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UN UNIVERSO POR HEREDAR Varios Autores Ebooks Alfa Eridiani Nº 19

Edita: Asociación Alfa Eridiani. Comité de Redacción: J. J. Ramos, Graciela I Lorenzo, J.A. Menéndez, Francisco J. López y Enrique Alamillo. Colaboradores: Íñigo Fernández, Sergio Bayona y J. Javier Arnau. Ilustrador de portada: Pedro Belushi. Conversión a epub y mobi: Luís Dawson. Infografía portada: Sergio Bayona.

ÍNDICE: PRÓLOGO: ................................................... 3 SEGUNDA OPORTUNIDAD EN LAS ESTRELLAS por Ricardo Giraldez ..................................... 4

CONTACTO por Víctor Muñoz Ramírez .......................... 24

CODEZA por Fernando Vago ..................................... 36

Subido a la red el 1 de enero de 2016. Aviso Legal Importante: Los contenidos de la presente revista, sea cual sea su naturaleza, conservan todos los derechos asociados al © de su autor. El autor, único propietario de su obra, cede únicamente el derecho a publicarla en los productos ALFA ERIDIANI para difundirla por Internet. No obstante, los derechos sobre el conjunto de ALFA ERIDIANI y su logo son © de la Asociación Alfa Eridiani. Queda terminantemente prohibida la venta o manipulación de este número. No obstante se autoriza a copiar y redistribuir la revista siempre y cuando se haga de forma íntegra y sin alterar su contenido. Cualquier marca registrada comercialmente que se cite en la revista se hace en el contexto de la obra que la incluya sin pretender atentar contra los derechos de propiedad de su legítimo propietario.

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PRÓLOGO:

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ace ya más de un año, se nos ocurrió en Alfa Eridiani hacer una convocatoria para que nos mandasen cuentos basados en una portada. No es una idea original, ni mucho menos. Especialmente porque se me ocurrió leyendo la introducción de un cuento de Jack Vance, que el mismo Jack Vance introdujo. Por la época en que fue escrito, alrededor de los años cincuenta, era muy común pasar a los autores una ilustración para que escribiesen un cuento sobre ella. Jack Vance, en un esfuerzo de profesionalidad, intentó justificar todos los detalles de la misma. Personalmente, creo que lo consiguió. Luego, más tarde, me enteré por un grupo ajeno a Alfa Eridiani, que la prueba había sido realizada con resultados dispares, valga decir, que algunos cuentos no se ajustaban a la imagen. Nosotros hemos procurado seleccionar aquellos cuentos que más se ajustaban a la imagen. Sin que por ello, fuese en detrimento de la calidad. Obviamente, y a pesar de tener una imagen sobre la que basarse, los cuentos son de cada uno de sus autores y, por lo tanto, diferentes. Ricardo Giraldez nos presenta en Segunda oportunidad en las estrellas1 un viaje iniciático porque su protagonista tendrá que descubrir quién es y que hacer al respecto: ¿volverá a su vida anterior o iniciará una nueva vida que se supone mejor. Contacto, de Víctor Muñoz Ramírez, es un relato de primer contacto. Obviamente, en él, una misión de exploración a un planeta ajeno al Sistema Solar encuentra robots inteligentes. Víctor nos plantea el conflicto de ¿seguimos las reglas o no? Completa este ebook Codeza, de Fernando Vago. El relato es la historia de un conjunto de comunidades que han tenido que especializarse para realizar distintas tareas en un planeta inhóspito. Y hasta aquí puedo leer. Esperamos que disfruten de la lectura, tanto como nosotros hemos disfrutado elaborando este eboook. El Equipo Editorial

Originalmente este cuento se titulaba Entre dos mundos pero le hemos aceptado un cambio de título al autor porque consideramos que el segundo título refleja mejor el contenido del relato. 1

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SEGUNDA OPORTUNIDAD EN LAS ESTRELLAS por Ricardo Giraldez Hay veces en la vida que para gozar del presente debemos romper con lo pretérito, del mismo modo que nos vemos obligados a buscar respuestas, no siempre gratas, para las preguntas que más nos agobian. Esta es, pues, la historia de Fénix, un hombre que tras saber quien había sido en el pasado decidió alcanzar la libertad y plenitud.

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l hombre avanzaba penosamente en esa inmensidad pedregosa y estéril, torpe y pesado bajo un sol de plomo, consumiendo fuerzas vivas que creía ya muertas, irrigando milagrosamente sus músculos con una energía cuyas fuentes presentía desecadas. De tanto en tanto sus piernas flaqueaban…, caía sobre sus rodillas en el caldo de arena hirviente que parecía querer cocinarlo. Y allí quedaba unos momentos: quebrado, jadeante, a punto de desfallecer. Pero la infernal rutina se reanudaba siempre, el hombre se levantaba de nuevo para proseguir la penosa marcha, sólo que cada vez, el pálpito fúnebre de que la próxima caída sería la última, que ese arenal rojo terminaría por servirle de tumba y ese sol calcinante de cruel verdugo, era más aguzado. Sin embargo, desde hacía algún rato, el hombre no estaba solo en su agonía. Dos siluetas recortadas contra el horizonte lo contemplaban a cierta distancia, encaramadas en lo alto de una duna, valiéndose de una suerte de improvisados catalejos. Dos siluetas, en efecto, acompañaban con la vista al extraño errabundo en esa marcha absurda e infernal. —Sí, no hay dudas, es un humano —certificó uno de los escrutadores—. ¿De dónde habrá salido? La mujer a su lado meneó la cabeza, aunque sin apartar los ojos de las dos piedras que le servían de gemelos: —Viene del Desierto Rojo. O sea, de ninguna parte… —Pues no llegará a ninguna parte tampoco… De hecho, dudo mucho que de la próxima caída se levante… Y como si aquellas palabras hubiesen sido un oráculo, en ese preciso momento la torpe e invariable rutina se interrumpió; ni las rodillas ni los brazos pudieron ya sostener al quebrantado caminante que, como un peso muerto, cayó sobre el rojo arenal para quedar allí tendido y sin movimiento. Quien había hablado primero certificó entonces: —Lo dicho, la próxima era la vencida. —Ciertamente eres todo un augur, Prax —resopló con fastidio la joven, quitándose los catalejos—. ¿Estará muerto? Página 4


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—Pues lo estará seguramente antes de que caiga la noche. —No; no si puedo impedirlo. —¿A qué te refieres? —A que voy por él, y si está vivo, lo llevaré al Valle… —No puedes hacer eso. No sin consentimiento y autorización de los mayores. —Pero los mayores no están aquí para ser consultados, Prax. Y el hombre no aguantará mucho más bajo este sol. —¿Y ello qué importancia tendría? Es un humano. ¿Por qué salvarlo? La joven sonrió mordaz. Dos ojos verdes iluminaron su mirada cuando, con femenina sencillez, concluyó: —Porque yo soy una humana también, Prax, una humana como tú, ¿o ya lo has olvidado? Y dicho esto, de un brinco saltó la mujer desde lo alto de la duna para comenzar a descender a largos saltos rumbo al pedregal. Su acompañante vaciló un momento mientras la contemplaba alejarse, apenas cubierta por la corta túnica blanca que flameaba sobre el sinuoso talle. Sabía que era una mala idea prestar auxilio al humano, tanto más sin consultar a los mayores. Pero era hombre, y, aunque a regañadientes, siguió a la mujer en aquella locura. Momentos después, ambos trasladaban el cuerpo del semidesfallecido en un carro de madera impulsado por dos enormes y peludos behizús. *** Cuando el paciente despertó, confuso y aturdido, miles de diminutos soles rojos, violáceos y amarillos parecieron estallar de pronto dentro de sus adoloridas pupilas. Era el primer contacto con el mundo después de muchos días de zozobrar en los inestables orbes de la pesadilla, y si bien en ese momento dudaba todavía de cuanto tenía delante fuera la realidad efectiva y no una nueva dimensión alucinante, poco a poco pudo lograr que sus ojos se acostumbraran a la luz y distinguir el rostro de la mujer que lo contemplaba, y algo en esa suave mirada lo tranquilizó: —Era ya hora de que despertases, forastero —exclamó la joven apenas percibir que su paciente ganaba en lucidez—. Por un momento creí que te perderíamos… Llevas tres días con sus noches delirando de fiebre. Una fiebre tenaz que ha sido difícil hacer retroceder… Pero eres fuerte, y aquí sabemos cómo tratar los efectos de una insolación en el Desierto Rojo. El convaleciente se quedó un momento contemplando ese rostro risueño donde inmaculada florecía ya la mujer; aunque sin acotar nada. Acaso porque en medio de su aturdimiento no encontrara las ideas, tanto menos las palabras. Sólo la mirada amable de ella lo mantenía calmo en esa equívoca situación. Era una mirada cordial y luminosa, satisfecha de su juventud, y que parecía muy capaz de suavizar univerPágina 5


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sos, de aplacar tormentas estelares y lluvias de meteoros con un ligero parpadeo de sus rutilantes ojos verdes. La mujer le dio de beber un poco de agua en un cuenco tallado en piedra, apoyando suavemente una de sus manos sobre la cerviz del paciente a fin de inclinar su cabeza hacia delante. Y luego, tras quedarse contemplándolo unos momentos: —Veo que no eres muy hablador, ¿eh, forastero?… Y que ni siquiera agradeces los servicios que se te prestan… Como sea, mi nombre es Ática. ¿Cuál es el tuyo? Los ojos del hombre se agigantaron tras esta pregunta, como si trataran de devorar toda la luz que pudieran para terminar de despertarlo a la realidad. ¡Un nombre!… El reclamo pareció querer descorrer ciertos velos de negrura en su mente… De pronto fue como si se filtrara una luz en su interior…, pero era una lucecita débil y fugaz, y la ilusión no duró más que un instante. «Un nombre», volvió a cavilar. Sí, él sabía que lo tenía; pero algo obturaba su cerebro. La noche de pesadilla, o acaso la momentánea muerte, no había terminado para él. Y esto mismo expresaba su desolado rostro ante la mirada expectante de la muchacha cuando apenas alcanzó a musitar: —No recuerdo… Estoy…, estoy muy confundido… A pesar de su risueña actitud, la joven no pudo evitar conmoverse. Esos ojos que la contemplaban perdidos, como tras el velo de densas nieblas, parecían también aterrados. Luego: —Está bien… No te inquietes. Ya recordarás… No obstante, como debo dirigirme a ti de alguna manera, por el momento te llamaré Fénix, ya que tal es el nombre que llevaba impreso la extraña chaqueta que traías. Ahora descansa… Después de todo debes estar muy débil aún… En un rato te traerán algo de comer… Verdaderamente fue un milagro que mi compañero y yo nos hallásemos justo recolectando piedras vivas en el desierto cuando apareciste… No habrías durado mucho más… Sólo espero que no me hagas lamentarlo… Y luego de echarle una última mirada a ese náufrago del ayer que se veía tan extraño en el presente, tan aterrado: —Y también espero que la mucha fiebre no haya dañado tu cerebro. No serías el primero a quien el Desierto Rojo le roba la memoria y la razón. *** Durante los días que siguieron, Fénix, como ya había sido bautizado el extraño huésped en el Valle, fue recuperando paulatinamente sus fuerzas. Y mucho tuvo que ver en ello el celo puesto por la diligente Ática. La muchacha se sentía en verdad responsable de esa vida que había arrebatado al desierto, al sol y a la muerte. La rehabilitación del paciente, en efecto, sería para ella un asunto de índole personal en el que despuntaba un prematuro instinto materno… y acaso algo más. Ática tendría unos dieciocho años apenas. Pero era mujer del Valle, es decir, una mujer criada para madurar tempranamente. La vida allí era dura y atareada, aunque no carente de Página 6


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recompensas. Vivían todos una existencia casi patriarcal, regida por los ciclos estacionales de aquel pequeño y extraño universo, valiéndose de elementos rudimentarios para la labranza o cualquier otra tarea necesaria para la diaria subsistencia, sin recurrir a autómatas o a máquina alguna. Las telas para sus vestidos las obtenían esquilando al manso kiurtz, ese gregario cuadrúpedo al cual ordeñaban también para procurarse leche y elaborar variedades de quesos. Todo estaba reglamentado por el entorno al cual se asociaban como parte integral. Incluso las viviendas estaban esculpidas hábilmente en las rocas rojizas; se ahuecaban hacia el interior en amplias galerías comunicadas a través de intrincados túneles. El Valle, en efecto, era su único mundo, una suerte de oasis en torno al cual, a todos los lados, se extendía el tórrido desierto; una diminuta mancha de verde en medio de la nada roja y agobiante. Fénix fue descubriendo todo esto con el correr de los días. Y si bien, con cada jornada transcurrida las fuerzas del hombre recobraban vigor, su mente continuaba extraviada en el presente, sin poder echar luz sobre la noche de su pasado. Apenas algunos atisbos confusos, y que emergían a ratos, como relámpagos que alumbraban regiones distantes y aisladas en los repliegues de su memoria, lo iluminaban por fracciones de segundo. Cruzaban por su mente, en efecto, imágenes borrosas de vuelos estelares, de incandescentes fragores galácticos, de populosas ciudades con grandes muchedumbres de edificios, plataformas y vías aéreas; incansables en el hormigueo de las máquinas y los robots, estas urbes refulgían en el espacio como verdaderas constelaciones guarecidas bajo inmensas cúpulas vidriadas a prueba de rayos y meteoros. Acudían a su mente estos ramalazos de luz, sí; pero siempre en un plano caótico, sin orden ni concierto; eran fugaces centelleos que surgían de los negros abismos del pasado sin ninguna conexión entre sí. Vacilaba en el presente como un ciego perdido en la noche de sus ojos, y en esa obscuridad casi absoluta, una única luz como una suerte de báculo: Ática. Si bien esta luz iría expandiéndose con el correr de las jornadas. En efecto, de la mano de esta jovencita risueña, Fénix resurgiría por grados de su marasmo mental hasta animarse a dar los primeros pasos por el presente extraño, al punto, incluso, de llegar a familiarizarse con la nueva realidad abierta ante sus ojos. Los días se irían acumulando en sus retinas, sucediéndose los unos a los otros, y esos días producirían cambios sensibles en su ser, cambios afortunados respecto de su mirada del entorno. ¿Cómo podría resultar de otra manera si las ventanas para asomarse a ese mundo eran los maravillosos ojos verdes de Ática, si la atmósfera cordial del Valle parecía ejercer su influjo bienhechor sobre todas las cosas, si la vida allí transcurría al ritmo lento de un cantar dulce y armonioso? Las gentes se mostraban siempre amables con el recién llegado, sencillas y obsequiosas en todo momento, y los niños, cada vez que lo veían merodear por los alrededores, le salían al encuentro para curiosearlo y hartarlo a preguntas. Pronto él mismo pareció uno más entre los pobladores; ya no se trataba sólo de un mero espectador. Con sus fuerzas prácticamente restablecidas, terminó por unirse a las diarias tareas del Valle, codo a codo con los demás aldeanos, si bien siempre bajo la tutela e indicaciones de Ática, la Página 7


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cual, muy jocosa, se burlaba a veces de la manifiesta ineptitud de Fénix para las labores de labranza: —Sea lo que fuere que hayas sido en tu pasado, de fijo que no fuiste agricultor. Pero Fénix se entregaba a las tareas con sentido placer. Había algo en esa vida rudimentaria que contagiaba con su pureza. Había algo en ese aire impregnado de esencias que olía a florecillas silvestres, a hierba, a sudor; algo en el tono afable y en el andar pausado de sus habitantes; algo en los amaneceres de fuego, en el fulgor frío de las estrellas y en la brisa cálida proveniente del desierto, que vivificaba. Había algo impreciso, sí, mágico y difícil de expresar con ideas o palabras, quizás porque no las precisaba, porque se trataba de sentimientos, sólo sentimientos. Tan simple como eso y a la vez tan complejo. Únicamente ante la mirada de Ática creía entender Fénix de qué se trataba aquel amasijo de sensaciones. Pues ella parecía la esencia misma de ese Valle, la fuente en donde todo confluía y de donde todo brotaba. La joven, por su parte, seguía pendiente de su paciente como si no fuera cierto que aquel se mostraba ya en completo dominio de sus fuerzas. Para ella continuaba siendo el mismo desvalido que encontrara en el desierto, el mismo al cual cuidara como una madre sin importar que éste estuviera cercano ya a la cuarentena. Ática se creía y sabía ya toda una mujer y nadie en el Valle habría puesto en duda esta certeza. Sí, podría decirse que pasado un cierto tiempo desde su arribo Fénix era feliz, y que sólo al intentar mirar atrás y perderse con los ojos en el abismo de negrura de su pasado, su corazón se entristecía y amedrentaba. Pues tantas eran las preguntas que le surgían entonces… Tantas preguntas sin ninguna respuesta… Su pasado, en efecto, era la sombra que tenía de negro sus días de sol en el Valle, su pasado perturbaba su dicha presente, su pasado y el llamado Prax. Él era la nota discordante en la armonía inalterable de ese oasis, sólo de él llegaban los recelos y las miradas y palabras ásperas; sólo él se mostraba hostil en su presencia. En cierta oportunidad, por ejemplo, en torno a las cenizas humeantes de un gran fuego donde se había asado carne de kiurtz, tras de una larga cena compartida entre los aldeanos bajo un cielo que por las noches se teñía de un extraordinario color violáceo, asombrado por el extraño enjambre de estrellas que difícilmente podía reconocer, fue que el forastero preguntó a los congregados si alguien sabía en qué sistema se hallaban, y como se le respondiera que en el tercero de la Galaxia Espiral: —No creí que existiera vida en esta comarca estelar —repuso Fénix, aunque sorprendido él mismo de su valoración—. Hasta donde sé —redondeó—, es ésta zona considerada Región Inactiva por la Confederación Humana. Ciertos juicios aislados, sobre temas diversos, acudían de pronto a su mente sin que entendiera él, a ciencia cierta, de dónde provenían. —¿Y qué sabes tú de regiones inactivas? —observó cáustico Prax—. ¿O será que recuerdas más de lo que dices?

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—¡Calla, Prax! —intervino entonces Ática—. No seas desconsiderado. Pero Fénix terció: —Déjalo. Él tiene razón, a veces hablo sin saber muy bien lo que digo. —Pues eso no lo discuto —insistió Prax—, de otro modo no emitirías tales valoraciones. Debieras saber que cuanto más lejos del hombre estés, del hombre y de su campo de acción, más vida encontrarás. Aquí llamamos a los humanos «Los destructores de Paraísos». Fénix lo contempló asombrado: —Hablas como si tú y los demás en este Valle no fueran humanos también… A pesar de su ímpetu, y del desafío manifiesto en esa objeción, el joven no contestó, temeroso quizás de avanzar más allá de lo permitido por los mayores. Por ello fue que, oprimido en su orgullo, se levantó inmediatamente de su sitio mascullando rabia por lo bajo. Cuando la silueta de Prax se terminó de diluir en las sombras, Ática, que permanecía al lado de Fénix: —No le hagas caso —dijo—, es sólo un tonto… —No, no lo creo —repuso Fénix—, de hecho, comprendo muy bien su actitud hacia mí. —¿A qué te refieres? ¿Qué motivo podría tener para comportarse siempre como un imbécil en tu presencia? —¿No lo sabes, acaso? Tú eres el motivo, Ática. Él te ama. Y yo… lo entiendo. Los ojos de la muchacha brillaron con inusitada luminosidad. Eran otras dos estrellas titilando bajo el gran manto de pedrería que chispeaba en lo alto. En torno a las brasas del gran fogón ya sólo quedaban unas pocas personas, grupos de sombras aislados y apenas discernibles en la noche. La actitud de Prax había logrado que todos se fueran levantando paulatinamente de sus sitios. Tras unos momentos: —Y dime, Fénix, entre esos breves atisbos de luz que te llegan por momentos del pasado, ¿has visto iluminarse alguna vez el rostro de una mujer? Confusión… Confusión de aromas y sensaciones. Confusión de una mente huérfana de pasado y cautivada por raros sentimientos en el presente. Confusión: —Nada hay de cierto en mi pasado, Ática. Es como haber despertado siendo un otro… O como estar prisionero dentro de una mente extraña. Daría lo que fuera por dar una respuesta a tu pregunta, mas no la tengo… Nada sé de lo que fui. Quisiera saber y comprender… No entiendo qué hago en este lugar; pero sé que no es mi mundo, que no pertenezco aquí, aunque no sabría especificar las razones. Lo cierto es que todo en el Valle me resulta diferente de las imágenes que asoman a veces en mi recuerdo. —Sin embargo aquí ya te has hecho querer…

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—¿Lo crees? —inquirió Fénix sardónico—. Conozco a alguien que estaría en desacuerdo contigo. La joven no acotó nada; pero sus ojos vibraron como dos frágiles cristales a punto de quebrarse en una emoción. —No, no me malinterpretes, Ática. En el poco tiempo que llevo vivido entre ustedes he aprendido a amar la vida que llevan… Sólo que… no puedo dejar de preguntarme por la otra vida que dejé atrás… ¿Quién era yo antes de venir aquí? ¿De dónde vengo? ¿Por qué todo en el Valle me resulta tan extraño? Quisiera dar con las respuestas, pero a su vez temo hacerlo. Temo encontrar en mi memoria voces que me reclamen… Temo que esas voces me alejen un día del Valle… Temo que esas voces me lleven lejos de ti, Ática. La noche era tibia en torno al fogón cuyas últimas brasas siseaban como un rumor lejano. Bajo la bóveda de estrellas multicolores el aire estaba lleno de luminosidades mágicas. Dos lunas se perseguían en lo alto, a través de la curvatura violácea del cielo, cuando los labios de ambos se unieron en un primer beso. Sí, Fénix temía en esa hora al pasado; temía despertar de esa realidad presente que, a ratos, tanto se parecía a un bello ensueño. *** A la mañana siguiente Ática lo despertó muy temprano. Con su corta túnica ceñida al talle sinuoso, se la veía espléndida y extraordinariamente sensual: —Hay alguien a quién debes ver, Fénix. Alguien que desde tu llegada está aguardando por ti. Y se me ha dicho que ya es momento de que lo visites. Tal vez él tenga las respuestas que buscas. —¿Quién es? —Precisamente aquí lo llamamos «El Hombre de las Respuestas». Es el único de los fundadores del Valle que queda aún con vida, uno de los colonos que arribaron a este planeta después de surcar muchas galaxias. Él llegó aquí hace tantísimo tiempo ya, y puede que del mismo mundo del cual tú provienes. Dicen que ha sobrepasado con mucho la centuria y por ello, a causa de su fragilidad, vive apartado en su cueva, sumido prácticamente en una penumbra continua. No obstante, él es todavía nuestra voz principal y también la última voz para todo lo que aquí se decide. Él es nuestro patriarca y nuestra máxima autoridad. Al fin y al cabo, y de algún modo, todos somos hijos suyos. Pero ven, levántate de una vez remolón, no quiero que lo hagamos esperar. El Valle se animaba en las primeras brisas de la mañana, sin apremios, con su pausado discurrir. Ática guió a Fénix a través del poblado sobre el cual un sol joven vertía su luz amarilla a raudales. Aunque la vivienda del anciano fuera la más apartada de la aldea, no tuvieron que andar mucho para llegar ante su entrada. Era casi una caverna cavada contra una formación rocosa que se levantaba entre árboles de tupido y raro follaje. Página 10


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—Aquí es —señaló entonces Ática, soltándole la mano a Fénix. —¡Cómo! ¿No entrarás conmigo? —No —respondió ella—. Tienes que entrar solo. Él es muy anciano y no puede soportar mucha conmoción. Su salud, de tan frágil, se resentiría. Fénix vaciló un momento. —Vamos —lo animó ella risueña—, nada tienes que temer. Es el hombre más bondadoso del Valle. Pero cuando Fénix ya se disponía a entrar, tomándolo de un brazo, con el ceño repentinamente grave, Ática lo atrajo nuevamente: —Una única cosa te pido; sólo una cosa. Prométeme…, prométeme, aquí y ahora, que sea lo que fuere que descubras en relación a tu pasado, volverás de tus recuerdos a mí. El hombre la miró unos instantes. De pronto Ática se había hecho toda una mujer. Nada parecía ya tener de la jovencita que curara sus llagas sólo unos días atrás. ¡Ática! Nada más allá de esa imagen maravillosa en su recuerdo, y nada más aquí en el presente. Ática en el Desierto Rojo, en los joyeles de estrellas, por sobre el disco naranja del sol requemante y por sobre las noches de tintas violadas atravesadas por dos lunas en celo. Ática en el principio y…, sí, Ática en el fin. —Lo prometo —le dijo Fénix antes de beber un último beso. La estancia parecía adormecida en las penumbras. Las escasas antorchas que humeaban allí, entre aromas balsámicos, arrojaban fantasmagóricas sombras sobre los abruptos muros. El anciano aguardaba sentado al fondo de la amplia galería trabajada en la roca, hundido y doblado en un gran sillón de piedra sembrado de cojines. Era como entrar en una tumba y toparse con una reliquia del pasado más que con un ser viviente. Pero el anciano, cuyas carnes enflaquecidas sobraba la larga túnica que lo cubría, estaba vivo: —Pasa, Fénix, pasa —encareció con voz débil y apagada, viendo que el visitante dudaba en avanzar hasta él—. Hace tiempo que te aguardo, muchacho. Fénix caminó lentamente, como si temiera herir al viejo hasta con el rumor de sus pasos, y en ese silencio oscuro, aquel lo contempló acercarse con dos ojos sumidos en un sigilo sin tiempo. —Sí —rompió al fin, cuando pudo observar al hombre más de cerca— eres tal y como te había imaginado… Cercano y distante. Resuelto e inseguro. Con el sol en la frente y la noche a las espaldas. Un hombre dividido entre dos mundos. —Me dijeron —comenzó algo balbuceante Fénix— que deseabas hablar conmigo. Me dijeron que eras El Hombre de las Respuestas. Una risa rajada, que se parecía a un carraspeo, recibió esas palabras: —Sí, sí, es un título pomposo con el que cargo a mi pesar… Respuestas…, bueno, Página 11


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tal vez tenga algunas… Quizás tenga incluso respuestas para ti, Fénix. La pregunta es, ¿querrás tú oír esas respuestas? Vacilante: —No lo sé… En verdad no lo sé, anciano… Mas, ¿puede el hombre huir de sus preguntas? —No, ciertamente. Una perezosa calma parecía estirarse en el ambiente, como si el tiempo no transcurriera en esa cueva, como si le estuviera vedada la entrada a toda inquietud; pero ello era sólo una sensación: —Dime, Fénix —tornó a hablar el anciano tras una breve pausa—, ¿cómo te has sentido entre nosotros durante el tiempo que llevas aquí? —He aprendido a amar al Valle y a su gente. —Y te creo… Puedo verlo en tu mirada y pude oírlo en el aire durante estos últimos días. Pues aunque viva retirado de las gentes y no pueda abandonar esta caverna debido a mi extrema debilidad, me llegan las voces del mundo exterior todavía, y me llegan sus risas. El valle también te ama, Fénix. Y hay alguien en el Valle que te ama particularmente. La mirada de Fénix se iluminó y ensombreció a la vez. —¿Pero soy yo el hombre a quién ella ama? ¿Yo, que no sé de dónde vengo ni quién soy? ¿Yo, un hombre sin pasado y sin memoria? —No subestimes nunca el instinto de una mujer, Fénix. Y Ática es ya toda una mujer. Ella te ha elegido…, y te ha elegido por lo que eres. —Y sin embargo, ¿quién he sido yo antes de conocerla? Esta es la pregunta que no deja de rondarme la cabeza y de torturarme noche y día. Temo esa pregunta, anciano, y tal vez no quiera oír ya su respuesta… Pero, ¿y si de pronto el que fui despertase en mí sin ser llamado?, ¿si recordara un día y mis recuerdos se interpusieran entre nosotros? ¿No crees que sería injusto para ella vivir temiendo este despertar? Mi pasado obscuro sería siempre una sombra amenazante agazapada sobre nosotros. Siempre estaría allí para ensombrecer nuestra dicha, para poner en las risas hiel, para transformar la miel en sal. No quiero eso para Ática; ella merece algo mejor. El anciano lo contempló un rato en silencio. Pálido y demacrado bajo las antorchas, el esqueleto asomaba en ese rostro como ávido de librarse finalmente de su cárcel de piel. Luego: —Puede que tengas razón, Fénix. Tal vez… sea como dices… Tal vez nuestras preguntas sean parte de nosotros y por ello no esté en nosotros eludir las respuestas… Tal vez esas respuestas nos busquen mucho más de lo que las buscamos a ellas… Sí, tal vez así sea… Pues bien, hay una respuesta aguardándote en el desierto, Fénix. Y puesto que hay decisión en tu ánimo, de nada vale ya ocultártelo. Algún

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día llegarías a ella de todos modos o, lo que es peor, algún día ella llegaría hasta ti. —¿A qué te refieres? —A que hay un mundo más allá de las estrellas. Un mundo muy distinto al que has aprendido a amar aquí en el Valle. Un mundo regido por valores e intereses muy disímiles… Tú, Fénix, vienes de allí, como yo también. Un pálpito helado pareció congelar el rostro del hombre mientras luces secretas comenzaban a iluminar la mirada del anciano: —Sí, muchacho. Hace ya más de ochenta ciclos que llegué a este planeta junto a un grupo de arriesgados colonos. Todos con un mismo sueño; todos partícipes de una misma ilusión: vivir en paz y de acuerdo con aquello que encontráramos a nuestro arribo. Vinimos huyendo de la barbarie asesina que la humanidad confunde con civilización y progreso. Vinimos huyendo de la codicia sin límites, de la estupidez insolente, del saqueo universal e indiscriminado. La humanidad, ya desde hace muchísimas eras, se ha transformado en un vampiro a escala sideral, que todo lo devora, que todo lo deseca y destruye. Surca las hechuras cósmicas con sus aeronaves fulgentes y veloces tragando todo a su paso y dejando tras sí una estela humosa de desolación. Todo lo proyecta hacia adelante, porque no mira más que con los ojos de su voraz avaricia, y por ello no puede ver lo que deja a su paso: catástrofe, hecatombe y desgracia por doquier; tierras baldías sembradas de blancas osamentas, planetas agotados, resecos y muertos como cáscaras de un fruto al cual se le ha extraído hasta la última substancia. Orbes abandonados a los fantasmas de todas esas formas de vida masacradas por él, y que bajo el silencio de las estrellas, como espectros insepultos, siguen deambulando por las fúnebres galaxias. Lo que llaman Confederación Humana no es más que una bandada de vampiros de alas negras con un único objeto: apoderarse de los recursos energéticos de todo el universo. Pero la sangría, que ha encontrado en la máquina su perfección, ha encontrado en ella también su debilidad. En efecto, tan titánicas son las potencias expoliadoras que la máquina ha puesto en manos del hombre, como titánico el incremento de la codicia que ese poder ha desarrollado en él, al punto de que, generalmente, a éste lo gana la impaciencia. Entonces ocurre algo prodigioso: que la Confederación abandona y da por muertos mundos cuyas arterias no han terminado de ser vaciadas todavía. Sí, a veces da por inactivos sistemas planetarios en los que todavía quedan gérmenes de vida. La Galaxia Espiral es un ejemplo. En este universo gravitacional del cual la humanidad ha partido hace ya muchísimas fecundaciones, por considerarlo devastado, no todo estaba yermo, sin embargo. Un grupo de científicos lo advirtió algunas centurias atrás, luego de haber realizado estudios de subsuelo en este sistema puntual; sólo que el gasto que suponía para la Confederación una nueva empresa de pillaje aquí, no valía la pena de los pocos recursos que podían obtenerse en cambio. Es decir, la aventura no se presentaba rentable y a nada que no sea rentable se atreve ya el hombre. Total: no hubo retorno. »Ahora bien, ¿serían suficientes esos recursos miserables para solventar la existencia de unos pocos, es decir, de un pequeño grupo de soñadores que quisieran Página 13


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apartarse de la locura humana y vivir según patrones de vida más amables con su entorno? Esto es lo que nos preguntamos algunos científicos inspirados por aquellos viejos informes. Pertenecíamos a una rama herética de la ciencia que no compartía ya las sedes ni los planes de conquista indiscriminada trazados por la Confederación, tanto menos los medios empleados para satisfacerlas. Pronto constituimos un grupo nutrido de insumisos, conformado por individuos provenientes de diferentes ramas del saber y el quehacer humano; pero con un mismo afán y un mismo ideal. Se analizaron meticulosamente las posibilidades de sobrevivencia en este planeta, y aunque no muy convencidos de que el éxito fuera posible, decidimos asumir el reto de un viaje que bien podía tratarse de un éxodo hacia la muerte. Hace ochenta ciclos de esto, cual llevo dicho, hace ochenta ciclos que llegamos aquí con nuestra quimérica empresa, hace ochenta ciclos, sí, que, sin saber muy bien lo que nos aguardaba, apenas desembarcar en este mundo, quemamos nuestras naves para que no fuera posible el retorno. Así de comprometidos estábamos en nuestro sueño; así de esperanzados con la idea de resurrección en estas tierras extrañas, estas tierras que, pasado algún tiempo, llegaríamos incluso a amar. »Por ese entonces el Valle no presentaba el aspecto que tú conoces. Las fuentes vitales de agua estaban ocultas en lo profundo de la tierra, en intrincadas redes subterráneas y no eran abundantes. Además estaban envenenadas. Mucho es lo que tuvimos que laborar para purificarlas y convertir este páramo en un vergel. Trajimos conocimientos con nosotros y semillas y tierra y animales en abundancia; pero también trajimos nuestras fuerzas, nuestro amor y nuestro empeño. Yo era el más joven entre todos ellos. Y acaso por esto mismo me toque a mí partir en último lugar. Algunos murieron antes de ver los primeros frutos de nuestra denodada labor. Pero, ¿sabes algo? Murieron de todos modos felices, sabedores de que el medio es un fin de suyo para el que es animado por ideales nobles. Claro que no por pacífica nuestra vida estuvo y está libre de amenazas. Hace tiempo que ha llegado a conocimiento de la Confederación la existencia de grupos humanos desperdigados por todo el orbe intentando lo mismo que nosotros aquí. Nos llaman «marginales» y «desertores» y nos buscan como tales. Nos buscan, Fénix, para destruirnos a nosotros y nuestra labor. Temen que el ejemplo cunda. Temen que su imperio montado sobre máquinas surtidoras se vea amenazado. Temen el retorno del hombre a lo elemental. Ya ves, pues, cómo mi pasado también me amenaza del mismo modo que a ti; ya ves cómo también él supone una sombra agazapada sobre mi presente. El hombre había oído toda esta relación inmerso en emociones varias. Esa gran roca que obturaba sus recuerdos como la piedra sepulcral de un ayer sumido en la noche, el silencio y el olvido, había temblado ligeramente durante la larga exposición. No cabían dudas de que el anciano le hablaba de su mundo. Las raíces de ese pasado estaban ocultas en lo muy hondo, es cierto, bajo muchas capas de negrura; pero existían… y él podía casi oírlas palpitar y removerse en lo recóndito de su mente y de su ser. Tras columbrar todo esto en su mente unos momentos: —¿Qué puedes decirme concretamente de mí? Página 14


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—Que hemos dado con tu cosmonave, Fénix, la que te ha traído hasta este sistema, y que ella todavía continúa en el desierto, donde tú mismo la dejaste, aguardándote. No cabe dudar al respecto ya que es la única explicación para tu intempestiva llegada. Si quieres respuestas es allí donde debes buscarlas. Algo de lo que eres, o quizás algo de lo que fuiste, aguarda por ti dentro de esa aeronave. —¿Y sabes qué es? —Esas son tus respuestas, Fénix, tuyas tan sólo. Lo que yo puedo decirte es que tú irás, por tu bien o para tu mal, pero que irás de todos modos. Lo otro tendrás que averiguarlo por ti mismo. Te facilitaremos un mapa de estas regiones indicando el sitio al cual debes dirigirte. No será una larga travesía; la podrás hacer a pie tomando los debidos recaudos. Disponemos de una hierba que, bien dosificada, es capaz de evitar los efectos alucinógenos y dañinos del Desierto Rojo. Te daremos ello, alimentos y bebida, y, además, el equipo de supervivencia que llevabas contigo cuando te encontramos desfalleciente en el desierto. Éste te será útil para la expedición. —¿Quieres decir que durante todo este tiempo me fueron ocultadas mis pertenencias? No entiendo. ¿Por qué motivo? —Porque no pertenecen al Valle, Fénix, y somos estrictos en esto. Porque pertenecen a un mundo con el cual hemos cortado todo vínculo. —¿Y yo? ¿No pertenezco también a ese mundo? —Sé que vienes de allí, Fénix; si perteneces o no a él es algo que tú mismo deberás averiguar. Créeme, tuve mis razones para obrar de esta manera. Y sé que son razones que muy pronto comprenderás. El hombre se quedó unos instantes ensimismado en sus propios pensamientos… Tantas preguntas consumiéndolo durante mucho tiempo y de pronto tan cerca de dar con las respuestas, tanto, sí, que en esa hora lo aterró la inminencia de una posible revelación. Hasta entonces sólo se había sentido un náufrago en el presente, así lo había considerado y sentido, y de golpe tuvo temor de que esa situación cambiase, tuvo temor de perder el nuevo mundo descubierto. Pues, ¿qué podía encontrar en su pasado que valiese más que aquel Valle amable, que aquellas gentes que lo querían, que un beso, una palabra, una mirada de Ática? Esto mismo es lo que se preguntó quedando indeciso unos momentos. Pero el anciano, que mientras tanto permanecía contemplándolo en silencio, respetando su silencio también, con esa mirada en cuyos ojos parecían estar apagándose las últimas luces de una larga vida, tenía razón. Él tenía que ir… Tenía que averiguar quién había sido antes de su llegada, aun cuando ello pusiera en peligro todo cuanto, ahora se daba cuenta, tenía de valioso su presente. —¿Cuándo puedo partir? —Cuando tú lo dispongas, Fénix. Todo ha sido ya preparado. ***

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Partió ese mismo día, luego de acomodar sus cosas y despedirse de Ática con un efusivo abrazo. Partió solo, tal y como le indicara el anciano: «Para ti son tus respuestas», le había dicho en tono grave, «para ti y para nadie más». Cuando le dieron sus pertenencias, es decir, el equipo que él trajera consigo, no sólo supo reconocerlas sino también recordar cómo servirse de ellas. Era como si el pasado comenzara a revelar sus tesoros… Mas, ¿se tratarían de tesoros en verdad? El arma laser que sostuvo en silencio entre sus manos luego de que le fuera devuelta, una de sus tantas pertenencias, le hizo temer la respuesta. Fueron cuatro días de marcha penosa bajo un sol agobiante; cuatro días con sus noches repletas de heladas estrellas y de tinieblas fosforescentes por las que navegaban dos lunas apareadas. El Desierto Rojo era un paisaje estéril y quebrado por planicies yermas. Ni un solo matorral donde encontrar reparo o buscar alimento. Ni un solo aleteo de ave o huella de animal alguno. Sólo arena amarilla y pulimentados pedruscos sobre los cuales reverberaban los brillantes rayos del disco llameante. Y mientras Fénix más se internaba en ese erial calcinado donde la vida parecía un imposible, su mente repasaba las palabras del anciano. Cuánto esfuerzo tendrían que haber realizado aquellos primeros colonos para obtener algo de esa tierra muerta. Cuánto amor y cuántos sueños tendrían que haber traído consigo para lograr esa conquista que parecía inadmisible. «Marginales» los llamaba la Confederación, y como a marginales se los perseguía. Pero más bien deberían ser llamados «restauradores», se dijo Fénix, y no sólo de la tierra, sino de la dignidad humana. Por fin, con el espectro de las últimas estrellas sobre su cabeza, en el amanecer del quinto día, llegó a término la búsqueda. Solitaria y brillante, aunque difusa en el aire desmayado de calor, la cosmonave refulgía sobre la arena amarilla como el templo de una civilización perdida. Él había visto muchas veces esas ruinosas estructuras en sus viajes, y tuvo esta misma impresión; él, sí, cuya memoria parecía aclararse a medida que se acercaba a su pasado y éste cobraba mayor dimensión ante sus ojos. Pronto pudo distinguir incluso la silueta rígida de lo que aparecía bajo el sol como el ídolo de oro de ese templo abandonado. ¡Pero no lo era! Se trataba en verdad de un autómata, un modelo mejorado del legendario Áureo-6 que había tenido tan grande papel en la última guerra intergaláctica por la posesión del preciado ólix, principal fuente de energía en el universo. Erguido sobre sus cilindros metálicos, alerta al menor movimiento, el autómata protegía la cosmonave de cualquier posible amenaza que pudiera surgir de los alrededores, con ese celo de que sólo son capaces las máquinas. Fénix reconoció en él a su único tripulante. Pues de todo cuanto veía iba tomando consciencia, prácticamente sin darse cuenta. Era como si, de pronto, la noche de su pasado intentase desgarrarse de las negras tintas del misterio, como si tímidamente los fantasmas comenzaran a asomarse a la luz del día, solo que todavía no se aclaraban del todo. ¡Faltaba la clave del enigma! Apenas ponerse al descubierto, el autómata reparó en él. La metálica cabeza giró al punto en un ángulo de noventa grados y, en los brazos mecánicos, el cañón de un arma de gran potencia asomó temible, apuntando hacia el intruso. Fénix no se detuPágina 16


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vo, sin embargo. El anciano le había dicho que el misterio de su pasado lo aguardaba en esa cosmonave, que allí encontraría las respuestas, que no había otro modo de quitarse de encima el acecho de la sombra que amenazaba su presente, y él ya había comenzado a dar con algunas de esas respuestas. Sobre la trompa abombada de la nave, se hallaba inscripta la palabra «Fénix», tal y como en las ropas con las cuales lo encontraran los colonos. Sí, esa era su nave, y por ello él siguió avanzando en dirección al autómata sin titubeos, casi como un autómata más. Por fortuna, sus instintos no lo traicionaron. Lejos de efectuar una descarga en su contra, el robot depuso su actitud hostil y bajó la poderosa arma tan pronto Fénix estuvo bajo el radio de reconocimiento. En efecto, el Áureo-6 era capaz de identificarlo a través de su configuración anatómica, de su estructura ósea y hasta molecular. —Salud, capitán Milcham —resonó entonces una voz desde detrás de la pulimentada máscara. Era una voz atiplada, aunque grave a la vez. Pero Fénix creyó oír más que una voz y un nombre, de hecho, para él fue como ser atravesado por un rayo revelador, como dar con la clave del enigma que hasta allí se le figurara indesvelable. «Milcham, capitán Milcham»… Sí, sí, se trataba de él. Y al momento, la gran piedra que sellaba su memoria cedió precipitadamente. Entonces, de la tumba del ayer, comenzaron a surgir, como en tropel, multitud de espectros que se hicieron luminosos y cobraron densidad y realidad ante sus agigantados ojos. ¡Eran sus recuerdos! De pronto, sí, todos los fantasmas del pasado se hicieron vivencia y presente como si fueran convocados por una voz mágica. Era la primera vez, desde su penoso descenso en aquel planeta extraño, que su memoria fluía con naturalidad. Él era, en efecto, el capitán Milcham, uno de los mejores defensores y elementos de la Confederación. Él era un explorador de Regiones Inactivas, un exterminador, y había llegado hasta allí, hasta ese sistema apartado, para…, para... Pero de pronto todo se confundió de nuevo en su mente, lo aturdió y sumió en repentino delirio. Era como si una marea gravitatoria lo arrancara de su eje para arrastrarlo hacia las regiones más obscuras y convulsionadas de su propio universo. La realidad adquirió visos de pesadilla. No podía creer lo que su memoria le revelaba; era asaz inaceptable lo que debía asumir, tanto por lo tremendo como por lo devastador. Fénix acababa de caer en la cuenta, en efecto, de cuánto distaba su pasado de su presente, de cuán disímiles, cuán odiosamente diferentes se mostraban ambos en esa hora, al extremo de descubrirse en franca oposición el uno y el otro, prácticamente como mortales enemigos. Aturdido y enfermo, allí quedó unos momentos, casi sin reacción; como si el tiempo se hubiera petrificado ante él. Su mente y corazón eran un caos de estupor, angustia y abominación. ¡Abominación, sí! Pues, ¿cómo sobreponerse a la evidencia de que él venía a resultar el peor enemigo de sí mismo, el peor enemigo de su felicidad y de todo aquello que había aprendido a amar? Y la voz del autómata, volviendo a surgir imperturbable desde la máscara sin Página 17


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resquicios, irreal de tan perfecta y ajena a las perplejidades del hombre: —La computadora madre había reducido las posibilidades de tu regreso a 0.01 por ciento, capitán. «Su regreso». «La computadora madre». Estas palabras tuvieron sobre Fénix un efecto inesperado; tuvieron la milagrosa virtud de devolverlo al momento preciso en que se encontraba. Por muy alelado que estuviera, no podía darse el lujo de oscilar entre dos mundos y perderse en miles de reflexiones sin conclusión. El autómata era muy capaz de interpretar con exactitud cualquier titubeo inesperado en el ánimo de los humanos, y él no lo ignoraba; cualquier respuesta equívoca podía resultar peligrosa ante ese vigilante inquebrantable de la Confederación. Un circuito programático es un juez impiadoso e inflexible. Y por ello, aun cuando Fénix estuviera librando una batalla espantosa en su interior, comprendía que esa batalla debía librarse en silencio y ocultamente, sin que se trasluciera en su exterior; sobre todo, tenía que sobreponerse a cualquier requiebro antes de resultar demasiado tarde. Sólo que, ¿cómo hacerlo? Fénix apeló entonces a toda su presencia de ánimo al responder, aparentando la mayor frialdad: —Pues ya ves que aquí estoy. Ya ves que las máquinas pueden equivocarse tanto como los humanos. Las luces rojas que simulaban ojos parecían parpadear en la dorada máscara del androide: —¿Te encuentras bien, capitán? Y de nuevo el hombre intentando hacerse máquina ante la máquina: —Agotado, Áureo-6, muy agotado. Lo mejor será que rinda mi informe a la madre para poder introducirme cuanto antes en la cápsula de letargo. El robot se hizo a un lado con un movimiento rechinante, y Fénix, aparentando la mayor calma, comenzó a ascender por la plancha que llevaba al interior de la cosmonave. Todavía pudo echar un último vistazo desde lo alto, antes de decidirse a trasponer la escotilla. En el silencio rojo del desierto, bajo un sol que quitaba maravillosos y brillantes centelleos al oro de las láminas que lo revestían, el androide quedaba escudriñando el horizonte, vigilante e impertérrito, tal y como lo encontrara momentos antes. Fénix atravesó los fríos pasillos chispeantes de diminutas luces sumido en un estado de total ofuscación. El golpe con la realidad había sido terrible, brutal. Demasiadas revelaciones para ser asumidas en un momento: una identidad, una misión, toda una vida en total desacuerdo con la existencia que llevara hasta allí en el Valle. Pues él, nada menos que él, era lo que más temían los habitantes de aquel oasis; él era un explorador de regiones inactivas con la exclusiva misión de suprimir las colonias de marginales. Él, sí, había llegado a ese planetoide portando el rayo de la destrucción; había venido a quebrantar la paz del Valle junto a la de todas sus criaturas; ¡él había venido a acabar con Ática! Este último pensamiento fue como una náusea Página 18


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en su vientre y lo dejó al borde del espanto de sí mismo, al filo de la demencia. Pero nuevamente tuvo que intentar sobreponerse; no importaba cómo, debía hacerlo. Estaba ya bajo la vigilancia de la computadora madre y ante ella no existía margen para el error. La madre todo lo sabía, todo lo asimilaba y todo lo comprendía. La madre era el mismísimo cerebro de la Confederación. La madre: —Bienvenido, capitán Milcham —vibró al punto una voz artificial y absurda, emanando desde todas partes, resonando latosamente en los blancos paneles de la cosmonave—, tu retorno es contra todo cálculo de probabilidades. La Confederación estará ansiosa por recibir tu informe. Cometimos un error de cálculo al enviarte a ese desierto; subestimamos los efectos de su atmósfera sobre los humanos. El oxígeno es respirable pero está viciado de partículas nocivas para el cerebro. La naturaleza de estas nos es oscura todavía, pero lo cierto es que su influjo resulta fatal. No hay por tanto otra explicación lógica para tu supervivencia allí durante tantas jornadas luz que deducir que has recibido auxilios de colonos residentes, instalados más allá del desierto. Dinos, capitán, ¿hay vida marginal en este planeta? Era la hora de las decisiones y ésta no admitía aplazamientos. Era el momento en que Fénix debía resolverse de una vez y para siempre. Estaba ante la línea divisoria entre dos mundos, entre dos humanidades, entre dos conciencias, y cualquier paso dado en un sentido significaba avanzar o dejar atrás, definitivamente atrás, una de las dos mitades de sí mismo. Su pasado era el enemigo de su presente y no podía salvar el uno sin destruir el otro. Y en esa hora Fénix tuvo la osadía de la decisión: —No —contestó terminante, queriendo dar a su voz el mayor aplomo posible—, no la hay. Puedes informar eso a la Confederación. En los paneles de la computadora madre hubo un audible hormigueo y el titilar de mil lucecitas. El procesador cotejó y analizó con frialdad; la mecánica de su racionalidad era inflexible. La máquina no se dejaba engañar. A ella sólo debían dársele respuestas lógicas y previstas. Y eso era precisamente lo que Fénix no podía hacer en esa desesperada ocasión. Por ello la voz átona y muerta, sin alma y sin vida, volvió al cabo a resonar, a insistir: —No es aceptable tu respuesta, capitán. No existen posibilidades de que puedas haber sobrevivido afuera tanto tiempo sin recibir auxilios. Debo interpretar que mientes pues además compruebo irregularidades en tu ritmo cardíaco. Fénix se exasperó: —Ya te he dicho. Yo soy quien ha estado en ese desierto; no tú. Yo soy el explorador. A ti sólo te toca copiar y transmitir mis informes… Pero el metal no tiene entrañas; no es posible convencer ni conmover a una computadora. Las luces se encendieron y apagaron recorriendo a todo lo largo los paneles y monitores, se encendieron y apagaron una y otra vez: —Debes someterte a estudio y análisis inconsciente, capitán. Debo averiguar el origen de tu estado de alteración e indagarte metódicamente en estado de sopor. Página 19


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No; no era imposible convencer a una máquina, e inútil intentarlo: —¡Al demonio contigo! —exclamó Fénix impaciente, al límite de sus nervios—. Y al demonio conmigo y mi pasado también—, al tiempo que, valiéndose de su poderosa arma, lanzaba una llamarada luminosa que impactó de lleno en el corazón de la computadora madre. Al chasquido metálico, le siguió el chisporroteo del fuego y un remolino de fulgurantes chispas que comenzaron a saltar en todas direcciones. Sólo un segundo después, los paneles y las consolas de metal ardían bajo las llamas. La cosmonave se hizo incandescente, el calor abrasador y el aire irrespirable. Semiciego y sofocado, Fénix se dirigió hacia la salida, la explosión era inminente y no había tiempo que perder. Todo parecía deshacerse ya a su alrededor cuando, a pasos de ganar la escotilla, sintió un rayo requemante que lo raspó en una de sus piernas. Era el Áureo-6 que acababa de impactarlo. El autómata, sin que Fénix lo advirtiera, había irrumpido en la cosmonave obedeciendo las llamadas de alerta emitidas por la computadora madre, y sólo una maravillosa coincidencia acababa de salvar a éste de ser suprimido: en el preciso instante del disparo, un trozo de metal, caído oportunamente del techo, había desviado el rayo destructor en pleno curso. Los Áureo-6 eran máquinas mortíferas e implacables; no había segundas oportunidades con ellas. Y no la hubiera tenido Fénix sin ese prodigioso accidente. La reacción del capitán, por tanto, fue inmediata. Con el arma enfilada hacia el punto flaco del androide, lanzó un fogonazo certero que, al segundo, dejó a la gran masa de metal desparramada sobre una repisa saturada de paneles, totalmente deshecha e inoperante. Se hubiera creído victorioso, y a salvo inclusive, de no ser porque sus problemas no culminaban allí; había que salir a como diera lugar de ese infierno candente. En la cosmonave ya había pequeñas explosiones y la detonación final estaba al caer. Con los últimos arrestos, pues, e incluso más allá de ellos, Fénix se lanzó a través de la escotilla en un vigoroso salto que lo dejó prácticamente sepultado en la arena roja, y sentidamente maltrecho. A partir de ese momento todo lo vio como al través de una bruma. Sabía que era preciso moverse…, que debía ponerse a resguardo…, que pronto estallaría todo a su alrededor y que había que alejarse de allí tan lejos como fuera posible; se decía todo esto a sí mismo, sí, sólo que ni sus piernas ni sus ánimos podían hacerse eco ya de sus voces internas. De pronto sintió que una gran calma lo invadía…, una calma irresistible… Y por ello, acaso sin lamentarlo, a sólo unos metros de la cosmonave que ya comenzaban a devorar las llamas por completo, jadeante, agónico y oprimido: «Es el fin», se dijo, «todo ha terminado y tal vez sea mejor así… Lo único que cuenta es que la vida en el Valle continuará; que Ática vivirá…». ¡Ática! El rostro de la joven emergió entonces como una azulenca nube de fantasía ante sus ojos, y pensó que era esa una maravillosa última visión para llevarse al otro mundo, para guardar por siempre, cuando unos brazos nervudos, que surgieron Página 20


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tras él, comenzaron a jalarlo de los hombros y a arrastrarlo sobre la arena. —¡Prax! —alcanzó a exclamar luego de girar el rostro por sobre su cabeza—. ¿Qué haces aquí? —No confiaba en ti, Fénix, y desoyendo las voces de los mayores vine a averiguar de qué se trataba todo… Y creo..., creo que hice bien. —Déjame, Prax… Estoy mal herido y además no merezco tu ayuda…; no, no vale la pena… Tú no sabes quién soy… ni lo que he venido a hacer aquí… —No, yo no; pero hay alguien en el Valle que sí cree saberlo… Así es que lo que sea que tengas que explicar, mejor es que se lo expongas a ella… Por mi parte, no me enfrentaré con los ojos de Ática sabiendo que te dejé medio muerto en este desierto pudiendo haberte salvado. Nunca me lo perdonaría ella…, y quizás nunca me lo perdonaría yo. Además, pese a lo que dices o lo que crees ser, presumo que hoy nos has salvado a todos… —Eres un buen hombre, Prax. —Sí; pero no es el momento de expansiones… Esto volará en mil pedazos de un momento a otro y no quiero estar aquí cuando ello ocurra. ¡Vamos!, tómate de mi hombro; dejé el carro tras la primera duna; yo te ayudaré a llegar hasta él. *** La primera que los vio llegar al Valle fue Ática. Nunca, nunca a lo largo de su corta vida había pasado por una instancia como esa, nunca se había enfrentado a la posibilidad de la pérdida de lo más amado y, por ello, cuando tuvo por fin a Fénix entre sus brazos, luego de comprobar que las heridas que traía eran simples rasguños, fue como si la vida le volviera al cuerpo. —Ática —murmuró Fénix apenas verla—…, Ática, hay tantas cosas que debo decirte..., tantas cosas que debes saber… —Volviste, Fénix, volviste tal y como prometiste… ¿Qué más puede importarme? —Es acerca de mi pasado…, se trata de algo que puede afectar el modo en que me ves… —Razón de más para no saberlo. Nada me interesa de tu pasado, Fénix… Nada. Tú estás aquí y es todo lo que importa. Tú volviste a mí desde el ayer y eso es todo lo que cuenta. En el Valle hubo efusividad por la llegada de Fénix; todos lo consideraban ya como un miembro más entre los pobladores y se había temido por él. No obstante, las heridas que presentaba éste no exhibían gravedad alguna, y por ello fue que, pasado el momento de los efusivos saludos, Fénix se hizo conducir ante aquel a quien apodaban El Hombre de las Respuestas, valiéndose para ello de una muleta. Debía aclarar algunas cosas, acaso descargar su conciencia. Como acostumbraba a hacer con todos, el anciano lo recibió solo. Bajo el crepitar Página 21


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de las antorchas, ambos se contemplaron un momento, con mirada honda, como desde las profundidades de un mutuo secreto, antes de que Fénix desgarrara el silencio: —Tú, anciano…, tú lo sabías… Tú lo supiste siempre… Sabías quién era yo y cuál era mi misión aquí… ¿Por qué a pesar de ello me ayudaste? La voz del viejo era débil, como un hilo roído por el gusano del tiempo; pero había vitalidad todavía en ella: —¿«Por qué», preguntas? «¿Por qué?». ¿No has prestado atención entonces a todo cuanto te dije? ¿No has oído que una vez yo llegué aquí en busca de una segunda oportunidad, y que la tuve? ¿Cómo habría, pues, de negártela a ti? —Pero todos tus sueños, todos tus esfuerzos y todos los frutos obtenidos merced a ellos… Todo lo arriesgaste por un hombre que significaba la muerte para los tuyos… Los ojos legañosos del anciano parecieron iluminarse entonces con una luz extraña, emergida desde muy lejos, acaso desde los lejanos recovecos de su sabia vejez: —¿Pero de qué valdría todo lo construido aquí si no pudiésemos arriesgarlo una y otra vez por un solo hombre? ¿Acaso no se ha tratado siempre de esto, de salvar al hombre, de salvarlo de sí mismo? Tú, Fénix, ¿acaso no te has salvado hoy de ti mismo también? Y con ello nos has salvado a nosotros, y el Valle te está agradecido. Pero un pensamiento fúnebre ensombrecía el rostro de Fénix: —Sin embargo, vendrán otros… La Confederación enviará más de sus exploradores tras de mí... —Tal vez…, tal vez. Pero, ¿quién puede asegurarlo? ¿Quién puede decir algo de cierto acerca del mañana? Tú mejor que nadie debieras conocer cuán inextricables son las sorpresas que nos depara. Tal vez la humanidad comprenda algún día que el universo es lo suficientemente vasto como para albergar diferentes maneras de concebir la vida. O tal vez ocurra que ni todo el universo le alcance al hombre para satisfacer sus muchas glotonerías; acaso sólo estemos recomponiendo este planeta para que la Confederación venga el día menos pensado a devastarlo de nuevo. Mas, ¿qué caso tendría darle vueltas a todas estas probabilidades cuando el presente está ante nosotros? Este es el presente, Fénix, el que tú nos has regalado y te has regalado a ti mismo también. Ve por él; ve por Ática; ve por la mujer que te espera con el corazón en las manos y la juventud en los labios. Ve por tu presente, Fénix, y ve en paz. Anochecía ya cuando el hombre abandonó la cueva. Ática lo aguardaba ansiosa en la entrada y apenas distinguir la silueta querida lo rodeó entre sus brazos turgentes. Para Fénix fue como recibir el abrazo del mismo Valle, de sus perfumes, de sus sabores, de sus calideces. «Toda vida nueva requiere de un nuevo hombre», le había dicho el anciano de las muchas respuestas. Y en esa hora, Fénix, lo comprendía mejor que nunca. Las llamas que devoraran la cosmonave del capitán Milcham no sólo habían reducido a cenizas un trozo de metal, sino también un trozo de pasado, un Página 22


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trozo de conciencia, un trozo de hombre. Y de esas cenizas humeantes, él, Fénix, había resurgido a una nueva vida. © Ricardo Giraldez

Ricardo Giraldez nació en 1970 en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sus relatos han sido seleccionados para integrar diversas antologías, tanto en Argentina como en España, Italia y Estados Unidos. Tiene varios cuentos premiados y ha colaborado con diferentes revistas literarias, entre las cuales cabe señalar Axxón, Valinor, Baquiana. La editorial española E-ditarx acaba de publicar La fortuna o la muerte, primera novela del escritor.

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CONTACTO por Víctor Muñoz Ramírez El capitán Ripper encabeza una misión cuyo objetivo es la de hacer un reconocimiento presencial del planeta Dob-75 que, hasta hacía poco tiempo, se creía que estaba deshabitado. Para su pesar, Ripper descubrirá que muchas veces el peligro no anida en lo desconocido y que, para algunos, el cumplimiento del deber se encuentra por encima de todo y de todos.

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I

ilencio, sólo infinitud muda, inconmovible, vacua, hasta que una onda de alta frecuencia atravesó el espacio en todas direcciones, teniendo por único límite el tiempo, y fue captada por la estación espacial Nagea. Sin perder un minuto, los técnicos rastrearon la interferencia y pronto pudieron establecer un origen de la señal: Dob-75, un planeta muerto, silencioso como una roca que permaneciera imperturbable en el aire y que no había producido interés alguno. De la estación se emitió un nuevo mensaje, pero no hubo respuesta. A intervalos más o menos regulares, volvía a ser detectada en el mismo estado: el contacto parecía ser unidireccional. Tras probar cuantos métodos tenían, desistieron de fijar una comunicación clara y mandaron una sonda a Dob-75. De nuevo, las esperanzas se vieron truncadas a pesar de que la onda se percibía allí con claridad, aunque igual de indescifrable. Las comisiones se sucedían, los expertos debatieron intensamente sobre el paso a seguir. Algunos, cínicos, eran partidarios de abandonar la idea de encontrar vida inteligente. La agencia espacial no podía permitir aumentar el presupuesto en invertir en quimeras de unos pocos. Cualquier radiación que pudiera ser emitida con fuerza podría ser detectada por los radares; bien podía ser sólo un mineral desconocido, dijo uno de ellos. Quienes mantenían la esperanza anclada en lo desconocido opinaban con fervor que nada había que decir al respecto hasta que fuera debidamente comprobado. Las máquinas reaccionaban sin esclarecer nada, por lo que, puesto que la duda no es partidaria de nada, salvo de ser resuelta, tras la votación se determinó que se haría un reconocimiento personal del planeta. Unos meses después, el capitán Ripper y un robot de compañía homologado modelo W-173, se alejaban devorados por las tinieblas inmensas y sin horizonte del cosmos. Ambos tripulantes convivieron durante dos semanas en una geométrica serenidad; el hombre, en una resignación mecánica, contemplaba las esplendorosas estrellas y soportaba el frío en la interminable noche; la máquina cumplía sus tareas, mayores y en mayor cantidad que su compañero, con exactitud y forzada emoción. Página 24


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En el quinceavo día, fumando sin otra preocupación que matar las horas muertas, el capitán Ripper distinguió un punto amarillento que se acercaba como una bala ralentizada. Tardaron poco en entrar en la órbita. El W-173 fijó las coordenadas y grabó con un láser una pista de aterrizaje en uno de las rocosas llanuras del planeta. Ripper creyó ver en ella una diana donde pronto estaría clavado. El capitán revisó que todo estuviera en orden, configuró el plan de aterrizaje y comprobó distintas variables dispuesto a no correr riesgos innecesarios. Mientras, abrochaba su «funda» reglamentaria, revisaba la composición de la atmósfera rezando para que hubiera suficiente oxígeno para no tenerse que poner la escafandra, la cual le producía una desagradable claustrofobia. No había terminado los preparativos cuando el ordenador central soltó un agudo chirrido. Diligentemente, W-173 se acercó; luego, con su característico hablar neutro, se dirigió a Ripper: —Pequeñas fuentes de calor rodean el grabado de la pista. Alrededor de los surcos de la piedra, que hacían el relieve de una pista de aterrizaje estándar, unos glóbulos púrpura danzaban sin orden. —Contacta con Nagea y pregunta qué dice el protocolo al respecto. Pasaron horas hasta que recibieron respuesta: actuar tal y como estipulaba el reglamento. Ripper miró desconcertado a su acompañante, cuyo rostro era más impávido que de costumbre. Para entonces, las minúsculas concentraciones de calor que había en la pantalla habían desaparecido, quedaban solitarias dos semiesferas que recordaban una tela de araña. El capitán ocupó su puesto y apuró su cigarrillo; por fin tomarían tierra de una vez por todas. II Estaba fascinado. Bajo el cielo amarillo, la superficie del planeta era metálica, el polvo mostraba una distribución insólitamente perfecta. Dio una bocanada de aire, los pulmones agradecieron pronto el oxígeno sin filtrar, contaminado por la suciedad inerte de los ferrosos materiales de aquel mundo. Comprobó que el comunicador funcionaba; desde la nave, W-173 respondía. Casi instintivamente, palpó su pistola en la cintura. Miró hacia atrás y de nuevo hacia la lejanía, hacia los megalitos de piedra que ascendían monstruosos, hacia el confín resquebrajado, semejante a una mandíbula de escualo, hacia un llano infinito cuyo tope era su misma espalda; la espalda en la que había cargado vidas, éxitos y fracasos, razones y sentimientos, y cansancio, sobre todo cansancio. Por algún motivo le costó emprender el paso, su voluntad no reaccionaba. Al final, uno, otro, ya estaba fuera de la gran diana. Y al tercero algo se deslizó bajo su bota que casi le hizo caer, una pequeña lámina pulida de metal, llena de surcos e irregularidades, con dos semiesferas unidas por radios. Levantó la vista, la amplitud del horizonte todavía le rodeaba en un angustioso abrazo. Dejó caer la plancha en un estruendo metálico sin Página 25


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eco y tras poner en funcionamiento el detector de onda avanzó hacia los hoodoos que se alzaban ante él. III De la boca de la caverna surgía un olor seco y rancio, oculto tras un murmullo constante, igual que el de los insectos, que se perdía en la oscuridad, cortada por innumerables rayos de luz que perforaban las paredes. Guardando la retaguardia, la única salida que conocía, Ripper avanzó despacio, pisando con firmeza, guiado por el débil pitido del detector. Por un instante quedo impresionado con su intrepidez. ¿Qué había dejado atrás, tras aquella frágil apertura, que hubiera que conservar? ¿Tal vez había olvidado los pasos recorridos, las pruebas y los regateos, los melancólicos días a la espera de la noche para tener a las estrellas como excelentes compañeras, sus libros de viajes insaciables, aquellos besos que se le antojaban el último aliento, los sueños que no habían conseguido matarle? Sí, se dijo, allí estaba él, con un robot que se desvivía por él, imperturbable y frígido, con su nave de reconocimiento, la peor que había pilotado desde que fue ascendido a capitán. Tantas pertenencias a las que pertenecer. ¿Y dónde estaba él ahora? No sabía que había allí abajo, sólo un abismo que le engullía y enterraba, tan real y acogedor que le mantenía alerta y vivo. Sin darse cuenta, el túnel se había ensanchado, dando lugar a una inmensa galería poblada de columnas naturales. Ante tan sublime espectáculo, Ripper se sintió embriagado por primera vez desde que pisara Dob-75, tanto que llamó por el comunicador a su compañero y se lo hizo saber. —Ojalá estuviera ahí. Dejó en la duda el gusto estético de W-173 y volvió a concentrarse en su tarea. Cruzado el túnel otra galería similar a la anterior, donde el zumbido restallaba con más fuerza. Allí la luz era tenue, aunque todavía iluminaba lo suficiente. Ripper aguzó la vista, también el oído, tal vez podría aislar aquel ronroneo que ahora le parecía metálico de cualquier otro sonido próximo. Giró en un montículo, con paso cada vez más titubeante, y a lo lejos, disipada y definida, humana y pequeña como un niño, una figura, una sombra que daba a su frente. Su reacción se hizo esperar; Ripper se ocultó despacio tras el monolito. La figura actuaba del mismo modo; por un instante imaginó su propio reflejo proyectado por un muro de cuarzo, lo hacía con la esperanza de que todo se debiera a un fallo óptico y que su respiración desbocada fuese fruto de la paranoia. La figura se asomó detrás de un pilar evidentemente distinto del suyo y oyó el raspar chirriante de una uña, de un punzón, de un cuchillo sobre el hierro. Permanecía petrificado y con la boca seca. Buscando una salida, pensó en hablar, lanzar una piedra, quizás probar distintos idiomas por si alguno tuviese cierto parecido, pero su pensamiento se vio interrumpido cuando aquel ser, con la parsimonia de la que se vale la muerte, fue Página 26


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acercándose. IV Al otro lado del intercomunicador, W-173 escuchó ruidos que no podía interpretar a partir de su base de datos y luego silencio. Revisó los historiales con los que contaba referidos a ataques alienígenas fuera del perímetro de la Unión. Valoró los pros y los contras para elaborar un plan óptimo que garantizase el éxito de la misión. Tuvo incluso tiempo para pensar que habría sido más eficiente de haber hecho el reconocimiento él mismo. En lo que un humano tarda en suspirar, había establecido la red causal que conduciría a la mejor situación posible. Primero, habló por el intercomunicador. Nada. Segundo, estableció conexión con el Nagea. Esperaba las órdenes cuando miró al planeta, hacia los riscos a los que se había dirigido el capitán. Algo se acercaba, una mancha gris y compacta, que producía un extraño murmullo. Aquellos pequeños puntos se hacían cada vez más nítidos. No era algo, eran algos; eran ellos. V La vertiginosa velocidad de los acontecimientos, el miedo que aquella criatura le había provocado, todo se unía en una mezcla de imágenes, engarzadas a posteriori que le hacía difícil saber lo que había ocurrido. La forma de su agresor se difuminaba en su memoria; sólo algunos detalles se perfilaban aberrados como un cuadro cubista. Unos ojos sin párpados detrás de la armadura de metal, recordaba un tacto indefinible en el rostro, una mano desnuda, gafas opacas, el chirrido de la caverna convertido ahora en mecanismos, movimientos de tanques y máquinas, endebles golpes de metal que rozaba entre sí. Y después, la celda en la que su conciencia volvía a reconocerse, una celda amplia y estrecha, con dudas de acero colgando de estantes, aparatos de aleaciones inconcebibles, planchas como la que había encontrado en la pista de aterrizaje, el olor a refinería, la inseguridad bombardeando su coraje, aferrado a él con la misma persistencia que la esperanza… y un leve rayo de luz que atravesaba la roca de las paredes, que rompía por completo el viciado aire de aquella mazmorra. Al otro lado, una ciudad descendía hacia las profundidades del planeta, un hormiguero poblado de seres enfundados en corazas. Algunos caminaban con aquellas láminas bajo el brazo, otros mostraban sus manos peludas y raquíticas para coger de la mano a otros seres. No hablaban, sólo se servían del tacto; la opresión que ejercían con sus dedos parecía responder a algún tipo de patrón. Un lenguaje real, encadenado al cuerpo, pensó Ripper, un contacto entre seres cuyos ojos carecen de párpados y emoción, que temían rozarse tanto que se escondían detrás de sus relucientes armaduras; se protegen a sí mismos, y no hablan hasta que no tienen valor para tocarse. Tocó sus propias manos. ¿Sentía que presionaba un dedo o cómo este era presionado? Era una empatía sin significado el de su cuerpo consigo mismo, lo sufría como se sufre una prisión y, por una vez, su mente abrió un resquicio para la trascendencia Página 27


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de un alma, quizás algo más material y menos volátil, pero imperecedero sin duda, paradójico ante la perspectiva de que cuanto experimentaba, la inmensidad del espacio, la sólida finitud de la pared, incluso la soledad, lo hacía a través de su cuerpo convaleciente. Ripper no tardó en descubrir en las juntas de las armaduras el constante chirrido que le había guiado por las cavernas, una perpetua cacofonía que le había impedido oír su comunicador. Sin que pudiera decir nada, escuchó la voz de W-173. —Capitán, si no responde me veré obligado a establecer plan de alerta. —Estoy aquí —dijo callando el grito en un susurro—. ¿Cuál es la situación? —Todavía a bordo, siguiendo las instrucciones recibidas. Alrededor de la nave hay formas de vida nativas. Parecen mantener la distancia y mirar con curiosidad — los alienígenas no cruzaban el surco de la pista de aterrizaje, allí se iniciaba una tierra peligrosa e inhóspita; aguardaban a esperas de alguna eventualidad que nunca tendría por qué suceder. »Están desarmados —prosiguió—, pero portan primitivas ropas militares. No obstante, quisiera sugerir que quizás sea momento de modificar los objetivos preestablecidos y desarrollar una alternativa. —Estoy en su ciudad —volvió a dirigir su mirada al vórtice de calles y casas, a aquellas criaturas que, hasta entonces, no habían hecho nada, ni siquiera se había causado un revuelo en la tranquila geópolis por su presencia. Se sorprendió al ver cómo su cobardía se disfrazaba de orgullo—. Por ahora no parece que me hayan hecho nada. Créeme. Creo que nos temen, más de lo que podamos temerles nosotros. No son ropas militares. Así es como van todos aquí abajo. Por eso, creo que será mejor no actuar por ahora. —Sugiero que aborte la misión y llevemos a cabo un plan de salvamento. Ripper apretó sus ojos con los dedos con la inútil esperanza de silenciar el frío tono del robot. —Capitán —prosiguió el robot—, el objetivo principal era explorar y extraer información del planeta. Obviando que ha sido cumplido debidamente, mi sugerencia es que abandonemos cuanto antes Dob-75. —Esa es tu sugerencia y mi orden es que esperes sin hacer nada hasta que yo llegue. Sella toda la nave para que no puedan entrar y, si aprecias algún signo de violencia, ponte en contacto conmigo. Eso es todo, W-173. No se molestó en recibir el beneplácito de la máquina. Tampoco tuvo tiempo de seguir contemplando la gran ciudad-hormiguero cavada en roca: la puerta de la celda comenzó a abrirse. VI Un soplido y las pequeñas virutas se deshicieron en el aire. Con la incandescencia Página 28


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del hierro al rojo, un cilindro metálico alumbró la celda con intensidad; el resquicio de luz que entraba por la pared desapareció. Ante Ripper, la forma que había olvidado y que creyó era sólo un espejo fracturado recuperó su forma en sus endebles recuerdos. La cota metálica que envolvía a la criatura resplandecía, contrastaba con los dos ojos que nunca se cerraban, hundidos en dos cuencas cuyos bordes, diluidos, estaban compuestos de pequeñas esporas y filamentos. Casi por instinto, Ripper se aplastó contra el muro, luchando contra sí mismo por mantener la compostura que se esperaba de un embajador interestelar. La escena, desde fuera, se le antojaba divertida, pero igualmente aterradora. La reacción de su preso debió poner en guardia a la criatura, que ralentizó sus movimientos, como si pretendiera eliminar todo residuo de violencia de sus gestos. Solemne, alzó su mano sobre sobre su codo y se desprendió del guantelete. El labio de Ripper temblaba, una gota de sudor por su frente mientras tragaba saliva, y reunía valor para imitar la conducta de su anfitrión. Éste hizo una tímida reverencia con la cabeza y alargó su brazo hacia el visitante; y estrechó su mano sin hacer la más mínima presión o impulso muscular que pudiera alertar su fino tacto. Primero se sorprendió por la delicadeza de la mano, parecía tener los huesos de cristal y a punto de crujir. Sin embargo, fue el acariciar de los filamentos que creyó eran sus pelos, el palpar cuidadoso de cada milímetro de su piel, lo que le descubrió esa viveza independiente que demostraban y que hacía que cada mínimo estímulo fuese un develamiento constante. Ripper podía sentir cómo lo identificaban, al vello de su envés examinando las huellas dactilares con interés, hasta que deshizo el apretón para tocar con sus dedos las yemas humanas. La criatura se sentía fascinada, parecía deleitarse con las crestas papilares con el cuello erguido, disfrutando con los ojos muertos como si los tuviera cerrados; y el humano comprendía por qué, pues en su fuero interno, siempre deformado por el perplejo filtro de lo ignoto, también llegó a percibir cierto placer en ser palpado sin prejuicio, con curiosidad hacia su cuerpo. ¿Qué otra comunicación era posible entre ellos? El alienígena apartó su extremidad y ladeó la cabeza, había leído en su cuerpo la agradable sensación de haberse conocido. Luego, salió de la celda dejando tras de sí la puerta abierta. Ripper vio en ello una prueba de que era libre; y le siguió a través de un pasillo excavado a una habitación donde había más artilugios como los que había en su mazmorra. En un agujero en la pared que servía de encimera, había uno de ellos, que la criatura volvió a encender con un soplido. Empezó a brillar con un resplandor azulado que dio a su rostro una tétrica fluorescencia. Señaló con un dedo el instrumento, y acto seguido hacia el techo. No sabía cómo, pero manipuló el artilugio y un pitido surgió de la cintura del humano. El detector de onda percibía plenamente la frecuencia. Ripper apartó anonadado la mirada de su herramienta y la dirigió a la criatura, quien insistía en señalar su máquina y la cuadriculada techumbre. El humano no comprendía, pero al comprobar el tono inerte de la estancia, las manos de su dueño que se agitaban nerviosas, por fin, dedujo cuál era el deseo de Página 29


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aquella criatura. VII Habían cruzado el inusitado carnaval de grisáceas corazas, que dudaban de si aquello era un secuestro o una concesión anhelada. Alguno se acercaba a tocar a su congénere, quien los acariciaba con ternura y nostalgia. Ripper creyó verle vacilar por un momento, incapaz de soportar la pérdida y la aventura. El surco de la pista de aterrizaje fue un paso significativo que sólo dio tras una nueva bocanada de valor; a partir de ahí, su paso fue firme, no había vuelta atrás para él, sólo en el pasado había lugar para los familiares y amigos, desconocidos y conocidos en potencia, apiñados con verdadera expectación para despedirse de un héroe que, de haber tenido, inmortalizarían en cantos épicos. Ripper se rio al pensar en esa perspectiva; quizás él representara en esas epopeyas un mensajero de Dios o lo que para ellos debía ser una virgen. No hizo aun así ningún ruido por temor a romper el ánimo de la criatura, a la cual no era capaz de dar nombre. Apenas sabía nada de aquel pasajero que había invitado y otorgarle un nombre debía hacerse a partir de alguna cualidad determinada. No sabía de él ni su nombre original, ni el sexo, ni siquiera en qué podría apreciarse. Cuanto podría ofrecerle estaba dentro de su estrecho plano biológico, por lo que prefirió dejar esas consideraciones a la conciencia del viajero, mucho más capacitado que él para reconocerse a sí mismo. En cuanto subió al transbordador, Ripper reanudó su adicción a la nicotina, algo que la criatura vio con extrema curiosidad; quizás pensase que era así como se alimentaba. Mientras, comprobaba las constantes de la nave y analizaba las reacciones del pasajero, quien no dejaba de recorrer la sala con gesto tímido, sin tocar absolutamente nada. Durante el despegue no perdió de vista su planeta hundiéndose en la negrura. Al principio, el Dob-75 se transformó en una estrella tenue cada vez con menor brillo hasta que, al final, no quedaba nada de él. Ripper recordó su reacción ante los límites fundidos por el espacio, pudo adivinar cómo la invadía la angustia que no dejaban de ser una proyección suya, la misma aprensión que uno debe sentir al enfrentarse al abismo de la incertidumbre. Y aun así, siempre volvería la añoranza, el sosiego de la rutina y el sinsentido retornaban implacables, un deseo de quietud y ociosidad vana. Dio una calada al cigarro tratando de escapar de sus pensamientos y, en el giro hacia la realidad, dio con la cara de W-173, que con su voz prefabricada pedía unos minutos para hablar. —Señor, es mi deber informarle de que se está procediendo de forma inadecuada respecto del reglamento. Según las medidas adoptas en función a los parámetros 51b y 51c, no debería haber contacto con razas ajenas a no ser previamente establecidas las condiciones controladas y de seguridad. En caso de traer un ejemplar, éste debe viajar en los compartimentos habilitados para ello. Ripper escuchaba; imitaba sin éxito los rasgos fríos del robot. Pero resultó impoPágina 30


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sible intimidarle, detrás de esa carcasa no existía ningún resquicio emocional que le hiciera cambiar de opinión. —El protocolo no tuvo en cuenta la posibilidad de que fuera atrapado y de que el ejemplar subiese voluntariamente. Lo que el protocolo llama seguridad para mí no es más que una incursión innecesaria. He tenido contacto con esa criatura y es inofensiva, y pienso llevarla a mi lado. —En tal caso, deberé informar de su conducta al Mando, tal y como es mi obligación. —Haz lo que debas. Pero no quiero verte cerca. El robot no insistió más. En su lugar, dio parte del abuso de autoridad por parte del capitán Ripper, quien por su parte explicó cómo el extraño se mostraba inofensivo y era todo lo prudente que se cabía esperar de un ser inteligente. —Evita cualquier tipo de contacto o intromisión que pudiera ser malinterpretada. Es dócil y cuidadoso, tanto que tengo que abrir las puertas a su paso porque se niega a tocar los mandos de las puertas cuando explora la nave, porque no los conoce. Además, su manutención no supone un gasto: su alimento consiste en unos pequeños granos que parecen minerales volcánicos, y he logrado que los sustituya por legumbres, que es prácticamente la única comida terrestre que puede digerir. El Mando ignoraba estos esfuerzos por parte de Ripper, al que acusaban de imprudente y temerario. Acabada la comunicación con Nagea, el capitán supo que aquello había dejado de ser una misión oficial para convertirse en un propósito que le concernía sólo a él. Podía disculparse y encerrar al extraterrestre en los módulos, pero se convenció a sí mismo de que comprender a aquella criatura no implicaba un simple objetivo científico, algo que por algún motivo necesitaba. Sopesaba qué hacer y observaba a W-173, que permanecía impasible, pendiente de una orden igual que un mayordomo, una orden que el capitán sabía que no era la suya. La estéril presencia del robot, más de lo habitual si cabía, encerraba una traición falta de sentido y, a la vez, tan lógica que no podía culpar al autómata, sino a sus creadores. No adivinaría sus intenciones, no había nada que hacer, sólo esperar. ¿Cómo le despojarían de su nueva compañía? Se vio después a sí mismo: la soledad había vuelto, nunca se había sentido tan desposeído de la vida; una vida que se había conservado en la oscuridad, libre del sol acusador, presa de sí misma; una vida bañada en rígida cera, sordo a los impulsos que no fueran ajenos, volátil y maleable por la ventisca que desata la mirada implacable de los otros; una vida que ahora, por fin, había conseguido reavivar, que se desnudaba, se descubría sin párpados pero, con todo, misteriosamente emotiva, hermosa y cercana; una vida que olvidó sonreír, que no tenía reflejo, y que ahora, después de un laberinto de vaguedades y dudas, se encontraba, enmudecido, aunque deseando que esas caricias no acabasen nunca.

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VIII Nagea había logrado establecer comunicación con la nave de reconocimiento en la que sería su última semana de viaje. Cuando al final se vislumbraba su silueta en la lejanía aterrizó en el hangar sin permiso de la estación espacial, las tropas rodearon el vehículo estelar a la espera de lo que pudiera ocurrir. El encargado de la estación, el almirante Tycho Knowsky, describiría con turbación el descenso de la compuerta, que cortaba la respiración entre los presentes. Lo que sí quedaría siempre en su memoria, lejos de dudas y ambigüedades, fue el murmullo que había entre los soldados y cómo se apagó en cuanto vieron aquella figura humana metalizada bajar de la nave. Knowsky tuvo que contener a la tropa para que la respuesta ante el temor no fuese apretar el gatillo; contener los instintos resulta muy difícil cuando no son los de uno mismo. Esquivó a los hombres y se acercó a la criatura conteniendo sus nervios. El almirante inclinó la cabeza, creyó que la respuesta sería más simple si todo quedaba reducido a gestos. El extraño ciborg alzó la mano hacia el interior de la nave y luego se hizo a un lado. Una vez que Knowsky y sus hombres exploraron los distintos módulos, entraron en la sala de mando. Todo estaba apagado, no había duda de que la nave había hecho el viaje guiada por el piloto automático. Las cámaras de seguridad, los dispositivos manuales, incluso el cuaderno electrónico de bitácora había dejado de funcionar. Por el suelo, los fragmentos de cristal de las pantallas chascaban bajo las botas militares de los soldados; los pedazos de metal se incrustaban en la goma de las suelas. En una esquina, descuartizado, como un hombre tras ser arrancado por cuatro caballos, los restos de W-173 se esparcían con una inerte tranquilidad. El almirante escrutó la cabeza del robot que seguía a duras penas firme sobre el tronco. Parecía fuera a moverse en cualquier momento; y sólo después de unos golpes en lo que debían ser los ojos confirmaron que no estaba operativo. La puerta del camarote del capitán tuvo que ser derribada por dos hombres para que cediera. Allí, tendido en la cama con una improvisada cura cubriendo una herida en el abdomen, completamente descompuesto y confundido por la morfina, estaba el capitán Ripper con las retorcidas sábanas impregnadas de sangre cubriendo su cuerpo. Knowsky levantó los párpados de su compañero de academia para encontrarse con dos pupilas adormecidas y dio su veredicto con un suspiro liviano y vengativo. Mientras sacaban al capitán de la nave, vio cerca de la puerta al único viajero que parecía haber sobrevivido al combate que se había librado dentro del transbordador. No pudo aguantar una aversiva mueca que la criatura parecía no comprender, pero que sus hombres conocían bien y no tardaron en obedecer. IX Quisiera uno pertenecer a lo incorruptible, tiene la falsa idea de que lo que no tiene Página 32


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final no es perturbado, pues no va hacia ningún sitio. Es un fatídico error creer que el tiempo, imparable como un desbocado objeto sin resistencia, no está formado por una sucesión de instantes por estar privado de conclusión. Y sin embargo, que no ocurra nada, que los acontecimientos no se enreden entre sí igual que una maraña de hilo parece una quimera, y es deber del hombre, narrador omnipotente, estirar de la hebra sin entender la intrincada coherencia del caos. Grandes sacerdotes achicaban sus ojos, tenían la desvergüenza de mostrar sus privados entresijos, clamaban, sus puños arremetían contra las prolongaciones de su mundo y sus miembros. A su alrededor desfilaban las imágenes de los enviados, no eran ya fruto de su imaginación; algo mortal y pecaminoso lo envolvía y, de alguna forma, aceptaba cierta culpa aun estando perplejo ante aquel enrarecido cuadro de tensiones y soliloquios. Ninguno le había hablado, sólo exteriorizaban su pura potencia divina, incomprensibles tal y como dictaban los antiguos grabados. Por mucho que él levantó las manos, apuntando con sus dedos hacia los guardianes de los mensajes ocultos, éstos pendían detrás de barreras de aire opaco, dignos y magnánimos se imponían a la vacuidad de su siervo. Pedía permiso, aterrorizado de ser tachado de infiel, de mudo, de insensible. Las palabras quedaron en su piel. Entonces, la voz desaparecía, era llevado al encuentro, donde le pedían su más absoluto silencio contra una pared. Cuatro representantes, cuatro ángeles, cuatro demonios, tan tímidos y menudos como él, pero de cubierta mullida y suave. Toda su atención se centraba en ellos, que le desprendían de su reclusión; y, por fin preparado para la revelación de la alteridad, de lo incontrolable, de lo desconocido, lo primero que escuchó de ellos es la verdad de su existencia. Oyó la insignificancia, el insulto de la finitud, el temible aullido de la nada, la fragmentación del ruido impalpable de lo que sólo reside en nuestra mente y no se atreve a salir. Le humillaron con cada palabra, cada sílaba que se posaba sobre él le arrancaba más y más sus convicciones, todo aquello que lo definía. Se preguntó a sí mismo si no habría algo más allá, si los residuos de lo andado carecían de solidez, y la respuesta, cada vez más tajante, le iba cortando la lengua. Pronto descifró en el sufrimiento, el nacimiento de su especie creada a partir del azar. Los sacerdotes no cesaron en su empeño hasta que él, ahogado en la inmensidad, desprendido de sus insustanciales sentimientos, de su inextenso cuerpo, de su necia y limitada cordura, se disolvió. Incluso entonces, la incisión de la verdad perduraba sin detenerse. Ni siquiera cuando estaba muerto dejó de destruir todo cuanto era. X Paseaba por las galerías de Nagea de forma pendular. Los soldados que encontraba le saludaban y preguntaba por su salud, pero el capitán Ripper no respondía. Arrastraba el suero como un cristo obligado a cargar su futura existencia, estirando el cuerpo ligeramente para no tensar del todo los puntos en su vientre. La herida tenía mejor aspecto que cuando despertó del coma. A su lado, una enfermera limpiaba la costra que se había formado. Dio un grito sorprendida al ver al Página 33


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paciente reaccionar al contacto con el alcohol. Hasta entonces no había dado muestras de vida además de su respiración pausada. Los médicos se presentaron en la habitación para hacer las pruebas psicomotrices y él dijo: —Cuando nacemos o revivimos siempre son los demás los que gritan. El almirante Knowsky había ido a visitarle. Al principio se mostró animado ante la recuperación de su amigo, pero conforme avanzaba en el relato sobre el aterrizaje, su voz flaqueó al ser acusado por la mirada del capitán Ripper. No habían pasado ni dos días desde que Ripper informara al Mando sobre la misión, aunque para entonces la decisión había sido tomada. Los rostros del consejo, de ojos saltones y cansados por la edad y la experiencia, hacían caso omiso de lo vivido por el capitán, quien no dejó de insistir en la inocencia del alienígena. —¿Cómo explicar entonces el caos que había en su nave? ¿Por qué los paneles estaban destrozados, las cámaras y los dispositivos de seguridad apagados? La respuesta de Ripper fue tajante: —Yo desconecté todos los dispositivos de grabación con el fin de cegar por completo a W-173, quien enloquecido por cumplir la misión dentro de las normas establecidas no podía tolerar que la criatura anduviera fuera de los módulos. ¿Quién podía pensar que esa máquina tomaría el control de la nave con la violencia que lo hizo, encerrándonos a los dos en nuestros camarotes para dirigir él la misión? —No puedo creerle —respondió uno de los dirigentes. —Si me permite… —interrumpió otro, el director de recursos electrónicos—. Todas la inteligencias artificiales están programadas para tomar el control absoluto de la misión, eso sí, después de haber valorado los riesgos, como si se encontraran indicios de locura en los tripulantes de un transbordador. —Después de apagar todos los instrumentos de registro de datos —prosiguió Ripper—, me enfrenté al robot. Aunque no lo recuerdo bien, supongo que los daños causados a los aparatos se debieron a nuestro forcejeo, que sí la tengo presente como una lucha intensa. Me resultó imposible contener a una máquina semejante, por lo que corrí hasta mi camarote tapando el sangrado lo mejor que pude, y me atrincheré en mi habitación. Allí tomé unas dosis de morfina para calmar el dolor y oí ruidos en el exterior, como si se hubiera iniciado de nuevo el combate. Pensé que podría ser el alienígena, pero con sinceridad no creo que fuera él. Las siguientes horas las pasé al borde de la inconsciencia, oscilando entre el sufrimiento palpitante de mi vientre y la morfina. Aquella mañana le parecía ahora una burda pantomima. Apenas hubo acabado su relato, los hombres revisaron los papeles del médico de manera inquisitiva, buscando la prueba que demostrara su locura. Sin embargo, no encontraron nada que inculpar a su subordinado. Y tampoco importaba, pensó Ripper, al menos no entonces. Página 34


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Sus pasos vagabundos le habían conducida al fin a la sala a la que tanto se había esforzado en llegar. La bolsa de suero estaba casi vacía, había dejado de gotear, pero no fue eso lo que le afligió. Alzada la vista, levantó la mano hacia el cristal, frío, silencioso como el espacio que tantas veces cruzó y cruzaría. Afinó la vista, tratando de descubrir qué había detrás de aquellos ojos sin párpados. Ácidos y serrín, quizás, ponzoñosas sustancias que refrenaban el tiempo y la vida; bajo aquella rígida y putrefacta figura no había lo mismo que en cualquier deidad, que cualquier maquinaria. Todo lo que se conserva, se dijo entre lágrimas, siempre se conserva muerto. © Víctor Muñoz Ramírez

Víctor Muñoz Ramírez (Madrid, 1991) es licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Bibliófilo y lector voraz, sus dos pasiones son la literatura y el cine. Ha publicado cuentos en la revista Sci-Fdi bajo su nombre, y en otras bajo pseudónimo; además de ser redactor de la revista Fabulantes, en la que escribe reseñas. También ha guionizado y dirigido dos cortos de ciencia ficción actualmente inéditos.

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CODEZA por Fernando Vago Codeza es algo muchos más que un nombre; es un lugar aparentemente normal en el que nada extraordinario pasa… O al menos era así hasta que la misión ordinaria de un mensajero, uno de los «elegidos» puso al descubierto uno de sus más aterradores y profundos misterios.

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l camino hacia Colonia Cereales era muy empinado. El viejo traje espacial heredado del anterior Mensajero estaba muy emparchado, pero cumplía perfectamente su función.

Hacía poco tiempo que lo ascendieron. Sus días de Aprendiz en la Cofradía de Mensajeros finalmente terminaron. Ahora pasó a cumplir la vital función de su antecesor con el orgullo de ser el elegido entre otros muchos candidatos. Los Dioses habían hablado. Los Venerables Ancianos habían comunicado su voluntad. Sabía que fue seleccionado por sus rudas capacidades físicas. Se necesitaba mucha fuerza y resistencia para enfrentar las arduas caminatas por los terrenos hostiles de CODEZA. Tenía que reconocer que los otros dos candidatos lo superaban en inteligencia y capacidad de socializar, pero en las largas jornadas guiando carros, o acarreando alforjas dentro del traje espacial, no servía de mucho hacer rápidas cuentas matemáticas, ni tener don de gentes. Ser elegido como Mensajero por su fuerza y resistencia era un orgullo sin duda, aunque siempre lamentaría que los Dioses no lo consideraron apto para convertirse en Guerrero Berserker. Era el sueño y el destino mayor de todos los hombres de las Colonias. Al cumplir la mayoría de edad los jóvenes con capacidades físicas y mentales superiores eran seleccionados y trasladados a Colonia Barracas para comenzar su entrenamiento. En ese hermético domo, cuenta la leyenda, pasan por duras jornadas de instrucción marcial donde aprenden secretos de combate ancestrales. Poco a poco aclimatan su cuerpo y espíritu para soportar los rigores de la atmósfera planetaria sin utilizar trajes. Una capacidad que solo pueden adquirir los mejores de los mejores. A cada generación le cuesta un poco menos estar a la altura del desafío. Los Venerables Ancianos, recluidos junto con los Guerreros en Colonia Barracas, están muy orgullosos de sus descendientes. Los Dioses les sonríen.

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Existían pocos trajes espaciales en el planeta. Eran cuidados celosamente por los Portadores Asignados de cada Cofradía para el cumplimiento de funciones vitales para toda la sociedad. La Cofradía de Cazadores de Colonia Curtiembre tenía en guarda cinco trajes ligeros y resistentes que les permitían perseguir a sus presas en cortas incursiones en los Bosques Crepusculares. La Cofradía de los Agricultores poseía tres trajes pesados, pero con mucha autonomía para supervisar las siembras y realizar el mantenimiento de los robots de cultivo en Colonia Cereales. Cada Colonia contaba con uno o dos Ingenieros, dependiendo del tamaño del domo, que tenían máscaras individuales para hacer incursiones de mantenimiento fuera de los mismos. Y luego estaban los trajes de la Cofradía de Mensajeros. Existían solo tres en funcionamiento en todas las Colonias. Mezclaban la movilidad de los Cazadores y la autonomía de los Agricultores. Originalmente los Dioses les habían otorgado cinco trajes, pero el de ellos era uno de los trabajos más solitarios y peligrosos. Hasta ahora ninguna de las otras Cofradías había perdido nunca un preciado traje. Los Mensajeros, sin embargo, perdieron dos en trágicos eventos. Era la cruz que debía cargar la Cofradía por siempre. El primero fue por el ataque de una panteonix que bajó de las Montañas Nublares en época de sequía. Ese año casi no hubo nubes rodeando sus picos y esto hizo que muchas bestias salvajes migraran a zonas consideradas seguras para buscar alimento. Los Venerables Ancianos culparon a la Cofradía de no predecir la posibilidad de que esto ocurriera, de que el Mensajero no hubiera estado lo suficientemente atento para evitarlo y de que no se pudiera refaccionar el traje una vez recuperado. Intentaron recomponerlo durante varias semanas. Lamentablemente la panteonix había dejado solo un manojo de girones, destrozando el casco completamente para poder quitar el contenido de su interior. Pobre colega. ¡Que los Dioses lo tengan en la Gloria! La segunda pérdida ocurrió en Época de Batalla. Como siempre se encendió la Estrella Roja al Costado de la Luna. Era la advertencia de los Dioses de que las fuerzas invasoras se acercaban al planeta. En esos momentos los Guerreros Berserker debían acudir raudamente a encontrar su destino defendiendo con sus vidas las Colonias en los Campos de Batalla del Lado Oscuro del Planeta. En esos momentos los habitantes de las Colonias debían encerrarse a cal y canto en los domos, sin excepción, ya que el peligro era inminente. Se debía orar fervientePágina 37


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mente por el favor de los Dioses para que los Guerreros Berserker cumplieran su misión. El pobre colega Mensajero se encontraba en un trayecto muy largo entre dos Colonias bastante alejadas. Pudieron ver en el radar como siguió los protocolos establecidos, desviando su rumbo hacia el refugio intermedio más cercano. Pero de pronto el punto en la pantalla se detuvo. Pobre colega. ¡Que los Dioses lo tengan en la Gloria! La conclusión a la que llegaron los Venerables Ancianos fue que los Guerreros Berserker pudieron repeler a los últimos invasores con vida y que estos se llevaron como botín de consuelo por la derrota sufrida el valiosísimo traje del Mensajero. En la Cofradía hubo una tristeza enorme por la pérdida sufrida. Por suerte el dedo acusador de los Venerables Ancianos apuntó a Colonia Barracas, por no entrenar bien a sus tropas para defender los recursos vitales del planeta otorgados por Don Divino. Esto hizo crecer la enemistad entre las Cofradías de Guerreros y Mensajeros. El domo de Colonia Barracas era el único que no les ofrecía hospitalidad a los Mensajeros cuando llevaban provisiones. Solo permitían pasar la noche y reaprovisionar los trajes en una posta a varios metros de la entrada principal. Solo los elegidos como Guerreros Berserker y los Venerables Ancianos podían acceder a su interior. *** Su misión actual era trasladar a un Ingeniero en el interior de la Cápsula de Transporte. Los miembros de Colonia Acuífera informaron el colapso de una tubería de agua que abastecía a Colonia Cereales. La máscara liviana de los Ingenieros les permitía sobrevivir solo unas pocas horas en la atmósfera abierta, por lo que los Mensajeros debían transportarlos en cápsulas durante los trayectos largos. Este tipo de misiones no estaba nada mal. La Cápsula de Transporte era tirada por dos cebrasontes de largos cuernos, los cuales eran dóciles y cargaban todo el peso. Solo debía guiar las riendas, con el Ingeniero cómodamente instalado en su interior. La mejor parte era que podían conversar por el intercomunicador del casco y este Ingeniero era bastante simpático. Las largas caminatas siempre eran más llevaderas cuando se podían compartir con alguien. Las mujeres de Colonia Acuífera eran las más bellas del planeta. Tenían la piel Página 38


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suave, ya que el domo era muy húmedo y podían bañarse todos los días. Se divertían mucho con las historias que contaba de sus peregrinajes solitarios por la atmósfera. Ellos no habían sido bendecidos con trajes espaciales. Toda su actividad se desarrollaba dentro de la planta potabilizadora y en los pequeños submarinos que utilizaban para recorrer el embalse. Cosechaban algas y pescaban algunas especies comestibles que lo habitaban. Faltaba poco para llegar al punto de ruptura de la tubería. No estaban muy apurados, ya que la reserva de agua de Colonia Cereales alcanzaba para varias semanas, aunque no por eso era menos importante realizar el mantenimiento. Se podía ver desde lejos una tenue columna de humo que se alzaba del punto de ruptura. Seguramente alguna bomba hubiese entrado en corto, generando un incendio localizado. Nada que no hubiese pasado antes. El Ingeniero cargó la Cápsula de Transporte con todos los repuestos que pudiera necesitar. Charlaban animadamente sobre una muchacha de ojos claros y pelo rojizo que lo estuvo acosando con preguntas durante toda la noche. El Ingeniero le dijo que era una chica especial y muy fértil, que estaba por llegar a la época de reproducción, por lo que en breve comenzaría a buscar pareja. Él era un Mensajero elegido por los Dioses, podía tener a cualquier mujer de las Colonias a su disposición. Tener hijos era la función principal de las mujeres de las Colonias. Se necesitaban muchos Guerreros Berserker para hacer frente a la constante amenaza del espacio exterior. Caminaba con una media sonrisa dibujada en los labios, fantaseando con los ojos claros y la mata de pelo rojizo de la voluptuosa joven, cuando llegaron a la cresta de la colina que los separaba del punto de ruptura. Quedó clavado en el suelo. Los cebrasontes mugieron nerviosamente en desacuerdo con la inesperada detención. El Ingeniero lanzó una exclamación desde el interior de la Cápsula de Transporte. Preguntó por el intercomunicador qué había ocurrido. Él le pidió que se asomara por la escotilla frontal. Ambos quedaron en silencio observando el panorama. ¡Por los Dioses! En su corto tiempo de peregrinajes nunca había visto una escena similar. El valle que tenían enfrente estaba convertido en cenizas. Un incendio muy grande había quemado casi toda la vegetación. Por suerte ya estaba extinguido. La columna de humo no emanaba del punto de ruptura de la tubería. Una línea recta cruzaba de punta a punta el círculo de vegetación incendiada. Un gran surco en la tierra que se iba ensanchando en dirección a la columna de humo. El punto de ruptura se encontraba directamente en el trayecto del surco. Eviden-

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temente algo había caído del cielo e impactado contra la tubería antes de detener su trayecto al fondo del valle. No era la primera vez que un meteorito impactaba sobre la superficie planetaria, pero era la primera vez que veía consecuencias tan devastadoras. Retomaron la marcha hacia el punto de ruptura. Esta vez en silencio. El Ingeniero le confirmó escuetamente que tenía el material necesario para hacer la reparación. Miraba atentamente por las cuatro escotillas los daños ocasionados por el bólido precipitado. La vegetación fue derribada por la fuerza del impacto, formando un círculo casi perfecto, cuyo epicentro se encontraba en la columna de humo. El fuego se esparcía solo hacia el lado oeste, seguramente hacia donde soplaba el viento en ese momento. Ahora se dirigía el este, por lo que las llamas se encontraron con su propia devastación, sin poder seguir avanzando. No es que el fuego hubiese representado un peligro para las Colonias, pero la vegetación del planeta era en sí un Don Preciado, ya que solo se extendía del Lado Iluminado del Planeta. Lo rotación de CODEZA dejaba una cara mirando constantemente hacia Centauri VII y la otra permanecía en la oscuridad total. Solo recibía una tenue iluminación durante algunas horas, cuando la traslación de la luna reflejaba el brillo del cuerpo celeste sobre la sombría superficie. Los polos planetarios eran extremos opuestos. Un desierto inhabitable al norte y un casquete de hielos eternos al sur. Se encontraban divididos en el medio por el Bosque Crepuscular que rodeaba el ecuador. Este era el único punto del planeta que tenía cierta diferencia entre el día y la noche. También era donde la flora y fauna del planeta se había desarrollado más profusamente en el clima siempre templado. Entre ambos polos y el Bosque Crepuscular había una gama de microclimas escalonados con sus propias características, que por el favor de los Dioses podían explotar de distintas maneras. Finalmente llegaron hasta el punto de ruptura. El tramo de cañería fue limpiamente cortado por el impacto. El Ingeniero informó por el intercomunicador que necesitaría solo un par de horas para reparar el daño. Intentaron avisar a Colonia Acuífera, pero una fuerte interferencia imposibilitó la comunicación. Resultaba bastante inquietante no poder informar de semejante evento, pero sabían que sus movimientos eran monitoreados por los radares del domo. Dado que el Ingeniero podía realizar la reparación por su cuenta, decidió continuar caminando para dar tranquilidad a los miembros de la Colonia. Desensilló uno de los cebrasontes y comenzó a seguir el rastro dejado por el bólido. Tal vez pudiera encontrar algún material de utilidad en el meteorito. Los minerales duros eran escasos en las Colonias. Página 40


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Caminaba tranquilamente, mirando los árboles incinerados a los costados. Era realmente una lástima. Esa madera se podría haber aprovechado tanto… Pero en fin… los Dioses trabajaban de maneras misteriosas… Y él no sabía hasta qué punto esta afirmación era correcta. Entre los restos de árboles y tierra removida pudo ver una pieza de metal doblado con los remaches aun sobresaliendo. Levantó atónito el cuerpo extraño, prestando especial cuidado a que sus bordes afilados no dañaran el traje. Lo observó escrupulosamente. No entendía mucho de Ingeniería, pero ese no era el tipo de metal utilizado en la tubería. Lo cargó en las alforjas del cebrasonte y siguió caminando. Comenzó a prestar mayor atención a los alrededores. Fue encontrando otros pedazos de metal similares. Los recogió cuidadosamente y los guardó. Especuló que podían ser parte de algún robot de cultivo fuera de curso, o alguna Cápsula de Transporte abandonada. Esto era aún menos probable. Las Cápsulas de Transporte son Donaciones de los Dioses casi tan sagradas como los trajes espaciales. Ya había cargado muchos pedazos de metal en las alforjas. El impacto dejó el terreno muy accidentado. Tenía miedo que el cebrasonte se fuera a lesionar. Decidió dejarlo atado a un tronco de gran tamaño que aún estaba en pie. El animal bufaba nerviosamente. Acarició su hocico húmedo y le habló con cariño. Eso siempre lo tranquilizaba. Hizo cosquillas en su vientre y comenzó a mover la cola con menor énfasis. Era un buen chico. O chica. Los cebrasontes eran hermafroditas. Comenzó a trepar con dificultad el borde del surco. Al acercarse al punto más alto pudo observar el cráter producido por el impacto. Aún no podía ver el fondo. Un nuevo destello metálico llamó su atención. Bufó alterado. Eran despojos de un artefacto. Parecía un motor de reacción aún humeante. Podía reconocer su forma ovalada, muy similar a los que utilizaban los robots de siembra de la Cofradía de Agricultores. Permaneció varios minutos parado en la misma posición pensando agitadamente cuál sería el siguiente paso a seguir. No podía comunicarse con la Colonia para pedir consejo a los Venerables Ancianos. Intentó hablar con el Ingeniero, pero no cabía duda de que la interferencia surgía de lo que había en el fondo del cráter… ¿Qué había en el fondo del cráter? Por primera vez desde que fuera elegido Mensajero lamentó no haber sido más rápido para sacar cuentas. ¿Cómo podía tomar por sí mismo tantas decisiones? Comenzó a murmurar palabras de aliento y se acarició el vientre. No funcionaba solo con los cebrasontes.

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Lo que sea que hubiera en el fondo del cráter podía no ser nada… o representar un peligro inminente para las Colonias. Lo que sea que fuera, tenía el deber de investigarlo. O tal vez no… Finalmente los Dioses tomaron la decisión por él. El borde sobre el que estaba parado colapsó bajo sus pies y cayó de panza al interior del cráter. El raudo descenso fue de varios metros, pero por suerte el traje amortiguó el golpe. Se incorporó torpemente, revisando con cuidado que la tela no se encontrara rasgada. Su respiración agitada había empañado el interior del casco. Veía varias luces que se encendían y apagaban a través del borroso cristal. Se agitó aún más y comenzó a retroceder. Tropezó con los guijarros que lo acompañaron en el desmoronamiento y cayó sentado contra la pared del cráter. No tenía donde escapar. Evidentemente nada ni nadie lo atacó. No estaba en peligro inmediato. Trató de retomar la calma. Murmuró palabras de aliento y se acarició el vientre. Poco a poco pudo pensar con claridad nuevamente. Siguiendo los protocolos que tantas veces entrenó en la Cofradía, contuvo la respiración y abrió el casco para limpiar su propia transpiración impregnada. Purificó la microatmósfera interior y comenzó a inhalar de manera pausada. Miró a su alrededor. Detrás de él se elevaba una pared de unos 10 o 15 metros con una inclinación de 25 o 30 grados. Tuvo suerte de no romper el traje ni su cabeza con semejante caída. Los Dioses lo estaban favoreciendo. Delante tenía una nave en ruinas, pero con algunos sistemas activos. Había luces encendidas y pérdidas de gas por varios puntos de su superficie. Evidentemente provenía del espacio exterior. Todos saben que el planeta CODEZA es el único del Universo habitado por seres humanos. Los Venerables Ancianos cuentan las historias de cómo el planeta Tierra fue destruido por enemigos y cómo los fundadores de CODEZA fueron los únicos sobrevivientes que lograron escapar al genocidio. Los únicos bendecidos por los Dioses. Todos saben que el espacio exterior es un campo de batalla de diversas especies violentas y asesinas que se disputan su derecho a invadirnos y tomarnos como esclavos. Los Dioses crearon la Estrella Roja al Costado de la Luna para advertir a los Guerreros Berserker que era hora de defender su planeta. Y a todo lo que quedaba de la humanidad. Entonces, si ese objeto volador no identificado que tenía enfrente venía del espaPágina 42


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cio exterior, no podía ser otra cosa que un enemigo que venía a conquistarlos. Comenzó a moverse por el cráter desesperadamente para llegar a ver la luna en el cielo. Tal vez la Estrella Roja al Costado de la Luna estaba encendida y él no se había dado cuenta. No estaba encendida. Los Dioses no estaban advirtiendo de un peligro inminente. Soltó un profundo suspiro de alivio. Sea lo que sea no debía ser peligroso, si no los Dioses hubiesen encendido la Estrella Roja al Costado de la Luna. Tenía sentido. O tal vez no… Trató de no pensar tanto. Ya no había vuelta atrás. Comenzó a rodear la nave buscando una escotilla. Tal vez era automática, como los robots de Colonia Cereales. Se preguntó por un instante si el Ingeniero estaría preocupado por él. Perdió la noción del tiempo que llevaba en su improvisada misión de exploración. Escotilla. Una escotilla. Debía encontrar una escotilla para poder ingresar al habitáculo interior o acceder a los controles manuales en caso de que fuera automática. Una escotilla. Comenzó a recorrer la superficie de la nave. Había agujeros por todos lados, pero solo se veían pedazos de hierros retorcidos y cables lanzando chispazos. Finalmente encontró algo que parecía una abertura. Buscó en el suelo algún objeto que pudiera utilizar como palanca. Había un pedazo de hierro recto sobresaliendo de la pared interior del cráter. Lo revisó con cuidado antes de tomarlo con las manos para asegurarse de no dañar el traje. Por las dudas envolvió la empuñadura con el trapo viejo que utilizaba para limpiar el vidrio del casco. Introdujo la improvisada barreta en la abertura y abrió la tapa. No era la cabina. Tampoco eran los controles. Solo veía cuatro caños que apuntaban hacia afuera. La base de los caños se perdía en la oscuridad del interior de la nave. Encendió la linterna al costado del casco para tratar de ver algo más, pero la abertura era bastante profunda. Tiro de los caños, tal vez pudiera removerlos y llegar al interior. No se movieron demasiado. Apoyó su pie en la pared de la nave para afirmarse y tiró aún con más fuerza. De repente un brazo mecánico se desplegó violentamente. La reacción automática de la nave lo tomó por sorpresa. Cayó sentado entre los guijarros. El brazo apunto los cuatro caños directamente a su cabeza. Página 43


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Comenzó a moverse lentamente tratando de incorporarse. Los caños seguían cada gesto sin dejar de apuntarle. Intuyó que había activado algún mecanismo de defensa con su intrusión. También intuyó que no podía ser nada bueno. Comenzó a caminar lentamente hacia atrás, tanteando con las manos la superficie de la nave, esperando llegar lo antes posible a alguna esquina que pudiera quedar convenientemente entre esos misteriosos caños y su ser. Finalmente la mano izquierda encontró un espacio vacío. Su cuerpo se apresuró a seguirla. Ante el movimiento inesperado los caños vomitaron una lluvia de rayos azules que impactaron sobre la tierra. Su corazón latía aceleradamente. No sabía qué eran esos rayos, pero nuevamente intuyó que no eran nada bueno. Vinieron a su mente las flechas que disparaban los Cazadores de Colonia Curtiembre para matar a sus presas. Nunca imaginó que los extraterrestres tuvieran una tecnología superior al arco recurvo de los Cazadores. Se preguntó por un instante qué tipo de armas usarían los Guerreros Berserker contra estos misteriosos rayos destructivos. Un escalofrío recorrió su espalda. Nuevamente se había empañado el interior del casco. Tenía que serenar su respiración. Recordó que el trapo para secarlo estaba envuelto en la barreta. Y la barreta estaba apoyada justo debajo de la abertura. Y la abertura estaba custodiada por esos malditos caños con sus misteriosos rayos azules. Su respiración se calmó y la humedad condensada comenzó a disiparse. Poco a poco pudo observar que la esquina que lo salvó de los rayos era en realidad un inmenso boquete en el casco de la nave. Estaba parado sin darse cuenta en el interior, o lo que quedaba de él. Sin duda era una nave tripulada. El casco había detenido su marcha contra una roca de gran tamaño que hizo añicos la trompa y el habitáculo. Dos asientos yacían destrozados entre los hierros retorcidos. Había sangre por todos lados. Comenzó a seguir el rastro de sangre. Avanzó hacia las entrañas expuestas de la nave, con extrema lentitud y cuidado. Cualquiera de las afiladas puntas de los restos podía dañar el traje, condenándolo a una muerte segura. Pero una inmensa curiosidad lo impulsaba a continuar. Página 44


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Había una puerta, semienterrada entre los escombros. Una luz roja titilaba sobre el dintel. Tenía dibujada una cruz roja en el centro de un círculo blanco. Pudo reconocer el símbolo. Era similar al de la Cofradía de Enfermería, salvo que este último tenía un círculo verde. En algún punto lo tranquilizó. Lo que sea que hubiera del otro lado de la puerta no debería ser peligroso. O tal vez si… Del lado derecho de la puerta se encontraba una botonera roja y verde. El botón rojo se encontraba encendido. No había que ser de la Cofradía de Ingenieros para saber que el botón verde abriría la puerta. O tal vez no… Se puso de espaldas contra la pared y comprimió su cuerpo lo más que pudo con la ilusión de no ofrecer un blanco fácil si salía otro extraño brazo con tubos disparando misteriosos rayos azules a mansalva. Luego de un momento de duda respiró hondo y presionó el botón verde. Instintivamente miró hacia el otro lado y cerró los ojos. Nada pasó. Abrió los ojos y giró la cabeza hacia la puerta. Nada se había asomado de improviso ni disparado misteriosos rayos azules. Sin despegarse ni un milímetro de la pared comenzó a acercarse al marco de la puerta. Asomó una mano y la movió rápidamente de arriba a abajo antes de volverla a esconder. Nada pasó. Asomó tímidamente la cabeza con todo su cuerpo preparado para huir de allí como si fuera el fin de los tiempos. Nada pasó. Cuando por fin sus ojos se acostumbraron al potente brillo pudo observar una mesa. Sobre la mesa yacía una figura definitivamente humana. Estaba encerrada en una cápsula de vidrio de gran tamaño. Cuatro brazos mecánicos trabajaban frenéticamente haciendo crecer un brazo y una pierna del cuerpo desnudo. Tenía el cabello rubio y extrañamente inflado dentro de un casco con forma de burbuja. Definitivamente era humana y definitivamente era femenina. Varias razones expuestas a la vista no dejaban ninguna duda. No pudo evitar sonrojarse. Había mucha sangre dentro de la cápsula de vidrio. En el suelo colgaba lo que parecía un traje espacial también ensangrentado. Página 45


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Uno de los brazo y una de las piernas del traje estaban hechos jirones. Restos de sendas extremidades también se encontraban hechas jirones aún en su interior. Su pulso se detuvo, todo comenzó a dar vueltas. Sintió la necesidad imperiosa de vomitar. Cayó de rodillas. Se apresuró a tomar aire y abrir el casco. Ingenuamente pensó que no quería tener que limpiarlo luego. Alzó la vista, secándose la boca con el dorso de la mano. Trataba de cerrar torpemente el visor del casco. Pudo ver que la cabeza de la mujer giraba lentamente hacia él y le clavaba la mirada. Fría, dura y despiadada. Levantó tambaleante un extraño artefacto que sostenía con la mano que aún conservaba intacta. Apuntó hacia él un tubo hueco extrañamente familiar… ¡OH, POR LOS DIOSES! ESO NO PUEDE SER NADA BUENO… *** ¡OH, POR LOS DIOSES! Por fin llegó el momento. Aún después de tanto tiempo no podía evitar que surjiera esa maldita frase desde el fondo de su mente. Los Vetustos Viejos Escamosos hicieron bien su trabajo. Bajó la mirada y sacudió la cabeza como si revoloteara un moscardón de los Pantanos Burbujeantes. Sintió la mano de la Capitana sobre el hombro. Fría, dura, distante. Le indicaba sin palabras que guardara la compostura. Sabía que no lo estaba mirando, ella nunca sacaba los ojos de su objetivo. No era para reconfortarlo. Un punto débil en la formación podía significar el fracaso de tantos años de trabajo. Pero con el tiempo había aprendido que debajo de su semblante férreo se escondía una flor marchita. Y él la amaba por ello. Igual que todos los habitantes de las Colonias. Volvió la atención al valle debajo de la colina. La serie de eventos que definiría el éxito o fracaso del esfuerzo de todos los habitantes del planeta estaban a punto de desencadenarse. Todos estaban en posición. Movió su hombro en círculos para tratar de desentumecerlo. Página 46


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Luego del primer y tormentoso encuentro con la Capitana en el sitio de impacto de la cápsula de escape su vida cambió totalmente. Todavía portaba la cicatriz del disparo recibido. Esa cicatriz era la marca dejada por el láser, pero también era la huella de un giro profundo para su realidad y la de todos los habitantes de CODEZA. Recordó también la última vez que estuvo cuerpo a tierra, apostado sobre esa misma colina. Miró rápidamente de lado a lado y divisó a lo lejos la gran roca redonda donde se habían refugiado en ese momento. En ese entonces la herida en su hombro aún no estaba curada. *** Cuando regresaron a Colonia Acuífera con la Capitana y el Ingeniero no pudieron convencer a las autoridades sobre la verdadera situación de CODEZA. En ese entonces a él mismo le costaba entender lo que realmente estaba ocurriendo. La presencia de la Capitana y el hecho de que estuvieran fuera del domo sin traje espacial desde hacía varios días no alcanzó para dar crédito al inverosímil relato. Los instrumentos de la cápsula de escape estrellada indicaban que la atmósfera era totalmente segura y respirable. Según la Capitana, los domos y los trajes serían una manera de restringir la comunicación y el movimiento de las personas por el planeta. Por suerte que este simple hecho, tan difícil de negar, generó un resquicio de duda en las autoridades de la Colonia. Acordaron no dar aviso a los Venerables Ancianos de la rauda llegada de la rubia humana. Les concedieron una semana para probar su descabellada historia, por lo que emprendieron la difícil misión de revelar la verdad a todos los habitantes del planeta. Repasaron varias opciones, pero finalmente los Dioses facilitaron la tarea. La Estrella Roja al Costado de la Luna se encendió. La batalla estaba a punto de comenzar. Siguieron sigilosamente la ruta desde Colonia Barracas. Se adentraron varios kilómetros en el Lado Oscuro del Planeta hasta llegar a un valle profundo, rodeado de rocas afiladas. El solo hecho de estar ahí era pena de muerte asegurada. El plan trazado era utilizar un transmisor neuronal que poseía la Capitana para enviar imágenes directas al cerebro de cada humano del planeta con lo que estaba a punto de ocurrir en el Campo de Batalla del Lado Oscuro del Planeta.

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Todavía le resultaba difícil creer que eso fuera posible, pero no dudaba de la Capitana. Se apostaron cuerpo a tierra sobre una colina, detrás de una gran roca circular. Desde ese punto podían dominar todo el valle ubicado debajo de ellos. Comenzaron la transmisión. Por un instante se imaginó la sorpresa que se estarían llevando todos los habitantes del planeta. Miró de reojo hacia el transmisor neuronal. Se ruborizó torpemente y encogió la cabeza entre los hombros. Le dio mucha vergüenza. Todos lo estaban viendo. Con gran estruendo vieron bajar una gran nave extraterrestre que aterrizó sobre una plataforma prolijamente cuidada. No se parecía en nada a un cruel campo de batalla. Salieron caminando varios seres, muy distintos entre sí con paso tranquilo y distendido. No se parecían en nada a invasores queriendo devastar a la raza humana. Eran seguidos por hombres lagarto muy bien vestidos que les ofrecían distintas bandejas con comida y bebida. Le hizo recordar fugazmente una reunión de camaradas después de un día largo de trabajo en algún bar de las Colonias. Vieron venir los transportes con los Guerreros Berserker que habían partido de Colonia Barracas. Su emoción fue grande. Esos extraños seres displicentes no tenían oportunidad frente a sus amados defensores planetarios. Salvo que la rubia Capitana tuviera razón. Y la tuvo. De los transportes salieron los «Guerreros Berserker», pero poco tenían que ver con guerreros. Eran un puñado de seres delgados y asustadizos atados con cadenas y picaneados por hombres lagartos con ropas harapientas. Pudo reconocer a dos de sus amigos del domo entre los prisioneros. De los jóvenes fuertes y orgullosos que recordaba quedaban solo esqueléticos despojos. También pudo reconocer las voces de los captores. Eran las mismas que tantas veces había escuchado desde que nació. Los «Venerables Ancianos» eran una manada de torpes hombres lagartos que se deshacían por el menor gesto de elogio de los extraterrestres. Incluso los sirvientes de su propia especie que rodeaban al séquito los miraban con desprecio. La Capitana tenía razón. COTO DE CAZA2 era una broma macabra. Sus Dioses eran un método de control. Hasta su lengua materna era impostada. Desde su nacimiento les habían enseñado lagartiano. El idioma humano solo había dado nombre al Nota del autor: hasta este punto CODEZA se utilizó como un recurso literario para no arruinar la sorpresa. El verdadero nombre del planeta es COTO DE CAZA. Si bien para cualquier lector humano es una obviedad, para los ignorantes habitantes de CODEZA (mejor dicho, COTO DE CAZA) era simplemente el nombre de su amado planeta. 2

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planeta. COTO DE CAZA, malditos bastardos. Los escamosos captores soltaron a sus compatriotas en el campo abierto. Se miraron entre ellos con duda y desconcierto, sin saber muy bien qué hacer. Uno de los «Venerables Ancianos» le propinó un puntapié a su amigo de la infancia. Este cayó de rodillas y comenzó a avanzar trastabillando. Otro se acercó a ayudarlo y recibió un disparo entre los hombros por parte de un alienígena regordete. Cayó fulminado al instante. «Venerables Ancianos», malditos bastardos. El más alto de los extraterrestres dio un coscorrón en la nuca a su redondeado compatriota. Su ansiedad estaba arruinando la diversión. Uno de los sirvientes escamosos se acercó ceremoniosamente al cuerpo. Con una gran navaja separó diestramente la cabeza del torso. La presentó al extraterrestre regordete sosteniendo el macabro trofeo de los pelos enmarañados. Pudo observar perfectamente desde su posición actual los ojos vidriosos y la lengua colgando laxa de la boca entreabierta de su querido amigo. El cazador desalentado por la reprimenda recibida sacudió la cabeza bufando con pesar e hizo un gesto de desdén con la mano. De inmediato el hombre lagarto tiró la cabeza hacia atrás encogiendo los hombros. Ante la escena dantesca, el resto de sus compatriotas había empezado a correr desordenadamente dando tumbos entre las rocas afiladas. Los miembros de la partida de caza vitoreaban, levantando las armas sobre sus cabezas con ambas manos, mientras la plataforma comenzaba a elevarse y se dividía en tantas piezas como participantes. Todos los habitantes de las colonias estaban viendo lo mismo que ellos por el transmisor neuronal. Podía sentir el temblor del planeta. No una falla tectónica, sino miles de corazones agrietándose al mismo tiempo. Antes que los escamosos captores retornaran a Colonia Barracas, la Capitana les habló a todos los habitantes del planeta por el transmisor neuronal. Les dijo que debían ser valientes y continuar con su vida cotidiana como si nada hubiese pasado. Su plan de liberación y venganza implicaba que los hombres lagarto no sospecharan que habían descubierto la verdad. Tenían que juntar fuerzas y organizarse para poder enfrentarlos. Y ella se iba a encargar de hacerlo. *** Centró su atención nuevamente en la nave que se acercaba a la plataforma. Todo estaba ocurriendo de acuerdo a lo planeado. Página 49


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El Bufón de la Cofradía de Trovadores evidentemente cumplió a la perfección su misión. Desde niño había aprendido a imitar a los «Venerables Ancianos» como una forma de entretener a las multitudes. Todos los habitantes de COTO DE CAZA tenían lenguas bífidas. Los malditos bastardos instauraron la tradición religiosa de practicar una incisión en la lengua de los recién nacidos para facilitar el habla del lenguaje donado por los Dioses. Era muy difícil hablar lagartiano con la húmeda lengua humana. Al principio le resultó muy difícil entender a la Capitana, ya que su acento del lagartiano era muy marcado. Con el tiempo les enseñó a hablar spanglish, el idioma oficial del Planeta Tierra. Poco a poco les develó que cientos de años atrás, cuando la Tierra era uno de los satélites habitados más jóvenes en ingresar a la muy antigua Comunidad Interplanetaria, habían sufrido una invasión sorpresiva por parte de los hombres lagarto. Estos raptaron a dos tercios de la población mundial para comerciarlos como esclavos en las galaxias centrales. COTO DE CAZA era uno de los tantos centros deportivos que inauguraron en distintos sectores del vasto universo. Los humanos se reproducían rápido y se adaptaban a los entornos hostiles con facilidad… … y eran muy simple controlarlos con métodos simples, como por ejemplo, una religión impostada basada en preceptos falsos. Que los Sacerdotes circuncidaban sus lenguas para poder hablar el idioma divino. Que eran los únicos sobrevivientes de un cataclismo mundial. Que a Colonia Barracas solo podían entrar los Guerreros Berserker para conocer a los «Venerables Ancianos» y entrenar con ellos. Que la atmósfera era venenosa fuera de los domos y solo podían salir con los trajes espaciales. Que al cumplir los 20 años debían cumplir su «destino de encontrarse con los Dioses»… «Venerables Ancianos» malditos, malditos bastardos. Su «destino» era morir en un incinerador para ser usados como abono para la tierra. Solo era un niño de 12 años cuando se encontró con la Capitana. Para la cultura que crearon era un adulto maduro en edad de casarse y tener hijos. Querían niños de pecho para saciar su sed de sangre. Malditos, malditos, malditos… Nuevamente sintió la mano de la Capitana en el hombro. Estaba dejando que sus emociones lo dominaran. Miró hacia adelante y trató de concentrarse. La nave aterrizó. Se abrieron las compuertas. Salió una nueva partida de displicentes cazadores. Esta vez eran de otra especie. Los hombres lagartos vestidos como sirvientes eran sin dudas los mismos. Página 50


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Comenzó el mismo ritual que observaron en la anterior ocasión. Bebidas, bandejas de comida, charla animada. Se acercaron los mismos transportes por la misma ruta desde Colonia Barracas. Llegaron a la misma velocidad. Se estacionaron en el mismo punto, realizando las mismas maniobras. Los ensayos dieron sus frutos. Los sirvientes seguían el mismo procedimiento sin ninguna modificación. No sospechaban lo que pasaría al abrirse los transportes. Mientras esto ocurría, pudo ver al escuadrón de compatriotas que se infiltraba por la puerta abierta de la nave sin ser detectados. Debían inutilizar a toda costa los sistemas de comunicación de la nave extraterrestre antes que se abrieran las puertas de los transportes y se desatara el caos. Comenzó a orar en silencio para que el escuadrón kamikaze pudiera cumplir su misión. Orar a los Dioses. Malditas costumbres difíciles de erradicar. Pudo ver los destellos azules de los disparos por las escotillas de la nave. Los sirvientes también los advirtieron y comenzaron a moverse nerviosamente. Dejaron disimuladamente las bandejas sobre las mesas y se acercaron a la puerta con cautela, para que los cazadores no se dieran cuenta de la situación irregular. Una de las escotillas explotó violentamente desde adentro y medio torso de hombre lagarto quedó colgando por la abertura. Una bengala verde salió disparada hacia el cielo. Habían cumplido su misión. Las puertas de los transportes se abrieron. El caos se desató. *** El plan fue más que exitoso. Las tropas que entrenaron durante los últimos años cumplieron con creces las misiones asignadas. Los seres humanos sorprendieron a los captores con su capacidad de adaptarse y aprender rápidamente. Revelar a los esclavos era una estrategia simple y muy rentable. Los anquilosados carceleros confiaban demasiado en su supremacía sobre la endeble raza humana. Discutieron con la Capitana la posibilidad de implementar la misma estrategia en el futuro. Habría que refinar algunos aspectos, por supuesto. Utilizaron la nave extraterrestre secuestrada para ascender a una inmensa naveplaneta que esperaba en órbita a la partida de caza. Llevaron consigo tantas tropas Página 51


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como pudieron apiñar en cada milímetro cuadrado del interior. Cuando los hombres lagarto descubrieron la magnitud de la infiltración sufrida ya era demasiado tarde. Las supuestas presas del coto de caza habían revelado a los esclavos que habitaban su propia nave-hogar. Comenzó una revuelta sangrienta que en poco tiempo tiñó de rojo el satélite artificial. El patriarca, líder de la tribu nómada, decidió estrellar la nave contra la luna de Cronopio 22 en un intento desesperado por detener a la rubia valkiria humana. Él la conocía. Sabía que la Capitana había exterminado a miles de miembros de su raza que vagaban por los bordes de las galaxias civilizadas buscando oportunidades comerciales. Hacía décadas que habían puesto precio a su cabeza. Pero esta vez había ido demasiado lejos. Un puñado de sobrevivientes, liderado por la Capitana, logró escapar a la debacle. La gran mayoría de los Guerreros que los habían acompañado quedaron abandonados en la nave planeta, en rumbo de colisión directa contra la luna. Pero por primera vez los verdaderos Guerreros Berserker cumplirían su real destino. Morían satisfechos, sabiendo que habían gestado un nuevo episodio en la liberación de la raza humana. Mientras observaba fascinado desde la cabina de comando la grandiosa explosión sobre la superficie lunar, recordó sus largas caminatas por COTO DE CAZA, enfundado en el bendito traje espacial. Parecía haber ocurrido en otra vida. Realmente había ocurrido en otra vida. Los sobrevivientes liderados por la Capitana tenían enfrente una nueva misión. Un arduo camino lleno de peligros a cada paso. Iban a vengar a sus compañeros caídos. Iban a vengar a sus ancestros oprimidos. *** Juraron exterminar a los hombres lagarto. © Fernando Vago

Nacido en el 1981, año de creación de Metallica, lanzamiento de Donkey Kong, estreno de The Evil Dead y En busca del arca perdida. Oriundo de Bahía Blanca, Argentina, criado en medio del campo en zona agrícola-ganadera. Lugar altamente propicio para largas lecturas de libros de aventuras y revistas de ciencia ficción de segunda mano en tardes bucólicas bajo frondosos eucaliptus. Hoy psicoanalista, casado y con dos hijas, vive hace varios años en el centro de la ciudad de Buenos Aires ejerciendo su profesión, tratando de volver de a poco a ambientes más rurales. Este es el segundo cuento alguna vez escrito por el autor. El primero (La chica que olía a ozono) de próxima publicación en su país natal. Página 52

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