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n Urba

Salamanca

Texto

IGNACIO FRANCIA


INTRODUCCIÓN La virtud de Salamanca –en cuanto urbe–, quizá, reside en que es plural y cambiante, viva y serena, disfrutadora del día y de la noche, a pesar de una carga conservadora no disimulada que se entrecruza con muestras de modernidad, consecuencia de que en la ciudad reside un notable censo juvenil y un no menor número de personas en situción pasiva o asimilada. Es una ciudad contradictoria. Es una urbe hermosa. Es, desde luego, lugar que, como anotó la sensibilidad poética de Manuel Alcántara, “vale la pena y la alegría”. Salamanca debe todo a su Universidad, porque el asiento medieval de los viejos Estudios determinó no solo prestigio mundial, sino, sobre todo, la esencia urbana y humana de la ciudad. La urbe, en su recorrido secular, ha configurado un ámbito plural y sugerente, que se advierte –es el privilegio marcado por siglos con vigor– en la variedad de estilos arquitectónicos que se entrelazan entre sí, no solo en la misma calle, sino en el mismo monumento, en el mismo ámbito. Se trata de

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una especie de tolerancia académica que se traslada a la vivencia plural, también mestiza pero libre. En Salamanca cualquier lugar de su casco antiguo permite advertir que en ella se produce capacidad para interrelacionar, de intercalar y admitir, porque la ciudad no es lineal. Eso es un mérito y, además, es un encanto. La Salamanca gloriosa ha permanecido a través de ese legado, pero también se advierte lo que antaño tuvo de inquisitorial. La ciudad integradora es, además, bullente, como herencia de siglos, porque los estudios universitarios también aportaron a la urbe esa especial condición juvenil que vibra y no para, a pesar de que el contexto general ciudadano marche “por otro lado”. Frente a quienes recurren a las glorias del pasado para amparar la vaciedad, sobre todo, Salamanca se presenta como ciudad sin ahogo, en una dimensión adecuada para vivirla, con la capacidad aún de toparse con muchos motivos y rincones que remiten a tiempos pasados que permiten despertar la


IntroduccIón sensibilidad, sin caer en nostalgias. Es la “renaciente maravilla” de Miguel de Unamuno, pero es también la ciudad que armoniza –como sus piedras seculares– diferentes propuestas de vida. Y es, además, una ciudad bella y sugerente que se puede disfrutar, gozar, vivir. Aquel personaje maravilloso que creó Benito Pérez Galdós en su episodio La batalla de Los Arapiles, Miss Fly, aportó una visión singular de la ciudad. Así se pronunció ese personaje literario: “¡Qué hermosa ciudad! Todo aquí respira la grandeza de una edad gloriosa e ilustre. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos han sido los sentimientos que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos, esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales, la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra el suelo y al arrimo de su hija; la otra, flamante y en pie, inmensa, hermosa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no dicen nada esos cien

colegios y conventos, obra de la ciencia y de la piedra reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes llenas de escudos y rejas, indicios de soberbia y precaución? ¡Dichosa edad aquella en la que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar su insaciable hambre!”. Un consejo Esta ciudad está configurada para andarla, para patearla, para disfrutarla, para tocarla con la sensibilidad. No se debe ver ni mirar desde ningún artilugio rodante, porque los siglos han ido sedimentando un entramado especial que ni siquiera se reduce a sus motivos monumentales, sino a una serie de aportaciones sutiles y enriquecedoras, aparte de que todo ese regusto secular se encuentra íntimamente entrecruzado con la vividura diaria de una urbe que vive en la calle, que disfruta de unos espacios y unos entornos que han llegado hasta hoy y no están muertos. Pero eso no se puede conocer “al pasar”, sino desde la satisfacción placentera de advertir el detalle. Vista de Salamanca en un grabado del siglo xix.

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VISITA A SALAMANCA En este apartado se describen 7 itinerarios por la ciudad de Salamanca. El corazón de Salamanca propone un recorrido por la Plaza Mayor y su entorno, punto de partida y final de cualquier visita a la ciudad. La madre de Salamanca invita a conocer la ciudad académica y monumental centrada en su centenaria Universidad. El Complejo catedralicio, las dos catedrales con que cuenta la ciudad, son objeto del tercer itinerario. Bajo el título Clásico y moderno agrupamos la zona monumental que partiendo de las catedrales desciende hacia el Tormes. La esencia de la nobleza recorre hitos tan importantes como la plaza de Anaya, la Casa de las Conchas, la Clerecía, el Palacio de Monterrey o el Colegio de Fonseca. Esplendor renacentista, partiendo también de la Plaza Mayor, plantea un recorrido por la Salamanca conventual y eclesiástica, que tiene en los conventos de San Esteban, de las Dueñas y de las Claras sus puntos álgidos. Por último, Al norte, con los Bandos elige el camino opuesto al río para ir al encuentro de algunas de las plazas y palacios más bellos de la ciudad. Hemos añadido algunos apuntes sobre El extrarradio salmantino y un extenso capítulo sobre los principales Museos de Salamanca. Los nombres de los monumentos van seguidos de una referencia entre paréntesis que señala su ubicación dentro del plano. Por ejemplo, el Convento de las Dueñas (D4) se encuentra situado en la fila D, columna 4. Las estrellas (★ y ★★) que aparecen junto a los lugares de interés hacen referencia a su importancia monumental e histórica. SIGNOS CONVENCIONALES EN EL PLANO DE SALAMANCA Edificios de interés turístico

Vías rápidas

Parques y jardines

Información turística

Zonas peatonales

Aparcamientos

Plaza Mayor de Salamanca 20


1. EL CORAZÓN DE SALAMANCA LA PLAZA MAYOR★★ (B-C3) Salamanca cuenta con un salón de recibir siempre dispuesto: la Plaza Mayor. La visita a Salamanca es conveniente, es bueno, comenzarla por la Plaza Mayor. Primero, porque en este recinto barroco, que es “salón de estar”, se puede captar el latido de la ciudad como en ningún otro punto, pero también importa a efectos prácticos como centro adecuado de distribución hacia cualquier ámbito del núcleo urbano. Es el corazón –bombea vida– y es el “kilómetro 0”. Porque, tal como funciona la vida en Salamanca y se encuentra configurada la urbe, a la Plaza (los salmantinos simplemente dirán “la Plaza”) habrá que acudir con reiteración y por la Plaza habrá que cruzar una y otra vez, lo cual no dejará de aportar satisfacciones, tanto estéticas como ambientales, pues el correr de las horas permitirá advertir que el recinto ofrece caras diferentes y enriquecedoras según avanza la jornada, como muestrario de los afanes, del trajín y de la haraganería de las gentes de la ciudad. Sobre todo, y quizá como en pocas poblaciones, la Plaza Mayor cumple la función de ejercer de plaza mayor. Es un recinto vivido, foco troncal de la actividad, escenario clave de una población que vive mucho en la calle y que, inevitablemente,

deriva hacia aquí. Los salmantinos gozan en la Plaza y, en consecuencia, los forasteros también la disfrutan con su ambiente. Pero, además de prender por la viveza que lo puebla, el recinto genera admiración estética y atrapa el ánimo porque el conjunto destila belleza. No en balde está considerada la plaza más hermosa de España, una de las más bellas del mundo. Es un espacio armónico, equilibrado en su estructura. Se trata de una edificación barroca, pero a pesar de haber sido proyectada por quien pasó a la historia como promotor del estilo churrigueresco (estilo en el que las estructuras arquitectónicas quedan maltratadas por la abundancia de elementos ornamentales), aquí las fachadas cuentan con la decoración justa, sin ningún exceso, con tono de simplicidad, incluso se advierten motivos de contención emparentados con estilos clásicos. Son fachadas con una verticalidad que solo alivia la línea horizontal que marcan las balconadas. Solo figura ornamentación más llamativa, pero no cargante, en el arco de San Fernando y en la fachada del Ayuntamiento. Tras la habitual bocanada de admiración y del regusto de sensaciones, quien llega por primera vez a la Plaza Mayor, pero también muchos de los que la gozan

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VIsIta a salamanca a diario, deduce que el recinto porticado, con un solar de 4.408,25 m2, es un cuadrado perfecto. Pero no es así: el paño que acoge el Ayuntamiento (B-C3) mide 82,60 m y cuenta con 21 arcos, mientras que su paño frontero de San Martín, al sur, queda más encogido con 75,60 m y 20 arcos; el lateral de Petrineros, a poniente, mide 81,60 m y ordena 25 arcos, en tanto que cuenta con 79,80 m y 22 arcos el frontero Pabellón Real situado al este. En total, 88 arcadas, de las que 8 abren puertas de salida (aunque figura otra, más dos pasajes, pero sin su arco) de esa encrucijada de caminos salmantinos que es el ágora. Los soportales tampoco son parejos en su anchura: los del Pabellón Real miden 4,40 m, en tanto que los otros tres disponen de 30 cm menos. El recinto cuenta con 247 balcones. Sin pretender caer en lo prolijo, sin em bar go, parece obligado llamar la atención sobre un detalle de notable interés que suele pasar inadvertido. Se relaciona con los balcones. Es tanta la fuerza del recinto y tan abundantes los motivos de atracción, que no se suele caer en la cuenta de las diferencias entre los balcones de las dos primeras alas y las balconadas que corren al oeste y norte. Tanto en el Pabellón Real como en el de San Martín los balcones son individuales en el segundo y tercer pisos, pero en los otros paños se desarrollaron balconadas corridas; además, se avanza la repisa del tercer piso. De ahí que en estos dos pabellones se perfile una decidida sensación de horizontalidad. Un emplazamiento especial para establecer la comparación del juego de balconadas y sentir un especial regusto es el punto situado junto a los arcos de San Martín y Prior, en el vértice suroeste. Además, también estos dos lados cuentan con otra concesión: la constancia del “respeto” a las instituciones y familias propietarias a través de los escudos que figuran esculpidos. La configuración del recinto, con los espacios porticados, lo emparenta con la clásica plaza castellana y, de entrada, esa fue la propuesta del corregidor promotor. En este sentido, a veces se la relaciona con las plazas de Madrid y Valladolid, pero la realidad es que no guardan paralelismo. El signo más notable de diferencia téc22

nica, aparte del estilo barroco y la piedra dorada, reside en que los soportales son arqueados, mientras que las otras dos (como se puede ver también en la inmediata plaza del Corrillo), al modo castellano, cuentan con soportales adintelados. Otro tanto ocurre con las indicaciones que señalan que la Plaza se inscribe en el tono de plaza real francesa, tanto por algunos elementos estructurales como, sobre todo, porque la monarquía se encuentra presente en todo el Pabellón Real, al tiempo que las 96 agujas que rematan las cornisas de los tejados se coronan con la flor de lis. Sin embargo, a diferencia del estilo francés en estos recintos, a la monarquía no se la halaga (sí se reconoce el respaldo real recibido de Felipe V), no gira en torno al concepto de “place royal” la configuración, sino que el predominio claro del recinto salmantino deriva hacia el ámbito de lo municipal, bien explícito con el dominio de la Casa Consistorial. Por tanto, se trata de un espacio escorado hacia el campo cívico, con la dedicación ya desde su concepción de acogida de actividades sociales, tanto de ocio como comerciales. El monumento se terminó de construir en 1755, después de 26 años de trabajo –con interrupciones por pleitos–, ya que la construcción comenzó el 10 de mayo de 1729, según recuerda la placa en pizarra situada en el Pabellón Real. La primera fase terminó en 1735, con la disposición de los pabellones de los lados este (Real) y sur (San Martín); la segunda etapa constructiva arrancó en 1750 y terminó cinco años después en sus fachadas para el cierre del recinto, aunque la edificación total no finalizó hasta 1785. Incluso la espadaña del Ayuntamiento no se levantó hasta 1852, y no se edificaron las torres laterales proyectadas. Fue el corregidor Rodrigo Caballero y Llanes (su merecido medallón lo recuerda bajo el balcón del Ayuntamiento) quien el 9 de julio de 1728 planteó al Consistorio la necesidad de contar con un recinto de tipo castellano por ornato, así como por acomodo fijo de los puestos de los comerciantes entonces en precario y, también, para disponer de balcones adecuados para presenciar espectáculos, sobre todo, corridas de toros. Después de conseguirse el permiso real –Felipe V firmó el 12 de enero de 1729–, en marzo de ese año se


El corazón dE salamanca

Plaza Mayor hacia 1930, con el templete de hierro forjado y los jardines (arriba). La plaza contó con jardines desde 1870, pero fueron suprimidos en 1955 (abajo) (© Archivo Gombau. Ayuntamiento de Salamanca. Filmoteca de Castilla y León).

encargó el proyecto al maestro mayor Alberto de Churriguera con un sueldo de nueve reales diarios, mientras como aparejador figuró Felipe Fernández, por mote Cabeza Redonda. (A Churriguera, en el recuerdo, y junto al conde de Francos, se lo puede contemplar en su faena de arquitecto desde la propia Plaza, arco del Ochavo, en la escultura en bronce tallada por Fernando Mayoral en 2005, situada en la vecindad de la plaza del poeta Iglesias). En la segunda fase de los paños de Petrineros (al Oeste) y Ayuntamiento el maestro mayor fue Andrés García de Quiñones, en tanto que Tomás Cafranca proyectó el remate de la Casa Consistorial.

El recinto barroco se alzó en el enorme y destartalado espacio del zoco surgido en torno a la iglesia románica de San Martín (“la plaza más grande que existía en España”, señaló tras su viaje en 1670 el francés A. Jouvin): eran en total unos 26.000 m2, es decir, un solar cuatro veces superior al hueco de la plaza actual. En este espacio se acogían edificios institucionales (Casa del Concejo, la Lonja) y, sobre todo, los acomodos dispuestos por los gremios, cada uno de los cuales se asentaba en sus “islas” o cajones agrupados, hasta el punto de llegarse a configurar un corte en el solar, especialmente a la altura del cierre de la parte trasera del Pabellón Real. 23


PROVINCIA DE SALAMANCA La provincia de Salamanca, que en un amplio porcentaje de sus 12.336 km2 ofrece una cara llana o escasamente quebrada, sin embargo, cuenta con espacios que rompen esa configuración plana. La pluralidad de paisajes queda garantizada porque al sur, la sierra de Francia y la sierra de Béjar, junto con las estribaciones de la sierra de Gata, introducen la variedad de sus picos, mientras que al oeste Las Arribes del Duero se precipitan con sus quebrados profundos y su especial microclima. Con todo, hay que apuntar que la parte llana de la provincia no se inscribe en la monotonía, porque las tierras de pan llevar y regadíos difieren abiertamente de la vasta extensión de las zonas adehesadas y de pasto. Sin ninguna carga teórica –que rechazan incluso los propios salmantinos–, es conveniente advertir al visitante de que la provincia salmantina no se puede identificar como “charra”: es charra –el Campo Charro– solo una parte, precisamente la que tiende hacia el oeste a partir de una veintena de kilómetros de la capital y se aproxima a Ciudad Rodrigo y, arriba, cierra hacia la zona de final de El Abadengo. Por tanto, Salamanca capital, y está bien documentado, no es charra, sino que se halla en territorio armuñés. Precisamente, el Campo Charro suele pasar inadvertido para la mayoría de los visitantes, que no suelen mirar más allá de las encinas y el ganado que pasta en los prados. Pero se trata de un ámbito secular y rico, cuajado de vida.

Sierra de Francia 172


SIERRA DE FRANCIA La comarca de la sierra de Francia, cargada de tipismo y de paisajes hermosos, se asienta al sur de la provincia. El entorno de la comarca se encaja dentro del espacio protegido del Parque Natural, al tiempo que buena parte de la zona se integra dentro de la reserva de caza. Si se parte desde la capital, se toma la carretera hacia Vecinos (CL 512), y a la salida de este pueblo habrá que decidir entre la disyuntiva de doble dirección que se ofrece: hacia Tamames (quizá lo más recomendable) o hacia Linares de Riofrío (que puede ser la vía de regreso). A partir de ese punto, tras haber cubierto un recorrido llamativo por parte de las dehesas del Campo Charro, el viajero encontrará una ruptura con lo que ha sido paisaje dominante en la provincia, pero también serán diferentes gentes y costumbres. Quizá lo avisan las curvas que comienza a marcar la carretera. La carretera hacia Tamames –lugar histórico y con buena artesanía– permite acercarse al convento de El Zarzoso, fundado en 1455, para echar una mirada a la iglesia del siglo xv, con interesantes planta y bóvedas de crucería estrellada. Desde este punto de sosiego, entre robles y castaños la ruta conduce directamente hacia El Cabaco, punto en que reconfortará detener el vehículo para visitar Las Cávenes, amplio paraje de más de 6 km2 recuperado a través de excavaciones arqueológicas para el reencuentro con las viejas minas de oro que ya explotaron los

romanos a través del sistema tradicional de extracción mediante el lavado de tierras arrastradas por los canales establecidos a raíz de los arroyos Zarzosillo y Gabín. El espacio, que desde 2002 está declarado Bien de Interés Cultural, cuenta con un centro de interpretación de la Minería Romana del Oro (en la Dehesa, merendero en la carretera a Ciudad Rodrigo), en el que se pueden conocer las técnicas de extracción a través del bateo. Al centro se añade la recuperación de los restos del asentamiento romano del entorno de la Fuente de la Mora, datado en el comienzo de nuestra era, que ha sido cubierto en sus 980 m2 y establecido un sistema de visita que permite el recorrido superior sin dañar los restos. Se pueden concertar visitas guiadas (telf. 660 568 553, www. lascavenes.es). El Cabaco es el punto de arranque del ascenso hacia la Peña de Francia, monte de 1.723 m de altura que ha venido marcando su silueta durante el camino y cuya cumbre ofrece la oportunidad de admirar una sucesión de atractivos paisajes en giro total hacia los cuatro puntos cardinales en el denominado Balcón de Santiago, porque se afirma que allí apareció la imagen del apóstol, en el que se marcan los nombres de los pueblos que se divisan al tender la mirada. El reloj de sol se estableció años atrás. En esta cumbre se halla el santuario dedicado a la Virgen morena de la Peña de Francia –la imagen fue hallada oculta

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Salamanca Urban