
El corazón pensante de los barracones "Cartas"
HILLESUM, Etty
Barcelona: Anthropos, 2005. 174 pp.
La sociedad en la que vivimos tiende demasiado fácilmente a olvidar el pasado y las consecuencias funestas de ciertas ideas.
En el presente libro se recoge la correspondencia que mantuvo Etty Hillesum desde finales de 1941 hasta poco antes de ser ejecutada en el campo de concentración de Auschwitz (30 de noviembre de 1943). De hecho las últimas cartas son de septiembre de 1943.
A través de ellas nos informa de una forma vivaz de las condiciones atroces en las que se vivía en el campo de concentración de Westerbork (Holanda), de cómo la desesperación se apoderaba de numerosas personas, de la angustia a la que se veían sometidos los padres ante el sufrimiento de sus hijos, muchos de ellos bebés, de como la espera ante la deportación al Este se convertía en una obsesión que lo llenaba todo. Finalmente, podemos oír de primera mano en qué condiciones eran deportados aquellos que se encontraban recluidos por la única razón de ser judíos.
A pesar de las condiciones dramáticas en las cuales se vio obligada a vivir, Etty Hillesum pudo ver algo de positivo: pudo amar a pesar de todo. Ella dirá:
«Me doy cuenta, dice, que dónde quiera que haya seres humanos, hay vida...»
Algunos, al contemplar el pasado, se preguntan cómo fue posible y la verdad es que no existe una respuesta fácil. Lo que sí que es posible es aprender de ese pasado para que una situación semejante o parecida no se vuelva a producir nunca. El libro de Etty Hillesum nos ayuda a concienciarnos de la importancia de no olvidar, porque por desgracia siempre existe el riesgo de cometer las mismas atrocidades u otras parecidas, olvidando el respeto que merece nuestro prójimo. Pero, además, nos hace ser sensibles a cómo el creer en Dios nos puede ayudar a superar el sufrimiento aún en las situaciones más difíciles. Etty Hillesum fue capaz de seguir creyendo en Dios a pesar de todo lo que sucedía a su alrededor. Sus cartas están repletas de confianza en Dios:
«La vida es buena por definición; si a veces se nos tuerce no es culpa de Dios sino nuestra.»
«Tú me diste tanto, Dios mío, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, en una larga conversación.»