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SISTEMAS LABORALES COMPARADOS

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AUTORES, TEXTOS Y TEMAS

GLOBALIZACIONES Colecciรณn dirigida por Claudio Horacio Lizรกrraga y Juan A. Roche Cรกrcel

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Ignasi Brunet, Alejandro Pizzi, David Moral

SISTEMAS LABORALES COMPARADOS Las transformaciones de las relaciones de empleo en la era neoliberal

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Sistemas laborales comparados : Las transformaciones de las relaciones de empleo en la era neoliberal / Ignasi Brunet, Alejandro Pizzi, David Moral. — Barcelona : Anthropos Editorial ; Santa Fe (Argentina) : Universidad Nacional del Litoral, 2016 381 p. ; 24 cm. (Autores, Textos y Temas. Globalizaciones ; 2) Bibliografía p. 345-375. — Bases de datos ISBN 978-84-16421-35-0 1. Trabajo - Aspectos sociales, económicos y políticos 2. Relaciones industriales 3. Globalización (Países industrializados/desarrollados) 4. Siglo XXI I. Brunet, Ignasi II. Pizzi, Alejandro III. Moral, David IV. Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe) V. Título VI. Colección

Primera edición: 2016 © Ignasi Brunet, Alejandro Pizzi, David Moral, 2016 © Anthropos Editorial. Nariño, S.L., 2016 Edita: Anthropos Editorial. Barcelona www.anthropos-editorial.com En coedición con la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe (Argentina) ISBN: 978-84-16421-35-0 Depósito legal: B. 18.028-2016 Diseño de cubierta: Javier Delgado Serrano Diseño, realización y coordinación: Anthropos Editorial (Nariño, S.L.), Barcelona. Tel.: (+34) 936 972 296 Impresión: Lavel Industria Gráfica, S.A., Madrid Impreso en España - Printed in Spain Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

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CAPÍTULO 1 INTRODUCCIÓN

Aún es pronto para poder realizar un análisis definitivo sobre la Gran Recesión. A pesar de que en la actualidad cada vez se oyen más voces que ponen fin a su fecha, sus efectos serán visibles aún durante mucho tiempo. ¿Qué ha tenido esta crisis, cuyo desencadenante fue una rápida erosión de la solvencia de los deudores hipotecarios estadounidenses, que la ha diferenciado de todas cuantas hemos conocido hasta ahora? Creemos que ha sido el papel que ha desarrollado el capital financiero internacional el que le ha dado un «rostro» diferente. El Fondo Monetario Internacional (en adelante FMI) en 2012 informó que en el inicio del siglo XXI las inversiones financieras mundiales habían crecido notablemente. Análisis basado en la constatación de la existencia de una intensa concentración de activos financieros transnacionales, los cuales crecieron 2,6 veces entre 2000 y 2012. Esto implicó el equivalente a 34,5 billones de dólares, cantidad que da cuenta de la magnitud de este proceso, iniciado durante la década de 1970 y consentido gracias a la implantación de políticas de desregulación financiera. Su resultado ha sido palmario: el crecimiento de capitales foráneos en los mercados financieros pasó desde el 5 % en la década de 1960 hasta el 47 % y el 78 % en 2001 y 2012, respectivamente. Este creciente peso otorgó al capital financiero una enorme preeminencia sobre las políticas económicas de los distintos países, auspiciada por el respaldo de instituciones financieras internacionales. Especial papel desempeñó en todo ello el FMI, al promover tanto tratados de inversión que lograron dar cobertura legal a la liberalización de estos capitales financieros (situándolos incluso a salvo del intervencionismo público de los Estados a través de los controles públicos de los que disponían), como una absoluta libertad de movimientos. Ello ha provocado graves consecuencias políticas y económicas a nivel mundial. Por un lado, la falta de regulación política ha condicionado, y condiciona, las políticas de apoyo a los países en crisis mediante la eliminación de toda cláusula que quisiera imponer controles públicos internos a los mismos. Ejemplos paradigmáticos los encontramos entre las privatizaciones de activos y servicios públicos, ambos esenciales para sus comunidades. Además, las facilidades de entrada y salida de capitales promovieron un crecimiento de las inversiones financieras con intención de obtener utilidades de corto plazo, «olvidándose» del esquema típico de inversiones en activos productivos, caracterizado por ganancias de más larga maduración. Como consecuencia de lo anterior asistimos a una enorme volatilidad de los capitales, expresada en el crecimiento y explosión de burbujas financieras. 5

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Lo paradójico de esta crisis financiera, provocada por los movimientos especulativos, es que en lugar de penalizar a la clase capitalista (que tomó decisiones imprudentes) se ha castigado a los países que se vieron afectados por estas maniobras. Estados que, posteriormente, hubieron de hacerse cargo de las consecuencias de las malas elecciones anteriores del sector financiero, «endeudando» a su sector público (Ontiveros, 2012; Torres, 2010; Moreno, 2016). Estos capitales, integrados en su mayoría por bancos, empresas multinacionales y grandes fortunas, lograron concentrar altas tasas de activos financieros en torno a fondos de inversión que crearon «ex profeso». Inversores que representaron a un amplio espectro social, tanto de origen no especulativo —ahorros de trabajadores— como de fundamento absolutamente especulativo —poderosos inversores. Significativamente, la parte más especulativa de estas inversiones no salió debilitada sino que resultó fortalecida de la mal denominada crisis terminal del neoliberalismo. Según estimaciones del FMI, entre la UE, EE.UU. y Canadá se mueven el 75 % de las inversiones financieras internacionales. Tasa que cae hasta un 15 y 20 % de este flujo en los países del Asia Pacífico, desplomándose hasta un 5 % en América Latina. Por su parte, a África y la Europa no comunitaria les corresponde la pequeña fracción restante del negocio financiero. Datos que explican por qué los seis países con más activos en el exterior (EE.UU., Reino Unido, Japón, Luxemburgo, Alemania y Francia) concentran el 53 % del total global, sumando un total de 23,4 billones de dólares. Esta distribución del flujo de inversiones financieras no ha cambiado entre la crisis de 2007-2008 hasta el momento de escribir estas líneas, así como tampoco se alteró la lógica de acumulación financiera, que simplemente tuvo un freno, retomándose su impulso a partir de 2009. En relación al mundo del trabajo, que concentra el interés del presente libro, la actual crisis está introduciendo una enorme serie de transformaciones, lo que le han valido para configurar unos mercados de trabajo muy diferentes a los que se encontró allá por el 2007, cuando ésta comenzó (OIT, 2012). Es por ello por lo que este libro se plantea el siguiente desafío: recoger los cambios producidos, hasta la fecha, tanto en la organización capitalista de la economía como en los Estados sobre los que actúa. Para ello explicamos las diferentes transformaciones económicas que el capitalismo ha sufrido desde finales de la II Guerra Mundial hasta la presente crisis, centrándonos sobre todo en cuáles han sido sus repercusiones en los sistemas nacionales de relaciones laborales, para ello hacemos especial hincapié en las últimas regulaciones, o contrarregulaciones, que los mismos han sufrido o están actualmente sufriendo. Para abordar este objetivo llevamos a cabo un amplio estudio sobre los diversos modelos de relaciones laborales existentes. Modelos que en la mayoría de los países industrializados surgieron sobre una base local o sectorial, pero que se consolidaron después de la II Guerra Mundial en el marco institucional nacional y de Estado integrador o de bienestar. Modelos que están, por tanto, asociados al Estado-Social o del Bienestar, pero que se encuentran también inscritos en el interior de configuraciones hegemónicas más amplias, que estructuran los contornos de las sociedades nacionales modernas (Beneyto, 2016). Por ejemplo, el papel que juega la potente corriente neoliberal angloamericana en la configuración y reestructuración de las actuales sociedades nacionales es central para explicar el cuestionamiento del papel social compensatorio del Estado del Bienestar y por tanto el declive del pacto 6

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social por el bienestar de la ciudadanía. Corriente que al lograr instalarse en los gobiernos de la mayoría de los países occidentales, colocara en ellos a los representantes políticos de los intereses económicos más favorables a esta línea de pensamiento de individualización remercantilizadora. Por ello, dado la estrechez de relaciones entre sistema político y sistema de relaciones laborales, nuestro análisis parte del convencimiento de que no existen leyes económicas endógenas que constituyen un espacio o reducto objetivo de las sociedades, por lo que planteamos que las sociedades capitalistas actuales son espacios o campos políticamente construidos en el que se desarrollan lógicas que no son objetivas ni naturales, sino resultado de dichas construcciones hegemónicas. Esto implica la presencia de dispositivos institucionales y culturales que regulan su funcionamiento. Las transformaciones de la economía, entendida bajo este prisma, suponen períodos de crisis que constituyen oportunidades para llevar adelante reformulaciones y reconstrucciones políticas más amplias, incluyendo las relaciones entre capital y trabajo. Consideramos que estamos frente a intentos de las clases dominantes de reconstituir las bases sociales actuales, apostando decididamente por la pérdida de centralidad del trabajo, así como por la reducción de derechos sociales y laborales de los trabajadores. Los cambios que las sociedades han sufrido, a lo largo del tiempo, nos aportan las claves para comprender las formas que asumen tanto el capitalismo como el Estado y las relaciones laborales. Polanyi (1989) nos resulta inspirador, en especial su análisis sobre cómo el surgimiento del capitalismo industrial trajo consigo el intento deliberado por eliminar antiguas prácticas sociales y costumbres antiguas alejadas de los mercados, mediante su sustitución por otras prácticas basadas en un comportamiento individualista y de cálculo racional. De hecho, el capitalismo industrial alimentó y estimuló dicho comportamiento individualista-racional, elevándolo a la condición de elemento clave y principio rector de la sociedad que creó. La expansión de este principio a todos los ámbitos sociales, explica el por qué la sociedad se ha convertido en auxiliar del mercado, alterando un orden tradicional en el que la economía estaba al servicio del orden social; si bien constantemente agitado por múltiples rebeliones populares ante la escasez crónica que presentaron históricamente estas «economías morales» (Thompson, 1995). Leyes del mercado que determinaron, por tanto, la suerte del sujeto y de su trabajo. La producción del sustento del ser humano pasa a ser considerada como si fuese una mercancía más, ajena, por lo tanto, a la regulación externa a la que se integra el propio mercado (Serrano y Martín, 2014). Al mismo tiempo, esa configuración de dominio fue abandonando el imperativo tradicional del vínculo social, creando las condiciones del miedo a la hambruna como disciplinador social. Autores como McQuaig y Brooks (2014), estudiaron cómo, bajo el capitalismo industrial, la amenaza por el hambre se convirtió en una estrategia deliberada para empujar a una masa de campesinos insertos en estructuras proto-industriales hacia el interior de trabajos definidos por las insalubres y durísimas condiciones de las denominadas proto-fábricas. En definitiva, el miedo al hambre sería el origen de nuestros «incentivos laborales» en el capitalismo industrial. ¿Vivimos procesos similares en la actualidad? ¿Se están reestructurando (o desmantelando) lazos y vínculos sociales con el objetivo de favorecer la penetración de nuevos incentivos laborales en nuestro contexto de creciente 7

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competitividad capitalista global? ¿Cómo impacta ello sobre los sistemas de relaciones laborales los países de nuestro entorno?

1.1. La construcción del capitalismo financiarizado El capitalismo industrial, analizado bajo la figura del «tipo ideal» weberiano, consiguió en Europa acabar con siglos de historia y de tradiciones laborales existentes durante todo el Antiguo Régimen. Sin embargo, ni su gestación ni, por supuesto, sus transformaciones ocurrieron de forma sencilla. Las primeras relaciones económicas susceptibles de ser consideradas como capitalistas surgieron a partir del siglo XIII en el ámbito rural, profundizando su desarrollo mediante su introducción en el último ámbito residual de las relaciones consuetudinarias y de las leyes anteriores que habían intentado proteger aspectos básicos del mercado pre-industrial: el ámbito de la producción y el control sobre precios y beneficios. Nos situamos frente a un capitalismo comercial que tuvo que enfrentarse a gran parte de la estructura productiva de la época, basada en corporaciones profesionales vinculadas a oficios y en el control del mercado por los poderes públicos, reales o concejiles. Estos poderes claudicaron desde el momento en que el capitalismo mercantil logró introducirse en el ámbito de la producción, orientándola bajo el criterio de maximizar los beneficios (Wolf, 1982). Desde el siglo XVIII comenzaría el desmantelamiento del sistema de corporaciones gremiales, al erigirse el liberalismo como ideología triunfante. El nuevo tipo de capitalismo industrial expresaría nuevas relaciones de poder que favorecieron la introducción de nuevos conceptos y discursos, sobre la base de la utilización de la escasez y las privaciones materiales como herramientas de control e ingeniería social. El nuevo discurso hegemónico permitió varios cambios en las sociedades preindustriales. En primer lugar, provocó una tensión entre las formas tradicionales del trabajo artesano manual, mayoritariamente desarrollado en un entorno familiar rural —conocido como «protoindustria»—, y las nuevas técnicas industriales de producción basada en proto-fábricas. En segundo lugar, tensionó la lucha por el control de los precios de los bienes, por un lado, y las posibilidades de consumo de los trabajadores, por otro. En tercer lugar, la pugna entre los intereses de los capitalistas vinculados a mercados más allá del ámbito local, y las antiguas estructuras gremiales locales. La respuesta de las clases económicas dominantes frente a estos conflictos se fue produciendo históricamente mediante la conversión del elemento más comercial de las antiguas estructuras gremiales en empresarios capitalistas mercantiles con capacidad de influir y dirigir la producción. Nueva práctica comercial que dio lugar a una novedosa situación: la aparición de una mano de obra en proceso de proletarización, cuyo resultado fue el de su incierta asalarización, dando lugar al nacimiento de un «estatus» cada vez más aproximado al del obrero asalariado del capitalismo industrial. Proceso basado, como indica Kocka (2014), sobre un hecho paradójico por el que los productores directos parecieron gozar de cierto aire de independencia, como artesanos urbanos o trabajadores en su propio domicilio, en tanto que su propia práctica los fue integrando bajo diferentes formas de dependencia del capital. 8

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El triunfo de la protoindustrialización nos ha mostrado cómo el «capitalismo comercial» consiguió transformar el mundo de la producción artesanal, situándose en la fase inmediatamente precedente a la reconfiguración política y social que dio nacimiento al capitalismo industrial entre los siglos XVIII y XX. Al comienzo de la revolución industrial (con sus innovaciones técnico-organizativas, con la explotación de nuevas fuentes de energía, y la extensión de la fábrica como empresa de producción en la que se divide el trabajo manual y de gestión), el capitalismo ya poseía una dilatada historia a sus espaldas. El siglo XIX trajo consigo nuevos y diferentes rasgos técnico-productivos, como la industrialización y el maquinismo. Técnicas que, introducidas en el interior de las estructuras capitalistas existentes, terminaron por transformar completamente a las formaciones sociales anteriores, precipitando la expansión del gran mercado autorregulado y cambiando la condición del hombre occidental (Maucourant, 2006). Así, la «ley de innovación» de Kuznets (1955) o la «destrucción creativa», la transformación permanente de la producción (Schumpeter, 1964), no se convirtieron en elementos fundamentales y fundacionales del capitalismo al menos hasta la época propia del capitalismo industrial. Tipo de formación económica que, ante la presión del movimiento obrero organizado, hubo de convertir el empleo —el intercambio mercantil de salarios por producción— en trabajo socialmente regulado, transformándolo en un fenómeno masivo. Finalmente, a través de la concentración de fábricas, de minas, de nuevos sistemas de transporte, de mecanización y de infraestructuras, es decir mediante acumulación de capital fijo, dicho intercambio habrá alcanzado dimensiones globales. La anterior lógica capitalista terminó por erigirse en un mecanismo dominante, siendo uno de los pilares sobre el que se ha logrado conformar todo un orden social, político y cultural en torno a la condición salarial; aunque con graves limitaciones en la distribución de los beneficios. Hecho que no refleja, tan solo, un mundo de retribución, sino la condición a partir de la cual los individuos se distribuyen en el espacio social. Concretamente, se instauró un orden en el que la mayoría de la gente extraía su renta, su estatus, su protección, su identidad, su existencia social, su reconocimiento social, del lugar que ocupaban a través del salario percibido (Castel, 2002). El capitalismo industrial ha sido, como tipo ideal y fenómeno económico, un producto de la civilización europea (Anderson, 1974a, 1974b; Mann, 1997). Si bien hasta 1800 solo se dio, en toda su amplitud, en el noroeste del continente, no fue hasta mediados de siglo XIX cuando lo encontramos en el resto del continente europeo. Desde sus inicios es un sistema económico que siempre promovió una gran cantidad de conexiones globales. Vínculos sin los cuales nunca hubieran podido desarrollarse tal como lo conocemos en la actualidad o, al menos, lo hubiera hecho de un modo completamente diferente. Históricamente, lo normal ha sido que el capital haya acabado arraigando en contextos previamente no capitalistas, y sustituyendo las costumbres por relaciones comerciales, relaciones de empleo o contratos laborales, reemplazando la comunidad y los vínculos sociales tradicionales por la sociedad y el cálculo económico (Gledhill, 2000). Por último, llegamos al tercer tipo general de capitalismo políticamente construido, el gobernado por la lógica financiera, cuya transformación se ha producido durante el siglo XX. Al respecto, Schumpeter (1964) analizó la emergencia 9

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de un nuevo tipo de capitalismo como la extensión a cualquier forma de economía de la propiedad privada en la que la maximización fuese llevada a cabo, o garantizada, mediante innovaciones financiadas a través de préstamos dinerarios, recurriendo, con carácter general, al préstamo crediticio. Al subrayar la concesión de créditos como característica central del capitalismo (y con ella la generación de deuda, así como la sombra de la especulación), Schumpeter realizó dos aportaciones clave para la explicación de esta última transformación del capitalismo. La primera idea de Schumpeter que nos interesa destacar se basa en la creciente importancia que le atribuyó a la lógica financiera en el desarrollo de la economía, que da lugar al capitalismo de la deuda (Álvarez et al., 2013; Letamendia, 2011). Bajo este nuevo tipo de formación hegemónica los Estados deudores han cedido gran parte de su soberanía económica a instituciones políticas y financieras, asentada sobre el hecho de que la relación acreedor-deudor se muestra como una verdadera relación de poder (Graeber, 2014; 2012). Bajo el anterior vínculo se muestran dos posicionamientos diferentes. Por un lado, y desde el punto de vista de los deudores, las deudas son las finanzas que deben devolverse; por otro, y desde el punto de vista de los acreedores, el interés, o el precio de las anteriores deudas, confiere títulos de propiedad, lo que garantiza la obtención de beneficio con la deuda. Así pues ésta se convierte en el motor económico y subjetivo del capitalismo financiero (Lazzarato, 2013). Capitalismo cuya dinámica conduce a los países a un mayor incremento de la desigualdad social, provocando una pérdida de cohesión social que, a su vez, se convierte en un factor que logra aumentar el empobrecimiento interno, dando como resultado menos clases medias y más exclusión social. La segunda de las ideas que nos interesa destacar de Schumpeter es la identificación del dispositivo que hace posible los cambios económicos, la innovación, entendiendo por la misma la combinación de elementos, recursos y posibilidades que permiten el surgimiento de novedades económicas; proceso que va acompañado de la necesidad de reemplazar y, a menudo, también «romper» con lo antiguo. En este sentido, definió a la «destrucción creativa» como el núcleo del desarrollo capitalista, estableciendo que la conexión entre crédito e imposición de lo nuevo era una particularidad de la fuerza dinámica del capitalismo financiero, al resultar la base sobre la que se apoyaba. La lógica de este tipo de capitalismo exige la fabricación de deudas, pues constituye su núcleo estratégico. Hecho que posibilitó, a partir de las últimas décadas del siglo XX, el control tanto sobre el componente social de las relaciones laborales como sobre la acumulación capitalista; elementos sobre los que la lucha obrera consiguió arrancar cierto control durante los años sesenta y setenta. Lazzarato (2013) ha descrito las transformaciones habidas en este nuevo tipo de capitalismo, argumentando cómo la economía de la deuda expresa un tipo de capitalismo en el que el ahorro de los asalariados y de la población (mediante fondos de pensiones, seguro de salud y servicios sociales), recuperan su antigua función empresarial, al ser administrados y valorizados financieramente; y por tanto, sujetos a la rentabilidad capitalista. Cuestión que ha provocado la ruptura del pacto de la construcción del estado de derecho. Éste ha pasado de garantizar «un proceso de desmercantilización de las necesidades sociales, de manera que la satisfacción de las mismas no 10

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dependa del poder adquisitivo» a la «remercantilización de la existencia social de los ciudadanos» (Baylos, 2012: 110 y 26). En este capitalismo, la deuda funciona en cuanto dispositivo de producción y gobierno de las subjetividades colectivas e individuales, al organizarse a partir de una «moral» propia, a la vez diferente y complementaria de la del trabajo. El par «esfuerzo-recompensa» de la ideología y discurso del trabajo es acompañado por la promesa (de reembolsar la deuda) y por la culpa (de haberla contraído). Junto a la promesa y la culpa, las formas flexibles de organización del trabajo que se vienen promoviendo desde hace décadas por parte de las empresas, articulándose orgánicamente con la financiarización creciente de la acumulación de capital, se legitiman y organizan a partir de una moderna moralidad, una subjetividad inédita, que se traduce en un «nuevo espíritu» del capitalismo (Boltanski y Chiapello, 2002). Las formaciones hegemónicas capitalistas de los países centrales han incorporado las demandas emancipatorias de autonomía, libertad, creatividad, etc., de los años sesenta y setenta y las han integrado hábilmente en la lógica de la flexibilización neoliberal, aprovechando el carisma y el prestigio de los movimientos emancipadores. Todo ello «ayudado» por contextos de alto desempleo y creciente precarización de las condiciones de trabajo, lo que favorece que se difunda cada vez con mayor fuerza el discurso culpabilizador hacia los desempleados —acusados de no querer trabajar— así como un discurso condenatorio de los beneficiarios de la ayuda social —culpabilizados por recibir ingresos de las arcas públicas— (Fernández Rodríguez y Serrano, 2014). Al incrementarse los dispositivos morales de culpabilización de los «inactivos», se refuerza la coacción a aceptar cualquier clase de trabajo, incluso los que suponen ingresos por debajo de la línea de pobreza. Los minijobs, los contratos a tiempo parcial importados desde Alemania son buena muestra de ello. Tipo contractual que se encuentra apoyado sobre un simple argumento: el desarrollo de los minijobs es un mecanismo relevante en la prestación de la flexibilidad laboral y, por lo tanto «garante» del acceso al empleo, ocultando la política dirigida hacia la culpabilización del individuo de su situación, condenándolo, en cierto modo, a éste de la responsabilidad del riesgo que asume ante su situación de desempleo (Martín Artiles, 2014). Asistimos a una extraordinaria presión para que todo el mundo trabaje, pero casi a cualquier precio y bajo cualesquiera condiciones o garantías laborales. Imposiciones que apuntan a promover sociedades de plena actividad, aunque no de pleno empleo (Castel, 2003), y que no logran desterrar la pobreza ni incluso en estos trabajadores «ocupados». Todo esto refuerza la idea de que la lógica de la economía y del capitalismo es una construcción política que requiere de la producción y el control de la subjetividad y de sus formas de vida. Es por ello por lo que la lógica del actual capitalismo financiero, en su hegemonía, ha provocado la comercialización total de la vida, pues su poder, señala Byung-Chul Han (2014), no es solo represor, sino también seductor. El proyecto del neoliberalismo consiste en convertir al trabajador en empresario, emprendedor autónomo o empleador de sí mismo (Brunet y Böcker, 2013), o en pobre pero, ante todo, honrado empleado bajo formas atípicas de empleo.

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1.2. Lógicas de acumulación capitalista y Estados nacionales ¿Qué relaciones se pueden observar entre las diferentes lógicas de acumulación capitalistas y las formas de accionar de los Estados? Siguiendo los estudios de Duménil y Lévy (2007, 2014a), durante el siglo XIX, los centros capitalistas industriales se repartieron el mundo con el fin de crear nuevos mercados, controlar las áreas que suministraban tanto alimentos a sus poblaciones urbanas como materias primas para los procesos industriales localizados en las metrópolis, e invertir capitales para modernizar la producción colonial al servicio de las necesidades de la sociedad industrial. Esto es, para la consolidación y expansión de las economías capitalistas se necesitó también del apoyo de la fuerza militar de los Estados: la lógica de los cañones. La configuración que asumió el capitalismo de los países centrales tras la Segunda Revolución Industrial, datada entre los años 1850-1870, experimentó cambios en las relaciones de propiedad, de gestión, y en el reconocimiento de un mercado que provoca riesgos indiscriminados, lo que permitió el establecimiento de derechos sociales y la sustitución de la racionalidad liberal por la «racionalidad solidarista» (Martín, 2014). En términos generales, según Duménil y Levy, este tipo de capitalismo adquirió tres rasgos centrales: a) el elemento corporativo que organiza la producción material, y que alude a la constitución de sociedades anónimas; b) el elemento financiero, referido a los grandes bancos así como a otras instituciones que financiaron a las grandes corporaciones; y c) el gerencial, que explica cómo la gestión de las sociedades se delegó en un personal directivo y, a la vez, asalariado, que lograron alcanzar cuotas inéditas de poder. Con ello, el capitalista realmente activo se transforma en un mero directivo y administrador del capital, mientras que los propietarios del capital, se convierten en capitalistas financieros, acreedores o rentistas. Con posterioridad, y en referencia al capitalismo del siglo xx, Wallerstein (1987, 1988) sostuvo que este sistema económico solo se puede desarrollar allí donde una serie de Estados políticamente independientes organizan el «sistema mundial» de división del trabajo internacional entre los centros, fabricantes, y las periferias, suministradores de materias primas; sistema cuyo origen dató en el siglo XVI. Fligstein (1996) empleó la metáfora «mercados como política» para indicar que los mercados son también parte de la construcción del Estado. A su vez, los Estados modernos crean condiciones institucionales para estabilizar los mercados, constituyendo, al mismo tiempo, un proyecto político acometido por los mismos. Bourdieu (2014) plantea que es también una de las funciones del Estado la de construir mercados. El Estado es el principio de organización del consentimiento como adhesión al orden social, a los principios fundamentales del orden social. Orden entendido tanto en sus formas físicas como simbólicas, de consenso sobre el sentido del mundo. Así, el Estado organiza las condiciones de la acumulación de capital, y requiere, a través de la producción y canonización de las clasificaciones sociales, la constitución de identidades sociales legítimas, colectivamente validadas por el consenso. De esta forma, el «mercado» es resultado de la acción del Estado tanto como lo es el sistema tributario (McQuaig y Brooks, 2014). Ambos se basan en una complicada serie de leyes e instituciones ideadas y aplicadas por seres humanos. En consecuencia, quienes disponen del poder para hacer las leyes pueden darles forma en su 12

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propio provecho. Por tanto, lo que habitualmente conocemos como «el mercado» tiene siempre necesidad de una autoridad pública (nacional o internacional), de agentes que fijen las normas y las leyes; por ello, el mercado es inseparable del Estado (Rosanvallon, 1995; Grupo Marcuse, 2013; Cárdenas, 2014). En el capitalismo financiero, la lógica financiera es la que organiza tanto las decisiones de inversión como las de apropiación del producto, frente a la lógica productiva que organiza la producción y la división del trabajo correspondiente, con el objetivo de maximizar el beneficio. Los tres elementos que destacan Duménil y Lévy explican cómo ha sido posible la sustitución del crecimiento extensivo de la época pre-industrial por el crecimiento intensivo de la época industrial. Esto ha sido posible por los avances tecnológicos, organizacionales, institucionales e ideológicos, que permitieron emplear factores de producción de manera más eficiente. Además, según señalan Duménil y Lévy, estos elementos dieron lugar al establecimiento de una clase burguesa con una menor conexión con las empresas individuales; como hemos visto en el capitalismo del siglo XX la propiedad de los medios de producción se sustentaba tanto en la tenencia de títulos de valor como en la expansión del personal directivo. Este capitalismo de acumulación intensiva presenta rasgos generales comunes más allá de las características propias que presenta en cada país. No obstante, si nos mantenemos en un nivel de generalidad con la intención de ver sus rasgos típicos, podemos visualizar unos modelos que presentan formas y patrones de variación histórica comunes. La primera variante o modelo lo encontramos en las primeras décadas del siglo XX. Este modelo estuvo hegemonizado por la lógica de valorización financiera, e implosionó con el crack del año 29; el segundo modelo general surge primeramente como precario intento por reconstituir la acumulación capitalista tras el desplome de los años treinta, orientado por una lógica «keynesiana», y que lo podemos ubicar históricamente entre el New Deal y la II Guerra Mundial, hasta el fin de la década de 1970. En los países centrales dicho modelo fue hegemónico hasta la crisis de los años setenta, a partir de la cual se inician los intentos de rearticulación sobre nuevas bases políticas, institucionales y económicas. Finalmente, el tercero, el capitalismo financiero actual, se inició en la década de 1980, coincidiendo con una oleada de avances tecnológicos en las comunicaciones y transformaciones políticas de alcance global, especialmente la caída del bloque soviético en 1989-1990, y la conformación de un único mercado mundial crecientemente integrado. Transformaciones que fueron impulsadas y aceleradas por la denominada Tercera Revolución Industrial, que está basada en el uso intensivo de nuevas tecnologías de la información y comunicación (como ordenadores, internet o telefonía móvil) y que han logrado transformar tanto la industria como los servicios. Algunos autores han denominado a la primera y la tercera de dichas configuraciones como «primera y segunda hegemonía financiera». Denominación referida al hecho de que las clases capitalistas, y concretamente su fracción financiera, se han beneficiado de una capacidad casi ilimitada para dirigir la economía y la sociedad de acuerdo a sus propios intereses; o a los que perciben como tales. Ésta es, en cierto modo, la situación «normal» para el capitalismo del siglo XX. La excepcionalidad la encontramos bajo las formaciones hegemónicas que organizaron el capitalismo industrial sobre criterios «keynesianos» (entre el New Deal y los años setenta) junto al desarrollo de un Estado de Bienestar, con diferentes alcances en distintos países. 13

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Durante este lapso de tiempo prevalecieron ideas keynesianas según las cuales es el consumo el que impulsaba la inversión y no el ahorro o las finanzas. La gran desigualdad en la distribución de las rentas, que se traducía en falta de recursos de los trabajadores para consumir, era la causante de que los grandes capitalistas se abstuvieran de invertir en la economía, provocando que las fábricas permanecieran ociosas. Para revertir esta situación lo importante era fortalecer la demanda, mediante el incremento de los ingresos de los trabajadores y la amplificación del consumo general. En este sentido, los responsables principales del crecimiento no son los inversores, sino los consumidores, puesto que son las demandas de éstos las que determinan lo que los inversores ofrecen. De no contarse con la demanda, no habría oferta de inversión. Desde este planteamiento económico, y bajo las condiciones políticas surgidas tras la II Guerra Mundial, comenzó la labor redistributiva del Estado de Bienestar en los países centrales, especialmente en el centro y norte de Europa. Tipo de Estado que es considerado como una forma de organización institucional basada en el pleno empleo, políticas económicas anticíclicas, la existencia de sistemas más o menos amplios de provisión universal de ciertos bienes, servicios y transferencias, y la separación de los ámbitos productivo y reproductivo, que dio lugar a un modelo de familia patriarcal caracterizado por una estricta división del trabajo familiar y por la primacía de la figura del varón sustentador como arquetipo de la sociedad industrial. Se trataba de un modelo de Estado de Bienestar cuyo principal objetivo era garantizar el mantenimiento de las rentas del trabajador varón asalariado. Un Estado que establece políticas redistributivas en aras de la reducción de la desigualdad económica y social. Ello planteó una forma de coexistencia entre la eficiencia económica y el pleno empleo junto con progreso económico y bienestar social, siendo ambos objetivos interdependientes y mutuamente funcionales. Bajo una democracia representativa y con el predominio de una política económica destinada a estimular la demanda, ampliando la riqueza disponible para toda la sociedad, se produjo el momento durante el que el poder financiero fue disminuyendo y en el que se consiguió equilibrar igualdad política e igualdad económica, y con ello tuvo lugar la extensión de los derechos de ciudadanía. En este período, la sanidad y la educación pública, las pensiones y las prestaciones por desempleo o incapacidad progresaron hasta quedar universalizados en los países centrales (Blyth, 2013). La provisión pública sustituyó en estas parcelas a la provisión privada. Los impuestos y el endeudamiento público financiaron el gasto social, lo que consiguió moderar tanto los conflictos laborales como la desigualdad que, medida en renta o en oportunidades, fue disminuyendo (Fontana, 2013; Palafox, 2014). Esta dinámica política y económica con acentos redistributivos estuvo estructurada sobre la base de pactos sociales, de carácter neocorporativo en muchos países europeos, entre fuerzas obreras y empresariales organizadas, conducidas políticamente por partidos socialdemócratas y socialcristianos. La amenaza comunista a las puertas de Europa Occidental constituyó, sin duda, un incentivo para que dichas fuerzas apostaran por tales pactos. La lógica económica keynesiana y la organización fordista dominante en la producción fueron los otros elementos que, articulados, constituyeron las bases de las configuraciones hegemónicas de postguerra en los países centrales. En este sentido, el Estado del Bienestar constituyó una atractiva y efectiva vía intermedia entre el capitalismo liberal y el socialismo burocrático 14

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de Estado, permitiendo la corporativización de la actuación estatal, y sin cuestionar la esencia de la relación salarial capitalista (la base en la que se sustenta la tasa de explotación o plusvalía de este sistema). Con ello se logró canalizar el conflicto social dentro de un marco social democrático de acuerdo y de consenso, con lo que la negociación consensual ha ido reemplazando a la lucha de clases abierta. El traslado del conflicto de clase al Estado convirtió a éste en un «ente corporativo», en un «gobierno de los intereses», en el que las decisiones políticas son tomadas por los partidos políticos, pero muy condicionados e influidas por las corporaciones, asociaciones o grupos de interés, que son la vía por la cual los individuos defienden sus intereses. De hecho, son los conflictos entre el mercado y el Estado, las clases sociales y los ciudadanos, los que contribuyen a conformar modelos y trayectorias institucionales diferentes. Por esto, no son totalmente completas las explicaciones que consideran el origen del Estado del Bienestar en la lucha de clases y en la acción del movimiento obrero organizado europeo, pero tampoco lo son las que consideran el desarrollo del Estado del Bienestar como consecuencia de la propia lógica del sistema de producción capitalista y como una respuesta funcional a las necesidades del capital, tanto aquellas necesidades de naturaleza económica (acumulación de capital) como aquellas otras de carácter político (represión del movimiento obrero). Durante la segunda hegemonía financiera, el neoliberalismo, los estados capitalistas desarticularon la lógica keynesiana, recurriendo a varios mecanismos para fortalecer la acumulación global, como la acumulación militarizada, el asalto y saqueo de los presupuestos públicos y la especulación financiera a escala global. A lo largo de los años ochenta la clase capitalista internacional inició la revolución conservadora, que inauguró una larga reorganización del orden político, económico y cultural hasta nuestros días. Desde aquel momento se hizo dominante la visión según la cual el ahorro y las finanzas son el motor de la inversión, que generan tanto el empleo como los salarios, y que permiten adquirir los productos que los propios trabajadores elaboran. Sin embargo, las limitaciones salariales dificultan el ahorro en un gran segmento de las sociedades avanzadas. El crédito, como recurso masivo para financiar el consumo, cobraba una renovada centralidad, y con ella las instituciones que lo proveen. Por lo tanto, de no existir oferta de inversiones y créditos no habría demanda y, como consecuencia, tampoco consumo (Passet, 2013; Robinson, 2013). Como resultado de todo esto, el crear «climas de confianza» para los inversores y las instituciones financieras se transformó en la prioridad de las políticas estatales, dando lugar al inicio de una nueva hegemonía política, económica y cultural. Paralelamente, se consolidaron las formas postfordistas de organización del trabajo sobre la base de procesos de disciplinamiento social de los asalariados, así como de los avances tecnológicos aplicados a la producción y los servicios. De esta forma, tras la revolución conservadora y el triunfo de discurso neoliberal, las configuraciones hegemónicas organizadas con criterios económicos keynesianos, con métodos fordistas de organización del trabajo y estados sociales extendidos, comenzaron a perder terreno. Con la caída del bloque soviético, la ampliación de mercados a estas nuevas regiones y la revolución de las tecnologías y las comunicaciones, nos encontramos ante las puertas del llamado proceso de globalización económica, con el predominio de mercados libres e integrados. Es decir, estamos ante el modelo social del postfordismo y de lo que Beck (1998, 2002) denomino «segunda moder15

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nidad» o modernidad líquida (Bauman, 2002). Políticas económicas neoliberales, predominio de la lógica financiera, métodos flexibles y postfordistas de organización del trabajo, profunda reestructuración y desmantelamiento de las políticas de bienestar universales, constituyen hondas transformaciones que los países centrales, con distintos ritmos y modalidades, comenzaron a transitar. Todo esto ha provocado, señala De Giorgi (2005), importantes transformaciones en la concepción del tiempo y del espacio. Ya nada es como antes en los ámbitos laborales, ya no se trabaja en los mismos sitios, ni la cadena de montaje o la lógica fordista tiene la vigencia de antaño. El trabajo en red las va sustituyendo y la acumulación del capital depende de recursos financieros. Los trabajadores han ido perdiendo su identidad como colectivo y han pasado de ser considerados ciudadanos a ser vistos simplemente como consumidores. La aceptación social de la lógica postfordista requiere nuevas formas de disciplinamiento colectivo. En caso de no disponer de los recursos materiales que provee el capitalismo, los trabajadores ingresan a los espacios de exclusión social. Ahora el control social no se ejerce sobre individuos concretos y desviados, sino sobre sujetos sociales colectivos que son institucionalmente tratados como grupos productores de riesgo (Watson, 2014; Agamben, 2004; Michaud, 2015). Es posible, indica De Giorgi, que la sociedad disciplinaria, teorizada por Foucault, sea verdaderamente el epílogo y que de sus ruinas nazca una sociedad de control cuyo espacio de ejercicio del poder sea la biopolítica. Por el contrario, también es posible que el disciplinamiento se encuentre en el ápice desde el momento en que las cárceles (uno de los dispositivos cardinales del sistema disciplinario) no han estado nunca tan sobre-pobladas como en la actualidad. Según Foessel (2011), la vigilancia se convierte en un imperativo cuando los individuos no pueden contar más que con ellos mismos para asegurar su porvenir y acumular un máximo de informaciones objetivas para esclarecer su conducta. Bajo este punto de vista, el Estado de vigilancia es un efecto de la hiperracionalidad contemporánea: entra en el proceso de producción de sí y de las cosas, característico del capitalismo globalizado (Dunning, 2011). Como este último es incapaz de fundar por sí mismo una legitimidad incontestable, delega en la seguridad la tarea de darle una apariencia de prestigio a la acción pública (Brunet y Böcker, 2013), provocando mutaciones en la soberanía y en la ciudadanía (Isin y Turner, 2008; Ong, 2006; Mezzadra, 2006; Mezzadra y Nielson, 2014). En esta segunda hegemonía financiera se ha producido una integración de las economías nacionales en una economía global (Ohmae, 1995; Friedman, 1999) mediante la libre circulación de capitales y la erosión, en el mapa competitivo, de las fronteras nacionales. Con la globalización económica el intercambio simple, entre economías nacionales, ha sido sustituido por otro tipo más complejo de intercambio, de carácter internacional, en cuyo interior conceptos como mercado, producto o empresa adquieren un significado despojado de connotaciones nacionales. Uno de los principales factores de sustitución es la aparición de un actor, la empresa transnacional apátrida, que desplaza al Estado-nación como protagonista de las relaciones económicas internacionales. No obstante, el mercado mundial constituye un campo institucionalizado y construido por los Estados, las instituciones financieras internacionales y las grandes empresas. No refleja la ausencia de instituciones y normas, sino una re-regulación de las lógicas que organizan los intercam16

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bios y la producción. Con este desplazamiento hacia el mercado mundial han crecido los debates sobre si la globalización implica una homogeneización tendencial en las prácticas económicas, políticas y culturales de los países, o si se mantienen las diferencias institucionales entre los mismos (De la Garza, 2014; Katz y Wailes, 2014; Navarro, 2016).

1.3. Los actores sociales y los Sistemas de Relaciones Laborales ante la historia del capital Los tipos genéricos de organización y lógicas capitalistas mencionados se han correspondido con diferentes momentos históricos, articulándose diferencialmente con distintos modos de organizar la producción, lógicas de regulación de la economía y las relaciones laborales, con diversas formas y alcances del Estado Social o del Bienestar. Cada una de estas articulaciones son organizadas políticamente, combinando en grados variables imposiciones y consensos. Pero si avanzamos hacia un nivel mayor de análisis concreto, aunque moviéndonos aún en el terreno de los modelos típicos, observamos nuevas variantes. Los Estados nacionales presentan una diferente capacidad de adaptación frente a la globalización, y ello está en función de su tejido empresarial, sus arquitecturas institucionales y sus capacidades regulativas, las formas de movilización y los alcances organizativos de los actores sociales, etc. Con respecto al Estado del Bienestar, tanto las estructuras económicas como la historia y las culturas de los países son elementos fundamentales a nivel agregado para establecer comparaciones que nos permitan dilucidar a nivel macro las tendencias familiares, laborales y demográficas (Esping Andersen, 1990, 1999). En este sentido, los fundamentos de los distintos Estados del Bienestar están en función del reparto de responsabilidades existente entre el Estado, el mercado y la familia. Partiendo de esta perspectiva, se pueden distinguir tres tipos de Estado de Bienestar: el liberal, caracterizado por unas limitadas prestaciones sociales, donde el bienestar está orientado hacia el mercado (Australia, Canadá, Estados Unidos); el conservador, caracterizado por el corporativismo y el familiarismo, donde el bienestar social está orientado hacia la familia y donde se observa una gestión pasiva del empleo (Alemania, Austria, España, Francia, Bélgica y Países Bajos); y el socialdemócrata, caracterizado por el desfamiliarismo y el igualitarismo, donde el bienestar se provee a través de las políticas públicas del Estado (Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia). La experiencia nos demuestra que el capitalismo ofrece diversos significados para diferentes contextos. El desarrollo capitalista, a escala mundial, constituye un proceso demasiado complejo y heterogéneo para ser reducido a cualquier tipo de formulación universal. De hecho, el carácter sistémico y expansivo del capitalismo va más allá del área económica (Bourdieu, 2002), tal y como se ha evidenciado en muy diferentes grados y formas. Este modelo puede darse en distintas sociedades, culturas y formas de Estado y atravesar fronteras para adentrarse en entornos que han ido variando a lo largo de la historia y que se han dejado influir tanto en lo social como en lo político. De aquí que la noción de «capitalismo» que se establezca siempre será un tipo «ideal», un modelo que se utiliza aun cuando se sepa que la realidad histórica nunca coincidió con él, sino que, antes al contrario, 17

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lo tradujo en formas distintas y variables, y en medidas diferentes y también cambiantes (Kocka, 2014). Quizá esta imposibilidad de generalizar en un único modelo el funcionamiento real y concreto de cada sociedad capitalista se vincule con la imposibilidad de que la economía global pueda funcionar en un campo totalmente unificado, continuo y homogéneo. Por ello, y en parte, se argumenta que la actividad económica y empresarial, a pesar de las presiones globalizadoras, sigue encontrándose enraizada en los contornos nacionales e institucionales particulares, y que las presiones emanadas de la globalización se interpretan y son absorbidas por las distintas tradiciones locales, dando lugar a identidades, prácticas y modelos culturales híbridos (Robertson, 1995; Boyer y Drache, 1996; Waters, 2001; González, 2011). Sin embargo, para Bhabha (2013), la perspectiva de lo «glocal» no logra captar de manera adecuada la profunda transicionalidad y contingencia de la imagen del mundo global, ya que no puede describirse de manera adecuada la mera distinción entre lo global y lo local. Una perspectiva espacial construida en torno a polaridades nunca podrá captar con precisión la enorme significación de las contingencias temporales e históricas de la condición global. Las distorsiones políticas, las divisiones económicas y los dilemas éticos definen nuestro tiempo. En este marco de transicionalidad y contingencia, las empresas más internacionalizadas no operan en un entorno global abstracto, sino que continúan mostrando arraigo en el espacio, pues estas empresas son instituciones sociales y no solamente redes de contratos privados u organizaciones de propiedad exclusiva de los accionistas (Streeck, 1997c). Las condiciones estructurales de los mercados y las reacciones estratégicas de las empresas han conducido a la alteración de las relaciones entre actores en una economía de espacio y tiempo global. No obstante, la empresa transnacional no se ha convertido en un actor autónomo, como requiere el principio de la libre movilidad del capital, sino que sigue conectado a un tejido de actores e instituciones de carácter nacional e internacional. Y ello a pesar de que toda la historia del capitalismo está atravesada por la construcción, paralelamente al mundo de la producción, de instituciones financieras que faciliten esos movimientos, y por tentativas de perfeccionarlos constantemente. De hecho, el capital se valoriza en las firmas, mediante la producción, «pero en una escala superior debe haber agentes, los capitalistas, que desplazan constantemente los capitales entre las diferentes empresas, las diferentes ramas: una de las modalidades de la maximización de las ganancias y una de las funciones de las finanzas» (Duménil y Lévy, 2007: 141). A partir de estas consideraciones iniciales podemos plantear, en un nivel más específico, la existencia también de tipos o modelos de relaciones laborales socialmente incrustados, esto es, contextualizarlos nacional y societalmente. ¿Cómo se incrustan las relaciones laborales en las formaciones hegemónicas de las sociedades capitalistas? En ellas el Estado cumple la función de gestionar y gobernar los distintos intereses de empresarios y trabajadores. ¿Existen patrones recurrentes que nos permitan hablar de modelos típicos de relaciones laborales? Habitualmente se considera que ciertos rasgos similares configuran un modelo de relaciones laborales. Por ejemplo en el modelo denominado «románico-germánico», en el que el Estado ha cumplido un importante papel interventor y organiza el neocorporativismo. Observamos la existencia de derechos y deberes explícitos en las constituciones y estatutos nacionales, mercados de trabajo regulados y Estados 18

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del Bienestar extendidos. Estos rasgos, con variantes marcadas en el carácter de la negociación colectiva, la participación de los trabajadores y la estructura empresarial, los encontramos en los países continentales y del mediterráneo, como Alemania, Francia, España, Bélgica. Un nuevo modelo de relaciones laborales se puede ver en los países anglosajones, que está constituido por un amplio pluralismo liberal y un modo de gobernanza centrado en la empresa, con participaciones de los empleados en las acciones de capital y en los beneficios de la empresa (lo que llamamos «capitalismo popular»). En ellos el Estado interviene mínimamente en las relaciones entre trabajadores y empresarios, el mercado de trabajo está escasamente regulado, las relaciones laborales presentan un carácter voluntarista, definido por el interés y el poder de las partes, y el Estado de Bienestar tiene una limitada presencia. Una tercera variante, que combina rasgos de los modelos previos pero presenta una configuración propia, está constituida por el modelo «nórdico o escandinavo». Aquí observamos una baja participación del Estado en la regulación de las relaciones laborales, mercados de trabajo flexibles pero con extensas y eficientes políticas (públicas) activas de empleo, y una amplia cobertura de los trabajadores y empresas, organizada sobre la base de pactos neocorporatistas de amplio alcance. Asimismo, existe una extendida cobertura del Estado de Bienestar que compensa el carácter flexible de los mercados de trabajo. ¿Cuáles son las dinámicas y tendencias que observamos con respecto a los modelos latinoamericanos? La respuesta resulta compleja de abordar sintéticamente. En este sentido, desde la revolución industrial, las brechas tecnológicas y de desarrollo entre países se han incrementado de manera continua. En las últimas décadas, la difusión de elementos del modelo anglosajón de capitalismo está lejos de producir una convergencia internacional de modelos de relaciones laborales. De hecho, la evidencia empírica muestra que en la realidad del desarrollo económico actual persisten, de forma duradera, las asimetrías en los modelos nacionales de relaciones laborales, así como permanecen las diferencias en las posibilidades de crecimiento de los países. Todo ello a pesar de la liberación internacional de los movimientos de capital y la liberación de los flujos de comercio. De ahí la necesidad de profundizar en la diversidad interna de cada modelo nacional de relaciones laborales, ya que el Estado-nación sigue constituyendo el nivel de análisis adecuado. La integración creciente entre países y regiones que no parten de similares condiciones iniciales, instituciones, capacidades tecnológicas, ¿pueden forzar la convergencia o refuerzan las tendencias divergentes entre los mismos? De hecho, el impacto de la integración depende de las formas en que es implementada. Un ejemplo de ello es la experiencia de los países latinoamericanos: cuando la globalización impacta sobre sus economías nacionales, y como resultado de políticas de estabilización macroeconómica y reformas estructurales pro-mercado que se impusieron en América Latina de forma generalizada en la década de 1990, los países experimentaron dinámicas macroeconómicas convergentes pero lógicas políticas e institucionales distintas. Todo proyecto de transformación es contingente y abierto, en el sentido de que en cualquier proceso de cambio hay varias alternativas y opciones, y que lo que posteriormente se considera el tipo dominante no elimina la presencia, aunque mínima, de las alternativas vencidas o suprimidas durante dicho proceso.

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1.4. La comparación en ciencias sociales Con este libro ofrecemos una lectura comparativa de los distintos modelos de relaciones laborales. En las ciencias sociales, nos dotamos de un método para poder inferir conexiones y/o diferencias casuísticas. Para ello utilizamos la comparación directa o indirecta, un modo de investigación que está cada vez más presente en los estudios laborales y sirve para desarrollar los marcos analíticos, los criterios de evaluación de la realidad, o para proponer explicaciones alternativas a fenómenos investigados (Caïs, 1997; Poole, 1998; Bean, 1994; Bamber y Lansbury, 1998). Existen dos grandes categorías de estudios comparados: 1) un estudio meramente comparado entre varios países, tomando prestado del análisis comparativo histórico una de sus estrategias más comunes: el análisis comparativo de casos paralelos. Esta estrategia, indica Cárdenas (2014), señala que para comprobar una hipótesis debemos aplicarla a una serie de casos relevantes a priori similares. La comparación de casos empíricos permite entender la diversidad histórica, y aunque los casos nunca son idénticos, ello no impide plantear relaciones causales; 2) el estudio global, en el que se analizan dinámicas más o menos comunes a todos los países, y que nos permite entender las particularidades del proceso de construcción del sistema de relaciones laborales en un país y compararlo con otros países. Ambas formas de análisis han sido adoptadas en este trabajo, e incorporamos la idea según la cual la globalización ha erosionado la preeminencia del eurocentrismo, considerado como un factor más, pero no determinante. Al contrario, la globalización significa una recomposición del mapamundi y de la relación de fuerzas, por las cuales Europa queda reducida en sus dimensiones económico-financiera y política (Cotarelo, 2012). Además, todo el edificio de la Unión Europea se levanta sobre una especie de cuasi constitucionalismo neoliberal, que en vez de buscar la convergencia de los Estados, instala la competencia entre ellos. Diversidad que se debe a factores estructurales y organizativos como actores, instituciones, regulaciones, negociación colectiva, sistema empresarial, mercado de trabajo, sistema de formación, etc. Traxler et al. (2001) lo relacionan con la fuerza de las instituciones, así como con la capacidad estratégica y cultural de los actores de los diversos países, que tamizan, por un lado, y responden, por otro, a las presiones exógenas recibidas (en este caso, las de los mercados). En este contexto, los cambios se inscriben en el continuo de las trayectorias nacionales seguidas anteriormente, y encarnadas en unas instituciones sociales y políticas (García Calavia, 2012). Así, la presión de los mercados, innegable, coexiste con la permanencia de diferencias institucionales entre los países.

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ÍNDICE

CAPÍTULO 1. Introducción ............................................................................................. 1.1. La construcción del capitalismo financiarizado ................................................... 1.2. Lógicas de acumulación capitalista y Estados nacionales .................................... 1.3. Los actores sociales y los Sistemas de Relaciones Laborales ante la historia del capital ...................................................................................... 1.4. La comparación en ciencias sociales ....................................................................

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CAPÍTULO 2. Formaciones sociales capitalistas ............................................................ 2.1. La construcción de la sociedad salarial ................................................................ 2.2. Transformación de los años setenta y ochenta ..................................................... 2.3. La nueva hegemonía financiera ............................................................................ 2.4. Modelos teóricos de Relaciones Laborales ........................................................... 2.5. Innovación, competitividad y desigualdades sociales .......................................... 2.6. Valorización del capital y regulación de la fuerza de trabajo ...............................

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CAPÍTULO 3. El modelo mediterráneo de relaciones laborales .................................... 3.1. Presentación por países y análisis comparativo del Modelo Mediterráneo (MM) .... 3.1.1. La actualidad socio-económica de los países miembros ............................. 3.1.2. Análisis comparativo del MM ...................................................................... 3.1.3. Características básicas del modelo mediterráneo ....................................... 3.2. Contexto histórico ................................................................................................. 3.2.1. El capitalismo organizado (1945-1973) ....................................................... 3.2.2. La primera gran crisis social (1975-1990) ................................................... 3.2.3. La hegemonía del capitalismo financiarizado (1990-2015) ........................ 3.3. Características específicas por países integrantes ................................................ 3.3.1. Francia ......................................................................................................... 3.3.1.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 3.3.1.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 3.3.2. Italia .............................................................................................................. 3.3.2.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 3.3.2.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 3.3.3. España .......................................................................................................... 3.3.3.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 3.3.3.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 3.3.4. Portugal ........................................................................................................ 3.3.4.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 3.3.4.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 3.3.5. Grecia ........................................................................................................... 3.3.5.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 3.3.5.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva ....................

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3.4. Apéndice: la aparición de sub-sistemas en el Modelo Mediterráneo ................... 3.4.1. El sub-sistema francés ................................................................................. 3.4.2. El sub-sistema italiano ................................................................................. 3.4.3. El sub-sistema países rescatados .................................................................

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CAPÍTULO 4. El modelo nórdico de relaciones laborales .............................................. 4.1. Datos fundamentales sobre el modelo nórdico ..................................................... 4.1.1. Características básicas de los modelos nórdicos ......................................... 4.2. El contexto histórico del modelo nórdico ............................................................. 4.2.1. El capitalismo organizado (1945-1975) ....................................................... 4.2.2. La primera gran crisis social (1975-1990) ................................................... 4.2.3. La hegemonía del capitalismo financiarizado (1990-2015) ........................ 4.3. Especificidades de los países miembros del MN .................................................. 4.3.1. Suecia ........................................................................................................... 4.3.1.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 4.3.1.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 4.3.2. Dinamarca .................................................................................................... 4.3.2.1. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 4.3.3. Noruega ........................................................................................................ 4.3.3.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 4.3.3.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 4.3.4. Finlandia ...................................................................................................... 4.3.4.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 4.3.4.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 4.4. Islandia. A modo de breve apunte ..................................................................

117 117 118 121 124 128 134 142 143 143 147 149 153 154 155 157 161 161 162 165

CAPÍTULO 5. El modelo continental de relaciones laborales ........................................ 5.1. Presentación por países y análisis comparativo del Modelo Continental (MC) ...... 5.2. Contexto histórico ................................................................................................. 5.2.1. El capitalismo organizado (1945-1973) ....................................................... 5.2.2. La primera gran crisis social (1975-1990) ................................................... 5.2.3. La hegemonía del capitalismo financiarizado (1990-2015) ........................ 5.3. Características específicas del MC ........................................................................ 5.3.1. Alemania ....................................................................................................... 5.3.1.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 5.3.1.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 5.3.2. Austria .......................................................................................................... 5.3.2.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 5.3.2.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 5.3.3. Países Bajos .................................................................................................. 5.3.3.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 5.3.3.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 5.3.4. Bélgica .......................................................................................................... 5.3.4.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 5.3.4.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva ....................

167 167 172 172 184 191 207 207 208 213 220 221 226 228 229 232 234 235 237

CAPÍTULO 6. El modelo angloamericano de relaciones laborales ................................ 6.1. Contexto macroeconómico general ...................................................................... 6.1.1. Ordenamiento privado vs. ordenamiento público de las relaciones laborales ........................................................................................................... 6.2. Evoluciones nacionales ......................................................................................... 6.2.1. El liberalismo social en EE.UU. y el Reino Unido ...................................... 6.2.1.1. El «liberalismo social» norteamericano .............................................

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6.2.1.2. La concertación parcial del Reino Unido. Evolución histórica ......... 6.2.1.3. Comienzo de la revolución conservadora en Estados Unidos ........... 6.2.1.4. El ataque neoconservador británico ................................................... 6.3. Características de las relaciones laborales ............................................................ 6.3.1. Las relaciones laborales actuales en Estados Unidos .................................. 6.3.2. Estructura actual de las relaciones laborales en el Reino Unido ................ 6.3.3. El caso irlandés. Las relaciones laborales irlandesas actuales .................... 6.4. Análisis comparado. En busca de un modelo común angloamericano ...............

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CAPÍTULO 7. El modelo latinoamericano de relaciones laborales. Los casos de Argentina y Brasil .............................................................................................. 7.1. Introducción .......................................................................................................... 7.2. El contexto histórico de Brasil y Argentina .......................................................... 7.2.1. El capitalismo organizado (1945-1975) ....................................................... 7.2.2. La primera gran crisis social (1975-1990) y el proceso de modernización y su impacto socio-laboral (1950-1980) .......................................................... 7.2.3. La hegemonía del capitalismo industrializado (1990-2015) ....................... 7.2.3.1. El final del ciclo industrialista (1980-2000) ........................................ 7.2.3.2. Los años del neoliberalismo ............................................................... 7.2.3.3. La actualidad pos-neoliberal ............................................................... 7.3. Especificidades de los modelos de relaciones laborales ....................................... 7.3.1. Las relaciones laborales en Brasil ................................................................ 7.3.1.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 7.3.1.2. Características, desarrollo y actores de la negociación colectiva ....... 7.3.1.3. La concertación tripartita ................................................................... 7.3.2. La negociación colectiva en Argentina ........................................................ 7.3.2.1. Organizaciones empresariales, centrales sindicales y Estado ............ 7.3.2.2. Características y desarrollo de la negociación colectiva .................... 7.4. A modo de epílogo. El sistema nacional de relaciones laborales en China .......... 7.4.1. Breve presentación histórica ........................................................................ 7.4.2. Actores de las relaciones laborales ............................................................... 7.4.3. La negociación colectiva ..............................................................................

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CAPÍTULO 8. Reflexiones finales ...................................................................................

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BIBLIOGRAFÍA ................................................................................................................

345

BASES DE DATOS (webgrafía) ........................................................................................

377

277 277 279 279

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29/07/2016, 13:00


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