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Junio - Julio 2013 www.animabarda.com

Pulp Magazine

Núm. XIII

Relatos cortos

La revista es de publicación bimensual y se edita en Madrid, España.

OSARIO - Neo Noir

ISSN 2254-0466

AGUA FRÍA - Erótico

Editor J. R. Plana Cristina Miguel

EL DÍA MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA - Aventuras

Ilustración y diseño J. R. Plana Maquetación Cristina Miguel Ánima Barda es una publicación independiente, todos los autores colaboran de forma desinteresada y voluntaria. La revista no se hace responsable de las opiniones de los autores. Copyright © 2013 Jorge R. Plana, de la revista y todo su contenido. Todos los derechos reservados; reproducción prohibida sin previa autorización. Búscanos en las redes sociales @animabarda www.facebook.com/ AnimaBarda Anima Barda (g +)

J. R. Plana

Cris Miguel

Diego Fdez. Villaverde

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Especial Ucronias ¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRIKS...? - C.Ficción Carlos J. Eguren

LA BATALLA DE CADIZ - Bélico Manuel Satamaría

EL DESAFÍO - Aventuras Eleazar Herrera

OPERACIÓN CARNE CRUDA - Bélico

J. R. Plana

ROJO - Ciencia Ficción Cris Miguel

EL MAR DE LOS BARCA - Histórico

Rubén Fonseca

31 44 57 65 80 86


El resto UNAS PALABRAS DEL JEFE - Editorial

J.R. Plana

DRIVE - Reseña J.R. Plana

LAURA FERNÁNDEZ - Entrevista

Cris Miguel

EL HOMBRE DE ACERO. DARK SUPERMAN - Crítica

Cris Miguel

SHOW (PLAY, 2) - Reseña

Cris Miguel

FUTURAS ADAPTACIONES AL CINE - Brief News Cris Miguel

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UNAS PALABRAS DEL JEFE

Unas palabras del jefe

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J. R. Plana

ace unos días hablaba con un amigo, profesional de la publicidad, de lo mal que está la inversión en el sector. No es algo que pase desapercibido (todo está mal en general), pero siempre es interesante saber los matices de otro punto de vista. La inversión publicitaria aquí está de capa caída. Comentaba que afuera se habla muy bien de nuestra creatividad y nuestros proyectos, pero que aquí dentro no se valora, no se toma en serio y, salvo grandes anunciantes, se subestiman y desconocen las diferentes fórmulas y su potencial. Lo resumió con la frase “es una tomadura de pelo”. Para variar, el pastel se lo reparten los grandes y las agencias pequeñas lo tienen jodido. Dio la casualidad que se encontraba con nosotros una amiga de él, gestora de varias páginas webs, y surgió el tema de Internet. Si la publicidad se minusvalora en general, la online no te quiero ya contar, por mucho que esté de moda. Llegamos a conclusiones altamente novedosas: la financiación en la web es una puñetera mierda. En este terreno se oyen alegaciones del tipo “no hay inversión fuerte a la hora de montar el negocio”, “tiene unos costes mínimos”, “no requiere tanto esfuerzo” (hoy no entramos en temas de rentabilidad, que está muy discutido). Así se justifica que se pague tan poco. Parte de razón tienen, cualquiera puede montarse una web, pero ¿y los que de verdad se esfuerzan y tienen talento? Esos son los que ganan dinero, los que dan el callo: los bloggeros, youtubers, webmasters… con contenidos de calidad. Je. Internet, como muchas otras cosas, depende en parte de la suerte. Pero no vamos a hablar 4 Anima Barda - Pulp Magazine

de suerte. Vamos a hablar del porcentaje de gente que se “esfuerza y tiene talento” frente al porcentaje de los que ganan dinero. Bajo. O mejor aún, vamos a hablar del dinero que ganan los de Internet frente al dinero que gana alguien en la vida real. Esto es lo que me interesa. Una comparación real. Tenemos una web que usa varios formatos de banner, pop-ups, vídeos y post patrocinados, y tiene unos 1.500.000 visitantes únicos al mes (medición a la baja). Pertenece un sector con generosa inversión online y gana 5000 € al mes. Ahora lo enfrentamos con un medio impreso. Misma temática, personal similar en nómina y menor tráfico de noticias frente a la web. La revista tiene una tirada de 42.000 ejemplares. Por un único anuncio a página completa cobra 12.150 €. Más del doble. Y, si tenemos en cuenta que ofrece al menos 15 opciones más caras que esta, y que las llena, vemos que gana mucho más. Tiene que pagar instalaciones, impresión, etc., pero aún así sale ganando. Otro día os cuento en qué se gastan todo ese dinero. Son diferentes en muchos aspectos, sí, pero aún así el margen es enorme. A día de hoy, aquí, en España, Internet sólo es negocio para terceros y gestores. No es país para medios.


OSARIO

Osario por J. R. Plana Donde acaba la Ciudadela, la violencia es la única justicia. Arrabales de metal crecen entre los escombros, construcciones precarias que aprovechan los cimientos de la antigua civilización. Y, aún más allá, en las planicies de ruinas y cenizas, las bandas más osadas se asesinan por escarbar en la tierra, buscando la única fortuna que les permitirá huir de allí: los huesos de los muertos. Bienvenidos a Osario.

o entiendo cómo puedes comerte eso. —Es pollo. —Ese es el problema, que no es pollo. —A mí me lo parece. —Pero no lo es. —Sabe como pollo. —¡Pero no lo es! Viste a la mujer del tendero arrastrar una de esas ratas enormes a la parte de atrás. ¡Está claro que no es pollo! Sin levantarse del ajado sillón, Asaz apartó el espetón de la lumbre del barril y lo dejó apoyado sobre la tapa de acero, resoplando con toda la energía de sus potentes pulmones. No parecieron importarle el óxido ni las manchas oscuras y oleosas que lo cubrían por todas partes. Junto sus manos en el regazo y se incorporó un poco. —Escúchame, Filemón —dijo muy serio, llevando muy despacio la vista del suelo a los ojos claros y despistados de su compañero—, te lo voy a decir sólo una vez más: esta carne, en lo que a mí respecta, es pollo. Sabe como pollo, huele como pollo y la he pagado al precio del pollo, así que tiene que ser pollo a la fuerza. —¿Cuánto te ha costado? —intervino Ina, que se repasaba las uñas con la punta de un cuchillo lanzador. Hebras de pelo rubio le caían sobre los ojos oscuros, y ella se los apartó con un soplido. —Un carpio —contestó, relajando la voz. Asaz siempre era amable con Ina, probablemente por ser una chica. A la única fémina de la banda había que cuidarla—. De la mano que corté al tipo ese. —¿Ya te lo has gastado todo? —le preguntó la joven.

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J .R. PLANA

Asaz negó con la cabeza, palmeándose una bolsita de cuero que llevaba al cinto, que devolvió un repiqueteo parecido al de los dados al chocar. —No entiendo cómo puedes ignorarlo. Esas ratas son asquerosas —siguió Filemón, obviando la conversación con una despreocupación que rozaba la inconsciencia. Jugueteaba en la fogata con una varilla de plástico, prendiéndola y apagándola antes de que se consumiera. El olor a goma quemada se mezclaba con el agrio hedor a sudor y a lluvia ácida. También olía a metal. Siempre olía a metal. —¡Es que no me importa! —Asaz volvió a perder ligeramente los nervios, pateando el suelo metálico con las gruesas botas de luchador—. ¡Igual que a ti no te importa tirarte a esa pulgosa pelirroja en la cuesta de Cloacas, cuyo culo apesta a tres manzanas de distancia! ¿Alguna vez nos oyes protestar? —Sí, cada vez que pasamos por allí y me meto en su casa. —¡No! ¡Eso no es protestar! ¡Eso es reírnos a tu costa! ¡Y lo que estás haciendo tú ahora es darme por culo y joderme la comida! —Asaz le señalaba con el dedo una y otra vez, soltando escupitajos al hablar y frunciendo mucho el ceño. Todo él rezumaba hostilidad, y sus mitones de cuero parecían a punto de estallar debido a la tensión de la mano, unido también a que le quedaban algo pequeños. No era un hombre singularmente grande ni fornido, pero había desarrollado una especial habilidad para matar. Nadie en su sano juicio querría tener los dedos de Asaz entorno a su garganta. El tranquilo Filemón se estiró en la maltrecha silla de jardín, colocándose las manos tras la cabeza e ignorando el rostro congestionado y agresivo de su compañero. —Está bien, está bien, te dejaré comer en paz. Pero que consté que esa cosa es pura mierda. Asaz lo ignoró y devolvió su atención a la comida. Ina soltó una risilla y siguió arreglándose las uñas. Filemón apoyó los pies en el barril y empujó la silla hasta quedar sobre dos patas, arrastrando la gabardina por el suelo. Contemplaba el cielo con el sosiego del que no tiene nada mejor que hacer ni otro lugar al que ir. Se encontraban en el balcón del tercer nivel. Unos metros más arriba empezaban las ennegrecidas ruinas de la antigua ciudad, abajo quedaban los dos niveles de balcones inferiores y, al fondo, la calle, surcada por el agrietado asfalto de la carretera y las pasarelas metálicas de peatones. En esa parte del tercer nivel era donde vivían. Las puertas neumáticas de sus cuartuchos estaban incrustadas en la pared, a su espalda, junto al ascensor, y desde allí arriba podían vigilar sus vehículos, observar a quién rondara por la zona y escapar hacia la superficie si se veían apurados. Al otro lado de la carretera, frente a ellos, había otro bloque de casas-caverna incrustadas, y un poco más a la derecha tenían una de las bocas de acceso a los túneles del viejo metro. Y, sobre su cabeza, se erigían hierros retorcidos, paneles de uralita y alguna que otra pared de ladrillo semiderruida. Entre tanto escombro apenas veían un pequeño trozo de nubes bermellón y cielo azul y encarnado entre los restos del almacén industrial que se cernían sobre ellos. Pequeñas motas de ceniza caían ocasionalmente sorteando vigas y planchas industriales. Las zonas del 6 Anima Barda - Pulp Magazine


OSARIO

suelo expuestas directamente a la intemperie lucían un manto gris y polvoriento. En ese momento, solo cuatro estaban allí. Junto a Asaz, Filemón e Ina se encontraba Caronte, el mutante deformado, que roncaba a pierna suelta sobre un colchón viejo. El ruido de los vehículos y la gente en las calles casi no lograban ocultar la estentórea respiración de Caronte. Filemón empezaba a sentirse molesto por el salvaje masticar de Asaz cuando Ina preguntó de repente: —¿Habéis estado alguna vez en la Ciudadela? Ella era aún demasiado joven y apenas había salido de los suburbios de Osario. —Yo no, sólo he visto las barreras de la aduana desde lejos —dijo Filemón sin dejar de mirar al cielo. —¿Y tú, Asaz? —Una vez conseguí recorrer dos manzanas antes de que uno de esos señoritos bienolientes me denunciara por alteración pública. —Supuestamente cualquiera de nosotros puede entrar, ¿no? Al menos eso he oído. —Ina miraba con ojos expectantes y atentos. Le encantaba especular con las teorías y conspiraciones de ciudadanía. —Eso es lo que dice el papel —explicó Filemón—. Si consigues atravesar la aduana, y te garantizo que es bien difícil, cualquier habitante de la Ciudadela puede denunciarte ante la ley, y entonces la expulsión es inmediata. —Ya, bueno, eso ya lo sé. —Ina parecía decepcionada. Quizá esperaba otra respuesta—. La cuestión es por qué hacen eso. —Está claro, pequeña: nadie nos quiere allí. —Asaz mordió la carne empalada—. Los merodeadores de los suburbios no somos bienvenidos. Somos peligrosos. Ina permaneció con la vista clavada en el fuego. Subió las piernas al cubo metálico y se sentó sobre ellas. Las cadenas ornamentales que iban desde su hombrera izquierda al costado derecho, cayendo entre los senos, tintinearon. Vestía pantalones del cuero más duro, ajustado y negro, pero en la parte de arriba prefería llevar una cómoda blusa escotada, ceñida a la cintura por un cinturón de rastreadora. Además, claro está, de las solidas hombreras de hierro. —Mi abuelo decía que el grado de civilización de una población se mide por la necesidad de tener policía en sus calles. —¿A más policías más civilizado? —preguntó Filemón, francamente sorprendido por la máxima. —No, al revés. —¡Ja! —rio Asaz, con la boca llena de comida—. Entonces nosotros somos la quintaesencia del progreso. No verás un agente de la Ciudadela asomar la cabeza por aquí. —Nosotros tenemos a esos —añadió Filemón, señalando con la cabeza en dirección a la calle. Los otros dos miraron. Un par de androides modelo Pacificador caminaban por el asfalto. Mantenían la vista fija al frente, pero todos sabían que captaban cualquier amenaza a su alrededor. Y su única orden de intervención era disparar a matar. Anima Barda - Pulp Magazine 7


J .R. PLANA

La tenue luminosidad del cielo, siempre entre rojizo y azulado independientemente de la hora, se reflejaba en el cuerpo de los robots, dándoles el aspecto de engendros metálicos cubiertos de sangre oscura. El sol se estaba poniendo y los débiles faroles de la calle comenzaban a encenderse, descubriendo con su luz la ceniza flotante que había permanecido oculta en la oscuridad del ocaso y los subniveles de Osario. —Esos cacharros son peores que cien agentes de la Ciudadela —dijo Ina. —Se rumorea que Burlo tiene uno en su banda. —Filemón y la joven miraron a Asaz, que puso cara de interesante y aire de conspirador—. Encontraron un buen filón entre las ruinas: nada más y nada menos que una familia entera, vieja y en buen estado, marido, mujer, un niño de unos cinco y un bebé. Amigo mío, eso es una fortuna. Con eso pagaron un arma de impulsos y a un mecánico de electricidad. Luego solo tuvieron que desconectar a un Pacificador y reprogramarlo. Creedme, eso son palabras mayores, con un Pacificador de tu lado no hay enemigo que se te resista. —¿Y dónde se supone que están Burlo y su banda, entonces? —preguntó Filemón, entre socarrón y receloso. —Ah, eso nadie lo sabe seguro. Supuestamente compró vehículos nuevos y se largó con su gente a las Llanuras Residuales, y allí montó un fuerte de extracción. Debe estar forrado a estas alturas. Ina permanecía en silencio, atenta a la narración. —¿Y no crees que si realmente hubiera pasado todo eso nos habríamos enterado todos? No te largas de Osario si tienes un Pacificador en tu banda. Te quedas y matas, saqueas, rastreas y robas hasta que los huesos te salen por las orejas. —Bueno, y yo qué sé, sólo me limito a contar la historia, los detalles se me escapan —protestó Asaz. —¿Tanto pagan por huesos inmunes y limpios? —preguntó la chica. —¡Demonios, ya lo creo! —vociferó Asaz dándose una palmada en la pierna—. Especialmente si son viejos, y muy especialmente si son de bebés. —¿Pagan por bebés? —Ina estaba asombrada. —Santa Deidad, niña, ¿dónde te has criado? —Asaz parecía ofendido—. Los huesos inmunes y limpios de bebé te pueden hacer rico. ¿Por qué te crees que hay mujeres que se dedican a acostarse con los hombres? ¿Crees que viven únicamente de la prostitución? —Por eso los Cristaleros de la Ciudadela pagan tan bien —interrumpió Filemón—, para que nos matemos los unos a los otros hasta que estas ruinas estén limpias. —¡Bah, cállate! —le gritó Asaz—. Siempre estás con tus teorías fatalistas. —Miró de nuevo a Ina con emoción. A Asaz también le gustaban los complots—. Nadie sabe a ciencia cierta para qué quieren los huesos los Cristaleros, pero se dice por ahí que los usan para nutrir de hombres los cuerpos de seguridad, y también el ejército. —Mamarrachadas —dijo Filemón. —¡Oh, en serio, primero mi carne y ahora esto! ¡No nos agües la fiesta! Además, tú te dedicas a eso, eres un colector, ¿no estás tirando piedras sobre tu propio tejado? 8 Anima Barda - Pulp Magazine


OSARIO

—No me gusta que especulen con mi trabajo. —Antes de unirme a vosotros —dijo Ina, cambiando bruscamente de tema—, alguien me comentó que Olof era famoso por matar a sus hombres cuando no tenía fondos. Los otros dos callaron secamente y la miraron. Aquel era terreno peligroso. —Ante todo —habló Asaz, bajando casi hasta un susurro—, nunca hables de ese tema cuando esté el jefe cerca. Olof es un buen líder, pero no aguanta bien los rumores de ese tipo. —¿Pero es cierto o no? —quiso saber la chica. —No del todo. —Asaz no parecía cómodo. —Olof se cargó a tu predecesor —explicó Filemón, volviéndose a recostar en la silla—. Pero no fue por los huesos. Simplemente discutieron. —Aunque sí es verdad que luego usó lo que quedó de Log para comprar el cañón de rayos de la camioneta —aclaró Asaz. —Los jefes de banda a veces hacen eso. —Filemón se encogió de hombros—. Al fin y al cabo, es dinero para la banda. Lisiados, heridos, inútiles… Pueden convertirse en una interesante inversión. —Pero una banda también tiene la morralla, la chatarra —dijo Ina. —La chatarra no basta. —Asaz termina la carne entre frase y frase—. Con la chatarra no subes de nivel. Por eso nosotros vamos tan al sur. No sólo buscamos filones de morralla, por las ruinas salvajes aún quedan muchos cadáveres cubiertos de escombros y ceniza. Y si tienes suerte, puede que te cruces con alguna banda y te lleves un extra a casa. —Siempre que no sean como Caronte —bromeó Filemón. Asaz se echó a reír y los tres le miraron. El aludido seguía durmiendo. Los ronquidos tenían un extraño reverberar, probablemente a causa de las malformaciones de la garganta. Lo que más llamaba la atención del mutante era su rostro deforme: dos protuberancias en la frente que parecían cuernos y los ojos muy separados, casi a las sienes. Para completar el cuadro, Caronte carecía de otros dientes que no fueran colmillos. —Por lo menos tiene pinta feroz —dijo Asaz, aún sonriendo—. He conocido a mutantes feos como un intestino. —Y cuenta con él no se tiene que preocupar porque le cacen —añadió Filemón—. Sus huesos de mutante no valen nada. —Pfff —bufó Asaz—. Como los de la mitad de nosotros. El que más el que menos tiene algo retorcido en su interior. No valemos tanto como los esqueletos viejos, eso es así. —Pero ¿y los fundamentalistas? —preguntó Ina—. Esos persiguen y matan mutantes. —Esos matan a cualquier cosa. —Entonces no pretendáis hacerme creer que ser mutante es lo mejor que te puede pasar. Además, si te encuentras en el arrollo no puedes siquiera cortarte un dedo para comprar algo de comida. —Pues yo preferiría morirme de hambre antes que cortarme un dedo y comer la mierda de rata que se está tragando Asaz. Anima Barda - Pulp Magazine 9


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El luchador gruñó, preso de un ataque de ira, y se levantó para atizar con el espetón al provocador colector. El rugido de dos motocicletas le hicieron pararse en seco. Los tres miraron a la calle. Olof, el jefe, había llegado. Norman, el otro luchador de la banda, iba con él. Se le diferenciaba a kilómetros por su casco prusiano-mongol. Aparcaron las motos junto a la camioneta, un enorme amasijo de planchas de acero y hierro con ruedas, la parte trasera descubierta y un cañón montado sobre la cabina. Olof y Norman desaparecieron a la vista al entrar en el ascensor. —Feo, despierta —dijo Asaz pinchando con el espetón a Caronte—. El jefe ha llegado. El mutante se revolvió, gruñendo. Abrió los ojos y se incorporó en el colchón. —Malditos hijos de perra, no me habéis dejado dormir con vuestra cháchara —protestó. —Quién lo diría —se burló Filemón—. Parecía no molestarte. El silbido neumático del ascensor al abrirse les advirtió de la llegada de Olof. Sus pasos resonaban con fuerza contra el metal de la terraza. No era tanto por su gran envergadura como por el peso de las placas de acero cubiertas de pinchos que usaba como armadura. Le daban un aspecto agresivo e imponente, especialmente cuando uno reparaba en las manchas de sangre seca ocasionalmente repartidas por aquí y por allá. Además, poseía una imponente barba rubia. Norman poco tenía que envidiar del aspecto de su jefe, por eso Olof lo llevaba siempre de guardaespaldas. Probablemente Asaz era más letal, pero Norman tenía ese aire que disuadía a la gente de probar suerte con las mortíferas habilidades de los luchadores. El bruto dejó una pesada bolsa sobre el barril, arrancando un fuerte eco metálico. —Traemos regalos —dijo Norman. El jefe abrió la bolsa y empezó a repartir. —Asaz, munición para tu escopeta de metralla. Caronte, Ina, proyectiles explosivos, baterías para el cañón y balas para los fusiles. Filemón, tus cargadores de boca ancha para la pistola de clavos. —También sacó un puñado de balas para su arma y los apartó. Todos y cada uno fueron cogiendo las municiones y distribuyéndolas por los bolsillos y compartimentos de cinturones, bolsas y ropas. Asaz recargó su escopeta, vacía desde el último asalto. Cuando hubo llenado la recamara, amartilló el arma y, con cara de placer, susurró: —Dulce música para mis oídos. Cuando estuvieron aprovisionados, el jefe cerró la bolsa y se la pasó a Norman. Después los miró a todos. A la luz de la hoguera, el ojo blanco de Olof relució con un siniestro brillo, surcado por una cicatriz violácea que le iba de la mandíbula a la frente. El jefe no había perdido el lado derecho de la cara por puro milagro. —He gastado los últimos huesos en esa bolsa —dijo, señalando a Norman—. También hemos cambiado los restos por combustible con los chatarreros e ingenieros. Necesitamos más restos en bruto, trozos sin pulir, piezas y fragmentos. Lo que sea. Y por supuesto huesos —añadió mirando a Filemón—. En esta partida, colector, esfuérzate por conseguir algo. Y vosotros también, rastreadores. —Miró a Ina y Caronte—. No tenemos ese precioso camión para volvernos con las manos vacías. Cargad todo el hierro viejo que podáis. Tenemos pocos fondos. —Durante unos 10 Anima Barda - Pulp Magazine


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instantes calló mientras iba introduciendo en su arma las balas que había apartado para él—. Hoy iremos más al sur, así que estad atentos. El rostro mutante de Caronte se torció en una mueca despectiva, Ina se revolvió y a Asaz le entró una risa suave sin pizca de humor. —Ir más al sur es una temeridad. Allí casi no quedan huesos inmunes —dijo con sorna—. Todos están retorcidos, sucios o mutados. Y, si los hay, entonces habrá ratas, chupasangres o algo peor, y entonces los únicos huesos que encontrarán serán los nuestros cuando esos bichos hayan roído hasta el último tendón. —Deja de decir gilipolleces —ordenó Olof—. Hemos consultado a un Agorero y nos ha dicho que él ha visto huesos, así que nosotros le creeremos. Le he pagado bien y sabe que se juega el pellejo si me miente. Es territorio violento, no hay mapas, no hay exploración. En el sur de Osario hay aún mucho terreno sin documentar, es una buena oportunidad. Iremos allá abajo. Asaz no pareció muy conforme con la respuesta. —A mí me parece bien —intervino Filemón—. Hace muchos días que no damos con un buen filón. Con un poco de suerte encontraremos algo que merezca la pena y los Cristaleros nos pagarán bien por ello. Podremos comprar otro camión y contratar algún tirador más. —Filemón, los planes los hago yo —restalló Olof con una ira fría. —Por supuesto, por supuesto… Solo digo que no vendría mal tener… —Limítate a tu trabajo, colector. Limítate a encontrar huesos. No te excedas. —Los dientes del jefe crujían. Los tendones de la mandíbula hacían bailotear su vieja herida. —Sí, Olof —se rindió Filemón. Hubo un instante de tensión sostenida antes de que la cara del jefe se relajara. —No quiero oír una protesta más. Recoged el equipo, partimos de inmediato. Al poco rato, la banda atravesaba el asfalto agrietado de la desolada ciudad a bordo de sus vehículos. Los motores llevaban calados los silenciadores para sofocar el ruido. Las dos motos iban delante y el camión de carga detrás, retumbando como una carraca oxidada con cada bache. A su paso dejaban una polvorienta nube de cenizas y sus potentes faros hendían la semioscuridad de la noche. El sol hacía rato que había desaparecido, y ahora el terreno era de las lunas. La mayor, en cuarto creciente, era apenas una fina raja en el horizonte de un rojo intenso, casi sanguinolento, y las dos menores parecían monedas incrustadas que destacaban singularmente en el firmamento azulado. La noche nunca terminaba de caer en Osario, sobre la ciudad siempre se extendía un manto de tonos cárdenos, provocando siempre la sensación de encontrarse en un perpetuo ocaso, impresión que se acentuaba al amanecer o al atardecer. Lejos de la banda, hacia el norte, se recortaban las cuatro torres de la Ciudadela, los rascacielos más altos, reservados a los ciudadanos más poderosos de la parte rica. Caronte protestaba desde atrás cada vez que el vehículo se agitaba. Él manejaba el cañón acoplado, y en la cabina se repartían el espacio Asaz, Filemón e Ina, en ese orden y con esta Anima Barda - Pulp Magazine 11


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última al volante. Asaz contaba viejas batallas animadamente. —Una vez participé en una batida de un capataz —dijo orgulloso. —¿Un capataz? —preguntó Ina—. ¿Los de la Ciudadela? —Exacto, un delegado a sueldo, el representante de un gran empresario de ahí arriba. Organizó una partida enorme, con cinco colectores y dieciséis rastreadores, además de los obligados luchadores, entre los que me encontraba. También llevaba un cirujano, tres mecánicos, una suerte de Agorero-científico y un par de Amaestradores de ratas. —Esos son caros —comentó Filemón, indiferente. Mantenía los ojos claros fijos en el horizonte polvoriento. Tenía la gabardina arrebujada sobre el regazo y mantenía la mano cerca de la pistola de clavos que llevaba en la pierna izquierda. —Y créeme, nada agradables. Se vuelven tan retorcidos como esos bichos. —Te tendrían un miedo terrible, ¿no? —preguntó Filemón con cierto sarcasmo—. Las ratas, digo. —¿Miedo? ¿Por…? —Asaz se dio cuenta de que se volvía a reír de él—. Hijo de puta, te voy a arrancar la cabeza. Unos fuertes golpes en el techo del vehículo detuvieron el pique. —¡Morralla a las dos! ¡A unos ciento cincuenta metros! —La gutural voz de Caronte les llegó desde fuera. Ina apretó suavemente la bocina para llamar la atención de los motoristas. Norman se giró y atendió a las indicaciones que le estaría haciendo Caronte desde arriba. Asintió y las dos motos giraron a la vez en la dirección marcada. La banda no tardó en llegar al punto señalado por el mutante. Unas barras de acero con tuercas semienterradas en la ceniza daban a entender un posible filón de vieja tecnología. Acercaron la camioneta marcha atrás y se apearon. Asaz se encargó ahora de manejar el cañón, mientras Ina y Caronte se dedicaban a desenterrar los restos y rastrear en busca de algo valioso. Olof y Norman trazaron un perímetro de seguridad a lomos de sus motocicletas. Filemón analizó el terreno. Viejos edificios derruidos, pilares aguzados resistiendo firmes, muros en mitad de ninguna parte, montones de escombros, dunas de arena y ceniza, alguna que otra planta lánguida surgiendo de entre las piedras. Las descompuestas carrocerías de varios vehículos se mimetizaban con pilas de cascotes, y un desgastado cartel de una cafetería parecía salir del techo de uno de ellos. Las farolas seguían en pie, algunas torcidas, otras rotas por la mitad. Algunas aún funcionaban, lanzando un suave resplandor que no servía más que para atraer polillas. Un par de manzanas más allá, los cimientos de un rascacielos se mantenían erguidos hasta lo que debió ser la mitad de la altura, más o menos. Entre las ventanas vacías y las columnas de cada piso se entreveía el cielo y los edificios de detrás. Nubes de polvo oscurecía la visión más allá de cuatro manzanas. El aire estaba lleno de ceniza que flotaba a la deriva y hacía difícil respirar. En otras partes de la ciudad, plantas y árboles crecían en lo alto de los edificios y las ruinas, pero al sur no. Sólo tierra seca. Filemón avanzó por entre los restos dispersos, escalando algunos montículos y escarbando 12 Anima Barda - Pulp Magazine


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entre hierros retorcidos, pilotes y madera carcomida. Se subió el tapabocas, para evitar que el olor a rancio le llenara los pulmones. Su gabardina ondeaba con el viento, dejando a la vista las correas de cuero que se cruzaban sobre el pecho, sujetando su cuchillo a un lado y la munición al otro. Filemón no llevaba adornos de metal, ni siquiera hombreras, quitaban movilidad y eran muy ruidosas. De lejos le llegaba el sonido sordo de las palas al cavar, chocando contra el acero de la morralla, y el amortiguado ruido de las motocicletas. Salvando eso, el resto permanecía en el más absoluto y muerto de los silencios. No convenía alejarse mucho de la relativa protección del grupo. En cualquier esquina podía salirte al paso alguna de las extrañas criaturas que sobrevivían en las zonas inhabitadas. Aún así Filemón se internó entre las ruinas. Los huesos solían confundirse muy bien con el terreno, cubiertos por una capa tras otra de tierra, y había que buscarlos en los recovecos donde aún podía quedar algún trozo a la intemperie. El colector caminaba con paso cauto, procurando no hacer crujir nada y atento a cualquier indicio de vida. Vio un socavón en el suelo, en lo que debió ser el techo de algún garaje. Una placa de hormigón sobresalía del terreno, erizada en sus bordes por gruesas varillas de acero torcidas. Varias hojas de hormigón similares se entreveían por un corte del terreno, derrumbadas unas sobre las otras. Filemón no había necesitado hasta el momento más luz que las pocas farolas que aún funcionaban y la suave luz del perpetuo ocaso, pero al asomarse a la amplia brecha tuvo que echar mano de una pequeña linterna para ver algo en semejante oscuridad. El desvaído haz de la bombilla pareció materializarse al atravesar el aire subterráneo lleno de minúsculas partículas. El colector se inclinó sobre la abertura, retirando el tapabocas e inspirando con fuerza. Además de a quemado, polvo y tierra seca, le llego el dulzón aroma de la carne en descomposición. —No es buena idea… —murmuró. Observaba el hueco con ojo de experto. Era muy probable que allí encontrara algo, la descomposición indicaba vida animal, y la vida animal de esa zona tenía por costumbre arrastrar cadáveres a sus madrigueras. Llevó una mano a uno de los bolsillos interiores de la gabardina y sustrajo un sonar de mano compacto, diseñado para detectar huesos humanos. —Que él decida —dijo, dándole al interruptor de encendido y acercando el aparato al agujero. El radar zumbó y la pantalla de cuadros verdes se iluminó. Un grueso punto en la parte superior marcaba la posición del sonar. Una onda surgió del punto y barrió toda la pantalla. No salió nada. Filemón lo acercó un poco más. Otra onda recorrió la parte inferior. Sin respuesta. El colector agitó el aparato en el aire, se arrodilló junto al agujero y metió la mano del radar dentro. Un nuevo barrido llenó la pantalla. Un gruñido y un correteo retumbaron en las profundidades. —A la mierda. Filemón guardó el sonar, y, con la linterna metida en la boca, descendió por el agujero, usando las varillas retorcidas para descolgarse. No le costó mucho llegar al suelo, que estaba a unos tres metros. Allí había caído parte del techo, creando una repisa con pendiente. Se puso de espaldas a Anima Barda - Pulp Magazine 13


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la pared, agarró la linterna y desenfundó su pistola de clavos. Las paredes continuaban hacia los lados, bloqueadas en algunas partes por escombros. Pero lo que llamó la atención de Filemón fue un agujero en uno de los muros, un hueco de no más de metro y medio hecho en el hormigón a base de arañazos. Fuera lo que fuese, la criatura que había cavado eso tenía una buena envergadura. El colector valoró la situación. Se preciaba de ser un hombre que ponía límite a los riesgos, sabía marcar el momento en el que el peligro superaba con creces la recompensa. Pero entonces el radar zumbó. Se había olvidado de apagarlo, y esperó unos segundos hasta que volvió a oír la vibración que marcaba un yacimiento de huesos cercano. Sin soltar la linterna ni la pistola, sacó como pudo el aparato y lo consultó. En cuanto lo puso horizontal al suelo la señal se desvaneció. Hubo de ponerlo vertical y mirando a la madriguera para que este volviera a emitir la señal. —Es hora de trabajar. De nuevo sin apagarlo, guardó el detector, comprobó que el arma no tuviera puesto el seguro y, con el cañón por delante, se dirigió hacia el agujero. El ambiente estaba viciado. Pronto la atmósfera se volvió sofocante y húmeda. El olor de la ceniza dio paso al hedor a muerte propio de un cubil, y a lo lejos se oía el lento goteo de una filtración. Probablemente la madriguera había perforado a su paso alguna tubería secundaria de las cloacas, era la única explicación posible puesto que la red de aguas potables hacía mucho tiempo que se había secado. El sonar zumbaba cada vez con más frecuencia en el bolsillo de la gabardina. El colector andaba encorvado, y empezaba a notar como sus riñones se resentían por la incómoda marcha. Volvió a alzarse el tapabocas, reprimiendo una arcada. Algo allí olía realmente mal. El agujero de la madriguera se abrió para dar paso a una especie de antesala un poco más ancha, de donde partían tres nuevas bocas. El detector compacto vibraba con intensidad. Sin perder de vista los alrededores, Filemón lo sacó del bolsillo y lo consultó un instante. —Está aquí. Recorrió todo el suelo con el haz de la linterna, buscando algún indicio. Un reflejo blanquecino a un metro le hizo sentir un vuelco en el corazón. —Hola, tesoro. De dos zancadas se plantó en el sitio. Casi se le cae la linterna de la alegría. Un esqueleto adulto, aparentemente completo, yacía deslustrado sobre el suelo. Ni siquiera estaba enterrado, solo polvoriento y con varias manchas oscuras, probablemente restos de sangre. Filemón apagó el radar y se arrodilló junto al descubrimiento. Nunca había tenido tanta suerte, era la primera vez que encontraba uno completo sin tener que desenterrar. De otro hueco en la gabardina sacó un aparato similar a un reloj de bolsillo. Era esférico, con un cristal y una tuerca en uno de los lados. Lo puso de cara a los huesos, apretó la rueda, que cedió con un clic, y lo movió de arriba abajo, recorriendo todo el cuerpo. Cuando hubo acabado, pulsó de nuevo el pequeño botón y miró la pantalla. Ahora el cristal estaba iluminado y dentro aparecía un tosco anillo de seis segmentos y un círculo en el centro. Cuatro de los segmentos estaban 14 Anima Barda - Pulp Magazine


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brillando en verde, y dos en amarillo. En el círculo central aparecían dos números. —Ochenta y cinco por ciento libre de radiación. Este amigo ha muerto joven y hace poco. Qué suerte. Filemón estaba francamente contento. Aquello podía suponer un serio golpe de suerte para la banda. Repasó minuciosamente el hallazgo. Parecía tener completas las piezas de pies y piernas, caderas y costillas, pero había perdido varios dientes y la mano izquierda. La derecha quedaba parcialmente oculta, pero daba la sensación de estar bien. El cráneo mostraba una brecha redonda de bordes astillados, de unos diez centímetros de diámetro. Algo le había atravesado el cerebro, probablemente en vida. Filemón vio restos de señales de dientes alrededor de las cuencas. —Roedores… Habían rosigado el cuerpo hasta dejarlo completamente limpio de carne, tendones y fibras. En la cabeza, en las costillas, en lo que quedaba del brazo izquierdo… Filemón dirigió su atención de nuevo hacia la calavera, acercándose hasta casi tocarla con la nariz. Había marcas claras de incisivos por todas partes, las típicas de las ratas gigantes. De hecho, las marcas de absolutamente todo el esqueleto se correspondían con esos animales. Sin embargo… Sin embargo, alrededor del cráneo, se apreciaban unas señales menos marcadas. No habían sido producidas por dientes tan afilados como los de las ratas, pero habían mordido la cabeza de ese hombre con ahínco, especialmente en torno a la brecha. Filemón se fijo bien. La mordida no era tan afilada, no, pero era más ancha. Casi tan ancha como… Aproximó su cabeza y abrió la boca. La marca casaba. —Mierda del cielo —blasfemó, levantándose atropelladamente—. Comesesos. El predador había esperado pacientemente, pero al ver a la presa alterarse temió perderla y atacó. Salió del túnel del fondo, el más apartado, y fue el gruñido de hambre lo que le delató. Si no hubiera emitido ese chillido triunfal de ira contenida, Filemón no hubiera reaccionado a tiempo para atravesarle la frente con tres silenciosos y certeros clavos del tamaño de un dedo índice. El deformado y esquelético mutante detuvo su carrera a cuatro patas de golpe y cayó al suelo a medio metro de él. El miedo recorría cada nervio de su cuerpo, pero el colector supo mantener la calma y no permitir que le temblara el pulso. Lo primero era salir de allí, pero antes de eso se permitió un instante de observación. La sangre del comesesos empezaba a extender a su alrededor. La piel pálida y tirante, los tendones y músculos secos marcados sobre los huesos, el cuerpo largo y enjuto, casi deforme en algunos sitios. Le movió la cabeza con el pie. Ojos blancos pero no ciegos, nariz de murciélago, dientes afilados de pez abisal. —Putos engendros —dijo, escupiendo sobre el cuerpo. Se dio la vuelta para volver por donde había venido. La linterna reveló un montículo de huesos, piel y algún tendón en uno de los rincones. Filemón distinguió una calavera de rata gigante. —Esos cabrones se las merendaron y se quedaron con la casa. Anima Barda - Pulp Magazine 15


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No llegó a salir por el hueco, a medio camino paró en seco y volvió junto al cadáver del engendro. Lo apartó de una patada. —No te pienses que te voy a dejar entero aquí, amigo. Irse con las manos vacías era una locura. De alguna parte sacó un cortador térmico. Pequeño y manejable, se calentaba lo suficiente como para cortar los huesos igual que la mantequilla. Agarró el cráneo del esqueleto y lo seccionó por la mitad, partiendo la frente en dos. Lo echó en la holgada bolsa de tela para huesos que llevaba fija al interior de la gabardina. Pasó el aparato por el esternón y arrancó varias costillas. Una pierna y el antebrazo derecho en torpes trozos completaron el botín. Considerando que ya había arriesgado suficiente su vida de manera completamente irresponsable, Filemón volvió al túnel de entrada. Ahora no avanzaba cuidadosamente, daba grandes pasos, casi en carrera, con la cabeza inclinada para delante como si estuviera cargando. Tres aullidos a su espalda le helaron la sangre en las venas. Había esperado mucho y ahora le pisaban los talones. Corrió como alma que lleva el diablo. La mortecina luz de la calle apareció al final del túnel y redobló el esfuerzo. Su mente se empeñaba en imaginar que dos manos secas y fuertes le agarraban una pierna o los faldones de su gabardina, y él, sabiendo que el pánico abre las puertas a la muerte, se esforzó en apartar esos funestos pensamientos de su cabeza. El muro al pie de la abertura surgió ante él, frenando en seco su carrera. Filemón se dejó llevar por el impulso, tiró la linterna al suelo y saltó, apoyándose en el hormigón inclinado y asiendo con fuerza los hierros torcidos. Se izó a pulso por entre las ruinas, con la pistola aún agarrada. A su espalda oía los bruscos arañazos provocados por garras en carrera. Llegó al exterior y aguardó unos instantes, contemplando el boquete del suelo, negro como la boca de un lobo de foso. No se oían ruidos, ni carreras. Unos ojos desorbitados y una boca sanguinolenta se lanzaron a su cara a la velocidad del rayo. De nuevo sus reflejos entrenados le salvaron, golpeando al ser en la sien con la pistola. La criatura cayó rodando hacia el lado, y Filemón acabo el combate arrancándole la vida con cinco clavos fulminantes en la cabeza. La voz de Ina ordenándole tirarse al suelo le hizo reaccionar. Había olvidado vigilar la espalda. Filemón se tumbó sin pensárselo. El suelo hizo crujir sus costillas y una nubecilla de ceniza se levantó a su alrededor. Dos sombras pasaron por encima y cayeron a un metro entre chasquidos de garras contra pavimento. Filemón se giró, rodando hacia un lado. Los dos comesesos se giraban bruscamente hacia él, babeando y gruñendo. Filemón vio a Ina acercarse a la carrera. Uno de los comesesos tomó la iniciativa y saltó sobre el colector. Este disparó cuatro veces en el pecho de la criatura, que se vio frenado en el aire por la potencia de los impactos. Se recompuso frenéticamente y volvió sobre él. Sonó el estallido del rifle de Ina. Una bala precisa y letal atravesó el cerebro de la criatura, que se desplomó como una marioneta sin hilos. Con el segundo no pudo permitirse tanta precisión. El comesesos se lanzó en carrera desbocada 16 Anima Barda - Pulp Magazine


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contra la rastreadora, que tuvo que echar la rodilla a tierra y abatir a la criatura con tres ráfagas del arma. Los disparos tronaron en las calles vacías, y el eco de la percusión se extendió de manzana en manzana. No pudieron dejar ni un instante para aclarar la cabeza, tomar aire o ver si estaban heridos. Ambos sabían que semejante estruendo en las ruinas de la zona violenta podían desembocar en cientos de muertes horribles, y más habiendo madrigueras de comesesos. El riesgo de una estampida asesina era demasiado alto. Filemón se recompuso como pudo y corrió hacia Ina, que le apremiaba con la mano. —Una madriguera —dijo él al llegar a su altura. —¿Has encontrado algo? —Huesos. ¿Me buscabais? —Los dos marcharon codo con codo. —Olof se alarmó al no verte. El resto del camino lo hicieron en silencio, concentrados en no torcerse un tobillo o que el suelo no se abriera bajo sus pies. El aire polvoriento dificultaba el ejercicio, provocando toses y la permanente sensación de tener los pulmones llenos de ceniza. Pronto vieron el perfil deforme de Caronte a lomos de la camioneta, con la vista puesta en la calle por donde ellos venían y el cañón listo para trabajar. Sobre la parte de atrás de la camioneta estaban esparcidos varios trozos de diversos metales. Asaz estaba junto a un par de metros, parapetado tras unos escombros y mirando a todos lados. El jefe y Norman serpenteaban entre las ruinas, vigilando los alrededores. Cuando los vio acercarse corriendo, Olof se acercó hasta el campamento, dejando al luchador atrás. —¿Qué ha pasado? —preguntó con tono iracundo. —Huesos en una madriguera de comesesos —explicó Filemón, casi sin resuello. —Hemos matado a tres —añadió Ina. El colector sacó media calavera de la bolsa. —Casi sin radiación —dijo, tendiéndola hacia Olof. Este se limitó a mirarla con aire desconfiado. —¿Entero? —Solo faltaba una mano. —¿Cuánto has cogido? —Sólo una muestra. —Habrá que ir a por el resto. Un silbido los sobresaltó. Antes de que nadie pudiera reaccionar, una lluvia de gotas de sangre cayó sobre ellos y Caronte se derrumbó sin cabeza. Luego se oyó el disparo. —¡Francotirador! —gritó Norman. Todos se escondieron tras lo que pudieron. La advertencia de Norman fue recompensada con dos disparos más del francotirador. A él no le alcanzaron, pero reventaron la rueda delantera de la moto y le tiraron al suelo. El ancho armazón del vehículo aprisionaba su pierna, impidiéndole huir, al mismo tiempo que le protegía de los disparos del tirador. —¡Banda a las once! —señaló Asaz. Anima Barda - Pulp Magazine 17


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A la escasa luz del perpetuo ocaso, Filemón creyó distinguir seis hombres que avanzaban dando alaridos entre las ruinas. Cargaban disparando, obligando a los hombres de Olof a permanecer con la cabeza gacha. —¡El cañón, que alguien coja el cañón! —ordenó le jefe. —¡Filemón, tu arma es la de menos alcance, ocúpate tú! —gritó Asaz. —Puta suerte —se quejó el colector. Ina estaba a su lado, recargando el rifle mientras echaba una ojeada entre los escombros. —Ve, yo te cubro —le dijo. Filemón asintió y avanzó encogido, con la cabeza agachada. Ina disparó varias ráfagas a ciegas, haciendo que la banda enemiga detuviera un instante su ataque para cubrirse. Proyectiles rebotando contra cascotes fueron la respuesta al fuego de cobertura, aunque bastó para que Filemón se encaramara a la parte de atrás de la camioneta y llegara reptando hasta el pie del cañón. —Edificio de enfrente, quinto piso. —Asaz poseía una visión penetrante y ya había localizado al francotirador. Ina se asomó por un lateral y disparó contra esa posición, de manera que Filemón pudiera alzarse, agarrar los mandos del arma y disparar dos proyectiles explosivos a ciegas contra el edificio, que volaron por los aires una columna y lo que quedaba de fachada en esa planta. La estructura se tambaleó y sufrió un derrumbe parcial, levantando una gran nube de polvo y humo. El francotirador no volvería a dar problemas. Los asaltantes abrieron fuego sobre la posición de Filemón, que tuvo que volver a resguardarse en la parte de atrás del vehículo. —Fuego de supresión sobre ellos —ordenó Olof. Ina y Asaz cumplieron al instante, descargando una lluvia de muerte sobre los enemigos, que tuvieron que protegerse para devolver el ataque. Filemón se izó de nuevo sobre el gatillo del arma. Activó la palanca del generador y una turbina en el arma empezó a girar y emitir un zumbido. Guiándose por los destellos de las armas enemigas y sin apuntar demasiado, Filemón barrió la posición de la banda con la munición estándar del cañón. Los gruesos proyectiles quebrantaban escombros, salpicando los alrededores de gravilla y piedrecitas. Uno de los disparos alcanzó a un enemigo, que cayó al suelo con el tronco prácticamente partido. Sus compañeros contestaron, osados por la ira. Uno de los hombres, vestido de cuero con placas metálicas en la tripa, portaba una ametralladora pesada. Salió de su escondrijo sujetándola con las dos manos y vació un cargador sobre la camioneta. Aunque algunas balas atravesaron el grueso blindaje, la gran mayoría rebotaban con un fuerte chasquido metálico. Filemón respiró profundamente, apuntó con cuidado y tiró de la palanca que había junto a la bobina. De la parte baja del cañón surgió un rayo azulado, que recorrió el cielo entre requiebros y alcanzó la boca del arma del enemigo, que con un brutal alarido salió al instante disparado hacia atrás varios metros. El cadáver chamuscado y ennegrecido rebotó, quedando tirado en el suelo totalmente retorcido y envuelto en una nube de humo de oscura. Asaz gritó de alegría y con renovado vigor. Descargó dos cartuchos de su arma, y un barrido de 18 Anima Barda - Pulp Magazine


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metralla alcanzó a un rival en la cara. La banda frenó su avance, viéndose drásticamente mermada. —¡Que no quede ni uno con vida! —gritó Olof. Nada podían hacer contra el terrible canto del cañón de Filemón, que les obligaba a mantener la cabeza a cubierto. No les duró mucho la embestida invencible. Un brusco golpe en la espalda mandó a Filemón de bruces contra el suelo, tirándole del camión y arrancándole de las manos los mandos del arma. Desde esa posición pudo ver como Asaz era acribillado por una salvaje ráfaga de ametralladora, que llenaba su espalda de manchas carmesís. Ina salió de su posición y corrió a refugiarse junto a Filemón. Olof intentó hacer lo mismo, pero varios balazos en el suelo le obligaron a quedarse donde estaba. Un segundo frente les atacaba por la espalda, cercándole. No podían ver cuántos eran, las dunas de ruinas y escombros tapaban la visión, y sólo veían cabezas correr de un lado para el otro. Les tenían atrapados. —¿Dónde te han dado? —le preguntó Ina a Filemón, ayudándole a sentarse contra el camión. —No es grave, creo… —dijo él, reprimiendo un alarido al tocarse el borde de la herida. El agujero estaba a la altura del omoplato derecho—. El hueso ha parado la bala. La joven le tocó con dulzura. Filemón se sorprendió de verla tan serena, y eso le hizo sospechar. ¿Les habría traicionado Ina? En su primera batalla seria él parecía grasa de gordo bailante, y a ella no le temblaban ni los dedos. —Tranquilo, no les dejaré acercarse. —Se giró hacia el cuerpo del luchador caído—. ¿Asaz? —le llamó. —No se va a levantar —le dijo Filemón. —Cabrones. La chica se asomó por encima del camión y disparó a los asaltantes. Filemón la observó. Tenía el rostro crispado por la acción, pero no parecía fuera de sí. Aquello le ponía nervioso. Los disparos arreciaron y el cerco se estrechó. Olof se defendía como un perro acorralado. Desde su posición Filemón podía ver a Norman retorcerse bajo la moto. Era un hombre fuerte y a toda certeza podría haber levantado sin problemas la pesada motocicleta. El hecho de que siguiera atrapado bajo el vehículo haciendo esfuerzos por liberarse indicaba que la presa tenía que haberle roto algo. Una voz de Olof le hizo devolver su atención a las cercanías. —¡Exijo hablar de jefe a jefe! —Al gritar, la cicatriz sobre la barba se contorsionaba dándole un aspecto infernal. Los disparos fueron cesando en progresión. Cuando hubieron parado, alguien respondió. —¿Qué quieres? —¿Eres el jefe? —Sí. —La voz era varonil pero ligeramente aflautada. —Acabemos esto tú y yo en un mano a mano —dijo Olof, dándole a su tono la mayor seguridad que pudo. Todo el mundo conocía lo que implicaba un mano a mano. Los dos líderes se enfrentaban en Anima Barda - Pulp Magazine 19


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duelo singular, cuerpo a cuerpo, sin armas de fuego. Sólo había un final: la muerte de uno de los dos. El que ganaba decidía qué hacer con la banda rival. Era una forma de salir de las situaciones apuradas, el jefe contrario no podía negarse, so pena de quedar como un cobarde y arriesgarse a un motín entre sus hombres. Olof sabía la baza que jugaba. Era un demonio en la lucha cuerpo a cuerpo. El jefe rival tardó un poco en contestar. —Está bien. Si mueres, tus hombres serán pasados a cuchillo. —Deja de hablar y ven a morir —le provocó Olof, alzándose de su escondite y enfundando su pistola. Un hombre salió de entre las ruinas que servían de barricada y avanzó hasta ponerse a la altura de Olof. —Santa Deida… —exclamó Ina—. Un capataz. Efectivamente, el jefe de la banda rival era un capataz, un apoderado de algún rico de la Ciudadela. Sus ropas eran caras y elegantes, no vestía a base de despojos como los criminales de los suburbios. Llevaba una casaca roja con hombreras y unas botas oscuras y lustrosas. Hasta la funda de su pistola era elegante. El hombre desenvainó con la mano derecha un sable que llevaba sujeto en los riñones. Tenía el rostro de alguien acostumbrado a matar y ordenar. No parecía un tipo agradable. Filemón miraba de reojo a Ina, esperando una traición en cualquier momento. Olof se irguió todo lo alto que era, imponente con su armadura de planchas de acero. Llevó la mano al muslo izquierdo y desenrolló su arma preferida: el trillador, un brutal látigo hecho de eslabones y plagado de púas afiladas. —¿Listo? —preguntó el capataz. Olof no contestó, con la rapidez de la centella lanzó un golpe seco con el trillador, que chasqueó con violencia. El capataz devió el roce de las letales púas con su sable. Olof rió exultante. Recuperó el látigo y empezó a trazar círculos en el aire como si se tratara de un lazo. El capataz estaba en guardia, con la punta del sable por delante. El jefe hizo un amago a un lado y barrió desde el contrario. El rival se apartó hacia atrás, y Olof aprovechó para encadenar tres descargas seguidas. El trillador golpeó el suelo con violencia, arrancando crujidos metálicos y nubes de ceniza. El capataz tuvo que recuperar terreno desviando la cadena y acosando con la punta de su sable. Los dos volvieron a ponerse en guardia, midiéndose el uno al otro. Olof barrió de nuevo en horizontal con un golpe tan salvaje que hubiera partido al hombre por la mitad. El otro lo esquivó por los pelos, pero una púa le rasgó la casaca. Un fino hilillo de sangre resbaló, apenas visible por el rojo de la prenda. —Tocado —dijo Olof con una sonrisa maníaca en su rostro. —Los cojones —contestó el otro, visiblemente molesto. Hay ocasiones en las que un gesto habitual pasa desapercibido por estar en un contexto extraño. Uno jamás podía esperar ciertas cosas en un duelo entre jefes, en los cuales el honor y las formas estaban por encima de todo lo demás. Por eso Olof tardó en interpretar un movimiento que, en cualquier otra ocasión, hubiera provocado que atravesara el cráneo del enemigo con el trillador. 20 Anima Barda - Pulp Magazine


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Con una parsimonia desconcertante, el capataz se echó una zancada hacia atrás, saliéndose del radio mortífero del látigo, y desenfundó su pistola. Fue un movimiento fluido, todo en uno, paso atrás, desenfundar y disparar. Solo un tiro, preciso, que atravesó el cráneo de Olof y dejó que la poca luz de las farolas de alrededor iluminaran sus sesos. El jefe de la banda mostraba expresión perpleja, aún sin comprender qué había pasado. Se hundió en la tierra con gran estruendo metálico. Ina gritó de horror y disparó en dirección al capataz. Les pilló por sorpresa y el hombre murió en el acto cuando tres balas atravesaron su garganta. Sus soldados respondieron al ataque descargando con rabia sus armas sobre la parapetada Ina. La chica se refugió de nuevo tras el grueso metal del vehículo, pegada a Filemón, que, pistola de clavos en mano, intentaba incorporarse a pesar del dolor. El colector reconoció que no esperaba verla hacer eso. Quizá, al fin y al cabo, no era una traidora, sólo una chica muy valiente. Anima Barda - Pulp Magazine 21


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Vio como dos hombres llegaban hasta Norman. El primero cayó muerto cuando el luchador disparó su escopeta de metralla a bocajarro, destrozándole la cara. El segundo saltó sobre la moto, haciéndole gritar de dolor. De una patada le arrancó la escopeta, y luego se arrodilló sobre un agonizante Norman. Filemón vio como el enemigo desenfundaba un gran cuchillo de cazador y se lo clavaba lentamente en el pecho a Norman, terminando con su vida. —Ya solo quedamos tú y yo —dijo Filemón. Ella le miró con intensidad. Sostenía el rifle entre sus brazos, apuntando hacia él. Las balas rebotaban y silbaban alrededor, se oían los casquetes caer por todos lados, rebotes metálicos contra el seco asfalto. La chica alzó ligeramente el arma, apuntando a Filemón a la cabeza y respirando profundamente. —No… —murmuró Filemón. ¿Le iba a matar? ¿Iba a acabar con él así, después de asegurarse de que no quedaba nadie más? Se sintió decepcionado. La chica le miró extrañada. —¿No qué…? —preguntó. La frase quedó cortada de golpe. Un hombre saltó sobre la parte de atrás del coche y apareció por encima de sus cabezas. Como un resorte, Ina disparó una ráfaga al aire, al pecho del enemigo. Cayó sobre ellos, provocando que Filemón gritara de dolor. Otros dos aparecieron por los lados. Ina se revolvió, intentando quitarse al muerto de encima. No pudo hacer nada. Filemón se encogió instintivamente. Los dos dispararon a la vez e Ina murió, tiroteada por fuego cruzado. Su joven cuerpo quedó inerte y apoyado contra el camión. —¡Quietos! ¡Quietos! —suplicó Filemón sin levantar la cabeza—. ¡Tengo huesos! ¡Huesos! ¡Soy un colector! —Rebuscó a tientas y sacó la media calavera—. ¿Veis? ¡Huesos, son huesos! Oyó más pasos de hombres acercándose. —¡Matadlo de una vez, no quiero oírle lloriquear! —dijo una voz malhumorada—. ¡Registrad los cadáveres y traed los vehículos! Filemón no alzó la vista cuando sintió la ardiente boca de un arma apoyándose en su nuca. Soltó el cráneo, que resbaló por el cadáver que tenía sobre las piernas y cayó al suelo. Quien quiera que fuera el que le apuntaba apretó el arma contra su piel, quemándola. Olía a pólvora. —Alto. —Un extraña tono sonó a su derecha. El arma se alejó—. ¿Colector? —Sí, señor —contestó alguien. —¿Ha encontrado huesos? —El que hablaba tenía un matiz que daba escalofríos, como si no fuera humano. —Sí, señor. —Entonces puede ser útil. Tú. —Filemón sintió un golpe suave y firme en la pierna—. ¿Eres buen colector? Aunque no se atrevió a levantar la cabeza, un ramalazo suicida y vengativo cruzó repentinamente su cabeza. La mano que mantenía oculta aún agarraba con fuerza la pistola de clavos. La ira le insufló fuerzas. Decidió no mirar para descubrirse. —Sí, señor —contestó, falseando un terror que empezaba a diluirse—. Poseo rastreoseo, valorador, sierra térmica… Soy un buen colector, buscaré huesos para vosotros, hay uno aquí 22 Anima Barda - Pulp Magazine


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cerca… —Necesitamos uno. El anterior murió. Levanta el rostro, colector —ordenó la voz inhumana. —Trabajaré para vosotros, de verdad, no huiré ni diré nada… —He dicho que levantes el rostro —insistió con una impaciencia fingida. —Por el cielo, no me hagan daño, piedad, piedad —suplicaba lloriqueando Filemón. Unas sólidas manos le agarraron el pelo y le alzaron la cabeza con brusquedad. Filemón, con un grito feroz de ira, arremetió a ciegas, levantando la pistola hacia donde pensaba que estaría la cabeza. El arma de clavos sería salvajemente brutal a esa distancia, reventando la cara del tipo como una sandía madura. Apretó el gatillo al notar que el arma chocaba con algo. Disparó tres veces. Los hombres a su alrededor gritaron y el sonido de las armas amartillándose inundó el aire. —¡Alto! —dijo la voz inhumana. Después se echó a reír—. Eres sanguinario y audaz, colector. Trabajarás bien para mí. Filemón alzó la vista, confuso, incapaz de comprender qué brujería era aquella. Dejó caer la pistola al suelo cuando vio dónde había clavado sus tres proyectiles. Los ojos eléctricos en el rostro níveo y liso de un androide Pacificador le devolvieron la mirada. Era como ver dos fuegos fatuos en mitad de la noche. Un estremecimiento le recorrió la espalda. La fina cabeza de los clavos asomaba en el lado derecho, a la altura de dónde debería estar el pómulo. —Te perdono la vida. Ahora eres de los nuestros. Procura no intentar matarme de nuevo o te destruiré —le dijo el androide—. Bienvenido a la banda del finado Burlo.

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CRIS MIGUEL

Agua fría por Cris Miguel

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iento su erección en la parte baja de mi espalda, apremiándome, provocándome. Le conozco de hace menos de un día. Desde el primer momento, la primera mirada, noté ese… ¿aura? (No sé cómo puedo ni siquiera pensar), salvaje. Del que no se va a portar bien contigo y aun así corremos hacia él como atrae la luz a las polillas. Supongo que podría llamarle vecino, aunque por lo que sé de él podría ser perfectamente un acosador, un acosador irresistible. Acabo de empezar las vacaciones y en un par de días vendrá mis dos mejores amigas, obviamente tengo que arreglar el apartamento antes. Como si notara que me he distraído me empuja contra la pared clavándose en mí, y me acaricia las piernas subiéndome el ya de por sí corto vestido. Tengo apoyadas las manos en la fresca pared, lo único fresco de la habitación, porque el calor pegajoso del mar lo impregna todo. Me cuesta respirar y noto que él se acuclilla para quitarme las braguitas. Me giro, o más bien intento darme la vuelta, porque me empuja con su fuerte mano la base de mi espalda para que me mantenga de cara a la pared. Suerte que mis reflejos se activan, sino la frente habría parado el golpe. Por un momento me enfado, nadie me ha tratado así, y menos sin conocerme. Por esa surrealista costumbre de ser más cordial con los desconocidos que con los que ves cada día. Su lengua hace que mi cerebro deje de pensar en bobadas, no sería la primera vez que pienso en la lista de la compra mientras… Gimo, su lengua está recorriendo todo el espacio que antes cubría mis braguitas. Abro más las piernas, inconscientemente, facilitándole el acceso. Oigo su risa y me da una palmada en el culo. —¡Oh! —se me escapa. Se levanta de repente y vuelve a empujarme sujetándome la cabeza contra la pared, y con la otra mano acariciándome y apretándome el pecho derecho. Me da un mordisco en la oreja más fuerte que sexy y mi excitación empieza a convertirse en miedo. 24 Anima Barda - Pulp Magazine


AGUA FRÍA

—Shh… —me susurra—. No voy a hacerte daño, confía en mí. —Me da el beso más sensual de mi vida con sus labios carnosos en el cuello—. Solo… —baja la mano que me sujetaba la cara hasta mi cintura, sobándome— voy… —en el hueso de la cadera se desvía y me frota suavemente demostrando que estoy más húmeda de lo que pienso. No pienso— a… — me sopla en la oreja y su mano hace círculos apretándome al mismo tiempo contra él— follarte. No sé cómo pero se introduce en mí con la misma facilidad con la que te pones una

sortija. Hasta el fondo. Grito por la sorpresa, por el dolor repentino y por el placer. Tiene una mano apoyada en la pared y la otra en mi cintura, para controlar y entrar con más fuerza, si cabe, en mí. Por un microsegundo me arrepiento, me arrepiento de haber estado tan dispuesta y haber sucumbido tan fácilmente a esa mirada. Pero sintiéndolo, cómo me toca, como si fuera de su propiedad, como si conociera cada centímetro de mi piel, se me pasa. Y abro lo máximo que puedo las piernas. Seguro que se ha acostado con cientos de mujeres, pero no quiero ser una más y decidido entregarme, encerrando mis dudas en un apartadito de mi cabeza junto a mi vergüenza. No sé qué nota, o que le dice mi cuerpo, pero baja la intensidad, algo que agradezco, para prestarle atención a mi otro orificio, el eterno olvidado. Me agarra con las dos manos separándome las nalgas, al tiempo que empuja me introduce uno de sus pulgares. Sus caderas se mueven lentamente y su dedo hace círculos en mi interior hasta que noto que está dentro por completo. Me aprieta la cadera con la mano libre como gesto de aprobación, pienso, y sin sacar el pulgar intenta acompañarle con el dedo… ¿índice? No pudo distinguir nada. Instintivamente me contraigo, pero me obligo a relajarme y a centrarme en el placer que me provoca. Satisfecho me agarra por el pelo echando mi cabeza hacia atrás. —¿Sigues confiando en mí? —Me acaricia el cuello posesivamente y recorre con los dedos mis labios, que separo, lo que aprovecha para colarse en mi boca. Lo lamo y noto mi sabor. Asiento a modo de respuesta. Me da la vuelta bruscamente y le miro a los Anima Barda - Pulp Magazine 25


CRIS MIGUEL

ojos, unos ojos que están fijos en mí. Me quita el vestido y el sujetador y me besa dejando el concepto “apasionado” para aficionados. Me coge en brazos y le rodeo la cintura con las piernas, se vuelve a introducir en mí con facilidad, con las manos me sujeta el trasero, que tampoco deja libre, acaparándolo con un dedo, ¿dos?... Yo solo sé que me agarro a su cuello, huele tan bien, y me dejo hacer. Me chupa los pezones y el pecho según los embates. Me oigo gritar desde lejos y él se detiene sin salirse de mí. —Así lo estás haciendo más corto… —Su voz denota cansancio y excitación. —No puedo… —le digo mirándolo y mordiéndome el labio—. Tengo mucho calor. —Vale. Saca sus dedos de mí y finalmente todo él cuando llegamos al baño, me quedo de pie a su lado contemplándole. Coloca la alcachofa arriba y pone el agua, está helada. Niego con la cabeza y él se quita la camisa y me vuelve a coger con destreza metiéndome en la ducha. El contraste es horriblemente placentero. Me da un beso en los labios mientras que el agua fría nos recorre la cara. Me siento ligera e intento agacharme para recompensar todo lo que me está dando, me sujeta del pelo y me tira para que me levante. —Aún no… —me susurra, y vuelve a darme la vuelta y a colarse en mí. Noto que vuelve a introducir los pulgares y retomamos la posición. Las oleadas de placer se mezclan con el agua congelada, que me corre por la espalda. —Tócate —me dice al oído mordiéndome la oreja. No sé qué me sorprende más, si lo que dice o mi respuesta automática y obediente, como 26 Anima Barda - Pulp Magazine

si hubiese esperado latente esas palabras. Creo que exploto al rozarme siquiera y más cuando llego al círculo que tanto placer me da cuando estoy sola. Me contraigo y me desincronizo. Él arremete con más fuerza con sus caderas y con sus manos, taladrándome y siento que me sujeta cuando estoy a punto de caer de rodillas en la bañera, realmente solo para el golpe porque noto el suelo duro en mis rodillas. Me coge del pelo y me echa la cara hacia atrás. Se introduce en mi boca, mientras siento el agua en mis ojos cerrados. En algún momento sale de mí, ni siquiera abro los ojos, me siento en mis talones agradeciendo esa agua tan fría. Salgo de la bañera, aunque desconozco el momento ni el tiempo que hemos estado ahí dentro. Pero siento la calidez y la suavidad de una toalla sobre mis hombros. Y su cuerpo abrazándome para secarme. Habíamos intercambiado una mirada y después de ayudarme a subir la maleta al apartamento, obviamente sin ascensor, me invitó a tomar una cerveza… Me mira como si fuera a comerme hasta desangrarme en este instante. Sin embargo, me da un beso en los labios con una dulzura que desde luego, no le pega nada. —Avísame cuando vengan tus amigas, que el sábado también viene un compañero. Podemos irnos de fiesta. —Arquea la ceja sugerentemente y oigo la puerta de la entrada por la que sale ¿desnudo? Me tumbo en la cama con la toalla enrollada y sonrío. Van a ser unas vacaciones geniales.


RESEÑA: DRIVE

Reseña: Drive, de James Sallis por J. R. PLANA cadores y mafiosos. Tiene reglas: nunca lleva Coches potentes, especialistas fuera de armas, no hace nada salvo conducir y tamserie, trabajos sucios, el calor de Los Ángepoco quiere saber nada, salvo la hora, dónde les. Eso es Drive. quedamos, a dónde vamos y cuánto cobraré. Llegué al libro a través de la película (DriEs un hombre apartado, huidizo, sin sueve). Desde el primer fotograma quedé prenños ni objetivos. No es una vida fácil, pero al dado: la estética neo-noir, la música, la histomenos hace lo que se le da bien, y todo parece ria y un ideal Ryan Gosling (no es fácil ir sobre ruedas (eh, eh, eh) hasta que que una cazadora semejante te le traicionan, le estafan y… Ah, quede bien), amén de un ya lo veréis. surtido grupo de secunDrive tiene ritmo, darios de primera fila. mucho ritmo. Con Con películas así da este libro no vale gusto ir al cine. eso de “un capítuEl caso es que lo más y lo dejo”. un tiempo desDe acuerdo, con pués, llegué hasta un buen libro la novela de Janunca funciona, mes Sallis. Corpero en este caso tita y con buena aún menos (y úlcrítica, la agarré timamente eso me por banda y en dos pasa tan poco…). o tres días de lecDrive No se trata solo de James Sallis tura intermitente la adicción, ni de que la RBA terminé. Y, bueno, natrama te enganche, es 160 páginas. 14€. die ha conseguido nunca que realmente pasan las hotransmitirme tan bien el olor jas y no te enteras. Parte se lo del aire de Los Ángeles como lo ha debemos a la prosa ágil de James Sahecho este hombre. llis, parte a la habilidad con la que combina Sí, sí, eso es algo bueno. Drive es una noflashbacks y otros puntos de vista (a veces vela de capítulos cortos, estilo sencillo y a algo desconcertantes), pero sin duda el peso veces hasta poético, un thriller que cuenta recae sobre su facilidad para traerte hasta la historia de Driver, un especialista en conaquí el olor del asfalto caliente, los atardeducción que se gana la vida trabajando para ceres rosados, la silueta de las palmeras, los la industria cinematográfica. Y, cuando esta barrios bajos llenos de inmigrantes hispanofuera de rodaje, se saca un sobresueldo hahablantes, la comida mejicana, el rugido de ciendo trabajos al margen de la ley para atraun viejo Ford del 48… Todo, absolutamente 28 Anima Barda - Pulp Magazine


RESEÑA: DRIVE

Inició estudios en la Universidad de Tulame que abandonó, obteniendo posteriormente el título de terapeuta respiratorio. Colabora en revistas en especial en temas de fantasía y ciencia ficción y ha trabajado como editor. Musicólogo y

aficionado a la música, en especial el jazz, toca varios instrumentos. Es conocido por sus novelas policíacas. Aunque dentro del clásico género negro, escribe con una prosa muy poética, con mucho sentimiento y emotividad, como el espíritu del blues americano.

todo sale del libro y viene hasta aquí, y llega un momento en el que paras y dices “Cojones, si yo no he estado en Los Ángeles… ¿o sí?” y empiezas a ver con otros ojos la teoría de la reencarnación. Por supuesto, todo el peso de la novela no cae únicamente en esta destreza ambiental. La trama de esta novela tiene la misma garra que en la película. La segunda sigue el hilo de la primera, dejándose por el camino algunos detalles sin mayor repercusión para la historia. Melancólica, dura y noir, Driver es todo un llanero solitario, y no te cuesta imaginártelo conduciendo por una larga autopista que se pierde en el horizonte mientras el sol tiñe el cielo de rojo. No, en serio, es un buen libro. Ágil, entretenido, realista, poco convencional, sin grandes pretensiones pero con calidad… Y James Sallis colabora también en revistas especializadas de ciencia ficción y fantasía. Para nosotros eso siempre es un plus. Además de editor y Terapeuta Respiratorio, Sallis es musicólogo y aficionado al jazz, algo que queda patente en las frecuentes citas

James Sallis

musicales y el dominio en la descripción. Lo que no me gusta es que un libro de 156 páginas y tapa blanda te cueste 14 euros (hablo de la edición de RBA Libros). Demasiado caro, es un libro de bolsillo muy cortito y a mí parecer no debería superar los 10-12 €, y la calidad de la lectura no es una excusa (y la siguiente parte sube de precio con 12 páginas más). Eso lo único que consigue es desanimar a la gente a comprar. El alto precio de algunas ediciones conlleva a disuadir a muchos lectores y es algo de lo que las editoriales tienen que concienciarse. Y un detalle: que no os confundan algunas sinopsis que hablan de que Driver solo quiere proteger a la chica que ama, una tal Irene. De eso no va este libro. Ella no sale aquí. Ese es el resumen de la película. Es una buena novela, muy vibrante. Me ha gustado mucho. Y la buena noticia es que hay más. Aún no las he leído, pero espero que mantengan el nivel de la primera. Y si no, echaremos mano de alguna otra de Sallis, que seguro que merecen la pena.

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¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GALONDRIKS...?

¿Qué hubiera pasado si... Bécquer hubiese tenido una máquina del tiempo? Un caso de L.A.B.E.R.I.N.T.O.

¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GALONDRIKS, A LA TIERRA SUS NIDOS ALIENÍGENAS COLGAR? por Carlos J. Eguren En este mundo existen criaturas y seres que solo habitarían en las peores pesadillas. Muchos de ellos no son humanos. Muchos de ellos ni siquiera son de este mundo. Por ese motivo se creó L.A.B.E.R.I.N.T.O., una organización que busca siempre la salida para proteger a la humanidad de los monstruos. Ellos son el presente, el pasado y, sobre todo, el futuro. Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y, otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarán; pero aquéllas que el vuelo refrenaban 5 tu hermosura y mi dicha al contemplar, aquéllas que aprendieron nuestros nombres... ésas... ¡no volverán!

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Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, 10 y otra vez a la tarde, aun más hermosas, sus flores se abrirán; pero aquéllas, cuajadas de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer, como lágrimas del día... 15 ésas... ¡no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón, de su profundo sueño tal vez despertará; 20 pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido..., desengáñate: ¡así no te querrán!

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¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GALONDRIKS...?

1969. Un gran año para los seres humanos. Los Beatles y Los Rolling se disputaban a una generación. Richard Nixon aún no era el Tramposo Dick. El mundo esperaba una nueva década. La Guerra Fría continuaría, pero ahora ni Laika ni ningún cosmonauta haría frente a lo que quería un grupo de lunáticos. Lunáticos… Nunca mejor dicho. Durante siglos, los seres humanos vieron una hermosa y obesa esfera blanca en el cielo nocturno y un día decidieron olvidarse de pedir una cita para ir directos al grano, sin preliminares. Iban a penetrar el polvo con sus banderas. La luna era suya. —¿Quién sabe qué encontrará la humanidad cuando pise la luna? —preguntó el presentador del evento en la televisión—. La llegada del hombre a la luna. ¿Qué esperan ustedes? Richard Nixon y su séquito esperaban la buena nueva. El despacho vibraba con las últimas horas. Armstrong y compañía iban a asestar su golpe maestro contra la Unión Soviética. Pero cuando el momento llegaba, las luces parpadearon. —¿Qué demonios está pasando? Pensaba que los sistemas de escucha de aquí iban estupendos y… —decía Nixon cuando se giró junto a sus agentes, que sacaron sus revólveres. ¡Intrusos! Tras ellos, había un grupo liderado por un hombre con perilla que comía un helado. Le seguía una mujer asiática vestida con un esmoquin de hombre, Charlotte. Más atrás, un hombre con medio rostro desfigurado, Aidaan. Había un mastodonte con pequeñas gafas a lo John Lennon al que llamaban… El Mastodonte. También había una niña con dos coletas que parecía no pintar nada con aquella estrafalaria banda, Helena. Todos parecían inmensamente tranquilos pese a que podían volarles la cabeza en cualquier momento. —¿Hemos llegado demasiado tarde para evitar el fin del mundo… de nuevo? —preguntó a los suyos el que parecía el líder del grupo. Luego se fijó en los demás—. ¡Hola! Soy Gustavo Adolfo Bécquer. ¿Y esas pistolas? ¿Tenéis miedo u os alegráis de vernos? Entonces, la pantalla de televisión más cercana vibró. Tras unas interferencias, la luna apareció en el televisor. Era cada vez más enorme. La nave humana se dirigía hacia ella, como todo estaba planificado. Pero, de pronto, se abrió un gran agujero y todo se oscureció. La luna se había comido a Armstrong y compañía. —¡¿QUÉ?! —exclamó Nixon sin dar crédito. ¡Estaban tardando en llamar a los hombres de la NASA! —¿Le respondemos al qué pasa o se van a seguir asustando? —preguntó Charlotte, impaciente. —Sabes que se van a asustar de todas formas. Yo lo sé —contestó la niña, con aspecto de muñeca gótica. —¡A mí me hace ilusión decírselo! —contestó Bécquer. A su alrededor, el gabinete de Nixon buscaba información—. Dick, habéis despertado a una parásito que pensabais que era la luna y realmente no era un satélite, sino una base móvil que servía para que el Imperio de la´az galondrink recolectase información de vuestro planeta antes de aniquilaros. —Hizo una pausa, mesándose la barbilla—. Vale, ahora que lo pienso, incluso yo me he asustado. Anima Barda - Pulp Magazine 33


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Uno de los guardaespaldas quitó el seguro de su arma, dispuesto a abrir fuego. —Espero que sea de agua, porque si no te la vas a comer —advirtió Aidaan. Su cara estaba cubierta de finas cicatrices. —Venimos del futuro —dijo el gigante Mastodonte al resto de los presentes. Su calva pareció brillar como sus músculos—. Eso podría daros esperanza, ¿no? Evitamos este gran chasco. —¿Del futuro? —dijo Nixon. No podía ser verdad. —No se preocupen —contestó Helena—. El tiempo puede reescribirse y hacer que no haya futuro si fracasamos… Vaya, pensé que eso sonaba más optimista en mi mente. —Pero ¿quiénes son ustedes, cómo han llegado aquí y…? —Somos L.A.B.E.R.I.N.T.O., un grupo de antihéroes con un nombre lleno de puntos porque son iniciales. Hemos venido hasta aquí usando un disco espacio temporal de la República de las Sombras que conseguimos mangar…Ah, y vamos a salvaros la vida, a vosotros y a toda la humanidad —habló Bécquer—. ¿Algo más, colegas? El guardaespaldas bajó su revólver. Varias décadas antes. Las hordas de hombres de verde se agruparon en torno al objeto caído del cielo. Los militares estadounidenses no podían perder aquello que estaban buscando. Tiempo después dirían que era un satélite, pero todos sabían que era algo más: —¡Un objeto venido del espacio exterior! —¿Los comunistas? —No, de más lejos —contestó alguien a los militares. No era uno de ellos—. Bienvenidos al Área 51. Bécquer, que portaba un largo abrigo negro, sacó una de sus manos de sus bolsillos. Los presentes se fijaron en un resplandor. Todos cayeron inconscientes. Bécquer acarició su anillo. —Me alegro de saber que los Anillos de Júpiter siguen funcionando. El hombre de la perilla se acercó hasta el objeto caído. La tapa salió volando por los aires. Una enorme figura emergió. Tenía la boca llena de cables que había arrancado con los dientes. —   . —Tradúcete, por favor. —Te echaba de menos, Bécquer —ladró el Mastodonte saltando del interior de la máquina. Uno de sus brazos estaba colgando, los nanogenes lo arreglaron en un nanosegundo. —Qué curioso —afirmó Bécquer. Tras unos instantes pensando, supo lo que era aquel extraño—. Eres un bucle, sin principio ni fin, algo que se repite en el tiempo sin mucho sentido. ¿Me conoces? ¿Del futuro? Es decir, has venido hasta un momento en que yo no te conocía y así nos conocemos. Luego, te mandaré aquí y eso se repetirá hasta el infinito. ¡Adoro el espacio y el tiempo! —Sí, sí, eres todo un poeta... Ahora cumplamos con lo que se supone que siempre he tenido que hacer en este punto de la historia, unirme a L.A.B.E.R.I.N.T.O. y ayudarte con la´az galondriks. 34 Anima Barda - Pulp Magazine


¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GALONDRIKS...?

—¿Las qué…? Las primeras horas fueron de incertidumbre para lo ocurrido en 1969. Lo que quedaba de tiempo para la raza humana después, fue terror y pánico. El rumor de que la luna se había comido a la nave de los astronautas no podía ser cierto. —¿Qué será lo siguiente? ¿Los alienígenas de la Guerra de los Mundos? —preguntó Nixon, desesperado—. ¡Como esté Orson Welles metido en esto! —Más bien H. G. Wells —especificó Aidaan. Su mandíbula mostró varios músculos al aire, debido a las severas heridas de su faz. El presidente estadounidense había recibido a L.A.B.E.R.I.N.T.O. en el Despacho Oval. Mientras, el gabinete de crisis pensaba qué hacer. Rusia había llamado diciendo que contarán con un ataque con cabezas nucleares contra la luna. El panorama no era demasiado bueno. —Créame, Helena y Mastodonte sabrán qué hacer en el Pentágono —dijo Bécquer con tranquilidad. Nadie parecía creerla. —¿Confía en sus hombres? —preguntó Nixon, secándose el sudor. —¿En Mastodonte? ¡Ni muerto! Bueno, no demasiado… Luego está Helena, que no es un hombre… Pero creo que hoy la haría ilusión salvar a la humanidad. ¿Eso responde a su pregunta? —No. —Lo siento entonces. Varios años antes… aunque en realidad, era varias centurias en el futuro: Nueva Barcelona o Barcelona VI. Bécquer no se sentía fuera de lugar pese a que los perros mecánicos orinasen aceite por las esquinas y la gente fuera conectada mediante cascos a la Cibermente. No obstante, cualquier año más allá de su siglo siempre fue futuro. Estaba acostumbrado. La Sagrada Familia, en cambio, se veía como una huella de los proyectos de otro tiempo inacabados. Mucha gente, en sus naves del misterio, hablaba del Fantasma de la Catedral. Era una criatura que aparecía como un eco, cada madrugada, riendo. Nadie había conseguido explicar tan siniestro evento. Bécquer se presentó ante aquel fogonazo de luz que cruzaba la Sagrada Familia. Una niña vestida de blanco corría riendo. Sus cabellos negros parecían rasgar el tejido de la realidad. Una imagen que podría haber asustado a cualquiera, pero Bécquer no era cualquiera. —Eres un espectro sí —dijo Bécquer retrocediendo—, pero no de los muertos, sino del tiempo. Eres un fantasma temporal, ¡una viajera perdida! La risa tenebrosa de la niña impregnó con su alma a la catedral. —¡He venido a buscarte! —exclamó Bécquer ante aquel mar de luces—. ¡Me ha mandado tu padre! Desde el pasado… o el futuro… o… Créeme, como viajero del tiempo, a mi memoria le cuesta saber cuándo algo es pasado o futuro al no seguir una cronología… Sea como sea, ¡vengo a por ti, Helena Yorke! Anima Barda - Pulp Magazine 35


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La chica siguió riendo. —¿De qué te ríes, pequeña? —De tu chiste. Siempre es de él. Bécquer se mesó su perilla. La verdad es que siempre había pensado que había visto todo. Ahora se daba cuenta de que Helena había estado viviendo aquel suceso desde que llegó antes de que Bécquer hubiera ido a aquel lugar. Estaba encarcelada en una paradoja. —Dame la mano, pequeña. ¡Vamos a romper la realidad! —Siempre he esperado a alguien que me dijera algo así. La niña de doce años extendió su mano, cubierta con un guante negro. Toda la estancia vibró. Sombras de dinosaurios se comieron a robots gigantes. Cuando Bécquer cogió la mano, activó el sistema de teletransporte. Un gran fogonazo y todo desapareció. —¡He creado un mundo paralelo viniendo a por ti, pequeña! —exclamó Bécquer. —Mi madre siempre me dijo que era una chica encantadora —contestó la cría—. Con que L.A.B.E.R.I.N.T.O., ¿eh? —Vaya, ¿no se lo tendré que explicar a nadie? —Tal vez sí me tengas que contar algo más de la´az galondriks, ¿no? ¡Aquí es donde empieza todo! Mientras se decidían a qué Defcon pasar, Mastodonte y Helena visitaban a los militares y asesores políticos que no sabían qué hacer. El Pentágono se hallaba en plena crisis. ¿Qué iban a hacer contra la luna? —Esos rusos primero atacarán a la luna y luego acabarán con nosotros y dirán que fueron los tipos de la luna o una bomba desviada… ¡No me fío de los rusos! —dijo uno de los cabecillas militares—. El buen ruso es el ruso muerto. Los gritos continuaron. “Esto es tan ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú”, pensó Mastodonte. —¿Dónde está Strangelove? —preguntó Helena sonriendo—. ¿Cómo crees que les irá al resto con Nixon? Mastodonte usó sus habilidades de ciborg y contestó poniendo una mano en la cabeza de la niña. Los ciberdedos se activaron y la imagen de lo que ocurría lejos de allí apareció en la mente de ambos. En el Despacho Oval, la noticia no dejaba de ser sorprendente. Alienígenas en la luna. ¡La propia luna no era ni siquiera de la Tierra! —Ahora es más extraterrestre que nunca —habló Charlotte. El presidente no sabía qué hacer—. No se preocupe. Cosas más raras se han visto. Yo, por ejemplo, vengo de una dimensión paralela y aquí fui parte durante un tiempo del servicio secreto inglés, como James Bond. Mi versión de este mundo, por cierto, era una villana terrible… ¿Recuerda la peste bubónica? Fue ella jugando. —¿¡QUÉ!? 36 Anima Barda - Pulp Magazine


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—¡Me encanta cuando exclama de esa manera! ¡Deberíamos hacer un vídeo con sus mejores grititos! —opinó Bécquer y luego dio una pequeña palmada para cambiar de tema—. Estamos hablando del Imperio de las Galondrik o, si lo prefieren, el Imperio Lunático. ¡Son hábiles guerreros incorpóreos! Nunca han perdido ninguna batalla. —¿Cómo es eso posible? —Dick, crean estaciones orbitales con las que monitorizan cada planeta. Varias lunas que habéis pensado que son fruto de la naturaleza universal son solo una advertencia. Han aprendido todo de vosotros durante este tiempo en el que han descansado, preparándose para la batalla. Incluso puede que sin querer creasen vida con todo ese tema de las mareas y demás chorradas. —¿Hay alguna esperanza tras todo eso que ha dicho? —preguntó otro de los asesores del presidente. —No —contestó Bécquer—. Pero la buscaremos. Yo lo hice. Siempre me gustó escribir. Y dibujar, aunque mi padre me decía que era más bien mediocre. Mi padre nunca confío demasiado en mí… ¡Pero basta ya de drama! —¿Qué ha querido decir con todo eso? —Ni idea. —¡Debemos preparar ya el ataque nuclear antes de que desplieguen a sus tropas! —contestó Nixon dando un puñetazo en la mesa. —Si se destruye la luna, se destruirá a la Tierra —contestó Charlotte lanzando una cápsula a la mesa, esta giró y desplegó un holograma de la Tierra. —¿QUÉ BRUJERÍA ES ESTA? —dijo Nixon tirándose al suelo. —Esto es la Tierra y esto es ciencia —dijo Charlotte yendo hacia la figura del globo terráqueo—. Si perdemos a la luna, las mareas y el clima se verán alterados de una forma que supondrán un cataclismo como nunca antes ha experimentado este planeta. —¿Nuestros enemigos son nuestra única esperanza? —preguntó uno de los científicos. —¿Acaso no lo son siempre? —contestó con otra pregunta Aidaan. —¿Qué proponen entonces? —preguntó uno de los hombres de Nixon. Bécquer esbozó una sonrisa. —Nosotros no proponemos nada —dijo Charlotte—. Nosotros hacemos cosas. En 2014, Charlotte bebía algo que parecía ron mientras pensaba en su vida. Su mundo ya no era suyo. Había sido una guerrera desde hacía décadas. Ella se enfrentó al Aquelarre del Maestre para ahora quedar prisionera de otro mundo donde el Maestre era el bueno y ella había sido la malvada. Ah, y la Charlotte de esa dimensión había muerto. ¿Cómo no iba a estar bebiendo? —Eso que te ha ocurrido es una de esas cosas que te hacen replantearte la vida, ¿eh? —le dijo un hombre que se sentó a su lado. —Créeme, no vas a ligar conmigo a menos que seas algún espía de otro país que tenga que liquidar. Anima Barda - Pulp Magazine 37


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—No es lo que me proponía de todas formas. Ligar contigo ni ser liquidado entra en mis planes inmediatos —le contestó Bécquer y pidió una copa al camarero. —¿Qué quieres entonces? —preguntó la mujer de otra dimensión. —Yo sé también lo que es andar perdido —contestó Bécquer—. Ni siquiera soy de este tiempo. —Yo no soy de esta dimensión. —¡Encantador! Deberíamos formar un club que tuviera un carnet con descuentos, ¿qué te parece? —¿Qué quieres decir con que no eres de este… tiempo? El forastero sacó algo de su chaqueta, lo tendió hacia Charlotte. Era la contraportada de un antiguo libro. Vio el dibujo de un hombre joven, con perilla y pelo rizado. Luego, alzó la mirada. Estaba ante aquel escritor… Era imposible. —Nací en Sevilla en 1836, pero un buen día una chica extraña y maravillosa se cruzó en mi vida, ni siquiera era de mi tiempo, sino de 2011. Y por A o por B, acabé aquí y ahora intento que el mundo siga existiendo para volver a encontrarla ¿Qué te parece? —Suele ocurrir… entonces. Esas personas extrañas que se cruzaron en mi vida y mi dimensión eran de mi mismo año, 2011, pero su mundo era diferente. En mi mundo, el Aquelarre respondía al nombre del Maestre. Aquí, en esta realidad, ya no existía, su madre era Helena, que aquí era malvada, y había desaparecido. —¿Helena? ¿Mi madre? —preguntó entonces la niña que llegó desde la otra punta de la estancia. Era la viajera del tiempo, Helena. No muy lejos, Mastodonte eructaba circuitos. —¿Por qué esto tiene que ser tan extraño? —preguntó Charlotte sintiéndose que perdía en sentido. Rogó por más bebida, se quedó con la botella. —Porque nosotros nos enfrentamos a lo extraño que puede ser peligroso —contestó Bécquer con una media sonrisa—. Somos L.A.B.E.R.I.N.T.O. y te ofrecemos una oportunidad: ayúdanos en nuestra batalla y si localizamos la forma, te devolveremos a tu dimensión. ¿Qué te parece? —Que tienes mucha gracia y salero —imitó Charlotte el acento andaluz. En la sala del Pentágono, Mastodonte observaba aquella infraestructura hasta llegar al gran ordenador. Y lo era, vaya si lo era, cubría toda la estancia. —Qué mal han aprovechado el Área 51 y el imperio marciano del Ártico, ¿eh? —soltó Mastodonte. Recordó la nave en la que había llegado a la Tierra, los restos que expoliaron unos militares cuando se recuperaron de los efectos del Anillo de Júpiter de Bécquer—. Me esperaba más… —Me pregunto si esta cosa tendrá el solitario. Me encanta, aunque el buscaminas también… —pensó Helena en voz alta antes de que sus manos acariciasen el panel principal. Un dispositivo que acababa de soltar empezó a emanar una luz rojiza. Las luces parpadearon—. Me encanta que tu tecnología siga funcionando, Mastodonte. El gigantón sonrió ante la niña. Los ojos de Mastodonte brillaron con el aire eléctrico que las 38 Anima Barda - Pulp Magazine


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pupilas hechas en otra galaxia le permitían. Cosas buenas de ser un androide. —¡Señores, hemos perdido el acceso a las armas nucleares! —gritó uno de los controladores, no muy lejos—. ¡Solo tenemos acceso manual! —No, no lo tienen —musitó Mastodonte apareciendo entonces ante los militares. —Los virus creados en Alfa Centauri son bastante efectivos —añadió Helena. Varios años después, aunque realmente fue antes que el viaje temporal a 1969, Aidaan cruzó el paseo en silencio. No había nada que le perturbase, como tener que explicar a un lector las consecuencias temporales de una acción. —¿Cuál es el camino que estás buscando? —preguntó Bécquer, apareciendo tras la niebla. —No el de L.A.B.E.R.I.N.T.O. —Vaya, otro que nos conoce. Para ser una organización secreta… —El ejército L.A.N.G.O.S.T.A. también es conocido. —¡No nos compares con esos! Hablas de una orden de cazadores de monstruos de segunda que se llaman así porque piensan que todo lo que aparece en Alicia en el País de las Maravillas es genial, aunque nunca se lo hayan leído. —Tienes calado a los crustáceos. Pero ¿dónde estabas cuando colaboraron en la caída de los Hijos de los Libros? ¿Dónde estabas cuando la realidad se resquebrajó y se llevó a tantos? ¿Dónde estabas tú y L.A.B.E.R.I.N.T.O.? —En 1930 —contestó Bécquer—. El año en que se fundó una nueva encarnación de L.A.B.E.R.I.N.T.O. Esta no es su primera formación. Creo que deberías saberlo: cuando perseguí a la Hija de los Libros que llegó a mi año, no conseguí llegar hasta 2011. Me quedé un par de épocas detrás. En 1929 para ser exactos. —¿Y qué quieres de mí? Para todo lo que me podrías haber servido, has sido inútil. —¿Qué me dirías si te digo que creemos que podríamos recuperar todo lo que se llevó la irrealidad, incluida cierta chica que te robó el corazón? —¿Cómo? ¿Cómo la recuerdas? —Ven con nosotros y lo descubrirás. Aún no es demasiado tarde. Nunca lo es. La tensión creció en las estancias de Richard Nixon. El presidente iba de un lado para otro. Bécquer se había quedado sentado, apoyando sus pies sobre la mesa del hombre más poderoso del mundo. —Dick, cálmate —le recomendó Bécquer mientras jugaba con un bolígrafo—. Si sigues así, no vas a llegar a tiempo. —¿CÓMO PIENSAN QUE DEBO CALMARME SI ME ACABAN DE COMUNICAR QUE HEMOS PERDIDO EL CONTROL DE LAS ARMAS NUCLEARES? ¡ERAN NUESTRA ÚLTIMA OPORTUNIDAD! Bécquer miró a Charlotte. Entonces, la antigua espía de Su Graciosa Majestad se dirigió a los agentes presentes. Anima Barda - Pulp Magazine 39


CARLOS J. EGUREN

—Guardaespaldas, vamos a matar al presidente —dijo la mujer—. No se lo tomen como algo personal. Cuando los hombres de Nixon reaccionaron, un haz de luz cegó a todos los presentes. Solo algunos se recuperaron y no era ninguno de los defensores de Nixon. Aidaan cerró la puerta con llave mientras observaba los dedos de Charlotte. En cada uno, llevaba un Anillo de Júpiter. —Esto es tan divertido, parezco el Mandarín —murmuró Charlotte. Nixon retrocedía asustado. ¿Iban a matarle? Entonces fue cuando notó la fría hoja de una daga en su cuello. Aidaan le había pillado sin que se lo esperase. Bécquer se acercó. —¿Estáis defendiendo a los alienígenas? —escupió Nixon asustado. —No, estamos desvelándolos —contestó Bécquer y pulsó su bolígrafo. En vez de salir la punta, salió un rayo de luz verdosa. Al golpear el rostro del presidente, una forma blanquecina formada por cientos de ojos surgió bajo la piel del presidente. —Una nave que sirve de parásito para criaturas que también interpretan el papel de unos parásitos —se pronunció Bécquer con satisfacción—. Parásitos que alcanzaron y poseyeron al hombre más poderoso de la Tierra. El fantasma que había dentro de Nixon empezó a emitir una especie de sonido que llenó de imágenes la mente de los presentes. —              . —Oh, Kandur, ¿qué fue lo que falló para olvidarte de que habías poseído a Nixon? — preguntó Charlotte. —Recopilaba información claro, no te habías manifestado aún. Pobre Dick… Sobre lo de matarnos primero como premio por haberte despertado, puedes guardártelo —dijo Bécquer tras haber entendido el mensaje del extraterrestre. Charlotte tecleó unas coordenadas en la muñequera de aspecto futurista que llevaba puesta. De repente, el holograma de la Tierra y la luna se transformó en una imagen real de la guarnición de lunáticos que planeaba destruir a los terrícolas. —Galondriks por el teléfono —bromeó Charlotte observando las belicosas figuras, cuyos sistemas habían sido hackeados para aquella conferencia. —Hablaréis con nosotros —advirtió Aidaan a la´az galondriks—. Y nada de mencionar que somos especies inferiores. De eso nos cansamos bastante cuando liquidamos a los centenares como vosotros que nos lo dijeron. —¿Os hemos dicho ya que tenemos al gran Nixon… perdón… Kandur? —¡   ! —¡Ha pedido que le liberen! —exclamó Charlotte usando el sistema de interpretación de la muñequera. 40 Anima Barda - Pulp Magazine


¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GALONDRIKS...?

De pronto, Nixon se convulsionó y cayó al suelo. La criatura pálida se mantenía en el aire como niebla… hasta que dio un grito de horror y se desmaterializó. —¿Han rescatado a Kandur? —quiso saber Bécquer. —Quizás “liberar” sea algo como el harakiri —pensó Charlotte—. Está muerto. —O tal vez Kandur no fuera tan valioso —señaló Aidaan. —Vaya, tendremos que improvisar en las negociaciones —dijo Bécquer saludando a la´az galondriks—. Majestuoso, sin duda. La Tierra se preparaba para la guerra… Aunque no había mucho que preparar. Los sistemas de control de misiles y armamento similares habían sido desactivados. Los controles manuales estaban inutilizados. La marea de desconexiones se extendió por todo el mundo, pronto el virus también afectó a la URSS. Mastodonte y Helena se chocaron los cinco. Habían hecho bien su trabajo. Por todo el mundo, la gente usó cualquier cosa de arma, pero entonces fue cuando vieron la gran masa cayendo sobre una parte del planeta… La luna empezó a despedazarse, formando un inmenso círculo que cubrió el cielo. Poco a poco, surgieron varias naves de ataque en torno a todo el orbe. Luego, la luna empezó a aspirar edificios y cualquier cosa que tuviese cerca. Fue aumentando más y más, asimilando la carroña. La Tierra perdió la cordura ante una amante tan infame. —¡Hola! ¿Esto se escucha? Esa fue la primera frase que la humanidad dirigió directamente a los ladrones de almas conocidos como la´az galondriks. Sus fuerzas se habían distribuido en torno a la Tierra, como si deseasen alimentarse de todo. De pronto, todas las televisiones y radios retransmitían el mismo mensaje: Bécquer preguntaba si aquel cachivache creado por Mastodonte funcionaba. Por el sonido metálico que impregnó el mundo, parecía que sí, que estaban respondiendo. —¿Sabéis que según los tratados estelares no se puede atacar a un planeta del nivel de la Tierra sin que antes os haya atacado a vosotros? ¡Debéis marcharos antes de que sigáis con esto! Una serie de imágenes aparecieron en las mentes de todos los seres vivos: basura estelar, satélites, naves espaciales terrícolas… ¿El mero paso de la humanidad fuera de su planeta era considerado una agresión? Y finalmente, la gran revelación: la´az galondriks llevaban más tiempo durmiendo en la luna que el pacto estelar firmado. No tenían que acogerse a nada de aquello elaborado por gente cuyos antepasados ni habían nacido cuando se convirtieron en señores de las galaxias. —Vaya… —soltó Bécquer retrocediendo, llevándose las manos a la cabeza. A su lado, en la azotea de la Casa Blanca, estaba Charlotte y Aidaan. Los tres parecían que se habían quedado sin ideas. Anima Barda - Pulp Magazine 41


CARLOS J. EGUREN

Tras una serie de bruscos ruidos, la´az galondriks conectaron su sistema traductor. —¿QUÉ HARÉIS LOS HUMANOS ANTE EL IMPERIO GALONDRIK? LA CASA DE LOS LA´AZ ES VUESTRA AMA AHORA. NUESTRA PRIMERA ESTOCADA NO DEJARÁ POSIBILIDAD DE QUE RESPONDÁIS. »SERÉIS ELIMINADOS, VUESTRO PLANETA CONVERTIDO EN COMBUSTIBLE DE NUESTRAS NAVES Y VUESTROS CUERPOS SERÁN POSEÍDOS PARA LA CREACIÓN DE UNA TROPA DE TIERRA ZOMBIFICADA. ¿QUÉ HARÉIS, SERES INFERIORES? Bécquer miró a su alrededor. En todo el planeta, la histeria se liberaba como un monstruo. Sin embargo, al escritor y poeta se le daban bien los monstruos. —¿Qué haremos o… qué hemos hecho? —¿QUÉ? Lejos de allí, Mastodonte esbozó una sonrisa tras haber estado monitorizando el encuentro del jefe con el líder de la´az galondriks. Helena presionó entonces un botón. —Decidme, galondriks, ¿habéis hecho la digestión? —preguntó Bécquer. En el interior de la luna, entre fragmentos de edificios y tecnología humana devorada, estaba la nave terrícola enviada al satélite. —Simplemente, os hemos mentido —dijo Bécquer—. Os dimos una hamburguesa desintegradora en vez de un bocadillo de nave espacial. ¿Os importa? Antes de que la´az galondriks pudieran hacer algo, la luna se convulsionó e implosionó. La bestia se convirtió en un torbellino y de repente, todo desapareció. Hubo un fuerte rayo de luz. —¡Me encantan estos fuegos artificiales! —dijo Helena. Luego, llegó la reescritura. L.A.B.E.R.I.N.T.O. se reunió en El Hogar, la guarida más allá del espacio y el tiempo, un punto fijo para todas las realidades, dimensiones y momentos del tiempo. Se la podría describir, pero jamás se alcanzaría el nivel de complejidad requerido. Y, por si fuera poco, cambiaba cada segundo. —Bécquer leía un periódico fechado en 1969. Hablaba de la llegada del hombre a la luna sin ningún tipo de problemas. —Reparar la nave de Armstrong fue un asco —afirmó Mastodonte mientras actualizaba su sistema—. Deberíamos haberlo rodado en un estudio de cine y ya está. Ya había hablado con Stanley Kubrick y todo. —Deberíamos dar gracias a que los retoques de la bomba de realidad consiguieron hacer que se pareciera a la nave de Armstrong —afirmó Aidaan. Había sacrificado mucho consiguiendo aquel arma—. La gente se tragó todo. —Las bombas nucleares hubieran sido un desastre, una bomba de realidad en cambio…— dejó caer Charlotte—. Han eliminado una agresión espacio temporal. —Los humanos han olvidado a unos ladrones de cuerpos que habían habitado en la luna 42 Anima Barda - Pulp Magazine


¿VOLVERÁN LAS OSCURAS GALONDRIKS...?

desde hace décadas —afirmó Aidaan mirando a través de la ventana más próxima, cientos de luces convergían—. ¿Se les ha llenado ya ese espacio en blanco en sus mentes? —He escrito una historia bastante convincente —dijo Helena enseñando su libro. Pero no era un libro cualquiera. Era un Libro de Sangre. Cualquier deseo escrito con sangre por su autor, se haría realidad. La cría lo heredó de su madre—. Me he basado en un libro de Historia, aunque creo que ese libro de Historia al basarse en lo que ocurrió y lo que ocurrió es lo que escribí, se basa en lo que yo he imaginado. Vaya, ¿Dios hace a Dios? —Vale, esta niña me da escalofríos —señaló Mastodonte observando como los anillos en torno a la base giraban en completa armonía—. ¿Qué hay tan curioso en esos periódicos, Bécquer? ¿Crucigramas? Bécquer despegó su mirada de la pila de diarios que había a su lado. Sonrió. Varios eran del The Washington Post y recogían noticias del Escándalo Watergate. —Nixon dimitió —dijo—. Se quedó con la mala costumbre de monitorizar al resto de los humanos. Hizo escuchas ilegales a sus adversarios políticos. Parece que la´az galondriks han dejado una pequeña huella. Contemplando las puertas cerradas a otras dimensiones, Helena contempló al resto del grupo, sumido ya en sus próximos cometidos. —¿Hemos dado una oportunidad más a nuestra Tierra? —preguntó Helena a Bécquer. En eso consistía su cometido, se habían unido en aquella loca cruzada para conseguir sus propios propósitos, algunos muy secretos. —Si no se la hubiera dado, tú que eres del futuro ya no existirías —habló Bécquer—. Es lo bueno que tengo: ser de un pasado muy pasado… Los alienígenas y otras cosas extrañas no nos preocupaban tanto. —En serio, ¿eres Gustavo Adolfo Bécquer? Bécquer sonrió. La niña también, aunque se alejó entre los rayos de luz de la sala que parecía un gran diamante. El escritor se acercó al resto de sus acompañantes. Llevaba las manos dentro de sus bolsillos, sin dar importancia. El resto estaba mirando a través de la mayor ventana el horizonte de un mundo que habían salvado. La luna resplandecía como un diamante. —¿Crees que en esa dimensión paralela donde la Tierra fue destruida por los humanos echará de menos su luna? —preguntó Charlotte. —Hemos teletransportado un fragmento de una realidad a otra con una bomba creada por mentes enloquecidas de un universo donde se habían convertido en dioses —dijo Aidaan—. Yo me encargué de eso. —Has hecho un remiendo —aclaró Helena. —Exacto. —Queridas y queridos, francamente, me importa un bledo lo que piense el tejido de la realidad de nosotros —dijo Bécquer—. Somos L.A.B.E.R.I.N.T.O. y siempre encontramos la salida. ¿Siempre? Era una afirmación demasiado atrevida. Anima Barda - Pulp Magazine 43


MANUEL SANTAMARÍA

¿Qué hubiera pasado si... España hubiera ganado en Trafalgar?

LA BATALLA DE CADIZ Cádiz a 10 de Octubre de 1805

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por Manuel Santamaría


LA BATALLA DE CÁDIZ

ntonio Escaño, mayor general de la escuadra y segundo al mando del Príncipe de Asturias, se dirigía al barrio de la Viña. Gravina, en una jugada maestra, se había negado con mucha diplomacia, y como él decía “con mucha caspa”, a mantener la reunión con Villeneuve a bordo del Bucentaure. Cualquier discrepancia a bordo del buque francés podría ser tratada como un insulto al Petit Cabrón, en vez de eso se citaron en El Ancla de Heracles, una taberna cercana al convento de los Capuchinos que permanecería convenientemente cerrada para el consejo. Por supuesto había pagado bajo cuerda a Lola, la recia posadera, para que colocara varias ristras más de ajo de lo normal, ya que sabía el “amor” incondicional de los franchutes por nuestro patrio condimento. La cantina era un lugar discreto, Lola y su marido serían cautelosos por la cuenta que les traía, su hijo pequeño había sido reclutado para la armada y, a cambio de su colaboración, Ignacio María de Álava se había comprometido a dejarlo en tierra, con cualquier excusa, cuando zarparan a enfrentarse al escuadrón inglés. Faltaba poco para las ocho de la noche, la hora convenida por sus colegas, ya que a los gabachos se les había citado a las nueve. Antes tenían que tratar asuntos propios. —Buenas noches caballeros. En la puerta, con su aspecto impoluto y cara de circunstancia, se encontraba, junto al Almirante Gravina, Dionisio Alcalá Galiano, comandante del Bahamas, un hombre educadísimo, alguien que en otro país más decente que este hubiera sido ministro de marina, pero aquí un currito, pese a los galones, pese a las glorias que había dado al imperio, solo le esperaba un sueldo de mala muerte cargado de atrasos y la esperanza de una pensión para su viuda, ya que la vida

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del marino solía ser corta. Al poco empezaron a llegar el resto de los mandos: Ignacio María de Alaba, quien conocía personalmente a los regentes del local, Baltasar Hidalgo de Cisneros, Cosme Damián de Churruca, Francisco Alcedo y Francisco Javier de Uriarte. Pasaron al interior de la cochambrosa tasca, donde les había preparado unas jarras de vino y, como era tradicional en la tierra, un refrigerio a base de paniza, bienmesabe, gazpacho y caballas en adobo. Pura gloria para los reunidos y para los gabachos otro motivo de queja. —Caballeros, vayamos al grano, el tiempo no sobra. Como supongo que sabéis, Godoy sigue dando la vara con que le doremos la píldora al enano —Gravina, tomó la palabra, un hombre que hablaba sin tapujos y, pese que había sido puesto a dedo en su cargo, sabía lo que se hacía. —¡Se pudra en el infierno, el querido de la reina! —¡Por favor Don Antonio! La lealtad a la corona por encima de las opiniones personales. —Dionisio era una persona práctica y no buscaba confrontaciones políticas que, conociendo el carácter de los otros, podían llevar a un callejón sin salida y a una falta de unidad para cuando llegara Villeneuve. —Villeneuve se halla en desgracia a causa de la retirada en Finisterre. El Enano lo tiene enfilado, y buscará cualquier pretexto para que nosotros asumamos la responsabilidad del acto. Por supuesto, no es idiota, desde hace dos días el barómetro está bajando, se avecina mal tiempo y estamos en desventaja frente a la pérfida Albión. Pese a sus modos gallitos, los franchutes no andan sobrados en la mar. —Debemos convencerle de que aguardarlos en Cádiz es la mejor solución. Podemos cerrar la entrada al puerto y obligar a Nelson a un Anima Barda - Pulp Magazine 45


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desgaste, huele a temporal de levante, tendrán el viento en empopada por lo que arrumbar a Gibraltar para aprovisionarse les supondrá un gran esfuerzo una vez pasen Tarifa. —Cosme Damián de Churruca era un hombre parco en palabras, pero cuando hablaba sentaba cátedra. —Por no mencionar que pasado el embudo del estrecho el levante rachea seco y es capaz de volver locos a los que se encuentran habituados. Sería un gran aliado frente a tropas acostumbradas a climas más fríos. La sed y el viento se convertirían en grandes aliados. A los que no somos de aquí nos mata, imagino que a los hijos de la gran bretaña les pasará lo mismo. El comentario del Santanderino hizo estallar las risas de los presentes, pese a la seriedad del momento. —¡Entonces todos de acuerdo! Debemos dejar clara nuestra postura. El valor no se encuentra reñido con la prudencia, y menos aun con la astucia. Es mucho lo que nos jugamos. A las diez de la noche, con una hora de retraso, apareció Villeneuve junto al almirante Magon, ambos con esa sonrisa tan de detrás de los Pirineos, que te entran ganas de introducirles un “baguete” y sacarse por las fosas nasales. —Buenas noches, “mes amis”. Villeneuve Saludó con retintín,como diciendo “aquí están mis huevos en francés, a ver quién me replica que me cuelo tarde”. Magon, chulo como siempre, ni se molestó en disimular, eso sí, la cara, al ver lo convenientemente repleto que estaba el local de ajo, recordó la de los grumetes la primera vez que prueban el grog. Durante toda la reunión, los franchutes buscaban cualquier excusa para una trifulca, para un “Mi majestad imperial, incorregibles, estos españolitos. Que le voy a contar a usted, que en su perspicacia no vea. Desobedientes, 46 Anima Barda - Pulp Magazine

vagos y atufando a ajos. Incapaces de diferenciar unos “escargosts” de unos percebes”. —Por supuesto “mesieurs”, yo les comprendo, si no quieren no salimos, se lo comunicamos a París, el emperador es un hombre compresivo —dijo con sorna mientras arrojaba dientes de ajo al suelo. —¡Vamos a ver! Si hay que salir, se sale, pero esto es una temeridad. La Santa Ana, el San Justo y el Rayo no tienen suficiente armamento, están recién salidos del arsenal y sin pertrechar. La tripulación está formada en su mayoría por gente de la leva: bribones, catetos y borrachos. —Gravina, estaba algo airado, no quería entrar en su juego, pero el cinismo y las risitas continuas estaban acabando con él. —Por no contar que tampoco es que vuestra flota sean los argonautas. Y los ingleses llevan en la mar desde el 93. Lobos de mar fogueadísimos, entrenados y disciplinados. Aquí tenemos unas condiciones óptimas, una oportunidad de aprovechar nuestras deficiencias, de igualar la contienda —añadió Antonio Escaño, quien no pudo fruncir el ceño frente a las risitas de Magon. —Por no contarles a sus señorías que el barómetro está bajando, en esta zona y fecha es levantera segura —el tono de Dionisio Alcalá Galiano fue firme, si queréis, rebatirme, lo hacéis, pero con datos y no con excusas de lupanar. —¡Aquí lo único que baja es el valor! Pero qué se puede esperar de un pueblo con un rey impotente y gobernados por el puto de la reina. A saber si todas las mujeres españolas copian las costumbres de la corte. Las miradas de los españoles se clavaron en Magot, quien, para terminar de joderla, abrió la boca como una gran letra o y empezó a hacer


LA BATALLA DE CÁDIZ

gestos inequívocos con la mano y el cuello. Mientras, Villeneuve, que aguantaba menos el vino que un niño de teta, se descojonaba en su asiento. —¡A tomar por culo el franchute de los cojones!Dionisio, por lo general, un hombre de temple, mesurado y finísimo, reventó. Sacó su espada y se la puso en el pecho a Magon, quien al verse como un aspirante a brocheta no pudo evitar que el sudor corriera por su frente. —Venga, gabacho, repíteme eso afuera. —¡Mon dieu, est fou! Magon retrocedió, pero entre el canguelo y el vino, dio un paso en falso, pisando uno de los dientes de ajo que su compatriota se había encargado de tirar por el suelo durante la reunión. Se puede estar curtido en mil batallas y morir de la forma más inesperada. No tuvo ni oportunidad de duelo, resbaló hacia el acero que el brigadier apretaba en su corazón. Allí pereció ensartado. Villeneuve no tuvo tiempo ni de decir “esta boca es mía” ya que Antonio Escaño le aprisionó por detrás con la daga en el cuello y le rebanó el pescuezo. —Señores, estamos jodidos, pero esto es lo único que podía hacerse dadas las circunstancias —dijo Antonio Escaño con total tranquilidad, como si en vez de un gañote hubiera descorchado una botella—. Si Villeneuve hubiera informado al Emperador del suceso le hubiéramos dado carta blanca sobre nuestros hombres y por supuesto nosotros seriamos carne de guillotina. —Estamos en esto juntos y solo tenemos una oportunidad: la victoria frente a Nelson. Primero tenemos que deshacernos de los cuerpos. Ignacio, ¿los posaderos son de fiar? —Por supuesto, y más sabiendo que si las autoridades descubren que esto ha pasado en su local no serán nada comprensivas. Seguro

que ellos sabrán encargarse de esta carroña. Una hora más tarde Manolo contactó con su primo, un confitero de la ciudad, famoso por sus empanadas de carne, que le aseguró poder deshacerse del cadáver sin ningún tipo de problemas y con la mayor discreción. *** Gravina se dirigía desde el barrio del Pópulo, centro neurálgico de la ciudad, hacia el muelle. Tenían una reunión de mandos a bordo del Santísima Trinidad para iniciar el plan de batalla. La ciudad estaba más viva que nunca, con el nerviosismo de quien se sabe que va a entablar una batalla pronto. Dos rumores habían corrido como la pólvora: Villeneuve y Magon se habían fugado por la noche, ya que temían por sus vidas a causa de un próximo fracaso. Todo el mundo sabía que la ira del “Petit Cabrón” era temible. No había nada como cuchichear una mentira delante de un provisionista, en horas la ciudad estaba enterada y nadie conocía la fuente. El otro murmullo le preocupaba más: la armada inglesa se encontraba a una jornada de la ciudad. Los días previos habían sido muy duros para los mandos. Continúas preguntas sobre el paradero de los franchutes, la tripulación francesa con los ánimos por los suelos por la “deserción” de sus mandos y todos los preparativos de los españoles, donde hay que añadir una bronca con el obispo de la ciudad. Dionisio estaba hasta los huevos de tanto rezar y le gritó al orondo representante de Dios que menos orar y más trabajar, que se fuera a confesar a viejas y les dejara preparar a sus marineros. La cara de su ilustrísima se puso del mismo color que la estola que portaba y se marchó balbuceando sobre la condenación Anima Barda - Pulp Magazine 47


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eterna. Nunca una ciudad parece tan viva como en los momentos previos a las batallas. Los mercaderes abaratan los precios para tener efectivo más fácil de esconder en los saqueos, las furcias triplican sus ingresos por los últimos caprichos de los marineros, civiles que compran armas y herramientas para pertrechar sus casas… Las estrechas calles rebozaban humanidad. La estrategia de combate estaba cuidadosamente planeada, usarían tácticas de guerrilla, dispara y corre. En la mar no se había intentado nunca, pero eran tiempos desesperados, y nadie, salvo la armada española, zarpaba con semejantes patanes enrolados. Una flotilla compuesta por los bajeles más ligeros los recibiría a diez millas de la bocana del puerto, tendrían cañones ligeros e infantería para causar daños menores a la magnífica escuadra inglesa, después jugarían al ratón y al gato. Esa clase de barco con el viento de levante de apopada podría poner pies en polvorosa respecto a los británicos, los atraerían hacia la entrada de Cádiz y los grandes navíos no podrán dispararles en retirada, pero nosotros estábamos preparados. Instalando un par de cañones en el castillo de popa de cada barco podrían disparar en escapada, algo inédito… Una maniobra extraña para tiempos aun más extraños. Este juego debería durar al menos hasta el anochecer. Si los perros isleños llegaban demasiado pronto, todo se iría al garete. Si los guiris mordían el anzuelo, y los tiempos se cumplían, entrarían de lleno en la bahía y allí les esperaba una jugada magistral, sucia, rastrera… Pero ¿de qué vale el honor teñido de sangre de inocentes? El faro de San Sebastián permanecería apagado y, simulando el foco, 48 Anima Barda - Pulp Magazine

habían colocado a media milla más al noroeste una plataforma con teas. Si se guiaban por las luces de tierra los navíos de mayor calado acabarían encallados en los bajos. Al embarrancar jugarían con total ventaja. Los barcos de mayor tamaño españoles, el Príncipe de Asturias, el Rayo, el Santa Ana y el Santísima Trinidad, permanecerían en la zona de más profundidad castigando su banda de babor y a estribor recibirían el fuego proveniente del Castillo de San Sebastián… Y, claro está, también recibirían una sorpresa que no esperaban de parte de los franceses. Ni los propios gabachos la esperaban. Ninguno de los asistentes a la reunión en el Ancla de Heracles tenían nada que perder, si se descubría el asesinato serian carne de guillotina una vez entregados a Napoleón. Como buen lobo de mar, siempre le acompañaba la certeza de la muerte, pero le gustaría que fuera en la mar y no en un patíbulo. No temía por él, si no por las madres que a estas horas estaban despidiendo a sus hijos en el puerto, por los jóvenes que nunca habían salido de casa y se veían envueltos en esta locura, para defender a un país de mierda que los ignoraba, donde el que vale se muere de hambre en puestos de mala muerte y cualquier lameculos está en la corte viviendo del cuento. *** Cosme Damián de Churruca fue el elegido para pasar filas: españoles mal preparados y franceses desanimados, a la espera de la carnicería. Eso es lo que era una batalla naval, una amalgama de sangre, vísceras, astillas y metralla, en nada se parecía a las imágenes románticas que venden los poetas. El mar es cruel, los únicos vencedores son los peces que ven aumentadas sus provisiones.


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La estampa del puerto permanecería por siempre en la memoria de la ciudad: familias despidiéndose de sus hijos, hombres que aun eran niños evitando llorar delante de las madres que dejaban en tierra, padres forzados a zarpar sin que nadie les asegurara el pan a los que atrás dejaba… Quien es reclamado por la mar no cae en el olvido, los que deja atrás sí que serán olvidados por un gobierno ingrato. El joven cabo Luis Santamaría llevó a cada barco francés un paquete. —¿Qué es esto mozo? —dijo Villiegris con más tristeza que curiosidad. El Capitán Villegris había asumido el mando del Bucentaure, por lo que por categorías el mando absoluto de la escuadra correspondía al Príncipe de Asturias bajo la dirección de Gravina. —Lo manda el Brigadier Churruca, es pan de Cádiz, una tradición de la flota, cómanlos antes de entrar en combate, dicen las lugareñas que da suerte. —Hoy la necesitaremos toda, dele las gracias al Brigadier. A las cinco de la tarde del 22 de octubre de 1805, Horacio Nelson arribó a las costas gaditanas, con 27 navíos y 2000 cañones a su mando, y, por suerte para los lugareños, en medio de un temporal de levante. Las curtidas pieles de los ingleses estaban secas, Eolo había realizado su trabajo. Nelson hubiera preferido un combate en mar abierto, donde poder demostrar sus capacidades, pero qué se le iba a hacer, los españolitos querían asedio, pues eso les daría. Asiendo su catalejo se disponía a contemplar la hermosa ciudad, pero cuál sería su asombro al ver como una flota se dirigía hacia ellos navegando en ceñida para poder ir contra el viento. —Vigía, ¿cuántos buques forman la

combinada? —De combinada nada, mi Almirante. Son todos de pabellón francés. —¿Solo franceses? Nunca hubiera esperado que los españoles se rajasen. Son maleducados, brutos, caóticos… pero siempre han demostrado un valor enorme. Así era, dieciocho buques franceses se dirigían a una muerte segura, navegando sin formación y a rumbo de colisión contra los invasores. Los cañones no servían de nada en esa posición, y en los castillos de proa se apelotonaban los marineros aullando como posesos, la estampa parecía digna de un infierno pirata más que de la armada. —¿Qué táctica es esa? Han perdido el juicio. Señalero indica virada a babor para abrir fuego por sotavento. Aguantad hasta que se encuentren a dos cables. La primera andanada destrozó las proas de los primeros buques, los hombres caían al agua mutilados y aun nadaban para encaramarse en los buques ingleses, los destrozados navíos continuaban su rumbo sin inmutarse mientras que iban metiendo cabeza en la mar debido a las vías de agua. Las astillas saltaron cuando los franceses colisionaron contra los atónitos ingleses, abordaban como diablos para recibir dispararos a quemarropa. No era un combate, era una escabechina, soldados contra demonios. En uno de los momentos la santabárbara del Redoutable estalló llevándose consigo al HMS Britannia. Esta fue la única baja de total, antes de que los “croisants” fueran pasto de los marrajos. El HMS Minotaur y el Orion quedaron inservibles debido al estado de sus jarcias y unos cuarenta marineros ingleses perecieron, pero sobre todo la moral enemiga estaba muy tocada, les daba la impresión de Anima Barda - Pulp Magazine 49


MANUEL SANTAMARÍA

no haber luchado contra hombres. La masacre apenas duró media hora, no había dado tiempo ni a disiparse el humo de las explosiones. —¿Qué ha sido esto? —exclamó Peter Rogers asustado. Era un marino que había visto de todo, pero hoy no tenía claro si aún se encontraba en la tierra o en el Erebus. —¡Hojas de Coca! —dijo Nelson mientras señalaba los dientes verdes de varios cadáveres—. Estos desgraciados han ingerido la planta de la locura antes de zarpar. —Perros Españoles, hijos de… —El Cabo Smith no tuvo tiempo de acabar la frase ya que una bala le atravesó la cabeza. Diez buques de poco porte españoles, comandados por el San Juan de Nepomuceno de Cosme Damián Churruca, habían aprovechado la escaramuza para colocarse en la línea de popa sajona. En la cubierta los artilleros disparaban con cañones de poco calibre. —¡Preparaos para abatirlos en cuanto se pongan en paralelo! La orden quedó en nada, ya que los buques españoles siguieron a rumbo. Dionisio Alcalá Galiano miraba la situación, a bordo del La Habana, la suerte les sonreía, debían aguantar al menos una hora más, otra bordada. En el fondo no sabía, si amaba esta táctica o la detestaba, pero en el fragor de la batalla, con el olor a pólvora dominando la atmosfera, no tenía tiempo para dilemas morales. Observaba a la armada isleña, sus barcos intentaban caer a babor para virar, pero la mayoría eran más pesados y la maniobra requería cruzar el viento para intentar ponerse en paralelo y usar su artillería superior. —Aguantad rumbo. —Tenía la boca seca, el aspecto impecable de quien sabe lo que hace, de quien se ha curtido en la mar y tiene la certeza 50 Anima Barda - Pulp Magazine

de que ya está muerto, solo que no conoce la hora exacta, pero quien elige esta profesión hace mucho que compró su lápida. Muertos en vida que aprovechan cualquier bocanada de aire fresco como quien paladea un vino selecto. La siguiente maniobra era la más peligrosa, muchos caerían, ya que cuando los ingleses ganaran rumbo este, ellos virarían al oeste y quedarían a la merced de las piezas de artillera. Con temple, aguardaba el momento, el órdago estaba lanzado, era ahora o nunca. —Señalero, orden de virada y que Dios nos ayude. Con las dos flotas en paralelo no había táctica que valiera, todo se reducía a un disparar y cargar. A esta distancia se intentaba dar directamente en el casco, nada de mariconadas como romper motones, velamen y arboladuras. Hombres ensangrentados por las astillas, aplastados por el retroceso de sus propios cañones, gritos, dolor y llanto. Todo en una amalgama de la que Ares se sentiría orgulloso. Este es el único color de la guerra, no hay más bandera que el rojo sangre. Los buques ingleses salieron mejor parados, la diferencia de calibre era primordial, solo se perdió el Tonnant y los demás salieron con daños, mientras que el San Leandro, el San Justo y el Montañés formaban parte de los fondos. Y la peor pérdida sin duda fue la de Churruca, alcanzado por un trozo de metralla en el pecho, que ensangrentado aun tuvo la fuerza para dirigirse a su primero oficial y cederle el mando. —Señor Martín, yo he cumplido, ahora le toca a usted. Rumbo a Cádiz, pero guarde bien la distancia como hablamos. —No se apure, que así se hará señor. Bajo el cielo nocturno, lo que quedaba de flotilla española puso rumbo al puerto,


LA BATALLA DE CÁDIZ

seguidos por los ingleses que celebraran la retirada y pensaban atacar directamente la ciudad. Lo que no se esperaba era que en su huida pudieran dispararles pequeñas balas de un kilo, insuficiente para hundirles pero que si agujereaban suficiente trapo para reducirles la velocidad, por no contar los daños constantes entre la marinería de cubierta. —¡Malditos hijos de un pez! Disparan desde popa. Ya se ve el faro… pasadlo una cuarta al norte…

una hermosa amistad, brindaron por los caídos de ambos bandos, y no pasó un día en que no mantuvieran largas conversaciones en la Casa del Almirante Don Diego de Barrios, que la puso a su disposición. Por vez primera este imperio disponía de gente capaz. La corte había sido limpiada de chupópteros, el primero de ellos Godoy, el hermano de Napoleón había desaparecido en plena noche por orden expresa del Emperador francés, que recibió un hermoso regalo en plena corte, una caja de mimbre con el particular pan Madrid a 3 de diciembre de 1816. de Cádiz usado en la batalla y una nota: El primer ministro Federico Gravina y “Nuestro destino dependerá de nuestra propia Napoli revisó por millonésima vez su aspecto, gente, damos por terminada nuestra alianza y una audiencia real le ponía más nervioso que nunca se le ocurra pisar suelo Español”. cien mil combates. Pero, claro, ahora formaban España había cambiado, ahora eran parte de su nuevo puesto, ser el primer ministro conscientes de su verdadero potencial, un es lo que conlleva. Dirigió con orgullo y futuro glorioso les esperaba. Serían el faro que cariño la mirada a un tratado militar firmado iluminaría a las futuras alianzas. por Dionisio Alcalá Galiano, ahora ministro de guerra, las nuevas tácticas suponían una NOTA: A la memoria de Don Fernando revolución a todos los efectos. Quiñones y a la salud de Don Arturo PérezNinguno de los implicados olvidaría jamás Reverte, cuyas obras “La Canción del Pirata” la batalla de Cádiz. Fueron horas épicas, los y “Cabo Trafalgar” han sido la principal ingleses vendieron cara su derrota, pero solo fuente de inspiración para este relato. Espero retrasaron lo inevitable, una vez encallaron en que mi paisano desde el cielo, y si alguna vez el bajo de la “laja” se vieron envueltos en un Don Arturo se entera de su existencia, sepan fuego a tres frentes, desde tierra, desde el los perdonar mis carencias como escritor. buques de gran calado que aguardaban al Norte y por su frente con los supervivientes del juego del “ratón y el gato”. Se enterraron a amigos y desconocidos con los mismos honores, se atendieron a heridos sin importar el bando y en Madrid y Londres se inauguraron dos plazas con el nombre de la “Batalla de Cádiz”. Horacio Nelson fue capturado vivo, y pasó un año como prisionero de lujo en Cádiz. Él y el resto de los oficiales supervivientes españoles forjaron Anima Barda - Pulp Magazine 51


ENTREVISTA A LAURA FERNÁNDEZ

Entrevista a

Laura Fernández Hay un montón de descripciones de Laura Fernández, que si nació en Tarrasa, que si es periodista… Pero tú cómo te definirías como persona y como escritora, ¿por qué tenemos que leer tus libros (además de para pasar un buen rato)? Uhm. Como persona soy decididamente inquieta, la clase de persona que puede estar leyendo una novela y viendo una película a la vez, siempre, en ese sentido, metida en la ficción, totalmente al margen del mundo real, pese a mi profesión. En ese sentido, una vez me llamaron periodista todoterreno y me sentí muy halagada. Porque, ciertamente, aunque lo que más he hecho ha sido entrevistar a escritores (y músicos), he ejercido todo tipo de periodismo, desde el periodismo de corazón hasta el de adolescentes, pasando por el periodismo local, el político, el de sucesos e incluso el médico. En cuanto a mi faceta de escritora, me gusta considerarme a mí misma una escritora galáctica, como considero a Robbie Stamp, lo más parecido a un alter ego que he creado jamás, y no en el sentido de La Galaxia (La Ciencia Ficción) sino más bien por el hecho de que creo auténticas galaxias de personajes, que se entrecruzan sin descanso en cada una de mis obras. Luego, no sé, el otro día leyendo a Kurt Vonnegut descubrí que soy humanista y creo en el ser humano, de hecho, adoro nuestra especie, porque la considero increíblemente encantadora. ¡Hemos creado todo esto, por todos los dioses galácticos,

y todo esto incluye novelas de ciencia ficción como las que escribe Robert Sheckley! ¿Y por qué tiene alguien que leer mis libros? Porque tratan de contener lo mejor de nosotros, pese a las inclemencias del mundo que hemos creado, y además, están hechos, sí, para pasar un buen rato. Como Roger Rabitt, mi lema siempre ha sido el de tratar de hacer reír a los demás. Cultura pop, tramas extravagantes… Los medios catalogan a tus escritos así, ¿pero tú cómo lo harías? Me gusta la consideración de ‘sit-com’ galáctica que di a ‘Bienvenidos a Welcome’. Me gusta pensar que escribo sit-coms’ galácticas, en el sentido en el que apuntaba antes: novelas con galaxias casi infinitas de personajes, que sobre todo beben de la Anima Barda - Pulp Magazine 53


ENTREVISTA A LAURA FERNÁNDEZ

cultura televisiva y cinematográfica de los ochenta, y que no pueden evitar dejarse influenciar por la literatura posmoderna norteamericana (la auténtica, aquella en la que aún militan Robert Coover y Thomas Pynchon, y en la que militaron Vonnegut, Richard Brautigan y Donald Barthelme) y por la ciencia ficción más descacharrante (Robert Sheckley, Douglas Adams, John Sladek). En varias entrevistas admites que el escritor vivo al que más admiras es a Robert Coover, para la gente que no lo conozca, quién este hombre, qué ha escrito y por qué te gusta tanto. Robert Coover es un tipo entrañable. Tuve la suerte de conocerle en diciembre de este año (el que dejamos atrás, 2012). Y además habla un perfecto español porque su mujer es española, lo que motivó una charla de más de dos horas en las que, sobre todo, el maestro, de más de 80 años, habló de cómo le surgieron las ideas para sus delirantes e increíblemente bien escritas, apasionantes, novelas deconstruidas. Coover es autor de ‘La fiesta de Gerald’, quizá, a buen seguro, su novela más conocida, al menos en España, donde apenas se han publicado media docena de ellas. ‘La fiesta de Gerald’ es una reunión de cientos (de miles) de personajes en una mansión en la que está teniendo lugar una fiesta tan perversa (sexualmente y en todos los sentidos) que en la primera línea un par de invitados hallan el cadáver de una de las invitadas y en vez de llamar a la policía empiezan a hacerse fotos con ella y a tratar de bajarle las bragas. A partir de ahí, todo es delirio en estado más puro. Y lo que menos importa es hacia dónde va la trama y lo que más, lo que hacen todos esos personajes enfermos ahí dentro. Hace tiem54 Anima Barda - Pulp Magazine

po escribí en mi blog una pequeña reseña de ‘El hurgón mágico’, el primer volumen de cuentos de Coover y la terminé así: “Es fascinante la manera en que el Maestro Coover hace que sus cuentos avancen en todas direcciones (y en todas a la vez), subidos a una especie de carrusel maldito en el que, como ocurre en el enigmático cuento ‘Peculiaridades de los ojos’, de Philip K. Dick, se hacen pedazos (como se hacen pedazos en ese cuento los seres humanos, con ojos que ruedan por la mesa y manos que se dan y cabezas que se pierden) y salen disparados (esos pedazos) en todas direcciones. Leer a Robert Coover es como asistir a un banquete de gigantes devorahumanos del que es imposible escapar sin el pecho cubierto de sangre, sangre brillante y decididamente inteligente, tan inteligente y brutal como su agudo (y mortífero) sentido del humor, de la la ironía, de la sátira, en definitiva, caníbal. Después de todo, en palabras del propio Coover, “¿qué es la vida sino una caravana de falsificaciones verosímiles?”. Creo que define perfectamente por qué Coover es tan ENORME para mí. Con tu libro Chica Zombie, que tratas el despertar sexual y la adolescencia en general te han preguntado si fue así tu adolescencia… nosotros te preguntamos, ¿qué tipo de zombie serías? Uhm. Creo que si los zombies pudiesen conservar su cerebro, como le ocurre a Erin, sería exactamente el tipo de zombie que es Erin Fancher. Trataría de pasar por un humano, aunque oliera mal y todo eso. Pero si fuera el tipo de zombie clásico, el zombie de Romero, supongo que daría igual la clase de zombie que sería porque no conservaría mi cerebro y no podría recordar que lo único que me interesa en este mundo es escribir


ENTREVISTA A LAURA FERNÁNDEZ

y tendría que conformarme con devorar cerebros. Cuéntanos de dónde viene tu pasión por las cursivas. Viene de Robert Coover. Fue en ‘La fiesta de Gerald’ donde descubrí lo perversas que podían resultar ciertas palabras si se escribían en cursiva. Porque no es lo mismo ‘Entrar en clase’ que ‘Entrar en clase’. La segunda clase es ligeramente más inquietante que la primera. Está diciéndote que algo se arrastra bajo el simple sustantivo, que algo va francamente mal ahí dentro. Véndenos tu novela gráfica intergaláctica el Show Grossman, ¿por qué nos gustará y qué la hace diferente? No es una novela gráfica, es una novela ilustrada. Yo la escribí como una novela corta, o un relato largo de los ambientados en Rethrick, el planeta fan de la Tierra que creé hace un par de años con la historia ‘¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA?’, que publicó Quimera. Los editores, los chicos de Aristas Martínez, consideraron que sería buena idea ilustrarla y lo ha hecho estupendamente Martín López. ¿Por qué os gustará? Bueno, a todo aquel al que le gustó ‘Bienvenidos a Welcome’ con toda probabilidad le guste más ‘El

Show de Grossman’ que ‘La chica zombie’. Porque contiene mi yo más liberado, aquel que hace posible cualquier cosa, como que existan fiestas asesinato y adiestradores de muertos. Es una auténtica aventura galáctica, ésta, en ambos sentidos, en la que un chaval de 14 años viaja a la Tierra en una nave-furgoneta ex espía, para conocer a su madre, una camarera terrícola que no tiene ni idea de que hace exactamente 14 años hizo padre al tipo extraño con el que se enrolló una noche en un bar llamado Agente Scully. Es una auténtica locura. Muy muy divertida. En la que además se dan pistas sobre la que será mi próxima novela y sobre algunos personajes que empiezan a ser habituales en lo que escribo, como la citada escritora de ciencia ficción Robbie Stamp.

La base de todas tus novelas es el sentido del humor, porque para ser serios ya tenemos la realidad, ¿cómo delimitas la ironía del humor absurdo, o es tan natural que ni siquiera te lo planteas? Puesto que mi trabajo, mi profesión real, también consiste en escribir, cuando hago novela (o relato) lo que quiero es divertirme. Divertirme por encima de todo. Y el humor me sale de forma natural. Me gusta el absurdo. Adoro el absurdo. Y no hago más que crear situaciones absurdas y personaAnima Barda - Pulp Magazine 55


ENTREVISTA A LAURA FERNÁNDEZ

jes absurdos que, en el fondo, tienen mucho de mí y de mi propio absurdo. Para entregarse por completo al humor, para poder utilizar el humor como arma capaz de desactivar la realidad, hay que ser honesto al 100% con uno mismo. Sólo así funciona. Y siendo así, siempre funciona. Tú que ejerces el periodismo y estás tan metida dentro del panorama cultural, qué cambiarías de esta industria tanto editorial como del panorama cultural? (Encogimiento de hombros). No lo sé. Supongo que cambiaría el orden de las cosas. Me gustaría que los lectores reales, el núcleo duro de lectores que hemos estado ahí siempre, se tuviese más en cuenta que el lector esporádico, que hoy lee ‘50 sombras de Grey’ y ayer leyó ‘La catedral del mar’ y mañana leerá, quién sabe, ‘El código Da Vinci 3000’. Creo que a menudo se le da tanta o más importancia a este tipo de fenómenos como al escritor real y no me parece justo, sobre todo para el lector de ese núcleo duro, el que siempre ha estado ahí. Pero tampoco me preocupa. Y la industria ya está cambiando. La crisis está haciendo que surjan microeditoriales que se fijan en obras que antes, hace 10 o 15 años, no hubiesen tenido nada que hacer y que a menudo son mucho más interesantes que las que publican, en cantidades industriales, los grandes sellos. En ese sentido, estamos en un buen momento. La revista, como te dije, la escribimos aficionados a la escritura. ¿Qué te costó más a la hora de escribir tus novelas (unirlo todo, terminarlas, los nombres de los personajes, que la historia no se convierta en un libro de mil páginas…)? ¿Tienes algún hábito de 56 Anima Barda - Pulp Magazine

escritura? ¿Y algún consejo que dar a alguien que se esté iniciando en este mundo? La verdad es que llevo escribiendo desde los 12 años. Y he escrito mucho antes de estar orgullosa de lo que escribo. Al principio lo más complicado fue el tratar de quitarle importancia a aquello que hacía. Realmente fue lo más complicado. Porque todo era tan cursi. Tan insultantemente dramático. Entonces apareció John Fante, como un caballero andante, y me quitó toda la estupidez de encima. Puede decirse que la lectura de ‘Pregúntale al polvo’ me hizo libre. Demonios, yo era Arturo Bandini. Y la vida, todo esto, no iba tan en serio como siempre había creído. Podía escribir relatos que se titularan ‘El perrito que reía’. No tenía por qué tratar de cortarme las venas ni meter la cabeza en un horno como Sylvia Plath. Luego llegó ‘Duluth’ de Gore Vidal y acabó de encender la llama. ‘Bienvenidos a Welcome’ y toda mi narrativa mi posterior, incluido mi estilo, que fue surgiendo de la Nada y de forma totalmente espontánea, como una unión de todo aquello que había leído y me había gustado y había conservado en algún lugar de mi cerebro, a la espera de ser invocado, surgen de la lectura (muy atenta) de ‘Duluth’. Una vez llegados a ese punto, y con el tono y el estilo, tuve que vérmelas con el monstruo de la estructura. En eso me ayudaron muchísimo los tres primeros minutos de cada capítulo de ‘Mujeres Desesperadas’, esos pequeños microrrelatos centrados en la manía de alguno de los personajes. Aprendí de la narrativa de esa serie el poder de la elipsis, que tanto había necesitado y a la que no había sabido cómo llegar hasta entonces. Así que mi consejo es el de estar siempre muy atento a cualquier material narrativo. Cuando se quiere ser escritor, todo cuenta.


EL DESAFÍO

¿Qué hubiera pasado si... Japón no hubiese tenido apertura occidental?

El desafío por Eleazar Herrera

Q

uerido diario,

Diana me aseguró que escribir el día a día del viaje me ayudaría a no olvidarlo, así que aquí estoy. Japón es un lugar extraño. Ya íbamos avisados desde el avión. Las azafatas nos dijeron que Anima Barda - Pulp Magazine 57


ELEAZAR HERRERA

aquella era una tierra virgen, que apenas había conocido misioneros cristianos y que sus visitas estaban muy restringidas. Por eso, en vez de viajar en un avión grande, como podría ser uno con destino a París, Berna o Roma, lo hicimos en uno de once plazas, contando a los dos pilotos. Es decir, que las autoridades japonesas solo permitían la entrada a nueve occidentales. Como rodeado de una niebla atemporal, se encontraba aislado del resto del planeta. Desde el avión ya podíamos distinguir los grandes campos de arroz que se extendían por todo el territorio. A tan solo unos centímetros desde las alturas, la muralla China se erigía como símbolo de ambición sobre la tierra. Sin embargo, esta no producía la enigmática fascinación que Japón ejercía sobre el resto del mundo. Así las cosas, era aún más extraño que precisamente nosotros fuéramos parte de esos elegidos: mi amiga Flora, que intentaba dormir, nuestra profesora de kendo Diana y yo. Íbamos hasta arriba de bártulos: que si las espadas —shinai y bokken en japonés—, que si las armaduras —bôgu—… Por un momento pensé que no nos dejarían facturarlo, pero luego me dije que eso era una estupidez. Dadas las circunstancias, es lo más convencional que se puede llevar a una tierra antigua como la de Japón. Cuando aterrizamos, ya era de noche. Ninguno de los tres habíamos pegado ojo, y pese al jet-lag estábamos bastante lúcidos. En el aeropuerto, el único lugar moderno del país, nos esperaba una acólita de la que solo sabíamos su nombre: Yumiko. Lo demás —quién era y cómo sabía que veníamos a lo que veníamos— era un misterio. Ni siquiera 58 Anima Barda - Pulp Magazine

Diana lo sabía. En cuanto hubimos recogido nuestras cosas y pusimos un pie fuera del aeropuerto, el paisaje se transformó completamente. Habíamos retrocedido en el tiempo. Yumiko hizo llamar a un taxi, un coche parecido a los de los años 50 en Inglaterra, y nos condujo a nuestro hotel. La carretera no estaba cementada; de hecho, me atrevería a decir que es más bien una improvisada calzada para los carros tirados por caballos que veíamos circular. Los coches eran para los extranjeros. —Bonita forma de distinguirnos —murmuró Flora para sí, aunque todos la oímos. Diana le acalló con una mirada. Flora tenía razón, pero no debíamos ser descorteses. El trayecto hasta el hotel duró algo más de media hora, pero iba entretenido observando a la gente. Geishas corriendo a pasos pequeños, comerciantes cargando con los sacos de arroz que venderían al día siguiente y samuráis vigilando las calles… Samuráis de verdad. Tiré a Flora de la manga y juntos lo contemplamos al pasar. Tenía un porte elegante e intimidante. Su mirada recorría todos los recovecos de la calle y escudriñaba la oscuridad como si pudiera ver a través de ella. Portaba sus dos espadas, la katana y la wakizashi, más pequeña, en el cinturón. Parecía tranquilo, en paz, aunque la seriedad de su semblante pudiera confundirse con la tensión de estar de vigilancia. —Chicos, vamos. Es aquí. La voz de Diana nos devolvió a la realidad. Íbamos a ser invitados en una casa modesta. Ni qué decir tiene que era típicamente japonesa, con sus puertas correderas, sus mesas bajas y sus cuencos de arroz. Pensé que nos costaría más


EL DESAFÍO

conciliar el sueño en un futón, pero en cuanto nos tumbamos, caímos rendidos. Mañana sería un día duro. El propósito de nuestro viaje. Buenos días, diario: Hoy, martes, se cumplía el propósito del viaje. ¿Cómo podían tres españoles estar tan ricamente en Kioto, si tanto control había sobre los extranjeros? No éramos turistas ni misioneros, así que nuestra presencia aquí era extraña. Sin embargo, Flora y yo habíamos sido seleccionados para entrenar con el sensei Yoda, uno de los mejores profesores de kendo del país nipón. En España la competición había sido dura, y ni siquiera teníamos la seguridad de que conseguiríamos viajar, pues esta clase de becas tienen que someterse a un proceso burocrático lento y doloroso, y bien podían haberse retractado de su decisión la víspera antes de embarcar. Nos despertamos con la luz del amanecer. Desayunamos casi obligados por Diana, porque estábamos tan nerviosos que no nos entraba la comida. ¿Cómo sería entrenar con el gran Yoda? ¿Daríamos la talla? ¿Se reirían de nosotros? Probablemente sí, pero en sus casas. Aun así, preferí no comentar el miedo al ridículo con Flora, por si acabábamos cayendo en una espiral de desánimo. Yumiko nos acompañó nuevamente hasta el lugar donde tendría lugar el entrenamiento. Pensábamos que el dojo sería un edificio tradicional, acompañado de un pequeño jardín y una zona de descanso, pero encontramos un templo gigante en la falda de una montaña, quizás una cueva profunda. Nos quedamos boquiabiertos. Con una risita, Yumiko se

despidió y nos deseó suerte. ¿Suerte para qué? El sensei Yoda se levantó en cuanto nos vio atravesar las pesadas puertas del templo. De todo lo que esperábamos encontrar —suelo de madera, alumnos entrenando, o quizás un estandarte con el nombre del dojo hondeando arrítmicamente— no vimos nada más que otra lejana puerta al fondo de la extensa estancia, tres alumnos de espaldas a nosotros meditando y al propio sensei frente a ellos, erigido como una estatua de dimensiones desproporcionadas para su modesta altura. El silencio se instaló entre nosotros como un espectador más, ávido por adivinar lo que vendría después. Nosotros, mal que pese, nos sentíamos exactamente igual; de un plumazo había desaparecido la emoción o los nervios. Pensábamos que, tras una tensa espera, el sensei nos indicaría el siguiente paso. Sin embargo, no sucedió. Se limitó a mirar a través de nosotros, y luego, con voz audible, se dirigió a sus alumnos: —Iwata, ¿crees que estás preparado? —Sí, sensei. Deja que te lo demuestre. Si no estaba de acuerdo, el profesor no hizo sino echarse a un lado y despejar el camino hacia la puerta gigante. En apenas unos segundos, Iwata se perdió tras ella, condujera a donde condujera. Mi mano rozó la de Flora. Nos miramos brevemente. Casi pudo ver mi pálido reflejo en sus pupilas. Entrelacé mis dedos con los suyos y apreté fuerte. Después desviamos la atención hacia Diana, que avanzaba un paso y dijo en un correcto japonés: —Mis alumnos quieren entrenar en su dojo, sensei Yoda. Él extendió el brazo derecho, y con él Anima Barda - Pulp Magazine 59


ELEAZAR HERRERA

abarcó un extremo de la gran puerta. —Mi dojo está tras esta puerta. No puedo negar la entrada a quienes se han tomado la molestia de venir hasta aquí. —¿Puedo acompañarles? —¿Usted también quiere entrenar conmigo? Ambos sabíamos que le habría encantado decir que sí, pero se negó con un lento cabeceo. Sin soltar nuestras manos, Flora y yo nos aproximamos al portón. Al principio con pasos blandos e inocuos, después hollando con fuerza el pedregoso sendero, y nos detuvimos a tan solo unos metros. —Respirad —nos aconsejó el sensei Yoda en inglés, apenas un murmullo que resonó por la montaña. Y, como si ya lo hubiéramos olvidado, exhalamos un largo suspiro. Aquello nos tranquilizó un poco. La puerta se abrió con un chirrido ensordecedor. Con la salida de Iwata ni siquiera reparamos en ello. —Las batallas más arduas tienen lugar en nuestra mente —susurró el sensei, sonriendo. Al otro lado solo había oscuridad. Ya no sentía la mano de Flora, ni nada en absoluto. Era consciente de la negrura, formaba parte de ella. Como una extensión de mí mismo. Estuve tanto tiempo así que llegué a pensar que me había desmayado, pero justo cuando me abandonaba a esa idea, un haz de luz surcó la oscuridad y me tiró al suelo. De repente, estaba ataviado con el uniforme de kendo. Un shinai descansaba en mi mano izquierda como si siempre hubiera estado ahí; también llevaba puesta parte de la armadura: el do para proteger el costado y el tare, una 60 Anima Barda - Pulp Magazine

falda dura, para cuidar la pelvis. Del resto, las protecciones de las muñecas y el casco, no sabía nada. Tragué saliva y miré a mi alrededor desde el suelo, todavía desorientado. Aquello era el interior de una montaña escarpada. Entre áreas de estalagmitas que apuntaban hacia un altísimo techo rocoso descubrí un camino no tan farragoso que serpenteaba en busca de recovecos accesibles. Si bien parecía extrañamente sencillo ir por él, aunque fuera descalzo y la piedra ardiera como mil demonios, el relieve montañoso no ofrecía una opción mejor. Caminaba a paso rápido, procurando que el shinai no rozara con nada, y sintiendo una tensión creciente en los hombros. Algo se avecinaba. No sabía qué. Un silbido me raspó la oreja, un mechón de pelo cayó al suelo. Me giré a tiempo para ver cómo una bala impactaba sobre la piedra. Pálido, me volví hacia delante y me agaché, consciente de un segundo disparo. ¿Pero qué demonios estaba pasando? Contuve la respiración tras un montículo de estalagmitas. Con manos temblorosas, alcancé el segundo casquillo que había rebotado en la piedra. Quemaba. Por la forma de la bala, supuse que era de una escopeta, pero nada más. Las armas de fuego nunca han despertado interés en mí, y en aquel momento me arrepentí de ello. No escuché más disparos, pero tampoco me atrevía a salir. Y no podía quedarme allí eternamente… ¡Defenderé este castillo con mi vida entera! Fruncí el ceño. ¿Qué…? Te volaré la cabeza antes de que desenvaines tu ridícula espada de bambú. A riesgo de sonar inapropiado —aunque bueno, es mi diario y escribo lo que me da la


EL DESAFÍO

gana—, los tenía de corbata. Aterrorizado es poco. Los métodos de Yoda-sensei eran un misterio para nosotros, los extranjeros, y se teorizaba mucho acerca de las pruebas a las que sometía a sus alumnos, pero la realidad, una vez más, superaba a la ficción. Sudaba. Notaba las gotas descendiendo por mi abdomen, contraído. Apenas me acordaba de respirar. ¿La voz que había oído era real o solo un producto de mi imaginación? Sonaba lejana, cierto, pero sorprendentemente clara. —¿Quién… quién está ahí? —me atreví a preguntar. Con toda respuesta, oí que recargaba la escopeta. Soy Yaeko Yamamoto, la francotiradora. Y si te mueves, te mato. Ahogué un grito ante la sola idea de «morir» en manos de… ¿una francotiradora de leyenda? Fruncí el ceño. Hace siglos que debía estar muerta. Yaeko Yamamoto es venerada en todo Japón por el asedio de Aizu. La era Meiji supuso un punto de inflexión para la apertura japonesa: podían, por un lado, ceder a la presión del gobierno y propiciar el aperturismo a una sociedad occidentalizada, o por otro, combatir la pólvora de la industrialización con más pólvora y espadas. En otro mundo, quizá el Shogunato fue vencedor y los samuráis vencidos, pero desde luego en el pasado no fue así. Si ya de por sí me parece increíble que la esgrima y el budo, los conceptos espirituales de las artes marciales, pudieran hacer frente a la agresividad de las armas de fuego, que vencieran es digno de hacer historia. Y Yaeko Yamamoto forma parte de esa historia. Diestra con su rifle Spencer, más de treinta soldados cayeron bajo su certera puntería antes de que la hirieran de gravedad y la sacaran

del combate. Las malas lenguas dicen que murió, pero que consiguió reencarnarse en otra mujer para vengarse de los que querían borrar del mapa la tradición japonesa. Milagrosamente, Yaeko Yamamoto no solo sobrevivió al asedio, sino que contribuyó a la reconstrucción de sus murallas y fundó la Universidad Doshisha de Tokyo. Curiosamente, el mejor dojo femenino se encuentra allí. Me pregunto por qué Flora quiso venir aquí, conmigo, y no intentó ser recibida en él. Nunca se lo pregunté, ni creo que lo haga ya. ¡Sal para que pueda acabar contigo! ¡De ningún modo iba a salir!, o eso pensaba, aferrando el shinai con las dos manos y esforzándome para no temblar. Pero tenía que salir, porque Flora… ¿Dónde estaba Flora? Algo me oprimió el corazón. ¿Y si estaba cerca de Yamamoto? O peor: ¿y si no la había visto? Una bala podría alcanzarle por sorpresa. Recuerdo que aquel pensamiento me sonsacó una carcajada. Todavía no podía creer que estuviera dentro de una montaña, intentando practicar en el dojo del sensei Yoda, a merced de una francotiradora muerta y una extraña percepción de lo que me rodeaba. Si no fuera porque no había comido ni bebido nada en un par de horas, diría que estaba drogado. —¿Flora? —pregunté, tan bajo que ni siquiera se propagó el eco. Carraspeé y volví a intentarlo—: ¿Flora? Flora, ¿dónde estás? Esperé una respuesta, en vano. Debía de estar o muy lejos o demasiado ocupada venciendo sus propios miedos. Me asomé unos centímetros por encima de la roca y entonces la vi: Flora peleaba contra un veloz kendoka. Apenas tenía tiempo de levantar Anima Barda - Pulp Magazine 61


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los brazos cuando él disparaba dos, tres, hasta cuatro ataques casi sin moverse del sitio. Flora no llevaba protección en las muñecas. Sin saberlo al detalle, juraría que ya las tenía amoratadas. El kendoka movía el shinai como si se tratara de un látigo. Corpulento y certero, sus golpes eran restallidos traídos por el eco. La hakama bailaba con una soltura casi artificial; de hecho, la rapidez de aquel kendoka era asombrosa. ¿Serían los alumnos japoneses igual de fuertes que él?, me preguntaba mientras Flora bloqueaba un ataque alzando la espada de madera e intentando dar, sin éxito, en el abdomen de su contrincante. Esa técnica necesita unos tiempos muy concretos. Quizás yo habría optado por intentar atacar con golpes directos, pero tampoco parecía sencillo. Al menos desde mi posición. Una cosa estaba clara: Flora no podía resolverlo sola. Y probablemente yo tampoco pudiera, pero si al menos conseguíamos darle esquinazo y escapar… a algún lado… Movido por un extraño impulso, salí de mi escondite y eché a correr en su dirección. El suelo pedregoso me hacía daño en los pies, pero lo olvidé en cuanto oí el primer disparo. Esa bala había sonado cerca. No me detuve a comprobar a qué distancia tenía a la francotiradora; mis ojos estaban fijos en los movimientos del kendoka que, a lo lejos, había asestado un golpe en la cabeza —un men— a Flora. Maldición, ¿por qué estaba todo tan oscuro? Y de repente vi algo que rompió mis esquemas, y los recompuso acto seguido. El humo y la sinuosa oscuridad desaparecieron un instante, y de la espalda del kendoka asomó la estructura de madera que lo sostenía. Los 62 Anima Barda - Pulp Magazine

engranajes en cada esquina eran los encargados de mover sus pesados brazos. Y por eso era tan ágil y la hakama bailaba con esa gracia: el kendoka no tenía pies, ni siquiera piernas. ¡Era un autómata! ¡Una máquina! Si Flora no se había dado cuenta de ello era porque el misterioso kendoka siempre le bloqueaba el paso de manera que nunca la tuviera de espaldas. Esa era la única forma de descubrirlo, o bien con un golpe de suerte, como me había sucedido a mí. —¡Flora, es un robot! ¡De madera! —empecé a gritar, emocionado. Ya estaba a escasos metros de ella. Se giró, con el ceño fruncido—. ¡Es una máquina! Un disparo alcanzó una de las varas de mi shinai, que salió despedido de mis manos. No reparé siquiera en saber dónde había caído; como si siempre lo hubiera sabido, me llevé una mano a la cintura y desenvainé el bokken, semejante a una espada de verdad pero también hecho de madera. En ese momento, Flora retrocedió y se colocó a mi altura, a metros prudentes del autómata. —¿Y esto? ¿Seguro? —Segurísimo. Y hay dos, al menos que sepamos: este y Yaeko Yamamoto. ¿Qué, cómo te quedas? —¡Muerta! —contestó, y yo sonreí. Flora siempre le encontraba hueco al humor—. Primero acabemos con este. No vamos a conseguir que se dé la vuelta, así que uno debe ir de cebo y distraerle mientras el otro va por detrás y le clava el shinai en los engranajes. O el bokken, me da igual —añadió. —¿Crees que el sensei Yoda nos habría obligado a cascar dos shinais en la espalda de los autómatas? ¿No habrá un método más…? —¿Sencillo? No sé… Pero tenemos que


EL DESAFÍO

intentarlo. Flora tenía razón. Lo sabríamos en cuanto consiguiéramos acercarnos. Me puse en guardia frente al kendoka y, cogiendo aire directamente desde el abdomen, grité. No sé si producto del humo, del eco o de mi propia energía, sentí como si algo estallara dentro de mí y se dirigiera hacia fuera. Fuego, quizás, o la chispa de un incendio. El kiai de Flora era como un torrente de agua. Salía disparado desde su estómago y conseguía amedrentar a su contrincante. Aunque el kendoka que teníamos delante era inmune al miedo, a mí me animó escucharla. El autómata no era tonto y sabía que dos personas intentaban desactivarlo. Desde luego, no nos perdía de vista. Aplacaba cualquier amago atacando con más rapidez y utilizando contras que seguramente habrían desarmado a todos los kendokas de España. Pero no por nada estábamos aquí, si no era para entrenar con los mejores. Aquel pensamiento me dio la fuerza suficiente para desviar de una fuerte estocada un golpe a mi muñeca y mi bokken cayó sobre su cabeza con la pesadez de una losa. —¡Ahora! —chilló Flora, aproximándose a la espalda del kendoka. Alzó su shinai, dispuesta a clavarlo entre los engranajes, cuando estos se detuvieron—. Pero… ¿qué…? Con un ruido sordo, el autómata hizo una reverencia, guardó su espada y cerró los ojos. Estaba desactivado. Repentinamente agotado, miré a Flora. —Solo teníamos que hacerle un men — constaté, refiriéndome al golpe en la cabeza—. Y nosotros pensando en resolverlo al estilo Indiana Jones… —Pero aún queda la francotiradora, ¿no?

Lo dijo con un suspiro pesaroso. —Mejor dicho, ya solo nos queda la francotiradora. Ella sonrió. ¡Así que hablando de mí a mis espaldas!, oímos de pronto la voz de Yamamoto desde algún punto de la caverna. ¡No pasaréis, eso desde luego! Sí pasaremos, repliqué mentalmente. —La salida está por el norte —comentó Flora describiendo una curva hacia la izquierda con su mano—. Supongo que la samurái estará apostada por ahí, ¿no? —Al menos los disparos venían de allí, sí. —¡Pues vamos! Inspiré hondo para recuperar energía y doblamos la esquina. De inmediato, Yaeko Yamamoto abrió fuego. Flora y yo nos dispersamos, uno a cada lado, corriendo como almas que lleva el diablo. Una bala me alcanzó el brazo. Ahogué un grito y me llevé la mano a la herida entre molesto y sorprendido por el poco daño infligido. No eran balas de verdad —después de todo, me lo imaginaba— sino munición rudimentaria muy parecida al airsoft. Pequeñas bolas de madera que, sí, escocían, pero no causaban daños mortales. Supongo que Yoda no querría matarnos, ¿no? Ahora me río, pero en su momento lo pasé fatal. Sabiendo eso, las demás balas no pudieron sino entorpecerme hasta que llegamos a la francotiradora. Era un autómata imponente. Tenía el mismo aspecto que la francotiradora real, las mismas ropas, la misma expresión fiera representada en las pinturas de Aizu. Pero como el kendoka, la delataban los engranajes de madera que sobresalían por su espalda. Anima Barda - Pulp Magazine 63


ELEAZAR HERRERA

¡No!, chilló, guardando su escopeta y desenvainando un bokken de marfil oscuro. Me puse en guardia, dispuesto a pelear, pero Flora, a la que había perdido de vista tras percatarme de la verdadera naturaleza de las balas, apareció de entre las sombras con su shinai en lo alto y lo clavó en medio de los engranajes. Las manos de la francotiradora temblaron, el bokken cayó al suelo, e irremediablemente, sus ojos se cerraron. El bokken de Flora había sido reducido a astillas afiladas. —¡Ya está! —exclamé sin poder creerlo. —No, no está —repuso ella, mirando hacia una esquina—. Mira, es el chico de antes, ese tal Iwata. Y era cierto: Iwata estaba tumbado en el suelo, de lado, con la mirada en el infinito. Parecía exhausto. No pudo seguirle el ritmo a los autómatas, si es que descubrió que lo eran. Nos acercamos a él y le ayudamos a levantarse. —Gracias —dijo en japonés, casi con seguridad la única palabra que entendimos. Siguió hablando, pero no captamos absolutamente nada, y viendo que sus esfuerzos eran en vano, calló y avanzamos hacia la salida. La puerta se hallaba oculta tras Yamamoto, que una vez desactivada se había movido hacia un lado. La abrimos haciendo acopio de las últimas energías que nos quedaban. Nos recibió una estancia amplia e iluminada, vacía y de aspecto fresco. El suelo nos resultaba familiar: era de madera y nuestros pies deslizaban con suavidad. —Esto parece el dojo, ¿no crees? —me comentó Flora. Iwata pareció habernos entendido, porque 64 Anima Barda - Pulp Magazine

asintió y habló durante otro rato. Esa vez ni siquiera hicimos amago de prestar atención. Una sombra menuda se proyectó sobre la tarima. Era el sensei Yoda, y sonreía. Tras él apareció Diana, que sonreía también pero con más amplitud. —¡Sabía que lo conseguiríais! —exclamó Diana—. Aunque madre mía, cómo habéis dejado vuestras cosas… Me encogí de hombros. Mi shinai debía estar perdido por la montaña, pero el bokken estaba intacto. No así el de Flora, claro. El sensei Yoda nos abarcó con sus pequeños brazos y dijo, tan escueto como ceremonial: —Bienvenidos, kendokas. La sensación fue increíble.


OPERACIÓN CARNE CRUDA

¿Qué hubiera pasado si... los nazis hubieran ganado la II Guerra Mundial?

Operación Carne Cruda por J. R. Plana

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Lunes 29 de mayo de 1967 mpiezo estas hojas a la tenue y vacilante luz de una lámpara tesla, oculto del gélido viento siberiano tras los sólidos y gruesos muros de un semi-búnker, viento que suena con escalofriante fuerza al atravesar los conductos de pisos superiores. Estamos en Anádyr, frente a la costa de Alaska, donde la resistencia nos ha recibido con excepcional hospitalidad, cosa que no esperaba tras ver las excesivamente defendidas líneas costeras que hemos dejado en nuestro país. Es un detalle que se agradece; el viaje ha sido largo, insufrible, horas encerrados en una fragata flotante del ejército, recorriendo los Estados Unidos de punta a punta. Soy consciente del ejercicio de irresponsabilidad que estoy llevando a cabo al reflejar en un diario nuestro viaje y sus motivos, pero he de decir en mi defensa que jamás documento u objeto alguno que estuviera en mi posesión ha caído en manos del enemigo. Además, para curarme en salud, todo está relatado usando la clave del sistema Nartum 37, detalle que, si estás leyendo esto, resulta ya totalmente irrelevante. Hace dos semanas recibí la orden de presentarme en Fort Jericho. Poco tiempo aguardé junto al viejo lago y las chicas del pueblo; al rato de llegar allí, una nueva orden me obligaba a embarcarme en un vuelo de alto secreto con destino a Dios sabe dónde. Doce horas después, asistía a una reunión en un lóbrego sótano de algún edificio gubernamental, con los que serían mis cuatro compañeros en esta misión. La sala estaba casi a oscuras, iluminada por lámparas halógenas cuidadosamente distribuidas para desvelar la menor información posible del entorno. Si alguno comparecíamos en el futuro ante un tribunal, seríamos absolutamente incapaces de describir con seguridad a los hombres sentados al otro lado de la mesa y, por lo tanto, incapaces de implicarlos en las represalias. Del grupo de seis hombres que nos hablaban y observaban desde las sombras sólo puedo hablar de dos: el teniente general Harper, vinculado a los estratos más oscuros de la C.I.A., y un tal Heller Ohlsen, desertor del Imperio Nazi. Y en el centro, sobre la mesa, cartografía, pantallas de satélites, planes de incursión y siete ceniceros repletos de colillas… El material habitual de una reunión de alto estado. —Ustedes cinco han sido elegidos para llevar a cabo la misión más definitiva y desesperada de la historia de esta guerra. —El teniente general se saltó las bienvenidas y presentaciones para ir directamente al grano—. Señores, la situación actual es insostenible. La expansión del Imperio Nazi está totalmente bloqueada por los pactos. Si el Tercer Reich quiere mantener el control sobre tan vasto territorio debe respetar forzosamente los pactos con naciones aliadas. Adolfo no puede continuar con sus sueños de conquista y eso le desquicia. El teniente general, de pie y apoyado sobre la mesa, desplazó la vista sobre nosotros, esperando para ver nuestras reacciones. Obviamente, no hubo ninguna. Todos conocíamos sobradamente la situación política con Europa. Hasta el más pequeño estadounidense era consciente de la permanente amenaza nuclear que se cernía sobre nuestra nación. —Nuestra paz es frágil —constató Harper. Quería seguir dándonos una lección de historia—. El único motivo por el que los gobiernos de Estados Unidos y el Tercer Reich firmaron el

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OPERACIÓN CARNE CRUDA

acuerdo de 1954 fue porque ambos temían los resultados de una guerra científica a gran escala, y más tras ver lo que quedó de Japón después de las armas nucleares. Eso le dio margen a nuestro país para recuperarse económica y demográficamente, y a Alemania le dio el espacio suficiente para terminar de doblegar a las naciones del Viejo Continente, PERO —añadió alzando la voz—… eso se ha terminado. El Führer lo sabe, nosotros lo sabemos. La pecera se les ha quedado pequeña, el sueño ario está incompleto, y eso no es bueno. Los ojos de Adolfo están fijos en América, y los gobiernos refugiados de la Vieja Europa apremian al presidente para que tome ya una decisión. —Aprovechó la pausa para erguirse y pasear por las sombras, más allá de los halógenos—. Nuestra guerra con Alemania se ha desplazado de forma velada hasta los países satélites, pero el apoyo de ambos es ya tan descarado y provocador que nos basta cualquier motivo para desempolvar de nuevo los uniformes. Nos estamos buscando las cosquillas. Y ahí es donde entran ustedes cinco. —Volvió a su posición inicial, apoyado sobre la mesa como si se fuera a abalanzar sobre uno de nosotros—. Cinco especialistas en operaciones tras las líneas enemigas. Señores, les presento a la mayor Elora Omson y el capitán Chad Caden, ellos dirigirán el grupo. Junto a ellos irán el teniente Rizzo, la teniente Hall y —terminó señalándome a mí— el teniente Drexler. Entrarán en territorio nazi y desencadenarán los siete infiernos. Ellos cinco serán los encargados de llevar a buen puerto la operación Carne Cruda. Llaman a la puerta de mi habitación. Es la voz de la mayor Omson. Verla por aquí es un placer, aunque deba dejar de escribir. Si me descubre con el diario me cortará Dios sabe qué. Martes 30 de mayo de 1967 Sobrevolamos la estepa siberiana con dirección a China. Todas las fragatas flotantes de los siberianos están destinadas en el frente, así que hemos tenido que recurrir a un zepelín de carga. Las bodegas van llenas de viejos aviones de combate. Desde mi estrecho ojo de buey alcanzo a ver una sección de la antigua muralla china. Los asiáticos han aprovechado la construcción para establecer cañones de largo alcance y una red de sónares de disrupción cada cien metros. Llegado el caso, ningún alemán cruzará al otro lado sin volverse completamente loco. Una vez que lleguemos a China nos recogerá un agente del servicio secreto local, fruto del proyecto de formación de espías chinos en Estados Unidos. El motivo de dar semejante rodeo es evitar las continuas y peligrosas escaramuzas que la resistencia rusa mantiene con los ejércitos que el Tercer Reich tiene destinados en Siberia, el temido escuadrón de Tanques Bípedos del Hielo. Muy a mi pesar, anoche no pude terminar de relatar el principio del viaje, la mayor Omson se presentó en mi cuarto buscándome para tratar algunos aspectos del desmantelamiento de minas de desintegración, una de las materias en las que soy experto. Aprovecho estos momentos de paz y tranquilidad para tratar de finalizar la narración, aunque mucho me temo que me veo obligado a resumir ciertos pasajes a fin de que me dé tiempo a explicar lo fundamental. Los cinco formábamos un comando altamente especializado y de lo más confidencial. Nuestra misión era muy concreta: usando unos informes proporcionados por el desertor Heller Ohlsen, Anima Barda - Pulp Magazine 67


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ex miembro del servicio secreto alemán, debíamos acceder a unas instalaciones secretas nazis, desmantelarlas y hacernos con una serie de instrumentos de diversos proyectos. El golpe de gracia del sabotaje consistía en usar un virus alemán para infectar a los científicos que capturásemos, liberándolos posteriormente entre la población. Con el antídoto robado por nosotros y las instalaciones donde se producía destruidas, el caos cundiría entre la población. Para asegurarnos el éxito de la misión en caso de que seamos capturados, sólo la mayor y el capitán poseían datos precisos sobre el virus. Cada uno de nosotros tenemos un sobre sellado con la misma información codificada. Si ellos, el capitán o la mayor, son hechos prisioneros, romperán la muela postiza que llevan implantada, liberando una toxina letal que los matará en el acto, y nosotros abriremos nuestros sobres para saber cómo llevar a buen puerto la misión. Si alguno de nosotros tres caemos en las redes nazis, da absolutamente igual, puesto que no sabemos nada y el texto del documento es imposible de descifrar para los alemanes. Como motivación adicional para asegurarse de que nadie rompe el sobre y filtra la información, a la vuelta nos exigirán devolverlo íntegro, salvo en caso de que nuestros jefes hayan muerto, y si el sello no sigue en su sitio nos enfrentaremos a un pelotón de fusilamiento. La misión aparentemente es sencilla. ¿Dónde está entonces el reto? Fácil: la base científica objetivo se encuentra oculta en el corazón de Alemania, blindada, protegida y prácticamente inexpugnable. Por fortuna para la causa, Herr Ohlsen, un hombre que a buen seguro representa a ojos de Adolf el ideal de la raza aria, posee información de primera mano sobre esta base científica. No sólo conoce su ubicación, sus medidas y procedimientos, también tiene conocimiento de los proyectos y estudios que allí se realizan. Es por eso que su deserción de entre las filas del SD fue recibida con grandes aplausos y alabanzas por parte de la Agencia. Eso sí, los motivos que se esconden tras el cambio de chaqueta han sido considerados “triviales para la misión”, y por lo tanto no hemos podido saber más sobre nuestro informador. Y eso es todo. Ahora debemos encontrarnos con nuestro contacto en China. Con él viajaremos hasta el frente y utilizaremos un tren-topo para llegar tras las líneas enemigas. De vez en cuando miro de reojo al sobre sellado, aguantando a duras penas la seductora inclinación de tratar de ver su contenido sin romper el dichoso sello. ¡Condenado alto secreto! Aunque prefiero eso a llevar una muerte segura oculta en la muela. He observado con qué cuidado come la mayor Omson y no me gustaría estar en su lugar. Parece que descendemos. Veo un hombre que nos espera en la pista. Debe ser nuestro enlace. Viernes 2 de junio de 1967 Nuestro viaje a través de China está siendo relativamente rápido. Ya llevamos más de la mitad, y esperemos que siga así. Las tropas americanas gozan de vía libre en el país, pero nunca conviene llamar demasiado la atención. Podrían empezar a hacer preguntas y eso hay que evitarlo a toda costa, de manera que viajamos lo más discreta y rápidamente posible. El contacto chino es un hombre risueño de unos veintisiete años que dice llamarse John. 68 Anima Barda - Pulp Magazine


OPERACIÓN CARNE CRUDA

Obviamente se trata de una americanización de su nombre real, costumbre que gusta mucho entre los inmigrantes de este país. Creo que es porque nos consideran unos ineptos en lo que a su lengua se refiere, y prefieren ponernos las cosas fáciles. De ninguna manera seré yo quien me queje. Aparte de eso, es moreno y bajito. No soy capaz de apreciar diferencia alguna con la gran mayoría de sus compatriotas. Viajamos a bordo de un Ford WideCharge modificado con blindaje especial, y capaz de alcanzar los ciento veinte sin despeinarse. Causamos sensación por cada región que atravesamos. Los campesinos de los arrozales detienen su trabajo para ver el manchurrón rojo que atraviesa a toda velocidad las carreteras especiales del gobierno, y estoy seguro que pasan al menos una semana especulando sobre su destino, sus ocupantes y su misión. Aunque, ahora que lo pienso, esa gente tiene pinta de hacer lo mismo con cada cosa que pase por esa carretera. Se les ve muy aburridos. Ahora que ya llevamos cinco días juntos puedo empezar a contar algo acerca de mis compañeros. Nunca especulo con la personalidad de ningún amigo o compañero hasta que no he podido estudiarle con una cierta profundidad. Empezaré por la mayor Elora Omson. Esta mujer es un condenado barril de pólvora. No me refiero a que sea inestable y vaya a reventar de un momento a otro matándonos a todos, sino a que con solo mirarla un poco te das cuenta de que es realmente peligrosa. Doy gracias por tenerla de nuestro lado, de lo contrario no podría dormir. Decidida, segura, tenaz, clara, reflexiva… Tiene todas las características que ha de tener un buen líder. Y también las de una buena mujer: atractiva, misteriosa, inteligente… Si no me diera tanto miedo consideraría la opción de cortejarla guardando muy bien las distancias. Tiene buenas curvas, los músculos de los brazos quizá demasiado definidos para mi gusto, pero compensa sabiendo llevarlo con mucho estilo. Y, por supuesto, rubia y con ojos claros, como todos nosotros. La idea es no llamar la atención por el físico entre las filas nazis. También está el capitán Chad Caden. Él es el abuelo del grupo. No es tan viejo, quizá ronde los cuarenta y cinco, pero ya peina canas, y el resto lo consigue con su actitud hacia nosotros. Nos aconseja, nos enseña y por las noches nos cuenta batallitas. Sin embargo, no le han elegido a él para que nos arrope al dormir, sino porque es un zorro astuto. Se le ve en los ojos. Siempre vigilando, siempre atento al detalle, siempre encontrando otra manera de hacer las cosas. Si Omson es la jefa que todo el mundo querría tener, Caden es el consejero que todo el mundo desearía que estuviera a su lado. Luego viene el teniente Rizzo. Vaya elemento. Es la muerte con patas. Mientras que Omson es escalofriante como una cobra, Rizzo es aterrador como un rinoceronte a la carga. Experto en el cuerpo a cuerpo y en general todo aquello que implique matar. Querré tenerlo al lado cuando llegue el momento de los tiros. Solo dos cosas me desagradan de él: su manía de contarte todo lo que piensa que no sabes y su exagerada barba, que en algún momento llamará mucho la atención y nos costará pudrirnos en una prisión nazi. Y por fin llegamos a la teniente Mónica Hall. Ah, Hall. Ella compensa la miseria de tener a Rizzo al lado. Sé que sonará frívolo, pero agradezco que esté Hall simplemente porque es la Anima Barda - Pulp Magazine 69


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chica diez. Omson es guapa, sí, pero Hall es realmente muy guapa. Tiene la belleza de las más apabullantes misses pero con el plus de una agudeza mental superior a un niño de parvulario, además del punto salvaje que da ser un comando de élite. En los cuerpos secretos no dejan entrar a cualquiera, ¿sabes? Lo que decía: Hall, la mujer ideal. Igual no para casarse, pero sí para estar al menos una noche con ella. O igual una noche es poco, mejor una temporada. No tiene ningún defecto físico que se le pueda reprochar, y también parece que en cuestiones de personalidad va bien servida. No habla mucho, pero lo poco que dice resulta lo suficientemente sagaz como para saber que ahí dentro se cuece algo más que balas y vestidos bonitos. En ese dilema me hallo: no sé a quién quiero más, si a la mayor Omson o a la teniente Hall. Qué compromiso. Intentaré soñar con las dos para que ninguna se moleste. Sábado 3 de junio de 1967 Cae la noche y puedo volver a escribir algo en mi diario. Doy gracias por haber aprovechado las páginas del viaje junto a John para hablar de mis compañeros, porque ahora se acumulan las novedades y me temo que no voy a tener suficiente tiempo. Estamos en la frontera. Hay posiciones blindadas cada poca distancia y nosotros nos “hospedamos” en una. Esto es una locura. Los chinos han convertido esto en una segunda muralla china. Docenas de instalaciones dispersos por campos de instrucción: búnkeres, cuarteles, prisiones, armerías, comedores… Están levantando muros y hay ametralladoras de calibre pesado y cañones de arco de fragmentación cada dos por tres. La presencia de tropas armadas es exageradamente alta, casi parece que quisieran inundar el territorio nazi con una marea de ojos rasgados. Por doquier hay unidades de veteranos adiestrando a batallones de reclutas. Repiten lo mismo día y noche: primero disparar con el rifle, luego calar bayonetas y cuerpo a cuerpo, atravesando las cabezas de los peleles. Les fuerzan hasta reventarlos, con estricta disciplina, exigiéndoles una puntería excepcionalmente precisa para pelotones del frente, ya sea con el fusil o con el cuchillo. Lo que no he visto ha sido adiestramiento con granadas o patatas. Supongo que no les darán los fondos. No sé que planean pero es raro de narices. Y me están volviendo loco. Siempre están gritando. Nuestro contacto nos ha abandonado aquí, en manos de un teniente que está al mando de la zona desde la que partiremos. Los soldados en general nos han recibido con cortesía pero distantes, como si no se fiaran mucho de nosotros. Estos extranjeros son un poco raros. El siguiente paso de nuestra misión es igual de sencillo que los anteriores: esperaremos aquí hasta que los zapadores terminen de asegurar el tren-topo, que atravesará unos seis mil kilómetros en veinticuatro horas, más o menos. Si todo va bien, saldremos tras la frontera de Alemania , donde nos recogerá nuestro enlace alemán, infiltrado en el SS nazi. Al saberlo no he podido evitar preguntarme si no hubiera sido todo más sencillo saltando en paracaídas, o con un submarino en costa noruega. El topo es un proyecto experimental que el gobierno ha tenido a bien dejarnos probar a nosotros. Todo un honor. Esperemos no tener que lamentarlo. 70 Anima Barda - Pulp Magazine


OPERACIÓN CARNE CRUDA

Cuando llegue el momento (quizá entre mañana y pasado), nos enfundaremos en nuestros trajes del SS y la Gestapo diseñados por Hugo Boss y saldremos de incógnito a quemar Berlín hasta las cenizas. Pero hasta entonces, mataremos aquí el tiempo, padeciendo los gritos de los oficiales chinos: “¡Clava! ¡Clava! ¡Clava!” y “¡Descarga cerrada! ¡Fuego! ¡A mi orden! ¡Fuego!”, todo el día, una y otra vez. Rizzo y el capitán Caden se han puesto de acuerdo para enseñar al teniente y algún chino más a jugar al póker al estilo de Tejas. Estos pobres no saben lo que se les viene encima. Lunes 5 de junio de 1967 Metros de tierra acumulados sobre nuestras cabezas no contribuye a tranquilizar a nadie. Ya de por sí es bastante malo pensar que viajas bajo los pies de miles de guerrilleros simpatizantes del régimen nazi, quemadores de banderas estadounidenses que jamás han visto a un soldado americano y están deseosos de encontrar a uno para atarle a un palo y tirarle piedras mientras la prensa les hace fotos. La perspectiva es francamente encantadora. El tren-topo es una especie de tuneladora sobre raíles. Los zapadores chinos aparecieron en la base ayer por la noche, llenos de polvo y suciedad pero muy sonrientes. El agujero estaba terminado y asegurado, hora de recoger y largarse de allí. Los chinos fronterizos nos han despedido con cierta rigidez, como si no se entristecieran mucho de que dejáramos de comernos sus víveres y sacarles la paga con las cartas. Si soy sincero, tampoco yo voy a echar de menos a los vociferantes oficiales y las prácticas de reclutas. Suerte con eso. Aquí dentro estamos relativamente cómodos. No es muy estrecho y gozamos de unos pequeños compartimentos para descansar, algo extraño teniendo en cuenta que esta gente tiene la costumbre de apilarse unos sobre otros en habitaciones estrechas. En resumen, el sitio no está mal, aunque pasarse al menos veinticuatro horas encerrado aquí da un poco de claustrofobia. ¿Habrá oxígeno de sobra? Intentaré no pensar en ello. Martes 6 de junio de 1967 Hemos tardado un poco más de lo esperado. Hubo que pararse dos veces, una por un pequeño derrumbamiento y otra porque el túnel pasaba junto a una mina ucraniana que no habían tenido en cuenta. El sonar detectó movimiento al otro lado de la pared y decidieron detenerse para no alertar con ningún ruido. En cualquier caso todo esto ya da igual, estamos a diez minutos de salir a superficie. No sé si es de día o de noche. El reloj marca las once, supuestamente de la noche. Veremos qué nos aguarda ahí fuera. Espero que estas no sean las últimas líneas de mi diario. Miércoles 7 de junio de 1967 Tiñen el horizonte las primeras luces del alba. Hemos pasado la noche en un pueblecito cerca de Görlitz y en breve saldremos de aquí. La intención es llegar a Berlín al mediodía que es, según nuestro contacto, el momento en el que la gente nos prestará menos atención, envueltos como están en el torbellino de la rutina diaria. Nuestro contacto. Vaya, con nuestro contacto. Adler Kohl se llama, y ha resultado ser un SS-Brigadeführer, un mayor general del servicio Anima Barda - Pulp Magazine 71


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secreto. Si el mariscal Karl Hanke se enterara de esto… Nos hemos sorprendido todos, menos la mayor y el capitán, que ya parecían saberlo. Kohl tiene su oficina en Berlín y dirige los servicios de espionaje que operan en el país germánico. En términos de esta misión, su presencia es toda una delicia. Otro miembro ideal más para el Sexteto de la Muerte. Por lo demás, es un tío raro. Lleva monóculo y parece siempre sospechar de todos. Ha mencionado a Heller Ohlsen un par de veces, así que supongo que se conocerán. Ahora montaremos los seis en un Mercedes G4 de techo blindado y partiremos hacia Berlín. Si todo va bien, en unas tres horas deberíamos estar en el piso franco. ¿He dicho ya lo atractiva que está la teniente Hall vestida de uniforme nazi? Jueves 8 de junio de 1967 De nuevo vuelvo a abrir el diario de madrugada. Ayer fue un día de preparativos, pasamos la tarde estudiando el plan y las diferentes vías de acción. Hay una sorpresa: Adler Kohl se vuelve con nosotros. Ha dejado todo preparado para desaparecer sin llamar la atención, y se montará en el tren-topo de vuelta con nosotros. Ahora ha ido a su casa en el centro de Berlín a recoger unos cuantos enseres. Por supuesto nada de maletas, eso llamaría mucho la atención. Solo lo que quepa en una pequeña bolsa-maletín. El plan parece sencillo, como todo en esta misión. Es decir, no es difícil de entender, la única complicación es evitar a cualquier posible ejército de fanáticos dispuestos a ejecutarnos en el sitio. Salvando eso, lo demás es puro trámite. Kohl nos recogerá en un rato con el Mercedes G4. Atravesaremos Berlín y recorreremos unos cien kilómetros de carreteras secundarias hasta internarnos en la campiña. La base está astutamente oculta en mitad de ninguna parte. Un clásico. Una vez lleguemos allí, comprobaremos el perímetro, buscaré minas de desintegración ocultas, entraremos tirando de nuestros uniformes y, cuando tengamos controlado el número y posición del personal, daremos el golpe de mano. Las órdenes son mantener con vida a mayor número posible y aislarlos en una sala. Inocularemos el virus en algunos de ellos y dejaremos que él solito haga el resto. Y nos llevaremos los antitóxicos que podamos, destruyendo los que no podamos cargar, las fórmulas y las cabezas capaces de reproducirlas. Rizzo ha reído con ilusión al llegar a esta parte. Walters con silenciador, microfusiles de choque tesla, reventadores para los sabotajes y el viejo Thompson M1951 del capitán. No puede salir mal. Viernes 9 de junio de 1967 Desde la ventana de mi cuarto veo el campo aún verde por la primavera y el Mercedes oculto bajo una lona en la parte de atrás de la posada, detrás de un viejo muro de piedra. Los últimos rayos de sol perfilan las copas de los árboles del bosque cercano y todo desprende un aire bucólico. Suspiraría de placer si no fuera porque aún no hemos salido de Alemania. La misión ha ido relativamente bien. A pesar de las advertencias del dossier, no había presencia de minas desintegradoras ni ningún otro tipo de trampa antipersona. Accedimos a las instalaciones 72 Anima Barda - Pulp Magazine


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con facilidad, gracias a la distracción visual y mental que suponía la presencia de Hall. Otro golpe de suerte: los laboratorios eran relativamente pequeños, con solo tres subniveles bajo el suelo, así que dominamos al personal con rapidez. En total era unos treinta. Yo me dediqué a hacer fotos de planos y destruir sin piedad diversos proyectos, entre ellos una nave espacial prácticamente terminada y un androide de exterminio. Rizzo, Hall y el capitán capturaban a los científicos y reventaban algunas cabezas rebeldes, y la mayor Omson buscó y encontró el virus letal a por el que habíamos venido mientras Kohl esperaba afuera con el coche y los nervios de punta. Esto último lo supongo yo, ya que el tío no mueve un músculo de la cara, pero nadie puede estar tranquilo en una situación así. La idea de dejar a él fuera vino por justificar su inocencia de alguna manera si nos pillaban. Cuando hubimos doblegado y enclaustrado a todos los hombres y destruido millones de marcos imperiales en material científico, procedimos a infectar a determinados sujetos elegidos al azar. Lo hicimos de manera que nadie sospechara nada y así no cundiera el pánico entre los tíos de las batas. Salían de la sala por su propio pie bajo la excusa de un interrogatorio y los devolvíamos inconscientes y llenos de moratones después de haber estado encerrados unos minutos con Omson y Caden. Los demás temblaban que daba gusto verlos. Después de acabar, la mayor Elora y el capitán se quedaron a verificar desde una zona segura que todo terminaba bien. Cuando un alto porcentaje de los científicos lucieran los síntomas de la intoxicación, había que abrir puertas y salir corriendo, lo primero para extender la plaga por Alemania cuando estos pidieran ayuda, desconocedores de lo que llevaban encima, y lo segundo para evitar el contagio. Nosotros salimos afuera con Kohl, que contemplaba con una calma cargante los alrededores mientras se fumaba un apestoso cigarrillo nazi. Como era de esperar, no todo podía ir bien. Esperamos mucho, demasiado para mi gusto, en total unos quince minutos. Y entonces oímos una ráfaga del subfusil Thompson del capitán. Ya íbamos a entrar los tres a la carrera cuando nos llegaron los gritos de Omson ordenando a Kohl que encendiera el motor. Las puertas batientes del laboratorio se abrieron y apareció la estilizada figura de Elora cargando con el peso del viejo, que se apoyaba en ella para andar. El hombre apretaba con fuerza una herida en el costado izquierdo que le manchaba de sangre el pulcro uniforme alemán. —¿Qué ha pasado? —preguntó alarmado Rizzo. —La apertura de puertas ha salido mal —contestó pragmática Omson. —¿Se ha contagiado? —quise saber yo. —Es posible. Sin más palabras ni explicaciones, nos subimos como centellas al Mercedes y salimos echando leches de allí. Y aquí estamos, a medio kilómetro del punto de extracción, en un hostal de confianza, según Kohl. Hemos hecho desaparecer los uniformes y nos hemos vestido con ropas civiles. El capitán descansa en el piso de arriba, bajo la atención de Omson y Kohl. Todos sabemos tratar heridas, es parte de nuestro adiestramiento de élite, cualquiera podríamos haberle limpiado, pero la mayor Anima Barda - Pulp Magazine 73


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se ha empeñado en ocuparse ella, aduciendo que era su responsabilidad. Le hemos dado una dosis del antitóxico a Caden y todos hemos tomado otra, por si las moscas, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad. Aunque tendría su punto de gracia infectar Estados Unidos sin querer y de rebote. Bueno, siendo realista, estoy seguro que antes de pasar nos harán doscientos test y quinientas pruebas. Mejor hacerse a la idea de que no volveremos a casa nada más llegar al país. Sin embargo, lo que más nos preocupa ahora es tener la certeza de que hemos tenido éxito. Si realmente los científicos infectados han pedido ayuda sin saber de su propia contaminación hasta que haya sido demasiado tarde, ahora mismo el gobierno del Führer se enfrenta a una crisis interna muy grave, y no creemos que dediquen un especial esfuerzo a buscar espías enemigos, la seguridad del núcleo del imperio es más importante. O al menos eso esperamos. Sin embargo, si la misión no ha ido bien, estarán revolviendo hasta la última piedra de aquí a Afganistán para encontrarnos. Y eso no es bueno. No tenemos forma de saber qué está pasando. La televisión no va a informar de una infección entre la población, eso haría cundir el pánico. Tampoco sobre espías americanos infiltrados, sin pruebas pueden desatar una crisis internacional, además de despertar una caza de brujas muy poco útil entre los satélites del imperio. Resumiendo, estamos a oscuras. Aguardaremos aquí un poco más hasta que Caden se estabilice y entonces mandaremos el aviso por radio para que el topo venga a buscarnos. Lunes 12 de junio de 1967 Dos días sin escribir. Es noche cerrada y ya estamos tras la frontera china. Ha sido un fin de semana de tensión, nervios y nada de intimidad. Las tropas alemanas de la frontera se están movilizando hacia Berlín, aquello parece un hormiguero. Es buena señal. De camino al tren-topo nos cruzamos con una patrulla que nos dio el alto. Tuvimos un tiroteo. No dejamos ni uno con vida. Rizzo persiguió al último casi de vuelta a la posada, hasta que le cayó encima y le metió el puñal por la nuca. No nos hemos preocupado por esconder los cadáveres, ya da igual. El viaje en tren-topo ha sido un asco. No he estado solo apenas un minuto, continuamente hemos tenido que hacer guardia unos y otros junto a Caden, que parece estable pero no mejora. El tren se ha parado cinco veces para no ser descubiertos. Ya he dicho que la zona parecía un hormiguero. Lo mejor venía al llegar aquí. Los chinos casi no nos dejan entrar al país, y aún menos dormir en su fortificación. El teniente con el que jugábamos a las cartas se negaba en rotundo, señalando continuamente al febril capitán. Creo que tienen medio de que les podamos contagiar. Lo único que ha conseguido es que la mayor Omson y Kohl se pusieran serios y le echaran un rapapolvo, amenazando incluso con denunciarle al Consejo de Alianzas por entorpecer una misión contra el enemigo común. Al final ha aceptado a regañadientes, y ahora hasta el último recluta nos mira con tirria y nos evita como si tuviéramos la peste. 74 Anima Barda - Pulp Magazine


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Continúa He tenido que cortar porque llamaban a mi puerta. El asqueroso del teniente chino ha contactado con su gobierno y este les ha dado la orden de bloquearnos en el puesto fronterizo hasta nueva orden. Esos jodidos comedores de arroz nos tienen aquí encerrados y no nos van a dejar salir. ¡Cabrones! Martes 27 de junio de 1967 Me gustaría decir que no he escrito durante dos semanas porque he estado muy ocupado mirando entre las piernas de Hall, pero que me parta un rayo, este tiempo ha sido una verdadera mierda. El gobierno chino ha mandado una comisión de estudio. Nos han tenido dos semanas bajo observación, los seis encerrados en el mismo búnker, durmiendo en la misma habitación y turnándonos para el estrecho baño. Lo único bueno de todo esto ha sido ver a las dos chicas en paños menores. Amigo, qué gloria. Aunque me sorprende que conserve ganas de juerga después de todas las humillantes pruebas que nos han hecho pasar. Prefiero no hablar de ello. Hoy nos han soltado, dejándonos volver a nuestras habitaciones. Parece que no han encontrado nada. Con el que más tiempo han perdido es con Caden, que muy a nuestro pesar sigue entre la estabilidad y la falta de mejoría. La comisión espera mostrar con sus pruebas que el capitán está contaminado, y de hecho deberían haberlo descubierto si no fuera porque la mayor le ha dado todos los días su ración de antitóxico a espaldas de los chinos, excediendo así la dosis que debería bastar. Empezamos a pensar que es probable que esta suerte de vacuna no funcione una vez que has sido contagiado, que lo único que hace es mantener a raya lo que sea que te pase después. Mala suerte para el capitán, porque se nos está acabando. Pero quién sabe, no somos expertos en Ingeniería Biomolecular o como demonios se llame, su suerte está en manos de Dios. Y a los soldados chinos seguimos sin caerles bien. Me temo que eso no va a mejorar. Voy a pasar la mañana y la tarde disfrutando de la tranquilidad de estar solo, no pienso salir de mi habitación más que para echar alguna partida de cartas y alegrarme los ojos con Hall. Miércoles 28 de junio de 1967 Son las cuatro de la mañana y no me gusta estar escribiendo a estas horas. Lo que acabo de ver me ha puesto francamente nervioso. Voy a escribirlo aquí para poder aclarar mis ideas y que quede alguna constancia. Hemos acabado de cenar Rizzo, Hall y yo, y después de un par de manos nos hemos ido al catre. No soy persona que le cueste conciliar el sueño, pero tengo unos sentidos entrenados para despertarme como un resorte cuando oigo algún ruido extraño. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido sobre las dos. Oí un forcejeo y los resuellos típicos de la lucha, y antes de darme cuenta estaba de pie con el cuchillo en la mano y buscando a tientas la pistola. En calzoncillos he salido al pasillo del búnker. Anima Barda - Pulp Magazine 75


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Todo estaba a oscuras y parecía tranquilo. Tras un minuto en silencio y con mi respiración al mínimo para oír claramente, me ha vuelto a llegar el mismo ruido sofocado de forcejeos, esta vez acompañado de unos pasos apresurados, una maldición y el ruido de algo partiéndose. Guiado por la escasa luz de luna que entraba por la tronera al final del pasillo, he avanzado en dirección al ruido. Para mi sorpresa venía del cubículo de la mayor. Me he acercado sigiloso como un fantasma y he pegado la oreja a la puerta metálica. De dentro salían los tenues susurros de una conversación entre resuellos. En mi mente se dibujó un escenario claro: ese cabrón de Kohl acababa de acostarse con la mayor Omson y en el escarceo amoroso habría roto algo de una patada. ¡Grandísimo hijo de puta nazi! Me he quedado en el lugar unos instantes, sin saber muy bien qué hacer. ¿Y si era un ataque? No me lo parecía, puesto que distinguía claramente la voz de la mayor. Y en esas me encontraba, con la oreja pegada a la puerta, la pistola en la mano y el cuchillo en los calzones cuando Adler Kohl ha abierto de sopetón la puerta metálica y la luz eléctrica del interior ha iluminado por completo el pasillo, conmigo perfilado en el marco de la puerta. Obviaré la salta de imprecaciones de Kohl al verme en esa guisa, y también paso de largo el hecho de que casi me descerraja un tiro. Lo importante, lo que hace que cada vez que lo pienso se me altere el corazón, es que capitán Caden descansaba en la cama mientras que de su cabeza manaba una fuente de sangre. La mezcla del colchón y las sábanas teñidas de rojo, contrastando con la palidez del cuerpo, y la mayor de pie junto a la cama, en camiseta interior y limpiando un cuchillo con parsimonia, tornaban el escenario irreal y poco agradable a la vista. La mayor perdió la compostura para mirarme con una mezcla de odio y sorpresa y empezar a gritarme pero hablando muy bajo. —¡Qué coño haces aquí, Drexler! —me ha dicho. —He oído ruidos… En esa situación tan incómoda y desconcertante he tenido un momento de lucidez y comprensión. El cadáver del capitán, con las cuencas hundidas y los ojos velados de blanco, la mandíbula torcida en una mueca agresiva, Kohl y Omson, respirando entrecortadamente y con los rostros arrebolados, el cuchillo, la sangre, los jadeos, la lucha… Todo ha cuadrado en un instante y a mi mente ha acudido un informe clasificado que leí hace algunos años, uno sobre cierta mejora genética que iba a convertir a los soldados nazis en poderosos guerreros, uno sobre un proyecto científico que salió terriblemente mal. La mayor Omson lo ha visto en mis ojos, ha visto el atisbo de comprensión mal disimulado cuando he dicho que no eran necesarias explicaciones, me he disculpado y me he ido a mi habitación. Sé que ya no confía en mí porque ha visto la sospecha aclarada que se ha reflejado en mi rostro. Me cuesta creerlo, pero parece tan claro… ¡Santo Cielo, qué hemos hecho! No se trata de un simple virus que se pueda prevenir con una vacuna o un antitóxico, no se trata de un ataque de gripe que diezme a la población, hemos desatado una plaga que no El diario termina repentinamente, la O alargada en un brusco trazo de tinta que cruza las dos hojas. Hay salpicaduras de sangre seca en algunas partes, ligero desgaste en las cubiertas y rozaduras en algunas 76 Anima Barda - Pulp Magazine


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hojas. Está a disposición de su examen en el sobre adjunto. La siguiente grabación fue interceptada a las 07:31 A.M. hora local del día 28 de junio. Hemos eliminado los protocolos de comunicación y nombres clave para facilitar su lectura. Base Fronteriza: Cuartel general, aquí Base fronteriza. Solicitamos conexión con oficial al cargo. Cuartel General: Permanezcan a la espera. Cambio de interlocutor: Capitán Xiao Le a la escucha. B. F.: Aquí el teniente Cho Yien informando de la evasión de las instalaciones de la mayor Elora Omson y el SS-Brigadeführer Adler Kohl del comando americano, retenidos bajo observación preventiva. El capitán Chad Caden y el teniente Dominic Drexler han aparecido muertos. Señales de infección claras en el primero. El teniente Hugo Rizzo y la teniente Mónica Hall están siendo interrogados. Parecen no saber nada. Espero órdenes, señor. C. G.: Teniente, le hemos dado instrucciones claras acerca de no usar este canal para informar sobre la operación americana. Por favor, proceda a conectar al canal privado. La transmisión pasa a un canal privado. Lo interceptamos escasos segundos después. C.G.: …los cuerpos, asegurarse de que están inutilizados. Encierren en el calabozo a los dos americanos restantes hasta nuevo aviso. Publicaremos una orden nacional de arresto contra los dos evadidos. Corto y cierro. Fin de la transmisión. Nada más interceptado a destacar hasta cuatro días después. Canal privado operativo, a las 01:15 A.M. hora local del día 02 de julio. B.F.: Teniente Cho Yien solicitando conexión con oficial al cargo. Número de clave(…). C.G.: Aguarde. Cambio de interlocutor. Dígame teniente, aquí capitán Wue. B.F.: Situación crítica, señor. Fronteras no seguras, asaltos cada vez más habituales y numerosos. Dudosas señales de infección. C.G.: Silencio. Estática. B.F.: ¿Señor? C.G.: Retirada inmediata. Establezcan nueva línea en punto (…). Repito, retirada inmediata, abandonen el puesto y establezcan nueva línea en punto (…). Rematen a heridos, no dejen nadie vivo atrás. B.F.: Entendido. ¿Y los prisioneros, señor? C.G.: Abandónelos a su suerte. No seré yo quien ordene provocar una crisis internacional. Que esos soldados se busquen la vida. B.F.: A la orden, mi señor. Volveré a conectar tras establecer nueva línea en punto (…). Corto y cierro. No vuelve a haber transmisión en esta frecuencia. A las 02:24 A.M. hora local del día 02 de julio Anima Barda - Pulp Magazine 77


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se emite un mensaje por el canal de socorro de las fuerzas estadounidenses. A causa de problemas de conexión con el zeppelín de repetición, la señal no llega a la central, nadie contesta y el sistema procede a registrar la grabación. Grabación: Aquí el teniente Hugo Rizzo emitiendo llamada de socorro desde puesto fronterizo en coordenadas (…), ¿alguien me recibe? Estática. Repito, aquí el teniente Hugo Rizzo emitiendo llamada de socorro desde puesto fronterizo en coordenadas (…), ¿hay alguien ahí? Estática. Procedo a grabar entonces un mensaje de alerta. Comandos americanos en territorio chino, números de identificación (…) y (…). Jefe de unidad desaparecido en circunstancias misteriosas hace cinco días. El teniente con número de identificación (…) y el capitán con número (…) confirmados como bajas. Desconocemos las causas. El ejército chino nos ha tenido prisioneros durante todo ese tiempo. Desconocemos las causas. Creciente hostilidad de las tropas aliadas hacia nosotros. Han abandonado sus puestos en la frontera y se repliegan a posición interior. Durante estos días han mantenido combates contra constantes incursiones. Desconocemos cuál es el enemigo. Procedemos a buscar víveres y equipo para retirarnos hasta punto de extracción (…). Esperaremos allí doce horas, después seguiremos hasta (…). Fin del mensaje. Estática. La grabación termina. La ubicación del teniente Rizzo y la teniente Hall coincide con la señalada por el diario del teniente Drexler. No hay duda alguna acerca de este mensaje: se produjo a la media hora del abandono de la frontera por parte de las tropas chinas, emitiéndose desde la misma radio que informó de la huida de la mayor y el SS-Brigadeführer. A las 04:58 A.M. hora local del día 02 de julio el sistema registra una segunda grabación. Grabación: Aquí el teniente Hugo Rizzo emitiendo llamada de auxilio e información desde puesto fronterizo en coordenadas (…).Cuerpos del capitán Caden y el teniente Drexler localizados. Causa de muerte del primero: altas fiebres y posterior perforación del lóbulo frontal con arma afilada, posiblemente un cuchillo. Causa de muerte del segundo: bala de nueve milímetros alojada en el cerebro. Extrañas circunstancias en ambos casos. Hemos procedido a enterrar los cuerpos, se hallaban en una fosa común a medio excavar. Pedimos tomen nota para posterior repatriación. El teniente Rizzo hace una pausa y la voz de la teniente Hall se acierta a oír por detrás. “Su diario no está, no lo encuentro”, dice, “lo llevaba siempre con él, yo lo he visto”. Rizzo chista y vuelve a la grabación. Eso es todo por el momento, seguiremos informando y nos mantendremos pendientes de la respuesta. Corto y cierro. Y por último, A las 05:16 A.M. hora local del día 02 de julio el sistema registra una tercera grabación. Grabación: Aquí el teniente Hugo Rizzo emitiendo llamada de alerta desde puesto fronterizo en coordenadas (…). La frontera china está siendo invadida, repito, la frontera está siendo invadida. Durante nuestro registro de las instalaciones hemos topado con algunos invasores aislados y… hmm… tememos que pueda ser una amenaza para nuestro país… esto… Se oyen golpes y seguidamente la protesta del teniente Rizzo. Suena la voz de la teniente Hall diciendo “Lee el puto sobre”. Rizzo responde “Te fusilarán cuando vuelvas” y ella parece arrebatarle el transmisor. Aquí 78 Anima Barda - Pulp Magazine


OPERACIÓN CARNE CRUDA

la teniente Hall. Es una emergencia, repito, una emergencia. No se trata de invasión militar, sino de plaga química a causa de la Operación Carne Cruda, número de identificación clasificado. La operación ha sido un éxito y la infección ha prosperado a través del territorio enemigo en proporciones inesperadas. El capitán Caden fue infectado y hemos podido ver los resultados. Riesgo de contagio a países aliados, de expansión y pandemia. Deben extremar las precauciones, consulten al teniente general Harper. China se estaba preparando para esto, han entrenado tropas y han adquirido armamento adecuado, pero aún así su número no basta para contenerles. Esperen posibles hostilidades del país asiático, han considerando el accidente una traición. Nos dirigimos a nuevo punto de extracción en coordenadas (…). Repito, extremen precauciones, no se trata de enemigos corrientes. Ataquen únicamente la cabeza, sino existe riesgo de reanimación. En caso de infección, certifiquen la defunción del sujeto y destruyan el cerebro. Y olviden la vacuna. No funciona. La grabación finaliza. No hemos vuelto a recibir ninguna transmisión del teniente Rizzo y la teniente Hall. La mayor Omson y Adler Kohl se hallan por fin en los Estados Unidos. La epidemia se extiende por Europa. Alemania está asediada desde dentro, y se enfrenta a una crisis internacional: no puede informar libremente de la infección y solicitar ayuda a sus aliados sin reconocer la autoría del virus. Por su lado, la implantación del virus en el país asiático ha sido un éxito. El embajador ha conseguido convencerles de que se trata de un accidente, y ahora es el presidente del gobierno el que tiene que conseguir que no se retiren de la alianza. No obstante, las probabilidades de recuperación de China descienden drásticamente. Su alto número de habitantes favorece la propagación de la epidemia. El gigante comunista no se volverá a levantar. La Operación Carne Cruda ha sido todo un éxito, señor.

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CRIS MIGUEL

¿Qué hubiera pasado si... Franco no hubiese ganado la Guerra Civil?

rOJO

por Cris Miguel

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osotros somos una nación independiente, luchemos por el liberalismo cultural y físico de un país que no nos representa… —Carmen desconecta. ¿Por qué se ha dejado arrastrar a eso? Odia el catalán. Lleva casi cinco años en Sabadell, pero como andaluza que se consideraba, no había conseguido hacerse con ese dialecto… aunque se esforzara. Mira a Joan, él tiene los cinco sentidos puestos en el hombrecillo del atril. Quizás cinco sentidos no, porque se vuelve notando su mirada. ¡Qué ojos tan azules! —¿Quieres que nos vayamos? —le susurra, sintiendo su aburrimiento. Carmen asiente y salen del salón de actos de la mano, intentando no molestar a nadie al abrirse paso. En su casa, un piso que más bien es un estudio, se tiran en la cama, sin ropa y sin aburrimiento, con las manos entrelazadas. —No sé… —dice Carmen pensativa—. ¿Por qué te interesa ese rollo político? Si no tiene sentido… —Te quiero, lo sabes ¿no? —Ella asiente—. ¿Y si te dijera que todo tiene un sentido pero que ha pasado más de medio siglo de eso? —¿De qué hablas? ¿Un sentido del independentismo? Supongo que sí, que viene de lejos… —No, no solo de eso. —La besa el dorso de la mano—. De las veces que me dices que llamean mis ojos, o por qué no me afecta el alcohol, o como es que aguanto tanto en… —Alza las cejas dos veces. —¡Tonto! —Carmen le da un manotazo. —No, en serio. Puedo contarte la verdad, yo estuve allí. —Carmen se pone seria, notando que Joan no está bromeando, ¿qué tenía que contarla que era tan trascendente, por qué ahora? —¡Venga, cuenta! —le apremia. —Pero no te asustes. —¿Yo? Estoy curada de espanto. —Sonríe para darle ánimos. —Pues bien, como te han enseñado en el cole, a principios del siglo XX se mascaba la tragedia. 80 Anima Barda - Pulp Magazine


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Había mucha tensión entre los países, sobre todo en Europa. Parecía que con la revolución industrial estuvieran todos deseosos de probar sus juguete nuevos contra los otros. »Pero aquí en España concretamente… en los años treinta el ambiente estaba muy revuelto, la II República no se sostenía y estalló la Guerra Civil. Los golpistas iban ganando, habían tomado Madrid, se creían vencedores, los republicanos sin ayuda internacional huían al exilio. Sólo quedaba Barcelona, que no tenía fuerzas contra la arremetida de los nacionales. Entonces nos pidieron ayuda… —¿Os pidieron ayuda? —Carmen se incorpora y se sienta apoyando la espalda en el cabecero de la cama. —Sí… —Joan se pasa la mano por la nuca—.

Yo estuve allí. Fue mi padre quien negoció con el General Rojo. Cógeme de las manos, cierra los ojos, te lo mostraré… La mente de Carmen se funde en negro menos un pequeño destello que está cada vez más cerca. Intenta hablar, pero no puede. Traga saliva y espera a que lo que quiera que sea eso se acerque. Una sala se dibuja ante ella. Parece el gran salón de una familia acomodada. Los muebles son de caoba y en las paredes hay grandes lienzos de batallas otrora heroicas. Lo más raro es acostumbrarse a cómo ve las cosas, en tres dimensiones. —Perdón por la espera, ¡oh! —El que cierra la puerta un hombre con gafas redondas, parece sorprendido—. Sois iguales a no… —¿A ustedes? —Sí, bueno, creía que… no importa. — Señala las sillas y él toma asiento enfrente. —Si no supiésemos camuflarnos nuestra investigación habría acabado hace mucho —contesta el hombre que Carmen, o que su visión, tiene a la izquierda. —Si no les importa tengo otros asuntos que requieren mi atención. Expónganme concisamente sus condiciones. Una gran explosión hace retumbar la lámpara de araña del techo. En ese momento Carmen repara en que no hay jarrones ni ningún tipo de decoración. Todos los muebles, estanterías y repisas están vacíos. Desde la calle se oye una sirena y el ruido de aviones que les sobrevuelan. —Tranquilos. —El General lee la cara de pánico de sus interlocutores—. Estamos seguros aquí. Carmen, si hubiera estado de verdad en esa casa, en medio de un bombardeo, no hubiese estado en absoluto tranquila. El hombre que Anima Barda - Pulp Magazine 81


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tiene al lado toma la palabra. —Le ayudaremos si a cambio nos ceden esta comunidad para seguir estudiando a los de su especie —ataja. Carmen no sabe de qué hablan y al parecer el cuerpo desde donde lo ve no interviene. —¿Ceder? —Nos comprometeremos a que la vida de sus congéneres no correrá ningún peligro — la voz sale de ella. —¡Oh! Si son nacionales pueden hacer lo que quieran. Si el General Rojo pretende ser gracioso fracasa estrepitosamente. —General, ¿es eso un sí? —la voz del hombre de su lado es fría. —¿Hasta cuándo? —pregunta de repente Rojo. —Mil años. Será suficiente. Luego no recordarán nada cuando salgamos de sus cuerpos, será como si despertaran de una siesta. —Carmen quiere ver al hombre que tiene al lado pero su cuerpo está fijo en el General. —¿Sí? ¿No duele? —Rojo duda. —¿Quiere ganar la guerra o no? —¿Cómo lo harán? —Eso es cosa nuestra. Además de no tener las mismas… limitaciones que vosotros los humanos, aparecerán recursos, munición… Como si los franceses ayudaran. Vuestras tropas están desmotivadas, también les transmitiremos optimismo —¿No se notará ese cambio repentino? —Dé un discurso en la radio, revitalizador y positivo, lo podremos achacar a eso. —Miren, de acuerdo. Aduéñense de todos los soldados y los civiles, de toda Cataluña, lo que quieram. Pero acaben con ese Franco 82 Anima Barda - Pulp Magazine

y todos los sublevados. Mientras trabajaré en el manifiesto y una nueva Constitución para lo que será la III República. —Necesitamos un contrato… —Sí claro, firmaré… —No —le corta—, necesitamos su sangre. Que vincule esta comunidad a nosotros, usted como representante. Carmen ve que sus manos abren una bolsa de cuero. Extrae un papel y dos agujas. El hombre que tiene al lado las coge y se pincha el dedo a modo de ejemplo. De él, sale un líquido espeso de un color azul grisáceo. Cuando gotea lo suficiente pone el dedo índice encima, dejando la huella, que no es la de una persona normal. Deja un símbolo estampado con rayas y círculos correctamente simétricos. A Rojo le cruza una sombra de pánico por la mirada. Pero luego le imita y sella su huella dactilar roja sobre el extraño papel. —Un placer hacer negocios con usted. Antes de que acabe enero habrán ganado la guerra. La imagen se desvanece y Carmen abre los ojos encontrándose, de nuevo, en su cuarto. No sabe qué pensar. La histeria es una opción bastante válida. —¿Qué te ha parecido? –pregunta Joan con cautela. —Qué… eres… cómo… ¿Cuántos años tienes? ¿No envejeces? ¿Estaré arrugada y tu aspecto no cambiará? —El tono agudo y la pregunta le hacen gracia a Joan, que abraza y la besa en el pelo—. No, en serio, ¡contesta! —Puedo envejecer físicamente, pero mi naturaleza es distinta a la tuya, vivo más. —¿Cuánto más? —Mil, mil quinientos… depende. —¡¿Qué?! Entonces habrás estado con muchas chicas…


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—Eres mi primera humana. —La vuelve a besar. Carmen está aturdida. Pensar en la edad es un mecanismo de defensa para no centrarse realmente en lo obvio, que estaba con un marciano. —Te pegaría, pero seguro que tienes control mental… —Carmen se abraza las rodillas—. ¿Por qué me lo cuentas si ha sido tan fácil ocultármelo? —Porque… —Le mira a los ojos, es cierto que nunca le han parecido naturales—. Algo está cambiando, mi padre dice que la presidenta se ha acomodado. Quiere la independencia. —¡Pues que se vaya! ¿No te puedes quedar tú? —La ingenuidad de Carmen hace sonreír a Joan. —No es eso, mi padre es el presidente de la Generalitat, quiere independizar a Cataluña legalmente. —Pero… ¿por qué? —La información sobrepasa a Carmen. —Porque cree que os conocemos lo suficiente y podemos dominaros y conquistaros sin que os deis cuenta. —Y probablemente tenga razón, mírame a mí… —Carmen se tumba boca arriba en la cama—. No entiendo por qué el General Rojo hizo ese trato, seguro que hubiesen ganado igual. Si los nacionales apenas salen en los libros de texto, ¿a quién mencionaba que quería derrotar…? —A Franco. —Mmm… Me quiere sonar, pero… ¡Joder! ¿Y qué se supone que tenemos que hacer esperar hasta que nos poseáis? ¿Seguiría siendo yo? ¿O solo seré una funda? —Me temo que más bien lo segundo. —¡Es horrible! Joan, no puedes dejar que lo

haga. —De momento, quiero que vuelvas a Córdoba con tus padres. Debes de ser de las pocas que aún no ha sido adquirida aquí. Y aléjate de los ojos azules. —¿Y tú? —pregunta Carmen asintiendo y frunciendo los labios. —Yo me ocuparé de mi padre, es hora de mandarle a nuestro planeta de vuelta. (espacio) Entro en el edificio casi levitando. Aquí no tengo que ocultar nada, todos tienen la piel superpuesta. No me gusta Barcelona, se la han cargado. Hace ochenta años era más bonita, más particular… La carrera que estaba teniendo España por superar a Japón en cuanto a tecnología y avances es espantosa. Parece que estamos en una de las películas de la Guerra de las Galaxias. Parajes verdes contrastan con altos edificios y coches propulsadores que desvían el tráfico al cielo. Me gustaría saber qué pensaría el General Rojo de esto y de cómo influyó en la historia. El edificio es transparente: el suelo, las paredes, el techo… La secretaria me hace esperar en una sala decorada con fotos por las paredes que se mueven en una pequeña secuencia en sus marcos digitales. En ellos está mi padre con el presidente de EEUU, con el Papa, felicitando al equipo de fútbol por su séptima Champions… Eso sí que era antideportivo, porque nosotros tenemos mejores reflejos. —Pasa —me dice la chica. —¡Hijo! ¿Cómo tú por aquí? —me pregunta el cuerpo de mi padre, sentado detrás de su escritorio. Me acerco y me coloco en una de las sillas de delante de la mesa. Él me mira, expectante. Anima Barda - Pulp Magazine 83


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La cara que ha tomado tiene la mandíbula cuadrada y es demasiado bajo para lo que estoy acostumbrado. —¿Qué pasa Prjym? —dice mi nombre original con tono de burla. —Nada, quería saber cómo iban tus planes… —intento ganar tiempo. Mi padre me sigue imponiendo. Él sí que es un gran general. De nuestro planeta el mejor, por eso está aquí en la tierra, el planeta de mayor proyección. Que nos será más útil… —Eso me extraña porque nunca te ha interesado la política… —Bueno, cuando está en peligro toda una especie… entiende que ahora me interese —opto por ser sincero y hablar sin tapujos. —Siempre me habla mi hijo comprometido, ¿cuándo vas a aprender a ser como yo? —¿Nunca? Sobre todo si eso implica matar a inocentes. —¿Por qué te importa tanto? —su tono era crispado. —Si los usas, si los usamos, dejan de ser ellos, podemos cargarnos el planeta, ellos… —¿Qué coño estás diciendo? Ellos contaminan más, conseguiremos un mejor equilibrio con nuestra tecnología. —¡No puedes! —mi voz suena desesperada. —Sí puedo. Y ahora explícame esto. Siento un bofetón en mi cabeza, como si me estrujase el cerebro. Cierro los ojos, pero lo único que consigo ver es una sucesión de imágenes de Carmen. La última de ayer por la tarde cuando la despedí en la estación. —Explícame porque te importa más una vulgar humana, cuando nuestras hembras tienen que estar encerradas si conseguimos que se queden embarazadas, para preservar nuestra especie. —Pues mándalas a casa. —No puedes subir a una embarazada en un vuelo intergaláctico, lo sabes de sobra. —Pues que tomen precauciones. —Su argumento no me vale para nada. Chantaje emocional barato. —¿Qué parte de preservar nuestra especie no has entendido? —Mira, padre, cuando vine contigo me gustaron tus ideales. Estudiar a los humanos, aprender sus costumbres, la posibilidad de un acuerdo positivo para ambas partes… Cuando el General Rojo firmó, yo pensé que era el principio de un entendimiento, que si él aceptaba nuestra existencia y nuestra ayuda, ¿por qué el resto no? Vi más cerca una coexistencia pacífica. Hasta que me di cuenta que tú y “nuestra gente” sólo pensabais en colonizar. —No sé en qué momento saco el arma, pero le apunto con ella a la cabeza. A mí nunca me registran. —Sigues siendo débil —me dice llegando hasta mí—, me avergüenzo de ser tu padre. Siento un pinchazo en la parte de atrás del cuello. ¡Qué estúpido! ¿De verdad creía que me iba a abrazar? Le miro. Una inyección. Siento que me desvanezco. El cuerpo de Joan cae de golpe contra el suelo. Recupero mi forma original. Detrás de mí las puertas se abren y entran dos tipos de seguridad correctamente trajeados y humanos. 84 Anima Barda - Pulp Magazine


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—Guardadlo —dice mirando el cuerpo de Joan—. A él mandadlo de vuelta en la primera nave. —Zvejt sft jcktjzy —me oigo decirle en mi idioma original. —¡Hasta la vista hijo!

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RUBÉN FONSECA

¿Qué hubiera pasado si... Aníbal hubiese arrasado Roma?

El mar de los Barca

por Rubén Fonseca

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EL MAR DE LOS BARCA

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odeado de su ejército de africanos, íberos y galos, el general contemplaba, inmerso en sus pensamientos, la gran ciudad que se extendía ante él. De niño, su padre Amílcar le había hablado de una ciudad de ladrones y de monstruos insaciables que no descansarían hasta dominar todo el mundo conocido; pero el hombre, Aníbal Barca, oía con claridad los gritos de las matronas romanas, de los esclavos y los lloriqueos de los niños. A sus espaldas, los soldados esperaban la orden para atacar. Tras la exuberante victoria de Cannas, ninguno temía ya a las legiones ni a los hijos de Júpiter. El único elefante que había sobrevivido a la travesía de los Alpes quería descansar tumbado en el foro, y se removía impaciente, a la espera de que su señor lo espoleara hasta la última batalla. Uno de los oficiales se acercó al gran Aníbal. —Mi señor, no hay nuevas de Cartago. Si queremos aprovechar Cannas, ésta es nuestra hora. No sabremos si tendremos otra oportunidad. A pesar de que sus soldados se mostraban ansiosos por derramar la sangre de Roma en el Lacio, Aníbal sopesó las opciones con calma. —Los Escipiones han muerto en Hispania, Cayo Flaminio también ha caído y Fabio Máximo demostró su incompetencia. Podemos permitirnos esperar un poco más —susurró el general cartaginés. Pero él sabía que en el Consejo de los Ancianos y el de los Ciento de Cartago, el partido de los oligarcas, querían verle caer. Aunque su hermano Magón les enseñara las riquezas obtenidas tras la masacre de Cannas, forzarían las palabras y se las ingeniarían para denegarle refuerzos. «Aníbal Barca se lanzó solo a esta guerra; también solo podrá aguantar un poco más». Era capaz de escuchar la voz

sibilina de su enemigo Hannón poniendo en tela de juicio sus victorias en la guerra. Si Magón estuviera con él, también sería partidario del ataque. Pero él era un muchacho alocado. Si Asdrúbal se encontrara entre sus consejeros, sería difícil contenerlo para que no se lanzara a embestir las puertas de Roma. Pero su hermano había muerto; le habían cortado la cabeza y la habían arrojado a su campamento en un acto de burla. Como su padre le había dicho, los romanos eran animales. Él había respetado los cuerpos de los romanos caídos; no los había profanado. Sin embargo, los romanos aprovecharon su única victoria para demostrar su ruindad. —Aunque aún queda ese muchacho —dijo Aníbal para sí. Se refería a ese chiquillo, el hijo de Escipión, que salvó a su padre en la batalla del Trebia con gran arrojo. Todos los que contemplaron su hazaña afirmaron que ese romano era diferente a los otros, y algo debía de haber de cierto en los rumores sobre su valía, pues se había marchado a Hispania por su cuenta y riesgo, después de la muerte de su padre y su tío, y conseguido entre las tribus íberas resultados espectaculares. Si quería vengar a Asdrúbal, debía arrasar Roma hasta los cimientos, llevarse a sus dioses, arrojarlos a las aguas del mar, y matar a sus mujeres y niños para que ese pueblo no renaciera de sus cenizas. Aníbal Barca indicó a su elefante que avanzara y, tras él, marchó su ejército al completo hacia la ciudad de las siete colinas. El derramamiento de sangre duró hasta el ocaso. Cuando el sol se puso tras las colinas, ya no había hombres en Roma; sólo esclavos y cadáveres que eran pasto de los cuervos. Aníbal Anima Barda - Pulp Magazine 87


RUBÉN FONSECA

se encontraba en el foro. En Roma no había reyes, como era costumbre en Macedonia o en la tierra de los libios. Era como Cartago, y el edificio más importante era aquel donde se reunía el Senado, donde se tomaban las decisiones importantes para el destino de la ciudad. Al anochecer, las togas de los patres conscripti ya no eran blancas, sino borgoñonas. Y, a pesar de que la guerra entre Roma y Cartago había acabado, a pesar de que a partir de entonces las ciudades de la Confederación Italiana tendrían que rendirle tributo a él, Aníbal Barca no había hallado la paz, pues tendría que regresar a su patria, Cartago, y rendir cuentas de su guerra ante el Consejo de los Ciento. Y, tras tantas muertes de amigos, de familiares, de hombres justos que le habían servido con honor, estaba harto de tener que responder de sus actos ante chacales que anteponían sus propios intereses a los de Cartago. No. Aníbal Barca no iría a Cartago como general victorioso, sino como señor del Mediterráneo. Cuando echara a Escipión de Hispania, y lo crucificara como muestra de su poderío, y cuando ajustara los últimos tratados con Filipo V de Macedonia, el mar pertenecería a los Barca. Los soldados lo amaban y lo temían; sus enemigos lo temían y lo odiaban. Cuando cruzara las puertas de Cartago, a lomos del elefante que le había acompañado desde Cartago Nova, ya nadie dudaría de su fuerza ni conspiraría contra él y su familia. Pero, antes de todo eso, debía sembrar sal en los campos de Roma, derruir sus edificios y deportar a los supervivientes de su legado. Roma debía ser destruida. La leyenda que se había contado en Roma y Cartago desde tiempos inmemoriales, la del romance entre sus dos fundadores, por 88 Anima Barda - Pulp Magazine

fin cerraría su círculo. Se habría satisfecho la venganza de Dido; los hijos de aquel que la desdeñó habían sido aniquilados por sus huérfanos, y Júpiter y Marte habían sido sustituidos por Baal y Moloch. El latín pasaría a la historia; las letras del futuro estarían escritas en púnico. Las riquezas del mundo viajarían al norte de África, gobernada por los cachorros de león de Amílcar y por sus descendientes. Y ya no habría más guerras; Roma no se entrometería jamás en asuntos ajenos. Los Barca podrían florecer y fue así cómo sucedió, cuando Aníbal Barca desembarcó en Cartago y las gentes de la ciudad lo aclamaron como jefe supremo. Aquellos que habían conspirado en su contra y tratado de desestabilizarlo fueron desterrados o ejecutados; no hubo piedad para nadie. Cuando era un anciano y su vida se acercaba a su fin, Aníbal Barca echaba la vista atrás en brazos de su esposa Himilce, rodeado por sus hijos, nietos, sobrinos y sobrinos nietos. El único recuerdo que permanecía de Roma era el de un fantasma; sólo se la rememoraba como un verdugo de grandes guerreros de Cartago, como su hermano Asdrúbal. Así pues, tras haber cumplido la promesa que le realizó a su padre cuando era un niño, el señor de Cartago cerró los ojos por última vez, aunque antes contempló, embelesado, los anillos que había robado de los cadáveres de los cónsules romanos. Y, después, sucedió un milagro. Al separarse de su cuerpo, el alma de Aníbal viajó al futuro, libre de cadenas, más poderosa que cuando había caminado por la tierra dentro del cuerpo del general de generales, y en ese estado contempló el mar de los Barca conforme pasaban los siglos, opulento y aparentemente indestructible. Ni cuando los ríos de la mísera


EL MAR DE LOS BARCA

Europa se helaron, y descendieron por ella los bárbaros del norte, su legado se destruyó. En cambio, sus herederos, aquellos que se enorgullecían de apellidarse Barca, los sometieron. Incluso hubo uno, un cachorro de león, que, como él, logró unir a tribus bárbaras a las que nadie creyó que sería posible someter, y viajó hasta los confines del mundo, hacia el este, donde se ponía el sol, y hacía el mismo norte, de donde soplaban los salvajes vientos boreales. Sin embargo, en vez de acompañar a ese joven Barca, que hasta se asemejaba a él en aspecto y fiereza, el alma de Aníbal decidió descansar. Había visto demasiadas guerras y lo único que le apetecía entonces que era todopoderoso, con los atributos de un dios de viajar al futuro y contemplar el devenir, era envainar la espada. Ya sabía lo suficiente para descansar en paz por toda la eternidad. Cartago sería la ciudad de ciudades, la cuna del mundo, y seguramente ningún general de tiempos venideros podría conseguir que su nombre inspirara el mismo respeto y temor que el de Aníbal Barca.

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CRÍTICA

El hombre de acero. Dark Superman. por CRIS MIGUEL

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sta película se la jugaba, la primera de DC (salvando el Batman de Nolan) que se enfrentaba a Los Vengadores de Marvel. El Superman de Henry Cavill puede decir: “veni, vidi y vici”. El Superman de Snyder tiene todos los ingredientes para convertirse en la mejor película de superhéroes. Maticemos, hay que valorar que una película de Superman es difícil, con todos mis respetos, es el héroe tonto americano. Tan querido como odiado. Era muy fácil volver a meter la pata quedándose en lo superficial, volviéndonos a contar lo mismo que ya sabemos. Afortunadamente no ha sido así. Snyder ha conseguido un peso argumental y contarnos una historia muy bien hilada, con muchos guiños. Ha conseguido darle profundidad a Clark Kent, algo meritorio. Ha conseguido que no sea la típica lucha del héroe contra los malos y salvar el mundo. Y todo apoyándose en un fabuloso reparto y una forma de narrarlo muy característica. El resultado es una gran película. Lo reconozco, era una escéptica, por eso me he llevado tan grata sorpresa. Yo, que defiendo las películas facilonas de superhéroes cuando la gente se mete con Iron Man. Aquí no vamos a encontrar nada del estilo Marvel. Sin embargo, sí que podemos encontrar similitudes con el Batman de Nolan, ¿están creando por fin DC un estilo cinematográfico? Anima Barda - Pulp Magazine 91


CRÍTICA

Me daba mucho miedo que no se pusiera el traje hasta el final, que se centraran en su niñez… nada más lejos de la realidad. Hay muchas escenas de acción y lleva mucho tiempo el traje puesto, que no aparezca en el tráiler es para llevarnos la sorpresa. Su infancia ha decidido contárnosla mediante flashbacks, algo de lo que estoy sumamente agradecida, además éstos casi todos los conocíamos porque son los que salen en los trailers. El hilo argumentativo es envidiable para una película de este tipo. Comienza en Krypton, presentándonos concisamente por qué se está destruyendo el planeta, su estilo de vida y por qué sus padres biológicos actúan como lo hacen mandándole a la Tierra. Yo pensé: “bueno, ya hemos visto a Russell Crowe”. Pero, no, amigos, Russell Crowe afortunadamente no es como Sean Bean, y Snyder tenía reservado un papel y un recurso especial justificando que vuelva a aparecer. Tras la destrucción de Krypton, vamos al presente a encontrarnos con un Clark que busca sus raíces, no encuentra su lugar en el mundo, es pescador, camarero… Mientras da saltos contándonos sus rarezas, o más bien sus proezas, como salvador del mundo. Recuerda cómo su padre no quería que saliera a la vista pública… Nos crea una imagen de él, una imagen que no es tan “el héroe perturbado e incomprendido”, sino… más profunda, con más matices. Si hay algo que rezuma es el trascendentalismo. Tanto en las conversaciones que mantiene con su padre adoptivo, Kevin Costner, como con Russell Crowe, todas tiene el mismo mensaje de fondo y explícito que es: el mundo te necesita. A mí me rechinó un poco, sobre todo se me hacen forzadas los diálogos que tiene con su padre adoptivo, pero luego es verdad que no han puesto al típico granjero temeroso de Dios. En una escena el Clark joven está leyendo a Platón, filosofía, detalle que nos hace ver que su padre es culto. Y que justifica sus conversaciones existenciales. Se nota por todos los lados la mano de Zack Snyder. Hay planos que son artísticos, a cámara lenta, muy característicos de él. Sin embargo, hay otros, por ejemplo al principio, que está luchando Russell Crowe con el malo malísimo, un gran Michael Shannon (no muy bien doblado), en donde se emborrona la imagen y no podemos ver bien la coreografía, los golpes… Aunque son los menos. Tiene muy buenos efectos especiales y las escenas de acción en general están bastante logradas (sólo se estampan con edificios mientras destruyen la ciudad, sí, pero muy logradas). Si hablamos de personajes, primero tenemos que hablar de Superman. Que por cierto sólo se le llama así una vez, otro detalle gracioso. Henry Cavill, saca un Superman humano, sin llegar a estar turbado todo el tiempo. Creo que su principal virtud es la paciencia y su temple. Se aleja del concepto héroe americano. Enfatiza su fe por la humanidad, justifi92 Anima Barda - Pulp Magazine


LA RESEÑA

cándola, porque sería de tontos no dudar. Explica sus poderes, el porqué, el cómo… Los rayos de los ojos están genial. Y cómo aprende a volar, primero a saltos, que podríamos interpretar como un guiño al primer Superman que tenía “los poderes” de una hormiga y que no volaba, que sólo saltaba. En mi opinión este Superman es el más cercano, el más humano, valga la ironía, y el más profundo. Porque, si por algo se caracteriza, es por ser bueno y no matar nunca, y Snyder supongo que ha querido dejar claro el hilo por donde quieren tirar y marcar las diferencias si tenemos en cuenta la escena final en la estación de tren de Nueva York (perdón, Metrópolis), tan dramática como necesaria. El resto del reparto es un privilegio verlos. Si distinguimos por buenos, Russell Crowe no tiene nada que envidiar a Henry Cavill, también le queda el traje divinamente después de haber perdido el triponcio que lucía en El hombre de los puños de hierro. Interpreta a un padre científico y es a través de su voz como se asientan las bases argumentales más importantes. Porque esta película no deja ningún cabo suelto, como puede pasar en Iron Man (las comparaciones son odiosas), todo está perfectamente hilado y justificado. Algo que agradezco profundamente, ya que le da ese toque de seriedad que algunos echaban de menos en el universo Marvel. Si hay un papel que me llama la atención es el de la mala Faora-Ul (Antje Traue), que se lo digan al pobre coronel Hardy (un convincente Christopher Meloni). Tengo que destacar que el motivo de los malos no es gratuito y puede ser hasta comprensible (de hecho lo es), porque es su naturaleza y buscan un fin más que válido. La pega, como siempre, es la petarda de la chica y su extraño romance. Me ha extrañado que Amy Adams (Lois Lane) no se pusiese a cantar. Bromas aparte, su historia de amor es lo menos creíble de la película. Pero eso lo acepto, lo que no acepto es que se le dé tanto protagonismo y privilegios a una “vulgar” periodista. La culpa es de su jefe, Laurence Fishburne, que la tiene consentida. Me alargo… Obviamente la recomiendo encarecidamente. A todo esto hay que añadirle la siempre estupenda banda sonora de Hans Zimmer, que en esta película en concreto acompaña insuperablemente bien. También os animo a que os fijéis, es una peli de detalles, ¿alguien se ha dado cuenta del camión de gasolina u otro fluido propiedad de LexCorp? Al final hay guiños de humor, unos innecesarios (una capitana del ejército diciendo “Es que está buenísimo”) y otros graciosos. Me quedo con la forma de justificar cómo entra a trabajar Clark en el periódico, muy acertada y en absoluto estúpida. En definitiva, estamos ante un Superman que recordaremos positivamente durante mucho tiempo, con todo mi respeto a Chritopher Reeve.

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DIEGO FDEZ. VILLAVERDE

El día más importante de la historia por Diego Fdez. Villaverde

E

ste es uno de mis lugares preferidos —dijo Ágata a su nieto—. Y tú no pareces muy impresionado. —No digo que este mal, es alto y todo eso —intentó disculparse Roberto—, pero de todos los sitios en los que hemos estado este se queda un poco corto. —Estamos en la cima del maldito faro de Alejandría. Era un de los edificios mas altos de la época, una gran hazaña arquitectónica que, a diferencia de otros edificios, tenía una gran utilidad. Guió a buen puerto muchos barcos y el comercio en esta parte del Mediterráneo próspero y… —¡Vale, vale! Reconozco que está muy bien —interrumpió a su abuela, sabía que si no la paraba podría estar media hora hablando—. ¿Contenta? Ágata se apoyó en la barandilla, a contemplar la vista. El mar estaba en calma, y pudo distinguir un pequeño grupo de barcos fenicios que volvían a Cartago, posiblemente cargados con papiros y grano egipcio. Su nieto a veces la desesperaba, aunque sabía que era víctima de la imprudencia juvenil. Era increíblemente inteligente y curioso. Sacó la máxima nota posible en su selectividad y mucha gente se extrañó cuando eligió historia como carrera. A ella no le sorprendió lo más mínimo. Cuando tenía diez años Roberto descubrió el secreto de su abuela: tenía una máquina del tiempo. La habían construido su difunto marido y ella, dos de los físicos con más talento de la historia. Ambos habían acordado no revelar jamás su existencia nadie, pero no por ello se habían privado de realizar viajes temporales. El primer modelo de la maquina ocupó por completo el sótano de la mansión familiar, pero ella había conseguido construir un pequeño aparato que conectaba directamente con 94 Anima Barda - Pulp Magazine


EL DÍA MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA

la enorme máquina, y lo había instalado en su bastón. Era funcional y elegante. —¿Cuántos viajes más podemos realizar, abuela? —preguntó su Roberto, impaciente por marcharse. —Sólo queda energía para un viaje más, me temo. —Ya que estamos aquí, podríamos hacer una visita a Alejandro Magno. —¡Que pesadito estás con Alejandro Magno! Era un brillante general, pero lo único que hizo fue guerrear, conquistar y fundar ciudades con su propio nombre por donde pasaba. No construyó nada y nunca gobernó realmente. Sólo es famoso porque su club de fans lo forman reyes, emperadores y generales. Al decir esas palabras, se acordó de una persona y de algo que quería enseñar a Roberto. Iba a darle una lección a su nieto. —Ya sé a dónde vamos a ir —le dijo Ágata a su nieto. Ajustó las coordenadas físicas y temporales de la localización con los controles escondidos en el mango del bastón, y golpeó el suelo con la punta, desmaterializando a los dos y transportándoles por el espacio-tiempo. Ágata ya estaba acostumbrada a los saltos temporales, pero Roberto todavía aparecía desorientado y confuso. —Abuela, avisa antes de hacer un salto, por favor —dijo el joven, mientras se acariciaba las sienes con sus manos—. ¿Dónde estamos? —En Braunau am Inn, Austria. O más bien en el Imperio Astro–Húngaro —le respondió su abuela, mientras miraba la pequeña pantalla del mango de su bastón—. Es el año mil ochocientos ochenta y nueve, la fecha es veintiuno de octubre y son las once de la mañana. El joven miró alrededor. Estaban en mitad

de una habitación muy sencilla, con una cuna de madera. Se acercó, y en ella había un bebé que le miraba gracioso con sus enormes ojos. —Hola pequeño —le dijo al niño, y se volvió a su abuela—. ¿Te has equivocado con la localización? —Que va, aquí es exactamente donde quería aparecer —le contestó Ágata, mientras se sentaba en la mecedora de la habitación—. El padre del niño está trabajando y su madre se acaba de marchar a comprar leche para alimentar a esta monada. Tenemos unos diez minutos antes de que venga. —¿Quién es este bebe? —Oh, vamos. ¿Te sabes de memoria todos los reyes godos y no sabes quién es él? Usa un poco tu mente, es fácil. Roberto se rascó la barbilla. En esa parte de Europa, en una casa tan humilde y conociendo lo dramática que era su abuela, solo podía ser una persona. —Es Adolf Hitler —dijo Roberto, mientras se alejaba de la cuna andando hacia atrás, como si el bebe fuera peligroso. —Sí que lo es. —¿Y porque has querido venir aquí? ¿Para enseñarme que todos empezamos siendo adorables máquinas expendedoras de baba? —Muy gracioso, pero no. Acércate —le pidió Ágata. Abrió su pequeño bolso y saco un minúsculo frasco de cristal que contenía un líquido trasparente. —¿Qué es esto? —Un veneno de acción lenta. Se aplica sobre la piel y al cabo de unas semanas el afectado muere de deficiencia respiratoria. —¿Quieres que mate a Hitler? —le preguntó Roberto asombrado. —Yo te he dado una herramienta para Anima Barda - Pulp Magazine 95


DIEGO FDEZ. VILLAVERDE

hacerlo. Lo que hagas con ella es cosa tuya, aunque desde luego nunca nadie tendrá mejor oportunidad que tú. Decídete, te quedan ocho minutos. Roberto no sabía que pensar. Desde que descubrió el secreto de su abuela siempre había fantaseado con la idea de viajar por tiempo arreglando los problemas de la humanidad, pero nunca se había planteado matar a nadie. Puede que fuera una trampa de su abuela. Abrió el pequeño frasquito y acercó la nariz. Salió un olor muy fuerte. Desde luego no era agua. —Es veneno de verdad, Roberto. Te lo aseguro. —¿Por qué tienes tu esta clase de veneno? —Seis minutos y medio, Roberto. Roberto se acercó a la cuna. Lo único que tenía que hacer era derramar un poco de líquido por la piel del bebé y Hitler sería historia. Mejor dicho, nunca sería historia, solo otro niño del siglo diecinueve que no sobrevivió a la infancia. Meditó durante unos minutos más, y al final descubrió la respuesta que esperaba que fuera la correcta. —No lo voy a hacer. —¿Por qué? —Porque no estoy seguro de que solamente él sea responsable de lo que ocurrirá. La Primera Guerra Mundial acabará con el mismo resultado, la crisis de veintinueve ahogará aún más Alemania y cualquier otro miembro carismático del partido nazi puede aprovechar la oportunidad y hacerse con el poder. Puede que peor que Hitler. Puede incluso acabar ganando la guerra, o puede que sea más radical que Hitler. Incluso puede que nada esto vaya a ocurrir. Simplemente no estoy seguro de lo que pasará si mato a 96 Anima Barda - Pulp Magazine

Hitler ahora. —Roberto se quedó mirando al niño durante unos segundos, y siguió con su explicación—: Solo sé que podría acabar matando a un bebé por nada. Roberto se volvió a su abuela, que le sonreía orgullosa mientras se mecía suavemente. —¿He acertado? —le preguntó Roberto. —Puede que sí o puede que no, pero has tomado la decisión más prudente —le contestó Ágata, que se puso de pie con ayuda del bastón y acarició la cara de su nieto—. Me gusta que la persona que heredará mi máquina no se vaya a dedicar a matar a todos los malhechores de la historia. —¿Me vas a dar la máquina a mí? —Roberto estaba eufórico. Ya se lo esperaba, pero la confirmación le hizo explotar de alegría. —Sí, pero antes de que vayas con Alejandro Magno a que te firme tu libro de historia clásica recuerda siempre este día, el veintiuno de octubre de mil ochocientos ochenta y nueve. El día en que pudiste acabar con el sufrimiento de millones de personas a cambio de la vida de una persona. Desde ahora este será el día más importante de la humanidad. Y si sigues viajando por el tiempo descubrías más de estos días, en las que tus valores morales serán puestos a prueba y la culpa y el remordimiento te perseguirán para siempre. Ágata tenía los ojos llorosos, y Roberto se preguntó que había visto y hecho su abuela en sus viajes. Puede incluso que ya hubiera usado el veneno antes. Su abuela sacó un pañuelo de su bolso y se secó las lágrimas. —Te dejo un regalo y una maldición. Sólo espero que algún día puedas perdonarme.


LA RESEÑA

Show (Play,2) por CRIS MIGUEL

vo alguna escena edulcorada de más para mi gusto. Es ágil y entretenido. Aaron y Leo, Leo y Aaron. Nadie dijo que No os lo voy a negar, el principio es lo más ser famoso fuera fácil. Utópico o no, la histocriticable. Me costó leerlo, pero en cuanto ria de estos hermanos te atrapa y te entretiecomienza el reality, la trama coge ritmo hasne. Dale al play. ta el final. Sin embargo, en las primeras cien Para quien no conozca la historia, Aaron páginas te encuentras con escenas de absoes un talentoso cantante que saltó a la fama luto relleno y nada relevantes en la gracias a su hermano, que se hizo historia, que te hacen perder el pasar por él. Pero bueno, eso interés o simplemente dejar pasó en el primero. En esta el libro en la mesilla. segunda parte, Aaron Al estar escrito en quiere salir como sea primera persona, de la empresa que le como he dicho, es ha capado su liberágil y no tarda en tad, inicialmente coger ritmo. Adea su favor para más, como nos lo convertirlo en cuenta tanto Aaartista, Develstar. ron como Leo, Su hermano, por puedes descansar su parte, está de del uno cuando vuelta en Madrid toca el otro. Y Aasin saber demasiaron sigue sin caerme Show do bien cómo habien, lo siento. El lenJavier Ruescas cerse cago de su vida Montena guaje es sencillo y actual, profesional, pero lanzado 480 pags. 16,95 €. lo que aumenta la empatía a asentar la cabeza en lo sencon ellos, no en todos los casos, timental con Sophie. pero en su mayor parte. Este es el marco. Si dejamos de lado Y es que nuestros protagonistas tienen vala probabilidad de que esto ocurra, y no olrios puntos poco creíbles a lo largo de la travidemos que estamos hablando de ficción, ma. Por muy justificado que me lo ponga, me donde hay lugar para las utopías, esta es una puedo creer que Aaron sea virgen, pero no historia sobre la evolución de los protagoque lo sea Zoe. Parece como tener la necenistas, sobre cómo la fama o la popularidad sidad de que sea aún más especial, crear un puede influir en la persona, sobre los conflicvínculo más fuerte. Y digo yo, no necesitas tos de intereses, sobre la amistad, o más bien ser virgen para que tenga una relevancia essobre el amor en todas sus vertientes. ¡Qué pecial y ese chico o esa chica te marque más. cursi! Afortunadamente el libro no es así, salAnima Barda - Pulp Magazine 97


LA RESEÑA

Esto es lo más destacable, pero Aarón protagoniza muchas escenas poco naturales para su edad, en algunas le veo demasiado forzado para que siga siendo, no ya el bueno, sino que siga cumpliendo su papel… Leo por su parte me ha gustado mucho. Si Aaron ha cambiado, dejando su timidez a un lado, de Leo podíamos decir que está madurando y no es tan capullo. En esta segunda parte tiene experiencias que le acercan más al lector y le bajan del pedestal estereotipado de chico malo y chulo en el que estaba subido. Es el que mejor me cae, qué puedo decir. Los personajes secundarios, si tengo que destacar a alguno, es a Zoe. Sobre ella recae gran parte del peso argumental y… cumple su función. Es dinámica, divertida y coherente hasta el final. Pero –creo que tengo especial afinidad para con los personajes más cuestionados– soy del equipo de Emma también. Ésta reaparece y creo que Ruescas ha equilibrado la balanza con ella, respecto al primer libro, utilizando un recurso más que aceptable. Sin spoilear demasiado, al crearse un reality y participar Aaron, tiene varios personajes a su alrededor, o mejor, varias celebridades. Aunque las tramas pueden resultar demasiado adolescentes no tiene porqué ser negativo. Me ha enganchado al máximo. Las doscientas últimas páginas las he devorado. Si hay alguien que tenga dudas por haber puesto por escrito la dinámica de un reality, que se le quiten de la cabeza. Obviamente no es visual, pero lo compensa hablando sobre la manipulación del programa y acercándonos a los engranajes. Profundizando, no quedándose únicamente con lo superficial de las peleas o las nominaciones. Es de agradecer que cierre lo suficiente la 98 Anima Barda - Pulp Magazine

trama, siendo una segunda parte. Se puede decir que tiene principio y fin y eso es meritorio, ya que pocas veces nos lo encontramos. Que no quiere decir que no lo haya dejado abierto, obviamente, necesitamos saber cómo acaban estos hermanos. Lo que más miedo me da es encontrarme en el tercero otras cien páginas de introducción, poniéndonos en situación. La perfección no existe. Para concluir, creo que estamos ante un libro para adolescentes, sin ningún significado peyorativo en esto. Simplemente, la trama, los personajes… es muy juvenil. Tengo que destacar que aunque, el lenguaje es sencillo, el vocabulario es rico, y me encanta porque hay que aprender a usar más palabras y verbos que ser y estar. Os gustará y lo recomiendo a los que os gusta la literatura juvenil y la música, de hecho puede ser un buen libro de verano.


HISTORIAS DEL PULP

BRIEF NEWS Sam Taylor-Johnson,conocida por Nowhere Boy, dirigirá la pelicula de Cincuenta Sombras de Grey, que se estrenará el 1 de agosto del 2014 ¿Conoceremos este verano el reparto principal?

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Dominic Cooper y Luke Evans protagonizarán una nueva adaptación de Drácula, dirigida por Gary Shore. El primero interpretará a Mehmed, el apoyo de Vlad el empalador, encarnado por Luke Evans.

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HISTORIAS DEL PULP

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Philip Seymour Hoffman ha sido el último en incorporarse a la inminente adaptación del thriller El Niño 44, que será dirigida por Daniel Espinosa. El libro de Tom Rob Smith es el primero de una trilogía protagonizada por una agente soviético que cae en desgracia durante el mandato de Stalin. El estreno está previsto para el año que viene.

Nicolas Winding Refn, director de Drive, prepara la adapatación del cómic El Incal (cómic de ciencia ficción), protagonizado por un detective que se embarca en un viaje. Tiene tintes noir, ¿lo protagonizará Gosling?

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Warner Bross prepara la adaptación a la gran pantalla de Fabulosas, la famosa saga de Bill Willingham, ue avalará el productor David Heyman (Harry potter).


Ánima Barda Nº13 Junio - Julio 2013  

Sol, calor y aceras que se derriten, ¡ya es verano! Y nosotros, para no caer en tópicos, pasamos de la moda estacional y el especial lo hace...