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El abogado de la República

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Capítulo I

Pablo

El reloj de María marcó las doce con un suave tic-tac que resonó en la habitación, aún impregnada del cálido aroma del café que Pablo había preparado antes de irse. La mujer bajó con la niña en brazos de forma apresurada por la escalera de madera, cuyos peldaños crujían bajo sus pies. Iba tarde. De no haber sido así, la niña habría descendido los escalones de su mano, riendo y saltando, pero eso les llevaba un buen rato.

Pablo se había marchado al amanecer, cuando los primeros rayos del sol doraban las cortinas de lino y el aire olía a jazmines recién abiertos. Demasiado temprano para ella, que aún anhelaba el calor de su cuerpo junto al suyo bajo las sábanas. Él, sin embargo, le había dejado un beso fugaz en la frente y una disculpa susurrada: «Hoy voy tarde». Poco después de que él se marchase, María se levantó de la cama, abandonando el nido de mantas y las suaves sábanas donde solía quedarse dormida, arrullada por el recuerdo de la respiración calmada de Pablo durmiendo. Pero aquella mañana, la quietud de la casa, iluminada por una luz tenue y melancólica, le había robado el sueño.

María sabía que su marido se estaba rompiendo por dentro. En aquel invierno de 1937 Madrid era una herida abierta: el aire olía a pólvora y pan rancio, las colas para conseguir un mendrugo se alargaban cada día más en unas calles que día a día eran machacadas por los bombardeos de las tropas sublevadas. Pablo, obligado a trabajar para

el Gobierno de la República desde el comienzo de la contienda, negociaba contratos de suministros entre funcionarios de mirada torva y milicianos armados. Firmaba papeles que le quemaban los dedos, sonreía a hombres a los que despreciaba y calculaba cada palabra para que no lo arrastraran a una cuneta como a otros. Pablo, María lo sabía, estaba cansando de todo aquello, repudiaba al régimen republicano, aunque como muchos en Madrid, jamás lo admitiría.

Eran muchos los días en los que el abogado llegaba a casa con las manos vacías y el alma llena de culpa. A veces, María lo sorprendía lavándose la cara con furia, como si quisiera borrar el día entero. Ella intentaba distraerlo —le servía café de achicoria, le hablaba de cómo Silvia había aprendido estado jugando en casa, o con amigos—, pero él apenas respondía. Solo abrazaba a la niña con un ahínco desesperado, como si temiera que alguien se la arrancara de los brazos al amanecer.

Por las noches, cuando los bombardeos callaban un rato, él murmuraba contra su pelo: «Nada de esto es por la patria, María. Es por sobrevivir». Y ella, acurrucada contra su costado, sentía el latido acelerado de su corazón, un código morse que repetía de forma machacona en los oídos de María la misma palabra: miedo, miedo, miedo.

Aquel día, mientras bajaba las escaleras con Silvia en brazos para ir a comprar el pan, María no podía evitar pensar en Pablo. ¿Dónde estaría en ese momento? ¿Estaría a salvo? Sabía que él era un hombre prudente, pero estos tiempos no eran normales. La ciudad estaba llena de peligros y el miedo se apoderaba de ella cada mañana cuando Pablo se iba. Cuando ella era la que salía de casa, siempre se le hacía un nudo en el estómago. En su cabeza siempre resonaba la voz que le decía «Todo estará bien». Ella no le solía hacer caso tratando así de ahuyentar los pensamientos negativos. Pero la inquietud persistía, como una sombra que no la abandonaba.

María se detuvo un momento en el pasillo del portal de su edificio, mirando el espejo que colgaba de la pared. Su reflejo le devolvió la

El abogado de la república imagen de una mujer cansada, con ojeras marcadas y el pelo recogido de cualquier manera. Se preguntó si Pablo notaría su agotamiento cuando regresara esa noche, se preguntó si aún le resultaba atractiva. Él siempre estaba tan ocupado, tan metido en sus asuntos de trabajo, que a veces parecía no verla. O quizás era ella la que no sabía cómo llamar su atención. Con un suspiro, se ajustó el abrigo y salió a la calle.

Cuando alcanzó el borde de la acera, se detuvo para coger a la pequeña Silvia en brazos de nuevo. La niña podía cruzar a pie, pero María solo le dejaba hacerlo cuando la calle era estrecha y en las últimas semanas ni siquiera en esas calles. María ahora era muy precavida con la niña. La gente caminaba demasiado intranquila por la ciudad. Los coches iban demasiado rápido y muchas veces sucedían imprevistos. María, como casi todos en Madrid, presentía que la situación que estaban viviendo no duraría mucho, se equivocaba.

Tras alcanzar la otra acera, la mujer se percató de que la calle Ayala estaba demasiado concurrida para un martes. Aquí y allá se veían grupos de personas en corrillos. Muchos hablaban, y otros, los menos, se echaban las manos a la cabeza. Aunque no era muy normal ver a la gente en esas circunstancias, aquello no era raro del todo. Desde el alzamiento del ejército comandado por Sanjurjo, todo el mundo se paraba a chismorrear y a cotillear. Además, en todos los ambientes había suspicacia.

María había oído algunos días atrás que Madrid se estaba convirtiendo en el epicentro de la guerra. No era solo que en la capital de la República hubiese disparos o combates, era que el ambiente era excesivamente tenso, eso aún no había pasado, pero sí se notaba tensión. No eran pocos los que decían que tanto los ingleses como los alemanes habían desplazado a numerosos agentes a la ciudad del centro de España. María no sabía si eso era cierto o no, pero como todos, desconfiaba de los desconocidos. Sin embargo, lo que más la angustiaba no era la guerra ni los rumores de espías, sino Pablo.

Desde hacía semanas, notaba a su marido más distante de lo habitual.

Tenía la sensación de que Pablo cargaba un peso invisible que no podía compartir con ella. Por el día aquella sensación le oprimía el corazón. Sin embargo, las noches eran aún peores porque desde hacía algunas semanas Pablo se quedaba despierto hasta tarde. Permanecía sentado en el salón, mirando al vacío con una expresión que ella quería, pero no podía descifrar.

A veces, lo escuchaba murmurar en sueños, palabras entrecortadas que no llegaba a entender. «¿En qué estarás pensando, Pablo?» se preguntaba María, mientras caminaba apresuradamente por la calle con Silvia en brazos. La idea de que algo malo pudiera pasarle la atormentaba. Sabía que su trabajo lo llevaba a tratar con personas peligrosas, y que la situación en Madrid no hacía más que empeorar. Cada vez que salía de casa, ella sentía un nudo en el estómago, como si algo terrible estuviera a punto de suceder.

Cuando María alcanzó la siguiente calle que tenía que cruzar, empezó a oír gritos demasiado altos. El sonido la sobresaltó, y apretó a Silvia con más fuerza contra su pecho. La niña, inocente y ajena a la tensión que envolvía a su madre, seguía riendo y balbuceando. María miró a su alrededor, tratando de identificar la fuente de los gritos, pero la calle estaba llena de gente corriendo en todas direcciones. El miedo se apoderó de ella, no solo por su seguridad y la de Silvia, sino también por Pablo. «¿Dónde estarás ahora?» pensó, con el corazón acelerado. «Por favor, que estés a salvo».

Pablo se encontró dentro de un despacho que parecía demasiado grande para un general de la República. Según rezaba la propaganda del gobierno, la República había venido para ayudar a los camaradas ciudadanos, para mejorar su vida y llevar a España al futuro, a un futuro mejor para todos. Su base era la ideología comunista, y en ella se pregonaban demasiado los valores de la igualdad y la libertad. Sin embargo, el despacho no pregonaba lo mismo, pensó Pablo, porque allí podrían vivir sin dificultades dos o tres familias.

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—Querido Pablo —dijo el general con demasiada cordialidad—. Por fin tengo el placer de conocerte en persona, aunque me da la sensación de que te conozco bien, aunque no nos hayamos encontrado.

Emilio Santos desplazó la mano por encima de una carpeta, dando a entender que los servicios de inteligencia de la República habían hecho bien su trabajo y que disponía de amplia información sobre Pablo y su vida. Mientras lo hacía, no pudo evitar sentir una mezcla de desprecio y frustración hacia el hombre que tenía frente a él. Para el general, Pablo no era más que un cobarde, alguien que había sabido aprovecharse de las circunstancias para beneficiarse sin arriesgar nada. «Un típico abogado» pensó con amargura. «Siempre buscando la manera de sacar provecho, de esconderse detrás de sus libros y sus leyes mientras otros luchan y mueren por la causa».

El general sabía que Pablo no era un hombre de acción. No tenía el valor de los soldados que luchaban en el frente, ni la determinación de los verdaderos revolucionarios que arriesgaban todo por la República.

En cambio, era un hombre de palabras, de estrategias frías y calculadas, que siempre buscaba la manera de salir indemne. «Un cobarde» repitió mentalmente, mientras observaba a Pablo con una sonrisa falsa. Pero, por desgracia, necesitaba a hombres como él. Hombres que supieran moverse en las sombras, que entendieran de negocios y de leyes, que pudieran conseguir lo que los soldados no podían.

El desprecio del General hacia Pablo se acrecentaba por la necesidad que tenía de él. «Por desgracia necesito a tipos como este» pensaba el general mirando a los ojos de Pablo. «Y en tiempos de guerra los necesitamos aún más». Santos sabía que en las circunstancias en las que estaban la utilidad era mucho más importante que el honor. «Te usaré mientras me sirvas» pensó, mientras cerraba la carpeta con un gesto brusco. «Pero no te equivoques, Martínez. No eres más que una herramienta, y las herramientas se desechan cuando dejan de ser útiles».

—General —dijo el abogado sin cuadrarse. Al fin y al cabo, aún no había sido reclutado formalmente no se le había asignado grado alguno en el ejército de la República.

—Sin formalidades, Martínez. Le he llamado porque necesito su experiencia. Creo que hasta hace unos meses trabajaba en asuntos de derecho mercantil, ¿no?

—Sí, bueno. Aún lo hago cuando se puede. El levantamiento de las tropas no ayuda, pero aún tenemos algo de actividad. Si las cosas no empeoran, esto solamente supondrá una mala racha.

—¡Esperemos que no empeoren, desde luego! —dijo el general con una sonrisa que a Pablo le pareció fingida—. Aunque las cosas no pintan bien en algunas partes, no creo que las tropas sublevadas aguanten demasiado. Como bien sabrás, tenemos a todo el mundo libre de nuestro lado. Si no me confundo, son ya catorce los gobiernos de Europa los que han condenado el levantamiento y hecho declaraciones de apoyo a la República. Y no falta mucho para que se pronuncien los personajes importantes de la escena mundial. Creemos que en breve Moscú dirá algo, y para entonces, esto terminará.

—Sin duda —se limitó a decir Pablo—. Todo el mundo dice que en Navidad las cosas habrán terminado. Que esto no tiene mucho recorrido.

—Bueno, no creo que tan pronto. Los sublevados tienen el apoyo de Alemania, pero coincido en que todo esto no tiene demasiado recorrido. No es sencillo deshacer una República. Pero no te he traído aquí por esos temas, como es lógico. Me interesa tu faceta profesional. El general se reclinó en su silla, mirando a Pablo con una expresión que mezclaba curiosidad y cautela. Encendió un cigarrillo y ofreció uno a Pablo, quien lo rechazó con un gesto educado. El humo del cigarrillo se elevó lentamente, creando una neblina que parecía reflejar la incertidumbre que flotaba en el aire.

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—Como comprenderás, el levantamiento no está ayudando a que las relaciones comerciales de la República con ciertos países sean fluidas. Alemania es un país demasiado poderoso, y desde la llegada de Hitler al poder, nuestras relaciones comerciales son algo más complicadas. Aunque creo que tú sabes mucho más de eso, ¿no?

—Bueno, no puedo afirmar si sé más o menos que el gobierno de la República, desde luego —dijo Pablo, decidido a ser prudente. Sabía que el general sin duda tendría muchos agentes informándole sobre ese tema—. Como todo el mundo sabe, trabajo para un consorcio de empresas que se dedican a fabricar planchas de hierro fundido y que trabaja muy estrechamente con la Stahlbergbau de Múnich. Aunque las relaciones aún no son malas, distan mucho de estar en el mejor momento.

—Sí, eso lo sé. La regulación que aprobó el presidente Azaña no ha ayudado mucho en ese sentido. Desde el gobierno creen que debemos dejar de dar dinero a Hitler y que lo mejor sería buscar nuevos proveedores. Según tengo entendido, se buscan proveedores de fuera de Europa.

—Demasiado caros —dijo Pablo sin pensarlo—. Disculpa, me he dejado llevar. No quería interrumpirte.

El general dejó pasar un par de minutos antes de contestar. No estaba acostumbrado a las interrupciones, y mucho menos le gustaban las correcciones.

—No te preocupes —dijo con fingida calma—. Al fin y al cabo, el especialista eres tú.

La voz del general se volvió un poco más aguda, dando a entender que le había disgustado mucho la interrupción. Sin embargo, continuó hablando, como si nada hubiera pasado.

—La situación política en España es delicada, Pablo. El alzamiento del 18 de julio ha dividido al país en dos bandos irreconciliables. Por

un lado, está la República, que representa la legalidad y el orden constitucional. Por otro, los sublevados, que se autodenominan «nacionales» y buscan imponer un régimen autoritario. La guerra civil que estamos viviendo no es solo un conflicto interno; es una lucha ideológica que ha captado la atención de todo el mundo.

Pablo asintió, consciente de la gravedad de la situación. Sabía que la guerra no era solo un enfrentamiento entre españoles, sino un preludio de lo que podría ser un conflicto mucho mayor en Europa.

—Los sublevados tienen el apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascista —continuó el general—. Hitler y Mussolini ven en España un campo de pruebas para sus armas y tácticas militares. Por otro lado, la República cuenta con el apoyo de la Unión Soviética y de las Brigadas Internacionales, pero no es suficiente. Necesitamos más ayuda, y la necesitamos ya.

—¿Y qué hay de las democracias occidentales? —preguntó Pablo, intrigado—. ¿No han mostrado su apoyo a la República?

El general soltó una risa amarga.

—Las democracias occidentales, como les gusta llamarse, han optado por la política de no intervención —dijo el general con un tono de desprecio que no intentó disimular—. Francia, bajo el gobierno de Albert Lebrun, y Gran Bretaña, con Neville Chamberlain como primer ministro, han decidido mantenerse al margen, temerosas de provocar a Hitler y a Mussolini. Es una actitud cobarde, pero comprensible. Saben que cualquier movimiento en favor de la República podría ser interpretado como una provocación por parte de la Alemania nazi y la Italia fascista, que ya han mostrado su apoyo a los sublevados.

El general hizo una pausa, como si estuviera recordando los últimos acontecimientos que habían sacudido Europa.

—Este año ha sido crucial —continuó, con una voz que ahora sonaba más grave—. En marzo, Hitler remilitarizó Renania, violando el Tratado de Versalles, y nadie hizo nada para detenerlo. Mussolini,

El abogado de la república por su parte, ha consolidado su control sobre Etiopía después de una guerra brutal en la que ha dejado claro que sus intenciones no son pacíficas ni mucho menos. Y aquí, en España, estamos viendo cómo las potencias fascistas utilizan nuestro país como campo de pruebas para sus armas y tácticas militares.

Se acercó a la ventana, mirando hacia el exterior como si esperara ver en el horizonte las señales de lo que estaba por venir.

—Lo que no entiendo —dijo, volviéndose hacia Pablo con una expresión de frustración— es por qué Estados Unidos, la mayor democracia del mundo, no ha dicho ni una palabra. Franklin D. Roosevelt está en su primer mandato, y aunque ha mostrado cierta preocupación por los asuntos europeos, parece más interesado en resolver los problemas internos de su país después de la Gran Depresión. ¿Acaso no ven que lo que está pasando aquí es un ensayo de lo que podría ocurrir en toda Europa? Si no detenemos a Hitler y a Mussolini ahora, ¿qué nos espera en el futuro?

El general dejó la pregunta flotando en el aire, como si esperara que Pablo le diera una respuesta que él mismo no podía encontrar.

Pablo guardó silencio, reflexionando sobre las palabras del general. Sabía que la situación era grave, pero nunca había pensado que la guerra en España podría ser el preludio de algo mucho peor.

—Por eso te he llamado, Pablo. Necesitamos gente como tú, gente que entienda de comercio internacional y que pueda ayudarnos a conseguir los suministros que necesitamos para ganar esta guerra. No podemos depender únicamente de la Unión Soviética. Necesitamos diversificar nuestras fuentes de suministro y asegurarnos de que no nos falte de nada.

—¿Y qué espera de mí, general? —preguntó Pablo, con cierta cautela.

—Quiero que formes parte de un equipo especial que estamos creando —dijo el general, con un tono que pretendía ser convincente

pero que no ocultaba la urgencia de la situación—. Un equipo que se encargue de garantizar el suministro de materiales estratégicos para la República. Necesitamos acero, combustibles, medicinas... todo lo que sea necesario para mantener en pie a nuestro ejército y a nuestra gente.

El general hizo una pausa, como si estuviera midiendo el impacto de sus palabras en Pablo. Luego, continuó:

—Como bien sabes, la situación con Alemania es... complicada. Desde que Hitler llegó al poder, las relaciones comerciales se han vuelto cada vez más tensas. El régimen nazi no ve con buenos ojos a gobiernos como el nuestro, de corte republicano y con influencias comunistas. Además, los acuerdos comerciales que teníamos con empresas alemanas, como la Stahlbergbau de Múnich, se han visto severamente afectados, como bien sabes. Las sanciones y las restricciones impuestas por el gobierno alemán han hecho que el flujo de acero y otros materiales esenciales se haya reducido drásticamente.

El general se levantó de su silla y comenzó a caminar por la habitación, como si el simple hecho de estar sentado le resultara insoportable.

—No podemos depender de Alemania, Pablo. Necesitamos diversificar nuestras fuentes de suministro y asegurarnos de que no nos falte de nada. Pero no es fácil. La guerra ha complicado todo. Los puertos están bajo vigilancia constante, y los barcos que intentan llegar a España con suministros son interceptados por los sublevados o por las fuerzas extranjeras que apoyan a Sanjurjo. Además, los precios se han disparado. El mercado negro está en auge y no podemos permitirnos depender de él. Necesitamos soluciones legales, o al menos, soluciones que parezcan legales.

Se detuvo frente a Pablo y lo miró directamente a los ojos.

—Por eso te necesito, Pablo. Tú conoces el mundo del comercio internacional. Sabes cómo moverte en esos círculos, cómo negociar

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con proveedores extranjeros, cómo sortear las restricciones. Necesitamos que formes parte de este equipo. Necesitamos que nos ayudes a garantizar el suministro de materiales estratégicos. ¿Te unirás a nosotros?

La conversación duró unos pocos minutos más. Pablo accedió a trabajar con Santos. No le quedaba otra.

Tras cerrar la puerta detrás de Pablo, el general Emilio Santos se reclinó en su silla, dejando escapar un suspiro de exasperación. «Un cobarde y un egoísta», murmuró para sí mismo, mientras jugueteaba con un lápiz sobre el escritorio. Pero no tenía tiempo para perder en pensamientos negativos. Había asuntos más urgentes que atender, y uno de ellos estaba justo al otro lado de la puerta.

Con un gesto brusco, pulsó el intercomunicador que conectaba su despacho con la oficina de su secretaria.

—Matilde, ¿puedes venir un momento? —dijo, con un tono que pretendía ser autoritario pero que escondía una nota de familiaridad.

Unos segundos después, la puerta se abrió y Matilde entró en el despacho. Llevaba un vestido sencillo pero elegante, que se ajustaba a su figura con una precisión que parecía hecha a medida. La tela, de un tono azul oscuro, caía en pliegues suaves que resaltaban la curva de sus caderas y la línea esbelta de su cintura. El escote, discreto pero sugerente, dejaba entrever un atisbo de piel que invitaba a la imaginación a explorar lo que quedaba oculto. Su pelo moreno, con reflejos cobrizos bajo la luz tenue del despacho, caía en ondas suaves sobre sus hombros, como si cada mechón hubiera sido colocado con cuidado para enmarcar su rostro. Un leve perfume a jazmín flotaba en el aire a su alrededor, añadiendo un toque de sensualidad que no pasaba desapercibido. El general la observó con una mirada que iba más allá de lo profesional, recorriendo su figura con una lentitud calculada.

—Sí, general, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó Matilde, manteniendo una distancia prudente y una expresión neutra, aunque algo en su mirada delataba que sabía lo que se avecinaba.

Santos se levantó de su silla y se acercó a ella con paso lento, como un depredador que se acerca a su presa.

—Matilde, siempre tan eficiente —dijo, con una sonrisa que pretendía ser amable pero que resultaba inquietante—. Sabes que valoro mucho tu trabajo. Eres indispensable para mí.

Matilde asintió con una sonrisa tensa, consciente de la doble intención en las palabras del general.

—Gracias, general. Hago lo que puedo —respondió, intentando mantener la compostura.

Santos se detuvo a escasos centímetros de ella, lo suficiente para invadir su espacio personal, pero sin llegar a tocarla.

—Tal vez deberíamos discutir algunos asuntos... más personales —dijo, con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones—. Después de todo, en tiempos como estos, es importante que nos apoyemos mutuamente.

Matilde contuvo el impulso de retroceder, sabiendo que cualquier reacción podría ser interpretada de manera equivocada.

—General, creo que es mejor mantener las cosas en un plano profesional —respondió, con firmeza, pero sin desafío.

Santos la miró fijamente durante unos segundos, como si estuviera evaluando su respuesta. Luego, con un gesto de desdén, dio un paso atrás.

—Como quieras, Matilde —dijo, con una sonrisa fría—. Pero recuerda, en esta guerra, todos necesitamos aliados. Y yo podría ser un aliado muy poderoso para ti.

Matilde asintió brevemente y salió del despacho, sintiendo el peso de la mirada del general sobre su espalda. Una vez fuera, respiró hon-

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do, intentando calmar los nervios que le recorrían el cuerpo. Sabía que debería tener cuidado. En el juego de poder en el que estaba metida, un paso en falso podía ser fatal.

Conforme María avanzaba, los gritos a su alrededor eran cada vez más y más sonoros. La mujer llevaba a la niña en los brazos y solo pensaba en que llegaba tarde a ver a su madre. Cuando se quiso dar cuenta, estaba completamente rodeada de gente.

—¿Qué pasa? —preguntó sin dirigirse a nadie.

—Viene una patrulla —dijo un chico de unos veinte años a su lado—. Al parecer, en una tienda cerca de aquí unos chicos de mi edad se pararon en la puerta y comenzaron a cantar el «cara al sol». Alguien llamó a la policía y vinieron a por ellos. Cuando la patrulla se acercó a los chavales, muchos comenzaron a increparles. «Dejadlos cantar», dijeron. Pero no solo no les dejaron cantar, sino que les dispararon. Al parecer, uno de los chicos está herido y el otro ha muerto. ¡Ponte a cubierto!

Justo cuando el chico terminaba la frase, una chica ensangrentada y jadeante impactó contra María de forma frontal, haciendo que cayese al suelo. El golpe fue tan brusco que María no pudo reaccionar. Sintió cómo el cuerpo de la joven chocaba con el suyo, y el mundo pareció girar en cámara lenta mientras perdía el equilibrio. El ruido de la multitud, los gritos y el caos que la rodeaban se mezclaron en un zumbido ensordecedor. El aire olía a pólvora y sudor, y el polvo levantado por los pasos apresurados de la gente flotaba en el ambiente, creando una neblina grisácea que le dificultaba la visión.

María cayó de espaldas, el golpe contra el asfalto fue tan seco que le sacó el aire de los pulmones. Silvia, que estaba en sus brazos, salió despedida y cayó a su lado, golpeando su pequeña cabeza contra el suelo. El sonido del impacto, un crujido sordo y terrible, resonó en los oídos de María como un trueno. En seguida se formó un charco de sangre

alrededor de la cabeza de la pequeña. La sangre, roja y brillante, se extendía rápidamente, manchando el pavimento y las manos de María, que intentaba incorporarse aturdida y desesperada.

El ambiente era caótico a su alrededor. La gente corría en todas direcciones, gritando y empujándose. Los sonidos de las sirenas de la policía se mezclaban con los llantos de los heridos y los gritos de los que intentaban ayudar. El aire estaba cargado de tensión, como si en cualquier momento pudiera suceder cualquier cosa. María, aún mareada, logró incorporarse como pudo, arrastrándose hacia Silvia. Sus manos temblaban mientras intentaba alcanzar la cabeza de la chiquilla, que yacía inmóvil en el suelo. El rostro de Silvia, antes lleno de vida, ahora estaba pálido y ensangrentado. María intentó hablar, pero las palabras no salieron. Solo un gemido ahogado escapó de sus labios.

Justo en el momento en que María se inclinaba sobre Silvia, un agente de la policía del pueblo de Madrid pasó a caballo por encima de ellas. El animal, desbocado por el caos, relinchó y levantó las patas delanteras en un intento de evitar el choque, pero fue inútil. Una de las patas impactó con fuerza en el pecho de María, que sintió cómo se le rompían las costillas bajo el golpe. El dolor fue tan intenso que apenas pudo gritar. La otra pata del caballo terminó de reventar la cabeza de Silvia, que ya yacía muerta en el suelo. El sonido del impacto fue espantoso, un crujido húmedo que hizo que varios testigos se llevaran las manos a la boca para contener el horror.

El agente de policía, al darse cuenta de lo que había hecho, intentó detener el caballo, pero el animal, asustado por el caos, siguió galopando calle abajo, dejando atrás un reguero de destrucción. María, agonizante, intentó mover los brazos para alcanzar a Silvia una última vez, pero ya no tenía fuerzas. Su visión se nubló, y el mundo comenzó a desvanecerse a su alrededor. Los gritos de la gente, el sonido de las

El abogado de la república sirenas y el olor a sangre y polvo se mezclaron en una confusión de sensaciones que la sumieron en la oscuridad.

El ambiente, que ya era tenso y caótico, se volvió aún más sombrío después del accidente. La gente que presenció la escena quedó paralizada por el horror, y algunos comenzaron a llorar. Otros, en cambio, aprovecharon el caos para huir, temerosos de que la violencia se extendiera. La calle, que minutos antes había sido un lugar de tránsito cotidiano, ahora parecía una zona de guerra. El suelo estaba manchado de sangre, y el aire olía a muerte y desesperación

Eran poco más de las diez de la noche cuando Pablo entró en casa. Estaba agotado, no solo físicamente, sino también mentalmente. La entrevista con el general Santos le había dejado una sensación de pesadez en el pecho, como si llevara una carga invisible que no podía quitarse de encima. El general, con su tono cordial pero amenazante, le había dejado muy claro que debía colaborar. No era una solicitud, sino una orden disfrazada de cortesía. Las últimas frases del general resonaban en su mente: «Consulta con María, deja que Silvia te distraiga un poco. Seguro que eso te lleva a tomar la mejor de las decisiones». ¿Cómo sabía tanto sobre su vida privada? Si el general conocía los nombres de su mujer y de su hija, sin duda sabría casi todo de él.

Al abrir la puerta de su casa, Pablo esperaba encontrar el cálido resplandor de la lámpara del salón y, quizás, el suave murmullo de María leyendo un libro o cosiendo. En su lugar, se encontró con la oscuridad. Todas las luces estaban apagadas. «Extraño» pensó. Silvia debía de llevar al menos dos horas en la cama, pero le sorprendía que María no le hubiese abierto la puerta. Ella siempre lo hacía, incluso cuando estaba cansada. Un ligero escalofrío recorrió su espalda, pero lo atribuyó al cansancio y al estrés del día.

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