.PDF: Historias con permiso para compartir - Antología 1

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ANTOLO GÍA No. 1


Pdf. Historias con permiso para compartir es una sección literaria de AY MAG destinada a acercar lectores y escritores, difundiendo pedacitos de su obra. La idea de esta sección se empezó a gestar en mayo del 2020, en el marco del confinamiento obligatorio por la pandemia del COVID—19 que motivó la liberación de libros virtuales. Este hecho reavivó un debate que lleva años en torno a la legitimidad o no de la circulación de obras en formato pdf, dividiendo el mundo literario entre autores que defendían el trabajo rentado de los escritores vs. aquellos que sostenían que los derechos de autor no deberían limitar el acceso a la lectura. El debate fue mucho más profundo y las posturas diversas, pero en todo caso dejó al descubierto la necesidad urgente de legislar para garantizar un sano equilibrio entre tres pilares fundamentales de los derechos culturales: acceso, participación y trabajo rentado digno. Entendiendo la excepcionalidad de la cuarentena y la importancia de mantener vigente el debate para avanzar en soluciones que atiendan las necesidades tanto de lectores como de escritores, desde AY MAG decidimos lanzar esta propuesta cuyo objetivo final era la edición


de la antología que hoy les presentamos. Una selección que reúne las primeras 10 entregas (narrativa y poesía) publicadas en nuestra web y redes sociales, en la que participaron autores nacionales (50% cordobeses, 50% de otras provincias) que cedieron generosamente sus textos para diseñar esta presentación. Gracias a los autores: Celina Pedernera, Federico Coutaz, Julieta Vittore Dutto, Fabián Clementi, Sofía Contreras Canard, Iván Taylor, Yanina Guiñazú, Nicolás Guglielmone, Soledad González y Fausto Bruo. A Meri Centeno por el hermoso diseño de esta antología. A Mila González Ruzo por la dirección de arte y diseño. A Gime Guzmán, directora general y editora de AY MAG, por la iniciativa y el espacio. A Santiago Cabanillas por convocar a los autores y curar los contenidos de la sección. A Volcán Azul Libros por acompañar esta antología y ayudarnos con su difusión. Y muchas gracias a los lectores porque sin ustedes esta propuesta no tendría sentido. Esperamos que disfruten la lectura de estos textos tanto como nosotros y los invitamos a compartir esta antología para seguir tendiendo puentes.


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IND

Cecilia Pedernera

Federico Coutaz

P.06-07

P.08-09 01

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Sofía Contreras

Iván Taylor

P.14-15

P.16-19 05

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Nicolás Guglielmone

Soledad González

P.22-25

P.26-27 08

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Fausto Bruo P.28-29 10

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DEX

Julieta Vittore

Fabián Clementi

P.10-11

P.12-13

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Yanina Guiñazú P.20-21 07

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CELINA PEDERNERA Alta Gracia, 1982. Nació un 15 de noviembre a las siete de la tarde. Estudió comunicación. Le gusta viajar, leer y escribir sobre lugares nuevos.

01 CRISTALES HELADOS Marión observa el paquete de galletas con forma de estrellas. De fondo, un dibujo que hizo Kellen, su hijo mayor, a los 5 años. Arriba, los cuernos del ciervo que cazó el marido cuando llegaron. Sobre la viga de madera, la bola cristalina con partículas blancas y la estación de tren de tejas rojas. No quiere acercarse a ella, intenta distraerse mirando el agua en la ventana. En un impulso toma la bola de vidrio con su mano de dedos largos y la agita, como se supone que haría cualquiera. Los copitos caen, resbalan sobre la estación de tren, ruedan sobre las tejas, se acumulan en las vías, congelan el aire. La familia completa camina rápido por el andén. El padre lleva una valija marrón. Ella tiene un abrigo oscuro, y a los niños de la mano. No tiene equipaje —el objetivo es irse lo más rápido posible—, sólo una cartera con los documentos falsos. Miran al piso, no se cruzan con nadie. Temen haber sido delatados. Se agitan y sale humo de sus bocas. Ella evita mirar las caras de los demás transeúntes. Es la misma estación de tren a la que llegó cuando era estudiante. Completó la beca de la Facultad de Artes, se enamoró del marido, tuvo a sus hijos. Nunca pensó que tendría que volver. Un tren se pone en marcha, el guardia toca el silbato para dar aviso. El marido se acomoda el sobretodo y tironeándola del brazo, empieza a correr. Los tacos repican sobre los PUNTO DE FUGA

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mosaicos grises de la plataforma. Los niños, ambos con idénticos sweaters verdes, intentan seguir a los padres, que finalmente suben los escalones de lata despintada. El padre logra pasar la valija entre los pasajeros amontonados en el corredor. Ya no respiran el aire gélido, se mezclan entre la gente, se sacan los gorros de lana. “¿Estás bien?”, le pregunta al hijo mayor. “Jakob”, dice él. Es su hermano, el pequeño, no está con ellos. “¿Jakob?”, se sobresalta ella. Iba de la mano del mayor. Habían hablado de la necesidad de no soltarse las manos, de la obligación de seguir a papá sin hablar. Corre al pasillo, la puerta automática no abre. La golpea. No quiere gritar, no puede permitirse reclamar la detención de la máquina para ir por su hijo. La puerta cede por fin y el tren empieza a moverse. “Jakob”, piensa ella, y siente que el nombre estalla en su cabeza como un cañonazo de cristales helados. Por el vidrio del acceso lateral ve al niño sobre la línea amarilla del andén. Ella se tapa la boca con las dos manos cuando el tren comienza a alejarse. El ruido metálico llena todos los espacios. Entonces los copos de nieve dejan de caer. La viga de madera sobre la estufa arroja un crujido seco y el dibujo de Kellen se desliza un poco. Marión cree ver a través del grueso cristal, bajo el techo de tejas rojas, a un pequeño de sweater verde. Lleva a otro de la mano. Cómo puede ser, se dice. Es una hermosa mañana ●

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0 LA RUBIA Vivía sola en una casa grande que quedaba lejos de todo. Hacía poco me había separado de la mujer con la que vivía en esa casa que ya era grande para las dos. Las cosas que me habían quedado ocupaban la mitad del espacio ocupado antes y la casa parecía más grande todavía. Una noche, cuando terminaba de comer, escuché un rasguido, nítido, en la guitarra. Un acorde, no sé cuál. La guitarra estaba, como casi siempre, desnuda, apoyada en una esquina, al costado del hogar. La única gata que vivía adentro, dormía sobre mi falda. Entonces me reí sola, me pareció una buena broma y nada más que eso. Agarré la guitarra, toqué un poco y pasó. La casa grande estaba en un terreno grande, donde vivían dos perras grandes, dos perros chicos y tres gatas más. La fauna, como les decíamos, me quedó toda a mí. Dormían en las galerías. Las perras y los perros en una cucha de madera que les hicimos juntas. Las gatas, en unas cajas de cartón con retazos de mantas y pulóveres, arriba de la casilla del gas. Después de que quedé sola, me robaron varias veces la bomba de agua, entre otras cosas de menor importancia. Pensé que estos robos eran comunes en esta zona, especialmente

PARTIDAS DUELOS FANTASMAS

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FEDERICO COUTAZ Santa Fe, 1977. Es profesor en letras (UNL), trabaja como docente en institutos de profesorado. Publicó Papeles en el Suelo (María Muratore Ediciones, 2011). Publica, desde 2013, una columna literaria Variopinta en el Periódico Pausa (Santa Fe). Dirige la colección Extrañamiento de la editorial Vera Cartonera (UNL-Conicet).

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en casas sin nadie. A veces llegaba tarde, de noche, y al día siguiente notaba que las cosas en el patio estaban todas cambiadas de lugar. Entonces pensaba que los chicos de la casa de al lado se cruzarían a jugar cuando yo no estaba. Lo cierto es que en algún momento empecé a sentir que me vigilaban, constantemente, desde distintos lugares que nunca podía descubrir. Hasta que una tarde, vi, desde la cocina, a la rubia, una de las gatas de afuera, tirada, muerta, en el medio del patio. Quedaba la última luz gris y mortecina de invierno. La gata estaba dura, con las patas estiradas. A un costado de la panza tenía un agujero, un tiro, seguramente. La enterré ahí mismo donde la encontré. Terminé transpirada y llorisqueando, ya era una noche fría como ella sola. Una o dos semanas después, no me acuerdo si a la mañana o a la siesta, la vi otra vez. La rubia estaba en la misma posición que la había encontrado, con el mismo agujero, pero al lado de la galería, como a veinte metros de donde la había enterrado. Primero pensé que habían sido los perros o las perras, pero la tierra donde enterré a la rubia la primera vez estaba intacta. Nunca me animé a cavar. La volví a enterrar ahí, donde la encontré muerta por segunda vez ●


JULIETA VITTORE DUTTO Córdoba Capital, 1995. Estoy terminando la Licenciatura en Letras Clásicas por la UNC. Escribo poesía desde la adolescencia y en el 2019 recibí una mención especial en el concurso Taller Latinoamericano de Poesía Fundación Neruda. Sueño con editar pronto mi primer poemario.

EL MONJE Mis ojos se han vuelto miopes de buscar en la penumbra del pensamiento. La vaguedad con que mi vista ve ha borrado ahora lo inesencial y dejado el modo en que las cosas se mueven, fuera de sí, constantemente. Pienso en una página donde el autor, a medida que escribe, va manchando la tinta con sus lágrimas. Esa deformación es obra de Dios. Su llanto, quizás, de alegría. Paso la mayor parte de mi tiempo trabajando en el huerto, los hermanos han colocado amablemente una silla junto al cantero de los tomates, y yo me dedico a recolectar las semillas de las plantas abortadas. Aquí también, como en las mejores cosas, el destino de la especie descansa en los especímenes que no llegan a dar fruto, los que en algún momento deciden, por sí solos, detenerse. Envuelto en sábanas de noche, recorro con la mente mi cuerpo todavía joven, y la propia virginidad irrumpe como la lujuria. Esta dulce tensión, este ir en contra de uno mismo debe estar también al comienzo de la inmovilidad de las flores.

PEDIDO DE FRAGILIDAD

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LA PINTORA La noche es tan oscura que puedo ver con los ojos abiertos lo mismo que si estuvieran cerrados. Telón de montañas. Luces apagándose una tras otra en medio del campo, chiquitas y lejanas como recuerdos de la mente arrugada de mi madre. Vacas desplomándose en seco sobre la tierra como aplausos frente a un escenario vacío y yo, intentando pintar toda esta poesía que se escurre entre los pliegues del paisaje, trazos sucesivos de un color cambiando a medida que se desgasta ●


FABIÁN CLEMENTI San Francisco, Córdoba, 1973. Actualmente reside en Villa María, Córdob Tiene seis libros de poesía y tres de nar “Las alas sucias del tenis” se publicó en

LAS ALAS SUCIAS DEL TENIS fragmento Cuando regresaba a casa después de perder algún partido que “no debía perder”, deseaba que ese colectivo que compartía con mis compañeros de campeonato no frenase nunca, y nos quedásemos jugando a las cartas bajo esa luz brillante que se enciende sobre los asientos de los micros. Siempre fui un tipo introvertido al que le cuesta expresar lo que siente, más aún cuando era niño. Nadie sabía de mi soledad existencial, era como un secreto forzado, un pájaro encerrado en una jaula en una habitación oscura. Una vez perdí con un pibe que entrenaba en mi pueblo, en mi club, y al que le tenía que ganar en los papeles. Así que, cuando llegué y mi madre me abrió la puerta, le conté que había perdido en la final contra el Pitu. Me miró y se puso seria. Yo me senté en silencio y desde la punta de la mesa mi padre me dijo casi a los gritos que cómo iba a perder contra “ése”, que de ahí en más me ganarían todos. Mi hermano también se sumó a los reproches y amenazas y en un momento no aguanté más y empecé a llorar. No podía contener más la angustia. El pájaro se había escapado de la jaula y trataba de volar bajo una lluvia pesada. Mi padre, en un tono burlón, me decía “Mirá… llora”. Y mi hermano se sumaba a la pedrada diciendo: “Llora, el maricón”. Yo sentía que caía sin parar. Así que hacía unas fuerzas tremendas para elevarme de aquel traspié existencial. Al rato, la cosa estaba como si nada. Mi padre se reía y trataba de consolarme y mi madre decía “Bueno… bueno”. La picana había sido usada, y ella pedía que la apaguen. En el club, uno de los profesores me miraba mal, y me decía “Para qué querés seguir rompiéndote el culo, total perdés con cualPÁJAROS DE FUEGO

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ba. Es profesor de tenis. rrativa publicados. n 2013 por llantodemudo.

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quiera”. Como habrá sido la descarga que hasta su padre, que era quien mandaba en la escuela de tenis, le decía “Bueno… es sólo un partido”. El viejo también era un hijo de puta. De esos tipos totalmente autoritarios que manejaban la escuela de una manera militar, uno de esos fracasados que se descargaban con los chicos ya que con los adultos le iba mal. Un día le agarró un infarto y lo jubilaron del banco. Igual, tenía condiciones para la enseñanza, conocía de técnica y cómo apretar las clavijas, las tuercas, los voltios. Y tenía resultados, pero sobre todo porque contaba con chicos de grandes condiciones. Entonces íbamos a los campeonatos y ganábamos, traíamos medallas y nos esperaban con el brazo levantado. Pero cuando perdíamos, recibíamos humillaciones. El viejo les pegaba a niños muy pequeños porque hacían chistes inocentes que a él no le gustaban. Nos pegaba cuando no hacíamos las cosas como él quería. Nos humillaba y nos hacía competir entre nosotros para que nos odiáramos y así nos esforcemos para más resultados, más ofrendas para ese Fhürer del pueblo, para ese trastornado que trastornó a sus hijos y que seguramente fue trastornado por sus padres. ¿Y por qué ningún grande decía nada? Porque en San Amadeo la gente es así, de mano dura, llena de gringos del campo y su brutalidad reducida al racismo, la violencia y encima pijoteros. Y a mí me picaneaba más que a ningún otro, ya que mis viejos no tenían plata y yo muchas condiciones. Así que me entregaban como a una ofrenda que debía regresar con más ofrendas, como la esperanza de arrancar del barro existencial a una pareja resignada a la chatura y la mediocridad. Entonces tenía que volar ●

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SOFÍA CONTRERAS CANARD Cba, 1986. Trabajando como redactora publicitaria se le ocurrían ideas que no encajaban para anuncios comerciales. En varias oportunidades, sus jefes le recomendaron que dejara de perder el tiempo con esas cosas. Así que les hizo caso y se puso a escribir literatura.

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CUANDO ERAS PERRO Cairo comió un yogur de vainilla que le hizo sentir un poco de frío. Tenía puesto un enterizo de plush con un gorro de orejitas bien abrigado, pero sus pies estaban helados. Entonces se acostó enroscado en el sillón, entre su mamá y la pareja de caniches viejos que habían rescatado del refugio. La madre pintaba un mandala de motivos otoñales. Cuando Cairo se le acurrucó sobre la pierna, soltó los lápices por un momento para frotarle la espalda, peinando a favor y en contra de la piel del plush. —Me hacés acordar a cuando eras perro — dijo la madre. —¿Yo era un perro? —preguntó Cairo. —Sí, en tu vida pasada eras el perro del vecino. Lo sé porque tu mirada es la misma que tenía ese pobre animalito.

PERROS DE FAMILIA

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—¿Por qué pobre? —quiso saber él. —Porque eras un cachorro dóberman que estaba atado todo el día. Nunca te acariciaban. Cada tanto salían a pegarte con un hierro para que te hicieras malo y pudieras competir en peleas de perros. Y cuando te dormías te hacías una bolita con las patas escondidas debajo de la panza, así como estás ahora. —¿Y por qué no me salvaste? —reprochó el niño. —Porque en ese momento no sabía que ibas a ser vos. Cuando la madre terminó de pintar y sombrear el mandala, Cairo ya no estaba a su lado. Lo buscó en su dormitorio y en el baño, pero no lo encontró. Se asomó por la ventana de la cocina que daba al patio. Escuchó gruñidos envolventes y roncos, seguidos por gritos agudos que se fueron debilitando hasta cortarse en un silencio seco. Vio la escalera apoyada en la medianera y se llevó las manos a la cabeza. Cairo había tirado los caniches a la casa donde vivían los perros de pelea. Desesperada, la madre fue a rescatar a sus mascotas. Pero ya era tarde. Cargó entre sus brazos los cuerpos ensangrentados y buscó un lugar para enterrarlos en el fondo del patio. Los apoyó sobre la tierra y, con los ojos inyectados en ira, buscó a su hijo. Estaba escondido en un rincón, la cara bajo su gorro de orejitas, como sabiendo que lo que había hecho estaba mal. Levantó la vista, la miró con ojos lánguidos y brillosos, y le preguntó: —¿Por qué no me fuiste a salvar a mí así? La madre balbuceó un quejido y le dio vuelta la cara de un cachetazo ●

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MI MADRE Dejé un poema en la tumba de mí madre; nunca haré de ella una efeméride. Ahora danza como un humo angosto a través del espacio pero ya no en la memoria: ese territorio es excluyente de los vivos. Aún me resisto a soñar su rostro, también sería un antojo de mis recuerdos. Ella no era su rostro, ni siquiera sus gestos

POESÍA DANZA FRACTAL

ni el ademán de sus manos grandes, amasadoras, llenadoras de vasos, estrujadoras de pañuelos, ceñidas con un anillo que conservo para besarlo y llamar a la buena suerte. Mi madre no fue sus consejos, sus frases lapidarias. Aquellos adagios librianos han sobrevivido el refutar de los desenlaces. Mi madre ha sido un delicioso y hostil anuncio

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IVAN TAYLOR María Luisa, Entre Ríos, 1988. Vivo en Paraná. Escribo. Integro actualmente el equipo de Cultura de la ciudad, en tareas vinculadas a la Editorial Municipal. Hasta la fecha he publicado un poemario, La Parte Blanca de la Noche (Ed. Fundación La Hendija). Soy de Capricornio con ascendente en Géminis, hincha de Racing y peronista. Me gusta cultivar árboles nativos y exóticos. Me dedico, además, al desarrollo de un juego de mesa sobre leyendas y mitos de Entre Ríos y culturas originarias del país. Estimo su lanzamiento para inicios de diciembre (2020).

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premonitorio. “No tengas miedo de vos mismo”. Me vale de poco agradecerle y a ella de seguro la tendrá sin cuidado. A las flores hay que dármelas en vida, decía y con el índice golpeaba sobre la mesa “aquí se van a escuchar muchas verdades”. La traigo con mi fregar de manos como una magia invocadora un espantafríos.

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No tengo miedo más que a tenerme miedo. Las fechas y los rituales son iguales a las flores, un ornamento. Yo llevo a mis muertos en las manos y en la forma de mirar las cosas. Mi madre ha sido sobre todo el lugar en mí que me dice “es ahora, es tiempo de hacer antes de que todo se desvanezca”.


AQUÍ ESTÁN Fuimos las coordenadas la esquina pactada, el ángulo exacto en el reloj. El silencio de la ruta la oscuridad pintada de la ruta y de tus ojos, de tu boca. Fuimos la dirección precisa del viento el parloteo de las hojas de fresno. Estuvimos donde cada grillo dijo “acá”. Señalamos con los dedos constelaciones invisibles, heridas. Nadie nos dijo que nos daríamos miedo y agua

POESÍA DANZA FRACTAL

pan e incertidumbre. Pero supimos repetir el ritual cada vez. El premio es encontrar el otro extremo al estirar la mano. Tocar el rostro saber que detrás de las voces hay una carne que las sustenta. El premio es encontrar la otra sombra adivinarse por los gualichos del día. El desafío es que pasen los días y todo lo que añoramos aquello que quisiéramos tener y no podemos la persona a la que le dijimos que no,

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pero tal vez todo o de a ratos, pero inigualablemente o para siempre, esté cerca. Sea. Demasiado cerca, del mismo lado de las preguntas. El dilema detrás de cada libro de cada planta, de cada espera por mí turno para equivocarnos, será aprender a convivir con lo querido.

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Aquí están: tómense, huyan, maten, perdonen ●


ANTEPENÚLTIMA CARTA AL FIN El deseo imperante de volver a verte, que me arrastra en múltiples direcciones durante el día (y en las noches), que escala en mi cuerpo desde los pies y hasta la cabeza (sube y baja), que me mantiene erguida y me hace perder de vista todo lo demás, en algún momento se va a terminar. El sueño recurrente y real, en el que me apoyo con la violencia de una estampida en el calor de tu pecho oculto debajo de tu sweater amarillo (y qué tiré a la basura después de que te fuiste), en el que tu ser enorme y tu impresionante figura (en la que mi admiración no entra ni por casualidad y mi amor envuelve hasta el infinito), mi sueño que termina en lágrimas en esta dimensión y que solo se limita por la dureza del eco de tus palabras está a punto de morir, en cualquier momento. De a poco olvido tu cara llena de perfecciones y me abandona el amor por tus piernas talladas por los caminos errantes, de a poco olvido tu voz contándome cuentos de Edgar Allan Poe en la oscuridad de aquel cuarto compartido, sutilmente me abandona el sabor de tus lágrimas, las más sentidas en este universo de cartón y me olvido del sabor de tus sanguchitos en mis madrugadas de alcohol y el gusto de tus mates y de tus purés en mi enfermedad. Ya casi no recuerdo el color de tus ojos de bosque después de la lluvia, ni la intensidad de tus risas, ni lo feliz que yo era viéndote comer todo lo que cocinaba y leer todo lo que escribía, ni cuando me tocabas la puerta y venías a morir conmigo, a refugiarte de la superficie en la profundidad de nuestra calma llena de pinturas y vinos y Miles Davis. Te estás yendo de mi mente después de mucho tiempo, con el dolor de la mutilación y de que el devenir te arranque por la imposibilidad de que el mundo no nos muerda los talones.

PRIMERA DESPEDIDA FORMAL

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YANINA GUIÑAZÚ

Gral. Pico, La Pampa, 1996.

Es estudiante avanzada de la Lic. en Comunicación Social de la UNLPam y ha realizado diversas colaboraciones en medios gráficos locales. Actualmente reside en Santa Rosa, desde donde escribe su blog Las Enseñanzas de la Llanura.

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Te estoy perdiendo finalmente porque, aunque por vos me prendía fuego y me reinventaba mil veces, me negaste la posibilidad de encontrarte y con mucha decisión te borraste de una vez y para siempre. Acabarán las señales que traen tu nombre a todos mis espacios, olvidaré tu número de teléfono, se quemarán los libros regalados y no existirá nada más que me recuerde a vos, salvo mis ganas de vivir, el saber abrir una lata, el truco para sacar el olor a cebolla de las manos, el café intenso, todos los lugares recorridos, un disco póstumo de Spinetta sonando en algún bar, las camisas, los Marlboro box, los peronistas, y cada cosa que haga intentando no morir infeliz. Te vas a ir finalmente de mi, solo espero contener por siempre las ganas de irme con vos ●

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NICOLÁS GUGLIELMONE Sante Fe, 1990. Comenzó a estudiar dibujo, escritura e improvisación musical de modo asistemático e ininterrumpido desde que su abuela paterna regó la alfombra de su casa con fibras y hojas en blanco, una tarde de 1995 en Sunchales. Sus maestros son sus amigos y otros 08humanos con los que se comunica por WhatsApp o YouTube. Estudió Diseño gráfico y Letras Modernas en la ciudad de Córdoba, en la que reside desde 2008. Trabaja como músico, corrector literario y tatuador. Hasta la fecha no ganó ningún premio ni publicó nada.

PAISAJE DE FONDO

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UN DÍA DE VERANO EN UNA CASA ABIERTA Una casa. Casi vacía. Puertas y ventanas abiertas. La casa está inundada de luz. Emana un calor sofocante. Es verano. Una brisa fresca pasa por la puerta que da al este. Se apoya en los marcos de las ventanas, en los muebles, rebota cálida contra las paredes. La brisa pasa por arriba de los útiles tirados. Crayones, reglas, lápices de colores. La alfombra está tapizada de papeles con dibujos infantiles —vacas y perros deformes, un sol gigante y verde, la misma casa en la que estamos—. En la cocina, un cigarrillo se consume, y atrae el aire. La brisa rodea el cigarrillo apoyado en el cenicero. Un gorrión picotea las sobras sobre el mantel. La brisita se entretiene sobrevolando todo. Se escuchan chapoteos. Un silbido. Una pava hierve sobre una hornalla —al mínimo— y apura el recorrido del aire a través de las cortinas, a través de un marco verde oxidado y despintado de la ventana. El vapor que sale de la pava empuja el aire como en un remolino perezoso, en cámara lenta. Caen algunas hojas desde la canaleta tapada. El vapor sube, cae hacia lo alto. La casa abierta en verano se achica.


El techo, la antena, una pileta, la cochera, el camino de ripio. Se ve un arroyo, un molino, vacas. Una ruta, un montecito, el cementerio. La brisa se mezcla con otras corrientes de aire. De algún modo, ya no es la misma brisa que atravesó la casa abierta. ¿Sintió la brisa el rubor tibio de la gotita de sangre en la taza de juguete? ¿O el té enfriándose a la sombra del árbol? ¿Sintió la hondura leve de la reposera? ¿Sintió la canilla del baño cerrarse, el par de manos secarse entre sí? ¿O cómo las manos se posaron como dos cuervos sobre el saco de gabardina colgado en la silla? ¿Sintió el olor de los restos de jabón atrapados en las uñas? ¿Llegó a la brisa el calor repentino del motor de la camioneta mientras se alejaba de la casa por el caminito que bordea la pileta? Más tarde, parte de lo que fue la brisa volvió a la casa. Atraída por el fuego. Pasó rozando por la superficie de la pileta. Pasó sobre los charcos con forma de pasos, desde la pileta hacia la casa. Pasó sobre los flotaflotas y las toallas tiradas en el pasto. Atravesó el árbol y tumbó la taza de té, tumbó una reposera. Pasó por el marco que era verde de la ventana de la cocina. Cortinas chamuscadas. Sintió el núcleo negro de la pava derretida sobre la hornalla. Sintió los restos de la pava sobre el piso y las paredes de la cocina. La casa expulsó a la brisa al romperse el vidrio del baño. Al salir despedida, la brisa se desperdigó en todas direcciones; se desarmó en

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mil pedazos, en partes tan diminutas que en conjunto, la hacían más grande y ocupar todos los puntos posibles de la escena. Rodeaba la casa en llamas, gravitaba alrededor del fuego. Ladridos. Rodeó el cuello transpirado de un niño apoyado en una bici. Pasó entre el pelaje de perros mantonegro, tristes y alterados. El ripio alrededor de la casa sube de temperatura. Parte del aire se sustrajo hacia otra fuente de calor, más enérgica y concisa. El ripio tiembla. El motor de una camioneta. La brisa siente las manos que giran la llave. Un momento de calma compuesto entre los calores de la casa, del niño, los perros, el motor de la camioneta y del hombre en la camioneta. El aire de la brisa se sostiene entre todos estos puntos, atraída, como hipnotizada por el conjunto. Suspendida por todo, entre todo. El hombre acciona un encendedor. Rompe la calma, como una toz justo antes del movimiento final de una sinfonía. El fueguito de un cigarrillo reclama una porción del aire. La mano sostiene el cigarrillo. La mano con olor a gabardina, jabón y alquitrán. La mano que acaricia una media sonrisa. Una parte del aire empieza a caer de nuevo hacia arriba justo en el momento de las sirenas. Las luces del camión de bomberos. Humo, vapor. Las luces del camino al cementerio. Un resto de sol entre las nubes. Una parte de la casa cede. Ladridos. Los bomberos. Los restos de una casa. Verano. Y otra vez todo de nuevo ●


***

Bucle hacia adentro atraviesa la noche más larga/ ceniza de silencio pleno embruja lomo de algunas bestias/ lo helado les peina todas las pieles y caen paradas en el paisaje para que un agua cercana se detenga en reverencia, las alimente/ arropadas por el cielo no duelen nunca de frío/ llevan entre dientes mordido lo tibio.

*** Orillar en tu espalda Amarrar en puerto trapecio Bajar descalza del bote y recorrer el arenal todavía caliente con la orquesta de grillos lunares Llenar la playa de danzas dejando surcos en costillas Que un remanso estacione cerquita vea nuestra piel agitada en barros

y nos regale un manto de aire fresco otras transparencias

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Levantar la red ver platear peces en tu ombligo Estirar la noche que se aguante cada vértebra Alejarme a flote de tu nuca con la claridad del derrumbe del día con el cuerpo nuevo lleno de paisaje. PUERTO DE FAUNOS

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*** Siento un pulso del otro lado del muro. Adivino en qué esquina de la noche ponés los ojos. Y allá voy, para alcanzarte mi peligro a la boca.

SOLEDAD GONZÁLEZ Paraná, Entre Ríos; 1985. Nació un día de tormenta. Vive en Paraná, en una calle con pendiente; los días de lluvia el agua corre furiosa por los cordones. Gusta de la ciudad e imagina cosas escritas sobre lo urbano. Su humor mejora con las bajas temperaturas. Es comunicadora social, gestora cultural y noctámbula. Se dedica también al teatro y la danza.

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*** Desanuda su piel viene a romper el perfume abre su cíclope empuña el secreto tiembla en galope y sale cortando campo ●


AVISO TARDÍO Se me arrugan los dedos en la ducha es evidente que llevo tiempo de más. Mirá si fuera así de gráfico el amor que te invite a retirarte a tiempo antes que te chamusques embebido en el líquido del que estás hecho.

FAUSTO BRUO Córdoba; 1993. Expresión literaria que habita un mundo dominado por la imagen. Fundamentalista de las palabras como manos, como todo contacto. Y los interrogantes como represa en este mar repleto de certezas.

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POEMAS DISPUESTOS A FALLAR

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RECUERDO DEL INFANTE Grito vocales al ventilador mientras alguien me pide que me calle

MEDUSA Nadie soportara la espera la del tiempo que acomoda las cosas solo podrá hacerlo quien pudo ver el rostro de la ausencia.

Yo sigo maravillado con la idea de que algo salga de una manera y regrese de otra

***

Te aferrás a una certeza con la fuerza propia de un alpinista es que no existe peor abismo que una verdad cuando se desarma.

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***

Regar las plantas tal vez sea un acto de fe dejar agua en la tierra y apostar por fin a lo que no se ve ●