Primeras páginas de «Super flumina» de Ángel Fierro

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super flumina


Textos: Ángel Fierro (2016 / 2018) Portada: Ilustración del Salterio Eadwine, del Trinity College, del s. XII, fol.243 vuelta, para el Salmo 137, ´Super flumina Babylonis´, anónimo y de dominio público Contraportada: ´Coral´, acuarela sobre una pintura rupestre, Casimiro Martinferre Guardas: Morabetino del rey de León, Fernando II (1157-1188. Anverso y reverso) Tratamiento fotográfico: Ernesto Fierro Letras capitulares: Daniel Gil Segura © de esta edición: EOLAS ediciones, 2018 w w w.eola sed i c iones.es Dirección editorial Héctor Escobar Diseño y maquetación Alberto R. Torices ISBN: 978-84-17315-21-4 / Depósito Legal: LE 261-2018 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com · 91 702 19 70 / 93 272 04 47 Impreso en España


Ángel Fierro

Super flumina

Las cabeceras de los ríos. Memorial de pérdidas

eediciones olas



Itinerario

Presentación .

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Río Cea .

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Río Esla .

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Río Porma

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Río Curueño .

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Río Torío .

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Río Bernesga .

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Luna y Sil .

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Coda airada

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Los nombres de las cosas. Coral Algo flota sobre el agua Memoria sumergida

La escalera de siete peldaños Poner el pueblo a andar Rondó de Las Tres Marías Los colores del oro .

Textos y bibliografía mencionada


Compases iniciales de una partitura de Adolfo Gutiérrez Viejo, en su proyecto musical ´Super flumina´, para el Órgano Echevarría de Santa Marina la Real de León


Presentación

Algunos libros de la Biblia son, ante todo, espléndidos poemas; una incandescente antología de poetas hebreos del milenio primero antes de Cristo. Algunos probablemente identificados, como los reyes David y Salomón. Otros, cantos corales de autor desconocido o atribuidos a profetas. Esta poesía del oriente cercano se caracteriza por la brevedad y la elipsis y también por el hecho de no ser individual, sino comunitaria, enfocada hacia el culto y la liturgia. Pero ante todo por carecer de metro silábico y de rima, lo que la convierte en traducible a otros idiomas, sin pérdida de su espíritu y encanto. Le otorgan los expertos una clara tendencia al paralelismo, donde el segundo verso remarca la idea del primero, sin atenerse a las trabas de la limitación métrica, lo que da al poeta una espontánea libertad. ´Alzaron los ríos, oh Jehová, alzaron los ríos su sonido; levantaron los ríos sus ondas´ Salmo 93.3

Dice M. S. Terry que sus ideas y sentimientos se extienden como un hilo de medir sobre la superficie de toda la tierra. En ocasiones producen en el lector o en el oyente la impresión de una extensa ruina, sin que ello se haga explícito, como es el caso del ´Libro de los Salmos´.

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El Libro de los Salmos, del que tomo por préstamo el título de estos textos, en su versión latina, figura en el Antiguo Testamento entre El libro de Job y Los Proverbios y se compone de cinco secciones, con ciento cincuenta cantos de muy diversos tipos. Los comentaristas de la Escritura andan confusos respecto a su propia numeración, variable según las distintas antologías y versiones. Es una consecuencia de su origen, traído desde la noche de los tiempos. Hemos de suponer, así, que el salmo ´Super flumina Babylonis´, pueda tratarse del número 136, o, según otros, del 137. Cualquier ordenación no menoscaba el hecho de que se trata de un ejemplar de salmo imprecatorio, que relata la elegía del desarraigo y refleja el dolor de la diáspora, la privación de la libertad. Este canto de los judíos cautivos en Babilonia, en el año 587 antes de Cristo, evoca la caída de Jerusalén, las desventuras del exilio y, en definitiva, la nostalgia de un tiempo perdido. Su texto latino y traducción habitual serían: ´Super flumina Babylonis illic sedimus et flevimus dum recordaremur tui, Sion. In salícibus, in medio eius, suspendimus organa nostra… Quomodo cantabimus canticum Domini in terra aliena?

Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de ti, Jerusalén. En medio de los sauces colgamos nuestras cítaras… ¿Cómo cantar al señor en tierra extraña?

Debería expresar, quizás, mi perplejidad con la traducción al español del primer verso, ya que la palabra latina ´super´ significa exactamente ´sobre´, pero no ´junto a´. Para expresar este locativo existe en latín el vocablo ´iuxta´, de modo que, en mi liviano conocimiento del lenguaje de Virgilio, la traducción exacta de ´Super flumina´ habría de ser ´Sobre los ríos´. Pero no me extenderé demasiado en este matiz, pues lo que me interesa remarcar es la transposición o equivalencia de aquel sentimiento de los hebreos de hace más de dos milenios con la actual situación de nuestras comunidades rurales. Esa nostalgia que refleja el salmista, en las orillas de los ríos de Babilonia, (que habrían de ser, si no me engaño, el Éufrates y el Tigris, en el oriente fértil), resulta idéntica a la de los menguados pobladores de las cabeceras de los ríos cantábricos leoneses, donde la despoblación y el desarraigo

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son actual carta de naturaleza. Pues, parafraseando al salmista, ¿cómo podríamos ahora rememorar las canciones de nuestros padres, aventadas de los solares de donde eran propias? Esta idea central del desarraigo es el núcleo sobre el que pivotan estos relatos. Sus ejes principales son la despoblación, con la pérdida del acervo comunitario que actualmente se conoce por cultura inmaterial: romances y leyendas, cuentos y bailes, canciones y palabras, los trabajos ancestrales y las costumbres en que se sustentaban. La indiscutible primacía en el terreno espiritual de esta acotación de lo inmaterial abarca un amplio tipo de manifestaciones humanas no tangibles: desde ideas y modelos de vida a toda transmisión de la oralidad. Su anclaje y pervivencia en un territorio le confieren identidad; de alguna forma lo individualizan. Es en este patrimonio de lo autóctono, mal explorado y casi agonizante, donde Adolfo G. Viejo, músico, organista y compositor, decidió hace algún tiempo incidir con el bagaje de su creatividad, recuperando los antiguos sonidos casi olvidados para encauzarlos en las cinco líneas del pentagrama. Una música nueva sobre tonadas viejas, según su síntesis. En realidad, una labor artística que aúna el rescate de lo que está en trance de evaporarse con la voluntad de transmitirlo al futuro mediante un lenguaje musical nuevo o incluso revolucionario. Da, con ello, seguimiento a antiguos creadores, como Orlando di Lasso, Palestrina o Victoria, que compusieron melodías sobre el salmo ´Miserere´ y también el ´Super flumina´. Quizás convenga re escuchar la versión de Tomás L. de Victoria, debida al sello Archiv Produktion, bajo la dirección de Michael Noone. Más recientemente, musicalizaron estos poemas Igor Stravinsky, con su ´Sinfonía de los Salmos´, compuesta en 1930 y Leonard Bernstein, quien presentó su ´Chichester Psalms´ en 1965. Pero volviendo a las ancestrales tonadas de las cabeceras de los ríos leoneses, apenas queda de ellas un rastro evanescente que paulatinamente se desvanece. Solo una parte ínfima está salvada. Adolfo retomó, por tanto, el hilo de estas melodías seculares para hilvanar sus tientos de órgano y reconstruir en el teclado el aroma del tiempo perdido. Compuso, así, varias secciones de ´Super flumina´, sobre tonadas de los ríos de la Montaña Cantábrica leonesa. Inició su propósito a partir de un trabajo dedicado al ´Proyecto Órgano Ibérico Siglo XXI´, con el título de ´Cuadernos para el órgano Echevarría de Santa Marina la Real de León´, que se publicó en 2001. La sola mención de este entrañable instrumento del barroco, restaurado en 1982 por el organero holandés Gerard de Graaf,

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me alcanzaría para una larga disquisición, pero debo pasar de puntillas por este análisis, más propio de especialistas. Solo diré que, tras la restauración de sus 891 tubos originales, el organero repuso los 211 tubos que faltaban y añadió otros 45 para completar el “Violón” de la mano izquierda del Órgano Mayor y el “Tapadillo” de la mano izquierda de “La Caldereta”. El órgano recuperó con ello su primitiva afinación o temperamento. En este proyecto musical Adolfo no estaba solo: lo escoltaban muy prestigiosos organistas españoles y de toda Europa (como Ángel Oliver, con su composición sobre ´Baila los titos, morena´ o el romance de ´Don Bueso´ y Robert M. Helmschrott, con una adaptación para órgano de las tonadas ´Caminito, caminando´ o ´Válgame, Dios´). Por su parte, se ocupó de algunas piezas rescatadas por Miguel Manzano de los labios de su madre, Adela Viejo +, para su ´Cancionero Leonés´, que él agrupó bajo el título ´Versos del Alto Porma´. Incluye allí la maravillosa tonada de ronda ´Si la nieve resbala´, donde un desolado cantor se interroga por un futuro incierto: Si la nieve resbala ¿qué hará la rosa, que se está deshojando la más hermosa?

¡Ay, amor! Si la nieve resbala ¿qué haré yo?

Pregunta premonitoria, de la mayor actualidad. A partir de tonadas como ´La zorra bailadora´, que en Lugán se identifica con el pago de ´Volpijeras´, o la pieza canónica ´Lágrimas del corazón´ ascendió Adolfo a las estribaciones de la cordillera, en busca de las fuentes dormidas de la transmisión oral, en un proyecto de gran aliento, para enlazar un viaje iniciático por las cabeceras de ocho ríos leoneses. Son, de oriente a poniente, Cea, Esla, Porma, Curueño, Torío, Bernesga, Luna y Sil. Otros de nuestros dulces ríos tendrán, espero, sus relatores. Los siete primeros bajan de las cumbres cantábricas al encuentro del Duero; solo el Sil gira su vista hacia la puesta del sol, después de robar sus aguas a la cabecera del Luna, (dicen los geólogos) para inclinar su sueño hacia Galicia, donde dará al Miño su caudal. Una innumerable vertebración de corrientes tribu-

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tarias hormiguea todo el Bierzo, mediante orillas festoneadas de verde, que tejen y destejen la cuenca del Sil. Estos ríos de riberas fastuosas y nombres muy llevados a la lengua galaica, endulzan la hoya del Bierzo con sus aportes de vino y oro. Por su parte, el Sella y el Cares desdeñan desde su nacimiento en Los Picos de Europa la planicie de la Meseta para encajonarse en torrenteras vertiginosas, camino del Cantábrico. No ha tenido tiempo nuestro organista para ocuparse de ellos. En los ocho citados que recorrió encontró, sin excepción, autenticidad y belleza, pero también olvido y desolación. Inasequible al desaliento que es visible en la ronda ´Si la nieve resbala´, compuso una partitura de futuro, mediante pasos ondulantes por el teclado, que pide se interprete lo más veloz posible, como si deseara disimular por utópica esta concesión a la esperanza. Tituló esta composición ´Laetare alla Cimbala´ que es una imprecación a la alegría, desde un tema bailable encomendado a una sección del órgano: la que imita al sonido de un instrumento de percusión, con platillos de cobre, plata o bronce. Esta apuesta de fe en el futuro es, de algún modo, la mayor enseñanza de este trabajo, puesto que sobrepone la esperanza a la tozuda situación de un pertinaz olvido. Pero volvamos a nuestro tema. Del mismo modo que el organista de Lugán rescata las tonadas de las cabeceras de los ríos, con la misma nostalgia de los hebreos en el destierro, así deseo afrontar estos relatos. Estas pisadas del tiempo actual por un solar que se desmorona tienen el ánimo de inventariar y poner acento a un universo en clave de extinción; salvar para el recuerdo este naufragio de las comunidades de la cordillera, donde lo azaroso del regreso pesa como losa sobre las almas de sus protagonistas. A diferencia del proyecto de Adolfo, atento sobre todo al desarrollo melódico de los cantos autóctonos, yo desearía realizar un recuento minucioso, aunque selectivo, de las labores olvidadas, las herramientas, nombres y topónimos, patrimonio inmaterial e imaginario colectivo, con los sonidos que los arropaban. Por lo demás, la reiterada dificultad de establecer el punto exacto del nacimiento de un río es, en sí misma, una metáfora de la condición humana, que subraya lo poco que sabemos del pasado y el azaroso rumbo del futuro. En un delicioso capítulo de su libro ´El Danubio´, (1988) el germanista Claudio Magris compara

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las eternas polémicas sobre las auténticas fuentes de este río y las del Nilo. Ambas corrientes, una europea y otra africana, dice Magris, corren hacia el mar, hacia la gran persuasión y serían por excelencia la figura interrogativa de la identidad, la eterna pregunta de Heráclito de si podemos o no bañarnos dos veces en las mismas aguas. Sobre el nacimiento del Nilo habían opinado en la antigüedad una retahíla de autoridades, como Heródoto, Estrabón, Plinio, Ptolomeo, Séneca o Eratóstenes, para quienes las fuentes (o fuente) estarían en la selva Ercinia, donde habitan los hiperbóreos. Ya mucho más tarde fueron famosas las elucubraciones escritas por el temerario capitán John Speke, que, según otros miembros de la Royal Geographical Society, son un desdoro para toda la geografía. No van a la zaga las divergencias respecto a las fuentes del Danubio, tras aventurar Magris que quizás tiene su origen en un tubo de plomo, junto a la casa del Dr. Öhrlein, levantada en el siglo XVIII, antes de descender a lo largo de una pendiente musgosa encharcando el terreno. En una distancia de cuarenta kilómetros pueden verse dos carteles, con idéntico texto en alemán: ´Hier entspringt die Donau´ (aquí nace el Danubio). Y los carteles se hallan, respectivamente, en los lugares de Furtwangen y Donaueschingen, de azarosa pronunciación en nuestra lengua, cuyas disputas por la paternidad del río son proverbiales, aunque los partidarios del Breg aportan en su favor que de todas las fuentes competidoras la suya es la más lejana del Mar Negro. Ante tan enconada confusión, parece concluir Magris que el incipit del Danubio no puede darse por resuelto y habría que buscarlo en la confluencia de varias corrientes, en realidad importantes ríos, que forman Y griega y atienden a los nombres de Breg y Brigach. Esta excursión ultra peninsular nos lleva al hecho de que también nuestros dulces y pequeños arroyos de la Cordillera Cantábrica tienen, como veremos, apasionadas disputas sobre sus fuentes. Si andamos de este a oeste, vemos al Cea fortalecer su nombre a partir de la confluencia con el Tuejar. El Esla estaría formado por el Suso y el Yuso. El Curueño por el Repinos y el Reguero de la Carva. El Torío por el aporte del Canseco, que entra por la izquierda a la altura de Los Pontedos. El nacimiento del Bernesga es compartido por el Camplongo, que baja desde las atalayas de Propinde, en un bravío circo de dosmiles. El feraz río Órbigo no tiene bautismo hasta que se unen Luna y Omaña. Todas estas complicadas genealogías nos enseñan el valor de la relatividad y la falacia de las convicciones inamovibles. La suma de microscópicas partículas de agua, su respiración casi cósmica de nie-

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bla, vapor, escarcha, lluvia, nieve, granizo o hielo… se confabula en las cordilleras para iniciar su viaje hacia la gran persuasión que dice Magris, o hacia el morir, como escribió Manrique. La primigenia ignorancia del punto exacto donde el agua remana y se hace fuente es la primera incógnita de esta ecuación vital. A lo largo de su curso los ríos deberán despejar otras igualdades matemáticas implícitas, las funciones y grados que les plantea la geología e incluso la historia, hasta llegar al logaritmo del lado izquierdo, que es donde los vecinos de sus riberas tienen el corazón. ´Muero de sed junto a la fuente´ decía el lema de los concursos de Blois, cuando los trovadores provenzales nombraron a su dama Leonor de Aquitania reina de un día de abril. Este viaje a la semilla, de modo físico o espiritual es, pues, una constante aspiración, aunque conviene atender a la advertencia de Fernando Pessoa, cuando dice que ´El lugar al que se vuelve es siempre otro… ya no está la misma gente ni la misma luz´. Este empeño por el regreso supera las posibilidades de un individuo; quizás requeriría toda una vida. Viajando desde oriente a occidente, por el paisaje abrumador de la cordillera, oigo, con Celan, que ´siete rosas más tarde murmura la fuente´. Celan era también un poeta hebreo, con más de dos milenios de experiencias desde el destierro de Babilonia, aunque el latir de su desarraigo, que finalizó con su suicidio en el río Sena, resulta similar. La sola enumeración de pérdidas de esos territorios devastados de las cabeceras de los ríos haría enrojecer de ira a cualquier espíritu sensible. El peso de la piedra es un fiel testamento de los estragos del tiempo en sus dominios, pues su memoria aletea en ella con rastro indeleble, mediante un rosario de paredes derruidas, arcos volados, bóvedas decrépitas, caserones sin techo, ermitas apoderadas del jaramago, cementerios superpoblados, inservibles molinos, rediles vacíos, caleros apagados, murias de cierre desmoronadas, puentes desvencijados, solares de ortiga… es un paisaje demoledor, como extraído de un bombardeo, que certifica mejor que ningún tratado la implacable ruina de estas comunidades rurales abandonadas por la ignorancia y la insensibilidad de quienes deberían ser sus valedores. Los nuevos modelos que sustituyeron a los ancestrales supusieron avances tecnológicos y materiales, pero no aportaron ninguna mejora espiritual, ningún contravalor ético. A los decimonónicos caciques los han sustituido políticos corrup-

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tos o incompetentes, que —como dice Benedetti— son al principio claramente condenados y más tarde absueltos con todo sigilo. Ahora el mundo rural pretende imitar con torpeza el estilo de vida de las ciudades o se arremolina en el hormigueo del extrarradio. Le han cercenado sus fundamentos y el respeto por su patrimonio. Han desaparecido sus ordenanzas, concejo abierto, aperos y ganados. Cerraron sus escuelas, molinos, hornos, caleros, fraguas, minas y telares. Estercolaron sus palabras con el cemento anglófilo de la uniformización. A cambio sus menguados habitantes están dotados con la tarjeta sanitaria, que les permite el consuelo del “sintrón”, dádiva principesca que colorea las migajas del progreso. Sobreviven con precarios subsidios o pensiones de viudedad y esperan vanamente llenar su casa de la antigua alegría… pero quienes resisten allí se han visto reducidos a un censo residual. Una abrumadora diáspora arrumbó todos sus códigos, sin que se hayan implantado otros equivalentes: solo el invasivo ronroneo de la televisión, la vacuidad de los discursos, la diáspora de sus hijos, la lenta espera del envejecimiento. Cada vez son más invisibles estos supervivientes del altofrío; más olvidados; a cada nieve más desvalidos. Ahora veamos el tremendo final del salmo ´Super flumina´, donde el poeta se deja arrebatar por una incontenible ira: ´¡Feliz el que tome a sus hijos y los estrelle contra las rocas!´ Salmo 136 / 137.9

Yo pienso, como Adolfo, que no es momento para frustraciones, sino para la regeneración y no aceptamos que el mundo rural pida limosna. En este tiempo de zozobra y crisis de valores resulta necesario afrontar todos los desafíos con un espíritu ecuánime y positivo. Al fin y al cabo, quienes no han hecho nada para evitar este naufragio, quienes están de vuelta de todo, quizás no han ido nunca a ninguna parte. Vamos a dedicarnos, pues, a sumar, a superar el llanto del salmista, que recorre los siglos por el hilo del agua. A rescatar, al menos, la memoria de nuestros dulces ríos, cuyos solares colonizados por la ortiga en los vértices de la cordillera aún conservan la huella de su pureza original. No encasillen este propósito con el apelativo de localismo o el manido concepto de menosprecio de corte y alabanza de aldea. Para desentrañar un solo canto, hay que entender de partituras. Según el comentario de Rilke, para escribir un solo 18 · Ángel Fierro


verso hay que haber conocido muchas ciudades, hombres y cosas; hay que haber intimado con animales y paisajes; haber estado junto a los moribundos; haberse implicado en el mensaje que se pretende confiar a la escritura. Haber ´mirado´, en definitiva. Y solo así se entendería, o quizás es utópico, la necesidad de ir de lo particular a lo universal, por qué el análisis antecede a la síntesis y que este proceso discursivo es un trabajo largo y meticuloso, no una pancarta sectorial. La maniquea división de urbanitas frente a aldeanos no me conmueve, por consiguiente. Lo que sí me preocupa es la creciente perversión de las palabras, la contorsión de su significado. En algún texto se defiende la extravagante licencia literaria que manejan algunos para llamar ´Montañas de León´ a las riberas del río Esla en el entorno de Mansilla de las Mulas, donde a ´La pícara Justina´ se la computa como ´montañesa´, sin atender a geografía ni sensibilidad. Este bizarro personaje de López de Úbeda, contemporáneo de Cervantes, resulta claramente anti poético e incluso chabacano. Parece ser que el patronímico ´Montañas de León´ era usado en el Siglo de Oro para referirse a casi toda la provincia. Si fuera así, se quebraría mi interés por las citas de autoridad. La perversión de las palabras debe tener sus límites, como la geología tiene sus propios códigos. Ya enumeré las pérdidas de los territorios de la raya donde nacen las fuentes y lo hice con conceptos y palabras concretas, que rehúyen la ambigüedad y significan exactamente lo que dicen. A ellas me referiré en estos relatos. El Diario manuscrito de mi tío paterno Santiago el Cojo, redactado antes de su eliminación en el Campo de muerte de Mauthausen, en el año 1941, precisamente mientras yo nacía, se planteó hace casi un siglo esta pregunta turbadora: ¿A quién importará esta noche que llega?. Y él mismo avanzó una respuesta: ´quizás a los espíritus más vigilantes; quizás importe a la esperanza´. Mi tío Santiago coincide con Adolfo. Ese Diario inédito de un hombre fiel a sus principios que fue segado por la barbarie y la música festiva del ´Laetare alla cimbala´, compuesta por el organista, son dos orillas del mismo fluir. Los cauces de nuestros breves ríos recién nacidos tienen una gradación de vegetaciones que alzan su talle junto a la corriente y articulan palabras de la infancia. Su hilo matriz hace que el recorrido de sus riberas no sea un viaje, sino el anhelo de regresar. Resulta indiscutible que todas las aguas del Pacífico tienen la misma composición química que una gota de rocío. Yo defiendo, también, que alberga idéntica belleza la exuberancia de la selva amazónica como la sombra de una sola flor.

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Hace una treintena de años Julio Llamazares publicó ´La lluvia amarilla´ (1988). Es mucho más que un libro; es un acta de defunción, que pone rostro a la aridez del desarraigo, sobre el que luego volveré. En estos textos que aquí presento desearía, por mi parte, sumarme a una esperanza de regeneración. Alinear en sus páginas un punteo de pisadas sobre los ríos y sus criaturas, un manojo de sensaciones que acaricie el propósito de una idea restauradora. Recuperar, al menos, el consuelo de la memoria, en unas narraciones por caminos de agua, deletreadas con variado registro, pero siempre conectadas a la nostalgia. El desarraigo no es un proceso irreversible si se dejan abiertos resquicios para un regreso espiritual, pero importa afrontarlo con claridad y palabras medidas. El Apocalipsis hay que dejarlo en el Nuevo Testamento, que es donde está. Igual que nuestros hijos, como escribió Vintila Horia, en su novela premiada del Goncourt,… igual que nuestros hijos, ´Dios ha nacido en el exilio´.

Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de ti, Jerusalén.

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Esta primera edición del libro de Ángel Fierro

Super flumina Las cabeceras de los ríos. Memorial de pérdidas se imprimió en Gráficas Rigel (Avilés) durante el mes de junio de 2018

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