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José Luis Martínez: “Todos deberíamos ser maestros rurales”

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e todas las facetas de José Luis Martínez, quizá la más comprehensiva sea la de maestro. Maestro en el sentido más amplio: el intelectual advertido del suelo que pisa y de la misión pública que éste le exige. Misión más afín a la de los constructores de naciones que a la del intelectual escéptico o a la del autor profesional contemporáneos. Más cercano a Agustín Yáñez y Jaime Torres Bodet que a cualquier otro escritor reconocido de su propia generación, José Luis Martínez es uno de los miembros más destacados y longevos de la primera camada de intelectuales polígrafos influidos por el vasconcelismo, cuya misión se condensa en tres palabras: educar, educar y educar. No en vano exclamó: “Todos deberíamos ser maestros rurales”. Mal haríamos, pues, en valorar su obra escrita con las categorías de “autor” u “originalidad”, pues no aspiró a hacer carrera profesional como escritor ni a cautivar al lector con brillantes metáforas inéditas. Su obra escrita, igual que su labor como funcionario público y editor, está sometida a un propósito trascendente: contribuir a crear un sentido de nación y de identidad nacional para un pueblo pobre e ignorante. Este propósito está expresado en su “Examen de Ramón López Velarde”, quien “concertó y cristalizó nuestro moderno sentido y espíritu de la nacionalidad”, de manera explícita en el ensayo “Novedad de la patria”, donde el poeta nacional aboga por una patria “menos externa, más modesta y probablemente más preciosa” (Obras. Ramón López Velarde, fce, 1994). Calificar a un escritor de “didáctico” es hoy casi un denuesto. Pero José Luis Martínez, por sólida que fuese su formación intelectual y agudo su sentido crítico, fue deliberadamente didáctico como condición de su propósito educativo: hacer obras necesarias, útiles, honestas, legibles y rigurosas para la integración cultural de México. Piénsese, por ejemplo, en su Hernán Cortés (fce, 1990), cuya motivación fue “cerrar una herida nacional”. Y lo logró: ningún lector atento puede salir de ese libro sin sentirse liberado de la idea maniquea heredada sobre el conquistador y la conquista de México. La conciencia pública de José Luis Martínez se forjó en su identificación con la labor nacionalista y constructiva de los gobiernos de la Revolución mexicana, cuya marca fue la convicción de que México habría de forjar su grandeza a partir de sus propias fuerzas, sin cerrarse al mundo, sólo tomando de él lo necesario para ensanchar la conciencia nacional. Esta apreciación sería muy parcial sin reparar en los orígenes regionales de su devoción por los libros y las bibliotecas. Enrique Krauze propone considerar la religiosidad específica de la región de Jalisco donde José Luis Martínez nació y creció, religiosidad que “comenzó a transferirse en algún momento del siglo xix a la vida secular, impregnando la cultura y sus vehículos específicos, los libros, de un carácter sacramental”. (“José Luis Martínez”, Letras Libres online, 31 de agosto, 2007). Las entrevistas de sus últimos años lo muestran moderadamente optimista sobre las tendencias cosmopolitas de las nuevas generaciones de escritores mexicanos. “Hoy no veo hacia dónde estamos yendo: quizás hacia un cosmopolitismo más amplio, a una búsqueda de nosotros mismos pero de una manera más seria, menos caprichosa” (Letras Libres, entrevista, Fernando García Ramírez, 31 de agosto, 2004). Pero para él, la tarea de completar el panorama de la expresión literaria nacional tenía aún “lagunas enormes”, tarea que encaraba hasta antes de su muerte en 2007, atendido por un selecto grupo de escritores mucho más jóvenes que él. “Creo que ignorarnos es un crimen. Es necesario conocernos, saber cuanto sea posible de nuestro pasado, pero sobre todo conocerlo y amarlo”, dijo.•

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Epitafio nicanor parra

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Centenario de José Luis Martínez dossier

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Anecdotario epistolar de José Luis Martínez virginia bautista

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Conversación con Víctor Díaz Arciniega virginia bautista

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La intimidad lejana: escritos de viaje de Clarice Lispector gonzalo aguilar

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La política del matrimonio gay en América Latina olga maría del carmen sánchez cordero dávila

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La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia martha nussbaum

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Al final, las palabras

José Carreño Carlón Director general del fce

antonio malpica Susana López, Socorro Venegas, Octavio Díaz y Juan Carlos Rodríguez Consejo editorial Rocío Martínez Velázquez Editora de La Gaceta Ramón Cota Meza Redacción León Muñoz Santini Arte y diseño Andrea García Flores Formación Ernesto Ramírez Morales Versión para internet Jazmín Pintor Pazos Iconografía Impresora y Encuadernadora Progreso, S. A. de C. V. Impresión Suscríbase en www.fondodeculturaeconomica.com ⁄editorial ⁄ laGaceta ⁄ lagaceta@fondodeculturaeconomica.com www.facebook.com ⁄ LaGacetadelFCE La Gaceta es una publicación mensual editada por el Fondo de Cultura Económica, con domicilio en Carretera Picacho-Ajusco 227, Bosques del Pedregal, 14738, Tlalpan, Ciudad de México. Editor responsable: Roberto Garza. Certificado de licitud de título 8635 y de licitud de contenido 6080, expedidos por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas el 15 de marzo de 1995. La Gaceta es un nombre registrado en el Instituto Nacional del Derecho de Autor, con el número 04-2001-112210102100, el 22 de noviembre de 2001. Registro postal, Publicación periódica: pp09-0206. Distribuida por el propio Fondo de Cultura Económica. ISSN: 0185-3716 Ilustración de portada Andrea García Flores Fotografía de portada José Luis Martínez lee y fuma en El Colegio Nacional. AJLM.

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El siglo de Baudelaire yves bonnefoy

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El mar que se fue roberto abad


poema

josé luis m art ínez. c ent enario

Epitafio Nicanor Parra De estatura mediana, Con una voz ni delgada ni gruesa, Hijo mayor de profesor primario Y de una modista de trastienda; Flaco de nacimiento Aunque devoto de la buena mesa; De mejillas escuálidas Y de más bien abundantes orejas; Con un rostro cuadrado En que los ojos se abren apenas Y una nariz de boxeador mulato Baja a la boca de ídolo azteca —Todo esto bañado Por una luz entre irónica y pérfida— Ni muy listo ni tonto de remate Fui lo que fui: una mezcla  De vinagre y aceite de comer ¡Un embutido de ángel y bestia!•

Recordamos al gran “antipoeta” con este autorretrato muy representativo de su poesía hecha de palabras comunes y experiencias cotidianas a la altura de la mirada inmediata, como verse al espejo y burlarse de sí mismo.

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Dedicamos esta edición de La Gaceta a la figura del ensayista, editor y diplomático José Luis Martínez, a cien años de su nacimiento. Virginia Bautista recupera el intercambio epistolar de este gran personaje en el marco de su colaboración con el fce. De manera complementaria, la entrevista con el historiador Víctor Díaz Arciniega rememora la gestión de jlm como director de esta casa editorial. También recordamos a Nicanor Parra con el poema “Epitafio”. Incluimos como adelanto el prólogo de La política del matrimonio gay en América Latina, un análisis minucioso que brinda herramientas para el debate público, además de fragmentos de nuestras novedades más recientes. Finalmente, la sección Trasfondo es una narración donde el mar se convierte en bálsamo y ausencia. m ar zo d e 2 01 8

josé luis martínez en 1941. foto de lola álvarez bravo. ajlm.

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Anecdotario epistolar de José Luis Martínez La colaboración de José Luis Martínez con el fce data de 1945, cuando el director de esta casa era todavía Daniel Cosío Villegas, fundador. Presentamos una selección de anécdotas. virginia bautista

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a relación del historiador, diplomático y bibliógrafo (JLM, 19182007) con el Fondo de Cultura Económica no comenzó aquel 17 de diciembre de 1976, cuando tomó posesión como su director general. El enamoramiento nació antes, como autor y asesor de diversos proyectos impulsados por Daniel Cosío Villegas, quien fundó esta casa editorial en 1934 y la dirigió hasta 1947. El Archivo Histórico del fce resguarda unas 40 cartas mecanuscritas entre JLM y funcionarios y colaboradores de esta casa entre 1945 y 1977. Algunas fueron enviadas por JLM desde El Salvador, Perú, Francia y Grecia durante el tiempo en que ocupó diversos puestos diplomáticos, las cuales testimonian el compromiso y el interés que siempre tuvo por enriquecer y promover las publicaciones del Fondo; otras le fueron enviadas a él, y otras son suyas como director general. Las dos primeras misivas que se conservan en el acervo fueron enviadas a JLM por Daniel Cosío Villegas y datan del 25 de julio de 1945 y el 10 de enero de 1948, respectivamente. La primera se la envió cuando JLM era secretario particular de Jaime Torres Bodet, entonces titular de la Secretaría de Educación Pública. Aunque en tono formal, la carta ilustra la existencia de una colaboración constante. El director del fce le agradece que haya aceptado escribir el tomo Letras mexicanas en el siglo xx para la colección Tierra Firme, y le comunica que le envía el contrato respectivo “para que lo firme y mande el original”. La segunda misiva, de 1948, es más personal. Cosío se la hace llegar a El Colegio Nacional, del que JLM era miembro, y evidencia la confianza que existía entre ambos. En unas cuantas líneas, el director le presenta a la fotógrafa francesa Ciselle Freund, “quien realiza un reportaje del México moderno, incluyendo fotos de importantes hombres de letras y artistas”, para que la reciba. El 3 de octubre de 1951 marcó el inicio del intercambio epistolar que JLM sostuvo con el segundo director del fce, el argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien estuvo al frente de la institución de 1948 a 1965. En una hoja con el membrete de la Dirección General de Bellas Artes de San Salvador, JLM escribe a Orfila desde su “destierro salvadoreño”, que espera concluya a finales de ese mismo año de 1951, y le agradece “la muestra de confianza y de amistad

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que me dispensa al pedir mi opinión para un proyecto tan importante, y para mí tan largamente deseado, como es el de la publicación de una serie de ‘Letras Mexicanas’ por el Fondo de Cultura”. JLM incluye sus puntos de vista al respecto, entre ellos que “conviene no dar demasiada publicidad a la serie, sino más bien esperar a que ella misma se confirme y se ajuste a la realidad —de escritores y de públicos— para luego ‘lanzarla’ ”. Le adelanta que regresará a México en enero de 1952 y lo felicita por su matrimonio con Laurette (Séjourné). Orfila le responde el 29 de octubre de 1951, agradece sus “interesantes sugestiones” respecto de Letras Mexicanas y le aclara que la Junta aún no ha resuelto en forma definitiva “el criterio con que vamos a iniciar esa tarea”. Agrega que “en una próxima entraré a considerar sus proposiciones y nuestras ideas para tratar de ponernos de acuerdo y elaborar el plan primero de trabajo”. El diplomático admite, en misiva fechada el 15 de noviembre del mismo año, que está en deuda con Orfila porque los comentarios que le mandó “eran tan vagos como desordenados”. Y le promete “enviarle unos algo más útiles y congruentes en cuanto le sea posible hacerme conocer los datos concretos que yo solicitaba”. Le explica además, a pregunta del editor sobre cómo va con la traducción de [Albert] Beguin: “Aunque parezca extraño, algo, no mucho, he trabajado en el Beguin, y creo que a mi regreso en diciembre podré entregar cien páginas más. No es mucho, pero la traducción no es tampoco fácil, ni yo soy buen trabajador…” En la misma carta, JLM le recuerda a Orfila episodios de su relación: “Estuve en un viaje corto en Guatemala, en los Días de Muertos y Santos que, en años anteriores, hemos disfrutado juntos: en Pátzcuaro, en Acapulco y en Mixquic, ¿recuerda usted? Allí, en Guatemala, pude ver, con orgullo, que el Fondo impera como se merece”. Confianza y flexibilidad Para Arnaldo Orfila no fue fácil trabajar con un JLM sumamente ocupado durante el primer lustro de la década de 1950, según él mismo expresa en sus misivas. Pero la confianza y la flexibilidad en cuanto a los tiempos de entrega de los trabajos dieron buenos frutos. Orfila le comenta el 26 de noviembre de 1951 que echará a andar las antologías de Cuentos mexicanos contemporáneos, La poesía, Los ensayos y Los ensayos políticos. Le cuenta que encargará la selección de poesía a Antonio Castro Leal,

ri car do salazar

y la de ensayo político a Martín Luis Guzmán. Le solicita su opinión sobre todo y que le diga cuál de los títulos quiere antologar. La carta donde JLM le explica a Orfila su propuesta no se encuentra en el archivo, pero se cuenta con la misiva fechada el 3 de junio de 1952, en la que Orfila le comunica que la junta está de acuerdo con sus lineamientos generales para hacer la Antología del ensayo mexicano contemporáneo. Orfila puntualiza que el volumen tendría de 400 a 500 páginas, un prólogo de 30 cuartillas y una nota biográfica para cada autor. “Estaríamos dispuestos a pagarle hasta 4 000 pesos de honorarios para una primera edición de 4 000 ejemplares, si lo entrega el 31 de julio.” Le pide dar su conformidad por escrito. JLM le contesta el mismo día, aceptando honorarios y fecha de entrega. Sin embargo, seis meses después, el antologador no había entregado aún los textos a la editorial. El 26 de enero de 1953, Orfila le manifiesta su preocupación por el vencimiento de los plazos “varias veces renovados, en los que usted se había comprometido a entregarnos la Antología”. Y le solicita amablemente fecha precisa de entrega. Al parecer, el tiempo pasó sin resultados concretos sobre este título. El 18 de septiembre de 1954, JLM envió un telegrama felicitando al fce por su vigésimo aniversario. Y Orfila agradece el saludo en misiva fechada el 21 de septiembre de este mismo año. A pesar del retraso de JLM, el Fondo mantiene su relación normal con él. El 8 de agosto de 1955, el director le pide una foto y su currículum “para el archivo de autores y colaboradores que estamos preparando”. Pero como buen editor, Orfila acostumbraba cerrar ciclos. El 10 de diciembre de 1956 lamenta informar a JLM que deja sin efecto el convenio al que se comprometió el 3 de junio de 1952 de entregar el libro El ensayo mexicano en el siglo xx. “Nos vemos obligados, por una parte, a encomendar a otra persona la preparación de ese volumen y, por otra, a cargar en su cuenta corriente el adelanto que por esa tarea le hicimos oportunamente”, le informa. Dos meses después, el 6 de febrero de 1957, JLM ruega a Orfila concederle un “último plazo improrrogable” hasta el 31 de marzo de ese año, aclarando que si no lo entrega devolverá el anticipo. “Los textos están copiados y corregidos totalmente. De las notas introductorias y las bibliografías, que son muy laboriosas, llevo actualmente la mitad y confío en poderlas terminar.” Orfila le contesta el 20 de febrero de 1957 que toma en cuenta su promesa de entregar el volumen y expresa su satisfacción por haber ratificado su compromiso. El Archivo Histórico del fce conserva unas 10 cartas más, en las que se establece comunicación con JLM durante 1962, aún bajo la gestión de Orfila, pero éstas fueron respondidas por Manuel Andújar, Gerente de Promoción y Publicidad. Esta correspondencia, emitida entre el 23 de enero de 1962 y el 26 de enero de 1963, cuando JLM fungía como embajador de México en Perú, detalla la constante preocupación del diplomático por promover en Lima los libros del fce. Las misivas desglosan los títulos que se envían de México al país andino, hablan de la “lentitud” del correo, de cómo los ejemplares se hacen llegar a los periodistas y críticos literarios peruanos y las reseñas publicadas que se envían de regreso a México. “Me da mucho gusto ver con cuanto entusiasmo se comentan en Lima los libros del Fondo”, comenta JLM, quien seguido manda saludos a Orfila y al poeta Alí Chumacero, su amigo. El 3 de julio de 1962, JLM confiesa a Andújar: “Hace muchísimo tiempo que no le envío noticias, pero ello se debe a que me he tenido que convertir en una especie de hombre orquesta”. Y le avisa del envío de 22 recortes de prensa, “de los cuales quisiera que hiciera llegar a Juan Rulfo, cuyo actual domicilio ignoro, con mis saludos muy afectuosos, los recortes que se refieran a él”. El 17 de enero de 1963 le informa al gerente del Fondo que hacia mediados de febrero “dejaré esta ciudad para trasladarme a París, donde he sido designado representante de México ante la unesco”. Promotor y autor Tras un año como embajador de México ante la unesco en París (1963-1964), JLM regresó al país a ocupar la dirección general del Instituto Nacional de Bellas Artes, de 1965 a 1970. Aun en este cargo —el máximo a que aspiran los promotores culturales en México— el autor de El concepto de la muerte en la poesía española del siglo xv siguió escribiendo y haciendo antologías para el Fondo.

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a n ecd otari o epi sto la r d e jo s é l ui s m a rt í n e z

En ese periodo su comunicación fue con Salvador Azuela, el tercer director del Fondo, quien llevaría las riendas de la editorial de 1966 a 1970, y con quien JLM trabajó diversos proyectos. Por ejemplo, el 11 de diciembre de 1969, Azuela le comenta que propondrá a la Junta de Gobierno del fce publicar una antología de la poesía mexicana en la Colección Popular, con un estudio preliminar y datos biográficos y bibliográficos de los autores, y le pregunta si él puede ocuparse del trabajo. JLM responde afirmativamente en carta del 2 de febrero de 1970. El 16 de febrero, el director le especifica que es una antología general de la poesía mexicana y agradece que acepte. Otra propuesta es la del 4 de junio de 1970, en la que Azuela le pregunta si autorizaría publicar en la Colección Popular su antología El ensayo mexicano moderno, entonces agotada. Martínez acepta el 10 de junio del mismo año pero le aclara que la revisará y le hará cambios, pues para entonces habían pasado 12 años de la primera edición. JLM fungía también como intermediario para la edición de antologías de literatura mexicana en otros países. Así, el 25 de septiembre de 1970 le comenta a Azuela que, por consejo del poeta Octavio Paz, le escribió Pierre Zekeli de Suecia, pidiéndole que le enviaran libros de Celestino Gorostiza, Carlos Pellicer y Salvador Novo para hacer una antología. Su estadía en Grecia como embajador de México, de 1971 a 1974, tampoco frenó su trabajo como “curador de las letras mexicanas”, según la expresión de Gabriel Zaid. El 16 de abril de 1971, Carlos Villegas, del Departamento de Producción del fce, le notifica que le envía, por recomendación de Alí Chumacero, el primer lote de páginas de su libro Obras. Ramón López Velarde para su corrección. JLM le propone, el 5 de mayo de 1971, que, por la tardanza del correo, le manden sólo las pruebas finales del volumen. Diversas cartas describen las correcciones que JLM envía desde Atenas, notifican el envío de los

contratos de la edición del libro y las notas finales. El 23 de junio de 1971, Villegas le cuenta que el presidente de la República, Luis Echeverría, compró 1 000 ejemplares de este título, los cuales envió a Jerez, Zacatecas, tierra natal de López Velarde, para ser repartidos en la ceremonia de inauguración de los festejos por su 50 aniversario luctuoso. La última carta archivada de JLM, el 31 de octubre de 1973, evidencia la sólida relación que existía entre él y el Fondo. En esa misiva, JLM acusa recibo de dos cheques por 459.88 dólares y 1 003.71 dólares, por las liquidaciones de derechos de autor por El ensayo mexicano moderno y la primera edición de las Obras de Ramón López Velarde. El Archivo Histórico cierra esta sección de cartas digitalizadas con un documento singular que echa luz sobre el José Luis Martínez que se convirtió en el séptimo director del fce, cargo que desempeñó de 1977 a 1982, en el periodo presidencial de José López Portillo. En la misiva que el asesor jurídico del Fondo, José García Pimentel, le envía a Francisco Borja, del Banco de México, el 25 de enero de 1977, constan los siguientes datos del nuevo funcionario: “Edad: 59 años/Nacionalidad: mexicana/Experiencia: Administrativa y diplomática/Ingresos anuales: 450,000.00/Propiedades: su casa habitación de Rousseau 53, en la colonia Anzures”. El sello del director Una caja de cartón reúne las cartas que José Luis Martínez recibió de diversos escritores como director del Fondo. Algunos eran ya autores de la casa y otros le proponían libros a su consideración. En carpetas color amarillo numeradas del 424 al 664, se conservan los proyectos de intelectuales de diferentes países. Pero también hay asuntos varios que, al resolverlos, se observa la marca del director. En la carpeta 434 hay una carta que Carlos Fuentes, entonces embajador de México en Francia, le envía a JLM el 8 de marzo de 1977. Le pide que

siga apoyando a la joven escritora Vilma Fuentes, “quien se encuentra en París terminando una novela en condiciones de bastante estrechez”. Fuentes le informa que durante el sexenio anterior el fce estuvo prestando a Vilma “una modesta ayuda mensual, del orden de mil francos”, la cual le fue suspendida, “hecho que resulta dramático para la joven escritora”. Le dice que ella está dispuesta a justificar la beca con trabajo. El 15 de abril de ese año, JLM le responde a Jacqueline González, de la Embajada de México en Francia, y le deja claro que “nos es imposible continuar este envío”. En otra carpeta se detalla la relación de JLM con el poeta y ensayista Gabriel Zaid. El 9 de noviembre de 1977, JLM le indica a su jefe de Almacén, Eligio Rodríguez, que le mande a Zaid los libros solicitados, pues hizo “un trabajo importante para el fce y, en lugar de aceptar pago por dicho trabajo, prefirió que le enviáramos como obsequio los libros que existen disponibles de la lista que adjunto”. Zaid le escribe el 30 de marzo de 1978 sobre otro tema. “Es usted una de las poquísimas personas que han visto la excelencia del poeta Manuel Ponce. ¿No cree usted que los buenos lectores de poesía merecen una recopilación de su poesía completa en Letras Mexicanas?”. A lo que don José Luis le pregunta el 7 de julio de ese año: “¿No le gustaría promover el mejor conocimiento de esa obra con una antología y un estudio preliminar?”Y le manda los libros de Ponce. El investigador Enrico Mario Santi, profesor de la Cornell University de Nueva York, le propone en carta del 22 de mayo de 1979 publicar su colección de crítica literaria Escritura y tradición. Siete estudios sobre la obra de Borges, Paz, Sarduy y Lezama Lima. El libro no se publicó tal cual, pero diversos ensayos del autor sobre los poetas mencionados y otros más se incluyen en otros libros suyos publicados por el fce posteriormente.•

de arriba a abajo, izquierda a derecha: alfonso reyes con josé luis martínez, 21 de julio de 1947. ajlm; josé luis martínez es c r i b e en el co l eg i o n aci o n a l . 8

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a j l m ; jaim e garcía t errés y jos é l u is martí ne z e n casa de joaquí n dí e z-cane do, 1990. foto: pab lo orti z mona ster i o ; jo s é l u i s m artínez, alí chumacero y jorge gonzále z dur án, e n casa de josé lui s martí ne z, ca. 1960. ar chi vo de laura g o n zá l ez du r á n .

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josé luis m art ínez. c ent enario

entrevista

Se volvió a sentir el gusto por hacer bien los libros, por quererlos

Conversación con Víctor Díaz Arciniega El investigador y profesor de literatura encom mia la labor de José Luis Martíínez como director de esta e casa: la reencauzó en su u trayectoria históriica y la enriqueció. virginia bautista

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sto sucedió durante nte la gestión del itor historiador y editor José Luis Martínez como director del Fondo de Cultura Económica (19771982), afirma Víctor Díaz Arciniega. El polígrafo, editor y diplomático, de quien este año se conmemora el primer centenario de su nacimiento, fue el séptimo director de este sello, cuyo destino guió “con un ánimo de transformación, de recuperar la tradición editorial que él había conocido desde los años cuarenta”. Díaz Arciniega afirma en entrevista que Martínez recibió una editorial de tamaño desmesurado y con problemas financieros y la llevó al equilibrio. “Entre 1965 y 1976 — explica— el proyecto cultural del fce se desdibujó un poco y durante el sexenio del presidente Luis Echeverría (1971-1976), en el que tuvo tres directores, realmente se desconfiguró por las pretensiones de carácter político vigentes en esos años”. El autor del libro Historia de la Casa. El Fondo de Cultura Económica, 1934-1994 (fce, 1994) explica que el sello “tuvo entonces un crecimiento inusitado desde el punto de vista de producción, de colecciones y administrativo porque se contrató a un mundo de gente; después vamos a saber que esa gente estaba

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en funciones no ligadas propiamente a la editorial, sino como adiposidades que se fueron incorporando con propósitos no muy funcionales”. Y, agrega, “don José Luis, digámoslo modestamente, puso a dieta al Fondo, a guardar línea, a adelgazar la empresa para recuperar su agilidad y el proyecto cultural que se había trastocado”. Así, le tocó vigilar “la cirugía mayor” del fce autorizada por el presidente José López Portillo, que consistió en la liquidación de empresas subsidiarias, el saneamiento de las finanzas y la reestructuración administrativa y financiera. Además de esta tarea colosal, que duró cuatro años, José Luis Martínez buscó consolidar el perfil de cultura universal en los contenidos del Fondo. “Como lector muy acucioso de obras literarias, tanto del pasado como del siglo xx, José Luis Martínez era un lector muy informado y con una sensibilidad literaria y estética muy depurada. Esto devolvió a la editorial su perspectiva amplia en la dimensión histórica.” Díaz Arciniega aclara que don José Luis tuvo sensibilidad como historiador, “no sólo de la Historia de México, sino como historiador de la cultura letrada porque fue un lector de literatura de ideas. Esto se notó en su administración”. Explica que ese conocimiento suyo de historia cultural y literaria “se expresó en

el catálogo, en el rescate de varios autores y obras y en la producción de nuevos títulos que fueron útiles para enriquecer el conocimiento de nuestra historia literaria y cultural del siglo xx para atrás”. Arciniega destaca que Martínez “hizo algo que no se había hecho en el fce: el rescate y producción facsimilar de las colecciones de revistas literarias más importantes de México. En seis escasos años, bajo su cuidadosa dirección, publicó las colecciones completas de casi 50 revistas. Esto es absolutamente fuera de serie. Y digo que lamentablemente no se sigue haciendo, porque estas revistas son fundamentales para la investigación de la cultura mexicana. Este es un punto que distingue la administración de José Luis Martínez de todas las anteriores y posteriores”, añade. El también editor explica que en ese proyecto de dar una segunda vida a las revistas literarias mexicanas se unen la pasión del bibliógrafo y la del coleccionista. “No el bibliófilo que se distingue por su egoísmo, que todo lo reserva para sí mismo, menos el que actúa como ‘gourmet’ exquisito. ”Si algo tenía don José Luis es que era muy generoso. Si uno necesitaba su consejo de viva voz, él encontraba el tiempo para escuchar. Si uno necesitaba apoyo para un tipo de información medianamente especializada,

una amistad literaria. correspondencia 1942-1959

él buscaba el modo de resolver esa necesidad. Si uno necesitaba un libro o revista antiguos, permitía que los revisaras en su oficina o en su biblioteca”, recuerda. Durante la gestión de José Luis Martínez, el fce publicó unos 700 títulos nuevos y reeditó y reimprimió más de mil, todos seleccionados “con un criterio que equilibraba los riesgos del mercado y la responsabilidad cultural”. Díaz Arciniega detalla que durante esa administración “se limitaron determinadas orientaciones temáticas de inclinación ideológica muy propias del gobierno de Luis Echeverría, con su proclividad por los temas de América Latina y el Tercer Mundo. Las moderó muy sensiblemente, no las eliminó. ”Por ejemplo, los títulos de teoría del desarrollo, en boga desde la década de 1960 en América Latina, no desaparecieron de la colección de Economía. Los mantuvo pero los disminuyó, lo cual fue importante porque eso permitió ampliar o incorporar otras líneas editoriales”, indica. El catedrático de la unam enfatiza que Martínez puso en práctica en el fce todo lo que había aprendido en los diversos cargos del sector público que había ocupado hasta entonces, además de la experiencia bibliófila de 20 años de amistad con Alfonso Reyes. “Fue además secretario particular del secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet. En una perspec perspectiva chata se diría ‘un burócrata’; p pero es falso, pues estuvo a las órdenes de uno de los tres mejores secretar de Educación Pública que secretarios ha tenid tenido el país. El joven Martínez, tení entonces entre 25 y 30 que tenía años, ap aprendió con él durante tres años con consecutivos, es decir, cuando se debe aprender.” Otro dato interesante, prosigue el especial especialista, es que don José Luis fue represe representante diplomático de México en El Sa Salvador, Perú, Grecia y en la Unesco. “No vivió acontecimientos político relevantes, pero guardó el políticos d decoro diplomático, no tuvo ningún tropiezo y no se le acusó de conductas n negativas. Esto habla de su buena cconducta institucional. Fue un hombre prudente: no se confrontó go con el gobierno, pero tampoco fue un funcion funcionario servil”, afirma. Una prueba de su pensamiento independiente —dice— es que hoy en día continúan vigentes las normas editoriales que estableció para el fce, las cuales fueron presentadas a la Junta de Gobierno del sello el 21 de diciembre de 1978. Estas normas “están regidas por principios no utilitarios y por la voluntad de difundir obras clásicas y fundamentales, por el afán de tolerancia amplia y liberal, la estimulación valorativa fundada en la objetividad de la calidad y la universalidad de las obras y autores”, apunta Díaz Arciniega y añade: “Estaba pendiente de todo. Durante cuatro años sostuvo ante la Junta de Gobierno del Fondo la conveniencia de hacer obras de mantenimiento al edificio de la casa matriz, ubicada en Avenida Universidad, que se había descuidado por cerca de 15 años” La pasión que José Luis Martínez sentía por el fce —concluye Díaz Arciniega— se puede entender por el hecho de que él mismo escogió ser su director. “Se decía que el presidente José López Portillo, satisfecho con él por su forma de coordinar una mesa redonda para su campaña electoral, le dio a escoger un puesto en su administración y él eligió ser director del Fondo de Cultura Económica”•

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jo sé lu is martínez. ce n te n a r io

prólogo

La intimidad lejana: escritos de viaje de Clarice Lispector El despliegue de la intimidad en su etapa viajera, las lecturas y el intercambio literario se descubren en estas cartas y crónicas de Clarice Lispector. ompilador Publicamos el prólogo por el compilador tos y traductor de varios de los textos incluidos en el libro. gonzalo aguilar

En verdad yo no sé escribir cartas sobre viajes. Me escondí de mí todo lo que pude. clarice lispector

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n el taxi que la llevó al hospital donde moriría poco después, Clarice Lispector comenzó a hacer planes en voz alta sobre un imaginario viaje a París. El taxista entonces giró la cabeza y le preguntó: “¿Puedo ir yo también en el viaje?” A lo que Clarice respondió: “Por supuesto, y también puede venir su novia”. Clarice murió en el Hospital da Lagoa de Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977, y tal como lo pone en evidencia la anécdota del taxi, la experiencia del viaje y la errancia la marcaron desde sus orígenes. Clarice no nació en Brasil sino en Chechelnik (Ucrania), en 1920. Había terminado la primera Guerra Mundial y su familia huía asediada por el hambre y las persecuciones a los judíos. Con menos de dos años de edad, llegó a Brasil. Vivió primero en Maceió y luego se mudó a Recife, donde pasó buena parte de su infancia. Allí murió su madre, que se encontraba paralítica a causa de una enfermedad. A los 14 años, se instaló con su padre y sus hermanas mayores, Elisa (1911-1989) y Tania (19152007), en Río de Janeiro, que fue la ciudad en la que vivió más tiempo y que sintió más suya. A los 23 años, después de haberse recibido de abo-

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ercía la profesión gada y mientras ejercía asó con el abogado de periodista, se casó l t y diplomático Maury G Gurgell V Valente, a quien Clarice conoció en la Facultad de Derecho. A mediados de 1944, publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, con muy buena recepción de la crítica, y a fin de año dejó Brasil debido a las misiones diplomáticas de su marido. Comenzó entonces su peregrinaje por el mundo: Nápoles (1944-1946), Berna (1946-1949), Torquay en Inglaterra (1950-1951), y Washington, en losEstados Unidos (1952-1959) fueron las ciudades en las que vivió. Entre un viaje y otro retornaba —para su alegría— a Río de Janeiro, pero eran sólo intervalos que siempre le resultaban insuficientes. En sus diferentes estadías, conoció París, El Cairo, Lisboa, Atenas, Roma y hasta Groenlandia, por un desperfecto en el avión que la llevaba de Holanda a Estados Unidos. En 1959 se divorció y así pudo volver definitivamente a Río, ciudad que sólo abandonaría en viajes turísticos, o para encontrarse con su ex marido (por ejemplo, en Polonia en 1962), o como escritora invitada a eventos literarios en Europa, Bogotá o Buenos Aires, ciudad que visitó para promocionar su obra en la Feria del Libro de 1976 y sobre la que no llegó a escribir nada. Desde su salida de Brasil en 1944 hasta su

la temáti temática social. La singularidad de Cerca del corazón salvaje fue de algún mo modo atenuada por los críticos, que la definieron de como una novela “introspe “introspectiva” (término usado por el influye influyente crítico paulista Sérgio Milliet), de d “experiencia interior” (Benedito Nunes) o del fluir de la conciencia (Roberto (R Schwarz), aunque en realid realidad lo que sucedía allí era otra cosa cosa, mucho más imperceptible, pero que el tiempo ha revelado como esencial. En la historia de Joanna, la ficción evidencia ev el carácter político de la inti intimidad y el peso del patriarcado en la l constitución de la subjetividad. La novela, de hecho, se inicia con una frase f emblemática: “La máquina de papá golpeaba tac-tac… tactac-tac…” Ese “tac-tac-tac” es el que escuchab escuchaba la niña que protagoniza el relato: como si la subjetividad más íntima, p particularmente la femenina, necesitar necesitara construirse en antagonismo con la escritura masculina que había basado su poder en la representación de la realidad y de lo nacional, algo que su primera novela eludía y a la vez cuestionaba con sagacidad. Si en Clarice la interioridad está en el lugar de la máxima exterioridad, es porque la distinción interior/exterior carece de sentido y, con ello, toda la lógica de la conciencia que, supuestamente, definía su mundo. Era tan nueva la dimensión que traía Clarice que, en la carta del 13 de octubre de 1946 a su amigo, el escritor Fernando Sabino, inventa un término: “éxtimo”. La palabra “éxtimo” viene del latín extimus. Superlativo de “exter”, se relaciona con la frontera y los lugares más alejados y, en portugués, lo mismo que en castellano, evoca el término “íntimo”. Jacques Lacan también usó este neologismo para dar cuenta de la oposición imaginaria entre mundo interior y exterior y la aparición amenazante de lo real en lo simbólico. La persona —otra palabra clave del léxico clariciano— se construye en esa extimidad, ese “nudo vital” al que se refiere en la carta a su hermana Tania del 6 de enero de 1948. La palabra surge, en la escritura de Clarice, en relación con un sueño, una cara extraña, un animal sin nombre. En el contexto en el que la utiliza, puede interpretarse como la relación de lo más íntimo con el otro, como la revelación de la animalidad y de lo impersonal de cada ser. Como si, en el viaje hacia la interioridad y la soledad que fueron sus estadías lejos de Brasil, Clarice buscara denodadamente al otro, en una cinta de Moebius en la que interior y exterior se continúan en un mismo plano. “El mundo de afuera —dijo en una entrevista concedida a Yllen Kerr en 1963— también es íntimo.” No sorprende, entonces, que el feminismo de los años setenta, al plantear que “lo personal es político”, haya encontrado en Clarice uno de los ejemplos más elaborados y contundentes de escritura femenina.

regreso definitivo en 1959, Clarice vivió en estado de viaje. S i i t en la l llejana j E Su nacimiento Europa del Este y sus prolongadas estadías en el exterior hicieron que la condición de extranjería adquiriese un lugar relevante en los acercamientos a su persona y a su obra. En 1942, le escribió al presidente Getúlio Vargas para solicitarle la nacionalidad y se vio en la situación —que debió enfrentar a menudo— de demostrar que era brasileña: “No poseo, ni elegiría, otra patria que no fuera Brasil”. En la única entrevista que concedió para la televisión, en 1976, una vez más tuvo que explicar que su pronunciación rara se debía a un inconveniente físico y no al hecho de haber nacido fuera de Brasil. Sin embargo, la condición de extranjería no carece de pertinencia cuando se habla de su literatura: desde Cerca del corazón salvaje, escrita cuando tenía apenas 23 años, Clarice no se En estado contentó con “posiciones ya de viaje adquiridas” —para usar la clarice expresión de Antonio Canlispector dido— y publicó una novela fce, méxico, 2018 sumamente extraña en un panorama literario como el brasileño, dominado por la referencia nacional y

El destino del mensaje Las cartas, en Clarice, son el documento de una agitación, del repliegue hacia la intimidad y, a la vez, del intento de comunicarse con los otros por medio de la escritura. El género epistolar se convierte, así, en un género de supervivencia: “Mi vida se vuelve intolerable sin vuestras cartas” (Nápoles, 29 de enero de 1945); “No hay en el mundo nada mejor que una carta” (Nápoles, 19 de marzo de

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1945), le dice a su hermana Elisa. Sus dos hermanas también nacieron en Ucrania: Elisa, la mayor, en Savran, y Tania, la menor, en la aldea de Teplik. Elisa también fue escritora y publicó novelas y cuentos, algunos con marcas autobiográficas, como No exílio (1948). Tania trabajó como funcionaria pública, se casó con William Kaufmann en 1938 y fue madre de Márcia Algranti, única sobrina de Clarice, a quien se refiere con mucha frecuencia. En la cartas, el lector puede seguir de cerca los diferentes avatares de una relación familiar y afectiva intensa que tiene dos momentos de inflexión importantísimos con los nacimientos de los hijos de Clarice: Pedro, quien nace en Berna el 10 de septiembre de 1948 y es llamado así en homenaje al padre de las hermanas Lispector, y Paulo, quien nace en Washington en 1953, en condiciones mucho más favorables que las de su hermano mayor. La correspondencia hace participar a su familia de todos estos acontecimientos y se transforma en el espacio en el que Clarice construye un hogar virtual, más allá de la distancia, con familiares y amigos. Algo similar sucede con los escritores a los que les envía cartas en las que se percibe la necesidad de un vínculo para atenuar la soledad y la ajenidad de un mundo que a principios de los años cuarenta había sido propio: la bohemia carioca. Sin embargo, el carácter descontracturado de las cartas familiares contrasta con la correspondencia con los escritores. A las hermanas, pese a ser la menor, les da consejos y les recomienda caminos a tomar. Con los escritores, en cambio, sobre todo con Lúcio Cardoso y Fernando Sabino, asume una posición de escritora menor o aprendiz. En principio, parece lógico en el caso de Lúcio Cardoso si se piensa que éste le llevaba casi 10 años de edad y que fue para ella una figura de iniciación. Cuando lo conoció en la Agencia Nacional en 1940, Lúcio Cardoso ya tenía varias novelas publicadas. Esta posición de subordinación es sorprendente, en cambio, con Sabino, quien era de su misma edad y a quien conoció cuando volvió a Brasil en 1946. Sabino estaba lejos todavía del reconocimiento que obtuvo mucho después, con la publicación de Encuentro marcado (1956) y las crónicas de O homem nu (1960). En 1956, Clarice le envió los manuscritos de La manzana en la oscuridad con el título provisional “A veia no pulso” [La vena en el pulso]. Sabino sugirió muchísimas modificaciones que Clarice aceptó por completo, lo que pudo deberse tanto a su inseguridad como a sus deseos de sacarse de encima la novela. Desde el título (Sabino critica que “A veia no pulso” se confunde con “aveia”, “avena” en castellano) hasta la eliminación del prefacio (“Encontré prescindible, en las dos lecturas que hice, todo el ‘prefacio’. Medio preciosista también”),1 Sabino tacha, modifica, corrige, cambia, opina, remplaza. Sus intervenciones llegan a afectar aspectos estructurales del texto, como cuando observa que “le huiría a la primera persona, da un tono sentencioso, que escapa a la naturaleza de la novela, por lo menos en un caso como este. Al final de cuentas, se trata de una novela y no de un ensayo”. Clarice reacciona como una alumna de taller literario, o como si ya no tuviera una opinión 1 Esta cita y las dos siguientes están tomadas de una carta enviada por Fernando Sabino a Clarice en septiembre de 1956, que forma parte del volumen Cartas perto do coraçao, Río de Janeiro, Record, 2001.

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propia, y acepta todas, absolutamente todas las correcciones. El enojo de Sabino no se hace esperar y comenta en una de las notas que escribe para la edición de la correspondencia que ambos mantuvieron: “Casi todas las sugerencias fueron aceptadas. Las no mencionadas directamente por Clarice me llevaron a recomponer la página entera; de las cuatrocientas y pocas páginas de los originales, me envió en sustitución nada menos que ochenta y tres completamente reescritas”. Las cartas, entonces, son el desesperado movimiento para producir esa “extimidad”, esa unión del otro con la intimidad propia que, en el proceso de composición de La ciudad sitiada y La manzana en la oscuridad, se vuelve angustiante y dramática. Desde esta perspectiva, puede considerarse la primera como la construcción ficcional de una ciudad mental, y la segunda, como el retorno imposible a Brasil. Es decir, se trata de dos novelas que surgen como el resultado del estado de viaje y errancia en el que se encontraba Clarice. Estrategias del retorno Las largas estadías en el exterior comienzan en 1944 y terminan en 1959 con el regreso definitivo. Hasta ese momento, y pese al éxito de crítica de Cerca del corazón salvaje, Clarice permanece como una desconocida para el público brasileño. En las cartas pueden observarse su ostracismo literario y las dificultades que enfrenta para publicar: Poniendo a los otros en situación de tener que dar disculpas, o tener que luchar por una causa que no me es particularmente simpática, esto es, por un libro [se refiere a La manzana en la oscuridad] que no me apasiona, y debo ofrecer de editorial en editorial para esperar el veredicto y después ver que los otros tienen prejuicios. Ya pasé por esto.

Sin embargo, la vida fuera de su país le proporciona una perspectiva distanciada del campo literario brasileño que le permitirá ver e incorporar su funcionamiento. Por eso, pese a las dificultades y a las desavenencias con los editores y promotores culturales (por ejemplo, la carta a José Simeão Leal de marzo de 1959), la escritora retorna a Brasil con un saber que habría sido muy diferente si nunca hubiera dejado su país. En la construcción de su lugar de escritora, será central un tópico que se formó alrededor suyo en los años de viaje: el misterio, que la lejanía hizo aún más enigmático (algo que ya estaba en Cerca del corazón salvaje). Como si su retiro hubiera ido creando un aura alrededor de su persona, que se fue acumulando y de la que dispuso cuando volvió a Brasil para usarla como capital simbólico y hacerse un lugar en una literatura que hasta entonces le había sido hostil (a fines de 1958, el editor Ênio Silveira se negó a publicar La manzana en la oscuridad, lo que provocó una protesta pública de los escritores que, paradójicamente, creó las condiciones para el retorno de Clarice a Brasil con una fama que no se correspondía con los libros que estaban en ese entonces disponibles en las librerías). Su enfrentamiento con la Esfinge, que Clarice narra en la crónica “Anduve en camello, la Esfinge, la danza del vientre”, publicada en el Jornal do Brasil el 12 de junio de 1971, es una extraordinaria síntesis de cómo su estado de viaje, su retiro forzado y por momentos su

enclaustramiento dotan a su obra de nuevas dimensiones que no sólo son simbólicas, sino que constituyen una base para su aparición fulgurante a principios de la década del sesenta, cuando se publicaron, en menos de un lustro, cuatro libros inéditos y se reeditaron los tres primeros, que eran inconseguibles. Clarice escribió que no llegó a descifrar a la Esfinge, pero que la Esfinge tampoco la descifró a ella: ese misterio habla también de la relación con sus lectores, como si ese juego de fascinación y sospechas mutuas marcara un vínculo intenso que se profundizará con las crónicas publicadas en los sesenta, las novelas y las entrevistas que fue concediendo. Si bien el misterio fue cultivado sistemáticamente por Clarice, no se trató sólo de una estrategia. Hay una historia de vida terrible que se remonta a su niñez, a la huida de Europa, a la enfermedad de la madre y a la tristeza por el destino del padre (un hombre muy culto y preparado que se había tenido que convertir en vendedor ambulante), que no siempre se explicita en las cartas a sus hermanas, pero que las recorre como un río subterráneo que emerge transfigurado en los cuentos y las novelas. En las cartas, el lector asiste al periodo más angustiante de la vida de Clarice, sobre todo antes del nacimiento de su primer hijo, Pedro, y la mezcla de reticencia y delicadeza de sus actitudes compone un atractivo al que es difícil sustraerse. La vida siempre late en su escritura, pero a la vez hay una zona autobiográfica nunca expresada en sus relatos, ni siquiera cuando habla de sí misma. Un “desdibujarse de los límites personales —en palabras de Florencia Garramuño— en una suerte de impersonalización fundamental en busca de lo común y compartido”. El misterio puede ser una máscara, pero una vez que quitamos esa máscara resulta aun mayor: sus palabras bordean los afectos, refieren un dolor primario, expresan una alegría indecible, se acercan a la pulsación sin signo, y al cercar lo inefable de su historia, su escritura adquiere un aura que denominamos precisamente misterio y que Clarice ha asumido integralmente en su vida, en su obra y en su persona. Lecturas en soledad Clarice no llega a Europa y a los Estados Unidos como escritora, sino como esposa de diplomático. Sus contactos literarios no son tan frecuentes, salvo en Lisboa o en Italia, donde se destaca su relación con Giuseppe Ungaretti, quien había sido profesor visitante en la Universidad de San Pablo en los años treinta y tradujo al italiano, junto con su hija y con la colaboración de la propia Clarice, un capítulo de Cerca del corazón salvaje. También es importante su encuentro con Giorgio de Chirico, quien hace un retrato de ella por encargo (es decir, pinta a la esposa del diplomático y no a la escritora) en el mismo momento en que se anuncia el final de la guerra. Otros personajes con los que se cruza Clarice dejan entrever las vacilaciones entre la escritora reconocida por sus pares en su país (había ganado el prestigioso premio Graça Aranha) y la acompañante anónima en el extranjero: las pintoras Leonor Fini y Zina Aita y, sorprendentemente, Eva Perón en su gira por Europa. Sin poder integrarse a un ámbito intelectual, Clarice recurre a la correspondencia y a los libros que le llegaban de Brasil para mantener un vínculo cultural (afectivo, intelectual y vital) que se hacía difícil por

la distancia: Fernando Sabino, Lúcio Cardoso, João Guimarães Rosa, Hélio Pellegrino, Lêdo Ivo, Ruth Guimarães son algunos de los autores brasileños a los que se refiere de manera explícita en sus cartas. Los escritos de viaje permiten reconstruir un mapa de las lecturas de Clarice. Se sabe que era una lectora voraz (el tiempo libre en su vida cotidiana como esposa de diplomático no era poco), pero son escasas en su obra las referencias explícitas a otras lecturas, y no tiene ensayos dedicados a un autor específico. Llegó a decir, tal vez con el fin de despistar a los críticos o para resguardarse de las comparaciones fáciles, que no había leído a James Joyce, de quien tomó el título de su primera novela. Entre sus preferencias, es conocida su devoción por Katherine Mansfield (“No puede haber una vida más intensa que la de ella y ante eso, simplemente, no sé qué hacer”, le escribe a Lúcio Cardoso en la carta de octubre de 1944), Fiódor Dostoievski, Hermann Hesse (sobre todo El lobo estepario), Virginia Woolf, Julien Green (véase la carta a Tania desde Torquay, del 23 de octubre de 1950), entre otros. En su biblioteca se encontró una antología de Spinoza que desató toda una serie de textos críticos que nos entregan a una Clarice spinoziana: se trata de un libro realizado en 1939 por Arnold Zweig (1887-1968), escritor de origen judeopolaco que escapó del nazismo y que en el prólogo presenta a un Spinoza antinazi y protobolchevique, exponente de “la libertad de espíritu y el derecho democrático de crítica”. En Cerca del corazón salvaje —tal como lo muestra la excepcional biografía escrita por Benjamin Moser—, hay varias citas de esta antología, entre las que se destacan la definición spinoziana de los cuerpos, la impugnación de un Dios consciente y la continuidad de la naturaleza frente a la finitud humana (“Todo lo que podría existir ya existe”, se lee en la novela). De todos modos, no hay que dejar de lado en esta comparación el rechazo radical que Clarice ha hecho del entendimiento como operación central para comprender el mundo: “Entender es la prueba del error”, escribió en su cuento “El huevo y la gallina”, incluido en Felicidad clandestina. Toda la obra de Clarice puede verse como una impugnación del entendimiento como categoría de conocimiento básico. En sus estadías en las ciudades extranjeras, es testigo de varios acontecimientos culturales. En la carta del 17 de julio de 1946, testimonia su lectura de Jean-Paul Sartre y su percepción del existencialismo, con el que se la ha vinculado más de una vez. La conferencia a la que se refiere Clarice es, obviamente, El existencialismo es un humanismo, que fue publicada en 1946: “Todo el mundo —observa— anda loco por creer en algo después de esta guerra”. Hasta ahí, Clarice parece responder positivamente a las fantasías o a las pretensiones de la crítica, que la colocan en una constelación de prestigio, sea tanto con el legado spinoziano como con la contemporaneidad filosófica. Las cartas, sin embargo, esbozan una lectora muy diferente, dedicada a los escritores en boga, como Rosamond Lehmann, o a autores más bien convencionales, como François Mauriac, de quien se confiesa admiradora, igual que sus amigos del grupo de escritores católicos al que pertenecía Lúcio Cardoso. Hoy en día puede resultar sorprendente la admiración que Clarice manifiesta en repetidas

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oportunidades por La respuesta, de Rosamond Lehmann, novela que lee en francés (Poussière) y cuyo título original es Dusty Answer. “Pero yo adoro a Rosamond Lehmann, y me gustaría que leyeras un libro suyo”, le escribe a Elisa desde Roma (3 de enero de 1945), y a Lúcio Cardoso: “Deberías leerlo, es una maravilla” (Nápoles, 21 de noviembre de 1944). Aunque la novela ha envejecido, su clima y su audacia para referirse a la sexualidad de los personajes parecen haber dejado marcas en La manzana en la oscuridad (además del nombre del protagonista, Martim, que posiblemente esté inspirado en la novela de Lehmann). De todos modos, la mención filosófica más importante y sorprendente por su grado de devoción es la lectura que hace de La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, best seller atemporal escrito en el siglo xv y lectura obligada de los fieles católicos. “Una vez abrí un libro que compré, la célebre Imitación de Cristo, y allí estaba escrito: aún no has sufrido hasta la sangre” (carta a Tania, Berna, 14 de agosto de 1946). El libro suscita un misticismo en esos años de “excesiva soledad” (26 de enero de 1949) que surge, por ejemplo, en las descripciones de la catedral de Berna: “Necesito que la piedad del amor me salve”, escribe en “Recuerdo de un verano difícil”. Las amonestaciones de Kempis y la valoración que hace de los afectos dejan su huella en cómo se evalúa y se mira a sí misma: Para mí, dejar Brasil es una cosa seria y, por más “fina” que quiera ser, a la hora de partir hasta me pongo a llorar. No me gusta que me vean así, aunque se trate de una lágrima bien educada, lágrima de artista de segunda fila, sin permiso del director para arreglarme el pelo… No es por vanidad del rostro que no me gusta que me vean con los ojos colorados, es por una vanidad que, por ser menos frívola, es mucho más pecaminosa: es por el orgullo o la altivez o algo por el estilo… En fin, la vanidad más grave (carta a Fernando Sabino, Washington, 25 de septiembre de 1954).

El catolicismo, no como creencia sino como meditación sobre las pasiones y, sobre todo, como terapia de las emociones, está particularmente presente en esos años y se filtra en las dos novelas que escribe en estado de viaje: La ciudad sitiada y La manzana en la oscuridad. Para alguien como Clarice, que se encontraba en “extrema soledad” (sobre todo en Berna), la lectura de La imitación de Cristo la inclinaba a un tipo de introspección angustiante o de zozobra, de lo que son testimonio las cartas que envía. Por eso, no es casual que cuando termina su estado de viaje, en su regreso a Brasil, escriba un cuento (“La imitación de la rosa”, incluido en Lazos de familia) en el que hace un ajuste de cuentas con la lectura de Tomás de Kempis. Laura, la protagonista del relato, llega a la conclusión de que “Cristo es la peor tentación” y que es preferible imitar a la rosa, aunque eso la lleve a la locura. Es decir, opta por la vida antes que por la moral, elige la forma inestable atrapada en la inclemencia del tiempo y no la conducta ejemplar y sin fisuras. La belleza no puede separarse del proceso biológico de la podredumbre y por eso Londres la atrae más que Berna. Mientras la ciudad suiza la aburre con su “exceso de evidencia de belleza” (“Berna”), Londres la fascina con su “fealdad tan peculiar, tan

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bella, y estas no son meras palabras” (“Los puentes de Londres”). Esta apertura a la vida orgánica básica a la que Clarice alude con una serie de palabras frecuentes en su léxico (pulsaciones, estado de emergencia, latidos, soplo de vida, corazón salvaje) aparece en las cartas como los tiempos muertos pero a la vez potentes que debe enfrentar una y otra vez. Y tú ¿eres espiritista, Fernando? Si no lo eres ¿cómo es que me preguntas qué hago a las 3 de la tarde? ¿O ya hablamos sobre eso? A las 3 de la tarde soy la mujer más exigente del mundo. Quedo a veces reducida a lo esencial, quiero decir, sólo mi corazón late (Berna, 19 de junio de 1946).

Y en el relato “Silencio”, afirma: “Hay una continuidad que es la vida”. Esa pulsación no tiene otra finalidad que persistir, como el conatus spinoziano. En su novela póstuma Un soplo de vida, y como si hiciese una relectura de su obra, hace una doble afirmación sobre la protagonista, que no es contradictoria sino divergente: “Ángela es orgánica” y “Ángela es solamente un significado”. Reducido a lo mínimo, el personaje es pulsación y es escritura, intimidad y mirada del otro, tiempo y sentido, una vida que persiste y un jeroglífico. Entre ambas instancias, se juega la obra de Clarice como si la clave fuera construir una red de relaciones que, sorprendentemente, había comenzado a trazar en su primera novela, más de 30 años antes. Las cartas y los relatos que se integran En estado de viaje son un testimonio conmovedor de quien, desde una vida alejada de su tierra, sigue su camino hacia el corazón salvaje, porque en lo más íntimo, en los dolores y las alegrías más personales, está también la vida de quienes la rodean. En estado de viaje compila cartas y crónicas de Clarice Lispector. Las cartas, excepto las que le envía al presidente de Brasil Getúlio Vargas, pertenecen al periodo 1944-1959, años en los que Clarice estuvo fuera de su país, acompañando a su marido, el diplomático Maury Gurgel Valente. Las crónicas, en cambio, fueron escritas después de 1959, una vez que Clarice se instaló definitivamente en Río de Janeiro. En agosto de 1967, comenzó a colaborar con el Jornal do Brasil con una serie de crónicas semanales que continuaron hasta 1973. No era la primera vez que escribía en un medio gráfico si antes lo había hecho con seudónimos (Tereza Quadros, Helen Palmer) o como ghostwriter (de la actriz Ilka Soares), en sus publicaciones del Jornal do Brasil, que después fueron recopiladas en el volumen Revelación de un mundo, Clarice renovó el género de la crónica (muy popular en Brasil) por el uso que hizo de la primera persona, creando una situación de intimidad con su público. En sus más de 400 entregas, la escritora rememora más de una vez los viajes que realizó entre 1944 y 1959: esas crónicas son las que se incluyen en el presente volumen complementando las cartas escritas mientras vivió fuera de Brasil. “Carta de ciudadanía”, sección que abre En estado de viaje, consta de las dos cartas que Clarice Lispector le envía a Getúlio Vargas en 1942 para obtener su naturalización. Clarice estaba a punto de cumplir 21 años y, sabiendo que la asistía esa posibilidad, no duda en escribir para iniciar el trámite. Dos años antes había entrado a trabajar en el polémico De-

partamento de Prensa y Propaganda (dip) del gobierno como redactora y repórter de la Agencia Nacional, y privilegia este dato para convencer al primer mandatario. Sin embargo, la respuesta de Getúlio Vargas resulta negativa y eso explica la segunda carta, en la que Clarice refuerza algunos aspectos, sobre todo la urgencia de su pedido. Las cartas resultan fascinantes no sólo porque son un autorretrato de la joven escritora frente al Estado, sino también por la audacia y la decisión de una mujer en un medio —como el periodismo y los organismos del Estado— en el que dominaban los hombres. “Escalas: entre África y Groenlandia” reúne testimonios de las estadías breves que Clarice debió hacer para llegar a sus destinos diplomáticos. Estas escalas motivaron las cartas y crónicas de tema más exótico de su obra (Argel, Egipto, Groenlandia, entre otros lugares), en las que reflexiona sobre la extrañeza de otras culturas y a la vez el surgimiento de una cultura global. En Marruecos, por ejemplo, asiste a la danza del vientre y se encuentra con que la música es nada menos que “Mamá yo quiero”, célebre canción carnavalesca de 1937 que hizo famosa Carmen Miranda en la película Down Argentine Way (estrenada en Argentina como Serenata tropical). También la moda a lo Carmen Miranda sorprende a Clarice en sus viajes. En Bolama (región de Guinea por entonces dominada por los portugueses), se encuentra con el “misterio de África” (el trato inhumano de la esclavitud) y una escena que recupera a principios de los setenta, invocando una relación entre explotación y palabra literaria que no dejaba de tener ecos en el Brasil de ese momento. Entre esas escalas, se encuentra la de Portugal, donde, por única vez, Clarice es recibida como escritora y entra en contacto con el campo literario local. Establece relaciones con críticos y escritores reconocidos como Ribeiro Couto, João Gaspar Simões, Maria Archer y Natércia Freire, con quien mantuvo correspondencia hasta el final de su vida. Al contarle a Lúcio Cardoso los diferentes lugares por los que debió pasar antes de llegar a Italia, escribe sobre sí misma: “Nunca vi a nadie menos turista”. Es que no hay mirada distanciada ni pintoresca en esas escalas: Clarice siempre busca el contacto entre el paisaje y la intimidad. “Desembarco en Europa” presenta las cartas que escribe desde Nápoles, adonde llega mientras transcurre el último tramo de la segunda Guerra Mundial. La elección de enviar un servicio diplomático a Italia no era casual, ya que por el sur de ese país estaba entrando la Fuerza Expedicionaria del ejército brasileño que participó activamente en la contienda. De hecho, Clarice viaja de Argel a Roma en un barco militar y después a Nápoles en un avión de la fuerza área. Clarice, quien presta colaboración humanitaria en la Cruz Roja, aprovecha también para conocer Roma, Florencia, Venecia y París. Es su primera experiencia en el extranjero, y su preocupación principal consiste en tranquilizar a su familia y conseguir un sistema de comunicación eficiente. Un entusiasmo contradictorio, por la satisfacción que le produce ayudar a los soldados que están en el frente en una Europa en guerra y por la tristeza de estar lejos de su familia, recorre los escritos de esta parte. “Calma suiza”, en cambio, muestra el periodo más triste de su vida. Después de una breve estadía en Río de Janeiro, entre enero y marzo de

1946, vuelve a viajar con su marido, en esta ocasión para instalarse en Berna, capital de Suiza. Desde allí, envía cartas a sus hermanas —como era habitual— y comienza la correspondencia con el escritor Fernando Sabino, a quien había conocido en los pocos meses pasados en Río de Janeiro. Si bien Clarice se encontró con amigos y pudo viajar por Europa, los días en Berna le resultaron tediosos y angustiantes. La “calma suiza”, según se titula la cuarta parte de este libro, la llevó a definir Suiza como “un cementerio de sensaciones”. “Ways of life: Inglaterra y Estados Unidos” inicia con el viaje de seis meses que realiza a Torquay (Inglaterra) después de otro regreso temporal a Brasil en 1949. Torquay, adonde llega para acompañar a su esposo que asiste a una conferencia del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (gatt, por sus siglas en inglés), tiene para Clarice algunos encantos adicionales: es una hermosa ciudad balnearia, al borde del canal de la Mancha, y allí nació una de sus escritoras más admiradas, Agatha Christie. De hecho, muchos años después, en 1975, tradujo Curtain [Telón], el último caso del detective Hércules Poirot. Sin embargo, la pequeña ciudad inglesa le resulta aburrida y debe vivir en un hotel, lo que tampoco la entusiasma. Allí comienza a escribir lo que después será La manzana en la oscuridad. Tras dejar Inglaterra, Clarice retorna nuevamente a Brasil (esta vez por más de un año); en julio de 1952 parte hacia Washington, la ciudad extranjera donde permaneció más tiempo. Vivió allí siete años y compartió su vida cotidiana con una comunidad diplomática más numerosa y atractiva que la de Berna. Entre las relaciones que entabló durante su estadía, destaca la amistad con Érico Veríssimo (1905-1975), uno de los novelistas brasileños de más éxito de todos los tiempos. En los textos de este período, son notables sus observaciones sobre el way of life y la alegría que le proporcionan sus hijos (pese a que, con el tiempo, los problemas psiquiátricos de su hijo mayor, Pedro, la angustiarían muchísimo). Sin embargo, Washington, tal como les escribe a Helena y Fernando Sabino en febrero de 1953, “es linda, según varias leyes de la belleza que no son las mías”. Una vez más, Clarice extraña el desorden, la confusión y la vitalidad que sólo encuentra en una ciudad: Río de Janeiro. Cierra el volumen “Crónica de un viaje futuro”, que contiene “Mi próximo y excitante viaje por el mundo”, texto que publicó en el Jornal do Brasil en 1972, más exactamente el 1º de abril, conocido en varias partes del mundo como “día de las mentiras” o “día de los bobos” (que se corresponde con el día de los inocentes en los países de habla hispana). La escritora aprovecha para hacer una broma sobre un viaje imaginario, en el que en realidad complementa ficcionalmente los que había hecho desde su infancia. En el momento de imaginar una ficción para su vida, Clarice se escribe a sí misma en estado de viaje. Criterios de esta edición En estado de viaje reúne muchísimas cartas y algunas crónicas vinculadas con las diversas estadías de Clarice Lispector fuera de Brasil, de las cuales una buena parte no se conocía hasta el momento en castellano y he traducido especialmente para esta ocasión. La selección de textos incluye fundamentalmente el material epistolar presentado en los volúme-

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la inti mi dad lejana: escri tos d e vi aje d e c l a r i c e l i s p ecto r

nes Queridas mías [Minhas queridas], Correspondências y Cartas perto do coração, todos publicados muchos años después de la muerte de Clarice. Queridas mías entrega un amplio conjunto de las cartas que escribió para sus hermanas Elisa y Tania desde diferentes partes del mundo. Correspondências es una antología de las cartas que Clarice recibió y envió a lo largo de su vida. Cartas perto do coração compila el epistolario con su amigo el escritor Fernando Sabino, quien se ocupó de la edición. De todos estos libros, sólo Queridas mías se tradujo al castellano, en versión de Elena Losada, y fue publicado por la editorial española Siruela en 2010. Los otros dos permanecen inéditos en nuestra lengua: Correspondências (organización de Teresa Montero, Río de Janeiro, Rocco, 2002) y Cartas perto do coração. Dois jovens escritores unidos ante o mistério da criação (Río de Janeiro, Record, 2001). Los demás textos, por su parte, fueron recogidos de diversas fuentes. Revelación de un mundo y Descubrimientos, publicados por la editorial Adriana Hidalgo y traducidos por Amalia Sato y Claudia Solans, respectivamente, son en realidad la traducción de un solo volumen: A descoberta do mundo, que recopila las crónicas que Clarice escribió durante los años sesenta en el Jornal do Brasil. Otros textos fueron tomados de Para no olvidar y Dónde estuviste de noche, el primero traducido por Edgar Stanko y el segundo por Teresa Arijón y Bárbara Belloc, ambos editados por El Cuenco de Plata. Por razones ajenas a la edición del volumen y a la decisión editorial, no ha sido posible ofrecer nuevas versiones de aquellos textos que ya circulaban en castellano. Por esto mismo, En estado de viaje presenta los escritos de Clarice en traducciones que siguen criterios diferentes. De allí que haya disparidades en el modo en que aparecen algunos títulos de libros, por ejemplo. En el caso de los textos cuya traducción no me corresponde, se reproduce fielmente la versión ya editada en lengua española, cuya responsabilidad es exclusiva de los traductores. En cuanto a los textos que se presentan por primera vez en castellano, se trató de mantener el tono informal de Clarice en la mayoría de las cartas, el uso que ella hacía de palabras o expresiones en otras lenguas, el efecto particular de su puntuación, la utilización de signos, entre otros aspectos similares. Se trató, como puede inferirse, de no normalizar la espontaneidad de una escritura a mano, casi sin correcciones, que si bien permite reconocer a la Clarice de novelas y cuentos, también nos deja descubrir una Clarice privada, familiar, íntima. En cuanto a las notas al pie, son todas de mi autoría y tienen la función de aclarar el contenido de ciertos pasajes. Finalmente, agradezco a Constanza Penacini y a Tatiana Lima Faria su colaboración.•

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prólogo

La política del matrimonio gay en América Latina Descripción, análisis y discusión de las políticas de matrimonio gay en América Latina a partir de la experiencia de la Ciudad de México y su comparación con las políticas respectivas de Argentina y Chile. Un hito en los estudios en la materia. Presentamos el prólogo. olga maría del carmen sánchez cordero dávila

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ocas veces tenemos la oportunidad de percatarnos lo mucho que les debemos a ciertos hombres y mujeres, a ciertas instituciones, a ciertas épocas. Esta obra llega a las manos del lector para propiciar dicha oportunidad: la de reflexionar sobre la justicia sexual, su repercusión en la sociedad y las contribuciones que muchas personas han aportado a las libertades individuales. Cuando me propusieron escribir el prólogo a la obra de Jordi Díez, publicada por el Fondo de Cultura Económica, experimenté una gran satisfacción personal, puesto que sentí que de alguna forma su contenido me involucraba a mí y muchos colegas que desde distintos ámbitos han trabajado para lograr que en México y en otros países de Latinoamérica se rompan paradigmas legislativos, se superen “clasificaciones” desiguales y arbitrarias y se construyan políticas que permitan a la sociedad vivir en libertad. No hace falta decir que Jordi Díez dispone de numerosas herramientas discursivas para tejer el entramado de conceptos y principios generales que, a través del comentario certero y la investigación rigurosa, alientan

ro de o no tener en común una vida con la comprensión del lector. El libro ental otra persona, ya sea de diferente o Jordi Díez es un trabajo fundamental bases de su mismo sexo, es un elemento reen la materia, porque sienta las bases n leva le evant van e en esa proyección personal, va levante para la discusión y contribuye a u un y no debería ser restringido legaldebate esencial en la consolidación mente. Derivado del derecho fundade un Estado de derecho. La obra que mental a la dignidad se encuentra el el lector tiene a su disposición es un derecho a la libertad del desarrollo estudio que busca explicar la dispapersonal, esto es, toda persona tiene ridad de las políticas del matrimonio el derecho a elegir, en forma libre y gay en Argentina, México y Chile, autónoma, cómo vivir su vida: esto desde el método de diferencia de incluye no sólo el derecho a elegir John Stuart Mill, para así explicar libremente si contraer matrimonio los factores que influyen en la variao no, la de procrear hijos y cuántos, ción de estas políticas incluso entre sino también la de decidir con quién. países tan similares. Se trata, como Esta identidad personal y sexual bien puede sospecharse, de un libro debe entenderse como el derecho provocador, que no sólo se ocupa de todo individuo a ser sí de destacar las cuestiones mismo, en la propia conmeramente históricas, sino ciencia y en la opinión de que también nos involucra los demás, según lo quiera en una discusión intelectual y según oriente su carácter, de las políticas morales en su voluntad y sus acciones, América y sus reformas. que lo individualizan ante Nadie niega que la natula sociedad y que permiten raleza humana sea compleja identificarse y ser identifiy, por tanto, las relaciones cado. La autodeterminación entre los seres humanos y La política de las personas es su libre la abstracción de esas redel matrimonio desarrollo; dicha libertad, laciones, que son las leyes, gay en América Latina innegablemente, determitambién son complejas. La Argentina, Chile nará sus relaciones afectipreferencia sexual de cada y México vas o sexuales con personas individuo —como uno de jordi díez de diferente o de su mismo los aspectos que lo conforsexo. man como sujeto— orienta fce, méxico, 2018 Decidir casarse o no, y la también su proyección de libertad de elegir con quién, vida; el que cada uno desee

ap ollo. 15 96-1600. jan har me nsz mulle r .

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la polí t i ca d el mat r i m o n i o g ay e n a m é r i c a l at i n a

sin importar el sexo, en mi opinión, es un derecho que tienen todas las personas, independientemente de su orientación sexual. Los lazos afectivos libres constituyen una comunidad vital, de solidaridad recíproca, con una vocación de estabilidad, apoyo y permanencia. Jordi Díez elabora un riguroso bosquejo del camino que han trazado, paulatinamente, distintos países latinoamericanos en torno al reconocimiento de los derechos de las personas homosexuales y a la protección jurídica de sus uniones. La justificación general se encuentra en que la noción de dignidad humana es exigible y debe ser reconocida por el Estado. Para quienes promueven estos derechos y reconocimientos en diferentes países del continente, es sabido que la orientación sexual, jurídicamente, no puede estar sesgada; si existe el pleno respeto a la orientación sexual de un individuo hacia personas de sexos distintos, también debe existir el respeto a las uniones de personas del mismo sexo y también a uniones distintas, como sociedades de convivencia, pactos de solidaridad, concubinatos, el matrimonio, etcétera. Históricamente el matrimonio ha sido considerado sólo como la unión entre un hombre y una mujer, asumiendo como vínculo la procreación, la cual desempeña un papel fundamental en su definición jurídica. Sin embargo, si bien se trata de una definición histórica, el hecho de extender nuestra noción del matrimonio a uniones del mismo sexo no significa desconocer, por ello, que procrear siga siendo parte importante de las uniones humanas. Pero no es sostenible afirmar, sin más, que el matrimonio en su definición tradicional es un concepto completo, definitivo y ahistórico y, por tanto, inmodificable por los legisladores, y más aún, por la sociedad. El libro de Jordi Díez evoca justamente el proceso de secularización de la sociedad y por ende, del concepto de matrimonio. La mayoría de los países latinoamericanos basan la legitimidad de un Estado de derecho en un laicismo racional que, poco a poco, ha superado viejos paradigmas. La autodeterminación del individuo y su derecho al libre desarrollo de la personalidad es uno los pilares de dicha legitimidad, la de otorgar garantías de libertad a los ciudadanos. Durante décadas, en la experiencia jurídica mexicana, el matrimonio se limitó a la unión de un hombre y una mujer; sin embargo, ¿por qué existía esta limitante, aun cuando atentaba contra la autodeterminación de las personas y contra el derecho al libre desarrollo de la personalidad de cada individuo y, de manera implícita, generaba una violación al principio de igualdad? Se debía a una carga ideológica que dominaba el concepto jurídico del matrimonio y que, por aspectos de una moral no secular, daba un trato diferenciado a parejas homoparentales respecto de las parejas heterosexuales, al excluir de la posibilidad de contraer matrimonio a personas del mismo sexo. Como bien analiza Jordi Díez en este estudio, los esfuerzos inicialmente fueron locales, concretamente en la Ciudad de México, donde se llevó a cabo un ejercicio de valoración, ponderando la realidad social, para extender el ámbito de la igualdad en el sentido de “incorporar” en su espectro de derechos humanos los relativos al matrimonio y a la adopción conyugal previstos en el Código

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Civil. Los legisladores de la Ciudad de México consideraron que para hacer extensiva la igualdad a todas las personas era necesario reconfigurar jurídicamente el matrimonio y lograron definirlo como “la unión libre de dos personas para realizar la comunidad de vida, en donde ambos se procuran respeto, igualdad y ayuda mutua”. La palabra personas es fundamental para no limitar los derechos según los sexos de quienes los hacen valer. Estas reformas fueron impugnadas ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por medio de la acción de inconstitucionalidad 2/2010, en la que se argumentaba, entre otras cosas, que el matrimonio era una institución de interés público, porque el interés que en él se tutela no es el particular o individual de quienes lo forman, sino un interés superior: la familia. Argumentaba también que el matrimonio debía tener como finalidad la procreación, y por tanto, era “jurídicamente incompatible” que personas del mismo sexo desearan fundar una familia; asimismo, se manifestaba que el matrimonio entre personas del mismo sexo provocaba un impacto psicosocial en los “menores”, y, finalmente, entre otras cuestiones, señalaba que “debían reconocerse los derechos de todos los individuos, pero que, sin embargo, no todas las instituciones jurídicas eran para todos”. Cuestiones, todas, que resultaban de una gran complejidad, sumamente controvertidas y sensibles a la vez. Es pertinente volver a evocar la dicha que me provoca prologar este libro. Saber que investigadores serios como Jordi Díez se están dando a la tarea de analizar, documentar y reflexionar acerca de las políticas del matrimonio igualitario en México, Argentina y Chile es una gran satisfacción. Lo es también porque siento que puse mi grano de arena: formé parte de estos acalorados debates en la Suprema Corte de Justicia de la Nación de México, como integrante de este tribunal constitucional, logrando concluir que la protección de la familia —su organización y desarrollo— debe ser garantizada de manera tal que, precisamente, conlleve su promoción y protección por el Estado, sin que esto signifique la imposición del tipo ideal de familia como sería la nuclear (padre, madre e hijos) porque no se puede determinar, tajantemente, que la familia se constituya exclusivamente a través del matrimonio entre un hombre y una mujer para que “proceda” la protección constitucional. Como ministra, aporté mi postura; a saber, que la protección a la organización y desarrollo de la familia implica un derecho fundamental para poder tener y formar parte de una, independientemente de la forma en que ésta se componga, pues, como un derecho humano, tiene la cualidad de ser expansivo y progresivo, siendo incompatible su regresividad al desconocimiento de determinadas formas y estructuras familiares. Dicho de otro modo, las constituciones y cualquier legislación no deberían proteger exclusivamente a la familia que surge o se constituye mediante el matrimonio, debido a que la protección a la familia debe ser general; así que, lo que debiera entenderse como protegido constitucionalmente es la familia como realidad social, y tal protección debe cubrir todas sus formas y manifestaciones en cuanto realidad existente, trátese de uniones de hecho, familia tradicional, nuclear, monoparental, homoparental, o bien,

Decidir casarse o no, y la libertad de elegir con quién, sin importar el sexo, en mi opinión, es un derecho que tienen todas las personas, independientemente de su orientación sexual. Los lazos afectivos libres constituyen una comunidad vital, de solidaridad recíproca, con una vocación de estabilidad, apoyo y permanencia.

por cualquier otra forma que denote un vínculo semejante. El matrimonio como institución civil no es un concepto inmutable o “petrificado”; por tanto, las legislaciones no deben sujetarlo a un concepto predeterminado: deben considerar que las instituciones civiles evolucionan, mutan como la sociedad misma que los concibe, y que se desarrollan juntos. La sociedad siempre está un paso más adelante que las leyes. A los legisladores les compete ponerse al día en cuanto al desarrollo de la sociedad. La transformación de las relaciones humanas crea nuevas y diversas formas de uniones, relaciones afectivas, sexuales, de apoyo, ayuda y solidaridad mutua. ¿Cómo o por qué surgen? Al legislador no le compete la explicación, sino hacer leyes justas, equitativas y vigentes, es decir, de acuerdo con el presente, que reflejen una realidad. Así, las modificaciones legales a la institución del matrimonio, en una redefinición nacida del concepto tradicional y su desvinculación de una finalidad meramente procreativa, cumplen con la expectativa de los ciudadanos. La institución del matrimonio puede reconfigurarse de forma neutra para que personas del mismo sexo que han decidido hacer vida en común y beneficiarse de prerrogativas legales, puedan contraerlo, sin ser discriminadas o excluidas. Hay que considerar que el derecho, como instrumento social, carecería de sentido si no tuviera la capacidad de recrearse y ajustarse a una necesidad social patente que en muchas ocasiones se ignora; este fenómeno, llamémosle así, nos ha llevado muchas veces a reconocer a unos ciudadanos y a segregar a otros. Quizá habría que aseverar que no sólo es un fenómeno, sino también un patrón inhumano, de exclusión, discriminación y segregación. Hemos visto cómo, a lo largo de los últimos 200 años, la idea misma de los derechos humanos se ha puesto en tela de juicio constantemente, cómo las conquistas civiles se cuestionan y en ocasiones se suprimen principios de igualdad y libertad. En otras palabras, como lo define Ronald Dworkin, los derechos humanos son las cartas del triunfo de las minorías. Considero que cualquier ley que limite el matrimonio a un hombre y una mujer, excluyendo de él a las

parejas del mismo sexo o considere que la finalidad de la institución del matrimonio es la procreación, es inconstitucional, pues implica un acto de verdadera discriminación que no puede ser tolerado en un Estado de derecho. Un Estado de leyes no sólo debe estar abierto a la pluralidad, sino que además debe estar comprometido con el respeto absoluto de los derechos humanos. Jordi Díez nos señala que en América Latina la aprobación del matrimonio gay ha implicado más que meras reformas legislativas, pues los movimientos reformadores son una manifestación de la redefinición de la familia, unidad central de la ciudadanía. Por lo demás, como guía jurídica al lector de este libro, quisiera agregar que tampoco debe olvidarse que el matrimonio es un atributo de la persona, que lo acompaña hasta la disolución de tal vínculo en todos los actos jurídicos que decida realizar, como, por ejemplo, en lo que concierne a la propiedad. Por otra parte, esto también se extiende a la adopción por parejas del mismo sexo —en donde no puede aceptarse que la preferencia u orientación sexual de un ser humano sea un elemento utilizado para establecer, a priori, que una persona o una pareja homosexual no es apta para adoptar un menor. No puede existir un trato especial: una vez satisfechos los requisitos y el procedimiento que al efecto establezca la legislación aplicable, un ciudadano puede adoptar a un menor; negar esta prerrogativa pese a cumplir con los requisitos constituiría un ejemplo de discriminación por orientación sexual. Es inadmisible que se considere que la orientación sexual sea un elemento o factor que, por sí mismo, pudiera afectar el desarrollo de un menor. En caso de limitarse el derecho de las personas de un mismo sexo a contraer matrimonio, debe realizarse un análisis de tal limitación, atendiendo a la igualdad, para determinar si la diferencia que hace la ley está justificada o es discriminatoria; porque impedir a las personas del mismo sexo el acceso a la institución del matrimonio implica discriminación por los beneficios expresivos asociados a dicha institución, así como por los beneficios materiales, económicos y no económicos que las leyes prevén para el matrimonio. Las políticas del matrimonio gay en América Latina es una obra que debe analizarse, y seguramente será un referente para estudiantes, el público en general y, esperemos, para la clase política. Contribuirá ampliamente a que el derecho, siempre a la zaga, se adapte a las condiciones actuales; abonará para reconciliar los conflictos existentes en nuestras sociedades y a explicar y entender los fenómenos sociales y sus respuestas jurídicas. Disculpándome por ser tan personal (a final de cuentas me siento, de alguna forma, protagonista de este libro), quiero agregar que Jordi Díez le hace justicia con su obra a la lucha de miles de personas para que nuestras sociedades, la de estos países latinoamericanos, sean sociedades incluyentes, tolerantes, plurales; que consoliden el Estado constitucional, laico y social en el que se cumple a cabalidad la libertad, la igualdad y la no discriminación de todas las personas. Dijo Aristóteles: “El único Estado estable es aquel en que todos los ciudadanos son iguales ante la ley”.•

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josé luis m art ínez. c ent enario

introducción

salvajes en una jaula y obtener justicia. Sin embargo, las Furias no hacen la transición a la democracia sin cambios. Mantienen su personalidad canina hasta un momento muy avanzado en el drama y amenazan con vomitar su veneno, marchitan la tierra y producen infertilidad. Sin embargo, Atenea —quien ya había establecido sus instituciones legales sin ellas— las persuade después de cambiar con el fin de unirse a su empresa. “Apacigua la amarga cólera de esa negra ola iracunda”, les dice. Claro que esto implica una transformación muy profunda, ciertamente un cambio virtual de identidad, pues están tan atadas a la fuerza obsesiva de la ira. Les ofrece incentivos para unirse a la ciudad: un lugar de honor debajo de la tierra y la reverencia de los ciudadanos. No obstante, la condición de estos honores es que dejen de concentrarse en la retribución y adopten una nueva gama de sentimientos. Particularmente deben adoptar sentimientos benévolos hacia toda la ciudad y abstenerse de sembrar cizaña en ella: en especial la guerra civil, pero tampoco la muerte prematura o cualquier pasión iracunda intoxicante. De hecho, se les pide que lancen sus bendiciones sobre la tierra. La idea es que si hacen el bien, tienen y expresan sentimientos bondadosos, entonces recibirán un buen trato y serán honradas. Quizá lo que resulta más transformativo de esto es que deben oír la voz de la persuasión. Todo lo anterior, huelga decirlo, no es sólo una contención externa: se trata de una reorientación interior profunda, que llega a las raíces mismas de su personalidad. Aceptan su oferta y se expresan “con predicción gentil” (preumenōs). Prohíben la muerte prematura. Cada uno, según declaran, debe dar amor (chármata) a cada uno, con una perro que permite el género. Clitem“actitud de amor común” (koinonestra dice: “En sueños persiguen a phileí dianoíai). Una vez más: estos la fiera y ladran como un perro que sentimientos son absolutamente nunca abandona la solicitud de su ajenos a su antigua identidad canina. trabajo”. Si bien más tarde se otorga No resulta sorprendente que parezun discurso articulado a las Furias, can experimentar transformaciones como exige el género, nunca debemos físicas relacionadas. En apariencia olvidar esta descripción inicial. asumen una postura erguida para la Esquilo describe aquí la ira procesión que concluye el drama y desenfrenada. Es obsesiva, destrucreciben ropajes carmesí de un grupo tora; sólo existe para infligir dolor de escoltas femeninas; los ropajes y desgracia. Su fervor por la sangre carmesí que los extranjeros residenla vuelve subhumana, canina. Los tes visten en el festival citadino de griegos estaban lo suficientemente las Panateneas. Se han convertido en alejados de las razas elegantes y mujeres, ya no son bestias, y son “exdomesticadas de perros y lo suficientranjeros residentes” en la ciudad. Su temente cerca de escenas crudas de nombre mismo cambia: ahora se les asesinatos caninos como para asoconoce como las Benévolas (Euméniciar a los perros, de modo consistendes), no las Furias. te, con una indiferencia abominable La segunda transformación es tan por el dolor de la víctima. Incluso la importante como la primera y sin idea de vomitar la sangre de las vícduda resulta crucial para su éxito. timas es una descripción muy literal Esquilo sugiere que la justicia polídel comportamiento canino. El olor tica no sólo enjaula a la ira sino que del aliento de las Furias es el mismo la transforma de manera fundamende la sangre a medio digerir, el mistal, de algo que apenas es humano, mo olor al que uno daría la espalda obsesivo, sanguinario, a algo humaasqueado después de ser no, que entiende razones, testigo del comportamiento calmado, deliberado y canino desenfrenado. La medido. Además, la justicia idea de Apolo es que esta no se enfoca en un pasado estirpe rabiosa pertenece a que no puede alterarse otro lugar, a alguna socienunca sino en la creación dad que no intente moderar de bienestar y prosperidad la crueldad ni limitar la en el futuro. El sentido de imposición arbitraria de responsabilidad que habita tortura: definitivamente en las instituciones justas La ira y el perdón no a una sociedad que se no es, de hecho, en lo más Resentimiento, considera civilizada. mínimo, un sentimiento de generosidad y justicia Inalteradas, las Furetribución; se trata de un rias no podrían ser parte juicio mesurado en defensa martha nussbaum esencial de un sistema de la vida actual y futura. fce, méxico, 2018 legal que funcione en una Aún son necesarias las Fusociedad comprometida con rias, porque se trata de un el Estado de derecho. No es mundo imperfecto y siemposible encerrar a perros pre habrá crímenes con los

La ira y el perdón Resentimiento, generosidad, justicia

Estudio de la evolución de la ira desenfrenada hacia la justicia, el paso de la venganza dictada por emociones irracionales a la justicia dictada por la razón. Presentamos la introducción por la autora, la muy prestigiada filósofa Martha Nussbaum. martha nussbaum

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acia el final de La Orestíada, Esquilo presenta dos transformaciones que ocurren en el mundo arcaico de los personajes, transformaciones cuyo carácter reconocería el público ateniense del siglo v como algo fundamental para la estructura de su mundo. Una de ellas es famosa; la otra suele pasarse por alto. En la que goza de fama, Atenea introduce instituciones legales que remplazan el ciclo de venganza sangrienta que en apariencia carecía de final, terminando con él. Tras establecer un tribunal con procedimientos establecidos de argumentación razonada y sopesamiento de evidencias, un juez independiente y externo, y un jurado elegido del cuerpo de ciudadanos atenienses, Atenea anuncia que la culpa de sangre se resolverá ahora a través de la ley; ya no serán las Furias —esas antiguas diosas de la venganza— quienes lo hagan. No obstante, y esto forma parte integral de la famosa transformación de la comunidad ateniense que ella lleva a cabo, no se despacha simplemente a las Furias; por el contrario, Atenea las convence de unirse a la ciudad, otorgándoles un lugar de honor debajo de la tierra, en reconocimiento de la importancia que tienen para esas mismas instituciones legales y para la salud futura de la ciudad. En su interpretación típica, este gesto suele entenderse como un reconocimiento de que el sistema legal debe incorporar las oscuras pasiones vengativas y honrarlas. Por consiguiente, el gran helenista Hugh

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Lloyd-Jones concluye: “Lejos de desear la abolición de las prerrogativas de las Erinias, Atenea está deseosa de conservarlas”. Lo anterior sugiere que las pasiones retributivas se conservan sin alteración, tan sólo se construye una nueva casa a su derredor; aceptan las restricciones de la ley pero conservan su naturaleza inalterada, oscura y vengativa. Sin embargo, esa exégesis ignora la segunda transformación, una transformación en la naturaleza y el comportamiento de las Furias mismas. Al inicio del tercer drama de la trilogía, las Furias son repugnantes y horrorosas. Tras otearlas por un segundo, la sacerdotisa de Apolo corre con tanta premura que, ya que se trata de una anciana, se tropieza y “corre” en cuatro patas. No son mujeres, son Gorgonas, exclama. Ni siquiera Gorgonas, pues no tienen alas. Son negras, desagradables; sus ojos escurren un líquido espantoso y roncan un estruendo aterrador. Su vestimenta es completamente inadecuada para reuniones civilizadas. Al poco tiempo, Apolo las retrata como si vomitaran coágulos de sangre que ingirieron de su presa. Sólo existen, según dice, para el mal. Pertenecen a una dictadura bárbara en la que es costumbre matar de modo arbitrario a las personas, mutilarlas y torturarlas. Cuando despiertan, las Furias no desmienten estas descripciones sombrías. Cuando las llama el fantasma de Clitemnestra no hablan, simplemente gimen y se quejan: el texto utiliza mygmós y ōgmós, ruidos característicos de los perros. Sus únicas palabras al despertar, son: “¡Cógele! ¡Cógele! ¡Cógele!” (labé, labé, etc.), lo más cercano al grito de caza de un

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cuales tratar; pero no son deseables ni necesarias en su forma original. De hecho, no son lo que solían ser: se han convertido en instrumentos de la justicia y el bienestar. La ciudad se libera del azote de la ira vengativa que produce conflictos civiles y muertes prematuras. En lugar de la ira, la ciudad obtiene justicia política. Aún hay lugar para el temor, pues los criminales en potencia y quienes fomentan los conflictos civiles están avisados de que los malos actos no se dejarán sin castigo. Por consiguiente, Atenea aún describe los rostros de las Euménides como horripilantes. Sin embargo, la responsabilidad legal no es el caos; de hecho, al tener una dirección precisa, al ser mesurada y proporcional, es lo opuesto al caos. Además, la responsabilidad por los actos pasados se enfoca en el futuro: en la disuasión más que en la venganza. Esquilo no es un teórico filosófico del castigo y deja muchas preguntas para su exploración futura. Por ejemplo, ¿existe algún tipo de retribucionismo que pueda cumplir con sus restricciones? El castigo debe renunciar a la lex talionis, pero ¿existe algún tipo de retribucionismo que sea compatible con el rechazo de esa idea? O, ¿acaso la sociedad debe, como creían Sócrates y Platón —y con ellos una buena parte del pensamiento popular griego—, acoger una teoría completamente distinta del castigo, una que se base en la disuasión y la utilidad general? Estos son indicios del segundo enfoque, pero no son una aserción clara. Otra liberación se deja sin explorar, aunque despierta nuestros pensamientos: se trata de la liberación de la esfera privada. En el mundo antiguo de las Furias, una necesidad continua de vengar a alguien por algo aquejaba a la familia y al amor, tanto familiar como amistoso. La necesidad de represalias carecía de final y nublaba todas las relaciones, incluidas aquellas que son fundamentalmente benignas, como de Orestes con Elektra. La venganza hacía imposible amar a alguien. (El espantoso mundo musical de la ópera Elektra de Richard Strauss quizá sea la materialización más indeleble de este entendimiento presente en Esquilo y Sófocles. No existe una sola nota, una frase, que el peso de la venganza no tuerza y distorsione.) Sin embargo, ahora que la ley asume la tarea de lidiar con el crimen, libera a la familia para que sea un espacio de philia, de buena voluntad recíproca. No es que haya dejado de haber ocasiones en que las personas puedan sentir ira, pero si éstas son serias se entregan a la ley, y si no lo son, ¿por qué deberían ameritar una preocupación recíproca? (Como veremos, esta dicotomía es demasiado simple, pues el intenso amor y la confianza de las relaciones íntimas bien puede proporcionar ocasiones legítimas para emociones dolorosas como la pena y el miedo, sin importar si la ley está involucrada.) Como diría Aristóteles más tarde, la persona con temperamento gentil (el nombre que da a la virtud en el área de la ira) no es vengativa, sino que, por el contrario, tiene una inclinación a la comprensión compasiva. La ley proporciona un doble beneficio: nos mantiene seguros afuera y nos permite cuidar el uno por el otro, sin el peso de la ira retributiva, dentro.•

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adelanto

Al final, las palabras La amistad entrañable en este relato urbano de la Ciudad de México con el trasfondo de una distante Revolución mexicana. Publicamos un adelanto del nuevo libro de este prolífico autor. antonio malpica

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adie sabía con certeza de dónde había salido el Pegote. Cuando yo lo conocí ya vivía y despachaba jicareando en el Dos de Oros. Era un año mayor que yo y los otros dos que siempre andábamos juntos, pero en estatura no sobresalía. En ese aspecto, era el Flaco el más alto, Pita, pero como si no lo fuera porque también era el más lento. El Pegote, en cambio, era como de mi estatura, y tal vez hasta de mi complexión. Tenía las manos callosas y fumaba hasta puro cuando podía. Se sabía el poema “El Ánima de Sayula” completito, entre otras cosas. Solía dormir entre los barriles de pulque del Dos de Oros, que estaba en la cuarta de Bolívar, y era él quien hablaba con los borrachos a la hora de cerrar, era él quien los convencía de que ya le fueran ahuecando. Imposible imaginar al Pegote fuera de ese ambiente, que era su casa. Si nosotros conocíamos una pulquería, ésa era la del Dos de Oros, y era gracias a él que nos dejaba entrar nomás para ver según cómo jicareaba con maestría. Me acuerdo que la primera vez que entramos el Flaco se quedó como alelado al ver las pinturas de mujeres desnudas en las paredes; tuvimos que sacarlo a empujones. También me acuerdo, Pita, que el Pegote nos presumía de todo cuando nos invitaba; una vez nos contó que, en el año trece, le echaba dos pasas —dos moscas muertas— al Mata Ratas, el jefe de policía de Victoriano Huerta, cuando iba a tomar ahí, desde la puerta, sin bajarse de su carro negro. Esa tarde, a mitad de la plaza de Regina, nos enteramos de que el padre Raña había hablado con don Julián para llevarse al Pegote con él porque le preocupaba que el ambiente de la pulquería lo estuviera trastornando.

borrachos que se ponían imperti—¿Y qué vas a hacer, Pegote? l hora h d —pregunté. nentes a la de pagar. —¿Cómo qué? Me voy a regre—Hala, cabrón. Tú ya no vives sar al Dos de Oros. Ahorita mismo. aquí. Ayer tuve que dormir con los curas Y diciendo esto lo arrojó sin porque el padre me llevó a la fuerza, violencia lejos de la puerta, limpero de loco regreso. piándose las palmas de las manos Así era el Pegote. Decía las cosas contra el mandil en un claro afán y las llevaba a la práctica. Creo que de desprecio. Luego se apostó en la nunca lo vi alardear de algo que no puerta con las manos en las caderas, estuviera dispuesto a hacer justo obstruyendo el paso. después de que se le ocurriera. Era un buen hombre don Julián, El brillante sol oblicuo sobre la con unos brazos velludos y enormes, plazuela de Regina era una invicada uno del tamaño de un tronco. tación. Se nos henchía el pecho Solía darnos caramelos cuando cuando el Pegote arrojaba el cigarro, íbamos a buscar al Pegote para ir a lo pisaba y se ponía en marcha. Un jugar canicas o para ir al cine. Él fue desplante como ése era idéntico al quien le había puesto así, “Pegote”, de arremangarse la camisa o de esporque según le había caído de quién cupirse en las manos; te preparaba sabe dónde y no se lo pudo despegar para trompearte con otro o para ir nunca. No era de extrañarse que en busca de tu destino. Caminamos tuviera que arrojarlo de su vida así. hacia el Dos de Oros codo con codo, Jamás sabríamos lo mucho o lo poco como cuando íbamos de paseo al que le costaría echar de ese modo al cine o de excursión a Balbuena, porPegote de su lado. que sabíamos que lo que fuera que —Sí vivo aquí. El Dos de Oros es estuviera a punto de ocurrir, sería mi única casa. Usted lo sabe, don. digno de ser mencionado en nues—Que no. Aquí te vas a echar a tras casas a la hora del chocolate, a perder, ya te lo dije ayer. Y por eso pesar de los reclamos de nuestras te vas con el cura o te llevo a rasmadres: “Ya no quiero que te juntes tras, lo mismo que ayer. con ese muchacho, el Pegote”. —No voy. Prefiero dormir en la Llegamos al Dos de Oros, a su calle que volver con el cura. ventanita y al picante aroma de —Pues entonces hazle como quiela mezcla de los curados. Desde ras, pero aquí no vuelves. adentro, los incoherentes Antes de meterse, cánticos, el rasgueo de la escupió sobre la tierra. guitarra, la algarabía que El Pegote todavía hizo era como una masa amorfa, dos intentos más por llamaban al Pegote a suescabullirse, mismos que mergirse en su penumbra. presenciamos con un poco En cambio el Flaco, el Gijo y de vergüenza, porque yo nos sentamos a observar en ambos el Pegote salió en la banqueta de enfrendisparado de la pulquería, te, con una sonrisota de cada vez con más fuerza, Al final, expectación, a sabiendas de siempre perdiendo la boilas palabras que lo que fuera que siguiena, casi alcanzando el sitio antonio malpica se, merecía toda nuestra en el que nos encontrábaatención. mos sentados. Hasta que fce, méxico, 2018 No tardó en asomar salió don Julián con una de vuelta. Don Julián lo vara fue que el Pegote le llevaba pescado del cuello mostró el dedo medio y se de la camisa y lo empujaba echó a correr a lo largo de como si fuera uno de tantos la calle, y nosotros tras él.

andrea garcía flores

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al f i nal , l as pal ab r as

—Algún día me lo has de agradecer, cabrón —gritó el calvo y fortachón dueño del Dos de Oros. Pero no era cosa de risa. Nunca habíamos visto llorar al Pegote. Y cuando le dimos alcance, recargado contra la pared de una casa, se estaba limpiando la cara con el dorso de la mano. El pecho se le convulsionaba. Claro, nadie sería tan tonto como para mencionarlo. Terminamos sentándonos a su lado sobre la piedra desnuda de la calle, forzando la mirada y procurando no romper el frágil silencio. El Flaco, seguramente sintiéndose responsable del funesto ambiente, compró unas naranjas con chile y las repartió entre los cuatro. Por un momento podría decirse que sólo se escuchaban nuestras asíncronas chupadas a la fruta. Ni el ir y venir de la gente o el claquetear de las pezuñas de los caballos o las ruedas de las carretelas sobre el pavimento se metían con nuestro pesar. Sabíamos que tenía que ser el Pegote quien hablara primero, y si esto no ocurría en lo que quedaba de tarde, ya tendríamos que esperar varios días a que se decidiera, si era necesario. Afortunadamente, al Pegote no le duraban tanto los malos ratos. —Gijo, di “arañas” —fue con lo que rompió el silencio. Le decíamos así porque su familia era de Gijón, una ciudad del norte de España, Pita. Cuando el Gijo llegó a la ciudad, a sus cinco años, hablaba más asturiano que español. Con el tiempo fue olvidando uno y reafirmando el otro. Pero, por inexplicable que te parezca, no podía decir “arañas”. —Vete a la chingada —protestó el Gijo. —Que digas “arañas”. —No, pinche Pegote. —Gijo, di “arañas”. —Que no, no me sobes los cojones. —Anda, Gijo. Sé bueno. El Flaco y yo nos unimos a la súplica hasta que al Gijo no le quedó otra que darnos gusto. —Carajo. Arañes. —¡Arañas! —corrigió el Pegote. —Arañes. —Arañas, Gijo de la mañana. Arañas. —Arañes. Era imposible para el Pegote seguir malhumorado después de algo como eso. Se levantó y volvió a recargarse contra el edificio, las manos en los bolsillos. Dio un gran suspiro de resignación. Nosotros también nos pusimos de pie, nuestras sombras largas copiando el movimiento. Encendió el Pegote un cigarro y nos ofreció. Sólo el Flaco aceptó uno, nomás para estarlo tosiendo todo el rato. El frío comenzaba a apretar. Ya se encendían las farolas, chaparras y redondas. Entonces me atreví a preguntar: —¿Qué vas a hacer? —No sé. Me voy a largar p’al norte. Eso era lo único sobre lo que el Pegote fanfarroneaba, Pita. Siempre decía que se iba a unir a Francisco Villa en el norte. Y siempre lo decía de ese modo, tan cargado de una inapropiada melancolía infantil. Por eso nadie le creía. Ni siquiera el Flaco. Además, todos suponíamos que Pancho Villa ya estaba bien muerto porque, desde que los gringos lo habían correteado por todo Chihuahua, no se sabía nada de él. —O quién sabe. No sé —añadió, de todos modos. Así en corrillo dirigimos nuestras miradas hacia el centro del círculo, los ojos sobre los zapatos de los

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otros, buscando alguna respuesta solidaria que no iba a surgir —eso era seguro— de nuestro calzado. Los ojos sobre los zapatos y el frío apretando más. Sólo los zapatos del Flaco tenían menos de dos meses; los del Gijo y los míos ya estaban todo lo traqueteados que se pueden llevar a esa edad. El Pegote, en cambio, siempre traía unos singulares e inacabables botines que don Julián le conseguía de segunda mano en el Colegio Militar. Don Julián, que era como su padre; pero ya no más. Ahora, a saber qué calzado o qué ropas le compraría el padre Raña. Pensé en preguntarle si entraría al Seminario Conciliar o algo así, porque ya me lo estaba imaginando de sotana cuando, como si me leyera la mente, te lo juro Pita, levantó los ojos, los apartó del suelo y de nuestros zapatos; luego, me miró, esculcándome el alma. —Oye, Cepillo… ¿y si me quedo en tu casa? Sentí que una ventisca helada me recorría la espalda, una ventisca que seguramente nadie más sintió. Todos voltearon a mirarme. Si no me había atrevido a aceptar un cigarro por miedo a llegar a mi casa con el aliento apestoso a tabaco y que mi madre me diera una paliza por eso, ¿cómo atreverme entonces a llegar a la casa cargando con todo y Pegote? Me tardé tanto en responder que creí que lo mejor sería fingir que no había escuchado la pregunta. Pero el Pegote hizo una mueca de decepción, aspiró su cigarro y se encogió de hombros. —No. Ya lo pensé bien. Voy a dormir en la calle, como dije. Ni hace tanto frío. Ninguno se atrevió a desmentirlo, incapaces de tomar una decisión que sólo nos atraería problemas en nuestras casas. Sólo el Gijo propuso aventarle una cobija desde el balcón de su casa. Y ahí murió el asunto. Al menos por esa tarde que ya había cuajado en ve tú a saber qué cosa, Pita, porque nos despedimos apesadumbrados y cada quien jaló para su rumbo. Ni cómo decirte que aunque el Flaco y yo íbamos en la misma dirección, también nos despedimos en esa esquina de Bolívar y seguimos caminando, lo menos juntos que podíamos y, naturalmente, en silencio. Lo cierto es que ninguno comentó nada en su casa a la hora de la merienda, a la mitad del chocolate. De eso estoy seguro. El Pegote siguió al Gijo a su casa, en la tercera de Mesones. Y ahí, en la puerta del edificio, se despidieron. Aguantándose el frío y terminando con sus cigarros —probablemente los últimos de su vida porque, fuera de la pulquería y encerrado con el padre Raña, ni cómo imaginarse que podría hacerse de más Superiores, que eran sus favoritos—, el Pegote se sentó en la musgosa banqueta a esperar la cobija que había de caerle del cielo en cualquier momento, cosa que nunca ocurrió porque al Gijo lo descubrieron despojando a su cama de un cobertor de lana gruesa y éste no se supo inventar nada que no sonara a disparate. Y como dormía en la misma habitación que su abuela, no tuvo modo ni de avisarle al Pegote que el plan se había frustrado. Así, cuando dieron las diez de la noche, Pita, el Pegote se decepcionó tanto que ya tenía decidido irse para el norte con su general Villa. O si no, para la calle de Cuauhtemotzin, a pernoctar con alguna mala mujer, que ese proyecto también lo tenía bien metido entre ceja y ceja, me acuerdo perfectamente. Pero ve tú

a saber si por nostalgia o por alguna extraña desolación, el caso es que el Pegote empezó a caminar lentamente y sin rumbo fijo, todo para terminar, inexplicablemente, otra vez en las calles de Bolívar. Así estuvo, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro apretujado a la fuerza debajo de sus botines, con la precaria luz del Dos de Oros —que no tardaría en llevarse consigo el último borracho de la noche— dándole en el rostro. Así estuvo, como uno de esos perros de rancho, Pita, que no puedes correr porque, a cada pedrada, siempre regresan meneando el rabo, tratando de figurarse en la mente qué haría cuando ese último cliente saliera dando tumbos y del interior se borrara la luz del foco, tratando de figurarse si se metería a la fuerza o subrepticiamente o qué. Ni siquiera le dio tiempo de decidirlo. En el Dos de Oros todavía había luces y un sinuoso cantar incomprensible cuando sintió sobre su hombro el fuerte apretón de una mano rechoncha. —Demonio de Pegote. Ya sabía que aquí andarías. No se mostró arredrado ni nada el Pegote. —Don Julián me mandó llamar, padre —mintió el Pegote, que para inventarse cosas era invencible—. Dice que ésta es mi casa. El anciano de azul mirada y redondas gafas se paseó una mano por la barbilla. Llevaba el sombrero y la sotana de ese modo misterioso que hace parecer a los curas, en las noches frías, seres fantasmales sin cuerpo y sin rostro. —¿Eso dijo? —Por ésta, padre —dijo el Pegote besándose los dedos apretados, que para blasfemar y jurar en vano también se pintaba solo. El padre Raña sintió el deseo, tan común en él, de levantar al Pegote de una patilla, como hacía con todos los muchachos del barrio, arrastrarlo unos cuantos metros y propinarle alguna ocurrente penitencia. Pero esta vez sus canas y una voz interior se lo impidieron. —¿Y qué más dijo, si se puede saber? —Que está muy arrepentido de haberme corrido. Hasta me dio éstos, de lo mal que se sentía. Sacó de sus bolsillos unos cuantos centavos, revueltos con unos oritos bien doblados y varias canicas y huesitos. Para su fortuna, los cigarros ya se le habían terminado, que si no, los habría mostrado con la misma desfachatez con que había sacado a la luz sus otros tesoros y el padre no se habría resistido de hacerle la pinza sobre la patilla. El cura se fijó en las manos sucias y callosas del Pegote y luego en sus ojos castaños y el cabello revuelto bajo la boina, volando con el viento que corría desde el norte. Debe haber pensado el padre que, para cambiar al bribón, no bastaba con sólo presentarse al Dos de Oros y arrastrarlo del greñero hasta la casa parroquial de Regina. Eso pensó, o simplemente fue que le dio sueño. La verdad es que quién sabe. —Bueno. Pues siendo así, ya me voy. Luego siguió una pausa malévola, Pita. Porque el padre dijo que se iba, pero no se iba. Y el Pegote ya empezaba a silbar y a desviar la mirada. Ya jugaba con las canicas en sus bolsillos. Ya silbaba. Ya jugaba y ya silbaba. —¿Y… por qué no entras? —insistió el padre. —Salí a tirar unas cubetas. Pero ya voy para adentro.

No se le daba al Pegote alardear de nada. Y tal vez fuera el único de los muchachos del barrio que podía sostenerle la mirada translúcida, de reflejo de agua, al padre Raña. Lo dijo y se aprestó a demostrarlo. Como si nunca lo hubieran corrido de ese lugar, caminó en dirección a la puerta de la pulquería y entró. El padre extrajo su reloj con leontina y contó treinta segundos exactos. Luego, hizo conciencia y pensó que probablemente muchachos como el Pegote estén hechos para esa vida de vino, mujeres y albur. Suspiró como sólo puede hacerlo un derrotado cura sexagenario a las once de la noche, arrepentido de haberse creído cosas, y dio la espalda a la luz del Dos de Oros para encaminarse de vuelta a Regina. Si hubiera esperado cinco minutos en vez de treinta segundos, hubiera podido ver, o al menos imaginarse, cómo don Julián perseguía por todo el sitio al Pegote hasta terminar por acorralarlo entre las cajas de la fruta. Hubiera podido el padre preguntarse qué ruido extraño sería ése que provocaba tantas risas —que no sería otro que el de las fresas arrojadas por el Pegote hacia el dueño del tugurio— y terminar por ver, por cuarta o quinta ocasión en el día, cómo el Pegote era despedido del Dos de Oros hacia el suelo empedrado de Bolívar. Pero el padre Raña ya no estaba ahí cuando esto ocurrió, pues el Pegote se encargó de durar en el interior de la pulquería el tiempo suficiente como para no encontrárselo nuevamente cuando fuera devuelto a la calle. —Y si cuando cierre todavía te encuentro ahí, yo mismo te llevo con el padre a rastras, cabrón de mocoso. O al hospicio, si prefieres, para que termines llorando por un real en los velorios. Dijo don Julián, ahora sí verdaderamente molesto. Cualquiera que recibe fruta en proyectil puede ser fácil presa de la ira. El Pegote tuvo que admitir, al ver así al dueño del Dos de Oros, que éste no bromeaba. Pocas veces lo había visto igualmente furioso y en todas ellas el causante del encono había salido mal librado. Todavía recordaba el Pegote a aquel cochero ebrio que, por hacerse el chistoso, orinó en uno de los barriles y casi muere ahogado en curado de mango a manos de don Julián. Por eso se convenció de que nada ganaría con hacer nuevos intentos por escurrirse al interior y comenzó a caminar, ahora sí, verdaderamente sin rumbo fijo. Ninguno de nosotros sabía, Pita, de dónde había salido el Pegote. Pero sí sabíamos que, si no pertenecía a una pulquería, mucho menos cabía en una casa de curas. Esa noche me acosté pensando que probablemente hubiera sido la última tarde que viéramos al Pegote porque, en una de ésas, sí se iba en pos de su general Villa, muerto o no el revolucionario. No. No me lo imaginaba viviendo con el padre Raña, pero tampoco me lo imaginaba viviendo en la calle, durmiendo en el hueco de algún árbol o sobre el pasto del jardín de Tumbaburros o en alguna banca de la plaza, como el Marqués o la Bruja. Me daba una extraña pena pensar que el Pegote acabara como los dos locos del barrio, hablando con las paredes y alimentando perros pulguientos, asustando a las viejitas y sufriendo la burla de los niños. No el Pegote.•

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El siglo de Baudelaire El epitafio “Dios ha muerto” no suprime la búsqueda de lo trascendente. ¿Cuál es el lugar del combate que imp importa proseguir? ¿Cuáles l condiciones en que la las pa palabra puede “cambiar la v vida”? Emplazamientos centrales de este libro, del que publicamos el presente ensayo. yves bonnefoy

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l siglo xi xix vio i producirse uno de los grandes hechos de la historia del espíritu y nos legó la tarea, poco asumida después —en todo caso, de ningún modo en el plano donde sería preciso que lo fuera—, de medirlo, de apreciar sus peligros, de percibir sus aportes posibles. Este hecho es la banalización del descreimiento y el efecto que tuvo sobre el trabajo de los poetas. Lefranc de Pompignan o Voltaire, en el siglo anterior, poca religión tenían, pero tampoco tenían mucha poesía. En sus poemas, poco advertidos del día a día de su existencia, el ocaso de la preocupación por Dios iba a la par del empleo cada vez más resueltamente retórico de la palabra ritmada con la que intentaban preservar la apariencia; y en los márgenes de esta literatura tan satisfecha de sí, la sensibilidad propiamente poética, la que sabe percibir la trascendencia en las situaciones y las cosas de la realidad empírica, la que sin embargo no se sentía en condiciones ya de apoyarse en artículos de fe, tenía entonces que errar —atónita, asustada, poco capaz aún, sin embargo, de una verdadera recuperación— en las sorprendentes situaciones de esas novelas de la época que se llamaban góticas. Tras lo cual, en la proximidad del romanticismo y todo el tiempo que éste duró, una sensibilidad finalmente agotada por la excesiva verbalidad del clasicismo tardío se consideró de nuevo verdadera poesía, pero lo fue para dejarse inflamar por un fervor religioso que retardó, en la mayor parte de aquellos que se pretendían poetas, la toma de conciencia de los cambios que se producían más profundamente en el espíritu. Hugo, al final de su vida, escribía La Fin de Satan [El fin de Satán] y Dieu [Dios], poemas aún impregnados por el sentimiento de lo sobrenatural. Y el romanticismo ale-

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mán experimentaba por el lugar simplemente terrestre —bosques, montañas— un atractivo cuyo fondo le parecía ser una divinidad que identificaba en medio de la creencia tradicional. Algo totalmente distinto se produjo a partir de 1840 en los escritores y en los artistas cuyas intuiciones y el sentimiento de responsabilidad espiritual continuaban, no obstante, sin encontrar sentido a los problemas de la fe: pero entonces era para constatar, conscientemente esta vez y con cierta inquietud además, su síncopa. El más intenso y profundo entre los grandes espíritus de esta nueva época, Baudelaire, se plantea la pregunta por la existencia de Dios pero debe resignarse a comprender, al menos en momentos que están en el centro de su atención, que no cree. Ocurrirá lo mismo, de manera más resuelta pero no por eso más radical, con Mallarmé, con Rimbaud. Estos poetas saben mantener sus ojos sobre las cosas próximas, objetos de la vida cotidiana o aspectos del ser sensible, en la profundidad de los cuales la percepción de una trascendencia es un hecho de simple evidencia; sin embargo, la creencia en algo más que esta realidad que se da en lo inmediato se apaga en ellos, y se encuentran allí, en tan solo algunos poemas, los acontecimientos que permiten pensar que afectarán muy profundamente a la sociedad entera. ¿Por qué? Primero porque este desmoronamiento del “principal pilar”, como dirá Mallarmé, sugería comprender sólo como mito, “gloriosa mentira”, lo que era artículo de fe, y esto es correr el riesgo, peligrosamente, de perder de vista esa clase de verdad que se descubre en la meditación de los símbolos. A pesar de que en lo sucesivo se presienta y por lo tanto se quiera y sepa reunir el nivel más difícil de su capacidad significante, estos no estarán más ahí para permitir a ciertos conceptos unirse a aspectos de la vida más íntimos que otros en su deseo seguramente indecible; no

se sabrá ya retener del instrumento simbólico más que su empleo por una imaginación banalmente deseante, de manera que muchas analogías, hace poco hogares de símbolos, se prestarán, por ejemplo, a las fantasías más fácilmente sexuales, como en la literatura “gótica”. Un primer nivel atorado del inconsciente aflora en la conciencia: es el comienzo de una revisión, quizás un poco demasiado precipitada, de los juicios de valor. Simultáneamente, o más bien de un modo consecuente, las ciencias de la materia van a imaginarse el campo libre, con sus efectos secundarios proliferando sin control en una sociedad invitada a producir y consumir objetos ellos mismos sólo materia, sin enraizamiento en la interioridad de la vida como era todavía el caso de la mesa hecha con una madera en cuyos nudos y fibras el bosque aún respiraba. Las ideologías podrán oponer su gusto por la generalidad desierta, su abstracción, al universal concreto al que se accede si la reflexión no olvida la reserva de sentido del instante vivido. Cuando el siglo se acaba, con sus trenes que silban en los túneles, e incluso, poco después, con esos primeros aviones que despegan, ya es la guerra moderna, y el totalitarismo se establece en el pensamiento político. Los trastornos que afectan la relación con la trascendencia tendrán aspectos que se pueden estimar profundamente benéficos pero también numerosas consecuencias que evidentemente no lo son. De manera que, al menos en algunas mentes, puede tomar forma una pregunta muy precisa, la que confiere a la poesía una función y una importancia totalmente nuevas. ¿Hay que pensar en la trascendencia sólo en términos sobrenaturales? ¿No es evidente que hay una trascendencia tangible, y activa, en el infinito interior de una brizna de hierba o en la sugestión que produce en la existencia cotidiana una simple escudilla sobre una mesa o los niños jugando, riendo en un camino donde la

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noche cae poco a poco? La transformación de la relación de lo humano con la trascendencia ¿debería fatalmente producirse de la manera que pronto se constata, un trato sin profundización recíproca entre la creencia tradicional, requerida por figuras, dogmas, preceptos, y este descreimiento que, sensibilizado tanto como pensado, es a pesar de todo susceptible de dejarse invadir por los misterios del mundo y de la vida? Esta pregunta fue planteada, evidentemente se plantea todavía hoy, y cada vez más. En su espacio, que permaneció abierto a tantas posibilidades, presto atención a las contradicciones en las que se debatía Baudelaire y me apresuro a pensar que este debate que tuvo lugar en él, entre sí mismo y sí mismo —entre, diría, el yo [moi] construido por el pensamiento conceptual y el Yo [Je]* que se acuerda de la unidad que éste oculta y hasta censura—, fue un crisol donde brilló un oro que es inmensamente importante percibir. Esta atención a una obra de poesía me incita a pensar que el siglo xix, desde el punto de vista que menciono y que considero fundamental, no sólo fue el siglo de Michelet o, en el ocaso, de Marx y de Nietzsche, casi el de Freud, sino también, al menos en Francia, del autor de las Flores del mal. ¿Por qué Baudelaire? Y bien, porque si “Dios ha muerto”, como se dice para significar la retirada de lo divino de las significaciones y figuras de los medios con los cuales estructuramos la realidad empírica, no es sin embargo necesario, vuelvo a ello, que se pierda en esta última o sólo se diluya allí el sentimiento de trascendencia. La poesía es la que permite, la única que lo permite, responder con eficacia a esta necesidad de preservación. En un ser en el mundo instituido por lenguas como las nuestras, occidentales, desde el principio altamente conceptualizadas, las definiciones de cosas, las categorías de pensamiento, sus encadenamientos lógicos o no son otras tantas ocasiones para olvidar lo que cada una de ellas en su generalidad no puede sino perder de vista, la existencia particular en su instante y en su lugar, en su finitud (en su infinito, además). Pero el menor pedazo de pan, la menor nube en el cielo siguen siendo eucarísticos, hecho que los pintores a veces saben significar. Y que la poesía, más radical que el arte, al ser cuestión de palabras, puede, ella, no sólo expresar sino también volver a descubrir, cuando el hablar conceptual que la rodea y que ella recusa amenaza borrarle hasta la memoria. Comprendemos primero que en la experiencia religiosa, cuando se asienta sobre la base de una creencia, el sentimiento de la trascendencia que esta suerte de fe ofrece experimentar es además y en seguida la captación de esta profundidad mediante los mitos; y que en éstos las representaciones, las afirmaciones, las figuras mantienen entre sí relaciones parcialmente explícitas, conceptualizadas, lo que debilita y desnaturaliza la experiencia de la presencia, privando de su plenitud posible muchos momentos sin embargo esenciales en la vida de la persona creyente. El amor, por ejemplo, el simple amor natural, a través de los siglos chocó, en su impulso hacia los otros, con raras prohibiciones de la moral que las religiones establecían a causa de su fatal ideología. Era difícil comprender entonces que aquellos o aquellas que uno amaba eran más y muy distintos de los modos de ser y de vivir que se tenía consignado esperar de sus actos, de sus deseos. Descubrimiento que hicieron, no obstante, y refirieron fragmentariamente, los novelistas, desde Cervantes y desde Ariosto, al resguardo todavía de las ortodoxias de sus tiempos. Escuchando el auténtico infinito ahí donde se obstina, en la ficción, comprendían la importancia de separar la aprensión de las personas y también de las cosas de todo a priori determinado por un pensamiento analítico, incluso si eéste recurría al prestigio de religiones que dicen hablar de la trascendencia. Es importante separar la realidad, la simple realidad, del velo con que este pensamiento la recubre. Ahora bien, este descubrimiento de la verdadera naturaleza, toda inmanente, de lo trascendente; este enlace de su infinito con la existencia ordinaria es lo que la poesía puede, esta vez directamente, realizar o, por lo menos, intentar, ya que en el poema el ritmo que anuda las palabras, la música de los versos, el paso que toman las asonancias sobre las estructuras lógicas transgreden en los vocablos las exigencias —y por lo tanto el plano— de sus contenidos conceptuales, reabriendo así, a través por cierto de muchas trampas, el camino de encuentros al fin verídicos. De allí resulta

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que la intuición que faltaba tener cuando cayó la fiebre romántica, última gran época de la creencia, fue que la necesidad que se tenía de preservar el ser de la realidad inmediata era también la ocasión de tomar conciencia de lo que es la poesía en su voluntad y su poder esencial, hasta en esos años ofuscados por el pensamiento dominante. Villon o Racine, o Leopardi o Keats, eran poetas, grandes poetas, pero no podían percibir con claridad el verdadero lugar de su combate; se comprometían, por lo tanto, con causas más de superficie, de donde, por otro lado, se constatan las disparidades en sus pensamientos sobre la poesía. Solo cuando lo religioso tambaleó, se volvió posible discernir lo poético en su diferencia, la poesía en su ser propio. El genio de Baudelaire fue el haber tenido, el primero, esta intuición plena de la poesía pero también haber sabido explorar en ella lo posible, experimentándola no como el relámpago que puede atravesar la ensoñación de un artista sino, desde el comienzo, como un trabajo para internarse lejos en la noche del ser físico, allí donde las intrincaciones de la moral en plaza, conceptual, consagran la existencia alienada a las aporías, a los conflictos sin salida, a las esperanzas que se obstinan y después fallan. Esta intuición —una luz, al principio resplandor— es la pequeña llama que agitará las sombras en esos lugares subterráneos que había, remarquémoslo, presentido el imaginario de las novelas negras. Un deseo de iluminación, de presencia, pero el consentimiento, bajo un cielo hoy “cenagoso y negro”, para una búsqueda que por largo tiempo carecerá de referencias. El trabajo de la poesía, transgresión del plano de representación, es difícil, puesto que toca el corazón mismo de lo conceptual, es decir, toca varios niveles de la lengua, de la cultura, de los saberes y, por lo tanto, lo más secreto de la existencia vivida donde debe tener lugar, asumiendo las limitaciones de la persona, enfrentando sus fatalidades, reviviendo sus dramas, transfigurando sus deseos. La grandeza del autor de las Flores del mal es, precisamente, haber comprendido que era necesario que fuese así y, con valentía, no haberse excusado de una tarea que solo podía condenarlo, entre otras miserias, a la incomprensión de sus contemporáneos. Baudelaire reconoció en las situaciones de su existencia más íntima —estructuras edípicas, enigmas del ser maternal, fatalidades del temperamento, un medio social hostil a todo desvío— los datos mismos de su trabajo de poeta, el material del que hablará su alquimia. Hizo de su difícil, tempestuosa, muy ambivalente relación con su compañera, Jeanne Duval, el crisol de esta alquimia ya no de la materia sino de la vida; alcanzó además, al menos en instantes de los cuales “El balcón” es ejemplo, una reunificación de la finitud y del ser que es justo lo que la poesía promete y que otorga: prueba de ello es este poema. Pero este no es lugar, esta reflexión sobre su siglo, para detenerse por más tiempo en Baudelaire, es decir, en el hombre que fue o en su obra compleja e incluso contradictoria. Lo que quiero retener ahora de él es la revolución que comenzó su pensamiento, e igualmente, si no es primero, su práctica de una escritura impregnada de vida cotidiana. Un ensanchamiento, una excitación del empleo de las palabras hechas para “cambiar la vida”, como dijo el más intenso y el más determinado de los discípulos de este poeta. Desde el alba de Occidente, las palabras han sido los auxiliares del pensamiento con vocación analítica, ya sea como estructura del conocimiento, ya sea para dirigir la acción y, por lo demás, también para limitarla. Cargada cada una con un concepto, cuando no de varios, han puesto sus capacidades de relación al servicio de significancias con las cuales este pensamiento construyó lo que nosotros denominamos nuestro mundo. Y por este hecho son, ya lo he recordado —es toda la idea de la poesía—, lo que nos priva del saber de la finitud y de la armonía que ese saber permitiría en la relación con uno mismo y con los otros. ¿Pero cómo no percibir en las palabras más simples del existir cotidiano un resto de la presencia inmediata de lo que es, el original, esa que se experimentaba en la infancia ante los árboles, en las piedras o en los intercambios con los allegados? Es esta aptitud de los grandes vocablos para la evocación de una realidad plena la que nos toma, bruscamente, que nos enmudece, a veces incluso nos trastorna, cuando escuchamos ciertos versos. Las palabras tienen por lo tanto un poder, pero están bajo control. Lo que llamamos retórica no tuvo otra función, desde los comienzos del pensa-

miento conceptual en Grecia, sino de mantenerlas sometidas a la tarea de coordinar, analizar, significar; siendo la elocuencia sólo la manera más hábil tanto como más insidiosa de privar al impulso poético de su conciencia de sí. ¡Y cuán eficaz habrá sido el incesante trabajo de los retóricos! Todavía en la época del romanticismo, cuando muchos poetas saben sin embargo percibir el soplo de la unidad de las vidas, Victor Hugo imagina que basta emplear mayor número de palabras para que la relación con el mundo sea revigorizada. Quiere diferenciar la representación porque olvida, al menos momentáneamente, que es la presencia lo que cuenta. Ponerle “un bonete rojo al viejo diccionario”, aumentar incluso los aspectos por los cuales los conceptos abordan las cosas, no es por cierto lo que quiso Baudelaire; él vio perfectamente que es por la memoria del referente y no por el juego de sus significados que las palabras pueden renovar las existencias, y que esto es así porque ella restituye ese poder —ya que la forma, en poesía, es creadora— al liberarlas de la obligación de sólo tener que significar. La palabra, la gran palabra libre y resonante de “El balcón”, de “El cisne”, es pues, en suma, el corazón de la poesía, su gran aporte posible a esta nueva habla que han querido Baudelaire, Rimbaud, y por cierto Leopardi o Wordsworth, y también Nerval, poco después Yeats en su otra lengua: el lugar del combate que importa proseguir. Si el siglo xix tiene un porvenir en este plan del “cambiar la vida” que me parece esencial, es porque se habrá sabido reconocer la palabra volviendo a ser poesía como lo esencial de su legado, y que es de entrada este combate, de entrada este supremo deber del ser hablante presa de las contradicciones, incluso de las aporías, del lenguaje. ¡Y qué difícil es además batirse así! Ir al árbol en la palabra “árbol” es fácil al principio, cuando el verso decasílabo o el alejandrino toma ese nombre u otro en su majestad augural, pero también es abandonar el refugio, el diccionario, entrar ahí donde los seres vivientes van a morir, por lo tanto habrá que afrontar la ordalía de la finitud; ahora bien, desde siempre, el espíritu —o digamos mejor el intelecto— se ha excusado de la tarea, y es una pereza espiritual que no está cerca de terminar. El siglo xix de la poesía no tuvo muchos herederos en el xx. Incluso es sorprendente constatar que, levantando cada vez más a Mallarmé contra Baudelaire, reanudando el antiguo designio de la retórica, la literatura, esta antigua negación de la poesía — reserva hecha del surrealismo y de Proust—, comprendió claramente que la palabra era su peligro; de allí esta inmensa maniobra en las redes de la cual la hora presente corre el riesgo de hundirse. ¿Esta maniobra? Decidir que la palabra, que como tal aparece en el trabajo de la forma sobre el habla, debe ser puesta en relación no ya con lo que nombra en el exterior del lenguaje, sino con todas las otras palabras que están dentro de la lengua. Puesto que la bella forma que se le ha dado a la frase la ha desviado de su significancia, la que se empleaba en una acción o en una búsqueda y consagraba por lo tanto sus palabras a un cierto sentido, ¿por qué no unirnos en estas al acrecentamiento sobre ese sentido de sus significados y significancias posibles, podríamos de este modo evadirnos de la triste realidad, nos resguardaríamos entre las sombras de significancias tan innumerables como liberadas de tener que verificarse en la vida? El siglo xx heredó el interés que despierta la palabra, pero para ver solamente en ese nombre propio de las cosas una plataforma de intercambios de conceptos. Gran encerramiento de nuevo en la abstracción, ¡y cuántos peligros, en este espacio de nada más que ficción! No sabremos ya defendernos de las ideologías; la gran habla, esa que hace de la vida un lugar de alianza en principio entre los seres, será víctima, una vez más todavía. Debemos prestar atención a lo que se jugó en las Flores del mal entre “Spleen” e “Ideal” y los “Cuadros parisienses”; entre “Correspondencias” y “El cisne. Ahí va la poesía. Solo su aporte podría ser decisivo en la recuperación que nos es preciso intentar.•

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El águila y el dragón. Desmesura europea y mundialización en el siglo xvi

Política de competencia Teoría y práctica massimo motta

Miedo kevin brooks

Después de seis años de la publicación de su último libro en el fce, Kevin Brooks regresa al catálogo de Obras para Niños y Jóvenes con un thriller psicológico autobiográfico. La historia nos presenta a Elliot, un chico que, desde su nacimiento, experimenta un miedo incontrolable a casi todas las cosas. Los primeros recuerdos de Elliot se remontan al vientre de su madre, que compartía con su hermana gemela Ellamay, quien murió a los pocos minutos de nacer, y ahora sólo está viva en la mente de Elliot. Además de Ellamay, su mundo se reduce a tres personas: su madre, su tía Shirley y el Doc, quien lo ha ayudado a sobrellevar su padecimiento y le recetó lo único que mantiene sus terrores a raya: unas pastillas amarillas que toma a diario. Pareciera que la mala suerte persigue a Elliot, pues justo en Nochebuena se da cuenta de que no tendrá pastillas suficientes para pasar Navidad y pide a su madre que vaya de emergencia a la farmacia para surtirse de más, a pesar de la terrible tormenta de nieve que hay afuera y del terror que siente por quedarse solo. Aparentemente las cosas van bien, pero pasa un buen rato y su madre no regresa ni le llama por teléfono; él sospecha que algo sucedió, entonces la voz de Ellamay lo incita a que salga en su búsqueda, ¿tendrá el valor para enfrentar sus miedos y salir al exterior? a través del espejo 1ª ed., 2018

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serge gruzinski

El renombrado historiador Serge Gruzinski narra el mayor evento de mundialización gestado a principios de 1520, contraponiendo la reacción de China y México a la llegada de la invasión ibérica. El Nuevo Mundo y el Imperio Celeste se sincretizan de múltiples maneras con las costumbres y sociedades europeas, aportando nuevas formas de concebir el cosmos. El águila y el dragón, mediante el análisis de formas de gobierno, infraestructura, geografía y sociedad, ahonda en este choque cultural, económico y político, en el que los conquistadores de la península ibérica —Hernán Cortés de parte de España y Tomé Pires de Portugal— intentan saciar su necesidad de expandirse al mundo, suceso que interconecta a ambas civilizaciones. Gruzinski analiza cómo el águila azteca se arrodilló y el dragón chino resistió ante los europeos. historia 1ª ed., 2018

La política de competencia —entendida como el conjunto de políticas y leyes que garantizan que la competencia en el mercado no esté limitada de tal manera que reduzca el bienestar económico— es abordada por Massimo Motta desde una perspectiva fundamentalmente económica y con un contenido normativo de tipo universal aplicable a cualquier jurisdicción. En esta obra se aborda de forma analítica y rigurosa el tema de la teoría y práctica de la política de competencia para entender qué es lo que puede enseñar la economía moderna avanzada sobre un campo de estudio en el que tanto economistas como abogados suelen trabajar juntos. El autor analiza las implicaciones de los cárteles, las alianzas estratégicas, los contratos verticales, las prácticas depredatorias de precios, las prácticas de exclusión y discriminación en precios, en la política de competencia. administración pública 1ª ed., 2018

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noveda des ma rzo 201 8 novedade

La vida secreta de una hoja

Francisco Xavier Clavigero El aliento del Espíritu

La poesía llama

Los siete tremendos cabritos

homero aridjis

sebastian meschenmoser

Durante siglos la memoria de la ciencia occidental ha pasado por alto las aportaciones y los alcances de la obra de Francisco Xavier Clavigero, y su capacidad para conciliar la vocación religiosa con las ideas filosóficas y científicas de la Ilustración es un tema que no ha sido estudiado a fondo. En este libro, Arturo Reynoso, con una lúcida precisión, nos acerca a estos aspectos para confirmarnos que la labor de este jesuita tiene un lugar excepcional en el fundamento e integración de la identidad mexicana, así como en la enseñanza filosófico-científica de nuestro país.

La poesía llama atiende a la constante búsqueda del espacio desde el que la poesía nace y se manifiesta. Dividida en cuatro secciones —La poesía llama, Poemas del presente lejano, Las cuatrocientas voces del azul y Preámbulo a la noche—, en esta obra los versos que se encienden e iluminan la voz tienen como eje el tiempo y las distintas realidades del presente: uno violento, uno lejano y uno que se transforma para sumarse al mar de historias que evocan una memoria colectiva y una memoria íntima en que el insomnio hace surgir todas estas páginas en una suerte de cosmogonía.

tezontle 1ª ed., 2018

poesía 1ª ed., 2018

Los clásicos son reinterpretados en múltiples ocasiones y de distintas maneras; este libro es justamente una reinterpretación del clásico de los hermanos Grimm Las siete cabras, que el autor ha logrado convertir en un álbum ilustrado memorable. Libro tras libro, Sebastian Meschenmoser se consolida como un autor-ilustrador que posee una creatividad sobresaliente y un lenguaje preciso para acercarse a los pequeños lectores. En esta historia, el lobo se disfraza de mamá cabra para engañarlos y comérselos, sin embargo, no cuenta con que la casa estará hecha un desastre en el que le será difícil encontrarlos. En cada página, el lector tendrá que buscar, junto con el lobo, a los siete tremendos cabritos, que están escondidos hasta en los lugares más extraños. Así, el lobo también limpiará el desastre de los cabritos hasta dejar la casa reluciente. Gracias al juego y a la interacción que el autor hace con las ilustraciones y el texto, los lectores pasarán horas revisitando las páginas de este libro, que además es ideal para leer en compañía de los padres, quienes también disfrutarán de esta ingeniosa lectura que los llevará a descubrir si los cabritos lograrán escapar de las negras intenciones del lobo.

steven vogel arturo reynoso

Steven Vogel busca con esta obra adentrar al lector al fascinante mundo de la ciencia a través de una presentación detallada de los aspectos físicos, biológicos y químicos de las hojas de los árboles y plantas en los niveles micro y macroscópico. De esta manera muestra cómo el estudio de este organismo puede ayudar a comprender los fenómenos naturales que suceden en todo su ecosistema y la manera en que afectan a quienes viven en él. El texto está escrito en un lenguaje ameno y fluido, lo que posibilita la fácil comprensión de términos muy especializados. Provee instrucciones para realizar experimentos en casa, con el fin de que el lector pueda comprobar las teorías que se exponen en el libro. Incluye un anexo de símbolos, abreviaciones y conversiones para mayor comprensión, así como un índice analítico para consultar conceptos. ciencia y tecnología 1ª ed., 2018

los especiales de a la orilla del viento 1ª ed., 2018

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El mar que se fue

La bajamar como metáfora de la oquedad del corazón por la pérdida del ser querido.

Roberto Abad

os despierta un ruido lejano y repetitivo que va adquiriendo claridad conforme abrimos los ojos. Es como si arrastraran un mueble muy pesado. El sonido dura unos minutos, luego disminuye lentamente. La luz entra por la ventana; hace calor. Siento que dormí más de lo habitual. Desde que nos mudamos de la ciudad a la costa, el tiempo sucede de una forma irreconocible, entre letargos que parecen no acabar nunca. ¿Por qué ladra Mirlo?, pregunta Ruth al incorporarse, poniéndose los anteojos. Tal vez persigue a otro perro, digo. Nos vestimos y bajamos a la sala. Tras las escaleras, las fotografías de la familia que colgamos en la pared están en el piso, con los marcos cuarteados y los cristales rotos. Y la vajilla, por Dios, echa añicos junto al comedor. Estoy mareada, dice Ruth, siento que las cosas giran. Se pone la mano en la frente. Traeré sus medicinas en un momento. Abro la puerta principal. Observamos a Mirlo a unos cinco metros, ladrando y saltando hacia delante y atrás. Usualmente se comporta tranquilo, como una buena mascota. Pero ahora pelea contra un enemigo invisible. A nuestra distancia no hay manera de saber el motivo de esa actitud. Salimos a su encuentro. Al vernos, mueve la cola, se refugia detrás de nosotros y emite un quejido. Pobre perro, dice Ruth y lo acaricia con parsimonia y creo que lástima. Levantamos la mirada. Sabemos que algo falta, algo que había estado ahí y ahora ya no. El mar. Se ha ido. La arena se extiende hasta el horizonte, donde una línea azul muy delgada parece retroceder o hacerse diminuta. ¡El mar!, dice Ruth, ¡a dónde se fue! Descuida, mujer, sólo se ha alejado un poco. No son buenas las emociones fuertes a nuestra edad y menos con el problema de la presión que compartimos. Por eso le pido a Ruth que se tranquilice. ¿Quieres regresar a la sala? Te doy la medicina y luego

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vuelvo con los vecinos a ver qué pasó. Ella me mira sin contestar, como si apenas reconociera mi rostro. A veces se le olvidan las cosas y dice frases sin sentido; ahora, supongo, es uno de esos momentos. Cada vez le suceden con mayor frecuencia. Beso su mejilla que desprende un aroma a crema perfumada. Enseguida observo el contorno de la costa, cuya longitud traspasa un kilómetro al Este. Una bandada recorre el cielo en formación y siento una brisa fantasmal que viene de aquella frontera. Tomo de la mano a Ruth. Nos mudamos a la costa porque el doctor dijo que nos haría muy bien después de lo sucedido con Mark. También comentó que las olas eran terapéuticas y que nos caerían mejor que la barahúnda insoportable de la ciudad. Ruth y yo lo discutimos unos meses, sobre todo, en función de lo que hubiera deseado nuestro querido hijo. Él habría deseado que dejáramos de sufrir, pero eso es imposible: para las ausencias no hay analgésicos. Ruth dijo que, si de cualquier manera iba a padecer el recuerdo y el olvido de Mark, sería mejor hacerlo con una vista hermosa. Así llegamos a este sitio. Ruth y yo caminamos junto a Mirlo hacia la casa contigua. La terraza luce un ventanal grande. Toco la puerta pero nadie atiende; no hay rastros de vida. Lo mismo ocurre en la siguiente y en los búngalos del otro lado. Miro al horizonte de nuevo. La distancia del mar adquiere un peso más hondo. Qué terrible palabra, hondo. La playa está deshabitada, digo, debe tratarse de un fenómeno natural; quizá nosotros también teníamos que huir. ¿Pero adónde fue a parar tanta agua?, pregunta Ruth con las manos temblorosas, como si no me hubiera escuchado. Entonces repongo: es imposible que, de un día para otro, el mar desaparezca. Quizá sólo se ha ido más lejos. Sostengo su brazo y vamos al límite de la arena, donde empieza el hueco que han dejado las olas y desde el cual puede percibirse la profundidad de la costa. Mirlo comienza a ladrar, pero esta vez lo

irritado Ahora entiendo hace más irritado. por qué actúa así: le asusta ese vacío que ha ocupado el lugar del agua. Y lo entiendo. En verdad. La humedad aún se respira en el aire. ¿Acaso el hecho ocurrió hace unos minutos, o incluso antes del amanecer, mientras estábamos en la cama? ¿Qué haremos ahora?, pregunta Ruth, el mar ha desaparecido y nosotros aquí parados, como si nada. Vamos a casa, le digo, llamemos a alguien. Mirlo se detiene en la entrada y ladra sin cansancio. Tomo el directorio del librero, marco el número telefónico de emergencias. Cuando vivíamos en la ciudad, los muchachos de la ambulancia nos conocían bien. Acudieron un par de veces en nuestro auxilio: la primera, para sacar el anillo de matrimonio del dedo hinchado de Ruth, que empezaba a ponerse morado; la segunda, para pedirles que llevaran a Mark al hospital. También les hablamos otras ocasiones para que nos ayudaran a solucionar problemas menores. Se habían aprendido nuestros nombres y solían saludarnos al reconocer la voz al otro lado de la bocina. Espero que los enfermeros de aquí sean igual de amables que aquéllos. Estoy llamando, no te preocupes, mujer, le pido a Ruth y ella asiente. Al pegar mi oído al teléfono, me percato de que no hay línea. Aun así intento comunicarme varias veces, hasta que me doy por vencido. No tenemos forma de llamar a los muchachos, digo a Ruth, ¿qué hacemos? Tal vez sea mejor irnos de una vez por todas, contesta, pero se queda pensativa. Si el problema es grave, contemplemos la posibilidad de tomar un taxi y marcharnos, ¿estás de acuerdo?, ¿te parece bien, Ruth? ¿Ruth? Sin decirme nada vuelve a salir, y yo la sigo. Al estar en el borde de la playa, mirando aquella línea delgadísima y distante en la que se ha reducido todo el mar, distinguimos un movimiento cerca de las palmeras. Una manada de perros —entre ellos Mirlo— corre de un lado a otro y arrastra con el hocico a un pez de buen tamaño; por lo que vemos debe de estar muerto y, si no, lo estará

andrea garcía flores

pronto Lo llevan hacia la carretera, t pronto. detrás de las casas. Poco a poco se van alejando hasta que desaparecen. Sin embargo, aún escuchamos sus ladridos, que exigen una porción de comida. Mirlo se fue. ¿También él?, pregunta Ruth, desolada. Me alzo de hombros. Al cabo de un rato en silencio, ella mueve la cabeza, negando. Le pido que se tranquilice. No me quiero ir, repite, no me quiero ir, no me quiero ir, no me gusta salir de mi casa. Yo le digo: está bien, mujer, está bien. Y la beso. Ha pasado otra vez. Su cerebro en blanco. Cuando se pone así, lo mejor es sentarla. Saco dos sillas desplegables, las coloco cerca de la arena, debajo de una sombrilla, y nos sentamos a esperar a que Mirlo regrese. Veo a Ruth de reojo y pienso: ella no se movería aun si se acabara el mundo, éste es el sitio que escogió para olvidarse de todo; contradecirla a estas alturas podría ser peor. Se escucha un ruido en el horizonte, un murmullo, el mismo que nos despertó quizás. En este momento tampoco sabría calcular desde dónde proviene, pero al menos ahora sé que lo genera ese espacio que ha quedado en la vera, esa oquedad repentina y tibia. Las olas podrían estar lejos o cerca, podrían estar alejándose a toda velocidad o viniendo de regreso con el doble de fuerza. Sentados, admiramos lo que queda de la playa y las tonalidades del cielo radiante. Al parecer, digo, es una simple distancia, no sé cómo explicarlo, pero eso es, una distancia que con el tiempo se arreglará, estoy seguro. Ruth asiente al distinguir que el rumor —ahora vibrante— se intensifica, y agrega con voz trémula: todo sea por Mark. Y yo, que hablo del agua y no de nuestro hijo, guardo silencio, pero ella, recargando su cabeza sobre mi hombro, antes de quedarse quieta, repite la misma frase por un rato largo.•

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PENSAR LA DEMOCRACIA

Pensar nuestra democracia es un ejercicio necesario para construir como ciudadanos el país que queremos. El FCE tiene una vasta oferta de libros, entre novedades y títulos del catálogo histórico, que de manera interdisciplinaria son herramientas para el diálogo. De la lista que ofrecemos, elige un título, reséñalo en 280 caracteres desde Twitter —incluidos foto del libro y HT #PensarLaDemocracia—, gana otros libros de este tema y más premios. Condiciones: • Ser seguidor del @FCEMexico en Twitter, radicar en la República Mexicana y ser mayor de 18 años. • Tuitear una o varias microrreseñas (una distinta por libro, máximo 3) de cualquiera de los títulos que se muestran en la selección, a partir de la fecha en que se publica esta convocatoria, con la etiqueta #PensarLaDemocracia (incluir foto del libro). El cierre de participación es el lunes 7 de mayo a las 23:59 horas. Premios: • Charla entre los 10 ganadores y el ministro José Ramón Cossío. • Paquete de libros de la selección sobre democracia. • Invitación a presentar un libro reseñado en la Ciudad de México. • Publicación digital desde www.fondodeculturaeconomica.com y en La Gaceta del FCE. • Aparición del texto y datos del autor en carteles exhibidos en las #LibreríasFCE de la República Mexicana. Los ganadores serán seleccionados por un jurado interdisciplinario determinado por el FCE. BUSCAMOS A 10 GANADORES, TÚ PUEDES SER UNO DE ELLOS ¡PARTICIPA!

Consulta títulos participantes en www.fondodeculturaeconomica.com

La Gaceta del FCE. Marzo 2018  

Suplemento cultural mensual del Fondo de Cultura Económica. México 2018

La Gaceta del FCE. Marzo 2018  

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