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I M A G I N AT I O V E R A

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JACOBO SIRUELA EL MUNDO BAJO LOS PรRPADOS

ATA L A N TA 2016


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En cubierta: Erinia durmiente. Foto: Inka Martí En guardas: Hipno. Escultura griega en bronce del siglo IV. Dirección y diseño: Jacobo Siruela Atalanta agradece a las editoriales Abada, Gredos, Espasa Libros y Asociación Española de Neuropsiquiatría por su permiso para incluir los fragmentos de traducción aquí reproducidos Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Tercera edición aumentada y corregida

Todos los derechos reservados. © De la traducción Jenofonte, Anábasis, Libro IV, 3, 8-9. Trad. de Ramón Bach Pellicer: Gredos © De la traducción Herodoto. Historia, Libro I. 106-108. Trad. de Francisco R. Adrados: Gredos © De la traducción Suetonio, Vida de los doce Césares, XLVI. Trad. de Alfonso Cuatrocasas: Espasa Libros, S. L. © De la traducción Walter Benjamin, Sueños, GS VI. Trad. Juan Barja y Joaquín Chamorro Miielke: Abada Editores © De la traducción Gerolano Cardano, El libro de los sueños. Trad. de Marciano Villanueva Salas: Asociación Española de Neuropsiquiatría

© Jacobo Siruela, 2010 © EDICIONES ATALANTA, S. L.

Mas Pou. Vilaür 17483. Girona. España Teléfono: 972 79 58 05 Fax: 972 79 58 34 atalantaweb.com ISBN: 978-84-945231-9-9 Depósito Legal: GI 1303-2016


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ÍNDICE Prefacio 9 Los sueños y la historia 23 El sueño y lo sagrado 79 El espacio onírico 139 Sueño y tiempo 201 Sueño y muerte 279 Etcétera 319 Bibliografía 345 Bibliografía complementaria 362 Índice de ilustraciones 369 Índice onomástico, toponímico y de obras citadas 373


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A Inka, por todos los sueños que he escuchado de sus labios.


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Prefacio


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En los años sesenta del siglo pasado, los laboratorios de neurología se llenaron de todo tipo de animales. Acurrucados en escuetos terrarios de cristal, alumbrados por frías lámparas de calor, había conejos, ocas, gallinas, tortugas, serpientes, iguanas, borregos, cocodrilos..., con un manojo de cables brotando de sus cabezas. Todo ello para constatar científicamente que los vertebrados sueñan: la gallina y la vaca alrededor de veinticinco minutos cada noche, el ratón ciento noventa, el ser humano cien, el chimpancé noventa, el gato doméstico doscientos... Desde el punto de vista neurológico no resulta difícil registrar el denominado «sueño paradójico» (REM), en cualquier ave o mamífero; aunque sí sea mucho más arduo el poder llevarlo a cabo en peces, anfibios o reptiles. El caso del delfín es paradigmático: como sólo puede respirar voluntariamente, ha de elegir entre dormir o morir ahogado, y la evolución ha sabido resolver su problema de una manera bastante elegante, y el delfín duerme con un solo hemisferio y controla su respiración con el que sigue despierto. Hasta aquí, todo discurre con total norma11


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lidad, nada se escapa de las líneas evolutivas de la filogenética, pero he aquí la catástrofe: ¡el ornitorrinco no sueña! En efecto, parece una gigantesca broma de la naturaleza. Su mapa genético indica que es un mamífero, pero al mismo tiempo es ave y reptil. Tiene piel de topo, pico de pato, patas de rana con garras, dientes afilados, y un puntiagudo espolón de gallo que destila un veneno amargo poco aconsejable. Más que de una página de zoología, parece salido de un Bestiario medieval; y eso que el insólito eclecticismo de su doble anatomía, medio terrestre, medio acuática, no es lo más sorprendente de su ambigua y delirante fisiología. Su máxima singularidad radica en ser al mismo tiempo nada menos que un mamífero que pone huevos. Algo extraordinariamente inaudito, que dejó atónitos a los científicos por incumplir la lógica más elemental de las leyes evolutivas de la naturaleza. Pero si para los biólogos esta traviesa singularidad de la naturaleza sólo ha representado el registro de una mera rareza sin mayores consecuencias dentro del contexto general de la evolución, para los neurocientíficos del onirismo tuvo que haber resultado un descubrimiento que tiraba por tierra las conclusiones alcanzadas tras décadas de intenso trabajo en equipo, pues como dijo William James: «Si se quiere cuestionar la ley de que todos los cuerpos son negros..., basta con que uno solo sea blanco». Aunque la neurociencia haya corrido un tupido velo sobre esta pequeña anomalía teórica, lo cierto es que un hecho aislado puede echar abajo todo un sistema. En efecto, el hecho de que un solo mamífero carezca de vida onírica tiene un significado demoledor para la investigación neurológica, ya que puede estar sugiriendo, con una prueba en la mano, que el sueño es un fenómeno sin una función orgánica determinada. Un caso único en los anales de la fisiología. 12


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En cualquier caso, en el mapa biológico evolutivo de las especies el onirismo es una actividad sumamente contradictoria: no sólo supone un grave peligro para la supervivencia, desde el momento en que todo animal dormido queda expuesto a ser deglutido por cualquier depredador, sino que además supone un gasto ingente de energía orgánica. Por tanto, su función es incierta, pues contradice las líneas evolucionistas. Desde un punto de vista general, el sueño tendría que tener una función específica en el mapa biológico evolutivo, ya que si los sueños no han desaparecido hasta ahora de nuestra mente es porque son necesarios para nuestra evolución; por consiguiente, deben constituir una necesidad fundamental del organismo, como demuestra el hecho de que si se practica una lesión específica en el cerebro de un animal con el fin de dejar neutralizada su capacidad de soñar, la actividad onírica regresa casi automáticamente, como si fuera un proceso mental totalmente indispensable para el desenvolvimiento de la vida. Los neurofisiólogos han descubierto infinidad de pormenores sobre el funcionamiento onírico, y también han sintetizado muchos medicamentos hipnóticos para inducir o suprimir el sueño o tratar depresiones; sin embargo, ocupan un lugar especial en el mundo de las neurociencias porque, si bien han logrado conocer al detalle toda la constelación de condiciones que necesita el organismo para soñar, no han llegado a ninguna conclusión definitiva sobre la causa y función orgánica del sueño. De modo que tiene todo su fundamento plantearnos la siguiente cuestión: si la investigación neurocientífica no ofrece ninguna explicación fisiológica definitiva de por qué nos sumergimos cada noche en ese extraño y asombroso mundo de visiones alternas, es indispensable ampliar los horizontes de este paradigma, porque éstos empiezan a resultar cada vez más estrechos. Al fin y al 13


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cabo, la huella que deja la actividad onírica en el cerebro resulta más bien secundaria si la comparamos con la enorme riqueza de perspectivas hermenéuticas que nos proporcionan las representaciones simbólicas de la mente con sus cadenas asociativas y contenidos latentes. A finales del siglo XIX, un importante filósofo norteamericano ya postuló por primera vez que el sueño, como consecuencia de una actividad psíquica, debería ser considerado por una ciencia psicológica, no fisiológica. El pragmático James no negaba la fisiología, pero estaba firmemente convencido de que en lugar de buscar tanto las claves del onirismo en los húmedos circuitos cerebrales, sería mucho más adecuado y enriquecedor investigar a fondo las estructuras profundas de la mente. Con todo, este libro no trata sobre los significados psicológicos que pueden ofrecer los sueños, sino que centra su análisis en los diferentes significados metafóricos (y metafísicos) del verbo soñar. Explora las zonas oscuras de la fenomenología onírica, al internarse por aquellos territorios fronterizos de la experiencia humana que hoy representan –como el ornitorrinco en la neurociencia– las excepciones naturales. Las singularidades suelen dejarse cómodamente fuera de contexto al perturbar con sus paradojas y disonancias las líneas generales de cualquier teoría consensuada. De modo que resultan siempre molestas, o fuera de lugar, porque, por intrascendente que aparente ser una pequeña grieta en un muro, siempre puede acabar siendo el primer signo de derrumbamiento de lo que parecía ser un sólido y fastuoso edificio. Aunque mi único propósito aquí consiste en observar lo que hay detrás de aquellos olvidados y casi imperceptibles agujeritos que existen a todo lo largo de esa inmensa construcción cultural que llamamos realidad. De todas formas, el modelo en el que descansa toda la in14


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vestigación de este libro no es el mundo sólido y objetivo que estudian las ciencias experimentales, sino los ingrávidos y etéreos espacios interiores de la experiencia onírica humana; precisamente aquellos que nuestra cultura extrovertida ha condenado al incierto terreno de la subjetividad individual en favor de una consensuada afirmación de la consistencia de la realidad exterior. Pero ¿por qué primar un mundo sobre otro, cuando ambos representan los dos polos de la experiencia humana? La razón es bien sencilla. Entre ellos hay una considerable discrepancia en cuanto al valor de sus metodologías: si la realidad del mundo físico puede someterse a leyes racionales y matemáticas, en cambio, la experiencia interior –y en especial la onírica– desafía los límites de la racionalidad científica; pues cuanto mayor conocimiento adquirimos de su historia y fenomenología, mayor extrañeza produce su auténtica condición de ser, ya que a pesar de basarse en fuentes de la más seria documentación, cualquier relato onírico de estas características siempre guarda cierto sabor a cuento fantástico... En efecto, si nos atenemos a la definición canónica que dio un reconocido especialista en este género literario, Louis Vax, «lo fantástico» siempre sitúa al lector en presencia de lo «inexplicable». En un mundo de hechos naturales y cotidianos, de pronto, un extraño fenómeno pulveriza en un segundo «el orden natural de las cosas». Roger Caillois lo definió como «irrupción de lo inadmisible», porque escapa al dominio de la razón. Según Italo Calvino, otro gran connaisseur de esta rama literaria, el cuento fantástico es el género que mejor nos habla «sobre la interioridad del individuo y la simbología colectiva». De modo que se da la curiosa circunstancia de que ambas características se ajustan perfectamente a muchos 15


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de los relatos históricos que documenta este libro. Como también podríamos añadir a muchos de estos testimonios la famosa «duda del lector», tal como señala certeramente Todorov como primera condición de cualquier relato fantástico, debido al radical desplazamiento de sentido que plantean; aunque con una notable diferencia entre ambas formas de relato, pues aquí la «irrupción» de lo inadmisible» no se da en el cómodo y ficticio escenario de la literatura sino en el mundo real e histórico, tal como atestiguan todas sus fuentes documentales, que pueden consultarse al final del volumen. Los seis capítulos de este libro forman un archipiélago de islas cuya geografía muestra unos paisajes de muy distinta naturaleza. Los dos primeros contemplan el onirismo desde un punto de vista histórico y cultural. Los dos siguientes son de carácter puramente fenomenológico. Y el último examina el sueño como metáfora de la muerte. El horizonte histórico nos enseña que los sueños pertenecen a la cultura humana y deben tener por tanto un lugar en ella. La perspectiva fenomenológica trata de explicar el sentido concreto del caudal onírico con todas sus paradojas a flor de piel. La metáfora, en cambio, nos abre a una realidad sin orillas. Pero aunque estas islas difieran en contenidos y perspectivas, su diversidad se complementa bien, pues la historia de los sueños es al mismo tiempo la historia de su fenomenología, y ésta tampoco puede entenderse plenamente sin bucear en la metafísica, pues metafísico es en definitiva su sentido más profundo. En realidad, la médula de la cuestión onírica se encuentra bien formulada en aquella filosófica pregunta que hace Augusto Pérez, como ente de ficción, a su autor y creador, Miguel de Unamuno, en su «nivola» Niebla, cuando dice: si «un hombre 16


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dormido e inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?». La pregunta no es simple, desde luego, y no tiene ninguna respuesta concluyente. De modo que obliga a decidirse en un sentido o en otro; de manera que si admitimos –como muestra muchas veces este libro– que la conciencia es algo infinitamente más rico y complejo que lo que los neurocientíficos aseguran, y por tanto aceptamos su desenvolvimiento como un fenómeno no local, entonces no necesita de los sentidos corporales para existir, tal como sucede cuando soñamos. Además, este desplazamiento de la realidad de lo corpóreo a lo mental inmaterial no perturba ningún postulado biológico, ya que la biología sigue tranquilamente sus procesos. Sin embargo, estas quiebras esporádicas de la causalidad espacio-temporal del mundo resultan perturbadoras para aquellas mentes convencidas de que el centro de lo real sólo puede gravitar en torno a la materia, o mundo exterior, o nuestro cuerpo, cuando los fenómenos precognitivos (o cuánticos) sugieren claramente que aunque nuestra realidad gravita en la materia, su centro irradiador está en la mente que la contempla. Así pues, en el momento en que la consciencia deja de ser una mera consecuencia de los flujos químicos cerebrales, sus perspectivas se abren considerablemente: el lago se vuelve océano; y la consciencia se torna infinita, como el universo. En fin, el mundo dejará de ser una gastada lucha de contrarios cuando la física conviva con la metafísica, la biología con la psicología; cuando lo cualitativo complemente a lo cuantitativo, y lo espiritual a lo material, pues no son campos aislados: los opuestos pueden transmutarse en complementarios; como muy bien entendieron los antiguos taoístas chinos con su sabia visión del yin y el yang como fuerzas alternas de un universo en constante mutación. 17


Ima gi na t i o vera Este libro no trata sobre la interpretación de los sueños, explora diferentes significados del verbo soñar y su relación con la historia, lo sagrado, las dimensiones interiores de la consciencia, las paradojas y complejidades del tiempo y el punzante enigma de la muerte. «¿Es posible aún, para el que gusta en nuestros tiempos de la literatura-literatura, encontrarse con una obra nueva? ¿Podemos encontrarnos todavía con lo que vengo llamando “ensayo inspirado”? Me he hecho estas reflexiones previas ya desde la lectura del primer capítulo de El mundo bajo los párpados.» Antonio Colinas, «El Cultural», El Mundo «El volumen resume algunas de las pasiones del autor, que se desvela como un escritor potentísimo, explorando sobre todo formas de narrar en la propia escritura.» Estrella de Diego, El País «Estamos frente a un libro necesario. Uno de esos huevos de Colón que nos obliga a preguntarnos cómo no se le ocurrió a nadie antes» Javier Moreno, Qué leer «Un libro atrevido, valiente, polémico, escrito con una pasión a veces desbordante, en el que J. S. Se adentra en un territorio difícil y rabiosamente actual.» Andrés Ibáñez, «ABC de las Letras», ABC

Publicado en 2010, El mundo bajo los párpados fue destacado ese año por el diario El País de Madrid como el segundo mejor ensayo y por el diario Reforma de México como el séptimo mejor libro.

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3ª (Ed.) El mundo bajo los párpados  

«¿Es posible aún, para el que gusta en nuestros tiempos de la literatura-literatura, encontrarse con una obra nueva? ¿Podemos encontrarnos t...

3ª (Ed.) El mundo bajo los párpados  

«¿Es posible aún, para el que gusta en nuestros tiempos de la literatura-literatura, encontrarse con una obra nueva? ¿Podemos encontrarnos t...