A Contraluz

Page 1



Siempre es de noche; si no, no necesitarĂ­amos luz. Thelonious Monk

































































a contraluz



a contraluz Un proyecto de Giovanni Vargas



HOMBRES CONTADOS Un hombre corta en dos mitades el mapa del océano al mismo tiempo que silba una canción de despedida. Lo hace a mano y repite la tarea con cada una de las dos mitades y luego con cada una de las nuevas cuatro partes y así hasta que cada fragmento del mapa del océano tiene el grosor de un pelo de tigre. Elige uno de los pelos del tigre y lo pega sobre un mapa idéntico al que cortó cuando empezó todo. Como con eso ya tiene suficiente, sopla para que el resto de los pelos de tigre se confundan con el agua. Sopla hacia proa. Grassa Toro

. -..- .. ... - --- .-.-. Había tenido siempre una sombra imprecisa y creía que ello era normal; consideraba normal que su sombra cogiera para otro lado o que se equivocara de mano o que olvidara la cabeza o simplemente que no se moviera de un sitio. Se dio cuenta de su problema cuando entró al ejército y le tocaba marchar en fila y su sombra se tropezaba con las rígidas sombras de sus compañeros de cuartel; Desertó. Huyendo, una noche sin luna, todo era tan oscuro que su sombra era el mundo entero... Hermes Acosta


OSCURIDAD Para terminar, al considerar la interrelación entre mente, cuerpo y ambiente en el nivel sutil, sabemos que las cosas materiales están compuestas de células, átomos y partículas, y que la conciencia está compuesta de momentos. Dalai Lama en la introducción a The Tibetan Book of the Death. Cuando me acuerdo, antes de dormir, me pongo a pensar en mis días y en mi muerte. La recolección de los días tiene la particularidad de darse justo cuando uno está desatándose del mundo, es un momento en el que la mente está cansada y quiere reposo, entonces hay que pegarle un pequeño empujón para que vuelva hacia atrás. Empieza uno desde el comienzo del día, con el despertador, si uno usa despertador. Empieza con el aterrizaje. Como la gente que, en la vestida, comienza por las medias. Yo, por mi lado y desviándome un poco, comienzo por los calzoncillos. Luego el pantalón. Luego la camiseta y así. Las medias son casi lo último porque me las pongo justo antes de los zapatos, que

es —eso sí— lo último que me pongo antes de salir a la calle. Pero sé que hay gente que empieza por las medias, como si quisieran que su actividad de vestirse reflejara la verticalidad del hombre y el orden de sus partes. Aunque no sé bien cómo hagan, porque para que ese orden corresponda verdaderamente a nuestra verticalidad, deberían ponerse los pantalones de segundo, pero quedarían raros: si se ponen los pantalones y luego los calzoncillos, terminan saliendo a la calle como si fueran súper héroes. Y eso solo lo ve uno en Haloween y ni siquiera, porque lo que ve es gente con vestido de súper héroe y no con los calzoncillos encima del pantalón. También puede que, simplemente, no usen calzoncillos. Eso no es ningún crimen. Poco común, quizás, pero no criminal. Luego viene lo de arriba. Y terminan con un sombrero, porque esta gente creyente en la verticalidad es así, de sombrero. Hay otro componente en la actividad de vestirse que se da simultáneamente a lo vertical: la profundidad, las capas. Se pone primero lo de adentro y luego lo de afuera. Quizás sea obvio, pero, de nuevo, siempre hay gente que no cree en esas obviedades o que cree en


obviedades distintas y contradictorias y que terminan, por ejemplo, poniendose la camiseta encima del saco. O los súper héroes antes mencionados, que se ponen los calzoncillos encima del pantalón. Esos componentes horizontales y verticales los usa uno al recuperar su día. Piensa en orden lo que hizo, lo que vio. Ese es el componente vertical. Va uno desde el comienzo hasta el fin, hasta estar en esa cama, con la lámpara prendida, empiyamado pero sin meterse aún entre las cobijas. Lo horizontal tiene que ver con las impresiones que quedaron. Ya no es el momento de comerse la arepa del desayuno, sino la agitación que uno sintió al verla quemarse un poco. También el sosiego de ver por la ventana, tomándose un té, la gente que pasaba apurada a su trabajo. Además de los componentes horizontal y vertical hay gente que se viste en el sentido de las manecillas del reloj o en el sentido contrario. Comienzan con un sombrero o gorro, siguen con un guante en la mano izquierda, la media de la izquierda, la media de la derecha, y así. Los otros van al revés. La mayoría de nosotros no somos de ninguna forma definida. Nos vestimos como más práctico nos parece,

sin ninguna fe especial en ese momento. Pero no sé, había quedado de escribir sobre la muerte y ni siquiera he empezado. Incluso puede parecer que lo dicho hasta ahora nada tiene que ver, pero quien eso piense estaría equivocado porque la forma en que uno se viste está relacionada con la forma en que uno existe, que, a su vez, está íntimamente ligada con la forma en que uno muere. O al menos eso supongo, porque si bien es posible que haya muerto ya muchas veces antes (la idea de la reencarnación no me resulta descabellada), de eso no guardo ningún recuerdo y, en términos prácticos, esta parece ser la única vida que he tenido. Pero la vestimenta, el vestirse, está claramente relacionado con la muerte. Ella, con su oscuridad y su frío, nos cae encima como nos cae la ropa, como nos encajamos la ropa. Entonces quienes celebran la verticalidad quizás mueran por la verticalidad, con un frío y una oscuridad que les caen de arriba o que les suben desde las plantas de los pies hasta las raíces de sus cabellos. Es la idea de que somos conductores de energía entre la tierra y el cielo y que la muerte es, a su manera, una forma de energía que se extiende por el cuerpo como se extiende por uno la fuerza vital.


Quienes se visten pensando en la horizontalidad, que es lo que hacemos quienes no pensamos tanto en esto, pues la muerte nos puede llegar así, de adentro hacia afuera. Es un frío que comienza en el centro de nosotros y que se va extendiendo hasta llegar a manos y pies, hasta dejarnos convertidos en una figura oscura y fría, paralizados por dentro. En parte lo difícil de hablar de todo esto es que las palabras no alcanzan a describir lo que sucede, la mente no puede treparse hasta allá, como un niño pequeño que no alcanza lo alto de un muro. Es solo hasta ese borde que llega la mente y no más. De ahí en adelante las palabras, que han sido creadas para hablar de estar vivo, que tienen siempre verbos que nos dicen que las cosas se mueven, que cambian, que se transforman y actúan, dejan de aplicar, es en este punto cuando nos llenamos de oscuridad. Decía hace apenas un párrafo que quedamos “paralizados por dentro” pero la realidad es que no quedamos paralizados. Solo nos quedamos sin ser ya más. Hay que quitar el “nos” de esa frase porque ya no hay sujeto. Y los verbos que uno podría utilizar (paralizar, cerrar, colapsar) siguen siendo demasiado activos para lo que en realidad sucede.

Aún así especulamos acerca de la oscuridad que nos va llenando según como cada quien crea que debe vestirse. Estaría la muerte de adentro hacia fuera y al revés y la muerte de la cabeza a los pies y al revés. Si somos escépticos o descreídos, diríamos que todo da igual, el resultado es el mismo: el cuerpo que solíamos tener será materia interte, fría, oscura por dentro y por fuera. Pero si uno cree que la muerte de cada uno, aunque igualmente oscura en apariencia, está en realidad coloreada por lo que vivimos y por la manera en que vivimos, esos detalles hacen una gran diferencia. En todo eso pienso, cuando me acuerdo, antes de acostarme a dormir. Y hay una cosa más, un ejercicio final después de recomponer el día: recorro mentalmente mi cuerpo de arriba hacia abajo y de regreso. Ahí sigo uno de los posibles caminos que usará la oscuridad para tomar posesión de mí en un acto que, ahora que escribo esto, me parece ligeramente mórbido. Es como quien visita, muy antes de tiempo, los posibles cementerios donde quiere ser enterrado. Manuel Kalmanovitz


EL AGUA MOVIÉNDOSE

. -..- .. ... - --- .-.-. En fuego cruzado, en cuclillas encontró una moneda y la guardó. A la semana siguiente, en otra balacera y en cuclillas, encontró una pulsera de oro y se la puso. Al tiempo que estaban dando bala en su calle, se tiró al piso y encontró un dije brillante para su pulsera. Y ,asimismo, encontró una camiseta, un pantalón, un carro, una casa, un hijo, una esposa y una vida por delante. H. A.

Había visto tortugas. Había visto un pez loro. Una vez vi un ballenato. Había visto corales. Otra vez vi un pulpo morado por la noche. Vi plantas gigantes. Vi algas pesadas. Vi un tiburón gato y un tiburón bobo. Los animales grandes estaban cerca a un acuario donde una malla enterrada en el fondo del mar los separaba del resto del océano. Los que eran libres a un lado y los presos al otro, aislados por esa mallita que se movía con la marea. Era muy extraño que los animales que eran libres no se fueran y se quedaran cerca de la malla, como queriendo mantenerse cerca de los suyos. Vi también una vez una raya pasándome por encima. Y todo eso lo vi con lo que pueden los ojos y lo que permite una careta. En el fondo del mar solo usaba la vista, porque los demás sentidos están concentrados en sobrevivir automáticamente. La vista, que depende en gran medida del grado de luz, es la que deja leer el entorno. Esa lectura es la de una imagen que no se agota, pero que angustia. Una economía de la atención me opera y pongo atención solo a ciertas cosas. A lo grande y a la nada que se dibuja en cada esquina. A los animales magnos cuando los hay, a las plantas, al fondo. Y aunque es todo el cuerpo el que está ahí


suspendido, y aunque todos los sentidos acompañan la experiencia, yo solo puedo ver. Esa vez fue como las otras, todo normal. Cuando uno logra suspenderse en el fondo del océano, sin tocarlo, extrañamente y por momentos todo se vuelve corriente. Uno se vuelve la corriente. El agua pasa y uno está quieto dejando que el agua pase y todo sea. Esa vez estaba suspendida mirando el borde de la nada y pasó un banco de barracudas grandes. Bien grandes. Una se devolvió. Me miró fijamente a los ojos y yo la miré fijamente a los ojos. Nos quedamos frente a frente por un momento que no fue de tiempo. Las dos suspendidas. Su banco siguió y la dejó. A ella no le importó. Nos seguimos mirando. Se acercó. Cuando estuvo muy cerca, me dijo modulando la boca: usted no pertenece a este lugar. Se volteó y siguió a buscar al resto. Me abandonó. Yo asentí. Y pensé para adentro; la barracuda tiene toda la razón. No me fui a los lados, no traté de alejarme horizontalmente. Cuando volví a mí, seguí repitiéndome que ella, la barracuda, tenía toda la razón, absolutamente toda la razón. Me quité la careta, me quité el regulador, me quité las aletas y me solté el cinturón de pesas. No me quite el tanque. Estaba a 60 pies de profundidad.

Una boca dio una instrucción que se sintió como una orden con una voz nítida: usted no pertenece a este lugar. Y con esos ojos tan parecidos a los pescados por fuera del agua, como la gelatina verdosa de los muertos, de los muertos míos que yo había tocado antes porque quería sentir sus orificios secos y sus bocas pastosas y sus fosas nasales con costra y sus orejas con cera fresca y sus ojos como gelatinas de pescados muertos. Y me subí. Y veía el fondo que no era el fondo sino la superficie y desde ahí veía el sol entre las burbujas que yo misma botaba. Y me subí. Verticalmente me subí, primero con calma mirando el sol flotando sobre la superficie del agua. Después con desespero porque no llegaba. Y trataba de subir rápido pero no andaba porque no tenía aletas. Y trataba de respirar pero no podía porque no tenía el regulador, solo el tanque que no me dejaba avanzar. No llegaba. Y veía el agua de la superficie moviéndose y el sol encima también moviéndose y por un momento estuve segura de que nunca cruzaría ese límite: me quedaría para siempre entre esas burbujas. Y me entregué a esa idea, sin resistir. No llegaba. Veía la luz difuminada en el límite de la superficie y en la suspensión de esas burbujas que ya no parecieron angustiantes, solo veía el agua moviéndose y sol ondeando


encima del agua. Y el agua moviéndose. Y solo el agua como una rayita delgada. No llegaba. Y el sol ondeando su reflejo en la superficie y el agua moviéndose y yo no alcanzaba a ver lo que estaba del otro lado. Ese mar con su límite horizontal escondía de un lado el aíre y del otro el ahogo. Y yo estaba segura de que me iba a quedar en el ahogo. Sin respirar. No volví. Carolina Cerón

. -..- .. ... - --- .-.-. Mareado en el bus alza sus manos, desesperado para que el chófer le dé una bolsa; luego se mete en ella, de adentro para afuera, empezando por sus tripas, sus huesos y su pelo. Volteado al revés fue descargado en plena carretera, en medio de otras bolsas de basura con pasto cortado. H. A.


UN DÍA DE SOL. Se llamaba Marcos y era el celador de la cuadra. Era casi albino y siempre parecía estar riéndose. La esposa de Marcos era pequeña, flaca y blanca; había quedado embarazada dos veces y las dos veces había perdido el bebé porque tenía la matriz muy pequeña, como de una niña. Un día Marcos timbró en mi casa, como siempre, se estaba riendo, y me dijo: - ¿Quiere ver cómo mato una rata que sacaron de donde Doña Beatriz?, está toda atontada por el veneno. Vi que en la acera había una pala y sobre ella estaba la rata muy quieta; parecía borracha y no tenía más de quince centímetros. Me puse los zapatos y salí a la calle. Marcos llevaba bien cogida la pala. Yo pensé que iba a poner a la rata en el piso y le iba a pegar un golpe certero, pero, lo que hizo fue lanzar a la rata con todas sus fuerzas hacia el aire utilizando la pala como una catapulta. Vi volar la rata y oí cuando calló sobre el cemento a algunos metros de nosotros; fuimos corriendo, y al llegar notamos que seguía viva, atontada pero viva. Entonces Marcos la volvió a poner en la pala y otra vez la aventó al aire. Esta vez no quise mirar a la rata voladora y preferí mirar a Marcos, como era casi albino al mirar hacia el cielo tuvo que entrecerrar los ojos, parecía que

se reía y al mismo tiempo que estaba llorando. La rata volvió a caer y esta vez estaba más quieta que antes, pero seguía respirando y movía la cola lentamente. Empezaron a llegar otros niños de la cuadra que querían ver morir la rata. Todos estábamos aterrorizados pero insistíamos en que Marcos la lanzara otra vez al aire, y así lo hizo, por tercera vez la rata voló y por tercera vez se estrelló contra el piso. Esta vez no se movió más. A Juan Esteban se le ocurrió abrir la rata para ver cómo era por dentro. Juan Esteban vivía tres casas más al sur de la mía con la abuela que era una señora muy gorda, costeña y con gafas culo de botella. Juan Esteban tenía un ojo torcido, a veces tartamudeaba al hablar y arrastraba el pie del mismo lado del ojo torcido, había veces que se le salían las babas cuando hablaba; yo sentía por Juan Esteban una mezcla de respeto y lástima. Clavamos las patas de la rata con agujas a una tabla de madera, compramos en la farmacia dos o tres cuchillas de afeitar y tratamos de afeitar la zona por donde íbamos a hacer el corte, pero era difícil, nos llevábamos pedazos de piel aún caliente, entonces decidimos no afeitarla y simplemente abrirla. Con cada cuchillada aparecía una nueva textura


y con ella una exclamación de júbilo. Los intestinos, el corazón, el cerebro, vimos todo y todo lo despedazamos con un hambre atroz, luego simplemente nos fuimos y dejamos lo que quedaba de la rata crucificada en la tabla al lado de un árbol. Gabriel Mejía

. -..- .. ... - --- .-.-. Tuvo “la lleva” por 30 años. Sus amigos de la infancia habían crecido y lo más probable, pensaba, era que olvidaran quien quedó con “la lleva” la última vez que jugaron. Soñaba a diario que se encontraría con alguno de ellos y le golpearía la espalda para librarse por fin de la lleva. Pero un día se encontró con uno de ellos, uno que le había ido particularmente-bien-en-la-vida y le dio mucho miedo acercarse, pensaba que no lo reconocería y que seguramente no se acordaría del juego que quedó (a su modo de ver) inconcluso. H. A.


I can see that you really know how to have a good time, me acaba de decir mi roommate. Pensaba y repasaba mis reflexiones al respecto. Las hay violentas, sorpresivas y traumáticas. Y también las hay plácidas, obvias, naturales, si se quiere. Pensaba también que tenemos una actitud inmadura hacia la muerte, que no logramos entender que es lo único seguro. Yo digo que la vida nos mata. Y pensaba un poco más en el por qué de esta actitud. Me encontré a mí mismo reescribiendo el poema de John Donne cuyo fragmento abre Por quién doblan las campanas. Tal vez somos más islas al comienzo y al final de nuestras vidas. Primero por inocencia e ignorancia y luego por resignación y aceptación. Pero, pillín que soy, he llegado a la conclusión de que mientras vamos a mitad de camino, nuestra experiencia humana se construye, se entiende, se amplifica y se interpreta en los demás. Y cuando mueren, morimos un poco. Alguna vez tuve una novia del Midwest. Fuimos a una presentación de Willie Colón. Mientras esperábamos, un dj ponía música y la gente bailaba. Una nisei peruana de estómago planísimo y magníficas caderas se movía con perfección al ritmo de Yo soy la muerte.

La muerte no hizo parte de mi infancia. Solamente tenía una referencia vaga a mi abuelo paterno, que se llamaba José Antonio. Sabía que él había muerto cuando yo era bebé de un ataque al corazón. Cuando teníamos como diez años un primo me dijo que había caído de un precipicio a unas piedras y había muerto. Hasta imitó su última exhalación. Mamá se fue para Estados Unidos con su segundo esposo. La primera vez que los visité yo recién había terminado cuarto elemental. Es decir, estaba muy chiquito. Dije o hice algo torpe, sin saber lo que decía o hacía, y él se puso furioso. Y cuando digo furioso, quiero decir que fue una erupción intensa y espeluznante con la que ningún niño debería lidiar. Durante casi diez años, mis vacaciones largas incluyeron estas peleas con su explícita violencia emocional y su violencia física sugerida. Siempre tenía miedo a que un día la cosa pasara a mayores. Prefería la calle, el cine, las visitas, la tranquilidad de que ahí no se podía pelear. Por otro lado, cualquier cosa que se dijera o se hiciera podía ser usada en contra de quien la hubiera dicho o hecho. Volver al hogar dulce hogar siempre era un riesgo.


La cosa pasó a mayores y él se suicidó. Había sido tanto el miedo y la ansiedad que me había generado su presencia que no puedo decir que su muerte me hubiera causado la más mínima tristeza. Es más, sentí alivio. El temor, muy presente y muy fuerte, de que algún día él pudiera matar a mi mamá había desaparecido para siempre. A Isabel la ví por primera vez cuando yo estaba en noveno grado y ella por ahí en quinto elemental. Tenía los ojos enormes y la nariz muy fina. Parecía retratada tal vez por Modigliani, o por Picasso cuando pintaba gente, sin comillas. Después la volví a ver cuando yo tenía como veinticuatro y ella por ahí dieciocho, recién graduada del colegio. La llamé “kid”, niña, pelaíta, y me dijo que la próxima vez que la llamara así me iba a pegar, así que repetí, “¡kid, kid!” y nos reímos mucho mientras ella trataba de pegarme. Fue una breve cosita, muy tierna, con la profundidad que uno le puede fabricar a esas cosas cuando está joven, sin necesidad de compartir demasiado, basado solamente en química y ganas de querer. Nos interrumpió el accidente de American sobre las montañas del Valle.

Fue la primera vez que la muerte me tocó de a de veras. Pasé semanas, una o dos, tal vez tres o cuatro, una vacación corta de diciembre, en las que esa sofocante realidad, ese sueño truncado, permeaba cada pensamiento y cada instante. No ayudaba el extenso y justificado cubrimiento mediático y tampoco el que esa breve cosita en realidad nunca hubiera tenido nombre ni hubiera trascendido más allá de un par de testigos. Pero la asfixia me acompañaba por la noche y me despertaba desubicado, como si se me hubiera olvidado algo o estuviera en un lugar extraño. Duraba unos instantes en ese ligero estupor, pero pronto llegaba la realidad corriendo con un bate de béisbol y me pegaba en la cabeza, “¡Buenos días, tu traguita se mató en un accidente de avión. Have a nice day!” ¡Carajo sí que fue duro!Después murió el papá de Juan cuando yo me alistaba para devolverme a Bogotá. Ha sido la única vez que he tenido que dar esta noticia. Fui en el Escarabajo de Abelo al estudio de Juan, que me abrió con una sonrisa, creyendo que venía de visita. No supe qué más hacer, así que se lo dije sin mayores prolegómenos. ¿Qué más podía decirle? Se derrumbó entre angustia y tristeza y preocupación por su mamá. Lo acompañé el


resto del día y esa noche también, hasta que MC regresó completamente encogida y artrítica de dolor. Estudié derecho en la Javeriana de Bogotá. Me desvío un poquito para acotar que uno de mis mayores logros en esta vida ha sido advertirle al hermano de un amigo, que empezaba primer año, que se abriera de ese parche lo antes posible. Así lo hizo y hoy es feliz. De nada, Guiller. Cuando yo estaba como en segundo año murió el Padre Giraldo. Había nacido el mismo año que Abelo. Cagada marciana, pensé, si se mueren sus contemporáneos, pronto se muere el viejo. Pero bueno, es el ciclo de la vida, nada que hacer. Un día estábamos esperando a que llegara el profesor. Nos avisaron que había muerto y tuvimos la clase libre, obvio. Miraba por las ventanas con un compañero y me dijo: Pobrecito el doctor, se murió. Ya no siente nada, ¿cuál pobrecito, güevón? En ese momento entendí que el duelo es nuestro. Que aun cuando la agonía es lenta o la muerte traumática, el resultado es el mismo, chelou contigo y los que aquí quedamos, aquí seguimos. Cuando decidí irme para Estados Unidos pasé un par de semanas en Cali con los abuelos. El vuelo que me

llevaba a Miami y luego a Washington era madrugado y me recogía Rusvel porque ya Abelo no podía llevarme al aeropuerto y mucho menos tan temprano. Me despedí de él la noche anterior. Suspiró y me abrazó y supe que se estaba despidiendo. Lo entendí, pero creí que lo volvería a ver en cualquier visita. Murió dos o tres años después. Y dos o tres años después de él murió Abela. Ambos se fueron en paz, cansados y tranquilos. A veces extraño su cariño. Después murió la abuela de Isabel, a quien quise mucho, muchísimo y a quien tenía planillada como abuela sustituta por su amor, su ternura, su sentido del humor, su infinita y fortísima amistad y su picardía. Yo estaba en Filadelfia en viaje de trabajo cuando mamá me llamó a contar. Una señora con la que trabajaba vino a decirme no sé qué cosa y le dije que había acabado de recibir la noticia. La viejuja siguió insistiendo y le dije que necesitaba un momento a solas. Me quedé contemplando el vacío. Alejandro Navarro


LA DESIDIA DE LA VIDA Y LA MUERTE Si la muerte viene y pregunta por mí haga el favor de decirle que vuelva mañana Miguel Huezo Mixco

. -..- .. ... - --- .-.-. ¿Morir? - Dijo, y agregó: ¿Para qué?… H. A.

Nunca he tenido una experiencia cercana a la muerte, o por lo menos como esas que la gente cuenta en las que casi pierden la vida en un accidente o una situación violenta, o en las que vieron un túnel lleno de luz con un personaje a un extremo que les decía: hoy no es tu día pero aquí estaré esperándote en otra ocasión. Creo que es porque tengo muchos temores: nunca practicaría un deporte extremo; las experiencias extremas me aburren y me da miedo que luego, después de un golpe o algo así, quede inválida. Tampoco quiero desafiar a la naturaleza y enfrentarme a enormes olas, subir las montañas mas altas o atravesar acantilados; para mí está bien verlos en revistas y documentales. No me gustaría ser una heroína que rescata gente en situaciones peligrosas y arriesga su propia vida; en el fondo ser un héroe es un acto absolutamente vanidoso y


querer que otros celebren la propia muerte es muy megalómano para mi gusto. No quiero tener una vida llena de emociones ni adrenalina, no me interesa hacer cosas arriesgadas ni ilegales en las que desafíe el orden establecido. Tampoco me interesa tener animales exóticos como boas, tigrillos o reptiles, he visto muchos programas en los que cuentan cómo pierden la vida esas personas que los adoptan como mascotas. A mí me parece bien vivir una vida aburrida; es más, me gusta vivir una vida plana sin grandes emociones y días rutinarios casi idénticos los unos a los otros. No me producen envidia las fotos de viaje que la gente sube en instagram, ni sus vidas extraordinarias desbordadas de aventuras y peligros. Por el contrario, generan en mí apatía, pues me hacen pensar que la vida requiere ser sobreactuada y registrada constantemente para ser valiosa. Por otro lado, también me producen desidia aquellos que agradecen cada día de sus vidas y recomiendan batidos, comidas especiales, mantras y toda una serie de pensamientos positivos. La neurosis del bienestar y la salud tampoco me interesa. No creo que la vida o la muerte tengan un sentido intrínseco; la vida y la muerte simplemente están allí

sin ningún fin especifico. El problema es pensar que la propia vida es algo especial, que somos únicos, que debemos hacer algo extraordinario antes de morir. Existe una suerte de competencia sobre quien vive mejor la vida. Es frecuente, durante conversaciones banales, que alguien termine por desatarse en un mar de sabiduría sobre la vida; ese sabio puede encarnarse en un amigo o, vergonzosamente, puede ser uno mismo. Al contrario de lo que se podría pensar, el llevar una vida sin sobresaltos no redunda en su mejor preservación. Tampoco ese es su propósito, pues uno puede morirse en cualquier momento: una bomba puede estallar al frente de su casa, un vecino que ha perdido la razón puede timbrar a su puerta y matarlo a cuchilladas, una extraña enfermedad congénita puede atacarlo en cualquier momento, un virus extraño que surgió a miles de kilómetros de su país puede viajar en la carne congelada e invadir su organismo, una biblioteca mal empotrada a la pared puede soltarse sobre su cabeza y matarlo de un golpe. Luisa Roa


NAZIS BUENOS

. -..- .. ... - --- .-.-. Te armo te armo, con toda mi arma. H. A.

Dicen que en el interior la Tierra es hueca, que hay otro mundo adentro. Se ingresa por los polos, pues hay dos agujeros que la NASA ha querido ocultar manipulando las imágenes satelitales. Lo dijo un almirante que afirma haber estado allá en una expedición con sus hombres. Dijo que adentro hay una selva, el núcleo no se ve, pero hace las veces de sol y la temperatura siempre es cálida. Hay animales que creemos extintos, océanos, arroyos y lagunas. La flora también es desconocida para el hombre. Hay toda una civilización de intraterrestres: los Arianni. Dijo que los recibieron unos nazis, pero que no son humanos. Son nazis buenos. Les hablaron sobre Hiroshima, Chernóbil y esas cosas. Les dijeron que no han querido intervenir, pero que pronto lo harán, para que no nos sigamos haciendo daño a nosotros mismos. Juan Nicolás Donosso


EL CANTO DEL VOLCÁN

. -..- .. ... - --- .-.-. Una bala perdida que por poco la mata, le destapó el esmalte para uñas que ninguno de los hombres de la casa había podido destapar. Luego de que lo intentaran su novio y su papá (que veían televisión mientras ella se acicalaba), el disparo entró por la ventana y le pegó al tarrito, rompiéndole el pequeño cuello de vidrio; afortunadamente tenía más de esas brochitas en el cuarto, ya que el color de ese esmalte era el típico color que nunca más se vuelve a encontrar en ninguna miscelánea. H. A.

Entre el azul profundo y turbio su cuerpo se sumergía y pataleaba con fuerza hasta alcanzar el fondo marino. Allí, entre las partículas de algas que revoloteaban sobre los escombros del arrecife, Miguel se apresuraba a buscar los animales acorazados entre los corales fracturados y las grietas de las piedras, haciendo rendir su oxígeno hasta el último segundo. Entonces, sintiendo el llamado entre su pecho, apoyaba ambos pies en la arena y se impulsaba de nuevo hacia arriba, una vez más con las manos vacías. Un par de metros antes de alcanzar la superficie, volvió a oír los ladridos enmudecidos de Paco y a ver su figura distorsionada ondulando bajo el agua. Cada vez que emergía, él estaba allí, esperándolo de pie en la cubierta, batiendo la cola y asomándose por el borde de la canoa, preparado para impedir que lo que sea que Miguel arrojara dentro de ella escapara de regreso al agua. Nuevamente, Paco notó la decepción de su amo, que esta vez permaneció flotando entre la leve marea, aceptando su derrota. A seis brazas bajo ellos tan sólo quedaba otro cementerio de corales asolados por el arreciante calor y el tráfico desmedido de pesqueros y


botes de turistas. En varias partes se podía ver cómo las redes de arrastre habían desgarrado secciones enteras de las formaciones coralinas y, aquí y allá, los impactos de las anclas de los buceadores. Por otro lado, si los corales tenían la suerte de haber sobrevivido a estas calamidades, el calor había sido más despiadado, sofocándolos hasta convertirlos en unos pálidos y raquíticos esqueletos que se deshacían al tacto como ceniza. Ya nadie perdía el tiempo sumergiéndose en los arrecifes del archipiélago en busca de langostas; nadie excepto Miguel, que, a pesar de que cada temporada comprobaba que la situación sólo empeoraba con el tiempo, y de las miradas compasivas de sus vecinos, se rehusaba a aceptar un cambio tan drástico en su sustento y su rutina. Miguel se encaramó de nuevo a la canoa y se sentó sobre unos de los travesaños a recuperar el aliento. Paco lo miraba desde la proa ladeando la cabeza, consciente de que había un problema, pero naturalmente convencido de la capacidad de su amo para sortearlo. Este, sin embargo, agobiado por su irremediable impotencia, ya comenzaba a sentir cómo la esperanza lo abandonaba del todo, y lo dejaba a merced de la realidad. Tal vez lo mejor sí fuera olvidarse del asunto y buscarse otra

manera de ganarse la vida. Afortunadamente, todavía podían pescar su provisión semanal de pescado, porque las langostas, reservadas casi que exclusivamente para los turistas, parecían estar desapareciendo del todo. Ellas dependían de los pequeños animales que forrajeaban entre las praderas de algas alrededor de los arrecifes, y estos, a su vez, de los corales que les brindaban protección contra las corrientes y los depredadores. Pero la gradual y agónica muerte de los corales estaba colapsando todo el sistema, y lo que en un principio había sido una fértil red de intercambios y de formas vida, ahora estaba siendo arrasado por una única fuerza, brutal e incontenible. Miguel se miraba las manos, leñosas y curtidas, más claras en la palma que en el dorso. En el fondo de sus pensamientos sabía que todavía le quedaba una opción, pero hasta ese momento había preferido ignorarla. Tan sólo había estado en el atolón una vez en su vida, cuando su padre todavía estaba vivo y contaban con un motor para conducirse por el mar abierto. Miguel no debía de tener más de trece años en ese entonces, pero todavía tenía un recuerdo muy vivo de aquel lugar exuberante y colorido; de los infinitos cardúmenes de peces que se retiraban en sincronía a su paso, de los peces loro que


refulgían como el ópalo, de los ondulantes tentáculos de las anémonas y de las fantásticas formas de los cuernos de alce. Pero, sobre todo, de los cangrejos y las langostas desplazándose tranquilamente por las llanuras de arena, completamente a la vista, ignorando la amenaza de los pescadores. Ese día, entre su padre y él habían sacado por lo menos cuarenta langostas y ocho centollos. Todavía podía ver las caras de sus compañeros de escuela cuando desembarcaron esa tarde en la playa, y durante toda la noche y el resto de la temporada todos los vecinos del caserío lo habían comentado. Si no fuera porque a las pocas semanas su padre cayó enfermo y al final de aquel año se vieron obligados a vender el motor, Miguel estaba seguro de que habrían regresado la siguiente temporada, pero jamás tuvieron la oportunidad de hacerlo. Su mirada se detuvo en el fondo del canoa, recordando días no tan lejanos en que esta se mantenía inundada de varios tipos de peces y cangrejos y langostas deslizándose entre sus pies. Ahora sólo estaba Paco, que para ese momento ya había comprendido que no recibiría nada sustancioso de almorzar y había comenzado a desgarrar el pellejo de una de las carnadas con los colmillos.

El atolón, que se hallaba un par de kilómetros mar adentro, era más remoto y profundo que las barreras de arrecifes que rodeaban las islas. Pocos locales lo conocían y lo más probable es que el calor todavía no hubiera hecho de las suyas a esas profundidades. Hace unos años, un buzo que había estado allí le había comentado que el mar ya había sumergido completamente los cayos, y que probablemente una borrasca había arramblado la mitad, porque ahora sólo medio cráter se mantenía en pie; pero que los restos de aquellos riscos escarpados seguían completamente recubiertos de vida, solitarios y desconocidos debajo del océano. Miguel levantó la vista en dirección al mar abierto. No había tempestad; el cielo estaba totalmente claro y la visibilidad era completa. El horizonte estaba despejado, excepto por un siniestro nubarrón que se desplazaba lentamente a lo lejos, más allá de los últimos islotes del archipiélago. Usualmente, las tormentas que rebasaban los islotes en esa dirección solían continuar por ese camino, menguando su fuerza y encogiéndose de tamaño hasta desaparecer en el horizonte y disiparse en las costas del continente. El sol ya había traspasado su cenit y, con tan sólo sentir su posición, Miguel hizo sus cálculos. Cuando


alcanzaran el atolón la marea ya habría comenzado a subir, con lo cual el arrecife estaría aun a mayor profundidad; sin embargo, los días en esta época eran excepcionalmente largos y todavía les quedaban varias horas de luz. Por otro lado, la temporada alta estaba comenzando y en los próximos días comenzarían a llegar los grupos de turistas a bañarse en las playas de las islas. Los mismos turistas cuyos botes de dos, tres y cuatro motores estaban contribuyendo a la destrucción de los arrecifes. Su esposa contaba con esas langostas para venderlas en la playa, y su familia con el dinero que obtendrían a cambio de ellas para abastecerse de lo necesario hasta la siguiente temporada. Miguel era consciente de que era un riesgo aventurarse tan adentro del mar sin un motor, pero también sabía que era mucho más arriesgado enfrentarse a la temporada baja sin dinero. Le echó un último vistazo a su canoa vacía, a Paco descarnando cuidadosamente las espinas del pescado y agarró los remos decidido. Rápidamente, con el viento a su favor, ajustó la dirección del bote y comenzó a remar hacia el mar abierto. Paco terminó su merienda, se puso de pie y se desperezó tan vigorosamente que sus piernas se estremecieron y sus patas vibraron contra el fondo de madera.

Caminó de regreso a la proa y se acomodó de nuevo sobre la cubierta, dejando que la brisa le refrescara el cuerpo y confiando ciegamente en la determinación de su amo. Miguel y su esposa habían recogido a Paco en uno de los puertos de la ciudad cuando tan sólo era una cachorro recién nacido. Habían estado allí registrando a su hija de seis meses en la notaría, y mientras cargaban la chalupa de provisiones, notaron que uno de los auxiliares del puerto estaba acunando una camada de cachorros dentro de una canoa. La madre, que había sido vista merodeando por el puerto en las noches, alimentándose de los restos de pescado que quedaban sobre los muelles en las tardes, había muerto tras ingerir unas carnadas con cianuro que unos pescadores furtivos habían arrojado en una de las basuras. Aquella mañana, el auxiliar había encontrado a los cinco cachorros tratando de amamantarse del cadáver rígido e intoxicado debajo de uno de los muelles, y ahora no sabía qué hacer con ellos, o siquiera si sobrevivirían. Estaba considerando evitarles la agonía y ahogarlos en el mar si nadie estaba dispuesto a acogerlos. Miguel y su esposa sabían que era probable que el animalito muriera sin los cuidados de la madre, pero no


se lo pensaron dos veces. Un perro les ayudaría a vigilar la casa y también sería una excelente compañía para la niña. Todos los cachorros tenían el pelo claro y alambrado, pero el pelaje de Paco era especialmente blanco y retorcido. Miguel lo introdujo dentro de su camiseta, contra su pecho, y procuró cargarlo con el mismo cuidado que su esposa a su hija durante el movido trayecto de tres horas hasta la isla. Paco estuvo muy cerca de morir, pero al final sobrevivió gracias a los delicados cuidados que Miguel le brindó durante sus primeros meses, alimentándolo con un dedo humedecido en leche y con pequeñas raciones de carne de pescado que él mismo trituraba entre sus dientes. A partir de entonces creció vigorosamente, y poco a poco comenzó a transformarse en una criatura cada vez más ágil y enérgica, y más inquieta. Todas las mañanas corría ladrando por el patio, y ante el menor descuido de su dueña, salía disparado por debajo de los arbustos y se perdía con los demás perros entre el caserío. Al caer la tarde, cuando Miguel tenía el tiempo para ir a buscarlo, solía encontrarlo merodeando solitariamente por la playa, y sólo después de reprenderlo y azuzarlo de regreso varias veces consiguió que dejara de escaparse.

Por un tiempo, Paco pareció obedecerlo, y se entregó a jugar felizmente con la niña en el patio y a vigilar la casa con esmero, pero no tardó en perder el interés en estas cosas y pronto estaba persiguiendo a su amo adonde sea que este se dirigiera en las mañanas. Miguel, al ver que el perro insistía en brincar dentro de la canoa cada vez que él se disponía a impulsarla hacia el mar desde la orilla, le permitió acompañarlo un día y se sorprendió al descubrir que Paco no sólo era un buen tripulante, sino un pescador innato. Paco se mantenía siempre en la cabeza de la proa, gruñendo tan pronto divisaba los bancos de pescados nadando cerca a la superficie y ladrando cada vez que avistaba algo reptando por el suelo marino. Durante la pesca permanecía atento a todas las eventualidades, y cada vez que uno de los animales intentaba escabullirse de la canoa, algo le decía que su labor era interceptarlo y amedrentarlo de regreso con ladridos y pisotadas. Así, rápidamente, sin que Miguel tuviera que enseñarle nada, Paco se adaptó al oficio con la naturalidad y el placer de quien ha descubierto la vocación que su habilidad y su instinto han estado esperando realizar durante toda su vida. En sus mejores días, y cuando las condiciones de profundidad y transparencia lo permitían, Miguel lo había visto clavarse


en picada desde la cubierta e ir en busca de una langosta que ya había avistado a tres brazas de profundidad, zambulléndose y capturándola entre los dientes para traerla de regreso a la canoa, siempre evitando que las espinas del caparazón le hirieran las encías y consciente de que no debía matar ni lastimar al animal. Todas las tardes desembarcaban exhaustos en la playa. Pero Paco nunca se apartaba de Miguel hasta que este hubiera cargado la pesca del día hasta los barriles de plástico en el patio de la casa y almacenado las redes y los carretes en el cobertizo. Luego, tras pasar el resto de la tarde acompañando a la niña en el comedor junto al patio, oyendo la selva nocturna despertarse a su alrededor y sintiendo el sueño asentarse definitivamente dentro de él, había cogido la costumbre de bajar a la playa en vez de merodear y buscar riñas en los callejones del caserío como los demás perros. Allí se enroscaba a dormir dentro de la canoa de Miguel, arrullado por el suave batir de la marea, a recuperar las energías que necesitaría para asistir a su amo en las labores del siguiente día. Miguel llevaba remando un poco más de una hora y la fuerza ya había comenzado a drenarse de su cuerpo. Cada vez que empujaba el mar hacia atrás, los músculos

de sus brazos se tensionaban y el tirón le provocaba un escozor en el pecho, pero sentir que la canoa se arrastraba un poco más hacia delante lo motivaba a repetir el movimiento. De un momento a otro, el agua a su paso cambió de un azul oscuro a un azul turquesa, que se fue aclarando rápidamente, y después de unos metros, Paco se empinó en las patas delanteras y comenzó a gruñirle a algo en la superficie. Una aguamala, tensándose y contrayéndose mientras avanzaba hacia ninguna parte. Varias de ellas, como una peligrosa constelación de centinelas custodiando el arrecife. Una señal de que abajo debía haber un oasis de alimento. Miguel frenó el bote con ambos remos, y este se meció bruscamente durante unos momentos por su propio impulso, estabilizándose poco a poco, hasta detenerse en su sitio. El agua estaba sorprendentemente sosegada, y la forma trémula del cráter quebrado, más clara que el mar que la envolvía, alcanzaba a discernirse bajo ellos, extendiendo su brazos abiertos hacia el océano. A lo lejos, las siluetas brumosas de las islas punteaban el horizonte. Sin perder el tiempo, Miguel se ajustó la careta y se clavó en el agua. Bajo el sol de la tarde, esta era casi transparente, pero la cumbre del arrecife, a por lo


menos ocho brazas de profundidad, seguía siendo una mancha difusa. Miguel aprovechó todo el impulso de su zambullida, pataleó un par de veces con todas sus fuerzas y después relajó el cuerpo. A medida que se deslizaba hacia el frío la presión en sus oídos aumentaba y las formas de los corales se tornaban más definidas. Y, de repente, allí estaba: un jardín exuberante de algas y corales recubriendo cada centímetro de unos riscos rocosos. Un cardumen se retiró centellando a su paso, y ante él aparecieron los peces más coloridos e independientes que se ocultaban entre las miríadas de corales y de anemonas. Miguel nadó entre ellos, y sobre las espesa selva de formas y colores bajo su pecho, siguiendo la curva del cráter y aferrándose a las piedras para darse impulso. El lugar no sólo era similar a como lo recordaba, sino que se había tornado más frondoso, más colorido y más poblado de animales. Y entonces Miguel notó algo que había olvidado: el sonido; un perpetuo coro de ronroneos, chasquidos y gruñidos que lo envolvía completamente, como si estuviera en medio de la selva. Su padre se lo había señalado aquella vez, y después le había contado que aquel canto nunca cesaba, de manera que tanto los animales que se extraviaban forrajeando en aguas profundas como los

que eran arrastrados a la oscuridad por las corrientes podían regresar a salvo al arrecife con tal sólo seguirlo. Otros, menos afortunados, menos cautos al interpretar lo que oían, eran cautivados por un señuelo sonoro hasta ser devorados por alguna criatura voraz que se camuflaba entre las sombras. El sonido se había alborotado ante su presencia, probablemente con la intención de ahuyentarlo, pero Miguel lo percibió como una bienvenida. Se impulsó de nuevo y la cresta del arrecife bajo él se terminó abruptamente en un precipicio escarpado, dando paso a una especie de valle arenoso que yacía por lo menos tres brazas más al fondo. Aquí, las voces del arrecife se desvanecieron completamente y todo pareció tornarse silencioso, como si hubiera ingresado a un templo. Había entrado en el interior del cráter, la antigua caldera del volcán que había emergido de las profundidades como una isla y que necesitó más de un millón de años para ser reclamado por el océano. A sus espaldas estaba la cumbre que había sobrevivido a la borrasca, y frente a él las ruinas escabrosas que esta había dejado a su paso. Sus ojos se demoraron un momento en enfocar lo que había en el fondo. Una mancha difusa que se fue aclarando y dividiendo en elementos individuales. No podía


creer lo que veía. Cientos de langostas, una junto a otra, grandes y lozanas y concentradas en un sólo grupo. Miguel pataleó un par de veces y flotó en silencio sobre ellas. Estaban arrinconadas contra el arrecife como si se tratara de su último refugio en el océano, y, sin embargo, todas permanecieron en su lugar, como si jamás hubieran sentido la amenaza de un cuerpo humano. Lo asaltó el llamado entre su pecho y nadó de regreso a la superficie. Emergió tomando una bocanada de aire que lo penetró como agua fresca, y tuvo que inhalar varias veces para recuperar el aliento. Poco a poco, el estertor de sus respiraciones fue cediendo a una risa jubilosa, casi desquiciada, que resonó con estridencia en el aire sosegado de la tarde. Los ladridos de Paco a sus espaldas lo sacaron de su embelesamiento y Miguel se dio la vuelta y nadó hacia él. La canoa había permanecido prácticamente en el mismo lugar. Miguel trepó por un costado y se sentó en el travesaño, todavía sonriendo mientras su respiración se regulaba. Paco, percibiendo la alegría de su amo y sintiéndose entusiasmado por lo que auguraba este cambio de ánimo, se le abalanzó ladrando excitado. Miguel, todavía sonriendo, cerró los ojos y levantó la cara al cielo para tomar un último respiro; fue al bajarla

que los abrió de nuevo y se sorprendió al ver el horizonte. La nube sospechosa se había detenido y estaba cambiando de rumbo. Parecía estar aproximándose, regresando hacia los islotes. Avanzaba lentamente, como si le pesara su tamaño, pero eso sólo aseguraba que si los alcanzaba se demoraría en pasar sobre ellos. Poseído por una fuerza que no era del todo suya, prefiriendo actuar antes de que un titubeo le diera la oportunidad de reparar en lo que estaba haciendo, Miguel agarró los remos y paleteó hasta la mitad del cráter, justo encima del claro. El bote se sacudió bruscamente y, antes de que terminara de detenerse, Miguel arrojó el ancla por la borda, agarró la red abolsada y se ajustó la careta, tomó una bocanada de aire y se aventó de nuevo al agua. Nuevamente se sumergió hacia el frío profundo, oyendo los ladridos alarmados de Paco alejarse a sus espaldas, hasta desaparecer del todo. La primera vez atrapó cinco. Era demasiado fácil. Las langostas ni siquiera se estremecían cuando extendía las manos hacia ellas, como si lo hubieran estado esperando allí para que se las llevara. De todas maneras procuraba agarrarlas de la base de las antenas para que no se le escurrieran mientras las introducía dentro de la red. Emergió en línea recta, en dirección a la sombra


del bote, y vertió su contenido por encima de la borda. Inmediatamente, Paco asumió su labor de guardián y comenzó a ladrar y amedrentar a los animales para arrinconarlos contra el interior del casco. Cinco veces se sumergió y cinco veces sacó otras cinco. Los animales habían comenzado a alertarse sobre la amenaza que él representaba, y tan pronto veían sus manos cernirse sobre ellos trataban de escapar haciendo todo tipo de fugaces e intrépidas piruetas en medio de las polvaredas de arena que levantaban cuando despegaban del suelo. Pero aún así eran demasiados para poder ocultarse. No tenían adónde ir. Estaban aprisionados por sus propios cuerpos. La siguiente vez logró sacar cuatro y comenzó a notar que el oxigeno no le rendía como antes. Luego perdió la noción del tiempo y continuó sacando de a cuatro y de a tres durante lo que pareció una eternidad, cada vez deteniéndose más a respirar, pero cada vez sintiéndose más agitado y prestando menos atención al horizonte. Ahora, durante cada inmersión, notaba que la mancha se iba reduciendo y dispersándose y que le tomaba un poco más de tiempo ir en busca de las langostas que habían huido hacia el talud del cráter. Los oídos le zumbaban y el oxigeno apenas le alcanzaba para sacar a dos

de ellas de entre las grietas y de debajo de las salientes que se formaban al pie del arrecife. El llamado entre su pecho era cada vez más insistente, cada vez más terminante en el tono de sus advertencias. Se sumergió una vez más y se apresuró diagonalmente hacia el borde del cráter, viendo el terreno despejado a su paso. Le tomó un tiempo encontrar el primer par de antenas pronunciándose hacia fuera de una de las grietas. Atrapó a aquella fugitiva y recorrió el resto del muro con afán, sintiendo la presión cerrarse alrededor de su pecho como un puño. Allí había otra; al parecer, la última; al fondo, bajo una saliente. Miguel se impulsó hacia ella con las pocas fuerzas que le quedaban. No tuvo problema al atraparla, la introdujo en la red y se apresuró a impulsarse hacia arriba. Hasta donde alcanzaba ver, el claro estaba completamente desolado, como si siempre lo hubiera estado. Y entonces, justo antes de que levantara la mirada hacia la superficie, divisó la silueta de una langosta enorme; totalmente quieta, justo en medio del cráter. Miguel no comprendió cómo había logrado pasar inadvertida, pero no pudo sino acelerar su asenso y salió expulsado a la superficie como una criatura agonizante. Nadó hasta el bote y tuvo que aferrarse al borde durante unos minutos a recuperar el aliento antes de


arrojar las langostas con todo y red dentro de él. Sus tímpanos retumbaban dentro de su cabeza al ritmo de las palpitaciones de su corazón. Paco ladraba desesperado, tan aterrado por la oscura masa de animales crepitantes que ocupaba el fondo entero de la canoa como por la oscura tormenta que se aproximaba tronando hacia ellos y que ya comenzaba a pisotear los lindes del arrecife; sus ladridos habían dejado de ser advertencias y se habían convertido en un aullido desgarrador. Miguel permaneció aferrado a la canoa con los ojos cerrados y el rostro lívido, sopesando el total de sus fuerzas en relación al rugir de la tormenta y a la agitación de la marea que comenzaba a alborotarse y sacudirlo y estrellarse contra la embarcación. Una brisa helada soplaba contra su rostro y silbaba por encima de su cabeza, susurrando su antigua melodía de caos y miseria, pero, ensordecido por las palpitaciones de su corazón fatigado, Miguel tomó una bocanada aire y se sumergió lo más hondo que pudo. Cuando volvió a abrir los ojos descubrió que la atmósfera dentro del cráter era otra. El agua estaba turbia y por todas partes se arremolinaban nubes de arena. Miguel pataleó en dirección al fondo, esforzándose

por escrutar los espacios entre los remolinos. Se había desorientado, pero el centro del claro no podía estar demasiado lejos. Siguió pataleando, guiado por su intuición. La arena de una de las nubes se disipó un momento, y entonces vio la langosta aparecer a unos metros de él. Se impulsó hacia ella y extendió la mano. El animal se arrastró rápidamente fuera de su alcance. Miguel se impulsó de nuevo, sintiendo su cuerpo entero estremecerse hasta la punta de los pies. Esta vez pudo agarrarla por detrás y la apresó con firmeza entre ambas manos. La langosta se sacudía con más fuerza que la que le quedaba a él, pero de alguna manera Miguel consiguió apoyar ambos pies en la arena e impulsarse débilmente hacia arriba. No podía ver nada, pero sabía que la superficie llegaría pronto. Lo había conseguido, aunque tendría que apresurarse. Salir a la superficie fue como haberse sumergido de nuevo en aquellas aguas turbulentas. Todo se había tornado tan oscuro como el fondo del mar y las olas bullían y el viento aullaba con una furia descomunal. Miguel permaneció flotando un momento bajo la lluvia torrencial, sobrecogido por el tamaño y el ruido y la furia de aquella cosa, haciendo lo posible por mantenerse a flote entre las olas agitadas. Entonces, cuando se disponía


a lanzar la primera brazada en dirección al bote, vio a Paco chapoteando entre la marea. La inminencia de la tormenta y la falta de señales de vida de su amo lo habían instigado a ir en su búsqueda. Paco no lo había soportado; había brincado y sido capturado por la corriente. En este momento estaba siendo succionado por una ola, aullando y gimiendo cada vez que lograba mantener el hocico fuera del agua. La ola lo levantó lentamente hasta su labio, lo sostuvo un momento entre su cresta y lo estrelló sin piedad contra el agua que por un momento se había tensado tan llana y sólida como una pared. Paco no emergía por ninguna parte y Miguel comenzó a gritar su nombre. Una y otra vez gritó su nombre, hasta que se le desgarró el aliento. Y entonces, más cerca que antes, la cabeza empapada y abatida de Paco emergió del agua efervescente. Miguel le echó un vistazo a la canoa, que ya había tensado completamente su cabo de anclaje, pero que de todas maneras se alejaba arrastrando su ancla y meciéndose violentamente entre las olas a unos veinte metros de él. Vio que Paco recuperaba la conciencia y comenzaba a gemir de nuevo. Y entonces, soltó la langosta y arrancó en dirección a él. Nadó con sus últimas fuerzas, con su último aliento, y

logró alcanzarlo. Paco se le aproximó chapoteando, y por un momento Miguel consiguió aferrarse a su cuello y sintió la calidez de cuerpo. Pero inmediatamente otra ola comenzó a succionarlos a ambos, con una fuerza imposible. Sus cuerpos se separaron y cada uno fue arrastrado en una dirección diferente, pero hacia una misma oscuridad, un mismo final, una misma indiferencia. Entonces el mar rugió y convulsionó y se retorció en todas las direcciones; agarró el bote lleno de langostas entre sus dedos y lo sacudió por el aire hasta volcarlo y derramar todo su contenido de regreso al arrecife; después las olas abismales azotaron la pequeña embarcación contra una rompiente hasta astillar el casco y hacer añicos la madera y devorarse sus restos; y la tempestad pasó y desapareció y el mar se siguió meciendo en el silencio de la noche, sobre el rumor de un canto en la oscuridad.

Diego Uribe


MUERTOS

. -..- .. ... - --- .-.-. Sabía que estaba despierto pero había olvidado cómo abrir los parpados. La fuerza que hacía para abrirlos se los mantenía cerrados. Sabía que estaba despierto ya que escuchaba el ruido de la calle por la ventana. Los ojos se le movían por dentro para todos los lados, entonces ahí se abrían un poco, enfocaba para que sus ojos se quedaran quietos y los volvía a cerrar ya que deseaba tenerlos abiertos y por eso los cerraba con más fuerza. H. A.

1. Estaba perfectamente instituido que en segundo semestre, cuando se cursaba Anatomía, un buen porcentaje del grupo se rajaba. Era el coladero, y había quién decía que médico que se respetara había repetido Anatomía. El número de repitentes correspondía más o menos al número de grupos en que se dividía el nuevo curso, cada uno de los cuales ocupaba una mesa de disección durante el semestre, y se ocupaba ,por supuesto, de un mismo cadáver. Los repitentes, que ya conocían la dinámica, eran especies de monitores o mediadores para los nuevos. Lo más impresionante tal vez era el olor, aunque a todo nos acostumbramos. Pero no era a carne descompuesta, ni mucho menos, sino a formol. Toda la morgue olía, siempre e intensamente, a formol. Los cadáveres que diseccionábamos eran anónimos, nadie los había reclamado nunca y habían permanecido durante muchos meses totalmente sumergidos en piscinas de formaldehído. En ese transcurso, todos habían adquirido una apariencia (acartonada), un color (café) y una consistencia (tiesa) homogénea. La sangre se había evacuado, tal vez había sido reemplazada en su momento por el químico, y/o se había coagulado, pero ya no era roja ni líquida.


A mí me parecía siempre que los cadáveres hombres tenían el pipí un poco grande. No sé si el mismo formol les fue llenando los cuerpos cavernosos y quedaron así, un poco erectos. Aunque también empecé a sospechar que yo podría estar más bien por debajo del promedio. Creo que lo comentamos con algún compañero. Durante los días del curso cortamos y disecamos y aislamos cada músculo, cada vena, cada nervio, cada órgano. Con pinzas íbamos sacando cada pedacito de grasa o de fascia o de cualquier materia indefinida y superflua, hasta que quedara cada fibra suelta y brillantica. Durante las noches estudiábamos como poseídos hasta aprender de memoria cada nombre, cada descripción, cada ubicación, cada recorrido, cada bifurcación, cada concomitancia y cada función. Con el tiempo nos habituamos a la rutina. Fumábamos, tomábamos café o gaseosa y hasta algún pandebono comeríamos en compañía del muñeco, al que no me acuerdo ya qué nombre le pusimos. Yo me hice amigovio de la repitente de nuestra mesa. Nos gustaba Pink Floyd y ella era simpatizante de las guerrillas. Estudiábamos juntos y ella admiraba mi capacidad de registro y mi memoria. Sin embargo, no registré lo suficiente, porque perdí el curso y me tocó repetirlo.

Al nuevo grupo de disección donde me tocó el siguiente semestre le decían los Eritromonos, un chiste médico. Éramos los más burguesitos del curso en una universidad pública. Pero saqué 5.0 en el primer examen. Más adelante, me impresionaron mucho más unos cadáveres frescos que vi en Medicina legal. Eran flacos, desgreñados y tenían las uñas largas y sucias. Y tal vez tenían unos chuzones en el abdomen, que lucía un poco verde. 2. Mi abuelo materno fue siempre una belleza de hombre. Toda la vida le dijeron que parecía alemán, que parecía un lord inglés. Pero no, nació en Neiva, Huila, de donde se fue muy joven para nunca volver. A mí lo que más me gustaba eran sus manos, grandes y fuertes, aunque las movía con mucha elegancia. Las uñas eran también muy grandes, incluso la del meñique, y las llevaba siempre muy bien cuidadas. Trabajó en su propia oficina de Propiedad Raíz y jugó golf hasta los 93 años. Un día, lo encontraron solo en el piso del baño turco del club, tal vez se cayó o se desmayó. Estuvo hospitalizado varios días en coma. Recuerdo que hicimos dos o más viajes a Cali ante la


inminencia de su muerte, a la cual ,sin embargo, se seguía resistiendo. Mi mamá no ha sido muy dada a contemplar ni a exhibir sus muertos, pero el tema es que cuando finalmente llegó mi abuelo a la sala de velación, a ella le pareció que había quedado supremamente feo, como chiquito y contrahecho. No le gustó ni cinco el “arreglo”. Entonces decidió que nadie lo iba a mirar. Clausuró la ventanita, le puso un florero encima, y no se lo dejó ver ni al suplicante hombre de los dulces que mi abuelo siempre había apoyado para que le dejaran tener su carrito ahí afuera del edificio. Al cabo de un rato, mi mamá recibió una llamada de la Fundación Valle del Lilí para avisarle que, por equivocación, habían trocado algunos cadáveres. La funeraria dijo que entonces los servicios iban a costar más por el viaje extra y porque se iba a necesitar un ataúd más grande. Mi mamá les abrió los ojotes y les respondió que ni de riesgos, que ni un peso más, que no se atrevieran, y que eso era culpa de ellos, que ya le habían ido cobrando una cantidad de cosas extras, y que no le sumaran más dolores de cabeza al dolor que ya estaba viviendo, que no fueran aprovechados ni sinvergüenzas y yo no sé cuantas cosas más. Como

siempre decía mi papá, no sabían con quién se estaban metiendo. Entonces después sí lo pudimos ver todos: sereno, elegante y bello como siempre. Juan Mejía


BAÑO DE MAR

. -..- .. ... - --- .-.-. Armó el rompecabezas y descubrió con horror que la imagen era una foto de él. Se acordó que cuando lo compró, lo cogió de un estante en el que había muchos más; se fue corriendo al almacén pero estaban agotados. Preguntó por el rompecabezas y los empleados se rieron mientras decían: “mirá al tipo del rompecabezas”. Con esa situación tan extraña se devolvió a casa mientras todos lo señalaban y decían “ahí va el tipo del rompecabezas, como se ve de raro estando armado”...
 H. A.

Soñé con la casa de la playa, caminaba con los pies descalzos sobre las baldosas cubiertas de arena. Andaba por los corredores mientras acariciaba la madera seca de las barandas. Me sentaba en la escalera del porche y miraba el cielo caer sobre el horizonte, allá atrás, tan geométrico y perfecto mientras acá las olas se estrellaban en desorden sobre las rocas. No pensaba en nada particular, sentada ahí, mi noche oscura, mi océano sin fondo, sola ante las masas de agua y cielo. Cuando era niña, mis tesoros me los daba el mar. Yo bajaba a la playa a buscar lo que las olas traían: maderas porosas, tenazas de crustáceos, caracoles rotos, conchas, rocas. Indicios. Atesoraba en los bolsillos trozos perdidos y los guardaba en botellas como fragmentos de un genio que algún día podría despertar. La casa de la playa quedaba abandonada una parte del año, aunque me parecía que yo siempre estaba ahí, sola. Terminaban las vacaciones y los adultos cubrían los muebles con lienzos blancos, cerraban los postigos, vaciaban los cajones y ponían candados en guardarropas y alacenas. Yo dejaba mi desorden intacto: lápices, papeles, recortes, basura y dulces para las hormigas. Junto a la lámpara trazaba círculos de conchitas y caracoles,


cada vez un dibujo distinto para descubrir si alguien lo cambiaba. Siempre lo cambiaban. Cuando volvía todo estaba lleno de sombras y arañas, rastros de las alimañas y la noche, de esa vida que yo no vivía, pero que también era mía. Yo seguía en la casa vacía y en la oscuridad que se invadía a sí misma oponiéndole resistencia a una fuerza extraña que venía desde el mar y entraba por cualquier resquicio. El mar, que todo lo llena de herrumbre, se queda con los tesoros de los náufragos y devuelve a los ahogados inflados y fríos. A mí nunca me dejaron bajar a la playa a ver a un ahogado, pero con minuciosidad morbosa me enteraba hasta de los detalles más escabrosos. Les temía, como si fuera contagioso su sino, su mala suerte, su debilidad. Los ahogados, suspendidos en la mitad de la nada, a medio camino entre dos orillas. No los podía compadecer. Pero los imaginaba: a merced de las corrientes y las fuerzas que en tierra firme no notamos. Perdidos, desesperados, enloquecidos por el pánico y la inmensidad, inundando sus pulmones de agua. Y luego flotando en un infinito sin gravedad ni tierra firme, llenos de sombra, del rumor de las olas y mareas, del constante

crujir de corales y piedras que se frotan y trituran hasta convertirse en arena; fantasmas sonoros, cantos de sirenas, tritones, ballenas. Ecos que corren por los valles del fondo y rebotan entre los arrecifes y los acantilados oceánicos. Morir ahogado adelanta a la experiencia física el tránsito espiritual hacia la nada infinita. El budismo tibetano habla del Bardo, que es una “transición”, un “intervalo” entre un final y un comienzo. Un viaje: ir de un lado a otro. Bar es “entre”, do “suspendido”, “arrojado”. Lo que enseñan los budistas es que vivimos en un Bardo también, no hay que morir para experimentarlo, estamos en constante transición, en cambio permanente. Somos seres inestables, siempre convirtiéndonos en otra cosa, no paramos de metamorfosearnos, mariposas esplendentes, capullos, larvas. Frutos que devienen semillas. Devenir animal, devenir humano. Devenir locura, lucidez, amor, compasión, sabiduría. Devenir niño, joven, viejo. Devenir salud o sexo o enfermedad. Devenir compañía o soledad, silencio o locuacidad, imágenes o palabras. Devenir sueños. Entre la incertidumbre y la aceptación, morir ahogado es descubrir la oportunidad en la única opción. Los ahogados perecen por desesperación en un mar de anhelo.


Hasta que llega la certidumbre: solo existe una posibilidad a la que debemos atención plena, sin distracción. Es lo que recordamos cuando respiramos el aire salado del mar: el caldo primordial que devuelve los cuerpos de los ahogados exactamente a los siete días, llenos de miles de diminutas burbujas de aire adheridas a los tejidos del cuerpo. Los budistas dicen que, al morir el cuerpo, en el último instante, llega la “iluminación definitiva”, dicen que “la claridad se multiplica por siete”. Tras esos siete días en la oscuridad del fondo, regresan los ahogados a la superficie, fosforescentes de algas y plancton, luminosos. Nadie imagina el terror de una tormenta en mar abierto (o en las montañas, que son olas de otro tipo). Cada ahogado vive su propia tempestad. Cuando salía a bucear no podía evitar pensar en los que nunca regresaron, los veía, a lo lejos, en el horizonte subacuático, en el fondo oscuro que se hacía más negro en el hondo abismo. A mí nunca me tocó ese caos de fragmentos de mundo emergiendo y cayendo. Lo que veía bajo la superficie era el orden de las islas de corales ancladas en la arena, pesadas, grávidas donde todo es móvil; y luego lo intangible: los rayos de la luz del sol que penetran perpendiculares y lentos, focos de algas y de plancton

suspendido en las corrientes; o el paso de las nubes, enormes, por el fondo, como lentas lagunas de sombra dentro del mar mientras se deslizan sobre el espejo del cielo azul, donde se refleja el universo lleno de estrellas y noche. En la época en que iba a la casa de la playa yo no sabía de la “comodidad burguesa” ni sentía culpa por ser una u otra cosa como resultado de las posesiones materiales a las que tenía acceso. Ahora que sí sé lo que es tener o no tener, agradezco, en primera instancia, estos dos pies, las piernas que me sostienen, el cuerpo sobre el que incide la fuerza de gravedad, los kilos que pesa, la densidad maciza que muevo ocupando un espacio que es mío o de mi cuerpo mientras está ahí, sobre el mundo, haciendo las cosas que hace un cuerpo: camina, respira, siente: mira, huele, saborea, desea: oler, saborear, oír, ver. Gracias a la gravedad sé que tendré que arrastrar el peso de mi cuerpo contra la corriente para llegar a la orilla, y que, una vez allí, voy a poder sentir la arena y las rocas bajo la planta de los pies. Abriéndome espacio entre la transparencia líquida y salina subo la pendiente de la ladera marina hacia la tierra firme. Le doy la espalda al infinito y a la ingravidez. Le doy la espalda al mar. Cierro los ojos para seguir


viéndolo en el lugar donde es más mar, más océano, más infinito: en el cerebro, en la cabeza, en la imaginación que todo lo desborda. Mar adentro. El interior donde lo demás se refleja. Ana María López

. -..- .. ... - --- .-.-. Territorio de clones; post-conflicto, relajo y digestión. Su madre le dijo: “no te metas al río que acabas de comer”. No hizo caso y al meterse al agua olía tanto a condimento que se lo comieron los locos acuáticos que esperaban hace años un bocado sazonado y tierno. “No me coman” gritaba y chapuceaba, “que seré un gran doble de acción, la copia de un cantante o la réplica de un escritor”... H. A.


LOS NUEVOS COMIENZOS Hace poco me enteré de que algunos micos no pueden nadar. A diferencia de los humanos, cuyo centro de gravedad se encuentra en la cadera, los chimpancés tienen el suyo en el pecho y esto hace que flotar en el agua sea de gran dificultad. El agua, entonces, es una frontera natural para los chimpancés. Lo que la televisión me enseñó sobre los chimpancés y su relación con el agua me hizo recordar la historia de la rata en el inodoro. Aquella historia, entre muchas versiones, cuenta sobre una rata que nada desde las profundidades del alcantarillado urbano para emerger por el inodoro y morder al desafortunado que se encuentra sentado allí. Por los días en que aprendí y recordé estas cosas, vi una calcomanía pegada en la ventanilla de cobro de un bus. La calcomanía era de una rata que bajaba por un río caudaloso en una canoa con remos. La rata piloteaba la canoa y por su cara se daba a entender que lo hacía con confianza y audacia, como superando un obstáculo. Le pregunté a Valeria si ella creía posible que las ratas sepan nadar. Me respondió con mucha confianza que las ratas efectivamente nadan, y que lo hacen muy bien. Me explicó que las ratas usan su cola como

un estabilizador, la mueven de manera similar al movimiento de las culebras marinas o las anguilas. Gracias a esta habilidad las ratas pueden lograr rápidos cambios de dirección en el agua. Además, abren sus pequeños dedos y la membrana que se encuentra entre cada uno de ellos ayuda a propulsar rápidamente al animal. A mucha gente le debe parecer terrorífica la idea de una rata en el agua. A mucha gente le debe parecer terrorífico así no la llamen rata, así le llamen ratón, y así no sea gorda y de pelo negro sino chiquito y blanco. Y sumado al hecho de ver a una rata que por sí solo es un hecho que genera miedo, debe ser aún más terrorífico si se ve nadar un animal de estos mientras uno está en el agua. Para los humanos, o por lo menos para la gran mayoría, el agua también es una frontera natural y lo que se relaciona con ella nos hace más vulnerables. José Sanín


A TODAS LAS COSAS VIVAS EN ESTE MUNDO

. -..- .. ... - --- .-.-. Las moscas descubrieron que si desarrollaban rostro, el hombre no las envenenaría con insecticidas, porque el hombre era propenso a creer que una mosca con cara humana era la reencarnación de alguien. Así poco a poco, y por selección artificial, las moscas crecieron libremente y desarrollaron nariz, boca, ojos y frente. Luego, al ser especies sagradas, empezaron a desarrollar brazos y piernas; todo en apariencia, perdieron sus alas y empezaron a hablar. Hasta que no quedó nadie que pudiera parar esta suplantación de especies. El perfecto camuflaje de la mosca, pasa hoy desapercibido. H. A.

Tuve que comprar un sapo para llevarlo a clase de biología, lo íbamos a ver por dentro. Era una época que, aunque no muy lejana, parece ahora infinítamente diferente. Mi papá me compró el sapo en un almacén especializado y me lo llevó al colegio. Yo estaba en clase y oí mi nombre por el altavoz; me levanté de mi puesto y le pedí permiso a la profesora para salir. Mi papá estaba esperándome en uno de los parqueaderos al lado del Renault 18 blanco que había comprado hacía poco. Me saludó y me dijo que el sapo estaba en un frasco dentro del carro. El carro parecía diferente, como lleno de una extraña presencia, además olía a sapo condenado a muerte. Resultó que el sapo no estaba en el frasco, que se había abierto tal vez por la vibración, y se había parapetado debajo de una de las sillas del carro. Encontrarlo no fue difícil, lo complicado fue llegar hasta él y poder ponerlo de vuelta en el frasco de vidrio. Cuando por fin lo logramos, recuerdo haber mirado al sapo y pensar que no quería que se muriera, que tal vez hubiera sido mejor no encontrarlo. Fue la primera vez que me puse unos guantes quirúrgicos y también la primera vez que le inyecté algo a un


ser vivo. Recuerdo tener al sapo en mis manos y recuerdo la voz del profesor explicándonos el cuidado con el que teníamos que enterrar la aguja e ir aplicando el contenido de la jeringa (formol) muy lentamente para que el sapo no fuera a estallar. Recuerdo el olor y lo extraño que me parecía que un sapo pudiera estallar. Seguimos con el procedimiento; yo no tenía compañeros para hacerlo, así que solo éramos mi sapo y yo. Lo miré por última vez y le clavé la aguja donde me dijo el profesor que lo hiciera, muy lentamente apreté el émbolo y el líquido fue entrando en el sapo, esperé unos segundos y no veía signos de muerte, por el contrario, el sapo parecía estar más vivo que nunca, así que el profesor me dijo que le aplicara otra jeringada de formol; así lo hice, volví a llenar la jeringa y apreté de nuevo. El sapo no estalló, solo se murió calladamente. No hizo ningún ruido, ya no intentó escapar más de mis manos. Lo siguiente no lo recuerdo muy bien, abrimos en masa varios sapos y les sacamos los pulmones para llenarlos de aire con un pitillo de plástico. Miramos su corazón pequeñísimo y sus demás órganos y antes de salir del salón botamos los cadáveres a la basura. Había que dejar el salón en perfectas condiciones para

el siguiente curso que iba a ser la misma actividad. Ellos estaban en la puerta, se veían felices y exitados. Gabriel Mejía


NO ES

. -..- .. ... - --- .-.-. Hallaron sus restos congelados en una nevera. Y sus sueños, póstumos o previos al momento de morir (no lo supo con certeza), sus sueños con montañas y nevados, con futuros arqueólogos y sofisticados equipos de detención y re-animación que pitan como la reversa de un camión lleno de carne; esas elucubraciones de moribundo no se hicieron realidad, acaso porque ni los emperadores egipcios tuvieron ese derecho; ahora mucho menos un técnico en refrigeración moderno... H. A.

No es el lecho blando ni las cordilleras duras lo que mantiene al mar en su celda de Tierra Sino las montañas concéntricas de las ondas cuando un niño deja caer una piedra Juan Nicolás Donosso


LA IDEA DEL MAR

. -..- .. ... - --- .-.-. Se suicidó sin saber que igual moriría dos días después. H. A.

Debe ser muy emocionante pararse por primera vez frente al mar siendo ya un ciudadano con acceso al voto. Ser, en un sentido crítico, un agente social completo, dueño de sí mismo, y por lo tanto susceptible de sufrir una desestabilización de esa completitud, causada por el encuentro con la belleza. El mar es, después de todo, junto con cosas como los atardeceres, uno de los primeros referentes que surgen al intentar pensar en algo bello. Pero el mar, al contrario del ocaso, es también una materia disponible para el contacto físico. Puede uno, parado frente a él por primera vez teniendo ya acceso al voto, dar un paso, otro, y otro más y sumergirse cuanto nos lo permitamos, en el objeto mismo que nos ha causado esa ruptura. Debe ser una experiencia en verdad formidable. Yo, en cambio, no recuerdo la primera vez que vi el mar. Siempre estuvo ahí, esa gran lágrima violenta. Mirar el horizonte y sentir la vista extenderse hasta el límite de sus capacidades, ver los atardeceres más poéticos que se pueden ver, nadar, tragar esa agua orgánica, espesa, oler, desde cualquier punto de la ciudad, ese olor como de transpiración, son todas experiencias que, a quienes crecimos en una ciudad


como Cartagena, nos informan tanto como nuestra composición genética. Cuando adquirí, entonces, acceso al voto y me constituí, por lo tanto, como agente social, como ciudadano y no mero aprendiz, ya conocía muy bien ese objeto que a otra gente tanto ha emocionado. Es una lástima, en verdad, no tener disponible esa emoción. Porque conocer las montañas o la nieve no tiene la misma gravitas y no produce la misma expansión del espíritu. Habría que privarnos, me parece, de ciertas cosas hasta que tuviésemos la capacidad de conmovernos con ellas. Como el amor, tal vez. Se parece, ¿no es verdad? al mar. Muy grande y astringente. Vulgar cuando se lo conoce bien y apabullante para los que solo tienen una idea general y distante de él. Un fenómeno, en todo caso, con la capacidad para reformular a una persona, o de ahogarla. Una muerte agitada y dolorosa, pero llena de propósito. El cumplimiento, siempre, de un destino. La vida misma, en suma. Yo empecé a surfear de la manera que inician las civilizaciones, sin saber muy bien por qué. Unos años después aparece el mito, proveniente del sentido que adquiere la actividad, o el pueblo. Y el mito se renueva con cada generación, aunque sea imperceptiblemente.

Supongo que las primeras versiones del esquema creacionista surfista tenían que ver con el gusto por los deportes extremos, en general, y una propensión a trasgredir las expectativas que se podían tener de mí. Como buen histérico, no estaba satisfecho con ninguna de las imágenes que la gente se formaba de mí, y por medio de las cuales me abordaban. No me gustaba ser un austero lector de libros científicos, y mucho menos un buen muchacho, pero tampoco estaba tranquilo siendo un truhan o un practicante de deportes de riesgo. Ahora todo ese drama me parece minúsculo y no le otorgo el menor tiempo ni la menor angustia. Y a pesar de que llevo casi una década sin pararme con mi tabla sobre el mar, como nos paramos las almas sobre una idea en la superficie del ser, y a pesar de que solo he votado una vez, sin saber muy bien por qué le daba mi cuota de democracia a ese candidato, me sigo preguntando, no obstante, por el mito de mis orígenes. Y sigo pensando en el surf como un mito de inundación privado. Así como el bautizo o los santos óleos son humedades que marcan fines o inicios, cada vez que tragué agua, y el par de ocasiones en que legítimamente pensé que iba a morir sumergido, son humedades interiores que marcan, como por accidente, puntos en que inicia o


termina una parte de nosotros. Esos accidentes me interesan porque son irreductibles. Los accidentes son los números primos de la historia, divisibles solo por ellos mismos y por la institución misma de la unidad. Todos los otros procesos son rastreables a causas anteriores, motivaciones, intereses, pero no así con los tropiezos o los errores de cálculo. Recuerdo las múltiples veces, por ejemplo, que vi víctimas de ahogo. A menudo uno de los surfistas se convertía en un pequeño héroe por prevenir la inundación última de los pulmones de un incauto que no sabía que estaba viviendo un mito de creación. La idea del mar se encontraba con su pedacito de carne que por la gracia del lenguaje podemos llamar cuerpo, e intentaba tragárselo. Convertirlo en más idea, más mar. Estoy seguro de que varios de los ahogados que vi transportados de emergencia a un hospital no se recuperaron. Y entonces el mito fundacional transfigura las tablas de surf sobre las que se salvaron los demás en verdaderas Arcas de Tilson, o de Julio, o de cualquier otro Noé que hubiera atendido el llamado de La Idea. Debe ser, como digo, muy emocionante pararse frente al mar la primera vez teniendo ya acceso al voto. Si pudiéramos, todos, privarnos de la experiencia del mar hasta

que hayamos caído definitivamente de las alturas blandas de la niñez, si pudiéramos, de alguna manera, reservar el mar para los que ya pueden votar, tal vez ganaríamos algo como especie. Como el amor, el mar no hace más que revolver los corazones jóvenes. Quedamos, entonces, revueltos de antemano, y ya no, por lo tanto, expuestos a las revoluciones verdaderas que el mundo guarda. Debemos preguntarnos, entonces, si, como en los mitos de creación, a la gran humedad del océano la antecede solo el vacío, o algo más grande, una fijeza mayor del ser, o si, en cambio, solo hay desorden antes del inicio, pura revolución sin centro. Y antes del amor, ¿qué hay? ¿Más, mejor amor, un amor no corrompido por los accidentes de la existencia humana? ¿El amor de los dioses? ¿O una gran violencia que por alguna unción imprevista se convierte en mar? Antes del voto, esto sí lo sabemos, está la voluntad. ¿Es esto cierto, en verdad? Antes del amor, ¿está la voluntad de amar? Es posible. Pero también sabemos que se puede amar incluso sin quererlo. Y se puede votar en contra de la propia voluntad. Tal vez sea necesario suponer que muchos, como yo, no tenemos voluntad ni para el amor, ni para el voto, y aun así hacemos tanto lo primero como lo segundo.


Habría que privarnos, ¿verdad? de ciertas cosas hasta el momento en que tuviésemos la sensibilidad para conmovernos con ellas. Habría que aprender primero a ver la poesía que hay en el agregado de voluntades que llamamos democracia. Incluso en la trampa hay voluntad, y es también hermosa. Los votos comprados son elementos de La Historia tan sublimes como las conquistas o las independencias. Y se puede practicar el bautizo tan bien en una piscina como en el Mar de Galilea. Pero la verdad es que nadie se priva de nada, si puede evitarlo. Como las civilizaciones, que comenzaron por primera vez frente a los ríos y los mares, cada uno de nosotros intenta situarse lo más cerca posible de la fuente del ser. Y no nos damos cuenta de que las ideas queman, y de que el mar ahoga, y que el voto causa su propia insuficiencia. Nadie se priva de nada. Y, en lo posible, intentamos tener más, de cualquier cosa, sobre todo si otro ya tiene algo de eso. Si pudiéramos tomar agua salada, estaríamos compitiendo a muerte por el derecho a morir ahogados en la idea de que hay tal cosa como el mar. Si produjésemos la idea misma del amor... ¿No es, después de todo, lo que intentamos hacer con cada palabra, cada

gesto, traer al mundo una idea desnuda? Ni animales, contentos con tener la barriga llena y los testes vacíos, ni dioses, capaces de pensar sin accidente alguno, estamos los humanos parados sobre ideas imperfectas como las tablas de surf de mi juventud, llenas de huecos y abolladuras... y, sin embargo, muy rápidas, tan rápidas que te dan la impresión, al ir parado sobre ellas, de que hay algo para ti en el futuro... Algo que no le pertenece a más nadie... La idea misma del mundo, y tu lugar en él claramente delimitado, de manera que, al llegar ahí, podrás ver el recorrido de tu vida hasta entonces, ya no como una serie de traspiés y vergüenzas, sino como el examen minucioso de las condiciones dadas de lo existente... Un poema hecho de opiniones y sufragio, el contacto con el mar que son los otros, y con el mar que es la idea misma del mundo... Una idea, da lo mismo cuál sea, en realidad la forma que comparten todas las ideas, su posibilidad... Una idea sobre la que pararse como sobre una tabla de surf y deslizarse sobre el mundo, hacer esa magia que es vivir sin desesperarse y claudicar... porque sería muy fácil ¿no es cierto? no intentarlo más. Y sin embargo... José Covo


EL MECANISMO

. -..- .. ... - --- .-.-. En solidaridad con el motorista, los pasajeros se fueron para los patios negándose a abandonar el bus que fue retenido por agentes de tránsito. Gracias al percance, todos fueron des-huesados y sus partes distribuidas en costales de harina para el mercado negro de espaldas, codos, pistones, barandas, piel, cartílagos y palancas. 60 años después se riegan los bosques aledaños de la ciudad en honor a los cuerpos que hicieron parte de este gran abono. H. A.

Era un solar inmenso lleno de árboles de totumo y de insectos que terminaba en un muro hecho de ladrillos grises, pegados unos a otros burdamente con cemento que sobresalía entre los pegues produciendo pequeñas navajas de concreto. Al otro lado del muro estaba la casa, y justo en la mitad entre muro y casa estaba yo, descalzo, con una camiseta y una pantaloneta azul. Había ese día en el solar una extraña y nueva estructura que no podría definir como complicada pero que para mi sorpresa terminó siéndolo. Se trataba de una cuneta metálica soportada por algunas estacas grandes de madera. La cuneta estaba ladeada hacia uno de sus lados en el que había un balde relativamente grande. La estructura estaba puesta exactamente entre dos árboles, y de uno a otro de estos árboles había un alambre grueso amarrado. Al rato llegaron los pollos, estaban muy excitados, cacareaban y miraban desconcertados alrededor. Miraban la estructura. Entre los pollos y yo tratamos inútilmente de llegar a una conclusión lógica sobre su funcionamiento, pero todo fue en vano, para mí no tenía sentido, mucho menos para ellos. Pasaron algunos minutos y yo ya había abandonado la esperanza de comprender hasta que mi tía Blanca,


con un solo gesto enmarañado, me dio la pista clave. Agarró uno de los pollos por las patas y hábilmente lo colgó del alambre amarrado entre árbol y árbol; después de ese pollo vino el otro y el otro y el otro hasta que ya no quedó ninguno con las dos patas en el piso. Todos estaban de cabeza y seguían haciendo unos ruiditos salidos del fondo de la garganta y que poco a poco se oían menos. Les esperaba la muerte, de eso no había duda, pero ¿cómo funcionaba este mecanismo y cuál era la función de la cuneta y el balde? Mi tía Blanca en realidad no era mi tía, era la esposa de mi tío Ignacio que en realidad tampoco era mi tío sino un primo segundo de mi papá, sin embargo, a los dos les decía tíos porque los había visto desde que nací y porque creo que mis papás, por ahorrarse explicaciones genealógicas, me dijeron que eran mis tíos. Mi tía Blanca era blanca, grande y muy callada. Un carro había matado a su hijita de solo algunos años un tiempo atrás. Estaba triste y parecía que todo el mundo sentía su tristeza pero nadie era capaz de decirle nada. Ella fue quien colgó los pollos y ella fue también a quien vi aparecer unos minutos después con una navajita en la mano; era una navaja Suiza roja que parecía bastante inofensiva, una navaja para no usar. Lo que yo no sabía

era que los minutos que habían transcurrido ente la colgada de los pollos al alambre y la re aparición de mi tía Blanca habían sido utilizados por ella para sacarle a la navajita un filo con el que podría cortar el viento. Mi tía Blanca se acercó al primer pollo de la fila y le acarició la garganta con ternura, luego lo miró fijamente; no sé que estaría pensando en ese momento, tal vez ella ya no podía pensar en nada; sacó el filo de la navajita Suiza y le abrió el cuello como si fuera mantequilla. No sé si los pollos hacen gestos pero me pareció entender que no le dolió mucho, solo intentó seguir haciendo los ruidos que estaba haciendo pero que ya no podía hacer, luego simplemente se quedó muy quieto y se resignó. Uno a uno mi tía Blanca fue matando a los pollos con la eficiencia de una máquina; fue en ese momento que entendí la complejidad del mecanismo. En la cuneta metálica se derramaba la sangre de los pollos que a su vez, por la inclinación, caía en el balde. Lo que hacían con la sangre no lo sé, tal vez mi tía Blanca se la tomaba. Gabriel Mejía


MÍRAME, CON AMOR O CON ENOJO

. -..- .. ... - --- .-.-. Pusieron primero un Hipermercado y luego al frente un Hiperahorro; Románicas fortalezas de panel yeso; Pasando un día entre estos dos super-almacenes, un consumidor primitivo fue atraído por el impulso de las promociones con tanta fuerza que se partió en dos. Su cuerpo torturado quedó en medio de la avenida como descuartizado por caballos...

¡Pobre niña! Ella no tiene madre. Es hora de tomarla en brazos, y llevarla a la cama, pero no me muevo, ni siquiera fumo, para no quebrar el silencio y también porque soy poeta Esto significa que en realidad no existen ni el samovar, ni mi hija, solo tengo una inmensa perplejidad que se llama: “mundo”. Y el mundo me quita todo el tiempo. Vladislav Jodasevich

H. A. 1. La niña está acostada en la cama. Con eso debería bastar. La luz que entra por la ventana apenas deja ver sus brazos que parecen de palo, la cabecita hundida entre la frondosidad gris de las almohadas. Y la espalda huesuda, enroscada cual ciempiés. No se ve más.


Todo a su alrededor parece estar muy quieto y olvidado a su suerte, si bien lo que es el mundo afuera no para de crecer con sus grúas y antenas y plataformas petroleras en alta mar. Por contraste, aquella habitación parece pues la última cueva donde fueron a parar las palabras y las cosas que tuvieron una importancia y la perdieron. Sobre el techo de esa casa vieja hay un gato muerto. Otros de su laya han acudido a su última hora y lo rodean. Por el intercambio de rumores casi eléctricos se diría que fraguan una vindicación del caído. Ya se entiende. Es una noche tan larga que las horas parecen depender de un inmenso reloj de arena. Puede uno desesperar o alimentar una sospecha. 2. Con aquella luz tan modesta basta: se ve la silueta azul de la niña sobre el colchón; lo demás se lo traga la penumbra. Quieta ella sobre la cama y quieta la oscuridad que se la quiere tragar. Hay otra condición que acecha a ese cuerpo indefenso. Es el silencio. Esa es quizás la manifestación más inquietante de la nada, aun sobre la oscuridad.

Hay que armarse de paciencia para entender esto. Esa ausencia de voz y de texturas sonoras raya en lo imposible, en lo soñado. Así que no hay tal silencio absoluto. Y no hay sonido insignificante; el chasquido que hacen nuestras pestañas puede suscitar un brote de cólera de proporciones bíblicas en una colmena de abejas africanizadas. Podemos pasarnos la vida entera maravillados ante ese espejismo mental que es el silencio, y la niña seguirá quieta sobre la cama. 3. Lo que parece ser el sonido de su respiración trabajosa es en realidad el crujido del hielo atrapado entre las nubes. Es la atmósfera inquieta, de una violencia contingente. Habría que explicarle eso a la madre que está sentada junto a los pies de la niña; lo que suena es el cielo haciendo crac-crac. Crac-crac. Así es el primer cuadro: dos criaturas inmóviles ante el acecho de esa oscuridad. Es la quietud lo que las mantiene a salvo de un asalto mortal, como si la oscuridad fuera una pantera ante la cual es menester guardar la compostura. Tentado está pues el destino en la imaginación del hipotético observador.


4. Afuera se habla, entre otras cosas, de la segunda visita del cometa Halley. Puede uno desesperar o alimentar una sospecha. O una esperanza. 5. Sobre la cabeza de la niña y clavado en la pared está un Cristo de madera que el padre talló para regarlárselo cuando cumpliera los quince años. La mirada del Cristo es de una impotencia angustiosa, diríase que por llevar tanto tiempo en la misma situación de crucificado. Bajo esa mirada protectora del Salvador, madre e hija gozan de una promesa que se mantendrá intacta lo que dure encendido el sol de sus vidas. La mirada piadosa del milenario Cristo vapuleado nos dice que una o dos vidas no son gran cosa al fin y al cabo, eso si se tiene en cuenta que la misión que le fue encomendada, la de hacerse matar de la manera más fea para salvar las almas de sus hermanos, ha durado más de dos mil años, y no se sabe bien cuándo acabará por fin y para siempre.La niña que está sobre la cama no tiene por qué saberlo. Y la madre de la niña ha renunciado a los vaticinios y a los partes meteorológicos. La vida es larga, como esta noche, pero de alguna forma tendrá que encontrar su fin. Los gatos sobre el tejado acicalan el cadáver de su

compinche. Los rascacielos de Shanghai superan estoicos la más dura prueba de integridad antisísmica, y el rumbo del cometa Halley nos deja ver que no se decide aún a visitarnos por segunda vez. 6. La casa es tan vieja que ha querido derrumbarse un par de veces. Como no hay dinero para reparaciones y menos para empezarla otra vez desde cero, los vecinos, bajo la dirección del padre de la niña, han puesto cuñas de madera para sostener contra el terreno las paredes enclenques. A lo largo de la fachada sembraron pesados troncos que, por lo pronto, tienen la gentileza de postergar el desplome. La casa parece un acorazado de leños y remiendos primitivos. Sin duda es una estampa de resistencia. Pero el tiempo último está cerca. A lado y lado ya se alzan dos esqueletos de hierro que pronto estarán recubiertos con paredes de yeso, lo que en el viejo gremio de albañiles suelen llamar paredes falsas. Las torres serán como enormes agujas de papel que se disputarán cuál de las dos acabará aplastando la vieja casa que está entre sus pies. 7. La noche es mala. Hay bancos de nubes que trituran el cielo como tanques de guerra deseosos de acabar con


todo. Desde las primeras horas de la tarde se escucha una tronadera en lo alto, y el aire que sopla entre las casas y los edificios que están levantando sobre los viejos ranchos le recuerda a uno el quejido de un moribundo. Aunque también, por momentos, ese aire de tormenta suena como una pandilla de bufones que sabe que la vida no es muy seria en sus cosas, como diría ese santo mexicano de nombre Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Lo cierto es que aquel escarnio fantasmal sacaría de quicio al más aplomado de los hombres. La niña está sobre la cama, la madre hace guardia a sus pies; todo cuanto las rodea parece estar muy quieto y olvidado a su suerte. Lo demás es ruido: el techo de la casa se les quiere caer encima, de lo feliz que está la ventisca. 8. Hay una imagen perdida en el tiempo. Sea recuerdo o ensoñación, los límites del paréntesis que la contiene pronto habrán de esfumarse. Están los padres de la niña enfrascados en una suerte de disputa muda cuyo telón de fondo es la vía láctea; la madre se cubre el pecho con ambas manos, como si el corazón de pronto fuera a salir volando, y él agita los brazos, ofuscado, como si quisiera ahuyentar un enjambre de polillas invisibles.

9. Afuera, como se dijo ya, los hombres construyen plataformas para sacar petróleo de las profundidades de la tierra. Afuera, muy lejos de aquella habitación, se construyen aviones a reacción que podrán llevar a las personas de un continente a otro en menos de lo que toma ablandar unos guisantes. 10. La madre alisa los pliegues que se forman en la sábana en torno al cuerpo de la niña. Es un detalle sobre el que la mujer decide volcar toda su atención. Y no es algo gratuito, ya que los pliegues que va borrando con suavidad de pronto emergen otra vez, como pequeñas filas de cordilleras, como olas meciéndose sobre un mar blanco. La niña está quieta sobre la cama. La vida a su alrededor vuelve a comenzar. Es una imagen que desconcierta a la madre pero no le impide cultivar su esperanza. 11. Amanece. La luz se derrama por entre los huecos de la pared y las rendijas de la ventana. Las cosas que habían estado tan quietas adquieren por culpa de la luz atributos de una vitalidad casi agresiva: el brillo y el desgaste de las superficies, el vibrar de los átomos de polvo. La erosión en las manos de la madre, manos que alguna vez fueron milagrosas y ahora se deshacen bajo la radiación amarilla.


12. La vida tiene una música que no se puede explicar en la fugacidad de estas páginas. Ocurre: las bisagras anuncian la entrada del padre, y como escoltando sus pasos también llega un zumbido de ovaciones y máquinas que refunfuñan. La juventud en la voz del padre es empalagosa. Dice que es hora de firmar unos papeles y se lleva las manos a la cabeza. Un zumbido lo persigue. Mueve los brazos en el aire, como espantando un enjambre de insectos; es el mismo gesto evocado en aquel paréntesis fuera del tiempo. La niña se levanta y lo llama: papá. El padre le da la espalda y se dedica a intercambiar señas con un par de hombres que tienen cascos amarillos y lápices detrás de las orejas. “Papá”. Es la voz de una niña que ha dormido horas muy largas. Aparece otro par de hombres vestidos con trajes de oficina. Dicen tener mucha prisa. No han llegado del todo y se quieren ir ya. El padre los retiene con una promesa: nadie va a llorar. Los hombres mastican goma impregnada de nicotina y exponen así, con las bocas rebosantes de espuma, los pormenores de la demolición. El padre los premia con cumplidos.

Ríen, suspiran, callan. Sobre el techo de la vieja casa hay un esqueleto de lo que alguna vez fue un gato. Los pájaros azules canturrean, juegan sobre el costillar y picotean la calavera hueca. Es un día hermoso. Abajo el padre y los hombres firman la rendición que tanto les emociona. Han sabido adelantársele a la noche. 13. El padre levanta con un brazo a la niña. Es hora de irse, le dice. Ella deja salir un oh cuando siente que uno solo de esos brazos tan fuertes casi le parte las costillas. Arriba, vamos. Se van. Descansa la cabecita sobre el hombro del padre y le dice adiós con su mano a ese rincón vacío. Los dos se alejan entre un ejército de trabajadores con cascos amarillos. Alguien en lo más lejano de esa masa de hombres grita a todo pulmón lo que parece ser una orden perentoria. Pero el padre de la niña no mira hacia atrás. FIN Miguel Tejada


ESTARÉ CONTIGO SIEMPRE QUE PUEDA.

. -..- .. ... - --- .-.-. Atropellado por un carro fantasma (*), en una frontera invisible (**)... (*.carros que huyen después del accidente) (**.calle escogida por dos pandillas como límite de su territorio) H. A.

Ese día Juancho y yo estábamos jugando en el pasamanos, no sé exactamente cómo se cayó porque yo estaba mirando para otro lado, solo sentí un golpe seco contra la tierra y cuando miré la cara de Juancho estaba morada, se estaba quedando sin aire y yo no podía dejar de reírme. Nunca había visto a Juancho de esa manera, no era él, era un muñeco amoratado que también parecía reírse. * Años después el papá de un compañero del colegio se murió; yo estudiaba en una institución católica así que nos montaron a todos los del curso en un bus y nos llevaron a la funeraria. Si a mí me hubieran puesto a escoger no hubiera mirado el cadáver del papá de mi amigo, pero no hubo opción, simplemente nos pusieron de nuevo en otra fila y nos obligaron a asistir la muerte con nuestros propios ojos. Yo estaba muy serio, estaba casi paral- izado por el miedo mientras hacía la fila, pero cuando llegué hasta el ataúd y miré fijamente el cuerpo, no pude contener la carcajada que me venía desde adentro. Nunca había visto al señor hasta ese momento, me lo estaban presentando. Gabriel Mejía


LA DISTANCIA

. -..- .. ... - --- .-.-. Jugando “Tin Tin Corre Corre” un día timbraron en una casa de pique. Cuando el descuartizador abrió la puerta ya no había rastro de los niños, así que muy contrariado cerró e intentó reincorporarse poniéndose los guantes de caucho sin ensuciarse las manos de sangre. A los niños ese juego les causaba mucha risa y lo alternaban con otros juegos como ponchao, la lleva y escondite... H. A.

Dijo que iba a pasear por la playa, y nadie entendió que ya solo iba a pasear por la playa, concretamente por la orilla de la playa. Tres días después, Elvira intentó convencernos de que ella sí había comprendido la intención. Mentía Elvira, nadie, nadie más uno, vamos a dejarlo claro, podía ni siquiera imaginar que Roberta iba a dedicar el resto de su vida a pasear por la orilla de la playa, en la misma playa, a lo largo de los dos mil cuatrocientos noventa y seis metros que había elegido como distancia máxima, y vuelta. Y vuelta, y vuelta, y vuelta, solo los primeros dos mil cuatrocientos noventa y seis metros fueron de ida. Sabemos la distancia del trayecto de Roberta porque durante estos años hemos buscado cualquier indicio que nos permitiera explicar la conducta cinética de nuestra amiga. Servía cualquier dato, y los que se podían medir ofrecían un suplemento de seguridad inicial que pronto se desvanecía: 2496, incluso escrito como cifra, no coincidía con nada en el universo. También le medimos los pasos que daba para recorrer de punta a punta, poco nos importaba que la cantidad variara; estábamos seguras de que a lo largo de los años surgiría una frecuencia reveladora, algo parecido al número de Fibonacci, capaz de descifrar esa


atracción por la orilla. Nos equivocamos. Elvira dijo que la que se equivocaba era ella, Roberta, que no era coherente, que tenía que emplear el mismo número de pasos en cada trayecto, que cuando se toman decisiones así hay que asumir las consecuencias. Lo dijo ya de noche, mientras nos alejábamos de la playa. No específicó a qué consecuencias se refería, ni siquiera la cantidad. Lo más interesante del mar es el cielo. Cuando íbamos a visitar a Roberta, si es que cabe llamar visita a acompañarla en el movimiento perpetuo, yo evitaba mirarla para que su cuerpo no me desordenara el cielo, también esquivaba el cuerpo de las demás; muchas veces ni siquiera caminaba, me sentaba en uno de los extremos del trayecto que repetía Roberta, dándoles la espalda a todas. Cuando Elvira anunciaba que regresábamos a casa, yo me levantaba y entonces sí me acercaba hasta Roberta y le decía: adiós, Roberta; ella me preguntaba algo, siempre una pregunta distinta y yo nunca sabía responderle. Un jueves de agosto me preguntó en cuántos cuadrados se podía dividir el cielo, yo era muy joven y ni siquiera pensé que dependía de lo grande que fuera cada cuadrado, esto lo supe después. Una mañana de lluvia y barro me preguntó qué parte del cielo veía con el ojo izquierdo y qué parte con

el derecho. Silencio. Roberta siempre esperaba unos segundos a que yo respondiera y luego, en medio de la nada, de mi nada, me decía: adiós, Francisca, vuelve cuando quieras. Luego, les decía adiós a las demás, sin nombrarlas. Elvira acostumbraba mover mucho la cabeza en esas despedidas, como si temiera algo, o se preocupara por dónde dormiría esa noche Roberta, o incluso dudara si dormía. Roberta caminaba desde una palmera hasta un automóvil abandonado. Desde un automóvil abandonado hasta una palmera. Nada se movía en aquella playa, solo Roberta y el agua. Un día me dijo: yo sé donde voy a morir, y siguió caminando sobre esa línea siempre variable donde el mar se agota. Fueron muchas tardes, mucho dar la espalda, mucho hueco después de cada pregunta. Acabé enamorándome de Elvira, de sus mentiras, de sus prejuicios, de su falta de elegancia. Grassa Toro




ISBN: 978-958-48-7247-0 El contenido de este libro podrรก ser reproducido, total o parcialmente con el previo permiso del editor o autor. Impreso en Colombia