Page 1


Us presentem en format digital els relats guanyadors i finalistes de la IX edició del Concurs de relats breus per a joves Bolleré.

L’Ajuntament de Blanes inicia amb la convocatòria d’ aquests premis una aposta pels joves que, mitjançant l’escriptura, tenen ganes d’expressar allò que senten i

les seves

inquietuds fent volar la imaginació i transformant les idees en textos literaris.

Des de la Biblioteca ens sumem enguany a aquest repte acollint una nova edició dels Bolleré, amb l’objectiu que creixi el nombre de joves que s’apropen a la lectura i a l’escriptura. Escriure sol esser el resultat de llargues hores de lectura. Endinsem-nos, doncs, en els relats d’aquests autors joves que demà potser trobarem en els prestatges d’alguna biblioteca com la nostra....

Moltes gràcies per la vostra atenció i molt bona lectura!


Estudiant de música i melòman, actor amateur i "Lletraferit de la A a la Z", que diu Comadira. Lector precoç i força procaç: les lletres han estat des de nen el meu capritx i la meva dèria. Somio amb una vida consagrada a la literatura i la música, perquè sento que potser tinc quelcom a dir. Saturno és un text que identifico amb un dels moments creatius més importants de la meva primera adolescència. L’Iker que hi trobareu, un xic lluny del que és avui, no ha deixat de ser, però, el jove emotiu i fascinat pel símil que s’amaga darrere d’aquestes línies.


El violonchelo

“Este día te dará la vida y te traerá la ruina.” Sófocles, Edipo Rey

— Hable al micrófono. Cuando quiera. — Mamá fue violinista en la Orquesta Sinfónica Nacional por veinte años, y si bien nunca consiguió ocupar el primer atril, procuró cumplir estrictamente con su labor como instrumentista, porque si algo es cierto es que mamá amó la música tanto como me amó a mí: practicaba diariamente mañanas y tardes, me llevaba consigo a los ensayos con la orquesta y procuraba ponerme al cuidado de niñeras vivarachas cuando actuaba los fines de semana. Me creerá usted entonces si le digo que la música es hoy un elemento indisociable aún de mis recuerdos más remotos. Pues bien, le he dicho que mamá solía llevarme a los ensayos con la orquesta. En un primer momento, el director titular se opuso rotundamente. Discutieron, y cuando este hubo aclarado que no estaba dispuesto a soportar los gimoteos sincopados de una criatura durante los ensayos, resolvió en proponerle a mamá que solicitara la baja por maternidad. Mamá no lo dudó. Le digo que ella amaba la música tanto como me amaba a mí, y de la misma manera en que no renunciaría a su hijo, no iba a renunciar a su pasión, por lo que asistió al siguiente ensayo con el violín al hombro y el niño en brazos. Nunca fui un crío escandaloso. Como imaginará, no daba ruido en los ensayos sino que quedaba hechizado por la majestuosa masa sonora que me envolvía (o por lo menos así lo explicaba mamá). El director acabó por compadecerse de la precaria situación de su violinista e hizo la vista gorda con aquel crío que dormitaba silencioso y arropado por la música. Le contaré cómo me enamoré del violonchelo. Los meses se sucedieron y una gran variedad de programas sinfónicos siguieron a otros. Yo contaba entonces dos años de edad, y en tanto que no caminaba aún, balbuceaba y sabía distinguir a Brahms de Beethoven. La orquesta preparaba entonces un programa dedicado a grandes oberturas, y durante el ensayo permanecí acurrucado bajo la silla de mamá. Entonces, tras una pausa, el primer violonchelista fraseó el solo inicial de Guillermo Tell, de Rossini. ¿Le suena?


— Discúlpeme. — Me lo temía. Es injusto que la belleza de la obertura haya quedado relegada al allegro final. En todo caso, no se preocupe. Al lamentoso violonchelo solista responde el coro de violonchelos, que compasivamente dialogan con el compañero atormentado. Le aseguro que el fragmento es de tal belleza… Los contrabajos ofrecen mientras tanto su cálido consuelo, y el alma antes suplicante del violonchelo solista queda apaciguada y cierra la sección con un leve suspiro de complacencia. Contaba mamá que cuando hubo de sonar el mi sobreagudo del violonchelo, el músico despegó sorprendido el arco de las cuerdas al descubrirme firmemente abrazado a la panza del instrumento. La orquesta estalló en carcajadas y el mismo director risoteó asombrado. ¿No le resulta entrañable? Le digo que aún no caminaba, pero debí haber gateado como un poseso para alcanzar el hemisferio contrario de la orquesta y aferrarme al violonchelo. Fue una alegre sorpresa para mamá, que un año después consideró llegado el momento de iniciarme en el solfeo. Entendía lo que me explicaba y progresaba rápidamente, por lo que aprendí a solfear antes que a leer. En todo caso, mamá prefirió esperar otro año más para iniciarme en el instrumento; y una vez superé el metro de estatura, pidió a un violonchelista de la orquesta que guiase mis primeros pasos y me regaló mi primer violonchelo, que tenía pegatinas de colores en el diapasón. Fue entonces cuando no hubo posible marcha atrás. El instrumento se convirtió en una prolongación del alma. La música fue pronto una necesidad fisiológica. Y los años, que se sucedieron pisándose los talones, vieron fermentar al pequeño músico que ahora le habla. No le hablaré en profundidad de mi paso por la escuela primaria. Sólo le diré que guardo bellos recuerdos de una época inocente y florecida de amistades, y que por entonces aprendí, en gran medida, a ser mejor persona. Llegó la secundaria, y con ella vinieron los errores. Trabajaba mis primeras obras virtuosísticas y había ofrecido ya mis primeros recitales como solista, por lo que mamá detectó la urgencia de una decisión determinante. Compartimos té una húmeda tarde de otoño y me hizo notar con ensayada discreción la importancia del momento que vivía. <<Es ahora cuando debes preguntarte si es esta la vida que deseas>>, dijo sorbiendo con calma. Sin embargo, reconozco que no sentí el más mínimo vértigo ante la solemnidad con la que mamá se había pronunciado.


Tuve claro que mi vida estaba en la música, en el orden del sonido y el silencio, en los lamentos y en las curvas del violonchelo. Mamá se sintió orgullosa de mi decisión (aunque le digo que no fue, en rigor, una decisión, puesto que no contemplaba otra posibilidad ajena a la música), por lo que me habló del sólido plan de estudio que había seguido ella en su juventud. Muy pronto las sesiones de práctica se alargaron hasta las cinco horas, alcanzado las siete en verano. No se alarme, no se trata de una planificación seguida: las pausas son fundamentales en música, y por eso los músicos amamos también el silencio. En todo caso, ¿no le resulta desconcertante que el número de horas que debemos al instrumento se decida únicamente en función de las obligaciones académicas? Sepa que me entregué al instrumento en cuerpo y alma y que no pensé en la amistad, en la conversación, en los pequeños placeres lejos del instrumento. Quedé completamente solo. ¡No se ría de mí! Conocí la verdadera soledad. Jamás llegaría usted a imaginar lo que supone dedicar cinco, seis y hasta siete horas diarias al abrazo de un instrumento que no hace más que lamentarse y se resiste a ser consolado. Dediqué muchas y largas horas a hacerlo sonar y no extraje nunca el más mínimo deje de tranquilidad al quejido del violonchelo. — No menciona a su padre. — Evito hablar de papá porque sé poco de él, a banda de que desapareció del mapa cuando mamá supo que me llevaba en el vientre. Sin embargo, mantenemos el contacto con la familia de papá. En todo caso, no es eso lo que deseo contarle. Le decía que quedé radicalmente solo, y créame si se lo digo. ¿Qué pudo ser peor que una adolescencia despojada de amistades? ¿Me cree si le digo que jamás he pisado un cine o que guardo aún mis secretos de pubertad? No se ría usted si le confieso que mantengo la virginidad. Ya ve. Malogré la oportunidad de recordar una bella adolescencia. Yo hubiese querido hacer locuras, compartir el tiempo, cometer errores de poca importancia… Mamá acabó notando la dimensión del error a que me había conducido, e intentó enmendar una juventud venida a menos del modo más imperdonable al que pudo recurrir: me regaló el teléfono.


El teléfono garantizó la calma a mamá. No desharía mis hábitos de práctica y facilitaría el contacto con el exterior. Me uní a un chat popular y en seguida me obsesionó la posibilidad de contar con un amigo. Procuré concentrar la gran parte de contactos de los compañeros de clase con quienes no había entablado jamás conversación y a quienes no había dirigido jamás una mirada. Además, decidí no ser yo quien iniciase las conversaciones para maquillar la desesperación que sentía por recibir algún mensaje. Le decía que nunca perdimos el contacto con la familia de papá. Cuando me uní al chat, mamá creó una conversación grupal con los tíos paternos y sus hijos. Las únicas notificaciones que recibía eran mensajes absurdos en masa del grupo familiar, así que silencié la conversación durante un mes. Consagré los avisos del teléfono a los mensajes que verdaderamente me interesaban. Cambié la configuración de notificaciones y elegí la obertura de Guillermo Tell como tono de aviso. — Procure ir terminando. — Excuse. Cuando nada de esto había empezado, el violonchelo drenaba todos mis sentimientos, pero entonces la necesidad de compañía y tardes compartidas se avivó hasta el extremo de romper en llanto desesperado cuando estaba solo. En clase, procuré ser todo lo impertinente que supe con compañeros y profesores, y acaparé la atención de un muchacho imbécil que me reía las gracias rebuznando. Se me ocurrió entonces la idea de dejar el teléfono abajo en el salón, a las antípodas de mi habitación, para no interrumpir mis sesiones de práctica e imaginar que estaba siendo mensajeado y no oía las notificaciones. Adivine qué ocurrió entonces. ¡Los días volvieron a sucederse sin mensajes! Tiré la toalla. Me resigné a ensayar y volví a mi estado primitivo en la escuela. Desistí en mi intento para cambiar de vida y acepté que era esta la que me tocaba. Estudié para los exámenes del trimestre, asistí a un par de clases magistrales y ofrecí un recital vergonzoso. El día siguiente al recital no fui a clase. Necesitaba recuperarme del disgusto que sentía por la manera en que toqué, y mamá no se opuso. Pasé la mañana acostado, mirando el techo en silencio, y no quise bajar a desayunar. Disfrutaba aquel silencio y me resistía a deshacerlo. El violín de mamá, que ensayaba, sonaba muy, muy lejano. De improviso, el teléfono vibró y me asusté. El violonchelo llorica de Guillermo Tell sollozó en el altavoz. Mi, re, mi, sol, si, mi, sol, mi. En el pecho se mezclaron emoción y miedo. Salté de la cama y tomé el teléfono, que justo dejó de sonar.


El hermano mayor de papá daba los buenos días en el chat grupal. Reía, jejeje. Mandaba besos. Un mes después. — Queda acusado entonces de apuñalar brutalmente a su madre y, después de descuartizarla, quemar sus restos en la pira que encendió en el jardín de su domicilio. En la misma hoguera quemó el violonchelo e intentó suicidarse momentos después ingiriendo una sobredosis de fármacos. — ¿Es que no me ha escuchado? Le digo que los músicos amamos también el silencio, y la música tenía que parar…


Aina Casal Pelegri estudia 1r de batxillerat artístic. De sempre li ha agrat llegir i escriure històries. També li encanta dibuixar còmics i li agradaria dedicar-se al disseny de videojocs i animació 2D .


l’altra banda del canal

Feia un fred que glaçava les pedres. A fora nevava i comença a caure la nit. A través dels prismàtics observava un paisatge tret d’una postal. M’agradaven molt els binocles de l’avi Miquel, perquè tot es veia de ben a prop. Tan a prop que si estenia el braç, creia que podria tocar allò que estava mirant. Amb tot, una de les coses que més m’agradava fer amb ells era enfocar-los del revés. Llavors tot es veia molt petit i llunyà de manera que les improvisades tendes de campanya a l’altra banda del riu, totes elles cobertes de neu, semblaven un camp sembrat d’iglús al Pol Nord. Tot quedava màgicament distorsionat com a les boles de vidre amb neu. Al cap i a la fi, el canal s’havia convertit en una barrera invisible, una mena de tancat espinós que separava ambdós cantons de l’avinguda. Jo vivia a l’altra banda de la riba, molt a prop d’un jardí guarnit amb arbres, enfiladisses i rosers on les mainaderes duien a passejar les criatures empolainades. Quan era petita, la Nasira em duia regularment a la zona dels gronxadors. Ens llançàvem juntes pel tobogan perquè era molt alt i em feia por baixar-hi sola. Però amb catorze anys no vols que et tractin com a una nena petita. Al capdavall, sóc massa gran per jugar amb nines, però encara em consideren massa petita per decidir quanta estona podia jugar amb l’ordinador. La meva convalescència se m’estava fent terriblement llarga, malgrat que l’operació havia anat molt bé. Certament la caiguda amb la bicicleta nova havia estat molt aparatosa i les conseqüències no podien haver estat més nefastes: M'havia fracturat la pelvis per diversos llocs. Diuen que els gats tenen set vides sense que sapiguem del tot el perquè. El pare deia que potser era perquè els gats sempre queien dempeus i reparteixen l’impacte sobre les seves quatre potes. Potser per això jo sempre havia volgut tenir un gat. En el meu cas, podria dir-se que havia tingut com a mínim dues vides. Circulava embadalida observant la gent del bateau-mouche, quan de sobte una pedra es va posar al mig. La roda de la bicicleta va quedar engrillonada i vaig sortir disparada. Amb la por vaig tancar els ulls i quan els va tornar a obrir ja estava a terra. L’impacte del manillar fou tan gran que vaig pensar que em quedaria sense dents. Per això, quan em van dir que tan sols m’havia trencat la pelvis vaig pensar que havia tornat a néixer, com un gat.


El doctor va dir que després d’una cirurgia tan delicada havia de fer repòs durant vuit setmanes. Em desplaçava per casa amb penes i treballs amb unes crosses i, com feia molts dies que no trepitjava el carrer, m’avorria moltíssim.

La Nasira era l’assistenta que portava més temps treballant a casa nostra. Sempre havia estat molt afectuosa amb mi. L’avi Miquel també l’apreciava molt; sobretot perquè li comprava els bombons de conyac d’esquitllentes dels pares. Diria que ella comprenia millor que ningú la meva desídia i, quan em cansava de llegir les novel—les juvenils seleccionades per la mare, em feia explicar-li tot el que veia a través dels prismàtics, com si fos el seu pigall. “Fixa’t bé, i si reconeixes algú de la fotografia, m’avises. D’acord? El meu germà em va escriure dient que venien de camí”, em deia. Potser tan sols era un pretext per mantenir-me ocupada o qui sap si en realitat esperava que jo identifiqués algun parent seu entre tots aquells rostres viatgers que m’eren tan semblants. Altres hiverns solíem anar a patinar a la pista gel. Però no m’estava sent fàcil caminar amb les crosses. No havia parat de nevar en tres dies i el terra lliscava de valent. Així que passava bona part del dia mirant per la finestra, tot esperant que amainés una mica. A l’altra banda de la riba els nens no tenien gronxadors i es penjaven de les branques dels arbres, potser perquè no podien fer cap altra cosa per despistar el fred. Alguns ni tan sols tenien guants. Altres paltrigaven les ampolles buides d’aigua escampades per terra. La Nasira m’havia ensenyat que eren unes bombes genials i que si es feien explotar saltant sobre elles, el tap sortia disparat i espantaven qualsevol que passés pel seu costat. Llàstima que amb els finestrals tancats no es podia escoltar l’espetec que feien. De matinada, més d’una vegada m’havia temptat esclatar-ne una. Imaginava l’avi Miquel saltant del llit com un coet. L’ancià creia que havien tornat els bombarders que sobrevolaven el seu poble i jo em feia un tip de riure. De fet, no havia sucumbit a aquell impuls, perquè a banda del càstig que em podia caure, hauria d’escoltar una esbroncada d’aquelles que em recordessin que ja era massa ganàpia per fer segons quines ximpleries. A través dels binocles, tot succeïa a càmera lenta. Els ancians de passa ronsa, com si tinguessin els peus empegats al terra, i els més petits s’amuntegaven al voltant de les fogueres que encenien i es quedaven immòbils, com estàtues de bronze. Era un altre món on ni tan sols hi havia cabuda per als coloms o els gossos esquàlids.


L’avi acostumava a portar flors fresques a la tomba de l’àvia Rita. Jo, de vegades, l’havia acompanyat només per la fascinació que em produïa el cementiri. M’agradava trepitjar els munts de la fullaraca al caminar i contemplar les estàtues. Sobre de la làpida de l’àvia descansava la típica escultura de la Verge Maria amb el Nen. Però entre les meves favorites figuraven unes estàtues d’uns nens amb ales d’àngel tocant la trompeta, una noia esvanida als braços d’un jove que li feia un petó i una dona nua amb el cos encongit i la mirada clavada en una calavera. Els rostres petrificats de la gent al voltant de les fogueres em feien venir a la memòria la tristesa i la quietud d’aquelles estàtues. En canvi, els habitants del nostre costat sempre tenen pressa. Les dones amb les seves sabates de taló caminen molt tibades, com si estiguessin representant una funció de teatre a totes hores. No hi ha temps ni pels entreactes; els semàfors sempre estan de color verd. Els transeünts, pulcrament abillats, passegen desimboltament amb bosses a les mans i eviten mirar a l’altra banda del riu. Els molesta veure la immundícia que s’està agarberant al voltant del campament de refugiats que s’ha establert des de fa unes setmanes. Molts d’ells, com el pare, estan indignats i no entenen per què no intervé d’una vegada per totes la policia. La mare diu que són persones iguals que nosaltres, que han fugit de la guerra i ara veuen com els neva sobre mullat. Per això els ha donat alguns abrics vells i roba tèrmica que tenia a les golfes de fa saber quants anys. L’avi Miquel observa la panoràmica rere els vitralls i es resigna a dir: “Enguany l’onada de fred està sent molt dura. Què li farem!”. A aquest costat del canal els edificis són més moderns i consistents, imbatibles al vent. En canvi, tinc la impressió que les tendes de l’altra banda semblen caus d’animals en comptes de refugis per a persones normals. “No són personals normals. Si més no, no són com nosaltres”, gairebé crec escoltar el pare, dementre nua la seva bufanda al coll. Veient-lo amb aquesta parença d’home respectable i ben engalanat ningú no diria que s’instal—là a aquest barri fugint de la misèria. “El teu pare era massa petit i no pot recordar-ho. Ens despullaren, ens vacunaren i ens donaren un tros de pa i sardina. Ens van fer sentir com si fóssim bestiar; fins i tot ens miraven les dents. Després, quan vam arribar a París, ens van posar un cartró amb un número per repartir-nos per les fàbriques”, barboteja l’avi. “Ningú no ens va ajudar i ara i aquesta gent podrà cobrar la renda garantida de ciutadania gràcies als nostres impostos”. La mare, l’escolta i no bada boca. Per descomptat que ningú no sospitaria tampoc dels seus orígens: la filla d’una jove soltera que arribà per fer de serventa a una de les grans cases


burgeses dels barris de l’oest parisenc. Potser per això sempre hem tingut criades poc agraciades a casa nostra. Costa acceptar llavors que ells també foren alguna vegada una família que provenia d’un altre país. Sembla que sempre haguessin pertangut a aquest lloc, on tot sembla una moixiganga dirigida per uns privilegiats. Per descomptat que el pare no perd l’ocasió per defensar que ningú no va regalar-li res i que, per poder comprar una casa com la nostra, va haver de treballar reposant productes en un supermercat fins a quedar esquena-romput. La mare té bons sentiments i practica la caritat religiosa. Diu que no és tan dolent que hi hagi pobres, perquè així els bons cristians es poden guanyar el cel. Però el pare li replica que la caritat és tan sols un subterfugi: “Els actors famosos creen fundacions al tercer món; els gàngsters dissolen cadàvers en banyeres d'àcid i l'endemà juguen un partit de futbol amistós en una col—lecta contra el càncer. Però ni cap famós ni cap gàngster no participaran mai en una vaga”. Malgrat les seves petites diferències afirmaria que són un matrimoni ben avingut. El pare té la seva cadena de supermercats i la mare s’ocupa de fer els fulletons amb les ofertes i promocions mensuals. També organitza tómboles i convits amb productes de la seva pròpia marca. Postrada a la butaca, a la banda on tot passa ràpid, un minut em sembla un temps etern. Els exercicis de la rehabilitació se’m fan interminables. En canvi, les hores em es transformen minuts quan et trobes bé. Es com si pas del temps canviés la perspectiva de les coses. Els pares matinen per anar a treballar. L’avi ronseja al llit fins a mig matí i jo procuro de posar-me al dia amb els deures de l’escola. Però, sento que el meu estat d’ànim necessita un al—licient. Penso que bonic que seria tenir un gat. Potser, si la mare sentís una mica més de llàstima per mi... De petita, quan jo em posava malalta, ella em llegia contes i el pare sempre tornava de la feina amb un petit regal. Recordo un xiulet amb forma d’ocell que em va regalar quan vaig agafar la varicel—la. Aquell soroll posava dels nervis la Nasira i, malgrat tot, el feia sonar cada vegada que volia que vingués a la meva habitació. Si tingués un gat em faria molta companyia. El pentinaria i jugaria amb ell. —Mare, sabies que moltes civilitzacions han associat els gats amb la curació i que la seva simple presència ajuda als malalts convalescents? —Marta, guarda’t les energies per practicar amb les crosses —va replicar la mare abans d’anar a la feina—. No paga la pena insistir-ne. Saps que els tinc al—lèrgia.


La Nasira va intentar animar-me. Sé que li sap greu veure’m trista i que cuina croquetes i els plats que més m’agraden perquè recuperi la gana. També sé que si fos per ella no li importaria tenir més feina i netejar els pèls del meu gat: un gat d'angora, preciós, blanc i estarrufat. —Has vist quantes atraccions han instal—lat al costat del parc? Si acabes aviat els deures ens podem arribar abans que torni la teva mare —em proposa la Nasira—. Podem pujar als cavallets. També hi ha tir al blanc i una roda de fira! —I cotó de sucre? —Cotó i xurros amb xocolata. Què em dius? Ja tinc fetes les empanades del sopar.

Estàvem a punt de sortir de casa, quan la mare va aparèixer per la porta. S’havia tacat el vestit de tomàquet. Li havien caigut a sobre les salsitxes amb salsa napolitana que oferien com a degustació al supermercat. Es va canviar de roba, va encomanar la neteja del vestit a la Nasira i vam sortir cap a la fira. Ens va acompanyar l’avi Miguel perquè també li agradaven molt les atraccions. Em va doldre que la Nasira no pogués venir amb nosaltres. En els fons, vivia envoltada d’una família i, malgrat tot, mai no formaria part d’ella. La mare havia estat molt desconsiderada. Era la naturalesa de la relació. La mare havia demanat empanada per sopar. La Nasira s’havia afanyat per portar-me als cavallets, i tot just netejar el vestit, la mare canvià d’idea i li demanà sopa de ceba perquè podríem tornar amb fred de la fira. Vam travessar pel pont Marne, sense rodejar el campament d’iglús, ja que el següent accés estava a més de sis carrers. El campament donava la parença que hagués de sortir volant pels aires a la primera ventada. Els més petits semblaven mixets abandonats a les cantonades. Els adults s’havien aplegat al voltant d'una foguera petita. Cuinaven un guisat en una caldera vella i grossa, una marmita semblant a la de l’Astèrix i l’Obèlix. Però l’ancià que sostenia el cullerot no feia la fila de ser un druida capaç d'elaborar la poció màgica que pogués donar alguna mena de vigor a aquella pobra gent. No els va estranyar la nostra intromissió, però vaig apreciar com el seu silenci removia les consciències de la mare i de l’avi. Tots dos van intercanviar unes breus mirades d’estupor. Instants després, l’avi va parlar amb un d’ells. No vaig poder esbrinar en quin idioma parlaven però vaig deduir que s’entenien prou bé. L’home i tres dones més ens van seguir fins a la botiga de queviures de la cantonada. La mare va estendre un xec a la dependenta i ens vam acomiadar d’ells. Vaig comprendre perquè la mare acostumava a fer obres de caritat i fins a quin punt la riquesa que es comparteix amb els més necessitats genera una profunda satisfacció personal.


A la fira vam poder divertir-nos pujant a un munt d'atraccions. Em fascinava la roda per la impressió que donava en girar. Fins i tot em feia una mica de vertigen la velocitat amb què la sorra es movia sota els nostres peus, però era una sensació molt agradable. M’havia capficat massa mirant el món a través dels prismàtics i necessitava oblidar-me una mica de totes les coses que em feien sentir malament. Ens ho estàvem passant d'allò més bé quan vam trobar la senyora Leblanc a la caseta de tir al blanc. La dona es va interessar pel meu estat de salut. Després va aprofitar per preguntar-nos si teníem pensat cantar al concert coral del diumenge. Necessitaven voluntaris perquè gairebé la meitat dels seus integrants havien quedat ingressats a l’hospital. —Estan pendents dels resultats radiològics, però l’Armand i el Philippe s’han contagiat de tuberculosi — va dir-nos molt esverada. Pel que es veia tots dos havien estat ajudant a construir barracons de fusta a un campament al nord de la ciutat. Lligant caps i sense que ningú li hagués dit res, la senyora Leblanc va acabar concloent: —Viuen amuntegats i duen paràsits que porten malalties. La mare estava segura que tot que plegat era un rumor sense cap fonament. —Aquesta dona és terrible. Sempre fa una muntanya d’un gra de sorra. Amb les seves calúmnies és capaç de fer caure la borsa! —va portar-se les mans al cap—. Si tan sols s’assabentés que ens hem apropat als iglús... Ai, Déu meu! Faria córrer la veu i la gent deixaria de comprar als nostres supermercats!. La mare va posar la seva millor cara de pòquer davant d’aquelles declaracions. Amb tot, no estava disposava a córrer cap mena de risc i, després d’acomiadar-nos, l’avi Miquel va trucar a un metge que ell coneixia des del seu mòbil. L’home ens va rebre a casa seva, ens va fer unes anàlisis de sang i va treure ferro a l'assumpte: “Tot anirà bé, Nuri. És una possibilitat molt petita, ben bé impossible”. Finalment ens va dir que ja ens avisaria quan tingués els resultats. “Molt petita... molt petita”, repetia la mare. Havíem d’estar preparats per afrontar el pitjor dels escenaris. Si el pare s’assabentava que, a més d'haver travessat el camp de refugiats, havíem estat en contacte físic amb aquella pobra gent, es posaria fet una fúria. La mare recordava que havia encaixat les mans amb ells i que les tenien exageradament fredes. —No pot ser de cap altra manera, filla meva. Tot ha de quedar ben lligat. És una possibilitat molt petita però llavors... Com li explicarem al pare? T’equivoques si penses que ho entendrà —


argumentava la mare—. Sempre dius que vols ser gran, però les persones adultes saben que tot té un preu a la vida. No tenim cap altre remei. Assumir responsabilitats requereix sacrificis. —Què li farem! —va fer l’avi, donant-me uns copets a l’espatlla—. A més, sé una cosa que aviat et farà oblidar tot aquest enrenou... Crec que em vaig deixar convèncer massa ràpid, malgrat l'amarg preu del meu silenci. No volia ser la culpable de cap ruptura familiar i encara menys que un rumor enviés a la ruïna el negoci dels pares. Quan vam arribar a casa, el pare ens estava esperant a taula parada. La mare va escalfar una mica més la sopa de ceba, i jo vaig anar directa a posar-me el pijama. Ni tan sols vaig donar les bones nits a la Nasira. Estava molt nerviosa. Necessitava tranquil—litzar-me com pogués. Uns minuts després, l’avi Miquel va venir-me a buscar a la meva habitació amb el telescopi que m’havia comprat. L’acabava de muntar i era preciós. Llavors ens vam asseure a sopar plegats. —Són per les seves bones notes –va dir la mare—. Ens hem trobat amb la professora de la Marta a la fira, la senyora Leblanc. Diumenge fan un concert a l’escola i ens ha encarregat el càtering pel berenar. No és fantàstic? —Formidable! Aquests banquets ens deixen un bon marge de beneficis —va respondre-li. Se’l veia de molt bon humor. Llavors, va agafar un tros de pa i dirigint-se a mi, prosseguí: —Caram, caram! Així que ara vigilaràs que els marcians no ens envaeixin... —Si us plau, papa...—vaig prendre’m una cullerada de sopa. Detestava que em parlés com a una nena de quatre anys—. En tot cas serem nosaltres qui conquerirem Mart! —Està bé. Ja m’agrada que exploris les estrelles. Segur que és més alliçonador que fer de detectiu privat, oi filla? —Sí, pare –vaig respondre, mirant el plat de sopa. El pare sostenia la fotografia dels parents de la Nasira. Vaig fingir que apartava els fils de formatge del plat, però observava de reüll la fotografia. Van trucar a la porta del carrer. La mare es va aixecar de la taula per anar a obrir i el pare va prosseguir amb el seu sermó. —No passa res. La teva mare ja m’ha posat al corrent i no és pas culpa teva —va allargar el braç per agafar el saler—. La noia era lliure de gastar els diners de la seva paga allà on volgués. Molta gent compra els queviures a la competència i no els he declarat mai enemics públics... — va sospirar profundament—. Si ja ho entenc. Aquell supermercat li queia molt més a prop —va mirar novament la fotografia i, després, el tiquet del supermercat—. La xicota baixava a llençar la


brossa, es desviava uns metres més enllà i assortia tota la seva família. Comprenc a la perfecció perquè et va demanar que no ens expliquessis res de tot això... —va fer el gest de donar un cop de puny a la taula, però se’n va estar—. La gent necessitada furga als contenidors. És molt depriment. Però les escombraries estan plenes de microbis i val més prevenir que curar. No t’amoïnis reina, demà mateix publicarem un anunci sol—licitant una nova minyona. —Què li farem!— va dir l’avi. —Què li farem!—vaig repetir jo. Al capdavall, es podria dir que tot havia anat com oli en un llum. Només faltava veure quina cara posaria el pare en veure el gat persa que duia la mare a la cistella.


Hola! Sóc Xavier Lluís, ebrenc afincat a Barcelona, tinc un quart de vida i sóc bibliotecari de professió. M'interessa molt, com a bibliotecari, els aspectes relacionats amb la promoció lectora en els més joves i explorar camps amb les noves tecnologies per fer la literatura més accessible i amena. Tinc una llista infinita d'autors i de llibres preferits. No llegeixo sota la dutxa perquè no és viable que sinó ho faria. M'encanta viatjar i conèixer llocs nous. Quan al tren o a l'avió tinc davant una persona que em desperta no sé el què, trec l'ordinador de la motxilla i li munto una vida escrita davant seu. Pico tan fort les tecles que sembla que escrigui a màquina i quan em miren de reüll amb inquietud afluixo el ritme i els hi faig el somriure etrusc que tant assajo mentre m'afeito. M'agraden els petits detalls i les al—lienacions del diumenge la tarda, és el millor moment de la setmana: museus gratuïts o vermuts que s'allarguen. O totes dues coses.


Push Up - I això ho veu factible, doctora? –Va preguntar la Judit per tercera vegada en quinze minuts que portava a la consulta. - Ja li hem dit que sí tres vegades tot l’equip. És una operació senzilla. En fem a diari. Com xurros. Abans de vostè segur que operarem a alguna altra noia i abans no s’haurà vestit que ja n’entrarà una altra –deia la doctora amb unes dents que enlluernaven només de mirar-les mentre el seu equip, una dona guapa i un noi més jove també guapo assentien sense treure els ulls de sobre de la Judit. La pacient amb la mà al pit com amb sentiment de culpa deia que eren molts diners, que eren dos sous sencers però que havia estat esperant anys i que ara ja els tenia. I és cert que els tenia, sí, els milers d’euros que li demanaven. Guardats en una capseta sota uns sostenidors d’augment de dos talles, amb push up i copa especial per vestits de paraula d’honor, a dins del sinfonier. Silenci. - Li torno a ensenyar les fotos i veurà com és una de les millors decisions que farà mai –deia la doctora agafant per tercer cop una carpeta amb els cantons pelats plena de dossiers amb fotos de pits de dona. A l’esquerra: abans. A la dreta: després. Els pits eren els mateixos. Els de l’esquerra petits i els de la dreta grans. - Però el quiròfan, les cicatrius, l’anestèsia... He llegit que molts cops el cos rebutja la silicona i cal tornar a operar –la Judit intentava treure més temps d’una cosa que ja sabia de memòria perquè portava anys donant-li voltes. Però així no se sentia tan culpable. - Vostè ha de pensar que la societat a les zones rurals avança més a poc a poc –anava dient la cirurgiana guardant la carpeta i traient un full- Quins pares no posen al nen avui dia ortodòncia? Seria impensable. I és estètica també! Vostè ha de ser feliç i no ha de tenir vergonya. No s’ho pensi més. Li dono el full per si el vol anar omplint –mentre el noi de l’equip li facilitava un boli. - No puc, no puc –va començar la Judit, aquest cop sí, més nerviosa.- És que arribaré a la feina i clar, veuran que ha passat alguna cosa i ja hauré de donar explicacions i no puc, no vull, no puc. - Fins ara ens havia comentat que portava sempre sostenidors push up, d’aquests que augmenten visualment la talla, no? –Etzibà ràpidament la dona guapa, companya d’equip de la cirurgiana.


A la Judit li van sortir els ulls fora de les òrbites -Sí, sí. Són aquests els que uso normalment –va dir sota la mirada penetrant de la cirurgiana plàstica, l’ajudant guapo i la dona guapa. - Sap la quantitat de diners invertida en sostenidors que s’ha gastat al llarg de la seva vida, per a què, quan se’ls treu, els seus pits tornin a la realitat que no vol viure i que aquí, Judit, podem canviar? –va sentenciar la cirurgiana posant el full de paper encara més a prop de la Judit. Silenci. - Bé, és decisió completament seva ara. Nosaltres li hem fet el diagnòstic i creiem que pot sortir d’aquí com nova, més viva, més brillant. I vostè també ho sap. Ens sap realment greu però en deu minuts tenim una intervenció –anava dient la cirurgiana plàstica especialista en pit mentre s’aixecava ella i els dos ajudants guapos. - Posem una 100 i copa C. El regal del pare a una filla per haver acabat un màster. I venen de lluny. El nom de la clínica i de l’equip, per suposat – mentre mirava als seus dos companys- també ajuden. La felicitat de les persones és la nostra raó de ser. La Judit s’estava quedant blanca i els nervis augmentaven. Ella volia. Ella havia estalviat molt i esperava aquest moment. Què fallava? Havia llegit tot allò escrit en tots els idiomes que entenia, havia trobat la clínica, el personal, ho tenia tot. - Ara si es tan amable l’acompanyem a la porta. Vostè pensi-s’ho, amb calma, li mantenim el preu i les condicions durant tot un mes. Això sí, quan abans millor perquè ja ha vist que tenim un agenda que ens falten hores als dies –deia el noi guapo, com si ho digués de memòria tot obrintli la porta a la Judit i convidant-la a marxar. Fora, a la saleta, el pare i la filla. S’entrecreuen les mirades de la filla i de la Judit. Una vida diferent, l’una 15 anys treballant per poder-s’ho pagar. L’altra un any estudiant a l’estranger amb l’únic requisit d’aprovar amb un 5. El mateix problema. - Un moment! Demano hora ara –va dir la Judit decidida tornant a entrar a la consulta amb passes grans i fermes. L’ajudant guapo va tancar la porta aixecant les celles a la parella de fora que estava esperant. La Judit s’asseu. Encara hi havia el paper davant. Com us faig arribar els 2000€? Transferència? –diu decidida mentre omple les dades del paper. La doctora, per primer cop en tota la tarda, retira el somriure enlluernador que li venia de sèrie. Com diu? 2000€? Què només vol operar-se un pit?


Em dic Aina Bosch Collell i sóc d’Anglès. Vaig estudiar Enginyeria Industrial i actualment estic treballant de professora de matemàtiques. Sempre m’ha agradat escriure i llegir, tot i que, com podeu veure, ho combino força amb els números. També amb altres passions com la natació, la bicicleta, la xocolata (de qualsevol color) i viatjar.


Nenes i noies i dones NENES I NOIES I DONES

La Josefina s’ha apuntat a aeròbic. Bé, el noi que la va atendre, quan després de donar-hi moltes voltes es va decidir a apuntar-se al gimnàs, li va dir que es deia “kumba” o “tumba” o “sumba” o “zumba”, no se’n recorda ben bé. Però després d’haver fet una classe, la Josefina considera que és el que abans se’n deia aeròbic. Deuen haver canviat el nom per atraure més jovenetes, pensa. I de fet, li sembla que funciona el canvi de nom: el dilluns la classe feia goig! Potser n’eren més de vint-i-cinc! Totes dones, i d’edats molt diferents. Hi havia una nena que semblava que no tingués ni dotze anys. Altres de més grandetes, però possiblement també menors d’edat. És força dolenta la Josefina posant edats, des que ella en té tants –més de seixanta!– que veu a tothom jove i li costa distingir entre vints i trentes, entre trentes i quarantes, i així consecutivament. Hi havia noies de l’edat de la Mireia, la seva néta. Uns vint anyets. O la Mireia ja en té vint-i-sis? En fi, és igual, la qüestió és que hi havia nenes i noies i dones de totes les edats. Fins i tot de la seva! No era pas l’única que passava dels seixanta.

Es va col—locar a darrere de tot, i ho tornarà a fer avui. Quan entra a la sala, veu que no té alternativa: les primeres files estan plenes a vessar. Això ja passava quan fa uns anys anava a aeròbic: la gent prefereix posar-se endavant, encara que la densitat de persones sigui molt superior que a la segona meitat de la sala. Ella prefereix estar ben ampla i enrere. A l’únic lloc on es posava a primera fila era quan anava a estudi. Somriu pensant que sempre ha anat una mica a contracorrent: quan tothom vol anar endavant ella prefereix enrere, i quan tothom vol anar enrere, ella prefereix endavant.

Quan estudiava li deien “pilota” perquè sempre que podia s’asseia ben bé davant de la taula del professor i aixecava la mà per respondre tot el que el professor preguntava. Quasi sempre encertava les respostes, perquè quan sortia de l’escola repassava el que li havien ensenyat, i omplia llibretes i més llibretes amb exercicis de cal—ligrafia. El seu professor, el senyor Ramon –si


algun cop no li deies senyor, ja s’encarregava ell mateix que te n’oblidessis una vegada i prou–, sempre la felicitava: Josefina quin goig corregir els teus exàmens, tan nets i polits i amb aquesta cal—ligrafia implacable! Alguns companys en feien mofa, però després li demanaven els apunts. És ben bé... Encara ara fa una lletra fantàstica i tothom que la veu se’n fa creus. Els seus néts sempre li diuen que els deixi en herència la bona lletra, però ella els ha explicat una vegada i una altra que això només s’aconsegueix practicant i practicant i practicant, i els seus néts, de moment, sembla que prefereixen fer altres coses com jugar a futbol, a hoquei o amb l’ordinador. Comprova que pot obrir bé els braços sense molestar la senyora del costat, i es pregunta a quina hora deu arribar tota aquesta gent per aconseguir una bona posició, perquè ella no ve pas justa de temps, precisament. Mou una mica les espatlles per començar a escalfar, que a la seva edat una petita estrebada li pot sortir molt cara. Sent que les dones de davant comenten si en Marc ja s’ha desapuntat, perquè fa molts dies que no el veuen. La Josefina no sap qui és en Marc, però pensa que un sol home entre tanta dona devia fer una bona fila. Però si els homes d’ara no han canviat molt, anys enrere molts haurien pagat per veure tanta dona junta remenant el cul. La professora o instructora o monitora, la Josefina no sap ben bé com s’ha d’anomenar la dona que dirigeix la classe, se li acosta i li diu que ho va fer molt bé l’altre dia, i que ja veurà com a poc a poc seguirà perfectament tots els balls. La Josefina ja sap que no va fer-ho gaire bé, per tant, dir-li que va fer-ho molt bé ho troba exagerat, però en qualsevol cas, és un bon detall per part seva. La professora crida: - Com esteu noies? A punt? –i sense esperar resposta, afegeix– doncs som-hi, fins que ens surti el fetge per la boca!

La Josefina observa com les noies criden i xisclen i aplaudeixen. Quina motivació!, pensa. No li sona aquest inici apocalíptic quan d’això se’n deia aeròbic. La professora engega el radiocasset. Mentida, la Josefina s’adona que no es tracta d’un radiocasset, sinó d’un ordinador portàtil, i es fa una nota mental per preguntar-li a la seva néta si és possible que la música de la classe de “kumba” surti d’un ordinador.


La música està un pèl massa alta pel seu gust, però bé, tampoc ha de parlar amb ningú. La professora diu que comencin escalfant suau, que no vol que ningú es lesioni. Més que dir-ho, ho crida, perquè amb els decibels del “Despacito” de fons, tot i cridar, ja ve just que la Josefina la senti des de l’última fila. També és cert que no deu ser la que té l’oïda més fina de la sala, que ja té quasi setanta anys! Ella prefereix dir que en té més de seixanta i així semblar més jove, però seixanta-nou, vulgui o no, està més a prop de setanta que de seixanta. Vinga, vinga! Un, dos, tres, braç dret, un, dos, tres, braç esquerre. I repetim. Un, dos, tres... I afegim cames: un dos tres, cama i braç, un dos tres, esquerre... La Josefina s’adona que realment sí que segueix millor els passos que el dilluns anterior, i pensant això ja es perd. Per no perdre’s, ha de mirar tota l’estona la professora i no pensar en les seves coses. Es concentra molt durant les dues següents cançons, i quan la música para un moment, pensa en la cara que farà la Mireia quan li digui que balla al ritme de la Shakira i “Despacito”. Les altres cançons que sonen no les coneix. Com tampoc coneix aquestes dues, però ha sentit que ho deia la professora i aquests noms li sonen. La Shakira li sembla que és una que s’entén amb un que corre amb moto i sempre porta gorra. Han començat una nova cançó i la Josefina va perduda. No hi ha manera que el cervell deixi de barrinar. Després de molt d’esforç agafa el ritme. Realment la classe, tot i ser un grup molt amateur, fa goig. Totes tan sincronitzades... Només de tant en tant el braç de la Josefina va cap al costat contrari. Ella no sap que es tracta d’una cançó que fa molt temps que ballen i que per això la resta de nenes i noies i dones la fan tan i tan bé, i quasi totes poden ballar-la sense mirar constantment la professora.

La noia de la samarreta verda de la penúltima fila pensa que la senyora gran que s’acaba d’apuntar no n’enganxa ni una, però també reconeix que ja li agradaria a la seva edat estar en tan bona forma. I la continua mirant a través del mirall, i quan fan el gir amb les mans enlaire, pensa que deu tenir ben bé uns seixanta anys.


La nena de la samarreta rosa que és a la tercera fila, també aprofita aquesta cançó que se sap de memòria per repassar la resta de la classe a través del mirall. Es mira la noia de la samarreta verda que té a darrere i pensa que té uns pits molt ben posats. No com ella, que si porta sostenidors és només per aparentar. Però se’n posa, i tant que sí. Encara que la seva mare li digui que ja li creixeran els pits, i li faran nosa, i alguns dies fins i tot mal, i que aprofiti ara que pot per anar sense sostenidors que és molt més còmode. Però la seva mare no sap res del que necessita una adolescent, és millor que faci cas del que diu la seva millor amiga. La mare de la nena, que és al seu costat, aprofita el gir per mirar-se la filla, i pensa que realment el pit li està creixent tard. Li fa enveja, perquè ella va ser de les primeres a tenir pitrera. I quina nosa, i quina vergonya que va passar. I de cop, a les companyes els va créixer i ella va quedar amb el pit més escarransit de totes. També s’adona que la seva filla està més pendent de no esperrucar-se que de seguir la coreografia. Ai senyor... No sap pas a qui es retira aquesta nena! La noia de vermell de la segona fila, quan sona aquesta cançó, com que els passos li surten sols, sempre es fixa en la mare de la nena. És quasi automàtic. Ella de moment no té ni parella, per tant, no s’imagina amb fills. Però les seves amigues que han parit no tenen pas tan bona forma com aquesta mare. Es manté realment bé: té la panxa plana i el cul ferm. Com pot ser que ella tingui més panxa sense haver parit? Quina enveja. La dona de blau de la primera fila està molt ben col—locada: arriba cada dia amb més de mitja hora d’antelació per poder seguir els moviments de la professora des de ben a prop. Fa els passos cap a la dreta més grans del compte per aconseguir un bon angle. La noia de vermell és ben bé darrere seu i, per poder-la veure bé a través del mirall necessita que estigui en diagonal. Està obsessionada amb els seus bessons. Com s’ho fa per tenir-los tan bonics? Ella sempre els ha tingut horribles i ho ha provat tot: bicicleta, córrer, tonificació... A més a més, per més que salti i es bellugui, la noia de vermell està sempre ben pentinada i estupenda. Ella, en canvi, porta els cabells recollits en una cua i se l’ha de fer cinquanta vegades perquè se li desfà i fa mitja por.

A la noia de groc de la segona fila, se li’n va la vista cap a la dona de blau que sempre és davant de tot. A quina hora deu arribar per aconseguir que ningú li robi el lloc? A vegades la mira a través del mirall, perquè mirar-la directament gaire estona ho troba descarat. Té els braços musculats, però al punt just. Ni massa ni massa poc, tal com li agradaria a ella: que no es notin


gaire les hores de gimnàs, però que no pengi tot pels costats. Com pot ser que una dona que li duplica l’edat tingui millors bíceps? Quan aixequen els braços enlaire s’adona que ella té la pell del braç força pengim-penjam. Des de quan? Com pot ser que no s’hi hagi fixat fa temps? Potser haurà de deixar les classes de zumba i posar-se a fer peses...

La professora, quan sona alguna cançó que li permet desconcentrar-se, fa un cop d’ull a la sala, però sempre acaba mirant la mateixa noia: la de groc de la segona fila. Quin ritme!, pensa. Com mou el cul, i els malucs... Si fins i tot sap moure els pits! Qualsevol dia la faran fora i agafaran la de groc com a professora.

La Josefina, mentre pensa si per sopar farà amanida o llegums, volta cap a la dreta quan hauria de girar cap a l’esquerra i quasi xoca amb la noia del costat. Es diu una vegada i una altra que si

continua pensant amb les seves coses no seguirà mai els balls. Ha de fer com la resta de nenes i noies i dones, que aconsegueixen deixar el cervell en blanc i es concentren en la música i els passos que han de fer. La Josefina no sap que tothom té cabòries al cap, i potser és millor pensar en què farà per sopar que envejar els cossos dels altres.


Samuel Lopes de las Heras és Blanenc i estudia secundària. Li encanta llegir i escriure, això el porta a participar en el Club de lectura jove de la biblioteca i a participar en la categoria fora de concurs per a joves de 12 a 14 anys. El relat, de tall oníric i fantasiós, es titula Solo un sueño, s’ha presentat amb el pseudònim de Sam, i s’ha triat com a reconeixement a la seva participació.


Sólo un sueño Todo empezó el día trece de Noviembre de 1998, en ese momento estaba yo saliendo del trabajo sobre las dos del mediodía para ir a comer con mi hermosa mujer en casa.

Saludé a Maripaz al pasar por delante de la recepción de oficinas y salí del inmenso edificio. Entré en el coche y puse música; en concreto un tema de los Beatles.

Tardé casi veinte minutos en llegar a “Little Street”, encontré parking cerca de casa y aparqué marcha atrás.

Salí del coche y me dirigí al inmenso portal que contradecía el nombre de la calle.

Entré sin parar de caminar hasta llegar a las escaleras, me puse a subir las escaleras hasta llegar al segundo, dirigiéndome hacia la puerta número uno.

Saqué las llaves del bolsillo y las introduje en cada una de las cerraduras, hasta que en la última, se abrió la puerta.

Entré en casa, el recibidor era un poco pequeño y estrecho, tenía un colgador y un pequeño mueble con dos cajones, al lado del mueble estaba el paragüero, pero faltaba un paraguas, “Marta se lo ha debido llevar al ver el cielo nublado” pensé.


Dejé las llaves en el portallaves y me introduje en la cocina, en la nevera que hay sólo entrar por la puerta a la izquierda había una nota que rápidamente cogí y me puse a leer: “he salido a comprar, tienes la comida en el microondas, besos, Marta”,

Eso me respondía a la pregunta que me estaba haciendo. (¿Por qué no ha venido a recibirme?).

En ese instante volví al recibidor y me quité el abrigo, luego lo colgué en el colgador.

Fui hacia la cocina y encendí el microondas, lo puse dos minutos; en ese tiempo fui al dormitorio y me quité los pantalones, los doble y los puse en la mesita de noche que hay junto al extremo derecho superior de la cama.

Me pareció escuchar el microondas, así que salí del dormitorio y me dirigí otra vez hacia la cocina, saqué el plato del microondas y lo dejé en el mármol, cogí un tenedor de un cajón y un vaso de la estantería, puse el tenedor en el plato y lo cogí con una sola mano.

Llegué al comedor donde me puse comer, encendí la televisión y puse el telediario; cuando llevaba ya un buen rato comiendo me alerté mucho con una noticia que salió en el televisor, “Se ha encontrado el cadáver de una mujer en la esquina de un hospital; el nombre de la víctima es Marta Ruiz Jiménez…”

En ese instante tiré el tenedor sobre la mesa y salí corriendo al dormitorio; cogí los pantalones y me los puse lo más rápido que pude, salí disparado hacia el recibidor, cogí el abrigo y las llaves y salí corriendo de casa pegando un portazo en la puerta.

Bajé y salí del edificio, entré en el coche y arranqué.


Al cabo de diez minutos aproximadamente, llegué a la comisaría de la policía y entré.

Me apoyé sobre el mostrador hiperventilando por dos razones, una porque aún no me podía creer lo que me había sucedido, y la segunda por las prisas. Un agente de la policía con una placa dorada y un sombrero extravagante salió de una puerta antigua de color marrón oscuro, el policía me vio la cara de asustado y vino corriendo a atenderme:

-

¿Le ocurre algo señor?

-

Mi… ¡Mi mujer!; - No podía casi ni hablar.

-

¿Qué le ocurre a su mujer?

-

Mu… muerta… tele… - Tartamudeé.

-

¡¿Usted es familiar de Marta?!

-

Sí, - Logré decir.

-

Venga conmigo, - Dijo el policía mientras me acompañaba a una sala en la que en la puerta ponía, “Sala de espera” y me hizo sentarme.

Me tuvo esperando varios minutos que me sirvieron para tranquilizarme.

Cuando y estaba más tranquilo vinieron un oficial y un psicólogo que me ayudaron a entender la situación y a tranquilizarme.

-

Señor, sobre el caso de su mujer, tenemos algunas pistas que nos dicen que podría ser un asesinato y otras que dicen que fue un suicidio, ¿podría usted ayudarnos a saber que le pasó a su mujer? – Preguntó el oficial.

-

Creo que sí, - Contesté


Me llevaron en un coche patrulla hasta el lugar de los hechos y bajé del coche, al ver a mi mujer tirada en el suelo me derrumbé y me eché a llorar, en ese momento el psicólogo le dijo algo al oficial con un susurro.

El oficial gesticuló, y me llevó otra vez al coche, yo le pregunté secándome las lágrimas donde íbamos, él me contestó que de regreso a mi casa.

Llegué a casa y el policía me dijo que me ayudaría dormir un poco, así que le hice caso.

Entré en casa, dejé el abrigo, fui al dormitorio y me tumbe en la cama.

Me desperté de golpe y miré hacia el lado derecho, encontré a mi mujer tumbada viva y eso me mareó un poco, pero enseguida lo entendí todo;

SÓLO FUÉ UN SUEÑO…


El jurat que han lliurat aquests premis han estat:

Salvador Macip, Escriptor i investigador científic blanenc Gemma Ciuró, Directora de la Biblioteca Comarcal de Blanes Elisa Sola, Directora de l’Oficina de Catala Marc Fàbregas, Representant d’una entitat juvenil Blanenca Marta Arenas, Guanyadora d’un premi Bolleré la vuitena edició


febrer 2017

Digitalització 9è concurs bolleré  

edició 2017

Digitalització 9è concurs bolleré  

edició 2017

Advertisement