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CAMINOS DE RONDA


Claire Lew de Holguín CAMINOS DE RONDA


SCDD C861

Caminos de ronda / Claire Lew de Holguín Medellín: Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina, 2015 220 p. (Fondo Editorial Biblioteca Pública Piloto; 147) ISBN: 978-958-99591-7-6 1. Literatura colombiana. 2. Poesías colombianas Diseño Carátula: Veronica Holguin Lew.

Diseño, Diagramación e Impresión: Divegraficas Ltda. www.divegraficas.com PBX: (574) 511 76 16


Para Saúl y Mireille Lew, mi esposo Jorge Holguín, Jorge, Verónica, Clara y mis nietos Lorenzo y Jacobo.


UMBRAL

En Colombia no hay extranjeros. Todo el que viene a vivir aquí se convierte de inmediato en colombiano. Es la costumbre, por encima de leyes y prejuicios. Y con mayor razón si se queda, asimilándose al país con vínculos sociales y laborales. La señora Claire Lew, aunque mantiene intactos sus orígenes de raza y nacionalidad, ha pasado a ser colombiana en la práctica por matrimonio con un eminente neurólogo tolimense, así como por haber conquistado la amistad y el afecto de cuantos con ella han tenido relaciones sociales y laborales: 48 años de permanencia en el país constituyen de hecho carta de naturalización. Su primer libro, El venado de madera (relatos), fue publicado por la Biblioteca Pública Piloto en 1989, con extenso prólogo de Manuel Mejía Vallejo. Dice: “Claire Lew está al borde de darnos una obra extraordinaria. Son notables 9


su aptitud para la invención, sus dotes para la creación de un mundo personal a partir de los ya conocidos, su habilidad en el lenguaje, su manera plástica de captar seres y cosas, certero el estilo como en los trazos de un buen pintor”. Palabras proféticas. El maestro que sabe ver en la distancia del tiempo. Caminos de ronda es el libro de una autora con mucha práctica en la literatura y las artes. Contiene 54 densos textos, de muy diversa temática. No es obra para leer de corrido, como suele hacerse en el apresurado tiempo actual. Se requiere, por tanto, un previo y demorado trato con la poesía. Refiérase a Marcel Proust o a Gertrude Stein, las palabras en cada caso tendrán su exacta dosis de evocación y nostalgia. Nada falta, nada sobra en la precisión de la medida. Arte consumado, se decía antiguamente. Eso, en la dispersión actual, resulta extraño pero ejemplar. La literatura empieza con la poesía. La poesía fue el primer género literario. Antes de ella sólo están las inscripciones en piedra, mármol y metales, en especial el bronce. Puesto que la narrativa está siendo sustituida por la imagen y el sonido en diferentes formas, podría ser que la poesía sobreviva dada su inasible condición incorpórea. Un personaje de novela se puede representar. Las figuras en la poesía son evanescentes, cambiantes e irreales. Diríase que se 10


adaptan al lector. Un verso, por clásico que sea, no mantiene su identidad. Porque la poesía se dirige a la imaginación, al sentimiento, al mundo irreal de la idea y la metáfora. Y en eso, paradójicamente, está su perdurable hechizo. Jaime Jaramillo Escobar

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POR LOS CAMINOS DE RONDA El Tiempo dormita, frágil en su castillo, ha salido el sol en su memoria, en la nuestra, lento, da un paseo por los caminos de ronda, de su vida, de la nuestra. Sin él, estaríamos perdidos en un espacio, las memorias se evaporarían, confusas. El Tiempo es nuestra ancla. Sin nosotros, ¿Qué sería?, alguien muy aburrido.

Se asoma a la Edad Media, da santo y seña, descifra los misterios, el secreto de las catedrales, admira las pinturas de los lienzos, se inclina sobre la letra de los manuscritos, hojea el libro sagrado, 13


se regocija con los cuentos, no muy santos algunos.

La política le es ajena, no toma partido observa la codicia por el poder, la violencia, el crimen de estado, sacude la cabeza, ¿qué importa? ¡Esos hombres!

Él sólo es tiempo pero sin nosotros, ¿Qué sería? Toma sin prisa el segundo camino de ronda, hojea un libro de memorias, escucha una música, recuerda canciones infantiles, canturrea, bonachón y feliz. La pintura ha cogido extraños rumbos, el ojo interpreta otros misterios, el oído otros cantos. El Tiempo se asombra, tose, pero no resiste al cambio acelerado, caótico, irreversible. ¡Esos hombres!

Deja pasar las horas, está libre. 14


El Tiempo descansa ahora, coge el tercer camino de ronda, él de todos los días, el sencillo, el que duerme al pie de cada uno como perro de un encuentro, el mágico que se revela sin ser esperado.

Todavía se oye el canto de un gallo en la provincia, no han desertado la ciudad los azulejos, los petirrojos, las silgas, la golondrina ni la mariposa diminuta, pétalo desprendido en vuelo. En la carta viaja el ausente, la letra traduce el afecto, el dolor por alguien amado.

Al horizonte duerme la montaña, en ese país extraño, sale la luna a las cuatro de la tarde, a las seis los gallinazos se recogen en aquel árbol de poco follaje, los gallos no conocen el Tiempo, cantan a cualquier hora.

El Tiempo aprecia la ignorancia de los gallos, son sabios. Da otra vuelta por el último camino de ronda considera el pasado, del futuro todo ignora. 15


¡Siquiera! El presente lo asusta: caminos cercados donde mueren los emigrantes, los parias y otros, presos en sus casas incendiadas, se multiplican los calabozos, la tortura, el crimen, la guerra, la discriminación, el exterminio. El Tiempo dormita, se deja llevar al filo de los días, un puñado de memorias bajo la almohada, arropado en la tibieza de su eternidad.

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PRIMER CAMINO DE RONDA Regla octava

«Allí donde construyáis grandes edificios, haced signos de reconocimiento» Caballeros del Temple.

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LA PUERTA DE LOS CABALLEROS

«Si descubrís y adivináis lo que represento con ese jeroglífico, ¡ callaos! No digáis nada» Louis-François Cambriel. Curso de Filosofía Hermética.

En esta ciudad existe una puerta llamada “de los Caballeros”, no conduce al antiguo camino de ronda, no conduce a nada que alguna vez haya sido mencionado en un libro nuestro.

La entrada está custodiada por un hombre, nadie sabe la edad que tiene, su labor consiste en ser paciente: primero debe llegar el caballo, luego el jinete, en un orden intransferible, así lo requiere el medallón que adorna la puerta de nuestra ciudad, representa a un jinete a punto de caerse, a un caballo a punto de derribar a su jinete. 18


El hombre no habla con nadie ni se ve triste pero cuando tardan el caballo y el jinete pueden tardar horas o meses silba monótonamente, de inmediato las nubes se reúnen como si tuvieran que llevar algo urgente, al poco tiempo se oye muy cerca el repique de unos cascos, un repique monótono como lo que silba el hombre, un repique cuyas notas son palabras que nadie conoce. el caballo se detiene siempre antes de llegar hasta el hombre, del jinete sólo sé que es indispensable y tal vez no se ve. El caballo se apoya al muro, los ojos apacibles como si la mirada anduviera en otra parte y no pudiera contar nada de lo que ve. Hoy, llegó un caballo herido, la sangre dibujó otro caballo más pequeño que lentamente se muere.

No me quedo más tiempo, todos sabemos que es hora de irse, conozco el sonido que hace la puerta al abrirse, 19


debe tener diminutas campanas, una hilera de caracolas detrás del batiente, conozco su risa cuando entrevé la frescura de una fuente. Puedo imaginar al caballo herido: despega su sombra cuidadosamente y cuando estoy llegando al ciprés que cuida el bosque, me detengo y escucho dentro de mí el leve ruido que hace la puerta al cerrarse.

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EL RITUAL Los hermanos del invierno han llegado del norte, van por las calles, los acompaña el viento, habla el idioma áspero de los cuervos. Los árboles prefieren quedar sin hojas, sin flores, dejar de ser vulnerables. Son cuerpos, montan la guardia y protegen los muros que rodean la ciudad. El desconocido ha entrado de último, entre una yunta de bueyes un hombre a caballo, lo han tomado por un mercader que viene del río y bajo su capa trae las legumbres de algún huerto. Han cerrado los batientes de las puertas detrás de ellos, las sombras de los bueyes conversan con la del caballo. Nada dicen las del jinete, del campesino ni del mercader porque los hombres no tienen la sencillez de los animales, saben de linaje. 21


Sin embargo el camino es el mismo: doblan las esquinas, van perdiendo sus sombras en la noche, se alimenta de cuerpos, de casas, de flores dormidas hasta de sueños en las habitaciones. La luz es poca: una vela de sebo, un candil, una antorcha de resina. El viento, ahora más fuerte, parece inclinar las casas, proteger la identidad del forastero cuya capa se agita, cuyo sombrero recorta el rostro. Las callejuelas lo llevan como llevan las líneas de la mano, a cierto destino, el hombre camina sin prisa, tal vez reflexivamente: cada paso debe recogerse antes de dar el siguiente, una costumbre adquirida en el pasado mientras merodeaba, sigiloso, en aposentos ajenos. La ciudad tiene sus caminos, algunos difíciles como los tramos de una vida, le cuesta trabajo al hombre alcanzar aquella colina. Ha dejado atrás los murmullos, los interrogantes 22


de los mirones porque su forma de caminar es un pensamiento, a veces profundo, a veces ligero, trae a la memoria los cuerpos que bailan con el viento, en las afueras de la ciudad, mientras los cuervos picotean los delitos por los cuales fueron colgados.

La catedral duerme en lo alto, barco anclado en la tradición, a oscuras, el sendero se ramifica, es una cruz trazada por miles de fieles, todos los días del año han traído una pequeña piedra, se han arrodillado y la han incrustado, sobre ella la fe puede ir segura mientras cae la nieve o la lluvia. El desconocido se detiene frente a cada estatua, son amigos que saluda, le devuelven en secreto la sonrisa, hacen una seña. Entra por la puerta roja, la cuidan las salamandras, bajo la capa algo se debate o se desliza simplemente. Ya no importa si unos pies trazan un surco de sangre en el mosaico del piso: conducirá a la cripta, terminará frente a la Virgen Negra. 23


Con las manos hábiles que nunca cortaron leña ni trabajaron el huerto, el desconocido recuesta el cuerpo que ha llevado bajo la capa, le acaricia el cuello para conservar en sus dedos las estrías de la cuerda, le orienta el rostro hacia la estatua, lo rodea de cirios verdes, coloca entre sus manos la cruz de oro y piedras preciosas, que siempre viene de Constantinopla, que ha sido robada, en esta ciudad, la semana pasada. Luego subirá a la superficie como se sube a un puente, vacilante, se quedará sentado en un banco, volverá a ver al niño trepado en un manzano, escuchará las risas, los nombres pronunciados antaño, esperará el momento en que los vitrales sangren sobre las tumbas de los yacentes, el momento en que una ola venida del oriente ponga a flote la nave. Entonces se pondrá de pie, descubrirá un signo bordado, el sol reconocerá el signo del Peregrino y del Piloto, el signo del gran Adepto y mientras va rezando le será perdonado a su hermano. 24


LOS TEMPLARIOS El mes de marzo es verde, los caballos traen la leña del bosque, van sin prisa por la orilla del río, sacuden las orejas cuando una mujer saluda a los hombres que los acompañan. El saludo es una risa, una flor en el árbol, la alegría de no sentirse solos.

En el mes de marzo, cortan las hierbas altas, las guadañas tienen el ritmo de una pequeña muerte azul, los días no significan nada, mueren, no se ven las guadañas que pasan por la vida. Tantos jardines presos, tantos muros en esta ciudad. Se han ido, hace años, los invasores, se han quedado el miedo y las fortalezas, 25


fortalezas de los cuerpos donde se esconden la traición y la codicia.

Pero en el mes de marzo no debéis pensar en esto.

Apenas existe el cielo y la catedral de Nuestra Señora tan blanca, aérea, se eleva hacia Dios, algo le ruega, por algo se fuga pero también está presa en la piedra, su forma de nave es simbólica, no existe para ningún cuerpo, ninguna materia la posibilidad de una evasión, sus flechas, sus arcos, el vacío que flota adentro, sus esculturas son un intento.

Las casas forman una ronda sin cantos en torno a ella, son hijas menores, niñas todavía en busca de protección, oran a su modo como sabe hacerlo la piedra al sol, una lagartija de ojos verdes, la enredadera que balancea sus brazos en vano. Las horas caminan lentamente por el puente del día. De las casas estrechas, de las callejuelas 26


que se ahogan entre ellas, salen hombres, mujeres y algunos niños, tienen una cita en este diez y nueve de marzo, el silencio les da la mano.

Nuestra Señora de París es transparente, las colinas bajan hacia ella, tal vez las necesita.

Ya es hora y el rey Felipe el Hermoso se impacienta, en el atrio de la catedral levantaron un estrado. Son cuatro los Caballeros que vienen, apenas pueden sostenerse, los han torturado, los han encerrado durante siete años, están afuera pero los muros de los calabozos pesan sobre sus hombros, de las salas del suplicio traen los gemidos, las súplicas, las confesiones arrancadas con tenazas, con borceguíes de hierro. El aire es denso de humo.

Los presentes dan un paso atrás, se tapan los oídos pero los gritos son fuertes.

Entre los Caballeros del Temple está Bernard de Vado, le han quemado las plantas de los pies, 27


y lleva en sus manos los huesos de sus talones aunque haya muerto.

Comparecen Santiago de Molay, el Gran Maestre, Hugo de Péraud, Geofredo de Charnay, Geofredo de Gonnevile. La sentencia es cadena perpetua si reconocen haber pecado. Los cuerpos destruidos se ponen de pie y algo, más espíritu que voz, niega todo crimen, se arrepiente de sus confesiones, del temor a la muerte. Nuestra Señora de París da la espalda al rey, ora hacia las colinas, hacia Dios, el Invisible.

La procesión toma el camino de una isla en el río, los caballos ya trajeron la leña. Los Templarios mueren por la codicia de un rey, fuego perpetuo que arde de un siglo a otro.

Santiago de Molay, a través de las llamas, lo emplaza: “Antes de un año, nos hemos de ver ante el tribunal de Dios”. No han muerto los cuatro Caballeros del Temple, el fuego no siempre destruye, pasa de cirio en cirio, nunca se extingue. 28


EL ARBOL DE LOS AHORCADOS El viento es la sombra de todos nosotros, los compa単eros, los que vivimos como los gatos y saltamos a los tejados. Somos de color pardo, viento de invierno, somos los cuerpos que no alcanza el grito. El viento es la sombra de cada uno cuando la fuga nos separa. Rogad por nosotros; Se単or, ten piedad. No siempre somos malos, lo sabe aquella iglesia, el vitral de la dulce Mar鱈a. Pero la noche espera siempre afuera, Las manos olvidan el rezo, los dedos son ligeros. Volvemos a las andanzas.

Rogad por nosotros; Se単or, ten piedad. 29


El viento juega con los días, los años, hincha las velas del tiempo, lleva al cuello nuestras risas, nuestras burlas, las blasfemias, el alma que escapa en la riña. Nada pierde el viento, escoge un árbol y otro, cuelga de cada rama algo nuestro. Allá iremos, cualquier día, sin miramientos de la justicia. Luego, como la madre toma cuidado de su hijo, no importa si es pequeño o viejo, el viento nos mecerá, lento, entregará a los cuervos el legado de un ojo, la tela de las mejillas, un labio, el cuero de los brazos, el vientre abombado, la firmeza de los muslos, todos nosotros enteros que fuimos antaño persona alguna, sufrimiento, amor, vergüenza, arrepentimiento pasajero. Cuerpos que ya no serán, flacos huesos que no detendrán al mercader, al leñador, al ladrón. La muerte es la única riqueza ajena que nadie codicia. Rogad por nosotros; Señor, ten piedad, encomendadnos a la dulce María. Lenta ronda en el aire frágil, 30


desconocidos que tuvimos nombre, amamos y fuimos amados.

El viento no era sólo nuestra sombra, era también nuestra vida, ahora malgastada, con la muerte a deshora. Pero ¿quién piensa en el tiempo que toma el viaje cuando va a bordo de un velero? Sólo se deja llevar del viento. Rogad por nosotros; Señor, ten piedad, encomendadnos a la dulce María.

El miedo se aferra a los tobillos, es de noche por el cuerpo, un ave se debate por dentro, la cabeza estalla, todos los recuerdos quieren pasar primero, vivir por última vez. Se descompone la razón, ¡Que venga la muerte, que venga sin demora! armada, valiente, y parta mi cuerpo.

No quiero estar entre ellos, llevan meses de muertos, hacen señas como si todavía estuvieran vivos. Dejad de rezar, dejadme solo.

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EL ÚLTIMO VUELO

Soy un hombre razonable, vuelo. Vuelo por encima de las montañas, vuelo. Vuelo suavemente en el valle, vuelo. Por encima de la antigua plaza vuelo. Desfilan los fantasmas quemados, vuelo. Soy un niño antiguo, de rodillas en un portón. Vuelo. Olor a legumbres podridas, a sudor, a miseria. Vuelo. Me arrodillo, viejas oraciones, Dios me escucha. Vuelo. Soy el enajenado, las plumas mojadas y sin fuerzas, vuelo. Busco, ¿qué busco? ¿A quién busco? Intento elevarme, intentarlo siempre. Vuelo. Equilibrio sobre la punta de una penca, vuelas, pájaro de copete rojo, pensamiento emplumado. Vuelas y vuelo, volamos. Ausente, enajenado, nómadamente, vuelo. 32


Pero soy un hombre razonable. Vuelo. Bailo en círculo, ¿me escuchas? Vuelo. Lento descenso, profundidad del valle. Vuelo. En el vuelo te busco, ¿a ti? , ¿quién eres? Azulejos, carpinteros, loras, entre ellas vuelo. ¡Vuelen señoras y señores! Se lo aconsejo. Vuelo. Guayacanes, flor amarilla entre los dientes, jazmín de noche en insomnio perfumado, casco de vaca, muerta en las Mil y unas noches. Vuelo, vuelan en torno a mi cuerpo, ronda interminable, vuelo. No siento el cuerpo, escalera al cielo, vuelo. Ptolomeo y 1022 constelaciones, Ursa menor, Ursa Mayor, mansamente cenan en mi mano. Vuelo, en la noche no me detengo, vuelo. Viajo y vuelo, tejado mojado de estrellas, vuelo y vuelo. Brújula de los pájaros, brújula mía, guía hacia el verano en puro vuelo. Gorriones friolentos, gamines de la ciudad, a vuelo de pájaro los convido. Lenta procesión de barcazas, cormoranes, gaviotas grises de mar, alcaravanes de ojos trises, chimeneas con sombrero, duermen las cigüeñas, roncan suavemente en el nido. Lento vuelo sobre tejados azulosos, 33


apresurado vuelo, tantos puentes, el río Sena encadenado contempla el cielo atormentado. Vuelo. Hacia el verano vuelo, el calor entre las plumas, la oración en las notas, la música reza, ¿a quién?, al Sin Rostro, bailo en torbellino. Bailamos, vuelo. España, Torre de la Giralda, la muy noble, Alminar de la antigua mezquita, palabras sagradas, vuelo. Puerta del Perdón, Patio de los Naranjos, Terraza de las Azucenas, perfume de palabras árabes. Vuelo. Vuelo por el cielo de un azul intenso. Río Guadalquivir, adusta Toledo vestida de monja, bañada de ocre bajo el sol que muere, Puente de Alcántara, sonoro nombre entre las aguas, calles angostas cuyos muros y miradores se besan, «Dichoso aquel que naciera español y toledano» Cervantes por esos lares, vuelo y vuelo siempre, casa fortín de El Greco, muy amigo mío, más amigo no tengo en la Judería, bien quisiera, 34


pero vuelo sobre la ciudad en aquesta compañía, casas replegadas en abanico, barrancos inquietantes, pero vuelo, sobrevuelo, Castillo de San Servando, falsos conversos, el Medio Evo sofocante, traiciones, delicado arte de metales bautizados en el Río Tajo, presencia árabe en todos los rincones, volamos porque vuelo, por encima de Toledo, asomado a los techos, con el Diablo Cojuelo, el bienamado, el Travieso, vuelo. Guadalquivir, “Wadi Al Kabir”, lento paso por Jaén, Córdoba, Sevilla, Cádiz, marismas de Sanlúcar de Barrameda, Vuelo porque vuelo entre alcornoques y encinas, otoño flamenco del ibis, pato, somormujo, gaviotas, paso hacia el calor africano, costumbre de pájaro. Vuelo. Al- Ándalus, Alhambra, Al-Hamrá, la Roja, Oasis en jardines del Generalife, vuelo, siempre vuelo en tiempos antiguos, fantasmas del rey Nazarí, sus bienamadas compañeras, paraíso sobre la tierra, vuelo porque antes de morir vuelo, al son de las 35


oraciones, al ritmo de la danza, vuelo y no alcanzo pero vuelo hacia Él del rostro cambiante, hacia Córdoba y la Medina Azahara, la Judería florecida, el Alcázar y sus muros amasados con sangre, Cádiz la fenicia, nombre deslizado sobre la lengua con frescura de una lluvia, Málaga, Malaka, la fenicia, cartaginense y romana, cegada de soles, vuelo porque vuelo entre calandrias, oropéndolas, alondras, el búho me observa, me invita, gira su cabeza 180 grados, vuelo, vuelo nocturnamente, emparentada su soledad y la mía. Algeciras, Almería, Jaén -encrucijada de caravanas-, Guadalajara o wadi al Hijarah el río de piedra, Tarifa JaziraTarif de TarifibnMalik, tantos nombres al son del laúd, del qanùn y la derbuka, misterio de pueblos antiguos, violencia de la Reconquista religiones abjuradas, falsas conversiones, tortura de los cuerpos, no de las almas, autos de Fe, en Toledo, la bienamada. Yo, el ausente, el enajenado, el sordo melódico, 36


el inocente, vuelo, se me queman las alas pero vuelo, me elevo sin nunca llegar. Gibraltar de Nazaríes, fenicios, griegos, Montaña de Tariq, frente a Marruecos, Bahía de Tánger, mar entre dos tierras, Halcón Cenizo, cuervos marrones, golondrina palúdica, Halcón de la Crueldad, olor a muerte en el Oasis de Tinherhir, pueblos escondidos pero vuelo porque vuelo entre las hordas, entre Tunesinos hacia Lampedusa, Libios hacia Trípoli, Egipcios hacia El Cairo, pobres pájaros de alas cortadas, de libertad mutilada, vuelo porque vuelo hacia mi último refugio, enloquecida danza hacia Él de múltiples rostros, hacia el Invisible, duele, duele el último vuelo, la danza quebrada, lentamente, ausente, enajenado, sordo melódico, suspendido, giro, giro, vuelo porque vuelo, entre flautas y tambores, el fuego en las alas, quemarme en vuelo, quemar el alma, vuelo porque vuelo, espiral de fuego, quémame en vuelo, ardido vuelo, solamente siento, siento que ardo pero no vivo o vivo ardiendo y menos entiendo, giro y giro y me consumo al encontrarte en ese último vuelo. 37


LA SONRISA DEL CUERVO Llegarás algún día a una aldea sin nombre, en vano buscarás una señal, un aviso entre la noche, nieve , sólo nieve, tintineo de las campanas, aúlla un perro, cojea un anciano, el bastón apenas lo sostiene, oscila entre las ovejas, sólo ellas te ven. Te das vuelta, sólo nieve sobre nieve.

Recordarás la gorra negra del anciano, su paso cansado, su pierna torcida, el esfuerzo del bastón que cada vez se arquea como si fuera un instrumento y tocara una música sólo para él, el rebaño y el perro.

Recordarás también que vienen de la más antigua raza, que su lengua ha sido olvidada y sólo quedan 38


fragmentos como huesos dispersos por el Arsia, el Naro y el Drilo. Se fundirá entonces la silueta del anciano con un ancestro primero, altivo entre sus rebaños.

Pero la historia cuenta de los Ilirios, esclavos de los Romanos y se desdoblarán el ancestro primero y el anciano de gorra, la esclavitud es un sello de nobleza, una hazaña siempre recordada, sobrevivientes, la cabeza en alto, lentas volutas del humo de una pipa, lentas volutas de un recuerdo que no pesa más que el humo, pero se transmite de pipa en pipa al atardecer que abrasa el cielo. Recogerás tu liviano equipaje de transeúnte sin rumbo, seguirás la huella de las ovejas, del perro invisible, el camino se columpiará en el aire, darás vueltas antes de caerte, sin la esperanza que para ti también es ligera como el humo, a lo lejos el cuervo graznará su canción, graznará en torno a tu cuerpo, uno primero, otro luego, tantos en una danza de patas pequeñas, 39


de ojos redondos, les verás una sonrisa, sonrisa de cuervo, y sentirás que te levantan cuatro alas, un canto extraño del rey de los cuervos y su dama de negro, te debatirás, aferrado a la vida que sólo es una muerte caminada paso a paso, por aldeas sin nombre, con gente sin rostro, sin manos tendidas, sin lenguaje conocido, hasta esa última danza, la de un cuervo, de otro, de tantos de ellos, entre picotazos y su lenguaje graznado que anuncia, por fin, la caída en el abismo.

Pasará el tiempo sin pisarte y te tomará por alguien que conoce, te levantarás sin esfuerzo, te dirigirás en una noche clara, empujado por el viento hacia el ruido ensordecedor de los caballos que resbalan por las pendientes y se abrirá el alba como si todos los árboles se cortaran por la mitad y cayeran los troncos en una rebelión armada contra el hacha, te unirás sin sorpresa a los guerreros que vienen galopando al clamor de “Iliria, Iliria” contra los ejércitos enfrentados 40


y te sentirás, por primera vez, parte de algo, también sin nombre, al galope de tu sangre, tu reflejo en el pectoral del vecino, la empuñadura de tu espada de bronce adornada de dos alas, firme en tu mano como si tratara de alzar el vuelo contra el enemigo, y todos, inmensas olas batiendo el acantilado, se volcarán contra ellos, tronando “ Iliria”, “ Iliria vencedora”, únicas palabras comprensibles, y montarás un caballo que en el alba de los tiempos los tuyos criaron y fueron pequeños, inocentes del sacrificio del campo de batalla, erguidos sobre las patas traseras, el ojo loco, la bravura espumante en los belfos, empujados con su jinete hacia la marea sangrienta que nunca señala una victoria y fue un desastre como toda vida. Cuando la muerte con sonrisa de cuervo te tocará el hombro, señal de perdón por unos días, se volteará el reloj del tiempo, se alejará sin pisarte como equivocado en su reconocimiento, y una dama de negro te sostendrá, de un gesto 41


alejará un pasado, un mal sueño, pero no serás de los que se quedan, tomarás tu equipaje, tu sueño, abandonarás la huella del rebaño porque tienes con el tiempo esa cita inexorable en algún camino de una aldea sin nombre.

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SEGUNDO CAMINO DE RONDA

«En arte sólo tiene importancia una cosa: aquella que no se puede explicar» Georges Braque

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CELESTE ALBARET Una letra menuda en la lista de teléfonos, delicadeza del trazo. La letra es un cuerpo, enlaza a otro hasta formar una palabra, lanzarse a un espacio. Los nombres ahí escritos son hilos tenues, vibran cuando una voz los llama. En el centro de la telaraña, el mundo de Monsieur Proust, su alcoba, las capas de recuerdos sobre los muebles, los portaplumas nunca recogidos entre las flores de una alfombra. La escritura más lenta que el pensamiento, la impaciencia de las letras, agolpadas en los renglones para ganarle al tiempo. Los cuadernos apilados, materiales de una construcción alada, los papeles añadidos que Céleste Albaret guarda y pega, frágiles gasas sobre cuerpos atormentados. Las veladas al acecho de una llamada que tarda, 44


la mujer ahí, en la silla dura, mientras su alma vaga detrás de la doble puerta, el café recién molido, el croissant fresco, la paciencia infinita porque el amor nunca tiene prisa, se alimenta a sí solo de una mirada, de un sentimiento y alguna vez puede ser eterno. Los pasos de puntillas por los corredores, el oído atento, la angustia al sospechar que la muerte se ha refugiado, hace mucho, en la habitación de Monsieur Proust y sólo espera una señal suya. Céleste Albaret vive en ese mundo, creación y recuerdo. Todavía sale y lleva recados, es un enlace con esa realidad que se desvanece. Luego entra a un planeta que gira indefinidamente, donde se construye para el futuro con las sólidas piedras del pasado. Una luz verdosa mantiene en la sombra su cuerpo, su rostro, pero no su fe en la obra, su fe en el hombre. Ahora son nuestros esa bondad, ese amor que nos acogen al abrir su libro como si fuera aquella puerta.

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«ASÍ SEA» «No había tomado mis disposiciones para vivir hasta tan viejo. A partir de cierta edad, me pareció que abandonaba mi papel» André Gide.

«En mi época el invierno nos miraba de frente, iba en retirada, paso a paso» Estaciones de la memoria, de la vida, resurgimiento de las plantas que vencen el tiempo lineal, regresan de la muerte, tiempo circular, eterno. «La primavera es un devenir, estación de la preparación, de la esperanza» Necesidad humana de nombrar para dar vida a la planta, 46


a un color, a un pájaro de cresta roja. En lo profundo de sus brotes, el jazmín se ríe, ya conoce su color, su aroma, sin palabra alguna. «Así sea»

Escribir al azar, ¿vivir al azar? ensayo sin correcciones, palabras traicioneras, memoria risueña, juguetona, ¿ era de ese color?, ¿Fue en esa calle?, ¿he vivido?, falsas puertas, la palabra las asegura. «No me queda mucho para vivir»

Libros esparcidos sobre las mesas,

«Nunca tendré tiempo para leerlos»

El Tiempo, siempre el Tiempo en la balanza de la vida, el misterioso, en su abrigo de invierno esconde la muerte, en lo alto de la montaña, un paso en falso espera el escalador, el mar cubre su trampa de peces de colores, un viaje cruza el tiempo, se hunde el barco, El Tiempo se ríe como el jazmín, 47


inalcanzable, inesperado en sus colores, amenazante. «Nada existe fuera de mí»

Duermo y todo desaparece, soy la noche que cubre la ciudad, la montaña, el mar se hunden en el horizonte. En aquel tiempo, en este tiempo, cuando el tiempo lo permita, Tantos tiempos se llevan de la mano, danzan, se levantan la falda, el sombrero, siluetas negras, recortadas en lo alto de una cumbre, alegres desaparecen.

«No consigo tener todos los días la misma edad» Trampas del tiempo, juega con la memoria, con las horas, ¿Qué escribimos? Nada creíble, el olvido escamotea, el calidoscopio de los recuerdos varía las apariencias. «Soy el texto y lo escucho»

La vigilia, el libro para atraer el sueño, palabras sobre palabras leídas, otro texto. 48


El último cuaderno, «Así sea» , agregar algo, El Tiempo mira su reloj, detiene las agujas, Ya es tiempo. «¿Tengo todavía algo qué decir? ¿Decir todavía no sé qué?» Palabras finales, ¿ sin relación con el texto, con la vida? ¿Al azar? ¿Hacia una revelación tardía?

«Mi posición en el cielo con relación al sol, no debe llevarme a encontrar menos bella la aurora» Últimas palabras

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CARTA EN FORMA DE PERA «Tomé la decisión de retirarme en mis dominios y terminar mis días en una torre de marfil o de cualquier otro metal» Erik Satie

La música es un bosque en invierno, sin embargo en él se esconden el verano, la primavera y el otoño monta la guardia con sus árboles pelirrojos.

Todas las estaciones nacen unas de otras, se repiten como el tiempo, sin límite de edad. Erik Satie, estás entre las ramas bajas. Vivo.

Esta palabra muere al lado de tu música. Muere de inanición, incolora. 50


Eres el niño en el circo, el payaso, el equilibrista de las notas, el trapecista de una melodía a otra, el hombre triste con lágrimas pintadas de negro sobre un rostro demasiado blanco. El místico, el iluminado, la fe corre por las teclas. Cantas «La Marsellesa», «Malborough se fue a la guerra» para extraviarnos, subirnos al columpio de las visiones, en lo hondo del bosque. Vitalidad de tus dedos sobre el piano, guiños, cascadas de notas, el agua subterránea presente, el paseo, el descanso bajo los árboles siempre más altos que opinan ligeramente sobre los asuntos humanos, la cabeza apoyada al cielo.

Ojos irónicos, brillantes, tus lentes agudizan la visión, la precisan por dentro como si fueran trampas, atrapainsectos, atrapaluces y sonidos, tus dedos devuelven al teclado veloz y tiernamente el sueño de esa realidad. Escondido detrás de sus notas tiende hacia nosotros, desde tan lejos, sus manos de solitario. 51


La partitura, los poemas escritos, los dibujos son llamados de auxilio, a través de los años se escuchan claramente.

Sus piezas, sus nombres sorprendentes, el disfraz de Pierrot detrás de las puertas, Su necesidad de afecto, su rebeldía frente a la vida planchada, limpia, ordenada en el armario, su grito :

«Nací demasiado joven en un tiempo muy viejo», llega a oídos nuevos, te reconocen, eres único pero de nada sirve decírtelo ahora porque estás muerto.

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«¿DE DÓNDE VENIMOS? ¿QUÉ SOMOS? ¿ADÓNDE VAMOS?» Cuadro de 1897

Estás sentado frente a una pila de costales, Paul Gauguin, los vas uniendo por los lados a grandes puntadas, son como los pasos que ya no darás nunca más. El pelo hasta el hombro, la boina verde, la borla de plata, el misterio en la sonrisa.

El pincel tropieza por la superficie de los costales y de tu vida pero ya tienes la respuesta a las tres preguntas que obsesionan a todos los hombres, menos a los de esta isla: «¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos?»

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El espejo de tres lunas, tres edades, un gris verdoso, la selva frente al mar, un ídolo de Java, el estaño, la vida sencilla del niño que come la fruta, los gatos, el perro de patas blancas, el burro, hombres y mujeres en ese silencio que se da cuando un pueblo acostumbra andar, calladamente, con los pies descalzos, estarse sentado fuera del tiempo sin preocuparse por un cambio en el color del cielo. Las frutas maduran en el árbol, el atún salta en la distancia. Ídolos que vas pintando y nunca sonríen, dueños de una paz anterior a su nacimiento. Ahora te sientas en la estera de la choza donde vives, Paul Gauguin, escuchas el suspiro de un lagarto sobre el techo de hojas. Nada tiene importancia.

Podrías ser una estatua o una foca vieja, inerte sobre la playa.

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«EL ESPIRITU DE LOS MUERTOS VELA» «MANAO TUPAPAU» Cuadro de 1893 «Un gran sueño negro cae sobre mi vida. Dormid, toda esperanza, dormid, todo deseo» PAUL GAUGUIN (1898)

Voy en busca del rastro de Dios. Lo tienen preso en los colores tristes, en los oficios a puerta cerrada, en los sermones. Lo creí en los calvarios de granito, en las procesiones de cofias blancas, en el campanario que los cuervos picotean, allá en Bretaña. Fue antes de llegar a esta isla. 55


Pero Dios es pintor, pintor de misterios en colores violentos.

Por la isla se ven los cuerpos tallados en palo de rosa, planos, porque él se burla de la perspectiva, cuerpos que echan una sombra y un silencio que pueden ser azul oscuro o pájaro blanco.

Me acerco a Dios cuando hablo con su gente, cuando me enamoro, cuando siento el miedo que llevan todos por dentro y canta despacio. Sí, me he acercado a Dios y también a la muerte. Está en toda la isla, pudre las matas, la gente, el cangrejo, me pudre a mí, Paul Gauguin. Mis amigos saben que voy en busca del rastro de Dios y me lo indican, afectuosamente: «Vete por el valle de Punaru»,

de ahí podrás ver, Koke, el Diadema, el Orofena, el Aroraï y ese algo sin nombre que andas buscando”. Luego callan.

Las mujeres inclinan la cabeza, 56


en su pelo se abren ojos de colores. Los hombres rozan su hombro izquierdo, con el índice. Luego preguntan:

«¿Y qué harás de noche, Koke, para protegerte?» Me fui de viaje hacia el valle de Punaru. Hoy han venido a ver el cuadro, se han quedado a distancia, no han murmurado. He pintado una cama, un pareo azul, una sábana amarilla. He sembrado el fondo violeta purpúreo de flores, de luces extrañas y fosforescentes. Lo he visto en el valle de Punaru, nunca tiene el mismo rostro. Aquí como allá, extiende la mano hacia la mujer, toca el lecho pero en realidad no toca nada.

«ManaoTupapau» «El Espíritu de los muertos vela» En el valle de Punaru he perdido el rastro de Dios. Mañana encontrarán mi cuerpo frente a esa cama, a la figura sobre el pareo azul, 57


la sábana amarilla. Mi amigo Tioka me morderá la piel del cráneo para revivirme gritará : «¡Koke ! ¡ Koke! ¡ Mata ! ¡ Mata !» Y no se reconocerá en la figura de negro que me vela.

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TIOKA Tioka, el ex-convicto, estira y palpa sus piernas, vieja costumbre. Tioka fue condenado por comer carne humana.

Tioka tiene los huesos tatuados, los ojos encendidos y trota de lado. Entra a la choza, examina mis pinturas pero no las toca. Yo debo presentárselas. Quiere conocer a sus nuevos amigos, los que salen de los cuadros y son brujos. Tioka es bueno, es amigo mío. Cada año intentan atraparlo, llevarlo al río, bautizarlo, pero él es listo, se quedan con los tatuajes en las manos. Sus tatuajes muerden. 59


Tioka ha puesto un tabú sobre mi choza, significa que soy sagrado. Por fin.

Le doy tabaco y le pregunto:

«¿A qué sabe la carne humana?» Se ilumina su cara con infinita benignidad, sonrisa de tiburón amable. Le traigo una lata de sardinas, la abre con los dientes.

Tioka sabe que mi boina verde será suya el día de mi muerte. Se va hacia el monte. Me han dicho que perfecciona los ritos mágicos que deben revivirme, que lo han visto llorar. Entonces me pongo a pintar la isla de Farumaï, la lancha nuestra sobre el mar.

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TRIGAL CON CUERVOS El fuego arde en el cerebro de Vincent Van Gogh, las llamas buscan un refugio. Habitan el ciprés, voluta verde oscuro en el cielo convulso. Todo gira, todo es círculo atraído por la fuerza de planetas desconocidos. El azul crepita, enciende las lunas y los labradores, de regreso, se equilibran, marineros sobre un mar de rastrojos. Un caballo tira de una carreta, también de fuego, animal atado a la rueda de un suplicio. El techo de un albergue, inclinación y ruinas. Todo tan pequeño al lado del ciprés que se yergue como una cruz sin brazos que vive dentro del árbol. Las palabras en las cartas a Théo, el buen hermano, el samaritano, se quedan al borde del lienzo, tímidas, humildes. 61


Jamás dan cuenta de la posesión de Vincent Van Gogh por ese demonio encrespado, agazapado en todas sus visiones.

Croquis enviados con mención de los colores, angustia de no poder devolver el dinero prestado, lista de colores, nombres sin vida porque no se han transformado todavía: verde veronés, amarillo de cromo, carmín, laca geranio, azul de Prusia, blanco de plata. Son letanías pronunciadas ahora con la reverencia que se debe a las cosas sagradas.

Las cuentas del carbón, la ropa traída del hospital, cinco francos pedidos al dueño del café, trece días por veintitrés francos. La enfermedad, el valor de amansar la locura como se monta día tras día un caballo irritado, traicionero, la fe en una mejoría, en salvarse por la pintura como el creyente por la fe en Dios.

El genio ignorado, la vida miserable. El torrente gris en un muro, el autorretrato de un hombre pelirrojo, desconfiado cuando se estudia a sí mismo en el espejo. Ese otro que no lo deja en paz, se interpone entre él y el deseo constante de pintar, 62


de llegar al fondo del conocimiento de los colores, aunque le cueste la cordura y la vida. Vincent Van Gogh, el Iniciado.

Vida animal de las flores, de los trajes, de los zuecos de la campesina que barre su sombra. Los árboles son dioses temibles en los cuadros, hombres y mujeres pasan temerosos entre ellos, o tal vez son invisibles en ese reino que veneraron, tiempos atrás, los druidas de otras tierras. Un campo de trigo, un veintisiete de julio, una bandada de cuervos que sonó como repetidos disparos. La decisión, el regreso, la última pipa. El silencio adentro, la locura arrodillada afuera, posibles telas acumuladas en un rincón donde empieza a faltar la luz, una línea de colinas violetas, un sol amarillo pálido, un resplandor suave. En el camino esperan un caballo blanco, ciprés y estrellas, altas cañas, un sendero, el molino de Ryswick, el arroyo de la infancia. Todavía faltan tantos cuadros. 63


AVE MARINA La noche es una manta de lana, la tienden afuera, en el espacio vacío de la ventana abierta. El sueño permite tocarla, envolverse en ella. Te das vuelta, James Ensor, en tu cama. Breve música del mar: fluye, se extiende, bordea la playa, absorta, escoge las piedras, se retira y las pule. Obsesiva, se viste de gris, pasa desapercibida, vuelve y busca. Los perros la cuidan no son visibles, ojos de colores en la sombra del mar. Entonces ella va y viene en la noche, duda, se lleva un azul, un ámbar, el violeta, el verde.

Te das vuelta, James Ensor, en tu cama. 64


El miedo es un niño, duerme a tu lado, es un ogro pequeñito, no ha mudado los dientes todavía, escapa de un cuento, se esconde en otro, de noche te acompaña. Hasta hoy.

Algo viene de lejos, atraviesa la manta de lana, la seguridad de tu infancia, invade la ventana abierta, aletea encima de tu cama, sientes las plumas inmensas, el pico helado, el temblor del ave marina. En sus ojos no te ves, sólo el ogro pequeñito que anda perdido. Nunca te separarás, James Ensor, de las alas inmensas, del pico helado.

La risa encubre tu miedo, ya crecido. Los habitantes de tus cuadros son pájaros, visten como nosotros, tienen garras. Las plumas nunca faltan en los sombreros, ni siquiera en el tuyo cuando pintas tu retrato: «Ensor con sombrero floreado» Nariz picuda, ojos redondos y grises, suspicacia del ave perseguida. 65


En tus cuadros las máscaras observan a la Muerte, viste un chal de plumas blancas, ¿ y bajo las máscaras ? pájaros y más pájaros pelean por un ahorcado, ya no tiene máscara. Absurdos paraguas, una escoba, mirones enmascarados en las puertas, una boca sonriente y una lágrima en el mismo rostro, una pared verde, un vuelo ligero de pájaros orientales, el piso de madera despintada, plumas, velas, sombrero de copa. La pregunta de la Máscara Wouze, indicada por un gesto de la mano.

La infancia nunca se aleja, se disfraza, se va de carnaval, baila en los esqueletos, en las rondas medievales, trepa al tejado, viste de negro, toca el caramillo. Se ríe, se ríe, la carcajada se emparenta con el sollozo. El principio le da el brazo al final, sin darse cuenta, se alejan y bailan, ríen, bailan, ríen. En su casa de Ostende,

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James Ensor estรก en el desvรกn, pinta y luego toca el armonio para la sirena que vino del mar con escamas de pez, dientes de mono, y cabellos de mujer.

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REMEDIOS VARO

«Sobre el puente se balanceaba el rocío con cabeza de gata» André Breton

Viajarás una noche entre sueños hacia el mundo de Remedios Varo, sentirás frío, un esqueleto de pájaro verterá sobre casas y árboles estrellas de nieve, te acogerán, sin verte, búhos y redomas, ¡No intentes interponer la razón de Descartes! Te dejarás llevar por las aguas del Orinoco en compañía del pez que lleva su frágil carga hacia la llegada a ninguna parte donde duerme un reloj de agua en el hueco de un árbol, entrarás al Valle de la Luna, no lo pisó ningún astronauta, paisaje tropical, entre los helechos pasta una cabra transparente, 68


flotarás por los pasadizos de un cerebro adormecido, ojos sin rostros, gafas con pestañas, libélulas emplumadas, bicicletas de todo tamaño, barcas de material animal, máscaras, mantos amplios, signos interpretados en la distancia por Hieronymus Bosch, mundos esféricos sostenidos en la atmósfera. Tendrás el honor de esperar a la «Mujer saliendo del Psicoanalista», en su mano derecha lleva un pez por la cola, extraña cara humana, ¿de Psicoanalista? de paso, lo tira a un pozo junto con las melancolías. Gatos, siempre más gatos, criaturas juguetonas, te sentarás en ese mundo sin frontera para no asustarlos, viven sin riesgos en un paraíso propio, asomados a torres sin castillo, una veleta hace girar un móvil y se balancean, bailan, ríen, miran más allá de nosotros, hacia el Gato-helecho, verde en su bosque, el Gato-Hombre, el rayado escondido en el hueco de un piso, hacia la Fujita, la gata de tu casa que ronronea, reclama el atún de cada día. Sin prisa te rescatará su pata exigente. 69


RETRATO DE GERTRUDE STEIN Está sentada en el estudio, escribe y está escrita en el lienzo que la observa. Pintar es escribir de otra forma, siempre se busca llegar a la esencia. La carpa del estanque se mira, luego de saltar a la superficie, el reencuentro con su reflejo la convence de ser única e irrepetible. Bloques de escultura, letras de piedra, de metal, de tinta que no podrían ser dispuestos de otra forma sin dar otra lectura.

La sombra en el lienzo viste su piel, su tapado de terciopelo oscuro, la blusa ocre, el prendedor rojo, cada elemento en su lugar, solamente suyo. Su cuerpo tiene una cualidad de montaña, el viento y el sol lo acompañan cuando pasea, reconocen sus manos fuertes, le vienen de familia: los hombres manejaron el azadón, las mujeres 70


amasaron el pan, se han apoyado a un amanecer, camino al sembrado. Un hombre entra a la habitación, se sienta frente al caballete, sus manos son cortas: niños azules, arlequines rosa duermen en ellas, Pablo Picasso mezcla en la paleta la tierra requemada, la greda, la lluvia y el sol, y pinta:

«De tanto mirarla ya no la veo. Cuando vuelva de España, sabré quien es usted, Gertrude Stein» Pintar el rostro de una mujer, escribir acerca de un hombre, evitar la trampa del rostro, encontrar al ser dentro de la apariencia. Ya volvió Pablo Picasso de España, entra al estudio de Gertrude Stein, pinta el rostro que siempre le escapa. No la mira.

Pinta a la mujer que podría ser del norte de Italia, de Judea, una mediterránea, una vidente, una mujer mágica, la Madre eterna. «Algún día, usted se parecerá a su retrato, Gertrude Stein» 71


Trabajo del pintor en manos del tiempo. Todo muerto se parece a su retrato.

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UN POCO DE VIOLÍN EN EL AIRE, UN POCO DE PIANO, UN POCO DE GATO A la memoria de Marc Chagall

Canta y canta el violín de mi padre en el armario, canta y danza melodías orientales entrelazadas el piano de la abuela danza y danza en la pieza del viento sus ojos verdes sobre las teclas tocan y tocan las partituras se deshojan, revuelan las notas revuela la niña, ojos cerrados, rápida ronda, el viento ennoviado la sostiene, le murmura al oído, las rosas se posan sobre el negro y blanco de las teclas, el viento habla con el gato del quinto piso pon una pata la otra, así, asá, vuela gato vuela, gruñe el perro porque no vuela pero danza, danza el piano, la abuela, la niña huye por el techo, se balancea sobre un amarillo, un rojo, 73


colores cercanos al viento, el azul muy poquito, cantan y bailan, la alegría se fuga verde de envidia enamorada del viento todo gris de ojos violeta, se fuga con el viento hasta el río y allí se mira y todos, todos se ponen al revés, el violín y mi padre, el piano y la abuela, el florero y las rosas, la niña flota sobre la cabeza, el gato sobre el lomo, el perro agita las patas, el viento se ríe con la alegría verde de envidia que lo enamora, canta, canta el violín del padre, no importa si está de pie o de cabeza, la caricia no tiene revés ni derecho, el padre inclina la cabeza, apoya el mentón suavemente, el alma del violín le contesta nostálgico y violento, del arco salen galopando caballos rojos y verdes, dulce palabra el azul, color de un vestido de la madre, leve presencia de ojos verdes, pero todos los verdes no son verdes pasan del gris del mar en invierno, del azul de las preocupaciones al verde de las hierbas peinadas por el viento a orillas del mar, y él, el del violín, los ojos suaves, color de almendras, ella, la niña, herencia de grandes árboles 74


perdidos en el bosque, anaranjados y verdes, sombríos cuando enojada, y todos, todos aprendemos a huir, a escapar, olvidar el cuerpo, todos, todos lejos del río, el azul del vestido de la madre , el verde de los ojos de la abuela, el amarillo oro del violín, nos precipitamos por una ventana donde reina el viento, vestido de gris con un poco de azul en capa, tomados de la cintura, al ritmo del piano de la abuela, revoloteamos, danzamos, cantamos, nos reímos, las rosas rojas en el pelo, las notas encrespadas de las partituras, la niña, sí , la niña en vestido a cuadros rojos verdes y cafés, un poco de tierra en la boca, siempre le ha gustado, un poco de violín en el aire, un poco de piano, un poco de gato sin olvidar el perro, las alas de una paloma de fuego, los gorriones cantores en fila, abrazados a los vestidos largos de la madre, de la abuela, de la niña, del gato blanco y negro, y así asá, flotando, riendo, gritando, cantando, gruñendo, maullando por el espacio, 75


el violín asustado en el hombro del padre, y así asá, en larga fila por encima de la iglesia, del colegio de la niña, de la casa de la madre, de la alcaldía, de su parque de rosas ávidas de conocer el mundo, del lago de los patos, de los cisnes negros, de los faisanes ocres, todos juntos tomados de la cintura al ritmo del piano de la abuela, del violín enloquecido del padre, de los gritos de Guiñol y los niños en la función, llamados a la insolencia, a la rebeldía, el rápido galope de los caballos rosados del tío vivo, un eterno canto a la alegría, a la libertad, a la levedad, a la vida posible entre tierra y cielo por una escalera que no es de Jacob sino de un mundo de color donde habitan los sueños.

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ANTONI GAUDI Antoni Gaudí y Cornet habita todavía Barcelona. Su obra no es de piedra, es de vida. Como ella desconoce la dureza del ángulo, se parece a los laberintos del cerebro.

Casa del Capricho, sus escalones quebrados, sus bases lamosas atestiguan una rebeldía, el rechazo a morir de las ruinas, frente al avance de un ejército vegetal. El verde es más esmeralda, los girasoles más oscuros concentran fragmentos de sol en sus centros. Balcones de hierro forjado, bancos de metal negro de espaldas al jardín. La casa es un cuerpo, el hombre que la habita hace de ella su mundo.

En el Palacio Güell, amplias cotas de malla, sólo pasan los recuerdos. Torres hieráticas, egipcios con bonetes cónicos, 77


delicados bordados en azulejos, guardianes de las terrazas, de los cielos. Un juego de luz, techos planetarios, calidez de los artesonados, madera de haya, combinación de metales cobrizos. Casa Calvet, prisionera entre clásicas construcciones, balcones forjados, jardineras con uñas de elefantes. Casa ahora venida a menos, con ropas tendidas en las ventanas, piedras zafadas como un anillo de lujo pierde una joya. Las cortinas de velo hablan de hogares, las matas de cuidados femeninos, un balón, del juego de un niño. Antoni Gaudí y Cornet se asoma, humano y viejo está en la casa, abre la reja maravillosamente tejida, sale, un día antes del accidente. Van Gogh gira en el mosaico de la entrada, gira azul como otro sol.

Antoni Gaudí y Cornet no es un fantasma, es visible en la obra que cambió su vida. Hombre de Dios, le ofreció el Templo de la Sagrada Familia como un druida de nuestra época, edificó el menhir más alto, más trabajado en todo siglo. 78


Bosque que trepa a lo largo de las torres, abriga la Virgen, el Niño, San José y los pastores, la matanza de los Inocentes en el Portal de la Esperanza, ángeles sin alas en el Pórtico del Amor. Nadie puede volar, aún si tiene alas. «Yo soy la luz», son doce mis apóstoles, son doce las torres. Rostros puros, gestos maternos al bañar a un niño que sólo fue Cristo. De la tortuga sale una columna de piedra, un caracol observa. Animales modestos, solitarios, ahí expuestos, las cabezas levantadas frente a la eternidad. Catedral-bosque-encaje, refugio de aves y venados, musgo donde crecen plantas de la Tierra Santa. En alguna parte existe el revés del mundo. La catedral es una prolongación en tierra de otra mayor que nunca termina Antoni Gaudí y Cornet. Todavía la trabaja, ya no necesita el descanso, sólo la fe, los planos, las medidas, el material sin costo alguno, sin burlas, sin desprecio construye en el aire una obra en nombre del Invisible.

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TERCER CAMINO DE RONDA

«Cuando la vida termina de jugar, la muerte pone la casa en orden. La vida se divierte, la muerte sacude, no importa si esconde el polvo bajo el tapete. Hay tantas cosas bellas que olvida» Jacques Prévert. «La bella vida», Fatras, 1966

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MEDITACIÓN BAJO UN PUENTE

«Si hubiera sabido lo que era la vida, no hubiera aprendido a caminar. Ahora es muy tarde…»” Mi padre Saúl.

Hoy, despertaste bajo el puente colgante, levantaste la cabeza, así, por casualidad, viste cómo los pasos enhebran un vacío, luego otro y otro pero nunca logran las puntadas que formarían un diseño de nuestro mundo, aunque pasaran por ahí todos los vecinos, toda tu familia, día tras día, durante varios siglos.

Me han tendido una trampa, la han recubierto con tierra, con hojas y raíces, con rocas y playas y tantos colores que alimentan pájaros, insectos y peces, eso dijiste

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Me han obligado a creer que pisaba un terreno firme, que el camino lleva y trae siempre de regreso a alguna parte cuando caminar no es más que una costumbre.

Viajo por la vida, caballo de noria, caballo feliz con sólo acordarme de aquella montaña, elefante azuloso, echado al horizonte, pero ¿sabes lo que pasa en la llanura que sigue, y más allá de ese otro elefante también echado en el segundo horizonte? y me pellizcaste

Cada paso te acerca, a un vacío mayor, agazapado a un extremo de lo que llamas tiempo, harapiento como un pasado mal recordado, y me hablabas

travieso como un conejo negro, invisible en el crepúsculo.

Y clavas, zapatero, pegas las suelas a tus días, disimulas entre las horas el desgaste de tu memoria, y los pasos, ¿qué hay de los pasos? En sueños corretean por ese puente colgante, hacia ese vacío mayor, y me preguntaste :

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«Has visto los ojos del niño cuando da sus primeros pasos? Los viste, sentiste su angustia, el temblor en los brazos tendidos?» Entonces, lo acompañé bajo el puente colgante:

«Sí, el niño nace, salta al vacío y presiente la existencia de muchos más, antes de regresar a la lentitud, al aprendizaje de un desvanecimiento donde los ojos pierden el color y se convierten en pequeños planetas lechosos» Un engaño más que se confunde con un regreso a la infancia cuando, sin prisa, la saluda y sigue un poco más antes de desplomarse, la mano levantada en un gesto de sorpresa nada de su vida pasada corrió al encuentro de su memoria en ese último instante Y el niño se resiste, llora, advierte, advierte sin palabras del peligro de encaminarse para siempre hacia esa muerte cautelosa la tuya, la nuestra que enhebra un vacío tras otro bajo ese puente ya invisible de la costumbre.

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LAS PALABRAS

Entonces caminó: el nombre de las cosas nació del eco que le llegaba de ellas, sugerían sus propios nombres, las pronunciaba en los sueños que tenía de ellas. Los colores, la extensión, la forma, la musicalidad, las diferencias, las texturas, el aroma, la complejidad, el movimiento, la belleza, la armonía fueron captados por él, en la visión que tenía de ellas. Los ojos, sustancias líquidas de una engañosa transparencia, absorbían las cosas en lagos sin límites y devolvían sus reflejos. El eco, la visión, los reflejos entregaron un nombre de las cosas y ellas todavía sonríen. El nombre es apariencia, es la hiedra que las esconde. El primer caminante venía por una planicie, las rocas tenían lomos blancos, puso el oído contra una de ellas y le pareció oír los dientes de un animal friolento, refugiado adentro. Fue hacia el mar, el granito oscuro se quejaba del 84


violento asalto, de la erosión y su voz se confundía con el viento en la ola. Sin embargo, ambas eran rocas, así las nombró porque eran ásperas y resistentes. El hombre iba sin prisa por el acantilado. En el abismo, las rocas se cubrían de espuma, la luz viajaba de una a otra y mostraban seriedad, claridad, palidez, tenían rasgos humanos, cansancios repentinos bajo la lama, la amplitud e imponencia de un grupo de seres acostumbrados a desafiar la tormenta. Luego el sol se hundió, allá lejos, se llevó consigo parte del cielo, se bañó en el mar, quemó las aguas cercanas mientras el azul flotaba alrededor, ausente. Los pájaros se clavaban, emergían con los peces en agonía y el viento se lanzaba hacia ellos pero nunca atrapaban la presa Sin embargo no eran más que un sol, un mar, pájaros y peces. Así los nombró porque alguien se lo dijo en sueños. Tal vez fue él mismo. En otros continentes los nombres bailaron se dieron la mano y cada uno vivió: solis sobre la antigua Roma, sol en Granada, soleil sobre la dulzura de Francia, sun en tantos países de lengua inglesa, sonne, zon, sole en la cantarina italiana , (sams) en dunas árabes, ήλιος (helio en el Parthenón ) (shemesh) en los desiertos sembrados de naranjas de Israel, солнце (solntse) en los bosques de abedules de Rusia. 85


La palabra vestía cada cosa de igual manera, la aprisionaba. El orden era necesario, la uniformidad también. Eso presentía el primer caminante. Pero cuando se sentaba bajo los árboles y veía cómo caminaba el sol de un extremo a otro, tenía dudas. Dudas de pintor. A la misma hora, en ese tiempo nuevo, otro caminante pensaba y escuchaba, atento, las sugerencias de las cosas. Aquel hombre pisaba la arena, en otro continente, era también arena pero frágil, inestable, siempre en fuga. Era caliente bajo los pies, parecía fácil andar por ella pero entorpecía los pasos. Era como la noche que se aferra al día, le atrapa los tobillos y lo sepulta en la arena invisible de la oscuridad, el tiempo de un sueño. Aquel hombre conoció el desierto, las criaturas que le dan movimiento cuando asoman un instante antes de retornar a la frescura secreta. Luego conoció las arenas de las playas. Ambas se juntaron en una extensión sin fin mientras dormía y el mar se fue hacia las palmeras del oasis, hizo la primera magia de la cual se tiene memoria y bebió el desierto en un solo sueño. Sin embargo, ambas eran arenas y así las nombró porque le recordaban las danzas del viento sobre una piedra. Las palabras estuvieron de acuerdo, escondie86


ron muy adentro los múltiples rostros y sonrisas que poseen. Salieron en fila, tomaron el camino acostumbrado, todos los días, son las pequeñas cosas que nunca se miran: el plato en la mesa, el gato en la ventana, un pueblo de Grecia. Pero también son la mesa del abuelo, el dibujo en cruz, las vetas pulidas como venas abiertas del árbol que ya no está; el plato a la espera del hombre mayor que toma su cena, el recuerdo lento entre los bocados, la mano en el borde, agitada, la vida contenida en los dedos como si huyera del resto del cuerpo, del frío cercano. Entonces las palabras se alegraron, eran ricas en sonidos, daban sentido a la vida, brincaron en el mundo, crecían, y mucho tiempo después, sin saberlo aún, viajarían por los continentes. El gato tiene la mirada del primer caminante, devuelve los reflejos del sol en el parque, aprisiona el verde de las hojas, el amarillo dormita en la isla negra de sus ojos. Las palabras tienen la sencillez de un día fresco bajo el emparrado, el sabor del vino caliente al atardecer, el peso de la lana tibia de un perro sobre los pies de un vecino. Pero también tienen una semejanza con el fuego sagrado robado a los dioses. Ha muerto el primer caminante, morirán todos 87


los caminantes, nosotros, pero las palabras de todos los idiomas sobrevivirán para siempre, siempre más ricas, más complejas a través de los tiempos. Las palabras juegan desde siempre, con vida propia y otra que siempre falta por descubrir. Sus signos son infinitos como sus jugadas. Son peligrosas y más de uno ha perdido la vida por ellas.

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EL POLVO DEL CAMINO Si le preguntaran al polvo del camino, contaría de los pies descalzos que se detuvieron, de las mujeres en un alto, su canto al hijo, sin que nada ni nadie los esté esperando, de la lluvia y sus notas extrañas descifradas por el músico dormido en una cobija de arena. Contaría de su cascada entre dedos infantiles, una nostalgia de reloj antiguo, del paso de la carreta cansada, detrás de los cascos del caballo viejo. Callaría las noches heridas, el sabor metálico de cuerpos caídos, la mujer en espera de un hijo, sin puerta a dónde tocar, las muertes gatunas encandiladas, 89


el suspiro de un perro viejo, la pata estirada en último saludo.

Callaría La pregunta del loco inmóvil, indeciso, desde la orilla, por la profundidad de las aguas del río.

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RUEGO AL TIEMPO El Tiempo ya es viejo pero no ha muerto, vive retirado en la mitad de un arco, ruina de una antigua abadía, su castillo. Tiempo eterno, pensionado de todas las guerras, de aquella revolución que destruía iglesias como si herir un cuerpo acabara con el alma. Pasan los vuelos de los grandes pájaros, emigran hacia las tierras del sur. Una mirla de pico rojo envidia a los viajeros. Amanecer en el parque de la abadía, retorno a las nieblas primeras, dormidas sin tocar el suelo. Castaños, gigantes en vela, oscuros, húmedos, prehistóricos, la cabeza perdida en el otro mundo. Amanecer, silencio guardado, por él camina el Tiempo. 91


La vida no se percibe. Es.

Sabiduría de ese mundo, ignora la prisa. Tierra pensativa como si recordara las extensas nieves que la han cubierto, color violeta esparcido por el mundo, una tibieza de plumas, corolas de futuras aves y ojos lunares, la primera hierba, alguna flor retraída, el pájaro nacido del canto.

Lago ensoñado, abrazado a sus peces. Los siglos han dejado caer en el agua palabras en desuso, veleros hundidos bajo las diminutas orejas verdes de la superficie. Tiempo que pasa de largo mientras el hombre inventa el reloj de sol, de arena, de cuarzo para retenerlo, aplazar su fuga, darle un peso del cual se burla. Tiempo inexistente en el parque de la abadía. Te sientas en una banca de madera, te recoges en un extremo, una ardilla baja por un tronco, 92


serpiente peluda, alegre, pelirroja. La cola, pluma ancha, vibra: es una antena. Más claros el pecho, los flancos, orejas y bigotes alertas, nerviosos. Eres un pobre tronco deforme.

La ardilla recoge la castaña, la brilla y con esa perspicacia que le regala el instinto, no le teme a la mujer , pasa cerca, se detiene, mordisquea el fruto, coge impulso, se eleva, y desaparece. Eres también ardilla en ese momento. El lago despierta, las bocas de los peces son barcas rojas, las persigue el viento. Tiempo abolido, salta el pez, se fuga la mirla. ¿Y el vacío? lentamente lo invade la música.

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EL SOL SE DURMIĂ“ en mi cama, ayer, desnudo, entre un reflejo de hojas, tigrillo inerme bajo la pata del gato.

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EL INTENTO

Salía de madrugada cuando el aire fresco todavía anda por el bosque. Así creía estar libre de los recuerdos que el olfato trae: una casa donde la claridad viene y desayuna el aroma del café y el pan caliente. Buscaba el tren, el olvido en su ritmo enloquecido, lejos de la ciudad, lejos de los puentes, de una iglesia, de su pequeño parque. Pero nadie se va sin una despedida y de la niebla iban saliendo los ausentes, los muertos, el último amigo.

Pasaba de un país a otro, no entendía tantos idiomas y en voz baja recordaba el propio para no extraviarse, no con sus palabras, con palabras de otros que lo obligaban a esconderse. 95


La hoguera reunía sombras, tendían sus manos hacia el fuego, podía reconocerlas. No eran violentas, solamente tristes como si tocaran una melodía y se les fuera en el olvido. El bullicio de los puertos, las carcajadas en las tabernas, las piezas sin cortinas, dos ramas de olivo en un largo vaso, un cielo gris como el chal de una anciana, las mesas, el ouzo, la severidad de los rostros. Existía una esperanza.

Pero al subir la colina no estaba solo, podía escuchar a lo lejos un taconeo, la sandalia y su llamado, los pasos, todos ellos, a corta distancia. El mar anclado a las costas, eso era.

Envió al niño que había sido, colina abajo, resbaló, gritó. Los engañaría.

La barca, el remo, ni una vela para atrapar recuerdos, toda la protección de los dioses propensos al olvido. 96


Estaba a salvo.

El mar, ahora libre, acompañaba la barca, las aves marinas despejaban el horizonte. Por fin solo.

Pero el anochecer los trajo a todos: uno por uno subieron a bordo, se rieron, tomaron el ouzo, compartieron el pan, las aceitunas, dividieron el queso y sobre todo comentaron la imposibilidad de huir de sí mismo. El agua se iba durmiendo, los sueños golpeaban levemente la barca, Escuchó aquella risa, la creía enterrada hace años. Entendió: no había escapatoria.

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SUEÑO Y SOLEDAD La soledad puede ser una hoja desprendida, sufre lejos del árbol. En el sueño, la soledad no recuerda el árbol, la rama. Es la calle sin fin ni principio, en otro país, el pequeño túnel donde la infancia se ha perdido. Es la casa de mi madre, la puerta cerrada, ella, sentada en el sillón de terciopelo verde, sola, lejos de mí, las manos temblorosas sobre la última carta. Es el bosque y un puente de madera, aislados, estás escondido ahí, padre, como si la muerte fuera el pretexto. Es aquel barrio, fortaleza en el sueño y la seña que no recuerdo. Ningún camino por desiertos empedrados, sobre una lluvia tibia, una sangre. En alguna parte, el goteo del agua, repetitivo como una advertencia. 98


Caminar, caminar; el río es tan viejo, fluye hacia el pasado, la primera barca y la cruz de oro. Las casas bailan a lo largo del río, han puesto sus máscaras, que se vienen abajo cuando el viento hace un gesto. No las reconozco.

Caminar, caminar; los pasos no hacen ruido, una sombra se inclina, los toma en sus manos, aprecia la textura, y suavemente los desliza en un canasto. Se venden los pasos y de ellos nacen los pies, un cuerpo. La ciudad se llenará de niños, no son pasos de adultos. Ellos vendrán luego. Las estatuas del parque conocen la soledad y el sueño, señalan un lugar que no pueden ver, están encantadas, quedarían libres si fuéramos hasta el vacío donde vagan los cuerpos que sirvieron de modelo.

La soledad es una extraña cárcel, fabrica su propia alambrada. Hiere por dentro y cuando el sufrimiento es 99


mayor, el sueño se retira, es un mar de ojos grises en tierras de Bretaña. Las voces, los gritos, las canciones ocupan de nuevo los cuerpos, la mañana despierta, una luz en los dedos, pinta de azul los techos, de verde las estatuas de bronce, enloquece la rosa de los vientos.

La soledad no se va, se hace más fuerte. Puede ser la hoja desprendida pero también el árbol. Toma tiempo acostumbrarse a ella, tal vez anticipa la muerte y duelen menos el frío y el encierro. Pero cuando se acepta su discreta presencia, el silencio que la acompaña y permite el descenso en uno mismo, la búsqueda en esos cuartos oscuros donde andan libres los sueños, los monstruos familiares las manos sobre los rostros como enormes flores, empezamos a amarla, a cuidar de ella, a extrañarla cuando se aleja. La soledad entonces no se parece a la muerte, es más bien la brasa ritual de la vida, perdida hace siglos, 100


invisible ahora, que los iniciados a la ceremonia secreta del re-encuentro del hombre consigo mismo mantienen viva.

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UNO DE NOSOTROS Alguien está sentado, el libro sobre la mesa de madera, los dedos en la página opuesta leen por su cuenta, sin embargo no se trata de un ciego. Alguien lee, es inalcanzable, es una fortaleza. No hay paso.

Los muros llevan un invierno sobre sus piedras, ninguna lagartija tiene mandados que hacer entre la hiedra. El río está resbaloso, la nieve se ha convertido en hielo. Alguien lee como si anduviera perdido, como si estuviera muerto. Pero siquiera lee.

Otros andan sueltos, intocables en los buses, en sus casas, por las calles, por los parques, 102


se sientan en un banco y no hay paso por sus ojos. El árbol no significa nada, no existe la vida que los pájaros guardan en sus alas, el canto de los grillos a la hierba, la luz que indica una casa y otra los deja indiferentes. Ellos están guardados por dentro, sólidos.

Podrían sentir el calor de la piedra al sol, el casi estremecimiento cuando una mano la toca, cierta timidez en esa vida ignorada, pero ¿quién cree en la vida de las piedras? Tantas fortalezas en el mundo, tanta soledad, tanto miedo. Pero siempre se toma el riesgo, no importan las heridas, todo combate ha de librarse. Las páginas van pasando.

Por la ventana abierta se inclina el ciruelo, los pájaros conversan, algunos han cruzado el mar. El hombre vuelve hacia sí mismo por el camino del libro, le toma tiempo, estaba lejos. Asciende lentamente, emerge de un pozo, descubre nuevamente el mundo. Sonríe, se apresura hacia la forma en silencio, 103


roza un hombro y ese contacto, leve murmullo, le devuelve su condici贸n de ser humano.

104


LAS PUERTAS El niño toca la puerta, es un llamado confiado y fuerte, es una voz que la mano interpreta, un instrumento salvaje, alegre, inocente. Alguien abrirá, alguien que ama. Pero no hay nadie.

Nunca se había fijado en la puerta, no existía. Ahora descubre una moldura, con el dedo recorre el dibujo, una y otra vez. Es un cuadrado, no tiene más salida que el círculo, que la vida.

Le recuerda el tío - vivo en el bosque, el caballo blanco, metálico que también da vueltas una y otra vez. Más allá están los árboles, 105


la ardilla pintada de otoño trepa siempre del lado oscuro de un tronco. Revive la glicina sobre el muro, es una serpiente pero nadie lo cree sólo ven las flores y no el cuerpo verde.

Todavía sentado en el caballo blanco, metálico, el niño puede bajar por el recuerdo hasta los bancos de madera: las personas, todas viejas, tienen forma de sillas, ocupan pequeños espacios, definidos. De sus ojos quietos han escapado, hace tiempo, los patos que van por el lago. Buscan algo oscuro dentro de sus cuerpos, se zambullen una y otra vez, algunas nunca vuelven a la superficie. Al día siguiente están todavía, vestidos igual, las manos azules sobre los abrigos. Los dedos caerán en invierno, secarán bajo la nieve. Alguien muy pobre se llevará los abrigos, el sombrero, los vestidos. En primavera, otras personas se sentarán: los peces saltarán un instante en sus ojos, el cisne negro dará un paseo, temblará el árbol que llora siempre. Ellas también se aquietarán y desaparecerán. Cuando uno cierra los ojos vienen las imágenes, 106


se transforma el mundo afuera, puede ser una compañía.

Pero también se precipita el vértigo, el lago es un tío-vivo, los bancos giran, los caballos están atados al suelo. Las personas allí sentadas son niños que encontraron, algún día, una puerta cerrada. Ya no confían en un lugar seguro, están afuera, solos. El niño toca la puerta, un llamado diminuto a alguien: anda lejos, lo ha olvidado. El tiempo no tenía peso, no existía hasta el momento. Ahora le presiona el pecho, viene con las horas, el silencio, la noche, el miedo.

El niño aprendió con el tío-vivo que más allá de una cosa existen otras en vela.

Detrás de la puerta, en un pasillo, dormita una vitrina, un misterio cerrado con llave, guarda en su transparencia una cruz de hierro, una medalla al mérito, 107


quietas sobre un terciopelo rojo. Los cuerpos están lejos, en alguna playa de Normandía, bajo un manzano pero ya no son nada, ni siquiera existe un recuerdo en un niño. La vitrina es la segunda puerta infranqueable. Más allá están los ancestros, los desconocidos. El niño apoya su frente, siente frío, extrañeza que le produce el rechazo. Es la primera vez.

Tantas puertas a lo largo de una vida. Se abren por un tiempo, luego desaparecen en un olvido forzoso. Dan a lugares vacíos, aunque estén habitados, a lugares mágicos, pueden ser lápidas, de pie, férreas voluntades que se interponen. Una soledad toca, otra escucha, se queda quieta, se esconde. El miedo frente a las puertas, detrás de ellas, frente a esos cuerpos que son puertas más temibles, frente a nosotros mismos que somos un sin fin de puertas desconcertantes. 108


El ni単o no muere en el hombre, anda extraviado y lleva por dentro una esperanza delgada, hambrienta. Se atreve, otra vez, el llamado ahora desconfiado. Un silencio lo acoge, pero luego escucha unos pasos decididos. Entonces, por un tiempo, la puerta desaparece.

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HACE AÑOS En aquel extremo del parque crecieron cinco gigantes verdes, movían las manos y la cabeza pero escondían siempre sus rostros. Muy de mañana tocaban una campana, una sola, la llevarían colgada del cuello, debía tener su mismo color verde y oscuro. Pero el sonido llegaba hasta la puerta del asilo, en ese mismo parque, como si una mano hubiera tocado, fuerte y claro, de parte de los cinco gigantes verdes. No demoraban los ancianos, salían, formaban una fila, se aventuraban por la gravilla, la vista fija sobre una línea tan gruesa como una cuerda: ¿quién no ha sido volatinero de este circo? pero en algún momento a todos se les extravía el balancín, 110


pierden el equilibrio.

Cuando uno envejece ya no distingue la cuerda del abismo.

Los ancianos iban directamente hacia los troncos, desaparecían adentro por un tiempo más o menos largo, ¿haciendo qué? No salían ni más jóvenes ni más viejos pero tal vez en menor número. ¿Se transformarían en gatos, saltarían el muro? Y llegaban las tardes, un olor a glicina, esa flor con cuerpo de reptil y ojos violeta. Un olor a glicina, olvidado en el armario pequeño que se lleva siempre hasta que termine el viaje.

Las enfermeras, después del almuerzo, empujaban las camas rodantes hacia el sol pero no había nadie bajo las sábanas y sobre las almohadas solamente las cabezas de unos pájaros grises. Las garras andaban sueltas, nerviosas, por los bordes de hierro. 111


En el castaño cantaba un gorrión. Todavía canta en la sombra que sobrevive al árbol.

Detrás de las cortinas del primer piso vivían los gritos que nunca duermen, se daban contra las ventanas que nunca abren. Son pájaros encarcelados, intentan volar, ignoran que si lo hacen mueren. De noche pasaba la Lámpara, apagaba los gritos uno por uno pero cuando estaba lejos se hacían más fuertes, sabían que afuera ya no había parque, alrededor no había paredes, adentro no había nadie más que ellos, los gritos, atados a ese dolor que vive en un tiempo cercano a la eternidad donde no existe el descanso. El parque está vacío, se han ido los ancianos, los cinco gigantes verdes, ni siquiera está el asilo pero el muro que los cuidaba, el portón de hierro bastan para que, una vez cerrados los ojos, todos regresen y la campana toque de nuevo.

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ANDAS PERDIDA

A mi abuela Marguerite

El reloj da las tres de la tarde, llevas un traje blanco, en tu pelo se han quebrado las pequeñas olas que venían hacia ti cuando estabas sentada en la playa, en Bretaña. En tus ojos va y viene el color de un mar entre azul y gris porque el mar tiene la inseguridad de una mirada cuando las nubes lo ponen a pensar en tantas muertes, en tantos gritos, en tantos recuerdos náufragos Pero ya son las tres de la tarde, el reloj lo ha cantado para confirmar que hoy el tiempo existe y no estarás sola, 113


que alguien vendrá a tocar tu puerta como cualquier jueves de cualquier semana.

Te sientas, es lento el recuerdo, anda con una niña por un bosque, está lejos el bosque, lo separan los años, un río, los árboles apretados, ligeramente vacilantes, unas campánulas, el diente de león, el nomeolvides, la siempreviva, los hongos venenosos de sombrero anaranjado, el pájaro carpintero, los cuervos y el gorrión, una alondra y la golondrina que nunca hace la primavera, ¿qué hace entonces? La niña no viene y vas a buscarla pero no encuentras el camino del bosque, un piano toca el “Ave María” de Schubert: eres tú en aquella pieza, eres tú con ella, ambas sentadas, ambas de viaje, más allá del bosque, en un espacio sin nadie donde también la muerte escucha la música en su noche.

El reloj gasta su tiempo en dar las horas, ¿a quién?, ¿para qué? y el jueves se hunde en el mar el primero y los otros como diminutos veleros que zarpan y jamás llegan a puerto. 114


La abuela se ha ido, el reloj ha empezado a tocar las tres de la tarde en otro continente. El tiempo es terco, vuelve cualquier día, a cualquier hora: aquí estás con un traje blanco, en tu pelo se han quedado las pequeñas olas que venían hacia ti cuando estabas sentada en la playa, en Bretaña pero no puedo abrazarte, ni decirte que te quiero. Andas perdida en algún jueves y no sé cómo alcanzarte.

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BORIS Ha muerto pero lo veo en el recuerdo de mi madre: sube la calle, vestido de negro, obeso. No reconoce a nadie porque los rostros, alguna vez familiares, se han perdido entre los años como piedras que el mar se lleva. Mi madre lo ha visto, sin embargo no apresura el paso, no lo alcanza, ni le toca el hombro. El tío Boris camina por esa calle de invierno, está solo y tiene el paso cansado. Nadie lo espera en el pequeño apartamento pero voy a menudo aunque viva lejos de ese país. Me siento al piano y toco la música de César Frank, la que te gustaba. Una y otra vez hasta que me duela. 116


Luego paso al consultorio, juego con el espejo diminuto, la pinza ganchuda, el asiento. El sabor de cierta crema dental ha surgido a lo largo de mi vida y vuelvo entonces a ese lugar pero tú ya no estás. Entro a un vacío que tiene tu forma, nunca lo encuentro frío. Sé que me has perdonado los años de ausencia pero no puedo hacer lo mismo. El olvido es una extraña transparencia, frágil, engañosa. A distancia los recuerdos forman pequeñas aldeas, cualquier día entramos a ellas. Alguien se levanta del pasado, nos acompaña, solícito y grave. No reprocha ni habla. Sólo está. Se van sumando, larga fila sonriente: mi padre, el tío Boris, la abuela y algún día mi madre. La vida puede ser una casa de varios pisos y corredores donde alternan los asuntos cotidianos, los imprevistos que pueden ser el ligero aleteo de un colibrí, el vuelo amplio y sosegado de un gallinazo sobre el valle, 117


una cometa detrás del viento, la voz de un amigo. Pero siempre llega el anochecer, perduran algunos cantos. En la oscuridad, la casa se transforma, nace un sótano, Van apareciendo ellos, tímidos, ansiosos de ser recordados, de traernos algún sosiego. No bastan sus gestos conciliadores, cierta premura para que olvidemos la imposibilidad de borrar cualquier acto de una vida. Anoche, viniste solo, tío Boris, como siempre abracé tu ropa vacía, busqué tu mano pero me escapaste. Te vi, calle abajo, alejarte con una niña nunca pudo decirte cuánto te quería. En eso consiste su condena.

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EL REGRESO Han pasado los años, vuelves a la ciudad, la sientes como una ropa demasiado ancha, en vano tratas de ceñirla a tu cuerpo, a tus memorias. Andas perdida por las calles, blanquearon la fachada de aquella casa donde viviste algunos meses.

Recuerdos parecidos a unos huesos dispersos. Aquí, había un parque, otros árboles viven ahora en él pero la verja de metal negro saluda con las palabras de antaño. Cruzas la calle, entras a la universidad, por dentro no ha cambiado. Listas de admitidos en todas las paredes, juego de adivinanzas y apuesta. Te arrolla la misma ola, te devasta por dentro. Caminas por los claustros, no han cambiado. La enredadera junto a la columna gris, pequeñas aulas en los últimos pisos, 119


cortejos de la paloma y del palomo, patios empedrados, callejuelas alrededor, pasos de François Villon, el recordado, pasos de todos nosotros, los anónimos.

Vas hacia el parque del Luxemburgo, los castaños te saludan, las eras de pensamientos han resistido a todos tus inviernos. Una flor tan frágil, entonces ¿por qué no podrías resistir, tú también? Pero los recuerdos, ¿ellas acaso tienen recuerdos? El viento sobre el estanque, los niños y los veleros, la anciana pide su plata por la silla que ocupas. El viento sobre las estatuas, mano sobre cuerpos insensibles. Todo insensible.

Sales, te extravías para no sentir que el tiempo anda lejos, tren que se ha perdido. Quisieras abrazar a esa gente desconocida como si fuera pariente. Bajas las escaleras del metro: el mismo olor fétido, el cemento con esas chispas de plata, un violín en el corredor, instrumento vagabundo. Los mismos pobres, ahora jóvenes, el mismo letrero: 120


«Tengo hambre, tengo veinte años», como si lo segundo explicara lo primero. La catedral de Nuestra Señora, dibujada con tiza, implora la caridad, tendida en el piso. El calor del vagón en movimiento, los viajeros sentados, palmas abiertas, oración previa a la muerte. Un canto extraño se desplaza entre los asientos, estridente, hermoso, salvaje, con palabras del idioma árabe. Es una mujer, vestida a la usanza de su pueblo, la cabeza cubierta, un tejido de lana en los hombros, las manos rojas de tanto lavar. Pasa, ausente, fantasma de sí misma, no pide nada y sale cuando la puerta se abre. Locura, miseria, calles flotantes bajo el metro, se muere un niño junto a su madre, gruñe un perro, cae la nieve. Oscurecen las calles. Ha pasado el día. Somos los sobrevivientes Pero ¿los muertos no son envidiables?

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EL AFECTO

A mi padre Saúl

La infancia se ha quedado en las fotos, vive entre los árboles de un bosque, da la mano a mi padre. Los árboles de la infancia no tienen hojas, son tristes, han perdido sus memorias. ¿Quiénes éramos, tú y yo?

Una niña de siete años y un señor a quien conocí demasiado tarde. Detrás de la sonrisa, la inocencia, la timidez. ¿Y los ojos, a quién estaban mirando? A un desconocido que cruza el sendero, acepta el encargo de una foto y por un instante, se asoma a la vida de dos personas como se mira por la ventana de una casa deshabitada. 122


Los árboles cierran sus filas a nuestras espaldas, quieren ocultar algo del pasado, algo que he olvidado.

Más allá estás en otros paseos con mi madre, una quebrada, los renacuajos, una luz verde atrapada en las hojas, sus palabras como pequeños hongos de colores, la risa de ella que buscabas y guardabas junto a los días de la semana. En la foto sonreímos, tiesos, la confianza de mi mano en la tuya. Ese gesto despierta mi ternura, vuelve al galope como el potro que monté más tarde, infancia arriba. Tus dedos encierran los míos, ligera presión a través del guante de lana. Hablabas poco, tus palabras se habían perdido en la playa de aquella isla donde estuviste preso durante la guerra. No supe reconocerlas en las pequeñas caracolas, las recogías para mí, a orillas del mar. No supe leer tus cartas en la arena. Todas eran de amor.

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AUSENCIA

A mi esposo

Entras al sueño, tu mano en mi hombro, como un ciego que vadea un río. La noche tiembla en la punta de tus dedos, toma posesión de tu cuerpo. Te alejas de mí, ¿a dónde vas? Tus piernas se disparan en el vacío, te balanceas en el sueño. Gimes, caes en el acantilado. Sobre tu rostro una máscara, la pondrás para dejarme, te convierte en verdugo. Regresas como si jamás hubieras soltado mi hombro, como si no levantaras el ancla cuando te vas de sueño. Tus ojos son los últimos en volver, 124


como siempre se burlan. Atrapan los míos, aseguran su poder y me dices : «¿Quién eres?»

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LA ESPERA

A mi esposo

Estás en la habitación de la clínica, pones la máscara que tendrás una vez muerto, así te recordaré. Tantos años, tantos rostros, lo indescifrable de la raza indígena, lo que me enamoró. Han cerrado la puerta, te someten a curaciones, me excluyen, sonidos metálicos, silencio, mi angustia invade el pasillo. El balcón me invita, a buscar refugio bajo el mango, por un instante me ofrece el consuelo del lenguaje de una ardilla. Me llega el mugido 126


de la vaca con voz de burro, la respuesta del perro gangoso. Es el reino tranquilo, las aves en sus vuelos transmiten mensajes, apenas se rozan pechirrojos y pericos de Australia ahora residentes colombianos. El tiempo cabe en un grano entre el pasto. El aire fresco, las flores de platanillo, el colibrí tembloroso, la enredadera malva, las tejas abandonadas bajo el guayabo, el descuido, un gato asombrado descubre las manchas de su cuerpo, Quisiera, cuando mejores caminar contigo hacia una casa de muros blanqueados, las mecedoras de un corredor bajo la lluvia de geranios y begonias, en medio de un jardín como éste. Entre libros y perros, recobrarías tu rostro sonriente cuyos secretos alimentan el amor que te tengo.

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«AUNQUE SE PIERDAN LOS AMANTES… ...no se perderá el amor, y no tendrá dominio la muerte». Dylan Thomas

Te fuiste tan repentinamente como te encontré, un día en Grecia, mientras cantaban las ranas del estanque, «para siempre», decían. Olvidaron: «Hasta que la muerte los separe». Una rana bien puede equivocarse.

Tomo de nuevo el camino de los paseos, tu mano en la mía, ligera presión al ritmo del cansancio de tu corazón, forma silenciosa de decirme: «Te quiero». Voy con los perros, un pechirrojo en el alambre, en la punta de una penca, 128


a la vuelta de un parque, a la vuelta, siempre a la vuelta, inasible, ligero…

Silba dulcemente, un pechirrojo, sólo silbo, inasible, ligero, en eterna ronda. Y la falta que me haces…

Detrás del muro de la muerte, entre pequeñas piedras quedaron las palabras no dichas, y otras…

Infranqueable campo, recuerdos esparcidos, rescatados, dolidos, heridos, no hay paso, no hay paso, estás al otro lado, inasible, ligero, en una guerra que se ha perdido. Te fuiste tan repentinamente como te encontré, un día en Grecia, mientras cantaban las ranas del estanque, «para siempre» decían. No se equivocaban.

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BÚSQUEDA A mi madre Mireille

Ayer te vi en mi sueño, venías del bosque, tenías frío. Levantaste el cuello de tu abrigo con ese gesto lento que te conozco. Estás sola en el sueño, ni un sonido, todo está quieto. En medio de la inmovilidad, caminas apresurada, vienes hacia mí, pasas a mi lado, no te detienes. Sólo alcanzo a tocar tu brazo. Entonces te devuelves y me voy a la deriva por tus ojos claros, así fue siempre, busco tu sonrisa, ese camino por el cual vagaba, te hacía señas cuando era una niña. ¿Te acuerdas del lago?

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Me llevabas a jugar y yo perseguĂ­a en tus ojos el pato de la isla, el velero y sobre todo tu amor que andaba lejos. Ahora te busco de nuevo, subo a una lancha blanca, va por tu mirada. Gritas, te levantas, entras al agua, nadas hacia tu hija. Ayer, por primera vez, no me despierto y despuĂŠs de buscarte en vano, durante tanto tiempo, por fin nos encontramos, y te abrazo en ese sueĂąo.

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EL PERRO DE LA CASA Anoche se murió el perro de la casa, sin aviso previo, como jugando a ser un ternero que ya no cabía bajo la mesa, las patas tiesas, el ojo asustado al sentir que se alejaba, sin moverse, por una distancia helada. Sé de otro perro que buscó un escondite, cerca de una quebrada para morir solo. Hablé con el amigo que lo trajo de regreso: «No me dice nunca sentí su presencia después de muerto». Pero no te fuiste. Te crecieron un poco las uñas, las escucho cuando subes por la escalera, entras el amanecer muy de mañana a la casa, luego reconozco el ligero golpe que das a la cama cuando te recuestas. Has perdido peso y no tienes tanto pelo. Duermes, el sol echado entre los dientes. Siempre quedaste dormido de un momento a otro 132


como si no fuera distinta la vida del sueño. Entonces te despierto con sólo extender la mano. Ya estás frente a la puerta, miras el cerrojo. Me llevo la correa que todavía conserva tu olor. No estoy triste, no te has ido, te veo: vas de paseo por mi muerte, te adelantas como siempre, y me esperas sentado a la mitad del camino.

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LA TUMBA DE UN CABALLO Una quebrada, un caballo viejo, la cabeza gacha, impreso en su piel, el sangriento mapa de los esclavos, las manos atadas impiden siempre rascarse hasta la sangre, perseguir los gusanos en fiesta bajo la carne, enloquecer de dolor, gritarlo a los cuatro vientos, alzarse en una última súplica ante la muerte. Te abandonaron en la noria de la ciudad.

Te veo y no puedo hacer nada para ayudarte. Sólo contarte de una finca en el recuerdo, una sal en la sombra del mango añoso, la mañana de la infancia de un caballo como tú, de su yegua preferida, su belfo en recorrido amoroso sobre su cuello, las caricias, el olor de su piel, 134


la fiebre del encuentro, la llegada a un cielo cuyo nombre ignoras.

Te ilumina el sol mientras flaqueas, doblas las patas, te desplomas, a tus ojos se asoma una yegua blanca, reconoces el amor ancho como la muerte. En tu piel se imprime un reflejo de hojas, voy cavando una tumba secreta para tu cuerpo, en un rinc贸n fresco de mi memoria.

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A SOLAS CON UN GALLINAZO Enfermo, abandonado, te extraviaste un día de basura, solitario, desmemoriado, torpe.

Vete, vete lejos, busca a los tuyos, están dando vueltas, te llaman. En sus ojos la muerte, la tuya, que nadie predice ni el hombre ni el ave. Pero ¡vete, vete! Estarás en peligro si te ve el hombre esconderá el miedo en la piedra del camino

Bueno, nadie a la vista, entonces, cuéntame, gallinazo de cuello gris, 136


no temas, voy tan solitaria como tú por esta calle.

Cuéntame de los tejados rojos, de las palomas del parque, de las señas en tu mapa secreto dibujado día tras día por el perro muerto, el hombre apuñalado, los niños arropados en el hambre. Cuéntame tu historia, el río en el campo, un árbol familiar, inolvidable, la cueva profunda, el nacimiento de las crías blancas los cuerpos de los tuyos, hojas oscuras colgadas de la noche. Cuéntame del aire tibio que baila contigo en lento descenso hacia un reflejo del sol tendido sobre la presa, hermandad de alas atenta al misterio de la muerte.

Acuérdate de la ciudad antigua, la plaza de mercado, el incendio, la Mona de las verduras, el laberinto de los puestos, el aroma de las hierbas, la voz de alerta de los cargueros. ¿Reconoces a la anciana, ave gris arrodillada, la mano ávida tras los granos de arroz, 137


el lento retroceso del camión sobre el grito ahogado?

Acuérdate del olor a podrido, a basura recalentada, del muchacho del costal, los ojos dormidos, viejo a los siete años, en busca del mercado que nunca probará. Acuérdate del hospital, de la fila de tus hermanos a la espera sobre el techo de la maternidad, presagio de un deceso, escalofrío de los visitantes, en la mañana soleada que mece el columpio de un niño. Te contaré, mientras estamos solos, de la mano pequeña que hurga la mía, se lleva año tras año el billete escondido en mi recuerdo, el hambre fue el ladrón, la mano no tuvo la culpa. No te vayas todavía, tenemos tiempo.

Escúchame, resucita la música de los bares del viejo Guayaquil persigue la memoria de los hombres viejos, sentados en los recodos de los años. 138


¡Espera! Te pregunto: Cuéntame de la ciudad exiliada, trepa por el cerco de las montañas atrae tus rondas de miseria sobre los ranchos, alegres juegan los niños, corren por los ríos de sus calles. Asomados a los cerros, contemplan el valle, las torres en murallas, la indiferencia, lo infranqueable, el rechazo. Los niños abandonados en la pieza fría lloran la tardanza de sus madres. Pero ves, a todo castillo se llega por un puente, sólo se necesita bajarlo, invitar a pasar, escuchar, podríamos entendernos. Bueno, ya te vas, pero te quedas para siempre en el terreno, antes baldío, de mi soledad.

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EL MUNDO AL REVES Al azar de un vidrio inclinado, cambia la visión del mundo. Los pies son atraídos por un imán, cuesta trabajo un paso, luego otro. Nacimos para ser flores caminantes, la cabeza ligera, ramas sueltas los brazos, el talle libre, el pelo a disposición del viento. Los animales, al contrario, no hacen esfuerzo alguno: perros, patas arriba, erráticos, naturales, aves que cruzan el cielo al revés o al derecho. Los carros pasan colgados de las calles, las ruedas giran en sentido inverso. Los árboles pierden su desenvoltura, tiesos, una masa compacta, verde, un trazo delineado impide el movimiento de las hojas como si tuvieran una redecilla transparente. Existe una relación entre ellos y nosotros, necesitan esa gravedad que nos sembró a todos de ese modo y no de otro 140


para que podamos levantar la cabeza, contemplar la inmensidad del azul por encima de las montañas. Ellas tampoco pueden soportar su propio peso y al azar de un vidrio inclinado se toma conciencia de su desespero si tuvieran que vivir de otro modo: retener una caída que podría romper el cielo, matar a las golondrinas inconscientes que persiguen el insecto, a los gallinazos en el refugio de una eternidad, más allá de la vista nuestra, en su reino. Cerramos el vidrio, salimos de paseo: caminar y respirar pasan desapercibidos, la cabeza flota, pequeña isla a la deriva por los pensamientos y los sueños. Las piernas miden la tierra, incansables, compás humano, obstinado, que no dibuja ningún círculo pero se estira, devora paso a paso el largo de su vida. Tantos metros en meses y años, kilómetros absurdos que las garzas bailan, elegantes, a orillas de un mar rosado. La línea es infinita, viene de un ovillo escondido, serpentea entre las casas hacia un parque, una oficina, la muerte. El vagabundo la considera desde el nicho de un portón, 141


sus manos nerviosas destrozan las horas vacías, guarda futuros pasos bajo las piernas cruzadas. Los días están huecos por dentro. Entonces, ¿qué mueve el compás? Una voluntad, un sentimiento, un recuerdo. Cada uno es un preso que impulsa una extraña celda, ¿Hacia dónde?, ¿para qué? En este mundo al revés donde las casas retienen el balcón de sus fachadas y los árboles el temblor de sus hojas, el cuerpo avanza penosamente, sometido, no a un mundo interior sino a la tarea obsesiva de poner un pie delante del otro, absurdamente, por calles truncas, durante un instante que podría ser, a escala, el tiempo de una vida contenido en el azar de un vidrio inclinado.

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CUARTO CAMINO DE RONDA A veces debemos interferir donde quiera que se persigan hombres o mujeres, a causa de su raza, religi贸n u opiniones pol铆ticas. Ese lugar debe en ese momento convertirse en el centro del universo.

Elie Wiesel

Premio Nobel de la paz (1986)

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ASI ES LA GUERRA

El camino está trazado hace años. Todos lo son. Ya no crecía la hierba y no era por culpa del viento, viene del interior como si quisiera echar el mar, aplastarlo contra el horizonte, vaciarlo de barcos, de peces y de soles. Recordé las huellas danzarinas de las manos infantiles que tatuaban un muro en Argelia, ¿y las muñecas y los cuerpos? ¿Dónde están esas vidas que alguna vez estuvieron de paso? Entonces vi al hombre, algo viejo, venía por el sendero, arrastraba los pies, borraba sus recuerdos una y otra vez. -1-

Las playas de arena gris siguen encadenadas a las costas de Normandía, 144


han tratado de huir cuando el agua asalta las cuevas de piedra negra, ahora vacías.

Me senté, la lluvia se echó sobre mis hombros como una fresca costumbre. -2-

«Un niño solía esconderse en esas cuevas mientras pasaba la procesión del Perdón». Supe que el hombre estaba sentado a mis espaldas. El canto flotaba, dorado sobre terciopelo azul: la Virgen María, una flor de lis, una cruz. «Nuestro padre la seguía, por eso el niño se escondía, le tenía miedo».

Las sonrisas de algunos marineros quedan atrapadas entre las velas, son para el pez, para la gaviota, la tierra las reseca. -3-

«La vida es como el agua sobre el remo». El hombre cogía la arena entre sus manos, algo suave, delicado que pesaba como una palabra. «Mi hermano no pudo con ella».

145


El silencio es un barco anclado a poca distancia de los seres humanos, subimos juntos, nos quedamos a bordo, hasta que el faro de aquella isla se encendiera. -4-

El hombre dejó de venir por algún tiempo. La soledad es una ola, es fría, invade los espacios graníticos que llevamos por dentro, donde algo se debate, hiere, un cangrejo metódico que nunca se detiene, carcome, la pinza lenta, el ojo encendido. Obedece una orden que él solo entiende. -5-

«Pero verá, señor, la procesión se alejaba y él salía de su escondite, huía de una marea, creía dejarla atrás, no sabía que nadie puede escapar de sí mismo. Le enseñé las líneas secretas a lo largo de las tierras, el mapa de las constelaciones, el poder de los árboles, el poder de los nombres, el sentido de la luna blanca, de la luna negra. Pero de nada sirvió, señor». Un leve deslizamiento de la arena: ¿el viento, el hombre, un insecto? 146


-6-

El remordimiento es un animal extraño, no se instala de inmediato, prepara su nido. Me obligó, años después, a volver a esas calles, a un campanario, a revivir día tras día lo que jamás hubiera debido hacer. Nunca se deben cumplir esas órdenes. Es preferible morir. La luz del faro se enciende, se apaga, ilumina unos rostros que ya no son, que vi un instante y conozco para siempre. Estoy en una sombra permanente. Ni un grito ni un canto. La noche en casco apretado sobre mi cabeza, la humedad sobre mi ropa que siento como si fuera uniforme de guerra. Y esa hecatombe, esos lamentos, esos cuerpos: el gesto de alzar las manos y aferrarse al vacío para mantener el equilibrio. -7-

«Mi hermano, señor, era un civil, cayó en la ciudad. Yo me salvé porque lo dejé, entré a una tienda para esconderme. ¿También perdió a un pariente en esa guerra?» Entonces me abraza, me consuela, murmura palabras que pesan menos que un grano de arena. 147


-8-

Nunca más volví a esa playa. No podía contestarle, mi acento me hubiera delatado. Fui uno de los que dispararon desde el campanario, fui uno de los que mataron a su hermano y su rostro tiene ahora muchos rostros para que no pueda equivocarme ni quererlo menos. Ahora sé que maté a traición porque todas las noches y todos los días, pasan desarmados frente a mí, allí van los vencedores, así es la guerra.

148


CARTA DE UN SOLDADO En este campo, alguna vez, hubo un trigal. La tierra anda muy sola y desnuda pero no puedo tenderme afuera, darle calor, hablarle de otras espigas, de tus manos y las mías, de un conejo, de un perro, del cuervo y del grano. No puedo porque estamos en guerra.

No puedo porque así volvimos la tierra: seca, dura, estéril, sin memoria. La memoria de la tierra está en sus árboles, los hemos desterrado. La memoria de la tierra está en el viento pero no tiene dónde dormir, dónde soñar, dónde protegerse de las bombas y de los tiros. No me preguntes por el mar. Han dinamitado sus jardines, han muerto los peces, bailaban para las rocas y las flores. 149


Han desaparecido los ojos misteriosos y fluorescentes. Unos monstruos se deslizan en las profundidades, disparan torpedos, hacen del mar un asesino. Pero el mar es un músico, toca la flauta del pez, para él canta el delfín, la ballena. No vayas a preguntarme por el cielo. No sé lo que es el cielo. Veo una extensión oscura como si el humo que viene de la tierra buscara un lugar arriba para recordarnos que estamos en guerra, No me preguntes por el cielo.

Pregúntame qué siento como soldado. Siento la ira de un hombre obligado a pelear cuando se podría hablar. El y yo, en ambos bandos, tenemos una familia, una tierra, un idioma, unos sueños y tanta vida. Propongo sentarnos y dibujar en un papel no muy grande la esperanza de la paz: tú y ella, nuestros hijos, un trigal, unos manzanos, el perro de la casa, mis gallinas, tus vacas y si falta más papel, arrodillarnos y dibujar sobre esta tierra, seca, dura, estéril, sin memoria, unos árboles, unos pájaros, el viento con cara de búho, el mar y sus danzas, sus cantos y sus jardines. 150


Así me siento después de tantos años de guerra. Quiero la paz, quiero hablar con el que debo matar, quiero mirarlo a los ojos y gritarle: «¡Ya no más!»

No somos murciélagos de las torres altas ni ratas en los sótanos. Somos hombres y tenemos una vida. Una vida semejante a un trigal: conoce la siembra, la cosecha, sus manos y las mías, señor, el paso del perro, del conejo, un cuervo. No sabe de armas, de poder, de codicia, ignora el sabor de otras tierras. Es un pobre trigal y es mi vida, señor.

Pongo esta carta en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. Ahí tengo una flor, el miedo, tiembla en mi pecho. La guerra está por terminar y los amo. Díselo al mar, a los manzanos del huerto, a mi perro. Díselo a nuestro hijo si no vuelvo.

151


LOS INMIGRANTES

Son las cinco de la madrugada, el frío busca la ventana, una parte de su cuerpo penetra en la pieza, se refugia bajo los muebles y dormita. Afuera los hombres con pasamontañas de lana negra vacían las canecas de la basura. La niebla es joven alrededor de los faroles, es vieja cuando toca la tierra. Con ellos se va, lenta y el cortejo fantasma desaparece al ritmo de los tambores de lata.

Pasan los inmigrantes sin rostro, su idioma guardado por dentro, isla diminuta donde se reúnen, a escondidas, escuchan a los niños, esperan en aquel umbral a la mujer que regresa de una fuente lejana, el ánfora fresca, el rostro secreto bajo el velo. Su trabajo es asunto de la noche, permanecen ocultos en los alcantarillados, en los túneles del metro, invisibles y efectivos como las ratas y los cuervos. 152


Los habitantes se resignan a su presencia, a esa lectura subterránea de la ciudad, sienten las mañanas tibias cuando afuera está nevando y ellos, los parias desaparecen entre el murmullo del agua sobre las calles, el leve roce de las escobas ásperas, los pequeños pensamientos que dejan sus pasos. De ellos, ¿qué se sabe?

La información de los periódicos es suficiente: son miles, son indeseables, son peligrosos, y algún día , sus hijos serán franceses. Sin embargo sus facciones, el color de la piel, un ligero acento les quitará siempre el derecho escrito. De nuevo deambularán, anónimos, ni siquiera hombres, frágiles sauces, fresnos, algarrobos, plantas y flores del mundo con el perfume propio de una tierra, la obstinación y la bravura de sus vientos. Otros no podrán levantarse, una mañana, sus sueños quedarán adheridos a la placa en forma de reja donde duermen y se calientan. Han venido por la libertad prometida, por el derecho a un trabajo a pleno día, 153


por su dignidad de ser humano. Llenan los barcos, los trenes, se atreven a cruzar límites invisibles, son corrientes de un río que nunca está seco, en el cual creen, a pesar de la realidad.

Las guerras han acabado con las higueras, los olivos, el trigo y las galletas de cebada, el té, la menta al pie del pozo, los granadillos en flor, el olor a lavanda y lentisco. Lloran por dentro la aldea muerta, el absurdo de una fuente que desborda porque nadie recoge el agua.

Todos marchan hacia las tierras prometidas, ya son espejismos de otra, anunciada en la Biblia. Todos han venido de lugares donde estuvimos, no siempre por afecto, también por interés. Hemos dejado los campos arrasados, los cardos, los niños enloquecidos por las bombas, atados por el tobillo a una estaca, otros desnudos, enjaulados, ovillados como perros. Por encima de los recuerdos de guerra, se establece un mapa de calles, el reino de cada hombre en busca de libertad. Tienen esperanza, no los amedrentan los tugurios, el desprecio, la burla, el asesinato. 154


Algún día, los hijos, la familia toda bajará de las montañas, hielos azules de la memoria. Tiene que llegar el día, aunque tarde siglos.

155


RUEGO AL TIEMPO La noche no se va, duerme en una pocilga, detrás de un portón claveteado, En la buhardilla abandonada, en el edificio en ruinas. Es el velero siempre fondeado en el lado desierto de una isla, el extranjero es el marinero que lo guía.

Espera que la noche despierte a la hora prefijada por las estaciones, se viste de oscuridad, huye del grupo para quien trabaja: es africano del norte en tiempos de guerra, tiene el paso despreocupado, ignora el zapato duro, un albornoz negro, la tranquilidad del cuerpo acostumbrado a observar las ramas gruesas de un árbol, soportes del cielo, en esa ciudad gris, abrazada al río. 156


Ha llovido, el hombre se desliza sobre la superficie aceitosa, luego desaparece, es un pez de las profundidades en la ciudad abismal, algunas medusas fosforescentes rondan las luces, corredores y entradas, se alimentan de quejidos, de estertores, de palabras intraducibles. Lenguaje de la noche, señales de peligro, más allá de los arrecifes, tiburones de sonrisa mecánica, de ojos vacíos: nada perturba los cuerpos al acecho, depredadores de peces desprevenidos que no han regresado a tiempo a sus cuevas. Es la música lenta de los pueblos, los instrumentos de cuerda, monótonos que pulsan siempre las horas de regreso a una misma melodía, música ronca, que las mujeres ululan, la mano sobre la boca, aleteo que protege un cuerpo, un pueblo, una fortaleza en medio del desierto. El extranjero se abandona a las calles de la ciudad, todas tienen sed, todas van al río. Ha dejado la seguridad de una bitácora a bordo del pasado, el azar empieza donde termina el agua, la arena. El extranjero desconfía de los nombres escritos sobre placas de hierro, 157


sospecha de los números en relieve, de las puertas sin ajustar, y presiente una captura, una mordaza, un calabozo.

Pero cada noche el hombre sale de su escondite, va hacia el río, se sienta en la oscuridad del puente, interroga el tiempo, canta sus respuestas son las de un viajero que se da contra las fronteras de su mundo: Soy el sol que pasaba sobre los campos cuando ibas por el agua del pozo, soy el reloj de arena , extraviado en el desierto cuando tardabas, soy la sombra que se recogía en la palmera después del día cuando no te había visto, el canto del pájaro que escuchabas en otro canto, tu novio detrás de la higuera, a quien esperabas en la casa de tu padre que ya murió, soy la ciudad de Orán, el mar que la sueña, soy el pan fraccionado que diste a una paloma, soy los cincuenta y tres minutos por los cuales un niño caminaría lentamente hasta un pozo. El extranjero se interrumpe siempre en ese punto, le ruega al Tiempo que reconsidere la eternidad en la cual lo tiene. 158


Memoria arriba se va con él hacia un infierno, más allá del lado desierto de aquella isla donde han muerto su mujer, su hijo y tantos amigos, del cual ha escapado hacia otro infierno condenado a la venganza, de día, a esconderse o a esperar bajo la luz de ese farol un descuido suyo. Entonces se cumplirá, como ahora, la orden de ejecutarlo.

159


LOS FORASTEROS El apátrida nunca deja atrás su tierra. Hace un alto en una carretera lejana, no siempre por cansancio. Recuerda las piedras calientes de una casa, el espacio reservado a un nido, el pozo abandonado y su ojo vacío. No han apagado el fuego, el pan está fresco, pronto se irán los niños hacia el bosque, se bañarán en el reflejo de una bandada de cuervos, allá, en Lituania.

En otro lugar del mundo, no hay ni lago ni bosque de pino ni casas de piedra. Sólo un desierto y franjas de tierra donde se acumula el odio. Es un inmenso depósito de arena pero ningún reloj la convierte en tiempo. La historia registra pocas fechas, todas son de guerra; sólo un movimiento de errancia, 160


hechos atroces, masacres impunes, el dolor de las mujeres como si mecieran una cuna para cada muerto y lo volvieran niño.

Reclaman los derechos más humanos, la piedra de un hogar, una paz de cualquier tamaño, una identidad, el paso por las calles ‒no a la sombra de los muros sino a pleno sol– el olvido de las armas, la posibilidad de tener arrugas, de llegar a viejo, de tener memorias que excluyen las bombas, los campos de encierro. No es la historia que se repite, son los actos de los hombres. Apátridas de otras épocas, de otras tierras, hombres que caminaron por toda Europa, han sufrido la vergüenza, el exterminio, la anulación del derecho a ser humano.

Apátridas de ahora que rondan los límites de su nueva patria. Es amplia como Francia pero es otra cárcel. Vienen del Este, escapan de sus países, de la hambruna, de la persecución. En el bolsillo llevan fotografías, cartas, algún número de teléfono. Hablan de esperanza pero es misteriosa, se desvanece, vive siempre en otra parte. 161


El exiliado busca los refugios pero están ocupados. Le quedan el pavimento, una placa humeante sobre el metro, el desprecio, el idioma distinto, helado. La frialdad de los que se desvían para no verlo. Entonces vagará por esas calles, le dolerá la lámpara detrás de una cortina de velo, las sombras atareadas en una casa tibia, los abrazos de un niño. El mundo es un vacío, ahí se agita el exiliado, no es un pez, no tiene mar, ni es un ave migratoria que retorna al verano de Egipto. Nada lo espera, sólo lo desconocido. Está suelto en el universo, se debate, está perdido, nadie lo entiende. El Tiempo huye: si tiene suerte pronto estará muerto.

Época de hombres trashumantes, fuera de la especie. Época de peste, de soledad, de terror. Exiliados de nosotros mismos como si fuéramos partículas de algo moribundo. Es hora de conversar, de entender que el mundo es amplio, que la paz no vive en espacios estrechos. 162


Necesita la inmensidad del mar para ser pescador y viajero, la tierra en calma para sembrar el olivo, el naranjo, asolear al niĂąo, hablar un idioma compartido y reanudar el lazo familiar de un pueblo. Es hora todavĂ­a de acordarnos que en este mundo nadie es forastero.

163


DRANCY

Recuerdo de la familia Lew

Es una prisión.

Estamos ahí, mi madre, mi padre y yo. Sin pasado, todos de la misma edad. Somos jóvenes. Un edificio plano, tal vez la prisión de Drancy Ventanas altas, sucias, barrotes delgados. Afuera una extensión gris, el invierno vive siempre al pie de la cárcel, desprendimiento, desesperanza. Nunca más nacerán las hojas nuevas, ni el árbol florecerá.

Las ventanas están dentro de cada preso pero llega el momento en que dejan de abrirse. Los únicos recuerdos son el presente. 164


Todavía mis padres las abren, de inmediato bailan en un salón iluminado. Él le habla de su trabajo, ella lo escucha. Él le habla de su familia, de su éxodo a Francia, Ella lo escucha, observa los ojos castaños, la sonrisa, los dientes de ratón, piensa que ese hombre le gusta. Él pronuncia los nombres de sus familiares: Ana, Nadia, Felia, Boris, y Henri. Ella los repite, tocan un instrumento de cinco cuerdas. Ella entra a su vida, a sus manos. Siempre ha sido atenta a las manos y éstas son las de un pintor, un acuarelista, no se equivocan, no se puede retocar. Un anillo de oro en el meñique. Bailan y la vida es un círculo, la forma perfecta. Nada temen. Por los corredores caminamos, dan vuelta al primer piso, luego siguen otros y otros, cuyo final no se ve y da vértigo. Asignan dormitorios sin camas. Estamos de paso. Abrimos pequeños cajones de madera, guardamos una seda, gesto leve, unas horas de vida, un secreto. Sin peso todo, 165


el sentido grave de la muerte se evapora. Quedan los cuerpos, vacíos por dentro. Las palabras se han ido, no hacen falta. La muerte está afuera, viaja en tren, calcula por millares, debe ser el máximo gobernante con el mayor número de súbditos. Aquí reina una muerte de menor rango, ningún tren, ningún gasto. El condenado entre sus familiares, una muerte casera. El engaño de la libertad. ¿Acaso no se reduce siempre a un pasillo, a una ida y un regreso a un mismo lugar, a un horario, a encontrarse con ella, la muerte, no importa cuándo, pero al fin siempre? El engaño es la fecha en blanco.

La vida en ese corredor, entre extraños, tantas personas en movimiento continuo, el roce desagradable de los cuerpos. La madera es clara, pulida, pero la luz, ¿dónde está la luz ? El rostro la difunde, es una lámpara, al pasar ilumina, luego se apaga.

Rostros jóvenes, flequillos de pelo rubio, 166


infiltrados, la esvástica escondida, quemado el uniforme. ¿Qué hacen entre nosotros? Estamos presos.

¿Y el trabajo y el único amigo? Capas geológicas de una existencia. El Tiempo anda loco, las confunde. Avisar en el presente: «Esta semana no puedo... no se extrañe si no voy... Quisiera... pero en el curso de esta semana mi padre morirá».

El teléfono está abajo en su caja de madera, está libre, a poca distancia de nuestras cabezas, pero siempre inalcanzable, marque el número y escuchará la voz conocida, llamadas por cobrar. Es una trampa, delata al amigo, a la vuelta del correo, recibirá una estrella amarilla, una que ya no tiene dueño. Miedo. Esperanza ofrecida, luego retirada. Tortura, angustia.

Las sombras pasan, han apagado las luces. Nadie sabrá dónde estoy, 167


ni cuándo ni por qué me fui. Como si jamás hubiera existido.

Estamos sentados en una banca, todos de la misma edad. Mi padre muere por primera vez, en este sueño. Quince años después muere de nuevo. extraviado, en un bosque donde la locura vigila su muerte. Me duele y grito, lloro, Me duele tanto.

Ahora sé que su muerte está viva, Espera, cualquier noche, en la prisión de un sueño, Sentado junto a la locura en el bosque.

168


EL TATARABUELO DE SUWALKI (POLONIA)

A Wolf Lew

Separa uno por uno los hilos de su memoria, los ojos fijos sobre una niñez, huella honda en la nieve donde una casa florece, allá en Polonia. Entre abedules, donde el zorro es fuego perseguido en el bosque claro, adolescente donde la novia desviste un cuerpo sonriente y violento, lo despoja de las risas en hojas. y suelta, un río de aguas templadas, entre relámpagos, agonía y victoria, suspiro y melodía. Invento de la memoria vieja, única ensenada ese pasado, 169


donde no acosa el presente ni el futuro, esa marcha feroz, sin sentido, hacia la nada, ese caos de la mente, ese vértigo.

La locura amansada entre sus manos, allá en Siberia por haber cantado la Marsellesa, la sonrisa en aguja paciente por el cáñamo desgarrado de su última noche.

170


AQUELLOS DIAS

“¿A qué están jugando, niños? Jugamos a matar judíos. ” Zofia Nalkowska, Campo de Auschwitz-Birkenau.

He visto la memoria, es una alfombra que se lleva bajo el brazo, un tapete pequeño en verano, uno más grande en invierno porque en invierno los dibujos protegen del frío, en otoño se cubre de hojas encendidas, de las castañas que me gusta comer, pero aquí no hay castañas.

El padre llevaba la memoria bajo el brazo, en el tren, en el campo, en la barraca, 171


seguro la llevó cuando vinieron por él, pero nunca volvió.

A nosotros los niños nos dijeron: «No se asusten» «se incendió la casa, tomaremos el tren», un tren sin ventanas, sin puertas, sin bancas, un tren que no era tren, por la ventana no pasaban los caballos, un río, los árboles a toda prisa, un tren que no era tren, sólo un número, el 55.

« ¿A dónde vamos, a dónde?, ¿a dónde, papa?»

Nos bajaron a empellones, a culatazos, nos separaron y los padres se fueron lejos, con sus maletas de cartón, sus gritos, sus llantos, las manos en alto, nuestros nombres en sus bocas, por última vez.

Pero yo sabía que él llevaba su alfombra invisible, 172


yo la mía y así nunca nos perderíamos. Sabía que era mágica.

Uno, por grande que sea, debe primero cerrar los ojos: la alfombra se extiende y según el tiempo es pequeña, grande o cubierta de hojas de otoño. Pero aquí no hay hojas de otoño y menos castañas de las que me gusta comer.

Todos los días sea verano, invierno, otoño, en un rincón de la barraca extiendo la alfombra, soy pequeño y es, como yo, invisible. A mi alfombra regresan cosas: el sabor a jabón de almendra, el ruido del colchón de crin de caballo, el hueco de la ventana tapado con paja, el chillido de los gansos, el perro viejo, el tranvía y un caballo, las vacas salvajes, el pozo que canta, el saludo: “Buen sábado”, un cielo rojo y las olas del mar. Es como pescar con los ojos cerrados. Aquí los niños juegan a ser invisibles, juegan, juegan todo el tiempo 173


a no tener hambre, a no llorar, a no cantar, a no tropezarse con nadie, a «escaparse si puedes». A no morir.

Hasta que reunieron a seiscientos niños. Por un camino sin alfombra, por un camino donde pasaron cuatro millones de pasos, van, empujados por los guardias, hacia el último juego: la cámara de gas.

En mi alfombra juegan eternamente seiscientos niños, juegan a morir una y otra vez, pero yo, nunca les dejo terminar el juego.

174


CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE CHELMNO (POLONIA)

En el huerto recogía fresas, le tomaba tiempo. Se arrodillaba, musitaba, se disculpaba con ellas. Llevaba puesto una kipá, la que fue de su hijo. Rezaba antes de arrancar las frutas y depositarlas en el canasto. Tenía una delicadeza, un cuidado, como si fueran diminutas cabezas de niños. Luego caminaba hacia la cerca, se sentaba en ese lugar sin hierba, buscaba dos huecos, cada día más profundos, ahí enterraba vivas sus manos.

Un tren pasaba a esta hora en la curva de la aldea, otro pasaba por su locura, estaba en un vagón, eran tantos, desorientados como un ganado que viaja por primera y última vez, unos rezos suspendidos en el aire, cuerdas inalcanzables e inservibles. Todos de pie: jóvenes e impacientes, 175


niños perdidos entre abrigos y maletines, adultos aferrados a sus posesiones, al oro, al diamante como si fuera todavía posible algún trato en el infierno. Y la esperanza de llegar con vida, de conservarla, de salir con ella. Pero no es un bien inalterable, no se guarda en un cuerpo, a la sombra. Es la flor que nace en el árbol, un agradecimiento a la lluvia, al sol, al viento, al pájaro. Allá, en Polonia, se convirtió en una simple respiración, el mismo instinto que mantiene el pez a flote al quedarse dormido. El tren silba en la curva de la aldea, silba en los alrededores de Chelmno. Se detiene en la memoria. El hombre baja de nuevo, debe recoger a los niños muertos, sacarlos de los vagones, apilarlos en un camión. Sus manos se esconden en los huecos que han cavado en el huerto. No basta el contacto con la tierra húmeda, el trabajo en los sembrados, siempre se acuerdan de los pequeños cuerpos, de su peso, del gesto de sembrador hacia el vacío. 176


¿Cuántos viajeros suben a diario a ese tren de Chelmno? ¿Cuántos quedan todavía vivos? Los rieles se van hundiendo, algún día dejará de pasar pero siempre habrá quien recuerde aquel viejo palacio en la colina, el engaño de los jardines y de los trigales, el granero en ruinas, los pinos que montaban guardia alrededor de un millón de muertos.

177


EL REGRESO DE NATÁN

...Así lo decretó el zar Nicolás, zar de todas las

Rusias. Desde entonces los niños judíos de Polonia han caminado, sin entender nada de los signos del alfabeto cirílico, que han significado la condena de todo un pueblo. Natán y Wolf, los mellizos de Perejaslaw, han cavado el hueco donde pasarán la noche, se han tapado con la tierra recién paleada, que bien podría ser la paja del antiguo granero. Cierran los párpados, son trancas de madera, las ponen mientras saltan por el desván, se pierden por los campos donde sueñan. Son comadrejas y los guardias no los ven cuando escapan. Las huellas son pequeñas firmas Que siempre llevan los documentos de libertad, Documento que se renueva, noche tras noche, 178


porque en el sueño vive un juez desmemoriado, dado a los juegos de azar, al disfraz, a la interminable aventura de un rompecabezas que guarda en todos los continentes, en la memoria de los animales, en los troncos de algunos robles.

Natán y Wolf, los mellizos de Perejaslaw, han llegado al límite de los abedules, han cruzado los dominios del zorro, del lobo, de la comadreja mayor, entran al bosque donde el sol todavía juega con el color violeta destinado a atrapar a los pájaros que no han cantado durante el año. Los niños se sientan cerca del pantano, de espaldas a un oso negro que se rasca la frente. Llegan los padres, no se dejan tocar, son esquivos, la niebla es el único peso en sus cuerpos. El padre tiene todavía el talit, la madre huele a jabón de almendras, lleva zapatos en corteza de roble. Leen los salmos, murmuran algo, la voz lejana como si les costara trabajo ponérsela después de tanto tiempo de muertos. No existen distancias en ese imperio, tampoco escapatoria, sólo un ir y venir entre objetos verticales, puede conducir a un desierto donde el viento reúne por un instante tantas cosas que se han perdido entre los días. 179


Natán y Wolf, los mellizos de Perejaslaw, van rodando la pendiente: allá están el abuelo Izjak, el aroma a levadura, a semilla de alcaravea, el hacha en el tronco, los panes sobre las tablas, el estornino que picotea el banco de madera, el búho Lawka y sus ojos de clarividente, el crujir de las botas en la nieve seca, el golpeteo del sable. Wolf en el hueco helado, las ojeras azules como otros ojos más grandes y fijos, tan fijos, y esa mano en la de Natán, esa mano que sentirá para siempre en la suya aunque el sable la haya cortado y tenga que seguir caminando con esos pasos mecánicos, inseguros, aprendidos en la infancia, alucinado, obsesionado por esa libertad que encontrará poco antes de Pavlovo, al caer entre las rocas y entender por fin que no existe jamás un camino de regreso.

180


NUNCA SE HAN IDO Gueto de Varsovia

En el pasado fue un barrio, en el pasado Tadeusz cosĂ­a como rezan algunos, las piernas cruzadas y entre sus manos las delgadas hojas del Libro, la tela fina de un vestido. Aguja y puntada trazaban el curso de la vida. En el pasado las casas acumulaban los pisos, se tambaleaban, esperaban los pasos, escalones tendidos como perros echados, fieles. Los niĂąos jugaban en las calles, aguja, puntada, zapatos demasiado grandes trazaban el curso de la vida. En el pasado vagaba un olor a coles, pepino y queso, pasteles salados, arenques ahumados. 181


Los viernes, tantas velas de tantos candelabros de plata, de cobre, de estaño misterioso. El Shabat, el ayuno, las casas barridas, la búsqueda de la última migaja de pan que profana el hogar, recinto sagrado.

En el pasado se ponían la kipá y el gesto de la mano, el rápido movimiento trazaba el curso de la vida. El canto en idish, el Libro-sollozo, Jerusalén perdida, el lamento, el revuelo de los pájaros sin religión trazaban el curso de la vida.

El mendigo envuelto en trapos, un cazo colgado del cuello, las callejuelas, la sombra de la noche adormecida en las entradas, en los pasillos, las ratas, su trote apresurado hacia un resto de sopa tostada, Ellos y nosotros trazábamos el curso de la vida. En el pasado.

Luego: las ruinas del «Barrio» en Varsovia, los sótanos-tumbas, abrigos grises en una esquina, 182


niños-ancianos, ojos de aves nocturnas, un colchón de crin de caballo, cuerpo acuchillado, el taller de carpintería en cenizas, ortigas, llantos distantes, un incendio en agonía, lo que fue una cabeza, insultos, lamentos y gritos colgados de una ventana, la marca de un hacha en un cráneo, orificios de balas como tantos ojos en una puerta, rieles que no vienen ni van a ninguna parte. Siluetas que fueron y no serán nunca más. Una lluvia ácida sobre la ciudad, ningún cielo porque no existe ningún perdón. Restos de cirios plantados en el suelo y debajo las almas como si fuera necesario arraigarlas. «El Barrio», el gueto, ropas grises abandonadas. Se han ido las mujeres, los niños, los ancianos. Han muerto lejos.

Otros han vivido con su pasado abrazado como si fuera El Libro. Hojean los recuerdos de una casa, de un balcón, de un ritual, de un geranio recién sembrado, resistente al invierno. Han construido de nuevo sus talleres, sus tiendas con las horas de cada día. Se han reunido para rezar aunque ya no estén juntos, 183


se han puesto el talit de las oraciones, han prendido una por una las velas de Januka, han cortado la hierba, arrancado las ortigas, se han asomado a la ventana, han acariciado las cortinas limpias, acercado la silla a la mesa, han ofrecido los panecillos trenzados, han amado, han sufrido, han salido de las barracas, de los campos pero sus cuerpos han permanecido ahí, quietos, vacíos. Envolturas que podrían ser las maderas de los violines, cuyas cuerdas se tocan a lo lejos. Ahora los veo en el gueto de Varsovia. Han dejado indicios que siempre trazarán el curso de la vida. Caminan más fuertes que en el pasado. Nunca se han ido. Nunca han muerto.

184


EN LA NOCHE PURA

¡Qué sorpresiva visión!, cuerpo flotante apenas liberado, voy hacia el Monte, en la noche pura, voy hacia el Monte, la mente despejada, hacia no sé dónde.

Sin pies ni manos, liviano, voy por el camino, no estoy solo, cuerpo flotante, sin embargo me canso, quisiera elevarme en la noche pura, hacia no sé dónde. He dejado atrás el peso de un cuerpo, liviano, voy por el camino, algo me espera en el Monte, en la noche pura, hacia no sé dónde. Largo es el camino, algo atrae en ese Monte, algo mayor que no tiene nombre, 185


en la noche pura, voy hacia no sé dónde.

La jaula se abrió, libre he flotado algo me retiene, recuerdos imprecisos en la noche pura, voy hacia no sé dónde.

¿Por qué si no tengo pies ni manos?, pesa tanto el camino jaula azul, un murmullo en la noche pura, voy hacia no sé dónde.

Sin peso vamos, más de uno, el aire decide, sostiene el viento, unos caen, otros siguen hacia no sé donde, pero tiene nombre en la noche pura. ¿Qué nombre?, ¿lo han nombrado? ¿Oculta su nombre? Bajo los montes, en todas cosas está su Nombre en la noche pura. Entonces es eso, voy en busca del Nombre en el silencio, fuego blanco invisible, 186


escritura negra sobre pergamino, aún así, el Nombre oculto en todas cosas, aún en la noche pura. Todos los nombres en el Nombre, olvido de una jaula, azul en el tiempo, los montes más cerca, cuerpo flotante, estoy llegando, me sostiene el viento en la noche pura. El secreto de su Nombre, letras blancas entre letras negras, pergamino que conserva una lectura oculta. Todos los nombres en el Nombre.

187


GEDERA

Una foto de Frank Capa en Israel

Los he visto, ahora me acompañan. Ninguna vida es hoja de un árbol. No desaparece con el invierno. Los he visto en esa fotografía, son hermanos míos. Puedo describirlos: tienen esa ligereza de cuerpo que se observa en ciertas aves, en los hombres que han sufrido. Sus almas se han despegado y flotan, golpean las paredes que los enjaulan, son tímidas, siempre pueden herirlas. Los límites del sufrimiento son los del desierto, el nómade perdido en las arenas no los ve pero cuando cree haberlos traspasado es tarde. Los hombres de la fotografía lo saben, van guiados por una niña que la muerte no conoce. 188


Caminan y repiten intuitivamente un baile. La melodía me llega, hasta las palabras que yo no sé. Se dan la mano, los pies marcan un paso, serios como si me enseñaran una danza cuyo ritmo aprendieron sus abuelos y los míos. El hambre se arrastra, sombra delgada, sin fuerza para enderezarse. Detrás de ellos las barracas de madera para inmigrantes judíos ciegos, las de siempre, la hierba pobre, las piedras, el sol que no permite la flor, el mismo infierno con distintos nombres sobre esta tierra que no necesita el paraíso más allá ni más acá. Sólo un lugar donde podamos vivir, tímidamente bailar, nosotros, los seres humanos.

189


RAZA HUMANA

Por un andén de tu pasado, cada día más cercano, te calientas las manos, golpeas el suelo con los pies, recuerdas…

El grito de tu madre cuando rompieron la primera ventana, en señal de advertencia, un tren que cogiste apresuradamente hacia el exilio, hacia el exilio de cualquier tren, en cualquier parte del mundo, recuerdas…

Ese movimiento en esos trenes, el cuerpo que el tuyo sostuvo y la profunda alegría de pertenecer, sin duda alguna, a la raza humana, en ese vagón donde todos van de viaje pero no son ni se sienten desconocidos 190


y llevan sus cuerpos como si fueran centenares de sauces mecidos por un vendaval de invierno, unidos aún más por los idiomas distintos, lenguajes humanos de una raza que ha resistido porque los árboles se cortan pero siempre sobrevive un esqueje, una semilla que la lluvia y el viento vigilan, recuerdas… ese campo, los cuerpos con la inmovilidad de la piedra, las pocas palabras, los heroísmos en las pequeñas cosas, y sobre todo, a aquel guardián que te dejaba colillas junto a una sopa de gachas, en aquel lugar, señal tibia de que pertenecían todavía a la raza humana.

191


UMBRAL

CONTENIDO

POR LOS CAMINOS DE RONDA PRIMER CAMINO DE RONDA La puerta de los Caballeros El ritual. Los Templarios El árbol de los ahorcados El último vuelo La sonrisa del cuervo

SEGUNDO CAMINO DE RONDA Céleste Albaret «Así sea» Carta en forma de pera. ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? El Espíritu de los Muertos vela Tioka Trigal con cuervos Ave marina 192

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Remedios Varo Retrato de Gertrude Stein Un poco de violín en el aire, un poco de piano, un poco de gato Antoni Gaudí TERCER CAMINO DE RONDA Meditación bajo un puente Las palabras El polvo del camino Ruego al tiempo El sol se durmió El intento Sueño y soledad Uno de nosotros Las puertas Hace años Andas perdida Boris El regreso El afecto Ausencia La espera «Aunque se pierdan los amantes» Búsqueda El perro de la casa La tumba de un caballo A solas con un gallinazo El mundo al revés 193

68 70 73 77 81 84 89 91 94 95 98 102 105 110 113 116 119 122 124 126 128 130 132 134 136 140


CUARTO CAMINO DE RONDA Así es la guerra Carta de un soldado Los inmigrantes Ruego al tiempo Los forasteros Drancy El tatarabuelo de Suwalki Aquellos días Campo de Concentración de Chelmno El regreso de Natán Nunca se han ido En la noche pura Gedera Raza humana

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