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Las

Bienaventuranzas

Padre Rainiero Cantalamessa Predicador de la Casa Pontificia cruzgloriosa.org


INTRODUCCIÓN .................................................................................................1 LAS BIENAVENTURANZAS ..................................................................................2 1. “BIENAVENTURADOS LOS POBRES” ..............................................................3 1. «Pobres» y «pobres de espíritu»!........................................................................3 2. La explicación «teológica» no basta!..................................................................4 3. La pobreza en la vida de Cristo!..........................................................................6 4. Ser «para los pobres» y ser «pobres»!...............................................................8 5. ¿Por qué la pobreza voluntaria?!......................................................................10 6. Actualidad de la bienaventuranza de la pobreza!............................................11

2. “BIENAVENTURADOS LOS MANSOS PORQUE POSEERÁN LA TIERRA” ......14 1. Quiénes son los mansos!...................................................................................14 2. Jesús, el manso!.................................................................................................15 3. Mansedumbre y tolerancia!................................................................................17 4. Con mansedumbre y respeto!...........................................................................18 5. Aprended de mí!..................................................................................................19 6. Mansos de corazón!............................................................................................20 7. Revestirse de la mansedumbre de Cristo!.......................................................21

3. “¡BIENAVENTURADOS LOS QUE AHORA LLORÁIS!”....................................23 1. Una nueva relación entre placer y dolor!..........................................................23 2. «¿Dónde está tu Dios?»!....................................................................................24 3. «¡Se han llevado a mi Señor!»!..........................................................................25 4. «Lloren los sacerdotes, ministros del Señor»!................................................29 5. Las lágrimas más bellas!...................................................................................30

4. “BIENAVENTURADOS LOS QUE TENÉIS HAMBRE AHORA, PORQUE SERÉIS SACIADOS” ......................................................................................................32 1. Historia y Espíritu!..............................................................................................32 2. Quiénes son los hambrientos y quiénes los saciados!..................................33 3. A los hambrientos colmó de bienes!.................................................................35


4. Una parábola actual!...........................................................................................35 5. «Bienaventurados los que tienen hambre de justicia»!..................................37 6. Eucaristía y compartir!.......................................................................................39

5. “BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS PORQUE ELLOS ALCANZARÁN MISERICORDIA” ......................................................................41 1. La misericordia de Cristo!..................................................................................41 2. Un Dios que se complace en tener misericordia!............................................42 3. Nuestra misericordia, ¿causa o efecto de la misericordia de Dios?!............44 4. Experimentar la misericordia divina!................................................................45 5. Una Iglesia «rica en misericordia»!...................................................................47 6. «Revestíos de entrañas de misericordia»!.......................................................48

6. “BIENAVENTURADOS LOS PUROS DE CORAZÓN PORQUE VERÁN A DIOS” ..........................................................................................................................50 1. De la pureza ritual a la pureza de corazón!.......................................................50 2. Una mirada a la historia!....................................................................................52 3. La hipocresía laica!.............................................................................................54 4. La hipocresía religiosa!......................................................................................56

7. “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios” ...................................................................................................59 1. El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz!................................................59 2. Quiénes son los que trabajan por la paz!.........................................................60 3. La paz como don!................................................................................................61 4. La paz como tarea!..............................................................................................63 6. ¿Una paz sin religiones?!...................................................................................66

“BIENAVENTURADOS LOS PERSEGUIDOS A CAUSA DE LA JUSTICIA...” ........68


INTRODUCCIÓN

Los textos aquí ofrecidos han sido predicados por el Padre Cantalamessa, predicador de la Casa Pontifica, ante el Papa Benedicto XVI y la curia durante los tiempos de Adviento y Cuaresma de 2006 y 2007. Para introducir estas predicaciones el Padre Cantalamessa decía lo siguiente: “Empezamos, con esta meditación, un ciclo de reflexión sobre las bienaventuranzas que, si Dios quiere, proseguiremos en la próxima Cuaresma. Las bienaventuranzas han conocido, dentro del propio Nuevo Testamento, un desarrollo y aplicaciones diferentes, según la teología de cada evangelista o las necesidades nuevas de la comunidad. A ellas se aplica lo que San Gregorio Magno dice de toda la Escritura, que ella «cum legentibus crescit» 1, crece con quienes la leen, revela siempre nuevas implicaciones y contenidos más ricos, de acuerdo con las instancias y los interrogantes nuevos con los que se lee. Mantener la fe en este principio significa que también hoy nosotros debemos leer las bienaventuranzas a la luz de las situaciones nuevas en las que nos encontramos viviendo, con la diferencia, se entiende, de que las interpretaciones de los evangelistas están inspiradas, y por ello normativas para todos y para siempre, mientras que las de hoy no comparten tal prerrogativa.” De las ocho bienaventuranzas, seis fueron recogidas por la agencia de información Zenit. Las he incluido aquí dándoles el formato de libro y colocando las notas al pie de página (la mayoría de referencias están en italiano, pero no será difícil remitirse a la versión española del texto citado, en caso que se quiera profundizar más en el tema). Pero… faltaban dos bienaventuranzas que no fueron publicadas por la agencia Zenit: La de los pobres y la de los perseguidos a causa de la justicia. Casi todo el texto de la primera lo encontré en Google libros (aunque falta una mínima parte) y es que se ha publicado un libro titulado: “Las Bienaventuranzas, ocho escalones hacia la felicidad” cuyo contenido aparece parcialmente en línea. Con respecto a os perseguidos a causa de la justicia no he encontrado nada, no obstante, la he puesto en el índice para tener el esquema general de las mismas y sobre todo con la esperanza de poderlas encontrar y completar el libro. Hipólito Marzo del 2015 cruzgloriosa.org 1

Gregorio Magno, Commento morale a Giobbe, 20,1 (CC 143 A, p. 1003).

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LAS BIENAVENTURANZAS

MATEO 5, 3-12

LUCAS 6, 20-26

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Alegraos ese día y saltad de gozo, que Vuestra recompensa será grande en el cielo.

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1. “BIENAVENTURADOS LOS POBRES”

1. «Pobres» y «pobres de espíritu» A propósito de la primera bienaventuranza existe, ante todo, un problema literario. Lo constituye el hecho de que la bienaventuranza se nos refiere de manera un poco diversa en Mateo y en Lucas. Uno tiene un discurso indirecto: «Bienaventurados los pobres»; en el otro, el discurso directo: «Bienaventurados vosotros, pobres»; uno tiene «pobres de espíritu»; el otro, simplemente «pobres». La explicación más plausible parece ser la que admite una fuente común de la que dependen tanto Mateo como Lucas y que decía simplemente «pobres». Lucas, preocupado por acentuar también el alcance social del término, lo conserva tal cual y más aún, lo refuerza, contraponiendo a «¡bienaventurados vosotros pobres!» el «¡ay de vosotros ricos!» (Lc 6,24). Mateo, que tiene una intención catequética, se apresura a explicitar el sentido religioso que la palabra «pobres» tiene en la espiritualidad hebrea y en el pensamiento de Jesús, añadiendo «de espíritu». Entre los intérpretes actuales algunos acentúan, con Mateo, el significado religioso; otros, con Lucas, el significado social. Para los primeros, pobres de espíritu indicaría más una actitud interior que un estado social. Jesús, dicen, no ha tratado de beatificar una clase social. Sólo una situación espiritual puede ser puesta en relación con una realidad espiritual como es el Reino. Es muy verdad que la pobreza real es una vía privilegiada hacia la pobreza de espíritu y Jesús lo repite de mil modos; sin embargo, no se debe pensar que en la bienaventuranza estén en juego los proletarios o los llamados hombres de la tierra del judaísmo del tiempo. El verdadero pobre evangélico es el cliente de Dios que ha apostado todo por Dios, en la fe. En el judaísmo de la época, el término pobre» era prácticamente sinónimo de santo (hasid) y de devoto2 . Los Padres de la Iglesia hacen del pobre de espíritu» casi un sinónimo de «humilde».3 Los que se apoyan en el texto de Lucas acentúan el significado social de la bienaventuranza, viendo expresada con la palabra pobres» ante todo una condición social, un estado concreto de vida. Según ellos, la interpretación tradicional pone demasiado el acento en las disposiciones interiores del pobre y 1 Cf. A GELIN, Les pauvres de Jahvè (París 1953); cf. del mismo autor: Les pauvres que Dieu aime (París 1968). 2

San Agustín, Sermón 53, 1: PL 38, 365; San León Magno, Discurso 95 sobre las Bienaventuranzas 1, 2: PL 54,462. 3

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demasiado poco en la naturaleza del Reino que va a venir. Las bienaventuranzas, dice, son ante todo una revelación sobre la misericordia y sobre la justicia que deben caracterizar el reino de Dios: contienen más una revelación sobre Dios que sobre el hombre o sobre el pobre. La palabra usada en el evangelio para indicar a los pobres (ptchoi) designa a los indigentes, a los infelices, a los hambrientos, a los que necesitan limosna para vivir. El término hebreo correspondiente, anawîm, designa en origen a las personas curvadas, es decir plegadas, humildes, oprimidas. ¿Por qué motivo nos preguntamos deberían estos ser favorecidos por Dios? No por sus particulares «méritos» religiosos, se responde, o por su buena disposición, sino porque Dios debe por sí mismo, en cuanto rey justo, defender a quien no tiene defensa. Los pobres, según la mentalidad del Antiguo Testamento, son los protegidos del rey. ¿Y cómo se explica, en este caso, la persistencia del estado de pobreza o de opresión de los pobres, incluso en Israel, en torno a Jesús, para el cual el reino de Dios ya ha venido? El desmentido de los hechos no lleva a abandonar la convicción de la justicia real de Dios, sino a proyectarla en el futuro, en el reino de Dios de los últimos tiempos. Entonces los pobres serán vengados de todos los que los oprimían, entonces gozarán verdaderamente de los beneficios de la solicitud de Dios4.

2. La explicación «teológica» no basta Estas son, pues, las dos interpretaciones principales de la bienaventuranza de los pobres. Una, como se ve, pone más de relieve la pobreza como estado de ánimo; la otra, más la pobreza como estado social. En ambos casos, la liberación de la pobreza viene del reino de Dios, pero en el primer caso supone una disposición que está en el hombre; en el segundo, sólo la exigencia de Dios hacia sí mismo. Tomadas aisladamente, ninguna de las dos tesis satisface plenamente. La primera porque tiende a excluir demasiado la referencia a lo social, a la realidad de la pobreza; la segunda, porque excluye demasiado drásticamente las disposiciones interiores del pobre. Querría subrayar, en particular, los inconvenientes de la segunda interpretación que hace de la pobreza un problema teológico, haciendo depender todo de Dios. No explica el parentesco estrecho que existe en el evangelio entre el concepto de pobreza y el de humildad, entre el privilegio de los pobres y el de los niños. Se trata, además, de una explicación que, tomada rígidamente, no desemboca de hecho en nada. La gran liberación de los pobres, sociológicamente tales, debería estar constituida por el reino de Dios, pero luego, analizando la Cf. J. Dupont, Les Béatitudes, 3 vols. (París 1969) trad. it. en 2 vols, Le beatitudini (Edizioni Paoline, Roma 1974). 4

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naturaleza de dicho Reino, se ve que, por su situación real, no trae nada nuevo, porque no los hace ni más ricos ni más saciados en el plano material. Por tanto, sólo aparentemente esta interpretación moderna está más atenta a lo social. Más aún, existe el riesgo de instrumentalizar la pobreza, haciendo de ella sólo una ocasión que permite a Dios demostrar su soberana justicia. Esto sin contar que, también en este caso, la realización se situaría en un plano totalmente diverso del de la promesa y del de la espera: al pobre se le promete una liberación de su pobreza material, pero una liberación que, al final, se revela que es sólo de naturaleza espiritual. Jesús se preocupa ciertamente de los pobres reales, pero no lo hace tanto cuando proclama a los pobres bienaventurados, sino cuando considera que se le hace a él lo que se les ha hecho o dejado de hacer a ellos y cuando amenaza con el infierno, como en la parábola del rico epulón, a los que no cuidan del pobre. En nuestro caso, la dificultad nace de usar la categoría de «méritos» y de «virtudes» allí donde se debería usar la de «fe». Dios no es inducido a obrar a favor de los pobres por sus méritos o sus disposiciones. En los pobres Dios no aprecia tanto lo que tienen, cuanto lo que no tienen: autosuficiencia, estar cerrados, pretensión de salvarse por sí solos. Pensar lo contrario sería como decir que el Reino es ofrecido primero a los publicanos y a las prostitutas porque Dios privilegia dicho «estado», no porque ellos sean capaces de arrepentimiento y los falsos justos no. No se trata de saber si el obrar de Dios presupone algo antecedentemente: es claro que no lo presupone; se trata de saber si exige algo en respuesta. El pobre debe reconocer y acoger este ofrecimiento preferencial de Dios; en definitiva, debe creer. «Dios -dice Santiago- escogió a los pobres en el mundo para enriquecerlos mediante la fe» (Stg 2,5). La bienaventuranza evangélica «Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos» se debe leer a la luz del binomio graciafe: «Por gracia estáis salvados, mediante la fe» (Ef 2,8). El Reino representa, en la bienaventuranza, el ofrecimiento de gracia, la pobreza en el espíritu, la respuesta de fe. Los pobres «en el espíritu» son los pobres creyentes. Es como si Jesús dijera: «Bienaventurados vosotros, los pobres, porque habéis creído» (no se debe olvidar que se dirige a personas concretas que lo habían seguido, igual que en los «¡ay!» se dirige a los que de hecho le habían rechazado); o también: bienaventurados vosotros «si creéis». La fe está en el fondo de cada discurso de Jesús. Por tanto, la solución de las dificultades se debe buscar en la síntesis de las dos perspectivas. Hay que unir, no contraponer, los «pobres» de Lucas y los «pobres en el espíritu» de Mateo. Añadiendo a «pobres» la expresión «en el espíritu» no sólo ha hecho una acción catequética, sino también hermenéutica: 5


ha puesto de relieve una comprensión implícita, pero real, del concepto de pobre en el uso que de él había hecho Jesús.

3. La pobreza en la vida de Cristo La mejor exégesis de la bienaventuranza de los pobres es la vida misma de Cristo. San Pablo escribe: «Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2Co 8,9). No hay duda de que aquí se habla de la pobreza material de Cristo. El sentido es: Cristo, siendo (en la posición de) rico, se hizo pobre materialmente para enriquecernos espiritualmente. «Asumió la pobreza material -comenta santo Tomás- para darnos las riquezas espirituales».5 En efecto, no vino a hacer a los hombres más ricos en bienes terrenos, sino a hacerlos hijos de Dios y herederos de la vida eterna. La pobreza de Cristo, ante todo, tiene un aspecto concreto, existencial, que le acompaña desde el nacimiento hasta la muerte. La beata Ángela de Foligno tiene una página bastante profunda sobre la pobreza del Salvador: «La pobreza tiene tres modos de ser. El primer grado de la perfecta pobreza de Cristo fue que quiso vivir y ser pobre de todas las cosas temporales de este mundo. No quiso para sí una casa, ni un terreno, ni una viña, ni ninguna propiedad, ni dinero o fondos. Fue pobre, tuvo hambre, sed, sufrió el calor y el frío, el cansancio, toda privación y necesidad. No dispone de cosas refinadas y de valor... La segunda pobreza fue que quiso ser pobre en los parientes y en los amigos... La tercera pobreza fue que quiso despojarse de sí mismo, quiso hacerse pobre en su misma fuerza divina, en su sabiduría y en su gloria» 6. Pobre, pues, de cosas, pobre en apoyos, pobre en prestigio. Esta tercera pobreza es la más profunda de todas porque toca a la esfera del ser, no ya sólo la de tener. Para Cristo consistió en el hecho mismo de hacerse hombre, de despojarse, si no de la naturaleza divina, al menos de todo lo que dicha naturaleza habría podido reivindicar para sí en tema de gloria, de riqueza y esplendor. «¿Qué hay -exclama san Gregorio de Nisa- de más pobre para Dios que la forma de siervo? ¿Qué más humilde que la comunión con nuestra naturaleza?» 7. En Cristo brilla la pobreza en su forma más sublime que no es la de ser pobre (esto puede ser una realidad impuesta o heredada), sino la de hacerse pobre, y hacerse pobre por amor, para enriquecer a los demás.

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Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 40, a. 4.

6

Il libro della beata Angela da Foligno (Ouaracchi, Grottaferrata 1985) 642s.

7

San Gregorio de Nisa, Sobre las bienaventuranzas, 1: PG 44, 1201в.

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Sin embargo, respecto de la pobreza material de Jesús, hay quizá lugares comunes que rectificar basándose en un examen más atento de los evangelios. Por cuanto podemos saber al respecto, Jesús no perteneció, por condición social, al proletariado de la época, es decir a la clase ínfima de la sociedad. Era un artesano y se ganaba la vida con el propio trabajo, que era sin duda una condición mejor que el trabajo por cuenta ajena. También durante la vida pública, el prestigio del que gozaba como rabbi, las invitaciones que recibía también por parte de personas de posición acomodada, las amistades de las que gozaba, como la de Lázaro y la de sus hermanas, la ayuda que recibía de algunas mujeres que disponían de bienes (cf. Lc 8,2s), son cosas que nos impiden hacer de él el último de los pobres. La misma frase: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9, 58) se explica mejor pensando en su condición de predicador itinerante, sin morada fija, que como carencia de techo, aunque esto pueda estar también incluido. Desde el punto de vista estrictamente material, en su tiempo había ciertamente personas más pobres que él, masas enteras de desheredados, de las que él mismo tuvo compasión, viéndolas vejadas y abatidas» (Mt 9, 36). También entre sus futuros discípulos, por ejemplo entre ciertos ascetas y eremitas del desierto, hubo quienes superaron al Maestro en tema de austeridad y pobreza puramente material. El equívoco deriva de atribuir un excesivo valor a las manifestaciones externas y materiales de la pobreza. Jesús nunca reivindicó para sí un primado en la pobreza, tal como lo reivindicó, en cambio, respecto de la caridad, diciendo que nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por los propios amigos (cf. Jn 15,13). Era libre también ante su pobreza, igual que lo era en comer o beber, hasta el punto de pasar, sin reaccionar mucho ante ello, por un bebedor y un comilón. En tema de ascesis, el Precursor era mucho más rígido que él. Jesús no cayó en la trampa, en la que cayeron a continuación algunos de sus imitadores, de absolutizar la pobreza material, midiendo sobre ella el grado de perfección y terminando así por convertirse en ricos de la peor condición que haya: de sí mismos y de la propia justicia. No se da un valor absoluto a las cosas materiales, un punto más allá del cual no se pueda ir. Por mucho que uno quiera ser pobre, descubrirá que siempre hay alguien más pobre que él. La pobreza material no tiene límite. Lo que da valor religioso a la pobreza es el motivo por el que se elige, , en el caso de Cristo, el motivo es el amor: «Por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza (2Co 8, 9). El don es precioso sobre todo cuando es fruto del despojo, cuando uno se priva de lo que regala. Y el Verbo, en algún modo, se privó de su riqueza divina para hacernos partícipes de ella. La pobreza de Dios es una expresión de su ágape, de su ser que es «amor». Los filósofos cínicos de tiempos de Jesús vivían una 7


pobreza material, en algunos aspectos, más radical que la suya, pero no estaba inspirada en el amor hacia los hombres. Era más bien un desafío que les lanzaba en su cara para demostrar la independencia y la superioridad del hombre sobre la naturaleza y sobre las cosas.

4. Ser «para los pobres» y ser «pobres» Con la venida de Cristo se registra un salto de cualidad en materia de pobreza. Se puede caracterizar así: el Antiguo Testamento nos presenta un Dios «para los pobres»; el Nuevo Testamento, un Dios que se hace, él mismo, «pobre». El Antiguo Testamento está lleno de textos sobre el Dios que «escucha el grito de los pobres», que «tiene piedad del débil y del pobre», que «defiende la causa de los miserables», que «hace justicia a los oprimidos»; pero sólo el evangelio nos habla del Dios que se hace uno de ellos, que elige para sí la pobreza y la debilidad. La pobreza material, de mal que hay que evitar, adquiere el aspecto de un bien que hay que cultivar, de un ideal que hay que perseguir. Esta es la gran novedad que ha traído Cristo. De este modo, están puestos ya claramente los dos componentes esenciales del ideal de la pobreza evangélica: ser «para los pobres» y ser «pobres». La historia de la pobreza cristiana es la historia de la diversa actitud ante estas dos exigencias. Se refleja, por ejemplo, en el diverso modo de interpretar el episodio del joven rico (cf. Mt 19, 16ss). A veces, de él se acentúa el «vende todo»; otras, en cambio, el «dalo a los pobres»; es decir, o el despojamiento de cara a un radical seguimiento de Cristo, o la preocupación por los pobres8. En la antigüedad, a la interpretación de los encratitas -corriente radical que propugnaba la abstención (engrateia) total del matrimonio y de la posesión-, se enfrenta la conciliadora de un Clemente de Alejandría. Este corre el riesgo, a su vez, de ir al exceso opuesto cuando afirma que lo que cuenta no es tanto la pobreza cuanto el uso que se hace de la riqueza: «Quien considera posesiones y oro y plata y casas como dones de Dios, y en honor a Dios le da todo eso, colabora con sus haberes a la salvación de otros hombres: éste es a quien el Señor declara bienaventurado y es proclamado pobre en el espíritu»9. Una primera síntesis y un equilibrio entre las dos instancias se logra con el pensamiento de hombres como san Basilio y san Agustín y en la experiencia monástica que dio inicio con ellos. En ella, a la más rigurosa pobreza personal, se une una igual solicitud hacia los pobres y enfermos. Esta se concreta en

Cf. AA. VV., Per foramen acus. Il cristianesimo antico di fronte alla pericope evangelica del giovane ricco (Vita e Pensiero, Milán 1986). 8

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Clemente de Alejandría, Qué rico se salva, 16, 3: GCS 17, 170.

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instituciones adecuadas que servirán, en algunos casos, como modelo para las futuras obras caritativas de la Iglesia. En el medioevo asistimos, en otro contexto histórico, a la repetición de este ciclo. La Iglesia, y en particular las antiguas órdenes monásticas que llegaron a ser bastante ricas en Occidente, cultivan ahora la pobreza casi sólo en la forma de la asistencia a los pobres, a los peregrinos, es decir, gestionando instituciones de caridad. Contra esta situación, a partir del inicio del segundo milenio, surgen los llamados movimientos pauperísticos, que ponen en primer plano el ejercicio efectivo de la pobreza, la vuelta de la Iglesia a la simplicidad y pobreza del evangelio. El equilibrio y la síntesis las realizan, esta vez, las órdenes mendicantes, que se esfuerzan por practicar al mismo tiempo un despojo radical y un cuidado amoroso hacia los pobres, los leprosos, los esclavos y, sobre todo, por vivir su pobreza en comunión con la Iglesia, no contra ella. Con todas las cautelas del caso, quizá podamos captar también una dialéctica análoga en la época moderna. La explosión de la conciencia social en el siglo pasado, y del problema del proletariado ha roto nuevamente el equilibrio, empujando a poner entre paréntesis el ideal de la pobreza voluntaria, elegida y vivida en el seguimiento de Cristo, para interesarse por el problema de los pobres. Sobre el ideal de una Iglesia pobre prevalece la preocupación «por los pobres». Esta traduce en mil iniciativas e instituciones nuevas, sobre todo en el ámbito de la educación de los niños pobres y de la asistencia a los más abandonados. También la doctrina social de la Iglesia es un producto de este clima espiritual. Fue el Concilio Vaticano II el que puso en primer plano, sobre todo a continuación de la conocida intervención del cardenal Lercaro, el discurso sobre «Iglesia y pobreza». En la constitución sobre la Iglesia se lee, a este propósito: «Como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es la llamada a seguir ese mismo camino... Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido; de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo» 10. En este texto están reunidas ambas cosas: el ser pobres y el estar al servicio de los pobres. No se dice que estos dos aspectos deban y puedan ser cultivados en igual medida por cada creyente, o por cada categoría de creyentes. En efecto, hay que tener presente también la doctrina de los carismas y de las diversas funciones asignadas a cada miembro, en el cuerpo de Cristo. San Pablo 10

Lumen gentium, 8.

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parece que incluye también en la enumeración de los carismas el despojamiento voluntario de los propios bienes en favor de los demás. De hecho, para él carisma es «dar con simplicidad» (cf. Rm 12, 6s) y «distribuir todas las pertenencias propias a los pobres» como lo son, en el mismo contexto, la profecía, el hablar lenguas, la ciencia (cf. 1Co 13, 3). Por tanto, en algunos de sus miembros y órdenes religiosas, la Iglesia expresará más al Cristo pobre y en otros al Cristo que carga sobre sí con «las flaquezas y enfermedades» de los pobres (cf. Mt 8, 17). La plenitud del Espíritu y de los dones está en la Iglesia, no en el creyente individual. En la comunión eclesial, sin embargo, dicha plenitud se hace de todos. En efecto, si yo amo la unidad y me mantengo unido a ella, lo que tiene o hace cada uno en ella, es también mío, lo hago yo también. Pertenezco, de hecho, a ese cuerpo que es pobre y que cuida de los pobres. «Destierra la envidia -decía san Agustín-, y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia será mío lo que tú posees» 11. La consecuencia de todo esto es que debemos desterrar la animosidad y el juicio, sustituyéndolos por la estima mutua y la alegría debidas al bien que Dios realiza a través de otros. Los que trabajan por la justicia social y la promoción de los pobres (que necesitan frecuentemente grandes medios y estructuras) se alegran de que haya otros que viven y anuncian el evangelio en pobreza y simplicidad, y viceversa. «Cesemos pues -exhortaba el Apóstol en una situación semejante a esta- de juzgarnos unos a otros... Dediquémonos más bien a las obras de la paz y de la edificación recíproca» (Rm 14, 13.19).

5. ¿Por qué la pobreza voluntaria? Nos queda responder a la pregunta quizá más importante: ¿Por qué Cristo introdujo en el mundo el ideal de la pobreza voluntaria? ¿Por qué renunciar voluntariamente a las cosas que Dios ha creado para la alegría del hombre? ¿Acaso se pone la redención en contraste con la creación? La respuesta está en el motivo que justifica la propuesta de Cristo. Está expresado claramente en el texto: el reino de los cielos o el reino de Dios. Todo toma sentido de la naturaleza de este reino que «ya» está presente en el mundo, pero «todavía no» está plena y definitivamente establecido. Puesto que el reino de Dios está ya presente en la tierra, en la persona y en la predicación de Jesús, es necesario no dejarlo escapar, sino agarrarlo, dejando de lado todo lo que pueda ser obstáculo para ello, incluidos también, si fuera necesario, la mano y el ojo (cf. Mt 18, 8s). En otras palabras, es posible comenzar a vivir desde ahora como se vivirá en la situación definitiva del Reino,

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San Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 32, 8: CCL 36, 304.

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donde los bienes terrenos ya no tiene valor alguno, sino que Dios será todo en todos. Esta es la motivación de la pobreza que podemos llamar escatológica, o también profética, en cuanto que anuncia los cielos nuevos y la tierra nueva. La pobreza es profética porque, con el ejemplo del desapego de los bienes terrenos, proclama silenciosa pero eficazmente, que existe otro bien; recuerda que la escena de este mundo pasa, que no tenemos aquí abajo morada permanente, sino que nuestra patria está en el cielo. Esta motivación escatológica, basada sobre la repentina irrupción del Reino o, tras la Pascua, sobre la espera del regreso inminente de Cristo, continúa actuando también después, pero de una forma un poco diversa. El cristiano no tiene aquí abajo ciudadanía estable, pertenece a otra ciudad: por eso, es un contrasentido que se apegue a los bienes del tiempo presente que deberá dejar de un momento a otro. La motivación escatológica actúa ahora bajo forma de esperanza de los bienes eternos. Esto, por lo que respecta a la primera característica del Reino, que es la de haber venido ya. Pero puesto que, en otro sentido, el Reino debe venir todavía, está en camino para alcanzar hasta los últimos confines de la tierra, se necesitan personas que se dediquen totalmente a su venida, libres de todo vínculo y compromiso terreno que obstaculizaría dicho anuncio. Si el evangelio debe llegar «hasta los confines extremos de la tierra» (Hch 1, 8), es necesario que sus mensajeros, como los corredores en el estadio, vayan ligeros, libres, desnudos, para no frenar «la carrera de la palabra» (cf. 1Ts 3,1). Esta segunda es la motivación misionera, o apostólica, de la pobreza, puesta de relieve sobre todo en los discursos «de envío» de Jesús: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno» (Lc 9, 3).

6. Actualidad de la bienaventuranza de la pobreza La bienaventuranza de los pobres es de gran actualidad en el contexto histórico en el que vivimos, marcado por la preocupación por la ecología y la salvaguarda de lo creado. Una manera de vivir la bienaventuranza evangélica, posible y accesible a todos, es volver a un uso sobrio y moderado de las cosas, a un estilo de vida simple que permita gozar de los bienes de la creación sin abusar de ellos o desperdiciarlos. Necesitamos esta invitación, especialmente en los países ricos del hemisferio norte. Estamos tentados de sustituir las cosas después de nuestro uso: vestidos, coche, ordenador y aparatos electrónicos en general. Usa y tirase 11


ha convertido en la síntesis de nuestra civilización. Esto asume a veces formas maniáticas. Francisco de Asís solía decir a sus frailes: «Nunca he sido ladrón de limosnas, en pedir o en usar más allá de lo necesario. Cogí siempre menos de lo que necesitaba para que otros pobres no fueran privados de su parte; hacer lo contrario habría sido robar» 12. Deberíamos poder decir lo mismo de los bienes de la creación: «No he robado a las generaciones futuras recursos destinados a ellas: agua, energía, madera para hacer papel…». Todo lo que usamos más allá de lo necesario, directa o indirectamente, lo sustraemos a otros que viven ahora en la tierra o que vendrán después de nosotros. Me gusta recordar las palabras de un escritor inglés, J. K. Jerome, un humorista que, en este caso, sin embargo, habla seriamente. La experiencia de un viaje en barca sobre el Tamigi en sentido contrario a la corriente le sugiere una observación sobre la vida: «Cuánta gente, en el viaje a lo largo del río de la vida, carga, hasta casi hacerle hundirse, el propio barco de una infinidad de chismes que cree necesarios para que el viaje mismo resulte placentero, pero que en realidad son inútiles y sin importancia. ¿Por qué no hacer, más bien, que la barca de nuestra vida sea ligera, cargada sólo con las cosas de las que tendremos verdadera necesidad: una casa acogedora, placeres simples, uno o dos amigos dignos de este nombre, alguien a quien amar y alguno que te ame, un gato, un perro, una pipa o dos, lo suficiente para comer y para cubrirse? Encontraremos que, de este modo, es mucho más fácil empujar la barca. Tendremos tiempo para pensar, para trabajar y también para beber algo estando tumbados al sol»13. No es exactamente el ideal evangélico de la pobreza por el Reino, pero al menos hace ver cómo no es contrario a la felicidad humana, sino más bien un aliado potente. La contemplación es otra actitud que estimula la bienaventuranza evangélica de la pobreza. Hay que descubrir y estimar la forma especial de posesión que es la contemplación. Es una manera de poseer las cosas de modo más profundo, con el alma y no sólo con los sentidos y el cuerpo. San Pablo define a los apóstoles e, indirectamente, a todos los cristianos, como personas que «no tienen nada y lo poseen todo» (2Co 6, 10). La contemplación hace este milagro: nos permite poseer las cosas sin acapararlas Espejo de perfección, 12: San Francisco de Asís, Escritos, Biografías, Documentos de la época (BAC 399, Madrid 1993) 705. 12

J. K. Jerome, Three Men in a Boat (Longman, Londres 1962) trad. esp. Tres hombres en una barca (Triple Editorial, Madrid 2007). 13

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para nosotros y sin sustraerlas a otros. Cuando una persona tiene el derecho de propiedad sobre una cosa un parque, un bosque, una playa marina, un lago- le pertenece s贸lo a ella y cualquier otra est谩 excluida. En la contemplaci贸n, miles de personas pueden gozar de ese mismo lago y de ese parque sin quitarle a nadie ning煤n gozo de ello.

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2. “BIENAVENTURADOS LOS MANSOS PORQUE POSEERÁN LA TIERRA”

1. Quiénes son los mansos La bienaventuranza sobre la que deseamos meditar hoy se presta a una observación importante. Dice: «Bienaventurados los mansos porque poseerán la tierra». Pues bien; en otro pasaje del mismo evangelio de Mateo, Jesús exclama: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). De ahí deducimos que las bienaventuranzas no son sólo un buen programa ético que el maestro traza para sus discípulos; ¡son el autorretrato de Jesús! Es Él el verdadero pobre, el manso, el puro de corazón, el perseguido por la justicia. Está aquí el límite de Gandhi en su aproximación al sermón de la montaña, que igualmente admiraba mucho. Para él, aquél podría hasta prescindir del todo de la persona histórica de Cristo. «No me importaría siquiera –dijo en una ocasión- si alguien demostrara que le hombre Jesús en realidad no vivió jamás y cuanto se lee en los Evangelios no es más que fruto de la imaginación del autor. Porque el sermón de la montaña permanecería siempre verdadero ante mis ojos» 14. Es, al contrario, la persona y la vida de Cristo lo que hace de las bienaventuranzas y de todo el sermón de la montaña algo más que una espléndida utopía ética; hace de ello una realización histórica, de la que cada uno puede sacar fuerza para la comunión mística que le une a la persona del Salvador. No pertenecen sólo al orden de los deberes, sino también al de la gracia. Para descubrir quiénes son los mansos proclamados bienaventurados por Jesús, es útil pasar revista brevemente a los términos con los que la palabra mansos (praeis) se plasma en las traducciones modernas. El italiano tiene dos términos: «miti» y «mansueti». Este último es también el término empleado en las traducciones españolas, los mansos. En francés la palabra se traduce con doux, literalmente «los dulces», aquellos que poseen la virtud de la dulzura (no existe en francés un término específico para decir mansedumbre; en el «Dictionnaire de spiritualité» esta virtud está expuesta en la voz douceur, dulzura).

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Gandhi, Buddismo, Cristianesimo, Islamismo, Roma, Tascabili Newton Compton, 1993, p. 53.

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En alemán se alternan diversas traducciones. Lutero traducía el término con Sanftmŋtigen, esto es, mansos, dulces; en la traducción ecuménica de la Biblia, la Eineits Bibel, los mansos son aquellos que no ejercen ninguna violencia -die keine Gewalt anwenden-, por lo tanto los no-violentos; algunos autores acentúan la dimensión objetiva y sociológica y traducen praeis con Machtlosen, los inermes, los sin poder. El inglés vincula habitualmente praeis con the gentle, introduciendo en la bienaventuranza el matiz de gentileza y de cortesía. Cada una de estas traducciones evidencia un componente verdadero, pero parcial, de la bienaventuranza. Hay que considerarlas en conjunto y no aislar ninguna, a fin de tener una idea de la riqueza originaria del término evangélico. Dos asociaciones constantes, en la Biblia y en la parénesis cristiana antigua, ayudan a captar el «sentido pleno» de mansedumbre: una es la que acerca entre sí mansedumbre y humildad, la otra la que aproxima mansedumbre y paciencia; la una saca a la luz las disposiciones interiores de las que brota la mansedumbre, la otra las actitudes que impulsa a tener respecto al prójimo: afabilidad, dulzura, gentileza. Son los mismos rasgos que el Apóstol evidencia hablando de la caridad: «La caridad es paciente, es servicial, no es envidiosa, no se engríe...» (1 Co 13, 4-5).

2. Jesús, el manso Si las bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús, lo primero que hay que hacer al comentar una de ellas es ver cómo la vivió. Los evangelios son, de punta a punta, la demostración de la mansedumbre de Cristo, en su doble aspecto de humildad y de paciencia. Él mismo, hemos recordado, se propone como modelo de mansedumbre. A Él Mateo aplica las palabras del Siervo de Dios en Isaías: «No disputará ni gritará, la caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante» (Mt 12, 20). Su entrada en Jerusalén a lomos de un asno se ve como un ejemplo de rey «manso» que huye de toda idea de violencia y de guerra (Mt 21, 4). La prueba máxima de la mansedumbre de Cristo se tiene en su pasión. Ningún gesto de ira, ninguna amenaza. «Insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba» (1 P 2, 23). Este rasgo de la persona de Cristo se había grabado de tal forma en la memoria de sus discípulos que San Pablo, queriendo exhortar a los corintios por algo querido y sagrado, les escribe: «Os suplico por la mansedumbre (prautes) y la benignidad (epieikeia) de Cristo» (2 Co 10, 1). Pero Jesús hizo mucho más que darnos ejemplo de mansedumbre y paciencia heroica; hizo de la mansedumbre y de la no violencia el signo de la verdadera grandeza. Ésta ya no consistirá en alzarse solitarios sobre los demás, sobre la masa, sino en abajarse para servir y elevar a los demás. Sobre la cruz, 15


dice Agustín, Él revela que la verdadera victoria no consiste en hacer víctimas, sino en hacerse víctima, «Victor quia victima» 15. Nietzsche, se sabe, se opuso a esta visión, definiéndola una «moral de esclavos», sugerida por el «resentimiento» natural de los débiles hacia los fuertes. Predicando la humildad y la mansedumbre, el hacerse pequeños, el poner la otra mejilla, el cristianismo introdujo, en su opinión, una especie de cáncer en la humanidad que ha apagado su empuje y ha mortificado su vida... En la introducción al libro Así hablaba Zaratustra, la hermana del filósofo resumía así el pensamiento de su hermano: «Él supone que, por el resentimiento de un cristianismo débil y falseado, todo lo que era bello, fuerte, soberbio, poderoso –como las virtudes procedentes de la fuerza- ha sido proscrito y prohibido, y que por ello han disminuido mucho las fuerzas que promueven y ensalzan la vida. Pero ahora una nueva tabla de valores debe ponerse sobre la humanidad, esto es, el fuerte, el hombre magnífico hasta su punto más excelso, el superhombre, que nos es presentado ahora con arrolladora pasión como objetivo de nuestra vida, de nuestra voluntad y de nuestra esperanza» 16. Desde hace algún tiempo se asiste al intento de absolver a Nietzsche de toda acusación, de amansarle y hasta de cristianizarle. Se dice que en el fondo él no va contra Cristo, sino contra los cristianos que en ciertas épocas predicaron una renuncia fin de sí misma, despreciando la vida y yendo contra el cuerpo... Todos habrían tergiversado el verdadero pensamiento del filósofo, empezando por Hitler... En realidad él habría sido un profeta de tiempos nuevos, el precursor de la era postmoderna. Ha quedado, se puede decir, una sola voz que se opone a esta tendencia, la del pensador francés René Girard, según el cual todos estos intentos perjudican ante todo a Nietzsche. Con una perspicacia en verdad única, para su tiempo, él captó el verdadero núcleo del problema, la alternativa irreducible entre paganismo y cristianismo. El paganismo exalta el sacrificio del débil a favor del fuerte y del progreso de la vida; el cristianismo exalta el sacrificio del fuerte a favor del débil. Es difícil no ver un nexo objetivo entre la propuesta de Nietzsche y el programa hitleriano de eliminación de grupos humanos enteros por el adelanto de la civilización y la pureza de la raza.

15

S. Agostino, Confessioni, X, 43.

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Introduzione all’edizione tascabile di Also sprach Zarathustra del 1919.

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No es por lo tanto sólo el cristianismo el blanco del filósofo, sino también Cristo. «Dionisio contra el Crucificado»: «he ahí la antítesis», exclama en uno de sus fragmentos póstumos17. Girard demuestra que lo que forma el mayor honor de la sociedad moderna –la preocupación por las víctimas, estar de parte del débil y del oprimido, la defensa de la vida amenazada- es en realidad un producto directo de la revolución evangélica que, sin embargo, por un paradójico juego de rivalidades miméticas, es ahora reivindicado por otros movimientos, como conquista propia, incluso en oposición al cristianismo18 . Hablaba la vez pasada de la relevancia hasta social de las bienaventuranzas. La de los mansos es su ejemplo tal vez más claro, pero lo que se dice de ella vale, en conjunto, para todas las bienaventuranzas. Son la manifestación de la nueva grandeza, el camino de Cristo a la autorrealización en la felicidad. No es verdad que el Evangelio mortifique el deseo de hacer grandes cosas y de sobresalir. Jesús dice. «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Es por lo tanto lícito, e incluso está recomendado, querer ser el primero; sólo que el camino para llegar a ello ha cambiado: no elevándose por encima de los demás, tal vez aplastándoles si son un obstáculo, sino abajándose para elevar a los demás consigo.

3. Mansedumbre y tolerancia La bienaventuranza de los mansos ha pasado a ser de extraordinaria relevancia en el debate sobre religión y violencia, encendido después de hechos como el del 11 de septiembre. Ella recuerda, ante todo a nosotros, los cristianos, que el Evangelio no da lugar a dudas. No hay en él exhortaciones a la no violencia, mezcladas con exhortaciones contrarias. Los cristianos pueden, en ciertas épocas, haber errado sobre ello, pero la fuente es límpida y a ella la Iglesia puede volver para inspirarse de nuevo en toda época, segura de no encontrar ahí más que verdad y santidad. El Evangelio dice que «el que no crea se condenará» (Mc 16, 16), pero en el cielo, no en la tierra, por Dios, no por los hombres. «Cuando os persigan en una ciudad –dice Jesús-, huid a otra» (Mt 10, 23); no dice: «ponedla a hierro y fuego». Una vez, dos de sus discípulos, Santiago y Juan, que no habían sido recibidos en cierto pueblo samaritano, dijeron a Jesús: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Jesús, está escrito, «volviéndose, les reprendió». Muchos manuscritos recogen también el tono del reproche: «No 17

F. Nietzsche, Opere complete, VIII, Frammenti postumi 1888-1889, Adelphi, Milano 1974, p. 56.

18

R. Girard, Vedo Satana cadere come folgore, Milano, Adelphi, 2001, pp. 211-236.

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sabéis de qué espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas» (Lc 9, 53-56). El famoso compelle intrare, «obligadlos a entrar», con el que San Agustín, si bien muy a su pesar19, justifica su aprobación de las leyes imperiales contra los donatistas20 y que se utilizará después para justificar la coerción respecto a los herejes, se debe a un forzamiento del texto evangélico, fruto de una lectura mecánicamente literal de la Biblia. La frase la pone Jesús en boca del hombre que había preparado una gran cena y, ante el rechazo de los invitados a acudir, dice a los siervos que vayan por las calles y las cercas y que «hagan entrar a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos» (Lc 14, 15-24). Está claro que obligar no significa otra cosa, en el contexto, que una amable insistencia. Los pobres y los lisiados, como todos los infelices, podrían sentirse violentos al presentarse con sus trastos en el palacio: venced su resistencia, recomienda el señor, decidles que no tengan miedo de entrar. Cuántas veces, en circunstancias similares, nosotros mismos hemos dicho: «Me obligó a aceptar», sabiendo bien que la insistencia en estos casos es signo de benevolencia, no de violencia. En un libro-investigación sobre Jesús que ha suscitado mucho eco últimamente en Italia, se atribuye a Jesús la frase: «Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí» (Lc 19, 27), y se deduce que «es a frases como éstas que se remiten los partidarios de la “guerra santa”» 21. Pues bien: hay que precisar que Lucas no atribuye tales palabras a Jesús, sino al rey de la parábola, y se sabe que no se pueden trasladar de la parábola a la realidad todos los detalles del relato parabólico, y que en cualquier caso hay que trasladarlos del plano material al espiritual. El sentido metafórico de estas parábolas es que aceptar o rechazar a Jesús no carece de consecuencias; es una cuestión de vida o muerte, pero vida y muerte espiritual, no física. La guerra santa no tiene nada que ver.

4. Con mansedumbre y respeto Pero dejemos de lado estas consideraciones de orden apologético y procuremos ver cómo hacer de la bienaventuranza de los mansos una luz para nuestra vida cristiana. Existe una aplicación pastoral de la bienaventuranza de los mansos que empieza ya con la Primera Carta de Pedro. Se refiere al diálogo con el mundo externo: «Dad culto al Señor Cristo en vuestros corazones, S. Agostino, Epistola 93, 5: “Dapprima ero del parere che nessuno dovesse essere condotto per forza all’unità di Cristo, ma si dovesse agire solo con la parola, combattere con la discussione, convincere con la ragione”. 19

20

Cf. S. Agostino, Epistole 173, 10; 208, 7.

21

Corrado Augias – Mauro Pesce, Inchiesta su Gesù. Mondadori, Milano 2006, p.52.

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siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con mansedumbre (prautes) y respeto» (1 P 3,15-16). Han existido desde la antigüedad dos tipos de apologética; uno tiene su modelo en Tertuliano, otro en Justino; uno se orienta a vencer, el otro a convencer. Justino escribe un Diálogo con el judío Trifón, Tertuliano (o un discípulo suyo) escribe un tratado Contra los judíos, Adversus Judeos. Estos dos estilos han tenido una continuidad en la literatura cristiana (nuestro Giovanni Papini era ciertamente más cercano a Tertuliano que a Justino), pero es verdad que hoy es preferible el primero. La encíclica Deus caritas est del actual Sumo Pontífice es un ejemplo luminoso de esta presentación respetuosa y constructiva de los valores cristianos que da razón de la esperanza cristiana «con mansedumbre y respeto». El mártir San Ignacio de Antioquia sugería a los cristianos de su tiempo, respecto al mundo externo, esta actitud, siempre actual: «Ante su ira, sed mansos; ante su presunción, sed humildes» 22. La promesa ligada a la bienaventuranza de los mansos -«poseerán la tierra»- se realiza en diversos planos, hasta la tierra definitiva que es la vida eterna, pero ciertamente uno de los planos es el humano: la tierra son los corazones de los hombres. Los mansos conquistan la confianza, atraen las almas. El santo por excelencia de la mansedumbre y de la dulzura, San Francisco de Sales, solía decir: «Sed lo más dulces que podáis y recordad que se atrapan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre».

5. Aprended de mí Se podría insistir largamente sobre estas aplicaciones pastorales de la bienaventuranza de los mansos, pero pasemos a una aplicación más personal. Jesús dice: «Aprended de mí que soy manso». Se podría objetar: ¡pero Jesús no se mostró, Él mismo, siempre manso! Dice por ejemplo que no hay que oponerse al malvado, y que «al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrécele también la otra» (Mt 5, 39). Pero cuando uno de los guardias le golpea en la mejilla, durante el proceso en el Sanedrín, no está escrito que ofreció la otra, sino que con calma respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18, 23). Esto significa que no todo, en el sermón de la montaña, hay que tomarlo mecánicamente a la letra; Jesús, según su estilo, utiliza hipérboles y un lenguaje figurativo para grabar mejor en la mente de los discípulos determinada idea. En el caso de poner la otra mejilla, por ejemplo, lo importante no es el gesto de ofrecerla (que a veces hasta puede parecer 22

S. Ignazio d’Antiochia, Agli Efesini, 10,2-3.

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provocador), sino el de no responder a la violencia con otra violencia, vencer la ira con la serenidad. En este sentido, su respuesta al guardia es el ejemplo de una mansedumbre divina. Para medir su alcance, basta con compararla a la reacción de su apóstol Pablo (que era un santo) en una situación análoga. Cuando, en el proceso ante el Sanedrín, el sumo sacerdote Ananías ordena golpear a Pablo en la boca, él responde: «Dios te golpeará a ti, pared blanqueada» (Hch 23, 2-3). Hay que aclarar otra duda. En el mismo sermón de la montaña, Jesús dice: «El que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame renegado, será reo de la gehenna de fuego» (Mt 5, 22). Varias veces en el Evangelio Él se dirige a los escribas y fariseos llamándoles «hipócritas, insensatos y ciegos» (Mt 23, 17); reprocha a los discípulos llamándoles «insensatos y tardos de corazón» (Lc 24, 25). También aquí la explicación es sencilla. Hay que distinguir entre la injuria y la corrección. Jesús condena las palabras dichas con rabia y con intención de ofender al hermano, no las que se orientan a hacer tomar conciencia del propio error y a corregir. Un padre que dice su hijo: «eres un indisciplinado, un desobediente», no pretende ofenderle, sino corregirle. Moisés es definido por la Escritura como «más manso que cualquier hombre sobre la tierra» (Nm 12,3); con todo, en el Deuteronomio le oímos exclamar, dirigido a Israel: «¿Así pagáis a Yahveh, pueblo insensato y necio?» (Dt 32, 6). Lo decisivo es si quien habla lo hace por amor o por odio. «Ama y haz lo que quieras», decía San Agustín. Si amas, ya corrijas, ya lo dejes pasar, será amor. El amor no hace ningún daño al prójimo; de la raíz del amor, como de un árbol bueno, no pueden más que nacer frutos buenos. 23

6. Mansos de corazón Hemos llegado así al terreno propio de la bienaventuranza de los mansos, el corazón. Jesús dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». La verdadera mansedumbre se decide ahí. Es del corazón, dice, que proceden los homicidios, maldades, calumnias (Mc 7, 21-22), como de las agitaciones internas del volcán se expulsan lava, cenizas y material incandescente. Las mayores explosiones de violencia, como las guerras y conflictos, empiezan, como dice Santiago, secretamente desde las «pasiones que se agitan dentro del corazón del hombre» (St 4, 1-2). Igual que existe un adulterio del corazón, existe un homicidio del corazón: «El que odia a su propio hermano –escribe Juan-, es un homicida» (1 Jn 3, 15). 23

S. Agostino, Commento alla Prima Lettera di Giovanni 7,8 (PL 35, 2023)

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No existe sólo la violencia de las manos; existe también la de los pensamientos. Dentro de nosotros, si prestamos atención, se desarrollan casi continuamente «procesos a puerta cerrada». Un monje anónimo tiene páginas de gran penetración al respecto. Habla como monje, pero lo que dice no vale sólo para los monasterios; apunta el ejemplo de los súbditos, pero es evidente que el problema se plantea de otro modo también para los superiores. «Observa -dice-, aunque sea por un día, el curso de tus pensamientos: te sorprenderá la frecuencia y la vivacidad de tus críticas internas con interlocutores imaginarios, y si no con los que te son cercanos. ¿Cuál es habitualmente su origen? Éste: el descontento a causa de los superiores que no nos quieren, no nos estiman, no nos entienden; son severos, injustos o demasiado cerrados con nosotros o con otros “oprimidos”. Estamos descontentos de nuestros hermanos, “sin comprensión, obstinados, bruscos, desordenados o injuriosos...”. Entonces en nuestro espíritu se crea un tribunal en el que somos fiscal, presidente, juez y jurado; raramente abogado, más que en nuestro favor. Se exponen los agravios; se pesan las razones; se defiende, se justifica; se condena al ausente. Tal vez se elaboran planes de revancha o trampas vengativas... » 24. Los Padres del desierto, al no tener que luchar contra enemigos externos, hicieron de esta batalla interior contra los pensamientos (los famosos logismoi) el banco de prueba de todo progreso espiritual. También elaboraron un método de lucha. Nuestra mente, decían, tiene la capacidad de preceder el desarrollo de un pensamiento, de conocer, desde el principio, adónde irá a parar: si a disculpar al hermano o a condenarle, si a la gloria propia o a la gloria de Dios. «Tarea del monje –decía un anciano- es ver llegar de lejos los propios pensamientos» 25, se entiende que para cerrarles camino, cuando no son conformes a la caridad. La manera más sencilla de hacerlo es decir una breve oración o enviar una bendición hacia la persona que tenemos tentación de juzgar. Después, con la mente serena, se podrá valorar si y cómo actuar respecto a aquella.

7. Revestirse de la mansedumbre de Cristo Una observación antes de concluir. Por su naturaleza, las bienaventuranzas están orientadas a la práctica; llaman a la imitación, acentúan la obra del hombre. Existe el riesgo de desalentarse al constatar la incapacidad de llevarlas a cabo en la propia vida y la distancia abismal que existe entre el ideal y la práctica.

Un monaco, Le porte del silenzio, Ancora, Milano 1986, p. 17 (Originale: Les porte du silence, Libraire Claude Martigny, Genève). 24

25

Detti e fatti dei Padri del deserto, a cura di C. Campo e P. Draghi, Rusconi, Milano 1979, p. 66.

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Se debe recordar lo que se decía al inicio: las bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús. Él las vivió todas en grado sumo; pero –y aquí está la buena noticia- no las vivió sólo para sí, sino también para todos nosotros. Respecto a las bienaventuranzas, estamos llamados no sólo a la imitación, sino también a la apropiación. En la fe podemos beber de la mansedumbre de Cristo, como de su pureza de corazón y de cualquier otra virtud suya. Podemos orar para tener la mansedumbre, como Agustín oraba para tener la castidad: «Oh Dios, tú me mandas que sea manso; dame lo que mandas y mándame lo que quieras» 26. «Revestios, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre (prautes), paciencia » (Col 3, 12), escribe el Apóstol a los colosenses. La mansedumbre y la bondad son como un vestido que Cristo nos ha merecido y del que, en la fe, podemos revestirnos, no para ser dispensados de la práctica, sino para animarnos a ella. La mansedumbre (prautes) es situada por Pablo entre los frutos del Espíritu (Ga 5, 23), esto es, entre las cualidades que el creyente muestra en la propia vida, cuando acoge al Espíritu Santo y se esfuerza por corresponder. Podemos, por lo tanto, terminar repitiendo juntos con confianza la bella invocación de las letanías del Sagrado Corazón: «Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo»: Jesu, mitis et humilis corde: fac cor nostrum secundum cor tutum.

26

Cf. S. Agostino, Confessioni, X, 29.

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3. “¡BIENAVENTURADOS LOS QUE AHORA LLORÁIS!”

1. Una nueva relación entre placer y dolor Omitiendo la bienaventuranza de los pobres que hemos meditado en un Adviento precedente, concentrémonos en la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los afligidos porque serán consolados» (Mt 5, 4). En el evangelio de Lucas, donde las bienaventuranzas, que son cuatro, están en forma de discurso directo y reforzadas por una advertencia, la misma bienaventuranza suena así: «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis». «¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!» (Lc 6, 21.25). El mensaje más formidable está contenido precisamente en la estructura de esta bienaventuranza. Ésta se permite recoger la revolución que el evangelio obró respecto al problema del placer y dolor. El punto de partida –común tanto al pensamiento religioso como al profano- es la constatación de que en esta vida placer y dolor son inseparables; se suceden el uno al otro con la misma regularidad con la que a la elevación de una ola en el mar le sigue un hundimiento y un vacío que succiona al náufrago mar adentro. El hombre busca desesperadamente separar a estos dos hermanos siameses, aislar el placer del dolor. Pero es inútil. Es el mismo placer desordenado el que se vuelve contra él y se transforma en sufrimiento, o de improviso y trágicamente, o un poco a la vez, en cuanto es por su naturaleza transitorio y genera cansancio y náusea. Es una lección que nos llega de la crónica diaria y que el hombre ha expresado de mil maneras en su arte y en su literatura. «Un no sé qué de amargo –escribió el poeta pagano Lucrecio- brota de lo íntimo de cada placer y nos angustia ya en medio de nuestras delicias»27. La Biblia tiene una respuesta que dar a esto, que es el verdadero drama de la existencia humana. Hubo desde el inicio una elección del hombre, hecha posible desde su libertad, que le llevó a orientar exclusivamente hacia las cosas visibles la capacidad de gozo de la que estaba dotado para que aspirara a gozar del Bien infinito que es Dios. Al placer, elegido contra la ley de Dios y simbolizado por Adán y Eva que saborean el fruto prohibido, Dios permitió que le siguieran el dolor y la muerte, más como remedio que como castigo. A fin de que no ocurriera que, siguiendo a 27

Lucrecio, De rerum natura, IV, 1129 s.

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rienda suelta su egoísmo y su instinto, el hombre se destruyera del todo y destruyera cada uno a su prójimo. Así, al placer vemos como se le adhiere, como su sombra, el sufrimiento. Cristo rompió por fin esta cadena. Él, «a cambio de la gloria que se le proponía, soportó la cruz» (Hebreos 12, 2). Hizo, en resumen, lo contrario de lo que hizo Adán y de lo que hace cada hombre. «La muerte del Señor –escribió San Máximo el Confesor-, a diferencia de la de los demás hombres, no era una deuda pagada por el placer, sino más bien algo que era arrojado contra el placer mismo. Y así, a través de esta muerte, cambió el destino merecido por el hombre» 28. Resucitando de la muerte, Él inauguró un nuevo género de placer: el que no precede al dolor, como su causa, sino que le sigue, como su fruto. Todo esto es maravillosamente proclamado por nuestra bienaventuranza, que a la secuencia risa-llanto le opone la secuencia llanto-risa. No se trata de una sencilla inversión de los tiempos. La diferencia, infinita, está en el hecho de que en el orden propuesto por Jesús es el placer, no el sufrimiento, el que tiene la última palabra y, lo que importa más, una última palabra que dura eternamente.

2. «¿Dónde está tu Dios?» Procuremos ahora entender quiénes son exactamente los afligidos y los que lloran, proclamados bienaventurados por Cristo. Los exégetas excluyen hoy, casi unánimemente, que se trate de afligidos sólo en sentido objetivo y sociológico, gente a la que Jesús proclamaría bienaventurada por el solo hecho de sufrir y de llorar. El elemento subjetivo, esto es, el motivo del llanto, es determinante. ¿Y cuál es este motivo? La vía más segura para descubrir qué llanto y qué aflicción son proclamados bienaventurados por Cristo es ver por qué se llora en la Biblia y por qué lloró Jesús. Descubrimos así que existe un llanto de arrepentimiento, como el de Pedro tras la traición, un «llorar con quien llora» (Rm 12, 15), de compasión por el dolor ajeno, como lloró Jesús con la viuda de Naím y con las hermanas de Lázaro; el llanto de exiliados que anhelan la patria, como el de los judíos en los ríos de Babilonia... Y muchos otros. Desearía sacar a la luz dos de los motivos por los que se llora en la Biblia y por los que lloró Jesús que me parece que merecen particular meditación en el momento histórico que estamos viviendo. En el Salmo 41 leemos: «Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, 28

Máximo el Confesor, Capitoli vari, IV cent. 39; en Filocalia, II, Torino 1983, p. 249.

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Y a lo largo del día me repiten: “¿Dónde está tu Dios?”... Mis huesos se quebrantan, mis opresores me insultan, y me repiten a lo largo del día: “¿Dónde está tu Dios?”». Nunca esta tristeza del creyente por el rechazo presuntuoso de Dios a su alrededor ha tenido tanta razón de ser como hoy. Después del período de relativo silencio posterior al ateísmo marxista, estamos asistiendo a un resurgimiento de un ateísmo militante y agresivo, con marca de origen científico o cientista. Los títulos de algunos libros recientes son elocuentes: «Tratado de ateología», «La ilusión de Dios», «El fin de la fe», «Creación sin Dios», «Una ética sin Dios»...29 En uno de estos tratados se lee la siguiente declaración: «Las sociedades humanas han elaborado varios medios ordinarios de conocimiento, generalmente compartidos, a través de los cuales se puede comprobar algo. Quien afirma la existencia de un ser no cognoscible con esos instrumentos, debe asumir la carga de la prueba. Por esto me parece legítimo sostener que, mientras no se pruebe lo contrario, Dios no existe» 30. Con los mismos argumentos se podría demostrar que tampoco existe el amor, dado que no es comprobable con los instrumentos de la ciencia. El hecho es que la prueba de la existencia de Dios no se encuentra en los libros ni en laboratorios de biología, sino en la vida. En la vida de Cristo ante todo, en la de los santos y en la de los innumerables testigos de la fe. Se encuentra también en la tan despreciada prueba de los signos y milagros que Jesús mismo daba como prueba de su verdad y que Dios sigue dando, pero que los ateos rechazan a priori, sin tomarse siquiera la molestia de examinarla. Motivo de tristeza del creyente, como para el salmista, es la impotencia que experimenta frente al desafío: «¿Dónde está tu Dios?». Con su misterioso silencio, Dios llama al creyente a compartir su debilidad y derrota, prometiendo sólo en estas condiciones la victoria: «La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Co 1, 25).

3. «¡Se han llevado a mi Señor!» No menos doloroso es hoy, para el creyente cristiano, el rechazo sistemático de Cristo en nombre de una investigación histórica objetiva que, en ciertas formas, se reduce a lo más subjetivo que se pueda imaginar: «fotografías de los autores y de sus ideales», como apunta el Santo Padre en las páginas Respectivamente de Michel Onfray, de Richard Dawkins, Sam Harris, Telmo Pievani, Eugenio Lecaldano. 29

30

Carlo Augusto Viano, Laici in ginocchio, Laterza, Bari.

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introductorias de su próximo libro sobre Jesús. Asistimos a una carrera para ver quién logra presentar un Cristo más a la medida del hombre de hoy, despojándole de toda prerrogativa trascendente. A la pregunta de los ángeles: «Mujer, ¿por qué lloras?», María de Magdala, la mañana de Pascua, respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto» (Jn 21, 13). Un motivo de llanto que podríamos hacer nuestro. Siempre ha existido la tendencia a revestir a Cristo de los ropajes de la propia época o de la propia ideología. En el pasado, en cambio, si bien discutibles, se trataba de causas serias y de gran suspiro: el Cristo idealista, romántico, liberal, socialista, revolucionario... Nuestra época, obsesionada por el sexo, no consigue pensar en él más que con problemas sentimentales: «Una vez más Jesús ha sido modernizado, o mejor dicho, postmodernizado» 31. Es bueno saber de dónde viene esta corriente reciente que hace de Jesús de Nazaret el campo de pruebas de los ideales postmodernos de relativismo ético e individualismo absolutos (el llamado desconstruccionismo) y que, directa o indirectamente, está inspirando novelas, películas y espectáculos e influye también en las investigaciones históricas sobre Él. Se trata de un movimiento nacido en los Estados Unidos en las últimas décadas del siglo pasado, que tiene en el Jesus Seminar -Seminario sobre Jesús- su punto de agregación más activo. Se le ha definido como «neoliberalismo», por su retorno al Jesús de la teología liberal decimonónica, sin vínculos ni con el judaísmo, por un lado, ni con el cristianismo y la Iglesia, por otro; un Jesús propagador de ideas morales, pero ya no de gran alcance, como en el liberalismo clásico (paternidad de Dios, valor infinito del alma humana), sino de sabiduría sencilla, de alcance sociológico más que teológico. El objetivo de estos estudiosos ya no es simplemente corregir, sino destruir, como dicen ellos, «ese error llamado cristianismo» . Es muy significativo el discurso programático realizado por el fundador del movimiento en 1985: «Estamos a punto de embarcarnos en una empresa de gran alcance. Queremos sencilla y vigorosamente ponernos en busca de la voz de Jesús, de lo que Él dijo verdaderamente. En este proceso, plantearemos interrogantes en el límite de lo sagrado y hasta de la blasfemia para los oídos de muchos en nuestra sociedad. Como consecuencia, el camino que seguiremos podría revelarse arriesgado. Podría nacer hostilidad, pero avanzaremos a despecho de los peligros porque el problema de Jesús es lo que nos desafía, como el Everest desafía la cordada de escaladores»32.

31

J. D.G. Dunn, Gli albori del cristianesimo, I,1, Brescia, Paideia 2006, p. 81.

32

Robert Funk, Discurso inaugural de marzo de 1985 en Berkeley, California.

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Jesús es liberado ya no sólo de los dogmas de la Iglesia, sino también de las Escrituras y de los Evangelios. ¿Qué fuentes quedan, en este punto, para hablar de Él, que no sea la pura y simple fantasía? Naturalmente, los apócrifos, y en primer lugar el Evangelio de Tomás, fechado incluso, según ellos, en los años 30-60 después de Cristo, antes que los Evangelios canónicos y que el propio Pablo; después, el análisis sociológico de las condiciones de vida en Galilea en tiempos de Cristo. ¿Qué imagen de Jesús se saca de ahí? Cito algunas de las definiciones que se han dado, no todas, naturalmente, compartidas por todos: «un excéntrico galileo», «el proverbial fiestero», «un sabio vagabundo o subversivo», el «maestro de una sabiduría aforística», «un campesino judío empapado de filosofía cínica» 33. Queda por explicar el misterio de cómo es que un ser tan inocuo haya acabado en la cruz y haya podido convertirse en «el hombre que cambió el mundo». Lo que es verdaderamente para llorar no es que se escriban estas cosas (también hay que inventar algo nuevo si se quieren seguir escribiendo libros); sino que, una vez publicados, estos libros se vendan a centenares de miles, si no millones, de copias. La incapacidad de la investigación histórico-filológica de empalmar el Jesús de la realidad con el Jesús de las fuentes evangélicas y de la Iglesia depende, a mi entender, del hecho de que aquella ignora y no se molesta en estudiar la dinámica de los fenómenos espirituales y sobrenaturales. Sería como querer oír un sonido con los ojos o ver un color con los oídos. El estudio y la experiencia de los fenómenos místicos (¡también estos son una realidad!) muestra cómo todo un desarrollo posterior, en la vida de la propia persona o del movimiento nacido de ella, puede estar contenido en un evento, a veces en un instante (cuando se trata de un encuentro con lo divino), del cual sólo después, por los frutos, se revelan las potencialidades escondidas. Los sociólogos se acercan a esta verdad con el concepto del statu nascenti34. El niño o el hombre adulto se ven de una manera distinta al embrión del comienzo; sin embargo en éste todo estaba contenido. De igual manera el reino es al principio «la más pequeña de las semillas», pero está destinado a crecer y a convertirse en un gran árbol (Mt 13, 32). El nacimiento del movimiento franciscano se presta para una comparación, naturalmente en un plano cualitativamente diferente. Las fuentes franciscanas presentan divergencias y contradicciones casi sobre cada punto de vista del 33

Cfr. J. D.G. Dunn, Gli albori del cristianesimo, I, 1, Brescia 2006, pp. 75-82.

34

Cf. F. Alberoni, Innamoramento e amore, Garzanti, Milán 1981.

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Pobrecillo: sobre la visón y la palabra del crucificado de San Damián, sobre el episodio de los estigmas... De ninguna palabra del santo, excepto de los pocos escritos de su puño, se tiene la seguridad de que haya salido de su boca. Las Florecillas parecen toda una idealización de la historia. Sin embargo, todo lo que floreció en torno y después de Francisco –el movimiento franciscano con sus reflejos en la espiritualidad, en el arte, en la literatura- depende de él; no es sino una manifestación –e incluso empobrecidade las energías espirituales puestas en movimiento por su persona y por su vida; mejor, por lo que Dios había hecho en su vida. Muchos, hasta entre los estudiosos creyentes, dan por descontado que el Jesús real fue, y pretendió ser, mucho menos de lo que está escrito de Él en los evangelios, que no se atribuyó tal o cual título. ¡La verdad es que Él es inmensamente más, no menos, que lo que está escrito de Él! Quién es el Hijo, sólo lo sabe el Padre y lo saben, en pequeña medida, también aquellos a quienes el Padre lo quiera revelar, en general no los doctos y los científicos, a menos que también ellos se hagan pequeños... Pablo decía que experimentaba en el corazón «tristeza inmensa y un profundo y continuo dolor» por el rechazo de Cristo por parte de sus compatriotas (Rm 9, 1s.); ¿cómo no experimentar el mismo dolor por el rechazo de Él por parte de muchos contemporáneos nuestros, en los países de antigua fe cristiana? Por un motivo similar, por no haber reconocido en Él al propio amigo y salvador, Jesús lloró en Jerusalén... Afortunadamente parece precisamente que se está cerrando ya un ciclo y se está pasando página en las investigaciones sobre Jesús. En una obra de tres volúmenes –de un millar de páginas cada uno- titulada «Los albores del cristianismo» («Christianity in the Making»), destinada a crear época como otros estudios suyos precedentes, uno de los máximos estudiosos vivos del Nuevo Testamento, James Dunn, tras un meticuloso análisis de los resultados de los últimos tres siglos de investigaciones, llegó a la conclusión de que no ha habido ninguna interrupción entre el Jesús que predica y el Jesús predicado, y por lo tanto, entre el Jesús de la historia y el de la fe. Ésta no nació después de la Pascua, sino con los primeros encuentros de los discípulos, quienes se hicieron discípulos justamente porque creyeron en Él, si bien al inicio con una fe frágil y aún ignorante de sus implicaciones. El contraste entre el Cristo de la fe y el Jesús de la historia es el resultado de una «fuga de la historia», antes que de una «fuga de la fe», debidas, la una y la otra, al hecho de haber proyectado sobre Jesús intereses e ideales del momento. Se liberaba, sí, a Jesús de los ropajes de la dogmática eclesiástica, pero para ponerle encima vestidos de moda que cambiaban en cada estación. El inmenso esfuerzo de investigación en torno a la persona de Cristo no ha sido en 28


cambio en vano, porque es precisamente gracias a él que ahora, exploradas todas las soluciones alternativas, estamos en grado de llegar críticamente a esta conclusión 35.

4. «Lloren los sacerdotes, ministros del Señor» Existe también un segundo llanto en la Biblia sobre el que debemos reflexionar. Hablan de él los profetas. Ezequiel refiere la visión que tuvo un día. La voz poderosa de Dios grita a un misterioso personaje «vestido de lino, que llevaba a la cintura la cartera de escribir»: «Pasa por la ciudad, recorre Jerusalén y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las nefastas acciones que se cometen dentro de ella» (Ez 9, 4). Esta visión tuvo resonancias profundas en la continuación de la revelación y de la Iglesia. Aquel signo, tau, última letra del alfabeto hebreo, por su forma de cruz se convierte en el Apocalipsis en el «sello del Dios vivo» impreso en la frente de los salvados (Ap 7, 2 s.). La Iglesia ha «llorado y suspirado» en tiempos recientes por las abominaciones cometidas en su seno por algunos de sus propios ministros y pastores. Ha pagado un precio elevadísimo por esto. Ha corrido a poner remedio, se ha dado reglas férreas para impedir que los abusos se repitan. Ha llegado el momento, tras la emergencia, de hacer lo más importante de todo: llorar ante Dios, afligirse como se aflige Dios; por la ofensa al cuerpo de Cristo y el escándalo «a los más pequeños de sus hermanos», más que por el perjuicio y deshonor ocasionado a nosotros. Es la condición para que de todo este mal pueda verdaderamente llegar el bien y se obre una reconciliación del pueblo con Dios y con los propios sacerdotes. «Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno sagrado, convocar una asamblea... Que entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: “Perdona a tu pueblo, Señor, y no entregues a tu heredad al oprobio, a la burla de las gentes”». (Jl 2, 15-17). Estas palabras del profeta Joel contienen un llamamiento para nosotros. ¿No se podría hacer lo mismo también hoy: convocar un día de ayuno y de Cfr. Dunn, Christianity in the Making, Grand Rapids, Michigan 2003. Se han publicado en italiano los primeros dos volúmenes del primer tomo con el título Gli albori del cristianesimo, I, La memoria di Gesú, vol. 1: Fede e Gesú storico; I, 2: La missione di Gesú, Paideia, Brescia 2006. 35

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penitencia, al menos a nivel local y nacional, donde el problema haya sido más fuerte, para expresar públicamente arrepentimiento ante Dios y solidaridad con las víctimas, obrar, en resumen, una reconciliación de los ánimos y reanudar un camino de Iglesia, renovados en el corazón y en la memoria? Me dan el valor de decir esto las palabras pronunciadas por el Santo Padre al episcopado de una nación católica en una reciente visita ad limina: «Las heridas causadas por estos actos son profundas, y es urgente la tarea de restablecer la esperanza y la confianza cuando éstas han quedado dañadas... De este modo la Iglesia se reforzará y será cada vez más capaz de dar testimonio de la fuerza redentora de la Cruz de Cristo» 36. Pero no debemos dejar sin una palabra de esperanza también a los desventurados hermanos que han sido la causa del mal. Sobre el caso de incesto ocurrido en la comunidad de Corinto, el Apóstol sentenció: «Que este individuo sea entregado a Satanás, con el fin de que, aunque quede corporalmente destrozado, pueda salvarse en el día del Señor» (1 Co 5,5). (Hoy diríamos: que sea entregado a la justicia humana, para que su alma obtenga la salvación). La salvación del pecador, no su castigo, es lo que le importaba al Apóstol. Un día que predicaba al clero de una diócesis que había sufrido mucho por esta razón, me impactó un pensamiento. Estos hermanos nuestros han sido despojados de todo, ministerio, honra, libertad, y sólo Dios sabe con cuánta responsabilidad moral efectiva, en cada caso; han pasado a ser los últimos, los rechazados... Si en esta situación, tocados por la gracia, se afligen por el mal causado, unen su llanto al de la Iglesia, la bienaventuranza de los afligidos y de los que lloran pasa a ser de golpe su bienaventuranza. Podrían estar cerca de Cristo, que es el amigo de los últimos, más que muchos otros –incluido yo-, ricos de la propia respetabilidad y tal vez llevados, como los fariseos, a juzgar a quien yerra. Pero hay una cosa que estos hermanos deberían absolutamente evitar hacer y que alguno, lamentablemente, está intentando en cambio realizar: aprovechar el clamor para sacar beneficios hasta de la propia culpa, concediendo entrevistas, escribiendo memorias, en la tentativa de hacer recaer la culpa sobre los superiores y sobre la comunidad eclesial. Esto revelaría una dureza de corazón verdaderamente peligrosa.

5. Las lágrimas más bellas Concluyo aludiendo a un tipo de lágrimas distintas. Se puede llorar de dolor, pero también de conmoción y de alegría. Las lágrimas más bellas son las Benedicto XVI, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Irlanda, sábado, 28 de octubre de 2006. 36

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que nos llenan los ojos cuando, iluminados por el Espíritu Santo, «gustamos y vemos cuán bueno es el Señor» (Sal 34, 9). Cuando se está en este estado de gracia, sorprende que el mundo y nosotros mismos no caigamos de rodillas y no lloremos todo el tiempo de estupor y de conmoción. Lágrimas de este tipo debían correr por el rostro de Agustín cuando escribía en las Confesiones: «Cuánto nos has amado, oh Padre bueno, que no te has reservado a tu único Hijo, sino que lo has dado por todos nosotros. ¡Cuánto nos has amado!»37. Lágrimas como éstas vertió Pascal la noche en que tuvo la revelación del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob que se revela por las vías del evangelio, y en una hojita de papel (hallada cosida en el interior de su chaqueta tras su muerte) escribió: «¡Alegría, alegría, lágrimas de alegría!». Pienso que también las lágrimas con las que la pecadora empapó los pies de Jesús no eran lágrimas sólo de arrepentimiento, sino también de gratitud y de gozo. Si en el cielo se puede llorar, es de este llanto del que está lleno el paraíso. En Estambul, la antigua Constantinopla, donde el Santo Padre viajó días atrás, vivió en torno al año 1.000 San Simeón el Nuevo Teólogo, el santo de las lágrimas. Es el ejemplo más brillante en la historia de la espiritualidad cristiana de las lágrimas de arrepentimiento que se transforman en lágrimas de estupor y de silencio. «Lloraba –cuenta en una obra suya- y estaba en un gozo inexpresable» 38. Parafraseando la bienaventuranza de los afligidos, dice: «Bienaventurados los que siempre lloran amargamente sus pecados, porque les asirá la luz y transformará las lágrimas amargas en dulces»39. Que Dios nos conceda gustar, al menos una vez en la vida, estas lágrimas de conmoción y de alegría.

37

Agustín, Confessioni, X, 43.

38

Simeón, el Nuevo Teólogo, Ringraziamenti, 2 (SCh 113, p. 350).

39

Simeón, el Nuevo Teólogo, Trattati etici, 10 (SCh 129, p. 318).

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4. “BIENAVENTURADOS LOS QUE TENÉIS HAMBRE AHORA, PORQUE SERÉIS SACIADOS”

1. Historia y Espíritu La investigación sobre el Jesús histórico, hoy tan en auge –tanto la que hacen estudiosos creyentes como la radical de los no creyentes- esconde un grave peligro: el de inducir a creer que sólo lo que, por esta nueva vía, se pueda remontar al Jesús terreno es «auténtico», mientras que todo lo demás sería nohistórico y por lo tanto no «auténtico». Esto significaría limitar indebidamente sólo a la historia los medios que Dios tiene a disposición para revelarse. Significaría abandonar tácitamente la verdad de fe de la inspiración bíblica y por lo tanto el carácter revelado de las Escrituras. Parece que esta exigencia de no limitar únicamente a la historia la investigación sobre el Nuevo Testamento comienza a abrirse camino entre diversos estudiosos de la Biblia. En 2005 se celebró en Roma, en el Instituto Bíblico, una consulta sobre «Crítica canónica e interpretación teológica» («Canon Criticism and Theological Interpretation») con la participación de eminentes estudiosos del Nuevo Testamento. Aquella tenía el objetivo de promover este aspecto de la investigación bíblica que tiene en cuenta la dimensión canónica de las Escrituras, integrando la investigación histórica con la dimensión teológica. De todo ello deducimos que «palabra de Dios», y por lo tanto normativo para el creyente, no es el hipotético «núcleo originario» diversamente reconstruido por los historiadores, sino lo que está escrito en los evangelios. El resultado de las investigaciones históricas hay que tenerlo enormemente en cuenta porque es el que debe orientar a la comprensión también de los desarrollos posteriores de la tradición, pero la exclamación «¡Palabra de Dios!» seguiremos pronunciándola al término de la lectura del texto evangélico, no al término de la lectura del último libro sobre el Jesús histórico. Las dos lecturas, la histórica y la de fe, tienen entre sí un importante punto de encuentro. «Un evento es histórico –escribió un eminente estudioso del Nuevo Testamento- cuando asoman en él dos requisitos: ha "sucedido" y además ha asumido una relevancia significativa determinante para las personas que 32


estuvieron involucradas en él y establecieron su narración»40. Existen infinitos hechos realmente ocurridos que, en cambio, no pensamos en definir «históricos», porque no han dejado huella alguna en la historia, no han suscitado ningún interés, ni han hecho nacer nada nuevo. «Histórico» no es por lo tanto el descarnado hecho de crónica, sino el hecho más el significado de él. En este sentido, los evangelios son «históricos» no sólo por lo que refieren verdaderamente ocurrido, sino por el significado de los hechos que sacan a la luz bajo la inspiración del Espíritu Santo. Los evangelistas y la comunidad apostólica antes que ellos, con sus añadidos y subrayados diversos, no hicieron sino evidenciar los diferentes significados o implicaciones de un determinado dicho o hecho de Jesús. Juan se preocupa de hacer que se explique anticipadamente por Jesús mismo este hecho cuando le atribuye las palabras: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16,12-13). Estas observaciones nos resultan de particular utilidad cuando se trata del uso que hay que hacer de las bienaventuranzas evangélicas. Es bien sabido que las bienaventuranzas nos han llegado en dos versiones distintas. Mateo tiene ocho bienaventuranzas; Lucas sólo cuatro, seguidas, en cambio, de otros tantos «ay» contrarios. En Mateo el discurso es indirecto: «bienaventurados los pobres», «bienaventurados los que tienen hambre»; en Lucas el discurso es directo: «bienaventurados vosotros, los pobres», «bienaventurados los que tenéis hambre»; Lucas dice «pobres» y «hambrientos», Mateo pobres «de espíritu» y hambrientos «de justicia» Después de toda la labor crítica realizada para distinguir lo que, en las bienaventuranzas, se remonta al Jesús histórico y lo que es propio de Mateo y de Lucas,41 la tarea del creyente de hoy no es la de elegir como auténtica una de las dos versiones y dejar de lado la otra. Se trata más bien de recoger el mensaje contenido en una y otra versión evangélica y –según los casos y las necesidades de hoy- valorar, cada vez, una u otra perspectiva, como hizo cada uno de los dos evangelistas en su tiempo.

2. Quiénes son los hambrientos y quiénes los saciados Siguiendo este principio, reflexionamos hoy sobre la bienaventuranza de los hambrientos, partiendo de la versión de Lucas: «Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados». Veremos, en un segundo 40

D. H. Dodd, Storia ed Evangelo, Brescia 1976, p.23.

41

Cf. J. Dupont, Le beatitudini, 2 Voll. Edizioni Paoline 1992 (ed. originale Parigi 1969).

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momento, que la versión de Mateo, que habla de «hambre de justicia», no se opone a la de Lucas, sino que la confirma y refuerza. Los que tienen hambre, en la bienaventuranza de Lucas, no constituyen una categoría diferente de los pobres mencionados en la primera bienaventuranza. Son los mismos pobres considerados en el aspecto más dramático de su condición, la falta de alimento. Paralelamente, los «saciados» son los ricos que en su prosperidad pueden satisfacer no sólo la necesidad, sino también la voluntad al comer. Es el propio Jesús quien se preocupó de explicar quiénes son los saciados y quiénes los que tienen hambre. Lo hizo con la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). También ésta considera pobreza y riqueza bajo la perspectiva de la falta o sobreabundancia de alimento: el rico «celebraba todos los días espléndidas fiestas»; el pobre «deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico». La parábola sin embargo no explica sólo quiénes son los hambrientos y quiénes los saciados, sino también, y sobre todo, por qué los primeros son declarados bienaventurados y los segundos desventurados: «Un día el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado... en el infierno entre tormentos» La riqueza y la saciedad tienden a encerrar al hombre en un horizonte terreno porque «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Lc 12, 34); agravan el corazón con la disipación y la ebriedad, sofocando la semilla de la palabra (Cf. Lc 21, 34); hacen olvidar al rico que la noche siguiente podrían pedírsele cuentas de su vida (Lc 16,19-31); hacen la entrada en el Reino «más difícil que para un camello pasar por el ojo de una aguja» (Lc 18, 25). El rico epulón y los demás ricos del evangelio no son condenados por el simple hecho de ser ricos, sino por el uso que hacen, o no, de su riqueza. En la parábola del rico epulón Jesús da a entender que habría, para el rico, un camino de salida, el de acordarse de Lázaro a su puerta y compartir con él su opulenta comida. El remedio, en otras palabras, es hacerse «amigos de los pobres con las riquezas» (Lc 16, 9); el administrador infiel es elogiado por haber hecho esto, si bien en un contexto equivocado (Lc 16, 1-8). Pero la saciedad confunde el espíritu y hace extremadamente difícil ir por esta vía; la historia de Zaqueo muestra cómo es posible, pero también lo raro que es. De ahí el porqué del «ay» dirigido a los ricos y a los saciados; un «¡ay!», en cambio, que es más un «¡atentos!» que un «¡malditos!».

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3. A los hambrientos colmó de bienes Desde este punto de vista, el mejor comentario a la bienaventuranza de los pobres y de los que tienen hambre es lo que dice María en el Magnificat. «Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada» (Lc 1, 51-53). Con una serie de poderosos verbos, María describe un vuelco y un cambio radical de partes entre los hombres: «Derribó – exaltó; colmó – despidió sin nada». Algo, por lo tanto, ya sucedido o que sucede habitualmente en la acción de Dios. Contemplando la historia no parece que haya habido una revolución social por la que los ricos, de golpe, hayan empobrecido y los hambrientos hayan sido saciados de alimento. Si por lo tanto lo que se esperaba era un cambio social y visible, ha habido un desmentido total por parte de la historia. El vuelco ha sucedido, ¡pero en la fe! Se ha manifestado el reino de Dios y esto ha provocado una silenciosa, pero radical revolución. El rico aparece como un hombre que ha ahorrado una ingente suma de dinero; por la noche ha habido un golpe de Estado con una devaluación del cien por cien; por la mañana el rico se levanta, pero no sabe que es un pobre miserable. Los pobres y los hambrientos, al contrario, están en ventaja, porque están más dispuestos a acoger la nueva realidad, no temen el cambio; tienen el corazón preparado. Santiago, dirigiéndose a los ricos, decía: «Llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida» (St 5, 1-2). También aquí, nada testifica que en tiempos de Santiago los bienes de los ricos se pudrieran en los graneros. El apóstol quiere decir que ha ocurrido algo que les ha hecho perder todo valor real; se ha revelado una nueva riqueza. «Dios –escribe también Santiago- ha escogido a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino» (St 2, 5). Más que «una incitación a derribar a los potentados de sus tronos para exaltar a los humildes», como a veces se ha escrito, el Magnificat es una saludable advertencia dirigida a los ricos y a los poderosos acerca del tremendo peligro que corren, exactamente como el «ay» de Jesús y la parábola del rico epulón.

4. Una parábola actual Una reflexión sobre la bienaventuranza de los que tienen hambre y de los saciados no puede contentarse con explicar su significado exegético; debe 35


ayudarnos a leer con ojos evangélicos la situación en marcha a nuestro alrededor y a actuar en ella en el sentido indicado por la bienaventuranza. La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro se repite hoy, entre nosotros, a escala mundial. Ambos personajes incluso representan los dos hemisferios: el rico epulón el hemisferio norte (Europa occidental, América, Japón); el pobre Lázaro es, con pocas excepciones, el hemisferio sur. Dos personajes, dos mundos: el primer mundo y el «tercer mundo». Dos mundos de desigual tamaño: el que llamamos «tercer mundo» representa en realidad «dos tercios del mundo» (se está afirmando el uso de llamarlo precisamente así: no «tercer mundo», third world , sino «dos tercios del mundo», two-third world). Hay quien ha comparado la tierra a una astronave en vuelo por el cosmos, en la que uno de los tres astronautas a bordo consume el 85% de los recursos presentes y brega por acaparar también el restante 15%. El desperdicio es habitual en los países ricos. Hace años una investigación realizada por el Ministerio de Agricultura americano calculó que de 161 mil millones de kilos de productos alimentarios, 43 mil millones, esto es, cerca de la cuarta parte, acaban en la basura. De este alimento desechado, se podrían recuperar fácilmente, si se quisiera, cerca de 2 mil millones de kilos, una cantidad suficiente para alimentar durante un año a cuatro millones de personas. El mayor pecado contra los pobres y los hambrientos es tal vez la indiferencia, fingir no ver, «dar un rodeo (Cf. Lc 10, 31). Ignorar las inmensas muchedumbres de mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor –escribía Juan Pablo II en la encíclica "Sollicitudo rei socialis" - «significaría parecernos al rico epulón que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta» 42. Tendemos a poner, entre nosotros y los pobres, un doble cristal. El efecto del doble cristal, hoy tan aprovechado, es que impide el paso del frío y del ruido, diluye todo, hace llegar todo amortiguado, atenuado. Y de hecho vemos a los pobres moverse, agitarse, gritar tras la pantalla de la televisión, en las páginas de los periódicos y de las revistas misioneras, pero su grito nos llega como de muy lejos. No llega al corazón, o llega ahí sólo por un momento. Lo primero que hay que hacer, respecto a los pobres, es por lo tanto romper el «doble cristal», superar la indiferencia, la insensibilidad, echar abajo las barreras y dejarse invadir por una sana inquietud a causa de la espantosa miseria que hay en el mundo. Estamos llamados a compartir el suspiro de Cristo: «Siento compasión por esta gente que no tiene nada qué comer»: mi sereor super turba (Cf. Mc 8, 2). Cuando se tiene ocasión de ver con los propios ojos qué es la miseria y el hambre, visitando las aldeas o las periferias de las 42

Giovanni Paolo II, Enc. "Sollicitudo rei socialis", n. 42.

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grandes ciudades en ciertos países africanos (a mí me ha sucedido hace algunos meses en Ruanda), la compasión deja sin palabras. Eliminar o reducir el injusto y escandaloso abismo que existe entre los saciados y los hambrientos del mundo es la tarea más urgente y más ingente que la humanidad ha llevado consigo sin resolver al entrar en el nuevo milenio. Una tarea en la que sobre todo las religiones deberían distinguirse y hallarse unidas más allá de toda rivalidad. Una empresa de esta envergadura no puede promoverla ningún líder o poder político, condicionado como está por los intereses de la propia nación y frecuentemente por poderes económicos fuertes. El Santo Padre Benedicto XVI ha dado ejemplo de ello con el fuerte llamamiento, dirigido el pasado enero, al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, como hizo también el año pasado en la misma ocasión: «Entre las cuestiones esenciales, ¿cómo no pensar en los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda? El escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo» 43.

5. «Bienaventurados los que tienen hambre de justicia» Decía al principio que las dos versiones de la bienaventuranzas de los hambrientos, la de Lucas y la de Mateo, no se presentan alternativamente, sino que se integran recíprocamente. Mateo no habla de hambre material, sino de hambre y sed de «justicia». De estas palabras se han dado dos interpretaciones fundamentales. Una, en línea con la teología luterana, interpreta la bienaventuranza de Mateo a la luz de lo que dirá San Pablo sobre la justificación mediante la fe. Tener hambre y sed de justicia significa tomar conciencia de la propia necesidad de justicia y de la incapacidad para procurársela solos con las obras y por lo tanto esperarla humildemente de Dios. La otra interpretación ve en la justicia «no la que Dios mismo pone por obra o la que Él concede, sino la que Él reclama al hombre»44, en otras palabras, las obras de justicia. A la luz de esta interpretación, con mucho la más común y exegéticamente más fundada, el hambre material de Lucas y el hambre espiritual de Mateo ya no carecen de relación entre sí. Estar de lado de los hambrientos y de los pobres entra en las obras de justicia y será, más aún, según Mateo, el criterio según el cual ocurrirá al final la separación entre justos e injustos (Cf. Mt 25).

Discours du pape Benoît XVI pour les vœux au corps diplomatique accrédité près le saint- siège, Lundi 8 janvier 2007. 43

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Cf. Dupont, II, pp. 554 ss.

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Toda la justicia que Dios pide del hombre se resume en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Cf. Mt 22, 40). Es el amor al prójimo por lo tanto el que debe impulsar a los hambrientos de justicia a preocuparse de los hambrientos de pan. Y éste es el gran principio a través del cual el Evangelio actúa en el ámbito social. En cuanto a este punto, lo había percibido adecuadamente la teología liberal: «En ninguna parte del Evangelio –escribe uno de sus más ilustres representantes, Adolph von Harnack- encontramos que enseñe a mantenernos indiferentes ante los hermanos. La indiferencia evangélica (no preocuparse del alimento, del vestido, del mañana) expresa más que nada lo que cada alma debe sentir ante el mundo, sus bienes y sus lisonjas. Cuando se trata, en cambio, del prójimo, el Evangelio no quiere ni oír hablar de indiferencia, sino que impone amor y piedad. Además, el Evangelio considera absolutamente inseparables las necesidades espirituales y temporales de los hermanos» 45. El Evangelio no incita a los hambrientos a hacerse solos justicia, a alzarse, también porque en tiempos de Jesús –a diferencia de hoy- aquellos no tenían instrumento alguno, ni teórico ni práctico, para hacerlo; no les pide el inútil sacrificio de ir a dejarse matar detrás de algún agitador celote o cualquier Espartaco local. Jesús actúa sobre la parte fuerte, no sobre la parte débil; afronta, Él, la ira y el sarcasmo de los ricos con sus «ay»( Lc 16, 14), no deja que sean las víctimas las que lo hagan. Buscar a toda costa, en el Evangelio, modelos o invitaciones explícitas dirigidas a los pobres y a los hambrientos par que se empleen en cambiar solos la propia situación es vano y anacrónico, y hace perder de vista la verdadera contribución que él puede dar a su causa. En esto tiene razón Rudolph Bultmann cuando escribe que «el cristianismo ignora cualquier programa de transformación del mundo y no tiene propuestas que presentar para la reforma de las condiciones políticas y sociales» 46, si bien su afirmación necesitaría alguna distinción. El de las bienaventuranzas no es el único modo de afrontar el problema de la riqueza y pobreza, hambre y saciedad; hay otros, hechos posibles por el progreso de la conciencia social, a los cuales justamente los cristianos dan su apoyo y la Iglesia, con su Doctrina Social, su propio discernimiento. El gran mensaje de las bienaventuranzas es que, independientemente de lo que hagan o no por ellos los ricos y saciados, incluso así, en el estado actual, la

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A. von Harnack, Il cristianesimo e la società, Mendrisio 1911, pp. 12 ss.

R. Bultmann, Il cristianesimo primitivo, Milano 1964, p. 203 (Titolo orig. Das Urchristentum im Rahmen der antiken Religionen). 46

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situación de los pobres y de los hambrientos por la justicia es preferible a la de los primeros. Existen planos y aspectos de la realidad que no se perciben a simple vista, sino sólo con la ayuda de una luz especial, rayos infrarrojos o ultravioletas. Se usa ampliamente en las fotografías de satélite. La imagen obtenida con esta luz es muy distinta y sorprendente para quien está acostumbrado a ver el mismo panorama a la luz natural. Las bienaventuranzas son una especia de rayos infrarrojos: nos ofrecen una imagen distinta de la realidad, la única verdadera, porque muestra lo que al final quedará, cuando haya pasado «el esquema de este mundo».

6. Eucaristía y compartir Jesús nos ha dejado una antítesis perfecta del banquete del rico epulón, la Eucaristía. Esta es la celebración diaria del gran banquete al que el señor invita a «pobres y lisiados, y ciegos y cojos» (Lc 14, 15-24), esto es, a todo los pobres Lázaros que hay alrededor. En ella se realiza la perfecta «comensalidad»: la misma comida y la misma bebida, y en la misma cantidad, para todos, para quien preside como para el último que ha llegado a la comunidad, para el riquísimo como para el paupérrimo. El vínculo entre el pan material y el espiritual era bien visible en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando la cena del Señor, llamada agape, tenía lugar en el marco de una comida fraterna, en la que se compartía tanto el pan común como el eucarístico. A los corintios que habían errado sobre este punto, San Pablo escribía: «Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga» (1 Co 11, 20-22). Acusación gravísima; es como decir: ¡la vuestra ya no es una Eucaristía! Hoy la Eucaristía ya no se celebra en el contexto de una comida común, pero el contraste entre quien tiene lo superfluo y quien no tiene lo necesario ha adquirido dimensiones planetarias. Si proyectamos la situación descrita por Pablo de la Iglesia local de Corinto a la Iglesia universal, nos damos cuenta con pesar de que es lo que –objetivamente, si bien no siempre culpablementesucede también en la actualidad. Entre millones de cristianos que, en los distintos continentes, participan en la Misa dominical, hay algunos que, de regreso a casa, tienen a disposición todo bien, y otros que no tienen nada que dar de comer a sus propios hijos. La reciente exhortación post-sinodal sobre la Eucaristía recuerda con fuerza: «El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones 39


indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor»47. El 0,8% [porcentaje de asignación tributaria del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas en Italia. Ndt] mejor gastado es el que se destina a la Iglesia con este objetivo, sosteniendo las diversas «Caritas» nacionales y diocesanas, las mesas de los pobres, iniciativas para la alimentación en los países en vías de desarrollo. Uno de los signos de vitalidad de nuestras comunidades religiosas tradicionales son las mesas de los pobres que existen en casi todas las ciudades, en las que se distribuyen miles de comidas al día en un clima de respeto y de acogida. Es una gota en un océano, pero también el océano, decía la Madre Teresa de Calcuta, está hecho de muchas pequeñas gotas. Me gustaría concluir con la oración que rezamos a diario, antes de la comida, en mi comunidad: «Bendice, Señor, este alimento que por tu bondad vamos a tomar, ayúdanos a proveer de él también a quienes no lo tienen y haznos partícipes un día de tu mesa celestial. Por Cristo Nuestro Señor».

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«Sacramentum caritatis» , n.90.

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5. “BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS PORQUE ELLOS ALCANZARÁN MISERICORDIA”

1. La misericordia de Cristo La bienaventuranza sobre la que deseamos reflexionar en esta última meditación cuaresmal es la quinta, según el orden de Mateo: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia». Partiendo, como siempre, de la afirmación de que las bienaventuranza son el autorretrato de Cristo, también esta vez nos planteamos enseguida la pregunta: ¿cómo vivió Jesús la misericordia? ¿Qué nos dice su vida sobre esta bienaventuranza? En la Biblia, la palabra misericordia se presenta con dos significados fundamentales: el primero indica la actitud de la parte más fuerte (en la alianza, Dios mismo) hacia la parte más débil y se expresa habitualmente en el perdón de las infidelidades y de las culpas; el segundo indica la actitud hacia la necesidad del otro y se expresa en las llamadas obras de misericordia. (En este segundo sentido el término se repite con frecuencia en el libro de Tobías). Existe, por así decirlo, una misericordia del corazón y una misericordia de las manos. En la vida de Jesús resplandecen las dos formas. Él refleja la misericordia de Dios hacia los pecadores, pero se conmueve también de todos los sufrimientos y necesidades humanas, interviene para dar de comer a la multitud, curar a los enfermos, liberar a los oprimidos. De Él el evangelista dice: «Tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). En nuestra bienaventuranza el sentido que prevalece es ciertamente el primero, el del perdón y de la remisión de los pecados. Lo deducimos por la correspondencia entre la bienaventuranza y su recompensa: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia», se entiende ante Dios, que perdonará sus pecados. La frase: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso», se explica inmediatamente con «perdonad y seréis perdonados» (Lc 6, 36-37).

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Es conocida la acogida que Jesús reserva a los pecadores en el Evangelio y la oposición que ello le procuró por parte de los defensores de la ley, quienes le acusaban de ser «un comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (Lc 7, 34). Uno de los dichos históricamente mejor atestiguados de Jesús es: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2, 17). Sintiéndose por Él acogidos y no juzgados, los pecadores le escuchaban gustosamente. Pero ¿quiénes eran los pecadores? ¿A quién se indicaba con este término? En línea con la tendencia actualmente difundida de disculpar del todo a los fariseos del Evangelio, atribuyendo la imagen negativa a forzamientos posteriores de los evangelistas, alguien ha sostenido que con este término se comprenden «los transgresores deliberados e impenitentes de la ley»48; en otras palabras, los delincuentes comunes y los fuera de la ley del tiempo. Si así fuera, los adversarios de Jesús efectivamente tenían razón en escandalizarse y considerarle persona irresponsable y socialmente peligrosa. Sería como si hoy un sacerdote frecuentara habitualmente a mafiosos, camorristas y criminales en general, y aceptara sus invitaciones a comer con el pretexto de hablarles de Dios. En realidad las cosas no son así. Los fariseos tenían una visión propia de la ley y de lo que es conforme o contrario a ella, y consideraban réprobos a todos aquellos que no eran conformes a su praxis. Jesús no niega que exista el pecado y que haya pecadores; no justifica los fraudes de Zaqueo o el adulterio de una mujer. El hecho de llamarles «enfermos» lo demuestra. Lo que Jesús condena es establecer por uno mismo cuál es la verdadera justicia y considerar a todos los demás «ladrones, injustos y adúlteros», negándoles hasta la posibilidad de cambiar. Es significativo el modo en que Lucas introduce la parábola del fariseo y del publicano: «Dijo entonces a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola» (Lc 18, 9). Jesús era más severo hacia quieres, despectivos, condenaban a los pecadores, que hacia los pecadores mismos49 .

2. Un Dios que se complace en tener misericordia Jesús justifica su conducta hacia los pecadores diciendo que así actúa el Padre celestial. A sus detractores les recuerda la palabra de Dios en los profetas: «Misericordia quiero, y no sacrificios» (Mt 9, 13). La misericordia hacia la infidelidad del pueblo, la hesed, es el rasgo más sobresaliente del Dios de la Alianza y llena la Biblia de un extremo a otro. Un Salmo lo repite en forma de Cf. E.P. Sanders, Jesus and Judaism, London 1985, p. 385 (Trad. ital. Gesù e il giudaismo, Genova 1992). 48

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Cf. J.D.G. Dunn, Gli albori del cristianesimo, I, 2, Brescia 2006, pp.567-572.

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letanía, explicando con ella todos los eventos de la historia de Israel: «Porque eterna es su misericordia» (Sal 136). Ser misericordiosos se presenta así como un aspecto esencial del ser «a imagen y semejanza de Dios». «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36) es una paráfrasis del famoso: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19, 2). Pero lo más sorprendente, acerca de la misericordia de Dios, es que Él experimenta alegría en tener misericordia. Jesús concluye la parábola de la oveja perdida diciendo: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). La mujer que encontró la dracma perdida grita a sus amigas: «Alegraos conmigo». En la parábola del hijo pródigo además la alegría desborda y se convierte en fiesta, banquete. No se trata de un tema aislado, sino profundamente enraizado en la Biblia. En Ezequiel Dios dice: «Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino (¡me complazco!) en que el malvado se convierta de su conducta y viva» (Ez 33,11). Miqueas dice que Dios «se complace en tener misericordia» (Mi 7,18), esto es, experimenta gozo al hacerlo. ¿Pero por qué –surge la cuestión- una oveja debe contar, en la balanza, igual que todas las demás juntas, e importar más precisamente porque se ha escapado y ha creado más problemas? Una explicación convincente la he encontrado en el poeta Charles Péguy. Extraviándose, aquella oveja, igual que el hijo menor, hizo temblar el corazón de Dios. Dios temió perderla para siempre, verse obligado a condenarla y privarse de ella eternamente. Este miedo hizo brotar la esperanza en Dios y la esperanza, una vez realizada, provocó la alegría y la fiesta. «Toda penitencia del hombre es la coronación de una esperanza de Dios» 50. Es un lenguaje figurado, como todo lo que hablamos de Dios, pero contiene una verdad. En los hombres la condición que hace posible la esperanza es el hecho de que no conocemos el futuro y por ello lo esperamos; en Dios, que conoce el futuro, la condición es que no quiere (y, en cierto sentido, no puede) realizar lo que desea sin nuestro permiso. La libertad humana explica la existencia de la esperanza en Dios. ¿Qué decir entonces de las noventa y nueve ovejas juiciosas y del hijo mayor? ¿No existe ninguna alegría en el cielo por ellos? ¿Vale la pena vivir toda la vida como buenos cristianos? Recordemos qué responde el Padre al hijo Ch. Péguy, Il portico del mistero della seconda virtù, in Oeuvres poétiques complètes, Gallimard, Parigi 1975, pp. 571 ss. 50

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mayor: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo» (Lc 15, 31). El error del hijo mayor está en considerar que haberse quedado siempre en casa y haber compartido todo con el Padre no es un privilegio inmenso, sino un mérito; se comporta como mercenario más que como hijo. (Esto debería ser una alerta para todos nosotros, que, por estado de vida, ¡nos encontramos en la misma situación que el hijo mayor!). Sobre este punto la realidad ha sido mejor que la parábola misma. En la realidad, el hijo mayor –el Primogénito del Padre, el Verbo-, no se quedó en la casa paterna; Él se fue a «una región lejana» a buscar al hijo menor, esto es, la humanidad caída; ha sido Él quien le ha reconducido a casa, quien le ha procurado vestidos nuevos y le ha preparado un banquete al que puede sentarse en cada Eucaristía. En una novela suya, Dostoiewski describe una escena que tiene todo el ambiente de una imagen real. Una mujer del pueblo tiene en brazos a su niño de pocas semanas, cuando éste –por primera vez, dice ella- le sonríe. Compungida, se hace el signo de la cruz y a quien le pregunta el por qué de ese gesto le responde: «De igual manera que una madre es feliz cuando nota la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador se arrodilla y le dirige una oración con todo el corazón»51.

3. Nuestra misericordia, ¿causa o efecto de la misericordia de Dios? Jesús dice «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» y en el Padre Nuestro nos hace orar: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Dice también: «Si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6, 15). Estas frases podrían llevar a pensar que la misericordia de Dios hacia nosotros es un efecto de nuestra misericordia hacia los demás, y que es proporcional a ella. Si así fuera en cambio estaría completamente del revés la relación entre gracia y buenas obras, y se destruiría el carácter de pura gratuidad de la misericordia divina solemnemente proclamado por Dios ante Moisés: «Realizaré gracia a quien quiera hacer gracia y tendré misericordia de quien quiera tener misericordia» (Ex 33,19). La parábola de los dos siervos (Mt 18, 23 ss,) es la clave para interpretar correctamente la relación. En ella se ve cómo es el señor quien, en primer lugar, sin condiciones, perdona una deuda enorme al siervo (¡diez mil talentos!) y que es precisamente su generosidad la que debería haber impulsado al siervo a tener piedad de quien le debía la mísera suma de cien denarios. 51

F. Dostoevskij, L'Idiota, Milano 1983, p. 272.

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Debemos, entonces, tener misericordia porque hemos recibido misericordia, no para recibir misericordia; pero hay que tener misericordia, si no la misericordia de Dios no tendrá efecto en nosotros y nos será retirada, como el señor de la parábola la retiró al siervo despiadado. La gracia «previene» siempre y es ella la que crea el deber: «Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros», escribe San Pablo a los Colosenses (Col 3, 13). Si, en la bienaventuranza, la misericordia de Dios hacia nosotros parece tener el efecto de nuestra misericordia hacia los hermanos, es porque Jesús se sitúa aquí en la perspectiva del juicio final («alcanzarán misericordia», ¡en futuro!). «Tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia se siente superior al juicio» (St 2, 13).

4. Experimentar la misericordia divina Si la misericordia divina está en el inicio de todo y es ella la que exige y hace posible la misericordia de los unos con los otros, entonces lo más importante para nosotros es tener una experiencia renovada de la misericordia de Dios. Nos estamos acercando a la Pascua y esta es la experiencia pascual por excelencia. El escritor Franz Kafka tiene una novela titulada «El Proceso». En ella se habla de un hombre que un día, sin que nadie sepa por qué, es declarado en detención, si bien continúa con su vida acostumbrada y su trabajo de modesto empleado. Empieza una extenuante búsqueda para conocer los motivos, el tribunal, las imputaciones, los procedimientos. Pero nadie sabe decirle nada; sólo que existe verdaderamente un proceso en su contra. Hasta que un día vengan a llevárselo para la ejecución de la sentencia. En el curso del suceso se va conociendo que habría, para este hombre, tres posibilidades: la absolución auténtica, la absolución aparente y el aplazamiento. La absolución aparente y el aplazamiento, sin embargo, no resolverían nada; servirían sólo para mantener al imputado en una incertidumbre mortal para toda la vida. En la absolución auténtica, en cambio, «las actas procesales deben ser completamente suprimidas, desaparecen del todo del proceso, no sólo la acusación, sino también el proceso y hasta la sentencia se destruyen, todo es destruido». Pero de estas absoluciones auténticas, tan suspiradas, no se sabe que haya habido jamás ninguna; hay sólo rumores al respecto, nada más que «bellísimas leyendas». La obra concluye así, como todas las del autor: algo que se entrevé de

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lejos, se persigue con afán como en una pesadilla nocturna, pero sin posibilidad alguna de alcanzarlo52 . En Pascua la liturgia de la Iglesia nos transmite la increíble noticia de que la absolución auténtica existe para el hombre, no es sólo una leyenda, algo bellísimo pero inalcanzable. Jesús ha destruido «la nota de cargo que había contra nosotros; y la suprimió clavándola en la cruz» (Col 2, 14). Ha destruido todo. «Ninguna condenación pesa ya para los que están en Cristo Jesús» (Rm 8, 1). ¡Ninguna condenación! ¡De ningún tipo! ¡Para los que creen en Cristo Jesús! En Jerusalén había una piscina milagrosa y el primero que se arrojaba dentro, cuando las aguas se agitaban, se sanaba (v. Jn 5, 2 ss.). En cambio la realidad, también aquí, es infinitamente mayor que el símbolo. De la cruz de Cristo ha brotado la fuente de agua y sangre, y no uno solo, sino todos los que se arrojen dentro salen curados. Después del bautismo, esta piscina milagrosa es el sacramento de la Reconciliación, y esta última meditación desearía servir precisamente como preparación a una buena confesión pascual. Una confesión «fuera de serie», o sea, distinta a las acostumbradas, en la que permitamos de verdad al Paráclito «convencernos de pecado». Podríamos tomar como espejo las bienaventuranzas meditadas en Cuaresma, comenzando ahora y repitiendo juntos la expresión tan antigua y tan bella: ¡Kyrie eleison!, ¡Señor, ten piedad! «Bienaventurados los puros de corazón»: Señor, reconozco toda la impureza y la hipocresía que hay en mi corazón; tal vez, la doble vida que llevo ante Ti y los demás. ¡Kyrie eleison! «Bienaventurados los mansos»: Señor, te pido perdón por la impaciencia y la violencia oculta que existe dentro de mí, por los juicios temerarios, el sufrimiento que he provocado a las personas a mi alrededor... ¡Kyrie eleison! «Bienaventurados los que tienen hambre»: Señor, perdona mi indiferencia hacia los pobres y los hambrientos, mi continua búsqueda de comodidad, mi estilo de vida aburguesada... ¡Kyrie eleison! «Bienaventurados los misericordiosos»: Señor, frecuentemente he pedido y he recibido a la ligera tu misericordia, ¡sin darme cuenta de a qué precio me la has procurado! A menudo he sido el siervo perdonado que no sabe perdonar: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! Hay una gracia especial cuando no es sólo el individuo, sino toda la comunidad la que se pone ante Dios en esta actitud penitencial. De una 52

F. Kafka, Il processo, Garzanti, Milano 1993, pp. 129 ss.

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experiencia profunda de la misericordia de Dios se sale renovados y llenos de esperanza: «Dios, rico de misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo» (Ef 2, 4-5).

5. Una Iglesia «rica en misericordia» En su mensaje para la Cuaresma de este año, el Santo Padre escribe: «Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que también nosotros cada día debemos "volver a dar" al prójimo». Así es la misericordia, la forma que el amor de Dios toma ante el hombre pecador: tras haber tenido esta experiencia, debemos, a nuestra vez, mostrarla con los hermanos. Ello tanto en el nivel de la comunidad eclesial como en el nivel personal. Predicando los ejercicios espirituales a la Curia Romana desde esta misma mesa en el Año Jubilar 2000, el cardenal François Xavier Nguyên Van Thuân, aludiendo al rito de apertura de la Puerta Santa, dijo en una meditación: «Sueño una Iglesia que sea una "Puerta Santa", abierta, que abrace a todos, que esté llena de compasión y comprensión por todos los sufrimientos de la humanidad, tendida a consolarla»53]. La Iglesia del Dios «rico en misericordia», dives in misericordia , no puede no ser ella misma dives in misericordia. De la actitud de Cristo hacia los pecadores examinada antes deducimos algunos criterios. Él no hace trivial el pecado, pero encuentra el modo de no alejar jamás a los pecadores, sino más bien de atraerlos hacia sí. No ve en ellos sólo lo que son, sino aquello en lo que se pueden convertir si son tocados por la misericordia divina en lo profundo de su miseria y desesperación. No espera a que acudan a Él; frecuentemente es Él quien va a buscarles. Actualmente los exégetas están bastante de acuerdo en admitir que Jesús no tenía una actitud hostil hacia la ley mosaica, que Él mismo observaba escrupulosamente. Lo que le situaba en oposición con la élite religiosa de su tiempo era una cierta manera rígida y a veces inhumana en que interpretaban la ley. «El sábado es para el hombre -decía-, no el hombre para el sábado» (Mc 2,27), y lo que dice del descanso sabático, una de las leyes más sagradas en Israel, vale para cualquier otra ley. Jesús es firme y riguroso en los principios, pero sabe cuándo un principio debe ceder paso a un principio superior que es el de la misericordia de Dios y la salvación del hombre. Cómo estos criterios que se desprenden de la actitud de Cristo pueden aplicarse concretamente a los problemas nuevos que se 53

F.X. Van Thuan, Testimoni della speranza, Città Nuova, Roma 2000, p.58.

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presentan en la sociedad, depende de la paciente búsqueda y en definitiva del discernimiento del Magisterio. También en la vida de la Iglesia, como en la de Jesús, deben resplandecer juntas la misericordia de las manos y la del corazón, tanto las obras de misericordia como las «entrañas de misericordia».

6. «Revestíos de entrañas de misericordia» La última palabra a propósito de cada bienaventuranza debe ser siempre la que afecta personalmente e impulsa a cada uno de nosotros a la conversión y a la práctica. San Pablo exhortaba a los Colosenses con estas palabras: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3, 12-13). «Los seres humanos –decía San Agustín- somos como vasos de arcilla, que solo con rozarse, se hacen daño (lutea vasa quae faciunt invicem angustias)» 54. No se puede vivir en armonía, en la familia y en cualquier otro tipo de comunidad, sin la práctica del perdón y de la misericordia recíproca. Misericordia es una palabra compuesta por misereo y cor; significa conmoverse en el propio corazón del sufrimiento o el error del hermano. Es así que Dios explica su misericordia frente a las desviaciones del pueblo: «Mi corazón está en mí conmovido, y a la vez se estremecen mis entrañas» (Os 11,8). Se trata de reaccionar con el perdón y, hasta donde es posible, con la excusa, no con la condena. Cuando se trata de nosotros, vale el dicho: «Quien se excusa, Dios lo acusa; quien se acusa, Dios lo excusa»; cuando se trata de los demás ocurre lo contrario: «Quien excusa al hermano, Dios lo excusa a él; quien acusa al hermano, Dios lo acusa a él». El perdón es para una comunidad lo que es el aceite para el motor. Si uno sale en coche sin una gota de aceite en el motor, en pocos kilómetros todo se incendiará. Como el aceite, también el perdón resuelve las fricciones. Hay un Salmo que canta el gozo de vivir juntos como hermanos reconciliados; dice esto: «es como ungüento fino en la cabeza», que baja por la barba de Aarón, hasta la orla de sus vestiduras (v. Sal 133). Nuestro Aarón, nuestro Sumo sacerdote, dirían los Padres de la Iglesia, es Cristo; la misericordia y el perdón es el ungüento que desciende de esta «cabeza» elevada en la cruz y se extiende a lo largo del cuerpo de la Iglesia hasta la orla de sus vestidos, hasta aquellos que viven en sus orillas. Donde se

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S. Agostino, Sermoni, 69, 1 (PL 38, 440)

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vive así, en el perdón y en la misericordia recíproca, «el Señor da su bendición y la vida para siempre». Procuremos identificar, en nuestras relaciones con los demás, la que parezca más necesitada de recibir el ungüento de la misericordia y de la reconciliación, y volquémoslo silenciosamente, con abundancia, por la Pascua. Unámonos a nuestros hermanos ortodoxos, que en Pascua no se cansan de cantar: «¡Es el día de la Resurrección! Irradiamos gozo por la fiesta, abracémonos todos. Digamos hermano también a quien nos odia, perdonemos todo por amor a la Resurrección»55.

Stichirà di Pasqua, testi citati in G. GHARIB, Le icone festive della Chiesa Ortodossa, Milano 1985, pp. 174-182. 55

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6. “BIENAVENTURADOS LOS PUROS DE CORAZÓN PORQUE VERÁN A DIOS”

1. De la pureza ritual a la pureza de corazón Continuando con nuestra reflexión sobre las bienaventuranzas evangélicas iniciada en Adviento, en esta primera meditación de Cuaresma queremos reflexionar sobre la bienaventuranza de los limpios de corazón. Cualquiera que lee u oye proclamar hoy: «Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios», piensa instintivamente en la virtud de la pureza, casi la bienaventuranza es el equivalente positivo e interiorizado del sexto mandamiento: «No cometerás actos impuros». Esta interpretación, planteada esporádicamente en el curso de la historia de la espiritualidad cristiana, se hizo predominante a partir del siglo XIX. En realidad, la pureza de corazón no indica, en el pensamiento de Cristo, una virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar todas las virtudes, a fin de que ellas sean de verdad virtudes y no en cambio «espléndidos vicios». Su contrario más directo no es la impureza, sino la hipocresía. Un poco de exégesis y de historia nos ayudarán a comprenderlo mejor. Qué entiende Jesús por «pureza de corazón» se deduce claramente del contexto del sermón de la montaña. Según el Evangelio lo que decide la pureza o impureza de una acción –sea ésta la limosna, el ayuno o la oración- es la intención: esto es, si se realiza para ser vistos por los hombres o por agradar a Dios: «Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 2-6). La hipocresía es el pecado denunciado con más fuerza por Dios a lo largo de toda la Biblia y el motivo es claro. Con ella el hombre rebaja a Dios, le pone en el segundo lugar, situando en el primero a las criaturas, al público. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 S 16, 7): cultivar la apariencia más que el corazón significa dar más importancia al hombre que a Dios. 50


La hipocresía es por lo tanto, esencialmente, falta de fe; pero es también falta de caridad hacia el prójimo, en el sentido de que tiende a reducir a las personas a admiradores. No les reconoce una dignidad propia, sino que las ve sólo en función de la propia imagen. El juicio de Cristo sobre la hipocresía no tiene vuelta de hoja: Receperunt mercedem suam: ¡ya han recibido su recompensa! Una recompensa, además, ilusoria hasta en el plano humano, porque la gloria, se sabe, huye de quien la sigue y sigue a quien la rehuye. Ayudan a entender el sentido de la bienaventuranza de los limpios de corazón también las invectivas que Jesús pronuncia respecto a escribas y fariseos, todas centradas en la oposición entre «lo de dentro» y «lo de fuera», el interior y el exterior del hombre: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad» (Mt 23, 27-28). La revolución llevada a cabo en este campo por Jesús es de un alcance incalculable. Antes de Él, excepto alguna rara alusión en los profetas y en los salmos (Salmo 24, 3: «¿Quién subirá al monte del Señor? Quien tiene manos inocentes y corazón puro»), la pureza se entendía en sentido ritual y cultual; consistía en mantenerse alejado de cosas, animales, personas o lugares considerados capaces de contagiar negativamente y de separar de la santidad de Dios. Sobre todo aquello que está ligado al nacimiento, a la muerte, a la alimentación y a la sexualidad entra en este ámbito. En formas o con presupuestos distintos, lo mismo ocurría en otras religiones, fuera de la Biblia. Jesús elimina todos estos tabúes. Ante todo, con los gestos que realiza: come con los pecadores, toca a los leprosos, frecuenta a los paganos: todas cosas consideradas altamente contaminantes; después, con las enseñanzas que imparte. La solemnidad con la que introduce su discurso sobre lo puro y lo impuro permite entender lo consciente que era Él mismo de la novedad de su enseñanza: «Llamó otra vez a la gente y les dijo: “Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre”» (Mc 7, 14-15. 21-23). 51


«Así declaraba puros todos los alimentos», observa casi con estupor el evangelista (Mc 7, 19). Contra el intento de algunos judeo-cristianos de restablecer la distinción entre puro e impuro en los alimentos y en otros sectores de la vida, la Iglesia apostólica recalcará con fuerza: «Todo es puro para quien es puro», omnia munda mundis (Tt 1, 15; Rm 14, 20). La pureza, entendida en el sentido de continencia y castidad, no está ausente de la bienaventuranza evangélica (entre las cosas que contaminan el corazón Jesús sitúa también, hemos oído, «fornicaciones, adulterios, libertinaje»); pero ocupa un puesto limitado y por así decirlo «secundario». Es un ámbito junto a otros en el que se pone de relevancia el lugar decisivo que ocupa el «corazón», como cuando dice que «quien mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28). En realidad, los términos «puro» y «pureza» (katharos, katharotes) nunca se utilizan en el Nuevo Testamento para indicar lo que con ellos entendemos nosotros hoy, esto es, la ausencia de pecados de la carne. Para esto se usan otros términos: dominio de sí (enkrateia), templanza (sophrosyne), castidad (hagneia). Por cuanto se ha dicho, parece claro que el puro de corazón por excelencia es Jesús mismo. De Él sus propios adversarios se ven obligados a decir: «Sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios» (Mc 12, 14). Jesús podía decir de sí: «Yo no busco mi gloria» (Jn 8, 50).

2. Una mirada a la historia En la exégesis de los Padres vemos delinearse pronto las tres direcciones fundamentales en las que la bienaventuranza de los puros de corazón será recibida e interpretada en la historia de la espiritualidad cristiana: la moral, la mística y la ascética. La interpretación moral pone el acento en la rectitud de intención, la interpretación mística en la visión de Dios, la ascética en la lucha contra las pasiones de la carne. Las vemos ejemplificadas, respectivamente, en Agustín, Gregorio de Nisa y Juan Crisóstomo. Ateniéndose fielmente al contexto evangélico, Agustín interpreta la bienaventuranza en clave moral, como rechazo a «practicar la justicia ante los hombres para ser por ellos admirados» (Mt 6, 1), por lo tanto como sencillez y franqueza que se opone a la hipocresía. «Tiene el corazón sencillo, puro -escribesólo quien supera las alabanzas humanas y al vivir está atento y busca ser agradable solo a aquél que es el único que escruta la conciencia» 56.

56

S. Agustín, De sermone Domini in monte, II, 1,1 (CC 35, 92)

52


El factor que decide la pureza o no del corazón es aquí la intención. «Todas nuestras acciones son honestas y agradables en la presencia de Dios si se realizan con el corazón sincero, o sea, con la intención hacia lo alto en la finalidad del amor... Por lo tanto no se debe considerar tanto la acción que se realiza, cuanto la intención con que se realiza» 57. Este modelo interpretativo que hace palanca sobre la intención permanecerá activo en toda la tradición espiritual posterior, especialmente ignaciana58. La interpretación mística, que tiene en Gregorio de Nisa su iniciador, explica la bienaventuranza en función de la contemplación. Hay que purificar el propio corazón de todo vínculo con el mundo y con el mal; de este modo, el corazón del hombre volverá a ser aquella pura y límpida imagen de Dios que era al principio y en la propia alma, como en un espejo, la criatura podrá «ver a Dios». «Si, con un tenor de vida diligente y atenta, lavas las fealdades que se han depositado en tu corazón, resplandecerá en ti la divina belleza... Contemplándote a ti mismo, verás en ti a aquél que es el deseo de tu corazón y serás santo» 59. Aquí el peso está todo en la apódosis, en el fruto prometido a la bienaventuranza; tener el corazón limpio es el medio; el fin es «ver a Dios». Se nota, a nivel de lenguaje, una influencia de la especulación de Plotino, que se hace aún más descubierta en San Basilio60 . También esta línea interpretativa tendrá continuidad en toda la historia sucesiva de la espiritualidad cristiana que pasa por San Bernardo, San Buenaventura y los místicos renanos61. En algunos ambientes monásticos se añade, en cambio, una idea nueva e interesante: la de la pureza como unificación interior que se obtiene deseando una cosa sola, cuando esta «cosa» es Dios. Escribe San Bernardo: «Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios. Como si dijera: purifica el corazón, sepárate de todo, sé monje, sólo, busca una cosa sola del Señor y persíguela (Sal 27, 4), libérate de todo y verás a Dios (Sal 46, 11)»62. Bastante aislada está en cambio, en los Padres y en los autores medievales, la interpretación ascética en función de la castidad que se convertirá en predominante, decía, desde el siglo XIX en adelante. Crisóstomo da el ejemplo 57

Ib. II, 13, 45-46.

58

Jean-François de Reims, La vraie perfection de cette vie, 2 parte, Paris 1651, Instr. 4, p.160 s).

59

Gregorio de Nisa, De beatitudinibus, 6 (PG 44, 1272).

60

S. Basilio, Sullo Spirito Santo, IX,23; XXII,53 (PG 32, 109.168).

61

Cf. Michel Dupuy, Pureté, purification, in DSpir. 12, coll,2637-2645.

62

S. Bernardo de Claraval, Sententiae, III, 2 (S. Bernardi Opera, ed. J. Leclerq – H. M. Rochais).

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más claro63 . Situándose en esta misma línea, el místico Ruusbroec distingue una castidad del espíritu, una castidad del corazón y una castidad del cuerpo. Refiere la bienaventuranza evangélica a la castidad del corazón. Ella -escribe«mantiene reunidos y refuerza los sentidos externos, mientras, en el interior, frena y doma los instintos brutales... cierra el corazón a las cosas terrenas y a las ilusiones falaces, mientras que lo abre a las cosas celestiales y a la verdad»64. Con grados diversos de fidelidad, todas estas interpretaciones ortodoxas permanecen dentro del horizonte nuevo de la revolución obrada por Jesús que reconduce todo discurso moral al corazón. Paradójicamente, los que traicionaron la bienaventuranza evangélica de los puros (katharoi) de corazón son precisamente los que tomaron el nombre de ella: los cátaros con todos los movimientos afines que les precedieron y siguieron en la historia del cristianismo. Estos caen en la categoría de los que hacen consistir la pureza en estar separados, ritual y socialmente, de personas y cosas juzgadas en sí mismas impuras, en una pureza más exterior que interior. Son los herederos del radicalismo sectario de los fariseos y de los esenios más que del Evangelio de Cristo.

3. La hipocresía laica Con frecuencia se pone de relieve el alcance social y cultural de algunas bienaventuranzas. No es raro leer «Bienaventurados los que trabajan por la paz» en las pancartas que acompañan las manifestaciones de los pacifistas, y la bienaventuranza de los mansos que poseerán la tierra es justamente invocada a favor del principio de la no violencia, por no hablar después de la bienaventuranza de los pobres y de los perseguidos por la justicia. Jamás en cambio se habla de la relevancia social de la bienaventuranza de los puros de corazón, que parece reservada exclusivamente al ámbito personal. Estoy convencido sin embargo de que esta bienaventuranza puede ejercer hoy una función crítica entre las más necesarias en nuestra sociedad. Hemos visto que en el pensamiento de Cristo la pureza de corazón no se opone primariamente a la impureza, sino a la hipocresía, y el de la hipocresía es el vicio humano tal vez más difundido y menos confesado. Hay hipocresías individuales e hipocresías colectivas. El hombre –escribió Pascal- tiene dos vidas: una es la vida auténtica, la otra la imaginaria que vive en la opinión, suya o de la gente. Trabajamos sin descanso para adornar y conservar nuestro ser imaginario y descuidamos el verdadero. Si poseemos alguna virtud o mérito, nos apresuramos a darlo a 63

S. Juan Crisóstomo, Homiliae in Mattheum, 15,4.

64

Giovanni Ruusboec, Lo splendore delle nozze spirituali, Roma, Città Nuova 1992, pp.72 s.

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conocer, de un modo u otro, para enriquecer de tal virtud o mérito nuestro ser imaginario, dispuestos hasta a quitarlo de nosotros, para añadir algo a él, hasta consentir, a veces, ser cobardes, con tal de parecer valerosos y dar hasta la vida, para que la gente hable de ello65 . La tendencia evidenciada por Pascal ha crecido enormemente en la cultura actual, dominada por los medios de comunicación masivos, cine, televisión y mundo del espectáculo en general. Descartes dijo: «Cogito ergo sum», pienso, luego existo; pero hoy se tiende a sustituirlo con «aparento, luego existo». De origen, el término hipocresía se reservaba al arte teatral. Significaba sencillamente recitar, representar en el escenario. San Agustín lo recuerda en su comentario a la bienaventuranza de los puros de corazón. «Los hipócritas escribe- son agentes de ficción del estilo de los que presentan la personalidad de otros en las representaciones teatrales»66. El origen del término nos da las pistas para descubrir la naturaleza de la hipocresía. Es hacer de la vida un teatro en el que se recita para un público; es llevar una máscara, dejar de ser persona y pasar a ser personaje. Leí en alguna parte esta caracterización de las dos cosas: «El personaje no es sino la corrupción de la persona. La persona es un rostro, el personaje una careta. La persona es desnudez radical, el personaje es todo ropaje. La persona ama la autenticidad y la esencialidad, el personaje vive de ficción y de artificios. La persona obedece a las propias convicciones, el personaje obedece a un guión. La persona es humilde y ligera, el personaje es pesado y ampuloso». Pero la ficción teatral es una hipocresía inocente porque mantiene siempre la distinción entre el escenario y la vida. Nadie que asista a la representación de Agamenón (es el ejemplo citado por Agustín) piensa que el actor sea de verdad Agamenón. El hecho nuevo e inquietante de hoy es que se tiende a anular también esta distancia, transformando la vida misma en un espectáculo. Es lo que pretenden los llamados «reality show» que inundan ya redes televisivas de todo el mundo. Según el filósofo francés Jean Baudrillard, fallecido hace tres días, ya se ha hecho difícil distinguir los sucesos reales (el 11-S, o la guerra del Golfo) de su representación mediática. Realidad y virtualidad se confunden. El llamamiento a la interioridad que caracteriza nuestra bienaventuranza y todo el sermón de la montaña es una invitación a no dejarse arrollar por esta tendencia que tiende a vaciar a la persona, reduciéndola a imagen, o peor (según el término apreciado por Baudrillard) a simulacro. 65

Cf. B. Pascal, Pensieri, 147 Br.

66

S. Agustín, De sermone Domini in monte, 2,5 (CC 35, p. 95).

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Kierkegaard evidenció la alienación que resulta de vivir de pura exterioridad, siempre y sólo en presencia de los hombres, y nunca sólo en presencia de Dios y del propio yo. Un pastor -observa- puede ser un «yo» frente a sus vacas, si viviendo siempre con ellas no tiene más que esas con las que medirse. Un rey puede ser un yo de frente a los súbditos y se sentirá un «yo» importante. El niño se percibe como un «yo» en relación con los padres, un ciudadano ante el Estado... Pero será siempre un «yo» imperfecto, porque falta la medida. «Qué realidad infinita adquiere en cambio mi “yo”, cuando toma conciencia de existir ante Dios, convirtiéndose en un “yo” humano cuya medida es Dios... ¡Qué acento infinito cae sobre el “yo” en el momento en que obtiene como medida a Dios!». Parece un comentario al dicho de San Francisco de Asís: «Lo que el hombre es ante Dios, eso es, y nada más» 67.

4. La hipocresía religiosa Lo peor que se puede hacer, hablando de hipocresía, es servirse de ella sólo para juzgar a los demás, la sociedad, la cultura, el mundo. Es justamente a esos a quienes Jesús aplica el título de hipócritas: «Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver parea sacar la brizna del ojo de tu hermano» (Mt 7, 5). Como creyentes, debemos recordar el dicho de un rabino judío del tiempo de Cristo, según el cual el 90% de la hipocresía del mundo se encontraba entonces en Jerusalén 68. El mártir San Ignacio de Antioquia sentía la necesidad de prevenir a sus hermanos en la fe, escribiendo: «Es mejor ser cristianos sin decirlo que decirlo sin serlo»69. La hipocresía acecha sobre todo a las personas piadosas y religiosas; el motivo es sencillo: donde más fuerte es la estima de los valores el espíritu, de la piedad y de la virtud (¡o de la ortodoxia!), ahí también es más fuerte la tentación de ostentarlos para no parecer faltos de ellos. A veces es la propia función que desempeñamos la que nos empuja a hacerlo. «Ciertos compromisos del consorcio humano –escribe San Agustín en las Confesiones- nos obligan a hacernos amar y temer por los hombres; por lo tanto el adversario de nuestra verdadera felicidad persigue y disemina por todas 67

S. Francisco de Asís, Ammonizioni, 19 (Fonti Francescane, n.169).

68

Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.

S. Ignacio de Antioquía, Efesini 15,1 (“È meglio non dire ed essere che dire e non essere”: “Es mejor no decir y ser que decir y no ser”) y Magnesiani, 4 (“Bisogna non solo dirsi cristiani, ma esserlo”: “Es necesario no sólo decirse cristianos, sino serlo”). 69

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partes los lazos del “Bravo, bravo”, para prendernos a nuestras espaldas mientras los recogemos con avidez, a fin de separar nuestra alegría de tu verdad y unirla a la mentira de los hombres, para hacernos gustar el amor y el temor no obtenidos en tu nombre, sino en tu lugar»70. La hipocresía más perniciosa es esconder... la propia hipocresía. En ningún esquema de examen de conciencia recuerdo haber encontrado la pregunta: ¿He sido hipócrita? ¿Me he preocupado de la mirada de los hombres sobre mí, más que de la de Dios? En cierto momento de la vida, tuve que introducir por mi cuenta estas preguntas en mi examen de conciencia y raramente pude pasar indemne a la pregunta sucesiva... Un día tocaba como lectura del Evangelio de la Misa la parábola de los talentos. Escuchándolo, entendí de golpe algo. Entre hacer rendir los talentos o no, existe una tercera posibilidad: la de ponerlos a rendir, sí, pero por sí mismos, no por el dueño, por la propia gloria o el propio provecho, y esto es un pecado tal vez más grave que sepultarlos. Aquel día, en el momento de la comunión, tuve que hacer como ciertos ladrones atrapados en delito flagrante, que, llenos de vergüenza, vacían los bolsillos y echan a los pies del propietario lo que le han quitado. Jesús nos ha dejado un medio sencillo e insuperable para rectificar varias veces al día nuestras intenciones, las primeras tres peticiones del Padrenuestro: «Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad». Se pueden recitar como oraciones, pero también como declaración de intenciones: todo lo que hago, quiero hacerlo para que sea santificado tu nombre, para que venga tu reino y para que se haga tu voluntad. Sería una contribución preciosa para la sociedad y para la comunidad cristiana si la bienaventuranza de los puros de corazón nos ayudara a mantener despierta en nosotros la nostalgia de un mundo limpio, verdadero, sincero, sin hipocresía, ni religiosa ni laica; un mundo en el que las acciones se corresponden a las palabras, las palabras a los pensamientos, y los pensamientos del hombre a los de Dios. Esto no sucederá plenamente más que en la Jerusalén celeste, la ciudad toda de cristal, pero debemos al menos tender a ello. Una escritora de fábulas redactó «El país de cristal». Habla de una joven que termina, por magia, en un país todo de cristal: casas de cristal, pájaros de cristal, árboles de cristal, personas que se mueven como graciosas estatuillas de cristal. Con todo, nada se había hecho añicos nunca, porque todos aprendieron a moverse en él con delicadeza para no hacerse daño. Las personas, al encontrarse, responden a las preguntas antes de que se les formulen, porque 70

Cf. S. Agustín, Confessioni, X, 36, 59.

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hasta los pensamientos se han hecho abiertos y transparentes; nadie busca ya mentir, sabiendo que todos pueden leer lo que se tiene en la cabeza71 . Dan escalofríos sólo de pensar qué pasaría si esto ocurriera ya, entre nosotros; pero es sano al menos tender a tal ideal. Es el camino que lleva a la bienaventuranza que hemos intentado comentar: «Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios».

71

Lauretta, Il bosco dei lillà, Ancora, Milán, 2° ed. 1994, pp. 90 ss.

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7. “BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ PORQUE SERÁN LLAMADOS HIJOS DE DIOS”

1. El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Las bienaventuranzas no están dispuestas según una sucesión lógica. Excepto la primera, que da el tono a todas las demás, se pueden considerar cada una por separado, sin que su sentido se vea comprometido lo más mínimo. El mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz me ha impulsado a dejar para otra ocasión la reflexión sobre la tercera bienaventuranza, la de los mansos, a fin de dedicar este encuentro a la bienaventuranza de los que trabajan por la paz. Es bueno, de hecho, que el mensaje de la paz destinado a todo el mundo sea ante todo acogido, meditado y de frutos aquí, entre nosotros, en el centro de la Iglesia. El de este año es un mensaje para la paz a todo campo; abarca desde el ámbito más personal a los más amplios de la política, de la economía, de la ecología, de los organismos internacionales. Ámbitos diferentes, pero unificados por el hecho de tener todos como objeto primario a la persona humana, como indica el título del mensaje: «La persona humana, corazón de la paz» [íntegramente disponible en este enlace . Ndt]. Hay en el mensaje una afirmación fundamental que es como la clave de lectura de todo; dice: «La paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos -la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad- supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto, la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra»72.

Benedicto XVI, «La persona humana, corazón de la paz». Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007. 72

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Estas palabras ayudan a comprender la bienaventuranza de los que trabajan por la paz, y ésta, a su vez, arroja una luz singular sobre estas palabras. La inminencia de la Navidad da un tono especial, litúrgico, a nuestra meditación. En la noche de Navidad escucharemos las palabras del himno angélico: «Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor», cuyo sentido no es: haya paz, sino hay paz; no un deseo, sino una noticia. «La Navidad del Señor decía San León Magno- es la natividad de la paz»: Natalis Domini natalis est pacis73.

2. Quiénes son los que trabajan por la paz La séptima bienaventuranza dice: «Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios». Junto con la de los misericordiosos, ésta es la única bienaventuranza que no dice tanto cómo hay que «ser» (pobres, afligidos, mansos, puros de corazón), sino también qué se debe «hacer». El término eirenopoioi significa aquellos que trabajan por la paz, que «hacen paz». No tanto, sin embargo, en el sentido de que se reconcilian con los propios enemigos, cuanto en el sentido de que ayudan a los enemigos a reconciliarse. «Se trata de personas que aman mucho la paz, tanto como para no temer comprometer la propia paz personal interviniendo en los conflictos a fin de procurar la paz entre cuantos están divididos»74. Los que trabajan por la paz no implican, por lo tanto, un sinónimo de pacíficos, esto es, de personas tranquilas y calmadas que evitan lo más posible los choques (estos son proclamados bienaventurados en otra bienaventuranza, la de los mansos); no son tampoco sinónimo de pacifistas, si por ello se entiende aquellos que se alinean contra la guerra (con mayor frecuencia, ¡con uno de los contendientes en guerra!), sin hacer nada para reconciliar entre sí a los adversarios. El término más justo es pacificadores. En tiempos del Nuevo Testamento pacificadores eran llamados los soberanos, sobre todo el emperador romano. Augusto situaba en la cumbre de sus propias empresas la de haber establecido en el mundo la paz, mediante sus victorias militares (parta victoriis pax), y en Roma hizo levantar el famoso Ara pacis, el altar de la paz. Hay quien ha pensado que la bienaventuranza evangélica intenta oponerse a esta pretensión, diciendo quiénes son los que verdaderamente trabajan por la paz y de qué manera ésta se promueve: mediante victorias, sí, pero victorias sobre ellos mismos, no sobre los enemigos, no destruyendo al enemigo, sino destruyendo la enemistad, como hizo Jesús en la cruz (Ef 2, 16).

73

San León Magno, Trattati 26 (CC 138, linea 130)

74

J. Dupont, Le beatitudini, III, p.1001.

60


En cambio hoy prevalece la opinión de que la bienaventuranza se lea teniendo en cuenta la Biblia y las fuentes judaicas, en las que ayudar a las personas en discordia a reconciliarse y a vivir en paz se ve como una de las principales obras de misericordia. En boca de Cristo la bienaventuranza de los que trabajan por la paz desciende del mandamiento nuevo del amor fraterno; es una forma en la que se expresa el amor al prójimo. En tal sentido se diría que ésta es por excelencia la bienaventuranza de la Iglesia de Roma y de su obispo. Uno de los más preciosos servicios brindados a la cristiandad por el papado ha sido siempre el de promover la paz entre las diversas Iglesias y, en ciertas épocas, también entre los príncipes cristianos. La primera carta apostólica de un Papa, la de San Clemente I, escrita en torno al año 96 (antes aún, tal vez, que el cuarto Evangelio), se redactó para devolver la paz a la Iglesia en Corintio, desgarrada por discordias. Es un servicio que no se puede prestar sin una cierta potestad real de jurisdicción. Para darse cuenta de su valor basta con ver las dificultades que surgen allí donde aquél está ausente. La historia de la Iglesia está llena de episodios en los que Iglesias locales, obispos o abades, en disputa entre sí o con la propia grey, han recurrido al Papa como árbitro de paz. También hoy, estoy seguro, éste es uno de los servicios más frecuentes, si bien de los menos conocidos, que se dan a la Iglesia universal. Igualmente la diplomacia vaticana y los nuncios apostólicos encuentran su justificación en ser instrumentos al servicio de la paz.

3. La paz como don Pero Dios mismo, no un hombre, es el verdadero y supremo «agente de paz». Precisamente por esto, los que se afanan por la paz son llamados «hijos de Dios»: porque se asemejan a Él, le imitan, hacen lo que hace Él. El mensaje pontificio dice que la paz es característica del obrar divino en la creación y en la redención, esto es, tanto en el obrar de Dios como en el de Cristo. La Escritura habla de la «paz de Dios» (Flp 4, 7) y aún con más frecuencia del «Dios de la paz» (Rm 15, 32). Paz no indica sólo lo que Dios hace o da, sino también lo que Dios es. Paz es lo que reina en Dios. Casi todas las religiones que brotaron en torno a la Biblia conocen mundos divinos en guerra en su interior. Los mitos cosmogónicos babilónicos y griegos hablan de divinidades que luchan y se despedazan entre sí. En la propia gnosis herética cristiana no existe unidad y paz entre los Eones celestes, y la existencia del mundo material sería precisamente fruto de un incidente y de una desarmonía ocurrida en el mundo superior. Con este fondo religioso se puede comprender mejor la novedad y la alteridad absoluta de la doctrina de la Trinidad como perfecta unidad de amor en la pluralidad de las personas. En un himno suyo, la Iglesia llama a la 61


Trinidad «océano de paz», y no se trata sólo de una frase poética. Lo que más impresiona contemplando el icono de la Trinidad de Rublev (reproducido en esta capilla en el muro frontal, sobre la Virgen en el trono) es la sensación de paz sobrehumana que de él emana. El pintor logró traducir en una imagen el lema de San Sergio de Radonez, para cuyo monasterio se pintó el icono: «Contemplando a la Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo». Quien mejor ha celebrado esta Paz divina, que llega de más allá de la historia, fue Pseudo-Dionisio Areopagita. Paz es para él uno de los «nombres de Dios», con el mismo título que «amor» 75. También de Cristo se dice que «es» Él mismo nuestra paz (Ef 2, 14-17). Cuando dice: «Mi paz os doy», Él nos transmite aquello que es. Hay un nexo inseparable entre la paz don de lo alto y el Espíritu Santo; no sin razón se representan con el mismo símbolo de la paloma. La tarde de Pascua Jesús dio, prácticamente en un mismo instante, a los discípulos la paz y el Espíritu Santo: «”¡La paz esté con vosotros!”... Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 21-22). La paz, dice Pablo, es un «fruto del Espíritu» (Gal 5, 22). Se comprende entonces qué significa ser los que trabajan por la paz. No se trata de inventar o de crear la paz, sino de transmitirla, de dejar pasar la paz de Dios y la paz de Cristo «que supera toda inteligencia». «Gracia y paz de parte de Dios, Nuestro Padre, y de Jesucristo el Señor» (Rm 1, 7): ésta es la paz que el Apóstol transmite a los cristianos de Roma. Nosotros no debemos ni podemos ser fuentes, sino sólo canales de la paz. Lo expresa a la perfección la oración atribuida a Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz». En inglés traducen justamente: Haz de mí un canal de tu paz, make me a channel of your peace. ¿Pero cuál es la paz de la que hablamos? Es clásica la definición que da San Agustín: «La paz es la tranquilidad en el orden» 76. Basándose en ella, Santo Tomás dice que en el hombre existen tres tipos de orden: consigo mismo, con Dios y con el prójimo, y existen, en consecuencia, tres formas de paz: la paz interior, con la que el hombre está en paz consigo mismo; la paz por la que el hombre lo está con Dios, sometiéndose plenamente a sus disposiciones; y la paz relativa al prójimo, por la que se vive en paz con todos77.

75

Pseudo Dionisio Areopagita, Nomi divini, XI, 1 s (PG 3, 948 s).

76

San Agustín, La città di Dio, XIX, 13 (CC 48, p. 679).

77

Santo Tomás de Aquino, Commento al vangelo di Giovanni, XIV, lez.VII, n.1962.

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En la Biblia, sin embargo, shalom, paz, dice más que la sencilla tranquilidad en el orden. Indica también bienestar, reposo, seguridad, éxito, gloria. A veces designa, incluso, la totalidad de los bienes mesiánicos y es sinónimo de salvación y de bien: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación» (Is 52, 7). La nueva alianza es llamada una «alianza de paz» (Ez 37, 26), el Evangelio «evangelio de la paz» (Ef 6, 15), como si en la palabra se resumiera todo el contenido de la alianza y del evangelio. En el Antiguo Testamento, paz se acerca frecuentemente a justicia (Salmo 85, 11: «La justicia y la paz se besan») y en el Nuevo Testamento a gracia. Cuanto San Pablo escribe: «Justificados por medio de la fe, estamos en paz con Dios» (Rm 5, 1), está claro que «en paz con Dios» tiene el mismo significado expresivo que «en gracia de Dios».

4. La paz como tarea El mensaje del Papa dice que la paz, además de don, es también tarea. Y es de la paz como tarea de lo que nos habla en primer lugar la bienaventuranza de los que trabajan por la paz. La condición para poder ser canales de paz es permanecer unidos a su fuente que es la voluntad de Dios: «En su voluntad está nuestra paz», le hace decir Dante a un alma del purgatorio. El secreto de la paz interior es el abandono total y siempre renovado a la voluntad de Dios. Ayuda a conservar o a reencontrar esta paz del corazón repetir frecuentemente uno mismo, con Santa Teresa de Ávila: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta». La parénesis apostólica es rica en indicaciones prácticas sobre lo que favorece u obstaculiza la paz. Uno de los pasajes más conocidos es el de la Carta de Santiago: «Donde hay envidia y ambición, allí reina el desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría de arriba es en primer lugar intachable, pero además es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera. En resumen, los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación» (St 3, 16-18). De este ámbito personalísimo debe partir todo esfuerzo de construir la paz. La paz es como la estela de un navío, que va ensanchándose hasta el infinito, pero comienza por una punta, y la punta es, en este caso, el corazón del hombre. Uno de los mensajes de Juan Pablo II para la Jornada de la Paz, el de 1984, llevaba por título: «La paz nace de un corazón nuevo».

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En este ámbito personal no es donde desearía insistir. Hoy se abre ante los que trabajan por la paz un campo de trabajo nuevo, difícil y urgente: promover la paz entre las religiones y con las religiones, esto es, tanto de las religiones entre sí como de los creyentes de las distintas religiones con el mundo laico no creyente. El mensaje del Papa dedica un párrafo a las dificultades que se encuentran en este campo. Dice: «Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas... Hay regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un derecho humano fundamental, con graves repercusiones para la convivencia pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una cultura negativa para la paz» (n. 5). De este escarnio cultural, o al menos intento de marginación, de las creencias religiosas, estamos teniendo ejemplo precisamente estos días, con la campaña puesta en marcha en varios países y ciudades de Europa contra los símbolos religiosos de la Navidad. Se aduce frecuentemente como motivo la voluntad de no ofender a las personas de otras religiones que están entre nosotros, especialmente a los musulmanes. Pero es un pretexto, una excusa. En realidad es un determinado mundo laicista el que no quiere estos símbolos, no los musulmanes. Ellos no tienen nada contra la Navidad cristiana, que incluso honran. Hemos llegado al absurdo de que muchos musulmanes celebran el nacimiento de Jesús, desean el belén en casa y llegan a decir que «no es musulmán quien no cree en el nacimiento milagroso de Jesús» 78, mientras otros que se dicen cristianos quieren hacer de la Navidad una fiesta invernal, poblada sólo de renos y ositos. En el Corán hay una Sura dedicada al nacimiento de Jesús que vale la pena conocer, también para favorecer el diálogo y la amistad entre las religiones. Dice: «Los ángeles dijeron: Oh María, Dios te da la feliz noticia de un Verbo de Él. Su nombre será Jesús (‘Isà) hijo de María. Será ilustre en este mundo y en el otro... Hablará a los hombres desde la cuna y como hombre maduro, y será de los Santos. Dijo María: “Señor mío, ¿cómo podré tener un hijo, cuando ningún Magdi Allan, «Noi musulmani diciamo sì al presepe» [«Los musulmanes decimos sí al belén»], Il Corriere della sera, 18 diciembre 2006, p. 18. 78

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hombre me ha tocado?”. Respondió: “De esta forma: Dios crea lo que Él quiere, y cuando ha decidido algo, dice sólo: sé, y ello es”» 79. En el programa sobre el evangelio dominical «A sua immagine», que se emite en «Rai Uno» mañana por la tarde, pedí a un hermano musulmán que leyera este pasaje y lo hizo con gran alegría, mostrándose feliz de contribuir a aclarar un equívoco que perjudica, decía, a los propios creyentes islámicos, con el pretexto de favorecer su causa. El motivo que permite un diálogo entre las religiones -fundado no sólo en las razones de oportunidad que conocemos bien, sino sobre un sólido fundamento teológico- es que «tenemos todos un único Dios», como recordaba el Santo Padre con ocasión de su visita a la mezquita Azul de Estambul. Es la verdad de la que también San Pablo partió en su discurso en el areópago de Atenas (Hch 17, 28). Tenemos, subjetivamente, ideas diferentes sobre Él. Para nosotros, los cristianos, Dios es «el Padre del Nuestro Señor Jesucristo», y a Aquél no se le conoce plenamente sino «a través de éste»; pero objetivamente bien sabemos que Dios no puede ser más que uno. Hay «un solo Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos» (Ef 4, 6). Fundamento teológico del diálogo es también nuestra fe en el Espíritu Santo. Como Espíritu de la redención y Espíritu de la gracia, Él es el vínculo de la paz entre los bautizados de las distintas confesiones cristianas; como Espíritu de la creación, Spiritus creator, Él es un vínculo de paz entre los creyentes de todas las religiones y, más aún, entre los hombres de buena voluntad. «Toda verdad, de donde quiera que venga dicha –escribió Santo Tomás de Aquino-, viene del Espíritu Santo» 80. Pero como este Espíritu creador tendía a Cristo en los profetas del Antiguo Testamento (1 P 1, 11), así creemos que, de un modo conocido sólo por Dios, tiende ahora a Cristo y a su misterio pascual en su acción fuera de la Iglesia. Como el Hijo no hace nada sin el Padre, así el Espíritu Santo no hace nada sin el Hijo. Todo el reciente viaje del Santo Padre a Turquía ha sido un obrar por la paz religiosa, rico de frutos como todas las cosas nacidas en el signo de la cruz: paz entre la Iglesia cristiana de Oriente y la de Occidente, paz entre el cristianismo y el islam. «Esta visita nos ayudará a encontrar juntos los modos y

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Corán, Sura III, traducción [al italiano] de M.M. Moreno, Turín, UTET, 1971, p. 65.

Santo Tomás de Aquino, Somma teologica, I-IIae q. 109, a. 1 ad 1; Ambrosiaster, Sulla prima lettera ai Corinti, 12, 3 (CSEL 81, p.132). 80

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los caminos de la paz por el bien de la humanidad», fue el comentario del Santo Padre con ocasión de la oración silenciosa en la mezquita Azul.

6. ¿Una paz sin religiones? El Occidente secularizado, desea, a decir verdad, un tipo distinto de paz religiosa: el que resulta de la desaparición de toda religión. «Imagina que no existe el paraíso, / es fácil si lo intentas. / Ningún infierno bajo nosotros / y sólo el cielo encima de nosotros. Imagina a toda la gente / viviendo para hoy,/ imagina que no hay países / no es difícil hacerlo. / Nada por lo que matar o morir / y tampoco religión alguna... Imagina a toda la gente / viviendo la vida en paz. / Puede que digas que soy un soñador. / Pero no soy el único. / Espero que un día te unas a nosotros / y que el mundo viva como una sola cosa» 81. Esta canción, compuesta por uno de los grandes ídolos de la música ligera moderna, con una melodía persuasiva, se ha convertido en una especie de manifiesto secular de pacifismo. Si se llevara a cabo, lo que aquí se desea sería el mundo más pobre y triste que se pudiera imaginar; un mundo chato, en el que son abolidas todas las diferencias, donde la gente está destinada a despedazarse, no a vivir en paz, porque como aclaró René Girard, allí donde todos quieren las mismas cosas, el «deseo mimético» se desencadena y con él la rivalidad y la guerra. Los creyentes no podemos, sin embargo, dejarnos llevar por resentimientos ni polémicas, tampoco contra el mundo secularizado. Junto al diálogo y la paz entre las religiones, se sitúa otra meta para los que trabajan por la paz: la meta de la paz entre los creyentes y los no creyentes, entre las personas religiosas y el mundo secularizado, indiferente u hostil a la religión. Será éste otro banco de pruebas: dar razón, también con firmeza, de la esperanza que está en nosotros, pero hacerlo -como exhorta la Carta de Pedro y como da ejemplo de ello su actual sucesor- «con dulzura y respeto» (1 P 2, 15-16). Respeto no significa en este caso «respeto humano», tener escondido a Jesús para no suscitar reacciones. Es respeto de una interioridad que le es conocida sólo a Dios y que nadie puede violar u obligar a cambiar. No es poner entre paréntesis a Jesús, sino mostrar a Jesús y el evangelio con la vida. John Lennon, «Imagine there’s no heaven / it’s easy if you try. / No hell below us / above us only sky. Imagine all the people / living for today./ Imagine there’s no countries / it isn’t hard to do. / Nothing to kill or die for / and no religion too. /Imagine all the people / living for today./ Imagine there’s no countries / it isn’t hard to do./ Nothing to kill or die for /and no religion too...Imagine all the people / living life in peace. / You may say I’m a dreamer / But I’m not the only one./ I hope someday you’ll join us / and the world will live as one». 81

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Esperamos sólo que un respeto igual sea mostrado por los demás respecto a los cristianos, algo que hasta ahora frecuentemente ha faltado. Terminamos volviendo con el pensamiento a la Navidad. Un antiguo responsorio de maitines en Navidad decía: Hodie nobis de caelo pax vera descendit. Hodie per totum mundum melliflui facti sunt caeli: «Hoy ha bajado del cielo para nosotros la paz verdadera. Hoy los cielos destilan miel sobre el mundo». ¿Cómo corresponder el don infinito que el Padre hace al mundo, dando por éste a su Hijo Unigénito? Si existe una metedura de pata que no hay que cometer en Navidad es reciclar un regalo ofreciéndoselo, por error, a la misma persona de la que se recibió. Pues bien, ¡con Dios no podemos más que hacer esto todo el tiempo! La única acción de gracias posible es la Eucaristía: volver a ofrecerle a Jesús, su Hijo, hecho hermano nuestro. ¿Y a Jesús qué regalo le haremos? Un texto de la liturgia oriental de Navidad dice: «¿Qué podemos ofrecerte, Oh Cristo, por haberte hecho hombre en la tierra? Toda criatura te da el signo de su reconocimiento: los ángeles sus cantos, los cielos su estrella, la tierra una gruta, el desierto un pesebre. ¡Pero nosotros te ofrecemos una Madre virgen!» 82. Santo Padre, venerables padres, hermanos y hermanas: gracias por la benévola escucha y ¡feliz Navidad!

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Idiomelon ai Grandi Vespri di Natale.

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8. “BIENAVENTURADOS LOS PERSEGUIDOS A CAUSA DE LA JUSTICIA...”

Esta bienaventuranza será incluida en el libro cuando la encontremos, Dios mediante.

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Las Bienaventuranzas  

Rainero Cantalamessa

Las Bienaventuranzas  

Rainero Cantalamessa

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