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Seis poetas andaluces de la Edad de Plata Antonio

Juan Ramón

Machado

Jiménez Vicente Aleixandre Luis

Federico García Lorca

Cernuda Rafael Alberti

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Selecci贸n de poemas para analizar en clase

IES La Orden (Huelva) Departamento de Lengua Castellana y Literatura Selecci贸n de Paco Garc铆a

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Antonio Machado Sevilla, 1875-1939

Soledades, galerías y otros poemas “ERA UNA TARDE CENICIENTA Y MUSTIA...” Soledades, galerías y otros poemas (1903; 1907) se sitúa dentro del modernismo simbolista. Es un libro melancólico, muy influido por Bécquer y Rosalía. La angustia existencial y el ansia de Dios, temas recurrentes en la poesía primera de Machado, encuentran una conmovedora expresión en este poema. Es una tarde cenicienta y mustia, destartalada, como el alma mía; y es esta vieja angustia que habita mi usual hipocondría. La causa de esta angustia no consigo ni vagamente comprender siquiera; pero recuerdo y, recordando, digo: –Sí, yo era niño, y tú, mi compañera. *** Y no es verdad, dolor, yo te conozco, tú eres nostalgia de la vida buena y soledad de corazón sombrío, de barco sin naufragio y sin estrella. Como perro olvidado que no tiene huella ni olfato y yerra por los caminos, sin camino, como el niño que en la noche de una fiesta se pierde entre el gentío y el aire polvoriento y las candelas chispeantes, atónito, y asombra su corazón de música y de pena, así voy yo, borracho melancólico, guitarrista lunático, poeta, y pobre hombre en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.

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“YO VOY SOÑANDO CAMINOS...” La soledad, el melancólico recuerdo de un amor, son sentimientos que el poeta proyecta en el paisaje. Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!... ¿Adónde el camino irá? Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero... –La tarde cayendo está–. “En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón.” Y todo el campo un momento se queda mudo y sombrío, meditando. Suena el viento en los álamos del río. La tarde más se oscurece; y el camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece. Mi cantar vuelve a plañir: “Aguda espina dorada, quién te pudiera sentir en el corazón clavada.”

Campos de Castilla CAMPOS DE SORIA Campos de Castilla (1912) está considerado como la contribución de Machado a la temática noventayochista. El poeta nos ofrece una visión lírica del paisaje castellano: proyecta sus sentimientos sobre aquellas tierras, operando una selección que prefiere lo recio y lo austero, lo que sugiere soledad o fugacidad (sus obsesiones). Los nueve poemas de esta serie son un magnífico ejemplo del amor del poeta por estas tierras. I Es la tierra de Soria árida y fría. Por las colinas y las sierras calvas, verdes pradillos, cerros cenicientos, la primavera pasa dejando entre las hierbas olorosas

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sus diminutas margaritas blancas. La tierra no revive, el campo sueña. Al empezar abril está nevada la espalda del Moncayo; el caminante lleva en su bufanda envueltos cuello y boca, y los pastores pasan cubiertos con sus luengas capas. II Las tierras labrantías, como retazos de estameñas pardas, el huertecillo, el abejar, los trozos de verde obscuro en que el merino pasta, entre plomizos peñascales, siembran el sueño alegre de infantil Arcadia. En los chopos lejanos del camino, parecen humear las yertas ramas como un glauco vapor –las nuevas hojas– y en las quiebras de valles y barrancas blanquean los zarzales florecidos, y brotan las violetas perfumadas. III Es el campo undulado, y los caminos ya ocultan los viajeros que cabalgan en pardos borriquillos, ya al fondo de la tarde arrebolada elevan las plebeyas figurillas, que el lienzo de oro del ocaso manchan. Mas si trepáis a un cerro y veis el campo desde los picos donde habita el águila, son tornasoles de carmín y acero, llanos plomizos, lomas plateadas, circuidos por montes de violeta, con las cumbres de nieve sonrosada. IV ¡Las figuras del campo sobre el cielo! Dos lentos bueyes aran en un alcor, cuando el otoño empieza, y entre las negras testas doblegadas bajo el pesado yugo, pende un cesto de juncos y retama, que es la cuna de un niño; y tras la yunta marcha un hombre que se inclina hacia la tierra, y una mujer que en las abiertas zanjas arroja la semilla. Bajo una nube de carmín y llama, en el oro fluido y verdinoso

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del poniente, las sombras se agigantan. V La nieve. En el mesón al campo abierto se ve el hogar donde la leña humea y la olla al hervir borbollonea. El cierzo corre por el campo yerto, alborotando en blancos torbellinos la nieve silenciosa. La nieve sobre el campo y los caminos, cayendo está como sobre una fosa. Un viejo acurrucado tiembla y tose cerca del fuego; su mechón de lana la vieja hila, y una niña cose verde ribete a su estameña grana. Padres los viejos son de un arriero que caminó sobre la blanca tierra, y una noche perdió ruta y sendero, y se enterró en las nieves de la sierra. En torno al fuego hay un lugar vacío y en la frente del viejo, de hosco ceño, como un tachón sombrío –tal el golpe de un hacha sobre un leño–. La vieja mira al campo, cual si oyera pasos sobre la nieve. Nadie pasa. Desierta la vecina carretera, desierto el campo en torno de la casa. La niña piensa que en los verdes prados ha de correr con otras doncellitas en los días azules y dorados, cuando crecen las blancas margaritas. VI ¡Soria fría, Soria pura, cabeza de Extremadura, con su castillo guerrero arruinado, sobre el Duero; con sus murallas roídas y sus casas denegridas! ¡Muerta ciudad de señores soldados o cazadores; de portales con escudos de cien linajes hidalgos, y de famélicos galgos, de galgos flacos y agudos, que pululan por las sórdidas callejas, y a la medianoche alulan, cuando graznan las cornejas! ¡Soria fría! La campana

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de la Audiencia da la una. Soria, ciudad castellana ¡tan bella! bajo la luna. VII ¡Colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas por donde traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, obscuros encinares, ariscos pedregales, calvas sierras, caminos blancos y álamos del río, tardes de Soria, mística y guerrera, hoy siento por vosotros, en el fondo del corazón, tristeza, tristeza que es amor! ¡Campos de Soria donde parece que las rocas sueñan, conmigo vais! ¡Colinas plateadas, grises alcores, cárdenas roquedas!... VIII He vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, tras las murallas viejas de Soria –barbacana hacia Aragón, en castellana tierra–. Estos chopos del río, que acompañan con el sonido de sus hojas secas el son del agua, cuando el viento sopla, tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombres de enamorados, cifras que son fechas. ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis de ruiseñores vuestras ramas llenas; álamos que seréis mañana liras del viento perfumado en primavera; álamos del amor cerca del agua que corre y pasa y sueña, álamos de las márgenes del Duero, conmigo vais, mi corazón os lleva! IX ¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria, tardes tranquilas, montes de violeta, alamedas del río, verde sueño del suelo gris y de la parda tierra, agria melancolía de la ciudad decrépita.

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Me habéis llegado al alma, ¿o acaso estabais en el fondo de ella? ¡Gentes del alto llano numantino que a Dios guardáis como cristianas viejas, que el sol de España os llene de alegría, de luz y de riqueza!

A UN OLMO SECO Este famoso poema se escribe en 1912, poco antes de la muerte de la joven esposa del poeta, Leonor. Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido. ¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento. No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores. Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas. Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas de alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

“SEÑOR, YA ME ARRANCASTE...” El dolor por la muerte de Leonor se expresa en poemas tan emocionantes como éste. Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

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Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

LA SAETA La crítica a la religiosidad tradicional, tema esencial en los escritores del 98, se expresa en Machado en poemas como éste. ¿Quién me presta una escalera, para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? SAETA POPULAR.

¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!

DEL PASADO EFÍMERO La visión crítica de España adquiere una visión histórica y política netamente progresista en algunos de los poemas añadidos en ediciones posteriores del libro. En este poema, Machado construye un retrato satírico de los señoritos de poblaciones rurales. Este hombre del casino provinciano que vio a Carancha recibir un día, tiene mustia la tez, el pelo cano, ojos velados por melancolía; bajo el bigote gris, labios de hastío, y una triste expresión, que no es tristeza, sino algo más y menos: el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza. Aún luce de corinto terciopelo chaqueta y pantalón abotinado, y un cordobés color de caramelo, pulido y torneado. Tres veces heredó; tres ha perdido al monte su caudal; dos ha enviudado. Sólo se anima ante el azar prohibido,

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sobre el verde tapete reclinado, o al evocar la tarde de un torero, la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta la hazaña de un gallardo bandolero, o la proeza de un matón, sangrienta. Bosteza de política banales dicterios al gobierno reaccionario, y augura que vendrán los liberales, cual torna la cigüeña al campanario. Un poco labrador, del cielo aguarda y al cielo teme; alguna vez suspira, pensando en su olivar, y al cielo mira con ojo inquieto, si la lluvia tarda. Lo demás, taciturno, hipocondríaco, prisionero en la Arcadia del presente, le aburre; sólo el humo del tabaco simula algunas sombras en su frente. Este hombre no es de ayer ni es de mañana, sino de nunca; de la cepa hispana no es el fruto maduro ni podrido, es una fruta vana de aquella España que pasó y no ha sido, esa que hoy tiene la cabeza cana.

Otros poemas LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO En este soneto, escrito poco antes de partir al exilio, Machado concentra el horror de la guerra en el delirio y la muerte de un niño herido en un bombardeo. Otra vez es la noche... Es el martillo de la fiebre en las sienes bien vendadas del niño. –Madre, ¡el pájaro amarillo! ¡Las mariposas negras y moradas! –Duerme, hijo mío. Y la manita oprime la madre, junto al lecho. –¡Oh flor de fuego! ¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime? Hay en la pobre alcoba olor de espliego; fuera la oronda luna que blanquea cúpula y torre a la ciudad sombría. Invisible avión moscardonea. –¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía? El cristal del balcón repiquetea. –¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

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Juan Ramón Jiménez Moguer (Huelva), 1881-1958

Época sensitiva “ENTRE EL VELO DE LA LLUVIA...” En Arias tristes (1903) encontramos poemas melancólicos, bajo la influencia de Bécquer y del modernismo intimista y simbolista. Adviértase la sintonía entre el paisaje y el estado de ánimo del autor. Entre el velo de la lluvia que pone gris el paisaje, pasan las vacas, volviendo de la dulzura del valle. Las tristes esquilas suenan alejadas, y la tarde va cayendo tristemente sin estrellas ni cantares. La campiña se ha quedado fría y sola con sus árboles; por las perdidas veredas hoy no volverá ya nadie. Voy a cerrar mi ventana porque si pierdo en el valle mi corazón, quizás quiera morirse con el paisaje.

“YO ME MORIRÉ, Y LA NOCHE...” El siguiente poema, también de Arias tristes, recuerda la rima LXI de Bécquer (“Al ver mis horas de fiebre...”). Es una composición muy característica de la poesía inicial de Juan Ramón, tanto por su contenido (la muerte, la naturaleza, la noche...), como por la expresión (tono melancólico, sencillez de la versificación, adjetivación matizada...). Yo me moriré, y la noche triste, serena y callada, dormirá el mundo a los rayos

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de su luna solitaria. Mi cuerpo estará amarillo, y por la abierta ventana entrará una brisa fresca preguntando por mi alma. No sé si habrá quien solloce cerca de mi negra caja, o quien me dé un largo beso entre caricias y lágrimas. Pero habrá estrellas y flores y suspiros y fragancias, y amor en las avenidas a la sombra de las ramas. Y sonará ese piano como en esta noche plácida, y no tendrá quien lo escuche sollozando en la ventana.

“CON LILAS LLENAS DE AGUA...” En Jardines lejanos (1904), el amor carnal es el protagonista, como se comprueba en estos versos. ... Rit de la fraicheur de l’eau (Víctor Hugo)

Con lilas llenas de agua, le golpeé las espaldas. Y toda su carne blanca se enjoyó de gotas claras. ¡Ay, fuga mojada y cándida, sobre la arena perlada! –La carne moría, pálida, entre los rosales granas; como manzana de plata, amanecida de escarcha–. Corría, huyendo del agua, entre los rosales granas. Y se reía, fantástica. La risa se le mojaba. Con lilas llenas de agua, corriendo, la golpeaba...

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MAÑANA DE LA CRUZ Este poema de Baladas de primavera, uno de los más vibrantes y gozosos del autor, conjuga a la perfección la sonoridad modernista y la inspiración popular. Dios está azul. La flauta y el tambor anuncian ya la cruz de primavera. ¡Vivan las rosas, las rosas del amor, entre el verdor con sol de la pradera! Vámonos al campo por romero; vámonos, vámonos por romero y por amor... Le pregunté: “¿Me dejas que te quiera?” Me respondió, radiante de pasión: “Cuando florezca la cruz de primavera, yo te querré con todo el corazón.” Vámonos al campo por romero; vámonos, vámonos por romero y por amor... “Ya floreció la cruz de primavera. ¡Amor, la cruz, amor, ya floreció!” Me respondió: “¿Tú quieres que te quiera?” ¡Y la mañana de luz me traspasó! Vámonos al campo por romero; vámonos, vámonos por romero y por amor... Alegran flauta y tambor nuestra bandera. La mariposa está aquí con la ilusión... ¡Mi novia es la virgen de la era y va a quererme con todo el corazón!

“PÁJARO ERRANTE Y LÍRICO...” En La soledad sonora (1908), el sentimiento de soledad, la tristeza, la “nostalgia eterna” se visten ahora con un lenguaje refinadísimo, cuajado de notas sensoriales, de valores pictóricos. El poeta sintiéndose hermano y uno con el mundo natural, interroga a aquellos elementos en que mejor se ve reflejada su alma: el rosal, el pájaro, la luna... Así sucede en este poema, en el que Juan Ramón utiliza una estrofa típica del Modernismo, el serventesio de alejandrinos. Pájaro errante y lírico, que en esta floreciente soledad de domingo, vagas por mis jardines, del árbol a la yerba, de la yerba a la fuente llena de hojas de oro y caídos jazmines... ¿qué es lo que tu voz débil dice al sol de la tarde que sueña dulcemente en la cristalería? ¿eres, como yo, triste, solitario y cobarde, hermano del silencio y la melancolía? ¿Tienes una ilusión que cantar al olvido? ¿una nostalgia eterna que mandar al ocaso? ¿un corazón sin nadie, tembloroso, vestido de hojas secas, de oro, de jazmín y de raso?

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EL VIAJE DEFINITIVO En esta composición de Poemas agrestes (1911), se observa una mayor sobriedad estilística, como si se anunciara el posterior giro hacia una “poesía desnuda”. Es, de nuevo, una bellísima meditación sobre la muerte. ... Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, y con su pozo blanco. Todas las tardes, el cielo será azul y plácido; y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario. Se morirán aquellos que me amaron; y el pueblo se hará nuevo cada año; y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi espíritu errará nostáljico... Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido... Y se quedarán los pájaros cantando.

PAISAJE GRANA Este poema en prosa, transido de emoción, pertenece al libro Platero y yo. En él destaca el intenso sentido del color La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa. Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en los espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por su enorme garganta como un pasar profundo de umbrías aguas de sangre. El paraje es conocido, pero el momento lo trastorna y lo hace extraño, ruinoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es infinita, pacífica, insondable... -Anda, Platero.

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OCTUBRE Este poema, de Sonetos espirituales (1917), muestra la perfección de Juan Ramón como sonetista. El poeta muestra su necesidad de ser fecundo, de sembrar la belleza para que el mundo sienta como él. Estaba echado yo en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla, que el otoño envolvía en la amarilla dulzura de su claro sol poniente. Lento, el arado, paralelamente abría el haza oscura, y la sencilla mano abierta dejaba la semilla en su entraña partida honradamente. Pensé arrancarme el corazón, y echarlo, pleno de su sentir alto y profundo, al ancho surco del terruño tierno, a ver si con partirlo y con sembrarlo, la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno.

Época intelectual SOLEDAD El Diario de un poeta recién casado (1907), libro al que pertenece el siguiente poema, ofrece un cambio radical en la lírica de Juan Ramón. Formalmente, prefiere el verso libre. Su expresión se hace escueta, condensada, hermética a veces. Navegando por el Atlántico, rumbo a Estados Unidos, donde contraerá matrimonio, escribe esta meditación en que se identifica con el mar por su soledad. En ti estás todo, mar, y sin embargo, ¡qué sin ti estás, qué solo, qué lejos, siempre, de ti mismo! Abierto en mil heridas, cada instante, cual mi frente, tus olas van, como mis pensamientos, y vienen, van y vienen, besándose, apartándose, con un eterno conocerse, mar, y desconocerse. Eres tú, y no lo sabes, tu corazón te late y no lo sientes... ¡Qué plenitud de soledad, mar solo!

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“¡INTELIJENCIA, DAME...!” Eternidades (1917), Piedra y cielo (1919), Poesía (1923) y Belleza (1923) son libros conformados por breves poemas donde Juan Ramón, a través de un lenguaje ceñido indaga en el fondo de su alma o de las cosas. En el siguiente poema Juan Ramón expresa esa intención de profundizar en la esencia última de las cosas a través de la palabra. ¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas! ...Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente. Que por mí vayan todos los que no las conocen, a las cosas; que por mí vayan todos los que ya las olvidan, a las cosas; que por mí vayan todos los mismos que las aman, a las cosas... ¡Inteligencia, dame el nombre exacto, y tuyo, y suyo, y mío, de las cosas!

“YO NO SOY YO...” En este poema de Eternidades, el poeta medita sobre su compleja personalidad, con su mejor y su peor “yo”. Yo no soy yo. Soy este que va a mi lado sin yo verlo: que, a veces, voy a ver, y que, a veces, olvido. El que calla, sereno, cuando hablo, el que perdona, dulce, cuando odio, el que pasea por donde no estoy, el que quedará en pie cuando yo muera.

“TE CONOCÍ, PORQUE AL MIRAR LA HUELLA...” En Juan Ramón, la inteligencia no está reñida con la emoción. El amor continúa siendo uno de los ejes centrales de su poesía en esta etapa, como se puede observar en este bellísimo poema, también de Eternidades. Te conocí, porque al mirar la huella de tu pie en el sendero, me dolió el corazón que me pisaste. Corrí loco; busqué por todo el día; como un perro sin amo. ... ¡Te habías ido ya! Ya tu pie pisaba

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mi corazón, en un huir sin término, cual si él fuera el camino que te llevara para siempre...

“¡NO ESTÁS EN TI, BELLEZA INNUMERA...!” En este poema, de Piedra y cielo, el poeta desarrolla de forma muy personal la idea de que la belleza, más que en las cosas, está en la mirada y en la conciencia del hombre sensible. ¡No estás en ti, belleza innúmera, que con tu fin me tientas, infinita, a un sinfín de deleites! ¡Estás en mí, que te penetro hasta el fondo, anhelando, cada instante, traspasar los nadires más ocultos! ¡Estás en mí, que tengo en mi pecho la aurora y en mi espalda el poniente –quemándome, trasparentándome en una sola llama–; estás en mí, que te entro en tu cuerpo mi alma insaciable y eterna!

“¡ESTA ES MI VIDA, LA DE ARRIBA...!” En este poema del libro Poesía, Juan Ramón declara el ideal de pureza, de belleza y de elevación que rigió su vida y su creación poética. ¡Esta es mi vida, la de arriba, la de la pura brisa, la del pájaro último, la de las cimas de oro de lo oscuro! ¡Esta es mi libertad, oler la rosa, cortar el agua fría con mi mano loca, desnudar la arboleda, cogerle al sol su luz eterna!

Época suficiente o verdadera LA TRASPARENCIA, DIOS, LA TRASPARENCIA El progresivo hermetismo de Juan Ramón se agudiza en su obra Animal de fondo (1949), a la que pertenece este poema. La Divinidad se identifica con la Naturaleza, con la conciencia que el poeta tiene de la Belleza, cuando la posee con plenitud.

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Dios del venir, te siento entre mis manos, aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa de amor, lo mismo que un fuego con su aire. No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo, ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano; eres igual y uno, eres distinto y todo: eres dios de lo hermoso conseguido, conciencia mía de lo hermoso. Yo nada tengo que purgar. Toda mi impedimenta no es sino fundación para este hoy en que, al fin, te deseo; porque estás ya a mi lado, en mi eléctrica zona, como está en el amor el amor lleno. Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia y la de otro, la de todos, con forma suma de conciencia; que la esencia es lo sumo, es la forma suprema conseguible, y tu esencia está en mí, como mi forma. Todos mis moldes llenos estuvieron de ti; pero tú, ahora no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia que no admite sostén, que no admite corona, que corona y sostiene siendo ingrave. Eres la gracia libre, la gloria del gustar, la eterna simpatía, el gozo del temblor, la luminaria del clariver, el fondo del amor, el horizonte que no quita nada, la trasparencia, dios, la trasparencia, el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío, en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

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Vicente Aleixandre Sevilla, 1898-1984

Primera etapa ADOLESCENCIA Los primeros poemas de Vicente Aleixandre se escriben bajo la influencia de la poesía desnuda de Juan Ramón. En esta línea se sitúa este breve poema del libro Ámbito (1927). Vinieras y te fueras dulcemente, de otro camino a otro camino. Verte, y ya otra vez no verte. Pasar por un puente a otro puente. –El pie breve, la luz vencida alegre–. Muchacho que sería yo mirando aguas abajo la corriente, y en el espejo tu pasaje fluir, desvanecerse.

UNIDAD EN ELLA La destrucción o el amor (1933) es uno de los grandes libros surrealistas de Aleixandre. En este poema puede verse la identificación de amor y muerte que preside todo el libro, así como la idea de unidad del mundo. A través de audaces imágenes, se identifica a la persona amada con el universo, de tal modo que amar es como morir disolviéndose en la naturaleza. Cuerpo feliz que fluye entre mis manos, rostro amado donde contemplo el mundo, donde graciosos pájaros se copian fugitivos, volando a la región donde nada se olvida. Tu forma externa, diamante o rubí duro, brillo de un sol que entre mis manos deslumbra, cráter que me convoca con su música íntima, con esa indescifrable llamada de tus dientes. Muero porque me arrojo, porque quiero morir, porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera

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no es el mío, sino el caliente aliento que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo. Deja, deja que mire, teñido del amor, enrojecido el rostro por tu purpúrea vida, deja que mire el hondo clamor de tus entrañas donde muero y renuncio a vivir para siempre. Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo, quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente que regando encerrada bellos miembros extremos siente así los hermosos límites de la vida. Ese beso en tus labios como una lenta espina, como un mar que voló hecho un espejo, como el brillo de un ala, es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo, un crepitar de la luz vengadora, luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza, pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

SE QUERÍAN En este poema, del mismo libro, el amor es una fuerza que llena el tiempo y que se difunde por toda la naturaleza, alcanzando una grandiosa dimensión cósmica. La enumeración caótica final expresa la fusión de amor y mundo. Se querían. Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura, labios partidos, sangre, ¿sangre dónde? Se querían en un lecho navío, mitad noche mitad luz. Se querían como las flores a las espinas hondas, a esa amorosa gema del amarillo nuevo, cuando los rostros giran melancólicamente, giralunas que brillan recibiendo aquel beso. Se querían de noche, cuando los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran como lomos arcaicos que se sienten repasados: caricia, seda, mano, luna que llega y toca. Se querían de amor entre la madrugada, entre las duras piedras cerradas de la noche, duras como los cuerpos helados por las horas, duras como los besos de diente a diente sólo. Se querían de día, playa que va creciendo, ondas que por los pies acarician los muslos, cuerpos que se levantan de la tierra y flotando... Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

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Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, mar altísimo y joven, intimidad extensa, soledad de lo vivo, horizontes remotos ligados como cuerpos en soledad cantando. Amando. Se querían como la luna lúcida, como ese mar redondo que se aplica a ese rostro, dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida, donde los peces rojos van y vienen sin música. Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios, ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas, mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal, metal, música, labio, silencio, vegetal, mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

NO EXISTE EL HOMBRE Este poema pertenece al libro Mundo a solas (1934-1936), de claros tintes existenciales. Las imágenes surrealistas sirven para expresar una visión negativa, cargada de tristeza, de la existencia humana. Sólo la luna sospecha la verdad. Y es que el hombre no existe. La luna tantea por los llanos, atraviesa los ríos, penetra por los bosques. Modela las aún tibias montañas. Encuentra el calor de las ciudades erguidas. Fragua una sombra, mata una oscura esquina, inunda de fulgurantes rosas el misterio de las cuevas donde no huele a nada. La luna pasa, sabe, canta, avanza y avanza sin descanso. Un mar no es un lecho donde el cuerpo de un hombre puede tenderse a solas. Un mar no es un sudario para una muerte lúcida. La luna sigue, cala, ahonda, raya las profundas arenas. Mueve fantástica los verdes rumores aplacados. Un cadáver en pie un instante se mece, duda, ya avanza, verde queda inmóvil. La luna miente sus brazos rotos, su imponente mirada donde unos peces anidan. Enciende las ciudades hundidas donde todavía se pueden oír (qué dulces) las campanas vividas; donde las ondas postreras aún repercuten sobre los pechos neutros, sobre los pechos blandos que algún pulpo ha adorado. Pero la luna es pura y seca siempre. Sale de un mar que es una caja siempre, que es un bloque con límites que nadie, nadie estrecha,

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que no es una piedra sobre un monte irradiando. Sale y persigue lo que fuera los huesos, lo que fuera las venas de un hombre, lo que fuera su sangre sonada, su melodiosa cárcel, su cintura visible que a la vida divide, o su cabeza ligera sobre un aire hacia oriente. Pero el hombre no existe. Nunca ha existido, nunca. Pero el hombre no vive, como no vive el día. Pero la luna inventa sus metales furiosos.

CIUDAD DEL PARAÍSO En Sombra del Paraíso (1944) se encuentra este poema dedicado a Málaga, la ciudad de su infancia. El poeta, angustiado por su existencia terrena, se refugia en la contemplación del paraíso de la niñez. Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos. Colgada del imponente monte, apenas detenida en tu vertical caída a las ondas azules, pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas, intermedia en los aires, como si una mano dichosa te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes. Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira o brama por ti, ciudad de mis días alegres, ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo, angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas. Calles apenas, leves, musicales. Jardines donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas. Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, mecen el brillo de la brisa y suspenden por un instante labios celestiales que cruzan con destino a las islas remotísimas, mágicas, que allá en el azul índigo, libertadas, navegan. Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda. Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable, y donde las rutilantes paredes besan siempre a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos. Allí fui conducido por una mano materna. Acaso de una reja florida una guitarra triste cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo; quieta la noche, más quieto el amante, bajo la lucha eterna que instantánea transcurre. Un soplo de eternidad pudo destruirte, ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.

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Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron, eternamente fúlgidos como un soplo divino. Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela a la ciudad voladora entre monte y abismo, blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra! Por aquella mano materna fui llevado ligero por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día. Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro. Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas. Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

Segunda etapa EN LA PLAZA La segunda etapa de Vicente Aleixandre se inicia con Historia del corazón. Es una poesía comprometida con su tiempo, en la que el poeta contempla a los humanos con mirada piadosa, se siente en comunión con ellos y canta sus propias angustias cotidianas, sus temores inmediatos. Sigue utilizando los versículos, pero abandona las imágenes surrealistas, buscando la comunicación directa. Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo, sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido, llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado. No es bueno quedarse en la orilla como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca. Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha de fluir y perderse, encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido. Como ése que vive ahí, ignoro en qué piso, y le he visto bajar por unas escaleras y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse. La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido. Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo, con silenciosa humildad, allí él también transcurría. Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia. Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo, un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano, su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

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Y era el serpear que se movía como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso, pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra. Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse. Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete, con los ojos extraños y la interrogación en la boca, quisieras algo preguntar a tu imagen, no te busques en el espejo, en un extinto diálogo en que no te oyes. Baja, baja despacio y búscate entre los otros. Allí están todos, y tú entre ellos. Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete. Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua, introduce primero sus pies en la espuma, y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide. Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía. Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo. Y allí fuerte se reconoce, y crece y se lanza, y avanza y levanta espumas, y salta y confía, y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven. Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza. Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo. ¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

MANO ENTREGADA También la visión del amor es distinta en esta etapa. Ya no requiere destrucción, sino constancia, larga convivencia feliz y espiritual con el ser amado. En este poema, también de Historia del corazón, expresa mediante la oposición simbólica carne/hueso el gozo de amar y sus límites. Pero otro día toco tu mano. Mano tibia. Tu delicada mano silente. A veces cierro mis ojos y toco leve tu mano, leve toque que comprueba su forma, que tienta su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso. Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta, por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce; por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias, para rodar por ellas en tu escondida sangre, como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara por dentro, recorriendo despacio como sonido puro

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ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas, oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole. Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa mi amor –el nunca incandescente hueso del hombre–. Y que una zona triste de tu ser se rehúsa, mientras tu carne entera llega un instante lúcido en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano, de tu porosa mano suavísima que gime, tu delicada mano silente, por donde entro despacio, despacísimo, secretamente en tu vida, hasta tus venas hondas totales donde bogo, donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

LA HERMANILLA La infancia, llena de bellos recuerdos, sigue siendo motivo de inspiración para el poeta, como muestra este poema del mismo libro. Tenía la naricilla respingona, y era menuda. ¡Cómo le gustaba correr por la arena! Y se metía en el agua, y nunca se asustaba. Flotaba allí como si aquél hubiera sido siempre su natural elemento. Como si las olas la hubieran acercado a la orilla, trayéndola desde lejos, inocente en la espuma, con los ojos abiertos bajo la luz. Rodaba luego con la onda sobre la arena y se reía, risa de niña en la risa del mar, y se ponía de pie, mojada, pequeñísima, como recién salida de las valvas de nácar, y se adentraba en la tierra, como en préstamo de las olas. ¿Te acuerdas? Cuéntame lo que hay allí en el fondo del mar. Dime, dime, yo le pedía. No recordaba nada. Y riendo se metía otra vez en el agua y se tendía sumisamente sobre las olas.

Tercera etapa EL OLVIDO Con Poemas de la consumación (1968), Aleixandre vuelve a dar un giro a su poesía. El poeta, ya anciano, ve la juventud como “la única vida” y canta con un tono a la vez sereno y trágico la consumación de su existir. En este breve poema, el poeta renuncia a los nostálgicos halagos del

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recuerdo y se enfrenta a la muerte. Destaca su nuevo estilo, escueto, denso, elaborado. No es tu final como una copa vana que hay que apurar. Arroja el casco y muere. Por eso lentamente levantas en tu mano un brillo o su mención, y arden tus dedos, como una nieve súbita. Está y no estuvo, pero estuvo y calla. El frío quema y en tus ojos nace su memoria. Recordar es obsceno; peor: es triste. Olvidar es morir. Con dignidad murió. Su sombra cruza.

EL POETA SE ACUERDA DE SU VIDA Del mismo libro es este poema en el que expresa una visión desengañada de lo que ha sido su existencia. Vivir, dormir, morir: soñar acaso. HAMLET.

Perdonadme: he dormido. Y dormir no es vivir. Paz a los hombres. Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan. ¿Vivir en ellas? Las palabras mueren. Bellas son al sonar, mas nunca duran. Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora, o cuando el día cumplido estira el rayo final, y da en tu rostro acaso. Con un pincel de luz cierra tus ojos. Duerme. La noche es larga, pero ya ha pasado.

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Federico García Lorca Fuentevaqueros (Granada), 1898-1936

Los primeros libros CANCIÓN DEL JINETE En Canciones y Poema del Cante Jondo, escritos entre 1921 y 1924, Lorca se inspira en el folclore andaluz para expresar con intenso dramatismo sus más íntimas frustraciones. En la “Canción del jinete”, el protagonista encarna el destino trágico. Córdoba. Lejana y sola. Jaca negra, luna grande, y aceitunas en mi alforja. Aunque sepa los caminos yo nunca llegaré a Córdoba. Por el llano, por el viento, jaca negra, luna roja. La muerte me está mirando desde las torres de Córdoba. ¡Ay qué camino tan largo! ¡Ay mi jaca valerosa! ¡Ay que la muerte me espera, antes de llegar a Córdoba! Córdoba. Lejana y sola.

LA GUITARRA Lorca expresa en este poema sobre “la Andalucía del llanto” el sentimiento de lo inalcanzable, de los sueños imposibles, de la frustración. Empieza el llanto de la guitarra. Se rompen las copas de la madrugada. Empieza el llanto de la guitarra.

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Es inútil callarla. Es imposible callarla. Llora monótona como llora el agua, como llora el viento sobre la nevada. Es imposible callarla. Llora por cosas lejanas. Arena del Sur caliente que pide camelias blancas. Llora flecha sin blanco, la tarde sin mañana, y el primer pájaro muerto sobre la rama. ¡Oh guitarra! Corazón malherido por cinco espadas.

SORPRESA Este poema desarrolla escueta y líricamente un drama hondo y misterioso. La narración se expresa en soleares, interrumpidas (vs. 4-7) por el sentimiento de dolor del poeta, en versos desiguales. La última estrofa reproduce la primera, como una obsesión confiada a la conjunción que, reiterada en cada verso. Muerto se quedó en la calle con un puñal en el pecho. No lo conocía nadie. ¡Cómo temblaba el farol! Madre. ¡Cómo temblaba el farolito de la calle! Era madrugada. Nadie pudo asomarse a sus ojos abiertos al duro aire. Que muerto se quedó en la calle que con un puñal en el pecho y que no lo conocía nadie.

MUERTE DE ANTOÑITO EL CAMBORIO En el Romancero gitano (1928), Lorca convierte el mundo de los gitanos en un mito moderno, destacando su destino trágico: los gitanos son seres marginados, cuyo final es siempre la muerte. El poeta funde de forma magistral la tradición y la modernidad, lo culto y lo popular: utiliza la forma métrica del romance, pero introduce imágenes audaces e irracionales. Voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir.

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Voces antiguas que cercan voz de clavel varonil. Les clavó sobre las botas mordiscos de jabalí. En la lucha daba saltos jabonados de delfín. Bañó con sangre enemiga su corbata carmesí, pero eran cuatro puñales y tuvo que sucumbir. Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris, cuando los erales sueñan verónicas de alhelí, voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir. *** Antonio Torres Heredia, Camborio de dura crin, moreno de verde luna, voz de clavel varonil: ¿Quién te ha quitado la vida cerca del Guadalquivir? Mis cuatro primos Heredias hijos de Benamejí. Lo que en otros no envidiaban ya lo envidiaban en mí. Zapatos color corinto, medallones de marfil, y este cutis amasado con aceituna y jazmín. ¡Ay Antoñito el Camborio, digno de una emperatriz! Acuérdate de la Virgen porque te vas a morir. ¡Ay Federico García, llama a la guardia civil! Ya mi talle se ha quebrado como caña de maíz. *** Tres golpes de sangre tuvo, y se murió de perfil. Viva moneda que nunca se volverá a repetir. Un ángel marchoso pone su cabeza en un cojín. Otros de rubor cansado encendieron un candil. Y cuando los cuatro primos llegan a Benamejí, voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir.

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ROMANCE DE LA PENA NEGRA Es una de las piezas clave del Romancero gitano. Soledad Montoya representa la tragedia de unas ansias vitales condenadas a la insatisfacción. Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora, cuando por el monte oscuro baja Soledad Montoya. Cobre amarillo, su carne, huele a caballo y a sombra. Yunques ahumados sus pechos, gimen canciones redondas. Soledad, ¿por quién preguntas sin compaña y a estas horas? Pregunte por quien pregunte, dime: ¿a ti qué se te importa? Vengo a buscar lo que busco, mi alegría y mi persona. Soledad de mis pesares, caballo que se desboca, al fin encuentra la mar y se lo tragan las olas. No me recuerdes el mar que la pena negra brota en las tierras de aceituna bajo el rumor de las hojas. ¡Soledad, qué pena tienes! ¡Qué pena tan lastimosa! Lloras zumo de limón agrio de espera y de boca. ¡Qué pena tan grande! Corro mi casa como una loca, mis dos trenzas por el suelo de la cocina a la alcoba. ¡Qué pena! Me estoy poniendo de azabache, carne y ropa. ¡Ay mis camisas de hilo! ¡Ay mis muslos de amapola! Soledad: lava tu cuerpo con agua de las alondras, y deja tu corazón en paz, Soledad Montoya. Por abajo canta el río: volante de cielo y hojas. Con flores de calabaza, la nueva luz se corona. ¡Oh pena de los gitanos! Pena limpia y siempre sola. ¡Oh pena de cauce oculto y madrugada remota!

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Poeta en Nueva York LA AURORA En 1929 Lorca viaja a Nueva York. Allí ve las manifestaciones máximas del poder del dinero, la injusticia social, la deshumanización. Los poemas surrealistas de Poeta en Nueva York serán desgarrados gritos de dolor y de violenta protesta contra esta situación. La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas. La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada. La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible. A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraíso ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre.

GRITO HACIA ROMA Este poema es una de las grandes odas del libro. Lorca lanza un inmenso grito contra la insolidaridad, en especial la del Papa, y a favor de la justicia. Tras su airada protesta, vemos la desbordante humanidad del poeta, su amor a los que sufren y claras referencias a sus raíces cristianas. (Desde la torre del Chrysler Building)

Manzanas levemente heridas por finos espadines de plata, nubes rasgadas por una mano de coral que lleva en el dorso una almendra de fuego, peces de arsénico como tiburones, tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud, rosas que hieren y aguas instaladas en los caños de la sangre, mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula

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que unta de aceite las lenguas militares, donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma y escupe carbón machacado rodeado de miles de campanillas. Porque ya no hay quien reparta el pan y el vino, ni quien cultive hierbas en la boca del muerto, ni quien abra los linos del reposo, ni quien llore por las heridas de los elefantes. No hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que han de venir. No hay más que un gentío de lamentos que se abren las ropas en espera de la bala. El hombre que desprecia la paloma debía hablar, debía gritar desnudo entre las columnas y ponerse una inyección para adquirir la lepra y llorar un llanto tan terrible que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante. Pero el hombre vestido de blanco ignora el misterio de la espiga, ignora el gemido de la parturienta, ignora que Cristo puede dar agua todavía, ignora que la moneda quema el beso de prodigio y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán. Los maestros enseñan a los niños una luz maravillosa que viene del monte; pero lo que llega es una reunión de cloacas donde gritan las oscuras ninfas del cólera. Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas, pero debajo de las estatuas no hay amor, no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo. El amor está en las carnes desgarradas por la sed, en la choza diminuta que lucha con la inundación. El amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre, en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas. Pero el viejo de las manos traslúcidas dirá: amor, amor, amor, aclamado por millones de moribundos. Dirá: amor, amor, amor, entre el tisú estremecido de ternura; dirá: paz, paz, paz, entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita. Dirá: amor, amor, amor, hasta que se le pongan de plata los labios. Mientras tanto, mientras tanto ¡ay! mientras tanto, los negros que sacan las escupideras, los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores, las mujeres ahogadas en aceites minerales, la muchedumbre de martillo, de violín o de nube, ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro, ha de gritar frente a las cúpulas,

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ha de gritar loca de fuego, ha de gritar loca de nieve, ha de gritar con la cabeza llena de excremento, ha de gritar como todas las noches juntas, ha de gritar con voz tan desgarrada hasta que las ciudades tiemblen como niñas y rompan las prisiones del aceite y la música. Porque queremos el pan nuestro de cada día, flor de aliso y perenne ternura desgranada, porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra que da sus frutos para todos.

Últimos poemas GACELA DEL AMOR DESESPERADO Del Diván del Tamarit, libro inspirado en ciertas formas de la poesía arábigo-andaluza, es este poema, donde la pasión amorosa supera todos los obstáculos. La noche no quiere venir para que tú no vengas, ni yo pueda ir. Pero yo iré, aunque un sol de alacranes me coma la sien. Pero tú vendrás con la lengua quemada por la lluvia de sal. El día no quiere venir para que tú no vengas, ni yo pueda ir. Pero yo iré entregando a los sapos mi mordido clavel. Pero tú vendrás por las turbias cloacas de la oscuridad. Ni la noche ni el día quieren venir para que por ti muera y tú mueras por mí.

ALMA AUSENTE En 1935, Lorca compone el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, una sentida elegía por un torero amigo de los poetas del 27. Esta es su última parte. No te conoce el toro ni la higuera, ni caballos ni hormigas de tu casa. No te conoce el niño ni la tarde

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porque te has muerto para siempre. No te conoce el lomo de la piedra, ni el raso negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo porque te has muerto para siempre. El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, pero nadie querrá mirar tus ojos porque te has muerto para siempre. Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan en un montón de perros apagados. No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. Yo canto para siempre tu perfil y tu gracia. La madurez insigne de tu conocimiento. Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura. Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos.

SONETO DE LA DULCE QUEJA En los Sonetos del amor oscuro Lorca canta la gloria y el dolor de amar con un lenguaje barroco y apasionado. La vida sin amor es estéril, dice en estos versos. No me dejes perder la maravilla de tus ojos de estatua, ni el acento que de noche me pone en la mejilla la solitaria rosa de tu aliento. Tengo miedo de ser en esta orilla tronco sin ramas, y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla para el gusano de mi sufrimiento. Si tú eres el tesoro oculto mío, si eres mi cruz y mi dolor mojado, si soy el perro de tu señorío, no me dejes perder lo que he ganado y decora las aguas de tu río con hojas de mi Otoño enajenado.

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Luis Cernuda Sevilla, 1902-1963

Inicios poéticos QUISIERA ESTAR SOLO EN EL SUR

Los primeros libros de Cernuda se sitúan dentro de la poesía pura (Perfil del aire) o del clasicismo (Égloga, elegía, oda). Con Un río, un amor (1929), Cernuda se introduce en el surrealismo. En este poema, el poeta, insatisfecho con la realidad, sueña con el paraje ideal de su infancia, el sur, aquí totalmente mitificado. Quizá mis lentos ojos no verán más el sur De ligeros paisajes dormidos en el aire, Con los cuerpos a la sombra de ramas como flores O huyendo en un galope de caballos furiosos. El sur es un desierto que llora mientras canta, Y esa voz no se extingue como pájaro muerto; Hacia el mar encamina sus deseos amargos, Abriendo un eco débil que vive lentamente. En el sur tan distante quiero estar confundido. La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

Primeros libros de madurez NO DECÍA PALABRAS

Los placeres prohibidos (1931) es su segundo libro surrealista. En él se exalta el mundo erótico prohibido por una sociedad represora, y por vez primera en la poesía española se canta con toda franqueza la homosexualidad. El conflicto entre la realidad y el deseo tiene su expresión en poemas como éste: No decía palabras, Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, Porque ignoraba que el deseo es una pregunta Cuya respuesta no existe, Una hoja cuya rama no existe,

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Un mundo cuyo cielo no existe. La angustia se abre paso entre los huesos, Remonta por las venas Hasta abrirse en la piel, Surtidores de sueño Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes. Un roce al paso Una mirada fugaz entre las sombras, Bastan para que el cuerpo se abra en dos, Ávido de recibir en sí mismo Otro cuerpo que sueñe; Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne, Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo. Aunque sólo sea una esperanza, Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR

Del mismo libro es este poema, en donde apenas se aprecia el influjo surrealista. La expresión se desnuda en esta defensa del amor sin límites que termina con una emocionada declaración amorosa. Si el hombre pudiera decir lo que ama, Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo Como una nube en la luz; Si como muros que se derrumban, Para saludar la verdad erguida en medio, Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor, La verdad de sí mismo, Que no se llama gloria, fortuna o ambición, Sino amor o deseo, Yo sería aquel que imaginaba; Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos Proclama ante los hombres la verdad ignorada, La verdad de su amor verdadero. Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina, Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu Como leños perdidos que el mar anega o levanta Libremente, con la libertad del amor, La única libertad que me exalta, La única libertad porque muero. Tú justificas mi existencia: Si no te conozco, no he vivido, Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

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PARA UNOS VIVIR

En el mismo libro hay magníficos poemas en prosa como éste, traspasado por el íntimo dolor del poeta. Para unos vivir es pisar cristales con los pies desnudos; para otros vivir es mirar el sol frente a frente. La plaza cuenta días y horas por cada niño que muere. Una flor se abre, una torre se hunde. Todo es igual. Tendí mi brazo; no llovía. Pisé cristales; no había sol. Miré la luna; no había playa. Qué más da. Tu destino es mirar las torres que levantan, las flores que abren, los niños que mueren; aparte, como naipe cuya baraja se ha perdido.

“DONDE HABITE EL OLVIDO...”

En Donde habite el olvido (1933), Cernuda abandona el surrealismo, y se acoge a otra tradición poética: la de Bécquer. Se canta el final de una historia amorosa concreta y el vacío que le origina. El fracaso del amor, única verdad del poeta, le conduce a desear la muerte espiritual, un estado de inconsciencia total que borre para siempre cualquier recuerdo del pasado. Donde habite el olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. Donde mi nombre deje Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo no exista. En esa región donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero En mi pecho su ala, Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, Sometiendo a otra vida su vida, Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. Donde penas y dichas no sean más que nombres, Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, Disuelto en niebla, ausencia, Ausencia leve como carne de niño. Allá, allá lejos; Donde habite el olvido.

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“NO QUIERO, TRISTE ESPÍRITU...”

El mismo anhelo de inconsciencia total se expresa en este poema. No quiero, triste espíritu, volver Por los lugares que cruzó mi llanto, Latir secreto entre los cuerpos vivos Como yo también fui. No quiero recordar Un instante feliz entre tormentos; Goce o pena, es igual, Todo es triste al volver. Aún va conmigo como una luz lejana Aquel destino niño, Aquellos dulces ojos juveniles, Aquella antigua herida. No, no quisiera volver, Sino morir aún más, Arrancar una sombra, Olvidar un olvido.

SOLILOQUIO DEL FARERO

Invocaciones (1935) cierra el volumen de la primera edición de La Realidad y el Deseo (1936), título de las poesías completas de Cernuda. Está formado por diez poemas espléndidos, largos y narrativos. El siguiente poema constituye un hermoso canto a la soledad, su fiel compañera. Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma... De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos, Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos

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Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrado, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar; La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.

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Poesía en el exilio LA VISITA DE DIOS

En sus nuevos libros, la poesía de Cernuda se hace meditativa, y la materia del canto la busca y encuentra en la vida del hombre que es él. Esta etapa se inicia con Las Nubes (1937-1940), libro al que pertenece el siguiente poema, uno de los pocos de temática religiosa del autor. Pasada se halla ahora la mitad de mi vida. El cuerpo sigue en pie y las voces aún giran Y resuenan con encanto marchito en mis oídos, Mas los días esbeltos ya se marcharon lejos; Sólo recuerdos pálidos de su amor me han dejado. Como el labrador al ver su trabajo perdido Vuelve al cielo los ojos esperando la lluvia, También quiero esperar en esta hora confusa Unas lágrimas divinas que aviven mi cosecha. Pero hondamente fijo queda el desaliento, Como huésped oscuro de mis sueños. ¿Puedo esperar acaso? Todo se ha dado al hombre Tal distracción efímera de la existencia; A nada puede unir esa ansia suya que reclama Una pausa de amor entre la fuga de las cosas. Vano sería dolerse del trabajo, la casa, los amigos perdidos En aquel gran negocio demoníaco de la guerra. Estoy en la ciudad alzada para su orgullo por el rico, Adonde la miseria oculta canta por las esquinas O expone dibujos que me arrasan de lágrimas los ojos. Y mordiendo mis puños con salvaje tristeza Aún cuento mentalmente mis monedas escasas, Porque un trozo de pan aquí y unos vestidos Suponen un esfuerzo mayor para lograrlos Que el de los viejos héroes cuando vencían Monstruos, rompiendo encantos con su lanza. La revolución renace siempre, como un fénix Llameante en el pecho de los desdichados. Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles De las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro, Silbando entre las hojas, encanta al pueblo Robusto y engañado con maligna elocuencia, Y canciones de sangre acunan su miseria. Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren Hombres callados a quienes falta el ocio Para arrojar al cielo su tormento. Mas no puedo Copiar su enérgico silencio, que me alivia Este consuelo de la voz, sin tierra y sin amigo, En la profunda soledad de quien no tiene

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Ya nada entre sus brazos, sino el aire en torno, Lo mismo que un navío al alejarse sobre el mar. ¿Adónde han ido las viejas compañeras del hombre? Mis zurcidoras de proyectos, mis tejedoras de esperanzas Han muerto. Sus agujas y madejas reposan Con polvo en un rincón, sin la melodía del trabajo. Como una sombra aislada al filo de los días, Voy repitiendo gestos y palabras mientras escucho lejos El inmenso bostezo de los siglos pasados. El tiempo, ese blanco desierto ilimitado, Esa nada creadora, amenaza a los hombres Y con luz inmortal se abre ante los deseos juveniles. Unos quieren asir locamente su mágico reflejo, Mas otros lo conjuran con un hijo Ofrecido en los brazos como una víctima, Porque de nueva vida se mantiene su vida Como el agua del agua llorada por los hombres. Pero a ti, Dios mío, ¿con qué te aplacaremos? Mi sed eras tú, tú fuiste mi amor perdido, Mi casa rota, mi vida trabajada, y la casa y la vida De tantos hombres como yo a la deriva En el naufragio de un país. Levantados de naipes, Unos tras otros iban cayendo mis pobres paraísos. ¿Movió tu mano el aire que fuera derribándolos Y tras ellos, en el profundo abatimiento, en el hondo vacío, Se alza al fin ante mí, la nube que oculta tu presencia? No golpees airado mi cuerpo con tu rayo; Si el amor no eres tú, ¿quién lo será en el mundo? Compadécete al fin, escucha este murmullo Que ascendiendo llega como una ola Al pie de tu divina indiferencia. Mira las tristes piedras que llevamos Ya sobre nuestros hombros para enterrar tus dones: La hermosura, la verdad, la justicia, cuyo afán imposible Tú sólo eras capaz de infundir en nosotros. Si ellas murieran hoy, de la memoria tú te borrarías Como un sueño remoto de los hombres que fueron.

POEMAS PARA UN CUERPO

En Con las horas contadas (1950-1956), escrito en México, se incluye la serie de “Poemas para un cuerpo”, dedicada a un nuevo amor. Ofrecemos dos de ellos: DE DÓNDE VIENES Si alguna vez te oigo Hablar de padre, madre, hermanos, Mi imaginar no vence la extrañeza

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De que sea tu existir originado en otros, En otros repetido, Cuando único me parece, Creado por mi amor; igual al árbol, A la nube o al agua Que están ahí, mas nuestros Son y vienen de nosotros Porque una vez les vimos Como jamás les viera nadie antes. Un puro conocer te dio la vida.

CONTIGO ¿Mi tierra? Mi tierra eres tú. ¿Mi gente? Mi gente eres tú. El destierro y la muerte Para mí están adonde No estés tú. ¿Y mi vida? Dime, mi vida, ¿Qué es, si no eres tú?

PEREGRINO

Desolación de la Quimera (1956-1962) es su último libro. En este poema expresa su voluntad de permanecer en el exilio, fiel a sí mismo. ¿Volver? Vuelva el que tenga, Tras largos años, tras un largo viaje, Cansancio del camino y la codicia De su tierra, su casa, sus amigos, Del amor que al regreso fiel le espere. Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, Sino seguir libre adelante, Disponible por siempre, mozo o viejo, Sin hijo que te busque, como a Ulises, Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. Sigue, sigue adelante y no regreses, Fiel hasta el fin del camino y tu vida, No eches de menos un destino más fácil, Tus pies sobre la tierra antes no hollada, Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

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Rafael Alberti Puerto de Santa María (Cádiz), 1902-1999

Primeros libros: lo popular y lo barroco “EL MAR. LA MAR...” En su primer libro, Marinero en tierra (1924), Alberti hace uso de las formas ligeras de la lírica popular para expresar la nostalgia de su tierra natal y su bahía desde Madrid. El mar. La mar. El mar. ¡Solo la mar! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? ¿Por qué me desenterraste del mar? En sueños, la marejada me tira del corazón. Se lo quisiera llevar. Padre, ¿por qué me trajiste acá?

“SI MI VOZ MURIERA EN TIERRA...” Otro poema surgido de la nostalgia del mar: Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera. Llevadla al nivel del mar y nombradla capitana de un blanco bajel de guerra. ¡Oh mi voz condecorada con la insignia marinera: sobre el corazón un ancla y sobre el ancla una estrella, y sobre la estrella el viento, y sobre el viento la vela!

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MI CORZA La huella de los poetas anónimos del Cancionero tradicional y de Gil Vicente se muestra en poemas como éste, también de Marinero en tierra. En Ávila, mis ojos... Siglo xv

Mi corza, buen amigo, mi corza blanca. Los lobos la mataron al pie del agua. Los lobos, buen amigo, que huyeron por el río. Los lobos la mataron dentro del agua.

“ZARZA FLORIDA...”

De su segundo libro, La amante (1925), es esta nueva imitación de nuestra lírica antigua popular. Zarza florida. Rosal sin vida. Salí de mi casa, amante, por ir al campo a buscarte. Y en una zarza florida hallé la cinta prendida, de tu delantal, mi vida. Hallé tu cinta prendida, y más allá, mi querida, te encontré muy malherida bajo del rosal, mi vida. Zarza florida. Rosal sin vida. Bajo del rosal sin vida.

ARACELI

En Cal y canto (1926-1927), Alberti se acerca a las primeras vanguardias, como el futurismo; al mismo tiempo, cultiva las formas clásicas, con un lenguaje muy barroco que recuerda a Góngora, como se aprecia en este soneto. No si de arcángel triste ya nevados los copos, sobre ti, de sus dos velas. Si de serios jazmines, por estelas de ojos dulces, celestes, resbalados.

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No si de cisnes sobre ti cuajados, del cristal exprimidas carabelas. Si de luna sin habla cuando vuelas, si de mármoles mudos, deshelados. Ara del cielo, dime de qué eres, si de pluma de arcángel y jazmines, si de líquido mármol de alba y pluma. De marfil naces y de marfil mueres, confinada y florida de jardines lacustres de dorada y verde espuma.

Sobre los ángeles EL CUERPO DESHABITADO En 1927, Alberti sufre una honda crisis que le hace perder la fe: el poeta se siente expulsado del paraíso, errando por un mundo caótico y sin sentido. En Sobre los ángeles (1928), utiliza la técnica surrealista para dar expresión a sus zozobras. En estos dos poemas, de la serie titulada “El cuerpo deshabitado”, la pérdida de la fe y de los valores espirituales se expresa a través de la imagen del alma expulsada del cuerpo o destruida por ángeles coléricos. 1 Yo te arrojé de mi cuerpo, yo, con un carbón ardiendo. –Vete. Madrugada. La luz, muerta en las esquinas y en las casas. Los hombres y las mujeres ya no estaban. –Vete. Quedó mi cuerpo vacío, negro saco, a la ventana. Se fue. Se fue, doblando las calles. Mi cuerpo anduvo, sin nadie

7 Llevaba una ciudad dentro. Y la perdió sin combate.

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Y le perdieron. Sombras vienen a llorarla, a llorarla. –Tú, caída, tú, derribada, tú, la mejor de las ciudades Y tú, muerto, tú, una cueva, un pozo tú, seco. Te dormiste. Y ángeles turbios, coléricos, la carbonizaron. Te carbonizaron tu sueño. Y ángeles turbios, coléricos, carbonizaron tu alma, tu cuerpo.

LOS DOS ÁNGELES En esta composición el poeta pide al ángel de la luz, el Arcángel San Miguel, que con su espada de fuego expulse al ángel de las tinieblas, Luzbel, de sus entrañas. Ángel de luz, ardiendo, ¡oh, ven!, y con tu espada incendia los abismos donde yace mi subterráneo ángel de las nieblas. ¡Oh espadazo en las sombras! Chispas múltiples, clavándose en mi cuerpo, en mis alas sin plumas, en lo que nadie ve, vida. Me estás quemando vivo. Vuela ya de mí, oscuro Luzbel de las canteras sin aurora, de los pozos sin agua, de las simas sin sueño, ya carbón del espíritu, sol, luna. Me duelen los cabellos y las ansias. ¡Oh, quémame! ¡Más, más, sí, sí, más! ¡Quémame!

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¡Quémalo, ángel de luz, custodio mío, tú que andabas llorando por las nubes, tú, sin mí, tú, por mí, ángel frío de polvo, ya sin gloria, volcado en las tinieblas! ¡Quémalo, ángel de luz, quémame y huye!

Poesía civil y poesía en el exilio UN FANTASMA RECORRE EUROPA... En 1931, Alberti se afilia al Partido Comunista. Inicia una línea de poesía social y política, comprometida con los valores revolucionarios del comunismo. El título de este poema, que trata sobre la actitud de las familias acomodadas ante el fantasma de la revolución obrera, está tomado del inicio del Manifiesto comunista, de Marx y Engels. ... Y las viejas familias cierran las ventanas, afianzan las puertas, y el padre corre a oscuras a los Bancos y el pulso se le para en la Bolsa y sueña por las noches con hogueras, con ganados ardiendo, que en vez de trigos tiene llamas, en vez de granos, chispas, cajas, cajas de hierro llenas de pavesas. ¿Dónde estás, dónde estás? Los campesinos pasan pisando nuestra sangre. ¿Qué es esto? –Cerremos, cerremos pronto las fronteras. Vedlo avanzar deprisa en el viento del Este, de las estepas rojas del hambre. Que su voz no la oigan los obreros, que su silbido no penetre en las fábricas, que no divisen su hoz alzada los hombres de los campos. ¡Detenedle! Porque salta los mares recorriendo toda la geografía, porque se esconde en las bodegas de los barcos y habla a los fogoneros y los saca tiznados a cubierta, y hace que el odio y la miseria se subleven y se levanten las tripulaciones. ¡Cerrad, cerrad las cárceles! Su voz se estrellará contra los muros. ¿Qué es esto?

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–Pero nosotros lo seguimos, lo hacemos descender del viento del Este que lo trae, le preguntamos por las estepas rojas de la paz y del triunfo, lo sentamos a la mesa del campesino pobre, presentándolo al dueño de la fábrica, haciéndolo presidir las huelgas y manifestaciones, hablar con los soldados y los marineros, ver en las oficinas a los pequeños empleados y alzar el puño a gritos en los Parlamentos del oro y de la sangre. Un fantasma recorre Europa, el mundo. Nosotros le llamamos camarada.

LA PALOMA En esta canción, de su libro Entre el clavel y la espada (1940), Alberti expresa su confusión al abandonar el país para partir al exilio. La paloma simboliza la inocencia, que perece ante la brutalidad del mundo; pero también la España republicana, perdida, sin esperanza. Se equivocó la paloma. Se equivocaba. Por ir al norte, fue al sur. Creyó que el trigo era agua. Se equivocaba. Creyó que el mar era el cielo; que la noche, la mañana. Se equivocaba. Que las estrellas, rocío; que la calor, la nevada. Se equivocaba. Que tu falda era tu blusa; que tu corazón, su casa. Se equivocaba. (Ella se durmió en la orilla. Tú, en la cumbre de una rama.)

RETORNO FRENTE A LOS LITORALES ESPAÑOLES Retornos de lo vivo lejano (1956) es un libro transido de nostalgia por España, la patria perdida, irrecuperable. Madre hermosa, tan triste y alegre ayer, me muestras hoy tu rostro arrugado en la mañana en que paso ante ti sin poder todavía, después de tanto tiempo, ni abrazarte.

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Sales de las estrellas de la noche mediterránea, el ceño de neblina, fuerte, amarrada, grande y dolorosa. Se ve la nieve en tus cabellos altos de Granada, teñidos para siempre de aquella sangre pura que acunaste y te cantaba –¡ay sierras!– tan dichosa. No quiero separarte de mis ojos, de mi corazón, madre, ni un momento mientras te asomas, lejos, a mirarme. Te doy vela segura, te custodio sobre las olas lentas de este barco, de este balcón que pasa y que lleva tan distante otra vez de tu amor, madre mía. Éste es mi mar, el sueño de mi infancia de arenas, de delfines y gaviotas. Salen tus pueblos escondidos, rompen de tus dulces cortezas litorales, blancas de cal las frentes, chorreados de heridas y de sombras de tus héroes. Por aquí la alegría corrió con el espanto por ese largo y duro costado que sumerges en la espuma, fue el calvario de Málaga a Almería, el despiadado crimen, todavía –¡oh, vergüenza!– sin castigo. Quisiera me miraras pasar hoy jubiloso lo mismo que hace tiempo era dentro de ti, colegial o soldado, voz de tu pueblo, canto ardiente y libre de sus ensangrentadas, verdes y altas coronas conmovidas. Dime adiós, madre, como yo te digo, sin decírtelo casi, adiós, que ahora, ya otra vez sólo mar y cielo solos, puedo vivir de nuevo, si lo mandas, morir, morir también, si así lo quieres.

RETORNOS DEL AMOR TAL COMO ERA Retornos de lo vivo lejano expresa también la nostalgia de la niñez y de la adolescencia perdidas, de los amores apasionados de la juventud. Este es uno de los más bellos poemas amorosos de Alberti. Eras en aquel tiempo rubia y grande, sólida espuma ardiente y levantada. Parecías un cuerpo desprendido de los centros del sol, abandonado por un golpe de mar en las arenas. Todo era fuego en aquel tiempo. Ardía

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la playa en tu contorno. A rutilantes vidrios de luz quedaban reducidos las algas, los moluscos y las piedras que el oleaje contra ti mandaba. Todo era fuego, exhalación, latido de onda caliente en ti. Si era una mano la atrevida o los labios, ciegas ascuas, voladoras, silbaban por el aire. Tiempo abrasado, sueño consumido. Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo.

LO QUE DEJÉ POR TI Este soneto pertenece al libro Roma, peligro para caminantes. Alberti hace un recuento de todo lo que la guerra y el exilio le arrebataron, y espera una compensación por parte de la nueva ciudad que lo acoge. Dejé por ti mis bosques, mi perdida arboleda, mis perros desvelados, mis capitales años desterrados hasta casi el invierno de la vida. Dejé un temblor, dejé una sacudida, un resplandor de fuegos no apagados, dejé mi sombra en los desesperados ojos sangrantes de la despedida. Dejé palomas tristes junto a un río, caballos sobre el sol de las arenas, dejé de oler la mar, dejé de verte. Dejé por ti todo lo que era mío, dame tú, Roma, a cambio de mis penas, tanto como dejé para tenerte.

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Seis poetas andaluces de la Edad de Plata  

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