castellan o quería cam biar los de G alicia por oíros, podría esco g er los qu e quisiera dentro del reino de León, m enos los que p erteneciesen a la Iglesia, a las O rd en es M ilitares y cierto núm ero de villas que se m encionan, entre las cuales figuran las de C oria y Granada. El m atrim onio con Berenguela lo g ró por el m om ento su efecto principal, cual era el de m antener la paz,- pero ad ole­ cía del m ismo im pedim ento que los anteriores y tam bién h u ­ b o de disolverse el vín cu lo, con lo que v o lv ió la am enaza de la guerra. H ubo algunas escaramuzas en las fronteras, pero al fin se im puso el buen sentido y las paces se rean u ­ daron. A lfo n so IX aprovecha este estado de cosas para preparar­ se a la gran ofen siva que tenía proyectada al Sur del Tajo. En prim er lugar, y en el año 1202, se preocupa in ca n sa b le ­ m ente de robustecer las O rd en es militares, de las cuales la de San tiago v en ía d eclin an d o sensiblem ente desde la pér­ dida de su casa matriz. De acuerdo con la Iglesia Com postelana dió a estos caballeros la A talaya de Pelay V ellidiz, que­ dando este castillo com o solar y casa principal de la C o n ­ greg ació n hasta tanto se recuperaba Cáceres, pues los cab a­ lleros n o h abían renunciado a su prim itivo hogar. A l m ismo tiem po reforzaba las gu arn icion es de la frontera y recorría


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— 147 —

de un m odo in cesanie loda la C uenca Septentrional del T a­

y determ inan que cada u no de ellos ataque al com ún e n e­

jo en ex p ed icio n es de lim pieza, pues las incursiones m usul­

m igo por su respectiva frontera. El m om ento no podía ser

manas, c o n o sin con sen tim ien to del Califa, se producían

más oportuno, pues el Im perio alm ohade estaba sen sib le­

con enorm e frecuencia. Llevaba ya los preparativos m uy adelantados, pero sin

por las d isen siones internas,- y com o A lfo n so IX tenía ya

em bargo tuvo que dem orar la ejecu ció n de sus proyectos a

ultim ados sus preparativos y además le correspond ía d es­

fin de sincronizar su a cció n co n la del R ey de Castilla. Este,

arrollar la parte más difícil, por ser m ucho más exten sa la

por su parte, n o descuidaba la frontera inferior, que le in ­

tierra a recorrer y más num erosas las fortalezas a conquistar,

quietaba m ucho desde que los alm ohades le desposeyeron

en 1213 toma la in iciativa, llev an d o en su hueste 600 cab a­

de las fortalezas que por esta parte guarnecían los pasos de

lleros castellanos que al m ando de D on D ieg o López y de

m ente debilitado, tanto por los ataques cristianos cuanto

la d ivisoria del Guadiana. A sí pues, recorría todos los casti­

su h ijo Lope Díaz, le fueron cedidos por A lfonso V III para

llos y, de vez en vez, realizaba algunas incu rsiones al Sur del

esta cam paña. Partió el ejército de Ciudad Rodrigo, y p a­

Tajo, lleg an d o incluso hasta los M ontes de Toledo. En una

sando las sierras por los puertos del A ceb o y de Perales, lle ­

de estas algaras llevadas a cab o en el año 1211 y en la que

g ó hasta Coria, desde donde, por el ramal de la calzada

le acom pañó el Infante D on Fernando, b ajaron hasta la S ie­

que bordeaba la orilla izquierda del A lagón , se dirigió a A l­

rra de San V icen te, y m ientras el padre recorría todas las

cántara. La plaza no resistió y cay ó en poder de los cristia­

Altam iras, D on Fernando hizo una incu rsión hacia O c c i­

nos que la dejaron b ien guarnecida reh aciend o una buena

dente, hostilizando Tru jillo y M ontánchez. A ésto se d ebió

parte de sus fortificaciones. Luego con tin uaron hasta C áce­

reducir la correría, pues las fuentes n o p ro p o rcio n an más

res. E ncontraron la villa apercibida y en co n d icio n es de d e ­

datos1.

fensa, pero la sitiaron no obstante y la atacaron varias v e ­ ces,- más com o los m usulmanes n o dieran m uestras de sentir

5.°

Recuperación de A lcán­ tara y ataque a Cáceres

lo n g ar durante m uchos meses, co n el p eligro de probables

Después de la victoria de las Navas de T olosa (1212), a la

sorpresas enem igas, siguieron adelante hasta alcanzar M é­ rid a 1.

el asedio, y vieran los atacantes que éste se habría de p ro­

que A lfonso IX no co n trib u y ó personalm ente, si b ien asis­

A lfo n so IX no podía ten er m ucha gente, la estación es­

tieron m uchos caballeros leon eses por su propia in iciativa,

taba m uy avanzada y la tropa desgastadísim a com o co n se­

los reyes de León y de C astilla acuerdan una colaboración

cuencia de los asedios que había ten ido que sostener,- por

para seguir com batiend o al musulmán. Reafirm an sus paces

todo lo cual el R ey de León, d esoyendo los co n sejo s de

1

A. T. I. (VIII/7).

1

C. L. R. C. pg. 366,- Cfr. J . González, Alfonso IX , pg 151.


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D on D iego López, que m andaba la caballería castellana,

com o térm ino el lím ite co n Portugal por el O este, Coria y

d ecid ió regresar a su reino. D on D iego con sus caballeros,

G alisteo por el Norte, por el Este A lco n étar y la tierra de

en una m archa audaz y com plicada, fué a juntarse con su

Sarracenos por el Sur. La cesión estaba con d icion ad a a que

Rey, que sitiaba Baeza1, sitio que A lfonso V III tuvo tam bién

tanto el M aestre com o su O rd en sirviesen al R ey de León,

que levantar por cierto, acosado por el ham bre que diezm a­

tanto en la paz com o en la guerra, y a que elevasen en la

ba su ejército, y a la que se hubiese expu esto A lfonso IX de

V illa una casa c o n v e n to 1. Las in ten cion es del m onarca eran ex p licab les. La O rd en

seguir adelante,- pues los años 1212 y 1213, por causa de la guerra, por la falta de las lluvias y por deficien cias en las

Leonesa de Santiago atravesaba, com o ya lo hem os visto,

sementeras, n o habían podido producir un solo grano, y tanto los hom bres com o las acém ilas del ejército, no en ­

por un m om ento de crisis y sus caballeros apenas si b asta­

contraban forma de so sten erse2.

d on ació n fué m uy mal vista por las O rdenes leonesas, p rin ­

Interesaba a A lfonso IX , más que avanzar a la ventura por las tierras al Sur de la divisoria con el Guadiana, ase­

cipalm ente por la del Pereiro, que opinaba que era a ella a

gurar la posesión de lo conquistado en la C uenca del T ajo ,

las fortificaciones fronterizas co n Portugal, cuya guarda les

con el fin de ten er en las n uevas posiciones puntos de ap o­

estaba encom endada, y argum entando que la O rd en de

ban para gu arnecer las p osiciones de las fronteras,- pero esta

quien se debía entregar esta plaza, por estar en la lín ea de

y o para futuras cam pañas. Pero era muy d ifícil en aquellos

C alatrava era un instituto castellan o y n o podía atender d e­

tiem pos dotar las plazas que se ib an gan an d o

de guarni­

bidam ente una p osición tan com prom etida com o era la de

ciones com puestas por tropas reales,- por lo que no cabía

Alcántara, que, por otra parte, estaba m uy separada de su

otro recurso sino el de ponerlas en m anos de las O rdenes, quienes con sus propias m ilicias quedaban encargadas de

casa-matriz. Esto dió lu gar a un pleito que, después de cierto tiem po, .

defenderlas. A sí en el añ o 1217, y con fecha 27 de m ayo, es­

term inó en una aven en cia, y en 16 de ju lio de 1218, ju n tos

tando el R ey en Toro, exp id ió un p riv ileg io m ediante el

el R ey y los M aestres de am bas O rd en es en C iudad Rodri­

cual donaba a D on M artín Fernández, M aestre de la O rd en

go, se acord ó la cesión al Pereiro de la V illa de A lcántara,

de Calatrava, la villa y castillo de A lcántara, señalándoles

con la o b lig ació n sim bólica de «recibir visita» del Maestre de Calatrava.. Los del Pereiro se posesionaron de la V illa y C astillo y la herm andad se tituló en ad elante Orden M ilitar

1 A. T. I (VIII/8),- vid además C. L. R. C. pg. 366,- J. González, Alfonso IX , 151, 152,- O rli Belm onte, Cas Conquistas, pg. 11. 12. J El ham bre debía ser espantosa. En los A nales Toledanos III, de los que al presente preparamos una reedición, leemos la efemérides siguiente: «Era M .“ C C ." LL.1 anno, este rei don A lfonso fue cercar Uaegipa, e tanta «fue la fanbre que los de la ueste com ien carnes a onbre no acostum braidas,- e descercóla de conseio de los suios».

de los Caballeros de Alcántara, siendo el prim er Maestre que lle v ó este título D. Pedro Fernández Barroso2. 1 *

A péndice diplom ático n.° 1. P. Hurtado, Castillos, pg. 23


— 150 —

6.°

— 151 -

El problema sucesorio

el derech o habría de recaer en las hijas del prim er m atrim o­ nio, es decir, en D oña San ch a y D oña D ulce, m ientras que

Un problem a preocupaba por este tiem po a las dos co r­ les de C aslilla y de León, y que, en cierto m odo, habría de reflejarse más tarde en determ inados aspectos de la con q u is­ ta de Cáceres. Era éste el problem a sucesorio. A lfonso V III había m uerto en el año 1214, d ejan d o here­ dero del tron o a un n iñ o de corta edad, Enrique I, el cual, de m orir sin sucesión, com o ocurrió en efecto, haría recaer el d erecho a la coro n a castellana, en D oña Berenguela, su herm ana m ayor. Esta, com o sabem os, estuvo casada (si b ien el m atrim onio se anuló) con A lfonso IX , que antes estuvo tam bién casado co n D oña Teresa, m atrim onio asim ism o d e­ clarado nulo. De este prim er m atrim onio, es decir, del c o n ­ traído con D oña Teresa n aciero n D oña Sancha, D on Fer­ nando, que m urió m uy pronto, y doña Dulce,- y del segundo m atrim onio, esto es, el contraid o con doña Berenguela, n acie­ ron D on Fernand o (el que después fué Fernando III de C asti­ lla y de León) D on A lfonso, D oña C onstanza y D oña B eren ­ guela. Por lo que a la parte de C astilla se refiere, las cosas estaban relativam ente claras, pues de m orir D on Enrique heredaría D oña Berenguela, y faltando ésta el d erech o recaía directam ente en su h ijo D on Fernando. Pero por la parte de León ya no lo estaban tanto. En prim er lugar, A lfo n so IX , com o n ieto del Emperador, creía que, antes de lodo, y a falta de sucesión m asculina en C aslilla, d eb ían reverlir en él tod os los derechos, y soñaba co n la restauración d el Im ­ perio,- por otra parle, si éslo n o se alcanzaba y Berenguela se afianzaba o afianzaba a su h ijo en el tron o de C aslilla, ¿quién heredaría la corona de León? Las o p in ion es eslaban divididas a este respecto, pues para unos era in du dable que

para otros este derech o correspondía a D on Fernando, que representaba la con tin uidad m asculina de la Casa de Borg o ñ a en el tron o de León. A lfonso IX , cuan d o v ió alejarse la solu ción im perial co n qu e soñara, fluctuó en lre las dos opiniones,- pero en los ú l­ tim os tiem pos, airado con tra los castellanos, enem istado co n D oña Berenguela y resentido co n su h ijo D on Fernando, se había d ecid id o por el partido de las Infantas, y más al v er a su h ijo con solid ad o en el tron o de Castilla, que había o c u ­ pado por cesión de su madre a la muerte de D on Enrique. Esto m antuvo durante m ucho tiem po tensas las relacio ­ nes en lre C astilla y León, hasta que en ag osto de 1218, A l­ fonso IX , acallan d o u ocu ltan d o sus resquem ores, lle g ó a una av en en cia co n D on Fernando, y aunque en ella n o se dió so lu ción al problem a de la sucesión, que quedaba en pie, se acordaron y a las paces que habrían de ser definitivas, entre am bos reinos.

«

7 o La Cruzada ante los muros de Cáceres El R ey de León, seguidam ente, an u n ció Cruzada contra los alm ohades. C on sig u ió despertar cierto entusiasm o, no sólo en la Península, de la que acudieron m ilites de lodos los reinos, sino que tam bién de más allá del Pirineo, de d o n ­ de lleg aron m esnadas de caballeros entre las cuales destaca­ ba una nutrida tropa de gascones, que v en ía m andada por Savarico de M allen. Las O rd en es M ilitares de toda España se sum aron a la empresa, siendo particularm ente lucidas y n u ­


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merosas las huestes de A lcántara y Santiago, y, aunque en

ch o Fernández. Este era h ijo de D on Fern an d o II y de su

m enor escala llegaron tam bién con tin g en tes de Calatrava, el Tem ple y el H ospital1.

casó D on Fernando al fallecim iento de su segunda esposa

Los castellanos se con cen traron en Plasencia, y ya en el

D oña Teresa. D on San ch o era pues herm ano de padre de

m es de noviem bre, d escend ieron los leoneses por la Dalma-

D on A lfonso, y se le h on raba com o a Infante de León, o cu ­

cia, para juntarse con sus aliados en A lconétar, b ajan d o ya

pando siem pre puestos destacados en la corte. Fué «tenenle»

todos ju n ios hasta Cáceres, que era el prim er o b je tiv o de los

de M onten egro y Sarria, prim eram ente, y más tarde de León,

cruzados. Llegaron hasta las in m ediacion es de la V illa p ro­

Zamora, Extrem adura y Transierra, desem peñando la Real

d uciend o toda clase de estragos por los cam pos, y la rodea­

A lferecía desde 1214 hasta 1218. Era hom bre in qu ieto, valeroso

ron con m ucho alarde de fuerzas. Pero h abían em prendido

y de espíritu hasta excesiv am en te aventurero. A cuciado

m uy tarde las operaciones. En esta com arca, de cuando en

por su madre trató de heredar el trono a la muerte de Don

cuando, suelen producirse fuertes otoñadas y torm entas con

Fernando,- pero al ver que sus pretendidos d erech os no se

últim a esposa D oña Urraca López de Haro, viuda, con la que

lluvias torrenciales que duran hasta sem anas enteras, y en

recon o cían , n o h ubo de esforzarse m ucho para acom odarse

aquel año d ebió ser tal, pues nos dicen los anales que fa z ia

a la situación, p on ién d ose a las órdenes de su herm ano al

tan grandes aguas, c¡ue non pudieron durar, y aunque en ataques

que prestó ex celen te s servicios, tanto en la paz com o en la

y escaramuzas los cristianos obtuvieron algu n os éxitos, se

guerra.

vieron precisados a levantar el cerco hacia la N avidad, re­ gresando «a Extrem adura».

que acudieron a la batalla de las N avas de Tolosa, donde

Y en esto quedó por en ton ces la célebre Cruzada, por lo que a Cáceres se refiere.

Fué D on Sancho u no de los pocos caballeros leoneses peleó com o un bravo, distinguiéndose tam bién en las in ­ cursiones que los leon eses h icieron por Castilla. Pero no ab and onab a por ello sus pretensiones a la corona, pensando

El Infante Sancho Fernández

en suceder a su herm ano ya que no pudo suceder a su padre.

Debem os, n o obstante, dar cuenta de un curiosísim o epi­

El añ o 1218 desaparece de la corte inopinadam ente, sin

sodio, p oco ex p licad o , quizá porque no será m uy ex p lica ­

duda algu na enem istado co n su herm ano a la sazón in clin a ­

ble, acaecid o por este tiem po (1220) hacia la parte de las A ltamiras.

do a resolver el pleito sucesorio en favor de las Infantas

En la corte de A lfo n so IX figuraba entre los m agnates

saber más de él, hasta que en 1220 h ace su aparición en T o ­

más destacados y de m ayor in flu en cia el Infante D on San­

ledo reclutan d o g en te para pasar a Sevilla, donde el R ey de

D oña Santa y D oña Dulce,- el h ech o es que n o se vu elve a

Marruecos, decía, le avie dar grandes averes. C on sig u ió que le 1

A. T. II (IX/9).

creyeran m uchos cristianos y m uchos ju d íos y, d icen las


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-

155 -

fuentes, que lle g ó a ju ntar en tre u nos y otros una tropa de

m uy duras penas desde 1217, estaba perfectam ente protegido

más de cuarenta m il hom bres (¡!). Tom ó con ellos el cam ino

el av an ce por el O este de nuestra reg ió n 1.

del Sur d irigiénd ose, según les d ijo, a Sevilla,- pero se des­ v ió de su ruta y fué a parar a Cañam ero, don d e h alló un

9.°

Nuevos alaques a Cáceres

castillo aband onad o que p ob ló con su gente, y desde el cual com enzó a correr la tierra haciendo mucho mal ende a moros

A l añ o sigu ien te (1222) se intenta nuevam ente la c o n ­

t a cristianos. U n día salió a m ontear por aquellas sierras, en

quista de Cáceres. H echos los preparativos durante el in ­

las que por en ton ces había gran cantidad de osos, y h ab ien ­

vierno, al llegar ju n io el ejército leonés, en el que form a­

do levan tad o una de estas fieras, el Infante se lanzó a él;

ban com o siem pre los caballeros de todas las órdenes b aja­

pero el oso le mató. Tres días más tarde el gobern ad or de

ron a sitiar la v ill a .2 Fué u no de los ataques más fuertes de

Badajoz se presentó con un nutrido con tin g en te de moros, sitió el castillo, lo tom ó e descabezólos todos1.

cuantos hubo de sufrir, pues la plaza fué batida por todas

De m uy distinto tipo fué la ex p ed ició n llevada a cabo

entre ellas los almajaneques o arietes especie de v igas o scilan ­

en 1221 por el Maestre de A lcántara D on G arcía Sánchez a

tes reforzadas con hierro, con las cuales golp eaban los m u­

la región d oblem ente fronteriza del río Seber, durante la

ros, hasta abrir en ellos grandes brechas. Los m oros se

cual se apoderó de V alen cia, que en adelante y por esta ra­

defendían b ien h acien d o frecuentes salidas en las que cau­

zón se había de llam ar V a le n cia de A lcántara, form ándose

saban num erosas bajas en el ejército sitiador,- más éste p er­

en ella una en com iend a que lleg ó a ser una de las más ri­

sistiendo co n tesón en sus ataques, co n sig u ió derribar torres

cas de la O rd en . C on esta conquista y con la posesión de

y acitaras 3 llegan d o a coronar grandes tram os del adarve.

A lburquerque d on d e los cristianos ven ían sosteniéndose a

Todo h acía suponer una inm ediata caída de la plaza, cu an ­

partes, utilizando grandes m áquinas e in g en io s de guerra

do se presetaron en el cam pam ento cristiano em isarios del

1 El reíalo, tal y com o aparece en los A. T. II (IX/1) es m uy extraño. En primer lugar no está claro cual era el propósito del Infante al pasar a Sevilla, si cobrar dinero del Califa o ponerse a su servicio. En segundo lugar parece exageradísim o el número de los reclutados,- pues cuarenta mil hom bres, son un ejército numeroso y que desde luego, no podría ca­ ber en el castillo Cañamero, y para reducirlos se hubiera necesitado una cam paña en toda regla. Por otra parte una degollina general de 40 mil hom bres parece evidente exageración. Nos sospechamos que en lugar de los X L mili soldados que transcribió el copista de los A nales se trate en realidad de XL mililts los que acom pañasen al fantástico aventurero.

1 Díaz Pérez, Extremadura, pg. 863,- P. Hurlado, Castillos, pg. 241,- O rli Belm onle, Las Conquistas, pg. 14,- J . González, Alfonso IX t. I, pg. 195. 2 El día 23 de Ju n io concede por privilegio a la O rden de Santiago el C illero de Candam io y el A lfoz de Castrejon, cerca de Gozon, fechando Super obsidione de Cáderes y en 18 de ju lio, en carta abierta, dona a Salva­ dor Yañez el «mortorio» de San Ju lián de Fresno, fechando in Cáceres. Lo que corrabora nuestro argum ento sobre el significado de las proposiciones que rigen los topónim os de las fórmulas cronológicas. V éase la nota 2 de la pg. 133. 3 Acitaras (arab. as sitara) Antem uro, muralla baja,- técnicam ente b ar­ bacana. Eguilaz, Qtosario etimológico de las palabras españolas de origen oriental, pg. 54.


I

156

Rey de Marruecos ofreciendo a Alfonso IX grandes canti­ dades de dinero si accedía a levantar el cerco y renunciaba a enlrar en lierra de moros El rey leonés, quizá por esías promesas, o acaso por no contar con fuerzas suficientes para realizar un ataque definitivo, consintió en retirarse. Pronto hubo de lamentar esta determinación, pues los moros, no sólo no le pagaron el dinero prometido, sino que le persi­ guieron en la retirada, matando a muchos cristianos y ha­ ciendo gran cantidad de prisioneros. Aun realizó el monarca otras tres intentonas por esta parle de la frontera: Una en 1 2 2 3 , la segunda en 1 2 2 5 y en 1 2 2 6 la tercera. De ninguna de las tres hay noticias ciertas de que se acercara a Cáceres, y respecto a la última se sabe taxativamente que se hizo en com binación con el monar­ ca portugués, operándose tan solo en el sector occidental y teniendo por base el castillo de Alburquerque, que era a la sazón punto de convergencia de las tres fronteras. Cáceres seguía imbatido al llegar los primeros días del año 1 2 2 7 . El moro, sabiendo lo que significaba para él esta posición, la mantenía constantemente bien abastecida y en inmejorables condiciones de defensa,- pero el mismo valor tenía, como sabemos, para el cristiano, que sabía que su po­ sesión habría de dejarle el paso franco hacia su área de e x ­ pansión. Por eso Alfonso IX en los años siguientes no hace otra cosa sino preparar esta conquista en una campaña definitiva, con la que coronaría con gloria su reinado, al par que alcanzaba el fin de su vida.

10.

Preparativos bélicos

Entre los múltiples factores que concurrieron al fracaso de las expediciones militares de Alfonso IX encaminadas a

157

-

la recuperación de Cáceres, destacan dos como principales y determinantes. Fué el primero, y del que en cierto modo dependieron todos los demás, el de la estrechez económica, pues el reino estaba em pobrecido a causa de las guerras que de una manera casi continua se venían sucediendo desde los tiempos del Emperador,- y aunque el Rey se había esforzado desde los primeros años de su reinado en introducir cierto orden en la hacienda y en defender el realengo, reivin­ dicando donaciones abusivas y restringiendo las con ce­ siones de rentas sobre los caudales procedentes de la tri­ butación1, no pudo remediar de una manera sensible el quebranto que al erario real habían producido las imprevi­ soras larguezas de su padre. El mismo se había visto también precisado a consumir grandes caudales en sus expediciones, y por ello, al llegar el momento de realizar un esfuerzo defi­ nitivo, se encontraba en la imposibilidad de llevarlo a cabo, por la poco menos que absoluta carencia de numerario. Los hechos que vamos a relatar así lo corroboran. El segundo de los factores que condicionaron el reitera­ do fracaso, fué el de la improvisación. Había, ello es cier­ to, un objetivo estratégico: la toma de Cáceres,- pero no se vé, por las consecuencias, que existiese un plan de campaña, apareciendo todo a merced del arbitrio y del azar. Aquellas empresas, más que expediciones militares, parecían aventu­ ras, en las que se tomaban las determinaciones según las circustancias del momento. La ausencia de preparación se vió bien clara y patente en los últimos ataques de 1218 y 1 2 2 2 . El último especialmente, por el que Alfonso IX ha sido tachado incluso, de haberse prestado con sobrada facilidad 1 J. González. Alfonso IX , t. I. pg. 400.


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— 159 —

al soborno musulmán, term inó en aquella desastrosa retirada

ban realizando en la Basílica C om postelan a1, n o d e b ía n se

en realidad, por la íalta de previsión táctica que acon sejab a

m uchos (desde lu ego insuficientes para la guerra que se p ro­

elem ental m ente ten er dispuestas las reservas necesarias, tan ­ to para com pletar la ocu pación de la V illa en un ataque

yectaba) por lo que el m onarca pidió a D on Bernardo que a

decisivo, cuanto para m antenerla una vez reconquistada,

rras propiedad de la Mitra, com o ya lo había h ech o su an ­

sobre todo si se producía, com o cabía espererlo, una c o n ­

tecesor D on Pedro Suárez en ocasión sem ejan te2. D ebió e l

traofensiva por las partes de Trujillo, Santa Cruz, M o n lán chez o Mérida.

prelado poner reparos a esta pretensión, a lo que el Rey

A lfonso IX , aun sabiend o a com ienzos de 1227 que los

reyes leoneses v en ían d ispensando a la Iglesia C om postela­

m oros de C áceres estaban prácticam ente aislados, siendo él

na, a la cual h abían colm ado de p rivilegios y m ercedes c o n ­

ya por com pleto dueño del Ribero, desde el que podía

siderables, entre los cuales u no de los más preciados era la

defender los pasos del Tajo,- fortificado en A lcántara, Albur-

cesión , por parte de la C orona, de los derechos ju risd iccio n a­

querque, Coria, Portezuelo y Alconétar,- y raziados a co n cien •

les que en m ateria C iv il ejercían los obispos composlelanos,-

cia los valles del A yuela y del Salor, hasta los bordes de las

derechos que, por ser del m onarca, eran perfectam ente re­

sierras, d ecid ió proceder esta vez co n calm a, rectificar los

vocables. D on Bernardo com prendió la indirecta y acced ió ;

descuidos anteriores e irse preparando para la nueva cam ­

pero con la co n d ició n de que para h acer lo que se pretendía

paña con d iligen cia, pero sin apresuram ientos.

se obtuviese la oportuna autorización de la Santa Sede.

Y

el primer problem a que tenía que resolver era, com o

fin de com pletar lo que se necesitaba, em peñase algunas tie ­

respondió recordándole la p ro tección con stan te que los

D on A lfonso h ubo de resignarse a este trámite, por o tra

ya lo hem os dicho, el del dinero. Inm ediatam ente se puso a

parle m uy puesto en razón, y en los prim eros días de feb re­

procurárselo, acud iend o en prim er lugar a q u ien él sabía

ro de 1227 partieron para Rom a los em isarios del Arzobispo

positivam ente que estaba en las más m ejores co n d icio n es de

de C om postela con la su p licación para el Pontífice.

poder proporcionárselo. Tal era el A rzobispo de San tiago,

El Rey co n tin u ó su v iaje por G alicia, sin duda buscando

D on Bernardo, prelado m unificente, m uy afecto a la C orona

dinero por otras parles a cam bio de m ercedes y de p rivile­

Real de León, y cuya Iglesia había sido siem pre m uy favo­

gios, com o era corriente en aquellos tiempos. El ó de feb re­

recida por los m onarcas. A sí pues, desde Sabugal, donde se

ro estaba en Palaz de Rey, el 10 en Lugo, el 11 y 12 de marzo

en con traba en diciem bre de 1226, se trasladó a G alicia, h a­

lo hallam os en V illan u ev a del R ey y el 27 otra vez en Lugo,

llándose en C om postela el día 23 de enero de 1227. Ense­

encon tránd ose el 30 de abril en Villafranca. D esde allí

guida form uló su petición al A rzobispo, quien puso a su

marcha con d irección a Asturias, estando el 1 de m ayo en

d isposición los caudales que a la sazón ex istían en su ig le ­ sia,- pero éstos, a causa de las obras que a la sazón se esta­

1 López Ferreiro, Iglesia de Santiago, t. V pg. 136. * Vid. Supr. pg. 135.


— 160 — C ubillos y el 17 en A vilés. Baja hacia Zamora en el mes de julio, esíando el día 9 en Bretou, j el 13 en la misma Za­ m ora1.

11.

Misión del Cardenal de Sabina

Eníre lanío, el día 19 de marzo de esíe m ismo año 1227, al fallecim iento del Papa In o cen cio III, fué electo y con sa­ grado Pontífice G regorio IX . Entre los asuntos que dejara pendientes el pon tificado anterior, se en con traban los rela­ tivos a la situ ación eclesiástica de España, don d e se co m e­ tían m uchos abusos que era n ecesario corregir, desde las con com itan cias de los reyes cristianos co n los moros, en las que se atendía m uchas veces a la razón política, con perjui­ cio de los intereses de la R eligión , hasta la disciplina e cle ­ siástica, la cual, por aquellos tiem pos, estaba harto relajada. Había, por otra parte, que arm onizar las relacion es de los m onasterios con los obispos diocesanos, y aún las de éstos entre sí, para evitar las escandalosas disputas que se produ­ cían por intereses tem porales, o sobre los d erech os ju risd ic­ cionales de cada una de las diócesis. Todos estos problem as cobraron actualidad al presentarse en la Sede Pontificia (no antes de m ediar abril de 1227) los em isarios del A rzobispo de C om postela con la su plicación requerida por el m onarca, Y el n u evo Pontífice para el arreglo de todas estas cu estio­ nes, d ecid ió en v iar a España al C ardenal Ju an , O bisp o de

1 Nos detenemos en detallar este itinerario, con las fechas que en el mismo se relacionan, por ser m uy im portante la consideración del factor tiempo para los problemas crítico-cronológicos que más adelante se ha­ brán de plantear.

A LFO N SO IX PELEANDO.— Tumbo A de Santiago.


— 161 Sabina, com o legado, con plen os poderes para resolver los asuntos eclesiásticos pendientes, pudiendo in clu so co n v o ­ car sínodos diocesanos para tratarlos, y h acién d ole portador del rescripto apostólico por el que se autorizaba al A rzobis­ po de C om postela para pignorar b ien es de su Iglesia, a fin de proporcionar al m onarca leon és los caudales in d ispen sa­ bles para su cam paña contra los moros, y en cargan d o e x ­ presam ente al legad o que av iv ase en este sentido el celo no solo de A lfonso IX , sino el de todos los reyes cristianos de España1. La Bula co n ced ie n d o esta autorización fué prom ulgada en A g n an i el día 17 de agosto de 1227, y en ella se dice con sen tir en lo solicitad o ut non amitteret regalía, in cjuibus 8cclesia tua enormiler laederetur, lo que confirm a la hipótesis que más arriba dejam os expuesta, de que el Rey, más o m enos claram ente, d ebió am enazar al A rzobispo co n suprim irle los derechos ju risd iccion ales2. El C ardenal Ju an d ebió pues salir de Rom a o de A g n a ­ ni, en la primera quin cena de septiem bre y llegar a España, concretam ente a C om postela, por los prim eros días de d i­ ciem b re8,- y debía ser hom bre de gran actividad, pues en los 1 Tud. (X/8). a Hace referencia a esta Bula y copia uno de sus párrafos López Ferreiro (Ob. cit. en la nota 1 de la pg. 136). Está copiada con testim onio no­ tarial en el Tumbo B. de Santiago, al folio 186 y damos su texto íntegro en nuestro A péndice diplom ático Núm. 2. 8 Calculamos el viaje del Cardenal Ju an desde la Santa Sede a San­ tiago de Com postela, en un mínimum de 75 días, por el itinerario más corto y usado por los viajeros medievales. Este era el de Roma, Génova, Saona, N arbona y Tolosa, donde, para penetrar en España, tom aban la ruta que seguían los peregrinos de la Europa occidental para visitar el se­ pulcro de Santiago, es decir, por A uch y O rtez, entrando en la Penín-


— 162 -

— 163 -

com ienzos de 1228, hizo reunir un C o n cilio en Salam anca,

co n c e jo s fortificarse dentro de las iglesias, salvo en casos

en el que se tom aron diversos acuerdos sobre disciplina

de extrem a necesidad, y se con m in ó con severísim as penas

eclesiástica, se p rohibió a las personas poderosas y a los

a los que in vad iesen o detentasen b ien es pertenecientes a iglesias o m onasterios1. C on m otivo de la celeb ración de este C on cilio, d ebió

sula por San Ju an de Pié de Puerto. Desde este punto y Por Pamplona, Logroño, Burgos, León y A storga, rendían viaje en Com postela. (Véase el mapa publicado por los Sres. Vázquez de Parga, Lacarra y Uría en su libro Las peregrinaciones a Santiago). Este itinerario (de Roma a Santiago) com prende un total de 460 leguas, equivalente, (poco más o menos), a los 2.530 del actual kilom etraje por

hacer el C ardenal su p resentación al Rey, al que, después de encom iar la necesidad de prosegu ir la lucha contra los moros, le ro g ó la p u blicació n de un d ecreto facultando a los peregrinos que visitasen la tumba del A póstol Santiago

las modernas carreteras. Las jornadas camineras no pueden precisarse con exactitud, pues va­ riaban mucho según el estado del tiempo, la situación de los cam inos y las condiciones topográficas del terreno a atravesar. Sí hay que tener en cuenta que, según parece, los cam inantes medievales tenían más resisten­ cia para la m archa que los actuales viandantes, pues el Poema del Cid re­ gistra jornadas de 40, 50 y aun 60 Kilóm etros, y el Códice Calixtino esta­ blece 45 Kilóm etros para las jornadas cortas de los peregrinos, 50 para la media o norm al y com o recod, alguna hasta de 88, lo que parece eviden­ te exageración. Creemos, teniendo en cuenta la dignidad del viajero, su acom paña­ miento e impedimenta, y basándonos en la tradicional equivalencia de le g u a = h o ra , que recorriese una media diaria de las ocho leguas, con un total de los 45 Kilóm etros, lo que suponen sesenta jornadas caminando. A éstas hay que sumar los 10 días festivos, en los cuales los eclesiásticos no viajaban, más otros cinco de descanso,- lo que suma un total de los 75 días que son los calculados para la totalidad del viaje. Todos estos cálculos se basan en fuentes medievales, tales com o el P oe­ ma del Cid, el «Itinerario de Pamplona a París» seguido por el gobernador de Navarra Don Enrique, Señor de Sully al Rey Don Felipe», publicado en la citada obra «Peregrinaciones a Santiago• (t. III, pg. 118),- Cuentas del limosnero de la Reina Católica (inédito) que actualm ente tiene en estudio M aría Elena Gómez M oreno, y varias referencias de viajeros medievales. Ello se ha com pletado con la consulta de los llamados Keportorios de Cami­ nos, de los cuales se publicaron dos en el siglo X V I: el de Pedro Ju an Velluga, impreso en 1546 y el de A lonso de Meneses publicado en 1576, los cuales nos informan de los itinerarios de su tiempo, con las distancias ex­

o la Iglesia de San Salvador de O vied o, para que, b ien de palabra o ya por escrito, pudiesen disponer de sus bienes en caso de muerte durante la peregrin ación, quedando di­ chos b ien es depositados en poder de los obispos d iocesa­ nos, por espacio de dos años, para ser entregados a los h e­ rederos. Este decreto fué prom ulgado el 5 de febrero.

12.°

La Reconquista definitiva Y el problema cronológico

Los datos cro n o ló g ico s que dejam os con signad o s nos enfrentan ya, directam ente, co n el h ech o de la Reconquista definitiva de la V illa de C áceres y co n los problem as cro ­ n o ló g ico s que se han suscitado en torn o a este a co n teci­ m iento. Este problem a tiene los an teceden tes siguientes. D on Lucas de Tuy, cronista serio, veraz y de una gran

Sobre las jornadas camineras hem os consultado con abundantes y de­ finitivos frutos la obra de Gonzalo M enéndez Pidal Los caminos en la H is ­ toria de España, Madrid (1951) pgs. 1-12 y 45. 1 López Ferreiro. Ob. cit. pg. 134.

presadas en leguas.

I


— 164 — autoridad en este caso, por h aber sido contem poráneo de los sucesos del reinado de A lfo n so I X 1 al tratar de la R eco n ­ quista de Cáceres, d ice (sin precisar la fecha de año, mes ni día), que el Pontífice G regorio IX en v ió a España com o su Legado a Ju an , C ardenal Rom ano, O b isp o de Sabina,- el cual, entre otras gestiones y n eg ocios que le fueron e n c o ­ m endados, ex c itó a los reyes cristianos de España para que con tin uasen su lucha con tra los Sarracenos,- en vista de lo cual el R ey de León con su ejército, y parte del ejército de su h ijo D on Fernando, sitió Cáceres, robusta fortaleza de los bárbaros, y se apoderó de ella 2. Estas palabras form an parte de un capítulo del C ron icón de D on Lucas de Tuy, qu e co n tien e el relato de los sucesos ocurridos entre la Era M C C L V (=1217) y la Era M C C L X X II1 (=1235),-sucesos que no se narran correlativam ente, ni ex p re­ sando los años en que cada u no de ellos tuvo lugar, sino en con ju nto, separándose los unos de los otros por lo cu ciones abstractas, (Post haec, u otras sem ejantes). Por con sigu ien te, sin tener en cuenta más que el co n ten id o estricto de las palabras arriba traducidas, y sin otros datos com plem entarios, lo ú n i­ co que cabría deducir del te x to del Tudense es que la c o n ­ quista de C áceres tuvo lu gar entre las dos únicas fechas que 1 Don Lucas, obispo de Tuy (1239-1249) escribió antes de ser O bispo, cuando era C anónigo de San Isidoro de León, y por encargo de la Reina Doña Berenguela, su Chrotticon !Mundi, que es una com pilación de la Histo­ ria General de España en sus relaciones con la Historia Universal y que com prende desde los primeros tiempos hasta la conquista de Córdova por San Fernando en 1236, fecha en que fué terminada de redactar la obra. Se recogió su texto por Schott en la Hispania illustratatae, Scriptores t. IV. páginas 11-16,- y una versión romanceada, según un cod. de la R. A. H., fué publicada por J . Puyol con el título de Crónica de España, Madrid 1926a Tud. (X/8.).

— 165 m enciona, o sea, entre 1217 y 1231. Pero estos datos com p le­ m entarios existen , y ex isten dentro del m ism o pasaje del C ronicón, p erm itien do una m ayor precisión, o, a lo m enos, un con sid erable acortam iento del tramo hipotético, ya que la misma fuente señala el h ech o de la elev ació n de G rego­ rio IX y venida a España del C ardenal Ju a n com o lím ite re­ moto, y com o lím ite p ró xim o la fecha de la muerte de A l­ fonso IX ; co n lo cual se con creta la fecha en que Cáceres fué ganada entre el 19 de marzo de 1227 (Pontificado de G re­ gorio IX) y 24 de septiem bre de 1230 (fallecim iento del Rey)1. Pues b ien , el P. R isco2, apoyándose en el m en cion ado texto, y sin fijarse en lo Que en el mismo se dice más adelante, c o n ­ cretando por su cuenta lo que el Tudense en el pasaje tra­ ducido n o concreta, y d icien d o lo que en el m ism o el cro ­ nista n o dice, ten ien d o solam ente en cuenta el lím ite rem o­ to, o sea la fecha del Pontificado de G regorio IX , escribió: «En el añ o 1227 fué elev ad o al sumo p on tificado el Papa «G regorio IX , por cuya orden fué en v iad o a España con «autoridad de Legado ap ostólico Ju an , C ardenal de Sevilla »(Si'c). Este persuadió a los Reyes de España que tom asen las «armas contra los sarracenos y en esta ocasión hizo suya «Don A lo n so de León a Cáceres, p ob lación fortísim a de los «árabes, y se apoderó de ella... N o co n ten to el R ey D on «A lonso con haber conquistado una v illa tan principal, cui»dó del aum ento de su p ob lación , co n ced ién d o le Fueros 1 Es preciso insistir en que no hay otra fuente acerca del suceso que com entam os y si la b a y debiera aducirse, pues los argum entos y opiniones personales, solo tienen valor cuando se apoyan en las fuentes, y nada va­ len frente a ellas. 2 Risco, H istoria de la Ciudad y Corte de León y de sus Reyes. M adrid (1782) pg. 78.


ir -

166 —

«particulares en la Era de 1267, añ o 1229, en el mes de abril »y fiesta de San Jo rg e » . De aquí n acieron dos errores que con sigu ieron hacer fortuna: U no que Cáceres fué conquistado en 1227, otro que la fecha del 23 de abril de 1229, n o es la de la reconquista de la V illa, sino la de la prom u lgación de su Fuero. Toda­ vía el prim ero de estos errores ha pretendido una mayor precisión, con cretan d o en el día 24 de ju n io de 1227 la fe­ ch a del acontecim iento. Los historiadores locales de la época clásica1, en posesión iodos ellos de fuentes que el P. R isco no con oció , estable­ cieron com o cosa indudable, apoyada en la tradición y c o ­ rroborada adem ás por testim onios docum entales feh acien ­ tes, la fecha de la conquista de Cáceres com o realizada en 23 de abril de 1229. Pero estos historiadores locales, escasa­ m ente difundidos y m uy p oco leídos fuera del ám bito re­ gion al, n o con sigu ieron contrarrestar el error del P. Risco, ante cuya autoridad, y sin un ex ceso de crítica ciertam ente, la generalidad de los autores nacion ales ha v en id o aducien­ do la fecha 1227, para el suceso que com entam os. La in v estig ación m oderna com probó la justeza de la atri­ b u ció n cro n o ló g ica establecida por los historiadores tradi­ cionales,- y, prim eram ente O rti B elm onte2 y más tarde nos­ otros3, nos esforzam os en corroborarla y sostenerla, hacien d o

1 U lloa G olfín, fu er o s y Privilegios de Cáceres. Madrid, s. a. (hacia 1675) pg. 1-10,- Benito B o xoyo, Breve noticia del Santuario de... La M ontaña, Sala­ manca (1784) pg. 3,- los anónim os autores de los Informes Cáceres en 1784, (publicado por D. Ju an Sanguino, R. E., 1.1, pg. 220) y Cáceres en 1828 , Cáceres (1874) pg. 80,- P. Hurtado, fa m ilia s, pg. 23. * O rti Belm onte, L as Conquistas... * Floriano, Roconquista.

-

167 —

resaltar el error de Risco, ciñ én d o n o s a los h ech os co n toda ob jetiv id ad y ap oy ánd onos en los docum entos, criticados e interpretados éstos con todo rigor diplom ático. Nuestra op in ión de que C áceres fué recuperada del p o ­ der m usulmán el 23 de abril de 1229, tiene su principal y más sólido fundam ento en un testim onio docum ental que así lo expresa. Es éste, ni más ni m enos, que un P rivilegio Rodado del R ey Fernando III, fechado en A lb a de Torm es el 12 de marzo de 1231, por el que este Rey, h ijo y sucesor del con quistador de la V illa y a cuya con q u ista sus mismas tropas (siendo en ton ces solam ente R ey de Castilla) con trib u ­ yeron, otorga a ésta su Carla de Población, confirm atoria de la que, a raíz de la conquista, le con cediera su padre,-docum en­ to que se in clu y ó en el Libro de sus Fueros1, y que fué su­ cesivam ente confirm ado por A lfonso X 2, San ch o IV 3, Fer­ n ando IV 4, Enrique III5, Ju a n II,6 Enrique IV 7, y los Reyes C ató lico s8. Este docum ento, cuya autenticidad nadie discute y cuya autoridad es incu estion able, así lo dice claram ente, sin que quepan dudas ni interpretaciones, com o y a lo h e­ mos dem ostrado en otros trabajo s9 y aun hem os de reite­ rarlo co n nuevos argum entos en el capítu lo siguiente, al h acer del m ism o un m inu cioso exam en diplom ático. 1 a 8 4 6 8 dad,’ 8 9

No más tarde de 1250. En 18 de m ayo de 1258. En 14 de octubre de 1290. En 15 de abril de 1299. En 15 de diciem bre de 1393. Dos veces: una de ellas en 12 de marzo de 1408, durante la m inori­ la otra en 1 de ju n io de 1220. En 22 de marzo de 1455. En 19 de febrero de 1482. Floriano, Reconquista.


-

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Pero aparte éste, aun pueden aducirse otros testim onios en ap oy o de nuestra tesis.

que la cam paña n o se in ició sinó después de la llegada a

Es el prim ero de ellos el epígrafe que figura sobre el ar­

tación pontificia para que los reyes cristianos de la P en ín su ­

co de la Puerta de O liv ares, en la muralla de Zamora, y en

la con tin uasen la lucha contra los infieles, o ya porque apor­

el cual se hace constar la recuperación de Cáceres, M oníán-

tase co n sig o alg o más decisivo, y en un sentido m aterial

España del C ardenal Juan,- b ien fuera porque trajese la in ci­

chez, M érida y Badajoz en la misma cam paña, es decir, en la

más necesario, com o era la Bula autorizando la p ignoración

term inada en el año 1230, últim a de A lfonso IX , y en la cual

de las tierras com posíelanas, de cuyo producto habrían de

las tropas zam oranas fueron victoriosas en primera lín ea1.

salir los caudales im prescindibles para em prender la cam pa­

Es el segund o el testim onio del propio Tudense, el cual,

ña. Si lo prim ero, b ien claro está que el C ardenal n o pudo

en el mismo párrafo e n que dá la n oticia de la tom a de C áce­

lleg ar a España antes del 24 de ju nio, pues el v iaje requería

res y seis líneas después de consignarla, en las cuales d edi­

una cierta preparación, un período de inform ación ca n cille­

ca un in ciso elog ian d o el v alor y la justicia de A lfonso IX

resca, un lapso de setenta y cin co días, com o m ínim un, para

y de su h ijo Fernand o III, d ice (y ello pasó inadvertido al

su realización y después un tiem po, más o m enos largo

P. Risco): Secjuentem vero atino, JJefon su s R ex Legionis obsedit civi-

para las gestion es con los reyes, sin contar con el necesario

tatem Emeritam, et cepit eam¡ lo que en nuestro sentir es ya

para ju ntar el dinero Y m ucho m enos pudo llegar, si era

definitivo, puesto que de todos es sabido que la reconquista

portador, com o parece natural, de la Bula m encionada, pues

de M érida se realizó en el mes de marzo de 1230.

ésta no se ex p id ió hasta el día 14 de agosto de aquel año.

A un se puede llevar la dem ostración por un cam ino in ­

La conquista de Cáceres en cualquier tiem po del año 1227

verso, esto es, ev id en ciand o la im posibilidad de que la c o n ­

n o puede tener, por con siguien te, ni siquiera la categoría de

quista tuviera lugar en el verano de 1227.

una hipótesis. N o consta en n in gu n a fuente narrativa h a­

Desde lu ego nadie discute, pues el Tudense así lo afirma

b ien d o por otra parte las que taxativam ente afirm an lo c o n ­ trario,- faltan en absoluto los datos sobre los que fundam en­

1 Este epígrafe m uy corroído en la actualidad,- fué leído por Quadrado y su lectura le pareció correcta al Sr. Gómez M oreno (Catálogo 'Mo­ numental de España: Provincia de Zamora t. I. pg. 86) y dice así: Era millesim a ducentésima sexagésim a octava A lfonsus rex Legionis cep it Cáceres et M onlanches et Meritam et Badaloz et v icit A bem fuit regem maurorum qui tenebat X X milia equitum el LX miliu peditum et zamoren ses fuerunt uictores in prima acie et eo anno ipse rex V II K1 octobris obiit et XLII annis regnavit el eo anno factum fuit ho c pórtale.

tar su verosim ilitud, aun los de categoría m eram ente in d i­ ciaría,- tien e en su contra los an teced en tes docum entarlos que se reflejan en el itinerario del monarca,- se le op o n e el h ech o palm ariam ente dem ostrado de la falta de m edios e c o ­ nóm icos, que sólo la autorización de Rom a podría so lu cio­ nar, y, sobre todo, se op o n e a h ech os irrefutables por su autencidad docum ental. Y én d o n o s pues a lo que se desprende de los testim onios


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más autorizados, veam os pues com o, en nuestro sentir, se

cuenta años esperando este m om ento. Cáceres había sido el

desarrollaron los acontecim ientos. En todo el añ o 1228 no consta que h iciese A lfonso

solar en el que el añ o 1170 h abían fundado su C o n g reg ació n

IX exp ed icion es militares l . C on tin u aban con gran actividad

su defensa, arrebatándosela los m oros a costa de muchas

los preparativos b élico s celebrán d ose entrevistas co n C asti­

vidas en 1174. N i una sola vez h abían d ejad o de acudir a

lla a fin de ob ten er su colab oración en la guerra, a la que

cuantos llam am ientos hiciera la C orona para liberarla,- justo

deberían concurrir, com o ya era costum bre, todas las O rd e­

era pues que se prem iaran su con stan cia y sus sacrificios con

nes M ilitares de España. En ello se em plea la casi totalidad

el recon o cim ien to de sus derechos. Pero en el ánim o del Rey

del año, y reunido el dinero suficiente a prim eros de 1229, ya el día 14 de febrero se h allaba el R ey en Ciudad Rodri­

pesaba un buen núm ero de con sid eracion es para tener muy distintos proyectos.

g o dispuesto para!com enzar la lucha. El día 5 de abril esta­

En efecto, la Transierra y su p ro lon gació n al Sur del Ta­

ba ante los muros de C áceres8. Se ign oran las circunstancias del asedio, pero la resisten ­

litares,- en toda la parte m eridional no había ni una sola fo r­

y el R ey Fernando II se la había ced id o en com en dán doles

jo, estaban m aterialm ente im pregnadas por las O rd en es M i­

cia n o d eb ió ser mucha, pues el día 23 festividad de San

taleza n i villa que perteneciese a la C orona, y, por otra par­

Jo rg e , se tom ó la plaza por el rey leon és3. Restauróse en

te, las O rd on es estaban agrupadas por núcleos de castillos

ella el culto cristiano, siend o su prim er iglesia intram uros,

y atalayas, que cen traban grandes ex ten sio n es territoriales,

la de Santa María, quizá aprovech an do para el caso la a n ti­

que, si de derech o no lo eran, de h ech o v en ían a constituir

gua mezquita. A penas ganada la villa, los C aballeros de Santiago, que

verdaderos estados con ev id en te detrim ento del poder real;

fueron los más em peñados en su conquista, se presentaron

dades entre los distintos Institutos, (que ya h abían apuntado

al R ey reclam ándola por su heredad. Llevaban cerca de c in ­

en diversas ocasiones) pudieran perturbar la paz interior,

y, lo que era más de temer, co n el peligro de que las riv a li­

p on ien d o en p eligro el av an ce de la Reconquista. 1 J . González. Alfonso IX t. I.pg. 304. 2 Dona en esta fecha a la O rden del Hospital la propiedad de V illaruz, cerca de Fresno V iejo , fechando Apud Cáceres V d ie Aprilis, era CC.° L X Y J J ." (J. González, Obid. pg. 688). La expresión de esta fórmula cronoló­ gica ha sido de las más aducidas para tratar de demostrar que Cáceres ya estaba en poder de cristianos con anterioridad al 23 del mismo mes. A un­ que se nos tache, y con razón, de reiterativos, remitimos una vez más al lector a nuestra nota número 2 de la pagina 133. 8 Esta fecha está com pletam ente documentada por la Carla de Pobla­ ción y de su exactitud trataremos con toda amplitud en el análisis diplo­ m ático que hem os de hacer de su confirm ación por Fernando III.

El R ey se n eg ó pues, rotundam ente a las pretensiones de los caballeros. Q uería asegurarse en C áceres un centro de poder, desde el cual ejercer su atoridad cu an d o fuera n e ce ­ sario, y tener a todos en respeto, inclu so a las mismas O rd e­ nes, y por eso la erigió en V illa libre y franca, unida a la C orona Real de León e inseparable de ella. Los C aballeros de la Espada, esto es, los Santiaguistas, n o se conform aron y surgió un pleito entre ellos y la Corona, pleito que por su planteam iento tenía todas las características de ser com pli-


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cado y largo, pues si no puede decirse que am bas partes

guistas (pues antes n o hubiera sido ju rídicam ente posible),

íen ían razón, si que es ev id en te que cada una de ellas tenía

dió la Carta de P oblación de C áceres y le señaló por Fuero

su razón.

el mismo que había con ced id o a d icha C iudad Episcopal ha­

Don A lfonso, pend iente la reclam ación santiaguista, dejó

cia el año 1210, com o se razonará en su lugar co rresp o n d ien ­

Cáceres en co n d icio n es de defensa y em prendió el regreso

te. D ió descanso a sus tropas, repartió recom pensas y se re­

al Norte del Tajo. A l pasar por G alisteo el pleito se zanjó

tiró a G alicia don d e pasó el v eran o ocupado en organizar

im poniénd ose el buen sentido. Reunidos co n el R ey el

el final de la cam paña. En octubre estaba en Lugo y en n o ­

M aestre de la O rd en y sus caballeros, acuerdan una a v e ­

viem bre pasaba por Ponferrada, desde d on d e por M ayorga,

n en cia de beneplácito parcium, por lo cual el Soberano, con el

B enavente y Toro, se d irigió a A lb a de Torm es. A llí se en ­

con sen tim ien to de sus hijas las Infantas D oña Sancha y

contraba el últim o día del año 1229. Los dos prim eros m eses

D oña Dulce, dona a la O rd en por juro de heredad, V illafá-

de 1230, los em plea en reunir sus fuerzas en las que ya se

fila, Castrotoraf y una com pen sación de dos m il maravedís,

d istinguen las m ilicias co n ce jile s ju n to a las de las O rd en es

ren u n cian d o la O rd en a cuantos derechos pudieran pertene-

M ilitares. Entre aquéllas form aban en prim era lín ea las za-

cerle en C áceres y su térm ino1. A dem ás el R ey se o b ligaba

m oranas y destacaban entre las segundas los lu cid os y n u ­

a entregar al Maestre, cuando fueran conquistados, los cas­

m erosos co n tin g en tes de la O rd en de A lcántara. Las co n ­

tillos de Tru jillo, Santa Cruz, M ontánchez y M edellín.

cen tró entre Coria, A lconétar, A lcántara y C áceres y a c o ­

A sí term inó esta cuestión que hubiera, sin duda alguna,

m ienzos de marzo del año 1230 se en cam in ó con ellas a las

podido producir serias perturbaciones en la marcha de la

sierras de la divisoria. Tom ó en prim er lugar M ontánchez

cam paña, y, sobre todo, com prom eter el p orven ir de la n a ­

y sin grandes esfuerzos lleg ó hasta las in m ediacion es de

cien te V illa.

Mérida. A ben hu t, llam ado el R ey del V alor, salió a su en ­ cuentro,- pero fué derrotado en los cam pos de A lan je, tras

El 16 de m ayo el R ey estaba pues en C oria, donde, co n

cuya victoria M érida apenas si resiste el asedio u nos cu an ­

toda seguridad y una vez resuelto el pleito co n los Santia-

tos días, cay en d o en poder de los cristianos en la primera decena de marzo. Los leon eses siguieron a Badajoz, del cual se apoderaron por las fiestas del Espíritu Santo.

1 Este docum ento lleva fecha del mes de mayo de 1229, pero sin pre­ sión de día (J. González, Alfonso IX , t. II. pg. 693, número 597). El señor González lo coloca m uy acertadam ente antes del día 16 de d icho mes, fecha en la cual el monarca y a se encontraba en Coria, suponiendo con toda lógica que al retirarse de Cáceres subió hasta Galisteo por la Guinea y desde allí tomó el cam ino transversal que conducía a Coria, desde d ond e , después de perm anecer algunos días, tom ó por la Dalm acia para ir a Ciu­ dad-Rodrigo, sitio en el que se encontraba ya el día 18.

A sí term inó la conquista leonesa. El fo co de irradiación de los av ances occid entales se traslada desde el T ajo a las orillas del G uadiana, y la tom a de Cáceres fué el h ech o que co n d icio n ó la posibilid ad de este avance. En adelante nues­ tra V illa com enzará a v iv ir su vida ciudadana, representan-


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do m uy escaso papel en las contiendas bélicas, pues en ese

tregar a las O rd en es los puestos avanzados de la frontera y

senlido, ya estaba cum plida su m isión histórica.

al situar con tin g en tes de reserva en los castillos de la Transierra.

*

*

*

A m ediados de ju n io sale por fin del territorio caceren ­ se y se encam ina lentam ente a G alicia para dar gracias al

D on A lfo n so apenas so b rev iv ió m edio añ o a esta triun­

A póstol por las victorias obten id as y organizar la nueva

fal cam paña. C ontaba los 59 de su edad y había alcanzado

cam paña que habría de com enzar una vez pasada la in ­ vernada.

el 42 de su reinado. Su actividad había sido portentosa, y los escollos fam iliares y p olíticos que h u b o de sortear a lo largo de toda su ex isten cia fueron enorm es. Físicam ente es­ taba ya agotad o al term inar la campaña,- pero su ánim o no d ecayó ni un solo instante, y seguía acariciando proyectos de empresas futuras co n las que coronar las conquistas lo ­ gradas y sus triunfos sobre los enem igos de la Fe.

Dios n o quiso que realizara estos proyectos. En los p ri­ m eros días de septiem bre, ya co n la salud m uy quebrantada, partió para G alicia después de haber pasado en Zamora, su Ciudad natal, una corta temporada,- y al lleg ar a V illan u ev a de Sarria enferm ó tan gravem ente, que no pudo continuar hasta C om postela. A l atardecer del 24 de septiem bre, v ien d o

A raiz de la conquista de Badajoz, y después de dete­

que se aproxim aba su fin, pidió los sacram entos y h abien d o

nerse u nos días en Mérida, pasó al territorio cacerense,

confesado y com ulgado, en la misma n och e en tregó su alma a Dios co n tada la fortaleza de un buen cristiano.

perm aneciend o m uy cerca de tres m eses en nuestras tierras, ocupándose en la con solid ació n de su poder sobre los territo­ rios recientem ente incorporados a su C orona, a los que am e­

A lfonso IX pese las oscilacion es de su carácter y a erro­ res in h eren tes a la naturaleza humana, fué un buen Rey, al

nazaban fuertes p osiciones musulmanas,- algunas de ellas c o ­

que C áceres especialm ente d ebe los fundam entos de su vida

m o la de M onlánchez, señaland o el p eligro de cortar en

auténtica, al in corporarlo de una manera defin itiva a la C i­ vilización C ristiana.

cualquier m om ento la calzada, que era la principal vía de abastecim iento y transporte de tropas hacia la vertien te Sep ­ ten trion al d el Guadiana,- otras, com o las del A lan je, M edellín y M agacela, am enazando insistentem ente a M érida y Badajoz. Para el R ey la cam paña no estaba pues term inada. Se im ­ ponía la rápida organ ización de otra empresa que alejase de una m anera definitiva estos peligros, y diese cam po ab ier­ to para la m archa cristiana hacia las tierras m eridionales. En ella pensaba el R ey al gu arnecer fuertem ente Cáceres, al en ­


CACERES Y LAS ORDENES MILITARES


III

LA C H A RTA POPULATIONIS 1.° Análisis diplomático El prim er acío ju ríd ico realizado por A lfonso IX a raíz de la conquista de Cáceres (statim post captionem uille) fué, c o ­ m o era de rigor, con ced er a la V illa recien recuperada una Carta de P oblación. Esta Carta h o y no se co n o ce b a jo su forma docum ental autónom a, ni es fácil que llegu e a c o n o ­ cerse algú n día,- pero su co n ten id o instrum ental, a lo m enos en esencia, se ha conservado en su confirm ación otorgada por su h ijo y sucesor Fernando III, en Privilegio Rodado e x ­ pedido en A lb a de Torm es co n fecha 12 de marzo de 1231. Este P rivilegio, al que se v ien e d en om in an d o desde los tiem pos de U reña y Bonilla y San M artín Tuero Latino de C á­ ceres1, es por con sig u ien te la ú nica Carta de P ob lación que

la actual V illa posee, y su estudio es im portantísim o e in e ­ ludible, aunque de m uchas dificultades, por plantear com -

1 R. de Ureña y Smenjaud y A. Bonilla y San M artín, Tuero de U sa ­ gre (Siglo X III) Jn otad o con las variantes del de Cáceres. M adrid M C M V II, pá­

ginas X I, X IV , X V , X V I y 181.


— 179 — plicados problem as, lan ío en el sentido dip lom ático com o en el histórico.

de este reino. La causa de tal premura era, que D on A lfo n ­

Ha lleg ad o hasta nosotros el P rivilegio de Fernando III,

en forma harto expresiva su determ inación de im pedir la

n o b a jo su forma original, sino a través de dos copias: es la primera una rep rod ucción facsim ilar, obten id a y autenticada notarialm ente en 7 de marzo de 1366, en forma tan ajustada y primorosa, que suple en absoluto al docum ento de donde p roced e1,- la segunda es su in clu sión en el L ibro de los Tueros2,

so IX , en los últim os años de su reinado, había m ostrado u nión de las dos coronas, la castellana y la leonesa, d eci­ diend o que ésta pasase a las Infantas D oña Sancha y D oña Dulce, hijas am bas de su primer m atrim onio, o sea el c o n ­ traído con D oña Teresa de Portugal. Esta d ecisión se refleja en todos los docum entos de la últim a época de su reinado,

los cuales encabeza, ocu pan d o los folios 1 recto al 6 vuelto

y una buena parte de la n obleza leonesa estaba decidida a

del cód ice de referencia. Se intitula a sí m ismo carta confir

respetarla y sostenerla. D on Fernando sin em bargo, entró

macionis, donationis, concesionis et stabilitatis, co n lo que bien

triunfante en León, donde se le aclam ó com o soberano,- p e­

claro nos d ice que su co n ten id o n o se reduce a reiterar un

ro las torres de la Ciudad estaban en poder de García R o­

docum ento anterior, con el fin de renovar su v alor ju ríd ico

dríguez C am ota, decidido partidario de las Infantas, y la

o su v ig en cia legal, sino que adem ás lo am plía con otras

guerra civ il estaba a punto de estallar, cuando in tervin ieron

con cesion es, d on acio nes y firmezas, en favor del C o n cejo a quien el docum ento se dirige.

las Infantas y D oña Berenguela, madre de Fernando III, las

para evitarla las dos reinas viudas, D oña Teresa madre de

C on v ien e, a la manera de antecedente, ex p o n e r algunas

cuales, reunidas en V alen cia de D on Ju an , lleg aron a una

circu nstancias históricas relacionadas con la ex p ed ició n de

aven en cia, acordando que éste asignase a cada una de sus

este docum ento, y que pueden servirnos para ex p licar de­

herm anas una renta anual de 30.000 m aravedís de oro, a

term inadas peculiaridades de su con ten id o.

cam bio de la cual renunciaron ellas a cuantos derechos pu­

El Rey D on Fern an d o III, que había subido al trono de

dieran corresponderles al tron o de León. Así se lleg ó a la

Castilla en 1217, al co n o cer la n oticia del fallecim iento de su

u n ión defin itiva de am bos reinos, lo cual afectó en cierto

padre, m archó precipitadam ente a León para posesionarse 1 La transcripción de este docum ento, véase al número 3 de nuestro Apéndice diplomático. En el «aparatos del mismo, se consignan las notas bi­ bliográficas, seguidas del com entario. a Códice del A rchivo M unicipal de Cáceres, caligrafiado en el siglo X III, conteniendo los Tueros M unicipales de la Villa. Escritura de letra fran­ cesa con acentuados caracteres de la transición a la gótica. Las peculiari­ dades caligráficas y lingüísticas, así com o su contenido jurídico, lo sitúan sin duda alguna en el decenio central de la centuria: concretam ente, entre 1245 y 1255 Será o b jeto de especial estudio dentro de esta colección.

m odo a Cáceres, y sobre todo, a la red acción d efin itiva de su Carta de P oblación, com o vam os a v erlo siguien d o el c o ­ m entario de este docum ento. Iniciase este co n las solem nidades protocolarias (invoca­ ción, notificación, intitulación)1, tras las cuales entra directam en-

1 Los Privilegios Rodados de Fernando III, apenas difieren por la dis­ posición de su p rolosolo inicial de los de la época anterior. La única va-


T

— 181 — — 180 — am plio de su co n ten id o textual; es la segunda la denom ina­ íe en el texto o parle su bsíaníiva del docum ento, el cual c o ­

da con firm acion es in extenso, por las cuales se in clu y e en el

m ienza con el olorgam ienío, o m anifestación de la volu n tad

docum ento confirm atorio la totalidad del docum ento c o n ­

del otorgante, que a la par em bebe su calificació n jurídica (fació cartam confirm acionis, donatíonis, concessionis et stabilitatis),

firmado. La confirm ación aquí inclu ida es la con firm ación in essen­

la d irección (uobis Concilio de Cáceres presentí et futuro) y la lo ­

tia de un p riv ileg io prom ulgado a raiz de la conquista por

cu ción expresiva de perpetua v ig en cia (perpetuo ualituram).

el R ey A lfonso IX . A este p riv ileg io se alude, reproducien­

A co n tin u ació n se desarrolla el dispositivo, en el cual te­

do su tenor o con ten id o literal com o era costum bre, y que

nem os que consid erar dos partes distintas, que requ ieren un

en este caso se reduce a la in v o cació n , In nomine Dornini

estudio separado.

nostri Jesu Christi sit amen y al com ienzo de la narratio o parte

Es la prim era la con firm ación de los fueros con ced id o s a

expositiva,- la cual ya no se reproduce totalm ente en su c o n ­

la V illa por el R ey A lfonso IX,•confirm ación que h ace D on

ten ido literal, sino que, después de copiar las frases iniciales,

F ernando m ediante la fórmula: Confirmo itacjue uobis omnes fo r o s

se parafrasea para cam biar la forma subjetiva, en que in icia l­

uestros cjuos uobis dedit pater meus c¡ui incipiun in hac fo rm a . Es

m ente debía estar redactada, co n arreglo a norm as d ip lo­

decir, que en esta parte del te x to del Privilegio, el R ey

máticas, en forma ob jetiv a. Es decir, que a causa de esta re­

Fernando III vá a reiterar acuerdos con signad os en un d o­

d acción ob jetiv a, «o habla el R e y (A lfonso IX) com o o to rg a n ­

cum ento anterior, que es por lo qué en prim er lugar es c a ­

te del docum ento y en primera persona, sino que se habla del

lificado este docum ento com o carta confírm acionis. Estas c o n ­

R ey , com o actor de un suceso pasado, que se narra con todas

firm aciones se h icieron en España a partir del sig lo X II, de

sus circunstancias de tiem po y de lugar, en tercera persona,

dos maneras distintas. La prim era de ellas, a la que nosotros

y ésta designada com o alg o que y a solo v iv e en el recuerdo

denom inam os confirm aciones in essentia 1I reitera la validez y

(memoratus rex) y sublim ada co n títulos apoteósicos, todo lo

v ig en cia de derechos preexistentes, unas veces sin referen­

cual demuestra, com o ya lo sospechará O rti Belm onte, que

cia a su con stan cia en d ocum entos anteriores, otras con re­

en el m om ento de esta nueva redacción de la narratio el m o­

m isión a estos docum entos o con un extracto más o m enos

narca a que se alude no era ya persona vivien te. Y

riación sensible consiste en la ausencia en ellos de la invocación verbal, subsistiendo tan solam ente la figurada o monogram ática. Se dividen en dos tipos: Uno, que se inicia con el preámbulo o arenga, seguido de la notifi­ cación; otro que comienza sencillam ente por ésta, seguida de la intitula­ ción. El privilegio Rodado que contiene la Carta de P oblación de Cáce­ res, pertenece al segundo de estos tipos. 1 Floriano, Curso general de Paleografía y Paleografía y Diplomática es­ pañolas. O vied o 1946, pg. 237.

en esta narratio se dice, que en la era de 1267 ( = 1229)

en el mes de abril y festividad de San Jo rg e (día 23) el R ey D o n A lfo n so de León, com o instrum ento d é la Providencia, g an ó C áceres para los Cristianos, expu lsand o de la V illa a las gentes de los paganos y reintegrándola a la Sociedad de


f

182 —

los fie le s1. Narra a con tin u ación com o los fratres de la Es­

— 183 — de la propiedad de sus casas, heredades, huertos, m olinos,

pada (Orden de Santiago), h abían reclam ado la V illa recien

alcaceres y de todas las particiones que h icieren los cuadri­

conquistada por su herencia, aludiendo al pacto en virtud

lleros, con carácter irrevocable.

d el cual los caballeros habían renu nciado a sus derechos a

Tal era sin duda alguna el con ten id o estricto de la parte

cam bio de V illafáfila, Castrotoraf (ambas en territorio de Za­

dispositiva del docum ento originario, es decir de la prim iti­

mora) más una in d em n ización de dos m il maravedís.

va Carta de Población con ced id a por A lfonso IX . Tras esta

Todo ésto con d icion a, com o es fun ción instrum ental de

parte dispositiva ven ía la cláusula o co n ju n to de fórmulas

toda parte expositiva, el desarrollo del dispositivo, que sigue,

que cerraban el texto, divididas en los dos tipos que son de

com o parte confirm ada que es, la misma redacción objetiva,

rigor: las de corroboración y las de sanción. En la ’ cláusula

desarrollando las d isposiciones forales que se extraen o e x ­

cam bia el ten or docum ental, se abandona la forma o b jetiv a

tractan del d ocu m en to prim ordial, y que son las siguientes: 1.a

D o nación de la V illa, libre y franca, a sus p ob lad o­

res,- co n todos sus térm inos, ríos, fuentes, m ontes pastos, v i­ llas, castillos y m inas de plata, de hierro o de cualquier otro m etal que en su térm ino pudieran ser halladas. 2.a

P rohibición a los v ecin os de Cáceres de donar, v e n ­

y se adopta la subjetiva,- el R ey habla en primera persona, precedido su nom bre del pronom bre £í/o, y n o se extracta, sino que se copia el docum ento origin ario ¿Por qué este cam bio? Sencillam ente, porque la corro boración de la carta de A lfonso I X es un juramento, y com o tal, tenía carácter sacra­

der, em peñar o en ajen ar en cualquier forma, tierras, cam pos

m ental (iuramentum =

casas o plazas, huertos, m olinos, en una palabra, cualquier

el len g u aje diplom ático) por lo que era im prescindible c o n ­

raiz, a órdenes religiosas o religioso-m ilitares.

servarlo b a jo su forma o exp resió n prim ordial. Este ju ra­

3.a

C on cesió n al C o n cejo de todo su térm ino, com o

aparece en su carta de m ojón a m ojón, y 4.a

O torg am ien to a favor de cada u no de los v ecin os

sacramentum, sinonim ia m uy usada en

m ento es recíproco entre el R ey y el prim er C o n cejo de C á­ ceres

formado

concedentes,

por

los

duodecim boni uiri pro tolo Concilio

los cuales juran ser siem pre súbditos fieles y

obed ientes al R ey D on A lfonso y a sus h ijas D oña San ch a 1 Sobre otras interpretaciones que se ha intentado dar a este párrafo, no hay por que insistir. Remitimos al lector a nuestro trabajo Cáceres-, Los problemas de su Reconquista y de su nombre, O vied o 1956, donde se refutan cumplidamente. Nuestra opinión, y a lo hem os dicho reiteradam ente, es a este respecto la de los historiadores tradicionales, que personas tan doctas y habituadas a la interpretación de esta clase de texto com o los señores U reña y B onilla y San M artín, com partieron (Ob. cit. pg. 181, nota 5) y que en la actualidad va avalada por el asenso de nuestros com pañeros d e cátedra, y de autoridades tan indiscutibles com o las de Don M anuel Gómez M oreno y Fr. Ju sto Pérez de U rbel.

y D oña D ulce, y después de estas a la R egia M ajestad de León. El R ey jura por su parte conservar C áceres u nido a la C orona leonesa, y no dar la V illa, ni algu n a de sus p erti­ nencias, a n in g ú n otro. Y

es curioso, a pesar de todo, que este juram ento se h a­

ya con servado en su expresión prim itiva en un docum ento de Fernando III, y en una fecha en la cual los derechos de las Intantas ya se habían ex tin g u id o lo que prueba el d eli­


— 184 —

— 185 —

berado propósito de transcribir literalm ente su texto, incluso

lóricos. La cortedad del tex to de la carta confirm ada, la par­

cuand o ya el juram ento había perdido su eficacia, m erced

vedad de sus leyes, reducidas a las cuatro que dejam os rese­

al acuerdo de V a len cia de D on Ju an , del que más arriba

ñadas, y que, por otra parle, n o entrañan m ucha novedad,

hem os hablado.

pues son de carácter gen érico y ya existían algu nas de ellas

Después las cosas cam biaron, y en las confirm aciones

en docum entos similares, h acían posible que el docum ento

que de la Carta de P oblación de Fernando III h icieron A l­

o a lo m enos su imbreviatura, fuese ex ten d id o a las pocas h o ­

fonso X , San ch o IV , Fernand o IV , Enrique III, Ju a n II, Enri­

ras de ocupada la V illa, ya que la C ancillería, com o es sab i­

que IV y los Reyes C atólicos, se altera la parte confirm ada

do, acom pañaba al m onarca en sus exp ed icion es. Pero h oy

de la confirm ación primera, suprim iendo toda m en ción de

nos hallam os en posesión de elem entos de ju icio más a b u n ­

las Infantas, y toda alusión a sus derechos. El resto de la cláusura está integrado por las fórmulas

dantes, y, sobre todo, suficientes para dem ostrar que esta fe­ ch a no puede ser la que datara el docum ento alfonsí.

conm inatorias o de sanción , am enazando co n penas espiri­

En prim er lugar tenem os un argum ento diplom ático que

tuales y tem porales a los con traventores de lo pactado, y

v ien e en ayuda de nuestra afirm ación. N o se co n o ce ni un

term ina el d ocu m ento con la aprecación: Amén. Y

esta es la primera parte del dispositivo del Privilegio

Rodado de Fern an d o III, y lo ú n ico que nos resta de la pri­ m itiva Carta de P oblación otorgada por A lfo n so IX . Su es­ tudio tiene p en d ien te un problem a que n o nos es posible soslayar. Es éste el de la atribu ción cro n o ló g ica del docu­

solo docum ento real, castellano ni leonés, de la Edad M edia

(nos referim os con cretam en te a los em anados de C ancillería) que en cab ece su tex to con la fecha. A la notificación o sigue la narratio o la intitulación o la dirección. La fecha, jam ás. ¿E n tonces qué es lo que ocurre con esta fecha? ¿Por qué está ahí?

m ento así confirm ado. A partir del P. R isco1, la casi totali­

Pues lo que ocurre es, ni más ni m enos, que no se trata

dad de los autores adm itían, que h abién dose con q u istad o la

de la fecha del docum ento, sino de una fecha citada en el d o ­

V illa, según ellos pensaban, en el añ o 1227, la fecha co n sig ­

cum ento, que n o afecta ni se refiere a la data de su ex p e d i­

nada tras la in v o ca ció n en el encabezam iento del Fuero de

ció n , sino a un suceso que en él se narra, y com o delerm i-

de A lfonso IX : Sub era M .a C C £ X “ Y J T , in mense aprili in

ció n tem poral del mismo, y que, por con siguien te, pertenece a la narratio.

festo Sancti Qeortjij, era, no la de la conquista de la V illa, sino

la del otorgam iento de este docum ento. N osotros en alguna

Sigue pues en pié el problem a de la fecha de la prim iti­

ocasión lo adm itim os así tam bién, n o por creer distintas las

va Carta de P oblación ..P ero este problem a no es más que

fechas de la con qu ista y del Fuero, sino más b ien ad m itien ­

relativo, pues el m argen de tiem po en que oscila la in terro­

do una sim ultaneidad cro n o ló g ió a entre los dos h ech os his-

gante no es m uy grande, desde el m om ento en que se e n ­ cuentra lim itado por dos fechas obvias: la de 23 de abril de

1

Risco. Historia de la Ciudad y Reino de León pag. 19.

1229 (sea ésta o n o la de la conquista de Cáceres), y la de 24


— 186 —

— 187 —

de septiem bre de 1230, en que fallece el m onarca. En estos

La segunda parle del dispositivo está integrada por las

16 meses tuvo que ser otorgada la prim itiva Carta de Pobla­

donaciones, co n cesio n es y firmezas agregadas por Fern an ­

ción. Pero ella misma, en su co n te x to nos proporciona datos

do III a la confirm ación del Privilegio alfonsí. Estas son las diez siguientes:

que van a perm itir una m ayor co n creció n . Y a hem os visto, que en una de las leyes que con tien e, se nos dice que el m o­ narca otorcjauit STA TIM post captionem uille, y este ad v erb io statim im plica, n o ya solam ente proxim idad, lo que sería un

co n cep to bastante relativo, sino inm ediatez absoluta entre la fecha de la conquista y del otorgam iento. Sabem os tam bién que a raíz de la tom a de la plaza surgió un pleito entre los

1.a P roh ibición de construir pueblas dentro de los térm i­ nos del C o n cejo , sin con sen tim ien to de éste. 2.a E x en ció n tributaria de los caballeros que tuviesen en su casa caballo apto para la guerra. 3.a Igualdad de responsabilidad penal de lod os los p o ­ bladores, fuesen nobles o plebeyos, ante el Fuero.

C aballeros de Santiago y la C orona, y que ésta n o pudo

4.a P roh ibición de que en C áceres haya más casas p riv i­

crear un estado de d erecho dando fuero a la V illa, por la

legiadas ( p a la d a ) que las del R ey y del O bisp o, ten ien d o

potísim a razón de que n o podía considerarla suya hasta que

todas las dem ás en el m ism o fuero y caución.

la cuestión quedase solventada,- lo que n o ocurrió sino

5.a E x en ció n de los v ecin os de pagar m ontazgo ni peaje.

cuando am bas partes lleg aron a una av en en cia, que se a co r­

6.a Seguridad para todos los v ecin o s que quisiesen v en ir

dó, com o queda d icho, en G alisteo, en la primera quincena

a poblar Cáceres, cristianos, moros, judíos, libres o siervos,

de m ayo, reflejándose en un docum ento indispensable para

de no responder por enem istad, deuda, fideiusoria, creencia

crear ese estado de derecho, (pues ya valía el p rincip io ju ríd i­

m ayordomia, m erindalico, ni por otra causa cualquiera an ­ terior a la conquista de la V illa.

co cjuod non est in actis non est in mundo), que, por las razones e x ­ puestas, tiene que ser ser anterior a la co n cesió n de la Carta, ya que la con d icion a. Afirm ar que este acuerdo es posterior al Fuero, cuand o en ese m ism o Fuero se le cita com o cosa acordada, h ech a y aceptada, y aun sancionada, es un contra­ sentid o de tal naturaleza, que n o creem os que valga la pena entretenerse a refutar.

7.a D isposición de que el m uriese en Cáceres, fuese en C áceres enterrado. 8.a Institución de la feria. 9. Inm unidad de las casas de los clérigos que tuviesen en Cáceres iglesias por co n cesió n real. 10.a O rd en para que el C o n cejo de Cáceres n o esté o b li­

La prim itiva Carta de P oblación debió, por con sigu ien te,

gado a acudir a Ju n tas con otros cou cejos, sino hasta el

otorgarse en la primera q u in cen a de m ayo de 1229, a raíz de la m encionada aven en cia, lo que está de acuerdo con la in ­

p uente de A lconétar, hasta que sean recuperados los castillos de Trujillo, Santa Cruz y M edellín, y iras la reconquistas de

m ediatez que declara el d ocu m ento entre su prom ulgación

estas fortalezas, donde se av in iere con los dem ás con cejos.

y la conquista de la V illa.

Es eviden te que estas diez disposiciones forales con stitu ­ y en una ad ición a la prim itiva Carta, pues hem os visto que


— 188 — ésia ha quedado com pleta en la parte confirm atoria, con to ­ das los elem entos form ularios que diplom áticam ente le c o ­ rresponden,- y nada justificaría co lo car diez nuevas leyes fuera del dispositivo, después de la cláusula, y, sobre todo, tras la aprecación final, siend o por otra parte in d icio muy y an redactadas en forma su bjetiv a y en primera persona, a ten or con el pro to co lo in icial d el Privilegio Rodado que analizam os. La cláusula de éste se desarrolla en forma norm al. En ella la corroboración reitera el dispositivo en forma de m andato, inicián d ose la san ció n con la lo cu ció n de rigor Si c¡uis c o n ­ m inando a los infractores co n la ira de Dios, el co to de mil áureos y las restitución d oblada del daño causado al C o n cejo de C áceres. El resto del docum ento se cierra, c o ­ m o siempre, con la fecha y la validación, formada ésta por las

su bcripciones de otorgante y confirm antes, el sign o

rodado, y, naturalmente,- el sello. Tal es la Carta de p ob lación de Cáceres, docu m ento b á ­ sico y punto de partida de la ex isten cia de la V illa recien conquistada. Esta Carta habría de com pletarse con u no o v a­ rios fueros, que sobre estas prim itivas co n cesio n es reales, vend rían a regular, en todos los aspectos, las relacion es ju rí­ dicas de los pobladores. Ello habrá de ser o b je to principal de otro estudio.

* ----------------------------------------------------------

d ig n o de tenerse en cuenta, el h ech o de que todas ellas v a­

APENDICE DIPLOMATICO


f

1.

1217, mayo 28. Toro.

El Rey de León Alfonso IX, concede a la O r­ den de Calatrava y a su Maestre Don Maríín Fer­ nández, la villa y Castillo de Alcántara, con todos sus derechos y pertenencias, dentro de los límites territoriales que se determinan y con la obligación de servir al Monarca en la paz y en la guerra. Copias: A) incluida en el pleito seguido por la V illa de Ca­ cares contra el Maestre de Calatrava sobre los derechos de blancaje en la Dehesa de A zagala, cuyos actos se iniciaron el 12 de noviem bre de 1491.— B) M

incluida en el Privilegio de 12 de di­

ciem bre de 1234, asimismo inclu id a en los mismos autos. Publ.: Bulario de A lcántara, pgs. 20 21 — J. González, A lfon­ so IX , t. II. pgs. 453-455. Reí.: Risco, Historia de la Ciudad y Corte de León, t. I. pg. 374. Flórez, Reinas Católicas, t. I, pg. 340.—Floriano. Documentación i pg. 15-16. La copia A se o btuv o directamente del original presentado el 18 de diciem bre de 1491, ante el Dr. Fernando Díaz del Castillo, del Consejo Real, y Juez-Com isario nom brado por los Reyes Católicos para entender en el pleito seguido por la V illa de Cáceres contra el M aestre de Calalrava, por pretender éste cobrar el blancaje a los ganados de Cáceres que pastasen en las tierras del Maestrazgo.


— 192 —

— 193 —

La copia B, incluida com o se reseña, es un Privilegio Rodado de Fer­

tri, sicut ergo v illa ipsa diuidit cum Portugal, cum Cauria,

nando III de 12 de diciem bre de 1234. No contiene A en su intigridad, pues

cum G alisteo, cum A lconetara, et cum sarracenis sic do et

le fallan las suscripciones de confirm antes.

otorgo illam uobis ul eam h abeatis et libere posideatis sicut

El original de donde se extrajo la copia A era una carta escrita en per­

ea que m ellius habetis et liberiu s possidetis, cum quanto

gamino signado a ella un león de tinta negra, e tenía unos agujeros de donde parescia

eam am pliare et acrescere potueritis, ita tam en que per sem-

cfue deviera estar asido algún sello-, desprendiéndose de esta descripción, hecha

per guerram et pacem de ea quandocum que et quibuscum -

por el notario ante el cual se hizo la presentación del docum ento, y de la distribución textual del mismo, que se trataba de un Privilegio signado, sin rueda, constituyendo, por consiguiente, una supervivencia tardía dentro

de este tipo diplom ático, raro y a en los documentos de A lfonso IX des­ pués de 1215.

que m andauero faciatis, et cum ea m ichi fid eliíer seruiatis sicut de aliis m eis v illis et castellis, et teneatis ib i bonum conuentum cum suo M agistro ad seruiendum Deo, et habeatis eam in sécula seculorum , am en. H oc autem u obis fació

Ambas copias reseñadas son muy defectuosas com o transcripciones,

pro b o n o et grato seruicio quod m ich i fecistis et ibidem

habiéndose tratado de suplir la incapacidad paleográfica del copista por

facturi esíis, et pro ánim a mea et parentum meorum et quia

medio de una im itación torpe y desmañada de la caligrafía del original.

de b on is et orationibu s que in ordine vestro D eo iu giter e x -

Ello se suple bien con el texto publicado en el Bulario de Alcántara, y

hibendum partem desidero promereri. Si quis igitur, tam de

que reproduce J . González, al que seguimos en nuestra copia, sin más

m eo genere, quam de straneo, contra h an c meam d on acio -

cam bios que el de algunas modificaciones meramente ortográficas que se

nis cartam v en ire presumpserit, sit m aledictus et cum luda

desprenden de las copias antiguas por nosotros reseñadas.

D om ini traditore et Datam et A b iron , quos viu os térra absoruit, penas luat perpetuas in inferno. Facía carta apud

In nom in e Dom ini, am en. Ea que in presenli íiun i cilo a mem oria elabunlur, nisi in scripiis rediganiur, scripiura enim nutrií m em oriam et ob liu in is incom oda, procul pellit. Idcir-

Taurum V K alendas Iunii, era M a C C a La V a. EgoA lfon su s R e x Legionis et G allecie, h an c cartam quam fieri iussi roboro et confirm o.

co eg o A líonsus, D ei gratia re x Legionis et G allecie per

Ego Infans dom na Sancia, regis Legionis filia, confirm o.

h an c cartam fació óm nibus, tam presentibus quam futuris,

Ego Infans dom na Dulcís, R egis Legionis filia, confirm o.

quod do et hereditario iure co n ced o uobis d om ino M artino Fernandi, M agistro de Calatraua, illud castrum et uillam que

(Signo)

dicitur A lcántara, cum óm nibus directuris et p ertinenciis suis, intus et extra, cum suis directis, portaticis, m olinis et

Petro C om postellan o A rch iep iscop o.

aqueductibus earum, canálibus, piscationibus et aquis earum.,

Ioh an n e O u eten si episcopo.

pratis pasquis, exitibu s et regresibus, et cum quanto ibidem

R oderico L egionensi episcopo.

ad prestitum hom inis esse uidetur, et cum quanto ibidem

Petro A storicen si episcopo.

habeo uel habere debeo, cum d om inio v ille predicte et cas-

M artino C em orensi episcopo.


í

-

194 —

G unsaluo Salam an lin o episcopo. G iraldo C auriensi episcopo. D om in o San cio Fernandi, regis sinnifero, íen en iem Leg ionem , Cem oram , Sírem aiuram e i Transerram,- e í de manu eius Fernandus San cii sinniferi. C om ité d om ino A luaro, R egis M aiordom o et pro eo Petrus Martinus. D om in o R od erico Gom es Trastamar, M ontem Nigrum et M ontem Rosum. D om ino Fernand o Guterri, Limiam, Buual et Lemus. D om ino R od erico Fernandi, A storicam et Beneuentum . D om inio Fernando Gunsalui, Taurum et M aiorica. Presentibus: Garsia G undisalui, Petro Pelagii, Sauastiano

2. 1229, agosto 17. Agnani.

El Papa Gregorio IX autoriza al Arzobispo de Compostela para que pueda pignorar bienes corres­ pondientes a su Iglesia, a fin de procurar caudales para ayudar al Rey de León en sus expediciones contra los infieles.

Guterrii, Ioh an n e Fernand i de A lix i, D idaco Froile et multi Copia: Del siglo X III, en el Tum bo B de Santiago al folio 136.

alii. A bbas A rben sis de m andato D om ini R egis propia manu

Reís. López Ferreiro Iglesia de Santiago, t. V . pg. 136.

scripsi. La copia incluida en el Tum bo B, vá autenticada notariam ente. López Ferreiro p u blicó de esta Bula solam ente un fragmento, con tenien­ do la autorización para pignorar los bienes de la iglesia, y las causas por las que dicha autorización se concede.

G R EG O R IU S Episcopus, seruus seruorum Dei. U enerabili fratri A rch iep iscop o C om posiellano. Salutem eí apostolicam b en ed iction em . E x parte tua fuit n ob is hum iliter supplicatum ut, cum in iuram ento a te in Palei recep cio n e prestito contineatur expresum , quod n on im pignoreiis possessiones exp ectan tes ad m ensam, et in exp ed ition e, quam R eg i oppor* tet te facere, necesse habeas multarum subiré onera exp en sarum, quod fieri absque possessionum im p ign oracio n e non potest, pro necessitate huiusm odi tibi preberem us licen ciam


V —

196’—

de b on is ad m ensam sp eclan íibu s o b lig an íi, cum, uel n on seruiendo reg i am icíeres regalía in quibus ecclesia lúa enorm iler ledereíur, u el h o c co n su elo m odo e í d eb ito facien d o possessionum o b lig a cio n en n on poíerilis euiíare. N os aulem

3.

su pplicaíion ibus luis, quanium cum D eo possumus, annuere cup ieníes facien d i exp ensas super frúclibus possessionum ipsarum, pro n ecessilaíe predicla, fralerninali tue, aucíorilale preseniium , conced im u s facullalem . N ulli ergo om n in o hom ini licea í h a n c paginam n oslre con cession is infringere, uel si ausu tem erario contrariare. Si quis autem h o c atemptare presum pserit, in d ig n aiion em O m n ip oten ti D ei et Beatorum Petri et Pauli, A posíolurum eius se nouerit incursum. Datum

1231, m arzo 12.

Fernando III concede a Cáceres su Caria de Po­ blación, confirmado otra anterior otorgada por Al­ fonso IX a raiz de la Conquista de la Villa.

A gn an ie, X V I K alendas Septem bris, Pontificatus nostri an n o primo.

Copias-, A) Incluida en el C ódice de los Fueros, del folio 1, r. al ó, v .— B) Id. en su confirm ación por A lfonso X en 18 de ma­ y o de 1258.— C) Id. id. por Sancho IV , en 14 de octubre de 1290.— D) Id. id. por Fernando IV , en 15 de abril de 1299.— E) Su traslado de 27 de marzo de 1366.— F) Incluida en su confirm a­ ción por Enrique III, en 15 de diciem bre de 1393.— G) Id. id. de Ju an II, en 12 de marzo de 1408,—H) Id. id

por el mismo, en 1

de Ju lio de 1420.—I) Id. id. por Enrique IV , en 2 2 de marzo de 1455.—J) Id. id. por los Reyes Católicos, en 19 de febrero de 1482. Publ. U lloa y Golfín, Tueros, pgs. 1 a 10. —González, T., Co­ lección de Privilegios T. V , 1883, pg. 91.— Ureña y Bonilla y San

M artín, Tuero de Usagre, pg. 181.—Floriano, Carla de Población o Tuero Latino de Cáceres, (Ed. del Centenario de la Reconquista) Cá­

ceres 1929.—J . González, Alfonso IX t. II, pg. 690.— O rliB elm o n te, Las Conquistas, pg. 23. Reí. Ha sido profusamente estudiado y com entado, mere­ ciendo especial consideración por su rango auténticam ente cien­


— 198 — tífico el trabajo de O rti Belm onte antes citado, Las Conquis­

dedil paler meus qui in cip iu ní/in h ac forma. In n om in e do­

tas... V ease ademas: Floriano, Documentación... pgs. 17 y 18.

mini noffri ihefu cbriíti [f.° 1. v.] fií am en. Sub Era. M .a C C .a

Com o puede verse, se conservan de este docum ento hasta diez copias

LX .a V I J .a in m enfe A prí/li. in feflo Sancfi G eorgij D om inus

diplomáticas y un buen número de transcripciones. De las copias antiguas

n o ftn ih efu s chriftusl qui nunquam fpreuií orafíones populi

salvo la A y la E, las demás son inclusiones en Privilegios Rodados de

cb r iflia n i per manu? illuflriffi/m i n ec non Z gloriofiffim i a regis

confirm aciones sucesivas, y en las cuales no se inclu ye la totalidad del

A lfonfi. Legion is./b3 Gallecie^ dedií cáceres cbrifti anis. A b illa

documento, faltando en todas ellas el escatocolo. Del docum ento com ple­

uero expu l/fa paganorum g en íes Z reintégrala cbristi&norum

to no existen pues más que las dos citadas copias, la primera encabezando

focieíaíeV m em oraíus re x dedil in con cam bio fra/ribus de.

el Libro de los Tueros, y la segunda, que es un traslado facsimilar, com o ya

Spaía/ qui dem andaba»! cáceres pro fuá herediíaíe. U illa fafila.

queda explicado en el texto. Am bas son buenas copias y h ay entre las

Ca/ftroioraf- Z dúos m ille. Morabenfinos. pro ifla uilla cáceres.

dos m uy escasas variantes, que afectan, por regla general, a simples cam­ bios ortográficos o del sistema abreviativo. La transcripción que de este docum ento damos a continuación, está realizada sobre su supervivencia más antigua, cual es la que encabeza el Libro de los Tueros¡ y nos hem os ajustado al realizarla al más intransigente

E l/10dedil iflam uillam. Cáceres populaloribus franqueadam cum/ lo lis fuis íerminis. Riuis. el Fontibus. Montibus. Pafcu/is. Uillis. Caftris. U enis argenleis. Z ferréis, cum quolibef m elallorum genere que in fuo termino poterint inu en j/re. Z quod e ff e t .

rigor paleográfico, respetando ortografía y puntuación, sin más variacio­

Cáceres cum íuo termino. U illa per fe franque/lsata fuper fe.

nes que la de deshacer las abreviaturas, subrayando las letras suplidas.

Z concilium per fe Z fuper fe. Et ideo m andauit./ Z otorgauit

Este m étodo, h o y y a considerablem ente atenuado en la moderna in­

concilio de cáceres. uel [f.° 2. r.] de fuo termino qui dediffeí uel

vestigación, lo estimamos necesario en este caso concreto, a fin de dejar

uendiffef aut enpennaffet uel/ quolibet m od o aliquam heredita-

libre su interpretación por el lector especializado, que así prodrá dis­

tem. terram. uineam . campum. cafas./ uel plazas, uel ortos, mo-

cernir con plenitud de elem entos de ju icio, sobre las afirmaciones que so­

lendinos. uel breuiter aliquam radi/cem aliquibus fra/ribusí

bre el sentido del mismo hacemos en el texto.

Concilium accip iat ei quantum habuerit ./B3 iftud quod man­ dare! íxatñ hus. 3 mittant totum in pro de con cilio./ fi poluerinl

(Christus). Per prefens Icriplum lam prefeníi/bus

ei firmare, fin autem faluet Te per concilium fibi. í/uíiifo./ Si

quam fuíuris- noíum fií ac/ manifefíum. quod. Ego. R ex / Fer­

[f.°. 1. r ]

autem mandare uoluerit frafribus- mandet eis de fuo auer/mo-

n a n es dei grafía. R e x C afíelle. eí/T o leíi Legionis. eí G allecie./

ble. Z radicem non. Et fi mandauerit uicin is de uilla. uel/cleri-

una cum u xo re mea R egin a Beaírice. eí cum / filijs meis A l-

cis. aut ecclesjis. fiue confríifrijs de cáceres hereditatem' pref-

ío n fo Fiederico Fernand o el/ H enrico. e x affenfu eí b e n e ­

tel./103 ad eftraneos non preftet. O torgauit ftatim poít cap tjo /

p lácito R eg in e domine./ Berengarie. gen itn cis mee- fació car-

nem u ille de cáceres. Concilium de cáceres totum fuum termi-

íam con firm a/10cionis. d on acionis. conceffionis. Z fíabiliíaíis U o/bis C o n cilio Cáceres. prefeníi Z fuíuro perperuo/ ualiíuram. Confirm o iíaque uobis om nes foros/ ue/fros quos uobis

fi de gloriotifiim i, sobre renglón.


— 200 —

/

— 201 —

num ficut e fl / fcriplum in fuá caria de m oione ad moionem.

libus. Nam quem ad modum iftis ordo prohíbe»/ hereditatem

D edil eliam / 3 otorgauit unicuique u icin o de cáceres fuas ca­

uobis daré, uendere. uel p igno ri obligare* uobis/ quoque fo-

fas. heredita/tes. ortos, m olinos, alcaceres, z totas fuas parti­

rum 3 confuetudo prohibeat cum eis h o c idem. 3 iuro/ per fi-

ciones quas/15fecerint per fuos quadrellarios. uel per mandaíum

lium uirginis marie. 3 erigo manum ad illum qui fecit/10celum

concilij fa cíj/ Z apregonati in die dominico- Z presfent. Prftent

3 terram* qu od nunquam dem iftam uillam Cáceres. nec aliquid

fimiliter omnes [f.° 2. v.] particiones quas poftea íecerint. tam

de/fuis pertinencijs ulli alij. ni/i m ih i 3 filiabus meis. 3 post

de aldeis quam de uilla."/ Et que una uice facte fuerint nun-

me 3/ filias meas* legionense R egie m agestaíj. 3 n u lli a lij./ Et

q u a m ulterius reuoluantur./ Qui autem particiones con cilij re-

q u icu m qu e de meo genere uel de regia legion is m ageflate/ íiue

uoluere uel quebrantare uoluerit. non / p reftet ei Z p eclet mille.

imperatoria, iftud meum iuramentum. uel iftud meum p ac/lstum

M orabenlinos, ad concilium. Et quid populatores no/Blebant ue-

quod feci cum filiabus meis ad concilium de Cáceres frangere/

nire ad populare cáceres quia lim ebant fe perdere tempus/

uoluerit* mea m aledictjon e fit maledictus qui eam recu/pera-

3 omnia que heberent. uel fecum adducerent populatores ad

uit 3 illius qui nafci dignaíus e ft de u irgine maria. 3 [f.° 3. v.]

ca/ceres. Z ib i difpeníarent fi forte poftea ego. A Ifonfus. dei

cum iuda traditore in inferno fepultus per omnia/ fécula íecu-

grafia/Rex. Legionis z G alletie uel mei íucceffores darennt/

lorum am en. 'O m n e s etiam populationes que in/tra términos

cáceres. aut aliqui's íuis pertinencijs aliquíbus ordinibus uel

ue/itros con cilio n olente facte fuerint* n on /fin t ftabiles* im m o

n o /10bilibus. ideo fecerunt m ihi pactum. Z filiabus meis donne.

deftruantur. 3 fine calu m nia./5 Cauallarius etiam qui equum

Sane/e. Z Dulce.I Z poft filias meas fimiliter fit fubditum conci-

ualentem quindecim . M orabenlino. aut /am plius in dom o fuá

lium a de cáceres cum fuis per/tinencijs. Legionis regie mages-

in uilla tenuerit. 3 non alaffarra/ tum* non pectet. ñeque in

tatj* uel eius imperatorie./ Eí fi forte iam diclum concilium h oc

muris. ñeque in turribus. ñ eque /in ullis alijs caufis in perpe

allenderií quod iurauit*/ finí legales 3 b o n i uafalli. Si uero h oc

tuum. Potestates. M ili/10tes. Infanzones, tam n ob iles quam

pactum quebraníare/15concilium de cáceres finí mibi aleuofi 3

ign obiles. fiue/ fint regn i m ei fiue alterius qui ad Cáceres

mearum filiarum. 3 le/gion is regalis m ageflaíis per femper ip fi .

uenerint populare*/ tales calu npnias habeant* quales alij po-

3 filij eorum . 3 here/des eorum 3 m alediclij. 3 cum iuda 1ra-

pulatores. tam/ de m orte quam de uita. Q u a propter m ando

ditore in inferno [f.° 3. r.] fepulij. Et quia concilium de cace-

quod in to/ta cáceres non h abeant nisi dúo palacia tantum

res m ihi. A lfon fo. regi leg i/on is. 3 filiabus meis h o c fecerunt*

regis/fcilicet. 3 epifco/n. Omnes alie domus tam diuitis quam

ideo eg o fepedictus. A lfo n fu s / R e x legionis qui recuperaui Ca-

pa/uperis. tam n o b ilis quam ign o bilis. iddem h abeant/ fo-

ceres cultuj cb ristia n o . dedi. 3 do/ Cáceres cum ómnibus fuis

rum 3 cautum. U icinus de cáceres non d en t m onta [f.° 4 r.] li-

pertinencijs totis illis populatoribus q u j/5 illam uoluerint po­

cum citra guadianam n ec in alio loco, ñeque peda/gium .

pulare. ex cep tis ordinibus 3 cucullatis 3/ feculo abrenuncian-

V n d e concedo ominibus de Cáceres h an c prerogatiuam./quod quicumque uenerit ad cáceres populare cuju/cumque fit condi-

a.

concilium, interlinead o.

c i¡ onis. íiue fit cbrisfianus. fiue iudeus. fiue maurus./5fiue li-


— 202 — ber. fiue feruus* u en ian l fecure. Eí non refpon/deaní pro ini-

— 203 — Cartam quam fieri iuffi-'/Bm anu propria roboro Z confirmo.

m icicia uel d ebilo. auí fideiufforia. uel/creencia. uel m aiordomia. uel m erindalico ñeque alia pro/caufa quamcumque fecerit antequam Cáceres capereíur. Et qui/cumque in cáceres obierit. uel occifus fuerit- in cáceres fepe/ 10lliatur. M ando etiam con­ cilio de cáceres Et co n ced o / quod habeat feriam. quindecim dies últim os de/ m enfe apri'li. 3 quindecim dies primos de m enfe/ m adio Z in iftis duobus m enfibu/ fecure u en ian t 3/ atreguati omnes qui ad iftam íeriam uenerini aut u o /I5luerint uenire. tam cbrisfiani quam iudei quam farracen/ tam inim ici quam alij. tam feru] quam liberi. tam de/ [f.° 4. v.] térra farracen oru m ■quam de ierra cbristianorum . Preterea uolo/ quod do-

mus clerici qui eccle/"ias de cáceres de m anu mea te/nuerit. iddem h abeant cautum quod 3 palacium meum/ habef. M ando

Infans Alfonfus, íra lei d om in i Regis, coníirmat. Rodericus. T oletane/ fedis archiepi/co/>us, primas confirmat.

Bernaldus Com poftellane fedis Archiepifcopus confirmaf. Rueda, y en la rueda:

SIG N UM FERR A N D I // REGIS CASTELLE // ET LETI LEGION IS // GALLECIE. £n lom o a la rueda:

etiam quod concilium de cáceres non uadal/5ad iuntas cum

Mauricius, Burgen/is E pifcopus, coníirm at. Tellius, Palentinus Epi/copus, coníirmat.

Sancfa cruz. 3 m edelin. Et post recuper/acionem iflorum ubi

Bernaldus, Segobien /is E pifcopus, coníirmat.

fe aduenerint cum aliis con cilijs./ Supra fcriptos itaque foros

Lupus, Segontinus E pifcopus, coníirmat. Ecclesia O xo m en fis vacat.

3 alios qui fecunlur/10eg o prenominatus. Rex. Fernandus con­ ced o / uobis con cilio de Cáceres 3 confirmo. 3 mandans firmi-

Dominicus, A bulen fis E pifcopus. coníirmat.

ter fla/íuens* quod in u iolabiljter obíeruentur. Si quis uero hanc/ cartam infringere feu in aliquo diminuere prefumpferit'/iram

Johannes, Calagurritanus Episfcopus, coníirmat. Gonzaluus, C on ch en /is E pifcopus, confirm at. Ecclefia Placentina vacat.

dei omnipolen/is plenarie incurrat. 3 m ih i m ille auureos /16 in cauto perfoluat. 3 dam num fuper h oc illatum- fepe /dicto

Aluarus Petri, confírmal.

con cilio de Cáceres reftituat duplicatum facía [f.°. 5. r.] carta

Aluarus Petri, confirmaf.

apud aluam de lormes* x ij. die m arcj ERa./ Ma. C C a. Lxa.

Rodericus G onzalui, confirmat.

v iiija.

Garcías Ferrandi, confirmaí.

El eg o fupra diclus. R ex Fernandus./ R egnans in caftella,

3 . T o lelj. Legione 3 . G allecia./ Bad allocio 3 Baecia. hanc.

TO -

Lupuf didaci. de faro. Alferiz domini Regis. confirm at. G onzaluuí Roderici. m aiordom uf curie regir confirm at. T.

aliquibus con cilijs q u a n d o euenerit nisi ad pedem /pontis de alconetara. quoufque finí recuperaía ifta caite/ lia. TRugiel.

hyspaniaruni

Guilelmus G onzalui, co n íirm a t. Tellius A lfonfi confirma/. Didacus M artinij, confirmad.


— 204 — A lfonfo Suerij, confirmat.

4.

Egidius M anrici, c o n íirm a t. Joaannes, O u eíen Jis E p ifco p u s, coníirm at. R o d e ric u s ,

L egión ettfis E p i/co p u s, coníirm at.

Nunnius, Afíoricen/Vs E p ifco p u s, coníirm at. MarlinMS, C am oren fo E p ifco p u s, coníirm at. Marlinus, Salamantinus E p ifco p u s, coníirm at. M ichael, Lucenfis Epifcopus, coníirm at. M ichael, C iuitaten/is E p ifco p u s, coníirm at. LauRencins, Aurien fis E p ifc o p u s coníirm at. Peírus, Caurien[is Episco^ws, coníirm at.

1234, d ic ie m b re 12.

Fernando III confirma a la Orden de Alcántara el Privilegio concedido por su padre Alfonso IX a la Orden de Calatrava el 28 de mayo de 1217 (n. 1, que incluye) por el cual donó a esta Orden y a su Maestre Don Martín Fernández la V illa y Castillo de Alcántara.

Rodericus Góm ez coníirm at. Copia: Incluida en el pleito seguido por la V illa de Cáceres

Rodericus Ferrandi coníirm at. Ramir«s Froraz, coníirm at.

contra el M aestre de Calatrava, cuyos autos se inician en 24 de

Didacos Frolaz coníirm at.

noviem bre de 1491.

Ferrandus Iohannis coníjrm at. Ferrandws G uíerij coníirm at. Peir us Poncij coníirm at. H ordonins A luari coníirm at. Pelagius A rie coníirm at.

Nos referimos a este Privilegio en el com entario al docum ento n.° 1 fe­ chado en 28 de mayo de 1217. Com o éste, fué presentado en 18 de diciem ­ bre de 1491 ante el Dr. Fernando Díaz del Castillo, Juez-Com isario que substanciaba el pleito expresado, y para su inclusión en los autos. El escribano que lo testimonia, Fernando de Torres, lo describe com o vn priuillejo escrito en pergamino de cuero, e sellado con un sello de plomo pendient

Saacius Pelagij, m aior merinus in G allecia, coníirm at. Garfias Roderici carnoia m aior merinus in Legione orn­ íirm at.

Aluarws Roderici, m aior merinws/Casíalla confirm a!. Iahannes domini Regis Cancellariws, abbas vallifoletj, een íirm ant.

en Jilos de seda a colores; e el dicho sello tenía de la vna parte vn león e de la otra vn castillo, e al pie del dicho preuUlegio tenía figurada una rueda de tinta con vna cruz en medio e alrededor vnas letras c¡ue no se supieron leer. Basta esta descripción para que nos demos cuenta del aspecto, catego­ ría diplom ática y estructura del docum ento a que se refiere. Es, en efecto, un Privilegio Rodado del segundo de los tipos adoptados por la C ancille­ ría de Fernando III, ésto es, análogo a la reproducida Carta de Población de Cáceres. Debemos añadir que se trata de una confirm ación in extenso del docu­ m ento del año 1217, al que inclu ye desde la invocación hasta la fórmula


— 207 -

— 206 — de corroboración del otorgante, suprim iéndose, com o era costum bre, tan solam ente las subscripciones de los confirmantes. Com o copia adolece de las mismas características que reseñamos en el docum ento de 1217.

D om inicus A bulen sis Episcopus, cf. Lupus Segon iin u s Episcopus, cf. Ioh ann es C alagurriianus Episcopus, cf. G ongaluo C on ch en sis Episcopus, cf. A dán Plazeniinus Episcopus, cf.

(C hristu s).

Per presens scriplum preseníibus eí fuluris, no-

íum sil ac m anifeslum quod ego Fernandus D ei graíia R ex C asíelle ei Tol,eíi, Legionis ei G alleíie, in u en i Preuillegium ab Illusirissim o paire m eo R ege d om ino A lfo n so condiium in h un c m odum [In clu y e el de 2 8 -V -1217, n.° t]. Ei eg o supra dicius R ex Fernandus, regnans in C asiella ei T oleio, Legione eí G allecia B ad allocio ei Baecíia, vna cum v x o re mea Beairice R egina, ei cum filiis meis A lfonso, Federico, et Fernando, supra scriplum preuillegium aprobo, roboro eí confirm o, m andans el firm iler síaluens, quod perpeluo el in reu ocabiliíer obserueiur. Si quis vero h a n c caríam huius m ee confirm aíionis in fringere seu in aliquo dim inuere uel eos super h o c uexare presum pserii, iram D ei om n ip oien iis plenarie incurrai, eí regie paríi m ille áureos in cauto persoluai ei dapnum super h o c illaíum resíiiuai duplicaíum,- caria vero n ich ilhom in u s in robore o b íin e a i firmiiatem. Facía caria apud C aion ( Sid) Rege exprim en ie, X II die decem bris Era M a C C a L X X a IIa. Infans dom nus Alfonsus, fraler dom ini Regis, confirm a!. Rodericus T o leían e sedis A rchiep iscop us Ispaniarum pri­ mas, confirm al. Bernaldus C on p oslelan e sedis A rchiepiscopus, corfirmaí. M auricius Burgensis Episcopus, cf. Tellius Palenlinus Episcopus, cf. Bernaldus Segouiensis Episcopus, cf.

R odericus G oncalui, cf. Egidius M alrici, cf. Rodericus Roderici, cf. D idacus M ariini, cf. Tellius A lfonsi, cf. A lfonsus Gongalui, cf. Iohannes O u eien sis Episcopus, cf. A rnaldus L egionensis Episcopus, cf. Nunius A storicensis Episcopus, cf. M ariinus Zam orensis Episcopus, cf. M arlinus Salam aníinus Episcopus, cf. Laurencius A uriensis Episcopus, cf. M ichael Lucensis Episcopus, cf. M icael C iu ilaiensis Episcopus, cf. Sancius C auriensis Episcopus, cf. Rodericus Gómez, cf. Rodericus Fernandi, cf. Fernandus Guíerii, cf. Ramirus Frolaz, cf. Rodericus Frolaz, cf. Fernandus Iohannis, cf. O rd on iu s A luari de Aslurias, cf. Pelagius Arie, cf.


â&#x20AC;&#x201D; 208 â&#x20AC;&#x201D; Iohannes O xo m en sis Episcopus, dom ini Regis C an cellario, confirm at. Garsias Fernand i M aiordom o Curie Regis, confirm at. Lupus D id aci de Faro, A lferiz dom ini Regis, confirm at. Aluarus R od erici M aior M erinus in Castella, confirm at. Garsias Roderici, M aior M erinus in Legione, confirm at-

REPERTORIO DE FUENTES


I.— ALBELDENSE o Crónica de Albelda Es la más antigua crónica que se conserva del período de la R econ­ quista. Se term inó de escribir en el año 881, fué com pletada en el 883 y posteriorm ente se prolongó hasta el año 976. Ed: E. S. X III, pgs. 417—466.— Gómez M oreno, Cas primeras Crónicas de Reconquista: £1 ciclo de Alfonso III, B. R. A. H. C. (1932).— Huici, Cas crónicas latinas de la Reconquista I. V alencia, (1913) con una versión castellana. Seguimos el texto de la versión del Sr. Gómez M oreno.

1.

Istius v ictoria Cauriensis, Egitanensis, et celeras Lusifan iae lim ites, glad io et fam e consum te, usque Emeriíam atque freía maris herem auil el d exlru xit. Paruoque preced en li tem pore, sub era D C C C C X V a, cón su l Spaniae, el M ahom at regis consiliarius A buhalil, b ello in fines Galleciae capitur, regique noslro in O b eto perducilur. Q u i dum se poslea redemil, dúos fralres suos filium alque sobrinum obsides dedil, quousque cenlum m ilia auri solidos regi persoluit. (pg. 47).

2.

Poslea rex nosler sarrazenis inferens bellum , exercilu m mouil, et Spaniam inlrauil, sub era D C C C C X V IIII0. Sicque per prouinliam Lusilaniae castra de Nepza depre­ dando pergens jam Tacum flum inem transito ad Emerilae fines est progressus, et décim o m iliario ab Emérita pergens, A n a flubium trascendil, et ad O xiferiu m m o n ­ tem peruenit. Q u od nullus ante eum princeps adire lem-


— 212 — caslram elalus, quum loíam Provinciam horrifero Ímpetu íauií, sed eí h o c quidem glo rio so e x inim icis írium phauil

vastare!, C astrum C olubri, quod n un c a C aldaeis A lhanze

eueníu. Nam in eodem m on ie X V capila am plius nos-

nom inatur, invasit. Interfectisque quos in ib i

cuníur esse inlerfecla. Sicque inde princeps n osler cum

barbaris, om nes eorum m ulieres, et párvulos cum in m en ­

uicíoria sedem reuerliíur regiam . (p. 48).

so auri, eí argenli, sericorum que ornam enlorum pondere

Ipsa quoque hosíis in exlrem is C aslellae u eniens, ad

Badalioz C iv ilale

caslrum cui Poníecurbum nom en esi íribus diebus pugnauií... (Pg. 49).

pacem o b n ix iu s posíulando, ei innum erabilia muñera

in v en it

in palriam rapuil. Cui om nes Em eriíenses cum R ege eorum 3.

obviam exeu n les,

curvi, pronique

obíuleruní. Ipse vero v icio r, et praeda onustus, in Campestren G othorum Provinciam revertiíur (E. S. X V II, 287).

t

II — ROTENSE o Crónica de Alfonso III De la Crónica de Alfonso III hay dos redacciones ambas de finales del si­

IV .— PELA YO , O bispo de O viedo. Cronicon }legum Cegionensium.

g lo IX o principios del X . Es algo posierior a la de A lbelda y com pren­ de desde el reinado de Vam ba hasta el de A lfonso III. Ed. E. S. X III, pgs. 466-492 — García V íllada, Crónica de Alfonso III, M a­

Don Pelayo fué O bispo de O vied o desde 1101 hasta 1129, periodo du­ rante el cual hubo de escribir su Crónica, que llega hasta el final de A l­ fonso VI,

drid 1918. —Gómez M oreno, Loe cil. pg. 52 (Reproduce el texto de la pri­ mera redacción según el cod. Rotense),- Huici, Loe. Cil. I pgs. 195 y ss.

Ed. E. S. X IV pgs. 458-475.—Sánchez A lonso, Crónica del Obispo D. Pelayo , Madrid 1924.

Seguimos el texto de la versión del Sr. Gómez M oreno.

1. 1.

Eí cum praedictus R ex [Adefonsus VI] m ulla agm ina ha-

M ullas el alias ciuiales jam sepedicíum H ordonius rex

beret militum, perlustravit om nes C ivitates, et C asiella

preliando cepií. Id esl ciuilaíem Cauriensem cum regem

Sarracenorum , et accepit, dum v ix it, constitu ía tribuía

suum nom in e Zeiíi. (pg. 64).

eorum... Sim iliíer cep ií Toleíum , Talaveram , Sancíam Eulaliam, M aquedam .. Ex alia parle Cauriam, O lisib on am ,

III.—SILENSE Se la supone obra de un m onje de Silos, y fué escrita hacia 1118, com­ prendiendo hasta la muerte de Fernando I (1065). Ed. E. S. X V II, pgs. 256-323.— Santos C oco, TJistoria Silense, Madrid

Synlriam , Sacia Irem. Pópulavil eliam iolam Exlrem aíuram, C asiella, eí C iv ilaíem Salm anlicam , Abulam , C ocam, A revalo, O lm edo, M edinam Secobiam , Iscar, Cuellar (E. S. X IV . pg. 488).

1921. —Huici, Loe cit. II, pgs. 9-169, (con versión castellana). V.

1.

Igilur an n o R eg n i sui [Ordonii] quarlo ab ex p u g n alio n e Maurorum quiescere non sustinens, peracíis com pendiis, ultra Em eriíensem urbem h osíiliíer proficiscilur. Sed eí

CH RO N IC A A D EPH O N SIIM PERA TO RIS

Com o lo dice su título, está consagrada a historiar el rein fouso Vil,- pero no lo com pleta, faltando la relación de los s


— 214 — diez últimos años. Se debió terminar de redactar hacia el año 1147. Ed. Huici, Loe. cil., n , pgs. 170-439. Con versión castellana.— L. Sánchez Belda, Chronica Adtpbonsi Omperatoris. Madrid 1950. Seguim os la Ed. del Sr Sánchez Belda.

— 215 riae, qui com prehend eren i viros ac m ulieres ei om nia pécora campi, sicui ei fe c e ru n i,M o a b iie s vero ei A gareni, h oc videntes, viriliter eruperunl per portas civilatis, ut C hristianos persequereniur, qui sim ulabani se fu-

1.

Per id lem pus [in diebus R eg in ae dom nae Urracae], a m alis hom in ibu s qui d iceb an íu r se esse ch rislian os el non eraní, tradita est Sarracenis Cauria, ei accep eru n i in Exirem aíura aliud casiellum quod diciíur Avalai,- ei mun ieru n i Cauriam ei A lv alai m agna m uliiiu dine m iliium ei pediium , qui quoiid ie d eb ella b an i ioiam Exirem aiuram usque ad flum en Dorium,- ei ipsi qui erani in A ure­ lia per singulos dies d eb ellab an i Toleium ei caeieras u r­ bes, quae suni irans Serram, facienies m ulias caedes eí m ulias praedas (n.° 108).

2.

El fortitudo Sarracenorum ei m áxim a virius eorum perm ansii usquequo A defonsus im peraior ascen d ii in Gerez ei usquequo a ccep ii A ureliam ei Coriam. Sed quam vis Sarraceni m agna bella faciebani, consueiudo semper fuil C hrisiianorum qui h ab itab an ! Trans Serram ei in io ía Exirem aiura saepe per singulos an n os con gregare se in cuneos... ei ib an i in ierram M oabiiarum ei A garenorum ei facieban i m ultas caedes ei cap iiv aban m ullos Sarrace­ nos... (n.° 115).

3.

Eodem vero a n n o [1138] et in m ense iulio, im peraior con v o cav it com ilem Rodericum Legionis et propriam militiam domus suae el viros Salam anticae, abiiiqu e ad C o ­ riam ut exp u g n are! eam, ei posuii a lo n g e murorum in ­ sidias,- deinde m isil cohortes praedaiorias in circu iiu Co-

gere prae tim ore, volentes lo n g e abstrahere eos a civitate. Transaclis autem lo cis u bi erant ch rislian i abscondiii, im peraior apparuii in cam po, ei exeu n íes insidiae, occideruni om nes M oabiies eí A garen os eí duces eorum ei nullus e x eis rem ansii. H oc videntes, qui rem anserant in civitate, clauserunt portas muro m agno ei firmo,- tune im peraior iussit applicare castra in circuitu urbis et m isit n u n iios in om nem ierram Exirem aturae et in ierram Legionis ul, iam om nes m iliies quam eíiam pediies, v en iren i ad obsid ion em civiialis, ei qui non ven issei im peralorem offenderei, ei dom us eius publicareiur. O bsessa esi auiem civ iias iia ui nullus Sarracenus possei in gred i v el egredi, quia du ­ ces ei principes chrisiianorum feceruni turres lineas v alde excelsas, quae em ineban t super muros, ei m achinas et vineas cum quibus debellarent civiiaiem . 'Quadam auiem die, ante quam sol oriertur, im peraior v o cav ii com ités, principes et duces ei praecepii eis ui, summo m ane, applicarent m achinas ad exp u gn and am civitatem . Ule autem abiit in m onianam cum suis v en aioribus ui occid eren i cervos, porcos ei ursos. M ane au­ iem fació, coep eruni exp u gn are civiiaiem , ei cón su l R o­ dericus M ariini ascendii in quadam iurrem ligneam quam fecerai, ei cum eo m ulii m iliies eí sagitarii et fun­ dibulara. Tune, quidam Sarracenus sagilam forte iacen s in m achinam , quam cón su l ascenderai, d irexii. Heu!( consulis, pecatis ex ig en iib u s, sagitta per cratem m achi-


216

-

nae iclum faciens, sonuií, relicíaque in ipso a craíe arundine, in collum consulis ferrum ligno vacuum, percusií, eí galeam loricamque penetrando, vulnus effecií. Verumiamen cónsul, poslquam se percusus sensií, summa cum feslinalione, manu ferrum apprehendens, de vulnere Iraxil, quod síalim sanguis sequilur qui nulla incanialorum vel medicorum aríe ea relinere valuií. Eí iandem circunsíaniibus dixií: «Armis me exuile, vehemenler enim afficior». Qui siaiim, armis exeunies, ad suum íabernaculum deduxeruni, el iota die summa diligeniia in curaiione vulneris siudueruní doñee solé rúen­ te, spes medicinae simul cum anima subíala esí. Quod slaíim, ut in suis caslris cognilum esí, ullulalus el planclus magnus ultra omnium aeslimaíionem faclus est. Quem audiens imperalor de monte rediens, postquam ad inlerrogatis quid esset cognovit, venil in castra el, vocalis principibus suis, Ossorium, defuncti fratrem, pro eo consulem coram ómnibus consliluit. Altera aulem die, imperator, videns se ingravari mullis inforíuniis, concedens fortunae, a civitale obsesa recesit, suique optimates omnes pariter cum eo (n.° 135-139). 4.

Sed postquam capta esl Aurelia, evoluto tempore duorum annorum eí sex mensium, imperalor applicuil ad Coriam, eí circumdedil eam caslris, eí iussií arlificibus suis íacere quamdam lurrem ligneam, quae eminebal super muros civiíalis, eí machinas el ballislas eí vineas cum quibús coeperuní suffodere muros civiíalis el desíruere lurres. Sed Moabiíes eí Agareni qui eraní in civilale, timore magno perlerrili, clauserunl omnes portas civitaíis muro magno el firmo el prohibebaníur ingredi

217

eí egredi. Praevaluil lamdem fames valida in civilale el mulli ex Agarenis fame perieruní. Sed poslquam M oabites viderunt se oppressos valde petierunl dextras pacis imperalori, lali íenore: ulquererení qui eos liberarel usque ad Iriginía dierum spalium, sin auíem redderenl civiíaíem pacifice cum ómnibus caplivis eí regalibus reddiíis. Quo audiío, placuil imperalori el ómnibus consiliariis eius. Missis ilaque nunliis regi suo Texufino, qui regnabal pro A li paire suo, eí in domo regis Abencelae, el in domo regis Azuel, nuníiaverunl eis omnia quae illis accideraní, eí quale pacíum habeban cum imperalore Legionense. Rex. ilaque Texufinus el cuncíi reges, non habeníes poíesíalem liberandi eos nec civilalem suam, mulíum plangeníes, iusseruní reddi civiíalem el liberare animas suas el complere omnia quae pepigeranl imperalori, quod ila absque mora faclum esí. Poslquam auíem reddiía esí civiías imperalori, mundala esl ab inmundilia barbaricae genlis el a conlam inalione Mahomelis, eí deslrucla omni spurciíia paganorum civilalis illius el lempli sui. Dedicaverunl ecclesia in honore Sanclae Mariae semper virginis el omnium sanclorum, et ordinaverunl ibi episcopum virum religiosum nomine Navarronem sicuti anliquitus fueral sedes episcopalis tempore Ildefonsi archiepiscopi eí Recaredi re­ gis, quando íoía illa Ierra chrislianorum erat, a Medite­ rráneo usque ad mare Occeanum . Capta est aulem Civilas Cauria in era centesima octuagesima prima posl millesimam et in mense iunio. Postquam imperator, au xi­ liante Deo, tali Iriumpho el victoria dilatus esl, cum omni exercito suo, laudantes Deo, cuius misericordia continel omnia sécula, reversus est honorifice el pacifice in civilatemsuam , quam dicunlSalamantiam. (n°159-16l).


— 219 —

— 218 — 5.

E n el mes de agoslo arrancada sobre los christianos en

V id en tes autem M oabiies et A garen i qui eranl in

C lunia, e dieron los M oros Falifa al C on d e San ch o Gar­

A lbalal, quod capta essel Cauria, m agno tim ore perlerri-

cía sus casas fascas, a Gormaz, e Osm a, e San Esteban, e oirás casas en Extrem adura. Era M LIX.

li sunl. Et averíenles, reliquerunl caslellum vacuum . V eneru nl auiem v iri ch rislian i A v ilae el Salam anliae eí d eslruxerunt illu d usque ad fundam eníum (n.° 162). V I.

2.

ANALES CASTELLANOS II

A ntes eran denom inados Anales Complutenses, y se les supone escritos

E xieron los de Madrit, e de loda Esírem adura en A goslo e fueron cercar A lcalá que era de M oros. Era M C X L V II.

3.

hacia el año 989. Com prenden desde la predicación de M ahom a hasta el

Priso el Em perador C oria e fué en esle añ o co n huesí sobre tierra de Moros, e v in o u n Porco m on tes e ferio al

advenim iento de A lfonso VII.

Emperador, e torn áron se de esla huesl. Era M C L X X X .

Ed. Gómez M oreno, Anales castellanos, pg. 25-28.

4. 1.

In era M LVII dederunl sarraceni falifa ad Sancium Gar-

Llovió sangre sobre íierra de Esíremadura e en lierra de de Moros, en el mes de A bril. Era M C L X X X V II.

ciam com ilem suas casas, idesl Gormaz, O sm a el Sancíum Slephanum el alias casas in Esíremadura.

5.

Priso el R ey de M arruecos a M o n lan ch es e sania Cruz, e T ru xiello, e P lacencia e v in iero n por Talavera e corla­

V il.

EFEMERIDES R IO JA N A S

ron el O liv a r e O lm os, Sania O laya, e Escalona e lidia­

C onjunto de tres textos antes conocidos con el nom bre de «Chronicon

ron M aqueda, e n on la prisieron e v in iero n cercar T o ­

Ambrosianum », d é lo s cuales los más interesantes y extensos son los lla­

ledo, e cortaron las viñas e los árboles e duraron y X días en el mes de Ju n io . Era M C C V X X IV .

mados «Annales Com postellani». Ed.: E. S. X X III, pgs. 305-306, 306-311, 318-325; Huici, Loe. Cit. pgs. 27 y sigs. y 59. y sigs.

6.

Priso el R ey D on A lfonso a Coria. Era M C C X X X V III.

1.

7.

Estando el R ey D o n A lfo n so e el Infant D o n Fern an do

(1212) Iste idem R ex [Adefonsus VIII] diu ante populavií Concham , O plam , el C añete, eí A larcon, Plasencia et

con todo su regn o en la Sierra de Sanl V ice n t fué el Infan l D on Fern an do en Fon sad o co n lodas las g ien les a

Bejar. V III.

T ru xiello e a M onlanchez, e lo m o daquel fonsado a su padre en el mes D agoslo Era MCCLI.

ANALES TO LED A N OS I.

Se les considera, en general, com o una versión castellana de los A na­ les Castellanos II, continuada hasta el año 1219. Ed. E. S. X X III. 381. Huici. Loe. Cit. I. pg. 337.

8.

El R ey D on A lfonso de C asliella e el R ey de León fizieron paz, e fizieron p ley lo que fueran cada u no en huesí


— 220 — — 221 — sobre m oros p or su frontera e d io el R ey D on A lfonso al R ey de León D iago Lop e Lop Diaz con D C ca b a lle­

2.

V in o San ch o Fernandez, filio del R ey D. Fernando filio del Emperador, a Toledo, e d ix o , que ib a al R ey de M a­

ros b ien guisados en ayuda e fueron e prisieron A lcá n ­ tara e fueron ende a C ancres e non la podieron prender,

rruecos, qu el avie dar grandes averes e creyeron le m u­

e tornose el R ey a León co n su huest. E fueron D iago

chos christianos, y m uchos ju dios mas de X L m ili: e pu ­

López e Lop Diaz con sus caualleros a Baeza al Rey...

so co n ellos que fuesen c o n él a Seuilla, e qu e lo s pagarien y, e fueron con él p or ir a Seuilla, mas el descam i­

Era MCCLII.

no, e fue Cañam ero, un casiiello ermo, e p o b lo lo , e fizo 9.

F icieron cruzada los Freyres de las O rd en es de España

m ucho m al en d e a M oros, e a chrisiianos, e fue un dia

co n las g ien tes del R ey de C astiella, e del R ey de León,-

Martes a muent, e v in o un oso e m ató a San ch o Fern an ­

e de los otros R eg nos quantos quisieron v en ir y, e Sava-

dez. E a tercer dia Ju e v e s v in o el R ey de Badajoz con

ric de M allen con m uchas gien tes de G ascoña e fueron

grand poder de M oros e priso Cañam ero, e descabezó­ los todos. Esto fué X X V dias de A gosto Era M CCLV III.

Cancres, e lid iaron la e non la prisieron, que facia tan grandes aguas que non pudieron y durar. Esto fué m e­

X.

diado N ovem ber, e duró hasta cerca de N avidad, e tor­ náronse ende, Era M CCLVI.

TUDENSE, Chronicon TAundi

Escrito por D on Lucar de Tuy por encargo de la Reina D oña Berenguela, terminándose de redactar en el año de 1236.

IX .

Ed. Schott, Jiispaniae illuslratae. Scripiores, IV . pg. 1-116.- Ed. rom anceada

ANALES TO LED A N OS II.

Escritos entre 1244 y 1250, conteniendo noticias hasta este últim o año.

según un cod. de la R. A. H. por D. J. Puyol. M adrid 1926.

Ed. E. S. X III, pg. 402.—Huici. Loe. cil. I. pg. 337, ss.

1. 1.

M ultas etiam alias ciuiiales R ex O rd on iu s [I] preliando cepil. Idem ciuitatem Cauriesem cum R ege suo nom ine Zait. (78/23).

El R ey de León fizo Cruzada por tierra de M oros e fue cercar Cancres, e fueron y io d os los Freyres de España, e grandes gien tes de España,- e lidiaron la c o n A lm ajanequis, e de libra,- e derribaron torres e acitaras, e esta­

2.

A n n o igitur regn i eius [O rdoni II] quarto ab expu gn as

ban en hora de la prender: mas adubos el R ey de M a­

tione

rruecos con el R ey de León, con gran aver que le pro­

exercitibu s vltra Em eritensem vrbem h ostiliter profecíus

Maurorum quiescere n on sustinens aggregati-

m etió que descercase la v illa e non entrase en tierra de

est. Sed cum totam prouinciam Lusitaniam horrifero Ím­

moros, e fizolo ansi, e cativaron m uchos christianos, e

petu deuastasset. Castrum C olu bri cepit, qui n u n c a

m urieron m uchos sin cuenta: mas despues el R ey M oro

C haldaeis A lhanza nom inatur. Interfectisque quos in ib i

falleció de los mrs. que prom etió, Era M C C LX.

reperit barbaris eorum m ulieres et paruulos cum in m en ­ so auri et argen ti sericorum que ornam entorum pondere


— 223 — — 222 — in ie ; sed ecce lotum regnum meum libere Irado libi. R ex in patriara captiuauit. Cui om nes Em eritenses cum Rege

auiem Fernandus victus m isericordia, d ix il ei: Redde

Badalyoz obuiam exeu n les, hum iliter pacem petentes,

m ihi lantum m odo mea quae abslulisli, el regnum íumm

multa illi m uñera obtulerunt. Ipse vero v icto r et praeda

m aneat libi. V in ceb alu r quidem semper R ex Fernandus

onustus reversus est in Cam pestrem G othorum prouin-

precibu s miserorum, qui nunquam in b ello potuil v in ci (107/4).

ciam (81/14). 3.

A n n o autem octauo [A defonsi VI] cum diu in o auditorio

6.

cepit ipsam ciuitalem Toletanam , quae olim fuerat mater

R ex autem Adefonsus multas populationes in reg n o suo fecit... Populauil in Exirem alura M irandam , M onleon,

et gloria reg n i Goltorum . Post haec capit Talaueram,

Carpium, M onlem Regalem , Calisleum , Salvaíerram , Sal-

Sancíam Eulaliam, M aquedam .. eí e x alia parte cepií

valeon, et alia plura casiella [A lfonso VIII] (110/19).

Cauriam,

V lisib on am , Siniriam , Sanlarem ,

Populauil

etiam R ex A defonsus tolam Slremaiuram... (100/53).

7.

A defonsus [IX] R ex Legionis, v b i cum filio suo pacem habuit, quosdam rebelles in regn o suo perdonauil, R ege

4.

5.

Populauil [Fernandus II] siquidem in Exirem alura Ciui-

Fern an do [III] filio suo au xilio praebenle: el c u n d a quae

íaíem R od erici el Lelesman. In Transerra G ranalam (106/

erant in circuilu de Cáceres, scilicet arbores, vineas el

20 ).

segeles ferro el flamma vaslauit, el ad propria reuersus est (113/52).

Praefalus R ex Porlugaliae A defonsus R egem Fernandus forliler m olestaueral, et occupaueral in G allecia tolam

8.

Post haec Reuerendissim us paler Ioannes, C ard in alis Ro-

Limiam, el lotum Toronium . D einde ob sed il Vadalozum

manus Sabiniensis Episcopus, A postolicae sedis legalus

ciuitalem M aurorum ad R egem Fernandum de iure spec-

missus esl in H ispaniam a gloriosissim o Papa G regorio.

lantem . Tune R ex Fernandus ag g reg alo suorum ex erci-

H ic in ler caetera quae sánele gessil Reges H ispanos c o n ­

tu perrexit contra Regem A defonsum . C eperaí iam R ex

tra Sarracenos sluduil incitare, v n d e R e x Legionensis

A defonsus m aiorem parlem ipsius ciuilalis, et in arce

A defonsus cum ex ercilu suo, el parle exercilu s filii sui

conclu serat Sarracenos. C om m isso autem praelio cum

Regis Fernand i obsedit C áceres, oppidum forlissimum

Rege Fernand o deuicti sunl Portugalenses. R ex auiem

barbarorum, el cepil ipsum. F ecil etiam largissim us R ex

A defonsus dum fugiens equo supersederet, el egredere-

quoddam m em oria dignum , pre R egibus qui fuerunt a n ­

lur per portam ciu ilalis Badalozo casu in v ecte ferreo por-

te ipsum. Nam adiurauil om nes iudices regn i sui. v i non

tae im pegil et crus eius fraclus esl. Tune caplus esl R ex

accip eren l ab aliquo paruum v el m agnum donum . Ip-

Adefonsus, el R eg i Fernand o adelalus, d ix il ei R ex A d e­

se quidem eis de suo aerario om nes abun d an ler faciebal

fonsus, D om ine, inquit, R ex, vald e peccaui in Deum et


expensas: ne iudices propíer dona peruerterení iudi-

Sed bellorum m agnalibus im patiens abstinere, contra

cium, et iustitia haberetur venalis. Filius autem eius R ex

Emeritam exercitu m con gregau it eí tolam Lusitaniam fe-

C aslellae Fernandus ingressus est terram Maurorum cum

re deuastans, casírum C olu bri quod Tune Alariz diciiur,

exercitu m agno, et m ultas sirages faciens, arbores vi-

occupauií, eí acia praeda [O rdonio II] auri, eí argenli, el

neas, segetes et cun cta quae erant in circuitu G ehen fe­

serici el hom inum irium phaliier rem eauii. (81/24).

rro et flamma vastauit. Sequenti vero an n o Adefonsus R e x Legionensis obsedit civitatem Emerilam, et cepit

Populauit eiiam (Fernandus II) Leíesmam in territorio Sa-

eam. (114/16).

lam antino, et Granatam in territorio C uríense. (121/56).

X I.

RERUM IN HISPANIA GESTARUM CH RO N IC O N

Escrita por el A rzobispo Don Rodrigo Xim enez de Rada, por encargo de Fernando III. A lcanza hasta el año 1243. Ed. Schott. Jlispaniae ilustratae, Scriptores II, pgs. 25-194.

D einde con g reg alio exercitu Badallocium est aggressus quae in diuissione acquirendorum prouenerai R egi Fer­ nando. C um que super h o c nuncius aduenisseí, R ex Fer­ nandus co n g rég alo ex ercilu bellum in lu lií A ldephonso, el cum succum bereí ex ercilu s Porlugallis, R ex eorum

1.

Muza autem v ictoriis et spoliis gloriosus iuit Toletum ,

con fu g il ad eam de qua agilur civ iiaiem iam enim fere

v b i Taric n o n m inori gloria residebat, qui in occursum

duas partes occupaueral ciu ilalis A garen is in arce co n -

Muza ac Talaverae co n sig n ia est egressus, et iu x ía riuum

clusis. Sed nec ib i quidem se tutum exislim ans, dum per

qui Tietar dicitur, sim ulato gaudio con uenerun t (68/52).

portam effugerel ciu ilalis, quae pessulo ferreo claudebatur, im p egil ad pessulum, eí crure con fracto v ix in equo

2.

Idem etiam R e x A defonsus Secouiam , A bulam , Salam an-

poteraí residere. V n d e el ilico fuií caplus, eí Regi Fer­

ticam... populauit... Q ptam et A ureliam et Cauriam obtin uit Imperator.

nando salis m iserabilis praesenlatus. Q uem b en ig n e sus-

Concam , A larconem , M oiam , Placentiam , Beiaram, Alar-

llocauií. Sed R ex Portugalliae grauis d iscrim inis allen -

cipiens R e x Fernandus iu x ía se in consenssus regio co-

cuis, Calatrauam , Caracuel olim perdita A ldefonsus no-

dens síalum, confessus esl se Regem Fernandum indebi-

bilis cum óm nibus antedictis addidit fidei C hristiane(75).

le offendisse eí pro saíisfaclione renum ob lu lil et perso­

R ex antem O rd oniu s [I] Cariam cum rege suo Zeyt, et

con len lu s R egi Porlugallae sua rem isil (123/6),

nara Sed R ex Fernandus pieíale soliía m ansueíus suis 3.

Salam anticam cum R ege suo Muzerez potenter inuasit, et pluribus interfeclis reliquum vulgus cum v xorib u s et

Verum in senecíule posiíus R ex [Adefonsus IX] Legio­

filiis fecit v en d i (77/36).

nis acíus suos D om ino dedicauil, eí A rabibus m ouií gue-


— 227 — rram, eí o b iin u il ab eis M oniem angii, Emeriiam, Bada-

las que p o b ló en ton ces este R ey D. A lffonso [VI] fueron

llocium , alque C anceres (12¿/17).

estas: Salam anca, A uila, M edina del Cam po, O lm edo, C oca, Yscar, Cuellar, Segouia, Sepuluega (537/48).

8.

C o n v erlil [A defonsus VIII] manum ad n ouilalem operum el aedificauií de nou o ciuiiaíem gloriae: Slaluií in

4.

de los otros,- eí esios pocos de cristianos que escaparon,

ea praesidium palriae, el nom en eius v ocau il Placenliam :

acogiéron se al rey D. A lffonso [VI] ei el rey iornose con

C on u ocau il populos in vrbem nouam, el exallau ii ib i

ellos pora Coria (558/22).

liaram ponlificis: sacerdolio legis ordinauil eum, el dilalauil térm inos ensis suis (125/32).

El pues que an och eció, partiéronse de lidiar los unos

5.

En so com ienzo [A lfonso VII] fué lu ego e gercó la gipdat de Coria, ei iom ola eí fizo y . . . (649/11).

X II.— C R O N IC A GENERAL

(Primera)

Compuesta por orden de A lfonso X y con su colaboración personal.

6.

. . . eí el rey d on Fern an d o [II] ayuntada su hueste, ueno

Debió comenzar a redactarse hacia 1270 y fué continuada b ajo Sancho IV

et lid io con don A lffonsso, rey de Portogal, eí u en ciol.

en 1289.

Et allí fue desbaratada la huesí de los poriogaleses, ei

Ed. M enéndez Pidal. Primera Crónica general. Estoria de España

c/ue

mandó componer Alfonso X , Madrid 1906.

don A lffonsso su rey fuxo, et m etióse en Badaiog, ca ya auie tom ado fascas las dos parles dessa ciu d ai de Badaiog et tenie los moros encerrados en una torre. Mas n in aun

1.

Despues lid ió este rey don O rd o n n o (I) con G eyl R ey

allí non se ten ien d o por seguro, pues que fuye, u eno a la

de Coria, el mato y m uchos moros, et al cab o prisó la

puerta de la gipdad que se cerraua con p esliello de fie­

uilla, el lom ó m oros el moras co n sus fijos muchos

rro, eí p u x o ell al p esliello por abrir la pueria ei salir,

dellos el fizolos lodos uender (366/35).

más n on se abrió b ien la pueria, pero salió el rey,- mas ian ía fue ell angostura de la pueria que erebo allí la

2.

El fué [O rd oñ o II] sobre M erida el corrió lierra de Lu-

pierna al Rey, el el apenas pudo salir en el cauallo que

zenna, et astragola toda,- et preso un casliello que dizen

n on cayesse del a tierra. Et fue preso luego, et asaz mal

C olubri, el es al que agora dizen A lfange. El desi íor-

parado, et en guisa de auer merget del lo d o om ne b a en o

nose pora su tierra m uy onrrado, con grandes aueres

que alai le uiesse,- el fue alai em presenlado al R ey don

de oro el de piala el pannos de seda el co n m uchos ca-

Fernando, et el rey don Fernando regibiol b ien eí con

liuos (385/4).

piedad eí asseníol co n sig o en el su esírado real. Eí don A lffonsso, rey de Poríogal, m esurando allí eslonges ell

3.

Entre tod eslo p ob lo ell Esíremadura eí las gibdades et

su esíado el el peligro en que era, conffesso eí d ix o que

las v illas que eslaban despobladas eí com o yermas. El

uuscara corrolo, n on d euiendo n in auiendo derecha ra­


— 228 — zón por que con íral rey don Fernando de León fuesse; et por ende por fazerle em ienda offregiol alli el reg n o el la

— 229 — 9.

su persona, et dauagelo iodo. M as el R ey d on Fernando

co T o led o ei a M aqueda ei a Talauera, mas pero non

m ansso ei con la piedad que solie, iouosse por ab o n a­

pudo prender n in gu n a dellas, pero desbarató Sancta

do de lo suyo quel su padre le dexara ei de lo que el

O lalla ei a otros logares que n on eran gercados,- ei yn -

auia ganado, ei de lo desse rey don A lffonsso de Porto-

dosse d allí preso a Plazengia ei a Sancia Crug ei a M on-

gal non quiso retener n in g u n a cosa (675/50). 7.

A l iergero an n o despues de la de A larcos, el R ey de los alm ohades, de quien d ixiem os ya, u en o de cab o et c e r­

ian g e et a Trugiello,- ei iornosse dallí co n orgullia et soberuia pora su tierra (682/31).

En todo esto aquel don A lfonso [IX] rey de León, des­

[En nota] eí mato el obispo ei los can o n ig o s eí

cen d ien d o ya a la uegeg, dize la esioria que consagro

quaníos crisiian os y morauan, ei co n b alio la

sus fechos a Dios, ca en cab o de su uida ya, sacó muy

torre m uy de rrezio con m uchos ballesteros

grand hueste ei apoderosse m uy fuerte, et fue contra los

que nunca quedauan de dia n in de noche, el

alaraues por fazer reruigio nom brado et que fuesse rege-

la íorre n on se pudo defender el ouola a g a ­

b id o de nuestro senn or Dios en cabo de su uida, et co-

nar, la qual iorre íen ie don A lfonso Tellez de

m etiolos m uy de rrezio com o daquellos reyes onde

Haro.

uinie. Ei gan o dellos M ontanges, Merida, Badaiog, A l­ cántara, Cangres (678/30).

X III.-C R O N IC O N E S DE CARDEÑ A. Son dos y se denom inan asi por proceder del M onasterio de C ard eñ a.

8.

C venta aun aqui ell A rgobispo otrossi de los fech os des­

Se supone que íueron escritos en la primera mitad del siglo X IV . El I

te m uy n o b le rey don A lffonsso [VIII], et diz que pues

com prende desde el nacim iento de Cristo hasta 1327 y el II desde el co­

que ouo fechas estas cosas com o las auem os contadas,

mienzo del reino V isigodo hasta Fernando IV. Ed. E. S. X X III, 371-381 — Huici, £oc. cil. I. 371-379.

que torno em pos esso la m ano a fazer otras obras nobles de nueuo et p o b lo lu ego de nueuo empos esto la cipdad que dizen de Gloria, et establesgio en ella deffendim i-

1.

Era de M X L V IIII D ieron los m oros a San ch o García sus

en to de la tierra. Et com o quier que de lu ego llam assen

casas Gormaz, e Osm a, e Saní Esíeban, e C oruña e oirás

a aquella gipdai de gloria, m udol el el nom bre quando

casas en Exirem adura (I. E. S. pg. 372).

la poblaba de nueuo, segunt d ice ell argobispo, et pusol nom bre Plazengia, porque es gipdad de plazeres m uchos

2.

El R ey don San ch o fijo del R ey D on Fernando el M ag ­

que tom an los om nes en ella, et assi la llam aron toda-

no, de la pariición que fizo su padre, fincol C asliella e

uia despues Plazengia (680/10).

Exíaem adura (II. Idid. 379).


— 230 — 3.

R eg n o D on A lfo n so fijo del R ey D on San ch o en Cas-

— 231 — 3.

íiella en Extrem adura (II. Idid. 379).

Era 1125.... R ex [Adefonsus VI] plagaius lan cea cum nimium siiirei propter fluxum sanguinis decurreniis a p la­ ga, v ice aquae propinaveruni ei vinum , quia aquam non

X IV .— C H RO N IC O N CON IM BRICENSE.

invenerant, unde syncop em passus, cum his qui secum

Procede del C on vento de Santa Cruz de Coimbra, donde está con teni­

aderant, reversus esi Cauriam, Sarraceni quoqu e reversi sunt unusquisque ad sua loca. (pg. 419).

do en un códice formado por varias copias de cronicones. D ebieron co­ menzarse a escribir en ei siglo X III, pero después se continuaron en len­

4.

gua portuguesa hasta el X V .

Era 1204. C ivitas Elbora capta, et depraedata, eí noctu ingressa a G iraldo co g n o m in alo sine pavore, el lalroni-

Ed. E. S. X X III. 330-356.

bus socii ejus, ei tradidii eam R eg i D. A lfonso, et post paulum ipse R ex cepit Mauram, et Serpam, eí A lco n -

1.

Era M C X V in sabbaio ipse [Adefonsus VI] cep il Cauriam.

chel, eí C olu ch i Casirum m andavii raedificare an n o reg ­ 5.

2.

In Era M C C X X II m ense Iunii v ig ilia S. Ioanis Baplisíae

iae Im peraior Sarracenorum nom in e A b o y a c v en ii cum

Im peraior Sarracenorum nom in e A b o iac v en i cum ex er-

exerciiib u s suis, ei ob sed ií Scalabi casirum, eí vasiavii

cilibus suis eí (obsedit) Scalabi casírum , ei v asiav ii io-

ioiam Exirem aiuram , et fuit ib i per q u in qu é sepiim anas

íam Exirem aiuram ei fuii ib i per quin qu é sepiim anas. 3.

ni eius (pg 428). In Era M C C X X II M ense Ju n ii V ig ilia Sci. Jo a n is Balis-

(pg. 432).

In era M.a C C .a V I I a q u in to nonas m aii in irau ii A lcay de Giraldus Badalouzi.

X V I.

EFEMERIDES TUROLENSES

Así denom inam os a un fragm ento de viejos anales por nosotros des­ cubierto en el A rchivo M unicipal de Teruel el año 1929. C ontiene efemé­

X V .— C H RO N IC O N LUSITANUM.

rides entre 1089 y 1196.

Tam bién fué denom inado Chronica Qotborum. A rranca de la salida de

Ed. Floriano, Tragmento de unos Viejos Anales, M adrid 1929.

los Godos del oriente, y llega hasta el año 1184. Ed. Monarcbiae Lusitanae T. III.—E. S. X IV . pgs. 415-432.

1.

Era M C C X X X I I I . . . en aquel an y o entro A lm om anin co n gran l g en i sin co n lo co n brago esien d id o por Cas-

1.

Era 9 0 4 .... cepit [A defonsus III] nam que Casirum qui dicitur Nazan (pg. 416).

iiella e don A lfonso R ey de León co n el, e prendieron casiiellos es a saber Placencia, e M onianges, e Tragiello e m uchos oíros lugares.

2.

Era 1115 M ense Sepiem bris cepit idem R ex Alfonsus Cauriam C iviiaiem (pg. 418).


— 232 — X X II.-C H R O N IC O N LAMECENSE Publicado en Portugaliae ÍMonumenta H istórica. Scriptores.

1.

Geraldus alcayd e in írauil Badalloucium V I nonas maii Era M .a C C a V I I a X V I II.-C R O N IC A LATINA DE LOS REYES DE CASTILLA. Comienza a la muerte de Fernán González y llega hasta el año de 1236.

Se supone que fué term inada en d icho año. Ed. G. Cirot, U ne cbronicjue latine inedite des Rois de ('astille, Bullelin Hispanique, X IV (1912) pg. 30. ss. y 411 ss.

1.

Tune eí capíus fuii Giraldus qui d iceb an í sine pavore eí íradiíus in manus R od erici Fernandi Casiellani,- cui pro liberaíio n e sua d edií idem Giraldus M oníang es, Trujellum, Sancla C rux, M onfra que idem Giraldus acquisieraí a sarracenis. Depauperaíus auiem eí desíiluíus om ni au x ilio íran siulií se ad sarracenos quibus mulía damna in luleral a quibus nacía quedan occasiuncula in parlibus m arroquilanis, capile íruncaíus esl. (36, 38)


r

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I N D I C E

A L F A B E T I C O


wm

INDICE

ALFABETICO

»

A 'Abd AUah ban Muhammad: 88. 'Abd

al-Malik

ben

O atan.

(Vali

Abu A llah ben Turmat (Califa Almohade): de

al-Andalus): 79.

97. Abu

'Abd al-Malikk ben Sah ibe A gala: 99, 15, 117.

Abu

‘Abd al-Rahm an I (Emir de al-Andalus): 81

83-86. al-M arrakushi:

(V. Bibl).

(General

Almohade):

Muhammad

al-Mu'min

(Califa

Al­

Y a'qu b

Yusuf

(Califa

Almohade):

103, 114, 123, 124, 127, 128, 130, 131. Abu

'Abd al-W ahid

'Umar

mohade): 98, 100, 105, 114. Abu

'Abd al-Rahm an ben M arwan al-Chilliquí:

Hafs

127, 128.

Yusuf

Y a'qu b

al-Mansur

(Califa

Almohade): 141, 143, 144.

A benceta (Gobernador de Sevilla) 217.

A cebo.— Puerto del: 94, 147.

A ben Hut (Rey de Badajoz) 168, 173.

Adán (Obispo de Plesencia): 207.

A bengales (V. Ibn Jalis).

Adarve del Cristo (Muralla de Cáceres):

Abuhalit (Visir de Muhammad I. Su ver­

105.

dadero nombre era Hashim ben 'Abd

Africa. 35, 43, 69, 77, 79, 97, 98, 144.

al-Aziz): 84-86, 211.

Afueras

Abu

'Ali

'Umar

bem

Timsilt

(Visir de

Badajoz): 219, 221.

Agnani: 161, 196.

Abu A llah ben Sanadid (Caid del Califa Almohade

al-Mansur):

de V illalobos (Barrio de C áce­

res): 54.

143-144.

Aguado Bleye (V. Bibl). Aguado de Cordoba (V. Bibl).


— 247 —

— 246 — Alfonso III el Magno (Rey de Asturias):

A guas Vivas.— Sierra de: 78.

Alfonso VI (Rey de León y Castilla): 88,

102. A lagón.— Rio: 19, 21, 76-78, 94, 108, 113,

89, 92-96, 213, 222, 227, 230, 231.

A lanje.— Castillo de ("Castrum Colubri"): 84, 87, 88, 173, 174, 213, 221, 224, 226,

Arrago.-—Rio. 70.

227.

A lvar Hañez: 96.

Arropez.— Sierra del: 55.

Alvaro.— El Conde (Mayordomo del Rey):

Arroyo de la Luz: 58, 64.

131, 132, 140, 142, 147, 148, 150, 219,

Alfonso

Alagón)

IX

(Rey

de

León):

59,

Asturias:

tilla): 208.

Asturias de Santillana: 135.

177,

Amador de los Rios, J. (V. Bibl).

A talay a de P elay Vellidiz: 97, 107, 131,

199,

A m bracia (V. Plasencia).

137-140, 147, 148, 150-153, 156-159, 161, 164,

A lbalat.— Castillo de: 97, 128, 214, 218.

179-181,

A lbalat de Montánchez: 97.

200, 205,

A lcalá, P. (V. Bibl).

A lcazar de C áceres: 103. A lconchel: 231. A lconétar: 23, 25, 29, 56-59, 64, 69, 86, 106, 107, 130, 135, 140, 149, 152, 158,

92,

141, 145.

Ambroz.— Rio: 58, 65.

133,

167,

184,

Ataúlfo (Rey godo) 68.

Ampurias: 26.

A tlas Marroquí: 97.

"A n a ".— "Flum en"

(V.

Guadiana).

Auch: 161.

Alfonso

Portugal):

A ncha.—

137,

Anteliam: 224.

"A ugustóbriga": 64.

Antonino C a ra ca lla : 40, 50, 53, 56, 57.

A urelia: 214, 216.

Alfonso Suárez: 203.

Antuña, M. (V. Bibl).

A vila: 129, 218, 224, 227.

Alfonso Tellez de Haro: 229.

Appiano Alejandrino: 28, 35.

A lgarbe: 24, 36.

"A raviense

108,

Henriques 114,

(Rey

117-119,

de

122-124,

140,

222, 227, 228, 231.

ben

Yusuf

o A ravigense”. —

101.

(Emir

Almorávide):

97,

26,

43, 44,

89.

Aviles: 160. Ayuela.— Rio: 31, 34, 58, 125, 158.

"Munici-

pium ": 64.

A lgeciras: 95. Alí

Augusto (Octavio Augusto):

(Calle de Cáceres):

A zag ala: 96, 191.

Arco del Rey (Muralla de Cáceres): 103.

A liseda: 22, 78.

A lcuéscar: 65, 72.

B

Algibe.— Sierra del (V. Aliseda).

A lemtejo: 24, 36, 38, 87. (Hijo

de

Alfon­

so IX y Berenguela): 150, 202, 206. Alfonso I el Católico (Rey de Asturias) 79.

224.

197,

217.

173, 187, 193, 202.

Alfonso II el Casto

191-193,

206, 223-225, 228.

159.

A ndalucía: 77, 132, 136.

128, 146-149, 158, 173, 191, 192,

205, 220, 228.

175,

145,

Alfonso González: 207.

A lcántara: 20, 51, 58-60, 107, 113, 118,

Infante

184,

174,

197, 198, 206, 226.

Alburquerque: 113, 122, 154, 156, 158.

Alfonso. — El

183,

172,

Alfonso X el Sabio:

A lcalá. 219.

125,

168,

Asin, M. (V. Bibl). A storga: 53, 55, 57, 79, 85, 162.

Alvaro Rodríguez (Merino Mayor de C as­

133,

A lbaida: 83.

165,

194. Alvaro Pérez: 203.

A lba de Tormes: 167, 173, 177, 202.

A lbarregas.— Arroyo: 54.

A m al Ponte: 118. Arnaldo (Obispo de León): 207.

220, 223, 226, 228, 230. (V.

gel): 118, 130.

Altos de C áceres: 78, 105.

A larcos: 142, 224, 229. "Flum en"

Almonte.— Rio: 19, 31, 55, 58, 59, 113,

108, 125, 137, 150, 157, 213-219, 221,

A larcón: 224.

"A lauon".—

Arcos: 129. Armengol VII, el de Grep (Conde de Ur-

Altamira.— Sierra de: 36, 146, 152.

Alfonso VIII (Rey de Castilla): 113, 129,

231.

130.

141.

Alfonso VII el Emperador: 98, 105, 106,

141, 147.

Castillo de:

Almería: 27.

83, 85-87, 94, 212, 230.

Aire.— Torre del (Muralla de Cáceres):

Almenarilla.—

(Rey de

Asturias):

Almagro, M. (V. Bibl). 98,

108,

B aeza: 148, 202 206, 220.

Almanzor: 78, 94.

114, 118, 119, 121-123, 127, 154,

168,

B a ja del Postigo.— Torre (Muralla de Cá­

Almaraz: 19, 76.

173,

222,

Almeida, F. de (V. Bibl).

225-228, 230, 232.

Almanza: 106.

Badajoz:

23,

174,

82,

202,

85-88,

206,

93-96,

213,

221,

ceres). B alach: 79.

140.


— 248 — Balbo (V. Lucio Cornelio Balbo).

— 249 —

Bernardo:

Ballesteros Beretta, A. (V. Bibl).

(Arzobispo

de

Compostela):

158, 159, 206. Bernardo: (Obispo de Segovia): 203, 206.

Banu Aftas: 94.

B ética: 29, 30, 32, 33, 40, 42, 69.

Baños de Montemayor: 38, 55-58, 106.

"B etis".— "Flum en":

29,

Cam beros (Calle de Cáceres): 62.

Barrantes, V. (V. Bibl).

"Betu ria": 30. "Bilbilis": 58.

Barrio Nuevo (Calle de Cáceres): 62.

Blazquez, A ngel: 54.

Barrow, R. H. (V. Bibl).

Blazquez, Antonio: (V. Bibl).

B atu ecas.— Las: 69.

Bonifacio: (Obispo de Coria): 76.

Reina

(Esposa

de

do III): 198, 206.

Boquique.— Cueva del: 22. Bosch y Gimpera, P. (V. Bibl).

B e ja : 49, 117.

Bretou: 160.

B ejar: 86, 107, 224.

"Brigantium ": 41.

Bellmunt O. y C anella, F. (V. Bibl).

Brozas: 23, 58.

Benavente: 173.

Buhona.— D ehesa La: 57.

Benito Boxoyo, S. (V. Bibl).

Bujaco.— Torre de (Muralla de Cáceres):

Berenguela.— La Infanta (Hija de Alfon­ so IX y Berenguela): 150.

Burgos: 135, 162.

Berenguela.— La Reina (Esposa de Al­ fonso IX): 145, 150, 151, 179, 198. Berenguer Arnal:

103, 128.

Burraca.— Torre de la (Muralla de C áce­ res): 101.

118.

Butrera.— Cerro de la : 78.

del

Esparragal.— Castillo:

122,

128. C áceres:

11-14,

17, 21, 22,

31, 35-38, 45, 47, 48, 50,

25, 27, 28, 51, 53-55,

147,

150-152,

179,

180-183,

155-158, 185,

163-175,

187,

188,

197-202, 205, 220, 223, 228, C áceres el Viejo: 54, 55, 60-63, 65.

60, 63, 65-68, 70-73 75, 78, 80-83, 86,

Cádiz ("G ad es"): 25, 39, 41, 44.

93, 97-100, 106, 107, 109, 113, 116 117,

Cagnat, R. y Chapot, V. (V. Bibl).

120-122,

Caius Iulius Lacer: 60.

124-128,

130-138,

141,

146,

177, 191,

Castra Servilia: 32, 45, 47, 49, 55, 61-63, 70. Castrejon: 155.

Cam ellas.— V alle de la s: 54, 55.

Castro.— G asp ar Castronuño:

Campos Góticos: 90, 213, 222.

Castrotoraf: 172, 182, 199.

155.

"Castrum

de:

66.

106.

Colubri":

C antabria: 75.

Caurium: (V. Coria).

Canterias.— La (Barrio de Cáceres): 62.

C ay a: 120.

Cañam ero: 154, 221.

Cayo Oppio: 42.

C aparra: 48, 51, 55-58, 65.

Celtiberia: 28, 34.

(V. Alanje).

Capitolio: 39.

"C elia V ini": (V.Ceclavin).

"C ap p ara". (V. Caparra).

Cesar: 39, 40-43, 45, 47, 48, 100.

Caracuel: 224.

"C esarau g u sta"

Carcaboso: 58.

Cervera.— La

Carmonita.— Puerto de: 29.

(V.

(Vid

Zaragoza). Pedro

Cervero.— Al­

d ea de).

Carpetania: 29.

"C e sa re a ": 70, 71.

Carpió: 223.

Cicerón: 39, 40, 42, 46.

C artagena: 53.

Cid.— El: 124.

"C artaginen se": 68.

Cintra: 213, 222.

C asar de C áceres: 55.

Ciudad Rodrigo: 58, 107, 113,

C asar del Conde Don Gonzalo: 125.

C abeza

61-63, 70.

Camino de la Plata. (V ."V ia Lata").

Candamio:

Bonilla y San Martin, A. (V. Bibl). Fernan­

Caleros.. (Calle de Cáceres): 54. C allejo Serrano.— Carlos: 22.

37.

Barrau-Dihigo. (V. Bibl).

Beatriz.— La

"C astra C a e cilia ": 38, 44, 45, 47, 55-57

Calerizo.— El: 21, 22, 55.

Banu A bbas: 94.

Bazan y Mendoza, M. (V. Bibl).

C alatrava: 224.

129,

135, 142, 147, 149, 172, 222.

C asas de Don Antonio: 31, 56, 125.

Coa.— Río. 107.

C a sas de Millan: 32.

Coca: 213, 226.

C astañar de Ibor: 22.

Coccelia Severa: 48.

Castaños.— Puerto de los:32, 57.

Codera Zaidin, F. (V. Bibl).

Castilla:

105-108. 113, 120, 127, 129-132,

114, 128,

Coimbra: 107.

140, 143-146, 150, 151, 153, 170, 178,

Colimbriana.— V ia: 107, 114.

198, 202, 204, 206, 208, 212, 213, 219,

"Colonia Norbensis C aesarin a" ("Norba")

220, 229. Castillejo.— D ehesa El: Castorius: 53.

39, 44-46, 49, 50, 55-58, 60-63, 70, 76, 64.

99. Collado.-^-Puerto del 55.


— 251 —

— 250 — Conejar.— Cueva del: 22.

Cortés y Constanzo: 45.

Compostela (V. Santiago de Compostela).

Cortés y López (V. Bibl).

Conquista.— La: 58, 69.

Constanza.— La

Infanta

E (Hija

de

Alfon­

Eberobriga: 24, 64.

E scalona: 219.

Ebro.— Rio: 27, 37.

Escipión: 26.

"Contributa Iu lia": 25.

Cotarelo y Valledor, A. (V. Bibl).

Edrisi.— El: 99.

Escurial: 58.

C oraja.— Torre de la (Muralla de C áce­

C ayanza: 133.

Egidio

Cubillos:

Eguilaz (V. Bibl).

so IX y Berenguela): 150.

"C onsabura" (V. Consuegra).

res): 101.

160.

Manrique:

203,

207.

Córdoba: 82, 84, 88.

Cubo.— Puente del: 58.

Coria: 25, 58, 65, 67, 69, 72, 76, 77, 79-

Cuellar: 213, 227.

"Em érita" (V. Mérida).

81, 83, 89, 94-98, 102, 106, 107, 114,

Cuenca: 129, 224.

Emilio Lépido: 47.

128, 129, 131, 133, 135, 140-142, 145,

Cuestra del M aestre (Calle de Cáceres):

Enrique.— El Infante

Enrique III

Estrella.— Sierra (Hijo de

Fernan­

CH

97,

98,

108,

de

la

("Mons

Hermi-

nius"): 25, 27, 28, 29, 41. Europa: 161.

(Rey de

Castilla) 167,

Evora: 87, 108, 117, 231. 184,

197. Enrique

95,

151, 160, 161, 164, 165, 169, 170, 220.

Enrique I (Rey de Castilla) 150, 151.

217-219, 221, 222, 224, 226, 230.

90,

Estrecho de G ibraltar: 92, 142.

do III) 198.

126.

13, 27, 30, 33, 34, 37, 43, 47,

53, 68, 79, 80,

E ljas.— Río: 19, 60, 77.

147, 149, 158, 172, 173, 193, 212-214,

E spaña:

Extremadura: 65, 89, 90-94, 96, 97, 106, 107, 152, 153, 213-215, 218, 219, 222,

IV (Rey

de

Castilla) 167, 184,

223, 226, 229, 230, 231.

197.

Chapot-Cagnat (V. Bibl).

D D alm acia.— V ia: 58, 107( 135, 152,

114,

128,

130,

172.

Dam asco: 76.

Fernández Duro, C. (V. Bibl). Diodoro Sículo: 35. Dion Cassio: 39.

Fernández de R etana (V. Bibl).

Domingo (Obispo de Avila): 203, 207.

Fernando.-—El

Del Pan, I. (V. Bibl).

Dozy, R. (V. Bibl).

Desmochada.— Torre

Drá.— Región del:

(Muralla

res): 101. Deva.— Rio: 106. Diaz Perez, N: (Bibl). "D idym a": 44. Diego Froilaz: 194, 204. Diego López: 147, 148, 220. Diego Martínez: 203, 207. Diocleciano: 89.

de

Cace-

141, 153, 171, 221-223, 225, 227, 228.

Fernández Guerra, A. (V. Bibl).

Duero.— Rio: 24, 25, 31, 36, 79, 80, 91, 97, 106, 107, 214. Dulce.— La Infanta (Hija de Alfonso IX y de Teresa): 150, 151, 153, 172, 179,

Durazzo: 43. Duruy, V. (V.Bibl).

(Hijo

León):

Fem ado.— El

Infante

Infante

I

(Rey

de

164,

Castilla 167,

y

168,

de 170,

de

Alfon­

Fernando IV (Rey de Castilla) 167, 184,

202, 206, 223, 224.

(Hijo

197. (Hijo

de

Fem an­

Fernando Diaz del Castillo: 191, 205. Fernando González: 194.

León

y

Castilla):

212, 229.

Fernando Gutierrez: 194, 204, 207. Fernando Iohannes: 204, 207.

Fernando II (Rey de León) 105, 108, 113, 117-121,

151,

de

177-180, 183, 184, 187, 192, 197, 198,

do III): 198, 206. Fernando

150,

(Rey

Alfon­

so VIII): 146, 219. Fernando.— El

III

de

so IX y de Teresa): 150. 124.

Duarte Insua, L. (V.Bibl).

183, 193.

Infante

Fem ando

123,

125,

127,

128,

130-139,

Fem ando Rodríguez de Castro, El C as­ tellano: 120, 232.


— 252 —

— 253 —

Fem ando Sánchez: 194.

Floriano. A. C. (V. Bibl).

G uadarram a.— Sierra de: 91.

Fernando de Torres: 205.

Floripes.— Torre de los (V. Alccsiétar).

G uadiana.— Río:

Ferrera (V. Bibl).

Fresno: 131.

77, 81, 82, 85-87, 91-93, 100, 106, 115,

Guinea.— V ia La (V. "V ia Lata").

Fresno Viejo: 170.

121-123, 127, 136, 146, 148, 173, 201,

Gunthoerta: 73.

Fuente de Cantos: 25.

211.

Fita, F. (V. Bibl). Florez, P. H. (V. Bibl).

25,

28-31,

G uillarey: 133. 35,

36,

38,

G

H Godoy (Palacio de Godoy, en Cáceres):

"G a d e s" (V. Cádiz)

50.

G a la P lacidia: 68.

G oege, M. (V. Bibl).

G alba: 28, 34.

Guillermo González: 203.

Hadriano (Emperador Romano):

56.

Hirtuleyo: 37.

Hashim (V. Abuhalit).

"H ispania Citerior": 27, 30, 31, 37, 38.

Herculano (V. Bibl).

"H ispania Ulterior": 27, 30, 35, 37, 41.

G alias: 28, 44.

Gómez Moreno, M. (V. Bibl).

Hercules.— Camino de: 53.

Honorio (Emperador) 68.

G alicia: 79, 87, 106, 108, 118, 145, 158,

Gómez Moreno, M aria E lena 162.

Herguijuela: 48, 73.

Hornachos.— Sierra de: 29.

159, 173, 175, 192, 198, 199, 200, 202,

González, Julio (V. Bibl).

Hermenegildo: 70, 71.

Horno.— Torre del (Muralla

206, 211, 222.

González, T. (V. Bibl).

Hernández Pacheco, E.: 22, 65.

G alisteo

("Rusticiana"):

25,

55,

57,

95,

106, 149, 172, 186, 193, 223.

45, 100, 104.

González, V: 72.

Hernández Pacheco, F.: 22.

Hoyos: 58.

Gonzalo (Obispo le Cuenca): 203, 207.

Herrerías.— Puerto de la s: 31, 54, 57, 86.

Hübner (V. Bibl).

"G aram an tas": 43.

Gonzalo (Obispo de Salam anca): 194.

Hidacio: 68.

Huici, A. (V. Bibl).

G arcia Fernández (Mayordomo del Rey)

Gonzalo

Hins Q asris (V. Cáceres).

Hurtado, P. (V. Bibl).

Ibahernado: 48.

Ibn Jalis (V. Abengales).

125.

Gonzalo Rodríguez (Mayordomo del Rey)

203, 208. G arcia González:

Marañón.— El Conde:

194.

G arcia Rodríguez C am ota (Merino Mayor de León): 179, 204, 208. G arcia Sánchez (Maestre de Alcántara): 154. G arrovillas: 21, 22, 23.

203. Gozón: 155. Gormaz: 218, 219. G ranada: 95, 108. "G ran ad a"

(Granadilla):

106,

107,

114,

141, 145, 222, 225.

G ascu ña: 220.

Gredos.— Sierra de: 19, 24, 28, 36, 38, 91.

G ata: 19, 24, 36, 38, 83, 91, 94, 106, 122,

Gregorio IX (Papa):

141.

160, 164,

165,

Ibn Amira (V. Bibl).

Inocencio III (Papa):

Ibn 'Idari (V. Bibl).

Iscar: 213, 227.

Ibn Jaldun (V. Bibl).

Italia: 65.

195,

223.

G ayangos, P. (V. Bibl).

Grimaldo.— Castillo de: 57.

Gellio: 39.

Guadalquivir.— Rio: 108.

G enova: 161.

G uadalperal.— D ehesa de: 23.

G eraldo Sempavor: 115-124, 130-132.

G uadalupe.— Sierra de: 19.

Jaén : 224. Ja ra Toledana: 36.

Jaraicejo: 58, 69. Jerez: 129, 214.

160.

de Cáceres)


— 255 —

— 254 — Jerte.— Río: 21, 58, 129.

Juan (Cardenal, Obispo de Sabina): 160,

Juan (Obispo de Osm a, Canciller): 203,

161, 164, 165, 169, 223.

68, 69, 70, 75, 76, 89, 90, 211, 221, 225.

Juan II (Rey de Castilla): 167, 184, 197.

Lúculo: 28.

Juan (Obispo de Calahorra): 203, 207.

Juan Fernández de Alixi: 194.

Lugo: 76 ,119, 159, 173.

Juan (Obispo de Oviedo): 193, 204, 207.

"Julia C ontrasta":

208.

Lusitania: 25, 28, 34-36, 38, 45, 49, 60,

Lucio Séptimo Severo Pertinax: 50. Lucio Thorio Balbo: 37.

64.

M

K "K au ria" (V. Coria).

L

Madrid: 219.

Maximino: 73.

Mahdi (V. Abu A llah ben Turmat).

Máximo I: 56.

M adrigalejo: 64.

M ayoralgo (Palacio de Cáceres): 65.

M ag acela: 174.

M ayorga: 173.

M altravieso: 22, 23.

Medellin ("Metellinum"): 38,

Maluquer de Montes (V. Bibl).

46, 47, 49,

77, 81, 87, 132, 174, 187, 202. Medina del Campo: 227.

M antible (V. Alconétar).

L acarra y de Miguel, J. M. (V. Bibl).

Limia: 222.

La Coruña ("Brigantium"): 41.

Lisboa: 69, 108, 213, 222.

M aqueda: 213, 219, 222, 229.

Mediterráneo: 29.

La Montaña (Mosca.— Sierra de): 55, 78.

Logroño: 162.

M arca: 81-89, 91, 92, 94,

Meira.— Coto de : 133.

Logrosan: 69.

Marcgais, W . (V. Bibl).

Mélida, J. R. (V. Bibl).

Lope (Obispo de Sigüenza): 203, 207

Marco Domicio Calvino: 37.

Menendez Pidal, G. (V. Bibl).

"L acobriga" (V. Lagos).

Lope Diaz: 147, 203, 208, 220.

Marco Porcio Catón: 27.

Menendez Pidal, R. (Bibl).

Lafuente A lcántara (V. Bibl).

Lopes, D. (V. Bibl).

M aría Ibañez: 38.

M eneses.— Alonso de (V. Bibl).

Lagos: 38.

López Arguleta (V. Bibl).

Mario: 33, 34, 47.

Mérida ("Em érita"): 44, 46, 49, 54-57, 70, 71, 75-77, 79-84,

Laborde: 66. Lacio:

47.

106, 130.

86-88, 91

107,

108,

López Ferreiro, A .: (V. Bibl).

Martin (Obispo de Salam anca: 204, 207.

Ledesma: 108, 114, 222, 225.

Lorenzo (Obispo de Orense) 204, 207.

Martin (Obispo de Zamora): 193, 204, 207.

127, 147, 158, 168, 173, 174, 211, 221,

"Leobeldus": 71.

Losar de la V era: 23.

Martín Fernández (Maestre de Calatrava):

225, 226, 228.

León: 46, 80, 92, 105, 106, 128, 129, 133,

Lucas de Tuy (El Tudense) 83, 88, 114.

Lavandera: 131.

140, 141, 145, 146, 147, 149-151, 153, 158, 162, 165, 168, 171, 178, 179, 181, 183, 191, 192, 195, 199, 200, 201, 202, 204, 206, 214, 219, 220, 228, 231. León Guerra, F.: 21. Leovigildo (Rey Godo): Leví Provengal (V. Bibl). Liberio: 68.

120,

139,

163-165,

39-43,

46-48. Lucio Cornelio Léntulo Crure: 43. Lucio Marineo Sículo: 66.

Marwan) 83. Marruecos: 97, 124, 153, 156, 220, 221.

47, 48. Lucio Cornelio Balbo (El Menor):

68, 69, 70.

M arwan (Padre de Abd al-Rahm an ben

Lucena: 226. Lucio Cornelio Balbo (El Mayor):

148, 191, 192, 205. Martínez, M. R. (V. Bibl).

168, 221.

39-44,

M asdeu (V. Bibl). Matadero (Antiguo m acelo de Cáceres): 44. Mauricio (Obispo de Burgos) 203, 206.

Mertola: 108. M eseta.— La: 27, 33, 144. "Metellinum"

(V. Medellin).

Mezquita.— Puerto de la : 79. Miguel

( Obispo

de

Ciudad

Rodrigo):

204, 207. Miguel (Obispo de Lugo): 204, 207. Miller, K.: 53. M iknasa.— Tribu de: 81.


— 256 — M ilana.— Castillo de la : 117, 128.

— 257 -

Montánchez.— Castillo de: 48, 97, 98, 113,

O

117, 120, 125, 132, 142, 143, 144, 146,

M illares Cario, A. (V. Bibl). Miño: 106. M irabel: 78.

158, 168, 172, 173, 174, 219, 226, 229,

Olmedo: 213, 227.

O rtega, J. I. (V. Bibl).

232.

Octavio (V. Augusto).

Ortez: 161.

Ordoño I (Rey de Asturias): 83, 212, 221,

Orti Belmonte, M. A. (V. Bibl).

Miralrio (Calle de Cáceres). 54.

Montánchez.— Sierra de: 19, 38, 78, 231.

Miranda: 106, 107, 223.

Montenegro: 153.

Miróbriga (V. Ciudad Rodrigo).

Monte R eal: 223.

Mirón (Rey Suevo): 69.

Montes de Toledo: 146.

Mohamed I (Emir de al-Andalus) 83-86,

Moros (Calle de C áceres) 44, 62.

224, 226.

Osma: 218, 219, 229.

Ordoño II (Rey de Asturias y León): 87,

O ssorio Martinez: 216.

88, 212, 221 225, 226. Ordoño Alvarez de

Oviedo: 85, 87, 133, 163, 211.

Asturias:

204,

207.

"Oxiferium ".— "M ons":

87,

211.

Mosca.— Sierra de (V. La Montaña).

211 . Monfragiie.— Castillo de: 20, 120, 121, 125,

Muhammad b en 'Abd al-C habar: 82. Muhammad ben A bbad al-Mu'tamid (Rey

132.

P

Monleón: 107, 223.

de Sevilla): 95.

"Mons Herminius" (V. Sierra de la Es­

Muradal.— Puerto del: 105.

P alacin a.— V alle de la : 78.

trella.

M usa ben Nusayr: 75-77, 224.

P alaz de Rey: 159.

P eña (Calle de Cáceres): 62.

Monsalud.— Castillo de: 85.

Musa ben O asi: 83.

Pamplona: 162.

Peña Redonda (Barrio de Cáceres): 62.

"M ons Fragorum " (V. Monfragüs.

Muzeres: 224.

Panvinio: 43.

P erales.— Puerto de: 147.

N Narbona: 161.

Paredes, V. (V. Bibl).

Pereiro: 107.

Parthey, G .: 53.

Pereros (Calle y plaza de Cáceres): 101.

"P ax Iu lia" (V. Beja).

Pérez de Urbel, Fr. J. (V. Bibl).

Pedro (Obispo de Astorga): 193.

Picadero (Plaza de Cáceres): 62.

Pedro (Obispo de Coria): 204.

Piel, J. M°. (V. Bibl).

"N orba" (Ciudad latina): 47, 48.

Pedro Cervero:

Pindes, M.: 53.

Pedro Fernández (M aestre de Santiago):

Nidos (Calle de Cáceres): 62.

Nadux: 128.

Pensil de M iravel (Plasencia): 65.

125.

N avarra: 142.

Norma (Italia): 48.

Navarro (Obispo de Coria): 217.

Nottola, H. (V. Bibl).

N avas de Tolosa:

Numancia: 30, 33.

Pedro Martínez: 194.

142, 144, 152, 219, 224, 226, 228, 229,

"N eap olis": 44.

Numídico: 37.

Pedro P elaez: 133, 136, 194.

231.

Nefza.— Tribu de: 86, 87, 211, 230.

Ñuño (Obispo de Astorga): 204, 207.

Pedro Ponce: 204.

Ñuño Fernández Barroso (Maestro de Al­

Pedro Suárez (Arzobispo

Nerón: 56. Nicolao: 73.

146, 153.

cántara): 149.

126, 132, 133.

Pirineo: 53, 151. P lasencia: 22, 57, 65, 69, 72, 129, 140,

Plesenzuela: 73. de

135, 159, 193.

Santiago):

P laza M ayor (Cáceres): 103. Plinio: 31, 39, 43-45, 50, 61, 63.

Pedroso.— Sierra del: 29.

Plutarco: 35, 37.

P elay Vellidiz: 95.

Polibio: 33.

P elayo (Obispo le Oviedo): 91.

Ponferrada: 173.

Pelayo A rias: 204, 107.

"Pontecurbum".— "Castrum ":

212.


— 259 —

— 258 — "Pontiano".—

"P a g o ":

68.

Pontina.— Llanura: 47.

Publio Licinio Craso: 34.

Rodrigo Frolaz: 207.

Puerta de Coria o del Socorro (Muralla

Rodrigo Gómez de Trastornar: 194, 204,

Puerta o Arco del Cristo (Muralla de Cá-

Popilio Lenas: 31-32. Portanchito:

Castillo de: 72,

122,

128,

Puerta

o

Arco

de

Rodrigo

la

Estrella

(Puerta

30, 32-35, 39-44, 49,

203,

207.

Ruecas.— Rio: 70. "Rusticiana" (V. Galisteo).

Rodrigo Rodríguez: 207.

Nueva. M uralla de Cáceres): 103, 104.

158. Portugal: 23, 60, 83, 107, 108, 113, 117,

Puerta o Arco de San ta A na (Muralla de Cáceres): 104.

118, 121, 122, 137, 139, 140, 179, 193,

Puerta de M érida .Muralla de Cáceres):

222, 225, 227, 228.

45, 100.

Posidonio: 33.

Saav ed ra, E. (V. Bibl).

Pozos o del Gitano.— Torre de los (Mu­

Puerta de O livares (Zamora): 168.

Sab ina: 161.

ra lla de Cáceres): 101.

Pulpitos.— Torre de los (Muralla de C á­

Sabugal:

ceres): 104.

Prieto Vives, A. (V. Bibl).

Puyol, J. (V. Bibl).

Publio Carisio: 46.

Q Quinto Pompeyo:

Ouadrado, I. Ma: 168. Quinto

29,

161, 162. Romanos.— Cerro de los:68.

González:

Rodrigo Martínez: 214, 215.

Ceres): 100, 102.

78.

Portezuelo.—

207.

de Cáceres) 100, 103, 126.

Ponz, A. (V. Bibl).

Roma: 26, 28,

Caecilio

Metello:

37-40,

46,

55,

56, 61, 70.

30-42.

122, 130, 140. San Roque (Calle de Cáceres):

54.

Sa'dun al-Surunbaki: 85.

San Vicente.-'—Sierra de: 146, 219.

Saez, E. (Bibl).

San Vicente de A lcántara: 64.

Sahagun: 106, 108, 109, 113.

Sancti Spiritus (Calle de Cáceres): 62.

Salam anca: 53, 55, 76, 91, 92, 107, 108,

Sancha.— La Infanta Hija de Alfonso IX

114, 126, 133, 213, 214, 217, 218, 224,

y Teresa): 150, 151, 153, 172, 179, 183,

226.

193.

Salor.— Rio: 19, 31, 54, 57, 125, 158.

Sánchez Albornoz, C. (V. Bibl).

Quinto Sertorio: 34-38, 61.

Salustio: 35.

Sánchez Paredes, A.: 23, 72.

Quinto Servilio Cepion:

Salvador Yañez: 155.

Sancho I (Rey de Portugal): 140.

Salvaleón: 107, 223.

Sancho II (Rey de Castilla): 229.

Salvatierra: 223.

Sancho III (Rey de Castilla): 229.

Salvatierra de Santiago: 48.

Sancho (Obispo de Coria): 207.

Salvatierra de Tormes: 106.

Sancho IV (Rey de Castilla) 167, 184, 197,

30, 31, 32, 36,

49, 55.

Quinto Fabio Serviliano: 30.

158.

San Pedro.— Sierra de: 19, 75, 78, 79, 84,

R

San Esteban: 218, 219, 229.

226.

Ramiro Frolaz: 204, 207.

Risco, P. M. (V. Bibl).

San Ildefonso: 217.

Sancho

Recaredo (Rey Godo) 217.

"R odacis": 64.

San Isidoro: 69.

Fernando II y de Da Urraca López de

Rodrigo. El Arzobispo Don: 76, 83, 88,

San Juan de Pié de Puerta: 162.

R eyes Católicos:

167,

184,

191,

197.

Ribera de C áceres: 54, 55, 62, 101, 126

120, 203, 206, 224, 228.

San Julián de Fresno: 155.

Fernández.— El Infante

Haro):

138,

152,

Rodrigo (Obispo de León): 193, 204.

San Mamed.— Sierra de: 19, 81, 122.

Sancho P eláez: 204.

Riolobos.— Arroyo: 58.

Rodrigo (Obispo de Oviedo): 135.

San Mateo.— Alto de (plazuela de C áce­

Sancho Ramírez:

Risco.— El (Cerro): 78.

Rodrigo Fernández:

res): 100.

194, 221.

San ch a G arcia: 218, 219, 229.

Ribero.— El: 20, 29, 77, 81, 102, 116, 158

194, 204, 207.

153,

(Hijo de

96.

Sande (Calle de Cáceres): 62.


- 261 —

— 260 —

T

Sande.— Gerónimo de: 21.

Segovia: 91, 213, 224 227.

Sansu eña: 64.

Segura.— Puente de: 58, 60.

San ta Clara. (Plaza de Cáceres): 101.

Seguras.— Castillo de las: 23.

Tácito: 39.

Tito Didio: 34.

San ta Cruz: 19, 72, 78, 82, 98, 113, 117,

Septimio Severo: 56 .

Tafilete: 124.

Tito Livio: 35, 46.

Sepulveda: 227.

Tajo.— Rio: 12, 19, 20, 22, 24, 25, 28-32,

Tito Pomponio Attico: 43.

Serena.— La 77.

35, 36, 38, 48, 50, 55, 58, 60, 69, 73,

Serpa: 117.

76, 77, 80-82, 86, 87, 89, 91, 92-95,

198, 202, 206, 213, 214, 219, 221 222,

Serranía de Cuenca: 81.

98, 100,

120, 122,

224, 29.

127, 130, 136, 140, 143, 145, 146, 148,

Tolosa: 161.

158, 171-173, 211.

Tormes.— Rio: 107.

120, 144, 172, 187, 202, 229, 232. San ta Cruz de Paniagua: 130. San ta

Eulalia

(Mártir

Emeritense):

213,

219, 222. San ta

Eulalia

o San ta

O lay a

(Toledo):

Sevilla:

75, 94, 95,

108,

123, 124,

127,

142, 153, 154, 221.

213, 219, 222, 229.

106,

113,

114-118,

Toledo: 58, 75-77, 94, 95, 142, 143, 153,

Seyan s.— Dr. 72.

T ala van: 24, 64.

Toro: 148, 173, 191.

San ta M aria (Iglesia de Brozas): 72.

Sh aq y a ben 'Abd al-W ahid: 81.

T alavera: 77, 143, 213, 217, 222, 224, 229.

Toronio: 222.

San ta M aría (Iglesia de Cáceres): 170.

"Sib tat".— "A l" (V. Ciudad Rodrigo).

T alavera la

Torrecillas: 72.

San ta O lay a (Ermita de Cáceres): 55,63.

Siero: 106.

Santarem ("Scallab is"): 49, 58, 122, 132,

Sigüenza: 58.

Tamuja.-—Rio: 36, 144.

Torremochada (V. Desmochada).

"Siqlabiyin " (V. Ceclavin).

Tánger: 35.

Torrequemada: 23, 143.

Sierra de Fuentes: 21.

Tariq: 75, 76.

Torres, M. (V. Bibl).

Sierra Morena: 29, 87.

Tenerías A ltas (Barrio de Cáceres): 54.

Torres B alb as (V. Bibl).

Sierrilla: 78.

Tashufin ben Alí Yusuf (Emir Almorávi-

Trajano: 50, 56, 59, 60.

San ta Fe: 78.

213, 222, 230, 231. Santiago de Compostela:

131,

141,

158,

(Abengales):

64,

159, 160, 162, 163, 175, 195. Santiago

de

Bencaliz

Sigerico (Rey Godo): 68.

125. Santibañez.— Castillo de:

117,

128.

Santibañez, T.: 21. Santo Domingo.— Convento de (Cáceres): 44.

V ieja

("Augustóbriga"):

Torrejón el Rubio: 23, 60.

de): 217.

Transierra:

Sila: 34, 37, 47.

Tello (Obispo de P alencia): 203, 206.

Silense.— El: 88.

Tello Alfonso: 203, 207.

Silves: 108.

Teresa.— La

"Siy ilm asa” (V. Tafilete).

51,

64.

R eina

(Esposa

89, 92-95, 97, 98,

Alfon­

so IX): 140, 145, 150, 179.

Trasquilón.— Puerto del:

31, 54.

Trujillo: 48, 58, 64, 69, 87, 98, 113, 117,

Teresa Fernández.— La Reina (Esposa de

120, 132, 143, 144, 146, 158, 172, 187,

Sao n a: 161. Sarria: 133, 153.

Solano de Figueroa: 44, 56, 66.

Savarico de Mallen: 151, 220.

Soria: 91.

Tiberio: 56.

Tufidio: 35, 36.

Sebastian Gutierrez: 194.

"Sorores".— "A d ": 56, 57, 63, 64, 125.

Tiberio Sempronio G raco: 27.

"Turgalium ": 64.

"S c a lla b is" (V. Santarem).

Steíger (V. Bibl).

Tierra de Barros: 77.

"Turmulus" (V. Alconétar).

Schulten (V. Bibl).

Strabon: 63.

Tierra de Campos: 145.

"T usculana".— "V illa ": 40.

S e b e r — Rio: 12, 19, 64, 154.

"Strem atura" (V. Extremadura).

Tiétar.— Rio: 12, 19, 21, 31, 76, 120, 224.

"S e co b ia " (V. Segovia).

Suetonio: 28.

"S e g e d a ": 25.

Sulaym an ben Martin: 82, 84.

"Sego ntia" (V. Sigüenza).

106,

171, 214, 222. de

Solana de C ab añ as: 23.

Fernando II):

100,

107, 114, 118, 126, 129, 130, 136, 153,

153.

202, 219, 229, 231, 232.

\


— 263 -

Y Urraca.— La Reina

Ulloa Golfín (V. Bibl). 'Umar

ben

Muhammad

de

F ernan­

Y erba.— Torre de la (Muralla de Cáceres:)

Yusuf ben

45, 100, 104.

do II): 137, 138, 140.

al-Mutawakkil:

94.

(Esposa

U rraca.— La Reina (Hija de Alfonso VI):

Tashufin

(Emir Almorávide):

95.

Yugurta: 37.

97, 214.

U reña y Smenjaud, R. (V. Bibl). Uria, J.: 162.

U rraca

López de

Haro.— La Reina

"U rso": 32.

posa de Fernando II): 138, 153.

(Es­

z

Urumeña: 117, 123. Zafra: 25.

Zapatón.— Rio: 58.

Zakariya ben "Z alaca"

V V alvajarrillo: 55, 78. . Valdeflores: 78. V a ld era d u ey .~R io : 106. V alencia de A lcántara: 21, 23, 58, 6,4, 113.

Zamora: "V ia L ata" (Calzada de Guinea, o C a­ mino de la Plata): 41, 44, 50, 53, 54, 86, 87, 107, 130, 135, 172. "Vicus C aecilius": 38, 56, 57. Vilanova y Piera, J. (V. Bibl).

V alencia de Don Juan: 179, 184.

V illa del R ey: 58.

Valerio Máximo: 28.

Villafáfila: 172, 182, 199.

V alia (Rey Godo) : 68, 69.

Villafranca:

Valincoso: 78.

Villanueva del Rey:

Vam ba (Rey Godo): 212.

Villanueva de Sarria: 175.

V alle de la Matanza: 144.

Villaruz: 170.

Varron: 40.

V illavieja de Tam uja: 144.

Vázquez de Parga, L. (V. Bibl).

Villoruela: 133, 134.

Velázquez, L. J.: 54.

Viriato: 28-35, 36, 39, 47.

Velo Nieto, . G. (V. Bibl).

Vitrubio: 51, 52.

V elluga, P. J. (V. Bibl).

Viu, V. (V. Bibl).

Venus.— Monte de: 32.

Volscos.— Territorio de los: 47.

V etere Antistio: 40.

159. 159.

'Alí:

123.

Zarza de Montánchez: 22.

(V. A zagala). 55, 76, 80,

Zaragoza:

92,

153, 160, 168, 175, 182. Zangarena.— Arroyo:

58.

107,

108,

137,

56-58, 76, 96.

Zeith: 83, 212, 221, 224, 226. Zorra.— Cerro de la : 78.


INDICE

GENERAL

Páginas

PRELIM IN AR............................................................................................................

10

PRIM ERA PARTE.— CACERES A N TERIO R A SU R E C O N Q U ITA I.— Orígenes, Romanización, Invasiones. 1.

Territorio y suelo ......... ....................................................................

2.

Lo anterrom ano. .

.......................................... ....................................

21

3.

El can tad o con Rom a..........................................................................

26

19

4.

La C olonia Norbonsis C aesarina.....................................................

39

5.

La Rom anización y el territorio de C áceres..............................

50

6.

El «hialus» paleo-crisíiano y v isigod o........................................

67

II .— La Invasión Arabe y la reacción Cristiana. 1.

Cáceres ante la In v asió n .....................................................................

75

2.

Las rebeliones y los primeros contactos con los monarcas astu rian o s.................................................................................................

79

3.

Lusitania, Extremadura, Marca y Transierra..............................

89

4.

El asalto a la com arca ...........................................................................

93

5.

Los A lm ohades y la segunda fundación de C áceres..............

97

6.

Fernando II Rey de L eó n ...................................................................

1 05

SEGUNDA P A R T E .-L A RECO N Q U ISTA I .— Ciclo de Temando II. 1.

La expansión leonesa............................................................................

113

2.

Geraldo Sem pavor. ...............................................................................

115


— 266 — 3.

Primera reconquista de Cáceres.............................................................. 121

4.

Fin de Geraldo Sem pavor.......................................................................... 122

5.

Los «Fratres de Cáceres» ................................................................... ....... 125

6.

La catástrofe de 1174............................................................................ ....... 127

7.

Los intentos de revancha y el fracaso de la expedición de 1 1 8 4 ...................................................

..................................................... ....... 129

II .— Ciclo de Jtljonso IX. 1.

A lfonso I X ...................................................................................................... 137

2.

La frontera m erid ion al..........................................- .................................. 140

3.

O fensiva musulmana. La matanza ¿e M ontánchez................ ....... 142

4.

La paz con C astilla................................................................................ ....... 144

5.

Recuperación de A lcántara y ataque a C áceres....................... .......146

6.

El problem a s u c e s o rio ...............................................................................150

7.

La Cruzada ante los muros de Cáceres......................................... .......151

8.

El Infante Sancho Fernández.........................

9.

N uevos ataques a C áceres........................................................................155

.............................. .......152

10.

Preparativos b élicos.............................................................................. .......156

11.

M isión del Cardenal de S ab in a...............................................................160

12 .

La Reconquista definitiva y el problema cro n o lóg ico .................163

III.— La Charla Populatienis. 1.

A nálisis d iplom ático.........................

.............................................. .......177

APENDICE D IPL O M A T IC O ............................................................................ .......189 REPERTO RIO DE FU EN TES........................................... - ............................. .......209 BIBLIO G R A FIA ....................................................................................................... .......233 INDICE A L FA B E T IC O ...............................................................................................243 LAUS D EO ET B.M .V . v. DE LA M O N TA Ñ A

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Estudios de historia de Cáceres (1) por Antonio Floriano Cumbreño  

Estudios de historia de Cáceres (1) por Antonio Floriano Cumbreño

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