IntroducciÛn
Los adventistas del sÈptimo dÌa han tratado siempre con rigor intelectual el controvertido tema del relato bÌblico de la creaciÛn, y no podÌa ser menos que AEGUAE hiciera su aportaciÛn. No en vano la primera convenciÛn de AEGUAE, all· por el aÒo 1974 tuvo como motivo de encuentro el tema de la creaciÛn y la teorÌa de la evoluciÛn.
Pero la tarea de AEGUAE no se detuvo ahÌ. El primer acto en que los adventistas, como tales, nos dimos a conocer en una universidad de m·s ac· de los Pirineos, la Universidad de Barcelona, all· por el aÒo 1977, llevaba por tÌtulo: ´CreaciÛ, qui hi creuª. La creaciÛn como seÒa de identidad de los universitarios adventistas.
La tarea contin˙a y en la dÈcada de los 80 un nutrido grupo de profesores del Colegio Adventista de Sagunt, entre ellos: A. Cremades, E. Cremades, J. Duch, R. Esperante, J. A. MartÌn, R. Ouro y J. M. TellerÌa; con el patrocinio de AEGUAE recorrieron la piel de toro, presentando seminarios sobre creacionismo, all· donde eran requeridos.
Sin duda otros muchos esfuerzos han sido llevados a cabo en esta misma direcciÛn. Yel presente escrito de Eduardo M. RancaÒo, estudioso de la historia antigua, es una muestra de los mismos. Apesar de que hace ya trece aÒos que se publicÛ, contin˙a siendo un testimonio del interÈs que entre nuestros universitarios siempre ha suscitado la polÈmica evoluciÛn-creaciÛn y que ello ha estimulado el pensamiento y su plasmaciÛn en publicaciones como la presente.
En la confianza de continuar con publicaciones de la misma Ìndole y que Èsta sirva de estÌmulo para la reflexiÛn y la ´creaciÛnª de ideas sobre el creacionismo lo dejamos en tus manos.
Los editores
1. IntroducciÛn
El descubrimiento de las cuevas de Altamira y de muchos otros lugares similares supuso para la humanidad un cambio en muchos aspectos. Unos pocos saludaron este y parecidos descubrimientos como el nacimiento de una nueva era en el conocimiento de la historia humana. Muchos otros, en cambio, sugirieron con desdÈn que las pinturas de Altamira eran falsificaciones de mal gusto hechas con fines turÌsticos. Con los descubrimientos posteriores, pictÛricos o no, realizados en el campo de la prehistoria, la teorÌa de que las pinturas de Altamira sean fraudes ha quedado totalmente rechazada. Sin embargo, no son pocos los enigmas ante los que nos encontraremos si aceptamos la interpretaciÛn que tradicionalmente se les da a manifestaciones culturales como Èsta del ìhombre primitivoî. Es claro que los sabios evolucionistas no topan en este terreno con ninguna dificultad por haber sido ellos mismos quienes han ideado la interpretaciÛn vigente. Pero cuando el cristianismo se enfrenta con estos hallazgos de la prehistoria, øquÈ postura adoptar· ante ellos? Aunque rechace las interpretaciones puramente evolucionistas del campo de la biologÌa, øen quÈ momento de la historia bÌblica colocar· aquella Època ignota en que los hombres europeos y de otros lugares del mundo habitaban las cuevas de la tierra, ignoraban la agricultura, vivÌan de la caza y tenÌan un aspecto brutal? øTendr· que rechazar el testimonio bÌblico en cuanto a los pasos generales por los que ha pasado la cultura humana? O, aunque conserve el concepto de que el hombre no ha progresado de la barbarie a la cultura, øtendr· que rechazar la cronologÌa del texto masorÈtico1 con el fin de encontrar lugar para intercalar los 600.000 aÒos de barbarie presuntamente representados por el PaleolÌtico y tendr· que dar explicaciones confusas acerca de la prehistoria y encogerse de hombros?
Hoy en dÌa que tantas cosas son impugnadas, quiz·s algunos podrÌan pensar que el camino m·s sencillo para salvar nuestra posiciÛn serÌa continuar afirmando que los restos prehistÛricos son falsos y que han sido fabricados por los prehistoriadores, antropÛlogos y arqueÛlogos para obtener fama y dinero. De hecho, ha habido hermanos en la fe que se han atrevido a afirmar tales extremos. Estas personas estaban lamentablemente mal informadas. Los restos lÌticos prehistÛricos se cuentan por miles; y tal cantidad de utensilios no puede ser fabricada de la nada en el tiempo que dura una excavaciÛn, adem·s del hecho de que tales utensilios presentan muestras de desgaste propio de su uso. Es claro que tales restos fueron hechos por el hombre hace mucho tiempo. El problema es saber cu·ndo y para quÈ.
En este artÌculo trataremos de dar un nuevo enfoque a esta cuestiÛn. Analizaremos el contenido de los conocimientos que hasta ahora tenemos en cuanto a la prehistoria y el testimonio de los escritos inspirados y trataremos finalmente de dar una hipÛtesis en cuanto a la forma de interpretar en armonÌa con nuestras creencias los restos hallados en el seno de la tierra.
2. Breve resumen de los datos usualmente divulgados en cuanto a la prehistoria
El avance de los descubrimientos permitiÛ a los estudiosos dividir la asÌ llamada prehistoria (parte de la existencia humana sÛlo conocida por restos arqueolÛgicos por no existir en su transcurso la escritura) en Edad de Piedra y en Edad de los Metales. Durante esta ˙ltima se habrÌa producido el tr·nsito a la historia propiamente dicha con la invenciÛn de la escritura. A su vez, la Edad de Piedra se habrÌa dividido en PaleolÌtico, MesolÌtico y NeolÌtico. El NeolÌtico es la primera etapa por la que pasaron todos los moradores del PrÛximo Oriente inmediatamente despuÈs de los perÌodos din·stico y predin·stico, tan cercanos a la Època de los patriarcas. El MesolÌtico, etapa discutida por algunos, serÌa la Època inmediatamente anterior, caracterizada por una disminuciÛn notable respecto al PaleolÌtico que lo precediÛ en cuanto al tamaÒo de los instrumentos de piedra realizados por el hombre y por un cambio tipolÛgico
en los mismos. Clim·ticamente, habrÌa supuesto una enorme mejora respecto al PaleolÌtico. …ste ˙ltimo ser· la etapa que consideraremos en especial dentro de la prehistoria, por ser en ella donde encontraremos las mayores dificultades de interpretaciÛn dentro de nuestras creencias. Esta etapa est· subdividida a su vez en PaleolÌtico Inferior, que habrÌa comenzado hace unos 600.000 aÒos, PaleolÌtico Medio y PaleolÌtico Superior.
Los restos paleolÌticos suelen encontrarse en tres tipos de sitios. O bien al aire libre, muy enterrados o poco; o bien en cuevas y abrigos rocosos; o bien en las terrazas fluviales, de las que hablaremos m·s adelante.
La divisiÛn de cada una de las etapas del PaleolÌtico que acabamos de enumerar es a˙n m·s compleja, y hemos intentado resumirla en el esquema que aparece a continuaciÛn de la bibliografÌa. M·s adelante volveremos a este asunto de la periodizaciÛn dentro del PaleolÌtico. Baste decir ahora que cada una de estas divisiones responde a unas transformaciones existentes en el tipo y talla de las piedras o restos lÌticos hallados en las distintas capas de un yacimiento.
Los yacimientos del PaleolÌtico Inferior suelen encontrarse al aire libre, aunque cada vez aparecen en mayor cantidad restos en cuevas. Los restos lÌticos de estas culturas suelen ser de un tamaÒo considerable, y bastante toscos. Abundan sobre todo las bifaces o hachas de mano, raspadores y otros utensilios de piedra. Es muy evidente en todo el PaleolÌtico la tendencia humana hacia la caza. Los restos lÌticos mencionados, asÌ como los restos de las actividades cinegÈticas del hombre del PaleolÌtico Inferior aparecen ligados indirectamente a ciertos tipos concretos de hombres fÛsiles, al asÌ llamado Homo erectus, con poca capacidad craneana, frente muy huidiza y fuerte toro superciliar. Aparentemente, practicaban la antropofagia.
En el PaleolÌtico Medio aparecen m·s restos en cuevas y abrigos rocosos. AquÌ comienzan a coexistir las culturas de bifaces junto con las llamadas de lascas, con las que se confeccionaban objetos m·s ´avanzadosª y de mayor elegancia. TambiÈn se aprecia un cambio en la tÈcnica de la talla. Los restos humanos asociados con estos restos lÌticos son los del asÌ llamado Hombre de Neanderthal, al que tantas veces se ha representado con aspecto brutal o simiesco; afortunadamente ya se reconoce que tales representaciones eran infundadas, aspecto del que hablaremos m·s adelante. Estos restos humanos est·n siempre enterrados ordenadamente, por lo que los evolucionistas hacen una gran concesiÛn a la verdad al decir que el hombre ya tenÌa un cierto sentimiento religioso. Son tambiÈn los restos de hogares en que, al parecer, preparaban algunos de sus alimentos.
El PaleolÌtico Superior se caracteriza por el uso de hojas de piedra a partir de las que se confeccionaban cuchillos, raspadores, puntas de flecha, etc. TambiÈn aparecen objetos hechos con hueso y asta de reno. Aesta etapa corresponden algunas esculturas de bulto redondo, como las llamadas Venus, bajorrelieves en las paredes de algunas cuevas y las maravillosas pinturas murales que se pueden contemplar en muchas otras. Ha de decirse que no debieran confundirse estas pinturas murales del PaleolÌtico Superior con las que se dan en el Levante espaÒol, que son, seg˙n los mejores especialistas, mesolÌticas, o, caso de no aceptarse tal perÌodo, neolÌticas. Los restos humanos asociados con las estratigrafÌas del PaleolÌtico Superior son los del llamado Homo sapiens, es decir, del mismo tipo que el hombre moderno, con tres variantes, la m·s famosa de las cuales es el llamado Hombre de Cromagnon , de noble estatura y capacidad craneana superior a la del europeo medio de hoy. Un aspecto que debe ser mencionado es que a lo largo de todo el PaleolÌtico se supone que la tierra pasÛ por cuatro glaciaciones espantosas que fueron precisamente las que habrÌan obligado al hombre a vivir en cuevas y competir por la existencia con los animales salvajes. Y, finalmente, un detalle m·s: los restos que se encuentran en las terrazas de los rÌos pueden presentar una particularidad bastante curiosa. En una misma zona pueden aparecer restos paleolÌticos a distintas alturas topogr·ficas sobre el lecho del rÌo en las distintas terrazas que existen en la actualidad, pero lo que ocurre por lo general es que si un lugar de ocupaciÛn del PaleolÌtico Medio est· en una terraza determinada, la terraza inferior, si contiene alg˙n res-
to, contendr·, muy probablemente, no un PaleolÌtico Inferior, como ocurre en las cuevas, sino un PaleolÌtico Superior. Yla terraza de m·s arriba, si la hubiese y contuviese restos lÌticos, muy probablemente contendrÌa restos del PaleolÌtico Inferior. La explicaciÛn que dan los evolucionistas de este hecho curioso es, en principio, bastante convincente. Si se admite el hecho de las glaciaciones podrÌa aceptarse que bien ellas mismas excavaron las terrazas, o bien que los rÌos fueron disminuyendo su caudal conforme el clima se iba haciendo m·s benigno, por lo que, con el paso del tiempo, las poblaciones que habitaban a la orilla de los rÌos irÌan descendiendo en nivel a la par que las aguas del rÌo, y dejando en las terrazas de Èste un testimonio de su estancia y de su progreso cultural a lo largo de los siglos.
3. Hacia una interpretaciÛn cristiana de los restos paleolÌticos
Existe a nuestra disposiciÛn gran cantidad de descripciones en cuanto a los restos humanos o presuntamente humanos mencionados en el apartado anterior. Muchas de estas descripciones, realizadas por sabios evolucionistas, son altamente significativas por reconocer que muchos de los presuntos ´antepasadosª del hombre no son tales. AsÌ, por ejemplo, hoy hay mucha gente que admite que el famoso Australopithecus , o el Homo habilis , o incluso el llamado Homo erectus son, probablemente, monos extinguidos, o, como mucho, ejemplares imbÈciles separados de una raza primitiva que, presumiblemente, era bastante similar a la nuestra. No dedicaremos espacio en el presente estudio a documentar estos extremos, suficientemente tratados en obras de f·cil acceso, sean denominacionales o no.2
Sin embargo, creemos de interÈs detenernos a considerar varios aspectos relacionados concretamente con el ´hombre de las cavernasª, es decir, con los restos humanos del PaleolÌtico Medio y Superior, que no son muy conocidos y sÌ de gran relevancia, en los que seguiremos de momento los conceptos tradicionalmente aceptados sobre la prehistoria en general.
Las diferencias existentes entre el hombre fÛsil y el actual se han exagerado
Al describir los fÛsiles del tipo Pithecanthropus y Sinanthropus de China y Java y de diversos Neanderthales , se suelen extraer conclusiones de alcance a partir de las diferencias que tienen con nosotros. Seg˙n las descripciones de libros de texto previos, estos fÛsiles del viejo mundo fueron ˙nicos en diversos aspectos. Se supone que los fÛsiles est·n caracterizados por calaveras de espesor excepcionalmente grande, dientes inusitadamente grandes, sÌnfisis mandibular masiva, y un modelo de tamaÒo y erupciÛn dental que no se dan en el hombre actual. Tales caracterizaciones aumentaron entre los estudiantes la aceptaciÛn de la nociÛn de que un ´abismo taxonÛmicoª separa los fÛsiles cl·sicos del viejo mundo del hombre contempor·neo [...].
De hecho, muchos de los fÛsiles seleccionados para ser descritos tenÌan realmente calaveras de espesor grande, si nos hemos de fiar de las medidas publicadas. Pero no eran tan ˙nicos en dicho espesor como tenÌamos creÌdo. Yno es necesario rastrear museos en b˙squeda de extremos craneales aislados sÛlo para demostrar este importante aspecto, ni es necesario tampoco centrarnos en los indios de las costas de Florida o California que tienen una gruesa bÛveda craneana. Una serie contempor·nea de norteamericanos vivos entra perfectamente bien dentro de los lÌmites fÛsiles de espesor craneal. Con las debidas precauciones de excluir casos posibles de la enfermedad de Paget, es totalmente posible mostrar que los norteamericanos contempor·neos y los fÛsiles paleoantrÛpicos no forman distribuciones aparte: los hombres y las mujeres vivos se encuentran imbricados con los fÛsiles.
Se ha dicho que muchos fÛsiles tenÌan dientes enormes, y sin duda los megadontos de Asia y £frica los tenÌan tan grandes como apropiadamente sugiere su nombre. Pero del Pithecanthropus en adelante, la naturaleza excepcional del tamaÒo de los dientes fÛsiles est· abierta a debate.
Con quiz·s una excepciÛn cl·sica, el Pithecanthropus,4 los tamaÒos de los dientes fÛsiles y modernos coinciden bastante bien. Los Neanderthales, descritos de diversas maneras, encajan con toda comodidad dentro de los lÌmites contempor·neos, y esta observaciÛn es notablemente v·lida en lo que respecta a los dientes hallados en el estrato K-inferior de Choukoutien. [...] Est· claro que la distribuciÛn de tamaÒos dentales en americanos blancos contempor·neos abarca los lÌmites fÛsiles hasta el punto de que, al igual que con el grosor craneal, no hay la menor sugerencia de un autÈntico abismo taxonÛmico.
TambiÈn ha sido corriente por varios aÒos la nociÛn de que el hombre fÛsil y el moderno se diferenciaban por el orden de la erupciÛn dental. [...] En realidad, y como hemos mostrado, el orden fÛsil es el orden normal de la erupciÛn alveolar de los niÒos modernos.
[...] Seg˙n los libros de texto, se dice que los fÛsiles paleoantrÛpicos tienen sÌnfisis mandibulares masivas y altas como serÌa propio de formas de denticiÛn supuestamente masiva. No obstante, en comparaciÛn con una serie bastante pequeÒa de americanos contempor·neos adultos (258 en total), parecerÌa que nosotros tenemos igual derecho a arrogarnos los extremos de tamaÒo y masividad sinfÌtica. Salvo uno o dos, todos los especÌmenes fÛsiles encajan dentro de la distribuciÛn contempor·nea de dos variables de ambos sexos. Todos los dem·s homÌnidos, erectus o sapiens (tomados de la lista de Weidenreich), cuadran bien con la distribuciÛn blanca americana contempor·nea. [...] Una vez m·s, parecerÌa que los fÛsiles no son cualitativamente diferentes de nosotros.
[...] ParecerÌa apropiado observar que los esqueletos faciales de los fÛsiles y del hombre moderno no son en forma alguna tan diferentes entre sÌ.3
Los asÌ llamados hombres primitivos eran ciento por ciento humanos
Hace tiempo que casi todo el mundo sabe que el hombre de Cromagnon es uno de los representantes m·s soberbios de nuestra raza que se pueda escoger, pero lo que suele ignorarse es que otros tipos de hombres fÛsiles no son anteriores a la humanidad por Èl representada:
El interÈs del descubrimiento de Fontechevade es que [...] Èsta es la primera vez que el hombre, ciertamente no Neanderthal, aunque anterior a los neanderthales, se ha hallado en Europa. [...] Durante el ˙ltimo perÌodo interglaciar y con anterioridad a Èl, existÌan en Europa y probablemente en otras partes, hombres con rasgos craneales menos ìprimitivosî que los del perÌodo cultural m·s avanzado que hubo a continuaciÛn, el hombre de Neanderthal de la Era Musteriense.4
No se ha descubierto a˙n ning˙n tipo de fÛsil cuyos rasgos caracterÌsticos no puedan rastrearse con facilidad remont·ndonos hacia atr·s en el tiempo hasta el hombre moderno.5
E igualmente reveladora es la siguiente afirmaciÛn de un evolucionista de gran renombre: ´La capacidad craneana de la raza de Neanderthal del Homo sapiens era, por tÈrmino medio, igual o a˙n mayor que la del hombre moderno. No obstante, la capacidad craneana y el tamaÒo del cerebro no son criterios ni de "inteligencia" ni de capacidades intelectuales de tipo alguno. Los pintores de las cuevas de Altamira y Lascaux pueden no haber tenido menos talento que Picassoª.6
Como se ve por la cita anterior, las conclusiones que se sacan repetidas veces sobre la inteligencia presuntamente en desarrollo de ciertos restos de poca capacidad craneal, aunque a veces la misma es difÌcil de precisar, pueden ser engaÒosas, y la comparaciÛn que suele hacerse entre aquellos presuntos antepasados nuestros y pueblos primitivos contempor·neos es, como mÌnimo, desafortunada. En efecto, tal como dice Custance: ´Cuando se nos asegura que el hombre paleolÌtico hizo y usÛ el mismo tipo de armas, se vistiÛ con el mismo tipo de materias primas en un ambiente que debe de haber sido en ocasiones muy similar, y que cazÛ los mismos tipos de animales para su subsistencia, es difÌcil creer que fuera menos inteligente. Las criaturas desmaÒadas y semibrutas que adornan (?) las p·ginas de los libros para consumo popular que tratan acerca de nuestros ancestros m·s primitivos, podrÌan muy
bien levantarse indignadas contra nosotros por lo seriamente que hemos desfigurado su capacidad intelectual.
ªCuando descubrimos que todos esos pueblos primitivos de tiempos recientes o modernos a los que se ha tomado como representantes del hombre en las primeras etapas de su evoluciÛn son personas que, cuando se las conoce mejor, demuestran ser inteligentes, musicales, creativas dentro de los lÌmites de su ambiente, pacÌficas, amantes de sus hijos, y con un sentido altamente desarrollado de la moralidad y de la responsabilidad social dentro de su propio grupo, se hace evidente que o bien su elecciÛn social dentro de su propio grupo como modelos del hombre primitivo es enteramente errÛnea, o bien que el hombre primitivo tenÌa todas las capacidades de las que pueda presumir el hombre modernoª.7
Las diferencias Ûseas existentes entre los restos fÛsiles y el hombre moderno pueden explicarse por procesos naturales que nada tienen que ver con la evoluciÛn ni, necesariamente, con una degeneraciÛn genÈtica.
No obstante lo dicho anteriormente, ha de reconocerse que ciertos fÛsiles muestran ciertas diferencias anatÛmicas no muy serias respecto al hombre actual. Son perfectamente conocidas por los paleontÛlogos y los etnÛlogos ciertas causas enteramente naturales que pueden explicar muchas de estas diferencias, consistentes en ciertas deformaciones Ûseas.
Un primer tipo de deformaciÛn, cuya validez no tiene por quÈ ser universal ni de gran importancia, es aquÈlla que se suele denominar deformaciÛn posmortem , es decir, las deformaciones sufridas por un esqueleto o partes de Èl despuÈs de su enterramiento y debidas ìa presiones del suelo, al clima y a otras causas puramente fÌsicasî.8 Una segunda causa de deformaciÛn, cuya importancia se probablemente mayor que la anterior, es la ìintencionalî, la provocada por la sociedad sobre sus miembros vivos por alg˙n criterio religioso o puramente estÈtico. Son bien conocidas algunas costumbres de ciertos pueblos que a lo largo de la historia han provocado deformidades en personas jÛvenes principalmente. Pensemos en los mayas, que estimaban que ser bizco constituÌa una virtud admirable e intentaban lograr tal don para sus hijos poniÈndoles una bolita entre los dos ojos para que fueran torciÈndolos progresivamente. Es tambiÈn famosa la costumbre existente en algunas partes de Asia de atrofiar los pies de las jovencitas haciÈndoles calzar zapatos de madera que les impedir·n un crecimiento normal, y no es menos extraÒa la costumbre de algunas tribus africanas de forzar un crecimiento de la cabeza anormalmente cilÌndrico y abultado hacia atr·s mediante fuertes presiones. 9 Arthur Custance llega a mencionar una tercera causa que me limito a citar, y que serÌa, simplemente, que ciertos fÛsiles pueden mostrar deformaciones resultantes de la ìavanzada edadî que tendrÌan en el momento de su muerte.10
Existe, no obstante, una causa muchas veces ignorada, pero cuya validez es, sin duda, universal. Se trata de ìla dietaî. Dada la importancia vital de esta causa, resulta oportuno sustanciarla con algunas citas de autoridades en la materia: ´La evidencia de los restos humanos prehistÛricos no justifica por sÌ misma la inferencia de que tengamos un antepasado com˙n con los monos. Basamos esta conclusiÛn en el hecho [...] de que pr·cticamente todos los cambios en la estructura del hombre rastreables mediante los restos prehistÛricos son el resultado de cambios en la alimentaciÛn y en los h·bitos.
ªLos cambios m·s notables se encuentran en la calavera.
[...] ª El cambio es m·s marcado en la regiÛn en que ejercen su funciÛn los m˙sculos de la masticaciÛn.ª11
Hablando de la presiÛn ejercida por esos m˙sculos sobre los huesos de la cabeza, Arthur Custance comenta: ´la tendencia normal es que la estructura Ûsea del rostro y del cr·neo se brutalice siempre que estas presiones sean el resultado de condiciones de vida primitivas. Comer alimentos crudos o parcialmente cocidos tiene el efecto, especialmente en la infancia, de fortalecer el mecanismo de la quijada y provocar que su estructura sea m·s masiva, y que la musculatura asÌ potenciada deforme la calavera en ciertas formas inconfundibles. El efec-
to principal es deprimir la frente, haciendo m·s prominentes los arcos superciliares, y que protubere el arco cigom·tico, lo cual acent˙a los pÛmulos. Arrancar carne del hueso en ausencia de cuchillos puede tambiÈn acentuar estas modificaciones de la estructura normal de la quijada. Sentarse en cuclillas en ausencia de sillas puede tener una tendencia a arquear la espalda y a que la cabeza vaya adelante con respecto a los hombros, de modo que los m˙sculos que mantienen erguida la cabeza no sÛlo aumentan en masa, sino que producen tambiÈn un crecimiento correspondiente del hueso en que tiene lugar el anclaje a lo largo del toro occipital. Estos efectos pueden ser particularmente pronunciados cuando la dieta carece de sustancias endurecedoras de los huesosª.12
´Como se ha reconocido a lo largo de muchos aÒos, y J. T. Robinson ha puesto de manifiesto muy recientemente, los h·bitos de vida, el clima y la dieta pueden influir tremendamente en los rasgos anatÛmicos fÛsiles que puedan de hecho constituir una ˙nica especie, algunas autoridades las ponen en dos gÈneros diferentes. [...] øCÛmo pueden tomarse en serio ·rboles filogenÈticos en los que las lÌneas de conexiÛn se tracen puramente sobre la base de la semejanza o la desemejanza en el aspecto cuando esas semejanzas o desemejanzas pudieran no ser nada m·s que la evidencia de una diferencia en la dieta? Tales factores culturales o ambientales pueden no sÛlo hacer que dos miembros de una ˙nica especie diverjan lo suficiente como para que se los ponga en dos gÈneros diferentes, sino que dos gÈneros diferentes puedan, por la misma razÛn ìconvergerî hasta que tengan el aspecto de pertenecer a la misma especie. Hay ejemplos extraordinarios de convergencia.ª13
´(...) Esto es evoluciÛn tipolÛgica, pero la evoluciÛn es resultado m·s bien que causa.ª14
´Se deduce que un retorno a las condiciones dietÈticas y de vida que caracterizaron al hombre prehistÛrico serÌa seguido por un retorno a su tipo fÌsico. Y, no obstante, si se produjera esta transiciÛn hacia un tipo m·s simiesco, no podrÌamos decir que nos est·bamos aproximando a un ancestro com˙n. La semejanza no se deberÌa a la transmisiÛn de cualidades de un ancestro com˙n de un pasado remoto [...] Parece claro que la mera semejanza no constituye un argumento de descendencia filogenÈtica.ª15
La presunta gradaciÛn estratigr·fica de restos humanos cada vez m·s semejantes al hombre moderno no es real
Aunque puede no resultar cÛmodo sustentarlo, existen abundantes evidencias de que la presunta gradaciÛn ascendente de los restos humanos fÛsiles es enteramente artificial. Ylo es hasta un extremo que nada tiene que ver con el hallazgo ya mencionado de Fontechevade. No sÛlo se ha atribuido gran antig¸edad a restos simiescos cuya estratigrafÌa no est· suficientemente aclarada simplemente para convertirlos de inmediato en presuntos ancestros nuestros, sino que restos perfectamente humanos, de estructura ìmodernaî, y enterrados a profundidad considerable, lo que presumiblemente indica gran antig¸edad, han sido vez tras vez descartados como ejemplos del hombre primitivo por no encajar en la filosofÌa evolucionista. De hecho, cuando estos hallazgos enteramente humanos eran especialmente molestos, simplemente, ìdesaparecÌanî:
[...] El distinguido antropÛlogo Broom reconoce con franqueza que los restos de tipo sapiens de Èpocas primitivas han mostrado una extraÒa tendencia a desaparecer. …l cita descubrimientos hechos en Ipswich en 1885 y en Abbeville en 1863 como ejemplos especiales, y ofrece la siguiente explicaciÛn: ´Durante la ˙ltima mitad del siglo XIXcada calavera humana primitiva que se hallaba, si no tenÌa aspecto simiesco, era desacreditada, no importaba cu·n buenas parecieran ser su credencialesª.16
Y hoy en dÌa sigue utiliz·ndose la misma polÌtica, como indica Weidenreich: ´Al determinar el car·cter de una forma fÛsil dada y su lugar concreto en la lÌnea de la evoluciÛn humana, sÛlo debieran tomarse en cuenta como base de decisiÛn sus rasgos morfolÛgicos: ni la lo-
calizaciÛn del lugar en que se recuperÛ, ni la naturaleza geolÛgica del estrato en que se enterrÛ son importantesª.17
Con tales procedimientos no es de extraÒar que los evolucionistas crean haber demostrado la ascendencia simiesca del hombre. Las conclusiones son malas, pero es que las premisas y la metodologÌa son peores. Con esto en mente podremos entender la s·tira que un creacionista hace de las conclusiones y los mÈtodos evolucionistas: ´Cuanto m·s nos adentramos en las tinieblas de lo prehistÛrico m·s clara se hace nuestra visiÛn. AquÌ las cosas que no podrÌan inferirse en modo alguno si los datos fueran hombres contempor·neos pueden inferirse con confianza gracias a esta iluminaciÛn acumulada por el crep˙sculo de Èpocas remotasª.18
4. øEs el PaleolÌtico la degeneraciÛn de alguna cultura m·s avanzada conocida arqueolÛgicamente en la actualidad?
Ocasionalmente se oye una interpretaciÛn de los restos paleolÌticos en el sentido de que representan una degeneraciÛn cultural o racial en ciertas ·reas limÌtrofes en el mundo antiguo que serÌan presuntamente contempor·neas de alguna gran cultura asi·tica, quiz·s de la Època de los patriarcas o quiz·s posterior. Aunque esta explicaciÛn puede presentar algunos aspectos atractivos a primera vista, hemos de tener en cuenta una serie de factores que la hacen totalmente inviable:
1 Resulta problem·tico para un creacionista suponer que una tribu procedente de una alta cultura puede degenerarse de tal modo en su cultura y su utillaje que llegue a la situaciÛn que los prehistoriadores atribuyen al PaleolÌtico, y que no puede compararse con justicia con las culturas primitivas actuales. No existe, adem·s, la menor evidencia arqueolÛgica de que el PaleolÌtico haya podido derivar del NeolÌtico por degeneraciÛn ni, mucho menos, de la Edad del Bronce.
2 La distribuciÛn de los restos paleolÌticos por todo el mundo, sobre todo en Europa, es tal, y tan homogÈnea, que dicho fenÛmeno implica una uniformidad cultural continental, o, al menos, plurinacional virtualmente imposible de explicar por convergencia. Existen pueblos primitivos en la actualidad, y parece que llegaron a ese estado por aislamiento de centros culturales importantes; pero, pese a las similitudes existentes entre los pueblos primitivos de la actualidad motivadas por las carencias comunes, existen muchos rasgos culturales que los separan y diferencian, cosa que, en general, no ocurre con las culturas paleolÌticas europeas. Se hace embarazosamente difÌcil para un creacionista creer en la existencia de todo un continente de cavernÌcolas, pues no hay motivo ninguno para que un ser noble e inteligente como el hombre degenere y se brutalice en el seno de poblaciones medianas y grandes. Esta consideraciÛn es muy importante y debiera indicarnos que hay alg˙n concepto radicalmente errÛneo en la interpretaciÛn usual dada a los restos paleolÌticos, interpretaciÛn compartida extraÒamente por evolucionistas y creacionistas y con poca seriedad por parte de Èstos.
3 HistÛricamente resulta absurda la posibilidad de todo un continente con una cultura ìpaleolÌticaî contempor·neo de una elevada cultura que pudiese haber en Asia. Lo normal serÌa que hubiese relaciones comerciales, sino militares o de otra Ìndole, entre ambos continentes que forzosamente se verÌan reflejadas en testimonios arqueolÛgicos. Incluso los pueblos m·s primitivos de la actualidad, aunque estÈn aislados, realizan en mayor o menor grado ciertos intercambios comerciales con otros pueblos, ya directamente, ya mediante intermediarios. Esos intercambios, que pueden consistir desde una punta de flecha hecha de metal hasta un aparato de radio japonÈs, serÌan claramente detectables arqueolÛgicamente, y no se ve nada parecido en los restos paleolÌticos, lo cual debiera indicarnos que fue otro el caso.
4 Los hombres del PaleolÌtico dejaron en sus pinturas rupestres y en los huesos de animales encontrados con los suyos un reflejo de su mundo. Podemos conocer algo de la fau-
na con que convivieron, y ello nos permite constatar que es una Època muy diferente de aquella otra reflejada por las pinturas mesolÌticas (o bien neolÌticas) levantinas. Se trata de otra fauna, otro clima, otros conceptos religiosos quiz·s, otra Època...
5 Una ˙ltima consideraciÛn, importante sin duda para el creyente en la Biblia, tiene que ver con los datos y el concepto de historia que perfila el Antiguo Testamento. Como hemos mencionado en un trabajo anterior, nuestro mundo tiene una historia corta, y, si admitimos los datos numÈricos del texto masorÈtico hebreo, desde el Diluvio hasta la actualidad han transcurrido menos de 4.500 aÒos. Meter en ese lapso toda la historia conocida es una tarea difÌcil, aunque no imposible, que requiere una revisiÛn concienzuda de toda la historia del mundo antiguo, concretamente de Egipto, Anatolia y primeras Èpocas de Mesopotamia y Grecia, con un acercamiento a nuestra Època del NeolÌtico, etapa que puede hacer corresponder sin grandes dificultades con el perÌodo que media entre el Diluvio y la dispersiÛn desde Babel. Pero situar el PaleolÌtico entre el Diluvio y el NeolÌtico resulta inviable cronolÛgicamente, y, dada la brevedad del lapso implicado, arqueolÛgicamente imposible. En ning˙n lugar del mundo existen estratos paleolÌticos inmediatamente debajo de las ciudades neolÌticas, y si de tal cosa llegase a encontrarse alg˙n caso, tal caso deberÌa calificarse de excepcional.
Con tales consideraciones a la vista, no vemos m·s que una posibilidad: el PaleolÌtico es anterior al NeolÌtico tal como lo acabamos de datar y definir, y, por tanto, antediluviano.
5. øEs el PaleolÌtico antediluviano?
Nos hacemos cargo de la sorpresa o el estupor que la afirmaciÛn anterior haya podido causar en el lector. Yaunque creemos que es la conclusiÛn lÛgica de una serie de consideraciones cuya validez nos parece difÌcil rebatir, somos conscientes de una serie de objeciones que pueden presentarse en su contra y que vamos a considerar a continuaciÛn:
1™ La Biblia parece indicar, y el EspÌritu de ProfecÌa lo afirma categÛricamente, que el mundo antediluviano tuvo una cultura elevada, con maravillosas obras del ingenio humano y una enorme sabidurÌa, asÌ como importantes obras de arte. Sin embargo, los restos paleolÌticos no parecen revelar esto en absoluto, sino todo lo contrario.
2™ La inspiraciÛn seÒala que antes del Diluvio los hombres eran de elevada estatura, mucho m·s poderosos que los actuales habitantes del mundo. Sin embargo, los restos paleolÌticos no parecen mostrar esto, pues, salvo algunos ejemplares, los esqueletos que aparecen no son sustancialmente mejores que los del hombre actual. Adem·s, aunque ello sea, seg˙n se ha visto, de poca trascendencia, han aparecido cr·neos inferiores al del europeo medio actual. Aunque el tamaÒo del cr·neo no guarda necesariamente proporciÛn directa con la inteligencia, no es de esperar, ciertamente, que los primeros hombres, los primeros descendientes de Ad·n, tuviesen una capacidad craneana sensiblemente menor que la nuestra.
3™ El hombre paleolÌtico cazÛ mamuts y algunos otros animales que se encuentran congelados en Siberia y en Alaska en grandes cantidades en lo que se juzga por geÛlogos adventistas como accidentes postdiluvianos. Por ello parecerÌa razonable asumir que los cazadores en estos animales fueron postdiluvianos.
4™ Los arqueÛlogos y los geÛlogos han descubierto restos glaciares asociados con el hombre paleolÌtico. Como antes del Diluvio no pudo haber glaciaciones, tales restos tienen que ser todos postdiluvianos.
5™ Los restos paleolÌticos se encuentran preponderantemente, tal como vimos, en cuevas. Pero si esas cuevas se encuentran en terrenos de una estratigrafÌa definida por medio de los fÛsiles que contienen, entonces, de acuerdo con la interpretaciÛn que tradicionalmente damos los creacionistas a la geologÌa histÛrica, las cuevas mismas son posteriores al Diluvio. Ypuesto que los restos hallados en las cuevas fueron puestos en su interior no al azar, sino con orden, dichos restos tuvieron que ser asÌ ordenados, manejados,
y, verosÌmilmente, fabricados por personas que vivieron en la Època de las cuevas. Pero si las cuevas fueron postdiluvianas, øcÛmo podrÌan ser los restos lÌticos antediluvianos?
Creemos haber reflejado en su justo tÈrmino las objeciones que racionalmente pueden ponerse a la afirmaciÛn que hacÌamos al final del apartado anterior. Responder a todas ellas nos ocupar· cierto tiempo y el orden en que intentaremos refutarlas no va a aquÈl en que se enumeraron, que era creciente en dificultad, sino que intentaremos seguir otro orden lÛgico.
Seg˙n la opiniÛn del pionero de los geÛlogos adventistas, George McCready Price, la teorÌa glaciar habÌa cobrado gran popularidad entre los geÛlogos evolucionistas de sus dÌas debido a una necesidad inconsciente de buscar una especie de ìamortiguadorî que hiciese menos rudo el choque de constatar las diferencias que hay entre el mundo actual y el revelado por los estratos geolÛgicos19 y que la teorÌa uniformista, que negaba la posibilidad del Diluvio, no podÌa explicar. Por eso el invento de la teorÌa glaciar constituyÛ la soluciÛn m·gica para que el uniformista pudiera explicar sin demasiado rubor el paso de los tiempos geolÛgicos a la actualidad. No obstante algunos geÛlogos no creacionistas se dieron cuenta bien pronto de las debilidades inherentes de la hipÛtesis glaciar, entre los cuales destacÛ sir Henry H. Howorth, autor de The glacial nightmare and the Flood (La pesadilla glaciar y el Diluvio) y de otros libros en que expresaba su m·s firme rechazo de la posibilidad de la existencia de una Edad del Hielo tras analizar los fenÛmenos atribuidos a presuntas capas de hielo que habrÌan cubierto la pr·ctica totalidad de Europa y NorteamÈrica. Tal teorÌa era una extrapolaciÛn deducida de los efectos que a modesta escala producen los glaciares que existen en algunas montaÒas a elevadas alturas.
En la misma lÌnea se coloca Price, quien presenta las siguientes objeciones contra la existencia de una Edad del Hielo:
1. La imposibilidad de que las masas de hielo sean suficientemente espesas como para cubrir los lugares elevados en que se encuentran las marcas glaciares. Estas marcas se hallan en las cimas mismas de las m·s altas montaÒas de Nueva Inglaterra y Nueva York. En las MontaÒas Verdes se encuentran a una altura de 1.340 metros; y en las MontaÒas Blancas a 1.680 metros. Pero los fÌsicos declaran que el hielo no puede apilarse m·s de 490 metros sin que las capas inferiores comiencen a fundirse por la presiÛn de la masa que hay encima. El mayor espesor de hielo conocido hoy en la tierra, que se encuentra en la regiÛn ant·rtica, no es mayor que este m·ximo; y, seg˙n las leyes de la fÌsica, el hielo nunca podrÌa superar en espesor esta cantidad.
2. El mismo principio aparece en otra forma cuando intentamos imaginar cÛmo pudo esparcirse el hielo partiendo de dos o tres centros por la mayor parte de NorteamÈrica; porque para hacer que el hielo se moviese tan sÛlo una fracciÛn de las distancias que esta teorÌa requiere, tendrÌa que ejercerse detr·s de la masa tal cantidad de presiÛn (presumiblemente por gravedad) que excederÌa sobradamente la cantidad representada por una columna vertical de 490 metros. [...]
3. Las asÌ llamadas ·reas glaciadas est·n distribuidas en forma peculiar. Alaska no est· afectada; Siberia tampoco, ni gran parte de Rusia. Existen tambiÈn ·reas en que no hay terrenos de acarreo dentro de los lÌmites de los supuestos glaciares, estando una de las mejor conocidas en Wisconsin.
4. Las muchas evidencias de condiciones semitropicales a lo largo de muchas de estas regiones, tal como aparecen representadas por las plantas y animales fÛsiles que se encuentran en estos depÛsitos a los que se tilda de ìglaciaresî.
5. Los fÛsiles marinos frecuentemente encontrados interestratificados con las capas ìglaciaresî.
Que los glaciares son agentes erosivos y de transporte muy eficaces a pequeÒa escala no puede dudarse. Que puedan escarbar sus canales, transportar bloques de roca inmensos a lo largo de kilÛmetros, y apilar una masa heterogÈnea de escombros en sus tramos finales,
son todas cuestiones de observaciÛn. Pero que en un remoto pasado inmensas capas de hielo cubrieron la mayor parte de la zona noreste de NorteamÈrica y la noroeste de Europa, es pura especulaciÛn.20
Y, desde luego, nada tiene que ver tampoco con la Edad de Hielo el movimiento de la banquisa ·rtica. Acerca de ella ´las m·s recientes observaciones cientÌficas han puesto de manifiesto que, en contra de lo que podrÌa pensarse, [...] no es un casquete rÌgido. Por el contrario, sufre una continua circulaciÛn de la masa de hielosª,21 por lo que difÌcilmente puede usarse como argumento a favor de una edad glacial en Èpocas histÛricas por mucho que haya abarcado a Islandia y a parte del Mar de Noruega en el siglo XVII . Los hielos que flotan sobre el mar no pueden compararse con las supuestas capas de hielo que presuntamente esculpieron paisajes enteros en tierra firme.
Sir Henry H. Howorth afirmaba que las diversas capas glaciares constituÌan ´distintas fases de un ˙nico movimiento que representa un perÌodo de no larga duraciÛn; y las diferencias en las capas parecen marcar, no la operaciÛn de fuerzas distintas y ampliamente separadas, sino la maniobra m˙ltiple del agua que simult·neamente puede depositar y deposita capas de guijarros en lugar, bancos de arena en otro, y barro en un tercero, seg˙n la fuerza y el car·cter de sus corrientes.ª22 Este texto responde contundentemente a la cuarta objeciÛn que hacÌamos m·s arriba.
En cuanto a la tercera, la afirmaciÛn de que los mamuts sean seres que hayan vivido despuÈs del Diluvio no puede demostrarse con ning˙n hecho concreto, aparte de que su existencia postdiluviana no prejuzgarÌa su existencia antediluviana. El gran n˙mero en que estos animales han aparecido en Siberia parece sugerir lo contrario a lo que la objeciÛn pretende, ya que ´es dudoso que los climas siberianos postdiluvianos pudiesen haber mantenido en ning˙n momento hordas tan vastas de animalesª.23 Morris y Whitcomb indican que es perfectamente compatible con los hechos el que los mamuts y otros animales perecieran durante el Diluvio y que ´por supuesto, no tuvieran que flotar durante meses en el OcÈano £rtico, sino que fueron enterrados con rapidez en los estratos depositados por las aguas del diluvio. Las aguas atrapadas en estos sedimentos, separadas de las aguas c·lidas del ocÈano abierto, se congelaron con rapidez, formando permafrostª, 24 aunque la velocidad en que fueron enterrados y congelados no fue tan r·pida como para impedir que comenzaran a corromperse. En cuanto a la quinta, esta objeciÛn debe toda su plausibilidad a la suposiciÛn de que las cuevas paleolÌticas sean estructuras postdiluvianas. Hay muchas clases de cuevas en el mundo, y quiz·s podrÌa resultar una temeridad innecesaria afirmar que todas ellas sean antediluvianas. En cuanto se refiere a este estudio, serÌa suficiente con que lo fueran solamente aquellas que contienen restos paleolÌticos. Contra esta posibilidad solamente pueden invocarse dos argumentos: 1) si las cuevas est·n situadas en medio de una serie estratigr·fica geolÛgicamente bien definida es claro que la cueva misma se formÛ en terrenos alterados por el Diluvio con posterioridad al mismo; 2) si en las paredes de la cueva se llegara a encontrar fÛsiles o microfÛsiles, quiz·s de una estratigrafÌa concreta, ello probarÌa una vez m·s que est· formada por materiales arrastrados por el Diluvio.
Ambos argumentos est·n relacionados. El primero no es lÛgico que lo aduzca un creacionista, pues la afirmaciÛn de que no pueda haber entre dos estratos fosilÌferos uno primigenio que represente materiales originales antediluvianos es una hipÛtesis uniformista no comprobada. RefiriÈndose precisamente a los materiales originales calc·reos, base de tantas cuevas, Price seÒala que es posible que se produzcan serios errores partiendo de la suposiciÛn de que todas las calizas, o todas las capas carbonÌferas (como el grafito) se han formado por medios org·nicos. Desde luego, esto no es imperativo; porque muchos de tales materiales pueden haber sido originales o primitivos. La geologÌa inductiva no es una cosmogonÌa; y ninguna ciencia natural legÌtima se comprometer· a decir cÛmo comenzaron a existir los materiales originales del mundo.
Pero la posibilidad de que muchas de las calizas no fosilÌferas puedan haber sido originales, o primitivas, se ignora continuamente en las discusiones geolÛgicas. Como las naciones
codiciosas, hambrientas de tierra, que se han repartido parcelas de las porciones no ocupadas de £frica y Asia, incluyendo cada una en su ìesfera de influenciaî todo el territorio desocupado adyacente a sus posesiones reales, los geÛlogos llevan mucho tiempo acostumbrados a incluir en sus grupos formativos todas las rocas que haya a la vista que no son de una naturaleza fosilÌfera diferenciada clara y positivamente. AsÌ ocurre que grandes ·reas y grandes espesores de rocas que no contienen ning˙n fÛsil han sido metidos por la fuerza en las filas del Sil˙rico, del CarbonÌfero o del Cret·cico, seg˙n corresponda simplemente porque ninguna otra formaciÛn los ha incluido a˙n en su esfera de influencia, y porque la otra hipÛtesis popular sobre la condiciÛn originalmente Ìgnea del globo impide la idea de que puedan quedar fuera de las filas geolÛgicas rocas estratificadas.25
Esta importantÌsima declaraciÛn del primer geÛlogo adventista muestra claramente la debilidad de la quinta objeciÛn que antes se presentaba. El autor ha tenido la oportunidad de visitar varias cuevas paleolÌticas, algunas de las cuales contenÌan pinturas rupestres. Se puede preguntar cu·l es la estratigrafÌa en que est· situada la cueva, y normalmente se obtendr· una respuesta afirmativa en el sentido de que es carbonÌfera o tri·sica, o cualquier otra cosa. Es difÌcil precisar porcentajes sin un estudio exhaustivo, pero sin duda debe de ser altÌsimo el de la carencia de fÛsiles en la capa geolÛgica en que est· formada la cueva, si es que hay alguno. En cualquier caso, tampoco la presencia de ciertos fÛsiles en las paredes de una cueva serÌa una evidencia incontrovertible del origen postdiluviano de la misma, ya que los geÛlogos creacionistas suelen admitir que tambiÈn se pudieron formar fÛsiles antes del Diluvio.26
Que no es en absoluto imposible que muchas cuevas presumiblemente lechos de rÌos subterr·neos en otros tiemposhayan sobrevivido al Diluvio se deja ver claramente por GÈnesis 2:10-14, en donde, lisa y llanamente, MoisÈs indica que, al menos, dos rÌos antediluvianos el Tigris y el …ufrates existÌan a˙n en sus dÌas y en la actualidad en un curso que no debÌa de ser muy diferente del que habÌan tenido en los dÌas de Ad·n. Si algunos rÌos sobrevivieron al Diluvio, øpor quÈ no tambiÈn las cuevas ´prehistÛricasª? Existen abundantes evidencias de que las cuevas paleolÌticas han sufrido violentos ataques de las aguas, que daÒaron seriamente su entrada primitiva.27 øCÛmo explicar este fenÛmeno, aparentemente general, mejor que con el concepto del Diluvio universal, una vez mostrada la falacia de la hipÛtesis glaciar? Adem·s, se han descubierto en diversos lugares del mundo, como las islas Palaos, o en el gran agujero azul del Arrecife del Faro (Belice), o en las Bahamas, cuevas submarinas con estalactitas y estalagmitas. Puesto que tales formaciones sÛlo pueden haberse creado al aire libre, øcÛmo explicar su actual ubicaciÛn topogr·fica, a una profundidad a veces imposible de explicar por la presunta fundiciÛn de los glaciares continentales? øCu·ndo hemos de datar su hundimiento en el mar sino en el aÒo que durÛ el Diluvio? En el agujero azul del Arrecife del Faro hay estalactitas de crecimiento vertical y otras inclinadas 15 respecto a esa vertical. øNo es esto una evidencia de que estas ˙ltimas estalactitas representan las m·s antiguas de la cueva, las formadas antes de que un brusco movimiento de la corteza terrestre durante la primera fase del Diluvio trastornara la estructura de esta cueva inclinando su base primigenia 15 e iniciara la formaciÛn de las estalactitas que hoy est·n en posiciÛn vertical que hubieron de formarse muy poco antes del hundimiento de la cueva en las aguas del Diluvio?
6. El testimonio de la profecÌa
Las dos objeciones que quedan por responder tienen que ver directamente con los escritos de Elena G. de White. Por ello, antes de responderlas, vamos a transcribir dos declaraciones suyas que muestran contundentemente que el aserto que venimos considerando, a saber, que los restos paleolÌticos son antediluvianos es correcto:
´Se encuentran huesos de hombres y animales en la tierra, en las montaÒas y los valles, lo cual muestra que una vez vivieron sobre la tierra hombres y bestias mucho mayores. Se me
mostrÛ que antes del diluvio existieron animales muy grandes y poderosos que no existen ahora. Aveces se encuentran instrumentos bÈlicos y tambiÈn madera petrificada.ª28
´Los geÛlogos alegan que en la misma Tierra se encuentra la evidencia de que Èsta es mucho m·s vieja de lo que enseÒa el relato mosaico. Han descubierto huesos de seres humanos y de animales, asÌ como tambiÈn instrumentos bÈlicos, ·rboles petrificados, etc., mucho mayores que los que existen hoy dÌa, o que hayan existido durante miles de aÒos, y de esto infieren que la tierra estaba poblada mucho tiempo antes de la semana de la creaciÛn de la cual nos habla la Escritura, y por una raza de seres de tamaÒo muy superior al de cualquier hombre de la actualidad. Semejante razonamiento ha llevado a muchos que aseveran creer en la Sagrada Escritura a aceptar la idea de que los dÌas de la creaciÛn fueron perÌodos largos e indefinidos.
ªPero sin la historia bÌblica, la geologÌa no puede probar nada. Los que razonan con tanta seguridad acerca de sus descubrimientos, no tienen una nociÛn adecuada del tamaÒo de los hombres, los animales y los ·rboles antediluvianos, ni de los grandes cambios que ocurrieron en aquel entonces. Los vestigios que se encuentran en la tierra dan evidencia de condiciones que en muchos respectos eran muy diferentes de las actuales; pero el tiempo en que estas condiciones imperaron sÛlo puede saberse mediante la Sagrada Escritura. En la historia del diluvio, la inspiraciÛn divina ha explicado lo que la geologÌa sola jam·s podrÌa desentraÒar. En los dÌas de NoÈ, hombres, animales y ·rboles de un tamaÒo muchas veces mayor que el de los que existen actualmente, fueron sepultados y de esa manera preservados para probar a las generaciones subsiguientes que los antediluvianos perecieron por un diluvio. Dios quiso que el descubrimiento de estas cosas estableciese la fe de los hombres en la historia sagrada; pero Èstos, con su vano raciocinio, caen en el mismo error en que cayeron los antediluvianos: al usar mal las cosas que Dios les dio para su beneficio, las tornan en maldiciÛn.ª29
Este par de textos afirma varias cosas que son de interÈs para el estudio que estamos haciendo:
1™ Los fÛsiles de animales y ·rboles, que solÌan ser de mayor tamaÒo que los actuales, son evidencias del Diluvio.
2™ ´El tiempo en que estas condiciones imperaron [...] puede saberse mediante la Sagrada Escrituraª, y ´el relato mosaicoª ´enseÒaª que ´la Tierraª tiene una antig¸edad definida, todo lo cual implica que GÈnesis 5 y 11 son guÌas cronolÛgicas seguras, pues de no serlo no podrÌan datarse ni aproximadamente los tiempos del Diluvio ni tampoco, por supuesto, la antig¸edad del planeta.
3™ Los hombres de ciencia habÌan encontrado ya antes de 1864, fecha de publicaciÛn del tercer volumen de Spiritual gifts , evidencias de hombres antediluvianos y de objetos por ellos fabricados, instrumentos bÈlicos concretamente. De estos restos humanos encontrados habÌan sacado varias conclusiones, entre las cuales se encontraba la suposiciÛn de que la Tierra habÌa sido habitada por una raza de gigantes hacÌa muchos miles de aÒos.
4™ Los hombres antediluvianos eran de una gran estatura.
Podr· parecer extraÒo que hayamos hecho una distinciÛn entre la tercera y la cuarta conclusiÛn, pero precisamente aquÌ est· la clave que ha de servir para responder a la segunda objeciÛn enunciada en el apartado anterior.
Hasta 1864 solamente se habÌan realizado diez hallazgos de hombres paleolÌticos en todo el mundo que hayan llegado a nuestros dÌas, adem·s de otros que han ìdesaparecidoî (vÈase supra, cita 16). Tres de ellos eran de la raza de Neanderthal (en 1830 en Lieja, BÈlgica; en 1848 en Gibraltar; y en 1856 en la localidad de Neanderthal, Alemania); los otros siete fueron catalogados como Homo sapiens sapiens (en 1797 en Mendips, Gran BretaÒa; en 1823 en Swansea, tambiÈn en Gran BretaÒa; en 1830 en Lieja, BÈlgica; en 1840, nuevamente en Mendips; en 1846 en Natchez, U.S.A.; en 1863-65 en Bruniequel, Francia; y en 1864 en La Madeleine, Francia).30 Las conclusiones a las que llegaron los arqueÛlogos fueron diversas, pero hubo un punto en el que por lo general, concordaron: el que hubiera habido ´una raza
de gigantes en Èpocas remotas no tenÌa nada de mitoª.31 Esta es una confirmaciÛn evidente de las palabras de Elena White antes citadas, pero sigue existiendo la cuestiÛn de cÛmo identificar a ese hombre de Cromagnon, que tenÌa una estatura media de 190 centÌmetros, con los ´gigantesª, con los hombres antediluvianos que eran ìmucho mayoresî que nosotros. Aunque ello no suponga una explicaciÛn global, puede resultar interesante recordar que el texto de GÈnesis 6:4 no parece implicar que todos los antediluvianos fueran gigantes. Al igual que no todos fueron ´varones de renombreª, probablemente habrÌa algunos que no tuvieron aquellas enormes tallas. Esto es algo afirmado claramente por el EspÌritu de ProfecÌa: ´Set era de m·s noble estatura que CaÌn o Abel, y se parecÌa a Ad·n m·s que los otros hijos de Èste. Los descendientes de Set se habÌan separado de los malvados descendientes de CaÌn. Estimaban el conocimiento de la voluntad de Dios, mientras que la impÌa raza de CaÌn no tenÌa respeto de Dios ni de sus sagrados mandamientos. [...] ªAquellos que honraban y temÌan ofender a Dios, al principio no sintieron la maldiciÛn sino ligeramente; mientras que aquellos que se apartaron de Dios y pisotearon su autoridad, sintieron los efectos de la maldiciÛn m·s intensamente, especialmente en la estatura y en la nobleza de forma.ª32
Sin duda alguna, la alimentaciÛn fundamentalmente carnÌvora de los cainitas debiÛ de desempeÒar un papel importante en su decadencia fÌsica.33 Sin embargo, la decadencia fÌsica de los cainitas por sÌ sola no puede explicar el que los restos paleolÌticos sean de una estatura tan baja comparativamente. En la Època del Diluvio hubieron de perecer, como mÌnimo, varios miles de seres humanos de muy grandes proporciones, que constituÌan la mayor parte de la poblaciÛn de su mundo. Probablemente no todos ellos se habr·n preservado hasta nuestros dÌas, pero, si hemos de confiar en el EspÌritu de ProfecÌa, algunos ya se habrÌan encontrado en sus dÌas. øHay evidencias de que hayan existido hombres de gran altura? La respuesta es afirmativa, pero presenta una cierta ambig¸edad: no se conocen en estratigrafÌas paleolÌticas.
Existen tres tipos de restos probablemente humanos de enormes proporciones que parecen de bastante antig¸edad: 1) las enormes huellas de pisadas humanas en estratos geolÛgicos carbonÌferos y cret·cicos;34 2) ciertos dientes fÛsiles posiblemente humanos, aunque existen dudas, de estratigrafÌa insuficientemente demostrada, pero de aparente gran antig¸edad, encontrados en Java, China e India, y que han dado origen a hablar de ciertos Gigantropithecus y Meganthropus, hombres de 250 a 350 centÌmetros de altura;35 esqueletos de enormes proporciones, pero de dataciÛn imposible de determinar por no estar asociados con ning˙n resto cultural, que se han encontrado ocasionalmente y que suelen interpretarse como individuos aquejados de acromegalia. Algunos ejemplos cl·sicos se han descubierto en Gran BretaÒa, como en Logie Pert, Forfashire, en Escocia, o en la cueva Mentone. Es enteramente natural, entonces, el que no haya evidencias de contemporaneidad entre los restos paleolÌticos y los vestigios arqueolÛgicos de gigantes. Al aparecer estos restos sin asociaciÛn cultural alguna y al ser, en todos los aspectos salvo el tamaÒo, como los del hombre moderno, no es pensable que los antropÛlogos, sobre todo si son evolucionistas, les atribuyan gran antig¸edad, tal como mostr·bamos anteriormente.
7. La cultura antediluviana
Pero entonces, øpor quÈ los restos humanos del PaleolÌtico no son de esa enorme altura y por quÈ est·n en cuevas? øFueron enterrados allÌ por el Diluvio? La respuesta a estas preguntas ser· tambiÈn la contestaciÛn a la ˙nica objeciÛn que resta por refutar, y la explicaciÛn final del enigm·tico asunto que estamos considerando. Antes de abordar directamente estas preguntas, no obstante, consideraremos un importante aspecto de orden teÛrico. Los diversos estratos paleolÌticos reciben por lo general la denominaciÛn de la localidad, casi siempre francesa, en que se descubrieron y estudiaron por
vez primera instrumentos lÌticos del tipo en cuestiÛn. Se supone que dos estratos distantes en mucho o en poco que contengan el mismo tipo de instrumentos de piedra y con la misma forma de talla son contempor·neos. Sin duda, lo menos que cabe decir es que tal suposiciÛn es un poco gratuita. En ning˙n lugar del mundo aparece una estratigrafÌa ìcompletaî desde el Abbevillense hasta el Magdaleniense. Tal escala se ha hecho en museos ˙nicamente. Lo ˙nico que nos encontramos al excavar es diversos yacimientos muchos de los cuales tienen un ˙nico estrato y con los que, por tanto no es posible establecer ninguna relaciÛn de tipo cronolÛgico. Existen, sin embargo, yacimientos en los que sÌ existe estratigrafÌa con dos, tres o m·s capas culturalmente bien diferenciadas. Apartir de estos yacimientos que tienen muestras estratificadas de varias ìculturasî se han ido atribuyendo posiciones cronolÛgicas relativas a todos los dem·s hallazgos, y, como en ning˙n lugar existe la serie ìcompletaî, Èsta ha tenido que ser montada a base de ìparchesî. Naturalmente, se ha montado dicha escala en la mayor parte de los casos de modo que cuadre bien con la idea preconcebida de un ìprogresoî de lo simple a lo complejo. Si en alg˙n yacimiento se invierte en alg˙n lugar la estratigrafÌa se recurre a un sistema totalmente artificioso para evitar reconocer la anomalÌa se inventa un nuevo nombre para el subestrato en cuestiÛn y se explica que la regresiÛn se debiÛ o al clima o a una epidemia . Yal contrario, si en un estrato ìprimitivoî aparecen instrumentos de ìculturasî avanzadas en ning˙n modo se admitir· que dichos objetos son de la ìcultura avanzadaî, sino que r·pidamente se ìdescubrir·î alguna diferencia ìb·sicaî y se disipar·n las dudas de los inquisidores diciendo que tales objetos avanzados fueron realizados por alg˙n artista genial que se adelantÛ en siglos a su Època y que representan tan sÛlo una facies local de existencia fugaz.
Sin embargo, en honor a la verdad, hemos de decir que la correlaciÛn estratigr·fica del PaleolÌtico est· bastante bien hecha y puede admitirse como v·lida en general, siempre que no lleguemos al extremo de admitir la necesidad de la contemporaneidad de yacimientos similares que se encuentren muy separados y del orden histÛrico inamovible a nivel universal de facies culturales locales que en otro lugar pudieran seguir un orden diferente.
La cuestiÛn importante es ahora: øPueden los restos paleolÌticos tener alguna relaciÛn con la elevada cultura antediluviana? Ve·moslo. Sabido es que el hombre antediluviano conocÌa el hierro y otros metales (GÈn. 4:22). Sin embargo, debemos reconocer que incluso en tiempos histÛricos el hierro ha llegado a ser un metal semiprecioso, de valor comparable al del oro; tan escaso y difÌcil de obtener era. ImaginÈmonos, pues, la sociedad antediluviana que comienza a expandirse, que empieza poco a poco a fabricar algunos utensilios imprescindibles para su comodidad: vasijas para el grano, hoces para la siega, arados quiz·s, hachas para cortar ·rboles con que hacer casas, instrumentos para el trabajo de algunos minerales duros que pudieran ser usados como materiales de construcciÛn o para el modelado escultÛrico, recipientes para la mezcla de tintes naturales, cuchillos o tijeras para esquilar las ovejas, algunas industrias textiles, ciertos utensilios para comer, hornos para fundir algunos objetos o para cocer vasijas, armas de caza y utensilios bÈlicos. øNos puede mostrar algo de esto el inventario de los objetos de una cueva paleolÌtica? SÛlo en una Ìnfima parte. øYpor quÈ? simplemente, porque las cuevas y otros lugares en que se encuentran restos paleolÌticos no constituyen un muestreo normal de una civilizaciÛn prediluviana, sino tan sÛlo un muestreo selectivo. Mientras que un estrato de una ciudad de la Edad del Bronce o del Hierro nos muestra restos tÌpicos de esa ciudad en el momento de una cat·strofe s˙bita que ìfosilizÛî el nivel de vida de la Època, los restos que hay en los estratos paleolÌticos no representan el verdadero nivel de vida de sus autores, sino tan sÛlo una parte de Èl: se trata de yacimientos funcionales; no son muestreos con representatividad histÛrica, y a la vista de lo que venimos diciendo, no puede pretenderse con seriedad que sean reflejo del h·bitat de sus autores: no puede probarse que las cuevas paleolÌticas hayan sido vivienda del hombre simplemente porque haya en ellas evidencias de la actividad humana dejadas allÌ, evidentemente, por el hombre.
Pero, se preguntar·, øpara quÈ dejaban entonces los antediluvianos aquellos montones de piedras en las cuevas y en otros lugares? øPor quÈ en las cuevas o en las terrazas fluviales
concretamente? øPor quÈ sÛlo instrumentos toscos y no de hierro? øFueron los restos humanos encontrados con los utensilios paleolÌticos enterramientos intencionales? øQue tenÌa de significativo la estatura de dichos restos? øTiene alg˙n significado la aparente universalidad de esta costumbre?
Probablemente podremos llegar a alguna conclusiÛn concreta realizando ciertas consideraciones acerca de nuestros conocimientos del mundo antediluviano. Tras el asesinato de Abel, la raza de CaÌn viviÛ separada del resto de la humanidad (GÈn. 4: 12, 14, 16, 17) por alg˙n tiempo. En su retiro desarrollÛ una cultura netamente materialista de indudable prosperidad econÛmica en donde la ganaderÌa, la metalurgia e incluso las artes musicales (GÈn. 4: 20-22) tenÌan lugares preponderantes. Aparentemente, con el paso del tiempo la poblaciÛn cainita creciÛ m·s all· de lo que permitÌa su primitivo reducto geogr·fico, por lo que invadiÛ las tierras ocupadas por los descendientes de Set y quiz·s m·s all· a˙n. Apesar de su degradaciÛn moral, todo parecÌa sonreirles: tenÌan prÛsperas ciudades y negocios. Aparentemente, sus industrias eran florecientes. Mientras que por un tiempo los descendientes de Set permanecieron separados, pronto relativamente cedieron a los atractivos del prÛspero nivel de vida de los cainitas y a los de la indumentaria, o falta de ella, de sus mujeres, razÛn por la que las jÛvenes ´hijas de los hombresª parecieron m·s apetecibles a ´los hijos de Diosª que las piadosas mujeres de su propia raza (GÈn. 6: 4), y solamente una mÌnima parte de Èstos se mantuvo fiel.
De la uniÛn de ambas estirpes surgiÛ una poderosa raza mixta de ´varones de renombreª, presumiblemente los dirigentes de una nueva sociedad con nuevas metas, con el propÛsito obstinado de desobedecer el plan descentralizador de Dios de crear una sociedad humana esparcida por todo el mundo y no controlada por ning˙n poder opresor (GÈn. 1:28; 4:12). En efecto, una de las caracterÌsticas sociolÛgicas de los cainitas, en la que les ha seguido despuÈs casi toda la humanidad, es la fundaciÛn de ciudades (GÈn. 4:17), centro neur·lgico de todos los estados, que, como la historia tristemente ha enseÒado, suelen ser instrumentos de poder para beneficio de pocos y explotaciÛn de muchos. Este centralismo estatal, probablemente estructurado a nivel mundial, podrÌa muy bien ser la explicaciÛn de la comunidad de costumbres en el PaleolÌtico, reflejo de una aceptaciÛn por todo el mundo de un orden sacral inamovible. Aquella sociedad convirtiÛ la impiedad y el ateÌsmo en las m·s altas virtudes ciudadanas y cada cual procuraba superar a las dem·s en estos aspectos y en sus actos de violencia.
´La gente usaba el oro, la plata, las piedras preciosas y la madera escogida, para edificar casas para sÌ, y cada cual se esforzaba en superar al otro. EmbellecÌan y adornaban sus casas y tierras con las obras m·s ingeniosas, y provocaban a Dios por sus perversas acciones. Formaban im·genes para adorarlas, y enseÒaban a sus hijos a considerar estas obras de arte, hechas con sus propias manos, como dioses, y adorarlas. No escogieron pensar en Dios, el Creador de los cielos y la tierra, y no le tributaron agradecimiento a Aquel que les habÌa proporcionado todas las cosas que poseÌan. Incluso negaban la existencia del Dios del cielo, y se glorificaban en las obras de sus propias manos y las adoraban. Se corrompieron a sÌ mismos con las cosas que Dios habÌa puesto sobre la tierra para el beneficio del hombre. Se prepararon hermosos paseos cubiertos con ·rboles frutales de todas clases. Bajo estos ·rboles majestuosos y hermosos, con sus ramas bien extendidas, que eran verdes desde el comienzo hasta el final del aÒo, pusieron sus Ìdolos de culto. Bosques enteros, por el abrigo de sus ramas, fueron dedicados a sus dioses idol·tricos, y embellecidos para que la gente acudiese a su culto idÛlatra. [...]
ªEn vez de hacer justicia a sus prÛjimos, ejecutaban sus propios deseos ilegÌtimos. TenÌan una pluralidad de esposas, lo cual era contrario al sabio plan de Dios. [...] Cuanto m·s multiplicaban los hombres las esposas para sÌ, m·s malvados e infelices se hacÌan. Si uno elegÌa tomar las mujeres, el ganado, o cualquier cosa que perteneciera a su prÛjimo, no consideraba la justicia o el derecho, sino que si podÌa prevalecer sobre su prÛjimo por la razÛn de la fuerza, o mat·ndole, asÌ lo hacÌa, y se regocijaba en sus actos de violencia. Disfrutaban des-
truyendo las vidas de los animales. Los usaban como alimento, y esto aumentaba su ferocidad y violencia, y hacÌa que considerasen la sangre de los seres humanos con asombrosa indiferencia.ª36
´En los dÌas de NoÈ, la abrumadora mayorÌa se oponÌa a la verdad y estaba prendada de una trama de falsedades. La tierra estaba llena de violencia. Guerra, crimen, asesinato estaban a la orden del dÌa.ª37
´La impiedad de los hombres fue manifiesta y osada, la justicia fue pisoteada en el polvo, y las lamentaciones de los oprimidos ascendieron hasta el cielo.ª38
Cuando llegÛ el momento del Diluvio, ´los altares donde habÌan ofrecido sacrificios humanos fueron destruÌdos, y los adoradores temblaron ante el poder del Dios viviente, y comprendieron que habÌa sido su corrupciÛn e idolatrÌa lo que habÌa provocado su destrucciÛnª.39
Tenemos en la declaraciÛn anterior muy probablemente la clave para explicar quÈ son los restos paleolÌticos: son los restos de cad·veres de los individuos, sin duda alguna inmaduros al no haber alcanzado en el momento de su muerte la edad comparativamente avanzada en que se lograba la plenitud de estatura (antes del Diluvio apenas hubo muertes por enfermedad en la juventud) 40 que fueron sacrificados antes del Diluvio. En Èpocas histÛricas se han practicado sacrificios humanos de individuos adultos entre diversos pueblos, hasta entre los romanos, pero la forma predilecta de los pueblos orientales parecÌa ser la muerte de los niÒos y jÛvenes, muchas veces del propio hijo del oferente; otras de enemigos capturados en batallas y expediciones de pillaje. Especialmente curiosa es la salvaje costumbre de los espartiatas de ìeliminarî periÛdicamente a algunos miembros de la poblaciÛn sometida, cuyos miembros eran denominados hilotas.
Y si los restos humanos paleolÌticos son realmente evidencias de sacrificios humanos realizados con una uniformidad notable en todo el mundo antiguo, entonces todos los yacimientos paleolÌticos podrÌan representar, con toda probabilidad, una costumbre sociolÛgica extendida a nivel mundial relacionada de alg˙n modo con dichos sacrificios, o, en general, con la religiÛn idÛlatra de los antediluvianos.
Estas consideraciones y otras ya expuestas anteriormente, de cuyo car·cter parcialmente hipotÈtico somos plenamente conscientes, nos llevan irremisiblemente hacia una conclusiÛn: el hombre antediluviano formÛ deliberadamente enterramientos estratificados en ciertos lugares especiales que habÌa en su mundo. No pueden interpretarse razonablemente de otra manera las capas estratificadas que se dan en las cuevas, pues en ning˙n modo puede el mero paso del tiempo ser responsable de enterramientos reiterados en un mismo lugar, como ocurre en muchas cuevas, de objetos dejados accidental o intencionalmente en el mismo. Para explicar los espesores considerables de las capas en que aparecen las sucesivas estratigrafÌas paleolÌticas por el mero paso del tiempo se requerirÌan decenas o centenares de miles de aÒos, lapsos de los que sÛlo disponen los evolucionistas uniformistas, pero no nosotros.
A modo de ensayo y bajo esta perspectiva, no parecerÌa descabellado intentar concretar m·s las consideraciones anteriores diciendo que los restos pÈtreos del PaleolÌtico pueden representar enterramientos rituales de los instrumentos bÈlicos o de caza de ciertas poblaciones o ciertos sectores de la poblaciÛn m·s o menos marginados, o, seg˙n la expresiÛn de Elena White antes citada, ´oprimidosª, que lo eran, presumiblemente, por los ´varones de renombreª y la sociedad por ellos creada.
Es claro entonces por quÈ no aparecen en las cuevas objetos de hierro u otros que revelen una cultura superior: aparte de que los objetos de hierro se habrÌan oxidado con la humedad y el paso del tiempo hasta el punto de quedar irreconocibles, asÌ como otros objetos perecederos, no serÌa propio de aquellos hombres que enterraran sus mejores objetos y ni siquiera objetos representativos de su cultura con los sacrificios humanos ofrecidos a sus dioses. Ofrendaban aquello que les sobraba, aquellos instrumentos que tenÌan en superabundancia, la cual los hacÌa, en sÌ mismos, baratos, o simplemente, aquellos objetos apropiados para una tradiciÛn ritual determinada. Si hubiÈsemos de juzgar el Egipto faraÛnico por el ins-
trumental utilizado para el proceso de la momificaciÛn de los difuntos, probablemente llegarÌamos a la conclusiÛn de que vivieron en lo que la gente llama la ìEdad de Piedraî, ya que los ˙tiles usados para realizar los cortes en el cuerpo del difunto para extraerle las vÌsceras fueron siempre, como demandaba la tradiciÛn, de sÌlex, a pesar de que tanto el difunto como los sacerdotes conocÌan perfectamente el bronce y otros metales.
Evidentemente, los estratos paleolÌticos responder·n a un progreso en la confecciÛn de instrumentos de piedra, pero no tan acusado como en un principio podrÌa parecer por la comparaciÛn entre un Abbevillense y un Magdaleniense, por ejemplo. En efecto, si los restos enterrados en cuevas u otros lugares representan ofrendas votivas de objetos sin valor por su superabundancia, o bien ìpeligrososî en manos de una capa ìoprimidaî de aquella sociedad, entonces podrÌa haber objetos perfectamente tallados o de muy distinta naturaleza que podrÌamos llamar musterienses, auriÒacienses, de la Edad del Bronce o cualquier otra cosa, que fuesen contempor·neos de restos muy ìprimitivosî. Es decir, a la hora de realizar aquellas presuntas ofrendas, los antediluvianos enterrarÌan solamente los objetos que no les fueran ˙tiles, que en un principio serÌan tan sÛlo los m·s elementales y toscos. Con el aumento de la poblaciÛn y el progreso en el nivel de vida de todos los sectores de la sociedad, empezarÌan a abundar objetos de talla m·s sutil y costo m·s elevado, con lo que aquellos oferentes podrÌan permitirse el lujo de ofrendar tan ìricosî dones. Naturalmente, no se puede negar una cierta evoluciÛn cultural en los diecisiete siglos que durÛ el mundo antediluviano, pero en ning˙n caso se puede admitir que las primeras sociedades antediluvianas fueran incapaces de realizar en el comienzo mismo obras del estilo de un Magdaleniense avanzado o algo muy superior.
O, por decirlo de otra manera, cabe la comparaciÛn de los estratos arqueolÛgicos del PaleolÌtico con los geolÛgicos. AsÌ como en Èstos, seg˙n la explicaciÛn creacionista m·s convincente, lo que determinÛ el m·s r·pido enterramiento de los seres vivos antediluvianos fue la situaciÛn topogr·fica de su nicho ecolÛgico, es decir, su zonaciÛn ecolÛgica, en aquÈllos lo que determinÛ su mayor o menor retraso en el enterramiento provocado por el hombre fue, exclusivamente, su funcionalidad y su coste de producciÛn.
Estamos ahora en condiciones de dar una explicaciÛn en cuanto al fenÛmeno ya mencionado de la inversiÛn estratigr·fica que se da en algunas terrazas fluviales. Ya hemos visto que los geÛlogos uniformistas atribuyen las terrazas fluviales directa o indirectamente a la acciÛn de los glaciares durante su Edad del Hielo. Desgraciadamente para la teorÌa glaciar, existen terrazas fluviales en territorios meridionales que nadie cree que hayan sido afectados jam·s por glaciaciÛn alguna,41 lo cual constituye una evidencia concluyente de que las terrazas fluviales, como tantas otras cosas, son vestigios de la erosiÛn hidr·ulica de antaÒo. Ya hemos visto que, al menos, dos rÌos antediluvianos sobrevivieron al Diluvio. Sin duda alguna, no debieron ser los ˙nicos. Seg˙n fueron ascendiendo los continentes tras el Diluvio, el paisaje fue volviendo poco a poco a una cierta normalidad relativa. Las antiguas fuentes fluviales que lograron sobrevivir volvieron a entrar en acciÛn y las aguas de sus rÌos fueron abriendo nuevos cauces que en muchos tramos coincidirÌan con los antiguos. Desde el Diluvio nuestro planeta ha debido de experimentar muchos otros cambios menores, entre los cuales puede contarse la desapariciÛn de los rÌos GihÛn y PisÛn, que, aparentemente, a˙n existÌan en la Època de MoisÈs (GÈn. 2: 11-13). Parte de estos cambios menores posteriores podrÌa explicarse por una adecuaciÛn progresiva de las condiciones clim·ticas a la situaciÛn actual, adem·s de por varios perÌodos de actividad tectÛnica y orogÈnica. Particularmente incidente en la cuestiÛn que estamos considerando tuvo que ser la progresiva elevaciÛn de los continentes. En efecto, tal elevaciÛn habrÌa traÌdo como consecuencia inmediata para todos los rÌos no interiores del continente un rejuvenecimiento de su cauce, con una aceleraciÛn acusadÌsima de su poder erosivo cada vez que el continente sufriera un nuevo empuje hacia arriba. Ese poder erosivo, junto con una posible disminuciÛn del caudal de los rÌos, serÌa el responsable de que el cauce del rÌo se fuera hundiendo cada vez m·s en los estratos producidos por el Diluvio a base de los materiales hallados rÌo arriba en Època antediluviana.
Por supuesto, la deposiciÛn de tales materiales habrÌa sido, en lÌneas generales, precisamente la inversa a la normal en que se habÌa encontrado en el mundo antediluviano. Ycada vez que las aguas del Diluvio consiguiesen arrasar un yacimiento ìpaleolÌticoî, de arriba abajo, los restos lÌticos serÌan arrastrados por las corrientes de agua y finalmente depositados precisamente en un mismo corte vertical del terreno en las terrazas fluviales. El concepto de las glaciaciones no permite explicar debidamente este hecho, a no ser que se recurra a la hipÛtesis improbable de que cada una fuera de menor intensidad que la anterior, y aun asÌ no cuadra con el hecho de la existencia de terrazas fluviales en territorios muy meridionales.
8. Consideraciones finales
Las p·ginas anteriores muestran un intento eslabonado de explicar conforme a un punto de vista cristiano los restos paleolÌticos. Aunque en toda reconstrucciÛn de lo que no se ha visto hace falta una cierta dosis de imaginaciÛn, hemos procurado relegar Èsta a un mÌnimo indispensable. No podemos pretender que las precisiones hechas en las ˙ltimas p·ginas sean la explicaciÛn completa y final de la razÛn de ser los restos paleolÌticos. El autor espera y desea que estudios posteriores m·s concretos puedan descubrir nuevos detalles de alcance que perfeccionen el esquema arriba presentado. Pero una cosa es cierta: los descubrimientos que se hagan en el futuro no podr·n seguir interpret·ndose ˙nicamente seg˙n el modelo uniformista. Hemos presentado una hipÛtesis de trabajo que no se opone a ning˙n hecho cientÌfico conocido, que no es ni mucho menos seria ni erudita que la ìoficialî y que tiene la enorme ventaja de explicar ciertas anomalÌas que la interpretaciÛn tradicional de los hechos prehistÛricos no puede aclarar, y de ser, adem·s, acorde con la inspiraciÛn.
Parafraseando las palabras de Elena White, nos gustarÌa acabar diciendo que ìno obstante la iniquidad del mundo antediluviano, esa Època la del PaleolÌtico no fue, como a menudo se ha supuesto, una era de ignorancia y barbarieî. ìLos antediluvianosî, es decir, los hombres de la mal llamada Edad de Piedra, de esa parte de la existencia humana de lo que no nos ha llegado documento escrito alguno, ´no tenÌan libros ni anales escritos; pero con su gran vigor mental y fÌsico disponÌan de una memoria poderosa, que les permitÌa comprender y retener lo que se les comunicaba, para transmitirlo despuÈs con toda precisiÛn a sus descendientesª.42 Un dÌa las aguas del Diluvio entraron en las casas y arrastraron a aquel pueblo ´hacia los templos que habÌan erigido para su culto idÛlatra. Pero los templos fueron barridos. Se rompiÛ la corteza de la tierra y el agua que habÌa estado escondida en sus entraÒas se desbordÛª.43 De aquellos templos no nos han quedado muestras, pero sÌ de lo que sin duda eran sus anexos las cuevas ìpaleolÌticasî como testimonio incontrovertible de que ´el mundo de entonces pereciÛ anegado en aguaª; pero ´la tierra, que proviene del agua y por el agua subsisteª y ´los cielos ... que existen ahora, est·n reservados por la palabra de Diosª, ´guardados para el fuego en el dÌa del juicio y de la perdi ciÛn de los hombres impÌosª. (2 Ped. 3:5-7).
Notas Bibliogr·ficas
1. VÈase, en cuanto a la cuestiÛn de las diferencias de datos numÈricos nuestra publicaciÛn anterior, øCu·nto ha durado la historia? y el Comentario bÌblico adventista del sÈptimo dÌa, tomo 1, pp. 189, 190.
2. VÈase, por ejemplo, Id., pp. 63-68; Flori, Jean y Rasolofomasoandro, Henri, øEvoluciÛn o creaciÛn? y otras obras que son citadas en la bibliografÌa de Èsta.
3. Garn, Stanley, M., ´Culture and the direction of human evolutionª, en Human evolution (ref. 1), pp. 102, 103, 105, 107.
4. Vallois, Henri, citado en: Stewart, T. D., ´The problem of the earliest claimed representatives of Homo sapiensª, en The origin and evolution of man, 15 (1950): 101.
5. Weidenreich, Franz, Apes, giants and man, Chicago University Press, 1948, p. 2.
6. Dobzhansky, Theodosius, ´Changing manª, Science, 155 (1967): 410, 411.
7. Custance, Arthur C., GÈnesis and Early Man - The Doorway Papers, vol. 2, Zondervan Corporation, Grand Rapids, Michigan, 1975, p. 162.
8. Id., p. 21. VÈase tambiÈn Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana , tomo 17, artÌculo ´DeformaciÛnª, p. 1317. Espasa-Calpe, Madrid.
9. VÈase Id., mismo artÌculo, pp. 1317-1318. Pueden observarse tambiÈn las ilustraciones de la p. 1319.
10. Custance, Op. cit., p. 183.
11. Wallis, Wilson D., ´The structure of prehistoric manª, en The making of man, Modern Library, Nueva York, 1931, pp. 69 ss.
12. Custance, op. cit., p. 183.
13. Id., pp. 17,18.
14. Wallis, loc. cit.
15. Id., pp. 72, 73.
16. Koppers, Wilhelm, Primitive man an his world picture, Sheed and Ward, Londres, p. 238.
17. Weidenreich, Franz, ´The skull of sinanthropus pekinensis: Acomparative study on a primitive hominid skullª, Paleontologica Sinica, N. S. D., 127 (1943): 1, N 10.
18. Wallis, citado por Custance, op. cit., p. 245.
19. Price, George MacCready, The new geology, Pacific Press Publishing Association, Mountain View, California, 1923, p. 571.
20. Id., pp. 162-164.
21. RodrÌguez de la Fuente, FÈlix, Enciclopedia Salvat de la fauna, Barcelona, 1970, vol. 6, p. 148.
22. Howorth, Henry H., The glacial nightmare and the flood, pp. 843-844.
23. Whitcomb, John C., Jr. y Morris, Henry M., The Genesis Flood, Filadelfia, 1964, p. 290.
24. Ibid.
25. Price, op. cit., p. 202.
26. VÈase, por ejemplo, Coffin, Harold G., Creation - Accident or Design, Review and Herald Publishing Association, Whasington, D. C., 1969, pp. 109-111.
27. VÈase, por ejemplo, Berenguer, MagÌn, ´La Cueva de "Tito Bustillo"ª, Tesoros de Asturias, GijÛn, 1972, p. 99.
28. White, Helen G., Spiritual gifts, vol. 3, p. 92.
29. White, Elena G., Patriarcas y profetas, pp. 103, 104.
30. VÈase Oakley, Kenneth P., CronologÌa del hombre fÛsil, Barcelona, 1968, pp. 244-281.
31. VÈase Price, Op. cit., p. 702.
32. White, Helen G., Spiritual Gifts, vol. 3, p. 60.
33. VÈase White, Elena G., Patriarcas y profetas, p. 80.
34. VÈase Coffin, op. cit, p. 218; von Kˆnigswald, G. H. R., Meeting prehistoric man, The Scientific Book Club, Londres, 1956, p. 113.
35. VÈase The american peoples encyclopaedia, 1960, vol. 9, col. 9557; Weidenreich, op. cit.
36. White, Helen G., Spiritual gifts, vol. 3, pp. 63, 64.
37. Comentario de White, Elena G., en: Comentario bÌblico adventista del sÈptimo dÌa, vol. 1, p. 1104.
38. White, Elena G., Patriarcas y profetas, p. 80. El Ènfasis no est· en el original.
39. Id., p. 87.
40. VÈase, por ejemplo, White, Elena G., Consejos sobre el rÈgimen alimenticio, pp. 139, 140.
41. VÈase Price, Op. cit., p. 573.
42. VÈase White, Elena G., Patriarcas y profetas, pp. 69, 70.
43. White, Helen G., Signs of the Times del 4 de abril de 1901 (vol. 27, n 15, p. 4), p. 174 del cuarto tomo de la compilaciÛn de esta publicaciÛn recientemente hecha.