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ARNULFO ARIAS GARCĂ?A

Azahabara en la tierra del oro


A MARÍA FABIOLA GARCÍA BONILLA MI MADRE


SCDD C863 Azahabara en la tierra del oro / Arnulfo Arias García Medellín : Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina, 2015. 360 p. : il. ISBN: 978-958-99591-8-3 1. Literatura colombiana 2. Novelas colombianas ARNULFO ARIAS GARCÍA Riosucio (Caldas) abril 23 de 1950. Sociólogo. Universidad Autónoma, Medellín. Gerencia de proyectos culturales, Fundación Getulio Vargas, Rio de Janeiro, Brasil. Obra: La vida en grande (cuentos). Impacto Editorial, Medellín 2008. Cuentos. Diseño, Diagramación e Impresión: Divegraficas Ltda. www.divegraficas.com PBX: (574) 511 76 76 Medellín, Colombia.


LIMINAR Esto, no es un prólogo. Pero la novela, sí es una novela. Una novela magistral. Entre las mejores, colombianas. Si usted tiene tiempo disponible, no es un libro para leer de prisa. Si usted no tiene tiempo disponible, no es un libro para leer de prisa. Pero léalo de prisa, si quiere. Porque cada párrafo lo lleva al siguiente. Ineludiblemente. Usted quiere saber qué es lo que sigue. Y cómo. Y por qué. Y así hasta el final. Queda contento. E intrigado. Y muy preocupado. Y quiere volver sobre sus pasos para entender mejor. Aunque parece y es muy claro, todo. Y por lo mismo, confuso. Por qué suceden esas cosas. El maldito oro. Es el segundo libro del autor. Pero no el último. El primero fue “La vida en grande”. En el 2008. Y siete, quince: 2015. ¿Ha oído hablar del número siete? Se dicen cosas de ese número. Usted sabe. Seguro. Se escribe así: VII. Y también así: 5 + 2. Ó 6 + 1. Como quiera. Usted decide. Ya decidió. Cuando termine de leerlo quedará muy pensativo. Tan bueno que es quedar pensativo. Y les contará a otros. ¡Qué libro! El primero, el del 2008, son cuentos. Ocho (8) 5


cuentos. 6 + 2 = 8. ¿O no? No cualquier clase de cuentos. Cuentos para leer. Si se leyera. Si se apreciara. Si no fuéramos tan. Si tuviéramos eso que falta: un poco de vida. ¿Tiene usted? La vida. Eso es lo que está en estos libros. ¡La vida! ¿Ha oído hablar? En estos libros está todo. Casi todo. Si falta, falta lo de menos. Lo demás, ahí está. Usted lo lee, y queda loco. Tan bueno que es estar loco. Como este prologuista. Pero ya se dijo que no es prólogo. Será introducción. ¿Le gusta la introducción? Volvamos al libro. A eso vinimos. La tierra del oro es Riosucio, que ahora queda en el departamento de Caldas. Pero no siempre fue así. Antes aquedaba en otra parte. Los municipios también se mueven. Como usted. ¿Se mueve usted? Muévase. Este libro lo con-mueve. Esta no es una introducción seria. Pero el libro, sí lo es. Muy serio. Como la vida. Y trágico. Como la vida. Y divertido. Como la vida. Y doloroso. Como la vida. Usted sabe. Si no lo sabe, sépalo. Este libro dice cómo es. Y así es. Así es. Riosucio fue tierra de abundante oro. Que no trae sino desgracias, el oro. Lea y verá. Es todo histórico, aunque con los nombres cambiados. Cosa de novelistas, que les gustan los enigmas. Esa es la palabra: enigmas. ¿Le gustan los enigmas? ¿Y los fantasmas? ¿Y las intrigas? ¡Qué intrigas! Quedará sorprendido, si le gustan, las intrigas. Parece que no se pudiera creer. Pero crea. El autor no imagina nada. Para qué imaginar. La realidad supera la 6


imaginación. Créame. Si no me cree, allá usted. Incrédulo. Libros como este no salen todos los días. No un tema, sino muchos temas en él, que sumados, dan uno. Estábamos sumando, al principio. Y ahora la suma da = 1. Es la unidad. Para llegar a ella es necesario sumar. ¿Sabe sumar? Sume: Todo = 1. Y por qué. Porque el autor hizo la operación. Y el todo le dio una unidad compacta, que es la suma de tan variados y dispares sucesos. ¿Cómo es posible? Por el arte de la narración. ¿Sabe usted narrar? No diga que no. Si sabe, apreciará el arte de narrar. Con conocimiento y convicción. Y con estilo. ¡Ah, el estilo! Mireloverá. Primera pregunta: ¿Quién era Azahabara? No cualquier mujer. Cualquier mujer no da para una novela. No da. Pero ésta sí. ¡Qué mujer! A usted le gustaría conocerla. Se la presento. Azahabara: una dama. Damisela, decían allá. Pero dama, de copa en mano. ¿Que si tenía amantes? ¡Pues claro! ¡Cómo no iba a tener! Entonces no sería dama. Fue. Es. Porque aquí está viva. En esta novela. Compruébelo usted. Comprobar produce satisfacciones. Con probar. La satisfacción de un cuento bien contado. Como éste. Por eso va con tilde. Porque el acento es la principal característica de este libro. Muy acentuado. Oriloverá. Se le agotaron a este prolegómeno el número de palabras asignadas por la sindéresis y se pasó del límite. De los límites. Extralimitarse. Eso es. Pero el libro carece de límites. Se extiende en el 7


tiempo. El pasado en presente. Vívalo. No lo deje pasar. Vivir consiste en atrapar. Este libro atrapa. Déjese atrapar. Tan bueno que es ser atrapado. Por una dama. Por un buen libro. Como éste. Y chao pescao. Nos vemos. Até logo. Jaime Jaramillo Escobar

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Esto que le cuento son historias de vieja data. Ocurrieron hace mucho tiempo, cuando se desató la violencia en todo el país y las minas de oro locales se agotaron, dejando lo que suele acontecer con los pueblos mineros: descomposición social, paraísos ilusorios que se desvanecen, tierras yermas y aguas muertas. Por tanto, puedo hablar libremente de lo que me tocó hacer para sobrevivir, ya sea para aclarar algunos asuntos, o para exorcizar otros que me atosigan el alma. Rita Miranda.

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PERSONAJES PRINCIPALES: Adalgisa: La Calandria. Alcira: La novedad del Jardín de Alá. Aristarco Del Randall: Minero ambicioso Azahabara: Protagonista principal. Hilo conductor de la historia. Candelario: Sabio bantú. Cándida y Marión: Santeras cubanas. Celedonio: El indeseado hijo de la Golondrina. El indio Mápura: Sabio chamán del resguardo Escopetera - Pirsa. Evliyia Liria: La mandamás del Turco. Félix María del Randall: Amante de la Perla Negra. Florianís: Madre del clan de los Del Randall. Irma Camacho: Tercera narradora de la historia. Jaffit: El Turco. Rico comerciante, dueño del Jardín de Alá. Jaír La Jirafa: Intermediario. José Valerio Del Randall: El mayor del clan. Josefina Montero: La bizca. La golondrina: Mujer ilusionada por el amor. Terminó en un prostíbulo. Las carelápidas: Consentidas de José Valerio Del Randall. 10


Macro Genaro: Último amor de Azahara. Magdalena Del Pilar Colatero: Guardiana mayor. Maurice Del Randal: Pionero francés en el Nuevo Mundo. Modesto: Celador del reclusorio. Nícida Granada: La lenguaraz del barrio. Nicolás Assís: Sobrino de El guajiro. Nitria: La perla negra. Ramiro Assis: El guajiro. Rita Miranda: Primera narradora de la historia. Simplicio: Ingenuo enamorado de Rosa Elvia. Teniente Hernando Atehortúa: Atormentado amante de Azahabara. Trina Padilla: La hechicera. Valentin Del Randall: Amor platónico de la protagonista.

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I AZAHABARA LA DISCRETA [La protagonista es herida por un amante celoso, quien, desubicado en su vida conyugal, recurre al barrio de las luces rojas.]

–Véte, pero no me abandones, Discreta. Esa y otras exclamaciones conmovedoras resonaban desde la casa-bar La Yocasta. Célide Andrade y yo, Rita Miranda, amigas íntimas de la conflictiva pareja, pegadas a la rendija de la ventana y muy preocupadas, seguíamos la acalorada disputa. Nos dolía ver al teniente Hernando Atehortúa, un hombre de carácter, transformado en veleta ante el huracán. Quería matar a Azahabara, la amante infiel. Tan pronto como la amenazaba, se le rendía. Los insultos fueron subiendo de calibre hasta ultrajarse y terminaron dándose golpes. Lo sorprendente fue que Azahabara, La discreta, como el teniente y todos la conocíamos en 12


La Ronda, zona de tolerancia en ese entonces del pueblo, no le diera cuerda a la vitrola con su música estridente, o hiciera sonar la matraca como solíamos hacer las ofendidas en situaciones de escándalo. Por el contrario, la mujer vociferó, y se escucharon a los cuatro vientos esas palabras que evidenciaban que ella era cómplice de esa curiosa aberración del teniente Atehortúa. – ¡Carramplón, culo de regadera! Yo me estremecí. Era un duelo entre seres desesperados. Ella, enloquecida, volvió a gritar esa frase delatora. Palmadas y chillidos retumbaron con un eco sordo. Luego, el ruido de los carramplones metálicos que se estrellaban contra el espejo de luna. Y el varón con los pistoletazos: tres seguidos, y un cuarto rotundo que la calló definitivamente. Por unos segundos todo quedó en suspenso. Golpeamos la puerta y las ventanas, gritamos llamando a la pareja, pero nadie respondió. Después los vecinos, que dentro de sus casas no perdían detalle, se botaron afuera. Todo se tornó en caos. –¡Homicidio! ¡Asesinato! ¡Muerte! gritaba la turba. ¡Llamen y traigan una ambulancia! Abracé a Célide y rompimos a llorar. Nos sentíamos culpables de haber propiciado ese trágico desenlace. Podemos jurarlo ante las tumbas de 13


nuestras sagradas madres, para que no nos atosigue el remordimiento. Sólo pretendíamos retener a Azahabara, no fuera ella a desperdiciar una relación estable de tres años con el teniente Atehortúa, unión que envidiábamos todas en La Ronda, por lanzarse a la aventura tras un vendedor callejero que en mal momento apareció, uno de esos que, de puerta en puerta, viven de engañar a los incautos con cosas de baja calidad, e innecesarias. Un tal Macro Genaro, quien amparado en su cara de seductor, la engatusó. Ella, como embrujada –nada más desastroso que una pasión otoñal– cayó de inmediato rendida a sus pies. Les juro que parecía como enyerbada con la efectiva pócima de La lunareja, esa que en los años treinta dejó sin voluntad al tuerto Salazar y a otros conocidos, quienes para la época andaban tras sus mujeres como zombis. Lo cierto fue que el hombre se prendó, no de ella, sino de las alhajas que con sigilo recogió la mujer. Era la época en que el intercambio local se hacía con monedas de oro, –mejor conocidas como libras esterlinas, esas que, en un santiamén, un grupo de italianos recogió y se llevó a su país– Macro Genaro, aprovechando que el teniente estaba de comisión en una zona rural, la obligó a vender de afán y por centavos el bar La Yocasta, para rapidito rapidito llevársela lejos, donde no tuviera ningún doliente que la defendiera, y de seguro, en el lapso de un suspiro, perdérsele dejándola desamparada y sin un peso. No íbamos a consentir 14


tan descarado abuso. Le pagamos a Gonzalo, el mandadero, para que fuera hasta la vereda Ubarbá y trajera al teniente Atehortúa. Sólo él podía retener a tiempo a su embaucada mujer. Él, en cuanto tuvo conocimiento acudió a nuestro llamado, y ocurrió lo que jamás hubiéramos deseado que pasara. De inmediato dejé a Célide en la puerta de La Yocasta, para que no dejara entrar a nadie hasta que yo hiciera adentro lo que, de pronto, enloquecida, se me ocurrió. Para lograrlo, fui hasta la casa contigua a la de Azahabara, donde Deyanira, a quien por su cuello largo, nariz encorvada y cabellera teñida de rojo, sostenida siempre en alto por una moña, los satíricos locales apodaron La piscuiza. Le pedí que me dejara pasar por su solar, ya que la puerta de nuestra amiga tenía tranca de seguridad. Una ayuda a tiempo podría salvar vidas, le supliqué. –¡Entra rápido!, clamó Deyanira, indicándome el camino. Menos mal que a estas tapias tan gruesas no las traspasa ningún proyectil –lo dijo temblando– y aún así, con ese tiroteo, instintivamente, me escondí tras el sofá. Estaba tan nerviosa y angustiada que fumaba uno tras otro de su paquete de cigarrillos sin filtro. En el patio, ella me sostuvo la escalera mientras yo remontaba la tapia lindante. –Afanate vos que tenés nervios de acero, –me azuzaba. 15


Del otro lado descendí por unos adobes apilados, y sigilosa, encaré la realidad: la luz roja intermitente, y el olor a pólvora y a sangre, hacían más sórdida aquella estancia. Los amantes, uno muy cerca del otro, yacían sobre la alfombra de lana cruda, que sorbía con avidez el fluido rojo y espeso que a intervalos salía de los tres orificios que afloraban en el cuerpo de Azahabara. La di por muerta. Lo que más me impresionó fue ver esa pared salpicada con la sangre del teniente, que yacía con los ojos desorbitados. Se había disparado en la boca. Muy excitada, corrí hasta el tocador, lo abrí, y en una caja de carey que yo conocía estaba doblada una letra de cambio. Me la guardé entre el sostén. De súbito, un carramplón brilló sobre el tocador. Luego, el otro centelleó en el piso. La Providencia me iluminó porque, instintivamente, sentí la necesidad de esconder cuanto antes esas rarezas. Le debía favores al teniente, y corrí a tomarlos para borrar cualquier evidencia mórbida en su contra. La discreta había mandado hacer en platino del Chocó esas exquisiteces: dos anillos ajustables a los dedos del corazón, con tres puntas filudas y largas, como de aguja, para el momento del orgasmo del hombre. Sólo entonces reafirmé el por qué Azahabara había apodado al teniente con el mote de Carramplón culo de regadera. Por respeto a él, guardé las dos finas piezas en mi cinturón. Todo lo hice en cuestión de segundos, porque los vecinos 16


golpeaban insistentemente la puerta y las ventanas. Trepé como enloquecida los adobes, descendí con el corazón a punto de explotar, y abandoné el lugar. Bastante enredada estaba ya con esa tragedia pasional. –Deyanira, fue algo terrible, ambos están muertos, ¡muerticos! No hay nada qué hacer. Avisemos pronto a la policía, y por favor, nunca vayas a contar a nadie lo que las dos hicimos hoy. Ella, boba al fin, me miró desconcertada como cayendo en la cuenta de haber sido cómplice de algo indebido, y con un tic nervioso asintió. *** Aprisionada por el gentío contra la puerta de la tragedia, Célide pedía no invadir el recinto hasta que no llegara la policía. En cuanto me vio aparecer se deslizó hasta el suelo, dejando el paso libre. Con barras de hierro y a estrujones, los curiosos, que eran muchos, lograron derribar la puerta e invadieron La Yocasta. ¿Lo lograste? –me dijo Célide, mientras se limpiaba el sudor. Yo, señalándole mi sostén, asentí. –Eres única, vieja querida, y me aplaudió.

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Luego, como un par de plañideras, entramos hasta el lugar del infortunio. A mí me invadió una insondable tristeza, como de desamparo y abandono total, y lloré tanto como el día en que murió mi madre. Todos trataban, sin conseguirlo, de consolarme. –No llorés, me decían, ya que fuiste su amiga incondicional en las buenas y en las malas. No hay por qué sentir desasosiegos. Esas palabras me hicieron recapacitar y traté de controlarme, pero sólo un poco. De remordimientos uno también puede morir. No supimos quién dio aviso a la autoridad, porque ahí mismo escuchamos la sirena del vehículo de una patrulla que se acercaba a toda velocidad, levantaba mucho polvo y estaba repleta de policías que, blandiendo sus armas y bolillos, entraron en acción. –¡A ver quiénes son los hijueputas que se la quieren montar al teniente Atehortúa!, nos desafiaban, mientras se abrían paso entre la multitud. A estrujones sacaron a un grupo de noveleros que se mostraban renuentes a abandonar la alcoba, mientras otros policías, con un lazo, intentaban cercar la casa. Nadie respetó el límite. Todo era un caos. 18


De inmediato, y para evitar un levantamiento en La Ronda, lo que sería de gran desprestigio para la milicia, sacaron los cuerpos envueltos en sábanas. Con sus bolillos lograron abrirse camino entre el gentío que se agolpaba y chillaba ante la tragedia. Gritaban: ¡Tombos asesinos, malparidos! –¡Dejen pasar! ¡Están entorpeciendo el traslado, y ellos aún viven!, gritaba uno de los policías, con el rostro desencajado. Esas palabras me llenaron de esperanza. Célide me miró compungida y trataba de consolarme. ¡Mataron a Azahabara, la tetimocha!, –se escuchaba por doquier. A mí se me volvió a estremecer el corazón. Ninguna damisela tuvo tantos apodos en La Ronda como Azahabara, a quien sus detractores llamaban con ese ofensivo mote de Teti... Ustedes saben. Ni siquiera su lápida fue marcada después con el de Rosa Elvia, su verdadero nombre. Eran muchos los curiosos que corrieron tras la patrulla hacia el hospital San Juan de Dios. Querían donar sangre y salvar a esas personas tan queridas. Célide me acompañó y llegamos de últimas. Nos plantamos desesperanzadas junto a la puerta, a la espera de no sabíamos qué. *** 19


Hasta entonces nos intrigaba que el teniente Atehortúa, casado con doña Emperatriz Rubio, una refinada y bella señora de lo más granado de Manizales, tuviese otra mujer de asiento en La Ronda, sin importarle las consecuencias ni el qué dirán. Gilberto Castañeda, quien presumía de ser el único amigo civil del militar, años después, en una de sus borracheras, nos contó el drama del teniente: –El hombre parecía vivir en un infierno de permanentes y agrias discusiones con su esposa. Solía decir que era muy duro para él, un padre que adoraba a sus hijos, no poder llegar a la paz y tranquilidad de su hogar a contemplarlos y disfrutar de la espontaneidad de sus pilatunas, porque la mujer, después de arrojarle la comida como a una fiera, de inmediato se encerraba en su cuarto con los críos a sembrarles un odio irracional hacia ese borracho, que era dizque peligroso. Una tarde, continúo Gilberto, el teniente bebía en el bar El Apolo. Tenía la mirada perdida y la palidez propia de alguien a quien la cirrosis mantiene a un paso de la muerte. Parecía confundido y desengañado de las mujeres. A las coperas que con mimos corrían a atenderlo, apenas les recibía el servicio, las despachaba de inmediato. Quería beber y hablar solo. Gilberto se arriesgó, y lo invitó a unas copas. Él se alegró con su presencia. No 20


pidió más tragos sueltos sino la botella, y, sin medir las consecuencias, bebió de más y desembuchó su frustración. –Castañeda, nunca vayas a casarte con una mujer cuyos padres tengan más dinero que los tuyos y menos –lo dijo con mucho énfasis, mientras con el puño golpeaba la mesa– que se crea superior a ti, porque te hará la vida insoportable. Mujer chiquita como la mía no la amansa nadie, y si es mojigata, peor. Emperatriz puede tener todos los pecados, menos los de la lujuria. Quisiera verla poseída por el deseo desenfrenado, pero es fría, fría como Manizales, la tierra en que nació. Después de semejante letanía, agregó que para él era una odisea hacerle el amor a esa casta señora: prácticamente tenía que violarla. Ella quedaba tan afectada que le era imposible esconder su frigidez y ofensa, y él no podía disimular su rabia y frustración. Emperatriz se aprestó a parir hijos buscando la única alternativa de darle desfogue a lo que ella llamaba su insondable soledad. Y para colmo de males, su último parto fue tan difícil que terminó desquiciada, e incrementó sus ascos y una fobia atroz contra el teniente. Rotundamente se negó a cualquier contacto: no se dejaba tocar siquiera una mano ni recibir un abrazo, y menos entablar un diálogo. Situación muy grave para un varón criado 21


en una familia de machotes, cuya política ancestral era que, tanto las mujeres como las leyes, se habían hecho para violarlas. Cuando él le sugirió otras formas placenteras con las cuales jamás volvería a quedar preñada, ella, entre escandalizada y molesta, le había respondido: –No sea guache y vulgar. A la esposa no se le proponen esas cosas. Para eso están las queridas de La Ronda; a ellas les es lícito todo. Búsquelas si quiere. Esas desventuradas nos redimen a nosotras, las señoras, del abuso de unos maridos lujuriosos. Desde entonces le cerró definitivamente la puerta de su alcoba, dándole vía libre a un hombre que, a sus treinta y seis años, estaba en la etapa más interesante de la vida. Y él, ni corto ni perezoso, se dedicó a buscar con quién suplantarla. Así son las mujeres: ni en el cielo se hallan satisfechas –nos recalcó Gilberto. Y todas nos sentimos aludidas. Fue cuando el teniente empezó a frecuentar La Ronda. Desde un principio nos encantó su altanería y rudeza. ¿Qué hembra no cae rendida ante un quepis, un uniforme y un arma por añadidura? Todas lo complacíamos en sus caprichos, porque con tanto acoso instintivo, prepotencia y apasionamiento de ciertos clientes, precisábamos cuanto antes de protección militar. 22


–Inicialmente se fijó en Inírida, la morenaza de ojos saraviados. Fascinado con esa hembra, tan exuberante y bella, la asediaba y patrullaba de continuo. La sensata mujer, que de boba no tenía un pelo, lo desechó de una. Desde que llegó a La Ronda su objetivo era muy claro: tener una relación estable. Jaime Correal, su novio inicial, la había aquietado a tiempo, librándola de lanzarse deliberadamente al ruedo. ¿Cómo iba a desperdiciar una oportunidad única jugándosela a alguien tan leal? Y en verdad no había punto de comparación entre los dos hombres. El teniente era apasionado, atento, pero inconstante. Jaime, por el contrario, obraba con tanta sensatez que demandaba respeto, y además de honrado, era comedido. En esa época de partidismos tan radicales fue de los pocos liberales que, en un bastión conservador, sus contrarios no se la montaron, ni intentaron aplancharlo como solía ocurrir entonces. Transitaba libremente y manejaba su negocio de abarrotes sin ningún temor. Y a despecho de varias jóvenes del pueblo que lo querían para sí, Jaime, quien le había prometido a La saraviada apartarla del libertinaje y hacerla su esposa, poco tiempo después le cumplió y se la llevó lejos para que nadie le fuera a recalcar su pasado. Entre tanto el teniente Atehortúa, cuyo punto débil era el licor, y bajo ese estado le daba por cortejar a las mujeres más exóticas y complicadas de La Ronda, después de tres meses de flirtear 23


de forma tan desordenada se cansó de su rol de buscador insaciable. Centró entonces su atención en Azahabara, una mujer madura pero fascinante. Fíjese que no más le asesinaron a Valentín Del Randall, su único amante conocido, obstinada en no volver a atender hombre alguno, se enclaustró en La Yocasta. Los rumores de su pasado mítico le venían intrigando. ¿Quién, sino ella, se daba el lujo de seleccionar o desechar a sus amantes? Y al hombre que estaba tras la búsqueda de alguien, que ni él mismo sabía quién, se le afincó en su instinto como una sublime obsesión. Una década atrás, ella era la carta de presentación de los Del Randall, quienes en ese entonces, con el producto de sus minas de oro de Gavia y Vendecabezas, podían comprarlo todo, inclusive los favores de cualquier mujer. Además, los maliciosos del pueblo le habían contado en forma soterrada que ese demonio angelical, aunque impredecible, jamás tenía intimidad con nadie sin antes conocerle sus fantasías, tendencias o aberraciones. El militar, que regularmente era incapaz de prescindir de un desasosiego e inquietud constantes, tenía que recurrir, como ya dije, al licor. Sólo entonces se desinhibía, cayendo al límite de buscar a alguien con quién desfogar sus instintos crueles, y nada mejor para lograrlo que la complicidad de una veterana experimentada. Azahabara escuchaba pacientemente a ese uniformado tan apuesto, destrozado por su dramática 24


y caótica relación conyugal. Dos seres errabundos carentes de afecto se encontraban en el momento más vulnerable de sus vidas. Aunque ella aparentaba menos edad se acercaba a los treinta y cinco, etapa crítica para alguien que vivía de su belleza. Qué lejos estaban esos tiempos del derroche, los lujos y la frivolidad total. El pasado, pasado fue, había que aceptar la realidad, seguir viviendo, y a pesar de no creer ya en el amor, aceptó al teniente por mera porfía. Era evidente que por más que intentara escapar de la vida pública, la estaba incrementando. Además, tenía que desarraigar de la mente su última y nefasta experiencia, la que vivió con el miserable Rufino Aguayo, quien no sólo la utilizó, sino que también la estigmatizó, por no decir que la mató, con el despectivo mote de La tetimocha. Será que no existe, o el destino no me deja encontrar, en tantos y tan diversos lugares que he recorrido, a un hombre que me quiera por lo que soy, y no como pasatiempo ocasional, solía decir a menudo. Era obstinada. Resolvió darle un último lance al amor. Su sicología no le fallaba. Desde muy joven la había desarrollado con su agitada experiencia callejera, acolitada por su maestra Yolanda Barrantes, una gran conocedora del comportamiento masculino y de las pasiones humanas: “Mira a los ojos de tu interlocutor, e intuirás lo que precisa y, si aciertas, lo tendrás rendido a tus pies”. 25


Azahabara sabía que el vodka, mezclado con el zumo de naranja, era su aliado para hacer desembuchar hasta al más reservado y tímido, y después de tan aciagas y desacertadas experiencias pasadas, lo mejor era no volver a correr riesgos. Decidió irse a la fija y le dio a su desubicado teniente la dulce toma. Pronto, una relación de afectos, complicidades, ritos secretos y extraños, los acompañaría hasta el fin de sus vidas. Cuando Emperatriz Rubio se enteró de las circunstancias de la muerte de su marido, montó en cólera y exclamó ante los portadores de la noticia: –¡Qué se podía esperar de un policía, y además vicioso! Que lo velen en el nido de sus queridas, ese antro donde cayó. Que las damiselas lo lloren y guarden en sus recuerdos. Respeten la decencia de esta casa. Y como le era usual, se encerró con llave. Esa noche, igual que fantasmas que se deshacen en la oscuridad, la esposa e hijos del teniente desaparecieron del pueblo. Días después, una pareja de ancianos lúgubres recogería el equipaje. Al enterarnos del rotundo no de Emperatriz para acoger en su hogar el cadáver de su esposo, le propusimos a Estela, “La silla eléctrica”, velarlo en su casa-bar La Sandunga; y aunque ésta se mos26


tró complacida, la mayoría optó por el salón Verde Luna de La piconera, que era más funcional, podía albergar más gente, y estaba mejor ubicado. Con cortinas de crochet, sobrepuestas sobre sábanas blancas, cubrimos esa inmensa pintura que ocupaba el muro central, plena de ninfas, faunos y amorcillos que insinuantes se bañaban en un río de vino, y donde los jacintos y flores circundantes eran del tamaño de las palmeras. Quemamos incienso y eucalipto para purificar la estancia, y entronizamos la sagrada imagen del Rey de Burlas. Muy de madrugada mandamos a dos muchachos para que recogieran flores blancas en el campo, y con ellas levantamos un altar de balsámicos olores. Cuando nuestra comisión llegó a la morgue para reclamar el cadáver, el cuerpo policial se opuso rotundamente: Exigían velar a su teniente en la guardia municipal, e inicialmente así se hizo. No nos dimos por vencidas. Acordamos hacerle el novenario en el Verde Luna. Guardaríamos esos días de luto. Claro, tomando aguardiente y escuchando tangos, que era lo que más le gustaba al teniente Atehortúa. La Ronda se vistió de negro y oro para el entierro. Jamás se vio tanta alhaja fina y elegancia exhibidas aquí. Para nosotras, y de seguro para el pueblo, era el difunto del año. Nadie como Jaír, “La jirafa”, un hombre incondicional, con un poder de convicción tal que pare27


cía querer salvar al mundo. Lo utilizábamos para que nos defendiera ante esas mentes inquisitivas del pueblo, que a diario nos atormentaban. Ese día aciago lo enviamos ante el cura y el alcalde para solicitarles permiso de acompañar el féretro, aunque fuera a distancia. Qué fanatismos e injusticias había en ese entonces: los suicidas y las mujeres de la vida, para estigmatizarnos aún después de muertos, estábamos condenados a ser enterrados fuera del camposanto. ¿Podría existir ultraje mayor? En fin: todas queríamos, después de que se fueran sus deudos, entrar muy solemnes con nuestros ramos y músicos al muladar, a ofrecerle una serenata, beber una copa ritual, y con palabras sentidas despedirlo a nuestra manera. Jaír regresó con la noticia de que el cadáver ya no estaba en la Guardia. Sus dolientes, llegados desde Pereira, se lo habían llevado a su tierra. No; no nos íbamos a quedar con el sentimiento reprimido, vestidas y con los crespos hechos. Contratamos al grupo de Lunarejo para que aquel atardecer, al son de una música lúgubre, de esa que en Semana Santa todas las frecuencias radiales hacen sonar día y noche, hasta el hastío, nos acompañaran a darle una vuelta al pueblo. Lunarejo, un sentimental que hacía llorar su guitarra rasgándola con una copa, en aquella oca28


sión lo hizo con el arco de su violín. Nuestra intrepidez, en ese pueblo de mojigatos, dio mucho de qué hablar. Desfilamos con un estandarte que llevaba de fondo la bandera patria, y sobre ella la foto del teniente. Lo acompañábamos con coronas de flores blancas y velas, y aunque nos tildaron de agoreras, ni la policía, que esa noche se recogió recelosa en la guardia municipal, ni el cura que con sus usuales imprecaciones nos señalaba, interrumpieron nuestra marcha. Esa noche fue de fervor. Hubo tanto destello de luz y oro que dejamos boquiabierto a todo San Sebastián de las Candelas. *** Después del trágico suceso, la reacción de los hombres del pueblo hacia la milicia local fue de repudio y descrédito. Por donde pasara un policía era objeto de ofensas e indirectas y hasta escupitajos, lo que llevó al Comando a tomar acciones extremas contra los infractores. Azahabara, con tres disparos a quemarropa, no murió de inmediato. Padeciendo una larga agonía, era la heroína de la tragedia. Los varones la tenían en su discurrir cotidiano, y se hacían convites y aportes para que durante su convalescencia nada le fuera a faltar. Ella era un ser único, que a pesar de su mutilación (La tetimocha), jamás se dejó amilanar de nadie. Su presencia irradiaba tanta dignidad que se granjeó la confianza total, al punto de que 29


los varones respetables aceptaran que ella, con su diálogo tierno y comprensivo, y su consejo oportuno y acertado, les hacía olvidar la pasión, transformándose en su cómplice. No sin razón su casa-bar, por imposición de Valentín del Randall, su único y verdadero amor, se llamaría La Yocasta. Un morboso sentimiento, entre la rabia y la fascinación, corroía a las señoras distinguidas, quienes ya encontraban motivos para ir hasta el hospital con sus rostros cubiertos, y a través del velo del pabellón llegaron a conocer a esa eterna rival: un fantasma que jamás se dejó ver por las calles de San Sebastián de las Candelas, al contrario del resto de cortesanas, que aprovechaban cada jueves al medio día para lucirse con sus trajes de última moda y exhibir sus rostros pintarrajeados. Esa obstinada ausencia acrecentó su imagen mítica. Durante casi dos décadas fue la reina absoluta de La Ronda. En tanto tiempo, Rosa Elvia sólo tuvo dos verdaderos amantes y muchos apodos: Azahabara, La Yocasta, La tetimocha, La discreta, y La bella discreta.

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II ROSA ELVIA, LA INDOMABLE [En un pueblo del Tolima una niña de brazos es abandonada y la adopta una familia que se compadece de su indefensión. Su infancia hiperactiva en un medio tradicional la lleva a salirse de las normas preestablecidas.]

Y fue Josefina, La bizca, amiga incondicional de Azahabara, quien un día de asueto y muy compungida, nos contó a un grupo de curiosos el desconocido pasado de La discreta y agonizante reina de La Ronda. Nunca supimos de dónde sacó situaciones tan insólitas, pero las contó con tanto conocimiento de causa y lugar que nadie dudó en creerla. He aquí la historia: Estercilia Moncada y Justo Sepúlveda –así se llamaban los padres de crianza de Rosa Elvia– eran naturales de una vereda de El Fresno, Tolima. Después de dejar su minifundio, donde apenas sobrevivían del cultivo de hortalizas y de unos cuantos quesos, producto del cuidado de tres reses, la 31


familia decidió probar suerte en el pueblo con la elaboración de pan. En el solar de la nueva casa, en medio de almendros y palmeras, Justo construyó, con adobe y barro pisado, un buen horno de tres cavidades. Domingo y Esteban, sus hijos de seis y siete años, ofrecían por las calles del pueblo y en la plaza de mercado pan de trigo, bizcochuelos y hojaldres. Viéndolos tan pequeños e indefensos, llevando esas grandes canastas de iraca, los parroquianos por compasión les compraban todos sus productos. La madre, una mujer activa y temperamental, aparte de la panadería y de una explosiva olla de crispetas, que le quitaba mucho tiempo, también instaló en su sala un incipiente restaurante. *** Una tarde, después de la dura jornada, a Estercilia le da por ventanear y ve a una mujer que, vestida humildemente, erraba como perdida por la carretera llevando una criatura que lloraba mucho. La mujer, atraída por el olor del pan, o por extraña intuición, se fue acercando y, aunque en un principio se miran inquisitivas, una fuerza instintiva unió su destino. Pase lo que pase, aquí jamás aguantará hambre ni frío; lo demás dejémoslo a su suerte –piensa la indígena. Con decisión, se acerca más. 32


–Tiene hambre y frío, pobrecita, ayúdela, señora –dice mientras le muestra a la inconsolable criatura. Su madrecita está muy gravita y no la puede alimentar por ahora ¿Podría usted...? Estercilia, que era madre y lactaba por esos días a su única hija, que había nacido sietemesina, se compadece, la hace entrar y amamanta a la cría. Sólo entonces recela que de por vida la fueran a enredar con el retoño, hembra para colmo de males. –Qué pereza más mujeres, –se dijo. Ella, con marido y dos hijos varones, recibir una hembra sería como cebar una oveja para los lobos. –¿Quién es la madre y dónde está? –Muriéndose en el campo. La pobrecita parió a escondidas de sus padres y tuvo un parto muy difícil. Debo regresar de inmediato con unas vendas o sábanas para que no se desangre. Si a la seño le sobra alguna, haría una gran caridad. Los moretones en el cuerpo y rostro de la niña lo evidenciaban. La campesina, que prometió regresar con la madre en cuanto sanara, para recoger a la niña, no regresó jamás. 33


Todos los días, a la hora de mayor flujo de gentes, Estercilia, bastante molesta con su destino, se asomaba a la ventana con la criatura para mostrarla a todo el que pasara, con el fin de que se difundiera la noticia de la abandonadita, a ver si a la descorazonada madre, o a la encubridora, les remordía la conciencia y pasaban a recogerla. Pero esto no sucedió. *** Rosa Elvia Sepúlveda Moncada –así bautizaron a la desamparada– creció vivaz e inteligente, voluntariosa e impulsiva. Era la felicidad de padre y hermanos, que fascinados contemplaban y aplaudían las crueldades de ese ángel de maldad contra su hermana y compañeritos de juego, algunos mayores que ella. Aburrida por las permanentes quejas de los vecinos que le mostraban los tirones, golpes y pellizcos de que eran víctimas sus niños varoncitos, cuando se paseaban por ahí sin calzoncillos, a más de que les quitaba sus cosas y les desbarataba los juegos, y ante la ineficacia de todo tipo de castigos y encierros, la madre evidenció sus temores. –Ésta viene más mal enrazada que la hija de Pinga. Para controlarla, mientras hacía sus oficios cotidianos, optó por mantenerla sujeta a su cintura con una extendida cadena de perro. Pero la muchacha 34


buscaba el modo de soltarse, y en su lugar amarraba a la hermana, o algún taburete u objeto. Hasta que por fin la pudo mandar a estudiar. Por ser blanca y bella, las monjas Vicentinas la acogieron en el colegio del Sagrado Corazón. No así a Amanda, su hermana de crianza, que era oscurita, de pelo quieto y poco agraciada, lo que incrementó la envidia de ésta y, desde entonces, ambas vivieron en continua rivalidad. La más afectada era Estercilia, que a diario, con el genio alterado, intentaba inútilmente conciliarlas recordándoles una y otra vez que eran hermanas de leche, y resguardando desde siempre a la hija de crianza de las acechanzas, no sólo de su marido y sus hijos, sino de todos los sátiros del pueblo. Esa jovencita tenía una atracción extraña: cara de ángel y cuerpo exótico que la hacían irresistible desde muy niña, y eran ya muchos los que la deseaban. Ella, la seductora, disfrutaba sintiéndose apetecida e inconquistable. De qué valía rezar tanto si los santos no la escuchaban –se dolía Estercilia– que soñaba con poder verla casada o enmozada, para liberarse pronto de tan pesada carga. ¡Qué adolescencia tan brava e intensa! –¿Por qué no te conseguís un macho que te plante, te largás bien lejos y nos dejás en paz? – clamaba desconcertada, con frecuencia, la madre. 35


–Ya le he dicho mil veces que el hombre que yo necesito no ha nacido, y si es que nace, no se cría, –respondía muy oronda. –Cómo me arrepiento de haber criado mujeres, y más a esta arrimadiza, que a causa de la mala sangre que la engendró, tarde o temprano la habrá de embarrar. –Demalas la caritativa, que salió por lana y regresó trasquilada. Aunque en el fondo la que salió perdiendo en este lance he sido yo, al tener que vivir en este antro de gente plebe y vulgar, que únicamente saben maldecir y hacer un pan tan desaliñado que sólo tragan los muertosdihambre; y lo peor, soportar a los maliciosos del pueblo, que a diario me señalan con el despectivo mote de la hija de La Pandetrigo. Pero el egoísmo encontró su castigo y tendrá que soportarme aquí, aún después de su muerte, porque usted, doña Pandetrigo, irresponsablemente, jamás se dignó averiguar el paradero de mis verdaderos padres, los que por esta pinta debieron de ser nobles, bellos y ricos. Hasta el más ingenuo nota la diferencia existente entre la exclusiva finura y la inculta ordinariez. –Calmate, la Miss Sangre Azul. Jamás serás bienvenida, porque no fuiste concebida con amor. De seguro que tu madre ni se dignó alzarte a ver, menos averiguar tu sexo, y de inmediato, sin referencia alguna, te arrojó a la calle. Para que más 36


tarde, que en eso si fue inteligente, tú no la fueras a atormentar, ni a cobrárselas y menos a hacerle algún reproche. Gracias a la acción de una noble mujer del campo, no moriste de hambre. Es a ella a quien debes agradecer tu desubicada existencia. –No me trate así, que me ofende, y usted, la eterna culpable, a más de ofensas y regaños, vive celándome con todo el mundo, hasta con mi padre y hermanos. Usted es incapaz de disimular que envidia mi intrepidez, belleza y juventud. Si no fuera por mi recio carácter, jamás lograría sobreponerme. –Cómo envidio a las que sólo parieron o recogieron hijos varones. Los machos son de la calle y donde caen, caen parados, porque al menos tienen un poco de respeto hacia sus progenitores. Pero la Providencia es sabia, y habrás de tener retoños que te saquen canas y arrugas. –Los hijos son para las mujeres primarias e inseguras, que no tienen otra alternativa que parir y levantar hijos, y yo no soy ni jamás seré ese estilo de mujer primitiva, porque nací para grandes cosas. ¿Entendió, doña tormento, Pandetrigo? –Y es que no te has dado cuenta que para eso tenés que estudiar, prepararte y obedecer al sentido común, del que carecés por completo, porque las lechuguinas como vos tienen la más efímera y vacía existencia. Después de ser de todos terminan 37


abandonadas en la calle, o asesinadas en un prostíbulo, o una cantina. Practicá alguna vez el dicho que de bien nacidos es ser agradecidos. Hablarle así era como hablarle a una pared. La muchacha, con su usual indiferencia, ni se daba por aludida, lo que enardecía a su madre que, para evitar más dolores de cabeza, trataba en lo posible de ignorarla. Para alegría del hogar, Amanda se desposó a los diecisiete con el panadero auxiliar, un tal Simplicio Marín, único conocedor de la receta de los famosos panderitos de la difunta Claudina. El trabajo era tanto en la casa–panadería La parva al día, y Estercilia le tenía tanta confianza y cariño al yerno, que la pareja se quedó a vivir con la familia. A partir de ese momento, Rosa Elvia tuvo que dormir en un catre que su madre, absteniéndose de atender a su esposo, debió armarle en un extremo del cuarto conyugal. No se atrevía a descuidarla ni un minuto, ya que su marido y sus dos hijos vivían delirando tras ella, lo que le agrió aún más el genio a la sufrida mujer, quien en todo momento se lamentaba por no haberla entregado a un orfelinato desde el mismo día en que se la dejaron. Rosa Elvia, que no olvidaba las ofensas y celos de la hermana, inició un juego de coqueteo mordaz y cruel con Simplicio. Cada que él se dedicaba a armar y hornear los exclusivos panderitos, era 38


abordado por la cuñada quien, sin importarle que Amanda estuviese presente, lo atendía con sendos vasos de sirope fresco; luego con su delantal le enjugaba el sudor de la frente, y como si fuera poco, lo zalameriaba y, cínicamente, muy remilgada, le colocaba trocitos de pan dulce en la boca. Amanda, impotente contra esa poderosa rival, se ensombrecía y corría angustiada ante su madre. El crédulo de Simplicio perdió la razón con esa preciosidad tan diligente, cuando antes lo miraba como un tonto, y ni un saludo se dignaba darle. Ahora las paredes hablaban y los muros replicaban dentro de la panadería. De un momento a otro esa estancia se transformó para desconcierto de todos en un infierno de intriga, pasión y celos. –“Quien juega con candela se quema”, le advertía de continuo Estercilia. “Controla tus instintos putona, no te vaya a pesar después”. La cínica muchacha fingía sumisión y pensaba para sus adentros cómo hacerle entender a esta Doña tormento, que ya se quisiera ser mi madre, que deje de preocuparse por mi destino, puesto que me crié bajo la sombra de mis amigas las Barrantes. De esa escuela me quedó muy claro que, en caso de que por violación o por imperdonable descuido quedara preñada, de inmediato, si fuera preciso, me meto un palo para agitarlo hasta abortar, y si esto no me funciona, me trago un costalado de 39


mangos viches rociados con tres capachos de sal. Y en caso fallido, desde el alto de las Palomino me echaría a rodar falda abajo sobre hojas de guadua sin pelusa. Pero eso sí, que soltera jamás tendría ni me encartaría con un muchacho. ¡Ni riesgos! –En voz baja y a encubiertas, de continuo le pedía Simplicio a Rosa Elvia: –Cuanto antes, preciosa, marchémonos lejos, donde nadie nos encuentre, que yo viviré y trabajaré sólo para usted. La castigadora se mofaba del apasionado, y le susurraba muy picada que con ese nombrecito de Simplicio dejaría morir de hambre a cualquier mujer. ¿Acaso no se daba cuenta de que él era, y seguiría siendo una fiel copia de los Simplicios atenidos, incapaces de armar nido aparte? Con alguien así, ¿qué esperanzas podría tener ella? Sin embargo, el poco dinero que no le quitaba Amanda, a escondidas de todos y enrollado con un resorte, se lo entregaba Simplicio a su adorada: –Cuando haya suficiente para marcharnos me avisa, que yo no vacilaré en tirarlo todo por la borda para seguirla adonde quiera. Ella corría a comprar coloretes y aderezos. Una tarde, mientras Rosa Elvia amasaba los ingredientes para el hojaldre, el asunto explotó: Sim40


plicio se enloqueció con el bamboleo de aquellas caderas y senos lujuriantes, y esa sonrisa atrapadora que lo incitaban como fruta prohibida. Alzó en vilo a ese demonio de criatura, la arrojó con apasionada violencia sobre la masa, y le rasgó el vestido. Ella, asustada, gritó y pateó. En el acto toda la familia se hizo presente y debieron golpearlo para separar de su presa al enardecido amante, que embadurnado de harina, arañado y con el rostro sangrante, pujaba sobre la histérica mujer. –¿Cómo te atreviste a irrespetar, no sólo mi casa, sino a mis dos hijas? –le gritó Estercilia temblorosa y llena de espanto, mientras se llevaba las manos al rostro. ¡Te largás ya de aquí con tu mujer, cabrón, libidinoso y sinvergüenza! –No, mamá: que se largue Rosa, la puta Rosa. Era ella la que vivía incitándolo. Todos, y tú más que nadie, hemos sido testigos –clamó Amanda, angustiada y llorosa. –¡Carajo! ¡Ya dije que los que se largan son ustedes! ¡Cumplan con el más sagrado mandamiento de cualquier pareja! Casa–dos. Ni suegras, ni amigos, sólo hijos y padres deben convivir en un hogar. Los demás apestan y lo corrompen todo. Rosa es la soltera de esta casa y mientras tanto permanecerá bajo mi control. Eso sí, Rosa, óyeme bien tú, la intensa: tendrás que ceñirte a los reglamentos que yo imponga. Si no, también te tendrás que largar ¿Entendiste? Bueno, andando, 41


andando los desarraigados, ¡piérdanse de una vez! –¿Y para dónde nos vamos a ir, así no más, tan de repente? –gimió con expresión estúpida Simplicio, a quien los golpes recibidos y el rostro arañado le habían hecho sentir la gravedad de su situación. –¡Ah!, eso sí no es asunto mío. Dejaste ir la oportunidad y la confianza que se te dio; ahora la necesidad te dará agallas. Aprenderás a ser responsable y a llevar una obligación. Y tú, Amanda, tendrás que hacer lo que tu marido te ordene. Si él te lleva para los infiernos vas a tener que seguirlo, porque ésa es la obligación de toda desposada. ¿En-ten-die-ron? –Misiá Estercilia, ¿Amanda podría quedarse con usted, en su respetable casa, mientras me ubico en alguna panadería, restaurante, o instalo mi propio negocio? –¡Ni riesgos! Te la entregamos pura y entera ante los ojos de Dios. Y aunque ya no te apetezca, carga con tu cruz. La verdad, yo jamás seré ninguna alcahueta y eso me viene de casta. Mi madre tampoco me quiso recibir años atrás por problemas con mi marido, por lo que tuve que doblegarme, y desde entonces mi matrimonio ha funcionado. –Tomá vos Amanda este dinero para que controlés al cabrón, y aprendé de una vez que en la casa la que manda es la mujer. No te vayás a do42


blegar ni humillar, que en caso tal, la que te da una tunda soy yo. No vacilés nunca en venir a pedirme consejo, que siempre estaré presta. Pero ese guache, que no intente volverme a hablar, y menos a pisar mi casa. Como echados del paraíso, quejumbrosos, lanzándose reproches y ofensas, la pareja abandonó el hogar. *** Ya libre del acoso de Simplicio y de los celos de Amanda, Rosa Elvia se creyó la dueña absoluta del hogar. Por fin tenía la privacidad de un cuarto y se tornó perezosa y atenida en las labores caseras y de la panadería. –Soy alérgica, qué horror, al mínimo contacto con el polvillo de harina, al igual que a ese tufillo del pan recién horneado. También me causan desvanecimientos el calor mezclado con el humo que expande el horno. Y el encierro en esta casa me altera el genio, –decía. Gracias a la complicidad explícita del padre y hermanos que, a escondidas de Estercilia, le daban dinero para que saciara sus caprichos, suplantándola también en sus actividades y obligaciones diarias, ufana recorría las calles luciendo la última moda. Su intensa naturaleza la llevaba a estar en cada evento y en todos los bailes, creando, con un 43


gimnasta que llegó al pueblo, unos pasos y un estilo propios que las jóvenes de entonces empezaron a imitar. Tanto halago la encumbró a participar en todos los reinados, en los que siempre quedaba de reina. Después de acumular tres coronas, las envidiosas, rechiflándola, la apodaron La eterna e inmamable reina. Desde pueblos vecinos llegaban admiradores a cortejarla, pero a ninguno aceptaba. Cuando el sujeto anhelado se rendía a sus pies, con un vahído de compasión lo despachaba y corría tras otro inalcanzable, porque ella gustaba de los imposibles, de esos que sólo existen en la imaginación, y esa búsqueda la acompañaría siempre. A Estercilia se le agotó la paciencia: ¿Pero qué me está pasando? –se cuestionó. ¿Acaso no he sido yo la que siempre he llevado los calzones en esta casa, para que bajo mis narices una incontrolable aparecida abuse de forma tan descarada e irresponsable? De inmediato buscó una orientadora de familia, que después de analizar el caso, sugirió internarla en un correccional de mujeres que había en la capital, donde le domarían ese instinto salvaje e intenso. Sólo saldrá de allí cuando sea mayor de edad y pueda racionalizar sus actos. Esa muchacha, aunque llegue a los cincuenta años, que lo dudo mucho, jamás madurará. Fue 44


engendrada por una mujer de cerebro vacío e inestable, –dijo con toda convicción Estercilia. Pero a condición de tenerla lejos de mi marido y de mis hijos, y poder dormir en paz, pagaré el tratamiento que sea. Eso sí, por lo que pueda ocurrir, sólo yo sabré el lugar de su paradero.

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III ¿INTERNADO, O CÁRCEL? [La reclusión, en lugar de moderar la conducta conflictiva, crea resistencias con resultados imprevistos.]

Lo que nunca perdonó Rosa Elvia fue que, embaucada, la arrancaran de su casa dizque para un retiro espiritual con muchos varones. Ella, que vivía pregonando que “sólo le temía a la ira de Dios y a una escasez de hombres”, tuvo que convivir contra su voluntad bajo esos dos terrores. Un reclusorio que era peor que el mismo averno, poblado, no con demonios bonachones, lujuriantes y de cola prensil, sino un infierno de mujeres grises, sin pizca de rubor, donde la histeria, los golpes y los gritos eran la práctica constante. Se daba pellizcos, gritaba para despertar de la pesadilla, y cuando constató su realidad optó por dedicarse a respirar profundo y tranquilizarse para no enloquecer, hasta que hizo un alto al desespero. Tenía que idearse la persona que, cuanto antes, la ayudase a salir de ese infierno, y lo intentaría con lo más parecido

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a un macho: la guardiana mayor, Magdalena del Pilar Colatero. A ésa sólo le faltaba el punzón para ser hombre. Ella, Rosa Elvia, la más sutil y hermosa, tenía las armas más potentes para seducir tanto a hombres como mujeres: su despampanante feminidad y fuerte carácter. Magdalena caía en el desasosiego ante tan perturbadora e impredecible belleza, que descaradamente la manipulaba. Para sustraerse de presencia y miradas tan penetrantes recurrió a diversas amistades y diligencias, pero le fue imposible desterrarla de su pensamiento. En todo rincón se la encontraba, y en intentos desesperados por granjearse su admiración llegó a realizar actos insólitos, como romper el silencio con su silbato antes del amanecer, llamado que obligaba a todas las internas a levantarse para una supervisión inusual, y lo hacía de una manera tan obsesiva, que en cada muchacha encontraba falencias de pulcritud y orden. Sus gritos se oían a distancia, como el rugido del león haciéndose notar entre las hembras; lo que llenaba de nervios e impaciencia a las reclusas. Otras veces, al sentirse observada por la joven, golpeaba prepotentemente y sin motivo alguno a quien se le atravesara. Y todas, incluso Rosa, llegaron a odiarla. Durante seis meses la escurridiza jugó a la indiferencia, hasta que afianzó su poder y empezó a salirse con la suya. Cuando la situación se torna47


ba incontrolable, pues a diario creaba conflictos, no sólo con otras reclusas sino también con las guardianas y el personal administrativo, buscaba el amparo de Magdalena, que era ya su confidente y la escudaba ante todo el mundo. Para protegerla mejor, la sacó del pabellón general y le asignó un cuarto individual. Como si fuera poco, y ante su sugerencia, instauró un curso de artesanías para que no se tornara ociosa y no cogiera malas mañas. Rosa manejó tan astutamente esta relación que no permitió –no tan pronto– que la guardiana se pasara de la raya, porque eso sí, ella lo único que tenía claro en la vida era su preferencia sexual. Hombres, todos los que le llegaran. Con mujeres, nada. Magdalena se aficionó a ella de un modo delirante, y a tal punto que no vaciló en entregarle unas llaves para que, en sus noches de angustia, pudiera llegar hasta su habitación donde encontraría apoyo y consejo. Llaves que Rosa utilizaría para visitarla y desplazarse tarde en las noches por el reformatorio hasta que pudo alcanzar la reja principal, sitio vedado a todas. –¿Cómo era que un correccional tan peligroso no tenía hombres fuertes y osados que controlaran tal encierro, atestado de mujeres conflictivas y sedientas de macho? –se dolía Rosa Elvia. Sólo contaban, y de la reja hacia fuera, con el celador nocturno, de metro y medio de estatura, viejo, calvo y desdentado. Se llamaba Modesto 48


y recibía el turno de las doce de la noche. Nunca hablaba con ninguna interna. Siempre se le veía fumando, y cuando las guardianas de reemplazo se despedían, él les respondía sin mirarlas, ni soltar el cigarrillo de los labios. Ese pelele será mi libertad, pensó Rosa Elvia, y obsesivamente se concentró en esa idea. –Señor, no puedo dormir..., le susurró hacia la media noche de un día lunes, después de que dejara a Magdalena exhausta por el exceso de masajes que le hacía con la calculada intención de neutralizarla en el momento oportuno, y después de que pasara la última centinela fiscalizando el orden y apagando todas las luces. –¿De dónde saliste y qué te trae por aquí, mujer? Le respondió el hombre alumbrándola con la linterna y desconcertado al ver aparecer tras la reja, en hora tan impropia y vestida de forma tan sugestiva, a esa modelo de belleza y sensualidad. –Añoro a mi padre, mi casa, mis amigas, todo lo que está afuera. Un cigarrillo calmaría mi ansiedad. La joven tiritaba y buscaba calor frotando sus brazos con las manos. Inicialmente, Modesto se mostró esquivo ante sus requerimientos, y radicalmente la eludía, pero la gota labra la piedra y esa criatura delirante lo 49


enredó. Después de la octava visita el hombre cedió, y empezaron a trocar a través de una ventanita de la reja sus alimentos, mientras ella acariciaba sensualmente las arrugadas manos y le entregaba lo peor de su ración diaria, que a Modesto le sabía a gloria. Él, en retribución, le entregaba lo que ella le hubiera encargado la víspera. –Llegó Modesto y acabó con esto y..., llegó Modesto y acabó con esto y..., –coreando del otro lado de la reja le susurraba la muchacha. El hombre no entendía qué quería decirle con esas palabras melosas, pero quedaba encantado con ese arrullo de ángel. Después de que ella se marchaba a su celda, ese susurro dejaba de ser canto y se transformaba en pasión, en lujuria, lo enloquecía y resonaba en su cerebro todo el tiempo. Ahora, a Modesto no le importaba endeudarse. Además de un exquisito bocado diario, debía agregarle a los caprichos de la mujer un paquete de cigarrillos extranjeros. No volvió a dormir. La pasión juvenil revivió en él. A diario cambiaba de ropa. Ni en los billares, ni en las cantinas encontraba con qué suplantar a la belleza que, tras unos barrotes inabordables para él, le había robado la calma. –“¿Qué te hace falta, muchacha? Pide con confianza, que yo gustoso lo conseguiré”, le dijo 50


una noche de menguante mientras le obsequiaba una bufanda amplia de lana cruda para que no se resfriara en las heladas noches sabaneras. –Quisiera un padre que nunca tuve, que me cuide y me diga cosas bonitas, y lo que más deseo es que se me aparezca con un espejo, una caja de cosméticos marca Revlon y una navaja para encresparme las pestañas. –El padre ya lo tienes, le replicó él con tono emocionado. Los cosméticos y el espejo, ya vendrán. ¿Pero la navaja...? –¡Sí!, preciso de una navaja grande. Las más intrigantes ya la tienen, y yo, la más vulnerable, no puedo quedarme sin defensa. ¿Acaso tú no sabes cómo es de peligrosa la convivencia aquí? Todas esas fulanas a diario me la quieren montar, unas por amor, otras por celos y las más porque me envidian. Eres ya mi padre, y no vas a consentir que a tu niñita le pase algo. ¿O es que no quieres verme más? –Esta muchacha puede enredar hasta a un mico. Modesto era absolutamente consciente de ello, pero la pasión llegó a ser tan fuerte que se aprestó a correr el riesgo con tal de poder sentir a través de la reja, y en el más insólito de los sueños, a esa mujer cuya fragancia le llegaba cargada de desvelos. *** 51


Radiante y voluptuosa amaneció ese domingo, día de visitas. Rosa, experta en el maquillaje desde que tuvo memoria, y que por primera vez en su encierro se encontró ante un espejo, estaba bellísima. Cansada de mostrarse para sí, en la soledad de su cuarto, o ante un anciano que atónito la miraba en las sórdidas noches, no resistió la tentación de lucirse aquel día, y crear revuelo entre los hombres asistentes, que ya se cuestionaban el por qué esa criatura tan indefensa y bella no tuviera doliente que la visitara alguna vez. La más sorprendida fue la guardiana mayor cuando Rosa, muy segura, se pavoneó por el corredor, dio una ronda por el extremo sur y luego, con paso firme quiso dirigirse hacia el patio de visitas. Maliciosas e intrigantes, las mujeres la abordaron para indagarla: –¿Y de dónde diablos salió ésta? Magdalena, con el brazo en alto como militar en guerra, y abarcándola con una mirada inquisidora, le ordenó que se detuviera. La joven, meneando las caderas con gala de suficiente coquetería muy femenina, corrió a su encuentro, y después de darle un expresivo abrazo, la marcó con un descarado y colorido beso, quebrantando el sagrado pacto de discreción que habían sellado. La guardiana, totalmente desconcertada, empezó a abofetearla sin

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piedad. Luego, la retuvo por la cabellera y le restregó el colorete de los labios por todo el rostro. Los celos y la ira la embargaban. –¿Quién te está induciendo a la prostitución, quién, quién? Rosa Elvia, que no esperaba esta reacción, al sentirse sujeta contra su voluntad, furibunda buscó la navaja en su sostén, pero recordó que, en el afán por hacer honor de su hermosura, la había olvidado en el escondite que días atrás cavó en un rincón de su celda. –Pues quién sino tú, la ingratitud misma, que ahora me pagas con golpes e insultos los cuidados que tuve con tu cuerpo marchito y maloliente. Magdalena se sintió suplantada. Su ofuscación le impedía escuchar cualquier ofensa, y abarcó con una mirada fulminante al resto de las mujeres que enardecidas las azuzaban. –¡Silencio! ¡Lárguense a recibir a sus parientes! Todas callaron, pero ninguna se movió. ¿Quién te está dando esos sucios coloretes? ¡Dilo de una vez! –le gritó mientras la zarandeaba con furia e impaciencia. ¡Dilo antes de que te arranque el pelo y te dañe esta cara de perra callejera y libidinosa! 53


La muchacha rabió, pateó, y arañándola, gritó: –Sí, me los dio alguien a quien no voy a delatar. Qué irresponsabilidad la de los que tienen el poder al permitir que seres ineptos y enfermos como usted, doña senil, sean los encargados de controlar cárceles y reclusorios, y en lugar de restringir incrementan el vicio y la depravación. Míreme bien, para que se enfrente con el odio sincero, carcelera estúpida. Y sépalo que jamás volveré a sus aburridas e indecentes prácticas nocturnas y mucho menos a dejarme tocar. –volvió a gritar. La provocación y las carcajadas se escucharon de nuevo. Magdalena estaba herida de amor. ¿Cuál de tantas le estaría transformando a su Rosa, la más pura, en payaso de cabaret? Como escarmiento contra las envidiosas o pérfidas que querían empañar el comportamiento de la buena Rosa, Magdalena ordenó el retiro de los visitantes y el cierre inmediato de las puertas, cortando cualquier contacto externo, lo que causó enardecidos reclamos de ambos lados de las rejas. La protesta llegó al colmo cuando se realizó una requisa total. ¿Cómo lograron entrar un espejo y una caja de cosméticos, objetos tan grandes, frente a una requisa semanal en la que ella misma no dejaba co-

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lar ni un alfiler, y lo más insólito, estar en poder de una desconocida llegada desde tan lejos, a quien nadie visitaba nunca? Magdalena estaba perpleja con lo que acababa de encontrar. –Confiésame quién, o quienes, quieren enredarte con esos afeites perversos, y no vacilaré en protegerte de quien sea. –Primero muerta que llegar a ser chivata. –¿Pero es que no te das cuenta de que alguien quiere enredarte y hundirte para siempre? –Yo, y sólo yo soy responsable de mis actos, porque aquí jamás tuve ni tendré en quién confiar. –¡Ah, sí! ¿Conque muy suficiente la cachorra ésta? Desagradecida, así paga el diablo a quien bien le sirve. Las llaves que no mereces conservar, ¡devuélvemelas!, –le exigió Magdalena. Rosa, bastante alterada, se las arrojó con la intensión expresa de romperle la cara, pero la otra logró esquivar el golpe. Lo primero que la joven le había exigido a Modesto fue unos duplicados. Éstos, envueltos en un plástico, los mantenía escondidos en su intimidad. Diez días a pan y agua, confinada en el oscuro cuarto del olvido y sin hablar con nadie, fue su 55


castigo. Tiempo en el cual se dedicó a diseñar un efectivo plan de escape, a reflexionar sobre su futuro y a darle filo a su navaja. Sin aquella voz lujuriosa, que en altibajos atravesaba la oxidada reja, y esas manos acariciadoras que le perturbaban los sentidos, Modesto creyó enloquecer de ansiedad y dolor en esas frías, eternas y solitarias noches. “Tu ausencia, Rosita, me está afectando más que el vacío que he vivido después de la muerte de mi añorada madre” –gemía el hombre, arropándose hasta el sombrero con su maloliente y descolorida ruana. E igual, bajo su condición de solitaria, Magdalena sufría más que su víctima ese aislamiento de autoflagelación. –“Rosa, tus crueles afectos duran lo que duran las rosas: un miserable día”, rumiaba llena de despecho la mujer. ¿Qué puedo hacer para que te rindas a mí? ¿Será que no hay un dios que ablande corazones tan duros e ingratos? Cuando volvió a la luz, y la iban a reubicar en el pabellón general, Rosa, más dramática que la Dolorosa, se postró a los pies de Magdalena: –¡Madre! Si no quedo bajo tu protección en mi

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antiguo cuarto, temo amanecer con la cara cortada, o degollada, y si doy con suerte, trasquilada. Son tantas e impredecibles mis enemigas que mi vida ya no vale un pito. La guardiana, que soñaba con verla así, sumisa y manejable a su voluntad, temiendo una severa venganza de las otras contra su pupila, no vaciló en volver a tenerla bajo su control. Todo se normalizó, y la astuta joven, con más brío y seguridad, volvió a sus antiguas andanzas a fin de propiciar su huída. Hasta que una tarde de agosto se dijo: si no es hoy, no será nunca. Al anochecer masajeó hasta dejar completamente inerme a Magdalena. Más tarde visitó a Modesto, y no sólo le susurró la zalamera tonada, sino que también lo deleitó con una picaresca danza, y después de tratarlo con calculada coquetería, se retiró a su celda. Hacia las cuatro de la madrugada se vistió de blanco libertad, se arropó con un saco de lana, tomó su ligero equipaje y corrió al cuarto de la guardiana mayor: –¡Magdalena!, ¡Magdalena!, –llama mientras da unos golpes seguidos sobre la puerta–, creo que 57


me voy a morir, los dolores que me acosan en el bajo vientre son insoportables. ¡Por favor, ayúdame! Sobresaltada y somnolienta, Magdalena se incorpora, extiende sus doloridos músculos, y lanza un prolongado bostezo. No viste su mustio uniforme, pero instintivamente toma el fajo de llaves. –Aguanta Rosita, aguanta, responde ante los quejidos insistentes de su protegida. A tu edad, las mujeres somos propensas a los cólicos, tú sabes… Tranquilízate que aquí tengo sedantes, y además, a mi lado, tendrás calor y cuidado. Encandilada por la luz que acaba de encender, al abrir la puerta no tiene tiempo de esquivar el golpe de un tablazo que sobre su cabeza, con fuerza inusual, le lanza la supuesta enferma. Cae inconsciente al piso donde su cuerpo, a intervalos, sufre unas cuantas convulsiones. La intrusa, no sin dificultad, le arranca las llaves que la otra parece no querer soltar y corre hacia el portón de la entrada. ¡Ayúdame, papá Modesto!, ¡por favor, ayúdame!, que Magdalena, después de tomar un estimulante extraño parece que enloqueció, y por la fuerza ha querido someterme a su perversa voluntad. No sé cómo logré escapar de su desenfreno. Temo que si me vuelve agarrar va a querer rayarme la cara, o enceguecida como está, le dé por hacerme un mal 58


irreparable y en este reclusorio no hay escapatoria. Lo dice muy agitada mientras que, con insólita agilidad, abre la pesada puerta de hierro y la cierra tras de sí. ¡Huyamos, papá Modesto! –le suplica. El guardia queda estupefacto con la inesperada y audaz acción de esa muchacha. Olvida que tiene un silbato y que porta una pistola y un bolillo. Es incapaz de detenerla, o de hacer algo eficaz. Ahora, su única opción será huir con ella, o perderse. El recelo y la incertidumbre lo embargan. –¡Dame el dinero que tengás, pero ya!, le exige enfurecida, azuzándolo con la misma navaja que él le obsequiara alguna vez como defensa contra quien fuera. Y aunque le irritaba verlo castañear su dentadura postiza y temblar, le arrancó el fajo de billetes arrugados y sucios que él maquinalmente le extiende. ¿Esto es todo? Con tan poco no llegaremos ni a la esquina, –grita furiosa. Le obliga a vaciar sus bolsillos: unas cuantas monedas, una caja de fósforos y otra de cigarrillos ruedan por el piso. –¡Sálvese el que pueda! –grita delirante. Y no vayas a intentar seguirme, porque si nos ven juntos 59


despertaríamos sospechas y me frustrarías la fuga. ¡Cada cual a lo suyo! El hombre, en un desesperado intento por evadir la realidad, cierra los ojos y se confina en un rincón. Adiós a la más ingrata, o lo que frente a mí aparentaste ser. No te culpo por tu rara naturaleza, porque apenas te vi tras la reja aquella primera noche intuí tu destino cruel y solitario. Pobre criatura, hija del desamor. No obstante, te doy las gracias por los momentos de ilusión que me permitiste vivir en tu cercanía, y ojalá encuentres a un verdadero hombre que te plante y te encarrile por el buen camino, a ti, la más inestable e incomprendida criatura. No te preocupes por las consecuencias que enfrentaré aquí, ya que yo, y sólo yo, asumiré con gusto la culpa de los dos. Cuando Modesto termina su inspirada reflexión y abre los ojos, sólo ve niebla. La bella Rosa se ha esfumado. Desesperada irá por ahí, tras la búsqueda de cualquier refugio. Media hora después, dos disparos al aire despiertan a todo el reclusorio. Modesto, como criatura abandonada, lloraba desolado.

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IV HACIA EL JARDÍN DE ALÁ [–¿Cuántos años tienes? –La edad precisa para iniciarme. –¿De dónde vienes? –De un averno de demonios grises e histéricos.]

Rosa Elvia, la fugitiva, indagó y encontró el modo y la vía que la conduciría hacia la costa Atlántica. Un apasionado camionero se deslumbró con esa aparición que emergió al pie de la carretera: una hermosa niña que, tras la búsqueda de aventuras, maleta en mano, pedía un chance. Frenó en seco, y de inmediato mandó a su ayudante para la jaula. Gustoso se aprestó a llevarla hasta el mismo fin del mundo. Eran los tiempos en que las muchachas, aburridas del demasiado trabajo a que eran sometidas en sus hogares, a más de la represión y el trato despectivo por el sólo hecho de nacer hembras, reaccionaban abruptamente. Por no quedarse beatas, muchas se casaban con el primero que osa-

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ra pedirlas. Otras buscaban refugio y consuelo en los conventos. Las más desesperadas optaban por desaparecer del señalamiento de parientes y conocidos. La modalidad era abordar algún decidido camionero que pasara por la localidad y se arriesgara a llevarlas lo más lejos posible. Las camuflaban entre la carga de algodón o de granos. No importaban las consecuencias. Ellas iban en busca de una vida diferente. Ahíta la mantuvo el chofer a través de la larga ruta de páramos, llanuras y depresiones, con el constante caldo de pescado que le hacía tragar en burdos restaurantes, según él, a esa muchacha de poco diálogo y tan desprovista de pasiones: un témpano de hielo. La cabina olía a ajo ensartado en pescado, lo que la tenía desesperada. No obstante el hombre, un tal Ramón Ortiz, no se daba por vencido y en el colmo del descaro pretendía hacerle el amor en cada quebrada, y en cualquier rastrojo que encontraban en el camino, con el miedo que ella les tenía a las culebras y a los violadores, que suelen merodear por las cañadas. Ante la insistencia del pretendido benefactor, todo el camino fue un repetido no no y no. Con cada negativa, más se apasionaba por la esquiva mujer. Fue en la ciudad de Montería que la prófuga, con la seguridad que emanaba, exigió a su transportador un hotel para ducharse. Además, precisaba tiempo para lavar sus prendas íntimas y un 62


reposo justo bajo el agite de un abanico. Mientras en la antesala de la primera planta el hombre esperaba impaciente por su presa limpia y pura, ésta, sin bañarse ni acicalarse, con la agilidad de un ladrón, se descolgó por la ventana trasera hasta el solar y escapó. Por fin se sintió libre, y respiró hondo porque una idea la excitaba: jamás se ataría a nadie ni a nada. En adelante sería la dueña de sus caprichos. Su imaginación retrocedió en el tiempo y recordó a su gran amiga Yolanda Barrantes. Esa mujer es la más oportuna y sabia de cuantas he conocido. Quién, a temprana edad, pudiera tener su experiencia para subyugar y manipular a los hombres a su antojo. Empezó a reflexionar sobre los proverbios que le recalcaba su maestra para no olvidarlos y, según las circunstancias, ponerlos en práctica: –“Mira a los ojos del interlocutor y adivinarás la intención o respuesta que él precisa recibir”. –“El que a árbol frondoso se arrima, siempre tendrá cobijo, o terminará electrocutado por un rayo”. –“Si quieres ser libre, jamás te enamores”. –“Sé discreta y todo el mundo te respetará”. 63


*** Se adentró por un pasaje boscoso de las riberas del río Sinú, lejos del tránsito vehicular, buscando el fresco de la sombra arbórea para recibir la brisa del norte. ¿Quiénes son los hombres más ricos y generosos de esta ciudad? –le preguntó a un joven mensajero que, en su bicicleta frente al río, se había detenido a mirar un remolino que manipulaba violentamente a una serpiente enroscada en un tallo de plátano. –Son muchos, pero los más amplios son don Enrique Tafur y don Rosendo Burgos. El primero es comerciante y el segundo tiene grandes extensiones de cría y levante de ganado, y también muchas esposas y un centenar de hijos. –¿Y me podrías decir qué lugares frecuentan esos distinguidos señores? El muchacho, observándola en detalle y sin titubear, le respondió: –El Jardín de Alá. Usted allí podría hacer carrera. –Nos vamos entendiendo, amigo. Quiero que me lleves a ese exclusivo jardín, que yo te recompensaré. –¿Está segura de que un lugar así es lo que bus64


ca? No vaya a terminar como esa serpiente, la más sagaz de todas las nadadoras, que ahora es incapaz de salir del torbellino, y señaló al azotado animal. Ella, que les tenía aversión a las culebras, apartó la vista del río. –Nací producto de un desamor, y toda mi vida no he hecho más que enfrentar turbulencias. Temprano aprendí a coger el toro por las astas. Ya nada me extraña ni me sorprende. *** El Jardín de Alá es un exclusivo club privado, emplazado en un recodo del río Sinú. Frondosos almendros, tamarindos, mangos, totumos y mamoncillos, refrescan y afirman la tierra. Tres fuentes artificiales son el abrevadero de aves e iguanas, y el toque paradisíaco lo dan las buganvilias de variado color, y los pavos reales de rutilantes ojos. A Jaffit, El turco, su propietario, el lugar le recuerda un vergel en su pueblo natal, ubicado en una ensenada en el mar de Mármara. De constitución alta y maciza, y ojos y cejas muy negros, que le dan un aire de zíngaro seductor, es un excéntrico sibarita que ha acumulado una considerable fortuna con el contrabando de perfumes, telas y licores. En sus recorridos por la costa atlántica encontró buena acogida entre sus gentes. Le impresionó la fertilidad del valle del Sinú, y por el clima se afin65


có allí. En Montería se hizo primero a El magito cordobés, un almacén de misceláneas, y después levantó el famoso Jardín de Alá. Su pasión sin límites está en el continuo remozar de jóvenes mulatas de todo el Caribe. Una clientela internacional muy selecta lo frecuenta, complacida con insólitas sorpresas. Ahora la expectativa está centrada en la próxima fiesta anual que Jaffit, el que no escatima gastos, viene promoviendo: un baile de fantasía cuyo tema será Las mil noches y una noche. Sus contactos con el Medio Oriente le confirmaron el arribo de un conjunto de músicos de Erzurum, al este de Turquía, doce chefs para una auténtica cena turca, y tres camellos que ambientarán la irrealidad. Pero lo mejor será un grupo de bailarinas del vientre, elegidas entre las escuelas de Estambul, Beirut y Alejandría.

*** Jaffit, un eterno desconfiado de los solitarios, lo es más ahora con esta belleza, que sin referencia que la acredite, ni trayectoria conocida, acaba de llamar ofreciendo su núbil cuerpo a las puertas del Jardín de Alá. Engendrada sabe el diablo dónde, le recuerda a una mujer armenia, de las que viven en las laderas del monte Ararat, en los confines de Turquía. Y aunque todo en ella irradia soberbia fri66


volidad, su mirada es tan penetrante que Jaffit de inmediato la esquiva, pasando de sus pupilas a la armonía toda de su cuerpo. Después de experiencias muy comprometedoras teme reclutar entre sus muchachas a una espía, o a una embaucadora. Asesorado por Evliya Liria, su confidente, llamada la mandamás del turco, una dama que hizo escuela en Estambul, y que a pesar de su edad aún conserva su belleza, y es la que toma las decisiones de la casa, empiezan a escudriñarla: –¿Cuántos años tienes? “La edad precisa para iniciarme” –confiesa decidida. –¿De dónde vienes? –De un averno de demonios grises e histéricos. Y continúa respondiendo directa y segura a todo lo que quieren saber. Cuando Evliya Liria le pregunta qué tan honesta puede llegar a ser, Rosa, escuetamente, ratifica que ella sólo responde por su honestidad del ombligo hasta la nalga. Esta sola respuesta les reafirma que están frente a una auténtica prostituta, y ellos, que precisan de una exquisitez para feriarla en el jolgorio de Las mil y una noches, de inmedia67


to la aceptan. Si no es virgen, con tus hierbajos la podemos estrechar –le susurra malicioso Jaffit a Evliya Liria, en su lengua natal. –¡Por supuesto!, responde la paisana muy segura. En nuestra élite la edad no es ningún impedimento, pues tenemos los medios y quién pueda alterarla. Por pura porfía, la contratan. En el salón de los espejos la rodean de un grupo de expertos que, contra el tiempo, transfiguran a esa gata montaraz en una fascinante dama de estilo. No les es difícil. Rosa, nacida para ser centro de atención, demuestra que es muy versátil. Su manera particular de agitar el cuerpo en la danza del vientre magnetiza a sus maestros, pero lo más sorprendente son las oportunas respuestas que ella tiene a flor de lengua. No se deja amilanar de nadie, ni aún de las personas más sagaces. *** “Convivir es una eterna lucha. De los humildes y los cobardes jamás se escribió nada, porque el mundo es y será siempre de los intrépidos” –le repetía de continuo Yolanda Barrantes. –“Si las circunstancias exigen ser oportuna, cariñosa y hasta servil para alcanzar un objetivo, hazlo. En el fondo, quienes pierden son aquellos 68


que con su prepotencia quieren manipularnos”. Ese sería su dictamen fundamental de convivencia. Rosa sabe que mientras mantenga a Evliya Liria a su favor, su estadía en el Jardín estará asegurada. En los momentos de descanso la busca para masajearla, que en eso es experta. Le encrespa las pestañas con su infaltable navaja, ésa que en su delirio pasional, y a un costo muy alto le regalara Modesto, y se las retoca con grasa y humo de pez, resaltándole el mechón de cabellos blancos de la frente, que son su orgullo y la hacen ver más distinguida. La desenmaraña y la vuelve a enmarañar, la llama madre y le cuenta unas historias tan insólitas, y de forma tan convincente, que hasta ella misma se las cree, y ambas terminan reprochándole a la vida por permitir que tantos seres soporten destinos tan crueles. –¡Qué cosas nos depara la vida! Tus vivencias, mi niña, me han hecho recordar lo vulnerables, desarraigadas e inciertas que son nuestras vidas – le decía– mientras la abrazaba y maternalmente le sobaba la espalda. Su adaptación a la filosofía del Jardín de Alá es definitiva y acertada. En pocos días ha logrado enredar a la intrigante Evliya Liria y conquistar el corazón de sus preceptores, pero no el de Alcira, la damisela de moda, ni el de otras que la secundan y que temen el impacto de una fuerte rival. Precisan 69


apartarla cuanto antes de Jaffit y de su camino: Esa mujer es la peor de todas las sierpes y la más astuta, concuerdan. Si nos dormimos pronto nos desplazará, o terminaremos siendo sus sirvientas; así que cuanto antes debemos desenmascararla y buscarle la caída ante La turca. Dicho y hecho, empiezan a idear un plan que sea tan sutil como efectivo. Jaffit está tan subyugado con la novísima adquisición que descuida su almacén de misceláneas. Como un fisgón pasa demasiado tiempo tras los biombos, observándola en sus clases de glamur. Aprueba el buen gusto de las modistas al sugerirle ciertas telas y estilos que realzarán su figura, y en las prácticas de diálogo se asombra con su charla amena y oportuna. Esta mujer es todo un fenómeno, –piensa. Es la más completa de cuantas he conocido. Da gracias a Alá por enviarle semejante dádiva que él sabrá explotar, obteniendo magníficas ganancias. *** La idea le llegó de súbito: no hará de este evento el acostumbrado encuentro masivo. Ahora quiere algo sobrio: una confrontación de ingenios entre coterráneos, como en épocas de Suleymán el Magnífico. Seleccionará entre sus amigos, a lo largo del Caribe, veinte, sólo veinte, entre los más pródigos e inteligentes, quienes previa instrucción debe70


rán traer en sobres lacrados adivinanzas inéditas para la competencia preliminar. Todos, incluido él, se someterán a una prueba selectiva frente a la perspicaz virgen, previamente preparada para tan audaz concurso. Los rezagados para emparejarse con los triunfadores podrán obtener de la casa, a precios poco módicos, la cantidad de acertijos que su capacidad les permita. La predestinada, con su argucia, literalmente irá eliminando a los menos avezados. Quien alcance el mayor puntaje de aciertos sabios y oportunos, será el feliz ganador de esa doncella excepcional, y de un reloj de oro con pulsera en filigrana momposina incrustada de esmeraldas. En juego con Evliya Liria y Rosa Elvia, Jaffit ha empezado a ejercitarse en el tejemaneje de adivinanzas rápidas. Hablan en clave, y en adelante sus charlas serán constantes acertijos. Cree que llegará a ser tan oportuno y ocurrente que la noche de la confrontación le aplaudirán como posible ganador (así soñaba). Mas en calidad de anfitrión no deberá aceptar el premio de buenas a primeras. Como alternativa, y en un juego millonario, pasará a rifarla en la ruleta magnética. Un empleado de confianza la balanceará a su favor, y él, que ha empezado a apasionarse, se quedará con ella y con su bolsa desbordada. Después, uno de los millonarios presentes propondrá que sea subastada a quien dé más, pero como 71


él ya es su dueño, porque lo definió la ruleta, no tendrá que entrar en más pujas. Sin embargo, un asunto lo hace cavilar: con alhajas y dinero cualquiera puede seducir por un día o una semana a esa esquiva mujer, pero de ahí a conquistarla, el paso resulta largo e intrincado. Ella no es ninguna virgen candorosa. Por hembras como ésa se han perdido imperios. Allí radica el verdadero encanto de la mujer inconquistable. Días después, y como toque final a su mejor obra, Jaffit le planteó: –Hija de la sin par Afrodita, si es que quieres trascender en la vida tienes que hacer gala de un apelativo que mejor se ciña a tu carácter. Rosa Elvia es común, por no decir banal, y tú, que con un ligero pulimento haz logrado emerger a la plenitud en un paraíso como el nuestro, precisas de un nombre sonoro y perdurable. Evliya Liria, que nació en Estambul y ha manejado durante años la magia y el efecto de los nombres, después de analizarte con ojo avizor confirmó que tú eres una de esas privilegiadas rarezas que tienen el poder de curar, tanto los males del cuerpo como los del espíritu. Por tal razón te ha asignado el preciso de Azahabara en alusión a la penca milagrosa, cuyo extracto es un curalotodo. La joven quedó tan impresionada con esa palabra que simbolizaba tantas cosas de efecto mágico, que denigró del mal gusto de sus progenitores por haberle asignado un nombre prosaico. Olvidó el propio, y artísticamente asumió ese exótico califi72


cativo que la tornaría en un mito. Días después, Jaffit sorprendió a la habitual clientela del Jardín de Alá excluyéndola del tan anunciado y esperado suceso anual. Los veinte convidados fueron la causa de la protesta de los tres mil asistentes habituales, que no aceptaron las múltiples razones con que les salió el extranjero ingrato. Averiguaron sí, que los elegidos eran personajes dadivosos de origen turco, cuyos principios religiosos, ya superados en el nuevo mundo, no les imponían límites. También estuvieron al tanto del asombro de todos ellos al encontrarse con una invitación que se salía de cualquier convencionalismo establecido en este lado del mundo. Cómo es qué, en pleno siglo veinte, puede existir alguien dispuesto a gastar una fortuna por el sólo capricho de revivir una noche de desafíos intelectuales, en un ámbito donde bailarinas exóticas danzarían en medio de ríos de vino y viandas con auténticos platillos turcos. Ostentaciones que sólo eran habituales en tiempos del gran Imperio Otomano. Escépticos, no obstante, confirmaron su asistencia y complacidos le aplaudieron su originalidad para medir ingenios. Para ellos el dinero no contaba, si es que ahora les era lícito revivir una fantasía propia de los antiguos Califas. En lujosas tarjetas con letras de oro les recordaba a sus invitados: “En la noche de las mil y una más, Azahabara, la núbil flor del paraíso, se pre73


sentará ante cada uno de vosotros y será el trofeo de quien Alá se digne desbordar de sabiduría”. No fue el perder la opción de tener los favores de una virgen perspicaz lo que molestó a la clientela del Jardín de Alá. Mujeres había muchas, y fiestas también. Era desconocer los criterios con los cuales Jaffit, tras cacarear tanto su jolgorio de Las mil y una noches, e instar a sus asiduos a encargar costosas telas y buscar los mejores diseñadores para vivir esa fantasía, hubiera decidido a última hora, con un reducido número de amigos, realizar una fiesta privada dejando al margen a su público fiel. Los más dolidos, en alianza con sus amantes del Jardín de Alá, empezaron a tramar un plan que le sirviera de escarmiento al anfitrión de lengua enredada y desleal.

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V SUBLIME OBSESIÓN DEL GUAJIRO [Quien mendiga amor termina solo]

Ramiro, el benjamín del joyero Delfín Asís, de la famosa casa Tairona de oro, ha heredado de su padre el arte de la orfebrería. Su pasión son las mujeres bellas y de clase. Para ellas, por encargo, diseña y confecciona exclusivas y costosas piezas. Su singularidad son las esmeraldas engastadas en filigrana de oro de Mompox, las que por intermedio de Jaffit, El turco, en lucrativo negocio exporta al extranjero. Sus ojos color miel y su físico rompecorazones le han valido el apodo de El Guajiro. Es el galán más codiciado de la ciudad y el consentido de las muchachas del Turco, en especial de Alcira, de quien todos afirman que está perdidamente enamorado.

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Se engañan, porque de años atrás, la mente y el corazón de Ramiro viven centrados en la esquiva Bibiana Durango, su cuñada, una hermosa y fina mujer de Bogotá que, a sus dieciocho años y embarazada, perdió a Diógenes, su marido. Éste, el mayor de los Asís, era un jinete aficionado al rejoneo. En una corraleja local un petardo explotó en las patas traseras de El rojizo, su caballo. Enloquecido, el animal giró a ninguna parte, y dando tumbos se desbocó, lanzándolo de cabeza contra una barrera. Días después Diógenes moriría delirando. Ramiro, receloso de que los caza-fortunas se aprovecharan de la bella y rica viuda, se convirtió en su vigía permanente. Bibiana nunca le perdonaría a su pacata madre, Rebeca Montijo, que aprovechando su inexperiencia la hubiera obligado a casarse tan joven y tolerar, antes y después de su matrimonio, las múltiples infidelidades de Diógenes. Todo, porque su padre tenía dinero. Esta humillante convivencia le bastó para desilusionarse de los hombres. Si Diógenes, que la amaba dizque con locura, la traicionaba, ¿cómo iba a volver a creer en el amor sincero? Desechaba, para tranquilidad de Ramiro, a cuanto pretendiente la importunaba, y con más vehemencia a su cuñado, que al igual que su hermano se ufanaba

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de tener en su haber una larga lista de conquistas. Aunque le encantaba ese galán tan apuesto y aventurero, ella, que bien conocía la costumbre de los Asís de subyugar para luego abandonar sus conquistas, supo manejar astutamente su indiferencia, lo cual enardecía el deseo del hombre. Ramiro la frecuentaba, abrumándola con un insólito cuento de ultratumba: su hermano, a través de pesadillas, le reprochaba que ella lo hubiera sepultado en el mausoleo de los Asís introduciéndolo de cabeza en la bóveda, y no de pies como era la costumbre en la Costa. Esto impedía que su espíritu se liberara de la materia y pasara a un estado superior. Pero lo que más le reprochaba era el consentir que su hijo se criara sin la orientación de un padre, y permaneciera interno en un claustro religioso, sustrayéndose a la realidad del mundo y perdiéndose las aventuras que en libertad disfruta la juventud, y más los de la región Caribe. –Soy el soltero de los Asís y estoy en la obligación de velar por todos los miembros de mi familia, le repetía. Permíteme retirar a Nicolás de ese internado. La mejor educación que puede recibir un hijo la da la presencia de un padre que le enseñe a enfrentar los altibajos de la vida. Bibiana, manipulada por su fanática madre, pensaba muy distinto a sus libertinos cuñados. Bastante celosa de su hijo, no consentía que se re77


lacionase con nadie, ni aún con sus primos, y menos ahora que se acercaba a la pubertad. Ella sabía de las prácticas obscenas que ejecutaban con toda normalidad los muchachos de la Costa, a los que llamaban chilapos, incluidos sus sobrinos políticos, con burras, cerdas y hasta con gallinas. Ni con sus persistentes atenciones hacia Nicolás, Ramiro ha logrado sensibilizar el corazón de Bibiana. En un morboso y constante asecho, con una paciencia inusual, espera que algún día la mujer terminará cediendo a sus requerimientos. Sólo lo logrará si el muchacho se lo favorece. Por tanto, desde su nacimiento, viene asumiendo el lugar del padre. Últimamente va al internado con regularidad, le habla de hombre a hombre, y le satisface sus caprichos. Es su cómplice, y no va a consentir que llegue a los quince años siendo angelical. Ha hecho un estudio pormenorizado de las muchachas de la ciudad. Quiere que se inicie con una joven doncella, y lo hará aún en contra de los designios de su posesiva cuñada. Planeó y logró sobornar al celador del plantel, para que el fin de semana antes del quince de septiembre, le permita sacarlo del encierro, pasearlo a través de la aventura del más alegre despertar de los sentidos, y sin que nadie del plantel lo vaya a notar, lo retornará en la mañana. Ese será su regalo sorpresa de cumpleaños. *** Que Jaffit El turco lo ignorara entre los de su 78


selectiva lista, no era importante para Ramiro. A pedido suyo, Alcira, Lucinda, Casandra, Flor de Loto, Celsa, La Zurda, La Pringamoza o cualquiera de las tantas que hay en la casa, se las arreglaría para que él, camuflado entre la servidumbre, se introdujera por algún pasadizo secreto y desde un rincón tras las cortinas pudiera presenciar y disfrutar del evento. Su expectativa está en el inicio sexual de Nicolás, a quien trata como su hijo, y ahora que todos hablan de las famosas bailarinas del vientre que vienen en camino, se obsesiona con ello. Le ha pedido a Alcira que, sin escatimar gastos le reserve, en vísperas o al siguiente día de la fiesta de Las mil y una noches, a una de esas exquisiteces. Lo esencial –le aclara– es que sea virgen y tan exótica que deslumbre al impúber, y alcance a hacerle inolvidable su transición de niño consentido de mamá, al adulto que se inicia en el amor. –¿Aún crees que se puede encontrar virgen a una bailarina del vientre?, le cuestionó Alcira. Y, aunque la haya, a mi parecer no es bueno que un muchacho inexperto, en el caso específico de Nicolás, se inicie con una neófita. La experiencia demuestra que los principiantes se sienten más seguros con una mujer madura y maternal que les recuerde a su mamá, y si lo que buscas es una doncella, me extraña que finjas no saberlo, porque en El Jardín de Alá, el hombre que quiera un duro al 79


momento lo tendrá. Sólo necesita enviarle a Evliya Liria, La turca, una alhaja como adelanto, notificándole cuál y cuándo precisa de la elegida. La vieja bruja estará presta a sentarse a rayar el ñame macho (el venenoso) para, acto seguido, con seis ramas de altamisa, tres tantos de extracto de penca de sábila y una esencia, sólo por ella conocida, ponerlo todo a hervir hasta su punto en su cazuela de barro. La elegida, en cuclillas, recibirá durante un buen rato el vapor, y su intimidad quedará tan estrecha como se desee. Eso no es bueno, porque así sea que una se relaje, duele más que la primera vez, y el hombre tendrá que hacer doble esfuerzo, llegando la mayoría de las veces a ver frustrada su tentativa. Para muchas, ser desflorada es una tortura, porque se dan unos desgarramientos tan violentos que las sumergen en la frigidez. Te aconsejo a Roraima La brasilera, que se contorsiona de manera tan sutil y eficaz, que los hombres quedan locos y ya entenderás por qué te lo digo. –Nicolás no es como el resto de muchachos que frecuentan estos lugares. Fue criado por su abuela y una madre fanáticas que lo mantienen muy confundido. Me lo imagino angustiado en su solitario ritual nocturno, atormentado con tantas cucarachas y temores inculcados. Para alguien tan sensible prefiero a una auténtica y exótica virgen, y que sea el instinto quien madure sus apetencias sexuales, –concluyó Ramiro. –Está la otra opción, pero con gran riesgo de 80


nuestra parte –le aclaró ella. Y ya que ambos gustamos de las sensaciones fuertes y raras, verás si corremos el albur. De días atrás, Jaffit viene cultivando a una aventurera que llegó del interior, y lo insólito, quién lo creyera, resultó ser “dizque virgen”. Su objetivo será, el día de las mil y una noches, y en el momento en que el licor hace prepotentes a los hombres, rifarla entre sus veinte amigotes. Azahabara, así la apodó, es realmente bonita, aunque un tanto presumida la tonta ésa (lo dijo con desdén). Su triunfo está en que es la más artificiosa, a tal punto que, en las pruebas en El Jardín de Alá, puede asumir el papel de ingenua colegiala, traviesa seductora, o poderosa reina del amor, según pedido o fantasía del demandante, y lo es tanto, que mantiene obnubilado al escurridizo Jaffit. ¿Sí me estás escuchando? –Por supuesto que atiendo a tu fantástica imaginación. –No soy de las que fantasea. La víspera nos invitarás al Turco y a mí a beber coñac. Él, por respeto como le es usual con la clientela, tomará un sólo trago. Y lo hará en una copa que previamente rociaré con un efectivo somnífero, y así, el hombre, cansado de tanto ajetreo por su extravagante fiesta, dormirá de lo lindo. Para entonces ya tendré preparada a la primípara ésa, con el elíxir de la pasión y la entrega total, y para facilitarle las cosas al muchacho, la mantendremos en estado de somno81


lencia. De madrugada le suministro la pócima del olvido, y, si no lo olvida, peor para ella. La astuta no va a ser tan ingenua de armar un escándalo al momento de su inauguración. –Aunque nunca he visto a esa rareza tan pregonada, el instinto me dice que es una oportunista embaucadora, y no es lo que busco para Nicolás. Además, no lo voy a exponer frente a los proyectos de Jaffit; ya sabes cómo son de radicales los orientales frente al destino y posesión de sus mujeres. Optemos por la bailarina, y punto.

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VI CAPRICHO TURCO [La fantasía sólo es eso: fantasía. Lo insólito de la vida se vive en el lugar y momento menos esperado.]

Ese gran día de Las mil y una noches, Evliya Liria amaneció muy alterada. Una espantosa pesadilla le presagiaba que algo trágico le iba a acontecer, no sólo a ella, sino también a Jaffit y sus convidados. Estaba tan nerviosa que aceptó sin remilgos ni prevención el brebaje que Alcira le ofrecía. –No me vayas a envenenar tú, la experta en bebedizos. Siempre has sido tan cruel e impredecible que desconciertas a cualquiera. Alcira, fingiendo una calmosa candidez, había preparado frente a ella la dosis precisa de la que Liria llamaba la droga de la felicidad eterna. La turca ingiere maquinalmente ese trago amargo, tosiendo y resoplando. Como intuyendo algo irreversible, agita y huele el sobrante de la pócima. 83


En ese instante abre desmesuradamente sus expresivos ojos que ya se ensombrecen, se muerde los labios, y con marcada ironía confronta a Alcira: –Lo que se hereda no se hurta. Siempre estuve al tanto de la mala leche que te parió, y para no darte el gusto de que cantes victoria, te puedo asegurar que no temo morir, y no lo haré, no por ahora; aquí tengo la cura contra mis propios venenos. Toma un frasco que guarda bajo su almohada y lo bebe de un sorbo. Lo hago para vigilarte en lo que me reste de vida: No vayas a intentar tocar a la nueva, que es noble, y en todo mil veces mejor que tú, porque al primer intento yo misma te mando a los infiernos. Continúa amenazándola desafiante, mientras se va sumiendo poco a poco en el letargo y la pérdida total de la conciencia. –Lirita, pretendiste ser más astuta que Alcirita. Con todo lo que tramaste e hiciste en la vida no intuiste que en nuestro medio montuno hay un veneno más letal que el de los mismos Borgia, y por ése, que no conseguiste conocer, en un descuido tuyo cambié tu pócima turca. Y para que te duela más, ya que tú misma lo pregonaste: el oído es el último órgano en fenecer. Escuchá pervertida: a esa tal Azahabara, que después de vieja se te tornó en pasión, la quiero, la adoro y la mandaré a la mierda, –le susurró Alcira sin que su interlocutora alcanzara reacción alguna. 84


*** Jaffit despertó pleno y optimista, agradecido con esta ciudad que desde su llegada lo había acogido como a un hijo ilustre con respeto y admiración. Para disculparse con su frustrada clientela ofreció un bullicioso desfile, muestra del sorprendente mundo de los otrora caudillos turcos. Para ello, a la avenida primera, paralela al río, la decoró con pintorescas cenefas en las que descollaba la flamante media luna turca. Pero lo que intrigaba a los curiosos era sentirse observados por unos inmensos aros de cristal: azules, negros y blancos, que sobrepuestos tenían esa rara propiedad: ser ojos turcos, talismanes que desde la antigüedad vienen utilizando los chamanes de Asia Central y Anatolia para espantar las malas y atraer buenas energías. Encabezando la caravana, y destacándose por su altura entre la multitud, aparecen tres beduinos: su piel de un morado profundo, y ojos y dientes resplandecientes. Lucen vistosos trajes de seda y conducen parsimoniosos camellos, rarezas jamás vistas en el valle del Sinú. De sus gibas penden seis barriles llenos de raki, bebida exótica por acá pero oficial en el medio oriente, de los que, en ánforas de plata, se surten los empleados del Jardín de Alá que, vestidos a la antigua usanza otomana, van repartiendo el licor entre un público ávido que ingiere lo que gratuitamente le ofrezcan. 85


Conducida por veinte caballos blancos surge una concha nacarada con las sensuales bailarinas, fugaces entre enigmáticos velos. Unas portan candelabros en su cabeza, otras con sus movimientos hacen que unas serpientes repten por sus cuerpos lustrosos. Las de los extremos, desafiantes, esgrimen sables. Al son de la música hacen cimbrar las estilizadas cinturas que, ante un público asombrado, son toda una provocación. Sobre el planchón de un camión aparece la réplica del Salón de las Magnolias, de El Jardín de Alá. En él, corros de siete damas ofrendan con esencias y coloridos pétalos a cada uno de los retratos de los veinte invitados del turco, lo que provoca una estentórea rechifla. Por último, sobre una plataforma móvil, los músicos de las montañas de Erzurum, que con flautas, atabales, tamboriles, laúdes de mástil largo, sonajas y panderetas entonan melodías rituales de esa tierra del amanecer que es Anatolia. Todos, aún los excluidos, se contagian del mundo de Las mil y una noches. Jaffit, satisfecho, se envalentonó muy temprano. Según lo programado, Azahabara debe permanecer de incógnito hasta la media noche. Aunque confinada en su alcoba con sus auxiliares, se siente insegura. No encuentra el rubor que matice con el esmalte de sus uñas. Además, precisa de un peina86


do acorde con su figura. Cuando al cabo lo logra, no se decide entre cinco trajes. El más ostentoso le opaca sus joyas, y los otros no combinan con el tocado para representar a Scheherezade. Desecha los colores fuertes, después los rosas y los azules. Detesta el amarillo. Ensaya la chaquetilla y pantalón en pliegues verde malva y, por fin, ante el espejo, se siente tan ingenua y fresca, que no habrá otro atuendo más sobrio para su inauguración. Ni la misma heroína de Las mil y una noches llegó a sentirse mejor engalanada. Está tan segura del impacto que causará, que no percibe todo el alboroto que se está armando a su alrededor. Hacia las cuatro de la tarde, Jaffit tiene una sospechosa premonición. Busca a Evliya Liria, pero la halla en su diván, sumida en un letargo como de muerte. –El estrés de los últimos días nos tiene descompensados e irritables. Reposa otro tanto, querida amiga. La noche es larga, y para nosotros se muestra impredecible –le susurra al oído. Mira a todos lados, y entre tanta gente no aparecen Amelia, el ama de llaves, ni Orlando el administrador, y tampoco Jorge Pastor, su mensajero de confianza. Se desespera y corre a tocar la puerta de Azahabara, pero ésta le responde que, siendo la sorpresa de la noche, nadie podrá verla hasta el momento en que Evliya Liria se lo indique. Va a 87


la estancia de sus muchachas, pero ni Limbania ni Luciola, ni ninguna de las de su confianza, están disponibles. Siendo las anfitrionas, su función es atender a las ciento cuarenta damas de compañía que él, en calculado viaje, trajo para esa exclusiva noche desde Barranquilla. En las recámaras, un grupo de mujeres descansa del pasado desfile; otras se masajean o retocan su maquillaje, o ajustan sus trajes de fantasía. Él no sabe por qué, pero presiente que entre tantas mujeres algo se está tramando a sus espaldas y continúa errando por la casa. Alcira le sale al encuentro y lo toma del brazo. Con su traje azul turquí, está exquisitamente bella y representa a la princesa Nurynarda. –¿Qué te pasa, que andas como alma en pena? –le interroga. –¿Cómo voy a estar bien, si me encuentro extraño en mi propia casa, y ningún subalterno quiere atender ni escuchar mis requerimientos? Siento un espíritu tan denso en el Jardín, que se diría que los demonios de Las mil y una noches se hubieran infiltrado en las mentes de quienes quieren emularlos. Todos actúan como fuera de la realidad. Ahora el licor, en lugar de calmar mis nervios los acelera, y necesito recuperar la calma. En cualquier momento empezarán a llegar mis invitados. –Es normal que estés preocupado por tan magno evento. Ésta es y será la fiesta más original e 88


imposible de superar en este lado del mundo. Tranquilízate, que hay escoltas por doquier y cada comisionado está en su lugar. Luego, lo conduce a través de los salones. Los músicos, en cuanto les ven llegar, interpretan un salmo que a Jaffit le evoca un rito ancestral y, aunque ya ha pasado el momento de la jaculatoria, de nuevo se postra en dirección a La Meca y susurra tres versículos del Corán, implorando las bondades del Supremo. La nostalgia lo embarga. De días atrás, una persistente corazonada le dice que, antes de lo programado, partirá en un viaje sin retorno a su evocada Turquía. –Alá, Alá, guía mi camino y hazlo para bien. Era su plegaria de entrega y sometimiento sincero. Luego, poniéndose en pie, muy ceremonial, exclamó. –¡Estambul, Estambul!, cómo añoro el llamado al rezo por el almuecín desde el minarete de la Mezquita Azul, el traficado y bullicioso Bósforo, el indescriptible olor del Gran Bazar de las especias, y el olor a ajo y pescado de las frituras sobre el puente Gálata del Cuerno de Oro. Alcira, sacándolo de su ensoñación, lo arrastra hasta el Salón de las Magnolias. La curiosa exquisitez del lugar lo alucina, y olvida sus temores. Abarca el círculo con los veintiún divanes de 89


cedro y terciopelo carmesí, detalla en cada mesa auxiliar los largos y flexibles tubos con las pipas de los narguiles, y las jarras de porcelana y plata martillada donde reposan el té y el café turco. Ánforas de cristal con raky, vino y vodka. Fuentes con pistachos, dátiles y frutillas cristalizadas. Cada diván está rodeado por siete mullidos cojines de seda, elaborados en Konya para las siete princesas que dentro de poco estarán prestas a atender a cada convidado. Los arreglos florales de magnolias, tulipanes y jazmines entrelazados con hojas de azahar de la India, cuelgan de muros y columnas. Los chefs le dan el toque final a las grandes fuentes de arroz con trocitos de cordero, conejo y cabrito, adobados con miel, nueces y olivas pasadas por ajillos y canela. En bandejas de plata, berenjenas cristalizadas y hojas de col precocidas, rellenas de carnes menudas y salpicadas con yogurt. Jaffit volvió a mostrarse ausente e irreflexivo. Para tranquilizarlo, Alcira estuvo a punto de darle el brebaje de adormidera mezclado con polvo de cacao sabanero, utilizado por Evliya Liria para sosegar y dormir a los borrachos incontrolables. Es mejor levantarle el ánimo –piensa– y se decide por el bebedizo de marihuana con extracto de nuez moscada y canela. El efecto fue tal, que el hombre se sumió en la distención y la mística, y es Alcira quien lo mete en su disfraz porque él ya 90


está dentro del espíritu de un derviche fervoroso, un poeta que canta a Alá, el Supremo. Los fuegos artificiales explotan en la noche, dando inicio al desafío en que participarán los veinte elegidos, quienes aún no aparecen. Los marginados de la famosa fiesta hacen insólitas conjeturas: que los turcos, con sus grandes fortunas, están llegando a la capital cordobesa, simulando disfrutar las corralejas y otros festivales, pero con la intensión de comprar todo el fértil valle del Sinú, expulsar a los perezosos nativos y traer religión y costumbres extrañas. En esas están, cuando el sonido de un clarín anuncia la triunfal llegada del primer convidado. –Abran paso a la caravana, entiendan que la vía es muy estrecha, –grita el anunciador encargado de describir cada personaje del mágico cuento, exaltado por el tremendo alboroto que arma la oleada de curiosos. Secundado por un cortejo de ministros y auxiliares que portan estandartes leonados, el Emperador de la China desciende de una carroza engalanada con crisantemos dorados. Su atavío, aunque espléndido, es complicado y poco funcional. Trae la réplica de la gran muralla y ha sido bordado con piedras de Jade y ópalo blanco. Un grupo de bailarines con festones y trajes de la tierra del dragón realiza sus danzas típicas. 91


El segundo Clarín viene precedido por un huracán de arena menuda, hojas secas y otros guijarros, que hace que los curiosos se aparten despavoridos de la vía. Entre la polvareda, montado sobre un lento dromedario, aparece el rico mercader de la legendaria Samarcanda. Viene cargado de dátiles y frutos secos del desierto y ostenta una capa recamada de rubíes. Todos se tranquilizan después de que pasa una bulliciosa y descomunal hélice, imitadora de tempestades de arena del desierto, que soplando el lecho de la tierra ha barrido todo, dejando la avenida primera limpia. La gente aplaude con nerviosismo. De pronto, y sin el anuncio del clarín, surge como por arte de magia un vaho de olas magnéticas que enceguece a los presentes, y entre ellas aparece el Gran Mago de la corte del califa de Bagdad, quien se detiene en la entrada principal, y frente al público exhibe su destreza en la ilusión y la magia. De sus ágiles manos brotan flores y aves que, al lanzarlas al aire, se estampan como ilusiones ópticas sobre los trajes y rostros de los presentes. La gente queda maravillada, y tratando de retener esas imágenes aplaude con gran entusiasmo. Solemnemente, un elefante albino se abre paso por entre la multitud que se agolpa en la congestionada vía. Sobre su lomo, con atavío encarnado, aparece el sultán de Esmirna. Ruedan desde los pliegues de su vestido y del turbante monedas de chocolate y almendras, mientras el animal menea 92


su trompa y cola, desconcertado, al verse acorralado por los muchachos que entre sus patas se apiñan tras las luminosas golosinas. Desafiante y solitario viene un personaje ecuestre, con sable resguardado en funda de recamada pedrería, turbante de seda con ópalos negros, y una capa plateada con efigies negras, como todo un guerrero del desierto. Es el jeque de Arabia, quien hace trotar al son de una música bélica a un espléndido caballo blanco que cada cierto tiempo se detiene para levantarse y quedar erguido sobre sus patas traseras. Entonces, emite un agudo relincho ensordecedor. Después de un cuarto de hora aparece una barcaza, que al son de movimientos y ruidos pausados, simula navegar. En la parte más alta Simbad el Marino escudriña el infinito con un catalejo. Su nave viene sobre una tarima rodante, impulsada por hombres azules que imitan las olas y el sonido del mar. Llega un personaje de contextura amorfa que se desplaza volátil de un lado al otro de la calle, como flotando en una cápsula de helio. Muestra varios y sonrientes rostros, y extiende sus cuatro manos en un juego de expresión y danza. El globo está controlado por un cable que manipulan tres esclavos negros de descomunal estatura. Es un genio protector, creado por un fuego celeste sin humo, después de que fue instaurado el reino de los ángeles. 93


Bajo la protección de un baldaquín aparece Aladino, cuyo nombre significa El elegido. Hace gala frente a su público de una lámpara con detalles de filigrana en oro, que al ser acariciada por sus manos expulsa chorros de humo rojo que aromatiza a los extasiados curiosos, que expectantes esperan por ver salir de tan reducido espacio otro genio complaciente, o maligno. Un bullicioso y juguetón chimpancé es tan real que, dándose golpes en el pecho y saltando por doquier, hace correr despavorido a todo el mundo. Delante de él, un pregonero anuncia que, a las doce de la noche, cuando haga su aparición la núbil princesa, se transformará en príncipe. Lo más sorprendente es ver el desplazamiento de una columna humana en tonos grises y ocres, que simula una gran roca. Un grito atronador de ¡Ábrete sésamo!, y la columna se bifurca, descubriendo a Alí Babá que, con su espada de plata desenvainada, desafía a los cuarenta ladrones que, danzando, se burlan de él. En la avenida del río, que lleva al Jardín de Alá, y bajo las cenefas que agita el viento, los curiosos observan alegremente el insólito desfile. Al reconocer a cada personaje aplauden emocionados y reclaman al turco. Él hace señales de que se calmen para recibir pomposamente a los próximos invitados, que en ese momento están llegando. Son 94


ellos: un gran Visir de la antigua Basora, un Emir de Damasco, un Príncipe de Mosul y un Maharajá que viene desde Jaipur (la ciudad rosada de la India), y que impactan con su entrada triunfal. Con programación diferente, los escoltas y acompañantes de los grandes señores disponen de barra y cocina particular en los jardines externos, y también de canoas para desplazase a través del río Sinú, donde infinidad de farolas sembradas en las orillas alumbran la corriente. Músicos locales, en un planchón movido por hombres con largas varas, tocan con sus instrumentos alegres piezas que invitan a la danza. Jaffit personifica a Mevlana Celaledin Rumí, el máximo poeta y místico sufí persa. Sus cejas, ojos y barba de negro intenso, resaltan luminosamente con su traje púrpura y violeta. Lleva en la mano derecha un rollo de papiro con versículos del profeta y poemas de Mevlana dedicados al enigmático y poderoso Shams-e-Tabrizi, su errante y espiritual discípulo. Hace múltiples genuflexiones a sus coterráneos, recordándoles que él es la reencarnación del Gran Maestro. Jaffit recita un poema dedicado por Mevlana a Shams, después de que éste ha desaparecido para siempre: ¿Por qué debo buscarlo? Soy él mismo, soy como él. 95


Su esencia habla a través de mí. Me he estado buscando. Al terminar la lectura del poema hace ante su público una gran reverencia y, agradecido con la gente cordobesa, opta por ofrecer a todos una buena ración de comida y bebida y da las órdenes pertinentes para que así se proceda. Luego se dirige de nuevo al lujoso recinto donde lo esperan sus invitados. Al pasar frente a un espejo se mira, y queda fascinado con su transformación en poeta Sufí. Está absolutamente seguro de que esa noche, en el careo de dichos oportunos, Azahabara se prendará de él y será su compañera, no sólo hoy, sino por siempre. Ahora, El jardín de Alá es un mundo de maravillas. En el espacioso salón de las magnolias, ciento cuarenta damas vestidas con sedas, muselinas, y terciopelos, apuestan a ser sultanas, odaliscas y princesas orientales. Con el rostro velado hacen su entrada y van desplazándose en grupos de siete, hacia cada uno de los invitados. La expectativa total está en la núbil Azahabara. Es la soberana y el ensueño de la noche. Su señor absoluto será aquél a quien Alá y su sabiduría se lo permitan. Algunos participantes ejercitan con cada una de las acompañantes sus acertijos, otros pesan sus bolsas. Están ansiosos por conocer tan ponderada virgen y disfrutar de las sorpresas que Jaffit –el que no escatima gastos– ofrecerá esa noche de locura. 96


De nuevo retumban los clarines y el jardín queda en tinieblas. Entonces fluye un río de fuego que bordea todo el salón. Quienes llevan las antorchas visten de negro y sus rostros y manos son oscuros como el carbón para lograr el efecto de que las llamas parezcan arrastradas solamente por el viento. Los convidados y damas de compañía aplauden frenéticos ante el efecto de la danza del fuego. El siguiente clarinazo da pie al primer grupo de bailarinas extrajeras, que responden al frenético ritmo de tambores y timbales que las preceden, y llenan el ámbito de magia y movimiento. Luego, con el silbido de las flautas, las encantadoras de serpientes logran hacerlas deslizar como cintas coloridas por sus lubricados cuerpos. Otras, creando olas magnéticas con sus caderas, realizan el rito erótico de autocomplacencia. Todo es aplausos, música, luz y alegría.

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VII REPRESALIA DE LOS EXCLUIDOS [¿Pero quién, o a quienes, se les habrá ocurrido planear una broma tan inoportuna y de mal gusto?]

De súbito, poco antes de las once de la noche, e interrumpiendo el espectáculo de la bailarina estrella que, en ese momento, con sus hombros en alto, emulaba el vuelo del cisne, una turba inmensa, salida de todas partes, compuesta de pescadores, pordioseros, damiselas de los bajos fondos y gente de las zonas de invasión junto al río, ocupa El Jardín de Alá. Las mujeres y niños, atraídos por los suculentos olores corren hacia las viandas; y los hombres hambrientos de sexo hacia las exóticas mujeres. Sorprendidos, los invitados se ponen de pies y, eufóricos, aplauden la originalidad del Turco al sorprenderlos con un auténtico mercado oriental. Jaffit queda atónito. No lo puede creer. Desde que el público lo ovacionó, hasta que le invadió 98


sus dominios, ha trascurrido muy poco tiempo. Se siente traicionado. ¿Pero quién, o a quienes, se les habrá ocurrido planear una broma tan inoportuna y de mal gusto? Agresivo, exige a su equipo de seguridad que, con sus fusiles, restauren el orden. Desconcertados con esa inesperada invasión, los guardias no se atreven a disparar. El Turco pierde la calma: insulta, lanza gritos y puñetazos. Y se enfrenta solo contra los amotinados, hasta que se ve en un remolino de estacazos, golpes, puñaladas y sangre. Después de ese momento reina el caos y la destrucción. Quienes programaron la invasión y franquearon las tres puertas del recinto al populacho, sólo planeaban una broma pesada al Turco y sus amigos, que consistiría en que los intrusos pudieran comer y beber hasta el hartazgo, y retirarse sin saquear ni hacer daño a nadie. El factor sorpresa es total. Los convidados, atónitos ante el inesperado alboroto, con sonrisas nerviosas y sin oponer resistencia, se dejan despojar de sus trajes y bolsas. Creen que se trata del primer acertijo al que los someterá el enigmático Jaffit. Mientras tanto, los escoltas de los invitados departen en el gran comedor vecino del Jardín de 99


Alá, ebrios entre muchas mujeres que han llegado. Ajenos a lo que les ocurre a sus jefes, siguen tranquilos su propia fiesta. La mayoría reman río abajo sobre las sosegadas aguas. En el Jardín de Alá, las bailarinas y damas de compañía chillan pidiendo protección ante el ataque de la chusma. Los guardias de seguridad del Turco, que han desobedecido sus órdenes y han visto cómo el jefe cae bajo el ataque asesino de la turba, se suman a la violación y al saqueo. Los portadores del fuego arrojan sus antorchas contra los cortinajes y en total desorden participan de la rapiña. Ya nadie responde por nadie. Camuflado entre la servidumbre, Ramiro se deleitaba mirando a las bailarinas y ya había escogido la deseada para su sobrino: una niña ojizarca que no paraba de sonreír. Esperaba el momento oportuno para transar su precio. De súbito, brota la turba y ocurre lo inesperado: en el desorden, las cortinas arden y se generaliza el fuego. Desconcertado, ve cómo dos mendigos la arrastran hasta las tinieblas. Por más que intenta socorrerla, nada puede hacer. La situación se torna incontrolable y peligrosa. Se despoja de la túnica árabe y del tur100


bante, toma una tea y corre como loco tratando de hacer algo. Alcira lo encuentra y lo detiene. –¡Si entras allí, estás frito! El hombre trata de arrastrarla hacia la salida. –¡Las joyas de la casa, no nos podemos ir sin las alhajas! –Clama Alcira. ¡Jaffit exigió que Azahabara, la Scheherezade de esta noche, luciera las auténticas, las más costosas! En su estancia, Azahabara, que ha percibido la delicada situación, despacha a sus auxiliares y se encierra con llave. No escucha el clamor de nadie, menos el de Alcira, a la que tiene como su declarada enemiga, y que no cesa de llamarla. Alguien más, grita: –¡La casa está ardiendo por los cuatro costados! ¡El que no salga a tiempo morirá! Con tantos y persistentes llamados, la mujer, por fin, abre, y no surge una sofisticada princesa cargada de joyas y optimismo, sino una fiera con traje de calle que, daga en mano, desafía a cualquier contrincante. –¡Huyamos, y trae contigo las joyas más valiosas, para que se las guardemos al Turco, antes de que la turba las robe! ¡Hazlo pronto, por favor!, 101


–suplica Alcira. Azahabara mira, no a Alcira, sino a los ojos del hombre que la acompaña, y éste le sostiene la mirada. Hay una chispa de decisión en él, que señalándole el caos, le demuestra que no hay tiempo para dudar. Azahabara, convencida de que algo muy malo e inesperado está ocurriendo, muestra el escondite del cofre con las alhajas, y por uno de los pasadizos que conoce Alcira, emprenden la huída. –¡Evliya Liria, debemos regresar por La turca! ¡No podemos irnos sin ella y sin Jaffit!, –pide Azahabara. ¡La turca!, la mandamás, desde antes del medio día huyó hacia la eternidad, y me temo que el hombre también, –remató Alcira. Azahabara se detiene estupefacta al constatar la pesadilla que discurre ante sus ojos. Lo que ve a través del vidrio de una ventanilla ojo de pescado, es inconcebible: En el salón de los magnolios las mujeres, aterrorizadas, gritan, patean y con sus manos tratan de protegerse. Los mendigos, mujeres y niños, saquean lo que encuentran a mano mientras huyen. Las antorchas tiradas a propósito, consumiéndolo todo. Y a través del humo los convidados, sin sus ricos trajes, corren como sonám102


bulos sin encontrar salida. Algunos ya han caído, asfixiados o pisoteados. El vandalismo es total y la sangre se le hiela. El perverso destino le da una nueva zancadilla fatal. Su fantástico cuento de hadas no le ha durado ni siquiera una noche. Todo se ha esfumado. Los pocos guardias acompañantes de los convidados del Turco que se quedaron fuera del recinto rompen vidrios y ventanas, lo que propicia un aire renovador, que entra avivando aún más el fuego. Enloquecidos, sin entender lo que está pasando, empiezan a disparar indiscriminadamente. Acto que aprovechan Ramiro y compañía para huir cuanto antes del fatídico lugar. Los incipientes baldados de agua que arrojaban los curiosos, sólo logran intensificar las llamas. En menos de dos horas los elaborados techos y columnas de madera del Jardín de Alá, quedan reducidos a cenizas.

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VIII ESTIGMA INFAME [Cuando Nicolás dice que prefiere tomar un vaso con leche, Alcira suelta la carcajada.]

Abandonadas las ruinas de El jardín de Alá, toman el vehículo que Ramiro había dejado en oportuno lugar, y cada cual se entrega a sus pensamientos. A lo lejos se escucha el alboroto de muchos vehículos acercándose, y el sonar de las sirenas de los bomberos. Por un atajo, el hombre esquiva cualquier encuentro comprometedor. Ramiro ha quedado impactado con tan inusual belleza. Nunca había visto una joven cortesana más completa. A más de su actitud desafiante y provocadora, en clase y estilo es muy similar a su esquiva Bibiana. “¿Cómo pudo Jaffit ocultar durante cuatro meses esa beldad de la apetencia de su usual clientela? Qué ironía. El Turco no la cultivó para su selecto grupo foráneo. Fue para mí, o mejor dicho, para aplacar la mocedad de Nicolás. Hoy o nunca”. Dispone que debe ser para su so104


brino, y tiene que ser ésta y sólo esta noche, pues el próximo miércoles cumplirá sus quince años y, como van las cosas, el mañana se puede complicar y aún no sabe en qué estado se encuentra la pareja de turcos que la podría reclamar como propia. Por su lado, Alcira calcula: “Con el resultado de la venta de estas joyas no tendré que ofrecerme más. Soy la encubridora de Ramiro, y tendrá que vivir pendiente de mí. Esperaré el momento oportuno para suministrarle a esta intrusa suficiente extracto de cacao sabanero como para mandarla al manicomio, o al más allá, como hice con Liria”. Y a su vez, la otra: “Este hombre tan apuesto no es de confiar, y menos si tiene como cómplice a una prostituta. Necesito un plan que me permita escapármeles y huir con las joyas hacia lo más recóndito de Venezuela. Aquí ya no hay nada qué hacer, ni Jaffit ni Evliya Liria están para defenderme, y menos para reprocharme la huida”. Muy pronto llegan al internado, donde Bibiana ha querido y creído proteger a su hijo. A Nicolás no le sorprende que el celador lo despierte a esa hora de la madrugada. Su tío le había prometido una aventura antes de cumplir los quince años. Te obsequiaré con lo que más le gustaba a tu padre: las mujeres. Esa apetencia se hereda y ya verás que esta noche te será inolvidable y querrás 105


repetirla por siempre. –Le dijo para que se despabilara y aprovechara ese momento único. El joven se dirige a las damas y las saluda con candidez, porque es un niño imberbe aún. Azahabara ni se imagina nada con ese muchacho. Está tan abstraída pensando qué hacer con las joyas, que se deja llevar. Ramiro tiene su apartamento de soltero en una zona campestre de la ciudad. Él, que es tan cuidadoso con cada pieza de orfebrería, mantiene su casa vuelta un desorden y el olor a tabaco y licor son persistentes. Las mujeres piden tragos fuertes para abstraerse de esa terrible y concluyente noche que por poco les cuesta la vida, y descansar de la pesadilla. Cuando Nicolás dice que prefiere tomar un vaso con leche, Alcira suelta la carcajada. –¡Maricón! Azahabara empieza a hartase de tan anodina reunión. La agobia la ansiedad de hallar el momento oportuno para huir con su botín, o al menos descansar de tan agitado e insólito día. Ramiro le da un vaso con sabajón que el muchacho apura como si se tratara de un batido de leche y pide más, hasta que se envalentona. 106


El grupo se divierte con los chistes y ocurrencias del tío seductor. Las mujeres parecen haber olvidado los aterradores momentos recién vividos. –Lo mejor será dejar a un lado la ansiedad y adaptarme a las circunstancias –piensa Azahabara. Con gestos y sonrisa de falsete simula beber, mientras poco a poco, en cada descuido, va llenando las copas de los demás. Los emborracharé hasta la inconsciencia y así podré escapar con las joyas. Ramiro conduce a Azahabara hasta un rincón, mientras le susurra algo. Ensimismada, la joven se queda mirando a Nicolás. Alcira, después de quitarse el maquillaje con una crema limpiadora, sugiere el juego de la ronda de la cerilla. Los demás están de acuerdo. Mirando a todos lados les susurra, como si tras las puertas o rincones hubiera algún espía: –Quien se duerma y deje caer o apagar el fósforo en sus dedos deberá quitarse una prenda o accesorio. ¿Entendieron? Azahabara hace un gesto de indiferencia. Los hombres celebran. Alcira, una agraciada trigueña que vive tinturándose de rubio su oscura cabellera, y cuyas generosas curvas la hacen muy apetecible, vive muy segura de sí. Con su traje de fantasía hace gala de 107


su condición de princesa: Yo soy Nurynarda, la ilusión máxima del príncipe Ahmed y sus hermanos –lo dice muy convencida, y se aplaude. Está feliz, porque con las joyas en su poder mantendrá al hombre de sus sueños bajo su control y disposición. Y lo que ocurrió esa noche ya la tiene sin cuidado. Esa fue una experiencia del pasado que espera que jamás vuelva a ocurrir. En cuanto toma el fósforo arma gran alboroto, lo deja caer, o propicia el modo de que se extinga entre sus uñas de nácar. Está tan envalentonada con los tragos que en menos de tres vueltas inicia su destape: primero se quita la chaquetilla de lentejuelas para continuar con su blusa de canutillos. Los hombres la azuzan y ella, mojando su mano en el acuario de las carpas doradas, asperja al distraído grupo. Estos, con rechiflas, responden a su inoportuna chanza. Ella, tratando de centrar en sí la atención de los demás, lanza por los aires su sostén y de súbito exhibe unos senos enormes, desproporcionados para una princesa de cuento. A Nicolás, que jamás había visto a una mujer desnuda, le da un ataque de risa. Alcira se muestra bastante molesta con la inmadurez del muchacho, quiere amonestarlo, pero se contiene ante la mirada fulminante de Ramiro. Azahabara siente vergüenza ajena y, susurrándole, le dice: –Nos ha sorprendido que, una profesional como tú, haya acelerando el destape ante un principiante, acabando, en menos de lo que afina un gallo, con el embrujo de la situación. 108


Alcira la mata con la mirada: –En cualquier momento te llenaré ese tragadero con la dulce toma, y ya sabrás por qué en el Jardín me llaman la envenenadora. Se miran desafiantes, dispuestas a demostrar cuál es la más poderosa ahora. Suena un bullerengue y Azahabara olvida por completo la revancha y sus ansias de fuga. La música y la danza le desbordan el alma. Se levanta, y frente a Ramiro inicia con su cadera un cimbrado que incita al amor. –¡Esta mujer irradia sensualidad!, –exclama Ramiro al verla deleitarse con su propio movimiento. La arrastra hasta su sobrino, recordándole su compromiso. Nicolás, subyugado, intenta emular tan frenética contorsión. Cae entre sus piernas y quiere sumergirse dentro de esa palpitación arrolladora. Ella, la sensualidad total, vibrando en un mismo punto, lo imanta todo. Coqueta, levanta la blusa de satén y se inclina mostrando su torso desnudo, labios, pezones y uñas del mismo rojo intenso. –Mírame solamente. Soy tan fina que no necesito sostén –le susurra al muchacho con un aliento cálido y sonriente, mientras le aparta las manos cuando él, hipnotizado, intenta tocarla–. 109


Nicolás queda desconcertado. La bailarina, en su doble juego de conquista tíosobrino, le guiña un ojo a Ramiro mientras continúa en su tarea de sugerir, más que dejar ver, unas redondeces lujuriantes bien definidas que excitan al joven, y más cuando lo envuelve con su almizcle de felina en celo. Ramiro acaba de advertirle que, si trata bien esa noche a su novicio, le dará una fuerte suma y la ayudará a ubicarse en El Platanar, un sitio similar a El Jardín de Alá, donde tendrá contacto con los hombres más influyentes y poderosos de la ciudad, incluido él mismo. Es pan comido, piensa Azahabara: unas caricias con dos agites rápidos y listo el pollo, y continúa con sus provocativos movimientos alrededor del muchacho. Alcira se margina, se siente como una idiota por prestarse a semejante niñería, y alega todo el tiempo mientras Ramiro trata de calmarla. –Lo que está buscando este dominguillo es una mama, reafirma para sus adentros Azahabara. Primero pide leche y ahora está obsesionado con mis tetas. Fingiendo ser complaciente ante ese juego de incitación, lo conduce hasta el sofá, se quita la blusa y la cinta de sus cabellos, los agita con co110


quetería, y con la intención de que termine pronto se apresta para que juegue a sus anchas. Él, como si le estuvieran ofreciendo grosellas maduras, se apresta a chupar y morderlos con infantil avidez. –¿Es que aún no te has podido liberar de la teta de tu madre? –le dice, mientras fastidiada por los instintivos arrebatos del novel aprendiz, lo aparta a un lado. Él, cómo un pelele, después de tragar saliva, asiente. Sorprendido queda Nicolás con lo que acaba de rozar entre sus labios y ver con sus propios ojos. En su vida nunca llegó a imaginar algo así: Esta mujer tiene un solo pelo negro, crespo y lustroso al borde de su pezón izquierdo. Lo mira alelado y, palpándolo con el mayor cuidado, lo hala para medir su longitud. Ni el más costoso de sus juguetes le había fascinado tanto. –Ese pelo que te causa tanta curiosidad es mi amuleto, y por eso lo cuido como mi principal objeto de seducción. Te pido que no seas tan necio, déjalo en paz –le aclara con la intención de volverlo picadillo. Él continúa halándolo, sonríe incrédulo, y no quiere desprenderse de su fino contacto.

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Ella le sostiene ambas manos tras su espalda y le habla fuerte, como para que entienda de una vez. –¿Acaso no te has dado cuenta de que lo fastidioso es insoportable y agotador? Él, haciendo caso omiso, acerca un ojo hasta el pezón para cerciorarse de que algo tan especial y tosco pudiera surgir en un seno limpio. Con sus pestañas lo acaricia. La mujer pierde la paciencia y bruscamente lo aparta. –No seas tan infantil, ¿o es que estás borracho? ¡Pórtate como todo un hombre!, – le grita. Ramiro chasquea los dedos, recordándole el trato. La mujer respira hondo, y de mala gana se calma. El muchacho, ya ebrio, agacha la cabeza y, en un acto fingido de contrición, pone las manos en cruz sobre el pecho, suplicante y sumiso. Como un autómata se le va acercando. Apoya de nuevo la mejilla sobre el seno, toma el pelo entre los labios y lo saborea con la lengua. Una fuerza oscura y maquinal hace que lo sostenga firme entre los dientes y, decidido, con un movimiento certero, lo arranca.

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Con una carcajada de triunfo muestra su trofeo. La mujer pierde todo control y, enceguecida, le propina tal golpe en la boca que lo lanza lejos y corre a tomar su cartera, saca la daga y se le va encima, dispuesta a degollar a ese malnacido. Ramiro, que no les quita el ojo de encima, se lanza en defensa de su sobrino y la contiene. Ver a Nicolás por el suelo, inundada la boca en sangre, lo descontrola e, iracundo, empieza a abofetear a la mujer, que no suelta la daga. La ofendida lo encara, lanzándole estocadas. Él, un ágil esgrimista, con un cojín la esquiva. Nadie creería que una mujer tan joven y sutil pudiera manejar semejante furia y lenguaje –piensa Alcira, que corre por los extremos para no ser alcanzada por una cuchillada. Sólo cuando se le queda clavada la daga en la puerta de un armario, Ramiro logra sujetarla y, tratando de quitarle el arma, la retiene con violencia. Ella, en medio de su furia, más la sujeta. –¡Metéte con un machote de tu calibre, cobarde hijueputa! –Le grita, hecha una fiera. –¡Respeta alguna vez a una mujer! El hombre la engrilla tan fuerte del cuello y de la mano, que Azahabara, aunque armada, es impotente ante la fuerza brutal que la contiene. 113


–Pues con lo que te va a pasar vas a dejar de ser hembra, y la soberbia se te va a acabar, perra bravucona. Acto seguido, le conduce la mano con la resplandeciente navaja hasta su seno izquierdo, y para que de por vida recuerde el instante, la obliga a que ella misma, muy lento, en un corte como si se tratara de un trozo de jamón, se lo vaya cercenando. El arma por fin se desprende, seguida de un chorro de sangre que muestra unas cavidades blancas y sangrantes, y el seno cuelga de una fracción de piel muy angosta. La abría matado seguramente, si Alcira no interviene a tiempo. Ramiro toma la daga y se cuadra al ataque. –¿Cómo te vas a mancillar las manos por una vulgar prostituta? Déjala así, que ya tiene su merecido estigma a cargar de por vida. Con ojos desorbitados e incrédula, la mujer trata de reacomodar con ambas manos esa carnosidad sangrante, que flácida ya, no se le ajusta en el lugar debido. Cuando capta la gravedad de su estado, maldice su destino y se arroja al piso. Quiere autodestruirse de una vez. Patalea y brinca en un charco de sangre, como una serpiente a la que se ha partido en dos. Sus lamentos, mezclados con los quejidos de Nicolás, son obstinados.

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Empieza el amanecer, y Ramiro carga con su muchacho en busca de un dentista amigo, no sin antes tratar a su víctima con el lenguaje más ofensivo e hiriente, y advertirle que si Nicolás pierde un solo diente, será mejor que se la trague la tierra, porque en caso tal, mandará a sus sabuesos a buscarla y no responderá de lo que pueda pasarle a su pintarrajeado rostro. Y que no está charlando. Luego pide a Alcira que, mientras envía a los dos celadores nocturnos controle a esa trastornada, cuidando de que no vaya a vengarse haciendo otro daño. –¿En estas circunstancias, qué será más preciado: un abanico de dientes, o un seno? –se pregunta Alcira, quien por primera vez siente lástima de la mutilada rival. Al entrar, los vigilantes tienen que forcejear con la histérica muchacha para que no se haga más daño. Ésta se desvanece. De inmediato pasan a limpiarla y la vendan. Alcira, que realmente ama a Ramiro, no quiere que se vea involucrado en un lío de faldas y da dinero a los hombres para que, de inmediato, la lleven a un centro clínico, la dejen allí, y para nada vayan a mencionar el nombre de Ramiro. En su soledad, Alcira tiene tiempo de reflexionar y se convence de que definitivamente uno nace y muere solo. Los hombres son egoístas, y éste el que más: ensañarse así contra una ofendida mujer 115


de la vida, y sin compasión abandonarla en tan mal estado, igual que cualquiera se deshace de un objeto que estorba. Conoce muy bien el calculador y oportunista mundo de Ramiro, y aunque gracias a ella, ambos son dueños de esa cuantiosa fortuna en alhajas, intuye que éste la seguirá tratando por lo que siempre ha sido: una de las tantas prostitutas que él a diario frecuenta, la que muy pronto perderá sus encantos y habrá que reemplazar, porque así es la vida, con las que tienen como único encanto la efímera belleza. Abre el pesado cofre con las joyas y el reflejo la deslumbra. ¿De quién serán estas gemas mañana? Del más astuto, con seguridad. Se mira al espejo y, aunque aún es joven y bella, ya no es la cándida que cree en el romance y el amor. Una mujer con fortuna, en cualquier parte será una dama y, si además es inteligente, adónde vaya reinará. Se iría al extranjero, recurriría a la magia de los tintes y el maquillaje para que con unos cuantos retoques nadie la reconozca y señale después. Con la experiencia vivida, sería ella quien le haría la jugada a la vida. Recordó a un constante y sincero amigo quien, por el sólo gusto de tenerla cerca, la visitaba desde Panamá. No lo piensa más. Esa misma mañana, cargada con las preciadas joyas, contrata un carro que la lleve hasta Tolú y allí busca un lanchero particular. Atraviesa el golfo de Urabá y se esfuma para siempre. 116


IX TRAS OTROS RUMBOS Y OTROS DESTINOS [–Yo también tuve mi mundo, continuó sor Bernarda.]

En estado de somnolencia, Azahabara escuchaba voces lejanas, como de ultratumba, que especulaban acerca de su desordenado y libertino existir. –¿Será una mujer de la vida? –preguntó alguien con voz chillona e indagadora. –Eso, ni dudarlo. –respondió otra de timbre ronco y que tosía mucho. –Qué cosa tan terrible habrá hecho que la mutilaron así, –comentó una tercera. –Mírenla cómo se pinta las uñas de las manos y los pies con el color de la lujuria, –resopló una nueva voz inquisidora.

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–Ni qué decir de tanto afeite que, en lugar de resaltar, afea ese rostro y cuerpo tan fresco, –acordó la quinta. –Ésta es de las que morirá en una riña callejera, o por un lío con hombres en una cantina de esas de luces rojas. Y lo más grave, sin opción de confesión ni arrepentimiento alguno ¡Pobre criatura!, –concordaron todas. Al despertar a la angustiante realidad en el hospital de la Sagrada Familia, la joven entró en un estado de depresión tal, que más de una vez intentó suicidarse. Fueron sus demonios internos los que a cada intento se lo impidieron, haciéndola reflexionar: ¿Cómo te vas a ir así no más, sin vengarte de los hombres que te han hecho tanto mal? –le susurraban, mientras ella, desconcertada, miraba ante el espejo ese seno flácido, zurcido con una enorme y fea cicatriz, imposible de ocultar ante cualquiera. Tendré que imitar a La rabo de ají –se decía para autoconsolarse. Le vino a la memoria esa obstinada prostituta de El Jardín de Alá, quien se ufanaba de la perfección y finura de sus senos, gracias a que jamás se había despojado de su brasier, ni aún para bañarse, y menos dejarse lactar por ningún mortal mientras le hacían el amor, aunque le habían ofrecido todo el dinero del mundo. ¿Ocultaría algo insólito, o 118


sería un mero capricho? No obstante, esa era su carta de suerte, pues nunca le ha faltado un audaz y curioso amante. Espero que igual suerte me acompañe en lo que me resta de vida. –¿Pero por qué a mí me ocurrió esto? Clamaba despechada, tratando de meter en su cabeza dura semejante ignominia, y precisamente a ella, a quien desde que empezó a razonar su madre le repetía ese dicho: “El que con muchachos se acuesta...” Fueron las posiciones encontradas de dos monjas francesas las que le permitieron evaluar su situación: Sor Bernarda era bastante pragmática y liberal, frente a los criterios de Sor Isidra, quien a toda hora le hablaba del perdón y la resignación. –Cuántas mujeres están peor que tú, desahuciadas, abandonadas, o peor, sin hogar y con sus hijos aguantando hambre. Líbranos Señor de ser víctima de la locura, o de caer en la indigencia. Con voluntad debemos aprender a vivir con nuestras falencias y seremos personas que encontraremos la tan anhelada calma. Ella miraba escéptica a la religiosa, con la convicción de alguien que no cree en absolutamente nada, pero en estado tan calamitoso, por mera porfía, tendría que aferrarse a alguien o a algo. Hubo momentos en los que pensó muy seriamente esconder su mutilación bajo el hábito de una monja. 119


–¿Sor Isidra, si me recluyera en un convento, usted me garantiza que encontraría la paz que tanto pregona? –Es más una vocación que una salida desesperada. Nadie quita que la Providencia te haya mandado esta dura prueba para que sigas el sendero al que has sido predestinada. Podríamos intentarlo. Azahabara la miró con desconfianza, considerando la misión de seres tan contradictorios como las mujeres de clausura. Entonces revivió tiempos pasados, aquellos en el colegio del Sagrado Corazón, cuando Estercilia, su madre de crianza, dolida porque, por segunda vez, las monjas Vicentinas se negaron rotundamente a recibir a Amanda, su consentida hija, por negra y fea, desplegó toda su capacidad de ofensa y las trató de malditas viejas racistas e hipócritas, que pregonaban una falsa caridad. Donde no cabe una de mis hijas jamás cabrá la otra –les gritó, furibunda– y decidió inscribirlas en la escuela pública. Para afianzar estos cupos, cada ocho días enviaba una exquisita ración de parva para la directora, y otra abundante y ordinaria para la tienda escolar. Hoy, por primera vez, sintió simpatía por su recio carácter y la añoró. Algún día la buscaré, le pediré disculpas por mi ligereza, y la recompensaré.

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La otra monja, sor Bernarda, era más sincera y directa: –“Jamás será grande quien nació rastrero”. –La encaró fuerte, como reprochándole el por qué se había dejado mancillar así–. Cada uno es forjador de su propio destino, y en la condición de ustedes, que no son ni serán de nadie, es preciso hacerse valer, porque de resto, para qué vivir. Ambas se miraron con una complicidad femenina ancestral. –Yo también tuve mi mundo, continuó sor Bernarda, mientras la aseaba y le ponía un vendaje nuevo, y aunque fui una mujer intensa, jamás me rebajé ni me sometí ante nadie. Después de los cuarenta y cinco, cansada de ser de todos, me desposé por compasión con un prófugo de la guerra. No tuve hijos, y por la edad no quise adoptar ninguno. Enviudé, y si estoy aquí es porque no soporto la soledad y en algo quiero ser útil. Tú no eres, no por ahora, de las que se encierran en un claustro a rumiar su frustración, y menos a atender enfermos y ancianos que huelen mal, son bastantes quejumbrosos y terminan contagiándola a una de sus dolencias. Vive el mundo que te apetezca, que es un instante, y cuídate de los excesos, que esos sí embrutecen, descompensan y matan. Esas palabras le levantaron el ánimo y las ansias de una nueva vida. 121


–¿Es verdad que, en la Anatolia de la Grecia clásica, existió una casta de mujeres guerreras que se extirpaban el seno derecho para poder maniobrar sus arcos, lanzar las flechas y someter a los hombres y animales? Nada extraño –respondió con voz cantarina la monja. Desde el comienzo de la humanidad las mujeres dominamos el mundo y el matriarcado duró milenios. Ese es un hecho que los hombres no han querido aceptar, pero ya nos llegará el momento, porque el mundo es y continuará siendo cíclico hasta el infinito. –Hábleme de casos particulares de emancipación femenina. La hermana le narró experiencias tan extrañas que a la muchacha no le quedó la menor duda de que en Francia las mujeres también sufren por abusos, maltratos y desilusiones amorosas. La aprehensión de la monja hacia los hombres era evidente. Y no volvieron a hablar más del asunto. *** Dado el prestigio económico y social de los inmolados en El Jardín de Alá, tanto la CIA y la DEA, como otros organismos internacionales, se hicieron presentes para remover evidencias y pruebas de entre las cenizas. Llegaron obrando en for122


ma inclemente. Tendrían que encontrar o inventar culpables, por lo que se desató una terrible cacería contra todo indigente y cualquier habitante de la zona de invasión. Entonces, como chivos expiatorios, fueron los empleados y damiselas sobrevivientes quienes llevaron la peor parte, y ahora están enfrentando cargos ante cortes internacionales. Sólo alcanzaron a librarse quienes se escondieron a tiempo y los que huyeron lejos. Sor Bernarda, para evitarle interrogatorios que pudieran incomodar a la cercenada y confundida muchacha, la camufló en el pabellón de los infantes. Diariamente la mantenía al tanto de todo acontecimiento local. Así se enteró de que, aún humeaban los restos del jardín de Alá cuando, y no se sabe de dónde, surgieron varios parientes de Jaffit, que fotos en mano pretendían recuperar como patrimonio de la gran familia turca un montón de alhajas. Como aves de rapiña estaban dispuestos a no marcharse hasta no rescatar su botín. De Ramiro se supo que, aunque era amigo incondicional del turco, éste lo excluyó de entre los convidados a ese magno evento, y fue el destino el que lo mantuvo al margen de ese lugar equivocado. No obstante, había pedido permiso para alejarse del lugar. “Seguro debe andar como loco por todos los pueblos buscando a Alcira” –pensó Azahabara. Y el malcriado muchacho había sido internado en un colegio de la capital.

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Hasta cuándo el destino me seguirá deparando tan fatídicas experiencias –empezó a cavilar la joven–, mientras con una rabia intensa cepillaba ante el espejo su sedoso cabello. Acaso para restregarme en la cara que el verbo olvidar jamás cabrá en mi cerebro, y que mi prevención contra el mundo siempre estará latente. Lo que sí tengo claro es que, a partir de este instante, sólo me relacionaré con varones influyentes y muy definidos, cuyo poder se extienda hasta vengar tantos abusos acumulados. Respiró profundamente para no dejarse arrastrar por el apasionamiento y recapituló. Dadas las circunstancias nefastas ocurridas aquí, la clientela se ha tornado tan prevenida y desconfiada que lo mejor será irme lejos, y regresar sólo cuando sea poderosa y rica. Entonces, buscaré y retendré al cobarde de Ramiro, y después de desenmascararlo frente a los de su clase, lo humillaré hasta la bajeza última, sometiéndolo a todas las torturas que se me ocurran. Entre gritos e intensos dolores lamentará hasta la muerte haberme ultrajado y estigmatizado. *** Josefina Montero, La bizca, es una alborotada y bulliciosa auxiliar de enfermería del hospital La Sagrada Familia, de Montería. A pesar de su acentuado bisojo se siente muy segura. Con paso impostado tararea retintines de moda y se la pasa desfilando frente a la vidriera del corredor, extasiada con sus caderas levantadas y su generoso busto. 124


A diario descuida, no sólo sus funciones, sino también el control de sus pacientes. Y lo más grave, tiene fricciones y desaciertos con los otros practicantes y el personal interno. Cada vez que la ven aparecer, los convalecientes se santiguan pidiendo la protección divina; y recelosos y desconfiados, se cubren con sus sábanas y almohadones. Temen que con su inexperiencia y aturdimiento, al ponerles una inyección en el lugar equivocado, los deje cojos o mancos, o con secuelas irreversibles después de hacerles tragar la pastilla incorrecta. No queremos ser atendidos por esa alocada, que a más de vivir en otro mundo, es tuerta –era el clamor general. Cansada de recibir amonestaciones, y ante la posibidad de cometer una equivocación que le podría complicar la vida, optó por renunciar. Admitió que, definitivamente, esa no era su profesión; que su destino estaba en el espectáculo, el aplauso y la alegría. Con la única que había llegado a congeniar era con la muchacha cercenada. Le atormentaba que a una mujer pudiera pasarle algo tan ofensivo. Cuando sor Bernarda se ausentaba, mantenía con ella largos coloquios, y el día en que le dieron de alta, Josefina también abandonó el hospital. –¿Después de esa fantasiosa vida pasada qué ha sido de tus amistades, y si has tenido o tienes algún 125


político influyente que en este momento te dé la mano? –le pregunta Josefina. –No. Los políticos siempre están y estarán en el campo de las posibilidades, y por eso la vida me enseñó a desconfiar de ellos. Tampoco tengo familiares ni conocidos. –A falta de parientes y amigos, ¿qué camino piensas seguir? –Tengo dos opciones: Llevo una recomendación escrita por Sor Bernarda, con la cual podré instalarme en la abadía de las Clarisas de la capital, donde además de estudiar francés, tendré clases de bordado y culinaria, con miras a trabajar, ¿te imaginas?, en la casa de un cardenal. El problema es que tengo ingratos recuerdos de esa ciudad, y hasta enemigos que me estarán buscando. La más viable es la de Sor Isidra: radicarme en un complejo agrícola cerca de acá, lejos de la vanidad y pasiones del mundo, donde en cada estación siempre habrá algo qué hacer. Ya se acerca la recolección del algodón, después vendrá la de arroz, y así hasta que la suerte me vuelva a sonreír. –¿Y crees que con esas manos de peluchín podrás ejercer una actividad propia sólo de esclavos? ¡No!, nosotras nacimos para cosas más sutiles y placenteras. Por ahora estoy sola y libre, tengo unos cuantos ahorros, y mientras se nos presenta una buena oportunidad te hospedarás en mi casa. 126


Estoy segura, sin temor a equivocarme, de que ambas buscamos el mismo estilo de vida: la frivolidad en el mundo del espectáculo. Un día de octubre en la tarde, después de escuchar las sugerencias y observaciones de las monjas, abandonaron el hospital. ¿Qué tanto hay de realidad en lo que me contabas de tu convivencia en El Jardín de Alá? –Le preguntó, días después, cuando ya instalada en su casa la sintió más tranquila, optimista y con unos deseos fervientes de vivir. –Por ahora quiero olvidar ese pasado. Déjame hacerlo. –Creo que tu pasado fue fascinante y, desde que te escuché la primera vez, se ha tornado en mi más obsesiva fantasía. Buscaremos otros rumbos y, esta vez, las dos triunfaremos. –Bien por tu optimismo, Josefina, pero... ¿crees que hay personas que nacen regidas por la buena suerte? –Lo que llamamos suerte no es más que el desarrollo de nuestra propia personalidad. Eso lo leí por ahí, me gustó, y trato de llevarlo a la práctica. –Es una frase muy bonita, un ideal literario, pero yo lo he intentado por todos los medios y no 127


he podido acertar nunca. Desde que nací, una mala estrella me acompaña. –Al contrario; agradece que después de semejante mortandad y la tremenda persecución, tú seas una de las pocas personas con vida y, además, libre. Hoy te muestras quizá más bella que antes. Yo, con tu figura, me arriesgaría a cantar en el más sofisticado club de una gran ciudad. –¡Qué necia eres...! Días después, Josefina llegó muy agitada. –¿Sabes? Acabo de enterarme de que los comisionados de Jaffit el Turco, que viajaban por las costas del Caribe reclutando jovencitas para mantener renovado su exclusivo club, después del desastre de la casa y la muerte de su propietario, encontraron nuevo y lucrativo mercado: dejan en Barranquilla su primer cargamento de mujeres aventureras, que engrosarán las casas de la costa, y luego, con las más osadas, remontan el río Magdalena para surtir las de sus riveras, hasta que encuentran la desembocadura del río Cauca y se adentran por él hasta un lugar llamado La Felisa. ¡Qué emoción!, En caballos árabes continúan el viaje, con su mercancía humana, hacia un pueblo minero del interior. Hay tanto oro en esas montañas, que tres de los principales propietarios de minas están reclutando exclusividades para sus 128


clubes privados, dotándolas de casas y lujos. Es tanta la bonanza que hasta el minero más humilde paga en oro los favores de las mujeres. Ese pueblo se llama San Sebastián de las Candelas. ¿Qué insinúas? –pregunta la otra. –Que si tuviera otros ojos me uniría a esa caravana en busca de suerte y aventura. –Estamos hablando de la más antigua, ingrata y solitaria de todas las profesiones. –No hay profesión ingrata; la actitud está en uno. Y con tu experiencia volverás a encontrar otro Jaffit. Pero yo, con este bisojo, me resignaré a servirte y acolitarte todas tus nuevas conquistas. Azahabara parece entusiasmarse y le dice: – Mira cómo te contradices. Quieres que yo me reanime, mientras tú vives demeritando tu condición. –Hay gente que nació para triunfar a pesar de las adversidades. –No hay mujeres feas, sino descuidadas. Además, hay quiénes disfrutan y les resulta atractivo ese bisojo tuyo que, en mi opinión, no es ningún limitante. Para gustos no hay disgustos. Y te aclaro que no me estoy refiriendo a ti, pero, “la suerte de la fea, la bonita la desea”. 129


–Yo quisiera que a toda hora y en todo lugar los hombres se detuvieran y me miraran con lujuria y avidez. Y aunque entre ellos susurren palabras de grueso calibre, al dirigirse a mí lo hicieran con frases tiernas y comprensivas que me subyuguen. –Tienes unos pensamientos muy extraños y contradictorios, pero no te preocupes. Todas las mujeres somos tan impredecibles, que a veces nos desconocemos. Te enseñaré a ser seductora e irresistible, para lo cual es necesario ese cuerpazo que te dio la naturaleza, que hasta yo misma te envidio. Con la caja de cosméticos que le había obsequiado sor Bernarda inició su transformación: –Las cejas son el recuadro que define un rostro equilibrado ¿Lo sabías? La otra asiente. Vamos a darles personalidad: Con el depilador y una cuchilla de afeitar las delineó como arcos. Luego mezcló grasa con humo de pez para oscurecer y encrespar sus pestañas. Iluminó los pómulos, y a esos labios que tenían forma de corazón los reafirmó con rojo intenso. Grandes candongas de filigrana pendían de sus orejas. La mostró ante el espejo. Por primera vez, Josefina se vio realmente transformada. Ahora sí vamos a conseguir macho, –sonrieron maliciosas. Nos uniremos a esos proxenetas y buscaremos nuevos rumbos. El mundo nos espera. Va130


mos tras dos nuevos Jaffits y otras tantas Evliyas Lirias. A partir de ese momento las une sincera e incondicional amistad.

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X SAN SEBASTIÁN DE LAS CANDELAS [–Eres virgen, ¿no es verdad? –¡Sí!, responde muy segura.]

Un domingo de mayo de mil novecientos cuarenta y dos, El Victoria, un barco comercial Barranquillero, deja el puerto de La Arenosa y se adentra por el gran río de la Magdalena, ése que los aborígenes solían llamar como Yuma. No son muchos los pasajeros regulares. Va surtido por una buena cantidad de mujeres jóvenes, que expectantes ante las nuevas tierras que van a explorar, saludan a la distancia despidiéndose de seres invisibles; otras parlotean sin descanso, las más relajadas van meneándose en sus chinchorros, aquellas ya mareadas se aferran a los pasamanos exteriores tratando de recibir el aire benefactor, y las más discretas, simplemente guardan un mutismo y silencio total. En este exclusivo viaje para señoritas se les ha asignado buena parte del segundo piso de la embarcación. Algunas, para proteger sus equipajes, 132


los han colgado convenientemente de sus hamacas. Una doble cortina florecida las aísla del resto de la tripulación, lo que despierta la curiosidad y el deseo de los hombres a bordo. La mayoría quieren olvidar noviazgos frustrados, o abusos por parte de padrastros o parientes; otras sencillamente se aburrieron con las labores hogareñas impuestas en sus lugares de origen, las más calladas presienten que han sido engañadas y les espera un oscuro futuro. Van vigiladas por ocho tratantes, cuyo objetivo, aunque ellos lo nieguen y sobornen a los encargados del control en cada puerto, será renovar casas de citas en distintos pueblos de los arenales del río Magdalena y del interior del país. Ya en la confluencia del río Cauca con el Magdalena, cuatro de los tratantes encargados del primer grupo descienden en Magangué con quince del total de treinta y cinco muchachas. Entre ellas van Azahabara y Josefina. Y el Victoria continúa su marcha con las veinte restantes hasta su destino final en Puerto Berrío. Los proxenetas que van a remontar el río Cauca contratan en Magangué dos embarcaciones grandes, esas que los lancheros utilizan para navegar a contracorriente, y que en ciertos trayectos lo tienen que hacer impulsados por largas varas, las que hunden en el limo del lecho, o apoyan por las orillas del caudaloso río. Desconcertadas las mujeres por tan radical cambio de transporte, y lideradas por Mariela Campillo, arman una acalorada protesta. El intento les resulta en vano, porque los barcos ya han dejado la seguridad del puerto y los 133


hombres, transformados en capataces, amenazan a las alborotadas con arrojarlas a los caimanes que hambrientos merodean en las playas. Los lancheros continúan remando Cauca arriba en jornadas de nunca acabar. En ciertos pueblos los proxenetas toman lanchas más pequeñas para reabastecerse de víveres, o para dejar una o dos jovencitas. Una celestina vestida como dama digna las aguarda y las colma de falsos halagos. Por temor a una revuelta de las enardecidas mujeres no descansan en lugares poblados, sino que se estacionan en descampados a la orilla del río. El esfuerzo es tanto para los remeros, que se ven obligados a hacer descansos cada cierto trayecto. En una de esas paradas en que bajaron para estirar las piernas, un puma por poco se alza con la despistada Alba, la de los ojos tristes. El llanto y la histeria se hacen presa de las susceptibles damiselas. En días posteriores la desconfianza y el temor será constante. Las nubes de mosquitos al atardecer son permanentes, las serpientes y los caimanes están por ahí, en el lugar menos pensado, o el temido puma que con su afinado olfato, y bien camuflado, las debe seguir por la orilla y cenegales. Su consigna: no dejar nunca las embarcaciones, ni aún para una angustiosa necesidad y menos para bañarse en el río. ¿Se justifica viaje tan largo, tras un futuro incierto, con todas las de perder, librando cualquier 134


peligro en esos rápidos incontrolables, cambios súbitos del clima, una alimentación tan monótona y en condiciones higiénicas tan precarias? –se cuestionaban las buscadoras de aventuras y, lo peor, sin quién las escuche y las ponga en buen recaudo en esa ruta rumbo al extremo del mundo. Por fin, después de soportar por veintidós días tantas penurias y dejar poblaciones como Achí, San Jacinto, Nechí, Caucasia, Ituango, Valdivia, Santa Fe de Antioquia, Bolombolo y La Pintada, el grupo llega a su destino final, el caserío de La Felisa, en el departamento de Caldas. Son diez las damas seleccionadas para San Sebastián de las Candelas, que llegaron deshidratadas, bajas de peso y descompuestas, y no quieren volver a ver una embarcación en su vida. Libres del vaivén de las aguas, les dan varios días para recuperarse. Cuando el color regresa a las mejillas y se tornan presentables, les muestran los quince caballos árabes traídos desde el establo de los Del Randall, y que están a su disposición para el tramo terrestre por la depresión del río Supía. Esta aparición de animales tan bellos les levanta la moral y se disponen a culminar el viaje. Lo hacen en una jornada hasta llegar al alto de Sevilla, donde pernoctan en una posada, y desde allí pueden divisar su destino en la distancia. La madrugada de la víspera del jueves de Corpus, después de muchos días de navegar y cabalgar, la caravana se detiene sorprendida en las laderas del agitado asentamiento del Real de Minas de Quiebralomo. Las recibe un emplazamiento típico de 135


morochos mineros, que frecuentan los bares y cantinas, ruidosas a toda hora por la música estridente, donde sobra el dinero y el licor, y el comercio de baratijas útiles e inútiles lo domina todo. –Donde hay oro hay vida y alegría, grita Mariela Campillo, la revoltosa, a quien por vivir meneando sus caderas la han señalado como La Tongolele. Sus compañeras asienten complacidas. Cuando descienden de sus cabalgaduras hay expectativa entre los mineros y mujeres de la vida porque ha llegado carne nueva. –Sí es que hay mucha hembra perdida por el mundo, exclama sorprendida Margory, La Patas d´hilo, temerosa de verse muy pronto suplantada por la variada y selecta competencia recién llegada. “No te preocupes Margory, que los nuestros prefieren ganado asequible y complaciente” –la consuela Cordelia, La Pántano, mujer experimentada que había llegado al encuentro de Facundo Largo, uno de los capataces de la mina Vendecabezas. –¿No es cierto, Facundo, que Margory y yo somos mejores que esas viejas creídas? El hombre, guiñándole un ojo, asiente. Pero su pensamiento es otro.

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Los mineros rasos las miraban con apetencia, mientras las mujeres de los bares vecinos y de las casas de placer se asomaban furtivamente, tal vez preocupadas por la posible competencia. Ferney, el capataz mayor de la mina “La Gavia”, recoge su gente con un pitazo, los demás se retiran y todo vuelve a la normalidad. Las recién llegadas montan de nuevo sus cabalgaduras y continúan por el camino rial. Más adelante, el ruido de los molinos de pistón, triturando la roca, aunque no se ven, es ensordecedor. Son los de la mina de Vendecabezas. Un grupo de hombres, con picas al hombro y cascos protectores, charlan animosamente con las mujeres del camino, mientras por empinado sendero descienden, unos a la mina de Gavia, y otros a la de Vendecabezas. Ellas llevan pimpinas con guarapo y fiambres; van al encuentro de sus maridos que, llenos de lodo por la pasada jornada, y casi desnudos, se asean en la acequia que desde las peñas del Ingrumá alimenta los molinos. –A partir de este momento, por la fiesta del jueves de Corpus tendremos cuatro días de descanso, y solitos los vamos a aprovechar al máximo, dice un joven mulato a su compañera, una trigueña muy sensual, que sentada al borde de la acequia patea alegremente el agua, mientras desata de un atadillo de hojas de bijao su pitanza, la pone sobre sus piernas, y le va dando bocados de carne en polvo con arroz, que el otro traga vorazmente, sin masticar. 137


–Qué envidia poder observar a esas parejas disfrutando de lo cotidiano de la vida, comenta una de las recién llegadas al ver el alboroto del salpicar de los pies de la enamorada y el manoteo del seducido atrayéndola hacia el agua. Sí, esa es gente que nunca espera la aurora con angustia ni desasosiego –suspira una joven de trenzas, y ojos somnolientos y distantes, a quien llaman Alba la triste. –Estamos sobre Gavia, la inagotable mina de oro de los Del Randall, sus futuros patrones, dice con autosuficiencia Facundo, el capataz amigo de La Pántano a las recién llegadas, que lanzan exclamaciones de sorpresa. Por si no están al tanto, ellos son: José Valerio, Félix María y un tal Valentín, un tipo raro que dizque sabe mucho, y ahora nadie da cuenta de por dónde anda. Es un misántropo que vagabundea por esos caminos de Dios, y es tan pendejo que rehúye lo mejor de la vida, que es el poder que da el oro y lo que no nos puede faltar: la pasión por las mujeres. ¿Y es guapo ese Valentín? –pregunta Azahabara, a quien tan singular personaje la llena de inquietud. No hay que fiarse de los solitarios, que por algo viven y se mantienen al margen de cualquier contacto o compañía, pues son egoístas y desconfia138


dos –le aclaró Facundo. Y continuó con su relato inicial: –Es tal el potencial de esta mina, que los socavones se van abriendo en red desde aquí hasta el cerro de oro, mientras les señalaba al fondo la imponente montaña del Ingrumá. En su base se asienta San Sebastián de las Candelas, y dirigiéndose a los tratantes y guías que las acompañan, les indica que deben seguir la ruta de la acequia para estar en menos de una hora ante los dueños: los acreditados hermanos José Valerio y Félix María Del Randall. La noticia ha volado con el viento, y una bulliciosa cabalgata de catorce jinetes con sombreros y ponchos blancos, que agitan al viento, las espera en el alto de El Crucero. Las vivas y los disparos al aire les dan la bienvenida. Para evitar los problemas que con sus esposas y el cura Barreneche les podría causar dicha compañía, los intrépidos caballistas no atraviesan el pueblo, sino que lo bordean por la ruta de los cementerios, para bajar hasta El ojo diagua, el lugar más cercano a La Ronda. No más llegar allí, un corrillo de muchachos sigue la caravana gritando a diestra y siniestra: –¡Llegaron las reinas en época que no es de carnaval! ¡Apostemos a cuál es la más bella! En tropel se ofrecen a cargarles las maletas. Los anfitriones no se atreven a llevarlas de inmediato 139


a La Ronda, sino que una reducida comisión las conduce al hostal Alférez Real, de las hermanas Camacho. En un principio, éstas se muestran renuentes a recibir a esas mujeres de tipo tan sospechoso, pero cuando José Valerio, por intermedio de su lacayo Tarsicio González, al que denominan Gardenia, las convence con una buena suma, dejan sus principios morales y el qué dirán, y se tornan tan complacientes que caen en el servilismo: calientan el agua para las bañeras, las ayudan a maquillar, también a peinar, y hasta les prestan sacos y chales para que, con el cambio de clima, no se vayan a resfriar. Tanto alboroto y movimiento hace oscilar los pisos de madera del Alférez Real. Una extravagante mixtura de perfumes, lacas y pachulís baratos, lo colma todo. Cuídense hijitas y procuren que esos hombres tan inquietos y pecadores las traten con cariño y tan siquiera un poquito de verdadero amor –las aconseja Irma, la mayor de las Camacho, mientras estornuda y con un pañuelo protege su nariz de los penetrantes olores. –Las mujeres asienten y sonríen maliciosas. Hacia las seis de la tarde de ese mismo día, el grupo es convocado al salón de los espejos del Perla Negra, la casa-bar de Nitria La africana, favorita de Félix María Del Randall, y después de la copa de bienvenida y de la suculenta cena que, envuelta en hojas de bijao, preparó Temilda, la mejor 140


cocinera de la región, José Valerio y ocho de sus compinches, entre ellos Gardenia, trasfigurados por la droga y el licor, las halagan y aplauden en medio de los chistes crueles de Nitria que, carcajeándose, grita: –¡La bizca, sí! ¡Esa vaca, no, no!, y sigue señalando: Aquella peliteñida y tetas hasta el ombligo, que bien podría ser mi abuela, ¡nones! ¡Ja, ja, ja! La bravucona, con ataques de belleza y prepotencia, ¡sí! La que se menea como un maniquí de cuerda, ¡también! La pelirroja, no pasa. La que parece una madremonte, con ese pelo alborotado, ¡tampoco! Esa morronga, con cara de yo no fui, que haría mejor labor en un convento, ¡menos! Esas dos negras culimoradas, ¡ni riesgos! Cuando ella menospreció a las de su raza, los hombres se miraron sorprendidos. No obstante, entre tanta mofa, las hacen desfilar descalzas sobre improvisada pasarela, conformada por una hilera de seis mesas de roble, y entre tules deben mostrar sus destrezas en la contorsión y la danza, mientras se van despojando de sus prendas hasta quedar a flor de piel. Todas, menos Azahabara, la más fina y guapetona que, renuente a despojarse de su brasier de talco y sus diminutos calzoncitos, impacta a todos y más a José Valerio, que le respeta su deseo de no exhibirse desnuda en público, a condición de que se introduzca en una tinaja que él y sus amigotes empiezan a llenar con botellas de champaña Viuda Clicquot. 141


Azahabara, angustiada con la evidencia de exponer su mutilación frente a tanta gente extraña, con los brazos en cruz cubre sus senos mientras se retuerce entre el espumoso licor y con los pies golpea a todo aquel que sumerja la copa, o con las yemas de los dedos intente siquiera tocarla. Desde ese momento empieza a odiar a Nitria, quien burlona y ofensiva le arroja a la cara copas llenas de residuos de champaña. La otra le responde con lo que sus delicadas manos pueden recoger, y que, como en el juego del gato y el ratón, esquiva Nitria. –¡Entre más bravo el toro mejor es la corrida! –grita exaltada la anfitriona. –¡Apártense mirones, que soy mujer de un sólo hombre, no la presa de un grupo de sátiros impotentes!, grita mientras saca de su calzón una navaja que alerta a todos. –Y vos, bruja negra y horrible, no me provoqués más que se me está subiendo el Sepúlveda a la cabeza, y en caso tal no me importa coger esta navaja, y con lo ofendida que me tenés, te la meto culo arriba y con gusto te mando a los infiernos! Furibunda, se pone en pie para retarla con el arma abierta. Los hombres empiezan a azuzarlas: –Yo le apuesto a Nitria, vocifera Gardenia, el arrodillado. 142


¡Vamos con la fiera, hay que desarmarla, qué peligro!, –propone alguno, tratando de que Nitria, la mandamás del Perla negra, no se percate de quién está tratando de contradecirla. –¡Cállate! –exige Félix María a Nitria. Te desconozco hoy más que nunca. Aunque estés borracha, tienes que estar a la altura de una discreta y efectiva anfitriona. Deja que los otros decidan. ¿Qué te está pasando, justamente hoy? La mujer hace caso omiso y se muestra más intensa e hiriente. ¡No voy a consentir que nos metan gato por liebre! –declara. –No seas cruel. Nunca sabremos qué nos depara el mañana. Nitria, totalmente trasformada, se comporta de una manera inusual, como previendo entre las recién llegadas una seria rival que le podría aguar su futuro. Fascinado con esa exquisitez, escandalosa y bella, que arma en mano se torna inabordable, José Valerio, con los brazos en alto, la invita a salir de la tina, le pasa su abrigo de paño inglés para que se cubra, acto que la lleva a buscar protección en sus amplios y musculosos brazos. Remisa, le entrega 143


la navaja abierta. Hay entre ambos una mutua e instantánea empatía. Él le asegura que si por casualidad aún permanece virgen, y lo atiende bien, la premiará con el dinero suficiente para que monte y dirija su propia casa-bar. Ella, apartándose bruscamente de su regazo, se le encara: –Dejá de cañar, que yo jamás hago ni haré tratos con borrachos irresponsables, ni hombres prometedores que creen que los demás son gente ingenua y estúpida –le responde hiriente y despectiva. Ella sabía el efecto que la indiferencia puede ejercer para hacerse deseable. Lo usó como estrategia, y de entrada le funcionó. Los hombres incitan a José Valerio para que violente y ponga en su lugar a esa ignorante, que no sabe con quién está tratando. ¿Acaso no te das cuenta de que estás en el lugar y momento equivocado? –exclama Nitria, horrorizada. Ésta es de las que ni a punta de garrote se dejan amansar. Lo mejor será que regrese al convento de donde salió. José Valerio se queda mirando a Azahabara como embrujado, soltando frases incoherentes. Está a punto de sollozar cuando Gardenia le pasa su petaca de oro con la dosis diaria de cocaína. El hombre, como tratando de evadir su escueta realidad, aspira con vehemencia. Girando en derredor, mira como perdido a todas partes. 144


Ante el temor de ser rechazadas y despedidas, después de viaje tan largo y agotador, y todo por culpa de esa alienada que frente al jefe mayor se muestra única, y como bajada del mismísimo cielo, las demás, a excepción de Josefina La bizca, que siempre estuvo alentando a la rebelde, tratan de recomponer la situación. Unas lo atienden con mimos solidarios, mientras otras responden a todo pedido de los descompuestos sátiros, quienes aprovechando la ebriedad y la ocasión, palmotean, muerden, besan y hasta tratan de poseer a tan apetecibles mujeres. –¡Alto y orden en la mesa!, que esta casa de la dignísima Nitria, nuestra Perla Negra, al menos por hoy, no es un lupanar. ¿Entendieron? Al tajante llamado de Gardenia los invitados dejan en paz a las nuevas vedettes, chocan las copas, y por unos instantes se concentran alrededor de los sollozos del jefe, que los desilusiona con su inusual comportamiento aquella noche. Azahabara jamás olvidará esa mirada de desamparo e impotencia que, ante su oportuna o inoportuna intervención, expresó el mayor de los Del Randall. Es un cobarde común y silvestre. Pronto lo tendré rendido a mis pies. Tengo las armas para lograrlo –murmura entre dientes y muy segura, 145


mientras lo atrae hacia su regazo para acariciarle el cabello y soplar cálidamente en su cuello y su pecho. Luego se dedica a besarle con supuesta y bien calculada ternura. –No te preocupes, que yo estaré contigo cuando lo precises; ya lo verás. El hombre entreabre los ojos y, resurgiendo del sopor, producto del alcohol mezclado con la cocaína, se queda mirándola al tiempo que le retorna las cálidas caricias. –Eres virgen, ¿no es verdad? –¡Sí!, responde muy segura.

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XI LA GOLONDRINA [Igual que la mala muerte, La Golondrina llega y se va por tiempos.]

Está allí, en su balcón, tras las cortinas de crochet en fina puntada. Su esbelta delgadez, sus negros ojos fijos como halcón al acecho, y esa ansiedad que la hace maldecir y bufar con lo que imagina que acontece a sólo cincuenta metros de su casa, en el Perla negra, es Ninelly Aguirre, La Salamineña, más conocida como La Golondrina. Al escuchar las carcajadas de Gardenia acolitándole todo tipo de depravación a su amigote, rabiosa se clava las uñas en los brazos. Los hombres están enloquecidos con el nuevo surtido de mujeres jóvenes llegadas desde las islas y costas del mar Caribe. 147


Tiene que ser cauta: nadie es imprescindible, ni siquiera ella que maneja sus trucos de seductora. Hasta ahora ha logrado mantener a José Valerio a sus pies y cree que él la idolatra. No al cínico de Gardenia, al que ama hasta el delirio y –para su desdicha– éste no le ha correspondido, ni le corresponderá jamás. Está celosa, y sus celos son los más genuinos porque sabe que no tiene acceso al amor, sino a unos sentimientos inciertos y oscuros. –¡No!, ¡No!, ¡qué rabia! Ofuscada, clama mientras desordena su negra y brillante cabellera, al sentir como laceraciones profundas las inconfundibles carcajadas de su hombre, estruendosas y satisfechas por demás, ante cualquier mujer que no sea ella. –¡No!, ¡No!, ¡qué rabia! El desgraciado de Gardenia es tan liso que no le apasiona mujer alguna, ni cree en nadie. Siempre ha vivido haciendo abstracción de la realidad para sumergirse cínicamente en mundos ilusorios que sólo puede alcanzar con el oro de los Del Randall. Por eso es tan servil el lameculos ése.

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–¡No!, ¡No!, ¡qué rabia! Mientras tanto ella, la sumisa y abandonada, impotente tiene que verlo y soportarlo todo. ¿Será que nunca me podré liberar de esta pasión que me atosiga y me corroe el alma? Como sonámbula, va hasta la ventana y, agitando al aire la cortina, grita: –¡José Valerio, no hay peor engendro que vos! ¡Todo lo que tocas lo corrompes, lo pudres, lo arrasas! ¡La naturaleza te cobrará tus excesos! ¡Te irás en picada hasta el abismo del no retorno! ¡Juro, como que me llamo Ninelly Aguirre, que no descansaré hasta ver tu propia ruina! ¡Tengo los medios para destruirte, aunque en el intento me lleve en los cachos al faltón de Gardenia! La mujer cierra todos los postigos (como el avestruz esconde su cabeza en la arena) y venda sus ojos tras una chalina oscura. Con gaza y cera comprimidas tapona sus oídos. 149


Al menos por esa noche huirĂĄ de su explĂ­cita realidad: la de ser una segundona, cuyo poder de mando declina.

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XII CORPUS [En los altares del Corpus pide al Santísimo Sacramento que su hijo Tarsicio deje la vida licenciosa y se decida por Carmencita Romero.]

Son las diez de la mañana del jueves de corpus. En el parque de San Sebastián, cinco monumentos estratégicamente levantados esperan el ostensorio. En cada bendición del párroco con la custodia en alto, las campanas de templos y capillas tañen al unísono aturdiendo los sentidos. Palomas, gallinazos y otras aves se alzan en desbandada, los perros ladran desconcertados, maúllan los gatos y las criaturas de brazos chillan a rabiar. Entre tanto, los feligreses caen de rodillas. Suplicantes, elevan sus plegarias bajo la canícula. No cabe un alma más en el parque rebozado de incienso y de fe. Explotan la pólvora y las bandas de música. Levantado en el atrio del templo, el altar de San Isidro está colmado con los productos agrícolas traídos de las veredas. Lechones, terneros y 151


aves de corral, miran asustados a la infinidad de curiosos que los rodean. A la imagen del impasible santo lo cubre un poncho largo, profusamente adornado con billetes pegados con alfileres. Religiosidad y largueza del campesinado que, con la bendición del cura, que promete el ciento por uno, esperan que los cultivos se les multipliquen ese año. Hacia las cinco de la tarde, el párroco Álvarez ya ha rematado toda la generosa ofrenda. Se frota las manos, complacido, y sonríe con avaricia. En compensación, pide esperar hasta la hora del Ángelus para desarmar los altares, y el cuerno de la abundancia de San Isidro Labrador. Detrás del templo, en el Alto del Chocho, doña Mercedes González, a quien el avanzado reumatismo mantiene recluida en casa, se arrodilla apoyando sus brazos en la baranda del corredor, y percibiendo lo que no alcanza a ver de la romería que se desplaza entre los altares del Corpus, pide al Supremo que su hijo Tarsicio, al que llaman Gardenia, deje la vida licenciosa, se decida por Carmencita Romero, la mejor mujer del mundo, y con ella tenga muchos retoños. Si los hijos escucharan el consejo de las madres no cometerían tantos errores al elegir pareja, –susurraba. –Si ves lo que mis ojos ven, o si mi vista amaneció alterada, o el trasnocho me tiene delirando –codeó Josefina La bizca a Azahabara– los perversos hombres que nos acosaron y atormentaron 152


la noche anterior, hoy desfilan muy correctos y elegantes, sin mirar a los lados, portando el palio, o cirio en mano haciéndole guardia al cura, que entre una nube de incienso lleva la resplandeciente custodia. Los murmullos hacen un alto para dar paso a las exclamaciones de admiración y sorpresa de las curiosas, cuando después del cura ven pasar a los Del Randall con su ofrenda en bandejas de plata para el altar de San Isidro: cincuenta monedas de oro cada uno. –Es el típico pueblo del interior del país. Aquí, todo el que peca, con oro compra su salvación. Bastan tres golpes de pecho, en pacto con la divinidad, (o con los demonios), y queda libre de culpas. –En la calle jamás intentes mirarlos, ni saludarlos, y mucho menos censurarlos. En definitiva, nunca los has conocido. Esa es ante la sociedad de cualquier parte del mundo la regla de oro de toda damisela –le susurró Azahabara. –¡Va!, responde la otra. A mí, Josefina La cordobesa, desde ahora sí que no me va a callar nadie, y menos esos don nadie de hedionda boca, adictos al tabaco y al alcohol. ¡Qué horror! ¿Acaso ayer no les conocimos sus debilidades, fantasías y bajo perfil? 153


Tras los hombres desfilan las señoras. Las que no llevan sombrero se cubren con mantillas sevillanas, y van tan ensimismadas luciendo sus joyas y elegantes trajes de luto, que no se percatan de que unas rarezas vestidas de colores, tanteando posibilidades, las analizan detenidamente. –Mira las candongas de aquélla. –Y la pulsera y cadena de la de sombrero. –Mejor, los aderezos de la que viene con sus tres hijas. Las recién llegadas están atónitas: desde la más humilde a la más encumbrada mujer, todas, sin excepción, lucen este día finas alhajas de oro y ceremonial traje nuevo. Si la Santa Sede se entera de la existencia de estas riquezas andantes, no demorará en mandar embaucadores para apropiarse de ellas, –comenta Azahabara. –Por lo que veo, con tanta monja y gente extranjera rigiendo los destinos de este pueblo de gentes ricas pero ingenuas, con el cuento de la evangelización las convencen para que se desprendan de sus joyas más valiosas. Dicen gran verdad. Desde la conquista hasta el día de hoy, extranjeros y gentes sin escrúpulos vie154


nen saqueando nuestras riquezas, –dijo un curioso que se entrometió en la conversación de las mujeres. El anterior párroco, cuyo nombre es mejor no recordar, en su pomposo viaje a Roma llevó como presente al Papa, sin consentimiento del pueblo, el corazón de la Virgen de los Dolores, elaborado en platino por un prestigioso artífice local del siglo pasado. Tenía espada de oro, esmeraldas por espinas y rubíes por gotas de sangre. Nuestra imagen no aparece descorazonada hoy, porque Pompilio Cuartas, el hojalatero, hizo una réplica irónica en aluminio. El cura, por supuesto, se quedó a vivir muy orondo en Italia. Las mujeres se miraron, sorprendidas.

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XIII LOS DEL RANDALL [Con qué clase de hombres se van a enredar, dónde las van a enclaustrar, y para qué fin perverso las han traído desde tan lejos.]

–¿Qué clase de hombres son los Del Randall? ¿A qué casta pertenecen? ¿Por qué tanta pompa y servilismo de todo el mundo con ellos? –preguntó Azahabara a Irma Camacho, esa noche del Corpus Christie, donde por suerte pudo ubicarse en el exclusivo hostal, descansar de tan penoso viaje y tratar de olvidar ese encuentro con seres tan viciosos, que en vísperas de día santo, antes de la abstinencia de rigor, las sometieron a las bajezas últimas, y lo peor, en un infierno plagado de intrigas, burlas e incertidumbres. Irma, mirándola compasivamente, le respondió: –Lo que se hereda no se hurta, dice el refrán, y en el caso de los Del Randall su tara es antigua. 156


Te lo cuento a ti solita, porque me caíste bastante bien, y quiero que de antemano tú y las ingenuas que te acompañan sepan con qué clase de hombres se van a enredar, dónde las van a enclaustrar, y para qué fin perverso las han traído desde tan lejos. Azahabara finge sorpresa y, expectante, interroga con la mirada. –Don Maurice Del Randall el viejo, (hablo del siglo antepasado) procedía de Francia. Se especuló mucho sobre sus antecedentes: dizque se había fugado de una prisión en Marsella, donde purgaba una larga condena. Entonces como ahora, la fama de riqueza de las minas de Marmato y alrededores ha sido persistente en Europa y el resto del mundo. Maurice cruzó el océano como polizón, y se adentró en un barco maderero por el río Atrato. En el trayecto conoció a dos europeos que lo motivaron a que atravesaran las selvas del Chocó. Un guía los condujo hasta la ciudad de Cartago, pero como el hombre tenía conocimientos empíricos de la minería, viajó con los dos extranjeros hasta aquí. Les gustó el clima, y los tres se dedicaron al rebusque. Maurice –como un turco de los que uno ve por ahí– empezó vendiendo por las calles géneros y cuanta chuchería pudiera negociar. Parloteaba en un español mixturado de francés con los hombres desocupados que acá no han de faltar. A los seis meses los deleitaba con sus aventuras de prófugo intrépido por mares e islas. Aquí dizque vivían em157


belesados con ese extranjero de ojos claros, y sus abusos, atracos, o todo lo malo que pudo haber hecho, terminaron siendo proverbiales. En estas tierras las mujeres se han desvivido siempre por los extranjeros, sin importarles su pasado. Edilia, la menor y más bella de las hijas de don Emilio Garzón, en ese entonces beneficiario de unas minas que tenía en Marmato, era el más rico del pueblo. La cándida cayó rendida ante esa lengua atrapadora de Maurice, dejándose preñar antes de tiempo. Por suerte, el oportunista la desposó, limpiando el honor de los Garzón. Y Maurice el visionario dio con tan buena suerte, que el suegro persuadió al alcalde para que le cediera a crédito los derechos de unas minas que los ingleses habían dejado de explotar, ya que éste dizque tenía conocimientos geológicos y no sé que más. Los indios que las explotaban rudimentariamente fueron expropiados de su ancestral derecho, y muchos sometidos casi como esclavos, junto con los negros de Guamal, a trabajar para monsieur Del Randall. Éste, con el producto del oro, que siempre ha sido tan impredecible, pues si a los ingleses se les perdió el rastro, a Maurice le afloró. Cosas extrañas de la naturaleza. En seis meses sacó como una tonelada de buen material, logrando limpiar su turbio pasado, e ilustrar su apellido. En la actualidad, su descendencia es una de las más distinguidas del pueblo, aunque la mala sangre y la degeneración no desaparecen así no más. Hoy –entérate bien, y 158


no estoy charlando– sus tataranietos, o sea Félix y Valerio, a quienes conociste ayer, están trayendo a esta pacífica región el llamado mal francés. Cuídate hijita, que el sexo no perdona. La historia de estos traviesos es que los mantuvieron muy cohibidos hasta que les alargaron los pantalones y los declararon mayores de edad. Recibieron muy poca educación. El padre, desde muy niños, los obligaba a trabajar para que, como él, aprendieran pronto a valorar y cuidar el dinero. Cuando salieron a la vida pública, se sintieron marginados y rechazados, tanto por las mujeres como por los oportunistas que los señalaban como a pobres niños ricos, incapaces de auto gestionar nada, ni permitirse alguna distracción o algún lujo. Agobiados por la mísera y mediatizada vida en que los mantuvo el padre, se desbordaron tan pronto como éste falleció. Se propusieron despilfarrar la fortuna que con tanta cicatería su progenitor había acumulado. Me lo contó Lucía Mesa, quien siempre ha vivido en los bajos de su casa y escuchaba a Florianís, su madre, advertirles: –Que no se repita la historia: Padres austeros, hijos ricos, nietos pobres. Ya aconteció con los del Randall de la anterior generación. Ustedes que son la siguiente estirpe, ¿que les dejarán a sus hijos y a los descendientes de éstos? Ante el clamor de la madre que, como su nombre, era una flor muy tenue en medio de las malas hierbas, los hijos se mostraban sordos. 159


¿Entonces era tan metódico don Aristarco Del Randall? –Interrumpe Azahabara. –Sí. Antiguas eran su astucia, ingenio y avaricia, aunque es notorio que toda región minera produzca genios inquietos y cavilosos, y también mucha superchería, aún en las clases privilegiadas. De él se comenta que desde que vino al mundo llegó con el pan bajo el brazo. Nació un cuatro de agosto, día en que por fin su abuelo legalizara la compra de las minas de oro de Vendecabezas y Gavia. Aristarco era la reencarnación del abuelo: había nacido en la antigua casa que los Del Randall criollos construyeron en una altura junto a la mina de vendecabezas, en medio de un bonito cultivo circular de ciruelas. Autodidactas ambos, se cuenta que antes de recibir instrucción alguna, ya pensaban, razonaban y mandaban como adultos. La minería la traían en la sangre. Su infancia y juventud las pasaron, no en mansiones o clubes como sus parientes, que caían en el servilismo con los hermanos Vásquez Cobo para que les permitieran beneficiarse de las minas sin impedimentos, sino dentro de los socavones, y no jugando a las escondidas y espantos, como lo hacían sus allegados con algunos hijos de los mineros. Ellos inspeccionaban hasta el último rincón del fantástico mundo subterráneo y analizaban la composición de los minerales en las rocas. –¡Increíble! ¿Un avaro metódico y ordenado?

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–¡Ah!, metódico sí, ordenado, ¡quizá…! El hombre solía comentar con sus pocos amigos que el recurso del oro tenía sus límites y tropiezos, pues a menudo, mientras cavaban siguiendo el filón, de súbito se les esfumaba. No obstante insistir ahondando, y buscarlo en todas direcciones, el rastro nada que volvía a aparecer. Muy sentido, decía que aún así, sus hermanos, tíos y demás parientes vivían derrochando en frivolidades el producto de las minas, sin considerar que el mañana podía ser incierto. Era muy sabia su inquietud; eso, ni dudarlo, – interviene Azahabara, ansiosa por averiguar todo acerca de esa familia. Tenía que estudiar la estrategia para manipular al impredecible José Valerio Del Randall sin herirlo, y de ese modo asegurar su permanencia allí, y por qué no, un futuro seguro y estable. Quien en un principio ayudó a Aristarco –continúa Irma– fue el indio Mápura. Cuentan quienes lo conocieron que, aún nonagenario, su lucidez era ejemplar. Un chamán muy popular y querido, que mezclaba la alquimia con la medicina tradicional, y éstas con otras artes, por lo que sus seguidores eran muchos. Refiere la leyenda que Mápura era hasta brujo: ante el desprecio de una mujer, él la miraba de un modo tan intenso que ella perdía la voluntad, y lo peor, se sentía desnuda ante los transeúntes. El terror la invadía, siendo tanta su 161


vergüenza que buscaba amparo mientras se cubría con las manos. Después, no volvía a dejarse ver en público. Claro que esa es la parte negativa que cuentan los enemigos de Mápura, que fueron muchos, ya por envidia o porque no se prestaba para sus caprichosos requerimientos. Uno de ellos fue Aristarco. En un principio y a su llamado, Mápura llegaba con todos sus implementos y menjurjes a la profundidad de la mina. Muy ceremonial hacía sonar su maraca para invocar los espíritus del abismo; luego se concentraba en tocar y oler las pedregosas paredes, después las lamía, intuyendo así si las condiciones eran o no propicias para excavar. Si el resultado era positivo, les indicaba con sorprendente acierto en la oscuridad del socavón hacia dónde romper el cuarzo, y de súbito, como por encanto, encontraban el hilo de oro. Cuando Mápura percibía que no debían explotar con dinamita el alma de la roca, ningún soborno o poder terrenal lo movía a irse contra la naturaleza y sus principios ancestrales. –“No extraer más de lo indispensable y habrá para mañana” –decía, y se postraba para agradecer por su dádiva a las entrañas de la tierra. Encendía su tabaco y se esfumaba como el filón de oro. Muy ambicioso era Aristarco; lo era tanto –dice Irma– que recurrió a todos los medios posibles para averiguar el secreto de los Umbra que, según se decía, utilizaban ciertas plantas en el proceso 162


de maleabilidad del oro. La fórmula la guardaba el insobornable indio Mápura, que por más que lo emborrachó, nada consiguió de él. La paciencia de Aristarco no estaba para reflexiones ecológicas, y menos románticas. Con un grupo de secuaces que portaban catalejos le montó la perseguidora al indígena. Precisaba descubrir el sendero en la montaña o por los ejidos, y en qué cuevas o recovecos pernoctaba, las plantas que llevaba en su mochila, y con quiénes intercambiaba sus conocimientos. Llegó al extremo de insultar y golpear al indio, que cada vez que regresaba a su rancho lo encontraba vacío y sin estera, y tenía que improvisar un lecho con ramas por el persistente saqueo. Intuyendo que un monstruo de ambición desmesurada pretendía engullirse de un bocado la montaña de oro, se largó, y por más que lo buscaron por cielo y tierra, jamás lo volvieron a ver. *** Un martes, una carga de dinamita explotó accidentalmente dentro de la mina de Vendecabezas y muchos mineros quedaron sepultados. Durante quince días el trastorno fue total, tanto en los yacimientos como en el pueblo, y los socavones de Gavia se vieron atestados con los que habían quedado cesantes en la otra mina, lo que hacía poco funcional su explotación.

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Para entonces, Aristarco tenía diez y ocho años y una curiosidad inagotable. Su obsesión por apropiarse del secreto celosamente guardado por los indígenas lo llevó a dejar su vida subterránea y se fue a espiar el conocimiento telúrico de los indios de Cañamomo y Loma Prieta. Éstos, que no eran ningunos ingenuos, empezaron a confundirlo. Entonces, Aristarco se dedicó a la botánica. Recogió primero raíces, tallos, hojas de los páramos; luego las de la región intermedia y finalmente en las tierras cálidas. Desde el resguardo de Ubarbá hasta Lomaprieta le llenaban la cabeza de fantasías, pero él no se daba por vencido. Cambió la cocción en recipiente de barro a la paila de cobre en que su tía Rachel cristalizaba cáscaras de naranjas para sus mermeladas y conservas. El resultado: trozos de mineral refulgentes, de azulinos, verde mar, amarillo fuego, veteados por hilos de oro. Los cuarzos, marmolinas y otras piedras llegaron a engrosar su colección de rarezas. Después de un caluroso atardecer, y bajo el sombreado del árbol de totumo donde dormían las gallinas de Rachel, se dedicó a preparar una extraña cocción de azufres, sulfuros y plantas. Cuando la colada empezó a burbujear, escupiendo un humo apelotonado y ambarino, le adicionó dos paladas de mineral triturado. Durante la noche alimentó el fuego hasta el amanecer. Los alaridos de la tía en la madrugada lo despertaron. Dieciocho 164


gallinas y sus polluelos aparecían regados sin vida por el suelo. Risueño, el gallo de casta comprado a las hermanas Santacoloma, trataba de mantener el equilibrio mientras se balanceaba en la rama más alta. Entreabría y cerraba los ojos, al rayo del sol intentó aletear, y con un golpe seco cayó a tierra. La paila, cubierta de hollín y estropeada con tantas rarezas carbonizadas, quedó asegurada con cadena en la base del totumo. Hasta que pasaron unos gitanos entonando sus cantos en una caravana repleta de colchones y trapos coloridos. Zaira, la matrona del grupo, le dio a Rachel una mantilla tejida en punto de crochet negro y azul a cambio de la trajinada paila. –Qué tonto soy. En vano desgasté tiempo y energía –se cuestionó Aristarco– al conocer la noticia de un arriero que, en su ruta desde el Chocó y en tierras de San Antonio del Chamí, contó que, una tarde, una de sus mulas, desviándose del camino, empezó a dar tumbos como si la hubiera picado un tábano. El hombre la siguió, descargó en un descampado, y arrancó unos matojos para propiciarse un lecho. Al día siguiente, cuando ya había recorrido mucho trayecto, notó que sus anillos de oro de ley estaban flexibles y se le escapaban de los dedos. Regresó para tratar de averiguar de qué plantas extraordinarias se trataba, pero no pudo hallarlas.

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Si el procedimiento ancestral era con plantas naturales machacadas en frío, el asunto resultaba más que efectivo y sencillo. Con los dedos cargados de anillos ley dieciocho, se aventuró por selvas y montes abruptos de la ruta chocoana, buscando que el oro, en contacto con cualquier rastrojo, sufriera esa misma alteración. La gente lo encontraba revolcándose desesperado en algún llano, tratando de limpiar en la hierba sus manos plagadas por las alergias dejadas por pringamozas y plantas venenosas. Sólo cuando vencidos sus dedos por las ampollas que, en su compulsiva búsqueda destilaban pus y agua-sangre, optaba por protegerlos con cicatrizantes y vendas, para continuar días después con su locura. Sus manos estuvieron siempre manchadas de tanto macerar todo lo verde y jugoso que encontraba contra el mineral aurífero, sin encontrar nunca la planta maravillosa que hacía maleable el oro de los nativos y del arriero perdido en el camino del Chocó.

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XIV BODA CONTRARIADA [–¡Escúchame, hijo, que te estoy hablando! Los novios permanecen imperturbables.]

En su obstinación, y contra las aspiraciones de su familia que quería verlo casado dentro del clan de los Del Randall, Aristarco empezó a frecuentar a Florianís Gañán, hija de un sabio gobernador del resguardo de Lomaprieta. Intuía que sólo transformándose en un nativo se granjearía su confianza y lograría desentrañar sus secretos. De súbito, sin notificar ni convidar a nadie, a excepción de su tía Rachel, a la que consideraba limpia y sin arribismos, en un rito tribal se desposó con Florianís. Los indígenas, complacidos por integrar en su clan a un blanco de origen extranjero, y además futuro dueño de las minas, convocaron para la boda a todos los jefes de los diferentes resguardos. Durante tres noches el cielo se iluminó con los estallidos de la famosa pólvora fabricada por la familia Taba Largo. En un convite y bajo la sombra de un agua167


cate se levantó una improvisada enramada, donde se atendió a todos los noveleros que llegaron desde el pueblo hasta Lomaprieta para estar al tanto con el alboroto que se armó después del inesperado casamiento. Había inmensas calabazas con chicha de caña goroveta para beber hasta la inconsciencia y fritangas de trozos de cerdo acompañados de chiquichoques, hogagatos, empanadas de cambray, pan de queso montañero y demás comestibles locales. Histérica, arrancándose los cabellos y ofendiendo a todo el mundo, aparece en el resguardo, acompañada por dos sirvientas, Anamad, la madre del desposado, y encara al hijo: –¿Estabas ciego, tonto o mudo, Aristarco? Míra que esas indias del resguardo, en complicidad con las negras de Guamal, te enyerbaron aprovechando la ingenuidad de la juventud. ¿No es verdad, Numidia y Acenia?, dice, señalando a sus domésticas, que asienten, temerosas. Acaso no es mucha desgracia transformarse uno en salvaje, –¡Escúchame, que te estoy hablando!– (el hijo la mira, displicente y altanero) ¿o es que no sabes lo duro que es vivir bajo un techo de palma en piso de tierra, y lo peor, dormir sobre un petate en compañía de una niguatera? (Los novios permanecen imperturbables). 168


Como despertando de una pesadilla, Anamad la emprende contra la novia: –¿Qué te hace suponer que una india sin dote y sin estudio pueda ser aceptada en el clan de los Del Randall? Viendo inútiles sus reclamos y cantaletas ante los inconmovibles novios, corre desesperada a pedirles al cura Francisco y al alcalde que anulen ese absurdo e improvisado matrimonio. Ofendida en su orgullo, la madre consigue que Aristarco sea excluido del clan de los Del Randall y le vedan ingresar al pueblo bajo cualquier circunstancia en compañía de su mujer. Para los esposos esa prohibición ridícula no constituye problema. Florianís travestida de hombre seguía a distancia al esposo, y mientras él hacía sus transacciones en el sitio prohibido, ella, portando una mochila con bebidas y comestibles lo rondaba, pasando desapercibida. La gente miraba con recelo a ese extraño y persistente compañero, sin sospechar la audacia de la mujer. *** Pasados tres años de convivencia en los resguardos, lo único que consiguió Aristarco con sus 169


tentativas por hallar la fórmula mágica fue una aleación de químicos que, adheridos a la dinamita, hacían que tuviese mayor alcance y efecto. Le fascinaban los explosivos con su estridencia. Para las fiestas patronales de La Canducha, él era el encargado de preparar y detonar una pólvora que dejaba a todo el mundo aturdido y exhausto. Entonces lo apodaron Aris- taco. Su práctica más dramática ocurrió en la mina de Gavia, tras otro osado experimento en que adicionó al fulminante su estrambótica fórmula. Prendió la mecha y mientras corría a resguardarse, se enredó en el cableado y, antes de ponerse a cubierto, le detonó la carga. Aunque permaneció inconsciente durante tres días, y sordo de por vida, les reveló a los Del Randall una rica veta de oro. Esa noche Aristarco, notificado del oportuno hallazgo y aturdido aún, con muchos golpes y un dolor intenso, a escondidas de su familia montó en su mula y, con la única compañía de su lámpara de caperuza, se dirigió a la mina. Con pasmosa tranquilidad llenó de material cuatro zurrones de cuero, los llevó a su casa en Lomaprieta, levantó dos tablas bajo su cama y allí, en un cofre de madera, sepultó el mineral. Al atardecer del día siguiente bajó hasta el platanal, cortó las matas que tenían los racimos más adelantados, organizó los tallos en tres mulas y una cuarta la montó con una carga de explosivos. Cuando oscu170


reció, se encaminó de nuevo a la veta. Guiándose con su infaltable lámpara de caperuza, y después de constatar que no había nadie por los socavones, contó los pasos desde la entrada hasta el filón, lo contempló y acarició, queriéndole decir que algún día regresaría tras su rastro, lo cubrió en su totalidad con los tronchos de plátano, y para no arruinar el filón, a cinco pasos colocó los explosivos, encendió la mecha y corrió. Tronaba y llovía copiosamente. Por tal motivo pocos escucharon el estremecimiento de la montaña, que se hundió definitivamente. Durante el resto de su vida, Aristarco buscaría compulsivamente ese brazo de la mina de Gavia que un día le develó su secreto pero que, en su egoísta ambición, perdería para siempre. –No todo lo que brilla es oro. Hizo creer a parientes y hermanos que ese hallazgo era el último reducto del mineral de oro, y que éste era tan pesado que se acumuló justo donde termina el cuarzo y se inicia el duro granito. Había que aprovechar la gran noticia, promoverla y buscarle un comprador antes de que se agotaran definitivamente y todos quedaran en la ruina. En efecto, la noticia se regó: que las otrora inagotables minas de Gavia y Vendecabezas, después de más de quinientos años de explotación continua e irracional, estaban dando sus últimos castellanos de oro. Desesperados, los Del Randall mayores vendieron a bajos precios sus derechos a los suplantadores de Aristarco, y en desbandada se marcharon, unos a la capital, otros 171


a buscar parientes en Francia. Y lo mejor, se logró que los hermanos Vásquez Cobo se desentendieran de esas minas y no los extorsionaran más. Con dos testaferros bajo su intervención, el nuevo patrón empezó a manejar el control económico del pueblo. A nadie prestaba si la prenda no era de considerable cuantía, y poco a poco fue arruinando a sus deudores, sin importarle que entre ellos cayeran su madre, hermanos y primos. Fue así como a sus veintisiete años, casado y con cuatro hijos, era el poseedor del cincuenta por ciento de las dos minas, y se ufanaba de tener las rentas de seis de las mejores casas de San Sebastián de las Candelas. Cuando sus parientes empezaron a emigrar, dado que las minas ya no daban para tantos, él fue adquiriendo uno a uno, a precios irrisorios, los restantes derechos de los yacimientos. Obtuvo el dominio total, casando muy jóvenes a sus hijos con sus sobrinas Constanza y Astrid, hijas de su hermano Pierre, quien era el único que hasta entonces se había negado a vender sus derechos. Aún así, a diario y antes del canto del gallo, él ya había recorrido desde su casa el trayecto hasta las minas para estar al tanto de las excavaciones, el triturado, el lavado, y la estricta requisa de quienes cambiaban de turno. Al contrario de sus antepasados que pagaban por jornada, él pagaba a destajo, y quien nada o poco encontraba perdía su día. Tampoco permitía que mazamorreros particulares baldearan después del lavado inicial los desechos restantes. 172


Para colmo de los colmos, jamás llevaba fiambre, alimentándose de las sobras de los temerosos mineros, que servilmente le ofrendaban lo mejor de sus pitanzas. Por lo que más criticas recibía era por mantener tan racionados a sus dos hijos mayores, quienes tenían que enlodarse y hasta barequear para mantener a sus propias familias. –El que algo quiere debe obtenerlo por sus propios medios –les decía. Así aprenderán a valorar cualquier centavo. Ni Dimitri e Iván Karamazov sintieron con tanta vehemencia el deseo de ver muerto al padre como José Valerio y Félix María, quienes, cuando se emborrachaban, no podían esconder entre sus pocas amistades ese frustrado deseo. *** ¿Son tres varones los herederos de don Aristarco Del Randall? –pregunta Azahabara. –Hubo, o hay, una mujer. De ella te cuento. No se explican los caprichos de la naturaleza que, mientras los hombres han sido buenos mozos, Henriette, la única mujer, resultó corta de estatura, obesa, sin la gracia ni el porte de los Del Randall de Francia. Aún la misma Florianís es una indígena bien puesta, sensual y bella dentro de los de su clase. 173


Sólo el dinero del avaro salvaría de la soltería a Henriette –continúo Irma. Era el decir de todos en el pueblo y así fue como los perros se armaron al acecho. De la noche a la mañana, la recogida, como solían llamarla, a escondidas y sin el consentimiento del padre, se casaba con un tal Ernesto González, agente viajero de una compañía que nadie conocía, ni llegó a conocer. Cuando los recién casados se presentaron júbilosos con la partida de matrimonio ante papá Aristarco, para reclamar su herencia como regalo de bodas, éste, antes de tirarles la puerta en sus narices, con su usual ironía encaró al yerno: –Y a usted, don caza-fortunas, cuándo y cómo se le metió en su ingenua cabeza que yo, un conocedor de la oportunista condición humana, estaría en disposición de feriar con cualquier aparecido a una hija, un pelele que sin dote alguna llega irrumpiendo en mi casa como cínico mendicante. ¡No! Te estrellaste muy feo, así que cuando tengas un hogar organizado y establecido, y mis nietos sean profesionales, aparézcanse por aquí. Mientras tanto, de mí no obtendrás ni un saludo. Y no permitió que Henriette tomara sus joyas, ropa, ni los artículos de uso personal. Fue Florianís la que, en un descuido del esposo, le armó un modesto equipaje y le regaló sus propias alhajas para casos de necesidad. En caballos prestados madre y hermanos acompañaron a Henriette hasta el alto del Tabor, punto donde se iniciaba en ese enton174


ces la carretera hacia el sur. Allí les esperaba un carriol que los conduciría hasta Cali, ciudad escogida para radicarse definitivamente. Muy sentida fue la despedida entre la desconsolada madre y la desubicada hija, quien no se quería desprender de su regazo, como si ambas intuyeran que jamás volverían a verse. Cuenta el chofer que ella se sentó en la banca trasera, apartó la cortina de la ventana y estuvo durante todo el trayecto embelesada observando el paisaje. Ni un beso o caricia y menos una frase recibió del marido en tan larga travesía, que ya se mostraba molesto con ese esperpento sin gracia y sin dote con el que se había encartado. Pasaron los meses y los años y no hubo reporte de la desposada. Fue después de la muerte de Aristarco que madre y hermanos, en un desesperado intento por encontrarla, mandaron a estampar afiches con fotos ampliadas y las regaron por todas partes, ofreciendo jugosas recompensas. Todo fue en vano. A Henriette, la fea de los Del Randall, se la tragó la tierra –se susurraba por ahí. Alguien contó, o se imaginó, que llegada la pareja a Cali, el hombre desapareció con las alhajas, dejándola abandonada y sin conocer a nadie. Viéndose repudiada, la orgullosa mujer no quiso regresar a su pueblo y se colocó en una cantina de mujeres de la vida alegre. Como era tan poco favorecida y de muy mal carácter le asignaron el manejo de la caja, actividad que ejercía con mucha eficacia. Hasta que un marido celoso, que buscaba a su per175


dida mujer en medio de la frivolidad de la noche, irrumpió en el bar disparando como loco. Cuatro mujeres, entre ellas Henriette y dos clientes, murieron en el ataque. –¡Qué desperdicio de vida! Pobre niña rica, fea, abandonada y acribillada. ¡No hay derecho! –Acotó Azahabara. –Un ejemplo de los que a diario ocurren. Nadie debe deslumbrarse, ni dejarse arrastrar por cualquier desconocido. ¿Entendió, señorita? –la alertó Irma. Y continuó: Otra versión del desenlace trágico de Henriette salió años después, cuando ya ninguno de sus hermanos existía. Fue contada por un testigo de esa tragedia, ocurrida en Cali en 1952, frente a la estación ferroviaria, cuando explotaron siete de diez camiones del ejército cargados con dinamita, causando histórico desastre. Henriette habría perecido al igual que innumerables personas, no desintegradas por la descarga, sino con los oídos reventados por la brutal explosión que dejó desolado todo lo que había en un gran sector de la ciudad. *** Como humanos no podemos juzgar a nadie – continúa Irma en su interminable charla. –Pero en 176


el insólito caso de José y Félix María, qué pecado atentar contra su propio padre. No hay derecho a que existan seres que tengan el descaro de correr a desbordarse tras la libertad, la lujuria y el despilfarro con lo que deja su difunto padre después de una vida de austeridad y sacrificio. Aunque a veces me da por analizar las torturas e imposiciones por las que tuvieron que pasar estos desventurados, y entonces ya no los culpo. Los pobres muchachos acababan de salir de la adolescencia cuando Aristarco los obligó a casarse, sin preámbulo amoroso, o tiempo para conocer los caracteres de Constanza y Astrid, las novias elegidas, niñas formadas en ambientes opuestos a sus primos. Enlaces que llevaron a que esas dos parejas vivieran un mundo de suplicios e indiferencias. Resulta incomprensible que esas jóvenes no hubieran recibido una formación actualizada, como se supone que debe ser, sino una educación rayana en el puritanismo en un helado colegio vicentino de la capital. De sus pretendientes tenían sólo referencias ponderadas y algún encuentro fugaz en su niñez. La boda se realizó un lluvioso tres de mayo en la madrugada, día de la Santa Cruz. Aristarco y Cosme (un peón que siempre estuvo a su servicio) los arrastraron desde una cantina donde con unos cuantos parientes y amigos, a escondidas del celoso padre, celebraban por sus nuevas vidas. En casa los desnudaron y sumergieron en el tanque de agua, helada a esa hora. José Valerio casi sufre un infarto, y sólo logró revivir al sentirse frotado con un dulceabrigo empapado en alcohol por su apurada madre. Félix 177


María permanecía extático, abstraído en sus pensamientos. Los engalanaron con vestidos prestados y les hicieron tragar café amargo. Aristarco y Cosme debieron casi arrastrarlos hasta el templo para la ceremonia de la primera misa, mientras Florianís y una sirvienta con amplios y oscuros paraguas los resguardaban de la lluvia. Ante la mirada de sorpresa y burla de las viejas madrugadoras, y unos cuantos parientes, se inició esa eterna ceremonia. El cura, al notar la inquietud de los novios, su persistente parpadeo y temblor, y el penetrante olor del alcohol que expelían al bostezar, intentó aplazar las precipitadas bodas. Aristarco, que previó lo que podría suceder si postergaba estos enlaces familiares, llevó hasta la sacristía al cura Benjamín Cuartas. –Bendígalos su reverencia sin misa ni requisitos, y la parroquia gozará de mis beneficios. Se lo prometo. El cura trató de retroceder. Con amenazante impaciencia, el hombre lo enfrentó: –No lo dude, padre, que después me lo agradecerá. El sacerdote actuó con mucha premura, mas no quiso poner hostias en las sucias lenguas de los novios. Para colmo, en el punto crucial de la ceremonia –el “sí, acepto”– alterando la sobriedad del 178


rito aparecieron los amigotes de amanecida, que ebrios, botellas de licor en alto, los incitaban a que besaran a las novias. Desde allí empezó el suplicio sin pausa para las dos parejas hasta el fin de sus vidas. Abrazados, dejando las jóvenes cónyuges atrás, hipeando y entre tumbos, los desposados abandonaron el templo seguidos por sus amistades de juerga, que desentonados cantaban: “Que vivan los novios…” Nada les importaban las expresiones de reproche de los presentes, ni la mirada fulminante de Aristarco Del Randall. Ellas, con risas nerviosas y afectadas tras los mundanos acompañantes, saludaban a quienes con pena las miraban. Los padres de las novias, reprochándose mutuamente, se rezagaban tristes y desconcertados. –A qué grado de bajeza y ruindad se llega que no vacilamos en vender a nuestras hijas, –se quejaba Inesita Rojas, la madre. Pierre Del Randall, el padre, golpeando un puño contra su otra mano, salió muy afectado y no quiso saludar a nadie, ni asistir a la modesta recep179


ción que en un restaurante local había contratado Aristarco. En compañía de su esposa, se marchó a la capital. No damos un peso por esos precipitados enlaces –comentaban las viejas noveleras a los curiosos que en el atrio las indagaban. Esa noche sería traumática para las inexpertas esposas. Los hombres que, de días atrás venían frecuentando prostitutas baratas, perdidos en la ebriedad las habían violado y usado de una manera despreciable. Para colmo de la frustración, al amanecer José Valerio había trasbocado desde el lecho hasta el cuarto de baño. Y Félix María, desnudo y como enloquecido, destrozaba lo que encontraba a su paso. Constanza y Astrid, que hasta entonces no habían conocido el odio ni la repulsión, los vivieron simultáneamente. Desde el inicio, sus matrimonios fueron farsa y fracaso. Y a pesar de la frigidez y desgano con que sortearon sus relaciones, cada una concibió dos hijos del desamor. Confidentes y resignadas, llegaron a la mísera conclusión de que los hombres no eran más que máquinas para procrear.

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XV JOSÉ VALERIO DEL RANDAL [Sólo se hablaba del paraíso que vivirían con la ayuda de Dios después de la muerte del padre.]

Irma Camacho no paraba de contar: Después del nacimiento de su segundo hijo, José Valerio pasaba la mayor parte del tiempo en casa de las Carelápidas, dos hermanas que rehuían el sol a cualquier hora del día, y a pesar de ser muy blancas y desabridas vivían aplicándose cremas blanqueadoras y Pomada Peña. Las Albas Palomas se creían ser la Vírgen de Fátima. En realidad, esos compulsivos tratamientos venían acelerándoles arrugas y manchas prematuras. Su condición de ser confidentes y amigas sentimentales del mayor de los Del Randall las llenó de humos y se creían únicas. Por tanto miraban despectivamente a los demás, lo que las aisló del resto de damiselas y parroquianos. El hombre les había prometido, después de que muriera su padre, restituir con creces 181


el amor, los servicios y el dinero prestados. Por lo cual en esa casa sólo se hablaba del paraíso que las afortunadas vivirían –con la ayuda de Dios– después de la muerte de don Aristarco Del Randall. –¡Te estás sepultando en vida con el peso de esas dos lápidas!, –le gritaban los maliciosos cuando lo veían acompañado de la deslumbrante blancura de las ceremoniales mujeres. ¡Esas eternas mancornas de mármol no son ningunas Palomas, ni Carelápidas, sino Lápidas caras! ¡Ja, ja, ja! –El hombre, muy sugestionable, le pidió al guache de Tarsicio “Gardenia” que le buscara donde fuera, sin importar el costo, una mujer tan espectacular que él pudiera presentarla en sociedad y despertar la envidia de sus pérfidos amigos. Así apareció en el horizonte esa tal Ninelly Aguirre, dizque hija única de una de las familias más distinguidas y prestantes de Salamina, y si no los sabes, –dice Irma bajando la voz– cierta gente allí se cree superior a los demás, de sangre azulita, con escudos ancestrales en sus encumbradas casas. Con ella, –no me consta a mí, sólo es el comentario de las gentes– se amanceban los dos hombres.

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XVI FÉLIX MARIA DEL RANDALL [¿Y usted señorita, señora o lo que sea, ¿no se ha dado cuenta de que este cabrón es un hombre casado?]

Como su padre, –continuó Irma– no busca mujeres conocidas y menos de su condición, ni siquiera las de La Ronda. Sus debilidades son las indígenas de los resguardos y las negras del asentamiento de Guamal. Extraña fijación, ¿no crees tú también? Azahabara, que ya había tenido su desafortunado encontrón con Nitria, haciendo un gesto repulsivo, asiente. –Te hablo de lo que se comenta por ahí. A esas rarezas Félix vive acechándolas y propicia sus encuentros. No le resulta difícil seducirlas porque tiene todo a su favor. En línea directa es el segundo heredero del patrón, joven y atractivo, y dizque buen amante y prometedor de tierras y dinero, 183


por lo que, ilusionadas o putonas las mujeres, en cualquier parte se le han venido entregando. No respeta ni a las esposas de los mineros. Las sorprende atareadas en los recodos de las minas, con los fiambres de los maridos, y ahí mismo dizque las acosa. ¿Todavía es tan promiscuo? –interrumpe Azahabara. –No. Esto aconteció hasta que Félix María conoce en los predios calentanos de Guamal a Nitria La africana. A esa negra la conozco. Nunca ha sido bella, pero nadie niega que posee el cuerpo más grácil y sensual jamás visto por aquí. Con esas curvas enloqueció al hombre, gracias a que, desde niña, se la pasaba día y noche bailando mientras estiraba la melcocha de caña para elaborar sus famosos caramelos y alfandoques. Félix le compraba toda la producción y la repartía entre los transeúntes para que, libre del oficio y las ventas, lo acompañara en sus correrías eróticas por entre las rocas del cristalino río San Lorenzo. Aristarco les había asignado a sus hijos supuestas herencias para que aprendieran a administrarlas. Vendecabezas para José Valerio, Gavia a Félix María, y a Valentín, el predilecto, todas las propiedades en el pueblo. Digo supuestas porque todo fue de palabra, sin registro notarial alguno. Félix no era muy ágil en la administración de su 184


yacimiento. Y para colmo de males, fue muy crudo el invierno en aquel año bisiesto. Entonces, en Gavia, aconteció algo realmente insólito: Después de varios días sin rastro del oro, de pronto, un viernes al atardecer pinta el hilo en la roca y los mineros, con la premura de no perderle el rastro, no tuvieron el cuidado de ademar (apuntalar). Resultado: un desprendimiento en el socavón central que dejó aislados a un número indeterminado de aguerridos jornaleros. Tan pronto como descendieron los socorristas, de súbito, ante sus atónitos ojos que ningún interés tenían en encontrar oro (sólo el rescate de los atrapados) apareció entre las rocas la veta madre: un muñón tan grande que los deslumbró. Fue tal el alboroto que Félix María, quien por fobia al encierro y la oscuridad nunca descendía a los socavones, secundado por ocho secuaces con lámparas de caperuza se arriesgó a descender para constatar el hallazgo. Según los cálculos de Leonel Estrada, uno de los capataces, había tanto oro como para comprar todo el pueblo de San Sebastián de las Candelas. ¡Que en adelante nada le falte a Leonel, el oportuno, hombre honesto como el que más! –Gritó Félix María. Siempre ha resguardado la mina de Gavia de los manilargos. La explota como propia y denuncia los hallazgos. Es el mejor ademador de la región, aunque hoy la naturaleza nos haya jugado en contra. 185


¡Cordura patrón, cordura! –aconseja Leonel, el fiel capataz. –¡Dos días de beba a quienes se arriesguen a seguirme!, volvió a gritar Félix María. Era tanta la excitación de los presentes que se olvidaron de rescatar a los mineros sepultados bajo toneladas de rocas. Los oportunistas recordaban que, para celebrar el último hallazgo, Félix María subió a San Sebastián con sus compinches. No había empezado a beber cuando la orden de su padre y su esposa lo obligó a encerrarse en casa para que no se atreviera a gastar por anticipado con avivatos las ganancias que pudieran obtener del filón de oro. Este gran día hizo abstracción de ellos, confió el cuidado de la mina a Leonel, y muy decidido se dirigió al quilombo de Guamal, la tierra calentana de Nitria, la mujer que lo perturbaba. –¡Qué descaro! Dieciocho oportunistas que se ofrecieron a acompañarlo se acomodaron en seis mulas que a duras penas podían moverse. Félix María sobre Azabache, un prestigioso caballo árabe, azuzaba a sus cuatro perros Dóverman que ladraban libres de cadenas. La romería bajó la montaña agotando –sin que nadie les negara el fiado– todo el licor que encontraron en los tambos y fondas del camino.

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Una apostilla en una revista capitalina, que para entonces llegaba con quince días o más de retraso, mantenía en vilo a Félix María. Contaba que, en el mar del sur de China, unos pescadores de ostras habían hallado una verdadera rareza: una perla negra. –Si no puedo ir hasta el fin del mundo –decía–, mandaré una delegación adónde sea. Entonces no descansaré hasta ver esa perla en el pecho de mi amada. Después de Nitria, los perros eran su pasión. Pasado el tiempo, las extravagancias serían proverbiales. A escondidas de Aristarco se mataba semanalmente una res para alimentarlos a punta de solomo, los bañaban y perfumaban con agua de colonia, y después de la muerte del padre los exhibía sujetos con cadenas de oro. Cuando llegaron a la posada de Nitria se habían unido al séquito más de cuarenta personas. Durante dos días el asentamiento de Guamal estuvo pendiente del romance de un blanco de origen extranjero con una deidad de ébano, galanteo que desaprobaban quienes se creían de más. Se sacrificaron tres cerdos, quince gallinas y dos pavos, todo a cuenta del afortunado Félix María. La noticia había llegado leguas a la redonda. En la madrugada del segundo día los perros ahullaban de hambre. No quedaba ración de carne

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en parte alguna. Animal que se sacrificaba desaparecía de inmediato. Era obvio que los vecinos no sólo se hartaban, sino que también llevaban. Félix miró en derredor y vio cerca una vaca que pacientemente ramoneaba unos hierbajos. Él, que en su ebriedad se creía con derecho de apropiarse de lo que se le antojara, ordenó a sus hombres que sacrificaran al animal. La tumbaron, se le montaron encima y la maniataron. Trasnochados y ebrios, fueron incapaces de desnucarla. Uno entre ellos, con afilado cuchillo le abrió el vientre al indefenso animal, que en vano intentaba cornear lo que fuera, mientras impotente bramaba. Los perros se lanzaron vorazmente sobre las vísceras. –¡Que se harten primero mis perros guardianes y después ustedes, amigos de ocasión!, –ordenó con marcada ironía. Acosada por los hambrientos canes, la res se contorsionaba en un charco de sangre y un revoltijo de tripas azuladas. Enloquecida, infructuosamente trataba de levantarse. Hasta que los angustiosos bramidos alertaron a su dueño. Era Gunga, la vaca del negro Candelario Moreno, que estupefacto junto a sus nietos corrió a ver cómo unos vándalos se ensañaban sobre un animal vivo. La res, levantada durante años por los Moreno había parido cuatro veces, a más de la leche para el sustento de todos, por lo cual era tenida como parte de la familia. Durante el ordeño, Candelario le canta188


ba una antigua tonada del África y la apacentaba con una canasta de naranjas maduras. Los nietos de Candelario lloraban desconcertados. El abuelo alzó el hacha, y de un golpe desnucó a la Gunga. Los perros buscaron la protección de su dueño. Con paso desafiante, Candelario, hacha en mano, se le enfrentó a Félix María. Nitria se interpuso entre ambos. –¡Tásela patrón!, que dentro de muy poco los Del Randall verán su decadencia y ruina total. Félix María estaba asombrado. Nunca nadie le había hablado con tan frío rencor. –¿Acaso no sabes, Candelario, que Félix te puede compensar, no con una sino con las vacas que quieras? ¿De qué te preocupas? ¿Por qué atormentarnos con tus inoportunas imprecaciones y amenazas? Candelario la apartó de un manotazo. Félix María ordenó la retirada. Aunque en casa de Candelario hacía muchos días que no probaban bocado de carne, en sacos de fique la levantaron sobre una roca, la rodearon de candelillas y al atardecer la enterraron bajo el árbol de mango. 189


Mientras ascendía con la diezmada caravana, Félix María iba muy molesto. Las palabras del negro Candelario lo pusieron a cavilar. El licor y las caricias de Nitria, quien supo muy bien disimular su turbación, le habían hecho olvidar momentáneamente los sucesos pasados. Y, aunque Félix tomaba sólo licor extranjero, no tuvo más opción que beber de los calabazos y conformarse con guarapo de caña gorobeta en el tambo de Pepa Lumbago. Ebrio, tomó uno de los calabazos –el más barrigón– y lo vació sobre Nitria, mientras ceremonioso, frente a la Lumbago y ocho amigos de los más fieles, la bautizaba como La Perla Negra. En ese preciso momento todo se oscureció para Félix María. Su padre, acompañado por seis policías a caballo, llegaba en su búsqueda. A Félix María se le pasmó la borrachera y alcanzó a gritar: –¡Piérdanse todos! En desbandada, el grupo corrió a resguardarse entre el monte, o bajo los palos de café. Mientras tanto, Aristarco Del Randall mandaba prender y engrillar a ese vástago, al que insultaba de modo ofensivo. –¡Asesino! ¿Cómo pudiste, movido por la ambición, dejar sepultados vivos a quienes bien te 190


han servido? A más de eso eres un ladrón, expropiador de un patrimonio que por su naturaleza es intocable. ¡Me avergüenzo de tu cruel frialdad, y pagarás con cárcel perpetua si es que un sólo hombre muere! Félix cayó postrado ante su padre, acto que Nitria desaprobó. –Y usted señorita, ¿cómo es que a su edad ya está enrolada con esta clase de asesinos y salteadores, cuando debería estar haciendo oficios propios de su condición de esclava? Y, si además resulta también cómplice por la irresponsabilidad de este hombre, ¡no vacilaré en perseguirla hasta hacer justicia contra todos los culpables! –Déjela que se marche, padre. Es una mujer sencilla y sin malicias. –¡Muy conmovedora tu defensa de una mujer borracha al amanecer, que sin escrúpulos y hasta presuntuosa se deja bañar con chicha de la cabeza a los pies, en un aquelarre propio de brujas endemoniadas! –Ya le dije que ella nada tiene qué ver con lo sucedido. Déjela en paz de una vez. –Bueno señora, o señorita, o lo que sea, si es que no lo sabe y está libre de culpa, en adelante 191


mire con quién va a enrolarse. ¿O acaso no se ha dado cuenta de que este cabrón es un hombre casado con una dama digna y tiene dos hijos menores bajo su responsabilidad? La mujer guardó silencio, tomó su paraguas y se marchó camino abajo. Una bulliciosa romería de curiosos acompañó al descompuesto Félix María, que asolado por los tormentos, no tanto de la vaca de Candelario, sino también por aquellos mineros abandonados bajo toneladas de roca, no se avergonzaba de estar ensogado como reo por su propio padre, y para más ofensa, custodiado y señalado por todo un pueblo hasta que se sintió seguro en los calabozos de la Casa Consistorial, donde purgaría las penas que le presagiara el negro Candelario. Aislado en estrecha celda bajo unos escalones de tablas muy ruidosas por el trajín en la cárcel municipal, y enroscado como un caracol, daba vueltas taponándose los oídos para tratar de dormir y apartar de la mente los sucesos pasados. En un instante todo se le había venido en contra. ¿Qué debo hacer para alcanzar la paz, o al menos un poco de calma? –Decía, mientras se golpeaba la cabeza contra la pared. Por sugerencia oportuna de Leonel Estrada, Aristarco había contratado no sólo al cuerpo de 192


bomberos, sino también a un grupo de voluntarios que, a pico y pala lograron, después de dos días de arduo trabajo, rescatar vivos a todos los mineros. Días después, al perturbado recluso le volvió el alma al cuerpo cuando Nitria lo disuadió, tanto de los temores infundidos por el negro Candelario, como de las amenazas y represalias de su padre. Lo mejor –le dijo con la suficiencia de quien se cree con derecho y poder– es que los mineros fueron rescatados con vida, y gracias al filón de oro, hoy tu familia es más afortunada que nunca. Olvidando esposa e hijos, se llevó a Nitria a vivir en La Ronda.

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XVIl VALENTIN DEL RANDALL [Los que se ponen como meta en su vida conseguir mucho dinero es porque no saben hacer otra cosa.]

–¿Y Valentín? –interrumpio Azahabara. Su expectativa, desde el inicio con esa confidente, era averiguar el actual estado del menor de los Del Randall. –Por favor, Irma, ¿qué se sabe de Valentín? –Ah, Valentín. A ése se lo tragó la tierra: Todos, inclusive sus padres, con gran pena tuvieron que aceptar su desaparición, aunque nadie ha dado cuenta de su despojo mortal. Es más: desde el fallecimiento del padre nadie se volvió a preocupar por él. Y lo más triste en este pueblo es que, a excepción de la madre, nadie extrañó su partida. Era el excéntrico, muy diferente de sus promiscuos

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hermanos. A Azahabara se le iluminó la mirada y el sueño se le espantó. Nació lindo y de muy mal carácter. Aún de brazos, y mientras su madre lo exhibía por el pueblo, rechazaba caricias y mimos. Siendo adolescente continuó con su indiferencia, aún con las jóvenes que suspiraban por él. Porfiado y caprichoso se dejó crecer el cabello y la barba. Desde muy joven vivía encerrado en su cuarto. Su pasión era la lectura, y de tanto pensar, el pelo se le volvió platinado. A sus veinticuatro años parecía un Cristo viejo. En un principio pensamos que su rebeldía era cuestión de edad. Qué muchacho no ha sido irreverente. Nadie puede entender por qué, en medio del oro, se comportaba como los que llegan a la vana conclusión de que se encuentran en el lugar y tiempo equivocados. Aristarco se desesperaba, puesto que Valentín era su hijo más amado. Los vecinos soportaron el extraño comportamiento de Valentín, hasta que un día Clemencia, una niña de sólo nueve años, hija de Jairo Muñoz, el alcalde, cayó consumida por las fiebres y ningún médico pudo diagnosticar de qué adolecía. Según las viejas entendidas en magia y superchería, la indefensa mente de la criatura había sido poseída por una fuerza maligna, común en esos lugares, y responsabilizaban a Valentín y sus malas compañías. 195


A oídos de Aristarco llegó la versión de que, si la niña no mejoraba con el tratamiento que le estaban practicando Servilona y Florana Ayaca, las curanderas del mal de ojo, el padre ya había contratado a unos esbirros para que hicieran desaparecer a ese demonio. Preocupado, Aristarco lo envió a Bogotá para que se resguardara mientras en ese pueblo de fanáticos e ignorantes se aclarara su inocencia. –Hijo, ya es hora de que vayas dejando ese mundo irracional y que aterrices a la realidad de la vida. Es con el sentido común y con actividades prácticas que uno se enfrenta al futuro, ya que ni siquiera el mucho dinero es garantía para el mañana puesto que, si no se sabe manejar, en menos de un suspiro se acaba. Valentín no opuso resistencia a la decisión del padre. Cinco meses después de vagar desconcertado por la gran urbe decidió regresar a su terruño. Con sus libros de magia e inquietudes propias de ermitaño se refugió en una cueva al pie del Xixiraca, el monte tutelar. Lo más insólito ocurrió poco antes de la media noche de una luna llena, cuando los vecinos del Aguacatal, Bonafont y Batero, vieron arder en la cúspide de la montaña una hoguera y se escuchó el sonido de un tambor precedido de una flauta.

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Después de esa noche no se volvió a saber nada del solitario de la montaña. Frente a la denuncia de Aristarco contra Jairo Muñoz, éste acudió ante el juez y declaró: –En mi condición de persona civilizada nunca he creído en hechizos, ni en el uso de supercherías propias de gente ignorante e insegura. Ha sido un grupo de viejas fanáticas que han venido sugestionando a Marcelina mi esposa de que la dolencia que aqueja a nuestra hija Clemencia es producto de fuerzas del mal. Aclaro, y de eso debemos estar todos persuadidos, de lo vulnerable que es la salud. Cualquiera puede enfermar de un momento a otro por causas naturales. Jamás he pensado tomar represalia contra ese sujeto de tan extraño comportamiento. Lo que se ha venido murmurando por el pueblo de una supuesta amenaza mía, son sólo falsas y malintencionadas conjeturas. Aunque para mi pesar y dolor, todos ustedes saben que cuando Clemencia se enteró de la súbita desaparición de Valentín, muy afectada salió preguntando por su paradero. Son caprichos de una niña consentida que, por fortuna, hoy la veo más tranquila. Ya fuera por efecto de ese oscuro tratamiento de las Ayaca, en las que mi mujer cree, me parece más bien que pudo ser algo milagroso, pues el pueblo se postró suplicante ante el altar del templo. Tras esa defensa tan lógica y sincera, Aristarco empezó a buscar a Valentín por cielo y tierra. 197


Pagó una suma de dinero al teniente Gaviria para que interrogara a sus amigotes que, según él, lo habían arrastrado hasta la locura y precisaba saber si acaso lo habían sacrificado en uno de esos malditos ritos satánicos, o lo tenían escondido a la espera de alguna retribución que él no vacilaría en saldar, pero no hubo indicio, ni nadie dio razón de Valentín. Con la pérdida del hijo, Aristarco empezó a declinar. Su desmesurada ambición por la producción de las minas y el impetuoso deseo de mantenerse activo habían desaparecido. Después de esas noches en que apenas había podido pegar los ojos, de madrugada y con un genio de los mil demonios montaba en Caricia, su vieja mula, y negándose a aceptar la compañía de alguno de sus hijos, la esposa o un paje, salía como alma en pena, a bordear y escalar el cerro de Batero, ese que en su constante delirio Valentín llamaba la morada de Xixiraca. Con dolor muy sentido preguntaba en cada rancho de los alrededores por su perdido muchacho, y al anochecer dejaba que el animal con su instinto lo regresara al hogar. Cuando le mostraron roto y ensangrentado el inconfundible saco de lana cruda que Valentín solía llevar, el padre lo dio por muerto.

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XVIII PATÉTICO FINAL [–¡Pero hijos de Dios, si la agonía de su padre no ha terminado aún!, –exclama el párroco estupefacto, al verlos llegar portando sendos frascos de formol.]

–Espera hijita, no te me vayas a dormir que ya estoy llegando al final de esta insólita historia, ¿o acaso no eras tú la interesada en el desenlace de los Del Randall? Azahabara entreabrió los ojos y asintió. –¿En qué iba? –Ah, sí. El caso fue que Aristarco, desmoralizado por la desaparición de Valentín, empezó a sumirse en la locura. Al escuchar el nombre de Valentín, la somnolienta espabiló y aguzó el oído.

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–Cada madrugada abría de un golpe su postigo y, como plañidera en pena, soltaba una letanía que se expandía por el callejón de los Del Randall. El eco se iba en retumbos hasta ahogarse con el sonido apacible del correr del agua en la quebrada. –¡Valentín!, ¡Valentín!, ¿Acaso vives? Florianís la sabia, con su maternal instinto, percibe tu presencia no lejos de aquí. ¡Si es así, no seas ingrato, repórtate que te requerimos a ti, nuestro único y añorado hijo! *** Atardecía aquel veinticuatro de abril cuando una vecina perspicaz e inquieta, de esas que no han de faltar en parte alguna, se quedó lela al notar cómo, en órbitas continuas, un gallinazo circundaba las torres del templo de San Sebastián. –“Esta noche, o hacia la madrugada, un viejo rico y además avaro, o tal vez uno de los dos curas principales del pueblo, va a estirar la pata” –le dijo doña Genoveva Chiquito a Martín Estrada, mientras desde una banca del parque le señalaba el revoloteo del oscuro animal. –Vos si sos ocurrente y agorera, mujer –replicó el otro, mirándola con escepticismo. –Mi distinguido caballero, mi intuición nunca falla. Lo verá y constatará antes de lo esperado, 200


porque esos gualas, además de un perfecto planear, tienen un olfato inequívoco muy refinado. Y como la casualidad también obra, al día siguiente, a más de las persistentes lluvias de abril, fue de alucinación todo lo que vimos sobrevenir en casa de Aristarco Del Randall: Con la primera luz del día se hizo presente el presbítero Lisímaco Álvarez. Se veía poco ceremonial, portando dentro de una caja de cartón los Santos Óleos, al tiempo que se resguardaba de la persistente lluvia con un colorido paraguas que, de seguro por su afán, pidió prestado en el trayecto. Iba precedido por un monaguillo que hacía sonar la campanilla. Entre murmullos, elevamos plegarias y nos santiguamos. De súbito, se precipitó un torrecial aguacero. Al poco rato, y justo en el portón, el sacerdote, que se veía muy apurado, tropezó con José Valerio y Félix María. –¡Pero hijos de Dios, si la agonía de su padre no ha terminado aún!, –exclama el párroco estupefacto, al verlos llegar portando sendos frascos de formol. Acosaban a don Esteban el enfermero, quien contra el pecho aprisionaba su infaltable maletín de cuero en el que portaba jeringas, artículos de primeros auxilios, y vaya uno a saber qué más. –Ahora (agrega el clérigo con calculada ironía) lo prodigioso, aunque no lo crean, es que al con201


tacto con los santos óleos, a muchos agonizantes se les reanima el espíritu y vuelven a la vida. Los hermanos miraron con desconcierto al entrometido. No obstante, le agradecieron su oportuna presencia y sabio consejo, y le abrieron paso para que se marchara cuanto antes. El sacerdote los bendijo y continuó su camino. Éstos no se traen nada bueno entre manos, –piensa. ¡Que las benditas ánimas los iluminen para que obren con prudencia y compasión! –Acto seguido vimos aparecer a dos empleados de la Funeraria Calvo, que portaban con los brazos en alto un lujoso ataúd y aligeraban el paso, eludiendo los huecos anegados por la lluvia. Tras ellos, otros no tan jóvenes, llevaban el Cristo y los velones. Todo fue tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar. Cuentan las malas lenguas que apenas don Aristarco entró en coma, sus hijos, sin la atención de un médico que al menos les hubiese entregado un certificado de defunción, no tuvieron misericordia alguna con el moribundo para que don Esteban, antes de tiempo, le inyectara esas dos redomas de formol. Temerosos de que por alguna mala jugada de la Divina Providencia se les fuera a levantar, y durante quién sabe cuántos años más tomara represalias contra ellos, con lo obstinado que era, y por la memoria de Valentín donara a la iglesia todos sus bienes, y a ellos, sus legítimos hijos, los dejara mirando al Cielo. 202


Muy concurridas y faustosas fueron las exequias de don Aristarco Del Randall, al que en su hogar, y durante tres días conservaron en cámara ardiente, dando tiempo a que los parientes franceses, dispersos por el país, se hicieran presentes. No se escatimó gasto alguno, pues por lo que vimos pasar ante nuestros ojos, era evidente que sobre la conciencia de los descendientes primara la soberbia antes que la conmoción del dolor. Los encargados de las pompas fúnebres contrataron todos los vehículos Ford de lujo locales para el desplazamiento de personajes notables, entre los que se encontraba el obispo y su séquito de doce clérigos, quienes celebraron el rito con cantos gregorianos y culminaron con la Sarabande de Hendel. Como exclusividad llegó el más grande orador de la capital, quien se fajó un discurso en el que se ponderaban los logros de un gran visionario, descendiente directo de los primeros franceses en el nuevo mundo. Luego el grupo foráneo que acompañó al féretro desfiló tan acartonado que más parecía una parada de circo que un entierro habitual. Ni el gobernador y sus secretarios se perdieron el espectacular funeral del que –sin duda alguna– fue el personaje más poderoso de la comarca. Las coronas agotaron las flores locales y de las ciudades vecinas, y con ellas se hizo calle de honor desde la morada del difunto hasta el templo de San Sebastián. Tantas misas, sufragios y condolencias, hicie203


ron que los Del Randall quedaran en deuda con todo el mundo, por lo que el novenario terminó siendo un tertuliadero donde los asistentes ya no recibían un simple café, o un caldo de pollo con arepa, sino sofisticadas viandas y licores importados. Los herederos hicieron total abstracción ante cualquier llamado a la cordura por parte de Florianís, una madre que siempre vivió muy prevenida frente a los embates de la vida. Qué iban a escuchar consejo de nadie, si el poder ya estaba en sus manos. Enloquecidos con tanto dinero, y temiendo que no les alcanzara el resto de vida para recuperar el tiempo perdido, se desbordaron. Primero, adquirieron a precios exorbitantes las casas de los otrora ricos del pueblo y las acondicionaron a sus extravagantes gustos. Después, les dio por repartir trago y prebendas a todos aquellos arribistas que creían ser la crema y nata de San Sebastián y que antes los miraban despectivamente. Pero lo más insólito que se les ocurrió fue enviar discretos proxenetas a casas y cantinas de ciudades y poblados distantes, con el fin de reclutar las mejores mujeres para crear un mundo de frivolidad, capricho y placer desbordado. Transformaron el alto de La Ronda en el más alborotado y bullicioso

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punto de encuentro sexual de San Sebastián de las Candelas y de todo el departamento. –Carlos Eduardo, ven y cuéntale a estas señoritas lo que es La Ronda y qué significado tiene, hoy por hoy, para las gentes de esta población. Carlos Eduardo, a sus cuarenta y tres años, es el sobrino solterón de las Camacho y confidente de Santiaguito Morelos, el barbero de la opulenta y disipada clientela del lugar, que ante un llamado de Nícida Granada interrumpe su oficio, sin importarle dejar al cliente esperando, para correr ante la lenguaraz de La Ronda y enterarse del último acontecimiento. Por este medio las Camacho están al tanto de todo lo que ocurre.

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XIX DE RONDA [Hasta que un día le dieron su tatequieto]

Once de la noche en la recepción del Hostal Alférez Real. Carlos Eduardo se dispone a contar, rodeado de la mayoría de las beldades que, ya en camaradería con Azahabara y dispuestas a loliar, se han sumado al corrillo: –La historia de lo que hoy es La Ronda ha sido muy compleja y apasionante. En poco tiempo transformó a este pacífico lugar, manteniendo en ascuas a las señoras del parque contra unas rivales muy poderosas, con el agravante de que cada semana llegan nuevas y mejores damiselas para engrosar los reservados. Aunque el protagonismo

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de la mayoría ha sido efímero, otras han socavado muchos hogares. Sin embargo, por la exuberancia de tanta oferta, muy ardua resulta la rivalidad de todas por mantenerse en el pináculo de preferencia y miramientos de los Del Randall y la exigente clientela local. Dominando la colina donde se levanta La Ronda, dispuestas en triángulo están las casas de las bellas aves. En la cresta, encandilando con sus brillantes puertas y ventanas color naranja, El Mirador de Miralba “La tomineja” que, aunque no esté de afán, corre agitando sus manos como el colibrí, y meneando las caderas con rutilantes faldas largas verdeazuladas. –Más abajo, y con el techo de paja entretejido por una veranera siempre florecida, la casa bar de Adalgisa, La Calandria. Sus dos pasiones: cantar con mucho sentimiento y lucir llamativos sombreros con redecilla, adornados de plumas. –A ésa, con sombreritos y todo, la quiero en una jaula de oro, –canta La Tongolele, en falsete. –La casa de los geranios blancos, en el centro, es la de Melba y Estela, Las Palomas o Carelápidas, excluyentes y orgullosas, antiguas amantes de José Valerio. Me las imagino como a unas frígidas, inexpre207


sivas e intocables máscaras orientales, –interviene con sorna Josefina La Bizca. –Haciendo esquina, sobria y elegante entre el alboroto y colorido del barrio, la inmaculada casa de doña Ninelly Aguirre, La Golondrina, favorita actual de José Valerio del Randal. Recuerden que no se le puede llamar “Golondrina”, sino doña Ninelly. Como si estuvieran frente a la respetable mandamás de su incierto futuro, se miran en silencio. –En el extremo nororiental, haciendo alusión a su nombre, está La Imperia, de La Margaritón, mujer que se jacta de que nadie se haya atrevido a faltarle, y con igual entereza hace respetar el trabajo de sus muchachas. Justo al frente, con aviso luminoso de neón, queda El Pielroja de Orfidia Pulgarín, La Candente, porque le encanta el color rojo, tanto para sus vestidos como para la decoración. –¡A todas nos encanta el rojo! Contiguo a la gallera, La milonga para milonguear, de Cleofe La Milonguera, que es toda una profesional en el arte de la danza. Usa unos trajes con escotes y aberturas tales que no deja nada para la imaginación.

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–Lo era, porque aquí tenemos a Mariela La Tongolele, que con ese cuerpazo se mueve como ninguna. –Lindante con la anterior está la casa de Limbania La gitana, a quien también llaman La Piconera. Con sus mantillas de flecos, trajes largos en serpentina, y claveles rojos sostenidos por peinetas españolas, es la reencarnación de Imperio Argentina. –A cincuenta metros, diagonal a doña Ninelly Aguirre, El Perla Negra de Nitria La Africana, la ceremonial amante de Félix María Del Randal. A esa tal Perla Negra, cuyo verbo malicioso carcome como el salitre, le daremos el tatequieto, –sentenciaron las dos cubanas. Las otras se miraron con recelo. Yo –interviene Carlos Eduardo– en asuntos de mujeres, que son tan impredecibles, no me meto. Siempre he estado al margen de sus pasiones. Lo único que les insinúo a ustedes es que se cuiden, porque aquí, y en cualquier parte, la que gana es y será en todo la más sagaz. Ojo atento, muchachas, ojo atento, mucho cuidado con el fundamento, –aconseja Alba La Triste, quien hasta entonces había permanecido en silencio. Y la más extrema de todas: Nícida Granada, La Carateja, que vive a la entrada de La Ronda, en la 209


parte alta del barranco. Su casa parece un barco de guadua y cañabrava, con vista a todas partes. Los prevenidos la señalan como El ojo acaparalotodo. A ésa hay que tenerla como amiga, porque de lo contrario le hace la vida imposible a quien sea. ¿Cómo puede una terminar cayendo tan bajo? –replica Alba La triste. –La vida mija, la dura vida. En el caso de Nícida y de tantas otras, las razones sobran: se cuenta que, ya cuarentona y marginada por los hombres, se había asignado las funciones de alcahueta, yerbatera, consejera y mandadera de las nuevas damas. No obstante, pese a su edad, ha conservado su figura esbelta, y en su caminar aún marca un ritmo y una altivez cultivados de la época en que ella fue una de las más refinadas. Eso, cuando la zona quedaba por el lado de Los Chorritos, pero lo había conseguido a un precio muy alto. Su estricta dieta de muchos años desequilibró su metabolismo hormonal, perdiendo poco a poco la pigmentación de la piel. Para cubrir esa irregularidad siempre se la verá con cuellos altos, mangas y faldas largas, lo que agriaría aún más su proverbial mal genio. Repito: su amarga ironía y sus inoportunas intromisiones han hecho que su lengua sea la más temida de La Ronda. Se la evita, y la censuran con todo tipo de apelativos. Desesperada por lo incierto de su futuro, se propuso hacerse valer ante todos aquellos a quienes tantas veces sirvió, y ya le daban la espalda. 210


Nícida terminó descuidando los oficios caseros y sus agobiantes tratamientos para dedicarse a vigilar movimientos sospechosos y miradas indiscretas, y descifrar cualquier susurro que volara a su alrededor. Hasta que un día le dieron el tatequieto. Fue un martes hacia las ocho de la noche, cuando la niebla empezaba a difuminar el paisaje, que un batallón de enmascarados la atrapó desprevenida. Debió encerrarse para ocultar su humillación y guardar reposo mientras se restablecía. ¡Se las cobraré! ¡Me las van a pagar una por una, todas juntas! –sentenció. –A través de la ventana la espiábamos, nerviosa e inquieta, al acecho de los que se acercaban buscando una aventura en el barrio. Cuando veía llegar a un forastero, o a un principiante, gritaba: –¡Ahí vas pa´onde las putas, a que te peguen una gonorrea! ¡Respetáte, no seás puerco, que esas sinvergüenzas no valen ni alzarlas a ver! Las mujeres se miran con pena, desconcertadas. –Eran muchos los que desistían del intento de aventura y huían avergonzados. Frente a este problema, el barrio se dividió en dos bandos. Las radicales alegaban que a la Nícida no la callaba nada ni nadie; que de su apellido Granada, una belicosa familia del llano, le venía el 211


ser irritable y alzada: Muy prevenidos los Granada, siempre estaban dispuestos a explotar. Todo el mundo los eludía por temor. La solución para hacerla desaparecer por siempre será quemarla con rancho y todo, –propone La Caimana. –“Es mejor conservarla como amiga, que contraria y al acecho. Démosle confianza y el cambio será radical”, opina La Piconera, indiscutible reina de La Ronda y la mujer más bella y noble que jamás pasó por allí, según Carlos Eduardo. Recelosas, las opuestas le dan sólo tres meses, y si las cosas no cambian, serán ellas con su diplomacia, credulidad y bobería, las responsables de las consecuencias. Al verse discretamente saludada, y de nuevo tenida en cuenta por la mayoría de sus detractoras, Nícida empezó a recuperar su autoestima y sus ojos claros volvieron a brillar. En muestra de agradecimiento le obsequió a La Piconera su chalina de seda, un collar de perlas y su abanico español. Quería sentirse integrada socialmente y útil de nuevo.

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XX PASIÓN FRUSTRADA [Lo anormal me fascina como una prueba de la rebeldía del hombre contra el instinto. J. A. Silva]

Aunque por las manos de José Valerio había pasado un aceptable número de doncellas, que se mostraron sumisas a sus requerimientos, paradójicamente fue su esposa Constanza quien se le resistió, por lo que desde la primera noche se vio forzado a sujetarla a la cama. Ahora estaba sorprendido: Azahabara era la primera prostituta esquiva que encontraba en su largo trajinar, y lo más insólito, que una declarada meretriz resultara con el cuento de que continuaba pura. Aquella noche en el Perla Negra, por más que intentó, inclusive duplicando su dosis de cocaína, no pudo penetrarla. Está más dura y cerrada que una ostra, pensó malhumorado, al fallar en sus intentos.

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–No hay que precipitarnos. Todo a su debido tiempo. Las cosas apetecibles hay que digerirlas poco a poco, ¿no lo crees?, le susurra la escurridiza virgen, mientras con una mirada afianzada y voz cálida le acaricia el pecho, al tiempo que, coqueta, le sopla cálidamente tras la oreja, para luego desarmarlo con la osadía de tomar entre los dedos del pie su órgano erecto con maquinal y pausado movimiento. Movido por la soberbia, José Valerio negoció su casa bar con Emilse La Coplera, que ya se sentía cansada y deseaba pasar sus últimos días en su lejana Ibagué, y en secreta entrevista le entregó a Azahabara, no la escritura, sino las llaves de ese bar que otrora fue muy popular. Ella no descuidó detalle en lo concerniente a la remodelación. Estucó y pintó las paredes en colores pastel, eligió parquet de roble para sus pisos, y un mobiliario funcional y moderno que haría de su cantina un exclusivo centro de encuentro y esparcimiento. Emocionada, Azahabara agradeció con lágrimas a José Valerio y a su destino, que por primera vez la habían recompensado con casa propia, aunque no exenta de incertidumbre. –Te pagaré con creces. Ya verás que no te vas

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a arrepentir de haber tomado una decisión precipitada. –Agradécelo a Ninelly. Le llegaste en un momento de inestabilidad emocional, y a mí, si te es dado, ya me lo agradecerás. Antes de lo que imaginas me pagarás (piensa para sí) no con creces, sino con la entrega total. Sólo entonces te daré la consabida escritura. Mientras tanto, no. –Por ahora, asígnale a tu nueva casa un nombre con personalidad, y adminístrala de modo que el resultado sea rentable para nuestro bienestar. Ella, que había constatado la preferencia de Félix María por las morenas, seleccionó a las dos cubanas que, con un poco de astucia, se convertirían en fuertes rivales contra La Perla Negra. También eligió a Alba La Triste, que con su ternura y sinceridad la conmovía. Y a Mariela La Tongolele, con quien podría alternar en la danza del vientre, novedad que le daría un toque distinto a su nueva casa. Y, por supuesto, a Josefina La Bizca, su amiga incondicional. La cautelosa Azahabara, con calculada sutileza, fue esquivando los continuos rastreos de José Valerio, Gardenia, y otros astutos merodeadores. Para su proyectado espectáculo empezó por atraer a Ninelly para que, con La Tongolele, co215


menzaran a ensayar la famosa danza, enseñándoles movimientos y trucos con los que harían rendir a los hombres ante ellas. Siendo La Golondrina la más poderosa del momento, le era imprescindible tenerla como aliada. Juntas moverían los hilos para sacar a Nitria, La perla Negra, de los pensamientos de Félix María. Si Ninelly la interrogaba por los evidentes acercamientos de Tarsicio y José Valerio, Azahabara le aseguraba que jamás tendría ningún encuentro sentimental con ninguno de ellos, ya que siempre supo lo inconstantes y aventureros que eran. –Y menos, querida, con Gardenia, que es tu pasión. Eso no se le hace a una sincera amiga. En realidad, su expectativa estaba puesta en el imaginario regreso de Valentín. José Valerio, Ninelly y Gardenia empezaron a frecuentar la nueva casa, atraídos por la variedad de ofertas en un solo lugar. Con Alba La Triste, los desubicados se encontraban en una extraña atmósfera de espiritualidad, y los supersticiosos quedaban hipnotizados ante los rituales de santería de las cubanas. Pero lo que más deslumbraba era la belleza y sofisticación de las bailarinas del vientre, tornándose la casa en la más famosa y visitada de la región 216


por extranjeros y sibaritas. Además, encontrar una mujer bella, sutil e inteligente, la del consejo oportuno, en ese medio de frivolidad, no era común. Ninelly intuía el deseo que su amiga despertaba en sus dos hombres, por lo que evitaba propiciar algún encuentro furtivo. Azahabara les aconsejó instalarse en el marco de la plaza principal.

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XXI LA CALANDRIA. [¡Despacio, mujer, despacio!]

Una tarde de mayo, movida por la incertidumbre y los celos, Josefina La bizca fue hasta la casa de Adalguisa, la supuesta rival. –Aplaudo todo lo que cantas con tanto sentimiento, pero, ¿cómo puede ser que en todo bar y cantina el tango sea día y noche lo único que se escucha? ¿No es un canto de despechados, impotentes y cornudos? Ella, siendo Monteriana, prefería los ritmos alegres del caribe: porro, puya o un mapalé. –¡Pues mija, muy sencillo! Porque en el atrio de la iglesia de San Sebastián, y durante dos días, tuvimos los restos de Carlitos Gardel.

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–¿Y quién era ése? –¡Mira, que esa noticia fue mundial! Después de seis meses de permanecer sepultado en el cementerio de San Pedro de Medellín, a pedido de su madre y de la nación Argentina, sus despojos debían regresar a Buenos Aires, en cuyos centros nocturnos se formó como cantante. Los antioqueños, que ya se lo querían como propio, aceptaron entregarlo con la condición de que se le paseara por los pueblos de la cordillera hasta el océano pacífico, y de ahí a su destino final. Fue así como el zorzal, a lomo de mula, carruaje, tren y barco, emprendió la más larga y absurda ruta que con cadáver alguno se halla realizado. Aquí en La Ronda y en todo el pueblo se formó gran alboroto, y terminaron organizando una peregrinación liderada por el loco Pascasio Lotero. Veintidós fanáticos del zorzal consiguieron caballos, y ya en límites del municipio de Valparaíso se unieron al cortejo fúnebre. Estuvieron dos horas en Caramanta mientras abrevaban las bestias y se surtían de víveres y licor. Cuando aquí llegó la voz de que hacía rato que la caravana había dejado la vereda de Hojas Anchas, La Ronda cerró sus puertas. Estábamos todas de luto. El caso fue que bajamos hasta Supía. Si La Churrasca y La Margaritón, esas hembras inconmovibles, estaban desoladas, como sería el resto. Esa tarde lo velaron en cámara ardiente, con todas las vitrolas tocando Adiós muchachos, y la

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fila para sólo tocar y besar el cofre, forrado en aluminio, bajaba tres cuadras hasta la iglesia de La Candelaria. Cuando nos lo arrancaron para seguir su ruta hubo gente que lo acompañó hasta Buenaventura, para despedir ese barco que lo llevaría en una ruta inesperada, pues en lugar de dirigirse al sur, lo embarcaron para Nueva York. –Pero lo que realmente me trae hasta ti, Adalguisa, es Caliche Motato, el buenazo del Aguacatal. Como a mí me gustan las cosas claras, prefiero una triste verdad a tiempo. –Josefina, ¡no me vengas a decir que estás enamorada! Perdona que te lo diga, pero los amores de las mujeres de la vida son los más impredecibles y efímeros. –No he sido tan mundana hasta ahora, y no creas que es un capricho de momento. Es una oportunidad que me está ofreciendo la vida. Por tanto, quiero que me ayudes. En ti están sembradas todas mis esperanzas. –¡Despacio mujer, despacio! –¿Acaso el encuentro de los contrarios no hace que la chispa sea más efectiva? –¡Chepa!, por lo que dices y como lo dices, pareces tener más vida que San Antonio. 220


–Sí es así, la tengo que aprovechar para proyectar mi futuro. Mi vida, aunque no lo creas, no ha sido fácil. –Me gustan las personas de carácter porque son las triunfadoras, y en el caso específico de Caliche, espero que seas su mejor opción. A despecho mío, tienes el perfil que él siempre ha estado buscando. –¿Y ese despecho tuyo no interferirá en nuestra futura relación? –Cuando su padre lo trajo ante mí tenía sólo quince años, pero no estaba para nada nervioso ni esquivo. –Desnúdate que yo me encargaré del resto, le dije. Se tornó tan celoso, que no consentía que yo atendiera a ninguno de mis clientes. ¿Y de qué vamos a vivir?, le pregunté angustiada a ese estudiante de sólo quince años, una veterana como yo, que loca a mis treinta y tres, le abría un cauce al amor. No volvió a estudiar, y se la pasaba en mi puerta mendigando amor, con unos cuantos pesos que soberbio metía en mi escarcela. ¡Tomá pa que no te tengás que putiar con nadie más!, –me advertía. Las súplicas de su padre y el sentido común me iluminaron a tiempo y logré desprenderme de ese alucinado amor. ¿Qué más quieres saber, Josefina?

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Que pasado el tiempo, ambos logramos madurar y hoy día somos sólo amigos, su confidente y nada más. Por suerte para ti, tienes el campo libre. –Cuídamelo, que vale un Potosí, sollozó Adalguisa. Fue en unas fiestas de carnaval que él me hizo inmensamente feliz, pero en el posterior carnaval hubo tanto desborde de pasión soterrada – digo yo– que lo perdí para siempre.

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XXII LAS SEÑORAS DEL PARQUE. [–pero esto sólo entre nosotras, porque me lo contó alguien muy discreto–]

Doña Cenelia Escobar, entre susurros, muy compungida y después de meditarlo por varios días, desembucha su infortunio ante el selecto grupo de amigas en el costurero semanal: –¡Muchachas!, tengo un problema muy grave, que me atosiga el alma. Soy incapaz de contenerlo, y menos tragármelo sola en mi hogar. –¿Qué te pasa, mujer? –¡Mi marido tiene una moza en La Ronda! Se sorprende de la ligereza con que soltó ese secreto que la atormenta desde hace muchos días. ¿Cómo lo supiste? –pregunta alterada doña Wilma Moncada. 223


–Una intuye. –Por supuesto, la intuición femenina nunca falla, pero… ¿Estás segura? –Dolorosamente, sí. –No hay derecho a que sean tan canallas. –¡Y con las manías tan extrañas y perturbadoras que resultan los que frecuentan esos lugares!, –acotó Carmenza Montoya. –¡Sí! Terminan siendo unos verdaderos sátiros. ¡Qué horror! ¡Que hacen cosas terribles!, –remata la Saldarriaga. –¡Hay, sí! ¡Muy terribles! ¡Realmente terribles! ¡Degradantes! –responde doña Cenelia Escobar, cerrando los ojos y asumiendo un gesto como de éxtasis. –Deberías hacer como Marina Alarcón, La Penca, cuyo marido sabemos todas que es un empedernido enamorado de todas, pero tiene nueva moza sólo hasta que la celosa Marina se da cuenta. –¡Sí!, dice la Marín. Esa mujer es tan resuelta y sin escrúpulos, que cuando se le envolata Gusta224


vito –como lo llama– sale a buscarlo. Primero en los cafés, y luego por los lugares que él suele frecuentar. Si por ahí no lo encuentra, decidida y sin temor alguno, se encamina sola y amenazante hasta La Ronda, y como cobrador a porcentaje, toca puertas y ventanas. Si la ignoran y no le dan razón del marido, como es tan alta y maciza, enfrenta con una lezna a quien se le atraviese. Ya ha dejado marcados a dos celadores. Cómo será, que La Churrasca y La Margaritón la eluden. Esa mujer es una fiera. Hasta la autoridad la respeta –acota Genoveva Garcés. –Muy bueno que todas esas desvergonzadas le tengan pavor y la respeten. Que se den cuenta de que la vida de las casadas también es muy difícil: primero, que el esquivo hombre se fije en una. Luego, que se decida a llegar hasta el altar y pronunciar el esquivo SÍ. Y poco después, descaradamente, nos traicione con una cualquiera. ¡No hay derecho! –Es verdad, pero qué miedo que de pronto le salga alguna despelucada con verdaderas agallas, ¡y ni me imagino las consecuencias! –Dizque al Gustavito se le ve taciturno por ahí, como muy triste. Los celos de La penca lo tienen medio despistado. Me contaron que él, como muchos otros, vive obsesionado con esa nueva que, 225


según dicen, es deslumbrante y atrapadora, de nombre extraño como azarosa, o Sahara, o algo así. –¡Azahabara!, replicó Esther Castañeda. ¡Qué nombre tan rebuscado! Que es una preciosidad, lo es –cuentan quienes frecuentan La Ronda, porque, eso sí, ninguna señora del pueblo la ha podido ver. Para las que no sepan –interrumpe la Saldarriaga– desde que José Valerio se vino a vivir al marco de la plaza, la fulana visita muy discreta ese antro de perversión, envuelta en tules y con sombrerito. Ya se imaginan lo que harán allí! –¡Qué escándalo! –se santigua doña Clara. Imagínense –comenta la Saldarriaga– que a las curiosas que se han quedado en una banca del parque para verla salir, les ha tocado quedarse hasta el amanecer, y entonces, cuando de súbito aparece, sólo han podido distinguir una sombra que, protegida por sus infaltables velos, se esfuma en la oscuridad. Lo paradójico, por no decir extraño, es que ni siquiera los jueves, día permitido para que las de La Ronda bajen a exhibirse por el pueblo, se la ve por parte alguna. Ella es toda una dama inalcanzable –es el decir de los hombres– y eso, válgame Dios, ¡dizque la hace más apetecible! 226


–Sí, querida, somos de principios y creo que ninguna de nosotras osaría pisar una calle de La Ronda, y menos enfrentarse a alguna de aquéllas, como lo hace La penca. Una mujer celosa es impredecible. Nunca se sabe cómo va a ser su reacción. –Interviene la Montoya. ¿Por qué será que mi marido nunca se atreve a jugármela? –se pregunta doña Wilma Moncada. ¡Querida!, pues sencillamente porque te tiene miedo. O porque siempre la ofendida es la última en darse cuenta, –aclara la Saldarriaga. –Soy del criterio de La penca. Mi marido podrá tener moza sólo hasta el momento en que yo me dé cuenta. Ya se lo he advertido. Si se pierde el amor, se termina todo. Jamás lo buscaría. Sencillamente, me iría sin un adiós. –Tan fácil que es decir “me voy”. Para dónde, y con qué, ¿y los hijos? –¡Sí! Según la ley, hasta la encarcelan a una por abandono del hogar. –La cuestión es que, si buscan otra, es porque andan tras algo que nosotras no les podemos dar.

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–O mejor, no les queremos dar. ¡No seas perversa, María Eugenia! –interrumpe escandalizada doña Reinalda Agudelo, que no intervenía, pero sí ponía mucho cuidado a lo que escuchaba. –Sé de una que vive en el marco del parque, cuyo marido frecuenta esos lenocinios, y jamás le hace reclamo alguno. Parece que hasta lo disfruta. –Contá, contá, ¿quién es esa depravada? –Pues la morronga de Carmen Lía. –¿Cómo hará? ¡Dios nos guarde! Exclama doña Reinalda, santiguándose. –Nada es más patético y triste que ver a los hermanos Del Randall subyugados y perdidos, el uno tras la negra de Guamal, y el otro bajo la sombra de La Golondrina. Yo no creo que Ninelly haya enyerbado a José Valerio, no al menos por amor. –Opina Miriam Estrada. –¡Claro que sí! Desde el mismo día en que la vi, me dije: Una mujer que siempre está vestida de luto debe tener manías.

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–Eso es verdad, óiganlo bien: comentan en la misma Ronda que, desde su llegada, jamás se vio en dicho lugar un ser más inestable y atormentado que La Golondrina. ¡Qué barbaridad!, interviene la Saldarriaga. – Esa Ninelly es tan impredecible, que por tiempos se va del pueblo y, de súbito, como la mala muerte, reaparece arrasando con todo. –O sea que acertaron quienes la apodan La Golondrina. ¿Tú la has tratado? –pregunta Miriam Estrada. –Por supuesto que no. Todos en el pueblo la repudiamos por ese extravagante y desvergonzado triángulo pasional. Ella es provocadora porque la rabia y la ofensa no la dejan en paz –interviene Sara Garcés, que hasta entonces había permanecido al margen de la discusión. –Ilusionada por Tarsicio González, ese guache vividor, conocido con el mote de Gardenia, quien amparado por su desconcertante audacia y esa pinta que le gusta exhibir donde quiera que va, con falsas promesas la sedujo y la conquistó, sonsacándola de un hogar estable en Salamina. ¿De dónde sacaste ese malicioso novelón? – pregunta la Marín, quien como pariente cercana de 229


Gardenia se siente ofendida. –Con el tiempo todo se sabe. Continúa la historia, Sara. –pide la Moncada. –Pues consentida y llevada de su parecer, con sólo catorce años sedujo a su primer capricho, y movida por el hastío y la ociosidad se dejó embarazar de un adolescente sin futuro. Sus padres forzaron ese matrimonio que la edad de los contrayentes llevó al fracaso, dándose cuenta muy pronto la inexperta Ninelly de lo efímero que es el amor. Por su carácter libre y aventurero se hastió de ser una simple ama de casa. Dejaba la hija al cuidado de la madre y se iba por esas tierras nubladas de Aguadas y Pácora a la búsqueda –entre esas gentes pacíficas– de nuevas sensaciones acolitadas por su inexperto perro faldero. Ni las continuas y persistentes críticas y consejos de sus amigas lograban aplacarla, hasta que un día conoció al tal Tarsicio, forastero audaz y cínico, que la encantó. Justo el tipo de mujer que necesita José Valerio, pensó él. Sara, enfatizando esta última expresión, mira de soslayo a la Marín y continúa: ella gustaba de la aventura, y aunque su sentido común le decía que con éste, ni intentarlo, pudo más la curiosidad. Tenía que conocer lo que acontecía fuera de su tierra y esos pueblos vecinos con los mismos principios y costumbres. Así, fascinada después de un mes de atenciones, regalos y detalles, optó por 230


fugarse con él. Al fin y al cabo, pensó con su usual descaro, si me va mal, mi madre, tan pacata como alcahueta, no vacilará en recibirme de nuevo. A primera hora de la madrugaba, en un caluroso mes de julio, Tarsicio se le presentó con dos hermosos caballos, y ella, sin pensarlo más, se fue rumbo a la libertad. La trajo a tierra extraña, y lo más humillante, la obligó a compartir su lecho con José Valerio Del Randall. Ninelly se encontró ante el dilema de saber si Gardenia la obligaba a prostituirse por dinero, o porque a ambos los unía una entrañable amistad que incondicionalmente los llevaba a compartirlo todo, inclusive sus mujeres. Cuando trató de plantarse en el punto de ser la mujer de Gardenia, su supuesto enamorado, el cínico respondió que jamás tomaría mujer de segunda mano, ni siquiera a una viuda rica y decente. Para él, esos lances de dama burguesa estaban fuera de contexto: las prefería brutas y manejables. Al principio, ella se largaba del pueblo jurando no volver jamás. Entonces Gardenia buscaba a José Valerio y terminaban bebiendo en las cantinas, e iban tras los favores de la nueva adquisición que los proxenetas, cada fin de semana, traían al barrio. Ninelly –mujer astuta y ambiciosa– intuyó que esa amistad tan particular precisaba de una cómplice refinada y de carácter para exhibirla como objeto de lujo en el pueblo, y decidió regresar para acolitarles su licenciosa vida.

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En ese momento, la Marín explota cual taco de dinamita: –Qué mundo éste, donde no han de faltar gentes irresponsables, perversas y calumniadoras, que hablan sin medir las consecuencias. Ofendida, abandona el costurero cerrando de golpe el portón de roble. –¡Que cosas! El perro nunca usmea su propio rabo, sino el de los demás. –Sí, es verdad, aunque ninguna de nosotras admita sus defectos. Quien no conozca a la Marín, diría que es un dechado de discreción. –apunta la Cadavid. Continúa con esa sorprendente historia, mujer –piden la Estrada y la Moncada. Sara, ya más tranquila sin la mirada matadora de la Marín, continúa su relato: Cuentan –pero esto sólo entre nosotras, porque me lo contó alguien muy discreto– que la venganza de Ninelly consistía en un plan macabro: dedicarse al derroche sin límites, hasta que el rico minero quedase en la ruina. Sólo entonces el oportunista de Gardenia –ya sin soporte económico– abandonaría al amigo incondicional de farra. Desde un principio la mujer había corroborado que José Valerio carecía de carácter. Indeciso e inseguro, siempre ha estado conforme con lo que hace 232


o le sugiere Tarsicio. Al fin y al cabo, éste había hecho las veces del padre confidente que siempre deseó tener, y hasta entonces jamás tuvo. Ha sido el único que desde su juventud lo ha defendido y lo ha venido guiando. Un complicado sentimiento los mantiene unidos. Tarsicio es todo lo opuesto: un hombre seguro, autosuficiente, un oportunista que intuye lo que se avecina, y que tiene la respuesta o solución a cualquier problema. Eso porque nació pobre y la necesidad le aguzó la astucia. Pasado el tiempo dio con la suerte de encontrarse en el camino a un ricachón muy desubicado. Hoy por hoy, al ser su mano derecha, se aficionó a todo lo fino y excluyente. –Carmen Barreneche, nuestra modista, se cotizó aún más. Son tantos los trajes que le encargan, que para complacer el refinado gusto de Ninelly y sus dos maridos, montó un taller con tres auxiliares que sólo disponen del tiempo para sus encargos, excluyendo a las que podríamos pagar tanto o más. Carmen mantiene un emisario que viaja a Bogotá para mantenerla al tanto de la moda parisina y le compra las revistas de alta costura, y también las telas y los accesorios para esos exclusivos trajes de gala, pues la trilogía vive siempre bajo esa condición: ¡DE GALA! –comenta la Echavarría. Yo los envidio –continúa Sara Garzón– porque la provocadora ronda de los tres por el pueblo es la moda que intentan imitar los más pudientes y osados. Da gusto ver a los dos galanes vistiendo 233


trajes de paño inglés, con capas forradas en satén y coronados con sombreros Borsalino. Y Ninelly, nadie lo niega, bella y elegantísima, aunque desafiante en sus infaltables trajes negros que contrastan con su blancura y, lo que más la apasiona, una alhaja nueva. –No comparto tu punto de vista, querida Sara, dice la Montoya. Las otras, excitadas, también iban a intervenir cuando, de súbito, doña Reinalda le da un giro a la conversación: –¡Qué coraje el de Constanza, la legítima esposa de José Valerio! Yo la traté, fue mi amiga mientras vivió aquí, un mujer íntegra, fina y discreta, al punto de que, consciente de la reprimida y limitada vida pasada de su esposo, intuyó ¿quién no?, que éste jamás estaría preparado para manejar tan cuantiosa fortuna, y al ritmo que iban las cosas, con esa relación tan inmoral y derrochadora, la gastaría antes de darse cuenta. No fue ninguna boba: le exigió la partición inmediata de todos sus bienes. Y es tan cínico e irresponsable ese hombre, que sin reflexión, ni disculpa alguna, aceptó gustoso a condición de que ella se radicara de inmediato con sus hijos en la capital. Ofendida Constanza, con aquel marido ingrato, se largó para siempre. El reloj de la torre canta las seis de la tarde y las amigas abandonan el taller con sus discrepancias de costurero. 234


XXIII ¿QUIÉN CONTRA TODOS? [La mansión de las satánicas pasiones]

Las intrigas en contra de José Valerio y su séquito empezaron a puyar por doquier. Los más encopetados, azuzados por sus esposas, lo aislaron del círculo social advirtiéndole que él podría entrar al exclusivo club Colombia siempre y cuando se presentara sin impedimentos indeseables. Lo que más le dolió fue que también lo miraran mal a la entrada a los espectáculos de la lírica o de la danza, que usualmente se presentaban en el teatro Cuesta. Ofendido ante esa discriminación compró la casa más grande que había en el parque principal y mandó derribar dos paredes para acondicionar un gran salón social e hizo modernizar los cuartos con muebles de estilo. Asesorado siempre por Ninelly y Tarsicio, revistió la estancia con cuadros y porcelanas finas.

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De tiempo atrás, todo personaje o grupo artístico en su paso de ida o regreso a la ciudad de Medellín, obligatoriamente ha tenido que pernoctar en San Sebastián. No hay otro pueblo más completo en tan larga ruta. Ninelly, dependiendo de la calidad de los artistas se ofrece como anfitriona, por lo que la atención de la señora de la casa, el trato de un verdadero maestro del entretenimiento como lo es Gardenia, y los costosos licores que brinda José Valerio, se han hecho famosos. Además, la casa sorprende con las danzas del vientre que el dúo Azahabara y La Tongolele cada vez improvisan mejor. Ellas, que han encontrado una relativa calma y el lugar llena sus expectativas, descartan, al menos por ahora la posibilidad de nuevas aventuras, rechazando tentadoras invitaciones foráneas. El triángulo se codea, para envidia de muchos, con lo más granado del momento, dándose el lujo de ser los únicos o los primeros en ver o escuchar audiciones exclusivas para ellos. El despilfarro y la ostentación han venido excitando la envidia de muchas gentes que especulan con lo que, en la intimidad, podrá hacer una pareja de mujer con dos hombres. Hasta el cura Alarcón se tomó el atrevimiento de venir a exorcizar el jueves santo a ésa, que suele llamar “la mansión de las satánicas pasiones”. 236


XXIV FINAL DE GARDENIA Y JOSÉ VALERIOW [Ninelly, que intuye todo, menos lo peor, trató de tranquilizarlo.]

Aunque las minas parecen ser inagotables, lo es más la ambición del dúo Ninelly-Gardenia. Hoy, ella suele encargar un collar, pendientes y pulsera de esmeraldas, y mañana lo exige de perlas. Él, trocó sus dientes de oro ley dieciocho por otros de veinticuatro quilates. Ahora los quiere con chispas de diamante. Para conseguirlo y continuar con ese extravagante capricho, es preciso que Vendecabezas dé el doble de la producción actual. A exigencia de Ninelly e interés propio, Gardenia baja diariamente a los socavones, y con toda la prepotencia que da el sentirse indispensable y 237


la mano derecha del patrón, amenaza con expulsar a capataces y asalariados si no aumentan el rendimiento. La situación tocó fondo cuando Tarsicio, exasperado, golpeó a tres mineros que denunciaron haber encontrado una mata inagotable de oro que resultó ser un cordón de ordinarias plaquetas doradas. Esta cobarde golpiza ofendió al resto de mineros, que soltando sus herramientas entraron en paro indefinido, reclamando, entre otras exigencias, trato humano digno por parte de las sanguijuelas. Los revoltosos se amotinaron a la entrada de la mina. A prudente distancia, y protegido por la Autoridad, Gardenia grita mientras congestionado agita una lista en la que va señalando a los que, con su proceder, ya han perdido sus puestos de trabajo. Los demás responden a sus amenazas: –¡La esclavitud es cosa del pasado! ¡Ven, apaléanos, si sos tan macho! –¡No sos más que un parásito, Gardenia, con nombre de puta barata! Carcajadas, y gestos grotescos y obscenos.

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–¡Tomá esta pica y embarráte dentro del socavón, para que te enterés de que la minería es la profesión más ingrata y peligrosa de todas! Con más despidos, el hombre continuó tratando de atemorizar a los mineros, que con el apoyo de los de Gavia mantenían controlada la entrada de las minas. *** A los pocos días, con gran sorpresa, unos mineros vieron a Gardenia por los lados de la mina, huyendo sin rumbo, como enloquecido. Sin quitarse la ropa atravesó el río Las Estancias, y se perdió entre los matorrales. Nadie lo volvió a ver por parte alguna, y la paz retornó a los socavones por algunos días. José Valerio se mostraba muy preocupado por esa inesperada ausencia, y Ninelly, que intuye todo, menos lo peor, trató de tranquilizarlo recordándole que Gardenia era un amigo solícito y fiel, que pronto aparecería con una nueva beldad. –Contigo, Ninelly, nos basta y nos sobra, le respondió con tono ausente de inquietud. *** Una tarde de octubre, a tres leguas de la mina, el vuelo circular de gallinazos alrededor de un yarumo dio cuenta de un cuerpo desnudo, cruelmen239


te torturado. En el purulento tórax tenía clavada una estaca con una nota de advertencia contra la injusticia de entrometidos y patrones. Este suceso conmocionó a la región, y más cuando José Valerio canceló el contrato de trabajo a capataces y mineros, y ordenó el cierre indefinido de la mina mientras no aparecieran los responsables. Las protestas no se hicieron esperar. En la oscuridad de la noche los inconformes llegaban hasta su casa, arrojando piedras y amenazando a los moradores. Sin el soporte de Gardenia, José Valerio se sintió indefenso. Veía enemigos por todas partes, y para disipar su inseguridad recurrió a fuertes dosis de cocaína y al licor. El alcalde Moncada, sintiendo la turbulencia creada por tanto minero suspendido en diferentes lugares de su jurisdicción, pidió a José Valerio que, para seguridad de todos, antes de que las cosas pasaran a más, se marchara del pueblo en compañía de su mujer. Él se encargaría de hacerle llegar a tiempo, adonde fuera, los dineros que lograra recaudarle. Fue la ruina total para la conflictiva pareja, que como prófugos debieron salir de improviso, con

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un exiguo equipaje y las alhajas de Ninelly. Por orden de la Licencia de Minas su capital quedó confiscado para el pago de salarios atrasados. Tantas desgracias agriaron el carácter de Ninelly, que se convirtió en una mujer neurótica, más inestable aún de lo que siempre fue. Después de tanta obstinación y arrojo le afectaba enormemente haber dejado su mansión encantada. Igual de desubicado se mostraba José Valerio, que para evadir sus temores y el dolor de la muerte de su incondicional amigo, se hizo aún más dependiente de sus adicciones. No vacilaba en malvender o enajenar las joyas de Ninelly, y eso los llevó a enfrentamientos violentos y a los golpes. En ese destierro de soledades la situación llegó a tornarse insoportable. José Valerio abandonó a la mujer en un cuarto de hotel, y fue a refugiar su desordenada vida en un inquilinato del barrio La Independencia, en el centro de la capital. Nunca se supo si fueron accidentales o provocadas las circunstancias en las que pereció José Valerio Del Randall. Un incendio en un cuarto de hotel de tercera categoría, acompañado de una serie de explosiones, despertó al vecindario. A cada detonación los noveleros corrían despavoridos para protegerse tras los muros o vehículos estacionados en la cercanía.

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Los bomberos recogieron su cuerpo calcinado. Por dos dientes de oro y por la forma del cráneo sus familiares pudieron reconocerlo. A pedido de Florianís y Félix María, los despojos pudieron regresar a su tierra natal. Gran escándalo se armó junto al féretro cuando Ninelly, acompañada con Azahabara, ambas de riguroso luto, llegaron hasta la casa de los Del Randall. Constanza, la legítima esposa, decía en voz alta: –¡Es el colmo que, ni aún después de muerto, las vagabundas quieran dejar en paz a un difunto! Otras mujeres del clan las acusaban de despilfarrar fortunas ajenas, que con mil sacrificios y durante muchos años habían logrado preservar los Del Randall. Azahabara arrastró fuera a la ofendida Ninelly: –¿Acaso no te das cuenta de que estamos en el lugar equivocado? Ninelly no la escuchaba. Sólo pensaba en encontrar el modo de vengarse de esos inconscientes que, desconociendo la oscura y decadente vida del difunto, en forma tan hostil la calificaban. 242


De inmediato se marchó, para regresar tres meses después tan bella y elegante como siempre, y acompañada del doctor Agüero, un abogado que no disimulaba su notorio perfil de ladrón. Ninelly prefería que al final se quedara con todo, a condición de que los Del Randall no heredasen las propiedades y dividendos de la mina. Intuyendo que las circunstancias no le serían favorables en esa ocasión, La Golondrina resolvió abandonar el pueblo. Largo y tedioso sería el proceso.

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XXV REGRESO DE VALENTÍN [Allí, minutos antes, había quedado la niña que sólo quería jugar con sus muñecas, y que ahora…]

Un día festivo, al amanecer, un aparecido alto y magro, con la cabellera entrecana que le llega hasta la cintura, y una barba encrespada y blanquecina, recorre como sonámbulo la población. Insólito para los primeros que ven a ese vagabundo por las calles de San Sebastián. Por los rumores de afuera, una extraña corazonada obliga a Florianís a asomarse a la ventana, alertada por su instinto maternal. ¡Es Valentín!, –exclama, y temiendo que se le esfume, corre tras él. –¿Dónde te escondiste, hijo? Tu padre murió a causa de tu imprevista ausencia. Te creyó muerto, y la tristeza lo consumió. Si al menos te hubieras reportado, Aristarco aún viviría. 244


El hombre, eludiéndola, musita frases confusas e intenta continuar su camino. La madre, tomándolo de un brazo, lo retiene: –¿Cómo pretendes desaparecerte de nuevo? Tienes el calor de un hogar en el que nada te faltará. Encontrarás tus pertenencias y libros tal cual los dejaste. No seas tan porfiado. Él, ofuscado, trata de rehuírla. –Apiádate de esta dolorida madre. ¿Acaso no recuerdas que eres y seguirás siendo por siempre mi niño? A él se le iluminan los ojos, y la mira con tanta dulzura que Florianís no puede evitar una lágrima. –Ya te acostumbrarás a tu nueva vida. Tendré la suficiente paciencia para ayudarte. Te vas a reponer, estoy segura. –Dice, mientras le besa y acaricia las sucias manos. Durante varias horas estuvo Florianís cambiando el agua tibia de la bañera donde él, abstraído y con la mirada perdida se sumergía a intervalos, permitiendo que la paciente mujer le ayudara en un procedimiento que tenía olvidado. –¿Quieres que te corte el pelo y te afeite para que recuperes tu presencia? 245


Él niega con la cabeza. No obstante, le trenzó el cabello y la barba a fin de adecentarlo mejor. Vestido de blanco palomo, peinado y bienoliente, y con esos ojazos tan azules e intensos, eres la viva imagen de un patriarca bíblico –le dice la buena mujer, sorprendida de tenerlo de nuevo en casa, mientras lo acaricia y le ofrece una bebida caliente. Él, con la mirada obstinada y distante, la bebe a sorbos. Después de un mes de cuidados maternales, Valentín parece volver a la escueta realidad. Cuando por fin salió en busca de sus viejas amistades, las muchachas se escondían temerosas de ser víctimas de un personaje de mala reputación. Y peor ahora, después de cinco años de ausencia, en que la gente especulaba con grupos y sectas de los que se aseguraba que era practicante. Sus antiguos compañeros lo eludían por temor a verse comprometidos en pasados problemas. Caminaba siempre solo, y al cabo de algunas semanas volvió a sus antiguas y solitarias andanzas por el río Imurrá para el rito de limpieza, antes y después de escalar el imponente cerro de Xixa246


raca, que se levanta desde la ribera del río hasta las nubes. Uno de esos días coincidió con la salida de un grupo de muchachas del Colegio del Sagrado Corazón, lideradas por Clemencia Muñoz –que ahora se acercaba a los quince años– y mientras las chicas flotaban en el río, riendo y chapoteando, sostenidas por lazos que previamente habían asegurado de árboles y rocas, emergió de improviso, de una de las cuevas que resguardan el Charco Azul –no una serpiente enmarañada ni un monstruo de agua dulce– sino un duende peludo † que, dando un salto descomunal y haciendo alegres piruetas, empezó a silbar una silvestre melodía. Más de una adolescente casi se ahoga del susto con esa inesperada aparición de larga cabellera, barba de fauno y pezuñas de sátiro, según así lo vieron ellas. Clemencia –la más lúcida– reconoció esos inolvidables ojos azules. *** Retrospectiva: Un ya lejano domingo de sus nueve años, después de cruzar el parque con su traje blanco de orlas doradas, subió a saltos los escalones del atrio y, de improviso, se encontró frente a frente con ese Valentín que fue el primer impacto emocional de 247


su vida cuando, tomándola por la cintura, la alzó girándola por los aires mientras le daba un beso que no era como el de sus padres. –Princesita preciosa, más tarde serás sólo mía – le dijo y la estrechó tan fuerte que, fascinada, vivió en ese instante un placer indescriptible. Pero el pánico la invadió al sentir cómo, desde sus entrañas, una secreción incontenible abandonaba su cuerpo. Desconcertada miró atrás, al inicio de las gradas. Allí, minutos antes, había quedado la niña que sólo quería jugar con sus muñecas, y ahora se sentía como mujer que en adelante buscaría la firmeza varonil y la mirada penetrante de los ojos del amor. Con feliz terror, instintivamente se desprendió del hombre y corrió y corrió, agitada y sorprendida, hasta su casa. –Me apretó tan fuerte que me reventó por dentro, ¡me estoy desangrando! –gimió ante su madre, sin imaginarse ni tener referencia de los cambios hormonales que a temprana edad acababa de experimentar su cuerpo. *** Clemencia quedó estática, como hipnotizada, sin poder apartar la vista de la del fauno, que fascinado la contemplaba emergiendo del agua con 248


la blanca transparencia de su túnica adherida al cuerpo. Igual que la primera vez, su traje y el agua a su alrededor se vieron teñidos de sangre. Desconcertada, cubrió su rostro con las manos. La sola presencia de ese hombre ha hecho que se me adelante el periodo, igual que cuando tenía nueve años, –piensa. En un instante revivió esa etapa traumática en la que, sin comprender lo que sucedía en su cuerpo, se había enfermado para desconcierto de padres y amistades, y pábulo de esas viejas supersticiosas que le diagnosticaron ser víctima de hechicería. Desde entonces, la súbita presencia de él se le aparecía en cualquier momento, sin motivo aparente. *** Los gritos excitados de sus compañeras la vuelven a la realidad. El temido Valentín ha desaparecido, y la histeria colectiva se apodera de las jóvenes que después del suceso (se encontraban en el lugar sin el permiso de sus padres) corren semidesnudas monte arriba en busca del amparo de gente conocida del lugar.

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Por muchos días, en sueños o en la imaginación, se sentirían acosadas por el duende o demonio aparecido, que con penetrante mirada les causaba tal perturbación. *** Los hombres se armaron a la espera del próximo mal paso que intentara dar el alienado Valentín. Este suceso llevó a que Félix María lo apartara del peligro y lo resguardase en unos predios que tenía en un lugar distante. El hombre precisa de una mujer que lo aplaque, –le dijo Nitria, tras conocer la noticia que mantenía en ascuas a la población. –Tráelo al Perla Negra, o a cualquier otra casa para que se descargue y verás que, estable y emocionalmente compensado, dejará de molestar a las ingenuas niñas y te evitarás problemas. Fue un desacierto que, sin cortarle las barbas ni la enmarañada cabellera –que lo hacían parecer tan extraño– se lo presentaran a una primeriza de nombre Nohelia, que acababa de llegar a la casa-bar de Nitria. La joven, apenas lo vio empezó a gritar como si estuviera frente al lobo malo, y rotundamente se negó a atenderlo despreciando el dinero que Félix María le ofrecía. Fue tanto el impacto de la candidata a prostituta que abandonó 250


definitivamente La Ronda y regresó a su lugar de origen, donde se reconcilió con los padres y con su novio. La fijación de Valentín eran las niñas. Rechazaba a todas las demás porque captaba la falsedad de sus melosas marrullerías.

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XXVI SORTILEGIOS [En los pueblos mineros con población de origen africano, especialmente Antioquia, Caldas y Chocó, los ritos bantú son usuales: las yerbas curalotodo, los menjurjes amorosos y las prácticas de superchería reemplazan a la medicina científica, a la que no acceden los mineros por decidia y efímeras prioridades banales. Paradojalmente, “la maldición del oro” hace que el minero sea cada vez más pobre y muera en su ley bajo la tierra. Este capítulo está basado en el imaginario popular del occidente de Caldas.]

*** Cándida y Marión Morelos, las santeras cubanas, cada sábado día de Yemayá convertían después de la media noche a Secretos Bar (la nueva casa de Azahabara) en un lugar de rito: los altares, las abluciones y los cantos colmaban la sala. Declaraban conocer todas las yerbas y la efectiva pócima del amor. Acudían los hombres con tendencias al esoterismo, pero la mayoría lo tenían como otra de las novedades exóticas de su propietaria. 252


Si acaso es efectivo el brebaje atrapador del que tanto hablan ustedes, las magas del amor, ¿por qué no nos hacen irresistibles ante ciertos hombres que precisamos decididos y resueltos? –les planteó Azahabara, entre escéptica y jocosa, un sábado después de que la clientela hubo abandonado el lugar. ¿Como a quiénes?, –replicaron al unísono Cándida y Marión. –Pues qué tal a Félix María para ti, querida Cándida, que sería tu opción de estabilidad, tanto económica como social. Bien podrías ser la nueva reina del Perla Negra. Sabemos que, si te propones, puedes lograrlo. Entonces, cuando seas la mandamás, desde tu reino no te olvides de nosotras. –Si tú, la oportuna, me lo pides, traeré a Félix María hasta mí. Y qué bien vendría un marido para nuestra querida Josefina –comenta Azahabara, mientras la observa en la puerta, atendiendo a su enamorado–. Nadie mejor que ese Caliche, un morenazo guapetón, que realmente la idolatra, y es tan constante e ingenuo que semanalmente le entrega parte de su salario para que no se le vaya –que ironía– a prostituír.

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Entre tanto, la Chepa cruzaba los dedos para que, cuanto antes, el hombre se marchara y poder descansar después de un agitado día. Para mí –lo dijo en tono severo, como siguiéndoles el juego de credulidad– poderosas Cándida y Marión, qué rico ese enigmático y desubicado Valentín Del Randall, que ahora lo mantienen tan resguardado. –A ése lo tendrás. Conozco los secretos para retenerlo, pero por pocos meses, porque lo que va contra natura tiene su costo. –respondió Cándida. Al siguiente fin de semana, Cándida concretó a Azahabara: –Lo que se va a hacer se hace sin miramientos –le dijo– refiriéndose a Félix María. Necesito un colchón mullido con ciertas plumas y tibios perrillos de balso. Sé como arreglarlo. El problema está en poder reemplazarlo sin que la mujer se dé cuenta. Si lo logramos, ya tendremos al hombre a las puertas de esta casa, manipulado a mi manera. Las santeras, sin conocer aún las medidas del colchón a cambiar, ya se habían dedicado a recoger plumas del cenadero de Temilda, quien a diario mataba hasta quince gallinas coloradas. Por otros medios se venían sacrificando diversas aves y, para completar debidamente el colchón maligno, se le 254


adicionaron cabelleras de difuntos, recogidas vaya a saber de dónde. Entonces, un martes trece y antes de rezarlo, Cándida le adicionó un monicongo atado con cintas negras, unos huesos en cruz y otras rarezas que sólo ella conocía, y como realce lo forraron con un clásico estampado. Genaro el colchonero le dio el toque final, logrando que pareciera exclusivo. Fue en una rifa arreglada en Secretos Bar que Félix se ganó el embrujado colchón. Les fue fácil convencerlo de que el producto venía de la capital, y que se lo diera a su esposa como obsequio sorpresa por algún motivo especial. Nitria no se encontraba en casa cuando le cambiaron su trajinado lecho y, aunque ella sintió el cambio, no le dio mayor trascendencia. Félix solía traerle regalos y, sin pregonarlo, los dejaba por ahí. A los pocos días aconteció algo extraño: su cuarto se fue llenando de una energía tan turbia y un olor tan denso que le desterró al hombre de la casa y, para su sorpresa, ella empezó a aburrirse tanto que se fue de temporada al quilombo de Guamal, su lugar de origen, a la espera de que Félix, preocupado con su improvisada partida llegara a buscarla, cosa que no sucedió. Intrigada, después de quince días que le parecieron eternos, regresó al Perla Negra. Su 255


casa y sus muchachas estaban tan alicaídas que daban grima, y lo peor era que Félix, con la disculpa de proteger a Valentín, debía tenerlo vigilado en uno de los reservados del Secretos Bar hasta que todo se normalizara. Nitria receló que tal vez alguna fulana le hubiera sonsacado a su hombre, pero nadie le daba razón ni le aclaraba su sospecha, y tuvo que esperar hasta que la negra Trina Tangarife, –una coterránea que tenía gran poder en asuntos de hechicería y premonición– regresara de un trabajo que le habían encargado en Cali. Trina, una mujer muy segura de sí, robusta y hablantinosa, suele vestir trajes y maquillaje vistosos que le dan un aire aventurero. Para protegerse del sol e imponer su moda, ostenta una colección de sombreros de iraca que tiñe según la ocasión, y luego los realza con flores, tules o plumas. Lo paradójico es que ni para dormir se desprende de un machete corto que, envainado, pende de su cintura. Quienes la han tratado cuentan que su amuleto está en esa trajinada hoja, antigua por demás, que perteneció a un chamán del Chocó, la que junto con una oración tiene el poder de cerrar los cuerpos contra el cuchillo y la bala. Su presencia en cualquier ámbito causa todo tipo de reacciónes y, no obstante, todos la respetan y temen. La vidente acudió al pedido, y como perro husmeador empezó a hurgar y oler todos los rincones y recovecos 256


de la parte externa de la casa. Luego, con un punzón removió la tierra de todas las plantas para ver si encontraba algo extraño, o presentaban síntomas de amustiarse, pero todo estaba normal. Entró, y con paso lento como de ciego, fue recorriendo todos los rincones hasta que se detuvo ante el cuarto íntimo y, después de palpar y olfatear el colchón, con el machete lo rasgó en forma de cruz. Entonces volaron plumas y perrillos de balso, mostrando la evidencia de la magia negra y la sospecha quedó esclarecida. Nitria quedó horrorizada al ver esos huesos humanos atados con cintas sobre una capa de tierra de cementerio. ¿En qué cabeza podía caber tanta maldad? Se sentía impotente ante fuerzas tan oscuras. –¡Qué magia tan brava, qué mal tan grande te han hecho! Tenemos que sacar de inmediato ese amasijo de plumas, sin que quede nada por ahí, llevarlo hasta el río, quemarlo sobre una roca y dejar que la corriente se lleve lo que no consuma el fuego. Lo envolvieron en un cobertor para disimularlo y le pagaron a Quinco, un bobo malicioso del pueblo, para que en su mula La Rucia lo llevase hasta el sitio indicado, y allí Trina, muy ceremoniosa, realizó el trabajo de contra con su conjuro de magia blanca.

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XXVII MUERTE DE VALENTÍN [Soy Clemencia, tu princesita –le dijo mientras se quitaba el sombrero y el bigote…]

Félix María, quebrantando la voluntad de la madre que, obstinada, quería retener a Valentín, y desconfiando de la seguridad del lugar ante un enemigo impredecible, muy de madrugada y en compañía de cuatro secuaces armados, había conducido al incriminado hermano hasta el Secretos Bar. Azahabara, que no esperaba sorpresas a esa hora, emocionada e incrédula se quedó mirándolo. Esos ojazos la penetraron igual que en sueños pasados, tan reales para ella. En conjunto era más de lo que imaginaba: alto, enigmático y distante. Con un arrebato irresistible lo abrazó. Siempre supe que algún día regresarías –le dijo.

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El más sorprendido era Félix, quien nunca esperó esa reacción de la mujer ante un desconocido con semejantes antecedentes. –Lo traje aquí no sólo para ocultarlo de sus enemigos, sino para que, en medio de tantas bellezas, él que es tan esotérico, con la vista e imaginación pueda tener sus descargas emocionales sin molestar a las colegialas que a diario rondan por el pueblo. Valentín, quien hasta entonces se había sentido rehusado por Clemencia, su inolvidable pasión, y de toda párvula que se le pareciera y con las que en vano intentaba algún acercamiento, ahora se encontraba con una joven muy bella, cuyo trato atento y descomplicado no había conocido hasta entonces. Quedó fascinado y receptivo. Ella sola, con su espontaneidad y dedicación, podría suplantar a todas las mujeres, incluida una madre. ¿Cuántos años tienes, Valentín? –le preguntó Azahabara mientras le trenzaba la barba y le ofrecía una copa de vino. –Treinta y dos, y a mi edad nunca he tenido una mujer entre mis brazos. Azahabara se incorporó de inmediato y lo dejó quieto.

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¿No estarás mintiendo? –le dijo sorprendida. Es imposible que en un medio tan propicio, con dos hermanos tan promiscuos y a esa edad, pueda existir en este pueblo, a los treinta y dos, un hombre impúber. A mi modo de ver, y por lo que he oído, excluyendo a ciertos fanáticos religiosos es raro que ocurra algo así. –Yo no miento, jamás he mentido. Soy del corte de mis antepasados los cátaros, rectos en sus propósitos. –¡Qué clase de disparates pasan por tu enmarañada cabeza! ¿Acaso nunca has amado a nadie, es decir, te has enamorado? –Sí, y la tengo en mi mente: es Clemencia Muñoz, esa preciosa niña que a los nueve años me aceptó, y ahora que está en edad de merecer se muestra distante e inabordable. A Azahabara de inmediato le vino a la memoria esa desagradable experiencia vivida con Nicolás, el sobrino de Ramiro Assís. ¡Otro infanticidio! ¿Qué clase de hombres ha puesto el destino en mi camino? Otro ser inexperto –pensó bastante desilusionada. ***

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La cultivada sensibilidad que demostraba Valentín aún en sus actividades más simples, fue seduciendo poco a poco a Azahabara, hasta que ella quedó rendida a sus pies. Como si los varones que visitaban La Ronda se hubieran puesto de acuerdo, después de experiencias pasadas con una mujer tan maternal, empezaron a llamarla, tanto a ella como a su casa, igual que suele llamarla Valentín: La Yocasta. Hasta qué grado de desprendimiento y entrega puede llegar una mujer enamorada –se decían aquellos que hasta entonces no habían podido poseerla, incluidos los finados José Valerio y Gardenia, con todo el oro y poder de convicción que manejaron. A partir de ese momento y durante ocho meses, Cándida y Marión se encargarían de un todo y por todo de la casa bar La Yocasta. Para beneficio de Azahabara realizaron un excelente manejo. Las cuotas que percibían en atención por los dos hermanos Del Randall eran generosas. Cuando las cubanas contaron con el dinero suficiente para estabilizarse, sin remordimiento alguno le retornaron a Nitria, no un Félix María locuaz y seductor, sino un ente muerto en vida, que apenas sí podía coordinar sus pensamientos. *** 261


Desde la sorpresiva y caótica aparición en el Charco Azul, que dio tanto de qué hablar, y que ahondó aún más ese abismo existente entre ambos, Clemencia Muñoz no se había vuelto a tropezar con Valentín, y por más que propició otro, aunque peligroso encuentro, éste no se dio. Sola se había arriesgado a bajar varias veces al río, y otras tantas noches salió buscándolo por bares y cantinas. Y lo más exasperante: nadie le daba razón de su paradero, lo cual hacía más obsesiva su pasión. ¿Pero por qué Valentín se pierde tanto, si ya no tiene secuaces detrás, y casi soy mayor de edad y puedo dar cuenta de mis actos? –se decía, angustiada. Es un artista sometido en La Yocasta a la voluntad de la bella entre las bellas, un lugar vedado para las damas del pueblo –alguien le contaría días después. La decisión de Clemencia era férrea y se propuso rescatarlo de ese mundo oscuro de amancebamiento. ¿Pero cómo? Ya sé, –se le ocurrió después de muchas opciones. Lo resguardaré en la finca de Tinita Gañán, la indígena que trabajó en mi casa cuando yo era una niña. Fue mi complaciente amiga y confidente durante el sonado caso de Valentín, época en que mis padres, enloquecidos, me trataban como si un demonio se hubiera apoderado de mí. 262


Estará bajo el amparo de Tinita mientras llegan las vacaciones, y ya veré qué se me ocurre mientras tanto. Se transformaría en hombre. Ésa sería su única alternativa de acercamiento a zona tan explícita y excluyente. Parecía que los mensajes que le enviaba eran interceptados antes de llegar a sus manos. Por tanto, jamás recibiría respuesta suya. Con prendas de un hermano mayor empezó a travestirse, hasta que encontró la apropiada. También se dedicó a preparar un parlamento convincente al momento en que se le revelara. Un fin de semana, cuando su familia debió salir por unas drogas a Pereira, se transformó en varón y hacia la media mañana empezó a merodear ante la ahora llamada casa-bar La Yocasta. Azahabara, que se dedicaba a su rutina diaria con La Tongolele en la práctica de nuevos movimientos en la danza del vientre, no notó la presencia de la audaz muchacha. Valentín escribía bajo el dibujo de un guayacán en flor unas reflexiones místicas, cuando sorpresivamente sintió una presencia. Soy Clemencia, tu princesita –le dijo mientras se quitaba el sombrero y el postizo bigote. –¿Recuerdas aquella tarde en que me dijiste que algún día sería sólo tuya, y yo, muy tímida, acepté? ¿No notaste que ese día, producto de la emoción, tuve 263


mi primera y caótica menstruación? Por mi culpa tuviste que perderte, para desdicha mía, por mucho tiempo. Acompáñame hasta un predio seguro, tengo tánto que contarte, –dijo mientras volvía a fijarse el bigote, ajustaba el sombrero y lo arrastraba calle abajo. Anonadado por la imprevista revelación, la siguió maquinalmente. ¿Qué querría proponerle esa loquilla? ¿Por qué lo perturbaba, ahora que se sentía emocionalmente estable? Era sólo una niña, al margen de cualquier sentimiento pasional, que precisaba de consejo a causa de un limitado e incomprendido amor paternal. Por eso la seguía, para aconsejarla. ¿Pero, por qué lo llevaba tan de prisa y hacia dónde? Desde su balcón, una sencilla mujer los vió descender apurados. Clemencia, sin el postizo ni sombrero, fue reconocida por ella que, escandalizada, se santiguó. Más adelante, Valentín vio cómo otros vecinos murmuraban entre sí, mientras los señalaban. Eso le molestó. –Qué te pasa, mi niña, que vienes huyendo como del mismísimo demonio, ¿qué es lo que precisas decirme?

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–Quiero alejarte de todos los que en este mundo desean hacerte mal, que son muchos, incluido mi padre, al punto de que, sin otra alternativa, te han llevado a recluirte en un lugar nada recomendable, como esa casa de pintorescas fulanas. –¿Quién te inculca esas majaderías tan atravesadas, si ahora, con la insustituible Yocasta, una de esas que calificas tan mal, soy inmensamente feliz hasta el punto de que no hay poder en el mundo que me haga desistir de su compañía? No te atormentes, ni creas toda la ruindad que mentes irresponsables propagan con efectos tan nocivos. Clemencia, o no entendía, o no quería escuchar lo que el otro tan convincentemente trataba de aclararle, y continuó con su obsesivo cometido. *** Un derrumbe de grandes proporciones en la carretera fue la causa para que Jairo y Marcelina, los padres de Clemencia, vieran frustrado su viaje a Pereira debiendo retornar de inmediato, y el no encontrar a la hija en casa fue motivo de acalorada reacción del padre, quien después del indeseado regreso de Valentín desaprobaba las repentinas salidas e intenso comportamiento de la hija. Por lo que, sin que ella ni nadie se enterasen, le había asignado un sabueso que le daba cuenta de los buenos o malos pasos que a diario diera Clemencia. 265


–Están en El Totumo, patrón, un predio indígena abajo del Aguacatal, justo en la casa de ésa que hace un tiempo fue su sirvienta. Vi hasta que ella los acogió con mucha atención. No creo que su hija, con gente tan sana, pueda correr peligro. Jairo no escucha más. Una ira ciega lo invadió y corrió a tomar la escopeta. Marcelina, santiguándose, trataba de detenerlo. –¡Por Dios! no vayas a cometer una locura que nos separe, o nos atormente después. El hombre, que ya había mandado aparejar una bestia, corrió tras su objetivo. Si será imprudente la gente –se cuestionaba con rabia el exalcalde– al sentirse azuzado y oír cómo los vecinos especulaban y estaban al tanto de su desgracia. –Sígalos no más por el atajo, don Jairo, que ellos bajaron a pie y ya pronto les dará alcance. –Ese sujeto tan raro es de temer, pobre muchacha, cómo es que lo dejan suelto. ¡Qué peligro, por Dios!, oyó decir, y eso lo encabritó. Al llegar comprobó que allí, en sus predios, esa vieja encubridora, a la que por muchos años le dio la mano, ahora irresponsablemente se había pres266


tado para una mala acción. Para las celestinas también hay condena –se dijo con rabia. ¡Ya lo verá! Con ropa de hombre, explícitamente indecente, horqueteada sobre la rama de un guamo, Clemencia sin pudor alguno se alborozaba poniendo entre la boca del supuesto depravado la nívea carnosidad del fruto de la guama y su semilla la colgaba como arete de su oreja. Valentín, ajeno a cualquier malicia, balanceándose sobre una rama más baja le seguía el juego a la “loquilla irresponsable”, como le decía. De pronto se desató una descarga interminable de disparos que hizo huir todo lo que anidaba cerca. Y el cuerpo de Valentín, impactado de la cabeza al pecho, estrepitosamente dio contra el suelo. –¡Asesino! ¡Asesino! ¡Mataste la única ilusión que me alentaba en esta vida!, gritaba histérica la muchacha ante el terror del padre, que impotente veía cómo se lanzaba al vacío para caer sobre ese cuerpo ya inerme. Había quedado privada por el impacto y por el dolor. Cuando Clemencia despertó era llevada, no por su padre, al que no vió por parte alguna, sino por cuatro indígenas que la cargaban rumbo al hospi267


tal del pueblo sobre una improvisada camilla de guaduas, y a pesar de los persistentes dolores, resultado del impacto de la caída, no exhaló ni un gemido. Nunca jamás volvería a pronunciar palabra. Cuando le dieron de alta, se encerró en su cuarto a rumiar sola su frustración. Qué mujer tan porfiada, al punto de que tanta rabia y odios acumulados rayan en la crueldad y la perversión –decía desconcertada Marcelina, al sentirse impotente para traer de nuevo su hija a la realidad de la vida. –¡Salí a estudiar o hacer algo, que en esta casa el oficio es mucho! ¿Quién se va a arriesgar a velar por ti, el día que por azares del destino no lo podamos hacer más?, ¿O qué tal que dejemos de existir? ¿Cómo podrá sobrevivir una mujer vieja, amargada y sumida en el abandono? Los Del Randall eran poderosos y clamaron justicia. El ex burgomaestre tuvo que pagar seis meses de cárcel en Manizales, mientras asesorado de un buen abogado aclaraba los hechos. Eran tiempos en que se exoneraba a las personas que, de súbito, por intensa rabia o dolor, cobraban justicia por cuenta propia. Al salir de prisión fue recibido como héroe por salvar el honor de la familia, y a una menor de las garras de un sátiro que desde la infancia la acosa268


ba, y más tratándose de la hija de un personaje de trayectoria oficial. Dos años después, que de abatimiento y desilusión don Jairo Muñoz agonizaba, Clemencia no se dignó presentarse ante su lecho a pedir o dar un perdón, ni lo acompañó en su velorio. Al momento de salir la enlutada familia para la misa de réquiem, Marcelina le lanzó una indirecta tan hiriente a la deshumanizada hija, que cuando regresaron del cementerio no la encontraron ya en casa. No obstante, años después, las últimas palabras de Marcelina en su lecho de muerte fueron para esa hija ingrata que no se reportó nunca más. *** Se fueron los Del Randall dejando más pena que gloria –era el comentario general. La maldición de la madre tierra contra aquellos que socavan sus entrañas se ha cumplido: el oro los enloqueció. Bien lo decía el indio Mápura: Donde se explota ese recurso sólo quedan la violencia, la prostitución, la pobreza y campos arrasados por las contaminadas aguas. Aunque la funeraria Calvo se encargó de arreglar el cuerpo y retocar el destrozado rostro de Valentín, la madre no consintió que nadie levantara 269


la tapa y lo vieran desfigurado. Hacia el amanecer pidió a los vecinos que en su sala la acompañaban, que la dejaran sola con su difunto. Pidió sí a dos chamanes, el de Cañamomo y el de Lomaprieta, que le hicieran la ablución y oración ancestral que lo devolvería a la madre tierra, mientras ella, con gran esmero y paciencia, sin derramar una sola lágrima en su inmenso dolor, le trenzaba tanto la barba como la entrecana cabellera. Respetando su voluntad, no las cortó para guardarlas en su baúl de las evocaciones. En sus cabellos estaba toda su magia: debería comparecer intacto ante el poder supremo, y así optó por sepultarlo. El entierro de Valentín fue rápido y poco concurrido. Aquellos que presumían ser sus amigos, tan pronto como vieron la decadencia económica de los Del Randall, empezaron a distanciarse. En el alto del cementerio no había ni uno de los que otrora fueron respaldados por sus favores. Paradójicamente, las cuatro parcialidades indígenas desfilaron muy ceremoniales hasta la tumba, presididas por las bandas y chirimías de los resguardos. Las mujeres iban de luto y los hombres con pantalón negro y camisa blanca, con cinta negra atada al antebrazo. Cándida y Marión, a prudente distancia, observaban el rito en la tumba de ése al que, por ahora, no dejarían descansar en paz. Azahabara estaba desolada. No atinaba con su 270


destino. La mala estrella no la abandonaría jamás, ¿Pero, que he hecho yo para merecer tan aciago sino? Haremos que Valentín te acompañe por siempre –le prometieron las santeras. ¿Qué cosas extrañas manejan estas mujeres? se cuestionó Azahabara, al verlas hacia la medianoche, ese día del entierro, cargar y atar sobre un caballo unos adobes, medio bulto de cemento y otro tanto de arena, y luego ver a Cándida tomar el martillo y el cincel, y a Marión la lámpara de caperuza para salir hacia la oscuridad. Tres horas después, Azahabara, que no había podido conciliar el sueño, las vio regresar sin el caballo. Sólo una bolsa de papel traía Cándida bajo el brazo, y Marión la lámpara y las herramientas. Muy decididas, sin sobresaltos, después de lavarse las manos y brazos, se entregaron al sueño. Al día siguiente en La Yocasta, y durante el novenario del frustrado amante, Azahabara advertía que, después de recibír el pésame de su respetuosa clientela, la dejaban en paz con su dolor. Las santeras cerraban puertas y ventanas. Lo que la llenaba de recelo y temor era verlas encerrarse en un mismo cuarto, y con luz encendida se dedicaban hasta el amanecer a alguna oscura la271


bor. Intrigada, se decidió a fisgonear y casi cae al piso al ver que Marión desenredaba una entrecana trenza, mientras Cándida, a punto de crochet la iba tejiendo. Se dio cuenta entonces de que estaban profanando la cabellera de Valentín. Ni aún después de muerto, este incomprendido y desarraigado hombre encontraría descanso. Guardó silencio para indagar a fondo, asesorarse y tomar las medidas pertinentes. Al noveno día, después de un conjuro, las santeras la cubrían con lo que ya era una bufanda muy bien terminada, e impregnada de un fragante olor. Para sorpresa suya, se sintió invadida por una extraña calma: una paz tan indefinible como jamás pensó que llegaría a experimentar alguna vez.

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XXVIII EPÍLOGO DE LA GOLONDRINA [Entonces, presentémosle a La Caimana –acotó don Joaquín Palomino– para que pueda contar lo que un humano siente al ser engullido por un reptil de semejantes proporciónes.]

Seis meses después de su última partida, Ninelly regresó con intención de radicarse definitivamente en La Ronda. Con el respaldo económico de Azahabara, que la presentó a amigos pudientes como la beldad más refinada de la región, tomó en alquiler la casa bar El Pielroja. Entretanto, el doctor Agüero batallaba ante el juez el complicado caso contra los Del Randall. Siempre elegante, luciendo los mismos trajes negros de la época de esplendor, en los que resaltaban las rutilantes alhajas que la hicieron famosa cuando ella formaba parte de aquella trilogía que escandalizó a la pacata sociedad de entonces, ahora, con provocativa intención, se paseaba garbosa entre los dos parques del pueblo. Y era Anatilde, su 273


sirvienta, la que antes de que su ama se dispusiera a recibir algún cliente, frotaba con un paño y alcohol aquel cuello manchado por las falsas joyas. La fama de la fortuna de La Golondrina voló más allá de la provincia, y no faltó quiénes aseguraran haber visto bajo su cama las pailas de cobre llenas de libras esterlinas, supuestamente aquellas monedas que Aristarco Del Randall mandaba acuñar con su escudo familiar y guardaba en los troncos de guaduas que servían de columnas en su vieja casa de bahareque. Personajes de prestigio y dinero la cortejaron. Ella, una mujer experimentada, sacó provecho de la ocasión. Para hacerse irresistible, atendía a su clientela luciendo siempre lencería negra y sus famosas medias con vena o de red, sostenídas del corsé. Lo más sorprendente era que, para hacer el amor, lucía guantes negros de encaje con ribetes solferinos, que le llegaban arriba de los codos. Los hombres quedaban subyugados bajo su efecto, y cuando despertaban del hechizo se encontraban totalmente esquilmados. Aunque reconocían que La Golondrina era una mujer única, también acordaron que no había capital que la llenase, y poco a poco la fueron dejando sola. Ninelly, para no desgastarse, se fue como las golondrinas por otra temporada. Regresó justo en el preciso momento que, liderando un descabellado proyecto, apareció en la 274


región un extranjero cuyos nombres y apellidos eran impronunciables. El más parecido era Uchima, y unos lo apodaron El libanés, y otros míster Uchima, que era un apellido local. En deficiente español, que un traductor se encargaba de corregir, anunció que después de analizar las muestras del subsuelo de San Sebastián de las Candelas, daba tal cantidad de oro y de tan buena calidad, que una potencia petrolera del medio oriente, tal vez Arabia Saudí, ofrecía trasladar todo el pueblo a otro emplazamiento y mostraba el plano de una idílica ciudad, con antejardines y seis templos, en el cual la parroquia de La Candelaria jamás volvería a estar sin torres, así como grandes zonas verdes y centros de estudio. Y lo mejor –lo dijo con mucho énfasis– ¡casa para todos! Las reacciones fueron encontradas y díscolas: los sin vivienda la aplaudieron, e ilusionados se comprometieron a apoyar el proyecto. Otros proclamaban que no fueran ilusos, que de eso tan bueno no dan tanto. Además, que en caso de que fuera cierto, lo más desmoralizante en el ser humano era perder la tierra de sus ancestros, su identidad, e irse al destierro. Pero el apasionamiento se había apoderado de la mayoría, que ya veía sus cómodas casas como tugurios. Hay que cambiar, evolucionar, estar en la nueva onda. Habría trabajo para todos, era lo mejor. Los más bulliciosos se las daban de ingenieros y otros de arquitectos. Los contestatarios exigían que el parque de La Candelaria, con su venerado templo, debería quedar en la parte más alta, con divisa a 275


los cuatro vientos, y las escuelas en medio de amplias zonas verdes. El libanés, con toda paciencia, y sin limitantes, los estimulaba a cambiar el plano ceñido a las verdaderas necesidades de sus gentes. Días después, el diseño original se había transformado totalmente. Según los antepasados, los grandes filones de Gavia y Vendecabezas están efectivamente bajo el pueblo y, como el mineral es tan pesado, las aguas subterráneas del Ingrumá limpiaron el oro de cuarzos e impurezas, por lo que éste, en el fondo, bajo sus casas, se encuentra en estado puro. –Eso es verdad, aclaraban otros: con el impacto, parte del meteorito procedente de Venus formó el cerro del Ingrumá, y la otra voló por los aires, creándose la montaña cálida donde hoy se encuentra el municipio de Marmato, que es toda de oro. Otros ramales se expandieron como raíces de laurel hacia el Chocó y la Vega de Supía. Las historias fueron tan persistentes que muchos, enloquecidos, empezaron a cavar bajo sus casas, cada vez más profundo. Era tanto el cascajo resultante que se logró cubrir una gran depresión que había arriba del puesto de monta, al frente de la estación de gasolina, lo que represó una quebrada proveniente del cerro Ingrumá, la cual se teme que reviente con el tiempo. Hasta que encontraron agua, mucha agua, que libre empezó a fluir ante la 276


mirada atónita de los rastreadores, desestabilizando tapias y columnas, y hundiendo patios y solares y más de una casa, incluida la antigua y florecida casona cural. Entretanto, el extranjero y su traductor no hacían melindres por aceptar las invitaciones de aquellos que se sentían complacidos de tenerlos como huéspedes. Días después, se ofrecieron a mostrarles lo mejor que había en el pueblo: las muchachas de La Ronda. –Presentémosle a Azahabara, la eterna reina de La Yocasta. Imposible –dijo don Leoncio Estrada. –Está sumida en el dolor por la muerte –quién lo creyera– del ser más indeseado del pueblo y ahora no quiere saber nada de nadie. –Entonces, que tal La Caimana –acotó don Joaquín Palomino– para que pueda contar lo que un humano siente al ser engullido por un reptil de semejante proporción. –¡No!, esa no. Lo espantaríamos antes de tiempo. –Entonces, a la Nalgadiángel. –Tampoco. Es demasiado flaca y sosa, y ellos las prefieren exóticas, felinas, decididas. 277


–Marcela, La tijereta. –¡Menos! Con lo lanzada que es esa mujer decepciona de inmediato a cualquier extranjero. –No sean ingenuos. Que él mismo elija la que más le guste –dijo un tercero. En efecto, en cuanto el supuesto libanés llegó a La Ronda y formalmente lo condujeron hacia la casa bar El Pielroja, quedó encandilado con el rojo intenso de la estancia, y más, cuando se encontró rodeado de una veintena de mujeres hermosas, vestidas de rojo fiesta, con cabelleras oscuras hasta la cintura, quienes, copa en alto, le daban la bienvenida. Lo que más le intrigó de tan insólito lugar fue encontrarse él como único varón entre tantas mujeres. Después de mirar detenidamente ese desfile de exclusividades, se decidió por el único lunar que había entre esa gama de rojos: la anfitriona que, de negro, y peinada en alto, era la más refinada y elegante de todas: La Golondrina. Tú ser la ilusión única de cualquier existir –le dijo– escrutándola en toda su dimensión. (Lo mismo había hecho Gardenia diez años atrás, cuando la vió cruzando un parque en Salamina, y en forma cínica y directa la encaró: –Bien lo sé que una mujer tan pura y bella como un ángel, y con esos dedos de marfil, jamás tocaría un miembro, a no ser con sus manos enguantadas). Ella, haciendo abs278


tracción de la mala pasada con Gardenia, quedó encantada porque el libanés, contrario al anterior, fue todo sutilezas y le reafirmó que, con alguien como ella, se pasaría las noches enteras contemplándola extasiado. Qué distante estaba el hombre de ser un galán: aunque alto, era desgarbado, tan blanco que parecía albino, cabello hirsuto y de una edad imprecisa. Más parecía una marioneta que un ser de carne y hueso. Pero sus ojos claros, y el ser extranjero, le transmitieron a Ninelly toda la seguridad que con los avatares de la vida había perdido. Lo acogió con tanto donaire como si se tratara de un Emir. *** –Cómo se tornó de patética la modernidad, que se requiere ser promiscua y devoradora de hombres para que los príncipes azules se fijen en una mujer –dijo Martha Escobar, que a sus cuatro hijas solteras y muy bellas ningún hombre las había cortejado. ¡Sí, es increíble! –agregó Doralba Alzate– que con tantas muchachas buenas que hay en el pueblo, el extranjero se halla fijado, precisamente, en la más intensa y descarriada de todas. Y eso no es nada: –acotó una tercera que, aún más despechada que sus interlocutoras, quería echarle más pique al asunto– dizque se la lleva a 279


vivir a un palacio en Arabia, una tierra de jeques millonarios. Sí –reafirmó Martha– hombres inseguros, que sumidos en la pasión inmediata jamás alcanzan ni pueden complacer a las putonas de ahora. Y lo más dramático –intervino la tercera– es que, impotentes ante vampiresas tan insaciables, recurren a la opción más desesperada o heroica: ¡el suicidio! –Yo, Martha Escobar, voy a poner sobre aviso a ese ingenuo extranjero frente a esa sierpe sin corazón. Sería un sacrilegio si no lo hago. Las demás mujeres estuvieron de acuerdo, y una ráfaga de mensajes llegó hasta el míster: –Que por la ventura de Alá, o del Dios en que él creyera, se cuidara de esa engullidora y asesina de hombres. Que, aunque se la veía muy sofisticada, atendiendo a todo extranjero que llegara al pueblo, ya cargaba con dos víctimas a sus espaldas. –Que es indecente ante los ojos de cualquier sociedad que una sola mujer pueda hacer gala de los siete pecados capitales, puesto que tuvo la desvergüenza de compartir su lecho con dos hombres. Y el de la avaricia, ya que malversó, no con uno, sino con tantos amantes como su naturaleza le pedía, 280


una fortuna conseguida con mil sacrificios, dejando en la inopia a los legítimos herederos. –Que era impredecible, insegura e inestable. Cualquiera pensaría que el libanés, o no entendía lo que le detallaban en esas misivas, o sencillamente las ignoraba. Todo era atenciones para Ninelly. Y aunque nunca le dio una alhaja o un artículo fino, a diario no le faltaba con un detalle como una flor o un enredado poema, y esas atenciones reafirmaban la pasión de La Golondrina. Él le insistía que los hijos son la razón de la vida. En su clan, en Líbano, toda mujer estéril es repudiada y los hombres buscan aquella con la que se puedan perpetuar. Para Ninelly, la sola idea de sentirse en embarazo a sus treinta era ridícula. Podía ser válida para una joven esposa ilusionada; no para ella. Pero fue tal la insistencia del míster, que poco a poco se dejó sugestionar. –Con un hijo, muchas mujeres han podido retener y manejar a sus hombres –la animó Anatilde, su sirvienta. –Eso es verdad, –respondió la otra. ¿Pero a mi edad?

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–Bueno, en caso de que las cosas no funcionen, el crío te podrá servir de soporte en la vejez. –¿Nosotras, las de nadie, sí llegaremos a viejas? –Mediante a Dios que sí. No obstante, y a pesar de su incertidumbre, Ninelly dejó de tomar la infusión de papayo, brebaje que tanto a ella, como a las demás meretrices, las libraba de quedar en embarazo. Llamó a Nícida Granada, La yerbatera, para que le sacara los emplastos que le enfriaban y secaban la matriz, y que se la calentara de nuevo. La curandera, avisada de antemano para qué la solicitaban, sacó del bolsillo de su delantal un frasco con una sustancia viscosa. A diario –le dijo– a una copa de cristal le agregas por partes iguales una cucharada de ésta, mi pócima milagrosa, más otra de miel de abejas y un chisguete de aguardiente amarillo del de Manzanares. Lo agitas entre las manos hasta que se caliente, y recuerda tomarla en ayunas durante veintiún días que es el número mágico. Y lo principal, no lo vayas a olvidar: después de la relación te acuestas del lado derecho durante tres horas para que la semilla se defina y te nazca un varón. Si lo haces del lado izquierdo, te nacerá una hembra. Te aconsejo: en nuestra condición de mujeres de la vida es mejor traer hombres al mundo, que pase lo que pase, estarán siempre mejor parados. 282


Ninelly asintió. –Estarás feliz pensando en cómo te cambiará la vida siendo una madre privilegiada. ¡Ah!, y nada de cítricos, poca sal y mucha quietud. Estaremos sintonizadas por lo que pueda acontecer. ¿Quedó todo claro? Ninelly volvió a asentir, le dio las gracias y le pagó el favor. La mujer no sólo tomaba cumplidamente la receta, sino que también pasaba las horas acostada del lado derecho, y mientras leía y escuchaba música oriental se reafirmaba en que, para perpetuar el machismo musulmán, un varón era lo que precisaba parir. Y como parte de un hechizo, después de los veintiún días de la mágica toma, La Golondrina quedó encinta. Guardó la noticia dos meses más, para percatarse de cómo evolucionaban las cosas. Cuando se dio cuenta de que la criatura crecía saludable, y el míster se mostraba pensativo y ausente, le reveló el secreto. Fue tal su contento, que de inmediato empezó a proyectar el futuro de su hijo, a quien llamarían Fazlallah. Tener que nacer en Líbano para ser levantadu según ley islámica. –le aclaró en su habitual lengua enredada. Ella estuvo de acuerdo y se mostró feliz. 283


Después de un mes de contemplaciones durante noches de estabilidad plena, el extranjero le soltó una retahíla que la desconcertó: le salió con el cuento de que precisaba dinero para sacarla del país, que en Beirut, capital del Líbano, con creces se lo devolvería. Ninelly intuyó que algo ya no funcionaba, pero estaba coronando la cuesta y no podía ser pesimista. Tenía que creer en la buena voluntad de la gente, y marchar a la par con su destino. Le entregó su joya más preciada, el collar de esmeraldas, el que en tiempos de pasión y bonanza le obsequiara José Valerio Del Randall y, por lo que pudiera pasar, guardó su camafeo de oro, la pulsera de tres vueltas y los aretes de perlas, reservándolos para casos de máxima necesidad. El hombre miró en detalle las piedras enhebradas con una filigrana perfecta en unos hilos de oro de buena ley, y sus ojos brillaron con avidez. La haré evaluar, –dijo, y sonrió. Quince días después, el hombre se presentó furibundo. –Buena la hiciste, qué vergüenza pasé con mis colegas en Cali, al presentarles una imitación ilusoria, tanto en piedras como en mineral. Todo el mundo se burló de mí –dijo– mientras arrojaba con gran estrépito el collar sobre la mesa. –Aparece el collar legítimo, o las pailas con las morrocotas de oro, o de lo contrario no habrá via284


je. –Le gritó, mientras la miraba escrutándola con impaciencia y como si ya la odiara. Ninelly tomó su preciada alhaja, y llena de terror empezó a examinarla ante sus escépticos ojos. Supuestamente fue la misma joya que ella entregó días atrás. Era un trabajo con mucho detalle para ser imitada en tan poco tiempo. –Tengo los medios para aclarar el asunto. ¡No te preocupes! –le respondió simulando seguridad, e inmediatamente armó viaje para Manizales. Allí, lejos de las habladurías y donde nadie se enterara, solía en momentos difíciles empeñar sus esmeraldas. Todo por mantener su exclusiva vida social. Y también para la imprescindible droga de José Valerio, un vicio tan costoso como desgarrador. Al hacer el reclamo por la descarada suplantación le armaron tal escándalo por pretender calumniar a la prestigiosa casa de empeños en nombre de tan honorable prestamista, que ella se sintió impotente de reaccionar. Ofendida, fue a cuanta inspección de policía encontró, pero no halló forma de sustentar su demanda. Desconcertada, sin saber qué hacer ni a quién acudir, de pronto sintió que el mundo le daba vueltas. Ya le pesaba el embarazo y sudaba copiosamente. Estaba tan nerviosa que temió abortar en plena vía pública. Para controlarse, ella, que jamás fumaba, desde ese momento comenzó a aspirar compulsivamente ese veneno, 285


y continuó vagando y vagando sin hallar sosiego. Tuvo que regresar en el último transporte, con la desconcertante incertidumbre por aclarar si fue el prestamista, o tal vez el amante quien le había suplantado el collar de esmeraldas. Aunque en la casa no estaba el míster, sí notó que había sido minuciosamente registrada. Su espanto fue mayor al confirmar que ella era la última en enterarse de que, aún antes de su ausencia, su hombre venía cortejando a Marina, la hija de Aldemar Aguilar, un acaudalado personaje del pueblo. Enceguecida por los celos, le exigió respeto por esa descarada promiscuidad a la vista de todo el mundo, y consideración ante su delicado y prodigioso estado. Él, le respondió ser víctima de engaño y mentira, al retenerlo haciéndole creer que poseía una fortuna en alhajas y lo único que encontró fue unos culos de botella ensartados en un cordón de cobre con un ordinario baño de oro. Herida en su orgullo, le gritó que ya había intuído la clase de aventurero engatusador con que se había metido, y por suerte, no le había dado sus auténticas joyas. Ya él había comprobado que la riqueza de Ninelly sólo estaba en la imaginación de quienes vivieron un pasado glorioso, que por malos manejos se esfumó. Ofuscado, decidió terminar con ella cuanto antes. 286


–¿Acaso no quieres, o no puedes entender que, aunque hubieran sido legítimas, jamás me ataría a una mujer de la vida? Escéptica, le reclamó su falta de hombría al haberla inducido contra su voluntad a tener un hijo musulmán. Él le respondió con el cinismo más perverso: – Lo más solemne para cualquier sociedad son hijos dentro del matrimonio. ¿De cuándo acá, una prostituta sin fortuna se deja embarazar? Ella, enceguecida, se le abalanzó como una fiera: lo arañó, golpeó, escupió, y continuó insultándolo mientras lloraba desconsolada. El hombre, que esperaba ese tipo de reacción violenta, se le escabulló como pudo. A partir de ese momento se desapareció de su vista como los genios de la lámpara de Aladino. Transformada, Ninelly se plantaba durante horas frente a su hotel, o lo buscaba donde estuviera, suplicándole perdón y ofreciéndole el resto de joyas que le quedaba, sin revelarle que éstas permanecían en el monte de piedad. Ningún poder ni súplica lograron conmover al extranjero, que ahora era todo amores para Marina Aguilar. 287


Movida por los celos y la desesperación, Ninelly pidió ayuda a Azahabara, que ahora también vivía sumida en una pena de la que no quería salir. No obstante, la aconsejó y le prometió que, pasara lo que pasara, ella le ayudaría con la crianza del hijo sin padre. Que, al no haber más remedio, continuara con su embarazo. Y se centró en disuadirla de tomar alguna represalia contra el faltón: hay que retirarse con dignidad. Su casa, La Yocasta, también le pertenecía, allí nada le iba a faltar, y sería bien atendida durante y después del embarazo. –El que la hizo, la tiene que pagar. No quiero favores sino del referido, –le respondió la despechada. Y rechazaba el dinero y todo artículo que la comedida mujer le enviaba con la mejor voluntad. Ninelly optó por un desquite sangriento. Hacia el atardecer de un día martes se encubrió con una peluca plateada que le tapaba la frente y los pómulos, vistió un abrigo negro de peluche, calzó unas botas altas, y se armó con un cuchillo de carnicero. Los curiosos notaron cómo un insólito ser que blandía un arma, con paso decidido se dirigía al parque de San Sebastián. En el portón de los Aguilar, Marina se deshacía en risas ante el enredado galanteo con que la solazaba el extranjero, quien también se mostraba feliz.

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De súbito, Marina vio cómo un bulto oscuro y peludo con una estela brillante se le venía encima. Lanzó un grito de terror, y se desplomó. Fue una suerte, porque el arma terminó incrustándose en el portón. Ninelly reaccionó para encajar un segundo golpe al traidor, que paralizado del susto fue incapaz de reaccionar. Al desclavarlo, Ninelly cortó su mano con la hoja del cuchillo y empezó a sangrar copiosamente. Decidida, se aprestó a dar el golpe certero y borrar para siempre al amante infiel, pero unos transeúntes la sujetaron y redujeron a un ser patético, que cubría su rostro con una desordenada peluca y lloraba amargamente su destino. Poco después, la policía se hizo presente. Ese fue el momento más humillante de su vida: verse silbada y ultrajada por los noveleros que ante tanto escándalo se asomaban a puertas y balcones. Por su condición de mujer embarazada, a La Golondrina se le dio casa por cárcel. Dos policías, día y noche, uno en el portón y otro en el barranco trasero, fueron destinados para vigilar que la mujer no fuera a cometer otra fechoría. Marina Aguilar, temerosa de otra agresión por parte de la alienada rival, sin comunicarle a nadie su precipitada partida, muy de madrugada abandonaba el pueblo. Entretanto, el libanés, después

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de seleccionar el plano definitivo para presentarlo al consorcio árabe, mientras los parroquianos definían el lugar del emplazamiento, también desaparecía, y para siempre. Nunca nadie, ni siquiera el padre de Marina, que le dio una fuerte suma antes de partir, volvieron a saber nada de la pareja. Hay quiénes dicen que se la llevó a vivir al Medio Oriente. Los crédulos visionarios continuaron por muchos días ajustando y complementando el plano ideal de su babilónica nueva ciudad. *** La Golondrina, enloquecida, se dedicó a aplicarse lavativas, purgas con las cáscaras de papayo, movimientos bruscos y hasta lo imposible por abortar, sin resultado alguno. –La criatura está ya muy formada. Cualquier intento de aborto sería definitivo para ella, o para ambos –trataba de convencerla la partera. ¡Quiero morir!, ¡quiero morir!, –gritaba la mujer, golpeándose el vientre. –¿Acaso no se dan cuenta de que no quiero vivir, y mucho menos tener a un bastardo? La mujer lloró día y noche por el resto del embarazo, hasta que al fin dio a luz a la más indeseada 290


de todas las criaturas. Ni gota de leche brotó de aquellos senos constreñidos para alimentar a ese ser, que nació, abrió la boca y no la volvió a cerrar hasta que cumplió cuatro años. Lloraba día y noche con un quejido tan triste que partía el alma. Alienada, la madre lo golpeaba para que se callara y la dejara en paz, sin lograrlo ni un minuto, y terminaban los dos en unos berridos de nunca acabar. Quienes sin conocerla pasaban cerca de su ventana podían decir que había difunto y plañideras bien pagas en esa casa que no era sino un solo berrido. Ocho meses de eterno suplicio y llanto soportó la madre, sumados a una dieta forzada por la pobreza, un humillante reclusorio, las alhajas empeñadas sin tener con qué recuperarlas, abandonada, y lo peor, con un hijo que ya no deseaba. Y la orgullosa mujer, que no aceptaba la caridad de nadie, se fue por el camino de no retorno: la locura. Tan alienada terminó Ninelly que olvidó su usual orgullo y cayó al otro extremo. Exigía que todo el mundo tenía que ayudarla y atenderla, y aunque Azahabara trataba de no desampararla, no obstante a la otra no la llenaba nada. Gastaba compulsivamente en cosas innecesarias, y las meretrices dueñas de casas de cita le prestaron poca atención. Cuando La Golondrina estuvo en su reino las ignoró por completo y hasta las despreció. 291


En sus días de lucidez Ninelly miraba desconcertada cómo una cosecha de jovencitas muy bellas poblaban La Ronda, y que por módicas sumas se aprestaban a complacer a cualquier cliente. Aceptó que ya no estaba en edad de competir y que, al paso que iba su situación, terminaría como Nícida Granada: sirviendo a las demás. Un domingo, después de una noche en que no pudo conciliar el sueño, Ninelly amaneció rebujando todos los escondites de la casa. Empacaba y desempacaba recuerdos, algunos demasiado cursis. Hacia el medio día se aquietó, y mandó a su sirvienta Anatilde para convocar a todas a sus compañeras de profesión. Varias desocupadas llegaron a su presencia. Muy dramática e inestable, habló la mujer: –Hijas, ya es hora de bautizar a esta criatura sin padre y sin futuro. Es mi deseo incluirlas a todas como madrinas incondicionales del niño. Las damiselas se miraron asombradas. –Está más loca que una cabra –susurró La Caimana. Las otras asintieron. Desde el absurdo asesinato de Valentín, Azahabara se desconectó aún más de sus amistades y 292


de su clientela, que respetaron su dolor. Vivía tan irritable con cualquier voz o sonido que intentara distraerla, que ya no le apetecía salir, y menos ese domingo tan frío y lluvioso. Optó por enviar en su remplazo a La Tongolele, quien llegó presta a escuchar el pedido de su antigua camarada. Ninelly, apenas la vio llegar sola y con las manos vacías, la sacó a estrujones y antes de tirarle la puerta gritaba que no quería compasión, ni consejos a distancia, y que era el colmo que esa desagradecida Tetimocha, o yerba mala, o como la llamaran, no acudiera a su presencia en el momento en que más la necesitaba, y olímpicamente se escudara enviando a otra en su lugar. Todas miraron compasivas a La Tongolele, que se retiró muy apenada. Anatilde, percibiendo una pesada y oscura energía en todo el hogar, para espantar los malos espíritus colocó sahumerios con incienso y plantas mágicas en los rincones, y colgó en las paredes estampas de santos. Dispuso un rosario de velas haciéndole marco a la sala, y en el centro, sobre una mesita, una palangana con agua bendita y dentro un santo Cristo de cobre. La Golondrina, con un persistente tic en el ojo y mano izquierdos, y Anatilde su sirvienta, iniciaron la ceremonia.

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Antes de que cualquiera hablara, la nana pidió que el niño debería llamarse Celedonio, nombre del santo del día de su nacimiento. Todas objetaron ese nombre tan feo y arcaico. –Mejor Valentino, como el chulo de moda, intervino La Churrasca. Las demás aplaudieron. –Padrinos no hay ni habrá, puesto que no creo en ningún hombre. Las mujeres aplaudieron. –Tus madrinas todas quieren un apelativo actual. Te llamarás Valentino Aguirre Jaramillo, como los poderosos de Salamina, –agregó la madre mientras se rascaba la cabellera, que soltó un montón de caspa, y con falsos mimos le cerraba la boca a la criatura y lo abanicaba para que se callara. Muy solemne, Anatilde fue sacando del fondo de la palangana el Cristo, que escurría agua, y con él asperjó al niño que, como le era usual, lloraba sin compasión. Por un instante calló, abrió los ojos como tratando de comprender qué cosa terrible le estaba sucediendo, y con mayor intensidad incrementó sus berridos. Impacientes, las mujeres taparon sus oídos con las manos, lo que Anatilde, con evidente desconfianza, aprovechó para asperjarlas con el Cristo a ver si el diablo de la lujuria las dejaba en paz. 294


–¿Qué estás haciendo, vieja loca? No ves que con esa condenada agua nos estropeas el maquillaje, berreó, La Caimana. Es agua bendita, que las librará a todas de las garras del demonio y de su licenciosa y arrastrada vida, –remato la anciana. –Agua con inmundicias de viejas que nunca se bañan, o si no, mira cómo está de turbia y mohosa. –Mohosos y turbios tienen ustedes el alma y los ojos, que no les dejan ver sino lascivia y demonios disfrazados de galanes por todas partes. ¡Acelera el bautizo, Ninelly!, –exigieron las madrinas, muy alteradas. La Golondrina, solemne, se plantó firme en el centro del salón y con el Cristo entre ambas manos, trazó en el aire una gran cruz sobre la humanidad del niño, que gritaba entre una cesta de mimbre. –Los dioses te guarden y protejan por siempre, Valentino Aguirre Jaramillo, y dio por finalizado el rito. Todas celebraron. Yo me voy –anunció La Golondrina, que más que ninguna de las presentes, cuanto antes y para siempre quería desaparecer de ese infierno de be295


rridos, pobreza y locura– Debo ir hasta Beirut para cobrar unos dineritos que tengo por allá pendientes, y como el viaje es un poco largo, les encargo a ustedes, las legítimas madrinas, el cuidado de Valentino. Yo estaré de regreso antes de la Nochebuena, que estoy segura será la más feliz. Las damiselas la rodearon para darle valor. Eran incapaces de negarle nada a alguien que en estado tan deplorable pedía tan insólito favor. Muy compungidas, aceptaron cumplir el madrinazgo. –Nada le faltará a Valentino durante tu ausencia, decía la una. –Yo estaré pendiente de su leche, acotó otra. –Y yo de sus pañales, dijo una tercera. Nos turnaremos –agregaron las otras– en un intento de desprenderse del compromiso de una vez. ¡Gracias! –exclamaba Ninelly, mientras las besaba insistentemente y repartía bendiciones a diestra y siniestra. Por último, alzó las manos clamando al cielo. Luego, con la mirada fija, empezó a observar todos los rincones como buscando algo, o alguien perdido. –Ya voy, espérenme, pidió a sus fantasmas imaginarios. Tomó su maleta y, sin mirar más atrás, corrió tras las visiones agitando su mano izquierda. 296


Las mujeres quedaron atónitas al verla escabullirse en estado tan lastimoso. –¡Espera!, ¡espera! ¿Adónde crees que vas tan tarde y en día domingo, con esa facha y en semejante estado? –¡Ya lo sabrán, ya lo sabrán!, remató la alienada escurridiza, haciendo guiños picarescos como quien esconde una pilatuna. Y La Golondrina, cual ave ingrata, alzó el vuelo para no regresar nunca jamás.

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XXIX CELEDONIO [Sin miramientos ni compasión alguna, como a un animal peligroso, a punta de bolillo le mataron a su muchacho. Tenía catorce años.]

Como lo intuyera Anatilde, ida la comadre, acabado el madrinazgo. Al agotarse las minas, principal recurso de la región, la subsistencia se fue tornando difícil, y más para una población acostumbrada a los lujos y la frivolidad. La efímera riqueza de ese elemento tan impredecible como es el oro, nada bueno les había dejado: desempleo creciente, continuos brotes de violencia con tendencia a perpetuarse, inestable el subsuelo de la población, un cinturón hídrico contaminado, y una zona de prostitución tan amplia que ya nadie podía mantener ni recuperar. Las incondicionales damiselas de La Ronda fueron las más afectadas, no sólo por la falta del oro, sino con el suceso que menos se esperaba: las muchachas del parque, con sus lances audaces por atender y no descuidar a sus novios, las venían suplantando radicalmente. 298


Movidas por sus necesidades de sobrevivencia, se olvidaron de su compromiso con el ahijado. Anatilde, una indígena del resguardo de San Lorenzo, a quien la dura vida tornó en mujer muy práctica, que a pesar de su avanzada edad aún se conserva activa, no quiso sustraer nada de la casa de su desubicada patrona, plagada, según ella, de fantasmas y malas energías. Con sus manos arrugadas y temblorosas selló puertas y ventanas con tablas remachadas con clavos de seis pulgadas. Su voluntad era que El Pielroja permaneciera intacto hasta que a su dueña, como a la mala muerte, le diera por regresar. Entonces la dejó a la suerte del tiempo. En un predio ubicado al final de la calle de los prostíbulos, y en un convite amenizado por una chirimía que duró tres días, sus hermanos de raza le construyeron a Anatilde un rancho con techo de paja, y paredes y pisos con guaduas y esterillas. Por fin tendría casa propia. Ya instalada con el niño se sentía plena. No le importaba criar a un muchacho que, aunque lloraba mucho, era blanco, y lo mejor, suyo hasta que –no lo quiera Dios– le diera por regresar a la desventurada madre. El límite de su terreno era una cañada con un enmarañado monte, al que poco a poco ella iba conquistando con pequeños sembrados de hortalizas, las que por encargo vendía a sus vecinas, y 299


gente que le compraba por ayudarla. Hasta que Tomasa, una de sus amigas, la ubicó en un rincón de su puesto en la plaza de mercado. Allí, en una teja de barro a modo de cuna, suspendida en un soporte que recibía el calor de una candelilla, y envuelto en hojas sancochadas de plátano o de bihao, empezó a formarse el niño Celedonio entre el regente olor de la albahaca, la yerbabuena, la ruda y otras plantas aromáticas. –Somnoliento brote amarillo, así lo apodaron las legumbreras vecinas, quienes para controlar sus lloriqueos, a escondidas de Anatilde le llenaban el biberón con agua de panela y leche hirviendo, al que le agregaban un concentrado de semillas machacadas de cilantro. –Ni el cloroformo es más efectivo para adormecer los sentidos, y más los de un niño, comentaban entre sí Tomasa Hurtado y Clotilde Bueno, sin que Anatilde sospechara que la placidez de su hijo se debía a que, de días atrás, se lo venían dopando. –Que nunca le falte al llorón ese somnífero. Pobre mujer. Si no fueron las tomas que utilizó la madre para abortar, posiblemente fue el extracto de cilantro diluido en esos biberones la sustancia que incrementó el retraimiento de Celedonio, quien creció 300


siendo un holgazán, y sólo vivía para comer y dormir. No hubo poder sobre la tierra que lo motivara por hacerle un favor a su madre de crianza. Paradójicamente se desvivía por ser el servil mandadero de las damiselas, sus relajadas madrinas. Hasta los doce años transitó libremente por bares y prostíbulos, y con una inocencia angelical pudo ver cosas vedadas a un muchacho de su edad. Pero fueron las canciones de las vitrolas lo que lo mantenían alelado y sustraído de la realidad del mundo. Un edicto nacional que, a mediados de los años cincuenta, obligaba a todos los muchachos mayores de seis años a asistir a la educación elemental gratuita, cambiaría radicalmente la vida de Celedonio Uchima, como en un rito atávico lo había bautizado su madre de crianza, y que lo enfrentaría a ese que, en adelante, sería su infierno: la escuela. Después de empadronar a los muchachos aptos para estudiar, Tabita, el policía asignado por la alcaldía municipal, supervisaba, lista en mano, que ninguno de los inscritos faltara a clase. A las nueve de la mañana ya sabía quiénes eran los capadores. Después de veinte días empezó a faltar Celedonio, por lo que se dedicó a montarle la guardia, y le madrugaba para que no se le escapara por el monte o el potrero. Celedonio había desarrollado un apetito tan feroz, que a toda hora se le veía por ahí rebuscando y 301


engullendo todo lo que fuera masticable. De nada valían las tundas ni las amenazas de dejarlo sin comida si no asistía a la escuela. Prefería sacrificar lo que sin duda era su única justificación en la vida, comer sin límite, a tener que asistir a ese plantel donde cada día lo regañaban, le daban reglazos, y era objeto de burlas por parte de sus compañeros, que se irritaban con su tartamudez y, lo más dramático: a sus once años resultaba ser el más viejo, alto y menos inteligente de primero elemental. De días atrás, Celedonio frecuentaba una banda de malosos, a quienes los campesinos de la región llamaban los Ponzoña y les temían más que a los gusanos de invierno. Alzaban con todo lo que encontraban, y ni los frutos verdes se les escapaban. Las malas compañías le enseñarían las delicias de la rolliza, una deidad femenina con senos y carnes generosas, labrada con fines ceremoniales por antiguos nativos sobre una roca ovoide en la parte alta del río. En invierno el agua anegaba esa divinidad y los muchachos desnudos, sostenidos por bejucos, se revolcaban complacidos sobre la superficie lamosa. En verano la ungían con aceite de higuerilla o de almendras tornándola resbalosa, y como la piedra tenía matices dorados, resultaba tentadora. Ése sería el posterior refugio de Celedonio hasta que un día Tabita, el policía, le siguió los pasos y lo pilló in fraganti. Estaba solo, sumido en su desahogo, y Tabita le escondió la ropa para que no se le escapara. Luego, como si se tratara de una 302


res lo ensogó, le ató las manos, le dio una tunda por vicioso, y lo arrastró en cueros hasta la entrada del pueblo, donde fue el hazmerreír de todo el mundo. Celedonio se juró entre dientes que algún día mataría al hijueputa de Tabita, que era tan lambón que, cuando no tenía algún infractor para encerrar o joder, se la montaba a la misma madre o a los otros policías. Todo parecía indicar que nadie se preocupaba por la apariencia personal de Celedonio. Pasaba semanas con la misma ropa, y por su desagradable olor se podía asegurar que no se la quitaba ni para dormir. Llegaba tarde y entredormido y legañoso a clase. Las directivas del colegio citaron a la madre para que le pusiera más cuidado. Anatilde, que era incapaz de controlar al muchacho porque una pubertad temprana lo había tornado muy rebelde, y además su puesto de legumbres en la plaza de mercado le absorbía todo el tiempo, llena de vergüenza y conocedora de la fobia que Celedonio le tenía al agua, después de tantos años de hacer abstracción de sus vecinas las damiselas del barrio, madrinas del muchacho, recurrió en su ayuda. Éstas se compadecieron de la anciana y se comprometieron a que, por turnos, lo bañarían y le cambiarían de vestido cada ocho días. Los domingos terminarían siendo su mayor tormento: Esas malditas viejas pintadas de putas le madrugaban y lo cogían a traición. En pandilla lo desnudaban y lo metían en la pileta donde abrevaban los caballos de la clientela 303


que acudía a esos decadentes lenocinios, y que era puro hielo. Allí, en medio del gran alboroto del vecindario, y pataletas del muchacho, lo restregaban con estropajo y jabón de tierra, arrancándole las costras, liendres y las legañas, y le apartaban las manos de los genitales que él con gran pudor trataba de resguardar. Acaso no te das cuenta de que nosotras, tus madrinas, los hemos tenido de todos los tamaños, colores y sabores, y entonces por qué te avergüenzas –le decían. El muchacho quedaba sobrecogido sin entender lo que le decían. Luego le ponían el vestido dominguero, y en grupo lo arriaban hasta la escuela para que, con los demás estudiantes, asistiera a la misa de ocho. Celedonio llevaba un pantalón de paño negro al que ya se le había bajado la bota tantas veces hasta que no hubo de donde más, y él desproporcionadamente seguía creciendo y no tenía otro de recambio. Los perversos muchachos se lo gozaban y en pandilla se mofaban de sus calzones. Se liaba con los bromistas, pero cada vez sus adversarios iban en aumento, y él siempre era el perdedor. A sus trece años Celedonio era el individuo más alto y desgarbado de la población. Su desconcierto no tenía límites cuando sus vecinos le decían que padecía de la pituitaria y él no entendía qué era eso, y más cuando le aclaraban que seguiría creciendo hasta los veintiún años, por lo que en 304


un desesperado intento por bajar su talla empezó a curvarse y a desarrollar una marcada deformidad en la columna. Para colmo de males, a esa edad no había podido pasar de primero elemental. En un medio tan hostil le era imposible concentrarse. Don Javier Rivera, su profesor, era un ser irritable y nervioso, que se impacientaba con el tartamudeo del asustadizo muchacho. Siempre que su alumno le preguntaba o le respondía algo, de manera ofensiva le gritaba que él era tan bestia que, si lo devolvían al curso de los párvulos, de seguro lo reprobaría. En lo posible lo ignoraba, igual que el resto de compañeros que lo consideraban demasiado alto, feo y estúpido para jugar o tratar con él, o despertar otros sentimientos que no fueran el desprecio, la burla o la rabia. Esta marginalidad no le era extraña. La venía sufriendo desde el primer día en que pisó la escuela, cuando en su clase todos, inconscientemente, empezaron a tartamudear. Lo mantuvieron en cuarentena hasta que se confirmó que el seseo era contagioso. Entonces le cerraron la puerta de la escuela, temporada en la que él fue muy feliz porque volvió a vagar libre por los campos y el río. Como el edicto era obligatorio para todos los estudiantes tuvo que regresar, y entonces se le prohibió hablar en clase. Debía presentar sus tareas por escrito, y para responder a lista bastaba con que levantara la mano. Además, por ser bastardo, hijo de una prostituta que lo había abandonado de brazos, repre305


sentaba un mal ejemplo en un pueblo con familias tan sanas. Por lo que siempre se le veía solo y ocupando el último lugar del salón. Celedonio había oído hablar de una tierra promisoria llamada Pereira, y ésta se le convirtió en una obsesión. Para él, todos los caminos conducían a ese lugar, pero la veía tan lejana y distante como una estrella del firmamento. Un día en que don Javier Rivera, coordinador del grupo, pudo por fin recoger los tres meses de arriendo que le adeudaba a la agiotista del pueblo y ante el acoso de ésta, se le ocurrió enviar el dinero con el más grande de sus alumnos, con Celedonio Uchima, advirtiéndole mucho que no se regresara sin el recibo debidamente firmado por doña Laura. Él, que nunca había visto tanto dinero en sus manos, tragó saliva y, por primero vez, no tartamudeó ante su profesor: –Sí señor, lo que usted diga. Lo vieron salir presuroso de la escuela, como cuando alguien, después de un prolongado encierro, corre sin mirar atrás en pos de la tan anhelada libertad. Dos bomberos de la estación de gasolina de la ruta hacia el municipio de Anserma, contaron posteriormente que lo vieron llegar muy agitado y con un atadijo de tela de dril colgado a la espalda. Pidió chance a un camionero de una caravana que 306


transportaba café para el Valle, quien no tuvo reparo en recogerlo y se lo llevó tan lejos que se perdió del panorama el pueblo. Don Javier, que durante dos largos años tanto le atormentó la vida a su perturbado alumno, al punto de que no le permitió que pasara del primero elemental, casi sufre un infarto al notar que, día a día, se le incrementaban los intereses de su prolongada deuda con la agiotista. Durante semanas se le vio apesadumbrado, de mal genio y hablando solo. La ciudad de Pereira deslumbró al novato aventurero, quien buscó hospedaje económico por los lados de la plaza de mercado, donde podía darse el gusto de variedad de platillos que lo mantenían ahíto, y en el paraíso de la despreocupación. Como la miel empalaga, después de dos meses de ausencia y sin tener el deseo ni la necesidad de buscar trabajo, sintió por primera vez la falta del hogar. El recuerdo de su madre lo preocupaba. Antes de que se le agotara el dinero compró en un almacén de cadena algunos paquetes de productos procesados que serían novedad para su vieja. Malicioso frente a la pasada fechoría con su profesor, regresó pero no a su casa, donde sería blanco fácil del hijueputa de Tabita y de aquellos que siempre le hicieron la vida imposible, como el profesor de esa escuela de mierda. Buscó el cubil de Los Ponzoña, sus amigotes de fechorías, 307


quienes lo pusieron al tanto del atraco que perpetuarían, incluido él, el próximo sábado. Celedonio mandó un recado a su madre, y ésta de inmediato acudió a su llamado. Fue cuando Anatilde constató que eran ciertos los rumores del alcance que esas malas compañías ejercían en su muchacho. Llena de terror y desamparo, ingenuamente, notificó a la encargada del correccional de familia acerca de la hora y lugar en que Los Ponzoñas llevarían a cabo un posible robo. Todo a condición de que se le respetara la vida a su muchacho, pues era víctima de esos malosos que lo estaban llevando a la perdición. La encargada se comprometió a ayudarle en todo. La policía llegó y Los Ponzoñas, al verse acorralados, dejaron como cebo al inexperto muchacho y huyeron. –¡Celedonio, te llevó el demonio! –le dijeron, y sin respetar el pedido de la madre, a punta de bolillo le dieron una muerte cobarde. Tenía sólo catorce años de edad. Anatilde estaba muy ofendida con los espíritus de sus mayores que no quisieron iluminarle para callar oportunamente su lengua ante esas dos mujeres que se hacían llamar sicólogas, quienes en lugar de socorrer a su hijo lo desampararon, traicionando su pacto con las consabidas consecuencias. ***

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Dos meses atrás, después del robo, don Javier Ribera presentó su denuncia ante la inspección de policía del pueblo, y la madre de su pupilo fue interrogada ante él y dos sicólogas: –Señora Guapacha, ¿sabe que su hijo anda o frecuenta una banda de atracadores llamados Los Ponzoña? –¡Atracadores, no! ¡Cositeros, sí! Lo supe después de que en este condenado pueblo se desató esa falsa denuncia de cuatreros contra unos inquietos muchachos, incluido mi hijo. Y que luego, con evidencias pertinentes, se aclaró que los verdaderos forajidos eran los Aristizábal, pero como ellos eran ricos y de buena cuna, la cosa no pasó a mayores y se acalló el asunto. Anatilde recordó que cierto día, en la plaza de mercado, unos muchachos comentaban que Celedonio, el hijo de la verdulera, era tan alto que podía cortar un racimo de plátano sin tumbar la mata, y tan flaco y elástico que lo obligaban a que se introdujera por cualquier orificio. Sólo que no lo creyó, o no lo quiso creer, porque para ella su humilde muchacho era incapaz de tanta audacia. –Pero sépanlo, señoras –agregó Anatilde– que si él buscó ese tipo de amistad lo hizo por pura necesidad, porque requería de alguien con quién estar, compartir, y que lo tuvieran en cuenta para 309


algo. Imagínense a qué no se sometería el muchacho para que lo aceptaran Los Ponzoña en su grupo, ya que de todo el mundo y en todas partes sólo ha recibido rechazos e insultos, ¿o estoy mintiendo, señor profesor? Aunque don Javier se enrojeció, nada respondió. –Señora, usted conoció los padres de Celedonio. ¿Cuál cree que fue la causa para que él naciera con cierto retardo? –El muchacho no nació retardado, más bien disipado, que es mucha la diferencia. Su madre era Ninelly Aguirre, una mujer de vida licenciosa. ¿Saben ustedes qué es eso? Las interlocutoras asintieron. –Ella sufrió mucho durante su embarazo. Sólo de amarguras alimentó a la criatura, que después de nacer siempre vivió con un perfil tan bajo que, en vez de lástima, la gente le tenía rabia. Su cruel tartamudez lo hizo un solitario. Créanme que nació, abrió la boca, y no la volvió a cerrar hasta que cumplió los cuatro años. –Ciertas personas que conocieron el origen de esa doña Ninelly dicen que cuando llegó al pueblo venía completamente chiflada, y solía hacer actos tan insólitos como esquilmar a los hombres, hasta que la fueron dejando sola.

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–¿Y así no cree usted que la cleptomanía de Celedonio sea hereditaria? –Bueno, no sé qué es eso que acaba de preguntar, pero nadie tiene méritos para juzgar la vida de los demás. Aunque se trate de una prostituta, cada quién tiene su modo de subsistencia, como lo tienen ustedes con sus martirizantes interrogatorios. Ellas se miraron, ofendidas. Anatilde quería confirmarles que Ninelly no era loca, no por lo menos antes de quedar en embarazo. –Aunque no niego que ella siempre vivió angustiada e inestable por su incierto destino, y eso bien pudo incidir en el futuro comportamiento de mi muchacho. –¿Y ese abuso de confianza o robo a este honorable señor, don Javier Ribera, profesor de la escuela elemental, cómo lo califica usted? Don Javier ajustó bien sus posaderas en el sillón y se quedó expectante ante la respuesta. –Bueno, aunque yo estoy en disposición de saldar ese dinero, quiero aclarar antes un asunto: Celedonio lo hizo, según me comentó uno de sus compañeros, porque este condenado profesor, que se dice ser maestro, se ensañó con él. Todos los

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santos días que iba a la escuela, cuando no lo castigaba, lo regañaba. Y todo por causa de la infidelidad de su esposa. El escándalo de la mujer lo ha mantenido desquiciado. El que se las pagaba era mi muchacho. ¿Ustedes que son tan estudiadas, que harían si se encontraran en una situación similar? –Respeto señora, respeto, alcanzó a reclamar el hombre, que temblaba y sudaba copiosamente. Las consejeras de familia callaron. La sabiduría natural de esa humilde mujer las adelantaba. No obstante, la directora, para no perder su rango, muy seria la censuró: La letra con sangre entra, y a falta de padres, cualquiera puede ser un buen orientador, y más tratándose de un profesor. –Pero no en una forma tan enfermiza y reiterativa. Eso sí es perversión. La otra orientadora se mostró más permisiva: –¿Es verdad lo que usted nos dice? Porque, de lo contrario, es una calumnia contra alguien como este señor, que se tiene en gran estima y respeto en el pueblo. El hombre estaba tan acobardado que quería salir cuanto antes de ese careo. ¿Pero, y su dinero? –Yo no miento. ¿Qué razón tendría para hacerlo? Allá ustedes si no me creen. 312


–¿Dijo usted, señora, que reembolsaría el dinero hurtado? –Si me dan el tiempo necesario, lo haré. Al profesor le volvió el alma al cuerpo. Poco le importaba que despotricaran de sus problemas conyugales. Para él, el dinero lo era todo. Agradeció la buena voluntad de la indígena, porque no dudaba de que le pagaría hasta los intereses, y de inmediato abandonó el lugar. –Si sabe algo de su muchacho dondequiera que esté, háganoslo saber, que estamos dispuestas a ayudarle en todo, y los menores de edad tienen sus garantías. Esa es nuestra función. Anatilde se mostró conforme y tranquila con ese ofrecimiento. Fue cuando Celedonio regresó que la angustiada Anatilde recurrió a esa salvadora oferta profesional, que a la hora de la verdad resultó ser fallida, pues sin miramientos ni compasión alguna, como a un animal peligroso, le mataron a su muchacho. Tenía catorce años.

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XXX OCASO DE LA RONDA [–¡Tomá pa que te llenés!, y te des cuenta que la posesión del oro es infernal, pues jamás te permitirá volver a hallar la calma. Yo sé bien por qué te lo digo.]

Tan pronto como Ninelly, atormentada por la locura y sus fantasmas, que la llevaron a abandonar todo en ese pueblo que siempre le fue hostil –aún a su hijo– para luego esfumarse, Nitria, madre de los supuestos hijos de Félix María, llegó a reclamar herencias. Nadie se lo esperaba, ya que todo el mundo sabía que esos niños no eran hijos de Félix María, sino que Nitria se aprovechó de su condición de ineptitud para que le firmara un documento reconociéndolos como propios. Para ello había buscado la asesoría de un abogado que puso en orden sus papeles y, con dinero de por medio, apelaron ante la autoridad competente, que la amparó para que con esos argumentos reclamara lo que quedaba de sus fallecidos yernos.

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No era ambición lo que la movía a obrar en forma tan desmesurada. Ella era una mujer muy práctica y la sucesión de su marido estaba a buen recaudo. Su tenebroso deseo era vengarse de todas aquellas perversas que, en forma directa o indirecta, no sólo le habían sonsacado, sino que también le enyerbaron a su hombre, al punto de que lo redujeron a vegetar de por vida, convertido en un ente sin carácter, ni decisión, al que habría que proteger y cuidar hasta la muerte. Para lograr su cometido, y consciente de lo que podría obtener y de quién, primero hizo abstracción de las abandonadas minas. Que las exploten aquellos que tengan dinero y espíritu emprendedor. Si es que dan con suerte, porque la maldición del negro Candelario (capítulo XVI) es tan eficaz como la del arzobispo. Pasarán generaciones hasta que el oro vuelva a aflorar en los socavones. Mientras tanto, nadie obtendrá ni un tomín. Por lo que, de días atrás, venía siguiéndole el rastro a todo lo perceptible que aún existía: ciertas propiedades, algunas alhajas empeñadas y otros haberes de los que ella sabía que estaban libres de embargo. El Pielroja fue de inmediato saqueado y su construcción, que aún en época de La Golondrina amenazaba ruina, fue rematada a menos precio. Desde su inauguración, La Yocasta conserva su usual esplendor. Es de los pocos sitios que, por sus preciosas mujeres, dan cuenta de una persistente clientela. Por todo eso es la más sugestiva y envi315


diada de La Ronda. Y Nitria le cayó como buitre. Desesperada, Azahabara recurrió a la peor de todas sus decisiones: buscar el amparo del viudo Rufino Aguayo: un hombre que llegó al pueblo veinte años atrás, nadie supo de dónde, bastante mayor, que a más de su elevada estatura era irritable, celoso y avaro. Un pícaro con suerte, y eso lo tenía muy claro. Toda mujer que frecuentaba tenía que ser superior a él, no sólo en clase sino también económicamente, y con su verbo arrasador había logrado que cada uno de los tres suegros con los que trató en quince años que duraron las tres uniones con sus esposas, le apoyaran sus proyectos, no sólo con dinero, sino también hipotecando sus casas o fincas, y desmantelándolos en vida. Ahora, lo que aguijoneaba las mentes de los frustrados cazadores de fortunas era ser testigos de la suerte de ese pícaro, que tan pronto como quedaba viudo le resultaba la ingenua, o bruta, que con dote aceptable se sometía a convivir con la muerte, que por evidente, era pregonada por todos en el pueblo. No obstante, el hombre seguía igual: rozagante y floreciente, sin ser tocado por la justicia, ni por los parientes de sus víctimas, y mucho menos por su conciencia. Es que siempre existirá la mujer crédula, servil y miserable –se decía comentando la oscura convivencia que tuvieron en su momento Luisa, Estela y Amparo con Rufino Aguayo. Las tres parecían 316


engendradas con los mismos genes y reencarnadas las dos últimas en la primera. Mezquinas, eso fueron o parecían ser, más ambiciosas que el propio marido, atadas toda una vida a sus molinos como entes sin retribución. Parece ser que él, con una compulsión sin límites, las instigaba para que trabajasen a diario desde la madrugada hasta altas horas de la noche. Siervas sin voluntad para el reclamo ni la autoestima, que se alimentaron y durmieron mal hasta la muerte. Agregan algunos que las conocieron y trataron en vida que, expoliadas hasta la ceguera, sólo pensaban en economizar para un futuro incierto. Las tres, aunque de épocas y crianzas distintas, durante el tiempo en que compartieron el infame lecho del tal Rufino, fueron incapaces de imponerse para negarse a vivir en ese sótano infernal, junto al molino, donde los raticidas y químicos, el ruido de las máquinas y las partículas de harina, enrarecían el aire. Se las veía a toda hora tosiendo espolvoreadas como cucarachas de panadería. Aunque otros comentaban que por temor a ese hombre despiadado y tacaño, que no admitía más empleados, impotentes en su condición, se habían sometido a su destino mientras él, en su codicia, fuera de la trilladora, manejaba otros negocios turbios. Luisa, la primera esposa, desarrolló en ocho años de claustrofóbica unión una tuberculosis que la llevó temprano a la tumba. Murió a los veinticuatro años, ojerosa y triste, sin entender por qué 317


ni para qué había venido a un mundo tan hostil. Lo mismo aconteció con Estela, que al encontrarse mediatizada por esa tiranía que no le permitía enterarse ni saber lo que le estaba ocurriendo a ella y a su entorno, también sucumbió de tristeza. Su natural nervioso, endeble y enfermizo no resistió los embates de su destino. En sus momentos de soledad sentía el espíritu suplicante y desgarrado de su antecesora, reclamándole su lecho y heredad usurpados. Después de cinco años de pesadillas supo que portaba la tisis de la temida Luisa, su rival, que la atosigaba desde ultratumba. Horrorizada, lo tomó como un aviso de la difunta para que dejara el tálamo libre, por lo que se abstuvo de tomar cualquier medicina que, bien prescrita, la habría salvado a tiempo, pero se rindió ante sus tormentos. Y como si el estigma de la tisis se hubiesen afincado allí, finalmente Amparo, una veterana poco agraciada, conocedora de la suerte de sus predecesoras, por temor a la soltería (se especulaba que era mayor que el mismo Rufino) le había dado el sí. Que Amparo hubiera muerto tan pronto, después de dos años de casada, reafirmó la sospecha de los que creían que Rufino era un asesino en serie que inoculaba en sus víctimas, no sólo el virus de la tisis, sino también la terrible e incurable sífilis para quedarse con sus haberes. A partir de entonces lo señalaban como el Barbazul de los molinos. La naturaleza es sabia y excluyente al no consentir que semejantes exabruptos vayan a dejar 318


descendencia –sentenciaban todas aquellas que alguna vez cayeron en sus redes y fueron utilizadas y ultrajadas al punto de sentirse objetos de trueque. En su juventud el hombre había pescado una sífilis tan maligna que lo dejó estéril. Se automedicaba apaciguando por tiempos su mal tratada enfermedad, primero con mercurio en todas sus formas: baños de vapor tóxico, polvos, ungüentos y hasta bebiéndolo con vino, menjurje que lo hacía salivar de continuo, por lo que lo apodaron Salivazo. Luego, inyectándose Salvarsán. No obstante, mujer que disfrutaba la consumía dejándola yerma. El mal francés, como solía llamarse entonces, lo llevó hasta su lecho conyugal. Por más tratamientos a los que se sometieron las desventuradas esposas, y promesas que mandaron a todos los santos, ninguna le había dado un descendiente. Quizá por eso era intransigente, colérico y ofensivo con todo el mundo. Viudo de su tercera y última esposa, después de dos meses de supuesto luto se dedicó a gastar en forma desaforada lo que las otras produjeron. En una de sus borracheras cayó ante los encantos de la supuesta dueña de La Yocasta. En un principio se mostró diligente y generoso, y para sacar del apuro a la mujer le compró a Nitria La Yocasta, pero con escritura a nombre de Rufino Aguayo, por lo que Azahabara volvió a quedar en el limbo. A más de eso, pronto el hombre mostró su verdadera careta: la del oportunista descarado. Ahora comía, bebía y era atendido por las muchachas de La Yocasta sin dar ni un centavo. 319


–Estoy en mi justo derecho. Si no les gustan los parámetros de convivencia impuestos por mí en esta casa, ¡piérdanse de mi vista! Por lo que ahora, Azahabara y sus muchachas estaban más desesperadas que antes. El conchudo no sólo pedía licor hasta quedar inconsciente, sino que a diario exigía que una muchacha distinta lo atendiera. Con su usual cinismo le prometía a la cándida de turno: –La mujer que me dé un hijo será mi heredera universal. Ya ninguna creía en sus fingidas promesas, y menos deseaban atenderlo de nuevo hasta que, pasados, seis, meses, de continuo abuso, la copa se rebozó y le cerraron las puertas de La Yocasta. Enlagunado, llegó un amanecer dando fuertes golpes a la puerta, primero con el puño y luego con una piedra, exigiendo que le abrieran y le dieran la cara, o que le desocuparan su casa cuanto antes. Azahabara tuvo apenas tiempo de cubrir su transparente traje de dormir con una sábana y corrió a la puerta. De inmediato, Rufino empezó a zarandearla al tiempo que la insultaba. –No hay derecho a que mi patrimonio, conseguido a fuerza de constancia por mis dignísimas esposas, en un loable sacrificio que les costó la vida, ahora esté en manos de un grupo de prostitutas oportunistas, que pintoreteadas hasta el cogollo viven de engañar incautos. Se ensañó en ofender320


la y golpearla, cosa que ningún hombre, aparte de Ramiro Assís, le había hecho nunca antes. Azahabara revivió esa atrocidad, y reaccionó furibunda. Insultos y puñetazos de ambas partes se desataron por la sala en medio de gran alboroto. De pronto él logró arrancarle la sábana y desgarrarle la túnica, y sus senos por primera vez, bajo la luz directa de las lámparas, quedaban expuestos ante un bruto sin pizca de sensibilidad ni compasión, que iracundo con los arañazos que recibía en el rostro y brazos la alzó de los cabellos, y al estrujarle los senos que acababa de descubrir quedó sorprendido y reaccionó irónicamente gritando a todo pulmón: –¡Tetimocha, sos una puta teticortada, una frígida que siempre ha rehuído el contacto de los machos, y por eso siempre estás sola! ¡Fuera puta y todas tus rameras de lo que es legítimamente mío! Y entró en La Yocasta quebrando todo cuanto encontraba a su paso. Entonces aparecieron Tongolele y las demás muchachas con dos acompañantes que se quedaron de amanecida, y sólo con la fuerza confabulada de todos lograron controlar al hombre, que al verse sujeto en el piso sin capacidad de acción empezó a expulsar una flema espesa de su desfigurada boca, y con la respiración entrecortada parecía ser víctima de un infarto.

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Por suerte surgió de entre la neblina el teniente Hernando Atehortúa que, con su guardia nocturna muy presta a las continuas arbitrariedades que se daban en La Ronda, engrillaron al atormentado borracho y se lo llevaron a la fuerza. Azahabara se encerró en su cuarto a llorar la ofensa. Ya no volvería a confiar en nadie, y menos amar a hombre alguno. *** Entonces empezó la etapa más difícil para La Yocasta: el requerimiento de Rufino Aguayo de su propiedad, lo que implicaba una expropiación, y lo más terrible: en el pueblo ya no se hablaba de Azahabara, ni de La Yocasta, sino de la Tetimocha. Las gentes se cuestionaban si era verdad que mujer tan bella y discreta, durante tantos años haya logrado disimular su mutilación ante los pocos hombres que la cortejaron, en especial José Valerio y Valentín del Randall. Y todo el mundo empezó a preguntarse el cuándo, el qué y el cómo. Lástima que ya no estén con nosotras las cubanas, ¡esas santeras prodigiosas!, –exclamaba La Tongolele, para que le hagan al desmadrado del Rufino un trabajito que lo deje idiota de por vida, como lo hicieron con Félix María, Caliche y Valentín.

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Y fue un combo de mujeres furibundas de La Ronda, lideradas por La Margaritón, La Caimana, Célide Andrade y Rita Miranda, quienes con los rostros como máscaras de tanto blanquete que se untaron en las caras, e inmensas lágrimas rojas pintadas en las mejillas, y vestidas de negro, salieron por todo el pueblo protestando en defensa de La Yocasta. Jair, La Jirafa, les ayudó a elaborar un pasquín en contra de la violencia de género que dejaba muy mal paradas a las mujeres, especialmente a aquellas abandonadas por la sociedad, como eran las cortesanas de todas partes del mundo, que tenían como oficio la profesión más antigua, ingrata y peligrosa de todas. Libelo que circuló por toda la población, y que recibió un fuerte apoyo de aquellos poderosos que le debían favores a Azahabara, a la que ahora llamaban La Yocasta, y los perversos, La tetimocha. Entonces intervinieron las respetables señoras del parque, quienes movidas por los celos del poder que ejercían esas desvergonzadas sobre sus maridos, en especial ésa que dizque era la reina, y ellos unas veces la llamaban con el rebuscado nombre de Azahabara, acompañado de otro incestuoso, La Yocasta, pedían a las autoridades instalar el orden y las buenas costumbres en una sociedad que iba –¡rumbo al abismo! Aunque Rufino terminó pagando casa por cárcel, privilegio que –como es usual– logró manipulando con dinero a la fiscalía y a un abogado que lo exoneraba de cualquier cargo, puesto que había 323


obrado bajo el efecto inconsciente que produce el licor, y además estaba defendiendo su legítimo patrimonio contra unas oportunistas sin escrúpulos que pretendían usurparlo a base de falsos halagos y mimos, pero que por suerte él había decubierto a tiempo esa vieja artimaña femenina y obró con justo derecho. Este conflicto dio mucho de qué hablar y dividió a la población en dos bandos radicales. Unos exigían que Rufino debería pagar un alto costo por torturar, tanto física como psicológicamente a una mujer, sin importarle la condición de vulnerabilidad de ella, y asumir el costo de los daños materiales, que habían sido muchos. El hombre, por mera pedantería, hizo lo que siempre había hecho: comprar testigos y voluntades, por lo que la balanza se inclinó a su favor. Cuando ya todo se daba por perdido, y La Yocasta iba a ser confiscada y rematada al mejor postor – que en este caso sería el mismo Rufino y su maquinaria– fue Florianís, madre de Valentín, quien puesta al corriente de la afición que su hijo, en sus últimos meses de vida había mostrado hacia esa dama, para favorecerla en su deuda recurrió a una acción extrema: En un acto noble y desinteresado, que llenó de asombro a la población puesto que la oferta se hizo ante el escarnio público, le compró a Rufino la tan sonada Yocasta para que el espíritu de su hijo se 324


perpetuara mientras hubiera quién lo recordara con amor. –¡Tomá pa que te llenés! (le gritó en la cara a Rufino Aguayo) y te des cuenta de que la posesión del oro es infernal, pues jamás te permitirá volver a hallar la calma. Yo sé bien por qué te lo digo. Y ahora exijo la escritura a nombre de esta respetable señora. Rufino quedó tan deslumbrado que, ni en ese momento ni después, sintió vergüenza alguna ante esa noble acción. De prisa, movido por una alegría sin límites, firmó los documentos exigidos. *** Entonces fueron sus temores los que no lo abandonarían ya más. Veía muecas y ojos ambiciosos por todas partes, teniendo que marginarse de la vida de bohemia de que gozó después de la muerte de Amparo, su última esposa, y se tornó en un hombre de vigor menguante que envejeció prematuramente a causa de su venérea, la que le activaba la acción de su constante fantasía lasciva y solitaria. No volvió a frecuentar a sus antiguos amigos, que eran muy pocos, y se hizo a tres perros guardianes de los que le advirtieron que eran asesinos. Los alimentaba con vísceras de res, que a ínfimo precio conseguía en el mercado. Cuen325


tan los carniceros que jamás compró otro tipo de carne, por lo que la sospecha era que él también se alimentaba de dichos desperdicios. En últimas, terminó viviendo como el indigente más ruin y antisocial de todos. Según la autopsia de los restos que dejaron sus mascotas y gallinazos, el hombre venía padeciendo de gota y sus pies se le habían hinchado en forma tan descomunal que perdió la capacidad de locomoción. Por el esfuerzo para realizar cualquier actividad le resultó una peritonitis que se le complicó por la ingestión de alimentos en mal estado. Aun así, y a pesar del intenso y permanente dolor que no lo desamparaba, fue incapaz de pedir la ayuda ni el favor de nadie por el angustiante temor de entrar desconocidos a su casa. Todo parece indicar que los perros, acosados por el hambre y el encierro, cuando su amo rodó de la silla le atacaron instintivamente en la garganta. Poco después, el vecindario se vio invadido por un olor mortecino y la presencia de gallinazos que entraban y salían a través del patio interior. Fue espantoso, al derribar la puerta, encontrarse con esas tres fieras que, hambrientas y rabiosas, se lanzaban contra los rescatistas y curiosos, que huían en desbandada. Fue entonces cuando se desató la plaga de la rabia en la región, estrago que, todavía hoy, se recuerda con horror. 326


XXXI EL TENIENTE HERNANDO ATEHORTÚA Y LA DISCRETA Después de la absurda muerte de Valentín, Azahabara, llena de sentimientos punzantes y desolados, decidió que, en recuerdo de ese efímero y malogrado amor, a su casa-bar y a ella las reconocieran como LasYocastas. Así las percibió el menor de los Del Randall, y ese sentimiento seguiría latente mientras viviera. Aunque Azahabara se marginó de las pasiones mundanas y también del canto y la danza, que antes le exaltaban, se propuso no dejar caer su cantina, que era el único medio de subsistencia de quienes de ella dependían: sus muchachas. Para ello precisó de un administrador. Y nadie mejor que Jair, La Jirafa. Hay que vivir, y además nadie querrá sepultarse con un difunto –le repetía La Tongolele. Inicialmente, Azahabara sintió cierto enojo por la frial327


dad frente al dolor ajeno de su incondicional compañera. Pero, cumplido un año de riguroso luto, y satisfecha con el deber cumplido, por fin aceptó la eventualidad de la vida. Ahora que, como vedette, se acercaba al ocaso, sintió la necesidad de volver a ser centro de atención antes de opacarse definitivamente. Mas, como la condición femenina es terca, y el destino se ensaña con las más osadas, la mala ventura le endosó en el momento más vulnerable de su vida esa terrible experiencia con Rufino Aguayo, quien tuvo la cobardía y el cinismo de ensañarse con el lado más sensible de cualquier mujer, como lo es que le asignen un mote despectivo, y el de ella sería el peor imaginado: Tetimocha. Eso la tornó en un ser prevenido y al acecho ante cualquier eventualidad. No era la primera vez que alimentaba una rabia interna contra los hombres. ¿Pero podrían ser tan crueles, sólo por tener un punzón como trofeo entre las piernas? Definitivamente, nacer mujer es el peor castigo. Y en ella, como cosa rara, acontecía que, después de una mala experiencia, llegaba otra peor. Ahora, con tantos fracasos sentimentales, estaba más irritable que nunca y se volvió a enclaustrar. Sus contactos se redujeron a unos pocos amigos de su entera confianza, y con ellos continuó siendo lo que siempre fue: la confidente sincera, la del consejo oportuno, la amiga comprensiva que los aleja de la realidad. ***

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Ya fuese casualidad o en consecuencia, la maldición del negro Candelario se había hecho efectiva. Desde la huelga de los mineros por los abusos del despótico y tristemente recordado Gardenia, todo rastro del filón de oro, tanto en Gavia como Vendecabezas, venía desapareciendo poco a poco hasta que se redujo a nada, lo que conllevó al cierre definitivo de las minas. Sin ese soporte, la economía de San Sebastián de las Candelas cayó en picada, y los osados emergentes que podían darse el lujo de tener esposa y amante, se contaban en los dedos de la mano. Fue el sector rural: cafeteros, ganaderos, paneleros y arrieros, quienes vinieron a suplantar en La Ronda a los otrora poderosos del pueblo. Como la mayoría de ellos vivía en zonas apartadas eran clientes ocasionales, o de aquellas temporadas en que podían vender sus cosechas. Para las veteranas, dueñas de casas-bares, eran entradas eventuales y precarias. Qué lejos estaba la época en que los Del Randall pagaban los favores de las mujeres con alhajas de oro, o con finos artículos importados de Europa –se lamentaban, no sólo Azahabara y sus muchachas, sino también las viejas glorias de La Ronda. Ahora todo era muy diferente e impreciso para cualquier damisela y sus casas de placeres. Cuando los nuevos y apasionados clientes bebían de más, se tornaban impredecibles, resultando belicosos. No les faltaba el machete al cinto, y si alguien los miraba feo, les hacía algún reclamo, o pretendía 329


seducir a la mujer que los atendía, armaban trifulca y las consecuencias eran nefastas. Cuando llegaba ganado nuevo –como se solía designar a las neófitas– su excitación era desmesurada. Enardecidos con tanta oferta disponible gastaban de más, por lo que en muchas ocasiones terminaban dejando pignorados o retenidos sus mulas y mercados hasta que otro irresponsable les cancelara la deuda. Hubo muchos mutilados y desgracias por el uso de esas armas largo-punzantes que tenían unos filos mortales. La modalidad para demostrar su hombría frente a alguna cotizada dama, consistía en que ambos contrincantes, después de atarse la mano izquierda con los extremos de un poncho, rastrillaban y se batían hasta hacer chispear sus machetes. En tales contiendas más de uno perdió dedos o un brazo, y no faltó el difunto decapitado. Por los peligros mortales y destrozos en las instalaciones, forzosamente se precisó de protección policial continua. Y así los clientes locales, mezclados con los que llegaban ocasionalmente, podían estar más seguros y las damiselas trabajar tranquilas sin el temor de ser irrespetadas o conejiadas. *** Fue el teniente Hernando Atehortúa (Cap. I), vestido de civil y con unos tragos de más, quien acudió a La Ronda buscando atención femenina. La necesitaba cuanto antes para aplacar su instinto y darle tiempo a Emperatriz, la desubicada esposa, 330


para superar sus prejuicios. Su estado era tan desolador y era tanto el despecho, que actuó irreflexiva y precipitadamente, como ave carroñera que cae picoteando despojos de amor. Las mujeres suelen ser terribles cuando quieren intimidar a un hombre –reflexionó días después. Fue Emperatriz la que lo había empujado a una situación tan radical, donde por ahora no había espacio para el amor, sino para prácticas sexuales que, según él creía, podrían salvar su matrimonio. Si llegó a eso, fue con la premeditada intención de avivar en Emperatriz los celos y saber si en realidad lo amaba. Su intención era cerciorarse de hasta qué punto estaba dispuesto a llegar con tal de retornar a su lado. Aunque, a veces, temía encontrarse con una cruel respuesta. Pasados los días se daría cuenta de que había llegado a un punto sin retorno. Y era esa impresión de no poder olvidar que tras los encuentros con Azahabara, encuentros que realizaba bajo los efectos del alcohol, retornaba a casa o al cuartel con el sentimiento del fracaso y la amargura con la que todo adúltero regresa a los suyos. ¿Por qué sería que la satisfacción del deseo, en su caso particular, iba siempre acompañada de un epílogo gris y prolongado, que terminaba por estrangular el recuerdo del placer? Esos sentimientos ambiguos que no lo abandonaban, y que le incrementaron su frustración al tener que acostarse 331


con otra por un asunto práctico, para desfogarse mientras su mujer no podía o no quería darle lo que él precisaba, no le dejaban otra opción. *** ¿Pero para qué me voy a enredar con otra pasión que a simple vista ya la percibo fallida –dice Azahabara– y más con un hombre que, a pesar de ser militar, educado en recia escuela, se comporta de manera tan incierta y difusa? Nadie, mínimamente racional, confiaría en un buscador de aceptación que sólo bajo el efecto del licor puede traspasar esa barrera que lo mediatiza y apabulla. ¿Pero, y quién dijo que a una mujer de la vida, y más a nuestra edad, le es lícito enamorarse? Es un concepto burgués del que estaremos siempre excluidas. La experiencia nos da ejemplos a montón. Nos extraña que tú, la sabia, pretendas desconocer lo evidente. –Así la increpaban, no sólo Tongolele, su llave amiga, sino también Rita Miranda y Célide Andrade, actuales propietarias del bar Noches de Arrabal, quienes de meses atrás se contaban entre sus amigas incondicionales. Fue una decisión mecánica, como guiada por una fuerza irresistible de la cual no se pudo sustraer. Y no para caer de nuevo entre los brazos y caprichos de un sátiro que la precisaba con vehemencia. Ahora sería la victimaria que vigilaría para no dejarse manipular de nadie. Complacer y ceder, 332


pero con beneficio propio. El rol de la oportunista, distante y fría, que manejaría su nueva víctima a su modo y capricho como retaliación ante las malas experiencias pasadas. *** –¿Y por qué diablos en este momento te desconcentras, y se te ocurre pensar que necesitas unas peinetas? –Ya lo descubrirás, y sé que lo disfrutarás. Cuando Azahabara sintió que el amante se acercaba al límite, palpó, como se lo enseñara Ana Mejía, la enfermera, las firmes posaderas del hombre. Ya había puesto en cada dedo del corazón sus anillos con tres puntas como agujas, y de un golpe las clavó en las caderas del convulsionado buscador de fantasías. Un borbotón acre y tibio subió desde su vientre inferior hasta la garganta, y el sudor y las continuas contracciones lo hicieron sentirse morir. Respiró hondo, distencionó sus músculos, se limpió el sudor, y a partir de entonces ella, sin importarle que fuese tetimocha o teticortada, sería su amante oficial. Unión que complació a ciertas damiselas de La Ronda que la respetaban. Lo que más sorprendía al teniente era el silencio y la extrema discreción de su nueva amante. Cada vez que la visitaba, lo recibía y atendía con alegría, como si fuera la primera vez, y entonces

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reafirm贸 que esa presencia le era ahora imprescindible. Con ella podr铆a suplantar y olvidar el mundo despectivo que le oblig贸 a llevar su esposa.

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XXXII MACRO GENARO Un caluroso martes de agosto, víspera de feria y día de pago salarial, prometía ser de mucha actividad en La Ronda. Antes del medio día, las más cotizadas habían contratado a Zuley Vanegas, una estilista recién llegada de Pereira, para que las peinara y maquillara según la nueva moda. El alboroto ya se sentía en cada esquina. Lo memorable de ese día en La Yocasta fue la inesperada visita de un vendedor callejero que cambiaría radicalmente la vida de su propietaria. Azahabara reposaba distraída en su lecho, enmarcado por tules y cenefas. De pronto, el resplandor del sol de los venados la trajo a la realidad. Le encantaba mirar el atardecer, por lo que se levantó para observarlo desde su ventana. El habitual sonido de la vitrola, característico de su cantina, se fue opacando para dar paso al bullicio y las risas alegres de sus muchachas. El entusiasta palmoteo 335


de Mariela, La Tongolele, resonó con las ocurrencias de un cliente vivaracho y divertido que recién llegaba. Movida por la curiosidad, Azahabara fue a fisgonear a través de una ranura, y en ese instante tocaron a su puerta. Ella, que nunca mostraba su rostro ante extraños, se cubrió con una mantilla oscura para atender al llamado. ¡Albricias! Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia –le dijo Tongolele en tono alegre, presentándole a Macro Genaro, un muchacho de unos veintidós años, de rasgos finos y agradable presencia, que ofrecía telas de esos colores que las mujeres campesinas utilizan para no perderse entre el verde de sus campos, y un montón de accesorios que colgaban de una percha de metal. Tongolele, consiente del impacto que el recién llegado causaría en su amiga, se marchó dejándolos en la intimidad de sus impresiones. Azahabara quedó fascinada con esa inesperada visión, sin poder apartar la vista de aquellos rasgos que le evocaban rostros que alguna vez conoció. Lo examinaba presa de la emoción, y no sólo lo invitó a entrar, sino que lo sentó en su cama sujetándolo de un brazo como si fuera algo de su posesión. El joven quedó tan desconcertado que no soltaba la mercancía, apretándola contra sí, temeroso de ser víctima de algún cuento raro con esas impredecibles mujeres.

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–Quiénes son tus padres, ¿dónde viven? –Son gente de bien, gente honrada. Al notar que el inexperto joven se mostraba inquieto y receloso, descubrió su rostro y ambos se encontraron como frente a un espejo. Podrían tomarse por hermanos gemelos. Su tenue maquillaje la hacía ver preciosa. Y aunque jamás conoció a sus padres, una extraña intuición le decía que eran de la misma sangre. A su mente llegaron instintos filiales y pasionales entremezclados. –¿Cuántos años tiene tu madre? –Treinta y nueve, me tuvo muy joven, y mi padre es dos años mayor que ella. Nunca han salido de Armenia. Parece que usted, señora, se confunde. No, este muchacho no debe tener mi propia sangre, y si la tiene, debe ser en grado muy lejano. Después del febril capricho con Valentín, jamás se había vuelto a enamorar y aconsejaba a sus compañeras a seguir su consejo para no sufrir después desilusiones o desengaños. Esquivaba las continuas atenciones que durante los últimos años venía recibiendo de sus clientes ocasionales a quienes mediatizaba y sometía. Su desconcierto era que ahora temía caer rendida, así de súbito, ante un tipo que era la antítesis de su ideal de hombre: 337


machote, grande, tosco o misterioso. De esos que, desde que empezó a razonar, venía idealizando. La cuestión es que éste, un ser ingenuo e inmaduro, de modales refinados, casi femeninos, inconscientemente la venía envolviendo dentro de esa telaraña de la que ningún ser humano puede escapar –el amor– y lo más insólito, hasta incestuoso. Ella se acercaba a los cuarenta, y nada podía ser más dramático para una mujer que una pasión otoñal. El destino errabundo de ese vendedor de vanidades se le convirtió en obsesión. Por primera vez sintió temor e incertidumbre por perder a alguien en la vida. –Macro, ángel de Dios, me atrevo a decirte que desde el primer instante en que te vi sentí algo inusual, algo que soy incapaz de definir. No lo tomes a mal, pero quiero mantenerte bajo mi protección para que en adelante, y mientras yo viva, en lo posible no te falta nada. Podrás trabajar libremente, tengo contactos que me pueden ayudar, y en San Sebastián tendrás un trabajo estable. Pero deja esa cara de temor, que no te voy a raptar ni a tragar vivo. El muchacho reaccionó, mostrándose encantado. Era como ganarse en la lotería un palacio con la princesa adentro. Jamás pensó que su físico fuera tan impactante.

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Bueno ¿por qué no? Si soy un pimpollo –dijo mientras complacido se miraba en el espejo de cristal de roca del tocador. ¿Quién me lo va a creer? Ahora resulta que tengo cara de puto refinado –sonrió para sus adentros. Andaba sin afanes, ¿y por qué no seguir ese juego hasta donde la suerte lo condujera? ¿Acaso la vida no se enriquece con los sucesos inesperados? Las baratijas que portaba en las manos no lo eran tanto frente a una aventura inusual. Bueno, ¿y qué es lo que tengo, o debo hacer? – aventuró impostando la voz como de gallo altanero. Sólo déjate llevar, que de las minucias me ocupo yo. –respondió tajante. Esa noche, Azahabara, con tono zalamero y familiar presentaba ante el teniente Atehortúa a su hermanito menor, que había llegado desde la ciudad de Armenia. Y se llamaba Macro Genaro. También es de tu tierra, Hernando; los tres somos paisanos –dijo con énfasis, mientras lisonjeaba y le sonreía al militar. Luego, como la muchacha obstinada que precisa de una mascota, le pidió la aprobación para alojar en su casa, por un tiempo prudencial, a ese recién llegado. El tenien339


te lo miró, y aunque el parecido era sorprendente, se sintió receloso. Era un intruso que resultó de la nada y del que nadie había mencionado su nombre jamás. Conocía bien a Azahabara, e intuía que algo se traía entre manos. Pronto se tranquilizó, pues al tratarlo e indagarlo, el muchacho se mostró atento y cortés: uno de esos entes que ciertas damas suelen emplear para su ayuda personal, por resultar más prácticos y discretos que la mayoría de las mujeres, y consintió al pedido. Además, sus últimas actividades en la milicia lo mantenían fuera de la población y la mujer precisaba de cierta compañía ambigua. Intuyó que el joven terminaría como los que tomaban La Churrasca y La Margaritón, que visten y maquillan a sus muchachos y los destinan al bar o para complacer a ciertos clientes. Se marchó de madrugada, antes de que la mujer, impredecible y sorprendente por demás, lo enredara con otro insólito pedido, como conseguirle trabajo en el comando a un inexperto. Cuando los nuevos exploradores de amor se vieron solos, Azahabara la experta, no sólo en seducir sino también en conquistar, sabía hasta qué punto debía resistir. Intuyó de inmediato que la pasión del joven carecía de paciencia. Por lo que su consigna del todo a su debido tiempo, hoy miércoles festivo y de luna plena, no le iba a funcionar. Además, era día de asueto para sus muchachas, y no había abierto la casa-bar. Para su sorpresa, fue ella la primera en ceder ante el peligroso acoso del instinto. 340


En el patio de azulejos, alrededor de la blanca azalea, empezó a demostrar lo que mejor sabía hacer: la magistral danza del vientre. Él, embelesado, brindaba por la vida y por su buena suerte, alzando al cielo la última botella. Ya se sentía mareado cuando la mujer, que ahora lucía túnica encarnada, inició una serie de giros frenéticos que a él le hacían perder el equilibrio. Entonces ella le arrojó su prenda, y como por arte de magia surgió una aparición, ¡una deslumbrante ninfa! Hechizado, fascinado, embrujado, embriagado y volando por las nubes, vertió su vino en ese cuerpo nacarado, sumergiendo sus labios en la delicia de las turgencias. La mujer, que no precisaba de semental, estaba satisfecha con esas manos tímidas que se arriesgaban en el descubrimiento de nuevas sensaciones en cuerpo ajeno. Y se dieron a la entrega total sin más testigo que la luna, diosa alcahueta de la noche. *** Los rumores no se hicieron esperar. Todo el mundo en La Ronda hablaba de la ingenuidad del teniente Atehortúa, a quien La tetimocha burlaba con un aparecido. –¡Enyerbaron a La tetimocha!, era el comentario general. Quién creyera que ese desconocido carita linda pudiera ser capaz de enredar a tan experimentada mujer. 341


Tras muchas tramas, y sin que ella se diera cuenta, tanto Célide como Rita Miranda lograron que Azahabara tomara el bebedizo salvador de Luisa La cabuyera, y acto seguido se dejara rezar por Trina Padilla, la yerbatera mayor, sin resultado alguno. En conciliábulo de brujas, Luisa, Nícida Granada y Trina Padilla concluyeron que a esa mujer le habían dado una toma tan concentrada de hierbas raras, que de puro milagro no había muerto, o quedado boba, por lo que se precisaba de un bebedizo más fuerte para desenyerbarla, y a fin de lograrlo tendrían que encargar un cactus que crecía silvestre sólo en la Guajira, por lo que habría que esperar unos dos meses. El cactus llegó antes de lo esperado, y ni aún con esa nueva trampa Azahabara reaccionaba como lo querían esas viejas intrusas. –A esa mujer seguramente le dieron toma de pico de tominejo tostado al sol y triturado con cacao sabanero. –Decía con toda propiedad Trina Padilla. Y aunque le hicieron tragar otros bebedizos, la mujer continuaba igual o más enamorada. –¿Pero qué le está pasando a La tetimocha, que ya no es la mismas de antes? –se preguntaban Rita Miranda y Célide Andrade.

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A lo que Nícida Granada, que gracias a oportunos servicios recibidos de la nueva enamorada le había tomado cariño, les respondió a las entrometidas con lujo de detalles: –Primero que todo, les digo que Azahabara no es ninguna Tetimocha, sino una infortunada teticortada, que es mucha la diferencia entre los dos estados. Las entrometidas se quedaron sin saber cuál era la diferencia entre esos dos estados y La Cabuyera, viéndoles el desconcierto, agregó: –La una es forzada y la otra programada con sevicia. ¿Está claro? La Nícida y la Célide quedaron aún más confusas, y optaron por marcharse antes de que las bobas y enyerbadas terminaran siendo ellas. *** Cinco meses les duró la dicha. Las intrigas y enredos pululaban con torvas intenciones. Censuraban que el teniente parecía no darse por enterado. Al contrario, cuando alguien, directa o indirectamente, trataba el tema, señalaba a su supuesto cuñado como el perro faldero que se sometía a los caprichos de las mujeres de La Yocasta, no sólo como mandadero, sino también como alcahuete. 343


Y el militar, con poder en la casa, también venía utilizando los servicios del joven huésped, no sólo para lustrarle botas y zapatos, sino también para organizarle camisas y trajes, y sus requerimientos eran órdenes. Esa prepotencia rebosó la paciencia de Macro Genaro, que a partir de ese momento empezó a obrar a la defensiva. Los roces entre los rivales se fueron intensificando hasta que, un domingo, la chispa se disparó. Los hombres, después de discutir acaloradamente, pasaron a la violencia. Azahabara, previendo un mal desenlace solía ocultarle al teniente su arma mientras él descargaba en ella su pasión, por lo que esa tarde, el militar, al sentirse a pecho descubierto agarró la tranca de la puerta, y Macro Genaro lo enfrentó con una varilla. El oficial, más experimentado, le dio al contrincante una fuerte golpiza, dejándolo mal librado. La oportuna intervención de las mujeres no permitió un desenlace fatal. Ahora, uno de los hombres estaba de más, y la decisión quedaba en la hembra. El teniente le dio tres días para que apartara de su vista a ese supuesto pariente indeseado, que ojalá se fuera lo más lejos posible para evitar la tentación de cogerlo a plomo, y se marchó malhumorado, con la intención de que, si lo vuelvo a ver le doy de baja a ese maricón de mierda. Macro Genaro, a quien le mortificaba la idea de esconderse en los escaparates de las muchachas si llegaba el teniente, confrontó a Azahabara:

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–Nos largamos, o esto se acabó. Confundida con esa abrupta determinación de su único y verdadero amor, que no le daba opción, le pidió plazo para tratar de solucionar ciertos asuntos pendientes. Por fortuna, un problema de orden público había confinado por tiempo indefinido al teniente en una zona rural, regresando para abastecerse sólo los fines de semana, pero esa ausencia no sería permanente. Tendrían que decidirse cuanto antes por una salida pronta y oportuna. Ocho días después, Macro Genaro entregaba a su enamorada las alhajas que ésta había empeñado. –Espero que no haya otro asunto pendiente. Escoge sólo lo indispensable, que el próximo martes en la tarde nos largamos. Las joyas estaban empeñadas por la tercera parte de su valor real. Si el hombre no la amara, fácilmente se habría perdido con ellas. Este acto llenó de confianza a Azahabara, quien vivía harta de atender a hombres maniáticos y desorientados. En especial, al atormentado teniente Hernando Atehortúa. Pensó que ésta sería su última oportunidad de formar un hogar y vivir decentemente. Por tanto, se dedicó a seleccionar lo que llevaría para ese viaje, que esperaba fuera de no retorno. 345


Célide Andrade y Rita Miranda adeudaban a Azahabara cierta cantidad de dinero, con el cual habían ampliado unos reservados en la parte trasera de su casa-bar Noches de Arrabal. Ese sábado, Azahabara las visitó con la intensión de recordarles la deuda, pues se trataba de una urgencia. Le prometieron recogerla y “dársela centavo sobre centavo” el próximo lunes, después del mediodía. “Después del medio día” volvieron, pero a disculparse aduciendo que el prestamista estaba recogiendo el dinero. Para evitar otro incidente con el teniente, que podría ser fatal y definitivo, la pareja había pensado que lo mejor era marcharse de incógnito. El lugar ideal sería el Valle del Cauca. Macro Genaro se iría adelante con el equipaje pesado. Ella, después de recoger unos préstamos, lo seguiría para no separarse jamás. Pero a último momento tuvieron que cambiar de planes y deberían ser más que discretos para no ir a frustrar el plan que tenían como escape. *** Gonzalo, te vi salir a hurtadillas de la casa de La tetimocha. ¿Acaso robaste algo? –le dijo Rita Miranda al mandadero, mientras lo estrujaba y le requisaba los bolsillos.

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Yo no robé nada –dijo el muchacho a punto de llorar. Sólo llevé unas cajas de cartón y un rollo de cabuya que me habían encargado. ¿Ya están empacando? –lo interrogó Rita, como si supiera del hecho. Sí –balbuceó el muchacho ingenuamente. –¡Cómete este pandequeso con ese café!, mientras escribo una nota que llevarás al teniente Atehortúa y esperas la respuesta. Poco después, el muchacho regresó diciendo que el teniente estaba de comisión en Ubarbá, una vereda de La Montaña, y como ésta se hallaba tan lejos, había dejado la nota en la guardia municipal. Rita y Célide, que eran inseparables, de inmediato lo mandaron a que la recogiera, pues era un asunto de vida o muerte. Con la nota en mano, lo despacharon en el último colectivo hasta su puesto en Ubarbá y al anochecer el teniente recibió la misiva. Amaneció esplendoroso ese martes trece de febrero. Azahabara irradiaba una contagiosa felicidad. Ningún extraño presentimiento la perturbaba. La víspera le había entregado a Mariela, La tongolele, un duplicado de las llaves de La Yocasta. Estaba plena porque Jaír –La Jirafa– quien de días atrás venía cortejando a Mariela y ambos parecían entenderse bien, hacían buena sociedad y con proyectos renovados sacarían avante la cantina. 347


Desde el pasado domingo, por renovación total, la casa-bar había cerrado temporalmente sus puertas. Sus muchachas andaban de asueto, al tiempo que se preguntaban como sería someterse a una nueva jefa. Mariela, que se propuso actualizar la música del bar, también se mostraba contenta: por fin tendría su propio negocio, al menos por un año, como lo había pactado con su amiga. Se despidieron en la noche y Mariela, que no quería verla al partir, se fue de madrugada con su Jirafa, por tres días para pasarla bien y hacer unas diligencias en Pereira. Desde la seis de la mañana, y con mucha cautela, Macro Genaro y Eduardo Ríos, al que llamaban el Paterrifle, habían logrado acomodar en su furgoneta lo que la ávida, a la vez que nerviosa mujer, creía indispensable llevar como equipaje. –¡Vámonos ya!, le dijo. Son las nueve en punto, y es mejor que nos marchemos enseguida, antes de que La Ronda abra sus puertas, o se nos aparezca Águila Negra, empitonada y soberbia (como últimamente solía llamar al teniente). Con una sonrisa nerviosa y complaciente, Azahabara asintió. Estaba tan decidida y resuelta del paso que iba a dar, que no le dio más vueltas al asunto. Por fin volvía a encontrar un nuevo aliciente de entera complacencia, alguien por quién vivir y luchar. Pensaba: Aunque sólo me atienda algunos meses con intensidad, será suficiente. Después… 348


Azahabara quiso limar asperezas y rencillas, y aceptó que tanto a Rita como a Célide les sería imposible conseguir el dinero de la noche a la mañana. Ya le había dado instrucciones a Mariela para que les cobrara los intereses y se los girase a la dirección que posteriormente le daría a conocer. Pero, antes de subirse a la furgoneta, sintió vehemente deseo de despedirse de sus incondicionales amigas. Al fin y al cabo, en sus momentos difíciles ellas la habían ayudado y aconsejado. Pidió sólo diez minutos de espera y se encaminó al bar Noches de Arrabal. Cuando las supuestas incondicionales amigas la vieron llegar de improviso, tan de mañana, muy molestas por creer que venía a cobrarles, la recibieron con insultantes ofensas. –¡Es el colmo, querida! Que en ti se cumpla ese antiguo dicho de que cuando uno va pa viejo, va pa pendejo. Cómo le vas a creer a un pelele que bien podría ser tu nieto. ¿Acaso no ves lo vieja y achacada que estás? En cuanto te vea sin un peso, seguro que te bota. ¡Entiende que ya no estás en la época en que uno se puede lanzar a ese tipo de aventuras! Azahabara empezó a llorar y muy confundida fue a recluirse, no junto a su pasión prohibida, sino que alterada con esa cantaleta ofensiva, se encerró en su casa-bar, sin saber qué decisión tomar. 349


Macro Genaro, que desde el vehículo, a prudente distancia, observaba sin comprender lo que le estaba pasando a su adorada, temió que de pronto ella se hubiera arrepentido. Cuando intentó bajarse para saber qué ocurría, velozmente y cerca de él pasó un vehículo que levantando mucho polvo fue a detenerse ante las puertas de La Yocasta. Aterrorizado, vio al teniente Atehortúa descender de un Willis. Se veía energúmeno, gritando muy agitado, y golpeando la puerta con la cacha de su revólver. Macro Genaro pidió a Eduardo El Paterrifle que desviara el vehículo para no complicar las cosas. Azahabara, que al abrir la puerta podía esperar cualquier cosa, menos encontrarse con el teniente, no pudo disimular su sorpresa. Él, a empujones, la llevó hasta su alcoba, encarándola: –Y este cuarto, ¿por qué está a medio surtir? –¡Me marcho para siempre! –¿Así no más, con el maricón ése? –¡Con el que sea! Ya me hastíe de vivir entre sordideces y caprichos, ¡y quiero ser libre! Trató de correr hacia la puerta, pero él la retuvo. 350


Se escuchó un fuerte porrazo, y después el golpe de la tranca de seguridad. Un estruendoso silencio conmovió al barrio. Rita Miranda y Célide Andrade, temerosas de lo que estuviera pasando, se plantaron al pie de la ventana de La Yocasta. Y pasó lo que nadie quería que pasara. Desconcertado e impotente, Macro Genaro, en la distancia, imaginaba los acontecimientos. Todo ocurrió tan de improviso, que se dolió de su cobardía para reaccionar ante un suceso que lo afectaba directamente. La balacera había perturbado a todo el mundo. Quedó tan atónito que, cuando quiso intervenir, se encontró con un irritado e impredecible cuerpo policial. Eduardo, el conductor, le aconsejó que lo más sensato era salir cuanto antes de San Sebastián, y a prudente distancia estar al tanto de los acontecimientos. No hay que dar papaya con la Ley, que nadie sabe cómo va a reaccionar.

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*** Volverá, Macro Genaro volverá. Él prometió llevarte lejos, a la felicidad, donde olvidarás los momentos ingratos del pasado. Atehortúa ya no interferirá más, sus bajas pasiones deben mantenerlo en el averno de los tormentos. No le darás el gusto, al menos no tan pronto, de seguirlo hasta el más allá –le repetía Tongolele al oído, quien tan pronto como supo de la aciaga noticia, dejó iniciada su diligencia en Pereira y se apresuró a acompañar a su amiga en su lecho de convalescencia. Cuarenta y cinco días duró la agonía de Azahabara, el tiempo justo que precisó Macro Genaro para decidirse a regresar al pie de su bienamada, y según su estado, llevársela lejos. Así lo había planeado en correspondencia con La Tongolele. *** La enfermera de turno que supervisaba el estado de los pacientes esa noche narró conmovida el último suceso: Eran las diez y media de la noche de ese miércoles, víspera de jueves Santo, cuando una figura blanca y fantasmal, con descuidada barba, irrumpió por los pasillos del Hospital San Juan de Dios. Había poca luz, por lo que parecía un espíritu de esos que la gente sugestionable como yo creemos ver en las noches de los días santos. Una espesa 352


neblina lo precedía, inundando los salones. Quedé petrificada cuando me tomó con sus manos heladas y me exigió que lo llevara al pabellón donde se encontraba la muchacha que, en febrero, había recibido de un alienado suicida tres disparos. Por supuesto que sabía de quién se trataba. Qué mujer tan afortunada ésa, que se daba el lujo de que todos los varones distinguidos del pueblo, aún los casados, se atrevieran a visitarla trayéndole flores y presentes. Y hasta mujeres que con falsa discreción llegaban en plan de curiosas. Tomando ánimo, sin apartar los ojos de él, levanté el velo que la resguardaba de los malos vientos y de los insectos, y allí, con una palidez que deslumbraba en la penumbra, yacía la mujer. El hombre se acercó cauteloso, encendió una candelilla y la besó intensamente. –Soy yo, Macro Genaro. ¿Me escuchas, amor mío? Si puedes seguirme, te llevaré conmigo. Es lo que más deseo. Al ver que no reaccionaba, fue acercándose a su oído: –Si es que sólo esperabas tenerme acá para despedirte, con el dolor de mi alma vete corazón mío. El hombre esperó una respuesta que nunca llegó. Sin importarle que yo estuviera presente se 353


acostó a su lado y empezó a llenarla de besos y caricias, y a susurrarle frases bonitas y otras tan íntimas que me las guardo por respeto a los amantes. Era tanta la pasión del hombre sobre ese cuerpo inerte que no atiné a prevenirle que, tanto su barba como los virus del aliento, y el sudor y hasta el traje, serían nocivos para la paciente. Traté de espantar la neblina con el velo, pero el hombre se levantó abruptamente y me contuve. Besó por última vez sus ojos y sus labios.Tanto el fantasma, porque eso era, como su compañera la niebla espectral desaparecieron en un santiamén. Al tomar el pulso de la mujer, éste ya no latía. *** El entierro fue rápido y secreto. Cuatro presos cargaron hasta el cementerio el ataúd y lo depositaron en el muladar, curiosamente en la misma fosa donde iría a ser sepultado el Teniente Hernando Atehortúa. Durante varios días se ocultó su muerte. Cuando la noticia se difundió, la reacción general fue de repudio, manifestándose en una serie de pasquines que iban y venían contra la iglesia y la milicia. Días después, sus admiradores decidieron levantarle una tumba digna. Y así, por más de media centuria, La bella discreta tuvo desde su muladar la más hermosa vista hacia el poniente: el ocaso del sol tras el cerro del Ingrumá. En todo 354


ese tiempo nunca le faltaron asiduos visitantes, que pedían al sepulturero abrir el cerrojo de la reja de metal para colocar flores y velones, así como dejar grafitis con frases bonitas, y otras no tanto, que mantuvieron vivo el mito de Azahabara la discreta: Llegué tarde. Arcesio Zapata. Dichosos aquellos pocos que tuvieron el honor de tenerte en la intimidad. Aquí yace quien jamás comió cuento de nadie. Yocasta, la carencia de tu oportuno consejo me está matando. ¿Tetimocha por qué te rajaste? Aquí en el muladar, terminan las que nacieron perdidas. Cincuenta y dos años después, cuando el asunto de los muladares era un prejuicio superado, y ese arcaico proceder de la iglesia ya no importaba, a un grupo de intelectuales se les ocurrió la brillante idea de que la bella tenía que descansar en Campo Santo. Con mucha pompa y discurso se exhumaron sus restos, admiradores llegaron de muchas partes, y todas las manifestaciones fueron muy sentidas. Los restos, en pequeña caja de madera, 355


fueron depositados en un osario escondido y serial, y la sellaron definitivamente con una lápida tan diminuta, que ni siquiera quienes llevaron a cabo tan heroica acción recuerdan dónde reposa la heroína de antaño. La romántica tumba con su famosa ocupante pasó al olvido, y nadie volvió a recordar a Azahabara, La bella discreta, quien pasó de la luz del campo a una oscura cripta del camposanto.

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ÍNDICE I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII XVIII XIX XX XXI XXII XXIII

Azahabara la discreta Rosa Elvia, la indomable ¿Internado o cárcel? Hacia el Jardín de Alá Sublime obsesión del Guajiro Capricho turco Represalia de los excluídos Estigma infame Tras otros rumbos y otros destinos San Sebastián de las Candelas La Golondrina Corpus Los Del Randall Boda contrariada José Valerio Del Randall Félix María Del Randall Valentín Del Randall Patético final De Ronda Pasión frustrada La Calandria Las señoras del parque ¿Quién contra todos? 357

12 31 46 61 75 83 98 104 117 132 147 151 156 167 181 183 194 199 206 213 218 223 235


XXIV Final de Gardenia y José Valerio XXV Regreso de Valentín XXVI Sortilegio XXVII Muerte de Valentín XXVIII Epílogo de La Golondrina XXIX Celedonio XXX Ocaso de La Ronda XXXI El teniente Hernando Atehortúa y La Discreta XXXII Macro Genaro

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237 244 252 258 273 298 314 327 335


Azahabara  
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