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LA CAJA NEGRA

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La caja negra. Varios autores. Nombre de la embarcación: Quimera Año de construcción: 2012 Número de plazas: Pendiente de asignación Bandera/Nacionalidad: Universal Eslora: Indefinida Manga: Indefinida Velocidad de navegación: Fluctuante

La caja negra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España. Usted es libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra. No puede utilizar esta obra para fines comerciales. No se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra. Más sobre esta licencia: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/legalcode.es

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QUE NADIE ME LLAME POETA, SOLO ESCRIBO LETRAS Paco Javi Sanchiz Chaperón

No veo ya en estos mares no sé si ando ciego o no hay señales raras son, en su insultante ritmo catastrófico encontrarse algún despreocupado/a sin decir nada, trasmitiendo más con su talante y su mirada agarrados a su carrera, su trabajo su familia y rutinas, un guiño no dura más de unas horas cual espejismo desértico sobre todo si eres un marinero raso que solo tiene un catalejo. Andan mujeres llamando a mi puerta y las que llegan parece que no aciertan en penetrar un corazón que sabe de estrategas a unos huesos y carnes que andan a mil leguas paralizo un instante el universo entre unas letras es mi trabajo, y después yo mismo lo mato. Por semejante osadía impúdica, cuando vuelvo a asomarme por el ático. Pero jamás en vano.

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LA ODISEA Jesús Caro

Me despierto con ganas de ir al servicio. Sueños de cataratas en efervescente actividad y las raíces de un árbol majestuoso abrazando mi brazo, se desdibujan como hilos de humo una vez que la fisiología llama insistente a las puertas de mi consciente, que abre las puertas muy lentamente. Me acompañan a la vuelta a la realidad el cansancio en los músculos y un pájaro carpintero instalado en mi cabeza. Con tanto invitado no he reparado en que la situación no es la idónea, Laura está durmiendo, pero aún dormida tiene una de mis piernas aprisionada y el brazo tras su espalda, una llave de lucha americana gestada por diferentes azares y casualidades, la fase REM haciéndome una jugarreta para nada onírica aunque si irónica. La sensación de que te están asfixiando el brazo, espoleada por la incapacidad de poder moverlo y sumado a las ganas de ir al servicio, empieza a ponerme algo nervioso. Pero calma, que no cunda el pánico, me digo. Veamos, estoy en el sofá-cama, pegado a la pared del lado en el que hace unos minutos dormía, aunque parece que llevase siglos despierto y paralizado. La ventana me cierra el paso por el lado de la almohada (que no cunda el pánico y unos cojones, noto la mano amoratada, retorciéndose en toneladas de materia infinita) siendo el último lado el más inquebrantable de todos, el protegido por Laura, por su sueño, infinito mientras dure. La única posibilidad de tierra firme está a los pies del sofá cama, que ahora vislumbro en la penumbra, como un lejano reino milenario con servicios de oro y diamantes al que ansío llegar. Mi camino de Santiago doméstico. Un viaje, donde no está permitido el fracaso ni la retirada, un Vía Crucis por los derroteros del orín y el escapismo nocturno. Otro problema que no he indicado antes, es que estábamos cubiertos por una manta de color rojo, preciosa cuando la usabas para no salir desnuda a la terraza pero que ahora en cambio se mostraba feroz, enredada en sus pies y de paso en los míos cuando hacía un rato era caperucita roja. Empecé a probar algún movimiento a ver si había escapatoria. Así no sentiría esta sensación arrugada en el estómago, por la impotencia por no poder moverme; así no me sentiría como un perro sin su árbol favorito cerca. Por si acaso. Muevo la mano derecha, abro y cierro, estiro el brazo, (100% actividad 0% acción, vamos, haciendo el canelo) cómo si eso pudiese dar ánimos a mi otra mano, que gilipollas, mi brazo ha visto su sueño hecho realidad, y al verse así, se siente mucho peor. La pierna calentita, eso sí, gracias por preguntar, un calor asfixiante que hace como si esta extremidad tuviera corazón, (porque lo siento latir, cojones). Tantas cosas y aún no he avanzado ni un milímetro hacia la libertad. Hacia la paz, hacia el “peace”. Respiro profundamente y te miro unos segundos, ajena a todo; te digo adiós, ante las aventuras que seguro tendré, los obstáculos por sortear (la batalla de la manta, escapando de las raíces, la serpiente…), en tres metros de distancia, ahora infinita.

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Hay que actuar. Tomo aire y empiezo a girar sobre mi propio eje para que la mano pueda salir de tu espalda, hace unas horas un rompecabezas, ahora una plancha de acero forjado sobre mi brazo, que imagino planchado como en los dibujos animados. Me entra la risa, pero me contengo a tiempo, reírme sería fatal, el cuerpo moviéndose como una descarga, como un pájaro carpintero (siempre en todas partes); te despertaría seguro. Trato de variar el ángulo entre el brazo y el pecho, me pongo inclinado hacia el lado de ella, pero no así como pensáis, a gusto, cuando estás en la cama y dejas que el cuerpo ruede, hasta dejarlo descansar en ese espacio definido que llamamos postura. No, esto era “heavy yoga”, mi espalda tiesa como un tablón, de cintura para abajo quieto completamente, soportando la torsión resultante de que el pecho y las piernas estén a un ángulo de 90 grados, y subiendo, grado a grado, rojo como un tomate (si te despertases ahora y me vieras te daba un síncope, a dormir otra vez guapa, pero esta vez el sueño eterno). Pero de repente, ya de vuelta a la horizontalidad, te mueves un poco, aprovecho que tus piernas se separan para desenredarme con una facilidad pasmosa, quién lo diría minutos antes, esos minutos que parecían eones, (mejor dicho, meones). (“La batalla de la manta” y “Escapando de las raíces” quedan pospuestos hasta nuevo aviso). Ya sólo queda el brazo, y yo ya me siento con el viento a mi favor, con la fe del que mueve montañas de mi parte, me muevo un poquito hacia atrás para tener suficiente espacio cuando gire el cuerpo sobre sí mismo, ya liberadas mis piernas, contribuyendo a la inminente victoria, sigo girando un poco más y así va saliendo el brazo tirando de él hacia atrás, concentrado en cada mínimo movimiento, centímetro a centímetro mi brazo cual serpiente escapaba de la guarida de tu espalda, de mi refugio en tu espalda. Al fin sale la mano…y en la quietud de la noche allá afuera, sobreviene el ruido de una señora echando agua a las macetas, un sonido persistente comienza a desalojar el silencio y de paso mi calma (el viento de antes me golpea en la cara), agua cayendo, líquido elemento escapando de la regadera y derramándose en la maceta a la hora más inoportuna, mi vejiga decidida a seguir sus cantos de sirena… eso no, joder, eso es una jugarreta del destino, que no quiere que llegue, cabrón, quieres ver cómo me lo hago encima y que me quede de recuerdo un mote agridulce.. eso no, nunca. Me muevo algo más rápido, reptando centímetro a centímetro hacia los pies del sofá-cama, comprimiendo la vejiga cual maestro de Yoga, al fin mis pies sobrepasan el umbral de la materia, se quedan suspendidos en el aire. Vuelve la calma al posar los pies e incorporarme, el tiempo vuelve a recobrar su tic tac, doy unos pocos pasos y ahí está, al fondo a la derecha, como tiene que ser. Las sacro-santas puertas del baño. Ahí es cuando uno valora los pequeños detalles: uno mira con cariño hasta la taza del váter, ese sitio que es como morir, porque se lo lleva todo y luego, cuando estás vacío y sientes que no queda nada, la paz. Renacer. Mientras estoy en mis asuntos pienso que tendría que escribirlo, (me da tiempo a pensar bastante porque llevaba horas sin ir), con una cara de satisfacción en aumento, pensando cuantos litros habrán escapado de mi cuerpo, si tengo una vejiga o un container de pis…esas tonterías. Cuando acabo, me lavo las manos, me dirijo a la cama y… ¡está despierta! Lo que me hace pensar, ¿cuánto tiempo lleva así? he estado contorsionándome como un especialista circense, luchado contra la plancha, contra los cantos de sirena… ¿para nada?

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Pero me lo guardo para mí. Vuelvo a tu lado, rejuvenecido cien años, fuerte y confiado tras la victoria cual Ulises al regresar a su Ítaca, donde me reciben unos brazos que no son ramas, piernas que no son raíces y besos que tampoco son de este mundo.

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LAS FRONTERAS DE BABYLON Rubén

De pronto, tras la rutinaria navegación nos encontramos con otra isla, no aparecía en los mapas, quizá era una frontera. Desembarcaron tres. Solo encontraron el rastro de palabras errantes. Nada.

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QUIMERA Luis Miguel Torres

Tuve una visión en el coche, después de comerme una oveja, escupí chispas. Eso me dijo mirándome fijamente. Después se quitó un hilo de lana entre los dientes, y la falta de delicadeza rajó su encía. No te preocupes, solo es sangre. Se llevó la servilleta a la boca y paró la hemorragia como pudo. Era el año 146 a.C., los griegos seguían hablando de su eficacia para evadirse velozmente, había rumores sobre la caída inminente del imperio, todo asesino vuelve al lugar del crimen. Algunos lloraban en la mesa contigua y otros pedían más comida. Camarero, por favor… Me cuesta recordarlo todo, menos su voz. ¿Cómo describirla? Capitán, desde mi camarote no puedo seguir escribiendo. Llamen a telecinco, le empiezan a brillar los ojos. La familia de este hombre murió en un accidente de tráfico. Nosotros hemos conseguido traerla al programa para que por fin puedan decirse lo que no se dijeron nunca. Te quiero. Yo también, hijo. Y el ganador es… No hay derecho a esto. Ainiktés… Dame límites para ser libre.

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EXPERIENCIAS MANIFIESTAS Jesús Caro

Salgo de la boca de metro de Tirso de Molina y me dirijo hacia las Cortes, me quedo muy lejos, un grupo de unos veinte antidisturbios sin identificación, con casi una decena de lecheras, nos aguardan al principio de San Jerónimo con Sol. Empiezo a entender que va a ser complicado acercarme a las Cortes, aunque oigo a los leones desde donde estoy, si esto fuera Game of Thrones, saldrían de su encierro y arrasarían el Parlamento abriéndose paso a dentelladas. Pero cualquier lugar es bueno, así que me sitúo cerca de ellos. Os miro a la cara uno a uno, registro vuestras expresiones ante los acontecimientos, me quedo parado más de una hora sin moverme de mi sitio, con las manos en los bolsillos, mirándoles, sin pronunciar palabra alguna, tratando de empatizar con ellos, qué cojones pasa por su cabeza, por qué algunos tienen la sangre tan oscura. Voy observando su baile de movimientos, memorizando sus caras, identificando quién es el que manda, aquel grandote de mirada concentrada, manteniendo la calma, contenido y en su sitio. No parecía un mal tipo. Luego estaba el que trata con la gente que quiere pasar a sus casas, con paciencia infinita, la verdad sea dicha. O los antidisturbios os hacéis como los amish, y vivís sólo entre vosotros, vais a ver vuestro muro derrumbándose, vuestro entorno resentido, pagando con creces vuestra cobardía, ser hijo de antidisturbios será insulto coloquial, y sí, es verdad, todavía no ha llegado ese momento, pero llegarán, y llegarán otros, cuando dejéis vuestro curro y paréis la actividad, os desliguéis con hilo fino de vuestros ex-compañeros, y vuestro karma se abalance sobre vosotros, pero la culpa la escribiréis de propio puño. La lepra con sangre entra. Tendríamos que ir, día tras día, y memorizar sus caras, todas ellas. Identificar a los topos convertidos en manifestantes en primera línea de playa, (curioso eso de jugar uno sólo creando disturbios que luego antidisturbias). Los daños colaterales que importan. Los vencedores son los que redactan la historia. Un tipo puede que se quede bien jodido pero qué más da, os habéis ganado ochenta euros. Felicidades. Sentimos lo de la paga de navidad. Y me da por pensar que nos tienen más miedo a nosotros que nosotros a ellos. Que estar ahí plantados delante de tanta gente, algunos insultándolos, pero otros sacando alguna sonrisa con algún cántico improvisado, era un recordatorio continuo de que están tomando decisiones incorrectas, que bajo la pila de platos de las auto-justificaciones hay algo que late y que sabe la verdad, que se están equivocando de lugar. Supongo que algunas familias sí. Veo amargura en casi todos vosotros. Nos odiáis, mucho más que nosotros a vosotros, porque nuestro verdadero odio está muy por encima de vosotros, sólo sois perritos fieles. Mi lema es: no les des la satisfacción de que te toquen. No es muy difícil ser más listos que ellos, no seamos tontos. Yo también me siento amargo, pero se pasará rápido, encontraré nuevas fuerzas, yo no tengo que cargar con vuestro insomnio, ni filtrar la basura que os echáis a vosotros mismos. La excusa de cumplir órdenes ha quedado demostrada de nuevo, qué bien no sentirse responsable de vuestros actos. Lo malo no es sólo que las cumpláis, es que deseéis que se os den esas órdenes. Y

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no sois todos, hoy lo he visto, como el antidisturbios que estaba a la derecha, si mis ojos no me fallan ese tipo no es el problema, en todas las manadas de lobos a veces sale uno blanco, pero de momento sois solamente una anécdota, una minoría que no forma escaño. Suerte y haceros un titular. No quiero entrar en las Cortes, tranquilos, detesto los lugares pequeños con el aire viciado, quiero que salgáis para ver con vuestros propios ojos lo que hay fuera, para que despertéis de vuestros juegos de poder y os hagáis de una vez responsables de vuestros actos. No os deseo ningún mal, solo conciencia.

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A GUISO DE INNECESARIA APOLOGÍA TAMBIÉN A MODO DE PRÓLOGO, EPÍLOGO O CARTA DEL EDITOR

En el fondo son sólo palabras. Hace tiempo de esto y cada cierto tiempo suele ocurrir. En ocasiones, cuando se destripan las aceras de una ciudad cualquiera aparece sin aviso previo y por mera casualidad una caja del tiempo. También se encuentran pinturas en cavernas recónditas y huesos de nuestros antepasados en cualquier remoto rincón del mundo con lo que excepcional, cuanto menos, el fenómeno no lo es pese a su potencial carga literaria. Creo -si no mal recuerdo- que la última caja del tiempo que encontraron debajo de una estatua ecuestre contenía una edición del Quijote, un periódico de la época y no alcanzo a recordar qué cosas más. En resumen, cuanto allí había era una colección de trastos inservibles y de escaso valor salvo para algún anticuario o algún bibliófilo interesado en adquirir aquella edición no demasiado rara. Pero lo importante y acaso también excepcional -lo potencialmente literario- es que alguien, en algún momento, tuvo la voluntad de desafiar el tiempo, de intensificar el recuerdo, de testimoniar una cotidianidad que algún día desaparecería inexorablemente. Todo, sin comunicárselo a nadie con nocturnidad, vamos- y adjuntando con alevosía la más famosa negación del sentido común, el Quijote. Un atentado. A menudo podemos inclinarnos a considerar que lo antiguo tiene valor puesto que se presta a ser Historia pero también a menudo lo antiguo no merece una alta consideración sólo por el mero hecho de ser antiguo. Porque una cosa es lo antiguo y otra distinta, lo viejo. En la antigüedad se veneraba el pasado con fruición pero cabría señalar que sólo se veneraba lo que de él se interpretaba y deducía, muchas veces falso y equívoco de cabo a rabo. En edades posteriores lo nuevo sustituiría a lo viejo, en el sentido moderno, y aquello que se llamaba con fervor religioso posteridad o antigüedad se desvaneció entre motores furibundos y atroces guerras mundiales. De modo que la transitoriedad hoy es una herencia ineludible, que el recuerdo y la restauración implican una falsificación, que la posteridad no existe y cuanto la vida deja en su tránsito es un poso de cenizas poco si no nada trascendente. Mas de súbito, sin antecedente y con imprevisión emerge una caja del tiempo; una tumba no profanada, algo que conserva pocas conexiones con el mundo actual… un secreto que ha permanecido oculto e incorrupto, un atentado contra el discurrir natural de las cosas, un gesto gratuito y excéntrico al uso de la misma existencia inadmisible y sartreana. Quién no puede rendirse a padecer un ápice de entusiasmo ante un hallazgo tal incluso cuando no crea soterradamente en la eternidad ni confíe demasiado en el significado de la palabra trascendencia. Lejos de la inmortalidad literaria y la historia erudita; cerca del caos informativo, de la sociedad del espectáculo, de la producción en cadena, del desastre ecológico… anclada en pleno y tumultuoso s. XXI una caja del tiempo viene a ser también una caja sorpresa. Igual de inútil, igual de absurda y, si consigue hacernos reír o asustarnos, pues igual de divertida o perversa. A menudo puede encontrarse el hombre inmerso en industrias literarias y andanzas noveleras al uso de nuestro querido hidalgo manchego, aumentando la mentira del mundo quizá con motivo aparente de encontrar verdad. Pero también quizá no sea cuestión de verdad o mentira sino simplemente una cuestión de gratuidad, de rareza; un acto sin rumbo, justificación ni resultados a la vista. Un viaje a ninguna parte, una Divina comedia o acaso algo que, por el motivo que sea, logra

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sobrecogernos, emocionarnos u obligarnos a reflexionar. Tiene esta labor -con frecuencia- algo de libertaria, de negra, de soñadora, de triste y de anacrónica. Y en ocasiones hasta este hombre puede encontrar parvo consuelo en lo que transcribe desde la caverna, pues «Es una cosa natural que el hombre ame sus propias obras. También a la hembra del cuervo y a la mona le parecen sus crías hermosísimas». En cambio pocas veces sus ocupaciones retóricas al cabo del tiempo -consumida la novedad y agotada la sorpresa que en ellas había- revelan lo que en su momento revelaron, siendo, como lo enjuiciaba Lope, mejor lo borrado que lo escrito. Y el lenguaje será entonces, al cabo de la calle, un sistema Morse que transcribe asuntos vitales escasamente relacionados con la gramática. A lo largo de esta vida que parece tener poco o nada que ver con reglas ortográficas, sintácticas o semánticas, me he visto interesado por estos desplantes, arrebatos, inconformismos o licencias de los llamados autores. Son muchas las veces que me he topado con gigantes en vez de molinos y en muchas ocasiones -lo cual es antecedente de la presente obra- he trabado contacto con otras personas en quijotesca encrucijada, en aventurera travesía. Encerradas en el mismo tiempo, navegando los mismos pero distintos mares, y ejerciendo labores creativas que a menudo han llegado hasta mí muchas veces acompañadas del embarazo y la renuncia de sus propios progenitores. Es una pena que nadie atienda estos asuntos me dije, desconsolado, de modo que planeé entonces aquello de escribir un libro sin que yo lo escribiera. Así, lo menos, cabía la posibilidad de que fuera bueno. El incierto rumbo trazado en el mapa me hacía preocuparme sobre el destino final de la travesía. Pero esto último, como comprenderán, de toda aventura sea quizá lo menos importante. Tiempo y lo mismo tiempo perdido que un buen día se nos ocurrió arremolinar en una caja del tiempo o, por mejor decir, en una caja negra. Algún día -vaticinamos- este barco se hundirá en el fondo del océano y ni siquiera nuestros cadáveres podrán ser rescatados. Quedará esta caja revelando datos y coordenadas y conteniendo -esto es lo más señalado- las conversaciones de las personas que un día se embarcaron, con más o menos equipaje. Todas juntas, descosidas, sin orden ni concierto, con escasas correspondencias y concordancias, diversas y variopintas pero todas igual de sensacionales. Sólo a la espera de que ustedes destapen la caja y descubran su contenido. Así, la caja negra -caja del tiempo y caja sorpresa- puede ser también La caja de Pandora.

Está claro que con todo esto a la vista y algo más que podría añadir no se presentaba la presente publicación como un negocio demasiado lucrativo ni como algo demasiado rentable en el mercado editorial. Sin embargo era una buena excusa para reunir un puñado de conocidos y desconocidos en pos de pertrechar unos cuantos crímenes de los que ustedes han sido o serán testigos. Con la autoedición como único elemento descollante, simplemente se orquestaba otro atentado. Aquí, efectivamente, no encontrarán nada más a parte de palabras a las que pueden buscar un sentido, acaso el mismo que quedó preso en ellas, acaso otro o acaso ninguno. La libertad como bandera, piratería, saqueo, nuevos continentes, amores, viejas historias, tormentas, vientos favorables… el viaje literario, otra vez.

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Hasta aquí esta apología que considero innecesaria de todo punto pues la labor de escribir es difícilmente justificable y, a la vez, suficiente por sí misma. Espero baste nada más para tratar de entender La caja negra; un totum revolutum sin orden ni concierto ni ton ni son. El despiporre, vamos, en caso de que prefieran ahorrar palabras. Una muestra con vocación libre que espero disfruten en la misma medida que un servidor la ha vivido y disfrutado. En nombre de los autores que aquí participan de forma completamente desinteresada y en el mío propio queremos agradecer su valiosa e imprescindible atención. Bienvenidos a bordo.

«De letras, menos de la mitad basta, y lo demás de fortuna, que el aplauso más ruido hace en vacío». [Baltasar Gracián. El criticón. Segunda parte]. 18


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