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LA
REVOLUCION
MEXICANA
Y
EL
REACOMODO
DE
LAS
ELITES
(PARTE
DOS)
 Ya
 que
 hemos
 propuesto
 una
 forma
 distinta
 para
revisar
la
Revolución
Mexicana
explorando
 los
 elementos
 filosóficos
 y
 materiales,
 que
 dieron
 motivo
 primero
 a
 la
 consolidación
 de
 el
 régimen
 porfirista
 y
 posteriormente
 la
 ruptura
 entre
 la
 burguesía
 nativa
 de
 México,
 debemos
 hacer
 una
 pausa
 breve
 en
 el
 siglo
 XIX,
 para
 rastrear
los
orígenes
que
dieron
formación
a
los
 “caudillos
 de
 la
 reforma”
 y
 particularmente
 la
 época
en
la
que
“Benito
Juárez
toma
la
jefatura
política
en
la
república
restaurada
en
 el
año
de
1867.
Este
se
propuso
reformarla
en
los
ordenes
político,
social,
económico
y
 cultural
conforme
a
ciertas
ideas
abstractas
y
a
un
modelo
concreto:
Estado
Unidos.
Los
 nuevos
 responsables
 de
 los
 destinos
 de
 la
 sociedad
 mexicana
 no
 solo
 lo
 pensaron,
 lo
 dijeron:
“Los
Estados
Unidos…tienen
que
ser
nuestra
guía”.
Aquellos
cerebros
y
brazos,
 aquellos
 hombres
 que
 parecían
 gigantes,
 los
 lideres
 de
 la
 República
 Restaurada,
 supieron
 perfectamente
 a
 donde
 querían
 ir,
 lo
 que
 buscaban,
 pero
 apenas
 fueron
 concientes
de
las
honduras
en
las
que
se
metían
por
querer
sacar
su
plan
renovador.
 Obstáculos
de
todo
orden
se
oponían
al
plan
liberal.
Aunque
Juárez
y
su
 gente
 asumieron
 la
 modernización
 del
 país
 a
 sabiendas
 de
 que
 “una
 sociedad
como
la
nuestra,
que
ha
tenido
la
desgracia
de
haber
pasado
 por
 una
 larga
 serie
 de
 años
 de
 revueltas
 intestinas,
 se
 ve
 plagada
 de
 vicios,
 cuyas
 raíces
 profundas
 no
 pueden
 extirparse
 en
 un
 solo
 día,
 ni
 con
una
sola
medida,
no
parece
que
estos
hombres
hubieren
previsto
la
 enormidad
y
la
anchura
de
las
tradiciones
necesitadas
de
demolición”.

 Por
 ejemplo
 “no
 hay
 evidencia
 de
 que
 tomaran
 la
 medida
 justa
 sobre
 el
 indiferentismo
 político
 de
 la
 gran
 masa.
 Solo
 ellos
 los
 caudillos
 de
 la
 reforma
 y
 una
 débil
 clase
 media
 que
 desde
 el
 siglo
 XVII
 andaban
 tras
 un
 orden
 democrático
 liberal,
 podían
 armar
 la
 Constitución
de
1857
y
querer
su
ejercicio.

 Otro
 grupo,
 los
 conservadores
 núcleo
 ciertamente
 abatido,
 desmayado
 por
 la
 golpiza
 acabada
 de
 recibir,
 se
 rehusaría
 a
 quererla,
 y
 aún
 más
 a
 cumplirla.
 Pero
 lo
 peor,
 el
 mayor
 reto
 era

 conseguir
que
la
Constitución
de
1857
alcanzara
la
veneración
y
arraigo
de
los
ocho
 millones
 de
 compatriotas,
 para
 quienes
 según
 Castillo
 Velasco1
 “la
 libertad
 era
 una
 quimera
 y
 tal
 vez
 un
 absurdo”.
 Aún
 las
 tropas
 forzadas
 que
 pelearon
 en
 pro
 y
 en
 contra
 del
 sagrado
 documento
 eran
 ajenas
 a
 su
 contenido.
 Quienes
 lo
 alababan
 y
 quienes
 lo
 injuriaban
 en
 las
 embravecidas
 épocas
 de
 la
 Reforma
 y
 del
 Segundo
 Imperio
 era
 minorías
 distantes
 de
 la
 de
 la
 mayoría
 popular,
 hombres
 de
 castillos
 amurallados.
La
mayoría
no
apoyaba
constitución
alguna;
al
pueblo
raso
le
importaba
 























































 1


José
 María
 Castillo
 Velasco.
 Abogado
 y
 periodista
 liberal.
 Escribió
 para
 El
 Monitor
 Republicano,
 publicación
 que
 dirigió
 en
 varias
 ocasiones.
 Diputado
 al
 Congreso
 Constituyente
de
1856‐57,
en
el
cual
fue
miembro
de
la
comisión
redactora
de
la
Constitución.
Combatió
la
intervención
francesa
y
el
imperio.
Fue
secretario
de
Gobernación
 del
presidente
Benito
Juárez
(marzo
de
1871
a
junio
de
1872).


1



un
pito
la
democracia;
el
voto
lo
tenia
sin
cuidado.
Contra
la
democracia
conspiraba
la
 indiferencia
del
ciudadano”2.
 Dejaremos
hasta
aquí
el
detalle
ya
que
no
es
el
tema
central,
de
este
 programa
la
importante
historia
de
la
época
de
la
reforma,
pero
los
 elementos
que
hemos
traído
a
formar
parte
de
los
argumentos
para
 tratar
 de
 comprender
 de
 mejor
 forma
 a
 la
 Revolución
 Mexicana,

 nos
 definen
 con
 mucha
 precisión
 los
 tres
 aspectos
 que
 serán
 definitorios
 para
 entender
 cuales
 fueron
 las
 condiciones
 que
 permitieron
 al
 ascenso
 de
 Porfirio
 Díaz
 al
 poder.
 Primero
 el
 desarrollo
 y
 consolidación
 de
 una
 clase
 dominante,
 que
 se
 amalgamo
 entre
 políticos
 surgidos
de
la
fracción
liberal
que
triunfo
sobre
los
conservadores
del
siglo
XIX,
y
las
 clases
 económicas
 conservadoras
 que
 se
 reintegraron
 a
 la
 vida
 económica,
 social
 y
 política,
 después
 de
 su
 derrota
 a
 manos
 de
 las
 tropas
 juaristas.
 Dos
 un
 proyecto
 de
 nación
impulsado
solo
por
la
minoría
liberal
ilustrada
bajo
el
pensamiento
filosófico
 del
 Positivismo
 impulsado
 fundamentalmente
 por,
 Auguste
 Comte,
 cuyo
 nombre
 completo
fue
Isidore
Marie
Auguste
François
Xavier
Comte,
y
sustentado
en
la
visión
del
 desarrollo
 norteamericano
 y
 sus
 clases
 protestantes
 y
 que
 dan
 sustento
 a
 esta
 posición
 de
 la
 teoría
 de
 las
 élites
 particularmente
 en
 el
 grupo
 de
 los
 científicos
 del
 porfiriato
 y
 finalmente
 la
 enorme
 ignorancia
 del
 pueblo
 en
 general
 que
 según
 los
 resultados
 del
 Censo
 de
 1895.
 La
 población
 total
 "de
 hecho"
 fue
 de
 12
 millones
 632
 mil
 habitantes,
 incluyendo
 casi
 141
 mil
 personas
 de
 paso.
 Se
 captaron
 además
 casi
 209
 mil
 residentes
 ausentes,
 cifras
 todas
 presentadas
 con
 desglose
 por
 entidad
 federativa
y
grupos
municipales
(partidos).

 Sobresale
 el
 hecho
 de
 que
 los
 estados
 de
 Jalisco
 y
 Guanajuato
 se
 ubicaban
 con
 los
 mayores
 montos
 poblacionales,
 ambos
 con
 más
 de
 1
 millón
 de
 habitantes.
 Destaca
 también
 la
 juventud
 en
 la
 estructura
por
edad
de
la
población,
con
poco
más
de
 40%
 de
 menores
 de
 15
 años,
 así
 como
 un
 analfabetismo
 cercano
 al
 80%.
 La
 incipiente
 migración
 interna
 se
 refleja
 en
 poco
 menos
 de
 un
 6%
 de
 la
 población
 residiendo
 en
 una
entidad
federativa
diferente
a
la
de
su
nacimiento.
3
 Es
verdaderamente
revelador
que
el
pensamiento
de
Juárez
y
el
de
otros,
entre
ellos
el
 mismo
Porfirio
Díaz
hayan
tenido
como
propósito
el
hacer
de
México
una
copia
de
los
 Estados
 Unidos,
 con
 la
 variante
 del
 porfiriato
 de
 su
 inclinación
 económica
 hacia
 las
 naciones
 europeas
 en
 primera
 instancia
 y
 la
 ineludible
 presencia
 de
 los
 capitalistas
 norteamericanos
 en
 una
 segunda
 instancia,
 que
 al
 final
 de
 su
 mandato
 fuera
 la
 presencia
 mayor
 en
 el
 terreno
 de
 la
 inversión.
 Mientras
 todo
 ello
 se
 maduro
 y
 se
 consolido,
 el
 pueblo
 la
 gran
 masa
 como
 ya
 se
 dijo,
 no
 eran
 de
 su
 interés;
 la
 democracia,
el
voto
y
menos
la
instauración
y
aplicación
de
la
Constitución
Política
de

 1857.

 























































 2
Historia
General
de
México,
El
liberalismo
Triunfante
por
Luis
González
 3
Estados
Unidos
Mexicanos
Cien
Años
de
Censos

de
Población



2



Señala
la
teoría
de
las
élites
que:
“Toda
vez
que
una
sociedad
llega
a
una
cierta
etapa
 de
 desarrollo,
 el
 control
 político,
 en
 el
 más
 amplio
 sentido
 de
 la
 expresión
 —la
 dirección
política,
administrativa,
militar,
religiosa,
económica
y
moral—,
es
ejercido
 siempre
por
una
clase
especial
o
por
una
minoría
organizada.
 Aun
en
las
democracias
subsiste
la
necesidad
de
una
minoría
organizada
que,
a
pesar
 de
las
apariencias
en
sentido
contrario
y
de
los
principios
legales
sobre
los
que
se
basa
 el
gobierno,
conserva
el
control
real
y
efectivo
del
Estado.”
Se
puede
entonces
afirmar
 que
el
porfiriato
se
sustento
no
solo
por
la
recia
personalidad
y
férrea
conducción
del
 viejo
 Don
 Porfirio
 sino
 por
 el
 conjunto
 de
 la
 élite
 nativa
 en
 este
 caso
 liderada
 en
 la
 persona
de
José
Yves
Limantour,
y
las
distintas
élites
internacionales
existentes
en
la
 dirección
 económica
 del
 país,
 solo
 habrá
 que
 recordar
 a
 los
 trusts
 ferrocarrileros,
 mineros,
petroleros
y
de
la
naciente
industria
eléctrica
que
operaban
en
esa
época.
 Partiendo
 de
 los
 elementos
 que
 nos
 sugiere
 esta
 teoría,
 los
 hechos
 históricos
 que
 enfrentaron
 a
 las
 élites
 porfirianas,
pueden
estar
fincadas
particularmente
en
el
 desarrollo
 económico
 de
 quienes
 formaron
 el
 grupo
 de
 los
 Científicos,
 y
 los
 que
 no
 estaban
 en
 dicho
 grupo
 encabezados
 por
 José
 Yves
Limantour
 pero
 conozcamos
 un
 poco
 más
 sobre
 este
 personaje:
 Hijo
 de
 Joseph
 Limantour,
capitán
de
goleta
originario
de
Bretaña,
y
de
 Adela
 Marquet,
 de
 Burdeos,
 ambos
 originarios
 de
 Francia,
José
Yves
Limantour
Marquet
nació
en
la
ciudad
 de
 México
 el
 26
 de
 diciembre
 de
 1854.
 De
 familia
 adinerada,
 desde
 su
 infancia
 asistió
 a
 los
 mejores
 colegios
 privados,
 y
 realizó
 un
 viaje
 a
 Europa
 a
 los
 14
 años.
 Tras
 esto,
 ingresó
 a
 la
 Escuela
 Nacional
 Preparatoria
 en
 una
 de
 las
 primeras
 promociones
 de
 la
 institución,
 en
 la
 que
 permaneció
hasta
1871;
de
ahí
pasó
a
la
Escuela
Nacional
de
Jurisprudencia,
en
donde
 logró
 graduarse
 como
 abogado
 en
 1876.
 Posteriormente
 tomó
 en
 Europa
 diversos
 cursos
de
economía
y
administración.
 Se
desempeñó
como
profesor
en
la
Escuela
Superior
de
Comercio,
en
la
que
impartió
 la
 clase
 de
 economía
 política,
 y
 de
 derecho
 internacional
 en
 la
 Escuela
 Nacional
 de
 Jurisprudencia.
Además
tuvo
importante
participación
en
la
publicación
de
la
revista
 jurídica
El
Foro
entre
1877
y
1882.
 Posteriormente
fue
miembro
de
la
Junta
de
Desagüe
del
Valle
de
México
y
diputado
al
 Congreso
 entre
 1880
 y
 1890.
 Pero
 su
 carrera
 en
 el
 servicio
 público
 fue
 en
 ascenso
 cuando
en
1886
la
Secretaría
de
Gobernación
le
encargó
un
estudio
acerca
de
la
baja
 de
 la
 plata.
 Diputado
 al
 Congreso
 de
 la
 Unión
 (1892),
 también
 fue
 presidente
 de
 la
 Junta
de
Saneamiento
(1896)
y
de
la
de
Provisión
de
Aguas
Potables
(1903).
 Participó
 en
 la
 Unión
 Liberal
 que
 encabezaba
 Justo
 Sierra,
 pero
 su
 labor
 más
 destacada
fue
en
el
campo
de
las
finanzas
públicas.
Fue
designado
oficial
mayor
de
la
 Secretaría
 de
 Hacienda,
 que
 estaba
 a
 cargo
 de
 Matías
 Romero
 y
 poco
 después
 se
 encargó
temporalmente
del
Despacho.
En
mayo
de
1893
fue
designado
secretario
de
 Hacienda
y
Crédito
Público,
cargo
que
conservó
hasta
que
fue
nombrado
Secretario
de
 


3



Gobernación
para
concertar
la
paz
con
los
revolucionarios
y
poner
fin
al
gobierno
de
 Porfirio
Díaz,
en
mayo
de
1911.
 Como
secretario
de
Hacienda
fue
identificado
como
la
cabeza
del
grupo
positivista
de
 los
 “científicos”,
 grupo
 informal
 que
 rodeaba
 al
 dictador,
 llamados
 así
 por
 las
 clases
 populares
porque
eran
cultos
y
proponían
una
dirección
“científica”
del
gobierno
para
 lograr
 un
 desarrollo
 “científico”
 del
 país.
 El
 grupo
 de
 los
 “científicos”
 fue
 muy
 importante
 en
 la
 economía
 y
 las
 finanzas
 porque
 sus
 miembros
 actuaron
 como
 representantes
 del
 gobierno
 ante
 los
 bancos
 en
 calidad
 de
 consejeros,
 otros
 como
 asesores
 fiscales
 y
 otros
 más
 llegaron
 a
 servir
 de
 intermediarios
 entre
 el
 gobierno
 y
 los
capitalistas
extranjeros
interesados
en
invertir
en
México.
 
Algunos
 de
 sus
 miembros
 fueron
 Justo
 Sierra,
 Joaquín
 D.
 Casasús,
 Francisco
 Bulnes,
 Rosendo
 Pineda,
 y
 Pablo
 Macedo.
 Todos
 ellos
 se
 enriquecieron
 a
 la
 sombra
 y
 protección
 del
 gobierno,
 abusaron
 de
 sus
 posiciones
 oficiales
 y
 monopolizaron
 las
 facilidades
financieras
del
país,
con
lo
que
ganaron
el
repudio
de
las
clases
medias
y
 populares
excluidas
de
estos
privilegios.
 Limantour
 es
 señalado
 por
 John
 Kenneth
 Turner
 como
 autor
 de
 actos
 de
 corrupción
 en
 la
 venta
 diferida
 de
 los
 ferrocarriles
 mexicanos
 a
 Harriman:
 “los
 miembros
 de
 la
 camarilla
 de
 Díaz
 recibieron,
 como
su
parte
del
botín,
muchos
millones
de
dólares
 por
medio
de
maniobras
con
las
acciones
y
valores
al
 efectuarse
 la
 fusión.
 En
 conjunto,
 constituyó
 probablemente
 el
 caso
 más
 colosal
 de
 despojo
 que
 hayan
 llevado
 al
 cabo
 los
 destructores
 organizados
 de
la
nación
mexicana,
en
este
negocio
con
Harriman,
 Sobre
 Avenida
 Juárez
 número
 42,
 existía
 una
 casa
 que
 el
 mismo
 ministro
 de
 Hacienda,
 Limantour,
 fue
 el
 perteneció
 al
 Señor
 José
 Yves
 Limantour,
 ministro
 de
 Hacienda
 de
 Porfirio
 Díaz
 Dicha
 casa
 era
 el
 prototipo
 de
 la
 maniobrero
 principal,
 y
 Pablo
 Macedo,
 hermano
 de
 mansión
de
aquella
época,
de
estilo
afrancesado;
con
salones
 monumentales,
 profusamente
 decorados,
 candelabros
 de
 Miguel
Salvador
Macedo
y
Saravia
,4
subsecretario
de
 cristal,
patios
cubiertos
y
escalinatas
de
mármol.
Fue
en
esta
 espectacular
casa‐palacio
donde
tuvo
su
hogar
la
Corte
desde
 Gobernación,
 fue
 primer
 lugarteniente.
 Se
 dice
 que
 1919
hasta
1941,
año
en
que
se
inauguró
el
edificio
actual
en
 Pino
Suárez
número
2.
 como
 premio
 por
 su
 intervención
 en
 el
 negocio,
 Limantour
y
Macedo
se
repartieron
una
utilidad
de
9
 millones
 de
 dólares
 en
 oro,
 además
 de
 que
 al
 primero
 se
 le
 hizo
 presidente
 y
 al
 segundo
vicepresidente,
del
consejo
de
administración
de
las
líneas
unidas.”
 Candidato
 permanente
 del
 grupo
 de
 los
 “científicos”
 para
 suceder
 a
 Díaz
 en
 la
 presidencia
 de
 la
 República,
 fue
 utilizado
 por
 el
 dictador
 para
 enfrentar
 al
 general
 Bernardo
Reyes,
gobernador
de
Nuevo
León,
que
tenía
aspiraciones
similares.

 En
la
víspera
de
su
cuarta
reelección,
Díaz
expresó
a
Limantour
que
no
se
reelegiría
y
 que
 lo
 apoyaría
 como
 su
 sucesor
 siempre
 y
 cuando
 lo
 aceptara
 Reyes.
 En
 marzo
 de
 1899,
Limantour

consiguió
la
anuencia
de
Reyes
a
cambio
de
nombrarlo
secretario
de
 























































 4


Fue
el
primer
director
de
la
Penitenciaría
del
Distrito
Federal.
Encabezó
el
órgano
colegiado
de
gobierno
del
reclusorio
de
Lecumberri,
inaugurado
por
Díaz
en
1901.
El
 colmo
en
la
actualidad
se
encuentra
en
la
pagina
de
la
PGR
cita
sobre
el
y
se
le
define
y
distingue
como
enorme
historiador
jurídico,
vaya
he
aquí
otro
eslabón
de
las
élites
 que
nos
dominan.




4



Guerra
y
Marina;
este
acuerdo
entre
ambos
se
conoció
 como
 el
 “pacto
 de
 Monterrey”5.
 A
 continuación,
 Díaz
 envió
 a
 Limantour
 a
 Europa
 a
 negocios
 de
 la
 deuda
 externa,
 y
 mientras
 lo
 descartó
 como
 candidato
 presidencial
 por
 ser
 hijo
 de
 padre
 francés
 y
 por
 lo
 tanto,
 no
 cumplir
 los
 requisitos
 constitucionales.
 Entonces,
 Díaz
 quedó
 nuevamente
 ante
 la
 opinión
 pública
como
el
único
candidato
viable
y
se
reeligió.

 Sin
 embargo,
 el
 grupo
 que
 encabezaba
 Limantour
 sí
 deseaba
 sustituir
 a
 Díaz
 en
 su
 momento,
 por
 lo
 que
 miraban
 hacia
 una
 democracia
 que
 les
 permitiera
 tomar
 el
 poder
 mediante
 un
 cambio
 evolucionista.
 En
 Miguel
Salvador
Macedo
y
Saravia
véase
como
trascendió
a
la
 1904
se
corrió
el
rumor
de
que
Limantour
heredaría
el
 revolución
y
se
encumbro
de
nuevo
al
final
del
conflicto
armado
 hasta
alcanzar
alturas
de
prócer
de
los
abogados
de
la
Escuela
 poder
 de
 Díaz,
 lo
 que
 desató
 una
 reacción
 popular
 Libre
de
Derecho
obviando
su
pasado
corrupto.

 contra
 Limantour
 y
 los
 científicos
 por
 su
 lejanía
 a
 la
 realidad
nacional
y
la
protección
que
brindaban
a
los
intereses
extranjeros
en
México.
 Díaz
 siguió
 alentando
 la
 rivalidad
 entre
 Limantour
 y
 Bernardo
 Reyes
 para
 seguir
 gobernando
dictatorialmente.
 Limantour
 fue
 pieza
 importante
 en
 la
 formulación
 de
 la
 política
 del
 “desarrollo
 hacia
 fuera”,
 basado
 en
 la
 inversión
extranjera
directa
y
la
exportación
de
materias
 primas
 que
 adoptó
 Porfirio
 Díaz
 y
 que
 obtuvo
 logros
 no
 conocidos
 hasta
 entonces
 en
 el
 país
 ‐debidos
 en
 buena
 medida
 a
 la
 “estabilidad
 política”
 impuesta
 por
 la
 dictadura‐:
 la
 supresión
 de
 las
 alcabalas;
 el
 equilibrio
 presupuestal;
 el
 impulso
 a
 las
 obras
 de
 infraestructura
 material;
tales
como
puertos,
ferrocarriles,
urbanización,
 etcétera;
 la
 reforma
 monetaria,
 por
 la
 que
 rescató
 de
 particulares
 las
 casas
 de
 moneda;
 la
 consolidación
 del
 sistema
bancario
y
buen
crédito
internacional;
los
nuevos
 impuestos
a
 la
 producción;
 el
 nuevo
 arregló
 de
la
deuda
 pública;
 el
 fomento
 a
 la
 inversión
 extranjera
 en
 la
 minería,
 la
 industria
 y
 el
 comercio.
 También
 se
 alcanzó,
 una
balanza
comercial
favorable.


Banco
de
Londres
y
México
Principios
del
siglo
XX


Limantour
 escribió
 (Apuntes
 sobre
 mi
 vida
 pública)
 :
 “La
 nivelación
 efectiva
 de
 los
 ingresos

y
egresos
normales,
el
arreglo
de
toda
deuda
nacional
y
la
reorganización
a
 la
 vez
 que
 la
 moralización
 de
 las
 oficinas
 de
 Hacienda,
 ,
 fueron
 los
 tres
 puntos
 fundamentales
del
programa
que
desde
los
primeros
días,
y
de
toda
preferencia,
me
 























































 5


Estando
de
comisión
en
los
estados
de
Sinaloa
y
Sonora,
fue
llamado
en
1885
para
ser
gobernador
interino
de
Nuevo
León
en
lugar
de
Genaro
García,
cargo
que
ocupó
 desde
el
12
diciembre
de
ese
año,
y
hasta
el
3
de
octubre
de
1887.
En
su
administración
se
realizaron
acciones:
de
obra
pública
–la
penitenciaría
y
el
palacio
de
gobierno,‐
y
 la
pacificación
–detuvo
los
levantamientos
armados
de
Mauricio
Cruz
y
Juan
Rodríguez‐,
fomento
a
la
creación
de
industrias
tales
como
la
Fundición
de
Fierro
y
Acero,
la
 Cervecería
Cuauhtémoc,
y
varias
más
de
hilados
y
tejidos.
Dos
años
después
fue
electo
gobernador
constitucional
del
estado
de
Nuevo
León,
cargo
que
desempeñó
hasta
 1900
–aunque
fue,
durante
un
breve
lapso
en
1898,
oficial
mayor
de
la
Secretaría
de
Guerra
y
Marina‐.
En
marzo
de
1899,
con
conocimiento
de
Porfirio
Díaz,
convino
con
 José
 Yves
 Limantour,
 secretario
 de
 Hacienda,
 apoyar
 su
 candidatura
 presidencial
 en
 sustitución
 de
 Díaz,
 a
 cambio
 de
 ser
 nombrado
 secretario
 de
 Guerra
 y
 Marina;
 este
 acuerdo
entre
ambos
se
conoció
como
el
“pacto
de
Monterrey”.
Pero
el
pacto
no
trascendió
porque
fue
resultado
de
una
maniobra
de
Díaz
para
detener
a
Limantour
en
sus
 aspiraciones
 políticas,
 quien
 fue
 descartado
 como
 candidato
 por
 ser
 hijo
 de
 padre
 francés,
 lo
 que
 mantuvo
 al
 dictador
 como
 el
 mejor
 candidato
 para
 seguir
 ocupando
 la
 presidencia
en
el
siguiente
periodo
presidencial.
De
todos
modos,
Reyes
vio
cumplidas
sus
pretensiones
un
año
después
cuando

falleció
Felipe
Berriozábal,
que
estaba
al
 mando
del
ministerio
de
Guerra
y
Marina,
y
Reyes
fue
llamado
para
sustituirlo.
A
partir
de
entonces,
muchos
lo
consideraron
entre
los
principales
candidatos
a
suceder
al
 general
Porfirio
Díaz
en
la
presidencia
de
la
República.


5



propuse
 llevar
 a
 efecto.
 Pensé
 también
 desde
 entonces
 en
 abordar
 otros
 dos
 problemas
de
cuya
solución
esperaba
yo
mucho
para
el
desarrollo
de
todo
el
país:
la
 abolición
 de
 las
 alcabalas
 y
 la
 legislación
 bancaria”.
 ‐
 Claro
 los
 robos
 y
 fraudes
 los
 cometía
el
únicamente
y
su
élite
como
se
documenta
anteriormente
‐
 Asimismo,
 Limantour
 organizó
 el
 sistema
 bancario
 mediante
 la
 Ley
 General
 de
 Instituciones
 de
 Crédito
 1897.
 Asimismo,
 aconsejó
 a
 Porfirio
 Díaz
 diversificar
 la
 inversión
 extranjera,
 atrayendo
 capitales
 europeos
 que
 pudieran
 contrarrestar
 la
 influencia
norteamericana
y
estar
en
posibilidad
de
negociar
desde
una
posición
más
 firme,
 sin
 embargo,
 al
 final
 del
 régimen
 porfirista,
 la
 inversión
 norteamericana
 ascendía
a
1,500
millones
de
pesos,
en
contraste
con
la
inglesa
que
sólo
llegaba
a
200
 millones
y
la
francesa
que
era
de
100
millones.
Un
propósito
similar
de
diversificación
 de
 las
 inversiones,
 se
 atribuye
 a
 la
 compra
 de
 acciones
 de
 las
 empresas
 extranjeras
 que
realizó
Limantour
para
fundar
los
Ferrocarriles
Nacionales
de
México.
 Como
miembro
prominente
del
grupo
de
los
científicos,
Limantour
era
un
convencido
 del
darwinismo
social,
como
lo
expresó
en
uno
de
sus
discursos:
“los
débiles,
los
mal
 preparados,
los
que
carecen
de
elementos
para
consumar
victoriosamente
la
evolución,
 tienen
que
sucumbir,
cediendo
el
campo
a
los
más
vigorosos,
o
que
por
las
características
 de
 su
 modo
 de
 ser
 lograron
 sobreponérseles
 y
 pueden
 trasmitir
 a
 su
 descendencia
 las
 cualidades
a
las
que
debieron
la
supremacía”.
 También
tuvo
un
papel
relevante
en
el
 afrancesamiento
de
las
construcciones
 de
 la
 capital
 mexicana:
 intervino
 en
 obras
tales
como
varias
modificaciones
 al
Bosque
de
Chapultepec,
el
Hemiciclo
 a
 Juárez,
 el
 Palacio
 Postal,
 el
 Teatro
 Nacional,
 la
 Cámara
 de
 Diputados
 y
 el
 Palacio
 Legislativo
 (hoy
 Monumento
 a
 la
Revolución).
 Al
 estallar
 la
 rebelión
 maderista,
 intentó
 llevar
 a
 cabo
 negociaciones
 políticas
 necesarias
 para
 mantener
 la
 sociedad
 que
 había
 creado
 el
 porfiriato,
 fracasando
 estrepitosamente,
 pues
 la
 élite
 Maderista
 y
 asociados
 emergentes
 comprendían
 con
 certeza
 que
 el
 verdadero
 enemigo
 de
 ellos,
 a
 esas
 alturas
 era
 el
 poderoso
 ministro
 de
 hacienda.
 Ante
 el
 avance
 revolucionario,
 en
 marzo
 de
 1911
 viajó
 a
 Nueva
 York
 a
 intentar
acuerdos
con
los
familiares
de
 Madero
 y
 con
 el
 doctor
 Francisco
 Vázquez
Gómez.
No
los
logró.
Posteriormente,
ya
en
la
ciudad
de
México,
entre
marzo
 


6



y
 mayo
 estableció
 negociaciones
 con
 Madero
 para
 suscribir
 los
 Tratados
 de
 Ciudad
 Juárez
 por
 los
 que
 cayó
 la
 dictadura
 de
 Díaz
 el
 25
 de
 mayo
 de
 1911,
 pero
 que
 preservaron
el
poder
establecido.
 Limantour,
 siempre
 fiel
 al
 general
 Díaz,
 lo
 acompañó
 al
 exilio,
 avecindándose
 en
 París,
 en
 donde
 se
 dedicó
 a
 atender
 negocios
 particulares.
 Murió
 en
 esa
 ciudad
 el
 27
 de
 agosto
de
1935,
a
la
edad
de
80
años.
 De
 los
 ocho
 Científicos
 que
 conformaron
 el
 grupo,
 dos
 tuvieron
 un
 origen
 familiar
 sumamente
modesto:
Rosendo
Pineda
y
Joaquín
 D.
 Casasús.
 Con
 el
 tiempo,
 la
 posición
 social
 de
 ambos
 sufrió
 una
 transformación
 al
 grado
 de
 que
Casasús
se
convirtió
en
un
hombre
de
gran
 fortuna
 a
 través
 de
 su
 actividad
 profesional
 como
 abogado
 y
 asesor
 en
 materia
 económica.
 Pineda,
 por
 su
 lado,
 llegó
 a
 vivir
 desahogadamente
 y
 en
 ocasiones,
 hasta
 con
 comodidades,
 pero
 no
 dejó
 herencia
 de
 importancia
 a
 sus
 descendientes
 al
 morir
 en
 la
 vida
clandestina
a
lo
que
lo
orilló
la
persecución
carrancista.

 Es
curioso
el
caso
de
Rosendo
Pineda
ya
que
cabe
destacar
que
fue
uno
de
seis
niños
 que
 Porfirio
 Díaz
 se
 llevó
 el
 7
 de
 enero
 de
 1867,
 por
 la
 victoria
 sobre
 los
 franceses.
 Rosendo
decidió
estudiar
la
carrera
de
abogado
en
el
Instituto
de
Ciencias
y
artes
del
 Estado
de
Oaxaca
siendo
su
tutor
el
gobernador
del
Estado
General
Félix
Díaz.
 
 Mejor
 conocido
 por
 su
 labor
 educativa
 y
 por
 su
 participación
 en
 el
 gobierno,
 más
 que
 por
 su
 obra
 literaria,
 Justo
 Sierra
 Méndez
 nace
 en
 Campeche,
 1848‐Madrid,
 1912,
hijo
del
también
escritor
Justo
Sierra
 O’Reilly
 (1814‐1861),
 perteneció
 al
 gabinete
de
Porfirio
Díaz
y
al
grupo
de
“los
 científicos”
o
“los
positivistas”.
En
1905
fue
 el
primer
Secretario
de
Instrucción
Pública
 y
 Bellas
 Artes,
 y
 en
 1910
 fundó
 la
 Universidad
Nacional
de
México,
al
tiempo
 que
organizó
las
fiestas
del
Centenario.
 Justo
 Sierra
 es
 uno
 de
 los
 principales
 “científicos”
 de
 los
 que
 Díaz
 se
 rodeó,
 “pero
 a
 diferencia
 de
 los
 demás
 no
 se
 enriquece
 en
 los
 puestos
 públicos”;
 prueba
 de
 ello
 es
 que,
en
1911,
con
Madero
en
el
poder,
retorna
a
dictar
sus
clases
como
profesor
de
la
 Escuela
 Nacional
 Preparatoria.
 En
 1912,
 el
 nuevo
 gobierno
 lo
 nombra
 Enviado
 Extraordinario
 y
 Ministro
 Plenipotenciario
 de
 México
 en
 España.
 En
 este
 cargo
 y
 en
 


7



Gabinete
de
Porfirio
Díaz,
Justo
Sierra
de
pié,
arriba
a
la
derecha



este
 país
 lo
 sorprenderá
 la
 muerte.
 Como
 periodista
 y
 escritor
 colaboró
 en
 El
 Renacimiento,
 El
 Siglo
 Diez
 y
 Nueve
 y
 El
 Federalista,
 y
 dirigió
 El
 Bien
 Público,
 La
 Libertad
 y
 la
 Revista
 Nacional
 Letras
 y
 Ciencias.
 Su
 obra
 literaria
 y
 periodística,
 prácticamente
dispersa,
se
publicó
en
1948,
con
el
título
Obras
(15
volúmenes).
 Justo
 Sierra
 “es
 indudablemente
 el
 maestro
 de
 la
 generación
 modernista
 y
 se
 le
 considera
 el
 primer
 poeta
 que
 tuvo
 conciencia
 y
 voluntad
 de
 ser
 parnasiano.
 [...]
 Exploró
 las
 posibilidades
 del
 verso
 alejandrino
 y
 vio
 la
 poesía
 no
 como
 desahogo
 personal
sino
como
la
más
exigente
de
las
artes”.
 Por
lo
que
respecta
a
su
prosa
narrativa,
los
textos
de
Justo
Sierra
representan,
junto
 con
 las
 novelas
 de
 Altamirano,
 el
 momento
 en
 que
 el
 romanticismo
 mexicano
 cristaliza
en
forma
propiamente
artística”.
 Joaquín
D.
Casasús,
de
origen
humilde
mediante
su
posición
 en
 el
 gabinete
 de
 Díaz,
 alcanza
 una
 posición
 social
 y
 se
 convirtió
 en
 un
 hombre
 de
 gran
 fortuna
 a
 través
 de
 su
 actividad
 “profesional”
 como
 abogado
 y
 asesor
 en
 materia
 económica.
 Abogado
 y
 funcionario
 público
 porfiriano,
 habilidoso
en
cuestiones
financieras
‐se
le
considera,
según
 algunos,
 de
 esos
 economistas
 mexicanos
 que
 existieron
 antes
 de
 que
 existieran
 los
 economistas
 profesionales,
 negociador,
 en
 tiempos
 de
 don
 Porfirio,
 para
 el
 caso
 de
 disputa
 de
 límites
 en
 la
 frontera
 con
 Estados
 Unidos;
 esa
 zona
 que
 se
 conoce
 como
 El
 Chamizal.
 Joaquín
 D.
 Casasús,
 Tumba
de
Joaquín
D.
Casasús

 entre
otras
cosas,
logró
que
el
arbitraje
del
monarca
italiano
 Víctor
Manuel
III
fuese
favorable
a
México,
a
causa
de
los
cambios
de
administración
 ocurridos
 en
 México
 a
 partir
 de
 1910,
 en
 Washington
 se
 hicieron
 los
 desentendidos
 por
 medio
 siglo
 y
 hasta
 la
 gestión
 de
 Adolfo
 López
 Mateos
 en
 la
 presidencia
 de
 la
 


8



república
 “nos
 regresaron”
 unas
 hectáreas,
 en
 1964.
 El
 otro
 detalle
 de
 Joaquín
 D.
 Casasús,
es
que
fue
yerno
de
Ignacio
Manuel
Altamirano
y
que,
en
el
sitio
que
es
hoy
 esta
 cripta
 llena
 de
 flores,
 donde
 descansan
 personajes
 de
 la
 familia
 Sierra
 Casasús
 (los
Sierra
de
don
Justo
y
los
Casasús
de
don
Joaquín,
emparentados
con
los
Díaz
de
 don
 Porfirio,
 como
 puede
 leerse
 en
 el
 libro
 de
 Carlos
 Tello
 Díaz
 “El
 Destierro.
 Un
 relato
 de
 familia”),
 la
 fotografía
 de
 la
 tumba
 que
 resguarda
 los
 restos
 de
 Joaquín
 D.
 Casasús,
el
Panteón
Francés
de
la
Piedad
de
la
ciudad
de
México,
quien
murió
el
25
de
 febrero
de
1916,
en
Nueva
York.
Es
también
el
sitio
a
donde
finalmente,
se
quedaron
 unos
años
las
cenizas
de
Ignacio

Altamirano,
muerto
en
San
Remo
en
1893
y
cremado
 allí
mismo.

Cuando
los
Casasús
trajeron
a
México
lo
que
quedaba
de
Altamirano,
en
 mayo
 de
 ese
 mismo
 1893,
 
 las
 cenizas
 del
 novelista
 que
 había
 sido
 coronel
 de
 caballería
 durante
 la
 guerra
 de
 intervención,
 fueron
 hospedadas
 por
 uno
 de
 sus
 contemporáneos,
 don
 José
 María
 Iglesias,
 fallecido
 un
 par
 de
 años
 antes.
 Catalina
 Guillén
Altamirano,
hija
de
don
Altamirano
y
esposa
de
don
Joaquín,
mandó
levantar
 una
 capilla
 ‐como
 se
 describe
 en
 los
 relatos
 de
 la
 época‐
 donde
 poner
 la
 urna
 que
 habían
traído
desde
San
Remo
y
que
saldría
del
Panteón
Francés
de
la
Piedad
en
1934,
 cuando
se
llevaron
a
Ignacio
Altamirano
a
la
Rotonda
de
los
de
las
Personas
Ilustres.
 

 A
propósito,
Francisco
Bulnes,
la
información
básica
que
ha
dado
lugar
a
este
trabajo
 se
 obtuvo
 del
 Archivo
 Francisco
 Bulnes,
 disponible
 en
 la
 sección
 de
 archivos
 incorporados
 del
 Archivo
 General
 de
 la
 Nación.
 El
 material
 ahí
 coleccionado
 es
 diverso:
 notas
 sueltas
 sobre
 múltiples
 temas,
 borradores
 inconclusos,
 originales
 de
 artículos
periodísticos,
síntesis
de
libros,
sumas
y
restas
de
su
contabilidad
personal,
 etcétera.
La
figura
de
Francisco
Bulnes
es
una
puerta
de
acceso
para
incursionar
en
un
 universo
 político
 y
 cultural,
 cuyo
 estudio,
 sin
 embargo,
 rebasa
 los
 límites
 de
 este
 trabajo.
Aquí,
en
todo
caso,
se
pretende
evidenciar
ciertos
rasgos
de
pensamiento
de
 un
personaje
oculto
en
las
sombras
de
su
propia
biografía,
y
que
logró
plasmar
en
los
 textos
 que
 nos
 ha
 legado
 muchas
 de
 las
 debilidades
 del
 mundo
 político
 al
 que
 pertenecía.
 Entreverado
con
los
excesos
de
su
escritura
(el
uso
indiscriminado
de
los
adjetivos,
la
 sintaxis
 dislocada
 por
 la
 pasión),
 hay
 todo
 un
 diagnóstico
 político
 y
 social
 de
 la
 realidad
mexicana.
Pero
hay,
asimismo,
evidencias
de
la
impotencia
y
de
la
soledad
de
 un
 intelectual
 que,
 sin
 haber
 sido
 de
 ninguna
 manera
 un
 incondicional
 de
 Porfirio
 Díaz,
aparece
ante
nosotros
como
un
elemento
insustituible
de
la
cultura
política
del
 Porfiriato.
Escuetamente,
en
una
nota,
Francisco
Bulnes
buscó
justificar
las
razones
de
 una
de
las
dos
últimas
reelecciones
de
Porfirio
Díaz:
 La
reelección
debe
llevar
tres
grandes
fines:
1.
Responder
eficazmente
al
temor
de
la
 sociedad
de
caer
en
la
demagogia
militar
o
civil.
2.
Responder
a
las
esperanzas
de
los
 mexicanos
de
tener
al
fin
instituciones
nacionales
de
acuerdo
con
su
estado
actual
de
 civilización.
 3.
 Impedir
 que
 alguien
 tenga
 posibilidades
 de
 asaltar
 el
 poder
 en
 cualquier
tiempo.[
3
]
 Antes
 de
 1910,
 la
 obsesión
 de
 Bulnes
 parece
 haber
 sido
 Bernardo
 Reyes.
 Este
 personaje,
 que
 venía
 a
 representar
 algo
 así
 como
 un
 incipiente
 populismo
 de
 corte
 militar,
 era
 el
 depositario
 de
 todas
 las
 desconfianzas
 civiles
 del
 grupo
 de
 los
 


9



Científicos
y
en
particular
de
Bulnes.
Baste
recordar,
por
ejemplo,
el
libro
que
Bulnes
 publicó
 en
 1903,
 Las
 grandes
 mentiras
 de
 nuestra
 historia,[
 4
 ]
 donde
 procuró
 demostrar
con
lujo
de
detalles
el
papel
nefasto
que,
según
él,
tuvo
el
ejército
a
lo
largo
 del
siglo
XIX.
No
en
balde,
precisamente
en
esas
fechas,
había
sido
removido
Reyes
de
 la
Secretaría
de
Guerra,
y
se
había
dado
carpetazo
al
proyecto
de
"segunda
reserva"
en
 el
ejército
federal.[
5
]
 Años
 después,
 a
 propósito
 del
 mismo
 tema,
 las
 desconfianzas
 de
 Bulnes
 emergerían
 con
todas
sus
letras,
y
dejando
de
lado
la
diplomacia
de
los
mensajes
cifrados,
afirmó
 que
 La
 segunda
 reserva
 tuvo
 por
 objeto
 organizar
 un
 partido
 militarista
 y
 al
 mismo
 tiempo
civil
y
rabiosamente
personalista
al
general
Reyes;
el
proyecto
fue
adquirir
a
 toda
 la
 juventud
 activa,
 robusta,
 inexperta,
 entusiasta
 y
 desgraciadamente
 servil
 [y]
 convertir
a
cada
reservista
en
un
elector,
darle
armas,
organizarlo
para
las
tres
luchas,
 la
 de
 los
 comicios
 electorales,
 la
 del
 motín
 capitaneado
 por
 reservistas
 y
 la
 militar
 para
una
buena
guerra
civil.[
6
]
 La
 obsesión
 por
 Reyes
 y
 el
 militarismo
 parece
 evidenciar
 en
 todo
 caso
 una
 serie
 de
 debilidades
 políticas
 estructurales
 el
 Estado
 porfirista,
 y
 que
 Bulnes,
 como
 otros
 intelectuales
del
Porfiriato,
pudo
identificar
antes
de
1910.
 Afirmaba
 Bulnes
 que
 justificar
 la
 reelección
 de
 Díaz
 en
 virtud
 de
 la
 necesidad
 de
 conservar
 el
 crédito
 internacional
 del
 país
 era
 poco
 más
 o
 menos
 que
 desalentador;
 ello
 quería
 decir
 que
 en
 cuanto
 faltase
 el
 general
 Díaz,
 el
 crédito
 mismo
 peligraría:
 "Nada
 más
 propio
 para
 acabar
 pronto
 con
 el
 crédito,
 que
 anunciar
 al
 orbe,
 que
 después
 del
 general
 Díaz,
 caeremos
 en
 el
 insondable
 abismo
 de
 miseria
 de
 donde
 hemos
salido".[
8
]
Pero
el
problema
no
era
exclusivamente
financiero;
lo
que
estaba
a
 discusión
 era
 el
 futuro
 entero
 de
 la
 nación:
 "Yo
 creo
 que
 la
 reelección
 debe
 ser
 más
 que
una
cuestión
de
gratitud
para
un
esforzado
guerrero
y
colosal
estadista.
Yo
creo
 que
la
reelección
debe
ser
más
que
una
brillante
cuestión
de
presente,
que
debe
ser
 algo
 nacional,
 y
 sólo
 es
 nacional
 lo
 que
 tiene
 porvenir.
 Y
 creo
 que
 el
 porfirismo
 y
 el
 mexicanismo
no
son
antagónicos,
que
hay
que
armonizarlos".[
9
]
 Ya
 en
 ese
 presente,
 en
 el
 momento
 mismo
 en
 que
 hablaba
 Bulnes,
 los
 temores
 y
 angustias
habían
empezado
a
surgir:
"¡La
nación
tiene
miedo!
La
agobia
un
escalofrío
 de
duda,
un
vacío
de
vértigo,
una
intensa
crispación
de
desconfianza
¡y
se
agarra
a
la
 reelección
como
a
una
argolla
que
oscila
en
las
tinieblas!"[
10
]
Tal
era
el
diagnóstico,
 tal
era
la
ponderación
de
los
ánimos
nacionales,
tal
era
la
paradoja
del
momento:
Díaz
 debía
ser
reelecto
para
garantizar
su
propia
y
pacífica
sucesión.
¿Cómo?
El
camino
a
 seguir
lo
marcaba
el
propio
Bulnes,
asumiéndose
como
portavoz
del
país
entero:
"La
 nación
 quiere
 partidos
 políticos;
 quiere
 instituciones;
 quiere
 leyes
 efectivas;
 quiere
 lucha
de
ideas,
de
intereses
y
de
pasiones".[
11
]
 Cualquier
 argumento
 en
 favor
 de
 un
 individuo,
 cualquier
 propuesta
 de
 solución
 a
 la
 problemática
de
la
sucesión
que
no
pasase
por
la
institucionalización,
era
inconcebible
 para
Bulnes:
 ¿Qué
es
lo
que
ve
el
país
que
se
le
ofrece
para
después
del
general
Díaz?
¡Hombres
y
 nada
más
que
hombres!
Para
después
del
general
Díaz
el
país
ya
no
quiere
hombres
 [...]
El
periodo
magnífico
de
excepción
lo
está
substanciando
gloriosamente
el
general
 


10



Díaz,
y
no
queda
para
sus
sucesores,
pretendientes
del
régimen
personal,
más
que
el
 periodo
de
execración.[
12
]
 Por
 uno
 u
 otro
 camino,
 Bulnes
 regresaba
 al
 problema
 de
 lo
 que
 él
 llamaba
 el
 personalismo
 político.
 Antes
 de
 1910,
 sus
 temores
 parecían
 fundados.
 En
 una
 sociedad
 sin
 organizaciones
 políticas,
 el
 caudillismo
 militar
‐por
 estar
 sustentado
 en
 una
 fuente
 real
 del
 poder:
 el
 ejército‐
 amenazaba
 con
 llevarse
 la
 mejor
 tajada
 del
 pastel
en
la
disputa
por
la
herencia
política
de
Porfirio
Díaz.
Todo
el
alegato
civilista
 de
Bulnes
ha
de
leerse
en
el
contexto
accidentado
y
apasionado
de
aquella
discusión
 política
que
duró
al
menos
diez
años.
 Los
 juicios
 de
 Bulnes,
 por
 lo
 demás,
 fueron
 en
 muchos
 sentidos
 acertados,
 pero
 las
 posibilidades
 prácticas
 de
 modificar
 la
 inercia
 del
 Estado
 porfirista
 fueron
 a
 la
 larga
 casi
 nulas.
 El
 porqué
 de
 esta
 incapacidad
 no
 deja
 de
 ser
 un
 tema
 apasionante
 de
 la
 historia
 del
 Porfiriato
 y
 la
 Revolución
 Mexicana.
 Queda
 claro,
 en
 todo
 caso,
 que
 el
 grupo
 político
 al
 que
 pertenecía
 Bulnes
 ‐los
 Científicos‐
 depositó
 ‐seguramente
 porque
no
tuvo
otro
remedio‐
sus
esperanzas
de
ganar
la
carrera
de
la
sucesión
en
el
 propio
general
Díaz.
Cuando
don
Porfirio
dio
de
sí
en
1911,
el
resentimiento
de
Bulnes
 se
expresó,
encendida
y
meticulosamente,
en
cortas
pero
sugerentes
frases:
 El
 general
 Díaz
 llegó
 a
 ver
 un
 Reyes
 imaginario,
 un
 Limantour
 imaginario,
 unos
 científicos
 imaginarios,
 un
 pueblo
 mexicano
 imaginario,
 un
 Madero
 imaginario;
 y
 lo
 que
 fue
 peor,
 un
 proletariado
 intelectual
 imaginario.
 Él
 lo
 creía
 su
 basura,
 lo
 estuvo
 pisando
 muchos
 años,
 lo
 llamaba
 "caballada";
 y
 ese
 proletariado
 intelectual
 lo
 embaucó,
 lo
 fascinó,
 lo
 sugestionó,
 lo
 hizo
 ver
 todo
 imaginario,
 y
 cuando
 lo
 juzgó
 ya
 imbécil,
 ese
 proletariado
 levantó
 las
 patas
 y
 lo
 untó
 en
 los
 huaraches
 del
 peladaje
 zapatista.[
13
]
 Aún
más,
el
hecho
de
que
Díaz
se
hubiese
convertido
en
el
impedimento
esencial
de
 todo
arreglo
pacífico
a
la
sucesión,
jamás
le
fue
perdonado.
Así,
Bulnes
llegó
a
dudar
 de
la
salud
mental
del
general:
"En
el
camino
que
estaba
pisando
Díaz,
había
pruebas
 de
 locura
 rematadas
 de
 omnipotencia".[
 14
 ]
 Al
 calor
 de
 los
 acontecimientos,
 la
 política
se
trocó
en
psicología.
 Martín
Romero,
Bernardo
Reyes,
alcanzaron
un
gran
prestigio
en
el
ambiente
político
 y
económico
de
la
nación.




11



LA REVOLUCION MEXICANA Y LAS ELITES