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Mesa redonda josé fernado

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La historicidad de la Comparsas de Andaluces, el bandolerismo y el Tesoro de Villena José Fernando Domene Verdú

Las comparsas anacrónicas En el I Congreso de Fiestas de Moros y Cristianos, celebrado en Villena en 1974, se propuso la eliminación de todas las comparsas anacrónicas, entendiendo por tales las que no representaran a los guerreros que participaron en la Reconquista. Fue un festero alcoyano, Salvador Domènech Llorens, quien hizo esa propuesta en su comunicación titulada “El problema de los anacronismos festeros” (pp. 249-256). En ella, abogó por la eliminación de todas las comparsas que él consideraba anacrónicas, es decir, que no representaran a los guerreros medievales de la reconquista; y sólo exceptuó las comparsas de Contrabandistas y Maseros, debido al arraigo social que tienen en las fiestas de Alcoy y al disgusto y la polémica que suscitaría su eliminación. Menos mal que no le hicieron caso, porque eso hubiera supuesto la eliminación de todas o de casi todas las comparsas del bando cristiano de los pueblos con fiestas más antiguas y tradicionales. Así, por ejemplo, si se le hubiera hecho caso, habría desaparecido el bando cristiano completo en dos poblaciones con unas fiestas tan antiguas y tradicionales como Petrer y Bocairent, por ejemplo, que se celebran desde 1821 y 1860, respectivamente. En ellas, todas las comparsas del bando cristiano, la mayoría de ellas centenarias, serían anacrónicas para el autor de esa propuesta (Vizcaínos, Tercios de Flandes, Marinos, Estudiantes y Labradores, en Petrer; Españoletos, Granaderos, Contrabandistas, Zuavos y Estudiantes, en Bocairent). En Elda, sólo se habría salvado la comparsa de Cristianos, ya que las demás (Piratas, Contrabandistas, Estudiantes y Zíngaros) habrían tenido que desaparecer. En Villena, sólo se habrían salvado las comparsas de Cristianos, Almogávares y Ballesteros. Estas dos últimas son, precisamente, las más modernas (1954 y 1966, respectivamente) y las más pequeñas del bando cristiano, y sustituyeron a otras dos tan anacrónicas, pero tan antiguas, como los Romanos (que ya existía en 1857) y los Americanos (1928). Habrían tenido que desaparecer, en cambio, las comparsas de Piratas, Estudiantes, Marinos Corsarios, Andaluces y Labradores, que son precisamente las más grandes y las que más simpatías tienen en la población. En efecto, las comparsas consideradas anacrónicas son las más antiguas, las más numerosas, las más grandes y las que cuentan con mayor arraigo social. En efecto, una de las comparsas más antiguas en casi todas las poblaciones que celebraban fiestas de moros y cristianos en la primera mitad del siglo XIX es la de Romanos. Igualmente, la filà Contrabandistas es una de las más antiguas de Alcoy, pues ya existía en 1839, la de Maseros se fundó en 1842, la de Estudiantes existía ya en 1853. La filà de Marineros se fundó en Alcoy en 1855 y en 1858 se creó una segunda filà de Marineros. En Ontinyent, la comparsa de Marineros se fundó en 1860, el primer año en que se celebraron fiestas de moros y cristianos. La comparsa de Vizcaínos se fundó en Onil en 1852, etc. Pero es que, además de ser las comparsas más antiguas, son las más grandes y las que están más arraigadas en la sociedad. Esto ocurre en todas las poblaciones festeras, y el ejemplo de Villena puede ser muy ilustrativo. Las tres comparsas más grandes de esa ciudad son las


de Piratas, Estudiantes y Andaluces, con 2.200, 1.800 y 1.400 festeros respectivamente. Hay que señalar que hasta hace muy pocos años la tercera comparsa en cuanto al nº de socios era la de Labradores, como más de 1.400 festeros, habiendo disminuido como consecuencia de la compra de la casa donde está la sede de la comparsa. Las más pequeñas, con algo más de 200 festeros, son, precisamente, las que no son anacrónicas, los Almogávares y los Ballesteros. ¡Qué curioso! Pero la eliminación de los anacronismos no se limitaría a las comparsas, sino que afectaría a otros elementos festeros, algunos de ellos tan importantes como los arcabuces o los mismos cargos festeros (capitán, alférez, sargento y cabo), que tienen su origen en la soldadesca y ésta, a su vez, en las Milicias del Reino, que fueron creadas en 1609. No digamos las rodelas, pajes, volantes, ruedo de banderas, movimientos militares como El Rogle de Beneixama o el Paso de Revista de Bocairent, y la mayoría de los textos de embajadas, sobre todo los más antiguos. El mismo Salvador Doménech escribió los textos de embajadas de varias poblaciones (Elche, Crevillent, El Tractat d’Almirra) poniendo especial empeño en el rigor histórico. Como se ve, algo falla en este planteamiento del congreso de Villena. En efecto, las fiestas de moros y cristianos no son una representación teatral puramente histórica de unos hechos que ocurrieron en un período histórico concreto como es la Reconquista. Las fiestas de moros y cristianos, por el contrario, son en primer lugar, una fiesta, y por tanto, tienen un origen popular y el pueblo llano es el protagonista. Como todas las fiestas populares, son realizadas por el pueblo y para el pueblo. Y, por tanto, se celebran tal y como el pueblo las ha concebido. En el campo de la antropología, Honorio Velasco, por ejemplo, dice que “disfraces, máscaras, liberación de tabúes, desembarazamiento de controles sociales..., hacen de estas fiestas más bien la expresión de la antiestructura [...]. Y la antiestructura es precisamente la activación de la comunitas, es decir, la disolución de las diferencias y las posiciones de adhesión desiteresada, la vinculación profunda, la igualdad y la solidaridad de todos” (Velasco, 1982, 23). Naturalmente, las elites cultas han intentado influir en las fiestas de moros y cristianos, reflejando muchas veces su ideología política. La postura de eliminación de los anacronismos que defendió Salvador Doménech en el congreso de Villena, por ejemplo, era la misma del nacional-catolicismo de la posguerra y era una consecuencia de su concepto sobre las fiestas de moros y cristianos. En 1953, el concejal de festejos del Ayuntamiento de Villena, Ricardo Guillén Yánez, escribió que “las fiestas se entroncan remontando su origen a la época de la Reconquista, pretendiendo un resurgimiento vinculando los actos a episodios de la historia local, con citas de héroes y personajes coterráneos que alcanzaron nombradía. Lo que importa es el hecho histórico redivivo. Lo extraño y anacrónico debe excluirse” (Guillén, 1953). Por eso, el sociólogo Restituto López expresó estas dos maneras de concebir las fiestas y dijo en el congreso de Villena: “Creo que hay una gran diacronía de fase y separación de la visión de la Fiesta en este Congreso, y de la visión verdadera y real del festero. Festero del que creo que nos hemos olvidado totalmente. Como ha dicho en mi comunicación, las fiestas son manifestaciones populares, las hace el pueblo, no se hacen para el pueblo; su finalidad es el divertimento” (López 1976, 449). El origen de las comparsas consideradas anacrónicas está en cada momento histórico y se debe al carácter popular de las fiestas. La mentalidad de cada período histórico ha influido en las comparsas y en las fiestas. Por eso, muchas de ellas tienen us origen en el romanticismo. La irrupción del Romanticismo como corriente cultural, su interés por la Edad Media y su estilo grandielocuente se dejaron sentir en las fiestas de moros y cristianos, sobre todo en los textos de embajadas y en las comparsas, que


muchas veces correspondían a los tópicos románticos (contrabandistas y bandoleros, estudiantes, marineros y otras comparsas). Sobre las embajadas, decía Enrique Llobregat en el congreso de Villena que “la lectura o la audición de algunas de ellas produce una resonancia literaria inequívoca: estamos en pleno dominio del drama romántico, en un epigonismo del Duque de Rivas o de Zorrilla”. Otras comparsas aparecieron por influencia de los partidos políticos (Vizcaínos y Navarros, por influencia carlista; Garibaldinos, de ideología liberal) y otras, como los Marroquíes o Marruecos, por los acontecimientos bélicos del siglo XIX, como la Guerra de Marruecos (1859-1860). El romanticismo es la corriente cultural, artística, literaria y musical que en Europa durante la primera mitad del siglo XIX. Se inició en Alemania a finales del siglo XVIII y se extendió a toda Europa a principios del siglo XIX, aunque a España no llegó hasta 1834 con la vuelta de los exiliados políticos de Inglaterra. El romanticismo fue la la corriente cultural que acompañó al fin del Antiguo Régimen, de la monarquía absolutista y a la llegada del régimen liberal y el parlamentarismo político. Fue la corriente cultural de los que lucharon contra la tiranía de los reyes absolutos y a favor de la constitución y el parlamento siguiendo la idea de que “el poder reside en la nación”, que plasmaron en las constituciones de cada uno de los países. Por ello, el romanticismo se basa en dos ideas fundamentales, la libertad y el nacionalismo. La libertad, contra la tiranía de los reyes absolutistas, y el nacionalismo, a favor del pueblo, de la nación en la que a partir de entonces residía la soberanía y que se expresaba a través de la constitución y del parlamento. En el arte, la música y la literatura, se basa en la exaltación, el idealismo y la subjetividad como expresión del ansia de libertad. El nacionalismo, por su parte, se expresa en el interés por destacar las características peculiares de cada nacionalidad, su lengua, su historia y sus costumbres, sus mitos, su música y su literatura. Por ello, muestran un interés especial por la Edad Media, ya que en ese período se encuentra el origen de cada una de las nacionalidades europeas, por la literatura nacional de cada país (en España, por la literatura del Siglo de Oro especialmente), por la música propia de cada país, que los compositores recogen en su obras musicales, y por las costumbres de la gente normal, del pueblo llano de cada país, que da origen al costumbrismo. El interés por el rigor histórico de las comparsas ha sido una moda, que se ha desarrollado durante el franquismo y la transición política, pero que ya se puede decir que ha pasado. En las fiestas de Alcoy, se puede ver todos los años que los trajes de las escuadras especiales, de los boatos, de los ballets e incluso de los cargos festeros ya no muestran la mayoría de las veces ningún interés por el rigor histórico, sino que toman como modelo el vestuario de las películas norteamericanas actuales de tema pretendidamente histórico, pero que de rigor histórico no tienen nada. Son los trajes del tipo Connan el Bárbaro, que se han generalizado en el cine actual y, a través de él, han pasado a las fiestas de moros y cristianos.

La antigüedad del bandolerismo en Villena Introducción De todas maneras, las comparsas de Contrabandistas y Andaluces son plenamente históricas y tienen su sitio dentro de las fiestas de moros y cristianos, ya que representan a los bandoleros a lo largo de toda su historia. Aunque el traje que llevan es


de principios del siglo XIX, el bandolerismo es muy antiguo en el mundo, en la Península Ibérica e incluso en Villena. El bandolerismo prehistórico y el Tesoro de Villena Ya en el antiguo Egipto, los bandoleros solían robar los tesoros de las tumbas y de las pirámides, de manera que prácticamente todas ellas fueron expoliadas por los ladrones de tumbas desde finales del tercer milenio antes de Cristo. Hubo una excepción significativa y conocida: la tumba de Tutankamon, que fue encontrada intacta en 1922, con todos sus tesoros, ajuares y el sarcófago del faraón. Pero no hace falta irse tan lejos para encontrar bandoleros en aquella época. En la Península Ibérica, también los había, y más concretamente en Villena, ya en la Edad del Bronce. Tal es así, que el Tesoro de Villena pudo haber sido consecuencia de la rapiña y del robo de tesoros funerarios, es decir, fue reunido por los bandoleros de la Edad del Bronce a partir de distintos tesoros posiblemente funerarios. Según expuso la investigadora del CSIC Alicia Perea, en su conferencia impartida en la Casa de Cultura de Villena el pasado mes de octubre, Tesoro de Villena fue un “depósito de depósitos”, es decir, un tesoro formado por varios tesoros, como consecuencia del robo y la rapiña. Esto contradice la teoría de J. M. Soler sobre el origen del tesoro en el Cabezo Redondo, pero explica muy bien las características estilísticas del tesoro y sus conexiones con los demás tesoros peninsulares e incluso europeos de la Edad del Bronce. Cuando se habla del Tesoro de Villena, siempre se fecha en “el año 1000 a. C.”. Sin embargo, este conjunto arqueológico no se puede datar de forma directa porque apareció aislado, descontextualizado, es decir, fuera de cualquier contexto arqueológico que lo permitiera fechar (Soler, 1965, 7; 1989, 69). Naturalmente, tampoco llevaba ninguna fecha inscrita, ni en las piezas del mismo ni en la vasija cerámica en la que se encontró, ya que entonces todavía no se utilizaba la escritura en la Península Ibérica. Por ello, sólo se puede datar de forma indirecta, es decir, comparando la forma de sus piezas y la tecnología utilizada en ellas con las de otros tesoros prehistóricos, como el Tesorillo del Cabezo Redondo por ejemplo. Eso fue lo que hizo J. M. Soler desde el primer momento (en su libro El tesoro de Villena, 1965), suponiendo que había sido fabricado in situ por algún orfebre del poblado del Cabezo Redondo, al igual que el Tesorillo encontrado en este mismo yacimiento unos meses antes. La similitud de algunas de sus piezas le sirvió para justificar esa relación e, indirectamente, para asignarle al Tesoro la misma datación que al Tesorillo y que al propio poblado del Cabezo Redondo y, más concretamente, con el momento de su abandono como consecuencia de un incendio (Soler, 1965, 43-45; Hernández, 2001, 215). En 1965, en su libro El tesoro de Villena, situó cronológicamente este yacimiento en el año 1000 a. C. Sin embargo, es muy curiosa la forma en la que dedujo esta datación, situándolo, según sus propias palabras, en “un Bronce tardío postargárico, que los excavadores denominan Bronce III, infrapuestos a los niveles de otra etapa preibérica, ya con cerámicas a torno, que comienzan, lo más tarde, a principios del siglo VII a. de J. C.” (1965, 49). Según sus propias palabras: “Las estratigrafías de Galera y Orce, la última de las cuales, todavía inédita, conocemos gracias a la amabilidad del Dr. Schüle, han puesto de manifiesto que, entre los niveles propiamente argáricos y los ibéricos existen potentes estratos de un Bronce tardío postargárico, que los excavadores denominan Bronce III, infrapuestos a los niveles de otra etapa preibérica, ya con cerámicas a torno, que comienzan, lo más tarde, a principios del siglo VII a. de J. C. De ello se deduce que los estratos del Bronce III puro han de ser bastante


más antiguos , y no es aventurado suponer para ellos una fecha absoluta alrededor del año 1.000 a. de J. C. Algo de esto se había vislumbrado ya en algunas estaciones ibéricas de la región valenciana. Esta del año 1.000 a. de J. C. es la fecha que gustosamente aceptaríamos para la etapa final del Cabezo Redondo, en el que no existen los estratos ibéricos y cuyas cerámicas se corresponden en su mayor parte con las de los niveles argáricos y postargáricos del Cerro del Real.” (Soler, 1965, 49).

Hay que aclarar que el “Bronce tardío postargárico, que los excavadores denominan Bronce III”, mencionado por Soler, no es más que lo que actualmente se denomina Bronce Tardío (1.300/1.200-1.000 a.C.) y Bronce Final (1.000-750 a.C.), por lo que esta etapa comprende desde el 1.200 a.C., en que acaba la Cultura del Argar del Bronce Pleno, hasta el 750 a.C., en que comienza la Edad del Hierro con la aparición de la cerámica a torno y los primeros objetos de hierro. Por lo tanto, el abandono del Cabezo Redondo pudo ocurrir, según el texto citado, entre el 1.300/1.200 a.C. y el 750 a.C. Además, José María Soler no disponía de ningún dato empírico para situarlo concretamente en el año 1.000 a.C., como realmente hizo, y no en el 1.200 a.C. o en el 800 a.C. por ejemplo. Por lo tanto, esta cronología del año 1.000 a.C. es una suposición, porque lo que realmente hizo Soler fue, simplemente, redondear arbitrariamente la fecha de ese “Bronce tardío postargárico” o “Bronce III” dentro del periodo 1.200-800 a.C. Y él mismo, con una honestidad que le honra, admitió que era una suposición al decir que “no es aventurado suponer para ellos una fecha absoluta alrededor del año 1.000 a. de J. C.” y que “esta del año 1.000 a. de J. C. es la fecha que gustosamente aceptaríamos para la etapa final del Cabezo Redondo” (Soler, 1965, 49). Con todo, y demostrando su rigor científico, Soler advirtió a continuación que carecía de los resultados de los análisis que se estaban realizando en Alemania (Soler, 1965, 49). Y, en efecto, esos resultados llegaron en 1966 (Soler, 1966), justo al año siguiente de la publicación del libro El tesoro de Villena (1965). Las dos fechas obtenidas en Alemania, como consecuencia del análisis de dos postes de sustentación por el método del C14, fueron del 1600 a.C., la más antigua, y del 1.370 ±55 a.C., la más moderna, que correspondía al Departamento XV (Soler, 1987, 152). Esta última fecha indicaba, además, el abandono del poblado puesto que, en palabras de Soler, “estos últimos (Departamentos VI, XV y XVIII), sufrieron los efectos de un violento incendio que hizo abandonarlos a sus habitantes. Corresponden, pues, a la fase final del yacimiento, que es la de 1350 a.C., suministrada por uno de los postes de sustentación del Departamento XV.” (Soler, 1987, 152). Por lo tanto, J. M. Soler se había equivocado el año anterior, al fechar el yacimiento del Cabezo Redondo en el año 1000 a. C., y se había equivocado nada menos que en 350 años. Pero Soler, como buen investigador, rectificó esa fecha del año 1.000 a.C. después de conocer los resultados de las dataciones por C14 y, en 1987, en su libro Excavaciones arqueológicas en el Cabezo Redondo (Villena, Alicante), estableció la fecha del abandono del poblado del Cabezo Redondo, a causa de un incendio en los departamentos de las zonas bajas, en torno al 1.370 ±55 a.C., porque ésta es la fecha más moderna de las dos suministradas por el método del C14 y corresponde a uno de los postes de sustentación del Departamento XV (Soler, 1987, 149-52). Esta fecha ya no era producto de una suposición, como la del año 1000 a. C., sino de una evidencia científica, ya que había sido proporcionada por el método del C14 realizado en un laboratorio alemán. Sin embargo, el Tesoro de Villena había sido fechado en el año 1000 a. C. de forma indirecta en función del yacimiento del Cabezo Redondo y, por tanto, al rectificar la fecha de este yacimiento, tendría que haber rectificado también la del Tesoro de


Villena, para asignarle la nueva fecha obtenida para el Cabezo Redondo. Pero, sorprendentemente, no lo hizo, ni lo ha hecho nadie después de él. Con lo cual, la fecha del año 1000 a. C. no tiene sentido desde que recibió las dataciones del laboratorio alemán en 1966. Pero es la que se sigue utilizando, sorprendentemente. Y la sorpresa es aún mayor si se tiene en cuenta que, según Soler, el poblado se abandonó alrededor del año 1350 a.C. a causa “de un violento incendio”, lo que quiere decir que en el año 1000 a. C., en el poblado del Cabezo Redondo ya no vivía nadie. Y no vivía nadie desde hacía nada menos que 350 años. Por consiguiente, según esos datos y argumentaciones, el Tesoro de Villena no lo pudo fabricar ningún orfebre del poblado del Cabezo Redondo, ni pudo ser escondido por ningún “reyezuelo” de ese mismo poblado, porque se había abandonado hacía nada menos que 350 años. Por lo tanto, la cronología del año 1000 a. C. para el Tesoro de Villena, sencillamente, es absurda. Y es absurda porque fue establecida por Soler de forma arbitraria y errónea (en función de su inicialmente errónea datación del yacimiento del Cabezo Redondo) y porque incurre, además, en unas contradicciones tan clamorosas que insultan la lógica más simple, sobre todo si se sigue defendiendo la relación del Tesoro de Villena con el Cabezo Redondo y con el Tesorillo encontrado en este yacimiento. Conviene recordar, además, que Soler sacó consecuencias de esa datación errónea del Tesoro de Villena y, a partir de ella, dedujo conclusiones verdaderamente curiosas. En efecto, esta cronología del año 1.000 a.C. le permitió a Soler situar en Villena “un riquísimo foco cultural capaz de irradiar su influencia hacia regiones muy alejadas” (Soler, 1965, 52). Para él, y basándose en la cronología del año 1.000 a.C., el Tesoro de Villena se fabricó en el poblado del Cabezo Redondo y su influencia se extendió, no sólo al resto de la Península Ibérica hasta Galicia, sino también a Europa central y occidental, llegando hasta Suiza, Alemania, Dinamarca y Checoslovaquia, ya que los tesoros encontrados en todos esos lugares los atribuyó a la influencia villenense. Así, “destaca en primer término el conocido brazalete de Estremoz (Lámina XXIII) que no dudamos en considerar hoy como una importación desde el foco villenense” (Soler, 1965, 47). Pero, además, “en Portalegre surgió otro brazalete con púas (Lám. XXIII), procedente, sin duda, del mismo taller que el anterior”, o sea, del Cabezo Redondo de Villena. E, incluso, afirma del brazalete de Chaves que “es ésta una pieza de interés, por cuanto en ella se aúnan los funículos que vemos en los anillos del Cabezo Redondo con las puntas cónica que presentan varios brazaletes del tesoro”. Pero, no sólo proceden del Cabezo Redondo de Villena los brazaletes de Galicia y Portugal, sino también los de Europa central. Así, el parecido de los vasos áureos de Vimore (Dinamarca), las tazas de bronce del depósito de Somotor (Eslovaquia del Este) y las de Dresde (Alemania Oriental), con “un adorno geométrico con líneas de puntos”, lo atribuye a la influencia villenense (Soler, 1965, 50-51), ya que “no está demostrado que esta técnica ornamental proceda forzosamente del mundo hallstáttico, y aun pudiera postularse la dirección contraria”. Según Soler, por tanto, todos los tesoros prehistóricos, al menos de la Edad del Bronce, de la Península Ibérica y aun de toda Europa central y occidental procedían del poblado del Cabezo Redondo de Villena. Sin comentario. Esa conclusión es a la que se vio obligado a llegar como consecuencia de la cronología tan antigua que supuso para el Tesoro de Villena, a la que a su vez se vio obligado a llegar como consecuencia del origen local del tesoro y de su fabricación en el Cabezo Redondo. Sin embargo, esa hipótesis se sigue defendiendo en la actualidad. El problema es metodológico. Contrariamente a lo que ocurre en la ciencia, lo que se ha hecho en el tema del Tesoro de Villena es aplicar el método hipotético deductivo, en lugar del inductivo, y en vez de partir de los datos particulares para llegar a conclusiones generales, se parte de


conclusiones generales para llegar a los datos particulares, de manera que a partir de una idea general preconcebida, se han obtenido conclusiones como la anteriormente citada. El inconveniente que tiene el método deductivo es que si la idea previa que se utiliza como premisa resulta ser falsa, todas las conclusiones que se obtengan a partir de ella serán también falsas. La idea previa fue la conexión del Tesoro de Villena con el poblado del Cabezo Redondo, debido a su proximidad geográfica (sólo 4 km.). Como el poblado del Cabezo Redondo lo fechó en 1965 en el año 1000 a.C. (el término medio entre el 1200 y el 800 a.C.), esa fue la fecha que dedujo también para el tesoro, aplicando el método hipotético deductivo como se ha dicho. Esta deducción le llevó a decir que el Cabezo Redondo se adelantó en 300 años al resto de Europa en el uso del hierro. El problema vino cuando al año siguiente, en 1966, recibió de Alemania el resultado de las dos dataciones por C14, del 1600 y del 1350, y dedujo el abandono del poblado en la segunda fecha o muy pocos años después. Como decir que el Cabezo Redondo se adelantó en 600 años al resto de Europa en el uso del hierro, ya le debió de parecer excesivo, no tuvo más remedio que seguir manteniendo la cronología del tesoro en el año 1000 a.C. y seguir relacionándolo con el Cabezo Redondo, a pesar de que, según él mismo mantenía, cuando se fabricó y se ocultó el tesoro, hacía 350 años que en el poblado del Cabezo Redondo ya no vivía nadie cuando. El método hipotético deductivo le llevó, por tanto, a esta irresoluble contradicción. A pesar de todo, se ha seguido aplicando el mismo método hipotético deductivo hasta ahora, buscando datos particulares que confirmen, prueben y demuestren esa idea general preconcebida de la que se ha partido. Y esos datos particulares buscados los han intentando encontrar en dataciones más modernas de ocupación y abandono del poblado del Cabezo Redondo, sin que se haya encontrado ninguna datación del año 1000 a.C. o que se acerque a ella. Como esa vía todavía no ha surtido efecto, se intenta explicar el uso del hierro en el poblado del Cabezo Redondo como consecuencia de la precolonización fenicia o de unos supuestos contactos prefenicios (del siglo XIII al X a.C.) de los que todavía no se han encontrado pruebas materiales. Se ha intentado demostrar, además, la relación del Tesoro con el Cabezo Redondo a partir de los parecidos entre sus piezas y las del Tesorillo. Haberlos, los hay, pero claro, las piezas del Tesoro se parecen muchísimo más a las de los tesoros del resto de la Península Ibérica y de Europa, que a las del Tesorillo. No hay más que compararlas para darse cuenta de ello. La única explicación a estos parecidos tendría que ser la que dijo Soler, que todos los tesoros prehistóricos de Europa procederían del poblado del Cabezo Redondo de Villena. Y todo por no utilizar el método hipotético inductivo, como se debería de haber hecho desde el principio. Sin embargo, otros arqueólogos, que son muy buenos conocedores de la orfebrería de la Edad del Bronce en la Península Ibérica, sí que utilizan el método hipotético inductivo, y por eso lo explican justo al contrario. Según Alicia Perea, en el caso concreto del Tesoro de Villena, las influencias habrían venido a Villena desde el suroeste y la zona atlántica peninsular, y no al revés: “Pero ahora nos vamos a olvidar de todos los objetos excepto de los brazaletes. Con anterioridad a la identificación de la tecnología VillenaEstremoz (Armbruster y Perea, 1994), el hecho de que el depósito de Villena contuviera 28 de estas piezas fue el argumento de mayor peso, y número, para defender su fabricación y origen local; dicho en otros términos, se pensaba que el que lo produjo, consumió y amortizó era el mismo (Soler, 1965; Schüle, 1976; Ruiz-Gálvez, 1989). Se había conseguido escribir una biografía muy tranquila y casera al sesgar -inconscientemente- la argumentación, porque el dato pertinente y significativo en arqueología no es el número de ejemplares, sino el número y dispersión de los hallazgos y éstos, como acabamos de ver en


el apartado anterior, se decantan abrumadoramente hacia la fachada atlántica, donde sí parecen constituirse en depósitos normalizados, y donde además contamos con antecedentes y pervivencias tecnológicas y tipológicas muy claras.” (Perea, 2001, 26).

Entre los antecedentes de la zona atlántica, “el depósito de oro con mayor peso encontrado en la Península es el de Caldas de Reyes (Pontevedra) que supuestamente llegaba a los 27 kg, aunque en la actualidad sólo se conserva la mitad (Domato y Comendador, 1998)...” (Perea, 2001, 20), que “tradicionalmente se ha fechado en el Bronce Antiguo, pero hoy se tiende a situarlo, en coherencia con su tecnología y significado, en el Bronce Final, o al menos en el Bronce Medio (Armbruster, 1996). Pero “esta enorme acumulación de oro se encontró como un escondrijo, a escasa profundidad, en una importante zona de cruce de caminos.” (Perea, 2001, 20). Las pervivencias son abundantes en toda la fachada atlántica y en el valle del Guadalquivir, dando lugar a la orfebrería tartésica tras la llegada de los fenicios, a la que pertenece el tesoro de El Carambolo (Perea, 2001, 24). “La tecnología Villena-Estremoz continuó desarrollándose y evolucionando en la fachada atlántica a través de tipos diferentes, casi siempre brazaletes, hasta la romanización; ejemplo de la pervivencia de este ámbito tecnológico es el conocido brazalete de Lebuçao (Vila Real) (Armbruster y Perea, 1994: 76). En el suroeste, los orfebres con tecnología Villena-Estremoz entraron en contacto con orfebres fenicios que practicaban otras técnicas muy diferentes; fruto de ese contacto, y prueba de su convivencia, son las piezas del depósito sevillano de El Carambolo (Perea y Armbruster, 1994)” (Perea, 2001, 24).

Prácticamente todos los tesoros peninsulares, la mayoría de ellos encontrados en la zona atlántica aparecieron descontextualizados, igual que el Tesoro de Villena, por lo que las circunstancias de su ocultación tuvieron que ser las mismas para todos ellos y pudieron se debidas a que su lugar de ocultación era un “cruce de caminos” (RuizGálvez, 1995, 23; Perea, 2001, 20). “Son relativamente frecuentes los hallazgos de ocultaciones en las inmediaciones de vías de comunicación, puertos de montaña o cruce de caminos, lugares de valor simbólico por su carácter neutral, tierra de nadie, límite y frontera entre dos territorios; en estas zonas se efectuaban transacciones y acuerdos políticos con ceremonias y ritos que probablemente incluyeran la deposición de objetos de valor para sancionar el intercambio o el pacto; pero también se ejercía un control del territorio, lo que implicaba la obligación de un pago por el paso de personas y mercancías; o se invocaba a la divinidad correspondiente para que propiciara una travesía segura. Todas éstas son hipótesis que se han apuntado para los depósitos situados en este tipo de entorno.” (Perea, 2001, 20).

No ocurre lo mismo, en cambio, con el Tesorillo del Cabezo Redondo, que por el contrario apareció en el mismo poblado. Existen parecidos del Tesoro de Villena con el Tesorillo del Cabezo Redondo (Soler, 1965, 43-45; Hernández, 2001, 215), como los anillos y al fragmento de brazalete con púas de este último, y con cerámicas del mismo poblado, aunque el del Tesorillo es más sencillo y arcaico que los del Tesoro, que es mucho más refinado. “Sólo un fragmento de brazalete con púas, muy posiblemente presente como acopio de material para reelaborar, al igual que otros elementos del


tesorillo, muestra la conexión de dicho conjunto con el Tesoro de Villena, donde confluyen las tradiciones tipológicas y tecnológicas que en el Bronce Final empiezan a calar hondo en toda la fachada mediterránea peninsular, con orígenes en el Mediterráneo Central y en Centroeuropa, debido sobre todo a la conexión a larga distancia de lo que hasta la fecha habían sido rutas regionales, tanto terrestres como marítimas y a su vez las unas con las otras” (Simón, 2001, 236). Según lo dicho por Perea y Ambruster, las piezas del Tesoro se podrían explicar como consecuencia de otras influencias más antiguas procedentes de la misma zona atlántica, ya que existe una tipología parecida en ambas zonas en los brazaletes. Así, el brazalete de Estremoz (Portugal), por ejemplo, se parece mucho más a los del Tesoro de Villena que el fragmento de brazalete del Tesorillo del Cabezo Redondo, y lo mismo se puede decir del parecido de los cuencos de Zürich (Suiza), de Axtroki (Guipúzcoa) o de Abía de la Obispalía (Cuenca), por ejemplo, con los del Tesoro de Villena. Según la explicación de los arqueólogos citados, el Tesoro de Villena podría haber sido traído hasta aquí desde otro lugar (bien próximo a Villena, como Peña Negra, Los Saladares o La Fonteta-La Rápita de Guardamar, del 750-720 a.C.), donde existía la metalurgia del hierro desde mediados del siglo VIII a. C. (González y Ruiz, 2000, 4950), o bien más alejado, como el valle del Guadalquivir o el área atlántica de la Península Ibérica), probablemente del suroeste peninsular, porque allí se localiza el mayor número de hallazgos, y esta influencia se extendió hacia el norte, a través de la ruta del estaño (la Vía de la Plata y la costa atlántica), y hacia el Este, a través del valle del Guadalquivir y de la ruta del plomo, que era necesario en la metalurgia de la plata, en el proceso de copelación, y ante su escasez en el suroeste, había que traerlo de las minas del sureste, de la zona de Cartagena sobre todo (Orejas y Montero, 2001, 134135). Debido a esta influencia del suroeste peninsular, los hallazgos más voluminosos de objetos de oro se localizan en las zonas periféricas y culturalmente más atrasadas (Caldas de Reyes, Axtroki, Abía de la Obispalía y Villena). Es evidente que los parecidos del Tesoro de Villena con los tesoros del suroeste peninsular, Axtroki (Guipúzcoa), Abía de la Obispalía (Cuenca) e incluso con el de Zürich (Suiza) son mucho mayores que con los parecidos que se han observado con algunas piezas del Tesorillo del Cabezo Redondo, a pesar de la proximidad geográfica de este último. La exquisita elaboración y calidad técnica de las piezas del Tesoro de Villena está a años luz de la mayor tosquedad, simpleza y arcaísmo de las del Tesorillo del Cabezo Redondo. Es lógico pensar que los tesoros de Caldas de Reyes, Axtroki, Abía de la Obispalía y Villena no fueran fabricados en los lugares en los que se hallaron, porque son depósitos áureos aislados, mientras que los del suroeste peninsular son abundantes y luego tuvieron continuidad en los tesoros tartésicos como el del Carambolo, por ejemplo. No existe ninguna corriente migratoria ni cultural que vaya desde el Levante peninsular hacia Europa Central durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro, es decir, en el segundo y en el primer milenio antes de nuestra era. En cambio, sí que existen movimientos migratorios intensos y conocidos en sentido contrario, desde Europa Central hacia la Península Ibérica. En Europa Central, son característicos los tesoros de las culturas de la Edad del Bronce, y se caracterizan sobre todo por los cuencos de oro. A partir del siglo X a.C., tiene lugar unas intensas y masivas migraciones centroeuropeas hacia el sur, concretamente hacia la Península Ibérica a través del Valle del Ródano, que extienden la conocida como la cultura de los Campos de Urnas o Urnenfelder. Comienzan en el periodo Hallstatt A y B, en el Bronce Final, y continúan en el Hallstatt C y D, que ya son de la Edad del Hierro, en el siglo VII y VI a.C. Estas poblaciones indoeuropeas procedentes de Centroeuropa, principalmente de la


zona de Treveris (entre el Mosela y el Rhin, en la frontera entre Alemania, Francia y Bélgica), son los difusores de la metalurgia del hierro en el norte de la Península Ibérica (Collis, 1989). Se establecen en el Valle del Ebro y Cataluña, pero ya en la Ora Marítima de Avieno (siglo VI a.C.) se citan pueblos con nombres indoeuropeos en el suroeste de la Península Ibérica. Allí, precisamente, es donde se han localizado un gran número de tesoros, y así se podrían explicar algunos tesoros aislados como los de Axtroki (Guipúzcoa) y Abía de la Obispalía (Cuenca). Los tesoros también fueron abundantes en las Islas Británicas durante la Edad del Bronce, y fueron característicos de la cultura de Wessex. El comercio del estaño, que en la Edad del Hierro tenía una ruta marítima importante entre Tartessos y las Casitérides (las Islas Británicas), existía ya en la Edad del Bronce y podría explicar muy bien el tesoro de Caldas de Reis (Pontevedra). El Bronce Atlántico estaba relacionado con Bretaña y con las Islas Británicas, y había un comercio intenso entre el sur y el norte de Europa en ambos sentidos. Los tesoros de Axtroki (Guipúzcoa), Abía de la Obispalía (Cuenca) y Caldas de Reis (Pontevedra) están situadas en regiones que, en la Edad del Bronce y en la Edad del Hierro, estaban culturalmente muy atrasadas y carecían por tanto de la tecnología necesaria para fabricar los tesoros que se han encontrado allí. El poblado del Cabezo Redondo de Villena, aunque mucho más avanzado culturalmente, estaba en la periferia de la cultura de El Argar, que era la más rica de la Península Ibérica y tenía su centro en las provincias de Almería, Murcia, Este de Granada y la Vega Baja del Segura, en la de Alicante. La explicación de Alicia Perea sobre que el Tesoro de Villena fuera el resultado del pillaje y el robo como consecuencia del bandolerismo es muy razonable, y explica muy bien su hallazgo en Villena, en la vía de comunicación que enlaza la Meseta con la costa mediterránea. Por lo tanto, el Tesoro de Villena es una consecuencia del bandolerismo y, por tanto, este fenómeno social ya existía en nuestra comarca al final de la Edad del Bronce y principios de la del Hierro. El bandolerismo en la antigüedad El bandolerismo se documenta, en efecto, en los pueblos prerromanos de la Península Ibérica unos pocos siglos después, en la conquista romana. Las fuentes escritas de los conquistadores nos dicen que el bandolerismo era muy normal en los pueblos prerromanos del centro y oeste peninsular, especialmente en los celtíberos y lusitanos, porque “la población carente de tierras tenía que buscar su subsistencia en el bandolerismo”. Lo que robaban era, sobre todo, ganado. Como dice Marcelo Vigil (1973, 263-264): Otro fenómeno producido por las desigualdades sociales surgidas entre los pueblos indígenas fue el bandolerismo. Los individuos carentes de recursos por falta de tierras que en algunos pueblos se hallaban concentradas en manos de la aristocracia gentilicia, formaban bandas que atacaban a las regiones vecinas más ricas para obtener botín. Estas bandas se agrupaban alrededor de jefes, con los cuales sus miembros mantenían relaciones de tipo personal basadas muchas veces en la clientela y la devotio”.

Esta descripción de los bandoleros prerromanos parece que sea la de los conocidos bandoleros andaluces de principios del siglo XIX. En la conquista romana, jugaron un papel fundamental, porque se opusieron a los conquistadores, se resistieron a la conquista y los atacaban mediante la táctica de guerrillas, igual que hicieron después contra los franceses durante la Guerra de la


Independencia (1808-1813). Los romanos los llamaban latrones, y “estas bandas llegaron a concentrar a su alrededor los intereses de ciertos pueblos rebeldes a los romanos, formando verdaderos ejércitos que utilizaban la guerra de guerrillas como táctica fundamental. Este fue el caso de Viriato” (Vigil, 1973, 297). Por lo tanto, Viriato, el famoso jefe lusitano, no fue un héroe nacional que encarnaba todas las virtudes patrias, como se enseñaba en el colegio durante el franquismo, sino un jefe de bandoleros que luchó contra los romanos y murió traicionado por uno de los suyos. Las guerras lusitanas fueron, en realidad, una lucha de los bandoleros lusitanos contra los invasores romanos. Las pretensiones de los bandoleros prerromanos tampoco era defender a la patria contra el invasor, sino simplemente conseguir tierras para cultivar mediante el reparto de tierras de los conquistadores romanos. Cuando estos últimos les repartían las tierras, los bandoleros indígenas deponían las armas y se rendían a los conquistadores. Sin embargo, estos a veces los traicionaban. Así, el praetor Galba les prometió en el año 151 a. C. el reparto de tierras, los bandoleros lusitanos se rindieron y depusieron las armas y, cuando estaban todos concentrados y desarmados, el pretor ordenó a sus soldados que los degollaran a todos, causando así una matanza entre los indígenas. Sin embargo, la mayoría de las veces, los romanos fundaban ciudades para que los bandoleros indígenas se asentaran en ellas y les repartían tierras para cultivar. Titus Sempronius Gracchus fundó algunas ciudades como Colenda y Gracchurris, actual Alfaro (La Rioja), en el 179 a. C. En el año 77 a. C., Pompaeius fundó la ciudad de Pompaelo con los indígenas vascones. En el Bajo Imperio pasó a llamarse Pompaelona y, más tarde, como consecuencia de la evolución fonética, se llamó Pamplona. Caesar fundó también ciudades, y Augustus fundó, entre otras, Asturica Augusta, que inicialmente fue un castrum o campamento romano en las guerras cántabras, pero también sirvió para asentar a los bandoleros astures que atacaban sus legiones. Como consecuencia de la evolución fonética, Asturica pasó a llamarse Astorga y el antiguo campamento romano se convirtió en la actual ciudad de la provincia de León. En la crisis económica del siglo III d. C., hubo un auge del bandolerismo, que había continuado en los pueblos del norte, sobre todo entre los cántabros (Vigil, 1973, 297301). El bandolerismo en la Edad Media En la Edad Media, también continuó existiendo el bandolerismo, entre el Reino de Granada y el de Castilla, pero también en los reinos cristianos. Para protegerse del bandolerismo, las ciudades y villas de los reinos cristianos crearon las Hermandades, que también servían para protegerse de los abusos de los señores feudales. En el marquesado de Villena, la Hermandad se constituyó en Villena el 13-101386 (Del Val, 1987, 149), los procuradores de los lugares del Marquesado que formaron la Hermandad se reunieron en Villena el 23-10-1386 bajo la presidencia del propio marqués (para así controlarla y evitar que perjudicara sus intereses) y el año siguiente, el 5-1-1387, se creó la otra Hermandad en el reino de Murcia (Veas, 1987, 413). En las disposiciones tomadas en la reunión del 23-10-1386 celebrada en Villena, figura la “obligación concejil de tomar el rastro de los malhechores donde se hubiera cometido el delito y seguirlo hasta apresarlos o llegar al límite de su término, donde lo entregarían e informarían al concejo vecino de cuanto supieran. La persecución no podía abandonarse hasta tanto que se hicieran otros cargos del rastro, y si éstos no quisieran salir y continuarlo, quedarían penalizados a pagar el valor de lo robado o destruido”. Es digna de destacar la dureza de la pena ya que, “alcanzados los ladrones o


malhechores, con o sin lo robado, como delito flagrante, el castigo será inmediato: “que sean juzgados a la ballesta e enforcados de tal manera que mueran”, sin que pudiera introducirse innovación, excusa o tardanza alguna. La sentencia sería dada por los Alcaldes. Pero si en algún caso no estuviera presente ninguno de ellos, se entendía y autorizaba a que cualquier caballero de las huestes concejiles pudiera sustituirlos en su función judicial, con objeto de que se hiciera inmediata justicia y se ejecutara a los delincuentes en el lugar en donde hubieran sido apresados, toda vez que, contra sus sentencias, no había apelación posible”. La Hermandad del Marquesado, “como muy bien dice Torres Fontes, no nace espontáneamente a iniciativa de los concejos que la integran para su futura defensa, sino que la crea don Alfonso de Aragón y la impone a los procuradores sin posible discrepancia. Se trataba de buscar una paz y una seguridad en el trabajo que a todos habría de beneficiar y, al mismo tiempo, al estar controlada por el estamento nobiliario, evitaría “peligrosas innovaciones o la creación de engañosas imágenes de fuerza entre los habitantes pecheros del Señorío”. [...] Pese a todo, existían antiguas diferencias entre las poblaciones del señorío, a veces fomentadas por el propio marqués, como en el caso de Chinchilla y Albacete, y esto, unido a la actitud autoritaria de don Alfonso, que había vulnerado algunas de las ancestrales prerrogativas de sus municipios, hizo que los lazos de unión fueran aflojándose, y a la muerte de Enrique III, la Hermandad pudiera darse por desaparecida” (Soler, 2006, 123-124). El 26-3-1414, en cambio, se reestableció la Hermandad, porque “el bandolerismo resurgió, estimulado por el hambre de 1412-1413 que, según la Crónica del Rey, hizo subir el precio del trigo a tres florines de oro la fanega, con la consiguiente especulación en las tierras fronterizas con el reino de Valencia” (Soler, 2006, 123-124). En 1476, los Reyes Católicos crearon la Santa Hermandad. La reina doña Isabel también promovió la creación de una Hermandad entre las ciudades y villas del reino de Murcia y del Marquesado de Villena (las ciudades de Murcia, Lorca, Chinchilla, Cartagena y Alcaraz, “e con las villas de Villena e Almansa e Yecla e Sax e Hellin e Tovarra e Albaçete), “por que los robos e males se evitasen”. Esa Hermandad se creó entre las ciudades de Cartagena, Murcia, Lorca y Chinchilla y las villas de Villena, Almansa, Yecla, Sax, Hellín, Tobarra y Albacete, “por que los rrobos e males se evitasen”, por una cédula de la Reina doña Isabel del 20-2-1477, al año siguiente de la rebelión contra el marqués, ordenando enojada al Conde de Paredes, el 23-6-1476, que cumpliera la orden de la Reina que se había desobedecido. En Villena, se nombraban dos alcaldes de la Santa Hermandad, que en 1575 cobraban un sueldo anual de 200 reales. El contrabando en Villena en la Edad Media Sin embargo, el contrabando no sólo lo practicaron los bandoleros, sino también los ciudadanos de Villena e incluso los señores feudales, debido a la importancia del carácter fronterizo de Villena, situada en la frontera con el reino de Valencia y la Corona de Aragón. Este hecho fue fundamental para la economía villenense, tanto en la Edad Media como en la Edad Moderna, porque determinó que la principal actividad económica de la ciudad fuera el contrabando de productos agrícolas y ganaderos, es decir, el comercio con el reino de Valencia sin pagar los impuestos aduaneros que establecía la legislación castellana. Ese comercio ilegal o contrabando se realizaba a través del “mercado franco de los jueves” y de la feria de octubre, que han tenido por tanto una importancia capital en la Historia de Villena y que, sorprendentemente, siempre han pasado casi desapercibidos para los historiadores. Esa importancia del mercado franco de los jueves, de la feria de octubre y del contrabando que se hacía a


través de esas dos actividades comerciales explica las continuas quejas y reivindicaciones del Concejo de Villena durante toda la Baja Edad Media y gran parte de la Edad Moderna para que se respetaran los fueros, privilegios y libertades de la ciudad, que era la forma legal de decir que no se cobraran los impuestos aduaneros correspondientes a las mercaderías que se transportaban desde Castilla hasta Aragón pasando por Villena. Pero ese comercio ilegal no era la única actividad económica lucrativa que existía en la ciudad. Eran muy importantes también la agricultura y la ganadería, así como los oficios artesanos. El auge económico de Villena en el siglo XVI, sobre todo tras la sublevación contra el marqués, se reflejó en la intensa actividad constructiva en ese período, que fue cuando se construyeron los principales edificios de la ciudad, siempre por iniciativa privada y financiados por miembros de las principales familias que pertenecían al estamento eclesiástico. De entonces data la mayor parte de nuestro patrimonio histórico-artístico y monumental, uno de los más importantes de la provincia. El mismo don Juan Manuel “fazia levar fuera del regno muchos ganados et mucho pan et muchas mercaderias, et esto fue una de las razones porque entonces ovo gran careza en todas las cosas del regno”, según nos dice muy expresivamente la Crónica real. Comenta Pretel que la magnífica situación fronteriza de sus tierras y las facilidades que para el paso de aduanas habían conseguido muchos de sus lugares, y en particular Villena, se prestaban a este peculiar modo de contrabando dirigido por la misma persona que en teoría debiera reprimirlo, pues era contrario a todas las ordenanzas del reino. Este modo de proceder era realmente indigno de un personaje de su estirpe, y trató de legalizarlo cuando Alfonso XI buscó la tranquilidad de sus tierras ofreciendo a los rebeldes dinero y honores” (Soler, 2006, 88). Don Alfonso de Aragón, 1er Marqués de Villena, también practicaba el contrabando, porque los impuestos no eran la única fuente de financiación del Marqués de Villena: “El contrabando, favorecido por los privilegios aduaneros y más o menos disfrazado de comercio privilegiado, fue siempre, sobre todo en tiempos de crisis, una de las mayores fuentes de recursos de los particulares en el señorío de Villena; y el mayor contrabandista del territorio era el propio marqués de Villena, que necesitaba urgentemente el dinero y estaba dispuesto a sacarlo por la vía más rápida, aun incumpliendo las leyes del reino y escandalizando a los arrendadores de aduanas y a los encargados de perseguir estas acciones” (Pretel y Rodríguez, 1998, 222). En el caso de Almansa, que era ciudad fronteriza, aduana y puerto seco, señala Pretel que “es el señor el primer comerciante y el gran contrabandista de ganados y de mercaderías, apoyado en sus hombres de confianza: su alcaide en el castillo, Rodrigo de Cervera, y algunos hacendados almanseños (Alvar Ximénez de Pina) o venidos con él del reino de Aragón, como fue el hidalgo don Jaime de Ayerve, señor de la alquería de Burriharón, dotada de importantes exenciones. Está más que probado que el tal Alvar Ximénez receptaba en su casa, y en grandes cantidades, moneda castellana que el marqués evadía al reino de Valencia, en parte para hacer negocios no muy limpios, y en parte, según prueban numerosos indicios, para hacerla fundir y volver a importarla con la ley rebajada. Casi huelga decir que Ximénez de Pina y don Jaime de Ayerve, que siempre representan al Concejo de Almansa en las Juntas y acuerdos de importancia (y cuyos descendientes trabarían parentesco), serían los pilares de una oligarquía que


consolidaría en los siguientes años su poder en la villa y que detentaría enormes propiedades” (Pretel, 1999, 22-23). El contrabando continuó y se hizo muy evidente tras la rebelión contra el 3er Marqués de Villena Diego López Pacheco, debido a que los Reyes Católicos quisieron normalizar el comercio entre Castilla y Aragón en la década de 1480. Los vecinos de Villena aprovecharon la visita real de 1488, camino de Granada, para conseguir de los Reyes la confirmación personal y definitiva de los privilegios de la villa, sobre todo después de comprobar los contadores mayores de los Reyes la inexistencia de estos privilegios y franquezas en el archivo real, porque no estaban registrados en los libros correspondientes, y después de la orden de los Reyes del 12-4-1484 al Concejo de Villena para que éste permitiera poner guardas aduaneros en la villa para evitar el fraude fiscal de los comerciantes que aprovechaban el mercado franco de los jueves para el contrabando de productos entre los reinos de Castilla y Aragón, en contra de los privilegios de la villa. Por lo tanto, esta práctica fraudulenta de era fundamental en la economía villenense porque el mercado franco de los jueves de Villena era utilizado de forma fraudulenta para las transacciones comerciales entre las Coronas de Castilla y Aragón. Esto, evidentemente, favorecía a Villena como centro comercial, al venir los comerciantes los reinos de Castilla, Aragón y Valencia y no tener que pagar impuestos aduaneros si decían en las aduanas de Almansa y Yecla que sus productos iban destinados al consumo interno de los vecinos y moradores de Villena. No en vano, esta fue una de las condiciones exigidas a Gaspar Fabra por los villenenses el 20-2-1476, que fue ratificada y confirmada después por los Reyes Católicos el 20-5-1476, el 26-101480 y el 28-8-2484. Este comercio fraudulento entre dos reinos en una villa fronteriza se puede calificar de contrabando y explicaría la continua vulneración de los privilegios y franquezas de Villena en cuanto a los impuestos aduaneros en los puertos de Almansa y Yecla. Sin embargo, no consta que jamás fuera denunciado hasta 1485 y que no se intentara solucionar hasta esa fecha, nueve años después de la sublevación contra el marqués y solamente cinco de las capitulaciones del mismo. Teniendo en cuenta que entre 1480 y 1485 se realizó la queja de los villenenses por la vulneración de las franquezas aduaneras, el descubrimiento de que dichas franquezas no constaban en los archivos reales y la consiguiente pesquisa ordenada por los Reyes Católicos, se puede afirmar que este asunto se intentó solucionar en cuanto los pueblos del Marquesado pasaron a ser de realengo. Mientras fueron de señorío, por el contrario, las franquezas se vulneraban y se volvían a respetar sólo cuando los concejos protestaban. La explicación de todo este paripé administrativo hay que buscarla en el hecho de que los mismos marqueses, con la connivencia y la complicidad de los reyes, participaban también en ese fraude fiscal porque eran los mayores comerciantes de ganados y mercancías y, por tanto, los mayores contrabandistas. Como señala Pretel al hablar de Almansa, que era ciudad fronteriza, aduana y puerto seco, en la época de don Alfonso de Aragón “es el señor el primer comerciante y el gran contrabandista de ganados y de mercaderías, apoyado en sus hombres de confianza: su alcaide en el castillo, Rodrigo de Cervera, y algunos hacendados almanseños (Alvar Ximénez de Pina) o venidos con él del reino de Aragón, como fue el hidalgo don Jaime de Ayerve, señor de la alquería de Burriharón, dotada de importantes exenciones. Está más que probado que el tal Alvar Ximénez receptaba en su casa, y en grandes cantidades, moneda castellana que el marqués evadía al reino de Valencia, en parte para hacer negocios no muy limpios, y en parte, según prueban numerosos indicios, para hacerla fundir y volver a importarla con la ley rebajada” (Pretel, 1999, 23). En efecto, “el contrabando, favorecido por los privilegios aduaneros y más o menos disfrazado de


comercio privilegiado, fue siempre, sobre todo en tiempos de crisis, una de las mayores fuentes de recursos de los particulares en el señorío de Villena; y el mayor contrabandista del territorio era el propio marqués de Villena, que necesitaba urgentemente el dinero y estaba dispuesto a sacarlo por la vía más rápida, aun incumpliendo las leyes del reino y escandalizando a los arrendadores de aduanas y a los encargados de perseguir estas acciones” (Pretel y Rodríguez, 1998, 222). Según A. Pretel, “el contrabando tuvo siempre un papel muy destacado en las economías de los pueblos del viejo señorío, sobre todo, obviamente, en los más fronterizos”. El bandolerismo en la Edad Moderna El bandolerismo continuó en la Edad Moderna, con las mismas características de épocas anteriores. “Los robos motivados por la miseria daban lugar a un delito de sangre que ponía al que lo había cometido al margen de la ley de forma permanente. La forma de unión de los perseguidos era la cuadrilla” (Molas, 1988, 184). Los bandoleros tenían el apoyo de algunos nobles, e incluso de algunos eclesiásticos. Algunas bandas estaban capitaneadas por propietarios rurales. Popularmente, los bandoleros causaban a la vez admiración y temor, estando ambos sentimientos mezclados. El fenómeno del bandolerismo en la Edad Moderna ha sido estudiado con más profundidad en Cataluña y el País Valenciano. En 1564, el virrey de Cataluña escribió que “toda Cataluña está llena de bandoleros” (Molas, 1988, 184). En Valencia, el bandolero más famoso fue morisco, de nombre Solaya, que fue capturado a traición en 1586 (Molas, 1988, 184). En la primera mitad del siglo XVII, “los dos personajes más populares de los primeros cuarenta años del siglo en Cataluña fueron dos bandoleros: Pere Roca Guinarda (que mereció el honor de ser un personaje del Quijote) y Joan Sala, alias Serrallonga”. Sobre este último, cabe recordar la canción titulada El bandoler, del conocido cantautor catalán Lluis Llach. Precisamente, la palabra bandolero procede del catalán bandoler, y ésta a su vez de bàndol (bando, banda), que era como se denominaba en Cataluña a las cuadrillas o bandas de bandoleros. La importancia del fenómeno en Cataluña determinó la adopción en castellano de esa palabra catalana. Igualmente, “el bandolerismo fue endémico en el País Valenciano”. En el siglo XVIII, continuó el bandolerismo en toda la Corona de Aragón. En Cataluña, dio lugar a la aparición de la “canción del bandolero”. Pero, además, “el bandolerismo adquirió gran impulso en Andalucía”, sobre todo en Ronda y Antequera, donde tenía relación con el contrabando (Molas, 1988, 345-346). En Villena, también existió el bandolerismo durante toda la Edad Moderna, y los bandoleros eran utilizados a veces por los terratenientes rivales para atacarse entre sí. Las familias rivales contrataban a una banda de bandoleros para que fueran a causar daños en las haciendas de la familia rival. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, fue famoso en el sur de la provincia de Alicante Jaime el Barbudo, que frecuentaba la Venta del Gitano, que estaba en El Angosto, enfrente de la cárcel de Villena. También atacó la diligencia en la que viajaba a Orihuela el villenense Joaquín Mª López cuando estaba estudiando en la capital de la Vega Baja. En la vecina población de Caudete, la comedia titulada El Lucero de Caudete uno de los personajes es “Mireno, el bandolero”. A principios del siglo XX, dio su nombre a la comparsa de contrabandistas que se llamó “Comparsa de Mirenos”. Durante la Guerra de la Independencia, los bandoleros tuvieron una participación muy activa, desarrollando la táctica de la guerra de guerrillas contra los invasores franceses, exactamente igual en época romana. Después de la guerra, siguieron actuando, principalmente en Andalucía y sobre todo en Sierra Morena, pero


también en la Serranía de Ronda y en la comarca de Antequera. Es entonces cuando se hacen conocidos en toda Europa, gracias a los escritores europeos que empiezan a viajar a Andalucía y se dejaban atracar por los bandoleros para luego contarlo en sus novelas. Es la época del romanticismo, fenómeno cultural, literario, musical y artístico que protagonizó varias décadas de mediados del siglo XIX y se caracterizó, entre otras cosas, por el interés por España, que se convierte en el centro de atención de los escritores y músicos románticos, franceses e ingleses sobre todo. Fruto de ese interés es la gran producción literaria y musical protagonizada por nuestro país. Se puede nombrar, por ejemplo, a Prospère Mérimé, autor de la famosa novela Carmen, que fue convertida en ópera por George Bizet en 1875, siendo una de las más representadas del repertorio operístico internacional. También fue llevada al cine en numerosas ocasiones. Uno de estos artistas románticos que viajaron por España fue el dibujante francés Gustave Dorée, que recogió en sus dibujos a los bandoleros andaluces y estos sirvieron de modelo a los alcoyanos que fundaron la comparsa de Contrabandistas de Alcoy, la más antigua de las comparsas de Contrabandistas de los numerosos pueblos en los que existen. La comparsa apareció en la década de 1830, y ya existía en 1839, que es el año en el que están documentadas por primera vez las comparsas de las fiestas alcoyanas. También se empieza a representar el Contrabando, que es una embajada humorística que parodia las embajadas serias. Por lo tanto, está claro que la comparsa de Contrabandistas de Alcoy es una de las más antiguas de las comparsas de las fiestas de moros y cristianos, puesto que ya existía en 1839. Pocos años después, aparecieron otras comparsas que han sido consideradas también como anacrónicas, como los Maseros en 1845, los Marineros en 1851, una segunda comparsa de Marineros en 1855, la de Estudiantes, que ya desfiló en 1862, etc. A partir de Alcoy, y por influencia de sus fiestas, la comparsa de Contrabandistas se extiende a otros pueblos cercanos a Alcoy, como Ontinyent, Muro, etc. y también a Caudete, donde toma el nombre de Mirenos a partir del personaje de El Lucero. En dos pueblos, la Font de la Figuera y Monforte del Cid, es todavía hoy la tercera comparsa, después de las dos más antiguas, que son la de Moros y la de Cristianos. Actualmente, existe en la mayoría de los pueblos que celebran fiestas de moros y cristianos, y en el año 2012, tras una dura polémica, ha comenzado a participar también en las fiestas de Aspe.

La comparsa de Andaluces de Villena En Villena, la comparsa de Andaluces, denominada popularmente “comparsa de Contrabandistas” como se denominaba en los demás pueblos, apareció en 1923. Tras la crisis económica que abarcó las dos primeras décadas del siglo XX, y fue especialmente conflictiva en el denominado Trienio Revolucionario (1920-1923), comenzó una etapa de auge económico que se conoció como “los felices años veinte” y que, como todas las “burbujas” económicas, desembocó en la crisis de 1929, una de las peores que han existido a nivel mundial, y que se denominó La Gran Depresión. En 1921, se había establecido en Villena el comerciante alcoyano Antonio Ibáñez Abad, a quien se le conoció como “el alcoyano de las barbicas”. Pertenecía a la comparsa de Contrabandistas de Alcoy, y viviendo en Villena echaba de menos su comparsa alcoyana. En el verano de 1923, le comentó a su amigo Joaquín Clement, también comerciante, que le gustaría fundar una comparsa de Contrabandistas en Villena. Joaquín le contestó que el sábado siguiente celebrarían la junta fundacional de la nueva comparsa, y así fue. Los fundadores fueron, precisamente, los amigos de Joaquín Clement, que eran comerciantes la mayoría de ellos. Pero había un problema para poder desfilar ese mismo año, ya que había que solicitarlo el año anterior y desfilar


el día 9 en la Entrada de Nuevos Capitanes y Alféreces con la bandera y los cargos para el año siguiente. Sin embargo, Joaquín Clement habló con su amigo y abogado Alfonso Arenas Marín, que era concejal y teniente de alcalde en el Ayuntamiento, y éste lo presentó al pleno con las excusa de ser el año de la Coronación de la Virgen. Aunque en 1922 no solicitaron el permiso para participar en la fiestas del año siguiente, al celebrarse ese año la Coronación de la Virgen, se solicitó la dispensa para poder integrarse sin más demora, y fue concedida, haciendo que, con trajes alquilados de Alcoi, saliesen a la calle los Andaluces en la Entrada de 1923. La banda de música fue la de Banyeres de Mariola, y la comparsa participó también ese año en el Pacto de la Alianza, que ese año fue el día 7 a las 4 de la tarde, y después en el Contrabando, a las 5 de la tarde con la comparsa de Marineros. Joaquín Clement fue el capitán de ese año, y Antonio Ibáñez Abad el alférez. Sólo desfiló un niño, Paco Clement, que era el hijo de Joaquín Clement. Este también fue el primer presidente de la comparsa hasta la Guerra civil. El año siguiente, 1924, ya se hicieron los trajes, que fueron confeccionados por las monjas trinitarias. Se bendijo la bandera, actuando como madrina Isabel García, que era la esposa de Alfonso Arenas Marín. En la entrada, se contrató a la banda de Muro, porque a la de Banyeres le venía mal venir al coincidir las fiestas de Villena con las fiestas de la Reliquia de esa localidad. Se sacaron carruajes, participaron mujeres y más niños, y se empezaron a tirar caramelos en la Entrada. Por cierto, costaban a 1’50 pesetas el kilo. El día 4 se celebró la Olleta, igual que en Alcoy, y el día 9 desayunaron sardinas y huevos fritos. De 1923 a 1930 la cuota semanal osciló de una peseta a 1,50. El Acto del Contrabando es característico de esta comparsa desde su fundación. El Contrabando ten a lugar entre las comparsas de Andaluces y Marineros en la tarde del d a 7, a la salida de la corrida de toros, hacia la mitad de la calle Ancha. Allí llegaban los Contrabandistas, que eran detenidos por un centinela de los Marineros, papel que desempeñó durante mucho tiempo el tio Chuqui, dejándose sobornar por éstos y permitiéndoles finalmente el paso. Después de recitar los versos del Contrabando, los Marineros descubrían los alijos escondidos por los Andaluces, produciéndose entonces el momento cumbre en el que se repartía la mercancía entre los espectadores. El Contrabando se celebró hasta el año 1942, y aunque en la década de los setenta se trató de revitalizar, problemas económicos principalmente, lo sepultaron. En 1988, con la directiva que presidía Tomás Pérez Azorín, el acto del contrabando volvió al programa de actos. Característica innata a la comparsa fue también la participación de las cabalgaduras, y la fundación de la escuadra especial de Calabreses, que con carácter extraordinario participó en 1928. Volvió a salir de nuevo en 1967 durante 13 años. En 1928, la comparsa tenía 36 socios, la banda de música costó entre 800 y 850 pesetas en 1928 y 1929, y existe una factura de un traje por un coste de 204’15 pesetas. De 1923 a 1935 fue presidente Joaquín Clement, y de 1941 al 1950, su hijo, Francisco Clement, seguido de Antonio García-Forte Poveda hasta 1954, y de Bartolomé Marco hasta 1970, fecha en que fue elegido presidente Rosendo Barceló Ugeda, cabo de la comparsa hasta 1986, que llevó a cabo los actos del cincuentenario de la misma, celebrado en 1973. En 1928 la comparsa contaba con 36 socios efectivos, en 1942 hay 38, y en la lenta pero continua línea ascendente en 1961 ya son 54, y en 1973, llegan a 85. Cifra que se dobló en una década superando los 170 socios a finales de los años ochenta. La incorporación de la mujer a partir de 1988 fue masiva en esta comparsa, habiendo superado actualmente el millar de socios.


En 1942, se deja de representar de manera regular el Contrabando, y no se reanudará de una manera continuada hasta 1988. La comparsa tiene ese año 38 socios, que pagan una cuota de 70 pesetas al año. En 1948, se bendice una nueva bandera con motivo del 25 aniversario de la comparsa. Sin embargo, eran malos tiempos y en los años siguientes la comparsa está a punto de desaparecer, desfilando sólo 14 socios en 1951. El nuevo presidente, Antonio García-Forte Poveda, y otros socios, como Bartolomé Marco Navarro, hacen una campaña promocional, ofreciendo a los nuevos socios “vente duros, cuota y traje”. La campaña tiene éxito y el año siguiente desfilan 17 socios más, siendo la cuota de 250 pesetas. Bartolomé Marco Navarro es el nuevo presidente a partir de 1955 hasta 1980, en que le sucede su hijo Francisco Marco. En la década de 1970, Bartolomé Marco alternó en la presidencia con Rosendo Barceló Ugeda. En 1961, ya hay 54 socios, y en 1973 se celebra el cincuentenario de la comparsa. Se encarga un pasodoble a Manuel Carrascosa, titulado precisamente Cincuentenario de los Andaluces, se bendice una nueva bandera y se alquila un local en la calle Sancho Medina, que se ocupa hasta 1981. Ese año, la comparsa se traslada al local actual de la calle Maestro Moltó. También aparece la comparsa de Serraniegos y el Grupo Alegórico, al frente de Facundo Díaz, para que pudieran participar en él las mujeres. El presidente era Francisco Marco, hijo de Bartolomé Marco Navarro. Ese mismo año de 1981, la Junta Central de Fiestas compró e inauguró la Casa del Festero, la antigua casa modernista de la familia Selva construida a principios del siglo XX. Para ello, pidió un préstamo que tenían que pagar todas las comparsas, a partes iguales. La comparsa de Andaluces pensaba que era injusto ese reparto de la deuda, es decir, que pagaran lo mismo las comparsas más grandes que las más pequeñas, porque para estas últimas suponía mucho más esfuerzo económico que para las grandes. La comparsa de Andaluces defendía que cada comparsa lo pagara según el número de socios, pero no se aprobó, y a consecuencia de ello, la comparsa se salió de la Junta Central. En la actualidad, las comparsas pagan según el número de socios, pero entonces todavía no fue posible. Al estar fuera de la Junta Central, había incertidumbre sobre la comparsa en los desfiles, que al final se hicieron como siempre. Sin embargo, para compensar esa polémica que había surgido, la comparsa desfiló con más marcialidad que nunca, y llamó la atención lo bien que desfiló en la Entrada y la Cabalgata. Al año siguiente, las aguas volvieron a su cauce y, en 1985, apareció la escuadra de Bandoleros. El año 1988 fue importante para la comparsa de Andaluces y para las fiestas de Villena en general. Se volvió a representar el contrabando, que se ha mantenido hasta ahora todos los años de forma regular, pero la gran novedad fue la incorporación de la mujer en las fiestas de Villena. Ese año desfilaron las mujeres por primera vez en diez comparsas, y naturalmente en la de Andaluces, con un traje que fue diseñado por las mismas socias de la comparsa. Salieron 21 mujeres, con Virtu Cabanes como cabo, y fue un gran éxito tanto el traje femenino como la forma de desfilar. Al año siguiente, desfilaron ya 55 mujeres, con un total de 280 socios, y en los años noventa la participación femenina fue tal que pronto hubieron más mujeres que hombres en la comparsa, igual que había pasado en las de Moros Nazaríes y Moros Bereberes. La escuadra de Tiranas inauguró una nueva forma de desfilar, mucho más marcial, y un nuevo estilo en los desfiles, mucho más espectacular. Utilizaron el pasodoble Campanera, que tanto se ha oído desde entonces en las fiestas de moros y cristianos de casi todos los pueblos. Pero la verdadera innovación musical fue el pasodoble 75 aniversario de los Andaluces, del compositor villenense Gaspar Ángel Tortosa Urrea, que le fue encargado con motivo del 75 aniversario de la comparsa y supuso una


verdadera revolución musical en la historia de la música festera. El autor supo adaptar perfectamente la música del pasodoble a la idiosincrasia de la comparsa y a su forma de desfilar, e hizo un pasodoble perfecto e innovador que se ha hecho conocido en toda la geografía festera y que impulsó y favoreció esa forma de desfilar tan marcial que es propia de la comparsa. Además de esto, la comparsa celebró el aniversario con otras muchas actividades. En el siglo XIX, ha continuado el aumento de socios, que ha convertido a la comparsa de Andaluces en la 3ª comparsa en número de socios de las fiestas de Villena, tras los piratas y los Estudiantes, habiendo llegado a tener 1448 socios. Han aparecido además, en los últimos años, numerosas escuadras especiales, y algunas de ellas han sido premiadas en años sucesivos, al igual que los cabos de la comparsa, que han cosechado también numerosos premios por su forma espectacular de desfilar. De esta manera, la comparsa de Andaluces de Villena destaca sobre todas las comparsas de Contrabandistas por esas cualidades, especialmente por sus cabos, sus escuadras especiales y, sobre todo, por su forma de desfilar, que es propia de todos los socios, además de los cabos y las escuadras especiales, y ha sido favorecida indudablemente por el pasodoble 75 aniversario de los Andaluces, que imprime a la comparsa en los desfiles la rapidez, el dinamismo y la marcialidad que la convierten en una comparsa única dentro de las fiestas villenenses y dentro de la geografía festera en general. Resumiendo, es evidente, después de esta exposición, que las compasas de Contrabandistas, Andaluces y Mirenos no son anacrónicas, como se dijo en el Congreso de Villena de 1974, ya que los bandoleros a los que representan tienen mayor antigüedad que todas las demás comparsas que existen en el bando cristiano de todas las poblaciones festeras, aunque el traje que utilicen sea de principios del siglo XIX. No tenía razón, por tanto, aquel congresista alcoyano que propuso en el Congreso de Villena la desaparición de las comparsas anacrónicas de las fiestas de moros y cristianos. Además de la historicidad que tienen las compasas de Contrabandistas, Andaluces y Mirenos, hemos visto cómo son también una de las más antiguas de las fiestas de moros y cristianos, habiendo aparecido en Alcoy antes de 1839, que es la primera vez que se documentan las comparsas alcoyanas. Y, además de eso, las comparsas anacrónicas, y las de Contrabandistas, Andaluces y Mirenos entre ellas, son las que tienen mayor arraigo popular y, por ello, son las más participativas y numerosas en todas las poblaciones en las que existen. Las fiestas de Villena son un ejemplo de ello, puesto que las tres comparsas con mayor número de socios (Piratas, Estudiantes y Andaluces) son de las que se consideraban “anacrónicas” y la comparsa de Andaluces es la tercera con mayor número de socios de las fiestas de Villena, que a su vez son las fiestas con mayor número de festeros de toda la geografía festera.

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