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Tardes de jueves


Tardes de jueves Varios autores

Taller Literario Adultos Mayores Biblioteca PĂşblica Piloto


SCDD C863.08 Tardes de jueves Medellín: Divegráficas, 2012 156 p. ISBN: 978-958-99591-5-2 Taller de Literatura Adultos Biblioteca Pública Piloto ; 143 Literatura colombiana – Colecciones, Literatura antioqueña -- Colecciones ISBN: 978-958-99591-5-2

© Varios autores © Biblioteca Pública Piloto. Taller de Literatura Adultos Mayores Coordinación editorial: Lucía Donadío Directora Taller de Literatura Adultos Mayores Ilustración de carátula: Pintura de María Helena Gil Diagramación y diseño: Jairo Alonso Ocampo - Litojairo Impresión: Divegráficas Ltda. Primera edición: Biblioteca Pública Piloto Medellín, Colombia, noviembre 2012

Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina comunicaciones@bibliotecapiloto.gov.co www.bibliotecapiloto.gov.co Carrera 64 No 50-32 PBX: 460-0585 Medellín


Busco en la profunda sentina del alma voces para deletrear el amor. Esparzo a la merced del viento palabras y sé que soy el aire que las arrastra entre la luz y las sombras…

Teresa Yáñez de Cuberos


Contenido Presentación ............................................... 15

Lucía Donadío

Capítulo 1 Versos y voces Nosotros ................................................................. 21 Alegría .................................................................... 22 Oscuridad ............................................................... 22 Dolor ...................................................................... 23 El mendigo ............................................................. 24 Las dos hermanas .................................................... 25 Teresa Yáñez de Cuberos Aventura ................................................................. 27 Lectura ................................................................... 27 Madre Tierra ........................................................... 28 Muerte .................................................................... 28 Ancestros ................................................................ 29 Ilusión .................................................................... 29 Vivir ........................................................................ 30 Tendrá sentido ........................................................ 31 Beatriz Carvalho Mientras duerme el día ........................................... 32 Antioquia tierra paisa ............................................. 32 Al poeta nocturno ................................................... 33 Florelia Orozco Villamizar


Amada vejez ........................................................... 35 Muerte .................................................................... 36 Aura Pradilla

Capítulo 2 Los lugares y los días El gusto de la cosecha ............................................. 39 Olga Ochoa Tripa ....................................................................... 48 Jahirt Manzur Vivencias en el internado ........................................ 54 Nora Ulloa Restrepo Mi casa ................................................................... 58 María Helena Vélez Palique sabatino de dos caros amigos, Eugenio y Rosendo.................................................... 61 Juan Guillermo Arboleda La imprenta de mi padre ......................................... 65 Margarita María Gómez Cano

Fiestas de calle ........................................................ 67 Florelia Orozco La salud y la radio .................................................. 69 Ana Villa Trabajo vacacional .................................................. 73 Sylvia Velásquez de Flórez


La mesa ................................................................... 76 Nelly Duarte La casa de la lora y otros textos ............................. 77 Sensaciones ............................................................ 78 El muelle ................................................................. 78 Teresita Mondragón Un ocho de mayo .................................................... 79 Miryam Arango Arango La bicicleta .............................................................. 84 Betty Ossa Botero Nostalgia ................................................................ 86 Herminia Albán C. Pedalio Cadena ....................................................... 87 Raúl López Ríos Manos sanadoras .................................................... 89 María del Socorro David Osorio

Capítulo 3 Prohibiciones y castigos Laureles para mamá .............................................. 92 Aura Castellanos Enseñanzas y prohibiciones ................................... 95 Nelly Arboleda de Navarro


Dígale a su mamá ................................................... 97 Olga Lucía González Lozano El diablo ................................................................. 99 Amparo Mejía Osorio El drástico No ........................................................ 101 Aura Pradilla Zurcir: el derecho y el revés ................................... 103 Rubiela Arrubla Ossa Niña, quédese quieta ............................................. 105 Nelly Duarte Mi profesora de música ......................................... 106 Margarita María Tangarife Ortiz Al miedo no le hicieron calzones ........................... 107 Lilian Londoño La mina de tinta .................................................... 110 José Saúl Maya

Capítulo 4 Rostros entrelíneas Papá Riano ............................................................ 115 Antonio López Señora de las palabras ........................................... 118 Herminia Albán C.


Rosa, la blanca loca ............................................... 121 Gladyz Rubio “Mamita” .............................................................. 125 Margarita María Vélez La muerta viva ...................................................... 128 Teresita Céspedes Calle La irreverencia de la muerte .................................. 130 Nelly Arboleda de Navarro Recuerdo vergonzoso ............................................ 132 Nelly Duarte Homenaje a mi padre ............................................ 134 Beatriz Maya Las llegadas de papá .............................................. 136 Omaira Castro Herencias perdidas ............................................... 138 María Helena Gil B. Mi padre ............................................................... 140 Dolly Longas

Los autores y miembros del Taller .............. 141


Presentación Lucía Donadío Hace ya muchos años, un día, para seguir la vida y sin pensarlo mucho, me inscribí en el taller: Taller de Literatura para Adultos, o, mejor, para viejos, como dice Lucía. Confluimos aquí cada tarde de jueves para hablar de letras, de libros y recetas, para tejer historias. Día a día crecen mi afecto y admiración por estas mis amigas, tal vez porque cada una de ellas me recuerda algo de mí misma. Hoy es jueves y es hora del taller. Ana Villa

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l Taller de Literatura para Adultos Mayores de la Biblioteca Pública Piloto nació a principios de la década de 1990 dirigido por Verano Brisas y con unas pocas personas, de las cuales dos, que fueron fundadoras y sobrepasan ya los ochenta años, todavía son miembros activos de esta cofradía que se reúne las tardes de jueves: Teresa Yáñez de Cuberos, quien ha publicado cinco libros y asiste a otros talleres, y Dolly Longas. Ellas alumbran nuestros pasos, son ejemplo de valor y constancia, como hormigas laboriosas siguen leyendo y soñando, trayendo siempre esperanza y madurez en sus rostros grabados por el tiempo. Bajo la dirección de Claudia Ivonne Giraldo, quien estuvo muchos años a cargo del taller, este creció y se fortaleció.

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Hasta la fecha se han publicado dos antologías del taller: en 2002 El Libro del Taller y Huellas en 2008. La pertenencia y afecto por este espacio de lectura, conversación y escritura, hizo que el grupo le diera el nombre informal de Taller “Amigos de las Letras,” que es el apodo con el que nos identificamos todas. Y digo todas porque somos mayoría de mujeres y nuestros pocos hombres, que adoramos por su presencia afectuosa, aceptan con felicidad ese “todas” que los incluye a ellos. En los últimos diez años el grupo ha estado bajo mi coordinación y sigue avanzando en su camino. El taller es una experiencia de trabajo en equipo, y un ejemplo de las fortalezas y bondades que los grupos tienen, pues todos los miembros aportan y enriquecen la tarea que nos reúne: la literatura. El taller pertenece a todos sus integrantes, no es una clase (poco a poco, aunque con dificultad, hemos eliminado la palabra clase), sino una experiencia colectiva que probablemente muchas no habían experimentado antes, acostumbradas a la rigidez de la educación formal. Siempre nos sentamos en ronda, alrededor de una mesa grande, donde nos vemos los rostros y escuchamos con atención a los otros. Todos expresamos libremente comentarios y sentimientos acerca de la lectura. A veces leemos en voz alta, en ronda, un cuento o fragmento de novela, y las voces forman un coro. La lectura compartida enriquece el encuentro con el autor que estamos leyendo que se vuelve como el líder del grupo; el libro y los comentarios y preguntas fluyen en esa amena conversación que surge cada jueves. 16


Durante estos diez años de trabajo hemos leído a muchos autores y libros. Entre ellos están: Madame Bovary, lectura que hicimos acompañada de las hermosas cartas que Flaubert escribió a Colette. Dedicamos un año entero a la lectura de cuentos de autores norteamericanos. Otro año a la Antología de escritoras antioqueñas que hizo Paloma Pérez. Hemos leído a Sándor Márai, a Mario Escobar, a Cortázar, a Julio Ramón Ribeyro, a Rosa Montero, a Carrasquilla, a Dostoyevski, a Chéjov, a Elías Canetti y a tantos otros. Leemos poemas, novelas, cuentos, entrevistas, reseñas de libros, biografías de los autores, cartas y otros materiales que van surgiendo en el proceso de trabajo. Entre nuestras tareas hemos logrado recuperar la memoria y la tradición oral mediante el diálogo y la elaboración de los temas que interesan a los miembros del grupo. El trabajo continuo aumenta la pasión, la paciencia y el hábito de la escritura. Tratamos de incorporar activamente el diccionario como herramienta de lectura y escritura, para fomentar el amor por las palabras y el conocimiento del idioma. Que la lectura profunda y apasionada lleva a la escritura es una verdad que en el grupo se confirma. Los textos reunidos en este libro nacieron y crecieron en medio de las tardes de jueves. Algunos son ejercicios de escritura, tareas en torno a un tema propuesto, cuentos, anécdotas, recuerdos, crónicas, poemas y reflexiones. La escogencia de textos, la digitación de algunos de ellos, pues varias escriben a mano, la revisión y muchos detalles de este libro son también 17


trabajo colectivo. Expreso mi enorme gratitud a todas por apoyar esta labor. Esperamos que nuestras tardes de jueves sigan siendo ese espacio fecundo de palabras y sueños, que Raúl López, quien viene en su bicicleta desde Itagüí, alguna vez describió así: “Aquí volví a ser niño, volví a soñar y a ser feliz de verdad a mis casi sesenta años”.

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CapĂ­tulo 1

Versos y voces


Poemas

Teresa Yáñez de Cuberos

Nosotros Somos marineros del viento bogando barquichuelos en ríos de tranquilo suceder; porque no queremos que nuestras voces se pierdan en el silencio, se oxiden bajo la piel. Disfrutamos combates ya librados festejando nuestros logros en espumas reidoras, anhelos pendientes de un árbol de papel nutrido con sabia de tinta bajo cuya sombra nos aglutinamos. Sueños que renacen en cada plenilunio, antorchas bajo el sol. Los problemas no son escollos para quien los sabe enfrentar. No hemos dicho aún las últimas palabras en esta pausa frente a la eternidad. *** 21


Alegría En la madrugada que sigilosa besa mis párpados lenta llego de la noche otra vez a la vida. Desecho las cobijas, recojo mis bártulos: pedazos de sueños, pensamientos deshilvanados, reconocimiento del lugar, alegría de sentirme bien y de estar con vida. Doy gracias a Dios. Retomo mi quehacer con ánimo y junto con las chanclas calzo una porción generosa de alegría, ella es hoy mi opción hoy, que acaricia la brisa y un nuevo sol asoma. ***

Oscuridad Este hermoso día mañana será solo un ayer. En el ala plegada del ave se presiente la noche, pero hay la certeza de la cercanía del nido… La noche es un silencio 22


de estrellas, lluvia o neblina, demasiada soledad para quien la enfrenta en desvelo y une dos soledades, la nocturna y la de su propia alma, pero en lontananza brilla un fanal: ¡la luz que nada opaca! Y tras la noche asoma la mañana. ***

Dolor En veces el dolor sacude tan fuerte como si aventara el polvo del camino. El alma busca entonces la forma de armar un canto para calmar el desasosiego. Aplacar la sensación de coser sin aguja, tejer sin hilo, sembrar sin tierra… Para llenar el vacío la oración es refugio, sedante, medicina… Oro para que jamás falte 23


en el corazón un fuego para encender los sueños, así el tiempo fabrique un menester de cansancios. ¡Qué solos estamos en medio del gentío! ***

El mendigo Las suelas desprendidas del cuero de sus zapatos soportan el magro peso del mendigo que va sin rumbo fijo. Las suelas sueltas parecen aplaudir, o llamar suavemente. Quizá han aprendido a implorar caridad mansas como su dueño. Tras él, va un perro sucio y descuidado, su única compañía. De su roto sombrero escapan unos mechones crespos, en otro tiempo, serían orgullo, ornato de su apariencia. Tal vez conoció caricias de mujer, hijos que alegraran sus días, 24


que no supo o no pudo conservar… Ahora arrastra su humanidad vencida, por eso va, viejo y solo con paso lento, desigual, tardío, derrotado. ***

Las dos hermanas Juntas, unidas de las manos así no hubiera roce alguno recorríamos la senda indagando, imaginando los misterios de la vida. Éramos un montón de asombros… Solo después de años conocimos la fuerza de las raíces, el nudo ciego que amarra el andamiaje de la sangre. Risas y picardía encendida por la vida… Y solo un par de ojos y un solo pensamiento para indagar el mundo. En veces sobraban las palabras para comprendernos. Dos hormigas traviesas cargando hojitas entre las antenas. 25


ÂĄQuĂŠ infancia la nuestra, Celina! Tu muerte fue el primer dolor grande en mi vida.

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Poemas Beatriz Carvalho

Aventura Con mi esquife a la deriva bogo y bogo desafiando las tormentas y dejando en cada puerto un fragmento de mi vida. Sigo bogando, bogando. Sirenas y monstruos me van escoltando. En esta aventura de rumbos inciertos navego confiada hacia no sé dónde. Interrogo al cosmos y no me responde. ¿Acaso lo ignoran los dioses? ***

Lectura Leo dentro de mí misma como en un libro abierto y no me preocupa 27


retener las hojas que el viento de mi vida se lleva. Cuando miro largo tiempo en el fondo del abismo el abismo también penetra en mí. ***

Madre Tierra Herida de muerte hoy te encuentras tierra mía. En el viento percibo tus lamentos y en tu seno temblar de desconcierto. Tus gemidos rasgando van el firmamento y son tus sollozos horrendos terremotos. Oh tierra, tierra mía, de cuyo limo yo he brotado, he de seguir tus huellas hasta ese último día. ***

Muerte Arrogante, coqueta, de corte extravagante con ojos de vacío y de tinieblas. Tu elegante armadura, 28


tu sonrisa imponente me alteran y desconciertan ¿Cómo vienes a turbar esta fiesta de la vida? ***

Ancestros Escucho y escucho la voz de un sueño que no puedo ya recordar. ¿Serán las sombras de mis ancestros que solo quieren resucitar? ***

Ilusión Ilusión, dama hechicera ¿Cómo puedes vivir día tras día engañando al hombre por doquiera? Es que sin engaños imposible fuera andar el mundo con la vida a cuestas. ***

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Vivir Llora mi niña, llora, que igual lloraré contigo Llora mi niña, llora, que al llegar la aurora las estrellas también lloran No te aflijas por llorar Lágrimas rojas vuelan de la luna al parpadear En la noche llora el sol Las estrellas son sus lágrimas Llora el cielo azul al tornarse oscuro Nubes son sus lágrimas Lloran las nubes y con su llanto los campos reverdecen Lloran las nubes y los lirios también florecen Lloran los hombres al nacer Lloran los hombres al morir Llora mi niña, llora, que llorar… es vivir. ***

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Tendrá sentido Cuando transitado haya mi sendero Cuando ya mis pasos cansados de vagar busquen reposo, Cuando a mis ojos negadas queden las auroras y la luz se aleje del vital sentido Cuando a cenizas mis huesos queden reducidos Cuando todo sea sueño Cuando todo sea olvido solo las huellas quedarán ¡Pero tendrá sentido!

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Poemas Florelia Orozco Villamizar

Mientras duerme el día Silencio… silencio La tarde se arropa… El sol se recoge Despierta la noche silenciosa y clara entre paños blancos bañados de estrellas mientras duerme el día. Brillan los luceros velando la luna con traje dorado como de oro puro Jugando a esconderse por el firmamento, corren presurosos esperando el alba, mientras duerme el día. Y empieza la aurora despertando al día que hace varias horas se quedó dormido pero tiene miedo de enfrentar al mundo que perdió su rumbo, mientras duerme el día. ***

Antioquia tierra paisa Antioquia... tierra paisa... Regálame un sombrero, como el de los abuelos que arriaban esas mulas cargados de ilusión, sembrando las montañas de mágicos colores para regar en ellas semillas del amor. 32


Regálame una ruana de aguardiente antioqueño, que tenga el canto grande para poder guardar las brisas del río Cauca, la feria de las flores, los bellos silleteros que aroman la región. Regálame tu estirpe, de raza montañera, marcada con tu signo de luchas y tesón, regálame tu metro y tu pueblito paisa, las gordas de Botero, la piedra de El Peñol. Regálame un bambuco del maestro Ochoa, un tiple, una guitarra y un hermoso carriel, las alpargatas blancas, el machete afilado, los tangos que recuerdan la muerte de Gardel. Regálame tu clima de eterna primavera, los hermosos jardines que adornan la ciudad, regálame un poquito de tu dialecto paisa para cantar tu himno que dice “Oh Libertad”. ***

Al poeta nocturno Homenaje al poeta toledano, don José Tadeo Barreto

Mi pueblo, sembrado entre montañas, habitado por labriegos olorosos a café, recibía por las noches, entre estrellas, al poeta nocturno, enamorado de la luna. Tadeíto, como todos lo recordamos, iluminaba el pueblo con su presencia cuando las once campanadas 33


del reloj aproximaban la media noche. Con paso firme, aparecía vestido de gala para el gran debut: esmoquin negro, sombrero, clavel o pañuelo en la solapa y su musa preferida, su libro de poemas, que era una botella repleta de aguardiente que consumía mientras sus versos volaban en las sombras. Era el poeta de la noche que le cantaba al silencio, a la oscuridad, a los luceros y a su eterna soledad. A veces reía, y también lloraba al rodar por las calles empedradas, sin que estas lo lastimaran. Terminaba durmiendo en el césped, en cualquier banca del parque, o abrazado a la puerta del cementerio loando a sus antepasados. Amigo fiel de los borrachos nocturnos, asistente incondicional a cuanto velorio había, donde solía decir: “si no hay trago no hay llanto, versos y rezos”. El alba callaba al poeta, pues los primeros rayos de luz lo devolvían a casa. El sol y los niños lo conocieron poco. El día le respetó su sueño y el pueblo le consignó sus versos en un libro que sigue rodando en la noche como recuerdo del poeta nocturno, que murió en su ley de bohemio empedernido hace ya muchos años.

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Poemas Aura Pradilla

Amada Vejez Vejez que un día, lentamente llegaste a mí marcando primero mis débiles piernas, y, por lo tanto, mis trémulos pies, con un caminar silencioso y pausado. Luego mis brazos y pronto mis manos que calmadamente mueven sus dedos para hacer o crear con ellos ya danzas de letras o simples recetas o ya la limpieza de su propio cuerpo o de su humilde casa. Seguirá con el tronco que encorvado y cansado no sabrá… si sentarse… ...acostarse… o ponerse de pie… Después la cabeza. La mente no tendrá ideas El oído… Los ojos… La boca… simplemente estarán ahí cumpliendo poco a poco su función en sí. 35


Vendrán dos amigas, Soledad primero, y con ella, triste o alegre, estrechará en sus brazos a aquella segunda, pálida y sonriente, llamada Muerte.

***

Muerte Cazadora invisible de la vida Viajera incansable de este mundo Unas veces nos tratas con sutileza y otras con agresividad cayendo fulminante sobre la débil presa sin importarte la edad, el color, la nación, cultura o especie. Tu presencia produce dolor, llanto, tristeza, locura, depresión y amargura. Raras veces consuelo y paz. Llegas de frente o agazapadamente. Unos te temen, otros, con sentimientos encontrados, te sonríen y te desean ardientemente Hoy solo sé… que la vida es positiva y bella, con rasgos de sueños, música y poesía. Pero tú… MUERTE… eres cruda realidad con mucho misterio, gran imaginación, mitos y fantasías.

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CapĂ­tulo 2

Los lugares y los dĂ­as


El gusto de la cosecha Olga Ochoa Sorbo a sorbo respiro, a respiro. Acompaña mi soledad, da calor a mi lamento. Premia mis días de suave aroma, de azahares tiernos, de sabor a miel... Leoncio Lanfranco Gaviria

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omo muchas familias del suroeste antioqueño, la mía tenía como único medio de subsistencia el principal producto de exportación del país: el café. Nací en un hogar conformado por un padre campesino y una madre ama de casa. Desde mi nacimiento, hasta el año 1970, dependí económicamente del café. De este período de mi vida guardo recuerdos muy profundos, algunos agradables, otros dolorosos y muchos contradictorios. En mi memoria, como pintada con tinta indeleble, está la imagen de las cordilleras de mi pueblo, montañas muy empinadas sembradas de café. De niña, observaba una variedad de verdes imposibles de describir. Al acercarme, al fijar la mirada en esas laderas, sentía que mi corazón agitaba su ritmo, el rubor me subía a las mejillas, daba gracias al cielo por permitirme apreciar el esplendor que tenía ante mis ojos: ¡un cultivo de café! Al aproximarme más, descubría los surcos llenos de arbustos, en completo orden, cada árbol 39


equidistante del otro, en donde se podían distinguir las líneas horizontales, verticales o transversales, dependiendo del lugar al cual dirigiera la mirada. Y en medio de varios surcos, había un camino; por allí transitaban las mulas cargadas con los bultos de las cerezas del café, que eran llevados al beneficiadero, para fermentarlos y lavarlos. Al llegar al cultivo propiamente dicho, apreciaba un verde oscuro brillante, dado por la cantidad de follaje y los frutos verdes, amarillos y rojos; también percibía el olor a campo y a naturaleza. En cada surco sobresalían unos árboles de guamo, aguacate o pisquín, que en ese tiempo eran indispensables para dar sombrío a los tipos de café de la época; se cultivaba maragojo, pajarito, llamado arábico o nacional, y borbón; ya en el año setenta ingresó el caturro, procedente del Brasil. Más adelante se sembró con mucha expectativa la variedad Colombia. De todo el proceso del manejo del café, la estampa que quiero volver a pasar por mi corazón es la de las personas que trabajaban en cada una de las etapas. Cómo olvidarme de ellas, hicieron parte de mi niñez y mi juventud, fueron actores de mis pensamientos; de algunas no recuerdo sus nombres, pero las veo, escucho, recuerdo sus historias. De toda esta memoria lo que más me llenaba el corazón eran las chapoleras y los chapoleros, mujeres y hombres campesinos que recogían el grano. En los meses de cosecha, alrededor de las seis de la mañana, por las rendijas de mi ventana entraba una tenue luz que indicaba el inicio de la jornada, y a la vez, me llegaban las voces de los primeros trabajadores que disponían los elementos necesarios para que

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los recogedores llevaran a cabo su labor. Octubre y noviembre eran los meses más difíciles del año: estaba la cosecha en la fina, o sea, cuando el máximo de los granos de café están maduros y es necesario recogerlos para evitar que se caigan. Y según Suso, el asistente, campesino experto en realizar el pronóstico del tiempo, eran los meses más complicados, pues llovía fuertemente, como era lo esperado en esa época del año. Esos aguaceros dañaban los caminos, hacían caer el café muy maduro y dificultaba secar el grano una vez lavado, ya que aún no se contaba con secadores de carbón o ACPM, sino que se realizaba en los llamados carros para el secar de café, unas tarimas grandes debajo del techo o en los sótanos, que se arrastraban por unos rieles cuando hacía sol. El café allí depositado era revuelto varias veces al día, con rastrillos, para acelerar el secado. Alrededor de las 6:45 a.m. empezaba a escucharse el ruido producido por las voces de la peonada, o sea los recogedores de la cosecha. Llegaban en grupo, vestidos como es habitual en el campesino antioqueño: pantalón de dril, camisa manga larga, botas pantaneras La macha de Croydon y sombrero blanco aguadeño. A su lado estaban las mujeres, las chapoleras, tímidas, pero alegres, vestidas con viejos pantalones largos y encima de estos una falda ancha que les llegaba a mitad de la pierna, blusa de manga larga; también usaban botas, y sombrero o cachucha. La mayoría de las veces utilizaban una pañoleta o trapo, generalmente de color fuerte, sobre la cabeza, antes del sombrero o del gorro, el cual debía cubrirles la nuca y ocultarles parte de la cara, para protegerlos de las nubes de mosquitos, muy abundantes en la época de cosecha. 41


La peonada se reunía a unos sesenta metros de la casa familiar, a la entrada de un largo depósito en donde estaban Suso, el asistente, y Martín, el ayudante, entregando a cada jornalero los elementos de trabajo: un cinchón o cinturón ancho y largo elaborado de cabuya, que a la vez llevaba amarrado un canasto de mimbre grueso o un tarro de zinc, aproximadamente de treinta centímetros de largo por veinte de diámetro. Más adelante se utilizó una catanga, un tarro de plástico, con las mismas características que el de mimbre, bejuco o zinc, en donde depositarían el café una vez cogido. También les entregaban dos costales para vaciar el contenido del tarro apenas se les llenara. Una buena chapolera y un buen chapolero eran los que más rápido recolectaban y llenaban el costal. El grupo salía a realizar la cogida. Iban familias enteras, personas mayores, jóvenes y aun niños, todo aquel que supiera coger iría a trabajar. Había unas reglas que cumplir: respetar el surco asignado al otro, cargar cada uno su equipo, no coger café verde, no dejar caer el grano –si esto ocurría debían recogerlo–, no arrancar hojas y respetar el costal del vecino. La cosecha solo duraba cuatro meses, dos de los cuales eran llamados la fina de la cosecha, o época en la cual había más café maduro y, lógicamente, a pesar de que el trabajo aumentaba, era el período que más les gustaba porque el jornal era superior. Ellos ganaban según la cantidad cogida. Desde lejos se escuchaba el sonido que hacía el grano al caer al recipiente de zinc; era una melodía que cambiaba de tonos. Los trabajadores, conscientes de que solo tenían tiempo para coger el grano, no perdían un minuto, pero nunca esta actividad les impedía 42


conversar, discutir, cantar o coquetear. La alegría se veía en muchas miradas; las conversaciones eran su vida, las canciones sonaban una y otra vez, la mayoría de las veces dedicadas a aquel o aquella que durante las jornadas de trabajo les había perturbado la vida; los celos aumentaban, la bullaranga y los ánimos crecían. Frecuentemente, el chapolero joven sentía atracción por alguna compañera e iniciaba el enamoramiento. En ciertas oportunidades, era imposible identificar el estrecho vínculo entre la amistad y el amor. De pronto, todos se daban cuenta de que a los nueve meses la población aumentaría. Otras parejas empezaban a sufrir inconscientemente, algunos padecían el dolor de la separación. Mercedes nunca hablaba; en el surco siguiente estaba Martín, el ayudante del asistente. Delante de él le resultaba difícil pronunciar palabra alguna, su corazón palpitaba fuertemente cuando lo veía. Todas las mañanas él llegaba tarde al corte, iba lentamente, mirando al frente, con una soltura en sus movimientos imposible de encontrar en otro hombre. Ella lo seguía con la mirada, admiraba sus movimientos, su elegancia, su forma de caminar, todo lo de él le gustaba. Mercedes, cada noche, en la soledad de su tarima, pedía a Dios que le ayudara a vencer su timidez para conquistarlo. Aura Rosa le dedicaba miradas a Luis Ángel, lo vigilaba constantemente, era su novio y no estaba dispuesta a perderlo, ya le había dado palabra de matrimonio. A Martha no le importaba que Eduardo fuera casado, ella lo había observado durante varias jornadas, se había percatado de su atractivo, era tímido y reservado, buen mozo, fuerte y muy buen 43


recogedor; a ella la tenía sin cuidado su esposa que, al lado de Eduardo, también recogía el grano. Sabía que su corazón no dejaría de palpitar cada que él le dirigiera la mirada. Teresa se daba cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor, sabía de los amores imposibles, de los enfados entre enamorados, de los nuevos amantes, de aquella compañera futura mamá. Como era la que mejor cantaba y la que más canciones se sabía, les dedicaba las tonadas más adecuadas para cada caso. El surco de Elías siempre quedaba al lado del de María, era soltero y joven como ella, buen hijo y buen trabajador; frecuentemente levantaba los ojos y la miraba, estaba atento a cualquier necesidad para ayudarla, le cargaba el costal y le bajaba las ramas más altas. Ella sabía mostrarle sus cualidades: como tenía un cuerpo perfecto, lo hacía más llamativo, adornaba su pelo con flores y entornaba sus ojos al mirarlo. Elías pensaba con desesperación en ella, le parecía que hasta en la forma de cargar el tarro era elegante, una y otra vez se repetía: “¡Se ve bonita aun cogiendo café!”, pero a la vez le dirigía unas miradas llenas de dolor y tristeza. Ella entendía sus miradas, sabía interpretarlas, la llenaban de sufrimiento. Ambos comprendían que él nunca podría ser para ella. José, el mayordomo, amo único del lugar cuando el patrón no estaba, ya la había elegido, como había elegido a tantas en las anteriores cosechas. Ella comprendía que Elías no podía dejar la hacienda; sus padres eran viejos y pobres, y él cuidaba de ellos. El mayordomo en cambio era muy poderoso. María solo guardaba la esperanza de que tal vez, algún día, pudiera volver a reencontrarse con Elías, cuando 44


el mayordomo se cansara de ella y la abandonara, posiblemente embarazada o con varios hijos, como era su costumbre con las demás mujeres que había poseído. María no entendía cómo sus compañeros, que conocían sus angustias, iban a permitir su desgracia, también pensaba: “Si alguien con más poder se diera cuenta, el patrón o su esposa, quizá podrían ayudarme”, pero era muy difícil que eso ocurriera, ella era una insignificante chapolera. En el grupo también había personas mayores y, de estas, la que más llamaba mi atención era Rosa, una mujer de brazos viejos y delgados, de espalda encorvada y ojos tristes, en cuya expresión se veía el sufrimiento de tantos años de silenciosa lucha. Era madre de veinte hijos. Nunca se mostraba alegre, el sufrimiento le había arrasado completamente el deseo de luchar y vivir, había aguantado hambre y humillaciones toda la vida. Pero… mi personaje favorito era don Jesús Retrepo, al que todos le decíamos Suso, un campesino mayor, un anciano de alma fuerte, corpulento, inteligente, cariñoso y responsable; iba con los demás trabajadores al corte y a la par con ellos recogía el fruto, se desempeñaba como asistente, o sea aquel que está pendiente de supervisar a todos los trabajadores. Casi todos albergaban un motivo de alegría, como recuerda con nostalgia Carmen. Ella aún dice que “era un gozo”, tenían trabajo, solo unos meses, pero tenían trabajo, podían pagar sus deudas, comprarse una o dos mudas de ropa, hacer los preparativos de la boda y sobre todo mercar, comprar carne para la semana y llevar al corte un buen fiambre. Este es otro episodio imposible de olvidar: muchos de los jornaleros llevaban en sus jíqueras 45


el desayuno, que consistía en una botella llena de chocolate, una o dos arepas planchas de maíz amarillo dobladas a la mitad, y en el medio un pedazo de carne, huevos revueltos con hogao de tomate y cebolla junca, cultivados alrededor de las casitas campesinas, o quesito fresco hecho en casa. El almuerzo consistía en alguna de estas viandas: sudado de pollo, o de carne, frijoles recalentados, carne en polvo, huevo duro y tajadas de maduro, todo envuelto en hojas de bijao, y de sobremesa cargaban agua de panela en botellas de aguardiente. A las doce en punto abrían esos almuerzos, el olor llenaba el ambiente, el ansia de comer se notaba en sus miradas. A esa misma hora, para aquellos jornaleros que no habían llevado el fiambre, llegaba la almuercera a llevárselos. Era una mujer que no cogía café e iba elegantemente arreglada. Desde lejos se escuchaban los gritos: “almuerzo, almuerzo”. Casi siempre llevaba un porta comidas repleto de sancocho, con arepas redondas y agua de panela. Cuando eran muchos los chapoleros de una sola familia, el almuerzo se transportaba en una olla y se repartía en platos de peltre, siempre acompañado de arepas, y la sobremesa, cargada en garrafones grandes, se repartía en tazas. Para mí es un recuerdo imborrable, era el mundo del café, todo el pueblo era partícipe del acontecimiento. Los tenderos y los almacenistas esperaban esa fecha con la esperanza de aumentar sus ventas; los dueños de finca, con la angustia de dirigir el proceso y la intranquilidad de ver los resultados, vivían pendientes del valor internacional de la libra y de las decisiones de la Federación Nacional de Cafeteros. Las familias de los hacendados rezaban para que el clima y el precio fueran adecuados, consiguieran el personal necesario 46


para la cogida y el grano no se cayera por las lluvias. Los jornaleros y sus familias disfrutaban de tener un sueldo mejor; el párroco mantenía la esperanza de que las limosnas mejoraran. Al final, quedaban todos añorando que el tiempo pasara rápido para que llegara la próxima cosecha, que seguramente sería mejor, sobre todo para Mercedes, Martha y Elías, que continuaban con la esperanza de alcanzar los amores deseados.

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Tripa Jahirt Manzur

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unca pudimos conocer el verdadero nombre de “Tripa” a quienes muchos llegaron a calificar como el “bobo del pueblo”, tampoco su origen, aunque, alguna vez, confesó y manifestó que él era de México pero que no sabía en qué pueblo lo trajeron a este mundo, “pero de todas maneras, soy mexicano puro y charro de punta a punta”. Tripa o don Tripa, como prefería que lo llamaran, era un hombre corpulento que medía entre un metro con noventa y dos metros aproximadamente, y de edad cercana a los cincuenta y cinco años, tez blanca y cabello negro ligeramente ondulado; tenía un tremendo bigote que le tapaba parte de la punta de su nariz. Este, se parecía más bien a un cepillo de lavar piso o a una brocha que a un bigote; su voz era grave y muy fuerte; cuando hablaba se escuchaba por todas partes y aunque se ratificaba una vez más como mexicano puro, la vestimenta era la de un paisa tradicional. Se vanagloriaba en alto grado diciendo que todo lo del paisa lo tenía, incluyendo su navaja capadora, para lo cual se tenía demasiada confianza. Lo conocimos al final de una mañana cuando salíamos del colegio de Nuestra Señora, regentado por las hermanas Capuchinas; allí estudiábamos las niñas y los niños del pueblo. De repente, oímos un pregón que nos llamó tremendamente la atención: “Cates muy buenos y sabrosos, como mantequilla, cates pa’ comer con la sopita, cates pa’ comer con el sancocho,

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cates pa’ comer con los frisoles, cates pa’ comer en todo momento, vengan, mírenlos y pruébenlos, no les pesará, se los aseguro, son deliciosos, aquí tengo la sal pa’ darles la pruebita, vengan, vengan, vengan, no les pesará”. Cada día que pasaba, el pregón se nos fue haciendo más familiar que cualquiera otra cosa y entonces, a partir de aquí, fue naciendo una buena amistad en la que siempre nos mostró profundo respeto y gran cariño. Alguna vez le preguntamos: “¿Cómo es que siendo de un lugar tan lejano llegó a Colombia?”. “Muchachos, puedo decirles que esa fue una gran faena. Un día cualquiera me resolví a venirme para Colombia, y lo hice a punta de nado por el mar Atlántico, durante tres días y tres noches, hasta llegar a las costas de Barranquilla. Yo, en esa época, era un joven con mucha vitalidad y además me conocían por ser un excelente nadador; viví unos días en La arenosa y una mañana me arrojé al río Mandalena y nadé hasta cerquita de Medellín, pues este pasaba muy cerca de la bella villa. Les cuento que, aunque me pude embarcar desde México, jamás lo hice porque le tengo pavor a esos mastodontes. ¿Ustedes los conocen? Son inmensos, entonces, como les venía contando, llegué a Medellín, en donde viví varios años. Siempre trabajé en la venta de leche, mantequilla, queso y arepas; le revolvía a mi trabajo los mandados, con los que me iba muy bien, pues yo siempre he sido un hombre demasiado honrado, por lo que me gané fácilmente la confianza de muchas personas de bien. Se me olvidaba contarles el susto que pasé en el río Mandalena. Como les parece que me estaba ahogando y, gracias a las ánimas y a mi malicia como 49


buen nadador, logré salir del apuro no sin dejar de confesar que siempre tragué agüita, fíjense pues, lo que no me pasó en el mar me estaba pasando en el río, así es la vida, ¿verdad que sí? Hacía bastante tiempo que vivía en Medellín, en donde me amañé siempre: su gente tan buena, la música y la ciudad tan bonita, todo me encantó; y sucedió que un día cualquiera, después de una jornada de intenso trabajo, llegué a mi casa y comí muy rápido, me juagué los dientes, rece mis oraciones a Dios y a las benditas ánimas… Me acuerdo de mí hasta que me acosté, entrando en un letargo profundo. De pronto, en mi sueño, vi cómo se acercaban a mi cama un grupo de personas entre hombres y mujeres acompañados por unas señoritas muy bonitas; supuse que se trataba de las ánimas del purgatorio y de las once mil vírgenes, de las que siempre he sido un fiel devoto. Vi cómo una de esas personas se acercó y me dijo: ‘Bueno, mi querido Tripa, alistate lo más rápido que podás porque nos vamos de viaje inmediatamente, corré pues, que te estamos esperando, ¿oíste Tripa? ¡Ah! y no te preocupés, no te demorés que pa’yer es tarde… y por los gastos, pues estos corren de cuenta nuestra, apúrate pues...’. Nunca me imaginé que el tiempo transcurriera tan a la carrera pues no sé cuándo y cómo sucedió lo que yo no alcanzaba a entender si era realidad o imaginación, porque desperté en una casa desconocida para mí y en una alcoba donde, para mi sorpresa, estaban todos mis enseres, mi ropa y todas mis pertenencias. Ante esta situación, me llené de miedo y me emperré a llorar como si fuera un niño y llamé y llamé a mi mamá hasta el cansancio. Ella nunca 50


me respondía… y de pronto se abrió la puerta de la habitación y apareció una señora que me saludó con un buenos días y me dijo: ‘Joven, yo soy Elisa, la dueña de la casa, no se preocupe que ya le están arreglando el desayunito para que se pueda ir tranquilo a vender sus aguacates, yo me encargo del niño, qué pesar, lloró toda la noche hasta el amanecer, llame y llame a su mamá’. Desayuné y salí, llevando conmigo algo con lo que tampoco contaba: un canasto lleno de aguacates y un papel donde estaba escrito lo que tenía que pregonar. No conocía el pueblo pero, ya en la calle, todo me parecía familiar. Hubo un momento en que me senté a llorar y de nuevo a llamar a mi mamá, implorándole ayuda. Alguien pasó en ese momento y preguntó: ‘Qué le pasa al niño, sáquelo del canasto y verá cómo deja de llorar’. Me sorprendí, ¡por segunda vez alguien me preguntaba por el niño! En vez de llamar de nuevo a mi mamá, traté de calmarme y lancé el primer pregón: ‘Cates muy buenos…’. ¡Oh sorpresa! Las ventas no se hicieron esperar… Vendí todo lo que llevaba y pensé: por fin llegaste, mamá, no te vayas, acompáñame. Todo el mundo ya me conocía, nunca antes había sido tan fácil vender, e imaginé que era mi mamá que ya había llegado porque estaba dentro de mí, ayudándome como se lo había suplicado. La calma volvió a mi cuerpo. Luego, entré al café de la esquina y me tomé con toda tranquilidad y tiempo una Frescola, no se imaginan ustedes cómo me gusta esa gaseosa, e’avemaría, no hay otra igual. Salí del café en dirección a la casa, llegué y doña Elisa me dijo: ‘Mijo, creo que hoy le fue muy bien con sus aguacates, ¿cierto?’. ‘Claro que me fue muy bien, misia Elisa’. ‘Qué pasó con usted, por qué se llevó el niño; yo le dije muy claro que me 51


lo dejara, pues yo me encargaría de cuidarlo para que usted trabajara tranquilo, qué pasó Tripa…’. ‘Gracias, misia Elisa, pero lo que pasa es que el niño que usted sintió llorar toda la noche hasta por la mañana soy yo; le pido que no se lo cuente a nadie, por favor. Lo que pasa misia Elisa es que cuando estoy muy nervioso o muy… no tengo a nadie más y ella murió cuando yo estaba muy chiquito, no sabe cuánta falta me hace…’. ‘Tripa, no se preocupe por eso que yo le prometo que seré muy reservada, vaya a dormir y descanse tranquilo, no se preocupe’”. Hasta aquí la charla con Tripa, quien a esas alturas ya era un personaje popular en el pueblo, todo el mundo tenía que ver con él y su simpatía. Cuando la cosecha de cates (aguacates) se acababa, Tripa, su pregón y los bombones que todos los días nos traía a la salida del colegio, desaparecían hasta la nueva cosecha, y cuando de nuevo aparecía con su pregón, sus cates y los bombones, que tanto nos gustaban, sabíamos de la nueva cosecha. Pero hubo una cosecha que se terminó y Tripa nunca se fue. No sabíamos qué tanto le gustaba el circo: los payasos, los equilibristas, en fin, todo lo que tuviera que ver con él. Ocasionalmente, y por la misma época, llegó el circo “Dúmbar” al pueblo; era de origen francés, según algunos, y de una vez por todas Tripa entró en acción y se hizo gran amigo del personal del circo, al punto que tenía entrada libre a todas las presentaciones que el circo daba y, claro, todas las mañanas él se ocupaba allí. Entonces, no lo volvíamos a ver, al menos por la temporada circense, y nos hacía falta. Tripa era un niño en estuche de hombre, quien además de su singular bondad, tenía un ánimo de 52


servicio incomparable, con lo que se robó el cariño y la amistad de todas las personas del pueblo, pues todo el mundo, señoras, señores, jóvenes, niños y niñas lo queríamos por su cúmulo de cualidades tan especiales. Pero también sucedió que por ese entonces llegaron al pueblo los gitanos, quienes se instalaron muy cerca de donde funcionaba el circo y allá llegó Tripa a entablar relaciones con las personas de la tribu gitana. Con ellas, al igual que con las del circo, hizo muy buenas relaciones, a tal punto que, cuando uno de los gitanos se casó con una de las señoritas del pueblo, quien además era sobrina de otro gran personaje, Quiroz, Tripa formó parte de toda la parafernalia de la tribu. Por esa época, la nueva cosecha de aguacates se inició y ni nuestro personaje, ni su pregón se escucharon de nuevo, como estábamos acostumbrados. Nos sorprendió este hecho. Al unísono, el circo y los gitanos cumplieron su temporada y pronto abandonaron el pueblo. Jamás supimos si nuestro querido amigo, que tan buenos y gratos recuerdos nos dejó, en realidad se fue con el circo o con la tribu gitana, o si, como cuando llegó al pueblo, las ánimas del purgatorio y las once mil vírgenes volvieron por él para llevarlo a otro pueblo. En la casa donde vivía jamás dieron razón de su paradero…

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Vivencias en el internado Nora Ulloa Restrepo

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l internado del Cefa era lo mejor que nos podía pasar a las pueblerinas lejanas y deseosas de obtener un título. El impacto de encontrarse con una inmensa biblioteca, que daba la vuelta en redondo entre Villa y Colombia. La dimensión de los atlas, biblias y diccionarios no tenía comparación con la incipiente biblioteca de la señorita Alicia, en Segovia. En el segundo piso estaba el archivo de mosaicos de graduaciones anteriores. Las alumnas de otros pueblos cargaban con enseres que no eran necesarios, pero que las mamás, en el afán de proteger a sus hijas, les empacaban: entretallaban el nombre de la muchacha en la ropa de cama, marcada con tinta china o con fruta de aguacate, con letra grande y manuscrita. En una de esas se coló una bacinilla de peltre de tamaño descomunal, que pertenecía a Nubia, una niña de Anzá. De la vergüenza que sufrió le pagó a otra para que se levantara en la madrugada y entregara la bacinilla envuelta en periódico al camión de la basura. Pero el mal recuerdo y el señalamiento se quedaron grabados para siempre en la historia del internado. Una concordiana ella, pelirroja, pecosa y gordita, fue por mucho tiempo la amiga de los ataques de risa. Una simple mirada socarrona ya le producía unos estertores tan fuertes que terminaba llorando. En una ocasión, entrando al comedor me pilló sacando pancitos de la mesa del profesorado, con tan mala suerte que se desbarató la torre de panes y empezaron

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a rodar por el piso y por debajo de las mesas. Ya entraban las alumnas a desayunar y Ruby se sentó a llorar de la risa, ante el asombro de todas… “¡Mucho cuidado con piconiar, oyó!”, le advertí. Entonces la risa se le aumentó de tal manera que sucedió lo que tenía que suceder. Ella era una amiga muy leal; casi nunca evidenciaba mis ocurrencias, solo reía. En otra ocasión, ella subió, como tenía por costumbre todas las noches, a la terraza de ropería, en compañía de Margarita, María de la Luz y Miryam, a practicar gimnasia, porque se estaban engordando mucho. Yo estaba recostada en la pared; me había metido por la enfermería a fumarme un cigarrillo que de vez en cuando me regalaba doña Estela. Ruby subió primero y alcanzó a ver la llamita, lanzó un gemido y corrió hacia las escalas por donde iban subiendo las compañeras: “¡Ayyy muchachas, un espanto en la terraza!”. Salí corriendo detrás, muerta del susto. Estando a salvo les dije: “¡Yo también vi el espanto, qué susto!”. Ella me respondió: “¡Usté, mi querida, estaba echando candela!, yo la vi, con estos ojos que se los ha de comer la tierra!”. “¡Cerrá esa boca que mañana ni podrás comulgar!”, le respondí. “Diga la verdad, ¿culpable o inocente?”. “¡Inocente! ¡Por mi padre que está en los cielos!”. *** Ruby era muy nerviosa y sensible. Una noche en la ropería, cuando apagaban la luz, mientras nos poníamos la pijama le saqué mi mano por encima de la cómoda y le hice: “gggrrrrr”. 55


Tiró las arrastraderas y salió a mil por entre las puertas de las otras cómodas, así que nadie sabía pero cundió un miedo colectivo y todas empezaron a correr, a tropezar y a gritar. La profesora encendió la luz. La volvió a apagar cuando se dio cuenta de que corrían en paños menores. Hasta el sol de hoy nadie supo cuál fue la causa de tal desorden. *** El profesor de literatura, José Barrientos, llegó una mañana con un discurso magisterial: Que ya estábamos a punto de salir a trabajar de maestras y que era muy importante manejar un lenguaje florido, y quería medir la capacidad de timidez, puesto que nos iba a titular uno de los mejores centros pedagógicos del país, el Cefa. Dijo: “¡Qué mejor que escuchar la locuacidad de mi paisana, a quien conozco desde niña!”. Y para mi infortunio, se me coló el recuerdo de la muerte de mi padre, y eso terminó en un lloriqueo de lo más triste. Así fueron pasando una por una hasta que le tocó el turno a Ruby. El profesor le tenía mucho cariño porque le cumplía al dedillo con las tareas, era muy aplicada, de ademanes delicados, y hablaba en voz baja. Además, esa cola de caballo de pelo rojizo llamaba mucho la atención. Salió al frente, muy decidida y en lugar de hablar, subió el tono de la voz y empezó a cantar a todo pecho una ranchera pueblerina que retumbó por los corredores:

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Señores pido licencia para cantarle a mi amor y decirles lo que siente el pescado nadador Andando en el mar pescando andando en el mar pesqué a una niña de quince años y de ella me enamoré Quisiera ser pescaito chiquitico y nadador para alcanzar esa barca donde se embarcó mi amor… Hoy, ya en nuestra vejez, nos encontramos para volver a reírnos como siempre. Loor a los que plasmaron en nuestros corazones el amor y la vocación por el oficio.

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Mi casa María Helena Vélez

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i casa está vacía. Cuarenta años tardé para adecuarla, para materializar mis sueños, para que cada espacio fuera tan funcional y tan hermoso que alegrara mi vista y mi corazón. ¡Cuánta energía necesitamos para levantar sus muros! Un año entero para terminarlos. El dinero era en ese entonces muy escaso, no sé cómo logramos ahorrar tanto, o mejor sí lo sé, visitas frecuentes a cementos Argos, porque comprar en fábrica era más barato, rebusque permanente en demoliciones. Mi esposo y yo tuvimos que vender los dos carros, hipotecar la casa en dos bancos, mucho tiempo sin salir a ningún lugar porque no podíamos darnos ese lujo. El dinero se destinaba a pagar deudas. Los fines de semana trabajábamos sin descanso, tratando de arreglar un poco el terreno, pues los ingenieros dejaron cemento por todo el lugar y era necesario rasparlo para poder empezar con la tarea de adecuar el jardín: sembrar los limones, las cebollas, los tomates… y lo mejor, mirar el progreso que nuestra labor traía a nuestro hogar. Cuando la huerta estuvo lista mi alegría no tuvo límites, tener mis legumbres significaba mucho para mí. Recuerdo que en la casa de atrás vivía una prima muy pinchada, y me decía: “Qué pena, no le cuentes a nadie que eres de mi familia, sembrando cebollas y tomates, ¡qué vergüenza!”, pues su casa solo estaba rodeada de flores. No puedo recordar un tiempo en que no tuviera mi mente y mi dinero dedicado al arreglo de la casa.

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Esta era demasiado grande y mis hijos tan numerosos y necios que se hacía necesario un mantenimiento constante para tenerla en perfecto estado. Así que casi mensualmente llamaba a mi trabajador de planta para que no se acumulara el trabajo y arreglara por turnos, bien fuera los muros, los muebles o el jardín. Tuve el tiempo, la asesoría y la paciencia para realizar, uno a uno, todos mis sueños. Era tan hermosa como yo siempre la quise, pero nunca la terminé, siempre había detalles pendientes. La calle no tenía pavimento ni iluminación, era abundante en huecos y oscuridad; cuando se usaron los zapatos de plataforma me estrené muy contenta unos muy bonitos; para salir a la calle principal tenía que recorrer cuadra y media y conté veinte dobladas de mis pies debido a los tacones y a mi poca habilidad. Y un día de enero, no recuerdo de qué año, llegaron las máquinas, pavimentaron la calle, montaron el alumbrado; se ausentaron las vacas y los caballos que pastaban tranquilos en la vía, se asustaron los perros. Mis perros, vigilantes gratuitos, que atemorizaban a conocidos y extraños, y que nos procuraban sueños muy tranquilos, pues permanecían siempre alerta. Mi casa muy pronto será demolida y veré destruidas para siempre mis mejores realizaciones, pero no mis recuerdos: la adolescencia de mis hijos mayores; la vez que mi hijo mayor cogió mi carro y me llamó una vecina para contarme que iba por las calles sin chofer pero lleno de niños, él estaba tan pequeño que no se veía; o cuando mis hijas se despedían muy queridas: “hasta mañana”, para luego saltar por la ventana, sin que yo lo supiera, a conversar hasta bien tarde con sus amiguitos. 59


Allí también transcurrió el caminar tambaleante de mis hijos menores, sus balbuceos, las noches en vela por la demora de los mayores o la fiebre de los pequeños. Cuántos días de alborozo, de fiestas, de risas y, por contraste, otros llenos de tanto dolor, tantas lágrimas. La casa ya no estará, pero solo mirar el lugar traerá a mi memoria la historia de una época donde transcurrió casi toda mi vida.

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Palique sabatino de dos caros amigos, Eugenio y Rosendo Juan Guillermo Arboleda –¿Y supiste, pues, que cayó Bertica la de la esquina? Ya como que tiene tres meses. ¡Pero, así es la vida, ni se le notan! Yo supe porque Adán me lo contó ayer en mucho silencio. ¡Qué verraco pa’sabéselas todas, hombre Genio! –¿Y cómo no se las va a saber todas, si el día entero se la pasa “brujiando”, unas veces en la ventana, y otras también? –asiente presuroso Eugenio Manotas, confirmando el particular comentario de su diletante cofrade–. Pero ¿qué más podría esperarse de esa muchachita? ¡Su papá, un “bueno para nada”, y su mamá, toda una celestina redomada! –Es que, además, estas muchachas de ahora, con esas modas sugestivas mantienen boquiabierto a todo el mundo, dice mi mamá. ¿Quién las va a respetar así? Y no les valen ni siquiera los sermones de Builes, que anda más cantaletoso que nunca. ¡Eh, avemaría!, argumenta Rosendo, alborotando la mugrienta melena. –¡Qué les va a valer, si ni siquiera a misa volvieron! Le va a tocar a Monseñor enviarles la hojita a la casa con la retahíla semanal. Mi sobrina, la de Jairo, dice que ese viejito ya las tiene “mamadas” con la cantinela de siempre, apunta doña Lola, cerrando tras de sí la pesada puerta de la calle y “escurriéndose” rapidito a la cocina. –¡Pobre muchacha! ¡Y bien necesitados que son, pa’acabar de ajustar!, complementa Rosendo, compungido. 61


–Bueno, ¿y a nosotros qué nos importa eso? ¡Que se las arreglen como puedan! –dice Eugenio, algo indignado ya–. Ahí les queda el desdoro familiar, que bien merecido se lo tienen. Es que, definitivamente, nada es por casualidad, todo es merecido en esta vida. ¿No te parece, camarada? Mejor vamos a lo nuestro que es más placentero. –¡Pues, será! –asiente Rosendo–. ¿Y qué me traés hoy de Flórez? La semana pasada me dejaste en ascuas con eso de “¡que le sirvan café mientras reposa, y que lo dejen dormir que está borracho!”. ¡Esa es mucha belleza! ¿Cómo harán esos tipos, ah? Eso, dicen, dizque son ayudaos. ¿Vos sí crees eso? Eugenio lo oye pero no lo escucha. Ya está bien acomodado en el amplio sillón de siempre, con los pies estirados y con buenas ganas de “mandarse el primero”. Su chambergo y su viejo saco cuelgan en la oxidada percha, como descansando de aquel alborotado día. –Lucero, ¿qué hubo pues de las cosas?, grita Rosendo, desesperado. –¡Ya voy, tío! ¿No ve que no he terminado todavía? ¡Usted sí cree que yo tengo cuatro manos!, contesta la sobrina, alebrestada. –¡Ah, y que nos ponga este casetico de tangos que me grabaron allá en el trabajo! –se apresura a decir Eugenio, mientras va sacando papeles y libros de aquel que algún día fue un maletín “último modelo”. Y agrega, como sin pensarlo dos veces–: ¿Cómo va el voleo de tijera en la mejor peluquería de este barrio? –¡Gracias por la flor, mi querido Genio! ¡Pero no creás, esto está muy malo últimamente! Rapidito voy a tener que dedicarme a algo distinto, mientras me sale la pensioncita. El problema es que con los godos 62


en el gobierno, la cosa no va a ser fácil. Pero bueno, después hablamos de eso, ahora mostrame, pues, lo que trajiste. Estoy desesperado por volver a escuchar eso del “Divino”. ¡Eso sí, recitado por vos! ¡No me pongás a mí a leer que yo pa’ eso soy un maula! *** La rutina de los sábados era distinta, bien distinta a la de los demás días. El último cliente lo atendía Rosendo así, rapidito, porque había que componerlo todo para el palique nocturno. Y ese sábado, en particular, la expectativa era grande, pues, su ínclito amigo y camarada de muchos años, le había prometido algo bien especial. –¿Y del traguito y los tangos qué, hombre Rosendo? –¡Lucero, qui’hubo pues!, grita afanado el tío, acicateado por su ilustre interlocutor. –¡Ya voy! ¡Ya voy!, se escucha por allá, bien adentro del viejo caserón. –¿Qué hago yo, pues, Eugenio, con esta sobrina? A toda hora hay que estarle repitiendo las cosas dos y tres veces. Pareciera que viviera en las nubes. ¡Qué berriondera! –¡Pues, hombre, tener paciencia! Mientras vos no podás pagar una empleada que te ayude, ¿qué más podés hacer? ¡Aguantártela! Eugenio acomoda su pulcra figura en el astroso asiento y comienza la sesión: su lectura es lenta, pausada, con inflexiones casi perfectas. Y, como arrobado por el instante, el buen amigo escucha 63


aquellos versos sublimes que iluminan el ambiente pesado de la noche. ¡Todo es como mágico! –¿Y eso también es de Flórez? –Sí, ¿por qué? –¡No, es que lo que acabo de escuchar se percibe tan admirable que parece mentira que alguien pueda tener todo eso guardado en su cabeza! –¡En su cabeza no! ¡En su imaginación! ¡En su alma misma! –¡Bueno, en su alma misma! *** –Tío, ¿le volteo el casete?, dice la sobrina, interrumpiendo imprudentemente. –¡No, mejor traenos más traguito! ¿No cierto, Genio? –¡Sí, creo que es lo mejor! Un daguerrotipo con la efigie del augusto abuelo, en su mejor traje militar, parece cuidar solícitamente a los dos amigos, embriagados de endechas más que de licor.

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La imprenta de mi padre Margarita María Gómez Cano

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i primer recuerdo de infancia impregna todos mis sentidos; huelo a tinta, a aceite, a papel recién cortado en guillotina; oigo el suave ronroneo producido por la prensa tipográfica, opacado a veces por el fuerte golpe de la guillotina cuando su cuchilla cae implacable sobre el material. Me veo sentada sobre una alta pila de resmas de papel. Allí me sube mi padre para alejarme del peligro, temeroso de que meta mis manos en alguna de las dos únicas máquinas que tiene en su taller: la prensa y la guillotina. Vivíamos en una vieja casa en la calle Cundinamarca entre la calle Juanambú y la Avenida de Greiff. Mi padre había instalado su modesta tipografía en lo que debería haber sido la sala y la primera alcoba; en el resto de la casa vivía la familia. Cuando mi madre tenía que salir me dejaba al cuidado de mi padre y de Darío Velásquez, su fiel ayudante, y quien se convirtió en mi invaluable amigo; me cuidaba, me consentía. Con él aprendí a hacer gorritos, barquitos y avioncitos con las hojas impresas que habían sido desechadas. Me gustaba sentir el rítmico movimiento de la prensa, ver cómo el operario tomaba el papel, cómo lo ubicaba con una mano sobre el molde, por el que previamente habían pasado unos rodillos que lo impregnaban de tinta, para luego retirarlo con la otra mano y colocarlo en la pila de las hojas impresas, todo esto ejecutado con asombrosa rapidez.

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También disfrutaba viendo desde mi “palco” a mi padre, con su cigarrillo en la boca, su camisa blanca remangada hasta el codo, sentado en su destartalado taburete frente al chibalete, ese enorme armario compuesto de grandes cajones divididos en pequeños compartimientos, que contenían tipos (letras de diferente tamaño y estilo, números, símbolos y lingotes), moviendo sus ágiles dedos sobre ellos y colocándolos con destreza sobre el componedor, para formar palabras, frases, líneas, hasta dejar el molde listo para la impresión de páginas de facturas, recibos, tarjetas, volantes y contratos. Hoy pienso que su trabajo se podría comparar con el de un músico: La partitura sería el original que debía reproducir con perfección; su instrumento, el chibalete con sus minúsculas piezas metálicas; la melodía, ese suave y rítmico sonido de los tipos al ser puestos en el molde, acompañado, como telón de fondo, del armonioso sonido de la prensa. En este ambiente nací y crecí, hasta que el negocio prosperó y mi padre pudo montar su taller lejos de la casa familiar. Han pasado muchos años, sin embargo estos recuerdos nunca me han abandonado.

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Fiestas de calle Florelia OrozcoVillamizar

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sí solían llamarse las ferias de aquel entonces: Fiestas de calle. Desde la semana anterior empezaban a llegar los camiones transportando la madera para armar la plaza de toros, la tarima para orquestas y los distintos toldos y cantinas que se organizaban alrededor de la plaza principal donde se montaba el ruedo de toros. Con cada vehículo que entraba al pueblo, los niños corrían a la par, formando una calle de honor y gritando un viva a las fiestas que iniciaban con una banda musical acompañada de pólvora, en un paseo mañanero, mientras un despertar de colores iba anunciando el primer día. Empezaban entonces los abrazos y saludos cariñosos de las distintas colonias que acompañaban los actos. Había tanta alegría en las personas por aquellas épocas, que muchos de nosotros hubiéramos querido detener el tiempo y eternizar el momento. El olor a tamales, empanadas y café invitaban al desayuno en cualquiera de los toldos. Luego seguía la música al son de rancheras y pasodobles, llamando a los borrachos a destapar su primera cerveza. Recuerdo que, en uno de estos festejos, como mi hogar quedaba frente al parque, nos tocó al lado una cantina que solo tenía un disco, llamado “Amores por correo”, que repitieron tanto, que la lora de la casa, que mi abuela sacaba a la ventana, se la aprendió de memoria y una vez pasada la feria nos tocaba echarle agua para que se callara. 67


Allí probé por primera vez el algodón de azúcar, su color y sabor me enloquecieron. Quise guardarle un poquito a mi hermano y lo puse sobre un vaso, pero al ir a buscarlo solo encontré el palo y me arrepentí de no habérmelo comido todo; lo mismo sucedió con una paleta que guardé en un bolsillo. Las tardes de toros eran esplendorosas; el paseo de los toreros por las calles vistiendo sus trajes de luces, banderillas, estoque y coleta, acompañados de los payasos, repartiendo alegría, hacían grandioso el espectáculo, y los balcones repletos de señoritas del pueblo luciendo ruanas y sombreros, parecían a punto de caerse con el peso. Los borrachos no respetaban a los toros y se tiraban al ruedo, momento en el cual las reses aprovechaban para hacer la fiesta, de la que algunos salían aporreados por los animales. Ya en la noche empezaba el desfile de los habitantes con su correspondiente taburete y su mesa. Se reunían por familias para disfrutar del gran baile junto a la tarima dispuesta para los músicos. Durante la semana siguiente no había clases para las escuelas, y los niños se disponían a jugar al toreo con los cachos de los animales muertos, e igual hacían toros de candela, desfiles, comparsas, imitando la semana anterior. Estas eran las fiestas de calle de los niños, que no podían disfrutar de la fiesta de sus mayores.

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La salud y la radio Ana Villa

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omé lápiz y papel una de estas madrugadas, para anotar algo de lo que con pasmosa facilidad de expresión anunciaban por la radio. Vamos a tener –decían– una grandiosa jornada de salud - para que los días que usted esté en esta tierra, esté verdaderamente aliciente (sic) - porque hay que prevenir y alertar sobre los problemas - ojo pues, porque miren que dan de un momento a otro las enfermedades no avisan - no le van a decir: mire, don Guillermo, haga todo lo que necesite, tenga todo listo, porque a las cinco de la tarde le va a dar una trombosis - hoy seguimos con las promociones, con el siete por treinta - el paquete de siete productos, con un reconstructivo bastante importante para problemas ya internos - tenemos una amplia gama de productos naturales - los tratamientos que tenemos aquí son para todas estas enfermedades: el asma, la rinitis, hemorroides, amigdalitis, problemas trombo-flebíticos, musculo-esqueléticos, celulitis y flacidez, artritis, reumatismo, bursitis, úlceras, colitis, inflamaciones de riñones, vejiga, ovarios, matriz, para problemas gástricos y problemas de digestión, la prostatitis crónica y la anemia perniciosa, productos que estimulan el desarrollo de las glándulas sexuales, para superar todos esos problemas a nivel de menopausia, lo mejor para su vida sexual, para la frigidez, realza la energía, para la impotencia sexual, un producto que tomado cuarenta minutos antes de la relación mejora su desempeño, funciona justo cuando usted lo 69


necesita, en ese momento especial, hace que recupere su satisfacción y que su relación sea más duradera y placentera - si no ve los resultados, le devolvemos su dinero - tienen que tener paciencia porque yo tengo que hablarles de todo un poquito - pero, por favor, escúchenme bien: este paquete incluye la melatonina forte, la droga milagrosa, la que rejuvenece, la que hace dormir y mil cosas más, la que hace girar más lentamente las agujas del envejecimiento, un producto que debe tenerlo siempre en su casa, un producto que le va a solucionar toda clase de problemas - en el paquete viene también el ginkgo biloba japonés, recomendadísimo para problemas de mal dormir, de irritación, de mal genio, cansancio físico, para oxigenar la parte de la memoria y a nivel de la atención, para una supermemoria, para descanso de los atribulados - tenemos también una pomada rubofaciente, esencia de yerbabuena morada, el ritual de la ruda, el baño de manzanilla y el de yerbabuena con azúcar, el tarot de Maité que es excelentísimo, con número recomendado para ganar la lotería con una seguridad que se me eriza la piel, un tratamiento supremamente estupendo para adversidades muy negativas, muy contrarias en su diario vivir - y el noni tahitiano con sus poderosos efectos curativos a nivel de llenura, la bacteria helicobacter pylori, si me dice que tiene problemas de evacuación, de estitiquez, de estreñimiento, que está cansada de tomar medicamentos para hacer del cuerpo, un problema muy grave que hay en la salud de los seres humanos, para gastritis, hemorroides o sea las conocidas almorranas, que son como unas bolitas que se nos salen por la parte de la colita, miren qué enfermedad tan maluca, ojo pues, es que el noni 70


actúa en todo nuestro organismo - tenemos un jarabe maravilloso, indicado para diferentes enfermedades con la espirulina del Pacífico va a botar esas toxinas, esos excesos de sebo - tenemos también una crema recomendadísima para la piel, para el envejecimiento, las cicatrices, para esas manchas lívidas, rosadas o pardas en la piel - estos productos son útiles en todas las enfermedades, son antiinflamatorios, antibióticos, anticanceríficos (sic), antioxidantes, recomendadísimos a nivel de diabetis (sic), problemas renales, cardiacos, de azúcar, triglicéridos, de gota, de ácido úrico, de venta váriz (sic), todo lo que tiene que ver con nuestro sistema sanguíneo, con nuestro sistema cerebral, para perder peso - tenemos el tónico de triple potencia, buenísimo para asuntos de ansiedad, temores, melancolía, miedos, eleva el estado de humor, calma los nervios, para calambres y problemas a nivel de vértigos, flashes de calor, desesperos, sofocos, que es que no me resisto ni yo misma, enfermedades degenerativas de la vejez, como la apatía sexual, como la impotencia sexual, la disfunción eréctil, que se conoce que ya está afectando a muchas personas aquí en la población son enfermedades muy difíciles, muy crónicas, pero uno no puede desconfiar de la voluntad de Dios - ya llegamos a una edad en que todo nos ataca, en que ya no hay defensas y, miren pues, qué pesar decirles que muchas personas que tienen muchas enfermedades y qué pesar que por eso se mueren, pero a mí me gusta hablarles muy espresamente (sic), llámenos con su pregunta, con su problema, con su preocupación - si ustedes necesitan que yo hable de alguna cosa, me llaman y listo, me dicen que hable de tal y tal cosa, ¿listo? - tenemos jornada de sanación todos los días, le 71


hacemos un tratamiento programático, con aparatos sofisticados, consulta sistematizada - aquí le hablamos con la verdad, si tiene cáncer, si tiene cura - véngase lo más pronto posible aquí a la sede, desplácese ya, que aquí le vamos a hacer un tratamiento - con el solo hecho de venir a la consulta va a sentirse mejor, va a salir con energía - promociones como esta ninguna, algo nunca visto en el planeta tierra – y recuerden que tenemos el talismán de la fortuna al solo precio de veinte mil pesos, vayan recogiendo platica, porque solo tengo cuatro mil talismanes para entregar a fines de octubre - y recuerden ustedes que la salud no lo es todo, pero sin salud todo es nada.

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Trabajo vacacional Sylvia Velásquez de Flórez

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ran finales de 1945, cuando Jaime llegó a la oficina del doctor Lucrecio Moreno, idóneo abogado y contador de mucho prestigio, profesional reconocido además por sus altas dotes humanitarias. Sin embargo, inspiraba cierto temor y respeto, ya que en años anteriores había pertenecido al Ejército de Colombia; su voz de mando y autoridad se notaban de inmediato al tratarlo. No obstante, Jaime se atrevió a llegar hasta su despacho, después de pensarlo muy bien y de preparar su presentación personal con gran esmero. –Buenos días, Doctor. –Muchacho, ¿a tu edad qué te trae por aquí? –Doctor, como a mí me gusta y necesito trabajar durante las vacaciones, y sabiendo que usted conoce a mi papá y a mi mamá, vine a ofrecerme para hacer los mandados o lo que usted necesite. Tengo doce años y ya he trabajado con don Julio en la farmacia y con don Marcos, el del granero de la esquina. –Hombre, hubiera sido muy bueno, pero ya contraté a Julito, el hijo de don Camilo, quien prometió venir el lunes temprano. Ese muchachito es muy tímido y como perezoso, pero… quiere decir que si no aparece te contrato a vos. ¿Te parece? –Entonces yo vuelvo el lunes para ver si Julito llegó. Muchas gracias doctor y hasta luego. Jaime deseaba que ese fin de semana pasara en segundos, porque ya había pensado lo que haría. Por fin llegó el lunes, madrugó mucho, se puso su mejor traje, zapatos domingueros impecables, bien peinado, 73


asentado su crespo cabello con agua de panela, y con su maletín bajo el brazo se sentó en las escaleras que conducían a la oficina del doctor Moreno, ubicada en el segundo piso. Cuando vio llegar a Julito comenzó a organizar los papeles que llevaba en el maletín. Julito, muy sorprendido, lo saludó y le preguntó: –¿Qué haces aquí, Jaime? Y este le contestó: –Empecé a trabajar hoy con el doctor Moreno y estoy organizando las vueltas que debo hacer. Dijo Julito: –Ah… entonces yo me devuelvo para mi casa, por eso casi no llego, porque yo no conozco direcciones y estaba muy asustado; adiós, y salió veloz. Cuando Julito se alejó, subió Jaime donde el doctor Moreno, disimulando muy bien la cara de satisfacción. Inmediatamente lo vio el doctor, le dijo: –Vení, hombre, empezá vos, que ese otro muchacho no apareció. *** En otras vacaciones, con la experiencia adquirida, y con la preocupación de que se esfumara en el tiempo la fórmula del Callosín, receta inédita de su tío Ramón, fallecido hacía apenas un mes, y a quien su afición al licor barato o no propiamente legal, lo hizo abandonar esta tierra “antes de tiempo”, según decían sus hermanas, las tías Herminia y Josefita, se decidió a elaborar la preparación que obviamente ya había presenciado cuando le ayudaba en el laboratorio, 74


que era ni más ni menos un aljibe que había en el patio de atrás de ese caserón y que nadie utilizaba. Acudió primero a sus cuatro hermanos y a otros tantos amigos y vecinos –prometiéndoles compartir las ganancias–, para que, ubicando las boticas de la ciudad, comenzando por las del centro, se distribuyeran y fueran preguntando si vendían Callosín, diciéndoles que cuando les preguntaran qué era ese producto, respondieran que era algo maravilloso para acabar de una con los callos: tumbaba el callo y quedaba el dedo sano, que era prácticamente milagroso. Así lo hicieron. A la semana siguiente salió con su maletín lleno de frasquitos bien etiquetados y fue un éxito la venta del Callosín en los primeros días, pero luego empezaron a solicitarle los permisos de elaboración y distribución. Se acababa el capital y el tiempo de las vacaciones y adiós empleo… y adiós Callosín. Ya mayor, profesional en Derecho y Contaduría, aún rememoraba sus primeros intentos de trabajo compartido con sus hermanos y también con algunos amigos de grata recordación.

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La mesa Nelly Duarte

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o, no es una mesa cualquiera. La cuidan cuatro soldados sin brazos, con sus cabezas torneadas en arabescos moros, espaldar y sillar forrados en plástico café. Los palos de soporte igualmente torneados. Dos sillas principescas, con cabeza y brazos torneados, la presiden. La bordea una culebra muy bien labrada que nos deja ver sus anillos de soslayo. Su compañero inseparable es el aparador, donde se ven los mismos tornos y el mismo borde. Pesada, rojiza, aparentemente grande… Inicialmente eran seis comensales, papá y mamá y cuatro pequeños que, cuando se sentaban, piernas y espaldas buscaban dónde apoyarse y solo conseguían que la tabla les rozara el mentón. Su tamaño fue adecuado durante ocho años. De pronto comenzaron a aparecer uno, dos, tres, cuatro y cinco comensales más… y la mesa se achiquitó. Ha sido testigo de conversas, peleas, reconciliaciones, informes, chismes, lecciones aprendidas y desaprendidas, duermevelas, cumpleaños, grados, primeras comuniones, velorios, matrimonios, divorcios, juegos, llantos y alegrías. No, no es una mesa cualquiera… Silenciosa, recia y perenne, es la testigo de la familia. Todavía existe.

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La casa de la lora y otros textos Teresita Mondragón J.

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e todas las casas donde vivió mi abuela cuando yo era niña, recuerdo especialmente “La casa de la lora”. Era una casa muy grande, en esquina. Los adultos la llamaban así porque mi tío, el único hijo hombre entre cinco mujeres, tenía una lora. En la parte delantera de la casa había un amplio corredor, encerrado por una verja. Allí permanecía el animalito en su vara. Se cruzaba la puerta y había un patio central con más corredores, y luego el comedor. La mesa tenía una base tan grande, que allí nos escondíamos cuando jugábamos o cuando los mayores nos buscaban porque nos habíamos portado mal. En aquella casa compartí muchas cosas con mis primas. Un día, mi abuela regresó de la calle y nos encontró con las mejillas coloradas a las tres. Se puso furiosa y empezó a gritar: “¡Estas niñas me acabaron el colorete!”. De nada sirvió que lo negáramos con insistencia. No nos creyó. En realidad, nosotras nos habíamos puesto hielo durante mucho rato, hasta conseguir tener los cachetes rojos. Cuando íbamos de vacaciones a “la casa de la lora”, mis papás, mis hermanos y yo dormíamos en la misma habitación. Cuando los demás dormían y todo era silencio, se escuchaba el silbato del “sereno”. Este sonido siempre me producía un miedo terrible. Una noche me asusté tanto al oír al “sereno”, que salté de la cama y fui a parar contra la esquina de un escaparate. Me rompí un párpado. Aún conservo la cicatriz y el temor al silbido nocturno de los “serenos”.

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Sensaciones En mi delantal azul claro iba recogiendo los tirabuzones que caían del “casco de vaca”. Los que no recogía, los pisaba para escuchar cómo crujían, cómo chasqueaban bajo mis pies. El olor del matadero me llegaba nítido y penetrante: olor a sangre seca que yo aspiraba con deleite. ***

El muelle Vivíamos en un apartamento muy pequeño; lo mejor era la terraza, donde ponían a secar la ropa y donde subíamos a jugar. La fuerte brisa mecía de un lado a otro las prendas lavadas. Allí se sentía un olor característico que no sé describir pero que me encantaba. Lety era morena, de pequeña estatura y peinada de trenzas. Cuando iba de compras a la plaza de mercado, yo la acompañaba. Las calles tenían un olor agrio, de cáscaras pudriéndose y aguas estancadas. A mí me gustaba ese olor. Como el muelle estaba cerca, Lety me llevaba a mirar las pequeñas barcas ancladas allí. Me impresionaban esas aguas oscuras, muy oscuras, casi negras. Yo pensaba que eran muy profundas y me estremecía. Imágenes y olores que vuelven a mí una y otra vez.

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Un ocho de mayo Miryam Arango Arango

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ran las cinco y treinta de la mañana y el despertador estaba sonando. Era domingo ocho de mayo, día de la madre, y por primera vez no estaría con ella, en una fecha tan especial para la familia. Me vestí con el uniforme blanco y me organicé con rapidez, desayuné muy poco, estaba haciendo un frío que penetraba hasta los huesos. Tenía turno de siete de la mañana a siete de la noche, era la enfermera jefe de todo el hospital. Me animaba trabajar con el doctor Rojas, el corazón se me aceleraba al verlo. Trataba muy bien a los pacientes y todos lo querían; trabajar con él ese día me daba tranquilidad, porque esa fecha era especial y muy propia para los borrachos, las peleas y las discusiones familiares. Inicié el recibo de turno por todos los servicios, realmente la noche estuvo calmada, los pacientes muy estables y hubo pocos ingresos. Durante la mañana estuve muy ocupada, pasando ronda con el médico, organizando historias clínicas, haciendo pedidos de medicamentos y de material médico-quirúrgico, realizando curaciones, notas de enfermería y procedimientos especiales, entre otras actividades. A las dos de la tarde mi cabeza y estómago estaban rebelados. Todavía con muchas actividades pendientes, tuve que ir a almorzar porque la hipoglicemia ya se estaba manifestando; comí rápido porque tenía que acabar de cuadrar el área de pediatría y revisar las historias clínicas que delegaba a las auxiliares de enfermería. Fue un día muy agotador, Cirugía estaba

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muy congestionada por cesáreas y se tuvo que llamar a los disponibles (médico, enfermera, anestesiólogo) para que atendieran las urgencias remitidas de los hospitales de primer nivel de los municipios cercanos. El hospital de Yarumal era de segundo nivel, con disponibilidad de las especialidades básicas. A las 4:30 de la tarde ya se estaba realizando la última cesárea; fui nuevamente a pasar la ronda para elaborar el informe de la entrega de turno a la enfermera de la noche. Sorpresivamente sonó el parlante haciendo un llamado urgente a la enfermera jefe para que se presentara a Cirugía. Al llegar allí me encontré con una escena que descompone al más fuerte: tendido sobre una camilla en la puerta de cirugía estaba don Rigoberto, un hombre de más o menos 1.75 cm de estatura y 90 kilos de peso, que no cabía en la camilla. Su cuerpo estaba bañado en sangre y salía a borbotones de la cabeza y los brazos, el estómago estaba atravesado oblicuamente por un machete, los muslos estaban todos destruidos. Las auxiliares de enfermería estaban esperando a la jefe porque no habían podido pasarle una sonda vesical, aunque este personal era experto. Yo palidecí, era una enfermera rural frente a un personal de diez, quince, veinte y más años de experiencia. Me sentí como si me estuvieran midiendo el aceite; en mi interior, horrorizada, me dije: ¿Señor, qué es esto?, ¡ayúdame!, ¡yo tengo que ser capaz! Que sean Tus Manos las que guíen las mías. El doctor Rojas me asistió en el paso de la sonda vesical, se debió canalizar la vena yugular en el cuello y además se le pasó sonda nasogástrica. Posteriormente distribuí las auxiliares de enfermería para que le realizaran las suturas y ligaran los vasos con sangrado; después de 45 minutos 80


logramos estabilizarlo. La decisión de trasladarlo a Medellín no se había tomado, lo más probable era que falleciera en el camino y, si se quedaba en el hospital, también era muy delicado porque no teníamos todos los recursos para atenderlo. Por las dificultades para el traslado decidimos intervenirlo en el hospital. A las 5:30 p.m. se inició la cirugía, don Rigoberto estaba en malas condiciones generales. La anestesióloga estaba temerosa, yo estaba instrumentando por primera vez una cirugía tan compleja, pero el doctor Rojas me animaba, depositando su confianza en mí, y eso me hizo sentir muy bien. La sala de cirugía, que es un lugar muy organizado y limpio, parecía un campo de batalla: un auxiliar de enfermería suturaba la cabeza, otro los brazos, otras los muslos y el equipo quirúrgico hacía lo suyo; haciendo el lavado abdominal salían restos de comida. Se suturó el estómago y no se encontró una parte de hígado, éste sangraba profusamente y no se podía suturar debido a su consistencia; el intestino estaba con heridas en varias partes, así que se extrajo para inspeccionarlo en detalle e identificar alguna lesión, y en estas dieron las once de la noche. Recordé que no había llamado a mi madre en su día; la pena y el remordimiento me acongojaron. Una auxiliar de enfermería se ofreció para llamar a mi casa y llevarle un mensaje, así quedé más tranquila (el personal ya había cambiado de turno). Recordé que no había terminado el informe para la enfermera de la noche; la llamé a Cirugía y se lo di verbalmente. Me concentré en lo que estaba haciendo: el sudor caía por todo mi rostro y en la sala no se oía un ruido diferente al de los equipos y la anestesióloga dando el reporte del estado del paciente. La auxiliar circulante se acercaba con cuidado para no contaminar, secaba el sudor del 81


doctor Rojas y el mío, la transpiración era excesiva; le pedí un poco de jugo o agua, y un dulce, la hipoglicemia se estaba manifestando en todo el equipo quirúrgico. Luego de terminar de revisar los órganos internos y cerciorarnos de que todo estaba corregido, se hizo el último lavado y nos cambiamos de ropa sin salir de la sala. Se inició el cierre abdominal; estábamos muy contentos porque el paciente soportó la cirugía. En ese momento don Rigoberto entró en paro. El doctor Rojas y yo nos miramos, pálidos, e interiormente me dije: ¡Después de resistir la intervención se nos va a morir! Inmediatamente se procedió a abrir el tórax y se le hizo masaje directo al corazón. Se podía ver claramente que ya no tenía sangre en el cuerpo, lo que circulaba era una sustancia amarillenta (plasma) que le estaban poniendo en infusión con la solución salina y los otros líquidos; solamente se le pudieron transfundir dos bolsas de sangre porque su tipo era escaso y no había más en el laboratorio clínico. El sudor cubría todo mi cuerpo y el de mis compañeros. El tiempo era oro en aquellos momentos, donde le estábamos arrebatando a la muerte uno de sus elegidos. Los pulmones del paciente estaban llenos de líquido, por lo que se le pasó una sonda a tórax para drenarlo. Estábamos extenuados, eran las dos de la mañana cuando se terminó la cirugía. Don Rigoberto estaba en regulares condiciones generales y nosotros muy callados, cada uno orando para que pasaran las primeras 24 horas de postquirúrgico vivo; si pasaba este tiempo, mejoraría el pronóstico. Entregamos el paciente en recuperación con todas las indicaciones de manejo y mi admiración hacia el doctor Rojas aumentaba, no había duda de su conocimiento y dedicación. Llegamos a la casa media 82


hora después, satisfechos de la intervención realizada, dispuestos al descanso tan merecido, conscientes de las dificultades que tendríamos que enfrentar, pero listos para iniciar un nuevo turno a las siete de la mañana. Llegué al hospital antes de la entrega de turno para ir donde don Rigoberto. Ya estaba allí todo el personal que participó en la intervención; me dio mucho gusto ver que el paciente seguía vivo aunque muy delicado, escuché la entrega de turno del médico de la noche y del doctor Rojas al cirujano. Estaba evolucionando satisfactoriamente. El doctor Rojas y yo nos miramos con la complicidad y la felicidad en el rostro, de ahora en adelante la responsabilidad del manejo del paciente era del cirujano. Constantemente preguntaba por la evolución de don Rigoberto. A la semana siguiente salí a compensatorios; cuando regresé lo habían trasladado a Medellín para hacerle exámenes especializados y no volví a saber nada de él. Pasaron aproximadamente tres meses, estaba haciendo un turno en Consulta externa y me informaron que el doctor Rojas me necesitaba en el consultorio. Presurosa, salí a responder su llamado. Entré al consultorio y lo encontré con un paciente muy flaco, de aspecto débil pero muy sonriente. Los saludé a ambos y el doctor me dijo: “Le presento a don Rigoberto”. A mí me temblaban las piernas y cambié de colores, se notaba mi emoción. El paciente se acercó, me dio la mano y me dijo tímidamente: “¿Le puedo dar un abrazo?”. “¡Claro que sí!”, respondí, me abrazó llorando y nos dijo: “Gracias, sin ustedes no estaría vivo”.

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La bicicleta Betty Ossa Botero

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a ciudad donde vivo es caliente. Nos saca el sol de la cama cuando despertamos, calienta las calles, las aceras y toda la piel de la negramenta que sale a botar la calentura. Soy negra, voluptuosa y de largas piernas. Las negras nos destapamos buscando el fresco: faldas cortas, escotes profundos que llenamos de colgandejos y exhibimos sin pudor. Caminamos agitando las caderas y exhibiendo una dentadura blanca que enmarca una sonrisa cálida y seductora. Calientes son las miradas que nos lanzan en nuestro pindongueo; miradas que nos complacen y enardecen. También somos desafiantes; los malevos, con los ojos muy abiertos, coquetean y examinan. Pensamos, creemos, estamos convencidas de que nuestros atractivos son los únicos objetos de su mirada. Pasan los automóviles despacio, sus ocupantes lanzan miradas, escupen piropos obscenos, invitaciones clandestinas. Nos cruzamos con vendedores exhibiendo sus cachivaches, que no son capaces de separar el negocio de sus instintos más primarios. De las heladerías y cantinas brotan los sones y la salsa, que calienta las piernas desinhibidas de los transeúntes. Completamente inmersos en esa melodía que gobierna y conduce su vida diaria, social y económica, siguen el ritmo frenético que les imponen los ruidosos acordes. Penetro en un establecimiento misceláneo, donde igual puedo tomarme un fresco, un guaro, comer un pandebono o simplemente exhibirme. El mesero llega a mí al compás de la música y con una gran sonrisa de mueco feliz me pregunta qué quiero.

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Mientras regresa balanceando una charola que tiene mi bebida, ha podido demostrar dos o tres pasos salseros que domina, sin derramar una gota de jugo. Sigo mi recorrido por la ciudad caliente, de encuentros con todos esos paisanos alegres, vivos y rebuscadores. De repente un ciclista, ágil y atrevido, lanza su mano y velozmente arranca una cadenita insignificante que pende de mi cuello. Este laborioso despojador no contaba con mi bravura. Me lanzo con toda mi furia hacia él y lo tumbo de su bicicleta. El ladroncito se lleva la cadena a su boca e intenta tragarla, yo pongo un pie sobre su garganta tratando de impedirlo, pero es inútil, se la traga. No me rindo, sigo con las patadas enérgicas, sin descanso, tratando de llegar al sitio donde un golpe lo noquea. Sin tregua y desesperado se lanza a una huída frenética, abandonando su bicicleta.

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Nostalgia Herminia Albán C.

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e recuesta en las laderas de la cordillera cuando la cubren noches oscuras y aterciopeladas; luego abre ojos tempraneros bajo el cielo turquesa que, junto a cerros y lomas, la acompañan. Después, para brindar vida y sustento, desciende generosa hacia el extenso valle. Alegre, calurosa, franca, disfruta de los deportes, ferias y festivales anuales; no guarda rencores contra quienes a veces la han agraviado y muestra valentía en momentos difíciles. Cali, esta ciudad del ayer que me acunó, la caricia de su brisa al atardecer meciendo erguidas palmeras y, a lo lejos, las garzas ribereñas. Todo, como velo de nostalgia, envuelve mi presente.

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Pedalio Cadena Raúl López Ríos

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onocí el caballito de acero y descubrí la felicidad implícita de volar sobre ruedas y poder así llegar lejos, en el camino obligado de la vida. Ricardo me adiestró en el aprendizaje de la bicicleta y también en los medios para conseguir el dinero necesario para montar, cuando todavía se alquilaban “las bici” en el barrio Aranjuez (Alquiladero Vargas). Sacaba de la casa, a hurtadillas, los huevos y algo más del mercado y los vendía a menor precio para conseguir el dinero. La dicha de poder disfrutar una hora o más de la velocidad y el despliegue de acrobacias en el velocípedo, eran la máxima elegancia para un niño de ocho años; además dejaba de lado los estudios y otras obligaciones. Teníamos a disposición todos los parques y las aceras, además de rampas para las demostraciones donde podíamos exhibirnos ante las niñas. Nos lanzábamos por las rampas para caer a la calle, sin importar que se dañaran los caballitos de acero; era lo que nos impulsaba a rodar y, en ciertas ocasiones, aterrizábamos en el pavimento y no faltaba quien dijera: ¡Hey! ¿Así es como se bajan ustedes de la bicicleta? Llegábamos al alquiladero con las bicicletas en la mano, por lo averiadas que quedaban, y mucho después del tiempo acordado, quedando sobregirados y con algunas contusiones y recuerdos palpables: un diente partido, una clavícula dislocada, una cicatriz en la ceja y uno que otro chichón en la cabeza.

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“Los ciclistas” salíamos a pasear por la autopista en las tardes de un sol canicular, con toda la gallada. Nos mezclábamos con el tráfico automotriz y competíamos en las calles, sin respetar los semáforos ni las señales de tránsito, desarrollando toda la fuerza y la velocidad, contagiándonos de alegría al superar al compañero en su spring, donde la brisa jugueteaba con los participantes que empezábamos a transpirar gotas de sudor. Formábamos una fila india para evitar el peligro de ser atropellados por los vehículos que pasaban raudos para la ciudad. Se armaba la competencia y salíamos varios disparados y nos íbamos dispersando; adelante iban cuatro escapados que se rotaban para ir cortando la brisa e iban chupando rueda. Recuerdo una competencia que inició con treinta participantes y quedamos quince en un circuito de veinte vueltas, por la avenida Las Vegas. En el segundo pelotón me encontraba yo (Pedalio Cadena), luchando por no dejarme sacar de la competencia que ya se encontraba en la etapa final. Todos habían llegado a la meta, menos yo que crucé una hora después en el puesto número dieciséis; luego de que un intruso se colara en la justa y me desplazara, quedando yo rezagado y desmoralizado. Obtuve como premio de consolación la premisa bíblica “los últimos serán los primeros” o “perder es ganar” como sostiene un técnico de fútbol muy reconocido.

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Manos sanadoras María del Socorro David Osorio

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iempre he pensado que para ser feliz debemos tener en armonía cuerpo, mente y espíritu, y para lograr este equilibrio es fundamental la realización de una labor social; por ello, he querido dedicar parte de mi tiempo al servicio, y en esta búsqueda compartí la inquietud con amigas que están dedicadas a él. Un día, mi amiga Miriam me invitó a un taller de Manos (consiste en aprender a emplear las manos para equilibrar el campo energético humano); ella me dijo que éste podría ser un buen comienzo y, además, también podría ingresar a un grupo de sanación. La idea me gustó mucho, realicé el primer taller y quedé con muchas inquietudes y me preguntaba si era lo que yo estaba buscando porque no entendía mucho y era un poco escéptica con los resultados. De todas maneras continué con los otros cinco talleres, aún sin estar muy convencida de que esa actividad fuera lo que yo quería. Después del cuarto taller ingresé a un grupo de estudio porque sabía que necesitaba practicar lo que había visto en Manos. Andrea, la coordinadora, es una persona muy amorosa y paciente, nos enseña a aplicar, de manera sencilla, diferentes métodos de transferencia de información y energía a través de las manos; esta guía me ha facilitado el aprendizaje, y aunque, al evaluar al compañero, todavía no identifico con claridad dónde hay presencia de un desequilibrio energético, sí he logrado sentirlo en algunos momentos muy cortos y me produce inmensa alegría; no sé describir muy bien esta sensación pero 89


es similar a la experiencia en unas clases de equitación cuando logré galopar, fue un instante solamente pero todavía recuerdo ese grato momento. Ha sido emocionante descubrir el potencial de sanación que tenemos los seres humanos; solamente con el conocimiento de la terapia de sanación e imponiendo las manos cerca al cuerpo del paciente, sin tocarlo, podemos llevar esta energía para proporcionarle salud y recuperarle las estructuras dañadas. Todos somos sanadores porque somos transmisores de energía, y es posible desarrollar este poder llevando la energía desde el alma al cuerpo o materia, a través de la conciencia, y así servir a los demás como un modo pleno de vivir.

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CapĂ­tulo 3

Prohibiciones y castigos


Laureles para mamá Aura Castellanos

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l afecto, el amor y la ternura siempre habían traído miel para mí. Un día, un nubarrón ocultó el sol que me acompañaba. Subí el tono de voz y di una respuesta nada amable a mi hermana mayor: “Usted no me manda”. Según mamá fui grosera, atrevida, descortés, ruda, ordinaria. No sé en qué momento ella apareció a mi lado. Quise que me comiera la tierra, para mi desgracia no fue así. –Muchachita grosera, a partir de este momento las cosas cambian. La voz era firme, nunca subía el tono, yo sabía quién hablaba. Sin pensarlo subí los hombros. Escuché una voz severa: –A mamá no le alzan los hombros. Quedé petrificada. Ellas se arreglaron y vi que salieron. Creí que ahí había parado el asunto. Más tarde tocaron, yo corrí y abrí. Era costumbre llevarme algo cuando llegaba de la calle, pero ni me miró. Mi corazón comenzó a arrugarse. Nos sentamos a la mesa. Por fortuna, Rosarito me sirvió poquito y como pudo me tocó el hombro en señal de solidaridad. Luego sirvió el dulce, mamá siempre me dejaba un bocadito de postre, pero esta vez no. Salimos al corredor, me senté en un borde del piso. No me atreví a tomar mi asiento pequeño y poner la cabeza en las rodillas de mamá. No estaba nada cómoda; quería pedir perdón, llorar, y hasta sentía deseo de expulsar el almuerzo. Luego nos paramos y mamá se fue a recostar, algo que hacíamos las dos, pero solo escuché:

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–Salga de mi pieza. Fui a mi cama y al rato me dormí. No tomé onces, nadie me buscó; ni siquiera el perro, estaba bravo conmigo. A la comida fue igual que al almuerzo. Mis hermanas salían a unas clases nocturnas. Mamá me acostaba en su cama, me leía cuentos, me contaba historias, jugábamos a las adivinanzas; a veces tocaba guitarra, pero esa noche, desde la puerta de su cuarto que estaba entre abierta, asomé la cabeza y le dije: –¿Me das la bendición? –No la merece, pero tampoco me miró. Rosarito me llevó a la cama leche con miel y me dijo: –Mi niña, la señora Teresita no está brava, está muy triste. Ahí sí mi dolor se convirtió en llanto silencioso. Pensaba que mi falta había sido muy grave, ya nadie me quería, lo mejor era morirme. Mi ser no daba más. Al día siguiente la vida no cambió, pero tenía una esperanza. Como era sábado, a la tarde llegaba de Bogotá, Alejo, mi hermano-papá. Los sábados estaban llenos de alegría para la familia. Rosarito preparaba lo que a él más le gustaba. Después de mi larga espera llegó, todos felices, yo entre sí y no. Mamá estaba plena, le llevaba sorbete de curuba, almojábanas, pancitos calientes. Él la miraba, le cogía las manos, le tocaba la cabeza, le entregaba paquetes; le ponía confites de violeta en la boca. Mis hermanas preguntaban, reían, comentaban. Me senté en las piernas de él pero no modulaba, a veces suspiraba, me restregaba los ojos porque me dolían. 93


–Mamá, ¿qué le pasa a la niña? Está cabizbaja. –Que ella te responda. Conteniendo las lágrimas, que a ratos salían, y buscando la voz que se desaparecía, le conté todos los detalles de mi tragedia. Mientras mamá guardó perfecto silencio, mis hermanas se miraban, igual Rosarito. Mirándome muy serio, sin soltar mis manos, que las tenía tiernamente, me dijo: –¿Tú sabes qué le dijiste a mamá cuando alzaste los hombros? –No le dije nada, respondí. Observándome fijamente expresó: –Solo con palabras no se habla. Tú le dijiste: “usted a mí no me importa”. Si ella no te importa, apenas es justo lo que hizo mamá. Mi llanto no dio espera. Luego mamá me acogió en su pecho; todos me abrazaban y consentían. Rosarito me dijo al oído: –Ahora, más juiciosa, mi niña. Conocía el dolor que pasó por mis entrañas. Ternuras, detalles, cuentos, bendiciones, historias, adivinanzas, bocados y guitarra regresaron solo por cuatro años, cuando la vida se le fue. Fueron el legado de mamá y por ende sus laureles.

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Enseñanzas y prohibiciones Nelly Arboleda de Navarro

Di la verdad aunque sea amarga. Di la verdad aun contra ti mismo. Mahoma

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n mi casa existía el matriarcado. Papá era hombre de temperamento calmado. Mamá, mujer muy buena pero de temperamento fuerte. En casa siempre fue ella la que imponía las normas o reglas. Sus intenciones siempre fueron buenas y formadoras. Utilizaba muchos adagios. Veamos algunos: No andes en malas compañías y relaciónate siempre con los de tu clase. No tomes nada ajeno ni prestado. No escuches ni digas nada malo de los demás: “A palabras necias, oídos sordos”. No te subas a los árboles, eso es para los hombres. No digas palabras, eso, a carcajadas, es para las mujeres de la “vida”. Cuidado con lo que dices, “no digas todo lo que oyes, porque muchas veces dices lo que no oyes”. Niña, no grite ni ría a carcajadas. Por eso terminé hablando como en susurro. No se entrometa en las conversaciones de los adultos. Por eso terminé algo tímida e introvertida. No se relacione con niñas mayores; concluí que, al relacionarme con ellas, me abrían los ojos. Demasiado tabú. Niña, no conteste, y si contestaba me decía: no sea grosera. 95


Siéntese bien, cierre las piernas. Los hombres sí abrían las piernas por llevar pantalones. No juegue con hombres. Niñas con niñas; niños con niños. No descuide a sus dos hermanas, ¿no ve que usted es la hermana mayor? Niña, no juegue con carros ni bolas, eso es para los hombres. Las niñas juegan con muñecas, bordan, hacen comitivas y juegan mamacitas. No sea brincona. Eso me limitó para los deportes. No anden la calle. Y decía: “Los hombres son de la calle; las mujeres, de la casa”. Y cuando estaba más grandecita me decía: No se pinte, se va a madurar biche. No baile: eso es para las mujeres de la vida. Cuidado con el vestir: los vestidos cortos, la manga sisa y los escotes incitan a los hombres. Decía además: ¿no le alcanzó la tela para mangas? Bájele mija el ruedo a ese vestido, que está muy alto… Niña, no se deje ver en pijama, use levantadora. A los hombres se les permitía hasta estar sin camisa. No sea desordenada, “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”. No cuente afuera lo que tratamos en la casa, “la ropa sucia se lava en casa”. No sea sucia: uñas limpias, cortadas y no pintadas. Cabello bien lavado y peinado. Vestido limpio y planchado. Calzado embetunado. Dientes cepillados. “No hay como la sencillez y el aseo personal”. No coma parada, ¿no ve que la comida se le va a los pies? Confiésese, que esta semana es primer viernes de mes y hay que comulgar. Estas y otras normas nos marcaron, pero la mayoría de ellas fueron formando nuestra personalidad. 96


Dígale a su mamá Olga Lucía González Lozano

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ígale a su mamá. Esta era la típica respuesta de papá ante cualquier solicitud de permiso, ya que estaba expresamente determinado que en mi familia quien ejercía la autoridad era mamá. Mi padre era un hombre de escasas palabras. Todas las mañanas salía muy temprano para su trabajo, hacía una pausa a la hora del almuerzo y regresaba alrededor de las cinco de la tarde. Tenía como costumbre llegar a leer el periódico y a ver televisión, sentándose siempre en el mismo sitio y en la misma silla. Hablábamos poco. A pesar de que con esta actitud daba la sensación de estar ausente, se sentía con fuerza su presencia y hoy puedo decir que con su silencio me dio un gran ejemplo: tolerancia frente a la diferencia y aceptación ante las adversidades. Mi madre, una mujer fuera de época: no censuraba muchas situaciones que otras personas de su edad sí hacían. De profundos contrastes: mientras le gustaba que tuviéramos amigos, los lleváramos a casa, asistiéramos a fiestas e hiciéramos nuestras propias reuniones sociales, nos exigía llevar las mejores calificaciones, sobresalir en disciplina, izar la bandera, organizar el uniforme la noche anterior y dejar la cama tendida antes de irnos al colegio, así hubiera empleada que pudiera hacerlo. Y lo más importante, solo a ella pedirle autorización para salir a la calle. Recuerdo que, en cierta ocasión, mi hermana dejó olvidado en el colegio el libro de Historia Universal y necesitaba estudiar la lección para el día siguiente. 97


Mamá no estaba y ante su demora en regresar, decidió pedirle permiso a papá para ir a prestar el de una compañera que vivía muy cerca de nuestra casa. Dada la urgencia, ella salió, con tan mala suerte que en la mitad de la cuadra se encontró con mamá, quien con su acostumbrada lógica le preguntó: “¿Para dónde va y con permiso de quién?”. “De papá”, le respondió. Su reacción de enojo fue tal, que la hizo devolver sin permitirle ir por el libro y además castigándola sin dejarla salir durante varios fines de semana. Esto deja muy claro quién mandaba en casa y por qué; en consecuencia, papá siempre se limitaba a decir: Dígale a su mamá.

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El diablo Amparo Mejía Osorio

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an pasado muchos años desde que salí de mi casa, donde pasé los días más felices de mi infancia. Nací en un pueblo pacífico del Oriente antioqueño donde todo transcurría con la calma que caracteriza a gente que vive en la tierra fría… Con tanta calma que el acontecimiento más importante del día, de todos los días, era el paso de la Flota Medellín - Sonsón. Era mi pueblo, La Unión, la mitad de su recorrido, y su paso representaba el fin de la mañana y el principio de la tarde, porque los quehaceres de los hogares se ceñían a su horario. En esta flota llegaban el periódico, la correspondencia, las encomiendas y una que otra visita que despertaba la curiosidad de sus habitantes. Si en esta época el Papa hubiera declarado que el diablo no existía, yo hubiera dudado de su infalibilidad, pues yo había visto el diablo. ¿Cómo sucedió? Fui la segunda de tres hijas y, según mis hermanas, yo era muy atrevida porque contestaba cuando recibía un regaño, y agravaba la situación si levantaba los hombros como queriendo decirle a mi mamá que no me importaba lo que yo había hecho, a sabiendas de que esas eran su prohibiciones: “No me conteste, no me levante los hombros ni se me vuele”. Esta última sentencia “ni se me vuele” tenía mucha repercusión para mí ya que en las historias que oía de mis compañeras en la escuela había una muy terrible: si sales corriendo de pronto te traga la tierra y en el peor de los casos se te aparece el diablo 99


El diablo se me apareció una vez que, huyendo de un merecido castigo, salí corriendo a la calle y me encontré de frente con el primer negro que vi en mi vida. El horror me paralizó y el pobre negro, al darse cuenta, se sonrió y su blanca dentadura sobre su negra cara brilló como un relámpago. No recuerdo cómo regresé a la casa pero estaba segura de que había visto al patas.

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El drástico No Aura Pradilla

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i madre no utilizaba el drástico NO. Solo en caso de emergencia. Siempre nos decía, “APRENDA a ser persona de bien: organizada, juiciosa, obediente, honesta”, “no tanto por mí, sino por usted misma”. Sin embargo, aunque la palabra NO estaba muy oculta, se sobrentendía. …“Arrópese bien, que la noche está fría”… …“Coma despacio, que nadie le va a quitar”… …“Al que madruga, Dios le ayuda”… …“A Dios rogando y con el mazo dando”… …“Deje la giba, siéntese derecha”… …“Deje la giba, camine derecha”… ...“¿Por qué chasquea la comida?”… …“Hable despacio pero con energía”… …“Cuide a su hermano menor”… …“¿Por qué me mira tan feo? Soy su madre, respéteme”… …“¿Qué son esas palabras?”… …“Cuídese los ojos, se va a quedar ciega”… …“Coma menos golosinas y haga más ejercicio que se está engordando”… …“Cuídese de las chucherías, ¿no quiere ser 9060-90?”… …“Cuídese de las malas compañías, porque el golpe avisa y el repelón saca sangre”… …“¡¡Niña!!, avíspese, que camarón que se duerme se lo lleva la corriente”… …“Acuérdese, no le busque tres patas al gato porque le encuentra cuatro”… 101


…“Sea humilde, baje la cabeza y diga por lo menos: NO LO VUELVO A HACER”… …“Cuidadito señorita, haga caso que aún la puedo castigar”… …“Mírese en un espejo, no ve lo fea que está? Arréglese bien”… …“Tenga gusto, mijita, que ese novio está muy chichipato”… Etc… etc. Sin embargo, había uno que no me hacía sonreír, sino enojar y entristecer casi hasta el llanto y era: …“Cría cuervos para que te saquen los ojos”… Y entonces, pensaba con un dolor infinito y reflexionaba: …“Oh, madre, si supieras cuánto te amo, cuánto te admiro, pero sobretodo, cuánto te agradezco lo que me dices, porque, como tú dices: algún día lo tendrás en cuenta y lo enseñarás…”. Y así fue. Aún los utilizo en cualquier momento y con toda persona.

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Zurcir: el derecho y el revés Rubiela Arrubla Ossa

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a máquina dejaba oír un sonido placentero y el pensamiento se envolvía en un enjambre de hilos, dibujando un cronograma donde se podía apreciar un cuadro confeccionado a base de telas y puntadas, que era la admiración de la familia y de la gente. En los ojos surgía un conjunto de moldes, adecuados a cada cuerpo. Aquellos vestidos eran un manantial de puntadas, telarañas y abejas sonoras. Trajes hermosos, bien confeccionados, que al observarlos dejaban ver su alta costura. Mi madre aprendió de la abuela las bases elementales, y con su experiencia adquirió la profesión de modista, hasta los setenta años. Sentada a la máquina demostró siempre su vocación por el oficio; con el tiempo desplazó su labor fuera del hogar, y cada primavera se llenaba los bolsillos con los honorarios, los cuales se iban a las arcas del viaje anual. *** Mi madre era una mujer altiva y orgullosa, su belleza inspiraba al poeta, quien era el amor perdido por su arrogancia. No la emocionaba nada, era cerrada con la gente, en especial con sus hijos. Tratar de establecer y fortalecer vínculos era encontrar rocas difíciles de labrar. Promover un diálogo era una barrera llena de 103


arenas resbaladizas. Día a día su dictamen dictatorial se movía con una fuerza inquebrantable. La familia vivía en un mundo cerrado, pues, siendo niños, solo se cumplía su voluntad. Los hijos ya adolescentes, aburridos de aquel ambiente tan opresivo, protestaban. Ella iba perdiendo su poder, lo que la llenaba de mal genio e histeria; a veces hacía teatro para demostrar que lo que ella decía era lo máximo, pero todos ignoraban su actitud.

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Niña, quédese quieta

Nelly Duarte

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iña, quédese quieta. Tres palabras que Lisa oyó desde que tenía cinco años. En el colegio, en su casa, en su familia. Esas palabras de por sí eran un problema, pero más graves aún las que la seguían: “Las mujeres deben ser recatadas, calladas”. ¿Bobas?, me preguntaba yo. Había un monstruo en el colegio. No recuerda su nombre pero sí sus acciones. Algo en su cuerpecito le impedía quedarse quieta, concentrarse en lo que decía la monja. Intentaba, pero a los cinco minutos comenzaba a moverse de un lado a otro. A molestar a la compañera del lado. A pedir permiso para salir. Un día gris, opresivo, inolvidable, la monja, después de estar chachariando sin sentido durante una hora, la cogió del brazo, la llevó al salón de conferencias y la amarró de una silla. –Aprenda a comportarse como una mujercita. La mujer debe ser recatada y obediente. Ahí se queda. A la hora de la salida la monja la liberó. Nadie salió en su defensa, nadie le explicó qué había hecho, solo en su mente se creó la defensa. Nunca, nunca sería obediente y haría lo imposible para demostrarle al mundo que una mujer podía ser libre, valiente y auténtica, sin agachar su cabeza.

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Mi profesora de música Margarita María Tangarife Ortiz

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engo la imagen gris de un recuerdo de infancia, imagen envenenada que creí haber olvidado. Veo claramente a mi profesora de música, de cabellos negros y lacios, grandes ojos azules, nariz perfecta, blancos y bonitos dientes. Recuerdo que por primera vez sentí miedo, miedo de esa atmósfera densa que flotaba en el salón de clase. Salí a cantar tímidamente, con dificultad me paré de mi puesto, pero después, embargada por la belleza de las palabras de la canción, su poesía y su música, olvidé a los oyentes y proseguí con gran naturalidad interpretando mi tema preferido, que cuidadosamente había elegido para el deleite de mis compañeras y mi profesora. También esperaba con ansias terminar esta apariencia de cantante y que otra criatura tomara mi lugar en tan penosa tarea. Quizá, si hubiera percibido el hecho de ser observada tan profundamente por la profesora, con su expresión carente de brillo y energía, su manera de fijar la mirada con desaprobación en cada una de mis compañeras, me hubiera sentado antes de escuchar la temida e inevitable frase: “Siéntate, tú no sabes cantar”. Sin reparar siquiera en nuestros rostros, nos sentábamos perplejas y sin aliento. La profesora de música no nos enseñó a cantar. De ella aprendimos la timidez, el espanto y el derrumbe mudo de nuestras voces.

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Al miedo no le hicieron calzones Lilian Londoño

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iempre me imaginé al miedo sin calzones. Yo era la verraca, me lanzaba a lo peligroso y de mucho riesgo, a todos les hacía creer que a mí no me daba miedo. Esto me pasó un día que fui a hacer un mandado donde la comadre de mi mamá. La lluvia fue persistente aquella tarde, me embelesé un buen rato viendo cómo el agua se escurría precipitadamente por los flecos de la paja que hacía de techo; otro tiempo lo dediqué a contarle a la señora que a mi abuela le daba mucho miedo de las tempestades y yo me burlaba de ella; que mi mamá rezaba, prendía y quemaba ramos benditos para aplacar la tempestad; que a mí me encantaba que lloviera bien duro porque la quebrada crecía y así podía sacar más pescados. Mientras hablábamos la tarde se fue corriendo y la noche se acercaba; la señora sirvió la comida. Yo no era consciente de que oscurecía. Llegaron los trabajadores y uno dijo: “Niña, la cogió la noche”, le respondí: “Yo no le tengo miedo”, y terminé mi comida. Cuando salí al patio ya era pardito; sentí el frío de la soledad y algo me agitó el corazón. Salí corriendo disparada. Tiva me gritó: “Lleve un cabito de vela”. Solo dije: “Hasta mañana y mi Dios le pague”, y corrí hasta cuando ya no veía el camino; empecé a trastabillar, me tropezaba con todo. La huerta de plátanos era aún más oscura, las enormes hojas las veía como fantasmas. Casi gateando salí de ese platanal, pasé la agüita que separaba las dos fincas, respiré y caminé por una travesía que recibía el reflejo de la calma después de la lluvia. No debía gritar y mucho menos llorar. 107


Levanté la cabeza para mirar la casa y demostrarme que no tenía miedo. Santo Dios qué he visto, si eran unas mujeres blancas que me hacían señas. Me restregué los ojos y sacudí la cabeza, las volví a ver. Me llamaban. Empecé a rezarle a las ánimas del purgatorio. La curiosidad me hacía volver la mirada al barrancón donde estaban paradas. Hice un gran esfuerzo para no perder la calma y dije: “eso es un entierro”. Por las piernas corría el frío de las ánimas, el pelo se me erizaba, las mandíbulas me chasqueaban, me invadió un temblor. El palo que me había servido de bordón ahora me iba a servir para poner una señal para sacar el entierro al otro día. Me fijé bien dónde estaban, corrí y a todo el frente clavé el palo, cerré los ojos y me tapé los oídos. Saltaba como un conejo. Ya estaba muy cerca de la casa; me falló el cálculo y me fui a la zanja del agua del escusado. Pensé que había caído al purgatorio. Eso olía terrible. El miedo me hizo perder la razón, no sabía dónde estaba. Me paré, no veía nada, “fo, me caí a un mierdero”. Estaba vuelta nada, pero como las ánimas quedaron atrás me sosegué y caminé despacio. Sentía las risas en la cocina; olía a chicharrón y a arepa caliente. Recordé que ese día había arepa de choclo para la postrera y me animé un poco, pero esa hedentina... Se iban a burlar. Preciso, mi hermana abrió la puerta y largó la carcajada, y a la vez, de manera recriminatoria, dijo: “¿Por qué te dejaste coger de la noche? Estamos en el mes de las ánimas y un día de estos te van a alzar”. No entré, pero los de adentro gritaron: “Viene cagada, ja, ja, ja, fo, fo, fo”, y se tapaban la nariz. Ahí sí sentí mi impotencia. Ahora era el payaso para la risa de los otros. Uno de mis hermanos dijo: “Parece una chucha revolcada por los perros”. La tía Josefa se 108


puso en pie y salió y me dijo: “Venga mi negrita, yo le caliento agua para que se bañe” y me llevó de la mano. Mi hermana dijo: “Aquí está la comida”. Respondí: “No quiero”. Me bañé y me fui a dormir y a pensar en mi entierro, cuando mi papá lo sacara seríamos ricos, así lo pensaba. A la otra noche me fui con mi hermano mayor a pistiar el espanto. Esperamos que fuera bien oscuro y preciso donde las había visto el día anterior ahí estaban: en un momento parecía que bailaban. Yo las vi, “sí mira cómo se mueven”. Se sacudían con furia. Cuando mi hermano las vio, me agarró de una mano y salió conmigo casi arrastrada. “Corramos”, decía, “nos pueden paralizar, son muy peligrosas, entre más grande es el tesoro más peligrosas son”; me llevó arrastrada como perro rebelde y me dijo: “No volvás a hacer eso”. Yo seguía pensando en el entierro. Nos volveríamos ricos; nos comprarían zapatos a todos y una cama para cada uno, y yo sería importante. A la otra noche me fui sola, esperé, esperé y nada que salían. “Caramba, por qué no salen”. Se fue iluminando el barrancón; era la luna que se deslizaba por la montaña. La loma olía a salvias recién cortadas. Sí, ese día habían empalizado toda esa manga y los machetes seguro cortaron a las ánimas. Lo que yo había visto eran unas enormes salvias florecidas, mecidas por los vientos suaves y huracanados.

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La mina de tinta José Saúl Maya

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ran los años sesenta; acabábamos de pasar de la escuela normal a la preparatoria. Era motivo de orgullo y prestigio cursar la preparatoria en alguno de los planteles oficiales (por ejemplo, el Liceo Antioqueño, anexo a la Universidad de Antioquia; el Liceo Marco Fidel Suárez, anexo a la Universidad Nacional; o cualquiera otro que estuviera situado en el municipio de Medellín). El escogido para nosotros quedaba al frente de la Placita de Flórez. Uno de los cambios de la preparatoria era pasar del tintero, escrito con “acabador” y pluma en forma líquida, al bolígrafo, cuyo repuesto o mina se denominaba “barrita de tinta” roja, azul o negra, de acuerdo con el color. Para ir al Liceo nos trasladábamos en bus (para que nos saliera más barato, comprábamos los tiquetes estudiantiles de diez y nos daban dos más) y nuestra jornada era de 7 a.m. a 11:30 a.m. y de 1 p.m. a 4:30 p.m. Casi siempre viajaba con tres amigos: Jairo Monsalve, Juan Guillermo Castaño y Carlos Serna. Un día, a la salida de la jornada de la mañana, varios compañeros nos dirigimos al almacén del Ley de la calle Pichincha con la calle Carabobo, pionero en la modalidad de autoservicio. Nos dirigimos a la sección de útiles escolares. Un compañero se acomodó con un bolígrafo de marca, y a la salida lo pagó. Otro, sin darnos cuenta, cogió una minita y la metió a uno de los cuadernos.

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Íbamos por el Parque Berrío, cuando nos alcanzaron tres señores, nos cogieron por el cuello y nos llevaron nuevamente al almacén. Nos encerraron en un cuarto vacío, sin adornos ni muebles. –¡Conque muy ladroncitos! Pues se les acabaron sus andadas y pillerías. A ver, vacíen sus bolsillos. Yo empecé a gemir con muchas ganas de llorar, temblaba del susto y no entendía por qué nos encontrábamos en tal situación. Uno de los señores, con voz furiosa y gritando, decía: –¡Llámeme al policía! El otro “espolvoreaba” nuestros cuadernos y en esas “saltó” la mina de tinta. Y dijo: –Jummm ¡Lotería! ¡Lotería! Nuestro compañerito decía: –Yo no me la iba a robar, solo la cambié con otra que no me escribe tan bien y que le compré al de la venta ambulante de la esquina, señalando hacia la carrera Bolívar. Ya los tres nos encontrábamos sollozando. Uno de los señores salió con el compañero donde el vendedor ambulante, y le preguntó si el muchachito sí le había comprado, con parte afirmativo para nuestra conveniencia. Nuestros rostros estaban lavados de lágrimas, y nos llevamos un buen susto, alargado de tiempo e incertidumbre. Al llegar a casa me hicieron la pregunta de rigor, ¿por qué llegaba algo tarde?, y como no se podía mentir, contamos lo ocurrido; sin mediar palabras, mi madre, quien era la que interrogaba, me dio unos “fuetazos” en las piernas, por estar andando con malas compañías. 111


CapĂ­tulo 4

Rostros entrelĂ­neas


Papá Riano

Antonio López

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l cortejo marcha lentamente por las empedradas calles del pueblo, el ataúd va en hombros de sus nietos. A lo lejos se vislumbra el ángel del silencio que indica los límites del cementerio. ¡Ha muerto el abuelo! Había nacido en 1880 cerca del río Aures, aquel de “De peñón en peñón de turbias aguas saltando”, como nos decía Gregorio Gutiérrez, y al que él le hizo honor durante su vida. Se había casado con Zoila Rosa Rincón (mamá Zoila), cuando contaba con veinte años de edad y con quien tuvo una parentela de diez hijos: cinco hombres y cinco mujeres. Lo recuerdo con su mirar picaresco, de ojos azules, su ruana gris y su carriel de nutria. Lo recuerdo cuando llegaba de visita, una o dos veces al año, con su maleta de cuero y una caja de cartón en donde traía arepas de chócolo, hojaldras y algunas veces higos. Pero realmente los recuerdos los tenía él, cuando nos contaba de sus correrías como arriero por los Llanos Orientales, Boyacá o el Valle; nos hablaba de pueblos remotos como Paz de Ariporo, Maní, Guacamayas y aquel pueblo que siempre me ha parecido de hermoso nombre: Paratebueno. Nos contaba de su trabajo como vaquero en diferentes hatos y de sus luchas contra los liberales en Sutatenza porque, a pesar de ser bastante libre en su vida, defendía el partido conservador como todos los de su pueblo. Cuando venía a Medellín, se hospedaba en nuestra casa, de donde salía a visitar a sus dos únicos hermanos, Aguedita y Nacianceno. Aguedita era 115


mayor y tenía una descendencia también numerosa. Nacianceno, en cambio, nunca se casó, tal vez porque era cura. Recuerdo a Chenito, como él le decía, un hombre de andar calmado y rostro apacible que me sobaba la cabeza al saludarme y a quien siempre esperábamos en la iglesia, una vez terminada la misa. Era una iglesia enorme de adobe cocido y él era el encargado de tocar el armonio (órgano) como decía el abuelo; tocaba una música extraña para mi edad que no le gustaba al abuelo, porque lo de él eran los bambucos y los torbellinos que tocaba con su tiple. Obras de Bach y Mozart eran las que interpretaba Chenito en ese instrumento de tubos enormes y que él mismo se había encargado de traer de Alemania por los años treinta y por el encargo del arzobispo de ese entonces, Manuel José Caicedo. Había traído el órgano con instructor incorporado, Alfonso Maenz, de quien aprendió a tocar obras como La pasión según San Mateo y El atardecer de la vida, que era la que más le gustaba y decía así:

Me examinarán del amor. Si ofrecí pan al hambriento. Si mis manos fueron sus manos, si en mi hogar lo quise acoger. Si ayudé al necesitado. Si en el pobre he visto al señor.

Años más tarde supe que este era un bello poema de San Juan de la Cruz. Pero lo que realmente motivaba al abuelo eran asuntos más mundanos y terrenales: el dinero que 116


su hermano le daba en viejos billetes de cinco, diez y veinte pesos y que siempre extraĂ­a de un viejo baĂşl de cedro que guardaba debajo de su cama.

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Señora de las palabras Herminia Albán C.

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l primer recuerdo que tengo de ella es su alegría a mi regreso del colegio y el interés por oírme repetir lo nuevo aprendido cada día; era la manera de conocer también lo que me enseñaban en esos tiempos llamados modernos. Disfrutaba horas sentada junto a su posesión más preciada, un radio alemán marca Telefunken, que papá le consiguió para escuchar emisoras caleñas, seguir las novelas por La voz de Antioquia y en la noche sintonizar noticias mundiales desde la BBC de Londres, mientras los dedos de la mano derecha desgastaban las cuentas del rosario y con la izquierda fumaba cigarrillos Pielroja. Cuando comencé a mudar los dientes inventamos un concurso de “sonrisas con espacios”, que al final ganó ella, ya que los míos se llenaron de nuevo. La caja de bombones Colombina, que era el premio, la compartimos como si fuéramos de la misma edad. En su compañía conocí a “Simón el bobito”, “Rin-Rin Renacuajo” y mi favorita, la gata “Mirringa Mirronga”; más adelante me condujo por sitios descritos en la poesía del maestro Guillermo Valencia, con quien años antes había compartido tertulias al calor de buen tinto en su natal Popayán. Me encantaba imaginar las acciones de una, que empieza así: Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices, de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia, los cuellos recogidos, hinchadas las narices, a grandes pasos miden un arenal de Nubia.

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Para estas sesiones tenía que llevarle el mapamundi; encontrábamos ese desierto en África al noreste de Sudán entre el valle del Nilo y el mar Rojo, nombres que para mí tenían ritmo propio; con la ayuda del diccionario aprendí que la parte posterior del cuello tiene otro nombre. La Historia era su tema preferido. Descendiente directa del prócer Manuel José Castrillón Quintana, quien en varias ocasiones acompañó al General Bolívar o a su ejército en el Valle del Cauca durante la campaña de independencia, tenía lucidez especial para recordar esa época a través de las “Memorias” que él dejó y me hablaba de la parte humana que no estaba impresa en el texto: los sufrimientos personales, la lealtad total, las traiciones e ingratitudes que derrumban a los hombres. Por ella oí el nombre de doña Manuela Sáenz y supe del valor que demostró para salvar la vida del Libertador, en septiembre de 1828. Antes de que su visión se opacara me enseñó a planchar los uniformes, porque yo era caprichosa con la empleada, explicándome que para ordenar cualquier trabajo, primero debía saber cómo hacerlo bien. No quiso usar bastón pesado, escogió un carrizo fino y barnizado para guiarse con toques cortos e interrogantes. Por el clima y comodidad vestía blusas en algodón, con fondo blanco y pequeños diseños medio luto, a los que llamaba gallinetos, sayas negras o grises de nesgas hasta los tobillos y pañuelo aromado en colonia, doblado a la cintura. Pasó la ancianidad sin quejarse: de vez en cuando necesitaba el alivio de una aspirina, tomaba para el cerebro –decía ella– Kola Granulada del laboratorio local de don Jorge Garcés B., y para dormir, agua puesta al sol, con hojas de lechuga. 119


La vida se le desvaneció a los 96 años y para honrarla llevé también vestidos gallinetos: de ella aprendí el trato agradecido y respetuoso para quienes nos sirven; que se logran mejores resultados presentando quejas o inquietudes ante personas y entidades que tengan la facultad de resolverlas; que la vía más rápida y veraz para aclarar dudas es consultando el diccionario. Resulté heredera lógica del antiguo y potente radio alemán, aliado fiel a la hora de hacer tareas; y al dejarme como recuerdo ese diminuto libro editado por Aguilar con las rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer –que todavía conservo– me inició en la poesía moderna española, íntima y romántica. Fue amiga y confidente, maestra y cómplice, señora de las palabras, mi bisabuela Sara.

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Rosa, la blanca loca Gladyz Rubio Quien nunca haya robado, no me va a entender. Y si alguien nunca ha robado rosas, ese sí que jamás va a poder entenderme. Clarice Lispector

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o, de pequeña, robaba rosas de cualquier color. Mis preferidas eran las de color blanco, de pétalos grandes y olor muy perfumado, que me transportaban a los brazos de mi madre cuando me arrullaba siendo yo bebé, o cuando me iba a la cama a la hora de dormir, o cuando ella se recostaba a mi lado hasta que me durmiera. Ella olía a dulzura, a suavidad, al color blanco que tenían sus vaporosas blusas, todas ellas con diminutas flores, en las cuales yo solamente identificaba las rosas. Yo prefería robar especialmente las de color blanco. Si no las había de ese color, robaba de cualquier otro, hacía un pequeño ramillete con otras flores y se las regalaba a mi madre, a mi abuela y a mi padre, quienes me alababan por ese regalo y a la vez me daban explicaciones sobre lo que significaba coger flores de otras casas sin el permiso de sus dueños. Me decían que eso se llamaba robo. Me explicaban, además, que las plantas sufren cuando se les desprenden sus flores sin antes pedirles permiso. Yo no les entendía lo que me querían decir con eso. Para mí solo importaba coger las que desprendían olores suaves y que tuvieran los pétalos grandes. A mi abuela Juana, que tenía un jardín muy bonito, con muchas flores y pocas rosas, yo le preguntaba: 121


–Ita, ¿cómo hacer que crezcan más?, ¿por qué son de ese color y no de otro?, ¿cómo hacer que duren más?, ¿cómo se llama esta y cómo se llama aquella?, ¿por qué tenemos solo una mata de rosas blancas? Ella me respondía con una sonrisa en sus ojos: –Linda Isabelita, no te puedo responder tantas preguntas a la vez, tú siempre tan preguntona. Repíteme cada pregunta por separado y si tengo la respuesta, te la contesto. Con ella fui aprendiendo cómo ser observadora, ordenada y cuidadosa con la naturaleza, a respetar los ciclos de vida de las plantas, que todas las flores no se dan en todos los lugares y especialmente las rosas. Nunca pudimos hacer crecer otras matas de rosas, solo se mantuvo esa de color blanco. Sí recuerdo que nunca me quiso responder por qué teníamos una sola mata de rosa. Mis hermanos mayores se burlaban de mí; me llamaban Rosa la blanca loca, por la dedicación que le tenía a la mata de rosa blanca. Me escondían las hojas y las flores de esa rosa que yo guardaba en diferentes lugares de mi cuarto; muchas veces me las ponían debajo de la almohada para que las espinas me hicieran daño. Se formaban los gritos y risas hasta que llegaba mi madre o mi padre a imponer el orden en los cuartos. Al regresar a casa, después de terminar mis estudios universitarios, mi abuela ya había muerto y mi madre no tenía el mismo tiempo ni el mismo ánimo para ayudarme a continuar con el rosal. Me dediqué entonces, todos los fines de semana, a cultivar toda clase de rosas de diferentes colores, muchas de ellas robadas. 122


Semanas antes de las fechas especiales, como el día de la madre, día del padre o los cumpleaños de ellos, me dedicaba al cuidado y selección de las mejores rosas, formando un gran ramillete. Ese olor perduraba por muchos días en toda la casa. Eran tantas las matas de rosa que ya tenía, que debía recortarlas semanalmente antes de que se marchitaran. Días antes de irme con mi esposo a vivir a otra ciudad, le dije a mi madre que le dejaba de herencia el rosal y en especial la variedad de rosas blancas que había logrado cultivar, y le repetí la pregunta que le hacía a mi abuela Juana: –Mami, ¿por qué la abuela solo tenía una mata de rosa y todas las que le traían no nacían? Ella, con la misma sonrisa en sus ojos, como los de la abuela, me miró y dijo: –¿Quieres saber por qué? Tu abuela salió una tarde como tantas otras a coger rosas; al llegar a una casa, no se dio cuenta de que la dueña la estaba observando cuando ella cogió muchos troncos de rosas de diferentes colores, y le llamó la atención una rosa blanca muy grande y perfumada. La dueña de la casa salió y le gritó: –¡No te va a nacer ninguna, solo la de color blanco que me la regaló mi marido días antes de morirse! ¡¡Ladrona!! Ahora, cuando paso delante de un rosal, sus olores y colores me transportan a mi infancia y juventud; sus recuerdos son tan reales que siento y veo a mi abuela Juana, a mi madre Libia; a las amigas de mi madre y a las amigas con las que crecí; a mi suegra Teresa, hablando sobre rosas y todas sus variedades; las sensaciones que le producían a cada una de ellas 123


ver crecer las rosas robadas, regaladas o compradas; a Carlos, que cuando cumplí la mayoría de edad me regaló por cada año de vida una rosa de color rojo; a mi hijo Daniel, que con sus manos sucias y llenas de sangre me regalaba rosas blancas que robaba de los jardines cuando salíamos a caminar, y en los acontecimientos de cumpleaños, aniversarios y nacimientos de los hijos. Yo no robo rosas, ya me las regalan.

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“Mamita” Margarita María Vélez Como reconocimiento y deferencia para con la “MAMITA”

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ra una mujer muy religiosa; con sabiduría e inteligencia, demostraba la gratitud que tenía para con el Señor nuestro Dios por todos los beneficios recibidos, y especialmente cuando tuvo la necesidad de emigrar del campo debido a los efectos económicos causados por la crisis de los años treinta. Con su cara bondadosa, de ojos vivos y sonrisa jovial, expresaba: “Bendita pobreza que nos trajo a vivir a Medellín”. La señora doña Lola nace en 1898, se casa a los dieciocho años con Toño, quien fallece en 1937 en un accidente de tren y Lola queda viuda con siete hijos pequeños, cuyas edades están entre los siete meses y los doce años. Su familia crece bajo el cuidado bondadoso, alegre, inteligente, abnegado y respetuoso de esta admirable mujer, quien está dispuesta a repartir los dones que posee, no solo con su familia sino también con todos aquellos con quienes tuvo el gusto de compartir la amistad, la compañía y la generosidad. Todos la reconocemos como matrona de estatura mediana, cabellos ondulados siempre recogidos en una pequeña moña sostenida con peineta negra. Sus ojos pícaros de color café, mirada tierna y sincera; la piel morena, pálida, mejillas lozanas que apenas insinúan surcos superficiales de arrugas en los ojos y en la comisura labial. Sus manos suaves, cálidas, siempre de uñas cortas y dispuestas para la caricia de sus pequeños nietos y para preparar aquellos manjares exquisitos al paladar. 125


Su carácter y personalidad no se amilanan a pesar de las dificultades; se relaciona con entidades bancarias, con el fin de obtener un préstamo, es autoridad para con los maestros y trabajadores de la construcción; respetuosa pero eficaz con los patronos de sus hijas mayores, y desprendida con los pobres, siempre orgullosa de su familia y maestra ante la adversidad. La agilidad en su pensamiento, memoria excelente, sonoridad de su voz, me permiten describir la devoción con que se acercaba al Santísimo Sacramento, a la Santísima Trinidad y a la Virgen María en cualquiera de sus advocaciones, pues era fervorosa y piadosa como ninguna. Yo la admiraba de pequeña por la forma como rezaba el Trisagio y la novena de Navidad. Entusiasta y feliz, exalta la grandeza del mar, lo magnífico del automóvil y el motor del avión, la grandiosidad en la energía y el acueducto, la oportunidad del teléfono y lo maravilloso del hombre en la luna. Nunca fue vanidosa ni engreída. Usa siempre mantilla de color negro; el vestido para la casa es medio luto, y negro para salir, de cuello alto, abotonado en la parte delantera, siempre de manga larga, la falda de pliegues y sujetado con cinturón de hebilla pequeña, de largo que lleva abajo de la rodilla; sus zapatos de tacón ancho, color negro y atados con cordón, la cartera es de tamaño mediano. Su cabello bien cuidado nunca fue tinturado, pero expresaba la necesidad de que las mujeres cubrieran las canas para verse más jóvenes; usó polvo en sus mejillas, pero nunca puso color a sus labios y uñas. Sus gestos, cortesía, recuerdos y amabilidad me permiten hacer este retrato que acredita esta alma generosa y noble misionera, quien después de 37 años de su fallecimiento continúa presente por la forma como 126


concibi贸 su vida llena de principios, que permiten la participaci贸n, el desarrollo y el crecimiento de todos y cada uno de los que tuvimos el honor de conocerla en su forma particular. La huella final clama por el afecto hacia los pobres y desprotegidos.

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La muerta viva Teresita Céspedes Calle

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stábamos de vacaciones en la finca… la sal en nuestras manos era como destellos de luz. Papá nos enseñaba a salar las vacas, cuando oímos que llamaban: –¡José! ¡José! Te busca tu conductor, debes regresar urgente a Medellín, algo grave pasó… Nos pusimos a llorar pues pensamos que mamá se había muerto. A los quince días nos regresaron y, al entrar, nuestra madre estaba de luto. Estaban muy tristes los dos, pues nos contaron que Elisa, una de mis hermanas, había muerto en las vacaciones. En la excursión donde ella viajaba se produjo un accidente y la única que había fallecido era ella. Nos entregaron los regalos que ella nos traía, siempre recuerdo los pescadores, la camiseta y el sombrero marinero que me trajo, y desde esa fecha no se volvió a hablar de ella en mi familia. Pasaron quince años… Un día recibí una carta a mi nombre con un remitente desconocido; la abrí con cierto nerviosismo y mi sorpresa fue grandísima, pues me escribió Elisa, pidiéndome que nos encontráramos y que ella me contaría lo que realmente había sucedido. Ella se enamoró de un abogado medio escritor que lo único que hacía era eso, escribir… escribir para qué, o para quién, nunca se supo. Después de diez años de noviazgo ella se quedó un fin de semana con él, fue cuando llamaron a papá. Él, con la policía, la encontró en un sitio inimaginable para mi familia en esa época. Mamá no la quiso volver a recibir, pues sería un mal

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ejemplo, y “aquí, quien no siga mis reglas, no tiene familia”. Esa era una de sus sentencias más conocidas, y lo grave, llevada a la práctica sin que nadie hiciera nada, pues ella era la ley. Yo seguí en contacto secreto con mi hermana; en nuestras vidas pasaron muchas cosas, buenas algunas, malas otras. Quince días antes de morirse mamá, ella regresó, hablaron mucho y se perdonaron, aunque ya mamá, con 92 años de edad, casi no reconocía a nadie. Elisa todavía dice que ella fue la preferida de mamá.

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La irreverencia de la muerte Nelly Arboleda de Navarro La vida del muerto está en la memoria del vivo Cicerón

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efinitivamente deseo morir, no me imagino al ser humano en la perennidad, la ancianidad, la impotencia, la inactividad… Ese dejar que el tiempo transcurra sin hacer nada y depender de los demás me asusta, me ahoga. A la pregunta ¿qué te gustaría hacer antes de morir?, le diré a mi esposo, a mis hijos, a mis hermanos y amigos, cuánto los amo. Seré más prudente y menos indiscreta, trataré de ser más alegre, reír más… tener más y mejores amigos… más y mejores momentos… vivir mejor el ahora e ir a más lugares a donde nunca he ido; no hacer dietas, comer sin privarme de todo lo que me agrada, pero con mesura… haré las cosas ahora; no existirá el algún día o el tal vez… No guardaré mi ropa nueva, me la pondré y usaré mañana, u hoy mismo, los aretes que vi en la vitrina y que compré; comeré sobre el nuevo mantel, con los nuevos cubiertos y la nueva vajilla, no los guardaré, los compré para mi disfrute y el de los míos… y viviré lo que me resta de años feliz y sanamente. Admiro la muerte por irreverente, inesperada y descarada; no excluye, no se anuncia, simplemente llega. Me gusta la muerte porque, sin escoger, se lleva consigo a pobres y a ricos, a grandes y a chicos, sin distingos de credo o de raza; a jóvenes y a viejos; a eruditos y a iletrados; a buenos y a malos. No avisa, es

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intempestiva. Así como la oscuridad es ausencia de luz y lo blanco es ausencia de color, la irreverente muerte es la ausencia de la vida misma. Me asusta la trascendencia, lo incomprensible e irreal de ese más allá ignorado por todos los vivientes. Llega al amanecer o al anochecer, no le da importancia a la hora, el día, el año. Tampoco escoge clima, lo mismo llega cuando llueve o cuando hace calor, le da igual. Hay un dicho sabio: “es la solución a todos los problemas”, no los arrastra, los deja tras de sí como herencias, rencillas, familia, niños pequeños, amigos y hasta enemigos. Y muy oronda llega. La iglesia católica rinde culto a la muerte o a los muertos el Miércoles de Ceniza, con la imposición y la frase “polvo eres y en polvo te has de convertir”. El 2 de noviembre conmemora la iglesia el día de Los fieles difuntos. En la Costa ese día hay velatorio; los cementerios abren sus puertas para que los dolientes prendan velas en las tumbas de sus difuntos, en la noche y hasta el amanecer. También los pueblos indígenas rinden un culto muy especial a los muertos con cenas, cánticos y bailes. Por último, no quisiera para los míos y para las personas que amo una muerte abrupta e intempestiva, pero tampoco larga y anunciada. ¿Saben qué es lo que más me gusta de la muerte, o de la pelona, como despectivamente la llamó Carrasquilla en sus obras, o de Tánatos, la novísima, entre nosotros, expresión griega, o de la parca como la llaman los poetas y literatos? Que a todos nos llega y llega porque llega.

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Recuerdo vergonzoso Nelly Duarte

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oy callejero de pura cepa… Negro, con los bigotes completos, una vieja cicatriz en la ceja… Mi cola viene de estirpe muy lejana, aún conserva su gallardía y me hace parecer un hermoso ejemplar de Angora. Vivo en los parques; pájaros, lagartijas y ratones son mi alimento. La soledad, mi compañía; mi casa, un viejo árbol. Tuve en mi vida un encuentro con los seres de dos pies, que todavía conservo en mi memoria y me hace estremecer de rabia y vergüenza. Una bípeda pequeña me tomó un día por huérfano. Me dio leche, una cama muy mullida, me pasaba su mano por mi lomo, me cepillaba, en fin, era tan agradable que me quedé con ella. Tuve por compañero un perro blanco manchado de negro, hiperactivo, que al principio me atormentaba con su ladrido y luego me vigilaba todo el día para impedir no se sabía qué… Cada vez que la bípeda regresaba de la calle, salía a saludarla moviendo mi cola como lo hacía el compañero manchado. Un día me pusieron algo en el cuello que se amarraba por debajo de mi panza y terminaba en una cuerda que la bípeda cogía con la mano. Salimos a la calle. La rebeldía de sentirme prisionero afloró. Abrí mis cuatro patas, saqué mis uñas, me aferré al piso para impedir que siguiéramos. Ella halaba y yo me aferraba con más fuerza. Llegamos al parque. La bípeda

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halando y yo abierto en cuatro patas. Nos encontramos con otros bĂ­pedos que llevaban sus perros y estos, muy elegantes, se dejaban arrastrar; me ladraban y sus amos se mofaban de la bĂ­peda que intentaba por todos los medios hacerme caminar. Esa noche lo pensĂŠ y, sin dudar, en la primera oportunidad que tuve, me escapĂŠ.

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Homenaje a mi padre Beatriz Maya

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iempre he querido exaltar los recuerdos que tengo de mi padre. Un gran hombre, caballeroso, trabajador, excelente conversador y que nos consentía pero a la vez nos exigía. Tengo hermosos recuerdos de él. Estoy hablando de hace cincuenta y cinco años o más, en Tuluá, una hermosa ciudad del Valle del Cauca (en aquella época). Las idas a los paseos los domingos a diferentes y especiales sitios. Éramos muchos, a veces seis o siete, porque en mi casa se murieron demasiados niños pequeños, todos menores de un año (siete hermanos), y por esta razón el número no era siempre el mismo. Las idas al club campestre, bien a la piscina o a los bailes. Mi papá siempre nos acompañaba y, cuando era a los bailes, se estaba con nosotros hasta las cinco o seis de la mañana, y a pesar de que no bailaba, se tomaba un whisky en toda la noche y se quedaba con nosotros y nuestros novios o amigos. Era un hombre increíble como padre, amigo, tío, hermano. Mi casa en esa ciudad era la casa de toda la familia. En las ferias nos llegábamos a juntar unas veinticinco personas y mientras en la noche unos jugaban cartas, otros íbamos a los bailes y los más pequeños dormían. Nuestros tíos de Armenia (Quindío) y Cali iban casi cada quince días a nuestra casa y mi papá y mi mamá nunca se quejaron, sino que a todos los acogían con demasiado cariño. No se hacían vacas (recoger dinero entre todos para los gastos); mi papá asumía todo y nunca se quejó. Considero que si tuviéramos toda esa plata, algo monetario nos habrían

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dejado de herencia, pero a cambio heredamos el calor de recibir a nuestros amigos y familiares y ser unidos como lo somos ahora. Realmente fueron épocas lindas y que recordaré siempre. Lo único que me da pesar es que mi hijo no haya conocido a su papá (quedó huérfano a los siete meses de nacido), pero ha disfrutado y querido a sus abuelos paternos y a sus tíos por las dos familias, y he tratado siempre de que sea una persona feliz.

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Las llegadas de papá Omaira Castro

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ran las ocho de la noche, ya después de comer, todas reunidas jugando y riendo por las cosas simples que vivimos siempre en esa infancia maravillosa. De pronto… ese silbido suave y quedito; era papá que venía en la esquina y silbaba para que sus tres hijas fueran corriendo a recibirlo, abrazarlo, quererlo y atenderlo. Yo me adelantaba para buscarle sus pantuflas y ser la primera en desatar los cordones de sus zapatos. Él llegaba derecho a la alcoba de mi hermano, donde tenía su adorable guitarra. Se sentaba en la cama, tomaba los cancioneros y nos los entregaba para que entonáramos, al son de sus notas, canciones de Obdulio y Julián, Garzón y Collazos… Eran momentos muy alegres, muy divertidos, combinados con el enojo de mi hermana por mi desafinada voz, o porque, sencillamente, mi hermana Emilsse se entonaba, convencida de que era una verdadera soprano. Todo terminaba en risa y en una gran algarabía. Cuando, ya servida la comida, mamá llamaba a papá, él simplemente nos hacía una caricia, nos recogía los cancioneros y colgaba de nuevo su guitarra. Se sentaba siempre en el mismo rinconcito, ahí donde estaba el comedor, una mesa hexagonal recostada a la pared, con mantel de cuadros y ese jarrón blanco donde siempre había unas lindas flores. Como siempre sus frijoles, sus tajadas de maduro, su chicharrón de cien patas, ¡ah! y su Colombiana que no podía faltar; yo siempre me hacía a un ladito suyo, o simplemente lo observaba, y me complacía verlo así, tan calladito

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frente a algunos reclamos que le hacía mamá, ¡me hacían tan feliz esos momentos!, me gustaba tanto ver a mi papá, siempre con cara amable y sonriente, siempre haciéndonos caricias y sonriendo para nosotros. Y qué decir cuando a la hora del almuerzo él llegaba y no estaban sus preferidas Cucas para la leche; en muchas ocasiones todos corríamos en nuestra bicicleta, la única en el pueblo, la que sacábamos en las tardes para que por turnos y colas interminables todos los amigos y no amigos pudieran acceder a una montadita, e íbamos donde las Panaderas a comprarle las Cucas que no podían faltarle. Mi hermano, el único hombre, manejaba la bicicleta; una de mis hermanas en la canasta de adelante, otra en la parrilla de atrás, y yo en la barra, todos en gran pique antes de que papá terminara de almorzar para que tuviera sus galletas a tiempo. Era una bajada bien empinada, la bicicleta tambaleaba, nosotras nos reíamos y temblábamos con temor a caernos: en ocasiones caíamos como racimo de plátanos, y sin más nos acomodábamos de nuevo porque no había tiempo que perder: papá podía terminar de almorzar y no tener sus galletas para la leche. Cuando en algunas ocasiones llegábamos llorando y con las rodillas peladas, culpándonos unas a otras, mamá nos recibía con uno de sus acostumbrados regaños: “mire como se volvieron, eso no se hace, estas muchachas están muy chiquitas, se hubieran matado”. Era una verdadera pirámide humana que formábamos como excusa para dar una vuelta en la bici. Siempre lo recibíamos con gran alboroto, era el papá que llegaba a traernos esa alegría, esa tranquilidad y esa sonrisa.

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Herencias perdidas María Helena Gil B.

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ija mayor de familia antioqueña, numerosa como eran la mayoría; le ayudaba a la mamá a cuidar de los pequeños, que cada año aumentaban en uno más. También debía atender al padre, quien proporcionaba el sustento familiar y trabajaba fuera del hogar. Era una sociedad machista. Para ilustrar mi familia con palabras, cuando yo terminé el bachillerato mi hermanita menor ingresaba al jardín escolar; entre ella y yo había ocho hijos más. Mi padre era objeto de múltiples atenciones en su llegada al hogar, al terminar el día; se le atendía con café, jugo de frutas, se le proporcionaba ropa cómoda y se le servía la comida que incluía la mejor porción. Estas melosidades eran ordenadas por mi mamá, quien se encargaba de organizar todo lo referente al funcionamiento de la casa; en ese entonces era un matriarcado. Llegada la adultez de los miembros de la familia empezaron los conflictos, cada uno en busca de sus intereses personales, ambiciones y proyectos de vida, unos tan diferentes a los otros, a pesar de ser todos provenientes de un mismo padre y una misma madre, la misma sangre y el mismo linaje. Nunca fue posible llegar a acuerdos económicos que favorecieran a todos los integrantes; no falta el vividor, el pobrecito de… y el deshonesto, que, con artimañas, triquiñuelas, embustes y poniendo a Dios por testigo de lo que hablan, hacen todo tipo de negocios y cambalaches con el patrimonio familiar; en su estrategia dividen la familia y la enfrentan a tal punto que no puede haber diálogo.

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El paso siguiente es quedarse con todos los bienes de los padres para que al momento de una herencia ya no quede nada para repartir. Su argumento es que cada quien hace con su propio dinero lo que le da la gana, y se refugian en la ley, asegurando que son simples regalos de un padre para una hija, y así, al igual que la mía, terminaron muchas familias, víctimas de un solo heredero y de una hija que nunca robó a sus hermanos, tan solo se pasó la vida recibiendo regalos de sus padres.

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Mi padre Dolly Longas

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a figura más grata que guardo de mis años de infancia, después de mi mamá, es la de mi padre. Creo que mi amor a las letras se lo debo a él, porque todas las tardes cuando regresaba de la oficina se ponía a enseñarme a leer y a escribir. En un libro de Bruño, que si mal no recuerdo se llamaba Gramática y ortografía, me ponía a aprender de memoria los llamados catálogos, los cuales consistían en poner en verso palabras escritas con una determinada letra, como este:

Con v van aluvión, mover, aleve, desvanecer, atreve y desvarío. Maravedí, desvencijar, relieve, atreve, ave, cadáver, revoltillo.

Me aprendí una poesía muy larga llamada “La nube y la rosa”. Cuando mi papá se fue a trabajar a Bogotá, me envió los cuatro tomos de La alegría de leer, los cuales disfruté con mis hermanos. También en ocasiones le servía de modelo para algunas figuras humanas de sus cuadros. Alguna vez llegó a decir que yo era su obra maestra, pues fui la mayor de siete hermanos.

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Los autores y miembros del Taller AMPARO MEJÍA OSORIO Nació hace varios años en el municipio de La Unión. Hace 18 años labora como voluntaria en el Hospital Pablo Tobón Uribe. Es aficionada a la lectura y a la pintura. ANA VILLA Nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia, tierra de poetas, como Porfirio Barba Jacob. Mujer de dulces maneras, inteligente y colaboradora en todos los aspectos de la vida del taller de la Biblioteca Pública Piloto. Es gran lectora y admiradora del arte y la buena conversación; además se destaca por su humor. ANTONIO LÓPEZ Nació en Medellín en 1952. Estudios de Sociología y educación. Laboró por más de treinta años en educación (en el CASD, Universidad de Antioquia, Politécnico Jaime Isaza Cadavid, Luis Amigó, entre otros). Investigador, publica y participa en algunos estudios sobre historia de barrios. Actualmente es pensionado. Participa en el taller hace ocho meses.

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AURA CASTELLANOS Nació y sintió las caricias de la sabana bogotana por mucho tiempo. Luego, la vida la trasladó a vivir a la cordillera Central; la recibió el afecto de una nueva familia hace 42 años y no termina de descubrir y admirar la idiosincrasia paisa. AURA PRADILLA Nació en Ambalema (Tolima). Desde niña le gustó leer pero al mismo tiempo escribía todo lo que veía y soñaba. Cursó estudios universitarios (Bacteriología) pero su matrimonio la hizo cambiar de profesión: ama de casa. Pasaron los años y la mechita de leer y escribir se avivó con los talleres de literatura para adultos, desde hace ocho años. Allí descubrió que sus sentimientos eran más por la poesía que por la prosa. Hoy da gracias a la Biblioteca Pública Piloto por hacer despertar nuevamente estas bendiciones. BEATRIZ CARVALHO Falleció en el 2011, pero su presencia en nuestros corazones sigue viva. Hizo parte del taller durante muchos años, acompañándonos con sus poemas y textos llenos de sabiduría. Se desempeñó en el mundo del comercio por espacio de 42 años. Se acerca por accidente a los talleres de la Biblioteca Pública Piloto en 2003, quedando flechada por la literatura y la poesía. El amor por la poesía viene de los tiempos de estudiante, siendo su afición memorizarla y declamarla con profundo sentimiento. 142


BEATRIZ MAYA Lugar de nacimiento: Tuluá (Valle). Aficiones: leer, viajar y caminar. En la actualidad es pensionada, viuda, y tiene un hijo. BETTY OSSA BOTERO Profesión: economista. Ocupación: todera. Sueño: escribir. Hace ocho años encontró el taller, lugar donde puede compartir con personas maravillosas: lecturas, tertulias y escritos poéticos, anecdóticos, vivenciales y sobre todo auténticos, sin ninguna pretensión. DOLLY LONGAS Hija del maestro Horacio Longas. Validó el bachillerato e hizo la carrera de Gerontología en la Universidad Católica de Oriente. Es fundadora del Taller “Amigos de las Letras”, el cual ha llenado sus expectativas literarias. Sus gustos son: el ballet, la música clásica y viajar. Ha estado en Europa, México y Cuba. Es una persona servicial y piadosa, además de comprensiva y tolerante. FLORELIA OROZCO Nació en uno de los pueblos más hermosos del Norte de Santander, llamado San Luis de Toledo. Por motivos de trabajo de su esposo, se estableció en el municipio de Villacaro, donde fundó la biblioteca del Colegio 143


“Nuestra Señora del Rosario”, abierta no solo a los alumnos sino al público en general, fomentando de esta manera el amor por la lectura. Ha participado en varios de los encuentros de mujeres poetas de Antioquia, y sus poemas han sido publicados en el libro de memorias de cada encuentro. Parte de su tiempo lo dedica a coser, pintar, leer, oír música, viajar y consentir a sus nietas. GLADYS RUBIO Creció entre las notas de la música clásica, por la preferencia de su padre, mezclado con los aires costeños de la costa Atlántica, los cuentos de tradición oral por parte de la familia materna y la lectura de temas económicos, políticos y de literatura, por el gusto de su padre. Con sus hijos, Andrés y Diana, se recreó inventando y cambiando el tema y final de los cuentos que les leía. Estudió Bibliotecología en la Universidad de Antioquia y Gerencia de Mercadeo en Esumer. HERMINIA ALBÁN C. Cali, Valle. Estudió inglés en las Universidades de Louisiana y Michigan, Estados Unidos. Ha publicado en los libros: Trabajos de Taller, 1986, El libro del Taller, 2003, Huellas, 2008, de la Biblioteca Pública Piloto, y en Ellas escriben en Medellín, 2007, de la Secretaría de las Mujeres, Alcaldía de Medellín. Fue finalista en el Concurso Nacional de Cuento “Jorge Zalamea”, 1987. Perteneció por largo tiempo al Taller de Literatura para Adultos Mayores de la Biblioteca Pública Piloto y, durante varios años fue miembro del taller de escritores que dirigió Manuel Mejía Vallejo en la misma biblioteca. 144


HERNANDO VÁSQUEZ A. Jubilado. Participa en el taller desde el año 2005; amante de la lectura de obras de literatura y de los talleres en los cuales se leen y analizan determinados autores. JAHIRT MANZUR Nació en 1934, en Neira, departamento de Caldas. Estudios: Primaria, Escuela Urbana de Varones, Neira. Bachillerato, Colegio de Nuestra Señora, Manizales. Estudios superiores, Facultad de Medicina Universidad de Caldas, Manizales; Escuela Nacional de Medicina Homeopática; Acupuntura en la Escuela Nacional de Medicina. Trabajó como visitador médico en Abbott Laboratories de Colombia. JOSÉ SAÚL MAYA Nació en Medellín. Después de cuarenta años de labores técnicas en la industria privada y el sector público, decide ampliar su tiempo leyendo y contando historias. Asiste al taller desde hace cinco años. JUAN GUILLERMO ARBOLEDA Nació un 26 de julio, en Medellín y bajo el signo Leo. Terminó la primaria con los Hermanos Cristianos y el bachillerato en un colegio oficial. Cursó estudios superiores e inició vida laboral. Amante de la fantasía, 145


la música, la lectura, las artes en general. Recibió agradecido todo el legado de sus padres, en medio del cual estaba Dios, parte fundamental de su vida. Se enamoró y se casó con la que hoy es su esposa, con quien ha conocido el verdadero sentido de vivir: el encuentro con la FELICIDAD. Tiene dos adorados hijos: Juan Diego y Luis Guillermo. LILIAN LONDOÑO Su ciudad natal, Frontino, pero su patria chica es Chuscal del Musinga, tierra encantadora, cantera para sus cuentos. Campesina de cepa, de hacha y machete. Siempre ha sido agricultora, soñadora y garabateadora; pregunta, le cuentan y ella cuenta lo que le cuentan, con la encima de su propio cuento. MARÍA DEL SOCORRO DAVID OSORIO Nació en Medellín en 1954. Es la segunda de nueve hijos. Soltera sin hijos, con doce sobrinos a quienes adora, vive con sus padres. Estudió Enfermería en la Universidad de Antioquia y realizó estudios de posgrado en el Instituto de Ciencias de la Salud -CES- donde obtuvo el título de especialista en Salud Ocupacional. Trabajó en el Hospital General de Medellín durante treinta años; actualmente está pensionada y se desempeña como docente de cátedra en la Universidad de Antioquia, Facultad de Enfermería. Estudia inglés y terapias de sanación como hobby. Pertenece a un club de natación y a un club de caminantes, además practica yoga. 146


MARGARITA MARÍA GÓMEZ CANO Nació en Medellín a mediados del siglo pasado en una numerosa familia conformada por doce hijos. Se desempeñó como profesora de matemáticas en varios colegios y universidades de la ciudad. Al pensionarse empezó a buscar actividades interesantes en las cuales ocupar las horas libres. Dentro de las actividades que encontró está el taller de literatura de la Biblioteca Pública Piloto, del cual participa desde hace seis años. “Allí he aprendido a degustar la lectura y la poesía y he dado mis primeros pasos en la escritura, asunto en el cual me falta muchísimo camino por recorrer”. MARGARITA MARÍA VÉLEZ Nació en Medellín en el siglo pasado, de profesión enfermera. Siempre se sintió orgullosa de su desempeño y entrega al servicio de los demás. Hoy, en la plenitud de su vida, continúa prestando un servicio social como voluntaria en un hospital, y en constante aprendizaje en las diferentes formas del arte. MARGARITA TANGARIFE ORTIZ Es una mujer agradecida con Dios y con la vida, feliz de estar jubilada para poder disfrutar de ella, con inmensa alegría y entusiasmo. Asiste al taller con esa misma pasión.

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MARÍA HELENA GIL B. Nacida en Medellín en 1949. Estudios secundarios y técnicos. Jubilada del Seguro Social. Aficionada a la lectura y la escritura.

MARÍA HELENA VÉLEZ Hace cinco años está en el taller bajo la guía de Lucía, mujer muy dulce, pero de gran carácter y conocimiento, con quien ha aprendido a “LEER”. Todos los jueves tiene la dicha de compartir con un grupo lleno de compañerismo, unido por el amor a los libros. MIRYAM DEL SOCORRO ARANGO Nació en Copacabana en 1956, la séptima de diez hermanos, soltera. Enfermera de la Universidad de Antioquia, estudios de posgrado en la Universidad Pontificia Bolivariana, donde obtuvo el título de especialista en Comunicación Organizacional; tecnóloga agropecuaria del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid; normalista de la Normal Nacional María Auxiliadora de Copacabana. Trabaja en el Hospital General de Medellín, en la Dirección Seccional de Salud de Antioquia, en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid en Ciudad Bolívar y en la Compañía de María (La Enseñanza). Como hobby, pinta, practica yoga y viaja, entre otros.

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NELLY ARBOLEDA DE NAVARRO Nació en Anorí, Antioquia en 1936. Estudios superiores: humanidades, docencia y tecnología en relaciones corporativas en el SENA, donde trabajó 25 años consecutivos como instructora de secretariado. Ha pertenecido al taller de la Biblioteca Pública Piloto desde el año 2000 y ha asistido a los talleres de la Universidad Pontificia Bolivariana con William Rouge. En los talleres, ha aprendido el verdadero sentido de la literatura: poesía, lectura y escritura. Disfruta y ama los talleres musicales, los que la han llevado a representar al SENA dentro y fuera de la ciudad; disfruta mucho viajar en familia, con su esposo, hijos y nietos. NELLY DUARTE Antioqueña, con profundas raíces santandereanas. Una mezcla muy sabrosa, donde la llanura regada por el río Pamplona y las montañas socavadas por el río Medellín hicieron sus pensamientos biculturales y con una pasión desmedida por la vida. Escribir, aprender a leer y tener compañeros tan diversos, ha sido una experiencia hermosa y altamente edificante en este regalo que le dio la vida: el taller de literatura para adultos “Amigos de las letras”. NORA ULLOA RESTREPO Nació en el municipio de Segovia, Antioquia, en 1942. Dedicada a la narración de cuentos, anécdotas, relatos y demás aconteceres de los seres humanos. Reconstruye 149


oralidades y rescata retahílas, versos, canciones y romances. En sus escritos retrata la vida cotidiana de un pueblo encallado en las montañas antioqueñas, al mismo tiempo que las costumbres de las regiones mineras. Ha representado a Colombia en eventos de cuentería en Cuba, Venezuela, Uruguay, España y Alemania. OLGA LUCÍA GONZÁLEZ LOZANO Nació en Pereira. Su padre, antioqueño, su madre y sus tres hermanos oriundos de esa hermosa y querida ciudad llamada la Perla del Otún. Allí creció. Al terminar la secundaria se trasladó a Medellín. Ama esta ciudad, no solo por ser parte entrañable de sus ancestros paternos, sino porque en ella descubrió cosas maravillosas a través de sus estudios universitarios, la experiencia laboral y los amigos que encontró. Actualmente está disfrutando de una feliz etapa en su vida. Es un placer para ella poder disponer libremente de su tiempo y dedicarlo a aquellas actividades que más le gustan, entre ellas el cine, la lectura y la participación en el taller de literatura de la Biblioteca Pública Piloto OLGA OCHOA Llegó al mundo en la cuarta década del siglo pasado, en un municipio del suroeste antioqueño. Hace 25 años adquirió el amor por la lectura y la escritura, motivada por su hijo menor, y aún hoy día comparte con él su gusto por los libros, los que espera continúen siendo su compañía en los años venideros. 150


OMAIRA CASTRO Nacida en Yolombó (Antioquia), tierra de la Marquesa, la cuarta de cinco hijos. De profesión constructora civil, de vocación esposa y madre. Heredó de su padre el gusto por las letras y el arte en general. Con la decisión de permanecer en casa ha podido aprender y desarrollar sus habilidades y hobbies. Hoy, con la oportunidad que le ha brindado la Biblioteca Publica Piloto, va tejiendo sus sueños y saboreando lo que para ella es el goce: las letras, la cultura, el arte.

RAUL LÓPEZ Monta en bicicleta y en ella viene desde Itagüí al taller todos los jueves. Es tendero de profesión, y con alma sensible e inquieta por la lectura. Le gusta leer cuentos, novelas y poesía. Se siente muy contento en el taller. RUBIELA ARRUBLA OSSA Nació en Valparaíso, suroeste antioqueño. Sus padres emigraron a Medellín buscando mejores oportunidades para la familia. El amor a la literatura lo heredó de ellos, quienes leían mucho. Egresada de Bellas Artes, pintó durante algún tiempo. Trabajó como líder comunitaria con la Secretaría de Salud de Medellín durante diez años.

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SYLVIA VELÁSQUEZ DE FLÓREZ Nació en Medellín. Estudió en el CEFA, luego varios semestres de Sociología en la Universidad San Buenaventura, un diplomado en EAFIT y algunos otros cursos o talleres que le han permitido aprender de temas diferentes. Hace parte, con su esposo Juan Guillermo, de las Comunidades EAS, donde el objetivo principal es compartir vida mediante la amistad sincera y respetuosa, también desarrollando proyectos para el bien común. TERESA YÁÑEZ DE CUBEROS Nació en Gramalote (Norte de Santander). Es fundadora del Taller de Literatura para Adultos de la Biblioteca Pública Piloto. Ha publicado cinco libros: De este lado de los sueños, Barco de papel, Plegaria del agua, Ánfora de barro y Los hermanos pequeños de San Francisco. Estudió en Gramalote y Pamplona, con las R. M. Betlemitas. Asistió al taller del escritor Manuel Mejía; al taller de Mario Escobar; asiste al taller “Amigos de las letras” (fundadora) y a los talleres que dicta Luis Fernando Macías. TERESITA CÉSPEDES CALLE Comunicadora social periodista, docente Universidad de Antioquia. Dedicada a la lectura, la escritura y el trabajo con mujeres campesinas.

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TERESITA MONDRAGÓN Nació en 1947 en la ciudad de Pereira. Su infancia transcurrió en diferentes ciudades: Cartagena, Cali y Medellín. De todas ellas guarda bellos recuerdos. Estudió Bibliotecología en la Universidad de Antioquia y en la Biblioteca Central de dicha universidad trabajó durante 27 años. Actualmente está jubilada.

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Tardes de jueves Se terminó de imprimir en Divegráficas Ltda. Medellín, Colombia, diciembre de 2012. Para su elaboración se utilizó papel propalibros beige de 90 gramos. La fuente empleada fue Charter Bt.


Tardes de Jueves  

Tardes de Jueves, de los integrantes del Taller de Literatura para Adultos, dirigidos por la escritora Lucía Donadío.

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