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COMITÉ EDITORIAL Elena de Prada Creo (Universidad de Vigo) Beatriz Figueroa Revilla (Universidad de Vigo) Cristina Larkin Galiñanes (Universidad de Vigo) COMITÉ DE REDACCIÓN Carlos Buján López (Universidade de Santiago de Compostela) José Luis Chamoso González (Universidad de León) Mª Ángeles de la Concha Muñoz (UNED Madrid) Jorge Figueroa Dorrego (Universidade de Vigo) Francisco Garrudo Carabias (Universidad de Sevilla) Constante González Groba (Universidade de Santiago de Compostela) Manuel González Piñeiro (Universidade de Vigo) Pedro Guardia Masó (Universidad de Barcelona) Mª José López Couso (Universidade de Santiago de Compostela) Ramón López Ortega (Universidad de Extremadura) Félix Martín Gutiérrez (Universidad Complutense de Madrid) Manuel Míguez Ben (Universidade de Santiago de Compostela) Jacqueline Minett Wilkinson (Universidad Autónoma de Barcelona) Rafael Monroy Casas (Universidad de Murcia) Catalina Montes Mozo (Universidad de Salamanca) Manuela Palacios González (Universidade de Santiago de Compostela) Javier Pérez Guerra (Universidade de Vigo) Veljka Ruzicka Kenfel (Universidade de Vigo) José Siles Artés (Universidad Complutense de Madrid) Eduardo Varela Bravo (Universidade de Vigo) Este volume publícase cunha subvención da DIRECCIÓN XERAL DE INVESTIGACIÓN, DESENVOLVEMENTO E INNOVACIÓN DA XUNTA DE GALICIA BABEL-AFIAL Nº 19; Ano 2010 EDITA Servizo de Publicacións da Universidade de Vigo Campus das Lagoas - Marcosende 36310 VIGO, España IMPRIME Oficode, S.L. ISSN 1132 - 7332 DEP. LEGAL PO - 603 - 02 © Servizo de Publicacións da Universidade de Vigo, 2010


Índice Artículos Benigno del Río Molina Entre la reflexión y la gracia: “Sobre el teatro de marionetas” de Heinrich von Kleist

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Carmen María Fernández Rodríguez Traducción y didactismo en el siglo diecinueve: “Mañana” y “Un acreedor” de Maria Edgeworth

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Alan Floyd Moore Women in Eighteenth Century English Periodicals

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Marta Miquel-Baldellou Victorian, Victorianist, Neo-Victorian: A Critical Overview

49

Alfredo Moro Martín Henry Fielding y los inicios de la tradición cervantina en la literatura alemana

75

María del Mar Ruiz Martínez Elizabeth Bowen and the Anglo-Irish: Describing Women in The Last September

97

Daniel Ryan Reading Cultures from the Monsters they Engender: Cloverfield and Post-9/11 Paranoia

113

Ramiro Durán Martínez The Notion of Discourse Coherence from the Relevance Theory Framework: An Analysis of a Comment Article

133

Mª José Corvo Sánchez Historia y tradición en la enseñanza y aprendizaje de lenguas extranjeras en Europa (VII): Edad Moderna – las lenguas nacionales

151

Reseñas Mario Cal, Paloma Núñez e Ignacio M. Palacios (Eds.), 2005. Nuevas tecnologías en lingüística, traducción y enseñanza de lenguas. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela Lorena Barrera Fernández

185

Gerardo Rodríguez Salas, 2009. Katherine Mansfield: El Posmodernismo de una modernista renegada. Madrid: Verbum Laura Lojo Rodríguez

193

T. Silva, B. Figueroa, Mª J. Corvo, Mª J. Barsanti, M. Equy, 2009. Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad: inglés, español, francés y alemán. Badajoz: Abecedario Laura Pino Serrano

197

Manuela Palacios González y Helena González Fernández (Eds.), 2008. Palabras extremas: Escritoras gallegas e irlandesas de hoy. Oleiros: Netbiblo Vanessa Silva Fernández

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ENTRE LA REFLEXIÓN Y LA GRACIA: “SOBRE EL TEATRO DE MARIONETAS” DE HEINRICH VON KLEIST * Benigno del Río Molina Universidad de Sevilla debenigno40@yahoo.es This paper focuses on how Kleist’s essay “On the Puppet Theater” (1810) explores the contrast between reflection and conscience, on the one hand, and grace, on the other. Grace appears in the sense of a quality, or a gift, but also, in a theological sense. My approach is unexpectedly new: it is half-way between English philology and philosophy. From the former Romantic writer’s point of view, the marionettes’ dance, by being directed by the puppeteer’s hands, is superior to the adult man’s acts. As they are propelled by reflection and conscience, they finally become affected and artificial. In order to regain grace, man must eat once again from the tree of knowledge to conquer a second innocence that he must lose again. And after regaining the gods’ infinite knowledge, he will be ready to receive grace. Keywords: Romanticism, marionettes, dance, gravity, reflection, conscience, grace. El objetivo de este trabajo es explorar en “Sobre las marionetas” (1810) de H. von Kleist la polaridad entre la reflexión y la conciencia, por una parte, y el concepto de la gracia, como un don y en un sentido teológico, por otro. Este estudio ofrece una nueva e inusitada perspectiva: unos planteamientos que se hallan a medio camino entre la filología inglesa y la filosofía. Desde el punto de vista de Kleist, el baile de la marioneta por ser agitado por la intuición del artífice, y también la gracia del niño-adolescente, son superiores a los actos reflexivos del adulto que, impulsados por la conciencia, devienen afectados y convertidos en poses. Para volver a recobrar la gracia, el hombre tendrá que comer de nuevo del fruto *

Fecha de recepción: Abril 2009


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del árbol del bien y del mal y así adquirir, para volver a perder, una segunda inocencia, y alcanzar, finalmente, el conocimiento infinito de los dioses. Palabras claves: Romanticismo, marionetas, danza, gravedad, reflexión, conciencia, gracia. INTRODUCCIÓN, ANTECEDENTES E INFLUENCIAS Heinrich von Kleist, probablemente el mayor dramaturgo en lengua alemana, publicó el ensayo “Über das Marionettentheater” (“Sobre el teatro de marionetas”), en los números del 12 y el 15 de diciembre de 1810 del Berliner Abendblätter, un año antes de que suicidara. Muchos artistas y pensadores habían escrito a lo largo de la historia sobre las marionetas. En los trágicos griegos y en las Leyes (644d) de Platón, por ejemplo, los hombres aparecen como “muñecos con hilos”, pues sus destinos azarosos y precarios están en manos de los dioses. El mismo H. von Kleist utilizó parecidas metáforas en sus escritos, también para referirse a su propia condición vital. Tras su experiencia fallida en la corte prusiana de Berlín (1801), por ejemplo, le explicaría a su prometida: “Ay, Wilhelmine, nos creemos libres y el azar omnipotente nos lleva de mil hilos sutilísimos.”1 Sin embargo, la representación de las marionetas como tal entraría tarde en la literatura occidental. Dos casos memorables fueron el retablo de maese Pedro de los capítulos 25 y 26 de la Segunda Parte del Quijote y el entremés el Retablo de las maravillas (1615) de Cervantes. Y por las mismas fechas, en Inglaterra, un teatro de marionetas asumiría un papel central en la obra Bartholomew Fair (1614) del dramaturgo Ben Jonson. En cuanto a los tratados de los escritores románticos sobre los muñecos, como por ejemplo el caso mencionado de Kleist, algunos pasajes de Hoffmann o el “Diálogo entre Frederick Ruychs y sus muñecos” (1827) de Giacomo Leopardi, son diálogos de ensayo-ficción, vehículos clásicos de gnosis más que de episteme. De acuerdo con Rudolph Drux (1986: 181), no siguen el modelo del diálogo platónico, sino el de los diálogos entre maestro y discípulo de la época clásica tardía, como por ejemplo el de Asclepius en el que el maestro se revela finalmente como una presencia sobrenatural.2 De


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hecho, los ensayos románticos son dados a admirar los poderes o cualidades sobrehumanas de los muñecos (aunque en el caso de Leopardi, por ejemplo, son cadáveres que han vuelto a la vida) y ofrecen, disfrazadas o sublimadas, ideas filosófico-religiosas en la vena del Corpus Hermeticum. Por otra parte, los grandes temas antiguos de los muñecos-dioses que toman vida en las manos de un demiurgo o artífice persistirán tanto en los entretenimientos populares como en la tradición romántica. Kleist tomó gran interés por este tipo de teatro popular como dramaturgo, pero su entusiasmo fue debido, sobre todo, a su Weltanschauung romántica, pues el Romanticismo no sólo privilegiaba las artes populares y las fuentes folklóricas, sino que las proponía como hontanar de temas, motivos e inspiración poética. Sin embargo, los juicios y las imágenes del ensayo de Kleist sobre las marionetas se habían fraguado en las matemáticas, la óptica y la física newtoniana del siglo XVIII. Sus comentarios, por otra parte, eran subversivos y estaban en contra de las opiniones comunes de sus lectores eruditos. Para que nos formemos una idea, ese arte estaba considerado en aquella época en el mismo nivel en que hoy en día consideran el sexo, la violencia cruda o el lenguaje soez de ciertos comics y videojuegos muchas personas cultas. Como nos recuerda Victoria Nelson (2001: 62), en la época en la que Kleist escribía, el teatro de marionetas era considerado una forma inferior y populachera de entretenimiento público. No obstante, en un nivel más alto, ese ensayo, según Harold B. Segel, “evidencia la creencia romántica en la superioridad creativa y cognoscitiva del inconsciente sobre lo consciente, de la espontaneidad y la intuición sobre la razón. Porque el muñeco, o la marioneta, carece de la habilidad de pensar, de razonar, es capaz de una extraordinaria fluidez de movimiento.” (1995:15; mi traducción). Y precisamente deseo explorar en estas páginas la polaridad que el ensayo de Kleist establece entre los temas de la reflexión y la conciencia por una parte, y el de la gracia, por otro, gracia entendida en las dos principales acepciones que tiene en castellano: como atractivo o don natural y en un sentido teológico, acepciones que aparecerán a menudo fundidas en el aludido opúsculo romántico. La estela de interpretaciones del ensayo de Kleist, por otra parte, es muy variada. Ha sido entendido, por ejemplo, como una


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crítica velada a los actores de la escena berlinesa o como la expresión innegable de un furor narcisista sublimado (Nelson, 2001: 61). Y las influencias literarias que ha ejercido desde su publicación son considerables. Por mencionar sólo las más célebres, “Sobre las marionetas” influyó en E.T.A. Hoffmann, sobre todo en su relato, Der Sandmann (1816); o sobre el ensayo de Rilke sobre las muñecas (191314)3 o las pródigas alusiones que hiciera este poeta a tales figuras en la Cuarta Elegía del Duino (escrita en 1915).4 En cuanto a la literatura crítica más reciente cabría señalar el ensayo de Paul de Man, “Aesthetics Formalization: Kleist’s Über das Marionettentheater” (1984), algunos comentarios de Madness and Modernism (1992) de Louis A. Sass, o los apartados pertinentes de las obras ya aludidas de Harold Seger, Pinochio’s Progeny (1995) o de Victoria Nelson, The Secret Life of Puppets (2001).5 2. EL CENTRO Y EL ARTÍFICE “Sobre las marionetas” comienza cuando el narrador se acerca al señor C., un bailarín de la ópera de la ciudad, y le expresa su extrañeza de verle a menudo como espectador del teatro de muñecos de la plaza del mercado. El espacio de la representación, que no es suntuoso ni oficial, sino una plaza cualquiera y concurrida, enfatiza el aspecto populachero y vulgar del entretenimiento. El artista defiende su afición arguyendo que “un bailarín deseoso de mejorar su formación podría aprender mucho de ellos [de los muñecos].” (2005: 23) A continuación, pasa a explicar la técnica que organiza las figuras. Las marionetas se mueven, no porque el titiritero tenga que accionar decenas de hilos, sino porque gobierna el centro de gravedad que lleva en su interior cada figura para que sus miembros se agiten en variados movimientos. Cada vez que ese centro se desplaza en línea recta, los miembros de las figuras describen curvas llegando a menudo todo el grupo danzante a ejecutar un tipo de movimiento rítmico semejante al de la danza. El artífice manipula los hilos, pero con toques tan diestros y calculados, que produce una serie de maniobras de gran complejidad orgánica y rítmica. Las marionetas se agitan de acuerdo con dos tipos de movimientos: uno que obedece a las leyes de la gravedad terrestre, y otro a la pericia del titiritero. El primer tipo engendra movimientos sin alma, de péndulo muerto; en el segundo caso, los miembros de las


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marionetas liberadas de la atracción de la tierra y guiadas por la actuación de las manos diestras desde el centro de gravedad, juegan y se agitan libres del peso y de los escollos que obstaculicen sus ritmos. Y es precisamente del centro de gravedad de donde surge la gracia del baile de las marionetas; un centro de gracia que aparece en contraposición con las fuerzas de atracción de la tierra y con los meros impulsos mecánicos de los muñecos. La danza desafía, por tanto, la ley de la gravedad que es, en un sentido matemático, a la pesadez de la conciencia, como el centro de gravedad es a los ritmos gráciles de los muñecos.6 Es decir: desde el centro de gravedad opera la gracia transformando los movimientos mecánicos de las articulaciones de las marionetas. El titiritero, por otra parte, puede ser, él mismo, bailarín y tener un concepto de lo bello en la danza, pero, sobre todo, debe tener una cierta sensibilidad, pues como explica el texto, el arte de las marionetas no “puede ser ejercido completamente sin sensación” (“Empfindung”). (2005: 34) El titiritero, entonces, además de tener alma de bailarín, debe ser un hombre sensible que sienta la danza que imprime sus dedos. El ritmo de las figuras brota del centro de gravedad del movimiento de la marioneta, cuya línea es “el camino del alma del bailarín”. Pero el alma tiene que ser la fuente constante de la gracia para que los movimientos de los miembros puedan articularse en un todo. El ánimo, que es el centro de gravedad del movimiento, recibe los estímulos de la música. El titiritero, entonces, acciona las marionetas comunicándoles expresiones de su alma y formando una misteriosa unidad con las figuras. Más aún: él es, en verdad, el alma de las marionetas, pues alcanza todos los movimientos de los miembros al accionar el centro. Pero él también es transformado, pues la danza, a su vez, le devuelve a las articulaciones de sus dedos periciales el ritmo que les imprimía a las figuras, ritmo que retorna a su carne, aquilatado y enriquecido por la experiencia ingrávida del baile. Él es, por tanto, muñeco grande y vivo, transformado, títere secreto que danza sin desplazarse. Una vez metido en su papel, el artífice-bailarín debe olvidar su plan y abandonarse al papel que representa dejando en suspenso su


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conciencia y liberando a los títeres de las trabas de su pensamiento. No debemos olvidar que el lector debe aceptar la convención, es parte del pacto narrativo, presentada por Kleist de que las marionetas del ensayo son algo más que meros muñecos de madera dotados de mecanismos artificiales. Las marionetas reales no se agitan con más gracia que los virtuosos bailarines que se desplazan por los escenarios del mundo. Las figuras de Kleist no son muñecos reales, sino seres idealizados que ilustran una teoría tan bella como elegante. Teoría del baile; teoría del alma. Más aún: como explica Victoria Nelson en The Secret Life of Puppets: Bien pudiera verse a Kleist como un precoz exponente de lo que Sherry Tuckle ha llamado (siguiendo la elaboración de Pigmalión que hiciera Bernard Shaw) “El efecto ELIZA”, efecto de la actual “cultura de la simulación”, la cual nos insta, por ejemplo, a percibir los animales reales como menos ‘realistas’ que los animales “animatrópicos” de las películas. La “opacidad de la máquina”, explica Turkle, hace que lo veamos de una forma psicológica y, por tanto, que se produzca el salto inconsciente que cierra “el hiato entre lo que en realidad puede hacerse y lo que nos imaginamos que puede ser hecho.” […] Esto se ha convertido en un mecanismo que organiza en nuestra percepción lo que ha sido expresado de una forma platónica en la tecnología como lo que puede hacer la “realidad virtual”. En el caso de Kleist, podría esgrimirse, la verdadera opacidad de la marioneta hace que él la vea de una manera espiritual (mi traducción; 64). 4. LA CAÍDA EN LA REFLEXIÓN Pero retomando el comienzo del ensayo de Kleist, nos preguntamos, ¿cómo puede ser un baile de muñecos mecánicos fuente de inspiración para un bailarín curtido? En primer lugar, los movimientos de la marioneta, al carecer de una conciencia que los controlen, apuntan hacia el ideal de la danza, pues no pueden alcanzar la afectación que es una consecuencia de la reflexión. Como explica el


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narrador: “Pues la afectación aparece, como sabe usted, cuando el alma (vis motrix) se localiza en algún otro punto que el centro de gravedad del movimiento.” (2005:38) Pero en los momentos de afectación, la gracia desaparece y el alma es desalojada del centro de gravedad. Entonces, una vez que el entendimiento ha sustituido al ánimo, se llega con la afectación al amaneramiento que mina la danza despojándola de toda expresión individual y genuina. En segundo lugar, la marioneta supera al bailarín en la ingravidez que convierte a su figura en ideal para la danza y que le confiere a sus movimientos una gracia especial, pues el muñeco se desplaza como un bailarín ideal que se hubiera liberado de la atracción de la tierra. La gravedad de la que la marioneta se libera apunta a la pesadez de la conciencia del bailarín humano quien tiene puesta su atención en su columna vertebral y quien encuentra tan difícil alcanzar su propio centro de gravedad. Como explica el bailarín: Estos muñecos tienen la ventaja de ser ingrávidos. Nada saben de la inercia de la materia, la cual es la tendencia más contraria a todas las propiedades para la danza, porque la fuerza que los levanta por los aires es mayor que aquella que los ata a la tierra […] Los muñecos necesitan del suelo sólo para rozarlo, como los elfos, y para avivar de nuevo el ímpetu de las articulaciones por medio del impedimento instantáneo; nosotros lo necesitamos para reposar sobre él y recobrar el esfuerzo de la danza […] [El bailarín] nunca iba a convencerme de que en un títere mecánico podría haber más gracia que en la estructura del cuerpo humano. Replicó que al hombre le era absolutamente imposible elevarse a la altura del títere en eso. Sólo un dios podría competir con la materia en este terreno; y aquí estaría el punto en el cual se entrelazan los dos extremos del mundo anular. (2005: 39-40) El hombre en su caída original alcanzó una conciencia de sí que no sólo le velaba la entrada en el paraíso, sino que le arrebataba su propia felicidad. El hombre en el Edén había comido del fruto prohibido haciéndose conocedor del bien y del mal. Se sentía en extremo culpable de haber pecado contra el Señor y su falta provocó la


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pérdida de la inocencia y la gracia, lo cual generaba una conciencia de sí que le hacía contemplar su desnudez y sentir vergüenza. La conciencia juega, por tanto, una parte capital en la expulsión del hombre del estado de gracia, y también del paraíso ubicándole en el ámbito del sudor, el sufrimiento, el trabajo y la muerte. La irrupción del conocimiento y la reflexión en la vida del hombre, lo condujo primero a la caída y a habitar la región del tiempo y la penuria. Y cuando pierde la unidad con esa naturaleza prístina que lo rodea, con ese centro fruicioso y paradisíaco que lo nutre, aparece el pesar de la reflexión, y el desdoblamiento que la conciencia promueve e incita. El hombre atisba con envidia y zozobra la existencia leve de los muñecos, ve en la ingravidez de las marionetas un ideal inalcanzable, porque esas despreocupadas figuras están exentas de la fatiga y el pesar, y de las exigencias de los días humanos, pues el destino de la marioneta se halla en el paraíso itinerante e intermitente de las algarazas y músicas de las ocasiones festivas. 5. EL JOVEN DEL ESPEJO El narrador relata entonces la historia de un joven de dieciséis años con quien solía ir a bañarse. Un día, el adolescente, cuando iba a secarse apoyó una pierna sobre un taburete, y esa imagen reflejada en un espejo le recordó la escultura clásica “El espinario”, en que un joven desnudo, y en la misma postura, intenta extraerse una espina de la planta del pié. En principio, irradia el adolescente del baño una gracia inexplicable, en gran parte debida a que no es consciente de la inocencia ni de la belleza de sus actos. Sin embargo, tal gracia ya había atraído el favor de las mujeres produciendo en el joven los primeros atisbos de vanidad y de auto-contemplación. Los intentos del joven de imitar una estatua clásica que era considerada como paradigma de la gracia lo conducen tristemente en la dirección contraria. La conciencia de sí y los intentos reflexivos de alcanzar semejante postura, le hacen perder esa gracia que es connatural a la inocencia y al candor de la primera adolescencia. Mientras el joven se estudia en el espejo, el narrador le espeta de que él solo ve fantasmas: imágenes de un cuerpo que ha perdido ciertos dones. De sobra conoce el narrador que tamaña cualidad no depende ni de la voluntad ni de la reflexión constante. La aparición de la conciencia, en verdad, implica un yo


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escindido entre un yo que observa y otro que es mirado. Los intentos del joven de recuperar la postura inimitable de “El espinario” frente al espejo significan su caída, su expulsión del reino de la gracia, pues el conocimiento de sí conlleva la escisión de su yo y la conmoción de la identidad. El joven que busca sufre de afectación y su acto, antaño grácil, se ha transformado en mera pose. Al repetir frente al espejo aquel primer movimiento inocente y natural, produce una imitación carente de originalidad, consciente y forzada. Es un movimiento que se produce no en función de sí mismo, sino de otro. Y la afectación sustituye a la gracia tanto como la pose a la naturalidad. La repetición de un acto mecánico destruye, en efecto, la gracia, y el adolescente se convierte, al menos momentáneamente, en un autómata. Sin embargo, con el transcurrir de los años, su hermosura se marchita, y los gestos y posturas corporales delatan con tristeza los restos de una gracia que habitara aquel cuerpo y que un día se desvaneciera. Al intentar reproducir con insistencia cualidades perdidas, el joven experimenta tanta turbación como desequilibrio. El lector puede interpretar sus actos como un comentario irónico sobre el narcisismo del hombre moderno quien intenta hallar una explicación de su realidad vital estudiando las imágenes sucesivas que proyecta su yo: las perturbaciones que producen los desdoblamientos de su conciencia y su escisión. Heinrich von Kleist, en una carta a Otto August Rüthle von Lilienstern, del 31 de agosto del 1806, escribía: “Todo primer movimiento, todo lo involuntario es bello, y todo es sinuoso y embrollado tan pronto se comprende a sí mismo. ¡Oh, el entendimiento! ¡El desgraciado entendimiento!” (Pérez, 1999: 28). Trasladando los anteriores postulados a la esfera del arte, podemos enunciar que la gracia natural que emanaba la obra de arte antiguo se degrada cuando una obra contemporánea sigue la imitación de un dogma artístico que pretende apropiarse el paradigma clásico de belleza. La tarea del artista no es copiar, entonces, sino plasmar a través de la intuición, la más propio y entrañable, esa sustancia original que gravita aureolada de gracia. 6. LA LUCHA CON EL OSO El bailarín, el señor C., cuenta entonces cómo durante su permanencia en una finca en Rusia mantuvo una sesión de esgrima con


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uno de los hijos de su anfitrión, joven a quien venció. Entonces los hermanos del vencido, dando grandes gritos, condujeron al invitado a un corral donde había un gran oso atado a una cadena y erguido a dos patas; y se lo presentaron al bailarín como “su maestro de esgrima”. El señor C. comenzó entonces a lanzar estocadas contra el animal, quien esquivaba o paraba sagazmente cada efecto calculado del arma del bailarín. La seriedad del oso, nos relata, le sacaba de sus casillas. No sabía, frente a tal adversario, si estaba dormido o soñaba; perdía la seguridad en sí mismo. ¡Él que pensaba que era un gran maestro en el arte de la espada! El oso, quien no ansiaba vencer ni engañar, lo vencía. Más aún: parecía leerle el alma a quien se afanaba en derrotarlo; y en aquellos casos en que los que las estocadas del bailarín no llevaban intención seria, ni siquiera se inmutaba. El oso aparece entonces como otro ejemplar de “la gran familia” a la que la marioneta pertenece. Pues si a esta no la aventajaba el mejor bailarín del mundo, al oso ruso no lo aventajaba el mejor de los maestros de esgrima. La mirada afilada que el oso clava en el luchador frustrado revela la afectación de las estocadas y la conciencia del atacante que se desdobla en dos. Sin embargo, cuando los habitantes de la finca propusieron al oso como el maestro de esgrima del bailarín, la invocación resultaría irónica, pues al igual que las marionetas, el arte de ese animal es inalcanzable. Pero a diferencia de la gracia exterior de los muñecos, el oso parece esconder ese don, que en su caso es celado y natural, y que es producto de sus respuestas instintivas contra los ataques afectados y artificiales del luchador humano. Como la marioneta representa a un bailarín ideal cuya destreza es imposible de alcanzar, el oso representa también un estado ideal de la naturaleza y de la defensa natural que le será imposible superar. Mas aún: los ataques repetidos contra un oso al que los señores de la finca tienen esclavizado con cadenas nos evoca la actitud del hombre hacia la naturaleza, pues ése no busca fundirse con ella, sino establecer una confrontación con quien considera su rival y contrincante, esclavizándola y explotándola, y atacándola con una serie de acciones calculadas y afectadas que acaban redundando en contra del usurpador, vulnerándolo y reduciéndolo finalmente a ser un perdedor malogrado. Su contrincante es, de hecho, el espejo natural de todo esgrimista, pues le devuelve sus miradas al sesgo, los gestos audaces y las estocadas. No obstante, al igual que el adolescente brega por alcanzar la postura de “El espinario” y la gracia frente al espejo, el combatiente se mira en la imagen de su contrincante (el oso en este caso), pero este espejo no le


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devuelve gestos y estocadas, sino que desenmascara y pone en evidencia su maquinación racional, su lógica y sus esfuerzos mecánicos que finalmente le conducen a la derrota frente a un ejemplar salvaje de la naturaleza. El señor C. cuando asiste al teatro de marionetas como bailarín, lo hace para aprender de su gracia y del encanto de sus ritmos, pero cuando ejerce como esgrimista, se entrega al dominio de la reflexión y del cálculo que utiliza contra el puro instinto natural del oso. Entre la lucha abierta entre lo natural y el instinto, por un lado, y la reflexión constante, por otro, vencerá la primera, pues cuando la conciencia aparece durante la acción, obstaculiza y frena la fuerza necesaria que el impulso requiere y que tiene su origen en el sentimiento verdadero. Más aún: el sentimiento es el impulso y el centro de gravedad del ánimo. La reflexión sobre la acción reprime el poder del sentimiento, que representa el impulso que une al hombre con el mundo y que rebasa al yo que se cultiva a sí mismo. 7. CONCLUSIÓN: EL ÚLTIMO CAPÍTULO DE LA HISTORIA DEL MUNDO El ensayo de Kleist abre al final la posibilidad de recobrar el paraíso perdido y de que el ser humano halle la unidad en sí mismo y con la naturaleza. El señor C., quien ha sufrido, principalmente como esgrimista, la pérdida de la gracia a causa de sus movimientos calculados y su conciencia, quintaesencia, finalmente, sus pensamientos con respecto a este tema. El estado de la reflexión, que, como hemos visto, él considera negativo, es indirectamente proporcional a la aparición de la gracia. Y afirma tras su experiencia fallida con el oso: “Vemos en el mundo orgánico que, a medida que la reflexión se torna más oscura y débil, hace su aparición la gracia en forma cada vez más radiante y soberana.” (2005: 43) El bailarín arguye por tanto que disminuyendo la reflexión, que debilitando los poderes controladores de la conciencia, el hombre se puede poner de nuevo en disposición de alcanzar ese estado benéfico. Kleist emplea, entonces, la metáfora de un espejo cóncavo donde podemos buscar una imagen. Debido a nuestra cercanía y al esfuerzo realizado, no la hallamos, mientras que si nos retiramos y cancelamos la reflexión, podemos de repente toparnos con la imagen sin haberla buscado. Y prosigue el autor:


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Pero así como […] la imagen de un espejo cóncavo, después de haberse alejado hacia el infinito, surge otra vez súbitamente ante nosotros, de modo análogo retorna también la gracia cuando el conocimiento ha pasado por el infinito; de modo que ella aparece con la máxima pureza al mismo tiempo que en aquella estructura del cuerpo humano que carece de toda conciencia y en la que tiene una conciencia infinita, esto es en el títere o en el dios. (2005: 45) Así, cuando el conocimiento ha pasado por el infinito, como explica el texto, y como les ocurre a los dioses, encontramos de nuevo lo perdido (la imagen en la metáfora del espejo) que es la gracia. La conciencia infinita está, por tanto, ligada a los dioses, al estado divino, pero también a aquellos hombres que han alcanzado un gran conocimiento. Es decir, el hombre, en cuanto niño, o en la primera etapa de la adolescencia, es comparable al títere y su inconsciencia. De su estado, como del de las marionetas, emana la gracia. Pero el niñoadolescente se halla, por otra parte, sujeto al peligro de la reflexión que lleva a la auto-conciencia de sí y al esfuerzo y al amaneramiento. Por otro lado, el hombre en cuanto puede ser semejante a un dios, se rebela contra la sujeción de la conciencia en virtud del conocimiento infinito, encaminándose a reconciliar conciencia y naturaleza. La ausencia de peso de la vis motriz (del alma) es la condición previa para que el hombre alcance, al fin, la visión armónica de un todo. Y es en la infinitud del sentimiento donde aquella fuerza supera la objetividad, la razón y la reflexión. La aparición del sentimiento, por tanto, organiza la relación del hombre con la realidad en la que vive. El centro de gravedad, a través del cual los dedos del titiritero confieren gracia al baile de las figuras, tiene su correlato en el proceso espiritual que emprende el ser humano. Debido al afán de lógica y racionalidad del hombre, su relación con la trascendencia puede restablecerse sólo si come de nuevo del árbol del conocimiento para, así, poder alcanzar el estado de perder una segunda inocencia. Recordemos: la pérdida de la gracia había supuesto para el hombre su alienación de la naturaleza. Al domeñar la naturaleza con las ataduras de la conciencia, el hombre se había apartado del camino que le conducía a la verdad, pudiendo alcanzar tan sólo la verdadera senda en el “último capítulo del mundo”,


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capítulo, en el que la naturaleza, liberada del peso de la reflexión, llegaría a ser parte del todo armónico del mundo que el sentimiento puro articularía, al fin, con la esencia misma del hombre. La caída original, en la que la conciencia se desplegó alcanzando su escisión, puede ser superada al fin. El hombre, no obstante, debe ahora superar la conciencia y su desdoblamiento con el objeto de alcanzar una “conciencia infinita” que le permita recobrar la irrupción inesperada del instante, esa irrupción que la reflexión impedía y, tras superar la segunda inocencia en el “último capítulo de la historia del mundo”, prepararse para recibir, al fin, la gracia. NOTAS Heinrich von Kleist, Sämtliche Werke und Briefe, ed. Helmut Sembdner, Munich, Carl Hauser, 1964, Vol.II. Citado en Ana Pérez (ed.), Heinrich von Kleist, Narraciones, Madrid, Cátedra. Letras universales, 1999, pág.26. 2 Rudolph Drux, “Platonic and Hermetic Dialogues”, en Marionette Mensch: Ein Metaphernkomplex und sein Kontext von Hoffmann bis Büchner, Munich: Wilhelm Fink Verlag, 1986. 3 La versión del ensayo a la que he tenido acceso está en inglés y se titula: “Doll: On the Wax Dolls of Lotte Pritzel” (1913-14). Trad. Idris Parry. Londres: Syrens, 1994. Este ensayo no sólo se inspiró en el de Kleist, sino en una exposición de muñecas de tamaño de personas reales que había visto el poeta en Munich. Rilke examina varios temas, por ejemplo, la paradoja de esas muñecas que, aunque parecen tener vida, nunca la tendrán, o sobre la capacidad de esos seres de absorber la ternura y el cariño de los humanos, o de cómo le inventamos almas a las muñecas, le entregamos nuestro afecto, aunque, finalmente, el niño se siente engañado por ellas. 4 En la Cuarta Elegía, una vez que se supera el yo, el ser permanece ante la posibilidad de una relación irrealizable con el mundo material (representado por la figura de la marioneta) y el mundo trascendental (representado en el poema por la figura del ángel). La conjunción ángel-marioneta es, de hecho, la solución que Rilke ofrece a la muda y estéril idolatría desarrollada en la niñez, un estado de inocencia, al que, como ocurre en el caso del 1


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jardín del Edén, nunca podremos ya regresar –esta idea estará en contradicción, como veremos, con los últimos postulados del ensayo de Kleist. Para alcanzar la pérdida del yo necesaria para experimentar la verdadera unio mystica, la conjunción entre el mundo visible y el invisible, debemos, como aconseja el ensayo de Kleist, comer de nuevo del fruto prohibido y volver a perder la inocencia por segunda vez. Sin embargo, Rilke apuntará finalmente –y en oposición a Kleist– a la consecución de una forma más sofisticada y más alta de auto-conciencia al mismo tiempo que al acceso de una forma de auto-olvido. Para más información sobre el aspecto de la marioneta en esta cuarta elegía, véase, por ejemplo, H.B.Segel (43-45) y Otto Dörr (95100). 5 El ensayo mencionado de Paul de Man pertenece al volumen, The Rhetoric of Romanticism. Nueva York: Columbia University Press, 1984, 263-290. 6 Esta relación entre la gravedad (sobre todo entendida en un sentido moral, metafórico y con connotaciones negativas) y la gracia (sobre todo en un sentido espiritual) será desarrollado más adelante en el periodo de entreguerras por la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943), véase por ejemplo, una edición de sus pensamientos, La gravedad y la gracia, publicado después de su muerte, y que tiene traducción en castellano, Madrid, editorial Trotta; originalmente publicado en 1943. OBRAS CITADAS De Man, P. 1983. “Aesthetics Formalization: Kleist’s Über das Marionettentheater”, The Rhetoric of Romanticism. Nueva York: Columbia University Press, 1984, 263-290. Drux, R. 1986. “Platonic and Hermetic Dialogues”, en Marionette Mensch: Ein Metaphernkomplex und sein Kontext von Hoffmann bis Büchner, Munich: Wilhelm Fink Verlag. Kleist, H. (1810) 1999. Narraciones. Ed. Ana Pérez. Trad. de Yolanda Mateos. Madrid: Cátedra. (1810) 2005. Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía. Trad. Jorge Riechmann. Madrid: Ediciones Hiperión. Nelson, V. 2001.The Secret Life of Puppets. Cambridge (Mass.) y Londres:


Benigno del Río Molina Entre la reflexión y la gracia: “Sobre el teatro de marionetas” ...

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Harvard University Press. Rilke, R. M. (1913-14) 1994. “Doll: On the Wax Dolls of Lotte Pritzel”. Trad. Idris Parry. Londres: Syrens. (1922) 2002. Las Elegías del Duino. Trad. y ed. Otto Dörr. Madrid: Visor. Sass, L.A. 1992. Madness and Modernism. Cambridge (Mass.) y Londres: Harvard University Press. Seger, H. 1995. Pinochio’s Progeny: Puppets, Marionettes, Automatons, and Robots in Modernist and Avant-Garde Drama. Baltimore: The Johns Hopkins University Press. Weil, S. (1947) 2001. La gravedad y la gracia. Trad. e intr.. Carlos Ortega, Madrid: editorial Trotta.


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TRADUCCIÓN Y DIDACTISMO EN EL SIGLO DIECINUEVE: “MAñANA” Y “UN ACREEDOR” DE MARIA EDGEWORTH1* Carmen María Fernández Rodríguez Universidade da Coruña cfernandezr@udc.es Maria Edgeworth (1768-1848) was an Anglo-Irish authoress whose works became popular and extensively translated on the continent during the beginning of the nineteenth century. Her texts arrived in Spain many years later conditioned by the writer´s success in France. This paper is inscribed in a major project and presents a translemic analysis of the Spanish version of two tales by Edgeworth. These stories were characterised by their didactic tone and could perfectly have suited the taste of the young female readers. After a contextualisation of the writer and her age, I will examine the translations taking into account Itamar Even-Zohar‘s and Gerard Genette‘s concepts of the literary polysystem and the paratext to insist on the manipulation of the source texts and the interference of French culture. Keywords: Maria Edgeworth, translation studies, manipulation, Spanish literature. Maria Edgeworth (1768-48) fue una autora angloirlandesa cuya obra se popularizó y tradujo ampliamente en el continente europeo durante principios del siglo diecinueve. Sus textos llegaron a España muchos años después condicionados por el éxito de la autora en Francia. Este trabajo se inscribe en un proyecto más importante y presenta un análisis translémico de la versión al castellano de dos cuentos de Edgeworth. Estas historias se caracterizaron por su tono didáctico y podrían haberse acomodado perfectamente al gusto de las jóvenes lectoras. Tras una contextualización sobre la escritora y su época, examinaré las traducciones teniendo en cuenta los *

Fecha de recepción: Abril 2009


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conceptos de polisistema literario y paratexto de Itamar Even-Zohar y Gerard Genette para insistir en la manipulación de los textos originales y en la interferencia de la cultura francesa. Palabras clave: Maria Edgeworth, estudios de traducción, manipulación, literatura española. 1. INTRODUCCIÓN Este trabajo se inscribe dentro de los denominados “Translation Studies” y tiene por objeto analizar la traducción al castellano de dos textos de la angloirlandesa Maria Edgeworth tomando como marco la teoría de los polisistemas literarios de Itamar Even-Zohar y el concepto de paratexto de Gerard Genette. Se ha elegido al primero por la repercusión de su teoría, que enfatiza la interrelación dinámica entre literatura y sociedad. Para Even-Zohar, el sistema literario es “The network of relations that is hypothesized to obtain between a number of activities called ‘literary’ and consequently these activities themselves observed via that network” (1990a: 18) y el texto literario responde a una determinada demanda. La aproximación de EvenZohar es muy válida para nuestro estudio, puesto que considera al texto en su complejidad y no olvida a sus diversos elementos (institución, repertorio, productor, consumidor, mercado y producto (1990a: 37-41). El polisistema se define como la forma en la que se organizan la cultura, lengua y literatura en la sociedad, que a su vez tienen intersecciones y actúan como conjunto estructurado de elementos independientes. Aquí tomaremos como polisistema origen el constituido por la lengua inglesa y como polisistema meta el castellano, a la vez que “Tomorrow” y “The Dun” se presentan como los textos origen y “Mañana” y “Un acreedor” como textos meta respectivamente. Por otro lado, y tratándose de traducciones de finales del siglo diecinueve, interesa adoptar la perspectiva de Genette de paratexto, entendido como disposición física del texto y conjunto de producciones, verbales o no, que acompañan a un texto y aseguran su recepción y consumo (1987: 7). El paratexto supone una especial zona


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de transacción entre dos elementos fundamentales del polisistema, el productor y el público: lieu privilégié d´une pragmatique et d´une stratégie, d´une action sur le public au service, bien ou mal compris et accompli, d´un meilleur accueil du texte et d´une lecture plus pertinente – plus pertinente, s´entend aux yeux de l´auteur et de ses alliés (1987: 8)2. Las aportaciones de Even-Zohar y Genette nos servirán para analizar estas traducciones sin olvidar la personalidad de la autora, las características más salientables de los textos origen y meta y los contextos en el que surgen los originales y la traducción. 2. LA AUTORA Y EL INTERÉS DE LOS TEXTOS ORIGEN Maria Edgeworth (1768-1848) nació en Inglaterra y escribió su obra desde la casa familiar en Edgeworthstown (Condado de Longford, Irlanda), abarcando géneros muy diversos, desde materiales pedagógicos (Practical Education, 1801; Letters for Literary Ladies, 1798) y “novels of manners” al estilo de la cultivada por sus contemporáneas Frances Burney y Jane Austen (Patronage, 1814; Helen, 1834) a diferentes tipos de “tales” para jóvenes (Moral Tales, 1801; Popular Tales, 1804; las dos series de Tales of Fashionable Life, 1809 y 1812). Incluso llegó a producir teatro (Whim for Whim, 1798) y alguna novela epistolar (Leonora, 1806). Admirada por la crítica y conocedora de todas las novedades culturales del momento, Edgeworth se hizo famosa tras la publicación anónima de Castle Rackrent (1800), germen de la novela regionalista, y siempre se sintió comprometida con Irlanda, su tierra adoptiva. Generalmente los investigadores se han detenido en analizar la faceta regionalista de Edgeworth concretizada en Castle Rackrent, Ennui (1809), The Absentee (1812) y Ormond (1817), consolidándose parcelas estancas en el corpus Edgeworth y dejando a un lado un estudio globlal. Además, la recepción de Edgeworth en otras culturas, y en el ámbito hispánico en particular, es una de las asignaturas pendientes de los que podríamos denominar “Edgeworth studies” encabezados por su biógrafa Marylin Butler. Examinaremos aquí una de las muchas traducciones al castellano de una autora muy famosa en


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Europa, especialmente en la francofonía3. Nos interesa examinar cómo se trasladó el marcado tono didáctico de la narración a otra cultura y momento histórico. Para introducirnos en la obra de Maria Edgeworth, hay que tener en cuenta que ésta se formó con su padre, Richard Lovell Edgeworth, un terrateniente angloirlandés ilustrado, lleno de inquietudes y que se codeaba con Josiah Wegwood, Erasmus Darwin y la Lunar Society. Desde pequeña, Maria empezó a leer a los clásicos franceses —Mme. de Genlis, Voltaire, Molière, entre otros— y esa influencia afrancesada marcaría toda su obra. Como hija del siglo de las luces, Edgeworth escribió siempre con un propósito didáctico y utilizó el molde del cuento filosófico o conte de Jean François Marmontel, es decir, una forma corta, ingeniosa y con partes dialogadas y en la que se mezclaban diferentes clases sociales con el propósito de complacer e instruir a la vez. Los textos origen que nos ocupan están separados por varios años en el corpus Edgeworth y tienen argumentos bastante parecidos. “Mañana” corresponde a “Tomorrow”, un relato de la colección Popular Tales y “The Dun”, traducido como “Un acreedor”, había aparecido en la primera serie de Tales of Fashionable Life de 1809 junto con Ennui, Mme. de Fleury, Almeria y Manoeuvring, relatos algo más largos y complejos que los anteriores “tales”. “Mañana” puede entenderse como un “travelogue” o un relato picaresco sobre cómo Basil, un joven criado con la expectativa de que iba a convertirse en un genio, demuestra desde su infancia ser un indolente sin previsión ni voluntad. Basil no es una excepción: se trata de un antihéroe típico de Edgeworth y cuyas peripecias sólo sirven para exponer más sus defectos, como le ocurre a Murad, Forrester y a otros personajes masculinos de relatos homónimos en Moral y Popular Tales. En “Mañana”, concretamente, se condena el inmovilismo con un joven que pretende triunfar en el mundo literario. Con la idea de hacerse escritor famoso, Basil viaja a China, donde no aprovecha su tiempo y nunca completa la obra que planeaba. Provoca un incendio y el Emperador se enfada con él. La segunda parte de la historia cuenta su regreso a Inglaterra y su fracaso literario, puesto que otro autor se adelanta y publica un libro con asunto y temática similar al de Basil. Tras la muerte de su padre, el protagonista consigue casarse con su


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prima Lucy y se hace librero y editor hasta que, acuciado por las deudas, se empeña y es demandado por apropiarse de un manuscrito. Basil acaba pasando dieciocho meses en la cárcel y sale de allí con la ayuda de Nun que le anima a viajar a América para hacer fortuna. Allí conoce a personas que lo llevan a vivir por encima de sus posibilidades, con lo que Edgeworth critica al sueño americano. Arruinado y sin auténticos amigos, Basil regresa a Inglaterra, donde pierde a su hijo y a Lucy, que tipifica a la esposa modélica y sacrificada, el Ángel del Hogar que proliferaría en la literatura victoriana. La narración se detiene y queda inconclusa con la muerte del propio Basil. “Un acreedor” se centra en cómo la insensibilidad de Colonel Pembroke, un hombre rico y ocioso, acrecienta la necesidad de los que lo rodean. Pembroke sólo engendra deudas ajenas con su estilo de vida y Edgeworth se detiene a realizar una radiografía económica y social de la época. Así, diversos trabajadores son incapaces de salir de la miseria por la inconsciencia de un individuo. El ataque de Edgeworth a la indiferencia ante el sufrimiento ajeno no pasó desapercibido para The Gentlemen‘s Magazine y The Edinburg Review. Al autor de la reseña de Tales of Fashionable Life para esta última publicación le sorprendió tanto el sufrimiento humilde en “The Dun” que no quiso comentar nada sobre ello (1809: 388) y The Gentlemen’s Magazine añadía que el relato “makes endless displays of scenes of depravity and wretchedness, which can only excite disgust” (1809: 937). Edgeworth se fija en Anne White, hija de unos tejedores humildes y cuya virtud se pone a prueba. La joven demuestra una gran integridad moral y sensatez, salvándose de caer en las garras de una meretriz, y acaba reformando a Pembroke. Como se observa, temáticamente “Mañana” y “Un acreedor” inciden en la responsabilidad individual como forjadora de la felicidad social4 y critican la indolencia e insolidaridad con los que nos rodean. Con ese propósito utilitarista tan latente y un cierto tono melodramático, ambas se ajustaban perfectamente a una colección tan moralizante como Lecturas para la familia. 3. LAS TRADUCCIONES AL CASTELLANO El panorama literario español de finales del diecinueve se hallaba marcado por el costumbrismo, el drama burgués y por un


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público lector cada vez más heterogéneo. Gracias al precio asequible de colecciones como Lecturas para la familia, el público conseguía instruirse a la vez que se convertía al libro en un bien de consumo. Por supuesto, la novela realista tenía grandes representantes que no hace falta enumerar, pero también el folletín y la novela educativa de factura nacional o extranjera. Al fin y al cabo, la literatura infantil y juvenil nació en la sociedad burguesa y las fuerzas implicadas en la actividad literaria (críticos, periódicos y editores, entre otros), estaban interesadas en prestigiar esa literatura pedagógica. Tras la abundancia de traducciones del francés que se venían recibiendo desde el siglo dieciocho, no es de extrañar que surgiera el interés por relatos ambientados en el mundo antiguo, en civilizaciones exóticas5 y en la literatura fértil de una nación que cada vez ocupaba un papel más importante en la configuración económica y política mundial. No sorprende que los editores se inclinasen por Edgeworth, una autora fructífera que encajaba perfectamente en ese tipo de obras didácticas que tanto las instituciones como el mercado promovían y demandaban. Cuando se comienza a examinar los textos en castellano, el primer elemento a destacar es que no figura la fecha de edición, aunque sí podemos situar el volumen en un momento concreto, ya que en páginas posteriores se publicitan otras obras en la misma colección definida como “estudios morales de la misma índole y fondo que las obritas de la Biblioteca ilustrada de la familia, que publicamos hace poco tiempo. El mismo objetivo lleva una publicación que otra; el mismo fondo moral, el mismo pensamiento”. Además, “Murad el desdichado”, otro “tale” de Edgeworth, apareció en “Biblioteca Ilustrada” en 1893 y fue, por lo tanto, anterior a este texto. La colección incluye algunos trabajos de autoría femenina, como los de Dña. María del Pilar Sinués, Dña. María Mendoza de Vives, Dña. Faustina Saez de Melgar, Mme. Craven, Raymond o E. Marcel, y de línea didáctica similar a los de Edgeworth. No es ésta una traducción anónima: viene firmada por E. Orellana y salió de la conocida imprenta barcelonesa de Salvador Manero. Es sabido que desde el siglo dieciocho, muchos textos en castellano salían de imprentas parisinas y, en el caso de que se produjesen en España, Barcelona y Madrid acaparaban la industria editorial. Por otro lado, resulta lógico que en España se tradujese a


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Edgeworth si tenemos en cuenta que Francia dictaba gustos, era la indicadora de lo que triunfaba en Europa y que la fama de Edgeworth llegaba a todo el mundo, desde Australia a América6. Se pueden citar las elocuentes palabras del filósofo André Morellet: “À Paris on lit votre livre sur l’éducation —à Genève on l’avale— à Paris on admire vos principes —à Geneve on les suit” (Butler, 1972: 190)7. En el caso que nos ocupa, el paratexto resulta bastante significativo, puesto que “Mañana” y “Un acreedor” aparecen precedidos de un prefacio y tienen algunas notas del traductor al pie. Hay un afán de éste por remarcar su visibilidad a través de apostillas. En el prefacio se explica que Miss Edgeworth —como se la llama— es muy popular en Inglaterra y también se menciona Elena (Helen), a la que se califica novela más importante de Edgeworth, lo que no es muy acertado. Sin embargo, la obra había recibido reseñas positivas en Francia y el encargado del prefacio podría haber accedido a ellas: un livre plein de choses vraiment fortes et belles, qui prend le coeur, qui en appelle aux nobles sentiments, qui ranime en nous tout ce qui s’engourdit en ces temps de violence et de tièdeur. Il y a dans cet ouvrage une foi si profonde à tout ce qui est bien, qu’on se sent grandir en le lisant8. La desventaja del prefacio es que condiciona al lector y lo conduce a una interpretación y comprensión determinada afín a las normas estéticas o ideológicas imperantes y que tal vez no tienen nada que ver con el auténtico utilitarismo de los Edgeworth. Ya en el siglo dieciocho se venía convirtiendo a todo texto publicado en España, especialmente del género novelístico, en propaganda moral defensora de los valores institucionalizados. De ahí que los “tales” de Edgeworth, con una función moralizante per se y destinados a un público juvenil fuesen bien recibidos. Edgeworth confió a su padre la redacción de los prefacios de su obras y, desde la alografía, Richard Lovell Edgeworth calificaba las historias del Popular Tales como corrientes “beyond circles which are sometimes exclusively considered as polite” (Edgeworth, 1969: vi). Además de un público variado, se pretendía escribir textos moralizantes:


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Amongst the ancient, wisdom required austere manners and a length of beard to command attention, but in our days, instruction, in the dress of innocent amusement, is not denied admittance amongst the wise and good of all ranks. It is therefore hoped that a succession of stories, adapted to different ages, sexes, and situations in life, will not be rejected by the public, unless they offend against morality, tire by their sameness, or disgust by their imitation of other writers (Edgeworth, 1969: vi). Este propósito se mantiene en el prefacio de la traducción: Edgeworth escribe textos que “puede la madre, sin reparo alguno, permitir que las lean sus hijos”, Edgeworth, s.a.: 5) y reúne varias virtudes como novelista: Une a la fantasía del diálogo, y al espíritu de una fina sátira, el atractivo de una suma pureza en los sentimientos. Todos sus personajes tienen un sello individual que les dá cierto aire de verdadero retrato: sus caracteres de hombres están trazados con un vigor y una verdad extraordinarios, y á sus mujeres les presta la seducción de una naturaleza suave, de una vivacidad ligera y de una graciosa coquetería, que sabe ligar con la virtud y la dignidad (Edgeworth, s.a.: 6). Formalmente se alaba el “estilo suave, grave y armonioso en su sencilla naturalidad, un tono insinuante y sin énfasis, que es el que convienen para la enseñanza de las grandes verdades sociales”( Edgeworth, s.a.: 6). Sin embargo, en el prefacio hay imprecisiones biográficas al afirmar que Maria Edgeworth nació en Irlanda en 1770 y su padre se llamaba Richard Lowet —y no Lovell— Edgeworth. También hay errores tipográficos como “Perdoandme” (Edgeworth, s.a.: 78). Se recalca muy acertadamente la deuda enorme y la dependencia que ella tenía de su padre (Edgeworth, s.a.: 7) y que la crítica moderna ha utilizado para justificar el excesivo didactismo de Edgeworth9. Tanto se menciona a Mme. Staël, rival de Edgeworth en el continente, como a Sir Walter Scott, quien admiró y pretendió emular a Edgeworth en Waverley (1814). Al autor del prefacio le


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interesa mucho enfatizar que Edgeworth no fue una autora frívola, sino que pretendió “concurrir á la grande misión dada por el cristianismo á la mujer; la educación y el perfeccionamiento de la sociedad por la familia” (Edgeworth, s.a.: 8, mi cursiva). Incluso relata una anécdota sobre lo serio que era escribir para los más jóvenes y concluye llamando a Edgeworth educadora de Inglaterra. Desde la perspectiva de Peter Newmark, nos encontramos con traducciones literales —en cuanto se respetan aspectos sintácticos y semánticos del texto origen— y comunicativas, ya que se transfiere el sentido contextual exacto dentro del texto origen, de tal modo que los contenidos y expresión lingüística son comprensibles y aceptables para el lector meta (1981: 88). Por otro lado, priman las características lingüístico-formales, como en todo texto expresivo, y se cumplen los principios de aceptabilidad —se subscribe a las normas de la cultura meta— y adecuación —en cuanto a su adhesión a las normas de la cultura origen tan recalcados por Gideon Toury (1995: 56-7). Estilísticamente el texto presenta la variedad estándar del castellano decimonónico, con ciertas alteraciones gráficas que sorprenden si se comparan con la lengua de nuestros días. Más específicamente, la traducción no presenta problemas ni omisiones del original, en lo que podemos decir que el traductor es fiel, pero hay algunos despistes y bien pudiese estar trabajando con un manuscrito o con un texto con errores de imprenta. Está claro que ha existido la mediación de una traducción francesa por pequeños detalles como “Bernabé” (Edgeworth, s.a.: 90) por “Barnby” (Edgeworth, 1969: 458). En “Un acreedor”, “John White” (Edgeworth, 1967: 412) pasa a ser “Juan Leblanc” (Edgeworth, s.a.: 154) y “soirée de Madama Jork” (Edgeworth, s.a.: 163) se ofrece como solución para “assembly at Mrs. York’s” (Edgeworth, 1967: TO: 416). “Groom” se mantiene como anglicismo (Edgeworth, 1967: TM: 191). Por el contrario, la expresión “the Sans Souci of China” (Edgeworth, 1969: TO: 432) se traduce como “el Paraíso de la China” (Edgeworth, s.a.: 35). Francia representaba un referente cultural y gran parte de las novelas británicas que circulaban por el continente eran traducidas al francés10. Como apunta Even-Zohar, la traducción es uno de los canales de interferencia literaria a través de la que llegan modas y puede originar cambios en una literatura (1990b: 57). En España había un


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mayor conocimiento del francés que del inglés y el papel hegemónico de la cultura francesa no se debilitó hasta finales del diecinueve. Un punto muy importante en las traducciones tiene que ver con la caracterización. La traductología moderna concede una gran importancia a la fidelidad y adecuación a la hora de traducir los idiolectos de los personajes, puesto que, para Pramod Talgeri: A literary text in a dialectal prose is a conscious, intentional construction. It is a stylistic device [...] one of the main goals of literary translation is to initiate the alien reader into the sensibilities of the source language literature, culture and the native way of looking at the world and life (1998: 31-2, mi cursiva). Sándor Hervey ofrece una interesante solución para traducir el dialecto: “to make relatively sparing use of TL (Target Language) features that are recognizably dialectal without being clearly recognizable as belonging to a specific dialect” (1995: 113), realizando después alguna pequeña adición clarificadora, procedimiento muy efectivo por la gran proximidad entre dialecto y variedad subestándar. Desde luego, las traducciones decimonónicas no respetaban este apartado y no se dudaba a la hora de podar discursos e incluso naturalizar a los personajes en la cultura meta. Este punto no se acusa aquí tanto como en los relatos de Edgeworth ambientados en Irlanda, pero en “Mañana”, aparece un irlandés, Barnby, cuyo discurso contrasta en el texto origen con el del narrador homodiegético (Genette, 1972: 252): “And the boys grew master-men in their line; and when they got good coats, nobody could say against them, for they have come fairly by them, and became them well perhaps for that rason. So, not to be tiring you too much, we went on from good to better, and better to best; and if it pleased God to question me how it was we got on so well in the world, I should answer, Upon my conscience, myself does not know; except it be that we never made Saint Monday, nor never put off till the morrow what we could do the day” (Edgeworth, 1969: 478).


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La diferenciación entre inglés estándar y el discurso de Barnby se neutraliza en la traducción al castellano, perdiéndose la información de términos culturales importantes como “Saint Monday”, con un significado muy especial en la cultura irlandesa. El lector meta accede así a un texto plano y menos rico y se pierde la oportunidad de dar a conocer otras costumbres que podían ilustrar y llamar la atención de los lectores hispanohablantes: Mis hijos han llegado á ser jefes de taller, cada uno en su profesión, y cuando van bien vestidos no pueden dar de decir a nadie, puesto que lo han alcanzado honrosamente con su propio trabajo, y han llegado a ser lo que son hoy, precisamente quizás porque hubo quien pagó su rescate. En fin, para no molestaros mas, las cosas fueron de bien en mejor, y si Dios mismo me preguntase como lo hemos hecho, le contestaria concienzuda y sinceramente que no lo sé, a no ser que haya sido causa de que jamás hemos hecho fiesta en lunes, y que nunca hemos dejado para mañana lo que hemos podido hacer el mismo día (Edgeworth, s.a.: 132-3) No hay manipulaciones del argumento o en la caracterización y se retiene toda la información, enfatizándose la pertenencia de la historia a otra cultura. Los nombres propios no sólo se conservan y traducen, sino que se adaptan a su pronunciación castellana (“Betzi”, Edgeworth, s.a.: 107) y los estereotipos no se tergiversan. Además, la función didáctica del texto se refuerza con ilustraciones (Edgeworth, s.a.: 128 y 154). Hay muchos párrafos de marcado tono didáctico con los que Basil pretende justificar sus despistes y el narrador de “The Dun” condena el comportamiento de Colonel Pembroke. Ninguno se elimina de la traducción. Así, Basil se siente desengañado y abandonado por los que creía sus amigos en América: Such is the fate of all good fellows, and excellent bottle companions! Certain to be deserted, by their dear friends, at the least reverse of fortune (Edgeworth, 1969: 475).


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“¡Tal es la suerte que reserva á todos los buenos amigos y á los excelentes camaradas de botella; la certidumbre de ser despreciados por sus queridos amigos al menor revés de fortuna!” (Edgeworth, s.a.: 126). Otro tanto sucede con las llamadas al lector, muy abundantes en “The Dun”, y que atacan duramente al capitalismo: Let those forbear to follow him whose fine feelings can be moved only by romantic, elegant scenes of distress, whose delicate sensibility shrinks from the revolting sight of real misery. Here are no pictures for romance, no stage effect to be seen, no poetic language to be heard; nothing to charm the imagination, —every thing to disgust the senses (Edgeworth, 1967: 414). Aquellos de nuestros lectores que necesitan para impresionarse agradablemente las elegantes descripciones de un imaginario infortunio, y que por su sensibilidad extrema retroceden ante el aflictivo espectáculo de una verdadera miseria, absténganse de penetrar en esta habitación, donde no se vé ninguna romántica ó dramática escena, ni se oye hablar poético lenguaje, ni se encuentra nada que pueda embelesar la imaginación, antes al contrario, todo inspira repugnancia (Edgeworth, s.a.: 159). There are political advocates for luxury, who assert, perhaps justly, that the extravagance of individuals increases the wealth of nations. But even upon this system, those who by false hopes excite the industrious to exertion, without paying them their just wages, commit not only the most cruel private injustice, but the most important public injury. The permanence of industry in any state must be proportioned to the certainty of its reward (Edgeworth, 1967: 416). Sostienen, y quizá con razon, ciertos economistas partidarios del lujo, que la prodigalidad de los individuos fomenta la riqueza de las naciones. Pero en el supuesto de que este axioma sea verdadero, cuando después de haber hecho trabajar al obrero mediante mentidas


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promesas, no se le satisface su legítimo salario, no solo se comete descaradamente la mas cruel de las injusticias, sino que se infiere grandísimo agravio á la sociedad, puesto que solo siendo cierta la remuneración es como puede ser permanente el trabajo (Edgeworth, s.a.: 164). Por su ideología marcadamente ilustrada, los Edgeworth jamás tocaron el tema religioso —aunque sí se ocuparon de minorías como los judíos en Harrington, 1817— y ésta sería una de las causas del olvido de la angloirlandesa a favor de Jane Austen, lo que contrasta con la loa a Edgeworth como promotora de valores claramente católicos expresada en el prefacio del volumen analizado11. Se respeta la división en capítulos, pero se omite la cita de Jonson que abre la historia (“Oh, this detestable To-morrow!— a thing always expected, yet never found” [Edgeworth, 1969: 421]). Otro tanto sucede con los párrafos, que coinciden en inglés y en castellano. En cuanto a la cursiva, se utiliza coherentemente para realzar determinadas expresiones que ya aparecían en el texto origen (“precocidad de mi talento”,[Edgeworth, s.a.: 13], por ejemplo, corresponde a “a quickness of my parts” [Edgeworth, 1969: 422]). Llegados a este punto se echa en falta el que no aparezca la edición original manejada por el traductor. Una de las características más notables de la escritura de Edgeworth es la inclusión de notas a pie de página de tipo erudito. De hecho, por su afán enciclopedista, Edgeworth revistió sus obras de un complejo aparato textual y las anotó cuando se publicaron conjuntamente en 1832. Las notas que añade el traductor son explicativas sobre Eton (Edgeworth, s.a.: 15) o “procrastination” (Edgeworth, s.a.: 16) como término que apunta el propio autor. El traductor aporta una nota sobre “upas trees” (Edgeworth, 1969: 430; Edgeworth, s.a.: 29) y otro tanto hace sobre el “gong” (Edgeworth, s.a.: 31). También se aclara qué son los tejones (Edgeworth, s.a.: 96), los conciertos de ranas (Edgeworth, s.a.: 106) y en qué consiste la inoculación de un niño (Edgeworth, s.a.: 140). Como consecuencia, el texto meta se sobreexplica. No se traduce la nota erudita sobre la “kalmia latifolia” (Edgeworth, s.a.: 475) y tampoco figura la nota sobre trabajar el lunes (Edgeworth, 1969: 478).


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Hay términos culturales traducidos con poco acierto: “Young´s Night Thoughts” (Edgeworth, 1969: 423) como “Pensamientos de noche de Joung” (Edgeworth, s.a.: 16) y algunos nombres propios como “Conley” (Edgeworth, s.a.: 18), que se ofrece como traducción para “Cowley” (Edgeworth, 1969: 425) y se confunde al lector meta. La explicación de este fenómeno es sencilla: los autores franceses eran más populares que los anglosajones hasta para los impresores y “Du Halde” (Edgeworth, 1969: 426; Edgeworth, s.a.: 21), por ejemplo, no cambia. Trasladar a otra lengua no significa tener que traducir cada línea del texto: se trata de no restar información del original, de tal modo que el texto traducido sea, como señala Toury, adecuado y equivalente. En su línea enciclopedista, Edgeworth incluye una larga cita en verso (Edgeworth, 1969: 424) que se reduce (Edgeworth, s.a.: 16) sin por ello causar ningún perjuicio al lector castellano. Este trabajo ha servido primeramente para recuperar dos traducciones poco conocidas de una gran autora británica. Textos como los analizados contribuían a popularizar la literatura en lengua inglesa en España cuando la cultura extranjera más conocida e imitada era la francesa, cuya intermediación cultural ha quedado latente. Edgeworth era una escritora ya de por sí afrancesada y contaba con todas las ventajas para triunfar en España, puesto que, pese a que procedía del mundo protestante, la España decimonónica promovía y premiaba el esfuerzo personal y el sacrificio como medios para prosperar en la vida. Tanto “Mañana” como “Un acreedor” supusieron traducciones fieles, pero, como hemos visto, el propósito utilitarista y laico de los Edgeworth en ambos relatos se manipuló y acomodó a un contexto bastante diferente del original. NOTAS 1

Este trabajo ha sido posible gracias a la Red “Rede de lingua e literatura inglesa e identidade” (2007/000145-0), financiada por Xunta de Galicia y Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), y al Proyecto de Investigación “O papel da muller na prensa inglesa no inicio da idade moderna: estudo sincrónico


Carmen María Fernández Rodríguez Traducción y didactismo en el siglo diecinueve: “Mañana” y ...

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e diacrónico” (PGIDTO7PXIB212149PR) financiado por Xunta de Galicia. Se agradece expresamente esta ayuda por este medio. 2 “lugar privilegiado de una pragmática y de una estrategia, de una acción sobre el público al servicio, bien o mal comprendido y realizado, de una mejor acogida del texto y de una lectura más pertinente –más pertinente se entiende, a los ojos del autor y sus aliados”(mi traducción). 3 Para una sinopsis de las traducciones de Edgeworth al francés, véase Colvin (1979: 289-90) y los artículos de Fernández (2005, 2006, 2008a, 2008b) sobre Edgeworth y Bibliothèque Britannique. 4 La relación entre moralidad y especialización del trabajo según los Edgeworth es la idea principal de Dunne (1991). 5 Véanse los capítulos 5 y 7 del libro de Montesinos (1960) sobre la literatura del Nuevo Régimen y la industria editorial española. 6 Véase, por ejemplo, el artículo de Margaret Kellegher (1997) sobre cómo Edgeworth pidió y consiguió ayuda económica para paliar la Hambruna en Irlanda o el discurso que Joseph Store pronunció en América: “Who … does not contemplate with enthusiasm … the fine character painting, the practical instructions of Miss Edgeworth, the great known, standing … by the side of the great Unknown [Scott] (1826: 17). 7 “en París se lee vuestro libro sobre la educación, en Ginebra se devora. En París se admiran vuestros principios, en Ginebra se siguen” (mi traducción). 8 “un libro lleno de cosas realmente fuertes y bellas, que impresiona, que llama a los sentimientos nobles, que avivan en nosotros lo que se entumece en tiempos de violencia y tibieza. Hay en esta obra una fe tan profunda en todo aquello que está bien que se siente creer al leerla” (mi traducción). 9 A este respecto, puede verse Kowaleski-Wallace (1991) y Poovey (1981). 10 No pretendemos resumir aquí la investigación existente al respecto, pero una excelente referencia que recopila parte de los trabajos realizados es la de Pajares (1994). 11 A menudo se ha acusado a Edgeworth de ser mejor novelista que Austen pero peor cristiana. En una reseña se opinaba al respecto: “whatever her faith may be, it is but just to say that her works have done more good than all the professedly


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religious novels that have been written since the creation of the world” (“Helen”. North American Review: 170) y según el pastor baptista Robert Hall, en la angloirlandesa, la virtud era posible sin necesidad de la religión y por eso la borraba de su obra (Grey, 1907: 297). OBRAS CITADAS Anonymous, 1809. Rev. of Tales of Fashionable Life (First Series). The Edinburgh Review 14: 375-83. Anonymous, 1809. Rev. of Tales of Fashionable Life. The Gentlemen‘s Magazine 79: 937. Anonymous, 1834. Rev. of Hélène. La caricature morale, politique et littéraire (15 mai): 1470. Anonymous, 1834. Rev. of Helen. North American Review, 39: 167-200. Butler, M. 1972. Maria Edgeworth: A Literary Biography. Oxford: Clarendon Press. Dunne, Tom. 1991. “‘A gentleman’s estate should be a moral school’: Edgeworthstown in Fact and Fiction, 1760-1840” en R. Gillespie and G. Moran, eds. Longford: Essays in County History. Dublin: The Lilliput Press. Edgeworth, M. 1967. “The Dun”. 1809. Tales and Novels. The Longford Edition. 1893. Vol 4. Rpt. Anglistica and Americana series. New York Edgeworth, M. 1969. “Tomorrow”. Popular Tales. 1804. Tales and Novels. The Longford Edition. 1893. Volume 2. Rpt. Anglistica and Americana series. Hildesheim: Georg Olms Velaugsbuchhandlung Edgeworth, M. Mañana. Un acreedor. Trad. E. Orellana. Barcelona. Imp. de Salvador Manero, s.n., s.a. Even-Zohar, Itamar. 1990a. “The Literary Polysystem”. Poetics Today 11: 9-46. Even-Zohar, Itamar. 1990b. “Laws of Literary Interference”. Poetics Today 11: 53-72. Fernández Rodríguez, C.M. 2005. “English Heroines in French Literature: the Translation of Maria Edgeworth’s The Modern Griselda in Bibliothèque Britannique (1796-1815)” en I. Moskowich-Spiegel Fandiño y B. Crespo García, eds. Re-


Carmen María Fernández Rodríguez Traducción y didactismo en el siglo diecinueve: “Mañana” y ...

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Interpretations of English (II): Essays on Language, Linguistics and Philology. Essays on Literature, Culture and Film. A Coruña: Universidade da Coruña. 2006. “Castle Rackrent ayer y hoy: dos traducciones del angloirlandés” en C. Mourón Figeroa y T.I. Moralejo Gárate, eds. Studies in Contrastive Linguistics: Proceedings of the Fourth International Contrastive Linguistics Conference. Santiago de Compostela: Universidade de Santiago de Compostela, 2006. 2008a. “Un Oriente muy poco convencional: ‘Murad the Unlucky’ de Maria Edgeworth y su traducción al francés y al castellano en el siglo XIX”. Sendebar 19: 77-98. 2008b. “Castle Rackrent y sus paratextos en el siglo XX: el caso alemán y francés” en M. J. Lorenzo Modia, ed. Proceedings from the 31st International AEDEAN Conference. A Coruña: Universidade da Coruña. Genette, G. 1972. Figures III. Collection Poétique. Paris: Éditions du Seuil. Genette, G. 1987. Seuils. Collection Poétique. Paris: Éditions du Seuil. Grey, R. 1907. “Society according to Maria Edgeworth”. Fortnightly Review 82: 296-308. Kelleher, M. 1997. “‘Philosophick Views?’: Maria Edgeworth and the Great Famine”. Eire-Ireland 32. 41-62. Hervey, S. 1995. Thinking Spanish Translation. London: Routledge. Kowaleski-Wallace, E. 1991. Their Fathers’ Daughters: Hannah Moore, Maria Edgeworth and Patriarchal Complicity. New York and Oxford: Oxford UP. Montesinos, J. F. 1960. Introducción a una historia de la novela en España en el siglo XIX seguida del esbozo de una bibliografía española de traducciones de novelas 1800-50. 3ª edición. Madrid: Editorial Castalia. Newmark, P. 1981. Approaches to Translation. Oxford: Pergamon. Pajares, E. 1994. “La traducción inglés-español en el siglo XVIII: ¿manipulación o norma estética?” en F. Eguíluz et al., eds. Trasvases culturales: literatura, cine y traducción. Vitoria: Universidad del País Vasco. Poovey, M. 1981. “Fathers and Daughters: The Trauma of Growing up Female” en J. Todd, ed. Women and Literature. New York and London: Holmes and Meier. Store J. 1826. A Discourse Pronounced before the Phi Beta Kappa Society.


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Boston, MA: Hilliard, Gray, Little & Wilkins. Talgeri, P. 1998. “The Problems of Cultural Recontextualisation in Literary Translation” en P. Talgeri, ed. Literature in Translation. Bombay: Popular Prakashan. Toury, G. 1995. Descriptive Translation Studies and Beyond. Amsterdam/ Philadelphia: John Benjamins Publishing Company.


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WOMEN IN EIGHTEENTH CENTURY ENGLISH PERIODICALS* Alan Floyd Moore Universidade da Coruña afloyd@udc.es This paper is based on a study of eighteenthcentury English periodicals, which are representative and illustrative of the thoughts of a large cross-section of upper-middle-class English society. The role of women in eighteenth-century society is discussed. Their position was generally reduced to an ornamental one, with subordination to, discrimination by and silence before men, though many lower class males suffered conditions not much better. Women in upper-class society shared many of the values of their male counterparts, displaying practically identical attitudes towards other races, the lower classes, revolutions, colonialism, religion, crime and punishment. Contemporary thinkers, both men and women, were pressing for an improvement in the place of women in society. Contradictory attitudes towards women are shown. On the one hand, they can be paternalistic, defending the traditional “ornamental” role of “frail” woman. On the other hand, the education of women and girls is constantly demanded, especially in the sciences, by both male and female contributors. Key words: eighteenth century, periodicals, attitudes, role of women. Este artículo se basa en un estudio de las revistas inglesas del siglo dieciocho, que representan fielmente los pensamientos de una amplia parte de la sociedad inglesa de clase media-alta. Se estudia el papel de la mujer en la sociedad, un papel que se caracterizaba por la sumisión a, y la discriminación por, los hombres. Sin embargo, las actitudes de las mujeres de clase media-alta *

Fecha de recepción: Mayo 2010


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que consiguen asomarse por estas revistas no difieren mucho de las de los hombres, con puntos de vista coincidentes acerca de otras razas, las revoluciones, las clases bajas, el colonialismo, la religión, el crimen y el castigo. Entre los hombres, por una parte, existen actitudes paternalistas, apoyando el papel tradicional, “ornamental” de la mujer “frágil”. Por otra parte, destacan las hazañas de las heroínas de la historia de Inglaterra. Los que contribuyen sus artículos, tanto hombres como mujeres, exigen continuamente una mejora en la educación de las mujeres. Palabras clave: siglo dieciocho, revistas, actitudes, papel de la mujer. 1. THE PERIODICALS AND THEIR CONTRIBUTORS Magazines of the eighteenth century are almost unrecognizable side by side with their modern counterparts, but those of both ages have several characteristics in common that make them different from daily newspapers. Articles tend to be longer, and the language used is more formal and less dramatic. The types of writing included are more varied, and they are centred more on reflections, opinions and background information about these events, though periodicals still do report. The same issue in the eighteenth century often includes various genres: anecdotes, opinion articles, book and theatre reviews, fiction, riddles, mathematical problems and their solutions, and even parliamentary reports. They were an outlet for essays and short stories, and The Lady’s Magazine and other periodicals often serialised novels, sometimes over several years. Reports on curious happenings were frequent, especially murders, drownings, overturning carts and other accidents, executions and bankruptcies (with the newly bankrupt often named). Verse was used very frequently, poetry being a mainstream literary form, not something of an oddity, like it is today. Descriptions, such as those of flowers, animals and landscapes, use a rich vocabulary which compensates in part for the lack of illustrations.


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Most of the volumes studied here are composed of collections of the different issues of magazines, sometimes painstakingly gathered from private hands by later editors and their collaborators. When collections were made, they tended to group together contributions of the same genre. The Gentleman’s Magazine is really a series of quotes in indirect speech, many articles being simply material from other publications, but it also contains original instructive articles, conundrums, cookery recipes (showing that editors understood the growing importance of middle-class women readers) and included articles by women. Despite its name, it obviously had women among its audience. Magazines branched into more specialized readerships as the century progressed. There were magazines for ladies, with some, like The Ladies Diary, including quizzes, dress patterns and illustrations, while others were religious in nature. Most contributors (who were also readers) appear to have received nothing for their pains, but were happy just to have their enigmas, riddles, short stories, information about eclipses, mathematical problems and poems printed. “It seems there was no payment for contributions to The Lady’s Magazine. Thus it is unsurprising that these magazines made a profit. They did not even return rejected manuscripts.” (Adburgham 150) Consequently, the periodicals in question were able to keep their costs and prices down. Contributors were of all sorts, men and women: one well-known regular contributor to The Gentleman’s Magazine was Jane Hughes, who wrote under the pseudonym of “Melissa”. However, many of the readers and the vast majority of the contributors and editors (though one says he was aided by his “amiable wife”) are men. It is generally men who answer enigmas and puzzles, and send in letters and poems. The presence of contributors’ many references to astronomy implies that telescopes were widespread among readers, and they cannot have been cheap! It is an audience of educated and restless minds. There is a very masculine “feel” to all of the magazines, though writings are often specifically aimed at “the fair sex” a term which is widely used, and judges a woman solely on her physical image. All references to humanity are to “men” or “mankind”. Women


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contributed puzzles, enigmas and poems, but relatively few manage to win the prizes offered, mostly free issues of the magazine itself! However, many non-voters, especially women, still felt part of the system, due to access to the press. 2. MALE CHAUVINIST ATTITUDES TO WOMEN Attitudes to women were not only a matter of “machismo”, but a reflection of a more general attitude to the natural order. Women, like fertile “mother nature” were expected to be passive, ornamental and productive, and to be violated, inseminated, harvested and moulded by men. Women and nature were supposed to have as their main purpose the production of children or consumer goods for men, that is, to be tamed, fertilised and tilled. Kate Soper (142) expresses the attitude of those times as follows: “Nature was a site of rebirth, settlement and taming, a violating intervention by the phallic male pioneer upon the nurturing womb.” It was an era when most people believed that inequality was inherent to human existence and was sanctioned by God – that men and then women were positioned within a “chain of being”, stretching from God himself at the top, down through the layers of society and into the animal kingdom. Thus, “The idea of natural sexual difference which extends from biological function through social roles to mental qualities… we are dealing, not with nature or actuality, but with ideology.” (Vivien Jones: 4) In the same book (57) Jones claims that all documents found from this century take male sexuality as the norm, while female sexuality is seen as deviant and aberrant and menstruation “an extraordinary discharge”, proof that the male body is ideal and that the female body fails to balance and regulate itself properly in due time and proportion. During the eighteenth century women were confidently assigned as belonging to a group, whereas “we” men were not, being more varied and individual. Women were more generalised about. For example, The Gentleman’s Magazine (Jan 1731: 331-2) quotes an article from Applebee’s Journal on the different kinds of lovers, that is the Sensual lover, the General lover, the Platonic Lover and the Romantic lover. These are all males: the “unmarked form” is the male lover, who varies from individual to individual, while women are all the same sort of lovers, called “the fair one”, with an ornamental function.


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The semi-anonymity of women is shown by the following examples. In The Gentleman’s Magazine of January 1731 we find the following illustrative items. On p309, in the “Deaths” section, we read of that of “The Wife of Wm Price of Vaend in Flintshire”, who does not even deserve to receive a name. In the “Casualties” section on the same page we hear that “Mr Shaw, a Victualler in Cheapside, overturn’d in a Chair with his Wife, who was killed.” She is also unnamed. On page 310, talking of “Promotions”, women are only promoted to “laundress”, “mistress of the bedchamber”, and “mistress to the robes of the Queen”, unlike men, whose position improves considerably more. Marriage was often no more than a business transaction, and in which woman was reduced to being a mere commodity. Sometimes the merchandising was explicit, with the woman or her family paying for an improvement in her position. In the same magazine (311) “Marriages”, we find that of “Geo. Fox to Miss Harriet Benson, only daughter and heiress of Rob. Lord Bingley deceas’d, a Fortune of 100,000 l. a year.” Ladies rarely had anything to do with the upbringing of their children, which was in the hands of wet-nurses, who suckled them, and of governesses, tutors, and singing and dancing teachers, who educated them. Child mortality was high, and children rarely received affection. Relations of father and mother to children are largely unmentioned, though in these magazines we do see letters or poems of advice for them to be honest and upright. 3. COUNTERBALANCING “MACHISMO” Linda Colley (276) claims that women carved out “for themselves a real if precarious place in the public sphere”, though certain historians do claim that the growing industrialism of the late eighteenth century and the heavy nature of the chores on the land excluded women from work and made them more domestic slaves than before, which seems to be borne out by the disenfranchised and oppressed state of women during the whole of the nineteenth century. But, while it is true that many women were marginalised in these magazines, they were not much more so than the majority of males.


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Most of the magazines read ignore the lower classes more than they do women. Literary women were connected as a network of small communities held together by various genres within print culture, though they lacked a political voice. There were women who were prominent in the magazine publishing world, such as Mary Delarivière Manley, editor of the Female Tatler and The Examiner, and Eliza Haywood (Female Spectator). Some magazines targeted women, and publishing opened the door to some talented women writers and editors. Outside the world of publishing, progressive women were central to John Wilkes’ movement and the struggle against slavery in the late 18th century. They bought anti-slavery brooches, fashion accessories, snuff-boxes and fire-screens. Many of these objects were aimed at women, some of whom had purchasing power and a voice of sorts. Women in upper-class society shared many of the values of their male counterparts, with attitudes towards other races, the lower classes, revolutions, colonialism, religion, crime and punishment, and so on, being practically identical. There were also conservative women with influence. There is evidence that the “souls of women were as much possessed by military passion as those of men.” (Ward: 179) The Universal Museum (Vol II: 52) seems to bear this out, with the inclusion of a review of a book entitled “Female Patriotism in England” by a Mrs Macaulay. British men also prided themselves on the achievements of the nation’s women and believed it was one thing that set advanced, sophisticated Britain apart from more primitive countries. There is nowhere in these texts any questioning of the burgeoning British colonialism and imperialism of the time, either by men or women. Hannah More, a supposedly “marginalised” woman, establishes a hierarchy of feelings, whereby sophisticated people like the British could feel refined emotions, while Africans couldn’t. In fact it has been said that a kind of “sensitivity hierarchy” began in the eighteenth century. While the emotions of the vulgar and those of African slaves remain at the brute level of sensation, middle-class refinement is seen to bring sympathy.


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Some examples of contradictory attitudes to women reflected in these magazines are the following. The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine constantly exhorts on the convenience of giving education to both sexes. In Volume I (48) a letter from a man says girls read too many novels about love, and get only a superficial education, but on the other hand (50): “It is no to be expected that females are to be deeply skilled in criticism, in mathematics, in natural science.” Their role is fixed and we are shown (69) the dire consequences of a girl’s “passion”, the breaking of ornaments, a vase and a mirror. The characters, and probably the target audience, sometimes seem to live in a bubble, an upper-class world of valets and governesses we often associate with the Victorian era: “Dear mamma. I cannot learn the task my governess set me,” complains one girl (69-74). But there are also enlightened opinions, campaigns against hunting (51), and conjectures about life on Jupiter (83) and other planets. The Diarian Miscellany is paternalistic. In Volume I, questions are addressed to a “Soft female” (65) or “Fair Ladies” (119). We do find (Volume I: 66) a mathematical question posed by a woman (Mrs Lydia Fisher), and another woman, Mrs Barbara Sidway, answers a question on mathematics, and further answers and solutions to problems are provided by women. It remains true, however, that though many questions are addressed to ladies, most of the questions and answers are by men. Volume III of the same magazine publishes the answers to a mathematical question set by a girl aged 18. But the answerer’s comment is similarly paternalistic: “… a very good age for matrimony, Miss”. Prizes were won in 1715 (23) by “Miss Frances Harris, (whose performances are an honour to her sex).” Women’s contributions are nearly all from unmarried women (“Miss”, hardly ever “Mrs”). They seem to be lost to the world of useful knowledge after marriage. The Diarian Miscellany from the Ladies’ Diary displays the paradoxical nature of these attitudes. The author’s preface is addressed to “the fair sex” but the first sentence is in praise of the Protestant queens, who could hardly be described as typical “ornamental” women. The 1706 edition begins with a history of famous heroic women all over the world, not submissive ones but


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women like Boadicea, while on page 5 of the 1705 edition the author / editor, John Tipper, claims that: “The excellence of the female sex above that of men”. In a curious argument, that Woman before the Fall was superior to Man, Tipper goes on: “Now Adam signifies no more than Earth, but Eve signifies Life, as if man lived only by woman.” (15) God created, in order of nobility, first things and the beasts, then Man then lastly Woman. “God, having made woman, ended his work, having nothing else more excellent to create… he made woman out of him, perfect and entire in all her parts.” The curse God put on Eve was that she should be subject to her husband, implying that before original sin she was not subject to him. Mary Wollstonecroft claimed that women were over-interested in trivialities because no other aim is given them in society: “All their thoughts turn on things calculated to excite emotion and feeling, when they should reason.” (Vivien Jones, 5) Enlightened thoughts also enter these magazines, as in The Lady’s Poetical Magazine, where a poem exhorts: “Happy were England, were each female mind, To science more, and less to pomp, inclined.” (2) And the same poem goes on to praise one: “Behold in her, a scientifick wife”. Science is always viewed positively in these magazines. 4. CONCLUSION Women were put on a pedestal officially and in some of the magazines’ contributions, but often led lives of frustration, dependence and waste. The seeds of change were probably within that enlightened class of males who begged to differ, and whose contributions are quite prominent in these magazines. Like in all revolutions, it needed an alliance with at least some of this dominant class for cracks to appear in the monolithic block. These publications help us to understand the thought patterns of this powerful and sometimes advanced and enlightened ruling class in England.


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WORKS CITED Primary Sources The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine or Universal Repository of Knowledge, Instruction and Amusement. (Collection, 1799 – 1800) The Diarian Miscellany: Consisting of all the Useful and Entertaining parts, both Mathematical and Poetical, extracted from the Ladies Diary. (Collection, 1773) The Gentleman’s Magazine or Trader’s Monthly Intelligencer in 20 Volumes 1731 - 1750 http://www.bodley.ox.ac.uk/ilej/ Accessed 21st July 2008. The Universal Museum or the Entertaining Repository for Gentlemen and Ladies (Coventry Museum or the Universal Entertainer) (Collection; 1765) The Lady’s Poetical Magazine, or Beauties of British Poetry (1791) Secondary Sources Hodgkinson, Tom. 2005. How to Be Idle. New York: Harper Adburgham, Alison. 1972. Women in Print: Writing Women and Women’s Magazines from the Restoration to the Accession of Victoria. London: Allen and Unwin Colley, Linda. 1996. Britons: Forging the Nation 1707 – 1837. London: Vintage Books Jones, Vivien (ed.). 1990. Women in the Eighteenth Century: Constructions of Femininity. London: Routledge Soper, Kate. 2000. “The Idea of Nature” in The Green Studies Reader: from Romanticism to Ecocriticism. Laurence Coupe (ed) London: Routledge, (123 -146). Ward, Paul. 2004. Britishness since 1870. London: Routledge Acknowledgements Thanks are due to the Research Project: “Rede de lingua e literatura inglesa e identidade”, financed by the Dirección Xeral de Promoción Científica e Tecnolóxica do Sistema Universitario Galego, Consellería de Educación e Ordenación Universitaria, Xunta de Galicia (Code: Xunta 2007/000145-0, cofinanced in 2008 by the European Regional Development Fund (ERDF), and


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whose principal researcher is Dr. María Jesús Lorenzo Modia, and to the research project “O papel da muller na prensa inglesa no inicio da idade moderna: estudo sincrónico e diacrónico” (PGIDT07PXIB212149PR) funded by the Galician Government (Xunta de Galicia). These grants and source materials are hereby gratefully acknowledged.


Marta Miquel-Baldellou Victorian, Victorianist, Neo-Victorian: A Critical Overview

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VICTORIAN, VICTORIANIST, NEO-VICTORIAN: A CRITICAL OVERVIEW* Marta Miquel-Baldellou Universidad de Lleida mmiquel@dal.udl.cat This essay presents a historical overview of diverse critical readings and revaluations of Victorian Studies interpreted as reflections of cultural tenets of different periods from Victorian times to the present. Current concerns about the Victorian past inevitably imply a mirroring image imposing our presence onto a period that defies definition by postmodern standards. In this respect, it may be argued that Victorianism has often been envisioned as a cultural construct shaped by changing necessities to go back to the past in an attempt to reify concepts of identity. Deconstructive and interdisciplinary tenets may serve the purpose of providing a more accurate picture of the Victorian past, rejecting any clearly-distinguished set of oppositional dichotomies. It is also through deconstruction that we become aware of the impossibility of attaining any objective knowledge of the past. This essay presents a survey of the way the Victorians have been interpreted through history, outlining different cultural periods, and evolving readings of the past, with a particular view to evaluate and assess contemporary methods and approaches to Victorian Studies through emerging terms such as Neo-Victorian or Post-Victorian Studies. Keywords: epistemology, terminology, periodisation, past, post-modernism, imperialism, identity, dialogue, interdisciplinarity, Victorian, Victorianist, Neo-Victorian, PostVictorian. Este artículo presenta una visión histórica de las diferentes interpretaciones críticas y reevaluaciones de los Estudios Victorianos como reflejo de las * Fecha de recepción: Abril 2009


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características culturales propias de los diferentes periodos desde la época victoriana hasta nuestros días. Intereses actuales acerca del pasado victoriano inevitablemente conllevan la imagen de un espejo que refleja nuestra presencia en un periodo que desafía cualquier intento de definición desde los postulados postmodernistas. En este sentido, puede defenderse que el Victorianismo a menudo ha sido interpretado como un constructo cultural formado a partir de las cambiantes necesidades de trasladarse al pasado con el propósito de dilucidar conceptos acerca de la identidad. Disciplinas propias del deconstructivismo y la interdisciplinariedad aspiran a obtener un retrato más fiel del pasado victoriano, rehuyendo de dicotomías opuestas claramente diferenciadas. Sin embargo, es también através de los postulados postmodernistas que se advierte la imposibilidad de adquirir un conocimiento objetivo acerca del pasado. Este artículo presenta una visión sucinta de la forma en que los Victorianos han sido interpretados a lo largo de la historia, discurriendo a lo largo de diferentes periodos culturales e interpretaciones evolutivas del pasado, con el propósito final de evaluar y valorar los métodos y aproximaciones contemporáneos a los Estudios Victorianos a través de términos emergentes como Estudios Neo-Victorianos o Post-Victorianos. Palabras clave: epistemología, terminología, periodización, pasado, postmodernismo, imperialismo, identidad, diálogo, interdisciplinariedad, victoriano, victorianicista, neovictoriano, post-victoriano. 1. IMAGINING VICTORIAN TIMES As Victorian scholars, we may contemplate the Victorian era through a partially biased vision of admiration and respect for a splendorous time, while seeking to escape, even if momentarily, the uncertainty of contemporary times. Nevertheless, such facile approach to the period seems to be based on no ground, especially when


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postmodern theories and deconstructivism have taught us not to trust Manichean and simplistic reconstructions of past ages. It is through deconstruction that we may still approach Victorianism with the same respect and rigorousness but exchanging such view of nostalgia for a more accurate portrait, questioning traditionally clearly-cut dichotomies through a more Foucaldian vision, which, even if paradoxically, may bring us closer to the Victorians than we actually thought we were. Some twentieth-century scholars were drawn to Victorian England as an especially appealing period to our contemporary concerns, since “in it we see the problems of our own time emerging”, and consequently, we “may trace growing awareness of them and endeavours to find solutions.” (Neff 1962: 4). Nevertheless, we should avoid such mirroring images of projecting our sense of identity in an attempt to recognise ourselves in the Victorians, since any attempt at imposing our vision on past times necessarily entails a form of appropriation. We might then question whether any epistemological understanding of Victorian times is attemptable, and to that effect, we may revise certain recent critical revaluations which argue that any idea of Victorianism, as any form of knowledge, is constantly in the making. It is through this pulse between a constructing and deconstructing process that we may be in the position of asserting whether Victorianism may be termed as apprehensible, or rather escapes any attempt at reification. As a result of the modernist reaction to the immediately previous age, the Victorians have often been associated with contradictory statements of complacency and doubt, materialism and religion, nostalgia for the past and reliance on the progress of the nation, social convention and stubborn individualism, sentimental humanitarianism and free enterprise, insular prejudice and imperialistic designs, didacticism and aestheticism, education and utilitarianism, and the claims for the emancipation of women as well as the bliss of Victorian domesticity, among many other apparently contradictory dichotomies (Buckley 1969: 4-5). However, this compilation of opposites aimed at reconstructing the immediate past rather contributed to their posterior deconstruction, as these values acquired vague connotations and intrinsic complexities. Even the


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often quoted statement that “the main characteristic of the Victorian era was constant change” (Trevelyan 1950: 16) must be questioned if the exploratory focus is brought into the remarkable stability of the Victorian period after the immediately previous revolutionary movements. Moreover, despite the modernist scorn of Victorianism, it was obvious that still “many people enjoyed reading the fiction of the earlier era” at that time (Stevenson 1969: 196). As soon as the era faded, a revival of appreciation for Victorian literature paved the way for a more accurate picture of the Victorian reality. As the tensions of the new age arose, readers turned back to the narratives of an epoch that ‘seemed’ to denote security and confidence. And yet, nowadays, any sentimental approach towards Victorianism seems as outdated as the Edwardian simplistic repudiation of its previous age. Taking these different approaches into consideration, this article aims at outlining the main critical responses to Victorian times since Modernism up to the recent advent of contemporary NeoVictorian criticism. Through revising different critical approaches to the Victorian era, past and contemporary concepts and ideas about that particular period will be analysed and problematised in an attempt to question whether it is possible to gain a real insight into what Victorianism means as an era and a cultural movement. In this respect, particular emphasis will be placed on issues related to terminology and themes generally analysed regarding the period, critical approaches to the period through time, as well as the Victorian conceptualisations of the past and its reinterpretation from a contemporary perspective. 2. PROBLEMATISING TERMINOLOGY AND THEMATIC APPROACHES The term ‘Victorian’ still remains obscure and its essence inevitably declines any facile definition. As a matter of fact, according to Norman Foerster (1962), Thomas Carlyle, one of the most prolific Victorians, was born in the very same year one of the foremost Romantics, John Keats, was born (59), thus implying the counterfeited nature of historical and cultural periodisation. Moreover, quite surprisingly, despite its explicit reference to politics, it has generally been agreed that the Victorian era ended in 1880, two decades before


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the end of Queen Victoria’s reign. Actually, G.M.Trevelyan (1950) contended that the period cannot be strictly confined to the reign of Victoria (1837-1901), since the origin of Victorian ideas must be sought as far as 1815, with the end of the Napoleonic wars, and the last age of Romantics such as Percy B. Shelley, Lord Byron and Walter Scott (15). In addition, the acceptance of the term Victorian may neglect prevalent discourses that were hostile to the figure of the queen and the institution of the monarchy (John and Jenkins 2000: 8). In addition to spatial and temporal barriers which can be questioned, as usually happens with most literary and ideological movements, the term Victorian implies vagueness from a literary point of view, since it is rather a political and social term, disregarding any reference to the “civil war between Romanticism and Realism” (60), which Foerster describes as the central feature that characterised the period. In this respect, Flint (2005) also problematises the term ‘Victorian’. In her view, ‘Victorian’ responds to an academic epithet that poses several problems: first, the period fetishism it can connote; second, it implies significant limitations when it comes to discussing the dynamics of transnational cultures; and third, the length of a reign provides the most tenuous containers for intellectual and social movements that spill beyond it (230). Nevertheless, she also admits that “without such a term we are thrown back to century-ism or broad movements” (231). As a result, Flint argues that, instead of discussing whether the term ‘Victorian’ has outgrown its usefulness, we should be alert to the implications embedded in the way we use it, its significant limitations as well as the validity of other categories (238). As a pragmatic solution, Flint points to Goodlad’s concept of ‘androgyny’ due to its inner implication of connectedness, which can be defined as follows: Androgynous reading, as Goodlad proposes, incorporates our own ability to think beyond the categories that the legacy of Victorian liberal thought and representation has left us […] It may be seen as a means of bringing together the general and the specific, a coupling that lies at the heart of many of the problems connected with period and disciplinary distinctions […] Androgyny, may be seen, as Goodlad employs it, not as


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some idealist absolute but as a pragmatic instrument – a mobile and mobilisable category of thought (237-8) Coupled with Goodlad’s concept of androgyny, new technologies and cybernetics have also exerted their influence on the way of approaching Victorian Studies. In this respect, in his pioneering volume Charles Dickens in Cyberspace, Jay Clayton (2003) reflects on what it means to appreciate periodisation in this same way, as a malleable instrument at our disposal. As Flint notices, “periods are neither fictions nor realities but conceptual tools” (238), thus segmenting time into stages arises as a way to gain insight and comprehend a past period which appears as irretrievable. As well as epistemological issues, its periodisation, and the appropriateness of the term ‘Victorian’, many volumes on Victorianism have been envisioned as thematically-approached, focusing on ideas and areas which have traditionally been held as ‘representative’ of the Victorian period. An illustrative example is Grisewood’s early volume Ideas and Beliefs of the Victorians (1949). Through this volume, Victorianism was explored into five main areas: the theory of progress, Victorian religious belief and controversy, man and nature, the liberal idea, and the “working-out” of Victorian ideas. These disciplines show the transitional period between an emphasis on established spheres of knowledge and, especially through the last section, an increasing awareness of later responses to the period. This tendency has also pervaded twenty-first century volumes, which are multi-disciplinary, and multi-thematic, recapitulating explored issues but also offering strategies to approach a new era within Victorian Studies. It may seem surprising to notice the repetition of specific themes with regard to the Victorian period, despite the fact they are approached differently. In Kucich and Sadoff ’s Victorian Afterlives: Mystifications and Engagements (2000), some areas are outlined in the introduction and discussed by the different contributors to the volume as relevant to our present situation such as economics, the discourse of sexuality, political struggles of race and gender, feminism, modes of cultural reproduction, and historicism. All in all, Kucich and Sadoff argue that these areas privilege “the Victorian period as the site of historical emergence through which postmodernism attempts to think its own cultural identity” (xxv). Likewise, Krueger’s volume Functions of Victorian Culture


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at the Present Time (2002) focuses on areas such as time, consumerism, transatlanticism, law and order, and future reading. Maureen Moran (2006), in the first chapter of her volume Victorian Literature and Culture (2006), similarly focuses on areas such as arts and culture, philosophy and religion, politics and economics, and developments in science and technology. Cora Kaplan’s Victoriana (2007), one of the most recent volumes on Victorian Studies to date, becomes distinct because it is a oneauthor volume and does not focus on specific themes as traditionally established in former studies, but it rather arises as a compilation of case studies concerned with present-day perceptions of Victorianism rather than with the period itself, to the point that all the essays entirely focus on current works of fiction that are related with the Victorian period, which is precisely the core of Neo-Victorian Studies. This new area of exploration is related to the Victorian era, but it precisely arises for being rooted in the twenty-first century and its projection onto the past, that is, the reverse project that has traditionally been established in Victorian Studies, where the past as projected on the present used to be a central issue. Likewise, Kaplan’s volume discusses issues such as women’s writing in the 1840s, Victorian literary biography, and historical novels that thematise the Victorian period through a post-modern approach from first neoVictorian novels such as John Fowles’ The French Lieutenant’s Woman (1969) to emergent sub-genres such as “Vic Lit” or Neo-Victorian lesbian narratives with Sarah Waters’ novels as main representatives, which can be added to other Neo-Victorian sub-genres such as Anne Perry’s Neo-Victorian detective and crime novels, and Anne Rice’s Neo-Victorian gothic narratives. 3. PERIODISATION: CRITICAL APPROACHES TO VICTORIAN TIMES In order to prove the evolving evaluation of the Victorian period through time, it may be helpful to outline how historical periods and critical approaches have developed in relation to Victorian Studies (Klages 2006; Moran 2006). The Edwardian period underlined the last remains of Victorianism, whereby decadence and the fin-de-siècle


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aestheticism implied the decline of the immediately preceding Victorian period, with isolated authors like Oscar Wilde and George Bernard Shaw as dissonant voices at the end of an era. In this respect, the Edwardian period can be assumed to enclose the last remains of its precedent age. Modernists presented a reaction against Victorianism as the emblem of a retrograde era which sharply contrasted with the new liberalist aspirations of the Bloomsbury Group (Joyce 2004). Modernism thus presented a rejection against the Victorians through canonical volumes such as Lytton Strachey’s well-known Eminent Victorians (1918). After two world wars, there was a period of revision and problematisation of the past as a concept, whereby structuralist categories began to be questioned, and historians came to the front of Victorian Studies. This period was mainly characterised through its focus on reception with a view to look back at the past and revaluate it. Subsequently, the decade of the 1980s was regarded as a period of neo-conservatism and affluence, establishing links between the Victorian era and its contemporary counterpart, thus recreating the mirror of the other Victorians (Caporale 2003). The end of the millennium struck a balance between the 1980s optimistic review of Victorianism and the arising fear which the outcome of the millennium brought about, thus leading to a re-interpretation of Victorian Studies between a romantic and nostalgic view and a more critical and existential revision of the past due to postmodern approaches. Finally, twenty-first century current approaches to Victorian Studies seem to be more self-reflective, theoretical and academic in essence to the extent of re-incorporating a new field of study due to the increasing awareness of debates about the possibility or impossibility of understanding Victorianism, through contemporary projections, adaptations and recreations in contemporary literary and visual texts. As a result, six different phases with regard to the reception of Victorian times may be identified through a set of doublets: i.Edwardian remains / Modernist rejection, ii.- Post-War reception / 1980s recreation, and iii.- end-of-millennium reinterpretation and twenty-first century reincorporation. The first dual phase which comprises Edwardian and Modernist periods conceives the immediately preceding era as Victorian. The Post-War period until the


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decade of the 1980s can be regarded as Victorianist since an important corpus of criticism became concerned with the period, as both a sign of interest and problematisation of Victorian Studies. Eventually, the last phase up to now sheds light over the arising consciousness and postmodern approach towards the evolutionary nature of Victorian Studies. All of these phases include the clash between idealism and deconstruction of the Victorian past, although each of them includes idiosyncratic features which characterise their own period and critical approach. Modernists became concerned with structuralism, dual divisions, linguistic emphasis and thematically-approached studies, which rejected the apparently morality and social self-consciousness of the Victorian era. The post-war period became entangled with postcolonial approaches which emphasised historicist readings and problematised traditionally-accepted theses in relation to heritage, memory, history and empire. Finally, in the twenty-first century, through post-modern influences and newly-acquired academic status, Victorian Studies are leaving behind their historicist emphasis to stress theoretical analyses and reflections on the evolution of the academic area to the extent a new theoretical approach to Victorian Studies, Neo-Victorian, has emerged as a result. This last phase also reflects the inner nature of current critical approaches such as postmodernism with a special concern with the return to interdisciplinary approaches and the rejection of established structures, through the advent of cultural studies, popular culture, as well as media and film studies. i.- Edwardian to Modernist period – remains and rejection – structuralism - Victorian Studies ii.- Post-War period to Neo-Conservatist 1980s – reception and recreation – historicism- Victorianism iii.- End of the millennium to 21st century – reinterpretation and reincorporation – theorisation - Post-Victorian / Neo-Victorian Studies As a result, some sort of connection can be established between the decades after the great wars and our contemporary period. It can be argued that post-Victorian cultural politics emerged in the 1960s


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as an alternative stage in which postmodern awareness can be claimed to have emerged (Kucich and Sadoff 2000: xxvii). Thus, it seems possible to delineate an evolution of the interpretations of Victorianism through the Victorian period, a Victorianist phase, and the current Post-Victorian or even Neo-Victorian stage (these two last epithets seem interchangeable depending on the emphasis on the continuity or the emergence of this new area within Victorian Studies). Actually, the 1960s arose as the decade when the first Neo-Victorian novels emerged, with seminal works such as Jean Rhys’s Wide Sargasso Sea (1966) and John Fowles’ The French Lieutenant’s Woman (1969). The recreation of the Victorian period from a twentieth-century perspective in a post-war period was due to the need to revaluate the past as well as the way it could be reinterpreted. In this respect, it is useful to remember Anderson’s allusion to the ‘two modernities’. As Kate Flint (2005) mentions, there is a first modernity understood as a rationalist, philosophical, political post-Enlightenment ethos, and a later concept of modernity as a more self-conscious, autonomous selfauthorisation, the shift from one to the other being urged by Foucault’s methodological evolution from bourgeois modernity to aesthetic modernity (231). According to Cora Kaplan (2007), the Victorian period provokes a contradictory set of feelings which can be also delineated from the post-war period to the neo-conservatist 1980s. In her view, “the Victorian […] had a strong affective presence in modern Britain in the supposedly libertarian 1960s and 1970s, when the nation was thought to be on its way to becoming a classless and multicultural society” (5), and yet in the 1980s and 1990s due to the Margaret Thatcher’s revival of the so-called Victorian Values – mainly thrift, family, enterprise –, the period was brought back to life, while reappropriated by the positive ethic of Conservative government. In this respect, Kaplan argues “it was then that I began seriously to consider the curious appropriation of the Victorian for disparate political and cultural agendas in the present” (Kaplan 5). With a due emphasis on consumerism, the late twentieth-century critical approach to Victorian Studies is characterised by a desire to know and to ‘own’ the Victorian past through its remains (Kaplan 1). Nonetheless, the transition from the conservatist 1980s to the end of the millennium is described as “Victorian revivalism as a result of the ‘loss of historicity’ implied


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through late-century postmodern consciousness” (Kucich and Sadoff xi). Nowadays, the emphasis is placed on theory rather than history, so that the prevalence of texts, as in modernist times, coupled with the post-modern thoughts of deconstruction, have emphasised the twenty-first century epistemological way to gain knowledge through the projection of present-day concerns onto the past as well as the awareness of the inability to gain insight into a former period of time. Similarly, Maureen Moran (2006) gives a succinct overview of the evolution of Victorian Studies in the twentieth century. She features Lytton Strachey’s Eminent Victorians as responsible for establishing a myth of Victorian dullness and moral duplicity which was to shape the general perception of Victorian culture for decades to come. In the first half of the twentieth-century, Victorian critics such as F.R.Leavis (1948) focused on the Victorians’ moral weight rating “nineteenth-century writers largely for their capacity to refine the sensibility of readers and provide values by which to live” (131). Towards the mid-twentieth century, a more complex view of Victorianism emerged due to the increasing concern about psychoanalytic and historical approaches. The figure of the alienated Victorian substituted the former Victorian perceived as either an hypocrite or a prophet. After the two world wars, Raymond Williams introduced Marxist readings into the domain of Victorian literature and culture, underlining ideological readings. In the last quarter of the twentieth century, critical approaches emerged such as feminism with Elaine Showalter (1977), and Susan Gubar and Sandra Gilbert (1979); new historicism with D. A. Miller (1988) and Mary Poovey (1995), and postcolonial theory with Patrick Brantlinger (1988) and Daniel Bivona (1990), who reinterpreted Victorianism from gendered, cultural and historical perspectives. These critical approaches to Victorian Studies had their counterpart in narratives such as Valerie Martin’s Mary Reilly (1990), a feminist reinterpretation of Stevenson’s Dr Jekyll and Mr Hyde; A.S.Byatt’s Possession (1990), which focused on issued such as intertextuality, authorship and readership, and Graham Swift’s Waterland (1983), which blurred the distinction between histories and stories. According to Moran, as twenty-first century scholars, “we can collaborate to produce new interpretations that are culturally inclusive, and deepen our sense of connection with a fascinating age” (134), while engaging in “sustained opportunities for self-scrutiny” (Flint


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230), thus contemporary Victorian critics and writers tend to remember, recreate as well as imagine Victorian times. 4. RECOVERING, ENVISIONING, APPROPRIATING THE PAST: SOME NOTES ON EPISTEMOLOGY In order to approach the way the past and history have evolved in Victorian Studies, issues such as Victorian ethics, humanism, and education should also be tackled. The Victorian period has traditionally been enmeshed with an air of gravity and transcendence. It was precisely during the first half of the twentieth century that the literature of the Victorian era began to be firstly associated with moral and social philistinism, and conversely, it was not until fairly recently that we have assumed Victorianism cannot be equated with mere selfcomplacency, prudery, pragmatic idealism and utilitarianism (Kumar 1969: ix). Overgeneralisations about the period during modernism often set a clear differentiation between aspects of Victorian life and society that were significantly connected, even if “it is almost impossible to reduce a culture so various to a common denominator” (Buckley 10), since “any actual period suffers distortion from a generalised indictment” (San Juan 17). So as to gain insight into a more accurate approach, it becomes essential to realise the complex role the past played for the Victorians, in clear parallelism to the way the Victorian past may haunt contemporary critics. Reforms in the way of understanding education in Victorian times brought forward aggressive attacks upon the study of the classics, and yet Victorianism has often been characterised by its idiosyncratic sense of the past and the rise of modern historiography as a science. Despite the concern with the affairs of the world, nationalism was considered a central element in the progressive interest in the historical mind and this was mainly achieved through looking back to past ages. For Burke, the past was envisioned as a reservoir of experience, a bank upon which the living were permitted to draw and a basis for judgement in contemporary affairs (Mulhauser: 158). Thus, the past was envisioned as a way to understand the present situation of the nation so that the Victorians could identify themselves in their past, which inevitably entailed a contemporary


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recreation of historical affairs, especially through the revival of historical novels. Likewise, contemporary approaches to Victorianism often defend the need to read the Victorians on their own terms (Anger ix); an approach which may be achieved through closely analysing what they had to say about epistemology and their idiosyncratic interpretation of knowledge since their deliberations may help us rethink and revaluate inherited dominant approaches to Victorianism. The intricacies, complexities and difficulties to analyse and decode the Victorian period have been gradually modified through time. In 1918, Strachey argued that the history of the Victorian Age would never be written because one knew too much about it. Conversely, contemporary studies rather seem to proclaim that the impossibility to understand and capture the Victorian reality lies in the fact we can never gain any true insight into a past era. Nevertheless, we must precisely look back at the Victorians as providers of a considerable focus for investigating epistemological issues since they were already exploring them with remarkable sophistication. As a result, the Victorian era was also the period of the richest development of hermeneutics (Anger 2), showing our postmodern views and theoretical questions were not entirely opposed to Victorian speculation. In this respect, even though aware of its importance for Victorian endeavours, Carlyle continually refers to the inaccessibility of the past, and his writings on history already reveal profound manifestations that bear significant resemblance with contemporary epistemology. As Anger has noticed, Carlyle is well-aware of the effects of representation, the textuality of historical knowledge and the impossibility of a full account of the past (3). Textual meaning was often called into question, even in debates on biblical exegesis. In this respect, John Henry Newman’s Development of Christian Doctrine (1845) already pointed at the fact that tradition plays a role in understanding, but inevitably, readings will be subjected to change over time. Postmodern conceptualisations that bring into focus peripheral textualities in front of canonical texts sanctioned by tradition may find its counterpart in the complex notion of authority developed in Victorian times. The question of how authority was established for an interpretation in exegetical debates became increasingly important.


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Oscar Wilde propounded interpretative relativism, defending that the best ‘modes of art’ necessarily assume all interpretations as truths and no interpretation as eminently final. Having observed that the Victorians already engaged questions of epistemology in ways as sophisticated as contemporary theories, Suzy Anger presents two differing poles that account for the possibility of knowledge of the past: objectivism and constructivism. Objectivism implies it is possible to acquire certain knowledge of former times, while constructivism suggests we can only aspire to acknowledge our own subjective constructions of the past (7). Few contemporary literary critics have defended the objective alternative because of the prevalent scepticism to gain any form of actual knowledge of the past. Any attempt at objective knowledge would necessarily entail an intention of appropriation since, in Foucaldian terms, knowledge is inextricably associated with power. Conversely, constructivism defends the view that language, rather than reflecting reality, is self-referential. In this respect, constructive theories have pointed at the problematic differentiation that historiography has often set between history and fiction. Ultimately, it is through narratives that history achieves meaning since we can never pretend to describe the way things really were in any objective form. The denial of objectivity and the contemporary alliance with constructivism insist on the impossibility of knowledge on the grounds that claiming understanding of others, another culture or the past would inevitably imply a kind of imperialism. Nevertheless, with regard to this relativism, Anger contends that “this extreme scepticism with its rejection of knowledge as a goal must be rethought […] [propounding that] we can have more knowledge of the past and of others than most recent theory has been willing to allow” (9). Actually, we should become aware of the dangers of any extreme relativism, since any impossibility to gain some entrance into another culture may hamper any chance to revise our own views of the world. In fact, swaying between these two fronts - the ethical need to approach others with respect, and the theoretical assumption that rejects any possibility of knowing the others objectively – implies the paradox of how we may respect the others, if we are simply unable to know them. In this respect, Anger maintains that knowledge is partially a social construction, but an absolute assuredness is unnecessary to identify


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those proposals that seem more correct than others. Thus, rather than denying any possibility of understanding, we should envision knowledge from an ethical point of view, as the Victorians did, reconsidering the pursuit of understanding and the achievement of knowledge as itself moral (Anger 13). The Victorians’ concern with an ideal past implies the need to inspect a society which, unlike their own, could presumably be contemplated and contained as a whole. The Victorians’ biased examination of the past inevitably echoes any contemporary attempt to idealise the Victorian period as the emblem of a safe and splendorous past. Nonetheless, the Victorian approach towards the past was eminently ethical, whereas contemporary attempts at understanding the former times often entail epistemological endeavours. The Victorians usually brought into focus the lives of great men as conditioned by the Carlylean precept that history was mainly biographical, and thus, only the lives of the great men were susceptible of examination. In this respect, our contemporary interests differ quite significantly with our general belief that history is inevitably made up of numerous narratives. Actually, by means of favouring the lives of some great men and disregarding others, the Victorians inevitably fictionalised history as much as they constructed an ideal picture of their own past. Likewise, this reconstructed past served the purpose of confirming and providing reassurance for Victorian contemporary virtues. This need of appropriation can be perceived in the historical novels of the time, which not only portrayed the lives of notable English heroes and looked back at the Elizabethan age with a nostalgic approach, but often went as far as Roman and Greek classical times to establish some connection between the classical splendour and the Victorian empire. Edward Bulwer-Lytton’s The Last Days of Pompeii is precisely a case in point. Thus, it was through dwelling into the past that the Victorians underlined their permanent awareness of progress and evolution. Nevertheless, as Chapman (1968) points out, later Victorians rejected the need to conceive the past as a source of morality, since “it no longer seemed possible to find release into the past, either as a place of imaginary escape or as a model for correction of the present” (189). Thus, it is towards the last part of the Victorian age that historiography began to arise as a major discipline, rejecting to suit any moral or ethical purposes.


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Thus, our present-day problematic attempts at attaining any knowledge of the past were also shared by the Victorians. Differing attitudes to the past were part of the mixed attitudes with which the Victorians approached their own time. Consequently, as Raymond Chapman (1968) contends, “if the tendency was towards a greater general happiness, the men of the past were to be pitied for coming earlier in a sequence of time […] if things were in decline, envy was the appropriate sentiment towards those who had lived soon enough to avoid the bad years” (1). From our contemporariness, we may also share this changing attitude towards the Victorians themselves as a reflection of our own feelings towards our own present state of affairs. It may be acknowledged, however, that some basic optimism and a vigorous attitude to the world may be taken for granted in the Victorian era and this may differ ostensibly from our sceptical mode of reasoning. This Victorian optimism was inevitably tempered by the anxious realisation that, in a period of permanent change, it is always possible to take the wrong direction. The Victorian self-awareness of progress often found its counterpart in the writings of major authors who remained doubtful and deprecated about the purported progressive spirit which characterised the age. Such deprecation often involved admiration of a past era, clearly exalted by the Oxford movement whose deep commitment for the past betrayed obvious discomfort with present issues. It is precisely the Victorians’ selfawareness, reified through Mill’s spirit of the age, characterised by self-help and progress, which endows the Victorians with a sense of modernity that brings them closer to our own time. The Victorians’ interest in the past as a reflection, or rather, as self-representation of the present state of affairs, inevitably entails a will to excel in order to be remembered in the future. Thus, the Victorians’ concern about the way their own time would appear in years to come underlies a certain degree of self-awareness coupled with a sense of responsibility for future generations. This high sense of duty and awareness of their position in the world led them to find in a remote past an entrance to recreate and reconstruct Victorianism that would reverberate in the years to come. Twentieth-century critics have revealed differing arguments as far as any possibility of gaining real insight into Victorianism. Included in Chapman’s seminal volume The Sense of Past in Victorian Literature


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(1986), Arthur Danto’s philosophy of history contends that, in approaching the Victorian period, we use post facto conceptions that could not have been available in the past, thus necessarily, any meanings we ascribe to past events will differ from actual past meanings. In this respect, Mary Poovey (1995) brings into focus the use of abstract representations developed after the Victorians, and reads them as a reflection of multiple anxieties. Poovey’s interpretation infers that the representations of the Victorian period are reflections of present-day unease. Thus, like any source of anxiety, a past event can only manifest itself as meaningful to the present reader through the interpretative response it demands. It is at this stage that we may argue whether our understanding of the Victorians has reached a degree of maturity, as our main concern is not to judge them or defend them, but rather understand them. Contemporary interdisciplinary cooperation of the various arts and social sciences may help us gather a more accurate picture of the Victorian complexity. Concepts such as intertextuality and cultural interchange seem to provide the necessary validation for interdisciplinary studies (Roston 1996: 1) as applied within the domain of Victorianism. As readers of a Victorian past, we may approach the Victorian complexity through the awareness that our perspective is also to be seen as a plurality of different texts confronted with the multiplicity of a past reality as complex as our own. In this respect, contemporary cultural theory has taught us to cast a suspicious glance on any clearly determined construct, as it is only through an ever-permanent questioning dialogue with the other that we may be in the position to attain any knowledge. As Chapman (1968) contended in his own time, Victorianism still seems to remain a meeting place of shared experience and historical imagination, which brings the Victorian period and our own time closer. Concerns about class, gender, race, and culture may find fruitful ground in the Victorian period, when such concepts began to be subverted once they had already been assumed and sociallysanctioned. Actually, it was precisely in the Victorian times that the idea of culture as a category began to take shape, and conversely, set the mechanisms for its own deconstruction. Thus, it is through our subjective contemporary perspective that we may choose to consider


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the Victorian culture as susceptible of deconstruction, or of reconstruction through nostalgic aims. As Vernon (2005) claims, G.M.Young’s Victorian England (1936) is credited to have interpreted the Victorians in a more positive way than Lytton Strachey’s Eminent Victorians (1918), when the Great War had brought down the final curtain to the Victorian age (272-3). While Strachey focused on biographies, Young became especially interested in history. According to Vernon, after the Second World War, historians became enchanted by what they saw as the Victorian achievement (273). This historiographical moment admired the Victorian era for its peaceful transition to an industrialised market economy, the formation of a democratic civil society and the voluntary origins of the welfare state (Vernon 273). As George Kitson Clark emphasised, in The Making of Victorian England (1962), one could not understand the Victorians’ historical achievement without examining the culture that had generated it (Vernon 274). This started an interdisciplinary approach in Victorian Studies with both historians and literary scholars examining both social and cultural responses (Wolff 1964; Harrison 1965). Subsequently, issues related to the past were recovered in subsequent decades but with an emphasis on interpretative analyses and theoretical readings (Lowenthal 1985; Chapman 1986; Bowler 1989). It was the turn to theory, and to Michel Foucault in particular, that alienated historians from the interdisciplinary project of Victorian Studies. Nowadays, as Vernon suggests, there is an emphasis on the instability and blurring of categories and boundaries in a remarkably ahistorical way, stressing theoretical and textual models (275-6), which calls into question any past attempts to reify the Victorian past. 5. THE VICTORIAN PERIOD IN OUR CONTEMPORARINESS At this stage of this critical overview of Victorian Studies, it becomes mandatory to analyse the current situation with regard to twenty-first century strategies for the future of Neo-Victorian Studies. In this respect, Kaplan claims that the proliferation of Victoriana is more than nostalgia and more than a symptom of the now familiar view that the passage from modernity to postmodernity has been marked by the profound loss of a sense of history (3). In her view, Victoriana might


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be regarded as one sign of a sense of historical imagination on the move, that is, an indication that what we thought we knew as ‘history’ has become a conceptual nomad, not so much lost as permanently restless and unsettled (3). Similarly, Christine L. Krueger (2002) argues that “fascination with Victorian culture could certainly have been noted as a sign of our times. In our very efforts at ‘revival’ and ‘restoration’, we extend the Victorians’ own practices and manifest a markedly Victorian self-consciousness” (xi). In this sense, like Arnold, we also look back in order to articulate hopes for the future (Krueger xii). At the present time, then, Victorian culture is a key site at which academics and non-academics can enter into dialogue (Krueger xiii). In this respect, Kucich and Sadoff (2000) identify two main positions in current trends of Victorian Studies: on the one hand, it is argued that “post-Victorianism is, in various ways, a collective misrepresentation not simply of ‘history itself ’, but of the very nature of historical knowledge” (xxv), and on the other hand, it is contended that the post-Victorian era can re-read history in socially and politically progressive ways since, through contemporary epistemological convictions, a dialogic vision of history as text can be enabled. In other words, some argue that the past is lost and thus cannot be retrieved; others that a terrain of intertextual exploration can be engaged. As a result of these two alternatives, or rather, complementary positions – which recall Anderson’s concept of the two modernities - Kucich and Sadoff classified the different articles in their volume under the headings “mystifications” and “engagements”, thus pointing at nostalgia and critical approaches to the period. Similarly, Simon Joyce (2002) bases his ideas about the way to interpret the Victorians on two main assumptions: firstly, we never really encounter the Victorians themselves, but a mediated image like the one we get when we glance into our rear-view mirrors while driving, and secondly, such elaborations of the essence of the Victorians sometimes make it difficult for critics to have a definite and clear idea about what Victorianism really entails. Thus, Joyce focuses on the processes of simplification and the prevailing popular consensus about the defining features of the period (3-4). In order to redirect the situation, Joyce outlines several strategies such as: the laborious work of opposition, focus on those aspects which do not fit with our received


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notions of the Victorians, stress those elements of nineteenth-century society or culture that most closely resemble our own, and gain awareness into the fact that we are not at the end of social evolution and thus we may approach the nineteenth-century through the repository of past alternatives (5-6). As a consequence of the emphasis over theorisation of the present time and our prevailing identification with the period, Joyce contends that “to recognise our own investments in the period is also, then, to see the continuing residual force of the Victorians, as a concept that has been repeatedly transcended, negated, parodied, and resurrected ever since its apparent demise” (15). Moreover, Miriam Bailin (2002) also refers to the reincorporation, or rather, appropriation of the past as a commodity in our present times, when she argues that “in our disposable culture, the ability to transform the discarded objects of another century into the ‘found’ treasures of our own may offer some reassurance that here, at least, in the perdurable world of things, all is not lost” (45). Conversely, Kucich and Sadoff (2000) argue that modernists appropriated the Victorian past to criticise cultural commodification (xiii). Victorian Studies as an academic area is emphasised through Sue Lonoff ’s article (2002), also included in Krueger’s compilation, whereby doubts are cast with regard to the term ‘Victorian’ and its problematic periodisation. As far as terminology is concerned, Kucich and Sadoff argue that aspects of late-century postmodernism could be more appropriately be called ‘post-Victorian’; an epithet that conveys the paradoxes of historical continuity and disruption (xiii). Nowadays, currents tendencies of Victorianism involve the reincorporation and re-appropriation of the past (Kaplan 2007), a particular emphasis placed on the re-workings and re-adaptations of Victorian works through other media (Stewart 1995; Roston 1996), as well as the interdisciplinary nature of Victorian Studies (Gallagher 2005). Likewsie, the term ‘Neo-Victorian Studies’, due to its novel component and its consequent appropriateness at the beginning of a new millennium, has arisen as a term which has recently gained general acclaim and popularity. The dawn of the twenty-first century Victorian Studies re-incorporates the evolution of different critical and cultural readings of the Victorians, placing emphasis on the ultimate aim to gain insight into a period, evolving from Victorian to Victorianist so as to gain insight the newly-founded Neo-Victorian theories.


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6. CONCLUSIONS This essay has analysed the multilayered nature of approaches to Victorian times from its early reception during the Edwardian and modernist period to our postmodern contemporariness. Even if the same authors, ideas and conceptualisations as regards the Victorian era have been frequently examined up to our times, each period has envisioned Victorianism from its own perspective, thus placing emphasis on particular issues which have reflected the concerns of each period, projecting their own shadow on their particular interpretation of the Victorian past. Through an overview of the way Victorianism has been differently approached from the Victorian era to our contemporariness, it is possible to perceive how conceptualisations of the past transform through history and often suit any interests prevailing in each different period. Through comparison and contrast, issues about Victorian identities become more relevant, even if aware they are often inapprehensible and escape any attempt at objectification. The presumably Victorian concern about the empire assumes a new perspective when analysed through contemporary American scholars. Likewise, the Victorian concern about their historical splendour is deconstructed by postcolonial readings of imperialist invasions. Consequently, any contemporary approach should be necessarily conceived as an intertextual dialogue between the object and the subject which will produce a contemporary point of view of the Victorians as a result of the dialogue between our present-day beliefs and the assumed ideas and lives of the past, which inevitably reach us filtered through different subjective and distorted textualities (Sweet 2002). From a contemporary perspective, we should perceive the Victorian age as a period suffused with a myriad multiplicity of points of view, conflicting ideological tenets and permanent self-questioning so that its relevance for contemporary interest and re-examination seems undeniable (Rowlinson 2005). All in all, identities are shaped through relation, comparison and contrast, thus defying any attempt at clearly-cut descriptions and conceptualisations. Our contemporary views about the Victorian period amalgamate discourses about identity and the past which have been


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projected all through these two past centuries. Currently, both a nostalgic and disruptive discourse seems to pave the ground for NeoVictorian fiction, giving voice to realities which remained silent during Victorian times, while deconstructing a presumably safe and sound past era which seems both appealing and inapprehensible by contemporary standards. WORKS CITED Anderson, A. 2005. “Victorian Studies and the Two Modernities.” Victorian Studies 47.2 (Winter): 195-203. Anger, Suzy, ed. 2001. Knowing the Past: Victorian Literature and Culture. Ithaca and London: Cornell University Press. 2001. “Introduction.” Knowing the Past: Victorian Literature and Culture. Ithaca and London: Cornell University Press. 1-21. Bailin, M. 2002. “The New Victorians.” Functions of Victorian Culture at the Present Time. Ed. Christine L. Krueger. Athens: Ohio University Press. 37-46. Bivona, D. 1990. Desire and Contradiction: Imperial Visions and Domestic Debates in Victorian Literature. Manchester: Manchester University Press. Bowler, P.J. 1989. The Invention of Progress: The Victorians and the Past. Oxford: Basil Blackwell. Brantlinger, P. 1988. Rule of Darkness: British Literature and Imperialism, 1830-1914. Ithaca, NY and London: Cornell University Press. Buckley, J.H. 1969. “Victorianism.” British Victorian Literature: Recent Revaluations. Ed. by Shiv V. Kumar. New York and London: New York UP and London P. 4-14. Bulwer-Lytton, Edward. The Last Days of Pompeii. Holicong: Wildside Press, 2003. Byatt, A.S. 2002. Possession: A Romance. 1990. London: Vintage. Caporale Bizzini, S., ed. 2003. We, the Other Victorians: Considering the Heritage of 19th Century Thought. Alicante: Universidad de Alicante. Chapman, R. 1968. The Victorian Debate: English Literature and Society 1832-1901. London: Weidenfield and Nicolson. 1986. The Sense of the Past in Victorian Literature. London and Sydney: Croom Helm.


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HENRY FIELDING Y LOS INICIOS DE LA TRADICIÓN CERVANTINA EN LA LITERATURA ALEMANA* Alfredo Moro Martín Universidad de Salamanca alfredomoro@usal.es The universal dimension of Cervantes’ El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha has forced several critics to employ the concept of cervantine tradition in order to assess the influence of the cervantine novel in the different European narrative traditions. The aim of the present article is to explore the influence which the cervantine model proposed by Henry Fielding in his first novel The Life and Adventures of Joseph Andrews and his Friend Mr Abraham Adams (1742) effects on the birth of the German cervantine tradition, which arises with the publication of W. E. Neugebauer’s Der Teutsche Don Quichotte (1753) and C.M. Wieland’s Der Sieg der Natur über die Schwärmerei oder die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva. Key Words: romance, novel, Miguel de Cervantes, Henry Fielding, Wilhelm Ehrenfried Neugebauer, Christoph Martin Wieland. La universalidad de la obra de Miguel de Cervantes El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605-1615) ha llevado a numerosos críticos a emplear el concepto de tradición cervantina para analizar el influjo que la novela cervantina ejerce en las distintas tradiciones narrativas europeas. El objetivo del presente artículo es rastrear la influencia que el modelo cervantino propuesto por Henry Fielding en su primera novela The Life and Adventures of Joseph Andrews and his Friend Mr Abraham Adams (1742) desempeña en el nacimiento de la tradición cervantina alemana, que surge en el ámbito de la novela con la aparición de Der Teutsche Don Quichotte (1753), de W.E. Neugebauer, y Der Sieg der Natur über die *

Fecha de recepción: Mayo 2010


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Schwärmerei oder die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva (1764) de C.M. Wieland. Palabras Clave: romance, novela, Miguel de Cervantes, Henry Fielding, Willhelm Ehrenfried Neugebauer, Christoph Martin Wieland 1. INTRODUCCIÓN La universalidad de la novela de Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-1615) ha llevado a numerosos críticos a estudiar la influencia que la novela cervantina ejerce en las diversas tradiciones narrativas europeas. Las distintas ramificaciones que se desprenden del árbol genealógico cervantino han propiciado el empleo del concepto de tradición cervantina, inaugurado por Stephan Gilman en su celebérrima obra The Novel According to Cervantes: To propose, as I have done, that the novel began in the course of composing Part I of the Quijote is essentially to propose that within the ocean of prose fiction there is a Cervantine Gulf Stream traceable but not rigorously surveyable that includes the very best of the good reading […] I hardly need to say that it is not a question of “influence”, not even in the case of Joseph Andrews, “written in imitation of the manner of Cervantes”. Rather, the novelists of later centuries who can be perceived as belonging to the Cervantine tradition rediscover, reinvent, and give birth anew to creatures who experience their residence on earth is in a way comparable to Don Quijote and Sancho. (1989: 5) Gilman se refiere explícitamente al subtítulo de la primera novela de Henry Fielding, The Life and Adventures of Joseph Andrews and his Friend Mr Abraham Adams (1742) para remontarse a los inicios del importante influjo que el Quijote ejerce en la novelística inglesa del segundo tercio del siglo XVIII, y precisamente este punto de partida establecido por Gilman y continuado por otros estudiosos resulta la motivación fundamental para este artículo. En él, pretendemos


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analizar el papel jugado por la tradición cervantina inglesa que surge en el ámbito de la novela durante los años cuarenta del siglo XVIII en el nacimiento de otra ramificación más del universal cervantino, la tradición cervantina alemana, que emerge en el país teutón al amparo de la recepción del modelo novelístico ofrecido por Henry Fielding en “Imitation of the Manner of Cervantes”. Quizás gracias a un correcto entendimiento de la importancia que la obra de Miguel de Cervantes adquiere en la gestación de la primera novela de Fielding podamos entender las transformaciones que se producen en el ámbito novelístico alemán con la aparición de dos novelas profundamente marcadas por el modelo cervantino propuesto por el novelista inglés: Der teutsche Don Quichotte, (1753) de W.E. Neugebauer, y Der Sieg der Natur über die Schwärmerei oder die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva (1764), de C.M. Wieland. 2. EL PAPEL DE LA LITERATURA INGLESA COMO MODELO NOVELÍSTICO PARA LA LITERATURA ALEMANA La narrativa alemana se encuentra a comienzos del siglo XVIII en una situación de inseguridad y clara dependencia respecto a modelos foráneos. Como acertadamente muestra Detlev Schumann, sobre las letras alemanas pesaba una sensación de inferioridad respecto a otras literaturas europeas y una clara falta de confianza en la propia tradición cultural que impedían a ésta alcanzar un carácter más universal: At two different times, over a century apart, conscious and programmatic attempts were made to bring German literature out of its provincial isolation and give it a quality compelling universal recognition. In both cases the motivation for reform was sincere patriotism, but the execution showed a lack of confidence in the native cultural tradition, so that subservience to foreign models resulted. It was not yet understood that the problem was one of raising the indigenous, the nationally characteristic, to a universal level, rather than one of adopting foreign patterns and then competing on their own ground with those peoples


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from whom such patterns had been taken over. (1966: 423) Esta falta de confianza en la narrativa autóctona llevará a las letras alemanas a prestar una gran atención a todas aquellas obras publicadas fuera de los diversos principados alemanes del momento. En este sentido, las publicaciones periódicas ejercen un papel fundamental como intermediarias entre las distintas tradiciones literarias europeas y la literatura alemana, ya que los comentarios, reseñas y críticas que aparecen en los Wochenblätter y Moralische Wochenschriften se erigen como los principales vehículos de recepción de la literatura europea para el lector alemán. Como Dieter Kimpel señala en su estudio sobre la novela de la Ilustración, la aparición de los Wochenblätter acarrea una pequeña revolución en el panorama literario alemán, ya que estas publicaciones periódicas crean en las zonas protestantes de Alemania un gran interés por la novela y por los distintos modelos narrativos europeos, que en consecuencia propiciará la aparición de un mayor número de traducciones y novelas autóctonas: Von 1615-1669 werden in Deutschland etwa 30 Originalromane und fast 60 Romanübersetzungen gedruckt, 1670 bis 1724 sind es über 300 Originalromane und etwa 150 Übersetzungen. Die Erschließung der literarischen Interessen und Ambitionen der mittleren und unteren Schichten des Bürgertums besonders für den Roman, die im Anschluß an die Lektüre der aufklärischen Journale (Wochenblätter) sich entwickelt, die lange vor den angelsächsischen „moral weeklies“ im 17. Jh. vorwiegend in den protestantischen Gegenden Deutschlands (Wolfenbüttel, Straßburg, Berlin, Frankfurt a.M.) bekannt waren [...] läßt an der Wende vom Barockroman zum Aufklärungsroman eine Vielzahl von Übergangserscheinungen und Zwitterformen stehen, die im einzelnen die tiefgreifenden Veränderungen in der geistigen und sozialen Struktur der Zeit mehr oder weniger charakteristisch vorstellen und zur Sprache bringen. (1977: 22-23)


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Dos serán los autores británicos privilegiados en esta nueva atmósfera de atracción por otras literaturas favorecida por la aparición de estos semanarios: Samuel Richardson (1689-1761) y Henry Fielding (1707-1754). El nuevo interés por el retrato verosímil y a su vez moralmente didáctico que empieza a surgir en la literatura alemana ya a finales del siglo XVII, y que se intensifica durante estos inicios del siglo XVIII, facilitará enormemente el tremendo éxito que la producción novelística del autor de Pamela, or Virtue Rewarded (1740) tuvo en el ámbito cultural alemán. Pamela aparece traducida en Hamburgo, concretamente en la editorial Hertel, solamente dos años después de su primera publicación inglesa, y contará con la nada desdeñable cifra de siete reediciones y reimpresiones hasta 1772, lo que da buena fe de su gran popularidad en Alemania. Encontramos ejemplares alemanes de Clarissa en la editorial Vandenhöck de Göttingen en el mismo año de su publicación en Inglaterra, 1748, contando con cinco reediciones hasta 1794, mientras que el Grandison contaría con seis ediciones hasta 1789/90 desde su primera edición alemana aparecida en 1754, justo un año más tarde respecto a la edición inglesa (Kimpel 72). Si el amplio número de reediciones de las traducciones de las obras de Richardson muestra un claro interés por parte del público alemán hacia la obra del novelista inglés, las numerosas alabanzas que podemos encontrar hacia éste en los distintos comentarios aparecidos en semanarios periódicos muestran la estima que su obra encontró en críticos y comentaristas alemanes de este periodo. Un claro ejemplo de esta admiración por Pamela lo podemos encontrar en un artículo anónimo aparecido en una de estas revistas periódicas publicada en Leipzig en 1745, el Zeitvertrieber en el que el autor eleva a Pamela como modelo narrativo para la literatura alemana del momento: Ein Roman, welcher Nutzen bringen soll, muß von denjenigen drey Arten weit unterschieden seyn: er muß die Thorheiten der Menschen kenntbar machen, er muß die Tugend befördern, edle Regungen in den Gemüthern erwecken, die Laster zu verabscheuen lernen, kurz, er muß sie klug, verständig und tugendhaft machen. Dahin müßen alle Vorstellungen gerichtet seyn und diese muß er durch den Vortrag und die Schreibart befördern helfen. Damit ich einen vollständigen Begriff


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davon gebe, so darf ich nur die Clelie [1] und die Pamela nennen, welche so beschaffen sind, daßsie in dieser Art jedermann zum Muster dienen können. Denn diese haben sich den Endzweck, die Tugend auszubreiten, vorgesetzt, und vielleicht schon öfters erhalten. Sie haben das Vergnügen gesucht, und dasselbe ihren Lesern auf eine angenehm Art gegeben. Die Abschilderungen sind natürlich, lebhaft, artig; der Vortrag ist rührend und reizend, und die Schreibart vernünftig, rein und edel. (Citado en Lämmert et al 84) Como podemos apreciar, se presta un mayor énfasis hacia el criterio de verosimilitud y hacia el retrato de personajes creíbles, nobles y virtuosos, encarnados magistralmente por Pamela. Poco a poco se despierta un interés por los “kleinen Begebenheiten der Menschen in der Welt” (citado en Lämmert et al 90), tal y como J.C. Dähnert señalaba en sus Critische Nachrichten durch J.C. Dähnert de 1751. Sin embargo, otro autor inglés comenzará a competir con Richardson por la estima de los lectores alemanes, y éste no será otro que su mayor enemigo literario, Henry Fielding. Paulatinamente podemos ir encontrando recesiones y comentarios que mencionan como modelo al escritor y magistrado inglés, que paradójicamente será generalmente asociado con Richardson como modelo narrativo. El testimonio ofrecido por el eclesiástico sajón Johann Adolf Schlegel (padre de los famosos hermanos Schlegel) nos permite apreciar como estos dos novelistas ingleses comienzan incluso a disputar el máximo rango literario a autores muy del gusto de la poética neoclásica del momento, como los franceses Corneille, Molière o la Fontaine: Ein Richardson, ein Filding [sic], ein Prevot [sic], haben eben sowohl das Recht, sich unter den Künstler eine Stelle zuzueignen, als ein Corneille, ein Moliere [sic], ein la Fontaine. Wäre ihre Absicht nicht gewesen, zu ergetzen, und zwar durch die Nachahmung zu ergetzen; hätten sie nur in so fern, als es dem Unterrichte zuträglich gewesen gefallen, und nicht vielmehr nur unserm Ergetzen lehren wollen: So würden ihre Clarissen, ihre Thomas Jones, ihre Clevelande eine ganz andere Gestalt gewonnen haben; sie würden


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Abhandlungen geworden seyn, denen etwan zur Erläuterung hier und da Begebenheiten aus der Geschichte oder Charaktere eingestreut worden. (citado en Lämmert et al 97) Las obras de Henry Fielding, al igual que las de Richardson, disfrutarán de un gran éxito en Alemania. Podemos encontrar una pronta edición alemana de The History of the Adventures of Joseph Andrews and his Friend Mr Abraham Adams en Danzig tres años después de su publicación en Inglaterra en 1742, mientras que otras novelas suyas como Tom Jones (1750) o Amelia (1751) aparecen en lengua alemana en el mismo año o un año después de su publicación inglesa (Stern 29). Como acertadamente señala Guy Stern, la popularidad de Fielding en Alemania no ha de medirse solamente por la prontitud de sus traducciones, sino más bien por la gran cantidad de imitaciones de sus obras, llegando incluso a atribuírsele la autoría de novelas de otros escritores: Fielding’s novels, with the understandable exception of Jonathan Wild, were translated into German within three years of publication; Tom Jones within three months. Promptness in translation, however, was not necessarily a yardstick of a foreign’s author repute in Germany. Publishers, in the absence of an international copyright law, were willing to gamble on the publication of almost any foreign work, good, bad, or indifferent, especially since even mediocre foreign works were usually superior to German novels of the 1750’s. Better proof of Fielding’s immediate popularity in Germany is provided by the evil practice of abscribing to Fielding works of other foreign authors (e.g. Gain de Montignac, Eliza Haywood), of advertising sub-literary German novels as “translations from Fielding”, and of capitalizing on the fame of Tom Jones by making foundlings the heroes of numerous novels. (2003: 29) Los novelistas ingleses se convierten en una auténtica moda literaria, llegando incluso a aparecer subtítulos a ciertas novelas originalmente alemanas que rezaban “so gut als aus dem Englischen”,


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tal y como ocurre en el caso de la novela de Johann Timotheus Hermes —un seguidor de Richardson— Die Geschichte der miß Fanny Wilkes, publicada en 1766. Algunos críticos comentarán en los diversos semanarios morales esta falta de originalidad de los novelistas alemanes, tal y como llevara a cabo Friedrich Gabriel Resewitz en su reseña a Clelia, oder die Gottlose Tochter, de 1765: Das Romanschreiben ist noch nicht der Deutschen Sache. Sie befehlen sich noch immer mit auswärtigem Gute, und unsere Handarbeiter sind sehr geschäftig, ihr kümmerliches Tagelohn zu erwerben, und alles, was der geschwätzige Gallier und der schwärmende Britte nur auszuhecken vermag, zum Nutzen der Buchhändler und zur Verderbung oder zum Ekel des Geschmacks der Leser zu übersetzen. Wer es wagt, einen deutschen Roman zu schreiben, hat entweder nicht Erfindung genug, und seine Erzählung wird langweilig; oder es fehlt ihm an feinen Geschmack, und seine Gedanken und Situationen sind gemein; oder er versteht die Kunst zu zeichnen nicht, kennt die Welt und das menschliche Herz nicht, und seine Geschichte ist ohne Charackter und ohne Sitten. (Citado en Lämmert et al 121-22) Contrariamente a lo que Resewitz podría haber supuesto, durante la segunda mitad del siglo XVIII comenzarán a surgir una serie de escritores alemanes capaces de dar estos primeros pasos dentro del mundo de la novela tras haber asimilado determinados modelos foráneos. Especialmente relevante será el modelo cervantino de Fielding, que como veremos más adelante ejercerá un especial influjo sobre las primeras novelas de la tradición cervantina alemana. 3. HENRY FIELDING Y LA MANERA DE CERVANTES Las letras inglesas encuentran en Henry Fielding al primer autor capaz de ejercer la transición entre la reproducción de elementos y episodios puntuales del Quijote y el empleo de una manera cervantina de hacer novela [2]. Fielding no solamente introduce en Joseph Andrews


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a dos personajes de clara impronta quijotesca, Joseph y Parson Adams, sino que logra conseguir una manera de hacer novela muy cervantina, no en vano confiesa escribir su obra en “Imitation of the Manner of Cervantes”. Son varios los aspectos que Fielding reproduce del modelo cervantino. El primero de ellos es su relación paródica respecto a otras obras literarias. Si Cervantes trataba de “deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías” (Don Quijote 13-14), el autor inglés buscará exponer y ridiculizar Pamela, conjuntamente con la producción de los “romance writers”, refiriéndose a los autores de romance [3] heroico francés del siglo XVII, concretamente Madame de Scudèry, Gautier de Costes de la Calprenède y Honoré d’Urfé. Fielding centrará la parodia a Pamela y a las convenciones romance de estos autores esencialmente entre los capítulos I y XI del primer libro de la novela, dedicados a la figura de Joseph Andrews, hermano de Pamela que trabaja al servicio de Lady Booby, hermana del marido de la heroína de la novela de Richardson. Joseph queda configurado desde un primer momento como Quijote, ya que la lectura de las cartas de su hermana —no olvidemos que Pamela es una novela epistolar— le inculca un código de comportamiento que resulta totalmente inadecuado para un hombre. Ante las numerosas situaciones de acoso por parte de su señora, causadas por la extraordinaria belleza del joven criado, Joseph responderá utilizando una retórica claramente pameliana, declarando orgullosamente que “that Boy is the Brother of Pamela, and would be ashamed, that the chastity of his Family, which is preserved in her, should be stained in him” (I. 8: 80). La conducta pameliana en un hombre, que difícilmente puede temer ser violado por una mujer ya entrada en años, resulta extraordinariamente cómica, y de esta manera Fielding logra ridiculizar la mojigata retórica de Pamela. El autor inglés a su vez parodia las convenciones de la novela de Richardson al sumergir al protagonista de su novela en la verdadera realidad. Al igual que hiciera Richardson, Fielding somete a Joseph a un proceso de estilización previo, dando a Joseph los atributos característicos de un héroe idealizado para posteriormente comprobar que ocurriría en realidad si un personaje de tales características apareciese en el ambiente rural de la Inglaterra del siglo XVIII, criticando de esta manera la falta de verosimilitud en este aspecto de la novela richardsoniana. La excelente y melodiosa voz de


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Joseph, así como sus excelentes dotes para desempeñar el oficio de jinete le sirven para llevar a cabo las épicas tareas de ejercer como espantapájaros, enajenar a los perros y transportar los caballos de Mr. Booby al abrevadero (I. 2: 64). Aquello que cualificaba a Pamela como una heroína romántica conlleva a Joseph la realización de las tareas domésticas más bajas, y de esta sutil manera Fielding establece un diálogo con la obra de Richardson, sometiéndola al correctivo de la realidad y ofreciéndonos una alternativa de carácter realista gracias al desplazamiento de estos atributos propios de un héroe del romance hacia un ambiente más realista y cotidiano, tal y como llevara a cabo Cervantes con los libros de caballerías al introducirlos en su novela en la romántica imaginación del hidalgo manchego. La segunda de las estrategias narrativas que Fielding toma de Cervantes es su inclusión de materiales propios del romance en una novela que precisamente trata de ridiculizar y responder a este género. Cervantes lleva a cabo esta estrategia fundamentalmente en la primera parte del Quijote con la introducción de las historias interpoladas de Crisóstomo y Marcela (I. 11-14), Cardenio y Luscinda (I. 23-24, 27-29, 36), Fernando y Dorotea (I. 25), la narración del Cautivo (I. 36-38), la historia de Don Luís y Doña Clara (I. 42-43) y finalmente la historia de Leandra (I. 51). En estas historias encontramos una narrativa romance filtrada por un mayor realismo, tal y como demandaba el canónigo de Toledo en el episodio que Cervantes dedica a la descripción de su libro de caballerías ideal (I. 47: 490-1); o tal y como el autor alcalaíno intentó llevar a cabo en Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1616). Fielding introduce esta mezcla de aspectos románticos y anti-románticos en su novela escrita en imitación de la manera de Cervantes, pero en este caso se produce la mediación de un tercer autor, el francés Paul Scarron (1610-1660) [4], que ofrece al autor inglés nuevas posibilidades en torno a la introducción de materiales característicos del romance en su novela. Tal y como apunta Homer Goldberg (1969: 46), el autor francés modifica este aspecto inclusivo [5] respecto al modo romance de la novela cervantina, introduciendo la trama amorosa protagonizada por Étoile y Destin junto con las peripecias quijotescas del enano Ragotin. Esto supone una alteración fundamental respecto a Cervantes, ya que el autor español, pese a incluir en su novela la serie de tramas amorosas de las historias interpoladas, nunca deja a los protagonistas de éstas


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contaminarse por el ambiente realista y anti-romántico en el que se mueve Don Quijote. Por su parte, Scarron, buscando posiblemente una mayor homogeneidad dentro de la obra, intercala la trama romántica con la anti-romántica, haciendo compartir a los dos amantes ciertos aspectos del mundo cómico y bajo de Ragotin y su compañía de actores rurales. Fielding seguirá el modelo de Scarron, introduciendo la trama amorosa protagonizada por Joseph y Fanny a partir del decimoprimer capítulo del primer libro. El autor inglés hace participar tanto a Joseph como a su amada de unos atributos claramente idealizantes: extremada belleza y gentileza, juventud y un aire de nobleza no acorde con la baja extracción social de ambos (I. 8: 78 y II. 12: 172-173). Sin embargo, Fielding introduce también ciertos atributos cómicos y vulgares en la caracterización de sus personajes. El narrador nos informa de que lo más destacable en la genealogía de Joseph es algún que otro jugador de porra recordado por los más ancianos del lugar (63), mientras que en la descripción de Fanny nos muestra su fisionomía un tanto rolliza, con sus dientes no exactamente nivelados y una marca dejada por la viruela en la barbilla que hace un perfecto contrapunto a otro hoyo situado en perfecta simetría con ésta, dotando a la heroína de una “clásica” regularidad (172). Esta mezcolanza de atributos idealizantes y realistas permite ofrecer a Fielding un contraste entre lo alto y lo bajo. Sin embargo, no será ésta la única manera mediante la que el autor inglés sitúe la trama amorosa en un contexto realista y cómico. Como apunta Javier Pardo (1997: 773), la yuxtaposición de la trama sentimental con las extravagancias quijotescas de Parson Adams permite el desplazamiento de ésta, sumergiendo a los amantes en el mundo quijotesco de las posadas y de las aventuras en el camino. Las intervenciones del quijotesco párroco generalmente interrumpen momentos importantes o decisivos para el desarrollo de la historia de amor entre Joseph y Fanny, y ofrecen un contrapunto humorístico y cómico a lo alto e idealizado. Como señala Goldberg, esta alternancia entre episodios románticos y cómicos ayuda a Fielding a superar el problema de la naturaleza demasiado episódica característica del original cervantino (1969: 86). Fielding utiliza a su vez convenciones tomadas claramente del modo romance en la arquitectura narrativa de su novela. James Lynch ha querido ver en este uso de convenciones romance en el argumento una clara herencia de la tradición del romance heliodórico y de los autores de romance heroico francés (1986: 16), pero si bien Lynch acierta en trazar las similitudes entre ambos patrones,


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personalmente optaremos por encuadrar a éstas más bien dentro del movimiento de descenso y ascenso característico del romance, descrito magistralmente por Northrop Frye en su estudio sobre este modo narrativo, The Secular Scripture. A Study of the Structure of Romance (1976). La trama romántica de Joseph Andrews se constituye precisamente como este característico movimiento de extrañamiento, katábasis, anagnórisis y posterior inclusión social del héroe, recorrido que podemos reconocer perfectamente al analizar la trama romántica de la obra. Con su expulsión de Booby Hall, resultado de la resistencia pameliana de Joseph ante el acoso sexual de su señora (I. 10: 85), se produce el inicial extrañamiento del héroe respecto a su entorno, lo que propicia el particular descenso ad ínferos o katábasis del héroe, a la que también se une Fanny, ya que ésta sale en busca de su amante. En su recíproca búsqueda, los amantes se encontrarán con una serie de dificultades en el camino; Joseph será apaleado, desnudado, y finalmente salteado (I. 12: 89-93), mientras que Fanny será salvada por Adams del intento de violación llevado a cabo por un caminante que se había ofrecido a acompañarla (II. 9 y 10: 161-166). Una vez se produce el reencuentro entre los amantes, se llega al compromiso firme de casarse, lo que define la búsqueda o quest de los dos protagonistas (179-180). Tras tomar la resolución de unir sus almas, los amantes y Adams se encuentran con las características aventuras del camino, en las que Fielding mezcla motivos realistas (necesidades económicas y alimenticias) con otros motivos más arquetípicos del romance heliodórico, como los distintos intentos de violación a los que Fanny se ve sometida y las dificultades para la consumación del matrimonio que aparentemente surgen una vez son reveladas las verdaderas identidades de los protagonistas. Tras los últimos obstáculos creados por Lady Booby a la llegada de los amantes a Booby Hall, acontecen las características escenas de anagnórisis y matrimonio. Se revela que tanto Fanny como Joseph poseen una identidad distinta a la que creían tener. Fanny resulta ser hermana de Pamela (IV. 16: 327), tal y como confirman los padres de ésta, mientras que Joseph es el hijo perdido de Mr. Wilson, robado por los gitanos en una muy temprana edad e intercambiado por Fanny en un despiste de Gammar Andrews. Joseph es reconocido por su padre gracias a una pequeña marca en forma de fresa de su cuerpo, y de esta manera recupera su identidad y se convierte en un héroe totalmente idealizado al añadir a la nobleza espiritual la nobleza de nacimiento. De esta manera se cierran las


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anagnórisis que propician el matrimonio (IV. 16: 330-34) y facilitan la reintegración del héroe en la sociedad y consecuentemente el característico movimiento de ascenso del romance. La última de las estrategias heredadas de Cervantes por parte de Fielding es el uso de la metaficción y de la narrativa autoconsciente en su novela. En el Quijote, Cervantes deja caer gran parte del peso de la metaficción en la figura del principal narrador de la novela, Cide Hamete Benengeli, contradictorio historiador arábigo del que se nos incita a desconfiar y que lleva a cabo una interesante manipulación del material narrativo que apunta al carácter puramente ficcional y no histórico del texto. Benengeli rompe la ilusión ficcional a través de técnicas como las interrupciones narratoriales o la inclusión de títulos a los capítulos que revelan el carácter ficticio de la obra. Sin embargo, Cervantes no hace acaparar al narrador todo el peso de la metaficción, sino que apunta a ésta también mediante la introducción del hecho de la publicación de la obra dentro de la propia obra o la inmersión de personajes de la continuación del Quijote llevada a cabo por Alonso Fernández de Avellaneda (1614) dentro de la novela, lo que realza el carácter literario de ésta ya que el lector conoce sobradamente la naturaleza puramente literaria de estos personajes. Henry Fielding incorpora a su obra también ciertos aspectos metaficcionales ya presentes en el Quijote, y al igual que su maestro, el autor inglés desarrolla la autoconsciencia en su novela fundamentalmente a través de la figura del narrador, que rompe en determinados momentos del relato la ilusión de realidad. Fielding explicita el carácter de manipulador de la información de éste, dándonos claras muestras de cómo omite ciertos contenidos de la historia siguiendo sus propios designios (I. 7: 75), introduciendo panegíricos deliberadamente para alargar un capítulo (I. 15: 103) y revelándonos los secretos del oficio de “authoring” (119). Probablemente la metáfora que mejor ilustre el carácter metaficcional de la narración en Joseph Andrews sea aquella que Fielding introduce en el capítulo inicial del segundo libro, en la que compara al escritor con el carnicero, ya que ambos manejan su material de trabajo de una manera no exenta de similitudes: I will dismiss this Chapter with the following Observation: that it becomes an Author generally to divide a Book as it doth a Butcher to joint his Meat, for


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such Assistance is of great Help to both the Reader and the Carver. (121) De esta manera, Fielding resalta la manipulación ficcional que todo autor lleva a cabo, destacando de nuevo el carácter puramente artístico y no histórico de la novela. Fielding reforzará también esta sensación de ficcionalidad a través de los títulos que el narrador da a sus capítulos, introduciendo capítulos “of no Use in this History, but to Divert the Reader” (260), o algunos en los que se invita al lector a no leer más de lo que éste desee (291). El autor inglés retoma a su vez la introducción de personajes de naturaleza claramente ficcional en su novela, ya que para rematar la parodia presenta a la propia Pamela en los capítulos finales de ésta, al igual que Cervantes introduce a Don Álvaro de Tarfe para desacreditar la continuación apócrifa llevada a cabo por Alonso Fernández de Avellaneda. Si bien la función de esta inclusión es fundamentalmente paródica, no debemos olvidar que ésta también funciona a un segundo nivel metaficcional, ya que al presentar a un personaje literario que el lector puede reconocer como tal (Pamela fue publicada dos años antes que Joseph Andrews) se nos recuerda la naturaleza puramente ficcional de lo que leemos, ya que al estar al mismo nivel narrativo que Pamela, Joseph y todos los personajes de la novela deben necesariamente pertenecer al mundo de los libros. Todas estas estrategias sirven a Fielding para rematar el camino que va de una novela que pretende presentarse como una alternativa más realista que el romance a una novela que finalmente revela su propia ficcionalidad, sendero transcurrido por vez primera por Cervantes y que los novelistas alemanes de los que nos ocupamos en este artículo seguirán, continuando con el modelo novelístico propuesto por Henry Fielding. 4. LOS INICIOS DE LA TRADICIÓN CERVANTINA EN ALEMANIA: DER TEUTSCHE DON QUICHOTTE (1753) Y DER SIEG DER NATUR ÜBER DIE SCHWÄRMEREI ODER DIE ABENTEUER DES DON SYLVIO VON ROSALVA (1764) Con la aparición de las dos primeras novelas alemanas de temática explícitamente quijotesca, Der teutsche Don Quichotte (1753), de Wilhelm Ehrenfried Neugebauer (1735-1767) y Der Sieg der Natur über


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die Schwärmerei oder die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva (1764), de Christoph Martin Wieland (1733-1813) se inicia la tradición cervantina alemana en el ámbito de la novela. Ambas novelas, tentativas pioneras en una Alemania en la que el género novelesco todavía era mirado con ciertas suspicacias, suponen un innovador intento de reproducir una nueva manera de hacer novela que ya había sido probada por autores como Henry Fielding en el Reino Unido. Tanto la obra de Neugebauer como la de Wieland siguen claramente el modelo cervantino ofrecido por Fielding, y lo hacen precisamente en aquellos aspectos que hemos analizado anteriormente: la relación paródica frente a una literatura que se considera desfasada o poco realista; la inclusividad de este nuevo tipo de realismo respecto a ciertos aspectos del modo romance, y finalmente su uso de recursos claramente metaficcionales. Neugebauer y Wieland conciben sus novelas quijotescas como un claro ataque hacia un tipo de literatura frente a la que estos dos autores pretenden ofrecer una alternativa. De esta manera, tal y como apunta John Heins (2004: 428), las primeras novelas alemanas inspiradas en Cervantes utilizan la figura quijotesca para denunciar la falta de verosimilitud de la literatura inmediatamente anterior. En el caso del Teutsche Don Quichotte, esta crítica se articula por medio de una parodia que se dirige fundamentalmente hacia los autores franceses de romances sentimentales que habían gozado de una gran popularidad en Alemania. La lectura de estos autores crea en el protagonista de la novela, el joven Johann Glück, el enorme deseo de viajar hacia París conjuntamente con su sirviente Görg bajo el nombre del conde de Bellamonte para emular a sus héroes literarios: Seine meiste Zeit vertrieb er sich mit Spazieren, wozu er ein Pferd hielt, und ging zu Hause mit den neuesten Romanen, welch bey uns herauskommen. Die Werke des Herrn v. Marivaux, und vieler anderen Schriftsteller, dieser Art, ja ich wolte auch wohl sagen, des Margraf von Argens, wenn mir dieselbe nicht etwas außnehmend schienen, waren die Bücher, daraus er seine großmüthige und zärtliche Meinungen mehr befestigte. Er bewunderte die schönen Stellen darinn gemeinschaftlich mit seinem Bedienten, welcher die Einfalt selbst war. Dieser Bediente begleitete ihn auf


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seinen Spazier-Ritten, wo sie zusammen die Artigkeit der Franzosen aufs höchste erhuben, als wenn die geleßne Geschichte sich wirklich so zugetragen hätten. Er bezeigte seine Unzufriedenheit über die wenigen grossen Regungen seiner Lands-Leute, und über die ungeschichkte Aufführung des Frauenzimmers. (I. 1: 3-4) Por su parte Wieland nos presenta a un Don Sylvio profundamente marcado por las lecturas recomendadas por su tía, consistentes en el Pharamond, la Clelia, el Gran Cyrus y otros conocidos romances heroicos franceses (I. 2: 17). Sin embargo, la literatura que entusiasma a Don Sylvio no será ésta, sino los cuentos de hadas o Feenmärchen de autoras francesas como Catherine d’Aulnoy (16501751), que excitan su imaginación, quedando convertido en ávido lector de los mismos: Allein, so bald der Tag anbrach, war er schon wieder munter; er nahm sein Heft unter seinem Hauptküssen hervor, durchlas mit fliegenden Blicken ein Märchen nach dem andern, und wie er mit der ganzen Sammlung fertig war, fing er wieder von vorn an, ohne es müde zu werden. Sooft er konnte, begab er sich in den Garten oder in den angrenzenden Wald und nahm seine Märchen mit. Die Lebhaftigkeit, womit seine Eingbildungskraft sich derselben bemächtigte, war außerordentlich, er las nicht, er sah, er hörte, er fühlte. Eine schönere und wundervolle Natur, als die er bisher gekannt hatte, schien sich vor ihm aufzutun, und die Vermischung des Wunderbaren mit der Einfalt der Natur, welch der Charakter der meisten Spielwerke von dieser Gattung ist, würde für ihn ein untrügliches Kennzeichen ihrer Wahrheit. (I. 4: 22) De esta manera, Wieland configura a Don Sylvio como Quijote, ya que el joven caballero español se esforzará por reproducir este tipo de fantasías (I. 4: 24), partiendo conjuntamente con su sirviente Pedrillo en busca de una princesa ideal transformada en mariposa a la que los dos aventureros tendrán que desencantar. Tanto Neugebauer como Wieland nos presentan a dos jóvenes inexpertos que pretenden


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reproducir el mundo de sus modelos literarios en la realidad, incapaces de comprender la distancia fundamental entre la creación literaria y ésta (Heins 2003: 537). En este aspecto, los dos autores teutones siguen de cerca el modelo de Fielding, ya que nos presentan unos Quijotes jóvenes cuyo comportamiento se ve marcado por unas lecturas erróneas, aprendiendo a corregir su ridícula conducta con el paso del tiempo. A su vez, ambos autores sumergen a sus protagonistas en el mundo quijotesco del camino, con sus habituales confusiones epistemológicas, las reyertas causadas por éstas y las aventuras en posadas y a campo abierto, exponiendo la distancia entre los modelos parodiados y la realidad que ofrecen en sus novelas al sumergir los modelos literarios de ambos Quijotes en la ciénaga de la realidad. De este modo podemos percibir en Neugebauer y Wieland un realismo paródico de clara raigambre cervantina y con una marcada influencia del modelo novelístico propuesto por Fielding. Pese a esta dimensión cómica de carácter paródico, Neugebauer y Wieland convierten a sus jóvenes Quijotes en potenciales héroes de carácter idealizado, cuyo único defecto es el quijotismo creado por estas lecturas equivocadas. Neugebauer nos presenta a Johann Glück como un joven apuesto, valiente y de talante noble, atributos característicos de los héroes propios del romance: Er war großmüthig, zärtlich und hatte ein gutes Herz, woraus die ersten beyden Eigenschaften entsprungen. Hierbey aber war er leichtgläubig und eine Vorstellung, welche seine Großmuth und Zärtlichkeit rührte, war hinlänglich ihn auf das Aeusserste zu bringen. Seinem Verstand gieng dasjenige ab, was sein Herz besaß, und dem ohngeachtet war er liebenswürdig [...] sein äusserlich Ansehen war das Beste von der Welt: er war wohl gewachsen, stark und etwas bräunlich: seine langen Haare waren auf das schönste Kastanienbraun und sein Gesicht angenehm. Die Redlichkeit sprach aus seinen blauen Augen und er wusste alles, was zur artigen Welt gehört. Er redete unsere Sprache so zierlich, als wenn er zu Versailles erzogen worden und er tanzte Meistermäßig. Kurz, das Frauenzimmer hielt ihn vor den vollkommensten Kaufdiener in der Stadt. (I. 1: 2-3)


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Wieland por su parte somete a Don Sylvio a un proceso de idealización similar, ya que nos lo presenta —a través de la mirada de Doña Felicia, la protagonista femenina de la trama amorosa— como un joven inexperto, con unas nociones equivocadas del mundo, pero con un gran atractivo físico y una gran nobleza de espíritu: “Gestehen Sie” hörte er [Pedrillo] die kleinere sagen [...], „gestehen Sie, daß diesen liebenswürdigen Jungen [Don Sylvio] Menschen nicht ohne Bewegung ansehen? Wie schön er da liegt! Was für Locken! Was für ein reizendes Gesicht, lauter Lilien und Rosen! Ich will nicht ehrlich sein, wenn Endymion so schön war als dieser bezaubernde Schläfer. Sehen Sie doch gnädige Frau! Spüren Sie nicht einen kleinen Beruf in sich, seine Diana zu werden?“ „Närrisches Mädchen!“ versetze die vermeintliche Fee [doña Felicia], „was du für Einfälle hast!“ —Und doch will ich dir gestehen, Laura, in der Tat er ist schön!— (III. 9: 144) Ambos autores sitúan a sus dos protagonistas, siguiendo el modelo de Fielding, en una trama sentimental que culminará con las arquetípicas escenas de matrimonio. Neugebauer emplaza junto a Johann Glück una doncella de similar temperamento quijotesco, que se hace llamar la marquesa de Villa-franca, con la que Glück acabará casándose (recuperando, eso sí, su identidad real como comerciante y dejando de lado su coloración quijotesca y su apelativo francés), culminando el ciclo anteriormente mencionado de extrañamientokatábasis-anagnórisis-ascenso. Wieland utiliza exactamente la misma estrategia, ya que hace que sea Doña Felicia quien acabe con el quijotismo de Don Sylvio para posteriormente casarse con él y convertirle en un héroe completamente idealizado. En este caso se produce de nuevo el movimiento descenso-ascenso característico del romance, por lo que Wieland, al igual que Neugebauer y Fielding, introduce aspectos propios de este modo narrativo no solamente en la caracterización, sino también en la propia estructura narrativa de la novela. Finalmente cabe resaltar el innovador uso de la metaficción que Neugebauer y Wieland llevan a cabo en sus respectivas novelas.


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Neugebauer, con un descaro propio de su edad —no olvidemos que contaba con 16 o 17 años al escribir su novela— se enorgullece de las “Myriaden künftiger Commentatoren” (IV. 1: 231) que poseerá su novela, y llega incluso a introducirse como personaje dentro de ella (III. 1: 151). El autor silesio hace repetido uso de las interrupciones narratoriales de carácter metaficcional que la narración en tercera persona permite, y también utiliza al igual que Fielding y Cervantes la técnica de introducir cómicos títulos a sus capítulos que expliciten la naturaleza puramente literaria del texto. De esta manera, con este juego entre su propia creación y la figura del narrador, Neugebauer anticipa aspectos metaficcionales muy del gusto de los autores románticos: Durch sein Spiel mit Stoff und Figuren, mit der eigenen Schöpfung und der erzählenden Gestalt, deutet Neugebauer auf die Kunstmittel der Romantik, der Werke Jean Pauls und Brentanos voraus, und präfiguriert eine dichterische Haltung, die später als „romantische Ironie“ bezeichnet werden sollte. (Kurth y Jantz 1972: 407) En Don Sylvio nos encontramos con un uso de la metaficción algo más conservador, ya que el autor no se atreve como hiciera Neugebauer a introducirse en su propia narración, pero no menos innovador, ya que nos presenta el mismo narrador subjetivo e intervencionista que manipula su narración según sus propios intereses, y al mismo tiempo nos revela su propio proceder narrativo. Todas estas estrategias apuntan a que lo que leemos no es más que ficción, distanciándonos de nuestra lectura en una suerte de Verfremdungseffekt brechtiano (Miller 1970: 125), que como señala John Heins, problematiza el concepto de verosimilitud tan de moda en la literatura alemana desde la recepción de la obra de Richardson: In Wieland’s self-conscious narrative, nature exposes itself as an artifact of the literary text rather than the unproblematic and unquestionable ground of all existence and all cognition. In this way the novel undermines easy claims of verisimilitude in al novels, and in so doing problematizes an important part of the


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argument which advocates of the novel in the German context made for the form’s legitimacy. The text illustrates Wieland’s move away from the twin pillars of verisimilitude and moral efficacy, and toward the independent value of imagination and the aesthetic. (2003: 532) Con el uso de estas técnicas metaficcionales se cierra el círculo que va desde una narrativa que responde frente a otro tipo de literatura hasta una literatura que reflexiona sobre sí misma y de esta manera se reafirma como producto estético y literario. Este recorrido es común a estas dos primeras novelas de clara impronta quijotesca y cervantina en Alemania, dos obras que, como hemos podido observar, podrían haber perfectamente incluido un subtítulo que rezara “written in Imitation of the Manner of Fielding”, algo que pone de manifiesto no sólo la universalidad del modelo ofrecido por Cervantes, sino también la importancia de la interpretación que Henry Fielding hizo del mismo. NOTAS Quizás el autor se esté refiriendo a La fausse Clelie (1678), de Thomas Perdou de Subligny. En caso contrario, el autor probablemente se guía por la fama de ambas novelas y no por el realismo representacional que empezaba a ser demandado por parte de la crítica, ya que la Clelie de Madame de Scudéry difícilmente puede ser comparada con Pamela bajo este espectro crítico, aunque en la época muchos llevaron a cabo esta comparación. 2 En este sentido, Fielding es el primer autor inglés capaz de ejercer la transición entre el quijotismo, o imitación y reproducción del motivo de la confusión epistemológica causada por la lectura, así como de otros temas y episodios concretos del Quijote (Levin 1970: 58) y el método cervantino, o empleo del arte cervantino de hacer novela (Welsh 2002: 80). 3 En este artículo utilizaremos el término romance, así como el adjetivo romántico, en un sentido genérico y no histórico. Con este concepto pretendemos referirnos al modo narrativo de carácter más idealista que la terminología anglosajona utiliza para diferenciarlo de la narrativa de carácter más realista, la novela. Alan Deyermond, en su artículo “The Lost Genre of Spanish 1


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Literature” fue el primer crítico en comentar la problemática situación que el concepto unitario de novela creaba para el estudio de la ficción narrativa en el ámbito hispánico. Esta problemática resulta aún más evidente en autores transicionales entre el romance y la novela, como Miguel de Cervantes o Henry Fielding. Ante esta compleja situación, cervantistas insignes como Riley (1980) y Pardo (1997) han apostado por el uso de los términos romance y romántico en un sentido inequívocamente genérico. Por nuestra parte continuaremos esta tradición de incorporación del término romance y sus derivados al lenguaje crítico castellano, refiriéndonos siempre a este particular modo narrativo y en ningún caso a la etapa literaria paneuropea del romanticismo. 4 Este carácter de agente intermediario de Scarron ha sido analizado por numerosos críticos, entre ellos Pardo (1997: 783), Goldberg (1969: 50) y Lynch (1986: 67) 5 Tomamos la noción de realismo inclusivo cervantino de Pardo (1997: 316), ya que en nuestra opinión refleja acertadamente la yuxtaposición genérica y modal que Cervantes y sus seguidores llevan a cabo en sus obras. OBRAS CITADAS Fuentes Primarias Cervantes Saavedra, M. 1605-1615. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Alfaguara (2007) Fielding, H. 1742. Joseph Andrews and Shamela. Penguin Books (1999) Neugebauer, W.E. 1753. Der teutsche Don Quichotte. J.B. Metzlersche Verlag (1971) Wieland, C.M. 1764. Der Sieg der Natur über die Schwärmerei, oder die Abenteuer des Don Sylvio von Rosalva. Aufbau Verlag (1984) Fuentes Secundarias Deyermond, A. 1975. “The Lost Genre of Spanish Literature”. Hispanic Review 43: 231-59 Gilman, S. 1989. The Novel According to Cervantes. Berkeley University


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Press Goldberg, H. 1969. The Art of Joseph Andrews. The University of Chicago Press Heins, J.P. 2003. “Quixotism and the Constitution of the Individual in Wielands Don Sylvio von Rosalva”. The Journal of English and Germanic Philology, 102: 530-48 2004. “German Quixotism, or Sentimental Reading: Musäus Richardson Satires”. Eighteenth Century Fiction 10.3: 419-50 Kimpel, D. 1977. Der Roman der Aufklärung. Sammlung Metzler Kurth, L y Jantzt, H. (eds.). 1972. Neugebauer, Willhelm Ehrenfried, Der Teutsche Don Quichotte oder die Begebenheiten des Margraf von Bellamonte. Komisch und satyrisch beschrieben. Walter de Gruyter Verlag Lämmert, E. et al. 1971. Romantheorie. Dokumentation ihrer Geschichte in Deutschland 1620-1880. Kippenhauer & Witsch Verlag Levin, H. 1970. “The Quixotic Principle: Cervantes and Other Novelists” en Bloomfield, M.W. (ed) The Interpretation of Narrative: Theory and Practice. Harvard University Press Lynch, J. 1986. Henry Fielding and the Heliodoran Tradition. Associated University Presses Miller, S.R. 1970. Die Figur des Erzählers in Wielands Romanen. Kümmerle Verlag Pardo, P.J. 1997. La tradición cervantina en la novela inglesa del siglo XVIII. Ediciones Universidad de Salamanca Riley, E. 1980. “Cervantes: Una cuestión de género” en Haley, G. (ed) El Quijote de Cervantes. Taurus: 37-55 Schumann, D. 1966. “The Latecomer: The Rise of German Literature in the Eighteenth Century”. The German Quarterly, 39: 417-449 Stern, G. 2003. Fielding, Wieland, Goethe and the Rise of the Novel. Peter Lang Verlag Welsh, A. 2002. “The Influence of Cervantes” en Cascardi, A. (ed) The Cambridge Companion to Cervantes. Cambridge University Press


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ELIZABETH BOWEN AND THE ANGLO-IRISH: DESCRIBING WOMEN IN THE LAST SEPTEMBER* María del Mar Ruiz Martínez Universidad de Almería mmar_ruiz@hotmail.com Elizabeth Bowen’s The Last September (1929) frames, in an implicit way, the decay of the social group known as the Ascendancy. The purpose of this essay is to analyze the feminine protagonists of this novel, but it also aims at showing by what means these women are influenced by their belonging to the Anglo-Irish identity, which constitutes a fundamental element of the tensions and agitation of the narrative. First of all, I will discuss the importance and different definitions attributed to the Ascendancy. Then, I will show that the psychological and social properties usually assigned to this social group are directly interrelated to the development of the characters, but rather than identifying all these features with every woman in The Last September, it is worth formulating and connecting these different relationships on a more abstract and open level dismissing a simplistic Anglo-Irish approach to the novel itself. Keywords: Elizabeth Bowen, Anglo-Irish identity, The Last September, gender, class and race representation, women’s image. La obra The Last September escrita en 1929 por Elizabeth Bowen plantea de una manera implícita la decadencia del grupo social conocido como la Ascendancy. El propósito de este artículo es el de analizar a las protagonistas femeninas de esta novela e igualmente se pretende mostrar la manera en la que estas mujeres están influenciadas por su identidad Anglo-irlandesa, la cual constituye un elemento fundamental de las *

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tensiones propias de la narrativa. En primer lugar, me dispongo a tratar la importancia y las diferentes definiciones que se han atribuido al término Ascendancy, para después mostrar las características propias de este grupo social que se podrían aplicar directamente al desarrollo de los personajes de la novela; sin embargo, en lugar de identificar una serie de rasgos específicos con cada mujer de The Last September, es interesante formular y conectar estas relaciones en un plano más abstracto y abierto que rechace una simple actitud Anglo-irlandesa en torno a la novela en sí. Palabras clave: Elizabeth Bowen, identidad angloirlandesa, The Last September, representación del género, clase y raza, imagen de la mujer. Probably no other writer has described the decay of the Ascendancy better than Elizabeth Bowen. In the early 1920s, the manifest conflict of the Independence of Ireland was a sign of the beginning of the end of the Anglo-Irish; “a dispossessed former landowning elite, eminent culturally, marginalised politically” (Mc Cormack 1993: 200). Bowen, Anglo-Irish by culture but Welsh and Celtic by ancestry, portrayed in The Last September (1929), of all her books that which was nearest her heart (Bowen 1986: 123), some of her own life experiences. It is my intention in this essay to focus on the main female characters of The Last September as a way of showing how they are determined by their Ascendancy identity. The author, affected by social, political and cultural changes occurring in Ireland, illustrates the decline of the beleaguered class she belongs to. Moreover, the interaction of the Anglo-Irish temperament in the feminine characters of the story triggers an atmosphere of decay and paralysis that will influence the entire content of the novel. Although I shall not dwell here on either a discussion of Anglo-Irish history or an inquiry of the various ways in which the Anglo-Irish intermingle with British or Irish gentry, I wish to stress in the first place that critics have frequently shown an inconsistent use of concepts such as race, class, nationality


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or culture when commenting on the nature of the Ascendancy, also referred to, without distinction, as the Anglo-Irish group1. However, it is important to define the Anglo-Irish as a starting point in analyzing its connection with the females inhabiting or visiting Danielstown, the Big House in the novel. In its breaking away from common assumptions, Anglo-Irish literature gathers those Irish authors writing in English and those who belong to the Ascendancy itself. Elizabeth Bowen, who lived between England and Ireland, mentioned in Bowen’s Court her pride in her Irish origin: “my sense of nationality showed itself - as too often with Irish people in England - in a tendency to show off ” (Bowen 1942: 311). But the hybrid Anglo-Irish community, commonly identified as a class, was also defined as a race in Bowen’s writings2. As H.B. Jordan acknowledges, “the shared experience of her ancestors justified the designation of a race distinct from both the Irish and the English” (1992: xii). Nevertheless, as Terence de Verne White firmly states, it is too broad a view of the Anglo-Irish as a race since for him “they were a class” (1972: 265); however, I will argue that the Anglo-Irish or Ascendancy is more than a class, and its importance goes beyond that classification. Class is a complex word to define; it can elucidate a social or economic division and has fixed categories or formations, as Karl Marx denominated them, as: the upper, middle, lower and working classes being the common ranks (Williams 1990: 60-69). According with this classification, the Anglo-Irish belonged mostly to the upper-middle class, like the characters in The Last September. John Atkins’s study grades class as an aggregate of people possessing the same status; but this is a static definition, as the category of class is becoming obsolete and those rigid divisions of high, middle and working are no longer of any value. He identifies the Ascendancy as Bowen’s heritage or nationality and therefore as a separate definition of class as previously presented (Atkins 1977: 17-18). Elizabeth Bowen, who grew up in a divided country, was nearer this cosmopolitan group rather than that of the Irish revival which promoted Gaelic language and their ancient traditions3. Moreover, her singular use of English as well as her style and fluency could be seen as a feature distinguishing her group. At the time of their arrival in Ireland, a new Protestant English aristocracy became a


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“virtual colony of Great Britain” (Fallis 1977: 21), where the control of landowner Ascendancy was almost feudal. In fact, it is worth mentioning that many authors such as Shannon Wells-Lassagne have considered Elizabeth Bowen as a postcolonial writer for this reason: “The Last September is not just analysing the ramifications of the AngloIrish War and the end of English rule, but that here Ireland is an example of colonisation and its effect on dominated and dominating groups” (2007: 451). Nevertheless they as a class were doomed; in the 1920s, the country-less Anglo-Irish were living in the past, like ‘spectres’, as though their big houses had been built as proof of their intention of remaining forever in that territory. The Anglo-Irish became “redundant within Ireland: their absurdity, their isolation, their lack of an active position, their helplessly conflicting loyalties. Grandeur has become snobbery” (Lee 1981: 18).Years later, in 1926, Bowen narrated their self-destruction in the short story “The BackDrawing Room”. The Ascendancy, more than a conventional class, could be recognized as a state of the mind suffering from fragmentation and a sense of not-belonging in its final years of existence, when this novel unfolds. Such a sense of disassociation, which provides the author as well as her different female protagonists with a lack of settlement, promotes a feeling of being no longer integrated in any tradition; the Anglo-Irish constituted a group incapable of accepting its new status of isolation, disintegration and decline: “a hyphenated people, forever English in Ireland, forever Irish in England” (Kiberd 1995: 367) who were about to disappear. Bowen accredited that the landscape of her writing was unspecific: “Ireland and England, between them, contain my stories” (Bowen 1975: 35). In the narrative, characters turn round an inanimate protagonist, the Big House which is not considered a mere setting where the action occurs, but which helps to protect and construct identity through it. Visitors arrive, stay or leave Danielstown but we learn in the course of the fiction that the house has no future; in fact, the only permanent inhabitants are Sir Richard and Lady Naylor, whose legacy will soon be extinguished since they do not have a direct line of descent: “the Anglo-Irish have no future, no posterity” (Ellmann 2004: 60). Indeed, the issue of the destruction of the house traces the failure, even ruin of the Anglo-Irish and the loss of a culture but also, “the overt conflict within the narrative arises from the mutual


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incomprehension between the Anglo-Irish and the visiting British military” (Walshe 2005: 143). Seeing their house burnt by rebels, the Naylors “did not look at each other, for in the light from the sky they saw too distinctly” (Bowen 1998: 206)4 and remained silent, immobile in view of the demolition of their own lives and the Ascendancy itself: “the shabbiness of Danielstown also implies the obsolescence of this way of life. Nothing ever gets repaired” (Ellmann 2004: 58). Bowen regretted that isolation of the Anglo-Irish, who had no contact with anything outside the Big House. She describes these demesnes as lonely islands and “inside them the last representatives of a dying culture struggl[ing] to continue in isolation, seeking connection with England through the wireless, through ‘belligerent’ acts such as knitting for the Allied Forces or collecting for Spitfire Funds” (Wills 2007: 176). Individual lives are interrelated with the underlying political background, which enriches the novel’s contents; but not all the characters confront the unstable circumstances concerning them. Elizabeth Bowen, like Lois when Danielstown was burnt, “found herself away from the scene of the action when something decisive was happening” (Kiberd 1995: 364). The Last September depicts Lois’ coming of age in County Cork, where her uncle Sir Richard Naylor and his wife Lady Myra, as wealthy members of the Ascendancy, live a shallow life of parties and dances together with their nephew, Laurence, and their friends and guests Hugo and Francie Montmorency and the young Marda Norton. All the characters of the novel attempt to carry on their lives in the aftermath of the war but they are obviously influenced by it; Lois, for example, is infatuated with Gerald, a British soldier, although aunt Myra disapproves this relationship. Meanwhile, Marda decides to confront every situation she encounters even if it is out of her control. At last, the Anglo-Irish gentry, rigid and lifeless, is brought to an end, as will be analyzed later. When mentioning the common responses critics share in their representation of the Anglo-Irish, it is important to refer to the crisis of identity they endure. Lois Farquar, the nineteen-year-old orphaned girl of the novel fits in this prototype. To a certain extent, there is a


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parallelism between Lois and Elizabeth Bowen, who also lost her mother when she was thirteen and was initially raised by different relatives, feeling the displacement and solitude embodied by the character. Although Bowen was influenced by the melancholy of her own childhood and adolescence, it is important to deal with these protagonists not only as projections of her experiences but as characters in themselves. Marda Norton, an intelligent and “very charming” (Last September, p. 103) visitor in Danielstown, has usually been identified with the young Elizabeth at Oxford while I find certain similarities between Lois’s aunt, Lady Naylor, and the author’s mother in the way they describe English people: “My mother found the English very kind but impertinent; she said she liked them best when they were a little sad. For my part, I like the bustling newness of England” (Bowen 1942: 310). By the same token, Bowen’s mother was insensitive to Gaelic Ireland. This generational tension is also observed in the novel in view of the fact that within this hyphenated culture the daughter’s image is “a double vision, as she finds herself simultaneously loyal and rebellious” (Frehner 1999: 11). The explanation Bowen gives in her memoir for the passivity and insensitivity of the Anglo-Irish is essential to the understanding of her female protagonists. Their isolation seems innate. She compares them with only children (Lois or Laurence in The Last September have not got any siblings), since their existence is “singular, independent and secretive” (Bowen 1942: 14). Ascendancy families in Anglo-Irish literature frequently consisted of a few members, which included weak fathers and more influential mothers, who controlled every scene. Lois’s father, Walter, is hardly mentioned and he is referred to as a sad and poor man. On the other hand, Lois’s mother, who died “without giving anyone notice of her intention” (Last September, p. 19), is a central figure for the child. The guest Hugo Montmorency is pursued by her memory and obsessed by her disturbing figure, since “Laura has left her signature, quite literally, on the house” (Ellmann 2004: 59). Laura, Richard Naylor’s sister and Lois’ mother, is like a ghost in Danielstown whose death has not been assumed; an interesting character to analyze deeply, as her ambivalence is a reflection of AngloIrish unease. Thus, Lady Naylor personifies the traditions, security and opulence stereotyping her social group. The Naylors fight for their privileges because they are incapable of assuming their destiny; they


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invite soldiers to Danielstown, but find the English insensitive to their problems and the people living there: “our side –which is no side– rather scared, rather isolated, not expressing anything except tenacity to something that isn’t there – that never was there. And deprived of heroism by this wet kind of smother of commiseration” (Last September, p. 82). An example such as Hugo’s provides evidence of the individuality and isolation of the group. Loyalty to their country seems impossible since they lack a clear conviction of their national identity. For that reason, they seek out their own survival even if that means a “double stasis (England and Ireland) [which] is the characteristic emotional paralysis of [their] clan, caught between conflicting loyalties, not totally committed to either” (Cronin 1990: 121). Myra Naylor’s authority could be seen as fitting a male role; while her husband is less worried about Lois or the house and lacks empowerment, she is strong and determined. Undoubtedly, in each of these cases we can see two different positions confronting the same problem: while that unawareness of Laura’s, who “was never happy at all” (Last September, p. 19), makes her reject life, Lady Naylor’s innocence does not foreshadow the tragedy until the house is demolished and her family dispossessed. Although Elizabeth Bowen herself “is sharp about Anglo-Irish self-congratulation and selfdelusion, she shares those firm ideas” (Lee 1981: 24); again, an ambivalent Bowen who creates a wide range of women who fit into diverse roles depending on every occasion. In her study of her own family, Bowen also describes the complex relationships with their Irish neighbours. The Ascendancy does not obstruct the lives of the people around, but there is “a cynical tolerance, largely founded on classes letting each other alone” and there exists a “lively and simple spontaneous human affection between the landed families and the Irish” (Bowen 1942: 93), as is symbolized in the novel through the soldiers’ wives, who criticize the Irish gentry and do not have any contact with them, or by the Naylors’ neighbours themselves: Gerald, the English soldier in love with Lois, is proud of capturing a rebel who seems to be a friend of the Naylors; Sir Richard shows his restlessness and feels sorry about the boy’s mother; “we’ll send some grapes. The poor woman – it seems too bad - He went off, sighing” (Last September, p. 92). Victoria Glendinning, on the basis of


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a careful analysis points out that the Anglo-Irish “are caught between loyalties” (1997: 67). The English are regularly rejected as being rude but the native Irish, many of them acquaintances of the Naylors, can also embody an “active threat to their existence” (Heath 1961: 38). The narrative seems to be fragmented into pieces and the author acts as an observer of her own history but, at the same time, showing her belonging to the Anglo-Irish elite. She moved between the two countries, “the water simultaneously separating and joining England and Ireland” (Kenney 1975: 19); hence, anxieties related to identity and ambivalence are well acknowledged in Lois as well. Danielstown, in its isolation, makes the family a microcosm where authority is “vested in property” (Bowen 1942: 338). One would further begin to suspect that, on the one hand, the young girl as “niece always, never child” (Bowen 1986: 126) of the Big House is not concerned with the troubles of the Ascendancy and rebellions in the country. Bowen, on the other, was a daughter of Bowen’s Court, the character of the house being stamped on all of its inhabitants. In reality, as has previously been observed, paralysis and conformism affects all the protagonists of the narrative, even the young and modern Marda is going to marry in order to save her future: “I need Leslie ... If you never need anyone as much you will be fortunate. I don’t know for myself what is worth while. I’m sick of all this trial and error” (Last September, p. 101), she said to Lois. The adolescent presents the most uncertain fate; stuck in her aunt’s generation, she is not in love with Gerald, as Lady Naylor knows, but wishes the romance to continue since her passiveness does not let her to consider other options. When they first kissed, it was “just an impact, with inside blackness. She was lonely, and saw there was no future. She shut her eyes and tried – as sometimes when she was seasick, locked in misery” (Last September, p. 88-89). As a result, these girls are “unwilling to imitate their mothers, but unable to imagine other destinies” (Ellmann 2004: 70). Rather than showing Lois as a victim of aggravating social and economic circumstances if she does not find a husband, she has Lady Naylor’s help and advice, which encourages her to go to an arts school although she herself thinks that she cannot draw well. Aunt Myra


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shows then that painting is an alternative to Gerald or any intention of marriage as well as a possibility for improving the girl’s education, as we can see in the following passage: “You have no conception of love,” repeated Lady Naylor, and thought again of electric light in Bedforshire. “But shall I never do anything?” “ Go to a school of art” “Where?” “It could be arranged”. “But I don’t think I really draw well”. “There is no reason why you should marry” (Last September, p. 168). After this conversation with her niece, Myra fantasizes about her past, how she enjoyed reading and her interest in art: “When I was your age I never thought of marriage at all. I didn’t intend to marry ... Girls nowadays do nothing but lend each other these biological books. I was intensely interested in art ... It all comes of dancing and all this excitement” (Last September, p. 167). Myra evidences her own frustration as she did not have the same opportunities she is now offering to Lois. But despite her hesitant disposition, I would like to stress that aunt Myra remained true in her integrity and consciousness of belonging to the Ascendancy, as well as her nostalgia for a vanishing civilization; “Lady Naylor’s ambivalent attitude to the English, in general, should however be noted” (Bowen 1986: 126), highlights Bowen herself in one of her essays included in The Mulberry Tree. This interpretation is emphasized by her judgment of British soldiers fighting in Ireland and their wives, who “can’t think what Gerald sees in this family” (Last September, p. 195), as he, Gerald, strongly believed in the idea of Empire. Nonetheless, what Myra Naylor had noticed about them was the “disposition they had to be socially visible before midday” (Last September, p. 193). Their tendency to show off and their critique of Irish hospitality: “either they almost knock you down or they don’t look at you” (Last September, p. 195), unnerves even Richard’s serenity. Closely related to this, we find the symbol of the door, which “stood open hospitably upon a furnace” (Last September, p.


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206)5 when Danielstown is burnt. This is shown as Anglo-Irish generosity towards guests. Bearing this in mind, the cultural panorama shared by the Ascendancy and Bowen’s characters confirms “this sense of betrayal and guilt in [their] feeling of insecurity” (Kenney 1975: 28); their ambiguity divided their adherence to Britain in one way and their “temperamental Irishness” (Bowen 1986: 125) in the other. We could acknowledge a clear separation between what the narrator says about Lois and how we actually see Lois herself acting and thinking: like her absent mother Laura, she “never knew what she wanted ... Nothing got close to her: she was very remote” (Last September, p. 19). It is impossible to penetrate Lois’s mind; Hermione Lee describes her as someone “restless, dissatisfied with herself, impatient for her sheltered youth to be over and for something to happen. Self-conscious, unformed, easily embarrassed by the personal, susceptible, eager for illusions and drama” (1981: 45). This quotation is an extremely concise description of what Lois is and it explains the fascination with and fear of life experienced by the character herself, who is “twice as complex” (Last September, p. 29) as the older generation represented by her aunt and Francie Montmorency. Francie’s physical and mental passivity is visibly connected to the permanent immobility affecting her class; Hugo’s wife has a delicate health and suffers from long absences and “queer relapses into silence” (Last September, p. 19). Lois’s obvious paralysis makes her stand “still in alarm” or “standstill” (Last September, p. 60, p. 168), while young Anglo-Irish men, Laurence among them, become uninterested in warfare although they have acquired a good social position in Ireland thanks to their belonging to the British Empire. The author, who had explored the divisions of nationality and citizenship based on her own experience, imposes in Lois a feeling of dislocation; she cannot understand her belonging (or not-belonging) and she is indifferent to political problems, perhaps in search of an inner order in the prevailing social chaos. Yet, despite this premise, the teenager seems disenchanted and her idleness condemns her to conformity: “she couldn’t look on her eyes, had no idea what she was, resented almost his attention being so constantly fixed on something she wasn’t aware of ” (Last September, p. 49), asserts Gerald. She even prefers the ante-room of the Big House, a sign of her uncertainty and


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fear of the world; “fear behind reason, fear before her birth” (Last September, p. 33). For those reasons, I would not consider her to be a heroine as many critics, like John Cronin, Heather Ingman or Declan Kiberd have labelled her. Lois, Laurence and Miss Norton symbolize the younger generation in Danielstown. Marda fascinates Lois, who observes with so much attention her social behaviour, clothes and words; nevertheless, she does not appear to be the best example to imitate as her engagement will introduce her into the patriarchal society she dissuades Lois from accessing. The immature girl definitely finds in Marda a confessor, an adult figure filling her mother’s absence; paradoxically, some critics have approached the novel suggesting a depiction of female homosexuality in the relationship established between the two women, but as highlighted in Marda glancing at Lois’s drawings; this “gave her the kind of surprised assurance one might expect from motherhood” (Last September, p. 98). In recent years, the representation of same-sex desire in Bowen’s texts has begun to be addressed. Renée Hoogland, for example, largely focused on the lesbian background of the novel, using Freud’s psychoanalysis and deconstruction to validate the “lesbian eroticism, operating in the narrative level between Lois and Marda, and on its extradiegetic level between the author and her created seductress(es)” (Hoogland 1994: 105). In the gender-divided Anglo-Irish community portrayed in The Last September, Marda and Aunt Myra give Lois support and advice, ‘how to live’ rather than the “sexual ambivalence stressed by some critics” (Ingman 2007: 36). According to Hoogland, Lois’s lesbianism is a phase in puberty which “naturalizes what is clearly a rather unstably ‘fixed’ standard” (Hoogland 1994: 85) while Neil Corcoran stresses Lois’s uncertain sexuality and her “tentative relationship with Marda” (Corcoran 2004: 40). The relationship between the adolescent Lois, who discovers her sexuality in the course of the novel, and Marda, in my opinion, does not have any justified hint of lesbianism, as Lois by emulating the adult woman, learns to control her anxieties and irresolution and searches for her own individuality and personality. In one of their conversations Lois admitted: “I like to be related; to have to be what I am. Just to be is so intransitive, so lonely” (Last September, p. 98). Such innocent appreciations denote her effort


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to justify her conduct and acceptance of Anglo-Irish norms. Subsequently, Marda predicts Lois’s fossilized future and that of many women of her class including herself: “then you will like to be a wife and mother ... It’s a good thing we can always be women” (Last September, p. 98), Lois hesitates and tries to rebel against society but she contradicts herself: “I hate women. But I can’t think how to begin to be anything else ... But I would hate to be a man. So much fuss about doing things” (Last September, p. 99). This seems to prove a duality of her “perception and self-perception” (Innes 1995: 113). Bowen’s Court grew oppressive for Bowen, as Danielstown did to Lois, giving her a sense of displacement and repression. Marda and Lois are unquestionably the two faces of the same Elizabeth Bowen; in fact both “are drawn from polarized aspects of her own personality, her self and her sub-self ” (Glendinning 1997: 66). Authors have constantly examined the mill episode, which symbolizes a crucial moment in Lois’s crisis of identity related to her Anglo-Irish class; a connection again between the social violence of the historical moment and the personal transformation of the character. Hugo accompanies the two women for a walk in the countryside, although he has a special interest in Marda, “he loved her: a sense of himself rushed up” (Last September, p. 121); Lois witnesses his adulterous attempt to conquer Miss Norton which leads her to a new perception of life, sexuality and death. As expected, Marda’s first influence on Lois is “to accelerate the girl’s emancipation from romantic illusions, the past in general, and Hugo in particular” (Coates 1998: 37). Lois, who was infatuated by the guest at the beginning of the novel, soon realizes she needs to rid herself of that attraction as another step in her process of maturity; dumb Hugo, who was her mother’s old lover, is also suffering from extreme emotional deprivation and has no possibility of a future: “what will become of him?” asks Lois, “nothing ... he couldn’t be anything’s father” (Last September, p. 128) sentences Marda. He represents death and sterility while Marda fights lo live: “I hope I shall have some children; I should hate to be barren” (Last September, p. 128). As if the encounter with the rebel was an epiphany, Lois has a “revelation” (Last September, p. 128) and “awakens to her place in society but also to an awareness that she is unable straightforwardly to accept the identity prepared for her by her class and her sex” (Ingman 2007 :37).


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It becomes increasingly obvious that places in the novel (Danielstown or County Cork) have an intrinsic value for Bowen; the ruins of the mill, compared to the cracks in Edgar A. Poe’s House of Usher (Last September, p. 124), are one more representation of the Anglo-Irish, another “of our national grievances ... The high façade of decay. Incredible in its loneliness, roofless, floorless ... Fit to crash at a breath” (Last September, p. 123). As a descent into hell, Marda and Lois go inside the mill to find a rebel sleeping; when he is awoken, he takes his firearm and the women “embarrassed by this curious confrontation” (Last September, p. 124) feel as if they were in a nightmare. On the one hand, this passage highlights Lois’s weakness; at this stage she thinks that marrying Gerald is the only option to have security and protection in those times of rebellion, while self-sufficient Marda, on the other hand, decides to confront the insurgent and is shot by accident; she is “a robust defender of civilization, she is prepared to act when her high values are threatened” (Austin 1989: 23) while Hugo stands immobile. The revolutionary then advises the two women that it would be better to “keep in the house while y’have it” (Last September, p. 125), which foreshadows the later events in Danielstown and even Gerald’s death. Although upper-middle class ladies, officers’ wives among them, attempt to shield themselves from the conflict between England and Ireland and they act as if they were away from the Troubles, most of Anglo-Irish women (Marda or Aunt Myra) express “not only their anxiety but also their determination” (Grubgeld 2004: 55) to deal with the political confusion. Even when Gerald is killed by ‘the enemy’, there is a positive reading as Lois does not need to marry him: “she [Lois] did not take it as hard as I feared, girls of her generation seem less sensitive, really...I don’t know; perhaps that is for all the best. And of course she has so many interests” (Last September, p. 205) says Aunt Myra. The Anglo-Irish are fissured, disconnected from England and Ireland and split between two worlds, and this, irremediably has a direct effect on their identity. Once Ireland became independent in 1922, the Anglo-Irish visualized their demise. A vanishing time in which Marda’s marriage, Lady Naylor’s acceptance of her displacement and Lois’s disappearance at that time of crisis does not


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always suggest that “disturbances in cultural stability can provide opportunities for a way out of conventional fictions and imagined fates for female characters” (Lassner 1990: 139). What is often disregarded where the ambivalence of characters is concerned is that, apart from gender, men and women usually “display their own inadequacy, passivity, and frustration” (Gill 1987: 54). The interaction involving ideas of place, gender and class seems to be far more multifaceted in Bowen’s novels than where other themes are concerned. Nevertheless, the author attempts to show that to live is to disintegrate, to disappear (as happens with Danielstown), while human beings continue to develop both their individual and social facet: “what’s the matter with this country is the matter with the lot of us individually –our sense of personality is a sense of outrage and we’ll never get outside it” (Last September, p. 82). NOTES John Atkins (1977), for example, offers a detailed argument based on nationality, while other authors as Mark Bence-Jones or Patricia Craig acknowledge that the Ascendancy is a class. 2 See Bowen’s Court, where she tells the life story of her family, p.116 and The Mulberry Tree, p.74. 3 Although reviewers do not hesitate to include Elizabeth Bowen in the Anglo-Irish tradition, Alan Warner, author of A Guide to Anglo-Irish Literature (1981) does not mention her in this category although he devotes a chapter to the Big House, one of Bowen’s major themes. 4 Subsequent references are embedded within the text as follows: Last September and page number. 5 In this respect, it is worthy of mention that Lis Christensen devotes a chapter in her book claiming the importance of this symbol. 1

WORKS CITED Atkins, J. 1977. Six Novelists Look at Society. London: John Calder Publishers. Austin, A. E. 1989. Elizabeth Bowen. New York: Twayne Publishers.


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Bence-Jones, M. 1987. Twilight of the Ascendancy. London: Constable. Bowen, E. 1942. Bowen’s Court. London: Longmans, Green and Co. 1975. Pictures and Conversations. London: Allen Lane. 1986. The Mulberry Tree: Writings of Elizabeth Bowen. London: Virago Press. 1998 (1929). The Last September. London: Vintage Classics. Christensen, L. 2001. Elizabeth Bowen: The Later Fiction. Copenhagen: Museum Tusculanum Press. Coates, J. 1998. Social Discontinuity in the novels of Elizabeth Bowen. Lewiston, N.Y.: Edwin Mellen Press. Corcoran, N. 2004. Elizabeth Bowen: The Enforced Return. Oxford: Oxford University Press. Craig, P. 1986: Elizabeth Bowen. Harmondsworth: Penguin. Cronin, J. 1990. The Anglo-Irish novel. Belfast: Appletree Press. Ellmann, M. 2004. Elizabeth Bowen: The Shadow Across the Page. Edinburgh: Edinburgh University Press. Fallis, R. 1977. The Irish Renaissance. Syracuse, N. Y.: Syracuse University Press. Frehner, R. 1999. The Colonizers’ Daughters: Gender in the Anglo-Irish Big House Novel. Tübingen: Francke. Gill, R. 1987. “The Country House in a Time of Troubles”. Elizabeth Bowen. Ed. Harold Bloom. New York: Chelsea House Publishers. 51-61. Glendinning, V. 1997. Elizabeth Bowen: Portrait of a Writer. London: Weidenfeld and Nicolson. 1998. “Introduction”. The Last September. London: Vintage. 1-6. Grubgeld, E. 2004. Anglo-Irish Autobiography: Class, Gender and the Forms of Narrative. Syracuse: Syracuse University Press. Heath, W. 1961. Elizabeth Bowen: An Introduction to Her Novels. Madison: University of Wisconsin Press. Hoogland, R. C. 1994. Elizabeth Bowen: A Reputation in Writing. New York: New York University Press. Ingman, H. 2007. Twentieth-Century Fiction by Irish Women: Nation and Gender. Hampshire: Ashgate. Innes, C. L. 1995. “Custom, Ceremony and Innocence: Elizabeth Bowen’s The Last September”. Troubled Histories, Troubled Fictions: Twentieth-Century Anglo-Irish Prose. Ed. Theo D’haen and José Lanters. Amsterdam: Rodopi. 105-117. Jordan, H. B. 1992. How will the Heart Endure?: Elizabeth Bowen and the


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Landscape of War. Michigan: The University of Michigan Press. Kenney, E. J. 1975. Elizabeth Bowen. London: Associated University Presses. Kiberd, D. 1995. Inventing Ireland: The Literature of the Modern Nation. London: Vintage. Lassner, P. 1990. Elizabeth Bowen. Houndmills: Macmillan. Lee, H. 1981. Elizabeth Bowen: An Estimation. London: Vision Press. McCormack, W. J. 1993. Dissolute Characters: Irish Literary History through Balzac, Sheridan Le Fanu, Yeats and Bowen. Manchester: Manchester University Press. Walshe, E. 2005. “Several Landscapes: Bowen and the Terrain of North Cork”. Estudios Irlandeses 0. 141-147. Warner, A. 1981. A Guide to Anglo-Irish Literature. New York: St. Martin’s Press. Wells-Lassagne, S. 2007. “‘He believed in the Empire’: Colonial concerns in Elizabeth Bowen’s The Last September”. Irish Studies Review 15: 4. 451-463. White, T. de Verne. 1972. The Anglo-Irish. London: Victor Gollancz Ltd. Williams, R. 1990. Keywords: A vocabulary of culture and society. London: Fontana Press. Wills, C. 2007. That Neutral Island: A Cultural History of Ireland During the Second World War. Cambridge, Massachusetts: The Belknap Press of Harvard University Press.


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READING CULTURES FROM THE MONSTERS THEY ENGENDER: CLOVERFIELD AND POST-9/11 PARANOIA* Daniel Ryan daninvanc@hotmail.com Whether through the spoken or written word, film or the visual arts, the question of how to sincerely and accurately depict realities of suffering and shock has always been there. As our technologies become more sophisticated and world communities become better connected, however, the proliferation and scope of these images takes on a new, more global significance. Reactions to 9/11 constitute a significant example of this current debate about representations of trauma. This paper examines the role of popular culture, science fiction in particular, in negotiating this highly mediated traumatic event. Through a definition of trauma and an analysis of the same in the film Cloverfield, the lack of resolution and resultant paranoia since the attacks are demonstrated, and the relevancy of popular culture in socio-political debates and representational discourse is also interrogated. Keywords: trauma, 9/11, popular culture, science fiction, Cloverfield. Bien a través del lenguaje oral o escrito, cine o los artes visuales, el problema de cómo representar y difundir fielmente realidades relacionadas con el sufrimiento y el trauma siempre ha existido. Sin embargo, conforme las tecnologías se hacen más sofisticadas y las comunidades mundiales están mejor conectadas, la proliferación y el alcance de estas imágenes de sufrimiento adquieren un significado nuevo y más global. Las reacciones frente al 11 de septiembre de 2001 constituyen un ejemplo significativo de esta cuestión sobre la representación del trauma. *

Fecha de recepción: Abril 2010


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Este artículo investiga el rol jugado por la cultura popular, principalmente el de la ciencia-ficción, en el tratamiento de este suceso traumático y altamente mediatizado. A través de una definición del término trauma y un análisis del mismo en la película Cloverfield, se demuestra la falta de resolución y la consiguiente paranoia ocurrida tras los atentados, al igual que se defiende la relevancia de la cultura popular en los análisis socio-políticos. Palabras clave: trauma, 11-S, cultura popular, ciencia ficción, Cloverfield. 1. INTRODUCTION The events of the 11th September, 2001 represent a pivotal moment in the history, not only of the United States of America, but also in the history of the representation of trauma, terror, destruction and death. This is not to say that prior to 9/11 this issue of representation did not exist or have major significance, of course. Whether through the spoken or written word, film or the visual arts, the question of how to sincerely and accurately depict realities of suffering and shock has always been there. As our technologies become more sophisticated and world communities become better connected, however, the proliferation and scope of these images takes on a new, more global significance. In this paper, I wish to examine how the trauma caused by the September 11th attacks on the United States remains very much unresolved and how this is reflected in the film Cloverfield (Reeves 2008). As popular culture and science fiction in particular, are often considered of lesser hermeneutical importance, I will start with an apologia for the significance and value of science fiction in analyses of socio-cultural events. A brief outline of reactions to 9/11 in the visual media will follow in order to examine the sociohistorical context of the events. Given the centrality of trauma theory in any approach to 9/11, I will then present a definition of trauma based on theories propounded by Cathy Caruth, Cyndy Hendershot and Ann E. Kaplan. Finally, after briefly addressing cinematic


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tendencies since 9/11, I will analyse the film Cloverfield to show how the unresolved trauma of the September 11th attacks has turned into a paranoiac response despite apparent attempts to provide some element of catharsis. 2. SCIENCE FICTION AND AMERICAN CULTURE Science fiction is a problematic genre insofar as it evades easy definition and has a complex epistemological relationship with reality, “a relationship that is often articulated in the genre’s simultaneous rebuke and commemoration of realism as a filmic style” (Cornea 2007: 264). It almost always includes fantastic elements, creating new worlds and universes, or, at the very least, new technological possibilities in the ‘present’. Because of this seemingly naïve or escapist approach and style, science fiction has often been dismissed as uncritical and irrelevant. It is this very remove from ‘reality’, however, that gives science fiction the critical distance it needs to engage more deeply with certain sensitive issues, such as the representation of trauma. Like other film genres, it can represent and interrogate the interests, obsessions and anxieties of humans in a revelatory way “creating alternative worlds primarily in order to refract our own back to us. By invoking the paradigm shift of estrangement, the suspension of reality, or the creation of incongruous speculations, science fiction as ‘fabulation’ is designed to break the hold of the status quo” (Graham 2002: 59). In fact, science fiction appears to be of the most apt genres when dealing with issues of trauma, anxiety and questions of identity. In this respect, it is particularly appropriate when looking at the history of the United States of America. As a large country populated by varying and sometimes divergent cultures, creating a sense of unity has often proved difficult. Time and again, one way that Americans have come together is in the face of adversity. The existence of a common enemy has proved the most effective way of bringing people together under one ideological superstructure. It has often been noted how American identity is in some way characterised in opposition to an enemy, be it external or internal (see Engelhardt 1995). America’s involvement in wars (almost always outside their national borders) is evidence of this. When it was not the Nazis or the Japanese in WWII, it was the Soviets during the Cold War, or the Vietnamese, and more


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recently, various nations in the Middle East, not to mention internal enemies, such as Communists and other political conspirators. With enemies and war come fear and paranoia. The dread of invasion or attack is an almost constant feature of modern American history and this is duly reflected and depicted in its cultural documents. The 1950’s, for example, provide compelling examples of the social paranoia and trauma born out of a feeling of “being surrounded by powerful and sometimes mysterious enemies” (Bookes 2006: 5). This was further compounded by the angst created by the potentially apocalyptic threat of the atomic and nuclear age. Interestingly, amongst other genres, science fiction dealt most engagingly with these fears. There is a host of films from the fifties and later which confront these communal fears, mainly through the use of certain thematic distancing techniques such as the alien invasion, monster attack or post apocalyptic dystopia as a sublimation of these anxieties. Famous examples include: The Day the Earth Stood Still (1951), Invasion U.S.A (1952), War of the Worlds (1953), The Beast from 20,000 Fathoms (1953) and Invasion of the Body Snatchers (1956). As previously mentioned, the outlandishness and consequent distance science fiction can imaginatively exploit is precisely what makes it so effective in engaging with such issues. The success of these films demonstrates how science fiction “can serve as a venue for trenchant social and political commentary that might have been judged too controversial in a more ‘mainstream’ form” (Bookes 2006: 6). 3. 9/11 AND THE VISUAL MEDIA Looking at contemporary American society, it can be argued that there are many similarities with the paranoid Weltanshauung of U.S. society in the 1950’s, namely, predominant feelings of anxiety and mistrust. If anything, today there is an even more acute sense of fear than ever before. The principal catalyst of this was 9/11. In a horrific twist of fate, America’s long-lived fears of invasion and attack were finally realized. The ‘impending’ became the ‘real’ and fear and anxiety transformed into trauma. What happened was an inversion, a cruel reversal of art imitating life. The planes that flew into the World Trade Center constituted an all too familiar spectacle from the science fiction genre. It was, as many commented at the time, like something straight out of Independence Day (1996). As one critic notes: “Indeed,


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our response to 9/11 made disturbingly clear how much our perceptual experience as well as our psychic life is filtered and managed through films we have seen, even experienced as films we have seen” (Kahane 2003: 107). There was even some feeling of guilt and responsibility in Hollywood. Robert Altman went so far as to say “Nobody would have thought to commit an atrocity like that unless they’d seen it in a movie [...] I just believe we created this atmosphere and taught them how to do it” (Altman 2001). The repercussions of this influence are frightening. The extent of the far-reaching effects of the visual media, particularly when considering issues of violent trauma are well-known: What we see in the movies and on television provides a context and prior set of meanings within and with which we interpret events like the 9/11 attacks. It is not simply that we find images of destruction familiar; they come to us as part of a system of fixed meanings. When we see buildings destroyed, we think of movies in which foreigners are responsible, and we know that retribution will follow. In this way our cultural image bank provides a template for subsequent patterns of memory; as a society we are far more likely to remember a moment of violence that comes, as it were, precategorized than we are to attend to the ongoing brutality of, for example, domestic violence or sexual exploitation. (Sherman and Nardin 2006: 3) Many films that were in production and post-production in Hollywood following 9/11 were stalled and/or edited to eliminate any elements that would recall the shocking events to a sensitive public. Images of the World Trade Center towers in the posters and teaser trailer for Spider-Man (2002) were pulled after the attacks, for example. What Susan Sontag famously called the ‘imagination of disaster’ (1966), which had been a feature of science fiction movies as far back as the 1950’s, took on a new significance in light of these events and strengthened the conviction that science fiction was not a genre removed from ‘reality’, but rather, inherently bound up with it (see Cornea 2007). Films like Independence Day became imbued with a somewhat prophetic quality which fed into the feeling of hyperreality surrounding 9/11. The distinction between ‘image’ and ‘reality’,


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‘representation’ and ‘real’ became blurred on that day. There was an uncanniness about what was seen, what Claire Kahane refers to as a kind of ‘déjà vu’, whereby the historical became confused with the fictional (2003: 107). Cultural theorists, such as Jean Baudrillard, put forward controversial views concerning the interplay of image and real soon after the event which upset many with their complex deconstructions of the notion of reality and the implications for such a ‘real’ event as the terrorist attacks in New York: So did reality actually overtake fiction? If it appears to have done so, it is only because reality absorbed the energy of fiction and itself became fiction. One could almost say that reality is jealous of fiction and real events are jealous of images [...There is] a sort of duel between them, to see who will be the most inconceivable. (2002) This feeling of the postmodern collapse of the boundaries between reality and fiction was mirrored in the media’s treatment of the attacks. As Kaplan and Wang observe: “The visual media have become a cultural institution in which the traumatic experience of modernity can be recognized, negotiated, and reconfigured” (2003: 17). The live coverage that people watched all over the world in a seemingly unending loop has become iconic and it revealed the true power and control of the media in a new way. The televised footage gave the viewer a new sense of immediacy rare to such a spectacular catastrophe and opened up questions about reality and the representation of trauma on a previously unknown level. Richard Kearney notes how: Television viewers were afforded a double experience of: (a) suffering ‘as if ’ they were present to the terror (in modern America’s first traumatic experience of alien Terror on its own soil); and (b) detachment by virtue of their real absence from the scene itself [...] Indeed the endless replication of the scene, together with the verbal repetition of media-speak (‘This is impossible to describe’, ‘This is unreal’ etc.) suggested that what was at issue was not just the


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transmission of information but an experience of something too real to be consumed in anything but an imaginary idiom. In sum, the media experience of 9/11 seems to have been less cognitive than aesthetic. Its reality was expressed by unreality. (2003: 133) Many have even accused the media of producing secondary or vicarious trauma while some suggest that the visual media are actually “a breeding ground of trauma” (Kaplan and Wang 2003: 17). 4. TRAUMA THEORY AND POPULAR CULTURE The question of what exactly constitutes ‘trauma’ is a complex one. Cathy Caruth famously defined it as: A response, sometimes delayed, to an overwhelming event or set of events, which takes the form of repeated, intrusive hallucinations, dreams, thoughts, or behaviours stemming from an event. [... The event] is not assimilated or experienced fully at the time, but only belatedly in its repeated possession of the one who experiences it. To be traumatized is precisely to be possessed by an image or event. (1995: 91) Cyndy Hendershot similarly describes it as a painful or intense experience which cannot be translated, like “a past which is inarticulable as a present reality” (1999: 73). However, as E. Ann Kaplan points out, one’s reaction to a traumatic event also “depends on one’s own psychic history, on memories inevitably mixed in with fantasies of prior catastrophes, and on the particular cultural and political context within which a catastrophe takes place, especially how it is ‘managed’ by institutional forces” (2005: 1). This is particularly relevant when tracing the cultural response of a nation. Most definitions of trauma refer to individuals, but it is also important to note the widespread recognition of ‘massive’ or ‘collective’ trauma whereby “traumatic events may affect the discourse of an entire nation’s public narratives” (Kaplan 2005: 66). As with the collective traumas stemming from events such as the Holocaust or the


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destruction created by the atom bomb in Japan, 9/11 had a distressing effect on a large community and this shockwave extended itself outwards via the media to the global community at large. Of course, the attack on the United States didn’t constitute a simple ‘international’ conflict, but rather an international one as the subsequent attacks on Madrid and London emphasized unequivocally. The media, by repeating over and again the images of 9/11 in those first hours and days, rendered the traumatic event open for a more communal and even global trauma. The repetition of the footage the media created ‘vicarious’ trauma for those not actually present. They produced this by bringing about a “heightened present in which the storing of the past as past does not and cannot take place” (Breithaupt 2003: 67). Repetitive phenomena, such as flashbacks, hallucinations and nightmares are signature features of trauma and the media’s treatment of 9/11 can be seen to produce this. What is more, the spectacular images transmitted on television became the object of a guilty fascination to hundreds of thousands of people glued to their television screens, voyeuristically watching the scenes of devastation over and over, perhaps not enjoying the images but certainly hypnotically drawn to them. As Kahane remarks: It is this experience of titillation and terror, numbing depression and the fullness of the moment, disgust and the recognition of a certain beauty in the formal image of devastation, feelings that seemed to be not uncommon during the first few days following the disaster, that made it such a complex psychic as well as social and political phenomenon. (2003: 114-5) Later, there was strict censorship and control of the images but by this point they had already become both widespread and iconic. The media proceeded to take on the role of therapist to those traumatised, focusing on images representing the innocence of the victims, bereft and in shock, the heroes salvaging what they could, the incredulity of eye-witness accounts, the demonization of the enemy (Osama bin Laden) and the emphasis on the memorialisation of the dead. The American flag became the overriding symbol of unity in defiance of the common enemy. This is not satisfactory therapy, however, and ultimately only served to make a scapegoat of bin Laden


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and those of an Islamic faith, fuelling an unquestioning nationalistic fervour which never adequately engaged in any meaningful debate as to the reasons behind the attack (Breithaupt 2003). The tendency in the media to critically fall short in such situations is clear: “trauma discourse (especially in the popular media) may degenerate into a signature for victimhood, or an unresolved melancholia mired in injured narcissism or national pride, a melodramatic scenario for selfaggrandizement, a paralysis of the mind and the body, and a failure in language, image and narrative” (Kaplan and Wang 2003: 15). It is important to recognize that despite any therapy that the U.S. government or media attempted to provide, there has as yet been no true resolution of the trauma. The so-called ‘War on Terror’ is still going on nine years later with the unfortunate consequence of further exacerbating the volatile relations between various nations and political groups. This lack of resolution to the trauma has only led to additional feelings of insecurity. That unresolved trauma results in increased paranoia has been commonly noted: “The world of the paranoiac is a delusory one in which historical issues are played out as mythic battles between good and evil” (Hendershot 1999: 73). This compulsion can be clearly seen in the U.S. government’s response to the attacks, particularly in the rhetoric of the ‘War on Terror’ (e.g. ‘axis of evil’) and its protagonists, and it is also evident in popular culture reactions to 9/11. 5. FILM AFTER 9/11 The role of the media in the representation of 9/11 had a direct effect on how films were made after the attacks. As director of Independence Day, Roland Emmerich points out: It was very interesting to see how the media always criticised us for doing certain things and then they used the same method. They went for the montage of victims at the fence [...] and they used really, really emotional music – like in the movies [...] That has changed something for movies. Now people say, can we do this, can we do that; is it right, is it wrong [...] (In Cornea 2007: 277)


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For a time, films were unwilling or unable to approach the subject of 9/11. The media was given almost complete sway to represent the subject and Hollywood was reticent to critically engage. Hollywood instead offered “a complete and distinct escape from the confusing and changed reality that followed 9/11; these alternative digital worlds were at a far remove from the televised images that accompanied 9/11 or from the simulated scenes of destruction in science fiction” (Cornea 2007: 266). It was effectively from 2006 that films which directly referenced the event were released, such as United 93/Flight 93 (2006) and World Trade Center (2006). It is important to note the almost invariable focus on heroics in the more realistic films that deal with 9/11. In the above films, for example, the passengers of the hijacked plane in Flight 93 are given almost martyr status while the emergency services (police, fire fighters etc.) figure as unequivocal heroes in the latter. This inclusion of successful heroes and the consequent conflict resolution achieved constitutes an attempt to alleviate the trauma and create catharsis for the viewer; they reflect a therapeutic desire: “Melodrama, at least in its Hollywood variety, is a symptom of a culture’s need to ‘forget’ traumatic events while representing them in an oblique form” (Kaplan and Wang 2003: 9). In non-realistic films, however, this does not seem to be the case, or at the very least, it exists to a lesser extent. Shyamalan’s Signs (2002) and Spielberg’s The War of the Worlds (2005), for example, fail to provide credible heroes or a cathartic resolution with the consequence of prolonging the trauma, leaving the viewer somewhat unsettled at the end of both films. Within the science fiction genre, the film that most overtly addresses the events of September 11th, 2001 is Cloverfield (2008). Cloverfield eschews simplistic representations of heroism, favouring instead a more complex view of 9/11 where the conflict remains very much present. 6. CLOVERFIELD AND POST-9/11 TRAUMA Cloverfield harks back to the traditional science fiction monster attack movies of the 50’s, drawing intertextually and unashamedly from iconic films such as Godzilla (1954) and The Beast from 20,000 Fathoms. The choice of a monster of unknown origin is particularly apt in many ways for the subject of post-9/11 trauma. The metaphor is


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tried and tested as Cyndy Hendershot noted concerning the use of mythological forms to represent real threats in 50’s atomic-fear science fiction: “such ahistoricism constitutes a paranoiac response to the cultural trauma caused by the reality and threat of nuclear destruction” (1999: 73). In the case of Cloverfield, the paranoia is not the threat of nuclear destruction, but rather the threat of destruction of a more complex and devastating kind, i.e. cultural, religious, political, economic, ideological and physical. Cloverfield combines the monster attack genre with a very contemporary and highly postmodern documentary-style cinematography using handheld cameras (reminiscent of 9/11 media coverage) as a vehicle to simultaneously provide entertainment and escape for viewers. Some critics suggest that we actually need fictional films like this to help us unconsciously work through certain difficult or traumatic experiences: As if the narrative framing of horror, that Hollywood horror stories allowed, could afford relief from the unbearable immediacy of the event by putting it into relief [...] The more horrific the real world becomes the more people feel the need to re-experience the horrible in unreal worlds. Why? Because the imaginary can furnish access to the heart of darkness which remains intolerable in the flesh. (Kearney 2003: 120) Cloverfield producer J.J. Abrams and director Matt Reeves, both adhere to this idea of experiencing catharsis through watching films, science fiction films in particular. In the Cloverfield DVD ‘Commentary’, for example, Abrams equates the film with its Japanese predecessor, Godzilla, which also uses an enormous monster as a metaphor for the trauma of the period, explaining how they were aware that the film “was a way of dealing with the anxieties of our time” and how he feels that “genre films enable you to sort of basically, in a safe environment, approach those sort [sic] of feelings and to experience them but in the safety of knowing that ultimately it’s a giant monster movie” (51:35). Despite these claims of catharsis, however, it is questionable as to whether it can be attained in a film so lacking in resolution. Cloverfield has received much negative criticism for the depiction of scenes clearly evoking 9/11, for example: “Nothing like a


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little shameless emotional manipulation to spark a movie that’s already treading risky ground by exploiting a global tragedy for thrills (Travers 2008); “Do we really need the horror of 9/11 to be repackaged and presented to us as an amusement-park ride?” (Zacharek 2008); “The shots are uncomfortably close to everything we know from 9/11, far less oblique in their referencing than, for example, Steven Spielberg’s War of the Worlds remake” (Phillips 2008); “The screams and the images of smoke billowing through the canyons of Lower Manhattan may make you think of the attack, and you may curse the filmmakers for their vulgarity, insensitivity or lack of imagination” (Dargis 2008); “We‘ve only just finished the rebuilding and the psychic healing! Why in God’s name must we endure this sort of thing here over and over again?” (Bradshaw 2008). Given the force of the shock felt by so many, it is understandable that images reminiscent of the event cause stress or anxiety. Dissociation, denial and amnesia are, after all, common symptoms of PTSD sufferers. It is also true that “some conventions of narrative and imagery, with their sensationalized, clichéd emotional patterns often tend to dilute and ‘forget’ the unutterable pain and horror of traumatic experience” (Kaplan and Wang 2003: 8-9). On the other hand, there seems to be a simultaneous impulse or necessity driving towards the representation of and confrontation with trauma in order to ‘work through’ or heal it (Kaplan 2005). This conflict between the wish to forget and the necessity to represent, despite the seeming impossibility of the task, is central to trauma studies. The reactions to Cloverfield highlight this complex relationship, in this case between popular culture and 9/11. As previously mentioned, a common reaction to the World Trade Center attacks was the feeling of déjà vu evidenced by frequent references to Hollywood films. This role was reversed, however, when Hollywood itself began to draw upon images reminiscent of the event and many have taken offence to this. Indeed, from the very beginning of Cloverfield, the September 11th attacks are an absent presence. The film opens with the message that what we are about to see constitutes a document recovered from the ‘area formerly known as Central Park’. The abandonment or alteration of the name of such an iconic place hints at the terrifying level of destruction necessary to warrant such a drastic measure. It also almost subliminally reminds us of another well-known New York location whose name was changed for similar reasons, i.e. when ‘The World Trade Center’ became ‘Ground Zero’. Later, in the scenes of the


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going-away party the video camera is used to get ‘testimonials’ from Rob’s friends, at first in the subdued party atmosphere and then, after the initial shocks, in a more panicked way. This action, more obliquely perhaps, recalls footage of 9/11 where ordinary people were filmed reacting to the events as they happened on the streets of Manhattan. Moments later, as the characters in the film hurry up the stairs to get a better look from the roof, we hear an unidentified voice significantly asking “you think it’s another terrorist attack?” (18:37) situating the action distinctly in a post-9/11 setting. In quick succession, as the party-goers rush to the streets for safety, the head of the Statue of Liberty hurtles through Manhattan, coming to rest just outside the apartment building, thus providing a defining metaphor for the film. Just as post-9/11 political rhetoric recognised the destruction of the Twin Towers as an attack on American freedom, Cloverfield offers its own analogous symbol of the defiling of American values. The following scene showing the obliteration and collapse of a nearby tall building and the resulting wave of dust and debris that engulf the street constitutes the most blatant borrowing from 9/11 imagery. The sight of dazed and dusty figures traumatised by the gravity of what has just taken place could be no more explicit in its association with the collapse of the ‘Twin Towers’. Soon after, the procession of New Yorkers crossing Brooklyn Bridge out of Manhattan compounds these already established parallels. Just over 50 minutes into the film, the protagonists finally arrive at Beth’s apartment building where she is trapped. There they are faced with a daunting challenge to save her as her apartment block is resting precariously, at a seemingly impossible angle, upon an adjacent ‘twin’ tower block which the heroes of the film have to negotiate to rescue her. This scene provides a final overt reminder of September 11th. The temporal structure of the film is also relevant when considering trauma. Cloverfield is made up of three separate diegeses. The opening sequence frames the rest of the film as a kind of ‘found footage’, now seemingly property of the U.S. Department of Defence. In this diegesis we see nothing more than a screen playing the contents of the digital camera SD card which constitutes the rest of the film. The second diegesis shows the events of April 27th where Rob and Beth wake up in New York and go to Coney Island for the day. Significantly, the first images we see here are views of the New York


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skyline and Central Park before they are subsequently destroyed by the monster. The third diegesis is abruptly introduced soon after and is concerned with the events of May 22nd. The film regularly cuts between footage of these two days creating a ‘before and after’ effect. As mentioned above, trauma is defined by its visuality and the clash it creates between the past and present, evidenced by flashbacks etc. It is therefore not uncommon in trauma films such as Cloverfield to find similar temporal abnormalities and a heightened consciousness of images: Cinema has become one of the key means for the narrative temporalization of experience in the twentieth century, and its specific stylistic devices (mise en scène, montage, conventions for marking point of view and temporal shifts in particular) have made it a cultural form closely attuned to representing the discordances of trauma. (Lockhurst 2008: 177) Often in trauma films, the main diegesis constitutes the present and this is invaded by images and events from the past. In Cloverfield, however, the film ends in the past with Beth’s retrospectively ironic lines in Coney Island: “I had a good day” (70:22). The fact that we are left in the past after experiencing the traumatic events of the monster attack reinforces the extent to which the film foregrounds the trauma as still being very much present and unresolved. The splicing of scenes of the formerly happy lives of Rob and Beth with their disturbing experiences during the attacks serves to convey the fracture and intense grief of shattered life stories. The cinematography of the film too, serves as perceptive social criticism. The use of handheld cameras in Cloverfield recalls the amateur footage which constituted a substantial part of the first images we saw of the World Trade Center attacks. The documentary style and the consistent emphasis on capturing both celebration and disaster for posterity also elucidate the current global obsession with technology and documenting. Everything we see in the film is filtered and mediated through the camera-within-a-camera. The currency of the image is clear. The film highlights the modern day addiction to the image and too frequent preference for simulation over the real.


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When the head of the Statue of Liberty comes crashing down the street in the film, for example, we see characters using their mobile phones to capture the event. It is no accident either, that it is an electronics store that is looted, again an act symbolic of this fervent obsession. Also, in the store (as earlier in the apartment) there are scenes of people transfixed in front of televisions watching media footage of the disaster as it happens on screen. These too, are extremely telling and pertinent, foregrounding the unrivalled primacy of simulacra in the postmodern age, not to mention the power of the media. The film’s supposed cameraman, Hud, defends his relentless ‘documenting’ saying: “People are gonna want to know how it all went down [...] People need to see this, you know? This is gonna be important” (25:45), an attitude which seems to accurately reflect the views of those, both the media and the general public, who filmed the 9/11 attacks and later distributed the images. It is also noteworthy that the actors of the film used those very media images as a guide. Michael Stahl-David reveals in the Cloverfield DVD ‘Making of ’ that “a lot of the research for this movie came from YouTube, looking at footage from 9/11, looking at amateur footage, and the chaos and messiness of those shots and the alarming realness of that” (8:46). Abrams sums it up succinctly stating: “There’s a new kind of familiarity with that kind of panic video” (8:59), acknowledging the unprecedented effect of 9/11 in the representation of disaster and trauma. Perhaps, however, it is not the direct representation of scenes that remind us of the World Trade Center attacks that are at the heart of the disapproval the film has met. It is rather the open-ended character of this science fiction monster attack that disturbs audiences. The film presents us with a highly-loaded metaphorical monster of unknown origin and with the apparent intention to destroy New York but who is not visibly destroyed or defeated during the course of the film. There is a notable absence of any convincing hero figure to defeat the monster; there is no character like that of Will Smith in Imdependence Day to save the day by overcoming seemingly impossible odds, thereby leaving the viewer revelling in a sense of triumph and security. The yuppie protagonists in Cloverfield cut far less heroic figures than those defined in any classical sense of the word. Unlike Godzilla or most other monster and alien invasion movies, this monster is not brought down by the appropriate authorities or hero,


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thus leaving the sensitive viewer anxiously guessing and questioning the meaning of it all. Whether intentional or otherwise, this is one of the strengths of the film’s socio-political criticism. It is precisely the double nature of the monster, or, more accurately the ‘other’, that lends the film a sharper critical edge. The monster is clearly identified with the 9/11 attackers but is not reduced simply to this: The horror of monsters rests in this capacity to destabilize axiomatic certainties. In this respect, while they may excite horror, they are not, strictly speaking, representations of ‘abjection’, for the abject is repressed, hidden and submerged, whereas one of the functions of monsters is to be a spectacle of abnormality. Monsters are excluded and demonized, but nonetheless functionally necessary to the systems that engender and classify them [...] The discourse of monstrosity is therefore something which both bolsters and denaturalizes talk about what it means to be human. (Graham 2002: 39) As an ‘other’, the monster represents internal anxieties and raises the troubling questions: Where is it from? Why is it here? How can it be stopped? We are never entirely certain where the monster has come from or why it is wreaking havoc on New York City. We follow characters that know and learn very little about the situation. Only in the final scene of the film are we given an oblique clue as to the origin of the monster. In this scene, an object falling from the sky and splashing into the ocean, which could be the arrival of the monster, can be seen in the top right-hand corner of the frame. The fact that it seems to come from the sky is surely no accident; it reminds us of America’s long-lived fear of invasion epitomised by the catchphrase from the 1950’s: ‘Watch the Skies’. Prophetically, in 2001 the attacks did come from the skies. The lack of any definitive answers to these fundamental questions about the monster in the film reflects the similar vagueness surrounding the true origin of and reasons behind the attacks in American political discourse after 9/11. Until Cloverfield neither the media nor other films engaged so directly with the questions surrounding and underlying the 9/11 attacks. Although these questions are provocatively left unanswered in the film, the very


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presence of a monster of unknown origin terrorising New York is sufficient to stimulate discussion. Explaining away the metaphor and subsequently politicising or biasing the film would have been less effective. The very open-endedness of the monster represents the necessity of opening up debate regarding the causes of 9/11. Cloverfield’s monster in its representation of modern America, then, can be seen as a highly effective symbol of a repressed American guilt complex, i.e. the sublimation of the trauma of its worst fears being realized, coupled with the unexpressed feelings of responsibility for past wrongdoing. The public and political rhetoric of America as the innocent victim after 9/11 was an obvious attempt at hiding or sidestepping deeper issues concerning a shadowy heritage of doubledealing and dubious foreign policy, and in this sense, the monster in Cloverfield could be said to represent the arguably self-destructive activity of America, politically and culturally, at the time. With reference to the duplicity of monster figures, Richard Kearney relevantly notes: “Without them we know not what we are. With them we are not what we know” (Kearney 2003: 117). The fact that the monster is not eliminated is central insofar as it implies a lack of resolution of the trauma in question. The film therefore, does not offer a definitive cure but rather leaves the wounds exposed and unhealed. This perhaps, is a more constructive approach than the provision of unconvincing and unrepresentative closure seen in so many ‘trauma’ films. As E. Ann Kaplan suggests: “Trauma can never be ‘healed’ in the sense of a return to how things were before a catastrophe took place, or before one witnessed a catastrophe; but if the wound of trauma remains open, its pain may be worked through in the process of its being ‘translated’ via art” (2005: 18-19). 7. CONCLUSIONS The cinema constitutes a central component of communal cultural responses to socio-political discourse. Science fiction, longignored, has finally found a place in debates concerning representation and has proved fruitful in approaches to cultural and sociological study. In retrospect, with the 1950’s in mind in particular, science fiction has often exhibited a special affinity with issues of paranoia, trauma and


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identity, especially with regard to American culture. As experience and trauma can be individual and personal and/or collective and cultural, to authentically engage with the anxieties and traumas of modernity, therefore, popular culture serves as a fundamental hermeneutical instrument. With respect to cultural representations 9/11, a study of science fiction films such as Cloverfield can yield provocative and significant results. While film can often help viewers work through traumatic events by providing distance and closure, any catharsis Cloverfield attempts to provide finally falls short, mainly due to the integrity of its highly critical political allegory. Cloverfield’s monster of uncertain origin ultimately represents acute paranoia arising from the unresolved trauma of the current political situation in the United States. While the film may not succeed in offering relief from the continuing distress suffered in America, it does constitute an important step in the healing process by confronting the trauma head on and recognising the lack of resolution which is essentially prolonging the suffering and anguish. WORKS CITED Baudrillard, Jean. 2002. “L’Esprit du Terrorisme.” The South Atlantic Quarterly, 101:2. http://saq.dukejournals.org/cgi/reprint/101/2/ 403 Retrieved on 30/04/08 Bookes, M. Keith. 2006. Alternate Americas: Science Fiction Film and American Culture. Westport: Greenwood Bradshaw, Peter. 2008. “Cloverfield.” guardian.co.uk, February 1. <http://film.guardian.co.uk/News_Story/Critic_Review/ Guardian_review/> Retrieved on 4/03/08 Breithaput, Fritz. 2003. “Rituals of Trauma: How the Media Fabricated September 11.” In S. Chermak, F. Y. Bayley, and M.Brown, eds. Media Representations of September 11. Westport: Praeger. 67-81 Caruth, Cathy. 1995. Experience: Trauma, Narrative, and History. Baltimore: Johns Hopkins University Press Cornea, Christine. 2007. Science Fiction Cinema: Between Fantasy and Reality. New Brunswick: Rutgers University Press Dargis, Manohla. 2008. “We’re All Gonna Die! Grab Your Video Camera! ” nytimes.com, January 18. <http://movies.nytimes.com/


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THE NOTION OF DISCOURSE COHERENCE FROM THE RELEVANCE THEORY FRAMEWORK: AN ANALYSIS OF A COMMENT ARTICLE* Ramiro Durán Martínez Universidad de Salamanca rduran@usal.es The main aim of our paper is the study of the notion of discourse coherence from the Relevance Theory framework (Sperber and Wilson 1995). We will examine how relevance theory works in the analysis of connectivity in an authentic text: a comment article published by a British newspaper. There we will prove that discourse coherence is determined by the relation between the explicit information existing in the text and its contextual assumptions, together with the cognitive effects or conceptual connectivity derived from the interaction between both factors. In our research we have found two opposing perspectives concerning the relationship between coherence and relevance: the first one considers coherence and relevance as independent notions (Giora 1997, 1998, Alonso 1999, 2005) and the second one sees coherence as a category deriving from relevance: Blakemore (1992, 2001, 2002), Blass (1986, 1990), Sperber and Wilson (1995). We consider that the view of discourse coherence as a pragmatic rather than a semantic factor is responsible for that distinction. Keywords: relevance theory, discourse coherence, conceptual connectivity, contextual assumptions, comment article. El principal objetivo de este artículo reside en el análisis de la noción de coherencia discursiva desde el marco de la teoría de la relevancia (Sperber and Wilson 1995). Examinaremos cómo la Teoría de la Relevancia *

Fecha de recepción: Abril 2009


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estudia el análisis de la conectividad en un texto auténtico: un artículo de opinión publicado por un diario británico. Aquí mostraremos que la coherencia discursiva se determina por la relación entre la información explícita que existe en el texto y sus supuestos contextuales, así como los efectos cognitivos o conectividad conceptual que se derivan de la interacción entre ambos factores. En nuestra investigación hemos encontrado dos planteamientos opuestos en el análisis de la relación entre coherencia y relevancia: el primero de ellos las considera como nociones independientes (Giora 1997, 1998, Alonso 1999, 2005) mientras que el segundo plantea que la coherencia se deriva de la relevancia: Blakemore (1992, 2001, 2002), Blass (1986, 1990), Sperber and Wilson (1995). Consideramos que la visión de la coherencia discursiva como un factor de naturaleza más pragmática que semántica es responsable de esta distinción. Palabras clave: Teoría de la relevancia, coherencia discursiva, conectividad, supuestos contextuales, artículo de opinión. 1. A BRIEF OUTLINE OF RELEVANCE THEORY Relevance Theory (Sperber and Wilson 1995) offers a general theory of human cognition and communication starting from the following fundamental assumption: the addressee will make the needed effort to process a piece of information if he/she deems it relevant in a specific situation. A piece of information is considered relevant when, being processed in the particular cognitive environment of a specific hearer, it causes a certain number of contextual effects. The relationship between contextual effects and processing effort is of crucial importance in Relevance Theory and it leads to the key notion of optimal relevance, explained by Sperber and Wilson (1995: 16) with the following maxims:


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A - Other things being equal, the greater the contextual effects, the greater the relevance. B - Other things being equal, the smaller the processing effort needed to achieve those effects, the greater the relevance. Just like many other theories dealing with discourse analysis from different perspectives (i. e. cognitive, semantic, pragmatic), Relevance Theory emphasises that the starting point of communication is not zero. Thus, when the addressee is involved in any kind of communicative act, he or she will have to select the interpretation which gives greater contextual effects in each particular situation because this is the easiest way to adjust to both the immediate context and the encyclopaedic knowledge of the addressee. When dealing with written texts such as comment articles, the main aim of Relevance Theory is to contribute to the explanation of how texts are interpreted, how they are processed by the reader and what effects are achieved. From the Relevance Theory perspective, the relevance of a particular proposition is not determined by the text itself but by the context in which it is processed. We shall thus show how this notion of relevance confronts the idea of coherence as a possible explanation of how texts are processed and understood. Let us now examine some different approaches which have been made to the concept of discourse coherence taking into account its relationship with the notion of relevance. 2. DISCOURSE COHERENCE AND RELEVANCE THEORY 2. 1. Is coherence a notion independent from relevance? From a general perspective, Grabe and Kaplan (1996) point out an evident dichotomy in the research about coherence: on the one hand, it can be considered as a phenomenon directly associated with the receiver/reader or, on the other hand, it can be perceived as a responsibility of the producer/writer. This distinction entails two different approaches: the latter considering coherence as a linguistictextual phenomenon responsible for concepts such as acceptability,


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appropriateness or text well-formedness and the former considering coherence as a cognitive phenomenon: “coherence is the result of conventionalised knowledge and sequences which a hearer (reader) will be able to call upon to impose a coherent frame onto a message.” (Grabe and Kaplan 1996: 68) The discussion between Giora (1997) (1998) and Wilson (1998) through different papers published in the Journal of Pragmatics clearly shows both the difference between the linguistic and the cognitive approach to the notion of coherence and consequently their different perception of the relationship between coherence and relevance. Giora’s account of discourse coherence is based on the requirements that all the propositions in a text should be related to a discourse-topic proposition (i.e. Giora’s relevance requirement) and that each proposition in a text should be more informative than the one that precedes it in relation to the discourse topic (i.e. Giora’s Graded Informative Condition). She argues that relevance cannot be the only principle that governs human communication and it can by no means replace current accounts of discourse coherence since it is neither necessary nor sufficient for text well-formedness. After examining different ad hoc examples, she claims that coherence is not a derivative notion from relevance, as Sperber and Wilson suggest, because “although a discourse may be Sperber and Wilson relevant to an individual interacting with her/his set of assumptions at a small cost, this discourse may nevertheless be judged as incoherent by the same individual. And vice versa: A discourse may be judged as coherent by an individual and yet be Sperber and Wilson irrelevant to her/him.” (1997: 31) In “Discourse, Coherence and Relevance: a Reply to Rachel Giora”, Deirdre Wilson begins her rebuttal of Giora’s review of Relevance Theory by emphasizing that it is exclusively interested in the cognitive aspect of discourse coherence: What is a theory of text or discourse coherence designed to do? Many coherence theorists set themselves two related goals: (a) to provide a theory of comprehension, explaining how discourses are understood; (b) to provide a theory of evaluation,


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explaining intuitions of discourse well-formedness, acceptability or appropriateness. Goal (a) is shared with relevance theory, which aims to provide a theory of comprehension. However, relevance theory has no explicit goal equivalent to (b). (Wilson 1998: 57) Wilson points out that Giora’s interest is in goal (b): to account for intuitions of coherence and degrees of coherence as intuitions about the “well-formedness” of texts. Nevertheless, she also suggests that, as a by-product, the criterion of consistency with the principle of relevance can shed more light on intuitions of acceptability and “wellformedness” than her appeals to local and global coherence, something that Giora refutes in a later paper (1998). In “Recent approaches to bridging: truth, coherence, relevance”, Wilson and Matsui (2000), using questionnaire results, compare the predictions of the Relevance Theory approach with different coherence-based approaches to bridging references and they show how the intuitions of the addressee are best explained following the Relevance Theory framework. They particularly pay attention to two of the main problems that the coherence-based approach poses: the first one is that the accessibility of coherence relations does not depend exclusively on intrinsic discursive features because whatever relation is most accessible in one situation does not necessarily have to be the most accessible in all others. The second problem for coherence-based approaches is that “an utterance may have two alternative interpretations, both of which satisfy the same coherence relation.” (Wilson and Matsui 2000: 117) In an attempt to summarise these two positions, we will show that some researchers, represented here by Giora (1997, 1998) consider coherence as a notion independent of relevance, while authors such as Blakemore (1992, 2001, 2002), Blass (1986, 1990), Sperber and Wilson (1995) and Wilson and Matsui (2000) see coherence as a mere superficial symptom of relevance relations in discourse. The view of discourse coherence as a pragmatic rather than a semantic factor is responsible for that distinction: relevance theorists consider that connectivity in discourse results from relevance relations between text and context rather than from relations linguistically


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encoded in the text and they are exclusively interested in the cognitive and pragmatic aspects of discourse coherence. 2.2. Is Coherence a Pragmatic Matter? It seems surprising that in the book where Sperber and Wilson formulate their Relevance Theory, the only reference to the notion of coherence appears in a footnote where the following statement is made: “It can be shown that cohesion and coherence are derivating categories, ultimately derivable from relevance (1995: 289)” and they refer to Blass (1986, 1990) for a detailed argument for this position. As there is no analysis of the relationship between coherence and relevance in Sperber and Wilson’s presentation of their general theory of human communication and cognition, we will base our analysis on Blass (1986, 1990). In Relevance Relations in Discourse (1990) Blass tries to prove, using Sperber and Wilson’s Relevance Theory, that connectivity in discourse is a pragmatic rather than a semantic matter, arguing that connectivity results from relevance relations between text and context rather than from relations linguistically encoded in the text. She considers that the existence of coherence relations is neither necessary nor sufficient for comprehension and she disagrees with the position of researchers such as Lundquist who try to integrate the notions of coherence and relevance: Between the two extremes which characterise the study of coherence at the moment, on the one hand the syntactic perspective of anaphoric cohesion between two sentences, and on the other hand the concept of coherence, not as a linguistic fact, but as a general principle of relevance we adopt a position in between; for us, the (re)construction of coherence is based on the linguistic markers which a speaker employs in order to facilitate the work for the addressee, who himself seeks to (re)establish this intended coherence due to a general principle of relevance. (Lundquist 1985: 154)


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Lundquist’s perception of coherence, based exclusively on the linguistic markers employed by a speaker to ease the work for the addressee, who is, at the same time, geared to the maximisation of relevance, is just one part of the complex notion of discourse coherence. As Alonso points out, there are more than just linguistic markers in the analysis of a communicative act: Coherence makes a dynamic use of the different meanings contributed by all elements involved in communication: participants, linguistic selection and context. Coherence determines how the information contained in the discourse is organised to suit the goals governing the process of production. It is decisive in the process of interpretation by text receivers, and interacts with other types of meaning (presupposed, inferential, experiential, socio-cultural, etc.) at all stages of the communicative process. (Alonso 2005: 112) Blass (1986, 1990) adopts Sperber and Wilson’s suggestion that what is crucial to discourse comprehension is the recognition of relevance relations, which are relations between the content of an utterance and its context. Coherence and cohesion relations are considered as just a superficial symptom of something deeper, i.e. relevance relations in discourse. By choosing an exotic language (Sissala) to do her research, Blass tries to prove that the principles by which hearers use contextual information in interpreting utterances in discourse are universally the same. The idea of considering coherence as a superficial symptom (Blass 1986, 1990, Sperber and Wilson 1995) goes against the perspectives of some of the most qualified researchers on discourse (Halliday and Hassan 1976, Van Dijk 1977, 1980, Van Dijk and Kintsch 1983, De Beaugrande 1980, 1997). Although they show discrepancies when cohesion and coherence are assigned “a place and a function in the reality of discourse meaning” (Alonso 2005: 115), they all agree on the distinctive nature of both notions. Let us mention here, as an example, De Beaugrande’s separate treatment of cohesion and coherence as elements of the textual unit, where cohesion deals with sequential connectivity, while coherence is regarded as the expression


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of conceptual connectivity. Contrary to the position defended by Blass (1986, 1990), cohesion relations are considered superficial while coherence is generally perceived as a deeper notion: “A coherent discourse is not just a set of successive sentences more or less related to each other at surface level; it is a network of meaning that goes beyond the propositional content individually represented in each of the sentences.” (Alonso 2005: 112) Like Lunquist (1985) there are some other researchers who have tried to link Relevance Theory with coherence. In “The Role of Cohesive Devices as Textual Constraints on Relevance: A Discourseas-process View” (2003), Moreno also tries to bind the notion of coherence to the cognitive framework established by Relevance Theory, paying particular attention to the role of cohesive devices in written texts. Following Sinclair´s model of written text structure (1993), she is particularly interested in examining cohesive devices as elements of the interactive apparatus of the language in the process of text interpretation and not as the traditional view of cohesive devices (Halliday and Hassan 1976) as elements in a text analyzed as a finished product. With this aim in mind she studies the coherence pattern of a comment article from the Guardian Unlimited perceived by a discourse community of 25 subjects. Moreno’s model is concerned with the analysis of textual cohesive devices in the perception of relevance and coherence in the process of discourse interpretation: Its ultimate purpose is to determine which textual features of a given text are more likely to help potential readers to make sense as a discourse-asprocess. That is, the present study will try to identify those textual elements that help readers to achieve optimal relevance (cf. Sperber and Wilson, 1986) at each successive text of the moment in relation to the growing meaning derived from processing previous text. They will then be accounted for as textual constraints on relevance, that is, as text pointers that help readers to select relevant contextual assumptions brought to bear on the interpretation of current discourse. A sentence will be said to be relevant if it conveys relevant


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information and relevance will be defined, following Blakemore (1987: 111), in terms of a relationship between propositions. (Moreno 2003: 114) However, the framework proposed here by Moreno does not agree with Blass’s perception of the relationship between coherence and relevance (1986, 1990). As the previous quotation shows, Moreno focuses on the study of relevance through the analysis of cohesive connections between propositions in a text while Blass considers that the ultimate goal of Sperber and Wilson’s Relevance Theory is the analysis of the relationships between utterances and assumptions: One fundamental difference between relevancebased and coherence-based approaches is that, while coherence is a relation between linguistic units (utterances, elements of a text), relevance is a relation which is defined not only for utterances but also for assumptions, i. e. units of information or thought. (Blass 1990: 72) After all the considerations examined in this article, it becomes clear that there are opposing perspectives about issues such as the relationship between coherence and relevance, the notions of coherence and cohesion or the role of coherence as an essential or superficial component of the overall meaning of the discourse. Nevertheless, when examining coherence (Blakemore 1992, 2001, 2002, Blass 1986, 1990, Sperber and Wilson 1995), we perceive in some Relevance Theorists a tendency to drift from the notion of coherence to the notion of cohesion, going from the conceptual aspects determined by coherence to the segmential elements of cohesion. Like most of the schools dealing with discourse analysis, Relevance Theorists also tend to ignore interdisciplinarity and tend to forget the valuable contributions which are made by different linguistic theories to various aspects of the analysis of communicative processes. This is the case with the analysis of the relation between information content and context where valid classical approaches to the notions of conceptual connectivity or cognitive effects such as those of Van Dijk (1976) or Van Dijk and Kintsch (1983) are neglected. Nevertheless, we consider that the analysis of the relationships between utterances and assumptions


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is a crucial element for the correct interpretation of the notion of discourse coherence. 3. THE STUDY OF COHERENCE FROM THE RELEVANCE THEORY PERSPECTIVE: CONCEPTUAL CONNECTIVITY ANALYSIS IN “I’LL ALWAYS BE DADDY’S GIRL AT HEART” The main aim of the following text analysis is to show how the phenomenon of conceptual connectivity works in a discourse. We will follow the principles of Relevance Theory as these theorists claim to be the only researchers truly concerned with the relation between information content and context while coherence approaches are regarded by the same school as mainly focusing on textual connectivity: Relevance theory thus accounts for the interpretation of utterances which coherence theory cannot account for and shows why even when there is a co-text, interpretation almost invariably involves the use of background assumptions not derived from the co-text. In this sense, relevance theory is clearly a more adequate theory of how utterances are understood. (Blass 1990: 74) In this paper, we will stress the importance of focusing on conceptual connectivity (not necessarily structural cohesive connectivity) as a major factor in yielding cognitive effects. In order to do our research we have chosen an authentic and unabridged comment article published by The Observer on the 19th of June 2005. In this article we will examine the crucial role of context in the way utterances are processed, and we will show how the context is actively constructed by the reader in the course of the comprehension process rather than established beforehand. We will also analyse how a text may be processed and interpreted by a prospective reader following the criteria established by Blass (1990), where connectivity in discourse is determined by the relation between the explicit information existing in the text and its contextual assumptions. Blass (1990: 74) argues that, according to Sperber and Wilson, the notion of topic is also derivative in Relevance Theory, merely giving access to


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“an encyclopaedic entry which plays a relatively central role in comprehension.” The distinctive element of our analysis lies in considering that the cognitive effects derived from the interaction of explicit information and contextual assumptions should not only involve surface cohesive connectivity, as Blass (1986, 1990) and Moreno (2003) claim, it should also concern conceptual connectivity. Following discourse analysts - van Dijk (1977, 1980, 1983) or de Beaugrande (1980, 1997) - we believe that conceptual connectivity, which emerges from the interaction between pre-existing and discourse acquired information, contextual assumptions and cognitive effects, helps in the construction of coherence. According to Relevance Theory, the relevance of an utterance in a text is usually determined by its relation with the explicit information displayed in the text and the contextual assumptions derived from it. There are three ways in which new information interacts with existing contextual assumptions to yield cognitive effects: new information may achieve relevance by strengthening an existing assumption in the mind of the reader, by contradicting and eliminating an existing assumption or by combining with an existing assumption to yield a contextual implication. The interaction between utterances and assumptions, explicit and implicit information, and the different cognitive effects will be analysed in the following comment article. We will contend that this interaction and the search of the addressee for adequate contextual effects helps to determine the coherent structure of the text. We will also claim that the resulting cognitive effects are crucial in the construction of conceptual connectivity. I’ll always be Daddy’s girl at heart The Observer 19/06/2005 (1a) There is something rather odd about the fact that the relationship between fathers and daughters is never celebrated – or even rarely mentioned. (1b) Even on the dark side of things, the Electra complex is less well known than its Oedipal equivalent. (1c)The only well-known paean to the father-daughter relationship is Marilyn Monroe’s rather creepy and breathy ‘My Heart Belongs


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to Daddy’. (1d) The da-da-da in question, as she calls him, is something more of a father figure or sugar daddy than a flesh-and-blood paterfamilias - and that’s putting it politely. THE TOPICALISED ELEMENT in (1a) “the relationship between fathers and daughters” makes the encyclopaedic entries of “family relations” in general and “father-daughter relation” in particular available to the reader and, together with the title of the article, provides the main context where the next stretch of discourse should be processed. CONTEXTUAL ASSUMPTION (as a result of the encyclopaedic knowledge of the reader): Family relations are celebrated/examined. EXPLICIT INFORMATION: (1b-1d) The relationship between father and daughter is never celebrated and it has been superficially examined. COGNITIVE EFFECT: CONTRADICTING AN EXISTING ASSUMPTION. Not every kind of family relationship is celebrated/examined. (2a) The mother-daughter relationship quite rightly comes under regular scrutiny as incredibly complex and often infuriating. (2b) After all, what woman has not hated their mother at one time or another? (2c) The dynamic between fathers and sons is also often in the news for different reasons - as political capital to make single mothers feel bad. (2d) Fathers are often urged to spend more time with their sons and lectured about the importance of male role models. (2e) So where do fathers and daughters fit in? TWO NEW SUB-TOPICS ARE INTRODUCED IN 2A – 2B (mother – daughter relationship) and 2C – 2D (father-son relationship). Both of them also belong to the encyclopaedic entry of “family relations”. NEW CONTEXTUAL ASSUMPTION (as a result of the cognitive effect in paragraph 1): (2) Not every family relationship is examined.


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EXPLICIT INFORMATION: Mother-daughter relations (2A2B) and father-son relations (2C-2D) have been examined in different ways. COGNITIVE EFFECT: CONTRADICTING AN EXISTING ASSUMPTION (as in paragraph 1) (2E) The father-daughter relationship has not been properly examined. (3a)The relationship between a male parent and a girl child is special and different. (3b) Elizabeth Gaskell wrote beautifully about the tension between a widowed father and his grown-up little girl in Wives and Daughters. (3c) Papa Gibson wants to remarry for the good of daughter, Molly. (3d) Disaster ensues when she hates the prospective new wife. (4a) But the relationship between daddy and daughter is never really strained; they love each other too much and there is enough distance between them to live and let live.(4b) This is the biggest obstacle for mothers and daughters to overcome.(4c) They are often too alike to let anything go. THE MAIN TOPICALISED ELEMENT IN THIS ARTICLE (father-daughter relationship) opens the third (3a) and fourth paragraph (4a). CONTEXTUAL ASSUMPTION (as a result of the explicit information in paragraph 2): (3) Mother – daughter and father-son relationships are somehow predictable. EXPLICIT INFORMATION: (3a) Father – daughter relationship is special and different. IMPLICIT INFORMATION: (3b- 3d) Mother – daughter relationship is often strained. CONTEXTUAL ASSUMPTION (as a result of the implicit information in paragraph 3): (4) Mother – daughter relationship is too close and this causes problems. EXPLICIT INFORMATION: (4a) The relationship between father and daughter is never strained because they love each other but there is some distance between them.


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COGNITIVE EFFECT: STRENGHTENING OF AN EXISTING ASSUMPTION: Closeness and similarity of characters causes problems in the mother-daughter relationship. (5a) My father and I were never similar enough to drive each other mad, yet we were close enough in character to have a silent understanding. (5b) I am getting a bit old to be a daddy’s girl now but I suspect I will always be one, even when I’m an old crone. While paragraphs 1-4 have dealt with the topic of family relations in a general way, paying particular attention to the fatherdaughter relationship, paragraphs 5-9 are devoted to personalizing the topicalized element of the article, as shown in (5a) “My father and I ...”. Paragraphs 4 and 5 share the same contextual effects, explicit information and cognitive effects with the only difference that paragraph 4 speaks in general terms while paragraph 5 refers to the particular relationship between the writer and her father. In this way, a smooth transition is ensured from the writer’s general ideas to her personal experience. CONTEXTUAL ASSUMPTION (as a result of the cognitive effect in paragraph 4): (5) My mother and I had a very close relationship and this has occasionally caused problems. EXPLICIT INFORMATION: (5a) The fact that my father and I loved each other but there was some distance between us made our relationship really successful in the past. EXPLICIT INFORMATION: (5b together with the title of the article): In the future, I’ll also always be Daddy’s girl. COGNITIVE EFFECT: STRENGHTENING OF AN EXISTING ASSUMPTION: (as in 5) Closeness and similarity of characters causes problems in the mother-daughter relationship. In paragraphs 6 - 8, the writer describes different aspects of her relationship with her father that will not be analysed here for the sake of brevity. We will just point out the main explicit information in them:


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EXPLICIT INFORMATION: Even in difficult circumstances (being part of an all-women family, when I was a teenager and I disappointed him, ...), my father has always been an ally and a confidant. (9a) Now that I am in my thirties and my father is in his fifties, for the first time our lives are similar: we both have children, too many responsibilities and we feel quite tired. (9b) And I have finally managed to give him the one thing I suspect he has always wanted - a living, breathing potential Gunner in Will, his one-year-old grandson. (9c) The best father’s day present for him is the potential that two size six baby feet represent. (9d) He’s kicking a ball in the garden right now, Dad, I promise. CONTEXTUAL ASSUMPTION (as a result of the explicit information in paragraph 6-8): In the past, I sometimes disappointed my father due to the fact that our lives were quite different. EXPLICIT INFORMATION: (9a) At present, our lives are quite similar: children, responsibilities and tiredness. EXPLICIT INFORMATION: (9b) She has had a baby boy. IMPLICIT INFORMATION (CONCLUSION): In an allwomen family, where her father might have felt quite isolated (not found many common grounds/interests) his daughter is proud of having given him the opportunity to share, in the future, his interests with his grandson. This might compensate previous disappointments. 4. CONCLUSION OF OUR ANALYSIS In this paper we have studied how Relevance Theory works in the analysis of coherence in a comment article published in a British newspaper, highlighting the main distinctive element between the Relevance Theory approach and more traditional conceptions of the notion of coherence: i.e. the importance given by Relevance Theory to the utterance-assumption relation in the explanation of discourse coherence. With this analysis we have proved how context is actively constructed by the reader during the course of the comprehension


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process through the relations between the explicit information displayed in the text and the contextual assumptions and cognitive effects derived from it. The distinctive element of our analysis lies in considering that the cognitive effects derived from the interaction of explicit information and contextual assumptions should not only involve surface cohesive connectivity, as Blass (1986, 1990) and Moreno (2003) claim, but also conceptual connectivity, which emerges from the interaction between pre-existing and discourse acquired information, contextual assumptions and cognitive effects. Our analysis thus confirms that there are three ways in which new information interacts with existing contextual assumptions to yield cognitive effects: new information may achieve relevance by strengthening an existing assumption in the mind of the reader, by contradicting and eliminating an existing assumption or by combining with an existing assumption to yield a contextual implication. The interaction between utterances and assumptions, explicit and implicit information, and the different cognitive effects have been analysed in the previous comment article. We have also shown how this interaction and the search on the part of the addressee for those adequate contextual effects is a crucial element to determine conceptual connectivity, which is considered a key issue in the creation and maintenance of discourse coherence - see van Dijk (1977, 1980), de Beaugrande (1980, 1997) - and it is not necessarily structural cohesive connectivity. WORKS CITED Alonso, P. 1999. “Claves para la comprensión y aprendizaje del concepto de coherencia discursiva”. Cuadernos de Investigación Filológica 25: 39-52. Alonso, P. 2005. Semantics. A Discourse Perspective. Oviedo: Septem. Beaugrande, R. de 1980. Text, Discourse and Process. Norwood, NJ: Ablex. 1997. New Foundations for a Science of Texts and Discourse. Norwood, NJ: Ablex. Blakemore, D. 1992. Understanding Utterances. Oxford: Blackwell.


Ramiro Durán Martínez The Notion of Discourse Coherence from the Relevance Theory...

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Blakemore, D. 2001. “Discourse and Relevance Theory”. The Handbook of Discourse Analysis. Eds. D. Schiffrin, D. Tannen and H. Hamilton Oxford: Blackwell, 100-118. Blakemore, D. 2002. Relevance and Linguistic Meaning. The Semantics and Pragmatics of Discourse Markers. Cambridge: Cambridge University Press. Blass, R. 1986. “Cohesion, Coherence and Discourse”. Notes on Linguistics 34: 41-64. Blass, R. 1990. Relevance Relations in Discourse. Cambridge: Cambridge University Press. Garrido, J. 2003. “Relevance versus Connection: Discourse and Text as Units of Analysis.” Clac 13. Giora, R. 1997. “Discourse Coherence and Theory of Relevance: Stumbling Blocks in Search of a Unified Theory”. Journal of Pragmatics 27: 17-34. Giora, R. 1998. “Discourse Coherence is an Independent Notion: A Reply to Deirdre Wilson”. Journal of Pragmatics 29: 75-86. Grabe, W. and Kaplan, R. B. 1996. Theory and Practice of Writing. London and New York: Longman. Halliday, M. A. K. and Hassan, R. 1976. Cohesion in English. London: Longman. Kolaiti, P. 2005. “Pragmatics and the Phantasm Called Text: A Relevance-Theoretic Approach to Cohesion.” UCL Working Papers in Linguistics 17: 335-352. Lundquist, L. 1985. “Coherence: from Structures to Processes”. Text Connexity, Text Coherence. Aspect, Methods, Results. Ed. E. Sözer. Hamburg: Helmut Buske Verlag, 151-175. Miao, X. 1999. “The Explanatory Power of Relevance Theory to Discourse Coherence”. Foreign Language Teaching and Research 3 (119): 9-14. Moreno, A. I. 2003. “The Role of Cohesive Devices as Textual Constraints on Relevance: A Discourse-as-Process View”. International Journal of English Studies 3 (1): 111-165. Sinclair, J. M. 1993. “Written Discourse Structure”. Techniques of description: Spoken and Written Discourse, a Festschrift for Malcolm Coulthard. Eds. J. M. Sinclair, M. Hoey and G. Fox. London: Routledge. Sperber, D. and D. Wilson 1995 (1986). Relevance. Communication and Cognition. Oxford: Blackwell.


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Van Dijk, T. A. 1977. Text and Context. Explorations in the Semantics and Pragmatics of Discourse. London: Longman. Van Dijk, T. A. 1980. Macrostructures: An Interdisciplinary Study of Global Structures in Discourse, Interaction and Cognition. New Jersey: Lawrence Erlbaum Associates. Van Dijk, T. A. and Kintsch, W. 1983. Strategies of Discourse Comprehension. London: Academic Press. Wilson, D. 1998. “Discourse, Coherence and Relevance: A Reply to Rachel Giora”. Journal of Pragmatics 29: 57-74. Wilson, D. 2005. “New Directions for Research on Pragmatics and Modularity”. Lingua 115: 1129-1146. Wilson, D. and T. Matsui 2000. “Recent Approaches to Bridging: Truth, Coherence, Relevance.” Lengua, Discurso, Texto. Eds. J. J. de Bustos, P. Charadeau, J. L. Girón, S. Iglesias and C. López Alonso. Madrid: Visor Libros, 103-131.


Mª José Corvo Sánchez Historia y tradición en la enseñanza y aprendizaje de lenguas...

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HISTORIA Y TRADICIÓN EN LA ENSEñANZA Y APRENDIZAJE DE LENGUAS EXTRANJERAS EN EUROPA (VII): EDAD MODERNA – LAS LENGUAS NACIONALES* Mª José Corvo Sánchez Universidad de Vigo mcorvo@uvigo.es The Renaissance, as a new cultural field, gives rise to two innovations within foreign language teaching. On the one hand, Classical Latin is defended, on the other, the general attitude towards languages undergoes a change. The defence of Classical Latin also implies a turning away from and an abandoning of Medieval Latin. The general attitude change included both the Classical Languages and the new modern national languages. These are more sought after because new types of workers are required: artillery men, navigators, permanent and mercenary armies, merchants, etc. All these factors lead to a reformation in the educational system and to a relevant modification in language teaching. The current study, a continuation of the series carried out in previous issues of this journal, studies the European modern languages of that period, and, more specifically, it presents and analyses the lexicographical and grammatical materials designed for the teaching and learning of foreign languages. Key words: teaching and learning, foreign languages, history and tradition, Early Modern Period. En el nuevo espacio cultural de los hombres del Renacimiento se producen dos grandes innovaciones en el ámbito de la enseñanza de lenguas extranjeras: la defensa del latín clásico y el cambio de actitud general hacia las lenguas. La primera conllevó el rechazo y el abandono del latín medieval; la segunda englobó tanto a las clásicas, como a las lenguas nacionales, más *

Fecha de recepción: Marzo 2010


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demandadas ahora ante la aparición de nuevas ocupaciones: artilleros, navegantes, ejércitos permanentes y mercenarios, mercaderes, etc. Y todo ello derivó en la reforma del sistema educativo y en una modificación significativa de la enseñanza de lenguas. Este trabajo, que continua la serie desarrollada en los números precedentes de esta revista, se dedica al estudio de las lenguas modernas de la Europa de estos años y, más concretamente, a presentar y analizar el material gramatical y lexicográfico elaborado para su enseñanza y aprendizaje como lenguas extranjeras. Palabras clave: enseñanza y aprendizaje, lenguas extranjeras, historia y tradición, Edad Moderna. 1. INTRODUCCIÓN: LA ENSEñANZA DE LAS LENGUAS NACIONALES COMO EXTRANJERAS El desarrollo de la enseñanza de las lenguas vernáculas nacionales como extranjeras se halla inmerso en otro más amplio: el de la normalización o codificación de las lenguas de Europa, es decir, el de la regularización de su uso, a través de una ortografía uniformada1 y de una gramática, para situarse al mismo nivel que la latina o la griega y asegurar su autonomía respecto al latín. Aportaciones pioneras en ambos campos son la Grammatica della lingua toscana (c. 1437-1441) de León Battista Alberti y las dos obras siguientes de Nebrija: su Gramatica castellana de 1492 –una fecha muy temprana sobre todo si tenemos en cuenta que “la reflexión de los humanistas sobre el castellano como lengua de cultura y de sus posibilidades de ser sometido a norma no había llegado aún tan lejos” (Calvo-Esparza 1993: 149)– y su tratado de ortografía, publicado en 1517 con el título Reglas de Orthographia, en el que adoptó el dogma acuñado por Quintiliano, según el cual “hay que escribir como se pronuncia”, apoyándose en su primer y más importante principio: “[…] así como las voces y las palabras responden a los conceptos, así las figuras de las letras han de responder a las voces” (apud Esparza 1995: 130)2.


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Si bien los hechos condicionan enormemente el desarrollo específico de su enseñanza como lenguas extranjeras, quienes las aprenden también constituyen un factor determinante, ya que, frente a los estudiosos de las lenguas clásicas, éstos comienzan a demandar un material didáctico específico capaz de adaptarse a las necesidades prácticas de un aprendizaje funcional de las lenguas, que tuviera como objetivo último satisfacer las necesidades básicas y comunes del público extranjero: aprender a hablarlas, leerlas y escribirlas en el menor tiempo posible. En respuesta a estas necesidades, la enseñanza de lenguas se transforma progresivamente durante el Renacimiento en una actividad profesional de gran demanda en todo el espacio occidental europeo y a su servicio se hallan quienes, desde la perspectiva actual, no podemos sino considerar como los primeros maestros conocidos en la historia dedicados a la enseñanza de las lenguas europeas como extranjeras. Estos maestros, tanto de naturaleza privada entre las clases poderosas, como pública en las escuelas –religiosas y estatales– y universidades, desempeñan su trabajo de forma paralela a la enseñanza profesional de las lenguas clásicas y se guían por una metodología bilingüe similar a la empleada para la enseñanza de la latina –que es la que sirve fundamentalmente como modelo para todas las demás–, lo que explica que igualmente recurrieran a las gramáticas, las ortografías, los vocabularios, los diálogos, etc. para el desarrollo de su actividad docente, abarcando los métodos gramatical y conversacional tradicionales de la enseñanza de lenguas3. De este modo, se elabora en estos siglos un material didáctico gramatico-lexicográfico propio, concebido como auxilio lingüístico tanto para enseñar, como para aprender lenguas y destinado tanto para los estudiosos y las escuelas, como para aquéllos cuyo interés por aprender una lengua respondía a una finalidad exclusivamente práctica, persiguiendo un aprendizaje funcional de la misma y limitando su estudio a la vertiente comunicativa, dentro de la cual la observación de las reglas gramaticales, de uso habitual en las aulas, resulta innecesaria a favor de la memorización de las frases más usuales y de un vocabulario útil, que les permitiese solventar –a los viajeros, diplomáticos, políticos, comerciantes y soldados, principalmente– los


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problemas más inmediatos de conversación y de traducción que pudieran surgir en los desplazamientos de unos países a otros. Muchas de las obras aparecidas en los primeros años siguieron siendo copiadas o nuevamente editadas en diferentes lugares de Europa con posterioridad en el siglo XVII en ediciones multilingües, conteniendo un mayor o menor número de lenguas, dando lugar al primer florecimiento de la gramaticografía y de la lexicografía políglota europea. Por esta razón, en las páginas siguientes, en las que presentamos y analizamos dicho material didáctico, lo contemplamos como el resultado de una actividad gramaticográfica y lexicográfica común y unitaria llevada a cabo en el Occidente europeo. Antes de comenzar, no obstante, es necesario aclarar varias cuestiones. En primer lugar, en este trabajo no se incluyen las ortografías, pues la producción de ortografías independientes resulta poco frecuente en comparación con el resto del material didáctico4. En segundo lugar, interesa advertir de la complejidad que conlleva habitualmente el estudio de estas obras antiguas, al poder ser encontradas referencias diferentes cuando en realidad se habla de versiones de una misma obra original, pocas veces modificadas y en las que la diferencia mayor reside en la inclusión de un número, por lo general, cada vez mayor de lenguas. Las causas a las que esto es debido son diversas: la confusión a la que ha podido conducir a muchos estudiosos y bibliógrafos el hecho de que muchas ediciones presenten sus títulos en latín y el desconcierto provocado ante designaciones tales como teutonicum, refiriéndose en algunos casos al alemán y en otros al neerlandés; el hecho de que muchas obras aún no estén recogidas bibliográficamente; y también está la cuestión de los nombres de los autores, los cuales pueden no aparecer mencionados en reediciones posteriores y si lo hacen, por lo general, aparecen en combinación con el del responsable de la nueva edición o con el del impresor, dificultándose en estos casos enormemente la tarea investigadora en la determinación de la autoría de ciertas obras o ediciones (cf. Haensch 1991: 2909-10, 2912). Como veremos a través de las ejemplificaciones seleccionadas, las nuevas lenguas nacionales que gozaron de mayor proyección en Europa fueron la italiana, la francesa y la española5, siendo ésta última,


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por las circunstancias históricas particulares de la época, la segunda lengua extranjera aprendida tras el latín en todo el territorio, contando entre sus docentes con muchos de los maestros de lenguas extranjeras de mayor renombre internacional6. A diferencia de las lenguas clásicas, de uso religioso, literario y escolar, estas otras –conocidas también como linguae exoticae o peregrinae–, carentes de tradición y exentas de componente religioso, se enseñan respondiendo a unas razones y a un interés social práctico; no obstante, como veremos a continuación, “para ser aceptadas en las escuelas por tener el mismo valor intelectual, moral y educativo que el latín, tenían que ser enseñadas con los mismos métodos y de acuerdo con el mismo análisis” (Kelly 1976: 375). 2. LAS GRAMÁTICAS PARA EXTRANJEROS La concepción de una obra gramatical concebida con fines didácticos para la enseñanza de una lengua moderna en estos años se halla supeditada, entre otras cosas, a la naturaleza lingüística del destinatario de la misma, razón por la cual –y como hoy en día se sigue haciendo– no es lo mismo hablar de gramáticas para nativos que de gramáticas para extranjeros: las primeras, normativas o descriptivas, son gramáticas de una lengua conocida y persiguen fijar la vernácula en cuestión, codificando sus usos por confrontación con los parámetros de las lenguas clásicas; las segundas son gramáticas pensadas generalmente para quienes desconocen esa lengua y se dedican sólo a consignar usos y equivalencias. Los moldes empleados en ambos casos son coincidentes, no obstante, pues tanto unas como otras se hallan enraizadas en la tradición clásica, y sobre todo latina (cf. Kukenheim 1974: 143). La diferencia básica entre las incluidas en el segundo grupo y las primeras, responde, en virtud de sus receptores, como decimos, a la metodología seguida. Ya Nebrija en su Gramatica de la lengua castellana7 (Salamanca, 1492) aludía a ello, diferenciando el método natural del “orden de la doctrina o artificial”, aplicados por él sobre la lengua materna y la lengua peregrina, respectivamente: “El método natural es un sistema de exposición ascendente que conduce desde el estudio de las unidades menores a las mayores, desde la letra hasta la oración,


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deteniéndose en el estudio de cada uno de los accidentes de la letra, de la sílaba y de la dicción. Este método sólo es posible en el caso de que la lengua que va a ser “sujeta a reglas” haya sido aprendida por el uso: en el caso de la lengua materna […]. Por el contrario, el orden de la doctrina o artificial, que resulta de seguir «el exemplo de los que escrivieron los primeros rudimentos i principios de la gramática griega i latina» es aquel que basándose en un «breve i confuso conocimiento de las letras i silabas i partes de la oración, presenta ciertos nombres i verbos por proporción i semejança de los cuales, todos los otros que caen debaxo de regla se pueden declinar” (Esparza 1996: 59). Es este último el aplicado en el Libro Quinto de dicha gramática, la primera de una lengua moderna8, la castellana9, escrita pues también para extranjeros. A partir de ella, este método se aplica en las numerosísimas gramáticas de las lenguas modernas publicadas en Europa con igual fin, con cuyo empleo en el proceso de enseñanza de una lengua extranjera se observa una renovada metodología, de acuerdo con la cual el estudio de la gramática ya no se limita a la memorización de reglas teóricas y abstractas y se acompaña de una sólida base práctica, consistente en el conocimiento de las formas y su flexión y de su uso a través de ejemplos representativos. Destinadas de manera general a consignar usos y equivalencias, frente a las monolingües nacionales para nativos en lengua moderna10, suelen coincidir en incluir un apartado dedicado a la pronunciación de las letras, seguido por una explicación de las partes de la oración, con observaciones sobre el artículo, el nombre, el pronombre, la declinación, la conjugación y otras partes del discurso, como los adverbios, las preposiciones, etc. Concebidas, como tratamos de explicar, como material para la memorización de las formas gramaticales, complementan el proyectado estrictamente para la memorización de palabras, frases o secuencias sacadas de la realidad y en su conjunto tienen una finalidad didáctica esencialmente práctica y descriptiva, razón por la cual, resultan pobres desde el punto de vista teórico, sencillas en su exposición y reducidas en sus dimensiones, pues en ellas interesa presentar de manera escueta y simple los conocimientos considerados indispensables en esta época de los rudimentos de cualquier lengua: la explicación de la pronunciación de las letras junto a la gramática, y no su doctrina gramatical.


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Este tipo de gramáticas se produce de manera muy profusa en estos años y se presentan de formas muy diversas en versiones tanto monolingües como plurilingües, pudiendo ser monolingües y estar escritas en latín, en la propia lengua del autor o bien en la de aquellos a quienes iban destinadas, o bien plurilingües y estar redactadas en dos o en más de dos lenguas, como gramáticas bilingües o multilingües, respectivamente. Las plurilingües, en particular, se caracterizan por ser gramáticas contrastivas que contienen dos o más lenguas modernas, combinadas o no con la latina, y pueden aparecer además complementadas por otro material de tipo léxico, como vocabularios, diálogos, refranes, etc. Junto al conjunto de las primeras gramáticas renacentistas didácticas monolingües de las lenguas vernáculas, algunas de ellas forman parte de la producción literaria y científica destinada a la regulación del uso de las distintas lenguas en cada país europeo. Solo mucho después se unirían a todas ellas los primeros diccionarios monolingües europeos11, al mismo tiempo que se fueron formando las primeras academias de las lenguas modernas12. Un caso de particular relevancia en este contexto, que citamos como ejemplo de una gramática monolingüe para extranjeros escrita en la propia lengua de su autor, lo constituye el citado quinto y último libro de la Gramatica de Nebrija. Titulado Delas introduciones dela lengua castellana para los que de estraña lengua querran deprender (apud EsparzaSarmiento 1992: 311), está concebido según el modelo de los gramáticos latinos, como el mismo Nebrija reconoce en el breve prólogo que precede a dichas introducciones: “I por que como dize Quintiliano los niños an de començar el artificio dela lengua: por la declinacion del nombre t del verbo: parecio nos despues de un breve t confuso conocimiento delas letras t silabas t partes dela oracion: poner ciertos nombres t verbos por propocion t semejança delos cuales todos los otros que caen de baxo de regla se pueden declinar. Lo cual esso mesmo hezimos por exemplo delos que escrivieron los primeros rudimentos t principios dela grammatica griega t latina. Assi que primero pusimos la declinacion del nombre: ala cual aiuntamos la del pronombre: t despues la del verbo con sus formaciones t irregularidades” (apud Esparza-Sarmiento 1992: 310)13.


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Todo lo anunciado en el prólogo queda reflejado a lo largo de los once capítulos de que consta, constituyendo un resumen de los cuatro libros que le preceden –la ortografía que trata de la letra, la prosodia que trata de las sílabas, la etimología que trata de la dicción y la sintaxis que trata del orden de las diez partes de la oración (cf. Esparza-Sarmiento 1992: 65)– y presentando, como hacían los gramáticos latinos para facilitar el conocimiento del latín, los paradigmas y las principales indicaciones respecto a la conjugación verbal, innecesarias para los hablantes nativos de la lengua. Otro caso igualmente particular dentro del conjunto de las obras monolingües lo constituyen las gramáticas didácticas publicadas en latín en Alemania como principal aportación de los gramáticos humanistas que mejor y mayormente contribuyeron a la definición, a la unificación y a la codificación de la lengua vernácula alemana común. Están influidas principalmente por el modelo de la gramática latina de Melanchthon, lo que a su vez las sitúa dentro de la tradición latina instaurada por Donato y su Ars minor. Junto a ellas, en la tabla I también incluimos otras para ilustrar más ampliamente el grupo de gramáticas monolingües escritas en latín concebidas como manuales tanto para los nativos como para los extranjeros que desearan adquirir un conocimiento lingüístico mediante reglas. La publicación de gramáticas de una lengua europea escrita en la lengua de aquellos a quienes iban destinadas constituye el testimonio más claro del interés de su estudio por parte de estos últimos. Las dos gramáticas bilingües seleccionadas para ilustrar este otro grupo son, respectivamente, el primer manual importante escrito para la enseñanza del francés en Inglaterra en el siglo XVI y la primera gramática del francés aparecida en España y en español: L’esclarcissement de la langue françoyse de J. Palsgrave, aparecida en Londres en el año 1530 y Grammatica con reglas muy provechosas y necesarias para aprender a leer la lengua francesa y escriuir la lengua francesa conferida con la castellana, de Baltazar Sotomayor y publicada en Alcalá de Henares en 1565.


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Tabla I: Ejemplificación de las gramáticas escritas en latín.

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11

De la lengua alemana Teutsche

grammatica de

V.

Ickelsamer.

Básicamente no pasa de ser más que una ortografía didáctica con unas pocas notas gramaticales.

Augsburgo, c. 1534.

Teutsch Grammatick oder Sprachkunst de Laurentius Albertus. Augsburgo, 1573. Underricht der Hoch Teutschen Spraach de Albertus Oelinger o Albert Ölinger. Estrasburgo, 1574. Grammatica germanicae linguae, ex Bibliis Reimpresa en Estrasburgo y reeditada tres veces en vida Lutheri germanicis et aliis eius libris collecta de de su autor y ocho más tras su muerte; la última edición es de 1720 (cf. Jellinek 1913 I: 77, Tavoni 1998: 43).

Johannes Clajus o Clay. Leipzig, 1578.

Synopsis grammaticae tam germanicae quam latinae et grecae de Johann Becherer. Mülhausen, 1596. De la lengua italiana Italicae grammatices praecepta a.c ratio, in Contó con una muy buena acogida, pues estos preceptos eorum gratiam qui eius linguae elegantiam fueron reeditados y reimpresos en numerosas ocasiones, addiscere cupiunt de Scipione Lentulo. Ginebra, siendo incluso traducidos al inglés por H. Grantham en 1575.

1567.

Institutionum florentinae linguae libri duo de Concebida como manual para los estudiantes alemanes Eufrosino Lapini. Florencia, 1568.

que aprendían la lengua italiana (cf. Tavoni 1998: 35). De la lengua francesa

Gallicae

linguae

institutio

latino

sermone Manual de uso cortesano.

conscripta de Jean Pillot o Pillotus. París, 1550. Institutio Gallicae linguae in usum inventutis Como la de Pillot, estaba destinada para los alemanes que Germanicae de Joannes Garnerius. Ginebra, quisieran aprender francés (cf. Swiggers 1997: 121). 1558. Le quichet françois, sive Ianicula et brevis Su autor la tradujo al inglés y la publicó como A briefe introductio ad linguam gallicam de John extract of the former Latin Grammar (cf. Sánchez 1992: San(s)ford. 1604.

121) en 1605, el mismo año que publicó su gramática italiana An introduction to the Italian tongue.

La primera, la obra de Palsgrave, consta de tres libros: uno sobre la pronunciación francesa y dos más sobre su gramática, que incluyen además un vocabulario alfabético bilingüe inglés-francés de términos cotidianos, que en numerosas ocasiones remite a la gramática con el


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objetivo de ayudar al estudiante inglés en la comunicación en sus desplazamientos a Francia. La segunda, en opinión de algunos expertos, como Chevalier (1968: 407), Flores (1978: 341-350), Tusón (1981: 9-13) o Lope (1990: 33), es un plagio de la gramática de Meurier de 1558, que recogemos más adelante en la tabla II y de la que nos servimos para ilustrar brevemente el conjunto de gramáticas del español empleadas en Europa, deudoras directa o indirectamente de la de Nebrija, y que configuran un grupo heterogéneo, en cuanto al número de lenguas que incluyen. Con ellas concluimos nuestra ejemplificación de las gramáticas confeccionadas para enseñar y aprender lenguas extranjeras en estos siglos para dar paso al siguiente apartado de nuestro trabajo, centrado en el material lexicográfico elaborado en esta época con idéntico fin. Tabla II: Gramáticas de español para extranjeros después de Nebrija. Países Bajos También conocida como la primera anónima de Lovaina. Util, i breve institution, para aprender los Compuesta en español, latín y francés. Contiene, además, principios,

y

fundamentos

de

la

Hespañola. Anónima . Lovaina, 1555. 14

lengua patronímicos, palabras extranjeras en español y las oraciones del cristiano: el Padrenuestro, el Avemaría, los doce artículos de la fe y los diez mandamientos15.

Gramática Castellana. Cristóbal de Villalón. Redactada en castellano16. Contiene también oraciones Amberes, 1558. Coniugaisons,

fundamentales del cristiano, con las que se cierra la obra. règles

et

instructions

mout Obra cuatrilingüe. Se trata de una publicación conjunta en

propres et nécessairement requises pour ceux qui un solo tomo. désirent apprendre françoise, Italien, Espagnol En 1568 Meurier publica una edición bilingüe españolet Flamen y la Breve instruction contenante la francés, titulada: Coniugaciones, arte y reglas muy manière de bien prononcer & lire le François, propias y necesarias para los que quisieren deprender Italien, Espagnol et Flamen17. Meurier. Amberes, Español y Frances, que también incluye su tratado de 1558.

fonética o Breve instruction.

Gramatica de la lengua Vulgar de España. También conocida como la segunda anónima de Lovaina. Anónima. Lovaina, 1559.

Está redactada en español. Italia

Il paragone della lingua Toscana y Castigliana. Redactada en italiano, es la primera gramática comparada Autor: Giovan Mario Alessandri d’Urbino. de estas lenguas. Contiene un apartado de pronunciación y Nápoles, 1560.

otro de las partes de la oración.

Osservationi della lingua castiliana… divise in Calificada como “Grammatik für Höflinge” (Niedere quatro livri: ne quali s’insegna con gran facilità 1992: 139). Es la primera gramática del español para


et Flamen y la Breve instruction contenante la francés, titulada: Coniugaciones, arte y reglas muy manière de bien prononcer & lire le François, propias y necesarias para los que quisieren deprender Flamen . Meurier. Amberes, Español y Frances, que también incluye MªItalien, José Espagnol CorvoetSánchez o Breve instruction. 1558. y tradición en la enseñanza yfonética Historia aprendizaje de lenguas... 17

su tratado de

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Gramatica de la lengua Vulgar de España. También conocida como la segunda anónima de Lovaina. Anónima. Lovaina, 1559.

Está redactada en español. Italia

Il paragone della lingua Toscana y Castigliana. Redactada en italiano, es la primera gramática comparada Autor: Giovan Mario Alessandri d’Urbino. de estas lenguas. Contiene un apartado de pronunciación y Nápoles, 1560.

otro de las partes de la oración.

Osservationi della lingua castiliana… divise in Calificada como “Grammatik für Höflinge” (Niedere quatro livri: ne quali s’insegna con gran facilità 1992: 139). Es la primera gramática del español para la perfetta lingua Spagnuola. Juan de Miranda. italianos. Sirvió de modelo para Oudin y otros muchos Venecia, 1566.

maestros de español. Francia

Grammaire

et observations

de la langue Se convierte en la gramática del español más afamada y

espagnole recueillies et mises en françois. César difundida de todo el siglo XVII18. Oudin. París, 1597. Inglaterra Spanish Grammar. Autor: John Minsheu o Junto al contenido gramatical, incluye diálogos, frases y Minshew. Londres, 1599.

proverbios.

3. MATERIAL LEXICOGRÁFICO PARA ENSEñAR Y APRENDER LENGUAS EXTRANJERAS Los compendios lexicográficos, desde la Antigüedad y en sus diferentes formas, han sido empleados ininterrumpidamente a lo largo de los siglos en la enseñanza de lenguas extranjeras. En el periodo que nos ocupa, igualmente a través de ellos se aprenden como extranjeras las lenguas modernas desde antes incluso de que se materializara la necesidad de una gramática. Ya en la segunda mitad del siglo XV y simultáneamente a los vocabularios bilingües latino-vulgar y vulgar-latino, basados en los latinos y destinados principalmente a la enseñanza y a la corrección del latín19, comienzan a publicarse otros vocabularios bilingües vernácula-vernácula más propiamente destinados a los extranjeros. Y es a partir de este momento, fundamentalmente, cuando se da una marcada evolución en la preparación de este tipo de material con respecto al periodo anterior.


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En estos años, los primeros inventarios de vocabulario multilingües resultan esporádicos y podemos considerarlos casi como resultado de la casualidad (cf. Haensch 1991: 2911). Entre los más antiguos destaca, por ejemplo, el anónimo Vocabularius gallico-belgicolatinus, aparecido en Lovaina entre los años 1484 y 1486. Algunos de ellos, de escasa importancia como obras lexicográficas, no obstante, son los primeros repertorios conocidos en los que podemos encontrar combinadas determinados pares de lenguas por vez primera, combinaciones de lenguas que solo mucho más tarde aparecen en repertorios bilingües, como es el caso de las lenguas alemana y española, reunidas por primera vez en el Dictionarium sex linguarum de 1505 y solo después en la Nomenclatura bilingüe de 1634 de Juan Ángel de Zumaran y, ya finalizando el siglo XVII, en el Diccionario muy copioso de la lengua española y alemana de Nicolas Mez de Braidenbach de 1670 (cf. Corvo 2008b: 119 y ss.). La combinación de la lengua italiana con otras diferentes constituye un caso de particular interés en este contexto y testimonio de ello es el vocabulario que Francesco Alunno incluye al final de su obra Le Richezze della lingua volgare, publicada en Venecia en 1543 (cf. Alvar 1991: 11) y que separadamente y a modo de pequeños vocabularios bilingües comprende las correspondencias de las voces italianas en las siguientes otras lenguas: “Voci o vero vocaboli, che vsano i Latini, Greci, Prouenzali, Francesi, Spagnuoli, Thedeschi, Englesi, Gothi, et altre nazioni, delle quali non citiamo se non quelle, che più si confermano, o confanno alla lingua nostra volgare, et massimamente con le usate da gli approbati auttori, cioè Boccacio, Dante et Petrarca” (apud Gallina 1959: 44-45). La situación varía enormemente a partir del siglo XVI, cuando con los títulos de Thesaurus, Lexicon, Vocabulista, Vocabularium, Dictionarium, etc. se multiplica el número de ediciones multilingües, muchas de ellas concebidas como tales y otras tantas como versiones multilingües de anteriores bilingües, incluyendo cada vez un número mayor de lenguas. También se dieron casos contrarios; por ejemplo, el vocabulario del médico holandés Hadrianus Junius publicado en 1567 como Nomenclator omnium rerum. De temática variada y práctica, próxima a la vida cotidiana –animales, árboles, plantas, virtudes, etc.– , está organizado temáticamente y junto a las entradas en latín presenta


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sus correspondientes equivalencias en griego antiguo, alemán, neerlandés, francés, italiano, español e inglés (cf. Gallina 1959: 137). Al contrario de lo que era la tendencia general, fue reeditado muchas veces y siempre en versiones más reducidas en cuanto al número de lenguas: “Im Gegensatz zu anderen Wörterbüchern, die um neue Sprachen erweitert wurden, wurde dieses Wörterbuch auf 4 Sprachen (1 Ausgabe), 3 Sprachen (8 Ausgaben) und 2 Sprachen (4 Ausgaben) reduziert, wobei aber das Lat. stets Ausgangssprache blieb” (Haensch 1991: 2912). En su conjunto, no obstante, de los primeros vocabularios podemos decir que coinciden mucho desde el punto de vista formal, pues responden a una organización alfabética del vocabulario, – debiendo entender por tal un orden alfabético aproximativo– o temática, por capítulos, e incluyen nombres en su gran mayoría, así como reglas de pronunciación y un breve compendio gramatical básico centrado fundamentalmente en la morfología de las palabras y en la conjugación de los verbos en sus hojas precedentes; algunos ofrecen una pequeña colección de diálogos para facilitar a los estudiantes el aprendizaje de la lengua extranjera de un manera viva, además de otros elementos. Un caso diferente es el de los vocabularios particulares de autores y de obras literarias que, si bien cumplieron con la función de servir como elementos auxiliares en la enseñanza de lenguas, fueron obras poco influyentes en el ámbito escolar posterior. Sírvannos de ejemplo los dos glosarios compuestos por Alfonso de Ulloa: el españolitaliano de 1553 sobre la obra Tragicomedia de Calisto y Melibea y el toscano-castellano de 1556 sobre la traducción española del Orlando Furioso realizada por Jerónimo de Urrea. Volviendo a las mencionadas colecciones de diálogos, debemos saber que éstas también podían constituirse en publicaciones independientes en los conocidos como libros de diálogos: básicamente consistían en un conjunto de diálogos presentados en la lengua de partida y acompañados de su traducción en las diferentes lenguas que los componían; su contenido los convierte en “una fuente excelente para conocer la vida cotidiana y familiar del siglo XVI” (Sánchez 1990: 1269-1270). No obstante, las colecciones que alcanzaron mayor


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popularidad fueron las bilingües integradas a partir de finales del siglo XV en los libros escolares junto a los vocabularios20, concebidas en la línea de las Maniéres de langage –en cuanto a la ausencia de una descripción gramatical del francés– a modo de nuevo tipo de manual bilingüe o “manuel double” (Germain 1993: 58). El primer libro conocido de este tipo, dividido en dos partes, diálogos más vocabulario, fue publicado en Westminster en 1483 por William Caxton con el subtítulo –pues su portada se ha perdido– siguiente: Tres bonne doctrine pour aprendre briefment fransoys et engloys. Right good lernyng for to lerne shortly frenssh and englyssh. Impreso, aunque no en su totalidad, a doble columna, con el francés a la izquierda y la traducción inglesa a la derecha, se caracteriza por estar dirigido especialmente a satisfacer las necesidades de los comerciantes o de las personas que viajan a otros países donde se hable francés21. El contenido de sus diálogos se destina a presentar fórmulas de saludo y un vocabulario útil para designar objetos de la vida diaria, relacionados con la casa, la familia, los alimentos, etc., para aprender a conversar en situaciones reales tales como la compra en el mercado o la búsqueda de alojamiento (cf. Germain 1993: 58). No es una publicación original de diálogos, pues Caxton los extrajo de Le livre des Mestiers22, diálogos que conoció en sus desplazamientos a los Países Bajos como tratante de sedas: “Le bastó a este impresor con sustituir la columna en flamenco por otra en inglés (con notorias deficiencias en la traducción, quizás porque su conocimiento de la lengua francesa distaba de ser perfecto)” (Sánchez 1992: 17-18). Quince años después, en 1498, un antiguo asistente en la imprenta de Caxton, Wynkyn de Worde, de origen alsaciano, publicó a Lytell treatyse for to lerne Englishe and Frensshe, otro librito doble con semejante finalidad que el anterior23, si bien en una forma distinta, pues la alternancia de los textos en francés e inglés se presenta de modo lineal y no a doble columna. En este manual los diálogos giran en torno a temas semejantes a los de Caxton; su particularidad estriba en que recoge, además, un vocabulario ordenado por áreas temáticas – partes del cuerpo, vestidos, alimentos y comidas, etc. – y cartas comerciales en francés e inglés, lo cual, no siendo algo original suyo, sin embargo, acabó convirtiéndose en material estándar de estos manuales.


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Volviendo a los vocabularios, de los más antiguos, en su conjunto, podemos seguir diciendo que en sus primeras manifestaciones consistieron en listas sencillas de artículos para comerciantes con un único equivalente para cada palabra la mayoría de las veces. Y entre ellos, por ejemplo, se encuentran muchos de los confeccionados para aprender la lengua española en los Países Bajos, como el Vocabulaire pour apprendre Romain et Flameng, el Vocabulario para aprender francés, español y flamini, el Vocabulaire en troys langues, Françoys, Flameng et Espagnol y otros de cinco o más lenguas, todos ellos publicados entre los años 1500-1540 en Amberes, en la misma ciudad donde también aparecería en 1545 la primera edición que incluye el español del Calepino (cf. Haensch 1991: 2911)24, del que hablaremos más adelante. Como materiales no dedicados exclusivamente a los elementos gramaticales, se adaptaban mejor a las nuevas necesidades de aprender la lengua de forma práctica en zonas de gran afluencia comercial y resultaban más adecuados para una enseñanza lingüística orientada al desempeño de las relaciones comerciales. El anónimo Introito a porta y el más conocido de todos ellos, el famoso Calepino, son los diccionarios que, de modo más breve, mejor nos permiten ilustrar este hecho, pues sólo del primero se conocieron durante los siglos XVI y XVII unas tres ediciones de tres lenguas, doce de cinco, diecisiete de seis, una de siete y siete de ocho lenguas (cf. Haensch 1991: 2911), que apareciron con títulos diferentes (cf. Claes 1977: IX). El Introito e porta de quele que voleno imparare e comprender todescho a latino, cioe italiano, aparecido anónimamente en Venecia en 1477 en la imprenta del maestro Adamo de Rodauila o Rottweil, es la más temprana recopilación de léxico bilingüe en lenguas modernas conocida y en ella se presentan en dos columnas las correspondencias en italiano septentrional y en alemán. Es una nomenclatura bilingüe en octavo que consta de unas 56 páginas sin enumerar y que comienza en la misma portada con unas breves reglas de pronunciación de la lengua alemana, incluidas después del título. Tras el índice de los capítulos, en la cuarta página comienza el vocabulario, siguiendo una organización temática en torno a 55 capítulos, con los que concluye un primer libro, para dar paso a otro segundo de nueve capítulos, en el que, si bien contiene igualmente un vocabulario de uso común, éste aparece


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reagrupado argumentativamente, estando destinados algunos de sus capítulos, además, a los verbos y a otros tipos de palabras25. La primera edición del Calepino vio la luz en Reggio Emilia en 1502 como diccionario latino ordenado alfabéticamente según la raíz del término y en el que las explicaciones latinas solo ocasionalmente aparecen acompañadas por equivalencias en griego antiguo. Su aceptación por parte del público fue enorme26 y la obra llegó a hacerse tan famosa que se la conocía así, por el nombre de su autor: Ambrosius Calepino. Esto es interesante pues explica el hecho de que la obra consiguiera escapar del plagio, práctica habitual en la época, y que su autor pudiera seguir siendo reconocido durante siglos, pues su nombre aparece dando título a las innumerables ediciones que se publicaron y que lo convirtieron en el diccionario más conocido internacionalmente en el Renacimiento y en el modelo que siguieron muchos otros hasta bien entrado el siglo XVIII, siendo la obra que experimentó mayor número de ampliaciones, en ediciones que llegaron a incluir de cuatro a once lenguas: “Insgesamt erfuhr der Calepinus neben den zahlreichen Ausgaben in Lat. (teilweise mit Altgr. und Ital.) 1 viersprachige, 24 fünfsprachige, 5 sechssprachige, 42 siebensprachige, 21 achtsprachige, 7 neunsprachige, 5 zehnsprachige und 9 elfsprachige Ausgaben bzw. Auflagen“ (Haensch 1991: 2911). En la línea del Introito e porta y del Calepino se encuentran también el Vocabulaire flamenco-francés para el aprendizaje del francés en los Países Bajos de Noël de Berlaimont y las numerosas versiones plurilingües surgidas a partir de él, con un contenido, por lo general, similar27. Hablamos de un glosario de palabras usuales, números, meses del año, etc., que incluye también diálogos, modelos de cartas y documentos referidos al comercio y los negocios, oraciones religiosas y notas en francés sobre la pronunciación francesa y algunas cuestiones gramaticales (cf. Gallina 1959: 76). Su autor, de supuesto origen flamenco, lo compuso como manual para uso tanto de los escolares, como de los comerciantes y éste se mantuvo sin apenas cambios en sus versiones posteriores: “Al contrario de los sucedido con el diccionario de Calepino, de una edición a otra el Vocabulario de Berlaimont apenas muestra diferencias en el léxico contenido en su interior –salvo variantes gráficas–, pues los cambios estribaban en las lenguas consignadas y en su número. Las palabras aparecen en el orden


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alfabético del flamenco, aunque no ocupe esta lengua la primera columna de la página. Ese orden se refiere tan sólo a la primera letra de las palabras, pues, por lo demás, las voces se siguen sin orden aparente” (Alvar 1991: 9). La fecha de publicación del Vocabulaire se sitúa entre los años 1530 y 1536. La falta de precisión se debe, como indicábamos inicialmente, a que no siempre resulta fácil diferenciar unas ediciones de otras; en este caso, se sabe con certeza que las ediciones aludidas constituyen un conjunto homogéneo: son vocabularios breves, con un contenido fundamental y una orientación eminentemente práctica, con el fin de servir sobre todo a viajeros y comerciantes. Una edición destacable dentro de todas ellas la constituye la publicación en Amberes de los Colloques ou Dialoques avec un Dictionnaire en sis langues de H. Heyndrics en 1567, que también incluye las lenguas inglesa y alemana. Lo que la hace particular en cuanto a su contenido es que, para reducir la extensión del volumen, el editor suprime los capítulos dedicados a la instrucción religiosa y moral, presentándose a su vez en un formato ‘nuevo’ de gran aceptación, siendo reimpreso y apareciendo reeditado en numerosas ocasiones, en ediciones corregidas y aumentadas publicadas sucesivamente con un número mayor de diálogos y en combinaciones lingüísticas diferentes (cf. Gallina 1959: 79). Y una mención especial requieren las versiones bilingües inglésespañol más conocidas en Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVI, entre las que destacamos: el anónimo A very profitable boke to lerne the maner of redying, writyng & speaking English & Spanish o Libro muy prouechoso para saber la manera de leer y escruir Angleis y Español de 1554, The Spanish Scholemaster de Stepney, de 1591, y la aportación de John Minsheu con su obra de 1599, que pasamos a conocer más de cerca. Este anónimo Libro muy prouechoso es una traducción de la edición de 1551 de la obra de Berlaimont, que “no supone novedad alguna por el hecho de incluir el español […]. Sí lo es respecto al inglés, que aparece en los Vocabulare por primera vez, anticipándose en 22 años a la edición en seis lenguas, de 1576, en la cual el alemán e inglés se añaden a la edición cuatrilingüe de 1551” (Sánchez 1992: 58).


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Consta de dos partes: la primera está constituida por tres diálogos que reproducen las conversaciones en torno a las siguientes situaciones: “en un combite… en tanto que comemos”, “maneras de comprar y vender” y “modos de llamar los deudores” (Sánchez 1990: 1274) y por una sección de modelos de cartas y documentos mercantiles y comerciales; la segunda es un vocabulario bilingüe en un relativo orden alfabético o más bien, como nos aclara Sánchez, en un “desorden” alfabético debido, supuestamente, a que toma como fuente el libro de Berlaimont y se limita a traducir el original sin advertir que dicho orden no se mantiene con los vocablos ingleses, tal como vemos con el siguiente ejemplo: “To clothe/Vestir, To unhele/Desnudar, To answere/Responder” (apud Sánchez 1992: 58). Similar es el papel desempeñado por la obra de 1591 de William Stepney, de la que como principal novedad debe resaltarse la inclusión del diálogo séptimo, último de la colección en la que figura: el diálogo primero “enseña a los caminantes como avian de preguntar el camino desde un lugar hasta otro con diversas platicas”, el segundo “trata de mercaderias y nos enseña a comprar y vender, con otras muy buenas platicas”, el tercero “es para cobrar deudas, con otras familiares platicas”, el cuarto “es para hablar a la mesa, a las fiestas y a los banquetes”, el quinto “nos enseña platicas familiares para usar en el meson”, el sexto “enseña diversas platicas para usar en el levantar” y el séptimo “nos enseña la platica mas conveniente para usar quando vamos a la yglesia” (apud Sánchez 1992: 62-63)28. A estos diálogos les sigue una colección de refranes en español e inglés, otra de oraciones religiosas –el Padrenuestro, los doce artículos de fe, los diez mandamientos, las “gracias antes y después de comer”, etc. –, una sección de léxico variado –los números, días de la semana, meses, días festivos, “sentencias dignas de ser leydas de todos los hombres, por las quales pueden ser bien instruidos” (Sánchez 1992: 63) y un vocabulario temático no estructurado de forma rigurosa. En la misma línea metodológica que Stepney, más novedosa resulta, sin embargo, la aportación del citado John Minsheu o Minshew de 1599 en su Spanish Grammar, en la que junto al contenido gramatical incluye diálogos, frases y proverbios. Esta obra puede contemplarse como una versión de la gramática de Percyvall a la que Minsheu añade una colección de diálogos, los cuales se convierten en modelo en el


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campo de la enseñanza del español, apagando con el suyo el éxito de los diálogos de Berlaimont, que habían servido como tales hasta entonces y a través de los cuales Minsheu se atiene en parte a la tradición existente, reproduciendo unos temas y títulos semejantes e incluso coincidentes con los concebidos por Berlaimont en el siglo anterior (cf. Niederehe 1992: 143). El enorme éxito experimentado por estos diálogos se reconoce en sus numerosísimas ediciones, publicadas hasta el siglo XVIII, y en el hecho de que fuesen copiados y reutilizados por figuras tan relevantes entre otros como Oudin o Franciosini. Entre sus modelos se encontraron Nebrija y Percyvall, como decímos29. La influencia del Diccionario latino español de Antonio de Nebrija de 1492 –y al que poco después le siguió su Dictionarium ex hispaniensi in latinum sermonen, conocido también como Vocabulario español latino– es enorme, pues se convirtió en el fundamento y en el modelo de gran parte de los vocabularios plurilingües aparecidos con posterioridad en Europa. En relación con Percyvall, nos referimos en concreto a su Bibliotheca Hispanica. Containing a Grammar, with a Dictionarie in Spanish, English and Latine, gathered out of diuers good Authors: very profitable for the studious of the Spanish toong […]. The Dictionarie being inlarged with the Latine by the aduice and conference of Master Thomas Doyley […], aparecida en Londres en 1591, una pequeña gramática acompañada del que podemos considerar el primer diccionario español-inglés-latino conocido –único orden en el que se incluyen estas lenguas–, presentando una extensión de unas 12.500 palabras e igualmente influido principalmente por Nebrija y por el Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana de Cristóbal de las Casas (cf. Alvar 1991: 12)30. Este vocabulario de Cristóbal de las Casas, impreso en casa de Alonso Escrivano en Sevilla en 1570, no es sólo el primer repertorio italiano-español conocido, sino también el único publicado de estas características durante todo el siglo XVI. Durante este siglo y el siguiente gozó de un notable éxito a juzgar por las numerosas ediciones que de él se hicieron –tres en España y doce en Italia (cf. Lope 1990: 118)31–, hasta ser “desbancado” por el diccionario de Franciosini (Alvar 1991: 11). Es un vocabulario muy rico en términos, dispuestos alfabéticamente en dos columnas en las dos partes que lo componen: en italiano con su traducción en castellano y en castellano con su traducción en italiano,


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respectivamente y, como puede deducirse de su título, está concebido tanto para los españoles que quisieran aprender italiano, como para los italianos que quisieran aprender español, tal y como aclara el propio autor en la carta dirigida a Antonio Guzmán: “[…] y siendo pues tan grandemente copiosa, que aunque tiene este nombre particular, corre generalmente en el escrevirse por toda Italia, anadiendole el scriptor de cada tierra los vocablos, que mas escogidos, ò mas a su proposito le parescen. Fue assi muy importante, hazer este vocabulario el mas copioso que ahora pude, y hasta aquí se ha hecho, para que sirviesse, à poderse entender todo genero de libros, en que hay mezcla tan varia, como vera bien quien los leyere” (apud Gallina 1959: 170). Al servirse de sus predecesores, a quienes toma como modelo, y al ejercer él mismo como tal para quienes le siguieron, Minsheu resulta un claro ejemplo de la manera de trabajar de estos siglos. Hablar de sus continuadores o del resto de su obra nos llevaría a introducirnos de pleno en el siglo XVII, por ello concluimos aquí el desarrollo de nuestra exposición para no salirnos de los límites marcados en este trabajo. 4. CONCLUSIONES La producción gramaticográfica y lexicográfica dedicada a la enseñanza de las lenguas modernas de Europa tratada en estas páginas, en definitiva, debe servirnos para comprender el enorme interés de unos pueblos por aprender la lengua de la gente de los otros países, un interés que conduce a que desde el siglo XVI, las lenguas comiencen a ser objeto de comparaciones por parte de quienes se preocuparon por su estudio, quienes, desde una perspectiva actual, pueden considerarse los precursores de los comparatistas del siglo XIX. En consonancia con lo acontecido a la lengua latina, esta producción tampoco difiere sustancialmente de unos países a otros, como hemos tenido ocasión de ilustrar. Esto es debido en gran medida a la proliferación de obras plurilingües, que, como sugiere Alvar, “dan cohesión al conjunto de las lenguas habladas en el continente” (1991: 13); dentro de ellas y como en los siglos anteriores, las bilingües, especialmente, continúan manifestándose como el resultado de la


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mayor relación entre determinados países europeos a lo largo de este periodo. La evolución paralela de las gramáticas y de los vocabularios y diccionarios, integrando las primeras otros elementos léxicos, tales como textos dialogados, vocabulario, modelos de cartas, etc., y presentando los segundos apartados sobre pronunciación y observaciones gramaticales, nos permite concluir también que la tendencia en las obras de estos años es aunar dos tradiciones asentadas desde la Antigüedad en la enseñanza de lenguas extranjeras, la gramatical y la conversacional, para satisfacer las necesidades particulares de quienes aprendían otras lenguas para comunicarse con los extranjeros. De todas las lenguas modernas aprendidas como extranjeras, un caso muy particular, sin lugar a dudas, lo constituye la lengua francesa en Inglaterra, por ser el resultado de una antigua tradición comenzada años atrás como consecuencia de la conquista normanda (cf. Corvo 2008a: 238 y ss.). Para este estudio, sin embargo, enormemente más relevante, como avanzábamos y hemos tratado de hacer constar a través de muchas de nuestras ejemplificaciones, es el caso del español en Europa. Lo hemos visto tanto al hablar de los compendios lexicográficos, como de las gramáticas. A ellas remitimos de nuevo para finalizar nuestra exposición, pues las gramáticas destacan por ilustrar de forma clara el modo de trabajar en la época: elaboradas, por lo general, siguiendo las pautas marcadas por las que les precedieron, constituyen un conjunto altamente representativo de la variadísima producción monolingüe, bilingüe y multilingüe de este periodo. NOTAS 1

Como consecuencia de una práctica ortográfica irregular heredada. Debido a la preeminencia de siglos de la lengua latina, las vernáculas se desarrollaron sobre un estado “de semiespontaneidad o experimentalismo que no pudo impulsarlas fuera de una dimensión de koinai regional” (Tavoni 1998: 18) y sus escritos, consecuentemente, vieron limitada su circulación a un ámbito puramente local.


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Teoría que, si bien en mayor o menor medida, sería seguida por los lingüistas españoles posteriores. 3 Y que han seguido empleándose hasta nuestros días. Incluso los libros de diálogos han seguido empleándose hasta el siglo XX, algunos copiados de los de siglos atrás y recogidos como apéndices en los manuales de gramática, práctica muy habitual en el siglo XIX y de la que contamos con numerosísimos ejemplos en toda Europa (cf. Sánchez 1992, 1997: 56 y ss.). 4 Un ejemplo es el siguiente, que llama especialmente la atención por el alto número de lenguas que comprende: Perutilis Exteris Nationibus de Italica Pronunciatione et Orthographia Libellus (Papua, 1569), escrita por John David Rhys, un médico natural de Llan Faethu en la isla de Anglesey, en el norte de Gales, formado en Oxford y en Siena. Básicamente es un librito sobre la pronunciación italiana pensado para estudiantes extranjeros sin base fonológica ni teórica: “The book itself gives evidence of a good knowledge of the pronunciation and orthography of English, French, German, Greek, Polish, Portuguese, Spanish and Welsh. […] He simply begins by describing the sound represented by the letter a in Italian and porceeds through the alphabet, letter by letter, to z” (Izzo 1986: 122-123). 5 Lo que explica que no podamos hablar de combinaciones bilingües donde coincidan otras lenguas, como la inglesa, la alemana o la neerlandesa, con una posición mucho más débil en los siglos que nos ocupan, por razones cuyo estudio escapa a nuestro propósito y cuyas causas podrían resumirse en la falta de relación política y cultural en el caso de Inglaterra y Alemania y en la estrecha relación entre las lenguas alemana y neerlandesa, que hacía innecesaria la utilización de un diccionario. De tal forma que el primer diccionario inglés-neerlandés es el de Hexham, publicado en 1647, y hay que esperar hasta el siglo XVIII para encontrar tanto el primer diccionario inglés-alemán y alemáninglés (Nuremberg, 1719), como el primer diccionario neerlandés-alemán y alemán-neerlandés, el de Mattias Kramer (cf. Hausmann-Cop 1985). 6 Remitimos al trabajo de Corvo (2009b) para entender la relevancia de este hecho; en él se expone una relación completa de las obras que se publicaron en los distintos países europeos en la época para enseñar y aprender el español. Igualmente reco2


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mendamos la consulta de obras como la de Caravolas (1994), Niederehe (1994) o Stammerjohann (2009) para obtener una visión general al respecto. 7 Es una de las obras más innovadoras e importantes de este autor de proyección internacional en estos siglos y de la que no puede negarse su influencia en otras posteriores, a pesar de que no resulte fácil en muchos casos precisar su alcance, si pensamos que no sería nuevamente editada hasta el siglo XVIII. 8 Así considerada por muchos pues, si bien cronológicamente no es la primera escrita sobre una lengua vernácula del Occidente europeo, los tratados anteriores “no se pueden comparar con el de Nebrija, infinitamente superior a ellos en valor científico y alteza de miras” (Lapesa 1981: 288). Junto a la Grammatica della lingua toscana de Leon Battista Alberti (c. 1437-1441), figura entre las primeras gramáticas de las lenguas vernáculas de corte humanista; las demás, las de las restantes lenguas europeas no aparecerían hasta el siglo siguiente. Recordamos al respecto una serie de cuestiones que muy bien resume Tavoni con las siguientes palabras: “The various Provençal and Catalan predecessors […] were actually arts of poetry and, as far as they dealt with grammar, they did so for a language which for them was identified with a literary genre. The treatises on French written in Britain in the fourteenth century, up to de Donait francois by Jean Barton (1409), were aimed at an aristocracy which did not want to forget its language, and consequently they have a contrastive rather than a systematic character. On the other hand, Alberti’s grammar, for all its brevity, was consciously aimed at the entire language of a civic community. Not, however, of a national community. On the contrary, the state dimension as such is important for Nebrija, who co-ordinates his educational strategy with the reforms required by the Crown” (Tavoni 1998: 31). 9 El mismo Nebrija dejó dicho en esta obra que fue el primero en llevar a cabo la descripción de la lengua vulgar española por sí misma, es decir, en someterla a arte, un privilegio ostentado hasta entonces solo por las lenguas griega y latina: “En la çania dela cual io quise echar la primera piedra. t hazer en nuestra lengua lo que zeno doto en la griega t Crates en la latina” (apud Esparza-Sarmiento 1992: 107).


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En Italia y España las primeras gramáticas renacentistas de las lenguas modernas habían sido ya redactadas en sus respectivas lenguas vernáculas en el siglo XV. Y a excepción de Alemania, en el siglo XVI vieron la luz las de los restantes países occidentales: en Portugal, la Grammatica da lingoagem portuguesa (Lisboa, 1536) de Fernão de Oliveira y la Gramática da língua portuguesa (1540) de João de Barros, con un Diálogo em louvor da nossa linguagem, en el que se compara el portugués con las tres lenguas clásicas, latín, griego y hebreo, con el castellano, su principal rival, y con otras lenguas como el italiano, el vasco y el gallego (cf. Swiggers 1997:177); en Francia, el Traicté de la grammaire Françoise (París, 1557) de Robert Estienne, traducido al latín en 1558 como Gallicae Grammatices libellus –convertido en versión bilingüe en 1569 y finalmente vuelto a editar en 1582 por su hijo Henri Estienne junto a su Hypomneses de Gallica Lingua, peregrinis eam discentibus necessariae: quaedam verò ipsis etiam Gallis multum profuturare– y la Gramère de Pierre de la Ramée (París, 1562), revisada y publicada en 1572 como Grammaire –Padley (1985: 27-46) se ocupa del carácter teórico de esta obra–; en Inglaterra, la Bref Grammar for English de William Bullokar (Londres, 1586), que sigue muy de cerca el modelo humanista de la gramática latina de Lily; y la primera gramática del Dutch: Twespraack vande Nederduitsche letterkunst, aparecida en la imprenta de Plantin en 1584 y compuesta por la Cámara de Retórica de Amsterdam –donde fue nuevamente reimpresa en 1614 y 1649, combinada con los libros de dialéctica y retórica que configuraron el primer trivium de Dutch– en forma de diálogo entre dos adultos, el maestro y un amigo, que conversan sobre gramática dando un paseo por la calle de la ciudad, probablemente siguiendo el modelo del trabajo de Erasmo De recta Latini Graecique sermonis pronuntiatione dialogus, de 1528 (cf. Dibbets 1992: 43). Padley (1985), Swiggers (1997) y Tavoni (1998) recogen la producción gramatical de las principales lenguas europeas. De modo particular, para el italiano, español y francés remitimos a Kukenheim (1974), para el inglés a Michael (1970) y a Vorlat (1975) y para el francés a Chevalier (1968); de las lenguas occidentales en su conjunto se ocupa Auroux (1992). 11 El primer diccionario monolingüe de una lengua europea fue elaborado –aunque no publicado– en 1601 por el español Francisco 10


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del Rosal y lo conocemos con el título: Origen y etimología de todos los vocablos originales de la lengua castellana. Un año más tarde aparecería en Italia el que conocemos como primer diccionario de definiciones con una lengua moderna publicado en Europa: el Memoriale della lingua de Giacomo Pergamini. Posteriores a ellos son el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias y Orozco y el Vocabulario degli Accademici della Crusca (1612). Solo después de estos diccionarios españoles e italianos y ya a finales del siglo XVII, aparecería en Francia el primer diccionario monolingüe francés de definiciones: el Dictionnaire François de César-Pierre Richelet de 1680. Las otras lenguas no romances del norte de Europa no entran a formar parte de la lexicografía monolingüe europea hasta el siglo siguiente. Entre las principales aportaciones resaltamos: New English Dictionary (1702), Universal Etymological English Dictionary (1721), More complete Universal Etymological English Dictionary (1730) y Dictionary of the English Language (1755) en Inglaterra; Versuch eines vollständigen grammatisch-kritischen Wörterbuches, de Adelung, publicado en cinco volúmenes entre los años 1774 y 1786 en Alemania; y el Nederduitsch tallkundig woordenboek de Peter Weiland en los Países Bajos, comenzado en 1799 y completado en un total de once volúmenes en 1811. 12 Al igual que en los demás aspectos innovadores de este periodo es en Italia donde ya en el siglo XVI se crea la primera academia de una lengua moderna: la Accademia della Crusca en Florencia, artífice de su primer diccionario, conocido como el Vocabolario degli Accademici della Crusca, en 1612. Las demás, en los restantes países europeos, no se formarían hasta el siglo XVII, siendo encabezadas por la alemana Fruchtbringende Gesellschaft, fundada el 24 de agosto de 1617, poco antes de que el poeta Martin Opitz (1597-1639) escribiera su Aristarchus (c. 1618) ensalzando la lengua alemana como medio poético y lo ilustrara con posterioridad en su Buch von der deutschen Poetery de 1624. 13 Con él Nebrija satisface el último de los tres de propósitos o “provechos” con los que compone su Gramática: el primero “[…] reduzir en artificio este nuestro lenguaje castellano: para que lo que agora t de aqui adelante enel se escriviere pueda quedar en un tenor: t estender se en toda la duracion delos tiempos que estan por venir”; bajo el segundo se encierra la idea de facilitar


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el aprendizaje de la gramática, hasta este momento la lengua latina, a través de la castellana; el tercero, más concretamente, consiste en facilitar el conocimiento de la lengua española a todos aquellos a quienes ésta resulta extraña. Estas ideas, expresadas por primera vez en lengua castellana, resultan enormemente innovadoras. 14 Francisco de Villalobos podría ser su autor; a él se le atribuyen las normas sobre la pronunciación española recogidas en la introducción del diccionario cuatrilingüe editado por Bartolomé Gravio un año después y que son una reproducción literal de las expuestas en esta gramática (cf. Gallina 1959: 77-78, Lope 1990: 25). 15 Consúltese Swiggers et al. (1989: 181-182) y Swiggers (1997: 173). 16 Sobre su utilidad como gramática para extranjeros remitimos a Tavoni (1998: 40) y Sánchez (1992: 30-34). 17 Dos tratados que “sobrevivieron largo tiempo en el uso popular pero sin que se supiera que eran de Meurier” (Bourland 1938: 141); Bourland se ocupó ya en su trabajo anterior de 1933 de la trascendencia de estos tratados de Meurier y a través de él sabemos que fueron intercalados por Girard de Salenson de Gante en su Dictionaire, Colloques, ou Dialogues en Quatre Langues de 1568 y que a partir de esta obra y durante muchos años fueron reimpresos en ediciones posteriores de los vocabularios políglotas. 18 En París se reimprimió al menos en 1606, 1610 y 1612, se reeditó y amplió en 1619 y se conocen otras ediciones de 1632, 1659 y 1660 y en Bruselas se reeditó en 1610, 1619, 1628, 1639 y 1670 (cf. Lope 1990: 35); también en Colonia aparecería en 1607 una traducción latina de esta gramática. 19 Es lógico creer que entre los primeros léxicos a disposición de quien necesitara aprender una determinada lengua extranjera se encontraran estos vocabularios, como el Dictionaire français latin, publicado por Robert Estienne en París ya en el siglo siguiente, en 1539. Al igual que su Thesaurus linguae latinae de 1531, está estrechamente relacionado con la corrección del latín medieval y concebido para suministrar una herramienta de consulta que ayude al estudiante de habla francesa a escribir bien el latín clásico (cf. Kibbee 1986: 137). 20 Al igual que otros compendios, como las colecciones de refranes del tipo de la de Zegers de 1559: Proverbia Gallicana, una cum inter-


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pretatione tum Teutonica, tum latina. Incluye la lengua latina, la francesa y la neerlandesa. 21 Así se expresa en su prólogo: “Quien aprenda con este libro podrá dedicarse a mercadear de una nación a otra y aprenderá el nombre de muchos artículos para comprar o vender y hacerse rico” (apud Sánchez 1992: 17). 22 Ya se trató este conjunto de diálogos en francés y flamenco en el trabajo Corvo (2008a: 241-242). 23 Aunque parezca destinado al aprendizaje de ambas lenguas, es lógico creer que “probablemente la razón de ser de este librito no era tanto el aprendizaje del inglés cuanto el aprendizaje del francés, considerado entonces como “lengua franca” en Inglaterra, especialmente en cuestiones comerciales” (Sánchez 1990:1272). Los primeros manuales en estas lenguas destinados a la enseñanza del inglés no aparecerían hasta un siglo después, coincidiendo en la década de los setenta con la llegada a Inglaterra de numerosos refugiados protestantes franceses (cf. Germain 1993:58). 24 Más sobre estas ediciones puede consultarse en Corvo (2009b: en prensa). 25 Sobre esta obra resulta muy ilustrativa la completa descripción aportada por Gallina (1959: 25-40). 26 Gallina (1959: 123-124) recoge un gran número de sus ediciones, la mayoría extranjeras. 27 Aunque no siempre conteniendo esta misma combinación de lenguas, sus ediciones bilingües y multilingües continuaron apareciendo de manera constante también durante todo el siglo posterior. La última edición bilingüe francesa-flamenca es la impresión que de ella hace A. Hollander en Lilla en 1703 y de la docena de ediciones que contienen el alemán en lugar del flamenco, la última conocida es la del impresor J. P. Waalpot, aparecida en Delft en 1645 (cf. Gallina 1959: 76). Remitimos a las páginas 87-91 del trabajo de esta autora, en las que puede consultarse una completa relación de las ediciones conocidas por combinación de lenguas. 28 Sánchez además explica: “Al diálogo 7º de Stepney le sigue el que en los Colloquia era el auténtico 7º: “Aquí se siguen diuersos propositos de mercaderias de plateros, y del trucco de dinero” (“Propositos de la mercaderia” reza el título de los Colloquia).


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Quizás para no aumentar el número mágico de siete, Stepney deja sin enumerar este último diálogo, poniéndolo, simplemente, después del séptimo” (p. 63). 29 Así como también cabría hablar de otros diferentes repertorios multilingües de uso en Europa tomados como modelos por Minsheu. El tema de la influencia de otros en Minsheu resulta muy extenso y controvertido. Por ello, simplificando, remitimos a Sánchez (1992: 64), quien, junto a una panorámica de su extensísima labor, justifica la copia en Minsheu diciendo: “Recoge todo lo que encuentra y considera útil para enseñar o aprender español, apropiándose de ello y no cuidándose ni siquiera de citar a sus autores”. Véanse también Alvar (1991: 12) y Steiner (1986: 231). 30 De las Casas, autor también de las Reglas para pronunciar, leer i escrebir el castellano, es considerado uno de los mejores representantes de la enseñanza del español en Italia junto a Miranda y en su obra también se aprecia la influencia de Nebrija (cf. Alvar 1991: 11, Lope 1990: 119-122). 31 Si bien Niederehe (1992: 140) opina que todas aparecieron en Venecia. OBRAS CITADAS Alvar Ezquerra, M. 1991. “Antiguos diccionarios plurilingües del español” en Lépinette et al. (eds.) Actas del 1er Coloquio Internacional de Traductología. Valencia: Universidad. 7-14. Auroux, S. (dir.) 1992. Histoire des idées linguistiques II. Le développement de la grammaire occidentale. Liège: Mardaga. Bourland, C. B. 1938. “Algo sobre Gabriel Meurier maestro de español de Amberes (1521-1597?)”. Hispanic Review VI, 139-152. 1933. “The Spanish Schoole-master and the Polyglot Derivatives of Noel de Berlimont’s Vocabulare”. Revue Hispanique LXXXI, 283-318. Calvo Fernández, V. – Esparza Torres, M. A. 1993. “Una interpretación de la Gramática Castellana de Nebrija a la luz de la tradición gramatical escolar”. Cuadernos de Filología Clasica. Estudios latinos 5, 149-180. Caravolas, J. A. 1994. La didactique des langues. Précis d’histoire I 1450-1700.


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RESEÑAS


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Mario Cal, Paloma Núñez e Ignacio M. Palacios (Eds.), 2005. Nuevas tecnologías en lingüística, traducción y enseñanza de lenguas. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela* Lorena Barrera Fernández Universidad de Santiago de Compostela lorenabarrera@edu.xunta.es Parece virtualmente imposible restar importancia al continuo debate de docentes, discentes, estudiosos y filólogos acerca de las tecnologías de la información y comunicación, más conocidas como TIC. Para nadie han pasado desapercibidas. Es bien sabido que el campo de la enseñanza-aprendizaje no es estático e inamovible, sino que cambia a medida que los tiempos nos inundan con revoluciones tecnológicas. Una de tales es la que estamos viviendo en la actualidad debido al fuerte impacto de las nuevas tecnologías (NT) en nuestra sociedad. Internet, programas informativos, ‘e-mail’, las tertulias o ‘chats’ suscitan la atención del público hacia estas tecnologías de la información y la comunicación (Dooly Owenby, en prensa; García Vera, 2004 y Lavid, 2005). La presente investigación imbrica la inseparable relación entre tres pilares fundamentales en lingüística y pedagogía sobre los que se sustenta cualquier innovación educativa, esto es, teoría, práctica e investigación. La mayoría de los manuales se centraban en práctica y teoría pero pocos en la vertiente investigadora, lo cual aporta al volumen un valor añadido. La estructura del volumen es, asimismo, tripartita con partes diferenciadas, que, sin embargo, mantienen su homogeneidad tanto en temática general como en su intención didáctico-pedagógica: lingüística, traducción y enseñanza de lenguas, lo que destaca su carácter interdisciplinar y multifactorial. Recordemos que muchos estudios publicados sobre nuevas tecnologías hasta el momento abordan dicho tema desde una única perspectiva. Por ejemplo, García Vera (2004) enmarca las NT en el campo de la enseñanza, pero no en el de la traducción; Bowker (2002) toca ampliamente el tema de las NT y la traducción pero pasa por alto el educativo. Granger et al. (2003) aborda el campo de los corpus, las NT y la enseñanza. *

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Más de una decena de autores examinan una serie de sugerencias didácticas, consejos prácticos, reflexiones metodológicas, ideas variopintas e interesantes fundamentos desde una perspectiva tecnológica. De la misma manera, nos congratulamos en subrayar el carácter formal, conceptual y estratégico del presente estudio así como su componente estilístico y su nivel de lengua, que da autenticidad al discurso y fluidez a la redacción. En el primer bloque, las NT y la lingüística, el hilo conductor de las teorías de Milagros Fernández y Mª Paula Santalla no es otro que la lingüística de corpus, un eje clave que para la relación de interdependencia entre lingüística y NT. La lingüística de corpus ha dejado atrás a la vieja escuela de la lingüística de campo. La lengua y sus componentes son procesos reales de la relación oral y escrita de sus hablantes. Los corpus, parafraseando a Sinclair (2004) y a Granger et al. (2003), son textos fidedignamente ilustrativos del habla de sus usuarios en determinadas coordenadas geográficas, sociales y culturales. Los corpus deben incluir información sobre la grabación de datos, fecha, hora, condiciones ambientales y equipamiento usado. La lingüística se convierte más que en una ciencia de campo, inflexible y estática, en una ciencia informática e informatizada. El llamado CALL, el CD-ROM, diferentes corpus informatizados, páginas web de interés son los avances más notables en este campo, como nos dicen Fernández y Santalla, Faber y Jiménez (2004) y también Eagles (1992/1996), que reconoce la importancia de la ingeniería lingüísitica. Ambas autoras inciden en la necesidad de elaborar corpus para mejorar el nivel de lengua, la emisión y recepción de mensajes y las estrategias comunicativas y una mejoría de la comunicación y el entendimiento efectivo, ya que son usos lingüísticos reales. El segundo bloque consolida los esfuerzos de investigadores a fin de lograr que la práctica de la traducción y su enseñanza sea más cercana, posible, acertada y empática. Isabel Codesido esboza los tres principales métodos de traducción automática desde una perspectiva diacrónica: traducción totalmente automática, traducción asistida automáticamente y traducción asistida por ordenador, de acuerdo a las necesidades del sistema. No son excluyentes, si bien el último res-


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ponde inescrutablemente a los calificativos atractivo, ameno y de fácil utilidad por sus beneficios: comprensible, interactivo, el traductor suele traducir la mayoría del texto sin graves dificultades, detecta errores nimios, etc. La autora describe también una serie de recursos que facilitan el proceso de traducción como diccionarios en línea, correo-e y páginas web de interés (véase García Vera, 2004 y Bowker, 2002). En mi opinión, este artículo es más descriptivo y no aporta datos empíricos novedosos, si bien ofrece las últimas tendencias en traducción. Por otra parte, el núcleo central del estudio de Purificación Fernández y J.Mª Bravo perfila los pasos para la adecuada traducción de un texto científico. Además de informar al lector sobre los múltiples materiales para llevar a cabo una traducción coherente (generadores de concordancias, bancos terminológicos, corpus electrónicos) y los medios para poner en marcha tal traducción (comparaciones interlingüísticas, didáctica de traducción, fraseología), la aportación principal de estos autores es que realizan una lectura profunda del texto y contexto aplicando los pasos anteriores. Se deja entrever que la traducción ya no es un arte clásico, dado que el diccionario debe acompañarse de otros recursos que hacen de la traducción un entretenido trabajo. Si bien, para una adecuada traducción, también es necesario tener en cuenta los siguientes aspectos que Eagles (1992/1996) menciona y no aparecen en el presente artículo: calidad y cantidad del texto, tipo de texto, sus características originales, las lenguas, tamaño de la traducción y su naturaleza, nacional o internacional. Estos son aspectos primarios que constituyen la ‘standardization proposal’ de la que habla Eagles. En un nuevo escalafón de alabanza a las NT, Francisco Fernández afirma que son un elemento imprescindible para la competencia del traductor, su trayectoria formativa y su constante reciclaje de conceptos. En la página 113 se dice: “En el aula de traducción, el grado de utilización de las TIC puede limitarse a la simple utilización de Internet y del correo electrónico para colgar el ejercicio de traducción y recibir las tareas realizadas por el alumno”. Nosotros, al igual que el autor, sabemos que esto no debe ser así. El profesor-traductor debe aceptar que su rol es ahora distinto: debe aprender a dominar Inter-


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net y paliar con las TIC los obstáculos que su profesión imponía. El autor da cuenta de una enorme cantidad de recursos ‘on-line’ para la explotación pedagógica de las TIC, que resulta escasa: diccionarios, glosarios y enciclopedias, prensa, listas de distribución y un gran abanico de páginas web a su disposición. Como colofón a este segundo bloque, Roberto A. Valdeón aporta la pincelada más crítica del uso de las TIC. Avalado por las teorías de Bowker (2002: 100), Rosenberg (2001) y Stubbs (1992: 215-20), Valdeón pone de manifiesto que el papel del profesor necesita un urgente cambio, pero también el discente debe cumplir nuevas funciones y ser consciente de las diferencias, a veces sólo subyacentes, entre dos oraciones cuyo contenido es el mismo pero cuya forma varía, lo que hace que el significado pragmático-cognitivo se modifique de igual manera. Para evitar este riesgo, se necesita leer entre líneas e interpretar un texto dado. En el tercer bloque, José Mª Aguilera expone críticamente las características de las TIC en el aula. Sin negar la etiqueta de innovación, les asigna rasgos beneficiosos pero también las tacha de peligrosas. Entre los rasgos positivos, que podemos encontrar en muchos manuales de NT (véase Lavid, 2005; Faber and Jiménez, 2004), destacamos que el conocimiento aumenta con rapidez, el aprendizaje va más allá del aula, la autonomía cobra relevancia, las TIC son omnipresentes e irradian toneladas de información. Un efecto ventajoso que no aparece expreso, pero que sí citan Granger et al. (2003) y Rosenberg (2001), es que las NT igualan la importancia de la lengua oral y escrita, contra los enfoques comunicativos. Sin embargo, las NT suponen un gran abismo entre los que tienen acceso a ellas y los que no, generan desorientación, mal genio y pasividad. Por otro lado, la vida se vuelve sedentaria e inerte. Además, provoca un comportamiento anti-social y una tendencia al aislamiento. Creemos necesario añadir el dato aportado por Powel (1998: 99-100), que asevera que las TIC producen un cambio en la función del profesor, que actúa como tutor-gestor y se libera así de su carga docente. Basándonos en la premisa de que aprender una palabra es mucho más que aprender su significado, Raquel Fernández nos


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informa acerca de los medios tecnológicos que podemos emplear para vencer los obstáculos del aprendizaje del vocabulario. Para tales fines, esta autora crea sus propios diagramas con términos léxicos y mapas conceptuales, y utiliza programas en línea como el ‘Gapmaster’ o ‘Pinpoint’, a fin de que los alumnos adquieran autonomía y un proceso de aprendizaje más flexible. Por su parte, M. Carmen Losada describe los múltiples recursos que ofrece la Web para trabajar la enseñanza del español (programas informáticos, ‘software’, cursos virtuales, portales para profesores, páginas con enlaces…) Sin embargo, también detecta problemas con el uso de NT. Existe una escasa aplicación de la ingeniería lingüística para la corrección de ejercicios y la mayoría siguen el formato de respuesta cerrada. La importancia del presente artículo radica en que evalúa recursos para la enseñanza del español, otra lengua que el volumen examina, junto al francés, alemán y catalán. Muchas publicaciones (Bowker, 2002; Stubbs, 1992) se centran en una sola lengua, principalmente la inglesa y resulta interesante que una contribución pueda abarcar dos o más lenguas con precisión. Ignacio M. Palacios se adentra básicamente en el mundo de la lingüística de corpus con la creación de Santiago University Learner of English Corpus (SULEC), un corpus que compila datos del aprendizaje de más de un millar de alumnos de distintos niveles en distintos planos lingüísticos para analizar el comportamiento del aprendiz y observar su uso de la lengua. La creación de corpus que permitan mejorar los obstáculos del aprendizaje y hacer dicho proceso más tangible y llevadero tienen gran valía para la comunidad científica. SULEC analiza la interlengua de estudiante gallegos de inglés como L2: principales errores, frecuencia de uso, estrategias comunicativas y de aprendizaje. José R. Valera cierra el presente estudio y defiende la enseñanza virtual como complemento autodidacta para aprendices de L2. El sistema virtual de la Universidad Pompeu Fabra es accesible a sus alumnos y se muestra afín a la necesidad de promover la motivación, autonomía y el uso de estrategias de aprendizaje en el alumno. En el aula virtual, el aprendiz puede encontrar todo tipo de información en lo referente a su Universidad: debates ‘on-line’, tertulias o tareas extra,


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tutorías. Este artículo propone extrapolar lo académico a lo extra-académico otorgándole al alumno un papel dinámico e independiente, establecer un análisis de necesidades entre docente y discente y fomentar un seguimiento constante del alumno. En la página 238 se dice que el alumno es “agente” de su proceso de aprendizaje. A pesar de estas ventajas, el inconveniente sigue siendo la reticencia del profesor a encaminarse en este proceso lleno de responsabilidad. Pasemos ahora a mencionar otras aportaciones de esta investigación, concebida como manual de consulta o material de apoyo. Los artículos incluyen datos reales e información actualizada con variedad de enlaces y direcciones de interés que fueron previamente contrastados antes de su inclusión como fuentes bibliográficas. Por ello, varias de sus contribuciones se pueden tomar como punto de partida para cursos de postgrado y futuras investigaciones. Todos los autores tienen su postura definida respecto a las TIC y lo expresan de manera clara. Pero sólo tres de ellos nos enseñan la otra cara de la moneda donde no todo lo que aportan se resume en éxito y utilidad por igual para todos los discentes (Stubbs, 1992). Nos mencionan la reformulación del rol del docente, la tendencia al silencio, la pasividad, el cansancio visual y la información a menudo no deseada con la que nos encontramos, lo que provoca que el aprendizaje sea superficial e incompleto. Detectamos otro detalle a tener en cuenta en este trabajo, el uso de la lengua española en sus textos que indudablemente limita su difusión al contexto hispano hablante. No obstante, es cierto que se pueden realizar traducciones al inglés de esta obra, lo que le otorgaría un carácter más claramente internacional, ya que además muchos de los presentes artículos tratan el tema de la enseñanza-aprendizaje de ESL. Además de editores y colaboradores, también los correctores merecen mención por su diseño de cubierta, que auto-explica el título del volumen al presentar frases codificadas propias de un programa informático. En este sentido, debemos destacar las notas a pie de


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página, que contienen información relevante para una completa comprensión del texto. La primera edición está prácticamente agotada, lo cual indica su grado de aceptación por la comunidad científica. Todos aquellos de nosotros que seamos conscientes de la situación educativa actual en España y de las vicisitudes que castigan al campo de la enseñanza no deberíamos pasar por alto la publicación de este volumen, cuyos paradigmas están dotados de valor crítico y sustentan una sugerente lectura que recomendamos como material de referencia. El mundo de las NT es un continuo puzzle, un desafío al que todos estamos sometidos y que queda todavía por resolver, quizás con el nosotros debamos resolvernos a nosotros mismos primero. OBRAS CITADAS Dooly Owenby, Melinda En prensa: ‘Approaching Europe: Language Learning Through Virtual Contact’. Actas del XXX Congreso Internacional de Aedean de Huelva 2006. Huelva: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Huelva. Bowker, Lynne. 2002: Computer-Aided Translation Technology: A Practical Introduction. Ottawa: University of Ottawa Press. Eagles, 1992 - 1996 Eagles, Expert Advisory Group on Language Engineering Standards <http://www.ilc.cnr.it/EAGLES96/home.html Faber, P & Jimenez Hurtado, A. 2004. Investigar en terminología. Granada: Comares. García Vera, Antonio Bautista 2004: Las nuevas tecnologías en la enseñanza: temas para el usuario. Sevilla: Akal, Universidad Internacional de Andalucía. Granger, Sylviana; Dagneaux, Estelle and Meunier, Fanny (eds). 2003. Extending the Scope of Corpus-Based Research. New Applications, New Challenges. Amsterdam: Rodopi. Lavid, Julia 2005: Lenguaje y nuevas tecnologías: nuevas perspectivas, métodos y herramientas para el lingüista del siglo XXI. Madrid: Cátedra. Majó, Joan y Marqués Graells, Pere 2002: La revolución educativa en la era Internet. Barcelona: CissPraxis. Powel, Brian 1998: ‘Computer-assisted Language Learning: Problems of Integration’. Oro Cabanas, José Manuel y Varela Zapata, Jesús, ed. Diálogo de culturas. Santiago de Compostela: Servicio


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Laura Lojo Rodríguez Gerardo Rodríguez Salas, 2009. Katherine Mansfield: El ...

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Gerardo Rodríguez Salas, 2009. Katherine Mansfield: El Posmodernismo de una modernista renegada. Madrid: Verbum* Laura Lojo Rodríguez Universidad de Santiago de Compostela laura.lojo@usc.es Katherine Mansfield: El posmodernismo incipiente de una modernista renegada (Madrid: Verbum, 2009) es el segundo trabajo del profesor Gerardo Rodríguez Salas, quien previamente nos había conducido a otro viaje fascinante a través de la narrativa de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield en Hijas de la Diosa Blanca (Oviedo: Septem, 2007). En esta ocasión, Rodríguez Salas parte de lo que podría resultar una premisa sorprendente, esto es, la naturaleza “posmoderna” de la obra de Katherine Mansfield, si bien tal hipótesis aparece posteriormente debidamente argumentada y sostenida por un contundente aparato crítico que infunde solidez al punto de partida inicial. Si bien resulta evidente que por la enjundia y profundidad de la argumentación del autor esta obra se dirige primordialmente a un público especializado en estudios ingleses, la coherencia expositiva y la trasparencia en el estilo facilita la aproximación al estudio del lector o lectora iniciático. En todo caso, el estudio proporciona una visión rigurosa y exhaustiva de la obra de Katherine Mansfield, a la vez que una interesante revisión de las poéticas del modernismo y el posmodernismo a través de un análisis de las principales premisas de los teóricos más sobresalientes que han abordado esta problemática. El libro arranca con un interesante capítulo introductorio sobre el debate terminológico, conceptual y cronológico sobre la diferencia entre modernismo y posmodernismo como movimientos literarios; sobre los conceptos de “modernidad” y “posmodernidad” entendidos como actitudes frente a un distinto sentir histórico, para finalmente incluir una nueva etiqueta terminológica —“pos-posmodernidad”— para referirse a la contemporaneidad. La naturaleza de esta introducción reafirma la necesidad y pertinencia de este debate que, lejos de agotarse, se renueva incesantemente para revaluar hipótesis ya existentes y formular nuevas aproximaciones teórico-críticas. En la reconsideración del “posmodernismo” y la “posmodernidad”, Rodrí*

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guez Salas se apoya en disquisiciones teóricas consagradas, como las propuestas por figuras de la talla de Jean François Lyotard, Ihab Hassan o Linda Hutcheon, cuyas aportaciones conceptuales más relevantes articularán los argumentos del propio autor a lo largo de la obra. Katherine Mansfield: El posmodernismo incipiente de una modernista renegada se vertebra en cuatro bloques temáticos esenciales que, a su vez, reflejan algunas de las reflexiones conceptuales más relevantes que tradicionalmente se han asociado con la poética posmoderna, y que, en su caso, Rodríguez Salas aplica en un segundo momento de cada uno de los mencionados bloques a la obra de la neozelandesa para justificar la naturaleza “posmoderna” de su escritura. Así, la disolución del sujeto posmoderno se articula en “El sujeto escindido”; el texto como única realidad construida por el lenguaje y su interrelación con la subjetividad se discute en “Lenguaje, dogmatismo y estrategias subversivas”; la propia naturaleza relacional del lenguaje, y su inevitable remisión consciente o inconsciente a otros textos se sugiere en “La intertextualidad”, y, finalmente, “Ironía, parodia y pastiche” analizan estas estrategias discursivas como elementos transgresores de la literatura posmoderna. En cada uno de los capítulos, Salas aplica cada una de las mencionadas disquisiciones teóricas a relatos concretos de Mansfield, proporcionando una interpretación de los mismos sugerente y novedosa. El capítulo 1, “Es sujeto escindido”, arranca haciéndose eco del debate conceptual y filosófico sobre identidad, subjetividad, y condición posmoderna, utilizando para su definición conceptos de Ihab Hassan, Anthony Giddens, o Jean François Lyotard. En ese sentido, Rodríguez Salas coincide con los postulados de Monika Killiam, Rosalind Krauss o Diane Elam, quienes claramente observan en el sujeto modernista una visión esencialista y extradiscursiva del mismo frente a la fragmentación posmoderna, en la que además la configuración del sujeto se presenta absolutamente dependiente del propio texto. Salas enfatiza la ambigüedad del sujeto posmoderno sin presuponer su esencia, para lo que se apoya en dos conceptos capitales de la poética posmoderna, a saber, lo sublime (la tarea paradójica de representar lo irrepresentable a través de nuevas formas que transciendan la codificación tradicional del lenguaje) y el código hermenéutico (el conjunto de unidades que articulan una pregunta y su respuesta). La segunda parte de este capítulo consiste en la constatación de cómo las premi-


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sas teóricas que demostrarían la escisión del sujeto en Mansfield funcionan aplicadas a, en primer lugar, su propia producción autobiográfica (cartas y diarios) y, en segundo lugar, a parte de su obra de ficción más emblemática, como “The Daughters of the Late Colonel”, “The Garden Party”, “Je ne Parle Pas Français” y “A Married Man’s Story”. El segundo capítulo, titulado “Lenguaje, dogmatismo y estrategias subversivas”, supone para Salas un paso más para el análisis de la naturaleza escindida y artificial del sujeto, entendido como resultado directo de una creación intencionada a través del lenguaje. Para el desarrollo de su argumentación, Salas parte de la premisa de Hutcheon que analiza la relación entre el sujeto posmodernista y la problemática función del lenguaje en la formación del mismo. Tal problematización se debe, como argumenta Salas, a la carga ideológica que impregna el lenguaje, transmisor de los valores promulgados por el aparato ideológico estatal que, como Althusser sugiere, el sujeto asume como propios. En este sentido, el lenguaje no funciona como herramienta transparente que proporciona una representación mimética de una realidad preexistente, sino que, como apuntan Sapir, Whorf, Barthes o Lacan, el sujeto adquiere su identidad a través del lenguaje. Salas también analiza diversas estrategias subversivas para contrarrestar la función ideológica del lenguaje; la primera de ellas se encuentra directamente relacionada con el pensamiento feminista, y con los conceptos de lo “semiótico” (Kristeva) o lalangue (Jardine) —situados en un estadio pre-edípico y, por tanto, previo al orden simbólico— que comparten, junto con la estrategia del silencio, la empresa de desestabilización de lo simbólico. Salas analiza el silencio como herramienta de resistencia en relatos algunos relatos de Mansfield, tales como “Weak Heart”, “The Doll’s House”, “The Daughters of the Late Colonel” o “The Garden Party”. La segunda estrategia analizada por Salas para contrarrestar el poder ideológico del lenguaje se denomina “paraliterariedad”, esto es, la utilización del propio lenguaje contra sí mismo como herramienta subversiva, y que funciona como uno de los rasgos distintivos más destacados del posmodernismo: la incidencia de este movimiento en el carácter del lenguaje y del texto literario como “constructos”, como productos culturales. Salas aplica los mencionados planteamientos teóricos a “Miss Brill”, “Je Ne Parle Pas Français” y “A Married Man’s Story”.


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La tercera de las estrategias literarias y conceptuales analizada por Salas, “La intertextualidad”, constituye el eje temático del tercer capítulo de este estudio. Como se apunta en los párrafos introductorios, la intertextualidad ha sido considerada por un elevado elenco de críticos —tales como Kristeva, Adorno, Genette o Hutcheon— un rasgo literario especialmente recurrente en la literatura posmoderna, y que revierte en los conceptos apuntados a lo largo de capítulos anteriores, esto es, la capacidad del texto para referirse a sí mismo y para enfatizar su propia naturaleza como constructo a través de la alusión directa o indirecta a textos anteriores. A lo largo de las primeras secciones de este capítulo, Salas prestará especial atención a la teorización sobre la intertextualidad llevada a cabo por Gérard Genette —cuya definición de “intertextualidad” e “hipertextualidad” serán especialmente útiles para el análisis que Salas hace de algunos relatos de Mansfield— y por Mikhail Bakhtin, centrándose en el desarrollo de los conceptos de dialogismo, polifonía, heteroglosia y carnaval. La segunda sección de este capítulo supone la aplicación práctica de los mencionados conceptos a la obra de Mansfield, y comienza rebatiendo la extendida opinión de la crítica que consideraría a Mansfield una autora que casi en exclusiva utilizaría su experiencia vital para articular los argumentos de su obra de ficción. Si bien Salas acepta parcialmente esta premisa, también demuestra con acierto cómo Mansfield recurría de manera explícita a textos literarios anteriores que pretendía parodiar y superar. Resulta especialmente perceptivo e interesante el estudio profundo y sistemático que Salas lleva a cabo del patrón de los cuentos de hadas o cuentos populares en la obra de Mansfield, que permite al lector abordar relatos muy conocidos de la neozelandesa desde una perspectiva intertextual. Como sugiere Salas, Mansfield encuentra en la subversión de patrones arquetípicos de los cuentos de hadas una herramienta sugerente para cuestionar determinados aspectos éticos y morales de la sociedad en la que vivía. El cuarto y último capítulo del estudio de Salas aborda tres herramientas subversivas extremadamente relevantes en la obra de Mansfield: “Ironía, parodia y pastiche”, estrechamente ligadas al uso de la paraliterariedad e intertextualidad, y para cuya aplicación a Los relatos “Taking the Veil” y “Violet” Salas se apoya en los planteamientos teóricos de Margaret Rose, Linda Hutcheon o Tamás Benyéi, entre otros.


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En definitiva, el presente estudio no solamente muestra un panorama de una sección extensa de la obra de Mansfield, sino que también supone un análisis perceptivo sugerente que apunta a la posibilidad de establecer coordenadas posmodernas en una autora que tradicionalmente ha sido considerada “canónicamente” modernista. A lo largo de este estudio Salas no solamente muestra un extenso conocimiento de la obra de ficción, cartas y diarios de Mansfield, sino también de una parte importante de las obras más relevantes y significativas que han teorizado sobre la diferencia entre el modernismo y posmodernismo a fin de establecer unas características estéticas e ideológicas definitorias para cada una de las sensibilidades anteriores. A pesar del importante bagaje teórico y conceptual del estudio, su lectura resulta clarificadora y comprensiva, lo que convierte a Katherine Mansfield: El posmodernismo de una modernista renegada en una obra de lectura inexcusable para quienes deseen aproximarse a la obra de Mansfield.


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T. Silva, B. Figueroa, Mª J. Corvo, Mª J. Barsanti, M. Equy, 2009. Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad: inglés, español, francés y alemán. Badajoz: Abecedario* Laura Pino Serrano Universidade de Santiago de Compostela laura.pino@usc.es Hace escasos meses asistimos con satisfacción a la publicación del Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad: inglés, español, francés y alemán y nos felicitamos por ello, felicitación que deseo hacer extensiva a las autoras de la obra Beatriz Figueroa Revilla, Mª José Corvo Sánchez, Mª Jesús Barsanti Vigo, Marianne Equy y, de un modo especial, a la directora y coordinadora del proyecto Terencia Silva Rojas de la Universidade de Vigo. Sus casi 500 páginas y sus más de 5000 entradas convierten esta obra en un instrumento de referencia para el estudio de las lenguas para fines específicos, y de un modo especial para el mundo del marketing y de la publicidad. La larga espera de casi cuatro años ha valido la pena y ha culminado con la publicación de la obra por la editorial Abecedario de Badajoz en un formato flexible, asequible, ligero y de fácil manejo lo que no es habitual en producciones de características semejantes. La elaboración del Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad se inició en el marco de un proyecto de investigación de la Universidade de Vigo que contó con ayudas y subvenciones del Vicerrectorado de Investigación y también de la Xunta de Galicia, pero que luego siguió su camino, sin casi ayuda económica, por lo que el mérito es doble para las autoras y especialmente para la coordinadora de la obra. Como ellas mismas manifiestan en la presentación, la terminología técnica específica del mundo del marketing y de los medios de comunicación estuvo siempre presente y fue el objetivo principal y primero para la elaboración de las entradas del diccionario que quiere ser un repertorio lexicográfico completo y un referente de calidad en el mundo de los lenguajes de especialidad. Por esta misma razón, la lengua elegida para los lemas de entrada es el inglés que luego se completa con la equivalencia (traducción o explicación) en las otras *

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tres lenguas aquí consideradas, es decir español, francés y alemán. Cada entrada incorpora, además, información sobre el campo o dominio del lema de entrada, así como una anotación gramatical básica que permite identificar claramente el término y facilitar su uso en un contexto particular y preciso: en el caso de sustantivos y adjetivos, la indicación de género y número, para los verbos, el tipo o clase a la que pertenecen etc. Otro aspecto a destacar y a agradecer a sus autoras se refiere al elevado y muy completo número de ejemplos que nos proporcionan junto a cada entrada, tras haber tenido en cuenta las numerosas posibilidades construccionales y combinatorias de cada lema, así como la equivalencia de todas ellos en las tres lenguas de llegada. La inclusión de un número considerable de usos y empleos de un mismo término y de sus posibilidades combinatorias en colocaciones nominales, adjetivales o verbales multiplican, a mi entender, el interés y el valor de este Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad que alberga en sus 5.278 entradas una información rica y exhaustiva. Especialmente útil me parece la idea de agrupar inmediatamente tras la entrada y resaltados en negrita los usos de cada término. Ello facilita enormemente las búsquedas y anima al manejo del diccionario, algo que nos siempre se consigue en este tipo de obras. Aunque las autoras dicen ser conscientes de que la ausencia de ejemplos y citas de usos limitan la efectividad del diccionario, no creo que ello sea óbice para un empleo eficaz del mismo. Cualquier usuario procedente del ámbito empresarial en general, y del de marketing en particular, puede resultar satisfecho, así como los docentes especialistas de las lenguas de llegada. Una muestra de la exhaustividad y seriedad de este trabajo es la voz MARKET, de la que las autoras llegan a censar 116 usos diferentes en cada una de las cuatro lenguas utilizadas. Sin duda un esfuerzo de rigurosidad digno de alabar. Para que el posible usuario de este diccionario se haga una mejor idea de la concepción de esta herramienta lexicográfica pienso que es bueno proponer un ejemplo. Así la voz MERCHANDISE apa-


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rece como entrada propia del mundo del marketing y del de la comunicación. A continuación figuran sus diferentes usos, 12 en total, a saber: 1/allowance, 2/assortment, 3/broker, 4/control, 5/display window, 6/inventory, 7/market, 8/mix, 9/pack, 10/programme (Br)- program (Am), 11/sort, 12/turnover. A notar que en el uso 10 las autoras muestran la diferencia entre el inglés británico y el americano. Tras la lista de usos se muestra la traducción al español (mercancía) y la traducción de los 12 usos correspondientes. Y así sucesivamente para las lenguas francesa y alemana. Las autoras tampoco han escatimado esfuerzos al hacer una breve referencia al nivel de lengua así como a las variantes geográficas de las distintas lenguas consideradas, como es el caso del español de América, el inglés americano o el francés canadiense. La elección de las voces seleccionadas, como las autoras afirman en la presentación, es fruto de un trabajo de recopilación y estudio de manuales, libros de textos, diccionarios y glosarios especializados que se completaron con la ya obligada consulta en Internet, con el asesoramiento por parte de especialistas y, sobre todo, con la propia experiencia docente. El resultado es palpable en las casi quinientas páginas de listado de términos técnicos traducidos y explicados desde el inglés hacia las otras tres lenguas de llegada: español, francés y alemán. Otro aspecto positivo a destacar se refiere a la incorporación de siglas y acrónimos al cuerpo de entradas del diccionario, presentadas siempre en mayúsculas y sin puntos abreviativos por considerar que se trata de una formación nueva que por su uso frecuente en los lenguajes de especialidad, cobra relevancia y entidad propias junto al resto de entradas que configuran la obra (cf. Figueroa y Silva 2000: 459). La obra viene, además, a cubrir un vacío dada la escasez o casi inexistencia de trabajos de este tipo que pongan en correlación tres o más lenguas, como es el caso de este Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad. Existen numerosos glosarios, vocabularios y también diccionarios monolingües y bilingües de lenguajes de especialidad, pero


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son mucho menos frecuentes trabajos en los que dos lenguas románicas y dos germánicas se entrecruzan para establecer equivalencias y traducciones, y más aún, en el campo específico del marketing y los medios de comunicación. Como ya quise transmitir en uno de los prólogos de la obra que tuve la honra de escribir, pienso que este diccionario de uso va a convertirse o es ya un instrumento básico, necesario, útil e imprescindible para todo aquel usuario que, como filólogo, publicista, agente comercial o empresario se acerque al mundo del marketing, la publicidad o los medios de comunicación. El Diccionario cuatrilingüe de marketing y publicidad: inglés, español, francés y alemán se enmarca dentro de un nuevo objetivo al que deben reorientarse una parte de los recursos humanos y técnicos de las filologías extranjeras: el estudios, formación y enseñanza de los lenguajes de especialidad. En este sentido, esta obra es una buena muestra de una nueva línea de investigación destinada no sólo a una mayor profundización de los lenguajes de especialidad, sino también a la obtención de un conjunto de herramientas útiles y necesarias para la docencia y la investigación.


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Manuela Palacios González y Helena González Fernández (Eds.), 2008. Palabras extremas: Escritoras gallegas e irlandesas de hoy. Oleiros: Netbiblo* Vanessa Silva Fernández Universidade de Vigo nisse_vsf@hotmail.com A worthy addition to the Irish Studies Series promoted by the Amergin Research Institute of Research in Irish Studies, Palabras Extremas moves the confluences between contemporary Galician and Irish women poets to the foreground. In its ten chapters, which give voice to both poets and literary scholars, this volume, edited by Manuela Palacios and Helena González, provides readers with the chance to explore the characteristics of the literary production written by women poets in Ireland and Galicia. An eleventh chapter in its own right, the editors’ Introduction highlights the similarities between the Irish and Galician contexts, providing an account of the circumstances surrounding the peak of poetry-writing by women which both literary traditions experienced in the last decades of the twentieth century. Thus, the editors mention the importance of the radical political and social transformations taking place in Ireland and Galicia during the 1970s, which contributed to the visibility of women in general and women authors in particular. After emphasizing the suitability of poetry as the medium through which women can explore a common imaginary, the editors proceed to account for the contents of the essays included in the collection and for their grouping into two parts, entitled “Naturaleza, Lenguaje y Mito” and “Con voz propia: Ensayos y Entrevistas” respectively. The structure of the first part of the collection, containing six chapters, resembles a dialogue between scholars, in turns providing a study on a common aspect within the context of either the Galician or the Irish literary tradition. The collection opens with reflections on Nature, first provided by María Xesús Nogueira’s “Palabras de tierra para detener la marea. El paisaje en las poetas gallegas”. In this chapter, Nogueira discusses the presence of rural and sea landscapes as poetic motifs in the production of contemporary Galician women poets. The author uncovers the connection of sea landscapes to the tradition of *

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medieval literature and elucidates the dichotomy hidden in the evocation of rural landscapes – which are recognized as elements of identity but also have to be demystified and detached from their romanticised or pastoral features. Her analysis contains a reference to the recent ecocritical perspective and to the negative connotations of the urban landscape, also associated to autobiographical elements. More importantly, Nogueira coins the term “denounced landscapes” in her study of texts which contain socioeconomic or ecological denunciations. Her final overview on the use of landscape by women poets today reflects on the predominance of critical voices using landscape as a means to subvert or rewrite previously established notions of the literary canon. In the second chapter, “La luna en el cristal: poetas irlandesas y naturaleza”, Manuela Palacios offers her reply to the reflection on Nature from the perspective of the Irish context. Following Nogueira up on the analysis of the landscape motif, Palacios establishes firstly the similarities between the Irish and the Galician landscapes and refers to the claims for a fellowship of Atlantic and Celtic nations already vindicated by the Xeración Nós. Having introduced the reader to the birth of the Irish poetic tradition, which is strongly connected to works where Nature is given a voice, Palacios focuses on the treatment of this motif in the work of contemporary Irish women poets. Thus, she discusses Eavan Boland’s work from an ecocritical perspective, analysing her use of the figure of the farming woman as a way to unveil the political dimension of landscape. Palacios emphasizes here the poet’s intentional rejection of identification with the woman farmer – a situation which, in turn, would lead to the inclusion of the pastoral element and to an identification of the rural with the national, a stigma long suffered by Irish women (poets). However, reflecting on the unavoidable association between poetry and nation, Palacios takes the work of Paula Meehan as an instance of the inclusion of nature as a healing element within the urban landscape. Analyzing Meehan’s poems through an ecofeminist prism, Palacios dwells on the union between nature and maternity and on the symbolism of the River Liffey, which unites nature and woman in the heart of the city of Dublin. Finally, and as a sort of introduction of the next central theme to be discussed, the author explores the merging of nature, woman and (Gaelic) language in the poetry by Nuala Ní Dhomhnaill.


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In “Encrucijadas identitarias gallegas y el laboratorio del lenguaje”, Helena González depicts the appropriation of language in the work of contemporary Galician women poets. González firstly introduces the philological criteria whereby the canon of Galician literature excludes those works which are not written in the Galician language. Having described the combination of feminist and postmodern perspectives as a background to the production of contemporary poets, González considers women authors’ privileging of poetry writing over fiction writing as a product of the introduction of modernizing and normalizing politics into the Galician literary system. She also brings into the discussion the notion of the “language laboratory”, a mode of poetic writing whose by-products are not to be merely consumed by the reader; rather, they attempt to engage the reader in a communicative process. To illustrate this point, González offers an overview of the use of this mode in the work of several contemporary poets and its radically different results. Thus, the concern over language is characterised by disobedience, hybridity, orality or fragmentation in the production of Xela Arias, Chus Pato, María do Cebreiro or Emma Couceiro respectively. To conclude her study, González points out the apparent paradox provoked by the shift from an identity-focused poetry to a language-concerned one in allowing for the recuperation of previously silenced authors. Thus, as González highlights, through a resort to marginal positions some authors have placed themselves at the core of the Galician literary discourse. Laura Mª Lojo continues the discussion on language in the fourth chapter, “Corporeidad y lenguaje en la poesía irlandesa actual”, which explores, within the Irish context, notions that the reader of the collection has already come across by now, such as the inscription of the body in writing, the construction of subjectivity and its relation to the feminine body, the adaptation of language to take in female experience or the framing of women poets’ writing within the national discourse. More specifically, Lojo refers to the need on the part of women creators for rewriting stereotypical icons in order to allow for a visible space for women poets. For instance, she mentions the authors’ exorcising of the disempowering connotations of motherhood or their rejection of the classical image and role of the Muse. Lojo’s points are illustrated with carefully chosen poetic fragments, for which


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she also offers her own translations, thus providing her readers with a first-hand experience of the ways in which, within the Irish literary tradition, body and femininity are subverted in order to be repossessed. The fifth and sixth chapters engage in the discussion of the presence of myth in contemporary poetry written by women. In “Tejiendo y destejiendo mitos o el moldeable tapiz de la realidad en las poetas gallegas”, Mª Xesús Lama analyses the insertion of myth (connected here both to Celticism and femininity) in the poetical production by women authors. Lama delves extensively in the myriad of mythological references at play in the poetic production of Chus Pato. She also compares the different purposes served by the use of myth in the poetry of Pato and that of other authors, such as Luz Pozo Garza or María do Cebreiro. Preparing the ground to move the discussion over to the Irish context, Lama makes reference to the interest in the myths of the Irish tradition and the Celtic world which has produced an effective rewriting of the Galician tradition – providing myth with a double role, both legitimizing and transforming. In a similar manner, in Luz Mar González’s “Intertextualidad clásica en la poesía irlandesa de autoría femenina: 1980-2007”, classical myths are seen as elements taking part in both the construction and reconstruction of national identity. González offers a description of the Irish socioeconomic and political context in the last decades of the twentieth century in order to account for the utilisation of mythology as a way of coping with the various post-modern, post-Tiger dissatisfactions. To elaborate on this notion, Gonzalez looks closely at the use of different classical female figures in the work several poets. She mentions the presence of Penelope in Eva Bourke’s and Anne Le Marquand Hartigan’s poems, the insertion of the image of Helen of Troy in poems by Mary Coll or the seditious appropriation of Cassandra or the Medusa by Katie Donovan. Through her analysis of Eavan Boland’s use of the myth of Philomel, Gonzalez ends her study by showing how the resort to mythology subsumes the possibility of deconstructing stereotypes affecting women. Although its first part closes with a reference to silenced witnesses through the figure of Philomel, the collection Palabras


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Extremas becomes an even more interesting read when its second part “Con voz propia” offers women poets a chance to discuss their own work and that of their contemporaries. The first contribution to this part is made by María do Cebreiro in “Nuestro cuerpo es un campo de batalla. El sentido político de la poesía gallega escrita por mujeres”. The author deals here with her own reactions to the inclusion of corporeity into women poets’ production and to the multiplicity of bodies present in the corpus of Galician poetry. The political significance invariably engrafted with the introduction of bodies within the poem is toned down by Cebreiro, who will rather focus on the vindication of internal difference in the production of Galician women poets. The importance of the multiplicity and diversity of bodies featuring in the work of contemporary poets resides, according to Cebreiro, in their being representative of the multiple and diverse intentions of their authors. Her final enlightening remarks constitute a reflection on what is to come in the panorama of contemporary Galician literature. The next poet to speak is Ann Le Marquand Hartigan in “Librando espacio: Un porqué de la escritura”. Skilfully translated by Manuela Palacios, this eighth chapter is characterised by a lively and playful combination of prose and poetry. Hartigan addresses the readers’ imagination so that they can visualize her different concerns, such as her rejection of the professionalization of poetic creation and the need to clear a new space for every new creation; her views on the loss – and survival – of Gaelic; or her explanation on the perception of poetry and especially of women poets in Ireland. As Cebreiro’s had done, Hartigan’s final words leave the reader with a positive note, since they are devoted to identifying the act of writing with an act of reconciliation, stating that poets are reconciled with themselves and with others through their work. Also in consonance with Cebreiro’s essay, and especially with her defence of internal difference, is María Xesús Nogueira’s “Los signos de la diferencia. Entrevistas con las poetas Chus Pato y Ana Romaní”. The setting of a similar questionnaire – on woman, the Galician literary discourse, feminism, and their own work – for two poets with different aesthetic perceptions allows the readers to trace confluences not only between these two authors but also with their


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Irish counterparts. Curiously, both poets share a mixed reaction towards the figure of Rosalía de Castro, which brings similar parallels to their minds – the mother-daughter relationship in the case of Pato and the establishing of literary genealogies in the case of Romaní. Moreover, both poets dwell on the sorority of women poets as an outcome of the literary context of the 80s. Personal accounts, such as Pato’s retelling of her first years as a poet, gain renewed strength in the light of Ann Le Marquand Hartigan’s foregoing quest for space, still fresh in the readers’ mind. Following the spirit of the collection, both authors are led to comment on the presence in their own work of some of the major themes that surface in the previous essays, such as myth, language or the representation of femininity. “Poemas desde las fronteras del arte: Conversaciones con Mary O’Donnell y Celia de Fréine”, by Luz Mar Gonzalez Arias, gives two Irish poets the opportunity to join the debate. Both O’Donnell and Fréine discuss the cultural, literary and landscape transformations in post-Tiger Ireland. Particularly interesting are their reflections on language and on their relation to Gaelic, since these two authors have made different linguistic choices when creating. In addition to offering their views on the major concerns that have been mentioned throughout the collection, these poets account for the context of women writing in Ireland. They still feel the scarce visibility of women creators, which O’Donnell attributes to a lack of sufficient critical reception whereas Fréine associates it to the paucity of readers of poetry in Gaelic. Curiously enough, the volume where these claims are included comes to compensate for any lack of visibility contemporary Irish and Galician women poets may still perceive. The clear and instructive contextualization and analysis carried out in every essay, together with the profusion of poems which are used as instances, make the collection a pleasure to read while completely fulfilling the editors’ aim to promote the knowledge of the work of Irish and Galician women poets. Furthermore, the recent publication of the volume Writing Bonds and the anthology To the Winds Our Sails – where Manuela Palacios also features as editor – has furthered the editors’ attempt to effectively bring down the barriers between Irish and Galician literature. The spirit of Palabras Extremas lives on in these other


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initiatives, which successfully immerse their readers into a network of fruitful exchanges and leave them looking forward to yet another contribution to the exploration of the literary production of contemporary Irish and Galician women poets. WORKS CITED O’Donnell, Mary and Manuela Palacios (eds.). 2010. To the Winds Our Sails. Irish Writers Translate Galician Poetry. Knockeven: Salmon Poetry. Palacios, Manuela and Laura Lojo (eds.). 2009. Writing Bonds. Irish and Galician Contemporary Women Poets. Oxford: Peter Lang.

BABEL-AFIAL Nº 19  

BABEL-AFIAL es una publicación anual del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Vigo que aborda la problemática específica de los es...

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