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Taller de Escritores / Biblioteca PĂşblica Piloto

Obra Diversa / 2


C868 T142ob Obra Diversa 2 / Taller de Escritores Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina; Jairo Morales Henao, compilador; Carlos Mario Aguirre... [et al] Medellín: Fondo Editorial Biblioteca Pública Piloto, vol. 136, 2010-10-01, p. 244 ISBN: 978-958-99591-9-7 1. Literatura colombiana - Colecciones de escritos 2. Literatura antioqueña - Colecciones de escritos 3. Narrativa colombiana - J. Morales Henao, Jairo - II. Título

Taller de Escritores Biblioteca Pública Piloto Obra Diversa / 2 2010 Biblioteca Pública Piloto Coordinación Editorial Jairo Morales Henao Diseño José Gabriel Baena Betty Ochoa Mejía Impresión Litografía Dinámica Medellín Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina Carrera 64 No. 50-32 - Teléfono: 230 24 22 E-mail: comunicaciones@bibliotecapiloto.gov.co

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Gustavo Vásquez Obando • Carlos Arias Restrepo • Andrés Vásquez Ochoa • Blanca Cecilia Vélez Restrepo • María Orfaley Ortiz M. • Luz Adriana Bedoya Múnera • Magnolia Hoyos • María Cristina Berrío Palacio • Victoria Eugenia Díaz López • Leonardo Gómez Marín • Margarita Palacio Uribe • Héctor Ramírez Bedoya • Lía Moreno de Saldarriaga • Dora María Atehortúa G. • Gerardo Jiménez Londoño • Jorge M. Escobar Ortiz • Olga Echavarría • Georges René Weinstein Velásquez • Victoria Hurtado Vélez • Adriana Restrepo • Estella Higuita Urán • Ana Mercedes Mejía Salazar • Alexander Barajas Maldonado • María Patricia Duque Vélez • Óscar Duque Cano • Carlos Mario Aguirre Morales • María Adelaida Echeverri Villa • Dina María Herrera • Fredrik Sörstad • 5


Presentación La presente es la tercera selección de textos del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto desde que comencé a dirigirlo en 1994. Reaparecen autores que figuran en las dos anteriores, pero la mayoría de nombres son nuevos, con todo lo que este hecho sugiere en cuanto a la vigencia que tienen en la ciudad y el país los talleres de creación literaria, y a lo que para el Taller mismo significa como ampliación y renovación de su experiencia. Durante estos quince años de mi orientación, del Taller hicieron parte alumnos que continuaron luego por fuera una carrera literaria en firme y algunos de ellos cuentan con uno o más libros de su autoría publicados por diferentes editoriales, lo que incluye obras premiadas en concursos. Pero también permanecen otros a pesar de que ya han conseguido se les edite su primer libro de cuentos en sellos editoriales universitarios y a que algunos de sus cuentos han sido incluidos en revistas, suplementos y antologías de cuento. Lo han decidido así porque es un hecho que aún tienen cosas por aprender y su permanencia ha beneficiado con su mayor oficio y más abundantes lecturas y estudio a los miembros nuevos. Esta selección de textos refleja esa composición particular del Taller, donde al lado de quien ya tiene una década de trayectoria en él y cierto recorrido de publicaciones, encontramos al aprendiz que apenas lleva dos o un año escaso dedicado a la búsqueda laboriosa de una escritura que le permita expresarse en la ficción. Claro está que las distancias y diferencias también lo son del 7


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talento, la sensibilidad particular y las lecturas previas, por lo que en estas páginas se encuentran, dentro del horizonte de dignidad literaria que hizo publicables todos los textos aquí recogidos, relatos cuya factura impecable y talentosa parece debieran corresponderse con una mayor trayectoria en el Taller, siendo así que pertenecen a autores que apenas llegan a los tres años de vinculación. Otro rasgo particular de este libro es la aparición de algunas notas críticas sobre libros y autores, aspecto que en la selección publicada en 2007 tuvo una presencia limitada a dos artículos, presencia marginal que no le hacía justicia al papel que ha tenido la crítica literaria en el Taller. La evaluación e interpretación colectivas de los trabajos presentados por los asistentes, realizada desde categorías literarias, ha constituido el centro del trabajo que realizamos porque no de otra manera, quien se propone aprender a escribir, puede adquirir conciencia de sus errores y vacíos, primer paso para poder superarlos, piedra fundacional, además, de la conciencia autocrítica, sin la cual ninguna actividad artística puede aspirar a la eficacia, a seducir, a conmover y a “elevar la conciencia de nuestras vidas a niveles más altos…”, como lo hizo explícito William Carlos Williams. En el Taller ejercemos la crítica de una manera rigurosa, asidua, pedagógica y sin mala conciencia, pues estamos convencidos como Todorov de que “La crítica no es un apéndice superficial de la literatura sino su doble necesario. La interpretación es una práctica inconsciente. La crítica la pone en evidencia”. Pero la crítica no ha estado ligada solo al ejercicio directo de la escritura creativa de sus asistentes, sino a la lectura de estudio de los grandes autores que hemos tomado como 8

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modelos. Es decir, hablamos de una lectura de aprendizaje asumida como uno de los puntales del proceso total de la creación literaria, que ha contado también con otras actividades como los ejercicios de imitación. Más que crítica, la lectura de los narradores estudiados constituye un esfuerzo de comprensión y apropiación de sus contenidos profundos, y de los recursos estilísticos y de composición que particularizan sus obras. Las notas críticas que contiene esta selección son apenas una muestra mínima del trabajo realizado en ese campo, porque hemos cumplido ciclos enteros de estudio sobre autores como Vladimir Nabokov, Azorín, Felisberto Hernández, Joao Guimaraes Rosa, Truman Capote, Clarice Lispector, Germán Espinosa, Giuseppe Tomasi di Lampedusa y Manuel Mújica Láinez, entre otros escritores de primer orden. Las notas críticas incluidas fueron parte de la lectura de los cuentos y la novelística de Juan Carlos Onetti, nuestro ciclo más reciente, y comprendió desde los primeros cuentos que le publicaron en Buenos Aires hasta su obra maestra La vida breve, de la que nos ocupamos con especial detenimiento, luego de haberlo hecho con su novela breve El pozo. También aparecen notas sobre cuentos de Poe, en cuya cuentística nos detuvimos este año; de Jack London, porque algunos de sus cuentos hicieron parte de una lectura especial adelantada el año pasado: el cuento norteamericano del siglo XIX; de Cortázar, sobre quien emprendimos este año una lectura minuciosa del conjunto de su obra cuentística. De igual manera se publica una nota crítica muy bien elaborada y representativa de la crítica literaria que se ejerce en el Taller entre los compañeros: el 9


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comentario que redondea el debate sobre un cuento (en este caso del que se ocupó de “La emboscada del diablo”). Al hacer este recuento del componente crítico recogido en Obra diversa 2, se revela tan escaso respecto a lo realizado en años que es clara una deuda del taller: la publicación de un volumen dedicado de manera exclusiva a la crítica literaria adelantada por sus miembros. Pero lo decisivo del presente volumen de trabajos es el surgimiento de nuevas voces narradoras. Nuevas, en su mayoría, por aparecer en letra impresa por primera vez, pero también por su inserción en la contemporaneidad literaria, en las corrientes que la constituyen en estos momentos, como una línea de orientación, por supuesto, no como una plenitud, porque se trata de aspirantes a hacerse escritores que dan su primer paso, y dentro de las diferencias apenas lógicas que imponen los distintos talentos, sensibilidades, experiencias de la vida, bagajes de lectura y oficio en la escritura. En este sentido, el título, Obra diversa, le hace justicia a la realidad literaria de esas diferencias, pero se la hace ante todo a algo más fundamental: a la búsqueda de la individualidad creadora, objetivo central de todo nuestro trabajo: que cada uno de ellos encuentre el tema, el mundo que necesita contar y el lenguaje para hacerlo de la manera más eficaz. En su tensión creadora, a todos los textos narrativos aquí recogidos, los abarca y hermana la aspiración a la belleza poética y a la fuerza dramática, a atrapar y conmover al lector, a regalarle esa ilusión de verosimilitud excepcional que haga añicos, mientras acontece la lectura, sus rutinas grises, independientemente de hasta dónde llegue cada uno en ese anhelo. Por eso es justo afirmar que a todos los 10

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estremece la misma brisa encantada de la definición nabokoviana: “Entonces observamos con un placer a la vez sensual e intelectual, cómo el artista construye su castillo de naipes, y cómo éste se va convirtiendo en un castillo hermoso de acero y cristal”. Y a los textos críticos los aglutina idéntica voluntad de entendimiento de las claves del drama, de unirse al relato en la exploración de los límites de la condición humana en juego, de desciframiento de los recursos del hechizo y de disfrute de la erótica del texto, de la aventura en que sumerge al lector. Porque el impulso que origina la tarea crítica no debe ser otro que obtener de la obra leída (léase “disfrutada, interpretada, evaluada”) sus mejores resonancias. La comprensión más cabal de la novela, el cuento o el poema equivale entonces a todo lo contrario de despojarlos de su viviente realidad artística. Que mientras le llegan los lectores a esta agrupación de textos, sus autores disfruten la aparición del volumen con una alegría hermana de la vivida por los poetas agrupados en la revista Orígenes ante la aparición de cada entrega, para quienes, según el poeta Lezama Lima: “Cada número que se publicaba era un festín. Era una maravilla oler los ejemplares frescos, dejarse envolver por el aroma a pan que tiene la tinta, a trigo fresco, a saludo de la mañana”. Jairo Morales Henao Director del Taller de Escritores Envigado, 26 de agosto de 2010

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Narrativa


El turbión Gustavo Vásquez Obando De este lado, la casa, pequeña, casi en ruinas, con sus paredes rústicas que alguna vez fueron blancas, la techumbre con tejas plagadas de líquenes, los suelos de barro apisonado, las puertas invadidas por el comején y un ventanuco que mira al precipicio. Del otro, a distancia que parece corta ? solo la vista puede abarcarla de un tajo? , pero que las sinuosidades del camino multiplican hasta la fatiga, la pequeña explanada donde se asientan la escuela en plano destacado y cinco o seis viviendas a su alrededor. En medio, el barranco profundo y pedregoso por el que desciende el agua de múltiples veneros, apenas un hilo tembloroso en el verano, y en el invierno impetuoso caudal de escorrentía. Por encima, la montaña inmensa e imponente, con sus cerros pelados y sus laderas bajas cubiertas de vegetación raquítica. Y en todas partes, aspereza, aridez, desolación... Son las cuatro de la tarde de un día ubicado al final de la temporada seca. En la primera casucha, la de este lado de la quebrada, una mujer de treinta años observa con aprensión los nubarrones que se arremolinan en lo alto 15


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de la cordillera y el repentino declinar de la luz en el entorno. Lleva una sencilla falda de algodón teñido, que el vientre abultado eleva por delante hasta las rodillas, y una blusa sin mangas que acentúa la rotunda y atractiva redondez de los brazos; sus senos, en cambio, penden sin sujeción ni gracia hasta casi rozar la comba del abdomen. El fulgor de un relámpago distante y el trueno que le sigue despiertan sus temores. Se santigua maquinalmente y escruta con insistencia el recuesto donde hasta hace poco blanqueaban la escuela y el caserío. Pero no consigue ver lo que pretende. Entonces traza con ceniza tres cruces en el patio, arrima a ellas sendos cirios encendidos y, de rodillas, suplica a Santa Clara que detenga la tormenta. Mas la plegaria es en vano y la tempestad se precipita sobre el campo en forma de lluvia torrencial, vientos huracanados, estridencias de cien truenos y fulguraciones eléctricas que se cuelan por las rendijas de las puertas. Así pasa una hora. Cuando decrece el temporal y el viento amaina, las primeras sombras del ocaso se posan, con suavidad de caricia, sobre la casucha y sus alrededores. Entonces, y sólo entonces, la mujer atiende el llanto reprimido del pequeño que, merced a balanceos de su torso, pugna por desplazarse dentro del corral de madera en el que está recluido. Cuando lo levanta, las piernas anquilosadas se bambolean como anguilas a la deriva y la cabeza se inclina grotescamente sobre el cuello. Pero las líneas de su rostro son armónicas, su expresión delicada, y en sus ojos destella la inteligencia.

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? Y ahora, ¿qué le pasa? ? pregunta la mujer con aspereza, mientras se dirige con el niño en brazos a la otra habitación? . Deje de chillar y más bien dígame si en el palo de la bandera de la escuela ve alguna cosa... Intenta el tullido taladrar con la vista la oquedad nebulosa, a horcajadas sobre el cuadril de la mujer. Después responde, queda y evasivamente: ? Es que ya no se divisa nada, madre. Vea usted misma... La mujer comprueba con disgusto que, en efecto, la noche se ha derramado sobre el campo con la complicidad de la neblina que asciende del barranco. Guarda silencio por breves instantes, entre confusa y disgustada. De pronto, se percata de que el miedo asociado a la tormenta y a sus efectos, ese conato de pánico que poco antes casi la sacó de la realidad, se va transformando ? ahora que el riesgo uncido a lo telúrico se disipa y es claro que no sabrá lo que pasó en la escuela? , primero en una vaga sensación de angustia, de zozobra indefinida, y luego en un rebrote de la hostilidad crónica e irreprimible que el paralítico le inspira por lo que es, por lo que su condición de inválido le exige y le ha exigido desde la noche misma en que nació. Pero, sobre todo, por no haber visto desde la ventana lo que ella anhelaba que viera... Por eso lo recrimina con dureza, mientras lo confina otra vez en el corral: ? ¡Usted, José Jesús, no sirve ni pa'tacos de escopeta! Podría aprender de José Manuel, que apenas comenzando segundo ya escribe y lee de corrido. 17


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Y tras breve pausa, en soliloquio apenas audible: ? Claro que si por el viejo fuera, a esta hora mi muchacho estaría en la mina, negro de carbón hasta las orejas. Y hasta mejor sería... Sobrecogida por fantasmas de fatalidad pero aferrada con desespero a lo hipotético, la última reflexión revive por contraste el sentimiento trágico, de presentida desgracia, que se adueñó de su espíritu desde el instante en que vio apeñuscarse las nubes sobre la montaña. En ese momento tuvo la sospecha de que no volvería a ver con vida a José Manuel, así la razón le dijera que se atenía a simples conjeturas; que no en vano la maestra prometió que en caso de tormenta retendría al niño hasta que bajara la creciente, o durante toda la noche si las circunstancias lo exigían. Y si ya antes el acuerdo funcionó, para bien del pequeño y sosiego propio, ¿por qué hoy tendría que suceder algo distinto? Lo malo, lo verdaderamente preocupante, era no saber si en el mástil de la bandera ondeaba, según lo convenido con la educadora, el bendito trapo rojo. Hay cosas que yo no entiendo bien, porque las hacen o las dicen como para que no las comprenda. Otras sí, pero no del todo. Como la vez que José Manuel vino de la escuela y dijo que necesitaba una cartilla, que la maestra había dicho que llevara la plata, y mi madre dijo: “Oiga viejo, no se haga el de la oreja mocha...”, y mi padre contestó que él no estaba para calentar huevos que otro pájaro puso; que más bien dejara el embeleco del estudio y se metiera a la mina, como se metió él cuando estaba chiquito. Mi madre dijo que “venirlo a ver...”, que “si fuera 18

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para el tullido, ahí sí saca el billete de donde no lo tiene...”, y que si estaba tan seguro de que José Manuel no era de él, que entonces por qué le había dado el apellido, y mi padre contestó que “cachón que es uno...” (A mí no me gustó que me llamara tullido, en vez de José Jesús, porque cuando me dice así es porque está enojada). Entonces siguieron discutiendo y mi madre, que era la que más gritaba, dijo que quién la había mandado a enredarse con un viejo tacaño que ni en la cama era bueno (y esto yo no lo entendí, pero le dio tanta rabia a mi padre que se acostó sin comer). Pero eso fue el año pasado. Esta tarde, cuando empezó a llover, mi madre me llevó a la ventana y como no pude ver si junto a la escuela habían colgado un trapo rojo, como cuando José Manuel se quedó a dormir allá, que sí lo vimos, me sacudió fuerte y volvió a decirme tullido. Después siguió mirando por la ventana, hablando sola, y repitió muchas veces que “cuándo va a dejar pues de llover” y que “lo que me desespera es la maldita creciente...”. Al fin me dormí, con hambre, hasta ahora que desperté asustado y me llevó a la ventana para preguntarme lo mismo. Pasan las horas con lentitud de bostezo y una calma opresora reemplaza los ecos de la tormenta. Solo perdura en el ambiente, como algo residual que sin embargo acapara la atención de la mujer, la subyuga y la acongoja, el fragor distante y apagado de las aguas al chocar contra las rocas del barranco, en su vertiginoso descenso hasta el valle. Piensa en su marido, ocupado como siempre en extraer carbón arriba del caserío: Si por lo menos al sonso 19


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se le hubiera ocurrido pasar por la escuela cuando empezó a tronar... Pero, ¡qué va! Se imagina a José Manuel al borde del torrente, ávido por cruzarlo, eligiendo entre las piedras que apenas sobresalen el destino más seguro en su primer salto; lo ve recogerse sobre sí, tomar aire un momento y lanzarse al vacío entre la bruma efervescente de las cascadas. Cierra los ojos. La figura del niño suspendido una fracción de segundo sobre las aguas ? el pie derecho adelantado sobre el otro, los brazos en cruz, la mirada escrutadora? , como la de esa bailarina bosquejada en el calendario que un día vio en el pueblo, se congela un instante en su cerebro. Pero la silueta imaginada continúa enseguida su trayectoria, se posa fugazmente sobre la roca escogida, resbala y naufraga después en la borrasca... La idea de su hijo irremisiblemente muerto le corta la respiración, la anonada. Sacude la cabeza para espantar el ensueño y advierte con alivio que una tenue esperanza desafía sus temores: ¿No pudo, acaso, suceder que José Manuel, con el favor de Dios, vadeara el torrente? La conjetura se le hace probabilidad cuando piensa en las destrezas del pequeño, en su temperamento decidido, y recuerda cómo, para regocijo de José Jesús (que lo observaba con envidia desde su silla de lisiado), a los siete años ya ejecutaba complicadas acrobacias y corría por los roquedales igual que cabra montesa. De manera que confiar en su salvación no le parece tan descabellado. Pero de ser así ? y aquí el semblante de la mujer se nubla nuevamente? , ¿de dónde y por qué su tardanza en llegar, si la distancia entre el paso y la casa se cubre, a lo sumo, en media hora? 20

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Entonces, impulsivamente, decide salir en su búsqueda. Pero su resolución languidece al considerar que desentenderse del tullido en plena noche, por el mero inf lujo de una corazonada, sería la peor inconsciencia. No sólo porque el optimismo de antes le parece ya infundado, sino porque el abandono de la casa en tales circunstancias irritaría al viejo, exponiéndola a represalias de alcance imprevisible. Tan equilibrada composición de sus ideas no logra serenarla. Porque si con el paso de las horas la tragedia tan temida va adquiriendo ribetes de certeza, y la aceptación de lo inmutable le refresca el ánimo, ahora la atormenta descubrir que entre los motivos que se figuró para renunciar a la búsqueda, el único genuino y determinante fue el miedo a la reacción de su marido. Lo demás... absurdos intentos de racionalizar su cobardía, de enmascarar el poder ilimitado que el hombre ejerce sobre ella. Y, ¡otra vez el viejo!, manipulando desde su insignificancia, desde su aparente mansedumbre, desde su habilidad portentosa para inspirar lástima, una vida; ? la suya? plagada de carencias, renuncias y frustraciones; una existencia raquítica, a la defensiva, en trance de probar día a día una lealtad conyugal sin méritos, apuntalada apenas en la falta de oportunidades y en la desolación del erial donde vegeta su esperanza. El fragor apagado del torrente y el frío de la noche terminan por aletargarla. Lo último que percibe antes de sumirse en la inconsciencia es la llama temblorosa de la veladora que arde sobre el piso y la isla de luz en que se inscribe. Sueña que José Manuel la llama a gritos, 21


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insistentemente, y su reclamo se transmuta en los ladridos reales y distantes de un perro desvelado, que terminan por despertarla entre gemidos y sudores. Se pregunta si habrá dormido mucho, pues del velón que iluminaba el aposento solo quedan un pedazo de pabilo y el pegote de parafina al que se adhiere. La claridad tenue y lechosa que se filtra de afuera y el propósito de anticiparse al amanecer la inducen a levantarse. Desde el patio, como las candeladas que anteceden a la siembra, los cerros cordilleranos se recortan, nítidos y bermejos, sobre un cielo de malva que todavía se aferra al estío. El tullido sigue durmiendo en su corral y el estruendo del torrente es ahora un murmullo. Entonces se pone a esperar que entre la mañana. Cuando la neblina se disipa, el valle que abreva en la quebrada deja ver los estragos producidos por el turbión: barro, palizada y hojarasca en caprichosa revoltura, y una franja de rocas sueltas y desnudas adosada a las orillas del zanjón. También surge a la vista de la mujer, cuando desliza su mirada por las faldas de la montaña, el humilde caserío dominado por la escuela. Y frente a ésta, desconsoladoramente desnudo, el mástil de la bandera. Una o dos horas después ? ¡es tan incierto el tiempo cuando la angustia acosa!? la mujer percibe el movimiento que se produce en los confines de la vega. Son figuras borrosas y pequeñas, esbozos de personas que se juntan en las orillas del cauce y se dispersan luego en ambos sentidos de la corriente. Pero esto le basta para saber que se trata de vecinos en busca de víctimas del desastre. Y cuando observa que se reagrupan en torno de 22

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uno que agita los brazos, la certeza de que han encontrado el cadáver de su hijo la obliga a recostarse, desfallecida, en la talanquera del terraplén. Recrea en su imaginación los pormenores del rescate y de lo que harán después los socorristas: limpiarán el cuerpo del pequeño de fango y hojarasca; para facilitar el desplazamiento, construirán una camilla con varas de bambú y sacos de esparto; harán ? de esto, sin embargo, ya no está segura? que alguien vaya a la mina y comunique al viejo la noticia; y en turnos rigurosos, de dos en dos, transportarán el difunto hasta su casa. Pero el sol habrá ascendido mucho cuando culminen su faena, pues el lugar del hallazgo está lejano y el camino es estrecho y empinado. Abandona por unos minutos el lugar de observación porque el inválido reclama su presencia. Carga con él hasta el patio y lo acomoda en su silla de modo que domine con la vista la hondonada que se abre ante ellos. A pesar de su angustia, o acaso porque necesita distraerla, se complace en comprobar que todo, exactamente todo, se va cumpliendo como lo previó: ya los hombres de abajo cruzaron el arroyo, ahora manso y reducido casi a nada, y empiezan a trepar por la pendiente como las hormigas antes de la lluvia. Las primeras arrugas del terreno los borran del paisaje. Cuando reaparecen, con sus contornos menos difuminados, alcanza a distinguir que han cubierto el cadáver con una manta blanca. Calcula el tiempo que emplearán en llegar a la casa, y se refugia en ella.

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Esta es la primera vez que veo a mi madre tan triste. Tan triste y tan enojada. Está triste porque José Manuel no ha venido de la escuela. Y está enojada porque hace un rato le dije que en el palo de la bandera no había ningún trapo rojo, y ella contestó que si era sonso, que ya para qué y que si la creía ciega. También creo que si me dejó aquí en el patio, con este sol que me está casi quemando, es para que no la vea llorar y para que le avise cuando lleguen con el muerto. Llama José Jesús a su madre porque en el próximo recodo del camino, muy cerca ya del patio, asoman de improviso los porteadores del cadáver. Cuidadosamente, para que la horizontalidad se mantenga, pero con esfuerzo tal que tensa los músculos de hombros y de cuellos, los camilleros depositan su carga donde estuvo el altar ? ¡ceniza y parafina, amalgamadas por la lluvia!? que Santa Clara despreció pese a sus ruegos. Mientras la mujer se acerca al grupo, vacilante y confusa, el tullido observa hipnotizado el bulto que reposa en la barbacoa. Entonces su cerebro comienza a iluminarse: ¡Demasiado grande… y muy pesado! Y después: Ahora entiendo por qué, cuando levantaron la sábana, mi madre se sonrió…

Gustavo Vásquez Obando. Caramanta (Antioquia), 1940. Jubilado de la rama judicial en 1998.

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Emboscada del diablo Carlos Arias Restrepo Éramos once los amigos que pasábamos vacaciones de fin de año en Santa Inés: pequeño pueblo enclavado en la cordillera, compuesto por una calle principal recta y larga sin distinción de cuadras; callejones torcidos y lúgubres. Bordeado por el “Río Chico” y tutelado por un monumental templo católico. Un caserío alto y frío como un remordimiento —unos tres mil metros de altura y diez grados centígrados de temperatura media—, con riachuelos henchidos de truchas arco iris. Algunos de los muchachos tenían casa familiar en el pueblo, los demás nos acogimos a su hospitalidad, pues ¿para qué pagar hotel si en sus casas sobraban habitaciones y siempre éramos bien recibidos, a pesar de ser un poco alborotadores y fiesteros? Iniciamos la farra el 23 de diciembre, con bailes, fritangas y muchos, muchos tragos. Cerramos el primero de enero con un carnero asado. Ya la exagerada juerga se prolongaba demasiado y nuestros cuerpos pedían reposo. El dos de enero, en medio del des enguayabe, programamos una salida de paseo. Pensamos en que 25


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sería bueno empezar la desintoxicación mezclándonos con la naturaleza de la mejor forma que sabíamos hacerlo: pescando. Después de las fiestas, la trucha arco iris era la que despertaba nuestro mayor entusiasmo. Seguimos el jaleo mientras hacíamos los planes. El cuatro de enero se hicieron los preparativos para salir de madrugada al día siguiente. Dispusimos de equipos, anzuelos y carnada. También dulces, aguardiente y tabaco, necesarios para paliar el brutal hielo paramuno. Dentro del grupo de pescadores había uno que sobresalía por su experiencia y animosidad: Jaime, el amigo incondicional, el que más conocía de truchas y riachuelos, sobre todo en este pueblo. Aunque he pescado toda mi vida y mi amor por este deporte es grande, él me hacía sentir como un simple aficionado. Tocaron a la puerta de mi habitación a las cuatro de la mañana. Me levanté con pereza y sin deseos de pesca, me sentía débil y afiebrado después de tanta parranda y no quería salir del pueblo. Álvaro, que gustaba de chistes y quien hacía la parte graciosa del paseo, me propuso una aspirina y un trago de aguardiente; que eran remilgos míos, que cuando saliera el sol se me pasaría, que... Acepté salir a disgusto, pues sabía que si me quedaba solo en el pueblo lo único que conseguiría sería aburrirme. Era una madrugada gélida de principio de año, con escarcha sobre el piso, que se quebraba como vidrio a nuestro paso. A esa hora de la mañana el pueblo dormía con sueño profundo y el ambiente estaba pleno de silencios interrumpidos por nuestras voces ásperas de recién levantados y los pasos de algunos aldeanos que se dirigían al campo a sus labores habituales. Las luces 26

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eléctricas punteaban la oscuridad de las calles y las montañas dormían en la penumbra bajo el reflejo candoroso de las estrellas. Nos transportamos en una camioneta alquilada hasta la parte alta del “Río Chico” donde empezaríamos la pesca, dirigiéndonos siempre hacia su desembocadura en el “Río Grande”. La nariz de la camioneta iba cortando los celajes helados de la carretera y afuera el manto de la noche continuaba flotando sobre el valle. Llegamos allí cuando apenas amanecía. El día se presentaba lleno de luz, aunque la parte más alta de la cordillera permanecía cubierta por brumas en movimiento. No había llovido en los días anteriores, por lo que las riberas eran secas y seguras, aunque el rocío de la noche y la escarcha humedecían los senderos. A pesar del intenso frío (unos dos grados centígrados), pusimos entusiasmo, preparamos las cañas, compartimos un buen trago de aguardiente y empezamos a lanzar. El río de aguas poco profundas y tranquilas (en algunas partes se podía cruzar caminando sin mojarse siquiera las rodillas), oscuras y marrones era propicio para nuestra faena. También tenía sus partes peligrosas, donde se encañonaba y formaba rápidos difíciles, pero esto sería más adelante. El sol empezó a calentar muy avanzada la mañana. Yo no me había desprendido hasta ese momento más que de la bufanda y de los guantes que guardé en el morral para liberar las manos y ensartar la carnada con más soltura. No sabría decir si todavía continuaba con fiebre, pero no me atrevía a despojarme de nada más del grueso ropaje con que protegía mi cuerpo del riguroso clima. 27


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Pronto saltaron a las mochilas las primeras truchas, que, ansiosas de comida, pues el verano les deja poco con qué hartarse, empezaron a picar rápido. Como era de esperarse, Jaime fue quien sacó la primera arco iris, pues además de ser el más diestro contaba con muy buena suerte. Avanzábamos tranquilos, pescando, lanzando y recobrando nuestros anzuelos, disfrutando de los paisajes que este gran valle nos brindaba; verdes de varios matices: el esmeralda de las exuberantes arboledas y matorrales que engalanaban las orillas, el verde claro de las de las fincas vecinas y el oscuro jaspeado de amarillo de las montañas adyacentes. El día seguía su curso cuando, de pronto, empezó a llenarse de oscuros nubarrones que presagiaban una tormenta veraniega. Todo estaba previsto y llevábamos buen equipo; sin embargo, la tormenta que sobrevino excedió todo presupuesto. No era la tempestad lo que nos intimidaba, era el “manso” riachuelo que poco a poco se convertía en una serpiente famélica. No nos arredramos y temerariamente seguimos desafiando el peligro. El mal tiempo declaraba su rabia y excitaba el río. Mediaba la tarde cuando éste se transformó, súbitamente, en un monte de aguas que se juntaban en un negro y estrecho cañón al que los lugareños le dicen “La Emboscada del Diablo”. Se trataba de una garganta escarpada y honda; allí se formaban unos remolinos extraordinarios. Los conocedores del lugar advertían de los peligros a que nos exponíamos y que no se podía ni siquiera intentar vadear, menos ahora con el temporal 28

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que caía. Si un anzuelo se enredaba sería mejor reventar y armar de nuevo. El nombre de ese cañón era suficiente razón para que nadie se atreviera a tocar sus aguas. Entramos con suma precaución. La superficie oscura de la corriente se hinchaba ferozmente. El río avanzaba raudo entre las montañas y ya no veíamos ni la carretera ni los pastizales de las fincas cercanas. Se podía andar por la orilla a través de la garganta, pero resultaba arriesgado; aun así todos lo hicimos. Los más diestros tomaron la delantera. Avanzábamos por un estrecho sendero pegado a la barranca y con mucha dificultad para tirar el anzuelo. Nos metimos allí porque todos coincidimos en que este cañón debía estar cargado de truchas, por la dificultad que presentaba a los pescadores para sacarlas. Pero después de unos pocos metros ya estaba arrepentido de haberme enterrado en esa encrucijada y trataba de encontrar una salida a través del monte, ya que retroceder era lo mismo que avanzar. A causa de lo intrincado de la marcha y lo resbaladizo del sendero, nos fuimos separando en grupitos de dos o tres, los más experimentados avanzaban más rápido. Yo me quedé atrás con José; éramos los más asustadizos para enfrentar “La Emboscada del Diablo”. De pronto José resbaló y cayó al raudal. No largaba la caña, sino que pretendía tocar fondo con los pies y salir caminando, pero el río se la arrebató y se encontró solo, luchando con el agua. Andaba, como todos, muy pesado de ropa y, sumado a la impetuosidad de la corriente, le era imposible nadar. Me llamaba a gritos, pero yo, lleno de pavor, no supe qué hacer. El demonio tiraba de él hacia el 29


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fondo, no lo dejaba salir a respirar y su ahogo sería casi inminente. El arroyo, como un dragón, se lo tragó y la corriente lo arrastraba vertiginosamente en medio del cañón. Yo corría por la orilla siguiéndolo en su presuroso tránsito hacia la muerte. Grité a los demás compañeros que se hallaban más adelante para que le lanzaran un lazo de salvación. Ellos extendieron sus cañas y tiraron las líneas de nailon para que se pudiera sujetar y así sacarlo a la orilla y arrebatárselo al torrente infernal. Jaime, que andaba unos cincuenta metros más delante de todos, tuvo tiempo de desnudarse el torso y quitarse los zapatos para arrojarse al paso de José y tratar de rescatarlo. ¡Mala idea!, no calculó bien el tiempo y el poder de la corriente. Se tiró antes y el río lo arrastró sin permitirle cumplir con su objetivo. José pudo asirse del nailon de los otros pescadores. Lo rescataron a tiempo después de haber tragado mucha agua; Jaime, en cambio, siguió río abajo en pos de un destino imprevisto. Era arrastrado por remolinos airados hacia la peor parte de los rápidos, un trayecto de agua violenta, donde ningún nadador podría sobrevivir. El cañón se abría en un remanso profundo, de vértigo, antes de convertirse en una espectacular caída. Desde adelante, a unos doscientos metros de donde se tiró, se sentía el rugido fatal de la más pavorosa catarata, donde el agua se atomizaba contra las rocas. Allí el río formaba un gran salto de aproximadamente veinte metros. Si no se ahogaba antes, seguro se mataría al caer por esa cascada. En medio del remanso, el náufrago se aferró a una roca. Sabíamos que no duraría mucho tiempo sujeto a esa 30

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esperanza de vida, ante el empuje de la poderosa corriente. Era cuestión de minutos. El estruendo de las cataratas resonaba, ahora, como un grito. Había que tirarle algo pronto para que se sujetase. Corrimos con desesperación a la velocidad que nos permitía nuestra fuerza y el enmarañado rastrojo, subiendo por la orilla hasta llegar un poco más arriba del punto en que se podía ver a Jaime; pero el torrente, ahora dueño de él, ya lo impelía hasta la boca del salto, botándolo con tanta fuerza que fue a dar contra unas rocas, al fondo de la cascada y a un lado del agua. Rodeamos rápidamente la caída y logramos llegar hasta donde yacía Jaime. Había perdido el sentido, estaba exánime; le tomé el pulso, lo tenía casi imperceptible, aunque aún estaba con vida. Al sentir nuestras voces y sin abrir los ojos, entreabrió sus labios en leve sonrisa que más parecía una mueca siniestra. —Me quebré hasta el alma —alcanzó a balbucir. Lo dijo tan bajo que apenas se pudieron escuchar sus palabras. Al instante abrió sus ojos. Esta vez fueron grandes, vacunos, exponiendo toda su blancura en una expresión pavorosa. Y luego se sacudió en una convulsión extrema.

Carlos Arias Restrepo. Belmira (Antioquia), 1963. Estudió cinco semestres de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional y dos semestres de Ingeniería Industrial en la Universidad Autónoma Latinoamérica. Trabajó durante dieciocho años en Informática de la Gobernación de Antioquia. Ahora trabaja como independiente.

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Porvenir Andrés Vásquez Ochoa Disfrutaba pensar en la manera como la había conocido; sobre cómo se había atrevido a hablarle después de tanto tiempo. No la veía a diario y pudo establecer ? colegir diría un narrador más culto? que aparecía afanada los martes y somnolienta algunos viernes; un horario peculiar o casi caprichoso que impedía discernir si gozaba de independencia, de uno o varios trabajos, acaso holgados, acaso escasos. Lee si va sentada o logra un buen apoyo. De lo contrario se sujeta de sus audífonos y pierde la mirada. Revistas ? leía? (cuando leía) y libros de arquitectura o diseño: vestía mucho de negro. Algunas veces brilla con algún rosa y este brillo parece incomodarla y demorar la aparición del color: vestía mucho de negro. Cruzaron miradas algunas veces, aunque un narrador más experto hubiera notado que ella percibió que él la miraba. Lo que sí es ininteligible es si las miradas le molestaban o agradaban, a ella, pues el gesto-mueca era ambiguo, algo entre desprecio pétreo o timidez inexpugnable. En lo que sí coinciden ambos epítetos es en la curiosidad que despertaba. 32

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Ah, y era algo torpe, pero luego veremos cómo eso cambió las cosas a su favor ? de él, digo? gracias a que se atrevió a hablarle: él, que honestamente no era un mal tipo, tampoco una lumbrera que dejará huella en este mundo. Un tris fantasioso, sólo un tris más que el resto de las personas... pero lo importante de la historia es que le habló. No puedo detenerme en detalles que ignoro. Vaya uno a saber qué hizo clic en su cabeza, o si confundió la fantasía con la realidad como ya había ocurrido antes y su boca se abrió. ¿Qué razones ocultas, incluso para él, mantuvieron atada su lengua durante meses, y qué otros motivos, quizá más monstruosos, soltaron esa cadena? Eso está en el campo de la psicología especulativa y pertenece más al trabajo del crítico que del narrador. Entonces, para no hacer largo el cuento: le habló, él a ella, reitero, para evitar confusiones. Fue algo tan rápido como la caída de sus tantas revistas. Este era el hilo que andaba suelto, de cómo la torpeza de ella lo beneficiaría, porque en esto de aprender a escribir es necesario atar los cabos para lograr una textura impecable; sucesos hilvanados con la suavidad de la seda; no una ruana tosca, irregular o pulgosa como va quedando esto. ? Vas a desnucar a Le Corbusier. Lo dijo con desparpajo y aquí debo resaltar dos asuntos: el primero, el énfasis en la pronunciación del nombre. No lo dijo con engreimiento para parecer culto o ilustrado en el francés. Tampoco, burdamente. Y, lo segundo, lo que se desprende de lo primero, de la pronunciación con una suavidad entre acogedora y académica del nombre de Le Corbusier. 33


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Dio la impresión, o al menos le pareció a ella, o pareció que pudo haberle parecido a ella, y aclaro que no estoy especulando porque el gesto de sorpresa de ella fue claro. Y suena lógico que alguien se sorprenda cuando un extraño comenta algo de nuestro oficio. Es una de esas fibras culturales: de alma gemela o amores eternos. Le Corbusier: Suiza 1887 - Francia, 1965. Seudónimo de Charles Edouard Jeanneret-Gris a partir del apellido de su abuelo materno Lecorbésier en una variación humorística que evoca la palabra cuervo cierro comillas punto Wikipedia de coquito punto Pero fuera del dato bibliográfico, sus creaciones no son del todo ajenas al resto de los mortales, es decir, está ahí, “enciclopédicamente” hablando. “Enciclopédicamente hablando” suena como ontogenéticamente adecuado; vaya palabra más pesada. Me desvié, para no hacer largo el cuento: todos hemos visto algo de Le Corbusier. Un chaisse longe o diván de cuero negro que flota entre varillas plateadas, o esculturas de una mano de pulgar y meñique estirados que evocan una palomita, o una catedral de concreto agujereada azarosamente con recuadros que tejen los haces luminosos en una membrana. Sí, el tipo hizo sus cosas. Algo así como un Mark Twain de la arquitectura. Entonces, retomemos la escena: la revista despernancada en el suelo, la chica atribulada por su torpeza, discutiendo interiormente con su madre que Diosmiobenditovosnotenésarreglo, las puertas que suspiran por los que se bajan, incluida la chica que parece atribulada, pero que ignoran sus razones porque las 34

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puertas carecen de omnisciencia narrativa. Una masa de personas que desean amor, o en su defecto, dinero; o en su defecto, mucho dinero; o en su defecto, salir en televisión; a excepción de un muchacho de cabello alborotado que pelea contra un chicle en el que se ha sentado. Bueno, y nuestro hombre con su mente en toque de queda y su boca en ley seca. Pero en una verdadera peripecia la lengua ariete rompe los labios y sale triunfante su tren de pensamiento. Queda la ambigüedad de la anagnórisis porque el pobre ni podía reconocerse una vez se percató de que había gesticulado y ella reaccionaba (y ruego indulgencias en aras de la verosimilitud en este relato. Créanme, que vi el gesto de ella y la oí responder). ? Él (Le Corbusier) tiene nuca de goma. A lo que él (no Le Corbusier) replicó con ingenio, y durante unos treinta segundos alardearon de sus capacidades intelectuales con respuestas seductoras e ingeniosas, que no se transcriben acá porque la memoria es traicionera y no incumbe esas fibras de almas gemelas o amores eternos. Sólo les compete a ellos (Él y ella, no a Le Corbusier); a ellos que recién comenzaban el ineludible viaje de la cotidianidad, con pequeños altibajos o probabilidades de bifurcaciones, como el día en que se atrevió a preguntarle dos puntos paréntesis después de haberle dado mil vueltas en su cabeza, de haberla llevado al risco en el que se había prometido hacer esa pregunta a la mujer que correspondiera paréntesis:

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? ¿Quieres casarte conmigo? El silencio fue el mismo que han hecho todas las mujeres con la preguntica. Demoró lo mismo que han demorado las demás, así tengan el monosílabo resuelto, porque no es lo mismo la teoría a la práctica, el simulacro que la realidad. ? Si me dice que no, me iré lejos, muy lejos. Es la oportunidad perfecta para romper con todo y largarme a conocer el mundo. Exiliarme con el corazón roto me dará inmunidad diplomática en cualquier rincón. Sería el mejor embajador de la nostalgia; nadie podrá juzgarme o criticarme porque Ítaca me ha abandonado. Estaba feliz —aunque un poco aturdido también, si puedo complementar— de haber actuado así; aún a tiempo en su vida de que la pregunta sobre su destino pudiera conjugarse en futuro. ? Sí ? dijo ella, en tono y emoción que no definiré acá porque le sobran a la historia. Él tragó y se prometió no reprocharle en treinta años sus frustraciones, cuando la flacidez de las carnes choque entre flatulencias. Pero me estoy anticipando. Por ahora lo importante es tener casa propia, pero me parece también que eso ensucia la historia. ? Lo recuerdo bien. Ibas de negro, como casi siempre. Esperaba verte seguido, pero sólo le atinaba a algunos martes y un par de viernes. Me subía de último para saber si andabas por ahí. Te buscaba en cada estación. Y, con el tiempo, te fui construyendo y cada vez que te veía explotaban en mí un millón de agujas que bajaban como orines eléctricos. Era delicioso coincidir contigo. El 36

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vagón repleto, mis agujas y tú, ajena a todos y a mis agujas. Mi acupunturista de cabecera. Fue providencial que cayera tu revista, aunque a veces creo que eres algo torpe. ? Pobre Le Corbusier. ? Me gusta acordarme de ese día. De negro, mi acupunturista de cabecera. Otra vez el libro al suelo. Eres un poquitín torpe ¿no? ? ¡Ya mató a Le Corbusier! ? Hoy también vas de negro. Pum, otra vez el libro al suelo. ? Ya desnucó a Le Corbusier. Ese hubiera sido un buen abordaje, pero ella ya salió del vagón y él deberá esperar algún martes o tal vez algún viernes. Maldita lengua maniacodepresiva. Le Corbusier nada puede hacer por él, nunca más, nunca más.

Andrés Vásquez Ochoa. Medellín, 1977. Psicólogo de la Universidad de San Buenaventura. Ha publicado en Obra diversa (2007), del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto, y en la Antología de la Red Nacional de Talleres (Renata, 2007).

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El sacrificio Blanca Cecilia Vélez Restrepo Unos pocos reflejos de color dorado atravesaban la bruma que se veía en las montañas. Se anunciaba el nuevo día, los pájaros lanzaban un tímido sonido; los gansos y patos caminaban por la manga húmeda de rocío, formando una larga fila. Se oía el rebuzno del burro, los sonidos de las herraduras de las yeguas y los mugidos de las vacas en el ordeñadero. Los trabajadores se desperezaron en sus habitaciones y prepararon sus herramientas para una nueva faena. El Patrón había tomado la decisión de matar un novillo. El animal no se pudo recuperar de la torcedura en su pata derecha; los múltiples cuidados y la aplicación de remedios y vitaminas no hicieron efecto. No se justificaba dejarlo pastando, su poco movimiento limitaba su ceba. Pensaba en el sacrificio: ése no es el negocio, lo ideal es proporcionar abundante pasto, agua y sal para sacar unos animales con buenos pesos. Matar el novillo da pérdidas monetarias a la hacienda. Por otro lado, se libera un cupo

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en el potrero; se puede aprovechar su carne y compartirla con la familia y los trabajadores… Se escuchó de pronto el sonido de un teléfono, era el matarife que confirmaba su llegada al Sinaí, un lugar en la carretera central. Una mula le fue enviada, recorrió en una hora quebradas, charcos, subió y bajó la montaña hasta llegar a la casa principal. Llegó Argiro, el carnicero: hombre de mediana estatura, de bigote con tres pelillos parados, de pocas palabras. Persona acostumbrada a estar cada amanecer en el matadero del pueblo descuartizando novillos, vacas y cerdos. Conocedor de su oficio amoló sus cuchillos, limpió el lugar, organizó mesas y fuentes de agua y dispuso los recipientes para distribuir el producto. Degustó un abundante y rico desayuno y empezó su tarea. Un hilillo de sangre confirmó el degüello. Separó con cuidado la piel y sacó los cuartos traseros y delanteros. Con habilidad de maestro fue cortando una a una las diferentes piezas de carne. La labor duró dos horas y media. Los ayudantes hicieron bromas y dieron recetas para la preparación de los distintos pedazos. El espectáculo, grotesco para algunos, atractivo para otros, se representó como en un teatro; para nosotros la muerte no se sintió con su manto de tristeza. El sol proporcionó calor y colorido; los perros retozaron y con su ladrido pidieron pedazos de carne y huesos. Los gallinazos llegaron en gran número, el instinto los preparó para colaborar en la limpieza del lugar, con diestros picotazos despegaron la carne que se había adherido a los huesos. Cuando terminó el festín se 39


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remontaron al cielo, hicieron unas cabriolas dignas de un buen contorsionista, y se alejaron; se vio su original vuelo en la lontananza. Se cumplió el dicho “unos mueren para que otros vivan”. La labor finalizó, los trabajadores volvieron a sus trabajos rutinarios, y la vida siguió su curso.

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Ojalá no pregunte María Orfaley Ortiz Medina

Blanca Cecilia Vélez Restrepo. Medellín. Secretaria ejecutiva bilingüe. Administradora.

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Papá dijo que hoy se llevaría a Pipe. Él todavía está muy pequeño y no va a entender, se va a enojar cuando lo ponga a caminar tanto y seguro va a tener que cargarlo. Pobre papá con ese pie que le duele tanto. Me dijo que me quedara haciendo la tarea, pero está muy difícil, pienso y pienso y no se me ocurre nada. Cuando yo era pequeñito como Pipe, tampoco entendía, ahora sí. Papá sabe que entiendo, aunque no le diga nada, simplemente le doy esa mirada, él sabe cuál. Ya me imagino el recorrido, cada que salgo con él me fijo bien, a papá no le gusta irse por las mismas calles. Iba muy contento la primera vez que fui con él a comprar materiales, es que a papá le gusta conversar. Ese día me adelanté para demostrarle que yo sabía cómo iba uno al centro. Le puse la mano a un bus que bajaba, pero él me hizo una señal para que siguiera mientras me silbaba, así nos llama, él tiene su propio silbido. Me dijo que ahí no le gustaba tomar el bus. “Venga mijo yo le enseño otros caminos, hay que conocer bien el barrio”.

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Caminamos hasta el colegio de la esquina del parque y después subimos por la pendiente. Yo empecé a caminar más despacio, pero él me apretó la mano y sentí que me halaba fuerte, como si me arrastrara. ? Hay que caminar más rápido ? me repitió, y un bus ruidoso que pasó junto a nosotros casi no me deja entender bien. ? Pero hoy no tenemos afán, hoy usted no va a trabajar y yo no tengo que ir a estudiar ? le dije para ver si le mermaba al paso. ? Siempre hay que ir rápido. Uno no sabe, por andar elevado y despacio, a quién se puede encontrar ? me contestó casi gritando. Yo trataba de oír bien entre los pitos de los taxis que hacían mucho ruido, todos desesperados porque en el parque había un choque y no podían pasar, tremendo taco el que se armó. ? Usted lo dice por los ladrones, ellos le roban a los que van distraídos ? le dije con la voz agitada. Ya habíamos caminado varias cuadras y él parecía arrastrándome, a pesar de que yo intentaba seguirle el paso. ? Lo digo por los ladrones y por otro tipo de ratas que no me quiero encontrar ? entonces me miró como si yo supiera; ya sé que cuando me mira así es mejor no preguntar. Me imaginé que hablaba de unos enemigos, de ésos a los que les ha hecho trabajos en el taller y le quedan debiendo plata, él se enoja mucho, después los amenaza, pero ellos también lo han amenazado muy feo para que no les cobre, algunos son muy peligrosos, pero papá tiene 42

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que atender a todo el que llegue, porque donde se niegue es peor. Conversábamos casi gritando y él miraba para todos lados. Cuando veíamos que venía algún hombre, aunque fuera lejos, papá abría bien los ojos para ver quién era, no sé si se daba cuenta, pero ahí disminuía el paso, me apretaba la mano y sudaba. Yo aprovechaba para descansar un poco los pies, aunque el miedo y los apretones de él me cansaban mucho más. Ya íbamos frente al colegio bonito, uno que era muy feo, pero que lo fueron tumbando y construyendo a poquitos, a mí siempre se me olvida el nombre. Yo miraba hacia arriba y veía la calle larga y empinada, esos vidrios brillantes de los carros que me encandilaban y el sol quemando mi cabeza. Esa calle me parecía interminable con los buses que pasaban junto a nosotros, la gente sentada, cómoda, sin caminar tanto; ellos también iban para el centro. Pero a papá no le gusta subirse a esos buses, sino a los que pasan por el lado de arriba, aunque queda más lejos de la casa, ésos no pasan por la Cuarta Brigada. Creo que Pipe se va a cansar mucho, pero seguramente le va a comprar una paleta, saben muy bueno cuando uno está tan acalorado. Pipe no sabe las cosas que yo sé. Él le preguntará a cada rato por qué tienen que subir hasta allá arriba y cuando él lo mire no entenderá que no se puede preguntar más. Papá se va a enojar mucho. Puede que no pregunte tanto, tal vez mientras caminan papá le cuente una de esas historias que él sabe y así Pipe se olvida de las preguntas. Cuando lleguen arriba 43


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y se monten al bus ya papá estará tranquilo, siempre es así. Pobre papá, ojalá tampoco se encuentre con policías, él se asusta si ve uno, es que como no tiene papeles, por eso también tiene que estar atento, eso sí que es un problema. Él se pone triste y también muy raro, como incómodo, con rabia; siempre pasa lo mismo cuando le mencionamos eso. Yo ya no le volví a preguntar por qué tenemos sólo los apellidos de mamá. Es que cuando uno va creciendo entiende las cosas. Yo ya le dije a Pipe que todo eso se lo pregunte a mi mamá, ella sí lo explica con calma y no se enoja. Así fue la otra vez que yo llegué muy aburrido porque Julio me preguntó que cómo se llamaba mi papá y yo le dije: Pacho Arenas. Él se puso a jugar con la palabra arenas, después me preguntó por el nombre completo de mi mamá, yo le dije que con el apellido de ella no se podía jugar mucho porque Dávila es como muy serio. Julio se quedó todo pensativo. ? ¿Usted por qué no me había dicho que vive con su padrastro? ? dijo después de pensarlo un rato. ? Usted se está embobando, yo tengo es papá y no padrastro ? le respondí rápidamente, pero él no se daba por vencido. ? ¿Diga pues dónde tiene usted el Arenas? ? Me habló como retándome. Me quedé callado, yo creía que los papás decidían qué apellidos llevaba uno. Pero ahí pensé que mi papá como es de mandón, seguro hubiera decidido que nos pusieran el de él. Julio me dijo después: “debe ser que lo ve como su 44

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hijo porque está con usted desde que era chiquito y no le quieren contar la verdad”. Mis otros amigos dijeron que él tenía razón. Ahí fue cuando mi mamá me contó la historia. Ella, con una voz muy calmada, me llamó: “Venga mijo, no se sienta triste por esas cosas, todo tiene una explicación”. Entonces me contó que cuando mi papá era muy joven tenía unos amigos muy malos, ellos lo engañaron y lo invitaron dizque a una fiesta, pero mentiras, ellos iban a robar. Le dijeron a mi papá que cuidara afuera, él les creyó y se quedó ahí parado esperando a otros, tal como le habían dicho, pero alguien sospechó y llamó a la policía, ese día se los llevaron a todos. Pobrecito, estuvo en la cárcel, pero como era inocente no quería pagar lo que no había hecho. Un día que lo iban a llevar a otra cárcel vio la oportunidad y se escapó. Mi mamá no me sabe decir cómo fue eso, no sabe detalles, dice que de milagro papá le contó, y eso porque ella quería que se casaran y él insistía en que se fueran a vivir juntos, ahí, dice ella, le tocó soltar la lengua. Por eso es que no puede andar con ningún documento, ni siquiera con el registro civil, como Pipe. Mi mamá dice que después de un tiempo ya él podrá andar con su cédula, pero que no sabe cómo va arreglar lo de la libreta militar, ella también se confunde, no sabe si primero le tocará sacar la libreta y luego la cédula; bueno, ella finalmente dice: “No nos preocupemos tanto que cada día tiene su propio afán, ya veremos”. Mi mamá es muy práctica, trata de no enredarse con lo que no tiene solución. 45


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Ojalá que Pipe no vaya a preguntar lo del apellido, papá se pone raro, primero le dice a uno que no pregunte bobadas, que siempre con lo mismo, lo manda donde mamá y, si uno sigue preguntando, la cara se le va poniendo rígida, colorada, habla más fuerte y después, uno hace cualquier cosa y rapidito saca la correa, y bien dura que es. Pero si Pipe se entretiene mucho, seguro no va a preguntar nada. Se me olvidó decirle que no mencionara las visitas a la abuela. Él casi no nos lleva. Las tías son unas señoras que me parecen amables, pero mi papá dice que pilas, que son muy comunicativas. Ellas también saben toda la historia, claro que mi papá me ha dicho que cuidadito con preguntarles cosas, yo por eso contesto: “tranquilo, si yo quiero saber algo se lo pregunto usted”. Él se queda calmado por un rato, pero yo sé que le tengo que preguntar es a mi mamá. El día de la madre del año pasado estábamos todos allá en la casa de la abuela, las cosas iban muy bien, hasta que llegó la tía loca, eso dijo mi papá, y yo le creo, porque ella es muy rara. Entró en silencio y cuando vio a papá empezó a hacer escándalo. ? ¡Ay Dios mío, pero qué milagro, qué es esta maravilla, por fin San Juan se dignó mover su dedo tan tieso! ? Se fue, le dio un beso en la mejilla y lo abrazó como si lo fuera a estrangular. ? Vos como siempre tan escandalosa ? respondió papá, mientras intentaba soltarse. ? Entonces, ¿cómo está mi hermanito Juaco, o será Martín o tal vez Pelufo? ¿Cómo se llama ahora su papá? ? decía y nos miraba, pero no le entendíamos. 46

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Nos dio mucha risa, es que Pelufo sonaba muy gracioso, le dijimos que se llamaba Pacho, pero ella se rió más, soltó unas carcajadas y no podía parar. Mi papá se enojó y nos dijo que nos fuéramos rapidito, la abuelita se puso a llorar y a nosotros también casi se nos salen las lágrimas. Papá dijo que a esa casa no se puede ir porque las cosas siempre terminan mal. Ojalá Pipe no le diga que cuándo vamos donde la abuelita, a mi mamá le vive preguntando y ella le contesta que después, cuando estemos más grandecitos. Yo a veces le digo a papá, pero con la boca cerrada, simplemente mirándolo; lo hago con la mente: tranquilo, yo entiendo lo de los otros nombres, así ni la policía, ni nadie se da cuenta de que usted es el mismo que se voló de la cárcel. Y mi mamá también dice: “Tranquilo mijo, cuando pueda volver a tener su propio nombre en la cédula, registra a los muchachos con su apellido”. Pero también pienso ¿será que a uno se le puede olvidar el nombre verdadero? Ojalá a papá no se le olvide, ni yo sé cuál es. ¿Y cuando ya no exista ningún papel que tenga el nombre? ¿Y si se borra de esas oficinas donde lo dejan? Ojalá que eso no pase. La abuela reza mucho, dice que lo hace para que Dios algún día le perdone a mi papá lo de la sangre derramada, yo no entiendo eso, más bien debería rezar para que Dios le quite esas pesadillas que lo despiertan por la noche. Mi mamá ya sabe cómo manejarlo, se da cuenta cuando él empieza a moverse mucho y a murmurar cosas, y antes de un susto mayor, lo toca, lo mueve un poco y lo despierta. Yo a veces creo que ella ni duerme por estar pendiente. 47


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Ahora que soy más grande puedo entender muchas cosas. Mi mamá dijo que los amigos de juventud de mi papá están muertos, por eso son esas pesadillas, seguro él sueña con esos que le tendieron la trampa, porque como él se pudo volar y ellos no… Pero eso no se lo puedo decir, él no sabe que mamá me contó esa historia. Cuando Pipe pregunte yo le voy a contar, así él también entiende las cosas. Allá los veo, ya vienen, y papá se está riendo y… Pipe también. Seguro no le preguntó nada. Ahora se va a enojar conmigo porque no he terminado la tarea, me va a decir que por eso no puedo aprender y… tan grande y repitiendo el año, que ahí estoy pensando bobadas, y elevado como siempre, pero cómo le voy a decir que no es tan fácil escribir la biografía de él, yo mejor hago la de mi mamá y listo, no sé por qué de una vez no pensé en hacer la de ella, ya hubiera terminado.

María Orfaley Ortiz Medina. Cañasgordas (Antioquia). Psicóloga y especialista en estudios sobre la juventud, de la Universidad de Antioquia. Ha publicado los cuentos infantiles “Nucamono quiere saber” (2008) y “Lucy” (2010) en la editorial Libros & y Libros, y “Gala la tortuga” (2007) en Especial Impresores. Un cuento suyo fue incluido en Obra diversa (2007), antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto; también ha dado a la publicidad distintos artículos de psicología aplicada en el área educativa y social.

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Dos cuentos.

En el espejo Luz Adriana Bedoya Múnera No se veía en el espejo. Por eso necesitaba mirarse en otros ojos. Se buscaba en las esferas blancuzcas, ojos desteñidos que soslayaban su reflejo, en las vitrinas de los almacenes, o en cualquier viso que encontrara a diario; miradas entumecidas que esquivaban su reflejo. Pasmada, esperaba aunque fuese el espectro de sí en la lámina de cristal dejada por la lluvia, que se alzaba trepando por las fachadas al pie de andenes y ventanas. Interponía su pie calzado de cuero, en los arroyuelos que corrían celebrando la tempestad ya ida. Formaba espejos de agua, al acecho de al menos un destello de su imagen. A veces se avergonzaba por la inquietud de los vecinos ante su juego, ya no tan acorde con su talla. Cegada la mirada, se paraba frente al espejo cada mañana simulando verse. Cuando coincidía con la madre, seguía de oídas sus movimientos: el peine arrojado por la pendiente de su cabello se bamboleaba como un trapecista en su tela. Escuchaba el color matizando su piel. Ella, la hija, ensayaba los mismos movimientos confundida a diestra y siniestra. 49


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? ¿Quién es la más bella?— se arriesgaba a preguntar la madre. —Ella? acotaba él, exasperado por la monotonía de la pregunta y al parecer por la obviedad de la respuesta, se dejaba escuchar como el golpe seco y único de una puerta que se cierra en la nariz de un intruso. Sin importar quién lo interpelara, su declaración era invariable: “Ella”. Pocos sabían de su condición. Su madre se esforzaba, combinando órdenes y estilos, y llevándola a un paso de la moda para que su falta de visión no la hiciera miserable. Con una media sonrisa disimulaba la torpeza con que la emulaba, mas Ella intentaba interrumpir ese silencio de los ojos, concederse una mirada, dejarse seducir por la promesa del lente de reproducir su imagen, de surcar el vacío en una fotografía, de capturar ese instante de erotismo con el que la edad la salpicaba. Pero el encanto se mudó en horror y le pareció que las manos del viento, más que acariciarla, querían degollarla. No. No se parecía a la madre. Era como esa ciudad: de grísea nostalgia por el exiguo sol, con el alma color ocre por la falta de lluvia. Como el mar en el otoño, con la bruma por abrigo. ¿Dónde hallaría la horma de mujer que se acomodara a ella? ¿La vería entre las manos diligentes que exhortan a dormir a los infantes? ¿Entre naranjas, verdes y blancos sabores… o meneándose entre telarañas y agua fresca? ¿Entre las aventureras que le prohibieron frecuentar para que no se contagiara de la pasión sin religión… o entre santas? Rollizas, esbeltas, de cabello hirsuto, monas lisas, de porcelana, de barro; veía sus pies en el asfalto, las manos aferradas a su bolso como a su destino, lleno de 50

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libros, o de todo lo necesario como en botica de barrio. La noche llegaba, mientras sus ojos deambulaban por ahí, con el acostumbrado relevo de luces y ruidos, y con la luz artificial, convertida en una silueta ensombrecida, ella y sus visiones regresaban a casa sin conseguir ni un rostro, ni un paso cercano. En la cama, esquivaba el sueño con una plegaria antes de dormir, rogaba porque algún brillo de la memoria le devolviera alguna claridad sobre sí. Pero sus noches eran una estepa baldía de quimeras. Los gatos en el tejado, el gorgoteo del reloj y el gorjeo de la ventisca al pie de su ventana eran su única compañía. A veces se quedaba como un poste frente al espejo. Veía pasar una caravana de paisajes y rostros anónimos como los cuadros que se forman a través de las ventanillas del tren. Una galería de lienzos, que furtivamente contenían algún viso o forma reconocible por ella, un cuadro luminoso que se desvanecía indolentemente, y desaparecía al cabo de unos segundos. Las edades se sucedían unas a otras: lo mustio y lo lozano. Lo que permutaba y lo que se perpetuaba lo presentía en las miradas que la desnudaban o la vestían. Lo sabía por las sensaciones que éstas producían en su piel, por la forma no acostumbrada en que arqueaban las cejas y entornaban los párpados. La escrutaban. Batían las pestañas, fruncían el ceño o arrugaban la nariz como esquivando un fulgor intermitente, un intenso olor o una repentina oscuridad. En la calle la ojeaban con chispas de inquietud, pero no lograba asir de qué se trataba, pues no tenía una imagen en el espejo que se lo contara.

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Ese calor que se desprendía de las miradas coloreaba las sombras en las que ella atrapaba una tonalidad, pero ningún rasgo particular. Otras veces exhalaban tanto frío que sus lágrimas se convertían en gotas de granizo, o sus dedos se crispaban por el horror que le producían. La asustaban la fijeza y mudez de algunos ojos, pero confiaba —porque así le había sucedido ocasionalmente? en que éstos inesperadamente se llenaran de luz, como si los rondara una tropa de cocuyos. Aunque el mundo se extendía más allá de la ribera, ella seguía recorriendo cada mañana, cada noche, el mismo camino de asfalto, entre hilos, trapos y texturas. Dócil a su suerte, sin contar el tiempo, hubiera permanecido hasta el final de las piedras o de la arena, si el catalejo de la madre no hubiese envejecido. La dejaban exhausta y sudorosa esos largos ensayos, probarse cada vestido como capas que se adhieren y desprenden de la piel, sucesivamente. Atolondrada por la unción de perfumes buscando el que más favoreciera su humor, regresaba a casa. Fue entonces cuando se topó con una tienda de arte ignorada en su cruce habitual por esta avenida. Desde la puerta reconoció algunas pinturas: Venus, La libertad guiando al pueblo, La joven del arete de perla. Entonces soñó con Artemisia y con Safo, y con ella. ? ¿Deseas… pasar?— dijo, interrumpiendo la penumbra. —Sí— respondió ella, extendiendo la i en una sonrisa encendida. Y al darse vuelta para avistar la voz que la llamaba, se vio por primera vez. 52

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Cuatro recuerdos

Intentó atarlo con su mirada, traerlo de vuelta con su aliento, enseñarle a navegar, pero fue en vano, su globo rojo revoloteó hasta que se metió en la negruzca cúpula celeste. Lo perdió cuando acosada por un insolente ventarrón intentaba mantener su pudor bajo la falda. Vio, entonces, cómo el parque se convertía en una gigante moneda de plata empujada por el viento que en cada vuelta dejaba ante sus ojos perplejos: el florero de agua borboteando colores, los villancicos que se le escapaban a la catedral como suspiros de ángeles enamorados, y el ramillete de globos que parecía el cuerpo enclenque de una persona con cabeza y manos redondas de aire, que se inclinaba hasta su oreja como si quisiera anticiparle su sino. Y sus bolsillos vacíos, bolsillos de obrero, austeros especialmente en Navidad, la llevaban a casa sin el testimonio de un paseo por el Parque Bolívar de la mano de su padre. Iluminaron aquella montaña de cocuyos artificiales, le trazaron senderos de asfalto por los que echaron a andar a sus descendientes. Él y otros vecinos, también 53


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obreros, dedicaron una centena de domingos a levantar sus casas ladrillo a ladrillo con la paciencia del sembrador. El dueño de la casa de citas, el vecino que cultivaba cebolla de rama en el patio de su casa, el señor que fumaba todas las noches un cigarrillo descansando su cuerpo en el cerco de la ventana principal, el amigo que le encargó cuidar de su familia en su ausencia, todos ellos habrían de llegar a la vejez, él no. Con los ojos puestos en el occidente presenciaba las grandes fauces del anochecer devorándose las formas del mundo y escupiendo sombras; de cara al día que enmudecía, apretaba, en un abrazo que pretendía ser eterno, sus últimas imágenes, hasta que el sol entornaba sus párpados. Entonces se daba vuelta y recorría a toda prisa la línea trazada mentalmente desde la puerta hasta el interruptor, encendía la luz en todas las habitaciones de la casa, levantaba aquellas mantas ennegrecidas conjurando, una vez más, esa presencia fantasmagórica, ese vaho gélido que respiraba la noche prendiéndose de su piel, de sus paredes, como el humo de una fogata, como el olor a quemado. Era una cita a la que no faltaba desde hacía ya trece años. Lo observaba bajo el dintel, de espalda a la cocina, sacando punta a un lápiz con un cuchillo cuyo oficio estaba entre carnes y verduras. Absorto en esta labor, mientras ella, embelesada, seguía sus movimientos, hasta que finalmente probaba la firmeza de la punta del lápiz apoyándolo en cada uno de los dedos de la mano izquierda, se lo entregaba como si fuera la misiva de un caballero a la mujer que ama. Si terminaba antes de las 54

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cinco de la tarde podría sentarse a su lado a escuchar las aventuras de Kalimán. Al acercarse, sintió su cuerpo aún caliente como si pasara la mano por encima de trozos de carbón —sin tocarlos? cuando la llama se ha extinguido. Supo entonces lo que la muerte le hacía a los que se ama: los vuelve silencio, los deja sin voz. Su madre la invitó a que le hablara al oído, convencida de que aún le escucharía, pero las palabras quedaron petrificadas bajo su lengua, el cuerpo se le dobló como girasoles que buscan la luz, como abedules en una borrasca; su padre muerto marcaba la pérdida de su inocencia. Y es que ella ignoraba lo perecedero de la vida. Nadie había muerto antes en la familia, si al menos hubiera tenido una mascota para entrenarse en eso de enterrar a los muertos y acostumbrarse a su ausencia. De pie, un paso más allá de la entrada, la cripta simuló un tablero gigante de ajedrez: cada osario, un recuadro blanco o negro, un depósito de huesos al que había sacado del anonimato pegando en aquel retazo de madera su nombre recortado en papel silueta, encabezado de las solicitudes de empleo que ella llenaba para él; nombre con el que firmaba las cartas que le escribía a sus tíos residentes en el extranjero. Se derrumbó. La pared se desplomó y sus huesos se confundieron con los escombros y el ripio de cemento. Con los hilos de lluvia que bajaban del tejado llenaba la cuenca de su mano, cambiaba de ropa a sus muñecas e inventaba conversaciones entre ellas o revisaba las estampas repetidas de su álbum “amor es”, parlamentos 55


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que no la dejaban escuchar las plegarias que la familia entonaba cuando se reunían para conmemorar cada aniversario, aunque habían pasado varios años sin visitarse, aquella noche sumaban más de treinta, porque más que en las fiestas, esta familia se encontraba en los duelos. Entonces un riachuelo de lágrimas se le metió en la boca como un río desembocando en el mar, dejando entrever una mancha blanca que se alargó iluminándole el rostro como un sol en medio de un chaparrón, un alborozo que parecía haber encendido un farol al final de la calle en una noche sin luna. Saliendo de ese extraño arrobamiento en el que caía durante las ya acostumbradas plegarias fúnebres de cada año, dejó tras de sí el espiral de voces que se levantaba como el humo del cigarrillo, se sentó en el lumbral, dobló las rodillas y las amarró con el arco de su brazo izquierdo, y alargando su mano derecha hasta los flecos de agua, dejó tras la cortina de cristal el recuerdo de su padre, protegido de las cenizas del tiempo.

Luz Adriana Bedoya Múnera. Medellín, 1968. Trabajadora social, egresada de la Universidad de Antioquia.

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Ya no importa nada Magnolia Hoyos Fresneda Pero Roque, mi amor, después de vivir doce años juntos sin un sí ni un no, ¿vas a empezar a hacerme sufrir? A ver, a ver, ¿por qué no te quisites desayunar? Yo sé que no te gusta aguapanela negra y menos sin siquiera una miga de galleta, pero es que esta mañana no tuve con qué comprar ni una gota de leche, ni un tris de pan, y sabelo que me fui con el alma partida y el corazón vuelto tiras, ¿o lo que querés es que me meta de nuevo en la grande por un mugre de bizcocho? Será por lo bien que nos fue la última vez. Yo encerrada de patas y manos, y con la angustia de que estabas afuera muerto de hambre y de frío y arriesgado a tantos peligros… no, no, no, eso nunca volverá a ocurrir. Por mi parte nunca más, porque si va y te pasa algo, ¿qué rumbo cojo yo? Sin vos ya no me importa nada… y ya ves, tanto sufrir, tanta penalidad que hemos pasado juntos, y ver ahora el saludo que me das. Apenas medio abrites los ojos como si ya no quisieras miráme ni se te diera nada que yo llegara, había que ver lo contento que antes te ponías, ¿será que al fin te está entrando lo que estas porquerías de vecinos viven 57


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gritándome? Pues cómo te parece que en eso de bruja borracha tienen mucha razón, ¿o no ves como cosa de brujería, que yo con todos los años del mundo encima, casi trepada en este bastón, levante de puerta en puerta la ración diaria? Y lo de borracha tampoco es mentira. Vivo a media caña, sabrosa, como de caucho, porque hay gente entendida que sabe que a cristianos como yo nos apura más el trago que la cuchara. Dios bendiga a don Otavio que apenas me ve llegar, pone sobre el mostrador la botella y me pregunta si he vuelto a decir palabras feas, entonces como yo le digo que no, me entrega la botella y dice: “así me gusta, compromiso es compromiso. Ojalá yo pudiera vivir anestesiado como vos. Seguí soñando Concha, seguí soñando, que de cualquier cosa nos vamos a morir”. Entonces yo agarro el frasco y me aplico el primero, y ahí sí me quita la tristeza, ni siquiera me acuerdo de la hilacha de vida que me ha tocado arrastrar, y eso es lo que les parece muy horrible a esta mugre de vecinos, envidiosos de mier…, huy casi que la digo. ¿No ves que no he vuelto a decir palabrotas? Y vos Roque, tampoco vengás ahora a hacete el de mi alma y a volteame el trasero. Más bien hacé el esfuerzo y te echás un sorbo de trago a ver si volvés a ser el de antes. Upa, upa, dale, levantá el ánimo, sorbé, sorbé, abrí la boca, abríla, abríla, ah, ¿no?, tranquilo, tranquilo, quedate ahí en la cama cuan largo sos, que yo me aplano aquí en el quicio a bombeame mi cabo, y a mandame el poquito trago que me quedó de la cuesta, ¿o es que también tengo que subime esa pared a palo seco? Será porque la maldita no es larga ni tan junto al cielo, que si va y el resuello me saca 58

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un Dios mío, ahí mismo Dios pregunta: ¿qué querés Concha, qué querés? Te dio risa, ¿no? A ver yo veo: claro que sí, ahí estás voliando quijada. Entonces como creo que ya se te compuso el genio, te advierto de una vez, que si tu pensar es quedate conmigo hasta el final, tenés que aguantar sin hacer las carajadas que estás haciendo ahora, que yo viva chapola, sabrosa, contenta, porque sabelo y entendelo que sin correme mis vidrios no puedo vivir. Es como si me faltaras vos, y sin vos ya no me importa ni el trago, ni me importa nada, con solo pensalo se me anuda el pescuezo. Bebiendo y viviendo con vos es la única manera que me aguanto esta pendejada de vida, sin dame cuenta de su verdad, y mientras más gatos y cocodrilos vea volando, mucho mejor me siento. Además, cuando nos distinguimos por primer vez tenía más trago que ahora y que otros días, no podía ni teneme, acordate, y sin embargo no encontrabas cómo demostrame lo bien que te caí, te volvites una sola zalamería, y el afán por seguime no te dejaba aquietar, ¿entonces? Desde antier ni siquiera me mirás, ni te alegra que llegue, y lo único que te hace falta es como cualquier porquería de vecino coja a piedra este pobre rancho o le meta candela como tantas veces que han querido volvenos cenizas a los dos. Anoche, por puro capricho, te subites a la cama sin pasar bocado, y el run run de tus tripas no me dejó pegar el ojo, y aunque tuve el impulso de bajate a empellones y tullite a cantaleta, más bien me arrunché contra vos como siempre, y como siempre aguanté callada tus ronquidos de motor y tus triquitraques de fiesta patronal, porque a pesar de todo 59


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eso querido Roque, has sido el único que me ha querido como soy yo, y has estado doce años conmigo en la buena y en la mala sin importarte que huela a jabón o a indio descobijado, que reniegue como un infierno o rece como solterona apurada, si te cuento o te vuelvo a contar mis tristezas cuando me da la repetidora, o me trago la lengua cuando la berriadera me quita la pronuncia… pero sobre todo eso, Roque, te quiero porque nunca te ha dado por encerrame en tu puño, así, así, atafagada sin poder respirar. Es decir, acoyundada a vos como si fuera tu cuero, tu boca, tus manos, y otras veces como si yo fuera un trapo sucio pa' limpiate el mugre. Te digo esto, queridísimo Roque, porque todos los que se acostaron conmigo en los rastrojos o en tarimas elegantes, cuando no me maduraban a trompadas, era porque andaban repitiéndome lo que no les gustaba de mí, que no dijera esto, que no me pusiera aquello, que no me comportara así, que caminara asá, es decir, como si yo fuera una de esas muñecas que el almacén viste y arregla a su amaño. En cambio vos has sido lo contrario, aprobante, compañero, confiado, seguro de mi amor. A tu lado siempre he sentido que soy yo. Pero vos tampoco te podés quejar. ¿Cuándo estoy siguiéndote, acosándote, haciéndote la vida más difícil de lo que es? ¿Cuándo? Nunca. ¿Cuántas veces te has quedado por ahí dos o tres días sin volver al rancho, sin dar señales de vida? ¿Cuántas? Sin embargo, siempre te recibo con los brazos abiertos, yo sé en mi interior que soy la que manda la parada. Pero esos otros, ve que don Pepe, barrigón tan abusivo, más de dos años me tuvo encerrada en su hotel 60

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vendiéndome a sus pasajeros, y me decía que yo dizque era suya, porque me acostaba con él. Y yo me acostaba a ver si me subía la ración y no me daba tanto hambre al amanecer, pero nada, “usted es mía, y nunca se puede ir”. Pero yo que ya me le había vuelto aire a mi mamá por no criarle más mocosos, ¿no ves que apenas paría uno, empezaba a coloretiase por ver quién le hacía otro? Entonces un día también se me subió la bilis con el barrigón ese de don Pepe, le uñetié una plata, ¡y los que vuelan! El viejo prendió cielo y tierra y a la cárcel fui a parar. Al principio me aburrí mucho porque las monjas nos enseñaban unas cosas de Dios que nos confundían más de lo que estábamos, no las pude entender, por eso será que Dios nunca me ha servido de nada. Pero cuando se dieron cuenta que sabía leer y escribir, y un poco de conocimientos que le cogí a mi tía la maestra que mataron, me pusieron a enseñale a las nuevas presas. Al encontrarme con eso me pareció que era el cielo, hasta creí que existía la felicidad. Pero se llegó la hora de salir de allá dizque para organizar la vida, decían las monjas, a buscar un trabajo honrado, pero ¿a cuál ladrón que estuvo preso le dan trabajo? Entonces como yo no podía morirme de hambre, y además como no era la vieja descachalandrada que hoy ves, y estas greñas blancuzcas eran una negra cascada que me llegaba a media espalda, ya sabés porque mucho te lo he contado, que del chiquero me llevaron al hospital casi podrida y casi ciega. Maldita sea, ya me dio otra vez la lloradera, sin embargo, Roque, cuando ya no le saco una gota a la botella y ni siquiera sé quién soy como estoy ahora…, ¿pero qué son 61


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esos porrazos en el techo y este humero? Ah carajo, ya empezaron estos malditos a tirar piedra y a quemar el rancho…. Úsquele, Roque, úsquele, úsquele. Salí a mordelos, salí a mordelos y si agarrás una nalga me tráes la tira… pero movete, movete, mirá que nos están acabando a piedra y ahogando a humo, pero movete, movete, ¿qué te pasa? Por qué tan frío, tan tieso, … no puedo creerlo, Roque, no puedo creerlo, sin vos ya no me importa nada… esperate me tiendo encima tuyo, así, así, hasta que estos hijueputas me maten de una pedrada y nos volvamos cenizas los dos juntos.

Magnolia Hoyos Fresneda. Sopetrán (Antioquia). Libros publicados: Cieloazul (1995), Biblioteca Pública Piloto. Mario Escobar Velásquez incluyó un cuento suyo en la Antología comentada del cuento antioqueño, Thule Editores (1986). Ha publicado cuentos en Antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2003) y en Obra diversa (2007), selección de textos del mismo Taller. Fue colaboradora de El Colombiano y otras publicaciones.

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Purgatorio María Cristina Berrío Palacio I En medio de la carretera abandonada, con la valija en la mano y de espaldas a la polvareda que levantó el carro en el que vino de la ciudad, Mercedes contempla su antiguo hogar. Su rostro demacrado y contraído refleja el deterioro de la casa y da un aspecto sombrío a su mirada. Las ventanas selladas por telarañas enmohecidas hacen juego con la puerta desvencijada que pende de una sola bisagra y se balancea con el viento. Al empujarla, un chirrido seco retumbó por el salón, ocupando toda la casa. El sol entraba por las grietas del techo atizando las paredes descoloridas. Mercedes, reconociendo el lugar, caminó de un lado a otro con tanta prisa, que el polvo acumulado en el piso, se dispersó en múltiples partículas que fueron a su encuentro y la cubrieron con un tenue velo irisado. Se dejó caer con peso de plomo sobre la única silla existente. Una risa seca, involuntaria, escapó de su boca, al tiempo que su mirada se extraviaba en los retazos de cielo que el techo cuarteado le permitía contemplar.

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II Veinte años transcurrieron desde el día en que Paulina, consternada por la muerte de su hermana, había ido de visita al pueblo. Llegó atareada de maletas, con tantos regalos que Mercedes supuso una gran generosidad (más tarde comprendió que sólo eran baratijas). Paulina la acechó con la sagacidad de un cazador avezado. Además de su gran capacidad de trabajo, intuyó en ella esa cualidad propia en las personas altruistas que se conforman con poco en esta vida, porque aspiran a una recompensa “superior”. El carácter reservado de Mercedes y la prolongada enfermedad de su madre contribuyeron a hacer de ella un ser aislado. No tenía vínculo con ningún vecino y su único pariente era la tía, que sólo hasta ahora conocía. Paulina le inculcó la idea de su desamparo y hábilmente fue moldeando en ella un sentimiento de compasión, que sumado al anhelo de estudiar enfermería (estudios que la tía pagaría), la llevaron a abandonar su casa y trasladarse a la ciudad como su acompañante. Paulina era propietaria de tres casas contiguas que se hallaban frente a un parque despoblado. Habitaba un apartamento construido en el segundo piso de la casa que hacía esquina, las demás las tenía arrendadas. La entrada era de una estrechez inusual; Paulina, que no alcanzaba una estatura media, debía inclinar la cabeza para evitar golpearse con el techo y sujetarse a la baranda de madera para ascender las escalas empinadas. Sin decidirse a entrar, Mercedes permanecía inmóvil. Dominada por la sensación de asfixia producida por el penetrante olor a naftalina que las escaleras encerraban, dio media vuelta con el impulso de volver a su pueblo, 64

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pero se conformó con abandonarse a los recuerdos. Casi podía sentir el aire fresco avivando su respiración cuando una voz estrepitosa, que no reconoció al momento, la sustrajo de su añoranza. — ¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que suba las maletas? —interrogó Paulina con impaciencia. —Pensaba en mi pueblo —contestó Mercedes, sobresaltada. Sin escucharla, Paulina realizó un movimiento despectivo con la mano, en ademán de superioridad, y como a una criada, le ordenó subir las maletas. Mercedes obedeció en silencio. Sin entender el cambio repentino en el carácter de la tía y muy contrariada, fue a la habitación que ésta le indicó. Sentada sobre el desvaído catre de hierro contemplaba las flores secas que ostentaba el jarrón de la rudimentaria mesa de al lado, sin comprender cómo podía considerarse un adorno a ese acopio de flores muertas. Una sensación inexplicable, parecida al desasosiego, la agotó al instante. Buscando aire quiso aproximarse a la ventana, pero se lo impidió un aparatoso clóset portátil que por la falta de espacio no pudo mover. Aunque el viaje la había fatigado, no lograba dormirse: la inquietaban, además de sus pensamientos, la imagen del forro plástico que cubría el clóset; en éste, desdibujados, con mirada suplicante, dos ángeles parecían interceder por algunas personas que, encadenadas, ardían en llamas, ante una virgen sentada en una nube con un niño en brazos. Cuando se despertó, la luz del sol le lastimaba los ojos. Recorrió con su mirada la habitación. Todo le era extraño. Mientras se desperezaba escuchó una 65


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campanilla, pero no le dio importancia. Pensó que sólo era uno de los tantos ruidos a los que debería acostumbrarse. Un segundo campanazo vino acompañado de un llamado exasperante. Mercedes salió de prisa. El pasillo que conducía a la habitación de Paulina se le hacía interminable. Se vio obligada a esquivar un laberinto lleno de repisas, cajones y estanterías con cachivaches apilados que se encontraban a su paso. —Buenos días, tía —dijo desde la puerta de la habitación. —Buenas tardes —respondió Paulina, malhumorada. Mercedes entró con dificultad a la habitación. En la puerta, a modo de prolongación de la pared, un aparador obstaculizaba el ingreso; contiguo a éste, y ocupando por completo todo el costado izquierdo de la pared, una estantería de madera adornada con arabescos sostenía una cantidad considerable de muñecas de porcelana, multicolores y dispares. A simple vista se veían corrientes, sólo Paulina parecía entender el valor simbólico que la compelía a atesorarlas. Había algo verdaderamente entrañable en la forma particular de apego a una muñeca vestida de dama antigua que ocupaba un lugar privilegiado dentro de la colección. En la pared adyacente se apoyaba el espaldar de la cama; sobre éste, una serie de crucifijos se sucedían unos a otros hasta el borde del techo. En la cama atestada de cojines, sobresalía el torso erguido de una mujer con los rasgos de la tía Paulina, que mientras daba órdenes, miraba impasible la ventana que tenía en diagonal y por la que entraba la luz contaminada con el amarillo ocre de la cortina. Mercedes se sintió mareada y para no perder el 66

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equilibrio fijó su atención en el único espacio que no estaba atiborrado: el techo. Cuando bajó la mirada, se encontró de frente con un rostro rollizo en el que estallaba una actitud inquisidora. Indudablemente, la tía Paulina se había transfigurado. Como si leyera un decreto, le dio instrucciones precisas para manejar la casa, le anunció sin explicación alguna que se encontraba en un estado de salud delicado y le ordenó retirarse. III Todos los días, con la misma rigurosidad, la campana anunciaba el momento de las labores. Se volvieron rutinarios el saludo, la respuesta apática seguida de las mismas órdenes con variaciones ocasionales, casi imperceptibles: ayudarla a bañar, luego preparar el desayuno según un menú austero, llevarla al balcón y, mientras ella toma el sol, limpiar una a una todas las porcelanas, sin olvidar el orden estricto y caprichoso. Al terminar de asear la habitación, sentarla en la cama, como si fuera la última porcelana (la pieza más extravagante de su colección). Disponer el almuerzo sin excederse en un gramo. Todo era medido; el tendero traía por encargo de Paulina, sólo los lunes y en cantidades precisas, las mismas provisiones. Debía asear dos habitaciones más, una destinada a albergar una colección numerosa de velas con réplicas de santos, traídas por el párroco cuando iba en peregrinación a Roma y por las que Paulina pagaba con largueza. La otra habitación era un santuario atestado en el centro con íconos de vírgenes; a los lados, permanecían dos bancas con reclinatorio que las escoltaban solemnes hasta el atardecer, cuando se reunía su grupo de oración, y el oratorio, tras dos horas de rezos, se convertía en un bazar. 67


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Se exhibían mercaderías que Paulina, después de regatear, compraba a muy bajo precio. Antes de la reunión, Paulina inspeccionaba minuciosamente las porcelanas: si encontraba una ligeramente fuera del sitio asignado, intimidaba a Mercedes con reclamos subidos de tono. Cuando todo estaba en su lugar, pasaba el dedo índice por la estantería y como si la sorprendiera cometiendo un delito, la acusaba de simular hacer la limpieza y chasqueaba los dedos, a la vez que enfocaba la mirada para ver caer al piso el polvo imaginario; en otras ocasiones, recostaba todo su peso sobre Mercedes, haciéndole perder el equilibrio y resbalar sobre alguna vela, que con un movimiento solapado, terminaba de quebrar para exhibir luego a sus amigas. Exagerando la pérdida y sin decir una palabra contra Mercedes, evidenciaba la torpeza de ésta, que se deshacía en excusas, y se responsabilizaba de los incidentes provocados por la otra. Cada tarde, a la misma hora y por el mismo lapso, al llegar las señoras del grupo de oración, Paulina se mostraba como en el pueblo, una mujer compasiva, caritativa y amorosa, en todo caso, “digna de ejemplo”, —decían sus camaradas, que no se cansaban de alabarla por su generosidad con Mercedes. “¡Y es que hacerse cargo de una huérfana!”–, recitaban en coro mientras se cruzaban miradas como queriendo arrancarse las palabras no dichas por temor a enfadar a Paulina. Desde luego, Mercedes tenía prohibido hablar con ellas, debía limitarse a llevarles café y retirarse luego a lavar la ropa. Cuando se marchaba la última señora, la campana volvía a sonar enloquecedora y Paulina, haciendo alarde de su tiranía, se hacía atender hasta dejarla exhausta. El 68

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agotamiento, la falta de otras actividades y el aislamiento fueron cambiando no solo sus facciones, que se tornaron rígidas, sino su altruismo, que se hizo sumisión envilecida. Frente a los otros se mostraba diligente, pero con ella era implacable, se reprochaba su falta de carácter que la mantenía subyugada a la voluntad de Paulina, se castigaba obligándose a servirle sin resistencia, se imponía esta tarea como un deber, se mentía a sí misma al suponer que tarde o temprano podría estudiar y liberarse de esa situación que se le hacía insoportable. El exiguo amor propio que le quedaba le impedía darse por vencida y regresar a su pueblo sin haber alcanzado su objetivo. Se animó pensando que sólo era cuestión de resistencia y que ella podría aguantar más que Paulina. Los domingos se diferenciaban de los demás días de la semana por la visita del cura que pasaba por el barrio dando comunión a los enfermos. Siempre permanecía una hora con Paulina, hora en la que Mercedes estaba obligada a dejar religiosamente la casa para ir a misa. Al regresar debía dar detalles del sermón. Ir a la iglesia le permitía liberarse por un rato de la presencia opresiva de su tía y de sus molestas colecciones. Detestaba limpiarlas. Los días se sucedieron unos a otros, los meses se convirtieron en años y los años en décadas. Cuando Mercedes comprendió que Paulina nunca cumpliría su promesa, sintió que era demasiado tarde para empezar una nueva vida, que por más que quisiera, el temor de regresar a su pueblo con las manos vacías y sin una vida propia, le impedirían dejarla. Se aferraba con ahínco a la más mínima esperanza, caminaba al borde de la desilusión, resignada. Sabía, con esa especie de comprensión que va más allá de las palabras, que su tía la 69


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devoraría, pero trataba de engañarse, le era más fácil creerse las promesas y mentiras de Paulina, que aceptar la realidad de su vida. Una vez tuvo el valor de confrontarla al reclamarle el cumplimiento de su promesa, ella, entonces, le contestó con ironía: — ¡Gracias a mí te has convertido en una gran enfermera! ¿Quién puede decir que no lo eres ya? —Sin permitir que Mercedes la interrumpiera agregó en tono de indignación: —Ya que te ha parecido poco el techo y la comida que generosamente te he dado, tal vez te baste saber que estarás incluida en mi testamento. A partir de aquel momento, Mercedes aceptó su destino y se entregó a cuidarla con abnegación. No volvió a reprocharse por su debilidad de carácter. El odio que sentía hacia ella creyó haberlo transformado en conmiseración. La idea de la herencia la asedió muchas veces, pero ésta la había confinado al lugar más recóndito donde permanecían los pensamientos inconfesables; ahora que Paulina lo mencionaba, le era lícito pensar que sería acaso una compensación, que le permitiría terminar sus días en la ciudad y disfrutando de una renta. A su edad, volver al pueblo le resultaba penoso. Varios años siguieron el mismo orden monástico, hasta que un día Paulina enfermó. El médico le dio seis meses de vida. Ella llamó al notario y lo atendió a puerta cerrada. La rutina de la casa cambió. La campana se silenció. Mercedes se había acostumbrado tanto a limpiar, que aunque ya no recibía órdenes, lo hacía obedeciendo a un hábito incontrolable. La morfina que Mercedes le suministraba por orden del médico, seis veces al día y en mayor cantidad cada vez, la mantenía dormida buena parte del tiempo. El olor asfixiante a 70

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naftalina se convirtió en un aroma agradable que tenía la bondad de atenuar ese hedor putrefacto de los tumores que le reventaban la cara hasta desfigurarla y provocaban muecas de repudio en Mercedes. Ver a Paulina en ese estado de deterioro le generaban sentimientos contradictorios, pues aunque la compadecía, no dejaba de experimentar una cierta satisfacción al saberla rendida y sometida a sus cuidados. IV De vuelta del entierro, reunidos en casa de Paulina, el notario procedió a leer el testamento en presencia del cura y de Mercedes. Al escuchar la última voluntad de Paulina, en la que dejaba las propiedades al cura y a ella “las valiosas colecciones”, Mercedes se sintió indignada. Se paró frente al cura, presa de un irrefrenable furor. — ¡No puedo creer esto! —Exclamó con voz ahogada por la furia—. ¡Es absurdo…! ¡Es repugnante! ¿Cómo pudo permitir usted, que se hace llamar ministro de Dios, que esa vieja loca me dejara en la calle? — ¿Cómo se atreve a expresarse en esos términos de su tía? Muestre un poco de respeto por los muertos, –contestó el cura estupefacto. —Respeto..., —repitió Mercedes, sintiendo que la sangre se le subía a la cabeza. Advirtiendo que no podía contener por más tiempo las lágrimas, que crecía en ella el deseo imperioso de golpear a alguien y evitando perder la compostura, les dijo con voz seca: —Hagan el favor de marcharse. —Le doy dos días para que se lleve sus pertenencias y abandone la casa –le contestó el cura—. Mercedes le tiró la puerta encima y no lo dejó terminar de hablar. 71


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Una vez sola entró a la habitación de Paulina, comenzó como loca a tirar todas las porcelanas al piso con tanta fuerza y con tal descontrol que también derribó las estanterías. La dama antigua rodó por el piso sin romperse; al verla, saltó sobre ella tantas veces que la volvió polvo. Contemplando el desastre en la habitación se sintió vengada. Su furia se aplacó al no encontrar nada más para romper, cayó rendida al piso y lloró por cada minuto y cada día de esos largos años pasados junto a Paulina, mientras su vida se desperdiciaba. Cuando ya no quedaba nada más por qué llorar, se fue a su habitación. No apagó la luz, pues en la oscuridad la dimensión de la habitación se perdía y esa noche quería sentir la estrechez de la jaula en la que había vivido tantos años. No lograba conciliar el sueño, estaba asustada. Se sentía cansada para empezar una nueva vida y al mismo tiempo, aliviada de que la pesadilla hubiera terminado. Regresaría al pueblo, no tenía otro lugar a dónde ir. Por suerte, en los últimos meses, durante la enfermedad de Paulina, ella había recibido la renta de las casas y sumado a unos cuantos pesos que logró ahorrar entre unos vueltos y otros, tendría algo con qué empezar. No mucho, pero al menos no moriría de hambre y tendría un tiempo para pensar de qué vivir en adelante. Pero, ¿qué hacer con las colecciones de Paulina?, ¿cómo entregarle el apartamento al cura en solo dos días?, se preguntaba mientras miraba el clóset que tenía en frente. Después de divagar por un rato, su mente se detuvo en una idea persistente. Se levantó de la cama, quitó con las manos las arrugas que al acostarse se habían formado en la colcha, llamó a la estación de autobuses y confirmó la hora de salida del primer bus para su pueblo. Empacó sus cosas antes de ir a la habitación del oratorio, donde 72

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encendió los cirios del altar; luego fue a la habitación de la colección de velones y los encendió uno a uno. Permaneció un momento disfrutando de la calidez nunca antes percibida en la casa. Salió con un equipaje ligero. Al cerrar la puerta, tiró por la alcantarilla la llave y se sentó en el parque muy abrigada a esperar el amanecer. Ante la reproducción en vivo de la imagen del clóset, pudo imaginar a Paulina ardiendo en las llamas que la devoraban con avidez. Estaba segura, las tres casas no le alcanzarían para comprar el cielo. Dio una última mirada para conjurar el horror padecido junto a Paulina, mientras la ascendente mancha de humo se desvanecía en las nubes que silenciosas, se apartaban para dar paso a un nuevo día.

María Cristina Berrío Palacio. Briceño (Antioquia). Realizó estudios de Administración de Empresas en la Universidad Pontificia Bolivariana.

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La calle 47 Victoria Eugenia Díaz López A los seis años una nueva calle es toda una aventura. Sobre todo si es una calle en descenso para alcanzar la velocidad suficiente y en la esquina “picar” la bicicleta mientras se entrena el equilibrio a punta de maniobrar en una llanta hasta la puerta de la casa, también para salir disparado corriendo apenas patean el tarro o para hacer giros desenfrenados con los patines que finalizan en la subida del garaje; así, entre ensayo y error, burlas y ánimos de los amigos, carcajadas y lloradas, pedazos de piel de las rodillas en cada centímetro de la calle, quedaron las cicatrices como recuerdo eterno de una infancia sin Ritalina. Las acacias del barrio son de la misma variedad y de distinto tamaño según la poda y manía de sus dueños; eso sí, cada una tiene su personalidad, pues siempre pasan por sus propias estaciones en tiempos diferentes. Cuando el árbol del frente está verde, lleno de pequeñas hojitas, el de nosotros, en la mitad de la cuadra, anda todo florecido: espigas amarillas llenas de cucarrones inmensos que al libar despegan las flores minúsculas y 74

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van dejando el piso como el jardín de “El gigante egoísta”. Si el del lado está a punto de quedarse sin una sola hoja y el dueño de casa anda cansado de barrer semejante desorden café, hay otro lleno de semillas que suenan al caer y al ser pisadas por todo el que pasa, o terminan de manera espontánea sembradas en los jardines. En la esquina de la 47 con la 71 hay un parque donde todos los niños llegábamos con los juguetes o nuestros perros; hacíamos fogatas, jugábamos fútbol, mejor dicho, un club house pero público; luego de tanto alboroto, risa, grito y vidrio quebrado, los vecinos mandaron a hacer unos montículos que, para nuestra dicha, se convirtieron en campo de cross, así que la única idea que les quedó para erradicarnos del todo fue sembrar pequeños árboles que ahora, 34 años después, son inmensos. No era una calle muy transitada ni ruidosa, podía cruzarla con los tacones de mi mamá a la velocidad de los pasos de la muñeca caminadora cogida de una de mis manos mientras en la otra llevaba el coche con el Angelino sin chupo para que llorara hasta el parque y en el techo la Michela que cantaba cual ventrílocuo “tengo una muñeca vestida de azul” u otros según el mini disco que le metiera en la espalda. Se oía de vez en cuando: “Botellas , frascos, botellaaaas furirí, furirí”. Jamás supe con qué hacían ese ruido parecido a una marimba, “Se arregla la depresiooooón”. Pasaban el bus de JesúsMaría, el de San Ignacio y el del Kinder Pinocho, uno que otro taxi y los carros de los vecinos de la cuadra. El único ruido nocturno era el de la corneta de la bicicleta de Raúl, 75


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el celador, encargado desde la carrera 70 hasta la 73 , el novio de Elvia, la que ayudaba en nuestra casa, la más vigilada entonces. Ahora se oye el Metro sobre el canto de los pajaritos desde las cuatro de la mañana, la moto que reparte El Colombiano a las cinco, los pitos insistentes de los minibuses escolares acosando los pocos niños que ahora viven por acá con sus abuelos por cuenta de papás divorciados o quebrados, las ventas ambulantes de tierra abonada, las frutas en cosecha, las bolsas para la basura, el pito característico del camión de entregas, el de las arepas de chócolo de Guarne que tiene un altavoz poderosísimo, y en las noches…. de cada local de rumba de la 70, todos los ritmos posibles, excepto rock y salsa clásica, que son los que podría soportar hoy a esos decibeles y a esa hora, lo más “cross-over”, desde música de peluquería , rancheras, salsa romanticona, hasta vallejartos, reguetón, y claro, ya para cerrar en la madrugada y dar paso al Metro, música electrónica y la voz del DJ animando a los últimos en partir que luego suben caminando por la calle, tirando botellas y, a veces, insultándose en los tonos más subidos. El paso del tiempo convirtió el parque en el paraíso de los Rotweiller y los Pitbull sueltos, a cuyos dueños si no les importa que su perro se coma un niño, menos en recoger sus desechos; es el parche de los hinchas de fútbol que regulan sus dosis de alcohol y drogas antes, durante y después de los partidos; es, dos veces por semana, la estación de los recicladores cuyas carretillas quedan muy ordenadas porque lo que no les sirve lo dejan ahí de basura , y claro, cómo no hablar de los 76

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actuales dueños: ahora el parque es la casa y el baño al aire libre de todos los que no tienen hogar y las guaduas les parecen maravillosas para medio camuflarse mientras están en cuclillas. Aún transito la calle 47, no con la parsimonia que da el paso de la muñeca, sino a la velocidad que alcanzaba con la bicicleta o los patines para que no nos vaya a pisar un carro o una moto o no se vaya a venir uno de los perros sueltos a morder el mío. Ya no se ven niños jugando, sólo los bebés con sus madres desplazadas escondiéndose del sol o de la lluvia y los que cruzan para ir a la estación del Metro del Estadio sin correr, los catalogo de suicidas velados. Los árboles de la calle y del parque han crecido mucho; a algunos sus nuevos dueños decidieron sacrificarlos por algún arbusto con florecitas; los que quedan tienen hongos en el tronco de tanta polución y siguen con su independencia de florecer siempre en momentos diferentes. Se alcanzan a ver desde el Metro por entre los techos y desde Googlearth como si uno viviera en una medioselva.

Victoria Eugenia Díaz López. Medellín, 1967. Ingeniera de sistemas de la Universidad Eafit. Ha publicado artículos en los periódicos Nexos, de la Universidad Eafit, y Gente de Laureles. Actualmente trabaja como astróloga.

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¿Y si Dios fuera una mujer...? Leonardo Gómez Marín Faltaban cinco minutos para las nueve cuando regresó a casa. Al abrir la puerta, un ligero escozor le recorrió el pecho y luego se esfumó al encender las luces de la sala. Suspiró. Vio que sobre la mesa estaba servida la cena, algo iluminada por la luz tardía de una vela roja. La tía Angélica no dejaba de sorprenderlo cada día con su amabilidad y cariño. Entró al cuarto y dejó los libros sobre la cama. Terminó la cena y, sin saber por que, se le antojó una ducha, que tal vez le reconfortara de aquel día tan difícil. Ya resbalaba el agua tibia por su espalda cuando se percató de que no tenía puestos los pantaloncillos. Turbado por el cansancio había irrespetado de esta forma las santas costumbres en un gesto de rebeldía a los principios impartidos por su madre durante tantos años. En ese mismo instante sintió que alguien lo miraba desde algún lado y creyó ver una sombra en la cortina. Algo empezó a palpitar muy fuerte en su pecho, se santiguó tres veces, cerró los ojos y corrió la cortina. La mano de ella comenzó a deslizarse por su brazo tembloroso y él 78

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por poco se derrumba, ardiendo por algo que no era el agua tibia. Trató de respirar despacio pensando que todo era una alucinación y al abrir los ojos tuvo que asirse al frío de los azulejos para no desfallecer. Ella dejó que él descubriera sus dientes hermosos y lo empujó hasta la pared donde él tenía la mano izquierda. Se acercó más y más, apagó la luz, algo que él quiso hacer pero no fue capaz, porque se estaba hundiendo lenta y dolorosamente entre el aire de las paredes, algo o alguien se lo tragaba con deseo y sufría como nunca al verse inmóvil. De nuevo cerró los ojos y tiró hacia atrás la cabeza, como quien se echa un trago fuerte y lo deja resbalar despacio hasta el pecho en un cosquilleo que entumece el pensamiento y alborota los sentidos. Los labios de ella ahora estaban pegados a los suyos y él se preguntaba si besar seria como recibir el cuerpo de Cristo o algo por el estilo. Cerró la llave y se quedó en silencio, aturdido con su respiración, que más parecía el quejido de un lobo herido o el principio de algún tipo de exorcismo. Por efecto de la cercanía, los senos de Alicia se pegaron al pecho de Juan Ángel, y un corrientazo le estremeció todo el cuerpo. Habían pasado casi diez minutos y no había acertado con pensamiento o palabra alguna. Comprendió que no era capaz de hablar, arrancó las manos de la pared y las puso en los hombros de ella con la firme intención de apartarla, era lo más valiente que como militante de Cristo podría hacer. Pero al rozar esa piel morena ligeramente humedecida por el agua tibia, quiso seguir así en lo que parecía ser un fragmento de 79


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eternidad, y aunque sintiera que pasaba un siglo, la atrajo más y dejó que los dedos resbalaran sin prisa entre el cabello revuelto y la espalda desnuda. Abrió los ojos y encontró los de ella, iluminados por el brillo plateado de la luna que entraba como un espía a través de la ventana. De su boca se escapó una risilla nerviosa y ella le correspondió con una casi igual. Ahora él la besó y sus manos empezaron a recorrer aquella senda que traía olores de río y montaña. Besó sus hombros y con la mano izquierda esculpió levemente el vientre, las caderas y los senos de aquella virgen que no se acomodaba a ninguna de las estampitas que le había coleccionado su mamá. Alicia, que conocía a la perfección el camino entre el baño y su cama, lo arrastró hasta allí, ahogándole los suspiros con la mano, como si hubiese alguien más en la casa. El había perdido cualquier orientación posible y de habérsele interrogado no sabría decir si estaba en el seminario, en su casa o en un sueño. Ni rastro del comentario que hizo la tía en la mañana, acerca de una vigilia pascual que se celebraría en la capilla de la vereda y de la cual regresarían al día siguiente. ¿Quien en esos momentos puede ser delicado con algo que no sea el otro cuerpo? Pero ella lo soltó por un momento, cogió la Liturgia de las Horas y la Biblia de Jerusalén para ponerlas sobre el nochero. Luego encendió el equipo de sonido y una voz gangosa irrumpió en el aura semioscura de la habitación. Cerró los ojos y se abrazó a Juan Ángel con frenesí. Él, con los ojos más abiertos que nunca, escribió en la espalda de Alicia los versos del Rey 80

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Salomón y todos los himnos de alabanza aprendidos en la soledad del seminario. Y el calor que los consumía por dentro se hizo néctar, tan pronto y al fin sintieron el efecto de una posesión divina. Ella lo apartó con violencia y él se tiró boca arriba como un crucificado. Pensó en decirle que era hermosa, que de alguna forma la amaba y lo supo el mismo día que llegó del seminario a pasar vacaciones, que ya no importaba lo que pensara su madre, así el retirarse del seminario fuera para ella una noticia nefasta; pero no logró balbucear nada. Ella no quiso abrir los ojos, evitando tal vez el rebose de alguna lagrima contenida en el pecho, se volteó hacia la ventana dándole la espalda y dejó que él la contemplara así dormida, vigilándole el sueño, hasta que lo venció la madrugada. En ese momento ya no le resultó sacrílega ni blasfema la frase del poeta Juan Gelman que el novio le había enviado a su prima Alicia y él descubrió por accidente el primer día mientras curioseaba la habitación. Quizá nunca más dudaría de que Dios existe. Soñó que era un San Sebastián desnudo y moría atravesado por las flechas que su madre lanzaba desde un púlpito. Estaba envuelta en un hábito oscuro y mugriento, pero él sabía que era ella. Aunque sintió ganas de llorar las lágrimas no acudieron a sus ojos. Luego se vio desnudo y en ese momento se descubrió angelical y hermoso como Alberto, el preferido del vicerrector. Las campanas le anunciaron la resurrección esperada durante los últimos siete días, Alicia se despertó 81


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sobresaltada y lo instó a bañarse enseguida mientras le preparaba el desayuno. Juan Ángel se alistó de prisa, comió en silencio y al momento de salir se percató de que algo le faltaba pero no atinó a saber que era. Ella lo siguió con la mirada y aquella sonrisa perfecta, simulando felicidades en sus ojos negros. Él, bastante torpe en sus maneras y hasta en su forma de caminar, no intentó palabra alguna, sólo regresó y le dio un beso en la mejilla. Sonó otro campanazo y ella dijo: ? ¡Faltan cinco minutos! Vaya rápido que en la iglesia lo están esperando. Caminando por la acera piensa que su vida es quizá una mentira, que está prisionero en un cuerpo prestado y Dios es el dueño. Alicia se la ha adherido en el pecho como una estampa, como una virgencita de las que su madre le ha hecho coleccionar. Se detiene en la esquina que da a la iglesia, vacila un tanto. Siente ganas de darle una patada al mundo, piensa en su madre, piensa en el seminario, piensa en Dios. ? ¿Y si Dios fuera una mujer? ? murmura antes de santiguarse.

Leonardo Gómez Marín. Yarumal (Antioquia), 1978. Técnico en Gestión de Recursos Naturales del Sena. Realizó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Pontificia Bolivariana; ha publicado algunos artículos en periódicos estudiantiles y en revistas científicas. Actualmente hace parte del comité editorial de la revista La Carreta.

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Ojos de agua Margarita Palacio Uribe Empezaba a caer la lluvia. Yo tenía la cara pegada al cristal y, desde allí, desde la ventana de la sala, la veía como una cortina de cuentas transparentes desenrollándose sobre la ciudad. A ratos el viento soplaba más fuerte y la cortina se agitaba; daba la impresión de que una mano invisible la empujara hacia un lado. Yo aprovechaba esos minúsculos intervalos para mirarlo todo sin los rayones que pintan las goteras, sin la niebla que desdibuja el paisaje en los días grises, sin el vapor que exhala el asfalto cuando el agua viene a refrescarlo después de una tarde calurosa. Mis ojos, entonces infantiles, esperaban a mi padre. Aguardaba verlo caminando, bajo la lluvia, desde el paradero de los autobuses que estaba a media cuadra de nuestra casa. Sabía que bajaría del bus de un momento a otro, que tal vez, a causa del aguacero, se resguardaría bajo el alero de la caseta de la esquina, y que luego, a saltos, cruzaría la calle, subiría los cuatro pisos y estaría allí, girando la llave en la puerta y entrando en la casa. Entonces, eso también lo sabía, yo le daría la espalda a la ventana y me abalanzaría sobre él. 83


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Aquellos eran otros tiempos. Ahora soy una mujer mayor. La noche ha caído como una tela negra llena de pequeños agujeros. Y llueve. Pero esta no es la misma lluvia. Las gotas juguetonas dibujan ojos traslúcidos que brillan con la luz que hay encendida sobre la mesa. Cuando el viento agita la llama parecen parpadear. Yo miro los ojos líquidos resbalando por el vidrio y me pierdo en ellos hasta llegar a ese día en el que puedo, desde otra ventana, vernos como éramos entonces. Allí está mi madre. Mueve las ollas y los peroles en la cocina. Después hace un ruido de ropa estremecida, como si el viento enfurecido de la calle se hubiera colado por un agujero y soplara dentro de la casa. De afuera llegan otros ruidos amortiguados, porque las ventanas están cerradas y no los dejan pasar del todo. Yo no necesito oír sino ver. Quiero que mi padre llegue. ¿Cómo se lo diré? Hace más de una semana que empezamos las clases en el colegio y no hemos comprado aún lo que nos han pedido. Mis amigas han estrenado uniforme y llegaron ya con los libros forrados (primero en papel y después con plástico, para protegerlos), la caja de los colores a los que todavía no les han terminado de sacar la punta y… Sigo pegada a la ventana. La nariz se me achata contra el cristal. Mis hermanos se han ido sumando a la espera. Empezamos a empañar el vidrio con el vaho de nuestra respiración y luego escribimos con un dedo en él. La lluvia va amainando poco a poco. Mi hermana me dice: “A la que primero lo vea” y yo acepto. Mi hermano, que es el más pequeño, advierte que él también quiere jugar. 84

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Estamos los tres atentos mirando la calle. Nuestra madre se acerca y empieza a hablarnos de algo que apenas oímos, porque ninguno quiere entretenerse y arriesgarse a perder. Los ojos están fijos en el paradero de los buses. Algunas palabras llegan sin que ninguno de los tres desvíe la mirada: “paciencia”, “los del año pasado aún sirven”, “intercambiarlos entre ustedes sería como estrenar”, “ahora no se puede. Son tiempos difíciles”. Pero entre una frase y otra hay un murmullo que las desconecta entre sí y de nosotros. Mi hermano es el primero en gritar: “¡Es él!, ¡es mi papá!”. Entonces la voz de mi madre se apaga. Yo soy la mayor y tengo once años. Mi bolso para el colegio está descolorido y ya no me gusta. No llevo uno, sino varios años con él. El de mi hermano es de hombre, así que no podemos cambiarlo, y el de mi hermana ya lo han tenido que arreglar varias veces, porque ella es muy descuidada y siempre lo va dejando por ahí. Yo sé cómo son las cosas; no del todo, pero algo sé. Tal vez no sepa de una manera exacta lo que pasa, pero veo las lágrimas en los ojos de mi mamá. No es llanto porque no ruedan, pero están ahí, represadas, haciendo lagos en su mirada que entonces parece borrosa. Mientras pienso esto la veo enjugarse los ojos, así que me digo: no me equivoqué, ella tenía lagos en ellos y ya iban a desbordarse. Ahora soy yo la que ve el bus escolar parar frente a la puerta. Ella se baja, menuda y juguetona. Entra a la casa trayendo en su mano una lista larga de útiles escolares que extiende y deja en las mías: “Mamá, esto es lo que hay que comprar”. Sus ojos en los míos se quedaron un 85


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instante mencionando mudamente urgencias, sin plazos ni treguas… El tiempo ha hecho remolinos grandes. Mi padre entra y con él pasa algo de la lluvia. La espera larga en la ventana se ha desbocado y todo ese silencio ansioso de los ojos que lo buscaban y todavía no lo veían bajarse del bus, es ahora una retahíla de palabras y peticiones. Las voces se chocan y entremezclan: “Necesito un compás”, “Yo un lapicero rojo”, “Debo llevar los colores para la clase de mañana”… “¡Ah! y nos faltan los bolsos”. “Por favor papá, por favor”. Aquí el recuerdo no es una memoria de palabras, ni una secuencia sucesiva de imágenes hiladas en el tiempo. En este recuerdo de hoy hay un respirar agitado de pura excitación, un perderme de nuevo en la lluvia sin moverme de la ventana, un mirar ansiosa el reloj temiendo que cierren los almacenes y no alcancemos a conseguir alguna de las cosas que aparecen en la lista. Y de pronto ya no sé qué edad tengo. Estoy en el mismo lugar contemplando el nostálgico paisaje que inventa la lluvia. Siento que el estómago me duele duro, a intervalos largos en los que quiero y no quiero un bolso nuevo. Deseo callar las voces de mis hermanos y recoger todas las palabras, esas que pedían cosas de algún modo imposibles y…, no pude, porque los once años hacen estas cosas muy difíciles. Al fin salimos los cuatro: mi papá, mis hermanos y yo. Caminamos más de diez cuadras sorteando los charcos que se habían formado en las aceras. Pasamos a lo largo de almacenes, uno después de otro: una papelería, el puesto de las revistas, la ferretería, luego un local en el 86

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que venden electrodomésticos, una juguetería y, ya no veo más; la lluvia vuelve a venir lenta, minúscula, y el brazo de mi padre nos arrastra presuroso. Llegamos al almacén. Mi padre se ha detenido en la puerta. Lo veo pensativo mientras sonríe y nos mira; parece que va a decirnos algo, pero nada nos dice. Yo encontré sus ojos buscando los míos. Se detuvieron de golpe y en silencio. Vi el arco senil de sus pupilas como velas encendidas, aunque tal vez eran las luces de neón de las vallas publicitarias las que bailaban en sus ojos. Yo tampoco dije nada. Entonces sentí de golpe todo el amor, y su mano apretando la mía hizo que no me importara que estuviera de nuevo cayendo fuerte la lluvia, que hubiéramos tenido que caminar todas esas cuadras que nos esperarían de regreso con la calle ya oscura. De pronto lo sé: me gusta este hombre que me sonríe. Veo a mi padre con su vestido gris claro algo pasado de moda, su corbata azul anudada al cuello, los zapatos negros desgastados por el uso y ya no sé qué hago en este almacén, ni qué cosa es la que hemos venido a buscar; sólo recuerdo una larga lista de útiles escolares borrada por la lluvia. Él empieza a proponernos un trato mientras avanzamos en medio de los estantes que se levantan a lado y lado: “Hoy los bolsos”. “¿Y el resto?”, pregunta mi hermana. “Hoy los bolsos, ¿de acuerdo?”. Tomo una mochila de colores hecha en cabuya y la cuelgo de mi hombro. Mi hermana busca una igual. Mi hermano elige la suya. “¿Podemos coger esto para decorarlas?”, al decirlo, mi hermana señala unos botones metálicos con dibujos distintos. Ya le ha pegado al suyo uno que dice 87


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“love” y otro que tiene pintado un corazón. La seguimos. Cada uno, de acuerdo con sus gustos, va adornando la suya. Ahora la mirada de mi padre descansa en mi hermana, delgada y larga como un alfiler, con el pelo claro resbalando por su cara. Ella está alegre y se toma su tiempo revisando otros botones que la ponen a dudar de los que ya eligió. Mi hermano nos sigue, revoloteando alrededor de nosotros, con su mirada amarilla. Para entonces ya no recuerdo las advertencias de mi madre, se me borraron los lagos en sus ojos. Mi padre mira a todos lados, parece buscar alguna cosa en la distancia. Gira el cuerpo sobre sí mismo como si esperara hallar a alguien detrás suyo, hasta que vuelve a quedar frente a nosotros, mirándonos con dulzura. Escucho el tamborileo de la lluvia golpeando el asfalto, salpicando los carros presurosos que ruedan por la calle, estrellándose en el tejado. La voz de mi padre se mezcla con la del agua. Ambas resbalan temblorosas, húmedas, casi tristes. “¿Listos?”, oigo que pregunta varias veces, como si no escuchara la respuesta que ya hace rato le dimos: “Sí, ya estamos listos papá”. “¿Listos?”, repite. Sus ojos van adelante, pero los pies, indecisos, pesados, son mucho más lentos. “¿Listos?”. Entonces veo a mi padre ayudándonos a salir silenciosos, con los bolsos colgados, a la calle ya llena de noche. Somos cuatro prófugos desandando unas diez cuadras en la gran ciudad. Margarita Palacio Uribe. Médica de la Universidad Pontificia Bolivariana. Especialista en Ginecología y Obstetricia de la Universidad de Antioquia. Publicó cuentos en la revista Yesca y Pedernal, de la Universidad Eafit (2004). También en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007).

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El compadre Héctor Ramírez Bedoya Juan el mendigo, ilustre compatriota, que lleva de un sendero a otro sendero su barba hirsuta y su mirar de idiota, no es un cero a la izquierda, un pobre cero. Luis Carlos López

Diciembre estaba en ciernes y en aquellos días reinaba en mí la felicidad. Las miradas traviesas de mis ocho años no vislumbraban los apuros económicos de mis padres en la crianza de sus cinco hijos. Yo era el primogénito. El traído del Niño Dios en la Nochebuena tenía en mi entusiasmo una forma de balón, como premio a mis calificaciones sobresalientes en la escuela. Para lograrlo, persuadía a mi madre reiterándole con zalamería lisonjas en sus oídos. En mi casa, los amigos de mi padre celebraban reuniones con alguna frecuencia para regocijarse jugando parqués y dominó. Entre ellos descollaba Luchindro, apelativo que suplantó su nombre de pila. Este fortachón tenía en su piel trigueña unos treinta años, cabello negro, boca de labios delgados y pómulos 89


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generosos. Sus escasos estudios lo habían dotado para entrenar sus músculos sin fatiga durante su desempeño en los trabajos rudos, proporcionándole una complexión física envidiable. Sus pies de esquís talla 46 llamaban mi atención. Era la noche del 24 de diciembre, una noche de estrellas y de fiesta. Los estallidos de la pólvora causaban alegría. El firmamento se decoraba con globos multicolores de papel, que elevados por el humo de sus mechas impregnadas de petróleo, obedecían sumisos a los caprichos del viento. Los niños mostrábamos los regalos del Niño Dios, y los adultos cantaban y bailaban tonadas de Navidad. A la medianoche había descubierto, sobre mi almohada, un flamante balón atrapado en su red. A tales horas, me dio la ventolera de jugar con mis amiguitos un partido de fútbol. Nos propusimos jugarlo en un prado aledaño, para satisfacer mi obsesión de estrenar mi juguete cuanto antes. Finalizaba ya la escogencia de los integrantes de los equipos, cuando apareció mi padre con sus amigos. Achispados por la generosidad del licor y con atuendos navideños, armaban alboroto. Y sin ton ni son, Luchindro propuso una idea inaudita. Adujo que nuestro encuentro sería un simulacro de partido y propuso relevarnos. Ellos, los mayores, serían los protagonistas de la exhibición futbolística, y claro, por tratarse de un juego de hombres adultos, la pelota debía ser inflada en toda su dimensión. La decepción me cobijó, y todavía no consigo explicarme de dónde apareció el artilugio para inflarlo. Con ademanes de suficiencia con el balón, Luchindro animó 90

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a mi papá para que le ayudara en la maniobra... puf... puf... puf... Echémosle más, repetía Luchindro... puf....puf...puf, e instantes después... pummm... El estruendo dejó aturdidos en el piso a los dos borrachos, y provocó carcajadas en los presentes, en tanto mi llanto emprendía la búsqueda del consuelo materno. En la mañana siguiente me contaron que Luchindro y mi padre todavía en el suelo, reaccionaron con los chorros de agua fría derramados por una vecina. Este incidente no me hizo la menor gracia y estropeó mi Navidad, pero no consiguió socavar mi admiración por ese mulato. Mientras yo crecía, la vida de aquel hombre coleccionaba anécdotas. Una noche, mientras yo jugaba a las canicas con otros dos niños, Luchindro escanciaba el licor del bar de la esquina. Nunca tuvo reputación de pendenciero. Delante de nosotros y en esa dirección, al cabo de un rato, cruzó un forastero con fisonomía de indio. Después de media hora seguíamos en nuestro juego, cuando la diversión entre los asistentes a la taberna degeneró en escándalo, y las piruetas de los espadachines en las películas francesas que nos producían tanta fascinación, las tuvimos en nuestro escenario. Relumbraron los machetes enarbolados con destreza por Luchindro y el desconocido. El pavor precipitó a mis dos amigos al refugio de sus hogares, pero las artimañas de la refriega entre los rivales me dejaron petrificado. Segundos más tarde, después de un mandoble, un chillido anunció la pringada con sangre en el antebrazo armado del rival de Luchindro. La reyerta continuó en medio del estrépito producido por el cierre 91


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de puertas y ventanas. Pasaron cinco minutos de saltos, improperios y choques de metales para que aconteciera una maniobra no esperada. El aindiado se apartó a una acera y gritó: —Esperá un momento maldito negro que ya vuelvo —y la furia lo acompañó calle arriba. Luchindro, con las llamas en sus ojos y el silencio en su garganta, guardó el arma dentro de la pretina del pantalón, y recordó al parecer, haber dejado un aguardiente servido. Las escenas presenciadas se multiplicaban en mis sentidos y no conseguía dominar mis temblores. Estuve atolondrado por algún rato en un amasijo de nervios, sin escuchar las impertinencias de los curiosos. Iba a marcharme hacia mi casa, pero no. Me detuve porque proliferaron voces que intensificaban su volumen. Una de ellas gritó: —Salí otra vez malparido pa que nos matemos—, había regresado el rival de Luchindro. Su antebrazo vendado blandía un temible machete, como de veinte pulgadas. Pero no estaba solo. Lo secundaba otro hombre con un arma similar. Esta pareja lucía encabritada y afilaban ruidosamente sus armas sobre las aceras. Sacaban chispas. Luchindro, sin hacerse repetir el reto y sin atisbo de temor, reviró a las volandas con un salto hasta la calle para reanudar la contienda. La pericia y el coraje en esa vorágine de metales respondían por las vidas. En mi asombro, no me percaté de que mi padre había llegado al sitio y al descubrirme tan próximo al campo de batalla, como una ráfaga, me sujetó por los cabellos y a rajatablas me llevó casi corriendo a la casa. 92

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Mi cuero cabelludo estuvo adolorido algunos días. Los comentarios de la mañana siguiente elogiaban a Luchindro y su concierto de esgrima con sus treinta y tres figuras. Había herido de gravedad a los dos hombres y mientras ellos eran atendidos de urgencia en la policlínica, él, sin un rasguño, había terminado de embriagarse. Luchindro también exhibía habilidades de chalán y domador de caballos. Era un espectáculo mirar amansarlos. Para estas faenas tan azarosas lo buscaban con alguna frecuencia, y después de varios revolcones, celebraba su triunfo montado siempre sobre el animal. Como secuelas de estas labores quedaban su antebrazo derecho curvado, en cuya zona media se escondía un tatuaje con una cruz y las iniciales VDCF (tiempo después entendería su significado: Virgen del Carmen Favorecedme), dos cicatrices en la cabeza y la amputación de un dedo de la mano derecha. Las conversaciones de los mayores me aclararon que el amigo de mi padre no conquistaba aún su primera novia. ––Casate, hombre —como una admonición le decía mi madre, buscándole halagar su existencia. ––Don Moisés no te va a durar toda la vida –, complementaba ella. Su anciano padre, con quien vivía modestamente en el sector llamado El Chispero, podría morirse sin aviso, y Luchindro afrontaría en la soledad el resto de su existencia. Al caer de una tarde fui testigo de una proeza más. Con otro niño, en un bosquecillo cercano, retozábamos 93


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trepados en los árboles comiendo mangos. De repente, tronó una voz que nos paralizó: ––Te voy a tumbar —enfatizó con arrogancia la voz más allá. Era la de un jayán de piel blanca, cabello liso y estampa atarzanada. Para evitar ser descubiertos nos aquietamos, aunque no veíamos a quien hablaba. En un descampado a pocos metros, cayó una camisa gris de manga larga e identificamos a Luchindro. Parecía un desafío de guapos. Nuestro conocido, al parecer, tenía la boca hastiada de palabras. El otro hablaba: —Casi matás a los hermanos Monsalve, pero no te tengo miedo. Una cosa es saber manejar el machete y otra cosa es pelear a puñetazo limpio —se jactaba el bravucón con baladronadas y giraba alternamente sus brazos como aspas. ––Te voy a noquiar ––repetía el combatiente que, al despojarse también de su camisa, desnudó su torso atlético. No había otros testigos. El viento no soplaba en la espesura, y el rumor de un riachuelo adyacente arrullaba el silencio. Los destellos en la agonía del sol se filtraban con oblicuidad entre las ramas de los árboles. —Decí alguna cosa, negro maricón —proseguía el foráneo con sus invectivas. Amagaba con sus puños y bailoteaba en círculo. ¿Sería un boxeador? “No hablés mal del puente, hasta no cruzar el río”, debió pensar Luchindro mientras lo miraba espabilado. Mi amiguito, sentado a horcajadas en un tronco arriba del mío, se frotaba las manos en señal de contentura. Con un dedo índice puesto sobre mis labios, yo lo reconvenía a guardar silencio. 94

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—Te voy a doblar con mi primer totazo. Soy el más poderoso. —El rubio comenzó a catapultar golpes en seguidilla, izquierdos y derechos, sin alcanzar a su rival, quien con destreza hacía regates para esquivarlos. ¿Habría aprendido Luchindro también a boxear? Su técnica lo certificaba así. Buscamos reacomodarnos en los troncos del árbol para no perdernos ningún detalle. Mi compañerito sonreía, cuando de pronto... ––Tasss...––Luchindro, encolerizado y como una centella, impactó el rostro de su antagonista. Prácticamente lo levantó del suelo, y dejó inmóvil a unos pasos. Nos miramos sonreídos, con ese puñetazo de maravilla. El encorajinado Luchindro, por increíble que pareciera y sin inmutarse, vistió su camisa y en engolamiento simiesco, aventó al noqueado una mirada de desprecio, y le encimó un escupitajo antes de marcharse. Quizá para su casa, quizá para el bar a tomar aguardiente. Después, nos asustamos porque el abatido no evidenciaba señales de vida. Con temor permanecimos en el árbol por otros momentos, y nos descolgamos luego con la prisa que patrocina el miedo. El desespero de nuestra carrera finalizó en mi casa: —Papá, Luchindro mató a un señor de un golpe y lo dejamos allá tirado en la arboleda —contó mi voz agitada para liberarme de mis tribulaciones. Mi padre se alarmó al contemplar el espanto de nuestros rostros. —¡Cómo así hijo! —De inmediato y con incredulidad, se dejó conducir por nosotros en los dos kilómetros hasta el claro del bosque. Pero no encontramos a nadie. Por el riachuelo escuchamos unos trompicones de alguien que huía, pero no logramos identificarlo. 95


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La certidumbre de mi simpatía por Luchindro se agigantó una barbaridad. —Hijo, te voy a comprar un vestido nuevo para que estrenés en el matrimonio de Luchindro —anunció mi madre una noche. Me puse pensativo. Como no conocía a la novia, ella me explicó: se trataba de una muchacha pariente de don Vinicio, el conductor de bus avecindado en la cuadra de abajo, llegada de un pueblo dos meses atrás a pasar vacaciones. Me puse en su pista y cuando conocí a Ángela Morales, me agradó al momento su hermosura campesina en sus 18 años. Deduje entonces que la valentía de un hombre se premiaba con los encantos de una mujer hermosa. Las campanas nupciales repicaron en una celebración con sobriedad de pobres, y después, la fiesta transcurrió con opulencia de ricos. Los niños gozamos con tanta gente y tanta música. Después de este acontecimiento, la palabra “compadre” ingresó a mi vocabulario. Así se trataron desde entonces Luchindro y mi papá. En la medida en que los días se tornaron meses, la pareja tuvo su primer hijo. En mi peregrinar por los caminos de la escuela me encontraba ocasionalmente con Luchindro, y sin falla, me llenaba de obsequios: dinero, dulces, y de su huerta, tomates, cebollas, yucas y plátanos. Y a modo de recado me decía: “Salúdeme a mi compadre”. Mi madre estableció con Ángela una especie de consejería matrimonial. Un año más tarde, un nuevo fruto de su regazo llenó de alegría aquel hogar, donde la felicidad parecía tener su trono. Por entonces, los trabajos de Luchindro eran dispares: agricultor, 96

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domador de caballos, criador de ganado, y últimamente, avaluador y comisionista en la compraventa de casas y fincas. Al fallecer su padre tuvo gran fortaleza de carácter y se esmeró en atenciones con sus amistades. El funeral de su viejo estuvo concurrido. Con alguna comprensión de los avatares de la vida, a mis doce años me enteré, con extrañeza, de que Luchindro había extraviado el cauce de los buenos modales y estropeaba el bienestar de su hogar. En sus pasajes de ebriedad ultrajaba a su esposa sin razón. Las relaciones con don Vinicio se erosionaron, pues no daba abasto llevando a su sobrina al hospital. Las vecinas murmuraban que tales desatinos eran inducidos por una amistad inconfesable, amancebada por Luchindro en otra comarca. Una amante, sostenían, lo había tornado colérico y era aconsejable la separación de Ángela, porque de pronto, con la reciedumbre de sus vejaciones, hasta podría matarla. Una noche, Luchindro enfermó de gravedad y fue hospitalizado con urgencia. El vómito y la diarrea no desaparecieron con los medicamentos convencionales. Estuvo recluido tres semanas y su afección, en el lenguaje de sus amistades, fue diagnosticada como un cólico miserere, cuyo origen los médicos no consiguieron dilucidar. Después de esta enfermedad lo cobijó una lobreguez, y la salud le fue esquiva. Su resistencia física se resquebrajó paulatinamente y lo más insólito para el vecindario era su enclaustramiento. Ese hombre de talante tan brioso fue atosigado por la ociosidad. Con el transcurrir de los días su conversación derivó a unas 97


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cuantas palabras y su mirada se desdibujó en la búsqueda de una explicación no satisfecha. Las señoras de la parroquia comenzaron a responder inquietudes. Concluyeron que Luchindro estaba enyerbado. ¿Quién pudo hacerle ese maleficio? ¿Señalar a Ángela? Imposible. Esa muchacha, prototipo del recato y abnegación no podría ser. Entonces, ¿a quién echarle la culpa? La deducción de las mismas lenguaraces señaló a una damisela residenciada en otro municipio. Sí, era lo lógico. Constatar que Luchindro saludaba con una mueca estúpida me dejó en ascuas. Vestía un saco raído y sus ojeras huidizas las disimulaba con la miseria de su sombrero. Era evidente la vacilación en sus pasos. Ya no solía laborar en nada. Así lo encontré una vez, cuando la conmiseración de mi madre me llevó a su casa a llevarle unos alimentos. —Volvete a peyer estuata —farfulló Luchindro. En mis oídos retumbaron estas palabras, luego de alzar con indecisión mi mano en la despedida. La señora me confió que sobrevivían gracias a los favores de sus parientes. Cierta noche, en medio del azote de una tempestad, la esposa desapareció con sus hijos sin dejar huella. Los rumores de las correveidiles conjeturaron la fuga con un hombre seducido por sus atractivos. La orfandad en el horizonte de Luchindro se asiló en las bondades de sus amistades. Algunos meses después, el destino le trazó otros rumbos a mi familia y la imagen del compadre se desvaneció en el recuerdo. 98

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Transcurridos cinco años y ya en mi juventud, tropecé con un hombre menesteroso en un estacionamiento de buses. Recostado a una pared con dificultad manifiesta, su mano extendida imploraba una limosna. Boquisumido por lo desdentado, bosquejaba el retrato de la inopia. Como un asalto a mansalva sobre mi memoria, descubrí a Luchindro, que a sus cuarenta años parecía un carcamal. Con sus ropas en andrajos, sus gigantescos pies desnudos arrastraban una fisonomía impresionante de infeliz. Juzgué pertinente regalarle algunos pesos y me agradeció, si puede expresarse así, con el esbozo de una sonrisa. Dio la impresión de recordarme. Comprendí que teníamos mucho para hablar, pero nada qué decir y le ofrecí un gesto amistoso como despedida. Su contestación fue todo un galimatías. Pero, como a los enajenados, a quienes por una fugacidad, los asiste la clarividencia de recopilar su pasado, a punto de reanudar mi marcha, Jaime Luis, caricontento, me carraspeó: —Salúdeme a mi compadre.

Héctor Ramírez Bedoya. Medellín. Médico de la Universidad de Antioquia y anestesiólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana. Libros publicados: Historia de la Sonora Matancera y sus estrellas (1996); Historia de la Sonora Matancera (1998); Leo Marini, Bobby Capó y Nelson Pinedo Estrellas de la Sonora Matancera (2004); Celia Cruz, Alberto Beltrán y Celio González - Estrellas de la Sonora Matancera (2007). Un relato suyo fue incluido en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007).

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Y la casa ahí Lía Moreno de Saldarriaga Quienes vayan a investigar a Santo Domingo, sobre asientos viejos, como tan bellamente dicen allá, podrán ver la casona tal como la habitó el maestro. Magda Moreno

Esta es la casa. Hace tantos años que yo viví aquí, en este pueblo, en esta casa de la esquina norte, frente a uno de los costados de la iglesia. Y ella ahí, enhiesta, altiva, sin claudicaciones, sin doblegarse ante la embestida inclemente de una centuria de carcoma, sólo que sus balcones floridos ya no engalanan la plaza del pueblo; mis tías y mi madre eran las jardineras y hace muchos años la dejaron sola. Hoy, esos pequeños palcos que dan a la calle, rodeados de barandas de macana pintadas de amarillo, lucen sin decoro alguno, desconchados y sucios. En el interior, enmarcado por los corredores y los gruesos pilares que sostienen la galería del segundo piso, vive el patio con sus eras simétricas enmarañadas, llenas de rastrojo; sobre la mesa del comedor un infaltable macetero arreglado con miosotis y albarinas, espera a los invitados de siempre y a los de paso, pues Santo Domingo era camino obligado para viajar al exterior; las camas 100

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acogen a las alcobas adornándolas con sus colchas de crochet e intrincadas labores de bolillo; abajo trepida la cocina, empañetada de bolo rojo para disimular el humo que doraba a la vez en el garabato carnes y perniles. A un costado del patio se abría la puerta que comunicaba la casa con la notaría de mi tío Pacho Rendón, amigo y coterráneo de Tomás Carrasquilla. ¡Hace tantos años que mi tío, allá arriba, rebujaba papeles en la biblioteca, su santuario! Las velas de una araña de cobre con briseros de cristal, dibujaban sombras sobre las paredes encaladas; recostado a una de ellas descansaba el estante de listones de caoba donde, filados en desorden, se atropellaban sus libros, todos de buenos autores, en especial, españoles y rusos: Pérez Galdós, Emilia Pardo, Perea, Dostoievski y otros más. Sobre dos consolas de estilo imperio, alineadas en la pared frente a la puerta de entrada del salón, se hallaba en cada una, un fanal de cristal de Baccarat y un jarrón de porcelana de Sevres. Colecciones de plumas, tinteros de cristal y magníficos pisapapeles reposaban en su escritorio. De otra pared pendían encerrados en sus respectivos marcos, los retratos de la saga familiar, algunos con las viñetas de antepasados olvidados pintados al óleo, craqueados, deteriorados por el paso del tiempo; los otros, amarillentos, raídos por las musarañas y los hongos tras el largo encierro detrás de los vidrios; todos, mirándonos con esos ojos vivos, anhelando saber que ha sido de esas historias que un día al alejarse dejaron truncas. Esta es la casa: antaño con sus porcelanas de marcas famosas, con sus vajillas y sus muebles franceses y con mi tío inventando cuentos e historias hoy olvidadas. 101


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En este rincón del corredor está mi abuelo Jesús, uno de los patriarcas del pueblo. Sentado en su silla mecedora acaricia sus largos bigotes canos y, como si supiera calcular el tiempo, cada hora, con exactitud, mira su reloj de bolsillo prendido a la leontina de plata. Entre dormido a ratos, acomete la lectura de algún libro piadoso. Junto al mesón de la cocina está la abuela Matilde, así la llamaban en el pueblo, pues su nombre era Anatilde. Está allí con Rosa Torres, la nana, haciendo delicias: panecillos, galletas y roscones, en el horno de tierra pisada operado con carbón de leña, siempre tibio por el rescoldo de las brasas dormidas, tibio como esos regazos amorosos donde, hechos un melindre, los nietos atenuábamos los pequeños incidentes de la infancia. Hoy sólo quedan unas cuantas tumbas desamparadas, solitarias, arropadas apenas por la luz de esa luna dominicana pálida y fría; unas tumbas desvencijadas que apenas sí se notan, perdidas como están entre la hiedra, olvidadas entre el montón de nombres diluidos por la intemperie, igual a como se borronan con el tiempo, rostros y palabras. Y la casa ahí, sólo recuerdos. Las hermanas del tío eran, además de mi madre, Martiniana, quien enviudó también muy joven, y las solteras: Dolores, Matilde y Josefa María, llamada cariñosamente Fita. Esta era la mayor, y según decía la familia era librepensadora, desquiciada, se enamoró de Pedro López, un cubano desconocido llegado al pueblo por azar, que le dejó dos hijos y se marchó. Matilde escogió la mejor opción, se fue de monja, esa vocación le costó al abuelo mucho dinero, monja sin dote era 102

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inconcebible. Mi madre y la tía Martiniana fueron las únicas que sobrevivieron por algún tiempo al tío. Yo era el menor de los sobrinos; los mayores, hijos del tío Gregorio, fueron dos muchachos díscolos y marrulleros. Las tías ya no están, pero sus fantasmas recorren la casa canturreando melodías entre las sombras de la noche, esparciendo en el aire el olor de su perfume; en el salón se oye el golpetear de las agujas cuando tejen y al tío Pacho romper papeles y el sonido perturba, más otros ruidos sordos, ahogados, que atemorizan. Se decía que el tío Pacho era hombre rico, sin embargo los ricos de pueblo no lo son tanto. Lo que sí fue, es lo que puede llamarse, un sibarita; mi prima, la escritora Magda Moreno, cuenta que vivió unos tres años en Medellín cuando estudió leyes en la universidad de Antioquia con su amigo Carrasquilla, pero no terminaron la carrera se devolvieron al pueblo, estuvo en Bogotá en el congreso en el año de 1904 y después vino a la asamblea departamental y a la tertulia de Medellín, la que aprovechaba para visitar a sus paisanos emigrados a la ciudad. No obstante ese apego a su pueblo, que no le permitió vivir en la capital, siempre estuvo interesado en pintores y escultores, en escritores y músicos, como lo dice su vasta biblioteca además, era un exquisito gourmet; disfrutaba por igual un exquisito plato servido en la mesa de su casa o en un restaurante fino de Medellín, como almorzar en el campo con una deliciosa gallina cocinada sobre leña en una olla de barro; al tío sólo le faltó viajar a Europa, que era su sueño. De sus bienes, el más importante para la familia era la casa; lo descrito del salón, habla del buen gusto y valor artístico 103


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de sus objetos, los mismos que regalaron o vendieron mi madre y mi tía a menor precio, en medio del aturdimiento que les produjo la pérdida inesperada del tío Pacho. A su muerte se especuló sobre un entierro en monedas de oro, lo que era corriente en la época, pues en los pueblos no existían los bancos, si acaso, una modesta Caja de Ahorros que no daba mucha confianza por eso de que, “se enterara del saldo el vecindario” Pero a mí lo que más me importaba de él, eran sus novelas y sus cuentos, también sus crónicas, tan elogiados por Unamuno y tantos otros intelectuales. —Vendan ese caserón, es una cáscara caída que lo único que tiene son fantasmas —les decían con sorna mis primos a mi madre y a la tía Martiniana—. Se van a arruinar de gastar plata en arreglos que no agradece, ese arriendo ni siquiera paga la cal de las paredes. —Si con la llave de la casa pudiéramos encerrar adentro cualquier propuesta de negocio… —se quejaban desoladas. Y la casa ahí, triste pero erguida. Ellas sabían que el momento de dejarla para siempre llegaría y, con dolor, comentaban: —Es difícil sostener la casa desde acá de Medellín, llevamos años pagándole los impuestos, curándole el deterioro y luchando con inquilinos morosos, quejándose, como disculpa para no pagar el alquiler, del desasosiego que les infunden sus compañeros de arriendo: los fantasmas. Es cierto que asustan, sobre todo tarde en la noche, cuando cruje el entablado con lo que parecen baúles pesados arrastrados con torpeza, se abren de pronto algunas puertas lejanas dando paso a lo 104

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que se dirían lamentos, sonidos al que se une gozoso el molesto tintineo alharaquero que, en la repisa de las medicinas produce en noches de tempestad, el entrechocarse de los potes de porcelana con los polvos medicinales de quina, de euquinina, de yoduro de plomo y el de los frascos de vidrio grueso con bálsamo opodeldoc. Y, ¿es que dónde más que aquí pueden vagar nuestros fantasmas queridos? Acá dentro de estos bahareques viejos se mecieron sus cunas, por estas alfombras descoloridas las abuelas, radiantes de felicidad, deslizaron sus velos de novia y los abuelos lucieron sus pajaritas y sus sombreros de copa alta, aquí besaron, danzaron, entonaron plegarias y, sin más elección, también esperaron la muerte. Nada ha cambiado dentro de estas tapias y, en medio de esos silencios espectrales, de esas noches oscuras, sin un rayo de luna, se siguen oyendo ruidos que de todas maneras amedrentan. Recuerdo de pequeño, haciendo lo posible para distraerme, buscando la manera de alejar el miedo, dibujaba con mis manos en la pared a la luz de una vela, perros y conejos que se desfiguraban al más ligero soplo de aire. Ahora desde acá, miro a todos los fantasmas con respeto. Tantas historias rescatadas del olvido solamente al evocarlos: aventuras, hazañas, amores; historias; alegrías y penas entremezcladas, sin importar la afonía de sus voces. Y la casa ahí, sólo susurros. Finalmente, después de mucho pensarlo y ante las dificultades para conservarla, vendieron la casa, no a mis primos, que lo que buscaban era el entierro y hacían todo lo posible para quedarse con ella a través de terceras personas. 105


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—Hace unos días, hijo, y con la mayor franqueza, les contamos a tus primos lo del negocio de la casa. Aprovechamos también para decirles cómo nos extrañó la rapidez con que corrieron a organizar la notaría y los papeles del tío, y lo innecesario de sus disculpas para irse a la ciudad a buscar trabajo. —¿Qué insinúas tía Martiniana? ¿Que buscábamos algo más? No le estarán dando crédito ustedes a las habladurías de la gente; a eso de que el tío Pacho tenía entierro. —Eso ya no importa, sólo queríamos contarles del negocio de la casa —les dijimos, tratando de aparentar naturalidad, aunque ellos debieron notar nuestra molestia que no era más que el desengaño por su actitud. —Hubiéramos querido que el tema de conversación con tus primos fuera más amable, pero es necesario exorcizar a los fantasmas para vivir en paz. El interés de los primos por la casa no era otro que comprarla para buscar con detenimiento el tesoro del tío, escondido, según creían ellos, en algún agujero olvidado de esos bahareques. Yo, al menos, no he podido saber aún si ese entierro existió o no; lo único que sé es que el día de los funerales del tío dormí en la notaría para ceder mi alcoba a algunos parientes venidos de la ciudad; rebujando el escritorio encontré entre un zurullo de papeles unas cuantas cartas con historias de la familia. Sólo alcance a leer una con detalles del escándalo de la tía Fita y Domingo López. Al lado, bien arregladas y numeradas se hallaban las páginas de su última novela titulada El Redentor, con algunas señas hechas con lápiz rojo: tildes, comas y algunas frases subrayadas que no 106

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podría decir si eran señales de corrección. La novela cuenta una historia de amor donde confluyen todos los comportamientos humanos: amor, desengaño, ira, odio alegría, humor, una historia enmarcada en una pequeña población minera del nordeste antioqueño a orillas del río Nechí, donde el testigo de todo lo que sucede es El Cristo milagroso de Zaragoza, un Cristo de leyenda, testigo mudo de cuantas cosas pasan en la novela. La casa era lo único que les quedaba del hermano, lo demás estaba en poder de personas ajenas a la familia. Hasta su fotografía, una de las pocas cosas que yo tenía de él, desapareció. La presté con el fin de que sirviera de modelo para el retrato al óleo que entronizaron en la biblioteca del “Tercer Piso” cuando se cumplió el primer centenario de su natalicio y jamás la logré recuperar. —Ayer, hijo, fuimos a despedirnos de la casa. Fue muy duro —continuó tía Martiniana— firmar la escritura de venta. Cuando salimos de la casa hacia la notaria, era como si el tío saliera de nuevo hacia el cementerio. Hoy sólo quedan unas cuantas tumbas desamparadas, solitarias, arropadas apenas por la luz de esa luna dominicana pálida y fría, unas tumbas desvencijadas que apenas si se notan, perdidas como están entre la hiedra, olvidadas entre el montón de nombres diluidos por la intemperie, igual a como se borronan con el tiempo rostros y palabras. Y la casa ahí, un poco destartalada pero firme. Lía Moreno de Saldarriaga. Medellín. Decoradora de interiores. Ha publicado en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007), y en Cantata en varias voces, antología de Talleres de Escritura Creativa en “Yurupary” (2008).

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Bertalinda acomoda su calzado Dora María Atehortúa G. Bertalinda cuida los carros que llegan a la vecindad de la biblioteca en sociedad con Ladino Delgado, su acompañante en eso de esperar la vida sin afanes ni certidumbres. Allí transitan por un mundo grabado en arena, en una casa grande, de aire cansado y azuloso, sin tejas ni despensa. Con cubierta de soles enfurecidos, trozos de nubes que amenazan con tomarse el día o ahogar las estrellas y, claros de luna desconocidos. La entrada principal conduce siempre a la calle y las paredes grises, sin ventanas, moldeadas por los edificios que atajan el viento a lado y lado, dejan ver un patio largo y extenso, en el cual se advierten ya las huellas estampadas en el piso duro, a tono con las suelas gastadas y la amenaza constante de los pies descalzos. Y ellos… Ellos que representan paisajes de aguafuerte, de espectros que emanan señales de peligro o de horizontes lejanos, hacen las veces de cuadros que no se dejan colgar, o de fotografías imposibles de ordenar en el álbum, sin darle opción al tiempo de recoger su pasado. Con la pesadez de sus sombras que se adelgazan y 108

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reducen con las luces blancas y amarillas, pero sintiendo la brisa fresca de los atardeceres, muchas veces orientan sus pasos ligeros hacia la entrada del teatro y acechan detrás de la función, esperando que la complicidad de la penumbra, la tensión y las pausas del silencio invadan la sala. Al instante, se produce un intercambio de miradas y sintiéndose prisioneros del mutismo, retornan sin novedad alguna a la inmensa noche, tal vez para acariciar bajo la luna el día favorito en que la rueda del tiempo se detenga en ellos, haciéndolos protagonistas en la escena. El destino, en su incansable magnetismo, los lleva a buscarse en el juego acostumbrado de las cartas. Quizá por la fatiga o la presión del aire, no encuentran las palabras armoniosas y se deslizan con facilidad hacia la fuerza contundente de las manos, terminando casi siempre confundidos en un sólo abrazo. Ante tal situación, una noche, Ladino se despertó de un sueño diáfano, luminoso, queriendo recordarle a ella con insistencia la firma del viejo pacto: mantener guardado el filo de la navaja y cortar la carne del domingo sólo en su presencia, después de que regresen de husmear y husmear por las carnicerías de la plaza; una forma “clara” de lidiar con las asperezas y abandonar la vigilia, cada vez que deciden cobijarse bajo el mismo cielo. Sintiendo el deseo de alternar el ocio con el trabajo a la sombra, o bajo un sol brillante, el viento y los implacables aguaceros, por la mañana Bertalinda se conecta los audífonos, barre el suelo negruzco y carrasposo, ordena los caramelos, pone en fila las cajetillas de chicles, cigarrillos, y sueña con agrandar las 109


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monedas que va guardando en un frasco de vidrio, pegajoso, de tanto agitarlo, queriendo confirmar la transparencia de las sumas y descartar las restas. Con la ilusión de acariciar un ramillete de colores, va contando los carros en sus dedos, y, en actitud de espera, les sonríe a los pasajeros, mientras anuncia su presencia sentenciosa y segura, con la única herramienta que tiene a disposición: su cuerpo guardián. En una ocasión, acomodando su calzado, rompió con su silencio engañoso y lanzó unas dos o tres palabras gangosas que parecían duras. Me miró, luego de escuchar el ruido de un motor que se alejaba, preparándose al mismo tiempo para entonar una conversación en la que se cruzó una tos extravagante y fugaz: En veces hay señoras que me dan cien pesos, otras se suben rapidito y bien tranquilas me van diciendo adiós; yo sólo las miro y no muevo la mano, pero la placa se queda aquí; mientras con el dedo índice tocaba insistente la sien derecha, y al confirmar que no le era posible morder o crujir la rabia se fue alejando y me dejó con su risa encarnada, derramada y libre, con gestos de recién nacida. Para recobrar a menudo su familiaridad y pertenencia al lugar, Bertalinda se acomoda en el borde de la acera y recorre imágenes en las hojas sueltas de cualquier periódico. Vigila si alguien se acerca a su carrito con ruedas de balines, y en la cafetería pide el cambio de monedas, hace mandados y hasta zapatea a los ratones al verlos salir apurados de las alcantarillas en el invierno. Cuando llegan los visitantes más asiduos, recurre a preguntarles la hora y compara con la que lleva colgada 110

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en el brazo, -añorando una exactitud, una certeza o una feliz coincidencia-, regaña al perro medroso que le hace compañía y zarandea con algo de duda un pañuelo rojo, hasta ver que su presencia les ha provocado alguna inquietud. Mientras ellos se deleitan con un café o una cerveza, ella va repasando las mesas hasta encontrar una mirada o un cruce de palabras, en los que va dejando retazos de historias. Historias de renacimientos, de relojes, zarcillos o riñones dañados; de sueños hostiles, mentirosos, y vientres vacíos. Cuando decide guardar distancia es porque siente su voz crepitante y esa línea de sangre seca que divide su nariz, lo que le impide descifrar si son los signos de la epilepsia, las manos cerradas de Ladino cuyos nudos aprendió a odiar, y a extrañar, o el letargo en que la dosis diaria le permite aferrarse a la idea de salvar la vida, cada vez que experimenta los intentos indecisos de la muerte. Desde ese otro lado de la vida se asoma algunas veces, ofreciendo su mano débil, a ver si encaja en la de él, para recostarse y no seguir caminando hacia ninguna parte, en aquellas noches de estrellas ausentes. Se mira en los espejos y les sonríe apretando los labios, levanta el bucle cenizo que le cae insistente sobre los ojos cansinos, y con sus dedos sacude el pantalón ancho y acomoda la chaqueta que va tejiendo la intemperie sobre sus hombros. A simple vista parece que los pies no coincidieran con su pequeña estatura, pero luego de observar y observar su forma curiosa de caminar, algo original, percibo que no son los pies, son sus botas de ala, 111


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claro-oscuras, humedecidas, y con una arruga que insinúa el largo de los dedos. Así Bertalinda va nadando en sus zapatos con la holgura que aprendió a manejar en sus pasos callejeros. Una vez, mientras la lluvia había aligerado su cuerpo, me encontré con la lucidez en su mirada y le pregunté: Bertalinda, ¿cuánto calza usted? Con voz nítida y sin titubear me contestó: ¡35, 36,37 y 39!

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La culpa Gerardo Jiménez Londoño

Dora María Atehortúa G. Medellín. Socióloga de la Universidad de Antioquia.

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Era un poco menos de las tres de una madrugada helada. Un golpeteo delicado de la llovizna sobre la ventana agujereaba el silencio. Acababa de despertarme sin una causa aparente y permanecía en la cama de espaldas con estremecimientos. Recuperé el cobertor de lana para resguardarme, pero no me atreví a abrir los ojos, pues la oscuridad de la alcoba anulaba la intención; traté de retener mis visiones, con esfuerzo, en los instantes previos a mi brusco despertar: me encontraba en una sala con capacidad para treinta enfermos, de techos altos, piso de baldosas blancas y arabescos azules, en un hospital estilo francés. Eran las últimas horas de la tarde y las sombras colonizaban la montaña. Aparte de los enfermos y las enfermeras, quedaban uno o dos médicos completando notas en las historias clínicas, revisando procedimientos y el estado de alguno de los pacientes. No había afanes, ni jadeos, ni tropeles, pues el enfermo más delicado que estuvo rodeado de mangueras, frascos, aparatos, médicos, dolientes y enfermeras, había muerto la noche anterior. En mi 113


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estado de confusión pensé que tendría que escribir rápido y sin tanto despliegue literario porque me exponía al olvido de los sucesos. La cama reclinable, vieja y de metal pesado con vestigios de tinte crema y chatarreada, estaba en el rincón más distante al puesto de enfermería, en donde se ponían, para vigilar, a los enfermos más graves o con riesgo de contaminación. Sobre el tendido de tablas de la cama reposaba la parte inferior o base de una caja de cartón rectangular de dos piezas, un poco endeble y desproporcionada si se considera que su contenido no agrupaba flores vistosas y perfumadas, sino el cuerpo de un hombre de contextura fuerte. Todos estábamos embebidos de formol, alcohol, desinfectantes y otros olores propios del lugar. En cada pared, ventanales cuadriculados con vidrios transparentes y rotos permitían ver la vegetación del exterior y la entrada de una luz perezosa de la tarde. En el centro de un jardín, una garza negra dejaba escapar por su pico un chorro de agua que se abría en una corona antes de caer al piso. Entrada la noche, ese espacio se convertía en un recoveco de cementerio por su penumbra y ruidos extraños. Se decía que muchos de los espíritus escapados de las salas, deambulaban por su vereda. Yo disecaba un cuerpo en un anfiteatro con un cuchillo, no el acostumbrado bisturí como lo hacíamos en las clases de anatomía. Identifiqué un músculo al lado de la columna, a la altura del abdomen, sobre el que reposaban vasos sanguíneos y un riñón en su lado externo; hice mediciones y pensé en qué sitio o a qué 114

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profundidad los encontraría en una persona viva en caso de practicar una cirugía en cursos más avanzados. En las primeras horas de la noche pasada me había enterado por la televisión de una masacre perpetrada por los terroristas en el sur del país, y de la labor de la policía y los campesinos para recuperar los cadáveres. También de la captura de un narcotraficante a quien habían herido en una mano. Los intestinos rojizos o grisáceos colonizados por los moscardones, estaban expuestos, como laberintos, a punto de estallar, abundantes, olorosos. A través de ese revoltijo tuve que pasar mis manos como si viajara por una selva enmarañada. Me proponía terminar la disección y pedí algo para cubrir el cuchillo y guardarlo, pero me entregaron un fragmento de papel insuficiente, como el que me diera mi mujer, el día anterior, para camuflar unos billetes y un cheque. Esta asociación me causó alguna extrañeza, pero no le puse atención y muy pronto se desvaneció en mi cerebro confuso. Llegó una enfermera y me entregó un guante. Con dificultad calcé la mano derecha del cadáver, despellejada y con varias cuerdas de nácar a lo largo, que le daban el aspecto de una lira de Apolo, pero macabra; procedimiento raro, no habitual, lo acostumbrado era que el disector protegiera sus manos con guantes y no las del muerto. Después, al intentar cubrir el cadáver con la parte superior o tapa de la caja de flores, le noté una mirada curiosa, un poco pícara y a la vez severa. Una mirada de vivo más que de difunto. Dudé por un momento. Le comenté a la enfermera: 115


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—No sé qué hacer con él, si llevármelo para la casa o dejarlo aquí. Esta acción estaba fuera de todo protocolo en la práctica médica. Los cuerpos no se sacaban como un libro, un instrumento o una blusa, para el domicilio del estudiante. —¿Por qué no comenta con mi comandante? —se le notó un acento de militar—. Él le dirá lo que debe hacer —sus palabras en tono vibrante, coloquial pero tranquilo y sin otra manifestación o gesto del cuerpo reclinado, contestaron una pregunta que no era para él. Entonces, sin pensarlo mucho, opté por dejarlo y, de pronto, ponerle un suero intravenoso para compensar sus pérdidas. A cualquier persona le hubiera parecido muy raro, mascullé después de las tres de la madrugada, que este ser con el cráneo abierto y que suponía vacío, con los intestinos a la vista y las extremidades casi momificadas, pudiera hablar, dar consejos y tuviera una mirada serena, sin odio y con algún interés en lo que le pasaba. Me recriminé el olvido, en este caso de estudiante, al no haber auscultado su corazón o palpado su pulso antes de disecarlo, para estar seguro del estado vital y evitar errores. Sin embargo, esta última práctica no era siquiera imaginable en un anfiteatro en el que se trabajaba con difuntos. Pero…, más extraño aún fue el hecho de no sentir ninguna sorpresa o temor ante tan espeluznante episodio. Nos acostumbramos hasta con la muerte, pensé. Antes, en los primeros años de estudio, no dormíamos —las pesadillas nos agobiaban—, rechazábamos las comidas, pensando con repugnancia y 116

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temor en los cadáveres. Hasta nos sentíamos culpables de utilizarlos para nuestro aprendizaje. Cuando se nos enredaba la blusa de laboratorio en cualquier objeto, como una puerta o un clavo, al sentir el tirón creíamos con asombro que era el muerto el que nos sujetaba. Si nos saltaba algún líquido o grasa a la cara, o peor aún, nos sorprendía con la boca abierta, teníamos razón suficiente para no volver a comer en mucho tiempo. Algunos compañeros más osados hacían bromas con los cuerpos. No era excepcional que al llegar a casa y buscar la llave de la puerta en un bolsillo, sacáramos un dedo, una oreja, un tendón o un trozo de piel. Otros no resistían: luego de vomitar o desmadejarse se largaban. Casi sonámbulo, ingresé a mi estudio. Encendí la luz y tuve que esperar con los ojos entornados para adaptarme a su resplandor. Con dificultad estiré mi cuerpo sobre un teclado y una silla como una barra de plastilina que se arquea, pues no me atreví a moverlos por temor a hacer ruido y despertar a mis familiares, agarré mis gafas de cegatón, tomé algunas hojas de la impresora y me senté a escribir en el diván. Me llamó la atención el ruido seco y vibrante que hacía el papel bajo el roce áspero y grave, como de lija, del esferográfico, mientras escribía mis sueños. En cambio, afuera imperaba la soledad y el mutismo insobornable de la noche luego de una llovizna obstinada. Descubrí aturdido cómo una fina membrana de látex, a manera de guante, cubría mi mano con la que garabateaba en esa madrugada. Tuve la impresión de mirar una cara muy conocida para mí, como si me 117


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tropezara con mi propia imagen salida de un espejo; su asombro y desconcierto parecían los míos; su mueca era de reminiscencias culposas de los encuentros de principiante anatomista ante los cadáveres suspendidos de sus oídos, indefensos, silenciosos, girando como veletas, o tendidos, desnudos y sin pudor, inmóviles, indiferentes, sin pensar en el más allá o en el más acá, en las mesas de granito con lagunas de agua-sangre en sus bases, esperando la iniciación o el final de una cruel y devastadora disección, mientras el formol violaba los ojos de los practicantes, laceraba sus narices, resecaba la piel y aprisionaba como horca las gargantas. La mano derecha con el guante apartó a la enfermera; un estrépito de vidrios rotos chocando contra el piso rompió el silencio y un frasco. Desenvainó un cuchillo de entre un fragmento de papel ajado como el facilitado por mi esposa para esconder unos billetes; comprobó su filo con ansiedad y dirigió una mirada curiosa, un poco pícara y a la vez severa, escrutándome el costado izquierdo y, con destreza y seguridad de matarife o disector, de un solo golpe cercenó mi aorta y abrió mi corazón. No tuve dudas de mis heridas ni tiempo de analizar la situación, de entenderla, de planificar una defensa o protección. Mis arroyos tibios y rojizos perdieron su vigor y se desvanecieron como si ingresaran a un extenso valle sin posibilidades de reagruparse en mis venas. Con los últimos destellos de mi conciencia, noté cómo los ojos sumergidos en las órbitas de aquel espectro se tornaban inexpresivos, vidriosos e inmóviles como los de un 118

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pescado viejo; cómo toda su humanidad atlética flotaba y se confundía con la mía, que desmadejada causaba gran estruendo al chocar contra los arabescos azules del piso. Una sombra densa y fluctuante, borró mi entendimiento …¡para siempre!

Gerardo Jiménez Londoño. Santa Fe de Antioquia. Cirujano plástico de la Universidad de Antioquia. Tiene cuentos en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007), y en la Antología comentada del cuento antioqueño, de Mario Escobar Velásquez. Ha publicado artículos sobre historia, medicina y cirugía, en revistas especializadas.

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Noches de radio Jorge M. Escobar Ortiz Pues para decirte la verdad, asustado, Juanita, sí, más bien asustado, porque para qué, uno ahí tranquilo, acostado con la Negra al lado, dizque tratando de coger un sueñito y cómo recordando lo que la Negra puede hacerle a uno, sí ve, entonces uno se pone como nervioso y mira por encima del hombro a ver qué está ocurriendo y nada, ella campante babeando la sábana con la boca abierta, atravesada en media cama casi a punto de tirarlo a uno al suelo, pero uno cree otra cosa, que está despierta esperando que uno pegue el ojo para sacarle el cuchillo del colchón y clavárselo en el cuello, ah, qué te parece, así nadie descansa y por eso era que yo me levantaba al otro día como triste y con rabia, a trabajar porque no se puede parar de trabajar, sí ve, aunque más cansado que el Altísimo antes del séptimo día, agarre esta caja y póngala allá, meta los granos debajo del mostrador, reciba la leche y el quesito y lo peor, atienda el público, que éste quiso esto y después se arrepintió, que aquella no se decide entre el champú azul y el champú verde, que el culicagado está esperando que uno le eche la espalda 120

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para meterle la mano al tarro de las gomitas y etcétera, la mañana va pasando a ese ritmo y si uno ha dormido, bien, no hay problema, se le mide la mano al batido y se bate, sí ve, pero sin dormir la cosa es distinta, Juanita, al rato llega la hora del almuerzo y termina uno como con un balón de fútbol, con la barriga que no sabe para dónde pegar, y ni te cuento, pues uno no entiende qué es más malo, si trabajar con hambre o trabajar lleno, porque en ese momento era cuando empezaba lo duro, cuando yo veía a la Negra como que aparecía por la puerta, así entre nubes, toda seductora ella con su beibidol morado, y empezaba a sufrir porque algún cliente iba a entrar y nos iba a encontrar en ésas, tú comprendes en cuáles, cierto, entonces mientras yo me fijaba en que nadie fuera a venir por la calle, la Negra aprovechaba y me clavaba tres puñaladas en el pecho, finitas, como de cirujano, y se reía y lloraba al mismo tiempo que porque me amaba mucho, que a ella le dolían más que a mí y yo no le podía contestar que no me hiciera chistes, que si quería se las clavaba yo a ella para que se diera cuenta de que me dolían más a mí que a ella, sí ve, Juanita, así veía yo las cosas, cómo te explico, no como que pasaran en la tienda, claro que no, porque nunca pasaban en la tienda, sino más bien como en mi cabeza, como les sucede a los que se van para el desierto, que empiezan a perseguir agua que no existe por la sed, sí, eso mismo, aunque en mi caso era diferente, yo pienso que era por el almuerzo, con esa llenura y con el sueño por no dormir en las noches a mí sólo me provocaba tirarme debajo del mostrador y darme una siestica, pero obvio que no, cómo deja uno la tienda 121


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descuidada, y luego llegue en la noche para repetir la misma historia, la Negra babeando al lado y yo que me colgaba del techo a la expectativa, para que no me fuera a sacar el cuchillo del colchón por sorpresa y me tasajeara que ni para recogerme con espátula, porque una cosa es que uno trasnoche y listo, después se duerma, y otra muy distinta es que uno trasnoche y nunca se duerma, ésa no es vida para nadie, se vuelve uno desconfiado después de dos semanas en las mismas, Juanita, sí ve, y eso me ocurría a mí, hubo un punto en que incluso me tocó apagar el radio, perdona que te lo confiese así, Juanita, como de golpe, pero es verdad, ni siquiera tu programa me ayudaba a relajarme, yo que soy oyente fiel desde la época del colegio, cuando Pedro Echandía, que nadie sabe cómo fue que terminó de gerente de banco, me contó una vez que él sufría de insomnio a veces y que para dormirse prendía el radio y se ponía a oírte hasta que fluf, como un angelito en la cama, y yo le respondí no seás güevón, perdón, digo, bobo, no seás bobo, Pedro, qué va a perder uno el tiempo con esos programas, por eso es que no te dormís y él que intentara, que ensayara para que yo viera que eran hasta buenos, que uno hasta se entretenía, y desde ese día no despego la oreja del radio por las noches, Juanita, te aseguro que incluso he intentado comunicarme muchas veces, pero el teléfono siempre tun, tun, ocupado, y yo entonces pensaba que bueno porque eso significa que hay muchos otros como uno a los que les gusta el programa y malo porque uno marque que marque para expresar su testimonio de vida y la línea siempre tun, tun, ocupada, pero yo hoy tenía confianza y 122

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me entró, sí ve, lo único que se necesita, yo me acuerdo que eso dijo el doble mío cuando llamó, hasta en eso somos dobles, que lo único que se necesita en la vida es confianza y las cosas salen al final como uno las planea, eso fue hace como cinco meses, de más que estoy exagerando, póngale unos tres meses si quieres, Juanita, me acuerdo bien porque la Negra se había colocado esa noche el beibidol morado y habíamos, bueno, tú comprendes qué habíamos hecho, y para descansar y no perder la costumbre dale que prendo el radio y en comerciales, qué suerte, me dije, porque maluco cuando a uno le toca el testimonio de vida ya iniciado, por la mitad, pues uno no aprende nada de la historia, así que buena suerte y miro a la Negra para comentarle, pero ella ya estaba como una piedra ahí al lado, porque a ella nunca le gustaron los programas, que pérdida de tiempo, me decía, y yo le contestaba que uno aprendía mucho si les prestaba bien atención a los testimonios de vida, porque todos tenían su enseñanza, y ella que no, repitiéndome como yo a Pedro Echandía que pérdida de tiempo, de modo que yo la dejaba que cerrara el ojo, hasta mejor para que no interrumpiera, y esa noche del beibidol sí que lo agradecí porque cuando el doble mío comenzó a contar su historia fue como una premonición, sí ve, Juanita, yo al principio me sonreí para mis adentros porque era gracioso oír el nombre de uno en la radio, con los dos apellidos incluidos, pues se siente uno famoso, como estrella de cine, pero al rato, a medida que iba soltando su testimonio, ya no me hacía tanta gracia la cosa sino que me dio preocupación y luego susto, porque 123


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el doble mío contaba las mismas cosas que me habían ocurrido a mí, exactas, excepto por algunos detalles, como cuando se quedó huérfano, a mí se me murió primero mi mamá que mi papá y a él al revés, o cuando se casó, yo primero conseguí la tienda y después me traje a la Negra para acá y él al revés, sí ve, lo mismo, pero al revés, entonces yo cavilé que eso no podía ser normal, eso tenía que ser muy raro, y aunque la Negra estaba durmiendo y no se despertaba, me puse tan nervioso que cogí el radio y me fui con él para la cocina para saber qué le había pasado al doble mío, que era todo lo mismo que me había pasado a mí, pero al revés, como ya te dije, sí ve, todo igual de doloroso, yo con un nudo en la garganta por la historia del día en que a mí se me perdió el Infante, un perro más bonito, fíjate, Juanita, iba yo paseando al Infante por el barrio un domingo por la tarde después de misa y me salen dos tipos con revólveres en mano para que me bajara de perro y tal cual le aconteció al doble mío, sólo que el suyo no era un perro sino un gato y no se lo robaron sino que se le escapó del apartamento, pero el resto era lo mismo, de manera que ante tanta coincidencia yo me mordía las uñas porque era como si dos personas distintas estuviéramos viviendo la misma vida, teniendo los mismos nombres, riendo por las mismas cosas, sufriendo por los mismos dolores y cuestionándonos por los mismos asuntos y en ese instante arrancó de verdad el martirio, porque hasta ese momento todo había sido como para que yo me diera cuenta de lo que me había dado cuenta, que había otro por ahí igual a mí y que eso constituía una premonición, 124

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entonces el doble mío narró lo impresionante, los problemas con su mujer cuando ella comenzó a llegar borracha y él sin saber cómo controlarla, luego las peleas y las amenazas hasta que una vez ella sacó un cuchillo de la alacena y lo apuñaló dos veces, Juanita, dos veces, una en un brazo y la otra en una pierna porque estaba tan borracha que tenía más puntería un bizco asustado, te acuerdas, Juanita, sí, demás que tú te acuerdas de ese testimonio de vida, porque fue tremendo, y aunque el doble mío quedó vivo, gracias a Dios, yo lo oía hablar y mientras él hablaba, yo miraba para todas partes en la cocina, seguro de que la Negra me iba a salir de cualquier rincón con un cuchillo en la mano, qué más podía pensar, el man tenía mi nombre y mis apellidos, una casualidad, sí, tal vez, pero que también le ocurrieran las cosas que a mí me ocurrieron durante toda mi vida no podía ser ninguna casualidad, sí ve, serían más casualidades de lo que puede ser posible, el mismo nombre y la misma vida, eso debía tener otra razón, alguna causa oculta debía estar metida por algún lado, pues las cosas no pasan porque sí y ya, algo las provoca, tú sabes, y yo me despeinaba la cabeza tratando de descubrir qué era, más asustado que ni siquiera le puse atención a los demás testimonios de esa noche, así que cuando se acabó tu programa, apagué el radio y estuve en la cocina hasta el amanecer meditando acerca de qué debía hacer, porque si al doble lo atacó su mujer, el asunto era sencillo, la Negra también me atacaría a mí, no había duda, tenía que suceder algún día, aunque es verdad que la Negra no se tomaba un trago ni para celebrar su cumpleaños, pero 125


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el pastor que siempre acompaña a sus ovejas no me podía desamparar y por eso concluí que se había valido de tu programa para que yo estuviera pilas con la Negra, que se enloquecería así, de repente, un día se levanta a trabajar y al otro se enloquece, como por capricho, como la mujer del doble mío que se emborrachó y zuácate, dos puñaladas, quizá debido a este mundo y a esta ciudad que enloquecen a cualquiera y por eso había que adelantársele y estar alerta, sí ve, Juanita, aunque es más fácil decirlo que practicarlo pues lo encandila a uno la paranoia, se pierde el sueño, pasan una semana, dos semanas, tres semanas y uno sin cerrar el ojo por las noches y sin dejar de trabajar porque no se puede parar de trabajar, hasta se empiezan a sentir voces y a ver gente en la tienda preguntando quihubo, hermano, va a dejar que la Negra se le adelante, vea que lo convierte en colador si se descuida, peor que al doble suyo, claro que no, yo a ella sí sé controlarla, además es la Negra y no es tan fácil la cosa, les responde uno como si fueran gente de verdad y nada, yo siga sin dormir, cuatro ojos, seis orejas, sin darle ninguna oportunidad a la Negra, aunque en el fondo cagado del miedo porque ella disimulaba muy bien, babeando por las noches en la sábana como si yo no conociera sus planes, sí ve, Juanita, por eso las voces y la gente que se aparecía en la tienda venían siempre con lo mismo, que cuidado, que las mujeres son más falsas que moneda de cuero y me repetían a toda hora las imágenes de la Negra con el cuchillo en la mano como si fueran una película de viernes 13, te acuerdas de esa película, Juanita, yo sí, era buena, no, yo incluso me veía corriendo por la 126

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casa con la Negra detrás de mí amenazándome con el cuchillo, vení, mi amor, vení, qué voy a ir, Negra, estás loca o qué, y después entrábamos en la tienda, donde ella me dejaba remachado en el suelo mientras las voces y la gente que te lo advertimos y no hiciste caso, te lo merecés por terco, así veía yo todos los días a la Negra detrás de mí, Juanita, asustador como no te imaginas, y entonces me decidí, no pienses que fue fácil, para nada, pues yo a la Negra la quería de verdad, pero si al doble primero le fue mal con su mujer y luego se salvó, para mí tenía que ser al revés, sí ve, yo tenía que salvarme primero y por eso le dije ese día por la tarde, Negra, por qué no te ponés el beibidol morado para que juguemos un rato esta noche y ella disimuló y me sonrió, claro, papi, porque me llamaba papi, tan rico que sonaba, claro, papi, ya te extrañaba, mi amor, has estado muy raro en estos días, y yo me olí ahí mismo que ella había descubierto algo y después de jugar, tú entiendes, jugar entre comillas, no que jugáramos en serio, porque no jugábamos, sino que, bueno, aguanté despierto, acariciándola despacio, como adolescente recién enamorado, hasta que la Negra se durmió y aproveché para sacar el cuchillo de debajo del colchón, primero que ella, para que no creás que no me había dado cuenta de tus cosas, perra embustera, le grité, pero ella ni siquiera debió oírme, así de rápido fue todo y así quedó ella tirada ahí en la cama, Juanita, sí ve, por eso quería darte hoy mi testimonio de vida, porque siempre voy a estar muy agradecido con tu programa ya que gracias a él, yo supe de la premonición por medio del doble mío y pude salvarme a tiempo del abismo, aunque 127


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bueno, siempre termino hablando más de la cuenta, discúlpame, como es la primera vez que me entra, así que gracias, buenas noches y que el Señor me los bendiga y me los proteja a todos.

Encrucijada Olga Echavarría

Jorge M. Escobar Ortiz. Medellín, 1978. Egresado de Filosofía de la Universidad de Antioquia, con una maestría en Filosofía de la Universidad de Manitoba (Canadá). Ha publicado cuentos, poemas, ensayos literarios y ensayos académicos, sobre historia y filosofía de la ciencia, en revistas nacionales e internacionales. Actualmente estudia un Doctorado en Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Notre Dame (EE. UU.).

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Ahí estaba él. El sombrero de alas muy curvas sobre los rizos desordenados, la mirada extraviada, resbalando sobre las cajas de refrescos apiladas en una esquina del local; la nariz grande, un tanto torcida de los Araques; los brazos toscos de labriego. Aquellos rasgos habrían bastado para reconocerlo; sin embargo, Ignacio afiló la vista, se retrajo un poco en su asiento, inclinó más el periódico que sostenía entre sus manos: allí estaba el lunar inconfundible en la barbilla, el cabello rubio, los ojos de un verde huidizo y chispeante. Era él. Era un Araque. El otro lo miró desde la esquina opuesta, los brazos extendidos casi por completo sobre la mesa donde se observaban aún los aros líquidos dejados por las bebidas y las sobras de algún fiambre de emergencia. Su mirada no manifestaba disgusto, miedo o alarma, cosas que Ignacio esperaba ver surgir en los ojos de un enemigo. Tal vez para ese hombre el escenario de aquella guerra era también una imagen borrosa de sembrados y potreros sitiados por la maleza, un montón de tierra rojiza perdida entre el oleaje del paisaje. 129


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Ignacio observó sus brazos, su piel tostada por un sol ajeno, un sol que nada tenía que ver con el curso del tiempo, el transcurrir de las horas a través del cielo luminoso, el crecimiento de tallos y hojas saludables, la época propicia de recolección o siembra. También su rostro reflejaba los estragos del exilio. Su figura que alguna vez emergiera envanecida sobre los potros de paso fino, desluciría en aquel vulgar uniforme manchado por la grasa y la mugre del taller. Ambos conocían los detalles sórdidos de la riña que inició la desgracia. Desavenencias normales entre vecinos muy cercanos al comienzo, una mala palabra salida de labios ebrios de licor y codicia un poco después, finalmente la sangre derramada por una mano vigorosa como la suya, endurecida por el trabajo, acariciada por el sol benigno de los sembrados, los potreros, las pálidas hortensias. Abuelo José, de quien conservaba un leve recuerdo, tal vez no calculó que aquella sangre vertida por su mano legaría la venganza a sus hijos y a sus nietos junto con los campos y las casas cálidas de zaguanes amplios. Ignacio repasó uno por uno los rasgos en las caras de su familia. Tantos tíos, primos, hermanos caídos en los bordes de los caminos, sobre los adoquines de las calles polvorientas, bañados por los arroyos y las lluvias en los inviernos de su niñez. Porque el rencor prevalecía como un órgano más en la monstruosa anatomía del odio y ese hombre, al otro lado del salón, era también un heredero de aquel odio. Un último Araque en un cafetín de esquina, frente a un último Ruiz, exiliados ambos de una tierra desgastada y herida que se negaba a dar sus frutos. 130

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Aquel hombre, que sostenía suavemente un pequeño vaso plástico, ¿sería un nuevo portador de la terrible sentencia? ¿Estaría, como sus antepasados, dispuesto a vengar a los suyos? A su padre, muerto en una noche lejana, quieta y perfumada, donde el olor de los jazmines intensificó su esencia y penetró más profundamente, enardeciendo los ánimos de los Ruices: silenciosos, enfebrecidos, apostados a un lado del camino, olorosos a tabaco y aguardiente, aferrados a las armas que de alguna manera apuntarían también contra sus pechos. El otro sigue observándolo, los ojos fijos en los suyos, sin un gesto que permita descifrar sus pensamientos. Ignacio observa que en su vestimenta de labriego hay algo desazonado y vergonzante, como si cada prenda pugnara por la huida: las alas del sombrero simulando el vuelo, el pequeño poncho arrugado tratando de ocultarse entre su brazo y su pecho, la empuñadura del machete encarnada, avergonzada de su extracción. Quizá, se dijo Ignacio, aquel Araque nunca abandonó la tierra, quizá no es un obrero iniciando distraídamente su jornada, quizás estuvo oculto, esperando el momento propicio para vengar a su padre. Lejano, entre el murmullo de las voces somnolientas y el movimiento de vasos y platos, Ignacio percibe el sonido de gritos y llantos: las viudas, por supuesto; las huérfanas que permanecen, que perpetuarán la herencia de los hombres idos en su deber, en su cólera. Estarán a esta hora en sus casas, de rodillas frente a algún altar, rogando por la vida de ese hombre, y anhelando, al mismo tiempo, que se extinga la aborrecida estirpe de los Ruiz. 131


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Los dedos tibios del sol acarician los bordes de la acera opuesta, los sonidos de la calle invaden el lugar, los seres y las cosas sufren esa transformación que antecede a la plenitud del día. El otro parece despertar con el ruido y la intensidad de la luz. Con la naturalidad con la que el día queda establecido, asume su destino. Con una inclinación de cabeza insta a Ignacio a partir. Éste dobla cuidadosamente el periódico, mira la fecha impresa en el borde superior como un presagio o un epitafio, mira el sol entre los techos añosos y los jirones de nubes que anuncian el verano, comprueba el peso de las herramientas en su bolsillo derecho. Con dos dedos sucios de grasa hace un pequeño ademán, pide la cuenta.

Olga Echavarría. Medellín, 1977. Ingeniera de sistemas de la Universidad de San Martín. Un cuento suyo fue publicado en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007).

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Muchachos jugando maquinitas Georges René Weinstein Velásquez Cuatro jóvenes caminaban con lentitud por la carrera 66 acobardados por la lluvia, que era molesta como abejas lanzadas en picada. El frío les hacía sacudir instintivamente los hombros y los brazos. Pararon en una esquina, miraron en derredor, nerviosos; luego cruzaron la calle y entraron al negocio de Rebeca, una especie de granero con cinco máquinas de juego. En un tablero leyeron en voz alta los títulos de los juegos: Win Place Show, Triple Cash, Wild Diamonds, Draw Poker, Seven Ice. No entendieron nada, pero con mirar las pantallas coloridas fue suficiente. Pidieron cuatro gaseosas y el cambio de un billete de cincuenta mil pesos, en monedas. Reían nerviosamente, el mayor miraba incesante su reloj. El menor tendría doce años y el mayor no alcanzaba dieciocho. Cuando iban a echar las monedas, doña Rebeca los dejó petrificados: —¡No muchachos, si no tienen cédula, no...!, si los ven me cierran el negocio.

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El menor —el más alzado— trató de reclamar, pero ante la mirada penetrante del mayor, dirigió sus palabras al vacío: —El gobierno es pichurria, ¡dizque no tenemos derecho, si ya estamos crecidos! Salieron. Tendrían que esperar dos largas horas. La cita era a las doce y media: tiempo de almuerzo en las oficinas. El niño apretó la mochila para cerciorarse de que su contenido seguía allí. Vagaban sin rumbo definido y uno de ellos detectó un taller de mecánica al fondo de un parqueadero. Se dirigieron hacia el lugar, enfilados por orden de estatura. — ¡Qué hubo cucho! —dijo el mayor—. Nos vamos a parquear aquí mientras aparece el man que nos va a dar un billete. No vamos a estorbar —y agregó—: Si necesita ayuda le digo a este pitufo para que colabore —el mecánico asintió con la cabeza, e intranquilo, continuó con su trabajo. Los muchachos jugaban “de manos” mientras observaban, pero sin interrumpir al mecánico. Después de dos horas, el Jefe dijo: —Parces, se acabó el recreo —y se despidió. Al salir miró su reloj y musitó: —Falta poco para las doce y media. Se pararon un momento, y se devolvieron hacia la esquina sur. Caminaban ansiosos, contando los minutos. Vieron un vehículo que parecía el esperado y fueron a su encuentro. El carro lujoso se acercó, mermando velocidad al encaramarse sobre el resalto. El menor sacó la miniuzi de la mochila y se la pasó al mayor. Éste miró el reloj y se arrimó, jadeando, hasta la camioneta plateada. 134

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Eran las doce y treinta y siete cuando terminaron el trabajo encomendado. Caminaban por la calle 44, hacia el oriente. Estaban bastante contrariados porque tuvieron que esperar casi tres horas deambulando. “La Ley” no les permitió jugar en las maquinitas, por tener menos de dieciocho años. La ley lo explicaba claramente: Por ser menores de edad no eran responsables.

Georges René Weinstein Velásquez. Medellín, 1944. Ha publicado artículos técnicos y científicos en publicaciones seriadas de la Universidad Lasallista y la Universidad Nacional, sede Medellín (1992). Ha publicado los poemarios Pisar sobre pisadas (2006), Ojos que se acercan, manos que se alargan (2006) y Si la paloma volara (2007).

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Agujero trece Victoria Hurtado Vélez Pastora Zabala amarra su vestido y su cintura aparece hoy indecisa. Se inclina y no recoge nada, da vueltas en la cocina, acomoda las astillas delgadas, busca en la repisa el último cabo de vela, lo enciende y lo deja en el centro, espera a que el fuego la mire débil y se propague un poco, mientras tanto, arranca de un leño grueso pedazos que va intercalando, más tarde vendrán las astillas pesadas a sostener colores brillantes y cálidos, por el tiempo necesario. Nunca tuvo dificultad para encenderlo, en la esquina de la cocina, con ese color negro inimitable del hollín, cuadrado, soportado por piedras de río. Contempla cortos espectáculos de chispas, de fuego estancado en los tizones, en los que inventa figuras que desaparecen mientras las crea. Permanece en la puerta de la cocina, mira el patio central de eras que resiembra con flores transitorias cada vez más coloridas: bella a las once, corazón de león, rosa amarilla, o alguna que traía del camino sin importar si tenía nombre; podría recoger con cada flor una alegría. 136

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Mira al fondo unas habitaciones en galería, los recuerdos se retuercen, se desfiguran, pero son los suyos: bajo ese techo la oscuridad tenía manos y babas y mordazas; su mirada huye con miedo, pero el techo la apresa, cada agujero le habla de un dolor distinto, de cada uno cae una gota roja, o una cuna arrasada, o una cadena de manos y cinturas pequeñas arrancadas con furia, pero elige el que le habla de sus animales, el agujero trece. Su cuello se reciente, se prometió tantas veces resanar aquel techo, pero las manos surgen de las sombras y no dejan borrar, nada se borra. Algunos recuerdos sobreviven colgados de los árboles, debajo de las piedras porosas amarillas, en algunos pedazos de su piel, y dan testimonio en los ojos redondos de los loros. El fuego ya calentó el lugar, fue encendido sólo para mirarlo. El desprendimiento que la espera hace lento el camino hacia la casa de María Jesusa Álvarez. Cada abandono es un desmoronamiento. Organizó su casa, pero sabía que nada estaría en su lugar. Los ojos de Cuasimoda, redondos con unas pupilas juguetonas, amenazando salir o desaparecer en cada contracción, en cada dilatación, anunciaron un día tosco, espinoso, porque no se apartaron de Pastora; ella camina más rápido, da vueltas, deja cosas en lugares equivocados, sale a la puerta una y otra vez, sus manos en la cabeza, en la cintura, en la cabeza, en la cintura; el pelo suelto y las peinetas de piedras a la vista. Tomó la vara y se limpió otra lágrima.

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—Cuasi, baje con el loro, nos vamos, les irá bien, en el camino le explico—. La lora, desconfiada, rehusó la vara, la mirada, y se trepó a la rama más alta gritando: —¡Corre Pastora que me llevan! Ella se acurruca bajo el árbol, entrelaza las manos alrededor de las rodillas, juega con sus índices como tarareando canciones tristes. —Cuasi, usted ve que no llevo nada. ¡Baje, carajo! Bajan remarcando las ramas, alcanzan la vara y de allí el hombro tibio de Pastora. El camino de arena apisonada era firme, a los lados piedras porosas entre blancas y amarillas con agujeros oscuros, naturales, no de huellas de balas, una vegetación pequeña como boleros para fiestas, ellos dándole movimiento al camino, atravesándose a veces, pareciera que quieren devolverse, pero ella acaricia las dos cabezas y sigue; recoge una hoja redonda, perfecta, con venas humanas y rostros escondidos, es una uvita de mar sobre la que Pastora pinta con achote caras de ojos fijos y pelo alborotado. Siguen avanzando y encuentran un suelo liviano, la arena más suelta, como espuma gris, cada paso recibe el impulso que a ella le falta. —Los dejo, ya saben que no pueden regresar, la casa estará vacía, si algún día puedo vuelvo, así que estén bonitos y sanos. Cuasi, no tendré con quien hablar, pero nos seguimos encontrando en las noches de luna llena, ¿le parece? Un aleteo breve, cuatro ojos alertas, el cuello erizado, se aferran entendiendo. 138

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Levantó los ojos, registró la terraza pequeña y el jardín, un almendro en el centro, alrededor, alejados de la casa, sembrados de carambolos, san joaquines en posición de corte para quien entra, podados artísticamente, un rojo florecido, blancos y lilas. Su respiración enloquecida atrapando olores a tierra, a frutos, a región platanera; intentó fijarlos. —Señora María Jesusa, no sé decirle qué le estoy dejando, o sí, la mejor compañía, tienen mucha gracia. Cuasimoda sabe rezar, denuncia los ladrones y le habla a la luna llena, ese día no la entre, es el mejor del mes, y no se preocupe, se sabe cuidar. —Está bien. ¿Trajo la vara? Es bueno que tengan sus cosas. Sólo recibo animales. —La vara, la coca, unos trapos para la noche. ¡Ah! Quiero que sepa que al amanecer comparten su comida con todos los pájaros que se acerquen, para que les den más. Cuasi tiene un defecto en una pata, no, en un ala; no tiene ninguno, es así. —Estarán en este almendro, incline la vara para que ellos vayan entendiendo, es el árbol más cercano a la casa. Los animales van paralizados sobre el hombro, ella ofreciéndoles el índice, ellos picoteando, escondiendo la cabeza, ella insistiendo: —Cuasi, ayúdeme con el loro, mire, sólo llevo las peinetas, voy vacía. Los ojos de Pastora, rosas marchitas, vieron bajar de su hombro las patas inseguras; por primera vez la lora no dio gritos. Treparon. Ella desvaneciéndose, con sus pies aferrados a la tierra, ya no iba vacía, sólo iba. No se 139


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despidió, irguió su cabeza, sus manos en los bolsillos, sintió arrastrarse, golpeó algunas piedras hasta cubrirse de polvo. Su figura grácil como una varita cada vez más confundida con el campo, sus crespos sueltos, negros, sin volumen, seguían un compás, las pestañas sostenían gotas, los labios una sola línea, ocultaba las manos y su hombro iba leve y frío. No giró su cabeza, era una equilibrista con un frente único y preciso. Agujero trece. Oscureció en pleno día. Y vio pasar cuatro lunas llenas. Las mismas que miró Cuasi. Durante la cuarta, los gritos agudos, los rezos, las denuncias de la lora, invadieron una noche clara. Las sombras definidas y sus juegos en las paredes, en la tierra, la ponían eufórica, llamó a Pastora Zabala varias veces: ¡Corre Pastora que me llevan!, sabía que no debía bajar, pero vio acercarse una sombra menuda, conocida, que le ofrecía un hombro, un encanto breve, y se posó en la figura para sumergirse lentamente en la tierra, como si ante la quietud, una fuerza bajara y las hundiera. Abre las puertas de la terraza: los saltos de Icaro, el conejo; de Lorenza, la perra; Arlequín y Tropical, los pericos, y el desfile de los loros hacia el almendro antes de que el sol saliera, eran un rito para esa mujer callada que aprendió a sonreír en los últimos cuatro meses. Se levanta de la silla mecedora buscando en las ramas altas, se acerca a los carambolos esperando el grito: ¡Se roban los carambolos!, o el silbido de los chupahuevos para adelantarse a comer, cualquier trino que le confirme que Cuasi está cerca. Miradas imprecisas, atenta sin saber a qué, da vueltas, un alambre de púas cercano parece 140

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hacerle señas, se acerca, una pluma verde enredada, otras más tiradas, ese silencio de flores, de hojas, de animales. Pasaron veinte minutos o tal vez noventa; segura de no estar dentro de ningún movimiento, o quizá dentro de la velocidad, del vértigo, logra regresar, sigue quieta y a su alrededor se crea el vacío-muerte. Mira incrédula el ritual de despedida de los pájaros: los primeros que descienden son los azulejos y, a intervalos, los chupahuevos, unas silgas, tangaras y otros, se posan cerca de las plumas verdes: ¡es intencional el silencio!, el loro no bajó del almendro, se quedó en el copo. María Jesusa conoció la quietud. Fue como si por un instante la mañana cerrara los ojos y muriera simplemente… Los pájaros parten al unísono, lo único perceptible es el sonido de sus alas. Sus manos pasan una y otra vez sobre el lomo de la perra y se queda en sus ojos: —Dejemos que el viento haga su tarea. La perra intenta levantarse y entrar a la casa. —Quieta. Hoy no quiero café. La figura de Pastora revolotea y se difumina en el viento verde, en las manos que cansan a la perra, en el rostro sin trazos de sonrisas ni de lágrimas de María Jesusa Álvarez.

Victoria Hurtado Vélez. Valparaíso (Antioquia), 1957. Economista agrícola de la Universidad Nacional. Ha publicado en Cuadernos de Renata, antología 2006-2007, y en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007).

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Tarde lluviosa Adriana Restrepo Posiblemente toda la lluvia del mundo estaba cayendo aquella tarde en Medellín. En la calle se escuchaba el ruido de las llantas que salpicaban los charcos, luego perdían intensidad hasta convertirse en un sonido lejano y tenue; las personas correteaban de un lugar a otro para no mojarse; los buses recogían obreros, hombres y mujeres que deseaban partir o llegar. Desde una ventana en el segundo piso de una casa vieja, una mujer mira y sonríe como si formara parte del incesante ir y venir de la vida. Una vez más posa su mirada en el árbol del jardín, un casco de vaca que por la lluvia incesante perderá con seguridad los casquetes y semillas que aún tratan de cubrirlo. Parece que nadie tiene tiempo de barrer las hojas innumerables que día a día se acumulan. Hojas secas y lluvia, hojas quejumbrosas que sólo a ella le pertenecen, horas de no hacer nada, de decisiones inciertas, de palabras no dichas, de reproches a nadie, pareciera pensar ella. Afuera, continúan mecidas por el viento y mojadas por la lluvia, mientras ella las observa desde el cuarto de esa casa. 142

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Las puertas en el primer piso de la casa se abren para dejar pasar a un doctor y a su enfermera, que vienen a examinar a un huésped. Otros huéspedes entran, salen y conversan alborotadamente para pasar la tarde en el salón social. El lugar parece tranquilo la mayor parte del tiempo, de hecho esa fue la principal razón para que ella lo escogiera, pues si nadie la interrumpía podría de una vez por todas terminar de corregir el escrito y recibir el dinero para pagar el cuarto que habita. Para entrar en el cuarto de ella se tiene que pasar por un patio pequeño donde la luz es escasa y amarillenta, además, subir por una escalera amplia en los primeros escalones pero que poco a poco se cierran hasta convertirse en una escalera estrecha y simple. En el segundo piso aparece un corredor largo con muchas puertas, como en un hotel, y al final un balcón que siempre permanece cerrado, pero que proporciona suficiente luz para evitar encender las lámparas en el día. En el cuarto la mujer disfruta de momentos de aislamiento y alivio. No le interesa que sus vecinos sepan si está dolida, alegre o sin dinero, para ella como para los demás huéspedes los días son iguales. Una convivencia lejana les permite continuar sus vidas sin preguntas inoportunas. Sólo el casco de vaca del jardín comparte con ella los silencios que podrían parecer demasiados si los cuenta desde la perspectiva del “qué voy a hacer con mi vida”, pero si los cuenta desde la última vez que estuvo con Antonio, son nada, una página más de un libro que algún día tendrá que cerrar. A pesar de ello quería respirar profundo para sentir la vida, pero... ¿con quién? 143


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Inútil y vano resultaba repetirse esa pregunta porque comprende cuáles fueron los momentos en que debió defender sus sentimientos o los de otras personas cercanas a su vida, y no lo hizo. Prefirió callar, dejar pasar las cosas como si el tiempo rumiara los acontecimientos una y otra vez, los transformara y luego los devolviera con un final diferente, permitiéndole escoger la opción más inverosímil o quizá la más imposible, en fin, otra diferente a la elegida y que forma parte de su esencia. Por eso pasaba las tardes allí, mirando las eternas fases del árbol, pensando qué hubiera ocurrido si en lugar de estirar la mano para detener el bus donde conoció a quien sería un amigo, se quedara estática, sin mover un centímetro de su cuerpo, para luego caminar por un lugar lleno de cafés con muchas personas que la saludaban y reconocían, y con las que alguna vez compartió, supuestamente, lecturas, películas, historias sencillas del día. O qué hubiera ocurrido si el hombre que conoció en ese bus estuviera con ella y no hubiera muerto de la forma brutal y mezquina como en realidad murió. Otras veces miraba en la cajonera las fotos de las personas más cercanas a su vida, aunque eran pocas, volvían con gusto a su memoria para recordarle que ellos habrían agradecido un gesto suyo, o algunas palabras que evitaran los caminos de silencio que desde allí forjó. Por ejemplo, estaba la foto de ella con sus padres, Antonio y ella en miles de sitios, su hermana y sus dos hijas… especialmente su sobrina, quien midiéndose un overol pequeño para su cuerpo, mostraba con los dedos la “v” de victoria, mientras reía estruendosamente. También en la 144

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pared colgaba un dibujo enmarcado que hiciera esa sobrina a los tres años, unos garabatos donde debía salir la familia y lo que aparecía era una casita pequeña con chimenea, su sobrina, su madre y ella. Recuerda cuando por largas temporadas ella y su hermana iban de visita a la casa de sus abuelos, un lugar inmenso en el centro de la ciudad. Todo transcurría normalmente sin ninguna novedad: comer naranjas, tortas y diferentes dulces que no faltaban para el abuelo; disfrazarse de adultas, pararse en los salientes de las grandes ventanas para asustar a los que caminaban por la acera. Jugar a las escondidas era a de las actividades divertidas, pues la casa tenía muchos cuartos y rincones que en los días soleados nadie apreciaba, pero en los atardeceres cobraban un extraño brillo y un toque de misterio que invitaba a descubrirlos o perderse en miles de aventuras. Una vez se quedó dormida en uno de los escaparates del cuarto de una tía soltera, al despertar comprendió que nadie había percibido su ausencia, ni siquiera la hermana con la que jugaba, pues en esos momentos la habían sentado en una gran silla para llenarle la cabeza de bucles. Por eso, si estaba aburrida o simplemente no quería nada, se metía en el escaparate para que nadie la encontrara. Una noche que no podía dormir, decidió arroparse de nuevo en el escaparate para ver si allí consiliaba el sueño. Estaba acomodándose sin hacer mucho ruido, cuando sintió unos pasos que se acercaban hacia el cuarto, lenta e inalterablemente. Arrimó su ojo a la hendidura central de la puerta, y vio a la negra Graciela, la vieja criada de los 145


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abuelos, de pie, erguida, con una bata blanca que le cubría su cuerpo enorme, mirando a la hija menor de los abuelos quien parecía completamente dormida. Llevaba en sus manos un candelabro con una vela sin titilar por falta de aire. Permanecía estática. Su respiración era diferente porque se escuchaba un resoplido muy ligero. Tal vez sentía odio o rabia, mirándola a ella por largo rato sin hacer ningún otro movimiento, era difícil comprender qué hacía allí parada. Tal vez la rabia le pertenecía a la tía dormida, pero con los ojos y la boca cerrada era también imposible comprender qué ocurría. De todas maneras dialogaban en el silencio del sueño lo que en la vigilia se negaban a reconocer. Es difícil repetir una situación semejante entre dos mujeres, pero fue de las primeras veces que comprendió que el silencio dice muchas cosas. O mejor, no dice nada, pero lo que deja de decir es terrible y mutilante. Finalmente la negra se marchó con la misma lentitud con la que se había acercado. Menos mal en aquellas épocas lejanas, la imaginación lo podía todo, pero por más que imaginaba una y otra alternativa para explicar el estado tan indefinido entre aquellas dos mujeres, no quería dejar de fantasear con sucesos de la vida. Y peor aún, acostumbró una especial manía por dilatar las decisiones importantes, porque se le hacía imposible ir a la par del tiempo, ese inmenso respirar del universo que nos arrastra sin fin en un eterno presente, entonces… ¿por qué no detenerse, callar, no decidir?

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Mira apenas de soslayo el cuarto de su vecina para pasar desapercibida, se pregunta cómo puede vivir alguien en un lugar tan estrecho con tantos muebles y trebejos. Desde su cuarto escuchaba, además de los quejidos de esa vecina, el susurro lejano de televisores y una radio que parloteaba sobre una explosión en El Poblado, un barrio situado en la parte sur oriental de la ciudad. Mientras escuchaba todos esos sonidos, el repicar del teléfono la sacudió con insistencia… –– ¿Sí? ¿Quién habla?–– preguntó somnolienta. ––Soy yo, María ¿Está mi mamá ahí? ––gritaba la vocecita de una niña entre los sonidos de la lluvia al golpear un tejado. –– ¿Tu Madre? cómo se te ocurre que va a estar aquí, hace días que no hablamos ––contestó tirándose en la cama para estirar el cuerpo. ––Entonces no le digas que yo llamé ––susurró la niña temerosa. ––No te preocupes––le dijo, pues los días que ellas no hablaban eran los mismos que sumaban sola en la casona. ––Bueno, luego te vuelvo a llamar––dijo––¿Sabes? A veces te extraño, sobre todo cuando mis amigos no pueden salir. ––En estos momentos qué haces––preguntó con el ánimo de demorar la sobrecogida voz de la niña. ––Está lloviendo muy fuerte y no sé abrir la puerta para ir donde mi amiguito de al lado––. Decía mientras se subia a un mueble que su madre tenía cerca de una ventana cerrada, pero las calles se veían muy lejanas, y las personas eran apenas círculos aplanados. 147


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––Oye pequeñita, dime quién más está en tu apartamento-. ––Estoy sola y no sé por que no llega nadie. Hace rato se escuchó un sonido muy fuerte y todas las cosas se quedaron en silencio, la televisión no quiere encender, tampoco las lámparas. Oye… No puedo seguir contigo porque alguien toca la puerta, tal vez sea mi mamá, luego te llamo. ––¡No!, escúchame. Pon el teléfono en el suelo, vas, atiendes sin abrir la puerta, que yo te espero––. Insistió, mientras se levantaba para arreglar el arrume de hojas sueltas sobre el escritorio, que si tenía suerte se convertirían en capítulos. Pero al momento la vocecita en el teléfono se imponía una vez más. –– ¿Hola? ¡María! ¿Estás ocupada? ¿Sigues ahí? ––Sí, sí––recordaba como si todavía estuviera con ella y estirara su mano para agarrarle fuertemente la manita y ayudarla a pasar por una calle cualquiera; o que se abalanzaba desde lejos de la cama y caía sobre las cobijas convirtiendo todo un amasijo de colores y desorden; pero automáticamente, con una queja de ella, continuaba los deberes, allí no mas, a unos pasos de donde estaba su mesita de trabajo––. Bueno, dime quién era. ––Nadie, nadie me contesta ––lloriquea por la línea–– y no sé que hacer con tantas goteras. Hay mucha agua por todas partes y tengo frío. Desde lejos sintió también frío, además, no era posible hacer algo. No entendía que sucedía, pero si continuaba alargando la conversación, tal vez averiguaría algo. 148

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–– ¡Bueno, bueno! Y qué tal si vuelves a poner el teléfono en el piso mientras vas por unas vasijas para las goteras. Anda, aquí te espero. ––Como son tantas me demoraré mucho. ¿Sabes?, quisiera que estuvieras aquí conmigo, el piso está muy mojado, y por el techo cae mucha agua. –– ¡Vamos niña!, las cosas no son lo que parecen, mientras tú haces eso yo comeré unas cuantas galletitas… ¿sí? Lo cierto de todo era que si ambas no compartirían confidencias y travesuras como lo hacían antes, era un principio evitar la sensación de culpa como un tufillo rancio y delator. A las mujeres generalmente les gusta asumir, además de las culpas y los hijos, los dolores del mundo entero y eso era precisamente lo que el silencio de los demás quería imponerle. Pero con ella no se repetiría. Había libertad al negar los veredictos de los demás, en este caso lo que las mujeres les imponen a otras mujeres. Así que hablaría con la niña asustada para no permitirle avanzar al miedo. ––Para una gotita hay una coquita y para una gotota hay una cocota; así que comienza a buscarlas con cuidado y al mismo tiempo sabremos cuántas goteras caen. Quizá desde lejos podría, al fin de cuentas, lograr que la niña encontrara otra dimensión de las cosas. Como en el escaparate. Mirar a los demás desde otra perspectiva, siempre hay muchas más, aunque la real termine imponiéndose, pero las otras, las del ensueño, nos ayudan a vivir. Así continuaron durante un buen rato. 149


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Horas quizá. Luego colgaron, pero desde lejos ambas sabían que habían vencido el silencio ambiguo de la soledad.

El regreso Estella Higuita Urán

Adriana Restrepo. Medellín. Filósofa de la Universidad de Antioquia, con especialización en Pedagogía del Aprendizaje en la Unad, Bogotá. Además de la docencia, en los últimos cinco años combina su trabajo con el aprendizaje de la escritura creativa en diferentes talleres, entre ellos el Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto.

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Aspiró el aire fresco de su tierra, todavía en con las piernas entumecidas por el viaje y caminó hasta el atrio de la iglesia, que era nueva. La habían construido con dinero de rifas y donaciones, después de que la guerrilla, en una de las tres tomas, acabara con la anterior y dejara sólo los cimientos. Desde allí, echó una mirada a lo que había a su alrededor y buscó en la calle y en las gentes algo que le recordara su pasado. Las casas antiguas ya no estaban allí donde siempre estuvieron. Estaba atónita y desconcertada y por más que se esforzaba en reconocerlo, el pueblo parecía no ser el mismo. Las personas que caminaban por la calle y por la plaza, o que estaban en el atrio, le eran desconocidas. Habían perdido ese afecto que antes se daba al viajero. Al igual que el templo, las gentes también eran nuevas. Tenía recuerdos lejanos: nació y creció en el pueblo, y siendo niña, recorrió sus calles, trató con sus gentes, con las otras, con las que ya no estaban. Era un domingo lluvioso, con un cielo gris y triste. A causa de la lluvia persistente, los puestos de las ventas 151


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estaban tapados con plásticos oscuros que impedían ver lo que en ellos se exhibía, y toda la plaza daba la impresión de ser un solo toldo sombrío y lúgubre. Trató de ubicarse y entender los cambios, y entró a la iglesia. Los pájaros cantaban en las ventanillas de la bóveda de la torre y ésta, con su eco, aumentaba el alboroto de las aves. Buscó un sitio y se sentó. Tal vez allí podría recuperarse y salir a ver lo que quedaba de sus raíces, porque parecía que el tiempo las había arrancado. Oró en silencio, y al salir, un viento fresco le golpeó el rostro, sintió frío y se estremeció. Los lugareños caminaban indiferentes y nadie pareció advertir su presencia, aunque algunos miraron cuando se bajó del bus y siguieron sus caminos distraídos. Algunos cambios eran notorios: aparecían en muchas partes casas de varias plantas, los carros no pasaban ya por la plaza, sino que lo hacían por la calle que está encima del parque y de allí seguían su rumbo a otros pueblos. Los chicos estaban en todos lados y los jóvenes en grupos charlaban cerca a las escalas del atrio. La Montaña de la Cruz, que se alza a un costado del pueblo, parecía estar envuelta en un velo rasgado hecho de jirones de neblina y parte de sus laderas habían sido cultivadas. Antes, la montaña era agreste, inculta, salvaje y parecía inaccesible. Resuelta, caminó despacio y empezó a descender, deteniéndose frente a lo que en su época eran los corredores que daban amplitud al sector, y que habían sido borrados del paisaje; tal vez eso era lo que le daba al pueblo un aspecto extraño. El nuevo comando de la 152

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policía, edificado como una fortaleza para repeler los ataques de la guerrilla, estaba incrustado a un lado de la iglesia y las casas nuevas habían ganado terreno dejando sólo la acera. La calle se veía estrecha y las casas parecían haber perdido la amplitud de sus frentes. Buscó en vano la tienda de su tío, edificada donde terminaban los corredores. Se empeñó en ubicarla dando la espalda a lo que, según sus cálculos, fuera el depósito donde almacenaban el café y otros productos. Preguntó a la gente: ? ¿Dónde quedaba la casa de Don Eduardo? Nadie parecía saber quién era, ya que hacía más de veinte años lo habían matado en su tienda y no lo recordaban; ni siquiera habían oído hablar de él. No podía irse de allí sin reconocer, entre todas esas viviendas, la de su tío. Más tarde, una persona mayor pareció saber de quién se trataba y le señaló la Casa de la Cultura. Se convenció del hallazgo, porque aún quedaba un tramo muy pequeño del zócalo con formas circulares, que antes estaba pintado de rojo, y el que le mostraron era café, aunque seguía siendo el mismo que recorrió con su dedo índice a manera de juego, cuando todavía era muy niña. Un sentimiento raro la atrapó, los recuerdos se agolparon y le llegaron a borbotones golpeándola por dentro. Limpió los lentes de sus gafas con el pañuelo, secó sus ojos y también la nariz. Un niño que pasó corriendo y gritando la sacó de su ensimismamiento, y un olor a café se disolvió en el aire. En un local junto a la puerta, los buñuelos nadaban en el 153


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aceite caliente y algunos ya estaban listos. En la cantina, la música dejaba salir sus notas hasta la calle. Sentado junto a la puerta de una tienda, un anciano apoyado en su bastón dormitaba bajo su sombrero. Hacia abajo, la calle se hizo más fácil de reconocer. Despacio, llegó a la esquina y se encontró con un lote cercado con latas y cerrado con una puerta vieja. Adentro, los matorrales abundaban porque las hierbas largas asomaban sus puntas sobre los muros improvisados y recordó que allí, hacía muchísimos años, era la casa cural. Diagonal al lote, estaban tres casas viejas, cerradas con cadenas, que pasaban por huecos abiertos en las puertas carcomidas, cuyos eslabones herrumbrosos hacían calcular cuánto tiempo llevaban abandonadas, rematando con candados igualmente oxidados. Las paredes descascaradas y rajadas amenazaban ruina, algunas tejas habían caído y las otras no alcanzaban a cubrir las tapias desmoronadas, dejando crecer allí, junto al tejado, matas de verbena, hierbas y helechos. Eran las casas de tres hermanos: una perteneció a Don Crescenciano, quien todas las tardes, reunido en la iglesia con otros feligreses, rezaba el rosario, y a las terminaciones de cada ave María les daba una tonada casi musical. En la casa del medio, creyó reconocer la de Doña Belarmina, aquella mujer mayor a quien acompañó en su soledad casi todas las tardes, cuando salía de la escuela. Recordó que, para llegar, debía subir una escala y allí estaba ella sonriendo, con su vestido de medio luto, y luego, sentadas en la salita con piso de madera, en medio de risas y cuentos inventados, 154

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pasaban las tardes. Se acordó del sacerdote delgado y derecho como una vela, que, metido en su sobretodo color caqui, protegía la sotana negra del polvo del camino. Acostumbraba llevar un sombrero negro de una textura suave, de un paño peludo, casi como el terciopelo, y con una maleta pequeña en la mano, sonreía al llegar. Era el hijo de doña Belarmina, el padre Montoya, que venía a visitarla. Entonces la niña, dejándola acompañada, salía de allí sin despedirse, a seguir sus juegos con otras de su edad. Continuó bajando pero las casas eran irreconocibles y el objetivo era encontrar la suya. Nuevamente volvió el desconcierto ante el contraste: en plena calle principal, había casas nuevas de varias plantas y tramos con casas abandonadas y espacios vacíos que, por momentos, simulaban un pueblo fantasma. La casa de Don Luis, en la esquina, dejaba a la vista su decrepitud con sus tapias descascaradas, rajadas y torcidas. En el sitio donde estuvo la casa y el almacén de telas, que ocupaban media manzana, sólo quedaban vestigios, y en el lote baldío, donde eran las habitaciones, las hierbas crecían sin control y algunos lugareños dejaban allí sus basuras. La casa nueva que hicieron frente a la suya, antes de su partida, estaba abandonada, cerrada y a punto de caer. Su casa no era la misma, todavía estaban frescos los trabajos de albañilería, un segundo piso se alzaba sobre las nuevas tapias y por dentro no quedaba nada en su sitio. Abajo, en la vía al cementerio, un barrio nuevo había cambiado el paisaje y su escuela estaba transformada en un edificio que albergaba a los bachilleres. 155


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Como alucinada, creyó ver a Silvia, su amiga, la que siempre estuvo cerca, jugando bádminton en la calle; a su padre aparecer en la esquina; a su madre sentada junto a la puerta. Apoyada en sus recuerdos, rostros y lugares se cruzaron por su mente, haciéndose tan reales como antes, pero luego comprendió que había sido una ilusión. Salió de allí con la cabeza inclinada, y en silencio, recorrió la misma ruta, fue a la calle de arriba y tomó el bus.

Estella Higuita Urán. Caicedo (Antioquia). Maestra de la Normal La Sagrada Familia, de Urrao (Antioquia). Socióloga de la Universidad San Buenaventura, de Medellín. Magíster en Educación, Orientación y Consejería de la Universidad de Antioquia, Medellín.

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Un parque sin domingo Ana Mercedes Mejía Salazar Todo estaba dispuesto en el parque para recibir el domingo. Los árboles, con su elegancia, y desde su altura imponente, permitieron que el sol adornara el piso con caprichosas figuras, que se alargaban o se encogían según el viento lo iba decidiendo con sus ramas. Las puertas del templo se abrieron y su oscuridad contrastaba con la claridad del atrio; poco a poco fueron llegando todos aquellos que tenían la ilusión de vender algo. Los artesanos extendían el mantel en su toldo para acomodar sus manualidades, que variaban de estilo y de forma: cuadros, collares, arlequines, muñecas, pulseras, aretes, que cuidadosamente eran distribuidos en una cuerda simulando prendas diminutas secándose al sol. Las sorpresas de 300 y de 500 se exhibían como bandejas de confites de múltiples sabores, los helados y los postres atraían con su apariencia. El agua de la fuente estaba limpia, el señor de los globos de colores y el burbujero iba preparando sus esquivas y anheladas esferas. Las pequeñas chivas ya estaban en fila esperando sus pilotos, que no podían sobrepasar los siete años. Los músicos, con sus rostros descansados, se instalaban en el lugar reservado para ellos, y con delicadeza afinaban sus instrumentos. 157


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Todo estaba preparado, pero hoy el parque reclamó el domingo, pasaron las horas y las campanas de la iglesia no se escucharon, no hubo creyentes que compraran las empanaditas, y las crispetas quedaron exhibidas, su olor no atrajo a nadie. Los violines sonaron, pero nadie se emocionó, ni se escucharon los aplausos. Al señor de los helados no lo correteó ningún niño con su moneda para comprarse un cono de quinientos. Los chiveros se cansaron de dar vueltas y las sorpresas ya no lucían tan coloridas. El castillo sólo quedó lleno de aire porque no hubo quién brincara en él, y los globos de colores permanecieron todo el día encarcelados en la reja que protege las rosas y los anturios blancos. Los árboles esperaron que alguno de los globos se escapara ante la mirada sorpresiva y triste de su dueño. No se escuchó el eco de ninguna risa y los besos no alimentaron ninguna ilusión. Los toldillos no vieron gente en tumulto sobre ellos, las fresas con crema esperaron alguna mirada arrepentida que, tentada, se arrimaría a comprarlas. Las bancas, a pesar de estar soleado el parque, se notaban frías: desde aquella más pequeña, bajo la sombra de la Ceiba, observé este paisaje sin gritería y sin alma; allí, sin tu mano sobre la mía, la tarde tuvo el sabor de un parque sin domingo, tu ausencia nos abatió a los dos.

Ana Mercedes Mejía Salazar. Medellín, 1960. Licenciada en Educación y Ciencias Religiosas de la Universidad Pontificia Bolivariana, con maestría en Educación y Desarrollo Comunitario, de la Universidad Surcolombiana de Neiva. Poemas suyos aparecieron en Trabajos de taller, antología del Taller de Escritores de la Universidad de Antioquia (2009).

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Septiembre María Patricia Duque Vélez —Buenos días, Lupe. —La mujer se volteó para mirar quién la saludaba. —Don Jorge, ¿cómo está? —Bien, Lupe ¿y usted? —Bien, sí señor. Madrugó hoy. —Es el primer aniversario y quería estar solo un rato. —¿Va a llevar lirios o azucenas? —Azucenas. Tomó las flores, le pagó a Lupe y se dirigió nuevamente al carro. Ascendió hasta el sector 17 donde se hallaba la tumba y se estacionó cerca. Tenía ganas de podar el rosal. El pasto estaba seco, así que con toda tranquilidad pudo arrodillarse para cambiar las begonias marchitas por las azucenas blancas y detenerse un rato a mirar esas letras que como una sentencia lo habían acompañado todos estos meses. El nombre, las fechas. No había sino una certeza: su cuerpo estaba allí y, cómo dudarlo, si en la casa su ausencia, con el paso de los meses se hacía cada vez más evidente. Un año viudo. Y aunque su dolor de 159


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ahora no se parecía mucho al desconcierto del principio, sabía que necesitaría de mucho más tiempo para recuperarse. Un año habitando solo la casa que por más de veinte compartieron los dos. Si alguna vez en un extraño gesto de pitonisa experta y certera, alguien le hubiera dicho que ella moriría antes que él, que lo dejaría viudo y solo, no habría creído nunca que iba a sobrevivir a ese dolor, que seguiría durmiendo en la misma cama, mirando el paisaje por la misma ventana y que conservaría de ella sólo dos frascos de perfume que no se atrevía a destapar aún hoy, porque sabía que ese aroma lo haría sentir más solo, más despoblado, más sin ella. Se dirigió al carro, sacó las tijeras, los guantes, la garrafa con agua y una bolsa negra del portamaletas. El rosal crecía como le daba la gana y era egoísta con sus flores. No le gustaba su aspecto, pero la insistencia de sus hijos por tenerlo allí, acompañando a su madre, no le permitía arrancarlo. En algún lado había leído cómo se podaba la planta y aunque lo hacía cada dos meses, siguiendo las instrucciones, no lograba ver allí más que un conjunto de ramas largas y desordenadas. En unos meses sino mejoraba, le diría a Daniel que lo cuidara él, porque definitivamente no era un buen jardinero. Lo esperaba un día largo, lleno de gente y de voces que vendrían a recordarle cómo pasa el tiempo. La misa, las visitas y luego el cansancio, ese mismo que sintió hace un año cuando por fin pudo volver solo a la casa después de las largas horas pasadas en la clínica y reposar al menos un rato antes del entierro, antes de escoger entre los vestidos de su mujer ése que llevaría por última vez. 160

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Ahora, al recordar esos momentos no sabía de dónde sacó el valor y la fuerza para soportar el agobio, la sorpresa y el desconcierto que había vivido las últimas doce horas. La familia era grande y se había manifestado “como era debido”: viajaron desde otra ciudad para acompañarlos en la novena y no se habían olvidado de ellos en Navidad ni en los cumpleaños. La muerte de ella le había traído rostros envejecidos de primos lejanos muchos años olvidados y la presencia de niños cuya existencia fue apenas anunciada por teléfono cuando nacieron. Por lo menos era sábado y podía, sin remordimientos, dedicárselo entero, sino a ella, al menos a todos aquellos que vendrían a manifestarse. La viudez resultó llena de asuntos prácticos que paulatinamente aprendió a atender con ayuda de sus hijos y sus nueras. Lo más duro era saber que el día que sepultó a su esposa enterró con ella todos los sueños que alimentaron juntos desde su juventud. Ya no serían nunca el par de ancianitos que con pasos trémulos temen cruzar la calle. Una apendicitis que se complicó lo dejó viudo en pocas horas. Y desde entonces había tenido que inventarse la manera de envejecer solo. De envejecer sin ella. Pero faltaría a la verdad si afirmara que durante ese año estuvo solo. Además de sus familiares y amigos, Nora lo había acompañado en su soledad recién adquirida, aunque ella no lo sabía. Se habían conocido dos meses antes del fallecimiento de su mujer en un accidentado vuelo que los conducía a la ciudad donde ella vivía y a la cual él viajaba por negocios. Coincidieron juntos en ese momento en que las 161


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mascarillas de oxígeno se desprenden de su lugar habitual y saltan ante nuestros ojos con el propósito de tranquilizarnos, consiguiendo justamente lo contrario: se convierten sin saberlo en amarillos anuncios de muerte. Nos quitan el aire que prometen darnos cuando sentimos ante su vista esa opresión que comienza en los riñones y sube por el estómago, y que finalmente terminan “hermanándonos” con ese compañero de asiento a quien no conocíamos de antes, pero que ahora se presenta como la compañía ineludible hacia nuestro último destino. Esos minutos críticos compartidos en el avión dieron paso a una conversación que con ayuda de un trago de licor —a pesar de la hora, pero debido al susto— permitió que fluyera entre ellos una corriente de salvación, de renacimiento y de calma. Una vez en el aeropuerto, decidieron compartir un taxi hasta el centro y se citaron para almorzar juntos dos horas más tarde. Su trabajo con el rosal era apenas aceptable. Tal vez si sembraba otro rosal a su lado lograría que en conjunto ambos se vieran mejor. Pero ya sería después porque ahora tenía que ocuparse de recoger las ramas podadas, las flores secas y algunas hojas que desde los árboles vecinos el viento arrastraba hasta la lápida para intentar tapar el nombre. Se hacía tarde y debía realizar unas llamadas telefónicas para confirmar que en la iglesia a la hora de la misa los esperara un ramo de rosas blancas. También debía hacerse cargo del almuerzo, ya que la liturgia era a las once y sus hijos le acompañarían buena parte de la tarde. Era el día de tomar algunas decisiones: vivir solo en la casa familiar ya no resultaba práctico, 162

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menos ahora cuando los negocios lo retenían con mayor frecuencia en otra ciudad. Vender la casa como le había sugerido su hijo Alejandro hace unas semanas, mudarse a un apartamento cerca de alguno de sus hijos para que no se sintiera tan solo, para verse más a menudo. Si, como decía Daniel, “mal que bien podía vivir otros treinta años”, ya era tiempo de que se planteara su vida hacia el futuro y empezara a contemplar la posibilidad de no terminar sus días necesariamente solo y para eso era mejor vender la casa. Se dirigió a la cesta metálica donde depositó la bolsa negra llena de hojas, ramas y flores marchitas, volvió luego por las tijeras y el envase en que transportaba el agua, se quitó los guantes y guardó todo en el portamaletas. Se dispuso a dar una última mirada a las azucenas frescas y al rosal recién podado. Un poco de sol calentaba la mañana, pero muy probablemente la tarde traería lluvias. Sintió de repente unas ganas enormes de llorar, por ella que nunca conocería a sus nietos, por sus hijos que la iban a extrañar en cada Navidad, por él que se había aferrado a esa vida tranquila que juntos construyeron y que ya no estaba, y por Nora, a quien también iba a perder. “Para que el matrimonio funcione, uno de los dos tiene que ser bobo”, eso decía mi papá, y ahora que lo pienso tenía toda la razón, le había dicho Nora pocos días después de haberse conocido. Ya para entonces ella sabía que él estaba casado y de una manera tácita aceptaba que comenzaba una relación que sería mal vista por muchos ojos, pero que a ella le resultaba cómoda, teniendo en cuenta sus expectativas actuales, de tener una compañía 163


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ocasional, sin ningún compromiso distinto al de disfrutar buenos momentos compartidos entre dos. Se había casado muy joven y las cosas no resultaron como ambos esperaban. Tenía una hija que estudiaba en el extranjero y llevaba más de siete años divorciada. “Yo sería la perfecta novia eterna porque como esposa no me veo otra vez”, afirmaba mientras sacudía la ceniza del cigarrillo en uno de los bordes del cenicero. La tercera copa de vino le había instalado un rubor adolescente en sus mejillas de mujer madura y hablaba con vehemencia mientras sus ojos buscaban en el rostro de él una señal de aprobación o al menos de inquietud frente a sus palabras. “La rutina de la convivencia poco a poco lo erosiona todo. Acaba con lo esencial, vuelve la casa un absurdo campo de batalla”, le decía a veces con tristeza, otras entre risas, pero siempre con una convicción que parecía total. Descifrar esa mujer era una tarea que se había propuesto desde la tarde en que compartieron por primera vez la mesa en un restaurante francés que ella le había presentado como uno de los mejores de la ciudad y donde se reunirían muchas veces en el futuro. Era la primera vez que se interesaba por conocer verdaderamente a una mujer por fuera del matrimonio y se preguntaba por qué ella había logrado despertar en él tanta curiosidad. Cuando aceptó almorzar con ella el día que la conoció, le sorprendió su audacia, porque aunque tenía claro que su aspecto le resultaba atractivo a las mujeres, también sabía de sobra que lo acompañaba una actitud para muchos pusilánime, que le facilitaba mantenerse 164

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alejado de aventuras ocasionales que había decidido desde hacía muchos años mantener lejos de su vida tranquila. Crecer viendo el continuo sufrimiento de su madre ocasionado por las repetidas infidelidades de su padre le había hecho prometerse en una noche de llanto que él no haría lo mismo y que la mujer que decidiera tener a su lado no iba nunca a llorar poseída por los celos. Su matrimonio se había mantenido a salvo gracias al sacrificio que había hecho repetidas veces, pero que ahora, sin tener muy claro por qué, empezaba a considerar al menos aburrido. Pero también se le ocurrió que no aceptarle a Nora la invitación, era a la vez un gesto de cobardía, una manera de admitir que si se mantenía lejos de las tentaciones era tan sólo porque nunca se había acercado tanto a ellas como para considerarlas una verdadera amenaza para su paz matrimonial. Así que se permitió ser otro, alejarse por un rato de esa imagen de hombre prosaico, que era objeto de burlas entre sus compañeros de trabajo cuando se negaba a emborracharse y salir en búsqueda de aventuras que no necesitaba. Ahora estaba en una ciudad donde nadie lo conocía y no llevaba en la frente ninguna señal de hombre casado, y además, ella le resultaba atractiva de una manera tan intrigante que decidió no sólo que almorzaran juntos, sino también comprometerla para que en la noche lo acompañara a conocer un pequeño pueblo cercano, famoso por su arquitectura colonial, donde podrían tomarse un trago y conocerse un poco más.

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El trayecto entre el parque cementerio y su casa lo obligaba a pasar por la clínica donde falleció su mujer. Muchas veces había preferido dar un rodeo grande para evitar ese lugar, pero con el transcurso de los meses, fue aceptando tanto su soledad, como los sucesos de ese día. Muchas calles lo separaban de su esposa, pero esas mismas calles lo devolvían a esa casa de la que ella seguía siendo la única dueña. Tal vez Alejandro tenía razón y ya era tiempo de venderla. La conservaron aún después del matrimonio de Daniel con la esperanza dulce de que en el patio construirían cuando fuera tiempo, un parque infantil que estaría lleno de nietos en las mañanas de sábado. Ahora tendría que convencer a sus hijos de que se quedaran con algunos muebles porque no quería que su nuevo apartamento estuviera inundado de tantos recuerdos, pero tampoco deseaba borrar de su mente, y de la de ellos, ese tiempo en que fueron una familia. Entró a la casa donde sólo lo esperaba Pupy, la pug negra que por cinco años había sido la mascota de los dos. Se dirigió a la cocina, sacó de la alacena el frasco que contenía el café y puso el agua dentro de la cafetera. Hizo un par de llamadas telefónicas mientras esperaba que el agua hirviendo acabara de colarse, luego sirvió el café y encendió un cigarrillo. Semanas atrás Nora le había dicho que pronto culminarían los preparativos para su viaje a Buenos Aires, donde se reuniría con su hija después de dos años de no verla. Finalmente se iba, con el propósito de establecerse allí porque sentía que ya nada la retenía en el país. En ese momento él no pudo decirle nada distinto a lo que la cortesía le obligaba. Se quedó 166

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callado tal y como lo había hecho cuando murió su esposa. Nunca estuvo preparado para esa conversación. Las veces que deseó sincerarse con Nora y decirle que ya no existía esa esposa engañada que lo esperaba en casa después de cada viaje, sentía que la explicación implicaba también algo así como admitir: “Aquí la única engañada fuiste tú” y él la veía tan cómoda en su papel de “novia eterna” alejada de la rutina de la vida en común, tan posesionada de su papel de ser la otra, sin saber que era la única, que se creyó con fuerzas para seguir viviendo esa mentira a medias, que le había proporcionado no sólo placer, sino también la calma necesaria para continuar adelante en los meses críticos que sucedieron al fallecimiento de su esposa. Porque no tardó mucho en darse cuenta de que su vida parecía un conjunto de espacios muertos entre cada viaje que lo separaba de Nora. Esas dos o tres semanas que transcurrían mientras volvía a verla pasaban más rápido cuando se ilusionaba pensando que ella también estaba impaciente por verlo de nuevo. Por eso se le hacía tan difícil decirle que, si no habló antes, era porque no quería descubrir en su mirada, esa lástima que muchas veces afloraba cuando sus ojos se encontraban con un anciano mendigando en la calle o con una niña vendiendo dulces en un semáforo. Lástima, conmiseración, pesar. Todo eso que veía en las miradas de las vecinas cuando las encontraba en la calle o en la iglesia. Pero en los ojos de Nora no quería ver ese sentimiento. No cuando lo miraban a él.

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El silencio acumulado durante todos esos meses le pesaba y no encontraba un camino que le permitiera ni siquiera soñar con su perdón. Ella se iba y él sentía que no podía hacer nada para que se quedara, porque había decidido acomodarse en esa aventura sin mirar hacia el futuro y ese futuro lo alcanzaba ahora, mucho más rápido de lo que había calculado, cuando Nora había invadido no sólo sus sueños mientras dormía, sino esas esperanzas de futuro compartido que tímidamente se le insinuaban cuando se descubría pensando en envejecer a su lado. Por eso, aunque muchos amaneceres lo habían encontrado preguntándose si Dios, el destino o simplemente la vida, habían determinado la soledad de su viudez, un interrogante nuevo recorría itinerante su cabeza y su corazón: ¿Iba a dejar que ahora la cobardía decidiera por él?, ¿Permitiría que Nora se marchara sin decirle lo fría que iba a resultare Buenos Aires, aún en primavera?

María Patricia Duque Vélez. Bogotá. Comunicadora social y periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana.

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Ante el umbral Isabel Cristina Escobar Martínez Toda su vida esperó a que sucediera algo, no tenía que ser nada maravilloso, se conformaba con una pequeñez que interrumpiera ese continuum en que se había convertido su vida: dormir, comer, respirar. En su niñez era aceptable esa monotonía que ni siquiera era su culpa, otros se la habían impuesto, tenía la esperanza de que cuando fuera mayor podría saltar de la noria. En la adolescencia aunque se esmeró por cumplir con todos los cánones establecidos, solo logró vislumbrar unos cuantos destellos de felicidad que desaparecieron sin dejar huella. La madurez fue peor. Se esperaba que siguiera, como un cobayo, recorriendo el mismo pasadizo, una y otra vez, hasta que quedara grabado en sus genes para así transmitirlo a sus descendientes. Se suponía que ya había alcanzado la edad ideal para sentirse realizada, pero con una ingenuidad vergonzosa, ella seguía esperando ese algo prometido, ¿por quién?, ya ni siguiera lo recordaba y, en realidad, empezaba a pensar que había sido un invento

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suyo, un auto-engaño para no abandonar la partida antes de tiempo. ¿Esto era la vida? Estudios, títulos, esposo, hijos, viajes, comodidad. ¿Todo esto, automáticamente, le aseguraba la felicidad? Si era así, ¿entonces, por qué se sentía tan abúlica? Para tratar de escapar, en las mañanas empezó a retrasar el momento de abrir los ojos, a dilatar su ingreso a la realidad, a esa situación opresiva que era la vida diaria. En las noches, buscó el sueño con avidez, como el hambriento que persigue hasta la migaja más absurda. Pero aquellos escapes pronto se vieron contaminados por la misma nada que la acosaba en la vigilia y, aunque lo intentó con otros sucedáneos, ya no tuvo dónde esconderse, el resultado seguía siendo el mismo. En su exterior pocas cosas se modificaron, siguió siendo la misma que colgaba sonrisas de su boca para no tener que explicar su hastío; de igual forma, estaba segura de que nadie la entendería, las demás personas seguían persiguiendo la felicidad como si fuera algo real; si ella intentara abrirles los ojos, mostrarles lo ridículo de su ilusión, la considerarían una loca y, aunque no le tenía miedo al ostracismo, la aburría el esfuerzo que conllevaba convencer a otros de algo que ella había descubierto hace tiempo. La vida se empeñaba en llevarla a rastras como si se tratara del cadáver insepulto de un condenado cuyos crímenes lo hicieran merecedor de semejante suplicio. Descubrió que era posible seguir respirando a pesar de

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estar muerta internamente. O, ¿estaría muerta y este era el infierno de una divinidad en la que no creía? No supo el momento exacto en que todo se intensificó y no le fue posible seguir con la mascarada. Una sensación tan repulsiva y penetrante como el olor de la podredumbre fue invadiendo cada uno de los espacios que hasta hacía poco había logrado mantener incorruptos. Ahora, hasta su propio organismo se revelaba y la náusea era un reptil contorsionándose, incesantemente, en su interior. Poseída por aquella desesperación sorda, se convirtió en paria en una sociedad de entes idiotizados por la espera de una recompensa futura intangible. Si tenía que interpretar un día más aquel papel iba a explotar, necesitaba hacer un último esfuerzo, apostar fuerte aunque supiera de antemano que se enfrentaba con un contrincante embaucador. A medida que los riachuelos tibios abandonaban su cuerpo, tuvo la certeza de que ese escape sería tan inútil como todos los anteriores y, aunque quiso reírse de su propia imbecilidad, solo alcanzó a esbozar una mueca que contribuyó a dar un aspecto más patético a su rostro exangüe.

Isabel Cristina Escobar Martínez. Medellín, 1968. Ingeniera agrónoma de la Universidad Nacional, con especialización en edafología. Relatos suyos fueron incluidos en Antología del Taller de Escritores (2003) y Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007). Ha obtenido varias menciones en el concurso “Cuente su cuento” de Comfenalco.

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Un hallazgo forense Alexander Barajas Maldonado Será a las siete, como pidió tu madre. Lo que queda de nuestra última hora se va apagando con el día; tan turbia por el recuerdo cercano de sudores y risas, tan nauseabunda e inútil como mi remordimiento. Los minutos se diluyen sin remedio bajo un crepúsculo que no me alegra y que quisiera se fuera -sin traer la nochecon el agua ocre de este río domesticado, manso en ese ancho y pedregoso cauce de cemento, donde lo veo disfrazar su inmundicia con gemas solares. Más allá de la autopista se asoma la cumbre del cerro Nutibara, desprendida porque sí de la cordillera. Sus dos banderas ondeantes contra el cielo amarillento, salpicado de cometas y golondrinas, hacen la mímica de un orgullo que ya no puedo sentir. Como lo sabemos tú y yo desde siempre —de Exposiciones a Itagüí— río, autopista y montañas será lo que nos mostrará esta ventanilla enorme del metro; sucia abajo con esa pasta traslúcida, irregular e indescifrable que medra en las manos abiertas, la frente grande, la nariz llena y la boca sin escrúpulos de tantos niños, de niños como tú.

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Siento el peso conocido de tu cuerpo recostado contra el mío, cansado, indiferente, falsamente cotidiano. En el vagón medio vacío, una ráfaga fría, suave y continua toca mi cabello. Recuerdo otros momentos parecidos, cuando salíamos los tres a pasear, cuando éramos una familia. Yo giraba la cabeza y le decía cualquier cosa a tu madre, a manera de clave que iniciaba un rito: “qué rico ese airecito en el metro, pero entre semana y al medio día”, y ella se sonreía antes de cerrar los ojos y sobarme el hombro con esa cara amorosa, con ese gesto de gata marcando a su amo, como dejando claras —sin contradicciones— sumisión y propiedad. Miro la rejilla en el techo, de donde mana ese flujo árido y fresco. Evito parpadear para que me seque los ojos tramposos; no hacen falta más lágrimas, tampoco tus preguntas inevitables ni mis mentiras fáciles. Esa brisita artificial, ponzoñosa, me inocula así la impotencia triste que llega, sin falta, con el atardecer de estos domingos contigo. Vamos en silencio, acomodados perezosamente sobre los asientos, siguiendo sin resistencia el vaivén cansino del vagón. Después de un día de juegos y helados, con tu ropa sucia que la hará odiarme un poco más, ahora tomas mi brazo y te apoyas en mí. Veo tu reflejo en la ventanilla; sé que tratas de dormirte. Beso tu cabeza en la oquedad de mi abrazo, mis manos descansan en tus piernas. Me privo tontamente de la tentación de arrullarte, de volver a sentir tu coronilla de caramelo, tu corazón vibrando como un colibrí en el bolsillo de mi camisa. Me distrae la pareja de al lado, con sus besos desafiantes y húmedos, con sus manos entrelazadas que semejan un solo puño contra el mundo, con ese 173


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cuchicheo meloso que parece sellar una complicidad vitalicia… ¡Qué pendejo! Cómo me gustaría prevenirlo, avisarle de alguna manera, así sea inútil. Decirle que no sabe nada a pesar de que crea saberlo todo cuando cierra sus ojos y la sigue viendo a ella porque recuerda el sabor de su lengua, la sapiencia complaciente de su boca, la blandura apacible de su pecho, la rugosidad firme de sus pezones, la acidez cálida de su sexo, rendido y vulnerable para él como una flor cortada de cayeno… Quizás ya confunda sus ojos con los de Dios y hasta se lo habrá dicho entre gemidos agradecidos… Su entrega le atrofiará el espíritu y sus artes de cazador. Cualquier día, no sabrá cómo abordar a otra mujer, así ésta le tienda puentes y amarras con miradas y frases que en otro tiempo habrían sido atendidas. Sabrá también que todo es una farsa, un juego de posibilidades inciertas. Descubrirá con incredulidad que ese amor marmóreo se desmorona triturado bajo el peso inverosímil de una toalla mojada sobre la cama, de una camisa colgada en la puerta del closet; de ese cuchillo romo y solitario, untado de mantequilla, tirado en la noche y sin preocupación dentro del lavaplatos limpio. Mil boberías como ésas acabarán con sus promesas —las de ella— y le harán dudar de las propias. Esas manos, esa sonrisa, todo ese cuerpo que había prometido existir sólo para él, luego estará vetado por alguna nueva e inoportuna dolencia, o por su programa favorito de televisión. Para cuando no hagan falta excusas, habrán dejado de buscarse y encontrarán el alivio engañoso de perderse uno al otro en la maraña de los afanes cotidianos. Si él es lo suficientemente idiota, en años o meses tendrá esta 174

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mirada mía, de náufrago perplejo, repasando en silencio su papel en el cataclismo banal que lo escupió hacia esta rivera solitaria; fisgoneando las risas y los besos de otros como quien ve romper una ola en mar abierto, con el asombro simulado de la nostalgia, siempre con la ilusión tardía de robar para sí el secreto de ese milagro diario y frágil que parece ser el amor. Por el parlante, junto a la manija azul, una voz de hombre grabada y familiar nos avisa dónde estamos; una alarma, un tintineo electrónico persistente; faltan apenas dos estaciones. Te aprieto contra mí, como cuando eras un bebé, haciendo que tu cabeza descanse en mi hombro y tus piernas se pierdan entre las mías. Mi boca contra tu oído tiembla sin decir lo que quiero susurrarte. Aunque lo parezca y tal vez te lo haya dicho, no te extrañaré menos porque dejaste en el plato la mitad de lo que te serví, o porque equivocas el pie de la manga del pantalón cuando te visto, o porque todavía respondes con los dedos si alguien te pregunta cuántos años tienes. Si a veces parezco impaciente, creo que es porque no puedes ? gracias al cielo? compartir y entender mi tristeza irredenta, ¡cómo si esa fuera tu misión! Me pierdo la mayoría de tus días, por eso no me permito el hastío casual y legítimo de ser tu padre. Cómo quisiera que no me molestara ver todo el día tus caricaturas en la tele o que me insistas tanto en jugar sin tener en cuenta la hora ni mis súplicas por dormir… ? Señor, disculpe, su celular? , me dice ese feliz ignorante de al lado, palmeándome el hombro, haciendo de embajador del resto de pasajeros que se me queda viendo con algo de fastidio burlón. 175


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—¿Verdad?… no lo oí. —Y lo dejo sonar hasta que se calla otra vez. No hace falta mirar la pantalla. Solamente puede ser ella. “¿Aló? ? ¿El niño? ? Está dormido ? ¿Dónde van? ? En Ayurá ? Ya estoy en Itagüí, en los torniquetes”. No necesito eso ahora, esa displicencia, ese desinterés forzado y grosero hacia mí. Ni siquiera un “¿cómo estás?” o un “nos vemos”. Esas no son conversaciones, son intercambios tajantes, los ataques rápidos y certeros de dos ajedrecistas avezados. No, no necesito eso, y quiero que odie también esa vocecita estúpida, “el suscriptor celular al que está llamando…”; que sienta cómo la separa del deseo urgente de saber de ti, de escucharte mandar un beso y narrar sin coherencia tu hazaña del día… ¡Sí!… Pero así sufra un poco, nunca le dolerá como a mí, abandonado tantas veces por esa maldita voz en la soledad de una reunión familiar; en el vacío de un parque sin ti, pero lleno de palomas, de crispetas y de globos de domingo… Sólo esa voz autómata en el desamparo infinito de un baño de burdel, cuando necesito oírte para no sentirme miserable, cuando estoy ansioso por limpiarme esa suciedad intensa que deja la satisfacción comprada; allí, cuando más falta me haces, en medio del asco de los cuadritos de jabón usado, temblando de puntillas en el charco lechoso donde cae el agua fría de la ducha. Es que no sabes cuánto necesito tu voz limpia para lavar en ella mis angustias; el rumor de tu risa me basta para saberme dichoso. En todos esos días en que no nos vemos, tu voz es lo único que tengo; ya no puedes —como antes— convertirme en aquel guerrero feliz que sabía al llegar a casa que tratarías de apresarle las rodillas con tus brazos. 176

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Sí, mi niño, sigue así, no despiertes. Me gusta imaginar que improvisas tu alegría, que a propósito saltas, corres y ríes persiguiendo el cansancio que te alcanza a esta hora. Ésa es tu defensa, ése es tu consuelo. Como yo, no quieres verme diciéndote adiós, prometiendo que vendré por ti dentro de quince largos días. Las puertas del vagón se abren de nuevo, un par de cordiales codazos y traspaso el dintel y las jambas metálicas con esta carga dulce que me llena los brazos, aguantando ese vértigo del precipicio inminente de nuestra separación. Aunque no hace falta, me levanto sobre una riada desnutrida de cabezas, buscando el reloj cuadrado, blanco y negro de la Estación Itagüí. Sí, mi niño, será a las siete, como pidió tu madre. Así lo escribo. Eso es lo que recuerdo de nuestro anterior domingo, y del anterior —dos semanas atrás—, y del anterior a ése... Perdóname, mi niño, pero me ha dado por pensar que el próximo podrá ser un poco distinto para los tres. Evidencia 2B / Cuerpo 1 / Bolsillo trasero yin.

Alexander Barajas Maldonado. Barrancabermeja (Santander), 1971. Comunicador social y periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. En la actualidad es jefe de redacción del periódico El Informativo, del municipio de Envigado. Con el cuento “Un hallazgo forense” obtuvo el segundo puesto en el Concurso de Cuento Premios de Cultura Ciudad de Itagüí; con el cuento “Feliz día del padre” ocupó el segundo puesto en el Quinto Concurso Literario El Brasil de los Sueños - Homenaje a Rubem Fonseca, organizado por el Instituto Cultural Brasil Colombia y la Embajada del Brasil. Finalista del Concurso de Cuento Breve del Metro de Medellín, en las versiones 2006 y 2007.

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¿Quién quiere ser personaje de novela? Oscar Duque Cano Aquella mañana del 30 de noviembre de 1905, el voceador de prensa salió apurado de las oficinas de la imprenta con su paquete al hombro. Desde la Calle del Codo desembocó en el Parque Berrío después de sortear las lagunas dejadas por la lluvia nocturna. En la esquina nororiental miró el cielo y se santiguó al verlo cenizo, presagiando días difíciles. Tiró su gorra para atrás, tomó aire y gritó a todo pulmón. “¡Letura Amena! ¡Letura Amena!” Y luego, en tono exaltado: “¡Revista Letura Amena con el primer capítulo de una novela del dotór Castro!” La pequeña Villa, de apenas 60.000 habitantes, agotó en pocas semanas la primera edición de la novela de Alfonso Castro (1878-1943), Hija espiritual (1905), la tercera de las nueve que publicó. Con la rapidez del folletín, la historia pasó de mano en mano. Muy pronto los hombres la comentaban en sus tenidas, en las afueras del Circo España, en la tertulia de la librería del Negro Cano, en el atrio de la Candelaria. Las mujeres, reunidas alrededor de colaciones y tazas de chocolate, o con el cura 178

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en la sacristía preparando una obra benéfica, o escondidas en alguna de sus casas jugando a las cartas mientras esparcían con abanicos el humo de sus cigarros con la costura como excusa, recordaban el chisme sin haberla leído. El rumor remitió al escándalo del año anterior que cobijó a la familia del autor: la antiheroína de la obra, la maestra Adela, fue vista por todos sus lectores como Laura Montoya (1874-1949). La heroína, Sofía del Río, en Eva, la hermana de Castro. Después del cotilleo viene un período en la vida de Laura que ella califica en su Autobiografía (Montoya, 1971), su máxima obra, como el “cerco del demonio”, días de acoso e injurias ocasionados por los que se decían sus amigos. La reconocida maestra de señoritas, directora del Colegio de La Inmaculada, amiga de la familia Castro desde años atrás, huérfana de padre desde los dos años, sostén de su madre y de su hermana, ejemplo de vida austera y contemplativa, adalid de la religión católica y quien con sus enseñanzas había convertido en 1901 a la médium de los Espiritistas de Antioquia, Julia Castro, quien invocaba a Voltaire en sus sesiones (Palacio, 1987), fue culpada como única responsable del rompimiento del matrimonio de Eva con Rafael Arbeláez, la víspera de la boda. La familia Castro defendió su honor arguyendo que su hija no obró por sí misma, sino que fue sugestionada por Laura para cambiar su destino y desposarse después con Cristo. Aunque ya desde 1901, la antigua relación de Laura con las beatas y curas de la ciudad se estaba resquebrajando, por los chismes de las primeras y por la respuesta 179


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silenciosa de su indomable espíritu, que la hacía ver orgullosa y presuntuosa ante ellos, la sociedad medellinense la aisló y juzgó culpable, la amenazó y hasta fue apedreada y correteada con un cuchillo. Este “cerco del demonio” se prolongó por seis años y su cuerpo se resintió con una neuralgia permanente que la fue abatiendo, pues su deseo ferviente de hacerse religiosa se resquebrajaba con todo aquello. El colegio que dirigía disminuyó poco a poco su número de alumnas, por el miedo de los padres de familia a que se las transformaran en otras, y finalmente tuvo que cerrar en 1907. Su director espiritual la excluyó de sus consejos, pues “algún crimen debía esconder desde que Dios la castigaba en esa forma” (Montoya, 1971). Desamparada de su mentor espiritual, creyó caer en manos del diablo. Ayunó y se flageló a tal punto que “con un cuchillo enrojecido por el fuego se grabó una cruz sobre el pecho y optó por el silencio”, como escribe el padre Carlos E. Mesa (1986), uno de sus biógrafos. Enfermó y tuvo que trasladarse a la Ceja del Tambo en busca de reposo; así, con gran pesar, tuvo que dejar sin ayuda económica a su madre y hermana en la ciudad que los repudiaba. Eva se casó, por fin, dos días después de haber suspendido la boda, luego de renegar de su maestra en una arrebato infantil que de todas maneras la gente celebró; al año nació su primogénito, y a los seis mese salió la novela de su hermano, Hija espiritual. De veintisiete años, médico graduado, el futuro deparaba, a este “Benjamín de la literatura antioqueña, el primero en adornar la literatura regional y quizá del país 180

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con un libro de cuentos” (Robledo, 1901), como lo bautizaron en el prefacio de su primera novela, un encuentro estrepitoso con su personaje. Alfonso meditó, quizá durante largo tiempo, en cómo esos hermosos ojos negros de Laura, que conoció en sus años juveniles, se perdían ahora tras gafas oscuras y en cómo ese cuerpo de piel blanca y lozana se abultaba desproporcionado por su incipiente enfermedad endocrina. Escribió como si tuviera un enemigo al frente (Cortázar, 1908): con saña y pasión, mucha pasión para ennegrecer a Adela, que así llamó a Laura en su ficción. Pero el enemigo que tenía al frente podría ser su odio a las ideas moralistas y clericales que vitoreaba el sector conservador, ideas con las cuales se había batido en armas en la última guerra de los tres años y había sido vencido. Era, entonces, la última batalla de los librepensadores de su ciudad en defensa de la educación laica. Con delicadeza, como si manejara el escalpelo, diseccionó su estilo y con pluma afilada pulió e l p e r s o n a j e : p l a n o, s i n m a t i ce s, m a l e a d o completamente, pero con la religión como su bandera. El diablillo de la creación le dictaba palabras e imágenes salidas de las confidencias de Laura a su hermana, y él las transformaba en ficción en su novela. Era una necesidad para seguir viviendo en paz consigo mismo. Y nadie podría endilgarle difamación directa de persona alguna. Su personaje es ficción. Ni Adela es Laura, ni Sofía del Río es Eva, eso nunca lo pensó. Trató de alejarse de ellas, de la vida real, de elevarse en la imaginación, pero dejó algunos trazos y la malicia de los habitantes del valle los hizo crecer hasta hacerlos 181


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evidentes en su lectura viciada y maledicente. Las noches se le llenaron de Adela-Laura “de carne satinada y repleta, como un fruto en sazón… con el corazón ardoroso, poblado de deseos... con la boca convulsa y pletórica de besos... digna de entregarse, digna de ser amada… en tanto que sus bellos ojos negros, donde se advertían rescoldos de pasiones domadas, brillaban con intenso fuego.” (Castro, 1905) Porque de la fuerza que Laura emanaba de sus ojos en su juventud y del encanto de su conversación, hablaron en esa época y lo recordarían después todos los que la conocieron. La Hna. Inés de la Trinidad, compañera en la fundación de la Comunidad de las Hermanas Misioneras de María Inmaculada, dice en una antología, en el primer centenario de su nacimiento: “Tuvo una atracción poderosa y un influjo irresistible sobre aquellos que la miraron con los ojos libres de prejuicios. Su conversación tenía el encanto del tema, de la palabra, del gracejo y del gesto” (Antología sobre Laura Montoya, 1904). En su Autobiografía, la misma Laura narra sucesos con amigas que se sienten cohibidas con su mirada. “A mí me ha pasado con frecuencia lo mismo con tu mirada; es que tienes unos ojos terribles. Por eso te miran tanto los hombres y tú no lo adviertes… realmente vi que muchos me seguían en la calle y me buscaban los ojos para mirarlos… inventé ponerles piedrecitas encima, creyendo que oprimiéndolos un poco, el brillo desaparecería” (Montoya, 1971). Decidió entonces, después de pedir permiso al confesor, llevar gafas oscuras por dos años, pero el remedio fue peor que la 182

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enfermedad, ya que todos pensaron que era por vanidad. También lo escribe el Doctor M. C. Puerta Palacio en su libro sobre Laura: “Para él (Alfonso Castro) Laura no era una mujer común; era una 'mujer misterio'; cautivadora pero lejana e inaccesible. Una mujer distinta, y de esas que parecen tesoro sin dueño... Es evidente sí, que a él le impresionaban profundamente, en la maestra amiga de la familia, sus fascinantes ojos negros” (Palacio, 1987). Pero hablemos de la novela. Está estructurada en cuatro capítulos. En el primero se nos presenta a la maestra Adela con el sueño perturbado: la noche anterior soñó que se casaba con un hermoso joven con rostro de Nazareno que le hizo sentir el deseo de besar y acariciar. El remordimiento es serenado con el recuerdo de su gran misión de enseñar, que el obispo le encargó. Termina con la visita de una alumna, que se acerca con temor a solicitar su perdón, y su bendición deviene en un masaje místico en la frente con el dedo índice untado de saliva, en una acto de aparente brujería, y deja en suspenso la visita de Sofía del Río, quien toca la puerta en ese momento. En el segundo capítulo no continúa con Adela, la maestra, ni con la visita de su alumna, Sofía del Río, sino que va al pasado y nos presenta la formación de Sofía desde niña, siempre en las manos de su maestra y cómo de jovial y vital se transforma en retraída y contemplativa, rezando en voz baja a toda hora. Tiene un sueño que es interpretado por Adela como la visión de su salvación a partir de sus enseñanzas. Esta “salvación” se conoce en el colegio y en la casa de Sofía, familia cristiana, pero liberal. Ella sigue pálida y demacrada. La 183


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llevan al médico, le aconsejan descansar en el campo y la retiran del colegio. Pasan los meses y parece regresar a la vida, viene el enamoramiento y el anuncio de boda. En el tercer capítulo se retoma la visita, dejada en punta en el primero, y se presenta la mayor intensidad narrativa: un diálogo extenso donde la maestra convence a Sofía de desistir del matrimonio, al que llega a calificar de indecente y paliativo de un vicio, y también de escribir una pequeña esquela al novio, dictada por Adela, suspendiendo la boda. El último capítulo es apenas un párrafo donde se presenta a Sofía completamente loca y haraposa en una alcoba de su casa, arrullando una astilla de madera envuelta en unos trapos cual si fuera su bebé. Es una novela corta, que a doble espacio y en letra tamaño doce, viene a tener tan solo de cincuenta a sesenta páginas, una nouvelle. Al joven Roberto Cortázar (otro personaje para otra novela, quien se dedicó cuarenta años a perseguir, copiar y editar toda la correspondencia de Santander), en su tesis de grado en Filosofía y Letras (1910), titulada La novela en Colombia (Cortázar, 1908), le mereció dos páginas. Allí dice de ella: “Hija Espiritual se coló por todas partes como el viento y circuló con la rapidez del incendio… está bien escrita… el estilo del señor Castro es sobrio y elegante, enérgico como al asunto convenía; los personajes están bien sostenidos.” Para comprenderlo mejor veamos el primer párrafo de la novela: Desde hacía algún tiempo la señorita Adela, directora del Colegio de Hijas de María, no estaba bien de salud. Pasaba las noches en total insomnio, revolviéndose sin descanso en el lecho, hasta que la luz matinal se entraba por las rendijas 184

Taller de Escritores / Biblioteca Pública Piloto a decirle los buenos días, presa de ideas extravagantes, que le ponían los nervios en desasosiego completo: de arte que se levantaba fatigada, con dolor en las sienes y de mal humor. (Castro, 1905)

Como lo dice Cortázar, un personaje bien descrito desde lo sicológico, real, verosímil. Las descripciones, en general, son pocas y no dispersan, sino que apuntan a algo. Aunque después merma un poco su elogio y afirma: “en Antioquia se producen mejores cuentos que buenas novelas” (Cortázar, 1908). Es cierto que es una novela de tesis y de inmediato se siente el objetivo propuesto, pues el personaje se hace odioso y repulsivo. Pero esto debe mirarse más bien como un valor en lo literario, ya en lo moral se puede disentir. Además, agrega Cortázar que en poblados pequeños las novelas realistas deben escoger personajes del sector popular para no causar escozor, ya que ellos no leen las novelas o las que leen no las comprenden. Es decir, siguiendo este razonamiento se podría suponer que Aldonza Lorenzo no reclamaría por su reputación, pero Alonso Quijano tal vez sí. Quizá Nora Barnacle nunca leyó el monólogo de Molly Bloom o la posible lectura que Joyce le hizo no la entendió, y aún menos, sus explicaciones y justificaciones Para 1906 sale la segunda edición de Hija espiritual, ahora en la Tipografía del Comercio, con la dirección de Enrique, hermano del autor, un hecho excepcional en aquella época de pocas reediciones. La Iglesia reacciona y el Vicario General Capitular Pbro. Víctor Escobar L. solicita a Laura defender la causa de las enseñanzas católicas. Aparece entonces otro personaje de novela, Tomás Carrasquilla, como apoyo literario para Carta 185


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abierta al Dr. Alfonso Castro, (Montoya, 1906; Carrasquilla, 1958) que Laura publicó con su nombre aunque todo indica que fue escrita por don Tomás. Parece que él ya había conocido a Laura en Santo Domingo, su pueblo, donde ella enseñó en 1897, y tal vez allí los hermosos ojos negros enternecieron la fe de este cristiano cuando la observaba a hurtadillas mientras impartía sus enseñanzas de catecismo. La defensa se centró en demostrar la falsedad de la historia, su incongruencia con la realidad y su error moral y ético. Desde el punto de vista literario, se cuestionó la verosimilitud del texto, al presentar a una maestra completamente alienada y fanática, sin alma ni piedad, sin ninguna virtud, ajena al territorio local (pero posible en la ficción, diríamos hoy), a la cual la sociedad le entrega sus mujeres sin ningún tipo de duda. Menos, que solamente con la palabra y la sugestión, como hace Adela, transforme así a sus discípulas. Tampoco cree que lo del último capítulo, donde una familia prestante deja a su hija abandonada, en harapos y loca en su propia casa, se pueda presentar en esos días. Pero la crítica se hace desde la realidad, una familia respetable no haría eso, en el medio nadie lo creería. Aunque sea posible en la ficción, como lo demuestra perfectamente la novela. Defiende luego a las mujeres beatas (sin saber que tenía ante sí a la futura Beata y posible Santa) como mujeres libres que pueden optar por un estilo de vida diferente al tradicional del matrimonio, solteras por voluntad propia (¿como él?), de las cuales sí hay algunas chismosas e insidiosas, pero también las hay buenas y 186

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dedicadas a servir a su prójimo y a Dios, como sería el caso de Laura. El alma humana no es blanca o negra, arguye el escritor, como sabiamente lo demostró en sus cuentos y novelas. El otro aspecto que se toca en la carta es la vida común de la maestra: huérfana de padre, sostén de su familia, mujer indefensa frente al escritor reconocido, médico de familia adinerada que se equivocó y debe rectificarse. Al final se presentan cartas de adhesión y hasta poemas de desagravio, uno de ellos de Don Tomás: “No importa que a tu frente coronada/con el nimbo de mística blancura/arroje el mundo vil, en su locura,/escupas de mentira envenenada”. Aquí sería bueno citar a Sanín Echeverri sobre la prosa de Laura: “Se trata de una prosista de raca mandaca… para el verso sí era de malas, como lo fue también don Tomás” (1992). La carta convenció y fue reconocida por mucha gente, a pesar de otra de respuesta del autor, la cual no se conoce. Pero la enemistad o encono entre los dos escritores duraría para siempre. Hija espiritual tiene la siguiente dedicatoria: “Al espíritu excelso, perturbado y maldiciente de Tomás Carrasquilla” (Castro, 1905). ¿Es esto una dedicatoria o una declaración de guerra? La carta abierta, a pesar de ser firmada por Laura Montoya, figura en las Obras completas de Carrasquilla (Carrasquilla, 1958) (con justicia, pues el estilo es indiscutible de un escritor de oficio, muy diferente al de la Autobiografía, que Laura escribió por mandato de penitencia de su director espiritual, más llano, pero aún así agradable y ameno). Aquí se podría afirmar que Laura 187


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nunca leyó la novela, pues eso era un género prohibido para las mujeres religiosas como ella, aunque Jaime Sanín Echeverri asegura lo contrario en su ensayo La narradora que solo leyó una novela: “dice que nunca leyó en su vida una novela. Esta tuvo que haberla leído. Es la única mentira que le he sorprendido en sus escritos, aunque Hija espiritual no merezca ser llamada novela” (Antología sobre Laura Montoya, 1974). Todavía en 1928, a veintitrés años de distancia, Castro le enrostra el haberse vendido para escribirla por doscientos cincuenta pesos. Carrasquilla responde en el artículo Pax et Concordia: “¿Por qué sacas la paga que me dieron? Bien sabes tú que eso es una falsedad. Escribí aquel folleto por defender a una inocente, sin ofenderte a ti en lo más mínimo” (Carrasquilla, 1958). Creo que Carrasquilla se equivocó al defender la realidad y no la ficción. Laura no, a ella la literatura le importaba poco. Sus discípulas, su colegio, su madre, su hermana, lo eran todo para ella en aquellos días. Hoy, a más de cien años de su publicación, cuando ya la novela se deshace en la soledad de los archivos, la discusión entre realidad y ficción no termina. Porque habrá un lector que abrirá las Obras completas de Carrasquilla precisamente en la página 639 y leerá una carta abierta firmada por Laura Montoya; lo primero que pensará es que ese es un nombre supuesto, que aquello está preñado del viejo truco del manuscrito hallado en una botella y posteriormente en un bolsillo, donde, a la manera de una diatriba, se arma una trama sobre una supuesta novela escrita por un tal Alfonso Castro. No sé si 188

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al compilador o a Carrasquilla se le ocurrió tal disparate, pero, quiéranlo o no, así quedó. Y toda esta historia no volvió a mí con un libro, sino con el cine. Un estudiante de guión me dio a conocer su proyecto sobre Josefa del Castillo en un taller donde coincidimos y la idea de una santa colombiana me llevó a Laura Montoya. En 2004 ella es beatificada por Juan Pablo II. En 2009 veo por casualidad el documental Yo no sé qué me han hecho tus ojos (Muñoz y Wolf, 2003) sobre la vida de la cantante Ada Falcón (1905-2003) y me vuelven los sucesos de aquella mujer gris, en una ciudad gris, relatados en una novela por un escritor gris, hace más de cien años, en otros ojos, ahora verdes, los de Ada, que embrujaron a Canaro, Gardel, Magaldi y a todo el que los tuviera al frente. La fama de Ada creció al lado de la orquesta de Francisco Canaro, pero el amor que ella le tuvo al orgulloso director la perdió y en 1942 se aisló de la fama, de las canciones, del lujo, donó su fortuna para los pobres y se hizo seglar franciscana. En la película se ve después de sesenta años, deshecha, ida, con gafas oscuras tapando su pecado: los mismos ojos que Laura también escondía en su juventud para castigar el deseo que inspiraban en los hombres. “Pobre Ada”, dice al verse sin reconocerse. Ella es otra, lo que siempre quiso, anónima y triste. Pobre Laura, pienso yo. La maestra murió, quedó otra, nuestra posible santa. Los personajes van creando su propia historia. Y, entonces, ¿quién quiere ser personaje de novela? Tal vez el escritor de Villa Chica, asfixiado en el infierno del trabajo, el comercio, la vida práctica; señalado como 189


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inútil, perezoso, la desgracia de la familia; en su lucha diaria por sobrevivir o en su desafío a la sociedad e iniciando los primeros pasos del escritor profesional. Tal vez Alfonso Castro y su variopinto oficio de soldado en la Guerra de los Mil Días, médico brillante, liberal en filosofía y en política, católico anticlerical, cuentista logrado en “Sansón montañés” y “El muerto”, novelista en ciernes, senador de la República, cuya pluma escribió contra una santa sin saberlo. Tal vez Tomás Carrasquilla en su vida de rentista, soltero eterno sin amores ni desvelos conocidos —que aún hoy son un misterio— bohemio, vago y con su obsesión de ser el primer escritor de tiempo completo de Colombia. Tal vez la maestra con su cerco del demonio, su cruz marcada en carne viva, su deseo frustrado del claustro, su incomprensión por parte de curas y obispos, su lucha por salvar las almas de los indios, su unción a los cuarenta años como Madre de la congregación que ella misma creó y que fue reconocida por el Papa, con su cuerpo obeso cargado por los indios en la selva, su locura, su mística, iniciadora de caminos que la mujer no había pensado posibles en aquella época: autodidacta, lectora ávida, misionera en la selva, escritora de revistas y periódicos. Tal vez la cancionista de los ojos verdes en un mundo de cantores masculinos que vivió casi cien años y fue amante, diva, seglar, acompañada siempre por su madre; tal vez la creación de ella, con su palacete en Palermo, dos autos lujosos con chofer y más de cien grabaciones con Canaro. Todos ellos con la necesidad de escribir como un mandato, transformados en peones de una obra que les 190

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robaba las fuerzas de vivir como cualquier mortal, afectados por la mirada de unos ojos que les traía el embrujo como la taza de té que perdió a Proust en el sin tiempo. ¿Quién acepta que otro ridiculice tus pequeños defectos o que saque a la luz pública aquéllos no tan pequeños, pero ya olvidados y sepultados por los años o por la intimidad? Tal vez algunos de nosotros crearemos un personaje inspirado en el espejo que refleja al otro. Miraremos a nuestro alrededor y nos asustaremos del sinnúmero de posibilidades. Ellas son infinitas. Referencias Antología sobre Laura Montoya (1974), Bogotá, Tipografía Santa Teresita. Cano, Fidel (1903), “Prólogo”, en Castro, Alfonso, Vibraciones, Medellín. Carrasquilla, Tomás (1958), Obras completas, Medellín, Bedout. Castro, Alfonso (1905, 30 de noviembre), “Hija espiritual”, Revista Lectura Amena, año 11, núm. 28, Tipografía de El Espectador. Cortázar, Roberto (1908), La novela en Colombia [tesis de grado], Bogotá. Mesa, Carlos E. (1986), La Madre Laura, Medellín, 1986. Montoya, Laura (1971), Autobiografía o Historia de las misericordias de Dios en un alma, Medellín, Bedout. — (1906, 4 de julio), Carta abierta, Medellín, Tipografía del Comercio. Muñoz, Lorena y Wolf, Sergio (2003), Yo no sé qué me han hecho tus ojos [documental], Buenos Aires. Palacio, Puerta (1987), Tercer Congreso Misionero Latinoamericano, Bogotá, 1987. Perfiles (1992), Familia de Alfonso Castro, 3.ª ed. 1992. Robledo, Eusebio (1901), “Prefacio”, en Castro, Alfonso, Notas humanas, Medellín.

Óscar Duque Cano. Medellín, 1955. Ingeniero civil de la Universidad Nacional. Fue finalista del I Concurso “El Cuento en Antioquia”, versión 2004, con el cuento “El país de la muerte perdida”, texto publicado en Obra diversa, antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2007). Ha publicado también en “Escritos desde la Sala”, boletín de la Sala Antioquia, Biblioteca Pública Piloto (2008), y en la revista Odradek, el Cuento (2010). Fue finalista en los concursos “Con la pelota en la cabeza. Escritos de fútbol” (2008) y “Un cuento para tu ciudad en 100 palabras”, Metro de Medellín (2007).

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Crítica


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Final del juego Carlos Mario Aguirre Un viejo amigo del Taller me contó alguna vez que “Final del juego” era un cuento que lo conmovía hasta las lágrimas cuando lo leía en soledad, que es como deben leerse las buenas historias de amor. Comparado con “Los venenos” se puede apreciar que se trata de textos que ofrecen ciertas pistas sobre la idea profunda que tenía Cortázar sobre dicho concepto (el amor), pues de ambos resulta fácil deducir que lo consideraba un fenómeno sublime y enternecedor (sobre todo cuando, como sucede en estos dos cuentos, quienes lo experimentan no son adultos), pero que a pesar de ello posee un elemento oscuro, trágico, destructivo. En “Final del juego” ocurre de nuevo la creación de un narrador en primera persona, cuya coherencia es completa de principio a fin: el lector termina convencido de que es una joven quien ha contado la historia y que es dueña de una sensibilidad particular, estimulada en gran medida por el ejercicio de la lectura, que justifica el empleo de ciertas imágenes y el dominio de una limpieza lingüística que no suelen ser frecuentes en el discurso de 195


las personas de esas edades. Una diferencia fundamental entre esta narradora y el niño de “Los venenos”, aparte de su condición de testigo ? pues participa de una gran parte del drama, pero no de lo que llamaré su “estallido”? , es el punto de vista temporal, en la medida en que su relato posee un tono de evocación, bastante sutil, desde luego, pero que es determinante para marcar el impacto de uno de los subtemas de la historia: el fin del juego; es decir, el fin de la infancia. 1 En efecto, frases precisas como “Nuestro reino era así” o “Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del 2 tren” , indican la distancia que existe entre quien narra y el suceso narrado, demuestran que la narradora ha tenido tiempo de evaluar el impacto que tuvieron esos hechos en su vida en el momento en que se produjeron, cosa que no ocurría con el narrador de “Los venenos”, quien registraba episodios muy inmediatos, pero era el lector quien deducía cuánto lo habían afectado. Una segunda idea que comparten los dos cuentos ? y que se repite en otros más, por lo que se puede decir que constituye otra de las preocupaciones profundas del autor? es la escisión, la imposibilidad de contacto entre la vida de los adultos y la de los menores, y, con ello, la ventaja que tienen éstos sobre aquéllos, por cuanto sus experiencias parecen ser más auténticas, menos atadas a la costumbre y a la solemnidad, más ligadas a la poesía y, 1

Julio Cortázar (2007), Cuentos completos 1, 2.° ed., Buenos Aires, Punto de Lectura, p. 534. 2

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Ibid., p. 537.

por lo tanto, más susceptibles de ser consideradas como “bellas”, todo lo cual podría interpretarse como una idealización ingenua si por debajo de su trasegar no latiera el peligro, no existieran las envidias (las que sienten Holanda y la narradora hacia Leticia, cuya condición de paralítica no le impide ser la líder del grupo y aquélla de quien Ariel se enamora), las decepciones (las que sienten las dos hermanas cuando conocen a Ariel y descubren que es un ser menos interesante de lo que habían imaginado, además de que confirman que a él sólo le interesa Leticia) y el dolor (en este caso el dolor que supone el amor imposible entre Ariel y Leticia, el hecho de que su enfermedad, su “defecto”, la excluya, la clasifique como un ser “anormal”, le niegue la oportunidad de amar y ser correspondida). Cortázar logra con estas construcciones de personajes complejos trascender el concepto que muchos lectores pueden tener sobre la niñez y la adolescencia, ya que a personajes niños y a personajes adolescentes les imprime humanidad, los despoja de los lugares comunes con que suele cubrirlos la tradición (es decir, la religión, el psicoanálisis, la sociología, etc.) y los hace vulnerables a las mismas pasiones que afligen a los adultos. Respecto a la estructura del relato, se puede apreciar el empleo de un recurso también bastante frecuente en Cortázar y que, me atrevo a conjeturar, es uno de sus aportes fundamentales a la poética del cuento, no inventado por él, claro está, pero sí empleado en su obra de una manera muy novedosa y sugerente: el recurso de plantear un tema en la narración haciéndole creer al 197


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lector que ese es el tema principal, para luego desviarlo hacia un tema secundario que termina por ser el eje del cuento. En este caso, el aparente tema central es el juego de las estatuas y las actitudes, que es, para las tres muchachas, su vía de escape del opresivo ambiente familiar donde viven, en constantes peleas con dos mujeres mayores ? la madre y tía Ruth? , sin la presencia de una figura paterna. Es interesante anotar de qué manera (evidentemente, no en una forma tan precisa e insistente como ocurre en Onetti) el juego se propone como un pasaje entre dos mundos: uno, el de la realidad marcada por la costumbre, y el segundo, la otra realidad más satisfactoria. Leticia, por ejemplo, es quien más se beneficia de dicha situación: en la casa, Leticia es la enferma, la indefensa, la pobre criatura sometida a tratamientos para el dolor y la acreedora de ciertos lujos ? como no tener que secar platos y tener un cuarto propio? , que sólo recalcan su supuesta invalidez. En cambio, en lo que las tres llaman “nuestro reino”, Leticia es superior a sus hermanas: ella dirige el reino (es, por lo tanto, una reina y no una inválida) y al final se apropia del juego en beneficio propio para convertirlo en una despedida conmovedora, acción con la cual le quita su propósito habitual y lo destruye (de ahí el título). Leticia y Ariel son, pues, los protagonistas del drama; son quienes sufren la transformación obligatoria que experimentan todos los personajes de Cortázar. El “estallido” de la historia sucede entre ellos dos, pues el desencuentro al que los arrastra lo que en un lenguaje 198

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común llamamos “la adversidad” es irremediable. El autor construye, precisamente para huir de ese lenguaje común, una forma particular de resolver ese desencuentro, de tal manera que lo que pudo haber sido una melosa escena de ruptura aparece representado mediante un recurso inteligente, elusivo y, quizá por ello mismo, conmovedor: se trata de la carta escrita por Leticia, cuyo contenido queda oculto para el lector, pero su efecto devastador es evidente. De la carta puede deducirse únicamente la invitación de Leticia para que Ariel contemple desde el tren la mejor de las estatuas, una estatua pensada y elaborada única y exclusivamente para él. Nunca sabrá el lector si el texto contaba la verdad sobre su parálisis ? aunque la posibilidad queda abierta? o si empleó cualquier otro argumento para que Ariel desistiera de sus ganas de conocerla. Personalmente, me gusta pensar que era ese dato escondido tan poderoso, tan eficaz en su planteamiento, lo que conmovía hasta las lágrimas a mi amigo, lo que aún debe de conmoverlo al imaginar ? en vano? en qué pensaría Ariel cuando miraba hacia el río con sus ojos grises.

Carlos Mario Aguirre Morales. Medellín, 1984. Estudiante del pregrado en Letras: Filología Hispánica de la Universidad de Antioquia. Libro publicado: Los pasos de la furia, Editorial Universidad de Antioquia (2009). Ha publicado en la Antología del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2003), en Obra diversa (2007) y en la revista Odradek, el Cuento (2007).

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El arte de narrar historias Óscar Duque Cano La verdad es que nadie sabe cómo deber ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que lo sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero Monterroso

Desde Scharezade pareciera que el arte de narrar fuera el de contar verdades a medias. No mentiras, sino hechos conocidos sólo por el cronista-narrador. Mundos construidos a partir de palabras. Introducidos a la escena literaria por frases como “Me contaron que…” o “En algún lugar de la mancha…” o “Esto lo conocí por un manuscrito hallado en una botella… o en un bolsillo…” El arte de narrar historias debe ser como el oficio del profesor de matemáticas que parte de A para llegar a B. O a B'. Un mundo tan real como Macondo o Santa María. Un universo demostrable como cualquier otro, muy cercano al cotidiano-real. El arte de narrar introduce al lector en un laberinto de palabras-imágenes que va poco a poco, paso a paso, desflorando el camino. Cada palabra es un velo que cae y nos obliga a seguir al personaje que se esconde detrás de un nuevo velo que también cae, detrás del otro y del otro, hasta el final. 200

Desde Aristóteles sabemos que el drama se construye con antecedentes, tiene un desarrollo y desemboca en un final. Siempre la mente descompone linealmente estos tres elementos por muy imbricados que estén en la forma del estilo que escoja el narrador. Esto no lo han inculcado repetidamente en el taller. Ante Poe estamos en presencia del horror, de lo extraordinario, de lo fantástico. Sin moralismos, un paso más allá de Hawthorne, de los ingleses y de los alemanes. Un cronista de lo diabólico, del lado oscuro del ser humano, sin condenarlo ni juzgarlo. Tal vez con mucho de lo romántico y gótico que el siglo xix podía dar. Basado en su método de composición que aplicó a su poema El cuervo, podemos resaltar lo siguiente en su cuento “El barril de amontillado” (1846). En el primero escogió la o y la r por sonoras para construir el estribillo de Nevermore (nunca más), en el segundo, amontillado. El estribillo da sonoridad e ironía al usarlo en exclamaciones, preguntas, reclamos y como despedida final. Es el hilo que nos lleva por la escalera para saciar la sed, para demostrar el conocimiento sobre vinos, para ofender al otro. En el poema se escoge un recinto cerrado a donde llega el cuervo del exterior, aquí igual, se parte del carnaval para llegar a las catacumbas de los Montressor. En el poema se escribió la última estrofa para que todos los anteriores versos estuvieran supeditados a servir de cimiento del efecto único, “… el final, que es por donde debieran empezar todas las obras de arte” según Poe. Aquí todo está construido para la venganza. No se sabe cual es la ofensa. Los antecedentes de Fortunato son pocos, solo los necesarios para justificar sus acciones. Los ambientes son descritos con las palabras mínimas, sin descripciones góticas ni 201


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románticas. La acción sería el personaje, no el tono. Los diálogos cortos, secos, incisivos, amplían una nueva técnica narrativa. Nace pues un estilo que llegaría a su perfección en Los asesinos de Hemingway. En el cuento del barril de amontillado Poe llega a la perfección en su estética de la composición. Deja atrás todo lo que no le sirve hasta llegar al “efecto único”: la venganza sin riesgo. La información es dosificada en cada peldaño de la escalera que bajamos con Fortunato y Montressor. Nos va llevando en una cadena de hechos, en un crescendo. Datos insignificantes como la paleta de albañilería o el arrume de huesos que cubren las piedras serán definitivos al final, o como el carnaval, escogido para crear el escenario preciso de la impunidad con personajes disfrazados y con antifaz. Un Fortunatopayaso rumbo al cadalso, nos arrastra a la locura del narrador junto al narrador. Lo que sucede es improbable pero es posible. Sólo me resta agregar un pequeño malestar acerca de la traducción de Cortázar en relación con la de don Julio Gómez de la Serna, utilizada en la biblioteca personal de Borges. La primera es más exhaustiva, libre y contemporánea, pero la segunda me suena mejor en su sintaxis completa y clásica. De todas maneras, como dice Monterroso, parece que Poe sí sabía cómo debe ser un buen cuento, ahí dejó sesentisiete para demostrarlo. Pero nunca en el sentido matemático, como se puede leer entre líneas en su filosofía de la composición, sino desde su horrible noche. Poe está en el nacimiento de la narrativa moderna. Sus mayores no le pueden prestar ninguna ayuda. Por eso cae y resbala, y su producción se eleva, en contenido y en 202

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temas, que toca con la varita del mago en pequeñas obras maestras y a veces cae en relatos sin profundidad, o sin concluir, apenas esbozos de su genialidad. Y donde nace algo es donde se debe mirar para aprender. Aunque su lectura va siendo reducida a los adolescentes, algunos, que aún se deslumbran con el miedo y el misterio, y se asombran con lo extraordinario. Para finalizar, quisiera concluir sobre la necesidad que tenemos de leer completos los sesentisiete relatos y de volver de vez en cuando a cerca de veinte, sus narraciones inmortales, para no olvidar de dónde venimos como escritores. Sus enseñanzas sobre la estructura, el efecto único, su reiterada versión del relato como unidad, en que cada frase se escribe con el propósito de preparar el final, su búsqueda de la belleza (forma) por sobre la verdad (contenido) en tanto la verdad es relativa, su preferencia por los espacios cerrados para aumentar la eficacia de un suceso aislado concentrando la atención del lector, el estilo, la verosimilitud, la voz narradora, nos acogerán como buenos alumnos si las ponemos en práctica. Todo ello sin olvidar el contexto histórico en que fueron escritos, que evidencia algunas falencias de lenguaje y de los temas.

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Tan triste como ella Luz Adriana Bedoya Múnera El logro de Onetti en este cuento es hacernos creer y sobre todo sentir hasta la conmoción del espíritu, que este artificio que ha creado, al cual ha titulado “Tan triste como ella”, se refiere a él. Ese tono íntimo y melancólico cautiva y estremece hasta la identificación con la amargura y el desengaño de sus personajes: la de Él, tal vez porque no es habitual que un hombre se compare con una mujer, y menos con su tristeza. La de Ella, porque sufre en silencio el aplastamiento de su deseo. La fuerza del cuento se apuntala en el título que condesa de manera poética y lacónica el sentido de la historia, dándole a la narración las dimensiones exactas en correspondencia con la cotidianidad, dejando lo que aparece allí al libre albedrío del análisis sociológico, feminista o humanista. Pero una vez el lector se inmiscuye en la historia se interna en los intersticios de la existencia humana, en sus dolorosos recovecos y aporías. Sus personajes sin nombre, se suman a ese texto que se ofrece a la interpretación como una elaboración onírica,

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que si bien tiene algunas deformaciones es fácil reconocer sus conexiones con la realidad. El título propone que Él está tan triste como Ella, lo cual, a mi juicio, tiene implicaciones en los imaginarios que pudieran atar la historia a estereotipos de lo femenino y de lo masculino como los entendemos en la modernidad. Que Él esté tan triste como Ella devela que a pesar de la ostentación de lo masculino (representado por el arma, por el poder que ejerce sobre la mujer, y la libertad con que entra y sale de la casa) no puede acceder a esa mujer, se le escapa su ser y su amor, aunque duerme a su lado; no puede desprenderse del fantasma de otro hombre, de la inutilidad de lo que tiene, de la añoranza del amor de una hija. Reconocer que está tan triste como ella, es la confesión de un hombre desengañado, que a pesar de haber impuesto su deseo y capricho sobre Ella, la amargura y la incertidumbre no desaparecen, sabe que puede arrasar con su jardín, pero igualmente, descubre que su valija está tan vacía como la de ella. Mientras Montes, el hombre de “Esbjerg, en la costa”, ha robado para realizar el sueño de la mujer que ama; El hombre que está tan triste como Ella, ha borrado el sueño de ésta. Mientras el primero intenta alcanzarla en la realización de su sueño a cualquier costo, el segundo pretende alcanzarla arruinando el lugar donde ella es feliz, sin intentar acercarse a su mundo aunque sea de lejos, derrotado por no estar incluido en su jardín. A diferencia de Montes que acepta mirar con ella, aunque cada uno esté pensando en “cosas tan distintas y escondidas, pero de acuerdo, sin saberlo, en la 205


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desesperanza y en la sensación de que cada uno está solo…” define a mi juicio, lo posible del amor entre una mujer y un hombre: acompañarse para mirar juntos la misma frontera, pero pensando en cosas tan distintas. Esto no lo ha comprendido el hombre que está tan triste como Ella: que el otro no atenúa en mucho la soledad propia. Él prefiere cegar su mirada, sin asumir ninguna culpa, irse. Y esto no es ninguna lección moralista o filosófica, es el resultado de la coherencia interna de la trama, de las emociones de sus personajes, con rasgos tomados de cualquier ser que permanece en silencio cuando deberían hablar, que ama y que se entristece con sus pequeñas cosas, a los cuales universaliza no dándoles un nombre particular y haciéndolos tan idénticos y familiares para el lector, que uno se sorprende que la literatura se parezca tanto a la vida, y pueda contarse de tal manera que uno pueda emocionarse. Ahora bien, en cuanto a Ellas: Estas dos mujeres alejadas de los cánones de belleza de la publicidad, muy tristes, silentes, deciden en soledad, ante el desengaño y la desesperanza. Ambas querían irse. Kirsten no quiso decir nada de lo que le pasaba, pero sí habló de su sueño, y en silencio los dejaba zarpar sin ella. La mujer de “Tan triste como ella”, sufre en silencio la devastación de su sueño por un hombre y en silencio opta por el sueño de la muerte, sin anunciarlo, cambia la leche por la sangre, signos de vida y de muerte. Tal vez la tristeza sea un rasgo destacado de las mujeres de estos dos cuentos, tal vez se encuentre este mismo rasgo en La vida breve. Tampoco Ella, la que está tan triste como él, quiso hablarle de su 206

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tristeza, ambos se empeñaron el silencio; en la espera de la palabra imposible, cuando se sabe que el otro está mintiendo, cuando ya no se espera nada de estar juntos. Si Montes o el hombre de “Tan triste como ella”, fueran hombres de éxito, destacados en el amor y el trabajo, sin angustias; si solo hubieran pasado por los sueños de estas mujeres, gozando de ello, sin la devastación de su ser en ese acto, yo interpretaría este cuento con el discurso feminista, pero estos hombres están tan derrotados y estas mujeres tan tristes, que no dejan lugar a considerar las imágenes que velan lo que sucede en las relaciones amorosas. Ambos cuentos son una solución particular ante la culpa, el fracaso y la responsabilidad por los sueños de la pareja.

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Tan triste como ella María Cristina Berrío Palacio Adentrarse en el intrincado mundo onettiano es exponerse a un evento en el que se transforma la vida, más que de los personajes, del lector. Éste se ve obligado a descifrar los diferentes niveles de una lectura construida en la maquinación de un escepticismo descarnado que le atrae y a la vez le asquea. La crueldad e indiferencia del yo que narra, que parece por momentos imbuido en la misma atmósfera, deja ver su complicidad en los actos de sus protagonistas, al tiempo que se distancia de ellos como si le fueran completamente ajenos; se permite licencias para entrar y salir de la narración dejando frases sueltas e inconexas, que nos invitan a buscar más allá de lo narrado la esencia de un “algo” cuya comprensión se bordea en el texto casi hasta el agotamiento, pero que se hace inaprensible como la existencia misma. No convoca un tema particular a un individuo, sino común a un colectivo. En “Tan triste como ella” el centro del relato es la relación amorosa imposible que se nos muestra en la oposición amor/odio. Hecho éste tan común en sus 208

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cuentos que parece cobrar características de un paisaje que se repite. Es imposible evitar la asociación con personajes de La vida breve. Sin duda Brausen, al momento de ver a Raquel embarazada, le ha prestado las mismas palabras, las mismas náuseas al flaco. “Había amado a la pequeña mujer que le daba comida, que había parido una criatura que lloraba incesante en el primer piso. Ahora la miraba con asombro: era, fugazmente, algo peor, más abajo, más muerto que una desconocida 1 cuyo nombre no nos llegó nunca” . Aquí la mujer madre adquiere para Onetti un carácter destructor, ella solo existe para ser madre, no existe para el hombre, ese hombre que hace todo para acceder a su amor y que termina dándose por vencido. En su derrota, el odio crece hasta permitirle vengarse destruyendo el jardín, ese jardín que ella ama y que le permite el goce, el goce que con él se niega. En Onetti el amor es más un deseo: los hombres de sus cuentos hacen objeto de sus deseos a mujeres con las que la satisfacción o realización de éstos es imposible, no solo porque la comunicación es tangencial, sino porque tanto el objeto deseado como el sujeto deseante están vacíos, suspendidos en una existencia carente de sentido, determinista y absurda, en la que los actos que se realizan parecen obedecer a un designio existencialista y fatalista. En la vida breve, Brausen deseó a la Queca (mujer de otros) hasta el momento en el que comprendió que no la podría poseer, y entonces decidió matarla, planeó su 1

Juan Carlos Onetti, Tan triste como ella y otros cuentos, 3.ª ed., Barcelona, Lumenm, 1982, p. 253.

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muerte, pero finalmente fue incapaz del acto determinante; no ejecutó su muerte y, sin embargo compartió la culpa. En “Tan triste como ella” deseó a la mujer embarazada de otro, y cuando se dio por vencido y supo que nunca sería su mujer, planeó su muerte: destruyó su amado jardín, le entregó el arma, se adjudicó la culpa aunque no tiró del gatillo. La violencia de este cuento es desgarradora y trasciende el plano físico: dos seres enfrentados a la angustia de la existencia, impotentes frente a los hechos terminan por herir mortalmente lo más amado en el otro. La incomunicación densa, impenetrable, es un importante elemento de cohesión en la historia; es a través de ella que sus personajes se vuelcan hacia sí mismos, que se extravían y se encuentran. Éstos solo tienen dos salidas posibles: la muerte, la más obvia y absurda, es anunciada de principio a fin, es tratada y ambientada por el autor en los planos físico, psicológico y simbólico; la otra, el amor, apenas es un esbozo a modo de sugerencia, un anhelo que se persigue con desesperación y que llega a ser solo un susurro. “Tendrá dieciséis años y vendrá desnuda por encima y debajo de la tierra para estar conmigo tanto tiempo como dure esta canción y esta esperanza”2. El transcurrir del tiempo, a pesar de la alusión que hace el autor a las estaciones, parece estático, como si solo bordeara el límite, ese que ellos no se atreven a cruzar; la casa y el jardín están cargados de una atmósfera 2

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gris en la que el contraste de las estaciones no se percibe. El paso del tiempo se hace evidente en detalles físicos como la delgadez y el envejecimiento de él. Los personajes, aunque repetidos en sus actos cotidianos, no son los mismos. La homogeneidad en sus descripciones logra dar mayor profundidad a su caracterización, los vemos anquilosados, pero al límite de una situación insoportable e insostenible, en la que la esperanza se hace exigua y los actos se revelan contundentes, definitivos, fatales.

Ibid., p. 266.

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El silencio blanco Olga Echavarría “De innumerables artimañas se sirve la Naturaleza para convencer al hombre de su finitud: el fluir incesante de la marea, la furia de la tormenta, la sacudida del terremoto, el largo retumbar de la artillería del cielo […], pero entre todas ellas la más temible, la más estremecedora, es la pasividad del silencio blanco […]”. El párrafo del cuento “El silencio blanco”, de Jack London, que comienza con estas palabras, resume de alguna manera la visión del autor expresada en su obra: La Naturaleza es una entidad enorme, terrible, hermosa y despiadada. Ella puede llevar el cuerpo y la mente del hombre a extremos insospechados, haciendo que se revele el contenido íntimo de su alma; bajo su rigor sale a relucir su valentía o mezquindad y seres en apariencia débiles o insignificantes logran manifestar habilidades y fuerzas increíbles. Los personajes de los cuentos de London son, por lo general, aventureros provenientes de tierras templadas, donde las condiciones de vida son más fáciles. Esos hombres acostumbrados a saciar el hambre y la sed con un simple movimiento del brazo deben aprender, bajo el 212

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rigor de las tierras del norte, que el sostenimiento de la vida es tortuoso, que cada paso ha de costarle trabajo, cada bocado de comida significará una posible privación en el futuro y un azar pequeño, y en apariencia insignificante, puede acarrearles la muerte. “El silencio blanco” es uno de esos cuentos que estremecen y conmueven al lector. Los personajes despiertan nuestra simpatía y solidaridad desde el comienzo. Los perros, que son siempre actores esenciales de las tramas de los cuentos y novelas de London, aparecen como el arquetipo del ser adaptado al medio, que actúa en consecuencia con la fiereza del lugar. Saben ser leales y fuertes, pero también harán lo que sea necesario para sobrevivir. Es claro que London aprendió pronto que la vida del hombre en esos lugares depende en muchos casos de estos compañeros astutos y por lo tanto, desarrolló un sentimiento de amistad muy íntimo hacia ellos. Por otra parte, la mujer india representa a quienes, nacidos y criados en ese lugar, no tienen las nostalgias y añoranzas de los hombres blancos que se sienten amenazados por el frío y la nieve, que están de paso, procurando arrancar un poco de oro al suelo congelado o reunir una cantidad de pieles suficiente para que el dinero obtenido con su venta les permita vivir con decoro en tierras más amables. La trama de la historia es clara: Mason y Malemute Kid viajan con una mujer india, compañera de Mason; llevan una carga de pieles que, con seguridad, han reunido tras jornadas extenuantes de caza. La comida escasea y los perros deben hacer el duro trayecto sin ningún alimento. En medio de tales condiciones ocurre un accidente que 213


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deja al borde de la muerte a Mason; éste pide a su amigo que le quite la vida, pues no desea morir solo, y que se haga cargo de su mujer, por lo menos hasta que ésta se establezca apropiadamente con el hijo que espera. En este punto el lector comprende lo terrible que puede ser la Naturaleza. Las circunstancias han puesto a Malemute Kid frente a dos alternativas igualmente crueles: abandonar a su amigo y dejarlo morir solo en la nieve o quitarle la vida y arrojar su cadáver al vacío helado para evitar que sea destrozado por las fieras. La descripción de London acerca de la relación que existe entre los personajes hace sentir con mayor profundidad la tragedia. La manera como Mason le describe a su mujer el mundo fuera de ese lugar y el funcionamiento del teléfono enternece y llena de simpatía hacia el personaje que menciona frente a sus perros hambrientos: “y pensar que yo era presidente de una organización metodista y enseñaba religión a los niños los domingos” Malemute Kid por su parte, evita pensar en su vida pasada, al punto que su amigo Mason no sabe nada acerca de su origen. Su nombre, que bien podría ser un apellido, revela hasta cierto punto su carácter. Male: hombre, Mute: mudo. Así, cuando su amigo ha caído destrozado bajo el peso del árbol, Malemute guarda silencio: “Muy poco se dijeron; los hombres del norte aprenden pronto de la futilidad de las palabras y del valor inestimable de los hechos.” Las cualidades de la mujer india son exaltadas permanentemente. Su convivencia diaria con la dureza de su mundo la han convertido en un ser lleno de valor, 214

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ternura y gratitud hacia quienes la acompañan en la empresa de mantenerse con vida en semejante lugar. Su nombre, Ruth, demuestra el grado de sumisión en que se encuentra, pues el hombre blanco no la llama por su nombre original y le da un nombre bíblico, como corresponde a un pastor metodista. Ruth es en alguna medida el pueblo esquimal sometido y postrado ante sus dioses blancos. En cuanto a la forma, es innegable que la escritura de London es ágil, entretenida, crea expectativa en el lector, mantiene la tensión a lo largo de la historia hasta que ésta se rompe y destroza la fe del lector que busca, inútilmente, su acostumbrado final feliz. Las descripciones son impecables, la caracterización de los personajes y los diálogos sirven para dar contundencia a la trama. Sin duda, London logra su propósito de golpear al lector con la verdad, sin concederle el respiro de la duda, el milagro o la fantasía que harían la vida mucho más soportable. Parece decir en cada línea: esta es la vida, así de cruel, así de difícil y sólo el más apto puede enfrentar su rudeza y salir airoso. Cada de historia de London está construida con las palabras más certeras, su capacidad de ahondar en el carácter de los seres y las cosas en situaciones extremas es sorprendente. Sus historias permanecen en la memoria, sus personajes resultan entrañables y esa zona inhóspita que describe aparece como una región excesivamente severa, repulsiva y atrayente, misteriosa e insondable.

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De la vida breve, o la experiencia creadora María Orfaley Ortiz Un intento de síntesis de La vida breve podría ser el siguiente: Es la historia de un hombre cuya esposa es sometida a una cirugía y a la que le extirpan un seno, situación que lo desestabiliza. Este hombre, Juan María Brausen, empieza a interesarse por lo que sucede al otro lado de su apartamento, por la vida que escucha detrás del muro de su propia habitación: lo atraen las conversaciones, la mujer, la Queca, que lleva diariamente a hombres distintos a su casa. Brausen busca la manera de entrar a la vida de la Queca y para ello se inventa otra identidad, crea a Arce. Empieza entonces un juego interesante, las frases del otro lado del muro se intercalan con los pensamientos y las palabras de Brausen, como un diálogo en el que pareciera haber continuidad entre las voces hurtadas al muro y las de su propio cuarto. Pero no basta con ello. Onetti introduce un tercer elemento. Brausen, el protagonista, empieza a contemplar la idea de un guión, de una obra, de una historia, y allí se inicia la combinación de esos tres planos: su realidad y lo 216

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que le está sucediendo a él, lo que pasa con su vecina la Queca, y al mismo tiempo le va dando vida a ese otro mundo que se ha inventado y en el que empieza a dar forma a sus personajes y sus mundos. Pero más allá de la combinación, de esta simultaneidad, la obra presenta aspectos que la hacen singular y le otorgan un carácter de grandeza. Uno de ellos es la posibilidad de mostrar a un hombre en el mismo acto de la creación literaria, con las dudas sobre los mundos creados, mientras da forma a sus personajes, busca el lugar donde van a moverse y construye sus personalidades. Así, el capítulo II titulado “Diaz Grey, la ciudad y el río”, presenta el inicio de la creación de una obra en el momento en el que apenas es una idea. Brausen contempla una ampolla de morfina, escucha a su esposa quejarse, la consuela con una frase, le habla. Se dibuja allí el peso trágico de la situación. Sin embargo, surge la idea, la idea primera de una obra: Un médico que vende morfina, uno al que su creador, Brausen, le va dando unas características, primero se le ocurre que puede ser viejo, “tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco” (p. 22). Surge también la idea de la mujer que aparece en el consultorio del médico, y muy pronto, el lugar donde se desarrollará la historia, Santa María. Brausen cuenta allí de dónde surge este lugar, cómo lo ha conocido. En el capítulo IV se describen detalles que dan origen al personaje de Elena Sala, la mujer del guión que Brausen intenta crear. La imagen de la entrada de la mujer, la ha tomado de la imagen de su propia mujer entrando al consultorio, tal como la recuerda cuando se 217


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enamoró de ella, tal como aparece en el retrato: “Recostado en el respaldo de la silla estuve mirando el retrato, esperé confiado las imágenes y las frases imprescindibles para salvarme. En algún momento de la noche, Gertrudis tendría que saltar del marco plateado del retrato para aguardar su turno en la antesala de Díaz Grey, entrar en el consultorio…” (p. 45). En el capítulo VIII “El marido”, Brausen hace una confesión: Todavía no puede aparecer el marido de Elena porque no lo ha encontrado, no ha podido darle vida. Lo anuncia como personaje y demora su aparición hasta no tenerlo definido, hasta no hallar al adecuado, mientras tanto existe Elena, la esposa, que mediante su rol le da existencia, no a un hombre determinado, sino a un marido todavía difuso, que estará inquietando también al médico. “Porque yo necesitaba encontrar el marido exacto, insustituible, para escribir de un tirón, en una sola noche, el argumento de cine y colocar dinero entre mí y mis preocupaciones. Y eran estas mismas preocupaciones las que me impedían escribir, las que me desanimaban y me distraían, las que me hacían extraer del ensueño, de las noches en blanco y de las repentinas inspiraciones de la jornada, fatalmente, al marido equivocado, inutilizable. Era muy difícil encontrarlo, porque aquel hombre, fuera como fuese, sólo podía ser conocido en la intimidad.” (p. 83). Estos primeros capítulos descubren algo esencial, no sólo en esta obra, sino en la construcción literaria en sí misma. Aparece allí el creador que fantasea otra realidad para huir de la que vive y rechaza, con una imaginación 218

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activa en permanente invención de otros mundos posibles, otros hombres, otros paisajes; pero no puede negar la contundencia de su experiencia, de su existir, pues cada uno de los rasgos de los personajes, las tonalidades del paisaje, las emociones, los movimientos de aquel mundo tienen un origen, están atados a la realidad que se quiere evadir y de algún modo terminan imitándola. Se dibuja así, no sólo el proceso de un acto creador, de una posible creación, sino también la autoconciencia de su origen y del vínculo entrañable con su propia vida. La diada realidad y fantasía parece ser el punto fundamental, de la que no se puede escindir el dolor de existir. Brausen habla de lo que motivó esta creación: La vida breve nace de la solicitud de un guión, pero la explicitación de los términos del mismo, le advierten al lector de entrada que de esa historia no debe esperarse mucho, se trata de “…algo que se pueda usar, que interese a los idiotas y a los inteligentes, pero no a los demasiado inteligentes.” (p. 29). Cuando uno se encuentra con ello, ve dos posibilidades: una crítica a su sociedad en cuanto a los productos culturales que acepta, y por otro lado, una estrategia dentro de la narración para conducir al lector por un camino en el que no le ofrece grandes cosas y debe abandonarse a los designios del creador, desprovisto de una promesa. Las reflexiones o construcciones Onetti no se conforma con un Juan María Brausen que sea capaz de contar esa historia; Brausen es libre de expresar sus pensamientos sobre la creación, sobre los 219


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mundos inventados y lo que hay tras ellos. De este modo, construye con gran maestría atmósferas imágenes, y personajes que dibujan y condensan emociones, intuiciones y lecturas de la vida que dan cuenta de reflexiones filosóficas muy profundas. Así, son muchos los momentos en los que un personaje nos sorprende con intelecciones acerca del amor, de la muerte, del sentido de la existencia o de su sinsentido, de la identidad propia y la que otorgan los otros, asuntos que se ponen allí con toda naturalidad, sin alterar el ritmo lento, pausado, pero al mismo tiempo sin merma del movimiento propio de la obra. Y dentro de estos temas, la muerte, la conciencia de esta condición se puede ver en distintos momentos y con diversas alusiones, aspectos que evocan esa brevedad de la vida y de todo lo que ella contiene, así parecen serlo algunos de los apartados del capítulo titulado “Naturaleza muerta”, con una descripción muy detallada del cuarto de la Queca, del desorden, de cosas usadas y desechadas, de frutas que se descomponen. Ninguna simple alusión puede ilustrar lo que captura este capítulo de ese cuarto, del aire al que queda ligado Brausen, bajo su representación de Arce, de aquello que se le convertirá en una obsesión, que lo perseguirá y sentirá desaparecer por momentos, y que en otros parece recuperar y sentirse aliviado. La muerte entonces hace presencia en la obra, la muerte hermana de la vida breve, la muerte representada por los que se van, por los asesinados, por las cosas que se deterioran o por las pequeñas muertes que suceden dentro del protagonista, por las cosas que se hacen para demorarla, para distraerse de ella. 220

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El narrador habla de una creación liberadora, pero no en el sentido de construir un mundo posible mucho mejor para sí, más bien es la ideación de otros mundos en los cuales los personajes también tienen que vivir sus procesos dolorosos, tienen que experimentar el hastío de vivir, la soledad, la tristeza, el vacío, para encontrar un posible camino liberador. Se reafirma la paradoja: el acto creador libera, un poco por los mundos o seres distintos que se puedan vivir en lo proyectado, siempre ligados a la propia realidad, pero la verdadera liberación parece estar totalmente vinculada al proceso mismo de crear, a la creación, en tanto verbo, en tanto acto, independientemente del resultado final, del alcance de la obra. Así, en el capítulo final, cuando los personajes de la violinista, el médico, el señor Lagos y Oscar parecen estar rodeados y sin salida, el medico y la violinista pueden dar un paso adelante y al parecer iniciar una huida. De este modo, no es el final feliz, pero hay la esperanza de un nuevo comienzo para los personajes. Las obras de Onetti no alivianan la existencia, no hacen promesas, no hacen concesiones frente al dolor de existir. Pero más allá de ello, podría decirse que La vida breve representa el proceso de la creación literaria, y al mismo tiempo desentraña desde los personajes, su visión del amor, las mujeres, la tristeza, la construcción de la propia identidad, el conflicto permanente entre la realidad y el deseo.

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Cortázar en “Relato con un fondo de agua” Dina María Herrera Las frases de sus cuentos, alucinantes, pegajosas, se quedan por días en los oídos: “era perfectamente natural que nombraras a Lucio, que te acordaras de él a la hora de las nostalgias, cuando uno se deja corromper por esas ausencias que llamamos recuerdos y hay que remendar con palabras y con imágenes tanto hueco insaciable”, o “No te preocupes, discúlpame este gesto de impaciencia”. Frases que ingresan al lector en las líneas intencionales del escritor. Con ello da paso a esa condición que se mueve en la modernidad: el afán y la imperiosa necesidad de saberlo todo. Pero el narrador en Cortázar casi nunca deja saberlo todo. Por el contrario, conduce a quien se acerca a sus líneas, a la especulación, a la zozobra, a la suposición. Cuando aparece Lucio, el relato se mantiene en la misma ambigüedad, porque este personaje es de quien no se desea hablar, pero de quien indiscutiblemente hay que hablar “¿Pero por qué nombraste a Lucio, era necesario que dijeras Lucio?”. Hasta ese momento, ya corridos unos renglones, su interlocutor no había pronunciado ni una sola palabra, era él, la primera voz, quien lo realizaba. Luego presenta el lugar: alejado del 222

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ruido de la ciudad, rodeado de bosque, con una cabaña ya carcomida por el tiempo, senderos, la luna, y el diario y cotidiano fluir del río, el cual allega esos años de vacaciones con sus amigos ya remotos, el paso de sus padres, el arribo actual de esa amistad que persevera en la espesura del tiempo, y Lucio, compañero de travesuras, de oídas, de andanzas, de tragedias “y ya que hablamos de sueños, ya que nombraste a Lucio, por qué no habría de contarte el sueño como se lo conté a él”. Entre la evocación de los amigos, la poesía compartida, la bebida consumida, las canciones escuchadas, y las peculiaridades de esos, sus amigos, intenta desenmascarar la ruta que hace potente y posible el relato “sabés, lo terrible de ese momento de la juventud es que en una hora oscura y sin nombre todo deja de ser serio para ceder a la sucia máscara de seriedad que hay que ponerse en la cara, y yo ahora soy el doctor fulano, y vos el ingeniero mengano, bruscamente nos hemos quedado atrás, empezamos a vernos de otros modos aunque por un tiempo persistamos en los rituales, en los juegos comunes, en las cenas de camaradería que tiran sus últimos salvavidas en medio de la dispersión y el abandono…”, aquí se vale colocar unos puntos suspensivos, los mismos que él, Cortázar, permite construir con la manera de hablar de un tema tan penoso para la vida, el paso del tiempo y con este la plena seguridad de la finitud del hombre y de la mujer. Un tiempo que transforma, que agobia, que arrebata sueños, que enjuga recuerdos y que blasfema, De allí su constante atribución en la conversación, al pasado y a lo ruidoso o silencioso que pudo ser. Por eso no es de extrañar que el nombre del cuento sea ese “Relato con un fondo de agua”. El agua lo acompaña desde el inicio hasta 223


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el final. El agua, si es de aquella que chorrea libremente, tiene la característica sustancial de ser diferente cada día, y esa agua en especial, encierra la trama, una trama que además está acompañada del inescrutable elemento del tiempo. Fuerte como lo es Cortázar, es el relato mismo, lo onírico pasa a ser un dique más que sostiene la narración. En un sueño se puede dar el amor, la fantasía, la realidad transformada, el miedo y el terror de la posible revelación “en el sueño yo estaba solo en la isla, lo que era raro en ese tiempo; si volviese a soñarlo ahora la soledad no me parecería tan vecina de la pesadilla como entonces”. Aquí, uno de esos que no se deja manosear por lo sorpresivo y lo asombroso de la vida, se iría a las últimas páginas del cuento para saber ese sueño en que terminó o que pasó finalmente en el. “No invento nada, Mauricio, la memoria sabe lo que debe guardar entero” qué frase, qué terror de frase, y continuó “te cuento lo mismo que entonces le conté a Lucio, voy llegando al lugar donde los juncos raleaban poco a poco y una lengua de tierra avanzaba sobre el río, peligrosa por el barro y la proximidad del canal profundo y lleno de remansos, y me acercaba a la punta paso a paso, hundiéndome en el barro amarillo y caliente de luna”. Aquí continúa el lector, intentando develar el secreto que encarna el relato, así como lo hace en los demás, por ejemplo en el “Final del juego”, el cual es el ingreso a la edad de los intereses investidos por la adultez, o como “En nombre de Boby” donde se juega con la suposición de una tía que quería ser madre por medio del amor profesado a su sobrino, o el de Silvia, cruzando la fantasía, la soledad, con la complicidad y la seducción. “Y cuando río arriba vi el cuerpo del ahogado”, 224

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endulza, de esta manera, el camino del lector para que llegue satisfecho por su supuesta y audaz sabiduría al final, “balanceándose lentamente como para desenredarse de los juncos de la otra orilla, la razón de la noche y de que yo estuviera en ella se resolvió en esa mancha negra a la deriva, que giraba apenas, retenida por un tobillo, por una mano, oscilando blandamente para soltarse saliendo de los juncos hasta ingresar en la corriente del canal, acercándose cadenciosa a la ribera desnuda donde la luna iba a darle de lleno en plena cara”. Y si ahí, en ese preciso instante el lector deja de ser desprevenido para pasar a la alerta que despierta un safari en el pleno centro del África, logra sentir el miedo, lo espeluznante de la situación y la palidez de su oyente. Se desliza la misma voz del inicio, no aparece una segunda o tercera, siempre es la misma voz, pero ni falta que hace, con los ajustes descriptivos a los gestos que realizara su compañero, a los de esos que se encuentran por la sutileza de la evocación, llena los cuadros, las imágenes que pinta, el relato, “al borde del agua Lucio, se volvió y me estuvo mirando un momento. Dijo “¿este es el lugar, verdad?”. Emerge desde el río otro soporte más del relato, la rivalidad entre los amigos. Hábito de aquellos que se estrechan cada vez más en la proximidad del cuerpo y de las experiencias, o acaso, ¿se puede encontrar fácilmente a alguien en la vida que haya deseado o querido la suerte y porque no, la desgracia de otro mortal? He aquí uno “hasta eso me has robado, hasta mi deseo más secreto; porque yo he deseado un sitio así, yo he necesitado un sitio así. Has soñado un sueño ajeno” la envidia, vericueto de la relación humana.

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Y si en su cuento, En nombre de Boby, no se ve hundir el cuchillo que transitó libremente por cada línea trazada, aquí si se sintió el corte de la piel, el corte de la palabra, el inquietante corte en su final “y cuando dijo eso Mauricio, cuando lo dijo con una voz monótona y dando un paso hacia mí, algo debió estallar en mi olvido, cerré los ojos y supe que iba a ver el final del sueño, y lo vi, Mauricio, vi al ahogado con la luna arrodillada sobre el pecho, y la cara del ahogado era la mía, Mauricio, la cara del ahogado era la mía”. Perfila la angustia del sueño y el encuentro con la verdad. Pero aun falta la pisada en el fondo del río “todavía puedo dar vuelta la moneda, todavía puedo matarlo otra vez, pero se obstina y vuelve y alguna noche me llevará con él. Me llevará te digo, y el sueño cumplirá su imagen verdadera. Tendré que ir. La lengua de la tierra y los cañaverales me verán pasar boca arriba, magnifico de luna, y el sueño esta al fin completo, Mauricio, el sueño estará al fin completo”, a un amigo ya lejano que le otorgó su espalda por lo escueto en sus datos. De espaldas, como he quedado yo ante la supremacía de Cortázar y su telar en la profundidad de la palabra.

Dina María Herrera. Medellín. Psicóloga. Ha publicado diversos artículos en la revista electrónica Poiésis, entre ellos “La ciudad y sus parias” (2007), “Inclusión y exclusión, el habitante de calle de Medellín, una mirada desde la psicología social y los derechos humanos” (2008), “¿Quién toca la puerta?” (2009), “Otra noche que no ha llegado todavía” (2009), “La desaparición forzada: con la tierra aún en los pies” (2010).

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La puerta condenada María Adelaida Echeverri Villa Si no de todos, sí de la mayoría de los títulos de los cuentos de Cortázar podría decirse que no son gratuitos; que, por el contrario, obedecen a una intención precisa, son una clave para la lectura de cada texto. Es así como, después del desconcierto frente a varias lecturas de una historia clara, donde se cuenta la aparición de un fantasma a alguien que se hospeda por unos días en un hotel, con la sospecha de que viniendo de Cortázar el asunto no podía ser tan simple, finalmente me detuve en el título. Una puerta condenada siempre inducirá a preguntas y respuestas que intenten develar lo que ocultan o las razones por la que fue sellada; es decir, siempre hará que la imaginación se agite para suponer lo que se esconde del otro lado. Entonces, allí estaba la pregunta: ¿qué hay detrás de esa puerta condenada? En la primera frase del cuento: “A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros”, el narrador nos da el primer indicio sobre un personaje predispuesto a ingresar con complacencia en 227


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un territorio que, quizá, no es el más acogedor para cualquier persona común: un lugar sombrío, de construcción antigua —inicialmente no fue un hotel—, casi desierto, donde el silencio es extremo y la luz natural escasa, y donde se perciben detalles extraños, como la presencia de varias perchas en la habitación que le corresponde, además de cierta inquietud que lo acompaña mientras está en el hotel. Inquietud que transmite al lector, al anunciarle que algo extraño va a suceder: “El hotel dormía, las cosas y las gentes dormían. Pero a Petrone, ya malhumorado, se le ocurrió que era al revés y que todo estaba despierto, anhelosamente despierto en el centro del silencio. Su ansiedad inconfesada debía de estar comunicándose a la casa, a las gentes de la casa, prestándoles una calidad de acecho, de vigilancia agazapada”. Un halo, pues, que sumado a la sensación de haber escuchado el llanto de un niño durante el sueño en su primera noche allí, y al descubrimiento de la puerta condenada, se va cargando del misterio que propicia la revelación del fantasma, ese llanto que llegará desde el otro lado de la puerta, frente a la que imaginará lo que puede estar ocurriendo en la habitación contigua. Pero Cortázar va dando pistas sutiles al lector, lo va situando en un campo ambiguo, le proporciona la duda antes de brindarle la certeza: “Recién cuando los pensó a los dos, a la mujer y al chico, se dio cuenta de que no creía en ellos.” Finalmente, Petrone descubre que sólo él escucha el llanto, que el fantasma sólo se le revela a él y acepta con tanta naturalidad su presencia que, con ello, recupera la 228

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tranquilidad perdida: “[…] supo que estaba bien y que la mujer no había mentido, no se había mentido al arrullar al niño, al querer que el niño se callara para que ellos pudieran dormirse.” Es, entonces, en este momento cuando el fantasma adquiere existencia real, lo que hace que la narración salte al plano fantástico. De este modo, me atrevería a decir que Petrone abrió y cruzó “la puerta condenada”, símbolo de la racionalidad que coarta la imaginación para ingresar a otros mundos, a otras realidades de mayor plenitud, como la fantasía, por la que Cortázar tuvo tanta pasión y que, en este cuento, simple y transparente, le permite al personaje descubrir la posibilidad de escapar de una vida que se trasluce desapasionada, monótona y rutinaria.

María Adelaida Echeverri Villa. Medellín, 1960. Odontóloga de la Universidad de Antioquia. Libros publicados: Quédate en la ventana, Editorial Universidad de Antioquia, 2010. Ha publicado cuentos en las antologías Ellas escriben en Medellín (2007) y Nuevos cuentos colombianos (antología de Confiar, 2009), en dos antologías del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto (2003, 2007), en la revista Odradek, el cuento (2005, 2006) y en otros medios.

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La intimidad creadora Alexander Barajas Maldonado Cuando el uruguayo Juan Carlos Onetti escribió 'El Pozo' en 1939, el mundo se preparaba para el horror de la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente, desde el preludio de esa orgía destructiva, Onetti nos regala a todos los lectores, pero muy en especial a aquellos que íntimamente aspiramos ser escritores, este relato que es una oda bizarra a la variopinta complejidad que caracteriza la mente creadora. Mediante Las extraordinarias confesiones de Eladio Linacero -que es el título alternativo que insinúa casi al final del relato su protagonista- Onetti describe con el colmo de la caricatura, con el recurso de la hipérbole en el desvarío y el patetismo, al pozo mismo en que se puede convertir la existencia de un creador; existencia en la cual casi todo parece carecer de relevancia ante la necesidad de soñar, de crear como la forma más sincera y extrema de divertimento, de encontrar respuestas, de conjurar demonios y de afianzar la identidad propia. Por eso el espacio literario de El pozo es una suerte de inquilinato de mala muerte y su entorno cercano; un 230

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“Niquitao” porteño en el que mal viven cientos de guerreros de la vida, siempre perdedores: la meretriz sin ilusiones, el marinero solitario, el obrero mal pagado, la esposa desencantada, el malevo irredimible. Eladio Linacero es uno de ellos. Fracasado en su vida profesional, en sus malos trabajos, en el amor, en su matrimonio, Linacero parece seguir a pie juntillas esa frase fácil y tantas veces cierta de “nada nos da más madurez que las derrotas”. Equivocado o no, por eso Linacero sabe quién es y qué quiere: escribir sus memorias, que son de vida y de ensoñación, que son de duras realidades y de aventuras, que se construyen como todo lo literario desde lo vivido y lo inventado-soñado. Llama la atención que esta lección genial y descarnada haya salido de un escritor que apenas llegaba a los treinta años; tal vez le llegó esa sabiduría temprana a Onetti por el camino propio de la incomprensión y apatía del gran público que marcó casi toda su carrera. Por las enseñanzas que se pueden leer entre líneas, El pozo pareciera corresponder más a las manos sapientes del abuelo que moriría en Madrid gozando de un tardío pero merecido reconocimiento, 55 años después. La genialidad casi siempre es así: precoz en su expresión, vital en su contenido. Para ahondar en los aspectos de esa lección que creo encontrar en el fondo de El pozo, quisiera destacar cierta sintonía inversa entre este relato y 'El Álbum', cuento de Onetti que leímos al comienzo de este taller, por allá en marzo de 2008. Aparte del estilo sin concesiones y retador para el lector perezoso que atraviesa las dos obras 231


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(mucho más refinado en 'El Álbum' que en El pozo), caracterizado por la narración en primera persona, por frases directas, descriptivas pero concisas, por diálogos necesarios, cotidianos y escasos, por la falta de ampulosidades gratuitas, creo que existe también afinidad temática en cuanto al uso y el valor de las historias. Ya en Santa María, la ciudad imaginaria fundada por Onetti para albergar su obra desde la década de 1950, 'El Álbum' (publicado en 1953) nos habla de una mujer excéntrica que llega al pueblo a romper el tedio con sus relatos fascinantes. Sus historias son tan extraordinarias que parecen de oropel. Incluso, así lo piensa el joven de la “aristocracia” local que se convierte en su amante. Sólo al final, luego de la intempestiva huida de la mujer dejando atrás sus maletas, se descubre en éstas pruebas fehacientes de la certeza de esas anécdotas. Con Eladio Linacero las historias son memorables fantasías que adquieren por necesidad mental propia el peso de verdades. En 1939, con no poco desencanto, Onetti, en El pozo, acude a las historias por su clara falsedad. En 1953, con 'El Álbum', les rescata su valía y su verdad. Pero, ¿cómo hace esto último? Aparte de la verosimilitud, lo logra insinuando el elemento de la empatía/no empatía: Carmen Méndez seduce y entretiene, Eladio Linacero intimida y espanta, a pesar de que ambos desean contar historias, sus historias. En medio de la torpeza, Eladio Linacero ya nos empieza a enseñar. Su misoginia y su misantropía son retadoras, pero ante todo sinceras y sesudas desde la 232

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experiencia propia. Dice lo que piensa y lo sustenta, así de entrada sus ideas parezcan chocantes. De alguna manera nos afirma que el escritor debe ser retador, debe arriesgarse a pensar y proponer, a sugerir desde la razón y desde la emoción para encontrar afinidad, sentido y verdad. Debe alejarse de los lugares fáciles y cómodos, pero con franqueza, sin esgrimir por capricho la provocación; que ésta sea consecuencia de estar expuesto y no postura, truco o moda. Quién no termina esbozando, en medio de la repugnancia, un amago de sonrisa cómplice al leer en El pozo algo tan radical como: “Y si uno se casa con una muchacha y un día despierta al lado de una mujer, es posible que comprenda, sin asco, el alma de los violadores de niñas y el cariño baboso de los viejos que esperan con chocolatines en las esquinas de los liceos”. Y no sonreímos por esa excesiva consecuencia, sino por la causa que Linacero menciona previamente y que –cierta o no- creo debe ser un juicio recurrente de cualquier hombre heterosexual de más de treinta años y con una pareja contemporánea: “Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, (a los 20 ó 25 años) más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo”. ¿Hablaba así Linacero o lo hacía Onetti, el treintañero? Asimismo como el escritor acude a las artes del ventrílocuo, también puede hacerlo con las de la pitonisa. Hay muchas frases lapidarias de donde salieron 233


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esas. Recuerden, estábamos en 1939 cuando se publicaron las siguientes líneas: “Si uno fuera una bestia rubia, acaso comprendiera a Hitler. Hay posibilidades para una fe en Alemania; existe un antiguo pasado y un futuro, cualquiera que sea. Si uno fuera un voluntarioso imbécil se dejaría ganar sin esfuerzos por la nueva mística germana”. Igualmente, el siguiente párrafo parece sintetizar la ventriloquia con la premonición, cuando Eladio Linacero provocaba a Lázaro así: “Este es el momento oportuno para hablarle del lujo asiático en que viven los comisarios en el Kremlin y de la inclinación inmoral del gran camarada Stalin por las niñitas tiernas”. O también cuando le espeta: “Mirá, viejo. Me das lástima porque sos un tipo de buena fe. Son siempre los millones de otarios como vos los que van al matadero”. En 1929, diez años antes de escribir esto, Onetti desistió de viajar a la Unión Soviética (el sitio donde decían se construía el socialismo verdadero) porque no pudo aprender ruso. Al estar todo entramado como un nido de pájaro, lo anterior da pie para que Linacero, gracias a Onetti, nos muestre otro desafuero en el que cae el escritor-creador y que ya mencioné tangencialmente: la exposición de sí mismo. Es inevitable; quien escribe se expone: saca a la luz su talento, su saber, sus prejuicios, sus lecturas, su pasado, su credo, sus virtudes, sus miserias. Quien quiera ser escritor no debe temer a la exposición del propio ser; ésta es inherente al acto de escribir. Como una fórmula discutible, se reconocen distintos grados para este exhibicionismo espiritual y con facilidad se dice: “quien escribe narrativa descubre el torso, quien escribe 234

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poesía se desnuda todo”. Otros cuadros de la misma red, anudados con la exposición del 'yo' y la provocación (ambas desde la verdad interior) se vislumbran en este cuento o novela corta. Son precisamente sus posibles consecuencias: la incomprensión del vulgo (Ester, la prostituta) o del erudito (Cordes, el poeta), así como la soledad que demanda la misión creadora (tanto como estado propicio o por ser un posible resultado) y la sensación siempre cercana del falso fracaso. Linacero no se siente un fracasado, por lo menos no desde que escribe sus memorias. Asume con resignación positiva que de alguna forma todo lo recorrido, soñado, gozado y padecido lo han preparado para ese momento. No obstante, lo más valioso de esa actitud está en la valoración que hace de su propia obra: “Estoy cansado; pasé la noche escribiendo y ya debe ser muy tarde. Cordes, Ester y todo el mundo, menefrego. Pueden pensar lo que les dé la gana, lo que deben limitarse a pensar”. En otro aparte confiesa: “Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo”. A pesar de todo esto, de su aparente inutilidad, Linacero sigue escribiendo sin tregua y con honestidad, proponiendo una mística del escritor que tiene que ver con la dimensión catárquica que conlleva el acto creador. No sólo se crea porque se quiere o se puede; se crea y se escribe porque se necesita como una demanda interna, como un instinto que tiene en el texto su polución, es decir, la prueba de la necesidad satisfecha. Esta naturaleza del acto de escribir, de por sí, independiza el

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valor de la escritura de su eventual y, si se quiere, fortuita aceptación. Quien no sienta que al escribir se libera de algo que quería salir de sí mismo, de una idea que había incubado desde adentro, de un fantasma del pasado que necesitaba describir para espantarlo, quien no sienta un poco que plasma unas líneas para huir por momentos de sus miedos en cabriolas de papel y tinta, posiblemente no se está proponiendo con sinceridad el compromiso de crear. Para Linacero escribir es la gloria solitaria de la sinceridad íntima, el placer de soñar por soñar, el gusto de crear por crear, de permitirse percibir en ese delirio conciente algo muy parecido a lo que debe sentir Dios.

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Comentarios a Emboscada del diablo, de Carlos Arias Fredrik Sörstad El cuento de Carlos Arias es uno de los que más me han gustado en este taller. He encontrado pocos defectos y, por eso, ante todo me dedicaré a explicar en qué consisten las cualidades. Básicamente, a mi juicio, son las siguientes: 1. El manejo del lenguaje. Por lo general, el lenguaje me parece equilibrado y poético, lo cual no es fácil de lograr, pues, al optar por un tono lírico, las caídas en lo pomposo constituyen un riesgo constante. El sexto párrafo contiene un ejemplo ilustrativo del lenguaje mesurado de este cuento: “Era una madrugada glacial de principio de año, con escarcha sobre el piso que se quebraba como vidrio a nuestro paso. A esa hora de la mañana el pueblo dormía con sueño profundo y el ambiente estaba lleno de silencios, solo se escuchaban nuestras voces ásperas de recién levantados y los pasos de algunos aldeanos que se dirigían al campo a sus labores habituales”. 2. La gradación hacia el clímax. La estilística nos ofrece una herramienta para explicar ciertas 237


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propiedades, pero a veces queda algo inefable, una tensión interna, que es lo que separa a un texto literario bien escrito de uno regular. Una característica que me llama la atención es la división en párrafos. Me parece perfecta y contribuye claramente a crear un ritmo propio de este cuento. Junto con esta técnica, un cambio progresivo a favor del uso del pretérito simple produce un aumento del ritmo. En la página 2 predomina el pretérito imperfecto: “Avanzábamos tranquilos”, “El día seguía su inexorable curso”, “Mediaba la tarde”, etc. Luego, en la página 3 se vuelve más frecuente el pretérito simple: “El río se lo tragó”, “Grité a los demás”, “Ellos tiraron sus pitas”, etc. Sin embargo, como decía antes, no creo que sea posible dar una explicación exhaustiva del dramatismo que el lector experimenta. Por lo que se refiere a los pocos defectos, estoy de acuerdo con Jaime y George en que hay algunos despistes en el texto. Por ejemplo, la parranda —en España se diría la farra— empieza el 23 de diciembre y el 2 de enero los muchachos todavía están con resaca. La conclusión es que, o bien se emborracharon ocho o nueve días seguidos, o bien tomaron tanto el 23 de diciembre que el guayabo duró más de una semana. Sea como sea, no creo que una persona esté dispuesta a salir a pescar después de semejante borrachera. Visitar un hospital sería una continuación más probable. Por otra parte, hay algunas fallas de puntuación y, a mi parecer, hay dos oraciones que necesitarían reformularse para mejorar la claridad: 1. En el último párrafo de la página 2 se lee: “Se podía andar por la orilla del río a través de la garganta, pero era 238

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arriesgado, aunque todos lo hicimos siguiendo a los más diestros que ya habían tomado la delantera”. Mi propuesta es la siguiente: “Aunque era arriesgado andar por la orilla del río a través de la garganta, todos lo hicimos…”, o bien “Se podía andar por la orilla del río a través de la garganta, pero era arriesgado; aun así, todos lo hicimos…”. Luego, en la página 3, el tercer párrafo: “No largaba la caña y pretendía tocar fondo con los pies y salir caminando”. Cuando se contraponen dos hechos, estas alternativas son preferibles: “No largaba la caña sino que pretendía tocar fondo con los pies y salir caminando”, o bien “En vez de largar la caña, pretendía tocar fondo con los pies y salir caminando”. Finalmente, coincidiendo con la opinión de muchos talleristas, pienso que el desenlace debe modificarse. La última oración discrepa con el resto del cuento y suena bastante pretenciosa. Y una cosa más —casi se me olvida—, un cuento tan bueno debería ser un poco más largo. Cinco páginas creo que sería una extensión apropiada.

Fredrik Sörstad. Estocolmo, 1971. Autor de la tesis Conciencia y temporalidad: un estudio sobre la concepción del tiempo en seis poemarios de José Hierro (2009), publicada por la Universidad de Estocolmo.

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Contenido

Narrativa El turbión 15 Gustavo Vásquez Obando Emboscada del diablo 25 Carlos Arias Restrepo Porvenir 32 Andrés Vásquez Ochoa El sacrificio 38 Blanca Cecilia Vélez Restrepo Ojalá no pregunte 41 María Orfaley Ortiz Medina En el espejo 49 Cuatro recuerdos 53 Luz Adriana Bedoya Múnera Ya no importa nada 57 Magnolia Hoyos Fresneda Purgatorio 63 María Cristina Berrío Palacio La calle 47 74 Victoria Eugenia Díaz López 241


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¿Y si Dios fuera una mujer...? Leonardo Gómez Marín

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Ojos de agua Margarita Palacio Uribe

Septiembre 159 María Patricia Duque Vélez

89 El Compadre Héctor Ramírez Bedoya

Ante el umbral 169 Isabel Cristina Escobar Martínez

100 Y la casa ahí Lía Moreno de Saldarriaga 108 Bertalinda acomoda su calzado Dora María Atehortúa G.

Un parque sin domingo Ana Mercedes Mejía Salazar

Un hallazgo forense Alexander Barajas Maldonado

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¿Quién quiere ser personaje de novela? 178 Óscar Duque Cano

113 La culpa Gerardo Jiménez Londoño 120 Noches de radio Jorge M. Escobar Ortiz 129 Encrucijada Olga Echavarría

Final del juego 195 Carlos Mario Aguirre

133 Muchachos jugando maquinitas Georges René Weinstein Velásquez

El arte de narrar historias 200 Óscar Duque Cano

136 Agujero trece Victoria Hurtado Vélez

Tan triste como ella 204 Luz Adriana Bedoya Múnera

142 Tarde lluviosa Adriana Restrepo

Tan triste como ella 208 María Cristina Berrío Palacio

151 El regreso Estella Higuita Urán 242

Crítica

El silencio blanco Olga Echavarría

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216 De la vida breve, o la experiencia creadora María Orfaley Ortiz 222 Cortázar en “Relato con un fondo de agua” Dina María Herrera 227 La puerta condenada María Adelaida Echeverri Villa 230 La intimidad creadora Alexander Barajas Maldonado 237 Comentarios a Emboscada del diablo de Carlos Arias Fredrik Sörstad

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Obra Diversa 2. Vol. 136  

Autor(es): Integrantes Taller de Escritores bpp. Biblioteca Pública Piloto. 2010

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