

Lady Majareta


Era luna nueva y, en una pequeña granja perdida en mitad del bosque, nacieron cinco bonitos cerditos. Los cinco eran negros y con manchas rosas en forma de corazón. Sin embargo, había uno muy diferente al resto. Se llamaba Willy.

Tenía una larga cresta de color rojo. Su rabo era rizado y con un corazón azul en la punta. Lo que más le gustaba era esconderse y disfrutar de la naturaleza.

Llegó la época de la recogida de la trufa negra. Todos los cerditos, entrenados en los meses anteriores, debían llenar sus cestas de riquísimas trufas.
Mientras todos buscaban, Willy jugaba a encontrar las estrellas de día.

O se ponía a contar las hormigas que subían por los troncos de los árboles o incluso ayudaba a las mariposas a encontrar las flores… Explorar la naturaleza era como abrir un regalo nuevo cada día.

Pero un buen día, Pachi, el cerdito mayor, se plantó delante de Willy y le soltó con desprecio:
—Tú, panocho, deja de soñar. ¡Los sueños son para los que son diferentes!

Willy lo miró con una sonrisa valiente y respondió sin titubear:
—¿Pero tú te has fijado bien en mí?
—¿En qué? ¿En esa cresta panocha que llevas? —se burló Pachi, provocando la risa de todos los demás.
Willy se irguió con orgullo y dijo:
—¡Pues claro que soy diferente! ¿No ves que esta cresta roja viene de los dragones y que mi cola en forma de corazón procede de los magos? Soy distinto, sí… ¡y quiero hacer cosas distintas!


No necesitas encajar, tú has nacido para destacar.