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Corazonadas del último mariachi © 2012, Luis Morales Brome © 2012, Kike Aguilar ISBN: 978-958-46-1637-1 1era edición: Diciembre 2012 Descarga contenido extra en www.elultimomariachi.com Licencia Creative Commons Atribución – No comercial En cuanto al uso personal esta obra puede ser impresa, distribuida y exhibida por quien quiera, siempre y cuando se mantengan los créditos originales. Para cualquier modalidad de uso comercial, propuestas o comentarios puede enviarnos un correo electrónico a: hola@graffito.com.co


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asi ni me percaté de que estaba a punto de llegar aunque ya me lo venía figurando. El inmenso valle se abrió repentinamente ante mis ojos tras coronar esta última montaña. Sólo ahora que alcancé la cima he levantado la mirada que fascinada veía venir cientos de frutas maduras en avalancha, pues las ardillas que huían a mi paso tumbaron guayabas, mandarinas y nísperos que cuando no rodaban, saltaban superando la maleza de hojas verdes salpicadas con puntos rosados.

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Sé muy bien que no debo dejarme llevar por la emoción que me genera volver a ver la ciudad después de tanto tiempo, no puedo permitirme grandes expectativas cuando fue ésta misma quien despertó en mi padre esa terrible paranoia que nos llevó a exiliarnos. Sé muy bien que allá puedo sufrir en carne propia lo que sintieron las guayabas que no pude evadir hace un rato y sé que también puedo llegar a sentir lo que sintió mi viejo cuando se descubrió a sí mismo corriendo tan rápido como le permitieron sus piernitas envueltas en pantalones adornados con brillantes y botas vaqueras de tacón alto. Lo que allá abajo me espera no será para nada amable, sin embargo ahora que estoy parado en la cabeza de este gigante que es la montaña, veo una ciudad diminuta y silenciosa, i nofensiva y cautivadora, veo u na artesanía majestuosa. Conviene reposar, mi apreciación debe estar salpicada de

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nostalgia tal como las matas que se doblan bajo mis pies, estoy pasmado y aquí bajo la sombra de los primeros pinos del bosque que me separa del cemento, he decidido sentarme a contemplar y descargar esta bicicleta que vengo cansado de empujar. Este panorama me hace ineludible recordar las conjeturas de mis tíos quienes solían advertir que la ciudad acumulaba tanta porquería que algún día todo el valle volvería a inundarse para ser la gran laguna que fue originalmente. Ellos adoraban su popularidad y por eso nunca lo declararon en público, sabían que por más seguidores que tuvieran, nadie estaría dispuesto a consentir semejante locura, sobre todo viniendo de una familia de mariachis que interpretan de maravilla canciones viejas pero que nada saben del futuro. Además, creyendo firmemente en la fuerza de los deseos, temían que sus

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teorías amplificadas por sus admiradores se hicieran realidad y en un eventual reacomodamiento de la sociedad a las dinámicas acuáticas se impusieran ritmos más desenfadados, relegando sus éxitos al olvido. De cierto modo su profecía se cumplió, la ciudad se inundó de algo tan incontenible como el agua, pero tan saludable como zamparse una cucharada de gasolina: Para cuando huimos la ciudad ya estaba rebosada de gente y muchos parecían empeñados en mostrar su peor faceta. Viéndolo así, parece que se hubiera puesto de moda andar haciendo muecas, pero no, lamentablemente no fue así tan divertido, la verdad es que tampoco puedo negarlo pues no tuve la desgracia de topármelos cara a cara, sólo los vi pasar, siempre corriendo, siempre muy rápido. Mi viejo también los vio correr y dispuso de

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un par de segundos para detallarlos, antes de concluir que venían hacia él. Contó que venían de todas las direcciones con los ojos brotados y la mirada fija, atravesando con ella su chamarra ranchera, su chaleco de gamuza, su camisa de boleros y su camisilla de algodón; traían la boca abierta y en consecuencia un brazo cruzado para sobrellevar una molestia abdominal que no era tan fuerte para contenerlos, por el contrario aumentaban la velocidad a cada paso como si mi padre fuera un portón por el que todos pretendían cruzar primero. Con esto no quiero decir que se hayan puesto de acuerdo, cuando les da la pendejada se vuelven tan indiferentes ante sus semejantes que ni siquiera pueden verlos como un obstáculo, aquí los choques empezaron a ser más comunes que los encuentros y gracias a eso mi viejo pudo escapar. También hay que reconocer que el río tuvo su mérito, le dejó salpullidos en

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todo el cuerpo pero fue determinante para librarse de los intimidantes perseguidores, que venían disminuyendo antes de que el caudal de agua sucia llenara sus entrañas y se los llevara indefensos frente a la mirada aturdida de su presa. Él ya se había echado a la pena cuando paralizado en un ataque de pánico vio como los primeros en aproximarse colisionaron tan fuerte que quedaron noqueados interrumpiendo el paso de los demás, que también tropezaron pero se levantaron al instante, justo cuando mi viejo reaccionó, emprendió carrera, cruzó la avenida esquivando algunos vehículos que algunos de sus perseguidores no vieron, saltó el sardinel como pudo, cayó mal, trastabilló un poco, se reincorporó y sus cachetes retomaron el ritmo que dictaban sus pequeñas zancadas, atravesó el parque infantil que detuvo a otros cuantos y sin

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pensarlo dos veces saltó al río para avanzar con la ayuda de la corriente. Tras un par de brazadas descubrió que sus captores no podían flotar, nadó a la otra orilla y bajo el intenso sol que despertaba el nuevo aroma de su atuendo los vio ahogarse, bañado en sudor y perfumado con una buena dosis de júbilo y desconfianza. Debió estar sentado en el suelo abrazándose las rodillas, así como estoy yo ahora que debo retomar mi camino.

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speré a que el sol bajara hasta tocar la montaña de enfrente para subirme de nuevo a la bicicleta, tenía calculado entrar de noche a la ciudad pues contaba con la oscuridad como mi gran aliada para pasar desapercibido en un lugar cuyos antecedentes me obligaban a sospechar de todos. Así mismo dudaba de la potencia de mis piernas tan cortas e hinchadas como las de papá y por eso traje este armatoste conmigo, dadas las circunstancias me

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aferro a la ventaja que me brindarían estas llantas en caso de una posible persecución por las empinadas calles que llevan al centro del valle. Yo mucho no recuerdo de la hecatombe, esos días los pasé internado en esta casa disfrutando de unas vacaciones inesperadas que no me molesté en cuestionar, aquí derroché esas noches leyendo hasta tarde acompañado por el ruido del fútbol en la tele. Ignoraba por completo que mi viejo se estaba tomando el tiempo necesario para planear un escape perfecto y lo que él me contó es todo lo que sé sobre lo que sucedió en aquellos días, la narración de su persecución y la de muchos de sus conocidos, fue lo que repitió miles de veces cuando caía la noche en el refugio donde debe estar esperándome y del cual me prohibió dar pistas.

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Me advirtió de lo contundentes que fueron las muchachitas que desmantelaron los estudios de televisión, recordó a los grandes oradores que acabaron pisoteados por su público, insinuó que fueron ancianos quienes hostigaron a los deportistas, destacó a la horda de niños que acorralaron a los bandidos más peligrosos, culpó a los millonarios de ahuyentar a los sacerdotes, confesó que intentó comunicarse con sus contactos más influyentes, explicó que fue inútil buscar ayuda, lamentó desconocer el origen del caos y recalcó insistentemente que siendo mis tíos tan machos como decían ser, fueron los primeros en desaparecer. Sin embargo el camino que me trajo a casa fue tan sereno que alcancé a suponer una ciudad abandonada, el alumbrado público encendido a cuentagotas no reveló presencia alguna pero es un claro indicio de que aún hay gente por aquí. Para entrar a casa no tuve inconvenientes, las llaves

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funcionaron al pelo y todo está en su lugar, tal como lo dejamos el día que salimos despavoridos. Con el reflejo lunar que se cuela por las cortinas fue suficiente para acomodarme. Sin bombillos ni linternas que pudieran llamar la atención recorrí cada habitación en búsqueda de intrusos para luego dejarme caer en este sillón donde estoy intentando contener el vendaval de recuerdos que me impide conciliar el sueño. Tampoco puedo levantarme, tampoco quiero. Reservé mis últimas fuerzas para liberarme de los zapatos y ahora todo mi cuerpo descansa mientras mi vista se emociona reconociendo cada detalle que alcanzo a distinguir sin moverme de mi lugar favorito para dormir. Para ser honesto, acabo de descubrir cuánto quería este mueble y así como nadie sabe lo que verdaderamente extraña,

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desconocía que me hacía falta el olor del cuero enmarañado con el inconfundible aroma de las cosas guardadas. Nunca pensé que extrañaría los reflejos de las frutas de porcelana que siguen fresquitas sobre la mesa del comedor, olvidé cuanto me entretenía adivinando formas con las sombras que se despliegan en las paredes y acabo de recordar que para ser feliz, sólo debo apoyar mis pies en esta pared. De mi casa pensé que sólo extrañaría los muchos libros que no pude llevarme y las pocas imágenes que tengo grabadas de mi madre antes de que se convirtiera en árbol. Lo que se me hace insólito es este silencio pues nunca estuve aquí rodeado de tanta calma, además de mi respiración sólo escucho a las cuantiosas chicharras que aprendí a diferenciar en el bosque y al viento que cada tanto pasa empujando las ventanas. Adentro no está el sonsonete de

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la nevera y afuera parece que no estuviera esta ciudad que siempre fue escandalosa y este barrio que no era la excepción; las últimas noches que pasamos aquí fueron tan ruidosas como todas las que recuerdo y quizás por eso me tomó por sorpresa nuestra huída en esa madrugada que maneje un carro por primera y única vez. No me hubiese sorprendido si yo fuera esa furgoneta, una nave vieja pero responsable que aprendió por experiencia que un buen serenatero es un curandero que siempre está disponible y ya estaba acostumbrada a salir a cualquier hora sin mucho tiempo para calentar motores, tan buena era que el exceso de carga tampoco representaba una novedad cuando rutinariamente transportaba sombreros gigantes, guitarrones, arpas, violines, acordeones y demás instrumentos con sus músicos incorporados y muy bien

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alimentados. Para la muy bella, esa jornada comenzó fantásticamente porque fue mi viejo quien la sacó del garaje pero se estrelló con la realidad justo cuando yo me senté al volante. Chilló como un marrano cuando giré la llave a pesar de que ya estaba prendida, resopló como un toro cuando intenté arrancar sin poner primera, relinchó como un potro cuando liberé el embrague y mucho antes de llegar a la esquina concluyó que estaba siendo montada por una bestia. Manteniendo lista su mano izquierda para levantar el freno de emergencia, mi viejo estaba seguro de que tarde o temprano llegaríamos al refugio y se veía más preocupado por cuidar la pesada matera que sostenía entre sus piernas y las innumerables ramas que se asomaban por la ventana. El recorrido fue apacible aunque se hizo eterno y logramos

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escapar a muy baja velocidad siguiendo insinuaciones, ya que mi padre no me dirigió la palabra ni para dar indicaciones ni para hacerme un sólo reproche. Recuerdo frases como “Vamos despacio bizcocho, vamos a doblar a la derecha”, “Tranquila querida, él aprende rápido” o “Paciencia, mamacita, tengámosle paciencia”. Nunca supe si conversaba directamente con la máquina o hablaba para consolar a mamá, quien ya como planta no estaba acostumbrada a los movimientos carentes de armonía. Lo cierto es que a ambas las trataba con la misma delicadeza, pues adoraba incondicionalmente a mi madre y sabía que sin esa máquina, sus hermanos nunca le hubieran permitido hacer parte de la famosa agrupación de serenatas donde hacía las veces de chófer solista. Aquella furgoneta gris, que a lo sumo era presentable y nada tenía de atractiva, parecía ser su amante y el vehículo ideal

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para un conjunto mariachi que precisa caer de sorpresa adonde lo importante no es tocar bien sino llegar tocando.

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ace un rato concluí que había dorm ido u n d ía ent er o y deseché la teoría de que estaba en la noche más larga de mi vida, desperté confuso pero con la certeza de que tenía un hambre voraz. Camino a la cocina, pasé por la sala y reconocí mi bicicleta embarrada sobre la alfombra; arranqué de un tirón la bolsa que aún colgaba del manubrio y me fuí devorando cada una de las mandarinas que traje como reserva. Arrojé casi todas las cáscaras

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por la ventanilla del fregadero mientras preparaba una crema de cebolla en polvo para seis porciones, que me acabo de tragar en una sola sentada. Usé menos agua de la recomendada, para disimular la ausencia de leche y a pesar de ese instante de lucidez, apenas ahora que he terminado me vengo a sorprender con el agua y la energía que fluyeron como si nada hubiera pasado en esta ciudad. Ese detalle ha renovado las ilusiones que temía agotadas y si compruebo que todo volvió a la normalidad mañana mismo regresaría al refugio para tratar de convencer a mi viejo de volver a retomar nuestras vidas. Otros detalles no son tan alegres, el empaque de la sopa me sugiere que pasó mucho tiempo después de la fecha de vencimiento y mi conciencia me regaña porque prendiendo luces y botando las cáscaras a la calle pude haber llamado la atención. Además aprovecha para recordarme que cuando emprendí mi viaje

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de vuelta ya mi madre había superado los dos metros de altura y estaba florecidita a punto de dar frutos, eso significaba que mi padre ya no se atrevería a trasplantarla de nuevo y probablemente se negaría a volver. Supongo o mejor dicho, espero que mi viejo tenga algún asunto para atender en este lugar, puesto que estuve tratando de enumerar motivos personales que me exijan estar aquí y la verdad es que no encuentro muchos más que la comodidad de caminar descalzo sin temer un pinchazo y el deseo de comer algo que no venga en lata o en polvo. Quizás la hecatombe me llegó más temprano que a los demás y gracias a la flexibilidad propia de la niñez me acostumbré fácilmente al aislamiento, pues yo ya estaba refugiado en mis libros desde que sucedió lo de mi madre. Volví al sillón y el silencio me confirma que todo sigue tan tranquilo como anoche, solo lo

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interrumpe la voz de mi conciencia y me compadezco de ella, que parece obsesiva tratando de desvelarme con su cantaleta, la muy ingenua se olvidó que yo era el niño que se dormía sobre el parlante o nunca le conté que hace tiempo desarrollé un mecanismo de defensa contra las canciones de mis tíos y aprendí a conciliar el sueño en condiciones sumamente hostiles. Anoche también creyó que no podría dormirme pero afortunadamente los recuerdos nos cobijaron con aquellas serenatas.

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iento que tengo una tonelada de semillas para sembrar en una cucharada de tierra, estoy atraga ntado de preg untas y algo congestionado. No he parado de estornudar desde que desenterrĂŠ mis narices del jardĂ­n de los sueĂąos, me levantĂŠ directamente a enjuagarme los dientes queriendo determinar con urgencia si era toda la casa o toda mi persona la que apesta a cebolla. Pero eso ya no importa, una estaca envuelta en un sobre se ha

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interpuesto en mi camino para confirmar que las historias de mi padre son ciertas y de paso advertirme que no debería estar tan tranquilo. Esta maldita carta fue enviada por la maldita nacional de mariachis, la tiraron por debajo de la maldita puerta y me la reveló el maldito sol que aún no había coincidido conmigo desde mi maldito retorno. Bien afilada por el destino, esta carta pudo haber pinchado las llantas que la empantanaron, pero estaba esperando por mí y aguardó pacientemente hasta que yo la leyera para clavarme tantas dudas como le fue posible. Ya sé que nunca debí denigrar del sol, tampoco debí haber venido, ni debí subestimar a mi viejo. No sé que hacer, quisiera devolver el tiempo, degustar de nuevo la cebolla y olvidar el sabor de boca que me dejó esto que transcribo aquí textualmente:

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“ Está será la última vez que le llamemos asociado, con esta misiva enviamos nuestros saludos aunque no encontramos ánimos para ser cordiales. La nacional mariachi se disuelve y abandona sus instalaciones (casi demolidas) por falta de seguridad, sépase de antemano que todos los fondos de la cooperativa se desperdiciaron en servicios de vigilancia y ahora no tenemos más para ofrecer que unas cuantas recomendaciones: Piénselo muy bien antes de escapar porque es probable que no haya adonde ir, este fenómeno parece tener envergadura global y si aún no se ha declarado como pandemia es porque las comunicaciones también han colapsado. Intente quedarse en casa y abastecerse lo mejor posible (Si aún no lo hecho, deje de leer y hágalo ahora mismo), de ser imprescindible salir tómese

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la molestia de disimular su apariencia antes de exponerse al público, recuerde que ser reconocido dejó de ser un privilegio y hoy en día puede resultar fatal. Por otra parte, le rogamos encarecidamente que renuncie a conduci r veh ícu los contundentes pues definitivamente se hace inevitable avanzar sin atropellar a alguien; es evidente que nadie está vacunado contra este mal y usted mismo, así como cualquier otro asociado o sus familiares pueden contagiarse en el momento menos esperado. Consideramos que su carrera artística debería terminar aquí pero si piensa insistir con el optimismo le sugerimos preparar alguna decepción para sus presentaciones en vivo, ensaye bailes arrítmicos, prepare caídas grandilocuentes, trate de sonar desfasado y absténgase de interpretar las canciones que le pidan. Si se aventura

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a comunicar el concierto con antelación, evite mencionar el verdadero nombre de su agrupación, anuncié dos o tres direcciones inexistentes y empiece a tocar mucho antes de la hora estipulada. (En caso de haber poca concurrencia considérese afortunado.) Por último, olvídese de prolongar las despedidas y ejercítese en las artes de esfumarse súbitamente.”

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e intentado sentirme mal pero aún no lo logro, apenas a veces, muy de vez en cuando me hace sentir culpable el hecho de gozar tanto de un lugar donde todos parecen abatidos. Han pasado varios días desde que me armé de valor para salir de casa, tres días, cuatro quizás, seis cuando mucho, la verdad es que no he tenido un momento para contarlos e indudablemente el tiempo ha pasado más rápido aprovechando que

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estoy a mis anchas. Tampoco he logrado salir del barrio ni ha sido necesario, aquí todo está disponible y abierto para mi disfrute, todo a excepción de la atención de los demás. Espectaculares, no encuentro otra palabra para describir las noches que he pasado en esta videotienda. La primera vez me quedé porque se me pasó la tarde escogiendo algunos discos para llevarme a casa, decidí acomodarme en la alfombra y levantarme cada tanto para atisbar la calle desde la puerta, ocultándome tras un monstruo de cartón. De ahí en adelante si me despierto en las noches es para cambiar la película que sólo voy a escuchar y luego seguir soñando aventuras que nunca podré recordar. En este local que no es grande, dormir es tan placentero como ir al baño, cuyas paredes están deliciosamente forradas con carteles viejos desde el zócalo

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hasta el techo. Antes de venir aquí estuve enfrascado en la librería de la esquina que ahora parece biblioteca, con la sutil diferencia de que no hay a quien avisarle que te llevas ni tampoco hay plazos para el préstamo. Confieso que he vuelto varias veces e incluso he devuelto algunos libros que no me gustaron, esos tenían letra pequeña y los demás los tengo al pie del retrete para cuando me canse de mirar los afiches. Voy al colegio porque tiene piscina y siempre la paso estupendamente, no más llegar me zambullo y nado cuanto puedo bajo el agua, después hago burbujas, camino en las manos, practico clavados, vuelvo a nadar y vuelven las burbujas. Luego, muy luego, me trepo a la silla del salvavidas para asolearme mientras pesco hojas de almendro con el mismo cedazo azul que usé para limpiar el agua en mi primera visita. En estos días maravillosos he cazado mi alimento en el supermercado,

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entro saludando a las puertas automáticas que funcionan a la perfección, de los congeladores voy a los electrodomésticos para probar los hornos y salgo comiendo sin pagar ni despedirme. Algarabía, muchedumbre; gente, lo que se dice gente, todavía no he visto. Quizás tenga que ir al circo, al zoológico o al banco para encontrar un gentío, pero ni se me ocurre arrimar por esos lugares donde puedo toparme con garras y dientes desesperados. Mi viejo nunca me dió razones, pero me suplicó que nunca fuera al estadio y esta vez pienso obedecerle, tampoco pienso ir al hospital. Después de lo que leí no esperaba encontrarme ningún evento en la plaza y mucho menos una multitud de espectadores, pretendía escuchar algún conjunto musical, al menos un trío temerario que hubiese perseverado. Me encantaría tener esa historia para

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subirle el ánimo a mi padre cuando vuelva a su refugio, pero la gente está escasa, en las iglesias sólo hay palomas viviendo entre su mierda y en los parques sólo hay matorrales además del silencio. Al parecer aquí no hay pelotones mandando, ni pandillas incumpliendo, tampoco he visto besos ni peleas porque para eso se necesitan dos. Hasta ahora solo vi personas o personas tristes para ser exactos. Exagero si digo que he visto más de diez individuos, tampoco lo aseguro porque en algunas ocasiones me pareció reconocer siluetas que desaparecieron al instante y en otras busqué donde esconderme porque me sentí observado. Los que se dejaron ver iban solos, yo los vi y ellos me vieron, aunque quisieran que pensara lo contrario, ante mi encuentro todos clavaron la mirada en el piso, cambiaron la dirección y aceleraron el paso. Igual de temeroso

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pero menos tímido yo también escapé tan rápido como pude y hasta grité para darme fuerzas. Intuyo que están tristes y no lo digo porque anden solos o cabizbajos sino porque mi presencia sólo puede ser ignorada con tanta displicencia por una amargura realmente profunda. Mi vestuario incluye patines y eso me hace ver más alto, pero basta con echar un vistazo hacía arriba para sospechar de un tipo que cayó muy bajo. Cuando salgo a la calle lo hago vistiendo unos pañales enormes con potrillos y sombreros tejidos en las nalgas, al cinto llevo dos teteros a modo de pistolas y el pecho me lo cubre un babero adornado con el mismo tejido. Más que un disfraz asumo estos trapos como un escudo preventivo, espero que vistiéndome así sea suficiente para generar rechazo. Hago esto porque leí con atención la maldita carta y tomé las precauciones

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que creí pertinentes, no me encubro porque yo sea popular, tampoco porque me considere atractivo ni carismático, pero como están las cosas hay que asegurarse un desencanto a primera vista. Nada de lo que llevo puesto me pertenece pero todo lo encontré en mi casa, adonde aún no he vuelto. Justo antes de salir de allí, me miré al espejo, sentí que me hacía falta un detalle más repugnante y por eso a mi apariencia de bebé mariachi, le sumé un corte de pelo totalmente nuevo para mí. Yo solito me lo hice, gasté tres máquinas de afeitar coartando toda posibilidad de copete, ampliándome la frente casi hasta la nuca y retocando la franja peluda que va de oreja a oreja. Luzco como un señor calvo y me gusta, ya no tengo que buscar recuerdos para sonreír, me basta y me sobra con mirar mi reflejo.

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unque hice todo para demo s t r a rle lo c ont r a r io , m ientras pod ía habla r m i madre siempre dijo que yo tenía carácter de campeón y supongo que estaría orgullosa de mi perseverancia en estas jornadas cuando hice pocas cosas distintas a patinar. Mi padre en cambio debiera estar disgustado conmigo por haberlo abandonado para venir a perder el tiempo, pero sé que no es así, indudablemente debe estar esperándome, preparado para

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recibirme con los brazos abiertos y alguna teoría extraña sobre el destino o el futuro, cualquier vaina descabellada como que si aprendí a patinar tan bien es porque la vida me está anunciando momentos resbaladizos. Yo mientras tanto me las he ingeniado para no pensar en ellos ni en nadie más que en mi mismo, me la paso deslizándome por las calles del barrio para comprobar que no hay nada que temer y deleitándome con el viento que congela mi coronilla desnuda. En esas estaba, sum ido en mis pensa m ient os , espe cu la ndo c on el desarrollo de mi musculatura, presumiendo que mis piernas estaban tan fuertes como la base de una montaña, imaginándome a mi mismo como un nevado en movimiento, cuando empecé a pelotear sin control ni nieve que suavizara los golpes. Tras el cimbronazo nadie vino a auxiliarme y ni

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siquiera escuché risas. Estuve tendido en medio de la calle al menos un cuarto de hora, con el sol aporreándome las vistas y el resto del cuerpo limado, quise sobarme para calmar alguno de los dolores pero fue inútil, mis manos también estaban raspadas. Me costó mucho ponerme de pie porque no quería arriesgarme a quitarme los patines, empezaba a defraudarme de mi motricidad porque no había notado la minúscula cuerda que atravesaba el camino y me puse alerta porque eso era suficiente para deducir que mi desplome fue una broma premeditada por alguien que debía estar observándome. No más levantarme comprobé que todos mi huesos estaban derechitos en su lugar, volví a mirar a todos lados y hubiese cortado la maldita cuerda si un alarido no me hubiera interrumpido. Sospeché que era un ladrido y del suelo agarré una piedra para ahuyentarlo, no había perros ni personas

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visibles pero sabía que fuera lo que fuera, estaba en un local cerrado al frente mío y sin pensarlo dos veces tiré la piedra. Tomé tanto impulso que casi me caigo de nuevo. No hubo respuesta. Me acerqué para ver por las rendijas y no percibí luz ni movimiento. Sólo cuando me di vuelta se dejó escuchar otra vez, “No mires atrás”, dijo desde adentro la voz de un hombre viejo, “ahora eres un hombre nuevo”. Me volví y se enmudeció de inmediato. En ese momento me di cuenta que estaba frente a una venta de especias que yo nunca había visto, aunque por el estado de su fachada parece que estuvo ahí toda la vida. Lo que pasó después tuvo un efecto restaurador en todo mi ser, tanto que poco me importan las heridas, he decidido volver por mi padre y ya tengo una estrategia inmejorable para convencerlo. E so que pas ó después f ue a lgo

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maravilloso, fue una de esas cosas que ya sólo veía en las películas, algo bastante inusual para estos tiempos sombríos, algo brillante para la historia humana o por lo menos para la mía, participé de una conversación con alguien distinto a mi mismo y eso merece celebrarlo tal cual fuera un milagro. Jamás sabré quién fue mi interlocutor, tampoco sé, si la combinación de un insulto como pregunta y un monólogo sin sentido como respuesta, puedan catalogarse como una conversación, pero el hecho fue que yo hablé y alguien más habló después. Debo reconocer que la respuesta que recibí no tiene mucho que ver con la pregunta que vociferé, pero es absurdo pensar que esto sea una coincidencia y por ende, podré contarle a mi viejo que hoy pasé la tarde “platicando con un cuate”. Se me hace realmente difícil encontrar un suceso más alentador para contarle a un mariachi exiliado, no

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creo que exista algo más contundente para refutar el caos que mi padre supone y por eso me tomaré la licencia de adornar lo acontecido con mentiras. Le diré que piropeamos con canciones a todas las que pasaron, que coincidimos en denigrar del clima, le diré que susurramos para criticar a los transeúntes y que subimos el tono de la conversación, sólo cuando se coló el tema del fútbol. También le diré que me contó muchos chistes que nunca había escuchado, agregando que me reí tanto que no alcancé a memorizar ninguno. Lo que realmente sucedió en aquel encuentro que quiero llamar conversación fue más bien decepcionante pero eso no quiere decir que sea inútil. Ese viejo loco, que tal vez ha salido de su tienda únicamente para amarrar la maldita cuerda, sólo quería llamar mi atención para venderme condimentos. Conforme su

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objetivo, ignoró por completo lo que yo grité cuando me di vuelta y acto seguido soltó un largo discurso que recitó de memoria porque no había luz suficiente para leer. El muy pícaro, dijo tener la explicación para todo lo que había sucedido en los días del caos y para colmo, se mostraba muy optimista aunque no se atrevió ni a dar la cara. Yo necesitaba reponerme, solo por eso me senté en la acera, recosté mi peso contra la reja y escuché lo que él tenía para decir hasta el momento que me sentí con ímpetu para patinar de nuevo. “Escuche bien” dijo para comenzar, tragó saliva y prosiguió: “Lo que le voy a decir no lo descubrí yo y el nombre de quien lo hizo es mejor no mencionarlo, no vaya a ser que todavía haya algún fanbi por ahí. Usted debe estar preguntándose qué carajos es un fanbi. Yo le digo que no se desespere, que ya mismito se lo voy a explicar. Usted

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por ejemplo, usted que puede dialogar y también cerrar la boca, usted no es un fanbi, aunque también puede ser que acabe de dejar de serlo y si fuera así, es gracias al golpe que acaba de recibir. Sabrá usted que algo extraño sucedió con la gente de este pueblo y creerá ingenuamente que se trata de un virus, una plaga, una enfermedad. Con todo respeto se lo digo, usted está equivocado. Le cuento pues que la mayoría de los que usted debe llamar infectados, se perdieron en las montañas y con seguridad murieron en agonía sin saber qué hacer para calmar eso que usted y yo sabemos que se llama hambre; los más afortunados terminaron arrollados en las carreteras, otros cayeron por precipicios y muchos se ahogaron, porque como le digo, siendo un fanbi uno es incapaz de cerrar la jeta. Vulgarmente hablando, un fanbi es más o menos la suma de un fanático y un zombi en un mismo ser. Volviendo al

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grano, lo que descubrió este señor, es que el extraño fenómeno que padecieron miles de personas se debe a un simple déficit de cúrcuma en la dieta. Habrá olvidado usted que la cúrcuma es una sustancia sagrada para la memoria y que la memoria es caprichosa por naturaleza. Bueno, resulta que cuando dejamos de consumir este exclusivo nutriente y nos exponemos a un alto grado de excitación provocado por una admiración desmesurada, la memoria se confunde abruptamente y mientras pasa un tiempo prudente para que se reinicie, pasamos por el trauma de ser fanbis. Veo que ya le será más fácil entender porque de los estadios y las iglesias empezaron a brotar sonámbulos extasiados que como mosquitos perseguían sin descanso la bombilla que los encandelilló, creyendo que en ella encontrarán todo lo que necesitan. Pero tranquilo, no se preocupe, vea que como le digo, esto depende de una

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cucharadita con cada comida. Además yo espero que muchos hayan sobrevivido y en esos hay que poner toda la esperanza. Esos cuantos perdieron la memoria y no cometerán los errores del pasado porque ahora solo actuarán según lo que les dicte el sentido común. Vea, yo no descarto que usted sea uno de ellos, por eso le cuento que la cúrcuma está en el curry y que todo el curry que necesite lo encuentra aquí. Bueno y si por si acaso necesita alguna pomada también tengo…” En ese momento decidí largarme y dejarlo hablando solo, de allá pude haber ido a la videotienda, pero preferí volver a casa porque necesito ultimar detalles para volver al refugio. A papá le llevaré sus botas con incrustes de oro, me las llevaré puestas para confirmarle que ni los saqueos ni la delincuencia son comunes, llevaré combustible para tentarlo con

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volver en su amada furgoneta y para amainar sus temores falsificaré la carta de la nacional mariachi, poniendo en ella lo más positivo que pueda rescatar de lo que dijo “mi amigo” el vejete. Asumo que era un anciano porque su voz era gruesa pero más que todo temblorosa, sin embargo no logro encontrar un rostro que me cuadre con esa voz, me lo imagino pálido, encorvado y desnutrido, espiando por las rendijas, esperando meses y meses por un cliente. Me lo imagino sin cara y me asombro de lo acertado que fue mi insulto: “¿Qué te pasa careverga?”

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reo haber escuchado que toda primera vez tiene su encanto y lo c ompr uebo a hora que estoy sentado en una piedra, garabateando con los pies sumergidos en la quebrada. Nunca escribí cuando vivía aquí en el refugio, adonde volví con el propósito de hacerlo en la primera noche para no perder detalle del estado en que encontraría a mis viejos. Lamentablemente no pude hacerlo, mi viejo está totalmente habituado a vivir con la oscuridad y no pretendo alterar sus rutinas que de por sí

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me parecen bastante extravagantes. Empecemos por recalcar que a pesar de su silencio nunca lo había visto tan feliz. Todos los días madruga y viene a bañarse en esta aguas frías y caudalosas. No sé por qué, pero siempre trae dos toallas que al volver extiende en cada extremo del tendedero, luego se dedica única y exclusivamente a contemplarlas, haciendo largos sostenidos de sentadillas mientras mastica semillas. Las toallas están secas cuando la gravedad y el viento las obligan a juntarse en el centro del cable, sólo entonces las recoge, entra a la casa para darme los buenos días y ofrecerme una aromática que prepara con hojas de mamá. También le ha encontrado uso a las millones de hojas plateadas que caen desde los eucaliptos que dominan el paisaje, esas las ha ido arrumando encima de la cama y duerme sobre ellas, arropándose sólo

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con el delicioso aroma que inunda toda la casa. Lleva siempre cargaderas para colgar las manos a la altura de las axilas y suele pasar las tardes caminando por las barandas de la terraza, haciendo equilibrio sin estirar los brazos por completo, ni soltar las manos de las cargaderas. Casi todas sus acciones son incomprensibles, el día que llegué intenté evitar que enterrara toda la comida que le traje alrededor de mi madre, pero me tomó por los hombros, me miró a los ojos y con una voz solemne me dijo “Primero las damas, después de ella, comeré yo”, luego giró y siguió tranquilo con su tarea como si yo hubiera entendido lo que me quiso decir. Las hojas, flores, frutos y semillas que ahora rebosan todos los frascos de la despensa, las ha tumbado de la copa del árbol que vendría siendo la coronilla de mamá. Viéndola bien, ella

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y yo nos seguimos pareciendo pues ahora está tan calva como yo. A propósito, tardé un poco en descubrir que mi viejo dejó los frutos de las ramas más bajas para entretenerse intentando capturarlos con la boca y se nota que ha practicado bastante porque tamaños brincos no corresponden a semejantes piernitas. Claro que ha habido momentos en que contemplé confrontarlo y hacerle caer en cuenta de que estaba inmerso en un delirio, pero con qué cara podría decírselo yo que vengo a presentarme con una calvicie voluntaria y un optimismo desbordado para convencerlo de que vuelva al lugar que él considera un infierno. No obstante hice todo lo que pude para persuadirlo, no sólo le entregué la carta ficticia sino que inventé algo extraordinario para contarle cada vez que se mostró dispuesto a escucharme.

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Improvisando, le dije que había poca gente en la ciudad pero que todos estaban esperando el retorno de los demás y por eso mantenían el lugar en admirables condiciones. Le conté que nadie tenía un oficio definido y que todos ayudaban en lo que pudieran, dije que hice parte de los regadores públicos, dije que con ellos repartimos baldes por toda la urbe, para recoger la lluvia que luego usaríamos para bañar matas en las casas que seguían abandonadas. Le conté que ante la escasez de cloro había un coro formado por miles de personas que se reúnen en el acueducto para purificar el agua con canciones. Le dije que trabajé en la panadería el día que me antojé de galletas, que aprendí a hacer lápices de todos los colores y que maniobré yo mismo el alambique, ese día que probé el trago con unos amigos. Mencioné la verdad sobre la librería pero retomé las

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invenciones cuando le hablé del estadio, dije que seguía siendo un gran templo y que mucha gente sigue congregándose allí, pero que ahora lo hacen para cuidar las hortalizas que prosperan en sus tribunas, dije que la cancha de juego estaba sembrada con arroz, tal como afuera las glorietas se habían convertido en maizales. Le dije que cientos de fresas crecen colgadas de las porterías, que las albahacas esperan en el banco de suplentes porque no se les pueden mojar las hojas y que si alguien le diera por chutar a gol arruinaría las flores amarillas que suben encrespándose por las redes de ambos arcos para coger luz y convertirse en pepinos. Le detallé que a simple vista el estadio con sus populares atiborradas, parecía estar preparado para una final que enfrentaría al equipo de las lechugas contra el de los pimientos y que las escalinatas más altas albergan diversas familias de papas sembradas en llantas

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viejas que se adecuaron como materas. También le hablé de la gente común y corriente, que guadaña los parques con sus vaquitas y toman leche caliente antes de acostarse. Nombré a la central eléctrica de columpios, adonde miles de padres llevan a sus niños en las mañanas, para que mientras se balancean dichosamente, aviven las bobinas que generan el fluido eléctrico que toda la ciudad necesita. No dudé en contarle de mis progresos en patinaje y clavados, pero agregué que en la gran piscina municipal ya no se podía nadar porque ahí funciona el comité olímpico de mojarra y trucha arcoiris, integrado por un puñado de personas encantadoras que convirtieron la pileta en un lago generoso, aseguré que gracias a ellos cualquiera puede entrar y con toda facilidad atrapar un par de ejemplares que enriquezcan su almuerzo. También narré todo lo que viví junto al tropel de bicicletas

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que recorren a diario la ciudad para evitar que las calles se cubran de moho y también dije que los artistas que no trabajan en la fábrica de pinturas, dan clases gratuitas en el jardín botánico. En estos días he dicho cosas que ni sé, cuándo las imaginé y aunque a mi viejo todo parece alegrarlo, nada le genera el más mínimo interés, no hizo una sola pregunta y si habló fue para decirme que me volviera y me llevara conmigo la furgoneta porque él ya sólo podía encargarse de mi madre. Por otra parte, esperé inútilmente más de una semana a que leyera la carta que le entregué antes de abrazarnos para celebrar el reencuentro. Contrariado, tomé la decisión de irme cuando le pregunté que pensaba al respecto y me respondió que así como las toallas siempre terminan juntas, todos estamos destinados a reencontrarnos; me lo dijo con

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una sonrisa en la cara y remató explicando que como ésta no sería la última vez que nos viéramos, ya tendríamos tiempo para charlar de eso.

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S

i pude haber hecho algo más patético que obedecer fue hacerlo en la forma en que lo hice. Dejé a mi padre acorralado en su terquedad y me devolví desolado en su furgoneta al mismo ritmo que manejé la primera vez, pero con las ventanas bien arriba como si estuviera en medio de una tempestad. Pensé en mis viejos todo el camino, lloré a cántaros mientras intentaba recordar cómo eran ellos cuando él no pretendía ser un pájaro semillero y a

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ella no me tocaba asumirla como el árbol que produce su alimento. Lamenté mi suerte, lamenté haber nacido en este siglo y no en algún momento de la prehistoria desierta de sentimientos. Además de mocos, babas y sollozos, hubo lágrimas por los compañeritos que no recuerdo, por los hermanos que nunca tuve y por los amigos que no tendría la posibilidad de conocer, lágrimas por las chicas hermosas que podría haber conquistado y hasta por aquellas que me podrían haber dejado con el corazón en la mano. Resuelto a aceptar lo que viniera, prendí el radio, subí el volumen al máximo y busqué en la cajuela uno de los discos de mis tíos para quedarme dormido poniendo mi vida en manos del destino. Pero no pude, las lágrimas no me dejaron y la furgoneta me llevó hasta la ciudad, adonde llegué para sorprenderme de inmediato porque

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ahora salían personas de todas partes y todos corrían hacia mí. Desatinadamente activé las plumillas para que secarme los ojos. Me costaba creer lo que veía en el retrovisor, empecé a pensar que el careverga estaba en lo cierto y supuse que eran fanbis. Acto seguido, aceleré cuanto pude pero en menos de media cuadra, el motor se silenció y las ruedas se fueron estancando para demostrarme que la gasolina desaparece. Decidí bajarme del carro y enfrentarlos, pero cuando lo hice la persecución también había terminado, todos habían dado vuelta para regresar adonde estaban y seguir en sus labores. No recuerdo habérselo ordenado a mis piernas, pero corrí tras ellos y los primeros que alcancé me saludaron como si me conocieran de toda la vida, me agradecieron por detener el vehículo, me invitaron a un vaso de agua helada,

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me prestaron una bicicleta que después no me quisieron recibir y me llevaron de paseo junto a una caravana que crecía en cada esquina. Rodando con ellos distinguí pájaros que nunca había advertido y creo que sin quererlo, me mostraron todo lo necesario para comprobar que como el tiempo es incapaz de imaginar, terminará dándole la razón a todo aquel que se aventure a hacerlo.

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Corazonadas del último mariachi  

Persecuciones, serenatas, delirios, guayabas, bicicletas y fanáticos confluyen en un relato tan apocalíptico como optimista, donde una colec...

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