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El momento más feliz Si le preguntas cuál es el cuento favorito de su autoría, ella vacilará durante un largo rato y luego dirá que quizá sea este cuento que leyó una vez en un libro: Un maes­ tro de inglés en China preguntó a su alumno chino cuál era el momento más feliz de su vida. El alumno vaci­ ló durante un largo rato. Por fin sonrió avergonzado y dijo que su esposa había ido una vez a Beijing y comido pato y a menudo se lo contaba, y él tendría que decir que el momento más feliz de su vida era el viaje de ella y esa comida con pato.

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Un hombre de su pasado Creo que Madre coquetea con un hombre de su pasado que no es Padre. Me digo para mis adentros: ¡Madre no debería tener relaciones inapropiadas con ese tal “Franz”! “Franz” es europeo. ¡Yo digo que ella no debería ver inapropiadamente a ese hombre mientras Padre está de viaje! Pero confundo una realidad vieja con una nue­ va: Padre no volverá a casa. Se quedará en Vernon Hall. En cuanto a Madre, tiene noventa y cuatro años. ¿Cómo puede haber relaciones inapropiadas con una mujer de esa edad? No obstante creo que mi confusión radica en lo siguiente: aunque el cuerpo de Madre está viejo, su capa­ cidad para traicionar se mantiene joven y fresca.

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Los extraños Mi abuela y yo vivimos entre extraños. La casa no pare­ ce lo suficientemente grande para acoger a todos los que se presentan a distintas horas. Se sientan a cenar como si se les hubiera estado aguardando —y de hecho siem­ pre hay un sitio puesto para ellos— o entran en el salón principal huyendo del frío, frotándose las manos y que­ jándose del clima, y se instalan junto al fuego y toman un libro que hasta entonces me había pasado inadvertido y continúan la lectura desde una página marcada con un separador de papel gastado. Como es obvio, algunos de ellos son alegres y simpáticos mientras que otros son an­ tipáticos: malhumorados o taimados. Con algunos hago una amistad inmediata —nos entendemos mutuamente a la perfección desde que nos conocemos— y espero ver­ los de nuevo en el desayuno. Pero cuando bajo a desa­ yunar no están allí, y a menudo nunca vuelvo a saber de ellos. Todo esto es muy inquietante. Mi abuela y yo jamás mencionamos estos ires y venires de extraños por la casa. Pero observo su rostro delicado y rosado cuando

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ella entra en el comedor apoyada en su bastón y se de­ tiene sorprendida: se mueve tan despacio que esto es casi imperceptible. Un joven se levanta de su lugar, aferrando su servilleta a la altura del cinturón, y va a ayudarla a sentarse en su silla. Ella se adapta a la presencia del jo­ ven con una sonrisa nerviosa y una cortés inclinación de cabeza, aunque yo sé que se siente tan consternada como yo por el hecho de que él no estaba allí en la mañana y no estará al día siguiente y sin embargo se comporta como si todo esto fuera de lo más normal. Pero muy a menudo, por supuesto, la persona sentada a la mesa no es un joven educado sino una solterona delgada que come rápido y en silencio y se retira antes de que nosotros terminemos, o bien una anciana que nos frunce el ceño a los demás y escupe la cáscara de su manzana al horno al borde del plato. No hay nada que podamos hacer. ¿Cómo podemos librarnos de gente que nunca invitamos y que de cual­ quier modo se marcha tarde o temprano por su propio pie? Aunque pertenecemos a generaciones diferentes, a mi abuela y a mí se nos enseñó que jamás debemos ha­ cer preguntas sino sólo sonreír a las cosas que escapan a nuestra comprensión.

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Momento de fastidio conyugal #3 —[Masculla algo] —No te puedo oír. —¿Quieres oírme? —No.

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El visitante En algún momento a comienzos del verano un extraño llegará a instalarse en nuestra casa. Aunque todavía no lo conozcamos sabemos que será calvo, incontinente, mudo y casi completamente incapaz de arreglárselas por sí solo. No sabemos con exactitud cuánto tiempo se que­ dará, dependiendo por entero de nosotros en lo que res­ pecta a comida, ropa y techo. Nuestra situación me recuerda a un viejo caballero indio de piel curtida que en alguna ocasión vivió varios meses con mi hermana en Londres. Al principio dormía en una tienda de campaña en el jardín trasero. Luego se mudó a la casa. Allí se dedicó a reacomodar la enorme cantidad de libros que no tenían un orden particular. Se inclinó por géneros —novela policiaca, historia, na­ rrativa— y se rodeó de nubes de humo creadas por los cigarros que fumaba al trabajar. Explicaba su sistema en un inglés correcto pero vacilante a quienquiera que entrara en la estancia. Muchos años después tuvo una

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muerte súbita y dolorosa en un hospital londinense. Por motivos religiosos rechazó todo tratamiento. El visitante indio de mi hermana me recuerda tam­ bién a otro hombre mayor: el padre muy anciano de un amigo mío. Alguna vez fue profesor de economía. Esta­ ba viejo y sordo desde que mi amigo era niño. Después empezó a sufrir de incontinencia urinaria, rio en silencio durante la boda de su hija y cuando se le pidió que dijera unas palabras se incorporó tembloroso en su asiento y habló de comunismo. Este hombre se halla ahora en un asilo de ancianos. Mi amigo dice que cada año se hace más pequeño. Como el padre de mi amigo, nuestro visitante tendrá que ser bañado por nosotros y no usará el inodoro. Le hemos asignado una habitación pequeña y soleada junto a la nuestra en la que podremos oírlo si necesita ayuda durante la noche. Quizá algún día nos retribuya por to­ dos los problemas que nos causará, pero en realidad no lo esperamos. Aunque todavía no lo conozcamos, es una de las pocas personas en el mundo por las que estaríamos dispuestos a sacrificar casi cualquier cosa.

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Ciento cincuenta cuentos cortos  

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