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Cuadernos de la Cátedra Emilio Alarcos Llorach

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ANTONIO MUÑOZ MOLINA Un balcón hacia el mundo Presenta: José María Martínez Cachero


Índice 13. Juan A. Vázquez Rector de la Universidad de Oviedo 15. Josefina Martínez Álvarez Directora de la Cátedra Emilio Alarcos Llorach 19. Presentación de Antonio Muñoz Molina por José María Martínez Cachero Catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo Antonio Muñoz Molina: 13. Un recuerdo de Emilio Alarcos 14. Un balcón hacia el mundo Cuadernos de la Cátedra Emilio Alarcos Llorach Dirige: Josefina Martínez Álvarez Coordina: M.ª Teresa Cristina García Álvarez Tel.: 985 10 46 32 • josefina@uniovi.es http://emilioalarcosllorach.wordpress.com «Un balcón hacia el mundo» es el título de la conferencia impartida por Antonio Muñoz Molina en el edificio histórico de la Universidad de Oviedo, el día 22 de enero de 2003 a las 20.00 horas, dentro de las actividades organizadas por la Cátedra Emilio Alarcos, en el curso 2002-2003. Cátedra Emilio Alarcos Llorach

Edita: Cátedra Emilio Alarcos Llorach, adscrita al Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo Directora: Josefina Martínez Álvarez Secretario: José Luis García Martín Consejo asesor: Víctor García de la Concha, Humberto López Morales, Ángel González Muñiz, José M.ª Martínez Cachero, Carmen Bobes Naves y Salvador Gutiérrez Ordóñez Edificio Milán. C/ Teniente Alfonso Martínez. 33011 Oviedo

Colabora:

© de esta edición: Cátedra Emilio Alarcos Llorach © de «Un balcón hacia el mundo»: Antonio Muñoz Molina © de las fotografías: Luis Montoto (página 2 y contraportada), Juan Menéndez (pp. 3, 8, 21 y 23) y cedidas por La Nueva España (pp. 12, 15 y 19) Diseño: Pandiella y Ocio D. L.: As-1.536/05 • ISSN 1699-9754


Juan A. Vázquez › Rector de la Universidad de Oviedo

No quiero confundir cortesía con torpeza. Ante maestros como los que me acompañan, parece recomendable ejercitar el arte de la prudencia en el uso de la palabra. Pero si al intervenir asumo riesgos, no es solo en razón de una cortesía obligada, sino por gratitud sincera y por la significación universitaria que tiene este acto. Mi agradecimiento ha de dirigirse, ante todo, a Antonio Muñoz Molina por estar hoy con nosotros, por permitirnos contar en la Universidad de Oviedo con la presencia y la palabra de ese talento que descubrió precisamente el talento de Alarcos; de ese académico al que el azar ha llevado a ocupar en la Real Academia el sillón con la «u» minúscula de su mayúscula Úbeda natal; de ese narrador de los imaginarios de Mágina y —de ­­ nuevo Alarcos—, «de personajes que se esfuman con su complejo sueño de deseos imposibles» y, en fin, de uno de los más destacados novelistas españoles de nuestros tiempos. Gracias, también, al profesor Martínez Cachero por acompañarnos y acceder a realizar la presentación de este acto, y a la profesora Josefina Martínez por organizarlo, pero además, y sobre todo, por la iniciativa

Josefina Martínez, directora de la Cátedra Emilio Alarcos Llorach; Juan A. Vázquez, rector de la Universidad de Oviedo, presentando el acto; Antonio Muñoz Molina, y José María Martínez Cachero, catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo.

Antonio Muñoz Molina • Un balcón hacia el mundo

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que despliega, por la ilusión y el empuje que pone en cada una de las muchas y muy interesantes actividades que desarrolla la Cátedra Emilio Alarcos y que nos permiten disfrutar en la Universidad de Oviedo de ocasiones tan singulares como esta. Como si de una novela se tratase, hemos querido buscar un escenario apropiado para el personaje y para recibir a Antonio Muñoz Molina —la ocasión lo merece—. Hemos elegido el lugar sagrado de las grandes liturgias universitarias: este Paraninfo repleto de evocaciones que rememoran nuestras mejores identidades, lleno de historia, que hace historia con actos como este y que, quizás bajo el influjo del título de la conferencia de esta tarde, parece querer reivindicar nuevamente esa condición de «balcón del mundo» que ha sido, que nunca debió dejar de ser y que, con ocasiones como esta, vuelve a ser de nuevo. Hemos elegido, además, este escenario, pensando no solo en uno, sino en dos personajes; no únicamente en el protagonista que hoy nos acompaña, sino en el que nunca nos ha abandonado; no exclusivamente en un encuentro, sino en un reencuentro entre Antonio Muñoz Molina y Emilio Alarcos, al que Josefina hace presente en este estrado, cuya memoria se sigue conservando entre estas paredes y al que quiero dedicar un recuerdo emocionado en estos días en que se cumple el quinto aniversario de su muerte. Si en toda novela hay escenario, personajes, trama, editores y lectores, simbólicamente el acto de hoy parece contar con los elementos necesarios para convertirse en una excelente obra. Como he dicho, hemos puesto nuestro mejor escenario. Con Antonio Muñoz Molina, contamos con un personaje de verdadero lujo. Seguramente cabría atribuir a la Cátedra Emilio Alarcos el papel imaginario de editor de esta obra. Ustedes, que nos acompañan hasta abarrotar el Paraninfo, constituyen los oyentes trasmutados para la ocasión en lectores.Y el desarrollo de la «trama» es lo que debo dejar ya en manos de los verdaderos maestros de la palabra.

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Cuadernos de la Cátedra Emilo Alarcos Llorach • Número uno • ISSN 1699-9754


Josefina Martínez Álvarez › Directora de la Cátedra Emilio Alarcos Llorach

Sean mis primeras palabras de gratitud rendida para Antonio Muñoz Molina por acudir presto y sin vacilaciones a la llamada de la Cátedra Emilio Alarcos. Después vaya mi sincero agradecimiento a nuestro rector, que hoy ha querido presidirnos y magnánima y sabiamente, como corresponde a quien reconoce el almo regazo de las humanidades, ha dispuesto que sea la escueta solemnidad de este Paraninfo quien acoja a tan ilustre visitante. Al profesor Cachero, maestro de maestros, colega y amigo siempre, gracias una vez más por su invariable y denso afecto y su lealtad probada a Emilio a lo largo de casi medio siglo, en que colaboraron juntos, codo con codo, en empresas comunes por y para la Universidad. Hoy forma parte del Consejo Asesor de la Cátedra, y su presencia y sabios consejos siguen siendo impagables. A todos, autoridades, colegas, alumnos, amigos, que han querido acompañarnos, muchas gracias. Y si se me permite un desahogo del alma, quiero manifestaros, además de gratitud, contento, emoción y hasta un si es no es de vanagloria al contemplar este amado recinto abarrotado de gentes, ávidos todos de escuchar la palabra mágica y envolvente de uno de los mejores escritores actuales en lengua española. Sin duda el poder de convocatoria de Muñoz Molina sobrepasa cualquier expectativa y nos confirma en la idea de que éste es el camino a seguir en los planteamientos de la Cátedra. La presencia de Muñoz Molina tiene para nosotros hoy aquí una doble significación: acercar a la sociedad asturiana figuras cimeras de la cultura española y recordar al Maestro en el 5.º aniversario de su lacerante ausencia. Pero no con «hiperbólico boato de epicedios y panegíricos», sino evocando su contumaz vitalismo, intacto y terco, gozoso siempre. El presente, eternidad en vilo, era su máximo afán. De él se podría decir lo que ya en siglo iii a. de C. el poeta latino Ennio grabó en su autoepitafio: Nemo me lacrimis decoret nec funera fletu Faxit. ¿Cur? Vólito vivos por ora virom.

Es decir: «Que nadie con sus lágrimas me honre ni funerales me haga con su llanto. ¿Por qué? Porque vuelo lleno de vida de boca en boca». Decía Emilio Alarcos a propósito de la capacidad narrativa de Muñoz Molina lo que sigue:

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Toda novela, cuando se olvidan su argumento y sus personajes, o cuando se eliminan por voluntaria omisión, deja siempre un aroma vago, intenso e inconfundible. Así, la sensación general que dejan las novelas de Muñoz Molina es la de un desasosegante magma de nocturnidades, de luces lóbregas y frías, de espesos humos de cigarrillos, de copas incesantes, de densos vapores etílicos, de músicas obsesivas, de soledades que se buscan y, si se encuentran, se rechazan. El lector prosigue inquieto el proceso y los meandros de un agobio angustioso que en vano espera ver remansado en un imposible lago de clara serenidad. No es escritor jocundo Muñoz Molina, no da pie a la más leve sonrisa. Su mundo es hosco y opresivo y aunque no dejen en él de apurarse con fruición los evidentes gozos que ofrece, la desembocadura de su curso se tiñe irremediablemente de presagios tenebrosos. En sus tres (primeras) novelas, al final, se esfuman los personajes —con su complejo sueño de deseos imposibles— bien sepultos en la duda ambigua, bien perdidos en la noche anónima y multitudinaria «como si no hubiesen existido», bien sorprendidos y absortos ante un «gran foso de sombra». Que ni ellos ni el lector pueden ya penetrar.

Uno de los talentos del maestro fue su intuición para descubrir calidad en el escritor auténtico, olvidado o desconocido. En el año 89 hablaba de Muñoz Molina en un curso de verano en Laredo, que dirigía el recordado Ricardo Gullón y en el que participaban novelistas del llamado grupo de León (Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, José María Merino, otros como Guelbenzu y críticos como Darío Villanueva). Uno de ellos me dijo en un momento dado «tengo gran curiosidad por saber lo que Alarcos va a decir de Muñoz Molina porque es de todos conocido que no se corta un pelo a la hora de decir lo que piensa y emitir sus juicios literarios».Y Alarcos empezó diciendo: En el frondoso panorama de la narrativa actual, destaca entre los más jóvenes Antonio Muñoz Molina [...]. Como a los 33 años hay todavía mucha vida por delante, parece prematuro arriesgar ya juicios definitivos sobre su obra literaria. Bien es verdad que para dejar constancia del paso de uno por la tierra, y hasta para haber sembrado en ella semillas de perdurables consecuencias, esa edad es más que suficiente.

A estos prolegómenos seguía un estudio exhaustivo, pormenorizado y encomiástico de la brillante narrativa del fabulador de Mágina. Era un profundo admirador —aún sin conocerlo— de toda su obra, y más tarde conviviendo en la docta casa de Felipe IV llegó a sentir verdadero afecto y simpatía por el joven académico que no había defraudado sus prematuros juicios literarios. 6

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Siete años después, en 1996, con motivo del homenaje que la Universidad le dedicaba al profesor Cachero (homenaje que no vio la luz, para él ya opaca, hasta el año 2000) Alarcos vuelve sobre sus pasos en un artículo que titula «Primera impresión de Antonio Muñoz Molina» ahondando con singular transparencia en sus análisis para reconstruir la arquitectura formal e intencional de las tres grandes primeras novelas: Beatus ille (1986), El invierno en Lisboa (1987), Beltenebros (1989), aludiendo de pasada a las posteriores publicadas hasta entonces. Nada le gustaría más a don Emilio que compartir estrado en esta hora con sus dilectos amigos y colegas. Causalidad y casualidad son los protagonistas de este quiasmo perfecto de sentido y sentimiento. Un triángulo de relaciones humanas e intereses científicos se repiten, y se cruzan sus términos en otro periodo de siete años: en 1996 Alarcos habla de Muñoz Molina en el homenaje a Cachero y en el 2003 es Cachero quien va a hablarnos de Muñoz Molina en el recuerdo emocionado de Alarcos. El azar, redondo azar, nos brinda semejante encuentro en el que, irremediablemente, al decir del gran César Vallejo «nos gusanea la arácnida de la melancolía». Pero retornemos «a lo vivo presente, siempre sabroso», y aprestémonos al disfrute de esta ocasión única en la que el crítico sapiente y el creador excelso modularán con sus sabias manos nuevas melodías en el viejo arco de nuestra hermosa lengua.

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José María Martínez Cachero, catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo, presentando a Antonio Muñoz Molina, en el centro. A la izquierda, Juan A. Vázquez, rector de la Universidad de Oviedo.

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José María Martínez Cachero › Catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo

Presentación de Antonio Muñoz Molina Mediaba 1985 cuando el crítico Ricardo Gullón afirmó rotundamente que «la novela española goza de buena salud», lo que apoyaba aduciendo algunos nombres y títulos, atenuado ya el afán experimentalista de momentos anteriores y concentrada la atención en la historia que se contaba, placer de la narratividad tanto para el novelista como para el lector; Gullón se erigiría voluntariamente en valedor a ultranza de los jóvenes narradores, cuyos libros leía y a veces comentaba; entre los elegidos figuraban los integrantes de un pretendido grupo leonés (Merino, Aparicio, Mateo Díez), que parecían contar con sus preferencias. Una lista forzosamente incompleta publicada por entonces revelaba —sobre un conjunto de 40 narradores, reunidos un tanto artificiosamente— que su año de nacimiento iba desde 1939 (caso de los de más edad: Manuel Vázquez Montalbán y Álvaro Pombo) hasta la década de los sesenta (Ignacio Martínez de Pisón, 1960; Beatriz Pottecher, 1961, y María Jaén, 1962, serían los más jóvenes; por el medio, década de los cuarenta y de los cincuenta, quedaba situado el mayor número: 22 y 13, respectivamente). La guerra civil y la inmediata posguerra —hechos que marcaron a las generaciones anteriores— no llegaron a afectarles directamente, pero sí acontecimientos como las postrimerías del franquismo y la instauración de la democracia. El socialrrealismo hacía tiempo que estaba mandado retirar cuando bastantes de ellos comenzaron a dar señales de vida —la mayor abundancia de sus libros se concentra en los años ochenta— y la irrupción de los colegas hispanoamericanos les alcanza ya en momento menos influyente; la apertura al extranjero resultaba mucho más fácil que antaño, sin que esto origine débitos considerables. Aumentó en los últimos ochenta y primeros noventa la cantidad de obras publicadas, lo cual significa que hay más facilidades para publicar. Muñoz Molina declaraba en 1991: «Creo que ya no hay tantas dificultades para que un escritor novel publique su primera obra. En España se han dado casos muy llamativos que después han generado un grupo de escritores de interés. [...] Ha desaparecido la cerrazón editorial que había en el pasado» (Dolores Massot, entrevista con Antonio Muñoz Molina, ABC, Madrid, 17-x-1991, página 59). El cine y, en algún caso, el teatro y la televisión con sus versiones de novelas, vencidas con desigual destreza las dificultades del traslado de uno a otro género, supusieron a veces (Los santos inocentes, de Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina • Un balcón hacia el mundo

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o la trilogía Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester, por ejemplo) una más extensa consagración de sus autores. El panorama esbozado se completa con el capítulo de traducciones, ya que algunas de las obras de bastantes narradores recientes han sido vertidas a otros idiomas con fortuna halagüeña. Revelaciones fulgurantes de novelistas y de novelas, convertidas estas en novelas-hito, es claro que no se producen más que muy de tarde en tarde, y situados ahora en los penúltimos años del periodo acotado se impone la mención de un título, Juegos de la edad tardía (1989), de Luis Landero, y de un autor, no por muy premiado menos interesante, Antonio Muñoz Molina. Nacido en 1956 en Úbeda —quiero decir, Mágina, pues tanto vale el nombre real como el inventado—; después de años como estudiante —de bachillerato, periodismo, historia del arte— en su ciudad natal, Madrid y Granada; de colaboraciones en la prensa granadina; del obligado servicio militar (1979-1980) en Vitoria y San Sebastián, periodo del que dejó amarga memoria escrita en las páginas de Ardor guerrero, libro de 1985, nuestro escritor se asienta en la capital de España, donde no fueron pocos los obstáculos que hubo de vencer, y comienza plenamente su carrera literaria, culminada —si así puede decirse— con la elección como numerario de la Real Academia de la Lengua para ocupar el sillón «u» minúscula. Estamos en 1985 y Beatus ille —novela tal vez policíaca o de intriga en virtud de la investigación casi detectivesca que lleva a cabo el personaje Minaya— abre marcha, seguida muy pronto (años 1987 y 1989) por, respectivamente, El invierno en Lisboa (premio de la Crítica y premio Nacional de Novela y Narrativa) y Beltenebros, tres títulos que para algunos comentaristas constituyen algo así como la primera época del novelista. Invierno... tiene como escenarios San Sebastián, Lisboa, Barcelona y Madrid, que no poseen la misma jerarquía: Madrid es el lugar actual, mero soporte para, desde él, contar el tiempo pasado y salir espacialmente más lejos; Barcelona es más una referencia o alusión que un lugar vivo, efectivamente presente; San Sebastián y Lisboa resultan bastante superiores en importancia. También hay diversidad en cuanto a personajes. Novela de aventuras o con aventuras, policíaca si se quiere, pero sin policías; páginas de violencia junto a la presencia de la música: un ámbito novelesco reducido y cerrado en el que con alguna frecuencia se instaura la monotonía que produce dar vueltas y más vueltas a lo mismo, en tanto que Beltenebros, novela de espías, ofrece las peripecias de un tal Darman, antifranquista exiliado en Inglaterra al que la organización clandestina a que pertenece le encarga, ya en los años sesenta, una difícil misión: «Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca» (palabras con las que comienza la novela). 10

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Si admitimos la aludida partición en épocas, cabe decir que la segunda empieza en 1991, con El jinete polaco, novela distinguida con el premio Planeta de esa convocatoria, obra compleja de materia argumental y estructura, pues en ella confluyen felizmente tres ideaciones que, con anterioridad, venían desasosegando al autor, a saber: el caso de la momia de la mujer emparedada en Mágina y del médico don Mercurio; el caso del militar Galaz, de inflexible conducta en muy peligroso trance, historia también radicada en Mágina, y, finalmente, el hombre que, en el hotel de una ciudad extranjera, le cuenta a una mujer el pasado de su familia y el suyo propio. Tres historias en las cuales Muñoz Molina ya se había adentrado sin éxito pero de cuya confluencia o conjunción, sirviéndose de Mágina como de escenario unificador, echando mano en su momento y medida de la acción actual y de la evocada surgió El jinete..., que así se llama un cuadro de Rembrandt visto por el novelista durante un viaje a los Estados Unidos, cuadro que, en cierto modo, señorea el conjunto, quizá repetitivo con exceso —a veces, el progreso de la acción resulta escaso y lento—, porque se establece a partir de datos ya conocidos en los que se insiste; su autor recordaría que después de semejantes desasosiegos y fracasos «súbitamente, en una tarde de ebria felicidad, la novela apareció en mi imaginación, fue cobrando forma por sí misma, se convirtió en la negación y en la suma de todas las novelas que había empezado y abandonado en los últimos años, creció sin que mi voluntad interviniera, sin que yo fuese más que un codicioso amanuense». (Antonio Muñoz Molina, «Gratitud y deseo», artículo en El Sol, Madrid, 8-xi-1991, página 2 del suplemento de Libros). Prodigio de virtuosismo su narración, dotada de un gratísimo acento lírico. Sefarad (Alfaguara, Madrid, 2001), su libro más reciente, definido en el subtítulo como «una novela de novelas», es una meditación por vía narrativa sobre el doloroso hecho del exilio, merced a la serie de historias que —moderno Decamerón— cuentan sus personajes viajeros.Y el taller del escritor continúa encendido...

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«Emilio Alarcos [...] era un hombre alegre, enérgico, nada ceremonioso, que sorprendía tanto por sus saberes literarios y gramaticales como por sus entusiasmos vitales [...]»

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Antonio Muñoz Molina

Un recuerdo de Emilio Alarcos Emilio Alarcos fue una de las presencias más cordiales que encontré al llegar a ese sitio en principio tan desconocido para mí como la Academia. Era un hombre alegre, enérgico, nada ceremonioso, que sorprendía tanto por sus saberes literarios y gramaticales como por sus entusiasmos vitales, y por sus inolvidables corbatas del pollito Piolín, que eran las corbatas menos académicas que se han visto en aquella casa. Tenía una mirada rápida, intensa, sarcástica, detrás de sus grandes gafas, esas gafas poderosas que había antes y que se constituían en rasgos tan definitivos de una cara como las líneas de la osamenta. Su mirada, su sonrisa socarrona, eran como dos instrumentos especialmente sensibles para registrar la vulgaridad, la pomposidad o la tontería, como agujas de un sismógrafo. Con un vaso de whisky en la mano y una buena historia que contar era imbatible, sobre todo cuando el objeto de la conversación era el espectáculo de la tontería humana, o de esa faceta de la tontería humana que es el sectarismo político, que se cebó en él muchas veces, y al que Emilio Alarcos hizo siempre frente con su gallardía intelectual y su ironía. Recuerdo una larga, larguísima sesión del pleno académico consagrada al debate sobre la definición de la palabra pularda. La Academia es como un club Pickwick en el que se suceden todos los asuntos posibles de manera extravagante, porque hacer un diccionario es como cazar mariposas al vuelo y no poder nunca atraparlas con un alfiler, como empeñarse en delimitar esa extensión oceánica del mundo que es un idioma. En la Academia uno puede encontrarse definiendo lenteja, lo cual no es tan fácil como parece, y a continuación lentitud, o globalización, o elefante, o agua, y cuanto más fácil suena una palabra, más difícil resulta atraparla en el contorno de una definición. Aquel día, no sé por qué, nos habíamos empantanado en pularda, y cuando ya el tedio y el enredo nos tenía derrotados, Emilio Alarcos levantó la mano pidiendo turno, apretó el botón de su micrófono, y declaró con aquella voz recia que podía poner fin a las discusiones más arborescentes: —Con el permiso de los señores académicos, este debate es inútil. En español, con perdón, pularda se dice polla. Y así terminó el debate.

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UN BALCÓN HACIA EL MUNDO hay lugares que se nos vuelven sagrados por efecto de la distancia y de la memoria. En ellos nos parece no solo que está contenido un episodio central de nuestra vida, sino que cristaliza visualmente, espacialmente, un ámbito cerrado y preciso de nuestra experiencia. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que uno de esos lugares cruciales de mi vida es un cuarto en la casa que fue de mis abuelos maternos y luego de mis padres, en mi ciudad natal, un cuarto con una cama, una mesa, un balcón que daba a los corrales de las casas próximas y más allá de las casas próximas y más allá al valle del Guadalquivir y a una sierra que lo limita por el sur, y que se llama la sierra de Mágina —muchos años después, ese nombre, Mágina, fue el de una ciudad parcialmente inventada por mí, usada como escenario de algunas novelas. La casa era grande, despojada, rural, con cuadras en la parte baja para los mulos, las gallinas y los cerdos, y también con un patio emparrado en el que había un pozo, una gran tinaja rota que almacenaba el agua de la lluvia y la caseta de un retrete, y en el que un verano, cuando yo tenía 12 o 13 años, se instaló la gran novedad, un grifo de agua corriente. Aquel verano, que fue el mismo de la llegada de los astronautas a la Luna, el caudal del agua del grifo se agregaba a la sombra fresca de la parra deparándonos una sugerencia modesta de jardín oriental en nuestra tierra de secano. Según se alejaba uno, escaleras arriba, de la parte diurna y laboral de la casa, iba entrando en lugares de mayor penumbra y silencio, dormitorios con altas camas de hierro y armarios de madera oscura que al abrirse duplicaban delatoramente la presencia del intruso en las lunas de sus espejos. El último piso, el más 14

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«La soledad, la máquina, los pocos libros que atesoraba en un estante, eran los atributos de mi oficio imaginario, que tenía, sin embargo, una parte muy sólida de felicidad real. Pero otro elemento imprescindible era el balcón, con sus postigos de madera vieja que crujían en las noches de viento y su baranda de hierro a la que yo me asomaba para mirar [...]»

aislado, me perteneció exclusivamente a mí cuando mis tíos mayores se casaron, y se me fue convirtiendo, más por azar que por elección, en esa room of one’s own sobre la que escribió Virginia Woolf. En aquel espacio austero y aislado yo me sentaba a estudiar, siempre con desgana, o me tendía en la cama para leer fervorosamente novelas, o para escuchar discos de música pop en uno de aquellos pequeños tocadiscos en forma de maleta que entonces nos parecían tan modernos, y que ahora dan la impresión de pertenecer a un remoto periodo arqueológico. Allí tuve en seguida instalada mi máquina de escribir portátil, que me servía sobre todo para imaginarme que era escritor, una quimera que no requería ninguna clase de corroboraciones exteriores, que ni siquiera me exigía intentar seriamente escribir. La soledad, la máquina, los pocos libros que atesoraba en un estante, eran los atributos de mi oficio imaginario, que tenía, sin embargo, una parte muy sólida de felicidad real. Pero otro elemento imprescindible era el balcón, con sus postigos de madera vieja que crujían en las noches de viento y su baranda de hierro a la que yo me asomaba para mirar a la calle empedrada, Antonio Muñoz Molina • Un balcón hacia el mundo

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a los corrales y ventanas que me daban indicios fragmentarios de las vidas de otros y al valle y a la sierra que me separaban del mundo exterior. En mi cuarto me encerraba para leer, para fumar algún cigarrillo clandestino, para escribir en mi máquina dejándome llevar por el instinto de los dedos sobre las teclas, porque a veces tenía la sensación de que la literatura no estaba en mi pensamiento, que siempre ha sido más bien perezoso y errático, sino en las manos y en las teclas de la máquina, en el sonido de su mecanismo, en el papel en blanco que yo introducía en el rodillo, con una cierta premeditación novelesca.Ya entonces, escribir no consistía tanto en contar lo que yo era y lo que me pasaba como fingir que era otro e imaginar que vivía una vida distinta de la mía. La literatura era uno de los oficios posibles de la vida adulta y una anticipación de las cosas que en aquel momento no me estaba permitido ser, ni hacer. Escribía en mi máquina igual que me quedaba horas asomado al balcón, como en un ejercicio preparatorio de una experiencia futura que no sabía en qué iba a consistir. Dos cosas, sin embargo, estaban claras. Una, que en ese futuro lejano y quizás imposible la máquina iba a acompañarme como un rasgo de mi identidad personal, y la otra, que más tarde o más temprano me iría al otro lado del valle y de la sierra que se veían por el balcón, dejando atrás todo lo que me rodeaba, lo que venía siendo el único mundo conocido desde que tuve uso de razón: los relinchos y las patadas de los mulos en las cuadras, los gruñidos de los cerdos, el cacareo de las gallinas en el cobertizo donde a veces me mandaban a buscar un huevo caliente, posado majestuosamente sobre el lecho de paja donde la gallina solemne acababa de ponerlo. Dejaría los trabajos del campo, la monotonía del vecindario en el que no había ninguna cara que no me fuese conocida, y en el que cada sonido, el de los cascos de los animales sobre el empedrado, el del metal de los llamadores en las puertas, era meticulosamente familiar. Antes de irme ya me escapaba por el balcón, como el Diablo Cojuelo, ya me aventuraba por lugares en los que no había estado nunca, y acerca de los cuales toda mi información procedía del cine y de los libros. El cine y los libros mienten, pero al fin y al cabo también yo era un embustero secreto, también tecleaba en mi máquina como si fuera un escritor, y arrancaba de ella una hoja recién empezada para tirarla a un rincón, como los escritores de las películas, y a veces llevaba mi impostura hasta escribir no ya los relatos o las obras teatrales que no se me ocurrían, sino las críticas detalladas, y desde luego entusiastas, que algún periódico internacional publicaría alguna vez sobre ellos. El poeta es un fingidor, dice Fernando Pessoa: yo empezaba por ser un fingidor antes de hacerme poeta, quizás porque imaginaba que nada de lo que yo era de verdad ni del mundo 16

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cierto que me rodeaba podría tener ningún interés literario. La vida estaba en otra parte, más allá del balcón, en los países de los que hablaban los libros, en las ciudades donde habían vivido los escritores o desde donde nos llegaban incitantes de la música pop. En el mundo real yo era un extraño, a pesar de que ese era para mí el único mundo conocido. Por el balcón de los libros, como don Quijote por la puerta trasera de su corral manchego, yo me escapaba hacia identidades futuras, me enamoraba de mujeres que no existían, naufragaba en islas de las que hubiera querido no marcharme nunca, encontraba amigos del alma que eran prolongaciones de lo mejor de mí mismo. Pero cuando bajaba por las escaleras hacia los otros espacios de la casa, los de la vida real y el trabajo, me convertía precozmente en un forastero entre las personas que me habían criado, y que parecían empeñadas en imponerme una identidad opresiva e inaceptable, en ver en mí a alguien que no tenía nada que ver con el personaje que yo era en la soledad de mi cuarto del último piso. Pero la literatura no era sólo una escapatoria: también había en ella una permanente lección de rebeldía, de secreta o escandalosa disidencia. Las novelas que yo prefería trataban de fugitivos, de aventureros obsesivos, joviales, insensatos: Tom Sawyer, Huckleberry Finn, don Quijote, el capitán Nemo, el capitán Hatteras, los naúfragos de La isla misteriosa, los expedicionarios empeñados en dar la vuelta al mundo en busca del capitán Grant. Por el simple hecho de volcar nuestra atención hacia seres y lugares que no pertenecen a la experiencia inmediata, la literatura ya tiene algo de discordia con el mundo aceptado, de acto íntimo de soberanía. Leyendo dejaban de escucharse las campanadas de las horas en el reloj de la casa y en las torres de las iglesias cercanas, y también se borraban las voces conocidas, los sonidos monótonos de nuestra vida encerrada y rural. Leyendo se quebraban los límites de la identidad, las fronteras del espacio y de lo que Vladimir Nabokov llama, melancólicamente, la prisión del tiempo. La literatura no nos ayudaba a entender lo que éramos, sino que nos permitía descansar de nosotros mismos y jugar a ser otros, y esa ficción, tan difícil para el adulto y tan expertamente ejercida por el niño, podía tener un efecto vigorizador y también terapeútico. La vida podía ser otra cosa, suceder en otra parte. El amor que uno aún no había conocido ya lo entristecía y lo exaltaba en los versos de Bécquer o de Pablo Neruda o Pedro Salinas. Los viajes que uno no había hecho podía evocarlos después de haber leído las novelas de Jules Verne. La intensidad terrible del dolor estaba en Le rouge et le noir o en Crimen y castigo. Lo imposible se hacía cotidiano en el submarino del capitán Nemo o en el absurdo aparato octogonal, con persianas antigravitatorias, que llevaba a la Luna a los astronautas de H. G. Wells. Todas las Antonio Muñoz Molina • Un balcón hacia el mundo

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historias posibles podían contárnoslas las voces del Decamerón o de Las mil y una noches, la voz de Sherezade y la de cada uno de los narradores que van apareciendo en el interior de cada narración, igual que en la primera parte del Quijote. Uno padecía, en su cuarto cerrado, las soledades abismales y las incertidumbres amargas de la adolescencia, ensombrecida todavía de remordimientos católicos, pero los libros le daban la sensación de pertenecer a una vasta comunidad de iniciados, de conjurados, por decirlo con el término tan querido para Borges, la comunidad de los lectores y también la de los personajes de los libros, que muchas veces eran ellos mismos lectores empedernidos, casi heroicos. Pero, al mismo tiempo, fuera del espacio forzoso de la vida y también del de los libros, cosas increíbles estaban sucediendo en el mundo, y uno notaba la urgencia de ir hacia ellas, de no perderse formas de aventura, de plenitud, de trastorno, sin las cuales quedaría convertido en una sombra hecha de deseos sin satisfacer, en la estatua de sal de la propia frustración. Ninguna escena de Verne o de Wells era más increíble ni tenía más extraña belleza que las imágenes del primer paseo de los astronautas Armstrong y Aldrin por la Luna. En esa luz gris, el gris ceniza del polvo lunar y de los televisores en blanco y negro, nos hechizaba como un faro de posibilidades sin límite, justo el reverso de lo que teníamos siempre delante de los ojos, de lo que los mayores nos habían enseñado a esperar o a temer. Ellos vivían bajo la influencia tenebrosa del pasado: hacían las cosas tal como las hicieron sus padres y sus abuelos, conservaban el miedo que no se les había apaciguado después de la guerra española, en la posguerra que no parecía que fuese a acabar nunca, y que solo terminó después de la muerte del tirano. Para mí la literatura era lo contrario del pasado y de la realidad, el impulso de irme y de establecer una vivificadora sintonía con lo que estaba sucediendo lejos, más allá, en la superficie de la Luna, en los campus universitarios sublevados de Europa y de América. No solo redactaba críticas detalladas y lúcidas de los libros que aún no había escrito. También, sentado ante mi máquina, escribía cartas con fechas de varios años más tarde, cartas dirigidas a las chicas que ahora no registraban mi existencia o a los amigos que se quedarían en la ciudad cuando yo me hubiera marchado. Sin viajar a ninguna parte escribía cartas futuras contando la vida que llevaba en Madrid, en París, en Nueva York, en San Francisco, según el último antojo que me hubiera despertado la lectura, una vida por supuesto novelesca y más bien disoluta, de corresponsal internacional aficionado a la ginebra y a las zonas de peligro, de superviviente experimentado, y desencantado hasta un cierto grado de cinismo, de toda clase de promiscuidades sexuales, de audacias de conspiración política. 18

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«Pero la literatura no era sólo una escapatoria: también había en ella una permanente lección de rebeldía, de secreta o escandalosa disidencia»

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No escribía porque tuviera algo que decir. Escribía porque esa era la forma más verosímil de fingir que era escritor. El balcón al mundo de la literatura se abría al gran vértigo de lo inexistente, dándome una visión desenfocada y quimérica de lo que tenía delante, volviéndome miope o distraído con la realidad y perspicaz tan solo con las películas o con los libros. Pero quizás me hacía falta esa enajenación. Había que irse no solo del lugar donde uno vivía, de la casa segura y opresiva, había que romper con lo que uno era, con lo que los demás esperaban que llegara a ser. La fuerza necesaria para esa ruptura, la temeridad que hacía falta para salir al mundo y enfrentarse a lo nuevo y a lo desconocido desde una posición tan frágil de adolescencia pueblerina, quizás solo podían lograrse gracias a una pérdida más o menos duradera del sentido de la realidad. Siendo sensato, ¿cómo iba a empeñarse uno en intentar de verdad lo que fingía en su cuarto del último piso, en irse más allá de la sierra azulada que cerraba el horizonte, pero que también protegía de los peligros exteriores? Uno no tenía nada más que su propia inocencia ignorante, que esa pasión de aventura, o de descubrimiento, que quizás ya lo inquietaba en estado latente cuando los libros aún no se la habían revelado en el ejemplo de sus héroes, Telémaco y Jim Hawkins, Stephen Dedalus y Holden Caulfield, por citar a algunos de los más queridos. Uno se hacía mayor y por fin se marchaba, y en cualquier parte adonde iba quería tener de nuevo su cuarto, con sus libros, su máquina de escribir y su balcón, y cada vez había un nuevo paisaje que lo invitaba a ir más allá, si bien las ganas de encontrar lo que aún no se conocía quedaban matizadas por un sentimiento inédito, por un impulso contrario hacia la rememoración y el regreso. Piensas que eres tú quien se mueve, quien se va de los lugares y se desprende del cautiverio de las personas, las costumbres y las cosas, pero luego descubres con gradual estupor que mientras tú te ibas también estabas siendo abandonado. El mundo que pareció estático, fijado opresivamente para siempre, se esfuma sin que te des cuenta, y al cabo de unos pocos años ya es tan imaginario, tan imposible de alcanzar, como las islas y los tesoros de los libros. La casa donde relinchaban los mulos y cacareaban las gallinas se ha quedado en silencio, y ahora que faltan casi todos los que vivieron en ella se ha vuelto mucho más grande. El balcón aún existe, y el paisaje de la sierra y el valle es el mismo, pero los corrales se han quedado vacíos y por la calle donde antes se escuchaban juegos de niños, mugidos de vacas y voces familiares de vecinos, ya no pasan más que automóviles, y detrás de las puertas, de la mayor parte de ellas, ya no vive nadie. La literatura, que fue una escapatoria de aquel mundo, ahora es la única forma posible de revivirlo, de no permitir que se pierda del todo. Antes las 20

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«La savia verdadera de la literatura está en el balcón que ha de permanecer siempre abierto frente al mundo, mostrando el gozo de su anchura y el desafío de sus límites»

palabras servían sobre todo para nombrar seres y lugares inexistentes: ahora exigen en quien las usa un esfuerzo doloroso de precisión para dar cuenta de la riqueza inextinguible de lo que está delante de los ojos, lo que puede verse y tocarse y parece perenne y dentro de nada se habrá desvanecido. La literatura fue la tentativa de impostar uno su voz, de inventarse identidades sucesivas y plurales, fatigosamente literarias. Ahora uno quisiera que la literatura se despojara de casi cualquier rastro de sí misma, estuviera habitada por las voces de los otros, no la del que escribe, voces que cuenten historias verdaderas siempre más incitantes de lo que uno es capaz de inventar. Cuenta V. S. Naipaul que solo cuando miró por la ventanilla del avión que se lo llevaba por primera vez de Trinidad pudo ver desde el aire la forma de la isla en la que había vivido hasta entonces. Quizás sin la mediación y la enseñanza de la lejanía uno no puede saber de verdad cuál es la forma y el valor de las cosas que definen su vida, el mundo breve en el que se guardan los yacimientos más hondos de su literatura. Escribir, para usar las palabras de Eliot, es mezclar la memoria y el deseo. En cada casa, junto Antonio Muñoz Molina • Un balcón hacia el mundo

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a cada balcón, el escritor vuelve la mirada hacia los paisajes de su memoria y proyecta su deseo hacia lo que aún no conoce, y en ese ir y venir como de telar se va haciendo su literatura: entre el recuerdo y la búsqueda, entre la añoranza de lo perdido y la avidez de lo nuevo, entre el gozo impune de inventar y mentir y el severo propósito de apresar con palabras lo que el tiempo está borrando, destejiendo a cada segundo, reduciendo a ceniza. En mi cuarto de Úbeda yo me imaginaba a mí mismo convertido en escritor, deambulando con la magnífica libertad del extranjero por ciudades del otro lado de aquella sierra que veía desde mi balcón, del otro lado del mar, que entonces sólo había visto en las películas. Ahora, tantos años después, mientras paseo por una calle de Madrid o de Nueva York o me siento a escribir estas palabras junto a una ventana que da al horizonte de tejados rojizos y arboledas de las cercanías del Retiro, me acuerdo del adolescente que escribía tenazmente en su máquina portátil, en aquel cuarto con las paredes encaladas, y no estoy seguro de en qué medida recuerdo o invento, o soy el fruto de mis invenciones de entonces, mediante qué procesos la memoria se va destilando, transfigurando, desfigurando en ficción, o gracias a qué azares un sueño se cumple. Pero hay algo que ignoraba entonces y sé ahora: para escribir no sólo hace falta el cuarto cerrado y la mesa con la máquina, o con la pantalla y el teclado de la computadora. La savia verdadera de la literatura está en el balcón que ha de permanecer siempre abierto frente al mundo, mostrando el gozo de su anchura y el desafío de sus límites. Cuando el balcón se cierra, y uno deja de mirar y escuchar, de aspirar a otra huida, el escritor es un superviviente, una parodia esclerótica y pomposa de sí mismo, y el cuarto, aunque él no lo sepa, aunque esté decorado con los libros escritos por él y con los diplomas o los trofeos que le hayan ido entregando, es una celda carcelaria, o peor aún, un anticipado mausoleo. Hay personas que a eso lo llaman la consagración, o la gloria.

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Antonio Muñoz Molina ante los medios de comunicación asturianos; Juan A. Vázquez, rector de la Universidad de Oviedo, y Josefina Martínez, directora de la Cátedra Emilio Alarcos Llorach.

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IN MEMORIAM A EMILI ALARCOS LLORACH, VIRI BONI DICENDI PERITI, ARTEM GRAMMATICAM PER ANNOS XLVIII PROFESSI ISDEM HIS AEDIBVS QVAE EIVS VOCE ADHVC REBOARE VIDENTVR, VNIVERSITAS OVETENSIS MONVMENTVM HOC GRATO DICAVIT ANIMO, ANNO PRIMO AB EIVS MORTE EXACTO, A. D. VII KAL. FEBR. A. D. MCMXCIX [Texto de la placa conmemorativa del primer aniversario del fallecimiento de Emilio Alarcos Llorach en el claustro de la Universidad de Oviedo.]

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