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Mandrรกgora I


Henri d’Andeli Juan José Arreola

el Lay de Aristóteles Traducción de José Luis Rivas Paréntesis de Luis Alberto Ayala Blanco Grabado de José Clemente Orozco Farías

AUIEO


Título original: Le lai d’Aristote © De la traducción José Luis Rivas

Del texto de Juan José Arreola © Herederos Juan José Arreola © Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V. Av. Presidente Masarik 111, Segundo piso Colonia Chapultepec Morales C.P. 11570, México, D. F.

Del Paréntesis © Luis Alberto Ayala Blanco © Auieo Ediciones Virginia 49 – 304 A Col. Parque San Andrés C.P. 04040, México, D.F. www.auieo.mx auieo@auieo.mx

Primera edición Ciudad de México, 2011 isbn: 978-607-7974-02-4 Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la previa autorización por escrito del Editor.


Nota Del Lai d’Aristote, atribuido a Henri d’Andeli, fechado entre 1220 y 1230, se conservan seis manuscritos: cuatro en la Bibliothèque Nationale de France, París; uno en la Bibliothèque de l’Arsenal, París; uno en la Bibliothèque Municipal de Saint-Omer. La extensión del texto, en los distintos testimonios, oscila de 412 a 661 versos. En 1880, Alexandre Herón curó las Œuvres de Henri d’Andeli, fi­ jando el poema en 579 versos. En 1901, el mismo Herón publicó una nueva edición, Le lai d’Aristote, basada en el texto, hasta entonces inédito, del manuscrito 3516 de la Bibliothèque de l’Arsenal. Esta misma edición es la que aquí se reproduce, modernizando la ortografía de los numerales .j. .ij. .iiij. en un/une, deus, quatre. La traducción al castellano de José Luis Rivas, trae a colación las variantes de Herón, de 1901; la de Anatole de Montaiglon y Gaston Raynaud, en su Recueil général et complet des fabliaux des XIII et XIV siècles, publicada en 1883; la de Maurice Delbouille, Henri d’Andeli. Le Lai d’Aristote, publié d’après tout les manuscrits, de 1951, y la de Alain Corbellari, Les Dits d’Henri d’Andeli, de 2003. El cuento “El lai de Aristóteles”, de Juan José Arreola, apareció en una plaquette de 1950, Cuentos, y sucesivamente, con la grafía “El lay de Aristóteles”, en Confabulario, de 1952, y en Bestiario, de 1959.


Henri d’Andeli

el Lay de Aristóteles Traducción de José Luis Rivas


N

o debe renunciarse a narrar cuentos bellos, sino que han de contarse con deleite, pues de hacerlo se aprende prudencia y cortesía. Por justicia y costumbre, en el bien se complacen aquellos que son buenos; mas los malvados sacan a relucir la jeta delante de eso que los buenos elogian. Éstos muestran su aprecio y su desdÊn los otros, pues propio de la envidia es corroer el pecho de los hombres que apenas oyen hablar bien de alguno,

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lanzan un juicio adverso. ¡No comprendo por qué les pesa tanto! “Gente malévola y poco cortés, ¿por qué sobre los otros lanzáis vuestro enfado y vuestra insidia? ¡Cuán pobre excusa debe ser la vuestra! Mortal pecado obráis doblemente: primero, hablando mal de vuestro prójimo, y después exhibiendo, con vil maledicencia, vuestra propia vileza. Cierto: cosa muy burda es la calumnia, pero tal es ahora el mundo que ninguno, por muy noble que sea, se abstiene de la gana de hablar mal de los otros, y la envidia tampoco anda a la zaga.” No quiero demorarme, con todo, en este punto: creo que gano muy poco riñendo a esos bajos infames, a quienes bien podría llamarse Maganzones: están tan gangrenados por la insidia, que nada más la muerte consigue enmudecerlos.

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Regreso por lo tanto a eso que he de ocuparme (el asunto que fuese tan de mi gusto cuando lo escuchara), pues ha de relatarse con metro y compostura, sin tosquedad alguna y sin tardanza, pues obra donde deja su traza lo ordinario no debe referirse en una corte; y nunca en mi existencia lo vulgar ha encontrado refugio en mis empeños: jamás he consentido nada por el estilo y jamás he de hacerlo: a la palabra burda la he expulsado de todos mis escritos pues rudeza aniquila y arrebata el sabor a cada cosa; no compondré, mientras cuente con vida, obra donde aparezcan las palabras vulgares, sino una que se eleve a manera de ejemplo y que, como los frutos y como las especias, sea tan de valer cuanto agradable. Versa nuestro relato acerca de Alejandro, rey de Grecia, quien fuera gran señor y se impusiera a numerosos príncipes,

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elevando sobre ellos su rango y su poder, nutrido por su madre, la Largueza, esa que amarga sabe a los avaros y dulce al generoso: así como el avaro adora su dinero, el noble generoso detesta conservarlo, pues ningún fruto rinde el dinero guardado bajo llave. Pero Alejandro siempre supo elevarse sobre sus riquezas, siendo su bien supremo sus nobles caballeros. No suelen lograr esto los príncipes restantes ya que guardan y esconden lo que tienen, sin que ello les otorgue honores y otras prendas. Pero logró Alejandro la conquista de todo y todo a manos llenas lo obsequió; todo lo tuvo, todo fue suyo y lo dio todo, pues al repartir todo con Largueza pudo ejercer mejor su poderío. Pero regreso ahora a mi relato. Dueño y señor de Grecia y Egipto, Alejandro había ya extendido su dominio hasta la mayor parte de la India mas se encontraba ahora muy en paz y en reposo.

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Si queréis saber por qué se hallaba así tan de su grado, os diré la razón: Amor, que a todos prende y envuelve en su abrazo, y a todos ase y ciñe con su cuerda, lo tenía atrapado de tal guisa que estaba convertido en amante cortés, algo que le placía por entero pues había encontrado amiga tan hermosa como desear cabe. Solamente tenía un interés: estar al lado de ella todo el tiempo. Amor sabe ser amo y señor de tal modo que al ser más poderoso de la tierra lo vuelve tan sumiso y humilde que se olvida del todo de sí mismo para darse a su dueña. Así tiene que ser: Amor cuando se apropia de alguno lo encarcela sin que suelte una queja; y domina lo mismo al rey más poderoso que al más pobre vasallo de Champaña o de Francia. ¡Así de absoluto es su señorío! El rey está con su amiga y a la redonda corren los rumores: que Alejandro se humilla, eso se dice,

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que se comporta como si le faltara el juicio pues no se aparta de ella. Mas tal exige Amor de aquel a quien vulnera con su ardiente saeta, esa con que lograra desquiciarlo. Mas tampoco su dueña se está libre, y así la lucha se ve tan pareja que no sale ninguno bien librado. Y la moza a su vez es poseída por todos los ardores que arrebatan su pecho. No hay por qué sorprenderse demasiado si Alejandro con ella permanece: el deseo lo inflama, y a su férrea voluntad en todo se somete; si no, quebrantaría lo que Amor cortés manda al amante. Pocos de los cercanos a Alejandro se atreven a hablarle de eso, pero lo hacen a sus espaldas, hasta que los rumores llegan a los oídos de Aristóteles, maestro de Alejandro, quien se ocupa del caso e intenta disuadirlo. Y así le dice con suma franqueza: “En mala hora habéis abandonado a todos los nobles caballeros que forman vuestra corte

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por el amor de una moza extranjera.” Y Alejandro responde, diciendo cara a cara: “Y qué os va en ello. Pienso que nunca conocieron lo que es amor, según veo, quienes se extrañan y tachan de delirio mi conducta, pues se debe agradar y amar sólo a una dueña y aquel que lo malvé poco corazón tiene.” Aristóteles, sabio en todo asunto, explica al rey que ha procedido mal al pasar la semana entera con su amiga olvidando el solaz y la fiesta que debe procurarle a sus fieles caballeros. Su maestro le dice: “Pienso que ciego sois y se os puede llevar a pacer con las bestias. Tenéis trastornada la cabeza si por una muchacha extranjera se nubla de tal manera vuestro corazón y recobrar no puede la mesura. Os suplico que dejéis de proceder así; el entretenimiento puede costaros caro.” Así, con gran afecto, el maestro Aristóteles

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reprendió a su señor, y, avergonzado, el rey dijo que dejaría de ver a su amiga de buena gana, a tal punto confiaba en su maestro. Alejandro, durante cierto tiempo cumple con lo dicho y no va con su dama, mas su deseo, aunque ya no la vea como lo hacía en otro tiempo, no disminuye, sino que ahora la ama y la desea más. El miedo y la inquietud de no verla dominan su voluntad. No puede disipar su recuerdo aunque deje de verla, ya que Amor le transporta su rostro deslumbrante y sus bellas maneras en las que no se aprecia traza alguna de mal o grosería: frente lisa y más clara que el cristal, bello cuerpo, hermosa boca y rubia cabellera. “¡Ah, suspira, en qué infortunio desean que yo viva! Mi maestro me aconseja que destruya lo que a mi corazón le da el aliento. Tanto me insta y trata de ceñirme

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a ajena voluntad que me tengo por loco, más locura sería, sin embargo, mi voluntad enajenar por otra. Mi maestro y mis vasallos no saben lo que siento, si les doy la razón he de perderlo todo. ¿Puede Amor sujetarse a una serie de normas? Nunca, sólo obedece a su deseo.” De tal manera el rey se lamentaba antes de ver de nuevo a su dama adorada. La muchacha, bastante confundida por la ausencia tan larga del rey, le dice entonces: “Señor, ninguna duda tengo de vuestra grave falta. ¿Cómo se abstiene el amante cortés de no ver a su dueña?” Dichas estas palabras llora, y luego enmudece. Y así el rey le responde: “No os extrañéis, dueña, que tiene una razón esta tardanza: mucho me criticaban todos mis caballeros y barones porque apenas tenía solaz para con ellos,

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y me ha reprendido por eso mi maestro. Con todo, me parece haberme equivocado pues pude dar al traste a mi designio de ser cortés amante, por temor al desprecio y la vergüenza.” “Señor, dijo la dama, sé bien lo que pretendo, ¡con la ayuda de Dios! Si ingenio y juicio están conmigo, pronto conseguiré vengarme, y a vuestro encanecido y macilento maestro podréis censurar y reprender por un acto peor. Mañana hacia la hora nona, si vivo, y Amor sus fuerzas me concede (y no habrán de faltarle) podréis presenciar que ninguna dialéctica ni gramática acude en su socorro. Si, por medio de mí, Natura no lo cambia, prometo someterlo a dura prueba al menos. Será mañana el día; levantaos temprano, rey y señor, y veréis a Natura colocar al maestro de tal suerte que lejos quedará de su saber y ciencia. Nunca conocerá castigo tan contado ni tan travieso como el de mañana, cuando acuda yo al pie de su vivienda.

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¡En mala hora nos ha avergonzado! No dejéis de estar a la ventana de esta torre, que el resto corre ya de mi cuenta.” Lo que escuchó de labios de ella, le dio mucha alegría a Alejandro, la estrechó entre sus brazos y cortésmente dijo: “Sois muy valiente, hermoso y dulce corazón, y que Dios me condene si vuestro amor traiciono, pues mío es el amor que yo deseo y no pido otro alguno.” Con aquellas palabras dijo adiós a su dama. La mañana siguiente, llegado ya el momento ella se levantó y con gran cuidado se internó en el vergel y fue bajo la torre, llevando puesto sólo su vestido que era un brial de seda color índigo con bordados en oro; ésa era una mañana de verano y el vergel rebosaba de verdor, no había que temer al frío, sino al calor, templado por una suave brisa. Natura había abierto la flor de lis y rosa

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de la clara faz de ella, pero mantenía intacta la esbeltez de su talle: no usando impla ni cinto, le bastaba su trenza larga y rubia para así hermosearlo. Por el vergel va alegre aquella que Natura había hecho perfecta; con los pies desnudos, leve y suelto su brial que arremanga a la vez que canta por lo bajo: Allí bajo el olivo ¡viene ahora mi amiga! La fuente mana clara en medio de gladiolos y bajo los alisos. Ya la miro, ya la miro, la miro… ¡la rubia tan hermosa a quien me rindo! Oye el rey tal canción y lleva a la ventana su corazón y oídos. La voz y las palabras de su amiga lo tienen hechizado. Ahora su maestro ateniense, Aristóteles, bien podrá alardear de que amores buenos, sinceros y distantes desean acercársele. Y ya no hará reproches al rey ni le hablará con disgusto: también la voluntad propia verá perdida. Delante de sus libros, él estaba sentado

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y se yergue; a la dama ve ir y venir, e inquieto, acaba por cerrar sus libros: “Ay, Dios mío! Si esta hermosura más cerca se arrimase, estaría a merced suya. ¿Cómo? ¿Sería capaz de hacerlo? No, no debe pasar nunca que yo, tan sabio y diestro como soy, guarde en mi corazón tanta locura, ¡y que mi pecho pierda por mirarla una vez! Quiere Amor acogerlo, pero Honor lo repele. ¿Qué pasa con mi pecho? Estoy viejo y canoso, muy feo y macilento, ennegrecido y flaco, por más filosofía que sepa. Mi conato ha sido en vano: nunca acabé de aprender. Ahora desaprendo para bien aprender Amor, que a tantos sabios ha prendado. He ya desaprendido aprendiendo conforme Amor me va prendiendo. Y viendo que no puedo librarme de él, que pase lo que debe pasar. Venga Amor a alojarse… ¡que venga a mí! No sé qué decir, argumentos no tengo que oponerle.” Y mientras el maestro se lamenta, la dama con un ramo de menta un sombrerito de flores trenza, y va evocando a la vez sus amores, las flores recoge y va cantando:

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¡Aquí amores me tienen! Lavaba aquí la moza. Dulce amor, ¡cuánto os amo! Aquí amores me tienen donde tengo mi mano. Y ella va así, cantando divertida, mas Aristóteles se angustia porque la moza no se arrima: bien sabe ella qué debe hacer para excitarlo y seducirlo; quiere cazarlo con saeta bien ornada. Ha puesto tanto empeño en ello que consigue sujetarlo del todo a su antojo. Graciosa y lentamente pone el sombrero en su linda testa, con gran soltura como si no supiese que está siendo observada. Y, para seducirlo mejor, va a su ventana, cantando alguna estrofa de una canción de enredo, decidida de plano a lograr su propósito: En un vergel, orillas de una fuente de aguas claras y blanca arena, está sentada la hija del rey, la mano en su mejilla, y llama suspirando al dulce amigo:

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– ¡Ay, conde Guis, amigo! Me quita vuestro amor la risa y la alegría. Al acabar su canto, rasando un ventanal muy bajo va la moza, y aquel que apenas podía contener su deseo, la aferra por el brial. Esta vez está en la trampa: el viejo gato que tiró la vela ya no puede escaparse. Y la joven se muestra muy espantada y grita: “¿Pero qué es esto? ¡Oh Dios! ¿Quién es el que me apresa de tal modo?” “Dama, sed bienvenida”, dijo el que fuera juez y condenador de esa misma acción cuando ajena. “Maestro, ¡vaya! Pero ¿sois vos lo que yo veo?” “Sí —respondió— mi dulce dama; por vos en todo trance sacrificaría yo cuerpo y alma, honor y vida. Amor me impide, y Natura también, separarme de vos.” “Maestro, no os reprocho si me amáis, pero tal cosa puede tomar un mal cariz: alguien me ha malquistado con el rey y le han recriminado que pasara largo tiempo conmigo.”

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Dijo Aristóteles: “No os preocupéis, que yo os repararé de injurias e inquinas, reproches y disputas, pues el rey a mí me quiere, respeta y considera por encima de todos los que forman su corte. Pero, por Dios, entrad y saciad mi deseo de vuestro esbelto y magnífico cuerpo.” “Maestro, dijo ella, antes de que cometa tal locura por vos, si tan prendado estáis de mí, cumplidme un singular deseo: me ha venido el antojo de cabalgar un poco sobre vos por la yerba de este huerto, y quisiera poneros en la espalda una silla jineta para ir con gran porte.” El anciano responde muy contento que, al ser suyo del todo y para todo, puede hacer ella con él lo que quiera. ¡Y tan fuera de sí lo pone Amor, que deja le coloquen encima una silla jineta. Ya con la silla encima y bien montado, se da cuenta a las claras de que es muy bruto y necio. Así Amor de un anciano hace un infante

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si Natura lo aguija, pues hasta el más sapiente de los hombres permite que lo ensillen y arrastren por la yerba un trecho, a cuatro patas. Tema digno de ejemplo y proverbio sería si lograra yo a tiempo sacar la moraleja. Subir hizo Aristóteles a la joven encima y así la transportó. Alejandro, entretanto, se divierte mirando y observando a aquel que siendo la suma cordura no pudo nada contra el loco Amor. La joven, satisfecha, lo conduce hasta el fondo del vergel; se divierte montando y canta a voz en cuello: Va así quien Amor guía, bella Doe lava lana. Monto a maestro tonto. Va así quien Amor guía y así quien lo sostiene. Alejandro en la torre se encontraba y todo lo ocurrido ha presenciado: “Pero, maestro —dice—, bien veo que se os monta, ¿qué cosa ha sucedido

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que perdisteis tanto la cordura? Vos, que me prohibisteis verla, ¡estáis ahora a tal punto mermado que ni una pizca guardáis de juicio y os comportáis igual que una bestia!” Irguió su frente de nuevo Aristóteles y la joven se apeó. Repuso con vergüenza el maestro: “Señor, decís verdad, pero también podéis mirar a todas luces que nada errado estaba yo al temer que, en juvenil amor y en fuego propio, pudieseis vos arder, si yo mismo, ya anciano, no puedo erguir la testa ante el Amor y me trata del modo que vos habéis visto. Todo lo que he leído y aprendido, Natura lo borró en un segundo, y si gusta inmiscuirse, se zampa de un bocado toda ciencia. Y no consideréis un gran yerro que me haya prodigado tratando de ponerte a salvo de su yugo, pues bien conozco todos los peligros, sinsabores y penas que Natura provoca. Y así incurro, forzado, en locura elocuente para mostraros cómo no os podéis

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separar, sin perjuicio ni reproche, de vuestras gentes.” Una buena y noble salida dio el maestro a su percance, la dama por su parte pudo cumplir el plan que se propuso. El rey la amó más todavía porque había rescatado su honor ante el maestro que lo había mal visto y censurado, pero supo Aristóteles tan bien justificarse del escarnio sufrido que el rey, presa de risas, lo perdona, y el maestro a su vez proseguir le permite sus deseos pues nada ve de reprensible en ellos. Ahora quiero hacer una pregunta acerca de este asunto para la cual recurro por garante a Catón, hombre sabio y prudente y de gran autoridad: Turpe est doctori cum culpa redarguit ipsum. Explica en este verso el gran Catón que es algo inconveniente reprender otra vez a alguien por una falta cuando uno es acusado de incurrir en lo mismo, quien así se comporta

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envilece y vulnera la propia inteligencia. Y Aristóteles, que vio con gran desprecio a su señor e hizo censura de él por verlo enamorado, al presentársele la primera ocasión dejó que Amor lo asiera y dejase indefenso. Y si quedó prendado a pesar suyo, ¿debe ser censurado? ¡Nunca! Pues lo obligaron Voluntad y Amor, que su poder ejercen sobre todo. No creo, por lo tanto, que el maestro pueda ser responsable tampoco de una falta, ya que no actuó según elección propia, sino por mero y justo mandato de Natura. Henri pone fin a este cuento mostrando que apartar no se puede al corazón prendado, ni desposeerlo de su deseo si Amor lo ha encendido para luego atraparlo y ponerle su yugo. Y no será por cierto un amante leal quien, sintiendo lo amargo del amor, no lo encuentra agradable. Deben los males de amor aceptarse porque tras ellos vienen los bienes y, a menudo,

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va Amor, a fuer de penas, poniéndonos a prueba. Así, quien permanece muy leal, sufriendo su martirio se sostiene, pues su tristeza habrá de tornarse alegría. Este poema enseña que no debe criticarse, o malverse, a los enamorados, pues a todos, varones y mujeres, manda y domina Amor, que vuelve vana toda voluntad y honrosa toda acción. Y si de los quebrantos del Amor tuvo que soportar la pesadumbre aquel que fue maestro en toda ciencia, nosotros aún más debemos soportarlos pues somos menos sabios: Amor a manos llenas recompensa a quien con lealtad consigue sostenerse en medio de congojas y tormentos. Es ésta la verdad y la proclamo: Amor todo lo vence y lo seguirá haciendo mientras dure este mundo.

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Henri d’Andeli

le Lai d’Aristote


D

e conter biaus mos et retraire Ne se doit on mie retraire, Ains doit on volen tiers oir De ce c’on se puet esjoir Li bon, c’est raisons et costume, Et li malvais en font la frume Enraument que il dire Poent; C’alsi com li bon le bien loent Et vont la bone gent prisant Le despisent li mesdisant Quant il pis ne lor puent faire, Et envie est de tei afaire Qu’ele maint tot adès el cuer De cex qui sont mis a tel fuer

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Qu’il n’oent de nului bien dire Qu’il ne le voelent contredire. Si me merveil par coi lor poise. Gent felenesse et poi cortoise, Por coi metez vos sor autrui Vostre mesdit et vostre anui? Trop a ci povre escusement. Vos pechiés deus fois mortelment; L’uns est del mesdire entremetre, Et li autres est del sus metre Vostre mesdit, vo vilonie; Certes est cruex felonie, Mais tex est li mons devenus Que ne s’en set mais garder nus, Tant soit de cortoisie entiers, Qu’il ne mesdie(nt) volentiers, Car envie pas ne s’estance. Mais ne voil faire arestance Ne demorée ci endroit. Jo croi que petit me vaudroit A blasmer les cruex felons C’on peut apeler guenelons Que de tenir ne se porroient De mesdire s’il ne moroient,

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Tant i sont mis et afaitié. Or revenrai a mon traitié D’un afaire que j’enpris ai Dont l’aventure molt prisai Quant j’en oi la matere oïe Qui bien doit estre desploïe Et dite par rime et retraite Sans vilain mot et sans retraite, Car oevre ou vilonie cort Ne doit estre contée a cort; Ainc ne l’enpris ne n’enprendrai, Ja vilain mot n’entreprendrai En oevre, n’en dit que je face; Quar vilonie si defface Tote riens et tolt sa savor Ne ja ne me ferai trovor De nule riens en mon vivant Ou vilains moz voist arrivant, Ainz dirai de droit examplere Chose qui puist valoir et plere; C’ert en leu de fruit et d’espece. Nous trovons que li rois de Grece Alixandres, qui tant fu sire Et a tant prince moustra s’ire

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Por aus abessier et donter Et por lui croistre et amonter, Soz lui fist larguece sa mere Qui a toz avers semble amere Et douce a toute large gent; Quar tant comme avers aime argent Le het larges a soustenir Por ce c’onors n’en puet venir Tant com il est mis en estui; Mais onques n’ot part sor cestui Riens qui venist d’argent ne d’or, Ains fist de chevaliers tresor. Ce ne font pas li altre prince Car cascuns recalpe et repince Et muche et repont si le sien Que hom n’en a ne altres bien. Cil que on apelle Alixandre Recuilli por par tot espandre, Tot ot, tot prist et tot dona, Car a largece abandona Le fraim por miex son voloir faire. Repairier voil a mon afaire. Li bons rois de Grece et d’Egipte Avoit desosses piés sougite

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De novel Ynde le major, Si ert la demorés a sojor. Et se vos me volez enquerre Por coi demoroit en la terre Si volentiers et tenoit coi Bien vos dirai raison por coi. Amors qui tot prent et enbrace Et tot aert et tot enlace L’avoit ja si en broies mis K’il ert devenuz fins amis Dont ne se repentoit mie Quar il avoit trovée amie Si bele comme a souhaidier. N’avoit cure d’aillors plaidier Fors qu’avoec li manoir et estre Bien est amors et sire et mestre Quant du monde le plus poissant Fet si humble et obeissant Qu’il ne prent nul conroi de lui Ainz s’oublie tot por autrui. Cest droiz, qu’amors est de tel pris Que puis qu’ele a un home pris N’i doit il avoir nul desroi, Qu’autant a amors sor un roi

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De droit pooir, ce est la somme, Comme sor tout leplus povre homme Qui soit en Champaigne n’en France, Tant est sa seignorie franche. Li rois avoec s’amie maint; S’en parolent maintes et maint De ce qu’il en tel point s’afole Et qu’il maine vie si fole Que il d’avoec li ne se muet Com cil qui amender nel puet. Ainsi le velt amors et cele Qui point l’a d’ardant estancele D’ardant estincele l’a point Cele qui bien l’a mis a point. Por quant ele n’en est pas quite, Ains est si partie la luite Que jo ne sai al quel entendre, Car de quant que cuers puet destendre Rest la pucele enamorée; Et s’il fail iluec demorée, Ce n’est mie molt de grant merveille Pus que volentés li conseille, Il li covient, ce n’est pas doute, Porfurnir sa volenté toute,

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Ou il desferoit le commant C’amors commande a fin amant. Molt de sa gent parler n’en osent Mais tant par derriere l’en cosent Que ses maistre Aristote l’ot. C’est bien raison qu’il li deslot; Belement a conseil l’a mis, Dist lui que mar a deguerpis Les bachelors de son roialme Por l’amor d’une seule dame. Quantes en i covient il donques? Jo croi que cil n’amerent onques Qui fol l’en voldroient clamer. On n’en puet c’une seule amer, Dont ne puet par droit plaire c’une, Et ki de ce le roi rancune Qu’il maint la ou ses cuers li rueve Petit d’amor dedens li trueve. Aristote qui tot savoit Quant qu’en droite clergie avoit Vint al roi et se li conte C’on li atornoit a grant honte De ce qu’en tel point se demaine Que tote entiere la semaine

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Est avoec s’amie et areste Qu’il ne fait ne solas ne feste A sa chevalerie toute “Je croi que vos ne veés goute, Rois, fait Aristote ses maistre. Or vos porra on mener paistre Tout issi comme beste en pré. Trop avés le cuer destempré Quant por une seule dame [estrange] Vos cuers si malement se cange C’on n’i puet mesure trover. Je vos voil proier et rover A deporter de tel usage Car trop i paiés le musage.” Et li rois debonnairement Li respondi honteusement K’il s’en gardera volentiers Car bien set qu’il li est mestiers. Alixandres ensi demeure Et atent maint jor et mainte eure Qu’a s’amie ne va, n’aproche Por le dit et por le reproche Qu’il oï son maistre reprendre; Mais sa volentés n’est pas mendre,

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Encor n’i voist il com il seut; Si l’aime il plus et miex li veut Que il ne feist onques mais. Hontes de mesprendre et esmais L’en fait estre son gré tenir; Mais n’en a pas le souvenir Laissié(t), je croi, avoec la voie, C’amors li ramembre et ravoie Son gent cors, sa clere façon Ou il n’a nule retraçon De vilonie ne de mal: Front poli plus blanc de cristal, Beax nés et bouche et col et chief: “Ha! fait-il, con a grant meschief Veut tote ma gent que je vive. Mes maistres veut que jo escive Ce que si pres del cuer me gist. Tant me destraint, tant me [sogist] Altrui mal que jo tieng por fol Quant por altrui voloir m’afol: C’est grant folie, ce me samble. Mes maistres et mi home ensamble. Ne sentent pas ce que jo sent, Et se jo plus a aus m’asent

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Mais n’avrai bien, ce m’est avis. Veut amors vivre par devis? Nenil, mais par sa volenté.” Ensi s’est li rois dementé, Pus si revait veoir celui Qui tant forment li abeli, Car ele estoit loial amie Et molt estoit desconseiilie De la demorée le roi. Lors dist: “De vostre grant desroi Me sui bien perceüe, sire. Fins amis comment se consire De veir ce que tant li plaist?” A tant plore, si se taist. Et li rois li respont: “Amie, Or ne vos esmerveillié mie; El demorer ot ocoison. Mi chevalier et mi baron Me blasmoient trop laidement De ce que trop escarsement Estoie sovent avoec ax, Et mes maistres dist que c’iert max Qui m’en a laidement repris. Ne por quant bien sai c’ai mespris

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Quant por aus desfis ainc en mi La volenté de fin ami, Mais jo doutai despit et honte. – Sire, jo sai bien que ce monte, Fait la dame, se Dex me saut, Mais s’engien et sens ne me faut Par tens m’en saurai si vengier Que miex le porrés laidengier Et reprendre d’oevre plus male Vostre maistre chenu et pale, Se jo vif demain dusc’a none Et amors sa force abandonne Qui poissance ja ne faudra, Ne ja vers moi ne li valdra Dialetikes ne gramaire; Se par moi nature nel maire, Puis que jo me sui arramie, Dont saura il trop d’escremie, Si l’aperceverés demain. Sire rois, or vos levés main; Si verrés nature apointer Al maistre por lui despointer De son sens et de sa clergie. Ainc de si trançant escorgie

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Ne fu ferus ne de si cointe Com il aura demain acointe. Mar vos a lait dit ne gabé; Or soiés demain en abé As fenestres de cele tor Et jo porverrai mon ator.” Alixandres molt s’esjoï De ce que dire li oï; Pus l’acola estroitemeat Se li dist debonairement: “Molt estes vaillans, beaus cuers dos, Et se jo aim altrui que vos Si me doinst Dex malvais escoil. Amors ai teles com jo voil Si c’a nul autre ne claim part.” A icest mot de lui se part, Si s’en va et cele demeure. Al matin, quant tens fu et eure, Sans altrui esveillier se lieve Quar li lever pas ne li grieve. Blanceflor s’est aparellïe Com sage et bien ensegnie. Lor est en pure sa chemise El vergier de sos la tor mise

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En un bliaut ynde gouté, Car la matinée est d’esté Et li vergiers plains de verdure. Si ne doute pas la froidure Car il faisoit coi dous oré. Bien li ot nature floré Son cler vis de lis et de rose Qu’en tote sa taille n’ot cose Qui par droit estre n’i déust. Si ne quidiés pas qu’ele éust Ne guinple de soie ne bende, Si l’enbelist molt et amende Sa trace grosse, longhe et blonde; N’a pas deservi c’on le tonde Dame que issi bel chief porte; Par mi le vergier se deporte. Cele ki nature avoit painte, Nus piés, desloiée et desçainte S’en va escorchant son bliaut. Basset chantant ne mie haut: “Chou est la jus desos l’olive; Or la voi venir m’amie. La foniaine i sort serie El glaijoloi de sos l’ausnoi.

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Or la voi, la voi, la voi; La bele blonde, a li m’otroi.” Li rois la chançonete entent Ki son chief et s’oreille tent A la fenestre por oïr. Molt l’a fait s’amie esjoïr De son dit et de son canter. Anqui se porra bien vanter Ses maistre Aristote d’Athaines C’amors bones, loiax et saines Se desirent a aprochier. Ne mais n’en ira reprochier Le roi ne ne dira anui Tant s’aura de folie en lui Et tant ert de volenté yvres. Levés ert, si sist a ses livres; Voit la dame aler et venir; Al cuer li met un sovenir Tel que ses livres li fait clorre. “He Dex! car venist ore Cis beax mireors prés de ci! Si me metroie en sa merci: Comment se m’i metroie donques? Non ferai; ce n’avint onques

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Que jo qui tant sai et tant puis Tant de folie en mon cuer truis C’un seul vers tot mon cuer en oste. Amors veut que jel tiegne a oste, Mais amors le tient a hontage Tel sovenant et tel ostage. Avoi! Qu’est mes sens devenus? Jo sui tos vieus et tos kenus, Lais et noirs et pales et maigres, Et plus en filosofie aigres Que nul c’on sache ne ne quide. Mal enploié ai mon estuide Qui onques ne finai d’aprendre. Or me desaprent por miex prendre; S’ai en aprendant desappris Et tot ensi m’est il avis; Desapris ai en aprendant Pus c’amors me va si prendant. Pus que jo ne me pus rescore Al covenir soit et drois c’ore Onques por moi drois ne remaigne. Viegne amors herbergier, or maigne En moi, jo ne sai el que dire Pus que jo nel puis escondire.”

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Ensi li maistres se demente. La dame d’un rainsel de mente Fist un chapel de maintes flors; Al coillir li sovint d’amors; Si chante al coillir des floretes: “Chi me tienent amoretes Ci endroit ou je tien ma main.” Ensi chante, ensi s’esbanoie. Maistre Aristote molt anoie De ce que plus prés ne li vient. Ele set bien quanqu’il covient A lui reschaufer et retrere. De tel sajete le veut traire Qui cointement soit enpenée. Tant est traveillie et penée Que a sa volenté l’atret. Tot belement et tot a tret Son chapel en son bel chief pose; Ne fait samblant de nule cose Que maistre Aristote aperçoive, Mais por ce que miex le dechoive Et plus bel le voist encantant Vint vers la fenestre cantant Un vers d’une chançon de toile

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Car ne veut que cil plus se choile. “En un vergier, lez une fontainele Dont clere est l’onde et blanche la gravelle, Siet fille a roi, sa main a sa maiscele, En sospirant son dous ami apele: Hai! cuens Guis amis, La vostre amor me tolt solas et ris.” Quant ele ot ce dit, si trespasse De la large fenestre basse Que cil par le bliau l’aert Qui cuide trop avoir soffert Tant par le desire a merveille. A cest cop par chiet la candeille Tote jus a terre al viel cat Qui pris est sans point de racat. Bien fait samblant d’estre esbahie Cele et pus dit: “Hé, Dex aïe! Quist cis que ci m’a retenue? – Dame, bien soiés vos venue, Dist cil qui provos ert et maire De la folie qui le maire.” “Maistre, ce dit la dame, avoi! Estes [vos] ce que jo ci voi? – Oïl, fait-il, ma douce dame,

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Por vos metrai et cors et ame, Honor et vie en aventure. Tant m’a fait amors et nature Que de vos partir ne me puis. – Ha! maistre, fait ele, despuis Qu’ensi est que vos tant m’amés, Ja par moi n’en serés blasmés. Mais la cose est trop mal alée; Ne sai qui m’a al roi mellée Et lui blasmé de ce que tant S’aloit avoec moi arestant.” Dist Aristote: “Or le laissiés, Que par moi sera abaissiés Et li mal talens et li cris Et li blasmes et li estris, Car li rois m’aime et crient et dote Plus que s’autre maisnie tote. Mais por Deu, chaiens vos traiés Et mon desirier apaiés De vostre cors gent et poli. – Maistre, ançois que a vos foli, Fait la dame, vos covient faire Por moi un molt divers afaire, Se tant estes d’amors espris;

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Car orendroit m’est talens pris De vos un petit chevauchier Sor cel herbe en cel bel vergier, Et si voil, fait la damoisele K’il ait desor vos une sele; Si ere plus honoréement.” Li viellars respont liement Que ce fera il volentiers Com cil ki siens est tos entiers, Et se tant atendre voloit Maintenant por la sele iroit. La damoisele respondi: “Jo le voil bien et si l’otri, Et j’atendrai tant que vendrés; N’atargiés trop ne demorés, Car li atendres longement M’anuieroit certainement.” Aristotes dist humblement Qu’il revenra hastivement. Lors dist la pucele en riant: “Alés tost, a Deu vos commant, Et lués que vos venus serés Tot vo voloir de moi ferés.” Quant cil l’oï, molt en fu liés,

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Devant lui s’est agenoilliés, Se li mercia de l’onor Qu’ele li mostre et de l’amor. Cele le prent par la main sus: “Maistre, dist ele, levés sus; Alés tost u devés aler, Car ci por riens trop demorés.” Lors s’est cil a le voie mis; Molt fol afaire a entrepris. A son sergant en est venus. “Amis, a mes cevaus béus? – Nenil, sire, dist li sergans, Car il n’est pas encore tans. – Amis, al bois le me menés Et al repaire l’abevrés, Mais ma sele n’i menés mie. – Sire, fist il, non ferai gie.” Cil a fait son commandement Molt tost et molt isnelement. Aristote, qui molt savoit, Quant del vallet delivre estoit, Sa sele quist, si le trova, Tantost a son col le geta; Si s’en torna isnelement

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U la damoisele l’atent. Bien l’a mis nature en effroi Quant la sele d’un palefroi Aporte el vergier a son col. Or croi bien k’il samblera fol Quant sor le dos li sera mise. La damoisele bien aprise Garda et si le vit venir; De rire ne se puet tenir; En contre lui s’en est alée Com cele qui molt fu senée: “Maistre, dist ele, bien vengiés; Mes amis estes, ce sachiés, Et sempres le vos mostrerai Le grant amor que en vos ai.” Maistre Aristote respondi: “Ma damoisele, grant merci.” Dist la pucele debonaire: “Maistres, or voi bon examplaire Que vos m’amés entierement Et bien le voi apertement.” Aristotes a respondu Comme cil ki molt sages fu: “Dame, bien peirt al examplaire

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Que devant vos veez portraire, Car portrait l’ai por vostre amor Ou tant a beauté et valor, Et molt par ert bons eürés Cil ki de vos puet estre amés.” Dist la pucele: “Tant vos aim Que bien poés estre chertain Que tele amor i troverés Com vers moi deservi l’avés.” Lors ne s’i est plus demorée; La sele qu’il ot aportée Prent la pucele maintenant, Que plus ne sera atargant. Cele ki fu sage a devise S’est tant de la sele entremise Qu’ele li met de sor le dos. Molt fait amors de viex redos Puis que nature le semont Quant tot le meillor clerc del mont Fait comme ceval enseler Et puis a quatre piez aler Tot catonant de sore l’herbe. Fait enseler comme ceval. Chi covient example et proverbe;

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Sel saurai bien a point conter. La damoisele fait monter De sor son dos et si le porte; Et Alixandres se deporte En veir et en esgarder Celui qui sens ne puet garder C’amors ne le maint a folie. Et la damoisele trop lie Aval le vergier le conduist; En li chevalchier se deduist, Si cante cler et a vois plaine; “Ensi va qui amors maine, Maistre musart me sostient, Et ensi qui les maintient.” Li rois qui tot ce voit et ot En son cuer molt grant joie en ot; Son chief mist fors de la fenestre Et prist a escrier son maistre. “Maistre, dist li rois, bien vos voi, Tres quant estes vos palefroi? Moi semble, quatre piez avez Et comme palefroi portez Cele sele desor vos dos. Est ce le trop ou les galos

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Que vos chevalce la pucele Qui sor vo dos siet en la sele? Moi samble qu’estes forsenés Que en tel point vos demenés. Vos me feistes l’autre fois De li veir si grant desfois Et or vos a mis en tel point K’il n’a en vos de raison point; Ains vos metés a loi de besie.” Aristote dreça la teste Et la damoisele descent. Pus respondi honteusement: “Sire, fait il, vos dites voir; Mais or poés vos bien savoir: J’oi droit que je doutai de vos, Car en fin jovent ardés tos Et en fu de droite jouenece, Quant jo qui sui plains de viellece Ne puis contre amor rendre estal Qu’ele ne m’ait torné a mal Si grant com vos avés véu. Quant que j’ai apris et léu M’a desfait nature en une eure Qui tote science deveure

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Pus qu’ele s’en veut entremetre; Et se jo voil dont paine metre A vos oster de sa prison Nel tenés mie a mesprison, Car bien savoie la doutance Et l’anui et la mesestance Ki de nature vient et muet. Pus que par force m’en estuet Faire folie si aperte, Vos n’en poiés aler sans perte Ne sans blasme de vostre gent.” Molt s’est rescous et bel et gent Aristote de son meschief, Et la dame est venue a chief Molt bien de ce qu’ele empris a. Alixandres molt l’en prisa, Car de son maistre l’a vengié Qui blasmé l’ot et laidengié, Mais tant s’en fu bien escusés De ce que il fu amusés Qu’en riant li rois li pardonne, Et ses maistres li abandonne Sa volenté a parfurnir Car n’a raison al retenir.

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Or voil une demande faire En cest dit et en cest afair Dont je trai Caton a garant Qui en fait l’auctorité parant, Car bons clers fu et sages hom: Turpe est doctori cum culpa redarguit ipsum. Catons dist en cis vers le glose Que quant hom est repris de cose C’on a blasmée a faire altrui Pus qu’il i a mal et anui. C’est vilenie, et qui ce fait Son sens amenuise et desfait. Voirs fu qu’Aristote blasma Son segnor et mesaasma Qui trop s’estoit mis a amer Et pus se laissa entamer En amor si c’a une fois Qu’il n’ot contre lui nul defois. Mais s’il l’ot par force entrepris En doit il estre en mal repris? Nenil, car amors l’esforça Et volentés qui la force a Sor tos et sor totes ensamble, Dont n’a li maistres, ce me samble,

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Nule cope en sa mespresure Car ainc ne mesprit par apresure Mais par nature droite et fine, Ici ceste aventure fine, Mais mostrer voil en la fin C’on ne puet desevrer cuer fin Ne oster de sa volenté Pus c’amor l’a entalenté Por enprisonner ne destraindre; Et cil qui de ce se veut faindre N’est mie tres loiaus amere Pus que s’amors li semble amere, Car miex ne puet on devorer Amors que par desavorer, Et maintes fois li mal traiant C’alsi amors vont esmaiant Si fait ele raséurer Ki puet en loialté durer Et atendre et soffrir s’est sire, Car a joie li revient s’ire. Si puet on par cest dit aprendre C’on ne doit blasmer ne reprendre Les amantes ne les amans Pus qu’ele a pooir et commans

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Et force sor tos et sor totes Et d’e[u]s fait les volentés totes Et ti[e]nt a honor tos les fais; Et pus que cil en sostint fais Ki fu maistre en tote science, Bien devons prendre en pacience, Selonc ce que nos mains savons, L’anui que par amor avons. Chi fine li lai d’Aristote.

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Luis Alberto Ayala Blanco

ParĂŠntesis


E

ros cabalga sobre epistéme, lo azuza con palabras cargadas de ironía, velando así el único saber que reina en esta tierra. Todo lo demás son variaciones que giran y giran sobre un mismo punto, como lo haría un derviche enloquecido buscando a dios en la repetición del movimiento. Dicho saber se reduce a lo siguiente: el conocimiento es la degradación del instante, de la inmediatez que sólo se vive con los sentidos, incluida la razón, máscara y parapeto de las sensaciones. Amor, deseo incontenible sobre el otro, regreso a sí mismo a partir del ser anhelado, se despliega majestuoso sobre las pretensiones de autonomía que los hombres, desesperados, buscan denodadamente en el conocimiento, en el simulacro de algo que es más

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fuerte que su simple intelecto. Amor, poderoso estupefaciente que hace llevadera la existencia. Amor, saber inefable más allá de lo evidente; locura irresistible capaz de burlar la porfiada vigilancia de los sabios, ese corrillo de eunucos de la vida y el placer. Cada vez que algo importante acontece en el mundo, un ser femenino se encuentra desviando y destruyendo, en fin, seduciendo a un hombre sabio que busca el sentido y el orden del universo. La estupidez adopta el rostro de la ciencia. Estúpido es quien piensa que la naturaleza, pródiga en enigmas y fuerzas incontrolables, puede ser burlada por la reflexión y el espíritu razonable. Estúpido es quien no permite que la locura se apodere de su pobre mente, mejor aún, de sus entrañas, y lo sacuda como a un insecto sobre un volcán vomitando las profundidades de la tierra, porque entonces jamás experimentará el dulce y amargo trago que implica estar vivo, realmente vivo. Desde tiempos inmemoriales el objetivo del saber es entender qué es la naturaleza, el amor, el odio, pero jamás vivirlos; lo que siempre se ha buscado es confeccionar una segunda piel que nos separe de la original para así lograr contemplarla, porque en cuanto la tocamos caemos presas de su voluntad, y

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esta voluntad nos desgarra en mil pedazos. Estúpido es quien carece del humor necesario para sentir y no saber, ya que la experiencia es el conocimiento difuminado en el instante. “Amor todo lo vence y lo seguirá haciendo mientras dure este mundo.” Máxima imbatible que ni el mismísimo Aristóteles pudo burlar. Por lo menos eso es lo que nos dice Henri d’Andeli. Aristóteles como epítome de siglos y siglos de resentimiento enmascarado en sabiduría. ¿Amor?…, en realidad no…, eros más bien, fuerza celestial que enloquece a todo aquel que es alcanzado por sus flechas. ¿Por qué resentimiento? ¿Por qué el hombre sabio busca eludir la vida para comprenderla? Pues, no nos hagamos tontos, porque no puede poseerla, y ésa es su máxima afrenta. La imagen de Aristóteles, el sabio, siendo cabalgado por una bella mujer, o por Armonía, para incluir la variante de Arreola, es la imagen del impotente tocando la puerta de la posibilidad más pura, posibilidad que promete destruirlo en una explosión de placer que durante toda su vida ha buscado sin conseguirlo. Entonces, ¿qué le queda para mitigar el dolor que le provoca su impotencia? La negación. Por eso es incapaz de dejar de repetirse a sí mismo: “No es que sea

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un inepto, simplemente no quiero el amor carnal, sucio, pegajoso, enloquecedor, transfigurador. Lo que quiero es una vida de contemplación, donde esas fuerzas que me acechan sin cuartel me dejen en paz y me permitan razonar sobre lo que no puedo —perdón, tuve un lapsus—, no quiero vivir. No busco otra cosa más que un alma silente.” Pero la posibilidad de saciar su deseo es más fuerte que su razón. En cuanto el deseo sexual, descarnado, toca a su puerta, el sabio le permite entrar sin chistar y deja que lo monte como a un animal de carga, o más bien como a una bestia circense. Sin embargo, el sabio invariablemente cuenta con una salida ingeniosa. Cuando es atravesado por las pasiones más estremecedoras, y se deja arrastrar por ellas para realizar actos degradantes y risibles, termina asumiendo su derrota, pero sólo con el fin de convertirla en una victoria pírrica: “Si yo, que soy sabio, terminé sucumbiendo a la fuerza de Eros, qué podemos esperar de un hombre común.” Tanto el hombre común como el sabio están indefensos frente a las fuerzas de la existencia, pero el sabio no lo sabe.

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Juan Jos茅 Arreola

el Lay de Arist贸teles


S

obre la hierba del prado danza la musa de Aristóteles. El viejo filósofo vuelve de vez en cuando la cabeza y contempla un momento el cuerpo juvenil y nacarado. Sus manos dejan caer hasta el suelo el crujiente rollo del papiro, mientras la sangre corre veloz y encendida a través de su cuerpo ruinoso. La musa sigue danzando en la pradera y desarrolla ante sus ojos un complicado argumento de líneas y de ritmos. Aristóteles piensa en el cuerpo de una muchacha, esclava en el mercado de Estagira, que él no pudo comprar. Recuerda también que desde entonces ninguna otra mujer ha turbado su mente. Pero ahora, cuando ya su espalda se dobla al peso de la edad y sus ojos comienzan a llenarse de sombra, la musa Armonía viene a quitarle el sosiego. En vano opone a su belleza frías meditaciones; ella vuelve siempre y recomienza la danza ingrávida y ardiente.

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De nada sirve que Aristóteles cierre la ventana y alumbre su escritura con una tenue lámpara de aceite: Armonía sigue danzando en su cerebro y desordena el curso sereno del pensamiento, que se jaspea de sombra y luz como una agua revuelta. Las palabras que escribe pierden la gravedad tranquila de la prosa dialéctica y se rompen en yambos sonoros. Vuelven a su memoria, en alas de un viento recóndito, los giros de su dialecto juvenil, vigorosos y cargados de aromas campesinos. Aristóteles abandona el trabajo y sale al jardín, abierto como una gran flor que el día primaveral abastece de esplendores. Respira profundamente el perfume de las rosas y baña su viejo rostro en la frescura del agua matinal. La musa Armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje. Vuelve el filósofo a la celda, extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y llora en silencio la pérdida del don de juventud. Cuando mira de nue-

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vo a la ventana, la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Aristóteles decide escribir un tratado que destruya la danza de Armonía, descomponiéndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos. Humillado, acepta el verso como una condición ineludible, y comienza a redactar su obra maestra, el tratado De Armonía, qua ardió en la hoguera de Omar. Durante el tiempo que tardó en componerlo, la musa danzaba para él. Al escribir el último verso, la visión se deshizo y el alma del filósofo reposó para siempre, libre del agudo aguijón de la belleza. Pero una noche Aristóteles soñó que caminaba en la hierba a cuatro pies, bajo la primavera griega, y que la musa cabalgaba sobre él. Y al día siguiente escribió al comienzo de su manuscrito estas palabras: Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía.

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Créditos de las imágenes Frontispicio: José Clemente Orozco Farías, El lay de Aristóteles, 2011, grabado en cobre. Página 10: Hans Baldung Grien, Aristóteles y Filis, 1513, grabado en madera. Página 34: Maestro del Gabinete de Amsterdam, Aristóteles y Filis, grabado en metal, c. 1485. Página 64: Hans Burgkmair, Aristóteles y Filis, c. 1519, grabado en madera. Página 70: Julio Ruelas, Sokrates, 1902, dibujo a pluma. Colofón: Letra capitular, siglo xvii, grabado en madera.


Índice Nota 7 Henri d’Andeli  el Lay de Aristóteles 9 Henri d’Andeli  le Lai d’Aristote 33 Luis Alberto Ayala Blanco  Paréntesis 63 Juan José Arreola  el Lay de Aristóteles 69


uiere amor acogerlo, pero honor lo repele. el Lay de Aristóteles, volumen i de la colección Mandrágora de Auieo, se terminó de imprimir en Estampa Artes Gráficas, en la Ciudad de México, en noviembre de 2011. Compuso la edición José Clemente Orozco Farías, quien también realizó el grabado incluido en los ejemplares numerados de 1 a 100, destinados a los suscriptores de la colección, y en los ejemplares numerados de i a x, destinados a los socios de Auieo. La edición consta de 510 ejemplares. Para la formación se emplearon los tipos de la familia Spectrum. La cubierta se imprimió en prensa plana Chandler 12 x 18, en el Taller Ditoria de Guadalajara. El grabado se imprimió en el taller de Pepe Gutiérrez, en Guadalajara. El interior en papel de algodón de 160 gramos, y la cubierta en cartulina de lino de 230 gramos, fueron elaborados por Papeles Deponte, en la Ciudad de México. el Lay de Aristóteles es la primera traducción al castellano, en verso, del poema atribuido a Henri d’Andeli, clerigo normando que rimaba, en París, hacia 1225. Pero, tal vez, el autor fuera otro.

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El lay de Aristoteles  

El Lay de Aristóteles constituye la primera traducción castellana, en verso, del poema atribuido a Henri d’Andeli, autor activo en el med...

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