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40 AÑOS CONSTRUYENDO EL PICARRAL


Edita © Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende Fotografías Antonio Calvo Pedrós, tristemente fallecido, amigo de esta Asociación y siempre dispuesto a trabajar desinteresadamente por el Picarral. Buen fotógrafo y mejor persona. Manolo Fortuny, reportero infatigable, dispuesto a inmortalizar todos, todos los eventos del barrio. Hoy sigue enviando sus fotos pero desde la República del Chad donde reside hace años. Daniel Pérez, fotógrafo profesional, autor del bloc de Banco de imágenes Picarral con más de dos mil fotos colgadas que podemos ver en el blog de internet “Banco de imágenes Picarral” Miguel García Longás, diseñador y maquetador de este y otros libros de la asociación junto a Merche Ramos. Fondo fotográfico A.VV. Picarral-S. Allende. Diseño y maquetación M. G. Longás Imprime Diputación Provincial de Zaragoza Depósito legal Z-801-2012


40 AÑOS CONSTRUYENDO EL PICARRAL Historia de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende 1970-2010

Mario Gracia Cortés


Cápitulo 1 Introducción

Cápitulo 2

Cápitulo 3

40 AÑOS construyendo ciudadanía

40 AÑOS construyendo un barrio

017 El Rabal anterior al Picarral 019 El Arrabal se desborda 019 Nace el Picarral urbano 022 La consolidación del barrio

027 La dictadura agoniza, pero

101 Las primeras denuncias 103 Primeros frutos del esfuerzo

cuánto tarda en morir

030 En los albores del movimiento vecinal

033 Nace la Asociación de Cabezas de Familia del Picarral

037 Iniciadores del movimiento vecinal en Zaragoza

039 La parroquia de Belén 050 Los Comités de Barrio 051 La suspensión de las ACF 057 Primavera sin Franco 059 El Referéndum para la Reforma Política

061 Habla, pueblo, habla 063 Los barrios se coordinan 065 Hacia la autonomía 068 El Estatuto 070 Paro y crisis 072 Y los tanques se fueron 078 La madurez democrática 081 La asociación estrena locales 084 Del movimiento vecinal a

colectivo

105 Saica. Otra molestia pegada a la nariz

106 El ayuntamiento da la razón a los vecinos frente a Campo Ebro por primera vez

111 Movilizaciones en Balsas 115 El plan parcial, un derecho a conseguir

117 El urbanismo en el día a día 119 Todo sobre Campo Ebro 127 Las contribuciones especiales de San Juan de la Peña

129 Hartos de polución 136 Más planes parciales 138 Las gasolineras 140 Viviendas por fábricas 143 La auditoria medioambiental del ITA

145 A por el fin de las inundaciones

149 La convivencia con las

los movimientos sociales

empresas empieza a ser posible

087 La Transición ya es historia 088 El Picarral entra de lleno en

151 El plan de rehabilitación del

la globalización

Picarral

157 El Plan Aceralia 159 Últimas obras


Cápitulo 4

Cápitulo 5

40 AÑOS construyendo entre vecinos

EPÍLOGO: construyendo el Picarral del mañana

163 ENTRE VECINAS

277 Entrevista con Javier Artal,

165 La carestía de la vida 168 Consumidoras conscientes 171 Reunión con el alcalde 172 Falta información sexual 174 También entre vecinas, más

217 POR LA SALUD DE LOS VECINOS

221 Abre el centro de especialidades de Balsas de Ebro Viejo

223 La atención primaria 226 El Royo Villanova

marzo

176 Dueñas de su cuerpo, ahora tocaba el alma

179 Nuevos tiempos, nuevas preocupaciones

181 La Comisión de Mujeres, hoy 182 GUARDERÍA DE BELÉN

191 LA ENSEÑANZA EN EL PICARRAL

193 Los chicos se reúnen con el

230 TRANSPORTE

237 El tranvía: crónica de una

241 Nuevos itinerarios 244 Zaragoza, sitiada ante la Expo

247 CAMPAMENTO

264 San Valero ‘79 265 Las peñas 266 La Casa de Cultura 268 Radio Mai

207 DEL TOPI A LA FUNDACIÓN PICARRAL

de Vecinos Picarral-Salvador Allende desde su fundación hasta el año 2012

buses

194 El Mixto 10 y ‘Cobasa’ 197 En defensa de la enseñanza

200 EDUCACIÓN DE ADULTOS

el futuro

239 Nace Tuzsa 239 Nuevos modos, mismos

262 CULTURA Y FESTEJOS

198 De la LOGSE al siglo XXI

284 En la actualidad y mirando

muerte anunciada

concejal Millán

pública

283 A MODO DE CONCLUSIÓN

287 Presidentes de la Asociación

allá del Picarral

174 De Santa Águeda al 8 de

actual presidente de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende

270 LAS CORALES

índice


EL BARRIO QUE SE CONVIRTIÓ EN UN LUGAR PARA VIVIR En una de mis visitas a la sede de la asociación de Vecinos Picarral – Salvador Allende, con motivo de las Jornadas de Revitalización del Picarral, vi con detenimiento la exposición de fotografías, documentos, carteles y recortes prensa que recoge los principales acontecimientos que el barrio ha vivido en los ya más de cuarenta años de historia de la asociación vecinal, que nació, por imperativo legal del régimen franquista, como “Asociación de Cabezas de Familia”. Sinceramente, me impresionaron dos cosas: por un lado, la enorme transformación que ha experimentado el barrio, no sólo desde el punto de vista urbanístico, sino también, y especialmente en sus condiciones de habitabilidad, de servicios y de calidad de vida, y por otra parte, por el papel que la Asociación ha


desarrollado en todo este tiempo movilizando a los vecinos, planteando reivindicaciones, ofreciendo soluciones y trabajando sin descanso por los ciudadanos que han levantado su vida en la Margen Izquierda de la ciudad. Allí pude ver las inexistentes calles del núcleo antiguo del Picarral convertidas en inmensos barrizales cada vez que llovía, los carros de combate y convoyes de vehículos militares pasando por San Juan de la Peña cada vez que había maniobras en el Campo de San Gregorio, las primeras manifestaciones reivindicativas pidiendo colegios, centro de salud, guardería y otros servicios básicos para la vida de cualquier barrio, las primeras actividades lúdicas y culturales, la puesta en marcha de iniciativas de formación y empleo, como el TOPI (Fundación Picarral), de solidaridad internacional, como los proyectos de desarrollo en el Chad... hasta llegar a la organización, en el año de la Expo, de las Jornadas de Revitalización Urbana del Picarral, todo un hito en el trabajo conjunto de administraciones públicas, entidades sociales y vecinos para promover la regeneración y el desarrollo de un barrio de la ciudad. En alguna ocasión, he dicho públicamente que le tengo una especial admiración a esta Asociación, porque del mismo modo que siempre ha mantenido su carácter reivindicativo, es capaz de realizar propuestas positivas y de reconocer cuando algo se hace bien, y no le da ningún empacho en decirlo: es una actitud poco frecuente, y que se ha convertido en una de sus señas de identidad. Un ejemplo, y no es el único caso: gracias al trabajo y a la propuesta vecinal, el Ayuntamiento de Zaragoza, es decir, la ciudad, se ahorró 3 millones de euros en la construcción del colector de aguas pluviales de San Juan de la Peña, que evita de forma definitiva que el barrio se inunde cada vez que se producen lluvias torrenciales. Desde las primeras elecciones democráticas, el Ayuntamiento de Zaragoza ha apoyado y trabajado codo con codo con los vecinos para mejorar las condiciones y la calidad de vida del Picarral: recordemos que la primera obra que inauguró el alcalde Ramón Sáinz de Varanda, hace ya treinta años, fue el primer parque que tuvo el barrio, ubicado en la confluencia de San Juan de la Peña con la avenida Alcalde Caballero. Y en los últimos años, además de solucionar el problema de las inundaciones por lluvias torrenciales con el colector y el depósito de laminación de aguas pluviales, hemos mejorado las infraestructuras, el transporte público, las zonas verdes, se han abierto calles interiores, se ha puesto en marcha la rehabilitación de las antiguas viviendas sindicales en dos Áreas de Rehabilitación Integrada, se ha mejorado sensiblemente el problema de los ruidos y olores de las fábricas enclavadas en el barrio... Queda mucho por hacer. Vivimos tiempos difíciles, los recursos públicos son escasos, pero con el esfuerzo y la participación de todos saldremos adelante. Demostramos nuestro carácter y nuestro potencial cuando fuimos capaces de realizar la Expo 2008, la mayor transformación de la ciudad en sus dos mil años de historia, y lo volveremos a conseguir. En esta tarea común, sois un ejemplo para todos, porque en unas condiciones muy precarias y con imaginación, tenacidad y trabajo, habéis sido capaces de convertir El Picarral, vuestro barrio, en un lugar para vivir.

Juan Alberto Belloch Julbe Alcalde de Zaragoza


Hablar de la Asociación de Vecinos Salvador Allende del Picarral es hablar de una parte muy importante del movimiento asociativo de Zaragoza. Su formación se remonta al año 1965 cuando algunos ciudadanos inician un potente y profundo trabajo social y cultural por el barrio. A partir de entonces arranca un grupo de vecinos que no dudan en manifestarse, luchar, organizar y liderar actos que hicieron del Picarral una zona adaptada al desarrollo y los cambios de la ciudad. La Asociación de Vecinos Salvador Allende del Picarral es, desde entonces, ejemplo de convivencia y de superación. Avalada por un trabajo constructivo por el barrio, ha conseguido que la zona cuente con importantes servicios para los que allí residen. Los vecinos reciben cobertura sanitaria a través de su propio centro de salud y el Hospital Royo Villanova, pilar básico del estado de bienestar que también obtiene logros en el campo de la educación. El Picarral cuenta con un colegio público, guardería e instituto y gracias a la asociación de vecinos, mayores, mujeres o inmigrantes reciben cursos culturales y formativos que tienen lugar en su propia sede. El trabajo de todos sus miembros a lo largo de estos años ha dejado en el barrio zonas verdes en las que los vecinos pueden desarrollar actividades lúdicas y un transporte público que conecta el barrio con los principales puntos de la capital aragonesa. El Picarral es también uno de los referentes industriales de Zaragoza. El siglo XX convierte al barrio en foco industrial de la ciudad. El desarrollo convive desde entonces con algunas molestias que gracias al trabajo constante y minucioso de sus vecinos se han ido limando durante los últimos años. Una de las labores más importantes ha sido la de conseguir hacer disminuir los olores y ruidos que afectan a la zona, y que ha permitido mejorar la calidad de vida de quienes residen en las proximidades y alrededores de empresas y fábricas. Pero si algo hay que destacar es que el trabajo de la Asociación no se dirige únicamente al beneficio de los propios vecinos. El Picarral es todo un ejemplo de concordia y de integración. Valores que quedan reflejados en la Fundación Picarral, ligada al barrio desde 1980, que vela por promover y facilitar la igualdad de oportunidades, sobre todo, entre los más jóvenes. Trabajo encomiable y digno de elogio que debe de llenar de orgullo a cualquier zaragozano. Se ha trabajado duro, se trabaja de forma tenaz y se tiene que seguir trabajando perseverantemente. Os animo a hacerlo porque sin vuestro esfuerzo El Picarral no sería el barrio emprendedor que es en la actualidad. Quedan temas pendientes y estoy convencida de que los proyectos de futuro saldrán adelante gracias a vuestro empeño y tesón, y que el barrio se verá nuevamente beneficiado por ellos. Mi más sincera enhorabuena por estos 40 años de labor, no sólo por un barrio, sino por el conjunto de la ciudad de Zaragoza.

Luisa Fernanda Rudi Úbeda Presidenta del Gobierno de Aragón


40 años de la A.VV. Picarral Supone para mí un enorme honor, como presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, participar en la publicación del libro “40 años de la Asociación de Vecinos Picarral que edita este ya histórico colectivo vecinal. Son ya cuatro décadas de movimiento vecinal, que se inicia con la llegada de la democracia a nuestro país, y que han convertido a este histórico distrito de la capital aragonesas en un barrio diferente, único, con un fuerte espíritu colectivo y señas de identidad propias. Los primeros equipamientos públicos, la creación de zonas verdes, juegos infantiles, la mejora del transporte público, el traslado de las numerosas fábricas del barrio… son sólo unos pocos ejemplos de todo lo reivindicado, luchado y conseguido. Gracias a su asociación de vecinos, el Picarral zaragozano ha progresado a un ritmo adecuado, aunque queda mucho trabajo y son muchas las necesidades. Por eso, desde la Diputación Provincial de Zaragoza hemos querido apoyar esta publicación, que cuenta la reciente historia del barrio, de la ciudad, a través de los ojos de sus vecinos. Mi más sincera enhorabuena a cada unos de los miembros de la Asociación de Vecinos Picarral Salvador Allende por estos cuarenta años de trabajo, por su actitud reivindicativa pero honesta, y por la gran iniciativa de plasmar en un libro un pedazo de la historia de Zaragoza.

Luis María Beamonte Presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza


Amigos y amigas de la Asociación de Vecinos del Picarral, que habéis escrito en más de 40 años y conformáis todavía… esta historia de ciudadanía, este relato de libertad construida en comunidad, ese ejemplo de coraje social, ese camino de aprendizajes sencillos, desde las calles y las plazas de un barrio obrero… ¡Gracias y Enhorabuena! Sabéis que vivimos tiempos de crisis profunda…, compleja, con muchas caras… Crisis económica, medioambiental, alimentaria… Pero sobre todo una crisis de valores… Una crisis de sentido de sociedad, de construcción de lo público, de lo de todos, de lo común… Durante mucho tiempo nos hemos aprovechado –como sociedad- del privilegio de vivir en este primer mundo rico y nos hemos comportado como niñatos pijos, que se creían los dueños del universo… Hemos esquilmado el planeta, hemos educado a nuestros chavales como clientes y no como ciudadanos, hemos evitado decir que no a nuestros hijos, de manera que los dioses del dinero, el prestigio y el poder campan a sus anchas, haciendo de cada individuo una isla que sólo se moviliza cuando le pisan su callo. Es cierto que el 15M ha sido un grito de utopía imprescindible, un clamor que nos ha sacado del pesimismo de que las cosas no pueden ser de otra manera, de que no puede haber otro mundo posible donde todas las personas puedan vivir con dignidad. Pero fue hace ya muchos años…, en plena dictadura franquista, cuando nacieron las Asociaciones de Vecinos, como semillas de utopía, precisamente para soñar en común otro mundo posible, que hiciera nacer la palabra y los derechos ciudadanos de primera necesidad… Derecho a una vivienda digna, a una educación pública de calidad, a la sanidad universal, a una ciudad al servicio de las personas… Gente humilde, pegada a la tierra de sus barrios, al dolor y a los gozos de los vecinos, que fueron preñando el territorio de utopías posibles… Por eso, porque sabéis que el trabajo no ha terminado, porque vienen tiempos duros… porque la profunda crisis os va a exigir trabajar todavía con más ahínco, con menos medios… soñando utopías posibles, permitidme que hoy –que es un día de fiesta- haga de mis palabras homenaje a la Asociación de Vecinos de Picarral… Dejadme que hoy os de las gracias a cada uno de vosotros y vosotras que habéis sido fermento de compromiso con lo público, contra viento y marea, de una manera fiel, creando redes, reivindicando, siendo críticos con los poderosos y acogedores con los débiles, con los que nacieron aquí y con los que vinieron de fuera… Gracias porque habéis sido fermento de ciudadanía, de voluntariado, de militancia, de compromiso con el futuro de una sociedad que gracias a vosotros hoy es más libre, justa y solidaria.

Ignacio Celaya Ex Director General de Participación Ciudadana del Gobierno de Aragón


40 años

INTRODUCCIÓN

Capítulo

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l Rabal de Zaragoza empieza a crecer hacia el norte en la primera mitad del siglo XX. Primero, como una simple prolongación del primero de los barrios de Zaragoza que pudo considerarse como tal. A mediados de los años sesenta, la ciudad sigue tomando cuerpo en la Margen Izquierda, más allá de la calle Sobrarbe. La zona se expande, un nuevo núcleo urbano empieza a adquirir entidad propia y comienza a sonar otro nombre diferente al del Arrabal de toda la vida para denominar a un nuevo barrio urbano: el Picarral. Hoy, los límites del Picarral los marcan, al norte, la urbanización Parque Goya; al sur, el Arrabal viejo; al este, la zona industrial de Alcalde Caballero; y al oeste, la avenida Pirineos. Las principales calles del barrio son la avenida San Juan de la Peña, que lo cruza de norte a sur, y la avenida Salvador Allende, que va de suroeste a norte. Según la Gran Enciclopedia Aragonesa, un picarral es un terreno arrasado por el agua, formado por hoyos y regatos. Más allá de darle nombre al barrio, esta definición lleva implícita una de las características naturales de la zona y contra las que han tenido que luchar desde siempre sus vecinos: las inundaciones. El barrio está situado a baja cota respecto al río y surcado por aguas subterráneas, pues se levanta sobre el antiguo cauce del Ebro. La lucha contra las grandes avenidas fluviales, un problema recurrente, ha servido en ocasiones también para aglutinar voluntades y unir a los vecinos en una causa común. Ha marcado el carácter del barrio. Otra de las causas que tradicionalmente ha juntado a los vecinos del Picarral ha sido la lucha contra la contaminación y la insalubridad provocada

por las industrias que comparten espacio con las viviendas del barrio: Saica, Caitasa, Tusa, Rico Echeverría, La Algodonera… Todos ellos fueron nombres ligados a las reivindicaciones. Y hubo alguno que lo estuvo con especial fuerza, como el de Campo Ebro. Los vecinos heredan numerosos problemas y carencias fruto de la desidia y la codicia de promotores, constructores, sindicatos y responsables públicos. Equipamientos sanitarios, educación y cultura, colegios y guarderías, la cesta de la compra, transporte público, tanques fuera de las calles, vacaciones donde los niños puedan respirar aire puro... Numerosas han sido las causas que han congregado a los vecinos a lo largo de los años. Esto le ha dado con el tiempo al Picarral un carácter de barrio reivindicativo y con un notable movimiento vecinal, que ahora cumple cuarenta años desde que se constituyó oficialmente bajo la fórmula legal de Asociación de Cabezas de Familia.

El Rabal anterior al Picarral El carácter de Zaragoza como ciudad viene marcado por tres de los cuatro elementos de la naturaleza: tierra, agua y aire. La tierra llana y fértil del valle fluvial. El agua de los tres ríos que en ella convergen: el Ebro, el Gállego y el Huerva. Y el cierzo, su seña de identidad, a la vez castigo y premio, pues la azota impenitente pero también barre su cielo de nieblas, humos y polución. Los romanos eligieron establecerse hace más de dos milenios en la margen derecha del Ebro, más elevada que la izquierda y, por lo tanto, más a salvo de las crecidas. Pero el control estratégico de

Introducción

E

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ambas orillas requiere ya entonces una presencia en la margen izquierda, a modo de cabecera de puente, probablemente en las inmediaciones del actual puente de Piedra. Es la primera semilla de lo que llegará a ser el Rabal zaragozano. Mientras el grueso del crecimiento demográfico de la ciudad fue tomando cuerpo en la orilla derecha del Ebro, la margen izquierda fue durante siglos la despensa de Zaragoza. Zona de huerta y regadío, estaba surcada de acequias.

En el siglo XV, el Rabal es ya el término más extenso de la ciudad, con 8.000 cahizadas. Está comprendido por los de Cogullada, Corbera Alta y Baja, la Ortilla y Ranillas. Durante toda la Edad Moderna, la Zaragoza de la margen izquierda sigue manteniendo su condición arrabalera y su carácter rural. Los labradores conviven con gremios relacionados con el campo como matarifes, curtidores… Es la primera industrialización de la zona.

La gran avenida de 1380 origina una variación del curso del río. Del viejo cauce quedaría constancia en forma de balsas; en concreto, las del “Ebro viejo”. El río, barrera natural entre el centro de la ciudad y la orilla izquierda, inunda esporádicamente esta última zona, que empieza a considerarse insana. Por ende, permanecerá escasamente poblada a lo largo de buena parte de la historia.

A comienzos del siglo XIX, los Sitios de Zaragoza destruyen los conventos y la mayor parte de las edificaciones mudéjares típicas del área, así como las arboledas que sirven de zona de esparcimiento, que fueron taladas para facilitar las operaciones militares. Las actuaciones para reconstruir la ciudad, posteriores a la guerra de la Independencia, se centran casi exclusivamente


el puente de Piedra, surgida entre las carreteras de Huesca y Barcelona. Mientras tanto, nuevas viviendas empiezan ya a elevarse más allá del camino de Juslibol.

Por todo ello, con la llegada del ferrocarril, el deterioro de la zona propicia también la instalación de las primeras fábricas. La primera línea será la de Barcelona, que en 1861 inaugura la estación del Norte. Esto supone también la paulatina transformación de la huerta en industrias y talleres. Aunque sector primario y secundario convivirán durante más de un siglo en la zona. En el plano de Zaragoza de 1872 se aprecia cómo, entre las torres de labor, surgen a lo largo de los ejes del ferrocarril factorías, muchas de ellas asociadas a la transformación de los productos agrícolas, como las azucareras, los molinos y las fábricas de regaliz o de cerveza. Llegan también las primeras industrias del metal.

Industria y casas se mezclan anárquicamente en la margen izquierda del Ebro, pero manteniendo la estructura de las parcelas agrícolas e intercaladas de campos y torres. Como efecto de la industrialización han surgido parcelaciones residenciales. Entonces, el Rabal ya no se circunscribe solo a las zonas tradicionales, más próximas al río Ebro. Han surgido desordenadamente fajas de edificaciones radiales a lo largo de las carreteras de Barcelona, Huesca y el camino de Juslibol, y las industrias continúan implantándose en pleno campo.

En ese plano de 1872, se aprecian también ya dos ejes fundamentales que, junto a la nueva barrera artificial de las vías del tren, van a definir la estructura futura del Rabal y, por lo tanto, también lo que llegará a ser el Picarral: son la carretera de Huesca y la de Barcelona. El paso definitivo de Zaragoza como ciudad tradicional a ciudad preindustrial se produce fundamentalmente en las dos últimas décadas del siglo XIX y gracias al desarrollo del Rabal. La llegada de los tranvías a finales del siglo XIX favorecerá también la expansión de la industria, que se va diversificando.

El Arrabal se desborda En el plano de 1925 se aprecian ya dos núcleos residenciales en el Rabal: el Arrabal tradicional y otro más, surgido en torno a la estación del Norte, que se iba a convertir en el barrio Jesús. Y en medio la cuña industrial que llega casi hasta

El Arrabal sigue extendiéndose más allá de las carreteras de Huesca y Juslibol en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Hacia el norte, se han consolidado las manzanas iniciadas en 1925 al sur de la plaza de San Gregorio, y el núcleo residencial llega ya hasta la trasera del convento de las Carmelitas de San José y hasta el campo de fútbol del Deportivo (Picarral). A partir de este límite la zona sigue siendo eminentemente agrícola, salpicada de algún taller de fundición y de alguna parcela residencial, hasta las Balsas de Ebro Viejo, entonces una arboleda.

Introducción

en las zonas más céntricas. Perdura durante años el aspecto desolado del Arrabal, a lo que se suma el efecto de la desamortización de 1835, con el cambio de uso de los conventos.

19 Nace el Picarral urbano En 1937, más allá de las balsas, al pie del camino de Juslibol, brota entre los campos la mayor industria textil de Zaragoza: Caitasa. Las torres agrícolas ven nacer un nuevo núcleo industrial, importante no ya por albergar un número elevado de factorías, sino porque la propia Caitasa emplea a un número importante de la mano de obra del sector textil zaragozano. En plena


Guerra Civil empieza a nacer el Picarral como núcleo urbano, sin solución de continuidad con el Arrabal, pero comunicado con la ciudad por las mismas arterias: la carretera de Huesca y el camino de Juslibol.

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En los años sucesivos, en el entorno del Picarral van instalándose más factorías. Los depósitos de Campsa o la Oxídrica se alternan con talleres metalúrgicos y textiles surgidos al amparo del empuje bélico. Las pequeñas industrias tradicionales de transformación agrícola y las metalúrgicas empiezan a coexistir con otras mayores como la Algodonera del Ebro, la fábrica de pasta de papel Saica o Rico Echevarría. Más adelante, el núcleo industrial se consolida con la instalación de Tusa.

Este crecimiento anárquico de los años 30 y 40 preconiza posteriores problemas urbanísticos. Tras la Guerra Civil, en 1940, Zaragoza tiene 238.000 habitantes. Veinte años después, roza el tercio de millón (326.316 en 1960). Tras el lógico estancamiento de los años más duros de la posguerra, la progresiva industrialización ha vuelto a coger ritmo. El crecimiento demográfico de la ciudad es alto, pero no lo es tanto el de la construcción en estos años de resaca posbélica. La mayoría de los recién llegados del campo a la ciudad se hacinan en infraviviendas del casco antiguo y de los barrios tradicionales El Anteproyecto de Plan General de Zaragoza de 1943 es el primero que prevé la expansión de la


A medida que ha ido deteriorándose el casco antiguo, delimitado por la ciudad romana y la

medieval, el centro de la Zaragoza ha ido desplazándose más al sur. De este modo, va ganando peso como polo de centralidad la zona del paseo Independencia. Por su parte, los barrios de la margen izquierda van creciendo más al norte y alejándose así más y más del centro urbano. En el área del Picarral, que entonces ocupa ya numerosa mano de obra industrial, se inician grandes actuaciones de edificación residencial. Destaca el grupo de viviendas de MPZAR, que comienza a construirse en 1946 junto a la carretera de Huesca. El mismo año, la caja de ahorros inicia la construcción de un bloque de viviendas para 130 familias en la calle Anzánigo, que será conocido como el Pabellón Viejo. Los primeros

Introducción

ciudad, repartiendo el peso por igual en ambas márgenes del río Ebro. Contemplaba los problemas urbanísticos del Rabal de manera global e intentaba regular la anarquía reinante, dada la mezcla de usos del suelo y los problemas planteados por el ferrocarril. También contemplaba una circunvalación viaria, que desviara la entrada de la carretera de Barcelona, rodeando toda el área occidental del Arrabal, atravesando así los ejes de las avenidas del Puente del Pilar y de Cataluña y la carretera de Huesca. El anteproyecto también delimitaba las zonas industriales y residenciales, pero aquel plan de 1943 se quedó en eso, en anteproyecto.

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pobladores habían de cruzar los campos para coger el tranvía en la carretera de Huesca.

años será el único colegio del barrio: San Braulio, en la calle pantano de Yesa.

En el camino de Juslibol, frente a Caitasa, surge más tarde, a mediados de los años 50, el grupo de viviendas de promoción municipal Francisco Franco. Son ocho pabellones para casi 400 familias que, muy al hilo de la época, serán bautizados con nombres bélicos, de batallas y de generales. Después, la Obra Sindical del Hogar promueve los grupos Ortiz de Zárate (1957) y Teniente Polanco (1958) para otras 400 familias más. Pequeñas promociones van cambiando las iniciales parcelas por edificaciones en altura. Hogar Cristiano promueve un primer bloque para 140 familias, que años más tarde se duplicará. La parcelación Establés, frente a la factoría de Tusa, y algunas viviendas de planta, completan esta primera expansión. El barrio va tomando forma.

En 1957 se crea el Ministerio de la Vivienda, un organismo que nace con la pretensión de favorecer una expansión más ordenada de las ciudades. Para Zaragoza propone actuaciones industriales como el polígono de Cogullada, y otras de índole residencial como la de Balsas de Ebro Viejo. Se impulsará una época de auge constructivo que dejará una profunda huella en la zona. Entre tanto, algunas de las grandes factorías que habían ejercido como motor de la industrialización del Rabal, véase las azucareras, comienzan su declive y son trasladadas a otros lugares de España.

El cambio del predominio de una economía eminentemente agrícola y de servicios a la transformación de Zaragoza en una ciudad plenamente industrial provoca una rápida emigración del campo a la ciudad. Esta presión, el boom demográfico de los 50 y los 60, el desarrollismo y el despegue económico nacional tras dos décadas largas de posguerra, así como la falta de control administrativo sobre el suelo, junto con las ventajas de los nuevos medios de transporte, favorecen una especulación inmobiliaria que determina el desarrollo urbano de Zaragoza, al igual que ocurre en otras ciudades españolas. Crecen de manera anárquica viviendas e industrias, conformando los barrios periféricos. Pero, a menudo, las casas no van acompañadas por un crecimiento paralelo de los servicios, dotaciones y equipamientos mínimamente exigibles. A finales de los años 50, en el Rabal trabaja el 19% del total de la mano de obra industrial de Zaragoza. En 1960, se levanta el que durante

La consolidación del barrio Zaragoza fue declarada en 1964 Polo Industrial de Desarrollo por Gregorio López Bravo, ministro de Industria, y Laureano López Rodó, ministro del Plan de Desarrollo. Surgen los polígonos industriales de Malpica y Cogullada, con los consiguientes beneficios concedidos a las fábricas que se estableciesen dentro de la demarcación señalada. Considerado como “una palanca de acción regional”, el polo estuvo vigente de enero del 64 a diciembre del 69. Y Juan Antonio Royo Cremades se encargó de su gerencia. De 1964 a 1972, se crearon 83 empresas, se invirtieron más de 5.700 millones de pesetas y se generaron 7.500 nuevos puestos de trabajo, según datos del Ministerio de Industria. El cómputo final del polo superaba los 8.000 empleos generados y una inversión equivalente a 54 millones de euros de la época, sin olvidar las 69.000 hectáreas transformadas en regadíos. Y la ciudad se llenó de inmigrantes del campo. Del 64 al 72, unas 250.000 personas cambiaron


En aquella época del Polo de Desarrollo se construyeron, por ejemplo, el edificio del nuevo ayuntamiento, el paseo Independencia y el puente de Santiago. Pero los barrios no se benefician de este crecimiento de la riqueza. La periferia adquiere su empuje definitivo en los años que siguen a la implantación del polo, cuando Zaragoza duplica la población que tenía justo después de la guerra. Si en 1900, la ciudad no albergaba ni a uno de cada cuatro habitantes de la provincia (99.118 vecinos frente al total provincial de 421.843), en 1967, seis de cada diez habitantes de la provincia residen ya en la capital. Los vecinos recién llegados a estos barrios hablaban entonces, y aún lo hacen hoy algunos de los más mayores, de “subir” o “bajar” a Zaragoza, cuando se dirigían al centro, como si no se sintieran parte de la ciudad. Sus barrios han ido surgiendo como añadidos, como verrugas que le han salido al centro de la ciudad. Y el poder… Ese siempre mira al centro. A los influyentes. Pero, poco a poco, esos vecinos de la periferia se irán uniendo para reivindicar mejoras puntuales en sus condiciones de vida: alumbrado, asfaltado de calles, transporte pú-

blico, un urbanismo más racional…. Nacía así un incipiente movimiento vecinal, el germen de las asociaciones de cabezas de familia o de propietarios, según los casos, origen de las actuales asociaciones de vecinos. En 1966, una coalición entre la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, el sindicato y la patronal, encargan a una constructora que ya por entonces era de las grandes, Dragados y Construcciones, que levante 1.534 viviendas en el polígono de Balsas de Ebro Viejo. Esta nace con vocación de convertirse en una actuación modélica para todo el país, pero las deficiencias de la nueva urbanización, algunas de ellas carencias básicas, como el alumbrado, se prolongarían durante años. Las primeras 750 familias llegan en 1969 y el resto al año siguiente. Mientras, en la zona norte del barrio, la inmobiliaria Loarre, propiedad también de la misma caja de ahorros, construye otras 570 viviendas. Más adelante, esta misma entidad, la actual IberCaja, financiará la construcción aneja de la fábrica de Campo Ebro, que acabará resultando altamente molesta para los vecinos. Empresarios de renombre en la ciudad de aquella época, como Colmenero y Pinilla, adosan a la fábrica otras 800 viviendas más. En el Picarral viven ya unas 20.000 personas, muchas de las cuales deben dormir, hasta en verano, con las ventanas cerradas, para evitar los ruidos, los olores, el polvo y las pajas que diseminan las industrias colindantes. Cuando el cierzo no azota sin piedad, el hedor y los humos invaden las viviendas, especialmente en zonas como los bloques del final de San Juan de la Peña, asomados directamente a las fábricas. Además, al encontrarse el barrio en una de las zonas más bajas de la ciudad, existe una elevada humedad y el agua rezuma con suma facilidad

Introducción

de sitio y de forma de vida. La ciudad de Zaragoza creció en 153.000 habitantes. Otros 42 municipios de la región aumentaron en total en 32.000 personas, mientras que el resto de 764 municipios, el 87% del territorio, perdió 139.000 habitantes. Se generó la invertebración de Aragón, que disponía de un gran centro urbano, Zaragoza, con casi medio millón de habitantes en 1970, y de ninguna ciudad de tipo intermedio. “Aragón se convirtió en una especie de monstruo con una enorme cabeza, Zaragoza, la madrastra, y un cuerpo enano, el resto del territorio, invertebrado, sin estructurar, en el que cada vez se acentuaban más las diferencias”, escribe Javier Ortega en su libro Los años de la ilusión (1999).

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durante las grandes avenidas del Ebro. Esto contribuye a que se acumulen nieblas, que retienen la contaminación y el olor procedente de industrias como Campo Ebro y Saica. A partir de este momento se hace patente que, como solución a esta situación, solo cabe una reconversión paulatina de la industria en otra que no contamine o su traslado

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a otras zonas alejadas de las áreas habitadas. Pero entonces, como ahora, los propietarios de los suelos industriales son reacios a marcharse, aduciendo a la falta de rentabilidad de la operación. Y los que se plantean hacerlo, pretenden compensar la falta de productividad de sus industrias mediante la especulación con el suelo.


40 años

CONSTRUYENDO CIUDADANÍA

Capítulo

2


En los últimos años del franquismo, algo se estaba moviendo en los barrios. Del tradicional “a los ciudadanos se les evoca, se les invoca, pero no se les convoca”, acuñado por Lefebvre, poco a poco se iba empezando a convocar a los vecinos. Pero faltan cauces de participación estables y, la mayoría de las veces, a los ciudadanos de a pie no se les hacen ni caso. Los encargados de construir ciudad, políticos y técnicos, siguen actuando con un despotismo y un autoritarismo profundamente interiorizado a lo largo de los años de dictadura. La sociedad española está cada vez más ansiosa por participar en la vida pública. Y muchos grupos de vecinos empiezan a actuar en consecuencia, al igual que ocurrió en el Picarral, sacudiendo así la conciencia colectiva. Cada vez más ciudadanos se resisten a representar el papel de meros consumidores y exigen tener voz y voto en aquellos asuntos que les afectan. La labor del movimiento vecinal estaba aún en pañales. Pero la participación ciudadana estaba naciendo y, con o sin dictadura, la explosión era ya imparable. Algo que era impensable solo unos pocos años atrás. Como respuesta a esta explosión de ciudadanía, el aparato represor del Régimen no baja la guardia y, en algunos momentos, se vuelve asfixiante. Los problemas que se vivían en muchos barrios fueron el detonante de ese despertar de la conciencia ciudadana. La propia realidad era la que empujaba a muchos vecinos a protestar, pero de manera casi espontánea, sin cauce ni organización alguna que los impulsara a la actuación. Empiezan a surgir los primeros gérmenes de las asociaciones de vecinos en las parroquias de ba-

rrio, los centros sociales, las juntas de barrio… Allá donde puedan reunirse más de cuatro personas sin ser llamadas a disolverse, empiezan a encauzarse y potenciarse las inquietudes y aspiraciones de los vecinos, quienes van tomando posiciones ideológicas que asegurarían una proyección de largo alcance para esas ansias de organizarse y luchar por todo aquello que por derecho les corresponde, como más adelante se verá. Muchos ciudadanos no estaban satisfechos con los servicios comunitarios de los que disponían… o más bien de los que carecían. El descontento era un hecho, y era también el punto de partida para el desarrollo comunitario. Pero amplificarlo y crear conciencia se convertiría en una cuestión de método. Las autoridades de la época lo sabían y, por eso, en los últimos años de la dictadura, el acoso a la libertad de expresión y al derecho de reunión se intensificaría. Los grupos de vecinos comienzan a organizarse en los barrios, analizan los problemas comunes y, en la medida de sus posibilidades, empiezan a pasar a la acción. Poco a poco, van consiguiendo algunas de sus reivindicaciones puntuales. Pero no se trata solo de ir logrando bienes materiales… Que también. Véase más pupitres, semáforos, menos humos… Sin embargo, quedarse ahí sería reproducir el esquema desarrollista imperante en las esferas oficiales. Las incipientes asociaciones de los barrios tratan, por medio de la acción, de ir aumentando la capacidad de lucha de los vecinos, de hacer crecer el sentido de la responsabilidad colectiva, de la participación individual y de la solidaridad. Ardua tarea. Por eso, a menudo, la acción de los movimientos vecinales no se queda solo en lo inmediato, en lo más próximo, y trasciende el contexto del barrio. La acción de los vecinos no puede desligarse de los problemas de la ciudad como conjunto, tal y como dicta la lógica urbanística. Pero tampoco

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La dictadura agoniza, pero cuánto tarda en morir

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puede ser ajena a los del conjunto de la sociedad española, aquellos que se cuecen en esferas más altas pero que les afectan de forma directa: libertades, legislación laboral, educación pública, índice de precios, Ley de Bases de Régimen Local… La acción de los vecinos se realiza desde, para y por un barrio, pero se enmarca en un contexto mucho más amplio. Pero a nada que la atención de las agrupaciones vecinales, que para existir tenían que constituirse como asociaciones de cabezas de familia, apuntase a ese contexto más amplio de la realidad, se les tachaba de salirse del tiesto y de meterse donde nos se les llamaba. Y, a menudo, incluso cuando apuntaba a asuntos más domésticos. Las autoridades no toleraban que las asociaciones de familias fuesen “tapaderas para hacer política”, y esto les acarrearía muchos problemas. Política. Palabra tabú en aquellos años. Pero, ¿qué hacían los movimientos vecinales, si no era política, en el más noble sentido de la palabra? Enseñanza gratuita, salarios dignos, una cesta de la compra asequible… ¿Cómo iban a resolverse los problemas que afectaban a sus familias, si no era desde la política?

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Con el paso del tiempo, la memoria es a veces injustamente selectiva, y podría parecer que en este país la transición la hubieran hecho solamente el rey, Suárez y Carrillo. Sin embargo, sindicatos, movimientos estudiantiles y veci-

nales y otros colectivos ciudadanos fueron las “verdaderas palancas del cambio”, según escribe Javier Ortega en su libro Los años de la ilusión, aunque a veces se hayan sentido “como arrinconados por el pretendido protagonismo de los partidos políticos”. Según Ortega, “la transición comenzó a fraguarse algunos años antes de la muerte del dictador (…). A finales de la década de los sesenta y principios de los setenta, algo se movía en la universidad, en algunos colegios profesionales, en algunos medios de comunicación, en los barrios y en las fábricas de este país, donde se habían creado zonas de libertad, arrancadas, no sin sangre, sudor y lágrimas, al Régimen”. En Aragón “los actores de esta película fueron, por orden de aparición, los universitarios, las organizaciones vecinales, los sindicatos, los partidos políticos, los ecologistas, los pacifistas, el mundo de la cultura, el feminismo. Luego vino la legalización de los partidos, las primeras elecciones, la Constitución, los ayuntamientos democráticos, el proceso autonómico, la primera Diputación General de Aragón, el Estatuto, las Cortes de Aragón. La normalidad y hasta el aburrimiento”, rememoraba en su obra de 1999 este veterano periodista aragonés que vivió en primera persona buena parte de aquellos acontecimientos.


En este contexto social y político nace la Asociación de Cabezas de Familia del Picarral. Desde ella también se viven intensamente los años finales del franquismo y la transición a la democracia. No solo como espectadores, sino como una entidad viva e implicada en el devenir de su barrio, indisolublemente unido al de su ciudad y al del conjunto del país. Y teniendo también una participación activa en el camino hacia la autonomía de Aragón. Han pasado cuatro décadas desde el nacimiento de la asociación de vecinos de este barrio de Zaragoza, situado en la margen izquierda del Ebro. Más de cuarenta años, en los que la sociedad que la vio nacer ya no es la misma. Y en buena medida no lo es por el trabajo que muchos hombres y mujeres desarrollaron desde la profunda convicción de que la participación ciudadana es el requisito indispensable para la convivencia en una sociedad más justa. Cuatro décadas después, una mañana de martes de febrero de 2010, ha llovido de temprano en Zaragoza. Pero parece que por fin empieza a asomar tímidamente el sol entre los nubarrones negros que recortan, al fondo, la silueta metálica de la fábrica de Campo Ebro. En la plaza del padre Juan Acha, en el Picarral, un abuelo y su nieto aprovechan con avidez los primeros rayos ma-

No sabemos el nombre de ese abuelo ni del bebé, pero a buen seguro que su historia podría perfectamente encajar con la de otros tantos abuelos y otros tantos nietos del Picarral. Es muy probable que, cuando a ese hombre le tocaba ejercer de padre, tampoco hubiera podido sentar a su hijo o a su hija en el columpio. No porque estuviese mojado. Es que, entonces, no había columpios en el Picarral. Por no poder, seguramente, no habría podido ni salir de paseo a aprovechar esos primeros rayos de sol que anuncian la primavera con su hijo, después de semanas heladoras y pasadas por agua. También es verdad que entonces, ese señor, no estaría jubilado… Pero, es que, ni en los días de fiesta; cuando llovía, el barrio era un barrizal. Muchas calles estaban aún sin pavimentar cuando el abuelo era solo padre. Frente a esa plaza se levanta la parroquia de Belén, uno de cuyos primeros párrocos, Juan Acha, le da nombre. Y, junto a la iglesia, la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende. Se acerca el 40 aniversario, y tres viejos conocidos acuden hasta la sede, en esa mañana de febrero. Ahora que toca hacer balance de esas cuatro décadas, ellos tres recuerdan muy bien cuándo en el barrio no había columpios ni tan siquiera asfalto ni vertidos en algunas calles. Y lo saben bien porque, si hoy, el abuelo y su nieto pueden salir de paseo por un parque después de la lluvia y sin pringar-

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ñaneros. Por fin parece que el sol de la mañana empieza a calentar algo en lo que va de año. Y es que el invierno está siendo largo, muy largo, y no hay que desaprovechar ni un rayo que anuncie, aunque sea tímidamente, que pronto será primavera. Los columpios están mojados, y el abuelo renuncia a sentar en él a su nieto. Pero al niño aún no le importa. Es muy pequeño, y apenas anda. Se divierte mientras da sus primeros pasos por el suelo acolchado de la zona de juegos, colgado de las manos de su abuelo.

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se de barro, es en parte gracias a esta asociación de vecinos, a la que estos tres hombres, junto a decenas y decenas de vecinos y vecinas, han dedicado tantas horas y desvelos. Son Juan José Jordá, Jesús Gil y Antonio Sofín. Tres históricos del movimiento vecinal en el Picarral, que esa mañana de febrero de 2010 se ponen a recordar aquellos primeros años. En el Picarral “se empieza a andar en 1968”, recuerda Antonio Sofín, “porque en el verano solo teníamos agua cuatro horas al día. Así empezó el primer movimiento que partió de unas personas del Hogar Cristiano y de otras de Teniente Polanco. Se tuvo una entrevista bastante fuerte con Cesáreo Alierta, el padre del que luego fue presidente de Telefónica, que era entonces el alcalde. Luego ya se empiezan a tener reuniones en la parroquia de Belén con alguna persona más que se añade, como Mari Carmen Gorrochategui, que fue la primera secretaria”.

En los albores del movimiento vecinal “Ahí se empiezan a tener las primeras reuniones con el entonces delegado de Familia, Emilio

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Gazo, puesto ahí por las autoridades, pero que era bastante permisivo”, prosigue Antonio Sofín en su relato de aquellos primeros años de movimiento vecinal en el Picarral. “Ya incluso se tuvieron tres o cuatro asambleas en la parroquia de Belén, hasta que se constituyó la asociación. Me parece que fue a finales del 69 o a principios del 70 cuando se prepararon los estatutos y se mandaron”. “Se empieza con la idea de que hay que comenzar a trabajar en el año 68. Y entonces se empezó a tramitar” la creación de la asociación de cabezas de familia, puntualiza Juanjo Jordá. “Cuando se dio el permiso, la licencia para poner en marcha la asociación, fue en la primavera de 1970. Ahora en el 2010 es cuando se cumple el 40 aniversario oficial, pero ya se había trabajado previamente, como cuenta Antonio”, añade Jordá. Sofín se vuelve hacia uno de sus compañeros de militancia: “¿Ya estabas tú entonces, Jesús?”, le pregunta. “No, yo llegué en 1971”, responde Jesús Gil. “Me incorporé en la época en que aún estaba Paco Asensio de presidente”. Efectivamente, Paco Asensio fue el primer presidente de la asociación del Picarral. Los años no han hecho mella en su privilegiada memoria, y es capaz de reproducir toda clase de desvelos, peripecias y


“Yo no sé por qué me eligieron a mí como presidente, se ve que me vieron cara de más tonto, el caso es que tocó”, afirma el propio Asensio. Pero para comprender cómo se llegó a ese momento, el primer presidente echa la vista doce años atrás

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anécdotas que llevaron a un grupo de vecinos del Picarral, a caballo entre los años sesenta y setenta, a luchar contra viento y marea por impulsar la creación de esta asociación, que alcanza ahora sus cuatro primeras décadas de existencia.

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del nacimiento de la asociación del barrio. “Yo llevo viviendo en el Picarral 52 años. Cuando me casé, en 1958, me vine a vivir al grupo Francisco Franco. Y esta no es la primera asociación. En el grupo Franco, que son unas viviendas que hizo el ayuntamiento, se constituyó una junta” basada en los estatutos que el propio consistorio les dio, “los cuales teníamos que cumplir. Incluso teníamos que pagar una cuota mensual, me parece que de tres pesetas, para los arreglos interiores, porque tanto las fachadas como los tejados pertenecían al ayuntamiento”. En la junta de vecinos del grupo Francisco Franco había un delegado por cada uno de los siete bloques, y en cada piso había un jefe de escalera.

primera ilegalidad” con la que se topó antes incluso de venir a vivir al barrio. “Las empresas tenían la obligación de construir un determinado número de viviendas para los trabajadores. El primer bloque de Francisco Franco se lo habían adjudicado a la Maquinista y Funciones del Ebro, pero valiéndose del amiguismo, en estos pabellones había gente de Izuzquiza, de La Algodonera, de la Saica… Un montón de empresas a las que el ayuntamiento les había adjudicado esos pisos para que las compañías no tuviesen que construir otros nuevos para los trabajadores. Aparte de la cantidad de guardias municipales que vivían ahí. Así, uno se hace a la idea de cómo estaba la situación”.

“Periódicamente, nos reuníamos en el piso que tocaba y comentábamos cómo estaba el barrio”, señala Asensio. “Por eso te digo que la primera asociación del barrio no es la de vecinos del Picarral, sino aquella del grupo Francisco Franco. En aquella época era alcalde Luis Gómez Laguna”.

“En aquella época, la vivienda era muy cara en Zaragoza –continúa Asensio con su relato-. Por cualquier chamizo había que pagar 800 pesetas. Y yo, cuando me casé, ganaba 1.700. Tuve la suerte de que, por enchufe, me tocó una vivienda de tipo popular, que costaban doscientas sesenta y tantas pesetas, y me fui a vivir ahí. El problema es que esas casas habían pasado por muchas manos. Y que, como eran tan baratas, estaban

“Para hacerse a la idea de cómo se actuaba en aquella época”, Paco Asensio se remonta a “la


hechas como estaban hechas…”. Nada mejor para mostrarlo que remitirse a las primeras impresiones que los vecinos se llevaban al ocupar la suya: “Te entregan las llaves, subes al piso, ves las puertas arqueadas, alguien que se apoya en un tabique y se viene abajo… La instalación eléctrica, en vez de ser de cable de cobre es de aluminio, con lo cual vas a poner un portalámparas y no hay manera de que eso se enchufe. Las bajadas de aguas no existen, las salidas desde los patios a las redes generales de desagüe son tejas de tipo romano…”. Paco Asensio se detiene, pero de la impresión de que podría estar horas enumerando las deficiencias de aquellos pisos.

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Los ocupantes de las casas del grupo Francisco Franco, organizados ya en la junta, sienten que les han tomado el pelo. “Y claro, todo eso conlleva unas motivaciones, y la gente nos tenemos que sublevar. Es lógico”, asevera. “Venga a echar instancias al ayuntamiento, y no hacen caso. Entonces lo más oportuno fue solicitar una visita al alcalde Luis Gómez Laguna para darle las gracias por las viviendas. Y al poco tiempo, nos citan para ir a verlo. Nos recibe el alcalde, vamos tres o cuatro, y le digo: ‘Don Luis, lo primero que le tengo que decir es que no vengo a darle las gracias. Vengo a protestar por esto, por esto y por esto’. La primera contestación que me da: ‘Eres un cabrón’. Como ya sabía como era, porque trabajaba en el mismo gremio que él, tampoco me alarmé. Yo ya sabía que era muy bruto. Era muy noble, sí, pero muy bruto”.

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Nace la Asociación de Cabezas de Familia del Picarral Según Paco Asensio, “a partir de ahí es cuando surge el movimiento vecinal” en el Picarral. “La asociación de vecinos se fundaría ya en el año 1970, pero desde 1958 hasta entonces surgen

una serie de movimientos vecinales” en el barrio, que serán la semilla que acabaría eclosio-


nando en 1970 cuando, aprovechando un resquicio legal, los vecinos se pueden empezar a organizar. Las asociaciones de vecinos tuvieron que constituirse en un principio como asociaciones de cabezas de familia (ACF), acogidas al reglamento de la Secretaría General del Movimiento. De este modo, era más fácil su legalización por este procedimiento. Algunas de las primeras ACF se crearon al amparo de determinadas parroquias, de las comunidades cristianas populares o del Centro Obrero de Formación (Codef). Otras fueron promovidas por militantes de partidos clandestinos, algunas más por grupos de vecinos progresistas y, las menos, fueron directamente promovidas por la Delegación de la Familia. Eso sí, todas y cada una de esas asociaciones nacieron parejas a los problemas y necesidades de los barrios.

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“No teníamos transporte, las instalaciones eléctricas eran muy malas, no había colegios ni guarderías… No teníamos absolutamente de nada”, recuerda Asensio, el primer presidente de la ACF del Picarral. “Entonces, la gente que estábamos un poco concienciada, tenemos noticias de que hay un Movimiento Sindical Familiar, perteneciente al Sindicato Vertical. Como ya la cosa empezaba a menearse, unos cuantos vecinos nos unimos cuando se estaban formando las asociaciones de cabezas de familia. Estas asociaciones tenían un ente jurídico, y vimos que se podía hacer alguna cosa. Dijimos: ‘vamos a valernos de todo eso a ver qué es lo que se puede sacar’. Porque el barrio tenía muchas necesidades. Y porque, además, entonces solo vivíamos aquí los del grupo Francisco Franco y poco más, pero se estaban edificando muchas otras viviendas”. “Y así, poco a poco, va surgiendo la idea de la asociación de cabezas de familia”, prosigue desgranando recuerdos. “Se aprueban unos estatutos

y me eligen a mí como presidente. La primera reunión la tenemos en El Cachirulo. Ahí estaba la gente que manejaba todo esto: Julián Muro Sevilla, que era el director de Radio Zaragoza; estaba el jefe de Falange… De hecho, las siguientes reuniones las teníamos en los estudios de Radio Zaragoza. Una vez que se constituye la asociación, hay que crear unas comisiones: una de urbanismo, otra de cultura y otra de transporte”. “El Plan Sindical (dentro del cual se enmarcaban las ACF) lo lleva quien lo tiene que llevar: el Régimen”, puntualiza Asensio. “Y por lógica, nuestro pensamiento era de izquierdas. Siempre ha sido así. Ahora puede que haya cambiado algo pero siempre fuimos gente de izquierdas. Nos van dando unas instrucciones, y claro, con la ideología del barrio chocan. Una vez constituida la asociación y la junta, el problema mío no era ejercer, era que de todo lo que se hacía había que levantar acta y llevarla a la Delegación de la Familia… Pero todo lo que había que hacer era ilegal. No porque estuviese mal, sino porque había que darle un sentido derechista, cuando todo lo que planteábamos era de tipo opuesto. Normalmente, de todas las actas que firmaba la secretaria, ninguna se ajustaba a la realidad. Escribíamos una cosa pero hablábamos de otra”. Asensio recuerda que “eran tiempos muy difíciles porque más de cuatro personas no nos podíamos reunir. Entonces, todas las reuniones eran clandestinas. El Tribunal de Orden Público era el que manejaba la situación. Tengo una lista negra de doscientas y pico personas que estaban fichadas por la policía. Es del año 77, y entonces seguían aún fichadas”. Javier Ortega recuerda en Los años de la ilusión cómo “los vecinos del Picarral (…) bloquearon la centralita del ayuntamiento con sus llamadas pidiendo el asfaltado de algunas calles” como


“Cuando ya hay un cambio de ayuntamiento y entra como alcalde Mariano Horno Liria”, en mayo de 1970, “y después de mucho insistir, consigo que venga a hacer una visita al barrio. Antes de entrevistarnos le hago un programa de la visita. Me dice que soy un demagogo un montón de veces y, en noviembre, nos citamos en San Juan de la Peña, en las casas del Hogar Cristiano. Era un día gris y lluvioso. Lo primero que hicimos era ver cuánto tardaba a pasar el tranvía,

la línea 4. Subía uno pero había que esperar a que bajara el otro a mitad de camino”. “Terminado esto –continúa quien fuera el presidente de una recién nacida ACF del Picarral- lo meto por la calle Anzánigo. Estaba sin pavimentar, y yo creo que tenía hasta ranas, porque en los charcos había esa cosa verdosa que llaman pan de rana. Ahí, el alcalde empieza ya a darse un poco de cuenta de lo que le decíamos. Así que lo meto por los charcos. Ya sé que lo podía haber llevado por otro lado –admite, con un punto gamberro-, pero ya decía Gómez Laguna que soy un cabrón. Y le digo: ‘¿Qué le parece esto?’. ‘Pues mal, muy mal’, me contestó. Salimos al principio de la calle General Yagüe, donde estaban los talleres Tusa. Y allí habían clavado una valla, en medio de la calle.

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una de “sus primeras reivindicaciones”, que “en seguida se centraron también en contra la presencia de industrias molestas”. “El problema nuestro es que estabas haciendo las protestas, y venga protestas, pero no te hacían caso”, afirma Paco Asensio.

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Habían levantado una tapia y ahí guardaban material suyo. Pero antes habíamos abierto un hueco, e hice pasar al alcalde por ese corral. Salimos al otro lado y le dije: ‘Señor alcalde, esta es la calle Monte Perdido. Esta empresa tiene todo esto ocupado’. Salimos de ese corral por el otro lado, vimos la falta de luz, la falta de pavimentación… El suelo era de gravilla de carbonilla. Ya era mediodía y hacía más frío que en Rusia. Nos metimos en el colegio de San Braulio y nos tomamos una tacita de caldo. Y le dije: ‘Don Mariano, pues ya ha visto usted lo que hay’. Y a los dos días, manda derribar las tapias y manda quitar todo aquello. Pero claro, para eso hubo que coger al alcalde y meterlo por donde yo lo metí”, zanja.

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Como apuntaba Javier Ortega, otro de los primeros desvelos de la asociación son los problemas de convivencia con las grandes empresas del barrio. “Saica hacía el papel con paja y ocurre que cuando la trituraban para hacer la pasta y la fermentación olía el barrio a mierda que apestaba”, afirma categóricamente Paco Asensio. “Y aparte del olor, se desprendía una pajilla muy fina que se adhería a los cristales, y no había manera de quitarla. Hubo manifestaciones y protestas y se pusieron denuncias. Y un día, de lo más inesperado, me dice mi mujer que tengo una visita. Era el director de la Saica, a pedirme explicaciones por las protestas. Y claro, alguna le tenía que dar. Me dijo que sí, que lo lamentaba, que iban a tratar de corregirlo, pero que no había que ponerse así, que les estábamos perjudicando. De estas, tuve bastantes visitas. Y sobre todo, llamadas”. Pero aquella no sería la primera visita sorpresa que tendría el primer presidente de la asociación en su propio hogar. “Otro día, llaman también a casa y abre la puerta mi mujer. Era la policía, pero vestida de paisano. Venían con una lista de gente, a preguntarme si los conocía. Yo, claro que sabía quiénes eran, pero dije que

no conocía a nadie. Hasta les ofrecí una cerveza, que no quisieron. Era decir que conocía a alguien y, automáticamente, esa persona estaba en Torrero –la antigua cárcel de Zaragoza, que tomaba el nombre del barrio donde se ubicaba-. Había que tener mucho cuidado sobre qué hablabas y con quién”. “A partir de entonces, me someten a mí a una vigilancia estricta. Muchos días, mi mujer miraba por la ventana cuando yo iba a salir de casa y me decía: ‘Ya los tienes ahí, esperándote’”. Y Pilar, que está sentada a su lado mientras su marido recuerda todo aquello, asiente con la cabeza y apunta: “En esa calle, por la que nunca pasaba nadie, ¿qué vas a pensar si tenías ahí a dos hombres tan arregladicos, ya al punto de la mañana?”. Y efectivamente, los del traje no eran dos nuevos vecinos de aquel Picarral en el que todos se conocían y en donde, desde luego, no abundaban los hombres encorbatados. Eran policías. Y Pilar recuerda cómo le tenía que decir día tras día: “Si bajas, tú verás lo que haces. Pero los tienes ahí”. “Sí, pero lo teníamos organizado –interrumpe Paco Asensio-. Porque donde yo vivía, la entrada era por una calle pero había una ventana, a poca altura en la escalera, que daba a otra calle. Y yo saltaba por ella. Normalmente tenía un colega que me esperaba con una moto. Y cuando dábamos la vuelta, si te he visto, no me acuerdo. ¡Y la intervención del teléfono! Llegué a pensar que, el que me llamaba, o era muy agudo o yo no le entendía… o eran algunos cabrones. Llegó un punto en que me cansé porque, que te estén molestando a todas horas de la noche, a las horas de la comida, y no te digan ni pío... Y debían de estar controlando las horas a las que estaba en casa. El teléfono en aquella época tenía cuatro cifras y, de los vecinos, los únicos que teníamos uno éramos nosotros”.


Antonio Sofín interviene, casi con timidez, como si tuviera vergüenza de que alguien piense que pueda estar alardeando de haber sido los

“La asociación va funcionando y se va haciendo grande”, recuerda Paco Asensio. “El primer problema que teníamos es que era de cabezas de

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Desde numerosos foros, al movimiento vecinal en el Picarral se lo ha calificado como pionero. “Si no fue la primera asociación de Zaragoza, fue la segunda…”, trata de hacer memoria Antonio Sofín. “No, la primera”, puntualiza Jordá. Ese mismo año, en 1970, se crean también las asociaciones de Casablanca y Oliver. El 14 diciembre de 1972 se celebra la asamblea constituyente de la ACF de La Almozara, en el 73 llegaría la de Las Fuentes y, en 1974, la de San José. Desde el Picarral se comparten esas primeras experiencias de trabajo vecinal con otros barrios como Oliver o Delicias, cuando en estos trataba de poner en marcha sus propias asociaciones de cabezas de familia.

primeros. “No hace falta que pongas esto, pero les dimos algún empujón para enseñarles cómo se trabajaba aquí y cómo se había hecho para poner en marcha las cosas”. Y acto seguido, Jordá entra en el tema: “Pero eso, el detalle de que se ayudó a la constitución de otras asociaciones, me parece que fue un trabajo que se hizo desde aquí y que no hay que negarlo”. A Juan José no le da ninguna vergüenza admitir que la asociación del Picarral compartió sus primeros pasos con las que llegaron poco después a otros barrios de Zaragoza. Sobre todo, porque no se está colgando ninguna medalla a sí mismo. “No, no, que va. Yo empecé como seis u ocho años más tarde, justo cuando la asociación se planteaba si iba a funcionar por sectores o por comisiones”, estructura de trabajo que finalmente se adoptaría y que perdura hasta hoy.

Iniciadores del movimiento vecinal en Zaragoza

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familia. No era asociación de vecinos. ¿Y qué pasa? Pues que la gente joven quiere entrar en la asociación y, como no eran cabezas de familia, pues no podían. Y los que estábamos, no es que fuéramos gente muy vieja, pero así éramos un grupo que no podíamos hacer mucha presión. Y después de mucho discutir, conseguimos que se ponga en los estatutos que se admite gente mayor de 21 años. Y ahí es cuando militantes del PC, del MC... entran en masa y surgen movimientos de bastante peso. Esto sería para 1972”. Según el libro de Javier Ortega sobre los protagonistas de la transición en Zaragoza, “las asociaciones reciben un gran empuje cuando el PCE, como otros partidos, decide abandonar su estructura sectorial y organizarse por barrios. Envían a sus hombres más capaces a las diferentes asociaciones y en los barrios surgen las diferentes plataformas, asambleas o mesas democráticas, integradas por sindicatos, partidos, comités, organizaciones de consumidores y asociaciones vecinales, que canalizan la oposición al franquismo”.

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movimiento vecinal. Después, el propio Antonio Sofín y también Juanjo Jordá serían presidentes de la ACF del Picarral en diferentes etapas. Pero el cargo es más representativo que ejecutivo. Los dos órganos de decisión de esta asociación de vecinos son la Asamblea de Socios y la Junta Directiva. Ambos órganos son los que representan legítimamente a la asociación o, en determinados momentos, aquellos socios a los que designen a tal efecto dichos órganos, que son los que deciden sobre las acciones a llevar a cabo y sobre el modo de organizarse.

“Lo que pasa es que, ahí, cada uno tiraba para su corral”, asegura Asensio. “Menos yo. Yo no he pertenecido nunca a ningún partido”. Ante lo cual, su mujer, que está presente en la entrevista, le lanza una mirada de soslayo y, con esa ironía somardona tan típica de las madres y esposas aragonesas, deja caer: “Neutral eras, sí…”. Su marido titubea medio segundo, pero prosigue: “Sí… eh… era neutral”, y ríe, admitiéndose touché.

A la asamblea y la junta les corresponde diseñar las grandes líneas de funcionamiento de la asociación, como órganos coordinadores –“que no controladores”, matiza Jesús Gil- de la labor de los distintos grupos de trabajo. Estos grupos se denominan comisiones, y trabajan a cerca de los diferentes temas o problemas sobre los que la asociación decide ocuparse. Las comisiones no representan a la asociación ni deciden sobre los problemas que tratan, sino que estudian la problemática planteada y sugieren a la Junta Directiva las posibles acciones a llevar a cabo. Después, será la junta o, en casos extraordinarios, la asamblea, la que tomará las decisiones oportunas para afrontar el problema planteado. Las comisiones no son órganos independientes que funcionan al margen de la junta o la asamblea, sino que les informan periódicamente sobre sus actividades y mantienen una coordinación permanente con ambas para ejecutar las determinaciones que adopten los órganos directivos.

“Si Paco Asensio fue el primer presidente que tuvo la asociación –señala Antonio Sofín-fue un poco por consenso de…”. “De las fuerzas allí presentes”, interrumpe Jordá. Ambos sonríen. Y es que ahí empezaban ya a estar presentes las distintas corrientes políticas que, desde la clandestinidad, intentaban cobrar peso copando el

A lo largo de estos cuarenta años, ha habido ligeras modificaciones en la estructura organizativa de la asociación mediante comisiones de trabajo. En la actualidad, funcionan las siguientes: Urbanismo, Transporte, Mujeres, Educación de Adultos, Solidaridad, Medio Ambiente, Campamento, Cultura y Sanidad.


La junta de la asociación está hoy día compuesta por diecisiete miembros, seis de los cuales forman la Presidencia colegiada, que tampoco es un órgano decisorio de la asociación. Es un grupo de trabajo y reflexión sobre los problemas que se plantean en las diversas comisiones y sobre el funcionamiento organizativo de la asociación. Sus sugerencias o debates son llevados ante la junta o la asamblea, que tomarán las decisiones sobre las cuestiones que la Presidencia les plantee.

prácticamente el único local disponible en el barrio para que los vecinos pudieran reunirse. La parroquia de Belén se constituye en 1965. Y, como se ha dicho, en torno a ella comienza a aglutinarse el movimiento vecinal en el barrio. “Fue un fenómeno de total altruismo de todo el mundo, sin intereses, que es un poco lo que nos diferenciaba de los partidos políticos, que venían cada uno a buscar su espacio”, afirma Jesús Gil. “A mí, de hecho, fue la asociación la que libró de meterme en la política de lleno, porque no se puede estar en dos sitios a la vez”, apostilla Antonio Sofín. La primera iglesia de Belén “estaba frente al actual colegio San Braulio, el único que había

La parroquia de Belén Así es hoy la asociación. Pero para entender cómo se ha llegado hasta aquí, es bueno volver a echar la vista atrás hasta sus orígenes, pues solo entendiendo de dónde viene y cómo ha evolucionado, se puede comprender cómo y por qué ha llegado a ser lo que hoy es la Asociación de Vecinos Picarral- Salvador Allende. Para desarrollar este ejercicio de memoria, hay que volver a remitirse a finales de los años sesenta, a los tiempos en los que la parroquia de Belén era

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Si bien la caja es única en la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende, ya que es ésta la que solicita las subvenciones a las instituciones que corresponda, y quien recibe los ingresos concedidos, es conveniente que cada comisión controle sus gastos, y aporte a la asociación el 10% de los ingresos recibidos. Los donativos concedidos para una determinada finalidad no se consideran ingresos a la hora de determinar la cuantía a pasar a la economía general de la asociación. La contabilidad se lleva oficialmente desde la Federación de Asociaciones de Barrio de Zaragoza, pero no por ello es menos importante que el tesorero de la asociación del Picarral controle los ingresos y los gastos que se producen y sepa en todo momento el saldo de que se dispone.

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entonces en el barrio, que está en la misma calle donde hoy está la asociación de vecinos”, recuerda Álvaro Alemany, actual párroco de Belén, que ocupa este cargo desde 1978. “Y enfrente, donde ahora hay un polideportivo y un preescolar, ahí estaban las estancias de la parroquia de Belén, fruto de la Operación Adobe de los años 50”. Por entonces, “las parroquias antiguas de Zaragoza eran solo las tradicionales: San Pablo, Santa Engracia… Y cuando Zaragoza empieza a acoger el flujo de inmigrantes del campo aragonés y del soriano, lógicamente, comienzan a surgir los barrios. Y la Operación Adobe consistió en convocar a voluntarios, sobre todo gente de Acción Católica y grupos similares, para ayudar a crear nuevos centros parroquiales”. Jesús Gil recuerda “el famoso plan del arzobispo Morcillo, que puso en marcha un programa para

levantar parroquias con adobes en los suburbios. Íbamos en el verano a fabricarlos. Yo me acuerdo que estuve haciendo adobes en Torrero. Y así se construyeron la parroquia y sus locales”. Alemany recuerda que ejemplos similares de esta oleada de parroquias “también se pueden ver hoy en La Paz, en San Gregorio… Todavía son del mismo estilo, con un gran patio y con locales” en torno al templo, siempre de ladrillos de barro. Y claro, en aquellos barrios no había prácticamente ningún otro equipamiento. “No había nada. Por eso, las primeras reuniones de la asociación de vecinos del Picarral eran todas en la parroquia”, añade el actual responsable de Belén. “Aunque eran locales que ahora me parece alucinante que los pudiésemos ocupar, pero era todo lo que había. Y a lo mejor, como también el barrio era más joven… --piensa en voz alta-. ¡Y


De todos modos, la mayoría de los vecinos eran gentes emigradas del campo que tampoco conocían unas condiciones de vida muy cómodas. “Los pisos de los bloques viejos del barrio, Teniente Polanco, Ortiz de Zárate, Hogar Cristiano… tienen como 50 metros cuadrados. Y ahí vivían diez o doce personas, una familia típica de la época, numerosa, con abuelos que había que cuidar… Pero se las iban arreglando, poco a poco”. Aunque la disponibilidad de locales no fue la única razón de aquella connivencia entre la parroquia y el incipiente movimiento vecinal del barrio. “La relación era total: desde usar sus instalaciones, hasta la ideología también”, continúa Gil. “Sí, hubo apoyo material pero también ideológico”, ratifica Sofín. “Los primeros locales de la asociación estuvieron ahí”, en la iglesia. Pero esto empezó a ocurrir, sobre todo, a finales de 1966, cuando se hacen cargo de la parroquia de Belén dos jesuitas: Carmelo Martínez y Eusebio Laborda. La llegada de esta orden le daría un giro importante a esta comunidad, que empieza a ser más sensible hacia el movimiento vecinal. “Eran los dos muy buenas personas, que vinieron aquí, a un barrio de trabajadores, abiertos a lo que había que hacer en favor de la clase obrera”, señala Jesús Gil. “Y ahí empezó la cosa”. El actual párroco de Belén, Álvaro Alemany, aunque llegó al barrio un poco más tarde, conoce perfectamente cómo fueron aquellos primeros años en los que sus compañeros jesuitas se hicieron cargo del templo. “Al cabo de los primeros años llega una serie de gente que se plantea ejercer como obreros: Luis Anoro, Eugenio Arraiza, Manolo Fortuny, Juan Acha…”. Este último

cura, Juan Acha, fue mítico, “muy representativo de la parroquia por su forma de ser”, a juicio de Alemany. De hecho, como se ha dicho antes, hoy da nombre a la plaza que hay frente al templo de Belén. “Yo llegué en octubre del 73”, recuerda Alemany. “Ni siquiera era cura entonces. Viví en la zona de Balsas de Ebro Viejo, cuando estaba terminando la carrera de Matemáticas. Y rápidamente, con otros compañeros, nos pusimos a trabajar en educación de adultos para dar clases nocturnas a la gente que trabajaba. Y, apoyándonos en algo que ya habían iniciado otros, ese fue el germen de lo que luego llegaría a ser el centro de educación de adultos. Aquellas clases se empezaron en un pequeño colegio privado que había en el barrio, el de doña Feli; técnicamente, el de San Francisco Javier. Después se pasó a ocupar los locales de Belén”. Entonces, cuando empezaron a venir esos nuevos sacerdotes a los que cita Álvaro Alemany (Anoro, Arraiza, Fortuny, Acha…), “la cosa se radicalizó”, según opina Jesús Gil. “Con ellos empezó lo de los curas obreros”, añade. El fenómeno de los curas obreros fue muy importante, no solo en el Picarral, sino en todo el país. Hasta entonces, en el seno de la Iglesia española se habían escuchado muy pocas voces discordantes contra el régimen de Franco, que desde el principio buscó su legitimación enfocando la Guerra Civil y la posterior dictadura como una cruzada nacional y personal contra los supuestos enemigos del catolicismo. Y la curia española, colmada de privilegios por el caudillo, se encontraba muy a gusto en esa situación. Pero los tiempos estaban cambiando, y la Iglesia tampoco fue ajena a los nuevos vientos que soplaban. “Yo, de la parroquia como tal, no me hice cargo hasta 1978”, apunta Álvaro Alemany. “Pero,

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el frío! Pero ponías una estufa de butano, y ya estaba. ¡Y las humedades! ¡Pero a todo se acostumbra uno!”, ríe el párroco, recordando con un punto de nostalgia.

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como he dicho, ya estaba en contacto [con la primitiva asociación] mucho antes, como es natural, porque los locales de Belén eran casi lo único que había en el barrio. Antes de ir a vivir yo al Picarral ya estaba en contacto con la gente que estaba iniciando la asociación de vecinos, a través de mis compañeros jesuitas que ya estaban en Belén. Sobre todo Luis Anoro, y una serie de gente que se plantearon que, además de las actividades propias de la parroquia, como era un barrio con muchas necesidades, había que animar la formación de una plataforma, de tal manera que pudiesen reivindicar juntos. Y ahí se empezaban celebrar reuniones, tanto de gente de la parroquia como de gente que no pertenecía a ella”, recuerda el sacerdote. “El estilo de la parroquia que mis compañeros jesuitas pusieron en marcha –prosigue el padre

Alemany- también estaba un poco en consonancia con los nuevos aires de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II”, que se había celebrado entre 1962 y 1965. “Se trataba de crear unas nuevas relaciones, y de ahí surgió un estilo de vida mucho más comunitario, que después desembocó en el año 1974 en la creación de las Comunidades Cristianas Populares. Ese es un poco el dinamismo de la gente cristiana que había entonces”. Las Comunidades Cristinas Populares y el movimiento vecinal son dos fenómenos que surgen “paralelos”, según Jesús Gil. “Mira, había una necesidad vital de hacer cosas, porque estábamos en plena dictadura, y entonces no había ningún problema como ahora para ponerse de acuerdo”, apunta Juanjo Jordá. “Pero dentro del movimiento vecinal de Zaragoza participan


“Coincide todo, el movimiento contra la dictadura y por los derechos fundamentales con el final del Concilio Vaticano II, que lleva a muchos a querer acercarse a los orígenes y a las fuentes del cristianismo. Y ahí surgen las Comunidades Cristinas Populares, que coinciden en el tiempo con el movimiento vecinal. Y hay una influencia mutua”, añade Gil. “Y una convergencia también –interviene Jordá-. Y empiezan a tomar fuerza los partidos políticos, el PCE sobre todo”. “Hay una lucha intestina –apunta Gil- entre el partido de los cristianos, que así lo llamaban entonces, y el MC…”. A lo que Antonio Sofín añade que entonces “surgen otros partidos más a la izquierda, como la ORT… Pero ahí era muy fácil converger. Todo el mundo se ponía de acuerdo porque todos íbamos contra uno”. “Contra Franco, todos estábamos juntos”, continúa Jesús Gil. “Entonces –añade Jordá-, era mucho más fácil porque ahora tenemos nuestros matices, pero entonces éramos más brutos. ¡De brocha gorda! Teníamos una necesidad vital, casi tanto como de respirar. Cada uno en su sitio: empezaban las Comisiones Obreras en el trabajo, otros por otro lado... y aquí, una de las cosas que teníamos que hacer en el Picarral, sobre todo en la parroquia, y algunas veces también en la asociación, es que era el sitio de las luchas obreras. Se reunían normalmente en el centro Pignatelli (de los jesuitas, en el actual paseo Constitución, junto a la sede central de IberCaja) y si no aquí. La UAGA se reunía aquí en Monte Perdido”, señala. La primera parroquia del Picarral fue Belén, pero luego llegarían la de Nazaret y la de Santa Ana. “Estábamos muy relacionadas las tres parroquias, y en torno a ellas surgen pequeños

núcleos de gente que quería vivir el cristianismo de otra manera, mucho más abierta y mucho más comprometida. Y, por lo tanto, ellos son el germen de lo que está entonces empezando a funcionar en la asociación de vecinos”, señala el jesuita. “Bueno, en realidad –matiza-, cuando se empieza a organizar todavía no existían Nazaret y Santa Ana. Al principio solo existía Belén pero poco a poco se van incorporando las otras”. Pero según Jesús Gil, el principal bastión de la militancia vecinal siempre fue Belén, entre otras razones “porque era la primera parroquia que había y porque era la que estaba más céntrica y la que tenía locales. Ahí fue donde empezó todo, pero sí que es cierto que hubo una gran influencia de las tres parroquias y de esos grupos de comunidades que surgieron en los barrios”. Gil piensa que esas comunidades cristianas “tuvieron una gran influencia” en la vinculación entre fieles católicos y militantes vecinales, allá por los años 70. “La parroquia de Belén era una de estas comunidades”, añade. Y lo que opina este vecino del Picarral sobre el fenómeno del cristianismo comunitario no es baladí. De hecho, él fue uno de los que lo vivieron en primera persona. “A ver, yo soy cura. Casado, pero cura”, espeta. “Yo renuncié al sueldo, nunca lo cobré. Y los que vinimos aquí ninguno lo cobramos. Queríamos vivir como la gente del barrio, de su trabajo. Aquí nadie vive del aire. ¿Qué hacíamos aquí? Lo primero, ser como los demás. Si no, no podíamos hablar de nada”. “La idea de todos ellos, y también la nuestra, era que había que compartir las condiciones de vida de la gente con la que estábamos”, confirma Álvaro Alemany. “Y algunos optaron también, precisamente, por compartir esa parte de la vida y empezar a trabajar. Lógicamente, no iban diciendo ‘yo soy cura’. De algunos de ellos, se estuvo muchos años sin que nadie supiese que eran cu-

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otros cristianos que no pertenecen a las comunidades populares”, matiza Antonio Sofín.

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ras. De algunos otros se supo antes, y a otros los echaron de la fábrica. Entonces, los empresarios no toleraban a gente más mentalizada que podía ser un foco de conflictos, y por eso a muchos de estos compañeros los echaron de las empresas en las que trabajaban”. Y es que, los curas que habían optado por esa vida, la de obreros, lo hicieron precisamente porque eran gente con una enorme conciencia de clase y de la justicia social. “Claro –asiente Alemany-, y en torno a eso también se aglutinó gente que, como se decía entonces, se concienciaba de las condiciones de vida, tanto en la fábrica, el lugar de trabajo, como en el lugar de vida, que era el barrio”.

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“Yo creo que el objetivo era ponerse el mono y ser uno más, ¿no?”, le pregunta Antonio Sofín a Jesús Gil. “¡Claro! –responde éste con rotundidad-. Y a partir de ahí, pues a empezar a funcionar. Y, después, ¡la libertad que eso da! Más aún, nosotros adquirimos un piso en la cooperativa de la calle Valle de Oza, que lo tenía alquilado un cura que hubo primero, el padre Francés. Y entonces, cuando este se marchó y vine a hacerme cargo de la parroquia de Balsas me dijeron: ‘Ahí tiene usted su piso, que la cooperativa le dona’. Y yo dije que no. Yo contesté que quería vivir como los demás, ‘y por lo tanto pagaré este piso’. No querían. Porque claro, esto siempre es tener atado al personal: ‘Oye, que tú vives en un piso que te hemos dado nosotros…’. ¡No, no y no!”, recuerda Jesús Gil con pasión lo vivido en aquellos años de intenso cristianismo militante. ¿Y cómo se tomaban esa rebeldía desde las altas esferas eclesiásticas? “Bueno, hubo sus más y sus menos”, responde el padre Alemany. “Pero, en general, como los jesuitas también dependemos de un superior, tenemos una cierta autono-

mía del Arzobispado. Y nuestros superiores, en general, nos han defendido siempre”. “¿Que cómo se la tomaban? –interviene Jesús Gil al ser preguntado en el mismo sentido-. Pues muy mal. Lo que pasa es que entonces nos apoyaba un vicario que era de Bilbao, José Luis Irizar, de la familia Artiach, los de las galletas. Era una buena persona y estaba un poco detrás de todo este movimiento. Él hacía un poco de enlace. Yo vine a la parroquia de Balsas por él, porque había estado en Bolivia, como yo, y de allí nos expulsaron a los dos. Eran los años del Ché. Pero nos echó la Conferencia Episcopal, no el Gobierno. El Gobierno nos hubiese echado después. O a lo mejor no nos hubiese echado. Directamente, nos hubiese metido en la cárcel… o un tiro entre ceja y ceja”, opina Jesús Gil, con la perspectiva que dan los años. “Las relaciones de estos curas ya eran tensas con La Seo, hasta que explotaron con el caso Fabara, ¿no?”, pregunta retóricamente Antonio Sofín. “Eso fue ya la guerra total”, se reafirma. “Aquello fue en 1974” apunta Gil. “Entonces, claro, nos tocó lidiar con el arzobispo Pedro Cantero, que estaba muy ligado al régimen franquista. Y en el momento en el que represalió al cura de Fabara, varios compañeros dimitieron, y fue un momento de crisis muy fuerte”, recuerda, por su parte, el jesuita Álvaro Alemany. “Wirberto Delso, que murió hace poco, era un cura obrero. Él estaba de párroco en Fabara y trabajaba cosiendo balones para Adidas, que se los mandaban de Caspe. Y él era también un poco de la idea nuestra, de estar con la gente. Era muy campechano, se hizo uno más en el pueblo… Y eso no le gustó al cacique de Fabara, que fue al arzobispo a decirle: señor Cantero, o echa usted a este cura o…”. “¡Señor Cantero, tengo un cura rojo! Ja, ja, ja…”, espeta Juanjo Jordá, y ríen to-


Por otro lado, el padre Alemany recuerda en qué contexto surgió todo aquello del caso Fabara. Y

es que “había muchos curas como Jesús Gil y otra mucha gente, y no solo los jesuitas, que también apostaban por una línea mucho más abierta de Iglesia. Fue un movimiento muy fuerte. Y en ese momento, gente como Wirberto Delso, a través del Movimiento Rural Cristiano de Aragón, hacían lo mismo en sus pueblos. Y quizás por la manera de ser, o quizás porque había más caciques allá o por lo que fuera, pues hubo un enfrentamiento muy fuerte y el arzobispo cortó por lo sano, tomando partido por la derecha. Lo destituyó, pensando que esa vez sería algo tan sencillo como otras tantas veces en que había hecho lo mismo con un miserable cura de pueblo. El que tantos compañeros acabaran solidarizándose con él fue en realidad la cristalización de un movimiento de curas que ya habían tenido un

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dos al unísono. “Y el arzobispo Cantero le mandó un escrito a Wirberto diciéndole que tenía que salir de la parroquia. Entonces fue cuando treinta y tantos curas nos solidarizamos con él y le dijimos a Cantero que si no lo readmitía, nosotros dimitíamos de nuestros cargos. ¡Fuimos treinta y tantos! Nos marchamos de la parroquia y empezamos a dar las misas en la calle”, remacha Jesús Gil. “Incluso fuimos a Fabara todos a hacer una misa –continúa-. La Guardia Civil tenía la orden de impedir estos actos… Estuvimos en Herrera de los Navarros... Después, la Guardia Civil nos impedía reunirnos con la gente… Y se armó un pitote impresionante”.

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enfrentamiento muy fuerte con el arzobispo, que era de otro mundo. Por eso cristalizó ahí ese movimiento, que llevó a muchos curas y otros que no lo eran a apoyar al de Fabara, y a que estos sacerdotes dimitiesen de sus cargos. Por nuestra parte, los jesuitas estaban más salvaguardados por el hecho de pertenecer a una orden. Algunos dimitieron, pero otros no. Hubo distintas posturas y un cierto malestar”. De cinco curas que tenía Belén, cuatro dimitieron y el padre Juan Acha acabó haciéndose cargo de la parroquia en solitario. “Es que se la habían dado a los jesuitas –apunta Jesús Gil-, y ahí seguro que el arzobispo se la juega… Es que ya no sen enfrentaba solo a personas, lo hacía con una orden, cosa que nosotros no tenemos. ¡No tenemos ninguna orden que nos ampare ni nos desampare! –ríe-. Y seguro que los superiores de

estos jesuitas también les dirían que no se fueran todos, que había un compromiso con el Arzobispado para llevar esa parroquia. Yo creo que esa fue la razón fundamental” para que no abandonasen los cinco. “Y de ahí es de donde nace el caso Fabara. Quizás… ¡bueno, y sin quizás! Por esta fuerza que había aquí en el Picarral, somos los que llevamos adelante todo aquello. Y los otros se adhieren. Pero quien lleva todo el follón somos nosotros”, afirma Gil. Hubo amenazas de excomunión para los treinta y tantos curas que se solidarizaron con Wirberto Delso; también para los que empezaron a celebrar misas en las calles del Picarral. Y, como recuerda Antonio Sofín, no solo para los sacerdotes, ya que el arzobispo Cantero lanzó otras dos amenazas de excomunión “para la gente que seguía con estos grupos. Fui a contarle a Car-


A final, con estos curas rebeldes, “hubo de todo –resume Alemany-. Hubo gente que volvió a aceptar los puestos, hubo otra que cuando vino el siguiente arzobispo, Elías Yanes, arregló su situación… Hubo gente que en el plano sociológico se radicalizó mucho y abandonaron ya el sacerdocio y algunos de ellos se casaron; otros se casaron sin abandonarlo, ejerciéndolo en pequeñas comunidades cristianas. En ese momento es cuando esas comunidades se estructuran como un tipo alternativo de Iglesia”. Tras el caso Fabara, las parroquias de Nazaret y Santa Ana se desvinculan en cierta medida del naciente movimiento vecinal. “Bueno, lo que pasa es que ahí vinieron otros curas que habían vivido ajenos a la historia –puntualiza el padre Alemany-, pero yo creo que siempre ha habido relación [de estas parroquias con la asociación de vecinos del Picarral]. En Belén permanecieron algunos y otros, entonces yo no era cura en ese momento, permanecimos viviendo en el barrio. Y entonces dimos continuidad un poco a la relación con la asociación. Pero no es porque hubiese enfrentamientos con las otras parroquias”. “Y yo, en todo el follón. Ahí estuve”, remarca Jesús Gil. “Jesús Alemany [hermano de Álvaro] me mandó la revista Hispania Sacra, en la que un periodista quería investigar todo aquello, allá por el año 2000. En ella viene toda la documentación sobre el caso. ¡Y ahí me entero de que Carmelo, Javier y yo, pero sobre todo yo, estamos en la lista negra del Vaticano! ¡Y de que por eso a mi me impedían volver a Bolivia! Porque yo ya estaba en Madrid para coger el avión junto

con otros tres curas y entonces, por una orden de la Nunciatura, me comunican que me queda ¡TER-MI-NAN-TE-MEN-TE - PRO-HI-BI-DO SA-LIR – DE - ES-PA-ÑA! Me figuraba por qué pero no lo sabía realmente. Y ahí andaban los nuncios, y el arzobispo de aquí… ¡bah, un rollo! Total, que éramos cuatro gatos que no teníamos poder ninguno”, asegura Jesús Gil. “Bueno, no teníamos poder ninguno –apostillapero a raíz de lo de los curas obreros sí que nació un acercamiento con la gente, que ya veía otra figura distinta a la del cura tradicional, ya se le veía como a uno más. Y, además, porque luego nosotros nos metimos en la asociación del movimiento vecinal. Además, estábamos metidos en los comités de barrio. Ahí están las monjas obreras también. Hubo aquí un grupo: Mari Luz, Carmen Gorrochategui, Pilar… Un grupo de monjas muy majo que se unió a nosotros. Ellas se quitan el hábito y se meten a trabajar”. Caso Fabara aparte, está claro el papel preeminente que jugó la parroquia de Belén en los primeros años de la Asociación de Vecinos del Picarral. “Sí, pero vamos, ciertamente, desde el principio se planteó que todo lo que supusiese proyección social de la parroquia no se haría como tal, sino a través de la asociación de vecinos”, puntualiza Álvaro Alemany. “Porque así además se podía englobar a gente que podía mirar la parroquia o a los curas con recelo. De esta forma, la plataforma civil era la asociación de vecinos. Los que estábamos o estaban más metidos en la parroquia les apoyábamos en todo lo posible. Pero buscando que ambas tuviesen su propia autonomía”. Dada la clandestinidad de aquellas reuniones en los primeros años, el hecho de que se celebrasen dentro de una parroquia les daba cierta seguridad a quienes participaban en ellas. “Sí, claro, era un

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melo Martínez que, al día siguiente, este hombre sacaba la orden de excomunión. Y es que veníamos de hablar con él Jesús Gil, Guadalupe y yo. Y Carmelo me dijo: ‘¡pues hala, que haga lo que quiera, oye!’”.

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cierto paraguas para todo eso”, reconoce el párroco. “Hay mil anécdotas de aquella época. La vigilancia de la policía… al fin y al cabo, era de otro siglo. Y en fin, no tenía medios ni nada tampoco –ríe-. No pasaba solo en nuestra parroquia, pasaba en otras de la ciudad. Pero, lógicamente, los vecinos buscaban apoyo en ellas porque era la única cobertura que podían tener. El régimen franquista era duro pero era oficialmente católico… en fin –carraspea-… y la policía no podía entrar tan fácilmente sin permiso en una iglesia” Entre aquellas reuniones clandestinas a las que la parroquia de Belén dio cobijo en los primeros años de vida de la asociación, hay una que tuvo lugar tras un incendio. Este se produjo el 11 de diciembre de 1973 en las tapicerías Bonafonte, localizadas en los bajos de un bloque de pisos de Las Fuentes. La ACF de este otro barrio empezaba a andar por entonces. En el siniestro, según detalla Javier Ortega en Los años de la ilusión, “fallecieron 23 operarios, cinco resultaron heridos y catorce más se quedaron sin empleo, y un total de 48 familias en la calle”.

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La recién nacida asociación de Las Fuentes organizó un festival benéfico para recaudar fondos para las familias, pues once de las 23 no percibieron indemnización alguna. Y a los familiares del resto de las víctimas solo les llegó entre la décima y la cuarta parte del millón de pesetas (6.000 euros) que había determinado el juez. A Labordeta, Carbonell, La Bullonera y otros más se les permitió cantar, pero el gobernador civil ni siquiera consintió que el presidente de la ACF informara al público sobre el estado de los damnificados. La primera manifestación de la transición celebrada legalmente en Zaragoza la convocó la asociación de Las Fuentes en 1976, precisamente, para pedir la retirada del transformador de la calle Rodrigo Rebolledo que había provocado aquel incendio. Otros barrios se su-

maron a esa protesta por solidaridad, y también porque ellos mismos tenían transformadores, gasolineras o líneas de alta tensión igual de peligrosas entre sus casas. Pero solo tres años antes, cuando toda queja pública era aún si cabe más clandestina, “hubo una reacción obrera muy fuerte a favor de la seguridad en el trabajo –recuerda Jesús Gil-. Hubo un apoyo muy importante de la gente del Picarral. Se reunían en nuestras parroquias. ¡Y eso a pesar de la policía, que no lo permitía de ninguna manera! Pero aprovechándonos del Concordato y de todo… Pues ahí estaba la cosa. Y, de hecho, estábamos todos fichados”. “Como anécdota –interviene Antonio Sofín-, recuerdo que teníamos asignado en exclusiva un coche de la policía, y de vez en cuando dos, delante de la asociación. Raro era el día que no estaban. Era uno de los puntos marcados por la Brigada de lo Social”. “Pero si es que la policía nos venía a controlar hasta cuando estábamos en misa”, recuerda Paco Asensio, primer presidente de la asociación. Como el párroco Juan Acha nos conocía a todos los feligreses del barrio, en cuanto veía que entraban dos tipos desconocidos, bien arreglados y que se quedaban por la parte de atrás, enseguida se daba cuenta de que eran policías y les decía en mitad de la misa: “Pasen, pasen, no se queden ahí atrás”. Todo el mundo se giraba a mirarlos, ¡y pasaban una vergüenza los tíos!”. Jesús Gil lo corrobora: “Sí, sí. Y yo tenía un agente que venía a todas mis predicaciones”. O sea, que la policía política de Franco incluso controlaba lo que se decía en misa. “Sí, tomaban nota de todo lo que se decía”, añade Gil. “Estábamos muy, muy, muy controlados –enfatiza Sofín-. El Picarral, para los delegados del Gobier-


Otro ejemplo de aquellos tiempos lo trae a colación Jesús Gil. “Yo tenía una moto, que me la robaron ochenta mil veces. Y cuando iba a denunciarlo a la comisaría del Arrabal, que entonces estaba en la avenida Cataluña, me decían: ‘¿Y usted quién es?’. Y en el carné de identidad, de profesión: ‘Cura’. La policía no permitía que no pusiésemos cura, y así nos tenían fichados. Y me dijeron una vez: ‘Y usted, siendo cura… ¿A qué coño viene así? ¿Cómo no lleva usted su hábito o su sotana para diferenciarlo de los demás? Y así, cualquiera sabe si, realmente, usted es cura’. Tal era el fichaje que, hasta en eso, te seguían”.

“Y otro caso muy famoso que hubo fue el de Calsa –apunta Sofín-. Juanjo Jordá era trabajador en esa fábrica. Y en ella había trabajado también un cura jesuita, Luis Anoro. Entonces se celebraba el 25 aniversario de la fábrica. Habían echado a Luis un año o dos antes”. Gil también recuerda vivamente aquel día: “Estaban celebrando el aniversario con una misa en la parroquia de Santa Rita, de los agustinos, y ahí montamos el pitote también. A la hora de iniciar la celebración salimos veintitantos a decir que donde había injusticia no se podía celebrar la eucaristía, que es un contrasentido. Bueno... la policía nos agarró, agarró a Juan Acha, le cogió el carné de identidad, lo llevó a comisaría, luego fuimos Javier y yo, que también nos agarraron… Y todo porque habíamos interrumpido un acto público. Y nosotros que no, que no lo habíamos interrumpido porque era el momento de la liturgia en que… ¡Bueno, un rollo tonto! El momento en que se

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no, era un punto rojo, y lo tenían muy vigilado”. “Yo recuerdo –añade Juanjo Jordá- que cuando celebrábamos asamblea en la parroquia y teníamos ahí fuera a la brigada, el cura Luis Anoro les sacaba café, y se ponían muy nerviosos, no sabían qué hacer”.

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da permiso para hablar, y queríamos hacer unas admoniciones… Y que ahí era donde habíamos intervenido y que no se había interrumpido nada. ¡En fin! –ríe-. Y ese era el ambiente de efervescencia que había en todo el barrio”. Un ambiente de efervescencia pero también de enorme solidaridad entre los vecinos. La parroquia de Belén tenía entonces, y aún hoy, un sistema de cuotas de socios denominado Ayuda Mutua, “por el que una persona podía dar algo, aunque fuesen 50 céntimos, como apoyo solidario para las necesidades que atendía la parroquia”, explica el padre Alemany. “Pero aparte de eso, la gente ha colaborado en muchos otros terrenos. Cuando se encerraban en la parroquia obreros que estaban en huelga, yo recuerdo a las vecinas bajando con tortillas de patata o con un caldico para los obreros que estaban ahí encerrados. Eso es parte de un mundo que tal vez por desgracia ya ha pasado”.

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¿Por desgracia…? Depende de qué aspectos... “Bueno sí –matiza el párroco-, en cuanto a necesidades sí, pero en cuanto a la solidaridad… Ahora hay mucha gente en el barrio que se queja de que ya no conoce a nadie, antes todo el mundo sabía de todos… Pero ahora en los bloques grandes la gente ya no se conoce”. Aquel barrio de comienzos de los setenta era casi como un pueblo. “La gente venía del campo y se notaba muchísimo. El estilo de vida del campo, el concepto de solidaridad entre vecinos. Bueno, y también los cotilleos, esa es la parte mala que tenía. Pero no cabe duda de que eso ayudó mucho a sobrellevar el desarraigo que supone la inmigración”. Y en esos tiempos, la parroquia fue un poco la casa de todos. “Sirvió para cualquier necesidad”, remata Álvaro Alemany. Y hoy día, ¿cuál es el grado de vinculación entre la parroquia y la asociación? “Hay mucha relación, y muy buena, aunque no es estructural. Pero siempre se suele contar con ellos porque

muchos de los que están al frente siguen siendo de los históricos como Juan José Jordá, Antonio Sofín… Y al revés, nosotros los apoyamos en todo lo que necesitan. También a veces les hemos pedido un local… Hay muy buena relación”, concluye el actual párroco de Belén. Para Paco Asensio, el que fuera el primer presidente de la ACF del Picarral, “no se concibe la parroquia de Belén sin la asociación de vecinos ni la asociación de vecinos sin la parroquia de Belén. Siempre han marchado juntas. Y de momento no se separan. Desde entonces se colabora y nos seguimos respetando, cada uno en su ámbito”.

Los Comités de Barrio Al incipiente movimiento vecinal, surgido en ocasiones alrededor de las parroquias, como es el caso del Picarral, se suman los Comités de Barrio en 1973. Aunque su presentación pública no se produce hasta el verano de 1976. Se definían como una “organización de masas, unitaria, democrática, autónoma de los partidos y de clase”. “Empezamos en la clandestinidad total”, se arranca Jesús Gil. Los comités “eran agitadores. Los partidos políticos también estaban presentes ahí, pero como había cristianos que no pertenecíamos a ninguno, servíamos un poco de parapeto de los partidos. Aquí en el barrio, por ejemplo, estaban metidos José Ramón Biescas, el hermano del que luego fue consejero de Economía del Gobierno de Aragón; ahí estaba también Manuel Bretones; estaban las monjas Mari Luz y Mari Carmen; estaba Javier; estaba yo… Y funcionábamos a nivel súper clandestino”, insiste. “En los comités estaba la gente más politizada de los barrios, que participaba en casi todo tipo de movilizaciones y protestas ilegales, huelga del trans-


En estos comités de barrio tenían activistas la mayoría de los partidos clandestinos de izquierda. En ellos había representantes de la Larga Marcha Hacia la Revolución Socialista, uno de los primeros partidos, de corte maoísta; de Liberación Obrera, la Liga Comunista y la Organización Revolucionaria del Trabajo, el Movimiento Comunista, el Partido Comunista… e incluso contaban con independientes. Mantenían conexión con grupos afines de Tudela, Pamplona y Barcelona. Y editaban el boletín La voz de los barrios. Según escribiría años después Álvaro Alemany, en una columna publicada en el boletín de la asociación de vecinos, días antes de las Elecciones Generales del 6 de junio de 1993, “la memoria del Picarral está rebosante de política”. Y para quienes sentían desánimo a la hora de acudir a las urnas, les recordaba cómo ahí ya “hacía política, en los tiempos duros de la represión, la gente organizada en los comités de barrio que tenían que atravesar las huertas de Juslibol para reunirse a escondidas junto al Ebro y organizar el boicot al transporte urbano de finales de 1974”. La finalidad básica de estos Comités de Barrio quedaba meridianamente clara. “Era estar en

contra de la dictadura y a favor de los derechos fundamentales y de la amnistía general –señala Jesús Gil-. Esas eran un poco las finalidades fundamentales de los comités de barrio. Y estar presentes en el movimiento vecinal para impulsarlo y tirar de él hacia delante. Se trataba de enriquecer este movimiento vecinal y hacerlo eficaz”. “Trataban de unificarlo”, apunta Juanjo Jordá. “Y nos repartíamos: a uno una cadena, a otro una barra de hierro, a otro el candado para sujetar la barra… Para defendernos”, explica Gil. “Recuerdo que fuimos a la avenida América y cortamos el paso del puente. Se ponía una cadena para que no pasasen los coches ni los grises, una cadena de una parte a otra de la barandilla del puente. Y luego venía la cita clandestina en tal sitio para ver si a alguno lo habían agarrado”. Y añade Jordá recordando con humor tiempos jóvenes: “Era muy divertido… ¡si no te cogían! Je, je...”.

La suspensión de las ACF A mediados de 1975, existen ya asociaciones de cabezas de familia en diversos barrios de Zaragoza. El movimiento vecinal no deja de ganar fuerza, protagonismo y visibilidad. Razón de más para que desde el poder se les mire cada vez con más recelo. Si siguen creciendo y organizándose, pueden contribuir a desestabilizar, aún más, a ese sistema que ya hace aguas por todas partes. Y lo están haciendo. Conscientes de que la unión hace la fuerza, y de que muchos de los problemas que atañen a sus barrios no son sino problemas de ciudad (de país), medio año antes de la muerte de Franco están por aprobarse los estatutos de la llamada Federación de Asociaciones de Cabezas de Familia. Se trata del germen de lo que después sería la Federación de Asociaciones de Barrio de Zaragoza (FABZ). La federación “arran-

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porte, manifestaciones por la amnistía y la libertad, contra alguna actuación policial. Tenían su cobertura legal dentro de las asociaciones. Eran la punta de lanza de las reivindicaciones democráticas”, evoca Ricardo Berdié en el citado libro de Javier Ortega sobre la transición en Aragón. Militaban, entre otros muchos, el propio Ricardo Berdié; también quien más tarde sería profesora del instituto Avempace del Picarral, Carmen Magallón; o Virgilio Marco, uno de los históricos presidentes de la asociación de vecinos del barrio. “Los comités estaban especialmente implantados en Oliver, Delicias, San José, Picarral, Las Fuentes, Torrero-Venecia, La Paz, La Jota y Casablanca”, según Ortega.

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có desde los Comités de Barrio”, señala Juanjo Jordá. “Las primeras reuniones se celebraban en el cuartel de Hernán Cortes, donde ahora está El Periódico de Aragón”, añade. Jordá asegura que desde la asociación de vecinos del Picarral “siempre hemos sido unos de los impulsores, junto a otros barrios, de las necesidad de coordinarnos a nivel de ciudad, antes incluso de la fundación de la FABZ”. De hecho, en el boletín de la ACF del Picarral de mayo de 1975 podía leerse: “Es necesario que se reconozca legalmente, y que se autorice en su funcionamiento a las agrupaciones que, de las distintas comisiones de trabajo han venido funcionando para coordinar los trabajos de los barrios y para dar mayor fuerza a nuestras exigencias”. Los vecinos del Picarral piden que estas agrupaciones se reconozcan como interlocutoras legítimas ante las administraciones públicas estatales y locales. Exigen poder trabajar con autonomía y el fin de las trabas legales a que se ven sometidas cada vez que intentan celebrar cualquier cosa, desde una asamblea hasta un festival. También piden el mismo reconocimiento para su versión junior, las comisiones juveniles de los barrios.

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Pero, con o sin reconocimiento legal, el trabajo coordinado y en unión de las distintas asociaciones vecinales de Zaragoza viene ya de atrás. Por esas mismas fechas, las ACF de Las Fuentes, Oliver, Venecia, Terminillo, Andrés Vicente-Castillo Palomar, San José y Picarral entregan a las autoridades un escrito en el que están contenidas sus principales reivindicaciones, ordenadas en nueve puntos. Varios miembros de estas asociaciones hacen entrega, el 15 de mayo de 1975, del documento dirigido a los máximos responsables de la Organización Sindical, las delegaciones de los ministerios

de Educación y Ciencia, de Trabajo y de Vivienda, así como al Ayuntamiento de Zaragoza y al Gobierno Civil. En ese escrito, las asociaciones hablan del salario mínimo y la jubilación, de la seguridad social, de la enseñanza, de los problemas de la vivienda, de urbanismo y transporte, de la contaminación o del consumo. En definitiva, denuncian los problemas que sufren día a día en todos los barrios y que afectan a su calidad de vida. Y al final, como no podía ser de otra manera, reclaman la “libre asociación de vecinos, con libertad de reunión y expresión” y “participación” de las ACF “en todos los órganos donde se tomen decisiones que afectan a la economía de los vecinos”. Las siete asociaciones firmantes de esta carta pagarían este y otros atrevimientos, unos pocos meses después, con su suspensión temporal. Solo tres días antes de que Franco muriese, el régimen que él mismo había impuesto con mano de hierro hacía cuatro décadas, aún le tenía deparada una buena demostración de poder al movimiento vecinal de Zaragoza. El 17 de noviembre de 1975, esas mismas siete asociaciones eran clausuradas por un periodo de seis meses. Hasta el 23 de diciembre, el Consejo Local del Movimiento no les concedería su regalo de navidad, en forma de levantamiento de la suspensión, ante las presiones que le llovían desde todos los frentes a la Jefatura Provincial del Movimiento de Zaragoza. Las pocas asociaciones familiares de Zaragoza que no fueron suspendidas –La Jota, Ranillas, Valdefierro y Torrero- manifestaron su apoyo. Pero también varios colegios profesionales, la Comisión Juvenil de Acción Católica y otras organizaciones religiosas, algunos medios de comunicación y todo tipo de movimientos ciudadanos. Todos reaccionaron, reclamando su restitución.


El día 6 de diciembre de 1975, el Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón y Rioja adoptaba el acuerdo de solicitar la petición de que la suspensión de actividades de las ACF fuese levantada. El 11 de diciembre, Heraldo de Aragón la recogía de forma íntegra. En ella expresaban que las ACF venían “desarrollando una labor totalmente positiva y necesaria en defensa de intereses y valores que afectan (…) a toda la ciudad”. También señalan que su participación en el urbanismo “es imprescindible”, pues “son los portavoces más autorizados para exponer los problemas de los barrios”. Critican también la “generalidad” de la “motivación” del acuerdo que llevó a su suspensión, lo cual “no justifica” “una medida tan drástica y grave”. Por todo ello, los arquitectos colegiados solicitan que se levante la suspensión, apelando al “espíritu que anima al indulto concedido por S. M. Juan Carlos I de España”. El 12 de diciembre, once entidades y organismos de distintos sectores ciudadanos de Zaragoza, expresándose en términos similares, lanzan también un manifiesto solicitando su reapertura. Al Colegio de Arquitectos de Aragón y Rioja suman también su firma AEORMA-Aragón, la Agrupación de Jóvenes Abogados, la Asociación de Propietarios del barrio de La Paz, el Colegio de ATS, la Asociación de PNN de la Universidad de

Zaragoza, la Consultora de Sociología, el Cineclub Saracosta, el Teatro de la Ribera, el Colectivo Artístico del Teatro Estable de Zaragoza y la Comisión Diocesana de HOAC. Las adhesiones de solidaridad con las ACF suspendidas no dejan de sucederse, desde dentro y desde fuera de Aragón. Un día después, el 13 de diciembre, el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España manifiesta y pide también “la reincorporación a la vida ciudadana de las asociaciones para el mejor desarrollo de su imprescindible función”. Estima que las asociaciones de vecinos son un pilar básico de la participación ciudadana y un interlocutor imprescindible para la resolución de los problemas urbanos. El 21 diciembre, los presidentes de las asociaciones familiares clausuradas envían una carta al rey, donde le exponen su visión de los hechos y solicitan la reapertura de los locales de sus asociaciones. “A S. M. el Rey, Don Juan Carlos I: Nos dirigimos a V. M. los presidentes de las Asociaciones de Cabezas de Familia de San José, Las Fuentes, Picarral, Delicias-Terminillo, Andrés Vicente, Castillo Palomar, Oliver y Venecia, todas ellas radicadas en la ciudad de Zaragoza. Como consta en la documentación adjunta, estas asociaciones han sido suspendidas en sus actividades durante el periodo de seis meses por la Jefatura Provincial del Movimiento. Independientemente del recurso que en su día presentamos ante la Comisión Permanente del Consejo Nacional, nos dirigimos a V. M. para haceros conocedor de estos hechos, que han tenido y tienen gravísimas repercusiones en el desarrollo de la vida asociativa de nuestros barrios y en la solución de sus pro-

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Al día siguiente de que se les comunicara a los presidentes la suspensión de las asociaciones, el 18 de noviembre de 1975, el diario El Noticiero hacía una exposición de las realizaciones de las siete ACF que habían sido suspendidas. Repasaba todo lo que habían conseguido para sus barrios: guarderías, centros cívicos, bibliotecas, hogares del jubilado y colonias para niños. También hacía mención a sus estudios e intervenciones en temas como los transportes públicos, las necesidades escolares, la contaminación, las actividades culturales o el urbanismo.

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blemas, algunos de ellos de indudable urgencia. Ante esta situación, a V. M., manifestamos: 1º Que todas nuestras actividades llevadas a cabo hasta el momento han estado encaminadas a defender los intereses de las familias de nuestros barrios. Actividades que comprenden: desde el aspecto urbanístico (ordenación de los planes parciales de urbanización, asfaltado de calles, gestiones para cubrimiento de acequias que han ocasionado la muerte de varios niños, gestiones para impedir la colocación de gasolineras en pleno barrio, presentación de necesidades en materia de zonas verdes, alumbrado, agua y vertido, ruidos, contaminación, etc.) y de transporte público (aspiraciones de los barrios en materia de precios, trasbordos, participación en los convenios referentes a esta materia, etc.), hasta la presentación de necesidades en materia de enseñanza (falta de centros de EGB, BUP y FP estatales y gratuitos) y de carestía de la vida, pasando por la organización de actividades culturales (conferencias, recitales de música, cine, teatro, etc.). Todo esto unido a la puesta en marcha de hogares del jubilado, guarderías y colonias de verano para niños, por las propias asociaciones de tanta trascendencia para la vida de nuestros barrios.

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¿No son estas actividades auténticamente familiares?, nos preguntamos nosotros. 2º Que la suspensión de las actividades de nuestras asociaciones, sin previo aviso, y basada en “no ajustarse a los objetivos familiaristas”, nos parece de todo punto abusiva e inmoral. Más aún, al aludir a actividades “licenciosas y si no subversivas, sí al menos tendenciosas” nos parece injusto e injurioso, por otra parte, cargadas de vaguedad, faltas por tanto de un elemental rigor jurídico”.

3º Que durante todo el año hemos tenido graves dificultades en el desarrollo de nuestra tarea, al no ser autorizados numerosos actos por la autoridad gubernativa, “por no ajustarse a los objetivos familiares” en la mayoría de los casos, como por ejemplo conferencias sobre las tarifas eléctricas, sobre puericultura para madres, festivales artísticos en los jardines públicos, asambleas sobre el transporte, carestía de la vida y urbanismo, etc. 4º Que las ACF hemos demostrado ser organismos auténticamente representativos de los intereses de los vecinos de los barrios, por defender los intereses de los mismos. Y además un cauce de vida democrática, hasta ahora inexistente, gracias al cual los vecinos pueden, democráticamente, dar solución a sus problemas. 5º Que la supresión de nuestras asociaciones por el periodo de seis meses acarrea perjuicios gravísimos a nuestros barrios, por los problemas que quedan pendientes, algunos de urgentísima necesidad. Ante esta situación, que consideramos gravísima, y dentro del clima de concordia nacional transmitido por V.M. en el primer mensaje de la Corona, suplicamos: 1º La reapertura inmediata de nuestras asociaciones. 2º La continuidad de todas sus actividades, sin ningún tipo de trabas ni limitaciones. Esta misma petición la han hecho pública, a través de la prensa local, las Asociaciones de Cabezas de Familia de La Jota, Valdefierro y Torrero, así como una serie de entidades representativas de nuestra ciudad, entre otras AEORMA-Ara-


Pasamos copia de este escrito a la Jefatura Provincial del Movimiento. Dada la situación de clausura en la que se encuentran los locales de nuestras asociaciones, rogamos a V.M. dirija la respuesta a este escrito, si lo estima procedente, al domicilio particular de cada uno de los presidentes que firmamos a continuación. Dios guarde a V.M.” El escrito lo firmaban los presidentes de las clausuradas asociaciones familiares de San José (Ricardo Berdié), Las Fuentes (Antonio de Andrés), Delicias-Terminillo (Carlos de Marco), Andrés Vicente-Castillo Palomar (Eloy Pérez), Oliver (Justo Vallespín), Venecia (Felipe Osés) y el Picarral (Francisco Asensio). Por fin, la tarde del 23 de diciembre de 1975, el Consejo Local del Movimiento celebraba sesión extraordinaria bajo la presidencia de su jefe provincial, Alberto Ibáñez Trujillo. Se ve que la Navidad les ablandó el corazón. Y seguramente,

también el hecho de tener a importantes sectores de la sociedad, con más o menos poder, del lado de las asociaciones de vecinos. Al final de la reunión fue facilitada a los medios una nota en la que se leía: “El Consejo ha decidido, en atención a las circunstancias especiales por las que atraviesa nuestra patria por el fallecimiento de nuestro Caudillo y la Exaltación al trono de Su Majestad Juan Carlos I, tomar el acuerdo de levantar la suspensión temporal a las asociaciones afectadas”. Inmediatamente, las siete asociaciones rompieron su obligado silencio, que no su obligada inactividad, ya que su acción nunca cesó del todo en la clandestinidad. La ACF del Picarral se pronunció en un amplio editorial que abría el primer boletín que la asociación pudo editar tras ser revocada la orden de cierre, publicado solo unos días después. En él opinaban que el levantamiento de la suspensión era “de sentido común” y de “justicia”. Lamentaban que “el trabajo de años” se hubiese “cortado de raíz”, sin tan siquiera darles la oportunidad de una “legítima defensa”. Según se exponía, parecía ser que el día 30 de octubre de 1975, el cierre “ya era cosa hecha”. Pero hasta el 17 de noviembre no fue comunicado a los presidentes. Y es que, al parecer, “en esos días hubo discrepancias a la hora de tomar la medida entre las diversas autoridades implicadas en la decisión”. Además, se extrañaban de las “ambiguas” acusaciones que se vertían por igual sobre las siete ACF. Por hacer política, se dijo. La primera razón por la que se ordenaba su cierre era que las asociaciones clausuradas incumplían “los fines familiaristas”. No precisaban cuáles eran estos fines ni de cuáles se habían desviado. Sin embargo, la ACF del Picarral creía que tanto la Secretaría General del Movimiento como la Delegación Nacional de la Familia ya habían en su día establecido cuáles eran sus funciones, y que “en ningún momento nuestra

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gón, la Comisión Permanente del Colegio de Arquitectos de Aragón y Rioja, la Agrupación de Jóvenes Abogados, la Asociación de Propietarios del barrio de La Paz, el Colegio de Asistentes Técnicos Sanitarios, la Junta de PNN de la Universidad de Zaragoza, la Consultora de Sociología, el Cineclub Saracosta, el Teatro de la Ribera, el Colectivo Artístico del Teatro Estable de Zaragoza y la Comisión Diocesana de HOAC. Otro tanto ha hecho el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos. En este mismo sentido se ha manifestado en declaraciones publicadas por el periódico local “Aragón Exprés” el procurador de las Cortes por representación familiar y presidente de la Federación Provincial de Asociaciones Familiares, don Julián Muro Navarro.

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asociación se había salido de ellas”. El editorial enumeraba los frentes en los que las asociaciones batallaban, para lanzarles una pregunta retórica a quienes les achacaban una extralimitación en sus funciones: “¿…no les afecta a sus familias?”. En cuanto a la segunda razón aludida para justificar el cierre, “la organización de actos que, si bien se titulan culturales, en el fondo son actos que tienen un carácter licencioso y, si no subversivo, sí al menos tendencioso”, el editorial la calificaba de “muy grave”. Y contraponía una de las opiniones a favor de su trabajo en los barrios, aparecidas en la prensa unos días antes. Esta acusación suponía “un desprestigio” para la asociación. Y, de hecho, alguna de las siete ACF suspendidas sufrió pintadas injuriosas y destrozos en sus locales cerrados.

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Ante la forma en la que había sucedido todo “más bien pensamos que las ACF aludidas eran vistas con malos ojos al hacer lo que tenían que hacer: presentar los problemas, denunciar las injusticias, defender los derechos de la familia”. Eso “puede a veces molestar”, pero responder a sus fines requiere “una responsable crítica a los estamentos que corresponda”, se defendían. Por ello, creían que la medida adoptada fue más bien preventiva, para evitar que estas asociaciones “pudieran ser un elemento conflictivo” en un país “políticamente en cambio y económicamente en crisis”. Paz social entendida como silencio. Así, concluían que no podían “aceptar la nota de reapertura como perdón, pues ningún delito creemos haber cometido, sino como un acto de justicia”. Y remachaban recordando su facultad de ser “las auténticas representantes de unas personas que, por vivir en los barrios, tienen muchos problemas”: sus vecinos, su “verdadera razón de ser”. Así que, en otro artículo de ese mismo boletín, había una llamada a la participación en la que se hablaba de una

“nueva etapa” para la asociación, en la que habían de ser “todos los habitantes del barrio”, y no unos pocos, los que tomasen conciencia de sus problemas y luchasen para resolverlos. Todo este episodio responde al momento que vivía España, cuando los más férreos defensores de la dictadura se pusieron nerviosos ante la evidencia de que aquel castillo de naipes, armado sobre la inestable base de la represión, se venía abajo. Más represión fue su respuesta. Pero el castillo ya no se sostenía. La suspensión de las asociaciones de cabezas de familia de los barrios de Zaragoza es levantada, pero eso no significa que llegase la paz social, ni mucho menos. Franco había muerto hacía dos meses y las ansias de cambio y democratización eran incontenibles. Justo un mes después de ser rehabilitadas, once asociaciones familiares de Zaragoza, incluida la del Picarral, se dirigen en otro escrito al rey, para pedir libertades políticas, amnistía general para todos los presos políticos y sindicales, el retorno de los exiliados y la derogación del decreto sobre regulación de salarios. El 23 de enero de 1976, pretenden hacer llegar la misiva al monarca a través del Gobierno Civil. Aquel sábado de enero, centenares de ciudadanos –2.000 según publicaba al día siguiente el Heraldo de Aragón, unos 15.000 según recoge el periodista Javier Ortega en Los años de la ilusión- partieron de las calles de sus barrios, con la intención de manifestarse en la plaza del Pilar, donde las ACF habían convocado una concentración popular de apoyo a su pretensión de hacer entrega de la carta dirigida al rey. Dos representantes del movimiento vecinal, Ricardo Berdié, de San José, y Antonio Sofín, del Picarral, hicieron entrega al gobernador civil de la misiva dirigida al rey. Pero éste prohibió la concentración y las fuerzas del orden tomaron, literalmente, las calles de Zaragoza


Efectivos de la Policía Armada y de la Guardia Civil se desplegaron, no solo en los alrededores del Gobierno Civil, también desde Torrero a Delicias, pasando por el centro. Toda Zaragoza estaba sitiada. Hasta la caballería salió a patrullar. En el Picarral, varios centenares de vecinos –“formando nutridos grupos”, según Heraldo-, iban camino de la plaza del Pilar. Pero los accesos al puente de Piedra desde el Arrabal, por supuesto, también eran uno de esos puntos fuertemente controlados, y allí les obligaron a dispersarse. Otro tanto ocurriría con varios cientos de estudiantes que se habían concentrado en la Ciudad Universitaria, y que hubieron de correr al llegar a la altura de Hernán Cortés. La calle don Jaime I, la calle Alfonso, los paseos de Independencia y Echegaray y Caballero, la avenida Madrid, la calle Delicias… A lo largo de aquella tarde, centenares de personas trataban de manifestarse por todos los rincones de la ciudad. Y a cada pequeña concentración, a cada corte de tráfico, a cada pancarta desplegada, seguía la represión por la fuerza. La plaza del Pilar permaneció aquella tarde desierta de vecinos, pero atestada de vehículos y fuerzas policiales.

Primavera sin Franco Y por fin llegó la primera primavera sin Franco. No es que los humos y vapores de Saica, Campo Ebro y compañía dejasen florecer muchas plantas en el Picarral. Pero aquella primavera, el barrio sí que vería florecer entre sus vecinos una mezcla de ansias de renovación y de esperanzas.

Aquel abril del 76, no solo olía a fécula de maíz socarrada y a pasta de papel. Olía a cambio. A Franco muerto, rey puesto. Pero todo estaba aún por llegar. “Nuestras autoridades han establecido la moda de la democracia, la apertura y Europa”, escribía la ACF del Picarral en su boletín informativo de es mismo mes. Para los vecinos del Picarral, los cambios eran aún nulos. Sobre todo, cuando “el bolso y el sobre (del sueldo) están medio vacíos”, y los periódicos “llenos de promesas” que no llegan. Aunque los diarios también empezaban a traer, en su no siempre fácil empeño por informar de lo que estaba pasando en todo el país, noticias de “cómo los trabajadores hemos protagonizado una serie de luchas en todo el país para hacer realidad, tal como nosotros la entendemos, la democracia y la participación”. Tal como reflejan estas palabras, extraídas del editorial del citado boletín, aquella primavera llevaba hasta los vecinos aires de cambio, cargados de escepticismo y de optimismo a partes iguales. Es cierto que casi todo seguía igual por el barrio. Los vecinos de Balsas, muchos de ellos miembros de la asociación del Picarral, habían vuelto a salir a la calle para pedir alumbrado público o un ambulatorio en condiciones. Pero todo eso seguía siendo una utopía. A los chicos y chicas que en dos meses terminarían 8º de EGB se les presentaba por delante otro calvario para lograr que, como el año anterior, ningún joven del Picarral que quisiera estudiar se quedase sin plaza. La cesta de la compra y el billete del bus seguían subiendo, mientras los salarios permanecían congelados... El humo y los barros continuaban campando a sus anchas por esas calles sin asfaltar. El barrio reclama su derecho y su capacidad de unirse para resolver sus problemas. Pero todo eran trabas a su labor. Mientras, las asambleas de

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aquella tarde. Iban pertrechados con mosquetones y lanzagranadas de humo, apostados en puntos estratégicos de la ciudad, dispuestos a impedir que los vecinos concentrados en sus barrios llegasen hasta la plaza del Pilar.

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algunos barrios seguían vigiladas muy de cerca, cuando no prohibidas, como ocurrió en Delicias por aquel entonces. “En el momento preciso en que nuestras relevantes autoridades quieren ser democráticas”, se leía en aquel boletín de abril del 76. La asamblea se prohibió, a pesar de estar debidamente autorizada por la Delegación de la Familia. Los vecinos se enteraron de la prohibición conforme acudían a la reunión, dispuestos a dialogar sobre los problemas que también acuciaban a esta zona de la ciudad.

este país, en el que últimamente no se habla nada más que de pasos hacia la democracia, a los vecinos de los barrios, al pueblo, no se nos deja expresar nuestras exigencias, nuestras necesidades, nuestra situación real”, denunciaba la ACF del Picarral en diciembre de 1976. “Se nos prohíben manifestaciones en las que intentamos mostrar nuestros problemas, como la solicitada por la situación de la enseñanza o la que quería mostrar nuestro desacuerdo con la existencia de empresas peligrosas en los barrios”.

Al gobernador no le hizo mucha gracia que los de Delicias aireasen en los periódicos la cuestión. El resultado: la Junta de la asociación acabó en comisaría. El motivo: una frase en aquella nota de prensa que decía “por la constante arbitrariedad”. Pues si los de Delicias querían otra muestra, les mostraron un botón. “No es follón lo que buscamos” las asociaciones de los barrios, afirmaron desde el Picarral. A los detenidos se les acusaba de alterar el orden público, cuando lo único que pretendían los vecinos era que “se nos dejara trabajar en la solución de nuestros problemas”. Y, a veces, se les dejaba. Pero, las más de las veces, no.

“Si la democracia es la participación de todos los ciudadanos, que nos dejen participar. No queremos que nos lleven de la mano hasta la urna para votar”, exigía la asociación del Picarral en el último boletín de 1976. “Y estamos de suerte en Zaragoza –ironizaba el editorial-, pues en Madrid han suspendido varias asociaciones de vecinos”. Se repetía pues en otras ciudades la represión vivida por las siete asociaciones de cabezas de familia zaragozanas un año antes, “al parecer solo porque trabajaban en serio para resolver sus problemas”.

Una de cal y otra de arena. Las autoridades, oliéndose lo que vendría tras la muerte de Franco, se afanaban en mostrar una imagen de apertura. Ahora, todos empezaban a ser demócratas de toda la vida. Y de centro. ¡Pero que nadie se saliese del tiesto! La represión seguía a la orden del día. Y, tras esa forzada imagen, forjada a base de abrir tímidamente los despachos a algunos representantes vecinales, desde el poder seguían metiéndose chinitas en el zapato de las ACF. A lo largo de aquel año se solapaban los intentos de los vecinos de manifestarse en la calle para denunciar los problemas de sus barrios con las sucesivas prohibiciones a que lo hicieran. “En

Con este ambiente de intensa participación ciudadana, o al menos de intentarlo, el país entero llegaría a la huelga general del 12 de diciembre. Y es que la unión de los vecinos de los barrios cobraba más y más fuerza en toda España. Solamente en Zaragoza había ya unas 30 asociaciones de cabezas de familia a finales de 1976, seis de ellas operando en la Margen Izquierda, y una más que esperaba el visto bueno de las autoridades para empezar a trabajar dentro de la legalidad. En 1977, cuando el 75% de zaragozanos vive ya en barrios periféricos, la ciudad cuenta con un importante tejido asociativo, incluyendo veintidós asociaciones de cabezas de familia: Almozara, Arrabal, Casablanca, Delicias, La Bozada, La


Dos años más tarde, a finales de la década, serán ya más de 30 entidades ciudadanas las que están funcionando solamente en el Picarral: asociaciones de cabezas de familia, de padres de alumnos, partidos políticos, cooperativas de viviendas, clubes deportivos y juveniles, peñas… Todos trabajando, cada uno en su esfera, para que el barrio tire hacia delante. Son asociaciones de muy distinta índole, pero que de vez en cuando se juntan para sumar esfuerzos.

El Referéndum para la Reforma Política Hacía más de un año que Franco había muerto y acababa de celebrarse hacía dos meses el referéndum nacional que iba a allanar el camino hacia la transición. A cuatro meses de las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977, el editorial del número de febrero de 1977 del boletín de la ACF del Picarral es todo un documento histórico. Refleja ya no solo el sentir de la asociación, sino por extensión el de muchos españoles que aguardaban, entre desconfiados y la ilusionados, un cambio que no acababa de llegar, pero que se veía más al alcance de la mano que nunca. Y en ese sentirse parte de un todo, de un país que decidía su futuro, saben también que

se juegan mucho como vecinos de un barrio que, al fin y al cabo, es una pieza más del engranaje de una misma máquina que trasciende más allá de los límites del Picarral. “El referéndum nacional de hace dos meses, una cosa dejó clara al menos: el deseo de los españoles de cambiar el actual régimen por uno más democrático, pero en muchas cabezas sigue la duda de que este Gobierno y estas Cortes, continuación de los anteriores, sean capaces de lograr este cambio. Lo que no podemos afirmar es que se hayan dado pasos positivos para lograrlo.

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Jota, Polígono Romareda, Las Fuentes, Oliver, Ortilla-Ranillas, San Gregorio, San José, Torrero, Venecia-Torrero, Valdefierro, Alférez Rojas, Teniente Polanco, Zaragoza Centro, Monzalbarba, Santa Isabel, Villamayor y el Picarral; cuatro asociaciones de vecinos: Las Fuentes, San Valero, Grupo Aloy y Buen Pastor; y varias asociaciones de propietarios: La Bozada, La Paz, Romareda, Cartuja Baja, Casetas y Garrapinillos. El movimiento vecinal también se ha extendido ya por otras comarcas de Aragón: Cinco Villas, Caspe, Belchite, Jalón Medio y Calatayud.

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Porque a nuestro entender pasos positivos son los encaminados a devolver al pueblo su soberanía. Y esto solo será cierto cuando empecemos a participar en todos los sitios donde se decide sobre nuestros asuntos.

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Tenemos por delante las elecciones y queda muy en el aire nuestra participación en ellas, pues para participar realmente es necesario estar suficientemente informados, y esto difícilmente se consigue si no hay libertad para los diferentes partidos, si no tenemos libertad para reunirnos y tratar sobre éste y otros temas, si no podemos manifestar nuestra opinión y que ésta sea escuchada. Hay algunos que pretenden hacernos callar, otros nos prometen falsos arreglos en los que no

participamos. Y ante todo esto solo nos queda un camino: ir conquistando nuestros derechos… Algo que nos atañe muy directamente a los vecinos es el tema del ayuntamiento, pues contra él nos enfrentamos constantemente al querer mejorar nuestras condiciones de vida. Dada la importancia de este tema tenemos que discutir sobre todo esto y ver cómo ha de ser nuestra participación en él, ya que estando auténticamente representados por vecinos nuestros, se verán atendidas nuestras necesidades. Para lograr esta participación debemos reforzar la unidad en torno a la asociación, para que ésta pueda representarnos y tenga estudiados los problemas que nos afectan y las posibles so-


De esta forma, al ir dejando de lado el miedo y la comodidad, conociendo al resto de los vecinos, descubriremos el papel tan importante que cada uno debe desempeñar. Y desde estas asambleas y comisiones, desde la asociación como entidad que nos representa, debemos exigir nuestra participación en el organismo que decide por nosotros a nivel ciudadano, que el ayuntamiento pase de ser un organismo de espaldas a los vecinos, a un lugar donde los barrios nos veamos representados. Nosotros os pedimos desde el boletín que penséis esto y acudáis a las asambleas”.

Habla, pueblo, habla La transición a la democracia es ya por fin un hecho. Surgen partidos políticos por doquier. La política lo envuelve todo. También la vida de los vecinos del Picarral y buena parte de la actividad de su ACF. Como diría en su momento Alfonso Guerra, a España, dentro de nada, ya no la reconocerá ni la madre que la parió. El país ha cambiado radicalmente en los últimos meses. Se han legalizado casi todos los sindicatos obreros y los partidos políticos. Tras una intensa campaña electoral, la primera de verdad desde la Segunda República, por fin llegaron las elecciones a Cortes Generales del 15 de junio de 1977, que se saldaron con la victoria de la Unión de Centro Democrático (UCD)

de Adolfo Suárez. La expectación ante el futuro que se abre para todos los españoles es grande. Las nuevas Cortes constituyentes trabajan en la elaboración de la Carta Magna que ha de regir el futuro del país. No es de extrañar, pues, el interés con el que la asociación sigue el desarrollo de los acontecimientos. La verdadera representatividad del nuevo parlamento, su transparencia y el control popular, el futuro de los ayuntamientos democráticos y la transformación de España en un Estado autonómico son asuntos de gran calado político, cuyo desenlace preocupa e inquieta a los vecinos del Picarral. La primera piedra para la construcción de un nuevo país está puesta. Pero el movimiento vecinal es consciente de que el edificio aún está por levantar. Falta un paso fundamental para que la Administración sea verdaderamente democrática, y se trata de la más próxima al ciudadano: los ayuntamientos. Y para empezar a construir esa nueva casa de todos con las medidas y la distribución apropiadas, la implicación política de la asociación ha de empezar desde los cimientos, desde la base: las próximas elecciones municipales. En el verano de 1977, la ACF crea una comisión a fin de preparar a conciencia al barrio de cara a los primeros sufragios locales de la nueva etapa, para que el nuevo ayuntamiento que surja de las urnas sea verdaderamente representativo de los intereses de los barrios. Tras cuatro décadas de dictadura, buena parte del pueblo es analfabeta en términos de democracia institucional. Para desarrollar la necesaria alfabetización política que la nueva etapa requiere, los vecinos se reúnen en asambleas con representantes de los trabajadores municipales, que les explican cómo funciona un ayuntamiento. Asociaciones, instituciones y partidos políticos

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luciones; en este proceso es cada vez más importante nuestra presencia activa en toda clase de asambleas que se celebren, pues es ahí donde vamos construyendo la democracia, decidiendo las cosas entre todos, nombrando las comisiones que nos representen.

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son llamados a participar en esas asambleas, y desde la ACF se insiste en “la necesidad de la unidad de las fuerzas de izquierda de cara a las elecciones” municipales.

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Se trata pues de crear conciencia sobre la importancia de participar, no solo depositando la papeleta en la urna, sino después, fiscalizando la labor de los representantes elegidos por los vecinos. La Comisión de Control Municipal se erige como el grupo de trabajo a través del que la asociación pretende averiguar lo que el ayuntamiento se trae entre manos, para poder informar puntualmente a los vecinos y que así puedan obrar en consecuencia. En ella también participan representantes de los empleados municipales, arquitectos, abogados…

Mientras, el boletín de la ACF del barrio ha pasado a denominarse “El Picarral a voces”. El último número del año 1977, como no podía ser de otra manera, está también imbuido en ese espíritu que todo lo impregna. Así lo refleja el editorial de ese número, titulado “¡¡Esos parlamentarios!!”. “Poco a poco se van sustituyendo las leyes y formas de la dictadura por las democráticas. (…) Sin embargo, están pasando cosas curiosas. Del ‘habla pueblo habla’ se ha llegado al ‘ya has hablado bastante’ (…), y resulta que todos los asuntos que nos afectan se están guisando en pactos de trastienda. Hay cuestiones que no pueden esperar”. Y entre ellas, la asociación enumera las elecciones municipales y la autonomía, la participación, transparencia y control popular”.


Para tratar de buscar su lugar en la nueva sociedad que estaba naciendo, las diferentes ACF y asociaciones de vecinos de Zaragoza empiezan a tener muy claro que, con la normalización democrática, se impone la unidad de acción de los barrios si realmente quieren influir en quienes toman las decisiones. Un acontecimiento destacado en el movimiento vecinal fue la celebración en 1977 de la Semana de los Barrios, en cuya organización participaron junto a la asociación del Picarral las de Delicias, Venecia, Torrero-La Paz, Almozara, Las Fuentes, San José, La Jota, Oliver, Montemolín y Arrabal. A estas jornadas, que pretendían dinamizar la participación ciudadana, acudieron representantes vecinales de Madrid, Barcelona, Pamplona y Valencia. A raíz de aquel encuentro se crearon diferentes comisiones, de urbanismo, de sanidad, de enseñanza, de cultura… Reclamaban las necesidades de los barrios pero, por encima de todo, querían

ayuntamientos democráticos, y trataron de crear una Comisión de Control sobre el Gobierno municipal. Aunque en principio fue rechazada por éste, tras las primeras elecciones generales de 1977 se hizo evidente que el panorama político había cambiado para siempre, y se permitió. Si bien no se aceptó que pudiera tener voz en los plenos, sí que se abrieron vías de interlocución permanentes con las asociaciones, así como una puerta de acceso de sus representantes a la documentación municipal. El 21 de enero de 1978, miles de zaragozanos, convocados por las asociaciones de barrios, sindicatos y partidos de izquierda, se manifestaron para exigir la celebración inmediata de elecciones municipales. Estos meses de trabajo coordinado serían la semilla de la que, en noviembre de 1978, brotaba la Federación de Asociaciones de Barrio de Zaragoza (FABZ). El primer presidente electo fue Ricardo Álvarez, de Torrero. El día de San Valero de 1979, la FABZ presentó su programa en la plaza de España, bajo el lema “Ganemos la ciudad”.

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Los barrios se coordinan

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Según recuerda Paco Asensio, “a través de todos estos movimientos se van consiguiendo cosas poquito a poco, a base de luchar. Y el barrio, en ese sentido, va creciendo, se va haciendo grande. Y más grande también porque en esos años la expansión demográfica es tremenda. En los primeros diez años que yo viví aquí, se construyen 2.522 viviendas. Y las familias, en vez de tener 1,3 hijos como ahora, teníamos cuatro o cinco. Pero la ventaja es que a partir de esa época, en los años 70, vienen al barrio universitarios, trabajadores de Renfe… Vamos, que hay de todo, y la gente se va mentalizando para exigir. Por ejemplo, los de Balsas estaban sin luz en las calles, y cogieron las farolas que estaban puestas, se las echaron al hombro y se las llevaron a la puerta de la Delegación de Urbanismo. Hasta entonces habíamos sido muy poca gente, pero con la expansión del barrio y con todos estos movimientos, cuando empieza a venir esta gente nos espabila”. Así, había transcurrido ya casi la primera década de vida de la ACF del Picarral, hasta que, el 3 de abril de 1979, llegan por fin las tan ansiadas elecciones municipales, que se saldarían con la victoria del PSOE. Ramón Sainz de Varanda sería el primer alcalde de Zaragoza en esta etapa democrática.

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“Tenemos tanta ilusión por trabajar y por hacer cosas que hay una época en la que nos vienen a ayudar, y pensamos que lo mejor que podemos hacer aquí es copar puestos en el ayuntamiento. Cuando llegaron las primeras elecciones buscamos a gente dispuesta a presentarse como candidatos a concejales. Y vino un concejal de Pamplona para instruirnos de cómo funcionaban los ayuntamientos. Pero no hubo gente preparada para asumir esos cargos”, reconoce Asensio. Con las primeras elecciones municipales democráticas, “el movimiento ciudadano decayó”,

afirma Javier Ortega en su libro Los años de la ilusión. “Sus mejores hombres fueron elegidos para engrosar las listas electorales”. Hasta cinco presidentes de asociaciones de vecinos y varios vicepresidentes incluía la lista del PCE para esos comicios. De la del Picarral, se presentaron Antonio Sofín y Eugenio Arraiza a través de CCI, y Virgilio Marco y Merche Viamonte por el MCA. “Tal vez, la izquierda creyó que ya no necesitaba a las asociaciones de los barrios o trató de desactivar, eliminar, absorber o marginar al movimiento vecinal. Tampoco hay que despreciar el intento de algunos partidos de capitalizar las asociaciones con vistas a próximas consultas electorales”, añade Ortega. “Las asociaciones trataron a partir de ese momento de buscar su sitio, de reorganizarse. Ya no era cuestión solo de reivindicar, sino también de colaborar y ofrecer alternativas”. Las ACF tratan de convertirse en la casa del barrio, en un lugar de encuentro donde confluyan las ideas acerca de todo aquello que inquieta a los vecinos en su día a día. Y en gestoras de aquellos servicios que la gente demanda y que las administraciones no ofrecen. En adelante, empezará a ser más habitual que estas carencias las suplan las asociaciones de los barrios, a menudo con el respaldo de la propia Administración. Con la llegada de la democracia al Ayuntamiento de Zaragoza, la comunicación se volvió “más fluida, más posible”, opina Juanjo Jordá, “pese a que aquí tuvimos el gran problema de Campo Ebro, que envenenó mucho las relaciones –puntualiza-. En esta asociación, siempre que hemos ido al ayuntamiento, por las buenas o por las malas, se nos ha recibido. Aunque antes de la transición ya había algunas relaciones y llegamos a acuerdos importantes, con el ayuntamiento democrático ya era una norma más lógica y que tenía sentido”.


Hacia la autonomía Autonomía: una palabra que hasta entonces apenas había tenido sentido para el pueblo llano empieza a sonar con fuerza en Aragón. Y el Picarral no será una excepción. ¿Autonomía para qué? ¿Qué clase de autonomía? Desde el principio de la democracia, la asociación se muestra receptiva al Estado descentralizado, pero no a cualquier precio. “Nuestra región necesita un régimen de autonomía, pero una autonomía que sea un marco que nos permita resolver” los problemas propios de la región “y devolver a Aragón su es-

plendor económico y cultural”, sostenía la ACF en diciembre del año 77. Como la historia de este barrio y de su asociación de vecinos no es sino el reflejo de otra más amplia, el pulso autonomista de la ACF del Picarral empieza a latir bombeado por el movimiento estatutista que recorre Aragón desde los primeros momentos de la transición, y que toma brío en junio de 1976 al conmemorarse el cuarenta aniversario del anteproyecto del estatuto de Caspe. Menos de un año después, en mayo de 1977, una comisión del Colegio de Abogados de Zaragoza elabora otro anteproyecto de estatuto de autonomía. Tras las elecciones generales del 15 de junio de 1977, los diputados electos de las tres provincias aragonesas se reúnen en Teruel, y acuerdan

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“Yo pienso que desde Cesáreo Alierta hasta el último alcalde –concluye Antonio Sofín-, siempre hemos tenido buenas relaciones”.

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constituir una Asamblea de Parlamentarios, a la que se encarga la redacción de un texto estatutario. El 30 de octubre concluyen en Albarracín un anteproyecto de Real Decreto-Ley de Autonomía Provisional de Aragón. El 20 de diciembre de 1977, doce partidos políticos suscriben un manifiesto conjunto que pretende acelerar el proceso preautónomico. Pero hasta que no se materializaron los acuerdos nacionales entre UCD y PSOE, el Consejo de Ministros no aprobaría el régimen preautónomico de Aragón, el 11 de marzo de 1978. El 9 de abril se constituiría la Diputación General de Aragón, bajo la presidencia del ucedero Juan Antonio Bolea Foradada.

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Todos los que fueron alguien durante el franquismo han pasado a autodenominarse “demócratas de toda la vida”. No quieren perder su cuota de poder. A la asociación del Picarral le huelen a chamusquina “los guateques secretos” de la Moncloa y recela de que Suárez intente “meternos a toda prisa la autonomía”. Y es que, a juicio de los vecinos, el cambio que esta región necesitaba era el que la sacase de la “miseria”, no el que quisieran desde Madrid. Creen que “Aragón, región de trasvases” es la “perfecta definición” de esta tierra, no solo de sus ríos. Desde el boletín de diciembre del 77, la ACF del Picarral denuncia también el “trasvase de energía”, porque el 50% de la que se producía se exportaba, en vez de ser utilizada para generar más tejido industrial en la región. “Y no olvidemos las centrales nucleares que quieren ponernos” desde Madrid. Y es que la energía atómica es también unos de los asuntos sobre los que la ACF tomará una posición unívoca. Sirva como ejemplo el rotundo titular “ARAGÓN NUCLEAR NO”, así en mayúsculas, de la portada del “Picarral a voces” de febrero de 1978. Más de dos años después, en junio de 1980, se volvía a insistir en el tema, a raíz de la manifestación que en mayo había recorrido Za-

ragoza en contra de las centrales nucleares y de los trasvases. La asociación apoyaba el cierre de Santa María de Garoña, situada en la cabecera del Ebro, “por atentar a la vida fluvial, los cultivos y la salud de todos los habitantes de la zona”. Al definir a Aragón como “tierra de trasvases”, la ACF también se refería al de personas, y denunciaba que “por el salvaje olvido y trato dado al campo, muchos hombres y mujeres aragoneses han tenido que emigrar a otras regiones”. Y que “ahora, cuando se salvan tantas y tantas tierras para regar en nuestra región, se nos quieren llevar el agua”. El trasvase del Ebro, tanto a finales de los 70 como en las décadas posteriores, iba a aglutinar a los vecinos del Picarral, como a buena parte de la sociedad aragonesa, en torno a una causa común frente a Madrid. En febrero de 1981, tras haber dimitido Suárez, el boletín de la asociación volvía a hacer referencia al proyecto del Gobierno de trasvasar “unos 1,4 millones de litros de agua del Ebro a la petroquímica de Tarragona”, con lo cual esta cantidad de agua “nunca podrá ser usada río arriba”. La asociación afirmaba que a Aragón le quedaban dos opciones: “O seguir la vía del subdesarrollo, dejándonos expoliar la energía, los hombres y el agua; o seguir la vía de la seguridad, aplicando el regadío a nuestra tierra”. Por todos estos motivos, mientras en Madrid se diseñaba la nueva España constitucional, un fuerte sentimiento autonomista iba a arraigar entre los miembros de la ACF del Picarral, haciéndose más vigoroso en los años siguientes. “No vamos a consentir cómo algunos (por concretar la UCD y el señor Lasuen a su cabeza) pretenden que la negociación se lleve a nuestras espaldas; los aragoneses tenemos que decir muchas cosas y no callarnos, pese a quien pese nuestra voz, que por eso llevamos fama de cabezotas, sobre


“Ahora ya sabemos que lo que llamaban autonomía no será eso, sino otra cosa. ¿Cuándo tendrá voz el pueblo de Aragón?”, rezaba el editorial de aquel “Picarral a voces” antinuclear de febrero del 78. La ACF del Picarral no era ajena al sentir general de la calle. “Las movilizaciones que desde los últimos años del franquismo exigían Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía”, como escribe Ignacio López Susín en Zaragoza Rebelde (zaragozarebelde.org), “tuvieron su momento de gloria en la manifestación del 23 de abril de 1978”, cuya participación se estimó en más de 100.000 ciudadanos. En el boletín Picarral a voces de ese mismo mes de abril, la asociación deja muy clara su posición respecto a la autonomía. Pero no de una autonomía cualquiera. Frases como que “el capitalismo monopolista de Estado lleva consigo la centralización de las decisiones en muy pocas manos”, que “nuestra región padece con intensidad esas relaciones de explotación”, o que “el centralismo es una característica integrante de toda dictadura”, permiten hacerse una idea de cómo la asociación sentaba posiciones de cara a esa histórica manifestación del 23 de abril de 1978. Era un momento crucial. Las Cortes constituyentes estaban diseñando las nuevas estructuras del Estado. “Esta crisis y esta pobreza regional es soportada fundamentalmente por los trabajadores y las capas populares”, añadía el artículo. La explotación “no solo se ejerce en las empresas, sino a otros niveles: países ricos-países pobres, regiones explotadorasregiones explotadas, centro-periferia”. Por eso, en este artículo previo a la gran manifestación, la asociación calificaba el regionalismo como “una necesidad”, y equiparaba “la lucha

contra el centralismo del Estado” con “la lucha por la democracia de nuestro país”. Al fin y al cabo, se trataba de reproducir en el escalafón de las relaciones Aragón-Estado el mismo esquema participativo que los vecinos reclamaban para relacionarse con su ayuntamiento. Querían que en la toma de decisiones participasen quienes iban a sufrir directamente sus consecuencias. “La lucha por las autonomías es un paso más en la lucha por la autogestión”, afirmaban. Aquel día de San Jorge de 1978 sería recordado en adelante. Solo tres años después, en mayo de 1981, la Asociación de Vecinos del Picarral afirmaba que, en esa ocasión, la fecha había pasado “sin pena ni gloria”. “Solo lamentos y recuerdos nostálgicos de aquel 23 de abril de 1978”. Y es que la dilatación del proceso autonómico en Aragón desinfló en cierta medida aquel espíritu del principio. Ya en abril del 78, la asociación advertía, premonitoriamente, de “la apropiación por parte de la derecha” de la bandera del regionalismo. Alertaban del surgimiento de “partidos regionalistas totalmente burgueses”, cuyo único afán sería acaparar poder a través de su “regionalismo tecnocrático” meramente administrativo. ¿Premonitorio…? En ese caso, lamentaban, “lo único que se conseguirá será un cambio de amos”, pasando de “madrileños, catalanes o americanos a amos aragoneses”. Juan Antonio Bolea, de la UCD, seguía presidiendo la preautonomía aragonesa en ese arranque de la década de 1980. Desde finales del franquismo, como ya ocurrió en 1936, quienes más visible habían hecho el impulso autonomista habían sido los jóvenes de izquierdas. Entrando en la década de los 80, nace “un movimiento en contra de las fuerzas políticas conservadoras (con UCD al frente y el beneplácito del PSOE) que reorientaron, con la decisiva intervención de José Ángel Biel (eterno consejero de Presidencia

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todo cuando lo que está en juego es el pan, el trabajo y la libertad para nosotros y nuestra tierra”.

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y vicepresidente de la DGA por el PAR, entonces secretario de la UCD turolense) la decisión de cientos de ayuntamientos aragoneses que habían optado por la vía del 151, la más rápida y de más alto techo competencial, hacia el ominoso 143”, según escribe López Susín. La FABZ, en diciembre de 1979, había votado a favor de la vía 151. También trató de buscar fórmulas para que los vecinos participasen en el proceso autonómico que se estaba gestando. La FABZ planteó asimismo la necesidad de que el futuro Gobierno aragonés tuviera poderes reales para controlar los recursos de esta tierra y capacidad para decidir sobre aspectos clave, como las centrales nucleares, el trasvase o los polígonos militares. Todas estas posiciones son plenamente asumidas por la asociación de vecinos del Picarral. Numerosos movimientos sociopolíticos de izquierdas se oponen a esta vía descafeinada de descentralización por la que iba a optar Aragón y, para protestar, una treintena de militantes inicia una huelga de hambre y un encierro que comenzó en la Diputación Provincial de Zaragoza, sede provisional de la DGA, donde colocaron una bandera de Aragón a media asta con crespón negro. Después, el encierro fue itinerando, obligado por los grises. Pasaron por el centro Pignatelli y por el ayuntamiento.

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El entonces alcalde de Zaragoza, Ramón Sáinz de Varanda, era partidario de la vía 151, pero en ese momento se encontraba de viaje. El alcalde accidental, Juan Montserrat, que luego llegaría a presidente de las Cortes y a ser el Justicia de Aragón, no les permitió permanecer, y esto ocasionó diversos incidentes con la Policía Local, que tendrían como consecuencia la ruptura del pacto de izquierdas (PSOE, PCE, PTA) del primer Gobierno democrático de la ciudad. Al final, los militantes tuvieron que llegar hasta la sede de la Asocia-

ción de Vecinos del Picarral, que los acogió para que pudieran continuar con su protesta. Todas estas acciones culminarían en abril de 1980 con manifestaciones en las tres capitales aragonesas, exigiendo una autonomía plena que nunca llegaría. La de Zaragoza fue reprimida por militantes de Fuerza Nueva, ante la pasividad de la policía. Pero un mes antes, la asociación del Picarral seguía dejando muy clara su postura a favor de la plena autonomía en su boletín de marzo de 1980. En su portada se reproducía el Manifiesto Aragonesista de la recién nacida Asamblea Autonomista, al que José Antonio Labordeta había “puesto inspiración y garra”, y que comienza así: “…Y si en algún instante te sientes unido a esta tierra, a estas gentes que labran el paisaje, a estas gentes que paren el mañana, a estos niños que corren en las calles, grita con nosotros: ¡Aragón, Aragón, Aragón!”. Aquella Asamblea Autonomista trataba de encauzar un movimiento que diera cohesión y empuje a tantos grupos y personas que sentían “a fondo los problemas y las riquezas de Aragón”. Sus grupos de trabajo se reunían una vez a la semana y empezaban a extenderse por pueblos, barrios, instituciones y organizaciones ciudadanas. También caló en la asociación vecinal del Picarral, que por entonces preparaba una fiesta que siempre tuvo, y más en aquellos años de la preautonomía, un marcado carácter popular y aragonesista. La fiesta del Cinco de Marzo, que la FABZ había recuperado solo un año antes, después de décadas de obligado abandono.

El Estatuto La autonomía aragonesa no se desatasca hasta 1981, cuando la Mesa de Partidos, que se había


Las Cortes Generales aprueban el Estatuto de Autonomía de Aragón el 30 de julio de 1982, que fue sancionado por el rey el 10 de agosto de

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constituido en diciembre del año anterior, inicia un ritmo de negociación que en pocos meses conseguirá acordar unas bases mínimas y desbloquear el proceso autonómico, conduciéndolo por la vía del artículo 143. La Mesa de Partidos termina sus trabajos el 22 de mayo de 1981, y en junio se constituye la Asamblea Mixta de Dipu-

tados Provinciales y Parlamentarios, encargada de debatir un proyecto de Estatuto de Autonomía. Éste se aprueba en la Asamblea el 7 julio, y el 10 se entrega a las Cortes Generales. Pero antes sería necesario un acuerdo político nacional entre los dos partidos mayoritarios, UCD y PSOE, para que, en unión de otros procesos estatutarios, el de Aragón pudiera concluir su tramitación. El origen de estos pactos se encuentra en el deseo de unificar y homogeneizar el proceso autonómico y evitar que abocase en una difícil gobernabilidad del Estado, buscando un núcleo competencial traspasable y una estructura organizativa básica común para todas las comunidades autónomas.

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1982, y publicado en el Boletín Oficial del Estado el día 16. Se aprueba, por tanto, el Estatuto de Autonomía de Aragón con cerca de tres años de diferencia respecto al primero de todos, el vasco. A partir de su entrada en vigor, desaparece el régimen de preautonomía, que culmina con la constitución de las primeras Cortes de Aragón, el 20 de mayo de 1983, tras las primeras elecciones autonómicas.

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Como no podía ser de otra forma, la Asociación de Vecinos del Picarral no se mantuvo neutral ante la celebración de esos primeros sufragios a las Cortes de Aragón. La asociación tomó posición públicamente a través de las páginas de su boletín, publicado un mes antes de acudir a las urnas. En un editorial titulado “Ante las elecciones del 8 de mayo”, la asociación afirmaba que los comicios “ya se van convirtiendo en cosa de rutina. Menos mal –añadía a continuación-, después de tantos años en los que los ciudadanos no teníamos derecho a expresarnos. Cabe ya aburrirse de ellas y no participar. O cabe también, por otro lado, pensar que con depositar el voto ya hemos hecho bastante, que ésa es toda nuestra intervención en la marcha de la sociedad”. La asociación, “consciente de la importancia de este momento”, presentaba a continuación una serie de “reflexiones”. Se animaba a la participación, “porque hace falta ir consolidando la democracia”, a “votar a las izquierdas” y a “seguir luchando, porque la democracia no es solo votar cada cuatro años. Es la brega de todos los días para mejorar nuestras condiciones de vida”. Es “participar en las organizaciones de base, como las asociaciones de vecinos, donde todos tenemos cabida para cambiar el barrio, la ciudad, la región”. La lista vencedora en Aragón fue la del Partido Socialista Obrero Español de Aragón, encabezada por Santiago Marraco, que obtuvo mayoría absoluta (33 escaños), lo que le permitió gober-

nar en solitario. En las municipales de Zaragoza, la lista del PSOE encabezada por Sáinz de Varanda obtuvo dieciséis concejales de 32 posibles. Con estas primeras elecciones democráticas autonómicas, se puede decir que culmina un ciclo para la Asociación de Vecinos del Picarral y su relación con el poder, que había empezado en pleno franquismo como ACF y que vivió tan intensamente todo el proceso de transición a la democracia, que en Aragón no culminó con las elecciones generales de 1977 ni con la aprobación de la Constitución del 78. Para los aragoneses, y también para la asociación, esta transición culminó con aquellas elecciones del 8 de mayo del 83 y la plena normalización del Estado de las autonomías. A partir de aquí, comienza una nueva etapa para el movimiento vecinal en Zaragoza (y en toda España), sobre todo en lo que respecta a su relación con los representantes públicos. Paro y crisis Hoy en día, lamentablemente, han vuelto a estar de actualidad dos palabras que en la primera mitad de los años ochenta, y a mediados de los años 90 también, resonaron con fuerza en España: paro y crisis. Una situación de desempleo galopante es lo peor que le puede pasar a un barrio obrero. Por eso, la Asociación de Vecinos del Picarral no podía quedarse de brazos cruzados y, hace tres décadas, se integraba en Acción Solidaria Contra el Paro, una agrupación de entidades ciudadanas. A finales de 1982, había casi un 16% de paro en el conjunto de España. Y los vecinos organizan a través de esta plataforma reuniones con políticos, sindicalistas y mesas redondas para discutir sobre este problema y tratar de encontrar soluciones imaginativas para reactivar el empleo. En la Margen Izquierda surge un grupo organizado, compuesto sobre todo por parados, que a partir


La Asociación de Vecinos del Picarral siempre se ha mostrado sensible hacia los colectivos excluidos de la sociedad, y especialmente atenta a las posibles bolsas de marginalidad de su entorno. En el boletín de la ACF de mayo de 1982 puede leerse que “parece que va en serio la campaña de erradicación del chabolismo” emprendida por el ayuntamiento, “pero que no se han terminado los problemas de vivienda para los gitanos”, por las reticencias de los vecinos de los sectores donde se proyecta construirles casas, “y porque los gitanos no quieren vivir apartados en zonas aisladas y sin siquiera tiendas donde comprar lo más necesario”. Según Juanjo Jordá, ésta fue “una batalla muy importante y que nos marcó mucho al Picarral”. “Es que siempre ha habido alguna relación de la asociación con el colectivo gitano. En Ortiz de Zárate ha habido y hay muchos gitanos. Se les consiguieron unas casas que las hizo el ayuntamiento al lado de la parroquia de Belén y que se las cedió gratuitamente”, recuerda Jesús Gil. Jordá afirma que “hubo varias metidas de pata con el tema de los gitanos del Actur. Recuerdo que fue un comandante con la policía en plan chulo diciendo que eso él lo resolvía en diez minutos y tuvieron que marcharse”. Se registraron momentos de tensión y auténticas batallas campales entre vecinos y fuerzas del orden. Hasta “hubo un levantamiento alimentado con brotes fascistas, instrumentalizado por partidos políti-

cos de la derecha. Hubo una historia muy dura. Un brote de xenofobia. Venía el papa y los gitanos molestaban en donde se quería poner el altar. Se les quiso echar, y ellos se defendieron. Fueron unos payos por la noche a prender fuego a las casas”, añade. “El suceso dio la vuelta a España y hasta los niños gitanos enviaron una carta al rey suplicándole que intercediera. Más de una autoridad quedó en entredicho por este caso”, afirma Javier Ortega en su libro sobre los años de la transición en Zaragoza. Se convocó una consulta-referéndum entre los vecinos, y luego, ni el alcalde Sainz de Varanda ni el gobernador Ángel Luis Serrano ni el Ejecutivo regional, presidido por Santiago Marraco, se responsabilizaron de su resultado. “Al final, el problema se zanjó con la segunda visita del papa Juan Pablo II a Zaragoza, que se celebró el 10 de octubre de 1984, ya que se habilitó la explanada de la avenida Pirineos como escenario de las ceremonias religiosas. Las casitas prefabricadas se instalaron una vez que marchó su santidad”. Y aunque esto era en el Actur, la asociación de vecinos del Picarral se manifestó públicamente. “Estábamos en contra de que se les echara”, aclara Jesús Gil. La posición adoptada por la asociación de vecinos del Picarral defendiendo a los gitanos hizo que se marchase de ella alguna gente. “Se nos borraron 40 o 50 socios, pero estamos muy orgullosos de aquello”, sentencia Jordá. Otra socia de la asociación del Picarral, Pilar Espallargás, recuerda que hubo una manifestación en contra de estos gitanos y otra a favor, y el párroco de Belén, Juan Acha, quien sí tuvo una implicación muy importante en este asunto, participó en la marcha que los apoyaba. “Y recuerdo que nos tocó correr. Yo iba con él y a mí

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de diciembre de 1982 se reúne semanalmente en la asociación de vecinos del barrio Jesús. Se crea una bolsa de empleo, se buscan soluciones de tipo cooperativo, se informa de las posibilidades de prestaciones económicas –solo un tercio de los 48.000 parados que había en Aragón percibían un subsidio- y se trata de canalizar las denuncias de situaciones laborales irregulares.

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no me alcanzaron, pero a Juan sí que lo cogieron y lo metieron en el furgón de la policía, aunque estuvo poco tiempo detenido. Al final de la tarde ya estaba fuera”. Juanjo Jordá asegura que, a raíz de estos incidentes, el cura “llegó algunos días a tener que marcharse a dormir fuera de casa por miedo a que le hicieran algo”.

Y los tanques se fueron Problemas seguía habiéndolos, y por doquier. Pero 1985 fue también el año de una importante victoria para el movimiento vecinal del Picarral. “Como habéis podido observar, los tanques ya no pasan por las calles del barrio”, podía leerse en el boletín de la asociación de vecinos de octubre de 1985. ¿Tanques por las calles del barrio?,

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puede preguntarse con asombro cualquiera que no conozca esta historia. Pues sí. Esta es una lucha que la asociación venía librando desde el año 1973, pero que había cobrado un especial vigor en el último lustro. Desgraciadamente, tuvo que ocurrir un accidente para que el problema se terminase de una vez por todas. Por la Puerta de Carros de la estación del Norte salían los tanques y cañones que, una o dos veces al año, se dirigían al campo de maniobras de San Gregorio. “El problema fundamental es que se nos paseaban por en medio del barrio, por San Juan de la Peña, con todas las molestias, los peligros y los ruidos que eso suponía”, señala Juanjo Jordá. “Y si te pasaban a las cuatro de la mañana, te habían fastidiado la noche como tuvieses un poco de insomnio”, añade.


“Pero lo peor era el destrozo que hacían en los viales los engranajes de aquellos tanques antiguos”, apostilla Jesús Gil. “Había falta de seguridad”, prosigue Jordá. “Los convoyes militares paralizaban todo. Y especialmente si se les estropeaba la cadena, lo que pasaba a menudo, porque entonces el material militar estaba muy obsoleto”, recuerda. El ruido, los peligros, los atascos que provocaban y las marcas que dejaban las cadenas en el pavimento eran lo que le faltaba a un barrio como el Picarral, que ya era conocido como “el triángulo de la muerte” por la contaminación de empresas como Saica, Rico Echeverría y Campo Ebro Industrial.

Una vez informados los vecinos, se les propone firmar una carta para solicitar “respetuosamente” al Capitán General de la Región que cesara el paso de los tanques. También se le solicitaba que se construyese cuanto antes la estación de ferrocarril de San Gregorio, para que el material fuese descargado directamente en la zona militar y no tuviese que atravesar el barrio desde la estación del Norte. “Hubo campañas de movilización muy importantes, con las que estuvimos por lo menos cinco años”, piensa en voz alta Juanjo Jordá, mientras

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A comienzos de 1980, la ACF del Picarral realiza una encuesta entre los vecinos para conocer sus opiniones al respecto. Con los datos en la mano, es el momento de pasar a la acción. Para ello, la asociación convoca a una reunión a los presidentes de todas las comunidades de vecinos de San Juan de la Peña, donde se fijan las líneas de trabajo a seguir y las entidades que debían asumir la responsabilidad de resolver el problema. Lo primero era distribuir entre todas las comunidades los resultados de las encuestas y trasladarles las gestiones realizadas por la asociación ante los distintos organismos responsables.

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trata de hacer memoria. “Yo creo que después de lo de Campo Ebro, la de los tanques ha sido la batalla más importante que hemos librado como asociación”, asegura. “Sí, y por lo original también”, confirma Jesús Gil. “Es cierto. Se hacían desfiles antimilitaristas con fregonas, se montó una campaña en contra de la guerra de las Mal-


vinas… En las fiestas siempre se trataba de echar unas gotas de pimienta para sensibilizar”, sentencia Jordá.

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“Hubo reivindicaciones y cartas cruzadas con el capitán general, que a lo mejor te contestaba: ‘No habrá ningún accidente si nadie lo provoca’”, rememora este militante del Picarral. Asimismo, los vecinos solicitaron al mando militar que contribuyese económicamente a la restauración de la calle, de cuyo deterioro eran en buena parte responsables los tanques que la atravesaban. Y es que San Juan de la Peña era la arteria principal del barrio y, además, soportaba un intenso tráfico, pues era una de las principales vías de acceso al polígono industrial de Cogullada. Con lo cual, a menudo, asomaban por los baches que se abrían en el asfalto los viejos adoquines y las vías del tranvía, que todavía se conserva-

ban por debajo. Esto obligaba a parchearlo, algo que no solucionaba nada porque, al poco tiempo, volvían a hacerse socavones. “Urge una solución definitiva”, pedía la ACF del Picarral ya en 1979, “y que su coste no nos lo carguen a los vecinos, pues no son nuestros los tanques que han ido destrozando la calle”. “La lucha será larga pero valdrá la pena”, escribía la Comisión de Urbanismo en el boletín de la ACF de junio de 1980. “Como se sabe en el barrio, la asociación hace ya más de un año que viene realizando diversas actuaciones con el fin de conseguir que cese el paso de material militar por nuestras calles”. Los vecinos enviaron sucesivas solicitudes al ayuntamiento, al gobernador militar y al capitán general, “y todas ellas han conseguido el mismo efecto: es decir, ninguno”. Lo único que se logró es que se desviara el paso


Y, mientras tanto, la estación de ferrocarril al pie del campo de maniobras de San Gregorio, que a finales de 1980 llevaba años proyectada, seguía sin presupuesto para su construcción. Pero los vecinos insistían en que, hasta que este apeadero militar fuese una realidad, ningún tanque volviese a circular por cualquiera de las calles del barrio para evitar los peligros, los ruidos, los atascos y nuevos baches. Por entonces estaba ya bastante claro que cualquier gestión que no estuviese apoyada por actos en la calle no iba a producir más resultado que un cúmulo de cartas respondidas, pero sin un solo paso en firme para poner fin a este problema. La lucha de David contra Goliat, de un barrio obrero contra nada más y nada menos que todo un ejército, comenzaba a exteriorizarse y a ser visible. “Recuerdo –dice Jordá- una vez que pondríamos doscientas señales de prohibido tanques por el barrio”. Los vecinos se movilizaron para recoger firmas y el barrio se llenó de pancartas alusivas al tema y de las citadas señales de prohibición, en las que se veía un carro de combate rodeado por el eslogan: “¿Tanques por el barrio? No gracias”. “Unidos y aumentando nuestra lucha conseguiremos sacar los tanques del barrio”, afirmaba el barrio al unísono. A finales de 1981, el problema persistía y la Comisión de Urbanismo del Picarral se reúne con la Asociación de Vecinos del Arrabal y con los cooperativistas de Balsas, igualmente afectados por el paso de los tanques

por la puerta de sus casas. Juntos intentan que su protesta cobre más fuerza. El frente común de los barrios de ese lado del río contra el Ejército no hacía sino alimentar el

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de los tanques de San Juan de la Peña a Valle de Broto, “sin que nosotros hayamos solicitado eso nunca ni lo aprobemos, pues entendemos que es agravar el problema a unas personas para suavizárselo a otras”. Ahora, la zona más afectada pasaba a ser la de Balsas, “en donde hay que intentar que los vecinos se movilicen”.

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fuerte sentimiento antimilitarista que había ido calando con fuerza en muchos sectores del movimiento vecinal. Y aquel año, con más razón aún si cabe, porque aunque solo fuese por unas horas, el 23 de febrero muchos habían temido una vuelta a los tiempos en que civiles y militares debían obediencia ciega a los uniformados. Este fue un asunto al que se le prestó especial atención. Por ejemplo, la Comisión de Cultura de la asociación de vecinos del Picarral organizó aquel año, junto al Club Cultural del barrio, una conferencia en la que Pablo Larrañeta habló sobre las consecuencias de aquel 23-F en el Ayuntamiento de Zaragoza. Esta conferencia se enmarcaba en la semana cultural que se celebró del 26 al 31 de octubre de 1981, que contó también con una serie de charlas en las que, entre otros temas, se debatió sobre

la objeción de conciencia. Es que “ha habido unos cuantos jóvenes del barrio que han estado en la cárcel por insumisos”, apunta Jesús Gil. Y la ACF del Picarral siempre ha sido sensible hacia los movimientos pacifistas y antimilitaristas. Desde aquellos primeros años ochenta hasta la desaparición del servicio militar obligatorio, dos décadas después, “los jóvenes de familias del barrio que optaron por la insumisión siempre contaron con el apoyo de la asociación”, afirma Juanjo Jordá. El Picarral, con perdón, se había convertido en un grano en el culo de los mandos militares. “La verdad es que en aquellos momentos agitamos bastante el barrio con este tema. Nos enfrentamos con el Ejército… ¡con la suficiente prudencia!”, matiza Jordá. “Pero me acuerdo que después, cuando se montó el Topi, se les fue a pedir


Ese sentimiento pacifista no hizo sino crecer con el paso de los años. En 1983, las asociaciones de vecinos de Zaragoza están inmersas, junto a numerosos colectivos ciudadanos, en plena campaña contra la base americana. En Zaragoza surgió el Colectivo por la Paz y el Desarme, que en 1983 emprendió una intensa campaña de recogida de firmas y actos de protesta contra la permanencia de la base. El 27 de febrero de aquel año convocaron una manifestación, a la que acudieron en masa las asociaciones de vecinos. Cuando se empezó a plantear el posible desmantelamiento de la base militar que EEUU tenía en Torrejón de Ardoz, se apuntó a la posibilidad de que los efectivos de las instalaciones madrileñas se mudasen a las de la capital aragonesa. Y ante tal posibilidad, la FABZ difundió en una nota de prensa su total oposición a este traslado. Y también a “la presencia de fuerzas extranjeras en nuestro suelo, por suponer una hipoteca de nuestra independencia, al servicio de Estados Unidos”. Asimismo, la FABZ tachaba en su comunicado de “absolutamente demagógica” la actitud del PAR y del entonces presidente de la DGA, Bolea, que también se habían mostrado contrarios al traslado de la base de Torrejón, “porque en tiempos pasados nunca se habían molestado en abordar este problema”. En este ambiente antibelicista generalizado en toda Zaragoza, el Picarral continúa con su lucha particular contra el paso de los tanques por las calles de su barrio hasta mediados de 1985. Pero, como se ha dicho antes, la historia no terminó porque sí. A la persistencia de los vecinos tuvo que unirse “una historia más”, como recuerda Juanjo Jordá. “Se produjo un accidente en el

que un tanque se empotró contra un autobús”. El choque ocurrió en la primavera de ese año, en la avenida Pirineos, y hubo varios heridos. “El alcalde Ramón Sainz de Varanda –relata Jordá- fue muy listo y sacó un decreto prohibiendo el paso de tanques por el barrio. ¡Pero cuando el ramal de San Gregorio ya estaba hecho! Y al día siguiente ya empezaron a descargarse en esa nueva estación. Sainz de Varanda se pegó esa chulada, prohibiéndolo por decreto de Alcaldía, cuando el problema ya estaba resuelto. Era muy inteligente y a veces hacía estas cosas”, recuerda con una sonrisa dibujada en la cara. “Desgraciadamente, el tiempo nos tuvo que dar la razón de tan lamentable manera”, reprochaba la asociación de vecinos en octubre del 85. Y es que, cuando el enfado de los vecinos fue creciendo porque no se cumplían las fechas anunciadas para la construcción de la estación militar en San Gregorio, se les llegó a tachar de demagogos y de desproporcionados porque hablaban de la posibilidad de accidentes y de sus nefastas consecuencias. Pero, tras el accidente, “en dos semanas, lo que durante tanto tiempo veníamos reivindicando, se puso en práctica”. Quedaban pendientes algunos flecos, como quién iba a pagar el arreglo de Valle de Broto y de San Juan de la Peña, esta última calle de plena actualidad por las contribuciones especiales que el ayunta-

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una furgoneta. Y, cuando llegó Tere Soro, le recordaron lo de los tanques. ‘Ah, vosotros, los del Picarral’, le dijeron los militares”. “¡Sí, pero que le dieron la furgoneta!”, remacha Antonio Sofín.

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miento pretendía cobrar a los vecinos por su reparación, cuando el destrozo del pavimento era atribuible en buena medida a las cadenas de los tanques. Pero lo más importante se había logrado: los tanques dejaron de pasar. Los carros de combate ya no se paseaban por el barrio pero el antimilitarismo seguía muy presente para la asociación. En diciembre de 1985, titulaba un artículo de su boletín con un rotundo: “Salgamos de la OTAN”. En él se recordaba que, a falta de un año para que acabase la legislatura, “la promesa del Gobierno de celebrar un referéndum para que el pueblo diga si quiere seguir perteneciendo al Pacto Atlántico, está todavía por cumplirse”. Y también se exponía que, a tenor de las declaraciones de Felipe González y otros miembros del Ejecutivo, su intención era, “aunque el referéndum se celebre, de mantenernos en la OTAN”, como así fue. “La asociación del Picarral, conscientes de lo que esto supone para los ciudadanos, nos hemos integrado, a través de la FABZ, en la Asamblea Ciudadana para salir de la OTAN”. Y animaba a los vecinos a participar en los actos que se sucedieron, reclamando ese referéndum.

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Y el referéndum llegó. Concretamente, el miércoles 12 de marzo de 1986. Uno de los motivos por los que resultó polémico fue el hecho de que el PSOE de Felipe González se había manifestado en contra de la permanencia en la Alianza Atlántica antes de entrar en el Gobierno, usando el ambiguo eslógan “OTAN, de entrada, no”. Pero una vez en el poder, los socialistas hicieron campaña a favor del “sí”. Otro de los motivos fue la redacción de la pregunta (“¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?”), que muchos consideraron tendenciosa para encaminar a los ciudadanos hacia una postura afirmativa.

A los pocos días del referéndum, la Asociación de Vecinos del Picarral lanzaba una reflexión, en la que pedía a los políticos “que ahora, con más tranquilidad, analizaran su comportamiento durante la campaña, los miedos que han transmitido a la población, el uso y abuso de los medios de comunicación, en especial de la televisión – por entonces todavía la única, la estatal TVE- a favor del sí, y sus crispaciones”. Frente “al nerviosismo” vivido por los representantes públicos, destacaban “la madurez del pueblo”, por “la normalidad y la tranquilidad” con la que se había vivido la consulta. Y esto, a pesar de que, con una participación del 59,4%, el “sí” a la permanencia ganó, gracias al apoyo del 52,5% de los votantes, frente al 39,8% que votó en favor del “no”. Para la asociación, este resultado debía invitar a reflexionar “que el sentir popular no está representado en los mismos porcentajes que el de sus diputados, ya que el 2% que estaba por el no –el 98% de los diputados votó a favor de la permanencia de España en la OTAN- ha aumentado hasta el 40% por el voto de los jóvenes, los trabajadores y la gente progresista del país”. De todos modos, en el Picarral seguían teniendo una cosa clara: “sigue mereciendo la pena apostar por la paz que pasa por la participación activa, por el no alineamiento, por defender la justicia y la solidaridad aquí en el barrio y con todos los pueblos de la tierra”.

La madurez democrática Los españoles no tardarían mucho en volver a las urnas ese año. El 22 de junio de 1986 se celebraban Elecciones Generales, en las que el PSOE de Felipe González revalidó su mayoría absoluta de 1982, aunque quizás el tema de la OTAN tuvo algo que ver en la factura de 18 escaños que hubo de pagar. Unos días antes de acudir a las ur-


Con estas premisas, “no os vamos a pedir el voto concreto para nadie”, afirmaba en esta ocasión la Asociación de Vecinos del Picarral, “pero sí que lo reflexionéis a la luz de la coherencia y después se lo deis a quien vuestra conciencia os dicte, sin olvidar que somos trabajadores en un

barrio con muchas carencias y problemas, no sea que seamos tan simples que por hacer útil nuestro voto se lo regalemos a quienes en el pasado y en el presente no defendieron nuestros legítimos intereses”. Carencias y problemas. Dos palabras clave que venían guiando el devenir de la asociación del Picarral desde hacía ya casi dos décadas. La percepción que los vecinos tenían de esas necesidades había ido evolucionando con el paso del tiempo. No en vano, a finales de los años ochenta, el Picarral ya no era ese barrio que no tenía de nada, como veinte años antes. Es cierto que algunos problemas seguían ahí e incluso habían ido a más, como la contaminación de las industrias. Si hacía dos décadas, lo que se reivindicaba era el propio derecho a reunirse, ahora lo que se

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nas, la asociación quería “hacer un poco de historia de los esquemas en que desde siempre nos hemos movido, con el franquismo, con la UCD, con el PSOE y con los que puedan venir. Hemos estado defendiendo los intereses de los vecinos y de su calidad de vida, en contra de los gastos militares y a favor de la paz, de la descentralización del poder y de la participación”. Respecto a esta última, citaba el “lamentable ejemplo de la nula utilidad y mayor burocracia que es la Junta de Distrito”, creada tres años antes.

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pedía era hacerlo en las condiciones más dignas posibles. Y a la vez, empezaba a percibirse como un derecho de los ciudadanos el poder disfrutar de su ocio y de su tiempo libre con unos equipamientos públicos en condiciones. La exigencia de polideportivos y de locales sociales para el uso de los vecinos pasa a erigirse como unas de las reivindicaciones más importantes ya no solo del Picarral, sino de toda la Margen Izquierda. “La calidad de vida a la que tenemos derecho en concordancia con los impuestos que estamos pagando pasa por disponer en los barrios del equipamiento deportivo y social necesario”, afirmaban desde la asociación de vecinos en marzo de 1988. Por eso, desde su boletín hacen un llamamiento a la unidad vecinal “para que los responsables municipales oigan nuestra voz cada vez más fuerte y cumplan sus promesas electorales”. Una vez más, el Picarral se siente marginado frente a otros barrios, que van estrenando este tipo de equipamientos. Pero al suyo no llegan. Y, con la expansión del barrio por la zona de Zalfonada, cada vez son más los chavales que quieren hacer deporte y no tienen dónde. La vida cultural del barrio es cada vez más intensa (revistas, radio, corales, educación de adultos…), pero no hay locales sociales ni deportivos donde dar rienda suelta a las inquietudes.

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Hasta el Justicia de Aragón se solidariza con estas peticiones cuando, el 27 de enero de 1988, acude a celebrar el Día de la Paz con los escolares y colectivos ciudadanos de la Margen Izquierda. El fin de fiesta tuvo lugar en el parque de bomberos, y es que no había otro salón de actos donde celebrarlo. Emilio Gastón pudo así comprobar en persona la carencia de “un lugar digno para ejercitar nuestro deseo constitucional de reunión y expresión”, según el sentir de la junta directiva del instituto Mixto 10, recogidas por el boletín “Picarral” de marzo del 88. Así,

el Justicia señaló que la Margen Izquierda de Zaragoza era ya tan populosa como todo Logroño o incluso Pamplona, por lo que necesitaba algo más que un pabellón. Y mientras, la asociación del Picarral llevaba dos años esperando una respuesta del ayuntamiento a su propuesta de reconvertir el antiguo garaje de Campsa en polideportivo y centro social. El centro cívico Tío Jorge era un equipamiento que había nacido “pequeño para la realidad del Arrabal y Picarral”. Y era todo lo que había. El 4 de octubre de 1988, el Ayuntamiento de Zaragoza adopta un acuerdo que será determinante para el futuro de la Asociación de Vecinos del Picarral. El consistorio decide comprar los locales de la calle Juslibol, esquina al camino del mismo nombre, que habían pertenecido a la fábrica de tiendas de campaña Iniesca. Así, pasaban a ser de propiedad municipal, pero serían usados por la asociación. El resto del inmueble es adquirido por el Arzobispado para la ubicación de la nueva parroquia de Belén. La expropiación de los viejos locales parroquiales se había materializado, con lo que dejan de prestar el enorme servicio que venían ofreciendo al barrio, como era albergar la guardería y el centro de educación de adultos, que a duras penas continúa funcionando temporalmente en los pequeños locales de la asociación, en San Juan de la Peña 129. Los nuevos locales serán la casa del barrio, de sus colectivos ciudadanos. La petición se hizo al amparo de la Ley de Régimen Local, que contempla el derecho a la subvención de las actividades de las asociaciones de vecinos, así como la cesión de locales para ejercerlas. En abril de 1989, ese mismo boletín lleva a su editorial otra buena noticia: por fin, se había aprobado el Reglamento de Participación Ciu-


Y de hecho, una vez conseguida la aprobación del reglamento, había que seguir trabajando por la articulación de los cauces para la participación, que en el fondo ha seguido siempre presente en las relaciones de los vecinos del Picarral con los sucesivos ayuntamientos. Sin ir más lejos, la asociación presentó un programa a los diversos partidos que concurrieron a las siguientes elecciones municipales, celebradas el 26 de mayo de 1991. Y entre otros puntos, se tocaba el de la participación ciudadana. Con ese mismo argumento, se presentaron ante la nueva corporación municipal, que volvía a presidir el socialista Antonio González Triviño.

La asociación estrena locales El de década no fue el único cambio que llegó para la asociación con los noventa. Este llegó acompañado de varios cambios más: de sede, de imagen y, en cierta medida, organizativo. En 1990, los locales de la asociación se trasladaron a las nuevas dependencias del camino de Juslibol, 36. Los noventa supusieron también una renovación de la imagen corporativa de la Asociación de Vecinos del Picarral, visible desde la misma portada de su principal vehículo de expresión, el boletín, cuya cabecera adopta el nombre de “Nuestro barrio”. Además, la referencia a aquel resquicio del pasado que era la denominación de asociación de cabezas de familia, cuyas siglas

ACF se habían mantenido hasta entonces en la portada de los boletines, desaparece también. En su lugar, aparece su nuevo logotipo junto al de la recién estrenada cabecera. El otro cambio que llega con la nueva década es el que atañe a la organización interna de la asociación, fruto de la cada vez mayor complejidad del trabajo a desarrollar. Hay ya dos décadas de experiencia acumulada en la militancia vecinal, pero también la sociedad democrática, una vez dados sus primeros pasos y consolidada, se ha vuelto más compleja. El cambio fue el adoptado por la asamblea de la asociación celebrada en el último trimestre de 1990, que decidió que, en adelante, se iba “a funcionar por medio de tres grandes áreas de trabajo: el área de comisiones, el área de relaciones exteriores con otros colectivos e instituciones y el área de interior dedicada a los trabajos de secretaría, propaganda y socios”. Por esas mismas fechas, buena parte de la acción de la asociación se centra en la crítica a los presupuestos municipales para el año siguiente. Estos ascienden a 50.000 millones de pesetas (más de 300 millones de euros), un 15% más que en 1990 y seis veces más que a comienzos de la década de los ochenta. “No obstante, si bien aceptamos que algunas cosas han mejorado, no podemos aceptar el que se diga que han mejorado en la misma proporción en la que han crecido los presupuestos”, comenta la asociación en un artículo, en el número de Nuestro barrio de enero de 1991. Las críticas se centran sobre todo en el alto nivel de endeudamiento al que está llegando el Ayuntamiento de Zaragoza, “que no merecería comentario alguno si fuera dirigido a cubrir necesidades prioritarias demandadas desde los barrios y sectores sociales más desfavorecidos”. Este

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dadana, un instrumento largamente reclamado por el movimiento vecinal de Zaragoza desde los primeros momentos de la democracia. Parecía que los concejales aún se mostraban reacios a ceder alguna parcela de poder, por lo que los vecinos temían: “algo tendremos que seguir peleando, no vaya a ser que nos pase como con la autonomía, que pusimos mucha ilusión y han conseguido aburrirnos”.

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será en buena parte el desencadenante del fin de esa etapa socialista al frente del Gobierno de la ciudad, y una de las razones que acabaría impulsando a la popular Luisa Fernanda Rudi hasta la alcaldía en 1995. “Aún reconociendo que se gasta más en servicios sociales (…), nadie podrá discutirnos que la mayor parte de la dedicada por el ayuntamiento a inversiones, va dirigida al urbanismo y al centro de la ciudad”. Y es que entre los miembros de la asociación empezaba a cundir una sensación de despilfarro, por ejemplo, por las cantidades millonarias destinadas “a remodelar plazas”. Reformas que, para más inri, conllevaban la desaparición “de árboles y zonas verdes”. El mandato de González Triviño al frente del Ayuntamiento de Zaragoza será recordado por sus “suntuarios proyectos”, como denominaba

ese artículo a las costosas obras emprendidas por su Gobierno, como la radical transformación de las plazas del Pilar y de la Seo, cuyo coste duplicaba el presupuesto de 9 millones de euros que el consistorio pensaba destinar a servicios sociales en 1991. O por la reforma de César Augusto y otras faraónicas obras como el Audiorama, cuyo coste acabaría superando la barrera de los 36 millones de euros, según publicaba El Periódico de Aragón el sábado 12 de enero de 1991. También es cierto que en este periodo se culminaron infraestructuras que ayudarían a empujar a Zaragoza un poquito más hacia la modernidad, como los nuevos puentes sobre el Ebro o la depuradora de La Cartuja. Pero todas ellas tuvieron el denominador común de unos presupuestos que se disparaban hasta el infinito. Aunque igualmente es cierto que la siguiente etapa, la de


En cambio, desde la asociación del Picarral se entendía que las prioridades, en ese arranque de la década de los noventa, debían ser otras. Máxime, cuando “en algunos barrios de la ciudad, una de cada cinco personas vive con menos de 15.000 pesetas de renta, y también pagan estas obras”. La asociación criticaba asimismo la venta masiva del suelo procedente de la Operación Cuarteles, ya que lo asociaban al fomento de “la especulación y la masificación urbana de la ciudad”. La asociación pedía en su lugar “unas inversiones más justas y sociales”. Por ejemplo, destinadas a infancia y juventud, para la tercera edad,

para mejorar el tráfico y el transporte público... Recuperar viviendas en el Casco Histórico o adecentar las riberas de los ríos eran otras de las necesidades que se consideraban más importantes que la “megalomanía urbanística”. “No dudaríamos entonces en apoyar los presupuestos y en hacer campaña para pagar gustosamente los impuestos”. En España, todas las ciudades quieren lucir su mejor cara en aquel año tan largamente esperado como fue 1992. Y la deuda zaragozana no deja de crecer. “Mejor será que no esperemos sentados la llegada de tan magno año y denunciemos los abusos de quienes tienen el poder en el ayuntamiento, porque a este paso no nos van a dejar dinero ni para comprarle velas a la Virgen del Pilar para que nos proteja”, ironiza el editorial de Nuestro barrio de septiembre de 1991.

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Rudi, sería recordada más bien por todo lo contrario, ya que tan celosa fue ella de la austeridad presupuestaria que acabaría siendo criticada por su exceso de tacañería.

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yectos sociales con los que pretende acabar el nuevo presupuesto. Y es que “el anteproyecto de presupuestos para 1992 suponía, en la práctica, el desmantelamiento de todos los proyectos de juventud y acción social”, escribía José Luis Palacios, miembro de la asociación de vecinos del barrio en Picarral Express, la nueva cabecera de su boletín, en marzo de 1992.

Del movimiento vecinal a los movimientos sociales

Y efectivamente, pasadas las fiestas del Pilar de ese año se empieza a hablar en el Ayuntamiento de Zaragoza de que hay graves problemas económicos. En este marco, el socialista Antonio Piazuelo, concejal de Economía y Hacienda, elabora un anteproyecto de presupuestos municipales para 1992 que contempla importantes recortes y un plan de saneamiento para los cuatro próximos años. Diario 16 hacía referencia el 30 de noviembre de 1991 a la “autocrítica desde el equipo socialista” por la “alegría en el gasto” de la anterior legislatura.

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La juventud zaragozana es la primera que empieza a movilizarse contra esos presupuestos que se prevén muy restrictivos: casas de juventud, talleres ocupacionales... Pronto se les unen más de cien entidades ciudadanas que consideran esos presupuestos “antisociales”, creando una plataforma unitaria. Comienzan las movilizaciones con una campaña conjunta. El viernes 13 de diciembre de 1991, miles de jóvenes se concentran en la recién remodelada plaza del Pilar, y en ella se disponen a realizar actividades para denunciar, en un ambiente lúdico y festivo, que los recortes les condenan a estar en la calle. Dos días después, un cortejo fúnebre deposita 22 ataúdes para simbolizar el entierro de los pro-

Y, mientas tanto, Europa está en plena convulsión. La URSS se resquebraja y Yugoslavia estalla en mil pedazos mientras a su población civil le espera una sangría. Más allá de los límites municipales, la acción de la asociación de vecinos del Picarral no abandona nunca la impronta pacifista que siempre marcó su devenir, aunque quizás no con la misma presencia a pie de calle que en los tiempos del ingreso de España en la OTAN. El apoyo del Gobierno de Felipe González a la primera guerra del Golfo Pérsico vuelve a resucitar el espíritu antibelicista en el barrio. Radio Mai se suma a esta corriente a partir de noviembre con un programa semanal dedicado a la paz. El 24 de enero de 1992, se celebra en toda la Margen Izquierda el Día Escolar de la Paz. Numerosos colectivos ciudadanos, entre los que se encuentra la asociación del Picarral, se proponen organizar un día de actividades para sensibilizar a los vecinos. El parque del Tío Jorge es el escenario elegido. En mayo de ese mismo año, la asociación se unía con otros colectivos ciudadanos para la constitución de la asamblea de la Margen Izquierda de apoyo a los insumisos, ante la inminente posibilidad de la detención de uno de ellos, Javier Clarimón. La movilización de diciembre de 1991 por unos presupuestos más sociales seguía trayendo cola.


Tres meses antes, Palacios se mostraba preocupado porque veía al movimiento ciudadano de Zaragoza “preso de una serie de errores conceptuales provocados por la no modificación de las pautas de comportamiento que mantuvo durante la dictadura”. Marco respondía que ese punto de vista era “anacrónico”, que quedan “diplodocus en el movimiento social, entre otros, el firmante de esta carta y el propio Palas”, pero ha llovido mucho desde entonces y hay savia nueva. Y además, algunos de aquellos “diplodocus” del antifranquismo son por entonces quienes forman “la clase política e influyente en general”. Si Palacios opina que el papel que el tejido asociativo debía jugar en los años 90 era “la consecución de una democracia avanzada donde cogestione servicios que la Administración debe ofrecer a sus ciudadanos”, Marco le responde que siendo “sugerente”, este rol es “insuficiente”. Y le recuerda que el tejido asociativo lo componen “personas de carne, hueso, voluntad, ilusiones”, empeñadas “en que las cosas sean de otra manera”. Y añade que “tal vez por eso no solo cogestionan, sino que protestan, se confron-

tan… aunque a José Luis le parezca incoherente, gestionar proyectos municipales y abominar de Triviño o Piazuelo no es tan difícil”. Y es que la realidad ha cambiado mucho desde aquellos primeros años del movimiento vecinal. La sociedad española ha cambiado radicalmente y una nueva generación, que ve la vida desde otras ópticas y, por lo tanto, participa de un modo distinto en el movimiento ciudadano, ha irrumpido en escena. Y en esos círculos cobra fuerza el debate entre la coherencia de la cogestión de proyectos con la Administración con un punto de vista crítico con esas mismas instituciones, fuente de subvenciones públicas. De hecho, unas páginas más adelante, en ese mismo número de junio del 92 de Picarral Expres, aparecen otros dos artículos, uno de la propia asociación del barrio y otro con la firma invitada de la Asociación de Vecinos de San José, en donde ambas organizaciones defienden la conveniencia de continuar desarrollando su labor de gestión, haciéndola compatible con un carácter reivindicativo que aseguran no haber abandonado nunca. Pero, más allá de mirarse a su propio ombligo, al ser o no ser del movimiento ciudadano, la asociación del Picarral continúa prestando atención a los problemas e inquietudes que se viven en el día a día del barrio. Y la exclusión social, en todas sus vertientes, sigue siendo una de sus preocupaciones cruciales. Coordinados con otras entidades de la Margen Izquierda, tratan de luchar contra fenómenos como el abuso de las drogas o el fracaso escolar. Y se impulsan proyectos de inserción como el taller de garantía formativa Jupimar, un plan de actuación global para chicas de 16 a 18 años. Otro ejemplo de esta preocupación por las exclusiones es la adhesión de la asociación de vecinos del Picarral, a través de la FABZ, a una campaña

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Por esas fechas, un histórico del movimiento vecinal del Picarral que había presidido tanto la asociación del barrio como la FABZ, Virgilio Marco, publica en el número de junio del 92 de Picarral Expres un artículo en el que hace “examen de conciencia en polémica con un propósito de enmienda”. Una suerte de reflexión sobre “algunas novedades” que él cree apreciar en el “movimiento ciudadano” y que “confluyeron y se manifestaron con mayor claridad que otras veces”, seis meses antes, en aquella movilización. Marco polemiza en este texto, “con la mayor modestia y el mayor cariño”, con otro histórico, José Luis Palacios –“el Palas para las amistades”, escribe-, respondiendo al artículo suyo anteriormente citado del boletín de la asociación de marzo.

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impulsada en 1993 por el Ministerio de Asuntos Sociales contra todo tipo de discriminación. La campaña Democracia es igualdad pretendía influir en la sociedad para conseguir “el respeto de toda diferencia”, básicamente, por “racismo, xenofobia, y discriminación por causa de orientación sexual y minusvalía”. La inquietud que causan el racismo o la xenofobia son un reflejo de la transformación que paulatinamente está sufriendo la sociedad española, a la que poco a poco comienzan a llegar trabajadores procedentes de otras latitudes. Otro síntoma de los cambios de mentalidades que se van produciendo es que los movimientos ciudadanos tradicionales empiezan a tener en cuenta a las minorías sexuales. Esta apertura de otros movimientos ciudadanos hacia su causa, acabará siendo vital para gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, ya que hasta entonces habían sido ignorados por el resto de los colectivos sociales. Del ostracismo más absoluto, las minorías sexuales pasarán en España, en poco más de una década, a colocarse a la vanguardia mundial en cuanto a reconocimiento de derechos, en buena parte gracias al apoyo de otros movimientos ciudadanos.

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Los cambios sociales tienen también su reflejo en la cada vez mayor longevidad de la población española. Pero este dato positivo tiene su lado amargo, sobre todo en las ciudades, una vez más en forma de exclusión. Por eso, en 1991, ciudadanos y asociaciones como la del Picarral habían constituido la Coordinadora Social de la Margen Izquierda, y dentro de ella la Comisión de Ayuda a los Ancianos. Esta plataforma nace para reivindicar plazas de residencia y centros de día a este lado del Ebro, así como un servicio de atención domiciliaria. Pero “como no podíamos abarcarlo todo al mismo tiempo, decidimos comenzar por esto último”, se presentaban en el boletín de la asociación. Así, en 1993, comenzaba a operar,

tratando de “fomentar las redes de solidaridad entre los vecinos” a través de una red de voluntarios, ya que “la Administración solo cubre el 25% de los casos”, sin dejar por ello de recordarle “su obligación de llegar mucho más lejos”. El año 92 había terminado prácticamente como el anterior, con movilizaciones para volver a reclamar unos presupuestos municipales más sociales, de nuevo con la plaza del Pilar como epicentro de las manifestaciones. El movimiento vecinal volvía pues a tomar la vía pública de forma masiva, así que cuando, por aquel entonces, nace la revista mensual de la FABZ, no podía elegirse para ella otro nombre que La calle. Manolo Fortuny, miembro de la asociación del barrio, denunciaba en un artículo publicado en el número de diciembre del 92 de Picarral Expres cómo los impuestos municipales estaban asfixiando, por ejemplo, a los pequeños comerciantes. “Mientras los mercadillos de nuestro barrio van desertizándose, se abren grandes cadenas de alimentación como el Pryca”. Y eso que la gran avalancha de hipermercados y grandes superficies estaba aún por desembarcar en Zaragoza. En pleno debate sobre lo que iba a suponer el Tratado de Maastricht, si la apuesta por la Europa económica o por la social, Fortuny compara que, mientras en el resto de la entonces denominada Comunidad Económica Europea, estaba “considerado como normal que un ayuntamiento destine el 7% de su presupuesto al área de Acción Social”, en Zaragoza, con un presupuesto de unos 270 millones de euros para el año 93, el gasto social debería rondar los 18 millones de euros. “Dichas cifras parecen de ciencia ficción. Debe ser esto para otra ciudad, otro planeta”, lamentaba. Pero no todo fueron lamentos en 1993. La banda de música de la DPZ y las corales Picarral y


“Al fin dispone la asociación de unos locales acordes con lo que la gente de nuestro barrio nos merecemos”, arrancaba el editorial del número de diciembre de Picarral Expres. Tras la “penuria pasada”, primero en las dependencias de Belén y más tarde “en el angosto local del 129 de San Juan de la Peña”, ahora, “el reto” era “rentabilizar al máximo unos equipamientos de utilidad pública de los que la asociación no puede ser más que una mera gestora promotora”. Así, con ese espíritu de servicio al barrio, recibía la asociación los nuevos locales, abiertos al uso de los distintos colectivos.

juzgará muy severamente este periodo de la política aragonesa de los 90”, vaticinaba con acierto ese artículo. “Nunca en la historia reciente se había hablado tanto de quienes lideran la política local y regional aragonesa y, a la vez, nunca habían tenido tan mala imagen”. Aseguraban que quienes militaban en “las organizaciones populares” estaban “cansados e indignados” con los regentes de lo público. Al mismo tiempo, veían “gente joven con ganas de empujar en el movimiento ciudadano” y observaban con esperanza cómo nuevos fenómenos cobraban fuerza, como “el movimiento voluntario”. En esos 25 años de militancia vecinal que llevaba el Picarral, no es que desaparecieran las ganas de hacer barrio, es que estaban cambiando las formas. Pero ahí seguían las ganas de siempre, de que “los conceptos de política y de político recuperen su dignidad”. “Si quieren pegarse, que se peguen, que nosotros seguiremos”, concluía el editorial.

La Transición ya es historia Pero no eran tiempos fáciles para la participación, al menos, no entendida del modo tradicional en que se venía haciendo desde un par de décadas atrás. Muchos de los jóvenes nacidos ya en plena democracia no tenían ninguna fe en el sistema. Un sistema contaminado a ojos de la opinión pública, por los múltiples casos de corrupción que en esos momentos copaban los titulares de prensa: la fuga de Roldán, los escándalos de financiación ilegal de los grandes partidos nacionales, las cacicadas de José Marco a nivel autonómico… En el editorial del boletín de marzo del 95, la asociación de vecinos deja constancia del hartazgo que sufren en el Picarral ante la corrupción generalizada de los políticos. “En el futuro se

El PSOE pierde en las elecciones municipales de 1995 el Ayuntamiento de Zaragoza, que pasa a manos del Partido Popular, con Luisa Fernanda Rudi al frente. Lo mismo ocurre en las Cortes de Aragón, donde el PP logrará la mayoría necesaria para gobernar en coalición con el PAR, partido que había perdido la presidencia a mitad de la anterior legislatura, tras una moción de censura presentada por José Marco frente al gobierno PAR-PP presidido por Emilio Eiroa. En 1995, tras la dimisión de Marco, Ramón Tejedor ocupa provisionalmente su sillón en el Pignatelli hasta que el popular Santiago Lanzuela llega a la presidencia de la comunidad, el 7 de julio del 95. Tras la victoria del PP en marzo de 1996, que llevaría a José María Aznar hasta la Mon-

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Margen Izquierda pusieron la ambientación sonora; los chicos del Taller Ocupacional Picarral (Topi), el tentempié; y las viejas fotos que desde entonces cuelgan en las paredes de la asociación, el recuerdo de toda una trayectoria de militancia vecinal que había ido construyéndose a la par que el Picarral. El día 22 de octubre, por fin, se inauguraba por todo lo alto la Casa del Barrio, es decir, la reforma de los bajos del 36 del camino de Juslibol.

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cloa, los tres niveles de la Administración tienen el mismo color político. Se puede decir que se ha cerrado un ciclo y que, con la alternancia en el poder, la transición española está por fin completa. Ya es historia. Si poco o nada habían hecho los sucesivos gobiernos de Felipe González por solucionar el tema del Sahara, lo mismo o incluso menos harán los dos de Aznar. La asociación de vecinos se une a la primera Campaña Aragonesa por la Paz en el Sahara. En su local se recogen productos de higiene y alimentos que se harán llegar a los campos de refugiados de los exiliados de la antigua colonia española. Mientras, en el camino de Juslibol, la asociación sigue mejorando los servicios a sus socios y vecinos. Hacía unos pocos años que existía una asesoría jurídica ofrecida por un abogado al que, en 1997, se suma otro servicio gratuito de asesoría psicológica. Y dos años después, en noviembre de 1999, nacerá Mezcla de Colores, un nuevo centro de tiempo libre gestionado por un grupo de jóvenes de la asociación que servirá de ludoteca a los niños de 4 a 14 años.

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La asociación realiza un sondeo sobre el barrio entre sus vecinos a lo largo de los meses de noviembre y diciembre de 1997. En febrero de 1998, Picarral Expres publica el resultado, “que viene a confirmar aspectos de los que ya teníamos certeza en la asociación de vecinos”. Casi como una seña de identidad inmutable de este barrio, la contaminación y el transporte siguen a la cabeza de las preocupaciones de los vecinos. La falta de locales donde jóvenes y ancianos puedan desarrollar sus actividades les siguen de cerca. Los resultados no son homogéneos en todo el barrio. Así, en las zonas más próximas a Campo Ebro, prima la contaminación, mientras en Zal-

fonada sur, por ejemplo, preocupa por encima de todo el tema del transporte. Policía de barrio y un hospital para la Margen Izquierda, además de un centro de especialidades médicas en el propio Picarral, son otras de las carencias detectadas a través de este sondeo. A diferencia de lo que ocurría dos décadas atrás, ahora la población joven puede estudiar, mayoritariamente, en los centros elegidos como primera opción. Un buen número de vecinos apuesta también por la recogida selectiva de basuras, método que acabaría implantándose solo unos años después en todo Aragón. Volviendo a la política, se acercaba de nuevo la hora de volver a las urnas. El 13 de junio de 1999 había elecciones municipales, autonómicas y europeas. Y como es habitual ante las citas electorales, los partidos se muestran mucho más accesibles a los ciudadanos. Unas semanas antes de votar, el 25 de mayo del 99, en la sede de la Asociación de Vecinos del Picarral se celebra una mesa de partidos políticos en donde los asistentes pueden trasladar a los candidatos su punto de vista sobre los problemas del barrio. Lanzuela pierde la Presidencia de la DGA, que pasará a ocupar el socialista Marcelino Iglesias. Pero Luisa Fernanda Rudi vuelve a salir elegida alcaldesa de Zaragoza. Un año después, cederá su bastón de mando a José Atarés, cuando su partido la incluya en las listas nacionales y, tras la mayoría absoluta del PP, Rudi sea elegida como presidenta del Congreso.

El Picarral entra de lleno en la globalización Se respiran aires de cambio. Se abre, nada más y nada menos, que un nuevo milenio. Con la entrada en el año 2000, nada ni nadie escapa a la sensa-


Pero no todo en la era de las comunicaciones es malo. El Picarral no escapa a los influjos de un mundo que las tecnologías han hecho mucho más cercano y accesible. El drama local también se vuelve global. Más y más vecinos sienten como propio el dolor de esas madres que, a miles de kilómetros al sur, apenas pueden alimentar a sus hijos. El 18 de febrero del año 2000, un grupo de voluntarios perteneciente a la Asociación de Vecinos del Picarral se reúne para relanzar la Comisión de Solidaridad, que ya había existido anteriormente. Los objetivos de esta comisión se ajustan a tres ejes interdependientes, como son la información, la sensibilización y la concreción a través de proyectos de cooperación. “Sabemos que nuestra tarea es dura, pues duras son las condiciones de vida en el sur; pero también sabemos que es nuestro derecho y nuestro deber estar junto a esta parte tan extensa” del mundo, “apoyando el trabajo de personas e instituciones para que algún día vivamos en un planeta realmente justo”, explicaban los miembros de esta comisión, con motivo de su presentación ante los vecinos desde las páginas de Picarral Expres. La noción de la justicia social se globaliza también. En tres décadas de existencia, la asociación

de vecinos del Picarral ha pasado de luchar por entrar en el selecto club de las sociedades democráticas a tomar conciencia de que, a pesar de todas las dificultades, ahora vive en el lado amable de la profunda brecha que separa el primer mundo del tercero. Entre los planes más inmediatos de la Comisión de Solidaridad estaba ponerse manos a la obra con sus dos primeros proyectos de desarrollo en Chad, modestos pero no por ello menos importantes: uno de carácter agrícola en Tatemoé, y otro más para proveer de placas solares a un dispensario médico en Biobé. Serían solo las dos primeras de toda una lista de actuaciones acumuladas en más de una década. El 26 de mayo de 2000, la comisión monta su primera exposición en los locales del camino de Juslibol para ofrecer a los vecinos una mirada al sur “más amplia” de lo habitual, que no huya de los problemas pero sí del catastrofismo. Justo una década después, la prueba de que nunca se ha abandonado esta labor es que la asociación multiplica su mensaje más allá del barrio, llevando su exposición fotográfica Diez Años mirando al Chad hasta el centro Joaquín Roncal de Zaragoza de la Fundación CAI-ASC, que la albergó del 12 al 29 de mayo de 2010. Este evento sirvió para conmemorar los diez años de trabajo acercando la realidad africana, y particularmente de Chad, a la ciudadanía aragonesa. Porque el trabajo realizado en esta década no solo se ha centrado en poner en marcha proyectos de desarrollo sobre el terreno, como la construcción de un comedor y unos talleres para los Enfants de la Rue, un centro de acogida de menores. O la campaña emprendida en 2003 para recaudar los 6.000 euros que permitirían mantener abierto Tatemoé, el Centro de Formación Agrícola de Kyabé, cuyo responsable era

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ción de que, en cierto modo, el futuro ya está aquí, como cantaban los Radio Futura en los 80. Y ese futuro, o mejor dicho, ese presente, tiene un nombre. Es la globalización. Y el Picarral tampoco es ajeno a este fenómeno. Como un claro síntoma de los nuevos tiempos, en los tejados del barrio, las antenas de televisión conviven con las de telefonía móvil. Las dudas sobre sus posibles efectos perniciosos para la salud son un nuevo quebradero de cabeza para la asociación de vecinos. En el seno de la FABZ, se crea un grupo de trabajo para intentar la supresión de tales antenas de los tejados de las comunidades de vecinos.

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Manolo Fortuny, el antiguo cura obrero de Belén. Los esfuerzos de la Comisión de Solidaridad también se han centrado especialmente en la sensibilización de los vecinos de Zaragoza. La comisión ha desempeñado esta labor desde numerosos frentes, como las exposiciones antes citadas, pero también desde las páginas del boletín de la asociación de vecinos y a través de su página web www.avvpicarral.org.

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Para buscar las consecuencias de la globalización no hace falta viajar mentalmente hasta África. Basta con darse una vuelta por las propias calles del barrio para observar que algo ha cambiado en muy poco tiempo. Si cuando nace la asociación, tres décadas antes, los recién llegados al barrio procedían en su mayoría de los pueblos de Zaragoza y de las provincias limítrofes, con el cambio de milenio llegan de rincones mucho más lejanos del planeta. El vertiginoso ritmo con el que se está produciendo este vuelco demográfico, no solo en el Picarral, sino en toda

España, va a también a influir en la percepción que muchos tienen del que es distinto, que se vuelve más recelosa. Al mismo tiempo, esta nueva realidad despierta también la empatía en muchas otras personas. La Comisión de Solidaridad expresa, a través de las páginas del Picarral Expres de diciembre de 2000, su malestar porque “la sordidez y las precarias condiciones en las que viven inmersos las mayoría de los inmigrantes crea un ambiente propicio para que sean la cabeza de turco de esta sociedad, que ha olvidado su reciente pasado de inmigración”. Sin ir más lejos, más de un vecino del Picarral pudo comprarse su piso trabajando en Suiza, Francia o Venezuela, por citar solo unos ejemplos. Ni tampoco obvian que “aunque sea por puro egoísmo”, mientras la sociedad europea envejece a pasos agigantados, alguien tendrá que estar dispuesto “a venir aquí a trabajar honradamente y así sacarnos las castañas del fuego”.


La sociedad en su conjunto está experimentando un notable cambio fruto de la globalización. El año 2000 es también el de la mayoría absoluta del PP de José María Aznar en España. Y al igual que las antenas de telefonía móvil que pueblan los tejados del Picarral son un nítido síntoma de este nuevo mundo interconectado y global, para lo bueno y para lo malo, la archiconocida foto de las Azores acabará sintetizando, de una manera muy gráfica, que un nuevo estilo de hacer política se impone a nivel mundial. El triste detonante vendrá año medio después de la segunda victoria del PP, el 11 de septiembre de 2001, con un atentado ocurrido a miles de kilómetros de España pero que va a cambiar para siempre el orden mundial. Incluido nuestro país. Aunque la cara más amarga de este nuevo orden también se dejará sentir a no tantos kilómetros, en pleno

corazón de Madrid, otro día 11, pero esta vez de marzo de 2004. Con la retransmisión en riguroso directo y a escala planetaria del atentado contra el World Trade Center de Nueva York, el mundo entero se convulsiona. Suenan tambores de guerra, pero con una nueva concepción de la misma: asimétrica y preventiva. Y el Gobierno de Aznar, de espaldas a su pueblo, se apresura para estar a la vanguardia de esa contienda. La víspera del comienzo de las fiestas del Pilar de 2001, llueven las primeras bombas sobre Afganistán. Solo unos días antes, el boletín de la Asociación de Vecinos del Picarral se abre con un editorial titulado con un contundente “Por la Paz: ¡No a la guerra!”. Para hacerse a la idea de esa misma conciencia global que ha llevado a la asociación a entrar de lleno en el mundo de la cooperación al desarrollo, se reproduce un fragmento de aquel artículo: “Nos repugna la magnitud del desprecio por la vida humana que el ataque terrorista contra las ciudades de Nueva York y Washington ha puesto de manifiesto. No puede existir ninguna justificación posible de hechos semejantes en lugar alguno del planeta. Es suficientemente claro que la agresión a la ciudadanía estadounidense ha sido de índole terrorista, no militar. El necesario combate contra la proliferación del terror nunca debe utilizar medios similares que, aún camuflados bajo la terminología militar, provoquen más víctimas inocentes y una escalada irracional de los mecanismos de odio y miedo de los que el terror se nutre. (…) Rechazamos la postura sumisa que el Gobierno español ha adoptado ante las respuestas más militaristas e imperialistas que se están definiendo en este escenario mundial y criticamos su falta de altura intelectual y política ante el análisis de las circunstancias. Sumisión e irre-

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Ante esta situación, la comisión ve la necesidad de convocar a los vecinos a una charla, ofrecida por la abogada Ana Vilas el 14 de noviembre de 2000, para debatir “sobre la situación de los inmigrantes y las repercusiones que puede tener la reforma de la Ley de Extranjería”. Una ley que estuvo rodeada de polémica, en primer luegar porque el Gobierno pretendía modificar la Ley Orgánica aprobada solo unos meses antes, en abril de ese mismo año. Si ya era difícil conseguir un permiso de trabajo y residencia para los extranjeros, esta reforma pretendía complicarlo aún más, dilatando el proceso “como mínimo, ocho meses”, denuncia la Comisión de Solidaridad, exponiendo a los inmigrantes a una situación de inestabilidad continua. “El Gobierno quiere reformar a peor una ley que, de hecho y de derecho, no es solidaria”, añade. Pero, fiel a su costumbre, la asociación de vecinos del Picarral no solo denuncia, en la medida de sus posibilidades también actúa y, a través de las personas que participan en el centro de educación de adultos, colabora con Cáritas para la atención a los inmigrantes.

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flexión que amplifican el eco de un choque de civilizaciones”. Fruto de la barbarie, del odio y de la intolerancia había sido asesinado otro 11 de septiembre, casi tres décadas atrás, uno de los políticos más recordados de toda la historia de América Latina: Salvador Allende. El presidente chileno da nombre a una de las principales vías urbanas del Picarral. Las asociaciones vecinales habían proliferado de tal manera que algunos barrios contaban con varias de ellas, así que muchas adoptan un patronímico que sigue al nombre del barrio, para distinguirse unas de otras. Y a caballo entre los siglos XX y XXI, la asociación de vecinos del Picarral añade a su nombre el del político chileno, pasando a denominarse oficialmente Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende.

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Tras su asesinato en el palacio de la Moneda, en 1973, el político chileno se convirtió automáticamente en un referente moral para los movimientos sociales y políticos de corte progresista en todo el mundo hispanohablante. El Picarral no había sido una excepción. Años antes de adoptar el nombre de Allende como patronímico de la asociación de vecinos, el golpe de Estado de Chile ya estaba muy presente entre sus miembros. De hecho, se hace referencia a Augusto Pinochet en una de las canciones que cada verano componían los vecinos del Picarral en el campamento de Pineta, del que se hablará más adelante. Es la canción de “El Gorila”1, que con los años se ha convertido en todo un himno para estos vecinos. Al inicio de la vía dedicada a Allende en el barrio, se erigió en su día un monolito dedicado al político

EL GORILA

Voy a contarles la historia, aunque parezca mentira de un hombre que nació niño y se convirtió en gorila.

Esperanza americana, militares y civiles, alguna vez tendrá el pueblo en sus manos los fusiles.

Se comió todos los sueños de una nación soberana, y la ITT le dio un premio, porque era su prima hermana.

Y esta es la historia, señores, aunque parezca mentira, de un hombre que nació niño Y se convirtió en gorila

USTED Y YO, Y YO Y USTED, SABEMOS QUE HABLO DE PINOCHET (bis) Y fue su mano derecha, derechamente anormal, derechita y con derecho de ascenderse a general.

Y con el mismo derecho asesinó a sus hermanos, pues los gorilas no entienden de los derechos humanos. USTED Y YO, Y YO Y USTED...


Y, tras las elecciones de mayo de 2003, hay cambio de Gobierno municipal, con el que se estrena la coalición del Partido Socialista con Chunta Aragonesista. Dos años después, en 2005, el presidente de la Junta Municipal del Rabal, Ricardo Cavero, y representantes del consulado chileno en Zaragoza, inauguraban por fin el busto en homenaje al exmandatario chileno, en un acto celebrado el mismo día en que se cumplía el 22 aniversario de su muerte. La asociación asegura tener “verdaderas dificultades” para reunirse con algunos de los nuevos concejales al inicio de la era Belloch. “Pero las noticias de los últimos días nos han hecho ver con claridad por dónde van los tiros. Resulta que ahora se ha encontrado un agujero económico (no el del AVE) cifrado en 900 millones de euros. ¿No se dieron cuenta estando en la oposición?”. Así que ahora se temían que a los zaragozanos les iba a tocar “rascarse el bolsillo”. “Y así, de la noche a la mañana, nos encontramos con subidas escandalosas, en comparación con el IPC –que en 2003 se acabaría situando en el 3%-, del 10% en la contribución, del 8% en agua y basuras, del 5% en el impuesto de circulación, e incluso alguna otra tasa con el 25% de subida”. La asociación escribía con ironía en su boletín de octubre de 2003: “Eso sí, todo sea por los servicios sociales, por no aumentar la deuda, por las expropiaciones de la deseada Expo 2008 y del tercer cinturón, o incluso para poder pagarles el sueldo (600.000 euros al año) a los 14 nue-

vos asesores de PSOE-CHA”. Aunque también se abría una ventana a la esperanza de tiempos mejores para este ayuntamiento: “Pero no nos dejemos llevar por la tristeza, esperemos a que el nuevo equipo de Gobierno municipal reaccione, transmita sus ideas, demuestre su cacareado progresismo, percibamos mejoras en la ciudad y no volvamos al amuermamiento que ya sufrimos en la época de Rudi & Atarés (sic.), ni tengamos que volver a recordar aquel dicho que dice: más vale malo conocido que…”. Si, en 2003, el vuelco electoral había hecho variar el color dominante en el Ayuntamiento de Zaragoza, en 2004, otro vuelco un tanto inesperado llegó tras las Elecciones Generales. Los españoles, que habían sido llamados a las urnas el domingo 14 de marzo, acudieron en masa a votar, en una de las jornadas electorales más tristes que se recuerdan. Era inevitable que la estación de Atocha, hecha pedazos solo tres días antes por la barbarie integrista, estuviera muy presente en la mente de muchos votantes. Las lágrimas de Ana Botella cuando escuchaba los insultos dirigidos a su marido, el todavía presidente del Gobierno José María Aznar, simbolizan el fin de una era de gran bonanza económica pero de gran crispación política y social, que empezó a hundirse definitivamente en el chapapote del Prestige y que saltó por los aires al grito unánime de “no a la guerra”, cuyo eco también se dejó sentir en el Picarral. “La guerra de la mentira”, como la calificaba la Comisión de Solidaridad de la asociación de vecinos dos meses después de las elecciones que alzaron a José Luis Rodríguez Zapatero hasta la Moncloa, en un artículo escrito a raíz de las imágenes que sacudieron conciencias a escala global, tras la publicación de las fotografías que reflejaban las vejaciones y torturas practicadas en la prisión iraquí de Abu Ghraib. “Quizá las imágenes constituyan uno de los símbolos más

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chileno. Transcurridos más de veinte años, la asociación vecinal decide que es hora de que su ubicación esté a la altura del personaje homenajeado. En 2002, apuesta por “darle más realce” con “una nueva ubicación del monumento”. Se solicita su trasladado a la Junta de Distrito de la Margen Izquierda pero el trámite se dilata casi año y medio.

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cano en la capital del Sena. Hasta la sede diplomática llegaron las 3.500 firmas que la comisión había recogido entre sus vecinos del Picarral para denunciar estas violaciones, frente a las que occidente callaba, no fuera que se perjudicasen los intereses de las multinacionales petroleras Exxon y Shell, que explotaban los recursos del Chad sin que reportasen ningún beneficio a la población local.

claros de una idea que se intuía, al ser ocultada, en occidente”, opinaba la comisión. Se referían a la “idea” de que, tras la excusa de la liberación de un pueblo de las garras de su dictador, se escondían simple y llanamente intereses estratégicos y comerciales.

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Nada más lejos de la tan ventilada misión de exportar la excelencia de los sistemas democráticos occidentales. “¿Qué hacía allí el ejército español?”, se preguntaban desde la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende, al igual que tantos millones de conciudadanos. “Vuelven las tropas españolas, y no está mal”, rezaba este artículo publicado en el número de mayo de 2004 de Picarral Expres, dando su respaldo a la primera decisión que tomó Zapatero como presidente del Gobierno, al que le llovían las críticas desde la derecha. “Queda sin embargo mucho por lo que combatir: derechos que se siguen pisando y denigrando en Irak”. Donde también se pisoteaban los derechos humanos más elementales era en Chad, el país con el que la Comisión de Solidaridad de la asociación llevaba cuatro años volcado. Y para hacer oír con fuerza su denuncia, diez de sus miembros no dudaron en poner rumbo a París para manifestarse, junto a un grupo de chadianos y de franceses, frente a la embajada del país afri-

El Picarral nunca había llegado tan lejos en sus protestas, al menos geográficamente hablando. Aquellas firmas recalaron incluso en el palacio del Elíseo, sede de la Presidencia de la República Francesa. “Los lazos de solidaridad que empezaron en el barrio del Picarral han crecido y han pasado más allá de nuestras fronteras. Seguro que en estos momentos el gobierno chadiano sabe que no puede actuar impunemente sin que nadie tenga noticia de sus abusos y atropellos y, sobre todo, muchos chadianos han visto que no están solos y que debemos luchar juntos para que otro mundo sea posible”, comentaban a su regreso de París. En los últimos años, además de continuar con las labores de denuncia y sensibilización y con pequeños proyectos de cooperación al desarrollo, el gran objetivo de la Comisión de Solidaridad se centraba en la construcción de una escuela de secundaria en Boli. Todo empezó con una campaña entre los vecinos para que fueran partícipes del proyecto. En la primavera de 2008, “las obras marchan adecuadamente y se prevé que estén finalizadas en mayo”. Ahora, urge equipar las cuatro aulas construidas en la primera fase “para que empiecen las clases en septiembre”. Y a finales de año, se emprende una nueva campaña para recaudar fondos que permitan la construcción de la segunda fase de la escuela: un pozo, un muro para acotar el terreno del centro, las letrinas y la casa del director.


El año 2008 trae novedades para la propia estructura de la asociación. Por primera vez, en sus 38 años de historia, cuenta con cinco presidentes en vez de uno. Así se decide en la asamblea celebrada el 4 de junio, que vuelve una vez más a ser pionera al acordar incluir este modelo de Presidencia colegiada. Según explicaba Juan José Jordá al Periódico de Aragón (5 de junio de 2008) tras ser reelegido presidente, el objetivo es implicar a más gente en los asuntos más importantes de la asociación para que no haya nadie imprescindible y todos estén informados de negociaciones abiertas y programas en desarrollo. “Hasta ahora toda la responsabilidad recaía sobre una persona y, cuando faltaba el presidente, el resto carecía de informaciones concretas”. Ese equipo de cinco personas, junto con doce vocales más, conformará la junta directiva de la asociación. El propio Jordá forma parte de este grupo de cinco cabezas visibles, junto con Jesús Gil, Javier Marco, María Dolores Bescós y Bienvenido Buil. La Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende arrancaba ese año 2008 con una cam-

paña de concienciación ciudadana para fomentar la participación en la mejora del barrio. Para conseguir este objetivo, el colectivo reparte unos panfletos por los comercios y las viviendas en los que se informa de las reivindicaciones vecinales conseguidas y de la necesidad de recabar ideas y sugerencias nuevas. La campaña se ha denominado El Picarral avanza y, además de animar a denunciar problemas y plantear reivindicaciones, la asociación hace un llamamiento a los vecinos para que se acerquen a su sede. Y parece ser que estas llamadas a la acción van dando sus frutos. Bajo el lema “Por un barrio más habitable”, se celebran en febrero de 2008 unas jornadas para la revitalización urbana del barrio, organizadas por la asociación con la colaboración del Ayuntamiento de Zaragoza. “Es de destacar la numerosa participación de los vecinos, quienes durante los tres días de las jornadas han llenado los locales de la asociación”, podía leerse en el boletín de abril. El tema a debate, la reforma urbana del barrio, es un tema que claramente interesaba a los vecinos. “El objetivo es crear focos de actividad, fomentar la llegada de visitantes y el desarrollo de actividades dentro del barrio”, declaraba Carlos Pérez Anadón, teniente alcalde de Urbanismo, Vivienda y Medio Ambiente, durante el acto de presentación de las jornadas. Las conclusiones que de estas jornadas saldrán van a marcar el trabajo de la asociación durante años, pues de ellas derivará un plan de revitalización del barrio, que se aprobará el 1 de octubre de 2008, con un horizonte marcado en el medio plazo, y que contará con una ejemplar participación vecinal. Como “innovador” calificó la prensa local ese plan urbanístico de los arquitectos Olano y Mendo, precisamente por lo participativo del mismo. Y es que, tamaña empresa como es la revitaliza-

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La comisión ha continuado su labor hacia Chad a través de sus campañas “en cuatro ámbitos que consideramos fundamentales para mejorar la situación del país: derechos humanos, educación, salud y mujer”, informa desde Picarral Expres en diciembre de 2009. En el año en que la asociación de vecinos cumple cuarenta, la Comisión de Solidaridad llega a su décimo aniversario. Agradece a todos los vecinos que con su esfuerzo, su tiempo y sus aportaciones han contribuido a que “poco a poco, otro mundo sea posible”. “Entre todos hemos logrado que el Chad no sea solo una mancha de color en el mapa de África, hemos dado a conocer la vida cotidiana de sus gentes y hemos denunciado ante la sociedad la situación de injusticia social que sufren y cuáles son sus causas”.

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ción integral de un barrio entero, o se hace con la connivencia de vecinos y autoridades, o no se hace. Para Juanjo Jordá, en estos momentos, la relación de la asociación con el ayuntamiento es buena y participa activamente en la toma de decisiones que afectan al barrio. “Nosotros pensamos que el criterio que tienen de esta asociación histórica en la Administración es que están ante una organización muy trabajadora y muy seria, cosa que intentamos cultivar. Nos escuchan, tenemos posibilidad de dialogar, e incluso hay cosas muy importantes que valorar. Y es que no solo nos escuchan sino que nos hacen caso en algunas cosas. Uno de los ejemplos más claros es que nosotros hemos diseñado unas de las plazas con más éxito, tal y como nosotros entendemos el espacio urbano, como son las de Juan Acha y la que está sobre el colector de aguas de San Juan de la Peña con Alcalde Caballero. O por ejemplo, que los buses del 35 sean dobles no es una casualidad. El tema del transporte lo hemos trabajado muy bien y lo hemos demostrado con encuestas, con el control de las frecuencias…”.

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“Yo me atrevería a decir que la relación con el ayuntamiento igual es hasta excesiva”, espeta Antonio Sofín. “En algunos momentos, a lo mejor había que ser más reivindicativo. Por ejemplo, con el propio local de la asociación fue el ayuntamiento el que se empeñó en que no lo compráramos sino que siguiera siendo de titularidad municipal y que ellos nos lo cedían”.

“Pero eso tiene una razón de ser –apunta Jordá-, y viene de cuando reclamábamos el garaje de Campsa para equipamientos. Hoy en día sería el más grande y económico de la ciudad. Pero alguien que estaba en el ayuntamiento dijo: ‘¡Eh! ¡Solo falta que les demos mecha a los del Picarral!’. Hablo de García Nieto, para que no haya ningún tipo de dudas”. “Al final –remacha Sofín–, se acabaron levantando pisos en donde estaba el garaje y se dejó una pequeña plaza, pero fue desde la asociación quienes tuvimos que insistir para que se dejasen las cesiones correspondientes”. Y es que, a lo largo de estos cuarenta años, ha habido pequeñas y grandes conquistas. Y también alguna que otra derrota. Como apunta el primer presidente que tuvo la asociación del Picarral, Paco Asensio, echando la vista atrás a estas cuatro décadas, “aquí se ha tenido siempre la habilidad, no sé si de saber dar siempre las palmaditas en la espalda, pero desde luego sí la de saber dialogar. Los cabreos no han sido siempre para romper sino para llegar al diálogo, y es a través del diálogo como hemos ido consiguiendo las cosas. Nos han tenido siempre por una asociación fuerte, con mucha vitalidad y con un compromiso social. De hecho, hoy la asociación aún presta importantes servicios sociales de la mano de la Administración, como pueden ser las clases de español para inmigrantes. Y ese es el principio de la asociación”. Diálogo, diálogo y más diálogo.


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CONSTRUYENDO UN BARRIO

Capítulo

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ntre finales de los años 50 y los años 70, se produce en Zaragoza una avalancha de mano de obra emigrada desde los pueblos de la provincia y alrededores para cubrir los puestos de trabajo que demandaban los Planes de Desarrollo para la industrialización de la capital aragonesa. Estas personas escapaban de la dura vida del campo, que por entonces ya no presentaba apenas perspectivas de futuro más que para unos pocos. Se plantea entonces la necesidad de levantar viviendas baratas para acoger a esta masa obrera. Las instituciones públicas subvencionan su construcción, el ayuntamiento y el sindicato único, fundamentalmente, bajo los estándares mínimos de habitabilidad, en solares baratos debido a su escasa o nula urbanización y rodeados de las fábricas en las que estos obreros habían venido a trabajar. A finales de los años 50 y primeros de los 60 surgen los primeros grupos de viviendas del Picarral: Francisco Franco, Teniente Polanco, Ortiz de Zárate, Hogar Cristiano… Salvado el primer aluvión, otras entidades como cajas de ahorros y constructoras particulares empiezan a levantar viviendas en los solares vacantes. Estas ya tienen una mayor calidad que aquellas primeras casas que se levantaron con prisas ante la apremiante presión demográfica del momento. Ascensores, balcones, algún patio ajardinado… Las comodidades de los nuevos bloques eran mayores. También su precio. Pero no así las previsiones urbanísticas. De hecho, según recuerda Antonio Sofín, “la segunda reivindicación fuerte que hubo en el barrio fue la de pavimentar y arreglar todo lo que se conocía como la zona de los Generales”. Y además, “el sistema de vertidos era terrible”, afirma Juan José Jordá. A la altura

del 182 de San Juan de la Peña, cuando caían fuertes trombas de agua, llegaban a salir por las alcantarillas pollos enteros procedentes de Pygasa. El matadero y fábrica de piensos estaba en el camino de Los Molinos, dirección San Gregorio, a la derecha de lo que hoy es Parque Goya. “Yo no sé si se les escapaban del matadero o si los tiraban ellos, pero el caso es que salir, salían”, asegura Jordá. “Y además, las aguas residuales del matadero de aves se juntaban con los vertidos de Saica, y se formaba un olor insoportable”, añade Juanjo. “Yo recuerdo que hace no mucho, viniendo del Pirineo con una lluvia impresionante –interviene Jesús Gil-, en la avenida Academia General Militar saltaban las tapas de las alcantarillas de la fuerza con la que salía el agua, y ahí metí yo una rueda del coche. Así que no es raro lo de los pollos, porque hasta hace poco ocurría eso por esta zona cuando caía una lluvia un poco importante”. “Es que el primer colector que se construyó en San Juan de la Peña, en los años 80, solventó el problema de las inundaciones. Pero luego se urbanizó la avenida Academia General Militar y el agua, en vez de ir a los campos, bajaba por canales y la red de alcantarillado se nos volvió a quedar otra vez insuficiente. Es cuando ha habido que reponerla”, señala Jordá. “Por eso ha seguido habiendo inundaciones hasta esta década”, añade. Hasta que en el último lustro se ha construido un nuevo colector, muy cerca de la zona por donde hace años manaban los pollos, junto a Alcalde Caballero. “Incluso les hemos tenido que plantear por dónde lo tenían que hacer. Y hasta tuvimos que ro-

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bar planos en el ayuntamiento para demostrarles que había un colector cuya existencia ellos nos han negado toda la vida. Como si no existiera”, continúa Jordá, hablando del nuevo colector de aguas pluviales. “El anterior se había hecho para conectar con Saica, pero luego le hicieron construir uno solo para ellos, para no mezclar los caldos… Yo sabía que estaba. Tuvimos una reunión con Ricardo Berdié para demostrarle que sí que existía”.

especulativo y salvaje. La fábrica se había instalado en el barrio en 1964, cerca de la antigua carretera de Huesca, en los terrenos que actualmente corresponden a los números 76 y 78 de la calle Salvador Allende, colindantes al 181 de San Juan de la Peña. Por entonces, la fábrica era poco más que unos barracones en los que se molía maíz, y el mayor problema que ocasionaba eran las enormes ratas que campaban a sus anchas y bien alimentadas entre los silos.

“En la obra del nuevo colector –asevera Juanjo Jordá-, ahí sí que hemos coincidido con el ayuntamiento. Y hemos diseñado una plaza sobre él, que ha quedado muy bonita. Además, están convencidos de que ha sido un acierto porque conocemos la realidad del barrio”, afirma. “Cuando llovía fuerte, se inundaba también la calle Valle de Broto a la altura de bomberos. Ahora ya no se inunda”, apunta Sofín, como viniendo a darle la razón a su compañero de tantos años de militancia vecinal.

Pero la actividad de la fábrica comenzó a crecer, y con ella las molestias en forma de ruidos y olores. El 16 de mayo de 1967, la empresa obtiene el permiso de construcción para la primera fase de la fábrica. Al año siguiente, el Plan General de Ordenación Urbana califica los terrenos que ocupa Campo Ebro como zona residencial. Aún así, Campo Ebro solicita licencia de instalación al ayuntamiento. Tras diversos informes, el 16 de marzo de 1971 es denegada por el alcalde Horno, en virtud del Plan General. Sin embargo, la Audiencia Provincial revoca el acuerdo municipal el 29 de febrero de 1972, por estimar que la licencia de instalación estaba implícitamente contenida en el permiso de construcción.

El barrio sigue creciendo. Industrias y viviendas se entremezclan sin ningún tipo de lógica ni ordenación. La polución se convierte en un problema. Así llega el Picarral a la década de los 70, convertido en una sucesión de bloques de pisos rodeados de fábricas, cuando no separados de las mismas por una simple pared. Crece el número de vecinos, y con ellos, las necesidades más elementales. Faltan guarderías, escuelas y zonas verdes, pero sobra polución, que va en aumento cada día. Ha habido muchas otras fábricas contaminantes y molestas en el Picarral, pero entre todas las industrias, hay una que traerá especialmente de cabeza al movimiento vecinal por nociva, ruidosa y maloliente: Campo Ebro. Superar estas molestias ha sido una de las constantes reivindicaciones del barrio, un caso paradigmático de los desvelos de los vecinos contra el urbanismo

A finales de 1970, numerosas familias obreras habían empezado a ocupar sus pisos en el 181 de San Juan de la Peña, recién levantados junto a esta fábrica. En algo más de un lustro, Campo Ebro ha pasado de ser poco más que un molino y almacén de maíz a ser una factoría de transformación del grano en productos industriales como almidones y glucosas. Así, el problema pasa a mayores. Las infectas ratas llegan a ser poco más que una parte anecdótica del asunto. Los olores, polvos, ruidos y vapores contaminantes se convierten en los protagonistas, haciendo que los vecinos casi añoren los tiempos en que las ratas eran el mayor de los problemas que suponía vivir pegados a la fábrica.


Además, Antonio Sofín recuerda que “donde hoy está Campo Ebro, tenía que haber estado la iglesia que hicieron en los bajos de las viviendas, el colegio, la guardería… Todo eso estaba proyectado en el plan parcial. Lo único que, con el tiempo, Campo Ebro compró 7.500 metros cuadrados y se los dio al ayuntamiento como compensación, a raíz de las presiones que estábamos haciendo desde aquí”. “Sí, pero estas cesiones no se hicieron hasta mediados de la década del 2000”, puntualiza Jordá. “Y ahí sigue estando el suelo, pero el ayuntamiento no ha ejecutado ningún equipamiento ni servicio. Después de muchos años conseguimos que el ayuntamiento haga la solicitud y que Campo Ebro la entregue, pero nos costó muchísimo, porque ni la empresa tenía intención de ceder ni el ayuntamiento de pedirlo”. En los primeros años 70, desde la asociación de vecinos se afirma que, por no tener sus problemas causas muy generales y extensibles a otros barrios, desde el poder se abordan como si fueran menos graves y urgentes. Pero está claro que

si se ha llegado a esta situación es por la falta de previsión y planificación de los organismos públicos competentes. A base de conceder licencias aisladas y de poner parches, se ha llegado a un callejón legal de difícil salida. Los vecinos han acabado viendo cómo se construían las casas a la vez que se permitía a las fábricas crecer y multiplicarse. Han acabado conviviendo a escasos metros de los motores, los ácidos utilizados en la industria, los depósitos de fuel y de dextrosa.

Las primeras denuncias Las primeras denuncias contra Campo Ebro se remontan a finales de 1970. El 9 de noviembre, el Ayuntamiento de Zaragoza contesta a los vecinos del 181 de San Juan de la Peña diciendo que, tras una visita de inspección que la Dirección Técnica de Servicios Industriales había realizado a las instalaciones de la fábrica, se había comprobado que no existían las molestias denunciadas y que “según manifiesta la dirección de la empresa se produjo polvo durante unos días (20), o sea, el periodo de desgrane de mazorcas de maíz. Para la próxima temporada tiene previsto dotar la máquina desgranadora de un ciclón de recogida de polvo”. Así quedaría la cosa hasta la primavera de 1973. Después de muchos recursos ante los tribunales de justicia, el 19 de mayo, el ayuntamiento autoriza en precario unas obras de ampliación de Campo Ebro, pero supeditándolas al interés público y hasta la elaboración del correspondiente Plan Parcial para el barrio. En uno de los apartados, la resolución decía: “En el supuesto de que las obras de referencia no fueren susceptibles de integración en el futuro plan del sector, o bien cuando por motivos de interés público lo estime oportuno el ayuntamiento, las obras calificadas como fuera de ordenación deberán demolerse con carácter

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La ampliación de Campo Ebro “se construye al mismo tiempo que estas casas del 181, en el mismo paquete de suelo, y lo que no hay son las cesiones urbanas obligatorias de ningún tipo”, afirma Juanjo Jordá. “Su instalación estaba en precario, condicionada a que tenía que marcharse cuando se hiciese el Plan Parcial del Polígono 43. Y sorprendentemente, el ayuntamiento, en vez de hacer cumplir lo que estaba escrito, modifica el plan parcial y, donde decía que el suelo de Campo Ebro tenía que ser urbanizable, lo cambia por industrial, y es donde nos fastidia. Y permite que se quedara. El argumento del ayuntamiento es que si estaba en suelo industrial, así podían exigirle las medidas correctoras. Pero hoy podemos decir que no se hicieron”.

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inmediato a requerimiento del ayuntamiento sin derecho a indemnización alguna”. Esto sobre el papel. Ya se verá más adelante lo que por fin ocurre cuando en 1979 se apruebe el Plan Parcial que ordenaba urbanísticamente el sector.

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Campo Ebro está situada a unos 13 metros de los bloques del número 181 de San Juan de la Peña y a unos 30 de otros grupos de viviendas. Todas estaban construidas con anterioridad a que la empresa ampliase sus instalaciones, cuando en la práctica no eran más que unos almacenes de maíz con unos mínimos elementos de producción. “Por ejemplo, las casas que están rehabilitando ahora en la calle Anzánigo, estaban ya edificadas mucho antes de que se instalase Campo Ebro, y más aún de su ampliación. Y en estos momentos están a 250 metros de la fábrica. Cuando se construyeron no había más que campos”, denuncia Jordá.

ma contra una nueva ampliación, por estar clasificada la empresa como insalubre y peligrosa. Dos días después, la Dirección Técnica de Urbanismo informa de que no está permitido el trabajo nocturno. Pero con la primera ampliación, Campo Ebro había pasado ya a convertirse en una gran fábrica de almidones, glucosas, dextrosas y otros productos químicos. Produce más ruidos de día y de noche, pues trabaja en tres turnos. Aumentan los malos olores y todas las demás desagradables consecuencias descritas, todas ellas recogidas en el Reglamento de actividades molestas, insalubres, nocivas y peligrosas de 1961, que a mediados de los 70 seguía vigente. Y el 21 de marzo de 1974, la Comisión Provincial de Servicios Técnicos también califica sus actividades como nocivas y peligrosas. Y según el reglamento para este tipo de empresas, “uno de los requisitos que marcaba es que tienen que estar a dos mil metros de las viviendas”, recalca Jordá.

En septiembre de 1973, la Sección de Servicios Industriales del Ayuntamiento de Zaragoza infor-

Además, la ley también preveía un sistema especial de concesión de licencias y de posteriores


No sería hasta el 27 de noviembre de 1974, después de unas cuantas denuncias más sobre ruidos, malos olores y otras molestias, cuando el ayuntamiento parece empezar a reconocer algunas de ellas. Entonces, la Alcaldía de Zaragoza comunica a los vecinos del 181 de San Juan de la Peña que “el trabajo nocturno no está permitido en este sector, como ya se informó por esta dirección técnica en el proyecto de instalación…”. Pero había continuado.

Primeros frutos del esfuerzo colectivo Mientras tanto, la ACF del Picarral lleva un lustro trabajando por el barrio. Si el conflicto con Campo Ebro es el paradigma de las luchas vecinales por un urbanismo más justo y por un barrio más habitable, bien es sabido que no es el único. En el cuarto boletín informativo de la ACF del Picarral, de diciembre de 1974, se recoge el artículo de un vecino del barrio que acababa de incorporarse a la asociación. Este vecino anónimo dice haberse unido a la organización porque reconoce que el trabajo de esta ha tenido mucho que ver en “la mejora de algunos servicios”. El vecino cita “la pavimentación y cambio de vertidos de la calle Anzánigo y grupo General Franco y la colocación de un nuevo colector para evitar atascamientos y malos olores en la carretera de Huesca”, además de otras pequeñas mejoras en el alumbrado público y el transporte. No solo se empiezan a recoger los primeros frutos del trabajo del movimiento vecinal, sino que

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inspecciones para este tipo de industrias y su obligación de corregir las deficiencias, si las hubiese. Pero las obras de ampliación se saltaron lo que determinaba el proyecto, y además corrían el riesgo de quedar fuera de ordenación en el Plan Parcial de urbanización del sector, el polígono 43, como efectivamente ocurriría tras su aprobación en junio de 1979. La fábrica cortaba la calle Monte Perdido, que entonces era la principal vía de salida hacia Alcalde Caballero. Este obstáculo impedía el normal desarrollo del barrio, convirtiendo la zona norte del Picarral en un embudo.

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además estos esfuerzos empiezan a ser reconocidos por la gente del barrio. “Es muy alentador comprobar que aquellos tiempos de absoluta indiferencia, de absoluto desinterés hacia los problemas de todos, se van superando”, afirmaba el nuevo socio de la ACF. Así, se llega a comienzos de 1975. Campo Ebro no es el único quebradero de cabeza en las relaciones del barrio con el ayuntamiento. Surge una nueva polémica que enfrenta a los vecinos del Picarral con el consistorio: el Ayuntamiento de Zaragoza ha decidido que la zona de Balsas sea centro de experimentación para el nuevo método de recogida de basuras. Se trataba de contenedores, que entonces eran una novedad, frente al tradicional cubo de basura junto a los portales. Solo que, en esos momentos todavía, no se podía saber que este modelo se acabaría generalizando.

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Y además, lo que molestaba a los vecinos del Picarral era que fuese precisamente una de las zonas de la ciudad más castigadas por la polución y por la carencia de casi todo la que el ayuntamiento había elegido para experimentar este nuevo método, y no el centro u otro distrito más rico. Los vecinos de Balsas, una vez más, se consideraban agraviados frente al resto de Zaragoza. Les preocupaban los malos olores que despedirían los contenedores, sobre todo en verano. Como si allí ya no tuvieran bastante con Campo Ebro y Saica. Prueba de que los contenedores eran aún un método experimental es una foto que recoge el Boletín de la ACF del Picarral de febrero de 1975. En ella puede leerse una nota pegada a los contenedores anunciando que se puede arrojar la basura “en cualquier momento del día o de la noche”. Y también que no era obligatorio que esta fuese dentro de una bolsa cerrada, sino que también podía depositarse “a granel”.

Además, la ACF del Picarral se mostraba también preocupada por si el nuevo sistema podía significar la reducción de la plantilla de la empresa de recogida de basuras. Y se cuestionaban también, con ironía, si esta decisión se había tomado “pensando en la conveniencia y mejor servicio de los vecinos o únicamente en los mayores beneficios de la empresa”. Por si quedaban dudas, al año siguiente, en 1976, la cuota del servicio público municipal de recogida de basuras subió un 230% de golpe. Era lo que faltaba a las maltrechas economías familiares. Una vez más, quienes vivían en el polígono de Balsas se sentían los paganos de unas decisiones que ellos no habían tomado. En 1975, ya llevaban cinco años pagando de más por sus casas debido al sistema financiero que los administradores de la cooperativa habían adoptado. Así se desprendía de un estudio de las cartillas de ahorro-vivienda donde figuraba lo que 654 socios habían ido ingresando a la caja de ahorros en los años anteriores, realizado por la Comisión de la Cooperativa de Balsas de la ACF del Picarral. Además, estaban pagando de más por unos pisos que habían sido levantados en un área a medio urbanizar. Y algunos de estos inconvenientes no solo afectaban a los cooperativistas, sino a todos los vecinos del barrio. Por ejemplo, el de la iluminación de las calles, problema que se arrastraría durante años. Esta era muy deficiente, por no decir nula. El Ayuntamiento de Zaragoza no quería hacerse cargo del asunto del alumbrado público en el polígono de Balsas mientras este no se encontrase en condiciones y totalmente terminado. Por otro lado, la delegación del Ministerio de la Vivienda no acababa de hacer frente al problema de la deficiente instalación eléctrica, a pesar de ser el organismo responsable de la urbanización del


Saica. Otra molestia pegada a la nariz Todo el mundo imaginaba que a Franco le quedaba poco. En 1975, toda España deseaba que empezaran a respirarse, por fin, aires de libertad. En el Picarral, además, se luchaba también porque empezara a respirarse, simplemente, un aire libre de olores. No solo de los olores de la omnipresente Campo Ebro y de los temidos nuevos contenedores de basura de Balsas. En esta lista, aún falta otro aroma para completar el ambiente que ha acompañado a lo largo de los años al sufrido sentido del olfato de los vecinos del Picarral: el de Saica. El problema con la fábrica de papel de Saica no solo era una cuestión olfativa. En febrero de 1975, la ACF del Picarral le dedica en su boletín un artículo titulado “La Saica, algo más que un simple vecino del barrio”, en el que se describen los perjuicios que ocasiona a los vecinos y al medio ambiente. La asociación estaba haciendo militancia ecologista, quizás, sin ser muy consciente de qué era eso. Así, los vecinos explican que Saica consume “importantes cantidades de agua y

energía”. Saltaba a la vista la contaminación que arrastraban las aguas residuales que producía su actividad. Cuando estas se vertían directamente al Ebro, de madrugada, podía observarse claramente su fuerte coloración y su alto poder espumante. Los compuestos del azufre, las altas cantidades de cloruro sódico y los sulfatos ejercían una acción corrosiva sobre los metales e incluso sobre el cemento y el hormigón. Además, “los olores de su vertido apestan en la entrada del barrio a la altura de la calle Pano y Ruata”, aseguraba la ACF del Picarral en 1975, haciéndose extensibles a buena parte de la Margen Izquierda. Desde Saica volaban también las pajas, que se colaban por todas las rendijas de las casas. El proceso de fabricación de la pasta de papel normalmente produce contaminación en forma de partículas y nieblas. Los gases sulfurosos son los principales causantes del característico “olor a papelera”, como a huevos podridos. A los vecinos del Picarral les preocupaban estos gases, además, porque al oxidarse en contacto con la atmósfera, pueden producir neblinas de ácido sulfúrico y sulfatos que, además de reducir la visibilidad, sumadas al humo y al polvo, pueden contribuir al desarrollo de enfermedades respiratorias. Por no hablar de su efecto sobre las plantas o de la rápida corrosión de algunos materiales.

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polígono. La cooperativa de Balsas había pagado por unos terrenos urbanizados que, años después, seguían sin urbanizar.

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En 1975, la empresa había mostrado su disposición al diálogo con los vecinos para solucionar los problemas que les causaba. Se pusieron en marcha algunas medidas correctoras, pero a todas luces insuficientes. Por ello, cuatrocientos vecinos firmaron y enviaron una carta a la empresa para dejar claro que nada se había solucionado. Pasaron meses sin respuesta. Al parecer, Saica ya no tenía mucho deseo de continuar el diálogo que había iniciado.

tío, como no tenía fuerza moral para decir que estábamos alterando el orden, porque ni siquiera había casas a los lados, pues solo estaba la urbanización, nos quita la pancarta. Y le digo: ‘Capitán, por favor, hágame un recibo como que usted se me la lleva’. Y al principio no estaba muy por la labor pero al final me lo hizo y me lo firmó. Y no pasó nada más. Pero sustos de estos, los que quieras”.

Por muy alta que fuera la inversión que la empresa tuviera que hacer en equipos anticontaminación y depuradoras, para la ACF del Picarral, un barrio libre de nieblas y olores estaba por encima de los costes. En los primeros años de la asociación, la difícil convivencia con la fábrica de papel sacó a la calle a los vecinos en más de una ocasión para protestar. Paco Asensio, primer presidente de la ACF del Picarral, recuerda cómo “un domingo por la mañana, se organizó una manifestación contra Saica en el barrio. Íbamos familias enteras, mujeres y hombres con niños en brazos y con carritos de bebé. ¡Es que entonces se tenía capacidad de convocatoria! Y la gente acudía a las asambleas”.

El ayuntamiento da la razón a los vecinos frente a Campo Ebro por primera vez

Asensio rememora que, cuando la comitiva pasó “por la esquina de lo que era Caitasa, había unos obreros que estaban quitando unas pintadas. Se debieron asustar y llamaron a la policía. Y nosotros, seguimos paseando tranquilamente con nuestra pancarta que decía: ‘Queremos aire puro’. A los diez minutos aparecen doce o catorce tocineras y se bajan los agentes, que vienen hacia nosotros. Y nosotros adelante: ‘¡Venga, no tengáis miedo!’. Y a lo que faltaban ocho o diez metros, nos paramos, se paran ellos, y preguntan quién es el responsable. ‘¡Servidor! ¿Qué pasa?’, les dije. Y ellos: ‘Es que esto es una manifestación’. Y yo: ‘Pero es que no alteramos el orden. Mire la pancarta, queremos aire puro’. Y aquel

El 7 de octubre de 1975, las molestias de Campo Ebro a los vecinos son reconocidas por primera vez por el ayuntamiento. En una decisión inédita hasta la fecha, el consistorio ordena su corrección. Pero ese primer reconocimiento no era más que el comienzo de un camino largo, muy largo, del que podría decirse que aún dura hasta hoy. La Comisión de Urbanismo de la ACF del Picarral, que había nacido unos meses antes, iba a tener mucho trabajo por delante. En esa fecha, el ayuntamiento instaba a Campo Ebro a que “en el plazo de un mes proceda a adoptar en su factoría (…) medidas correctoras para reducir los ruidos, eliminar el desprendimiento de residuos, así como los olores que motivan algunas manipulaciones de productos”. Por supuesto, al cabo de un mes, nada de esto se había corregido. Pero, mientras España entera se libraría de Franco apenas mes y medio después, a los españoles del Picarral les costaría bastante más ver alguna de esas medidas correctoras puesta en marcha. Las comunidades de propietarios próximas a la fábrica y la asociación siguen denunciando a la empresa ante el ayuntamiento. Hartos de esperar, el


Al mes siguiente, Campo Ebro Industrial comunicaba a la comunidad de propietarios del 181 las medidas tomadas para evitar las molestias. Las múltiples denuncias cursadas después de esa fecha dan fe de que resultaban bastante ineficaces. En agosto de ese mismo año, el ayuntamiento ordena el precintaje de la fábrica, pero este nunca se llegaría a producir. Todo se queda en palabras y, mientras tanto, los vecinos del Picarral siguen aguantando estoicamente las molestias de Campo Ebro. Los años habían ido pasando y los problemas iban a mayores. Unas 12.000 personas conviven ya a diario con este foco de contaminación. “Sabemos que la empresa Campo Ebro Industrial es la que produce la mayor parte de los ruidos, olores, polvos y molestias que nos esperan en casa al llegar del trabajo”, rezaba el editorial del boletín informativo de la asociación de julio de 1976, número dedicado enteramente a Campo Ebro. Dicho editorial, titulado “Esa pesadilla”, resume el sentir general de los vecinos del Picarral, que tenían en la consecución del traslado de la fábrica una constante batalla, con el objetivo de mejorar sus condiciones de vida. 17 de mayo de 1976, la ACF del Picarral, junto al bloque 181 de San Juan de la Peña y los de enfrente, el Hogar Cristiano y unas cuantas comunidades más, presentaron ante el Ayuntamiento de Zaragoza una denuncia contra Campo Ebro por su incumpli-

El boletín especial de la ACF del Picarral de julio de 1976 recoge los datos de la memoria que Campo Ebro había presentado al ayuntamiento para legalizar la ampliación de la fábrica efectuada a principios de los 70. En este documen-

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miento de todas las resoluciones. El 26 de mayo de 1976, el alcalde otorga un nuevo plazo de 15 días a la empresa, a la vez que recuerda que los ruidos no pueden superar “en ningún caso los 45 decibelios”. Si, transcurrido este tiempo, no se ha efectuado lo ordenado, “se llevará a cabo el precintaje de los elementos e instalaciones que den lugar a la incomodidad”. Solo entonces es cuando Campo Ebro se sienta a hablar con los vecinos del sector.

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to, la compañía pretende demostrar que dicha ampliación es compatible con una coexistencia pacífica con los vecinos, y anuncia una serie de medidas correctoras que evitarán las molestias.

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La asociación cruza los datos de esta memoria con los obtenidos en diversas inspecciones a la fábrica y sus alrededores. Además, aporta una encuesta realizada entre los vecinos que viven más próximos a la misma. Así, es capaz de desmontar los argumentos de la empresa. Según la citada memoria, la distancia entre las naves de fabricación y las viviendas más cercanas debía de ser de cien metros. Sin embargo, la distancia de la valla de la fábrica a las casas no llega a cinco metros. Pero aún así, en el informe 12.733 de la Policía Municipal del 16 de octubre de 1973, consta una afirmación sorprendente: que la fábrica “se halla totalmente aislada de viviendas”. Y estamos hablando de una gran factoría, no de

un pequeño molino. La trasera del 181 de San Juan de la Peña y los grupos Francisco Franco y Hogar Cristiano son las zonas más próximas a estas instalaciones de 20.000 metros cuadrados destinados a almacenaje y fabricación sobre un solar de 30.000. En el proyecto, la compañía defiende el gran interés que esta fábrica tiene para el conjunto de Aragón, ya que con la ampliación prevé absorber el 70% de la producción de maíz de la región. Según los vecinos, tampoco este punto se cumple pues “por desgracia para nuestros agricultores”, cita textualmente el boletín, “una parte del maíz utilizado es de procedencia americana”. Más allá de las molestias que ya causaba la fábrica a los vecinos, es la propia compañía la que prevé que, con la ampliación, estas se incrementarán. Por eso, en el proyecto presentado al ayun-


El maíz es almacenado en un silo situado en la parte trasera de la fábrica. Es limpiado de impurezas y se le somete a maceración en aguas con ácido sulfuroso: primer ingrediente que nadie querría tener junto a su casa. Después, un molino situado junto al silo separa el almidón del salvado. Esta es una de las principales fuentes de polvo y ruidos. El posterior tostado del salvado produce ese fuerte y característico olor como a judías quemadas. La siguiente fase es la transformación del almidón en azúcares, glucosas, dextrosas y fructosas para alimentación humana mediante hidrólisis, en la que se vuelven a usar ácidos, como por ejemplo el clorhídrico. Con los restos obtenidos en la limpia del grano se produce el gluten-feed, destinado a piensos. Al ser manipulado y cargado en los camiones, es arrastrado por el aire hasta las casas, que a menudo aparecen cubiertas por una capa de fino granulado de maíz. Para la limpieza de las cubas y demás maquinaria, se utilizan productos químicos como el formol o el hipoclorito sódico, que son arrojados directamente a las alcantarillas. Estos desencadenan unas reacciones químicas que, en ocasiones, originan unas espumas que a veces llegan hasta la puerta de las casas del Hogar Cristiano, al escaparse por el vertido. Sin embargo, en su informe, la empresa asegura que las aguas residuales que produce el proceso de fabricación se limitan a las empleadas para la refrigeración en los condensadores y poco más, “y que estas no arrastran prácticamente materias orgánicas ni

productos en suspensión”, hasta un máximo de “dos gramos por litro”. El informe obvia citar los productos utilizados en la limpieza que son lanzados al vertido. Pero la espuma que viaja por la alcantarilla no es la única tarjeta de visita que Campo Ebro deja en estos bloques de viviendas del Hogar Cristiano. Una tarde de domingo de abril de 1976, el chapapote hacía su aparición en el Picarral, un barrio a varios cientos de kilómetros de la playa más cercana. A falta de barco, hubo 25.000 litros de fuel que manaron desde el depósito de la fábrica, y que llegaron hasta la entrada del Hogar Cristiano y a San Juan de la Peña. Afortunadamente, a nadie le dio por arrojar una colilla ni se produjo ninguna chispa, lo que podría haber provocado un desenlace fatal. Por cierto, que aquel depósito con capacidad para millón y medio de litros no debía haber rebasado los 600.000, además de estar situado en la parte trasera de la fábrica y bajo arena, y no al aire, bajo cables de alta tensión, a 50 metros de un transformador eléctrico. Y todo esto, a 25 metros de unos bloques de viviendas, y cerca de una guardería infantil… Respecto al ruido y las vibraciones, la empresa asegura que todas las maquinarias que los producen están convenientemente aisladas y silenciadas, “que los hacen inaudibles a cinco metros de distancia”. Sin embargo, según las medidas realizadas por los técnicos municipales, el ruido sobrepasa los 45 decibelios que permitía la ley dentro de las viviendas del 181 de San Juan de la Peña. Incluso con las ventanas completamente cerradas. Cuando parece que la memoria del proyecto va a abordar un tema espinoso para la empresa, por ser tan fácilmente medible sin saber mucho de ciencia, se llega a uno de los puntos más delirantes del mismo. El olor. Ese olor a Campo Ebro que

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tamiento ya contempla realizar una serie de medidas correctoras. Pero, ¿de dónde vienen esas molestias? ¿Cuál es la causa de que los procesos industriales que se desarrollan en el interior de la fábrica hagan incompatible su coexistencia con unas viviendas situadas a escasos metros?

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en ocasiones puede olerse más allá del Picarral. Pero no. La empresa también lo niega. Asegura que “en el interior de la fábrica existe un ligero olor a los productos naturales de la fabricación que no trasciende al exterior”. Es decir, que de puertas para fuera de la fábrica, no se escapa ni lo más mínimo de ese “ligero” y “natural” aroma. Y la segunda acotación olfativa del informe: que el secadero solo produce “un ligero olor a proteína”, similar a los “piensos compuestos”, y que “en ningún momento puede ser desagradable”, al no utilizar “harinas de pescado” ni ningún otro “material orgánico o putrescible”. Pues vale. Si los vecinos duermen con las ventanas cerradas en pleno verano, es porque no saben apreciar el delicado aroma de la proteína tostada. Y en esa línea seguían las razones que la empresa daba para convencer a quien quisiera creerla porque, desde luego, no iba a ser a los vecinos, de que tenía bajo control los posibles conatos de incendio en sus almacenes de materiales combustibles. E incluso de que mantenía a raya el polvo, a las ratas y hasta a las moscas y abejas que en verano hacían su agosto junto a los tanques de los azúcares.

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Por todo ello, la asociación del Picarral, a tenor de este informe técnico, afirmaba que “lo menos que podía hacer Campo Ebro Industrial es cumplir las normas, condiciones y medidas correctoras a las que ella misma se comprometió al solicitar la licencia de ampliación. Y lo mínimo que se podría exigir al ayuntamiento, Campsa, Delegación de Industria, etc., es que obliguen a la empresa a cumplir aquellas medidas. Si esto se realiza, todos los vecinos de la zona sufrirán algunas molestias menos”. Pero los números hablan por sí solos. Ese mismo mes de julio de 1976, el Instituto Municipal de


Aunque el gran problema es que todo lo descrito anteriormente pasa de ser una serie de molestias a convertirse en un problema de salud pública. Las autoridades, cita el monográfico editado por la asociación en julio de 1976, “no mueven un dedo hasta que no ven personas muertas, intoxicadas, etc.”. Pero no es menos cierto que, con la exposición continuada al polvo, al ruido y a los malos olores, a las aguas contaminadas y a las plagas de ratas e insectos, se multiplican los riesgos de los vecinos de padecer enfermedades o alteraciones respiratorias, digestivas o nerviosas, y que puede dispararse el índice de alergias. Sirva como ejemplo el caso de una niña aquejada de una bronquitis que vivía en el Hogar Cristiano. La tos apenas le dejaba dormir por las noches. El médico le dijo a su madre que lo mejor que le podía pasar es “conseguir que quiten esa fábrica”, para añadir: “con pastillas, poco se puede arreglar”.

Movilizaciones en Balsas Por si todo el problema que acarreaba Campo Ebro no era suficiente para los sufridos vecinos del Picarral, en 1976 salta a la palestra un nuevo motivo de movilización. Motivo que, por cierto, 34 años después, forma parte ya del paisaje del barrio, solo que unos metros más alejada de las viviendas de lo que se preveía en un principio. El Ayuntamiento de Zaragoza pretendía instalar una gasolinera en terrenos de propiedad municipal, situados en la calle Valle de Broto, entre la entrada del parque del Tío Jorge y las viviendas de la calle Valle de Oza.

Pero los vecinos tenían todavía muy presentes sendos accidentes con muertos ocurridos en la calle Rodrigo Rebolledo de Las Fuentes, el de Tapicerías Bonafonte, y el de los depósitos de butano en Utebo. “Ni lo entendemos ni se puede entender”, afirmaba la asociación. Por si tenían poco con los depósitos de la Campsa y con las industrias del barrio, además, les pretendían endosar una gasolinera pegada a las casas. Y justo en frente de una de las pocas zonas verdes que existían en el área. “Resulta que el ayuntamiento, que no tiene terrenos para escuelas, sí que los tiene para instalar gasolineras. ¿Por qué hemos de pagar siempre los mismos?”, se lamentaba la asociación a través de su boletín. Mientras, los vecinos de Balsas siguen pidiendo luz en sus calles. El 24 de septiembre de 1976,

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Higiene de Zaragoza da cuenta del grado de contaminación en distintos puntos de la ciudad. De sus mediciones se desprende que la zona próxima a Campo Ebro es, con diferencia, la más contaminada de la ciudad.

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el ya desaparecido diario El Noticiero publicaba que, “por segunda vez, los vecinos de Balsas de Ebro Viejo han salido a la calle en manifestación, pidiendo luz para el barrio. Numeroso público, hacia las nueve de la noche, salió a la calle con linternas, antorchas, faroles o cualquier objeto que supliera la falta de luz en las calles. Hace siete años que la urbanización se terminó y que está habitada, pero por diversas circunstancias, la luz no ha llegado a instalarse. El Ministerio de la Vivienda, de quien depende la urbanización, prometió un proyecto de alumbrado, y el ayuntamiento, por su parte, también prometió otro. Pero entre tanto, los vecinos van por el séptimo año que piden, de las más diversas formas, unas farolas en las calles. En la manifestación, desde niños hasta personas ancianas”. Unos días más tarde, en vísperas del Pilar de 1976, y después de varias asambleas entre los cooperativistas, los vecinos de Balsas colocaron de bloque a bloque unas pancartas, que no dura-

ron ni 24 horas en su sitio. En ellas se aprovechaba que el Gobierno pedía a los españoles que ahorrasen energía para recordar, con ironía, que ellos llevaban siete años sin alumbrado público, ahorrando electricidad para compensar lo que en el centro de la ciudad se gastaba de más “poniendo bombillas para las fiestas”. Como explicaba El Noticiero, el ayuntamiento no había querido hacerse cargo de esas calles porque el Ministerio de la Vivienda las había entregado en precario. Además de la falta de alumbrado, el alcantarillado se atascaba, se levantaba el pavimento, se hundían los registros del agua… Pero, por fin, el culpable del desaguisado elaboró un plan de reurbanización, presupuestado en 44 millones de pesetas de la época, y que satisfacía a los vecinos. El delegado del ministerio comunicó a la cooperativa que el comienzo de las obras sería en diciembre de 1976. Parecía que sus problemas se iban a resolver de una vez. Pero los vecinos se enteraron de que, al


El mismo día de la publicación de la noticia de la manifestación de los vecinos de Balsas en El Noticiero, el 24 de septiembre de 1976, la asociación del Picarral organiza una asamblea a la que los vecinos acuden en masa para hacer patente el desprecio por parte de Campo Ebro a lo que ordenaba el ayuntamiento. Por ello, la asamblea decide continuar con las movilizaciones contra la empresa. El 9 de octubre de 1976, solicitan a Gobernación Civil un permiso para manifestarse legalmente el día 23 de ese mes. Los vecinos quieren protestar por la contaminación en el barrio, en particular contra la de Campo Ebro. El día 16, el gobernador dice reconocer que la

reclamación es justa, pero deniega el permiso de manifestación hasta que “se observe la inoperancia de los medios legales”. El día 19, la asociación publica una nota de prensa protestando por la arbitrariedad del gobernador y llamando a la solidaridad ciudadana. Aquel 23 de octubre de 1976, centenares de vecinos recorrerían las calles del barrio con pancartas, hasta ser disueltos de forma violenta por la policía. Las relaciones con el gobernador civil, como es de suponer, no serán fáciles a partir de ahí. La asociación le solicita una entrevista el 8 de noviembre para exponerle las molestias causadas por las industrias contaminantes. No obtiene respuesta. El 23 de diciembre del 76, el alcalde Miguel Merino comunica en una rueda de prensa haber traspasado al Gobierno Civil las actuaciones practicadas con Campo Ebro, ante la resistencia de la empresa a implementar las medidas ordenadas por el ayuntamiento. Al día siguiente, la asociación “le felicita la Navidad” al alcalde

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final, era el ayuntamiento el que se iba a hacer cargo, pero solo de la iluminación. Alarmada, la asamblea de los vecinos de Balsas decidió rechazar la intervención municipal, a no ser que este asumiera el proyecto completo del ministerio. Por fin, después de tantos dimes y diretes, esta vez, la reurbanización se llevó a cabo en serio.

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con una nota de prensa en la que le tachan de irresponsable. Acaba 1976 y, a los vecinos del edificio Pirineos, más conocido por el nombre de la constructora que lo levantó, Unipresa, les habían bastado unos meses viviendo en el barrio para sufrir en propias carnes los problemas de la contaminación, la falta de zonas verdes y escuelas, las deficiencias del transporte o la sanidad. Pero la llegada de estas 350 familias no hacía sino aumentar con su presencia todas estas carencias que ya aquejaban al Picarral, al sumar nuevas necesidades. “Los problemas más urgentes y que más nos afectan”, según transmitían los propios residentes del edificio Pirineos al resto de los vecinos del barrio, a través del boletín de la ACF del Picarral de diciembre de 1976, estaban muy relacionados con el urbanismo. Más concretamente, con la deficiente urbanización de la parcela con la que Unipresa les había entregado sus casas. Su historia recuerda a la del polígono de Balsas, solo que esta vez la responsabilidad de ejecutarla recaía en una empresa privada, y no en el Ministerio de la Vivienda.

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Por el alcantarillado emanaban olores “insoportables”. Quienes vivían en el edificio Pirineos también se quejaban del solar que quedaba entre sus bloques y San Juan de la Peña, que era “un foco de infecciones. Para sí lo quisiera Félix Rodríguez de la Fuente para estudiar la vida de las ratas. Animales de tal envergadura que un vecino digno de crédito las ha visto encorrer a los ‘perros peligrosos’ con los que Unipresa pretende defender su propiedad”, denunciaban desde el humor. Y es que la empresa usaba este solar para almacenar materiales, mientras el ayuntamiento aseguraba que, según la ley del suelo, estaba obligada a cedérselo. Sin embargo, Unipresa les había dicho a los vecinos que el consistorio no quería hacerse cargo del solar. Y así estaban

ellos, pensando que empresa y ayuntamiento les tomaban el pelo, mientras una compañía privada utilizaba para sus fines particulares un terreno que ellos ya habían pagado al comprar sus pisos. Y en el que se criaban unas ratas como gatos de grandes. La ausencia de alumbrado es también responsabilidad de Unipresa. Y de repente, sin haber reparado las farolas que estaban rotas ni reponer las que faltaban, las pocas lucernarias que había en aquel tramo del Picarral aparecieron encendidas a las dos de la tarde, y así estuvieron, día y noche en funcionamiento, durante un buen tiempo. “Por lo visto se nos quiere compensar por el tiempo que hemos estado a oscuras”, ironizaban los del edificio Pirineos en aquel artículo del boletín de la asociación. Pero no sería hasta comienzos de 1982 cuando la asociación de vecinos del Picarral recibiese con agrado la noticia de que Unipresa se había puesto en contacto con los vecinos del edificio Pirineos para decirles cuál iba a ser el destino de los terrenos que quedaban al lado de las viviendas. “Nos es muy grato comunicarles que, de común acuerdo con las asociaciones de cabezas de familia, de comerciantes y de vecinos, hemos cedido gratuitamente al ayuntamiento los solares que nos quedaban para que les den el uso de zona verde y guarderías que ustedes desean”, podía leerse en aquellas cartas. Pero la noticia no era que la empresa hubiera tenido un arranque de generosidad. Era que, por ley, esos terrenos debían estar cedidos desde que los vecinos entraron a vivir en 1976. Pero, llegados a finales de 1982, “ni la guardería ni la zona verde llevan camino de instalarse, y lo que es más, no se instalarán si no nos movemos”, auguraba la asociación de vecinos. Lejos de conocerse proyecto alguno para este solar, las ratas


El Plan Parcial, un derecho a conseguir Durante meses, los representantes de las diversas zonas del barrio han estado trabajando junto con la Comisión de Urbanismo de la ACF del Picarral para mejorar diversas áreas. La campaña contra la contaminación y la peligrosidad de algunas de las fábricas del barrio, especialmente Saica y Campo Ebro, ha marcado la actividad reivindicativa de los vecinos: manifestaciones, notas de prensa, pancartas… todos los medios son buenos para hacer oír su mensaje. Paralelamente, “la campaña de Balsas por la luz está a punto de cerrarse con una brillante victoria”, puede leerse en un artículo del Boletín de la ACF del Picarral de febrero 1977, titulado “El plan parcial; un derecho a conseguir”. En él se recuerdan todos los principales problemas urbanísticos que sufren, como por ejemplo ser el barrio más contaminado de Zaragoza “con diferencia”. Se hace hincapié en el incumplimiento de la legislación sobre localización de viviendas y fábricas, en que el alumbrado y el alcantarillado son insuficientes, y en la “falta total” de equipamientos. “Todo es el resultado de la falta de planificación por parte del ayuntamiento”, mientras los especuladores han aprovechado el caos urbanístico para hacer su agosto. Por todo ello, la ACF reclama que se apruebe el Plan Parcial, “que es lo que la ley preveía hace veinte años”. Los vecinos

ponen en él la esperanza de que, de una vez por todas, queden reconocidos sus derechos a disfrutar de zonas verdes, equipamientos educativos, culturales y de ocio. Y de un aire más respirable. Pero también temen que “el ayuntamiento lo cambie y que las fábricas, en cuyos terrenos tendrían que instalarse las escuelas, abrirse las calles y crearse los parques, se opongan también a que el plan siga adelante”. Con un considerable retraso, el Ayuntamiento de Zaragoza decide por fin abrir un debate para ordenar el urbanismo del barrio de una vez por todas. Con el debate sobre el Plan Parcial del Polígono 43 se abría una oportunidad para el Picarral, que pretende hacerlo más habitable y

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seguían campando en él a sus anchas. Tampoco se sabía entonces qué ocurriría con un solar que había frente al Hogar Cristiano. La zona verde del número 157 de San Juan de la Peña, “después de tantos esfuerzos”, se convierte por fin en realidad a comienzos de 1984.

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mejorar sus servicios mediante la reconversión de los solares industriales. En un número especial del boletín de la ACF, editado en mayo de 1977, podía leerse: “Lo que está en juego en la urbanización de nuestro barrio, no es solo la falta de los más elementales servicios, sino una idea de lo que es el hombre, de su valor, del sentido de su vida, y a esto responde un barrio insalubre, duro, sin comodidades, porque para almacenar fuerza para el trabajo al día siguiente, solo se necesita comer y dormir; no se precisa distracción, cultura, ocio y preocupación para conseguir una auténtica vida humana”. El Picarral sigue siendo “totalmente deficitario en servicios. No hay zona deportiva, faltan puestos escolares, no hay instituto, ni centro de formación profesional, ni guarderías suficientes”, recordaba la introducción de aquel boletín. Y “hay un ambulatorio para toda la Margen Izquierda del Ebro”, remachaba este somero repaso a las carencias del barrio. El Picarral de 1977 era el producto de la expansión industrial de Zaragoza. Así, fruto de la especulación, había surgido un barrio pensado para que el obrero duerma, “y no un lugar para vivir”, con espacios verdes, locales culturales… “¿Por qué estamos pared con pared con las fábricas?”, se preguntaban.

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Aquel boletín era todo un curso acelerado de urbanismo, un asunto complejo para la mayoría de los vecinos pero que tanto les afectaba. Y también todo un manifiesto sobre el posicionamiento que la Asociación de Vecinos del Picarral había adoptado, y que iba a marcar buena parte de sus líneas ideológicas y de actuación durante la transición. La asociación se cuestionaba quién, cómo y para quién se planificaba el urbanismo en Zaragoza, y a qué intereses respondía ese planeamiento, dando por hecho que sus hilos eran manejados por “grupos de presión económicos y

financieros”, que habrían “favorecido de forma clarísima los intereses de la clase en el poder”. Al mismo tiempo, la asociación reclamaba que los vecinos tuvieran más voz en la elaboración del plan parcial que se avecinaba. “En un contexto de participación ciudadana (…) podrían evitarse los defectos y abusos que vemos en nuestras ciudades”. Desde la asociación del Picarral se mostraban convencidos de que eran los vecinos de los barrios quienes más sufrían los problemas del urbanismo. Por ello, afirmaban que el “único camino” era “la toma de conciencia progresiva de esta situación mediante el análisis de la realidad en la que vivimos” y “la organización de los vecinos en las asociaciones, la acción directa, llevando adelante nuestras alternativas para que se cumplan”. Pero, ¿cuáles eran esas alternativas que los vecinos del Picarral proponían para corregir el hasta entonces caótico urbanismo de su barrio? Pues nada más y nada menos que la realización de todas aquellas actuaciones previstas en el Plan Parcial del Polígono 43 que entonces se estaba redactando, y que no sería aprobado definitivamente hasta junio de 1979. Esta área comprendía el cuadrante delimitado por la calle Valle de Broto, San Juan de la Peña, la actual autopista AP-2 y la Autopista de los Pirineos. Para la elaboración de este plan parcial, la asociación del barrio se había puesto en contacto unos meses antes con el ayuntamiento. A través de esas reuniones con el Área de Urbanismo, los vecinos habían conseguido que el proyecto se aproximara un poco más a sus necesidades. Preveía guarderías, escuelas, zona verdes, un centro sociosanitario, un instituto, zonas deportivas, un centro social y un parque de bomberos. Este nuevo planeamiento había de venir a solucionar algunos problemas que se podían hacer


Asimismo, a mediados de 1977, los vecinos se lamentaban de la excesiva dependencia de los planes de la Administración central, “con lo que esto supone de desconocimiento de las realidades de los sectores afectados”. Si a esto se sumaba “el total apoyo” de los ayuntamientos “a los intereses de los especuladores”, “y el caso de nuestra ciudad no es, desgraciadamente, una excepción”, estaba servido en bandeja el caldo de cultivo de los problemas que acuciaban a barrios como el Picarral. Conseguir sacar adelante el Plan Parcial del Polígono 43 con las consideraciones de los vecinos iba a ser pues uno de los grandes caballos de batalla de la ACF del Picarral. Pero esto resultaría tarea fácil. “Naturalmente –reconocían desde la asociación- las fábricas no están dispuestas a marcharse por las buenas ni tampoco va a ser fácil que el ayuntamiento y la Administración en general construyan los equipamientos que nos son necesarios y en los plazos justos”. Y no se equivocaban. La asociación se mostraba dispuesta a “dar todos los pasos necesarios” para conseguir convertir

en realidad “todo lo que hoy no son más que planes sin aprobar”. Para ello, la asociación pensaba “llevar la representación de los vecinos hasta donde sea preciso”, Pero a la vez admitía que ello no serviría de nada “si realmente no somos todos los vecinos los que nos unimos para hacer del Picarral de mañana un barrio en el que no existan todos los problemas que hoy tenemos”. En esos momentos, en esa España preconstitucional y preautonómica en la que todo era aún posible, se soñaba con una democracia verdaderamente participativa. “El paso que hemos dado, consiguiendo que nuestra opinión sea tenida en cuenta a la hora de redactar el proyecto del Plan Parcial, es algo que debemos al esfuerzo por conseguir que nuestros intereses fuesen tenidos en cuenta. Con ello, sin embargo, no hemos logrado todo, hemos de hacer que estos hechos no se den esporádicamente y como por favor, hay que conseguir que nosotros, que somos los destinatarios de los planes de la Administración, seamos también la voz decisiva a la hora de decidir cómo ha de ser nuestro barrio y nuestra ciudad”.

El urbanismo en el día a día Más allá de los grandes planeamientos, ese urbanismo chapucero tiene su reflejo en el día a día del barrio. A veces, de forma trágica. Varios muertos en poco tiempo hicieron falta para que el Ayuntamiento de Zaragoza se decidiese a instalar un semáforo junto al 181 de San Juan de la Peña. A raíz de la muerte de un niño de corta edad en el primero de los tres accidentes que se sucedieron en 1977, la ACF del Picarral recogió firmas entre los vecinos de la zona, que fueron entregadas al alcalde Miguel Merino y al concejal Alfonso Solans, a quienes les solicitaron la colocación de un semáforo y de señales de tráfico. La contestación fue afirmativa, pero se

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extrapolables a todos los barrios de Zaragoza que habían surgido al calor del desarrollismo, y otros más que eran propios del Picarral. Entre los aspectos internos de las viviendas, la asociación destacaba la baja calidad de los materiales constructivos, la escasez de espacio “que en muchos casos llega a ser angustiante, la orientación y las condiciones de ventilación deficientes”. Entre los aspectos externos, que reflejaban la falta de humanidad del urbanismo practicado hasta la época, destacaba uno del cual el Picarral era “un buen ejemplo”, como era “la total impunidad con que se han construido polígonos urbanos a escasa distancia de las zonas industriales, violando incluso las normas dictadas por la legislación al respecto”.

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aseguró que no podría estar antes de siete meses, por tener que hacer un estudio del presupuesto. Entonces, se exigió servicio de vigilancia a las horas de entrada y salida del colegio, que fue puesto al día siguiente. Volvió a producirse otro accidente en el fatídico cruce. Con un nuevo muerto sobre la mesa, vuelta también a las presiones de la ACF sobre el ayuntamiento. Y era ya el tercero en poco tiempo. Se enviaron cartas a Heraldo de Aragón y a Mundo Obrero. Y, milagrosamente, esta vez, el estudio solo requirió de un periodo de tres meses, y no de siete. En febrero del 78, ya estaban colocados el semáforo (aún sin conectar) y las señales de reducción de velocidad, que avisaban del peligro por la proximidad de un colegio. Lo malo de todo esto es que hizo falta lamentar tres muertes para lograrlo.

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Uno de los viales más hecho polvo del barrio era el camino de Juslibol. Carlos Royo, el propietario de un popular bar de esta calle, a menudo tenía que dejar de servir el café o la caña para actuar como improvisado socorrista, pues los accidentes, más o menos graves, se sucedían con asiduidad. El boletín de la asociación de febrero de 1978 publica una entrevista con este barman, en la que da testimonio del deplorable estado en que se encontraba dicho camino de Juslibol a comienzos de 1978. Era una calle muy estrecha pero de doble dirección. Por entonces, en ella comparten su espacio los niños de tres colegios (San Felipe, San Braulio y Eugenio López), y los de la guardería de Belén, con el transporte urbano, los camiones cargados de maquinaria pesada procedentes de la fábrica de Tusa y con el tráfico privado. Carlos Royo relata cómo a menudo hay autobuses, coches o motos que se quedan encallados en los enormes baches que pueblan el pavimento,

y que “cuando llueve se multiplican y se agrandan”. “Es curioso la confianza que llegamos a coger con los bomberos una temporada que llovió mucho –ironiza-, a fuerza de llamarles para que retiraran el agua”. Y es que no se podía pasar andando sin mojarse por la profundidad de los charcos. El camarero denuncia que la calle, lejos de arreglarse en condiciones, se parchea una y otra vez. Hasta “diez o quince reparaciones en el último año” cuenta en la entrevista. Un año después, todo sigue igual en el camino de Juslibol. El 25 de enero de 1979, un grupo de vecinos, en su mayoría mujeres y niños, cortan el tráfico de esta calle durante veinte minutos, en señal de protesta por la desatención de las autoridades municipales. Pocos días antes había sido atropellado un niño a la salida del colegio, afortunadamente sin resultar herido de gravedad. Esta vez, los vecinos se niegan a que tenga que volver a haber muertos para que el ayuntamiento se ponga manos a la obra. Era el cuarto atropello de un niño en un año en esa misma vía. Y mientras, el plan del ayuntamiento para convertir el camino de Juslibol en una calle unidireccional y urbanizarlo en condiciones, seguía atascado. Entre los problemas urbanísticos que afectan a zonas puntuales del barrio por aquellos años está también la incertidumbre que viven los vecinos de las viviendas del Camino de los Molinos y los números 182 a 194 de San Juan de la Peña. Estas viviendas se habían levantado en terrenos calificados como industriales, y se llegó a temer por su demolición. No sería hasta 1980 cuando el Tribunal Supremo sentenciase a favor de la existencia de esas viviendas, para tranquilidad de sus propietarios e inquilinos. Otro ejemplo más de los desmanes urbanísticos con los que se desarrolló el Picarral es una licencia de construcción que la última corporación


municipal predemocrática concedió, solo unos pocos días antes de su disolución. El Ayuntamiento de Zaragoza dio luz verde a la construcción de unos grandes locales de almacenamiento y distribución en el solar comprendido entre San Juan de la Peña y el camino de los Molinos, junto a donde se levantaban Coromina Industrial y Aceros Especiales de Zaragoza. Una vez más, los vecinos ven cómo se les endosan unas industrias junto a sus viviendas, en vez de aprovechar el solar para levantar los equipamientos y servicios de los que el barrio estaba tan necesitado.

dres de la Constitución se encuentran en pleno proceso de negociaciones. Mientras, en esa España en versión microcosmos que es el Picarral, las industrias siguen importunando al vecindario. El 1 de octubre de 1978, un aparatoso incendio declarado en Saica conmociona al barrio. El 3 de noviembre de 1978, la asociación solicita manifestarse contra las empresas peligrosas. Apenas nueve días antes de que el pueblo apruebe la Constitución, ese permiso es denegado. No obstante, los vecinos se manifiestan entre los dos focos más contaminantes del Picarral, Saica y Campo Ebro.

En 1978, la dirección de Campo Ebro se había decidido a formar un comité de relaciones con el Picarral para el seguimiento del problema. Entonces, se compromete a elevar las chimeneas hasta los 40 metros para dispersar los humos a mayor altura. La democracia ha llegado. Los pa-

Dos días antes de fin de año, otra de las empresas más señeras del barrio, Caitasa, suscribe un acuerdo con su comité de empresa y con la asociación del Picarral, por el que esta última accede al aumento de la edificabilidad del solar que la compañía iba a dejar libre, a cambio de que mantuviesen los puestos de trabajo en su nuevo

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Todo sobre Campo Ebro

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emplazamiento. La empresa garantiza entonces que no cerrará la fábrica, sino que la trasladará a las afueras de la ciudad, y que mantendrá los puestos de trabajo, al asegurarse la rentabilidad de la operación inmobiliaria gracias al aumento de edificabilidad aceptado por todas las partes.

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Sin embargo, un año después, la empresa “se ha descolgado con un expediente de crisis, que además de poner al personal que trabaja en la empresa poco menos que a pedir limosna, apunta claramente a la eliminación de puestos de trabajo”. Los vecinos sienten que la empresa se está riendo de ellos, ya que el barrio había accedido a que se pudiesen edificar más viviendas para costear la nueva fábrica, aunque quedase menos espacio para las escuelas y equipamientos del polígono. “Y ahora resulta que quieren llevarse los millones y dejar a obreros y obreras en la calle, y al barrio sin las escuelas necesarias; y para postre con más montones de casas”, se lamentaban desde la asociación en enero de 1980. “Esto es una burla, una agresión por la que no debemos pasar, ni los trabajadores ni los vecinos”. El barrio corre el riesgo de quedarse sin los equipamientos que habían de levantarse en esos terrenos y a los que había renunciado a cambio de acabar con la amenaza de 300 despidos. Pero “la asociación y el comité de empresa estamos

dispuestos a lo que sea preciso para que no cumplan sus objetivos”. Aunque, auguraban, “la lucha sin duda va a ser dura”. El 27 de junio de 1979, la Junta de la Asociación del Picarral visita al nuevo alcalde, el primero elegido democráticamente, el socialista Ramón Sainz de Varanda, y le exponen todos los problemas del barrio, en especial el de la contaminación industrial. El 4 de junio de ese mismo año, por fin, la Comisión Provincial de Urbanismo había aprobado el Plan Parcial del Polígono 43. El Ayuntamiento de Zaragoza queda enterado el 19 de julio. El Plan Parcial era consecuencia del Plan General de 1968, todavía vigente entonces aunque en revisión, que señalaba como zona residencial los terrenos ocupados por Campo Ebro. En el expediente y en los planos del Plan Parcial puede verse que en la zona donde está ubicada la fábrica se situará una zona escolar de 10.600 metros cuadrados, una guardería de 1.500 metros cuadrados, una zona verde de unos 6.000, la salida de la calle Monte Perdido y 450 viviendas. Campo Ebro no había presentado ninguna alegación al Plan Parcial en el periodo correspondiente por ley. Pocos meses después de aprobado el plan, pretende ya la ampliación de la fábri-


Los vecinos del Picarral, a través de su asociación, mostraban su extrañeza porque Campo Ebro no hubiera comparecido para oponerse durante la redacción y aprobación del plan parcial de 1979, y nada más aprobarse, con lo que había costado, solicitara su modificación. Este plan había sido durante largo tiempo uno de los principales caballos de batalla de la asociación en su lucha contra las molestias ocasionadas por la fábrica, por eso ellos sí que habían presentado sus alegaciones puntuales, aunque daban su conformidad general al plan. En su solicitud, la empresa señalaba que pretendía invertir 2.000 millones de pesetas (12 millones de euros) para acometer una ampliación que crearía 300 nuevos puestos de trabajo y que permitiría a la empresa absorber el 75% de la producción de maíz de la provincia de Zaragoza. La compañía vende esto último como una forma de ayudar a los productores de grano a posicionarse favorablemente de cara al ya por entonces anhelado ingreso en la Comunidad Económica Europea. Campo Ebro pasa el documento también al comité de empresa y a la asociación de vecinos, que lo estudia detenidamente. Mientras, el ayuntamiento emprende conversaciones con la empresa y su comité, en las que deliberadamente margina a la asociación. Para la elaboración del

expediente que estudiaría la posible recalificación, el ayuntamiento solicita informes destinados a conocer si era técnicamente posible que Campo Ebro dejase de suponer una molestia para los vecinos del Picarral. A estos se suman las argumentaciones de la empresa, de sus trabajadores y de la asociación de vecinos del barrio. La empresa pretende demostrar al ayuntamiento que, sin esa recalificación de los terrenos, no sería posible ampliar la fábrica. Y, sin esa ampliación, la empresa iba a estar condenada al cierre a medio plazo, ya que no podría trasladarse a otro lugar ante la fuerte inversión que supondría sumar a los 2.000 millones de pesetas previstos otros 800 más, los que alcanzaría el valor de los bienes que sería imposible recuperar en el caso de un hipotético traslado. Entre esos argumentos, Campo Ebro exponía el impulso que para el

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ca. Aunque dada la nueva ordenación urbana del Polígono 43, el ayuntamiento no podía dar licencias para las obras de ampliación que pretendía la compañía. Por ello, el 21 de febrero de 1980, Campo Ebro presentó al Ayuntamiento de Zaragoza una solicitud de recalificación de los terrenos que ocupa, con el fin de poder realizar una importante ampliación y regularizar de paso su situación, sin licencia definitiva por entonces, salvo en una parte de la factoría.

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campo aragonés supondría pasar de moler 350 toneladas diarias de maíz a procesar mil.

punto, especialmente en lo que al calendario de aplicación se refería.

La empresa completaba su argumentación con una serie de medidas anticontaminantes que preveía acometer. Además, ofrecía al ayuntamiento una parcela cercana de 7.000 metros cuadrados para levantar el colegio que preveía el plan parcial en los terrenos pertenecientes a Campo Ebro. El documento recogía también los informes de los servicios técnicos municipales del Ayuntamiento de Zaragoza, así como los que el consistorio había encargado a la Delegación de Saneamiento y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid. Estos señalaban las medidas exigibles para impedir las molestias que la fábrica causaba a los vecinos, así como el calendario para su puesta en marcha. Campo Ebro responde que se mostraba dispuesta a acometer las inversiones necesarias para poner en marcha esas medidas correctoras, si bien discrepaba en algún

Los principales argumentos en contra de la recalificación de los terrenos eran esgrimidos por los vecinos. El 19 de mayo de 1980, la asociación de vecinos del Picarral presenta un escrito al ayuntamiento donde analiza con detalle las vaguedades y lagunas del informe presentado por la empresa. También se solicita al ayuntamiento que permita a la asociación participar en las negociaciones que lleva desde hace meses a sus espaldas. Los vecinos discuten asimismo el informe de Campo Ebro con el comité de empresa, que afirma que no tiene nada que quitar o añadir al mismo. En este documento, la asociación dejaba claro que su oposición a la recalificación de los terrenos era compatible con el mantenimiento del empleo. “Ninguna solución puede ser aplicable


La asociación vecinal acusaba a la empresa de chantaje, ya que se había dedicado a difundir la idea de que un traslado de la fábrica supondría su implantación fuera de Aragón. También recelaba de las promesas de acometer medidas anticontaminantes, en base a que todas las mejoras realizadas hasta esa fecha habían sido adoptadas tras no pocas presiones, amén de todas las que seguían sin materializarse. El 7 de noviembre de 1980, el ayuntamiento convoca a una reunión meramente informativa a Campo Ebro, al comité de empresa y a la

asociación de vecinos. Esta última es convocada dos días antes, y sin que se le mencione el tema a tratar. Cada parte expone su postura, pero el ayuntamiento ya está decidido de antemano, y Urbanismo aprueba tres días más tarde el correspondiente dictamen. El problema era que los vecinos no estaban de acuerdo con el mismo. La asociación se pone en contacto con la prensa y los diferentes grupos municipales para exponer su punto de vista. Resumidamente, asociación y ayuntamiento discrepan en los siguientes puntos. Sobre los vertidos de la fábrica; sobre el polvo que arroja, que según el consistorio entra dentro de lo “legal y no molesta”, mientras la ACF del Picarral dice que, según sus datos, la fábrica desprende “un 900% más” de lo que contempla el informe. También discrepan sobre los gases, vapores y olores, ya que el ayuntamiento dice que “lo que arroja es vapor de agua que, aunque huela mal,

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si pasa por la eliminación de puestos de trabajo”. También señalaba la necesidad de que la empresa se reubicase en las inmediaciones de Zaragoza, donde también sería rentable. A Campo Ebro se le llegaron a ofrecer nuevos terrenos en Zuera, en el denominado “triángulo aragonés del maíz”. Pero la propuesta no cuajó.

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En la reunión mantenida días antes entre el alcalde, la Comisión de Urbanismo y las partes afectadas, habían quedado expuestas las razones de cada cual. Los representantes municipales pudieron adelantar que la ampliación de Campo Ebro en su ubicación sería posible si la empresa era capaz de resolver los problemas de la contaminación y cumplir con el equipamiento del barrio.

no perjudica” y que “no se puede estudiar la cantidad y calidad de los olores”. Mientras, la asociación responde que “los vapores que huelen mal sí que se pueden estudiar porque hay medios. Lo que no se puede es decir que no son malos sin estudiarlos”. Y así sigue la lista de discrepancias: sobre los ruidos, sobre el peligro de la fábrica… En conclusión, que el ayuntamiento dice que “la fábrica puede permanecer”, dado que “no causará molestias”, mientras que la ACF Picarral asegura que “la fábrica no podrá dejar de molestar y de crear peligro nunca”, y que por lo tanto “debe trasladarse, manteniendo a sus trabajadores”.

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En el pleno del Ayuntamiento de Zaragoza del 13 de noviembre de 1980, la corporación pretendía abordar el asunto de la recalificación de los terrenos de Campo Ebro. Cuando se iniciaba la discusión del punto más polémico del día, la propuesta de “preparar documentación técnica con el fin de una posible modificación del planeamiento en vigor a petición de Campo Ebro”, hicieron su aparición numerosas pancartas de protesta. Tras algunos gritos, insultos y forcejeos con la Policía Local, la sesión se convierte en la primera de la democracia que se llegaría a suspender. Entre los asistentes, vecinos del Picarral, miembros de la Asamblea de Parados, vecinos de San José y representantes de los trabajadores de Campo Ebro.

Reanudada la sesión, los portavoces de los distintos grupos municipales representados en aquel ayuntamiento de 1980 pudieron hacer oír sus argumentos. La propuesta quedaría aprobada con los votos a favor de PSOE, UCD, PAR y PCE, y en contra solo un único voto negativo, el del representante del PTA. José L. Martínez, portavoz del PCE y delegado de Urbanismo en el ayuntamiento, se mostró de acuerdo con abrir un expediente de modificación del planeamiento vigente por aquel entonces. Añadió que, en el caso de Campo Ebro, existía un riesgo para los puestos de trabajo de entonces y los futuros si el suelo residencial no era convertido en suelo industrial, “al no haber garantías de que la nueva implantación de Campo Ebro se realizase en Aragón”. Y subrayó que los técnicos habían demostrado que la fábrica no tenía por qué ser molesta ni peligrosa para los vecinos si se cumplían las medidas que señalaban. El alcalde leyó una carta de apoyo a esta tesis firmada por la Cámara Agraria Local de Zaragoza. Por su parte, Javier Albo, del PAR, valoró que la empresa tenía interés regional por su incidencia en el campo aragonés. El exalcalde Miguel Merino, en ese momento concejal de UCD, señaló que “la garantía de los puestos de trabajo, la necesidad de ampliación de la empresa y la supervivencia de los vecinos son compatibles”, y citó como ejemplo empresas similares que ha-


El único concejal que se oponía a estudiar la recalificación del terreno opinaba que, precisamente por esa colisión de intereses entre vecinos y trabajadores, exigía “medir bien para no errar”. Era Francisco Polo, del PTA, que hasta enero había formado parte del pacto de izquierda (PSOE, PCE, PTA) del primer gobierno democrático de la ciudad tras la dictadura. Polo recordó que Campo Ebro nunca había acudido a las reuniones de la asociación de vecinos con las empresas contaminantes del sector, y que había rechazado terrenos gratuitos para trasladarse a Zuera. Y es que, según él, la empresa no podía marcharse de Aragón, ya que en su territorio se producía el 40% del maíz nacional. Tras referirse a los aspectos del proyecto que no convencían a los vecinos, los argumentos del voto en contra de Francisco Polo podrían resumirse en que la empresa estaría tratando de colar por la puerta falsa sus pretensiones, que no había comparecido como alegante en la elaboración del Plan General de 1968 ni del Parcial de 1979. También calificó de “chantaje” la actitud de la empresa, ya que se estaría aprovechando de la situación de desempleo creciente para presionar al ayuntamiento con su posible marcha de Aragón. Y dijo que “desde 1974, Campo Ebro sabía que se le podía echar de sus actuales terrenos sin derecho a indemnización en virtud de una sentencia”. La tensión iba en aumento en el salón de plenos. Los vecinos veían cómo se cernía un nuevo obs-

táculo en su lucha de más de diez años contra los olores, los ruidos, el polvo y la contaminación. Ante la demagogia y las falsedades de algunas de las intervenciones, cuando el alcalde se disponía a concluir el debate para dar paso a la votación, según recogía el boletín municipal “Nuestra Zaragoza”, “seguiría un recrudecimiento de la protesta por parte de los miembros de la asociación del Picarral, que el alcalde decidió cortar mientras salían del salón entre gritos de disconformidad simultáneos a los aplausos de los trabajadores de Campo Ebro presentes en la sala”. “Llegamos a ser expulsados dos veces del salón de plenos”, señala Antonio Sofín. “Una en esta ocasión, y la otra cuando se trató el tema de las contribuciones especiales de San Juan de la Peña”, asunto que se abordará en páginas sucesivas. Aquel desalojo del 13 de noviembre de 1980 daría que hablar en la prensa de la época. En los días siguientes, sobre el alcalde recayeron acusaciones de no facilitar cauces de participación a los ciudadanos y de practicar el caciquismo político. También los vecinos del Picarral tuvieron que escucharse violentos ataques procedentes de medios como el Heraldo de Aragón y de varias emisoras de radio, por su actuación ante el pleno. Por eso, catorce asociaciones de barrio hacen pública una nota solidarizándose con ellos y defendiendo su derecho a la libertad de expresión,

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bían adoptado medidas correctoras en otras ciudades europeas. Similar argumentación usó Luis Roldán, representante del PSOE, al afirmar que “no se trata de elegir entre los vecinos, la empresa y sus trabajadores, sino de compaginar todos estos intereses”, y expuso el caso de una fábrica de Bruselas propiedad, al igual que una parte de Campo Ebro, de la multinacional belga Stanley.

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que sería publicada por el mismo Heraldo el 16 de noviembre de 1980.

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Denuncias, juicios, protestas formales, manifestaciones, reuniones… La lucha se prolonga ya más de una década, tanto tiempo como lleva existiendo la propia asociación. Es por lo tanto una lucha que ha marcado y marcará la propia existencia del movimiento vecinal del Picarral. En 1981, lo único que pide la asociación es “la plena ejecución del Plan Parcial del Polígono 43”. La Comisión de Urbanismo de la asociación asegura que la contaminación que produce Campo Ebro es el “problema más grave que tiene el barrio”. Ante este panorama, la Asociación de Vecinos del Picarral, esta vez en unión con la Asamblea Ecologista de Zaragoza, edita su segundo boletín monográfico dedicado íntegramente a los proble-

mas que esta empresa causa en el barrio, titulado “Todo sobre Campo Ebro”. En la presentación de este número, se insiste en recordar la preocupación de la asociación por el mantenimiento de los empleos de Campo Ebro, ya que como se ha visto, interesadamente, se había intentado enfocar el asunto como un conflicto entre vecinos y obreros. “Estas páginas no van dirigidas contra los trabajadores de Campo Ebro ni contra su derecho al puesto de trabajo”, enfatizan. Sin embargo, la asociación sí que dice dirigirse “contra el Consejo de Administración de Campo Ebro que, por ahorrarse dinero en el desarrollo de su fábrica, pretende seguir poniendo en peligro la salud de los habitantes del barrio”. En la introducción del boletín también se afirma que esas páginas “van dirigidas contra los organismos de la Administración que siempre han facilitado esta labor de


Y se cerraba la presentación de este boletín especial con toda una declaración de intenciones: “Queremos definir con esto nuestra solución al problema, una solución que no ponga los derechos de los trabajadores por encima de los de otros, una solución que, además, hoy por hoy, está respaldada por la ley”. Pero, como había quedado patente en aquel famoso pleno de noviembre de 1980, el tratar de enfocar el asunto de Campo Ebro como un enfrentamiento entre vecinos y trabajadores no era nuevo. Según Juanjo Jordá, este enfoque envenenado es algo que “siempre ha pasado. Ha sido lo habitual, que te dijeran que lo que nosotros queríamos era quitarles el puesto de trabajo a los empleados. Ese es el chantaje que siempre han empleado la Administración y las empresas”. Campo Ebro había conseguido convencer hasta a los partidos de izquierda de que la única manera de no jugar con los empleos era quedarse donde estaba. Y la época no estaba como para creer a los ciudadanos que los políticos no hacían nada porque no aumentaran las filas del paro. Mientras los sectores populares de la sociedad, vecinos y trabajadores, estuvieran enfrentados en una batalla que en realidad se libraba en esferas más altas, estos mismos sectores seguirían siendo los principales perjudicados. La colaboración entre la Asociación de Vecinos del Picarral y la Asamblea Ecologista de Zaragoza no se limitó a la publicación de aquel informe titulado “Todo sobre Campo Ebro”. En septiembre de 1981, la asociación lanza de nuevo una

campaña contra el alcalde, a través de notas de prensa y de intervenciones en la radio. La Asamblea Ecologista le ayudó también en la confección de una campaña fotográfica, en la que se tomaban vistas de los humos de la fábrica desde las viviendas cercanas, a diferentes alturas. Luego, estas imágenes se proyectaban para ilustrar las charlas que se daban sobre el asunto en los sectores del barrio más afectados. Aunque estas discusiones también se sacaban a la calle, se celebraban al aire libre para que la situación fuera discutida abiertamente por todos los habitantes del barrio.

Las contribuciones especiales de San Juan de la Peña La campaña contra Campo Ebro continuaba paralela a la que enfrentó al barrio con el Ejército por el asunto de los carros de combate por sus calles. Mientras tanto, surgían nuevos quebraderos de cabeza para la Comisión de Urbanismo. “Después del asunto de los tanques se urbanizó San Juan de la Peña y hubo una batalla contra las contribuciones especiales”, recuerda Jesús Gil. Cuando se arreglaban las calles, pagaba una parte el vecino. Y también “en aquello fuimos pioneros en Zaragoza –asegura Gil-. Hasta entonces, las contribuciones especiales se pagaban y no se discutían”. La historia fue así. A comienzos de 1982, el Ayuntamiento de Zaragoza se dispone a reurbanizar la principal arteria del Picarral, la avenida de San Juan de la Peña, siendo Luis García Nieto el concejal de Urbanismo. Según publicaba el Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza en febrero de ese mismo año, los vecinos debían asumir el 30% del coste de las obras, presupuestadas en 332 millones de pesetas (unos dos millones de euros).

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la empresa: contra los tres últimos ayuntamientos, incluyendo lamentablemente el actual mal llamado de izquierdas, y contra los innumerables gobernadores civiles que han pasado por esta ciudad desde 1970 sin decir esta boca es mía, callando y otorgando”.

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Jordá-, nuestra primera intención era que lo pagase el Ejército”. Al final, no fue esa la solución que se adoptó, pero lo que importa es que “conseguimos modificar la postura del Ayuntamiento, logrando que asumieran parte del coste las empresas, rebajando una cantidad importante a los vecinos. Así mismo, las personas mayores y otros vecinos con pocos recursos fueron eximidos del pago”, en palabras de Jesús Gil, que añade que esto “supuso un logro importante como premio a la movilización vecinal”.

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Los vecinos se negaban a pagar. Y motivos no les faltaban. La prensa de la época se hizo eco de la asamblea celebrada por la Asociación de Vecinos del Picarral, el 15 de marzo de 1982. Con una asistencia masiva, las conclusiones de aquella asamblea se resumen en que no es una calle, sino una avenida de gran afluencia de tráfico ajeno al barrio, como son los camiones de gran tonelaje y los tanques; que los vecinos ya cumplen con sus impuestos; y que “el lamentable estado de la avenida se debe en gran parte a la chapuza que en su día realizó el anterior ayuntamiento, al no hacer levantar las vías de los antiguos tranvías”. Por consiguiente, los vecinos acuerdan por unanimidad rechazar las contribuciones especiales y “que sean los auténticos causantes los que paguen”. “Como toda esta historia surgió a continuación de la de los tanques –señala Juanjo

En octubre de 1985, todavía podía leerse en el boletín de la asociación de vecinos: “A ver si terminan las obras”. Y eso, a pesar de que en 1982, el concejal Luis García Nieto se había comprometido a reducir a doce meses la duración de la remodelación, prevista inicialmente para dieciocho meses, con el objetivo de “acortar los costos de ejecución”, según recogía la prensa local el 18 de marzo de ese año. Por ello, los vecinos reclaman ver todos los informes de costes, expropiaciones, prórrogas… La novedad de este caso es que “por primera vez en Zaragoza” se iba “a aplicar esta regla tan sencilla: que paguen todos”, y no solo quienes vivían en la calle. Lo que ahora hacía falta es que “la contribución por el interés mercantil, industrial o de zona sea la que en justicia corresponde”, pedía la asociación. Estaba por ver el desenlace, pero “para algo han servido estos años de lucha”, aseguraban desde la asociación. Y harían falta unas elecciones locales y una nueva corporación municipal en el poder para ver resuelto el tema. En enero de 1988, se resuelven las alegaciones que se presentaron ante el consistorio por este asunto. Finalmente, el Ayuntamiento de Zaragoza acepta pasar los recibos de


En 1989, el tema aún sigue dando que hablar, pero esta vez para bien. Y es que, todas aquellas personas que, por no llegar a unos ingresos equivalentes al salario mínimo interprofesional, y que solicitaron a través de la asociación de vecinos “una consideración especial de su caso”, vieron atendida su petición. “Esta vez parece que han funcionado unos criterios que siempre hemos querido tener presentes en todo tipo de reivindicación ciudadana”, se felicitaba la asociación desde su boletín. Con esta sensación de satisfacción por el trabajo bien hecho, se cerraba un capítulo urbanístico que, entre unas cosas y otras, se había prolongado durante prácticamente toda la década de los ochenta.

Hartos de polución El ecuador de la década de los ochenta es un periodo de gran actividad para la asociación de vecinos del Picarral con respecto al medio ambiente. La contaminación es considerada como “el mayor problema que padece el barrio” por muchos de quienes ahí vivían. Y es que la situación había alcanzado ya “niveles insoportables”. Ya podía lucir un sol radiante en la ciudad, que muchos días ni se notaba en el barrio por las densas nieblas y humos que todo lo envolvían. Por eso, aseguraban, que “lo que toda persona seria reconoce a estas alturas es que, en este tema, el barrio tiene razón”. Y añadían que “la paja, el quemadillo y el humo ocre son un estímulo constante para empeñarnos en tener un barrio mejor”. Y así fue durante mucho tiempo.

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forma individual a cada vecino y propietario de locales, y no por comunidades.

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“Los remedios puestos por Campo Ebro y Saica no han sido suficientes”, afirmaba la asociación de mayo de 1985. “Basta con abrir las ventanas. Así lo reconoce el ayuntamiento, que reclama nuevas medidas correctoras. Menos a Rico (Echevarría). ¿Qué tendrá Rico, que además de contaminante es peligrosa?”, preguntaban. Además, el 28 de octubre de aquel año, se registró una fuerte explosión en esta empresa que sobresaltó al vecindario, a pesar de lo acostumbrado al ruido que estaba, pues tres días antes se habían llegado a medir cien decibelios de ruido en plena medianoche desde las cercanas casas de Torralba. Mientras tanto, con el nuevo Plan General de Ordenación Urbana, que contó con el primer visto bueno del Pleno el día 17 de julio de 1985, el Ayuntamiento de Zaragoza recalificaba los terrenos que ocupaba Campo Ebro, legalizando la situación de la fábrica que, hasta entonces, había

permanecido fuera de ordenación. El consistorio le metió un gol por toda la escuadra al barrio con esta jugada. Y esto, cuando la empresa ni siquiera había puesto en funcionamiento las medidas correctoras a las que nuevamente se había comprometido en 1984 y que, por cierto, el ayuntamiento había considerado “insuficientes”. “Se nos dijo que le iban a exigir unas medidas correctoras muy severas, y eso fue mentira, no le exigieron casi nada. Y lo poco que le pidieron se lo pasaron por…”, recuerda con enfado Juanjo Jordá. Se ve que la legalización de la fábrica era el premio por no cumplirlas. Y eso que aquel año se había comprobado cómo se superaba el máximo de contaminación permitido hasta en dieciocho ocasiones diferentes a lo largo de siete meses. Desde la asociación se critica “la inoperancia de las medidas tomadas por esta empresa con el beneplácito del ayuntamiento”.


Como colofón a ese año calentito, el 22 de diciembre se convocó una manifestación. Pero esta vez, la asociación del Picarral no iba a estar sola. Otros colectivos de la Margen Izquierda del Ebro afectados por la contaminación iban a unírseles. Y, de hecho, la situación de la contaminación a este lado del Ebro había llegado a tal punto de insostenibilidad, que la noticia de

las protestas vecinales trasciende el ámbito puramente local y las repercusiones llegan ya fuera de Aragón. Prueba de ello es la media página que el diario El País le dedica al tema, en la Nochebuena de 1985. Mientras tanto, Saica “ha seguido ampliando y oliendo”, se denunciaba a comienzos de 1986. La fábrica de papel se encuentra en plena ejecución de un nuevo colector para verter sus aguas residuales directamente al Ebro, lo cual provoca airadas protestas entre los vecinos del barrio Jesús, “que temen que les lleguen los olores que perfuman Arrabal y Picarral”, por lo que sus asociaciones de vecinos entran en contacto para coordinar esfuerzos. Los vecinos del Picarral veían cómo nada hacía el consistorio para impedir que Rico Echevarría ampliase sus instalaciones “al parecer, sin

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Los últimos meses del año fueron intensos en lo que respecta a la lucha contra la contaminación, tanto en movilizaciones como en gestiones. Todas las semanas hay reuniones, asambleas, pegadas de carteles, manifestaciones por el barrio o caravanas de coches por el centro de la ciudad y ante el ayuntamiento. Y es que aquel año no había tregua. El 4 de diciembre, después de medir por enésima vez la contaminación del aire, los vecinos interponían otra denuncia contra Campo Ebro por exceder los niveles legales.

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participar en las tareas de control a desarrollarse en una mesa negociadora junto al ayuntamiento, DGA, empresas y trabajadores. Y recordaban la promesa de Campo Ebro de ceder una parcela para equipamientos del barrio (colegio, guardería y zona verde), que la empresa ya había ofrecido a la primera corporación presidida por Sainz de Varanda.

permiso municipal”. Y mientras, por otro lado, editaba “siete cuidados folletos con la ordenanza de medio ambiente. ¿Para qué servirán?”, se preguntaban desde la asociación.

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Otro ejemplo de incoherencia eran las subvenciones que la DGA otorgó en 1985 a Rico Echevarría (11,5 millones de pesetas) y a Saica (65 millones), a la vez que les llovían las reclamaciones de medidas correctoras por parte de la Concejalía de Medio Ambiente. “¿Es que no puede haber más coherencia y coordinación entre estos organismos?”, clamaba la asociación. Y tachaba de “ridícula” la multa de 100.000 pesetas impuesta a Rico (la máxima permitida entonces a la Alcaldía) por incomparecencia ante los requerimientos del ayuntamiento, “¡y no por contaminar!”, enfatizaban escandalizados en el Picarral, desde las páginas del boletín de la asociación editado en diciembre. El Ayuntamiento de Zaragoza promete mejorar las cosas pidiendo la declaración del Picarral como zona contaminada ante el Consejo de Ministros. Pero, de momento, ni siquiera había iniciado los trámites. Y mientras, los vecinos seguían reclamando nuevos estudios sobre el impacto de la contaminación industrial entre los habitantes del barrio. También exigían poder

Y tantos años después de que comenzara esta demanda vecinal, todavía está pendiente definir a qué tipo de equipamiento se destinará tal parcela. Cuando se cumple el cuarenta aniversario de la Asociación de Vecinos del Picarral, sería “un buen momento” para celebrar el treinta cumpleaños de una reivindicación vecinal. “Nos da igual que sea un centro municipal de juventud, de infancia o lo que sea. Queremos compromisos”, afirmaba Juanjo Jordá en unas declaraciones recogidas en El Periódico de Aragón. En 1986, la asociación de vecinos del Picarral, en su lucha contra la contaminación, sigue sumando esfuerzos con las asociaciones de otros barrios, como las de La Cartuja, Las Fuentes y San José, con las que forma una Comisión de Medio Ambiente para estudiar y programar acciones conjuntas. Ramón Saiz de Varanda había muerto el 10 de enero de 1986, y es sustituido en el cargo por Antonio González Triviño. El 24 de marzo, el Ayuntamiento de Zaragoza aprueba las Ordenanzas Municipales de Medio Ambiente, el instrumento legal que el consistorio decía necesitar para atajar el problema de la contaminación en el barrio. Pero aún está por ver si, con el nuevo alcalde, estas “están ahí para adorno o para algo más”, se temían desde la asociación. Como el “muro de la vergüenza” calificó la asociación a uno de los “parches” de los que Campo Ebro se dotó, elevando once metros la tapia para que los ruidos no fuesen tan molestos para los


La Asociación de Vecinos del Picarral invita al nuevo alcalde a visitar el barrio para que conozca de primera mano todos los problemas urbanísticos de la zona. “Bueno, en realidad, cuando hay elecciones y entra un nuevo equipo de gobierno, mandamos nuestro saluda y nuestra relación de necesidades y le planteamos también una reunión de trabajo. Esto es ya una tradición”, señala Juanjo Jordá. “Y antes de las elecciones se les manda también a todos los partidos”, añade Antonio Sofín. La contaminación industrial es el principal problema que se le traslada a Triviño en aquella visita, pero no el único. El alumbrado público del camino de los Molinos, la revisión del Plan General por parte de la DGA, la resolución definitiva del asunto de las contribuciones especiales por la reforma de San Juan de la Peña o el estrangulamiento de esta arteria vial a la altura del bar La Hélice son otros de los temas pendientes que afectan en especial a los vecinos del barrio. El bar La Hélice estaba situado entre la farmacia de San Juan de la Peña y la calle Valle de Arán, frente al camino de los Molinos. Era lugar de reunión habitual de aquellos vips que querían huir de las miradas curiosas que abundan en el centro de la ciudad, como los jugadores del Real

Zaragoza. El establecimiento invadía parte de la calzada, “pero además estaba sobre un depósito de gasolina, y había que eliminarlo para ampliar la calle”, recuerda Antonio Sofín. “El tema es que esto impedía la ampliación de San Juan de la Peña, y entonces estábamos ya con la batalla de las contribuciones especiales”, puntualiza Juanjo Jordá. “Y aquí no se pusieron de acuerdo el ayuntamiento y Dionisio, el propietario. Entonces estaba de teniente de alcalde de Urbanismo Mariano Bergés. Y ahí, lo que hizo la asociación fue mediar y sentarlos a negociar a la mesa hasta que se pusieron de acuerdo. Mariano Bergés reconoció públicamente nuestra labor y dijo que, sin la asociación, aquello no se habría desatascado. Le expropiaron, el propietario se llevó algo menos de lo que hubiera querido, los otros pagarían algo más de lo que querían, pero se solucionó”. “Así se había pegado el ayuntamiento dos años hasta que fuimos dos pelaos, los convencimos, y se pusieron de acuerdo”, recuerda Antonio Sofín. La primavera de 1986 fue intensa en cuanto a acciones de protesta. El 5 de mayo tiene lugar el pleno que da su aprobación definitiva al plan general que recalifica el solar de Campo Ebro, pasando de uso urbano residencial a tener la

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vecinos de los pisos de Torralba. Y funcionaba a ras de suelo. Pero, como es lógico, en los pisos altos no solo no solucionaba nada, sino que el ruido aún se nota más. Y, mientras tanto, de los diecisiete focos más contaminantes de la ciudad, seis afectaban de lleno al Picarral: además de la propia Campo Ebro, también estaban Saica, Rico Echeverría, Pygasa, Aceros Especiales Zaragoza y Fundiciones Especiales Aragón. Continúan por lo tanto las medidas de control y las denuncias por parte de los vecinos, que sufren cada vez con más intensidad picores en ojos y garganta.

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calificación de suelo industrial especial, sometido como tal a un plan parcial como zona de intervención. Los vecinos del Picarral proponen sus propias aportaciones durante la tramitación de las Ordenanzas de Medio Ambiente y del PGOU, solicitando que aquella recalificación quedase condicionada a la seguridad de que se cumpliesen las diferentes normativas. A lo largo de ese mes de mayo, se suceden cada jueves manifestaciones contra la contaminación, “que en los últimos cinco años ha aumentado de un modo alarmante”, según denunciaba la asociación desde la prensa y las radios, mientras los sucesivos ayuntamientos se muestran “débiles ante las empresas e inoperantes ante las exigencias de los vecinos”. La Comisión de Afectados por la Contaminación y la Asociación de Vecinos del Picarral solicitan una reunión con González Triviño, que acude a una asamblea de vecinos celebrada en el comedor del colegio San Braulio, el 30 de mayo de 1986, y que sirve como colofón a un mes cuajado de movilizaciones.

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En esa reunión, en la que el alcalde responde a las preguntas que le plantea la gente, el primer edil presenta como punto de partida la nueva normativa sobre medio ambiente, “que todos tendrán que cumplir, sean quienes sean”. La salud de los vecinos sigue siendo innegociable “y en esto empeño mi palabra”, asegura González Triviño. Además, así como afirmó sobre Rico Echevarría y Saica que “si cumplen la ordenanza, eliminarán la contaminación”, sobre Campo Ebro aseguró mostrarse “más pesimista porque es mucho lo que tienen que corregir; pero si después de todos los esfuerzos y atribuciones que confiere la ordenanza no hay solución, habrá que pensar en el traslado”. El alcalde se acerca a la gente de los barrios pero está aún por ver si todo se queda en buenas pa-

labras o por fin empieza a haber frutos. Aunque esto no le libra de las críticas de los vecinos. Por ejemplo, por la “contribución del ayuntamiento a la lucha contra la contaminación”, rezaba irónicamente el boletín de la asociación del Picarral de junio de 1986, como fue “tapar las pintadas de San Juan de la Peña” alusivas al tema, justo “antes de que pasase por el barrio la Vuelta Ciclista a España, no vaya a ser que se viera por televisión”. Una de cal y otra de arena. “Otra contribución del ayuntamiento” a la causa, según podía leerse a renglón seguido en ese número del boletín “Picarral”, fue solicitar a la DGA que impusiera una multa de cinco millones [de pesetas, unos 30.000 euros] a Rico. “Nos hemos enterado de que los consejeros siguen los trámites para imponérsela. ¿Los habrán terminado para el año 2000?”. La reunión del alcalde con los vecinos transcurre entre abucheos y aplausos, según discurren los derroteros de la charla, pues los problemas ambientales son ya tan graves en el barrio que su discusión desata encendidas pasiones. El nuevo responsable del Ayuntamiento de Zaragoza quiso dejar patente el interés con el que la nueva corporación que él presidía se tomaba los problemas del Picarral, sacando a relucir algunos asuntos que preocupaban al barrio, como la posible adquisición de la nave de Campsa en San Juan de la Peña para equipamientos municipales o la ampliación del colegio San Braulio. La reunión concluyó bien entrada la noche y ya no fue posible, como estaba proyectado, dar una vuelta a pie por el barrio para que el edil conociese de primera mano cuestiones aún pendientes. La adquisición del antiguo garaje de Campsa por parte del ayuntamiento era celebrada como “otro logro” de la asociación en la contraportada de aquel boletín de junio del 86, tras años reivindicándola. En esta página se especulaba sobre


La asociación se queja al alcalde por no haberles informado directamente del cambio de postura del consistorio, aunque reconoce que el coste estimado de la reforma les parece desmesurado.

Dada la importancia que para la asociación tiene este equipamiento, se llega a un acuerdo con el alcalde por el que se compromete a presentar un proyecto alternativo en el plazo de un mes, con un presupuesto más ajustado. El Ayuntamiento de Zaragoza facilita a la asociación los planos de la nave, y un equipo de arquitectos trabaja desinteresadamente en la redacción del nuevo proyecto. Para su elaboración se cuenta con la opinión de todas las APAS, clubes y asociaciones del barrio. Pero el asunto iba a quedar atascado sine die. En marzo de 1988, por ejemplo, el tema vuelve a salir a relucir en el boletín de la asociación de vecinos. “Han hecho unos arreglos, suponemos que por iniciativa del propietario, y mientras, el expediente sigue archivado en los armarios mu-

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los posibles usos que se podrían dar a esos 5.000 metros cuadrados de nave situada en medio del barrio: culturales, recreativos, deportivos, asociativos… Pero el gozo pronto quedaría en un pozo. A finales de año, en el boletín de diciembre, la asociación tenía que explicar a los vecinos que, “pese a habernos ilusionado con que este garaje se remodelaría para ser un centro cívico, cultural y deportivo, nos enteramos por la prensa de que el ayuntamiento había desestimado la idea de su adquisición y remodelación, porque todo ello ascendía a la cifra de 197 millones de pesetas” [casi 1,2 millones de euros].

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nicipales…”. Después de años paralizado, es en 1992 cuando por fin parece que puede desatascarse el asunto del garaje de Campsa, si bien no del modo en que hubieran deseado los vecinos. La empresa propietaria solicita al ayuntamiento la recalificación como urbanizables de esos terrenos destinados a servicios. Los vecinos, reunidos en asamblea, deciden dar su conformidad pero con unas condiciones muy concretas. Es decir, que “repercuta en beneficio de los vecinos por las cesiones que se hagan al barrio. Por un lado, la construcción de una plaza en San Juan de la Peña. Por otro lado, que se haga la cesión al ayuntamiento de un porcentaje por vivienda construida”.

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Al final, tras años de tiras y aflojas con diversas corporaciones municipales, se acabaron levantando pisos en donde estaba ubicado el garaje, y los propietarios dejaron suelo libre para construir una pequeña plaza, gracias a que desde la asociación se insistió para que se materializasen las cesiones correspondientes. El asunto del antiguo garaje de Campsa aún volvería a salir a relucir a mediados del año 2000, porque la Comisión de Urbanismo denuncia que el ayuntamiento “se ha guardado” los 48 millones de pesetas (casi 290.000 euros) que los propietarios del suelo acordaron, con la asociación y el propio consistorio, que cederían en el momento de su edificación.

Más planes parciales Uno de los asuntos urbanísticos con más enjundia con los que se cierra la década de los ochenta en el Picarral es el de la zona de intervención U-43-1; o lo que es lo mismo, el Plan Parcial de Campo Ebro, para que se entienda mejor. “Es una obligación del Plan General de Ordenación Urbana para este barrio sin equipamientos”, se

lamentaba la asociación de vecinos en octubre de 1987. “Aunque al lado de la empresa contaminante no sabemos qué feliz idea de equipamientos proyectará el ayuntamiento”. Esta intervención urbanística, que además de la manzana de la fábrica de Campo Ebro comprendía los terrenos de otras empresas como Talleres Daga, Talleres Mendivil y varias parcelas de la calle Somport, había de dejar despejada la calle Monte Perdido, “que Geplasmetal ocupó a las bravas”, además de habilitar una zona verde y algunos equipamientos más que el barrio deseaba como agua de mayo. “Pero como Campo Ebro está en plan de reconversión, pues vaya usted a saber lo que le permitirá el ayuntamiento”, planeaba entonces sobre las cabezas de los vecinos. Esta reconversión se tradujo en la ampliación de la nave dedicada a la elaboración de isoglucosas. A principios de 1988, la asociación de vecinos del Picarral promueve contactos con los vecinos más directamente afectados (Torralba, San Juan de la Peña 181 y Hogar Cristiano) y, después de una asamblea, presenta un escrito al ayuntamiento con más de un millar de firmas, iniciativa a la que se suman las trece asociaciones de barrio de la Margen Izquierda. Unas semanas más tarde, con motivo de la aprobación inicial del citado plan parcial en el pleno municipal, han de volver a la carga con las alegaciones “en defensa de elementales derechos e intereses para evitar que el pez grande se coma al chico”. Y es que el plan reducía la zona destinada a servicios para el barrio de los 27.000 metros cuadrados inicialmente previstos hasta menos de 11.000, “y consistían solamente en una placica para ir a pasear más cerca de los olores y demás contaminación”, denunciaba la asociación del Picarral desde su boletín de marzo del 88. Por aquellas mismas fechas, se encontraba en plena ejecución el vial de conexión de Valle de


Otro Plan Parcial que afectaba de lleno al Picarral es el que correspondía a los terrenos de la fábrica de Caitasa. Este implicaba la prolongación de las calles Juslibol y Somport hasta Salvador Allende, que se conectase la parte vieja del barrio con la nueva expansión por la zona de Zalfonada, así como una rehabilitación de esta área tan deteriorada del barrio. Mientras se le daba una solución definitiva, la asociación de vecinos reclamaba que, al menos, se vallasen los solares, que eran un campo minado de jeringuillas y porquería. En 1989, los vecinos tienen conocimiento de que en estos terrenos de Caitasa se prevé levantar unos mil pisos. Entre los equipamientos a construir figuraba un colegio, un preescolar, zonas verdes, un área sanitaria y una religiosa. La asociación de vecinos del Picarral, junto con los afectados y con las entidades deportivas del barrio, presenta alegaciones para que se mantengan las parcelas habitadas en el camino de Juslibol. También propone que se realicen las gestiones oportunas con el Ministerio de Educación y Ciencia y con el

Insalud para ver si las parcelas asignadas iban a ser empleadas, pues en caso contrario se solicitaría el cambio de uso. Solicitan la cesión por parte de la constructora de bajos para equipamientos del barrio. Y también la ejecución de una zona deportiva que, manteniendo el campo de fútbol, se ampliaría con pistas de atletismo. Esta última cuestión era “de mucha importancia para el barrio”, ya que al ser el último solar urbanizable “no podíamos consentir que desaparezca la única dotación deportiva existente, la cual queríamos mejorar pensando en el mañana”, informaba la Comisión de Urbanismo de la asociación a sus vecinos, en abril del 89. La asociación no quiere olvidarse de los más de 200 trabajadores de Caitasa que, además de perder su puesto de trabajo, no habían cobrado la indemnización que legalmente les correspondía. Mientras tanto, las Cortes de Aragón presentan un informe sobre el medio ambiente en la comunidad autónoma. Por supuesto, no faltaban en él referencias a las fábricas del Picarral. “Pero, como ocurre casi siempre, ese informe era defectuoso”, denunciaba la asociación. “Para la DGA, las empresas no huelen, no hacen ruido ni humos. Estos señores tampoco se enteran. O defienden otros intereses distintos de los de los vecinos del barrio”. Por ello, los representantes vecinales estudian distintas respuestas ante la Consejería de Industria y la Dirección de Medio Ambiente, e incluso la presentación de una moción en las Cortes. Y vuelta de nuevo a la omnipresente Campo Ebro, cuyo plan parcial seguía aún en el aire. La oposición de la asociación de vecinos a la ampliación de la planta de isoglucosas ha sido aceptada por la Audiencia Provincial, “lo cual quiere decir que el ayuntamiento no tenía razón y nosotros sí”, asegura el boletín de la asociación.

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Broto con Marqués de la Cadena. “A ver si se termina antes el puente de La Unión o esta corta conexión entre nuestro barrio y el de la Jota, tan unidos por tantos problemas comunes y tan alejados por las comunicaciones”, se planteaba desde esas mismas páginas. Y es que dos barrios prácticamente anexos estaban separados por una cicatriz urbana insalvable. Pero se acabó salvando, mejorando sobremanera las comunicaciones de la Margen Izquierda, al quedar conectados todos sus barrios desde el puente de La Unión hasta el de la Almozara por lo que se considera el segundo cinturón de Zaragoza. Lo increíble es que estos viales no se hubieran completado antes. Ante las elecciones de mayo de 1991, la asociación de vecinos seguía reclamando que se culminase esta obra.

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“Mientras no se elabore el plan de la zona U-431, que afecta a numerosos vecinos en particular y al barrio en general, ni habrá licencias ni habrá una solución que respete todos los derechos. Lo que no vamos a consentir es quedarnos sin los servicios y demás viarios derivados de ese plan; que sigan las molestias y continúe funcionando la planta en las condiciones actuales… con fallo de la Audiencia o sin fallo”. Estaba por ver cómo respondían los nuevos propietarios, pues la antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, que más o menos a partir de entonces empezó a conocerse como IberCaja, había vendido su participación en la empresa a la multinacional belga que actuaba como socio tecnológico, pasando Campo Ebro a llamarse Amylum Ibérica. Luego se haría con la fábrica la compañía británica Tate & Lyle, hasta su venta en 2007 a la firma francesa Syral. Pero eso sería más adelante.

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Con el cambio de década, muchos de los problemas urbanísticos del Picarral siguen arrastrándose desde hace años. Sin ir más lejos, entre el listado de exigencias que la asociación de vecinos presenta a los partidos políticos ante las elecciones municipales del 26 de mayo de 1991, se sigue reclamando la puesta en marcha de los servicios previstos en el Plan Parcial del Polígono 43 de 1979. Quedan pendientes también cesiones de suelo y la construcción de servicios de las operaciones inmobiliarias derivadas del desmantelamiento de las fábricas que se ha ido sucediendo con los años, como es el caso de los terrenos de las antiguas Caitasa o Tusa.

Las gasolineras Van surgiendo nuevos asuntos relacionados con el urbanismo que centran la acción de los vecinos del Picarral. A finales de 1992, la asociación

tiene motivos para felicitarse, pues el movimiento vecinal ha conseguido anotarse una victoria al lograr poner freno a la pretensión del ayuntamiento de instalar una gasolinera en San Juan de la Peña. “Este asunto nace de un plan que García Nieto plantea para instalar un paquete de diez gasolineras en Zaragoza. Hoy son solo nueve”, señala Juanjo Jordá, rememorando aquel logro. “La FABZ marcó una estrategia para impedir la instalación de las diez gasolineras -continúa-. Con la del Picarral sí que se pudo hacer algo porque la gente salió a la calle para rechazarla. Se iba a colocar en donde hoy están los Jardines de la Concordia. Ahí lo que hicimos fue invitar a los grupos municipales a las asambleas. Me acuerdo del encuentro con Emilio Comín, del PSOE, que vino al barrio y fuimos paseando. Yo le dije: ‘Mira este parque, qué majo’. Y él: ‘Sí, es verdad’. Y le suelto: ‘Es como si se os ocurriese poner una gasolinera aquí’. Y él responde: ‘Hombre, ¿cómo se nos va a ocurrir ponerla ahí?’. Y yo le contesté: ‘Pues ahí es dónde pretendéis que se construya’. Se quedó anonadado”. Más de 3.000 firmas, continuas apariciones en los medios de comunicación, el emplazamiento a los concejales para que, ante el vecindario, argumentasen su posición sobre el problema y, sobre todo, la presencia vecinal en la calle para manifestar de forma pacífica su malestar por el proyecto; todo ello contribuyó a que el ayuntamiento dejase desierto el concurso para la instalación del surtidor. “Al final, se consiguió que se hiciera la zona verde y le llamamos los Jardines de la Concordia, por todo lo que nos había costado conseguirla. Fue una lucha muy desigual. La constructora no lo había entregado en su día y aún intentaron construir ahí. Pero se consiguió convertirlo en zona verde con la participación de los vecinos. Y la gente entendió que era su parque”, relata Jordá.


Hacía una década, la presión vecinal había logrado echar la del Picarral para atrás, a pesar de que otras nueve fueron diseminadas por Zaragoza. Aunque a finales de 1999, el Tribunal Supremo dictó una sentencia a favor de la FABZ dando la razón a los vecinos de los otros barrios. ¿Funcionaría esta vez la presión popular? ¿Tendrían los responsables públicos en cuenta el peligro que supondrían estos tanques de combustible “a menos de cien metros de dos grandes industrias como Aceralia [el nombre que había adquirido Rico Echeverría tras su adquisición por esta multinacional] y Saica”, a menos de cincuenta de “más de 300 viviendas” y a menos de veinte del parque Jardines de la Concordia? La iniciativa no solo causó rechazo en el Picarral. A instancias de la asociación de vecinos, el Pleno de la Junta Municipal de la Margen

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Quizás fue demasiado pronto para cantar victoria. Se había ganado aquella batalla, pero no la guerra. “Fue la única gasolinera que no se puso. Eso sí, lo hemos pagado a precio de oro”, opina Juanjo Jordá. Y es que, solo diez años después, el ayuntamiento presidido por el popular José Atarés plantea instalar otra gasolinera justo en frente. El número de Picarral Expres de abril de 2002 se abría con un titular que parecía volver la vista atrás una década, pero que en realidad estaba de plena actualidad: “¡Peligro! Gasolinera a la vista”. Y es que la Comisión de Urbanismo del Ayuntamiento de Zaragoza había decidido por unanimidad informar favorablemente de la solicitud de licencia de instalación para una estación de servicio en San Juan de la Peña, angular al camino de Los Molinos. Esto es, “que nos quieren colocar una gasolinera a 20 metros de donde hace ya diez años quisieron implantar otra”, protestaba la asociación.

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Izquierda aprobaba también por decisión unánime de los mismos cuatro partidos políticos que habían aprobado la instalación, una moción para impedir la implantación de esta nueva gasolinera. Ahora, el reto era conseguir que cuando el expediente volviese al Ayuntamiento de Zaragoza, los grupos municipales no le diesen el visto bueno. Por si acaso, como medida de presión, la asociación de vecinos remitió una carta al consejero de Obras Públicas, Javier Velasco, solicitándole que interviniera ante Ordenación del Territorio para que informase desfavorablemente sobre la concesión de la licencia. La asociación estaba dispuesta a estudiar cualquier medida con tal de impedir la instalación de la gasolinera, que supondría “un nuevo deterioro en la calidad de vida del barrio”.

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Y lo lograron. Hoy, cualquiera puede comprobar que no hay ninguna gasolinera en el cruce del camino de Los Molinos con San Juan de la Peña. Pero, ¿a qué precio? “Ahí entramos en acción más tarde que diez años antes y, como los propietarios ya tenían algún derecho adquirido para hacer una estación de servicio, el ayuntamiento les pagó el suelo, la gasolinera y los beneficios que habrían tenido en dos o tres décadas. Ahí sí que somos muy críticos con el ayuntamiento porque si hubieran hecho lo que tenían que hacer, es decir, informar a los vecinos con un mes de antelación de que iban a conceder la licencia, tal y como tienen la obligación de hacer, hubiésemos puesto las alegaciones correspondientes y al Ayuntamiento de Zaragoza, es decir, al dinero de los zaragozanos, le habríamos salvado de pagar una cantidad muy importante”, reconoce Juanjo Jordá. “Se hablaba de que tuvieron que pagarles 250 millones de pesetas (1,5 millones de euros)”, añade Antonio Sofín. “Pero es que en el solar había unas casas de dos plantas que les dieron dos

duros por tirarlas, así es que el valor de aquello no era nada”, apostilla Jordá.

Viviendas por fábricas El barrio había ido creciendo desde hacía unos años por la parte de Zalfonada. La avenida Salvador Allende va ganando peso como arteria principal del barrio, con el consiguiente incremento del tráfico. En el boletín de diciembre del 92, un vecino de la zona, llamado Máximo Jesús Pérez Güell, firma un artículo para denunciar el peligro que implica el cruce de Salvador Allende con Pablo Ruiz Picasso, a la altura del puente de la autopista, donde ya se había producido algún accidente con resultado de muerte. Pérez Güell cuenta con el respaldo de la asociación en su petición de algo tan sencillo como es la instalación de un semáforo en este cruce. Y mientras tanto, en el corazón del Picarral viejo, se sucede el tiempo pero no así las soluciones a muchos de los problemas urbanísticos y ambientales que se arrastran desde hace años. A mediados de 1993, la asociación sigue pidiendo respuestas al Ayuntamiento de Zaragoza por temas ya clásicos a esas alturas como el Plan del Polígono 43, la urbanización y equipamientos pendientes en las zonas de Caitasa, Tusa y, como no, de Campo Ebro. Sobre esta última, además, nada se sabe de si está aplicando o no las medidas correctoras a las que le obligaba el plan vigente. Y encima, se teme que el suelo de Geplasmetal, “por falta de decisión política del ayuntamiento”, acabe sirviendo para ampliar la fábrica de transformación de maíz. Por eso, la asociación solicita “que se recalifique y deje de ser terreno industrial”. Los vecinos exigen también por esas fechas el inicio de obras ya proyectadas, como el polideportivo de San Braulio o la apertura de la calle Monte Perdido.


Otro tema urbanístico con visos de resolverse es el de las viviendas levantadas entre San Juan de la Peña, camino Los Molinos y Alcalde Caballero. Erigidas por el constructor sobre suelo calificado como industrial, pendía sobre ellas una sentencia de derribo, “nada menos que del Tribunal Supremo”. Pero el citado informe de marzo del 95 disipa los temores porque ya “está en trámite la recalificación de ese suelo” como urbanizable.

Briceño y Tabuenca, propietarios de los solares de Caitasa, ceden al ayuntamiento pisos y solares fuera del barrio por valor de 121 millones de pesetas de la época (algo más de 725.000 euros). Además, se comprometen a modificar el campo de fútbol del Picarral, valorado en otros 40

Queda pendiente sin embargo el cierre del segundo cinturón, que prolonga Valle de Broto por Marqués de la Cadena hasta La Jota, y que por esas fechas sigue sin asfaltar. La asociación apremia a hacerlo ya e insta al ayuntamiento a que aproveche para reordenar el transporte pú-

millones (más de 240.000 euros). Este equipamiento vendrá a unirse al nuevo pabellón de San Braulio, formando toda una nueva área deportiva de la que podrá beneficiarse todo el barrio. Esta actuación va “a dar una configuración renovada a todo el camino de Juslibol y a los bloques históricos del Grupo Franco”. Además, se espera que sirva “para dar un empujón a la apertura por el sur de la calle Monte Perdido” y para que los grupos Polanco y Ortiz de Zárate “queden bien integrados en el conjunto. Entonces sí que habremos logrado una aspiración hace muchos años soñada”.

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Es en 1994 cuando por fin parece que “está llegando a su final la urbanización de nuestro barrio” con la edificación de viviendas en los terrenos de las antiguas fábricas de Tusa y Caitasa. La mejora será estética pero también repercutirá positivamente en los problemas de salubridad en los que se habían convertido estos solares, que acumulaban escombros, suciedad y ratas a partes iguales. En un informe que la asociación incluye en su boletín de marzo de 1995 para analizar “los temas que ocuparán los trabajos de la Comisión de Urbanismo en los próximos años”, queda patente la esperanza de que la urbanización del sector de Caitasa sea “decisiva para la configuración definitiva del barrio del Picarral, no solo porque completará la parte de Zalfonada, sino porque los equipamientos que en su zona de influencia se generen han de servir para obtener el conjunto de recursos culturales y sociales, de entramado urbano y de integración en el bloque de la ciudad que va a permitirnos superar esa sensación de que mientras no se pasa el Ebro no se está en Zaragoza”.

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blico de la Margen Izquierda con líneas de circunvalación. Entonces se pide ya la apertura de una plaza en la calle Juslibol, frente a la nueva parroquia de Belén, la que años más tarde se construirá dedicada a Juan Acha.

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Hay una propuesta para edificar viviendas sobre los suelos de la antigua Geplasmetal. La asociación vuelve a insistir en que “sería la ocasión para recalificar todos los terrenos colindantes”, con un ojo puesto en los posibles equipamientos nuevos y el otro en una temida ampliación más de Campo Ebro. Volvió a salir a relucir. Es inevitable. “Ahora que vuelvo a estar de continuo en el barrio”, relataba Luis Anoro, “vuelvo a notar ese olor característico a Campo Ebro; vuelvo a escuchar a personas que me hablan de ruidos…”, escribía en el boletín de marzo del 95

este jesuita que había llegado a la parroquia de Belén en los 60. En mayo de 1995, concluyen por fin las obras del pabellón polideportivo de San Braulio, y en septiembre, el ayuntamiento recepciona la obra. La APA del colegio y la asociación de vecinos mantienen una serie de reuniones con los concejales Villar y Santa Cruz, quienes les dan “su palabra de abrirlo el 2 de enero”. Pero seis meses después, la instalación sigue sin abrir. “Creímos que sería de este año, pero igual es de 1998”, se queja la asociación en 1996. Con este último concejal, Santa Cruz, se reúne también la asociación, junto a los clubes de fútbol de San Gregorio y Balsas Picarral para tratar el tema de la construcción del campo de fútbol del barrio. “La conclusión a la que se llegó es que nos están to-


Campo Ebro está de nuevo de actualidad. En 1997, el pleno de marzo de la Junta de Distrito comunica la intención de soterrar la línea de alta tensión (45.000 voltios) que discurre entre esta fábrica y Rico Echevarría, atravesando Jardines de la Concordia y la calle Somport. La Comisión de Urbanismo de la asociación se alegra de esta noticia. La Comisión de Urbanismo del Ayuntamiento de Zaragoza acuerda el 21 de abril remodelar el peligroso cruce entre Pablo Ruiz Picasso y Salvador Allende.

La auditoría medioambiental del ITA Aunque no figuraba en el presupuesto de 2001, a través de la oposición se consigue una modificación para poder realizar un estudio previo que permita impulsar un plan integral corrector del medio ambiente, que analice los problemas acústicos y ambientales que ocasionan las empresas y el tráfico en el barrio. Aunque en octubre de 2003, con Juan Alberto Belloch ya como alcalde desde hacía cinco meses, la asociación se quejaba de que la “famosa” auditoría ambiental del Picarral dormía “el sueño de los justos”. El 19 de junio de 2001, el entonces nuevo alcalde del PP, José Atarés, celebró una sesión de trabajo con miembros de la Junta y de las comisiones en los locales de la Asociación de Vecinos del Picarral. El alcalde tuvo ocasión de escuchar, en boca de los representantes vecinales, los problemas más acuciantes que afectaban al Picarral, “un barrio de población envejecida con gran parte de sus viviendas antiguas y que

se encuentra degradado por los graves problemas medioambientales que sufre”, explicaba la asociación en la crónica de aquella reunión. El primer edil pidió ayuda a la asociación para hacer llegar a las familias que más lo precisasen el conocimiento de las subvenciones para rehabilitar inmuebles e instalar ascensores en las casas, “ya que estas cosas no llegan con claridad a los mayores”, les dijo. Atarés reconoció asimismo el “histórico” problema medioambiental del barrio, si bien pidió tranquilidad en las cuestiones relacionadas con la salud porque, según él, hasta el momento no había motivos de riesgo, que si bien justificaban una cierta preocupación, en ningún caso alarma. Expuso también los contactos mantenidos con las industrias para animarles a abandonar el barrio, una posibilidad ya contemplada en el PGOU, con compensaciones urbanísticas para las empresas que así lo hiciesen, aunque reconociendo que este sería un proceso lento. Los vecinos hicieron hincapié en la necesidad de la elaboración de un plan de análisis y corrección medioambiental en el barrio. Y, por su parte, el concejal de Medio Ambiente insistió en la utilidad de la presión que los vecinos habían realizado hasta la fecha para que las empresas hubieran ido incluyendo medidas correctoras, insuficientes a todas luces para la asociación. En esta reunión también hubo ocasión para trasladarle al alcalde el temor de que los problemas medioambientales generados por las fábricas, que los vecinos llevaban décadas soportando, se viesen agravados por la confluencia, en un tramo de unos 800 metros, de los cinturones de ronda 2º, 3º y 4º, que vendrían a incrementar la contaminación acústica y las emisiones de CO2. Y es que, a toda esta polución industrial, “en los últimos años” se había sumado un “alarmante aumento del tráfico” por las principales calles del barrio.

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mando el pelo en cuanto a la fecha de iniciación y terminación, ya que para estas fechas debería estar terminado”. Los equipos incluso barajan la posibilidad de presionar, jugando un partido en plena plaza del Pilar.

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De aquella reunión salió una propuesta de trabajo para preparar desde el ayuntamiento una auditoría medioambiental, a la que ese mismo año se asignaba un presupuesto de 30.000 euros, una pequeña parte de los entre 300 y 360 mil en que los técnicos municipales calculaban el coste total del estudio. A finales de año, el Ayuntamiento de Zaragoza firmaría un convenio con el Instituto Tecnológico de Aragón (ITA) para llevar a cabo esta auditoría, que tenía que estar terminada, como tarde, a mediados de 2002. A partir de ella, el ITA elaboraría un plan corrector medioambiental, al que las empresas del sector tendrían que ajustarse. El plazo para cumplirlo se acabaría prorrogando durante seis años después de concluida la auditoría, en 2008. “Aquel estudio del ITA se alargó muchísimo en el tiempo”, comenta Juanjo Jordá. “Pero es que no solo era un análisis de la situación, sino que incluía propuestas para mejorar. Eso tenía mucha más enjundia que los muchos análisis que habían hecho antes el Ayuntamiento de Madrid y muchos otros. Y marcó lo que todavía se está completando hoy, que seguimos trabajando con el ruido y el tráfico de camiones”.

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“En aquel estudio se hizo lo que no se había hecho nunca –añade Sofín-, el ir midiendo por los pisos los ruidos y las molestias de la contaminación”. “Y ahí, la asociación también facilitó las cosas al buscarles a los técnicos del ITA algunos vecinos dispuestos a colaborar”, destaca Jordá. “Colaboramos bien y conocimos el estudio desde su fase inicial”. Asimismo, paralelamente a la auditoría del ITA y a propuesta entre otras entidades de la Asociación de Vecinos del Picarral, el Servicio Aragonés de Salud se comprometió a estudiar a través del centro de salud del barrio la posible mayor incidencia de las enfermedades respiratorias entre los habitantes del barrio con respecto a la población general. Los resultados estarían en un año.

Aunque la realidad seguía siendo preocupante, la asociación achaca a “la presión mediática, vecinal, social y también, por qué no decirlo, de las nuevas normativas europeas medioambientales” el que algunas empresas se hubieran visto forzadas “a mover ficha”. Como Saica, que en julio de 2001 hizo a la asociación una propuesta de medidas correctoras para su fábrica del Picarral, estimada en unos 30 millones de euros. También la presentó ante el ayuntamiento, que era quien debía autorizar la licencia. “Hemos avanzado en el sentido de que por fin las industrias reconocen, incluso por escrito, que causan molestias a los vecinos”, se felicitaba la asociación desde su boletín de octubre de 2001. A los pocos días de salir publicado en prensa este plan, se producía un importante escape de humos en Aceralia. Más de una decena de vecinos tuvieron que ser atendidos en centros hospitalarios por problemas respiratorios. La Concejalía de Medio Ambiente le dio entonces a la fábrica un plazo de tres meses para presentar un plan integral de medidas correctoras. La asociación del Picarral se reunió con la dirección de la empresa, que se comprometió a seguir estudiando junto a los vecinos las posibles mejoras. Por esas fechas, también se produjo una reunión con los responsables de la antigua Campo Ebro. “Esperamos que, en las próximas semanas, ellos también muevan ficha”, escribía la asociación en octubre de 2001. “Estamos en un momento muy importante que hace años que no se producía. Todos los indicios apuntan a que ahora es posible, mediante la presión desde distintos ámbitos, conseguir que de una vez por todas, si estas industrias no salen de nuestro barrio, como sería el deseo de muchos, por lo menos las molestias y problemas medioambientales que ocasionan desaparezcan”, añadían esperanzados.


Si los problemas medioambientales eran viejos conocidos de los vecinos del Picarral, no lo eran menos las inundaciones periódicas que se producían en determinados puntos del barrio cada vez que llovía con intensidad. Ya no salían pollos de Pygasa por las alcantarillas como antaño, pero el cruce de San Juan de la Peña con Salvador Allende, así como la zona de Valle de Broto junto al parque de bomberos, seguían convirtiéndose en una piscina cada vez que caía una tormenta fuerte. Así ocurrió el 28 de septiembre de 2001. Pero esta vez, ante la falta de actuaciones, la asociación del Picarral promovió una asamblea de comerciantes y vecinos afectados de la que surgió un grupo de trabajo para contactar con el concejal de Conservación de Infraestructuras, Alejandro de la Mata, y reclamarle una solución. Once días después, el 9 de octubre, se reúnen con el edil en los locales de la Asociación, en Camino de Juslibol. El 6 de noviembre, “la prensa local, que ha jugado un importante papel en todo este asunto –afirmaba la asociación en su boletín de diciembre-, anunciaba que el ayuntamiento había decidido comenzar las obras”, el día 17 de ese mismo mes. Aunque la solución definitiva no llegaría hasta que la siguiente corporación municipal decidiese la construcción de un tanque de tormentas, cuyas obras arrancarían en 2006. En mayo de 2003, el PSOE gana las elecciones municipales y, en coalición con CHA, serán los partidos responsables de elaborar el presupuesto para el año 2004. “Esperamos que el nuevo equipo de Gobierno municipal demuestre con hechos todo lo que ofreció y prometió en campaña electoral y consigamos desbloquear algunos de los temas que llevan años enquistados en la compleja maraña burocrática, y que si incluyen alguna partida económica en los presupuestos la lleguen

a ejecutar, y no como pasa muchas veces, que al final no se llevan a cabo las inversiones aprobadas”, hacía constar la asociación de vecinos en octubre de 2003. La Asociación de Vecinos del Picarral solicita al nuevo Gobierno de la ciudad que se incluyan determinadas partidas que tengan en cuenta asuntos como la peatonalización y el acondicionamiento del camino de Juslibol. El proyecto había sido aprobado en el año 2000 y, en 2003, la obra contaba con una partida de 615.000 euros y un plazo de ejecución de cinco meses. Pero estaba “bloqueado por dos pequeñas expropiaciones (unos 360 metros cuadrados de dos propietarios)”. Y continuó bloqueado durante casi dos años más hasta que, tras más de una década de reivindicaciones, por fin arrancaba el 7 de marzo de 2005. Los vecinos pudieron por fin inaugurar de forma oficial la nueva zona peatonal, con presencia del alcalde incluida, el día 2 de noviembre de 2005. Otro anteproyecto aprobado por el anterior equipo de Urbanismo, en cuya elaboración había colaborado la asociación, era la plaza en el camino de Juslibol, en un solar municipal que estaba calificado para equipamientos, pero cuyo uso se cambió para poder construirla. Su coste estimado era de 120.000 euros. Anteproyecto de Urbanismo tenía también un centro de convivencia, que era “una necesidad imperiosa para la atención a la tercera edad en nuestro barrio”, que incluso podría complementarse “en una segunda fase con un centro cívico polivalente”, y que se levantaría en una parcela municipal de 7.000 metros cuadrados de la calle Somport. Mientras, por esas fechas, concretamente el 26 de septiembre de 2003, el Boletín Oficial de Aragón publicaba un anuncio del Instituto Aragonés de Servicios Sociales (IASS) convocando el concurso para la redacción del proyecto de

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A por el fin de las inundaciones

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construcción de un edificio para centro de día y hogar club para la tercera edad en el barrio del Picarral. De ejecutarse este proyecto, que había sido largamente reivindicado por la asociación de vecinos, especialmente por su Comisión de Jubilados, supondría “un nuevo servicio para este sector de población notablemente envejecida de nuestro barrio”. Se levantaría en un solar que el ayuntamiento había cedido al IASS para tal fin. Y su complemento ideal sería el centro de convivencia que se reclamaba al consistorio. El 20 de abril de 2004, representantes de la asociación de vecinos Picarral-Salvador Allende se reunían con el gerente del IASS, Miguel Ariño, quien les manifestó que la construcción del centro de día estaba “en el listado de obras próximas a realizar”. El 3 de noviembre, se volvían a reunir con él para conocer el proyecto. A falta de licencia municipal de obras, “si todo marcha como es debido”, los trabajos podrían arrancar en 2006, “siempre que se aporten, desde la DGA, partidas destinadas a este fin”. Aunque esta obra se acabaría finalmente llevando a cabo, los plazos se dilatarían más de lo deseado.

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Para el colector de San Juan de la Peña, finalmente, solo se consiguieron arrancar 100.000 euros al presupuesto de 2004. Quedaban pendientes las expropiaciones necesarias para acometer la obra, un proceso que la asociación de vecinos intuía “caro, largo y complicado”. Mientras tanto, la concejala Carmen Dueso se comprometía a poner en marcha un protocolo de actuación para que, en cuanto se presentasen los problemas por las lluvias, se coordinasen las actuaciones de la Policía Local, los bomberos y la empresa de limpieza. Y entre tanto, la Comisión de Medio Ambiente de la asociación de vecinos no quitaba ojo al desarrollo del Plan Corrector Medioambiental para que las industrias que se quedaron en el barrio lo

cumplieran a rajatabla. La concejala de Medio Ambiente, Lola Campos, también se dejó caer por el barrio ese año para conocer de primera mano la situación. En julio de 2005, la asociación de vecinos Picarral- Salvador Allende solicita al ayuntamiento que ponga a la nueva plaza construida frente a la parroquia de Nuestra Señora de Belén el nombre de Juan Acha, tal y como había acordado la junta de distrito. “Deseamos que este lugar tan reivindicado por los vecinos tenga un nombre que nos recuerde los nexos de unión entre la parroquia y el barrio”, declaraba el presidente de la asociación, Luis Torres, a El Periódico de Aragón. Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2003, el Servicio de Infraestructuras, Grandes Proyectos y Ciclo Integral del Agua del Ayuntamiento de Zaragoza estaba ya enfrascado en la elaboración del proyecto del colector que solucionaría las inundaciones del tramo final de San Juan de la Peña. “Ahora corresponde dotarlo económicamente, dado que el coste de la obra podría rondar los seis millones de euros”, demandaba la asociación al recién estrenado Gobierno municipal. “Aunque su plazo de ejecución podría rebasar los dos años”, se consideraba “imprescindible comenzar a incluir partidas económicas en el presupuesto para garantizar el inicio de los trabajos”, que en realidad no quedarían rematados del todo hasta finales de 2009. Ya en 2005, la Comisión de Urbanismo de la Asociación de Vecinos del Picarral opinaba que “el proyecto diseñado por los técnicos municipales suponía alargarnos en el tiempo durante años, y con un coste muy elevado”. Desde la comisión se lanzan propuestas “para ofrecer otra alternativa, con el objetivo de agilizar las obras y abaratar costes. E, inicialmente, han sido aceptadas”. Pero los trabajos se fueron demorando e hicieron


En octubre de 2005, Ayuntamiento de Zaragoza y Gobierno de Aragón anuncian que “de forma inminente”, van a firmar un acuerdo que satisfará una demanda vecinal que venía arrastrándose desde mediados de los años ochenta. Las avenidas Alcalde Caballero y Academia General Militar, dos antiguas carreteras que nacieron fuera del casco urbano y que, debido al crecimiento de Zaragoza, habían acabado integradas plenamente en el mapa de la ciudad, por fin se iban a convertir en vías urbanas dependientes del consistorio. En los últimos años, el barrio del Picarral había sufrido un incremento vertiginoso del tráfico, motivado en gran parte por la llegada de miles de familias a la urbanización Parque Goya. La reducción del tráfico en el barrio del Picarral se convierte en una de las principales reivindicaciones de los vecinos, sobre todo, después de tener conocimiento de que la principal factoría del sector, Saica, no iba a seguir los pasos de Aceralia, empresa que había alcanzado un acuerdo con el Ayuntamiento de Zaragoza en 2003 para abandonar la zona, a cambio de una recalificación de sus terrenos. En abril de 2006, Saica encarga a un despacho de ingeniería el diseño de un vial para comunicar sus instalaciones con la calle Benjamín Franklin, en el polígono industrial de Cogullada. El objetivo es conseguir que los vehículos pesados dejen de circular por la calle San Juan de la Peña, una vía muy castigada por el flujo continuo de camiones que entran y salen de la empresa. El coste de la propuesta efectuada por Saica asciende a 29.041 euros. El 30 de marzo de 2006, la Junta Municipal del Rabal da su visto bueno al proyecto de la empresa.

En la primera legislatura en la que volvían a coincidir gobiernos socialistas, tanto en el Pignatelli como en la plaza del Pilar, también se van desatascando algunos asuntos urbanísticos pendientes en el barrio: unos, de competencia municipal; otros, de índole autonómica; y algunos más, que atañían a ambas instituciones. Entre 2006 y 2007, parecía que se empezaba a poner fecha a la construcción de equipamientos tan demandados como el centro de día para la tercera edad, otro para la infancia y la juventud, el colegio de primaria del camino de Juslibol o el instituto de la Azucarera. La remodelación del campo de fútbol de la calle Alberto Casañal se inauguró el 21 de octubre de 2006, remozado y con césped artificial. Respecto al colector de aguas pluviales en la confluencia de San Juan de la Peña con Alcalde Caballero, “el ayuntamiento da respuesta, por fin, a las quejas de vecinos y comerciantes”, publicadas en El Periódico de Aragón el día de Reyes de 2006. Dos días más tarde, el 8 de enero, comenzaban las obras, adjudicadas por 4,4 millones de euros. El plazo de construcción quedó fijado en diez meses, en los que se tendría que habilitar un depósito de 9.275 metros cúbicos, dotado de motobombas y un sistema automatizado para minimizar el impacto que las lluvias venían ocasionando históricamente en esta zona, al norte del Picarral. Habían pasado seis años desde que el entonces concejal de Infraestructuras, Alejandro de la Mata, prometiese tomar medidas, sin haberse aplicado solución alguna. A cada nueva inundación, se repetían las protestas de vecinos y comerciantes, que en ocasiones llegaron a cortar el tráfico en señal de denuncia. La asociación Picarral-Salvador Allende, junto a los vecinos, había elaborado una propuesta para la construcción del colector, aprovechando unas

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falta protestas vecinales para que las obras comenzasen.

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viejas conducciones inutilizadas, cuya existencia negaba el Ayuntamiento. Este borrador fue utilizado por los técnicos para elaborar el proyecto definitivo, lo que supuso un ahorro de 3.400.000 euros a las arcas municipales, y cinco o seis años en su construcción. Los representantes del barrio tampoco querían perder una inversión. De ahí su empeño en que el dinero que se había ahorrado el Ayuntamiento de Zaragoza en el proyecto se destinase a servicios y equipamientos en el mismo Picarral, por lo que la asociación aprovechó un pleno del distrito del Rabal de abril de 2006 para recordar esta deuda pendiente con su barrio.

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Además, la actuación preveía la colocación de cinco colectores, con sus correspondientes pozos y arquetas de gran capacidad, distribuidos entre la avenida Academia General Militar, San Juan de la Peña, camino de los Molinos y calles adyacentes. Estas obras provocaron el cierre parcial al tráfico, en enero de 2007, de la avenida San Juan de la Peña y del camino de Los Molinos, durante aproximadamente un año. Las obras habían ido relativamente bien gracias, en buena parte, a la participación vecinal en el seguimiento de las mismas. El 15 de octubre de 2007, la asamblea de la asociación de vecinos mantuvo una reunión con el concejal delegado de Infraestructuras, Luis Alberto Laguna Miranda, en la que se creó una comisión de coordinación y mediación compuesta por tres vecinos y dos comerciantes afectados. Coordinados desde la vicepresidencia de la asociación del Picarral, su mediación redujo en la medida de lo posible las afecciones que los trabajos causaron a los vecinos, estableciendo una coordinación a pie de obra para resolver los problemas. Tras la apertura al tráfico de las calles afectadas, quedaban algunos arreglos pendientes, como acabar el vaso de recogida del colector y definir qué se pondría encima para que, además de su uso

normal en la recogida de las aguas, también fuera un espacio más para la convivencia ciudadana. El proyecto de la apertura de la calle Monte Perdido empieza por fin a ver la luz por esas fechas. En el verano de 2006, los chalets que impedían la continuidad del vial y que servían de cobijo a okupas, pasan a ser historia tras el paso de la piqueta. Estas casas actuaban de barrera y obligaban a los ciudadanos a dar un amplio rodeo para pasar de un punto a otro que dista poco más de cien metros. Este vial conectaría por fin Monte Perdido con Ortiz de Zárate, e iba a permitir reordenar el tráfico de la zona, tal y como había solicitado durante años la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende. El proyecto costará al Ayuntamiento de Zaragoza 221.731 euros, y mejorará notablemente el tráfico en esta zona del Picarral. La Gerencia de Urbanismo aprobaba el 13 de febrero de 2007 el diseño elaborado por los técnicos municipales, que consistía en prolongar la calzada y aceras de Monte Perdido en 105 metros, para llegar así a la calle Juslibol, justo enfrente de Teniente Ortiz de Zárate. Aunque su ejecución acabará por prolongarse durante más de dos años, hasta que con la puesta en marcha en 2009 del Fondo Estatal de Inversión Local para frenar la destrucción de empleo causada por la crisis económica, el Gobierno de España aporte los 228.383 euros que permitan rematar la urbanización de la calle. En enero de 2007, comenzaba asimismo “la tan esperada reforma” del Parque del Tío Jorge, adjudicada por casi “600.000 euros”. El pulmón verde del Picarral y el principal de toda la Margen Izquierda –hasta que con la Expo de 2008 se inauguró el Parque del Agua Luis Buñuel- iba a ver renovado el entorno del lago, los andadores, el césped y el arbolado, la iluminación… En teoría, debía estar listo en cinco meses. Pero no se inaugurará hasta


La Comisión de Medio Ambiente denuncia que las nuevas farolas instaladas no funcionan, que el campo de fútbol está inutilizado porque acumula material de obra o que hay zonas sin resembrar de césped o con los nuevos árboles ya secos. Faltan papeleras, emparrados, alcorques metálicos, accesos para personas con movilidad reducida… La reforma del parque se quedó corta y faltaba personal para el mantenimiento. Desde la comisión se pide a la Concejalía de Parques y Jardines que intervenga “para evitar que el deterioro se siga agravando” y “finalizar de una vez por todas con la inacabada reforma que tanto nos ilusionó a los vecinos del barrio”. La última reforma se acometería en el año 2009, a cargo del citado Fondo Estatal de Inversión Local.

La convivencia con las empresas empieza a ser posible Seis años después de que la auditoría del Instituto Tecnológico de Aragón (ITA) evidenciase que las empresas ubicadas en el Picarral debían reducir olores y ruidos; y después de que Saica y la antigua Campo Ebro hubieran invertido 53 millones de euros en cumplir esos objetivos, la Concejalía de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zaragoza daba por cerrado el plan corrector del Picarral. Este hecho se producía el 29 de septiembre de 2008, tras informar el consistorio de que el impacto de olores, ruidos y partículas en suspensión se había reducido en un 95% con respecto a los niveles que se registraban en el 2002. Al día siguiente, los locales de la asociación acogían una asamblea informativa sobre la situa-

ción medioambiental en el barrio, que contó con la presencia de representantes de Saica y Syral (Campo Ebro) y con la concejala de Medio Ambiente, Lola Campos, acompañada del técnico municipal Javier Celma. Saica y Syral mostraron por medio de audiovisuales las medidas puestas en marcha, y el ayuntamiento expuso cómo ejercía el control sobre los niveles de contaminación del barrio. Los vecinos respondieron que los problemas no estaban resueltos del todo. Estas medidas correctoras habían llegado tras el primer diagnóstico realizado por el ITA, momento en el que el ayuntamiento puso en marcha un ambicioso plan de mejora ambiental. En este plan se logró involucrar a las principales factorías del barrio, ante la insistente presión de la Asociación de Vecinos del Picarral-Salvador Allende. En el caso de Syral, se cifró en trece millones de euros la inversión realizada en seis años. Las principales medidas fueron la introducción de tres grandes secadores a baja temperatura, para evitar los olores, y también la implantación de un sistema de lavado de los vahos, para reducir las partículas. Se colocaron también medidores de concentración de polvo, lo que permite activar alarmas y realizar paros automáticos. En el caso de Saica, se instalaron pantallas acústicas, tanto en el perímetro de la factoría como en determinadas zonas del proceso productivo. Además, se silenciaron las válvulas de seguridad y los procesos de carga y descarga. En cuanto a la aminoración de los malos olores, se sustituyeron los reactores y se cerraron los puntos más críticos. Llegados a este punto, tanto el consistorio como la asociación de vecinos admitían que quedaba pendiente la reducción del tráfico de carga y descarga, pero para ello sería preciso negociar con Adif la creación de un pasillo ferroviario en la zona trasera de Saica.

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septiembre. Y varios meses después, en la primavera de 2008, la Asociación de Vecinos del Picarral denuncia que “la reforma está incompleta y la situación del parque es bastante deficiente”.

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Juanjo Jordá marca un antes y un después del estudio del ITA y de la puesta en marcha de aquellas medidas correctoras que se determinaron. “En el tema de medio ambiente, fuimos pasando de tenernos que oír que nos quejábamos por capricho, luego que algo de razón teníamos, a decirnos ahora que sí, que entendían que tenemos razones para quejarnos pero que todo no es posible solucionarlo”. Jordá cree que “ha habido una evolución muy importante en ese aspecto. Los políticos han ido cambiando pero, con técnicos municipales de Medio Ambiente como Javier Celma, siempre nos hemos entendido bien y hemos trabajado a gusto juntos. Él siempre nos dice que lo que se ha avanzado en este barrio ha sido gracias a que la asociación, en el trabajo medioambiental, ha tenido claro el qué y, sobre todo, el cómo”. Y se enorgullece porque “hace poco, Javier Celma nos echó un buen piropo cuando vino con unos franceses, y les dijo que estaban ante una asociación que no hablaba de política, sino que hacía política. Yo me sentí muy reconfortado”. “Aquí no se habla de política nunca, pero se hace política siempre”, viene a reafirmar Antonio Sofín.

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Más allá de pasar de predicar en el desierto a que sus razones hayan sido por fin tenidas en cuenta, Juanjo Jordá opina que la convivencia con las industrias “ha cambiado sustancialmente” en lo que respecta al día a día del Picarral. “Nosotros teníamos en el barrio un problema importante con las tres grandes empresas: Syral, Saica y Rico Echeverría. Esta última ha solucionado todos sus problemas y aquí ya no contamina absolutamente nada, más que nada porque se ha marchado del barrio, manteniendo además todos sus puestos de trabajo”. “Con Syral y Saica –continúa-, vamos teniendo avances cualitativos importantes. Podemos

decir, en términos generales, que aunque no se han solucionado todos los problemas, sí que han mejorado. Antes era muy difícil la convivencia entre la industria y las viviendas. Hoy día, podemos decir que se puede convivir. Aunque hay días en que siguen generando molestias”. “Además –añade Jordá-, uno de los grandes problemas es que son empresas muy importantes, con gran tráfico de camiones de gran tonelaje”, unos 500 al día de Saica y unos 200 Syral, lo que supone una preocupación por el paso del tráfico pesado por medio del barrio a través de las avenidas de San Juan de la Peña y Salvador Allende. Estos camiones suponen un aumento de la contaminación del aire y un gran peligro para la seguridad vial, ya que ha habido varios accidentes sobre todo en rotondas. “En estos momentos se está trabajando con Saica –informa Jordá- para que salgan por la parte de atrás y no atraviesen el barrio. Los de la antigua Campo Ebro, en estos momentos, pasan por Alcalde Caballero, recorren Salvador Allende hasta la rotonda y vuelven. Pero ahora, como van a hacer un giro directo, aproximadamente las tres cuartas partes de estos camiones, que son muchos cada día, van a dejar de atravesar el barrio. Se evitarán los problemas medioambientales y de tráfico que generan. Las rotondas están hechas para turismos, y no para este tipo de vehículos articulados, que cuando giran no ven los coches venir”, se queja. La tramitación municipal para habilitar este acceso directo ha durado más de dos años, y la obra la paga la propia empresa. Y luego, con Saica, “también estamos satisfechos por el acuerdo que ha alcanzado con Adif”, asegura. Esto supone que la empresa alquila el terreno ocupado por las vías de tren existentes entre la empresa y el polígono de Cogullada, levantará estas vías y hará el vial que permitirá que


El día 12 de abril de 2010, con la presencia del delegado del Gobierno, del teniente de alcalde y gerente de Urbanismo, Adif, Saica y la Asociación de Vecinos Picarral Salvador Allende, se firmó el acuerdo y el ayuntamiento se comprometió a agilizar los plazos de permisos y licencias. “Si todo va bien, a primeros de 2011, podría ser que los camiones de Saica no pasen por el barrio. Desde luego, si esto es así, no cabe duda que habrá merecido la pena el mucho tiempo y las numerosas reuniones durante seis años. En el Consejo de Gerencia del 18 de mayo se aprobó el proyecto de nuevo acceso de vehículos pesados a la planta de Saica. Es de reconocer en este caso la diligencia del ayuntamiento aprobando este proyecto antes del verano como se habían comprometido”, afirmaba la asociación en su boletín de junio de 2010. “Y luego, otros temas de los que nos quejábamos –hace memoria Juanjo Jordá-: con los ruidos se han mejorado, aunque haya momentos puntuales en que siguen molestando; el asunto de los humos también está muy solucionado. Con el tema del polvo –continúa enumerando-, lo peor, que era la materia en suspensión de Rico Echeverría, ya no está. Y también nos llegaba algo de polvo de Campo Ebro, y de Saica, donde usaban la paja de la primera para fabricar papel. Pero como ahora han cambiado de materia prima, ya no está ese problema”. Pasos se han seguido dando en los últimos tiempos para corregir las molestias que quedan

pendientes tras las inversiones millonarias realizadas en los últimos años. Una de las últimas medidas, puesta en marcha en 2009, ha sido la elaboración de un estudio olfatométrico para dibujar un mapa de olores que permita diferenciar los puntos conflictivos y sus características para poder así adoptar las medidas correctoras necesarias. Para llevar a cabo este análisis, Saica y Syral firmaron un acuerdo con la Concejalía de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zaragoza y la Asociación de Vecinos Picarral Salvador Allende. “Suponemos que solucionará las cosas”, desea Juanjo Jordá. “Las empresas demuestran su responsabilidad social, la asociación vecinal participa con la aportación de ideas y desde el ayuntamiento se manifiesta la responsabilidad administrativa y política, que no suele ser algo común, y que redundará en beneficio del Picarral”, declaró a El Periódico de Aragón la concejala de Medio Ambiente, Lola Campos, con motivo de la presentación de este estudio. Con él, se ha dado continuidad al plan corrector elaborado seis años atrás por el ITA para mejorar la calidad ambiental del barrio. Así que, a tenor de todos los avances que tras cuarenta años de lucha se han logrado, se puede decir que la asociación de vecinos ha conseguido un Picarral mucho más habitable y, sobre todo, cohabitable con las industrias. “En estos momentos nos reunimos periódicamente con las empresas del barrio –destaca Jordá, como otro más de los pasos dados en estos años-, e intentan recoger nuestras quejas y sugerencias”. Pero “nada es cien por cien perfecto”, concluye.

El plan de rehabilitación del Picarral Del plan de rehabilitación del Picarral “se empezó a hablar hace unos ocho años, cuando vino al barrio el sociólogo Mario Gaviria para tratar sobre el

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sus más de 500 camiones diarios dejen de entrar y salir por San Juan de la Peña. Esta solución llega con más de seis años de retraso, pues Saica, de acuerdo con la asociación, había acondicionado la factoría. Pidió la correspondiente licencia y suelo al ayuntamiento, pero los vecinos han tenido que esperar todo ese tiempo y pedir la mediación de la Delegación del Gobierno.

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plan de rehabilitación del Grupo Francisco Franco”, recuerda Antonio Sofín. “Ahí se empezó a gestar, porque se veía que la gente mayor de toda la vida se estaba marchando del barrio. Llegaban en masa inmigrantes y empezaban a surgir problemas de integración”. “Pero yo creo que ese problema de la gente mayor se empieza a gestar más atrás –puntualiza Juanjo Jordá-porque la mayoría vivía en bloques muy viejos sin ascensor y apenas podía salir. De hecho, se creó un grupo de voluntarios que acudía a acompañar a las personas mayores que no podían bajar a la calle. “Ahí había ya una sensibilidad, hablábamos de residencias, de que a los mayores había que atenderlos”, opina. “En ese grupo de voluntarios llegamos a estar cuarenta y tantas personas”, señala Antonio Sofín, uno de los vecinos que lo integraban. “Y luego, Zaragoza Vivienda hace un estudio de los bloques de tipo sindical. Y cuando Mario Gaviria viene al barrio, dice que quiere que participemos en ese estudio. Y se empieza a discutir qué se puede hacer y cómo. Y ese estudio, que nos pareció bien porque era muy riguroso, se quedó aparcado como pasa con muchas cosas en el ayuntamiento”, lamenta Jordá.

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de Zaragoza, que será un ejemplo de participación ciudadana en el planeamiento urbanístico. Bajo el lema “Por un barrio más habitable”, se organizan en febrero unas jornadas que servirán de plataforma para lanzar el plan de revitalización del barrio, elaborado por los arquitectos Olano y Mendo codo a codo con los vecinos, y que en estos momentos sigue vigente. “Organizamos las jornadas, subvencionadas por el ayuntamiento, para hacer la puesta en escena”, afirma Jordá, de ese plan. Aquellas sesiones contaron con la participación de expertos, políticos y representantes de colectivos ciudadanos ajenos a la asociación del Picarral. Por ejemplo, la primera de las jornadas se dedicó a conocer el caso la rehabilitación del barrio madrileño de San Cristóbal, en la que los vecinos tuvieron una participación destacada. También se dio a conocer una experiencia similar llevada a cabo en el municipio barcelonés de Sant Adrià de Besòs.

Más adelante, llegaría “la espoleta que accionó el plan de rehabilitación del barrio”, que a juicio de Juanjo Jordá fue la propuesta de recalificación del suelo dedicado a usos educativos, propiedad de la Cámara de Comercio. “Nosotros entendíamos que si la recalificación de los terrenos del Instituto de Formación Empresarial y Técnico (IFET) traía alguna ventaja para el barrio, se podía hacer. Pero le planteamos al ayuntamiento que no íbamos a hablar solo de esos 12.000 metros, que teníamos que hablar de todo el barrio. Y la verdad es que se acogió bastante bien la idea”, reconoce.

El segundo día sirvió para exponer los avances que el equipo de los arquitectos Olano y Mendo llevaba sobre las posibles opciones de revitalización urbana para el Picarral y Balsas. En esta sesión participaron representantes de distintas asociaciones vecinales del barrio, técnicos municipales y representantes de los partidos políticos con presencia en el Ayuntamiento de Zaragoza, quienes volvieron al día siguiente para la exposición de las conclusiones. “Y finalmente intervinieron Alfonso Vicente, consejero de Obras Públicas, Transporte y Urbanismo del Gobierno de Aragón, y el alcalde del Ayuntamiento de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, quienes se comprometieron a llevar adelante las propuestas de revitalización urbana del barrio”, informaba el boletín de la asociación, en abril de 2008.

Así que, en 2008, la asociación pone en marcha una experiencia, en sintonía con el Ayuntamiento

En esas mismas páginas, se destacaba “el amplio consenso alcanzado en las conclusiones”, tanto


El 1 de octubre de 2008 es un gran día para el Picarral. En una sola jornada, se aprueban las bases del estudio para el plan de revitalización, “un proyecto a largo plazo con el que se pretende un barrio más dinámico, más social, más cómodo, más integrado y, en definitiva, más humano”, y además se coloca la primera piedra del futuro centro de día y hogar del jubilado. La consejera de Familia y Servicios Sociales, Ana Fernández, preside el comienzo de las obras, que deben estar listas en catorce meses y que han de dar lugar al mayor centro de día de la ciudad, con casi 3.000 metros cuadrados construidos. En ese mismo año, la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende firma un convenio de colaboración con la sociedad Zaragoza Vivienda, gracias al cual se ubica en la sede de la

asociación un centro de información para dar a conocer las posibles ayudas a la mejora y rehabilitación de las casas antiguas, y también sobre la marcha del plan de revitalización. Casi a punto de terminar el año de la Expo, los mismos arquitectos que diseñaron el pabellón de Aragón resultan los adjudicatarios del concurso de ideas convocado por Zaragoza Vivienda para rediseñar el barrio del Picarral. Se presentaron dos empresas, pero finalmente la elegida fue Olano y Mendo, la misma que ya había realizado, hacía unos años, un estudio sociourbanístico en distintas áreas de Zaragoza, entre las que estaba el Picarral. A partir de la adjudicación, el 18 de diciembre de 2008, este despacho de arquitectos disponía de siete meses para diseñar la intervención sobre 63 hectáreas, en las que residen unas 15.000 personas. En esta primera fase de desarrollo de ideas se tuvo en cuenta a los vecinos del Picarral, a través de numerosas reuniones, a veces con comunidades enteras de vecinos. Finalmente, el estudio urbanístico se presenta el 30 de mayo de 2009. En él se proponen tres posibles reordenaciones para la zona de Balsas, desde aprovechar el espacio libre entre manzanas a levantar bloques de 12 plantas, aumentando el número de viviendas que ahora existen. Este ambicioso documento de trabajo incluye propuestas concretas para cada área del barrio: Almadieros del Roncal, Ortiz de Zárate, entorno de la calle Monte Perdido... Una de las propuestas sería una gran plaza pública con párking subterráneo rodeada de un gran porche al estilo de Independencia, en plena avenida San Juan de la Peña, donde nace el camino de los Molinos. Se instalaría, en parte, sobre los Jardines de la Concordia. Y en el subsuelo se construiría un aparcamiento público de residentes y de rotación. Se deja abierta la posibilidad de realizar un diseño vanguardista para la super-

40 Años construyendo un barrio

por los grupos municipales como por la DGA y los propios vecinos, “lo que abre un camino esperanzado para la consecución de los objetivos enunciados. Sin duda alguna, las jornadas van a marcar un hito importante en la urbanización del barrio”. Sus objetivos pasarían por defender el derecho a una vivienda digna para todos los residentes, empezando por el desbloqueo de la rehabilitación de los grupos de viviendas sindicales. La recuperación del barrio en su conjunto, reurbanizando los espacios más degradados, e impulsando la integración del Picarral en la nueva dinámica de ciudad, sería otro de los fines del plan. Y toda esta remodelación debería hacerse sin el traslado de los actuales residentes. Mayor dotación comercial, de plazas de aparcamiento, el establecimiento de prioridades para la implantación de nuevos equipamientos o el desarrollo de políticas asistenciales, pues la población es de las más envejecidas de Zaragoza, serían otras de las medidas a implementar, contando siempre para ello con el consenso de los vecinos, a través de sus asociaciones.

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ficie peatonal, con el deseo de convertirla en el centro de reunión de referencia del Picarral. Propuestas relativas a las viviendas más viejas contemplan incrementar los bloques con una planta más, lo que permitiría financiar la instalación de ascensores. En la urbanización de Teniente Polanco, una zona muy saturada pero rodeada de amplio terreno entre la calle Pantano de Yesa y San Juan de la Peña, se dan posibilidades de densificar la vivienda. Dentro de esta parcela, el terreno de la Cámara de Comercio (el IFET) podría recalificarse para albergar pisos. Los arquitectos proponen que en los 150 metros de fachada que quedarán en San Juan de la Peña se incluyan unos soportales idénticos a los del paseo Independencia. Bajo estos porches se podría desarrollar comercio, que dinamizaría la zona. Se propone también derribar las viviendas de General Varela y General Yagüe, el conjunto del Picarral que primero se construyó tras la Guerra Civil. La principal necesidad detectada por los arquitectos es la de prolongar Pablo Ruiz Picasso desde el cruce con Salvador Allende hasta la calle San Juan de la Peña. Para poder alargar esta avenida se plantea reordenar los edificios existentes, derribando algunos de ellos. O utilizar la vía peatonal que ya existe, entre Salvador Allende y General Yagüe, y desde allí hasta el camino de los Molinos.

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Una de las ideas más sorprendentes que se desprenden de este estudio es que el Picarral será el primer barrio de España autosostenible. El proyecto de revitalización prevé instalar paneles solares y molinos de viento, que garantizarán el suministro de energía. También habrá líneas de autobús y tranvía eléctrico. Todo ello convertiría al barrio en un caso único en el panorama nacional. La construcción de un balneario urbano, aumentar la superficie peatonal, eliminando apar-

camientos en superficie y ampliando aceras en la zona de las calles Juslibol y José Luis Lacruz (antigua General Yagüe), así como colocar ascensores y renovar infraestructuras, construir aparcamientos subterráneos bajo la zona del Hogar Cristiano, reurbanizar varias calles del entorno de San Juan de la Peña, dar nuevos usos residenciales a las naves industriales existentes entre San Juan de la Peña y camino de los Molinos o reordenar las zonas verdes en la trasera del edificio Tramullas y otros solares del entorno, son otros de los puntos incluidos en el plan. A partir de esta hoja de ruta, comienza la fase de la negociación con el barrio para consensuar todas sus propuestas con las asociaciones de vecinos de la zona y con los colectivos sociales del Picarral. “Ahora viene otro proceso de participación ciudadana en el que diremos lo que se debe hacer, mezclando los datos físicos del terreno con los económicos y con la experiencia que tenemos de otras operaciones daremos nuestra visión”, precisó el arquitecto Daniel Olano a la prensa local. A dos días de presentar su propuesta, el entonces presidente de la Asociación de Vecinos PicarralSalvador Allende, Juan José Jordá, declaraba a El Periódico de Aragón que “antes de lanzarse a desarrollar terrenos privados y planes urbanísticos complejos, hay que impulsar la urbanización de los solares públicos que todavía quedan en el barrio del Picarral. Y a partir de ahí, crear una trama comercial que sirva para iniciar la revitalización del sector”, fijando así las prioridades que el colectivo iba a trasladar al Ayuntamiento de Zaragoza, ahora que ambos se disponían a sentarse a debatir sobre el modelo de barrio que quieren. “No esperábamos un estudio con tanto detalle y nos ha sorprendido gratamente, porque ahora tenemos una buena base sobre la que empezar a trabajar”, apuntó Juan José Jordá.


Mientras tanto, avanza el Área de Rehabilitación Integral del Picarral, financiada con fondos europeos, además de por el Gobierno de Aragón, el Ayuntamiento de Zaragoza y el Ministerio de Fomento. En septiembre de 2009, se está actuando ya en la rehabilitación de 67 viviendas con subvenciones que ascienden a 871.200 euros entre las tres administraciones, lo que arroja una media de 13.000 euros de ayuda por casa. Esta actuación incluye también las zonas más viejas del Picarral. En la calle Anzánigo, en un bloque con ocho portales, se trabaja en dos de ellos, el número 10 y el 12. Los inmuebles de esta calle datan de la posguerra y su rehabilitación consiste en la renovación de las instalaciones del edificio y las redes urbanas, levantamiento de las tejas y aislado de las cubiertas, reforma de las escaleras e instalación de ascensores, saneamiento del colector, duplicado de ventanas, reforma de portales e instalación de agua caliente con energía solar. Las siguientes obras se iniciarán en la calle General Yagüe. Fuera de todo pronóstico y de lo anunciado hasta ese momento, Olano y Mendo desvinculan el plan de revitalización del Picarral de la recalificación de los terrenos del IFET, que la Cámara de Comercio tiene en el barrio. Hasta el momento de su presentación pública, siempre se había vinculado esta recalificación con la reconversión

del propio barrio del Picarral, puesto que se preveía que la Cámara de Comercio destinase parte de las plusvalías a invertir en la mejora del barrio. Pero, sorprendentemente, nada de esto se desprende del documento de Olano y Mendo. En octubre de 2009, el alcalde Juan Alberto Belloch anuncia la recalificación del suelo del IFET para albergar en su lugar 230 viviendas (70 de ellas de protección oficial), 500 plazas de aparcamiento y un pabellón deportivo para los ciudadanos con área de balneario. Aunque, finalmente, la densidad de viviendas habrá de rebajarse para poder ajustarse a la ley. Con el dinero que la Cámara de Comercio obtenga por la venta de esta parcela, está previsto que se sufrague la ampliación de la Feria de Muestras. Después de intensas negociaciones entre ayuntamiento, Cámara de Comercio y Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende, las tres partes comparecen públicamente el 2 de octubre para anunciar que habían firmado un acuerdo con el que se daba luz verde a la recalificación del terreno. Finalmente, y tras más de 80 reuniones de trabajo, el 16 de diciembre de 2009, los arquitectos Olano y Mendo desvelaron a los colectivos vecinales y sociales del Picarral sus propuestas definitivas para convertir esta zona de la Margen Izquierda en un barrio más habitable, tanto social como urbanísticamente. Los arquitectos plantean soluciones a los problemas de población envejecida, ausencia de focos de centralidad que favorezcan la convivencia y falta de comercios. El equipo de gobierno PSOE-PAR aún tenía que negociar un acuerdo con alguno de los tres grupos municipales de la oposición para sacar adelante el proyecto. Los portavoces de algunas asociaciones vecinales del Rabal se mostraron “muy satisfechos” con el resultado de los traba-

40 Años construyendo un barrio

A lo largo del mes de julio, los arquitectos convocan una docena de reuniones, tantas como las zonas en las que el plan de revitalización divide el barrio, para debatir las propuestas y analizar sus puntos fuertes, sus debilidades y las intervenciones de urgencia que precisa cada una de ellas. Población y vivienda, movilidad y comercio, y espacio urbano, serán los tres grupos de debate. El objetivo es que el mayor número posible de vecinos del Picarral conozca las propuestas para poder fijar en septiembre de 2009 una lista de prioridades de las intervenciones a realizar.

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jos. El plan prevé mejorar la movilidad gracias al incremento de las conexiones transversales. Dentro del bloque de intervención dedicado a la movilidad y al transporte, también se valora la posibilidad de realizar un carril bici y resolver las necesidades de estacionamiento de los residentes. Una de las cuestiones más novedosas será la realización del llamado Plan Ascensor para instalarlos en un gran número de edificios, ya que el 50% de las viviendas carece de elevadores. Además, se rehabilitará el 80% de las viviendas de más de cuarenta años de antigüedad.

seño del plan, junto al ayuntamiento y al equipo de arquitectos. “Al menos, reuniones hubo muchas. Y yo creo que sí que sirvieron”, afirma Sofín. “Pero, más que para resolver lo que definitivamente se hará, porque aquí el plan tiene que ser por convencimiento del vecindario, no impuesto, aquellas reuniones sí que sirvieron para establecer un planeamiento a medio y largo plazo, que es lo que creemos que es necesario en el barrio –añade Jordá-. Porque cada vez que viene un gobierno inventa un barrio nuevo. Lo importante es consensuar una idea y mantenerla”.

Sobre el Plan de Revitalización Picarral “se sigue trabajando, algo más lento de lo deseado”. La asociación se ha puesto en contacto con los grupos municipales “con la intención de continuar trabajando “consensuadamente”, para así poder “agilizar las gestiones” de su puesta en marcha. Por otro lado, se ha terminado la rehabilitación de los números 10 y 12 de la calle Anzánigo y siguen “a buen ritmo las obras de rehabilitación en el bloque de la calle José Luis Lasala, antiguo General Yagüe”.

Además, Jordá justifica que la asociación de vecinos apoyase el asunto que más ríos de tinta ha hecho correr de todo este plan. “Dimos el visto bueno a la operación del IFET porque creo que fuimos positivos y vimos una oportunidad para el resto del barrio. Con o sin nuestro apoyo, teníamos muy claro que la recalificación del suelo iba a salir adelante con los votos de PP, PSOE y PAR. Podíamos habernos planteado oponernos, pero optamos estratégicamente por dar el sí pero con condiciones”.

“Lo que proponemos al ayuntamiento es que se retomen aquellos estudios de Zaragoza Vivienda sobre los bloques sindicales –explica Juanjo Jordá-, que se les quite el polvo y se empiecen a hacer cosas. Pero además, no a trocitos, porque la gran importancia que tiene este plan es que aborda la rehabilitación del barrio de forma integral. Porque partíamos de la idea de que el Picarral se iba a convertir en un gueto. Planteamos que la rehabilitación del barrio nos iba a costar menos que luego resolver los problemas de seguridad con policías. Y la verdad es que no sé si lo supimos vender bien o que estaban muy interesados, pero la cosa es que tiró para adelante”.

Esta operación del IFET también dejará nuevos equipamientos en el Picarral. “Si se acaba haciendo, como está proyectado, un pabellón con balneario urbano, nos daríamos por satisfechos. Porque lo que hay ahora está calificado como equipamiento educativo, pero son unas aulas infrautilizadas y que no reportan ningún beneficio al barrio”, asegura Jordá. “Y estamos estudiando para hacer la propuesta de un tipo de equipamiento, como ya se ha construido en ciudades como Pamplona o Madrid. Son para toda la familia, un lugar de encuentro social, cultural… Un espacio donde pueden acudir padres, hijos e incluso abuelos”, añade.

Otro de los aspectos más positivos es la intensa participación de la asociación de vecinos en el di-

“Y las plusvalías también se dedicarán a la Feria de Muestras, que es un poco de todos, no se las


El Plan Aceralia Y mientras este plan de rehabilitación del barrio sigue su desarrollo, vuelve a la palestra el asunto judicial del traslado de Aceralia, la antigua Rico Echeverría, que coleaba desde mayo de 2003, cuando el alcalde José Atarés firmó el convenio con esta y otras trece empresas para que salieran del barrio a cambio de las correspondientes contraprestaciones urbanísticas, lo que conllevaba la recalificación de este suelo industrial como urbano. “¡Con esta empresa sí que habíamos tenido problemas!”, recuerda Juanjo Jordá. “Tú dejabas un día de bochorno el coche en San Juan de la Peña y aparecía al día siguiente con una capa de polvo tremenda. Pero un polvo que es el mismo que en la mina produce la silicosis, una carbonilla de metal muy peligrosa para los pulmones. Habíamos tenido con ellos problemas de explosiones, porque en la chatarra habían metido bombas, material radiactivo que se les colaba hasta que pusieron un arco detector… Pero aquí habíamos quemado ya la mitad de los submarinos de la flota rusa”, exagera, entre risas. En 2004, el Pleno del Ayuntamiento de Zaragoza ratificaba la decisión del traslado de Aceralia, lo que, sin duda, era una buena noticia para el Picarral. El convenio urbanístico se había aprobado ya en mayo de 2003, con los votos a favor de PP-PAR (aún en el gobierno) y las abstenciones de PSOE y CHA, quienes dijeron que el convenio presentaba un excesivo número de viviendas

para dicha zona (más de 2.300) y que no estaba contemplado en el PGOU. “Ahí, no es que estuviéramos implicados, es que fuimos los protagonistas absolutos del asunto”, afirma Juanjo Jordá. “En el Topi, invitados por la asociación, vinieron Atarés, Suárez, Gómez Pastrana…”, señala Antonio Sofín, al rememorar cómo aquella reunión se saldó con un acuerdo. Aunque a los vecinos les pareció “una cantidad excesiva” de pisos, lo aceptaron “como mal menor”. En toda negociación hay que ceder. “El convenio urbanístico sí que se podía haber hecho mejor, con menos densidad de viviendas”, reconoce Jordá. Con el cambio de Gobierno municipal, ya en manos del PSOE de Belloch, se introdujeron toda una serie de modificaciones que pretendían subsanar las deficiencias del Plan Especial de Aceralia, que se aprobó definitivamente, en 2005, con el apoyo de todos los grupos políticos. Un plan que también contó con el respaldo de las asociaciones vecinales. “El asunto es que Aceralia –explica Juanjo Jordá- estaba partida en dos por un vial, el camino de la Corbera Baja, por donde tenían que salir con carretillas cargadas, unos vehículos sin matricular. Y nosotros les decíamos que, el día que hubiera un accidente, alguien acabaría yendo a la cárcel. Y entonces el ayuntamiento estaba dispuesto a cederles el vial y la empresa a urbanizarlo. Todos estaban de acuerdo menos la asociación. Nos intentaron convencer de que diésemos el visto bueno pero entendíamos que así no se debía hacer, porque eso era afianzar una empresa que era la que menos tenía que estar ahí, la más peligrosa y contaminante”. “Pero no solo lo creíamos por calidad de vida del barrio, que también –asegura Jordá-. El análisis

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va a llevar Pepito Pérez”, apunta Antonio Sofín. “Y si no salía de aquí, al final, el dinero para la ampliación de la feria acabaría saliendo de las arcas municipales, que eso sí que es de todos”, remacha Jordá.

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de la asociación no solo era medioambiental, sino sobre el futuro de la empresa, y en defensa de los puestos de trabajo. Si había una inversión importante, esto aseguraba que la planta se quedaba en Zaragoza. Aquí, en el barrio, no iban a hacer más que chapuzas y, un día u otro, se iban a marchar”. “Y además, ahí siempre estuvimos de acuerdo con el comité de empresa. En este caso nunca hubo conflicto con los trabajadores”, destaca Antonio Sofín. “Las estrategias que marcamos eran más sólidas que las que traían los demás – afirma Jordá-. Yo creo que, en aquella reunión, la asociación estuvo muy por encima de técnicos, de políticos, y de todo el mundo, valorando el futuro y los puestos de trabajo”. Y Sofín viene a darle la razón, trayendo a colación un encuentro reciente. “Hace unos quince días, me encontré al que estaba entonces de director de Aceralia, y me dijo que la verdad es que habíamos acertado plenamente convenciéndoles para el traslado. Que si no lo hubieran hecho entonces, probablemente, a estas alturas ya no estarían en Zaragoza”. Ahora, la nueva planta de Aceralia está ubicada en el Parque Tecnológico de Reciclado López Soriano, en La Cartuja.

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Así que no solo los vecinos juzgan como un acierto la postura que adoptaron en este asunto de tanta envergadura para la configuración futura del Picarral. También el ayuntamiento en su día, y ahora la empresa, lo juzgan así. Pero “resulta que como los vecinos no sabíamos lo que nos convenía”, ironizaba la asociación desde las páginas de Picarral Expres en mayo de 2009, las empresas que estaban en el entorno y que no querían trasladarse a un polígono industrial (Saica y la antigua Campo Ebro) recurrieron en los tribunales el convenio y el PGOU.

Eso sí, en nombre “del interés general”, alegaban: “que si no habría colegios, si que eran muchas viviendas…”. “Ahí, el auténtico problema de que no quieran viviendas –opina Juanjo Jordá-, es que Saica ha elegido la estrategia de levantar sus oficinas de cara a San Juan de la Peña y toda la actividad industrial la tienen atrás. Y ahora le van a construir junto a las tripas de la fábrica. Y se metió también la antigua Campo Ebro, porque Saica les compra a ellos la materia prima. Entendemos que Syral no se había tenido que meter por en medio, porque no le afecta absolutamente para nada”. El proceso judicial iniciado por las dos empresas, el recurso del Ayuntamiento de Zaragoza ante el Tribunal Superior de Justicia de Aragón, la posterior apelación de las empresas ante el Supremo, que se declaró incompetente, y la vuelta de nuevo al TSJA… Todo esto provocaría una demora de años y, de hecho, cuando la asociación del Picarral cumple cuarenta años, la situación sigue aún sin resolverse. Entre tanto, los vecinos han continuado denunciado la paralización del Plan Aceralia, ya que a finales de 2009 las naves seguían abandonadas y sin derribar, a pesar de que ya se habían presentado las correspondientes denuncias ante el Ayuntamiento de Zaragoza, ante el temor de que estas pudieran convertirse en un foco de inseguridad e insalubridad. Mientras tanto, Saica y Syral continúan en el barrio. Según cree la asociación, estas empresas temen que, de salir adelante el Plan de Aceralia, un mayor número de vecinos, “lógicamente, les hubiese supuesto un aumento de la presión social para la eliminación total de la contaminación, como es su obligación”. Estas compañías argumentan lo mucho que han invertido para integrarse en el barrio y eliminar las molestias. “Pues qué bien, hasta ahí podíamos llegar, que


Pero, de momento, con la paralización judicial del Plan Aceralia por el recurso de Saica y Syral, “todo sigue igual”, lamenta Jordá. “Ahora, lo que tenía que hacer el ayuntamiento es empezar de cero, recogiendo alguna de las cosas del convenio original, y volver a ponerlo en marcha. De todas formas, judicialmente no está paralizado del todo –asegura-, o sea, que algo se podría hacer. Pero claro –admite-, ahora mismo tampoco hay mucho interés por levantar viviendas, en estos momentos de crisis”. “Aparte, el problema está en la altura de los bloques –remacha Sofín-, ya que querían levantarlos de 17 pisos. Y pretendían dejar una plaza que es más del doble de la de los Sitios”. “Ahora, con el precedente del IFET, parece ser que les van a exigir que los pisos que ahí se construyan tengan la misma altura que los bloques del entorno –vaticina Jordá-. Lo que realmente se tendría que hacer es reelaborar el proyecto de Aceralia. Ahí hay superficie suficiente para levantar una ciudad como Tauste, con sus equipamientos y todo”, remarca. “Hay suelo suficiente para instalaciones deportivas, y hasta para poner un ambulatorio si se quisiera”, apostilla Sofín.

Últimas obras El Picarral cerraba 2010, el año del cuarenta aniversario de su asociación de vecinos, con avances en lo referente a los temas urbanísticos y de equipamientos pendientes. Las obras del hogar del jubilado y centro de día están acabadas, a la espera de que el Instituto Aragonés de Servicios Sociales lo amueble y contrate al personal. Además, cuando este abra, el Hogar de Balsas no tiene previsto cerrar y mantendrá sus actividades.

La prolongación de la calle Monte Perdido está por fin abierta al tráfico y arbolada. El tanque de tormentas de Alcalde Caballero evitará las inundaciones en la calle San Juan de la Peña. Está ahora rematado en superficie con una plaza que incluye una zona de juegos infantiles, con arbolado, plantas, con juegos para mayores… Esta obra, acordada por el Ayuntamiento de Zaragoza y la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende, “ha quedado bastante bien, con un buen uso y aceptación por parte de los vecinos de la zona”. Como la empresa constructora no ha cumplido con algunas de las condiciones acordadas y pagadas por el ayuntamiento (falta de arbolado, plantas deterioradas, etc.), la asociación se ha dirigido al jefe de servicio de parques y jardines que “ha aceptado nuestras quejas, y se comprometió a solucionar este problema”. La construcción de un barrio más habitable y más humano ha sido una tarea ardua a lo largo de estos cuarenta años de militancia vecinal, pero también plagada de recompensas. Aunque siempre quedan asuntos pendientes por los que seguir luchando. Ante la situación actual dotación de equipamientos y servicios en el barrio, Juanjo Jordá cree que, aunque no anda mal servido, “falta claramente alguno de tipo cultural, como una biblioteca. Y luego, sobre todo, algo para la juventud y la infancia, que es un poco

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no cumpliesen con el ordenamiento jurídico”, responden desde el colectivo vecinal.

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lo que nos planteamos en la cesión de Campo Ebro. Son 6.000 metros cuadrados, 3.000 edificables con zona verde en el entorno. No tenemos absolutamente nada para la juventud y la infancia”. “Y también reivindicamos pisos tutelados. Estamos más a favor de este modelo asistencial

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que de las residencias”, añade Antonio Sofín. “Nosotros queremos que nuestros abuelos vivan en nuestro barrio mientras sean capaces de hacerlo”, afirma Juanjo Jordá. “Apoyaríamos cualquier iniciativa de ayuda a domicilio y pisos tutelados. Y le demostramos a la Administración que esto les sale cuatro veces más barato que meterlos en una residencia”, asegura.


40 años

CONSTRUYENDO ENTRE VECINOS

Capítulo

4


Si la historia del Picarral en estos cuarenta años es en cierto modo un reflejo de la propia historia de España, solo que reducida a la pequeña escala del barrio, hay un colectivo que, más que ningún otro, refleja la transformación que el país ha vivido en las últimas cuatro décadas. Y no es un colectivo pequeño, ni mucho menos. Se trata más bien de aproximadamente la mitad del vecindario del Picarral (o de la mitad de la población española, si volvemos a saltar de escala). Son las mujeres. En todo el trabajo realizado a lo largo de estos años de movimiento vecinal, construyendo entre vecinos una vida mejor para el barrio, ha tenido una destacada importancia la labor desarrollada entre, por y para las vecinas. “Desde el principio

de la asociación, la Comisión de Mujeres siempre ha participado de forma muy activa en las luchas del barrio”, afirma Pilar Añón, miembro de esta comisión desde su creación. Su labor no solo se ha centrado en los asuntos generales del barrio, ésta ha sido también una lucha por las propias mujeres. “Desde los inicios, hemos participado activamente en los 8 de marzo, en la reivindicación de los centros de planificación familiar, del aborto, del divorcio… En todas esas luchas que se llevaban en la ciudad, la Comisión de Mujeres del Picarral estábamos presentes”. El cambio de rol en la social protagonizado por las mujeres en estos cuarenta años, vividos también en paralelo y activamente por muchas vecinas del Picarral desde dentro de la asociación, es sin duda el reflejo más fiel de la transformación que hemos sufrido como país en ese

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ENTRE VECINAS

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mismo periodo. La España de hoy (el Picarral de hoy) no se explica ni se entiende sino gracias a ese cambio de rol. Ni tampoco la historia de la propia asociación. Incluso, “yo creo que la historia de las propias familias no hubiera sido la misma”, interviene Mari Carmen Langarita, otra de las vecinas del Picarral que siempre ha estado implicada en las batallas que han librado las mujeres de la asociación de vecinos. “La propia composición de las familias hubiera sido distinta sin la planificación familiar y sin todo el trabajo que hemos desarrollado con los hombres”. De hecho, como destaca Antonio Sofín, “la primera asociación de vecinos de Zaragoza que tuvo una mujer presidenta fue la nuestra. Se trata de Tere Soro”. Y es que “hemos trabajado siempre en un plano de igualdad”, asegura Juanjo Jordá.

“Y a mí me gusta recordar –añade- que fueron las mujeres del Picarral las que consiguieron uno de los primeros centros de planificación familiar de Zaragoza. Es una muestra de por dónde se iba trabajando”, afirma. “Yo también fui presidenta, pocos años pero también lo fui”, apunta Pilar Añón, esposa de Sofín. “Y yo vicepresidenta”, añade Mari Carmen Langarita. Tanto Pilar como Mari Carmen creen que, en la Asociación de Vecinos del Picarral, hombres y mujeres han trabajado siempre en un plano de igualdad. “Yo creo que dentro de esta asociación no nos hemos sentido nunca discriminadas”, afirma Pilar Añón. “Al revés, creo que nos han apoyado muchísimo los hombres de la junta. Valoran muchísimo todo lo que hacemos y, desde luego, si no ocupamos más cargos las mujeres


“Y porque no tenemos ningún afán de poder”, puntualiza Langarita. “Sí –asiente Añón-, yo creo que lo nuestro es trabajar más el día a día, estar con las mujeres. Pero creo que si cualquiera de nosotras dijera ahora que se presenta para presidenta, los hombres estarían encantados. Les gustaría que nos metiéramos mucho más en los cargos, porque lo que es luego la práctica diaria, para la Comisión de Mujeres es muy importante que una de nosotras se integre en la junta y estemos muy al tanto de todas las reivindicaciones que se hacen a nivel de barrio para que nosotras motivemos a las mujeres y salgamos junto a las demás comisiones a pedir en la calle lo que haga falta”.

La carestía de la vida Cuando la ACF nace, en 1970, lo hace con más de una vecina plenamente integrada en su estructura. Pero no existía todavía la Comisión de Mujeres. Su origen se remonta inicialmente a la Comisión de Consumo, integrada en la práctica totalidad por vecinas. “Es que, ahí, lo que nos inquietaba era la propia supervivencia. Se tenían muchos hijos, éramos familias obreras, y alargar el sueldo hasta final de mes era un verdadero milagro”, señala Mari Carmen. “Y estábamos viviendo un incremento del 20 al 25% anual de los precios. Pero los sueldos nunca llegaban a subir en la misma medida”, añade Pilar. En aquellos primeros tiempos de la asociación, los precios de los productos más básicos eran los que más sufrían esa escalada alcista, a velocidades de vértigo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 1973, los precios de la alimentación habían subido un 14%; la ropa,

un 18,1%; y la vivienda y los gastos generales del hogar, más de un 12%. Esto, según la subida “oficial”. Pero las amas de casa del Picarral sabían que, en las tiendas donde hacían la compra cada día, la realidad era mucho peor. Y para 1974, las previsiones no eran mucho más halagüeñas. A mediados de año, se calculaba que el ejercicio podía cerrarse con unas subidas de precios que iban a doblar las de 1973. La Comisión de Consumo de la ACF del Picarral intentaba ocuparse de todo lo concerniente a los problemas de los precios. Y no se trataba de un problema menor, sobre todo si se tiene en cuenta que, en estos años finales del franquismo, la cesta de la compra seguía engullendo buena parte del presupuesto mensual de las familias obreras, como lo eran la práctica totalidad de las que vivían en el Picarral. Estos vecinos dependían en su mayoría de un jornal fijo, con el único y triste consuelo de estirarlo un poco a fuerza de horas extra en la fábrica. La Comisión de Consumo de la ACF del Picarral, consciente de que el problema de la carestía de la vida afectaba más directamente a las amas de casa, era hacia ellas a quienes dirigía fundamentalmente su trabajo. Ellas eran quienes día a día se enfrentaban a unos precios cada vez más altos con unos sueldos que crecían bastante menos. Las mujeres de esta comisión se juntaban por grupos a discutir los temas que les afectaban como consumidoras, pero también hablaban sobre la educación de sus hijos y sobre otros problemas que afectaban al barrio. Se trataba de que fueran tomando conciencia de las causas de todos esos problemas y pensando en soluciones. Y, así, su papel iba volviéndose más y más activo a medida que se iban integrando en la asociación como una vecina más, en plano de igualdad con sus compañeros los hombres.

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dentro de la asociación creo que es porque no nos lanzamos”.

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España estaba cambiando. Aunque fuese a base de letras y mucho esfuerzo, empezaba también a dejar de ser un exotismo tener lavadora, o incluso televisión en color, en las casas. Pero llegar a fin de mes, y comiendo de una manera medianamente decente cada día, era un auténtico ejercicio de malabarismo al que las amas de casa del Picarral tenían que jugar con los números de la economía familiar. La presunta sociedad industrial y de consumo que el desarrollismo franquista se había ocupado de vender, dentro y fuera de nuestras fronteras, bajo el seudónimo del “Milagro Español”, hacía aguas en los hogares de los obreros-consumidores, que interpretaban más bien el papel de obreros-consumidos. Y es que Spain, aunque cada día un poco menos, seguía siendo different.

El salario mínimo oficial, a junio de 1974, era de 225 pesetas al día (¡poco más o menos 1,35 euros!), es decir, de 6.750 pesetas al mes (unos 40,50 euros). Un organismo de empresarios de Zaragoza calculaba que lo necesario para comer diariamente un matrimonio con dos hijos de la ciudad ascendía a 224 pesetas. Pero un kilo de judías verdes costaba unas 34 pesetas; uno de tomates, en plena temporada, 35; la barra de pan de 350 gramos no bajaba de las 8 pesetas… Además, según ese cálculo de los empresarios, a esa familia le quedaría una peseta para pagar agua, luz, gas, transporte… ¿Y si alguien cobraba el salario mínimo y tenía un tercer hijo?... ¿Lo vendía para que pudieran comer los otros dos? El papel de las mujeres va volviéndose más y más activo en todos los niveles de la sociedad.


“Fue un cambio gradual”, afirma Pilar Añón. “Sí, pero perder miedos fue algo muy importante”, puntualiza Mari Carmen Langarita. “Recuerdo en el estado de excepción, cuando nos clausuraron la asociación, que seguíamos reuniéndonos, pero en las casas. ¡Fíjate qué carácter tan político tendríamos, que ni éramos conscientes de que lo que estábamos haciendo era política!”. Pero aquello era Política, así, con mayúscula. “Ya, claro, pero para nosotras era simplemente luchar por nuestros intereses. O por lo menos esa era la realidad de una gente que tampoco estábamos adscritas a ningún movimiento ni partido en concreto. Simplemente, hacíamos política desde las tripas. Pero para el Régimen sí que éramos un elemento subversivo y peligroso. Acudir a cualquier reunión, aunque fuera para hablar de que el precio de las patatas estaba muy caro, estaba prohibido”, rememora Mari Carmen. Pero, como ha dicho Pilar Añón, el cambio del papel de la mujer en la sociedad es paulatino y, en los años de la transición, si algo caracteriza la vida de un barrio obrero como el Picarral es que la incorporación de las mujeres al mercado laboral está todavía en pañales y ellas siguen siendo en su mayoría encargadas de las finanzas domésticas y del cuidado de la familia. Son amas de casa quienes protagonizan en estos años las luchas articuladas desde la asociación. El Boletín de la ACF del Picarral de febrero 1977 refleja a la perfección esa época de cambios para las mujeres, en una sociedad que en ocasiones

aún tenía que empezar a digerirlos: “Nuestras mujeres no se quedan en casa, también participan. Y sí, la ACF no es solo para vecinos, también para vecinas, aquí hemos roto con el refrán de la mujer en casa con la pata quebrada”. En ese mismo número, en un artículo titulado “El consumo, un problema diario”, puede leerse que la comisión de consumo sigue “defendiendo los intereses de la mujer como tal y como encargada de la cesta de la compra”. En el texto se repasan las actividades recientes organizadas por esta comisión, como charlas informativas sobre economía doméstica y otros temas de actualidad, como el Referéndum Nacional para la Reforma Política. También se recuerda que se mantienen contactos con los pequeños comerciantes del barrio y con agricultores y ganaderos para afrontar los problemas comunes que suponía la compra diaria. Hoy hablaríamos del IPC, del poder adquisitivo de los trabajadores, de la capacidad de gasto de las familias… Con otras palabras y salvando las diferencias de hace un tercio de siglo, el artículo reflejaba en términos de la época que este barrio obrero vivía “el problema de la carestía de la vida, en la que por un lado los salarios se nos ajustan en el 19,77% más dos puntos para el año 1977, que es el índice oficial de la carestía, pero a la hora de ir a la compra vemos que esto no responde a la realidad de lo que gastamos”. Y es que subían los precios de productos tan básicos como el pan, el azúcar, la leche, la gasolina, el transporte… La diferencia entre entonces y ahora es que, de las 30.000 pesetas mensuales que, según los cálculos de la Comisión de Consumo, necesitaba una familia con dos hijos para llegar a fin de mes, casi la mitad (49,39%) se los llevaba la alimentación. La cesta de la compra diaria era la hipoteca de aquella época. De he-

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La llegada de la democracia en 1977 supondrá un cambio histórico para las españolas, un cambio que a ojos de un lector que no haya vivido los años preconstitucionales puede sonarle metafórico, pero que es literal. Y es que las mujeres dejan de ser menores de edad permanentes para ser ciudadanas de pleno derecho. Hasta entonces, no podían ni abrir una cuenta bancaria ni viajar al extranjero sin el permiso del tutor legal, véase padre o marido.

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cho, un estudio elaborado por esta comisión al año siguiente, revelaba que la relación entre los sueldos que pagaban algunas empresas del barrio y lo que una familia media gastaba en comer, había que destinar a gasto en alimentación entre el 50% y el 133% de dicho salario.

mía más. El pan ocupaba una parte muy importante de la dieta diaria de las familias obreras. Si bien nutricionalmente no aporta mucho más que hidratos de carbono, el pan era una de las formas esenciales que estas amas de casa de mediados de los setenta tenían de completar las necesidades caloríficas del menú diario.

Consumidoras conscientes

Pongamos que una familia media consumía al menos dos barras de pan de 350 gramos al día. A razón de 8 pesetas por barra, esto suponía un gasto mensual de 496 pesetas. Pero entonces, los despachos de pan tenían la obligación de vender el que se dio en denominar el pan familiar, que eran piezas de 800 gramos de peso con un precio máximo fijado en 7,50 pesetas, es decir, en 9,40 pesetas el kilo, frente al pan de libre fabricación, que en enero de 1975 solía costar entre 19 y 26 pesetas, según un estudio de la Comisión de Consumo de la ACF del Picarral.

Estos datos ayudan a entender una lucha que las vecinas del Picarral habían venido desarrollando desde los momentos finales del franquismo. Que la mayor parte de los ingresos los engullese la alimentación da una idea de la importancia que para las economías familiares tenía la subida de precios de alimentos tan básicos como el pan. De ahí la demanda del llamado pan familiar, reivindicación que quizás hoy día podría llamar la atención pero que en 1975 era de suma importancia para las amas de casa de las familias obreras. “El tema era la carestía, que comprar cuatro o cinco barras de pan te suponía un pastón”, apunta Mari Carmen Langarita. Uno de los temas más trillados en la Comisión de Consumo “fue precisamente el de la carestía de la vida”, reafirma Pilar Añón. El pan sigue siendo hoy día un alimento muy generalizado, pero hace 35 años todavía se consu-

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Para Mari Carmen, “era como una forma de dar alternativas a la gente para que sobreviviera y llegara un poco mejor a final de mes”. Bien es cierto que quizás ese formato de pan les resultaba menos práctico a las amas de casa a la hora de preparar el bocadillo para que el marido se lo llevase a la fábrica. “Eran unas hogazas que no tenían más que miga. ¡Menos mal que entonces estábamos delgadas! Nos lo podíamos comer


Como refleja el testimonio de una vecina anónima del Picarral, recogido en el boletín de la ACF de febrero de 1975, optar por el pan familiar ayudaba a que las cuentas cuadrasen algo mejor a final de mes. “Me convenció una vecina; mejor dicho, me he convencido yo misma porque me ahorro todos los días 25 pesetas (775 pesetas al mes); y después de haberle explicado a mis hijos y a mi marido lo de la miga y la corteza (que alimentan igual) ya no me protestan y se están acostumbrando a comer el bocadillo de rebanadas”.

la ACF del Picarral trataba de hacer comprender a las amas de casa que estaban en todo su derecho a reclamar que se les vendiese el pan familiar. Pero no solo eso, también trataba de hacerles entender que, al estar haciendo valer ese derecho, no estaban perjudicando a quienes les vendían el pan en su barrio, que no dejaban de ser otros vecinos y trabajadores más. “La mayoría de la gente que vende pan no lo fabrica”. Las verdaderas responsables de que suba su precio son “las grandes fábricas panificadoras como Peipasa, Arpan, La Eléctrica… O sea, verdaderas empresas capitalistas para las cuales hacer pan es un negocio más, como el que fabrica yates, por ejemplo”, podía leerse en aquel mismo boletín de la vecina y las rebanadas.

La masa del pan familiar era exactamente la misma que la de las barras convencionales pero resultaba más barato. Y si, además, el establecimiento no disponía de estos panes de 800 gramos, los tenderos estaban obligados por ley a vender la misma cantidad al precio máximo fijado para el pan familiar. “Pero no lo querían hacer en las tiendas. Aunque como era más barato, tenían la obligación de hacerlo, y por eso lo exigíamos”, recuerda Pilar. El problema era que muy pocas amas de casa conocían la obligatoriedad de su venta en las panaderías.

Y, gracias a la insistencia de algunas de estas vecinas, se consiguió que en las tiendas del barrio se vendiese el pan familiar, “aunque a lo mejor lo comprásemos poca gente”, reconoce Pilar Añón. “Pero nosotras, erre que erre”, remata con una amplia sonrisa dibujada en la cara. Una sonrisa que surge al evocar unos tiempos en los que la juventud y las circunstancias les hicieron emprender a estas mujeres del Picarral unas luchas que resultan tan distintas y tan distantes de las que ahora les ocupan.

En su empeño por hacer pedagogía social, en todas aquellas reivindicaciones que llevaba adelante,

“Hubo un tiempo en que nos planteamos el consumo directo del agricultor, cuando la guerra del

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con esa edad, porque ahora, ni regalado nos lo comeríamos”, comenta jocosa.

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pan. Una cosa que siempre hemos hecho en esta asociación es trabajar juntos con otros”, recordaba Juan José Jordá en una de esas charlas para preparar el cuarenta aniversario de la asociación de vecinos. “Entonces todavía no se hablaba de ecología, ni menos aún del mercado agroecológico. Pero lo estábamos haciendo sin saberlo”, añadía Jesús Gil. “El tema de los intermediarios era una lucha constante también –explica Mari Carmen Langarita-. Porque claro, si al agricultor que criaba las patatas le pagaban una peseta, y nosotras las pagábamos a diez, decíamos: ¿pero bueno, cómo puede ser esto?”. Aunque podría decirse que, al menos en ese aspecto, treinta y tantos años después no hemos cambiado tanto. “Por eso, cuando veo ahora a los agricultores luchando por lo mismo, me acuerdo de todo aquello”, sostiene Pilar Añón.

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Pero en 1977, las mujeres del Picarral ya tienen cierto bagaje como consumidoras conscientes y se organizan para la venta de patatas a precios populares, prescindiendo de los intermediarios que encarecen la cesta de la compra. Las mujeres de entonces dejan bien claro que su defensa del consumidor es frente a los grandes intermediarios, como Mercazaragoza, y no frente a los pequeños comerciantes del barrio, a los que se invita, sin éxito, a participar en esa especie de cooperativa para distribuir los productos directamente del campo al consumidor. Así pues, las mujeres de la asociación se pusieron en contacto con un agricultor de la UAGA y, para probar, deciden llevar 5.000 kilos de patatas. Mari Carmen recuerda que “era un chico de Trasobares, que empezó a traer sacos de patatas a un local que nos dejaron, donde estuvo más tarde el primer Topi”,

el Taller Ocupacional Picarral, un local de la calle Monte Perdido, en los bajos del bloque de Unipresa (San Juan de la Peña, 157). “Él ganaba mucho más y a nosotras nos salía infinitamente más barato. Pero, aparte del ahorro económico, se trataba también de denunciar la situación”, señala. El éxito es tal que las patatas se agotan en dos días, así que la iniciativa se extiende a otros productos como manzanas, cebollas, coles, miel, judías, ajos… Pero ellas van más allá de su rol como madrescuidadoras-educadoras-consumidoras, y cada vez van ganando más peso como ciudadanas activas. El mercado laboral, la cultura y la política, ámbitos todos ellos de los que tradicionalmente se han visto excluídas, son ya parte indisoluble de sus vidas. Y lo son porque sostienen una doble militancia: como vecinas, en los problemas de barrio; y como mujeres, en los asuntos de género. “Siempre hemos tenido más sensibilidad con los temas de género y con lo familiar”, confirma Langarita. “Por ejemplo, con la reivindicación de las guarderías. Hubo una lucha muy importante con este tema y eso, fundamentalmente, lo liderábamos las mujeres. Ellos apoyaban. Pero claro, al fin y al cabo, como con el reparto de roles, era a nosotras a las que más nos tocaba estar con los niños…”, y deja caer una pausa como queriendo decir que, a buen entendedor… Es decir, que aquello que las mujeres han logrado en estos años para sí mismas se lo han tenido que trabajar entre vecinas. Y quizás con el apoyo puntual de algún que otro vecino, tampoco es cuestión de dramatizar en exceso. El papel de las mujeres siempre ha sido activo en todas las comisiones de la ACF del Picarral. “Otra cosa es que luego, a la hora de reivindicar el urbanismo, de estar en contra de que los tanques pasaran por el barrio… Pues en esos temas


Reunión con el alcalde Las mujeres empiezan también a ejercer como las legítimas portavoces de la asociación ante las autoridades. Sirva como ejemplo la reunión que, en abril de 1976, un grupo de ellas mantuvo con el recién estrenado alcalde de Zaragoza, Miguel Merino, el último elegido a dedo, para exponerle los problemas del barrio. Hacía solo unos meses que la asociación había sido suspendida, como se ha visto en el primer capítulo. Pero, como las autoridades se huelen cambios tras la muerte de Franco, no quieren dejar pasar la oportunidad de mostrar un talante abierto y dialogador, aunque solo sea de cara a la galería. “Hay que tener en cuenta que este alcalde es provisional, y que tiene que ir haciendo méritos para ganarse el puesto fijo”, podía leerse en la crónica de aquel encuentro que estas mujeres plasmaron en el boletín de la asociación de ese mismo mes. “Y la mejor manera –añadían-, en estos momentos que tanto se habla de democracia y de participación del pueblo, es hacerse demócrata”. Miguel Merino es todo amabilidad y buenas formas. Pero la sensación con que las vecinas salen de su despacho es que “mucha palabrería” pero “ninguna solución concreta”. Les promete que se pondrán en estudio algunas de sus exigencias. Por ejemplo, la de un billete laboral y escolar para los transportes públicos. Pero que cuesta

mucho y no hay dinero. De hecho, nunca se implantó. A las vecinas les llama la atención que sí que llegue, en cambio, para poner 80 millones de pesetas encima de la mesa para la ampliación del estadio de la Romareda. A otras peticiones vecinales, directamente, el alcalde responde diciendo que no era posible. Por ejemplo, la de echar para atrás la subida de un 233% de la cuota municipal de recogida de basuras domésticas. Mención aparte merece la respuesta que ofreció a la solicitud de más plazas de BUP y FP en los barrios. Total, para “4 ó 5 cabezas” que salían buenas para estudiar en el barrio cada curso, les dijo. El hijo del obrero, por lo visto, estaba condenado a repetir el destino de sus padres; la igualdad de oportunidades, mejor, ni mentarla. Y, respecto a la participación ciudadana, “en todo”, se les prometió. Pero claro, para empezar a ponerla en práctica no era la mejor vía seguir prohibiendo asambleas en los barrios, como había ocurrido hacía poco en Delicias. La conclusión de las vecinas tras su reunión con Merino fue “que lo mejor va a ser exigir todos juntos, los vecinos, y de una manera firme, la solución a nuestros problemas”. Aunque las economías familiares seguían sin estar para grandes alegrías, nunca faltó la solidaridad entre vecinos cuando había una emergencia. Y, especialmente, entre vecinas. Por ejemplo, en diciembre de 1979 hubo un incendio en un piso del número 6 de la calle Cañón de Añisclo. Dos habitaciones de la casa se quemaron y los vecinos, sobre todo las mujeres, decidieron pasar por las casas de Balsas solicitando una ayuda económica para la familia afectada por el fuego. Consiguieron reunir 80.000 pesetas. Un magnífico ejemplo de la solidaridad vecinal.

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igual salíamos hombres que mujeres a la calle”, continúa Mari Carmen. Es decir, que en lo que concernía a todos, hombres, mujeres, pequeños y pequeñas, ahí estaban ellas también. “Pero creo que a la hora de ocupar cargos nos ha ido más la labor de base que presidir la asociación”, aunque ya se ha dicho que aún así hubo varias presidentas.

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Falta información sexual Las mujeres del país (y las del Picarral) se han puesto en marcha y, afortunadamente para el conjunto de la sociedad, ya no habrá quien las detenga. Siguen impulsando actividades culturales y de ocio, luchando por conseguir más guarderías y una mejor educación para sus hijos, pero también por formarse intelectualmente ellas mismas. La toma de conciencia de lo que implica ser mujer incluye también su propio cuerpo, así que, en el ámbito de la asociación, se procuran charlas de formación sobre sexualidad. Estas charlas gozan de una gran aceptación y en ellas se van derribando barreras que, hasta hace nada, eran tabúes. En ellas se habla de planificación familiar y métodos anticonceptivos, de prevención de enfermedades e higiene en la mujer, de cáncer de mama y útero, de embarazo, parto y menopausia…

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La ACF del Picarral fue pionera en empezar a reivindicar, y también en conseguir, la puesta en marcha del primer centro de planificación familiar de Zaragoza. “Esa fue también una lucha de las mujeres y además también quisimos implicar a los hombres”, explica Pilar Añón. “Recuerdo –expone Mari Carmen- cuando empezaron a hacerse las vasectomías. Aquello tuvo un efecto multiplicador. Cuando ya tenías dos o tres hijos, ¿para qué querías más? En cuanto el primer marido se la hizo, luego entre nosotras comentábamos: ‘Pues chica, va muy bien’. Además, a mí, como que me daba rabia que por aquel entonces no sabías a qué te exponías. Y yo me preguntaba que cómo no hacían estudios de esto, cómo no recogían las experiencias para luego animar a otros”. “Al principio –recuerda Pilar-, hacíamos charlas por la noche con el médico Fernando Aínsa, que era muy lanzado y progresista, y estaba ya

promocionando los métodos anticonceptivos”. Desde la clandestinidad, se entiende. “Teníamos el coche de policía en la puerta de la asociación cuando dábamos las charlas de planificación familiar, allí en la parroquia de Belén”, aclara. “¡Te metían el miedo en el cuerpo!”. “Es que en la Seguridad Social incluso era ilegal el tema de los anticonceptivos”, apunta Mari Carmen. “Y lo más que lograbas es que, si conocías a un médico privado, pagabas mil pesetas, que entonces era un fortunón, y entonces te recetaban la píldora. Pero además, con unos bulos


“Y luego, los miedos que te metían en la cabeza –añade Pilar-, que si vete tú a saber lo que te iba a pasar si tomabas la pastilla. Te decían que era muy perjudicial para la salud. Pero empezamos a usarlas y a partir de ahí fue cuando las mujeres nos dimos cuenta de que había que tener unos centros de planificación familiar en la Seguridad Social. Es que, nos tocó ir al médico de cabecera a que te recetara las pastillas, y tener que oírte la frase de que él no pecaba para que nosotras jodiéramos a gusto. Pero eso son palabras textuales, eh. ¡Cómo ibas a ir a que te dijeran eso!”, clama. A comienzos de 1980, en el local de la asociación siguen programándose charlas culturales e informativas en las reuniones de los miércoles por la tarde, abiertas a todas las vecinas del barrio. Las mujeres del Picarral están atentas a todos los temas de género que preocupan al resto de las vecinas de la ciudad. La Coordinadora de Mujeres de Zaragoza difundía una nota ante la falta de centros de información sexual y planificación familiar. Su consecución en todos los centros de salud y ambulatorios, además de uno específico dedicado en exclusiva a la salud sexual, era el objetivo prioritario de esta coordinadora, creada el año anterior. Estos centros respondían a una necesidad real de las mujeres y exigían unos mínimos de calidad asistencial. Sin embargo, los pocos que funcionaban cerraron por falta de presupuesto. Y, por supuesto, de voluntad. Y es que las prioridades de las mujeres no lo eran tanto para una clase política que seguía siendo, casi en su totalidad, masculina. Solo quedaba abierto, con carácter voluntario, el de la Jefatura de Sanidad, que se limitaba a rea-

lizar revisiones ginecológicas. La coordinadora decía en su escrito: “Porque creemos que somos libres para elegir nuestra sexualidad, y optar o no por nuestra maternidad, pensamos que este derecho debe ser reconocido por el Estado, sin vernos obligadas a acudir y a hacer más poderosa a la medicina privada. Queremos que llegue a cada barrio una información más amplia sobre este problema, y para ello hemos comenzado una información masiva”. La ACF del Picarral se sumó a este movimiento y todos los martes se reunían las mujeres de la asociación para tratar éste y otros temas. Y, a mediados de este mismo año, cuando por fin se habían adjudicado las obras del centro de especialidades médicas de Balsas de Ebro Viejo, por el que tanto habían luchado las mujeres del Picarral, estas se enteraron de que el nuevo centro asistencial tampoco iba a contar con ningún especialista de planificación familiar. “Aunque se nos ha dicho que, con el tiempo y una caña, tal vez se pueda montar este servicio en alguna de las consultas”, aseguraban desde las páginas del boletín de la asociación. Para ese nuevo curso (1980-1981), la Comisión de Mujeres se repartió el trabajo en tres grupos. Unas asistían a la Coordinadora de Mujeres de Zaragoza, “donde se tratan muchos temas que nos afectan y donde asisten grupos de mujeres de los demás barrios”. Otro grupo iba a dedicar su tiempo a luchar, junto a los vecinos del 157 de San Juan de Peña y la agrupación de comerciantes de esa zona, por conseguir que en el terreno que había frente a las viviendas de Unipresa, una guardería y una zona verde ocupasen el lugar en el que hasta entonces campaban a sus anchas unas ratas del tamaño de conejos. Y el tercer grupo se centró en presionar al Insalud para que abriese a tiempo el centro de Ebro Viejo, y que lo hiciese “con todas las especialidades”, incluido “un gabinete de orientación sexual y contracepción”.

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tremendos: que si te dolía la cabeza, que si tenías que regular las reglas… Además de que no estaban tan perfeccionadas como ahora”.

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Tras más de dos años de trabajo coordinado de las comisiones de mujeres de los barrios de Zaragoza, reivindicando servicios de planificación familiar y orientación sexual, por fin se conseguía, en 1981, que abriesen dos centros: uno en el centro de especialidades de San José y otro en el Ramón y Cajal. “Y no vamos a quedarnos tranquilas con lo conseguido, porque queremos también uno de estos centros en el ambulatorio de nuestro barrio”, podía leerse en el boletín de la asociación del Picarral de diciembre de ese año. Y no descansaron hasta que se logró, en 1983.

También entre vecinas, más allá del Picarral

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Como ha quedado claro ya, estas mujeres de la asociación no solo se movilizaban por aquellas cuestiones que afectaban directamente a su barrio. Por ejemplo, unas cuantas apoyaron con su presencia una manifestación que, a finales de 1981, se celebró en Zaragoza para protestar contra una oleada de agresiones sexuales y violaciones que azotó la ciudad. Al año siguiente, “como no nos quedamos satisfechas con trabajar solo en nuestro barrio –podía leerse en el boletín de la ACF de mayo de 1982-, hemos apoyado la manifestación que hubo sobre el aborto, puesto que es un problema de todas las mujeres: mientras las que tienen dinero pueden ir a abortar a Londres, las mujeres trabajadoras abortan en condiciones muy malas y además son juzgadas por ello”. Quién diría que, casi treinta años después, algunos hayan querido resucitar este debate, más que superado, a raíz de la nueva ley del aborto, que ofrece mayores garantías jurídicas a médicos y mujeres, y que en estos momentos se encuentra recurrida ante el Tribunal Constitucional. Atentas a todo lo que ocurría en la ciudad, en aquellas mismas páginas mostraban su apoyo

“a todas las despedidas del Sepu”. Y es que el paro femenino es entonces una gran preocupación para las vecinas del Picarral, que reclaman el derecho de las mujeres a un empleo remunerado. Algunos, “por ser amas de casa, ya se creen que no tenemos derecho a un puesto de trabajo”. En este sentido, en el boletín de la asociación de vecinos de febrero de 1984, la Comisión de Mujeres apunta que piensa “profundizar en el cooperativismo como posible salida a la marginación que sufrimos las mujeres, más que nadie, en el aspecto laboral”. Pero las reivindicaciones no ocupan toda la actividad de la Comisión de Mujeres. También hay un espacio para el cultivo del cuerpo, con las clases de gimnasia. Y para el del espíritu. Por esas fechas, cuentan con el apoyo del ayuntamiento para seguir organizando cursillos, como los de macramé o de corte y confección, y charlas relacionadas con la alimentación y la carestía.

De Santa Águeda al 8 de marzo Más allá de las cosas serias, las vecinas de la Asociación de Vecinos del Picarral se juntaban a menudo por el mero placer de pasarlo bien. Aunque, incluso en los momentos festivos, siempre quedaba un hueco para la militancia; como vecinas y como mujeres. “Montaban fiestas reivindicativas”, señala Juanjo Jordá. Santa Águeda siempre había sido una buena ocasión para que las mujeres lo pasaran bien, cuando el resto del año les estaba vetado a algunas. En el Picarral se las ingeniaron también para darle una vuelta al tufillo machista que siempre tuvo la festividad de la patrona de las mujeres. “Hubo una guerra porque una mujer se disfrazó de policía urbana, le quitó el uniforme al marido y le hicieron una fotografía que acabó cayendo


“Aquel día de Santa Águeda, a las diez o las once de la noche, teníamos a la policía en casa”, espeta Antonio Sofín que, por razones obvias, mantiene un recuerdo mucho más vivo de aquella anécdota, ya que la vivió en su propio hogar. “Las mujeres dijeron que el uniforme se lo habían hecho ellas”, vuelve a intervenir Juanjo Jordá. “¿Pero cómo?, ¡si llevan hasta placa!”, asegura que respondieron los policías. “Y fue Sainz de Varanda el que cortó todo –añade Sofín-. ¡Hombre, es que eran las once de la noche y tenía a tres policías en casa! Mi esposa, que fue también presidenta de la asociación, estaba entre las que habían organizado todo aquello. Pero es que la policía estaba viniendo a casa cada dos o tres meses. Y no pertenecíamos a ningún partido político ni nada. ¡Bueno, y aunque así hubiera sido, tampoco era razón para hacerlo!”. En 1983, las mujeres de la Asociación de Vecinos del Picarral ya no tenían problemas en disfrazarse de lo que fuera, y celebraron Santa Águeda

por partida doble. La víspera, un buen grupo de ellas acudió a la celebración que el Ayuntamiento de Zaragoza había organizado en el pabellón francés de la que entonces era la Feria de Muestras, hoy sede de la Cámara de Comercio, en el paseo de Isabel la Católica. Disfrazadas y con mucho humor, las del Picarral les dedicaron una canción a sus compañeras de los demás barrios. Y aunque la verdadera gracia estaba en escucharla en sus propias voces, aquí se reproduce la letra, que traslada igualmente a una época muy concreta con unos problemas igual de concretos: “Yo soy el diablo de mi barrio, del barrio del Picarral Y yo sé que aquí vosotras queríais reivindicar. Cuidado lo que decía, porque yo me aburriría, ¿Qué haría yo en el barrio sin el Rico Echeverría? Cuando se manchan los coches y los tienen que limpiar y vuestros maridos juran y se van a condenar. Y mientras, yo me divierto refrotándome las manos ¡Qué bien lo voy a pasar pinchando a los americanos!” Y el 5 de febrero, la fiesta se trasladó al barrio. “La sangría nos animó y nos superamos en disfraces”, escribían pocos días después las mujeres de la comisión en el boletín de la asociación. Pero ahí dejaban también ver cuál era, en el fondo, el verdadero propósito de esta celebración de Santa Águeda. “Deseamos que estas fiestas nos unan todavía más, para que juntas luchemos por nuestros derechos y reivindicaciones. Que lo

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en manos del alcalde. Poco menos que la querían meter a la cárcel”, relata Juanjo Jordá. Y es que, aunque en los años ochenta ya no llevasen implícito el riesgo que habían tenido en los primeros años de la asociación, las trasgresiones de género nunca estuvieron demasiado bien vistas por la policía. Ni siquiera cuando los agentes ya estaban bajo las órdenes de un ayuntamiento democráticamente elegido. No hay que olvidar que, hasta 1979, no se incorporaron las primeras 42 mujeres en toda la historia de la Policía Nacional española, el mismo año en el que se les permitió entrar en la Local de Zaragoza, no sin la incomprensión de buena parte de la sociedad, incluidos muchos de sus compañeros del cuerpo. La incorporación de la mujer al Ejército, sin embargo, no fue posible hasta el año 1988. Y veinte años más tardaría España en tener su primera ministra de Defensa. Pero esa es otra historia.

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importante es conseguir mejores condiciones de vida para todas”. Y, como muestra, un botón. Por entonces, al fin, habían logrado que el ambulatorio de Balsas incluyese el servicio de planificación familiar. Aunque la consulta, de momento, solo funcionase dos días por semana.

de la coordinadora, donde nos juntamos vecinas de toda la ciudad”, afirma Pilar.

“Al principio sí que fomentábamos mucho la celebración de Santa Águeda –recuerda Pilar Añón-. Pero en seguida nos dimos cuenta de que esa fiesta no tenía ningún sentido feminista, nos pusimos radicalmente en contra y decidimos cortar. Y ahora, lo que hacemos es decirles a las mujeres que no celebren esa fiesta porque no tenemos nada que reivindicar en ella”. “Porque para reivindicar la igualdad –continúa explicando Mari Carmen Langarita- no tenemos que emular las barbaridades que hacen los hombres. Y Santa Águeda se acababa convirtiendo en eso, te acababas metiendo con todo el mundo… Y eso no es así”.

Las mujeres del Picarral, lo mismo acudían a clases de educación de adultos que reivindicaban mejoras salariales o el asfaltado de una calle, que se preocupaban de que los anticonceptivos y las guarderías estuviesen al alcance de todas. En definitiva, se ocupaban de que todas las vecinas fuesen dueñas de su cuerpo, de su maternidad… de sus vidas. Gracias a los talleres de promoción de la mujer organizados por el ayuntamiento y las Comisiones de Mujeres de las distintas asociaciones, en los que las vecinas del Picarral venían participando activamente, estas empezaron a editar en 1983 la revista “Nosotras”, como colofón al fin de curso.

El hecho de que las mujeres estuviesen tomando por fin las riendas de sus vidas no sentaba demasiado bien entre los sectores más recalcitrantes de la sociedad española. Sirva como ejemplo la manifestación del 8 de marzo de 1983. Ese mes, la Comisión de Mujeres de la asociación de vecinos del Picarral organizó, junto a las de los otros barrios y con el apoyo del ayuntamiento, una semana cultural dedicada especialmente a las vecinas, dentro de la cual se apoyaban “las reivindicaciones del Día de la Mujer Trabajadora”. Esto incluía participar en la manifestación que recorrió el centro de Zaragoza “y pudimos ver con nuestros propios ojos el incidente provocativo del grupo de fascistas que salió con palos y hierros a provocarnos”, relataban en el boletín del mes siguiente. “El 8 de marzo. Ahí sí que creo que no hemos dejado de participar ni un solo año desde que empezó la Comisión de Mujeres. Dentro de la asociación y luego, a través

En aquella revista se dibujaba un retrato de las mujeres que la habían redactado, y que puede servir para reflejar a toda una generación de españolas. “Queremos advertir de que pertenecemos a esos millones de mujeres en las que reza en su DNI eso tan estúpido de profesión: sus labores; que nunca estuvimos en la universidad, sobre todo por la falta de oportunidades que tuvimos para ello. Pero somos conscientes de que, desde cualquier situación, podemos aportar nuestra colaboración para que la completa integración de la mujer en la sociedad sea alguna vez posible. Esta es la razón fundamental, demostrar y demostrarnos que es una vía posible”. La vida les había brindado tan pocas oportunidades como a sus madres pero, a diferencia de la anterior generación, ellas no se resignaron a admitirlo sin más, y quisieron mejorar. Y es, en gran parte, gracias al esfuerzo de mujeres como ellas, con todas esas limitaciones impuestas, por lo que la

Dueñas de su cuerpo, ahora tocaba el alma


Las mujeres de la Asociación de Vecinos del Picarral siempre han tenido claro que el camino hacia la igualdad pasaba también por el enriquecimiento cultural. De hecho, como apunta Mari Carmen Langarita, “el centro de educación de adultos había arrancado, en gran parte, gracias a las mujeres de la asociación”, allá por 1973. “Claro, es que era una necesidad. Adquirir una formación era lo prioritario”, añade Pilar Añón. Las alumnas del centro de adultos elaboraron un estudio sobre el nivel cultural en el barrio. “Para darse cuenta de los cambios que ha habido, es la mejor forma de verlo”, afirma Mari Carmen. “El estudio formaba parte de la propia formación que recibíamos sobre estadística. Era lo que aprendimos a hacer y eso requería que nosotras mismas pusiéramos en marcha este estudio para ver el nivel formativo de la gente del barrio, por sexos, y

comparábamos también con el nivel cultural que había en el resto de Zaragoza. El estudio abarcaba de 1976 a 1981 y, si lo comparas con los datos actuales, da mucho gozo ver los cambios que ha habido”, sobre todo en que las diferencias de género no se puedan medir por el nivel cultural al que hombres y mujeres han podido aspirar. Pero, también en ese aspecto, el Picarral era un reflejo a pequeña escala de lo que era el conjunto del país. “Claro, en aquellos años era muy común en todos los barrios”, afirma Pilar. Estas vecinas decidieron que no tenían por qué resignarse a carecer de una cultura que, en su juventud, las circunstancias les habían negado. “Hace como treinta años, quisimos poner en marcha una biblioteca porque en la Margen Izquierda no había ninguna. Empezamos a recopilar libros que la gente nos daba y conseguimos inaugurar una pequeña biblioteca”, señala Mari Carmen Langarita. La Comisión de Mujeres de la asociación consiguió ponerla en marcha en el curso 1984-1985.

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generación que hoy encarnan sus hijas es mucho más igual que los hombres. Porque aquella generación se lo creyó y lo hizo posible.

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En el fondo, refuerza esa misma idea de las clases para adultos o de la modesta biblioteca, la de fomentar la alfabetización de los vecinos que no habían tenido la oportunidad de hacerlo en su día. “La gente que participaba, a lo mejor, se quedaba después de la entrega de premios charlando con el jurado, preguntando por su relato, para que le hicieran las correcciones oportunas para ir mejorando”, señala Mari Carmen. “Luego ha habido talleres de creación literaria para que la gente fuera perfeccionando su técnica”, añade Pilar.

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“Nos parecía importante fomentar que la gente leyera, pero también la creación. Y así, tímidamente, empezamos con el concurso literario”, va hilando Langarita. En 1984, un grupo de la Comisión de Mujeres convoca el Primer Concurso Literario del Picarral, que ha seguido celebrándose cada año hasta hoy. “El primer año –continúa-, me parece que participaron ocho o nueve personas; el segundo, trece; y el tercero, veintitantos. Se ha mantenido, y ha habido años que han participado setenta u ochenta personas. Hoy tiene ya una dignidad. Sacamos una publicación cada año”. El libro que se publica tras cada convocatoria con los mejores relatos se ha convertido ya en todo un clásico. Su edición ha supuesto a lo largo de los años mucho esfuerzo para conseguir financiarla y, en ocasiones, se ha contado con apoyos privados, como en el año 1988, ocasión en la que se editó gracias al extinto periódico El Día, que lo entregó junto con su edición dominical. Para Mari Carmen, su idiosincrasia reside en que es “un concurso popular. Esto es algo que lo ha marcado siempre”. “Nos parecía importante que se animara a participar gente que, aunque no escribiera muy bien, se empezase a animar a hacerlo”, explica Pilar Añón. “Eso es lo más importante –insiste Langarita-, que la gente participe y pueda compartir un poco lo que ha creado”.

“Y los temas –continúa Añón-, siempre hemos tratado que fueran novedosos y que estuvieran relacionados con la mujer. El último, por ejemplo, ha sido “La familia ya no es lo que era”. El título de uno de los relatos era “La abuela es la que se va de casa”. ¡Porque en las familias de ahora las abuelas están muy explotadas!”, comenta divertida. “Se trata de hacer que la mujer reflexione, que se ponga a crear sobre temas de actualidad y relacionados siempre con la mujer”, añade Langarita. Y de la prosa, al verso. En el curso 1995-1996, al concurso literario se une la I Muestra Poética Picarral. La Comisión de Mujeres lanza “esta nueva aventura con gran éxito”. A la primera se presentaron 45 trabajos, que después del fallo del jurado se recogieron en un libro. “Yo creo que desde la Comisión de Mujeres hemos reforzado los tres pilares fuertes en los que ésta se sustenta: fomentar la cultura, fomentar la reivindicación y, luego, los talleres de ocio para las mujeres”, afirma Pilar. “Y luego, también, potenciar el feminismo sin ser muy radicales siempre ha sido una constante. En aquellos primeros años ni siquiera teníamos mucha conciencia, pero poco a poco la fuimos adquiriendo”, añade Mari Carmen.


Esa misma Comisión de Mujeres del Picarral reconocía en octubre de 1985 que su labor era “una tarea lenta, pero no por eso menos necesaria”. Y con esa visión seguía planificando sus actividades. “Debemos conseguir que las mujeres se organicen y permanezcan unidas para seguir reivindicando la igualdad ante todos los aspectos de la vida: educación, derecho al trabajo, sexualidad, etc.”. Algunos de los temas que tradicionalmente han ocupado el quehacer de la Comisión de Mujeres del Picarral se han mantenido inmutables. Pero sus preocupaciones van amoldándose también a las nuevas inquietudes que traen los nuevos tiempos. Por ejemplo, la droga se convierte en los años ochenta, y continúa siendo en los noventa, un serio problema en el Picarral, al igual que en muchos otros barrios de la periferia de las ciudades españolas. El 30 de marzo de 1989, Heraldo de Aragón se hacía eco de la lucha de ocho madres de la Comisión de Mujeres de la asociación vecinal contra la droga, ya que sabían “beneficiarse de la existencia en una de sus calles del Centro de Acogida de Proyecto Hombre, al que acuden las familias con hijos drogadictos dispuestos a emprender el largo viaje hacia la rehabilitación”. El sida ha dejado por entonces de ser un problema asociado a colectivos marginales, como eran considerados toxicómanos u homosexuales, para pasar a considerarse un problema de toda la sociedad. Así, la comisión organiza un coloquio sobre el sida y la mujer, y trata de acercar hasta sus vecinas una visión sanitaria del tema, para lo que cuenta con la ayuda de representantes de los centros de salud de la Margen Izquierda. En esta misma charla, cuentan también con la colaboración de la Comisión Antidroga.

Y es que, por entonces, el uso compartido de jeringuillas para el consumo de drogas intravenosas sigue siendo una de las principales vías de infección por VIH. A finales de 1991, la Comisión de Mujeres anuncia desde el boletín Nuestro barrio un curso sobre prevención de la drogadicción, dirigido a padres y educadores. La asociación no es partidaria del uso de la fuerza para luchar contra la droga. “Hay que ofrecer salidas y apoyos a la gente con problemas. Por nuestra parte, ya estamos trabajando en la Comisión Antidroga y creemos que nuestro trabajo por impulsar los talleres ocupacionales debería contar con más apoyo institucional y así multiplicarse”. Los talleres y cursos no solo irán dirigidos a la reinserción de colectivos en riesgo de exclusión. Las propias mujeres de la asociación van organizando a lo largo de los años numerosas actividades para fomentar la cultura entre las vecinas del Picarral y animar su tiempo libre. Talleres de yoga, bolillos, gimnasia, manualidades, bailes de salón, visitas culturales, cursos monográficos sobre Goya o Velázquez, e incluso para fortalecer la autoestima, son solo algunos ejemplos de cómo la Comisión de Mujeres no ha dejado a lo largo de los años de trabajar en favor de sus vecinas. Hoy, no es que todo esté hecho en el terreno de la igualdad de género, ni mucho menos. “A algunos de nuestros compañeros de asociación les damos la batalla porque les decimos que mucha militancia aquí y luego en casa, ¿qué? Quiero decir, que parece que hay cosas que están muy superadas, pero tampoco tanto, eh”, advierte Pilar Añón. El camino hacia la igualdad continúa, aunque quizás, los obstáculos que impiden a muchas mujeres recorrerlo se han vuelto más sutiles. Por ejemplo, el reparto equitativo de las tareas domésticas y la violencia de género se encuentran en los dos extremos de un mismo machis-

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Nuevos tiempos, nuevas preocupaciones

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mo, que aún sigue muy presente y que muchas mujeres siguen sufriendo en silencio y de puertas para adentro de su hogar. Sin embargo, en los últimos cuarenta años, y en buena parte gracias al trabajo de grupos de mujeres anónimas, entre las que se encuentran las de la asociación de vecinos del Picarral, en el espacio que media entre ambos extremos del machismo se han ido derribando muchas barreras.

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Hay que reconocer que el salto intergeneracional experimentado en estos años ha sido brutal. No hay más que echar un vistazo a las oficinas y a las fábricas. O las bancadas de los parlamentos y al salón de plenos de cualquier ayuntamiento. O a cualquier aula universitaria. Este cambio de rol de las mujeres en nuestra sociedad se refleja también en el propio trabajo de la Comisión de Mujeres de la asociación. “Ha habido muchos avances a nivel legislativo en estos cuarenta años para las mujeres, yo creo que como nunca antes, pero no tenemos la igualdad todavía”, opina Mari Carmen Langarita. “En la práctica, entre hombres y mujeres sigue habiendo diferencias. Antes, por ejemplo, no hablábamos de violencia de género, hablábamos más de liberación, de que la mujer tuviera independencia económica… Pero ahora que parece que estemos más evolucionadas y que otras cosas se han conseguido, tenemos que seguir hablando de violencia de género y del reparto de responsabilidades dentro de la familia”. La violencia machista siempre ha existido pero es, sin duda, en la última década cuando en España se ha tomado más conciencia de que no es un fenómeno aislado, y de que es responsabilidad del conjunto de la sociedad poner fin a esta lacra, pues el silencio invisibiliza a las víctimas y nos convierte en cómplices a todos. A partir del año 2000, la Comisión de Mujeres del Picarral se entrega en cuerpo y alma a la

lucha contra este fenómeno. Por ejemplo, dedicándole debates y mesas redondas. En 2001, también se decide apoyar la iniciativa de la Comisión de Mujeres de Las Fuentes y salir a la plaza de España todos los meses para protestar contra los malos tratos. “Eso lo seguimos cumpliendo a rajatabla todos los primeros martes de mes, y no solo nosotras, sino también otras comisiones de mujeres de otros barrios”, explica Pilar Añón. “Y cada 25 de noviembre, que es el día contra la violencia de género, es otro de los momentos en que tratamos de sensibilizar a la gente”, añade. Para cuando empiezan a celebrarse estas concentraciones mensuales, se ha implantado en la asociación del Picarral un servicio de atención psicológica para mujeres sin recursos, y se pondrá también en marcha un punto de apoyo para mujeres que sufren malos tratos, con la colaboración de la trabajadora social Pilar Esteban. “Actualmente, una de nuestras principales reivindicaciones es luchar contra la violencia de género”, insiste Añón. Pero esta es solo la punta del iceberg, la visión más cruda y palmaria de una realidad mucho más profunda: el machismo, que hoy sigue presente en nuestra sociedad. Sus manifestaciones son múltiples. Esta es desde luego la más execrable, pero el sexismo continúa marcando el día a día de muchos hogares. Un claro ejemplo, al que anteriormente se aludía, es el desigual reparto de las tareas del hogar. Porque si en los años setenta, una de las preocupaciones de la Asociación de Vecinos del Picarral era la plena incorporación de la mujer al mercado laboral, en la primera década del siglo XXI este es un objetivo cumplido, aunque no siempre se haga en condiciones de plena igualdad. La incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar no ha ido paralela a la de los hombres a las tareas domésticas. Prueba de ello son las jornadas de consumo y medio ambiente que la asociación


Estas jornadas reflejaban la evolución de la sociedad en su conjunto. Si la preocupación de las consumidoras del Picarral giraba, un cuarto de siglo atrás, en torno a asuntos como el pan familiar o la escalada de precios de los productos básicos de la cesta de la compra, los nuevos tiempos traen otro tipo de inquietudes hasta el barrio, como al resto de la sociedad, que toma conciencia del impacto de nuestros hábitos domésticos sobre la salud del planeta en su conjunto. Conceptos como el cambio climático saltan de las universidades y los círculos ecologistas hasta los hogares, que empiezan a ser conscientes de algunas necesidades, como el ahorro de energía.

tenible, cómo usar ese aceite para hacer jabón, y se hablaba de plantas medicinales o de energías renovables. Y así, hasta el día de hoy, en que estas jornadas medioambientales no han faltado a su cita anual con el Picarral. En 2011 se alcanza la novena edición. Si bien es verdad que, sobre todo al comienzo, la asistencia a estos encuentros ha sido mayoritariamente femenina, estos siempre han sido organizados por la Comisión de Medio Ambiente de la asociación, y no por la de Mujeres. Y también es verdad que cada vez más hombres se han ido concienciando de la necesidad de un hogar verde, y esto se ha traducido en una mayor presencia masculina en las jornadas.

La Comisión de Mujeres, hoy Muchos de esos hogares empiezan también a reciclar el aceite de cocinar. En abril de 2002, El Periódico de Aragón se hace eco de que la Asociación de Vecinos del Picarral ha puesto en marcha un servicio de recogida de aceite doméstico para su posterior reciclaje “para usos industriales y evitar que su vertido dañe el medio ambiente”. Se colocó un bidón en los locales del camino de Juslibol, y otro más en el 181 de la avenida San Juan de la Peña, a petición de la propia comunidad de vecinos. La asociación editó, con el apoyo del Ayuntamiento de Zaragoza y de la DGA, unos folletos para animar a los vecinos a usar estos contenedores. En 2003, se repitió la experiencia del año anterior con la celebración de las II Jornadas de Consumo y Medio Ambiente Picarral-Salvador Allende, como continuación de las actividades programadas en el proyecto de la Oficina Punto Verde, en las que se evaluó la campaña de recogida de aceite doméstico. En estas jornadas se enseñaban trucos para hacer un hogar más sos-

“Este año hemos empezado con otro problema que nos hemos dado cuenta de que ahí está, que son las mujeres que se han quedado viudas y no han cotizado, que se quedan con unas pensiones muy pequeñas. Hemos estado recogiendo firmas que hemos llevado hasta el Congreso de los Diputados para que les quede el 75% de la paga”, explica Pilar Añón. “Y luego, un problema grande y que no se termina de abordar desde ningún sitio es el tema de la soledad”, interviene Mari Carmen Langarita. “Cuando vivimos en una sociedad con tanta tecnología y tanta comunicación móvil es cuando la gente está más sola que nunca. Y sobre todo mujeres. Es una labor muy importante y desde las instituciones no se está haciendo nada. Lo han dejado un poco más al tejido social y creo que es una tarea muy importante la que se está haciendo, simplemente, a lo mejor, poniendo el instrumento para que la gente se pueda relacionar, pueda compartir y pueda ayudarse a crecer”; en definitiva, “estar menos sola”.

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celebró en enero de 2002, cuya asistencia fue mayoritariamente femenina, sobre un 90%.

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“Este es otro de los temas prioritarios para la Comisión de Mujeres”, afirma Añón. “Todos los jueves, de 10 a 12, tenemos un punto de encuentro con una psicóloga que dirige el grupo. Se celebra un encuentro cuyo objetivo es fomentar la amistad y las relaciones personales de las mujeres. Empezamos con la trabajadora social del centro de salud, porque veía la soledad que tenían las mujeres, y arrancamos con cuatro o cinco vecinas. Ahora vienen de 30 a 35”. Langarita cree “que es una iniciativa que debería tener más apoyo público”. De hecho, Pilar explica cómo han estado reclamando “que esta mujer pudiera venir pagada por alguna institución, pero claro, como estamos con esta falta de recursos económicos, ella viene voluntaria. Y como se lo toma tan en serio, la pobre ya no da más de sí. Viene cada jueves, atiende a las mujeres, las escucha y les ayuda a que se escuchen entre ellas y se relacionen. Pero la cosa no se queda solo en la sesión de los jueves y se intenta que luego ellas queden para hacer alguna excursión, para ir al cine…”.

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Echando la vista atrás, ¿en qué medida han cambiado las reivindicaciones de las mujeres del barrio en estos 40 años? ¿Ha habido un salto generacional muy grande? “Yo creo que el salto sí que lo ha habido, pero también que la gente participa muy poco en todo lo que son los movimientos asociativos”, opina Pilar Añón. “Todo lo que hemos conseguido les viene muy bien a las mujeres y a la sociedad, pero lo que falta es adquirir más conciencia de que lo que hemos conseguido no ha venido caído del cielo, y que además lo podemos perder. Porque, tal y como están las cosas, eso es lo que nos faltaba”. “Y yo matizaría el tema de la igualdad. Legalmente, hombres y mujeres somos iguales. Pero yo, a lo mejor, voy en el autobús y no me gusta

nada cómo se relacionan los chicos y las chicas. La falta de respeto que ves en los jóvenes hacia las chicas te muestra que se confunde el amor con la posesión. Y eso me parece un arma peligrosísima. A muchas chicas no les pasa porque por suerte están muy espabiladas, pero me preocupa que otras, a pesar de toda la información que tienen a su alcance, se comporten así. Es un tema en el que hay que seguir trabajando”. Y ahí estará la Comisión de Mujeres de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende para que la lucha por la igualdad no decaiga.

GUARDERÍA DE BELÉN Cuando se constituye la asociación, las familias que viven en el Picarral son en su mayoría de extracción humilde, gente joven que ha llegado en aluvión a la ciudad desde los pueblos. Mucha de esta gente ha nacido en los años de la posguerra y apenas ha tenido la oportunidad de recibir una formación escolar que vaya más allá de lo básico. Cuando la necesidad aprieta, hay que abandonar pronto el colegio para echar una mano en la débil economía familiar. Pero esta nueva generación de padres de los setenta no está dispuesta a que sus hijos repitan sus mismos esquemas, y quieren que sus pequeños sí que tengan las oportunidades que a ellos les negaron las circunstancias. Quieren educación para sus hijos, y la quieren gratuita y desde bien pequeños. Una encuesta realizada por la ACF del Picarral revela la necesidad de guarderías que tiene el barrio. Por lo tanto, la autogestión se impone. Y es que “lo de la guardería va enmarcado también, como casi todas las cosas que se hacían desde el barrio, en una situación ideológica”, apunta Juanjo Jordá. “En todo el barrio no había una sola guardería”, trae a colación Jesús Gil. “Era una necesidad fundamental para el movimiento


El Estado no asumía la escolarización de los niños hasta la denominada Educación General Básica. Así que se lava las manos en lo que respecta a proporcionar plazas de guardería y preescolar. “Y como entonces se empezaba la EGB a los cinco años, los niños de esta edad iban al colegio sin haber pasado por ninguna preparación previa, la cual les va muy bien”, opina Pilar Chaverri, que fue vecina del Picarral y participó activamente desde la asociación en la puesta en marcha de iniciativas como el campamento familiar o la propia guardería de Belén, en donde trabajó los quince años que esta permaneció abierta. La puesta en marcha de esta primera guardería del Picarral iba a permitir a algunas madres incorporarse al mercado laboral además de comenzar a tener tiempo para sí mismas para canalizar sus inquietudes y empezar a formarse. La guardería era tan vital para los niños como para el propio desarrollo personal de las mujeres. “No solo se plantea el recoger a los críos en la guardería –añade Jordá-, sino que se plantea también que, una vez han dejado las mamás a los chicos, puedan asistir al centro de educación de adultos para empezar con su formación. Porque, en aquella época, mucha gente no había podido ir a la escuela, y la idea era una política de fomentar la cultura, sacar a las mujeres de sus casas…”. Según Jordá, la guardería sería el germen de lo que luego vendría. “Luego ya se fundaría la Comisión de Mujeres, y se va creando una organización que en aquellos momentos era revolucionaria”.

En 1971 ya existe proyecto para instalar la guardería en unos locales de la iglesia, que en ese momento habían quedado vacíos, y que un grupo de madres solicita, en nombre de la ACF, a la parroquia de Belén. Pero no abriría hasta septiembre de 1973. “Entonces, se quedaron unas aulas vacías al lado de la iglesia y dijimos: ¿Por qué no intentamos que esto se arregle?”, recuerda Pilar Chaverri. “Todo aquello estaba ya expropiado pero no sabíamos cuándo lo tirarían. Y bueno, al final estuvimos quince años. Vimos que merecía la pena”. La prueba es que el primer año se matricularon 150 niños de dos a cuatro años de edad, distribuidos en tres clases. Solo un año después de su puesta en marcha, aquellos locales ya se habían quedado pequeños.

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vecinal. Recuerdo que Elena, mi mujer, hizo una pegatina, que aún la guardo en casa, que decía: ‘Queremos guarderías subvencionadas’. Ese era el eslogan, pedir guarderías subvencionadas. Ni siquiera pedíamos guarderías públicas. Eso era impensable”.

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Así que, con una pequeña ayuda económica de Cáritas, había comenzado a funcionar la primera guardería del barrio. “Había un tope de setenta niños por aula, así que calcula...”, continúa Chaverri. “Pero te hacía duelo dejar a alguno fuera, y venga otro, y otro… Se vio que era una necesidad, y luego eso sería la cuna de muchas otras cosas que surgieron a raíz de la guardería”, afirma. Y es que, según Juanjo Jordá, “con la guardería de Belén, por primera vez, la asociación no solo reivindica, sino que da solución a los problemas que hay en el barrio. Empezamos a gestionar servicios por necesidad, algo que luego se ha ido haciendo con otras cosas. Pero aquella fue la primera vez que se planteó”.

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La guardería de Belén no tenía comedor, por lo que el horario era solamente de nueve a doce y de tres a seis. Para Mari Carmen Langarita, su apertura “fue una liberación importante, aunque solo tuviera horarios escolares, con lo cual, lo más que permitía a alguna era dejar los niños e ir a hacer algunas limpiezas por las casas, que era también el tipo de trabajo al que las mujeres del barrio tenían acceso”. “Sí –reafirma Pilar Añón-, porque hace años las mujeres no teníamos una preparación para otro trabajo”.

La guardería nace pues enmarcada en un contexto ideológico, “porque no se trataba solamente de trabajar con los niños, sino también con las madres, llevándolo con ellas todo”, señala Pilar Chaverri. “Teníamos muy claro que la mujer no tenía por qué quedarse ya en casa. Cuando empezamos con la guardería, yo me casé y no dejé ya nunca de trabajar. Veíamos que podíamos hacerlo, y decidimos luchar por eso”, añade. “La verdad es que, en aquellos años, la zona del Picarral era rompedora a todos los niveles. Y especialmente las mujeres. Nos lo decían en otros barrios, que en aquella época el Picarral marcaba pauta”, apostilla su marido, Jesús Rivas, presente en la conversación. “Y de allí surgió luego que las madres querían sacarse el graduado escolar”, continúa Chaverri. “La guardería hizo posible que muchas salieran de casa, porque había algunas que no podían ir al graduado porque no las dejaba el marido. Así de claro. Y, poco a poco, la cosa fue cambiando. Hubo una respuesta enorme de las madres, que colaboraban en todo. Y luego empezaron a apuntarse a muchas cosas”. Una vez han dejado las mamás a los pequeños en clase, pueden acudir al centro de educación


“En la guardería se meten a colaborar varias mujeres que están en la asociación de vecinos”, recuerda Jesús Gil. “Ahí están Pili Chaverri, mi mujer Elena Sánchez, Carmen García, Susi Polanco, Lola Galán, Pilar, Asun…”, trata de hacer memoria Jesús, aunque algunos nombres se le escapan ya del recuerdo. “Vamos, que eran gente cercana al movimiento vecinal, y se ponen a trabajar ganando un sueldo raquítico, sin seguros ni nada. Como un servicio al barrio, y un poco también por la recuperación de la libertad de la mujer”, recuerda Jordá, que hace hincapié en el trasfondo ideológico que permite que aquella primera guardería del barrio sea recordada como algo más que un servicio. La vinculación de la guardería de Belén y la asociación siempre fue total. Los padres de sus alumnos fueron los primeros del barrio en constituir una APA, que trabajó codo a codo con la asociación para mejorar la educación de sus hijos. “Sí, la constituimos ya desde el principio. Desde el primer momento se decidió crear la APA, a la vez que la guardería”, explica Chaverri. “Y luego ya empezó a haber en los colegios. Pero en aquellos años no te podías reunir. Ni siquiera como padres y madres de alumnos”.

Al principio, la plantilla la integran tres profesoras, tres vecinas de la ACF del Picarral y tres madres. Y es que, en buena parte, fue gracias a las madres que se pudo poner en marcha, ya que se ofrecen para trabajar en unas condiciones muy precarias. Y gracias también a María José Sirera, una maestra muy activa contra la dictadura, que pone su título a disposición de la asociación para dar cobertura legal a la precaria pero indispensable guardería. “Desde los primeros momentos hubo alguna ayuda, pero muy poca. Y te costaba muchos viajes al ayuntamiento conseguirla”, recuerda Pilar

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de adultos. Las mujeres del Picarral tenían en esa época grandes necesidades de alfabetización. Así que los horarios del centro de educación de adultos se hicieron coincidir con los de la guardería. En este sentido, a juicio de Mari Carmen Langarita, la guardería supuso también “una liberación. Mucha gente no había podido obtener el graduado escolar y fue una oportunidad para empezar a estudiar. Las clases se hacían siempre en paralelo, mientras los niños estaban en la guardería. Los dejabas ahí, y ya te podías meter a las clases de graduado escolar, de francés, de poesía…”.

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Chaverri. “Pero había mucho voluntariado. Todas las madres y padres colaboraban en el mantenimiento, buscando material… Que había una fiesta, pues íbamos a Chocolates Lacasa a ver si nos daban algo; o al Bazar X, a por los juguetes que no podían vender. Luego ya empezaron a venir subvenciones más fijas. Y más adelante se empezó a reivindicar la guardería municipal, que se hizo en Pirineos, pensando trasladar ahí la de Belén. Pero, como se vio que se llenaban las dos, decidimos seguir con la de Belén, claro”. “Después de la guardería municipal de Pirineos, que está en Valle de Broto”, señala Juanjo Jordá, “abrió otra más en Balsas, la de Español. Y ya, deja de tener sentido la de Belén. Ya se había cumplido un servicio, y se acabó”, zanja. Pero hasta que estas dos llegaron, la de Belén seguía siendo la única guardería que había en el barrio. Y con mucho esfuerzo, ya que el Estado seguía sin ocuparse de la educación de los menores de

seis años. En 1975, la guardería de Belén conseguiría ampliarse con una clase más; llegó a albergar hasta 250 niños. Pero seguía siendo insuficiente y, en mayo de ese año, un grupo de madres de la guardería, preocupadas por la falta de puestos escolares en el barrio, se pone en contacto con la Comisión de Cultura de la ACF. Un grupo de doce, en representación de todas ellas, se reúne con el concejal del ramo, el señor Millán, para pedirle una solución. Aquella reunión sería recordada por la tristemente célebre frase, por desafortunada y machista, que el concejal les dedicó a este grupo de vecinas del Picarral. “Nos llegó a decir que le salía más barato un kilo de mujer que uno de ternera”, recuerda Mari Carmen Langarita, todavía escandalizada. ¡Ahí es nada! Y es que el comentario, ya entonces resultaba escandaloso, hasta para las amplias tragaderas con el machismo de las mentes bienpensantes de la época. “La entrevista con


Aquellas mujeres no se quedaron calladas y contaron lo sucedido en una carta abierta enviada a los medios de comunicación. El eco de tal exabrupto llegó incluso más allá de Zaragoza. “Ante ‘genialidades’ como la que pasamos a referir no sabe uno qué partido tomar: si el del comentario zumbón, jocoso, o de la indignación sin sordina”, podía leerse en una columna firmada por Agapito Tapiador en La Gaceta del Norte. Además de la equiparación de las mujeres a un bistec, La Gaceta también recogía otras lindezas atribuidas al concejal, como que “no habría falta de puestos escolares si las familias no tuvieran tantos hijos”. Pero la solución propuesta a estas madres por el señor Millán no se quedaba solo

en el control de la natalidad. Tarea nada fácil, por otro lado, con la ley de la época en la mano. También les soltó que “la gente, en vez de venir a la ciudad, debería quedarse en los pueblos, donde sobran escuelas”. “Sí, pero aquel concejal se tuvo que oír de todo y hubo de pedir disculpas personal y públicamente, y aquello no era algo habitual en esa época. Es que se estaba faltando a la dignidad de los vecinos del Picarral, y eso era algo que no se podía consentir”, afirma Paco Asensio. “¡Bueno…! ¡Y luego estaba de un suave…!”, recuerda divertida Pilar Chaverri. “De hecho, es que entonces era ya raro el simple hecho de que te recibieran. Nos presentábamos ahí con críos y todo”, apunta Pilar Añón. “Los chicos enredaban, tocaban todo…”, añade Mari Carmen. “Como no había guarderías, decíamos, venga, vamos a pedirlas, a entrevistarnos con el alcalde,

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aquel concejal no la tuvimos solo las mujeres del Picarral, íbamos también con mujeres de Las Fuentes y Delicias, que reclamaban guarderías para sus barrios”, apunta Pilar Añón.

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pero nos llevamos a los niños… Claro, para que molestaran bien”. Maternidad militante. “¡Así es!”, espeta Añón. Pero todo el revuelo, al final, parecía haber servido de algo. El Ministerio de Educación concedió 160 plazas de párvulos para el curso siguiente en el colegio de Balsas (Eugenio López y López).

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Desde 1975, una comisión de mujeres acude regularmente al ayuntamiento para informarse de cómo va el asunto de las veinte guarderías que tenía previsto implantar en Zaragoza, dos de ellas en el Picarral. A finales de 1977, todavía no está nada claro si van a abrir o no. Todo son “promesas, palabras que luego no cumplen”, se quejan los vecinos. “Para lograr las guarderías, lo que tuvimos que hacer fue movernos para facilitarle al ayuntamiento terrenos o locales”, señala Mari Carmen Langarita. Son un grupo de mujeres de la asociación quienes desarrollan el grueso del trabajo. “Teníamos que ir con el terreno para decirle al ayuntamiento ‘toma, ahí lo tienes. Ahora constrúyela’. De hecho, la que hay en Balsas era un terreno de la cooperativa y hubo que hablar con la junta para que lo cedieran. Y, como era de propiedad privada, también costó convencer de que iba a ser un bien para el barrio”. El ayuntamiento acepta finalmente los dos terrenos que el barrio le ha cedido, este de Balsas y otro en Unipresa. Pero el consistorio asegura que no hay dinero para comenzar las obras.

El Pleno Municipal aprueba por fin, en noviembre del 77, el presupuesto para levantar la guardería de Unipresa: 35 millones de pesetas. Para celebrarlo, y sobre todo para hacerlo visible, se organiza una chocolatada, con payasos y cine infantil, en el local social de Balsas. Pero aún falta para verla acabada. En febrero de 1978, el boletín da cuenta de que falta el proyecto definitivo, esto es, al menos dos meses más para que empiecen las obras. Y luego más hasta que tenga presupuesto adjudicado, o sea, “que las cosas de palacio van despacio”. Y tan despacio. La guardería de Balsas no entraría en funcionamiento hasta el curso 1981-82, después de unos años de idas y venidas al ayuntamiento de las mujeres de la asociación de vecinos. “Se consiguió a base de muchas reuniones”, recuerda Pilar Chaverri. “Muchas madres ya no llevaban a sus hijos a la guardería, pero como seguían metidas en la Comisión de Cultura o en la de Mujeres, o bien estaban sacándose el graduado, siguieron muy vinculadas. Todas estábamos metidas en todo”. Uno de los viejos problemas que sigue pendiendo sobre el barrio a mediados de los ochenta es que los terrenos de la parroquia de Belén continúan expropiados desde hace doce años. Ante el peligro de que la Junta de Compensación Arrabal-Zalfonada los venda finalmente, la Asociación de Vecinos del Picarral, junto con las asociaciones de padres de San Braulio y de la guardería de Belén, solicita en 1985 al Ayuntamiento de Zaragoza que los adquiera, ya que el recién aprobado PGOU los califica como suelo para equipamiento escolar. Por ello, los vecinos quieren que estos suelos se destinen a la ampliación del colegio y a la construcción de una escuela infantil pública. Esta solicitud se hizo primero en las alegaciones al


En todos los años que la guardería de Belén estuvo abierta, la falta de subvenciones nunca supuso una amenaza de cierre “porque la mayoría trabajaba allí casi como un voluntariado”, señala Pilar Chaverri. “Cobrabas algo, porque claro, era un horario fijo todos los días. Pero como no había ningún gasto fijo, por cuestión económica nunca estuvo en peligro de ser cerrada. Y tampoco ningún niño se quedó nunca sin plaza porque sus padres no pudieran pagar. Los recibos que no se pagaban se rompían, y ahí no se enteraba nadie. Y así se funcionó esos quince años, con mucho voluntariado para el mantenimiento también. Eran unas aulas muy viejas y necesitabas constantemente hacer cosas. Era todo muy precario. Había que estar siempre pendientes: que si de una gotera, que si del suelo… Pero todo se iba solucionando”. Y además, “nunca se escatimó en material didáctico para los niños, porque o bien se compraba, o se nos regalaba, o las madres lo iban a pedir donde fuera. Todo lo que se hizo con los niños era en aquellos años lo último que iba saliendo, todos los métodos, y sin escatimar nada, ni tiempo ni material. La verdad es que los niños eran allí lo primero”, añade.

A finales de 1985, la asociación redacta una extensa memoria sobre la guardería que ellos mismos habían puesto en marcha hacía ya doce años, el mismo tiempo que hacía que acechaba la amenaza de expropiación sobre los terrenos. Doce años en los que sus aulas habían visto pasar ya a 2.400 niños y niñas del Picarral. Un tiempo en el que, gracias a unas ajustadas tarifas, muchas de sus madres habían podido incorporarse al mercado laboral o tener más tiempo para sí mismas. Con el escrito donde se detalla la “historia, servicio y objetivos” de la guardería de Belén, la asociación se dirige a ayuntamiento, Diputación Provincial de Zaragoza y Diputación General de Aragón, en los siguientes términos: “El Picarral y su gente no puede económicamente sacar adelante un nuevo proyecto de continuidad a la guardería Belén. Es el momento de que la Administración, de una manera u otra, lo haga. Sería triste que el desinterés y la burocracia dieran largas al barrio, escurriesen el bulto y no diesen soluciones para sacar adelante la guardería”. La respuesta que los vecinos reciben de DGA y DPZ es que ambas lanzan la pelota de este asunto al tejado del Ayuntamiento de Zaragoza, que “hace tiempo que lo conoce, pero nada…”. La asociación no ceja en su empeño de poner so-

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PGOU, y después se le trasladó en una entrevista a la concejala de enseñanza María Urrea, “que apoyó en principio la idea”, según cuenta el boletín de la asociación de la época. Si un comprador privado se adelantaba y compraba esos terrenos, los vecinos avisan de que responsabilizarían al ayuntamiento por la pérdida de la oportunidad. La construcción de la escuela infantil urge, “sobre todo, al tener que desaparecer la guardería de Belén, que tan importante servicio presta al barrio”. En esos momentos, se mantenía aún a duras penas, sin ningún tipo de subvención, solo con las cuotas de los 50 niños de dos y tres años que asistían a las clases.

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lución al asunto de la guardería antes de que la amenaza de expropiación se cumpla, aunque de todo esto solo saca la impresión de “qué lejos están los de arriba de las realidades y necesidades de las gentes de base”. Los esfuerzos de la asociación de vecinos, de la APA del colegio San Braulio y de los padres de los niños del jardín de infancia por dar una solución de continuidad a la guardería de Belén continúan a lo largo de todo el año siguiente. El asunto no se abandona un solo momento, y continúan las visitas al ayuntamiento, a la DPZ y a la DGA, buscando que la Administración asuma la cuestión y la solucione. Además de trabajar por la adquisición de los terrenos por parte del municipio, la asociación recuerda en marzo del 86 que sigue “trabajando para que se asegure de inmediato la continuidad de los niños que están en la guardería y para que se construya a medio plazo una escuela infantil pública que sustituya a la de Belén, adecuada a las necesidades del barrio, principalmente económicas”.

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El curso 1985-1986 terminaba con la noticia de la continuidad de la guardería de Belén al menos otro año académico más. Para lograrlo, los padres y la asociación de vecinos habían realizado numerosas gestiones a lo largo de todo el año junto al APA de San Braulio y al Centro de Educación de Adultos del Picarral. El alcalde se compromete a adquirir los terrenos expropiados si el Ministerio de Educación, a su vez, se comprometía a la construcción de la ampliación del colegio. Por su parte, el ministerio y la directora provincial acceden a incluirla en los presupuestos del año 87. A pesar de “la buena voluntad de la Administración”, ante la demora burocrática que hace inviable resolver el asunto de un curso para otro, la asociación insta al consistorio a adquirir los terrenos con los edificios, tal y como están, “para que hasta que comiencen las

obras puedan seguir funcionando” la guardería y el centro de adultos, “cosa que le parece muy razonable al ayuntamiento”. A finales del año 86, el ministerio se compromete a la ampliación del colegio, con lo que el ayuntamiento anuncia que comprará los terrenos. Paralelamente, también se negocia con la junta de compensación que se permita la continuidad mientras se produce la compra. A la vez, se está negociando con la DGA la construcción de una guardería en unos terrenos municipales de la calle Violeta Parra, junto a la escuela de FP San Valero, que el ayuntamiento cedería para ese fin. Esta nunca llegaría a materializarse. Cuando parece que el tema de la construcción de la nueva guardería va por buen camino, el consejero de Sanidad y Bienestar Social del Gobierno de Aragón, Alfredo Arola, mantiene una entrevista con la Comisión de Educación de la asociación de vecinos, el 21 de enero del 87, en la que les comunica la rebaja de planteamientos con respecto a compromisos anteriores. La DGA ya no va a levantar el nuevo edificio, sino que dice estar dispuesta a subvencionar el 80% del coste de la construcción del jardín de infancia en los terrenos municipales de la calle Violeta Parra. La asociación se muestra “francamente decepcionada ante el nuevo planteamiento”, aunque acepta “en principio ese 80%, si se asegura el mismo y por adelantado”, siempre que el ayuntamiento mantuviera la cesión del solar y aportara el 20% restante. Pero ante la insistencia por parte de la asociación de “que la subvención tendría que estar asegurada por adelantado, el consejero empezó a verlo difícil y a tener que consultar”. Les promete una respuesta para el 26 de enero. Pero, en marzo, la misma seguía en el aire. Y al comienzo del curso siguiente, la guardería de


En 1988, finalmente, se materializa el desahucio y, tras quince años prestando un magnífico servicio, la guardería de Belén se ve obligada a echar el cierre. Pero “como entonces ya había en el barrio guarderías y más colegios, que ya cogían niños de cuatro años, pues tampoco se quedó el barrio como estaba quince años atrás”, asegura Pilar Chaverri. Eso sí, en Belén “hubo niños hasta el último momento”. Mari Carmen Langarita lanza una reflexión. “A veces no somos conscientes de la importancia que tiene estar en pie de guerra reivindicando los temas que nos preocupan. En cuanto te relajas… Fíjate, aquí en la Margen Izquierda, una vez tuvimos las guarderías en el Picarral y en el Arrabal, ya dejamos de decir ni pío. Y si no dices nada, pasan treinta años y entonces el ayuntamiento se da cuenta de que en todo ese tiempo no ha vuelto a construir una sola guardería. Yo no sé, si a lo mejor hubiéramos seguido insistiendo, se hubiera forzado la máquina para hacer una o dos al año, como hubiera sido lo deseable, tal y como pasa con los colegios. Y eso que, entonces, el trabajo de la mujer era una aspiración. Pero hoy es una realidad” y, por lo tanto, las guarderías públicas deberían ser un derecho, y no un lujo.

LA ENSEÑANZA EN EL PICARRAL La Asociación de Cabezas de Familia del Picarral lleva cuatro años funcionando legalmente. A la asamblea celebrada el 23 de junio de 1974 acuden unos cien vecinos y vecinas, “aunque

aún se ven pocas señoras en estas reuniones; parece que ellas no tengan problemas”, se podía leer en la crónica de la asamblea que aparecía en el segundo boletín de la asociación, editado al mes siguiente. El primer punto de la reunión de ese día eran los problemas de la enseñanza. Problemas que existían en todos los niveles educativos, desde lo que hoy sería Educación Infantil hasta la Secundaria; en cada etapa los suyos, aunque todas ellas con un denominador común: la falta de plazas en el Picarral y sus cercanías. Pero, “ante todo”, la asociación denuncia “la falta de puestos escolares de EGB”. Por aquel entonces, ya hay colegios que han recibido 200 peticiones por encima de su capacidad. “¿Qué será cuando se hallen habitados los nuevos bloques del Picarral Norte o del Puente de Santiago?”, se preguntaban estos sufridos padres y madres. Gran cantidad de peticiones de plaza en los colegios públicos del barrio se quedan desatendidas, ya que estos sobrepasan su capacidad de absorción de nuevos alumnos. Los privados, que ofrecen alrededor de un millar de plazas sin subvencionar, también están llenos. Y muchos niños del Picarral han de buscar plaza escolar en el centro,

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Belén vuelve a abrir sus puertas con el fantasma de la expropiación planeando con más fuerza que nunca sobre las pequeñas cabezas de sus alumnos, mientras la DGA sigue sin comprometerse a construir una nueva.

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con el consiguiente desembolso económico para sus padres en materia de transporte.

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En 1974, los colegios públicos de la zona (por entonces colegios nacionales) son tres: Tío Jorge (con capacidad para 820 alumnos), San Braulio (de 630 plazas) y Cándido Domingo (678 alumnos). De los 2.800 niños con edades entre los dos y los cinco años existentes en el barrio, en 1974, solo 680 pueden asistir a clase sin moverse del Picarral. De los 3.500 que tienen entre 6 y 13 años, 1.360 no tienen plaza escolar. Y eso que la EGB era obligatoria y gratuita. Por ejemplo, ese mismo año, 203 niños que habían solicitado plaza en el colegio Tío Jorge se quedaron sin ella. En algunas de sus aulas se llegaban a juntar 45 alumnos, por encima de los 40 que entonces se consideraba el límite.

La falta de plazas escolares en el barrio es pues uno de los asuntos que más preocupan. Y también uno de los que más indignan, máxime cuando por esas fechas ya se había construido el nuevo colegio de Balsas, pero sus 1.200 plazas seguían sin poder usarse “y sin muchas esperanzas de que empiece para el curso que viene”, afirmaban los vecinos. Faltaba la publicación en el BOE de la aprobación de su apertura por parte del Gobierno, además de dotarlo de mobiliario y personal docente. Por ello, desde las páginas de su boletín informativo de julio de 1974, la asociación hacía una llamada urgente a los padres y madres para conseguir entre todos que el colegio abriera en septiembre. Guadalupe Núñez y Jesús Gil se encargaban de recoger los datos de todos aquellos niños y niñas de dos a trece años que se habían quedado sin plaza en un colegio del barrio.


Hasta la fecha, todas las gestiones realizadas desde la asociación habían fracasado, por negarse el Ministerio a aceptar terrenos que se le habían ofrecido, y por las dificultades que había puesto a todos los intentos del vecindario para solucionarlo por su cuenta. La Comisión de Cultura, que entonces estaba encabezada por Jesús Gil y Aurelio Salvador, queda encargada de seguir tratando de encontrar nuevas posibilidades. La apertura del colegio de Balsas para el curso 1974-1975 fue el tema más candente de aquel verano del 74 en el terreno de la enseñanza. Por fin, a punto de comenzar el curso, cuando todos pensaban que 1.300 niños se iban a quedar en la calle como el año anterior, el Delegado de Educación contestaba el 30 de agosto que esperaba que por fin abriese el colegio. Y llegó la tan ansiada publicación en el BOE del 5 de septiembre. Pero el anuncio venía acompañado de otra sorpresa. El cierre del colegio Jesús y María del Cascajo, cuyos alumnos serían trasladados al

de Balsas. Por ejemplo, en preescolar, de las 80 plazas que iba a disponer Balsas, 50 iban a ser directamente ocupadas por los niños trasladados. Por fin, en el curso 1974-1975 abre el nuevo centro escolar de Balsas, que a partir de entonces será el colegio nacional Eugenio López y López. Los vecinos con hijos en edad escolar empiezan a tomar conciencia de la importancia de constituirse en Asociaciones de Padres de Alumnos (APAS) para canalizar las soluciones a éstos y a otros muchos problemas que vivían, como por ejemplo, el alto coste del material escolar.

Los chicos se reúnen con el concejal Millán También los jóvenes del barrio defienden su derecho a la educación. La famosa reunión de las madres del Picarral con el concejal Millán, por lo visto, salió también a relucir en una reunión que mantuvieron con él unos cuantos chavales del barrio, preocupados porque al curso siguiente se implantaba la educación obligatoria hasta los dieciséis años. Pero, si se cumplía la ley, que ya había sido promulgada en 1971, ¿dónde iban a continuar sus estudios cuando terminasen la EGB? Porque si la falta de plazas en la educación obligatoria era flagrante en el barrio, ni qué

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La asamblea de la ACF del 23 de junio de 1974 decide formar una comisión de vecinos para hacer presión ante el Ministerio de Educación, en nombre de todo el barrio, y para ponerse en contacto con todos los padres y madres afectados, con la esperanza de que, en unión, sus voces tengan más posibilidades de ser escuchadas. Aquella asamblea abordó también “la falta absoluta de plazas de formación profesional y bachillerato”. Y esto a pesar de que, ante los sondeos que la asociación había practicado, el barrio tenía capacidad de sobras para llenar un centro de ambas ramas de la educación secundaria. En aquella asamblea de junio de 1974, hubo voces que propusieron que se intentase conseguir lo que entonces se denominaba instituto laboral, con lo que se hubieran solucionado ambas carencias de un solo plumazo.

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decir cabe de BUP y FP. No había ni una. Millán les dijo que, como concejal, no entraba en sus atribuciones esa etapa escolar, pero les ofreció su ayuda para concertarles una cita con el delegado provincial del Ministerio de Educación y Ciencia. Finalmente lo hizo, pero la reunión con el delegado ministerial tampoco sirvió de mucho. Aunque sus mayores quisieron reconocerles su capacidad de organización y de trabajo publicando la noticia en el boletín de la ACF del Picarral de mayo de 1975. Ahí se hacían eco de la respuesta que obtuvieron como solución a la falta de plazas en su barrio. Primero, que si querían estudiar BUP, se matriculasen en los centros ya existentes, que eran los institutos Goya, Miguel Servet y Pignatelli, aunque ninguno quedaba precisamente cerca de la Margen Izquierda. También, que se matriculasen para obtenerlo por libre, a distancia. Para los que optasen por la formación profesional, les recomendó matricularse en centros privados, y que pidiesen beca o que lo hiciesen en empresas que impartiesen FP, algo que estaba aún en trámites.

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Los propios chavales movilizados reconocían que, después de la reunión, la “mayoría” de sus compañeros se mostraba “indiferente”. Pero los que tenían “conciencia del problema” estaban “dispuestos a hacer algo por solucionarlo”. Tanto que, tal “interés por este problema”, provocó “molestias” a más de un profesor, llegando algunos a coacciones con “castigo físico” en algún caso concreto. A veces, la escuela reproducía el ambiente represivo que se daba fuera de las aulas. La entrada en vigor de la Ley General de Educación de 1971, que establecía la obligatoriedad y la gratuidad de la enseñanza hasta los 16 años, en un escenario de falta generalizada de institutos

en toda Zaragoza, hizo que las diferentes comisiones de cultura de las asociaciones vecinales de varios barrios se sentasen juntas a trabajar para intentar solucionar el problema. La ley se iba a hacer efectiva cuatro años después de su aprobación, tiempo de sobras para haber construido algún instituto. Pero no. Por eso, la exigencia de centros de bachillerato y formación profesional gratuitos iba a convertirse en uno de los caballos de batalla de las asociaciones vecinales en los próximos años. Tras muchas gestiones llevadas a cabo por un grupo de padres, se había conseguido que para el curso1975-1976, todos los alumnos que habían terminado la EGB tuvieran plazas de bachillerato y formación profesional, eso sí, lejos de su barrio. No tuvieron tanta suerte los niños en edad preescolar.

El Mixto 10 y “Cobasa” No será hasta principios de la década de los 80 cuando el barrio cuente por fin con un instituto de secundaria. Este se levantó en un solar situado entre las calles Alcalde Caballero y San Juan de la Peña. Después de años bregando para conseguir al menos un instituto de bachillerato y un centro de formación profesional para la Margen Izquierda, parecía que el asunto comenzaba a encarrilarse. El 14 de febrero de 1979, el Pleno del Ayuntamiento de Zaragoza aceptaba la donación de ese terreno de 17.460 metros cuadrados, situado en el norte del Picarral, entre Campo Ebro y la autopista. El consistorio lo cede al Ministerio de Educación, que se propone “construir inmediatamente sobre él un colegio de EGB y un instituto de BUP”. Por otro lado, el ministerio contaba ya en su poder con un terreno situado junto a la avenida Cataluña, donde se iba a levantar el tan demandado instituto de FP de la


Pero, de momento, aquel curso del 79, los chicos y chicas del Picarral que terminaron la EGB volvieron a encontrarse con que ni en su barrio ni en los alrededores había un solo centro donde continuar sus estudios. Y la asociación de vecinos del barrio tuvo que seguir batallando para que ninguno de ellos se quedase sin plaza. El año finalizaba con una buena noticia, que esperanzaba a los jóvenes del barrio. Los alumnos del instituto El Portillo iban a ocupar en enero de 1980 el antiguo colegio de los maristas de la calle San Vicente de Paúl. El pleno municipal del 28 de diciembre del 79 había ratificado la adquisición de este inmueble para solucionar el problema escolar en el centro de la ciudad. Y muchos de los jóvenes del Picarral esperaban beneficiarse de esta decisión municipal. Con el cambio de década, no es que se solucionen automáticamente todos los problemas del Picarral relacionados con la enseñanza, ni mucho menos. “Como todos los años, cuando llega el final de curso, se vuelve más acuciante la falta de puestos escolares de todo tipo”, empezaba el artículo que la Comisión de Educación insertó en el boletín de la asociación de junio de 1980. Pero, todos sus años de trabajo, codo a codo con toda la comunidad educativa del barrio y de los alrededores, empezaban a dar sus resultados. “Esta vez, a diferencia de otros años, vamos a contar con nuevos centros, fruto de la presión y la lucha del barrio en cursos pasados”. Se avanzaba, sí, pero seguían quedando muchos problemas que resolver en el terreno de la enseñanza. Mientras los vecinos veían que algunos equipamientos públicos permanecían cerrados, denunciaban cómo el Estado desviaba dinero

“para financiar colegios privados, como el de San Felipe, que hace subidas ilegales de precios cuando quiere”. Por ejemplo, había que conseguir que se reanudasen las obras de las aulas de preescolar en el colegio Eugenio López y López de Balsas. Y se consiguió. Su construcción había quedado paralizada “con la excusa de la falta de presupuesto” para, al final, descubrir que los destrozos sufridos durante el abandono acabaron haciendo que la obra costase “mucho más dinero”. Gracias a las presiones que el propio colegio, la asociación de padres y la asociación de vecinos ejercieron sobre el ministerio para que se reanudasen las obras, el preescolar de este colegio abrió al curso siguiente, el de 1980-81. La apertura que sí quedó pendiente fue la de la guardería de Balsas. Pero no hay que ponerse cenizos más de la cuenta. “Un año más, se puede hacer un balance positivo de lo conseguido para el nuevo curso”, opinaba la Comisión de Educación desde las páginas del boletín de noviembre de 1980. Y no era para menos. Al fin, abría sus puertas el nuevo colegio de preescolar y EGB. Ahí estaba, junto a Campo Ebro, entre Alcalde Caballero y el arranque de la autopista de Lérida. Zalfonada, lo bautizaron. Y desde la asociación de vecinos lo recibieron con piropos. De “moderno” y “bien dotado” lo calificaban en aquel boletín. Se dijo que venía “a solucionar, sobre todo, la falta de plazas de la zona norte del Picarral”. Aunque bien es cierto que padres y profesores tuvieron que pelear para que, cuando abriese, contase con electricidad. E incluso tuvieron que echar una mano descargando muebles para que todo estuviese a punto. Una vez más, la capacidad de previsión de las autoridades brilló por su ausencia. Otro tanto ocurría para el comienzo del curso en el nuevo instituto, situado junto al colegio de Zalfonada. La buena noticia de su apertura

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Margen Izquierda, el mismo que hoy sigue funcionando bajo la denominación de Río Gállego.

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hacía que esos detalles de última hora fuesen casi un mal menor. “Después de tantos años reivindicándolo para el barrio, por fin este curso es realidad”, se alegraban desde la asociación. El actual párroco de Belén, Álvaro Alemany, había llegado a vivir al barrio antes de ordenarse cura, cuando aún era un estudiante de Matemáticas. Él recuerda cómo desde la Comisión de Enseñanza de la asociación se lanzaron una serie de campañas. “Entre otras, una para conseguir un instituto en el barrio. No había ni uno en toda la Margen Izquierda. De acuerdo con algunas APAS, que entonces empezaban a formarse (la de San Braulio, la del Eugenio López y López…), hicimos un sondeo entre los chavales de toda la Margen Izquierda, un trabajo enorme, para presentarnos ante el ministerio y tratar de conseguir lo que ahora es el instituto Avempace”.

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“Nos costó muchas reuniones y mucho rogar hasta que conseguimos que se construyera el instituto del barrio”, asegura Pilar Linés, esposa de Paco Asensio, primer presidente de la ACF del Picarral, quien estuvo muy implicada en la lucha por lograr el tan ansiado equipamiento educativo. “Y una vez terminado –prosigue-, nos citó el delegado de Educación a Pilar Naya y a mí para verlo, y se llevó tal desilusión que dijo que si llega a saber que eso se iba a levantar ahí no se habría construido. Porque entonces estaba en medio de la nada, rodeado de campos, y el alcalde nos dijo que nunca en la vida iba a llenarse este instituto. Así que Pilar y yo nos dedicamos a ir por La Jota, por todos los colegios que había en la zona, para que se matricularan en este instituto porque, si no, se cerraba… estando ya todo listo para llegar y empezar. ¡Y pasamos unos apuros! Pero nosotras aún conseguimos que se matricularan unos cuantos chicos. Hala, que a los pocos años el instituto estaba ya que no cabía un alumno más”.

Pero a los vecinos aún les quedaba mucho trabajo por hacer alrededor de estos dos centros. Estaban al pie de lo que era una carretera por la que se circulaba a gran velocidad, sin aceras ni alumbrado. Y estaban mal comunicados con el resto del barrio. Pero claro, este problema se agravaba en el caso del instituto porque a él no solo acudían a estudiar los jóvenes del Picarral, sino de toda la Margen Izquierda. Por eso, las asociaciones de padres de alumnos y de cabezas de familia de este lado del Ebro solicitaron al alcalde una solución para esos problemas. Pedían, sobre todo, la creación de una línea de bus de circunvalación para que los estudiantes pudiesen llegar desde sus barrios. Ese mismo curso, concretamente en febrero de 1981, el instituto daría ya que hablar en el Picarral. Y es que, recién abierto el centro, se pretendía levantar el suelo del patio para canalizar, nada más y nada menos, que un gasoducto. “¡Que pase por otro lado, hombre!”, exclamaba más de un vecino. Una vez conseguidos estos dos logros, Zalfonada y el Mixto 10, no había que dormirse en los laureles. Quedaba el caballo de batalla de la formación profesional. “Se trata de vigilar que terminen las obras del nuevo centro de la avenida Cataluña y de que se programe otro centro en el Picarral”, explicaba la Comisión de Educación de la asociación de vecinos del Picarral, a finales del año 80. Y nada mejor que elaborar una encuesta entre los propios chavales para que ellos mismos explicasen cuáles eran sus preferencias en cuanto a especialidades. Tras largos años de reivindicaciones, el curso 1981-1982 abrió sus puertas el centro de formación profesional de la Margen Izquierda, en la urbanización Cobasa, situada junto al puente del Gállego, al final de la avenida Cataluña. En él


En defensa de la enseñanza pública A mediados de los ochenta, se han ido solucionando muchos de los problemas educativos con los que había tenido que lidiar la Asociación de Vecinos del Picarral en sus primeros años de existencia. Como cada fin de curso, “al llegar estas fechas nos surge una incógnita llamada escolarización”, podía leerse en el boletín de mayo de 1985. Las circunstancias en torno a la cuestión de las plazas escolares han ido cambiando pero, al final, determinados problemas siguen repitiéndose de una manera cíclica. Aunque sus causas tengan un origen ligeramente distinto, más acorde con los nuevos tiempos. La asociación de vecinos siempre se ha caracterizado por su defensa a ultranza de la enseñanza pública, pero ahora se acentúan determinados conflictos de intereses con la privada concertada. “Hay por ahí alguna organización de padres que anda siempre clamando por el derecho a la elección del centro escolar para sus hijos, en una palabra, por la privada”, apuntaba en esas mismas páginas la Comisión de Educación de la asociación. “En nuestro barrio, eso nos queda muy lejos. Nos conformamos con tener un puesto esco-

lar, simplemente. Decimos ‘nos conformamos’ porque no se puede elegir. Los privados tienen sus plazas cubiertas con los niños que vienen transportados en autobús y, al no aceptar el criterio de la zonificación en la Margen Izquierda, que habían acordado con el ministerio, no ponen plazas si no quieren a disposición del barrio”. Y “para colmo, dado que hay centros privados que no tienen subvención para el preescolar”, hay quienes llevan a sus hijos a cursar esta etapa en un centro público “y luego, en 1º de EGB, que ya es gratis, los llevan a la privada, quitando mientras tanto un puesto en preescolar a quien sí desea utilizar la escuela pública y no lo puede hacer hasta primero”. Esto hace que, cada año, a la hora de la matriculación, sigan cundiendo “ansiedades y desconfianzas”. Por ello, la asociación aboga porque padres y vecinos afectados colaboren con la Administración en la planificación, para que primen los intereses generales sobre los particulares”. En definitiva, para que el dinero del contribuyente vaya a parar a la mejora de la enseñanza pública y no a “subvenciones poco controladas a quienes mejores locales y medios tienen”, es decir, los colegios privados. Además, por entonces, el boom del desarrollo urbanístico de Zaragoza a este lado del río trae nuevos problemas. “Con la expansión del Actur, cuya precaria situación escolar es de todos conocida, se nos saturan los colegios públicos del barrio”, se quejaban desde el Picarral en 1985. También estaba en pleno desarrollo “la zona de Zalfonada”, donde a finales de ese año había ya “180 viviendas en construcción”, amén de las otras “950” proyectadas. Por todo esto, la asociación de vecinos del Picarral no solo reclama puestos escolares suficientes y una enseñanza libre y gratuita, que sea “un foco de cultura para la sociedad en la que está inser-

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se impartían las especialidades de Automoción (eléctrica y mecánica), Electricidad y Sanitaria. Como ocurrió con el instituto de BUP del Picarral, el centro de Cobasa abrió en precario. Se empezó con las clases teóricas, pero faltaban la maquinaria y el material para las prácticas, que en diciembre de ese año aún tenía que llegar de Madrid. La Comisión de Educación de la Asociación de Vecinos del Picarral tenía ahora entre sus objetivos que el centro incorporase a su oferta las ramas de Peluquería y Estética. Nunca se logró. Pero con los años llegarían otras familias profesionales, como la rama de Administrativo.

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ta la escuela”. Se piden también plazas públicas de educación especial y de adultos. Y respecto a las primeras, a finales de 1985 se anuncia que el centro de educación especial que hasta entonces funcionaba en Torrero va a trasladarse al Picarral. Es un centro “sin ánimo de lucro” que además de EGB “subvencionada al 100%” también va a disponer de talleres especiales de empleo de “jardinería, alfombras, carpintería, serigrafía y cerámica”. La asociación saluda que la oferta educativa del barrio se amplíe a más colectivos de vecinos.

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Los vecinos también exigen una gestión democrática y participativa de los centros. De hecho, aquel año, surgió una polémica cuyo trasfondo eran las pocas oportunidades de participación que los vecinos tenían en la toma de decisiones relacionadas con los centros del barrio. La Junta de Distrito nº 10, presidida por el socialista Miguel Allué, decide arreglar una casa en Canfranc para actividades de tipo cultural y recreativo del instituto Mixto 10. Para ello, habrán de destinar la mitad del presupuesto con el que la Comisión de Enseñanza de la junta cuenta para 1985. El problema es que la decisión se toma no solo sin el conocimiento previo de dicha comisión, de la que forman parte las APAS, las guarderías y las asociaciones de vecinos de la Margen Izquierda, sino con una frontal oposición de sus miembros a que se gaste así el presupuesto, cuando hay pendientes otras necesidades más acuciantes en materia de educación. Asimismo, en 1986 se había creado la Comisión de Enseñanza de la Margen Izquierda, formada inicialmente por veinte asociaciones de padres y madres de alumnos y asociaciones de vecinos de la zona. La razón de su existencia surge “ante la falta de institutos en esta zona, con el objetivo de luchar unidos por la inmediata construcción de los institutos de La Jota y del Actur, de evitar

la masificación del Mixto 10, que se haga una distribución racionalizada del alumnado de enseñanza media y por la mejora de la calidad de la enseñanza. Todo ello para comenzar…”.

De la LOGSE al siglo XXI Transcurrió casi una década en la que, no sin esfuerzos ni coordinación, fue incrementando y mejorando la oferta educativa en la Margen Izquierda. Para entonces, el Mixto 10 ha pasado a denominarse IES Avempace. Pero, más allá de la mera reivindicación de equipamientos, la calidad de la enseñanza sigue siendo una preocupación constante de la asociación de vecinos del Picarral. Enfrentarse al fracaso escolar es una de las prioridades. A mediados de los noventa, los locales del camino de Juslibol acogen un aula de repaso para ayudar a algunos niños a evitarlo. El aula funcionaba, al igual que el centro de educación de adultos, con profesores voluntarios. Además, un tutor individualizado se preocupaba de elaborar un plan de trabajo personalizado para cada niño. Los nuevos tiempos traen también una profunda reordenación de los niveles de enseñanza. La LOGSE se implanta y, en diciembre de 1995, “con cierta resistencia por parte de los padres”, el Consejo Escolar del IES Avempace aprueba la ampliación del instituto, que pasaría de 600 alumnos a aproximadamente 960, con 13 clases de 30 alumnos para los chavales de 1º y 2º de ESO. Pero la APA predice que, pese a la ampliación, el centro se quedaría pequeño. Y así fue. En septiembre de 1996, el nuevo curso arranca con las obras finalizadas. Pero resulta que hay matriculados 1.100 escolares. “¿Quién puede pensar que 200 alumnos se colocan en cualquier sitio? Solo el Ministerio de


Como solución provisional, los alumnos de 1º de ESO del Avempace comienzan el curso siguiente en el colegio Eugenio López, “a 1,5 km. de distancia, con todas las dificultades que eso conlleva para la coordinación del profesorado, participación del alumnado en la dinámica del centro, etc.”, protesta la APA en el boletín de la asociación de vecinos del Picarral de diciembre del 97, organización a la que siempre ha estado muy vinculada. “Los alumnos no van a disponer de la dotación mínima que marca la LOGSE: aula de música, de tecnología, biblioteca, salón de actos, laboratorio de ciencias…”. Además, el Avempace adolece de unas instalaciones algo deterioradas y de la falta de profesorado para Educación Compensatoria o inglés. Por todo ello, la APA piensa que “la verdadera solución es la construcción de un nuevo instituto en la zona Arrabal-Picarral y que todo lo demás son malos apaños que no solucionan el problema”. A lo largo de los años, también han caminado de la mano la asociación de vecinos del barrio y el colegio San Braulio. Muchos de sus socios, o

sus hijos, han pasado por sus aulas. Así que esa vinculación, además de la proximidad física, la marca también una más sentimental. Por ello, la asociación pretende “que estos contactos sean de manera continuada”, y se elabora un calendario de actividades extraescolares a realizar conjuntamente a lo largo del curso 97-98. Transcurre una década con pocas novedades en lo que respecta a infraestructuras escolares en el barrio. La demanda está más o menos cubierta. Pero con el paso de los años, van surgiendo nuevas carencias, especialmente en lo que respecta a plazas escolares de Educación Infantil. En la zona del camino de Juslibol, que está sufriendo una importante transformación en estos años, hay previstas varias parcelas para equipamientos, entre ellos algunos educativos. Para el curso 2007-2008 está previsto el estreno de un nuevo colegio de Infantil. Pero se acerca peligrosamente la fecha del inicio de las clases y los padres de los niños matriculados ven con preocupación cómo en el solar que ha de albergar las aulas, a finales del mes de agosto, se ven los cimientos y poco más. En la mañana del viernes 26 de agosto de 2007, numerosos vecinos se agolpan junto al terreno prácticamente vacío. Dos grandes camiones están descargando los módulos que serán las futuras aulas del colegio Lucien Briet. Las piezas prefabricadas permiten ahorrar tiempo en la construcción, aunque los obreros no podrán perder un minuto para que la escuela abra sus puertas el 10 de septiembre. La empresa encargada del proyecto admite que tienen “el tiempo justo”, pero asegura que podrán hacerlo. Las piezas llegan desde Gijón. Las aulas tienen una estructura metálica que se recubre de pladur. Pero no se trata de casetas provisionales, sino de un colegio con espíritu de permanencia. Y de calidad.

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des-Educación”, se preguntaba y respondía a sí misma, con ironía, la asociación de vecinos del Picarral en su boletín, casi a finales de ese curso. Denuncian que “el hacinamiento es total”. Hasta el salón de actos se usa como aula. La APA se moviliza y convoca a una reunión a todos los colegios de la zona, a la que invita a los representantes de la DGA y del ministerio, que no se personan. Flota en el aire la sensación de que esas instituciones, gobernadas ambas por el Partido Popular, se están lanzando la pelota del tejado de la una a la otra. No llega ninguna solución desde Madrid, pero tampoco la DGA se compromete, a pesar de que (o precisamente por eso mismo), en enero de 1998, Aragón iba a asumir ya las competencias de Educación.

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En esta primera fase, se construyeron nueve aulas de Infantil, una zona de psicomotricidad, un comedor y los servicios generales, aunque los niños solo ocuparon las tres clases de primer curso, con capacidad para 66 alumnos. En el curso 2009-2010, se estrenarían 18 clases de Primaria y un gimnasio. Llegó a tiempo para el inicio del año escolar en septiembre, y se inauguró oficialmente el 18 de noviembre de 2009.

EDUCACIÓN DE ADULTOS “Yo empecé como alumna en su día, cuando comenzaron a ofrecerse las clases para obtener el graduado escolar en la parroquia de Belén”, señala Mari Carmen Salinas, que lleva desde entonces muy vinculada al Centro de Educación de Adultos del Picarral. “Mi hijo ya iba a la escuela y mi hija tenía tres años. Pero dos años antes de empezar en la parroquia, hubo ya clases nocturnas para adultos”.

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La Asociación de Cabezas de Familia del Picarral había puesto en marcha en 1971, a través de la Comisión de Cultura, un pequeño centro cultural, para dar servicio a algunas de las necesidades educacionales del barrio. Al principio, el centro comenzó ofreciendo clases de mecanografía, cálculo y contabilidad. Al principio, fueron muy pocos alumnos. El desaparecido colegio de San Francisco Javier, en la calle Pantano de Arguís, cedía gratuitamente sus locales para que pudieran desarrollarse estas clases, todas ellas nocturnas para adaptarse a los horarios de los alumnos-obreros. Vecinos del barrio con titulación de profesores eran quienes impartían las enseñanzas para adultos. Es en 1973 cuando las clases de adultos pasarían a impartirse en los locales parroquiales de Belén. “Cuando yo llegué al barrio, en el año

73, Jesús Gil ya había iniciado una especie de Comisión de Cultura, y de acuerdo con él, montamos las clases de adultos, con Manuel Alejandre también”, explica Álvaro Alemany, el actual párroco de Belén. Él fue uno de los primeros profesores que voluntariamente se ofrecieron a dar clases de adultos en el Picarral. Este cura recuerda cómo las necesidades educativas del barrio en aquella época “eran muy fuertes en todos los terrenos. Desde luego a nivel de adultos”. Entonces, con muchos de los adultos que acudían a clase había que partir de cero. El curso estrella era “alfabetización básica –señala Alemany-. Había otras personas muy capaces, lo que pasa es que no habían tenido instrumentos. Y entre la misma gente que había llegado a sacarse el título de Graduado Escolar, algunos de ellos fueron también profesores”. Ahora ha cambiado mucho el perfil de quienes acuden a las clases de adultos, que nunca han dejado de funcionar desde el año 73. Los índices de analfabetismo son prácticamente nulos en la sociedad española actual. Hoy predominan sobre todo las clases de español para extranjeros, un colectivo que por aquella época no era muy numeroso en España. Más bien al contrario, seguíamos siendo un país emisor de emigrantes, y no receptor. “Sí. Y aparte, ahora el Estado también tiene centros oficiales de educación de adultos que proporcionan títulos. Antes facilitaban que en centros como el nuestro se pudiese preparar para obtener el Graduado Escolar, y ahora el Estado tiene ya sus centros y no te facilita el reconocimiento del trabajo”, afirma Álvaro Alemany. “Y la demanda ha cambiado totalmente –continúa-. Piensa que, cuando yo fui al barrio, solo conocía en él a una persona que estudiase en la universidad, José Javier Sada. Hizo Medicina y actualmente es diputado en las Cortes y alcalde


El párroco destaca que a las clases de adultos “se les procuró buscar un horario que les fuera bien a las mujeres”, y es que eran ellas aún más que los hombres quienes en muchos casos no habían tenido la oportunidad de formarse cuando eran niñas. “Si yo echo la vista atrás en estos cuarenta años, creo que el asunto de la mujer es clave”, añade Álvaro Alemany. “Por su mentalidad, por el logro de la guardería, por el centro de educación de adultos… Este último se enfocó al principio, sobre todo, para que pudieran venir las señoras cuando sus hijos estaban en el colegio. Y por la misma manera de ser de las mujeres,

que son mucho más capaces de abrirse, de dar la cara… Ahí ha habido una evolución que se ha notado muchísimo más fuerte en las mujeres, a todos los niveles”. “Sí –viene a confirmar Mari Carmen Salinas-, en principio, las clases de adultos se pusieron en marcha porque un grupo de mujeres de la asociación pensó en qué se podía hacer para elevar el nivel cultural del barrio. Entonces, la mayoría, lo que quería era sacarse el graduado escolar. Y las clases se pusieron en horario de tarde, coincidiendo con el de la guardería. Entonces te sacabas el graduado por libre, te apuntabas a un colegio y, cuando te tocaba, te examinabas”. “Ahora ya tenemos todas nietos –continúa Mari Carmen-, pero entonces éramos todas muy jóvenes, con niños pequeños. Y era cuando la mujer empezaba a querer salir a trabajar fuera de casa. Ahí hay un cambio de mentalidad muy fuerte. Recuerdo que, a algunas mujeres, sus maridos

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de Ateca. Entonces era el único del barrio que estaba estudiando en la universidad. Pero es que no había ni institutos en toda la Margen Izquierda. Los que querían estudiar tenían que ir al Goya o a alguno de los centros privados. Las posibilidades han cambiado. Piensas en los bloques nuevos del Picarral, y en la mayoría encuentras personas con estudios medios o superiores”.

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no les dejaban venir a clase. Aún había mucho machismo”. “¡Y ahora lo sigue habiendo –salta enseguida Ana María Serrano, amiga de Mari Carmen y profesora voluntaria del centro-, solo que entonces era más al descubierto!”.

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“Pero las mujeres empezaron a soltarse la melena, eso te lo digo yo”, espeta Salinas. “Y apoyadas unas por otras. Porque, ¿cuántas mujeres habrán pasado por el centro de adultos, Ana?... ¡Muchísimas! –se responde a sí misma-. Los hombres eran muchos menos. Lo primero, por el horario, porque de 15.30 a 17.30 no eran buenas horas para ellos. Después sí que ha ido cambiando la cosa. En los últimos años, con las clases de informática, por ejemplo, han acudido muchos más hombres. Pero en principio éramos casi todo mujeres”, insiste. Al año siguiente de arrancar las primeras clases de adultos, en septiembre de 1974, la Comisión

de Cultura de la asociación pone en marcha una modesta biblioteca en lo que antes era el bar parroquial, en el camino de Juslibol, donde se pone a disposición del barrio una pequeña selección de novelas, obras de teatro y lecturas infantiles, además de la prensa diaria y alguna revista. Entonces, se incorporan al Centro de Cultura las clases de secretariado, de graduado escolar y de 5º curso de bachillerato (ciencias y letras). Van aumentando los alumnos, pero no tanto como quisieran desde la asociación, “especialmente en las clases de bachillerato, en las que al final eran más los profesores que los alumnos”. En el curso 1974-1975 asisten a clase 25 alumnos para obtener el graduado escolar y otros dieciocho a las clases de mecanografía y contabilidad. Las clases de bachillerato hubieron de suspenderse por falta de alumnos. Y es que, al parecer, tenían que prepararse como alumnos li-


Al curso siguiente, 1975-1976, se rebasan todas las expectativas. Más de 50 alumnos asisten ya a las clases para obtener la EGB en los locales de lo que había sido el antiguo bar de Belén. Por ello, la Comisión de Cultura de la ACF del Picarral trata de conseguir un centro de formación nocturna permanente en el barrio y con reconocimiento oficial de las enseñanzas que allí se imparten. Las clases de educación de adultos han continuado desde entonces, y aún perduran hoy. Se han ido incorporando nuevos alumnos, nuevos profesores, nuevas enseñanzas… En definitiva, ha habido modificaciones y cambios, según los medios y las necesidades del momento. Pero ha seguido vivo el mismo espíritu de superación personal con el que un grupo de vecinos lo hizo nacer. En el boletín de la asociación de vecinos de mayo de 1985, las alumnas María José Salvador y María Teresa Artigas publicaban un artículo sobre el Centro de Educación de Adultos del Picarral. Por esas fechas, en los salones parroquiales de Belén se impartían clases de alfabetización “para los que no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela”. También de cultura general, que ofrecían una formación básica a la vez que preparaba a los que querían iniciarse para obtener el Graduado Escolar. Las clases específicas de preparación para la obtención de este título oficial constituían “el grupo más numeroso”. Y para quienes ya lo habían obtenido existían unas aulas de ampliación que impartían cursillos trimestrales por materias: “historia, literatura, arte, inglés, matemáticas, teoría y práctica del Basic, botánica…”. El centro de adultos también celebraba charlas, visitas… Y en junio, una “semana cultural de fin de curso abierta a todo el barrio”.

Merece la pena echar un vistazo al artículo de María José Salvador y María Teresa Artigas para ver cómo a mediados de los ochenta, en los locales de Belén, continuaban fluyendo las mismas ganas de aprender que al principio, a pesar de que pendía la amenaza de la expropiación sobre el edificio. Las clases de adultos, como siempre, seguían siendo gratuitas, “salvo una pequeña cuota para mantenimiento del local”, escribían estas dos alumnas. Por lo tanto, “los profesores trabajan de forma desinteresada”. Y es que, como ellas explicaban, “el centro de educación de adultos lo componemos un grupo de profesores y alumnos conscientes de que la educación es un derecho de todos, y el impartirla un deber de quienes tienen esa capacidad”. Al año siguiente de arrancar las primeras clases de adultos, en septiembre de 1974, la Comisión de Vecinos del barrio con titulación de profesores eran quienes impartían las enseñanzas para adultos. Y entre la misma gente que había llegado a sacar el título de Graduado Escolar, algunos de ellos fueron también profesores. “¡Yo he hecho ya más cursos!”, afirma Mari Carmen Salinas. “Hasta he estado tres años en la Universidad de la Experiencia. Y luego, las prácticas las hice aquí, en el Centro de Educación de Adultos del Picarral. También estuve seis meses recibiendo clases en el instituto Virgen del Pilar para luego poder estar como profesora voluntaria para las clases de alfabetización. Empecé dando clases a mujeres gitanas del Arrabal”. “Cuando tú enseñas como voluntaria –opina Ana María-, lo harás mejor o peor, pero tú aportas lo que sabes, y a cambio recibes también mucho. Es una retroalimentación. Yo llegué aquí de rebote. Nunca me había planteado el ir a la universidad, pero pasé por aquí como alumna, estuve aprendiendo inglés y matemáticas, y las circunstancias de la vida me llevaron a graduarme en Trabajo Social. A mí me sirvió mucho pasar por aquí por-

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bres, con todos los inconvenientes que esto lleva consigo. Y el tema del bachillerato no era baladí en el Picarral que, como se ha visto, no disponía de un solo centro de secundaria.

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que ya no me limitaba tanto. Cuando acabé la carrera vi que me gustaba enseñar. Y como llevo en la asociación de vecinos desde que me vine a vivir al barrio, he pasado por casi todas las comisiones, cuando yo veía que algo me apetecía hacerlo, me apuntaba”. Y decidió devolver con su trabajo voluntario todo aquello que había recibido. Detrás de esta forma de entender la educación está también la conciencia de “los padres y madres de una nueva generación” que, como exponían María José y María Teresa en 1985, han comprendido “la parte de responsabilidad que tenemos en la formación de nuestros hijos” y que “la edad nunca es un inconveniente para enriquecerse personalmente con la adquisición de nuevos conocimientos”.

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Además de que los profesores eran voluntarios, “los locales nos los cedían gratis, y solo teníamos que poner un poco de dinero para pagar la luz”, recuerda Mari Carmen. “Cada vez que venía la factura se calculaba a cuánto nos tocaba y ya está. Para el invierno también poníamos algo de dinero para las estufas. Y así fue los dos o tres primeros años. Luego ya se pensó en montarlo mejor y se empezaron a pedir subvenciones”. Ese curso, el 84-85, el centro recibe un “gran empujón” por parte de los coordinadores de

Educación de Adultos del ministerio, que entran en contacto con los responsables del Picarral, invitándolos “a participar en cursillos de perfeccionamiento del profesorado y en debates con otros centros de Zaragoza”. Este contacto también supone poder acceder a los convenios que el Ministerio de Educación y Ciencia firma con ayuntamientos y entidades sin ánimo de lucro, como la asociación de vecinos, para desarrollar un programa de alfabetización y cultura básica. Ese año perciben una subvención de 270.000 pesetas y, al año siguiente, de 600.000. “De alguna manera, todo esto ha supuesto un reconocimiento a la tarea que hace el centro desde hace años, cubriendo una demanda cada vez mayor, como lo demuestra que en los últimos cursos pasen por él de cien a 120 personas cada año”, aseguran los responsables del mismo. “El MEC nos exigía que hubiera dos personas o tres aseguradas, si no, no daba la subvención –recuerda Mari Carmen Salinas-. Y entonces ya se empezó a dar el graduado escolar por medio de ellos. En el centro se hacían unas evaluaciones. Los profesores que daban las clases consideraban el que era apto y el que no lo era, y así se examinaba directamente en el centro. Pero en realidad siempre funcionamos de manera muy voluntaria”. Para el siguiente curso, 85-86, que comienza como de costumbre después del Pilar, se inscribieron cien alumnos que contaban con catorce profesores. Ese año se divide al alumnado en cinco niveles desde alfabetización básica hasta la preparación para la obtención del Graduado Escolar. “Entonces nos dimos cuenta de que mucha gente que venía para sacarse la EGB se quedaba descolgada porque había que empezar a un nivel muy alto para poder prepararse para los exámenes. Y había gente que no llegaba a esos niveles. Y se empezaron a formar grupos, se partieron las clases en dos cursos para que


“Se empezó a trabajar por módulos y se decidió que había que empezar a ofrecer clases de cultura. Se arreglaron un poco los locales de la parroquia. Ahí hemos trabajado, pintado y lavado, nos ha tocado matar ratones… Todo lo que te diga es poco. En invierno, ¡se pasaba un frío! Pero frío de tener que ponerte el abrigo para estar en clase. Eso sí, a pesar de todo, yo he pasado ahí unos años estupendos”, afirma Mari Carmen. Sobre el centro de adultos sigue pendiendo, al igual que sobre la guardería, la amenaza de la expropiación. Pero se llega al final de curso “con bastantes garantías” de que el terreno será usado para ampliar el colegio de San Braulio, “que era lo que todos queríamos”. Y, mientras, se les permite volver a dar clase en el mismo edificio al curso siguiente. Curso en que, por cierto, el Centro de Educación de Adultos Picarral comienza a editar su propio boletín. El centro siguió funcionando en los locales de Belén hasta 1988, cuando al fin se materializó el tan anunciado desahucio fruto de la expropiación. Entonces, esta iniciativa llevaba ya dieciséis años de rodaje, tratando de “extender la cultura entre la gente del barrio. Por un lado, esa cultura que nos pide la sociedad de hoy; por otro lado, y sobre todo, la cultura que más importa, la que hacemos entre la gente”, podía leerse en el boletín de la asociación de vecinos de abril de 1989. “Este año estamos un poco incómodos por

el cambio obligado de los locales de Belén a los de la asociación en San Juan de la Peña, pero superamos las dificultades pensando en los futuros locales de la asociación en la calle Juslibol”. Por entonces ya se anunciaba el traslado a la actual sede de la Asociación de Vecinos del Picarral. En ese mismo número del boletín, María José Salvador escribía una emotiva carta de despedida a los viejos locales de Belén, que durante tantos años habían acogido el centro de adultos. “A pesar de que sois un extraño laberinto de pasillos y rellanos –escribía, personificándolos como una muestra de la nostalgia que su desaparición le producía-, de desiguales habitaciones optimistamente llamadas aulas, de ventanas que no cierran y puertas que no abren (…) sois vosotros… y sin embargo os quiero”. Y añadía “vosotros habéis servido de marco protector (…) a tantas inquietudes, tantos esfuerzos y compensaciones a la vez, que es imposible sentir indiferencia ante lo que se avecina”. “Antes de darnos cuenta, llegarán esas infernales máquinas pensadas para la destrucción. (…) Deseo sinceramente que lo que podría denominarse como la segunda etapa del centro sirva al barrio por igual, y se haga con tanta ilusión como la primera. (…) Me despido de vosotros con resignación, como se hace con todo lo inevitable; pero también con rabia e impotencia, como se hace con todo lo querido”. Y la carta concluía con un sentido “habéis cumplido vuestra misión dignamente; pocos lugares habrán servido de tanto con tan pocos medios; por eso no quiero deciros adiós sin antes agradeceros los servicios prestados”. Las máquinas llegaron y las clases se trasladaron temporalmente a los locales de la asociación de vecinos en el 129 de San Juan de la Peña. “¡Un cuchitril en el que colgaban las arañas!”, señala Mari Carmen Salinas. “Pero hicimos hasta cor-

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así en dos años la gente pudiera estar mejor preparada”, señala Salinas. Además, quienes ya lo han obtenido y continúan estudiando BUP o la FP a distancia, cuentan con clases de apoyo en el centro de adultos. Las lecciones trascienden esas cuatro paredes y los alumnos participan en excursiones, estudian y reivindican la mejora de la flora del parque del Tío Jorge, invitan a los vecinos a participar en charlas culturales…

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tinas. En lo que había sido un bar de jubilados, amontonamos todo lo que había en un rincón, que olía que apestaba, y ahí también se aprovechaba ese espacio. Abajo había graduado y pregraduado. Hasta la cocina la habilitamos como aula, donde se daba una clase de cultura. Arriba otras dos, que subías por una escalera de madera que estaba destartalada. Y por debajo de aquella escalera colgaban las arañas. Además, la parroquia tenía un piso en el número 6 del camino de Juslibol, y nos lo cedió también para dar las clases de cultura y alfabetización”. Y así estuvieron dos años, “hasta que en 1990 nos dieron los actuales locales de la asociación”, reconstruye Mari Carmen. “Pintamos todo las mujeres. Bueno, y también los hombres”. “La verdad es que colaboramos todo el barrio –interviene Ana María- porque estos locales se abrieron a todos los colectivos ciudadanos del Picarral”. “Además –añade Mari Carmen-, que teníamos una ilusión muy grande por tener unos locales propios, que fueran nuestra casa”.

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Una vez superados los problemas de espacio, surge una nueva incertidumbre que puede hacer peligrar la continuidad del centro de adultos del Picarral. Y es que, aparte de la pequeña cuota mensual que los alumnos aportaban para su funcionamiento, desde 1989, el centro venía percibiendo una subvención del Ministerio de Educación y Ciencia, que ese curso 1992-1993 ascendió a 2,2 millones de pesetas (algo más de 13.000 euros). Pero la crisis económica que sacudió a España después de los fastos de 1992 llevó al Gobierno de Felipe González a aplicar recortes en numerosas áreas, y una de ellas era la educación de adultos. El MEC pretendía suprimir de un solo golpe todas las subvenciones a los centros formativos gestionados por organizaciones sin ánimo de

lucro, como era el caso del de la Asociación de Vecinos del Picarral. Y esto, a pesar de que ese mismo Gobierno había promovido poco antes la LOGSE, que en su artículo 54,3 contemplaba la promoción de la educación de adultos a través de convenios con este tipo de entidades. Pero es que no había ofertas alternativas para las decenas de amas de casa, jóvenes sin cualificación o parados que a diario se beneficiaban de este centro. “Por eso instamos al ministerio a que rectifique su postura y asegure nuestros proyectos”, afirmaban desde la asociación, que pedía colaboración al resto de instituciones y ciudadanos de Aragón. Los cursos de alfabetización básica, de graduado escolar, de extensión cultural y, por entonces, hasta de preparación para el examen de FPI Sanitario, corrían peligro. Pero, al final, continuaron durante unos cuantos años más. Finalmente, “nunca nos la llegaron a quitar la subvención –explica Mari Carmen-, pero sí que hubo un año que nos hicieron como un engañuelo, que la alargaron y luego estuvimos medio año a lo tonto. Nos engañaron. Realmente no nos la quitaron, pero tenía que haber venido en una fecha y vino seis meses después. Pero en el centro de adultos hemos sido de los que estirábamos hasta la pesetica”. “Y hoy día –añade Ana María-, el centro sigue contando con la subvención del Ministerio de Educación. Pero no puedes pedir ninguna otra”. “Como mucho, lo que sí hemos podido pedir alguna vez a Servicios Sociales de la DGA es algo de dinero para las clases de español para inmigrantes. Y también nos han dado a veces alguna pequeña ayuda para cuadernos, para papel…”, apostilla Mari Carmen. En el curso 2000-2001, el número de alumnos alcanza los 125 (el 90% mujeres) y desaparecen las cuotas mensuales de 1.500 pesetas


Otro síntoma de la nueva configuración social del Picarral del siglo XXI son los cursos de español para extranjeros que empiezan a ofrecerse a los cada vez más numerosos inmigrantes que llegan a España para ganarse la vida. “Es un reflejo de cómo ha cambiado no solo el barrio, sino todo el país. La realidad social y las problemáticas no tienen nada que ver con las que había en aquellos primeros años en los que arrancó el centro de adultos”, asegura Ana María Serrano. De hecho, hoy día, estas clases son las más concurridas del centro de adultos. Ya al año siguiente, en el boletín de octubre de 2002, la asociación de vecinos lanzaba un llamamiento: “Es tal el éxito que ha tenido la oferta de clases de español para inmigrantes que se necesitan voluntarios” para impartirlas, “en horario de mañana o tarde”. El curso 2008-2009, “son ya 111 los alumnos matriculados”. Otro de los más concurridos es el de preparación para acceso a la universidad, con “más de 20”, y más de un 60% de aprobados.

Actualmente, aunque ha habido nuevos recortes por parte de la Consejería de Educación del Gobierno de Aragón, sigue funcionando el Centro de Educación de adultos, gracias al trabajo de los profesores voluntarios y al interés cultural de los vecinos del barrio, tanto españoles como inmigrantes.

DEL TOPI A LA FUNDACIÓN PICARRAL A finales de 1986, se anuncia la próxima creación del Topi. Talleres Ocupacionales Picarral. Este nombre pronto se hará familiar en el barrio, pues tras un convenio de la asociación con el ayuntamiento, se iban a abrir unos talleres ocupacionales para adolescentes sin escolarizar y sin trabajo. Dos meses después, “las patatas fritas desaparecían casi tan veloces como las olivas verdes en aquella mesa azul flanqueada por dos rojos y nuevos tornillos de herrero. Era el 6 de febrero y, una vez más, la realidad y el sueño asistían a la fiesta, de la mano, como siempre que se da todo primer paso”. Así describía el boletín de la asociación, en marzo de 1987, la inauguración del Topi. Una vez más, al igual que catorce años antes había hecho con la guardería de Belén, la asociación de vecinos del Picarral no se queda solo en las reivindicaciones y pasa a la acción, a la gestión directa. Y otra vez más, lo hace con un asunto de los que más han preocupado tradicionalmente entre los vecinos del Picarral: la educación de niños y jóvenes. A aquella inauguración asistieron los chavales y chavalas del taller ocupacional con su mejor mono de gala. Escucharon cómo la presidenta de la asociación pronunciaba delante de las autoridades presentes –el concejal Emilio Comín, para

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(9 euros) que los alumnos venían pagando. El centro se financia con una pequeña aportación inicial a principios de año y, sobre todo, con la subvención. Al año siguiente se incorpora a la oferta lectiva la Educación Secundaria para adultos. En el arranque del siglo XXI, la realidad social del Picarral es muy distinta a la que vio nacer el centro de educación de adultos en el año 73. Si una de las preocupaciones era en esos primeros años formar a gentes que apenas habían tenido la oportunidad de aprender a leer y a escribir en su infancia, en la década del 2000 los nuevos analfabetos tienen apellido: son analfabetos digitales. Los cursos de informática van ganando en número de adeptos y en el curso 2001-2002 se amplía la oferta para quienes ya han adquirido nociones básicas y necesitan subir de nivel.

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más señas- aquellas palabras que suelen callarse en los discursos inaugurales. María Teresa Soro reconocía que esta obra era solo “un parche, pues no ignoramos que el fracaso escolar en España alcanza hasta un 15% de los alumnos, y que por tanto esta tarea ni puede recoger a todos los descolgados, ni cuestiona los males de fondo de un sistema de enseñanza que los provoca”. Y que la asociación seguiría “apoyando este taller que hoy comienza, incluso cuando el cierzo sople en contra, que soplará”. Tere Soro, como se la conoce en el barrio, fue la primera mujer en presidir una asociación de vecinos en Zaragoza. “No era consciente de ser la primera. Ni me enteré. Y además, aunque fuera la presidenta, yo era una más a la que le tocó ese año, sin más. Lo mejor que puedo decir es que nadie sabía que yo era la presidenta. No sé si es mi manera de trabajar, pero lo mejor es que nadie lo supiera”. Como cuando la presidió, habla

para este libro que repasa los cuarenta años de la asociación de vecinos tratando de dejar en un segundo plano que hoy lo hace como gerente de la Fundación Picarral. “Cuando la escolarización era obligatoria hasta los catorce años, ante la proliferación de situaciones de fracaso escolar entre los jóvenes y adolescentes del barrio, y también con chavales con dificultades sociales que habían terminado los estudios, por el peligro que la calle entraña para los que están sin hacer nada, es cuando se plantea darles una alternativa de formación laboral. Y se suma la posibilidad de contar con la colaboración del Ayuntamiento de Zaragoza, que nos permitió el mantenimiento del proyecto, al entrar a formar parte de la red municipal de centros sociolaborales”. Unos vecinos les prestan el local. “Estaba en la calle Monte Perdido. Había sido de una comunidad cristiana popular que nos lo cedió desinteresadamente.


Desde la asociación del Picarral se consideró esta puesta en marcha como el primer paso de muchos más que debían venir detrás. Y de hecho, aquel embrión llamado Topi llegaría a evolucionar hasta convertirse en la fundación que hoy gestiona María Teresa Soro, quien recuerda cómo “las cosas empezaron con mucha precariedad. Contábamos con un trabajador que cobraba cuando podíamos, y lo que se le podía pagar. Como no tenía que mantener a una familia ya teníamos un paso adelantado. Y con el local gratis, con la subvención del ayuntamiento y algún donativo que recibimos, arrancamos”. Los Talleres Ocupacionales Picarral comenzaron con Manolo Fortuny como monitor, pero el deseo de la asociación era que, al año siguiente, el presupuesto se ampliase para poder contar con todo un equipo al frente de esta necesaria tarea. Y es que el paro juvenil y el fracaso escolar, hace casi un cuarto de siglo como hoy, eran y son problemas acuciantes de nuestra sociedad. Hoy, la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años pero el Topi sigue trabajando con chavales de 14 y 15 años en el aula taller. “Están matriculados en los institutos, pero realizan su formación en un aula de escolarización externa”, explica Soro. En 1986 se empezó fundamentalmente con clases de fontanería para que estos chicos y chicas de 14 a 16 años pudieran labrarse un futuro profesional. Y como suele ocurrir con este tipo de enseñanzas no regladas, la formación se amplía con materias complementarias como cerámica, fotografía, peluquería masculina o cálculo y escritura básicos. Y es que, además de ofrecer unas

clases orientadas al empleo, el Topi siempre se planteó la formación integral como una meta. Juan Carlos, Chechu, Baíllo, Marta, Tomasín… La mayoría de quienes formaban aquella primera hornada de jóvenes que pasó por el Topi, al año siguiente, ya tenían trabajo. La experiencia fue tan buena que al segundo curso se ampliaría el espectro educativo con la incorporación de un nuevo monitor, Jorge Asensio, para enseñar soldadura eléctrica. El Topi funciona tan bien que, en 1989, nace su versión 2.0: la Escuela de Hostelería Picarral (Topi 2). El origen de esta iniciativa está en el acuerdo a tres bandas entre la asociación (como entidad responsable), la parroquia de Nazaret (propietaria de los locales y colaboradora en la gestión) y el Ayuntamiento de Zaragoza (que promueve y subvenciona). Para su puesta en marcha se cuenta con la colaboración y el asesoramiento de la asociación de empresarios de hostelería Horeca. Y el proyecto queda abierto a cualquier tipo de colaboración con entidades públicas o privadas que quieran sumarse a esta acción de incidencia social y profesional. Este segundo Topi “surge porque se acercan chavales de mayor edad y chicas. Y las profesiones que entonces se estaban ofreciendo –primero, soldadura; y luego, fontanería y albañilería- en aquellos tiempos, y aún ahora, no eran muy femeninas”, explica Tere Soro. “Se plantea la necesidad de estas chicas y chicos de mayor edad, y surge el tema de la hostelería, que podía dar respuesta a las dos cosas”, porque cocinero y camarero son “oficios mixtos. Que no es que los otros no los pudieran hacer las chicas”, recalca. Pero “tal y como estaba el mercado laboral”, había que plantearlo con realismo si se quería lograr la inserción laboral del alumnado.

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Y, además, creíamos contar en la asociación con la persona adecuada para llevar a este grupo de chavales. Y así fue como nos decidimos a arriesgarnos en esta primera empresa”, recuerda María Teresa.

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Según las estadísticas facilitadas por el censo municipal a la Asociación de Vecinos del Picarral, en la Margen Izquierda había 302 chicas y 292 chicos entre los 15 y los 20 años con fracaso escolar. Asimismo, estudios del Ministerio de Trabajo mostraban que había fuerte demanda de cocineros, ayudantes, camareros, reposteros y, en general, de profesionales formados en el campo de la hostelería. Mientras un país tan turístico como España contaba con solo quince escuelas de formación en esta rama profesional, en la vecina Francia, por ejemplo, existían unas 500. Así que la asociación de vecinos del Picarral decide dar un paso más en la gestión de la educación de los jóvenes del barrio, y se lanza a poner en marcha el Topi 2 para conseguir la inserción social y laboral de los jóvenes con fracaso escolar, formándolos profesionalmente en Hostelería. La idea consiste en montar un restaurante en el que los jóvenes podrán aprender los secretos de la compra, de la cocina, de la gestión y del servicio al cliente. El restaurante estaría abierto al público y ofrecería comidas a precios módicos en unos locales del camino de los Molinos cedidos por la parroquia de Nazaret. El local estará dotado de la maquinaria y los utensilios indispensables para el aprendizaje, que a su vez estará basado en la práctica real, amén de sometido al veredicto de los comensales.

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“Y aprovechando la cesión del local, le hicimos una propuesta al ayuntamiento, y surgió. Pero, ¿por qué funcionó? Porque no somos más de lo mismo”, sentencia Tere Soro. “Quiero decir, hay una metodología propia muy adaptada a estos chicos. Una formación eminentemente práctica, en donde lo que aprendes lo pones en práctica de manera inmediata. El chaval deja de ser el que está en el pasillo, el que siempre suspende, el que siempre se mete en líos, para ir a un sitio en el que aprende, y lo que aprende lo demuestra

inmediatamente. Un sitio donde el ambiente es completamente diferente y ven utilidad inmediata en todo lo que se va aprendiendo”. A modo de ejemplo. “En el Topi 1 se empieza el curso pintando todo: paredes, techos, carretillos, andamios… Y no hay aula, no hay libros, no hay papel… No hay nada durante un mes. Y cuando está todo bonito, hacemos una inauguración con los padres para después empezar con la profesión. Y más adelante se empieza con las clases de formación básica y de recuperación. En el mismo taller están las mesas y las sillas y ven que esto es otra cosa”, describe Soro. “Y cuando vienen a la escuela de hostelería –continúa-, ven que la formación es eminentemente práctica. Y tienen que coger el lápiz y el papel, sí, pero para apuntar un cóctel, o una receta… Ven que todo tiene una aplicación práctica”. En un principio, algunos de los profesores voluntarios del centro de educación de adultos de la asociación de vecinos del Picarral venían dedicando unas horas a dar clases de graduado escolar a algunos de los chavales del Topi. El problema era que los menores de 16 años, los del Topi 1, “debían presentarse por libre al examen y prácticamente ninguno de ellos lograba superar tan sólida barrera”, informaba el boletín de la asociación de vecinos. Así que, a finales del curso 1990-1991, unas cuantas personas del centro se plantean darle la vuelta a esa situación y crean el Aula Joven. “No solo pretendemos que logren tener el graduado sino, principalmente, que crezcan y maduren como personas”. Ahí empieza a contar la evaluación continua, la participación y el interés de los alumnos, a los que se trata de evitar “un pequeño fracaso más a su accidentado currículum escolar”. Es por estas mismas fechas cuando la estructura de los Topis da un giro: nace la Fundación


Así pues, en la Asamblea General de la asociación celebrada en diciembre de 1991, se aprueba la constitución de la Fundación Picarral, que se emancipa. Nace una nueva entidad sin ánimo de lucro, cuyos fines son la integración social y laboral de los jóvenes con problemas de desempleo y marginación. Esto no viene a suponer cambios sustanciales en la esencia del Topi, ni

que se deje de trabajar coordinadamente con la asociación de vecinos. “Seguiremos siendo un hijo de la misma, simplemente que va creciendo y así, teniendo más autonomía y responsabilidad”, podía leerse en la presentación de la fundación en el Picarral Expres de marzo de 1992. Esta nueva etapa supone seguir trabajando con la misma ilusión por la formación de los jóvenes y con la misma eficacia en su inserción laboral, que por entonces rondaba el 90%. “Teníamos ya dos proyectos funcionando, los Topis, que necesitan mantener una contabilidad y poder facturar, y que tienen personal contratado. La asociación no puede hacerse cargo de todo el personal, con la responsabilidad que ello entraña –explica María Teresa Soro-. Todo esto obligaba a llevar un exhaustivo plan contable a todas las comisiones de la asociación. Estábamos pensando en la necesidad de locales, los proyectos requerían equipamientos, y pensamos

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Picarral. Como en muchas otras ocasiones, la Asociación de Vecinos del Picarral “vuelve a ser pionera en sus iniciativas para dar respuesta a las necesidades de los proyectos que tiene en marcha –continuaba el artículo dirigido a los socios-. Dado el crecimiento de los talleres ocupacionales, sus fines eminentemente sociales, la necesidad de responder a su gestión con estructuras de funcionamiento ágiles, casi empresariales, desde la asociación vimos que la fórmula de una fundación era la que mejor respondía a nuestras expectativas de futuro”.

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que había que buscar una fórmula con la que los talleres pudieran seguir funcionando. Y luego, hay cosas que en una junta de la asociación no se pueden hablar: estamos hablando de personas bajo el secreto profesional, y así no se pueden tomar decisiones abiertamente. Y por todo eso había que buscar otra fórmula”. Así que, “tras un año de debate –continúa-, llegamos a la conclusión de que la fundación era una buena forma jurídica, porque permitía constituirnos como un ente independiente de la asociación. Y podíamos llevar todas las cuentas y auditorías sin obligar a la asociación. Puede tener personal contratado sin que eso suponga una carga para la asociación. Los temas económicos dejan de ser una responsabilidad de la junta de la asociación. Más adelante, nos me-

timos a comprar locales con hipotecas. Y, además, hay algo que nos parece fundamental. Y es que si un día deja de existir la fundación, los bienes irán a otra entidad social con los mismos fines, la que indique el protectorado de fundaciones. La decisión fue fruto de un año de debates y llegamos todos a la conclusión de crear la fundación, todos convencidos y a la vez. Algunos ya lo habíamos pensado antes, pero lo importante fue dar el paso todos convencidos y a la vez”. El patronato inicial de la fundación estaba integrado por un representante de los monitores – Antonio Lahoz-, uno por la parroquia de Nazaret –Ángel Damas- y uno más por la asociación de empresarios de hostelería Horeca –Emilio Lacambra-. Cuatro más representaban a la aso-


No tuvo que transcurrir mucho tiempo desde su nacimiento para que a la labor de la Fundación Picarral le llegase el reconocimiento social e institucional. Dos años después de su nacimiento, las autoridades aragonesas consagraban el trabajo de la fundación con la concesión de la Medalla de San Jorge al Mérito Social. El 23 de abril de 1994 “se nos entregó esa distinción, que nos llena de orgullo y que viene a reconocer el humilde trabajo del día a día de militantes del movimiento ciudadano, de monitores y voluntarios, de chavales que han sentido y sienten el Topi como algo suyo, de la línea de trabajo de un barrio que se compromete en dar alternativas a los jóvenes, sin perder un ápice de ese espíritu crítico y reivindicativo que siempre ha caracterizado al Picarral”, recogía el boletín de la asociación de vecinos de junio de ese mismo año. Pero los galardones no solo llegaron para reconocer ese esfuerzo colectivo. También empezaron a caer de forma individual. Por ejemplo, solo unos días antes de aquel San Jorge, un alumno del anterior curso ganaba el primer premio en el 2º Concurso de Jóvenes Cocineros de Zaragoza. Aquel joven, llamado Víctor Marta, es hoy un reconocido chef de Aragón, y se formó en la Fundación Picarral. La perspectiva del tiempo muestra que algo se estaría haciendo bien. Y es que, al parecer, tuvo buenos maestros, porque uno de sus profesores en el Topi 2 también recibía un día después que su alumno el primer

premio en el Primer Concurso de Cocina Aragonesa, concedido por Horeca. Por aquel entonces, la fundación había decidido sumar a su trabajo con los chavales de los talleres ocupacionales un piso de acogida para menores, un proyecto denominado Centro de Acogida y Residencia Picarral (Carpi), gracias a un convenio con la DGA. Y en mayo del 94, se colocaba simbólicamente la primera baldosa de los nuevos locales destinados a los Topis. Al acto se invitó a los consejeros de Industria y Turismo y de Bienestar Social, al delegado del Gobierno, a varios concejales, a representantes de la DPZ, de las cajas, de los empresarios… Y es que, efectivamente, se había puesto la primera baldosa, pero hacían falta muchas donaciones para poder colocar las siguientes. Los Topis forman ya parte del paisaje del barrio. Integrados en el resto de la comunidad, participan en diversas actividades como el concurso navideño de postres que organizan los alumnos de hostelería. Cualquier persona no profesional podía concursar junto a los alumnos. “Hace unos años que no hacemos este concurso, pero se hacen otras cosas. Aunque nuestro objetivo no es dinamizar el barrio sino los chavales que atendemos, independientemente de eso, hay mucha relación con los vecinos y con la asociación. Nos consideramos parte del barrio”, señala Tere Soro. Por ejemplo, “en el dossier de presentación de la fundación, lo primero que se lee es ‘promovida por la asociación de vecinos’. Es lo primero que decimos siempre. Cuando la asociación cuenta las cosas que hace en el barrio, cuenta también las cosas de la fundación. No es que hagas cosas con la asociación, es que es algo más. Para cualquier celebración que se hace en el barrio solemos preparar aquí los aperitivos y los canapés, para el concurso literario o este tipo de eventos.

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ciación de vecinos –Bienvenido Buil, Vicente Laborda, Antonio Alonso y Manolo Fortuny-, “por lo tanto tenían mayoría y se reservaban la presidencia y la secretaría”, recuerda Soro. Hoy, este patronato está formado igualmente por siete miembros. Pero “con los años, decidimos bajar la proporción, con lo cual ahora hay tres miembros de la asociación de vecinos en el patronato”.

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Hacemos también una jornada de puertas abiertas para celebrar San Valero con el barrio. Preparamos alguna demostración de cocina, compartimos un trozo de roscón y un cóctel sin alcohol con todos los que vienen. Y además, les contamos alguna cosa relevante que nos haya pasado durante el año. Por ejemplo, cuando hace dos años nos dieron el Premio Ebrópolis, les explicamos el proyecto por el nos lo habían dado. Si tenemos uno nuevo, les cuentas en qué consiste. Y luego, bastantes personas de la fundación están trabajando en la Comisión de Solidaridad de la asociación de vecinos”, comenta la presidenta de la fundación.

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En septiembre de 1997, el Topi de hostelería puede por fin estrenar el curso en los nuevos locales, situados en el número 12 del camino de los Molinos. Aunque la reforma es profunda y costosa, y no estará completamente terminada hasta el curso siguiente, tras la solicitud de un crédito de diez millones de pesetas (60.000 euros) para completarla. En total, el coste ascendió a más de 172.000 euros. Pero la inversión merecería la pena. Los treinta chavales de 14 y 15 años del Topi de fontanería, albañilería y soldadura ocupan también el nuevo espacio del camino de los Molinos. Y ese mismo curso, la fundación recibe 43 ofertas de trabajo para los diecinueve que terminaban su formación. Más éxito aún tendrían los del Topi de hostelería, que ese año reciben 350 ofertas de trabajo para cuarenta alumnos. En 1995, la fundación había seguido ampliando horizontes y se embarca en otro proyecto para jóvenes: el Servicio de Formación Picarral (Serpi). La fundación trabaja fundamentalmente con dos grupos de chavales. Están los que vienen del fracaso escolar, en los Topis. Pero luego también trabaja con otro gran colectivo, que son chavales con inteligencia límite o discapacidad psíquica ligera. “Para ellos monta-

mos el Serpi –explica Soro- porque al proyecto Topi se acercaban chavales que no veíamos muy bien lo que pasaba, pero creíamos que no iban a ser ni fontaneros ni albañiles ni cocineros. Y pensamos que en trabajos sencillos y repetitivos podían tener salida”. Así, Gobierno de Aragón y Ayuntamiento de Zaragoza contribuyen económicamente a la puesta en marcha, en una nave de más de 400 metros cuadrados situada en la trasera del 182 de San Juan de la Peña, de este centro dirigido a la formación y colocación de esos otros jóvenes, con mayores dificultades que los usuarios de los Topis. “Montamos el Serpi para este tipo de chavales, pensando que con un tiempo de formación se colocarían bien en la empresa ordinaria. Pero la realidad nos dio con la puerta en las narices enseguida –reconoce Soro-. Y como no es nuestro estilo abrir las puertas a la normalización y crear unas expectativas para nada, pues si no había empleo, pensamos que habría que crearlo. Y ahí es cuando empiezan a surgir proyectos empresariales”. Cuando en 1997 sale la primera promoción de chavales del proyecto Serpi, la Fundación Picarral se plantea qué hacer con ellos. Así que toma la decisión de promover la creación de Mapiser S.C., una empresa de economía social, solidaria y alternativa dedicada a manipulación y servicios. Ubicada en los bajos de San Juan de la Peña 129, su objetivo es “favorecer la inserción laboral y social de sus trabajadores”, los jóvenes que han terminado su formación en el Serpi. “Apuesta también por un futuro de eficacia en la empresa, que sostenga un equilibrio entre el factor humano y la rentabilidad”. “En 1997, aprovechando el programa Horizon europeo, que daba dinero para los autónomos, dándole la vuelta montamos Mapiser, de autónomos unidos en sociedad civil. Empezamos con


“Y pasados unos meses, empezaron a salir los números y dimos el paso a sociedad limitada”, añade. Ante el incremento de la actividad, se impone la necesidad de un local más amplio, que se encontrará en el número 34 de la calle Puente del Pilar, gracias a la colaboración de la CAI. “Y tomamos otra decisión importante, como fue la de compartir las participaciones de la sociedad limitada con otra fundación, con Integración y Empleo”, explica. Los posibles beneficios de la empresa, por escritura de constitución, nunca se repartirán entre las fundaciones accionistas, sino que se utilizarían en la promoción de nuevos empleos o empresas de inserción.

“Y luego, tomamos otra decisión que el tiempo ha demostrado que fue acertada, y que consiste en la mezcla de poblaciones en riesgo de exclusión –continúa-. Es decir, solo con chavales con inteligencia límite estaba muy condicionado lo que podíamos hacer. Y entonces empezamos a mezclar poblaciones en situación de vulnerabilidad social; y entraron extoxicómanos, sin techo, personas en tercer grado penitenciario, mujeres maltratadas… En fin, un conglomerado de colectivos que ha permitido, con los años, la diversificación de las actividades y que las empresas se vayan manteniendo”. Mapiser había nacido para dar salida laboral a seis jóvenes procedentes del proyecto Serpi, pero solo dos años después ya se habían incorporado nuevos trabajadores procedentes del Albergue Municipal, de la Casa de las Culturas, de Proyecto Hombre y de otros centros ocupacionales, hasta sumar veinte empleados”. A esas alturas, son ya trece los años de experiencia acumulada desde que se creó el primer Topi,

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media docena de chavales. Europa pagaba local, agua, luz y teléfono, el gerente y una persona en taller. En ese momento, los chavales no producían ni el salario mínimo interprofesional. Pero si no das el salto y arrancas… Y dijimos: una vez pagada la seguridad social, todo lo que les quede, para ellos”, recuerda Tere Soro.

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y siete desde el nacimiento de la Fundación Picarral. Un tiempo en el que su trabajo se ha visto avalado a través de los resultados obtenidos por los jóvenes beneficiarios de sus proyectos, a los que se ha ofrecido una alternativa real. En esos momentos, además de todos los monitores asignados a cada proyecto, la fundación cuenta con la inestimable ayuda de 44 voluntarios. La Fundación Picarral afronta el cambio de milenio tras catorce años de trabajo por la inserción. En ese periodo ha “contado con la confianza de las administraciones públicas, plasmada en convenios, hemos contado con el respeto y reconocimiento de muchas empresas que nos han seguido pidiendo trabajadores formados” y con la colaboración de entidades sociales y personas individuales. Por eso, desde el boletín de la asociación de vecinos se le reconocen estos méritos y, sobre todo, el que trabaje en “proyectos que el propio barrio ha sido capaz de generar”.

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A caballo entre los siglos XX y XXI, surge otra nueva iniciativa de la Fundación Picarral. “Tras meses de debate, y con el objetivo de dar una alternativa laboral a un grupo de jóvenes del proyecto Serpi que no tenían nada fácil su inserción laboral en la empresa, y puesto que trabajo no nos faltaba –exponía la fundación en el boletín de la asociación de vecinos del Picarral de julio de 2000-, surge la idea de montar un centro especial de empleo”. Esta idea es planteada ante la DGA, que anima a la fundación a tirar para adelante con este proyecto, al que llamaron Ceserpi, y que permitiría la creación de una docena de puestos de trabajo. Así pues, la fundación constituye una sociedad limitada con un capital de 500.000 pesetas (3.005,06 euros) y la DGA aporta unos 12.000 euros para inversión. Como el local del Serpi se quedaba pequeño, la fundación adquiere una nave de algo más de mil metros cuadrados en la calle Albarracín, a la que se trasladan el centro especial de empleo Ceserpi y Serpi.

En la última década, la Fundación Picarral ha ido sumando nuevos quehaceres. En 2004, se unieron a la vivienda tutelada Carpi dos nuevos pisos en Balsas para seis jóvenes que estaban integrados en los proyectos Serpi y Ceserpi. A estas dos empresas de inserción se había sumado poco antes Arapack. Las tres contaban con ayudas del Instituto Aragonés de Empleo (Inaem), que había nacido en junio de 2000. También se puso en marcha En línea hacia la autonomía, un programa de acompañamiento en la vida ordinaria a jóvenes con inteligencia límite que no cuentan con apoyo familiar. En consecuencia, ante el mayor volumen de gestión, el número de trabajadores de la fundación también ha ido creciendo. En el año 2006 ya tenía un total de veintinueve, y 38 voluntarios. En el mes de octubre de ese mismo año, el Topi I cumplió veinte años. El aniversario se celebró con un acto al que acudieron antiguos alumnos, que compartieron experiencias con los asistentes, entre los que había autoridades y amigos del barrio. El día de San Valero de 2007 tuvo lugar el estreno del audiovisual que resumía esos veinte años de vivencias. Dos décadas de trabajo infatigable, que arrancaron desde la asociación de vecinos, eran quizás un buen momento para detenerse a reflexionar sobre el propio funcionamiento de la amalgama de proyectos que hasta hoy se gestionan bajo el paraguas de la Fundación Picarral. Por ello, en 2006 se inició también la implantación de un Plan de Gestión de la Calidad. En julio de 2007 se remataría con una auditoría externa encaminada a la obtención de la Certificación ISO 9001. “Pero nuestra intención es seguir trabajando hasta la obtención de la Certificación EFQM en años sucesivos”, expresaban desde la fundación en el balance anual de 2006 de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende, su alma mater.


Además, la buena imagen de la Fundación Picarral se ve reforzada cuando, en 2008, gana el VII Premio Ebrópolis a las Buenas Prácticas Ciudadanas por su programa de apoyo a personas con inteligencia límite, que intenta dar cobertura a las necesidades educativas, laborales y sociales de estas personas. Hoy, a pesar de su carácter social, alrededor de la fundación existe un conglomerado de empresas que, como tal, también sufren la crisis económica. “Nos afecta muchísimo –admite Tere Soro-. Tenemos que tirarnos a la calle y buscar muchísimo para mantener el empleo por encima de todo. Igual que como fundación no queremos crecer, sí que nos interesa hacerlo en la creación de empleo de inserción. Y con la que está cayendo, estamos desbordados. Por eso pedimos a la Administración que reserve una pequeña parte de lo que contrata a este tipo de empresas para fomentar el empleo protegido”, reclama. De todos modos, y pese a las dificultades, ya que “después de veintitantos años tienes que seguir cada día demostrando algo y luchando contra co-

rriente”, María Teresa se siente reconfortada, porque los de la fundación “son proyectos consolidados que han tenido sentido, y siguen teniéndolo, porque han sabido evolucionar según las necesidades de los chavales en cada momento. Porque no tienen nada que ver los chavales de ahora con los de hace veinticinco años”. Aunque la realidad a la que se enfrentan día a día siga siendo “la misma: fracaso escolar o problemática social”. Eso sí, “las generaciones de chavales son diferentes, y el mercado laboral también es diferente. Hoy en día, los proyectos no se inician con la precariedad con la que empezaban entonces. Pero el objetivo sí que sigue siendo el mismo que cuando empezábamos, y es muy sencillo: reinserción social y laboral. Y la inserción social pasa por un puesto de trabajo”. Así que el balance de todos estos años de trabajo es positivo, ya que la Fundación Picarral ha logrado “que muchos cientos de personas hayan salido adelante. Nosotros hemos colaborado, no nos vamos a poner ninguna medalla –dice, como queriendo volver a pasar a un segundo plano, igual que cuando quita hierro a que fue la primera mujer en presidir una asociación de vecinos en Zaragoza, sin ser muy consciente de aquello-. Pero hemos acompañado a personas que han tirado para adelante”, concluye satisfecha.

POR LA SALUD DE LOS VECINOS La lucha contra la carencia de equipamientos sanitarios ha sido una de las batallas que más duramente han tenido que librar en el Picarral durante años, tratando siempre de construir entre vecinos una vida de más calidad para el barrio. A finales de 1976, se crea en el seno de la ACF del Picarral una comisión que se encargará de los problemas relacionados con este asunto. La Comisión de Sanidad nace “con unos objetivos muy claros”, según podía leerse en el artícu-

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En octubre de 2008, la Fundación Picarral es la primera en Aragón que obtiene la certificación SGE 21, acreditada por Forética. En el ámbito español, Ceserpi es el primer centro especial de empleo, y el Topi la primera escuela de hostelería, en obtener tanto esa certificación como la ISO 9001. “Estas certificaciones suponen un hito importante en el firme compromiso de la Fundación Picarral por la mejora continua de la calidad y la responsabilidad social de sus servicios”. Además, la norma SGE 21 “es garante de buenas prácticas sociales, económicas, organizativas, ambientales y éticas”, de cara a las instituciones públicas y privadas que la apoyan. Es decir, “la Fundación Picarral certifica su gestión ética”, como tituló en octubre de 2008 la Crónica de la Margen Izquierda.

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lo desde el que se presenta a los vecinos, en el boletín de la asociación de diciembre de 1976, al poco de su creación. Estos fines son “incidir en los problemas que afectan a nuestra salud e integridad física”; y, por otra parte, “controlar todas las deficiencias que en materia de sanidad se están dando por parte de la Administración pública”.

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Por lo tanto, su actividad se focaliza en los problemas sanitarios que la asociación considera que son “más acuciantes” para el barrio: un ambulatorio en condiciones; los problemas de salud que causan las empresas peligrosas y contaminantes; focos infecciosos (basuras, ratas, alcantarillados…); información y formación en salud de los vecinos… Pero, como la comisión acaba de nacer, desde la comisión se pide a los vecinos que participen y que aporten su experiencia y sus vivencias, para poder hacer una radiografía lo más precisa posible de los problemas sanitarios que aquejan al barrio y poder así trabajar para solucionarlos. Más que ambulatorio, el Picarral cuenta a principios de 1977 con un simple consultorio “solo para que nos den recetas y volantes”, puede leerse en el boletín de la ACF de febrero 1977. Solo hay facultativos de medicina general y pediatría,

y un servicio de practicante. Más de 17.000 afiliados pertenecen a este ambulatorio, contando con los barrios de la Marquen Izquierda (Arrabal, Jesús, La Jota, Ranillas…). Pero, según la legislación vigente en la época, cada 11.000 afiliados a la Seguridad Social tenían derecho, además de a los servicios citados, a un equipo de especialistas de los denominados entonces de primer grado. Este servicio de especialistas que les correspondía por ley evitaría que los vecinos de la Margen Izquierda tuvieran que desplazarse hasta la Casa Grande para acceder a estas especialidades médicas de primer grado: análisis clínicos, digestivo, respiratorio, circulatorio, cirugía general, electrología y cardiología, odontología, oftalmología, otorrinolaringología, traumatología y ortopedia. Pero, si los vecinos del Picarral no disponían aún de este centro de especialidades, no era por no llevar años reivindicándolo. Por poner un ejemplo, en septiembre de 1974, la Comisión de Urbanismo de la asociación ya reclamaba para el barrio uno de los dos ambulatorios que estaban proyectados para la Margen Izquierda, además de que abriese como centro de especialidades. Por otro lado, a mediados de los setenta, a cada médico de cabecera del ambulatorio de Picarral


Como es habitual en aquellos años, la ACF hace pedagogía de sus derechos a los trabajadores. Ante este panorama, pone de manifiesto lo injusto de una atención sanitaria tan deficitaria para las necesidades de este barrio obrero. Máxime cuando, según se podía leer en el boletín de la asociación de febrero de 1977, el 93% de los ingresos de la Seguridad Social –que ese año tenía un presupuesto de 875.744 millones de pesetas-, provenían de las cuotas de los trabajadores. También denuncian que “los trabajadores que más ganan proporcionalmente pagan mucho menos”, pues “su base mínima de cotización apenas sobrepasa el 80% de su salario, mientras que en las categorías inferiores (peones y aprendices) el porcentaje llega a veces a la proporción de alcanzar el 161% del salario real”. Es su manera de ir creando conciencia de clase, a través de los boletines, para lograr unir a todos los vecinos en una misma lucha, ante la demo-

cracia que se avecina. Y muestran la necesidad de trabajar codo con codo con el resto de los barrios de la Margen Izquierda para lograr una atención sanitaria digna. “La Agrupación de Sanidad de la Margen Izquierda del Ebro está dando un enfoque global y completo a este problema”, asegura la ACF en febrero del 78. No solo en el plano asistencial, sino también en lo que atañe a la salubridad de sus barrios. Es decir, los esfuerzos conjuntos de los vecinos de la Margen Izquierda no solo tratan de solventar los problemas de la falta de ambulatorios y centros de especialidades. También se batalla contra las repercusiones del desafortunado urbanismo sobre la salud de los vecinos, contra los focos infecciosos, las industrias contaminantes, la adulteración de alimentos… A principios de 1978, “el desmadre sanitario existente en la Margen Izquierda se está recogiendo en un informe o anteproyecto para pasar a las acciones correspondientes”. Se preparan campañas y se llama a la acción a todos los vecinos porque “o hacemos algo positivo y concreto en estos meses, o La Jota, Arrabal, Picarral, Santa Isabel y el barrio de Jesús van a ser fábricas de enfermos”.

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le correspondían más de mil cartillas, cuando la ley fijaba un máximo de 750 por facultativo. Cada día pasaban por el ambulatorio unos 1.500 pacientes. A cada médico le tocaba atender a unos 55 pacientes por día, a una media de dos minutos por consulta.

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estuviese terminado en menos de un año. Concretamente, en abril de 1981.

Por fin llegó el día. Los vecinos del Picarral se enteraron por la prensa de que, el día 30 de enero de 1980, terminaba el plazo para la presentación de presupuestos al concurso para la adjudicación de las obras de remodelación del ambulatorio de Balsas, que debían reconvertirlo en el tan ansiado y tan reivindicado centro de especialidades. La Agrupación de Sanidad de la Margen Izquierda solicitó una entrevista a los responsables del tema para tener una información más directa del asunto. Les fue concedida. Parecía que por fin se les empezaba a tener en cuenta.

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A mediados de año, quedaba definida la nueva estructura asistencial de Zaragoza. Se suprimían las consultas externas de la Casa Grande y se distribuía a los pacientes entre cuatro centros de médicos especialistas: el de Inocencio Jiménez, que hasta entonces venía atendiendo al sector rural; los de San José y Ramón y Cajal, que acababan de abrir; y el de Balsas de Ebro Viejo, que atendería a los vecinos de la Margen Izquierda. El 18 de mayo de 1980, al fin, Heraldo de Aragón publicaba el anuncio de subasta para las obras de este último ambulatorio, presupuestadas en 83 millones de pesetas. El 11 de junio, por 42 millones de pesetas, fueron adjudicadas las obras del centro de especialidades del Picarral a la constructora Huarte y Cía. Se preveía que

El nuevo complejo sanitario de Ebro Viejo aprovecharía el edificio ya existente, añadiéndole dos cuerpos laterales en forma de “U” hacia Ortiz de Zárate. Aquel verano, no cesaron las visitas de los vecinos al director del Insalud. Cuando le pidieron los planos, él les contestó que para qué los querían, si no los iban a entender. Pero, finalmente, los consiguieron. Y puede que ninguno de los miembros de la Comisión de Sanidad fuera especialista en interpretación de planos, pero para eso se hicieron con los servicios de un arquitecto que los asesorase. Y, tras estudiarlos, la asociación de vecinos presentó al Insalud un lista de mejoras “que nos parecían imprescindibles para el mejor uso de todos nosotros”, explicaban en su boletín de noviembre del 80. Después de varias entrevistas y negociaciones, la asociación consiguió que se introdujesen algunas modificaciones al proyecto original. Por ejemplo, algo tan básico como que todas las puertas abriesen hacia fuera, ganando en seguridad. También lograron escaleras de emergencia y rampa de acceso para discapacitados en el exterior. Medidas, todas ellas, que ya exigía la legislación entonces vigente. El ascensor para que los disminuidos subieran a las consultas de la primera planta quedó en el aire en aquellas primeras negociaciones. Lo que no consiguieron los vecinos fue que el centro de especialidades de Ebro Viejo contase con un servicio permanente de urgencias ni con el de planificación familiar. Finalmente, se les anunció que el centro contaría con las siguientes especialidades: análisis, digestivo, cirugía, dermatología, endocrinología, neuropsiquiatría, ginecología, odontología, oftalmología, otorri-


Por aquel entonces, desde la orilla izquierda del Ebro se empezaba ya a reclamar un hospital. En esos momentos se estaba elaborando el Plan Parcial del Actur, y según recogía el boletín de la asociación del Picarral de noviembre del 80, el Insalud estaba en tratos con el Ayuntamiento de Zaragoza para conseguir una parcela de 50.000 metros cuadrados para levantar el hospital que atendería a los vecinos de la capital y de los pueblos de este lado del Ebro. Pero el trato nunca llegó materializarse. Y la solución que finalmente se adoptó fue la reconversión del sanatorio conocido como El Cascajo de San Gregorio en el hospital Royo Villanova, que aún tardaría casi dos décadas en entrar en servicio.

Abre el centro de especialidades de Balsas de Ebro Viejo Llegó abril de 1981, la fecha anunciada para la apertura del centro de especialidades de Ebro Viejo. Y, por supuesto, no abrió a tiempo. No lo haría hasta finales de 1982. Alrededor de la fecha prevista inicialmente para su apertura se llegó a decir que si el centro no entraba en servicio era por culpa de los vecinos. Al menos, si se atiende a la razón dada por el doctor Ferrer, director del Insalud, para justificar el retraso. Y es que la empresa se había visto obligada a pedir una prórroga de tres meses para poder finalizar las obras, ya que de otra forma no iba a poder introducir las mejoras que los vecinos habían solicitado. Las obras del centro concluyeron en agosto, pero faltaba la instalación de un ascensor y concluir el servicio de radiología. La explicación que se dio a los vecinos es que faltaba presupuesto. Pero ellos no entendían cómo podía ser esto, si

el centro se había presupuestado en 83 millones de pesetas, pero se había adjudicado por 42. Por eso, el 22 de octubre fueron recibidos por la dirección del Insalud en Zaragoza. En esta reunión, para su sorpresa, se les informó de que el ambulatorio no abriría hasta que no tuviese todos los servicios en funcionamiento. También se les explicó que el presupuesto total del centro, equipamiento incluido, ascendía a un total de 140 millones de pesetas; y solamente 85 eran para el servicio de rayos X, pendiente aún de la aprobación de Madrid y de su posterior subasta pública y adjudicación. Y, a pesar de esto, se les aseguraba que todo estaría para la inauguración. Algo bastante improbable, a todas luces. Pero el director del Insalud trató de calmar los ánimos, afirmando que del proyecto inicial de dos mesas de rayos se había pasado a prever la instalación de cuatro, con lo que “iba a ser el mejor servicio de radiología de Zaragoza (amén)”. A pesar de las promesas del doctor Ferrer de que el centro abriría con todos sus servicios operativos, siete meses después, los que echaban rayos eran los vecinos, por ver que el centro de Ebro Viejo seguía cerrado. Ni siquiera sabían si el presupuesto para este servicio se había firmado o no, a pesar de que el Insalud había asegurado que les mantendría al día sobre el desarrollo de esta adjudicación. “Por lo cual, hemos visto necesario reunirnos la Agrupación de Sanidad de la Margen Izquierda del Ebro y ver qué alternativas tomamos ante tal tomadura de pelo”, protestaba la Asociación de Vecinos del Picarral, en su boletín de mayo de 1982. Mientras, la dirección del Insalud había cambiado. El 20 de abril de 1982, la comisión de sanidad de la asociación se reúne con el nuevo director, el Sr. Mesa, a quien exigen que ponga públicamente un plazo para la apertura del centro de especialidades. A lo que él responde que no iba a

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nolaringología, pulmón y corazón, radiología, tocología, traumatología y urología.

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caer en el mismo error que su predecesor, fijando una fecha. Además, a diferencia del doctor Ferrer, según refleja el boletín de junio de 1982, el nuevo director del Insalud les había dicho que no tenía ninguna intención de “dar preferencia a los vecinos a la hora de informar sobre el centro”, que ya se enterarían por la prensa local.

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La semana del 24 al 30 de mayo de 1982 estuvo cuajada de movilizaciones de los vecinos de la Margen Izquierda exigiendo la apertura del centro de especialidades de Balsas. Todo Aragón pudo ver las pancartas desplegadas frente al edificio, fotografiadas en El Día y en Heraldo de Aragón, los días 28 y 29 de aquel mes. La semana de protestas finalizó con una concentración pasada por agua, ocasión que aprovechó la Comisión de Mujeres para leer un manifiesto que hablaba también de los centros de planificación familiar.

Pasó el verano, y la apertura se anunció por fin para noviembre. Llegó el día, y el centro de especialidades de Balsas de Ebro Viejo abrió sus puertas. Pero, a pesar de las promesas hechas por el doctor Ferrer en octubre de 1981, lo haría sin servicio de radiología. Se anunció que el personal lo compondrían trabajadores del hospital Ramón y Cajal, donde se harían mientras tanto las radiografías. Los vecinos de la Margen Izquierda celebraron la tan ansiada inauguración con chorizo asado y vino, acto al que asistieron también los alcaldes de los pueblos cercanos y de los barrios rurales, a cuyos habitantes les correspondía a partir de ese momento el centro de especialidades de Balsas. Finalmente, el director del Insalud llamó a la Agrupación de Sanidad de la Margen Izquierda para comunicarles que el crédito para el servicio


La atención primaria A mediados de la década, el foco de la preocupación de la asociación del Picarral en materia sanitaria trasciende los límites del barrio, e incluso de la propia ciudad, y se centra en Madrid. La nueva Ley de Sanidad se está tramitando en el Congreso de los Diputados. Se prevé su entrada en vigor para finales de 1985. En la asociación temen que el PSOE no cumpla su promesa electoral, “que apuntaba hacia una sanidad gratuita e igual para todos”. Hay temor por cómo se vaya a resolver la convivencia entre la sanidad pública y la privada, especialmente en lo que atañe a posibles conciertos y subvenciones. Los vecinos del Picarral permanecen especialmente atentos a cómo se van a regular otros puntos, como la libertad de elección de médico o la financiación,

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de radiología ya estaba concedido. Y les informó de que su puesta a punto sería en febrero de 1983. Luego se anunció un retraso hasta mayo. Pero llegó junio, y las obras no habían concluido. Todo por una falta de previsión tan elemental que parece sacada de un tebeo de Pepe Gotera y Otilio. Pero es la pura realidad. Resulta que los aparatos de rayos estaban adquiridos con anterioridad al comienzo de las obras de las salas que iban a ocupar. Y, cuál sería la sorpresa, cuando fueron a meter las mesas y descubrieron que no cabían. Total, “que han tenido que tirar tabiques para poder acoplarlos”, informaba la comisión de sanidad desde las páginas del boletín de la asociación de junio de 1983. “¿Tiene gracia? ¿Es para reír o para llorar?”, escribían con sorna, pues no cabía otra reacción, tras más de tres años de reformas en el ambulatorio.

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véase la posibilidad de que se estableciera algún tipo de tasa o copago. Conseguida la apertura del centro de especialidades, el mayor problema sanitario del barrio se centra, a mediados de los años ochenta, en la atención primaria. En 1986, los vecinos del Picarral, Arrabal y Zalfonada entran en contacto con el personal del consultorio de la calle Ricardo del Arco, que les hace partícipes de su descontento ante “la falta de medidas de seguridad” del centro y la “escasa capacidad del mismo para el número de beneficiarios que acoge”. Ante este panorama, la asociación de vecinos ve “la necesidad de presionar para la rápida apertura del centro de salud asignado a nuestra zona de Arrabal-Picarral”.

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La asociación mantiene una entrevista con el Insalud, en la que se le confirma la existencia de un local ubicado en la calle Pantano de Búbal para este servicio y del que, por entonces, a mediados del año 86, la Sociedad Municipal de la Vivienda ya está pagando el alquiler. Por ello, los responsables sanitarios aseguran que son los primeros interesados en abrirlo: primero, para evitar la masificación del consultorio de Ricardo del Arco; y segundo, para no estar tirando el coste del alquiler. Pero por esas fechas aún no existe proyecto para las obras, que debe llegar de Madrid, junto con el concurso de adjudicación de las mismas. Se llega al final de 1986 sin ninguna solución. La Comisión de Sanidad de la Asociación de Vecinos del Picarral considera que “a pesar de que han cambiado el nombre de consultorios por el de centros de salud, todo sigue igual”. Sí, “muy bonito, con muchas normas escritas sobre la atención primaria de la salud y demás servicios, ¡pero el local sigue siendo el mismo!”, masificado y con falta de higiene y seguridad. Los pasos

dados por la asociación para la apertura del centro de salud de Pantano de Búbal son ya incontables, pero el presupuesto para su adecuación sigue pendiente de aprobación en Madrid. Eso sí, a la asociación de vecinos se le dice que “está el primero” en la fila de los que esperan. Por otro lado, a finales de 1986 se anuncia también la creación de un Consejo de Sanidad “donde debemos estar representados los vecinos”. Menos mal que era un proyecto prioritario. El boletín de la asociación de marzo de 1987 da cuenta de una reunión de la Comisión de Sanidad con el director provincial de Ambulatorios, Juan Garuz, que les reconoce no saber dónde se encuentra el expediente del centro de salud Arrabal-Zalfonada. Parece ser que se ha extraviado entre Madrid y Zaragoza. Pero al final hubo planos, sobre los que se pidió la opinión de la asociación. Llegó la promesa, con plazos de ejecución, y por fin las obras de adecuación de los locales comenzaron el 1 de septiembre del 87, tras estar meses y meses pagando el alquiler de unos locales pendientes de rehabilitación. Y eso que, en febrero, el propio Garuz había reconocido ante la asociación de vecinos que el problema de la sanidad española era que “no hay dinero para tener una buena salud pública”. El nuevo centro de salud Arrabal-Zalfonada nacía pequeño, y por eso se iba a mantener el de Ricardo del Arco, con todas las deficiencias que tenía este local. En mayo de 1987, la zona sanitaria de la Margen Izquierda pasa a denominarse Área V. En ese mismo año, el Insalud anuncia ya, con previsión a largo plazo, que el centro de especialidades de Balsas acabará reconvertido en centro de atención primaria porque por entonces ya se preveía concentrar todas las consultas de especialistas para los habitantes de la Margen Izquierda en el futuro equipamiento que preveía construirse en la avenida Cataluña, el que años


después sería bautizado como Grande Covián. Para que eso fuera realidad aún faltaba mucho tiempo. De momento, el que entró en funcionamiento en 1988 fue el nuevo centro de atención primaria de Zalfonada.

Desde los Consejos de Salud de Arrabal y Zalfonada, así como desde la Coordinadora de Salud de la Margen Izquierda, en los que participa la Asociación de Vecinos del Picarral, se va a seguir con mucho interés el desarrollo de todas estas obras. Es “la mejor forma de consolidar la participación comunitaria en el desarrollo de la salud, además de ser la única forma de tener las mínimas garantías de control democrático de los proyectos sanitarios del área”. Y es que la construcción de estos nuevos equipamientos sanitarios no iba a ser un camino de rosas. Hizo falta presionar al Insalud, por ejemplo, a través de la prensa, para lograr que en julio de 1991 se reanudasen las obras del centro Grande Covián, que habían estado paralizadas durante algo más de medio año. El comienzo de las del

centro de salud del Arrabal se anuncia para octubre de ese mismo año. Mari Luz Aspurz, una veterana dirigente de la asociación de vecinos del Picarral muy implicada en los temas sanitarios, muestra en una entrevista publicada en el último número de 1992 de Picarral Expres su preocupación porque “cuando falta muy poco para terminar las obras de la primera etapa” del Royo Villanova, “el Insalud y la DGA no se ponen de acuerdo para ponerlo en marcha”, justo cuando estaba prevista la entrada en funcionamiento de esta ampliación. El centro venía funcionando a través de conciertos suscritos por ambas instituciones. Pero el acuerdo que tenía que sentar las bases para que se convirtiese definitivamente en el hospital general de la Margen Izquierda se había cerrado “de manera puramente verbal”, algo “inexplicable” dada su “trascendencia”. “A mi entender, se trata de un problema político y económico a la vez –apuntaba Aspurz-. Político, porque ambas instituciones están lideradas por partidos distintos (PAR en Aragón y PSOE en España). Económico, porque el funcionamiento del hospital supondrá un gasto fuerte. El Insalud no quiere afrontarlo solo y la DGA se resiste a aportar dinero”. El acuerdo definitivo para que el Royo Villanova fuese el hospital de la Margen Izquierda no lle-

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Así siguieron las cosas, con el centro de salud de Ricardo del Arco funcionando cada vez más en precario, con “falta de ventilación, goteras, falta de espacio, mala calefacción, etc.”. Y con el de especialidades de Balsas cada vez más masificado. Con el cambio de década se anuncian también importantes cambios para la atención sanitaria en la Margen Izquierda. Hay proyectado un nuevo centro de salud en el Arrabal, que en 1990 cuenta ya con terreno y planos aprobados, pero no con el dinero necesario para su construcción. En octubre de ese mismo año, se empieza a construir el nuevo centro de especialidades de la Jota. Y en la primavera de 1991, arranca la tan ansiada reconversión del antiguo Cascajo en el Hospital Royo Villanova para dar servicio a los vecinos de este lado del Ebro, y que llevaba proyectado desde 1987.

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gó hasta el 27 de noviembre del 92. Antes hubo de producirse una importante movilización de los vecinos de este lado del Ebro, en octubre de ese mismo año, para que Insalud y DGA entrasen en razón. Aunque la finalización de las obras de remodelación del edificio antiguo no estaba prevista hasta finales de 1995, en abril de 1993 se firma ya un primer pacto de actividad, por lo que en ese mismo año podría empezar ya a tratar pacientes de neumología, cardiología, medicina interna y psiquiatría.

El Royo Villanova

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A mediados de 1993 entraba en funcionamiento el nuevo centro de salud del Arrabal, que sustituía al consultorio de Ricardo del Arco. No así el centro de especialidades de la avenida Cataluña, que venía acumulando retrasos. Como también los acumulaba el nuevo edificio del Royo Villanova y su unión con el viejo bloque, “de al menos quince meses”, según denunciaba la asociación del Picarral a finales de ese año. En septiembre del 93 hubo relevo en el Pignatelli y, el 19 de octubre, el gerente del Servicio Aragonés de Salud frustraba las esperanzas de los vecinos al anunciar en la prensa un retraso para la apertura de las urgencias, y un replanteamiento de los presupuestos. Al día siguiente, el nuevo consejero de Sanidad se reunía con las asociaciones. En noviembre, el Justicia de Aragón se interesa por la marcha del asunto. Ese mes, partidos como Izquierda Unida y el PAR interpelan en las Cortes al consejero sobre el asunto. Y el día 26, representantes vecinales comparecen en la Comisión de Sanidad de la cámara autonómica para pedir que se avance cuanto antes en el proyecto de reconversión del antiguo Cascajo en hospital general del Área V. En diciembre, eran recibidos por los responsables de la Consejería de Sanidad

y del Insalud. Los del Picarral no pensaban quitar un ojo de encima al asunto hasta verlo hecho realidad. En 1995, desde la Asociación de Vecinos del Picarral se tiene la sensación de que las obras del nuevo edificio del Royo “son el cuento de nunca acabar”. En enero, se reúnen con el consejero de Sanidad para informarse sobre el transcurso de las mismas, quien les dice que estarán “en poco tiempo”. Concretamente, para marzo del 95 estaba previsto abrir dos quirófanos, que podrían ir aliviando las listas de espera. No así las urgencias, que se retrasaban de nuevo. Es a comienzos de este año cuando por fin se adjudica la reforma de la parte vieja del hospital, por un presupuesto de unos 12 millones de euros y un plazo de ejecución previsto en 18 meses. Es por estas fechas cuando por fin concluyen las obras del centro de especialidades de la avenida Cataluña, “con más de dos años de retraso”. Se bautizó con el nombre de Grande Covián, y abrió en mayo de 1995. Su apertura fue muy bien recibida por los vecinos de la Margen Izquierda, aunque pronto empezarían a aparecer deficiencias constructivas que requerirían de pequeñas reparaciones para subsanar los fallos. Aunque la reparación de los más graves no sería asumida hasta doce años más tarde por el organismo entonces competente. Las grietas abundantes propiciarían que, a principios de 2007, el Salud abriera una investigación y un expediente para conocer las causas de estos fallos, que concluyó que se debían a defectos durante la construcción del mismo. El Gobierno de Aragón se vería abocado a abordar una ambiciosa reforma para reparar las lesiones constructivas, adjudicada en diciembre de 2007 por 387.000 euros mediante un concurso de obra. La intención de la Administración era que la empresa responsable de la deficiente obra se hiciera responsable de este gasto.


Ante esta situación, la Coordinadora de Salud de la Margen Izquierda realiza una campaña continua “para conseguir que se asigne la partida presupuestaria suficiente para iniciar las obras cuanto antes”. Algunas acciones destacadas son el envío de 3.000 tarjetas al presidente de Aragón, Santiago Lanzuela, un recurso ante el Justicia de Aragón, declaraciones en los medios de comunicación y le reparto de hojas informativas en los barrios y en la plaza de España. Se produjeron entrevistas con el consejero de Sanidad, con la directora del Insalud “y con todos los grupos parlamentarios a excepción del PP, que ni siquiera nos ha contestado”, protestaba la asociación desde su boletín. El día 29 de octubre de 1996, la DGA aprueba el acuerdo alcanzado con el Ministerio de Sanidad para remodelar el hospital Royo Villanova y adaptarlo a las necesidades de un hospital general. El presupuesto de las obras será de 1.800 millones de pesetas (casi once millones de euros), que será cofinanciado al 50% por ambas instituciones en tres años. La demora en los plazos

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Con el Grande Covián abierto, ahora está prevista la reconversión del centro de especialidades de Balsas en centro de atención primaria, que se prevé denominar centro de salud Zalfonada, aunque a la asociación de vecinos no le gusta la idea y prefiere que se le llame como el barrio, Picarral. Si en el caso del Grande Covián fueron dos, en el del nuevo edificio del Royo Villanova serían tres los años de retraso con los que concluyeron las obras. En 1996 ya estaban en marcha los quirófanos, la UCI y radiología, pero no las urgencias. Aunque no así las obras de reestructuración del viejo edificio, “adjudicadas en enero del 95 y todavía sin comenzar”, denunciaba la asociación en su boletín de junio de 1996. “El actual Gobierno PP-PAR no ha previsto partida alguna en los presupuestos” para ese año.

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cada servicio. Para algunas especialidades, los vecinos de la Margen Izquierda seguiremos acudiendo al hospital Miguel Servet”, comunicaba la asociación del Picarral a sus vecinos en el boletín de diciembre de 1996. Mientras tanto, la saturación en el gran centro sanitario de la Romareda, “sobre todo en urgencias”, va en aumento. Las obras del viejo edificio del Royo Villanova arrancan por fin en 1997. A finales de año, la asociación asegura que marchan “según los plazos previstos. Si todo sigue bien, deben terminar en diciembre del 98, como prometieron”.

ha provocado que el presupuesto se encarezca en más de 3,6 millones de euros respecto al coste previsto inicialmente en el año 1990. “Los vecinos de este lado del Ebro llevamos ya demasiado tiempo reivindicando este hospital. Nos parece positivo que empiecen las obras y exigiremos que, al menos esta vez, los trabajos se realicen en el tiempo previsto”, opinaba la asociación del Picarral en noviembre de 1996.

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El día 20 de ese mismo mes, el entonces presidente ejecutivo del Insalud, Alberto Núñez Feijoo, actual presidente de la Xunta de Galicia, y el consejero de Sanidad de la DGA, Fernando Labena, firman el protocolo que da luz verde al acuerdo para cofinanciar la tercera fase del Royo Villanova. El objetivo es concluir estas obras en diciembre de 1998. Entonces, el centro tendrá 250 camas. “Para junio del 97 tiene que estar diseñado el proyecto por el que ambas administraciones decidirán qué especialidades acogerá el futuro hospital y con cuántas camas contará

Las obras del hospital son por fin una realidad pero la reconversión del centro de especialidades de Balsas todavía no. La asociación se había reunido con la directora provincial del Insalud el 19 de febrero de 1996, quien les hizo entrega de una copia de los planos, a falta de “alguna pequeña modificación pedida desde Madrid”, que se esperaba estuviera definitivamente aprobaba en marzo o abril de ese año, para comenzar a obrar en diciembre. Pero “apenas dos semanas después de la entrevista”, el Partido Popular gana las elecciones generales que llevarían a José María Aznar hasta la Moncloa. Lógicamente, cambian los responsables del Insalud y, “viendo que las obras no empezaban”, la asociación del Picarral solicita información al nuevo director gerente de atención primaria. “Pero no se dignó a contestarnos”, se lamentan desde el boletín de abril de 1997. Justo un año después de la victoria nacional del PP, en marzo del 97, representantes de la asociación se reúnen con la nueva secretaria provincial del Insalud. Para su “sorpresa y decepción”, los representantes vecinales constatan que “apenas se había avanzado”. Ahí se les informa de que el coste de reconvertir el ambulatorio de Balsas en centro de atención primaria asciende a 204 millones de pesetas (1.226.064,69 euros), pero que


Para su sorpresa, a finales de 1997, los vecinos del Picarral se desayunan con que las obras para transformar Balsas en centro de salud “van a sufrir un nuevo retraso. El motivo es que la licencia de obras que el Insalud presentó a Urbanismo (al ayuntamiento) aún no se ha concedido”, cuestiones técnicas cuya lógica no alcanza a entender el común de las gentes de a pie. Un año y medio en total se demoraría Urbanismo en aprobar el expediente de remodelación. Las obras salen a subasta el 14 de enero del 98. Al final, se licitan por 206 millones de pesetas, con un plazo de ejecución de 12 meses.

Área V, nuestro hospital”, recogía con alivio la Asociación de Vecinos del Picarral en el último boletín del milenio. Y no les había costado mil años conseguirlo, pero sí más de mil pasos y gestiones. Por fin, en el año 2000 empezaba a andar este equipamiento tan largamente demandado, incorporando progresivamente camas hasta alcanzar las 250 previstas inicialmente. La UCI entró en funcionamiento en febrero, el servicio de urgencias en abril... El hospital era propiedad de la DGA, pero la asistencia sanitaria sería gestionada por el Insalud hasta que se completase el traspaso de esta competencia a la comunidad autónoma. Por ello, una vez abierto el centro, la asociación del Picarral reclamaba que ambas instituciones adoptasen con su firma “dos acuerdos muy importantes: el Concierto Singular Sustitutorio que asegure la financiación; y el que regula el paso de profesionales del hospital Miguel Servet al Royo Villanova”.

Con retraso empezaron pues las obras, y del mismo modo acabarían. Tras el arranque, su conclusión estaba prevista para el verano de 1999. Pero a finales de ese año, aún continuaba la reforma. Los responsables de su ejecución informaron a la asociación de vecinos, en una visita a las obras celebrada el 8 de noviembre, que el nuevo retraso se debía “a mejoras introducidas al proyecto inicial”. Total, que esto conllevó nuevos trámites, nuevas asignaciones presupuestarias… El Insalud abre el Centro de Salud el 14 de febrero de 2000. Atrás quedaban cuatro largos años de reivindicaciones vecinales.

Ahora, el hospital Royo Villanova reúne por fin “todas las condiciones para prestar los servicios de hospital general del área V”, escribe con satisfacción la Comisión de Salud de la asociación de vecinos del Picarral en el boletín de mayo de 2000. “Conseguidos por fin los centros sanitarios, queremos incidir de manera más eficaz en la defensa de una buena asistencia sanitaria y en la salud integral de los vecinos”. Y por este objetivo trabajará integrada en el Consejo de Salud de Zona, junto a otros colectivos sociales y al equipo del centro de salud.

A finales de 1999, nueve años después de iniciado el proyecto de remodelación y ampliación, concluía también la reforma del Royo Villanova. “Desde la Coordinadora de Salud de la Margen Izquierda hemos luchado hasta el fin para conseguir que sea realidad el hospital general del

Y para reclamar unos servicios sanitarios de calidad, hay que empezar por informar bien a los usuarios, es decir, a los vecinos. En ese mismo boletín se explica cómo ha quedado establecida la planificación de los servicios de urgencia en los diferentes niveles asistenciales tras la apertu-

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para ese año solo hay presupuestados 10 millones (poco más de 60.000 euros). Los vecinos no quieren demorar por mucho tiempo para disponer de los nuevos servicios que llegarán con este centro –“urgencias, rehabilitación, dentista…”-, así que “haremos lo posible para que las obras puedan empezar antes de lo previsto”, aseguran.

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ra de los nuevos equipamientos: el centro de salud del Picarral, hasta las 17 horas; el Actur Sur, hasta las diez de la noche y los fines de semana; en el Ramón y Cajal, los avisos a domicilio; en el Royo Villanova, las urgencias más graves; y en el Miguel Servet, las de pediatría y traumatología. “Para beneficio de todos, veamos responsablemente a qué nivel de urgencias debemos acudir en cada ocasión”, solicita la Comisión de Salud a sus vecinos. A través de los boletines, esta comisión va transmitiendo los asuntos e inquietudes vecinales que se tratan en el Consejo de Salud de la zona Picarral-Zalfonada, como las implicaciones del derecho a la elección de médico. También se ocupan de reclamar mejoras asistenciales, como la implantación del método de extracción de sangre por pinchazo en el dedo para los usuarios de Sintrón, o la reducción de las listas de espera. También se reclama al centro de salud que realice un estudio sobre la contaminación en el barrio y su repercusión sobre la salud.

TRANSPORTE

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El transporte público es un servicio común a todos los ciudadanos. Su buen o mal funcionamiento siempre ha repercutido de manera significativa en el día a día de los barrios. Especialmente en barrios obreros y periféricos como el Picarral, donde la mayoría de sus habitantes no disponía de vehículo privado en los años iniciales del movimiento vecinal. Y que sin embargo tenían las mayores necesidades de movilidad porque, para acceder a la mayoría de los servicios, se veían obligados a desplazarse hasta el centro. Y muchos de estos vecinos también tenían que salir del barrio para ir a trabajar, al igual que los jóvenes que podían estudiar, pues ya se sabe que en el Picarral no había institutos.

En abril de 1974 se crean en diferentes barrios sus respectivas comisiones de transporte, empezando así a caminar juntos por una causa que a todos les afecta por igual. Y es que, ante las constantes subidas en el precio de los billetes, el mal funcionamiento de la red y la incertidumbre sobre el futuro del consorcio, el transporte público en Zaragoza fue uno de los primeros frentes que unió a distintas asociaciones de vecinos. Según afirma Javier Ortega en su libro Los años de la ilusión, aquello “marcó un hito en el movimiento vecinal pues, por primera vez, representantes de todos los barrios se coordinaron para abordar un problema común”. El común problema del transporte no solo será uno de los caballos de batalla del movimiento vecinal a nivel de ciudad. También en cada barrio, con sus problemas propios y diferenciados, es uno de los detonantes de las primeras protestas vecinales. “Un buen día –relata Paco Asensio, primer presidente de la ACF del Picarral-, estamos hartos del transporte y decidimos salir un domingo a cortar el tráfico en San Juan de la Peña. Nos estamos preparando el día anterior, cenando tres o cuatro, y yo ya tenía mi coartada. ‘Vosotros haced lo que os pase por allá, pero yo voy a estar en misa a esa hora’. Con que, a la hora convenida, todos los grupos políticos con peso en el barrio se ponen de acuerdo, se concentran, cortan el tráfico, paran los tranvías y sacan los troles de la catenaria. Y ahí se produce una alteración de orden público”. Por supuesto, esta acción tuvo sus consecuencias. “A los pocos días, me avisa la secretaria de la federación de las ACF, que era mi amiga porque nos conocíamos de Acción Católica, y me dice: ‘Paco, te voy a dar una mala noticia. Os han puesto una multa de 50.000 pesetas (300 euros) por alteración del orden público’. ¡50.000 pesetas de aquellos años! ¡Y con seis hijos! Con


Paco Asensio tuvo que convencer al gobernador civil de que él no podía haber paralizado el tráfico porque a esa hora estaba en misa. “Poco a poco, fuimos convenciendo a este hombre. Y eso que el gobernador era un tío cojo, con más mala leche que él solo, un falangista de esos de la boina hasta los pinreles”, recuerda. “Pero

ahí no acaba la cosa”, continúa. “La Comisión de Educación de la asociación había solicitado una subvención para la guardería de Belén. Nos daban 25.000 pesetas, que había que recoger en el Gobierno Civil, en un acto organizado por el mismo gobernador que nos acababa de levantar la multa. Yo me preguntaba: ‘¿A ver qué me va a decir el tío este cuando vaya a entregármelo?’. Después de su discurso, yo cojo el talón, y tenía una compañera compinchada que me estaba esperando. Desaparezco por el fondo, tras la cortina, se lo entrego, y desaparece ella en cuanto le digo: ‘Corre, y vete a ingresarlo inmediatamente’. Fue un momento tenso. Parece de película, pero era la realidad”. Realidad es también la asamblea del 23 de junio de 1974 en que la ACF del Picarral aborda el problema de los transportes públicos. Se in-

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que, al día siguiente, fui a verla y me dijo que hablaría ella misma con don Emilio Gazo, el delegado de Familia, pero que estaba enfermo. Así que le digo que ya lo llamo yo y, a las once de la noche, estaba el hombre con fiebre y lo saco de la cama para decirle: ‘Emilio, que me ha pasado esto. Y tienes que hacer lo imposible porque ni yo tengo dinero para pagarlo ni tampoco la asociación’. Así que esta chavala fue meneando el asunto y, gracias a su intervención, nos levantaron la multa”.

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forma al centenar de vecinos asistentes sobre las gestiones hechas hasta el momento y se lee el escrito que la agrupación de las distintas ACF de Zaragoza iba a dirigir al ayuntamiento, ante la próxima renovación del convenio municipal con la empresa Tranvías de Zaragoza. La asamblea del Picarral acordó sumar sus firmas a las de los vecinos de los demás barrios. Entre todos, consiguieron reunir 15.000 rúbricas de apoyo a una tabla reivindicativa suscrita por once asociaciones, que entre otros asuntos se refería al transporte.

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A tenor de las distintas intervenciones que pudieron escucharse en aquella asamblea de junio del 74, se puede concluir que los vecinos del Picarral no saben hasta qué punto pueden fiarse de la actitud del ayuntamiento, ya que había ido aplazando mes a mes la negociación del convenio “y que no parece dispuesto a dejarnos intervenir en él”, escribían en el boletín informativo de la asociación de julio del 74. Por eso, la postura de la asamblea se concreta en dos puntos. Por un lado, acuerdan que las asociaciones agrupadas fijen una fecha límite para la negociación del convenio. Y, por otro, piensan exigir que dicha negociación sea abierta a la participación de las ACF, en tanto en cuanto eran “las representantes más directas de los intereses de las familias de Zaragoza”. Y aseguraban que “en caso contrario, hay que denunciar ese convenio y buscar otro método para resolver el problema de los transportes”. Una de las reivindicaciones relativas al transporte público que las asociaciones tuvieron que repetir hasta la saciedad, y por cierto sin mucho éxito, era el billete laboral y escolar. Pedían que su tarifa fuese igual que la convencional, que a mediados de 1974 era de 4,50 pesetas (menos de dos céntimos de euro de la época), pero que sirviese para hacer ida y vuelta en el mismo día,

coincidiendo con las horas punta de entrada y salida de empresas y colegios. En el escrito que dirigió al Ayuntamiento de Zaragoza, la agrupación de las ACF de la ciudad también pedía que todas las líneas iniciasen su primer recorrido, como mínimo, a las 5.25 horas de la mañana, para que prestase servicio a los trabajadores que entraban en el turno de las seis. Además, solicitaban tres nuevas líneas. Una que fuese de Valdefierro al polígono de Cogullada, pasando por la avenida Pirineos y San Juan de la Peña. Solicitaban otra más a Cogullada, pero ésta saliendo de Torrero y atravesando otros barrios obreros como Las Fuentes, Jesús o el propio Picarral. Y otra circular que uniese los principales barrios periféricos entre sí: Valdefierro, Casablanca, La Paz, San José, Las Fuentes, Tenerías, Avenida Cataluña, Cogullada, Picarral, La Almozara, carretera Logroño y Miralbueno. Y es que, a lo largo de los años, se iba a perpetuar un transporte radial de los barrios al centro, en detrimento de la conexión de los barrios entre sí. También se solicitaba la mejora de varias líneas, entre ellas la prolongación del recorrido de la línea Academia-La Seo hasta Las Fuentes, y la del Arrabal-Verónica hasta Casablanca. Más frecuencias, más marquesinas, contención de los precios del billete, buses hasta la 1.30 de la madrugada… En fin, que las asociaciones de cabezas de familia solo pedían un transporte público en condiciones, y que se las tuviese en cuenta a la hora de plantear futuras soluciones a los problemas que podía generar su funcionamiento. En octubre de 1974, las distintas asambleas de los barrios y las ACF seguían esperando una respuesta del ayuntamiento a la carta enviada tres meses antes. Y, como no llegaba, deciden que, para protestar, se va a instar a los vecinos a no utilizar el transporte público. “Hicimos esta huelga


El 7 de octubre, recién comenzadas las fiestas del Pilar de 1974, unos 300 representantes de los barrios se concentraron frente al ayuntamiento y, ante la negativa del gobierno municipal al diálogo, exigieron entrevistarse personalmente con el alcalde Mariano Horno Liria, que tuvo que dejar una boda para recibirles en el salón de sesiones. Aunque de poco sirvió porque, como recoge Vicente Rins en el libro colectivo Poder ciudadano y democracia municipal, el edil dejó claro que “aunque 400.000 vecinos me pidan algo, decidiré solo con mis concejales, únicos representantes de los ciudadanos”. Y así fue. El pleno aprobaría por unanimidad, y sin contar con la opinión de los vecinos, el nuevo convenio de transportes de Zaragoza. La toma de conciencia de que la movilidad era un problema común a todos era tal que, hasta las niñas del colegio San Braulio, escribieron unas cartas al alcalde, en noviembre de 1974. Ahí le exponían esta realidad, y otros asuntos más que les afectaban como vecinas, tales como la seguridad nocturna o la falta de pavimento en las calles, que hacía que en los días de lluvia llegasen “al colegio con barro y agua, que escasamente la maestra te conoce”. En febrero de 1975, la ACF del Picarral lleva desde principios de esta década planteando las posibles soluciones al problema de los trans-

portes públicos en Zaragoza, “pero de momento solo hemos conseguido que algunos concejales se pongan un poco más a nuestro favor”, se leía en el boletín de ese mes. La asociación considera que, si el convenio entre el Ayuntamiento de Zaragoza y la empresa de tranvías continúa aún sin firmarse, es gracias a esta tímida comprensión por parte de los ediles. Y es que las ACF de Zaragoza se oponían a la firma de este nuevo convenio porque “significaría recaer sobre las espaldas del ayuntamiento los costos de las posibles mejoras del transporte, mientras que los beneficios irían a engrosar las arcas de la compañía”. Por eso, los movimientos vecinales de Zaragoza reclamaban la municipalización de la empresa de transportes públicos. Ante esta creciente corriente de opinión, todos los periódicos de Zaragoza habían publicado los días 2 y 3 de febrero de 1975 un artículo anónimo, cuyo contenido hacía suponer que procedía de alguna de las partes implicadas en la deliberación del convenio, bien el ayuntamiento, bien la compañía de los tranvías... “o de ambas a la vez”. El texto iba firmado como “Remitido” lo que, según los periodistas de la época, venía a ser sinónimo de “artículo de propaganda”. En este artículo se aludía, sin citarlas expresamente, a las ACF de Zaragoza, tratando de deslegitimarlas a ellas como interlocutoras válidas, así como al contenido de sus opiniones respecto de los problemas del transporte público de la ciudad. La verdad es que todas ellas estaban integradas por vecinos, que eran quienes usaban el transporte. El artículo trataba de alertar a la opinión pública sobre los riesgos que conllevaría la municipalización del transporte público en la ciudad. Y ponía como ejemplo el caso de Barcelona, que tenía municipalizado el transporte, y que arrastraba grandes déficits. Pero, entonces,

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de no coger el autobús pero, a cambio, acordamos que todos los coches que iban vacíos parasen en las paradas del bus a recoger gente para llevarla al centro. Y así se hizo”, recuerda Antonio Sofín. “Multaron a algunos de los coches que recogían gente en las paradas del bus”, añade Juanjo Jordá. “Pero, durante una temporada, esa protesta funcionó”, apunta Sofín. “Y hubo un tiempo en que la gente se pateó la calle, y se logró hacer un boicot histórico”, remacha Jordá.

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234 ¿cuál era el riesgo? Si el transporte en Zaragoza no era deficitario, ¿pasaría a serlo simplemente por trasladar su gestión a manos de los técnicos municipales? Las ACF de Zaragoza respondían al tal “Remitido” con otro artículo, publicado en prensa local el 16 de febrero de 1975, en el que puntualizaban que no simplemente se quejaban, que también habían hecho públicas sus propuestas de solu-

ción para los problemas de transporte que sus propias familias vivían en primera persona. Entonces no se sabía aún que al tranvía le quedaba menos de un año de vida. Hasta dieciocho líneas había llegado a tener Zaragoza y su red llegó a alcanzar los 35 kilómetros de recorrido urbano. Pero en el último año de vida de Franco, la red de tranvías y trolebuses de Zaragoza era ya un transporte agonizante, aunque no precisamente por falta de usuarios.


En 1972, la familia Escoriaza había vendido la empresa de los Tranvías de Zaragoza a una empresa privada, que más tarde se denominaría Tuzsa. Fue el comienzo del fin de este medio de transporte. TZ contaba entonces con 868 trabajadores, muchos de los cuales acabarían siendo recolocados en la compañía de autobuses urbanos, aunque en 1975 todavía no estaba claro el futuro de dos centenares de esos trabajadores. “Es evidente que, con nuestra presión, se ha conseguido dejar en suspenso el despido de los 200 obreros de troles y tranvías, porque también está en suspenso la supresión de los mismos”, aseguraba la ACF del Picarral en febrero de 1975. Y es que, desde posiciones interesadas, parecía que se quisiesen enfocar las protestas de los vecinos como si fuesen contra sus trabajadores, como ocurrió en el conflicto con Campo Ebro, y no contra la empresa, que era la que prestaba un servicio deficitario. Mientras, a comienzos de 1975, no cesan los rumores de una nueva subida del precio de los billetes del transporte urbano. Los tranvías de la capital aragonesa habían tenido las tarifas mas bajas de toda España. Por contraste, según la asociación de vecinos, la línea Lonja-Picarral era la más cara proporcionalmente de todo el país, dado su corto recorrido.

Entre los meses de marzo de 1973 y 1974 se habían producido ya tres subidas de las tarifas del transporte, llegando a acumular un aumento de una peseta en ese periodo. Y en marzo de 1974, lo subieron otra peseta más. Así, si en marzo del 73 el billete de bus costaba 2,50 pesetas, un año después valía 4,50. Y el trayecto en tranvía o trolebús se había duplicando en ese mismo periodo, pasando de 2 a 4 pesetas. Los ingresos brutos de la compañía habían crecido en ese mismo lapso de tiempo, entre los meses de marzo de 1973 y 1974, en 200 millones. Es decir, casi se duplicaron, pues a pesar del oscurantismo y el hermetismo que rodeaba las cuentas de la compañía de los Tranvías de Zaragoza, el periódico Andalán calculaba en unos 425 millones de pesetas sus ingresos brutos anuales, estimando unas ventas de cien millones de billetes a un precio medio de 4,25 pesetas. Según un estudio de los vecinos del Picarral, en ese mismo periodo de subidas constantes en el precio del billete, el coste real por la subida del gasoil solo había crecido en 0,10 pesetas por viajero y trayecto. Por lo tanto, ése no podía ser el único argumento en el que se apoyase la empresa para justificar tanta subida tarifaria. Por su parte, la compañía de los transportes públicos zaragozanos afirmaba que el precio de los billetes en la capital aragonesa era inferior a la media española. Es cierto que en Zaragoza el billete costaba 4,50 pesetas en febrero de 1975, menos que en otras ciudades. Pero también es verdad que “para ir a trabajar, todo el mundo tomamos dos autobuses. Y para ir de un barrio a otro”. En Zaragoza, las líneas de bus eran cortas, mucho más que en ciudades como Madrid o Barcelona. Y esa necesidad de utilizar dos líneas distintas, sin posibilidad de efectuar transbordos gratuitos, hacía que cada desplazamiento acaba-

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En 1969 se había batido el record anual de viajeros de los tranvías de Zaragoza: 82 millones de desplazamientos en una ciudad que por entonces ni siquiera llegaba al medio millón de habitantes. En 1970, Zaragoza había superado los cien mil coches matriculados. Era el reflejo del triunfo del desarrollismo tardofranquista. El tranvía incomodaba a la invasión del vehículo particular. Y, por aquel entonces, todavía nadie hablaba de emisiones de gases de efecto invernadero y, por poco tiempo, todavía se ignoraba la capacidad desestabilizadora de las crisis del petróleo que vendrían después.

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se costando a muchos usuarios, como les ocurría a numerosos vecinos del Picarral, un total de 9 pesetas, y no 4,50. Un precio nada desdeñable para las enjutas economías de las familias obreras que habitaban los barrios más periféricos. Por todo ello, las ACF de Zaragoza aseguraban que si el transporte en Zaragoza era “enormemente rentable en manos de una compañía privada”, no tenía por qué “dejar de serlo municipalizado”. Más aún, de dar ese paso, los beneficios que se llevaban los accionistas podrían pasar a revertir en la mejora del servicio. Y se planteaban que si en Madrid, Barcelona, Valencia o Tenerife los transportes resultaban deficitarios, quizás esa era precisamente la razón por la que en esas ciudades habían dejado de estar en manos privadas. El problema del transporte público había adquirido tales dimensiones que, por una cuestión de focalizar los ingentes esfuerzos que este reto requería, la ACF del Picarral decide separar las comisiones de Urbanismo y de Transporte, que hasta entonces habían venido operando como una sola.

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Y por si el transporte público de la capital aragonesa era poco rentable, los zaragozanos afrontan la llegada de la primavera de 1975 con otra nueva subida de una peseta en las tarifas. El billete ha pasado de costar 2,50 en 1973 a valer 5,50 pesetas, subiendo un 120% en solo dos años. Por entonces era concejal de Tráfico Alfonso Soláns Serrano (el padre), dueño de Pikolín y posterior presidente del Real Zaragoza. Por entonces, se le preguntó ante los micrófonos de la radio sobre la municipalización de los transportes, y él contestó que eso sería la ruina. Cuando el locutor le replicó que las ACF decían que la empresa tenía unos beneficios muy grandes, el señor Soláns senior respondió: “pues claro, para

eso es una empresa privada” y que, como tal, “cuanto más gane, mejor”. Claro. Mejor para la empresa. Pero resulta que esa empresa estaba prestando un servicio público. Lo que pasa es que, como a la gente corriente no le quedaba otro remedio que usar el bus, se aguantaba costase lo que costase. Pero desde la Comisión de Transporte de la ACF del Picarral no estaban dispuestos a resignarse. Y deseaban que sus vecinos tampoco lo hiciesen, así sin más. Si, en Zaragoza, el transporte público era rentable, ¿por qué había de subir sus tarifas a la par que en aquellas ciudades donde no lo era? Pues bien, no cesaban los rumores de una próxima subida de dos pesetas de golpe, probablemente para el otoño. Además de todos los problemas comunes a todos los vecinos de Zaragoza, el transporte público representaba para los de la Margen Izquierda unos problemas propios, y es que ni el Picarral ni La Jota ni La Almozara, al igual que Valdefierro, en la otra punta de Zaragoza, estaban conectados con los demás barrios, como lo estaban Delicias, Las Fuentes o Torrero. Y eso, teniendo en cuenta que eran muchos los usuarios del bus que cada día tenían que desplazarse a este lado del Ebro para trabajar en las industrias. Desde el Picarral, el único destino al que seguía llevándote el transporte público era la Lonja. Y, según las quejas recogidas por la Comisión de Transportes a mediados de 1975, los buses eran siempre los más viejos de la flota. Con los baches que plagaban las calles del barrio, el trayecto resultaba movidito en aquellas latas con ruedas. Además, a lo largo de todo el recorrido de la línea, las marquesinas seguían brillando por su ausencia, salvo enfrente de Hogar Cristiano. Motivos no les faltaban pues a los vecinos del Picarral para estar ojo avizor con el transporte


Y menos mal que lo hicieron. Porque, al día siguiente, la prensa local decía que ese convenio suponía que se cambiaban los tranvías y trolebuses por autobuses y que se alargaban cuatro líneas de bus. Sin embargo, no se decía nada más del resto del convenio. Por ejemplo, según el acuerdo anterior, las cocheras y el material fijo y móvil pasarían a manos del Ayuntamiento de Zaragoza en 1983. Con el nuevo convenio que se iba a firmar, el alquiler de las cocheras se prolongaba hasta 1999 y, además, la compañía tendría derecho de tanteo en la subasta posterior, amén de embolsarse 30 millones de la misma. La prensa tampoco recogía que el ayuntamiento iba a pagar seis millones de pesetas al año durante una década (360.000 euros en total) a la compañía, además de que se reducía de manera sustancial el canon de explotación. Y, al ver que el nuevo convenio favorecía ampliamente a la compañía de Tranvías y que no tenía en cuenta las peticiones que los vecinos llevaban años repitiendo, las asociaciones de barrios se plantean presentar conjuntamente un recurso de reposición contra dicho convenio ya que, además, lo juzgaban ilegal en algunos de sus puntos. Pero faltaba un detalle. Y es que, para poder presentar ese recurso, había que esperar a la publicación del convenio en el Boletín Oficial de la Provincia, que no llegaría hasta el 28 de agosto de ese año. Pero, al igual que la prensa, el BOP

solo mencionaba el cambio del trole por el bus. Los vecinos pidieron ver ese convenio, pero el ayuntamiento se negó. Si el alcalde no lo publicaba, los vecinos amenazaban con emprender un contencioso administrativo contra el ayuntamiento.

El tranvía: crónica de una muerte anunciada Por fin, llegó el día. La fría madrugada del 23 de enero de 1976 fue testigo del último trayecto del tranvía, que en 1885 había comenzado, como escribió Miguel Labordeta, “su sestear” por las calles de Zaragoza. Fueron 91 años en que este ir y venir de vagones pasó a formar parte de la personalidad de la Muy Noble e Inmortal. La del tranvía zaragozano fue la crónica de una muerte anunciada, lenta y progresiva. Determinadas instituciones se encargaron de crear un clima de opinión favorable a este desenlace, con el ayuntamiento de la época a la cabeza. Era el progreso. El tranvía se había quedado obsoleto y estorbaba al nuevo rey de la ciudad: el automóvil. El propio Ministerio de Obras Públicas condicionó cualquier renovación de la red urbana a la desaparición de los raíles de las calles. Aunque tampoco faltaron entonces las voces que clamaron contra esta despedida, como la del Colegio de Arquitectos. Franco y el tranvía iban agonizando al mismo tiempo y, dos meses después de la muerte del dictador, moría aquello que, quizás, fue lo más democrático que Zaragoza había tenido durante cuarenta años: el transporte público más barato de toda España. Falleció a seis pesetas el trayecto. Fue la última ciudad del país en perder sus tranvías. Aquel 23 de enero del 76, su epitafio compartía protagonismo en la prensa con la visi-

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público de Zaragoza. Así que, como en la asociación se habían enterado de que en el Pleno Municipal del 12 de junio de 1975, finalmente, se iba a aprobar el nuevo convenio que el ayuntamiento proponía a la compañía de Tranvías, para la plaza del Pilar que se marcharon unos cuantos de los socios, a ver si podían enterarse en primera persona de la jugada.

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ta de Henry Kissinger a Madrid y con el posible regreso a España de la Pasionaria, tras 36 años en el exilio. La que iría al exilio definitivo sería la línea 11, la que iba del Parque Grande a San José, que era sustituida por la número 40 de bus. A la 1.36 horas de la madrugada, iniciaba su ultimo recorrido. El periódico El Noticiero describía así el ultimo viaje de la línea Parque-San José: “Medio centenar de personas, jóvenes todos menos los mandos y un par de viajeros, han sido los pasajeros del último recorrido. Cinco o seis chicos también se han animado a subir. Algunos, asiduos usuarios del 11, otros, que salían del Plata y la aventura les ha gustado”. Curiosamente, el Plata, que fue símbolo de la vida nocturna de Zaragoza durante casi todo el siglo XX, volvía a abrir en el año 2008, prácticamente a la vez que la ciudad retomaba el proyecto de implantar los tranvías, como si quisiese ir preparándose para dar la bienvenida a aquel otro viejo compañero de los trasnochadores, que empezaba de nuevo a llamar a la puerta de Zaragoza.

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Al día siguiente de aquel último viaje, en el desaparecido diario aragonés podía leerse también: “Ahora venga humos, y ya verás cómo luego se arrepienten, como en las ciudades más adelantadas del mundo”. Premonitorio. Era el primer viajero de aquel último trayecto de la línea 11. Y tenía razón. Ahora, más de tres décadas después, su resurrección es ya un hecho. Los raíles ya instalados en la Gran Vía dan fe de ello. El tranvía volverá muy pronto a recorrer Zaragoza. Pero esta es otra historia. Ahora, esos raíles del siglo XXI no atravesarán el Picarral. Por aquella época, a mediados de los setenta, el problema de los transportes era un denominador

común en todos los barrios. Entonces, deciden sentarse a trabajar unidos para darle solución. Y es que han comprobado que trabajar juntos es la única manera de ir logrando avances, aunque sean pequeños. Por ejemplo, tras mucho batallar, se había logrado poner en marcha la línea Arrabal-Casablanca. El 28 de marzo de 1976, todos los barrios implicados (Oliver, Delicias, Andrés Vicente, Terminillo, Venecia, La Paz, Las Fuentes, San José, La Jota y el Picarral) celebran sus respectivas asambleas, de donde saldrán los puntos comunes de sus reivindicaciones. Básicamente, “no al convenio Ayuntamiento de Zaragoza-Compañía de Tranvías”; “Billete laboral y escolar, con una tarifa aproximada de 6,50 pesetas, válido para ida y vuelta y con transbordos incluidos, que debía ser puesto a la venta en las horas punta de entrada a centros de trabajo y de estudio”; “municipalización de los transportes”; “billete gratuito o reducido para los jubilados”; “más frecuencias y trayectos nocturnos hasta la 1.30 h.” (desaparecidos con el último tranvía); “no a los trasbordos y prolongación de líneas”; y “mejores condiciones laborales para los conductores”. El 1 de abril de 1976, varios representantes de las ACF se reúnen con el alcalde Merino para presentarle sus reivindicaciones de cara a un transporte público de calidad. Los vecinos quedan a la espera de respuesta por parte del concejal de Transportes. El 13 de abril de ese mismo año, los vecinos de Zaragoza se desayunan con la noticia, recogida por Heraldo de Aragón, de que el Consejo de Ministros del día 9 había aprobado una nueva subida de una peseta en las tarifas de los transportes públicos de superficie en toda España, a partir del día 15. Desde la ACF del Picarral no hacen sino reafirmarse en su convicción de la


Nace Tuzsa El 8 de octubre de 1976, los trabajadores de la compañía Transportes Urbanos de Zaragoza S. A. (Tuzsa, que así pasó a denominarse la empresa tras la desaparición de los tranvías) se ponen en huelga al cumplirse el límite que habían dado a la empresa para que contestase a la tabla reivindicativa que le habían presentado, sin obtener ninguna respuesta. El día 11, la víspera del día grande de la ciudad, volvieron a circular los autobuses tras comprometerse la empresa a un aumento salarial de 3.500 pesetas (21 euros) y prometer negociar el resto de las reivindicaciones. El fin de los tranvías había dejado a varios de sus trabajadores en el paro, mientras en los autobuses se implantaba el modelo del conductorcobrador, por entonces ilegal según el artículo 21 de las Ordenanzas Municipales de Transporte vigentes en la época. “Las quejas por el mal servicio son constantes en la ciudad. Muchas veces las descargamos en los conductores, porque ignoramos en qué condiciones están trabajando estos compañeros, que son obreros como nosotros”, se solidarizaba con estos trabajadores la ACF del Picarral en diciembre del 76. “Yo creo que en este aspecto se ha avanzado bastante, en la toma de conciencia de que la empresa la responsable, y no los conductores. De sobras es conocido su historial de lucha y las reivindicaciones que plantean periódicamente, ya que han de trabajar con unos tiempos muy ajustados. Alguna vez, esto incluso les ha llevado a la huelga porque esas condiciones no pueden resistirlas”, asegura Bienvenido Buil, miembro de la actual

Comisión de Transportes de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende. Ya a finales de 1976, la ACF denunciaba las presiones que los chóferes sufrían para hacer horas extras. “Con estas jornadas, sus nervios están destrozados”. Las posibles multas corrían a cargo del propio conductor, cuando era la empresa la que les obligaba a cumplir con unos tiempos por trayecto que los conductores juzgaban insuficientes. Las bajas por enfermedad descontaban días de vacaciones, además de que no había chóferes de reserva por si uno fallaba… En esas condiciones de precariedad trabajaban en Tuzsa. Y en esas condiciones prestaba la empresa concesionaria su servicio, con una flota de autobuses obsoleta. Pero el billete, en cambio, no dejaba de subir. A comienzos de 1977, el Gobierno de España aprueba una subida de las tarifas del transporte público. Solo se libran de la misma Valencia y Madrid, donde los transportes están municipalizados. Esta nueva subida vuelve a suponer un duro golpe para las economías familiares. La subida en Zaragoza es de una peseta hasta las nueve de la noche y de dos a partir de esta hora, quedando los billetes en 8,50 pesetas y 9,50, respectivamente. Los vecinos califican estos precios como “realmente abusivos” para unas distancias como las de Zaragoza, y además con un servicio “tan malo como el que sufrimos en nuestro barrio, y en otros barrios más”, y que tampoco cumple con las frecuencias. El lema de la asociación es “Servicio sí, negocio no”.

Nuevos modos, mismos buses Los nuevos tiempos habían traído mejores formas al Ayuntamiento de Zaragoza. Pero esos cambios no tuvieron demasiado reflejo en lo que a mejoras en el servicio del transporte público

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necesidad de municipalización del transporte público en Zaragoza “para evitar las continuas subidas”.

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se refiere. La década de los 70 se había despedido con nuevas subidas en las tarifas. Ahora, por lo menos, tres concejales (Luis Gascón, Vicente Rins y Paco Polo) se habían dignado acercarse hasta la asamblea que los vecinos del Picarral celebraron el 3 de diciembre del 79, para explicarles en persona las razones de esa nueva subida de los precios del billete, que había quedado fijado en 13 pesetas, y dar su opinión al respecto. Sí, buenas formas pero “no convencieron muchas de sus razones”. Eso sí, al menos, los vecinos tuvieron “la oportunidad de conocer la situación en la que se encuentran las relaciones entre el ayuntamiento y la empresa Tuzsa”. Mientras tanto, en el Picarral seguían esperando que, algún día, el transporte de viajeros de Zaragoza fuera realmente municipal.

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Además, otro tema candente en aquellos momentos en materia de transporte era la necesidad de movilidad que se veía reforzada con la apertura del nuevo instituto de BUP junto a Campo Ebro, y el de FP junto al Gállego. Todo esto hacía aún más acuciante la necesidad de crear una línea de bus que comunicase entre sí los barrios de la Margen Izquierda. Treinta años después, según Bienvenido Buil, “la conexión entre estos barrios sigue siendo deficiente. Está la línea 50, que va desde Vadorrey al Actur, y que ahora está en estudio. Se le ha planteado al ayuntamiento una alternativa, otro trayecto para que pase también por la Escuela de Ingenieros y por Parque Goya I, y desde ahí vaya a su destino, el Royo Villanova, ya que es el hospital de referencia de toda la Margen Izquierda. Se ha planteado pero, como estamos pendientes de todas las modificaciones que va a haber con posterioridad a la llegada del tranvía, esa en concreto la han paralizado hasta ver cómo quedan el resto de las líneas”. Año tras año, siguen sucediéndose las subidas de las tarifas del bus. El boletín de la asociación

de mayo de 1981 se hace eco de la solicitud de Tuzsa al ayuntamiento para elevar la tarifa del bus hasta las 22 pesetas. La FABZ presionó y el pleno celebrado el 9 de abril había denegado la subida. Los vecinos del Picarral acudieron masivamente a aquel pleno, tras ser animados a hacerlo por la asociación mediante hojas, y también desde una asamblea que estuvo muy concurrida. A finales de año, Tuzsa solicitaría de nuevo al ayuntamiento un incremento de cinco pesetas en el precio del billete. En octubre de 1982, el boletín de la asociación de vecinos del Picarral se hace eco de una buena noticia referente a las tarifas del bus urbano. Y es que, a partir de enero, se anuncia la implantación del bonobús. Por entonces aún no se conoce cómo funcionará ni cuánto costará el trayecto si se abona por este medio, pero su puesta en marcha es en sí misma una buena nueva, y un logro de las asociaciones. “Hubo reivindicaciones vecinales pidiendo un servicio público de transportes más asequible y que permitiese así evitar tanto coche por la ciudad”, recuerda Buil, y el bonobús fue un acicate para los usuarios. Pero la implantación del nuevo medio de pago del transporte público, aunque positiva, no soluciona muchos de los problemas que siguen quedando pendientes. Hay que remontarse a 1986 para encontrar un año especialmente conflictivo con el tema de los transportes urbanos en Zaragoza. El intento de negociación del convenio entre la dirección de Tuzsa y los trabajadores, allá por el mes de marzo, se acaba convirtiendo en un conflicto en tres etapas, lo cual repercute negativamente, aún más, en la ya de por sí baja calidad del servicio. “Los puntos clave de la negociación no eran de naturaleza económica, sino de relaciones laborales”, explica la Asociación de Vecinos del Picarral en su último boletín del


La primera etapa del conflicto se salda con una huelga entre los meses de junio y julio, que concluye con un acuerdo firmado por ambas partes y por el ayuntamiento. Pero este nunca llegará a ponerse en práctica. Por ello, se produce una segunda etapa de huelga, coincidiendo con las fiestas del Pilar. Diez días después, llegaba la tercera etapa de enfrentamientos entre trabajadores y empresa. Y los ciudadanos, mientras tanto, se preguntan cómo es posible que no se pueda alcanzar una solución. El alcalde se lava las manos porque es un conflicto “estrictamente laboral”, según denuncia la asociación del Picarral. Y son trabajadores de una empresa privada, pero que está prestando un servicio público por concesión. “¿Por qué no hay entonces una actuación municipal más decidida?”, se preguntan desde la asociación. Y si no es posible con el último convenio (de 1982) en la mano, piden que este se reforme. Mal o bien, el transporte público de Zaragoza siguió funcionando. Algunas líneas mejoraron sus frecuencias, la flota se fue renovando paulatinamente y a los vecinos no les quedó otra alternativa que seguir usando el bus. En 1989, a la asociación de vecinos le parece que “el tema del transporte urbano sigue pendiente en el Picarral”. Entre finales de la década de los ochenta y primeros de los noventa, la estructura viaria de Zaragoza está sufriendo drásticas transformaciones, sobre todo en lo que respecta a las comunicaciones entre ambas orillas del Ebro, con la construcción de los nuevos puentes. La próxima apertura del puente de Las Fuentes va a tener consecuencias inmediatas en la movilidad de Margen Izquierda, “y el tráfico y transporte urbano se deberán replantear de nuevo. En eso

estamos ya trabajando”, afirma la asociación en abril del 89. Además, los vecinos habían “vuelto a la carga con gestiones relativas a las frecuencias, a las trabas para que el tráfico sea más fluido (carril-bus, aparcamientos indebidos), a la necesidad de marquesinas en paradas lejanas a las viviendas, y hemos recogido sugerencias concretas para cada una de las líneas 29, 35, 36 y 44”.

Nuevos itinerarios Los años transcurren, pero algunas viejas reivindicaciones en materia de transporte siguen vivas. Mejorar la conexión entre los barrios de la Margen Izquierda sigue siendo una cuenta pendiente a mediados de la década de los 90. En mayo de 1996 se modifica el recorrido de la línea 44, que a partir de entonces pasará por Alcalde Caballero y por la puerta del nuevo centro de especialidades Grande Covian, que por entonces llevaba un año abierto en la avenida Cataluña. Pero sigue siendo una línea deficitaria. A partir de entonces, circulará también los sábados pero no los domingos. Y su frecuencia, aunque mejorada, es solo cada veinte minutos. Junto con la Coordinadora de Transportes de la Margen Izquierda y la FABZ, la Asociación de Vecinos del Picarral seguirá luchando por mejorar la red de Tuzsa, pidiendo una nueva línea (la 50) y modificar el recorrido de la número 28 para que pase por el barrio. En ese mismo año, 1996, se pone en marcha la línea 50, que pronto “se va haciendo famosa por sus carencias”. Con el objetivo de mejorar esta línea, las asociaciones vecinales de la Margen Izquierda mantienen varias reuniones y, en diciembre, presentan sus propuestas a la Junta de Distrito. La asociación del Picarral está por entonces colaborando en el seno de la Comisión de

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año, “en una empresa cuyo ambiente interno repercute necesariamente en la vida ciudadana”.

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Transporte de la FABZ para tratar de “elaborar un verdadero plan global de transporte para toda la ciudad”. Para ello, se distribuyen cuestionarios entre las 39 asociaciones federadas, que tocan temas como áreas desmanteladas, modalidad de los billetes o itinerarios alternativos. Con los resultados, se piensa acudir al Ayuntamiento de Zaragoza para presentarle las propuestas de los vecinos. Estas se llevan al pleno monográfico sobre transporte que la Junta de Distrito celebra el 6 de marzo de 1997, donde son recogidas para ser estudiadas. Ese mismo año, la apertura de un nuevo hipermercado Alcampo en Valdefierro va a suponer la modificación de la línea 36 en esa zona. Por su parte, aprovechando la ocasión, en el Picarral solicitan “el reajuste de las paradas del barrio”. Unos meses después, dos nuevas paradas son colocadas en la calle Monte Perdido.

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A tenor de un sondeo realizado por la asociación a finales de 1997, a mediados del año siguiente se lanzan una serie de propuestas encaminadas a la mejora del transporte público. “La línea 29, teóricamente, tiene una frecuencia de trece minutos” pero “en la práctica es de veinte”. En la 36, la frecuencia real es de unos once minutos. Lo que se pide es que aumenten las frecuencias de ambas líneas para que pasen cada seis minutos. Con la 35 se exige que simplemente se cumplan las frecuencias que ya están fijadas, “sobre todo en hora punta”. Se propone también la reestructuración de las líneas 50 y 44. Para lograr todas estas mejoras, la asociación de vecinos lanza una campaña de recogida de firmas, se forra el barrio de carteles y pancartas y también se sale a la calle en una fiesta lúdico-reivindicativa. Con la prolongación de la línea 50 hasta el hospital Royo Villanova en el año 2000, se hace más acuciante la necesidad de que circule tam-

bién los domingos, y de que se dote de plataforma baja a los autobuses. Por entonces, Zaragoza empieza a contar con búhos, autobuses nocturnos . Pero ninguno de ellos pasa por el Picarral, así que la asociación de vecinos reclama que “al menos uno” lo haga. Para hablar sobre todas las mejoras pendientes, los vecinos se reúnen con el concejal de Tráfico y Transporte Público, Pedro Jato, en mayo de 2000. El edil visitará el barrio personalmente en noviembre. Al año siguiente, la asociación de vecinos calificará a Jato de “ineficaz”, por tener “paralizado el Plan de Tráfico y Transporte”, por no dar “solución a ninguna de las mejoras planteadas a diversas líneas de autobús” o por implantar “unos carriles bus de risa o lloro”. Y para rematar, el Ayuntamiento de Zaragoza anuncia una subida de las tarifas para 2002 de un 11%, fijando el precio del billete sencillo en cien pesetas (60 céntimos de euro), muy por encima del IPC. Desde el consistorio se alega que es para sanear el enorme déficit que acumula en transporte público (4.300 millones de pesetas, 25,8 millones de euros), aunque la asociación del Picarral calcula que “este incremento supondrá solamente unos 400 millones de pesetas (2,4 millones de euros) más de recaudación. Mientras tanto –denuncian- no se contemplan otras posibilidades como el billete hora o el descuento para parados y estudiantes”. Si, en diciembre, la asociación calificaba de “ineficaz” la actuación del Ayuntamiento, cuatro meses después, en abril de 2002, denunciaba desde su boletín que la cosas seguían “igual o peor”. Los mismos cuatro meses llevaban esperando una contestación a la carta que le remitieron al concejal Jato para recordarle todas sus peticiones en materia de transporte. “Un ejemplo palpable de su ineficacia”, escribían, era que en diciembre, el Pleno municipal había votado a favor de eliminar la línea 29C para incorporar sus


“A la vista de su comportamiento, el pasado mes de febrero enviamos un escrito al Justicia de Aragón pidiéndole amparo ante la actitud inoperante” del concejal. La queja fue admitida a trámite y el Justicia solicitó al ayuntamiento datos acerca de las peticiones vecinales. Al mismo tiempo, la asociación dirige otro escrito a la Demarcación de Carreteras del Estado en Aragón, solicitando su opinión sobre la peligrosidad del tránsito del bus urbano por la autovía de Huesca, así como sobre su legalidad. Y mientras la asociación del Picarral esperaba respuesta, la FABZ estudiaba plantear movilizaciones vecinales “por la falta de respuesta del ayuntamiento al informe que se le envió sobre Mejoras del transporte público en la ciudad de Zaragoza”. Frecuencias incumplidas, vehículos que al ir llenos no recogen gente en las paradas, buses que circulan seguidos y otras veces tardan una eternidad a pasar, un servicio “penoso” en domingos y festivos… Muchos eran los motivos que en los meses de mayo y junio llevaron a los vecinos a celebrar movilizaciones en el barrio y en otros puntos de la ciudad. Caceroladas, la ocupación del Pleno del Distrito y de algunos buses, la anulación de la salida de la línea 29C… fueron algunas de las medidas adoptadas “para intentar presionar al ayuntamiento y conseguir unas mejoras en el transporte urbano, que hace ya mucho tiempo venimos demandando”, resumía la asociación en octubre de 2002. “A pesar de la intensidad de nuestras concentraciones, el ayuntamiento (con su inoperante concejal de Tráfico y Transporte don Pedro Jato) sigue sin hacer nada, además de la callada por respuesta”.

La sensación para muchos era de punto muerto. Tanto que, por el barrio, hasta circularon esquelas en las que el finado era nada más y nada menos que don “Transporte Urbano Margen Izquierda. Falleció el año 2002, víctima de la incompetencia municipal, tras larga y penosa gestión de los señores concejales D. Antonio Suárez y D. Pedro Jato, debidamente aleccionados por el Excmo. Sr. Alcalde de la ciudad”, rezaba esa esquela, convocando a los vecinos. “Acude al funeral-asambleaconcentración que celebraremos el jueves 24 de octubre de 2002, a las 19.30 horas, en los locales de la A. VV. Picarral-Salvador Allende en el Cº de Juslibol 36!”. Y firmaban “sus apenados: A. VV. Picarral-Salvador Allende, A. VV. Parque Goya y los vecinos de la Margen Izquierda”. Y es que seguían vigentes las peticiones de mejora de frecuencias en las líneas 29 y 36, la extensión de la línea 35 hasta Parque Goya, que la 44 circulase los fines de semana, el rediseño de la 50… Además de la exigencia del billete-hora, la implantación efectiva de carriles-bus, ampliar el horario nocturno y más buses de plataforma baja. Por todo eso, y con la vista puesta en las siguientes elecciones municipales de mayo de 2003, las movilizaciones continuaron, ya que “este es el mejor momento para dejar oír nuestra voz”, creían desde la asociación. Para Bienvenido Buil, “en los años del PP al frente del Ayuntamiento de Zaragoza, los avances en materia de transporte fueron prácticamente nulos. La verdad es que fue una época muy complicada. Es en los últimos cinco años cuando se ha mejorado la conexión con la Concejalía de Servicios Públicos”. Tras las elecciones hubo un vuelco electoral. Al poco, la aspiración vecinal de que la línea 29 evitase la autovía se hizo realidad. El nuevo equipo

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autobuses a la 29 y así reforzarla por las tardes para mejorar las frecuencias. En abril, aún no se había puesto en marcha.

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de Gobierno PSOE-CHA terminó “por entender nuestras razones y se ha procedido al desvío de la línea 29 por la calle Ramazzini, evitando el peligroso giro por la autovía de Huesca”. Ahora que, de paso, se habían mejorando las frecuencias de la 29, el temor estaba en que la pretensión del ayuntamiento de prolongar la línea 35 hasta Parque Goya II se tradujese en un deterioro de esta línea. “Antes, el recorrido del 35 terminaba en el cruce de San Juan de la Peña con Alcalde Caballero y Salvador Allende –señala Buil-, y a raíz de la ocupación de las viviendas de Parque Goya se prolongó hasta allí. Y esto repercutió en las frecuencias. Ahora se ha conseguido mejorar un poco, pero se trata de una línea que estamos revisando constantemente, porque no acaba de mantener las frecuencias que se le habían asignado”.

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Y, mientras tanto, “la aplicación del billete hora, el bus verbena –nocturno para los fines de semana- y el refuerzo de líneas” eran cuestiones que ya estaban sobre la mesa. El billete hora, un sistema de pago electrónico conocido como Tarjeta Bus, no tardaría en llegar. Su implantación se produjo el 7 de febrero de 2005, después de un periodo (de septiembre de 2004 a febrero de 2005) en que se mantuvo en fase experimental entre Parque Goya y el Actur. “Para nosotros, supuso un gran avance la implantación de la Tarjeta Bus”, opina Buil. “Como en el barrio tenemos líneas largas, nos permite hacer trasbordos con algunas que llevan mejores frecuencias. En otras ciudades ya existía y éramos conocedores de la eficacia de esta tarjeta, porque permite hacer trasbordos que redundan en la disminución del tiempo del trayecto. Y de dinero, lógicamente”. Pero a pesar de estas mejoras, los vecinos tenían la sensación de que, en el tema de la mejora del servicio público de transporte, se iba “hacia atrás: peores frecuencias, mayores incomodidades, largas esperas, buses que no paran…”. Se

seguían planteando algunas demandas, como la modificación de itinerarios de algunas líneas y el aumento de los servicios nocturnos, a las que se sumaban otras, como la propuesta de prolongar la línea 36 hasta Parque Goya, la implantación de carril bus hasta el puente de Santiago, los búho-buses, mejorar la accesibilidad con los carritos de bebé y para las personas mayores...

Zaragoza sitiada ante la Expo En los años previos a la celebración de la Expo 2008, la ciudad de Zaragoza está sitiada por las obras en todos sus frentes, pero de manera especial en la Margen Izquierda. Porque las transformaciones no se circunscribieron al recinto de Ranillas. Ahora, la ciudad disfruta de unas grandes infraestructuras que, de no haber sido por la Expo, se hubieran dilatado años y años. Pero la concentración de grandes actuaciones en tan corto espacio de tiempo tuvo unas consecuencias bastante molestas para los vecinos de la ciudad. La urbanización de las riberas del Ebro, el cierre de los cinturones de ronda, la remodelación de calles, autopistas y todo tipo de obras se dejaron notar de una manera importante en el tráfico y, en consecuencia, en las ya de por sí malas frecuencias del transporte público. Las obras de la Expo “afectaron mucho a la línea 35, que era y es muy importante para la Margen Izquierda, y más antes de implantar las líneas circulares”, afirma Buil. “En los últimos años, también con la reforma del balcón de San Lázaro, esta línea ha sufrido muchas alteraciones”, añade. “A raíz del fin de estas obras, se ha vuelto a la normalidad y, a finales de 2009, se consiguió además que se introdujeran buses articulados”. A todo esto se sumó la conflictividad laboral de los conductores del bus con la empresa conce-


La consecuente tensión entre usuarios y conductores llegó a alcanzar cotas de extrema gravedad, como lo ocurrido en la línea 29 en el mes de noviembre de 2007, cuando un grupo de vecinos, más que hartos de la situación, “espontáneamente, decidieron paralizar el autobús y negarse a seguir, como medida de protesta por el reiterado incumplimiento de las frecuencias del mismo, ocasionando serios retrasos en los trabajos, en las consultas médicas, etc”, según recogía el boletín de la asociación. “Aquella vez –apunta Bienvenido Buil-, lo que ocurrió es que la gente llevaba 45 minutos esperando. El cabreo no es directamente contra el conductor del autobús sino contra la empresa, que es la que está generando con su organización ese deterioro en el cumplimiento de las frecuencias. Entendemos que los conductores van muy ajustados con el cumplimiento de las frecuencias y eso produce mucha tensión. Y si, además, se les complica con otras cuestiones puntuales…”. En enero de 2008, el conflicto se había suavizado pero “el funcionamiento de los autobuses sigue descontrolado y con grandes desajustes en las frecuencias”, insistía la asociación del Pica-

rral en abril de ese año. En este mes, la asociación participa en las distintas convocatorias de la federación de barrios para analizar la situación y exigir al ayuntamiento que presione a la empresa concesionaria para que funcione eficazmente. En el seno de la FABZ se elabora un estudio sobre el incumplimiento de las frecuencias del bus. En el Picarral, la línea 35 sigue siendo una de las que peor funciona de toda la ciudad, de ahí que la asociación de vecinos siga centrando sus esfuerzos en mejorar sus frecuencias. Y, al mismo tiempo, el resto de comunicaciones con el centro. Pese a las medidas adoptadas por el Ayuntamiento de Zaragoza para mejorar las conexiones con el centro de la ciudad, como por ejemplo la división en dos del itinerario de la línea 35, las tres que vertebran el barrio siguen incumpliendo las frecuencias de manera sistemática. “Son la 29, la 35 y la 36. El principal problema es que estos servicios no se han desarrollado al mismo ritmo que el barrio ha ido creciendo, de ahí que no haya fiabilidad de ningún tipo para los usuarios”, expone Bienvenido Buil en un reportaje publicado por El Periódico de Aragón, al día siguiente de la apertura de la Expo. La asociación plantea algunas medidas, como la prolongación de la línea 129 desde el edificio de Kasan (Actur) hasta la plaza Mozart, para dar servicio al barrio, cosa que se logrará tras la clausura de la muestra internacional. O también dividir la número 29 en el centro de la ciudad, en el entorno de la plaza de San Miguel o de la de España. Bienvenido Buil reconoce que “durante la Expo, hubo un gran esfuerzo por parte del ayuntamiento para mantener las frecuencias de los autobuses, y también se implantaron líneas nuevas especiales. Desde la FABZ se ha constatado que los buses funcionaron bastante bien aquel verano del 2008. Mejor que nunca”, asegura. Pero termina la Expo y las obras asociadas a ella “y por

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sionaria Tuzsa. “En el último año estamos soportando una situación de deterioro absoluto del transporte público en nuestro barrio y, en general, en toda la ciudad, sin que los responsables del ayuntamiento tomen medidas eficaces para subsanar este grave problema”, se quejaban desde la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende a través de las páginas de su boletín de abril, en pleno frenesí de preparativos porque solo quedaban dos meses de la apertura de Expo 2008. “Los vecinos de a pie hemos tenido que soportar las consecuencias” del conflicto entre Tuzsa y los trabajadores, en forma de largas esperas y eternos trayectos como sardinas en lata.

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lo tanto no hay razones que justifiquen el mal funcionamiento del transporte público en toda la ciudad”, aseguraban los vecinos. La asociación, junto a las de otros barrios, presenta al ayuntamiento algunas propuestas para la mejora de las líneas de autobús. “Si Servicios Públicos no soluciona a corto plazo el grave problema”, advierte la Asociación de Vecinos del Picarral en noviembre de 2008, “solo nos quedará utilizar la movilización”. Buil cree que la coordinación de las reivindicaciones en materia de transporte en el seno de la FABZ se ha intensificado “en torno a los tres últimos años. Anteriormente, realizábamos el seguimiento de las líneas y los desfases en las frecuencias a través de la asociación de vecinos, y lo planteábamos directamente ante Servicios Públicos del ayuntamiento. Pero desde que se constituyó en la federación de barrios la Comisión de Movilidad, que agrupa a las asociaciones que trabajan este campo, este ha sido un trabajo más colectivo y más participativo entre los distintos sectores a los que afecta cada línea. Por ejemplo, con la línea 36, que va desde el Picarral hasta Valdefierro: todas las deficiencias que se observan en los distintos barrios que abarca una misma línea, se intentan coordinar desde la federación para llevar luego las propuestas al ayuntamiento”.

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Respecto a esta línea 36, la asociación del Picarral llevaba tiempo solicitando la modificación de su recorrido. “En la primavera de 2009, se consiguió por consenso entre los sectores afectados llegar a un acuerdo a través de la FABZ para que la frecuencia mejorase, eliminando el paso por la calle Don Jaime, que es un cuello de botella. Y por la plaza España, donde se suprimió la parada. Se ha conseguido que pase directamente desde el puente de Santiago a Conde Aranda por las Murallas. Y ese logro fue un trabajo colectivo

de la FABZ. Además, es otra línea más que nos deja cerca de la estación intermodal”. Una de las últimas conquistas ha sido la introducción de las líneas circulares, que también pasan por la estación de Delicias. Su implantación ha repercutido positivamente en los usuarios del Picarral “porque nos acerca a una buena parte de todo este sector hasta la intermodal y hasta los hospitales Clínico y Miguel Servet”, explica Buil. “Y como va por grandes avenidas, es una línea que está resultando muy interesante para la ciudad, ya que su funcionamiento es bastante regular. También nos hace muy buen servicio para ir al Rastro, y en esos días de mercadillo lleva mejores frecuencias. Es una de las mejores líneas de la ciudad y ha supuesto una gran mejora para el barrio”. La circular absorbió a la 129, que funcionó durante un breve periodo, como un parche ante las reiteradas peticiones que desde el Picarral proponían modificaciones en la línea 29, “porque al tener un recorrido tan grande, llevaba mucho desfase en las frecuencias”, apunta este miembro de la Comisión de Transportes de la asociación de vecinos. Buil opina que, hoy día, el transporte en el barrio “es aceptable. Pero todavía siguen existiendo desajustes en las frecuencias. Las que mejor van son las circulares –insiste-. En las demás líneas hay algunas desviaciones; no muy exageradas, pero sí que hay desfases”. Hoy por hoy, “la mayor reivindicación del barrio del Picarral en materia de transporte es que las frecuencias establecidas para cada línea se mantengan”. Aunque en estos momentos, el foco de atención está puesto en la próxima resurrección del tranvía, que si bien no va a atravesar el barrio, sí que pasará muy cerca, y esto obligará a reordenar buena parte de las líneas de bus que afectan al


Y de cara a un futuro un poco más lejano, “en la Comisión de Movilidad de la FABZ planteamos la construcción en las entradas de la ciudad de unos aparcamientos disuasorios para los coches, para eliminar el tráfico de acceso a la ciudad en lo posible, y que se pueda ahí coger autobuses o tranvía”, concluye Bienvenido Buil.

Así arrancaba este artículo, para dar a continuación un salto atrás en el tiempo. “Dos o tres décadas atrás, esas posibilidades estaban prácticamente vetadas para las familias obreras. La asociación, que nacía por entonces al hilo de reivindicaciones acuciantes, entendió desde el principio que su función no era solo reclamar, sino también construir; no solo protestar, sino también abrir caminos”.

CAMPAMENTO Entre vecinos se ha construido ciudadanía. Entre todos han construido un barrio, haciéndolo más humano y habitable. Y entre vecinos se han conquistado asimismo nuevos derechos individuales y colectivos, exigiendo más y mejores servicios públicos. En estos cuarenta años, ha habido también muchas ocasiones para pasarlo bien y disfrutar, cómo no, también entre vecinos. En el boletín Picarral Expres de la asociación del Picarral de junio de 1992, el párroco de Belén Álvaro Alemany escribía: “Es lo más natural. A estas alturas, todo el mundo anda pensando ya en las vacaciones. Hay variantes en cuanto al momento de cogerlas, en cuanto al plan concebido. Pero la mayoría tenemos acceso a una temporada de descanso, en sitios más o menos tranquilos o exóticos. Hasta los chavales pueden elegir entre un abanico de posibilidades de entidades públicas”.

Así que, en el verano de 1970, al poco de nacer la asociación, se organizan en una casa que Cáritas tenía en Canfranc dos turnos de colonias infantiles, iniciativa lanzada ya el año anterior por la parroquia de Belén. “Entonces, para las vacaciones, los obreros como mucho se iban al pueblo y se acabó. Ir a la playa o a conocer el Pirineo estaba al alcance de muy pocos”, recuerda Juanjo Jordá. “Y esa era un poco la idea –anota Jesús Gil-. Ofrecer este servicio para que los hijos del barrio pudiesen ir de vacaciones”. Esta iniciativa arranca “con dos ideas fundamentales: sacar a los chicos fuera y ahorrar. Se hacía que resultase muy económico para que tuviesen acceso las familias del barrio”, apunta Jordá. “Quince días de montaña cuestan entonces 1.200 pesetas por cabeza y mucho esfuerzo voluntario. Cuando, en septiembre, la asociación rinda cuentas a las familias de los 46 niños y 38 niñas,

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Picarral. “Desde la FABZ ya estamos trabajando en el tema, y estamos a la espera de un estudio que ha desarrollado el ayuntamiento para revisar con las distintas asociaciones cómo van a quedar las líneas una vez se implante el tranvía”, señala Bienvenido. “Llevamos meses reclamándolo para poder incidir en posibles fallos que observemos, porque si no nos lo presentan antes de que se ponga en marcha el tranvía, difícilmente se va a poder modificar el trayecto de esas líneas que ahora desconocemos”.

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podrá mostrar incluso un superávit de 7.009 pesetas”, escribía Álvaro Alemany. “El entusiasmo de la gente lleva incluso a intentar sin éxito adquirir una escuela en Yebra de Basa para casas de colonias. Surgen nuevas iniciativas: en 1972, comienza a ofrecerse además un campamento en Benasque para chavales de 13 a 15 años”. “Ahí están metidas algunas de las mujeres que trabajaban en la guardería, que también hacían de monitoras en el campamento, sin cobrar nada. Y también gente joven de aquí del barrio, y alguna madre”, recuerda Jesús Gil. Una de estas madres del barrio y trabajadoras de la guardería era Pilar Chaverri, que junto a su marido Jesús Rivas fue una de las artífices de estas colonias infantiles, y de todo lo que vendría después.

“En los cinco años que habíamos organizado campamentos –relata Jesús Rivas- íbamos de responsables, junto con algunos jóvenes de veintitantos años, dos matrimonios con nuestros críos. De hecho, nuestro hijo vino por primera vez con solo catorce meses de edad. Y era tan buena la convivencia entre nosotros, y la de nuestros hijos con los demás, que nos vino así de sopetón la idea de que por qué no extendíamos esta convivencia a más gente”. Antonio Sofín recuerda que todo empezó casi como por casualidad. “Fue en una excursión al Pirineo, a la que fuimos cinco o seis. Y dijo Manolo Fortuny que qué nos parecería venir aquí para el verano. Y le dijimos que, si se podía hacer, por qué no intentarlo”. Entre los presentes aquel


contaron cómo lo habían hecho, y vimos que ese sitio era el idóneo. Con lo cual, dijimos que ya no buscábamos más. Ahí iba a ser”. “Y luego, cuando volvimos a Zaragoza con nuestro hijo, se lo contamos a los que siempre habían venido con nosotros, y ya, organizamos un viaje para ir todos a verlo”, recuerda Pilar. Un año después, en agosto de 1977, sesenta personas viven la primera edición del campamento familiar de Pineta, “la iniciativa más resonante por la originalidad de su autogestión y por su poder de convocatoria”, según Álvaro Alemany. “Cuando pusimos en marcha el campamento, dijimos: ‘A ver quién viene’. Y la verdad es que alucinamos, ya que esperábamos a una docena Porque antes íbamos dos parejas, ¡y vinieron ciento y pico per-

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día se encontraban Jesús Rivas y Pilar Chaverri. “Cuando terminó el último campamento juvenil, en Tabernés, ya teníamos la idea de que al año siguiente íbamos a organizar el campamento familiar –afirma Rivas-. Manolo Fortuny se volvió a Zaragoza con los chicos y nosotros nos quedamos en el valle de Pineta, que está cerca, a ver si encontrábamos un buen sitio. Y tuvimos la suerte de que pusimos la tienda de campaña al lado de una zona que tenía habilitada ya una infraestructura, donde el campamento de Virgen Blanca, al lado de Gistain. Y tuvimos suerte también porque, a la mañana siguiente, estaban desmontando su campamento una serie de personas de un barrio de Madrid, que habían vivido una experiencia muy similar a lo que nosotros llevábamos en mente. Y ahí ya nos empapamos, nos

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sonas”, recuerda Jesús Rivas. Hubo años en los que incluso tuvieron que poner un límite de plazas. “E íbamos gente de todas las edades. Desde abuelos jubilados a niños que tenían meses. Era para todo el mundo”, destaca Pilar.

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La elección del lugar fue óptima porque, como apunta Rivas, “es el mismo sitio en donde se sigue celebrando ahora”, treinta y tantas ediciones después. “Es que vimos cocina, una caseta como almacén, sitio para comer…”, razona. “Aún así, hubo que trabajar mucho”, apunta su esposa. “Cada fin de semana, subíamos gente del barrio para preparar todo. Y cada uno hacía lo que sabía hacer: de albañil, de fontanero o de lo que fuera”. Pero, para su marido, lo más importante de todo es que “en aquellos años, prácticamente nadie tenía vacaciones. Y nosotros pusimos en

marcha una experiencia que, con menos dinero de lo normal, pasabas quince días como señores”. “¡Y en Pineta, nada menos!”, exclama esta apasionada de la montaña que es Pilar Chaverri. “El segundo año fuimos ya 195 personas”, recuerda Juanjo Jordá. Pero, “si en años siguientes el número de participantes se acerca a los doscientos –asegura el párroco de Belén–, es seguramente por el costo familiar tan reducido y por la fascinación intrínseca del Pirineo. Pero solo eso no habría hecho perdurar el campamento del Picarral, en años en que los viajes son ya mucho más accesibles a todos. Hay además un estilo peculiar, patente ya en la primera convocatoria de las primeras colonias: ‘la asociación, que quiere que todos los vecinos del Picarral nos conozcamos y ayudemos…’ (1970). Las vacaciones son


Y es que, como apunta Antonio Sofín, el campamento familiar “se plantea con varios objetivos. El primero, que pudiesen ir las familias quince días de vacaciones. El segundo, crear un clima de convivencia, salir de la propia casa y tener una relación, un lugar de encuentro. Y el tercero, concienciar también de la necesidad de la asociación de vecinos. Este fue un objetivo muy importante, fortalecer el movimiento vecinal a través de la convivencia de las setenta u ochenta familias que íbamos al campamento”. “Claro –reafirma Jesús Rivas-, a nosotros nos pasaba como a los críos, que cuando vuelven de

campamentos vienen locos, con muchos amigos, ya que lo han pasado en grande. Y eso que, normalmente, son de los mismos colegios. Pues imagínate en el barrio, con ciento y pico personas que has convivido con ellas. Eso se nota”. “Se crean unos lazos, algo en común”, añade Pilar Chaverri. “Fundamentalmente, éramos gente del barrio y esto nos unió mucho. En quince días siempre te reúnes mucho más. Y, gracias a esta experiencia, esos tres objetivos se consiguieron”, apostilla el marido. En los primeros años, todos tenían que ir al campamento en tiendas de campaña. No se admitían carros ni caravanas. “Eso era así: tú quieres venir al campamento; pues muy bien, en tienda de campaña. Como todos”, señala Sofín. “Incluso, ahora, analizándolo con el tiempo –hace memo-

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el momento álgido, relajado, de una convivencia que se mantiene y consolida en los largos meses de tensión laboral y escolar”, escribe Alemany.

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ria Jordá-… Recuerdo una familia muy metida en el barrio, muy trabajadora, que no se les dejó ir con un remolque… ¡y habían trabajado tanto…! Pero con aquellos criterios que tenías tan idealistas, tan puritanos…”. “¡Demasiado puritanos!”, espeta Jesús Gil.

dad es que te venga uno con caravana –continúa su marido–. Y dices: ‘¿Y ahora qué hago con éste?’, cuando estás tú poniendo dinero para que vinieran los que no tenían tienda de campaña. Entonces, se creó ahí un pequeño debate, pero que tampoco fue a más”.

“Claro –se reafirma Jordá-. Ahora van remolques y caravanas. Pero bueno, con el tiempo…”. Jesús Rivas parece querer justificar ese puritanismo de los primeros momentos. “Es que hay que tener en cuenta que en aquellos años no tenías ninguna experiencia, no se había hecho nada parecido”. Es que “había muchos que ni siquiera tenían tienda de campaña, así que las compramos entre unos cuantos y se les prestaban”, añade Pilar Chaverri. “Pones en marcha una experiencia con un estilo y claro, la nove-

La organización del campamento sigue siendo ahora, como lo era entonces, un ejemplo de esfuerzo colectivo y de autogestión. A finales de la primavera, se celebra una asamblea en la que se constituyen las distintas comisiones: diversiones, material, economía, alimentación… Y, desde ese momento, todo el mundo a trabajar. “La comisión de economía lo tiene difícil, todo son preocupaciones con los precios, que si no llegan los presupuestos… como en cualquier


“Es que el campamento tenía un planteamiento social importante –comenta Jordá–. Nos planteamos que cada familia tendría descuentos al segundo y tercer hijo, para facilitar que viniese la gente”. “Pero tampoco teníamos ni idea –admite Rivas–. Y al final nos sobró dinero y nos dio para alquilar un autobús para ir a oír cantar a Labordeta. Y comíamos bien todos los días”.

“La comisión de material se va superando también. Nos hemos conseguido, además de las tiendas para la gente joven, unos fuegos para guisar en plan industrial que ni en los mejores hoteles… --se decía en aquel boletín del 83-. La comisión de alimentación, piensan en todo: que si las vitaminas, las proteínas, las calorías… según un día se vaya de excursión o se pase sin dar golpe”. Según Pilar, al principio, planear las comidas “era más difícil que ahora, que llevan unas cámaras. La carne y los perecederos había que comprarlos en el día. Y se repetía más de menú. A mí me tomaban el pelo, como era la encargada de almacén, me decían: ‘Hoy, ¿qué nos vas a dar? ¿Huevos cómo…?’. Porque fritos, en tortilla o como fuese, casi todas las noches había huevos en sus distintas variedades para cenar. Pero qué le vas a hacer. Porque al principio ibas

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familia. Y es que eso somos, una gran familia, que durante quince días intentamos descansar, convivir y compartir nuestras vidas en medio de la naturaleza”, reflejaba en el boletín de la Asociación de Vecinos del Picarral en junio de 1983. “A la hora de poner los precios, era un tanto por matrimonio, y luego íbamos reduciendo la cuota por cada hijo de más”, recuerda Rivas.

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en unas condiciones que, hoy día, han mejorado muchísimo. Hoy llevan hasta langostinos”.

giendo nuevas cosas que se van incorporando al campamento. Todo estaba vivo”.

“Ahora, por ejemplo, han puesto como novedad el vermú –explica su marido-. Y eso surgió en un campamento, que estábamos charrando dos o tres, vino alguno más, y dijeron: ‘¿Por qué no sacamos algo de picar?’. Y cada uno sacó lo que llevaba: una lata de conservas, lo que fuera. Y si habíamos empezado a charrar a las once de la mañana, nos dieron las cinco de la tarde y aún seguíamos de vermú. Acabamos cantando y bailando. Quiero decir que pones en marcha experiencias y, como todo era nuevo, van sur-

Testimonio de esta historia del campamento de Pineta y, a su vez, del Picarral, son las canciones2 con las que, cada año, los poetas y compositores del barrio han ido poniendo letra y música a las ilusiones y utopías del momento. “Cada año componíamos unas canciones, y, si lees el cancionero de los primeros años, hablaban de libertad, de montañas, de barrios sin contaminación, de que el vecindario despertara… Era una forma de ir sensibilizando a alguna gente, captando para la asociación… Era una mezcla de muchas cosas”, explica Juanjo Jordá.

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Sirvan como ejemplo de aquellas canciones estas tres pinceladas, la del campamento “Pineta 1978”, “Porque en el Picarral” y una más dedicada a las fábricas del barrio:


En Pineta bajo las estrellas suena el canto de la libertad.. Aire puro de la alta montaña, sopla el fuego de muestra amistad.

Es el canto de esta tierra nuestra, rica o pobre, nadie nos la da. Es el pueblo libre y soberano, quien la siembra y cosechará.

LIBERTAD DE ABRIR CAMINOS Y SER NOSOTROS YA. AMISTAD DEL PUEBLO UNIDO QUE SABE A DÓNDE VA. ¡Aragón, despierta1 ESTA TIERRA ES NUESTRA. ¡Labrador, despierta1 QUE TE ROBAN LA TIERRA. ¡Obrero, despierta1 EL PACTO ES LETRA MUERTA. ¡Vecino, despierta1 QUE EL BARRIO HUELE A MIERDA. En Pineta...

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LAS FÁBRICAS DEL BARRIO Las fábricas del barrio las vamos a quemar. Se muere mucha gente del humo que nos dan.

Ay, ay, ay, las fábricas del barrio Ay, ay, ay, las vamos a quemar. Ay, ay , ay, se muere mucha gente Ay, ay, ay, del humo que nos dan.

PORQUE EN EL PICARRAL En la maña Zaragoza si pasas el Ebro encuentras el Picarral, que es un barrio muy crecido, si sucede que ha llovido, y si no es un arenal.

La gente vive su vida y le importa un pito lo que pasa a los demás, si han nacido, si se han muerto, si alguno se ha quedao tuerto, al vecino le da igual.

PORQUE EN EL PICARRAL (bis) TODO ESTÁ MUY MAL. Y SI NO TE DAS CUENTA Y A TÍ TE DA IGUAL DESDE AHORA TE PUEDES MARCHAR.

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Y si Dios hizo de barro en la creación a nuestro buen padre Adán, muchos millones de adanes podía haber hecho del barro del Picarral

Y por estar desunidos está el barrio entero en todos aspectos mal. La gente al trabajo corre, pa que el capital se forre, mientras élla sigue igual. Pero ahora se han juntado un grupo de gente con ganas de funcionar, y usando de buenos modos quieren concienciar a todos de que hay que espabilar.


Para Juanjo Jordá, el campamento era mucho más que vacaciones y juergas a la luz de la hoguera. Este tenía también un importante componente de pedagogía social. “La historia del funcionamiento estaba en la responsabilidad compartida por todos los campistas, en la autogestión, desde la preparación a través de comisiones hasta en el

propio desarrollo, pues todos los días le tocaba a uno la cocina, servir, otros iban a por leña, otros a por otra cosa…”. “Ahí, todos pasaban por cocina y por todas las actividades”, añade Chaverri. “Establecimos turnos para bajar a buscar la comida a Bielsa entre los que tenían coche, para fregar, para recoger… Todos pasábamos por todas las obligaciones que conlleva un campamento”, apostilla Rivas. “Y luego, hubo pequeñas revoluciones que comenzaron casi como un juego –prosigue Jordá-. Así se empezó en aquella época, medio en broma, a decir que los que tenían que fregar eran los hombres. Entonces, en el campamento era raro ver a una mujer fregando. Jugando, sí, pero había una revolución de las costumbres, del machismo. Quedaba muy mal, veinte o treinta fregando en el río, y que hubiera alguna mujer”. “Empezó jugando pero terminó en serio”, apunta Antonio Sofín. “Sobre todo, esto suponía una

A TÍ TE CANTO PICARRAL

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A tí te canto Picarral aún eres como herida abierta tu llegarás a ser abrazo no solo serás barrio serás un hogar

A tí te canto Picarral aún eres como herida abierta tu llegarás a ser abrazo no solo serás barrio serás un hogar

Porque la lucha aún no es la meta el Campamento como sembrar pero asociarnos tener cultura ser solidarios ya es cosechar.

No sufras solo a nadie dañes donde haya vida pon libertad todos iguales ninguno encima cambia tu barrio y tu ciudad. A tí te canto Picarral...

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Pilar Chaverri recuerda “el Himno del Picarral3, que hablaba de que el barrio estaba sin asfaltar y de las condiciones en que vivíamos. Yo creo que se cantaba todos los días. Y luego, hubo canciones para la Saica, para… En fin, para todas las reivindicaciones”. Su marido guarda entre sus recuerdos los fuegos como “algo fabuloso. La convivencia ahí se reflejaba a tope”. “Sí –se acuerda Jordá-, en el fuego de campamento la gente salía cada noche a cantar, a bailar”, a divertir y a divertirse, con las noches estrelladas de Pineta como testigo esas veladas.

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liberación para la mujer. Sabían que iban catorce días a mesa puesta y un solo día de pinches de cocina”, afirma Jordá.

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Para Sofín, también tenía su puntito trasgresor “cuando se iban quince o veinte mujeres por la noche a un bar, que está a kilómetro y medio, y los hombres nos quedábamos en el campamento”. “Allí en Pineta ha nacido algún idilio… ¡Y también ha zozobrado algún que otro matrimonio! ¡Ja, ja, ja!”, bromea Jordá. “Y luego, otra cosa importante del campamento es que ahí vivíamos en plena naturaleza –continúa Juanjo-. Y alguna gente empezábamos entonces a conocer el Pirineo aragonés. Es que, en aquella época, solo iban algún vasco, algún va-

lenciano y catalanes. Aragoneses por ahí no había ni uno”. Jordá también considera como una de esas “pequeñas revoluciones” el trabajo de sensibilización que se hacía con los más pequeños, para ir despertando su conciencia ecológica. “Al marcharte a la montaña con los críos, les dabas un caramelo. Y luego, cuando volvías, al que te devolvía el papel le dabas otros dos caramelos. Son pequeñas cosas pero que han ido marcando el carácter de este campamento”, asegura. Por ejemplo, para sensibilizar a mayores y pequeños sobre la naturaleza del entorno, se organizaron exposiciones sobre las plantas y flores de montaña, recogidas y clasificadas por las personas del campamento. “Es que el contacto con la naturaleza ayuda a despertar la conciencia


“Cuando nosotros iniciamos el campamento con los jóvenes, en quince días no veíamos a nadie. Entonces no se iba tanto a la montaña como ahora. Durante esos quince días tenía que estar uno gravísimo para no salir de excursión. Estábamos dos semanas en pleno movimiento. Y digamos que no a todo el mundo le gustaba tanto el montañismo, pero del campamento sí que surgieron algunos mozos y mozas que luego se unieron al Club de Montaña Pirineos. Los primeros años que estuvimos nosotros, esos jóvenes convivían con todos en Pineta, pero tenían aparte una programación de montaña especial”, aclara Jesús. “Nosotros pusimos en marcha todo aquello del campamento familiar y fuimos los tres primeros años, pero después ya lo dejamos. Nos apetecía más hacer otras cosas”, explica Pilar. “Yo, entonces, me hice cargo del Club de Montaña Pirineos y me centré más en eso”, añade su marido. “Pero nunca nos desvinculamos de la asociación de vecinos. De hecho, hace quince años que ya no vivimos en el Picarral pero seguimos siendo socios”, apostilla Pilar. Quienes tampoco se han desvinculado nunca de la tierra que acoge el campamento son todos

aquellos que, desde 1977, acuden puntuales a su cita anual en Pineta. “Como llevamos muchos años, hay mucha relación con el pueblo”, afirma Juanjo Jordá. “Aportamos al valle un campeonato de barra aragonesa” abierto a la participación de los vecinos de la zona. “Se trata un poco eso, de hacer relaciones con la gente de allí”. Y, de hecho, ese concurso de barra aragonesa que todos los años se ha organizado en el campamento del Picarral se ha hecho famoso en todo el valle. A lo largo de los años, la vertiente ecologista de los miembros de la Asociación de Vecinos del Picarral ha sido una constante- Y su vinculación con el valle de Pineta es tal que, en 1988, emprenden una campaña reivindicativa que les lleva a presentar un escrito a la DGA y a los medios de comunicación, en el que se denuncia la falta de medios y servicios en el lugar donde se realiza el campamento. El consejero de Ganadería y Montes recibió a la Comisión del Campamento, que le exigía “soluciones inmediatas”. Asimismo, le solicitan la cesión temporal de alguna de las casas que tenía abandonadas esta consejería a lo largo de todo el Pirineo. “Si se consiguiera este objetivo, la asociación de vecinos dispondría de una casa en la montaña que estaría al servicio de las personas del barrio motivadas por la naturaleza”, exponía el boletín de la asociación en marzo de 1988. Y la casa llegó al año siguiente. No por la vía prevista entonces, pero llegó, que era lo importante. Y es que “uno de los aspectos que la asociación ha querido potenciar, desde sus orígenes, es la convivencia”, se podía leer al año siguiente en el artículo de presentación de la nueva adquisición: la casa de Murillo de Gállego. Desde el campamento se había visto la necesidad de hacerse con algún lugar de encuentro, como le habían propuesto hacía un año al consejero de Montes. Y mientras buscaban, se cruza en su camino la casa de Murillo, “asequible a nuestras pequeñas posibilidades”. Así que la alquilaron con la intención

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ecológica”, asegura Jesús Rivas. “Y luego –añade Pilar-, de ahí salieron buenos montañeros”. Marta Alejandre o Sergio Rivas son dos destacados miembros del Club de Montaña Pirineos a los que aquellos veranos en Pineta, seguramente, les ayudaron a que despertase su vocación. Pero no es que del campamento surgiera la agrupación deportiva. “El club existía ya antes. Digamos que fue al revés, que del club de montaña surgió el campamento. Los dos matrimonios que empezamos con las colonias infantiles éramos ya del club, y fue después cuando decidimos ir con más familias”, explica Chaverri.

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de que pudiese albergar a los colectivos de la Margen Izquierda que así lo solicitasen.

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Los primeros trabajos de acondicionamiento de la vivienda, de electricidad, pintura, carpintería y limpieza, fueron realizados de forma voluntaria por los vecinos que se prestaron a hacerlo. Los jóvenes del TOPI se encargaron de la fontanería. La casa fue alquilada por cinco años. Tenía una capacidad para unas cuarenta personas, doce dormitorios, cocina, terraza, bodega… Y lo más importante: estaba a solo cinco kilómetros de los impresionantes mallos de Riglos. Los colectivos y vecinos que quisieran hacer uso de la casa solo tenían que solicitarla y pagar una pequeña cuota para su mantenimiento. El único requisito era cuidar las instalaciones, que para eso eran de todos.

Y es que, según Pilar Chaverri, “el campamento fue como una semilla que se puso ahí y de la que luego fueron brotando muchas otras cosas”. La comisión encargada de su organización escribía en el boletín de la asociación de vecinos de marzo de 1986, cuando se aproximaba la décima edición, que “el campamento no son solo quince días de convivencia en Pineta, ni siquiera la preparación de los meses anteriores”, sino una forma de fomentar “la comunicación” entre los vecinos. Y “para que no se pierda el ambiente amistoso” del campamento a lo largo del año, esta comisión organiza cenas, bailes, bajadas en grupo a las fiestas del barrio, fiestas para niños y mayores o la celebración de la Cincomarzada. Precisamente, el escenario habitual de esta última fiesta, el parque del Tío Jorge, acogía el 28 de junio de ese año un día de campamento en plena


La Asociación de Vecinos del Picarral nunca ha dejado de promover en el barrio el ocio y la cultura al margen de los circuitos comerciales. Tampoco ha cesado de fomentar la convivencia vecinal en torno a la naturaleza. En 1995, nace una nueva comisión en el seno de la asociación, denominada Tiempo Libre y Excursiones, que viene a sumarse a las actividades que organiza la Comisión del Campamento. Viajes a la playa, caminatas por los mejores rincones naturales de Aragón, paseos en bicicleta… “Lo que pretende este grupo es la promoción del senderismo y de las actividades relacionadas con la naturaleza, y el uso saludable y

lúdico del tiempo libre”, se presentaba en el número de enero de 1996 de Picarral Expres. Al igual que, desde el inicio de la acampada, se han intentado desarrollar actividades que motivaran el conocimiento del medio natural del valle, su flora y fauna, tampoco han faltado otras iniciativas culturales surgidas en torno al campamento, como las diversas exposiciones que se han ido sucediendo en las distintas ediciones. En torno a los años noventa, un grupo de personas sensibilizadas con el arte se propuso desarrollar, dentro de las actividades culturales del campamento, la representación de varias obras de pintores y escultores famosos a lo largo de la historia, como La Piedad y El David de Miguel Ángel, Las Meninas de Velázquez o La Venus de

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ciudad, en el que se mostró a todas las personas que acudieron cómo transcurría un día cualquiera en la acampada de Pineta.

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Milo. Para llevar a cabo esta iniciativa se instaló un museo viviente que se visitaba en pequeños grupos de personas a los que acompañaba un guía debidamente documentado, que explicaba los detalles artísticos de las obras a todos los huéspedes del campamento. Fue una idea muy valorada por las personas de aquel momento y que todavía se recuerda con cariño, por la singularidad de dicha representación. El campamento familiar es pues mucho más que una simple acampada.

CULTURA Y FESTEJOS A lo largo de los años, ha habido también muchas ocasiones de pasarlo bien entre vecinos sin necesidad de moverse del Picarral. Las fiestas del barrio fueron en las décadas de los 70 y de los 80 un espacio en el que convivir y conocerse, pero también el escenario en el que amplificar, en un ambiente lúdico, el mensaje de la lucha vecinal por lograr un barrio más humano y habitable.

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En la primavera de 1976, la ACF del Picarral organiza por primera vez las fiestas del barrio. Y es que no todo van a ser luchas a cara de perro. Los vecinos también se merecen algo de alegría y diversión. Pero, incluso en medio del jolgorio, hay un sitio para la reivindicación. Eso sí, en fiestas, todo se reviste con un halo de humor. La experiencia del año anterior debió de ser buena porque al año siguiente, la asociación organiza por segundo año consecutivo las fiestas de primavera del Picarral, que se celebraron del 4 al 12 de junio. Para la organización de los actos, la asociación cuenta con una pequeña ayuda económica del Ayuntamiento de Zaragoza. En el programa no faltan los pasacalles con cabezudos, los concursos de dibujo, los torneos

deportivos y las verbenas. También había unos concursos de tortilla para los hombres, en los que las mujeres hacían de jurado. Hasta el Picarral acuden también a actuar grupos míticos de aquellos años de aragonesismo a flor de piel, como la Bullonera. Los niños y los jubilados tienen asimismo un espacio reservado en la programación. Y no pueden faltar los desfiles humorísticos, en los que el barrio sale a la calle para hacer visibles sus reivindicaciones, pero de una manera festiva, carnavalesca y llena de sorna. Estos desfiles llegarían a ser míticos en la historia de la Asociación de Vecinos del Picarral. “Eran política, y divertida”, apuntaba en un artículo de 1993 el párroco de Belén Álvaro Alemany en el que recuerda los desfiles humorísticos que de 1977 hasta 1985 alegraban las fiestas del barrio”. Y, precisamente en 1977, la ACF del Picarral empieza a aprovechar no solo las fiestas de su barrio como escenario de denuncia. También sirven para este fin las de la ciudad, con la ventaja añadida de que la audiencia potencial


La reina era siempre una joven de la burguesía zaragozana. Muchas colectivos ciudadanos se oponían a que las fiestas de toda la ciudad solo la disfrutase un selecto grupo de privilegiados,

simbolizado en tan rancia elección. Los gritos del gentío congregado en la plaza del Pilar pedían a la reina de aquel año, Cristina Ruiz Galbe, que colocase la bandera aragonesa en el mástil del balcón de la casa consistorial. Y así lo hizo la reina de las fiestas. Al año siguiente, los festejos empiezan tímidamente a hacerse populares. En las fiestas del Pilar de 1978, las últimas organizadas por un ayuntamiento no democrático, las asociaciones de barrio contaron con un millón de presupuesto (frente a los 13 del programa oficial), para organizar sus propios festejos alternativos. Para optimizar el dinero, decidieron gestionar el millón de forma conjunta y trasladaron sus actos desde sus barrios al paseo Independencia. Su pregonero alternativo fue el cantautor Joaquín Carbonell. Y no faltó una simbólica cena compuesta por vino y frutos secos, como alternativa a la

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de la plaza del Pilar sirve como amplificador natural del mensaje. Por esas fechas, también la gente de a pie quiere disfrutar de los actos oficiales de las fiestas del Pilar. “Antes, en Zaragoza, se celebraba la elección de la reina de las fiestas en una cena de gala seguida de baile, en la Lonja”, recuerda Paco Asensio. “Hasta que un año cogimos los bocadillos y nos marchamos a la plaza del Pilar cuando la iban a elegir, a sentarnos allí a comérnoslos. Íbamos gente de las asociaciones y otros vecinos de la ciudad. Esto fue para dar a entender que había más gente en la ciudad y que aquello había que cambiarlo”. Pero la policía los desalojó.

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oficial de la Lonja, que aquel año aún se celebró. También a las puertas del Picarral llegó ese año la fiesta grande de Zaragoza. El parque del Tío Jorge acogió una degustación de productos de la tierra proporcionados por la UAGA. Tenderetes, charangas, verbena, toro de fuego y otros actos populares, empezaban por entonces a sacar la fiesta a la calle.

San Valero ‘79

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“Este año, San Valero ha sido diferente”, aseguraba desde las páginas de su boletín de febrero de 1979 la ACF del Picarral. Y es que la constante reivindicación de una democracia realmente representativa y participativa no se queda solo en palabras; también se demostraba con hechos, a pie de calle. Y las fiestas de guardar eran una ocasión perfecta para hacerlo. En 1979, las asociaciones reunidas en la FABZ se plantean darle un giro a la festividad del patrón de la ciudad y convertirla también en una “jornada de acción”. El objetivo era “reivindicar el reconocimiento de las asociaciones como entidades de interés público, que los organismos de la Administración (del Estado, de la Diputación General, del Ayuntamiento…) nos admitan como interlocutores (aunque les resultemos molestos porque los vecinos de los barrios ya no nos tragamos las cosas como antes), y que aparezcamos como organismos representativos de los barrios en la nueva ley que regulará el funcionamiento de los municipios”. “Los barrios tienen derecho a hacer oír su voz”. Por eso, el domingo 28 de enero se colocaron varias mesas en el Picarral, y en otros barrios de Zaragoza. El vino y los roscones eran la excusa perfecta para repartir hojas informativas y pegatinas y para mostrar bien las pancartas que exigían una participación real de los barrios en el municipio. Y, cómo no, el cierzo también se


Aquel mismo año, la FABZ recuperó también una fiesta que ya nunca ha vuelto a perder su carácter realmente popular, como marca su origen histórico: la Cincomarzada. En aquellos años de la transición tenía aún más marcado ese sabor reivindicativo, donde confluían el movimiento vecinal, los partidos de izquierdas y el aragonesismo.

Las peñas En 1979, son ya más de 30 entidades ciudadanas las que existen legalmente constituidas en el barrio. Y todo lo que fuera más participación ciudadana era visto, como no podía ser de otra manera, con muy buenos ojos por la asociación de vecinos. Aquel año, surge una entidad más cuyo nacimiento “celebramos especialmente”, podía leerse en el boletín de la ACF del Picarral de febrero del 79. Y es que la peña Adebán, “ya cuenta con un buen puñado de socios entusiastas que prometen dar mucho juego de cara a las fiestas del Pilar”. Unas fiestas que por entonces comenzaron a ser realmente populares, en buena parte gracias a la participación de la gente de los barrios a través de las peñas. En la asociación,

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sumó a la celebración. Ya se sabe: San Valero, ventolero. Sin embargo, al día siguiente, su azote dio tregua para permitir que un buen número de zaragozanos se juntara en la plaza de España. Y entre música, bailes, carteles, pintura y, por supuesto, más roscones, “los barrios de Zaragoza unidos hacían honor al eslogan lanzado por la federación: ¡Ganemos la ciudad!”.

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cuya Comisión de Festejos sigue organizando las fiestas del barrio, saben que a partir de ahora van a encontrar en la peña Adebán un gran aliado para animar esas celebraciones. Su primer local social estuvo en el bar La Rosaleda, junto al camino de Juslibol. La siguiente ocasión para que peñistas y vecinos volviesen a juntarse de fiesta fue la Cincomarzada de 1980. Por entonces, aún no era día festivo en el calendario zaragozano, y aquel año cayó entre semana. Al domingo siguiente, el parque del Tío Jorge, que comparten los vecinos del Picarral y del Arrabal, acogió la celebración. Poco a poco, se iba recuperando la tradición y se empezaba a consolidar una costumbre que hoy perdura. Y por la que, al menos un día al año, todos los barrios y colectivos ciudadanos de Zaragoza hacen de la Margen Izquierda su centro.

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La organización de las fiestas del Picarral va abriéndose más y más a la participación de todos los vecinos, por lo que puede decirse que son unas fiestas realmente populares. Bueno, por eso, y porque no hay que pagar ninguna entrada para divertirse. La asociación convoca a todos los que quieran colaborar a través de carteles y de la prensa local para formar la Comisión de Festejos a mediados de mayo de 1980. Responden inmediatamente a la llamada el Club Cultural Picarral, que celebraba su primer año de vida, la asociación de comerciantes del 157 de San Juan de la Peña, el Grupo Hogar Cristiano, la peña Adebán y unos cuantos jóvenes del barrio. Y acto seguido se ponen a trabajar. Las primeras fiestas de la década de los 80 se celebraron del 30 de junio al 6 de julio. Hubo torneo de fútbol, en el que lo mismo se enfrentaba un grupo de peñistas a los aguerridos montañeros del barrio, que los de la parroquia de Nazaret se

las veían con los jóvenes del club cultural… Los vecinos, igual que aportaban sus más preciadas labores para hacer exposiciones de arte popular, revolvían entre las fotos viejas para mostrarlas y hacer un recorrido por aquel pasado común de tantos y tantos de ellos, siempre rural y en color sepia. Tan fuerte era ese nexo de muchos vecinos del barrio con un pasado rural no tan lejano que, aquel año, decidieron juntarse un día de las fiestas en el parque del Tío Jorge para exponer pero, sobre todo, para saborear los productos típicos de sus respectivos pueblos. Y, cómo no, fieles a lo que ya era una tradición, no podía faltar el recorrido humorístico por el barrio, en el que la charanga y la parodia acompañaban a las reivindicaciones. Aquel año, la tendencia que dominó en los desfiles fueron los tonos verde caqui y los complementos de inspiración bélica. Y es que el ambiente estaba calentito entre la OTAN, la base americana y los tanques que atravesaban el barrio camino de San Gregorio.

La Casa de Cultura A raíz de la organización de las fiestas del barrio ha salido a colación el Club Cultural del Picarral, que se vino a sumar también en 1979, como la peña Adebán, al creciente número de entidades ciudadanas que surgían en el barrio. El club venía desarrollando desde entonces una actividad cada vez más intensa y continuada, y no solo en las fiestas. El campamento de Pineta había sido “el punto de partida” de “una convivencia que pretendía facilitar el trato y la amistad entre las familias”. Y otra “buena ocasión” para darle continuidad a lo largo del año a “la convivencia y el intercambio de ideas” eran las charlas sobre temas de actualidad que el Club Cultural organizaba en su local, situado junto a la guardería de Belén.


Al mes siguiente, en enero de 1982, el Club Cultural ponía en marcha una biblioteca, la primera del barrio. El club también ofrecía cursos de

fabla aragonesa. Cada quince días organizaba un café tertulia donde se intentaban abordar los problemas de la juventud, algunos de ellos tan importantes como ya empezaba a ser por entonces el de la droga, que en los años ochenta hizo estragos en algunos barrios periféricos de las ciudades españolas. El Picarral tampoco vivió ajeno a aquel problema. A mediados de 1982 existía ya un proyecto para la Casa de Cultura, que se levantaría en el parque del Tío Jorge, junto a la plaza de San Gregorio. En este logro tuvo también mucho que ver la Comisión de Cultura de la Margen Izquierda, que venía funcionando desde hacía un tiempo con representantes de todas las entidades cívico culturales de los barrios del Arrabal, Picarral,

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La Comisión de Cultura de la asociación de vecinos, la sección encargada de organizar el campamento y el Club Cultural del Picarral trabajaban los tres codo a codo para organizar actividades abiertas a todo el barrio. A partir de 1981, iban a librar una batalla para conseguir unos locales en condiciones donde poder desarrollar sus actividades. En el boletín de la asociación de diciembre de este año, se anuncia que van a luchar juntos “porque pronto se construya en la zona del Arrabal-Picarral-Balsas una Casa de Cultura”. Y para lograrlo pedían la colaboración de todo el barrio.

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Jesús y La Jota. Esta entidad, acreditada ante el Ayuntamiento de Zaragoza, participaba dentro del programa cultural municipal. “Su objetivo es el de fomentar y coordinar los esfuerzos que se vienen haciendo en toda esta amplia zona en pro de la cultura”, podía leerse en el boletín de la ACF del Picarral de junio de 1982, a modo de presentación de la citada comisión.

ayuntamiento de la ciudad, las previsiones de afluencia de público “se superaron con creces”, reconocían los vecinos del Picarral en su boletín editado al mes siguiente. Lo cual implicaba que “en años sucesivos”, admitían, “tendremos que superarnos sobre todo en organización”. La fiesta ya era “totalmente popular”.

Esta contaba con un comité ejecutivo integrado por un representante de cada barrio, que se encargaba de llevar a cabo los acuerdos de la comisión y de contabilizar la ayuda económica del consistorio para fines culturales. Las entidades representadas en ella presentaban proyectos que se discutían en el comité. Y aquellos que se consideraban interesantes pasaban a incluirse en el proyecto común, y eran financiados al 50% por el ayuntamiento y al otro 50% por la propia comisión.

Radio Mai

Entre las actividades que programaba para los vecinos de estos barrios había, por ejemplo, visitas guiadas por monumentos de Zaragoza como la Aljafería, o para conocer los restos arqueológicos que iban saliendo a la luz. También se organizaban excursiones para visitar otras localidades de Aragón como Tarazona, donde por cierto, la asociación del Picarral aprovechó para establecer contacto con la Asociación de Vecinos del Cinto, del caso histórico de esta ciudad. La Comisión de Cultura de la Margen Izquierda iba participando activamente en la vida de estos barrios. Así, por ejemplo, en 1983 colaboró en la organización de la semana cultural del instituto Mixto 10 del Picarral. Aquel año, la Cincomarzada, uno de los festejos más importantes que se vivían en el barrio, puede considerarse definitivamente consolidado como tradición. Organizada por la FABZ en el parque del Tío Jorge, con la colaboración del

En las fiestas del barrio de 1984, un grupo de jóvenes del Picarral aficionados a la radio se proponen emular a sus ídolos de las ondas y retransmitir las finales del torneo de baloncesto organizado para la ocasión. Ni los propios promotores de esta iniciativa, que arrancó como un mero divertimento, sospechaban lo que esto acabaría dando de sí. Esta retransmisión sería el germen de Radio Rabal, que comenzó a emitir al año siguiente. Y esta emisora sería a su vez la semilla de Radio Margen Izquierda, más conocida por Radio Mai, que salió al aire por primera vez en enero de 1988. Hoy, 22 años después, la emisora sigue emitiendo en el 102.8 de la FM, y a través de internet. “Las radios libres surgen como respuesta a las necesidades objetivas de comunicación de los diferentes movimientos sociales”, escribe Chema Mendoza en el blog de Radio Mai. Radio Rabal nace por ese mismo amor al micrófono y a las ondas, y con vocación de ser la voz de quienes viven a este lado del Ebro. En el boletín “Picarral” de octubre de 1985, los creadores de esta emisora de barrio se presentan a los vecinos como “unos chicos que tratamos de darle un nuevo enfoque a la radio”. Y ofrecen un apartado de correos para que los oyentes les puedan “transmitir” sus “inquietudes, y decirnos si quieren participar en algún programa, ya que estamos abiertos a todo lo que queráis. Pretendemos crear un vínculo entre todos los vecinos de la Margen


“Demos abrazos retrospectivos a Radio Rabal que fue quien pasó la mínima infraestructura técnica necesaria a las gentes que hicieron nacer el proyecto de Radio Mai, es decir, a la Asociación de Vecinos del Picarral”, escribe Mendoza en el mencionado blog de Radio Mai. Aprovechando “el vacío legal existente”, la situación de esta radio de barrio “sigue siendo, cuando menos, de tolerancia administrativa y de situación alegal, que no ilegal”. Aunque, hoy día, las nuevas tecnologías de la información permiten emitir a tra-

vés de internet para todo el planeta, sin tener que lidiar con “los intereses económicos y los chanchullos políticos que provocan el reparto del dial entre aquellos proyectos que no cuestionan el sistema socioeconómico impuesto”, afirma. En la tarde del 8 de abril de 1987 se daba el primer paso para la creación de Radio Mai. “A la asociación del Picarral le pareció bien coger el relevo. Pero se pensó, con muy buen criterio, extender la idea a otras entidades”, explica el blog. A mediados de este mes se celebra la primera reunión en el Centro Cívico del parque del Tío Jorge, a la que acuden nueve entidades entre asociaciones de vecinos, de promoción de la mujer,

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Izquierda del Ebro a través de las ondas, ya que la radio la realizamos entre todos”, añaden en su carta de presentación.

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de educación de adultos y de juventud, además de “gentes del fútbol, la montaña y el atletismo. El 6 de mayo de ese mismo año se celebra la primera reunión general de todas las entidades de la Margen Izquierda, en los locales de la asociación del Picarral. Aquí se decide el nombre de la Radio: Radio Margen Izquierda. Se crean cuatro áreas de trabajo: cultura, juventud, deportes, problemática social. Se abre una cartilla en una entidad financiera y se aprueba la edición de unos bonos de apoyo, con una rifa de por medio, para empezar a contar con algo de dinero. Se incorporan, además, tres técnicos con la sana intención de enseñarnos a hacer radio y poner en marcha un taller”, relata Chema Mendoza.

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Hoy, Radio Mai mantiene su “ruptura con las instituciones públicas y privadas del sistema, en lo que se refiere a contar, analizar y valorar la realidad”, tratando de dar voz a “los movimientos y organizaciones sociales críticos con el sistema”, hablando de “la realidad local, de Aragón, pero también de la realidad mundial, desde una perspectiva de globalización creada a base de un crecimiento mantenido de la justicia y la solidaridad en el reparto equitativo de las riquezas”, escribe Mendoza, quien afirma que “las radios libres hoy son necesarias. A lo mejor, más que nunca. Pues las radios comerciales están cada vez más ciegas en su competencia y en su carrera por superar la cantidad de anuncios de cada programa, de beneficios. Y ciegas también para comunicar la realidad, la verdad de cada situación, en todo su proceso: causas de cada injusticia, quién o quiénes las mantienen, a quién beneficia. Tienen demasiados intereses económicos como para poder denunciar abiertamente los abusos de poder que constantemente se dan”. El espíritu de Radio Mai sigue siendo hoy el mismo con el que nació su hermana mayor, Radio Rabal: el de romper con el “poder de los medios de comunicación para crear y mantener una opinión

pública amuermada, desinformada y manipulada que no moleste al sistema”. Va pasando el tiempo, y algunos años empieza a no ser fácil organizar las fiestas del barrio. Al año siguiente de las que vieron nacer al embrión de Radio Mai, faltaban personas voluntarias dispuestas a trabajar duro para que sus vecinos se divirtieran. En el boletín de la asociación de mayo de 1985 se hace referencia a que nadie acudió a la reunión que había convocado un grupo de gente para formar la Comisión de Fiestas de ese año. A pesar de ello, estos pocos vecinos siguen en su empeño de sacar adelante un programa “con un costo de unas 900.000 pesetas (unos 5.400 euros), y solo cuentan con 210.000 pesetas (poco más de 1.200) que aporta el ayuntamiento”. Por eso animan a todo el mundo a brindarles todo el apoyo “que los vecinos seamos capaces de darles”, también “desde la asociación”. La comisión se reunía en los locales de la asociación de vecinos dos veces por semana, y estaba abierta a la participación del barrio. Ese año, según decisión de la Junta de Distrito, desaparecían de la programación de las fiestas del Picarral las zonas de Balsas, Teniente Polanco y Ortiz de Zárate. “Lo sentimos, a ver si puede ser el próximo año”, se lamentaban desde la asociación de vecinos

LAS CORALES La Comisión de Cultura de la Margen Izquierda organizó en las navidades de 1985 un concurso de música coral, que se celebró en la parroquia de Santa Ana, en Valle de Broto. Y al día siguiente, la vecina parroquia de Belén acogió la actuación de las dos corales de la zona, la de la Margen Izquierda y la Coral Picarral. Y ya sin concurso ni rivalidades de ningún tipo por medio, terminaron todos con un piscolabis. Para


“La Coral de la Margen Izquierda es el resultado de la fusión de dos pequeñas agrupaciones, Balsas de Ebro Viejo y La Jota, que tomaron parte en el primer Concurso de Canción Navideña, organizado por la Comisión de Cultura de la Margen Izquierda en diciembre de 1983”, señala Jesús Gil. Este militante vecinal del Picarral fue su director en los primeros años, con la ayuda de Asis Baselga, el que fue director de la agrupación de La Jota. “Su presentación oficial tuvo lugar en el Teatro del Mercado, el 23 de diciembre de 1984”, añade. Jesús recuerda aquellas primeras actuaciones de la Coral de la Margen Izquierda,

en parroquias y festejos populares de los barrios de la ciudad. Posteriormente ya entró a formar parte de la Federación Aragonesa de Coros. En los ochenta participó en los ciclos que dicha federación organizaba anualmente en navidad, San Jorge, primavera… “De esta manera, la coral fue dando conciertos en muchas ciudades y pueblos de toda la geografía aragonesa, incluidas las tres provincias”, relata su primer director. Jesús Gil también destaca cómo en su cuarto de siglo largo de vida, esta agrupación musical “ha colaborado con el Ayuntamiento de Zaragoza y con diversos colectivos de base, intentando acercar la música polifónica especialmente a los vecinos de la Margen Izquierda, demostrando que la música coral puede ser interpretada por las personas de nuestros barrios, y entendida y apreciada por los habitantes de esta zona urbana”.

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eso, los locales de Belén eran ya sobradamente conocidos por ser tan multifuncionales, que lo mismo que se oraba en ellos, ora se cantaba ora se celebraba un lunch. Del mismo modo en que en otros tiempos habían dado cobijo a los sindicalistas que tenían que reunirse en la más absoluta clandestinidad.

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A lo largo de los años noventa, la agenda de actuaciones de la Coral de la Margen Izquierda no hace sino estar más y más apretada. Participa en la III Muestra de Corales de Aragón, en el Auditorio de Zaragoza, y en el I Encuentro Coral Ciudad de Zaragoza, en la Sala Mozart. Asimismo, continúa estando presente en los conciertos de navidad que organiza la Junta de Distrito de la Margen Izquierda, y participa igualmente en los conciertos de otoño que organiza la Diputación Provincial de Zaragoza en la iglesia de Santa Isabel. En esos años, Luis Trancón echa una mano al director en las funciones directivas, y Asis Baselga sigue ahí también, acompañando al piano y al órgano. A partir de 2004, Adrián Cuello Piraquibis se hace cargo de la dirección de la Coral de la Margen Izquierda. Con el tiempo, se puede afirmar que esta formación “ha ayudado a elevar el nivel musical polifónico en el barrio principalmente y en toda la margen izquierda del Ebro”, opina Jesús Gil.

La otra agrupación polifónica indisolublemente ligada a la historia de este barrio y de su asociación de vecinos es la Coral Picarral. Dirigido por Pilar Espallargás Inglés, licenciada en Piano, Solfeo, Pedagogía y Composición, este grupo de amantes de la música tiene también una dilatada trayectoria que supera los 25 años de recorrido. Como muchas otras iniciativas del Picarral, todo se construyó entre vecinos. Los lazos forjados a base de convivencia en el barrio ayudaron a que, poco más de una docena de ellos, se atreviera a dar el paso de llevar más allá su afición por cantar. Su origen, al igual que el de la Coral de la Margen Izquierda, se remonta al concurso de villancicos organizado por la Comisión de Cultura de la Margen Izquierda en la navidad de 1983. “La asociación de vecinos, a la que yo pertenecía y pertenezco, convocó un concurso de villancicos y nos propusieron presentarnos. Participamos doce o catorce representando al barrio, y quedamos en el tercer puesto. El premio fueron 5.000


Su primera actuación en público tras ese concurso para el que se creó fue también en la parroquia de Santa Ana, en el Festival de Música celebrado en junio de 1984. Se estrenaron con “Albada de Atea”, del maestro Reina, a cuatro voces. Ahí volvieron a participar los tres ganadores de aquel certamen navideño al que la Coral Picarral se había presentado con apenas una docena de integrantes. Pero, solo seis meses después, “éramos ya unos cuarenta”, recuerda Pilar. La parroquia de Belén, con esos locales que servían para todo cuando en el barrio no había de nada, fue su primera sede social, como no podía ser de otra manera. El propio párroco, el conocido y añorado Juan Acha, era un integrante más. Allí ensayaban mientras pasaban un frío de mil pares de narices, con el único acompañamiento de un desvencijado órgano, “que no sé ni de dónde lo sacó Juan”, comenta Pilar, y apenas alguna silla vieja en la que sentarse. “¡Cómo estaba aquello!”, exclama. Pero contaban con una ilusión y unas ganas tremendas de dar rienda suelta a la afición que unía a todos aquellos vecinos en torno a la música coral, y esto compensaba la falta de medios y ayudaba a sobrellevar tanta precariedad. “Sí, y la juventud que teníamos”, añade Pilar con un punto de añoranza. Las primeras actuaciones fueron por las parroquias del barrio, “y también en algún evento que nos llamaban, en la asociación…”, recuerda. La Coral Picarral va progresando y pronto empieza a recorrer la geografía aragonesa. Y, posteriormente, todo el país. “Me parece que en 1986 empezamos ya a salir. Hemos estado, por ejemplo,

en el festival de Ejea, que lo ganamos. También fuimos a Orihuela del Tremedal, a un festival que organizaba la DGA. Creo que fue el sitio más lejos en el que actuamos dentro de Aragón. Recuerdo que el cura no nos dejó cambiarnos de ropa y lo tuvimos que hacer en un rincón de la iglesia, y casi nos morimos de frío. Nos ha pasado de todo. Hemos ido encontrando a gente muy maja pero también nos ha tocado otra que no lo era tanto”, va rememorando Pilar Espallargás. El derribo de los locales de Belén supuso un momento difícil, ya que se quedan sin un lugar donde ensayar. “Pero tuvimos suerte –valora Espallargás-, porque al colegio San Braulio había venido un director catalán. Fuimos a hablar con él porque necesitábamos locales y no teníamos medios para pagar uno. Se ve que en Cataluña sí que dejan los colegios para cosas así, y no puso ningún problema. Nos mandó a la Delegación de Educación con un papel que nos firmó dándonos permiso y nos dejaron los locales tres días a la semana”. Desde entonces, la vinculación de la Coral Picarral con la comunidad educativa del barrio se ha mantenido. “Acudimos siempre que nos llaman –sostiene su directora-, lo mismo que cuando nos llama la asociación de vecinos. Al principio, éramos parte de ésta hasta que unos años después nos constituimos como asociación independiente”. Concretamente, la coral se constituye como asociación cultural independiente en 1988. El colegio San Braulio se convierte también en el local de ensayo de la Coral Infantil Picarral, que surge para dar respuesta a una inquietud de los vocalistas adultos que quieren que sus hijos también se eduquen en el arte de la música polifónica. Alumnos de entre seis y doce años de edad de otros colegios del barrio acuden cada viernes por la tarde hasta San Braulio para cantar. En este colegio estaba el local de ensayo, “pero había niños

40 Años construyendo entre vecinos

pesetas (30 euros), con las que nos fuimos todos a tomar una cerveza”, relata Pilar Espallargás, su directora desde ese primer momento. “Y a partir de ahí dijimos: ¿y por qué no formamos una coral?” continúa. Y en enero de 1984, solo un mes después, estaban ya ensayando en serio.

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de todo el barrio”, puntualiza Pilar Espallargás, que desde los ochenta sigue dirigiendo también las voces infantiles, aunque en esta labor cuenta con la inestimable ayuda de Teresa Maraña. “El llevar ahí a los niños no solo les supone aprender a cantar, aprenden otros valores como la tolerancia, la convivencia con los demás”, sostiene Espallargas. La Coral Infantil Picarral ha sido y es una excelente cantera de voces para la coral adulta. “A lo mejor vienen y se van, pero fijos sí que hace ya mucho tiempo que tenemos a cuatro o cinco jóvenes que empezaron de niñas y que ahora siguen en la coral de adultos, a sus veintitantos años”. Además, el coro de niños también ha servido de trampolín para jóvenes directores de coros. “Adolfo Ramiro es nuestro pianista, y empezó conmigo de pequeño. Y Belén Carrete, Cristina Canció… Lo que pasa es que cuando tienen que empezar ya a estudiar más fuerte no tienen tanto tiempo”, lamenta esta mujer, que los ha visto crecer en altura pero también como músicos.

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La Coral Picarral suma hoy medio centenar de voces. Aunque siguen siendo, “fundamentalmente, gente del barrio, se han ido incorporando personas de otras zonas de la ciudad, pero desde hará cosa de cinco o seis años. Claro, al trabajar yo en la Escuela Municipal de Música, cuando viene alguno interesado por participar en una coral, yo se les planteo si quieren integrar en la nuestra”, explica Pilar. Quizás por esa mayoritaria presencia de vecinos y vecinas en sus filas, la gente del Picarral siente la coral como parte del barrio. “Sí, eso sí que es verdad. Y también porque cantamos mucha canción aragonesa, y eso le llega mucho a la gente. No jota, eh, que es diferente. La mazurca de Sinués arreglada para coro, S’ha feito de nuey…”, pone como ejemplos. Pilar Espallargas asegura que, “allá donde actuamos en el Picarral, llenamos”, así que no puede decir otra cosa más que la relación de la coral con el barrio que le da nombre “es muy buena. Y a la

gente le gusta lo que cantamos. Y con la asociación de vecinos, aunque cada uno hayamos seguido nuestro camino, siempre nos han seguido y nos han apoyado. Tenemos una buena relación. Yo estuve en la Comisión de Mujeres, pero cuando se fundó la coral tuve que optar por una de las dos cosas, porque no se puede estar en todos los sitios al mismo tiempo. Yo creo que siempre hay que hacer algo voluntario por los demás, y opté por la coral. Pero sigo siendo socia de toda la vida”. Tras 27 años de trayectoria, la directora de la Coral Picarral está en condiciones de afirmar que la diferencia en el nivel de canto, respecto al de aquellas primeras actuaciones en las parroquias del barrio, “se nota muchísimo. Y eso que de los que empezamos originalmente solo quedamos seis… Bueno, eso es el 50%, lo cual no está nada mal. Y unos veinte llevamos más de 25 años”. “Nuestra última actuación en un escenario grande fue en la sala Luis Galve del Auditorio de Zaragoza. Todo un lujo –acota-. Y en la sala Mozart hemos actuado unas cuantas veces. La siguiente será en la catedral de Teruel. Somos participantes del orfeón Santa Isabel, junto con la coral de Delicias, con la que nos juntamos para eventos relevantes. Por ejemplo, la misa del 12 de octubre en la basílica del Pilar, que la cantamos nosotros muchas veces”. Pero, más allá de actuar en escenarios tan ilustres de esta tierra, la música polifónica ha llevado a quienes desde 1983 han pasado por esta coral a cantar en ciudades tan distantes entre sí como Sevilla, Salamanca, Viena, Praga o París. “El 6 de marzo de 2009, por nuestro 25 aniversario –cita Pilar como ejemplo-, cantamos una misa en el Vaticano. Con esta coral hemos viajado por todos los sitios”. Pero siempre vuelven al Picarral.


epílogo CONSTRUYENDO EL PICARRAL DEL MAÑANA Capítulo

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n las páginas de este libro se ha tratado de trazar un retrato de cuarenta años de movimiento vecinal en el Picarral. En este tiempo, han sido tantas las batallas y tan variados sus protagonistas que, inevitablemente, muchas y muchos han tenido que quedarse fuera. Pero, en este repaso a cuarenta años construyendo un Picarral más humano, no podía faltar una mirada al futuro del barrio. Esta mirada la ofrece Javier Artal, quien preside la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende cuando la organización alcanza su cuarenta cumpleaños. Artal fue elegido presidente en 2009 y está vinculado a la asociación desde hace cuatro. “Por mi oficio, que como tiene relación con obras sé un poco de planos, al principio me impliqué en cuestiones de urbanismo. Cuando se gestó el Plan de Revitalización del Picarral me propusieron entrar en la Comisión de Urbanismo. Como también me interesan los temas sociales, con unos cuantos creamos una Comisión Social. Nació a raíz de los problemas que surgieron con los inmigrantes ecuatorianos en el parque del Tío Jorge. Y, resuelto el problema, se disolvió la comisión”, señala. “Después pasé a la Comisión de Cultura, porque en ese momento no había nadie. Se ha conseguido dinamizarla. Ahora somos bastantes, lo que pasa es que somos una comisión un poco rara para los planteamientos tradicionales… Como las reuniones las hacemos on line, no hace falta que vengamos hasta la asociación. La verdad es que funciona bastante bien”. On line se desarrolla asimismo desde hace unos años un debate filosófico. “La respuesta también está siendo buena. Sus artículos, a veces, se con-

vierten en un ‘cartas al director’, como en los periódicos. Y en otras son una especie de tesis condensada de filosofía de proximidad, como la llamamos aquí. La idea se nos ocurrió cuando se estaba hablando de hacer una página web de la asociación. Y yo dije: ‘Pero vamos a ver, una página web, ¿para qué?’. ‘Pues para mostrarnos al mundo’, se dijo. Estaban de moda estas cosas. Entonces había que llenarla de contenido. Y se nos ocurrió la idea del debate, que en principio iba a ser temático, no solo filosófico: un día de literatura, otro de poesía, otro deportivo… Pero éste decayó pronto porque entraba mucho hooligan”. – ¿Cuál cree que es hoy día la misión de las asociaciones de vecinos? – Yo creo que, en líneas generales, conseguir un barrio más humano, un barrio más saludable, habitable y solidario, respetando la opinión de la gente del barrio que no piensa como nosotros y que opina que habría que plantearse objetivos diferentes. Porque, muchas veces, los egocentrismos y las vanidades nos llevan a hacer verdaderos desastres. – ¿Qué objetivos se planteó cuando asumió la presidencia de la asociación? – Seguir la línea marcada por la anterior Junta. Cuanto más te implicas en la asociación, más ves que tiene una trayectoria increíble. Yo no conocía bien la historia de la Asociación de Vecinos del Picarral, pero luego te metes más y empiezas a leer archivos, a ver cosas, a hablar con gente, y te das cuenta de que es impresionante. El problema es que aquí tenemos complejo de inferioridad. Yo creo que es una cuestión sociológica, al haber sido un barrio históricamente marginado. Y lo somos todavía en algunos aspectos, respecto a las industrias

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y demás. Estamos siempre a ver qué hacemos, qué no hacemos… Porque, eso sí, somos muy autocríticos. Por ejemplo, con la educación de adultos. “Pues habría que ver otros centros, a ver cómo lo hacen. Cuando nosotros en la asociación llevamos con la educación de adultos desde 1971”. Una de las causas reales de la creación de la asociación era la alfabetización de los vecinos. En el barrio había una serie de monjas y curas obreros que se dedicaban a eso. Lo que querían era dar cultura, que entonces estaba muy en boga. Da cultura a la gente y la cultura les hará libres. Eran los tiempos del Concilio Vaticano II.

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– ¿Cree que esta asociación tiene un modo propio de funcionar? – Estoy metido en otras asociaciones: ecologistas, culturales y deportivas, principalmente en mi pueblo, que es Alcorisa. Y no he encontrado nunca gente que supiera tanto de lo que está hablando, y que estuviese tan predispuesta a hacer cosas por los demás, como en esta asociación de vecinos. Hay un nivel de sapiencia, de saber moverse en ambientes políticos, en temas tan áridos como el urbanismo, que no lo he encontrado nunca. ¡Es que son cuarenta años!

– Cuando la asociación arrancó, la carencia de equipamientos y servicios era total. ¿Cómo describiría hoy la dotación actual del barrio? – Siempre creíamos que éramos un barrio de segunda pero eso, poco a poco, está cambiando. Si miras los resultados de estos cuarenta años, ves que no estamos tan mal. El sociólogo Mario Gaviria dice que estamos fenomenal. Cuando vine a vivir a este barrio hace trece años, lo hice porque creí que esto era un paraíso. Encontré trabajo aquí, y yo lo que buscaba era un sitio en el que pudiera ir a trabajar andando y donde no tuviera problemas de aparcamiento, lo cual me parece muy importante. La política oficial es coches fuera y el espacio para los ciudadanos. Pero claro, los ciudadanos tienen coche para ir a trabajar, ese es el problema. Y, lamentablemente, te tienes que ir a trabajar al quinto pino. Y si no hay aparcamientos, como ocurre en este barrio de bloques viejos, en algún sitio tienes que dejar el coche. De equipamientos estamos bastante bien, excepto de biblioteca o lugar de estudio. Es que no hay nada en este sentido. El problema que tenemos aquí, y es una de las cosas que estoy tratando de hacer ver, es que todo se basa en


– ¿Tiene fecha de apertura el centro de jubilados? – El Gerente del Instituto Aragonés de Servicios Sociales nos dijo que a finales del año 2010 o principios del 2011 se abriría el Centro. – ¿Cómo es la convivencia en la actualidad entre vecinos e industria? – Yo creo que, hoy en día, la convivencia industria-vecinos sigue siendo problemática. Hay que reconocer que se han conseguido mejoras importantes en las fábricas, pero siguen resultando molestas para el barrio, siguen haciendo ruido y oliendo mal. Aún quedan algunos aspectos por mejorar. Hay un polvo amarillo que se mete por los balcones y que no sabemos de dónde viene, y es lo que estamos tratando de averiguar. También está el olor del maíz al tos-

tarlo en Syral, que eso sí que lo tenemos más complicado. Una mejora ya conquistada es que la salida por San Juan de la Peña de los camiones cargados con lodos se ha solucionado. Ahora, por fin, se ha conseguido que Adif alquile los terrenos para hacer los nuevos accesos a Saica. En el momento actual, los camiones ya no circulan por el barrio. Entran y salen por el polígono Cogullada. Esto ha mejorado la seguridad y los malos olores. Desde la asociación hemos hecho todos los trámites que hemos podido para conseguir este logro. Pero hay una nueva corriente, una nueva visión, respecto a la convivencia entre determinadas industrias y viviendas. Es más, yo, desde el punto de vista del urbanismo, creo que las empresas pueden convivir con los trabajadores, con las viviendas, para que así la gente pueda desplazarse andando a trabajar. Y así el barrio está vivo, ves movimiento… Hay muchos ejemplos de este tipo de diseño, como en Dusseldorf, Alemania. Las empresas contaminantes, si no solucionan los problemas, deben irse del barrio; pero las otras, no. – Pero el conflicto con las industrias contaminantes del barrio lleva tanto tiempo como

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dos edades: la gente mayor y los niños. Y la franja de edad de 16 a 40 años es como si no existiera. Porque se supone que son jóvenes, que tienden a darse vida… Ahí sí que hay un déficit bastante grande de servicios y equipamientos, que no hay manera de solucionar. Ahora se está intentando que, cuando hagan lo de los terrenos del IFET, además de construir un balneario se le dé también otros usos al equipamiento, como una ludoteca, algún lugar de estudio…

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años tiene la asociación. Las quejas eran que las medidas correctoras que se supone que llevan implantando las empresas desde los años setenta no servían para nada. – Sí, pero desde hace siete u ocho años se gastaron bastante dinero en poner más medidas correctoras, a raíz de un estudio que desarrolló el ITA. Algo debía haber, cuando la empresa Saica se gastó más de 30 millones de euros en una serie de mejoras. Y la verdad es que se han mitigado algo los olores y las molestias. – ¿Cuáles serían hoy las principales reivindicaciones y demandas del barrio? – La principal y más importante reivindicación es la revitalización del barrio, conseguir un barrio más habitable, vivo, agradable y saludable. El aparcamiento libre también es una necesidad. Yo considero que la gente de mi edad, si no tenemos sitio para aparcar, nos va-

mos. Conozco muchos casos de gente que se ha marchado del barrio para irse a sitios como Cadrete, Cuarte o el Actur porque aquí no tenían sitio para aparcar. Y también por mejorar sus condiciones de vida. Y esos pisos los están ocupando masivamente inmigrantes, con los problemas de integración que esto causa. – ¿Hay problemas de integración en el barrio? – Claro, como en todos lados. Yo trabajo en el sector, y conozco bien la situación. Pero en el Picarral no existen problemas graves en este sentido, y cuando han existido hemos tratado de solucionarlos. – ¿Diría que a día de hoy está bien canalizada la participación vecinal en la toma de las decisiones municipales que afectan al barrio? – Yo diría que sí. La ventaja de llevar tanto tiempo es que conoces a todo el mundo, y entonces las


– Por lo tanto, ¿se puede decir que la asociación mantiene una relación normalizada con los distintos niveles de la Administración? – Lógicamente, tenemos nuestras discrepancias. Pero nosotros sí que mantenemos unas relaciones totalmente normalizadas con la Administración. Otras asociaciones no lo sé, nosotros sí. – ¿Cómo empezó a gestarse el Plan de Revitalización del Picarral? – Empezó a principios de 2007. Vinieron el ar-

quitecto Sergio Marta y el sociólogo Mario Gaviria, del despacho de Olano y Mendo, porque les habían encargado un estudio sobre la zona. Ahí se nos planteó y se empezó a debatir. Porque en esta asociación se debate mucho. Unos cuantos estuvimos de acuerdo rápidamente y, como siempre, otros cuantos no… Pero, poco a poco, las diferencias fueron desapareciendo. Para el invierno surgió la oportunidad y montamos las jornadas “Por un barrio más habitable”. A través de las diferentes asociaciones, incluso de muchos presidentes de escalera, se tuvo en cuenta la opinión de los vecinos de la zona. Hubo mucha participación, pero el estudio estaba muy dirigido también. A esta asociación, por lo menos, nos han hecho ver que sí se han tenido en cuenta nuestras opiniones. Se va a hacer lo que quieran los vecinos. Aquello a lo

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cosas se canalizan a través de donde se pueden resolver. Si hay un tema que la Junta de Distrito puede resolver, no hay ningún problema. Hace quince días fuimos por un problema con unos baches y a día de hoy ya están parcheados. Pero si en la Junta de Distrito no se soluciona vamos a otro nivel sin ningún complejo.

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que los vecinos se opongan no se hará. El consenso vecinal es esencial y definitivo.

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– ¿Cómo marcha el desarrollo del plan de barrio de los arquitectos Olano y Mendo? – Para nosotros, lo bueno de este plan es que está vivo, que va cambiando. También las circunstancias cambian y al estar en crisis esto también se ve afectado. Por la crisis, hay cosas que se están paralizando. Cosas que son megalómanas, que no tienen ningún sentido y que no queremos ninguno. Y luego estamos los que tratamos de introducir otro tipo de mensaje, que es que hay que hacer cosas más moderadas. Por ejemplo, se habla de crear un polo de centralidad. No hace falta. Tenemos el campo de fútbol de Balsas, que ya lo es. Cada día entrenan en él 350 chavales. ¿Más foco de centralidad? Porque vienen sus padres, sus pri-

mos, gente que va a buscarles, a acompañarles… ¿Para qué gastar una millonada de euros en otro foco de centralidad? Este es un ejemplo. Otro sería el tema de los ascensores. ¿Por qué hay que ponerlos? Está claro que, contando con la estructura urbanística existente en las viviendas más antiguas, se hace necesaria la instalación de los ascensores, a fin de mejorar la calidad de vida de sus ocupantes. Hay personas que lo necesitan ineludiblemente. Sin embargo, al igual que yo, unos cuantos somos partidarios de otras alternativas. Vamos a otro modelo de consumo, a otro modelo de capitalismo, hacia el desarrollo sostenible, que ahora es la palabra gurú. Tenemos que pensar de otra manera. Hemos hecho estudios, y muy bien, los ascensores suponen la ventaja de subir


– ¿Cuáles son los aspectos más positivos del plan de revitalización? – Tiene muchos. El simple hecho del nombre del plan, “de revitalización del barrio”, me parece una muy buena idea. El hecho de que ya se han acabado los dogmatismos, de que la normativa se puede cambiar, como hemos hecho para instalar los ascensores en los bloques que se han rehabilitado en la calle General Yagüe, es una idea revolucionaria que trasciende la mentalidad de los burócratas. Convencer a los funcionarios de que la normativa es algo que se puede cambiar es un salto mental muy grande. Esos funcionarios a los que convencimos, con lo que nos costó, ahora han visto los resultados. El otro día los vi en una charla de Ebrópolis y lo estaban transmitiendo a todo el mundo. Es cambiar la normativa para facilitar la vida a la gente. Se trata de un plan que no obliga a nadie, al menos en teoría. El que quiere lo hace y, el que no, no. Este plan ha revitalizado absolutamente todo, no el barrio, sino también a los vecinos, ya que les ha movido

muchísimo. La autoestima ha mejorado mucho en el barrio. Y solamente con eso… Sobre todo, este cambio de mentalidad es lo que ha conseguido el plan de revitalización. Luego hay también un buen plan de movilidad. Desde mi punto de vista se ha hecho una buena lectura. Luego ya veremos en qué acaba, porque todo esto es cambiante, pero de momento está muy bien planteado. – ¿Cuáles son los principales retos de futuro que tiene ante sí la asociación? – Hoy por hoy, tenemos varios retos de futuro. Uno, que el plan de revitalización siga adelante, y que siga siendo cambiante, porque si se queda solo en los papeles y no se va modificando con el contexto, será un mal plan. Otro reto será captar más socios y llegar a todos los estratos del barrio. Aunque tenemos más de mil socios, nuestra meta es llegar a más gente y ampliar más, sobre todo la base de mediana edad, que es la que no está representada. Otro tema importante es conseguir que las industrias del barrio sean cada día menos molestas. Pero lo que más nos motiva es conseguir un barrio más humano, culto y solidario. Nuestros esfuerzos van, e irán, en esa dirección.

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y bajar. Pero consumen mucha energía. Hemos hecho un cálculo, y suponen un gasto corriente de 90 euros al mes por vecino, sin contar el coste de la instalación. Es que, en mi caso, somos diez vecinos. Y los de los bajos no los quieren, como es lógico. Y los de los primeros tampoco están muy convencidos. Es que, aunque se compren todos los ascensores a la vez como proponían, solo se ahorra en el coste inicial, que sale a unos dos mil euros por vecino. Y el coste del mantenimiento, al ser en serie, a lo mejor lo bajas de 90 a 60 euros. Pero, aún así, es mucho. Estamos hablando de mucha gente que cobra 500 euros de pensión. Si estas cifras son reales o no, no lo sé. Son las que nos dieron los fabricantes de ascensores.

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A MODO DE CONCLUSIÓN Y de una voz individual, que más bien a regañadientes aceptó asumir el presidente Javier Artal, tras no poca insistencia del autor, este libro no podía cerrarse de otra forma que escuchando a la voz coral, seña de identidad de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende. Este es un relato colectivo que cierra las celebraciones de cuarenta años de historia no menos colectiva. La


de un barrio que se ha construido a sí mismo; uno, porque a menudo no le ha quedado más remedio; y dos, porque a sus vecinos les ha dado la gana ser partes activas en esa construcción. En la construcción de su hogar, el Picarral.

“En la actualidad y mirando al futuro

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Hoy, después de cuarenta años de trabajo asociativo, se puede decir que las condiciones de habitabilidad del barrio han mejorado sensiblemente, aunque queda camino por recorrer. Hoy, el Picarral es un barrio urbanizado, con equipamientos escolares, sanitarios y deportivos y con zonas verdes, si bien algunas con escaso mantenimiento. El transporte público ha mejorado su servicio. De la primera línea Lonja-Picarral que existía inicialmente, se ha pasado a tener diez (28, 29, 35, 36, 44, 50, Ci1, Ci2, N2 y N7), aunque existen importantes deficiencias en el cumplimiento

de las frecuencias que es necesario corregir. Los tanques han dejado de pasar por el barrio. Se han conseguido dos centros para la tercera edad, el de Balsas y el del Camino de Juslibol, este último pendiente de apertura. De las tres empresas contaminantes que había en el barrio, la de Rico Echeverría ya no contamina nada. Ha abandonado el barrio y ha construido una nueva factoría en el Parque Tecnológico de Reciclado López Soriano, en los montes de La Cartuja. Con este traslado se ha conseguido que su contaminación sea menor y que no afecte a ningún núcleo urbano. Además, ha incrementado los puestos de trabajo. Se sigue trabajando en intentar solucionar definitivamente los problemas de ruidos y olores en Saica y Syral. Hace pocos meses que Saica ha eliminado definitivamente el paso de 500 camiones diarios por el barrio. Syral ha reducido


Y, al mismo tiempo, la asociación también sigue implicada en trabajar en temas de cultura, mujer, sensibilización medioambiental, solidaridad, consumo responsable y sanidad, entre otros. Y es que, en el barrio, todavía existen importantes deficiencias que es necesario solucionar. Por ejemplo, sigue sin haber aceras en el puente sobre las vías del ferrocarril en la avenida Alcalde Caballero, con el consiguiente peligro para los peatones que circulan por ahí. Falta construir el centro de juventud e infancia junto a la calle Somport, aunque ya disponga de proyecto redactado. Es necesaria una biblioteca. La atención sanitaria puede y debe mejorar, etc. De todos estos y otros temas se preocupan las diversas comisiones de trabajo: Urbanismo, Medio Ambiente, Transporte, Sanidad, Mujeres, Cultura, Solidaridad con el

Tercer Mundo –en concreto con el Chad–, Campamento y Educación de Adultos. La Junta Directiva coordina las actividades de la asociación bajo una Presidencia Colegiada de seis miembros, que aporta las grandes líneas de actuación de la Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende. Mención especial merece el Plan de Revitalización Picarral en el que, de un modo claro, no es solo ya que esté implicada la asociación; más bien es la promotora de este proyecto, que va a marcar el futuro del barrio. Desde hace unos años, la asociación, que había nacido con la pretensión de organizar a los vecinos para mejorar la calidad de vida del barrio, veía con preocupación la degradación que se iba produciendo. Un conjunto de viviendas envejecido, sin ascensores ni garajes, sin comercios, contaminado por las empresas del entorno, mal comunicado, se estaba convirtiendo en un barrio poco atractivo

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sensiblemente el recorrido de sus camiones. Se ha solucionado el problema de las inundaciones en San Juan de la Peña.

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para vivir. Este panorama hizo reflexionar a la asociación vecinal y buscarle una solución a este grave problema. En febrero de 2008 se organizaron unas jornadas para dar a conocer esta situación y buscar alternativas. Se aprovecharon los estudios ya existentes encargados por Zaragoza Vivienda, se buscó a los redactores de estos estudios y, junto a otras experiencias existentes, se convocaron las Jornadas de Revitalización del Picarral y entorno. Hubo una gran participación vecinal, y se consiguió un amplio consenso social y político, con el apoyo de todos los participantes, tanto del equipo de gobierno como de la oposición, junto con el alcalde y el consejero de Vivienda del Gobierno de Aragón. En las conclusiones, todos coincidieron en la oportunidad y la necesidad de esta iniciativa.

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Han transcurrido ya dos años y hoy, después de numerosas reuniones con un rico proceso participativo, se ha conseguido un documento que detecta necesidades y da soluciones específicas a los problemas existentes. Y los vecinos están siendo los actores principales del proceso. Este trabajo no habría sido posible sin la colaboración de muchas personas: junta de distrito, Zaragoza Vivienda, equipo técnico redactor del proyecto, así como las asociaciones vecinales del Arrabal, Balsas, Tenientes Polanco y Ortiz de Zárate, junto con la del Picarral, además de otros colectivos y comunidades. Este documento hay que ponerlo en marcha. Queda mucho trabajo pero, con el apoyo recibido y la colaboración de los vecinos, la asociación

cree ir en la buena dirección. Se puede conseguir en el futuro próximo un nuevo barrio. Todos los vecinos están llamados a participar en este pretencioso proyecto, y a colaborar en los diversos equipos de trabajo de la asociación para que el plan sea una realidad en el menor tiempo posible. Finalmente, hay que resaltar un acontecimiento que ha llenado de alegría e ilusión a todos los vecinos y vecinas del barrio que, en el trascurso de estos cuarenta años, han colaborado con la asociación. El 1 de diciembre de 2010 se concedió el Premio Ebrópolis a la Trayectoria a nuestra Asociación de Vecinos Picarral-Salvador Allende. Premio que, desde esta convocatoria, se denomina Premio Ebrópolis a la Trayectoria “José Antonio Labordeta”. Todo el barrio está de enhorabuena. El fallo, por unanimidad, del jurado compuesto por representantes de Ebrópolis, la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo de la Universidad de Zaragoza, el Ayuntamiento de Zaragoza, Aragón TV, Caja Inmaculada, Cajalón, Radio Zaragoza e Instituto Aragonés de Servicios Sociales, supone el reconocimiento social al trabajo de la asociación en sus cuarenta años de existencia. Este reconocimiento ciudadano anima a todos los vecinos a seguir trabajando conjuntamente para lograr un barrio más habitable, humano, sano y solidario. No es necesario que se premie para seguir trabajando en el movimiento vecinal, pero este galardón impulsa con esperanza a todos a continuar comprometidos en conseguir unas mejores condiciones de vida en el Picarral”.


Presidentes de la asociación de vecinos Picarral - Salvador Allende desde su fundación, año 1970, hasta el año 2012

1, Juan José Jordá, - 2. Virgilio Marco, - 3. Pilar Añón, - 4. Tere Soro, 5. Luis Torres, - 6. Javier Artal, - 7. José Antonio Martínez, - 8. Antonio Sofín, 9. Manolo Alejandre,- 10. Paco Asensio, - 11. Mateo Lacosta, - 12. Maite Ramos

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40 años construyendo el picarral  
40 años construyendo el picarral  

Algunos de los momentos para recordar en la historia de nuestro barrio

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