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contenido Antecámara Poemas de Shuntaro Tanikawa traducción de Yoshihiro Yasuhara Juan Carlos Galeano 4 Poemas de Wallace Stevens versión de Jorge Esquinca 12 Poema de Clarice Lispector versión de Hilda Figueroa 20

Cien puertas Julio Ramón Ribeyro. «La tentación del fracaso» y sus alrededores Ricardo Sigala 27

Estallas Dolores Garnica 37

La muerte no llega Abraham Villaseñor 79

Camisa blanca Sara González 109

Todas las veces Malena Julio Pesina 47

Cuentos marxistas para dormir sonámbulos Valentín Corona 83

Avidez Dennisse Delval 111

Jaque al ratón Liliana V. Blum 55

Una noche de copas Eugenio Partida 89

Esteban, el enano favorito del rey Rafael Medina 58

En taller

La oficina es un caballo blanco como el día Carlos Vicente Castro 113

Santa Margarita Bertha Alicia Aguirre 99

Poemas David Flores 115

Un domingo a las diez de la mañana Gabriel Vega Real 63

Ofrenda Carlota Rubio Alcántara 99

El amuleto del eclipse Hainz 117

La virgen del beta Cástulo Aceves 67

Contigo, a tu lado Patricia Montaño 106

Dios es una mónada que engendra una mónada, y refleja en sí mismo una sola llama de amor Renato Sandoval 119

Alejandría

Doble horizonte


Heliópolis Vian y la espuma patafísica Mariño González 127 Hospice: Entre formol y quebranto Lilián Solórzano 131 Tideland, el país detrás del espejo de una mirada Emely Sánchez 133 Entre mascotas te veas Hilda Figueroa 135

Ilustraciones Carlos Córtez

Fotografías Cintia Durán

Carlos Cortéz Estudió la carrera técnica de Artes en el Instituto Cultural Cabañas. En 1999 ganó el primer lugar en el Encuentro de Arte Joven Jalisco. En 2004 fue galardonado con el Premio Nacional de Pintura Atanasio Monrroy. Ha expuesto Aprendiz de monstruo (2006) con motivo del décimo aniversario de Casa Vallarta; Primero fue la sangre (2008), en el exconvento del Carmen; y Camera oscura (2009), en la ciudad de Nueva York.

Cintia Durán Morelia, Michoacán, 1985. Estudió la carrera en medios audiovisuales. Actualmente es Coordinadora de talleres en Generador proyectos fotográficos (generador.mx). Su obra fue seleccionado para el xxix Encuentro Nacional de Arte Joven (2009), obtuvo el primer lugar en la Primera bienal de fotografia Guadalajara 3.14 y el tercero en el Segundo premio de fotografía contemporánea de la revista Farenheit (2008). Se puede observar su trabajo en la pagina cintiaduran. com. Correo electrónico: demencia_stojakovic@ hotmail.com

Revista de Literatura Año XI • Número 21 Segunda Época Abril de 2011 Directora Hilda Figueroa Editor Antonio Marts Diseño D3Tallereditorial Imagen portada Cintia Durán Página electrónica cfediciones.com Correspondencia y colaboraciones Lagunitas 165-4B, Rinconada de San Andrés, Guadalajara, Jalisco, México. 44755 Teléfonos 01 33 35 63 01 07 correo electrónico: antoniomarts@gmail.com cf.ediciciones@gmail.com

Esta revista cuenta con apoyo otorgado por la Convocatoria «Edmundo Valadés» de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes 2004 del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.


Shuntaro Tanikawa Poesía de Shuntaro Tanikawa

Yoshihiro Yasuhara Juan Carlos Galeano traducción

空の嘘

空があるので鳥は嬉しげに飛んでいる 鳥が飛ぶので空は喜んでひろがつている 人がひとりで空を見上げる時 誰が人のために何かしてくれるだろう 飛行機はまるで空をはずかしめようとするかのように 空の背中までもあばいてゆく そして空のすべてを見た時に 人は空を殺してしまうのだ 飛行機が空を切つて傷つけたあとを 鳥がそのやさしい翼でいやしている 鳥は空の嘘を知らない しかしそれ故にこそ空は鳥のためにある <空は青い だが空には何もありはしない> <空には何もない だがそのおかげで鳥は空を飛ぶことが出来るのだ>

Poesía de Shuntaro Tanikawa El secreto del cielo 4

Porque hay un cielo vuelan felices los pájaros. Porque los pájaros vuelan el cielo se expande con regocijo.


A N T E C Á M A R A

El secreto del cielo Porque hay un cielo vuelan los pájaros felices. Porque los pájaros vuelan el cielo se expande con regocijo. Cuando el ser humano mira el cielo solo ¿Quién podría hacer algo por él? Como si humillaran al cielo los aviones le descubren la espalda al cielo. Y cuando los seres humanos ven todo en el cielo ellos matan el cielo. Después de que los aviones cortan el cielo, los pájaros curan el cielo con sus alas tiernas. Los pájaros no le conocen los secretos al cielo. Por eso el cielo existe para los pájaros. (El cielo es azul. Mas no hay nada en el cielo). (No hay nada en el cielo. Por eso los pájaros pueden volar).  5


t r a d u c c i ó n

Poesía de Shuntaro Tanikawa 音たち John Cage に 音たちが 河になりたいと思わずに流れてゆくが いつのまにか音たちはいなくなり そこには河が流れている 音たちは始め新しい河になろうとしたのだが それは速すぎたりおそすぎたりして 河ではなかつた ただ音たちの河にも雲は映つたけれども 人はそれをふり返り それと一緒に走つたりしたけれども その川岸で樹が芽をふくと 音たちの河は春も秋ももつていないと解るのだつた だが音たちが自分が何になるかを忘れて 謙遜と馬鹿を一緒に疲れたように 自分をすつかりむき出しに流れてゆくと 音たちはいつか河になつている

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そして音たちは自分が河なのにもう気づきもしない 自分が何でもかまわない 音でなくとも河でなくともかまわないという風に ただ自らを投げ出していると いつか春が来 夏が来て 自分が樹になつているのにも気づかない 音たちは自分を見ずに


A N T E C Á M A R A

Sonidos Para John Cage

Los sonidos fluyen sin pensar que quieren ser un río. Mas los sonidos desaparecen antes que lo sepamos, allá corre un río. Los sonidos al principio querían ser un nuevo río. Pero ellos eran algunas veces muy rápidos, otras veces muy lentos por eso no pudieron volverse un río. De hecho, un río de sonidos reflejó las nubes mas la gente las vio y corrió con las nubes. Pero cuando los árboles de la orilla sacaron sus hojas el río de sonidos supo que no tenía ni primavera ni otoño. Mas los sonidos olvidan lo que van a ser Como si se cansaran de humildad y de estupidez. Cuando los sonidos fluyen como son antes de saberlo se convierten en río. Y los sonidos ni siquiera notaron que ya eran un río; no les importa lo que son. Como si no les importara si son sonidos o un río cuando se liberan.

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音たちの河は春も秋ももつていないと解るのだつた t r a d u c c iだが音たちが自分が何になるかを忘れて ó n 謙遜と馬鹿を一緒に疲れたように 自分をすつかりむき出しに流れてゆくと 音たちはいつか河になつている そして音たちは自分が河なのにもう気づきもしない 自分が何でもかまわない 音でなくとも河でなくともかまわないという風に ただ自らを投げ出していると いつか春が来 夏が来て 自分が樹になつているのにも気づかない 音たちは自分を見ずに 自分を生かしているものの中にいる 音たちはもう人を踊らせず もう人を泣かせない 音たちは世界の中にまぎれこむ 月のめぐりのようにいつまでも歌つていて 月のめぐりのように気づかせず人の中にいる ・・・そのようにして音たちは帰つてゆく

Sonidos

Para John Cage

Los sonidos

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A N T E C Á M A R A

Un día llega la primavera, llega el verano y ni siquiera se reconocen convertidos en árbol. Sin mirarse ellos mismos los sonidos existen en lo que los hace vivir. Los sonidos ya no hacen danzar a la gente ya no hacen llorar a la gente. Los sonidos se encuentran a sí mismos en el mundo. Los sonidos cantan para siempre como el ciclo de la luna. Los sonidos existen en la gente sin que ellos lo sepan. …de esa manera los sonidos vuelven a donde pertenecen.

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t r a d u c c i ó n

Poesía de Shuntaro Tanikawa 追憶

その角の所に菓子屋があつた キリエというような名が多かつた 煙突の下では口論がはやつた 郊外には風と篭とがあつた 涙はいつも夢から湧き 同じだけの飴を残した 時は朝毎新しく起き 別れは絵本の形を 世界は玩具の形を 人人は母の形をしていた 夏には雨が稚い希望のように 冬には雪が稚い信仰のように降つた 儂がまだ九つの頃のことの物語に 生き方は賢者のように丸かつた さて変らぬ素朴な韻をふんで 眼鏡をかけた風は またひとつ日曜日を読み終える すると仔馬のようなあきらめが あわててその後を追うのだ

Poesía de Shuntaro Tanikawa Recuerdo 10

Había una confitería en esa esquina; Muchas se llamaban Kirie*


A N T E C Á M A R A

Recuerdo Había una confitería en esa esquina; muchas se llamaban Kirie.* Al lado de una chimenea prosperaban los desacuerdos, en los suburbios había viento y canastas. Las lágrimas salen siempre de los sueños y dejan la misma cantidad de dulces. El tiempo se despierta renovado cada mañana. La despedida tomó la forma de un álbum fotográfico. El mundo tomó la forma de un juguete. Y cada uno tomó la forma de la madre. En el verano la lluvia vino como una esperanza inocente. En el invierno la nieve cayó como una fe religiosa. En un cuento sobre mí cuando tenía sólo nueve años la vida era armoniosa como un sabio. Con la misma vieja rima de siempre el viento con anteojos termina de leer otro domingo y un sentido de resignación como un potro corre tras el viento.  * Tanikawa al escribir la palabra Kirie en japonés, usa el código gráfico katakana que suele usarse para palabras occidentales. El sonido de esta palabra le recuerda a la gente la fotografía de una silueta. 11


Wallace Stevens

Jorge Esquinca traducci贸n

Angel surrounded by paysans One of the countrymen: There is A welcome at the door to which no one comes? The angel: I am the angel of reality, Seen for a moment standing in the door. I have neither ashen wing nor wear of ore And live without a tepid aureole, Or stars that follow me, not to attend, But, of my being and its knowing, part.

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A N T E C Á M A R A

Ángel rodeado por campesinos Uno de los campesinos: ¿Hay un recién llegado A la puerta por la que nadie pasa? El ángel: Soy el ángel de la realidad, Visto un instante de pie junto a la puerta. No tengo alas de ceniza ni armadura Y vivo sin una tibia aureola O cauda de estrellas; no espero, De mi ser y su conocimiento, sino una parte.

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t r a d u c c i Ăł n

I am one of you and being one of you Is being and knowing what I am and know. Yet I am the necessary angel of earth, Since, in my sight, you see the earth again, Cleared of its stiff and stubborn, man-locked set, And, in my hearing, you hear its tragic drone Rise liquidly in liquid lingerings, Like watery words awash; like meanings said By repetitions of half-meanings. Am I not, Myself, only half of a figure of a sort, A figure half seen, or seen for a moment, a man Of the mind, an apparition apparelled in Apparels of such lightest look that a turn Of my shoulder and quickly, too quickly, I am gone? ď‚Ľ

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A N T E C Á M A R A

Soy uno de ustedes, y ser uno de ustedes Es ser y saber lo que soy y sé. Así, soy el necesario ángel de la tierra, Pues, al mirarme, ustedes ven la tierra otra vez, Libre de la dura y terca coraza de los hombres, Y al oírme escuchan alzarse líquidamente, En lento flujo, el trágico zumbido de la tierra, como palabras a flor de agua, como verdades Dichas al repetir medias verdades. ¿No soy, Yo mismo, una suerte de media imagen, Una figura entrevista, o vista un instante, un ser Del pensamiento, una aparición ataviada Con tan delicados atavíos, que basta un rápido Giro de mi espalda para que yo, veloz, desaparezca? 

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t r a d u c c i Ăł n

The poem that took the place of a mountain There it was, word for word, The poem that took the place of a mountain. He breathed its oxygen, Even when the book lay turned in the dust of his table. It reminded him how he had needed A place to go to in his own direction, How he had recomposed the pines, Shifted the rocks and picked his way among clouds, For the outlook that would be right, Where he would be complete in an unexplained completion: The exact rock where his inexactness Would discover, at last, the view toward which they had edged, Where he could lie and, gazing down at the sea, Recognize his unique and solitary home. ď‚Ľ

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A N T E C Á M A R A

El poema que tomó el lugar de una montaña Ahí estaba, palabra por palabra, El poema que tomó el lugar de una montaña. Respiraba su oxígeno, Aun cuando el libro yaciera boca abajo en el polvo de la mesa. Le recordaba cuánto había necesitado Un lugar al que ir en su propia dirección, Cómo había recompuesto los pinos, Trasladado las rocas y hecho su camino entre las nubes, Hasta encontrar la mejor perspectiva, Donde se hallara completo en una inexplicable completud: La roca exacta cuyas inexactitudes Descubrirían, al fin, el panorama hacia el cual se habían acercado, Donde él podría yacer y, mirando fijo al mar, Reconocer su solitaria y única morada. 

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t r a d u c c i Ăł n

Vacancy in the park March... Someone has walked across the snow, Someone looking for he knows not what. It is like a boat that has pulled away From a shore at night and disappeared. It is like a guitar left on a table By a woman, who has forgotten it. It is like the feeling of a man Come back to see a certain house. The four winds blow through the rustic arbor, Under its mattresses of vines. ď‚Ľ

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A N T E C Á M A R A

Espacio vacante en el parque Marzo… Alguien anduvo por la nieve, Alguien en busca de no se sabe qué. Es como una barca que zarpó De la orilla por la noche y no ha vuelto. Es como una guitarra abandonada en la mesa Por una mujer, que la ha olvidado. Es como el sentimiento de un hombre Que ha regresado a ver cierta casa. Los cuatro vientos soplan por el rústico pabellón, Bajo su lecho de hiedra. 

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Clarice Lispector

Hilda Figueroa versión

Tempestade de almas Ah, se eu sei, não nascia, ah, se eu sei, não nascia. A loucura é vizinha da mais cruel sensatez. Engulo a loucura porque ela me alucina calmamente. O anel que tu me deste era de vidro e se quebrou e o amor não acabou, mas em lugar de, o ódio dos que amam. A cadeira me é um objeto. Inútil enquanto a olho. Diga-me por favor que horas são para eu saber que estou vivendo nesta hora. A criatividade é desencadeada por um germe e eu não tenho hoje esse germe mas tenho incipiente a loucura que em si mesma é criação válida. Nada mais tenho a ver com a validez das coisas. Estou liberta ou perdida. Vou-lhes contar um segredo: a vida é mortal. Nós mantemos esse segredo em mutismo cada um diante de si mesmo porque convém, senão seria tornar cada instante mortal. O objeto cadeira sempre me interessou. Olho esta que é antiga, comprada num antiquário, e estilo império; não se poderia imaginar maior simplicidade de linhas, contrastando com o assento de feltro vermelho. Amo os objetos à medida que eles não me amam. Mas se não compreendo o que escrevo a culpa não

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A N T E C Á M A R A

Tempestad de almas ¡Ah! Si hubiera sabido. Si hubiera sabido no nacía. La locura colinda con la más cruel sensatez. Engullo la locura porque ella me hace alucinar sosegadamente. El anillo que me diste era de vidrio y se rompió, mas el amor no acabó; en su lugar está el odio de los que se aman. La silla es un objeto. Inútil en tanto la miro. Di por favor qué hora es para saber lo que estoy viviendo en esta hora. La creatividad se desencadena por un germen y hoy no poseo ese germen, pero tengo la incipiente locura, que en sí misma, es creación válida. Nada más tengo que ver con la validez de las cosas. Estoy libre o perdida. Les voy a contar un secreto: la vida es mortal. Mantenemos ese secreto en mutismo cada uno delante de sí mismo porque conviene, sino, sería tomar cada instante en su mortalidad. El objeto silla siempre me interesó. Miro ésta que es antigua, comprada en una tienda de antigüedades, es estilo imperio; no se podría imaginar mayor simplicidad de líneas, contrastando con su asiento de filtro bermellón. Amo los objetos en la medida en que ellos no me aman. Mas si no comprendo lo que escribo la

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t r a d u c c i ó n

é minha. Tenho que falar pois falar salva. Mas não tenho uma só palavra a dizer. As palavras já ditas me amordaçaram a boca. O que é que uma pessoa diz à outra? Fora “como vai?” Se desse a loucura da franqueza, que diriam as pessoas às outras? E o pior é o que se diria uma pessoa a si mesma, mas seria a salvação, embora a franqueza seja determinada no nível consciente e o terror da franqueza vem da parte que tem no vastíssimo inconsciente que me liga ao mundo e à criador inconsciência do mundo. Hoje é dia de muita estrela no céu, pelo menos assim promete esta tarde triste que uma palavra humana salvaria. Abro bem os olhos, e não adianta: apenas vejo. Mas o segredo, este não vejo nem sinto. A eletrola está quebrada e não viver com música é trair a condição humana que é cercada de música. Aliás, música é uma abstração do pensamento, falo de Bach, de Vivaldi, de Haendel. Só posso escrever se estiver livre, e livre de censura, senão sucumbo. Olho a cadeira estilo império e dessa vez foi como se ela também me tivesse olhado e visto. O futuro é meu enquanto eu viver. No futuro vai ter mais tempo de viver, e, de cambulhada escrever. No futuro, se diz: se eu sei, eu não nascia. Marli de Oliveira, eu não escrevo cartas pra você porque só sei ser íntima. Aliás eu só sei em todas as circunstâncias ser íntima: por isso sou mais uma calada. Tudo o que nunca se fez, far-se-á um dia? O futuro da tecnologia ameaça destruir tudo o que é humano no homem, mas a tecnologia não atinge a loucura; e nela então o humano do homem se refugia. Vejo as flores na jarra: são flores do campo, nascidas sem se plantar, são lindas e amarelas. Mas minha cozinheira disse: mas que flores feias. Só porque é difícil compreender e amar o que é espontâneo e franciscano. Entender o difícil não é vantagem, mas amar o que é fácil de se amar é uma grande subida na escala humana. Quantas mentiras sou obrigada a dar. Mas comigo mesma é que eu queria não ser obrigada a mentir. Senão, o que me resta? A verdade é o resíduo final de todas as coisas, e no meu inconsciente está a verdade que é a mesma do mundo.

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A N T E C Á M A R A

culpa no es mía. Tengo que hablar porque hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas amordazan mi boca. ¿Qué es lo que una persona le dice a otra? Afuera ¿Cómo está? ¿Si se dice la locura de la franqueza, qué dirían las personas a las otras? Y lo peor es lo que se diría una persona a sí misma, pero sería la salvación, sin embargo, la franqueza será determinada en el nivel conciente y el terror de la franqueza viene de la parte que tiene en el vastísimo inconsciente que me liga al mundo y a la creadora inconsciencia del mundo. Hoy es día de muchas estrellas en el cielo, por lo menos así promete esta tarde triste, que una palabra humana salvaría. Abro bien los ojos y no mejora: apenas veo. Mas el secreto, a éste no lo veo ni lo siento. El tocadiscos está roto, y vivir sin música es traicionar la condición humana que está cercada por la música. Por el contrario, la música es una abstracción del pensamiento, hablo de Bach, de Vivaldi, de Händel. Sólo puedo escribir si estuviera libre, y libre de censura, si no sucumbo. Miré la silla estilo imperio y esa vez fue como si ella también me hubiera mirado y visto. El futuro es mío en cuanto esté viva. En el futuro se va a tener más tiempo de vivir, y, de pasada, escribir. En el futuro, se dice: si hubiera sabido no nacía. Marli de Oliveira, yo no escribo cartas para ti porque sólo sé ser íntima. De cualquier modo, sólo sé en todas las circunstancias ser íntima: por eso soy más una persona reservada. Todo lo que nunca se hizo, ¿Se hará algún día? El futuro de la tecnología amenaza destruir todo lo humano del hombre; pero la tecnología no alcanza la locura; y en ella entonces lo humano del hombre se refugia. Veo las flores en el jarrón: son flores del campo, nacidas sin plantarse, son lindas y amarillas. Mas mi cocinera dice: pero qué feas flores. Sólo porque es difícil comprender y amar lo que es espontáneo y franciscano. Entender lo difícil no es victoria, sino amar lo que es fácil de amarse, eso es un gran avance en la escala humana. Cuántas mentiras estoy obligada a decir. Pero conmigo misma es con quien quisiera no estar obligada a mentir. Si no,

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t r a d u c c i ó n

A Lua é, como diria Paul Éluard, éclatante de silence. Hoje não sei se vamos ter Lua visível pois já se torna tarde e não a vejo no céu. Uma vez eu olhei de noite para o céu circunscrevendo-o com a cabeça deitada para trás, e fiquei tonta de tantas estrelas que se vêem no campo, pois, o céu do campo é limpo. Não há lógica, se se for pensar um pouco, na ilogicidade perfeitamente equilibrada da natureza. Da natureza humana também. O que seria do mundo, do cosmos, se o homem não existisse. Se eu pudesse escrever sempre assim como estou escrevendo agora eu estaria em plena tempestade de cérebro que significa brainstorm. Quem terá inventado a cadeira? Alguém com amor por si mesmo. Inventou então um maior conforto para o seu corpo. Depois os séculos se seguiram e nunca mais ninguém prestou realmente atenção a uma cadeira, pois usá-la é apenas automático. É preciso ter coragem para fazer um brainstorm: nunca se sabe o que pode vir a nos assustar. O monstro sagrado morreu: em seu lugar nasceu uma menina que era sozinha. Bem sei que terei de parar, não por causa de falta de palavras, mas porque essas coisas, e sobretudo as que eu só pensei e não escrevi, não se usam publicar em jornais.

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A N T E C Á M A R A

¿qué me resta? La verdad es el residuo final de todas las cosas y en mi inconsciente está la misma verdad del mundo. La Luna es, como diría Paul Éluard, eclatante de silence. Hoy no sé si vamos a tener Luna visible pues se hace tarde y no la veo en el cielo. Una vez, de noche, miré al cielo circunscribiéndolo, con mi cabeza echada atrás, y quedé atónita de tantas estrellas que se ven en el campo, pues el cielo del campo es limpio. No existe lógica, si se piensa un poco, en la ilógica perfectamente equilibrada de la naturaleza. En la naturaleza humana tampoco. Qué sería del mundo, del cosmos, si el hombre no existiese. Si yo pudiera escribir siempre así como lo estoy haciendo ahora estaría en plena tempestad del cerebro, lo que significa brainstorm. ¿Quien habrá inventado la silla? Alguien con amor por sí mismo. Inventó entonces una mayor comodidad para su cuerpo. Después pasaron los siglos y nadie nunca más prestó realmente atención a una silla, pues usarla es apenas automático. Es preciso tener coraje para hacer un brainstorm: nunca se sabe lo que puede venir a asustamos. El monstruo sagrado murió: en su lugar nació una niña que estaba solita. Sé bien que habré de parar, no por causa de falta de palabras, sino porque esas cosas, sobre todo las que solamente pensé y no escribí, no se acostumbra publicarlas en los diarios.

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c r ó n i c a

y

e n s a y o

Julio Ramón Ribeyro. La tentación del fracaso y sus alrededores Ricardo Sigala

L

a obra de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) es una isla en el panorama de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Uno de los lugares comunes cuando se habla del autor de Los gallinazos sin plumas es el que lo designa sarcásticamente como «el mejor escritor peruano del siglo XIX». Ribeyro, es cierto, tiene 27


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una clara filiación con escritores decimonónicos como Flaubert, Maupassant, Stendhal, Gogol y Chéjov, entre otros. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos —específicamente los autores del Boom, quienes optaron por el afán totalizador y la visión multifocal y heteróclita—, él prefirió la ficcionalización de hechos nimios desde un punto de vista «objetivo», deudora de Henry James y una presencia discreta pero constante de Kafka y el primer Joyce. Si seguimos atentamente sus cuentos, pero especialmente sus diarios, veremos que Ribeyro estaba al día en lo que se refiere a las novedades técnicas del siglo XX —«La insignia» que es un homenaje a Kafka y «Fénix» a la técnica faulkneriana son los más claros ejemplos entre sus relatos—, por lo cual, resulta injusto atribuir su aparente anacronismo a la ignorancia, sus lectores más atentos no tardan en percibir en esta característica una derivación lógica de su sensibilidad y su postura estéticas. Es sabido que Ribeyro gustaba de ironizar sobre las técnicas y mecanismos en boga, y a los cuales se refirió como el aspecto «nuevo rico» de la literatura latinoamericana. Es sintomático 28

de lo anterior el siguiente fragmento extraído de los Dichos de Luder: «—Qué opinas de la vanguardia?— le preguntan a Luder. —¿La Vanguardia? No tengo nada que ver con el arte de la guerra.» No obstante lo anterior, su afán no era la descalificación, más bien, sus ataques se dirigían a la ostentación gratuita de dichas tendencias, impuestas por la moda cultural. ¿Cuántos escritores de los años sesenta cumplieron con ellas y ahora están en el completo olvido? Seguro olvidaron que lo importante era construir una literatura, cosa que nunca pasó por alto Ribeyro.


C I E N

Al comprometerse consigo mismo y no con el tronco central de la literatura hispanoamericana, el autor de «Sólo para fumadores» se colocaba al margen del mercado y las modas intelectuales. Esta postura es emblemática ya que la narrativa de Ribeyro simpatiza con los personajes marcados por el fracaso, la soledad, la condición extranjera o apátrida, aquellos que han quedado al margen de la fiesta de la vida. En este sentido, el cosmos que contiene el corpus de su literatura goza, pues, de una coherencia incuestionable. Otro de los tópicos que rondan la literatura de Ribeyro es el de su condición marginal, en gran medida responsabilidad del mismo Ribeyro. Una cita frecuente que ilustra este fenómeno es la siguiente: —¿No te preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan minúscula celebridad? —le preguntan a Luder. —Por supuesto. Me gustaría escribir treinta años más para llegar a ser completamente desconocido.» Un autor al que sólo otros escritores conocían, al que unos pocos editores se atrevían a publicar, un latinoamericano que se empeñaba en no privilegiar la forma novelesca, la envergadura enciclopédica, ni la renovación

P U E R T A S

profusa del aparato retórico, como hacían sus populares contemporáneos. Si bien en todo lo anterior hay algo de cierto, también habría que decir que hacia la década de los setenta parte de su obra se publicaba en España, Francia, Alemania, Holanda e Italia; algunos de sus textos se habían llevado al cine o a la televisión en Perú, Francia y Holanda; cierto que en ninguno de los casos con éxitos de ventas pero por lo menos era un escritor que llamaba la atención y estaba presente en varias regiones culturales importantes. Curiosamente, cuando el prestigio del Boom latinoamericano comenzó a menguar a mediados de los años setenta, la posición marginal, anacrónica y en clave menor de Ribeyro aparecerá ante el nuevo paradigma cultural como una obra de marcada actualidad, asociada comúnmente con los fenómenos de la posmodernidad. Tres títulos en particular contribuyeron de manera especial para hacer posible tal asociación: Prosas apátridas (1975), Dichos de Luder (1989) y La tentación del fracaso (1992). Ribeyro dedicó su vida a la elaboración de una amplia obra, tanto en cantidad como en diversidad genérica: tres novelas, nueve libros de cuentos, una buena cantidad de ensayos y 29


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dos obras de teatro encabezan la lista; pero dentro de la particularidad que representa en sí misma su obra literaria, los tres libros citados destacan por su «rareza» formal y por resultar géneros casi inexistentes en la tradición hispanoamericana, que suele dejar de lado nuestro canon latinoamericano. Es importante decirlo: junto con sus cuentos, en los que el autor se manifiesta magistralmente, son estos libros los que mejor definen la estética ribeyriana y vendrían a ser la culminación de la búsqueda de una literatura personal. La publicación, en 1992, del primer volumen de La tentación del fracaso constituyó un suceso importante para la prosa peruana, y acaso hispanoamericana. La primera impresión causada fue que Ribeyro abandonaba la parquedad técnica característica de sus novelas y relatos para ingresar en un ámbito genérico poco explotado por nuestra tradición: el diario. Sin embargo, para quienes habían seguido la trayectoria del autor no resultaba tan sorprendente, sobre todo si se tenía en cuenta los antecedentes de Prosas apátridas (1975), cuya edición definitiva aparcería en 1986, y los aforismos de Dichos de Luder (1989), ambos marcados ya sea por un tono reflexivo y confesional o bien por la 30

dificultad de la clasificación genérica. Todo indicaba el ingreso a una nueva fase creativa por parte de Ribeyro. La unidad que aparentan estos tres títulos no es de ninguna manera fortuita, pues sabemos que tanto Prosas apátridas como Dichos de Luder nacieron en el seno de La tentación del fracaso, una labor que concentra casi treinta años de reflexión y escritura en torno a la creación. Una simplificación en la catalogación genérica nos permitiría asignarlos en los siguientes tópicos: el ensayo, el aforismo y el diario respectivamente, pero los mismos están permanentemente problematizados en la práctica. La paradoja latente entre la forma de los relatos y novelas de la primera época, de clara filiación decimonónica, y la experimentación formal de los últimos libros, quizá no sea tal después de comprender el objetivo último de nuestro escritor y que de forma tan elocuente presenta en su Antología personal, publicada el año de su muerte: «Las fronteras entre los llamados géneros literarios son frágiles y catalogar sus textos en uno u otro género es a menudo un asunto circunstancial, pues toda obra literaria es en realidad un continuum. Lo importante no es ser cuentista, novelista ensayista o dramaturgo, sino simplemente escritor». Y, efectivamente,


C I E N

el Ribeyro de los tres libros en cuestión es un escritor que erige su obra a partir de su necesidad estética y de comunicación, más sobre la palabra y la experiencia que sobre los supuestos formales que dominan los géneros tradicionales. Prosas apátridas, Dichos de Luder y La tentación del fracaso tienen en común la oscilación entre el ensayo, el aforismo y el diario, y constituyen un híbrido que se conduce entre la suma del texto breve, la reflexión, la autobiografía y el ensayo; los tres se componen de fragmentos y hacen énfasis en los detalles; pero se diferencian en el tono asignado a cada uno de ellos: en Prosas apátridas, domina el ensayístico y analítico; en Dichos de Luder, el irónico; y en La tentación del fracaso, el confesional e intimista. Prosas apátridas es en su conjunto la presencia de una subjetividad que dialoga y discute consigo misma, a la vez que la de un narrador que observa y medita. Se le asocia frecuentemente con la genealogía literaria de Le spleen de Paris de Baudelaire, los aforismos de Ciorán y las reflexiones autobiográficas de Gesualdo Buffalino; en tanto que entre los escritores hispanoamericanos se le vincula con el Antonio Porchia de Voces y el Bioy Cásares de Guirnalda con amores.

P U E R T A S

A lo largo de las casi setecientas páginas que constituyen La tentación del fracaso es difícil encontrar por parte de Ribeyro juicios positivos sobre su propia obra, una de las excepciones es una anotación en torno a Prosas apátridas, el 22 de abril de 1978 escribe: «Probablemente es lo mejor que he dado de mí. Encuentro algunas que me sorprenden y me emocionan porque no sé cómo surgieron ni por qué las expresé así. Son textos que me sobrepasan, quiero decir que son mejores que yo. Creo que en este libro, en ciertos momentos avancé más allá de mi propia frontera». El contrapeso de las anteriores palabras, en las que el texto parece superar las intenciones del autor, lo representa Dichos de Luder. En él, el protagonista comparte muchas circunstancias biográficas con Ribeyro, una especie de alter ego, según se lee en la nota introductoria al texto, y no sólo eso sino que también tienen en común posturas y opiniones ante los más variados asuntos, especialmente de naturaleza literaria. Podríamos decir que Luder no es otro que Ribeyro ficcionalizado, con la salvedad del tono irónico que caracteriza al personaje de ficción. Dichos de Luder es un pequeño libro constituido por un centenar de breves textos 31


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que se hermanan con el aforismo, presentados casi siempre en forma de anécdota. Muchos han visto en Monsieur Teste de Valéry el antecedente más claro de Luder, en tanto que Vargas Llosa lo relaciona con ciertos trabajos de Camus y Flaubert. En Dichos de Luder destaca la brevedad anecdótica, la expresión lapidaria y el humor.

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Por su parte, La tentación del fracaso se muestra como el centro desde el que emana la literatura de Ribeyro, no sólo los libros capitales de los que hemos hablado, que son producción de su última etapa, sino que el diario se remonta incluso a antes del Ribeyro escritor: cinco años separan el inicio del mismo de su primer libro de cuentos, y es posible seguir la génesis de una buena cantidad de sus obras:


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los motivos anecdóticos, las búsquedas formales, el compromiso con la literatura. Mucho se ha hablado de su importancia en América Latina; ya que antes de él sólo se habían publicado «diarios de exploradores, viajeros o funcionarios», el género como una expresión literaria carece de raíces profundas en nuestra literatura. Aunque escritores peruanos contemporáneos como Mario Vargas Llosa con El pez en el agua y Alfredo Bryce Echenique con Permiso para vivir, incursionaron en la escritura autobiográfica —Diario y fantasía de Bioy Casares sería otro ejemplo del ámbito hispanoamericano—, el caso de La tentación del fracaso es diferente porque no se constituye sólo como un libro de memorias sino como el diario de un escritor. Es verdad que en él se encuentra un catálogo de experiencias amorosas y de amistad, conflictos de salud, financieros y laborales, pero los temas literarios dominan el corpus y son seleccionados y presentados de tal forma que se muestran como una constante indagación sobre el proceso de la generación de la obra, de la vocación del escritor y de la elaboración del «yo» ético y estético de la voz enunciativa. Todo en los diarios de Ribeyro apunta a la creación literaria más que a la enumeración

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de experiencias, anécdotas o vicisitudes cotidianas. En el prólogo de la primera edición el autor se nos revela como lector asiduo de este modelo textual: «mi afición a los diarios íntimos data de muy temprano, desde que a los catorce o quince años leí el de Amiel, en una edición de dos volúmenes que encontré en casa», y más adelante agrega: «Con el tiempo logré reunir una apreciable colección y me convertí, si no en un erudito, en un buen conocedor de la materia». Esta búsqueda de la comprensión del género en la profundidad de su estructura, y el privilegio de los contenidos, explica por qué La tentación del fracaso se ha convertido en un referente inevitable para acercarse y conocer la obra del peruano. Pocas veces la lectura paralela del diario y obra de creación establece tantos vínculos útiles para un mejor acercamiento y comprensión de la obra en su totalidad. El diálogo que establece el diario con los cuentos, por poner un ejemplo, no se limita a ciertas anécdotas biográficas susceptibles de ser ficcionalizadas, sino que el «yo» que se construye en él comulga con la estética general del conjunto de la obra de Ribeyro, con las situaciones dominantes y con la preferencia por determinado grupo de personajes. 33


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Cuando Ribeyro reunió sus cuentos bajo el titulo de La palabra del mudo, tenía el afán de explicar que en ellos se le proporcionaba voz a los descastados, los desarraigados, los parias, los inmigrantes pobres y desclasados, que son los personajes que campean en sus textos. De manera significativa, el título de La tentación del fracaso mostrará la tendencia a construir un «yo» enunciativo hermanado con los personajes recurrentes en su narrativa. Si bien es cierto que los primeros años del diario muestran a un Riberyro con frecuentes dificultades económicas como emigrante sudamericano en Europa, también es verdad que una vez que logra una «estabilidad» económica y emocional —llegó a ser funcionario de las embajadas de su país en Europa y se casó y tuvo un hijo—, su diario nunca abandonó el tedio existencial hermanado con los personajes de Sartre y Camus; el malestar, el vacío son las señas de identidad del «yo» en cuestión. Borges se esforzó en construir al «otro» Borges, una entidad ficcionalizada que enriquece su obra; no es diferente el caso de Ribeyro, quien desde las páginas de su diario se construirá como un marginado, desde el hecho de resistirse a adoptar los recursos del Boom que le abrirían las puertas del mer34

cado, hasta la resistencia a seguir la tradición familiar. En alguna ocasión el historiador Pablo Macera lo acusó de ejercer una «estética aristocrática», basado en la línea paterna de su genealogía, a lo que Ribeyro contestó en su diario: «Él ignora que por mi ascendencia materna soy un plebeyo (…). Ignora también que no extraño en absoluto los privilegios mundanos e intelectuales de mis abuelos rectores y que más bien, parte de mi actitud en los últimos años puede definirse como resistencia y casi hostilidad «a seguir ese camino» (no haberme recibido de abogado, no haber hecho lo que podía para ingresar a la docencia en San Marcos, etc.). No conoce hasta qué punto carezco de una serie de sentidos específicos de la casta a la que me quiere asimilar: el de la propiedad, el del domicilio, el de la patria, el de la profesión y hasta el de la familia». Una de las líneas que explota el diario de manera magistral es la que se refiere al ejercicio cotidiano del escritor —que en muchos momentos no podemos dejar de relacionar con otro diario famoso: el de Cesare Pavese—, una cita del 11 de mayo de 1975 resulta una autodefinición elocuente por parte del autor del Silvio en el Rosedal, de su entrega a su oficio: «Cuando no estoy frente a mi máquina


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de escribir, no sé qué hacer, la vida me parece desperdiciada, el tiempo insoportable. Que lo que haga tenga valor o no, es secundario. Lo importante es que escribir es mi manera de ser, que nada remplazará». Sabemos que los cuentos de Ribeyro constituyen una de las obras más personales de nuestras letras y que la experiencia de su lectura es sumamente entrañable. El lector desconoce el origen del impacto de los relatos como «Sólo para fumadores» o «Los

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gallinazos sin plumas», pero es un hecho que resultan casi siempre memorables. No menos sucede con La tentación del fracaso —y sus ramificaciones más cercanas: Prosas apátridas y Dichos de Luder— asistimos en ellos a la tribuna donde se va constituyendo la identidad del Ribeyro escritor, la estética que profesa, su desarraigo y su dificultad para integrarse a cualquier ámbito que no sea su universo literario, es el lugar, como dice Meter Elmore, «donde se reconoce y al que pertenece». 

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Estallas

Y yo que ya no creía en Dios dejé de creer en la ley de gravedad Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios

Dolores Garnica Grita el tango y un pie y otro pie delante y de prisa de prisa de prisa que el enojo no espera y no sé a quién persigo, si al perro que ladra en la cochera de un taller mecánico o a lo que duele mientras camino cruzando la ciudad por la noche y porque sí, que caminar enojado, encabronado, encolerizado e iracundo es contemplar el espacio desde una mecha que se enciende. 37


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Dos audífonos blancos, los viejos tenis y el cabello medio trenzado con liga encontrada en la banqueta para dividir el sudor del ejercicio y el sudor caluroso. Aquí ya no hay brisa: sólo algo más que un sofoco y no son las hormonas. La ciudad es un barranco donde todo cae encimándose. Sobre el concreto se derrumban la pintura blanca que divide los carriles, llantas, carrocería, conductor y dos niños feos riendo desde el asiento trasero; el poste, cables de luz, hotel, restaurante y sus meseros; valet parking, cocina, las ratas de la cocina, salero, árbol de la banqueta, banqueta, perro con correa. Las cosas encuentran sus dimensiones faltantes y las líneas sobre el suelo que indican paso de peatones se levantan para aventarse, pobres suicidas, al fondo del barranco ajustando espacio entre la cama del hotel y un espejo retrovisor. No. En la ciudad ya no hay vacío, es un mito que se inventó el sistema para distraernos de la crisis económica. Recorro una gran avenida, desde La Minerva hasta mi casa por López Mateos y esa cosa extraña que hunde el estómago, esa sensación de vacío que nos comunica... Y hoy mientras se camina encabronado entiendo que el hueco que portamos ya lo llenamos hace cientos de años con círculos, cuadrados y siete 38

u ocho triángulos: la ciudad atiborrada de cosas y colmada de imágenes. Ya pintamos el agujero de todos colores y agregamos un tono gris claro encima para acentuar sus veladuras. Separado de él y en él hundido recuerdo que lo llevo todo el día como cárcel de fiebre que me oprime, como labios que dicen otras frases, como instinto que burla mis deseos (...) yo lo percibo como carne intrusa, como dolencia de una llaga ajena, cómplice de un destino que no entiendo, mudez que no lesiona mi palabra, verdugo en anestesia secuestrado. Elías Nandino (Nocturno Cuerpo). Soy la luz amarilla y mugrosa bajando del poste, incandescente. Así cruzo la calle y aviento lo que me queda de dignidad y de memoria, al fin y al cabo en la ciudad ya ni las usamos. Éramos, y de lejos, el país más criminal de la tierra, y Medellín la capital del odio. Pero estas cosas no se dicen, se saben. Con perdón. Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios

Intento correr con el ritmo del pensamiento. Ruego por pasos firmes y parejos siguiendo la letanía repetida, repetida, repetida. Voy congruente entre las miles de ideas que llenan


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mi cabeza y justo esta noche comienza a llover. Voy de prisa porque no hay otro modo de pensar, más rápido, ganándole al llanto para combinar con el clima y para que no se note, que nadie vea y compruebe que al final todos me vencieron. Las luces de los autos pasan rápido y se extienden horizontales y coloreadas subrayando la velocidad en esta ciudad donde la mayoría camina solo, con o sin ruedas, que la soledad es lo que nos mantiene juntos. Y de reojo el espectacular donde se aplica la ley de la compra como salida. El automóvil estacionado sobre la banqueta y mis pies casi en el asfalto para rodearlo. Largo tono de espera. El Oxxo donde hace semanas se instalaron picos de metal filosos sobre la barda, frente a su ventana, para evitar que alguien se sentara y descansara. Un teléfono público sin auricular y el otro con un tornillo atascando la entrada de las monedas. La malla electrificada. Banca de metal embarrada de mermelada. Perro guardián. El encargado de elegir a las personas gratas en la entrada del bar. Bocinas fuera del supermercado. Botarga mugrosa saludando gente. Logotipo en la placa que indica el nombre de la calle. Árbol en el camellón sin una rama. Viejo gordo y apestoso cobijándose con bolsas de plástico.

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Espiral cortante alrededor de la azotea y pedazos de botellas (bonitos colores) pegados a un muro. Grifo goteando. Tramo de la calle sin alumbrado público. La alarma del auto y la de la tienda. Karaoke en la cochera volumen alto. Meada en la esquina escondida. Árbol derribado para agregar un carril a la calle. «Prohibido hojear las revistas». La mirada perdida del sujeto con el que te topas cruzando un semáforo. Las correas para niños. «¿A quién buscas?». Envases molidos sobre el camellón. Floreros repletos de cadáveres verdes. Recipientes con agua sólo a la venta. Las «altas» de los automóviles. Doble cerradura. El escape de un automóvil. Olor a rosticería. Alcantarilla abierta. Chicle en el suelo durante el verano. Me deben comida, coños, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben. Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, sángüich de mortadela en el bar de la calle Vieira Fazenda, helado, balón de futbol, Rubem Fonseca (Cobrador). ¿Qué cosa nos salva de la ciudad? ¡Nómbrame un objeto generoso! ¿Quién sonríe todavía? Quizá quien ganó la apuesta y obtuvo, el que jodió al otro, el que entra a una cantina y pone sobre el mostrador una credencial de la policía federal para obtener un trago gratis: 39


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«Sí señorita, fíjese, eso hacíamos, ¿usted no lo ha intentado con su credencial de prensa?» Me dijo ayer el taxista. Por eso hoy camino enojada. Hoy busco algo para reconciliarme con el smog y no lo encuentro por más que camino en Avenida Chapultepec, por más que observo en las cafeterías por más que espero a alguien por más que miro y cruzo y vuelvo a cruzar y el claxon que suena y suena. Aquí no hay nada que me devuelva nada. Murieron 212 personas, 69 desaparecieron, mil 470 resultaron lesionadas y se destruyeron 12.5 kilómetros de cloacas, 800 viviendas, 400 miniestablecimientos y 40 microindustrias (La Jornada, 22 de abril de 2002). Todo enciende la pólvora. No, el amor aquí no tiene alicientes. Es una chimenea sin leños que se mantiene como por milagro, ardiendo apagada Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios

Toco levemente la calle con mis pies. La acaricio con la suela del zapato, remarco la pertenencia y marco mi territorio efímero con el talón resuelto en golpes exactos y rígidos. De vez en cuando y llevando el ritmo deslizo mi mano derecha tentando una pared, 40

una reja o la firme corteza de algún árbol. Recorro la calle como una amante recién descubierta. Observo, espero la apertura de la banqueta de cemento y azulejo indicándome la distancia correcta entre zancadas. Que ella me explique por qué hoy hace calor y siento frío, que inunde de oxígeno mi cerebro para pensar claro, para verla mejor y despojarla de pintura, jardines, letreros, postes, banquitas para esperar el autobús o transeúntes. Me apetece desnudarla completita y descubrir lo que debajo de ella yace, lo que la forma, las manos que la crearon y el azulejero midiendo la distancia entre placas de barro. El deseo es el motor de lo urbano. Todo se mueve rodeándolo. En la metrópoli no hay deseo por algo: se necesita desear: el ansia y la pulsión constituyen la fe de la ciudad. El deseo cuenta el tiempo urbano y fuera de sus límites la fe, pobrecita, ya sólo mueve montañas. Hasta una época reciente, la ciudad separaba su población intramural de la exterior a las murallas. Hoy, la gente se divide según aspectos de tiempo. Donde una vez una zona ‘céntrica’ entera indicaba un largo período histórico, ahora sólo unos pocos monumentos lo hacen. El nuevo tiempo tecnológico no tiene relación con ningún calendario de eventos ni con alguna memoria colectiva. Es


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puro tiempo de computadora, y como tal ayuda a construir un presente permanente, una intensidad sin fronteras, sin tiempo, que está destruyendo el ritmo de una sociedad crecientemente degradada. Paul Virilio (La ciudad sobreexpuesta). Alexis empezó a desvestirme y yo a él; él con una espontaneidad candorosa, como si me conociera desde siempre, como si fuera mi ángel de la guarda Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios

Mis dedos son papilas. Abren sus poros desde que inicia la ceremonia entre las dos pieles ya protagonistas bajo mis pasos. La viva que camina y la viva que sostiene a la ciudad. La pared rasposa que alguien barrió verticalmente con una escoba, la lisa contenida con una espátula de madera. La surgida de los ladrillos más bonitos. La que pinta de blanco los dedos, la llorosa de humedad esperando recuerdos. La empedrada para volverse eternamente igual. La delicada capa de aerosol que describe el nombre de los chicos que la invadieron a la media noche para no sentirse solos. Las curvas del hierro fundido estilo Art Noveau. Mis dedos estallan de tanto tocar y ahora negros con los restos de la pólvora táctil recorren los

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silencios entre muros. Y ahora la grieta donde mis manos tropiezan: fisura que mancha y tentáculos hundidos, que la pared es vieja y su piel se torna rígida, estriada, densa y estirada. Tomo aire para no caer enamorado, en ella la humedad ya no existe. Quiero dejar mi mano y apaciguar la herida para que nunca más pida algo a un extraño. Su pecho contraído casi se marchita. Su pecho está al revés. La pared que toco es antigua y deliciosa, velluda de las décadas de smog, parturienta en sus extremidades, panzona de humedad. Sobria y severa. Intenta esconderse y hundo más los dedos para ver si la delicia entre sus carnes perdura un minuto más, vamos, que los pies se desesperan. Y hundo la punta de los dedos y meto la mano entera y la pared me habla en lenguas extrañas de los hombros y brazos que la acariciaron, de espaldas recargadas, patadas de sus desesperados y de los que cruzaron su puerta. Dolía me elevaba me inspiraba sangraba, Rubem Fonseca (El enano). Exhibe su timidez: se deja tocar por todos lados. En sus adentros suaves desmoronándose el beso sabe a cal y cemento, duro de tan perverso. Pido paciencia a los brazos y la pared se contrae mientras más escarbo como un dedo gordo entre los labios. Aprovecho y disfruto. Soy el colérico que se 41


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detuvo a penetrarla: el impertinente sin fuga que no debería quedarse por dictado de las reglas posmodernas. Me hundo con ella en el ruido y conozco ahora todos sus secretos: la ciudad es un susurro que seduce. Libido encendida. Culpa, secreto y enfermedad incurable. El deseo es la terquedad de quedarme aunque tenga prisa, de exprimirle su edad y su sabiduría acariciándola. Soy el amante obstinado. La grieta me reconoce como su parte movible, me confiesa la fragilidad de su piel granulada formada de una escoba vieja y antes de estallar, testifica que Guadalajara tiene la culpa de mi andar rápido. Todas las paredes caen. ¡Hay Harlem!, ¡Hay Harlem!, ¡Hay Harlem! No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos, a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra, Federico García Lorca (Poeta en Nueva York). Fue un solo tiro certero, en el corazón. Creemos que existimos pero no, somos un espejismo de la nada, un sueño de basuco Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios

Veo lluvia. Camino y no arribo a ninguna banqueta a ningún cobijo a distancia digna 42

entre gotas que caen y caen a ritmo de los chasquidos de mis pasos sobre los charcos. Veo. Volteo y detrás nadie. La sombra es mi vigía mientras paso al lado de un muro largo. Es marcha y no andar cuando se camina enojado: para maldecir, señalar, enjuiciar o denunciar. La marcha remarca el ritmo que el caminar esconde. El pie sube el volumen y como beat se acomoda al ritmo cardiaco. Se marcha iracundo y no hay música más furiosa y desolada. Esta cosa en la garganta que se atora y no sale más que con más gotas, como tromba desde adentro, como avispero enfurecido. Esta cosa que me obliga a marchar desencajado distrae, duele, enferma, convulsiona, enajena, embriaga. Esto que no me da descanso me mantiene despierto, lujurioso y profano. Esto que retumba en mis oídos gritando y afónico. Chillido sordo. Es lo que disfruto me unto me place y me amarga. Me toco pensando en ella. El tormento, esta cosa que no puedo nombrar, este verbo que contiene variantes pero es indefinible. Esta cosa que me observa, que nace en la ciudad, fecunda y contagiosa. La que me une al señor que va cruzando 16 de Septiembre, a la señora odiosa de tan casada, al niño que no le ajusta el dinero, al muchacho bailando en el Mónicas, a la amiga que perdió


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una muela, al perro en la azotea sin agua y sin sombra, al vecino que desesperado por no poder sacar esta cosa golpea sin descanso su techo esperando que alguien atienda el reclamo por este ruido mudo que retumba, por el que marcho marcando los pasos hasta que duela esperando que salga de debajo de las banquetas. Allí se esconde. Es uno que tiene lo que he dicho. Lo lleva bajo el brazo como un fardo. Lo lleva como el reloj su peor hora. Lo lleva de umbral en umbral, no lo tira. Él no gana. Él pierde. Él va a la ventana. Él dice primero su nombre. Paul Celan (Canción de una dama en la sombra). Quien marcha se enoja aunque no quiera y como volverse un poco, convencionalmente loco significa arrullo, consuelo y la esperanza de la ciudad, del ejército de cualquier calle durante el día, entonces previendo cordura y prudencia esta noche todo me ve: la banqueta alarga su brazo para tumbarme, mi madre me parió en la ciudad para joderme, las monjas me criaron en la culpa, el gobierno se encargó de enfatizar los viejos tiempos mejores, aleccionó a la tele para que me educara y educó a mis educadores para no aprender nada. Sí. Las flores se marchitan a propósito. No me aviento, me expulsan. El cemento cercenó mis sueños. El semáforo ni pestañea.

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La ciudad es idéntica desde cualquier parte que la mires, entonces, se trata de un espejismo, Luis Fernando Ortega. El piso mojado quiere que me resbale y no sé todavía por qué cuido que mi marcha no me mate, que lo que estalla no me desangre alejándome de lo que me eleva. Por qué reniego de los días nublados, del medicamento o del siguiente cigarro. Voy más de prisa, acelero, las secciones que componen las líneas quebradas son más cortas. Mi andar es furtivo, en mis movimientos, con mi comportamiento, encuentro algo así como una ligera vacilación, una reserva comparable a esa reserva de las últimas sílabas en la comisura de la húmeda boca de los jóvenes americanos, Jean Genet (Diario del ladrón). Y cuando llegan a sus casas los malnacidos rendidos, fundidos, extenuados ‘del trabajo’ pues a la cópula: a empanzurrar a sus mujeres de hijos y a sus hijos de lombrices y aire. ¿Yo explotar a los pobres? ¡Con dinamita! Fernando Vallejo La Virgen de los Sicarios Cuando recobró el sentido, advirtió que en lo que fue la esquina de su calle, entre Gante y Silvio García, un enjambre de cables eléc-

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tricos trenzados a los postes derrumbados se iluminaban en espasmos, permitiendo que más allá del humo que cubría todo el obscuro horizonte, se observara la cruda escena que habían dejado los estruendos. Creímos que se había acabado el mundo, era el murmullo común. En contraparte, fue un amanecer luminoso, similar al de este día. Como a las 10:20 horas, un fuerte estruendo impactó a las afueras de su tienda, cimbrando los muros. Advirtió equivocado, que la causa se debía a que habían chocado su coche. Segundos más tarde, el refrigerador postrado en una esquina de su negocio se hizo polvo, y el cliente con el que conversaba de los olores a gasolina que infestaban desde hace más de un mes a los moradores de la calle Gante, localizada en el Sector Reforma de Guadalajara, sucumbió bajo los escombros. Él, tras los barrotes de su tienda, también había quedado sepultado. El señor Juan Ornelas Contreras padeció la séptima explosión, que en punto de las 10:43 horas, cimbró, reventó el asfalto y derribó

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los muros del área que parte desde los cruces de Gante y Silvio García, hacia la Calzada Independencia. Minutos antes, a las 10:00 en punto, las tapas de las alcantarillas comenzaron a salir disparadas, dejando a su paso densas columnas de humo. Seis minutos después, según el 060, se registró la primera llamada de auxilio; justo antes de que un autobús en servicio de la ruta 333, colmado de usuarios, fuera arrojado por la andanada de explosiones en la esquina de Gante y Nicolás Bravo. Debió ser después de medio día, cuando un vecino que vivía frente a su tienda, penetró en los escombros para sacar el cuerpo con vida de Juan Ornelas Contreras. Desde marzo de ese año —afirma el sobreviviente de 63 años—, los vecinos alarmados ya habían advertido a las autoridades, que un día antes acudieron a la zona sin emprender algún operativo de evacuación por considerarlo en ese momento innecesario, que apestaba a gasolina». Diario

El Informador, 3 de marzo de 2009. 


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TODAS LAS VECES DE MALENA Julio Pesina

I Mi mamá había tirado agua por toda la casa para combatir un poco la sensación de asfixia que provoca el calor de agosto. A esa hora de la tarde el vapor se levantaba convertido en densos cordones entrelazados como si del cielo colgaran guirnaldas blancas. Los papás de Malena se abrieron paso en medio de esa bruma; sus cuerpos ganchudos y la piel amarillenta, apenas cubierta por trapos agujereados, encajaban perfectamente en aquel escenario como si se tratara de una película de horror. En ese tiempo esperábamos a mi papá, que había ido a la guerra, y aquel espectáculo provocó en mí un presentimiento que me hizo saltar de la silla. Esa fue la primera vez que vi a Malena. Yo tenía seis años y ella apenas tres. El ambiente en que vivía aún no la contaminaba; tenía la

piel completamente blanca, apenas salpicada por picaduras de mosquitos; los cabellos rubios, totalmente despeinados, tenían un brillo inusitado y se acomodaban libremente alrededor del rostro, donde resaltaban sus mejillas como enormes gotas de sangre y esas dos aceitunas brillantes que Malena tenía en lugar de ojos. En medio de aquellas dos piltrafas que eran sus padres, Malena resplandecía como una escultura marfileña, casi mágica. La familia de Malena era de un pueblo ovejero a ochenta kilómetros de aquí. El papá de Malena se llama César y es primo de mi madre, se dedica a cuidar animales ajenos. Esa vez vinieron a la capital porque la mamá de Malena estaba enferma y tenían que practicarle unos análisis. Mi mamá los trató estupenda47


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mente —me imaginé que así debía tratarse al marido al regresar de la guerra—: los sentó en la sala, les ofreció un poco de ensalada, pastel de zanahoria y antes de que se fueran les dio café con galletas. —Préstame el biberón de la nena, que a ella le preparé un jugo. —No te hubieras molestado, prima. —Anda, hijo, dale el biberón a tu primita. Cuando le acerqué el biberón, la mano de Malena me apretó dos dedos con su fuerza de niña mientras sus enormes ojos verdes me dedicaban la más inocente de las miradas. Al despedirse de los papás de Malena, mi mamá les prometió que estaría muy atenta a la enfermedad de la tía y que no olvidaran visitarnos cada vez que vinieran. Pero en cuanto cerró la puerta cogió los guantes de hule que le llegaban hasta los codos y se pasó toda la noche tratando de desinfectar las sillas, el piso y cuanto utensilio habían tocado los tíos. Dos botellas de aromatizante no fueron suficientes para que mi mamá se convenciera de que aquel olor a borrego había desaparecido. II Un día antes de irse a la guerra, mi papá y yo estuvimos trabajando en el jardín. Podamos los 48

rosales, sacamos algunas plantas de las macetas y las sembramos en el suelo; luego mi papá rellenó con plantitas nuevas los manchones que había donde el césped se secó. Al terminar llamamos a mi mamá para que admirara nuestra obra. —¡Ni siquiera se les ocurra entrar así a la casa! Van a enlodarla y a todo se le va a pegar ese horrible olor a fertilizante. Después de la discusión con mi madre, mi papá cogió la manguera, movió el diafragma de la pistola de jardinería hasta el chorro más fuerte, y empezó a perseguirme por todo el patio gritando que estaba en la batalla y que yo era el enemigo. En el momento oportuno, soltó la manguera para que yo le disparara y en forma histriónica se dejó caer en el lodo del jardín, completamente acribillado. Muchas veces me he preguntado si mi papá se vería así en el verdadero campo de batalla, el día que le metieron seis balas. Lo cierto es que mi papá regresó una típica tarde de otoño en un ataúd de lámina bronceada. La bandera sobre el féretro estaba cubierta de minúsculas gotas de agua que la hacían parecer un simple trapo como los que mi mamá utilizaba para el aseo de la casa. Mamá no dijo nada cuando los señores que metieron el ataúd dejaron


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huellas de barro en el piso de la sala, pero cuando estuvimos a solas se puso a reclamarle a mi padre por morirse en tiempo de agua. El entierro fue al día siguiente. Cuando regresamos, en la puerta nos estaba esperando el tío César. Traía a Malena de la mano. Malena tenía puesta una bata negra con lunares blancos que le quedaba chica. Adentro nos enteramos de que la mamá de Malena había muerto dos semanas después de visitarnos; el doctor que la atendió en su pueblo ni siquiera llegó a saber a ciencia cierta qué tipo de enfermedad tenía porque jamás regresaron por los resultados de los análisis. El día que enterramos a mi padre, Malena debía tener cuatro años, pero no pronunció palabra alguna; tal vez no le habían enseñado a hablar. Mientras mi madre y el tío compartían sus penas, ella permaneció entretenida en contar los lunares de su ropa, o al menos eso parecía; llevaba su dedo blanco, pequeñísimo, de un punto a otro y al siguiente sin terminar de contarlos. Al verla así, tan ajena a los problemas, a las trampas de la vida, yo creí que Malena jamás perdería su pureza. En la puerta de la casa, al papá de Malena casi se le salen las lágrimas y en medio de aquel sentimiento intentó un abrazo que no obtuvo

respuesta, luego cogió la mano de Malena y las dos siluetas se perdieron entre la bruma otoñal. —¡Ese olor a borrego! -dijo mi mamá cuando cerró la puerta. III Los niños tienen un olor característico, el sudor les huele a frutas machacadas y puestas a serenar: un poco dulce y otro tanto ácido; pero a medida que crecen, los humores se vuelven más ásperos, más intensos y difíciles de disimular. En plena adolescencia, tenía que moverme con absoluto sigilo, consciente de que mi mamá se había convertido en una especie de inspectora de limpieza que rastreaba cada uno de mis pasos gracias al olor. El aroma del tabaco en la ropa era lo de menos, ella podía distinguir hasta el perfume de cada persona que hubiese viajado conmigo en el metro. Tenía quince años el día que vi a Malena por tercera ocasión. Cuando entré en la casa me hallé de frente con esa cara de desagrado que mi mamá no podía disimular. El papá de Malena estaba en el otro extremo de la sala, con una expresión de incomodidad que se sumaba a su ya lastimosa apariencia. Había pasado mucho tiempo, pensé, porque los ojos del tío César se habían recluido por lo menos dos centímetros 49


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más hacia la nuca y ya casi no se distinguían en medio de esos círculos oscuros que eran las únicas porciones de color en todo su cuerpo pálido y flaco. Malena estaba en el centro, con sus ojos verdes apuntando hacia ningún lado y la boca abierta. La cabeza de Malena se movía de acá para allá sin ritmo alguno y el hilillo transparente que escurría de su boca ya había formado un charquito pegajoso en el mosaico de la sala. —¡No te acerques! —gritó mi mamá, y se abalanzó hacia mí— está enferma y aún no sabemos qué tiene. Pero Malena ya me había agarrado la mano y pareció que sus ojos por fin se coordinaban para mirar los míos. Estaban más resplandecientes que nunca, y se veían en esas cuencas marchitas como deben lucir dos aceitunas jugosas en un plato sucio. —Pero ya la atendieron en el hospital — clamó débilmente el papá de Malena. —De cualquier modo, no quiero que se le acerque hasta estar seguros de que no es contagioso —dijo mi madre con el mejor tono que pudo modular. —¡Por favor, prima, la niña sólo se ha vuelto loca! El papá de Malena se fue esa tarde a su pueblo. Malena se quedó en nuestra casa porque 50

el tío no entendía mucho de la administración de los medicamentos y no tendría tiempo para hacerlo; además, en el hospital le habían dado una cita para la siguiente semana, así que le pidió a mi madre que se hiciera cargo de la niña mientras tanto. —Sólo será una semana, prima. —No hay problema —dijo mi madre con solemnidad. Para mi mamá era desesperante tener que ayudarle a Malena con todas las necesidades fisiológicas: darle la comida en los labios, a veces sin éxito porque el alimento se le escurría de la boca siempre abierta; bañarla varias veces al día porque su aroma natural a borrego se mezclaba con los olores de sus desechos. Por si eso fuera poco, los movimientos descontrolados de Malena hacían que el calzón desechable se le desprendiera frecuentemente. A media semana, mi mamá optó por llevar el catre de Malena al cuarto de lavandería y le amarró un pie a la pata de la cama; a partir de entonces Malena estuvo recluida en mi casa como el perro que nunca tuvimos. —¿Qué diablos haces ahí? —gritó furiosa mi madre el día que me sorprendió espiándolas mientras ella reemplazaba el calzón desechable de Malena.


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Malena estaba delgadísima; su piel blanca de antaño se había puesto pardusca y hasta el cabello rubio se había convertido en una especie de estropajo. Los pelos ralos del pubis tenían la misma apariencia. Sólo sus ojos permanecían intactos, humedecidos, como una caricia eternamente renovada. Encerrado en mi cuarto, con la mirada en el techo, sólo alcanzaba a escuchar los ronquidos de mi madre tratando de controlar su náusea y los gemidos cada vez más apagados de Malena; yo no podría decir si era llanto o enojo, o quizá un simple reflejo primitivo. Lo único que yo sentía era una profunda vergüenza atorada entre la garganta y el estómago, hinchándose hasta cortarme la respiración. Aquella visión no desaparecía; seguía delante de mí como una revelación. Cuando bajé la cabeza, había entre mis piernas algo muy parecido a lo que había visto en la boca de Malena. IV De nuevo era agosto, como la primera vez que vi a Malena. Y como aquella vez primera, el calor era sofocante. Me desperté a media noche; tenía la ropa pegada al cuerpo, empapada a pesar del ventilador cuyo sonido ronco parecía capaz de absorber los demás ruidos; sin embargo no era 51


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así, había un sonido en mi interior que no disminuía, que no me dejaría dormir por más que lo intentara. La imagen de Malena producía ese golpeteo incesante en mi cabeza, era la imagen de aquel primer encuentro, la de sus ojos verdes en medio de la piel inmaculada. Habían pasado diez años, Malena no era la misma, lo que estaba en el cuarto de lavandería era algo más parecido a un animal que a la chiquilla de mis recuerdos, pero mi cerebro tramposo mezclaba las imágenes antiguas con la de su sexo, ese sexo recién descubierto, enfebreciendo mi cuerpo cada vez más. En el pasillo los ruidos de los ventiladores se combinaban para producir una sinfonía grotesca. Malena estaba dormida boca abajo; su instinto de conservación evitaba que su propia saliva la ahogara durante la noche. Un instante de remordimiento me hizo retroceder, pero algo muy poderoso pareció jalarme de los cabellos; antes que mis ojos, algo dentro de mí había percibido que el calzón desechable estaba desabrochado. Lo que siguió fue más una serie de imágenes maquinadas por mi cabeza que sensaciones perceptibles por los sentidos. Yo no podía ver el aspecto de aquella niña de doce años sucumbiendo bajo mi cuerpo como un cachorro atropellado, lo que veía era la imagen de unos ojos aceitunados y la de un sexo color de 52

oro sucediéndose intermitentemente. Malena no hablaba, ni siquiera se quejó; sus brazos delgaditos cupieron en una sola de mis manos, con la otra le sujeté la pierna que tenía libre y estuve metido en su cuerpo hasta que el olor de sus excreciones invadió mi nariz como un río de hormigas embravecidas, como si se tratara de un sistema de defensa muy tardío. El resto de la madrugada lo pasé tratando de quitarme el olor de Malena. Al día siguiente la llevaron con el doctor. Cuando llegué de la escuela me encontré a mi mamá enloquecida. Se veía ridícula con aquel tapaboca que distorsionaba cada una de las maldiciones que decía en uno y otro tono. Malena ya no estaba. Mi mamá corrió al tío César junto con su hija en cuanto aquél le contó lo que tenía Malena. El papá de Malena no sabía bien lo que significaba, ni siquiera podía pronunciar «Neurocisticercosis», pensó que era algún tipo de locura. —¡Maldita sea!... ¡Maldita sea!... ¡Todo este tiempo exponiéndonos! —eran las únicas frases que se le entendían a mi mamá en medio de las imprecaciones mientras esparcía la mezcla de desinfectantes por toda la casa. No alcancé a escuchar todas las quejas de mamá porque me fui a mi cuarto, tan paranoico


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como ella, a tratar de desinfectarme. Estuve toda la tarde lavándome hasta que me quedó la piel enrojecida. Afuera sólo seguía escuchándose el trajinar desesperado de mi madre enjabonándolo todo. —¡Maldita sea!... ¡Maldita sea!... ¡Y ese olor a borrego!... V Había pasado más de un mes y mi mamá seguía desinfectando la casa dos veces al día; estaba convencida de que el aroma a borrego no se iba del todo. A medida que pasó el tiempo empezó a mirarme de una manera extraña, con cierta desconfianza, casi con repulsión. —Hueles a borrego... ¿Por qué hueles a borrego? En noviembre hace mucho frío y tenemos que mantener cerradas puertas y ventanas para que no nos asalte el viento helado. Esta situación lo complicó todo al grado que el ambiente en la casa se hizo insoportable; sobre todo porque a veces yo mismo percibía el aroma a borrego en mi transpiración. Entonces venía otra vez a mi mente la imagen de Malena, pero era una imagen muy distinta a las veces anteriores, diferente a todas las veces de Malena. Ahora aparecía en mi cabeza como un corderito blanco

sacrificado en el fango. Se parecía al último recuerdo que tengo de mi padre, muerto por mi mano en un charco de lodo. Mi madre ni siquiera trató de disimular su enojo cuando llegó el papá de Malena, pero cambió su actitud en cuanto se enteró de que Malena había muerto en el hospital. El tío César vino a pedirle dinero para recuperar el cuerpo de su hija. No nos despedimos del tío hasta que le entregaron a Malena en un ataúd de niño. A través del cristal, sus ojos abiertos eran las mismas aceitunas de antaño, pero completamente marchitas, y tenía la boca desencajada en forma de una mueca indescifrable. El cajón blanco trajo a mi cabeza el recuerdo de aquella piel de Malena en sus primeros años, absolutamente inmaculada, y las lágrimas me empezaron a brotar sin control. Al principio en silencio, pero luego fueron un llanto compulsivo que no cesó hasta que volvimos a casa. Entramos abrazados y nos quedamos varios segundos en la sala sin decir nada. Carraspeó de pronto mi madre, como aclarándose la garganta para decir algo importante. Estoy seguro de que era algo acerca del olor que escapaba del cuarto de lavandería, pero por primera vez se quedó callada. 

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Liliana V. Blum Because you saw me in your image, because you favored me, you punished me. Erica Jong, Mother

No me digas que vas a salir así, dice mamá desde la sala, con las manos en la cintura, mirándome de arriba abajo. Tengo la mano en la perilla de la puerta. Podría simplemente decir que sí y dejarla con la palabra en la boca, pero permanezco inmóvil y pregunto: ¿Qué tiene de malo mi ropa? Mi presión sanguínea aumenta mientras espero su respuesta, unas cuantas palabras que pueden arruinarme la tarde o lanzarme a una depresión de varios días. Pero a ella le gusta irse por las ramas antes de lanzar la bellota que dará justo en el blanco. Nada, es sólo que a algunas mujeres les gusta vestirse bien para sus novios. Arqueo la espalda igual que un gato acariciado a contrapelo. No voy a ver a mi novio, contesto, sin poder esconder mi malestar. Hace casi un año que terminamos y ella lo sabe.

Incluso comentó que a mi edad, tal vez sería mi última oportunidad para no vestir santos. De todas formas, creo que te deberías de poner otra cosa. Mi madre se amarra el delantal y me dedica una sonrisa condescendiente. El olor a galletas horneadas invade la planta baja. No hay mejor cocinera que mi madre. Sus postres son el cebo en la ratonera para atraparme y luego decir: si yo tuviera tu cuerpo, no comería tanto. En nuestro ajedrez, ella sabe mover las piezas mejor que yo. Su estrategia es felina; nunca se sabe cuándo vendrá el rasguño. No te lo quería decir, pero con ese pantalón se te ve la cicatriz, dice antes de volver a la cocina. ¿Por qué me detuve a escucharla? Supongo que no hay otra respuesta que mi estupidez umbilical.

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jaque al ratón


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Mi cicatriz, esa oruga blanca, se deja ver cuando los pantalones están más abajo de la cintura. Mi madre ha dicho antes que ese corte no me favorece, pero ahora se refiere a ella y no a la parte que sobresale de mis caderas. Lo sé porque sus pasos de vuelta a la cocina imprimen un poco más de fuerza al piso. Una de las muchas cosas que mi madre no puede tolerar es la certeza de haberse equivocado y creo que en el fondo piensa que con mi hermana y conmigo se equivocó: si ella es la capataz de su propio cuerpo, entonces la responsabilidad es suya. Yo trato de no referirme a ese par de piernitas como mi hermana, pero a veces no puedo evitarlo, pues es cómo ella la llama las poquísimas veces que se atreve a mencionarla. Así como toda mi educación sexual se redujo a una breve plática sobre la menstruación precisamente el día que comencé a sangrar y pensaba que moriría en cualquier momento. La noticia de que tuve una hermana llegó así de inesperada, escueta y demoledora. Supongo que mi madre se levantó una mañana y decidió que era un buen día para lanzarme a la cara que la cicatriz en mi baja espalda era todo lo que quedó de mi gemela parasítica. Lo dijo así, como si el término fuera algo del dominio público. Sin querer, vino a mi mente la imagen de la lombriz en la caja del 56

desparasitante que el pediatra nos recomendó tomar una vez al año. Antes de que yo pudiera hablar, dijo que mi padre y el médico habían tomado la decisión de sacrificar a mi hermana. Pero ella jamás había estado de acuerdo. Tu vida nunca estuvo en peligro, dijo mirando más allá de mí. Quise preguntarle más, pero algo oscuro y perturbador comenzó a formarse tras sus ojos, y no me atreví. No volvimos nunca a hablar de ese tema de forma abierta, pero eso no evitó que la cicatriz saliera a relucir veladamente varias veces en el futuro. Voy a la cocina y la veo sentada, mirando la taza de café negro sobre la mesa, sin atreverse a comer sus propias galletas. Que yo recuerde, mi madre siempre ha estado a dieta. El maquillaje que lleva cubre a un tiempo los restos de su antigua belleza y la frustración de los años. Jalo una silla para sentarme frente a ella. La mesa es nuestra trinchera. Tomo una galleta y la engullo de un bocado, sin poner atención a las migajas que caen sobre mi blusa. Sé que eso la vuelve loca, pero guarda silencio. Eso no era mi hermana, eran sólo un par de piernas que salían de mi cuerpo. Yo misma ignoro si mis palabras son un reproche, una explicación o una apología. Ella levanta la vista, pero no dice nada. Me obligo a seguir: Si no me las hubieran quitado


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hubiera terminado trabajando en un circo. No le menciono que en los últimos años no he hecho otra cosa más que investigar todo lo posible sobre gemelos parasíticos. Tampoco le digo que sin cabeza no hay cerebro y sin cerebro no hay nada, ni alma. Mi madre da un sorbo a su café, sosteniendo la taza con ambas manos y noto que le tiemblan imperceptiblemente. El humo asciende frente a su cara, como en un comercial de Nescafé. Levanta la vista y me mira como si no entendiera de lo que hablo:

siento que mi rostro comienza a encenderse. Si estás sentida porque te hice un comentario sobre tu ropa, discúlpame. Hay cosas que simplemente no te favorecen. Después de tantas vueltas sobre el tablero de ajedrez, este ratón se da por vencido. Todo lo que mamá no dice, hace que la cicatriz se convierta en lo que yo no soy ni seré jamás. Me ruedan las lágrimas. Voy a ponerme un pantalón que cubra bien mi cintura. 

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Esteban, el enano favorito del rey Rafael Medina

Nuestro rey ha muerto, el que ahora usurpa el trono es un impostor, un autómata insuflado de vida por el mismísimo Satán, y nadie en Praga, excepto este enano que abandonó el Señor lo sabe. Lo digo y lo seguiré repitiendo hasta que Dios me reúna de nuevo con mi emperador, el verdadero Rodolfo II, Archiduque de Austria, Rey de Hungría, Rey de Bohemia, emperador del Sacro Imperio Románico Germánico. No me importan las torturas, lo espantoso del calabozo en que me han encerrado, el hambre a la que me han sometido los vasallos del farsante que se hace pasar por mi amo. Tengo fe en escapar muy pronto del castillo y todo el reino estará enterado del monstruo que los gobierna, del siniestro plan de los judíos que están a punto de arrojar a nuestras tierras a una nueva guerra 58

cruenta. ¡Dios proteja a este enano de la infinita maldad del usurpador y de todos sus esbirros! Desfallezco y rememoro aquellos días de gloria cuando era uno de los favoritos del rey. Cuando fui traído de Madrid en 1596, año del Señor, para que formara parte del ejército de enanos, tan caro para su majestad. Pronto sobresalí por mi ingenio y grandes sesos. Dejé de formar parte de la colección de fenómenos para ser Esteban, el enano favorito, el único que podía entrar con libertad al ala norte del castillo para admirar los grandes tesoros que acumulaba el rey. Cientos de pinturas y esculturas del mejor arte hasta ahora creado en todo el orbe, junto con una impresionante colección de juguetes y artefactos fantásticos traídos desde los lugares más recónditos de la tierra. Ani-


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males y monstruos desconocidos para la gran mayoría de las gentes, convivían con fenómenos y seres extrañísimos que espantarían a cualquiera. Maravillas que no alcanzaban a vencer ni siquiera un poco la inmensa tristeza del emperador. Así que yo tenía que emplear todo mi ingenio. Esteban, el enano favorito del rey, organizaba espectáculos maravillosos, espectáculos de carne o de sangre. Porque no hay otra cosa mayor que estimule al concupiscente hombre que el fornicio y la guerra. Feroces luchas entre bestias y hombres, cacerías de niños huérfanos, empalamientos de dementes, despellejamientos de gigantes de abominables y cobardes gigantes; así como cópulas fantásticas donde igual unía doncellas hermosas con mancebos perfectos, cómo a gigantes o bestias, hembras con maquinarias construidas ex profeso

para satisfacer por completo a la mujer más pecaminosa y hambrienta. Sangre y simiente regaban casi cada noche las famosas cámaras del señor Rodolfo, mi emperador. Y de él, me conformaba con una leve sonrisa, con un gesto que engañara, aunque sea momentáneamente, a la pesada loza de la melancolía que aplastaba día a día y de manera irremediable a nuestro querido monarca. Yo en esos tiempos era feliz, recorría toda Praga en busca de cosas o personas que pudieran servir para mis espectáculos, para los poderosos divertimentos que preparaba por las noches en el castillo. Mientras, el emperador discutía con su corte de alquimistas o recibía los grandes secretos de Hermes por parte de sus médicos y maestros Mayer y Ruland. Por allá, una hermosa niña albina, por acá, un cerdito con dos cabezas. O no faltaban comerciantes que de toda Europa o de Asia me 59


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ofrecían objetos maravillosos para la colección del ala norte; desde un grabado desconocido del gran Durero, hasta la cabeza misma de Juan Bautista; de la que, por cierto, tenemos por lo menos diez en el área de las santas reliquias. Mi vida sólo estaba enfocada en hacer menos infeliz al gran rey, que un día maldito decidió trasladar su corte a esta ciudad ingrata, hipócrita, que ni siquiera sospecha lo que le ha sucedido a su emperador, ¡que Dios perdone a Praga la maldita! Y así fue como me gané las simpatías del rey. Por ello no es extraño que el demonio de la envidia apareciera y se apoderara de muchos de los que integran la corte. La empecé a percibir en muchos de los alquimistas, en el pintor de la corte, Sprenger; y hasta en el gran Polonius, el que, frente a todos, un día transformó un vulgar tornillo de hierro en una bella pieza de oro, Faciat hoc quispiam alius, quod fecit Saendivogius, exclamó nuestro emocionado emperador, frase que se conserva en una placa conmemorativa en el castillo. Pero ni siquiera de él, que en verdad es grande, me llegué a preocupar tanto como de los judíos, que se dedican a la cábala bajo la custodia y amparo del rey. Ellos planearon todo, ellos, los únicos que le ocultaban sus descubrimientos a su protector, los que no me permitían entrar a las cámaras que 60

les había otorgado su majestad. De ellos se valió el Demonio para hacer lo que han hecho con el emperador y conmigo. De ahí surgió la voz de que yo era peligroso, de que era un enano loco. De nada me sirvió descubrir su plan, de comunicarle a los consejeros cómo de esas cámaras malditas habían creado un autómata idéntico a nuestro rey. Sin darse cuenta, y aprovechando la salud frágil de nuestra máxima autoridad, poco a poco el autómata, el monstruo suplía en los eventos reales al verdadero emperador. Al saberse descubierto, el falso rey empezó por fingir sorpresa de mi actitud, después una supuesta lástima con la que ordenó la suspensión de mis actividades y la evaluación por los mejores médicos sarracenos que pudieron conseguir, amén de la opinión ya manipulada de los sabios de la corte. Sangrías, inmovilizaciones prolongadas, baños de agua fría y caliente, todo lo soporté hasta que logré escapar de las garras de los sanadores. Ya no soportaba un segundo más de mentira, por ello fue que una noche ataqué con la daga bendita al impostor, al hombre de barro que le insufló vida Satanás mismo. Y ahora estoy encerrado, el rey seguramente ha sido muerto por los judíos cabalistas. Los mismos que un día enjuiciaron y mataron a


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nuestro señor Cristo. Los perros más rabiosos que ha soltado en la tierra el mismo Satanás. Un impostor dirige los reinos de todo el Imperio Sacro Germánico. Bohemia es una vieja sorda, ciega ante las monstruosidades que comete el Demonio en su nombre. Por ello una gran guerra se acerca. Ya huele a sangre y yo desfallezco. No por eso dejaré de gritar, Esteban, el enano favorito del rey, no dejará de pelear. Escaparé de mis captores, no me importan los castigos, el hambre, el dolor. Toda Praga

sabrá lo que han hecho los judíos con nuestra majestad. Yo no maté al verdadero rey, fueron los que me han condenado a la horca. Pronto se descubrirá todo y volveré a estar al cuidado de los tesoros del señor Rodolfo, los ejércitos de gigantes y enanos pronto estarán otra vez en forma. Y yo caminaré de nuevo con parsimonia por las calles de la ciudad en busca de más cosas extraordinarias, de fenómenos dignos para la maravillosa colección del ala norte del castillo, tan preciada para mi señor. 

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Un domingo a las diez de la mañana Gabriel Vega Real

Ausencio se fue muy de mañana. Se fue tan de madrugada, que cuando salió, la noche todavía estaba retacada en todos los rincones de la casa. La respiración de la Cruz se oía toda empolvada, parecía que en cada bocanada se le despegaban los pedazos de tierra que traía pegados al pescuezo. En la casa se quedaron todo ese montón de recuerdos que traían colgados en la espalda. El día que liquidaron su cuenta con el usurero, empezaron a contar el tiempo para adelante, para donde se veía todo bonito; unas macetas de barro en el pasillo y una olla hirviendo el café con piloncillo, pero no alcanzaron a contar ni un año para donde se veía todo limpiecito, cuando los retazos de pecado le secaron los pulmones a la Cruz, y entonces

empezaron a contar el tiempo para atrás. Ya no veían macetas de barro en el pasillo, ni café con piloncillo hirviendo en las mañanas. Sólo se veía ese pedazo de pecado, pero ni cómo componerlo, por eso Ausencio decidió echar el tiempo atrás. Envolvió a la Cruz en el sarape y se escondió el paquete en la sobaquera de la chamarra. Antes de salir, vio las macetas, pero ni cómo componer esos pedazos de pecado retacados en la tierra. No apuró el paso, parecía que a la Cruz ya se le había secado el alma, y con ella todos los pesares de su cuerpo. Caminó despacio por esa madrugada sin orillas, hasta que alcanzó a oír los rezos. Ausencio creyó que prontito iba a restregar en la peregrinación el sarape de todos sus pecados; el sarape en donde llevaba 63


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envuelta a la Cruz, el mismo sarape que sirvió para envolver al cura, el mismito que sirvió para quemar los pecados del usurero. El mismo sarape que usaron para esconder el cáliz. Más que cargar a la Cruz, Ausencio iba cargando sus pecados. Caminó por esa misma vereda sin orillas donde anduvieron él y la Cruz, cuando antes de pegarse a la peregrinación iban cargados de pesares. Su único equipaje era el sarape en donde llevaba envuelta a su mujer, el sarape que sirvió para envolver el cuerpo del cura y después el del usurero, el mismo sarape que usaron para esconder el cáliz. El mismo sarape con el que se cobijaron después de matar al cura. La noche sin orillas acercaba oleadas de rezos cuando se pegaron a la peregrinación. Fueron para pedir el milagro de los quinientos pesos que le debían al usurero; ya hacía tantos años y tantos decires del padre de la Cruz, que se los debían al usurero, y tantas y tantas tardes que la Cruz se metió en su cama, que ya hasta ni se acordaba cómo era sentir el cuerpo de Ausencio acariciándole las piernas. La Cruz que llevaba Ausencio parecía que, a su vez, cargaba rezos de puros arrepentimientos; rezos de penitencias tan infinitas como la noche y la vereda sin orillas. Era una 64

Cruz que parecía que no pesaba a pesar de lo cargado de sus culpas. Una Cruz que parecía que en cada paso hubiera aventado pedazos de un alma pesada y, con el alma, pedazos de ese cuerpo duro como piedra, y esas piernas que parecía que hervían cuando Ausencio la vio ir a buscar al cura, caminando como si caminara con una falda de sábado en la tarde y una blusa de domingo a las diez de la mañana y un cuello color bronce sudoroso y la ropa que parecía que se le pegaba a esos muslos duros y esa espalda tan erguida. Ausencio pensó decirle a la Cruz: «¿Qué no oyes los rezos?» Pero mejor no dijo nada, siguió caminando despacito, no quería alcanzar a la peregrinación, pensó caminar bajo la sombra que iban dejando en el camino, pensó que la sombra los escondería de la noche en que la Cruz se metió con el cura al monte, y cuando la noche estaba más cuajada de rezos y de estrellas y los grillos más escandalosos, se fue asomando poco a poco. El cura estaba encima de la Cruz; encima del sarape. Levantó la piedra y se la dejó caer en la cabeza. El cura se quedó todo quietecito, todo silenciado. La Cruz le buscó debajo de la sotana y encontró el cáliz. Un cáliz tan pesado y tan brillante, que a pesar de su tamaño bien podía valer más de quinientos pesos. Envolvie-


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ron el cuerpo del cura con el sarape y lo fueron a tirar a la barranca. Se taparon con el sarape, y con una orillita amarraron el cáliz hasta que se callaron todos los rezos y dejaron de gritar los grillos, hasta que la noche se despejó de estrellas y empezaron los rezos del alba y los gritos de arrepentimiento y las penitencias y la peregrinación ganó camino y Ausencio y la Cruz se regresaron por una vereda y un día nuevo con orillas. La Cruz se dejó caer en los brazos de Ausencio en el camino, se taparon del sol debajo de un romero. La Cruz todavía olía a los olores del cura cuando Ausencio, con el cáliz bien escondido en el sarape, dejó que le ganara el sueño y la Cruz le salpicó el pecho con un rosario de lágrimas de arrepentimiento. Cuando la noche se hizo otra vez un camino sin orillas, la Cruz se asomó por la ventana de la casa del usurero, golpeó varias veces en el vidrio y Ausencio se fue a esconder atrás de un paredón de adobe. En donde quemaron el cuerpo del usurero después que la Cruz entró a la casa caminando, con ese cuerpo duro como piedra, y esas piernas que parecía que hervían cuando Ausencio la vio ir a buscar al usurero caminando como si caminara con una falda de sábado en la tarde y una blusa de domingo a

las diez de la mañana y un cuello color bronce sudoroso y la ropa que parecía que se le pegaba a esos muslos duros y esa espalda tan erguida. Después de un rato, cuando el usurero le restregaba la espalda con el piso, y estaba encima del cuerpo duro como piedra de la Cruz, Ausencio levantó el cáliz y le partió la cabeza al usurero, y como robar es cosa de pecado, la Cruz nada más agarró quinientos pesos del cajón, haciendo de cuenta que le había vendido el cáliz al usurero. Ausencio envolvió el cuerpo y lo quemó toda la noche y toda la mañana y le dijo a la Cruz que se fuera a meter a la casa y bañara ese cuerpo sucio de las manos del cura y de las manos rasposas del usurero. La Cruz llegó a donde Ausencio estaba juntando el montón de cenizas atrás del muro de adobe, detrás del mismo muro en donde veía a la Cruz cada semana ir a sentarse en las piernas huesudas del usurero, y después acostarse en el suelo para que el viejo le restregara la espalda con el piso. Compraron las macetas al medio día y se fueron a la casa, lavaron con mucha agua las macetas y los pasillos como si restregaran sus pecados. La Cruz regó la maceta con un rosario de lágrimas de arrepentimiento y abonó 65


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las plantas con las cenizas del usurero, respiró muy hondo, respiró como si descansara, como si de ese día en adelante sólo contara el tiempo para adelante, lo contaría con las cosas que compró con los quinientos pesos. Volvió a respirar muy hondo, respiró como si sollozara y se le metieron las cenizas del usurero a los pulmones. No alcanzaron a contar ni un año para donde se veía todo limpiecito, cuando los retazos de pecado le secaron los pulmones a la Cruz, y entonces empezaron a contar el tiempo para atrás. Ya no veían macetas de barro en el pasillo, ni café con piloncillo hirviendo en las mañanas. Sólo se veía ese pedazo de pecado, pero ni cómo componerlo, por eso Ausencio

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decidió echar el tiempo para atrás. Envolvió a la Cruz en el sarape, y se escondió el paquete en la sobaquera de la chamarra. Antes de salir, vio las macetas, pero ni cómo componer esos pedazos de pecado retacados en la tierra. Ausencio no alcanzó a pegarse a la sombra de la peregrinación, agarró camino a la barranca, en donde fueron a tirar al cura. Arrojó el cáliz como quien quiere sacudir todos los pecados de su alma, y después desenvolvió a la Cruz del sarape y la arrojó hasta verla desaparecer en el mero fondo de la Cañada. Se envolvió en el sarape y regresó a su casa, en donde lo encontraron con la cabeza partida, un domingo a las diez de la mañana. 


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La virgen del beta Cástulo Aceves

Para: Wikarame@hotmail.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: No podré ir a la peda ¿Qué ondas master? Leí tu correo sobre la peda este fin de semana, pero no podré caerle. Me mandaron a un pueblo a cubrir una nota. Creo que intentan hacerme renunciar. Tenías razón, no debí haberle llevado aquel artículo sobre el cardenal y sus influencias en la política a mi editor. No podíamos saber que con sólo publicarla lo despedirían. No sé por qué no corrí con la misma suerte. En un primer momento me consideré afortunado, pero viendo todas las jaladas que me han hecho no sé si es peor castigo. Él por lo menos recibió finiquito, todo indica que quieren que yo me vaya sin nada,

eso o que me muera. Además de ponerme a un nuevo editor que es más mamón que la chingada, el lugar al que me mandaron apenas si aparece en los mapas del estado. A ver si no me desbarranco o me pierdo en el camino. Bien me dijiste que no me metiera con políticos, ni con religiosos, menos con los que son ambos. Todavía me sugirieron que me «confesara» antes de salir, se la prolongan. Atte: Rubén Fonseca

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Para: Avevaporosa@yahoo.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: Y ate extraño ¡¡¡Amooooooor!!! Hace como tres horas que llegué al pueblo. No está lejos, sino hasta la chingada. Necesité tomar avioneta, luego un camión que parecía escalar la montaña en vez de seguir un camino. El lugar está en medio de la nada. San Garabito es una micro mierdita, casi una ilusión en medio de los cerros. Apenas unas cuantas cuadras tienen línea telefónica. No sabes el trabajo que me costó conectar el modem, ¡el hotel donde me quedo sólo tiene una línea para todos los cuartos! Incluso necesité de una extensión al pasillo para conectar el celular que ni siquiera tiene señal. En el lobby hay una televisión blanco y negro donde sólo están viendo películas del siglo de oro. ¡Te extraño! Este reportaje no tomará más de dos días. Un beso enorme y apapacho caluroso. Tu osotototote.

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Para: Rodolforuiz@lapared.com De: RFonseca@lapared.com Asunto: Nota terminada Attach: Nota_virgensangarabito.doc Estimado editor Rodolfo Ruíz: Le mando el archivo adjunto con el reportaje especial que me fue asignado. No hubo ningún problema al respecto. La virgen que aseguran ver los lugareños es sólo una mancha de óxido en el astabandera de la plaza principal. Ya le han puesto flores y alguien la adornó con telas azul claro a forma de altar. Dada la lentitud del Internet en el hotel donde me hospedo espero que el archivo llegue completo. De cualquier forma lo primero que haré apenas llegue a mi casa, será volverlo a enviar. Asumiendo que pase el fin de semana trabajando, supongo que nos vemos el jueves o viernes próximos. Atte: Lic. Rubén Fonseca Reportero e investigador Periódico «La Pared»


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Para: Avevaporosa@yahoo.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: Missssyualote ¡Corazoncito! No sabes las ganas que me dan de renunciar, de mandar a los del periódico a la chingada. Yo iba a regresar ayer sábado, pero me salieron con que necesitan fotos, una entrevista con el sacerdote del lugar y por lo menos quince impresiones de los lugareños, así como una biografía completa de la anciana que asegura haber descubierto a la Virgen y de las que aseguran que recibieron milagros. Lo peor del caso es que la avioneta que me permite llegar hasta acá sólo tiene salidas los días miércoles y sábados. Creo que si acaso te veré hasta el viernes. Ya sé que esto es demasiado, pero debo resistir, no me puedo dar el lujo de renunciar. Te amo y te extraño. Tu osotototote. Para: Wikarame@hotmail.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: Pinche pulque, quiero una chela Wey, ya es una semana de que estoy por acá. No sabes la de requisitos para la nota que me pidieron en el periódico. Biografías, notas, comentarios, fotografías y mamada y media. Aunque

el sacerdote es un anciano ciego, sospecho que me espía, que le comunica al cardenal todas las contrariedades por las que me hacen pasar. Las mujeres parecen tenerme miedo cuando trato de entrevistarlas; las más ancianas me hacen gritarles y luego parecen gozar hablándome durante horas, de parientes que me valen madre. ¿A mí qué más me da si el primo de fulanito que era cuñado de sutanito que era amiguísimo del tal por cual que se murió en el cerro cuando iba con la que era esposa del primo de no sé quién más? No sabes cuánto extraño una buena chela, aquí, si acaso tienen pulque y tequila. Pero no de ninguno que me agrade, sino puras botellas de coca-cola rellenas. Hace dos días fui a la cantina, el único lugar abierto después de las seis de la noche además de la iglesia. El cantinero es un viejo que habla tan bajito que sospecho cada quien paga lo que supone es su cuenta. Sólo estaban dos rancheros, ambos arrugados, de cejas pobladas, tomando tequila en caballitos y una botella de un líquido seboso que me compartieron, esa madre sabía a jabón. No sé que sería, pero a medio vaso ya andaba vomitando. Ellos reían y yo en el pinche suelo deponiendo ácidos gástricos en un canalito que después supe era un mingitorio «público». Ni siquiera pude regresar a mi cuarto a una cuadra de allí; amanecí en la 69


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plaza principal. Me despertó la anciana que cuida a la Virgen, gritándome que era un hereje por haberme meado en el altar, que en realidad son dos cajas rodeando la astabandera. Pinche cruda, todavía me siento mareado. Atte: Rubén Fonseca Para: Avevaporosa@yahoo.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: Perdón Perdón Perdón Perdón Perdón Perdón ¡Perdóóóóname!. Con trabajos logre tener recepción a medio cerro para marcarte, y no pensé que la emoción de platicar se convertiría en una pelea. No es que no quiera una boda, entiéndeme, en estos momentos estoy más peleado con la religión que nunca. No sabes lo exasperante que son el montón de ancianas crédulas, el sacerdote decrépito que pensé se iba a morir cuando discutía conmigo hace unos días. No sé de dónde sacaste la idea de que igual y encontré mi «amorío de puerto» en este lugar. Yo sé que te conté que casi no hay varones, que todos están de ilegales en el norte. Sí, la verdad es que muchas chicas parecen seguirme cuando paseo por la plaza, veo que al voltear todas las del grupo se ponen a reír nerviosas. ¡Tendría que ser pedófilo o depravado para hacerles caso. ¡La que 70

más edad tiene será de unos doce años! No seas así, no me dejes angustiado, ya son quince días y no veo la salida. Te extraño y suplico me perdones. Tu arrepentidoso. Para: Rodolforuiz@lapared.com De: RFonseca@lapared.com Asunto: Documentos y notas adjuntas, reportaje terminado Attach: Nota_virgensangarabito.doc; Biografia_SusiSanPedro.doc; Biografia_Anadelcarmenrefugiodenuestroseñormartinezgonzalesdeperezjimenez.doc; Biografia_MariaRayitoUribe.doc; Biografia_PboOscarBosco.doc; Anecdotario_adjunto.doc; img0001_virgen. jpg; img0002_virgen.jpg; img0005_virgen. jpg; img0016_virgen.jpg; img0009_altar.jpg; img0011_altar.jpg; img0007_SusanaSanPedro. jpg; img0018_Anadelcarmen.jpg; img0023_ sacerdoteOscar.jpg; img0003_SanGarabito. jpg; img0028_SanGarabito.jpg; img0034_SanGarabito.jpg; img0037_SanGarabito.jpg; ReporteGastos.xls Señor editor Rodolfo Ruíz: Adjuntos le mando la nota, las biografías, las fotografías que me pidió, el anecdotario y la lista de gastos para empezar a solicitar mi repo-


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sición. Ya me estoy quedando sin efectivo, y el cajero automático más cercano está como a seis horas en el camión. Logré convencer al gerente del hotel de que recibirá su pago, pero espera un recibo antes de irme. Sé que las reglas son que sólo se puede recoger el cheque de nomina en persona, pero estoy aquí por trabajo. Le pido que les explique a los de recursos humanos y me depositen en mi cuenta, o me envíen dinero en un giro postal o encuentren algún modo de ayudarme con los gastos. Ya terminé el trabajo, son casi tres semanas que estoy aquí y espero me dé permiso de regresar a conjuntar el reportaje. Espero su confirmación para poder regresar. PD: Este es el tercer intento de mandar todos los documentos, llevo más de dos horas, le solicito confirmación de correo recibido. Atte: Lic. Rubén Fonseca Reportero e investigador Periódico «La Pared» Para: Wikarame@hotmail.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: No mames no mames no mames Cabrón, se pasan de lanza. Gracias por hacerme el paro de intentar cobrar mi cheque de nómina.

Cuando regrese voy a recordarles a su pinche madre. Un paro más, habla con mi chica, cada vez que hago el viaje a uno de los cerros para lograr tener señal y hablar con ella terminamos más peleados. Ya cumpliré el mes aquí y lo único que me responden del periódico es que tengo que hacer más interesante el artículo, ser más «profundo», descubrir «la nota mística dentro de la cotidianidad de un pueblo sencillo», ¡Puras mamadas! Debo pensar en algo, este lugar es tan aburrido que temo un día morir mientras paso la tarde en la plaza mosqueándome con las viejas de la vela chorreada. Atte: Rubén Para: Rodolforuiz@lapared.com De: RFonseca@lapared.com Asunto: Segunda manifestación de la Virgen en San Garabito Señor editor Ruíz: Este correo es sólo para comentarle que por increíble que parezca al parecer se ha aparecido otra manifestación de la Virgen. Según mi parecer la historia tras esta segunda imagen puede ser material de un reportaje mucho más interesante. Estoy haciendo averiguaciones, tan pronto tenga notas preliminares las enviaré. 71


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Atte: Lic. Rubén Fonseca Reportero e investigador Periódico “La Pared” Para: Avevaporosa@yahoo.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: Te extraño Pronto volveré y podremos hablar. Tu último correo me desconcertó mucho. ¿Por qué me pides tiempo?, a qué te refieres con que repensemos las cosas. Rubén Para: Wikarame@hotmail.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: Ando en chinga Wey, ya necesito regresar. Tuve una idea genial para poder acelerar mi regreso. La plaza de este pinche pueblo con trabajos tiene dos o tres tiendas jodidas. Una de ellas, además de ser ferretería, farmacia y cafetería, es acuario. Neta, un acuario. Apenas tiene peceras, tortugas pestilentes y unos cuantos betas. La dueña es una señora gorda con aliento a podrido, sospecho que confunde a los peces que amanecen muertos con botanas. Hace tres tardes me encontré 72

con un beta azul cuya cola tenía unas manchas alargadas de color blanco. La figura que formaban me recordó no solo a la mancha de la astabandera, sino a alguna virgen de aquellas que se han aparecido por todos lados. Casi hay que fruncir el ceño para que tenga sentido la figura, pero sinceramente no había nada que perder. Compré el pez y pregunté a algunas de las ancianas si apreciaban la figura milagrosa. Todas se persignaron en seguida. Ando escribiendo el artículo, inventándome biografías, redactando anécdotas, exagerando o modificando lo que descubrí de la pasada Virgen. Incluso convencí a un viejo de que me permitiera ponerle un altar en un cuarto vacío a unos metros de la iglesia. Ya terminará esto. ¡Se me hace que me quedará tan bien que hasta podré solicitar un aumento! Todavía use un láser de mi llavero para convencer a un borracho de que le hablaba la aparición. Me la jalo, pero ya estoy hasta la madre. Gracias por todo, nos vemos. Atte: Rubén Fonseca


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Para: Rodolforuiz@lapared.com De: RFonseca@lapared.com Asunto: Documentos y reportajes de Segunda manifestación de la virgen en San Garabito Attach: Reportaje_segunda_aparicion.doc; Reseña_historia_Don_Amancio_Barba.doc; Historia_Martir_Nepomuceno_Castellanos. doc; Tabla_milagros_virgen_del_beta.xls; Reportaje_Trinidad_de_la_concepcion_inmaculada.doc; Nota_roja_Extraña_muerte_ Susana_SanPedro.doc; Foto_documentos_historicos.gif; Adicion_reportaje_Pbo_OscarBosco.doc ; Apariciones_y_santos_San_Garabito.xls; Img0053_Acercamiento_virgen_beta. jpg; Img0064_Virgen_beta.jpg; img0065_altar. jpg; img0074_Don_amancio_y_virgen.jpg; img0087_muejeres_fieles_orando_frente_a_ pecera.jpg; img0093_pbo_oscar_y_ruben.jpg; img0104_restos_altar_primera_aparición.jpg; img0134_nota_roja_postumo_Susana_SanPedro.jpg; img0142_agua_milagrosa.jpg; img0154_testigo_milagro2.jpg; Señor editor Rodolfo Ruíz: En este mensaje está contenido no sólo el reportaje sobre la importante segunda aparición de la Virgen en San Garabito, sino una reseña histórica de don Amancio y su familia, que es el dueño desde hace

seis generaciones de la casa donde se descubrió el beta en cuya aleta aparece la Virgen. En esta reseña se verá cómo sus antepasados han tenido una cercanía mística con el lugar, fueron fundadores e incluso héroes locales durante las guerras que se dieron hace ya cien años. También incluyo la historia del mártir Nepomuceno Castellanos, tío segundo de la señora Trinidad de la Concepción, quién nos la relató y resulta ser la propietaria del establecimiento donde se encontró el pez milagroso. De esta última agrego un reportaje extenso que aborda desde la economía, los mejores remedios para el salpullido y qué hacer si un pez nada boca arriba, hasta una oración exclusiva para orar el tercer y cuarto domingos de febrero. Los archivos en hoja de cálculo son tablas que hacen recuento, además de los milagros que ya son más de la decena en sólo una semana, de los santos, mártires, apariciones y manifestaciones divinas de las cuales el pueblo de San Garabito ha sido testigo en su historia. La nota que viene marcada como «roja» es una investigación policiaca sobre la muerte de la señora Susana, que era la anterior testigo de la manifestación en la astabandera, que apareció muerta en su casa y el delito aún no se esclarece, aunque la autoridad local no parece tener mucha prisa. Sugiero discreción al ver, y sobre todo, publicar la historia. En un tono menos trágico, notará 73


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una imagen que logré sacar del Registro Civil de un acta donde al parecer consta que San Garabito fue alguna vez un lugar de peregrinaje. Por último, en las distintas imágenes se aprecia a la Aparición, el altar, los lugareños orando, una fuente de agua sanadora en la sierra, que le es atribuida como quinto milagro y la foto de un testigo que asegura haber dejado de beber pues la Virgen lo guió en medio de la noche, mediante un ojo de fuego que le veía desde las paredes, hasta la entrada de su altar. Me despido a la espera de sus comentarios y las órdenes pertinentes.

PD: Sólo para que se te enchile el culo, aquí he estado no con una, sino con tres chicas de las que se ofrecieron a ayudar con el altar y los reportajes de la Virgen. Son bastante fogosas, curiosas y abiertas. Una de estas noches te mando fotos para que se te cueza el estómago de coraje. Para: Wikarame@hotmail.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: PUTO Traidor.

Atte: Lic. Rubén Fonseca Reportero e investigador Periódico «La Pared»

Para: Rodolforuiz@lapared.com De: RFonseca@lapared.com Asunto: Agradecimiento

Para: Avevaporosa@yahoo.com De: Buhonoctambulo@gmail.com Asunto: …

Señor editor Rodolfo Ruiz: Gracias por las felicitaciones que me envió por este medio. Me alegra saber los buenos comentarios que recibió el reportaje. Con gusto continuaré con el trabajo para el artículo semanal durante los próximos meses, en espera de que El Vaticano declare como cierta esta aparición. Recibí además la llamada del Cardenal felicitándome y una motivadora conferencia con el director de nuestra empresa donde hemos charlado de varios proyectos en puerta. Le

No sé cómo te atreves a mandarme un correo tan ojete. No sólo es que me hayas cortado así, tan cabrón, con la pinche excusa de que no has podido comunicarte, sino que me digas quién es el hijo de puta con quién me pusiste el cuerno. Ojalá se te pudra la cola con ese pendejo. Tu EX… 74


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comento que seguramente recibirá una llamada de su parte y debo decirle que he hablado excelentemente de usted y nuestra relación de trabajo. En la casa parroquial cuentan con un teléfono satelital mucho más seguro y confiable, mismo que se han ofrecido a prestarme para hacer o recibir las llamadas que necesite, por lo que no dude en contactarme si así lo necesita. Le daré seguimiento al reportaje, pues, como le comenté a nuestro Excelentísimo Cardenal, estoy seguro de haber encontrado la misión en mi vida propagando la noticia de este hallazgo. Atte: Lic. Rubén Fonseca Reportero e investigador Periódico «La Pared» Para: Wikarame@hotmail.com; Avevaporosa@yahoo.com; De: RFonseca@lapared.com

Asunto: Paz interior y perdón Antes que nada, quiero pedirles mis sinceras disculpas por los correos y llamadas que hice hace unos meses, cuando me enteré de la situación entre ambos. Claro que me sentí traicionado, furioso y vengativo. Esos tiempos han pasado, mi reacción, si bien natural, fue exagerada. Ambos

son una parte de mi vida, que debo recordar con alegría. Los quiero a ambos y por tanto he llegado a la conclusión de que, si son felices juntos, les deseo lo mejor. Bendigo su unión y sólo deseo que puedan llegar al feliz término de un matrimonio como Dios y la tradición indican. Aprovecho para anunciarles que me quedaré por lo menos algunos años en San Garabito. He sido nombrado director de un nuevo periódico para la región subsidiario de «La pared», además de que soy el corresponsal oficial para toda la empresa. Aquí la gente me ha regalado una casa cerca del altar de Nuestra Señora del Beta, donde además tengo la tarea de velar y ser comunicador oficial de sus mensajes. No es tan difícil como parece, el prelado me envía a chicas que se preparan para la vocación a que ayuden con los quehaceres, las cuales además reciben instrucción de mi parte en temas como literatura, política, periodismo, etcétera. Por si fuera poco me he hecho amigo del presbítero, el Presidente Municipal y otras personalidades que me han enseñado las bondades de la vida silenciosa de los pueblos. Les envío una bendición y un abrazo afectuoso. Atte: Rubén Director del Periódico «La Pared Los Altos» Corresponsal permanente en «San Garabito» 75


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Para: Rodolforuiz@lapared.com De: RFonseca@lapared.com Asunto: Bienvenida Licenciado Ruíz: Antes que nada permítame darle la bienvenida en el nuevo proyecto periodístico que es la edición de «La Pared» para esta región. No se arrepentirá pues verá que, además de una vida más tranquila y contemplativa, las noticias que cubriremos serán más alegres y positivas que aquellas de la ciudad. Todos en San Garabito están muy emocionados por todo lo que se ha venido sucediendo desde la aparición de Nuestra Señora. Sé que mi recomendación tuvo mucho que ver y es que, en una nota personal, no concibo el nuevo proyecto sin su compañía. Espero que en mi nueva posición de director no se vea amedrentada nuestra relación de trabajo, y comprenda que más que un puesto administrativo, le necesitaba como editor de la totalidad de las notas que publicaremos diariamente, pues sólo en usted confiamos para la tarea. Sé que serán jornadas duras, pero tanto el director como las autoridades que se han acercado a ayudarnos confían en su total abnegación por la excelencia del trabajo. Su familia estará bien en su ausencia, se lo aseguro, y buscaremos que 76

en pocos meses tenga días de descanso o fines de semana para que pueda visitarlos. Confío en que entiende que en el cuarto que le hemos preparado, si bien un lugar de honor, pues es el único que no tiene que cruzar el patio para llegar a las letrinas, no podrían establecerse su esposa e hijos. La oración y paz del lugar le llenarán el alma; por lo que estoy totalmente seguro que pronto se sentirá integrado. He dado órdenes a las novicias que ayudan en mi casa, que pronto será también suya, de que no le molesten, ni hablen, hasta que haya encontrado el ritmo y condición para efectuar sin presiones su labor. Le aseguro que le trataré con la misma deferencia con que usted siempre me trató. Le deseo buen viaje hacia este mágico lugar y le sugiero, si sufre usted del corazón o el estómago, que lleve a la mano los medicamentos que considere necesarios en la avioneta. Atte: Lic. Rubén Fonseca Director del Periódico «La Pared Los Altos» Corresponsal permanente en San Garabito


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Para: Wikarame@hotmail.com; Avevaporosa@yahoo.com; JuanP34214@hotmail. com; user24@caozoft.com; acuarioarboledas@saomexico.com; Retesoto@yahoo. com.mx; admin@reexconsultores.com; user216457836@10minutemail.com; carlosvertis@yahoo.com.mx; patriciaguerrosa@ hotmail.com; eliteelite@msngroups.com; elcandadoperez@msn.net; seven_arriba@prodigy.net.mx; yestoyou@hotmail.com; bgates@ live.net; rubem@hotmail.br; fom_seca@ writers.com; taller_cuento@ug.com; absolutamente_vodkoso@hotmail.com; traitoris@jb.mx; De: RFonseca@lapared.com

Asunto: Comunica el mensaje La Virgen se ha aparecido en un pequeño pueblo de la sierra: San Garabito. Lugar ancestral de peregrinaje y oración. Nuestra Señora ha seleccionado desde su sabiduría a una criatura sencilla para manifestar su grandeza. Su imagen, impresa en

las aletas traseras de un pez beta (conocido como «Luchador de Siam»), ha dado esperanza y milagros a los que la contemplan. A mí, como a otros que acompañan el proyecto, nos ha dado la misión de expandir y comunicar su mensaje. ¡Ha llamado al mundo a la oración y contemplación al igual que un pez desde su pecera! Manda este correo a 20 personas y a continuación reza una oración ante cualquier pez beta en tu casa (¡si no posees uno dispones de 48 horas para comprarlo!). Por último, ayúdanos a la edificación de su santuario enviando dinero a las cuentas que encontrarás en el sitio web que ha sido creado o donando a través de Internet. Si realizas todos estos pasos, la bendición caerá sobre tu familia. Una bendición de mi parte: Lic. Ruben Fonseca, Director del «Santuario de Nuestra Señora del beta» http://virgendelbeta.blogspot.com/ 

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La muerte no llega Abraham Villaseñor

Leonardo deseó con ansiedad la muerte. Duró vivo casi dos días en el fondo del barranco, atrapado entre los hierros retorcidos de su auto y con el cadáver de su novia como copiloto. La ruptura del cuello lo dejó cuadripléjico: no sentía, ni podía moverse. La única sensación física era una sed ardiente que incineraba su boca. Hasta ese momento no se imaginó que lo peor estaba por venir. La noche anterior, en su fiesta de graduación, Leonardo había sido reconocido como el mejor alumno de su generación. La fiesta casi terminó al amanecer en medio de una gran borrachera. Las melancólicas “golondrinas” fue la canción que despidió a los médicos recién nacidos. Tres días atrás, Domitila, madre de

Leonardo, se había fracturado la pierna, por lo que sus padres con mucho pesar, no pudieron asistir a la graduación de su único hijo. Apenas terminada la fiesta partieron para San Sebastián. Había llegado el momento de presentar en su casa a Raquel, su novia de toda la carrera y con quien se casaría dentro de seis meses. Ella había insistido a Leonardo que esperaran al menos un día antes del viaje para así descansar y el pudiera conducir sin cansancio luego de la fiesta. —No te preocupes, con las desveladas en el hospital ya tengo callo para esto, dijo él. Horas después se encontraba manejando por la carretera libre, mientras Raquel iba profundamente dormida. En un suéter azul 79


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claro, acomodado sobre la puerta del auto descansaba su cabeza. La desvelada de la fiesta de graduación la había rendido. Él, luchaba contra el sueño para mantener los ojos abiertos mientras conducía su Chevy rojo. Sus párpados, como dos cortinas de hierro, se resistían a mantenerse abiertos. Cabeceó en dos ocasiones, pero seguía despierto hasta que en una tercera se quedó dormido: en una curva el auto siguió de frente y salió volando hacia el barranco. Cuando él abrió los ojos y vio el parabrisas destrozado ignoraba cuanto tiempo había transcurrido. El tablero le mantenía las piernas prensadas y un pedazo de hueso le salía a través del pantalón a la altura del muslo izquierdo. Sus manos y piernas no le respondieron cuando quiso moverse. Intentó girar para ver a Raquel, pero su cabeza sólo se movió ligeramente. De nuevo hizo un esfuerzo por voltear hacia su derecha cuando vio a su novia: —¡Dios mío ¡Debe ser una pesadilla! —¡Raquel! ¡Raquel! —gritó sin obtener respuesta. La joven tenía el cráneo fracturado y parte del cerebro cubría sus ojos… Él, inútilmente trató de moverse:

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—Con los golpes debí de haberme roto la columna cervical, se dijo. ¡Estoy cuadripléjico! Por eso no siento nada ni puedo moverme. Una ola de desesperación lo invadió. La angustia de conocer lo que le había sucedido físicamente fue el inicio de su agonía. Como médico hizo su diagnóstico. Lo más probable es que jamás volveré a mover ni brazos ni piernas. Estoy condenado a pasar el resto de mis días en una silla de ruedas. Es una pesadilla. Dios, ¡No me puedes hacer esto! ¿Cómo voy a pedir ayuda? Debo estar en algún barranco. La única posibilidad de que alguien sepa que aquí estoy es que vean el muro de contención, que debe estar roto ¿Pero cuentos muros de contención están rotos? ¿Quién va a sospechar que me encuentro acá? Las horas pasaron lentamente y el sol calentó el auto, atizando el calor la sed abrasadora que partía sus labios y resecaba su lengua, pegándole ésta al paladar. Se esforzó por no volver a mirar a su novia. Si me llegan a rescatar ¿Qué será de mí? No podré ejercer la medicina desde una silla de ruedas. Lo único que podré mover serán ojos y boca…y Raquel… A Raquel le arranqué la vida. He matado a la mujer que amo. ¿Cómo


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les explicaré esto a sus padres? ¿Y mis padres? Ahora seré una carga para ellos. Dependeré de alguna persona para todo lo que necesite, como si fuera un bebé. Me tendrán que dar de comer en la boca, me cambiarán pañales; ¿Cómo lo harán? Ambos son ancianos: mi padre tiene una lesión en la columna…y mi madre con sus hernias. Los años que le restan de su vida se los convertiré en un infierno: seré su maldición. Pensó en suicidarse, pero… ¿cómo se mataría si ni siquiera podía moverse? Habían transcurrido ya muchas horas desde su caída en el barranco. La noche llegó… Su sed era tan intensa que ahora sentía la lengua acartonada como si fuera el péndulo de una campana. La pérdida de sangre y la deshidratación lo hicieron caer en estado de choque. Creyó oír a Raquel hablándole mientras volteaba con los sesos sobre el rostro para decirle: —Mi amor, me has matado. Te lo previne. Sabía que esto podría pasar y tú no me hiciste caso. Ahora ¿qué será de nosotros?

Apelaba a la razón y pensaba en voz alta: No es cierto, no puedo estar hablando con una muerta, estoy alucinando. La imagen de Raquel era tan real que dudó que fuera un desvarío. Durmió unas cuantas horas hasta que los rayos solares lo despertaron. Tenía la esperanza de que la pesadilla hubiera terminado, pero sucedió lo contrario: entraba a su final. Giró sus ojos para ver a Raquel. Su cerebro estaba cubierto de moscas y un olor pútrido comenzaba a percibirse en el ambiente. Entonces vino una reflexión: voy a ver podrirse a la mujer que amo. En ese momento deseó la muerte más que nunca. Sus pensamientos se interrumpieron al oír que algo rasguñaba el techo del auto. Permaneció en silencio. Observando… Algo negro saltó sobre el cofre destrozado. Era un zopilote. —¡Animales carroñeros! Gritó para espantar al oscuro pajarraco que alternaba su mirada entre él y su novia… En un principio dio resultado y el ave se espantó, pero al cabo de unas horas, eran tres los 81


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animales que acechaban en el cofre del coche. Uno saltó sobre el cadáver. Los gritos cada vez más débiles de Leonardo ya no espantaron al pájaro que comía el cerebro mosqueado de Raquel. Minutos después otros dos zopilotes le arrancaban también la carne del cuerpo. Un pájaro de la muerte lo miraba fijamente desde lejos, mientras otros devoraban a Raquel. Al cabo de unos minutos brincó al interior del vehículo. Primero arrancó carne de sus muslos indoloros, después continuó con el abdomen. Más tarde otras aves llegaban al festín para disputarse los dos cuerpos. El primer dolor que experimentó fue el picotazo en el ojo derecho, que sintió llegar

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hasta el cerebro. El pájaro arremetió por segunda ocasión, tratando de arrancar de su órbita la esfera blanca sangrante. Falló y siguió intentando, hasta que logró sacarla. Un grito de horror viajó por la barranca. Leonardo anhela con delirio la muerte, mientras las aves de carroña comen la carne de su cara, sus muslos, su torso. Las alucinaciones aumentan con su estado agónico: ya no puede distinguir la agonía real de la imaginaria… Días después, los socorristas espantan a los zopilotes que terminan de consumir los despojos de carne que aún cubren los dos esqueletos. 


Valentín Corona

Hoy desperté molesto sin saber por qué. Sentí ese malestar creciendo, poco a poco, luego que se originara atrás de mi ombligo, hasta envolverlo. De inmediato comenzó a propagarse por el resto de mi cuerpo. Lo peor de todo es que no sé por qué. Y, si me preguntan, diré, sin duda, que entre las peores sensaciones se encuentra precisamente la de no poder encontrar motivos o razones para sentirse así; sin una mínima respuesta frente a un por qué. El despertador aún no suena cuando alcanzo a distinguirlo en la semioscuridad. Restan sólo seis minutos antes que se accione el mecanismo de la alarma. Lo desconecto y decido reportarme enfermo al trabajo. Sin embargo, los ronquidos de mi mujer me llevan a replantear la decisión; sé que, de hacerlo, más tarde, los ronquidos se

convertirán en reclamos. El simple hecho de pensar en ello me obliga a incorporarme por un vaso de agua. Al intentar calzarme las pantuflas recuerdo que, del último par que tenía, una se la comió el perro, mientras que, la otra, mi hija pequeña la sepultó en el patio trasero de la casa. Me pregunto si todas estas reflexiones vienen a raíz de mi malestar, formándose detrás de mi ombligo. Al no encontrar otro motivo, supongo que es así. Busco los zapatos, amorfos, debajo de la cama. Meto los pies en ellos. Las cintas cuelgan a los costados como entidades sin aliento. La nueva sensación se funde con la anterior. Me dirijo a la cocina con ambas agujetas arrastrando a los costados. He decidido no 83

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CUENTOS MARXISTAS PARA DORMIR SONÁMBULOS


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atarlas, por lo cual, si mal no recuerdo, ésta es la primera ocasión en treinta años que no lo hago. La verdad es que cuando una situación así se presenta, a uno le viene a la cabeza todo tipo de conjeturas, desde el simple y llano romper con la rutina, hasta pretender que aquel simple acto podría quebrantar el equilibrio universal. Luego de cavilar al respecto un par de minutos llego a la conclusión de que, si el universo poco ha hecho por mí hasta entonces, por no decir más bien que nada ha hecho, es justo que a mí tampoco me importe su destino. Con esto en mente, enfilo hacia la cocina con ambas agujetas desatadas en espera de que el mundo se extinga de una vez por todas o, al menos, que mi mujer no despierte todavía. Después de quince años de matrimonio no sé qué consideraría peor. Una vez que llego a la cocina compruebo que el mundo no ha desaparecido. Por desgracia no sucede lo mismo con el sueño de mi mujer. Recién alcanzo a beber un sorbo de agua cuando ya escucho su voz, a mis espaldas, preguntando: «¿Qué estás haciendo?» Por un momento no sé si se trata de una pregunta capciosa o, simple y sencillamente, mi mujer es una estúpida, pero cómo ya decía, luego de quince años de convivir con alguien, uno ter-

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mina por conocer a esa persona, lo que me lleva a inclinarme más bien por la segunda opción. —Bebo un vaso de agua— le respondo con un sarcasmo patente. Su posterior comentario me lleva a confirmar mi suposición. —¡Ah! —exclama— Y, de inmediato, regresa a meterse entre las sábanas. En cualquier otro punto de mi vida no habría ni reparado en los detalles como lo hago ahora. La pregunta sería saber: ¿Qué pasó? ¿En qué momento dejé de ser ese pedazo de carne programada para alargar los pasos de los demás? Y sólo eso. Finalmente decido no llamar al trabajo. Simplemente permaneceré oculto en el sótano hasta que todos se hayan marchado. Me embarga un deseo enorme de estar solo. Al pensar en ello me percato que hace tiempo no tengo la oportunidad de alejarme de todo para estar a solas, sin ese griterío de los hijos, o aquella voz demandante de mi mujer, o el constante ir y venir de los compañeros en la oficina, pero, sobre todo, del bullicio esquizoide producido por el tráfico en las avenidas. En síntesis: de las obligaciones ejercidas por el Poder: ese ente abstracto que no sabe hacer otra cosa que sorbernos la sangre gota a gota.


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Me siento burlado y humillado. Al tiempo que me cuestiono ¿Cómo fue que no te dabas cuenta? Por un instante siento el deseo de correr en busca de los viejos textos marxistas heredados de mi padre. Desfilan en mi mente un título tras otro como carnaval de carros alegóricos: Manifiesto del Partido Comunista; La sagrada familia; El capital; La miseria de la filosofía; el 18 brumario, etcétera. Me pregunto qué fue lo qué pasó ¿En qué momento se perdió la fe en el hombre para dejar a cargo del futuro de la humanidad, a media docena de circuitos integrados? ¿Será que las respuestas se terminaron? ¿Que volvieron a engañarnos con ese cuento de la primavera, y lo que realmente importa es lo que se ve y no aquello que nos habita? Entonces me siento decepcionado de estar aquí sin mover un sólo dedo, como no sea sobre el teclado de la computadora o del control remoto, o para presionar el NIP de la cuenta bancaria cuando requiero efectivo. El malestar sigue creciendo, aumentando su tamaño como la hipoteca que solicité hace cinco años en el banco para poder llevar a mi familia de vacaciones a la playa y que, hoy, luego de una multiplicidad absurda de intereses, recién llega a casa la notificación del último monto: «Al día de hoy, usted, adeuda a esta institución

bancaria el doble de su préstamo inicial» Creo que de ahí proviene esa primera sensación por la mañana, formándose discreta atrás del ombligo, sin atender a los inconvenientes que pudiera desatar con su inesperada aparición. Consigo evadir a mi familia, quien termina por suponer que un asunto importante en la oficina me ha obligado a partir de casa intempestivamente, sin tiempo para decir adiós ni repartir los besos de despedida de cada mañana. Sin embargo, no es así, y me pregunto qué pensarían si me descubrieran aquí, oculto entre los objetos viejos. Me asalta un recuerdo de aquel mes de marzo de mil novecientos ochenta y tres; entonces las olas eran un poco menos altas, quizás entre dos y cuatro centímetros abajo ¡cómo me gustaba correr detrás de las olas!, casi tanto como el miedo que me provocaba su posterior persecución. Así que, me dedicaba a buscar a mi padre sobre la playa, hasta recordar que él ya no estaba aquí, porque había muerto disparando un fusil junto a un tal Lucio Cabañas, en algún lugar de la sierra de Guerrero. Durante mucho tiempo los odie, tanto a mi padre como a Lucio, aunque la gente dijera que eran héroes y que yo debería estar orgulloso de ellos porque «no cualquiera ofrece su vida por la de los demás» aunque 85


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parezca que ésta es más cara y que, «un día crecerás lo necesario para comprenderlo mejor». Ya he aumentado muchos centímetros más que las olas, sin embargo, aún no comprendo por qué debo preferir un héroe a un padre, o, por qué la vida ahora cuesta más. Recuerdo aquellos libros que mi padre me leía antes de dormir, los cuales nunca se trataban de cuentos de hadas sino de los principios del marxismo. Él solía llamarlos «cuentos marxistas para dormir sonámbulos». Desde entonces, jamás padecí de insomnio. Hasta el día de hoy, que el pasado ha decidido manifestarse como una sensación extraña naciendo atrás del ombligo. Mi padre decía que «El ombligo de cada persona debe ser siempre el centro del Universo. Allí comienza todo». Escucho el alboroto matutino de mi familia. Guardan silencio mis pensamientos hasta que el último sonido que distingo es el de la puerta principal al ser cerrada por mi mujer. —¿Qué cosas guardan todas estas cajas?— me pregunto al contemplar el desorden a mí alrededor. Me doy cuenta de cómo ha cambiado el mundo; pareciera que la realidad es otra, aunque, en el fondo, se sabe que todo sigue igual, o tal vez peor. Sin embargo, yo conservo 86

una realidad anterior metida en un montón de cajas. Una realidad donde aún se escucha la voz de mi padre contándome sus viejos cuentos marxistas para dormir sonámbulos antes de irme a dormir. Su voz, que sólo había podido callar con un disparo, antes de aquel mes de marzo de mil novecientos ochenta y tres. Comienzo a abrir las cajas, y cada una me provoca una sensación distinta: orgullo-rencortristeza-felicidad-calma-intranquilidad-etcétera. Los objetos perecen confundidos al ser insertos en una realidad que no es la suya; los observo, y casi me parece que estuvieran muertos, como si no existieran ni hubiesen existido nunca, aún y cuando los sostenga entre mis manos, un instante completo y delimitado para siempre. Una multitud de objetos que van desde el instructivo de cómo ensamblar una Desert Eagle, hasta la vieja carabina treinta-treinta. Abro un libro al azar y comienzo a leer un par de líneas: ... cuanto más progresa la civilización, más obligada se cree a cubrir con el manto de la caridad los males que ha engendrado fatalmente, a pintarlos de color rosa o a negarlos. En una palabra, introduce una hipocresía convencional que no conocían las pri-


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mitivas formas de la sociedad ni aun los primeros grados de la civilización, y que llega a su cima en la declaración: la explotación de la clase oprimida es ejercida por la clase explotadora exclusiva y únicamente en beneficio de la clase explotada; y si esta última no lo reconoce así y hasta se muestra rebelde, esto constituye por su parte la más negra ingratitud hacia sus bienhechores, los explotadores.

Se me despierta una sensación de negra ingratitud hacía mis explotadores: el sindicato, los inversionistas de la empresa para la cual laboro, los acuerdos concertados por los integrantes del G-8 y anexas. Comienzo a dejar de sentirme tan bondadoso como las bienintencionadas recomendaciones del Banco Mundial a los países tercermundistas.

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No puedo evitar sentirme así, invadido por esa sensación de malestar que comenzó a formarse atrás del ombligo, desde el centro mismo del Universo, para, posteriormente, propagarse como un virus misterioso, hacia el resto de mi organismo. Me pregunto entonces, ¿Si mi padre estuviera aquí, sabría explicarme por qué siento lo

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que siento? Tal vez sólo me contaría uno de sus viejos cuentos para dormir sonámbulos o, quizá, me enseñaría cómo ensamblar correctamente una Desert Eagle, incluso una vieja carabina treinta-treinta. 


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Una noche de copas

Eugenio Partida

Pedro era alcohólico. También era traductor. Había traducido algunas obras importantes. Libros científicos y técnicos de los cuales estaba muy orgulloso. Nos conocimos en una clínica de desintoxicación. Una especie de hotel de lujo donde uno podía gastarse sus ahorros de toda la vida esperando por fin salir del infierno de las adicciones. —Cuando vi los precios pensé que si no me curaba por lo menos tendría la oportunidad de casarme con Elizabeth Taylor— Decía Pedro en son de broma, recordando los frecuentes internamientos de la actriz por su afición al alcohol.

—A mí me parece muy caro como para que uno no pueda tener su propio cuarto— alegaba yo. —O por lo menos que te pongan de compañera a alguna estrella femenina decadente— insistía con su peculiar sentido del humor. Pero ahí no había en realidad ninguna estrella de Hollywood, y parte del tratamiento era la convivencia con gente que tenía el mismo problema de adicciones. Pedro y yo compartíamos habitación y nos quedábamos hablando hasta altas horas de la noche. A veces, cuando el insomnio nos impedía dormir, salíamos a la

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sala o íbamos a la cocina a prepararnos café y escuchar el ruido del mar. Los dos éramos reincidentes. Yo había escuchado varias veces su historia y él la mía en las sesiones de grupo. Esta vez, había sido para mí una orgía de alcohol y Seconal durante tres meses en Las Vegas. Cuando Pedro se enteró de que me había ido a vivir un tiempo a Las Vegas se entusiasmó. —Es como meter a un niño diabético a trabajar a una dulcería. —Se suponía que estaba curado... —¿Curado? Tú sabes que un alcohólico nunca se cura. —Lo sé. —¿Y a que fuiste a Las Vegas? —A tratar de escribir. —Já. Misteriosos los caminos del alcohol ¿no es cierto? —Creí que la escritura sería una terapia, pero resultó lo contrario. Me llené de angustia, recaí… Él decía despreciar el trabajo del escritor de ficción. Estaba orgulloso de traducir libros técnicos y en cambio decía que los novelistas contemporáneos, principalmente aquellos que tenían éxito, eran muy malos.

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—Ya hay suficientes clásicos. Si el novelar se trata de mostrar la condición humana ya la humanidad creó suficientes clásicos como para que no hubiera más novelistas. Tampoco hay que creer que el alma humana es tan compleja. Es tan simple como la de un perro. ¿No es acaso la historia de los hombres una serie de repeticiones? ¿No es acaso la misma historia la que escuchamos en las sesiones todos los días? —No—alegaba yo—cada época tiene sus cosas que merecen ser contadas. —Bah, más de lo mismo. Es patético el esfuerzo de los novelistas hoy en día. Por un lado tienen que complacer a un público por demás estúpido y comercializado, y por otro, está su insufrible deseo de ser admirados. Ya no hay escritores, no son más que negros trabajando para los corporativos editoriales. No me asombra que tantos de ustedes resulten alcohólicos y drogadictos. Tienen que complacer a demasiada gente o de lo contrario serán condenados al ostracismo, y ambas cosas son abstractas, irreales. Prefiero el mundo de la traducción científica y técnica. Por lo menos en él las consecuencias son reales. —No estoy de acuerdo—le decía yo— Un novelista refleja su tiempo. El novelista es necesario... por alguna razón misteriosa cada


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sociedad genera sus cronistas en el formato de narrador, así como la mediocridad de sus novelistas es la medida de su sociedad… —¡Bah! ¿Sabes lo que dice el maestro Faulkner de la fama? Había cosas en las que no me quedaba más que darle la razón. Era inteligente, sarcástico, muchas veces intransigente también, pero me parecía que por lo menos hablaba siempre con «su» verdad. Una noche me contó una historia con la cual contradecía su teoría de que el alma humana es tan simple como la de un perro. Me dijo porqué, según él, se había convertido en un alcohólico. Cuando contaba su historia en las sesiones de terapia contaba otra cosa. Más o menos la conocida historia de la inadaptación social, soberbia, matrimonios destruidos, inmadurez, irresponsabilidad, etc. Pero esa noche sucedió algo, fue como si hubiéramos estado en un bar, frente a una copa de vino y nos hubiéramos descubierto como amigos. Me dijo que eso nunca lo había contado porque dudaba sobre lo que les parecería a los demás. O que quizá se avergonzaba de ello. Simplemente no le gustaba hablar de eso. Me contó que venía de una familia de un ambiente rural. Que si bien no eran pobres, vivían como gente del campo. Su padre tenía un potrero

en las afueras, en lo que no era ni siquiera un pueblo, sino un caserío de pequeños agricultores. —Una ranchería, vamos, para que me entiendas. Su padre era un hombre trabajador y sin vicios, un agricultor, y su madre era una mujer muy buena que quería que sus hijos estudiaran y se convirtieran en profesionistas. —Ya vez, me dijo—esas profesiones hoy tan devaluadas eran entonces el sueño de todo provinciano. Mi madre solía decir que quería que sus hijos «se superaran» ¡y vaya que nos superamos! nos convertimos en alcohólicos, drogadictos y neuróticos. Me contó que en ese tiempo sus dos hermanos mayores ya se habían ido a estudiar la secundaria a la ciudad más cercana y por lo tanto quedó solo un tiempo en la casa. Tendría ocho o nueve años y asistía a la primaria. Un domingo su padre tuvo que trabajar y la madre lo levantó muy temprano para que la acompañara a llevarle el almuerzo al potrero. Salieron muy temprano, todavía oscuro, por un camino vecinal, y desde el principio sintió en su mundo infantil que sería un día extraordinario. —No sé qué pasa, pero hay momentos en la vida en que uno sabe que aquello quedará grabado para siempre. Es como si ese día 91


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tuviera uno los sentidos más despiertos que nunca o como si hubiera en el aire algo que los sensibilizara más que otros días. Caminaron y llegaron al potrero donde su padre araba la tierra con un viejo tractor. Se sentaron bajo un árbol y ya había amanecido por completo. Su madre desenvolvió los tacos y destapó el tarro con el café. Los tres comieron. Me dijo recordar una sensación de plenitud, en armonía con la naturaleza, los pájaros, la tierra mojada por el tiempo de lluvia, la tierra 92

recién volteada, los terrones levantados con el arado, la comida, el café fresco y oloroso, la carne y las tortillas. Todo era perfecto, la alegría casi infantil de su madre, pues como mujer disfrutaba enormemente esos momentos de comunión en familia. Su padre, contento, pues el temporal estaba siendo muy bueno. —Mi padre solía hacer un gesto con la mano como si abriera una llave y decía: lo que queremos es que dios le abra a la llave y luego le cierre, le abra y luego le cierre.


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Esa mañana su padre lo abrazó con esa manera brusca que tenía de hacer cariños despidiéndolo, regresó acompañando a su madre y cargando las bolsas de ixtle ya vacías del almuerzo. Iba distrayéndose aquí y allá con algún pájaro o una ardilla y con el perro siguiéndolos. —Ese sentirse parte de un mundo agradable del que se desconocen todos sus peligros y acechanzas. Uno está protegido por los padres y el mundo es un sitio agradable para vivir. La vida, cree uno, es aquello que está por venir. Estaban por llegar a la ranchería, cruzaban el último potrero cuando sucedió. Ese mundo acechante lejano, sucio, corrupto, de la ciudad, no lo esperó a que llegara cuando naturalmente tenía que llegar sino que vino a su encuentro. Estaba del otro lado del potrero. Era una mujer. Llevaba un vestido negro untado al cuerpo, de falda corta, con tirantes y escote y un largo collar de perlas. Caminaba trabajosamente tropezándose por entre los surcos. Cada vez que podía levantaba la mano haciendo la señal que al principio creyeron era un saludo. Llevaba los zapatos de tacón en la mano. Dijo Pedro que los cabellos de la mujer parecían «la despeinada melena negra de un león».

—Mira mamá—le dijo. —¡No la veas!—Le dijo su madre, previniendo que ese mundo no lo alcanzara, o por lo menos no todavía—¡seguro es una borracha! —¿Y a dónde va? —¿A dónde van los borrachos? A ninguna parte.¡Vampiros! La trayectoria de la mujer se fue acortando pues se cruzó para alcanzarlos y llegó el momento en que su madre no pudo disimular no verla. —¡Ayúdenme!—les pidió. Pedro, o el niño que fue Pedro, sufrió una conmoción. Era una joven bella y elegante. —No tendría más de veinte años y se notaba que era de buena familia. Pensé que pertenecía a una familia que era muy rica. Su vestido, sus joyas, sus zapatos, su actitud, todo en ella delataba una posición económica desahogada. Llevaba un bolso de carey o imitación carey en la misma mano en la que sostenía los zapatos y unos lentes que la hacían parecer una actriz italiana. —Ayúdenme, ¡Necesito un teléfono!—dijo. —Venga, venga con nosotros…—dijo mi madre, resignada. La madre de Pedro le preparó un café mientras ella, sentada en una de las sillas de la 93


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pequeña habitación que hacía de sala miraba alrededor. Pedro sintió pena por lo modesto de su casa, los cuadros de sus antepasados, todos campesinos, aquellos cuadros que no eran fotografías sino una especie de daguerrotipos colgados en diferentes posiciones en la pared: unos ridículamente altos, otros ridículamente bajos. —Ahora pienso en eso y me siento orgulloso, pero en ese momento me pareció todo tan gris, tan rudimentario en comparación. Ella transmitía para mí la imagen de un mundo lejano, bello, estético: el poder del dinero, la fascinación de la ciudad, seres asociados a perfumes, confort, muebles modernos, un mundo lejano e inalcanzable. Dijo que ella sacó temblorosamente de su bolso de carey un paquete de cigarrillos. Unos cigarros largos, delgados, blancos; encendió el cigarrillo con sus uñas largas, rojas, unas manos bien cuidadas, blancas, sin manchas de sol, y comenzó a decir, un poco histérica y todavía un poco borracha después de la noche de juerga. —Me dejó aquí, me dijo ¡bájate! No traigo ni un centavo ¡y él lo sabía! ¡Se portó como un patán! Ella y su acompañante —quien conducía un convertible— habían discutido. De pronto, ahí 94

en mitad de la nada, detuvo el auto y le ordenó que se bajara —¡Bájate!—le dijo— ¡Qué te bajes te digo! Y ella ni siquiera podía acordarse de qué era lo que iban discutiendo. Se mostraba entre indignada y arrepentida. Quería un teléfono para que alguien la auxiliara, quería que alguien le prestara dinero para salir de ahí, quería un taxi que la llevara a la ciudad, quería esto y aquello. Ella pagaría todo. Quería también un trago, o una cerveza. La madre de Pedro no sabía qué hacer . —Bueno—le decía—hay un taxi aquí pero no sé si a esta hora esté disponible, el dueño se va a sembrar también, como todos. Pedro recordó que en el billar vendían cerveza y tequila y que a esa hora probablemente estarían haciendo la limpieza. Quizás estuviera abierto. Dijo, tímidamente: —¿Y en el billar? —¿El billar?—preguntó la joven, con avidez—hay cerveza ahí¿me llevas? —Llévala hijo. Yo voy a buscar a don José. —Imagínate—decía Pedro— yo niño caminando con aquella joven tan bella, elegante y amanecida de una juerga en las calles de lodo. Debe haber sido un espectáculo y yo no podía


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verla porque caminaba a su lado. Se puso sus zapatos en los pies enlodados. Eran también unos pies perfectos, perfectamente cuidados. Hoy sé que hay gente que se dedica a cuidar los pies, que hay manicuristas, que hay dentistas y que hay gente que tiene dientes blancos y perfectos, pero entonces yo nunca había visto a alguien así. Era para mí como un animal extraño y sofisticado. Caminaron por las calles lodosas de la ranchería hasta llegar al billar. Juan, el del billar, los recibió sorprendido. Ella pareció alegre de encontrar un lugar donde saciar su sed de alcohol y Pedro se preguntó cómo era que si el alcohol causaba el malestar fuera también el remedio. Y una vez que ella estuvo frente a una copa de tequila y le dio los primeros tragos se transformó. Pedro vio por primera vez y de cerca el espectáculo de una mujer bebedora y bella que comenzó a transformar la resaca otra vez en euforia, ¡fue una noche loca! Decía: ¡Ese imbécil! Me las va a pagar ¿Cómo se atrevió a bajarme? Y luego le hacía preguntas insulsas a Pedro, que contestaba ruborizado. Varios se asomaron por las puertas de resorte del billar sin atreverse a entrar. Ella estaba sentada en un banco de la barra, como un hombre, y Pedro, con sus piernas colgando, en el otro.

Tiempo después la madre de Pedro, sin atreverse a entrar, lo llamó desde la puerta. —Dile a la señorita que aquí está su taxi. El taxi esperó afuera del billar desde la diez de la mañana hasta después de las cuatro de la tarde. Ella bebió, fumó, conversó con Pedro y Juan (más bien fue un monólogo) y volvió a estar otra vez ebria, mientras no cesaba de repetir: —¡Ay! ¡fue una noche loca!. No quiso comer ninguna de las botanas que le preparó Juan, y Pedro temía el momento en que necesitara ella ir al baño, pues conocía el estado lamentable del baño del billar. Inevitablemente el momento llegó, pero a ella no pareció importarle. Cuando estaba sentada en la taza lo llamó susurrante. —¡Pedro! ¡Pedro ven! Pedro se acercó y ella, con los calzones en las rodillas le dijo —No hay papel. Pedro corrió a avisarle a Juan, quien lo envió al tendejón a traer un rollo de papel higiénico pues la costumbre en el billar era usar trozos de periódico o la sección telefónica. Cuando Pedro regresó trayendo el papel higiénico ella ya había resuelto de algún modo el problema y estaba de nuevo en la barra diciendo 95


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que, ahora sí, era la última copa pues la esperaba el taxi y de nuevo diciendo lo buenas personas que eran todos y lo bien que se habían portado con ella sin dejar de repetir «¡No puedo creer todavía lo que me hizo ese imbécil!» Y luego «¡Fue una noche inolvidable!» Finalmente, a las cuatro y treinta de la tarde, se decidió a irse, prometiendo que regresaría sin falta a pagar el consumo y a agradecer nuevamente todas las atenciones y lo bueno que habían sido todos con ella. Por supuesto, nunca volvió. Pedro recordaría para siempre la mano lánguida diciendo adiós a través del vidrio trasero del taxi y recordaría para siempre su risa, sus dientes blancos y perfectos y sus ojos vivaces, encendidos por el alcohol, su rostro ligeramente abotagado por la desvelada. Recordaría para siempre el anhelo de la «última copa», la sonrisa divertida, la mirada brillante, la expresión «¡ay! ¡fue una noche loca! Y según Pedro, ahí, en esa mañana nació su deseo de conocer el mundo del alcohol. Deseó, como todos los niños, crecer rápidamente para vivir las experiencias de los adultos. Pero más que nada deseó crecer rápidamente para conocer a una mujer como ella. Luego, en efecto, eventualmente creció. Estudió derecho, conoció el alcohol, fue el pri96

mero de su generación, continuó su affaire con el alcohol, aprendió idiomas y entró al Servicio Exterior. Se casó, tuvo hijos, una vida «variada y plena», según su decir. Pero poco a poco el affaire con el alcohol se fue convirtiendo en una batalla que finalmente perdió. Una a una fue perdiendo las cosas que había logrado y terminó siendo un oscuro traductor de textos científicos y tecnológicos con lo que no le iba mal, según él, aunque para nada se asemejaba a la vida que llevó antes. Luchaba contra su adicción y tenía una que otra recaída y una vida modesta «que no es lo mismo que una vida sencilla», según su decir. —Pero—me dijo, y aquí arribamos al punto primordial de su relato—te voy a contar algo que nunca he contado a nadie. Ni a psicólogos ni a terapeutas ni en las sesiones de grupo. Mi vicio secreto, la culminación de mi noche de juerga, mi idea de una noche loca. Me contó que trabajando en el servico exterior comenzó a buscar mujeres guapas, elegantes, en su mayoría casadas, aunque esto último no le importaba mucho. Las cortejaba, las invitaba induciéndolas a beber y a vivir «una noche loca» y luego, en la madrugada, conducía el auto por carreteras aledañas y cuando estaba lejos y en medio de ninguna


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parte las bajaba cerca de donde se vislumbraba un caserío. ¿Por qué hacía eso? No lo sabía. Sólo sabía que le proporcionaba un inmenso placer. Por supuesto, intuía que todo era debido a ese suceso de su infancia. No volvía a buscarlas ni a verlas. Incluso se escondía de ellas porque se sentía avergonzado, como si conocieran un penoso secreto. Las cortejaba solamente para vivir ese instante en que decía ¡bájate!, y repetía ¡bájate! ¡te digo que te bajes! Sin dejar de mirar al frente, con las manos aferradas al volante, tal y como le había contado ella, esa voz de ella repitiendo en una imitación ridícula —que trataba de ser el remedo de una ronca voz de

hombre pero sin disimular que se sentía atraída por su actitud—:¡Bájate! ¡te digo que te bajes! ¿Porqué? se preguntaba ¿por qué quedó grabado en él el recuerdo de ese hombre a través de ella, la sensación de desamparo que tuvo cuando él la bajó del auto, esa fijación en el hombre que nunca vio pero que en su imaginación conducía un auto de lujo y harto de las banalidades de ella, en un gesto de macho le importó muy poco bajarla ahí, en medio de la nada y abandonarla a su suerte. Y terminó: —…y desde entonces actué ese papel. No había para mi gusto por la juerga si no era con

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ese final. Créeme que sólo tuve mujeres hermosas, lo digo sin pretensiones. No creo haber sido un tipo desagradable. En cuanto sentía la embriaguez y estaba con una mujer hermosa no podía evitarlo, comenzaba a pensar en revivir esa emoción. Las seducía, las cortejaba y hacía el amor y luego ideaba algo hasta que terminaban en el auto conmigo conduciéndolas por una carretera vecinal. Creo que así deben de sentir los asesinos. Había algo superior a mis fuerzas. Provocaba la discusión, me detenía de pronto y engolando la voz exclamaba sin dejar de mirar al frente ¡bájate! ¡qué te bajes te digo! Y las abandonaba ahí, en medio de la nada, sin importarme los peligros que podían correr ¿Por qué lo hacía? Ya dije que no lo sé. ¿Por qué hacemos tantas cosas? No lo sabemos. Eso es el alcoholismo para mí. Surge ese demonio de joven mujer expresando con lujuria ¡fue una noche loca! Quiero volver a vivir aquel día de mi infancia pero en mi

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mundo adulto intercambio roles, a veces soy ese niño deslumbrado por una mujer que ha pasado una noche loca, a veces soy el fantasma de ese hombre de voz ronca que conduciendo un descapotable de lujo abandona fríamente a una joven hermosa en la carretera sin importarle un bledo nada. Permanecimos un rato en silencio. Una sensación incómoda. Nunca he sido del género confesional y tampoco me gustan las confesiones. Una vez leí que cuando las personas te cuentan sus secretos en un momento de debilidad después te odian, pues se sienten vulnerables frente a ti. Algo así pasó con Pedro. Al día siguiente pidió que lo cambiaran de habitación y sólo volví a verlo en las sesiones de grupo. Se justificó diciendo que había algo en la cama o el cuarto que lo molestaba. Falseó una sonrisa y una palmada en la espalda. Días después abandonó la terapia y no lo he vuelto a ver. 


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Bertha Alicia Aguirre

A la puerta de la vieja y fría casa estilo colonial hecha de adobe a un costado del templo del pueblo, fría como ella sola; por el enorme árbol de hule o las torres del templo que siempre le tapaban el sol, Margarita estaba sentada con su clásico chal de «doña», fumando sus «Delicados» que eran tan parecidos a ella. Ahí había dejado toda su vida. Mientras la gente de los alrededores veía en ella a la buena y dulce hija que cuidó a su madre hasta sus últimos días, ella tenía oscuros pensamientos fugaces como cuchillas filosas que rasgaban las paredes de su pasado, acumulado en esa casa de la cual se escapaba a fuerza de salir todas las tardes a llenar de vida sus pulmones con cada bocanada. Y digo de vida, porque en realidad era casi lo único que metía a su boca con placer, la comida a estas alturas poco le atraía, sin embargo sus «Delicados», esos sí eran boletos a muy bajo costo para salir de su realidad, y eso que eran cigarros normales, nada de yerba verde, sólo tabaco, con quién sabe cuántos aditivos, pero cigarros comprados en la tiendita de la esquina.

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Santa Margarita


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El humo flotaba en el ambiente, esbozando la sonrisa de aquella muerte que tardó más de 15 años en llegar, a pesar de todo lo que hizo Margarita; la muerte se equivocaba, llegó con el vecino un día soleado, también con el primo aquel que hacía pesas todos los días, un día de pronto amaneció tieso, murió de un infarto, y también llegó por Don Melesio que un día por andar sacando agua del pozo, se fue de cabeza y ahí quedó. Mientras llegaba a su casa, la muerte, claro; Margarita tuvo tiempo de dejar pasar de largo al hombre de su vida, porque «el tipo fumaba y para colmo ¡mentolados!», también ese corto período le alcanzó para lograr grietas en su piel que intentaba cotidianamente eliminar a base de yogurt con miel, que para decir verdad, de nada le sirvió y también brotaron ríos plateados en su cabeza, los cuales desvanecía con tintura de gena, incluso le alcanzó para lograr la gastritis, la osteoporosis y la artritis tan codiciadas como temas de conversación de todos aquellos que no se resignan a dejar los reflectores que han obtenido como víctimas del trajín de la vida. Seguía maldiciendo aquel día en que se le ocurrió ponerle a su amado la disyuntiva de «el cigarro o yo», y bueno.... Aprendió a inhalar a su rival a raíz de sentir su soledad y la escabrosa 100

rutina en la que se metió sin darse cuenta. Cuando menos acordó los días pasaban como copias uno de otro, desde levantarse a darle de desayunar a su madre, bañarla, limpiarla, darle de comer, volverla a limpiar, sentarla, moverla, darle de cenar, acostarla y estar con el ojo pelón durante horas escuchando sus gemidos. Al principio le pareció una excelente manera de encontrar la santidad. Ya que Armando había considerado que era mucho mejor el humo que ella, se aseguró de nunca más tener la encrucijada de dar rienda suelta a su interior, fue entonces cuando dejó de desear. Verdaderamente esa opción le era atractiva, todo su furor estaba consagrado a la atención de su madre, por andar con tantas prisas se le olvidaba todo, o casi todo; incluso llegó a pensar que la ausencia de Armando fue una bendición, pues de otra manera jamás hubiera alcanzado la gloria a base de limpiar su conciencia, pues, cada mes sin faltar uno, aparecían las reminiscencias de Armando, aquellos intensos recuerdos le duraban exactamente tres días y en esos tres días quién sabe qué hacía que los ojos le brillaban, luego se empeñaba en santificar sus deseos apoderándose de ella la sombra de su cotidiana vida.


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Los rayos del sol que hacía 20 años le llenaran de alegría, que digo alegría, casi casi manía, ahora se habían convertido en un martirio, en una agonía, en una maldita depresión delatada por sus ojeras y la piel casi en los huesos, perfecta para aspirar a «top model»; pero con tanto retraso tecnológico voluntario nunca se enteró de que su cuerpo era la moda mundial. Sin embargo, ahora, de vez en vez le escuchaba a su vecina, quién años atrás fuera su confidente, un seco «hola, ¿Cómo sigue tu mamá?» entonces Margarita se enorgullecía, incluso se enderezaba y levantaba la barbilla, era la viva imagen de una zarigüeya mirando a lo lejos, luego, veía a su vecina, retorcía los ojos y contestaba «Bien gracias, si no fuera por mí, seguramente ya no la contaríamos». Todo había cambiado y Margarita no se dio cuenta ni cuándo ni cómo. Tenía una ligera sospecha de que el tiempo había avanzado cuando se veía al espejo, era imposible a estas alturas ignorar las huellas del tiempo, también se enteraba muy a su pesar cuando se asomaba al cuarto vacío dónde dejó sus días. Ahí se le aflojaban las piernas y le brotaban las lágrimas, yo que la conocí bien, sé que eran «lágrimas de cocodrilo», sin embargo, se quedaba un momento parada, inmóvil, asustada, luego,

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sacaba sus «Delicados», se secaba las lágrimas, se sonaba la nariz, decía algunas maledicencias y salía. Una silla tejida le esperaba fielmente todos los días en el mismo lugar. Con el seño fruncido presumía a todo mundo cuan satisfecha estaba de su vida. Con el humo saliendo por sus fosas nasales repasaba cada uno de sus sacrificios que seguramente el Altísimo estaba contabilizando y dentro de sus negros recuerdos invariablemente aparecía la imagen de su madre en el piso, inconsciente, muerta... una sonrisa le aparecía en el rostro, luego, inmediatamente se persignaba. Estaba segura que era una santa, incluso había dejado de pagar el cable para no caer en la tentación de ver la película de las once de la noche y ya no se diga el Internet con el montón de webs que se abren solas y que le hacían abrir exageradamente los ojos y abrir tanto la boca, por todo aquello que veía y anhelaba no desear, tantas veces le sucedió esto que como les digo, terminó por cancelar el Internet. No quería saber de nada ni de nadie que le hiciera desviarse del camino que se había asignado. Estaba segura que era una santa. Aún ahora, no se explicaba cómo aquella fatal noche se le olvidó subir el barandal, en realidad no se le había olvidado, pero estaba tan a gusto 101


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fumando su cigarro, que se dijo, «luego voy, ¿Qué puede pasar?». No podía perdonarse aquel olvido que le había cambiado el tono de sus días. Pedía perdón todas las noches hincada frente al retrato de su madre... y luego agregaba «fue mejor que te fueras, ya estabas muy cansada, y yo también», suspiraba y encendía otro cigarrillo y se acostaba. Limpiaba cada rincón, se bañaba tres veces al día, escrupulosamente se vestía, ponía veneno para las cucarachas, nunca les regresaba el balón a los niños a quienes se les ocurría jugar frente a su casa, iba a la misa de 8, comulgaba, rezaba nueve rosarios en el día y por si acaso, un padre nuestro antes de acostarse. Impecable y delicada, Margarita deshojaba sus días, dando limosnas y haciendo caridad... No entendía por qué diablos ella no había tenido el marido que bien se merecía mientras que su vecina tan fea, llena de celulitis y cuerpo desbordante había conseguido cuando menos a ese hombre, que realmente no estaba tan mal, incluso le parecía buenísimo, Margarita clavaba su mirada siempre en aquellos labios con bigote de aquel hombre que, por cortesía, le regresaba el saludo, mirándola de reojo. Algo le pasaba a Margarita con los niños, principalmente con Marcos y Pablito, los hijos 102

de su vecina, le parecían abominables, destructivos, inquietos e insoportables, ¡eran hijos del Demonio definitivamente!; sin embargo, cuando su hermana llegaba con su pequeña criatura a visitarla, Margarita, andaba como gallina culeca, parecía lombriz de tierra, se desvivía en darle a la pequeña dulces, panes con mermelada, chocolates, salchipulpos, papas fritas y todo cuanto se le antojara a la «peque», así le decía Margarita «¿Qué más quiere mi peque?»; y claro, la «peque» siempre quería más, se le inflaba la pancita, parecía pez globo y acababa con dolor de estómago, pero lo juro por Dios, que no era mala leche sino la amargura inconsciente de Margarita. Según sus propias palabras lo hacía para darle a la niña todo lo que a ella no le dieron, y yo la verdad, por mi madre que cuando le miraba la cara de arrepentimiento le creía. Siempre se le pasaba la mano, ella aún dice que es porque la quiere mucho, hay amores asesinos, ¿por qué éste no?, seguramente su amor es tanto como la indigestión de la sobrina. Margarita sufría y corría para darle algo para su estómago, le untaba manteca con sal, le sobaba, le daba agua con bicarbonato; a tal grado que a la pobre niña se le desorbitaban sus ojitos y había que ir a tocarle varias veces la puerta del baño y preguntarle ¿cómo sigues? Mientras se


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escuchaban gemidos y ruidos de agua corriendo. Margarita, una y otra vez, prometió no volver a darle nada de eso, pero a la siguiente visita, invariablemente sucedía lo mismo. Ahora, la «peque» ya no necesita que la lleven con su tía, ella sola va y pide todo cuanto se le ocurre; está por cumplir sus 15, y ambas, frecuentemente se sientan al borde de la cama preguntándose ¿cómo le van a hacer? mientras la «peque» se come algún bocadillo y Margarita fuma. Ningún vestido le sienta bien, parece hija de Paquita la del Barrio, ya no se sabe qué es mas redondo si los ojos o la cara, y la tía cada vez se parece más a la Catrina. Decidieron buscar un buen nutriólogo.

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Por supuesto, no encontraron ninguno de su gusto en la Sección Amarilla, pero tienen fe en que alguien les recomendará uno que realmente sea bueno, mientras tanto, después de hacer la última llamada se fueron al cafecito de la plaza, «la peque» pidió un pastelito, luego una nieve de coco mientras que Margarita fuma. Una vez se le olvidó subir el barandal a la cama de su madre y durante años ha llenado de golosinas a su querida sobrina ¿Qué intenciones moverán a Margarita?. Dicen que «del odio al amor sólo hay un paso», ¿será que la ausencia de Armando la dejó coja y sin apetito alguno? 

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Ofrenda Carlota Rubio Alcántara

En uno de los atardeceres plácidos, sentada en el mullido sillón, entre dormida te sentí llegar, pasos lentos y suaves sobre la alfombra roja de mi habitación, sentí tu presencia, el aroma que despide tu cuerpo, el aliento de tu espíritu murmurando palabras en mi oído de viento cálido. La puerta ancha, la ventana más, con paisaje de bruma, reflejado tu rostro en los vidrios se funde con la estrella de la tarde. Las amapolas, ahora deshojadas que dejaste la última vez que nos vimos, en el jarrón azul tributo a tu insinuante erotismo gemelo al mío. En tu mirada larga, penetrante y obscura, adivino qué te trajo hasta mí... No hay que decir mucho, el delirio de tomar mis sentidos en tu mano y desmadejarlos con tu presencia. Te veo venir con el beso asomado a tu boca, yo, en obscena lujuria, suave como mariposa en vuelo. Tocar tu cara, cerrar tus ojos, aprisionar tu carne, morder la jugosa fruta.

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Entre sábanas de musgo y heliotropo desvaneces mi cuerpo, desnudas mi alma, pecado a pecado, quitando prendas de vergüenza y moralidad que estorban, dejando a vuelo los sentidos trastocados; vestida solamente con los zarcillos que me regalaste para mi aniversario. Te halaga los vista para ti; las libélulas prendidas al lóbulo de mi oído, engarzadas en deseo de vuelo rápido y tintineante, sobre la tersura del agua en tu piel. Te recreas en la curvatura de las líneas suaves de mi cuerpo, acariciado por la languidez de tus dedos, que apenas siento llegar; no


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hay prisa de manos; detenerse en cada centímetro de piel; en la musicalidad de las palabras mudas; acomodarse al ombligo; justo el centro fértil; clamores de luna menguante. El minúsculo segundo del reloj de arena desgaja tiempo inmenso, grano a grano, llenar el oído de aromas, maderas, madreselvas y oleaje abrupto. Ondulaciones de agua, tu torso desnudo; acaricio tu espalda con música de Bach, los sostenidos bemoles abriendo la llave de tu masculinidad contenida, preámbulo sin fin de esta cadenciosa danza. El ritmo acompasado de fundirse en uno solo; con furia loca por llegar a la cascada incandescente del averno; caballos desbocados de pelo revuelto que van deshilvanando la pasión del hoy y el mañana en frenesí; amalgamados por la atracción loca de uno por otro. En el erótico acariciarte y besarte, vuelco en ti el animal herido que llevo dentro; la ternura vaciada de delirio obsesivo; amarte a grito y en silencio; violento el poseerte. Entretejer nostalgias con recuerdos en un solo instante, atarlos al hoy de futuro candente;

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suavidad con denuedo sexual; demoledora explosión anudada hasta una lápida. Crepúsculos de entrepierna desvanecen luz y calor; intensamente declina, a duermevela, hasta esconderse en el rincón de espacio, el aire, la carne y la humedad. Ofrenda de amor adormilada por la serenidad de la que te desprendes. Surgen siluetas en amoroso abrazo; enmarcas mi vida para siempre en detenidos instantes. Vaporosa exhalación de tu boca al nombrarme, soy tu carne misma, tu extensión más íntima, tu oración plañidera, la invocación constante de mi espíritu para añadirse al tuyo, en la extensión más infinita. Te recuerdo con olvido en mi cama que sabe a primaveras, la lujuria en la obscuridad de tu ser solitario... lejano, guardado en el verso de tu despedida. Mi lento despertar, entornar los ojos a la nada, palpar tu almohada vacía; tocar el espacio frío de mi otro yo ausente; eres sueño abstracto del que nunca me desprendo, colgado en los aretes que me obsequiaste. 

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Contigo, a tu lado Patricia Montaño Un amor impuro y santo... Contigo, a tu lado, el suplicio y la exigencia no tienen límites. Cada nuevo encuentro acerca la urgencia del siguiente, la premura del que vendrá. Búsqueda insaciable e incansable: hazte en la demora. Perecer y renacer en cada instante: nosotros. Atemporal, negación denegada, tiempo inescrutable. Lugar donde los encuentros siempre cambian de sitio. Todo. Nada. Todo. Todo. Una. Otra vez. Nuevamente. Todas las veces, más. Indomable y despiadado. Cohabitas en formas multicolores de texturas caprichosas donde todo se quebranta. ¿Recuerdas?, caminamos desde la primera vez. Vinieron tantas otras. Caminamos por las calles lluviosas en tardes de verano, en la hora del sol todavía suplicante, cuando aún no abandona del todo los vestigios del día que agoniza, tiempo que todavía no sucumbe.

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Como tú y como yo, el tiempo anunciaba el ardiente arco iris que no quería dejar partir: brillaba con una intensidad que marchitaba las prisas. Así, como cuando yo escribía en aquella fotografía que mostraba nuestros cuerpos ansiosos y descubiertos, como al descuido, en la arena del mar: «Tú, y yo, y un mundo por transformar... y no pregunto, tengo la respuesta». Cambio convulso y repentino como la noche, como nuestros encuentros: estar a tu lado. De un momento a otro, las calles se mojan despidiendo un aroma inconfundible, así como tantas otras veces, corrías y recorrías por mis calles tu cuerpo, abrías toda mi piel. Te adentrabas para


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transitar con impunidad mis calles despobladas que se mojaban intempestivamente. Cuando tus manos tomaron las mías, me encontré con mil mujeres en una, mujeres dormidas y deshabitadas; me viví con el alma postrada y sucumbida, dispuesta a todo, por toda una vida de placer tan solo mía. Contigo, a tu lado, viví todos los mundos que habitan el mío, porque posees el alma que alimenta mi cuerpo. A tu lado, nunca tuve miedo de encontrarme a mí, de aventurarme hasta los confines del destierro. Desde la primera vez, me tomas con manos que acarician el alma y cimbran el cuerpo con un lenguaje que tú y yo conocemos. Con la tibieza, quebranta la calma y cobija el cuerpo, arropa mi ser y mi hacer en la desnudez de la vida y del encuentro. Calor que consume hasta devorar, hasta renacer. No hace falta la desnudez para poseer, para entregarse con el único afán de perderse hasta la intensidad. Tus manos han mostrado la paz y el desasosiego apabullante de la intimidad renovadora;

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su calidez irradia la fuerza que quebranta ternura y esperanza de cada nuevo día. Tus piernas portentosas, aliadas en cabalgatas, pilares, mesetas, cunas, planicies, montañas. Tu piel, un camino del que no me puedo separar. Te amé desde la primera vez. Con la avidez de una herida solitaria, de una apasionada herida. Siempre lo supimos: hicimos el amor a plena luz del día; sin el cobijo de la noche, con el amanecer del viento, y el tiempo, y su andar, fue siendo nuestro secreto cómplice. «Ni ato, ni desato», así te había dicho en respuesta al escrito aquél desdibujado pro tiempo que allanó la vida. No podía entender cómo habías escrito «en los momentos sublimes del amor, estoy fallando» «Soy un ángel sin alas». Aún no lo entiendo. Quizá lo hayas leído en cualquier lugar, de un escritor que no has dejado en paz a fuerza de mantenerlo vivo en tus desvarios. 

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Camisa blanca Sara González Desde pequeño nunca tuve amigos, al principio fue difícil, después, te acostumbras a la soledad. Creo que mi carácter antisocial fue causado por lo que me distingue de todos ustedes, puedo ver desde el fondo de sus almas y predigo su muerte.

Mi primera víctima, cuando yo tenía nueve años, ella también; se trataba de una damita de nombre Alva: era blanquísima con cabello manchado de sol, sus ojos eran grandes con tonalidad azul, aún me causan hastío esos horribles ojos, y al recordarlos, mi piel se estremece, se eriza. Esos ojos maldecidos, me miraron con odio después de mostrar mis sentimientos, en una cartita que le mandé con su mejor amiga; fue entonces, cuando por primera vez vi la muerte en los ojos de alguien. Cuando Alva terminó su postre, empezó a retorcerse por un dolor en su estómago, vomitaba, se debilitó, comenzó a convulsionarse y desmayó, todos los que estaban ahí formaron un círculo; primero niños, después los adultos de la cuadra; 108

llamaron a una ambulancia... se la llevaron y jamás la volví a ver. Conforme fui creciendo, vi morir también a muchas de mis mascotas; llegué a la conclusión de que la muerte me acompañaba y los que me rodeaban pagaban las consecuencias. Era placentero ver en los ojos de los demás su muerte aproximarse; por esa razón siempre sonreí al presenciarlo. Una mascota que tuve, y recuerdo perfectamente, fue un bulldog llamado Sheriff. Me dejó un recuerdo permanente’: una tremenda cicatriz del lado izquierdo de mi rostro, que empieza en mi ceja y termina poco después del ojo. Me la hizo por querer jugar con él mientras comía. Mis padres no tuvieron más descaro al dejarlo vivo y


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permitir que siguiera residiendo en nuestra casa. Un día que saqué a pasear a Sheriff, se cayó de un puente que cruza una avenida cerca de mi casa. Lo último que vi, fue, cómo esa bola de pelos pesada y chocolatosa, cayó sobre un camión de carga y soltó un quejido estremecedor. Al instante falleció. Siempre me quedo para ver más y más seres dejar este mundo. Hay alguien que jamás olvidaré: Zaida, su suerte fue conocerme; conmigo era feliz, sigo recordando aquéllos momentos que pasamos juntos; la conocí en la secundaria, su cabello era negro sombrío, su piel blanca y tersa, sus labios pálidos, su complexión degustaba de la flaqueza, y esos ojos, esos profundos y ásperos

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ojos que raspaban al mirar. A pesar de su triste belleza yo la amaba. Pero ella no sentía mucho por mí; me dejó por ese pusilánime desertor «amigo» mío. Fue conmovedor ver en sus miradas acercándose el final de sus días. Después de salir de clases la vi alejándose con su nuevo compañero. Caminé detrás de ellos sin que se percataran. Al día siguiente, anunciaron la muerte de ambos en la escuela. Comenzaron las investigaciones. Entre tanto dieron conmigo. Es imposible moverme con libertad en esta ajustada camisa blanca, ahora ya no veo más colores que su superposición. Gracias a mí, muchos son lo que ya no son. Ya sólo quisiera mirarme a los ojos. 

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Avidez Denisse Delval Escucho tu piel desprendiéndose poco a poco de tu cuerpo. Veo la sangre chorrear hacia el piso, siento su tibieza en mis manos y mi cara cada vez que el cuchillo penetra tu carne. Eres mío y pronto serás parte de mí. Tus gritos inundan mis oídos y me hacen sonreír. Una sensación de placer y plenitud me envuelven al verte sometido ante mí. Tus ojos emanan rojas y amargas lágrimas. Ya no podrás cerrarlos, la piel de tu rostro ahora está en mis manos. Desde hace mucho tiempo sueño con este día: quitar cada centímetro de tu piel para sentir el calor de tu cuerpo al descubierto. ¡Oh, querido, qué feliz me haces! El olor de tu sangre es una exquisita fragancia que quiero conservar en mi memoria siempre.

Por fin puedo contemplar cómo eres realmente. Recuesto mi cuerpo desnudo junto al tuyo en el lecho mientras acaricio y beso tu carne. Estás inmóvil y en silencio pero sé que aún estás vivo. Al besar tus labios siento cómo te estremeces, sé que lo disfrutas tanto como yo. Es el momento de fusionarnos. Mis dientes se posan en tu pecho y arrancan un pedazo; súbitamente comienzas a gritar. Sólo yo puedo 110

escucharte. Tus ojos muestran horror al ver mi sonrisa mientras te mastico. ¡Cariño, sabes tan bien! Quiero seguir saboreándote. Beso tus labios de manera tierna y acaricio tu lengua con la mía lentamente. Tu grito se ahoga con mi beso y se convierte en un lamento desesperado. Enderezo mi cara para que puedas apreciar tu lengua entre mis dientes. No puedo evitar soltar una carcajada al ver tu expresión de terror. Otra vez silencio.


A L E J A N D R Í A

La impresión es tan fuerte que te provoca otro desmayo. Sigo degustando tu cuerpo. Arranco tu carne con mis dientes y manos. Tu sabor es adictivo. ¡Mi vida, cuánto te amo! Horas después, abandonas tu lucha. Lágrimas de felicidad rocían mi rostro. Te has ido, pero tu cuerpo sigue conmigo, dentro de

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mí. Doy un último mordisco como despedida mientras te abrazo fuerte. Sabes mejor estando vivo. Todo mi cuerpo está lleno de ti. Con el cuchillo retiro la carne de tus huesos. Grandes bolsas de plástico te envuelven como una urna; el refrigerador es tu mausoleo. Sólo por hoy mi hambre de ti está satisfecha... 

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Carlos Vicente Castro

La oficina es un caballo blanco como el día

¿Estamos solos en medio del blanco desierto? Paredes, escritorios, clips, camisas de fuerza, así un vómito monótono. La oficina cabalga a trote como un teclado, un caballo blanco de redoblado paso interminable. [¿Estamos ensillados en el día que come piedras y pienso? Hasta el aire está acondicionado. Si dejas de creer, una abeja extravía el soporífero sabor de su celda… ¿Importa morir como un bicho aplastado por un cuaderno a rayas? ¿Y si la blancura llama con esa intensidad que sólo conocemos los coleópteros? 113


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No, no. El suicidio no es para pronoicos atareados en la astrología, rogando porque la muerte pase a segundo plano, a última instancia, en las penúltimas [páginas del balance, la estrategia. El plano que sigo ahora es el que me deslumbra.

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D O B L E

H O R I Z O N T E

David Flores

II

Qué es el silencio sino sufrir tu distante presencia, quietud a filo de tormenta agitada por tu aire que respiro —aire de castaña marea, ensortijado vaivén de mariposas— Y estás ahí, inmóvil, pétrea e indescifrable; sólo la luz de tus ojos sobreviene Me miras y tiemblo ante el certero sortilegio en que me encuentro; Hijo de hombre, frágil e imperfecto, qué puedo hacer para que vengas a mí,

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sólo nombrarte —silencio— exhalación mohosa desde la tumba en mi garganta ¿Acaso siempre estuviste lejos? quizá nunca lo sepa al menos, esta tarde nunca lo supe 

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D O B L E

H O R I Z O N T E

Hainz

El amuleto del eclipse Eclipse mi abuelo me regaló un amuleto que cae desde mi cuello y pesa como el deber, me lo dio para recordarme la rectitud familiar sin explicar por qué, por eso el amuleto no tiene forma precisa pues cada día es diferente, sin embargo, siempre tiene un círculo negro en el centro que me observa y me dice qué hacer es mi conciencia que al igual que mi amuleto cambia día con día pero siempre conserva el céntrico vacío circular a veces me levanto emocionado para ver la nueva forma que adquirió mi amuleto otras veces no le doy importancia, pero lo que no me deja de impresionar es que nunca se repite ninguna forma. El tiempo observa al amuleto cuidadosamente todos los días. un eclipse de ideas conformistas marchan como soldados en combate dispuestos a morir en poco tiempo por un ideal carcomido de conformismo ser solitario, conmocionar al publico que admira la trágica comedia que es la realidad, cualquiera que funcione fuera de la norma es contemplado absurdo un pecado cotidiano que mancha las almas de unos cuantos

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por eso fui a la guerra esa gran batalla que se desarrolla en todo ser humano que nos da libertad y nos mata al mismo tiempo la sublevación es mi alimento lo que me sustenta lo que imposibilita la descomposición de la mente ahora, en pie de guerra, en medio del campo minado que rodea al inconciente recuerdo y sueño mientras camino entre cadáveres de viejas y dulces pasiones llevé mi amuleto a la guerra, no lo he dejado pues se incrustó en mi carne mordió mi yugular como una cobra abrazó mi cuello como una amante ahora he sido herido víctima de una ráfaga de incoherencias me arrastro hacia la noche campo minado que permite fundirme con el entorno dime abuelo...¿por qué tu amuleto no me protege de la estupidez humana? 

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D O B L E

H O R I Z O N T E

Renato Sandoval

Dios es una mónada que engendra una mónada, y refleja en sí mismo una sola llama de amor Entonces el punto la escueta cava del encanto el norte imbuido en su propia especie a tientas en el umbral de la razón no concebida el murmullo de las manos replegadas contra la mente un escozor en una palma y un orificio en la otra por donde se cuelan todos los talentos el munífico saber de los más débiles crepitando azules entre las llamas del despojo a ciencia cierta o desierta la voz en su ola de aliento y deseo como la afrenta en su día más plano o la desidia empozada sobre la cuesta no vista y sin palabras. Es causa numeral de los entornos, una duda supina, una garra de luz catatónica y el suplicio de mil enjambres en flor. Cifra, folio en su tinta y garrapata del adiós que sólo sabe de albricias. Una fusa en extinción o un nuevo par que ahora clama sin desdoro. 119


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Si sólo fue sin apenas ver lo que nunca estuvo, un puñal en la frente, un atado de espadas, un manojo de sombras escindido entre las matas, nubes de añil y de centeno entre tanto barullo y esperpento. Del dos y del uno tan solo el tercer amante yace inerte en la esfera aparcada junto al cauce de la gloria. Añejo el placer ajeno que en bocanadas se desgrana a su antojo, antro de cera esculpida en el panal de luz que entonces se hizo y ahora se apacienta entre los dedos. Sin par o sin non, aupado en la certeza de lo que está fuera de sospecha, un manubrio de espejos bajo la selva contrita que se refleja en el relente. Único entre ninguno, total bajo la nada, en sí mismo brasa, holgura, parquedad, errancia en los cañaverales, sola sospecha de mareas tremebundas y rostros que se arrastran por las sendas de ausentes asteroides, aros de tul, confetis en llamas, una sola esperanza para tanto revuelo y extravío. Sabio el placer de brillar en suspenso como ninguno, la noche de puertas entreabiertas y el ojo avizor afilándose las pupilas: más terciar en la pareja ensimismada, reclusa como el número que la expone o apenas sencilla o dupla por diversa a cambio de nada. Una en sí misma la imagen que imagina sueños y ansias, siempre certera, febril o pusilánime, un florete de idas sin tropiezos, un traspié florido entre estrellas sin firmamento.

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D O B L E

H O R I Z O N T E

QuĂŠ rayo aquel de subsuelos trinitarios, una lonja de amor que a dentelladas poco a poco se aviesa. ď‚Ľ

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Cintia Durán H i s t o r i a s

v i o l e n t a s

Breve nota al margen. Historias violentas es una serie forográfica originada a partir de la apropiación de casos verídicos publicados durante los últimos cinco años en la nota roja de periódicos de Michoacán. Las notas fueron elegidas no por la magnitud del suceso sino al contrario por la aparente simplicidad del ejecutante. La toma fotográfica pretende develar el instante decisivo en el cuál el protagonista ya no puede dar marcha atrás, el momento en que las circunstancias dejaron de importar y el camino no cuenta con un retorno a ser quien era. [Historias violentas es un proyecto apoyado por el Gobierno del Estado de Michoacán de Ocampo, la Secretaría de Cultura (SECUM) y el Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Michoacán (PECDAM)].


Encuentran a bebe recién nacida en milpa abandonada. Zacapu Michoacán. 7 de Septiembre de 2009.

Se suicida mujer Apatnzingán Michoacán. 3 de Diciembre De 2007


Asesina joven a su padre con una Katana. Morelia, Michoacรกn. 9 de Diciembre de 2008


Por celos la mat贸, el homicida logr贸 huir, aunque est谩 identificado. Zamora, Michoac谩n. 2009.


Homicida arrepentido cometió el crimen en 2006, su primo y amigo víctimas. Queréndaro, Michoacán. 2009.


Mat贸 a su padre y se comi贸 su cerebro y su sangre. Indaparapeo, Michoac谩n. 15 de enero de 2004.


Heliópol i s

miscelánea • crónica • libros • cine • música • arte


Mariño González

Vian y la espuma patafísica El tiempo real no es mecánico, no está dividido en horas iguales... el tiempo de verdad es subjetivo... se lleva dentro Boris Vian. La hierba roja

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a demencia, como pueden constatar algunos insignes personajes de ficción, es un trastorno que, tarde o temprano, suelen padecer aquellos que transitan por los caminos del tiempo y alternan sus días —y sus noches— entre el pasado y el futuro. El ingeniero Wolf, protagonista de La hierba roja, experimenta en carne propia los designios de su autor, Boris Vian, y gracias a una enorme máquina detona sus recuerdos hasta ponerle nombre a su locura: olvido. El mismo olvido al que hoy, a 50 años de su muerte, aún desafía

la obra del novelista, poeta, jazzista, dramaturgo, inventor, guionista de cine, actor y periodista francés. La ciencia que nutre las obras de Boris Vian está al servicio de leyes que poco tienen que ver con las que rigen al universo conocido. El método utilizado por el narrador francés para definir los límites viscosos de la realidad no es otro que la literatura y, a fuerza de sustituir algoritmos con poesía, libros como El arrancacorazones, El otoño en Pekín, La hierba roja y Que se mueran los feos, entre muchos otros, determinan un

mundo en el que la invención está al servicio de historias lúdicas, donde la existencia humana se cosifica y los objetos, nunca estáticos, se desvanecen, estallan o rebosan de humanidad. Nacido el día de los Santos Templarios Adeptos, correspondiente al 16 del mes del Pedal, el también autor de canciones como “El desertor” y “Soy snob” murió hace 50 años, cuando el Calendario Patafísico marcaba el día 9 —es decir, el de Santa Otra Psiquiatra— del mes de

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m i s c e l á n e a Gidouille1. Esto, en términos estrictamente gregorianos, significa que Vian llegó a la Tierra el 10 de marzo de 1920 y falleció el 23 de junio de 1959, justo después de asistir a la función privada de la adaptación cinematográfica de una de sus primeras novelas, publicada bajo el seudónimo de Vernon Sullivan: Escupiré sobre vuestra tumba. La efeméride viene a cuento porque, a punto de concluir la primera década del siglo XXI, la obra de Boris Vian continúa desafiando la realidad y ofrece —en cada párrafo, en cada soplo de trompeta, en cada verso, en cada apunte cinematográfico— 1. El Calendario Patafísico consta de trece meses de 28 días y fue instaurado, con motivos meramente lúdicos, inmediatamente después de la fundación del Colegio de Patafísica, en 1948, a partir del amplio imaginario que puebla las obras de Alfred Jarry (1873-1907). Pedal y Gidouille corresponden, respectivamente, al séptimo y noveno mes. 130

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Fotografía tomada de la página http://www.fyms.de/

un sinnúmero de posibilidades para todo aquel que quiera sumergirse en un abismo espiral donde la ficción es más importante que los hechos y donde la fértil imaginación del autor francés renace, una y otra vez, en sillas salvajes, en pianococteles que preparan tragos al son de la música preferida o en un nenúfar que crece, inclemente, en el estómago de una linda joven llamada, como la canción de Duke Ellington, Chloe.

En la novela Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico, escrita hacia 1893 y publicada de manera póstuma en 1911, Alfred Jarry define la patafísica como la “ciencia de las soluciones imaginarias que atribuye simbólicamente a los lineamientos las propiedades de los objetos descritos por su virtualidad”. Una ciencia, que, indica el autor francés, “se añade a la metafísica, bien sea en sí misma, bien sea fuera de sí misma, y se extiende más allá de ésta, tan lejos como ésta se encuentra de la física”. Fundado en 1948 por Irénée Louis Sandomir, como homenaje y seguimiento a los postulados de su amigo y colega Alfred Jarry, el Colegio de Patafísica tuvo entre sus primeros miembros a Jean Hugues Sainmont, Mélanie le Plumet y Oktav Votka. Más tarde se unirían personajes de la talla de Eugène Ionesco, Jacques Prévert, Enrico Baj


H E L I Ó P O L I S y el propio Boris Vian, quien fue invitado a esta Sociedad de Investigaciones Eruditas e Inútiles por el también escritor Raymond Queneau. Vian escribió el grueso de su obra literaria años antes de su ingreso, en 1953, al Colegio de Patafísica. Sin embargo, los lineamientos que dan forma a la mayoría de sus historias, desde Vercoquin y el plancton hasta El arrancacorazones y los relatos que integran el volumen El lobo-hombre, poseen muchos de los rasgos atribuidos a las soluciones imaginarias del señor Jarry y agregan otros: el absurdo doméstico, la yuxtaposición, choque y fusión de contrarios y, sobre todo, un anarquismo recalcitrante, vívido e individualista que anima los pasos de cada uno de sus personajes. Si la ciencia obedeciera únicamente a motivos literarios, su nombre sería patafísica y Boris Vian, como el Wolf de La hierba roja, uno de sus mayores ingenieros.

*** Como se esperaría del presidente de la Subcomisión de Soluciones Imaginarias y sátrapa del Colegio de Patafísica, en la obra de Boris Vian el tiempo es, como la memoria, un asunto de excepción que se trata, siempre, con humor. La búsqueda o inminencia del vacío es una constante que emerge, especialmente, en tres de las novelas más conocidas del escritor francés: La espuma de los días, La hierba roja y El arrancacorazones. La primera de ellas —sin duda la del título más patafísico— aborda el deterioro progresivo que rodea la vida de un grupo de jóvenes que asisten a la bella Chloe, secada desde dentro por un nenúfar hambriento, mientras los minutos marchan a su propio ritmo —muchas veces en sentido inverso— y los muros del mundo real son corroídos al ritmo de jazz que marca el pianococtel inventado por Chick, el protagonista y amante

de la joven dama en apuros. En La hierba roja, las horas se relacionan directamente con la memoria y Vian, en voz de su protagonista, explica el funcionamiento de su máquina patafísica: “Está hecha para olvidar, pero antes tienes que recordarlo todo. Sin omitir nada. Con más detalles aún y sin sentir lo que sentías entonces”. En sus inmersiones al aparato descomunal, el ingeniero Wolf se reúne con diversos entrevistadores que apoyarán su periplo cuántico para destruir los recuerdos que lo perturban y ofrecer, así, otra de las características clave de sus obras: la refutación humorística del existencialismo2 y el psicoanálisis. La espuma de los días y El arrancacorazones, como La 2. Como venganza literaria por seducir a su mujer, Vian utilizó a Jean Paul Sartre como personaje de La espuma de los días y lo rebautizó como Jean Sol Partre, debido al parecido físico del existencialista con un lenguado. 131


m i s c e l á n e a hierba roja y El otoño en Pekín, conducen, indirectamente, a la locura de sus protagonistas. Y el delirio, en Vian, es una virtud: así lo atestigua el psicoanalista Jacquemort, de El arrancacorazones, quien se enfrenta a un mundo desvirtuado y desopilante para que su creador establezca el eje de la novela como una sátira al mundo de los mentalmente sanos, aquellos que cuentan segundos y minutos y se obstinan en almacenar, en cajas cuadradas y robustas, cada uno de sus recuerdos. El tiempo, sin embargo, no ha ganado la batalla contra la obra de este peculiar ingeniero. A cincuenta años de su muerte,

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resulta vianesco —valga la palabreja— que la editorial Gallimard haya decidido rectificar y, aun cuando en su momento rechazó algunos de los libros del escritor francés, sumarse al aniversario con la publicación de su obra novelística completa. Más allá del universo librero, otro que se sumó al homenaje fue el músico argentino Andy Chango, quien a finales del año pasado publicó un disco imprescindible con versiones, en castellano, de las canciones de Boris Vian. Han pasado ya cinco décadas desde que, en el cine Le Petit Marbeuf, el creador galo sufrió un ataque cardiaco

durante la proyección de Escupiré sobre vuestra tumba —se dice, con tono de leyenda, que la causa fue el coraje que le provocó la adaptación cinematográfica de la novela— y, poco más tarde, falleció. En perfecta sintonía con el ingeniero Wolf, la espuma de los días, la resaca patafísica de minutos y segundos ha dado nuevo brillo a la tinta de Boris Vian. Y es que sus palabras, para parafrasear uno de sus pocos poemas, «Moriré de un cáncer de columna vertebral”, no han sido —ni serán— “devoradas por ratas gigantes salidas de agujeros gigantes”.


Lilián Bañuelos n una traducción precisa Hospice (hospicio) es un lugar que funge como residencia para enfermos terminales el título de los neoyorquinos The Antlers, cuya obra, es de aquellas que corren el riesgo de ser ignoradas (aunque también están los que vencidos por la zozobra -tan característica en la crítica de hoy en día- ya los colocaron entre las mejores de la década, como es el caso del famoso sitio Je ne sais pop. Y, bueno, no estaría tan mal esperar mínimo que trascurran los tres meses

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que nos restan). Es muy posible que algún tímpano atolondrado la coloque, sin derecho a réplica, en el cajón de los discos prescindibles. Sí, en la primera vuelta, pudiera sólo ser percibida la ahora tan recurrente nata espesa de un folk extra emotivo, sin embargo, podría ir más allá,

H E L I Ó P O L I S

Hospice: Entre formol y quebranto

incluso, de la radiografía de alguien concibiendo el real dolor de la pérdida. Peter Silberman — mentor de la banda— vivía en Manhattan con su pareja. Después de aproximadamente un año, la relación termina, por lo que él decide mudarse a Brooklyn para olvidarse no sólo de ella, también de las amistades y del mundo (de su mundo en Manhattan, queremos suponer). Es curioso, de unos años para acá, a los artistas les ha dado por escapar de la isla. Huir de ex-novias y alquileres estratosféricos han hecho de 133


m i s c e l á n e a Brooklyn un copioso criadero de gente muy joven saturando la escena con grabaciones caseras pero, en su mayoría, inmejorables. Silberman dedicó un año entero a la creación de Hospice, que comenzó en su habitación para finalmente acabarlo en la casa de sus padres en Westchester. “Prologue”, es el nombre del track inaugural del disco, así como título del primer post de un blog –montado en vil plataforma Blogger­– que Peter abrió para narrar el proceso: “I don’t know exactly what I’m going to use this for. That remains to be seen. I’ll likely be posting pictures, scans, sound clips, and miscellaneous etceteras relevant to «Hospice», the album I’ve been writing and recording for nearly a year now”. Tal vez lo que nos conmovió tanto de Ambivalence Avenue de Bibio, a principios de año, fue su docilidad y transparencia, del Bay of Pigs de Destroyer en

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cambio, su paisajismo pop y a la vez progresivo; pero cuando estamos frente a Hospice presenciamos el espectáculo de esa quietud desgarradora que abruma. De las producciones en este año tal vez sea, por eso, el único en su especie. Escrito bajo el contexto de la enfermedad, el dolor y la muerte —Peter es testigo del deterioro de una mujer con cáncer de huesos—, este trabajo en perspectiva, termina por ser muy versátil. Después de pasar por el dramón de los primeros dos temas, llega “Sylvia”, que aunque resulte ser una clara referencia al suicidio de Plath, la poeta, es el primer indicio de esperanza que nos regala el álbum. Sylvia, get your head out of the oven. Go back to screaming and cursing, remind me again how everyone betrayed you

“Bear” y “Two”, tal vez sean los cortecillos “indiepop” más convencionales que, no obstante, sirven de respaldo y descansabrazos que preparan nuestra llegada a “Shiva” y “Wake”, las crestas que culminan, ambas, algo triunfales, muy al estilo The Arcade Fire y Le Loup, pero en un tenor mucho más íntimo y cercano, sin la grandilocuencia de la banda que nació con ínfulas de gente grande. “Epilogue” concluye el recorrido con un arpegio próspero que intenta consolarnos con un final, creemos que, dichoso —aunque no nos queda muy claro.


H E L I Ó P O L I S

Tideland, el país detrás del espejo de una mirada

Emely Sánchez Nadie más que un hombre — Terry Giliam— que a los 64 años descubre que el niño que lleva dentro es una niña de siete años, pudo haber creado, con la ayuda de una diestra fotografía y manejo de los efectos visuales, un mundo de fantasía tal que compitiera con Alicia en el país de las maravillas de Lewis Caroll. Esta Alicia interpretada por Jodelle Ferland, sin embargo, es muy peculiar: de entrada su nombre es Jeliza Rose y vive con sus padres en una casa con acceso al campo —jusqu’ici tout va bien—; su

madre (Janet McTeer), adicta al tabaco, a drogas duras y al chocolate, muere justamente por una sobredosis de metadona, obligando a la pequeña y a

su padre —personaje genial por cierto, encarnado en Jeff Bridges— a emprender un viaje increíble en el cual el espectador se encuentra dando pasos 135


m i s c e l á n e a indistintamente en los planos de la realidad y la ficción, y si acaso tiene un sobresalto, éste ocurre porque el chamaco dentro de cada uno se quiere poner a jugar con Jeliza Rose y sus amigos. En la huída, la nueva locación es la antigua casa de la abuela (madre del padre). Escenario ideal para desarrollar el segundo acto, donde aparecen nuevos personajes —no menos trincados— como una vecina fantasmagórica, Gunhilda (Jennifer Tilly) practicante de la taxidermia, y un chico con una especie de retraso, a su cuidado: Dickens (Brendan Fletcher). Absolutamente, el homenaje a Caroll se consolida a cada momento: la

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niña se sumerge en mundos subterráneos y submarinos, ya clavándose en una madriguera o dentro de un submarino hechizo junto con su nuevo amigo Dickens. La imaginación ilimitada hecha aventura logra el efecto de una droga que ayuda a amortiguar la realidad de Jeliza, en la que su padre lleva días muerto, también por sobredosis –él, de heroína, que la misma niña está entrenada para preparar e inyectarle—. No hay comida en buenas condiciones, y ella está sola en medio de la nada. Un original filme de estética inusual no apto para adultos que se han olvidado de ese niño vivo dentro. Pero definitivamente, tampoco apto para niños que no hayan

pasado por las experiencias de ser adultos. Dirección: Terry Gilliam. Países: Reino Unido y Canadá. Año: 2005. Duración: 122 min. Género: Drama, fantástico. Interpretación: Jodelle Ferland (Jeliza-Rose), Jeff Bridges (Noah), Janet McTeer (Dell), Brendan Fletcher (Dickens), Jennifer Tilly (Gunhilda), Dylan Taylor (Patrick), Wendy Anderson (mujer), Sally Crooks (madre de Dell). Guión: Tony Grisoni y Terry Gilliam; basado en la novela de Mitch Cullin.


H E L I Ó P O L I S

Entre mascotas te veas

De gatos y sus mascotas Arturo Villaseñor Editorial Sófocles Ediciones El viaje Ilustraciones: Cithlali Ramírez Gloria 144 páginas.

Hilda Figueroa Arturo, tan prolífico en su escritura, a cada rato nos sorprende con un nuevo libro. Y es éste un libro singular, como todos los de Arturo, pero con un toque especial: se trata de once relatos gatunos, contenidos en 141 páginas de una edición muy bella, ornada con dibujos que hacen un buen marco, lleno de frescura, para acompañar el contenido de los textos. Stella, Ifigenia, Sabrina, Petra, Marlene, Príncipe, Atenea, Sófocles, Bellísima y Tosca son algunos de los nombres que nos saldrán al encuentro como narradores

de las escenas, de corte cinematográfico, que aparecerán ante nuestros ojos para contar, no sólo sus propias vidas, sino las de los seres que comparten la suya con ellos y que irreverentemente para muchos, son llamados por los felinos: mascotas. Y todo poseedor de un gato sabe bien que este nombre es muy atinado, puesto que los gatos son seres caprichosos, que hacen según su propio deseo y no el de quienes pretendan ser sus dueños, que de domesticarlos, ¡ni lo intenten!, puesto que,

tremendos arañazos los harán desistir de su propósito. Los felinos son orgullosos ingobernables y saben bien protestar si son molestados. Se ve entonces que Arturo sabe bien de gatos. Es así entonces que vamos a encontrarlos aquí con toda su inteligencia, y mostrando una gama completa de sentimientos: envidia, celos, rabia, afecto, odio, tristeza, así como soberbia, vanidad, orgullo y cualquier otro aspecto atribuible a cualquier ser humano. Es este un texto irreverente, por donde se le vea, desde el 137


m i s c e l á n e a título, provocativo, retador, por su inversión de los términos habituales, hasta el hecho de que los gatos, entes caprichosos, se transformen en figuras protagónicas y en narradores eficientes, que mucho nos recuerdan a Flush y a la escritura de la gran Virginia Wolf. Pero también por la naturaleza de los relatos, atrevida, desmitificadora en cuestiones de política, religión, y conducta social. Todo el libro está cimentado en el recurso literario de la personificación y la animalización, así como el juego de la alternancia de voces entre narradores, con un toque de humor ácido, corrosivo, crítica fuerte y planteamiento de nuevos escenarios de pensamiento, pero también la ironía, la sátira y el humor negro serán otros de los condimentos. Sin embargo, aquí entre nos, quizá Arturo en realidad no escribió el libro, puesto que debemos creer a Ifigenia, la gatita,

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cuando nos dice: “Yo, Ifigenia, soy la verdadera autora de la narración que sostiene el lector en sus manos”. En fin, la presencia de la muerte es otro recurso literario, ya que la vemos aparecer con todo su dramatismo, para hacernos evocar un sentimiento de ternura por los personajes y aderezar las historias con un toque fuerte. En sus gatos, Arturo instila también su amor por los clásicos, a quienes por lo general retoma en sus textos, y no faltará por ahí la reflexión filosófica. En cuanto al estilo, en este libro el autor ha gustado de adjetivar y sobreadjetivar. Así como el uso irreverente de una profusión de metáforas, pero lo más sobresaliente, es una escritura impecable que nos proporciona una lectura fluida y eficaz. Villaseñor tiene un cuidado del lenguaje como prenda valiosa, lo que tanto se agradece en estos tiempos de desprecio de la corrección del lenguaje.

En fin, el autor tiene la virtud de hacernos personajes, con la mayor facilidad, de tal forma que no es difícil mirarnos en el espejo de su escritura, perfectamente retratados, habitando las páginas y conviviendo con estos increíbles gatitos que deambularán por los relatos con la delicadeza que sólo en los felinos podríamos encontrar. Así es como Arturo hace convivir a las criaturas accionales con seres de carne y hueso, lo cual despertará en nosotros el deseo de mirar, tan propio de la especie humana. Este libro es un reto para cada lector. Podrá gustar a muchos y disgustar a otros, así que, cada lector tiene su propia respuesta, y habrá que leerlo para saber los sentimientos que va a provocar en nosotros.


La Voz de la Esfinge 21.  

Tras cuatro años de ausencia, un nuevo número de la revista de literatura La Voz de la Esfinge.

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