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EL DESPERTAR DE HORNUNG por Silvia Pato Ebooks Alfa Eridiani Nº 12 Ilustración de cubierta: Sergio De Amores Rotulación de portada: Pedro Belushi Infografía: José Ángel Menéndez Lucas

© Silvia Pato

Primera edición: Julio de 2013 © Asociación Alfa Eridiani C/ Villajimena, 49 3º B 28032 Madrid Tel.: 91 371 96 84 http:\\www.alfaeridiani.info alfaeridiani@yahoo.es

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EL DESPERTAR DE HORNUNG por Silvia Pato 1 —¡Agáchate! Lisa Carter se arrodilló apresuradamente tras la máquina expendedora de refrescos, y se sujetó la cabeza entre las manos, en el preciso instante en que el dragón pasó rozando sus cabellos, en un definido vuelo rasante que apenas lo elevaba sobre el suelo. Lisa dirigió la vista por encima de su hombro justo a tiempo de ver la majestuosa mole de alas encarnadas y escamas ennegrecidas distanciarse lo suficiente como para girar sobre sí misma y abordarlos de nuevo con mayor ímpetu. El joven a su lado se puso en pie con rapidez y, asiéndola con firmeza del brazo, tiró de ella, instándola a seguirle. —No puede ser real —titubeó Lisa mientras su amigo la empujaba apremiándola a correr. A su alrededor se extendía la desolación más absoluta. No había sido precisamente una suerte haberse tropezado con la criatura en una gasolinera perdida en los yermos campos de Cardine, a cien kilómetros de la población más cercana. Corrían hacia una grieta natural que se abría en las rocas, conscientes de que sus vidas dependían de ello. La pequeña elevación de terreno se encontraba a escasos metros cuando el vuelo del dragón fue acompañado de una intensa llamarada que prendió al instante el único surtidor de gasolina del establecimiento. La explosión fue instantánea. Lisa y el muchacho se vieron lanzados por los aires a causa de la onda expansiva, cayendo de bruces sobre la arenisca. —¿No es lo suficientemente real? El humo y las llamaradas se irguieron hacia el cielo formando una espesa nube de gases, fuego y cenizas. La mujer intentaba descubrir un pedazo de cielo abierto que pudiera atestiguar dónde se había metido la bestia que parecía haber desaparecido. El muchacho tocó con suavidad su hombro antes de señalar con su dedo índice hacia el norte. La cabeza de la joven siguió el sentido que indicaba su mano. Y entonces lo vio. Estaba cambiado. En un principio le costó reconocerlo, pero sin duda era él. Sobre el peñasco, unos doscientos metros sobre sus cabezas, la figura de Sam Heinlen se elevaba majestuosamente con los brazos abiertos en cruz y su rostro dirigido hacia el cielo. Una barra de acero pulido de metro y medio destellaba en su diestra, y un abrigo de envejecido cuero marrón lo cubría hasta los tobillos. Su pelo ondeaba al viento, húmedo y enmarañado. Parecía sumido en un extraño trance, ignorando por completo lo que sucedía a su alrededor. —Hay que largarse de aquí.

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—Martin, el coche ha volado por los aires y si tenemos que recorrer a pie la distancia que nos separa de… El joven señaló la carretera que se extendía hacia su izquierda con satisfacción en su rostro. Una melodía de sirenas resonaba a lo lejos. —A Hornung se le ha olvidado que estamos en el siglo XXI. Dos camiones de bomberos, un vehículo de la policía y dos ambulancias aparecieron entonces por la línea del horizonte. Lisa asintió aliviada y volvió a mirar a Sam antes de que echaran a correr hacia la calzada. El hechicero seguía con la cabeza dirigida hacia el cielo. —¿Qué está haciendo? Martin la miró. La expresión de su rostro se había cubierto de una gravedad que parecía haberle envejecido cien años. Lo que temía, lo que verdaderamente temía, había sucedido. —Está recargando. Cuando la joven volvió a mirar, minutos después de haber alcanzado los vehículos de emergencia, rodeada por una vorágine de profesionales uniformados, su amigo de la infancia había descendido lentamente sus ojos hacia ella, mientras sus labios se torcían en una malévola sonrisa. Sus miradas se cruzaron provocando en su cuerpo un escalofrío. De repente, Sam Heinlen había desaparecido. 2 —Debo de estar volviéndome loca —declaró la mujer con la vista clavada en el suelo. El muchacho sonrió. Antes o después había que hablarlo. No le sorprendía. Lo desconcertante era que hubiera esperado día y medio para hacerlo, como si necesitara que todo volviera a la normalidad antes de recordar la experiencia. —¿Eres creyente? Lisa arrugó el ceño sintiéndose completamente desconcertada ante su pregunta, aunque la seriedad de la misma le hizo responder con rapidez: —No entiendo a qué viene eso ahora. —Es una cuestión sencilla —afirmó Martin sin dejar de mirarla—. ¿Eres creyente? Ella miró a su alrededor. Caminaban por el parque de la ciudad una soleada mañana de estío, mientras la gente acudía a sus trabajos y a realizar sus compras y los jardineros segaban el césped, ajenos a una realidad que les sobrepasaba. Tragó saliva antes de hablar. Aquel tema no le agradaba. —Ni siquiera he sido bautizada. —Eso no es lo que he preguntado. 4


—Pues… supongo que sí, supongo que creo en algo así como un dios único. El joven asintió. Se notaba que intentaba escoger con cuidado sus palabras. No pretendía ofenderla. —He visto la evolución a lo largo del tiempo de un pensamiento emergente en diversas sociedades, Lisa, y una de las cosas que más me ha desconcertado es la creencia de tu gente en la ciencia, acompañada de una ciega fe religiosa. Tu religión monoteísta no te hace pensar que estés loca, pero un dragón ante tus ojos sí lo hace. Es irónico. Es absurdo. Es contradictorio. —No utilices la fe para manipularme. Son cosas distintas, muy distintas. —Desde luego que lo son. A tu dios no se le puede tocar, no se le puede oír ni ver ni oler, ni siquiera podéis demostrar su existencia. Por el contrario, has visto a ese dragón, has sentido su aliento en tu nuca, has observado el desastre que dejó tras de sí. Claro que es diferente. La mujer optó por no replicar. No estaba preparada para discusiones teológicas. —Entonces es verdad —Martin la miró sin comprender—. La magia. Es verdad. —Supongo que mereces una explicación. —Sí, desde luego; pero antes de eso, dime, la magia es real, ¿verdad? —Aquel dragón no existe si es lo que me preguntas, pero su invocación sí que era de carne y hueso. La magia es real, Lisa, por supuesto que lo es. —¿Qué quiere? —Matarme. Los ojos de Lisa se abrieron como platos ante aquella declaración que era evidente que no esperaba. El muchacho no pudo evitar sonreír ante su desconcierto. —Escucha, si tú misma no hubieras visto lo que has visto ayer no creerías ni una palabra de todo esto, así que no me cuestiones, por favor. Esperaba que no me recordara. No tenía planeado involucrarte. —¿Recordarte? —repitió ella tomando asiento en un banco de madera a la sombra de un magnolio. Martin se sentó sobre el respaldo a su lado. No podía evitarlo. Aquel tema le incomodaba. —Ambos provenimos de un tiempo muy lejano, de un continente perdido, de otra época. Condenados a vivir en este planeta, la mayoría de las veces preferimos olvidar quiénes fuimos o quiénes somos realmente, hasta que, un día algún suceso nos obliga a ser exactamente aquello que fuimos y todo vuelve a empezar. Suena de locos, Lisa, pero es la verdad. La mujer permaneció en silencio unos segundos. Nadie hubiera podido decir entonces qué pensamientos surcaron su mente. Cuando volvió a hablar, su interlocutor quedó desconcertado ante la claridad de su pregunta. —¿Un continente perdido? ¿La Atlántida? 5


—¡Oh, no! Atlantis es lo único que recordáis vosotros porque fue el único de aquellos territorios que vuestros sabios ancestros retuvieron en sus escritos, pero existen muchos otros que faltan en la unión de vuestro mapa continental. Atlantis era el más poderoso y extenso, pero salpicando el planeta había islas allá donde los mares bañan vuestros continentes; pequeños archipiélagos o diminutos islotes donde la civilización era tan avanzada como la de los atlantes. —Suspiró un momento antes de continuar, hastiado de su propia historia—. Llegué por primera vez a la vida en la isla de Nyur, a catorce jornadas de navegación de la Gran Atlantis. Formaba parte de un pueblo tranquilo y pacífico pero celoso de su cultura y enemigo de los foráneos, fueran quienes fueran. Por las particularidades de nuestra raza, muchos se sentían superiores, muchos se creían dioses. Seguramente, si hubiéramos mantenido la mente y el corazón abiertos no nos habrían sacudido los mares. En tu tiempo he sido conocido como Martin Ballum y mi verdadera identidad siempre se me presentó nítida y constante. De vez en cuando ocurre; la mente permanece intacta, sin necesidad de borrar recuerdos pasados para grabar otros nuevos. Después de todo, ¿quién sabe la capacidad de nuestra memoria? ¿Mil años? ¿Cincuenta mil? ¿Exactamente cuántas vidas? He vivido con eso, esperando que a los demás no les suceda, que en el proceso de los siglos hubieran ido olvidando detalles. ¿Recuerdas tú acaso cada instante de tu infancia? ¿Cómo recordar cada momento de un sinfín de vidas? Sam no tenía ni idea de quién era yo hasta que mi presencia reactivó sus recuerdos. —Nyur… —susurró Lisa con respeto. —Era una isla muy hermosa, ¿sabes? Verdes montañas, lagos de aguas cristalinas, húmedos pastos, bandadas y bandadas de aves de colores brillantes que descansaban en nuestros humedales antes de proseguir su viaje hacia donde su instinto las guiaba… Mi tierra era un bello lugar para nacer y para morir. —La seriedad de su rostro de pronto se disipó en una sincera sonrisa—. ¿Crees que estoy loco? —He visto un dragón, Martin, un dragón —contestó ella con una sonrisa—. Continúa, por favor. —El Sumo Maglornaroc gobernaba sobre todos los nyureanos con sabiduría y poder. Desgraciadamente, llegado el momento, sus decisiones no fueron las adecuadas. En los grandes días de Atlantis, en la cumbre de su desarrollo, un emisario de las Tres Reinas arribó a nuestras costas solicitando aquello que jamás se les daría: el corazón de Nyur, la Piedra Angular. Lisa frunció el ceño ante aquellas palabras, manteniendo por completo la atención en la historia que su amigo le contaba. Le parecía estar escuchando una leyenda muy lejana transformada en un mito que nunca terminaría de entender. Aquella historia simulaba no llegar a ningún sitio. ¿Dónde estaba lo que a ella le había fascinado apenas una jornada antes? ¿Dónde yacía en aquellas palabras la magia? Martin debió percibir aquel desconcierto porque su oratoria, que hasta el momento había transcurrido serena como si paladeara cada una de las palabras que evocaban aquel lugar que dulcificaba sus ojos, se tornó en un torrente que la dejó aturdida por completo. —La Piedra Angular era la esencia de Nyur. Las ondas de su poder se ex6


tendían a todos los nacidos sobre aquella tierra. Todos los que habían llegado a la vida en la isla bendecida por los dioses lo hacían con iguales poderes, y solo aquellos elegidos y con acceso al Corazón de Nyur podían aumentarlo. —Como el Sumo ese, supongo. —El Sumo Maglornaroc era el hechicero más poderoso de los nyureanos. Él y sus siete hijos estaban por encima de todos los súbditos hasta unos niveles inimaginables. —¿Y Atlantis quería esa piedra para…? —Las fuentes de poder de Atlantis estaban agotadas por completo. Toda su tecnología, y créeme, era mucha, provenía de los inventos científicotécnicos, fruto de la inteligencia absoluta de los atlantes. No obstante, no calcularon que todas sus fuentes eran agotables y, lógicamente, se acabaron. Los pocos magos que había en la Gran Isla estaban exhaustos. Atlantis se había convertido en el primer continente, había despreciado la magia hasta que tuvo la necesidad de recurrir a ella. Había conquistado todo lo inimaginable. La mayor parte del planeta vivía en el mayor de los atrasos a la sombra de su hegemonía. Grandes sabios atlantes fueron enviados a todos y cada uno de los rincones del mundo buscando aquello que necesitaban para seguir aumentando su poder. Su codicia parecía no tener fin. Las Tres Reinas eran demasiado avariciosas para gestionar lo logrado para sus súbditos. Y sin embargo, después de haber consumido fuentes, poder y todo lo que puedas imaginarte, no estaban dispuestas a renunciar a su primacía. La propia Nyur se había librado de aquella influencia por la ideología de su gobernante, pero no todo su pueblo compartía su opinión. Algunos deseaban formar una coalición con los atlantes; otros simplemente esperaban ayudar con la intención de que la gente no sufriera; y la mayoría, como el regente, se negaron por completo, esperando que aquel orden terminara para sustituir a la primera potencia sobre el mundo. Fue así como las Tres Reinas declararon la guerra. Fue así como los siete hijos de Maglornaroc se elevaron en cada extremo de la isla para defenderla. Fue así como la lucha acabó con el mundo que conocíamos. La batalla fue indescriptible: proyectiles aéreos, marítimos, ondas de energía, nieblas tóxicas… pero los nyureanos subestimaron a sus enemigos. Pronto fue evidente que tanto sus Reinas como nuestro Soberano estaban hundiendo todo aquello que esperaban poseer. Cuando Maglornaroc comprendió que el triunfo se le escapaba y que las cúpulas de protección de su gente no eran suficientes frente a las máquinas y la persistencia del enemigo, se dirigió al salón donde se guardaba la Piedra Angular y conjuró su poder para destruirnos a todos. Fue entonces cuando sobrevino el cataclismo. Había arrancado el corazón del mundo. Un hombre se detuvo ante ellos y miró con atención a la pareja. La incomodidad de Martin no se hizo esperar; por lo que, haciéndole una seña a su amiga, se puso en pie y la invitó a seguirle. —Las aguas se abrieron y todos los continentes fueron engullidos. Las islas se perdieron en el fondo de los océanos sin que quedara de ellas rastro alguno. Los únicos atlantes que sobrevivieron fueron los pocos sabios que habían colonizado otros dominios y descubierto otras costas. Todos los nyureanos fallecieron, hundiéndose con su venerada tierra, todos salvo siete: 7


Hornung, Ostarmanoth, Brachmanoth, Witumanoth, Windumemanoth, Herbistmanoth y Heilagmanoth, los siete hijos del Sumo Maglornaroc. —¿Cómo sobrevivieron? —Vivieron. Los nyureanos han de morir sobre su tierra materna. Ella los genera. Ella los cuida y a ella regresan. Pero ellos no estaban en Nyur. Así fueron renovándose, esparcidos por el mundo, olvidando parte de su pasado cuantos más años transcurrían. Algunos llegaron a ignorar quiénes eran realmente; otros, añorando esa tierra que les conduciría a la paz eterna. —No lo entiendo, ¿y los demás? —Los nyureanos no eran inmortales, Lisa, pero tampoco estaban en el estado en el que os encontráis ahora los humanos. Ellos morían a otro nivel. Vivían centenares de años, pero morían para siempre. Los que sobrevivimos a aquello estamos condenados a vagar por el mundo y ver morir todo a nuestro alrededor, intentando no enloquecer. Es fácil olvidar para mantenerse cuerdo. Es fácil cerrar la memoria para adaptarse al medio. Reconozco que yo nunca supe hacerlo. —¿No había divinidades en tu tierra, Martin? —Desde luego que sí, y su presencia se manifestaba con bastante más frecuencia que en vuestro mundo. Además, todos podríamos ser tratados como tales. Tú eres una diosa para las hormigas de un hormiguero, un ser con facultad para aparecer y desaparecer a su antojo a una velocidad inusitada, con una fuerza descomunal, con el poder de arrasar o de otorgar alimentos para la vida. —¿Quieres decirme que algunos os creían dioses? —Es lógico. Con el paso del tiempo es lo natural. Nadie vive trescientos años, ¿no? —¿Cuántos años tienes, Martin? —¿Yo? En el momento del desastre, un centenar y un cuarto. Mi hermano había alcanzado los doscientos cincuenta. Lisa titubeó un instante, temerosa y ansiosa a la vez de conocer aquello que iba a preguntar a su amigo. No sabía todavía hasta qué punto creer en todas sus palabras, pero algo en su interior le decía que no estaba loco, que eran verídicas, que aquellos ojos habían visto más que lo que los suyos podían imaginarse. —¿Quién eres? —Mi nombre primario es Ostarmanoth, sexto hijo del Sumo Maglornaroc. 3 Lisa se encontraba aturdida después de todo lo que había descubierto aquella mañana, aunque todavía había muchas cosas que no comprendía. ¿Por qué motivo Sam buscaba a Martin para matarle? ¿Cómo era posible 8


que aún mantuvieran su poder? ¿Todos lo poseían? Por lo que ella misma había podido comprobar, Heinlen era un gran hechicero. Desde luego, invocar un dragón no parecía una tarea fácil. Y, sin embargo, Martin no había hecho nada. Solo huir. Escapar. Recordó el día en que le conoció, recién llegada a una ciudad extraña, en una biblioteca desconocida, entre montones de libros y silencio respetuoso. Agobiada por su estadía en aquella deshumanizada urbe donde no había hecho ni un solo amigo, había acudido al club de lectura esperando relacionarse con la gente y crear un círculo social donde sentirse menos sola. Había llegado animada, pero apenas se encontró con cinco personas tan desubicadas como ella. Un muchacho de rostro sereno y nariz afilada captó su atención. Lisa tomó asiento a su lado. Aquella misma tarde fueron a tomar un café a la salida del edificio. Así nació una amistad en la que, un día a la semana, hablaban de música, de cine, de teatro, de pintura y de literatura sin límite alguno. La cultura artística de aquel joven no dejaba de asombrarle. Sus conocimientos sobre culturas antiguas eran formidables. Nueve meses habían transcurrido ya desde aquel primer encuentro y su amistad se había consolidado. En ningún momento había habido malentendidos entre ambos por la amistad que les unía; a sus veintinueve años, Lisa estaba muy lejos de querer liarse con un jovencito diez años menor que ella. Una de aquellas tardes, mientras tomaban un café en un pequeño local situado junto a la biblioteca, de blancas mesas de mármol y oscuras sillas tapizadas en verde, un encuentro casual lo cambió todo. Sam Heinlen había estudiado con la joven Lisa Carter en la universidad, en el pueblo del que ambos procedían, Valdemar. Incluso habían salido juntos varios meses en aquellas últimas jornadas antes de partir cada uno para iniciar su vida laboral por el mundo. Ella lo recordaba alto, guapo y apuesto y, sin haberla engañado su memoria, fue fácil reconocerle cuando atravesó la puerta de la cafetería y se dirigió hacia ellos con una sincera sonrisa alegrándole el rostro: —¡Lisa! El corazón se le había desbocado al verle; ni siquiera recordaba por qué habían perdido el contacto. Se levantó nerviosa y alisó su falda con esmero: —Samuel Heinlen Basil, ¿qué diablos haces por aquí? —El diablo tiene poco que ver en esto, Lis, más bien la empresa de ingeniería que me ha destinado a esta ciudad. Tenemos que quedar para ponernos al día. —Desde luego —aceptó ella presurosa. Al instante, percatándose de la mirada de curiosidad que Sam le había lanzado a su compañero de mesa, se apresuró a decir—: Disculpad, soy una maleducada. Sam, este es Martin, compartimos club de lectura. Martin, Sam es un antiguo amigo… El muchacho asintió con la cabeza pero no se molestó en levantar la mirada. Lisa recordaba que le había resultado extraño. Siempre había sido atento y amable, nunca se había mostrado arisco. Sam pareció no darle importancia y apuntó el número de teléfono de Lisa en el móvil. Estaba real9


mente contento de haberla encontrado. Ya la llamaría. Tenían mucho de qué hablar. No hizo falta demasiado para que retomaran una relación que habían dejado diez años atrás. A menudo, al ir a buscarla a la salida de la biblioteca, los acompañaba a tomar algo, aunque en la mayoría de las ocasiones, Martin rechazaba la invitación, mientras que en otras acudía motivado por una curiosidad irrefrenable. Ahora sabía por qué. Una idea bulló de pronto en su cabeza. Si todo aquello era tan real como parecía, no estaba dispuesta a aceptar que Sam hubiera intentado matar a ese chico. Tenía que hacer algo. La decisión estaba tomada. 4 Martin corría por la orilla del río con sus deportivas haciendo el ejercicio que más le ayudaba a despejar la mente para tomar decisiones. Se sentía culpable de haberse acercado demasiado, de comportarse como un iluso. Cuando le había pedido a Lisa dos días atrás que lo llevara hasta la casa de los Abbott, en el pueblo vecino, no hubiera podido imaginarse que un dragón fuera a asomarse por el espejo retrovisor de la furgoneta. Había sido un idiota al bajar la guardia; al fin y al cabo, ¿qué probabilidad existía de cruzarse con su hermano mayor en un mundo superpoblado? Convenía permanecer alerta. En cualquier momento volvería a aparecer. Necesitaba más tiempo antes de desaparecer de la ciudad sin dejarle problemas a nadie. Su teléfono móvil sonó de pronto. La voz de Lisa lo apuró desde el otro lado: —Te espero en el café en cuarenta y cinco minutos. Tengo que hablar contigo. La cafetería estaba vacía a aquellas horas de la mañana. Martin apenas había tenido tiempo de ir a casa a tomar una ducha rápida para salir corriendo hacia donde habían quedado. La distinguió a solas en la barra ante una gran taza de café solo. Lo recibió con una sonrisa en los labios y le invitó a sentarse. Lo cierto era que mostraba una actitud decidida que preocupó sobremanera al joven. Lisa retomó la conversación en el punto en el que la habían dejado por teléfono. —Tenemos que hacer algo. —Esto no tiene nada que ver contigo —contestó él condescendiente mientras llamaba con su mano al camarero—. Deberías mantenerte al margen. Agua con hielo, por favor. El camarero se dio prisa en servirle antes de seguir secando vasos a un par de metros. Lisa miró contrariada al joven. No había esperado esa actitud. —No pienso mantenerme al margen, Martin. —Entonces es que te has vuelto loca. Esto no es asunto tuyo. 10


—No me he vuelto loca. He estado estos tres días completamente desorientada, pero no me he vuelto loca. Además, no es cierto que esto no tenga nada que ver conmigo. Te equivocas de medio a medio. Sam es lo más parecido a una pareja que he tenido nunca. No puedo ignorar de pronto todo lo que sé sobre vosotros dos y todo lo que he visto. Estoy emocionalmente implicada. Y si no me equivoco, hace unos días intentó matarme. —Te equivocas, Lisa. Su objetivo era yo. —Sí, pero yo le importé bien poco. ¡Y no sé por qué! Ha intentado matarnos y todavía no acabo de entenderlo. Así que tú y yo vamos a llegar al fondo de todo esto. —Te prohíbo terminantemente que… —¿Me prohíbes? Escucha, podrás haber visto arder Roma, pero no eres nada más que un crío, y no voy a consentir que un crío me dé ningún tipo de orden al respecto. Martin sujetó con firmeza una de las muñecas de la mujer y sus ojos se cubrieron de humo. Los globos oculares completamente cubiertos por una espesa niebla gris que ondeaba la aterrorizaron. —Este cuerpo físico puede tener un aspecto de joven de diecinueve años, Lisa, pero mi alma recuerda los más de cuatro mil que me preceden, así que podrías mostrar un poco de respeto. La soltó bruscamente y asió con enojo su vaso de agua helada mientras sus pupilas volvían a la normalidad. La expresión de su rostro se vio teñida de pronto de una indescriptible angustia. —Escucha, Lisa. Mi único valor es poder replicarle. Mi único valor consiste en mantener el equilibrio. Quiere ser el Único. ¿Te imaginas que fuera el único que poseyera ese poder en la faz de la Tierra? ¿Crees que algo detendría su ambición, sus deseos, sus pensamientos? Todos nosotros nos hemos mantenido en la sombra, nos hemos mimetizado con el medio; algunos ni siquiera recuerdan quiénes son. En la mayor parte de nuestras vidas o de nuestras transposiciones corpóreas no nos hemos encontrado más que en un par de ocasiones. Mientras tenga presas a las que seguir, no intervendrá en tu comunidad. Tu Sam solo quiere el poder, Lisa, y tiene todo el tiempo del mundo para esperar a obtenerlo. Quiere hacer volver los viejos tiempos. Para él solo sois seres inferiores. —¿Y qué es de los otros nyureanos que no estaban sobre la isla y que no eran de sangre real? ¿Quieres decirme que han pasado los siglos y ni siquiera te has molestado en averiguar qué fue de tus hermanos? —¿Sabes lo difícil que es sobrevivir, Lisa? ¿Sabes lo difícil que es crear nuevas vidas una tras otra sin dar problemas, sin que te analicen, acabando la mayoría de las veces como suicida o desaparecido para evitar preguntas? ¿Dejando atrás gente que se ha preocupado por ti, que te ha acogido, que te ha querido, como si no te importaran, solo dejando el vacío de una inesperada ausencia? ¿Sabes lo que es adaptarse continuamente a cambios insospechados? —El joven se encogió de hombros asediado por sus recuerdos—. El mundo es muy grande, apenas me he tropezado con ellos. Desconozco si 11


había compatriotas fuera de la isla en el momento del ataque, pero lo dudo mucho. Las Tres Reinas eran muy concienzudas. En cuanto a mis hermanos… Brachmanoth fue uno de los validos de Felipe II, Heilagmanoth actuó como cruzado en Tierra Santa, Witumanoth fue uno de los generales de Carlomagno… Instantes fugaces en los albores del tiempo. Por lo que sé fueron eliminados de alguna forma, aunque desconozco cuál. Supongo que la magia tuvo mucho que ver. Matar no es la única forma de vencer a un hombre. Desconozco quién más fue condenado a vagar por esta dimensión. —Pues averígualo, actúa, lucha. No tienes otra salida. No hay más opción —le incitó la mujer con furia en los ojos. —¿Sabes lo que dices? Si hubiera obrado así desde el principio, todo esto habría sido más fácil pero no más honorable. Que uno de los nuestros nos atrape para sabe quién qué fines, nos condena a seguir mutilados durante nuestras existencias. No voy a enfrentarme a mi hermano y tampoco voy a dejar que me atrape, Lisa. Lo siento, pero esto te viene demasiado grande. —Si es cierto lo que dices, no tienes más que una elección. Si tú no lo haces, lo hará él. —Y nada nos diferenciaría. No, Lisa, he vivido bien los últimos milenios. Hornung nunca había llegado a tener tal poder, por ese motivo desconfío qué habrá sido del resto de mis hermanos, pero… —Su voz se quebró de pronto. Cuanto más tiempo pasaba, su hermano mayor más crecía. La última vez que lo había encontrado, en una Europa medieval asediada por la peste, apenas habían intercambiado una mirada y, sin embargo, ahora, Hornung estaba más motivado que nunca—. No voy a hacer lo que te propones, Lisa, sea lo que sea. Huir es lo más digno. Lisa abrió la boca para replicar pero una fría mirada la refrenó por completo. No entendía la huida. Nunca lo había hecho. Los problemas debían ser enfrentados. Suspiró y tomó otro sorbo de su café. El presentador del noticiario miraba a la cámara con gesto anodino. No había nada peor que las noticias del verano: las olas de calor, los interminables atascos en la carretera, las fiestas del tomate, las fiestas del vino, las ferias medievales, los conciertos multitudinarios… Sin embargo, en el corte publicitario, un ser superior escuchó sus plegarias. Uno de los realizadores le pasó una nota de última hora. Aquellas eran las noticias que le convertían a uno en líder de audiencia. La emisión continuó con uno de esos letreros parpadeantes que rezaban «EXCLUSIVA» en la esquina derecha de la pantalla, acompañado de una machacona ráfaga musical. En los hogares, en las cafeterías, en los centros y tabernas, la gente dejó de atender unos segundos a sus quehaceres o conversaciones para elevar la vista hacia el televisor. La voz del periodista entonó aquellas líneas mientras las imágenes de un mar embravecido sacudían la pantalla. «Un maremoto ha sacudido el océano Atlántico a 40 grados de latitud sur. La intensidad del mismo ha provocado una ola gigante que ha barrido 12


parte de las costas de África. Los muertos se cuentan por miles. Los daños son incalculables. Una lengua de tierra ha salido a la superficie cerca del cabo de Buena Esperanza debido a la sacudida telúrica. Informaremos con más detalle cuando comuniquen más novedades a nuestra redacción.» La gente comenzó a comentar en todos los rincones la locura del tiempo en el que vivían, el cambio climático y el fin del mundo, pero lo que más había llamado la atención había sido la aparición de aquella isla, acostumbrados a que el mar engullera territorios y no que los devolviera. En la barra de una cafetería vacía, una mujer se volvió entonces a su acompañante y, al ver su rostro, sentenció: —Lo siento, Martin, pero no creo que tengas elección. 5 El avión volaba hacia Ciudad del Cabo en medio de un cielo teñido por un rosa amanecer que parecía conducirles hacia otro mundo. El joven tenía la cabeza girada hacia la ventanilla. No había despegado los labios desde el instante en que había decidido partir hacia la isla emergida; ni siquiera se había resistido a que aquella obstinada mujer lo acompañara. No había tiempo que perder. En todas y cada una de sus vidas había sido consciente de la posibilidad de que los movimientos naturales terrestres trajeran de vuelta Nyur, pero jamás había supuesto que el acontecimiento tuviera lugar en el preciso instante en que había vuelto a encontrarse con el más cruel de sus hermanos. Su compañera se revolvió entonces en el asiento, despertando del profundo sueño en el que se había sumido tras el ajetreo de las últimas jornadas. —¿Qué hora es? —Tranquila, dentro de veinte minutos tomaremos tierra. Le había contestado sin apartar los ojos del exterior. Había algo en Lisa que le reconfortaba y le inquietaba a un tiempo. Después de todo, la relación que la unía con su hermano no podía dejarle indiferente. —¿Has decidido qué hacer? Permaneció sin mirarla. En ocasiones parecía que Lisa actuaba como esa conciencia que se había encargado de mantener dormida durante más de cuatro mil años. —Vuelvo a casa. Lisa se reincorporó en su asiento movida por un nerviosismo incipiente. No estaba muy segura de qué era lo que hacía allí pero, fuera lo que fuera, formaba parte de aquella aventura. Sabía que si lo pensaba fríamente terminaría arrepintiéndose. Había pedido una excedencia en su empleo en la revista y se había embarcado con un muchacho en semejante odisea. —Siento ser realista pero no creo que tu regreso resulte tan fácil. La mitad de los gobiernos está desplegando la ayuda humanitaria necesaria para 13


las víctimas del tsunami y la otra mitad está enfrascada en protestas interminables para determinar el derecho sobre un territorio que ha emergido en aguas internacionales. A estas alturas estará rodeado de barcos y sobrevolado por aviones. Decididamente, no va a ser fácil volver a casa, Martin. —Yo no te he obligado a seguirme, ni siquiera te lo he pedido. —Lo sé, pero si vas a Nyur para suicidarte y yo no estoy allí para impedírtelo, no me lo perdonaría jamás. Y si vas a Nyur y falleces, y lo haces solo, tampoco me lo perdonaría. El joven se volvió entonces y la miró a los ojos por primera vez con infinita ternura. Lisa le recordaba a las dulces habitantes de Soldywer, las sacerdotisas guerreras que servían en el centro de peregrinación a los atlantes. Hacía tanto tiempo de eso… Un cambio en la expresión de su acompañante lo sobresaltó. Los ojos de Lisa se habían abierto con terror, su boca había adoptado un rictus trágico, la gravedad de su gesto le conminó a volverse hacia la ventanilla. El rostro maléfico de Hornung los observaba a través del cristal dedicándoles una malévola sonrisa. Cuando el hechicero levantó el báculo de acero para rozar apenas la nave con su extremo superior, Martin ya se había abalanzado sobre la mujer y la había protegido con su cuerpo. Escucharon la explosión de motores y los gritos de la gente cuando el avión comenzó a dar bandazos y a descender en picado hacia el suelo, mientras los salvavidas saltaban por los aires y bolsos, neceseres, papeles y cubiertos plásticos empezaban a rebotar por la cavidad de la aeronave. El impacto contra el suelo se produjo en unos minutos y enseguida se incendió la vegetación a su alrededor. Los gritos cesaron para dar paso a sollozos, gemidos y el crepitar del metal y las llamas. Lisa no había sido consciente de la burbuja de energía cristalina que los había protegido en el descenso. Se sacudió los objetos que habían caído sobre ella y zarandeó a Martin por los hombros. Parecía desfallecido. —¿Puedes andar? El joven asintió. Lisa echó uno de sus brazos por encima de sus hombros, ayudándole a sortear los obstáculos hacia el exterior. El avión se había partido en dos, y cuerpos y miembros se habían diseminado por el paraje. Era un milagro haber salido con vida. 6 El individuo que entró en la sala intimidó a la organizadora del grupo al instante. Le sorprendía no haberlo visto en el muelle. De seguro que si lo hubiera hecho se habría acordado de él. Vestía un oscuro gabán abrochado hasta el cuello y al caminar se apoyaba en un curioso bastón de acero xerografiado con serpientes, aun cuando no parecía padecer cojera alguna. —¿Su nombre, señor? —Sam Heinlen. 14


—Lo siento, señor Heinlen, pero no puede formar parte del cuerpo expedicionario. No está en la lista. —Vuelva a mirar, por favor, a veces, cometemos errores. —Estoy segura de que su nombre… —Por favor —añadió clavando su vista en la tarjeta identificativa sobre la solapa de su traje de chaqueta—. Por favor, Isabella. La encargada volvió a leer el listado. Allí estaba. Sam Heinlen, arqueólogo e ingeniero industrial. Juraría que unos segundos antes no estaba escrito aquel nombre. —Doctor Heinlen, disculpe, no sabía… —No se preocupe, Isabella —apuntilló el hombre con una tenebrosa sonrisa en los labios—. Todos somos humanos. 7 Martin abrió los ojos con lentitud. Debía haberse desmayado. Hacía mucho tiempo que no había usado tal cantidad de energía y el agotamiento le había invadido con rapidez. Apoyó su cuerpo sobre los codos elevando su espalda y miró a su alrededor. A lo lejos, los restos del avión ardían mientras parte de su fuselaje se desplomaba en medio del desierto. Buscó a Lisa con la mirada y la distinguió sentada a pocos metros con el rostro oculto entre las manos. Estaba llorando. Él todavía recordaba aquellas reacciones: lágrimas de desesperación y agotamiento después de unos instantes de tensión y coraje. Había aprendido a no pensar demasiado en aquellas muertes que se sucedían a su alrededor cuando venían a por él. Lisa percibió sus ojos sobre ella y levantó la vista. Tenía los párpados hinchados por el llanto. —¿Cómo puedes soportar esto? —Vivo con ello, nada más. Es la maldición de los hijos de Maglornaroc: condenados a matarse entre ellos, a luchar entre ellos, a un eterno vagar. Te lo he contado. Ya lo sabes. —Si ese avión no nos portara a nosotros, toda esa gente no habría muerto. —Te equivocas, Lisa. Si Hornung no lo hubiera atacado, ese avión no se habría estrellado. La mujer se levantó de pronto y se encaró con él: —Si Sam es tan maligno, todo habría acabado mucho antes de que hiciera mal alguno si tú hubieras terminado con él. —No tienes ni idea de lo que estás diciendo. —¡Sam pretendía matarnos! ¡Esta es ya la segunda vez! La diferencia estriba en que la primera solo se llevó una víctima inocente, la de aquel pobre 15


hombre que trabajaba en la gasolinera, pero en esta ocasión ha estado dispuesto a sacrificar a más de un centenar de personas para acabar contigo. ¿Acaso he de creer que se ha vuelto loco? —¿Creías que esto no iba en serio? —Se defendió Martin poniéndose en pie sin dejar de clavar en ella sus claros ojos verdes—. Te lo advertí, Lisa. Esto te queda grande. Asume de una vez que ese tipo no tiene nada que ver con la persona con la que has mantenido una relación, porque ese tipo se conduce por una lógica que no comprenderás nunca. —¿Te estás escuchando? Me guste o no, ese hombre es Sam, y Sam es el mismo que hasta hace una semana dormía en mi casa. No me digas que no tiene nada que ver porque no es cierto. El joven se retiró el pelo lacio que le caía sobre la frente al tiempo que respiraba profundamente, intentando comprender la situación de su compañera. Seguramente había sido un error consentir que le siguiera, pero Lisa era libre para adoptar sus propias decisiones. —Escucha, Lisa, juzgas a Hornung con una conciencia humana y con valores humanos. Lo comprendo. Es tu naturaleza. Pero nosotros pertenecemos a otra raza, a otra época, a un mundo donde todos éramos iguales no porque lo dijera un papel, ni una creencia, sino porque todos teníamos el mismo poder. Sí, Maglornaroc y sus hijos estábamos por encima del resto de los nyureanos en cuanto a las artes mágicas, pero era debido a nuestra realeza, no a nuestro poder. La superioridad frente al resto de pueblos era una característica fundamental de los habitantes de Nyur. Fue la soberbia la que provocó que se extinguieran. El poder de cualquier nyureano, la mente de cualquier atlante, era infinitamente superior a vuestro estado humano. ¡Por favor, si apenas lleváis dos siglos tecnológicos en vuestros dos mil años cristianos! Lo que intento que comprendas es que para Hornung no sois nada. Podéis ser útiles, desde luego que sí, pero no sois nada. Sé consciente de dónde viene para saber hacia dónde va. —¿En qué posición te coloca a ti eso? Tú provienes del mismo lugar, te crió la misma gente. ¿Por qué habrías de ser diferente? —Porque te acabo de salvar la vida. 8 La embarcación dejó al grupo expedicionario en la costa noroeste de la tierra emergida. No habían formado una unidad demasiado grande: seis personas altamente cualificadas, cuatro hombres y dos mujeres, que constituían lo mejor de cada una de sus especialidades y cuya conjunción suponía la representación de las Naciones Unidas en el descubrimiento de un nuevo mundo. La habían llamado «Operación Cortés» y la excitación y el entusiasmo eran evidentes en cada uno de sus miembros. Desembarcaron con celeridad, asegurando las mochilas a sus espaldas. Habían decidido limitarse a dar una vuelta de reconocimiento antes de atreverse a montar ningún campamento, tras lo cual deberían regresar al barco 16


e informar a sus superiores a fin de decidir los siguientes pasos a realizar y aumentar el número de la comisión. Nadie osaba imaginar qué podrían encontrarse. El geólogo francés Jacques Theroux no paraba de repetir que el terreno era inseguro, manteniéndose en constante contacto con la centralita, temeroso de que se produjera otro temblor. La alemana Claudia Hoffman no tenía duda alguna sobre la posibilidad de que aquel pedazo de tierra volviera a sumergirse, por eso apoyaba la idea de tomar muestras cuanto antes para retirarse del lugar evitando males mayores. Tal vez las pruebas a realizar en el laboratorio demostraran que el planeta era todavía más anciano que lo que se creía y podría tirar abajo todos los convencionalismos existentes sobre la física. Yuna Osimura, la especialista en comunicaciones y equipos informáticos del grupo, caminaba con recelo. La isla no parecía muy abrupta. El relieve apenas variaba en altitudes superiores a los doscientos metros. Caminaba enfocando una microcámara a su alrededor que enviaba la señal al barco, mientras vigilaba en un pequeño ordenador portátil que la comunicación fuera constante. Víctor Salvador, el topógrafo, no dejaba de tomar notas sobre los mapas que el satélite había fotografiado aquella misma mañana. Siempre había deseado sentirse como los exploradores decimonónicos: indagando en territorios ignotos, pisando por primera vez algunos caminos. Aquel descubrimiento era un regalo del cielo. Sam Heinlen, por su parte, caminaba estudiando al grupo con detenimiento. Nadie había intercambiado con él ni una sola palabra. Un arrecife de coral les cerró el camino casi por completo. La impresionante construcción natural moría al sol, secando con fruición todas y cada una de sus partes. El arqueólogo no dudó en abrirse paso por encima de ella y encaminarse hacia un sendero que se adentraba en la isla. —¿Adónde va? —preguntó Jacques señalando al individuo con el dedo. La doctora Hoffman se encogió de hombros y siguió colocando alrededor su instrumental. Fue Salvador quien respondió con resolución tras consultar sus mapas. —Según las imágenes del satélite ese camino conduce a una especie de edificación, desconozco si natural o creada por la mano del hombre, aunque juraría que es completamente artificial. Imagino que un arqueólogo desea empezar por ahí. Es un reclamo demasiado imponente. —De acuerdo, pero será mejor que la señorita Hoffman y yo permanezcamos aquí tomando las primeras muestras. Una vez que nos deis a conocer vuestros descubrimientos iremos hacia el norte con todo el material necesario, para después regresar al barco. El topógrafo asintió. Era un plan lógico. Aunque en un principio habían tenido órdenes estrictas de no dividir al grupo, resultaba absurdo no hacerlo en una primera aproximación, por lo demás breve, que pasaría enseguida para llevarles de vuelta junto a sus superiores. 17


Yuna les dejó una de sus radios y encaminó sus pasos tras los hombres que avanzaban por el sendero hacia el centro de la isla. Antes de lo que se imaginaba, al volver la vista atrás, ya se había perdido la menor señal de vida de sus compañeros. 9 Caminaron durante varias horas. El paisaje comenzaba a aumentar la vegetación a medida que se acercaban a la costa. El calor era asfixiante. Lisa llevaba la chaqueta anudada a la cintura y la camiseta de tirantes se le pegaba al cuerpo marcando los surcos de sudor. El aspecto de su compañero era bien distinto. Después de aquel estado de sueño profundo, había vuelto en sí repleto de energía. Apenas hablaron durante el trayecto. Ella estaba demasiado cansada como para gastar sus fuerzas en platicar y Martin no parecía tener mucho ánimo en comunicarse. Sumido en sus pensamientos le guiaba sin descanso hacia el mar, como si una fuerza le impulsara hacia su tierra natal. Cuando encontraron el campamento, ambos se sorprendieron ante el despliegue de medios que se extendía ante sus ojos. Los más avanzados vehículos y las más equipadas tiendas de campaña formaban un perfecto rectángulo en líneas de a cuatro hacia la playa. Las parabólicas surcaban el cielo, las antenas se erguían a su lado y enormes generadores se distribuían por todo el terreno. Infinidad de idiomas llegaron hasta sus oídos. Por un momento, Lisa pensó que el joven iba a evitar a toda aquella gente, por eso su sorpresa fue mayúscula cuando lo vio avanzar hacia los soldados que hacían guardia a la entrada del campo. —Ha habido un accidente de avión. Tres horas a pie hacia el oeste. Creo que no hay supervivientes. Nosotros hemos echado a andar hasta dar con vida humana y… Martin no tuvo tiempo de seguir hablando. Uno de los hombres echó a correr hacia el interior de aquel pueblo artificial para dar la alerta. Dos médicos militares aparecieron pocos segundos después para conducirlos hasta la enfermería. No les dejaban hablar. La única preocupación era su estado de salud. Fueron informados de que ya habían partido hacia el lugar del impacto los equipos de rescate. Lisa agradeció el gesto de su compañero. Sabía que no podría dormir mientras aquella gente no descansara en paz. Los dejaron a solas cuando estuvieron seguros de que se encontraban bien, reposando cada uno sobre un catre de impolutas sábanas blancas. Martin no veía el momento de hablarle. Estaba ansioso. —¿Te has fijado? —Ella frunció el ceño sin entender a qué se refería—. La isla. Se ve desde aquí. Su contorno se dibuja en el horizonte. Lisa no contestó. En medio de aquella locura no había tenido tiempo de mirar más allá de dos pasos frente a ella. Intentó comprender qué debía sentir aquel pobre errante, cerca de su hogar después de tantos años. —¿Qué vas a hacer? 18


Él sonrió. Era obvio que lo tenía decidido. Se levantó con cuidado y se puso sus ropas. Ella, pudorosa, miró hacia otro lado. —Te espero fuera. Suponiendo que quieras acompañarme. Regreso a Nyur. 10 Los dos hombres avanzaban con decisión seguidos por la mujer oriental. Sus ojos no dejaban de estudiar todo lo que les rodeaba. Apenas un par de kilómetros después de haber dejado atrás a sus compañeros, las exclamaciones de Yuna rompieron el silencio que rodeaba su avance: —¡No tengo señal! No hay nada. La pantalla está completamente negra. Víctor Salvador se detuvo junto a ella y miró con interés los aparatos. Estaban completamente inutilizados. —La tierra debe estar imantada o algo similar. La brújula también se ha vuelto loca. —¿Regresamos? —inquirió Yuna. Los ojos del geólogo se dirigieron al hombre que seguía recorriendo el sendero con decisión—. ¡Doctor Heinlen, doctor Heinlen! Los pasos del hechicero se detuvieron en seco. Su cabeza giró por encima de su hombro izquierdo con extraordinaria lentitud. Su voz se elevó portentosa sobre el desierto de aquella tierra inerte. —¿Sí, señorita Osimura? Yuna intercambió una mirada con el geólogo a su lado y ambos recortaron los pasos que los separaban del hombre del bastón de acero. —Deberíamos volver. No tenemos ningún tipo de comunicación con el campamento, ni siquiera funcionan los móviles. —Hagan lo que crean conveniente —contestó el arqueólogo volviendo a dirigir su vista al frente. —Hemos venido en grupo, debemos regresar de la misma forma. Las directrices de la misión eran claras. —¿Las directrices? Señorita Osimura, estamos pisando una tierra que no ha visto la luz del sol desde hace miles de años. Vamos recorriendo el camino hacia unas estructuras que se adivinan vestigios de una civilización anterior, ¿y usted cree que deberíamos seguir las directrices de aquellos que no han tenido el valor suficiente para embarcarse en esta aventura, de aquellos que esperan ver el resultado sentados cómodamente sobre sus sillones de cuero bajo la agradable temperatura del aire acondicionado? —Tiene razón, Yuna. No vamos a dejarlo. Yo sigo con él. La japonesa miró alternativamente a ambos hombres antes de encogerse de hombros.

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—Haced lo que queráis, yo voy a regresar para notificar los cambios. Ninguno de los hombres la había oído, caminando hacia donde quiera que fuera que les llevara aquel terreno dorado. 11 Lisa estaba en la playa intentando distinguir en aquel horizonte la isla de Nyur. Martin y ella se habían escabullido del campamento con demasiada facilidad. Parecía que el joven poseía una especial habilidad para desaparecer de los sitios más concurridos sin que nadie se percatara de ello. La zona donde se habían detenido estaba alejada del campamento, aunque solo lo suficiente como para dejar de distinguir las luces de la concentración. Había conseguido comer un bocadillo arrebatado de una de las mesas de aquellos científicos que no levantaban la cabeza ni de sus papeles ni de sus pantallas, y se encontraba mucho mejor de lo que hubiera esperado. Él apenas había probado bocado, parecía que la idea de regresar a Nyur le proporcionaba todo el alimento que necesitaba. Le miró a los ojos en el preciso instante en que él le preguntó: —¿Estás segura? Lisa asintió. No había marcha atrás. Había soñado con algún hecho que le cambiara la vida desde hacía años. No estaba dispuesta a dejar pasar esta oportunidad. Cuando asintió por segunda vez, confirmando con seguridad su decisión, Martin estrechó sus manos con delicadeza y cerró los ojos. De repente, se sintió zarandeada por una extraña fuerza energética, al tiempo que su derredor empezaba a girar sin cesar. El movimiento no cesó hasta que el joven abrió de nuevo sus párpados. La espalda de Lisa se arqueó hacia atrás como frenada por una sacudida y él se apresuró a sostenerla. —¿Te encuentras bien? —¿Esto es Nyur? —replicó ella mirando a su alrededor. Los cúmulos de tierra húmeda y ennegrecida se alternaban con enormes rocas. Una barrera de corales se extendía a su derecha y Lisa creyó distinguir un par de personas al otro lado. —Deberíamos alejarnos —sentenció Martin—. No deben vernos aquí. Ella se limitó a seguirle cuando el joven enfiló sus pasos hacia el sendero dorado que se adentraba en la isla. Yuna Osimura nunca se había caracterizado por dejarse llevar por las corazonadas. Siempre había presumido de poseer una mente analítica y racional, por eso cuando aquel hombre descendió de la nada y se plantó ante ella todo su cerebro se bloqueó por completo. Medía unos dos metros de altura y estaba vestido apenas por unos pantalones corsarios y una camiseta negra sin mangas que se ceñía por completo a su musculatura. Los rizos rubios caían sobre sus hombros y una barba corta se extendía por su tostada piel. Los penetrantes ojos azules se clavaron en ella mientras la apuntaba 20


con una espada de doble filo. ¿Una espada? ¡Por favor! ¿Qué iba a hacer allí con una espada un hombretón con cuerpo de culturista en una isla que hacía apenas tres días que no existía? Intentó racionalizar aquella aparición, pero su cerebro no pudo analizar su presencia. ¡Era un hombre con una espada! ¿Qué más había que racionalizar? Afortunadamente, su instinto fue más rápido que su mente cuando el desconocido se abalanzó sobre ella para rajarla y saltó hacia atrás al tiempo que lanzaba su equipo informático hacia delante, golpeándole con él en el rostro. Esa reacción le dio tiempo suficiente para salir corriendo por el sendero hacia la playa. Sabía que debían separarle de ella más de cuatro kilómetros pero tenía que hacerlo si quería librarse del ataque. Los pasos del hombre sonaban tras ella. Yuna agradeció aquella agilidad adquirida de sus mañanas de gimnasio. Sin embargo, la energía de aquel tipo asemejaba sobrenatural. La distancia era recortada cada pocos metros. ¿Quién diablos sería? Martin caminaba con paso firme hacia el interior de la isla. La mujer avanzaba a su lado. Seguían el sendero dorado que serpenteaba por el terreno sin distinguirse su fin. Una figura apareció de pronto corriendo hacia ellos. Su largo cabello negro, escapando de su recogido, flotaba al viento. La delgada figura, vestida con un mono azul, corría como perseguida por un depredador. No había duda. Era una mujer. —Martin… —dijo captando la atención del joven señalando hacia la aparición. Él asintió. Estaba seguro de que algo malo sucedía. Por ese motivo, olvidando su intención de recorrer aquel territorio con la máxima discreción posible, echó a correr hacia ella. Lisa le siguió con dificultad. Cada zancada de su compañero hacía por tres de las suyas. Estaba completamente desorientada. No tenía ni idea de lo que estaba pasando, mas su mente comenzó a comprenderlo cuando distinguió al musculoso hombre surgiendo del cerro. Cuando Yuna vio a los dos viajeros, su cabeza volvió a bloquearse. ¿Qué narices estaba pasando? Se suponía que aquel territorio estaba vigilado, que el acceso estaba prohibido sin la autorización debida. La ONU había tomado todas las medidas necesarias para evitar aquel tipo de intrusión. Un joven atlético corría hacia su perseguidor mientras que la mujer que había aparecido siguiéndole se acercaba a duras penas. Decidió correr hacia ella buscando la fortaleza que crea un grupo ante las dificultades, dejando de lado la preocupación sobre su identidad. Las dos mujeres se detuvieron cuando sus pasos se encontraron y dirigieron su mirada hacia los hombres que, frente a frente, se situaban sobre el sendero dorado. —¿Quiénes son? La pregunta formulada por la japonesa resonó en los oídos de Lisa con insistencia. La respuesta le inquietaba. El desconocimiento la sobrecogía. —Deberías irte —optó por responder. 21


—¿Irme? Desde luego. Daré la alarma tan pronto como tenga cobertura. Yuna volvió a correr hacia la costa mientras la otra mujer permanecía atenta a lo que acontecía entre los dos hombres, permaneciendo lo bastante cerca para oírlos y lo suficientemente lejos para sentirse segura. La presencia de aquella especie de culturista la inquietaba e intrigaba a un tiempo. Esperaba que Martin no pensara hacerle frente. Aquel tipo le quitaba dos cabezas de altura. Miró a su alrededor intentando estudiar el terreno que les rodeaba, tal vez tuviera que necesitarlo. Martin calculó los seis pasos que lo separaban de su oponente. Lo recordaba exactamente igual. Tal vez moreno, quizás algo más alto, pero siempre había sido una mole majestuosa de fuertes huesos y enérgicos músculos. Distinguió una dentadura perfecta cuando una mueca que pretendía ser una sonrisa apareció en su rostro. —Hacía mucho tiempo, Brachmanoth. El aludido tomó aire y arremetió con fuerza contra el joven de ojos verdes, con la espada hacia el pecho de su oponente. El muchacho desapareció en un instante y, cuando giró la cabeza por encima de su hombro, lo divisó a su espalda con los brazos cruzados bajo su pecho y sacudiendo la cabeza de lado a lado. —No deberías haber atacado a esa mujer, tantas centurias y todavía no sabes tratar a las damas. —¡AAAHHHH! —gritó el guerrero con toda su furia intentando una nueva embestida. Martin volvió a trasladarse de lugar en el tiempo de un parpadeo—. Estaba pisando el Camino Real. —¿El Camino Real? ¿Qué sentido tiene eso ahora, Brachmanoth? Son humanos, solo quieren saber. —¿Saber qué? Son torpes e ilusos. No son capaces de ver lo que hay delante de sus narices —respondió el guerrero intentando un nuevo ataque. Martin desapareció entonces por completo, por lo que el hombre echó a correr hacia la mujer con una velocidad sobrenatural. Cuando Lisa se dio cuenta de sus intenciones era tarde. La asió por el cuello con firmeza y la elevó por los aires. Ella apenas podía respirar mientras forcejeaba con sus manos intentando apartarle. —¡Ostarmanoth, basta tu juego! ¡Detente ante mí o juro que la mato! Unos segundos que a Lisa le parecieron siglos transcurrieron hasta que Martin se materializó junto a ellos. La gravedad de su rostro contrastaba con la expresión que había mantenido hasta entonces. —Suéltala. —¿Por qué habría de hacerlo? —¿Qué te aportaría matarla, Brachmanorth? —¿Verte sufrir, hermano? El joven tragó saliva y deslizó la vista desde Lisa hasta el hombretón. 22


Suspiró hondo antes de decir: —Es la mujer de Hornung. El desconcierto surcó aquel rostro bronceado y musculoso. Con brusquedad, abrió la mano y Lisa cayó de golpe contra el suelo. Después, la levantó violentamente por el antebrazo mientras ella se llevaba las manos al cuello, tosiendo, procurando respirar. —¿Qué has venido a hacer aquí, Ostarmanoth? —No hubo respuesta a la pregunta. El joven adoptó una expresión de experimentado jugador de póker sin contestar—. Si no fuera por ella, creería que vienes a morir. —Si no fuera por ella, ya me habría matado. Lisa le miró entonces, preguntándose a qué se refería, mientras la presión sobre su brazo disminuía. —¿Qué has venido a hacer tú aquí, Brachmanoth? —Deberías saberlo. Vengo a por la Piedra. Estoy harto de todo esto. Lo cierto es que el estado que he logrado mantener me agrada. Tú ya lo sabes. —Por la posesión de esa Piedra se hundieron civilizaciones y continentes enteros, Brachmanoth. Además, ni siquiera sabes si ha emergido. —Desde luego que lo ha hecho. Aquí no funciona ni un solo aparato eléctrico, ni un solo invento mecánico. Aquí solo se irradia magia. ¿Te cabe aún alguna duda? —Suéltala, por favor. No tienes nada que temer de mí. Yo no ansío la Piedra. Mis motivaciones sobre Nyur son otras. —Siempre fuiste un rarito —se limitó a contestar su hermano evaluando la situación. —No tienes mucho tiempo, Brachmanoth, Hornung te lleva ventaja y me da que él viene a por el trono. —Podemos avanzar juntos. La voz de la mujer había sonado inesperadamente entre los dos nyureanos. No estaba muy segura de por qué lo había dicho pero era la única solución que se le antojaba posible. El tiempo se escapaba y prefería no pensar qué ocurriría si Sam obtenía aquella fuente de poder. —Por mí de acuerdo —aceptó el hombretón soltándola. Martin miró a ambos alternativamente. Iba a ser un trío de lo más insólito. 12 Jacques Theroux jamás había imaginado que vería aparecer ante sus ojos una ciudad perdida. Las edificaciones, cubiertas de vegetales marinos que le otorgaban un aspecto fantasmal, se elevaban hacia el cielo en forma de conos rematados por transversales azoteas entre las que se encontraban puentes colgantes que las comunicaban cada decena de pisos. Muchas de 23


las pasarelas estaban derruidas, pero alguna se mantenía inexplicablemente en pie. Aquellos edificios de gran altitud eran los únicos que circundaban la ciudad. El suelo se había convertido en una extraña mezcla entre asfalto y barro y el olor a salitre lo impregnaba todo. Después de atravesar aquella circunvalación majestuosa, siempre tras el hombre que ante él abría paso entre los restos sin dudar, las construcciones cónicas de redondos ventanales comenzaron a sucederse ante sus ojos. Aquellas paredes ahora esmeralda debían haber sido de una blancura impoluta. De pronto, tomando conciencia de dónde estaban, se dirigió al otro expedicionario: —Señor Heinlen, ¿no deberíamos detenernos para no contaminar el entorno e ir a por la ayuda necesaria antes de seguir avanzando? El arqueólogo no volvió la vista atrás sino que continuó caminando, dirigiendo sus pasos a través de aquellas calles, seguro del lugar al que se dirigía. Jacques Theroux se encogió de hombros y fue tras él. 13 —Mi nombre es Lisa —se presentó ella de manera resuelta mientras caminaba al lado del desconocido, intentando con dificultad acomodar su ritmo a sus pasos. El silencio del hombretón la conminó a decir algo lo suficientemente llamativo para que le contestara—. Sam ha intentado matarme. Dos veces. —El hombre la miró sin comprender—. Sam Heinlen… Hornung. —Sí, suele hacerlo con sus esposas. —Yo no soy su esposa. —Es un príncipe de Nyur. Eres lo que él quiere que seas. Creí que olvidaría sus trucos —agregó señalando al joven que caminaba un par de pasos por delante de ellos. —¿Sus trucos? ¿Martin? Disculpa, pero no sé a qué te refieres. —¿Ninguno te ha hablado de sus facultades? Ya veo que no. Cada uno de nosotros podía presumir de una cualidad extraordinaria. De eso se encargó nuestro padre con la Piedra Angular. ¿Estás metida en esto y no tienes idea de nada? Lisa hizo caso omiso a la pregunta. Prefería no detenerse a pensar en aquel detalle. —Imagino que la tuya es la fuerza. —Se nota, ¿verdad? —replicó el guerrero con orgullo—. Herbistmanoth era un genio de las ciencias. Heilagmanoth era el mayor telequinético que haya existido jamás sobre el planeta. Windumemanoth tenía el poder de curar. Witumanoth tenía influjos de creación que lo igualaban a un dios. Hornung era el más avezado con la magia negra y Ostarmanoth poseía una rapidez asombrosa, unos reflejos colosales y el don de la teletransportación. Juntos éramos invencibles. 24


—Entonces ¿por qué os vencieron? 14 Jacques estaba asombrado. Después de todas aquellas construcciones perfectamente alineadas, una gran plaza circular completamente vacía apareció ante sus ojos. En el centro, el arqueólogo al que seguía se había detenido con su cabeza orientada hacia el suelo. Lo llamó una vez con tranquilidad, esperando captar su atención. Aquel gesto empezaba a inquietarle. Por segunda vez gritó su nombre sin recibir respuesta, por lo que acortó más los pasos que los separaban. Fue entonces cuando pudo distinguir la puerta sellada bajo el doctor Heinlen, completamente encajada sobre la superficie que pisaban, y construida con un insólito material negruzco y enormes goznes dorados. En el centro, dos serpientes entrelazadas formaban un ocho. La puerta comenzó a abrirse cuando el hombre orientó hacia ella su bastón de acero y un inquietante humo púrpura empezó a brotar de sus bordes. Jacques dio un paso atrás. Estaba asustado. Lo último que acertó a ver fue el resplandor de unos ojos sin pupilas. —Nyur. 15 —Nyur. Aquella palabra salió como un susurro de los labios de Martin cuando se detuvo frente a los rascacielos que se extendían ante ellos. Los otros dos viajeros se apostaron a cada uno de sus lados en silencio. La vista era impresionante. —Debemos ir a Palacio. Brachmanoth asintió mientras echaba a andar haciendo caso omiso de la desolación que le rodeaba. La nostalgia que invadía a Martin no tenía réplica alguna en su hermano. Caminaron tras él con pasos más controlados que los que habían realizado hasta entonces. Cualquier peligro podía esperarles en las esquinas. Los ojos de Brachmanoth se clavaron sobre las manos de su hermano pequeño. —¿Esas son las armas que traes? Sabes bien que no somos ni sombra de lo que fuimos. Dudo mucho que puedas escapar lo suficientemente lejos de las ondas energéticas de Hornung. —¿Qué sabes de los otros? —Seguramente lo mismo que tú. —No lo creo. La última vez que te vi eras uno de los más famosos gladiadores de Roma. —Aquello sí que era una ciudad… Lo recuerdo, hermano, tú estabas orgulloso de pertenecer a la Décima. 25


—¿Witumanoth? —Hornung absorbió su poder y lo maldijo con la peste. Hace ya diez siglos de eso. —¿Herbistmanoth? —La última vez que lo vi era el más poderoso de los piratas del sur, pero me consta que fue arrojado bajo Hyroshima. ¿Qué me dices de Heilagmanoth? —Olvídalo. Fue quemado después de que Hornung le absorbiera su esencia en el potro. —Eso nos deja a Windumemanoth. Lisa los interrumpió de pronto señalando al centro de la plaza frente a ellos. —¡Allí! El cuerpo de un extraño estaba tendido boca arriba con una mueca de dolor congelada en su rostro. Por su aspecto era evidente que no se trataba de un hombre mayor y, sin embargo, su piel estaba arrugada como si tuviera cien años. No costaba demasiado imaginar que estaba deshidratado. Lisa se inclinó sobre él y procuró buscarle el pulso. Fue tarea inútil. Estaba muerto. —Debemos entrar. La voz grave de Brachmanoth provocó que se levantara de un salto. Sus dos compañeros tenían la vista perdida en una apertura en el suelo de la cual no salía ninguna luz. —¿Entrar? ¿No se suponía que íbamos a Palacio? —Y vamos a Palacio. 16 —Volvemos a vivir —declaró Brachmanoth mientras respiraba con fuerza. Su hermano menor levantó la cabeza por encima de su hombro para dedicarle una inquisitiva mirada de prudencia antes de volver a clavar la vista al frente, alerta por la posible aparición de Hornung. Lisa, que caminaba junto al tercer hijo de Maglornaroc, le miró con curiosidad. No entendía lo que quería decir. La voz del guerrero, percatándose de su desconcierto, se dirigió exclusivamente a ella: —Somos seres vivos, mas no seres inmortales. Nuestros centenares de años transcurren, tal y como tú entiendes el tiempo, sobre esta tierra porque esta tierra absorbe al fin nuestro poder o nuestra esencia. Expulsados de ella permanecemos en una especie de limbo temporal que, aunque parezca dichoso, es una maldición para cualquiera de nosotros. Para el mundo han 26


transcurrido milenios, pero no para nuestros cuerpos, no para nuestro ser. —Entonces vuestras muertes acontecen de forma natural. —Desde luego, el día de nuestro tercer siglo, la esencia que nos da la vida es absorbida por la Piedra Negra. En ella se recoge todo el poder de los nyureanos que nos precedieron. A través de ella se aprende todo lo que puede interesarnos, siempre y cuando uno tenga la suficiente capacidad para ello. Martin se detuvo de pronto. El pasillo de paredes de mármol negro finalizaba para dar paso a un gran salón pentagonal enlosado por un enorme espejo esmerilado. En el vértice del extremo opuesto al que se encontraban, la figura de Hornung se recortaba junto a un trono de zafiro. Su mano sujetaba con firmeza el báculo de acero. Su voz resonó como un eco por la estancia vacía. —¡Pasad, oh, pasad, infatigables hermanos! No seáis tímidos. Bienvenidos al centro del mundo, bienvenidos a la insigne Nyur. Los dos hombres dieron un par de pasos cautelosos adentrándose en la estancia, recorriendo con la mirada las esquinas pentagonales en actitud de alerta. Hornung sonrió. Los conocía demasiado. —Los primeros en llegar a una nueva era. ¿No os dais cuenta? Pronto, de todas partes del mundo arribarán a su tierra madre los nyureanos que derivan por un planeta que les es extraño. Alcanzarán ansiosos la bella Nyur, esperando regresar a la vida que les abandonó hace miles de años. ¿Y quién les recibirá? El Gran Hornung, heredero por derecho de Maglornaroc, el mayor de los hechiceros de los tiempos de la Gran Atlantis. —Desconocemos si hubo nyureanos que sobrevivieron, Hornung, tu egolatría te conduce a actuar en base a hipótesis erróneas —contestó Martin mientras le hacía una señal al musculoso guerrero quien, al seguir la dirección de la misma, descubrió en el centro del gran salón, bajo una pequeña circunferencia de cristal transparente, la Piedra Negra. Cada uno de ellos se encaminó en direcciones opuestas, rodeando la fuente de poder hacia el trono. Su hermano mayor continuaba sumido en su enloquecido discurso. —No seas iluso, Ostarmanoth. ¿Cómo creer que ninguno de nuestros compatriotas estaba en el exterior? Bajo las aguas mismas ha yacido durante todos estos años la flota de Nyur. Tres mil doscientos nobles marinos que caminan hacia aquí para adorar a su rey, en este mismo momento. Hornung balanceó el báculo en el aire formando dos pequeños círculos en sentido contrario a las agujas del reloj. Una nube azulada se materializó formando una barrera entre ellos. La mujer agazapada junto a la puerta de acceso no salía de su asombro. La volátil imagen que flotaba en la nube mostraba navíos de oro alzándose sobre las aguas, emergiendo en las costas insulares. De ellos, un tropel de hombres y mujeres descendía, caminando a paso pausado pero decidido por el sendero dorado hacia la ciudad. Su porte era majestuoso: cuerpos modelados por finos músculos y largos cabellos, de pieles broncíneas y enormes ojos claros. La mayoría de ellos avanzaba desnuda. Otros portaban en sus 27


cuerpos encarnadas algas o corales enredados en su pelo. Lisa no podía saber si eran seres vivos o fantasmas. No podía saber si la imagen ante sus ojos era un reflejo real de lo que estaba sucediendo o un simple truco de magia. Hornung disipó la nube con un leve soplo y clavó la mirada en los ojos de la mujer con una sempiterna sonrisa. Era obvio que estaba disfrutando. —Mi amada Lisa, no acabas de entender todo lo que sucede, ¿verdad? Este mundo es demasiado complicado para la mente de los inferiores. Podría pasarme siglos intentando hacerte comprender la naturaleza que lo rige: sus leyes, su ciencia… y aún así jamás lo entenderías. ¿Cómo le explicarías a un recién nacido lo que es el Universo? ¿Cómo le explicarías a un chimpancé lo que significa la magia? Esos seres han permanecido inmovilizados bajo el agua, contenidos por un océano que los detiene, mas no los mata. Imagínate la tortura. Bajo la inmensidad del mar, recordando, eternamente, implorando venganza y jurando obediencia a quien te libere de tal destino. Y entonces llego yo, el heredero por derecho del Gran Maglornaroc, utilizando la maestría de su arte para hacer emerger los navíos hundidos que han sido su tumba. El aire inunda de nuevo sus pulmones. La obediencia es un bajo precio que pagar para aquellos que han recibido de vuelta la libertad. Brachmanoth y Martin intercambiaron una mirada. Todavía no tenían muy claro qué hacer. Observaron al Gran Hechicero dirigir su báculo hacia la mujer y ambos echaron la vista atrás, conscientes de que algo que desconocían iba a suceder. Lisa sintió entonces un aire frío que la rodeó por completo. Sus pies se despegaron del suelo. Su cuerpo comenzó a elevarse hasta detenerse a dos metros de distancia del espejo. Una fuerza indescriptible tiraba de ella hacia delante, empujándola a trompicones hasta que se detuvo sobre la Piedra. Allí, bajo sus pies, la vio por vez primera. Era mucho más pequeña de lo que se había imaginado. —Creí que nunca te vería utilizar otra cosa que tu báculo de oro, Hornung —sentenció en ese momento su hermano pequeño haciendo caso omiso de la figura que, aterrorizada, permanecía suspendida en el aire. —¿Lo dices por esto? —contestó el aludido elevando el bastón de acero ante sus ojos—. Sería absurdo no aprovechar los adelantos humanos que nos rodean, Ostarmanoth. El acero resulta un vehículo ideal para canalizar el poder. Si te hubieras dedicado a ser quien realmente eres en vez de convertirte en un errante espectador de una historia que no era la tuya, tú también lo habrías descubierto. —¿Vas a matarla? —preguntó Brachmanoth con una sarcástica sonrisa—. Ninguna de tus mujeres ha conocido otro fin. ¿Cuántas van ya? ¿Diecisiete? El hechicero sonrió. Parecía guardar un secreto que nadie conocía y que le regocijaba. Un enorme retumbar de pasos alcanzó sus oídos. Todos elevaron la cabeza hacia el techo. La flota había alcanzado la ciudad de Nyur, pero Hornung hizo caso omiso de aquel detalle, evidentemente tranquilo de saberse respaldado por su ejército. Se dirigió a la mujer con determinación en la voz y gozo en el semblante.

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—¿Conoces la diferencia entre los nyureanos y los atlantes, Lisa? Seguramente es más simple que lo que puedas pensar, más sencillo que lo que hayas podido imaginarte. Los atlantes eran humanos. Humanos. ¿Entiendes lo que quiero decir? Forman parte de vuestros antepasados. Nada más. Los habitantes de Atlantis habían logrado, gracias a sus adelantos técnicos, alcanzar una esperanza de vida que rondaba los cien años, mientras que nosotros llegábamos a cumplir los trescientos. ¿Te lo imaginas? Mientras nosotros desaparecíamos al alcanzar nuestra máxima edad, arrastrados por la imposibilidad de permanecer alejados de Nyur, siempre abocados a venir a adorar su Corazón en el momento cumbre, los atlantes eran inmortales. ¿Acaso no crees en la inmortalidad del alma? ¿Qué mayor inmortalidad hay que renacer durante toda la eternidad? Ellos se reencarnaban tal y como vosotros hacéis, Lisa. Después de todo, eran una plaga, eran la especie eterna. —Ya basta, Hornung —ordenó Martin con decisión—. Suéltala. Ella no tiene nada que ver con esto. —No voy a hacerle daño, Ostarmanoth, únicamente voy a hacerle recordar. Nada más. Brachmanoth aprovechó la ocasión para abalanzarse sobre él, empujándolo hacia atrás con furia, mientras Martin intentaba buscar en su cabeza algún tipo de conjuro para permitir el descenso de la mujer. El hechicero resistió la embestida del guerrero interceptando la espada con su báculo. Ninguno de los dos cedió un ápice de terreno. Entonces, los ojos de Hornung se cubrieron completamente de negro y sus labios entonaron un extraño susurro: —Halwaithit, halwaithit… Brachmanoth sintió sus músculos debilitarse. Su fuerza parecía abandonarle por momentos. En apenas un minuto cayó de rodillas sobre el suelo después de haber realizado el mayor esfuerzo de su vida. Su hermano ni siquiera volvió a mirarle, sino que se limitó a apuntar al Corazón de Nyur con su báculo, elevando la voz de forma que resonó por todo el pentágono: —¡ARDENT! Un cañón de luz encarnada irrumpió de pronto desde la Piedra hacia arriba iluminando por completo a la inmóvil mujer suspendida sobre ella. La energía emanada impulsó a Martin hacia atrás, provocando que chocara contra la pared. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan inepto. Hacía mucho tiempo que no actuaba realmente como el más pequeño de los hijos de Maglornaroc. La cabeza de Lisa cayó sobre su pecho mientras la luz comenzaba a introducirse bajo su piel de forma que despedía reflejos escarlata a través de la dermis translúcida. La fémina parecía haber perdido por completo el conocimiento. —¡No lo resistirá! —gritó Martin a su hermano mayor desde el rincón donde había caído. Hornung caminó hacia él con satisfacción en el rostro al tiempo de contestarle: —¿Por qué crees eso, mi preciado benjamín? —Lo sabes perfectamente. Ningún humano ha resistido jamás el recuer29


do repentino de todas sus vidas anteriores, incluso aquellos que son capaces de aceptar una o dos de ellas terminan pereciendo por un shock de conciencia. Sabes que sus cerebros estallan en una cruel agonía, Hornung, ella no merece ese fin. —Eso depende de quién haya sido con anterioridad, Ostarmanoth — replicó el hechicero mirando a la mujer por encima de su hombro, tras lo cual se fijó en el guerrero con regocijo—. Bien, esto aún tardará unos minutos, así que ahora que os tengo a ambos postrados a mis pies, aprovecharé la ocasión para preguntar. ¿Queréis aceptar las condiciones de mi reinado? Brachmanoth se levantó, no sin dificultad, y asintió con la cabeza hasta situarse junto a él. Era absurdo gastar energía ante una batalla perdida de antemano. Por otro lado, el musculoso nyureano siempre había sabido adaptarse a las circunstancias. Los dos dirigieron la mirada hacia Ostarmanoth, quien no parecía muy convencido de lo que sucedía. —Hornung, no hay sitio para nosotros en este mundo. Nyur es un reflejo del pasado. La raza humana se ha ganado este planeta por derecho. —¡Por favor, Ostarmanoth! No puede ser que te hayas ablandado tanto. Y pensar que padre deseaba nombrarte su sucesor… Idea absurda. Qué decepción habría sufrido… ¿Se han ganado este planeta por derecho, de veras lo crees? ¿Acaso no has visto lo que hacen con él? Este mundo está agonizando. Es hora de que lo dirija alguien con el poder y la sabiduría suficiente como para conducirlo por el buen camino. Los humanos, Ostarmanoth, no serán más que aquello que yo les permitiré ser. Mis tropas acordonan la isla. Una gran burbuja de energía la recorre. Es imposible atravesar mi protección. Adivino lo que estás pensando —continuó diciendo mientras empezaba a vagar por la sala en círculos, alrededor de la mujer izada en el aire—. Pero no debes ser simplista. No pretendo exterminarlos, solo volver a situar el orden de las cosas tal y como eran o tal y como deberían haber sido. Lisa levantó de pronto la cabeza. Los ojos se abrieron en un parpadeo seco y decidido. Una sonrisa iluminó su cara. El hechicero elevó la vista hacia ella y con un leve gesto de su mano, la hizo descender a medida que la luz se apagaba. Cuando la fémina puso los pies sobre el espejo, empezó a caminar hacia ellos con una majestuosidad desconocida. —Es un honor reencontrarme con tres de los siete hijos del Sumo Maglornaroc. Brachmanoth titubeó. No podía ser. No tenía sentido. De repente comprendió lo que nunca había llegado a entender. Martin se puso en pie completamente desconcertado. Había sido un idiota. —Albanta —susurró mientras ella acariciaba su mejilla con dulzura. Él solo sintió el frío más absoluto—. La Primera entre Tres, el vórtice del Trígono de la majestad de Atlantis. —Martin, mi pequeño Martin, tu ingenuidad ha trascendido los milenios. Es una pena. Tu hermano mayor y yo siempre hemos tenido otros planes. Hornung habló entonces, abiertamente dichoso ante el desconcierto provocado a sus menores. 30


—La alianza que la Reina y yo establecimos, nacida en una guerra en la que padre y el resto de sus hijos apoyaron, resultó tan férrea que ha trascendido los siglos. ¿Crees que yo luché por proteger Nyur elevado sobre sus costas? Nadie hubiera podido rozarnos. Pero yo deseaba llegar a un acuerdo. ¿Por qué no podíamos pactar con Atlantis? Maglornaroc no atendía a razones. No le importaba el fruto que podía salir de la unión entre nuestros mundos. Piensa en el mestizaje, Ostarmanoth, tal vez, podríamos lograr una raza perfecta. —Eres un traidor. —No, simplemente pacté con aquella que me ofreció lo mejor para vencer a un sucio dictador ególatra que pensaba dejar su reinado al más incapaz de sus hijos. La paciencia siempre ha sido una de mis virtudes. Solo había que esperar. Solo tenía que encontrarla. —¿Creéis que podéis conseguir algo? ¿No os ha enseñado nada la historia? ¿Cuánto tardareis en volver a hundirlo todo? La civilización actual tiene armas, armas tan poderosas como las que tuvo Atlantis en su día. Lanzará todas ellas si es necesario para que dejéis de ser una amenaza. La risa de Albanta sonó entonces como un cascabel en sus oídos. —Pequeño Martin, jamás de los jamases los humanos han sido más corruptos que ahora. Su raza no cree en nada más que en su propio beneficio. ¿Crees que no sabremos tratar con ese tipo de seres inferiores? Imploran a gritos que algún ser superior los dirija. —Hay una parte dentro de tu ser que responde aún al nombre de Lisa y Lisa jamás condenaría a la humanidad. —No lo entiendes, ¿verdad? La idea que tú tenías de esa mujer no era nada más que una idea. No tenía amigos, no caía bien a la gente y el amor de su vida era Sam Heinlen. Ese espíritu ya recorría el camino de regreso a Albanta, deberías aceptarlo, seguramente te resultará más fácil. —Ya basta de charlas —sentenció Hornung deteniéndose junto a la mujer—. Decide aquí y ahora, Ostarmanoth, es el momento. —Y si no qué, ¿vas a matarme? —¿No es eso a lo que has venido? —replicó Albanta con sarcasmo. El hechicero no hizo caso alguno de la interrupción y señaló a su hermano con el báculo: —No voy a manchar el suelo de la Gran Sala con tu cuerpo yaciente. Sabes que está prohibido cometer aquí esos actos. Pero te voy a dar una última oportunidad, Ostarmanoth. Piénsalo. Preferiría tenerte a mi lado. Habrá trabajo suficiente para todos. —No tengo nada que pensar. Desde el principio sabes que no voy a participar en esto. Albanta se volvió entonces hacia el hechicero. Su expresión mostraba una contrariedad manifiesta. —¿De verdad no vas a matarle? 31


—No voy a empezar mi reinado con su asesinato. Admito que me gustaría, incluso disfrutaría, pero algo me dice que Ostarmanoth teme más a otras cosas que a la muerte. No voy a renunciar a esa satisfacción. —Se interrumpió un segundo para volverse hacia su hermano pequeño antes de continuar hablando—: Te condeno al destierro. Desde este mismo instante, Nyur es terreno prohibido para ti. Ni siquiera te voy a decir que voy a dar orden de que te maten. Eternamente ordenaré tu encierro. Disfrutaré, Ostarmanoth, disfrutaré viéndote sufrir. Será divertido poner a prueba esa cabeza que tanto admiraba el viejo Maglornaroc. Si estás lo suficientemente ocupado en conservarla, no darás problemas. El báculo centelleó al rozar el hombro del pequeño de los hijos del Sumo Sacerdote de Nyur. En un segundo, el joven desapareció. El hechicero se volvió entonces hacia su reina y le ofreció el brazo con parsimonia. Albanta se asió a él mientras el musculoso guerrero les abría el paso: —Un nuevo día amanece en la Madre Tierra que bendice el loado despertar de Hornung. © Silvia Pato Sobre la autora: Autora gallega, nacida en 1975. Lectora insaciable de todo tipo de géneros, se muestra fascinada desde niña por los mitos y leyendas, el universo artúrico, los cómics, la fantasía, la ciencia ficción y las novelas de aventuras. Entre sus preferencias literarias, se encuentran autores como Lord Dunsany, H. Rider Haggard, Edgar Allan Poe, Julio Verne, Gustavo Adolfo Bécquer, H. P. Lovecraft, Thomas Burnett Swann, Marion Zimmer Bradley, Ursula K. Le Guin, Álvaro Cunqueiro, Ana María Matute y Michael Moorcock. Ha escrito relatos, poesía y novelas, así como diversas reseñas literarias y artículos. Las nueve piedras (Literanda, 2013) es su primera novela publicada.

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