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Vinos – Relatos Cortos ISBN: 978-149-271-616-7 Depósito Legal: LFI 06120138003248 Derecho de Autor © 2013 de Adriana Zerpa Ocando Algunos Derechos Reservados – Copyleft. La presente obra está liberada bajo una Licencia Creative CommonsAtribuciónReconocimiento, No comercial, Sin obra derivada 3,0, sin Jurisdicción reportada para la República Bolivariana de Venezuela, que permite copiar, distribuir, exhibir y ejecutar la obra, no hacer obras derivadas y no hacer usos comerciales de la misma, bajo las condiciones de atribuir el crédito correspondiente a los autores y compartir las obras derivadas resultantes bajo esta misma licencia. Más información sobre la licencia en: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/ Imágenes de portada y tapa: © 2013 Fragmentos Tuyos de S.M. Eduardo D'Attellis. Algunos Derechos Reservados – Copyleft. Las imágenes de portada y tapa están liberadas bajo una Licencia Creative Commons Atribución-Reconocimiento, No comercial, Sin obra derivada 3,0, sin Jurisdicción reportada para la República Bolivariana de Venezuela.

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A Reinaldo, que me ley贸 en mis peores tiempos.


“Désolé. Even if I scream, i can't scream that loud”. Grey Room / Damien Rice -2006


Lucía


Vinos

Corría la noche del domingo. Lucía batía la única pierna que le quedaba fuera del mueble y miraba hipnotizada la bombilla de la sala, cuando la ducha empezó a crujir. Si para otros significaba que la mujer que se encontraba en el baño se duchaba, o hacía una de esas limpiezas arduas que mostraban las señoras de la televisión entre sus programas favoritos, y que papá anunciaba con un disgustado <<ahí comienzan de nuevo>>, para ella lo único que aseguraba era que la habitación principal estaba libre. Segura de que luego se arrepentiría de cada segundo perdido, voló hacia ella, cruzando el salón y la puerta que se hallaba justo al final del pasillo. No había moros en la costa, papá había salido con sus amigos y no regresaría hasta mucho después de que terminara su cometido. <<Incluso mamá habrá salido del ___ 15


Adriana Zerpa Ocando baño para ese entonces>>, pensó, y se echó sobre la cama. Era suave. Las sábanas estaban perfectamente dobladas, y las finas almohadas la volvieron a llevar a las señoras de la televisión: <<…Es que debemos tener almohadas acordes a nuestras necesidades, la diferencia entre una SoftPill2000 y una almohada convencional es increíble. Sin necesidad de ir muy lejos o de que te rompas el coco para entender, Sofi, en la mayoría de los casos, los problemas de espalda tienen su origen en el mal dormir. Y tú, amigo televidente, ¿qué esperas? No desaproveches esta oferta, ¡llama ya!>>. Sin embargo, si algo no tenía que envidiarle Sara a los comerciales eran las almohadas. No, señor, las suyas fueron confeccionadas con las plumas más suaves de las mejores aves del mundo, si era de verdad que de eso estaban hechas, en las publicidades siempre omitían ese dato. Con mirada culpable volvió la vista hasta la puerta del baño y luego a las almohadas, decidiendo que ya todo estaba arruinado. Estaba allí, así que era mejor terminar de una buena vez lo que se había propuesto, después de todo, no podía haber ladrón más decepcionado de sí mismo que aquel cuyo fin fue frustrado. Levantó la almohada del lado izquierdo y miró extrañada la sábana. Claramente debía ser un error, por lo que la volvió a colocar, levantándola luego rápidamente, pero lo único que observó fue el plano cobertor que se extendía por toda la cama, abrazándola. En el baño la llave que controlaba la salida de agua se cerraba. El nombre bien establecido por Lucía de “hora intermedia”, se encontraba ahora dando vueltas en su ___ 16


Vinos cabeza, cantándole desde el interior que no lo lograría. Estaba allí lo que buscaba, podía sentirlo, pero también se encontraba lejos. Si desconoces el paradero del objeto que necesitabas, da lo mismo que esté justo debajo de tus pies, o a millones de kilómetros de distancia, sigues sin él. Eso era lo que sucedía, y solo hacía que el asunto fuese un verdadero fastidio, lo complicaba todo. La rápida idea de que se la hubiese llevado consigo al baño se deslizó debajo de la voz que le hablaba, y eso le sentó peor. A Sara le disgustaba que la tomara sin su consentimiento, pero que se la llevara consigo significaba que había empezado a hacer todo lo que a su alcance estaba para impedir que volviese a inspirar su olor. Casi sin esperanzas levantó la almohada de papá, encontrando debajo de ella, y para su alivio, una pequeña sábana arrugada. -¡Bingo! –susurró Lucía, halándola. Dejó el pedazo de cubierta sobre la cama y corrió a su habitación en busca de Igor. Era viejo, marrón, y tenía una mancha en la oreja izquierda que a ojos entrecerrados parecía un dragón tatuado, característica típica de los compañeros de crímenes. Sin embargo, su incondicionalidad, sempiterna en otrora, estaba ahora sujeta a horarios de siesta. <<Entre más ancianos, más duermen los osos de peluches, nena>>, se decía a sí misma, a sabiendas que en el caso contrario le habría sugerido revisar ambas almohadas antes de perder la cabeza en cuestiones de poca monta, era así de sabio. Una vez hubo regresado a la habitación principal apuró su propósito, el tiempo intermedio se había ___ 17


Adriana Zerpa Ocando acabado hacía rato; colocó a Igor sobre la sábana, lo enrolló en forma de burrito y comenzó a rodarlo por toda la superficie de la cama. Eso era divertido, el comparar a Igor con comida. Él sería la carne, y una muy buena. Si su memoria no le fallaba, ese era el tercer día que sometía a su cómplice. Todo había comenzado el viernes por la noche, mientras veía una película con sus padres en esa misma habitación. Tanto ella como Igor se sintieron atrapados instantáneamente por la historia, porque aunque sabían que Lucía no era un pez, y que tampoco se perdería en el océano ni que tendría que ser rescatada de una pecera, no quería ni imaginarse lo que le pasaría a ella si llegaba a perderse en un centro comercial o en el parque de diversiones. Esos lugares eran en parte igual de grandes que el océano, pero mucho peores, nunca les había visto de otra forma sino abarrotados de personas, eran como océanos repletos de peces. <<¡Jesús y María, eso sí que sería una pena!>>, pensó, allí la frase de su abuela calaba bien. Jesús porque es hijo de Dios y María su madre, habría explicado Aurora ante una situación desfavorable, nunca se debía llegar al extremo de utilizar palabrotas. Cuando la situación se ponía muy fea simplemente exclamaba “¡Jesús, María y la Santísima Trinidad!”, y eso debía hacerte entender más que cualquier otra cosa. -¿Qué haces? -dijo una voz femenina a su espalda. Lucía se paró en seco, volteándose luego lentamente. Más tarde le resultaría muy graciosa toda la escena, pero en ese instante sentía que la habían atrapado. Se encontraba ___ 18


Vinos frente a mamá con burrito en manos y sin una explicación diferente a la que había dado los días anteriores. –Sólo estaba… -¿No te he dicho que no lo hagas? –le sermoneó Sara. –Así como tú tienes a Igor y lo cuidas con recelo, yo tengo mi sabanita y también la cuido. -¡Pero es que huele tan bien, mamá! -¿Me permitirías hacer lo mismo en el caso contrario? ¿Dejarías que yo husmeara en tu habitación, tomase a Igor deliberadamente y lo enrollase junto a mi sabanita? Mamá era una mujer inteligente. Lucía no siempre entendía todas las palabras que utilizaba, pero Sara se aseguraba de colocarlas en el lugar adecuado para que la idea que quería transmitir quedase clara, y esa noche, como de costumbre, tenía la razón. Probablemente ella se molestaría también si alguien tomara a Igor y lo frotara contra otro objeto, incluso si lo hacía mamá, había límites que respetar. Lucía le pidió disculpas a Sara, la tomó de las manos hasta llevarla a su habitación, y le pidió que le diera un beso de buenas noches. Eso no bastaría para hacerle olvidar todo, pero se sentía arrepentida y mamá lo sabía, ya para mañana quizás lo habría dejado pasar. Así era como funcionaban las cosas en las familias, aseguraba, las personas se equivocaban, pedían disculpas y todo volvía a la normalidad. ¿Qué podía ser si no eso? No podía marcharse de su casa, era joven y no tenía otro lugar a donde ir.

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Adriana Zerpa Ocando -¿En qué quedamos, entonces? No más… -comenzó Sara, mientras terminaba de arroparla. -No más tocar tu sabanita –terminó Lucía-. Lo sé. Ya no te preocupes, lo he entendido. -Eso dijiste ayer. A ver si lo cumples mañana ¿eh? –dijo Sara, sonriéndole. -No te preocupes –repitió-. Buenas noches. -Buenas noches, Lucilu. –respondió. Sara apagó la luz y cerró la puerta de su habitación. Ya todo estaba bien, mamá la había llamado por su nombre especial. Esperó cinco segundos sin moverse en lo absoluto, calculando que eso le llevaba a mamá regresar a su habitación y cerrar la puerta, y encendió la lámpara de la mesita de noche. Tenía ocho años, y la verdad era que la oscuridad había dejado de darle miedo desde los siete, pero una nunca sabe lo que podía encontrarse allí. No era la oscuridad, sino los animales, los ruidos y las sombras, por eso tenía que estar alerta. Igor a veces calmaba la ansiedad que sentía, pero era tan viejo que casi siempre se dormía primero. Con la vista fija en la luz y sus brazos alrededor de él, se quedó pensando en Sara. Lo había logrado, el peluche desprendía un olor igual al de ella. Olor a flores y a lociones de vainilla. Al cerrar sus ojos, podía ver el largo y ondulado cabello de Sara moviéndose con el viento de un día soleado y verde. Estarían jugando en el parque junto a papá, pero ambos se concentrarían más en las ondas de su cabello que en el juego mismo. Se lo ataría con el lazo violeta de motas ___ 20


Vinos blancas, y luego de una vista rápida al cielo les diría que debían resguardarse de los rayos del sol, a lo que Lucía simplemente asentiría, embarrándose al igual que ella la cara y los brazos de protector solar, la tersa y blanca piel de mamá era el claro ejemplo de lo que profetizaba. Justo antes de sumergirse de nuevo en sus ensoñaciones, respiró el aroma robado de Igor, abrazándolo esa última vez con más fuerzas.

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Centinelas


Vinos

Eran las seis de la tarde cuando la carta llegó. Para ese entonces ya ocho habían partido y yo me había reformado casi por completo. Lo atribuí a que debía ser cuestión del destino, algunos hombres son infieles una vez, y una sola está bien, no podía ser eso. Además, una noche en la cama de la muchacha del abasto no contaba propiamente como un acto de infidelidad, sino como un ritual de los hombres que vivían en esa calle. Siendo el nuevo no podía pasarme de listo y ser diferente, tuve que arriesgarme. Volví al papel sin concebir la idea, repasando una y otra vez mis acciones hasta ese entonces. Concluí que claramente debía ser un error de ellos, mas uno que no tenía intenciones de cuestionar. Las piezas ya estaban puestas en su lugar, la carta ya estaba en la puerta de la casa indicando que debía irme, era así de simple. Con atención leí el tiempo que se me daba, contaba con un día completo para desalojar la ___ 25


Adriana Zerpa Ocando vivienda de Marta. -¿Qué dice? –dijo ella, preocupada-. -Mañana debo irme –contesté, cerrando la puerta de mi habitación sin más-. ¿Qué otra cosa podía decirle? Ya ambos sabíamos. Habíamos hecho un acuerdo para el pago de la habitación, pero Marta tenía acá el tiempo suficiente como para saber mejor que yo cómo se dan las cosas en estos casos, ella misma me había contado al principio las historias de los hombres asesinados a sangre fría por no querer partir, y luego la del señor Juan. Siempre hacía la salvedad con la suya por ser esa terriblemente peor. Incluso Marcela se molestó cuando se la conté, y al otro día tuve que llevarla a ver una película y comprarle más chocolates de lo usual; ya para el beso de despedida, por fortuna, lo había olvidado todo. Empaqué en cuestión de pocas horas, dos meses no son suficiente para un hombre que duerme solo, aún habían cajas de enseres a medio abrir. En algún momento de esos Marta tocó la puerta, pero me hice el que no escuchaba y seguí con las maletas, los bolsos, y la ropa, estaba muy enojado como para hablar de mi futuro con ella, no tenía a donde ir y ya eso era un cuento viejo. Justo antes de salir vi al piso y miré el dinero de la renta debajo de la puerta. ___ 26


Vinos Hombre, si en ese momento no salían lágrimas de tus ojos debías de saberte más que un simple mortal. ¿Qué demonios iba a decirle a Marcela ahora? Yo no me saltaba a los otros patios para robar, tampoco solía pasarme por las calles a altas horas o blasfemaba contra los demás, y las malas amistades las había dejado en el tiempo oportuno, cuando Ricardo me recomendó que me alejara de Amilcar y los demás que se reunían en la esquina del abasto a fumar marihuana hasta hacer una cortina de humo por todo el alrededor. Sabía que los centinelas le habían advertido, por eso le tomé la palabra, dos semanas atrás. Tenía pocos meses acá, pero ya me conocían, por lo que debían saber que yo estaba limpio; trabajaba por las mañanas, pasaba los mediodías con Marcela en la sala de estar de su casa o en los restaurantes que circundaban su urbanización, y que pertenecían a la parte más limpia de la ciudad, y ya a las seis estaba de regreso como todo el mundo, tal cual lo habían establecido. Era una oveja más, mas una maldita oveja que por una injusta razón era excluida del rebaño. Cuando por fin logré salir, vi a Marta sentada en la mesa del comedor. Su cara triste me lo decía todo; que la disculpara por no haber atendido a los deseos de mi madre, que quizás podríamos solucionar eso y hacerlo funcionar entre los dos, que luego de mi llegada se había dado cuenta de que se sentía sola y que de verdad necesitaba a alguien; ___ 27


Adriana Zerpa Ocando pero me negué a todas esa ideas antes de que las comenzase a hacer fluir de su boca, no era justo someterla a una cosa así. -Está lo de Juan, ¿se acuerda? –comencé sin poder evitarlo, a sabiendas de que seguía callada- No puedo quedarme acá. Quizás ésta vez Marcela sea más comprensiva y me de espacio en su casa. Aceptémoslo, vieja, no pertenezco a este lugar. Jugué la carta del chico duro al que parecía no molestarle la situación, salí para que no viese mis ojos rojos y me encaminé a casa de Marcela. Eso era un desafío a toda regla, puesto que ya las calles de la manzana estaban desiertas a excepción de ellos, pero a ese punto poco me importaba. Sabían que hasta el día siguiente pertenecía, que aún podía andarme por allí. Luego de darme paso en la enorme sala, la señora Rodríguez se dirigió a buscar a Marcela, no sin antes avisarme que se demoraría un poco porque la mujer que contrataba para que le arreglase el cabello se encontraba con ella. Luego de la muerte de mamá, Marcela se había planteado seriamente el seguir la relación. Mi madre era el pilar que mantenía todo unido, por lo que al morir mi padrastro vendió la casa de la ciudad, se fui a vivir a su finca y yo me tuve que mudar con Marta, la señora que mi ___ 28


Vinos madre había contratado hacía veinte años para que me cuidase. Desde su partida, Marcela se había visto en problemas al no contar con las anteriores ventajas que subvenían de estar conmigo. Ahora llegaba a su casa con la camisa manchada y zapatos más rústicos y resistentes, y eso le incomodaba, le hacía sentir en un cuadro al que no pertenecía. A la par de esa latencia estaba el que ya no podía llevarle a los lugares de siempre, ni salir con los muchachos con tanta frecuencia. Todo se convertía en un rumor en su cabeza que solo sabía exteriorizar con silencio e indiferencia. Esa tarde, y luego de tantas vueltas al asunto, lo declaró, anunció lo complicado que sería nuestra relación al no tener yo siquiera un lugar en donde dormir, y que su padre nunca me aceptaría allí, por lo que ella ni se molestaría en preguntar. -Marcela, ¿he de recordarte la historia de Juan? –dije al final lastimosamente, más por jugármelas todas que por creer que cambiaría su opinión-. -No intentes pasarte de listo, ya te dije que mi padre nunca lo aprobaría. ¿Por qué no vas y te mudas a la finca en la que estás trabajando? Quizás resulte mejor de lo que piensas. – cortó ella-. Salí de su casa sintiéndome más liviano de lo que me sentía cuando entré. No había encontrado un lugar en donde ___ 29


Adriana Zerpa Ocando quedarme, pero tampoco tenía la responsabilidad de tener a alguien por quien velar. Le quería, pero en su mundo así resultaban las cosas, si no tenías una gran casa ni una buena posición, no tenías a la chica linda de revista. Marcela ciertamente había soportado más de lo que ninguna otra lo habría hecho, pero ambos sabíamos que lo único que faltaba era una buena excusa para terminar, y esa fue la carta. Ricardo recibió mi llamada y oferta con buen pie. Ya debía estar enterado de todo, él parecía tener una relación especial con los centinelas, por lo que sin réplica alguna aceptó, a las nueve en punto nos vimos en el bar que quedaba tres calles más arriba del abasto. Lo curioso de esos lugares era que los hombres se convertían en uno. Problemas familiares, laborales, económicos; todo el lugar era una esfera de tragedias que se lavaban en el mar de la cerveza que ondeaba en las botellas. Entrabas queriendo olvidarte de todo y eso pasaba, terminabas cantando viejas rancheras y jurando amistad a desconocidos cercanos a ti. Lo hice porque el día se sentía como para ello, no solía emborracharme tanto como los vecinos de Marta, -luego de quedar con Eva Ramírez, la voluptuosa empleada del abasto, no había vuelto a hacerlo-, pero después de una primera vez siempre venía una segunda. A las doce en punto, sin embargo, cuando ambos estábamos más que ___ 30


Vinos encendidos, le rogué a Ricardo que nos fuéramos, no quería que mi vida terminara en una fría madrugada solo porque nos habíamos pasados de listos con los centinelas. Tal cual lo veíamos, solo nos separaban de nuestro destino tres cuadras y cinco casas, así que decidimos caminar en medio de la calle para que las luces de las farolas no pudiesen alcanzarnos. La excitación que la cerveza nos había brindado se esfumó cuando comenzamos a caminar, nuestros corazones parecían salirse, confundiendo en varias ocasiones a nuestros latidos, y a estos con las pisadas. Ya en la última cuadra, justo antes de cruzar la esquina de la calle de Marta y Josefa, las sombras de dos hombres armados aparecieron reflejados por la luz amarilla del faro un milisegundo, el tiempo suficiente para hacernos saber que nos habían visto. Ricardo y yo cruzamos nuestras miradas y apuramos el paso creyendo que podíamos superarles, pero las sombras se habían disuelto únicamente para irse detrás de los hombres que se paraban frente a nosotros. -¿Cuáles son sus nombres? –dijo el de mayor altura, sosteniendo con sus dos manos el rifle-. -Soy Andrés, vivo en casa de Marta –respondí al instante, sabía que Ricardo no estaba en condiciones de hacerlo-. Él es Ricardo, hijo de Josefa. -¿Acaso olvidaron las reglas? –preguntó el otro-. ___ 31


Adriana Zerpa Ocando -Disculpen, se nos ha pasado el tiempo. –dije. Y un demonio que se nos había pasado, era mi última noche y aún así pretendían tratarme como a un desconocido-. Los hombres se miraron, y el que parecía menor retrocedió hasta ubicarse al lado de la farola, mientras que el otro nos indicó con un movimiento de la cabeza que le siguiéramos. Por mi mente pasaban todas las historias que Marta me había contado en un principio para prevenirme, y por supuesto, la de Juan en particular. No podía imaginar cómo había sido todo aquello; el asalto a su casa, que le cortaran las extremidades y golpearan hasta matarlo en frente de su hija y su esposa; todo se unía hasta lograr una película que parecía estar cobrando vida a medida que caminábamos. Las cinco casas que hacían falta para llegar se me antojaron infinitas y comprendí que para Ricardo también, luego de que el centinela parara en casa de Marta, éste me había susurrado que viese que él también entraba a la suya. Josefa y Marta eran vecinas, pero supongo que consideraba más seguro entrar por la puerta principal de Josefa que entrar conmigo y saltarse la cerca del patio de Marta, si había un centinela merodeando en los techos podía matarle. A la mañana siguiente todo sucedió rápido. Marta ya había limpiado toda la casa, acomodado las maletas en la sala, y para la resaca, tenía una taza de café esperándome ___ 32


Vinos en la mesa del comedor, mientras yo apenas asimilaba que era el gran día. Según decía, las cajas las había enviado a la finca de su hermano Antonio en una camioneta la tarde anterior, y que mientras conseguía un lugar podía dormir con los animales, pero yo tenía otra cosa en mente, una que había tanteado unos veinte minutos antes de conciliar el sueño esa madrugada, y que con el pasar del tiempo adquiría más sentido. Me vestí, le di un beso en la frente y me encaminé a la hacienda de Antonio con nada más que mi billetera. Una vez allí le dije que vendiera o botara todo lo que quisiera de las cajas, ya no les daba ningún tipo de importancia emocional. Con paso decidido pasé el establo, despidiéndome en silencio de los animales, del aire, de los recuerdos de mi madre que enterraba junto a Colombia, y me adentré en la selva en busca del arrullo del río. Si lo seguía y tenía suerte, en cinco días habría salido del país.

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Vinos

No era como si debiera esperar algo de las personas de mi alrededor, o como si estuviera frente al encargado de abastos Las Marías o al mostrador de una joyería, o siquiera el hecho de que no me encontrara dormida en mi habitación. Se trataba de un día como cualquier otro, aunque algo tenía diferente. Como solía responderles a las personas que se jactaban de saber quiénes habían impuesto récords guinness mundiales, esa cosa no es más que un legajo lleno de mierda, cada día se viene con algo nuevo encima. Cuando decía eso en voz alta, las expresiones de la cara de Antonio me rogaban que hablara mejor o que simplemente no dijera nada, pero ser su hija no me hacía de él. Quizás cuando logré hacerle entender eso se dio por vencido y concibió que tampoco le dejaría de llamar Antonio. Yo, por el contrario, siempre me mostré más que feliz de que me llamase bastarda, después de todo, no solo yo era su bastarda sino ___ 37


Adriana Zerpa Ocando que también sonaba bien, o mal, supongo que todo depende del cómo se mire. <<No jodas con esa mierda, Antonio, ya te dije lo que pienso al respecto>>, decía, y eso le hacía callar. Las veces que más se arrepentía de sacar a la superficie sus conocimientos era cuando nos encontrábamos en público, pues mi lenguaje quedaba expuesto a los terceros, pero la verdad era que me importaba poco lo que ellos pensaran de mí. Más de uno se movía en su silla incómodo, sin saber si les desagradaba más la palabra mierda o que llamara a Antonio por su nombre, pero otros parecían reír. Si nunca quemé el libro fue porque sabía que él lo disfrutaba, que luego de halársela en la noche de seguro se quedaba viéndolo hasta dormirse, y esa era la razón por la cual sabía tantas cosas, pero me parecía ridículo todo el asunto de dedicar un libro completo a las sandeces de la gente. Si de verdad quisieran hacer sentir especial a las personas, ¿por qué no le dan un condenado trofeo a todos? Era eso, ¿ves? No me comía el cuento de los récords mundiales. Quizás es que siempre fui muy literal, que no entendía por qué darle dinero y un título a una persona cuando millones rompían récords todos los días. ¿Que el pequeño Sahir Namar en la India se había sacado los mocos sesenta y cuatro veces el catorce de Marzo del dos mil once? ¡Premio para Sahir, el muchacho que ese día se sacó los mocos más veces en el mundo! ¿Que el quince de septiembre del dos mil doce, Alan Smith de Oregon fue la décima persona en nacer ese día? ¡Bien hecho, renacuajo, toma tu premio! Y así iba. Todo el planeta estaba lleno de malditos acontecimientos extraordinarios diarios que pasaban de largo, porque mucho ___ 38


Vinos más importante era darle dinero al sujeto que se había desfigurado el cuerpo notablemente. El hombre del frente llevaba varios segundos mirándome. Era curioso eso, siempre se quedaban viéndote, mas cuando virabas, cuando decidías enfrentar al descarado que te mataba, o al que te desnudaba, maldecía, o sabrá el Ser Superior qué cosa hacía en esos momentos, te quitaban la mirada de encima, como si no quisieran admitir que lo habían estado haciendo todo ese tiempo y que al final les habías cachado. No estábamos en uno de esos lugares en donde las modelos enfermas y sin curvas desfilaban por puro placer, no podía permitírselo. Le seguiría mirando hasta que se sintiese incómodo, e incluso más, hasta que se alejase; porque tampoco era como si estuviésemos Antonio y yo en el banco, en donde apenas aparecía el número en rojo –porque en todos los bancos el número se marcaba en rojo-, las personas se miraban unas a otra con curiosidad, como preguntando “¿te llamaron a ti?, ¿es tu turno?”, y luego veían al elegido desfilar sin apartar la vista un solo segundo, deseando mágicamente poder ver, a través de su cuerpo, el papel que llevaban en la mano. Unos hombres miraban los traseros de las mujeres, porque en Venezuela algunas mujeres están hechas para ser vistas desde atrás, pero ya era cuestión de ellas. En cambio, cuando los hombres y mujeres miraban la espalda de la persona que iba a la ___ 39


Adriana Zerpa Ocando taquilla, tratando de enfocarse en el ticket, lo hacían queriendo que esta volteara y les chillara que efectivamente el número de su papel marcaba el que la pantalla en letras rojas indicaba. Querían escuchar a gritos que ella sí tenía el trescientos quince. Por supuesto, nunca nadie volteaba, y de hacerlo, de alguien haber sujetado el papel con infinita exasperación, mientras aullaba a los que le traspasaban los huesos con la vista –y algunos hombres el trasero si era una mujer-, habría sucedido hace tiempo, cuando Antonio y yo éramos más íntimos, íbamos al banco, y hacíamos otras diligencias juntos. Ya no, ahora solo a mí me tocaba mirarle el trasero a todos –porque como entendía esto me parecía más inteligente y menos irritante verles los parachoques-, pero eso era en los casos extremos, aquellos en los que debía perder horas de mi vida mirando traseros a propósito en un banco, y yo no me encontraba en uno. Incómodo, el sujeto miró mis uñas y brazos, y lo entendí todo como si él hubiese sido el que pegaba gritos en el banco. No, no era como las chicas bonitas que se pasaban horas en los salones de belleza y escogían con cuidado las tiendas en las que comprar sus lujosos brazaletes, como Lara y Linda, las niñas del colegio al que alguna vez fui. De él tengo escasos recuerdos, que no puedo sino proyectar a un futuro, y en forma de serie de televisión. En letras rojas aparecería el letrero: Las doble L: Vida de dos mujeronas. Serían ___ 40


Vinos insoportables, y en el programa final les encogerían los vellos de los brazos a todos los invitados a su fiesta de cumpleaños número cincuenta –que por supuesto harían juntas porque eran así de unidas-, porque la torta en vez de tener diez pisos de altura separados gradualmente por una fuente de chocolate y una de fresa que se unían al final, solo contaba con nueve. Esas eran ellas, las que al principio nadie quería por no poder entenderlas. Y es que, ¿cómo podías entender a alguien que, para comenzar, no tenía nombre? Ah, porque no puedes utilizar un adjetivo o el nombre de un estado para llamar a alguien y esperar que todo marche bien. Eso no solo carecía de sentido, sino que estaba mal. ¿Qué y si Linda no resultaba linda? Claro, para el programa de televisión llegaría a hacerse más cirugías que idas a misa acumularía una vieja católica a lo largo de su vida, pero en primer año era algo que no podías evitar pensar. ¿Cómo demonios Lara vivía en el Zulia? ¿Qué había pasado con la vida que había colocado a alguien de Lara en el Zulia, o acaso era una broma de su madre que, probablemente, debía ser de Lara? Podía ver a los invitados con solo cerrar los ojos, corriendo de una sala vip a otra. Se reirían en voz baja de sus estupideces en las primeras horas, pero después de las tres de la mañana las criticarían sin recato alguno, como en primaria. El día se había afincado más, como cuando el sol tibio y ___ 41


Adriana Zerpa Ocando apenado de las siete de las mañanas se posa con una firmeza central al mediodía, pero tal no era el caso. Sin poder permanecer un minuto más sentada, me deslicé a la única ventana de la habitación, pensando que dejaría al hombre con la extraña impresión de que algo andaba mal conmigo, pero los que no están mal, están bien, y a los que están mal los encierran cual aves en jaulas, todos lo saben. Si no estás en el Psiquiátrico o en la cárcel, estás bien, que se jodan las demás concepciones. Me volteé y le lancé una cachetada por sus pensamientos insolentes, por el atrevimiento de mirarme cuando me iba y por todas las cosas que quizás había imaginado, pero eso era ya demasiado. Era abusar de lo que pensaba él y de lo que pensaba yo, aunque ninguno cavilaba realmente algo. Nunca piensas cuando no llegas a ninguna conclusión, y ¿qué otra cosa tenía yo aparte de que a las mujeres los hombres les miraban el trasero, y que Lara y Linda pertenecían a la realidad en donde sus nombres eran tal cosa? Nada, solo flotaba en los mismos cuentos de siempre. Seguí mi paso, sin volver a pensar en cuánto me habría gustado pegarle –porque mucho lo había disfrutado cuando lo imaginaba-, era mejor no causar problemas. No estábamos en un rin de boxeo, ni estábamos en el año en el que habría golpeado a alguien solo por respirar a cinco metros de mi espacio personal -mucho después de lo de Linda y Lara, pero mucho antes de mis peleas con Antonio-, ___ 42


Vinos no era el lugar adecuado. -¡Aye! –dije como pirata al ver al que caminaba hacia míAlgún día debías venir. No era una pirata, pero en ese momento no pude evitar sentirme como tal. Para ese entonces los marineros eran unos fuertes y valientes hombres del mar, pero hasta ahí, de eso a que algunos se creyesen piratas había mucho. Digo, ¿cómo podían serlo si no existían las sirenas? Y esas de verdad que no existían. Siempre las veían, pero no eran nada más que invenciones de las personas. Incluso aquí mismo dijeron ver una, en el Lago de Maracaibo; la locura de la gente es contagiosa. Los marineros existían, mientras que los marineros imaginarios –y estos eran los de las sirenas-, eran los verdaderos piratas. A las mujeres de entonces les tocaban los falsos marineros, no los imaginarios, sino los que no hacían nada más que pescar, tomar cerveza, coger en cada puerto y robar. Eso último ciertamente los acercaba más a los imaginarios, pero aún les faltaba un trecho muy largo que recorrer para ser como ellos. Nada importa, lo dije solo por decirlo, a la final ni yo era hombre, ni estábamos en un puerto, ni lo había visto a él. Imaginaba que nuestro encuentro nada tendría que ver con el mar, sino que sería en un aeropuerto. Me estaría esperando allí luego de todo este tiempo, me abrazaría y me contaría las cosas más extrañas que para ese entonces ___ 43


Adriana Zerpa Ocando habría vivido, haciéndome enojar y sentir celosa. Querría escuchar la verdad, así que tendría que calármelo todo, al igual que él conmigo; luego de tanto tiempo nos habríamos engañado tantas veces que lo único que quedaba era ser sinceros. Había probado a muchos chicos en mi adolescencia, y quizás para cuando él hubiese terminado sus historias yo descubriría que le superaba en número y en anécdotas embarazosas, pero no se lo diría, los hombres tienen el orgullo de esos piratas imaginarios –y no de los falsos-, así que lo convencería de que su experiencia era mayor. Claro, todo eso en el caso de que hubiese un él, y ese no era el mío. Con las primeras gotas de luz que empezaban a irse, o a aparecer -¿cómo podía diferenciar los últimos haces de luz de los primeros?-, me alejé de la ventana, me tendí y le miré una vez más. Si el hombre que se encontraba a mi lado hubiese sido Antonio, de seguro me habría lanzado una tunda sin más, esforzándose en recordarme quién era, el motivo por el que me encontraba ahí y la retahíla que comenzaba cuando las palabras consecuencias de las acciones salían de su boca. No estábamos en casa, y él no era Antonio, pero podía escucharlo decir todo. En realidad no, a Antonio lo había creado yo, como lo habría hecho cualquier muchacha que había perdido a sus padres a los once años en un accidente de tránsito, así que por eso sabía mejor que nadie que yo no le pertenecía. Antonio no existía, no era ___ 44


Vinos nada, él no me pertenecía a mí tampoco. ¡Los imaginarios no pertenecen a los reales! Al menos que se hable de piratas, se sobreentiende. Ese, sin embargo, el de los padres muertos en un accidente de tránsito, tampoco era mi caso, pero ya con eso podías entender el asunto. <<El mundo está hecho de metáforas, aprende de ellas. ¿Crees que el maldito que dijo “llover sobre mojado” era así de estúpido? No, él se traía algo entre manos al decir eso>>, me decía Antonio en mis años rebeldes. Mientras se explayaba en eso, otra parte de mi mente me aseguraba que sí, que mucha gente igual de idiota a ese sujeto se había hecho famosa y popular, y que podía confirmarlo escuchando a los políticos hablar de lo bien que estábamos, a pesar de que las personas seguían muriendo de enfermedades que el Ministerio de Salud negaba; o de la inseguridad, que te tocaba la puerta y entraba como si perteneciese al lugar mismo que azotaba; pero a veces lo dejaba seguir. Ya eran muchas las veces que me contradecía a mí misma como para comenzar a hacerlo con él, no era justo. Sin embargo, no es como si estuviese tomando la prueba del polígrafo en este momento. Podrías asegurar muy poco de lo que he dicho, y casi nada sobre Antonio, o Linda. No Lara, ella era diferente. Lara tenía el pelo claro, y si la belleza era inversamente proporcional a la inteligencia, pues ella era hermosa. Reí a pesar del hombre y de sus manos que ___ 45


Adriana Zerpa Ocando pasaban sobre mi cuerpo. Hueca, un agujero, Lara no era más que un juguete de los hombres al que llenar de lava blanca y saliva. Tampoco era como si estuviésemos en una corte, en donde yo podía juzgarlos y burlarme de todos, pero me parecía que esa era la forma en la que el mundo se equilibraba. A los que les iba bien, les iba bien, a los que no, les iba bien en la noche, cuando soñaban con tragedias para los primeros. A medida que el viejo subía sus manos mis pensamientos comenzaban a decaer, a marchitarse, a volverse banales. Casi como a las muchachas, podía sentir a Antonio escurrirse a la parte de atrás, avergonzado. -Oye, puta, hagamos otro rápido, que las tres horas no se han acabado y ya me siento recargado –susurró el sujeto y cerré mis ojos, dándole a entender que le había escuchado-. A ese punto, no era como si estuviésemos en otro lugar más que en un motel a las afueras de la ciudad, y si una segunda vez no te hacía caer en cuenta de eso debías de saberte bien fregado de la cabeza. Bocarriba, el hombre me movía para arriba y para abajo, sin cuidado pero con lentitud. –Linda no era más bonita que Lara, aunque ambas terminarán con plástico en la cara, ¿verdad, Antonio? – canturreaba la voz de mi mente, mientras se me humedecía la mejilla___ 46


Relato II


Vinos

El sol del ocaso bañaba todo el campo y a los muchachos de un naranja insidioso que nos hacía perder. Yo no podía asegurarlo, pero Peter siempre decía eso, y él era el mayor, así que debía tener la razón. Por eso todos habíamos aprendido a maldecir el cielo naranja, sin importarnos a la final si en un día naranja ganábamos o no. Lo único que sabíamos era que casi siempre el cielo se teñía de naranja, y nosotros casi siempre perdíamos. -¡No a la base por bolas! –grité a Richard, el líder de los lagartos verdes y ampáyer-. -¡No a la base por bolas, no a la base por bolas! – canturrearon los demás-. Desde la caja del ampáyer, Richard se levantó y comenzó a berrear en respuesta, como sucedía cada vez que Arthur ___ 49


Adriana Zerpa Ocando faltaba y había que elegir a alguien de su equipo para hacerlas de árbitro, porque siempre quedaba él. Campo derecho, campo izquierdo y yo, campo central, nos íbamos acercando cada vez más al montículo, indignados, conscientes de que esa vez sí teníamos la razón, y de que echarnos para atrás solo nos haría pasar vergüenza y a ellos ganar otra carrera. No podíamos dejar el asunto así, ya estaba harto de que cada vez que tenían las bases llenas el bateador de turno ganara primera con una base por bola. -¡Carajo, que no! –escuchamos que nuestro lanzador decía mientras empujaba al camarón, como también llamábamos a Richard en las reuniones de las serpientes asesinas. Su piel era tan blanca y delicada que podían verse vasos rojos por todo su cuerpo, dándole así una apariencia rosada. Era extraño, como si hubiese sido creado para estar en los lugares fríos, donde la piel blanca y tierna queda bien, y no para cocerse en un lugar como Maracaibo. <<Un maldito gocho tenía que ser, se mudó al Zulia solo para fastidiarnos la existencia>>, pensé antes de echar a correr. -¡Déjalo, Richard! –gritaron las serpientes treinta, trece y ocho, separándoles-. -¡Camarón de su condenada madre! –solté, y todo pareció ir en cámara lenta. Por una parte estaban las serpientes, que se desternillaban de la risa, y coreaban las frases que ___ 50


Vinos habíamos repetido centenares de veces en la intimidad de mi casa lo viernes en la tarde, los días de hablar de béisbol y de las estrategias a tomar para los sábados como esos; y la otra parte, que ya había salido del banquillo del entrenador y se había acercado sin hacer mucho bulto, se detuvo en seco, esperando temerosamente la reacción de su líder. Y un cuerno, pensé, hasta sus amigotes sentían miedo de él y de su descomunal cuerpo que aparentaba diecisiete y hasta más -Marcos, un lagarto, nos había contado una vez cómo había entrado a ver una película para mayores de dieciocho años-, mientras que nosotros no éramos nada más que unos escupitajos de la vida de doce años. -¡Morirás, Rodríguez! –gruñó-. Vi que la cosa iba en serio y me eché a correr, era la primera amenaza de muerte en el campo y la primera vez que todo un equipo perseguía a solo una persona. Sus hombres le siguieron el paso a mi sombra, y al llegar a la reja de alambre no tuve otra opción que escabullirme por la parte abierta y rota que usábamos para entrar cuando el campo estaba cerrado. Eso me daba algo de tiempo, por su gran torso tendría que escalar la cerca, así que mi preocupación iba de momento a que sus lagartos pudiesen atraparme antes. Al igual que en un festín, imaginé que me sostendrían, esperando a la llegada de su amo, el señor de los lagartos. Hermoso, espléndido, qué final de día tan ___ 51


Adriana Zerpa Ocando acorde con su color naranja. -¡Mamá! –grité a viva voz, rogando para que el viento cruzase el terreno y la calle, llevando el mensaje a sus oídos-. Ella viró y yo me sentí salvado tan rápido como antes me había sentido perdido. Quizás no era una coincidencia y de verdad existía Dios, el que hubiese elegido ese día para regar el jardín y no pasar la aspiradora significaba mucho, dado que solo lo hacía dos veces a la semana. Aleluya, mis serpientes, la diosa de la manguera ha salvado de nuevo al Rodríguez. Sabía que le gustaba vigilarme, pero eso nunca funcionaba muy bien, el ventanal de la casa se encontraba a medio kilómetro del campo. Tenía suerte si podía divisar algo más que manchas verdes y negras. No porque tuviésemos uniformes, -eso requeriría gastar de forma diferente todo el dinero que nuestras madres nos daban para la escuela, aunque y luego ¿qué? ¿Iríamos nosotros solos a la tienda de telas? ¿Haríamos que la señora Flor usara sus dotes de confección de cortinas y ruedos de pantalones para la elaboración de los complicados uniformes a rayas que veíamos por la televisión? Mejor merendábamos…-sino porque ninguno de los jugadores podía entrar si no tenía una camisa y pantalón que le identificase, y eso sí que era una regla inquebrantable. Mi casa quedaba justo al frente del terreno, así que cuando nos ___ 52


Vinos reuníamos los viernes también confirmábamos el estado de nuestra vestimenta para el día siguiente. Éramos jóvenes, pero nos tomábamos las cosas en serio, nuestra rutina era prueba de ello. Solo las veces en que se nos hacía imposible jugar –cuando llovía el campo se convertía en un asqueroso lodazal-, cambiábamos el jugar por escuchar la radio. Irónicamente esos días casi nunca eran naranjas. A las cinco de la tarde, el conductor de la 97.1 fm, abría un espacio destinado a las nuevas voces de Venezuela, o eso decía a los que escuchábamos idiotizados. De todas las personas que solían cantar y que no regresaban para el programa siguiente, había una mujer que era la excepción. Silvia, la de la voz melódica, gloriosa. Nos la imaginábamos de cabello negro, ojos grandes y labios gruesos y rojos. Sería mucho mayor que nosotros, pero eso no importaba. Todos los sábados de lluvia cantaba la misma canción de siempre, la única que su hermoso cerebro le había dejado hacer en un momento de posible soledad. Era triste y hasta cierto punto patética, pero no dejaba de conmover. Mientras nos reíamos de las demás voces, nos deteníamos en silencio con esa, y seguíamos a la valiente serpiente que se atreviese a canturrear el coro. <<Como si tuvieses miedo, como si tuvieses miedo. Oh, muchacha, ¿por qué huyes de él?>>, entonábamos en voz baja, para que mi madre no nos escuchase. <<Ayúdame, Silvia, que tengo miedo y también huyo de él>>, pensé. Mi madre pareció advertir por mi cara ___ 53


Adriana Zerpa Ocando que los sujetos verdes que me perseguía lo hacían más para algo malo que para pasarse una tarde en mi casa escuchando la radio, o quizás el tamaño del lagarto mayor la atemorizó, porque luego de verme correr hacia ella soltó la manguera y abrió rápidamente la puerta, haciéndome pasar y cerrándola justo después de eso. -Buenos tardes, señora Rodríguez –dijo Richard, jadeando, al tiempo que yo corría la cortina y les observaba por la ventana- ¿Podemos hablar con Sebastián un momento? -No, no pueden –dijo mi madre tajante-. -Lo entiendo. Mire, la verdad es… -No, yo no miraré nada. ¿Crees que no te conozco, López? Sé de tus andanzas y de la de esos otros muérganos, así que tengan mucho cuidado con lo que hacen –dijo ella, señalando a la ventana-. Sé que todos viven del otro lado del campo, así que te recomiendo que dejes de abusar de mi muchacho y sus amigos, o me las veré con tu madre. -Claro, señora Rodríguez, faltaba… -Ah, y otra cosa –le cortó ella-. Si esto vuelve a pasar le diré a Sebas que salga, pero para que se disculpen con él frente a mí. -Entiendo lo que dice, señora Rodríguez, pero la verdad es que todo esto ha sido un malentendido. Solo pretendíamos ___ 54


Vinos hablar con Sebas –dijo el camarón, llamándome como mi madre lo había hecho, para burlarse-, nada más. -¡Mentira! –grité desde el interior de la casa, ya sin preocuparme de si me veían o no el rabillo del ojo. -Mire, aquí le dejo esto, –dijo Richard, luego de haberle pedido a mi madre un pedazo de papel y un lápiz- dígale a Sebastián que lo lea. Ella, que parecía verificar que el billete de lotería que acababa de prestarle era viejo, miró el dorso y sonrió. –Así me gusta, chicos- dijo, y se lo guardó en uno de los bolsillos de su bata. -Feliz tarde, señora Rodríguez –clamaron los demás en coro una vez Richard se hubo despedido-. -Feliz tarde, muchachos –respondió ella-. Mi madre entró justo luego de eso, pero yo ya me encontraba en mi habitación, haciéndome el dormido. Estaba consciente de que no quería hablar de ello, que me molestaba tener que llegar a los extremos de utilizarla para resolver los problemas que yo debía ser capaz de resolver porque eran míos. Si yo metía las patas en el barro yo mismo debía sacarlas, eso era un axioma –como decía mi profesor cada vez que quería decir que algo era muy cierto-, pero no podía evitar acudir a ella. <<Aún no puedo>>, me ___ 55


Adriana Zerpa Ocando dije, pero el día llegaría. Sin hacer ruido alguno dejó el papel que había rayado Richard en la mesa de noche, y cerró la puerta de la habitación tras sí. Ahora ella y yo parecíamos jugar al juego de tienes que voltear, porque la curiosidad mató al gato, y cuando lo hagas, hablaremos, pero borré esa idea de su mente. Ella respetaba mucho mi privacidad como para hacer una cosa así. Sin embargo, no me volteé, sino que alargué la mano y la subí a la altura de mi cara luego de haber alcanzado el papel. Leí una única línea: Sebastián, te espero mañana en el campo para arreglar las cosas. ¡Y un carajo!. Mañana te verás en el campo solo, pillín, pensé antes de quedarme dormido, imaginando que una lluvia torrencial caería, empapando el campo y a Richard. Después vendría un rayo y se lanzaría sobre él, o mejor aún, sobre su grupo de amigotes, y entonces…

-¿Podemos hablar ahora? –dijo mi madre en el comedor con las tazas de cereal sobre la mesa-. -¿Dónde está papá? Ya son casi las siete de la noche. – comenté, rogando que el problemón pasara de mí a él-. -Tranquilo, que hoy es sábado, tu padre está en casa de Augusto jugando dominó. Ahora, volviendo al tema… ___ 56


Vinos -Mira, mamá, ellos iban a matarme. ¿No les viste su cara cuando venían detrás de mí? No es necesario tener dos dedos de frente para darse cuenta de ello. -Mide tus palabras, Sebastián, que a pesar de que no está tu padre, estoy yo. –dijo ella levantando el dedo índice y señalándome a cada tanto-. Irás porque los López son personas de fiar, y porque al final de cuenta ellos son unos muchachos tan normales como tú. También van a la escuela y obedecen a su madre cuando les ordenan realizar quehaceres, incluso el grandote ese. -Mamá, te lo digo, son malos. –dijé irritado- ¡Me perseguían como animales salvajes! -Y allí vas otra vez. Recuerdo cómo esos animales salvajes y verdes corrieron detrás de ti el mes pasado, y mírate, aquí estás. Quizás lo de mañana sea algo bueno, tranquilo. Las probabilidades de que ella tuviese razón eran absolutamente nulas, algo en mí lo decía, pero sabía que no iba a ser capaz de convencerla a ella de lo mismo, por lo que terminamos de comer en silencio, y me despedí de igual manera. Una vez en mi habitación, sin embargo, me preparé para el día siguiente. Si debía ir, lo haría a mi manera. Escogí el pantalón más holgado que tenía en el armario y le probé las espinilleras viejas de Roberto. Todas las serpientes guardaban aquí sus franelas e implementos porque todas las ___ 57


Adriana Zerpa Ocando reuniones se hacían en mi casa, y finalmente tanto desorden traía algo bueno como resultado, calaban a la perfección. Intenté hacer lo mismo con el peto, pero ese sería imposible de ocultar, por muy lento que me moviese o grande que fuese la camisa. Si decidían golpearme, me haría un bollo, y si era lo suficiente rápido, podría golpear a algunos cuantos en el proceso. Más aliviado por lo que sucedería al día siguiente, me dormí, no sin antes releer la nota para asegurarme de que solo me esperaría Richard.

El domingo trajo consigo una mañana caliente, nada comparada al apocalipsis lluvioso y tormentoso con el que soñé. De haber sido así habríamos muerto todos, pero no me habría encontrado con Richard. Sin embargo, desde cierto punto de vista, él era mi apocalipsis lluvioso, así que mi sueño se había cumplido, solo que de otra forma. Mi madre revisó su reloj, a las cuatro en punto de la tarde se asomó por la ventana y se volteó a verme risueña, como lo hacía cada vez que quería que hiciese algo que yo no quería. -No comiences… -la atajé, aunque ya me encontraba vestido, con espinilleras incluidas, y mi fiel camisa negra-. -Ya está allí, tal como lo prometió –dijo-. Está solo, así que no creo que debas tener algo a lo que temer. <<Solo, acompañado; ese lagarto valía por mil muchachos ___ 58


Vinos como yo>>, concluí para mis adentros, sin ánimo alguno de escuchar la cantaleta que ya estaba a punto de salir de su boca. -Ayer te lo dije muy claro, Sebastián, la grandeza de un hombre… -…se mide por sus obras. –terminé- Sí, sí, lo sé. Me acerqué al comedor, me ajusté a la cabeza el casco que se encontraba en la mesa -si mamá había notado las espinilleras por debajo del pantalón ya no importaba lo que pudiera o no verse- y le miré fijamente. Era una nueva etapa por la que pasábamos, esa de confiar en un sujeto en el que ella creía y yo no –y porque yo lo conocía más sabía de lo que hablaba-, pero debía hacerlo, si quería ser un hombre de grandeza, o al menos eso había entendido que significaba todo aquello. -Bueno, ya estoy listo –le dije-. No te atrevas a apartarte de la ventana, y sal corriendo si ves que algo extraño sucede. Mantendré mi distancia, así que no creas que si estamos juntos algo bueno está sucediendo. -No me apartaré de la ventana –juró ella con solemnidad, dándome un beso en la frente-, ahora ve y arregla tu asunto pendiente. Hasta ese momento no había mirado hacia afuera, pero ___ 59


Adriana Zerpa Ocando al hacerlo me sentí reconfortado por el cielo rosado. Se veía manchado por nubes blancas que se desvanecían en el color y que le quitaban seriedad a mi andar y mi próximo encuentro. El campo se encontraba a una distancia considerable, pero ¿qué era eso cuándo se tenía miedo? Tres pasos, o cinco si los contaba desde mi cama. No había visto a las demás serpientes desde la tarde anterior, así que no tenían idea de lo que estaba a punto de pasar, pero de haberlo sabido me habrían acompañado. Ya veía a Peter liderando la marcha, diciendo cuán rápido se iba a zanjar el asunto debido al color del día. Su madre no era una mujer católica, pero creía en otras cosas, y Peter parecía seguirle los pasos. Con frecuencia acertaba en cuánto a los días lluviosos, a los soleados, y cuando en un juego de los medias blancas Luis Aparicio haría algo condenadamente bueno –el que fuese venezolano hacía que nuestra visión se posara en él con más frecuencia que en los demás-. <<Su signo es tauro, compañero, creo que eso lo dice todo>>, decía. El campo era un cuadro de doscientos metros cuadrados encerrados por una cerca gris de alambre con tejido romboidal, o al menos eso había sido al principio. Ahora se encontraba oxidada y con un orificio que se abría casi un metro completo en dirección a mi casa. A menos de veinte pasos de la cerca comprobé que la entrada principal –que quedaba del lado contrario del cuadro-, estaba cerrada, por lo que debía de entrar tal cual había salido la tarde anterior. ___ 60


Vinos Richard había tenido que saltarse de nuevo la cerca, por lo que ya de paso debía darle algunos puntos, eso indicaba que de verdad estaba comprometido con lo que sea que pensaba hacer. Me decía eso en forma de alerta, ni más ni menos, sabía que sus intenciones no eran llevar la fiesta en paz. Quizás en un mundo perfecto, en donde las creencias de Peter y su madre alcanzaban para formar una especie religión, o llegábamos a conocer a Silvia y nos revelaba el misterio del porqué la muchacha huía de él, pero yo sabía que ese no era este mundo. Richard aún no me había visto. La que me veía era mi madre, desde la ventana del comedor, pendiente de mí solo para poder criticar mi mal augurio, <<¿No te había dicho que todo iba a salir bien? Una madre siempre sabe, Sebastián>>, decía la voz de mi interior que la imitaba tan bien. Y un coño, me habría gustado responderle. Quizás en un futuro, cuando se me fuese permitido decir palabrotas. No era como si te concedieran un vale junto a un montón de dinero en efectivo y te dijeran: Eh, muchacho, ahora que tienes veinte te dejaremos pasar las palabrotas que salgan de esa boca tuya, pero era algo a lo que las personas de tu alrededor se habituaban con el tiempo. Con las serpientes había mucha más libertad, e incluso el día que se me escapó un mierda, cuando me caí de la bicicleta mientras íbamos a la escuela, nadie pareció darle importancia. Así pasaría con mis padres y el resto de la

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Adriana Zerpa Ocando gente, poco a poco se irían acostumbrando. De ser mayor y tener ese privilegio le habría dicho: Coño, ¿no ves acaso los periódicos, mujer? Los hombres cometen crímenes cada día, como si la muerte fuese una divertida obsesión, o la sangre. Ahora las mujeres huían de los hombres porque tenían miedo, y si eso era así estaba bien. Ese muchacho viene del infierno, y te lo digo sin jugármelas. Lo sé porque lo sé, y por eso yo debería huir de él también. Pero por supuesto que este no era el caso, así que tenía que aguantármelo todo y salir. -Como si tuvieses miedo, como si tuvieses miedo. Oh, Sebastián ¿por qué huyes de él? –canturrié mientras me deslizaba por la apertura-. Mi presencia en el campo le hizo voltearse hacia mí y yo me detuve inquieto, no se encontraba del todo solo. Richard se hallaba a mitad de campo, mirando en dirección fija al lado contrario de la cerca cuando Marcos advirtió mi presencia y se lo hizo saber. Sin embargo, antes de que yo pudiese actuar, o tan siquiera decir algo, Richard vino corriendo hacia mí. -¡Sebastián! –gritó-. -¡Como si tuvieses miedo! –contestó la voz de mi mente-. -Acompáñame, ha ocurrido algo. -¿Qué? –le dije, alejándome de él unos cinco pasos- La ___ 62


Vinos reunión era aquí, no quieras venir a cambiar las cosas. -Lo sé. Mírame, puedes ver que he cumplido. La cosa es que uno de los lagartos ha recibido un golpe en la cabeza y no quiere despertar. Marcos acaba de contármelo. -¿Qué? ¿Y por qué tengo que acompañarte? Yo no quiero formar parte de nada que tenga que ver con muertos. -¿Muertos? Creo que esa palabra es muy grande para un simple desmayo, ¿no lo crees, serpiente? Vamos, que será rápido. Es de mi lado del barrio, dos calles más abajo. -¿Marcos irá? –pregunté. <<Como si tuvieses miedo, como si tuvieses miedo…>>-. -¿Marcos? Claro, muchachote, todo el equipo ya está allá, esperándonos. –dijo inexpresivo-. Del otro lado de la cerca se encontraba Marcos, con la cara roja, preocupado, transpirando tanto como lo habría hecho en un partido, por lo que terminé aceptando. No podía soportar verle así después de toda la información que nos había proporcionado de Richard y su mala fama, era oficialmente nuestro infiltrado. Con el portón cerrado Richard debía saltarse de nuevo y yo arrastrarme, así que aproveché esa oportunidad que volvía a encontrarme fuera y en frente de casa para quitarme las espinilleras, el casco, y levantar mis dos brazos y cruzarlos en forma de equis por ___ 63


Adriana Zerpa Ocando encima de mi cabeza repetidas veces, eso debía hacerle entender a mi madre que las cosas marchaban bien, y que me les unía por cuenta propia. Tal y como lo dijo Richard, los tres bajamos corriendo las dos cuadras y viramos luego hacia la derecha, paseándonos entre dos hileras de casas que finalizaban en una pared de ladrillos veteada de blanco. -Está en el final –indicó Marcos-, siempre solemos practicar en el patio de la señora Socorro, desde la muerte de su esposo… -Por Dios, no quiero saber más nada –dije, sintiendo temblar mi cuerpo al volver a escuchar la palabra muerte-. Solo busquemos a los demás. -Está bien, está bien. Solo quería explicar por qué se encontraba allí. Uno de sus guardias se encontraba apoyado a la pared. Al vernos se levantó y salió corriendo hacia el patio, pero para entonces nos encontrábamos a cinco casas de distancia, en menos de dos minutos pasábamos por el mismo pasillo que él había tomado. La casa de la anciana –y sabía que allí vivía una más por el olor que desprendía el interior que por el comentario de Marcos-, era pequeña, con plantas que cubrían la mayor parte del espacio del jardín y que ocultaban casi por completo la casa. La pequeña extensión que la separaba de la cerca no distaba mucho, estaba ___ 64


Vinos cubierto de maceteros con helechos que colgaban y oscurecían el paso, recordándome a un túnel. El patio, sin embargo, era simple, no tenía planta alguna. Los muchachos hacían un círculo en el medio, mientras que uno se hallaba tendido en la grama, sin hacer movimiento alguno. Para el momento en el que llegamos todos se habían volteado a vernos, expectantes. Yo no pude contenerme, y me lancé hacia el centro del círculo. A pesar de ser un lagarto, no podía imaginar la expresión de mi madre si Anthony o Jeremy llegaban a casa a entregarle mi cuerpo inerte. Revisé sus condiciones físicas en busca de sangre y de aliento, preparado para lo peor pero rogando que ese no fuese el caso. En uno de esos milisegundos juré no volver a practicar los viernes sin un protector, pero volví a enfocarme en él, verificando que lo primero no había encontrado un lugar por el cual escurrirse, y lo segundo salía y entraba de sus fosas nasales con normalidad. -¡Ahora! –gritó Richard-. Sin darme cuenta, los sujetos habían cerrado el círculo en torno a mí. El lagarto que hasta hacía solo unos instantes se mostraba inconsciente, abrió los ojos rápidamente y levantó su mano derecha, apretando mi cuello con fuerza. Menos que gracioso era lo que sucedía, pero no pude evitar pensar dos cosas. La primera era que mi madre se había equivocado –y que por su culpa el cielo rosado cambiaría a naranja y allí ___ 65


Adriana Zerpa Ocando sería entonces cuando la vieja de la casa se daría cuenta de mi cuerpo tendido en su patio-, y la segunda era que ese era el lanzador de los lagartos. No sabía si esa era la razón por la cual lo había elegido a él, pero no podía ser una coincidencia. Sí, compañero, Michael te tiene en su mano. Los que se encontraban detrás de mí me tomaron de los brazos inmediatamente después, y junto al impulso de Michael caí tendido al suelo. Otros dos tomaron mis piernas, siendo imposible defenderme. Fue rápido, ensayado, Richard se estaba encargando jodidamente bien de que nadie volviese a llamarle camarón. -¡NO! ¡NOO! –comencé a gritar desesperado mientras lagrimeaba, pero otro me tapó la boca-. Richard se acercó con su cuerpo de niño mutante, y tomando impulso en sus últimos tres pasos golpeó mi cabeza cual jugador de fútbol intentando reventar el balón. Todos empezaron a seguirle, pero ese solo golpe había bastado para que perdiese el conocimiento. Un momento luego de ese volví, escupí sangre, y traté de levantarme, pero el ruido de mi cabeza se unía a los golpes que aún recibía, y me tumbé de nuevo. Richard se rió y lo maldije en voz alta, ya no tenía nada que perder, además, el camarón se lo merecía. Camarón, camarón, nunca dejaría de ser un camarón. Desde el inicio había procurado mantener mis ojos cerrados, ya tenía suficiente con sentir lo que los lagartos me hacían ___ 66


Vinos como para también tener que torturar visualmente los pensamientos que me gritaban, retumbaban en las paredes de mi cráneo, y que corrían en el mar de sangre. No, si no los veía, el golpe simplemente llegaba, sin tener que estar preocupándome por las ocho o diez manos y pies que se aproximaban, o la magnitud de los golpes de cada una. -Sebastián –susurró Richard-, mírame. Podía sentir su aliento a una palma de distancia, pero eso no haría que lo viese. Sabía que quería disfrutar de mi cara y del miedo de mis ojos, pero el dolor solo me pertenecía a mí, el no habría de quedarse con eso. -Entiendo que no desees mirarme –continuó-, pero debes hacerlo. Cerrar los ojos es de cobardes, ¿sabes? En alguna parte de mi cerebro se dibujó el rostro de mi madre, mientras que su boca dejaba salir la frase. <<La grandeza de un hombre…>>, comenzaba. Eso fue suficiente para hacerme lagrimear y abrir los ojos. Unos me sostenían, los demás nos miraban. A mis pies se encontraba Marcos, impasible, y a él también le maldije a viva voz dentro de mi cabeza, era igual que Richard. -Eso me gusta más. Ahora, ¿una última cosa? –dijo Richard, posando su pierna sobre mi garganta-. -Que te den, camarón. –dije, esbozando media sonrisa que ___ 67


Adriana Zerpa Ocando pagaría caro de igual forma-. -¡Así me gusta, hombre, retador hasta el final! –gritó, aplastando mi cuello-. No podía respirar. Los lagartos que me retenían hacían que fuese imposible moverme y buscar con desesperación una manera de quitar la pierna del camarón sobre mi garganta. Supe la hora en la que mostrar mi grandeza había terminado, por lo que en un momento me dije que podía cerrar los ojos, un instante antes de que el aire odioso decidiese olvidarse por completo de mí. Una voz susurró mi nombre de nuevo, pero la ignoré. No quería saber nada de los que me sujetaban o del aire que no podía respirar. Sin embargo, podía hacer ambas cosas, respiraba y me movía. Me sentía libre, puro en una forma distinta a la mía, en movimiento. Abrí mis ojos, y vi al de la voz. Yo no sonreía, pero la forma podía notar mi estado. Con una corriente me indicó que me acercase, y eso hice. No caminaba, simplemente me dirigía hacia él, hacia la mancha en la luz.

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Vinos

Epílogo

Era la tercera madrugada en la que Richard López se despertaba exaltado. El sueño siempre comenzaba y terminaba en el mismo punto, haciéndole saltar de la cama. En este él era el espectador de un escenario soso y aburrido en donde dos manchas oscuras se unían en medio de un fondo más brillante y vigoroso que el mismo blanco. La mixtión de estas dos sombras terminaba con un grito gutural que se iba volviendo agudo, y que no hacía más que empeorar cada noche. Giro su cuerpo hasta situarse boca arriba, contemplando el techo de su habitación. Pensó en contar ovejas, pero se creía muy maduro para eso. Temblaba. Su cuerpo no resistiría bajar a la cocina –las pesadillas también le daban sed-, las piernas parecían recordar aún el chillido que acababa de escuchar. Cruzó las manos sobre su pecho y cerró los ojos rezando un padre nuestro, como si eso fuese a ayudarle. Antes de volver a quedarse dormido pensó que eso era normal, que había ___ 69


Adriana Zerpa Ocando personas a las que un sue帽o recurrente les atormentaba y que de la misma manera en la que llegaba se iba, pero al igual que con la oraci贸n, Richard estaba equivocado.

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Relato III


Vinos

A las seis de la mañana de ese once de abril, los ancianos se encontraban en la parada de la estación del metro con sus trajes ajustados y cortos, y sus bicicletas de rueda fina que tanto odiaba. Imagino la razón por la que no había llegado a verles antes -luego descubriría que lo suyo era una costumbre-, pero antes, después, poco importaba si les había visto o no. Les odié desde el principio por intentar saltarse la rutina del mundo, cuando el mundo se reducía a las cuatro paredes imaginarias que encerraban a Lomas del Sol y a la San Rafael. Todo comenzó el día anterior, cuando se dañó el motor del Century. Al salir de la clínica noté que el carro hacía un ruido que nunca había escuchado antes y lo llevé al taller, pensando que en cuestión de segundos ya estaría mi pequeño bebé listo para rodar de nuevo, pero no fue así. Era mío, papá había muerto hacía dos años y me lo había dejado. El auto aún se encontraba en las mismas ___ 73


Adriana Zerpa Ocando condiciones del noventa y cuatro, o eso pensé hasta ese miércoles. Supongo que la brillantez que pueden mostrar luego de tanto tiempo, es una especie de película protectora para cubrir todas las porquerías que guarda dentro del capó. No solo yo era la culpable, el hombre del taller también debía llevarse su buena tajada en todo el asunto, esos tipos veían a los autos como partes de sí, puesto que trabajaban en ello. De seguro había exagerado las cosas, no podía estar tan mal. Luego de haberle respondido las preguntas al desconocido, y haberme aguantado un buen regaño de esos que mi madre solía darme, hice unas cuantas promesas vanas. Sí, lo juro. Sí, sé lo que es. Sí, una vez al mes como mínimo. No las seguiría, por supuesto, me limitaría a confiar de nuevo en el azul marino brillante para saber qué tan mal se encontraba, pero a esos tipos nunca debías hacerles hablar de más. El taxi se detuvo frente a mi casa y me cobró lo justo, o eso me pareció, ya a las seis de la tarde me encontraba abriendo la puerta principal. <<Adiós, doce horas de sueño>> me dije comprobando el reloj, al día siguiente debía levantarme a las cinco de la mañana. Luego de dos días de trabajo más una guardia nocturna -porque a Carmen se le hizo imposible llegar-, sería lógico suponer que esa sería la forma en la que terminaría esa noche, pero no en mi vida, por lo menos. Y ¿qué significaba eso a la final? <<Carmen no va a poder venir, linda, apáñatelas>>, había dicho la gerente de emergencia, justo antes de recoger su cartera del estar y ___ 74


Vinos salir por la puerta como si nada, dejándome allí. ¿Cómo demonios funcionaba el mundo ahora que las enfermeras podían darse el lujo de decir que no podían llegar? La razón no era que un paciente se hubiese complicado en otro centro, una conferencia médica de la que se enteró a última hora o un diluvio –porque una lluvia corriente no podía contar tampoco como una excusa-; su descripción del asunto había sido tan vaga que tal y como yo le veía, era una mentira. Saludé a Mamá brevemente y me tumbé en la cama tal y como me encontraba, un lujo que solo una mujer soltera podía darse, nadie llegaría a notarlo. Ya tendría unos veinte minutos para bañarme en la mañana, al demonio con el cuidado personal también. No estaba acostumbrada a soñar, pero esa noche lo hice. Me vi en la San Rafael, terminando mi turno. Como es mi costumbre, saqué las llaves de la cartera mientras me despedía de todos, el solo hacer eso me hacía pensar en casa, en mi cama, en todas las cosas que no tenían una ínfima relación con la clínica. Una vez fuera, sin embargo, noté que no estaba el century en el estacionamiento. Mis latidos empezaron a acelerarse, mientras que repasaba con detalle todos los carros que allí se encontraban, sin dejar de fijarme en el color o placa de ninguno. Alcides, el vigilante, lo notó, y se pasó una vista rápida a los autos para luego hacerme caer en cuenta de mi error. ___ 75


Adriana Zerpa Ocando -No está aquí, señorita, usted no ha traído su auto hoy –dijo, complacido de una memoria que aún así le había hecho revisar-. -Ah, por supuesto –le dije, y me marché calle abajo sin más-. Allí terminó mi sueño, en un intento desesperado de hacerme entender lo que aún no había asimilado. Me volteé para comprobar que el despertador marcaba apenas las doce y treinta y dos, me dije a mi misma que no tenía ni una jodida idea de lo que haría al día siguiente para llegar al trabajo, y seguí durmiendo. Al despertar, ataqué el problema como si hubiese quedado en mi cabeza atascado. No era como si tuviese muchas opciones, al final el transporte público y privado me brindaban solo una opción cada uno. A pesar de que viajar en un taxi haría todo más cómodo, debía marcar mi entrada a las siete, y desconfiaba que todas las personas que vivían en Lomas del Sol pudiesen salvar para mí un taxi de la única línea que, para colmo, en sus mejores días no contaba con diez autos a la vez, y que en la madrugada con solo los que llegaban temprano. También estaba el dinero que gastaría diariamente –en Venezuela los taxis cobran una fortuna-, pero la razón principal no era esa, por supuesto que no. Por otro lado, si utilizaba el transporte público, gastaría mucho menos dinero, aunque quizás tardase un poco más en llegar. Todo tiene su precio, pero la segunda opción parecía la más ___ 76


Vinos acertada. Cuando terminé el reconfortante baño de agua fría de veinte minutos, me alisté, apenas alisando mi cabello con el secador, y perfumándome con una de esas colonias de imitación que no parecían serlo. Ese era el lema de algunas de nosotras: “Si se parece al original, ¿por qué no?”. Quedé conforme, ya tendría allá el tiempo suficiente para terminar lo que había dejado a medias. Si eres enfermera deberías saber de lo que hablo, muchas veces llegamos al estar de emergencia echas un desastre, pero salimos diez minutos después como unas princesas, quizás para distraer a los pacientes que deben esperar en verificación cuando las camillas están todas ocupadas. Casi nunca pasábamos por esas situaciones, pero cuando se daban allí estamos nosotras, todas maquilladas y entregadas. Al final de la calle esperé un carrito. Debía quedarme en la estación del metro, bajar en la parada de Sabaneta y luego caminar medio kilómetro para llegar a la San Rafael, así iba mi nueva rutina. Volví a pensar en el carro, en la infinidad de tiempo que el sujeto del taller se tardaría, y en lo que hubiese dicho papá si se hubiera enterado: que era una descuidada, que no podía entender cómo alguien como yo pudiese haber permitido eso –porque siempre se contradecían-, que si no confío en el hombre del taller cómo sé si me lo entregará en una pieza, y no venderá las parte del motor en pedazos a traficantes chinos, y otro millar de ___ 77


Adriana Zerpa Ocando cosas que pasaban por mi cabeza mientras el carrito seguía su trayecto. Papá ficticio tenía razón, me dije, el taller solo quedaba a unas cuadras de la clínica, pero su cercanía no era lo que le hacía un lugar fiable. Hurgué en la cartera y miré de nuevo la tarjeta que el hombre me había dado. Llamaría a la tarde de ese mismo día, y concretaría una fecha exacta para ir a buscar el auto. Me mostraría amable, pero no dejaría de preguntar todo lo que se me pasara por la mente. -Son cuatro con cincuenta –dijo el conductor-. -¿Perdón? –contesté al ver que me hablaba a mí y que era la última que quedaba en el auto-. -Viene a la parada del metro, ¿no? Son cuatro con cincuenta. <<Dios mío, la última vez que utilicé uno de estos no cobraban más de dos bolívares>>, pensé, sacando el billete de cinco y bajándome con la celeridad de quien no pide cambio. Frente a la estación de la Vanega se encontraba la parada de una línea de autobuses que aún no existía, pero que al igual que con todo lo del gobierno de turno, quizás algún día llegaríamos a ver. Mientras subía por las escaleras imaginaba todo por lo que tendría que pasar aquellos días. Por fortuna la peor parte del trayecto era esa, el encontrar un carrito que me llevase a la estación, pero ni quería imaginar los días de lluvia, en donde ninguno querría ___ 78


Vinos salir. Terminaría llegando a la clínica tarde, mojada, con las crocs manchadas por el barro, y más despeinada de lo que normalmente estaba, o simplemente el transporte público iría a huelga. Las mujeres nos torturábamos por cualquier cosa cuando teníamos tiempo libre, y se nos debería pagar por ello. Si no fuese porque mamá está en casa, me asaltarían las típicas preguntas de si dejé la hornilla, si cerré correctamente la puerta principal, o si me casaré algún día y dejaré de ser la solterona infeliz que todos piensan que soy. Todo eso daba vueltas por mi cabeza y me cansaba más que la vieja que llegaba todos los días a la emergencia a abusar de su seguro porque “esta vez sí era en serio” que tenía taquicardia, o la que los días de guardias del doctor extranjero se inventaba enfermedades y se lo llevaba al último cubículo para enseñarle el vientre y toda el área inferior. No dinero, ¡sino una mitad de cerebro menos era lo que deseábamos!, aunque mi madre se habría conformado solo con un yerno. Con ticket en mano bajé las escaleras eléctricas a la espera del metro. El reloj de la estación marcaba las 5.58, así que ni más está decir que iba a tiempo. Cinco minutos después apareció el tren, y una vez dentro, cuando me asomé por la ventanilla, vi a dos hombres vestidos con cascos, unos maillots y licras propias de cualquier participante del tour de Francia. Miré instintivamente hacia ___ 79


Adriana Zerpa Ocando abajo, odiándome a mí misma. En esa sola ventana se presentaba toda la fatalidad de la existencia. Mientras que unos podían darse la pompa de desperdiciar su tiempo en tonterías como esas, otros se las arreglaban para tratar de dormir sus ocho horas diarias, madrugaban, y debían usar transporte público, sinónimo de sudor, de multitud conglomerada, calor, y todo lo que deviniera de ello. A mi alrededor la mayoría de las mujeres estaban maquilladas, y una a lo lejos ya había comenzado a empolvarse. Las más viejas eran las más animadas –en un mundo en el que eso significaba que no cabeceaban-, mientras que las más jóvenes lucían muertas. Las puertas se cerraron estrepitosamente y eché una última mirada a la parada inútil, solo para comprobar que otro acababa de unírseles. Ese a diferencia de los demás era joven, y por lo que podía adivinar del que le acompañaba, gay. Llegué a la San Rafael y el resto del día transcurrió con la normalidad tortuosa de los jueves. Esos días, junto a los martes, eran los peores en la clínica, y de seguro en el resto de todo el condenado mundo. Parecía una broma de la gente, o quizás pudiese describirse con una ecuación matemática. No serían como las de primaria, que solo tenían números, sino que tendría una cantidad infinita de signos y letras, para fastidiarte más la vida. Sería sumamente difícil la estructura y el desarrollo, pero el resultado sería más o ___ 80


Vinos menos: martes= infierno; jueves=infierno, o quizás la matemática no tenía nada que ver en el asunto y sí era la gente la responsable, algo que se proponían todos. Tendría sentido eso, las personas iban a sus trabajos los lunes, para no levantar sospechas y a la mañana siguiente se aparecían en la sala de emergencias para buscar una constancia y así tener una excusa para pasar el resto del día en un centro comercial. Con los jueves la cosa era distinta, todos esperaban una constancia para poder faltar el día siguiente y así tener tres o cuatro días libres. De haber sabido eso quizás habría estudiado una carrera diferente, una que no me colocara al otro lado de la línea, pero en eso quizás los otros eran más inteligentes que yo. En eso y en conseguir casarse luego de salir de la Universidad, claro, pero para lo último aún tenía chance. <<¡Paciencia, ya llegará el día!>>, decían mi madre y abuela Patricia cuando en su cumpleaños hablábamos de hombres. Sí, paciencia para esperar al indicado, pero no para tener otra vida. Gracias a que los otros elegían bien, de viejos iban a comprar sus licras y cascos, y luego madrugaban para salir a pedalear, mientras que las personas como yo vivían de una recortada pensión del Estado, y se pasaban las tardes cuidando animales para no sentirse solas, arrugadas, solteras. No era que yo fuese una persona poco atractiva –una vez maquillada me veía realmente bien-, pero había algo en el mundo que conspiraba en mi contra y en la de mi suerte. Por eso no ___ 81


Adriana Zerpa Ocando había adivinado lo del trabajo, y por eso nunca se me acercaría un hombre como el que yo quería. A las tres y cuarenta llamé al taller, pensando que sería una hora en la que los hombres ya habrían vuelto al trabajo. Así eran las cosas, todos urgían por llamar a la una o dos de la tarde, horas en las que los talleres descolgaban el teléfono. -Tendrá que esperar, señora –dijo una voz distinta a la del hombre que me había atendido ayer-, Daniel está muy ocupado. -Señorita… -comencé yo, anotando mentalmente que luego me reclamaría a mí misma por tener una voz cansada, de vieja infeliz-. Mire, lo único que deseo es saber cuándo puedo ir a retirar el carro. No he llamado para preguntar en qué condición se encuentra ahora, o si ya han terminado. -Eso es nuevo –dijo el sujeto-. Espere entonces, ya lo llamo. El hombre dejó el teléfono, haciendo un ruido tan estrepitoso que a no ser por el sonido de fondo que se seguía escuchando –metales crujiendo, hombres gritando-, me habría hecho cortar la llamada. -¿Si? –preguntó Daniel-. -¿Hablo con Daniel? Soy la muchacha de ayer, la enfermera. No sé si me recuerda, mi nombre es… ___ 82


Vinos -Ah, claro que me acuerdo de usted –me cortó él-. ¿Qué desea? Ahorita estoy un poco ocupado. -Claro, ya lo imaginaba yo. Solo llamo para preguntarle por el auto. Sé que esas cosas suelen tomarse su tiempo, por eso me gustaría saber para cuándo cree que esté listo. -¿Qué? –gritó él a consecuencia del ruido del otro lado-. -¡Que quiero saber cuándo estará listo el carro! –farfullé, mirando a mi alrededor para ver si alguien lo hacía con mala cara-. -No sé, no sabría cuándo. Esas cosas son impredecibles, señora, ya verá usted que… ¡Marcos, ese aún no, idiota, mira el papel! -gritó- Y bueno, sí. -¿Si qué? –pregunté molesta, ya esa era la segunda vez que utilizaban a palabra señora-. Creo que tengo el derecho de saber el estado del auto. -Que sí tiene que esperar –respondió el hombre-. Su auto estaba en una situación delicada por el descuido, así que no pretenderá que en un abrir y cerrar de ojos solucione el problema. Podría darle una fecha, pero con la cantidad de autos que tengo aquí, los que están por venir, y el poco personal que tengo, francamente le estaría mintiendo. Por el descuido, por mi falta de delicadeza, por el desconocimiento, por lo que sea. Esas eran las excusas ___ 83


Adriana Zerpa Ocando típicas de los hombres cuando querían molestarte, simplemente te echaban la culpa, como si todos ellos fuesen expertos en motores. Claro, todo caía sobre mí porque era mujer y había dejado perder el auto –de nuevo las palabras de mi padre en mi boca-, porque debía llegar del trabajo a revisarlo, a leer libros de mecánica y a entender cómo funcionaba, al igual que seguramente también me correspondía hacerlo con todos los electrodomésticos de la casa, si es que tampoco quería soportar la queja del señor que mamá siempre llamaba cuando algo se dañaba. -Hasta luego –le respondí de mala gana-. Entré al estar de enfermeras, vi que ya eran las cuatro y me despedí de todos; ya podía verme utilizando el metro dos semanas más. El trayecto a casa fue lento, interminable, al igual que lo serían todas esas tardes y mañanas. Todo el día lo había pasado de ese pequeño cuarto a las camillas de los cubículos, buscando soluciones y hablando con los médicos sobre los pacientes, pero en mi mente los viejos con mallas aún se encontraban allí, hablando, riendo, como si ella fuese la parada de autobuses frente a la estación del metro. No estaban en la tarde, pero podía verlos allí, felizmente esperando. Cuando llegué a casa mamá estaba jugando cartas con la señora Flor. Hizo un ruido con la lengua al que respondí ___ 84


Vinos ladeando débilmente la cabeza y me escapé a la habitación, lo último que deseaba era hablar con ella. Solía decirme que en la San Rafael pasaban las cosas más insólitas, que escucharme era como escuchar una de esas radionovelas que tanto le gustaban, pero si le hablaba de seguro se me saldrían las lágrimas. Que Flor la entretuviese y le quitase el dinero de la pensión, la amiga a la que tanto glorificaba pero que nunca le guardaba el puesto en la fila del banco. De tener el auto habría ido corriendo a los brazos de Ricardo, a su sexo y luego de regreso a casa. Necesitaba desestresarme, perderme, dejar de pensar en todas las cosas que sabía que no sucederían a pesar de que aún era joven. A penas tenía veinticinco años, pero podía sentir que la suerte estaba echada. Más que eso, con un demonio, me habían llamado “señora” dos veces en ese día, era una verdad universal. Con el tiempo todos se burlarían de mí y de que iba a morir triste, sola, tal cual me encontraba ese jueves, cansada y echa un ovillo en mi cama. Incluso Ricardo se terminaría casando, y eso que era un programador y nunca salía de su departamento. Quizás en uno de esos juegos de los que tanto me hablaba luego de coger, encontraría a alguien, se enamoraría y se casaría. Podía verle diciendo que necesitaba espacio, que quería hacer las cosas bien. Sabes que estás lo suficientemente hundido cuando tu amigo especial te pide un tiempo, ese día sería el principio ___ 85


Adriana Zerpa Ocando del fin. Todo cambiaría, crecería, mas yo sería igual, afectada solo por el paso del tiempo. Moriría vieja y en las condiciones en las que estaba, esa era la broma del destino. Me volteé hasta quedar boca arriba y levanté el brazo derecho. Mi piel era blanca, o por lo menos eso pensaba al verme el rostro, pero la de mi brazo era varios tonos más oscura. Tenía muchos vellos, no como esas chicas de piel tersa y despejada. Sus manos terminaban en delgados y finos dedos, dedos con uñas perfectas y adornados delicadamente con anillos, mientras que yo tenía unos palos gruesos, duros, con uñas que no pasaban de sus puntas. Mis venas se marcaban todas. Para mi alivio, no tenía el sobrepeso suficiente como para que varios centímetros de grasa la cubriese, pero quizás ese era mi mal. Quizás mis brazos se veían desabridos por el color quemado, mis hombrunas manos y mis venas. Pasé los dedos de mi mano izquierda sobre el brazo alzado, tratando de entender la textura que se hacía por debajo de todos esos vellos. Era horrible. Intenté torcer la piel, y esta cedió y mostró arrugas, arrugas que sabía que no se formaban en las otras mujeres. No creía en Dios y ahora me pasaba eso, y todo estaba conectado. Lloré por las malditas arrugas una y otra vez, porque sabía que no eran solo ellas, sino que representaban todo lo demás. Cuando me cansé viré mi cuerpo, no necesitaba a Ricardo. Él ya debía estar hablando con el amor de su vida, intercambiando direcciones de correo ___ 86


Vinos –estás perdiendo la cabeza ya, tonta-, quedando para coger y tener su cuarto hijo, para vivir su vida utópica a plenitud. Deslicé mi mano por debajo del pantalón y con el índice y anular estimulé mi clítoris, imaginándolos a todos. Ricardo encime de la mujer con la que quedaba, Ricardo jugando con sus senos justo de la forma en la que jugaba con los míos, Ricardo mordiendo su cuello. El gay sin mallas con su amigo a su espalda, el amigo del gay con uno de los ancianos. Todos se fundían y gritaban cosas que mis dedos seguían, mientras yo abría mi boca intentando imaginar más. No pasados diez minutos, una voz más clara y ajena a las que inventaba me sacó del ensimismamiento. -Nena ¿Vas a cenar hoy? –gritó mamá, alargando las palabras mientras venía-. -¡No! –contesté yo, acomodándome. Abrió la puerta ruidosamente. Quizás esos dos últimos años le habían enseñado lo que pasaba cuando estábamos solteras y solas en nuestra habitación, y por eso precavidamente había gritado. Se lo agradecí en silencio, aunque esto también iría a parar a la lista de cosas por las que me atormentaría luego, mi terrible falta de cuidado. -¿Cómo estuvo tu día? ¿Hubo algo de acción en la San Rafael? Tienes que escuchar lo que dice Flor, es como si hubiese una epidemia de despidos en todas las clínicas de ___ 87


Adriana Zerpa Ocando Maracaibo. ¡Qué emocionante! -Lo sé, Mary y la gerente estaban diciendo lo mismo hace días. Mamá, hoy ha sido un día horrible y me gustaría... -Claro, te entiendo, hoy es jueves. Te dormirás ya, imagino. -Sí, Estoy cansada –dije con mi cara roja y mojada-. -Vamos, nena, no te aflijas por lo del carro. Todos tenemos nuestros malos tiempos y nuestros buenos tiempos, ya pasará. Su presunción dejaba de lado el tener que explicar el verdadero motivo por el cual lloraba, la parte más difícil de un escenario en donde una madre ve a su hija llorar. -Sí, eso es cierto –le dije, esbozando la mejor sonrisa que podía-. Gracias. Hasta mañana. -Duerme bien –dijo ella, cerrando la puerta-. Y un carajo que dormiría bien. Me desvestí, ordené el uniforme en una silla y me acosté, sin pensar en la culpa que sentía por no haber tomado una ducha esa tarde tampoco. Aunque en resumidas cuentas ¿cuál era la diferencia? Nadie estaba viendo. Me metí bajo las sábanas e intenté pensar en lo que pasaría si Ricardo y yo saliésemos, en cómo sería nuestro primer beso real. Yo no le quería, pero aún así hacía eso todas las noches mientras abrazaba una ___ 88


Vinos almohada, me hacía sentir menos sola. -Ni siquiera me puedo masturbar –recuerdo susurrado antes de dormir, lagrimeando otro poco-.

haber

La mañana siguiente volví a verlos. Detallé las particularidades de los afortunados; los saludos que solo los viejos se daban, los mínimos movimientos de cabeza que todos hacían, los lentes de sol negro que tenían una goma que les recorría el cráneo –porque las cabezas tienen pelo-, y cuán llamativos sus trajes de buzos eran, a pesar de que para la época en la que ellos eran jóvenes veían todo a blanco y negro. Ese viernes, la luz que empezaba a llegar del cielo despejado y azul, solo hacía relucir y resaltar tres cascos multicolores, una revancha exitosa a los tiempos de otrora. -Es increíble como esos hombres se paran allí, ¿verdad? – dije sin poder contenerme a la mujer de al lado mientras esperábamos el metro-. -No tanto. Vienen acostumbrándose.

todos

los

días,

una

termina

-Claro –respondí-. Aún así me parece una actividad distinta a las que suelen verse en Maracaibo. Digo, esos trajes… -No te espantes, mama –me atajó la señora-, eso que hacen ___ 89


Adriana Zerpa Ocando es bueno pa’l corazón. Además, en la radio dijeron que habría una carrera en el puente, de seguro practican. Ahorita los ves así, pero ese día estarán matándose por los cobres. A los que tienen las maneras los cortan con una misma tijera, siempre quieren más y más dinero. ¿Eres enfermera? Ya la señora no miraba a los hombres, sino que se detenía a evaluarme. Con suerte me había maquillado esta vez, como tarjeta de presentación no podía ofrecer un mal aspecto a un posible paciente, pero eso no iba a pasar. La mujer mal acentuaba fonéticamente la palabra “mamá”, eso me era suficiente para saberlo. -Sí. Allí viene el metro –zanjé, al ver una peca verde en el punto de partida-. -Sí. ¿En dónde trabajas? Justo ayer le estaba comentando a mi hija que necesitaba verme con un gastro y un neuro. -Trabajo en la clínica San Rafael –respondí, a sabiendas de que la mujer no tendría ni idea de cuál era el lugar-. Puede ir cuando quiera, allí le responderán cualquier pregunta que tenga. -Sí, sí. La cosa es que no tengo mucho dinero, mamita, y esas consultas, al igual que los exámenes, ecogramas, placas y Dios sabrá qué otro estudio habrán inventado desde la última vez que vi un médico, hace quince años ya, cuestan ___ 90


Vinos un ojo y parte del otro. -Entiendo. –dije, entrando en el metro-. -Sí, es horrible. Ha pasado mucho tiempo y… ¡Muñecote, muévete y déjame espacio, que las damas están primero!– gimió ella para sentarse a mi lado-. Bueno, entonces le decía ayer a Marianna que había pensado en ir a un médico, pero quizás no necesite llegar a ese extremo, no me encuentro tan grave. A ustedes los juntan todos con el mismo uniforme en la Universidad, ¿verdad? Quizás tú puedas decirme qué es lo que tengo. -Yo no creo que eso justifique… -Mira –me cortó ella, subiendo sus manos a la altura de mi rostro-. ¿Qué significan estas manchas? Una amiga me dijo que eran a consecuencia de la mala alimentación. Desde que quedé embarazada, hace más de diez años atrás, cambié mi dieta para la salud del bebé, pero cuando volví a los hábitos de siempre las noté. No sé si aparecieron después de comenzar la dieta o cuando volvía a comer grasas, pero en alguno punto aparecieron. A parte de eso, también tengo una sensación constante de flatulencia. Pero no estomacal, sino mental, ¿sabes? Escucho esa especie de gases dentro de mi cabeza. Entendía por qué los del Zulia teníamos una reputación tan mala, era cierto lo que el resto del país pensaba de ___ 91


Adriana Zerpa Ocando nosotros. Si se mezclaban en una licuadora gigante todas esas concepciones, se tendría como resultado una muestra clara del porqué el apocalipsis comenzaría aquí y no en Nueva York, como todas esas películas americanas querían hacernos creer. Podía sentir que la mujer era un jugo desabrido y que a mí me había tocado el vaso extra largo. No paró de hablar hasta que el metro se detuvo en la estación de Sabaneta, aunque sus deseos de hablarme disminuyeron notablemente cuando se enteró, para su asombro, de que no llevaba muestras médicas en la cartera. Al igual que en el día anterior, pensar en el century y en los ciclistas hicieron del viernes un día eterno. Mientras le colocaba el suero a un niño, que de tanto vomitar se había deshidratado, los veía saliendo de la parada de la estación y luego de regreso a sus casas en donde una vieja operada los atendía. Eran declaradamente mis enemigos, la pesadilla de toda mujer que no va a poder tener éxito, la prueba más clara de que la vida es injusta y que solo a un selecto y afortunado grupo le correspondía sentarse en el asiento de esas bicicletas. Cuando llegué a casa, revisé cada habitación dos veces hasta convencerme de que mamá no estaba. Eso era extraño, ella nunca salía al menos que fuese al banco o a la panadería, y eso siempre lo hacía en las mañanas. Antes de llamarla al teléfono le grité que se perdería de lo que último, ___ 92


Vinos que a una de las enfermeras que odiaba la habían amonestado, que según José –el vigilante de las cámaras de seguridad- había llorado en la administración, y que un nuevo doctor había entrado a la Emergencia, pero no había señales de ella. -¿Dónde estás, mujer? –le pregunté cuando respondió el celular-. -Flor me dijo que me quedara en su casa, ¡esta noche no pegaremos el ojo con todas las cosas que haremos! –gritó ella por encima de la voz de Gardel-. -Avísame la próxima vez. -Sí, señorita gruñona. –dijo ella resoplando- Debo irme, Flor dice que encontró el disco de Vicente Fernández que estaba buscando. Nos vemos mañana. No podía creerlo. Allá estaba ella, viviendo su vida, y yo de este lado sin nada que hacer. Marqué el número de Ricardo, no sin antes recordar su encuentro ficticio con la mujer con la que se casaría, la del día anterior. No podía explicarlo, pero aún me sentía molesta. Al igual que con los zulianos, de los ingredientes adecuados resultaban los jugos de cada tipo de mujer del mundo. ¡Ha, y yo debía ser el peor sabor! -¿Aló, Ricardo? ¿Cómo estás? –le pregunté odiándome-. ___ 93


Adriana Zerpa Ocando -Oh, hola. –respondió. Allí estaba el resultado de la suma de todos mis miedos, en el saludo frío, distante. Seguramente había contestado para terminarlo todo, por su teléfono ya sabía que era yo quien llamaba-. -¿Cómo van las cosas? –seguí, odiándome más-. -Bien, no me quejo. Disculpa si parezco un poco serio, estoy en medio de algo. <<Admitió que estaba extraño y se disculpó, olvida todo lo anterior>> -No te preocupes, suenas normal. Ricardo, me estaba preguntando si… -¿Qué? <<Está a la defensiva, ¡no lo digas tan claro por si te rechaza!>> -Bueno, el asunto es que hoy es viernes y he tenido una semana terrible. El auto se dañó, ¿sabes? Así que creo que me convendría hablar con alguien, sacarlo todo. -Ya entendí. Estoy ocupado, como te dije, pero en dos horas termino. -Perfecto. Hasta dentro de dos horas entonces, muñecote. – corté avergonzada, recordando a la mujer del metro. Sentía que en esos quince minutos de conversación me había ___ 94


Vinos pasado todo su dialecto extraño, y que por su culpa yo sacaba palabras tan infernales como esas-. Caminé desnuda en la casa tanto como pude, dos horas eran más que suficiente para alguien que estaba acostumbrada a bañarse y maquillarse en treinta minutos. Quería esmerarme e ir mejor que nunca, me lo debía a mí y a la mujer que lo retendría, pero si mujeres más bonitas que yo se pasaban días enteros tratando de arreglarse y en el último momento aún les quedaba algo pendiente, mejor daba vueltas por la sala y no me hacía ilusiones. La noche con Ricardo fue violenta, y como todas las demás a las que llamaba noches especiales, se pasó dos veces. De todas las cosas que la juventud nos había enseñado a ambos y que ya habíamos superado, había una única excepción, un único mal hábito que aún compartíamos. Cuando llegué colocó un cuarto del papel en mis manos, sabía que me gustaba seguir las dos formas en las que Mike había terminado en bancarrota en The Sun Also Rises: “gradually then suddenly”. Primero me gustaba sentirlo poco a poco, y luego de repente. En algún momento de la noche, luego de haber consumido el papel de ácido entero: -¿Qué piensas? –preguntó él, animado-. -Estoy hecha una mierda, Ricardo. ___ 95


Adriana Zerpa Ocando -No digas eso. -¿Qué si no eso es lo que voy a decir? –pregunté-. -Mírame y dime qué fue lo que pasó. -¿Cuándo? -respondí, mirándole a la cara y estallando en risas-. -Antes. ¿Por qué te sientes así? -Antes, después, ¿qué es el tiempo sino la ficción de la que nos hacemos para saber cuántos pasos nos ha tomado llegar al final? Siempre, incluso en el futuro, he estado hecha una mierda –sollocé-. -Eso no tiene sentido. -Muñecote, esta noche nada tiene sentido. ¿No ves todo como si de verdad estuvieses dentro? -Aquí vamos –dijo él, sonriendo-. -No, esta vez es en serio. Tócame, para ver qué se siente. -Así que todas las veces anteriores habías mentido. Me siento utilizado –dijo en son de burla-. -Te estás riendo. Eso es porque lo sientes. -Siempre lo siento, querida. -Siempre, nunca, ¿por qué sigues utilizando esas palabras ___ 96


Vinos dobles? –terminé, riéndome por todo lo que decía-. Ven, déjame tocarte.

Ricardo y yo teníamos nuestra rutina, luego de cuatro años en esa situación nos conocíamos tan bien como cualquier otra pareja. Preparé el desayuno mientras él trabajaba en algo, o nada. No importaba, el asunto era que él comiese en su habitación frente a la computadora y yo en la cocina, para evitar habituarnos a estar con alguien en esos momentos. También me había acostumbrado a utilizar el baño del pasillo y nunca el de su cuarto, odiaba que me escuchara orinar. Cuando le anuncié que debía irme llamó un taxi, y yo llené el vacío de la espera con la promesa de que quedaríamos de nuevo la semana siguiente, pero esa sería la última vez que llegaríamos a vernos. De haberlo sabido, lo habría obligado a despedirme en la planta baja de su edificio con un beso igual al que le daría a la muchacha del juego, pero ninguno de los dos sabía nada, apenas y nos dijimos adiós. Mamá me esperaba fuera, barría las hojas que se corrían de las casas vecinas hasta el frente de la nuestra, mientras seguía con la vista a todos los autos que pasaban de largo. Cuando me bajé del taxi y la saludé, comprobó la hora en el reloj y preguntó: ___ 97


Adriana Zerpa Ocando -¿Cómo está Ricardo? -Está bien. Te manda saludos. -Ese sí que es un buen muchacho. Deberías dejarte de tonterías y enseriarte con él, desde lejos se le nota que te quiere. -No quiero hablar de eso, mamá –dije, mientras le sostenía la pala-. ¿Cómo te fue anoche con Flor? -Bueno, ya sabes cómo es ella. Jugamos cartas hasta las tres de la mañana y perdí cuatrocientos mil bolívares. -¡Dios mío! Esa mujer es mala, siempre te lo he dicho. Además, ¿por qué fuiste a su casa con tanto dinero? Fue como tentar al diablo. -Fui solo con doscientos, pero ella sabía que yo tenía más dinero aquí. No importa, la idea era pasar una noche diferente. Mira, pásame la bolsa que está allá. ¿No has llamado al hombre del carro? –preguntó ella, cambiando el tema-. -No he vuelto a llamar, según el mecánico, el century estaba grave. No lo sé, yo creo que estaré dos semanas sin él, o hasta más. -Tienes que tratar con cuidado al century, tu padre te lo dejó en perfectas condiciones confiando en que lo mantendrías ___ 98


Vinos igual. -No he sido yo. Son cosas que pasan. –me excusé-. -Supongo. De todas formas deberías llamar para preguntar, nada pierdes con intentar. -Tienes razón, lo haré. –le dije, abriendo la puerta-. -Ni creas que se me ha olvidado preguntarte lo último que ha pasado en la San Rafael, ¿eh? –dijo, volteándose hacia mí-. Cuando termine esto y entre a la casa me lo contarás todo.

El teléfono me mantenía en espera cuando escuché a mamá entrar por la puerta principal. Apagué la luz de la habitación y aseguré la puerta, me sentía muy cansada como para contarle todo lo que había pasado en estos días. Ya no era tan joven como antes, ni tenía tanta energía, la noche me había dejado con una especie de resaca que me alcanzaba el interior de los huesos y músculos, y que únicamente me dejaría salir de la habitación para comer. Y que se vaya por la tubería del baño lo que queda de mi figura, pensé. -¿Daniel? –pregunté al escuchar una voz, regresando a la llamada-.

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Adriana Zerpa Ocando -Sí. ¿Quién habla? -Soy la enfermera que fue el miércoles al taller –resolví decirle, Daniel no recordaría mi nombre-. -Ah, ya me acuerdo de usted. Qué bueno que llamó, estaba a punto de hacerlo yo. El lunes puede venir a retirar su vehículo. -¿En serio? -Sí. El problema resultó fácil de solucionar, pero yo debía asustarla a usted, en verdad debe cuidar más esa nave. -Bueno, nos vemos ese día entonces. Gracias por todo.

A consecuencia de los días anteriores, los sueños en donde veía a los ciclistas no dejaron de caer encima de mí el domingo. El lunes debí pellizcarme varias veces en la estación para saber que no dormía, que ese momento sí era real y que en verdad los estaba viendo. Para mi asombro, no sentí el peso del mundo sobre mis hombros, o que dentro de cinco años los niños me llamarían por sobrenombres de vieja, haciéndome llorar hasta morir sola, nada de eso me importó. Aún los odiaba, representaban una imagen contraria y cruel del destino, pero la felicidad de recibir la nave –luego de que Daniel llamara de esa forma al century no creía poder dejar de hacerlo nunca-, me embriagaba tanto ___ 100


Vinos que apenas si podía pensar en otra cosa. ¡Hasta hoy los veo, vejestorios!, grité para mis adentros. Esperaba a que el primer tren llegara a la estación. La mujer de las pastillas asintió levemente pero hice que no la veía, ya había tenido suficiente de ella, de su lenguaje y de sus síntomas ridículos. Si le daba algún motivo para acercarse –cosa que definitivamente habría sido corresponderle el saludo-, lo haría sin pensarlo dos veces con tal de amarrarme, de formar lazos con su nueva amiga de la clínica. Ya la veía diciéndome que le investigara el horario de los doctores, que si sabía qué causaba lo suyo, que ese fin de semana había aparecido otro síntoma que creía peor que todos los anteriores, que estaba asustada. Me sentía molesta con ella de solo pensarlo. El tren se detuvo en frente de nosotros y entramos al vagón. Esa era la peor hora del día, la mañana. A pesar de que era el primero, y que otro saldría solo cuatro minutos después, iba tan lleno que la gente levantada se apretujaba en la puerta. Tomé un lado de una de las paredes y la busqué, y cuando vi cómo me miraba, me bajé y me fui al siguiente vagón. Nunca se podía ser lo suficientemente precavida, quizás estaba esperando que el tren partiera de la estación para abordarme con su legajo de preguntas, lo mejor era asegurarse. Carmen estaba en la enfermería arreglando el armario y Paúl en verificación. No era de esos doctores que estaban ___ 101


Adriana Zerpa Ocando acostumbrados a dejar el escritorio en las noches, pero esa guardia había sido tranquila, los libros no registraban datos recientes. -Te lo digo, no hay algodones, ya he buscado en todas partes –susurró Carmen, sacando su cartera del primer espacio del armario y enganchándosela en el hombro-. -Tranquila, cuando la farmacia esté abierta los haré. -¿Es que no entiendes, verdad? Estas cosas no pueden suceder. -Pero están sucediendo. ¿Qué más queda? Nada, hay que esperar y después hacer bolitas. Carmen me miró de arriba hacia abajo antes de irse. Se veía molesta. Sabía lo que quería: que le gritara a viva voz que tenía la razón, que perdiera la cabeza cuando las demás llegaran o que incluso subiera a esperar a la gerente, pero ya estaba resignada. Antes de salir susurró que ya no era la misma de antes, pero no le respondí, eso también formaba parte de esas cosas que decía para hacer reaccionar a los demás. Al mediodía llamé a Daniel para asegurarme de que la nave estuviera lista –la noticia era tan buena que cabía la posibilidad de que él lo hubiese inventado todo, o que hubiese sido otro de mis sueños-, y con su voz seca y fastidiosa repitió lo del sábado. ¡Aleluya, hermanos! Algunas aves trinaban por aquí, en una iglesia unos feligreses ___ 102


Vinos lloraban e intentaban agarrar piedras de aire con las manos alzadas por allá, el día era el más hermoso de todos. El taller quedaba cerca, a solo unas cuadras arriba de la San Rafael. Mientras pasaba por la mueblería abandonada de la esquina, vi cómo el sujeto que iba a solo cincuenta metros delante de mí se detenía, y un auto con tres de sus ventanas arriba, mostraba el metal oscuro de un arma en la última, la del copiloto. Rígida como una tabla, contemplé el horroroso escenario a sabiendas de que yo era la siguiente. Los sujetos se devolverían y me atacarían, solo porque me encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado, y porque no cuidaba lo suficiente el century. Más que el pago de la reparación y del repuesto, que los insoportables carritos y los hombres de malla, ese sería mi verdadero castigo. Tocaba la piedra amarilla del anillo de oro que tenía en mi dedo, y que me identificaba como enfermera, despidiéndome de él. Lo había tenido dos años, mucho más del tiempo permitido por los ladrones, y ahora debía darlo todo. Los frenos del auto hicieron un sonido estridente y este retrocedió, pero luego de eso adquirió velocidad y se perdió en la cuadra próxima, cruzando a la izquierda. El hombre se había sentado en la acera no muy seguro del porqué aún continuaba con vida, pero lo suficientemente asustado como para no preguntárselo. Simplemente estaba allí, mirando su cuerpo con sus ojos ___ 103


Adriana Zerpa Ocando muy abiertos. A veces se tocaba los bolsillos –cálculo de magnitud de daño-, pero más se revisaba a él. Pasé con paso apresurado por sus espaldas y al llegar a la siguiente intersección me percaté de que el auto ya no se encontraba por allí. No subía hacia las veredas, imitando su recorrido, pero ese tipo de precauciones nunca están demás. Virando a la derecha distinguí el taller, y sin apartar los ojos del cartel caminé lo más rápido que pude intentando no parecer sospechosa, como si de verdad tuviera mi cartera llena de artículos valiosos para los amigos de lo ajeno. Esa experiencia había sido la cerecilla del helado de esos días, el resultado de no tener carro en una ciudad tan peligrosa, rápida y salvaje como Maracaibo. <<No, no es lo suficientemente salvaje, hay tipos bonitos que aún pueden tomarse el atrevimiento de pavonearse con sus bicicletas y cascos>>, pensé con desprecio, entrando en el taller. Unos hombres embarrados de grasa se acomodaban en la parte final del taller, gritando. Cantaban una canción colombiana que la mujer de la emisora se aseguró de repetir que era la canción más solicitada del día. El century relucía en la salida, justo frente a mí. No había dado cinco pasos cuando uno de los hombres saltó de una pila de cauchos, se volteó a hablar con los demás y finalmente se me acercó. -¿Cómo está, señorita? –dijo Felipe-.

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Vinos -Excelente –respondí, reparando en cómo me había llamado¿El century ya está listo? -Sí, claro. El carro quedó nice, solo mírelo. ¡Parce, deje la otra estación, no crea que he olvidado la apuesta! Mi nave brillaba, en el taller se veía más azul que nunca, pero ya no podía confiarme de eso cuando el mismo Daniel me había dicho que lo que importaba era el interior del auto, no el exterior. Y mucho menos, además, cuando el descuido podía hacerme víctima de un acto como el que acababa de presenciar. -Allí dentro está la factura, junto al cajero –me dijo Felipe sin darle importancia a mi expresión de duda, y señalando un cuarto pequeño y blanco con ventanas negras-, al final Daniel recordó su nombre y se la preparó.

Freddie era el único que podía liberarme. Coloqué I want to break free a todo volumen mientras conducía a la Vereda del Lago y me preguntaba dónde suspendería la fresa aromatizante que había agregado a la factura después de que el cajero saliera de una habitación contigua. Sentía que lo podía todo, que no debía preocuparme de nada más, que tenía mi nave y que el sujeto que me había atendido me había llamado señorita. Quizás mamá tenía razón y no debía hacer otra cosa sino esperar a que estas temporadas ___ 105


Adriana Zerpa Ocando de mala racha terminaran. En el estacionamiento, un grupo de personas se ajustaba unos patines, y otro le hacía señas con bicicletas. A pesar de que era lunes, el parque estaba lleno de niños, y los juegos inflables rebotaban al igual que lo harían un sábado cualquiera; una buena señal. A una banca del hombre que vendía orfebrería y a cinco del que a esa hora solo tenía cola roja para echarle a los cepillados, me senté a contemplar el agua como si fuese una vieja costumbre abandonada. No era hermosa, desprendía un olor bastante repugnante, que hacía valer su estado verde y sucio, pero era lo que había. Relajé mi cuerpo, cerré los ojos con la cara en sentido al sol y sentí la libertad. Yo era polvo, un grano de arena en un desierto que no inmutaría para nada su andar, que luego de que yo muriese seguiría allí, impasible. Por ello las personas que me rodeaban trataban de superarse, resaltar, todo con tal de que sus vidas no pasaran por alto. ¡Coño, para que fuesen tomados en cuenta!, pero casi nunca pasaba, somos muchos. Entre las excepciones estaba el grande de Freddie, su fama superaba con creces la de muchos hombres. <<¿Y qué? >> , me dije. Sí, su esencia vivía, pero eso no era algo que pudiese brindarle a él algún tipo de satisfacción. ¿Qué había logrado con hacer que los demás supiesen de él? Nada, la inmortalidad era ficticia. Quizás por esa misma razón Morrison había decidido fingir su muerte y ocultarse de ___ 106


Vinos todo, porque sabía que el otro lado no era grande. Allí estaba la gran complacencia entonces, en intentar no resaltar. ¡Keep it undergound, baby, that’s the way!, lo imaginaba decir. Viré mi rostro y vi al sujeto que vendía objetos de metal. Iba todo de negro, llevaba sandalias y su pelo era una maraña recogida de dreadlocks y suciedad. Conocía a los de su tipo, en la Universidad siempre podías conseguirles tejiendo o vendiendo chapas, pero ese parecía más experimentado. Era de los que decía que había viajado a Argentina, Chile y Bolivia, pero que aquí moriría porque Venezuela era un país único. También aseguraría que todo lo de la mesa lo había hecho él mismo, y que esas técnicas las había aprendido cuando fue a la Patagonia a verse con los monjes Tibetanos –porque así de jodidos geográficamente estaban-. Aún así, con o sin una idea de lo que decía, el hombre debía saber mucho más que yo acerca de cosas que sí importaban, del vivir. Debía mantener discusiones interesantísimas con hombres que habían viajado mucho más y menos que él, acerca de cuántas drogas había consumido, dónde había tenido su peor resaca, o con cuántas mujeres aproximadamente había dormido. En el desierto, él también era un grano de arena intentando destacar. Del otro lado, el sujetos de los cepillados también era uno de esos malditos granos. Intentaría convencerme de que él poseía el mejor precio, los mejores sabores <<y si tengo solo del rojo es porque a mí es a quien más compran, ___ 107


Adriana Zerpa Ocando muñecota>>, diría, y que su técnica de mezcla hacía que el sabor fuese diferente. Me levanté de la banca molesta y con los puños apretados. No estaba muy segura de por qué lo había hecho, o por qué caminaba de regreso al estacionamiento, pero ya no podía regresar, me verían. La recompensa para Freddie había sido un reconocimiento mundial puesto que quien le odiaba, también le conocía. Morrison no había entendido nada, simplemente se había muerto, y cualquier otra cosa era una invención de los fanáticos que no podían dejarlo ir. Todos intentábamos resaltar porque esa era la competencia en la que jugábamos para encontrarle sentido a la vida, para estar en la búsqueda de ser mejores. Por eso yo debía trabajar más, debía tomar más guardias de veinticuatro horas, debía comenzar otra carrera y seguir estudiando, para saber más. El mundo era una esfera de esencias que pedían ser descubiertas, y a eso uno no podía negársele, no si quería sobresalir. Sin embargo, yo sabía mi destino. El deber era buscar la excelencia, pero no todos estaban destinados a obtenerla. No todos somos un Freddie. Abrí el auto, me senté, y mirando a mi alrededor me eché a llorar. Al principio estaba justificado, entre tanto y tanto decía frases como que nunca iba a salir de este abismo en el que me encontraba, o que no podía ser más porque había nacido en un país como Venezuela y aquí nadie lograba tener éxito, ___ 108


Vinos pero al final lloraba por lo ridículo que sonaba el decir que yo no era un grano de arena que iba a resaltar, por la lástima abrumadora que sentía de mí misma. -Soy un grano de arena que no va a resultar nunca –repetí en silencio hasta llegar a casa, sin el grano Freddie arrullándome-.

El dieciséis de abril fui rebelde y desayuné en el auto solo porque podía, porque debía aprovechar mi nave. Incluso mamá salió al estacionamiento a verme y me llevó el café hasta el carro, como si nada pudiese alterar el baile que danzábamos todas las mañanas; la tacita blanca llegaría al comedor, al estacionamiento, a la luna si allí me encontraba. Salí de Lomas del Sol a las siete menos quince, más que con tiempo suficiente para llegar a la San Rafael, pero al pasar por la estación del metro no pude continuar. Del otro lado, los ciclistas de cascos multicolores pasaban de largo, los que habían estado esos últimos días conmigo, atormentándome, siendo una piedrilla diaria en los zapatos mientras esperaba el tren de las seis, debía verlos una vez más. Me deslicé por el distribuidor de la circunvalación número dos hasta volver a montarme en la calle 100, vía al aeropuerto. La última de las espaldas de los ciclistas se veía en la lejanía como una señal del destino. Si la vida hubiese querido que no les ___ 109


Adriana Zerpa Ocando encontrase, no hubiese visto al último de la fila, pero podía verla gritándome <<¡Ve tras ellos, mama!>>, y eso no sucedía con frecuencia. Aminoré la velocidad, no muy segura de lo que hacía, pero sí del porqué, debía seguirlos y averiguar cuál era el secreto que escondían y hasta dónde llegaban; por qué eran tan especiales. En mi reloj de pulsera faltaban menos de cinco minutos para las siete. El de la Emergencia debía dar las seis con cincuenta, pero así diese las tres de la madrugada no llegaría a tiempo, no sentía el menor apuro en ir. Sin perder la vista en el último hombre, marqué el número uno para que el marcador rápido me comunicase con el teléfono de la Emergencia. Era temprano, pero siempre había alguien allí. -Hola ¿quién habla allí? –pregunté estúpidamente, como si fuese socialmente correcto llamar para preguntar quién se encuentra del otro lado de la línea. -Se ha comunicado con el teléfono de la Emergencia de la Clínica San Rafael, señorita. –dijo una voz femenina-. -Mary, ¿eres tú? –dije casi en susurro-. -¡Mujer, mira la hora que es! ¿En dónde estás metida? – preguntó-. -Sé qué hora es. Por eso llamé, no podré ir a trabajar. Disculpa.

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Vinos -No me salgas con eso hoy, por favor. La Emergencia te necesita, además, con el nuevo doctor hay que reprogramar las guardias de las semanas y los días festivos. Vamos, linda, que están despidiendo a todos porque José nos espía, no me gustaría que tú fueses la siguiente. La voz de Mary me resultaba clara y acusatoria, a pesar de que yo era la que nunca faltaba ni llegaba tarde. Podía verlas en el almuerzo, conspirando y diciendo cualquier cantidad de tonterías, porque yo hacía lo mismo en esos casos. Lo de las cámaras había sido una amenaza regalada, y un recordatorio inútil de que aún no se había descubierto quién se había robado los guantes y las jeringas de Farmacia. Sí, Mary, a pesar de que ese día yo lo había librado, mágicamente me había robado todas esas cosas, tienes razón. Según el grupo que conspiraba cuando yo no estaba, era mi culpa, en algún momento había entrado vestida de particular y lo había hecho sin que nadie me viese. Según el mismo grupo cuando Mary era la que no estaba, ella era la culpable, la enfermera triste y cincuentona que no tenía esposo pero sí tres hijos a quienes mantener y una madre diabética a la que cuidar. Un mundo de motivos parecidos se desplegaba para cada una de las enfermeras del pabellón y de la Emergencia, pero aun así algunas se empeñaban en señalarme y murmurar que mi día libre y el robo no podían ser simples coincidencias. ___ 111


Adriana Zerpa Ocando -Ah, hoy es martes. Peor para ustedes, supongo -corté, sin contener mi rabia. Si a Carmen no la despidieron, a mí mucho menos. Que sufran de lo lindo-. Habíamos pasado el Hotel Venus y la primera etapa de Lomas del Sol, cuando el último ciclista empezó a aminorar la marcha. Una vasta carretera se alzaba en frente de nosotros, así que no pude entender qué era lo que le obligaba a él detenerse, y a mí a hacer lo mismo. Se bajó de la bicicleta y comenzó a dar vueltas alrededor de ella con las manos en la cintura, como si algo no lo dejara seguir. Automáticamente viré el espejo retrovisor interno de la nave, y tomé de la cartera, abierta en el asiento del copiloto, el primer labial que encontré. Tenía jugármelas todas para que despistarlo, pero el hombre no lo notó, cuando volví a fijarme en él se encontraba vomitando en la arena. Debía ser el gay de la otra vez, la posición en la que se encontraba su cuerpo me resultaba familiar. Esa era la vida de ellos, después de todo, primero la diversión, los colores, las fiestas, y luego los vómitos al otro día en las bicicletas. Los pensamientos odiosos de los últimos días comenzaron a arrastrarse de las paredes del cráneo hacia dentro, pero regresaron a su cueva cuando lentamente volvimos a la marcha. Por mucho que había intentado, me había sido imposible pasar desapercibida para el hombre, había descubierto que ___ 112


Vinos los perseguía. Cuando eso sucedió, empecé a moverme entre los carriles y a adelantar algunos autos con una facilidad asombrosa, en meses la nave no se había sentido así. Por el recorrido en línea recta que habíamos seguido todo ese tiempo debían dirigirse al aeropuerto. Me había cambiado una vez más al lado izquierdo, cuando el celular me borró la efímera sonrisa de emoción que me nublaba, la gerente de la clínica llamaba de su teléfono personal, y eso no podía significar nada bueno. Recordé la facilidad con la que se había despedido justo luego de anunciar que debía hacer el turno de Carmen porque no iría a trabajar, mientras que yo me quedaba allí, tragándome todos los improperios que no podía decirle pero que sabía que le correspondían; y no pude contener las lágrimas. Ahora, otra cosa se sumaba, eran las malditas excusas que podían darse el lujo de gastar todos menos yo. Era lo del grano de arena y era todo. Era que estaba sola y que solo un grado de soledad extremo podía hacer que en el número uno de mi marcador rápido tuviese a la San Rafael, y también eran los ciclistas. Siempre parecían estar allí, como una consecución más de las desgracias. En esa ocasión yo era la responsable, lo sabía, por mi cuenta había decidido seguirlos, pero ¿qué se podía esperar luego de todos los pensamientos que habían llegado a mi cabeza estos últimos días? El último de los ciclistas tenía tanta resaca –o eso pensaba-, que su vista se hacía borrosa y sus movimientos torpes, pero aún así allí estaba, disfrutando de ___ 113


Adriana Zerpa Ocando los placeres que las personas como yo –que trabajaban más de lo que podían, llegaban a casa cansados y carecían de vida social-, tendrían jamás. Apagué el celular y lo arrojé fuera del auto deseando que la mujer del metro llegase a la clínica, y que luego de atosigarla con preguntas y síntomas inventados, le vomitara encima. Ya no me importaba que el ciclista notara mi presencia, si eso le hacía pensar que alguien lo perseguía, quizás dejaba de una buena vez la ridiculez que junto con los viejos montaban. Viejos con mallas, nena, por todos los cielos, eso era lo que lo motivaba. Mis ojos destilaban un río, y mis labios fuertemente la canción de Freddie mientras que hacía acuerdos conmigo misma, aumentaba la velocidad y cambiaba de carril. Tenía que poner un orden en mi vida, que construir sobre las bases que veinticinco años habían fundado y cuidado, pero nunca preocupado en hacerlas soportar una edificación. El sonido que producía un camión de tamaño colosal, hizo de mis exigencias por liberarme un arrullo, uno que se calló muy tarde. Como última cosa que vi antes de morir, el ciclista viraba aterrado y se unía a las ruedas de mi auto. Era todo, era nada, sucedía muy rápido y dolía al principio, antes de que una pantalla blanca iluminara mi vista y un sujeto con tapabocas me cargara.

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Sepia


Vinos

Prólogo El Aeropuerto Internacional Grano de Oro, fue la primera terminal aérea del Zulia. Ubicado en Maracaibo e inaugurado bajo el mandato del general Juan Vicente Gómez el 19 de diciembre de 1929, el aeropuerto solo estuvo en funcionamiento cuarenta años; el noviembre de 1969 clausuró. Una de las cosas que contribuyó a su cierre fue el incidente del 16 de marzo del mismo año, en donde 155 personas murieron (74 pasajeros, 10 tripulantes y 71 vecinos). Las causas del accidente fueron la longitud de la pista de despegue del aeropuerto y los fallos mecánicos del avión.

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Vinos

En la parte desierta, a diez metros del eterno pasillo que dividía a las dos facultades de la Universidad en la que trabajaba, había un agujero negro que jugaba con el tiempo y te llevaba a una época anterior, o eso me dije la vez que accidentalmente pasé por allí y vi como todo cambiaba a un tono sepia. Sabía que así no era como se veían las cosas para los mil ochocientos, al igual que tampoco blanco y negro en la época en la que Casablanca era toda una novedad, pero esa era la forma más adecuada para describir la transición. Ese dieciséis de marzo, debía peinar toda el área en busca de posibles restos del atentado, el día anterior habían saboteado la facultad de artes rayando todo el lugar con obscenidades en contra del centro de estudiantes y la decana, así que cualquier descubrimiento sería premiado por la mujer con un galón de oro, o lo que era lo mismo a mis ___ 119


Adriana Zerpa Ocando fines prácticos, un bono del veinte por ciento del sueldo de la quincena. Estaba más que claro que los bedeles teníamos toda la información, pero la mujer merecía sufrir. Justo como decían los rayones, era una maldita, y qué demonios, uno de nosotros también se merecía el dinero. Mientras me aventuraba en las cercanías de la facultad – más por cubrirme las espaldas que por de verdad estar buscando algo-, lo noté. Cuando pisé el área que se encontraba despejada de malezas todo a mi alrededor se volvió naranja viejuco. Lo que veía ante mí no eran ya los usuales edificios grises, sino una imponente pista de aterrizaje. La base de control se encontraba a mi espalda, un conglomerado de rectángulos tan amarillo como todo lo demás. Rápidamente volví sobre mis pasos, hasta poder visualizar a colores lo que era la Facultad Experimental de Ciencias. Sentí que algo importante sucedía dentro de mí, y mejor aún, algo controversial que podía cambiar el futuro del mundo. Nada más que decir, ese era el tipo de cosas que no pasaba todos los días. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que me había emborrachado y negué feliz, volviendo a colocar un pie en esa porción de tierra, no era producto de mi mente. Decidí delimitarlo. A medida que saltaba de un lado a otro veía a las personas andar en ambas dimensiones –porque algo dentro de mí me aseguraba que eso eran-, preguntándome cómo me veían ___ 120


Vinos ellos. De seguro, los tipos amarillos que corrían a varios metros de distancia de donde yo estaba serían incapaces de hacerlo, y los chicos de colores –que ya habían empezado a reírse- como el hombre más extraño del mundo, danzando con cara de idiota al centro de un círculo que yo mismo dibujaba. Una vez terminado me senté dentro de él y contemplé la pista que se encontraba casi desierta. No podía adentrarme más allá en esa dimensión, si salía del círculo volvía al mundo real, así que solo alcanzaría a conocer eso. Mejor así, sin complicaciones. La luz de mitad de día bañaba a todos los alrededores y a la torre de control, convirtiéndoles en algo parecido a la irradiación amarilla misma. Debía entrecerrar los ojos si era que quería ver con detalle algo más que el asfalto, pero eso y las casas que en la lejanía se esbozaban me eran suficientes. Un minuto después, sin embargo, cuando casi me había acostumbrado al color de lo que me rodeaba, una sombra trajo consigo un ruido estrepitoso que me hizo alzar la vista y cerrar más los ojos. Era gigante, metálico e imponente, y tenía forma de pájaro. No podía ser una simple coincidencia, así que luego de verificar que hoy era dieciséis, recordé el momento en el que me encontraba. Con una emoción desbordada que desconocía vislumbré su torpe vuelo y la forma en la que el ala izquierda golpeaba el primer poste de alumbrado. ___ 121


Adriana Zerpa Ocando Mal llamé despertar a lo que me sacó del ensimismamiento –al menos que el diccionario apuntase una onomatopeya que hiciese las veces del sonido del teléfono celular como definición de tal palabra-, y comprobé que Alicia me escribía que se iba de la casa. <<¡Se larga luego de treinta años de matrimonio!>>, estalló la voz de mi cabeza, << Hombre, ¿por qué no le pides su horario? Aparentemente cree que puede hacer todo quiera>>. Marqué su número y me levanté lo más rápido que pude, preparando mi respiración. De viejo no podía tomarme el atrevimiento de discutir sentado, el aire ya no bajaba a los pulmones de la misma forma. -¿Qué pasó ahora? –pregunté-. -Lo sé todo –gimió-. ¡Sé todo sobre Roxana! -¿Roxana? –dije, desprevenido-. ¿Qué quieres decir? -¡No me vengas con eso ahora, que dijo que tenían cinco años de amoríos! –gritó la mujer-. Finalmente la embarazas, así que se toma de eso para venir a casa, hacer un escándalo frente a mamá y aún así salir con su frente en alto. ¡Quédate con la prostituta esa, chico, que yo a ti no te necesito! -¡Prostituta tu madre, que tuvo once hijos! –corté, pensando la única razón por la cual yo contaba con seis hermanos era ___ 122


Vinos porque tres habían muerto de pequeños y otros cuatro, mayores que yo, de ancianos. Previendo las represalias de mi acto precipitado marqué de nuevo su número, mas al levantar la vista me fijé en la decana. Sus pasos se dirigían hacia mí cruzando el terreno escabroso, mientras que sus facciones revelaban su plan de descargar toda su ira en el obrero más próximo a ella. Me encaminé en su dirección guardando el teléfono y pensando que no tenía una idea de lo que significaba meningitis, y que eso podría acarrearme problemas. Seguro de poder montar un buen teatro en torno a cualquier otra enfermedad que de momento se me ocurriese para uno de mis hijos –aquel cuyo nombre mi boca escupiese primero-, empecé a sollozar, alentado por el recuerdo de Roxana y nuestro indeseado primogénito.

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Santos


Vinos

“Nunca se había sentido así. Quizás era debido al miedo que le amarraba los sucesos a su cuerpo, o la cristalina tempestad de su alma, que bruscamente le traía los rostros de sus últimos familiares, pero se encontraba mal, aturdido. Esa tanda, luego de que la comida le fuese arrojada a la celda, los seres le habían buscado de nuevo para azotarle. Sabía de antemano que Dios no existía, su madre se lo había enseñado de mala manera, comparando sus carencias con la suerte que le sonreía al Emperador y a los soldados del imperio del que formaban parte, así que no solía realizar ningún rito que le aclamase. Sin embargo, luego de la tercera semana de haber estado en confinamiento, había comprendido el porqué era necesario creer; se sentía solo. No era una soledad física, siempre que gritara o implorara ___ 127


Adriana Zerpa Ocando auxilio aparecería un par para comprobar su estado, sino una con respecto al mundo al que quería regresar, a las cosas que deseaba volver a ver. “La prisión, edificio que contenía numerosas cámaras de tortura y celdas frías e impropias, no era como ninguna que él hubiera escuchado antes, sino infinitamente peor. Los entes que le castigaban vestían largas túnicas negras que hacían contacto con el suelo, cubriéndoles completamente los pies, y tenían unas fundas largas del mismo material que revestían sus cabezas. Sus contexturas corporales eran similares, al igual que la fuerza descomunal que ostentaban, por lo que nunca sabía si siempre era el mismo par el que le llevaba a las distintas cámaras o era uno diferente al de la vez anterior. Había algo más en ellos, algo que se perdía en sus reflexiones por no tener ni pies ni cabeza; el silencio. Nunca les había escuchado pronunciar palabra o susurro alguno, ni siquiera cuando en sus primeros años se resistía a gritos e intentaba pelear con ellos. Actuaban como si fuesen incapaces de hablar, como si él no estuviese realmente allí, o estuviese lo suficiente como para ser visto como un objeto al que corromper. -Calla –susurró-. “La voz de su mente se había vuelto en su contra, haciendo de su dolorosa languidez un ambiente perfecto ___ 128


Vinos para burlarse de la carne en la que se hallaba. Utilizaba las pocas palabras que recordaba y le narraba su mísero pesar y actual condición. Después de todo, ¿de qué otra forma podrían desquitarse los restos del que ahora no era hijo de nadie? -Te matarán –mentí-. “El hombre, que ahora se encontraba acostado en el suelo húmedo, fétido, que contrastaba con la verde espuma del campo en la que en los últimos tiempos solía pasarse, se dispuso a llorar y perecer ante la pesadez de las memorias. Veía los días en los que había estado libre como de otra vida, tan ajenos que no eran propiamente recuerdos los que flotaban por su cabeza, sino proyecciones implantadas, proyecciones felices y cálidas de alguien más. Una en particular, la que más consumía su tiempo y energía desde que poseía memoria de sí mismo encerrado en aquellas cuatro paredes, era la de sus últimos tiempos. Como maestro de espada, lideraba el grupo de adolescentes de su aldea Artlas, de Alrand II, una banda de cinco chicos y seis muchachas. Su única función, y la más importante al criar a los retoños de Artlas, era pasar los conocimientos de la hoja de metal. El poblado de las afueras del imperio, mucho más allá de los valles coloridos por la mar de las flores ocasionales, y eminentemente formado por campesinos y nobles que habían decidido dejarlo todo por una vida más ___ 129


Adriana Zerpa Ocando sencilla, estaba siendo explotado por las constantes pesquisas e inspecciones de los soldados de Ilas de Alrand II, hijo de Osde y Perthas el grande. “¡Abrigaos, mortecinos, no seáis los de esta vez!, repetí en su cabeza imitándole como en ese entonces, mientras el hombre se veía correr detrás de los jóvenes. Al final siempre había sangre, eso era algo que no dejaba ir. Siempre había escasés y sangre. En los días en los que eran azotados por los grupos que Ilas enviaba, el miedo corría por sus venas junto a un sentimiento de impotencia mordaz. Los de Artlas se habían cansado de luchar y de perder gente, luego de los primeros meses cambiaban la esperanza de mantener su cosechas por el conservar las vidas de sus hijos y esposas. “Tan apacible como se encontraba, a solo metros de la rajada colección de telas en la que dormía, viró hasta quedar mirando al suelo, creyéndose el centro del mundo. Claramente era el centro de sus pensamientos, y para él, era el centro de sus acciones, pero el simple hecho de considerar que tenía algún poder sobre el día, la noche y todo lo demás, era ridículo. Su mente mezclaba entre recuerdos ideas grandiosas al hombre golpeado y adolorido, eso era seguro; él estaba en el lugar menos deseado de todos, y eso no puede corresponder a la historia del hombre que es centro de todas las historias; te estás volviendo loco. Los guardias no eran los únicos que junto a él estaban en la prisión, a veces ___ 130


Vinos escuchaba los quejidos de otros en su misma posición, pero ese día la prolongada bocanada de aire del silencio rompió el orden en el que su mente dictaba y sacudía relatos de recuerdos y ficciones, los entes le habían dejado solo mucho tiempo. ¡Amén, hermanos! Gritó segundos después, al escuchar el crujido estridente de la puerta anterior a la suya. Los demonios seguirían de puerta en puerta hasta llegar a él: uno le sacaría de la celda arrastrándolo y otro controlaría las entradas y salidas de las diferentes cámaras.

“La sala de tortura se encontraba a pocos metros de distancia, y no era mucho más grandiosa que su celda, ni expedía un olor menos repugnante. Tendido en la piedra gigante que se encontraba en medio de la habitación, su cuerpo comenzó a sudar, a sabiendas de lo que venía. -¡Soltadme! –gritó, con la fatiga llenándole-. ¡Debían ser salvados! “Al igual que el día uno, los santos oscuros lo ignoraron. Las poleas comenzaron a crujir, dando señas de que la lámina de acero que se encontraba por encima del hombre, descendía. Mientras se movía frenéticamente, su cordura se escurría tanto como podía sin llegar a abandonarle, los encapuchados nunca lo permitirían. Lo dejaban con solo una gota y luego volvían a llenarlo, hasta ese punto ellos eran ___ 131


Adriana Zerpa Ocando capaces de ejercer el control. Cuando ya el hombre se encontraba lo suficientemente exhausto, momento en el que la lámina estaba a medio camino, los santos dejaban que el sonido de la espera quebrase su voluntad. La espera sonaba a metal y a óxido. Tenían un método a seguir, aseguraba él, quien ya había repasado cada movimiento en tantas ocasiones que sabía paso a paso lo que seguía, sin esperanza alguna de que eso le ayudase a controlar sus reacciones un tanto más, o siquiera sentir menos. El dolor siempre dolía, la espera siempre desesperaba, y por más que quisiese evitarlo, los recuerdos pecaminosos siempre escocían a su mente en ese punto. La lámina se tomaba su tiempo, pero al final el hombre sentía los latidos del pecho batir tan rápido que podía verle adquirir impulso y lanzarse hacia él. Sus movimientos también eran inconsistentes, aunque el grado de inclinación hacía que no hubiese otra forma de empezar a oprimir sino que por la parte inferior, sus pies siempre eran los que sentía el primer frío impacto. La plancha le rozó los dedos, frenando así su vaivén. Siguió bajando lentamente, hasta aplastar todos sus huesos sin más.

“De regreso en el calabozo, el hombre se tendió junto a las telas. Estaba y no estaba allí, y la comprensión de su ___ 132


Vinos estado no le excedía. Con su mente como único compañero y guía, se imaginó cómo sería la voz del que aún permanecía consigo, y le dedicó la esquina opuesta a la que él se encontraba. Me imaginó como un hombre de piel blanca y de una edad contemporánea a la suya sentado en una silla, viéndole. Por alguna razón consideró que debía tener barba. Así debía ser, después de todo, una persona con una larga barba blanca que demostrara la gran inteligencia que tenía. Me miraba desde arriba y me describía, o eso imaginaba. -Los niños… -empezó, sin poder continuar-. “-Están muertos –le atajé, por si pensaba hacerlo después-. Descansa. -Bien, bien eso. –asintió feliz-. “El hombre viajó. Luego de que cada hueso le fuese quebrado se encontraba de nuevo en el último día. No era obra mía, no habría sido capaz de atormentar de esa forma tan infame al que acababa de ser torturado. Debían ser los santos diciéndole: hoy es un día especial para ti, hermano. El sujeto corrió detrás de los jóvenes. La mañana del incendio, al igual que todas las anteriores al último saqueo, enseñaba a los muchachos con palos de madera. Ninguno había pasado a la fase de portar espada, ni siquiera Salom, que era el mayor; no estaban listos para hacerles frente a los bandidos. Logró convencer a todos de que se encargasen de ___ 133


Adriana Zerpa Ocando los más pequeños y de las mujeres, pero el tiempo se movía antes que él, las espadas ya habían sido desenfundadas. -¿Qué pensáis? –me dijo, saliendo airoso del recuerdo-. “-No lo sé, así se dieron las cosas. -Espero que todos hayan muerto. “-Si no murieron con lo que les diste, lo hicieron como tú, así que no te preocupes por ello. -Lo sé, pero no hablaba de eso, como bien sabes. Deseo que el veneno haya matado a los niños antes que otra cosa, eso es todo. “-Deja de llamarlos así, no eran niños. Eran once jóvenes, once personas. -Da lo mismo. Niños, jóvenes, ancianos… lo que importa es que todos hayan muerto. “-Debiste dejar que eligieran su propio camino. -Oh, pero lo hice. Los dejé solos en casa con las tazas sobre la mesa, tú viste. –dijo el hombre, escrutando por un segundo al de la barba, como si no fuese suyo– Había miedo en sus ojos cuando escuchaban los gritos de las mujeres y las veían tumbadas en el suelo bañadas en sangre, no habrían sido capaces de luchar. Además, ninguno salió de la casa, todos eligieron eso. ___ 134


Vinos “-Tu estupidez no tiene límites. -No resultó tan mal. No escuchas aquí a ninguno, ¿o sí? “-No lo entiendes. Eres una canción de fogata, pero ya hay muchas canciones, y muchas fogatas. No los dejaste avanzar, por eso ellos no llegaron a ser ni la sombra de lo que te convertiste. -¿Si? Pues discúlpate de mi parte con los maestros. Diles lo mucho que me arrepiento de haber retrasado el aprendizaje de once almas en pro de mi ascenso. “-No funciona de esa forma. -¿Cuándo se detendrá esto? El dolor es insoportable... “-Cuando haya pasado el tiempo suficiente, cuando yo sea diferente. -Entiendo. Espero con ansias otra tanda, entonces. “-La luz vendrá junto al más puro sentimiento de dolor, uno distinto a todos; ya no estás muy lejos.

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Isabel


Vinos

Para ese entonces debía ser una maravilla arquitectónica, pero desde que coloqué un pie dentro de ella sabía que algo andaba mal. Presentimiento de mujer sobre desarrollado en una niña de seis años, si así deseas verlo, no objetaré término alguno mientras este deje en claro mi cordura. ¿Qué? Ah, por supuesto. Las niñas fantaseamos, sí, pero mi mente nunca dio para tanto. Como te decía, querida, la casa desde el principio me pareció grandiosa e insípida a la vez, como si guardase más para sí de lo que todos estábamos dispuestos a admitir. El día de la mudanza la señora que la vendía nos dio un último y rápido recorrido, puesto que ni nana Berta ni yo la habíamos visto aún. Yo tenía mis dudas con respecto a la mujer, no podías simplemente confiar en ___ 139


Adriana Zerpa Ocando una señora que aún usara crinolinas de la forma en la que ella lo hacía, ni esos vestidos tan anchos con los que bien podías vestir una mesa redonda para diez, algo debía esconder bajo su falda. Luego nos dimos cuenta de que no me equivocaba, había salido de la casa bajo un propósito; escapar. Cuando nos llevó de la puerta principal hasta el jardín interno, se me heló la piel, nunca antes había visitado un lugar como aquel. Luego se nos haría una costumbre, puesto que papá, en aras de darnos la vida que creía que mamá y yo nos merecíamos, había hecho los ajustes necesarios para mudar a la familia Rodríguez Vera a la ciudad. Nos iba bien, y quería demostrarlo. A mí no me molestaba, puesto que las haciendas que nos colindaban estaban a cargo de viejos cuyos hijos se habían ido a las ciudades o a otros países, pero esa primera noche lloraría por mi yegua, por el tiempo que pasaría sin ella y por el amanecer que se cruzaba con el horizonte verde e infinito, horizonte que te imploraba que lo recorrieses en buscas de aventuras. ¿Carros? No, cariño, papá no confiaba en esas máquinas infernales. Recuerdo por qué les hacía llamar de esa forma, los periódicos que anunciaron su intrusión a Maracaibo hacían críticas tales que no dejaban lugar a dudas de que iban a volar la ciudad. Sí, señor, ¡era las máquinas del demonio! Llegamos un martes en la tarde como debíamos llegar, en carreta, junto a todas nuestras cosas. ___ 140


Vinos Cuando la vieja anticuada abrió la puerta principal, nana Berta y yo nos miramos atónitas, con las bocas tan abiertas que nuestras mandíbulas solo se quedaron pegadas porque nuestros cachetes no estiraban más. Ya es poco lo que recuerdo, pero la imagen de la puerta principal de dos hojas y de madera maciza, fuerte y con un diseño suntuoso grabado, quedó tallada en mi mente para siempre. Era una de esas cosas que hacían notar tu estatus en la sociedad. Tenías mucho dinero, tenías una gran puerta de madera. Quizás ahorita no tenga mucho sentido, pero para aquel entonces la puerta era un símbolo que imponía. Eso y el de admirarla junto a toda la casa, claro, a la puerta había que sumarle las diez ventanas de dos hojas hechas con la misma dura madera, las columnas toscanas blancas anteriores que sostenían su estructura y un pequeño balcón en su parte media que le daba un lindo detalle. La casa debía de tener unos sesenta años, pero mantenía su majestuosidad. En el cuarto de Agustina Segunda aún están las fotos, las tomé con mi primera cámara, una kodak vest pocket que papá compró en oferta a un amigo que la había traído del extranjero y que ofrecía una fiesta por su llegada. Una de esas reuniones sociales de las que debíamos ser partícipe sin falta, tú sabes. Ahora solo quedan las fotos y los álbumes que guardo en la cómoda, los coloqué allí poco después de que la segunda guerra mundial hubiese terminado. Eran una de esas cosas que correspondía hacer, luego de algo ___ 141


Adriana Zerpa Ocando malo, algo bueno. Justo eso decía mamá, con la limpieza mermaba el mal, el sucio, lo que no debía estar. Alemania era un país libre, la casa se limpiaba con empeño, eran cosas que iban de la mano. ¿Que si bien? Para ese entonces yo ya era una mujer casada, debía el supervisar que todo se hiciera perfecto, ¡y ni una burusita de polvo veías al final! Podías pasar el dedo por donde sea. Mamá murió en el setenta y nueve, hace diecinueve años luego de un paro cardíaco fulminante, por lo que puedo decir que hasta el final de sus días seguí su ejemplo, su rectitud en las cosas del hogar. Mamá fue una mujer luchadora, imbatible. No sé, quizás las personas somos parte de esas cosas que se van estropeando con el pasar de los años, este cuerpo cansado no puede soportar un día sin que una buena siesta en la tarde le alivie los calambres, todo contrario al de ella. En ocasiones aún puedo escucharla atronando la tranquilidad de la casona y de nana para recordarnos cómo debíamos mantenerla, y ya eso es decir bastante. -¡La cama, Isabel! – gritaba desde abajo como si yo tuviese un problema en los oídos –¡No quiero ver ni una arruga esta vez!-. Según me contaba en las noches, abuela Agustina había vivido ciento cuatro años, y eso era únicamente porque sabía ser una señorita, y las señoritas doblaban sus sábanas. Por otra parte, papá me contaba que mi abuela únicamente había vivido tanto porque en las fincas las personas se conservaban, solo comía cosas que ellos mismos cosechaban ___ 142


Vinos y ordeñaban, pero yo prefería creerle a mamá. Ella era una mujer, debía saber esas cosas. ¡Habla duro, mujer, que no te escucho! Y con un demonio, por supuesto que era mentira eso que mamá decía, pero lo descubrí muy tarde, cuando ya sabía cómo doblar las benditas sábanas. Todo en la vida se rige por la costumbre, ¿me sigues?, por eso cuando me enteré de que abuela Agustina había muerto a esa edad porque mantenía mejores hábitos, odiaba verle arrugas a la cama, y por el contrario, me encantaba verla lisa, perfecta. No importaba cuán dura fuese la lección de Carmelita, o cuanto retozara en arena, la cama estaba bien. Era algo sencillo y tonto a lo que atenerse, si quieres verle así, pero a final de cuentas seguía siendo algo. Nana Berta nunca me dijo nada, pero en su silencio debía guardarse todas las verdades que mamá ocultaba para que fuese una niña obediente, como las demás, quizás con la esperanza de que terminara de componerme y pudiese encontrar a un buen hombre con quien casarme. Reglas de la época, como bien dices tú, naces, creces y te casas, así funcionaban las cosas. ¿Qué dice tu madre? ¿Comer? ¡Pero si es que vas desayunando! ¿Ves lo que digo con lo de los hábitos? Ya imagino a abuela Agustina y a tío Ricardo en una hacienda parecida a la nuestra, esperando a que las mujeres de la cocina les llamaran a las doce del día para avisarles que la mesa ya ___ 143


Adriana Zerpa Ocando estaba lista. Esos sí era los buenos tiempos. Ve, ve, que después se enfría.

Bueno, menos mal que merendaste, solo Dios sabe lo que le habría pasado al pobre esqueleto que tengo por nieta si no lo hubieses hecho. No, no bromeo, tu madre sabe qué es lo mejor para ti y mi deber ahora es estar allí para apoyarla. Ahora, ¿por dónde me quedé? Sí, exacto, el día de la llegada. Mira lo que una simple historia desencadena, es increíble. No me hagas contarte la historia de mi casamiento, porque entre eso y el lío del supuesto enamoramiento entre Teresita y Julián sí que me quedo sin voz. Ese día transcurrió rápido, y en perfecta normalidad. Lo único que resaltó en sí fue la grandiosidad con la que la mujer presentaba la casa. Los pisos eran de una piedra lisa que se extendía por todo el lugar, como si mágicamente alguien la hubiese cortado y colocado allí. Las paredes blancas y altas le daban paso a un techo de gruesas vigas. Era hermosa, y más aún si se contaban los detalles en madera de las habitaciones, el jardín interno, o la cocina del final de la planta baja. Había algunos cuartos pequeños detrás de la cocina y al lado, luego del pasillo que llevaba al jardín posterior, pero esos mamá se los dejó al personal de servidumbre que a lo largo del tiempo rodaron en la casona. En la segunda planta habían cinco cuartos, todos igual de grande e imponentes y con sus ___ 144


Vinos respectivos baños. Mis padres tomaron el del medio, mientras que nana Berta el que le seguía al mío, al final del ala derecha. Para ese entonces solo tenía cinco años, y a pesar de que no le tenía miedo a la oscuridad, me molestaban las cosas que se escuchaban. La casa estaba viva, y nana Berta lo sentía tanto como yo. Mientras en las noches mamá iba y me despedía con un beso en la frente, en las madrugadas me levantaba horrorizada por los sonidos y terminaba durmiendo junto a nana. ¿Nunca has escuchado eso? de “no es la oscuridad sino lo que habita en ella”, ese era mi caso. Calla, que a eso justo era a lo que quería llegar. Como bien puedes contar, las dos habitaciones del extremo izquierdo se encontraban vacías. Mamá las hacía limpiar los fines de semana, pero eso era más por si alguno de sus familiares llegaba a visitarnos que por el compromiso de limpiar y ser señorita. Todo estuvo bien la primera semana, muy a pesar de los ruidos, y así habría seguido de no ser por un comentario que nana lanzó una tarde, mientras las tres nos encontrábamos en el salón, tejiendo. -¿Ruidos? –dijo mamá, incrédula. Miré a nana con los ojos como platos, pero para cuando entendió lo que quería decirle era muy tarde. Quizás ella comprendía la diferencia entre la oscuridad y lo que allí reposa, pero yo sabía que mamá no lo haría. Esa noche me cambió de habitación a una de las del ala izquierda y cerró ___ 145


Adriana Zerpa Ocando la puerta, justo luego de que me diera un sermón junto a papá acerca del cómo debía aprender a no temer a nada. Y un carajo, si ellos hubiesen visto lo que estos ojos iban a vislumbrar esa noche ambos se habrían encerrado en su habitación, pero únicamente para que la niña del infierno no los atrapara, y quizás hasta acompañados por nana. No, no te adelantaré nada, ya mucha información te di al comentar eso. Escucha con atención, que aquí es donde la cosa se pone buena, o mala. Si quieres puedes llamarla noche una, porque fue esa en la que mamá cerró la puerta. Yo me dormí, tal cual lo hice las noches anteriores, y aunque no lo creas, no sentía miedo. Una parte de mí sabía muy bien que algo sucedía; la mujer anticuada con sus trajes viejos, su afán de vender la casa, que yo me hubiese levantado todas las noches desde que nos mudamos por ruidos y cosas que eran ajenas, que se sentían tan diferentes de los sonidos normales de la noche, de los que yo estaba acostumbrada a oír en la finca; todo iba añadiendo una cuenta en el collar de extrañezas y yo esa noche tendría una muestra de la gema. No tenía conmigo un reloj, pero las gallinas siempre me hacían despegar un ojo a medianoche, y en la noche una ya era la segunda vez que me despertaba, hacía rato habían pasado las doce. Comenzó de forma simple, con el mero fin de asustarme más, ¿me sigues? Mientras que un ruido aparatoso me habría despertado de un susto, la fina ruptura del silencio me fue consumiendo, sacando del mundo de ___ 146


Vinos Morfeo hasta delicadamente dejarme en la cama; para el momento en el que desperté ya tenía mucho miedo. Era un ruido de tuberías, mas no el simple crujir, sino como si algo se hubiese apoderado de ella y corriese. Estaba acostada boca arriba, con las sábanas tendidas hasta el cuello y los brazos pegados a mi rígido cuerpo. El miedo me había atado a la cama, pero como pude me desaté y me erguí hasta abrazar mis piernas con los brazos, en una especie de posición fetal. Metí la cabeza entre ellas y repetía que quizás la mujer no había visto mi movimiento, –para ese momento le había definido un sexo- o que todo se encontraba en mi mente puesto que el dormir en un lugar diferente me daba miedo. Eso iba en mi cabeza una y otra vez, cuando las lágrimas comenzaron a caer. Pude sentirlo al instante, rodó la primera gota por mi mejilla y la mujer lo notó. Vio que yo no estaba en mi posición de miedo, que me levanté, desafiante, y actuó. El sonido cambió y se hizo más drástico, haciendo que dejase mi súplica y mirase el caño que cruzaba la habitación. Iba cubriéndola por partes, había comenzado en el lado justo en el que me encontraba y terminaba en el otro extremo de la habitación, en la pared contraria. En el momento justo en el que seguía con mi mirada su movimiento, se hizo real, y mi corazón se detuvo. ¿En qué sentido? Yo te daré un sentido. ¡Era real, nena! Recorrí con la vista una tubería que llegaba al otro extremo de la habitación ¡y allí estaba! ¡Una niña parada a los pies de la ___ 147


Adriana Zerpa Ocando cama, mirándome con una cabeza invertida y separada de su cuerpo! Digna de una película de esas que tanto te gustan a ti. Tenía los ojos muy abiertos, y cuando grité su primera y grandiosa idea fue imitarme, propinar el grito más espantoso que jamás había escuchado. ¿Ah? No, ni hablar de sus gestos, era como si con ellos hiciese una llamada a todo lo malo. Sus manos halaban el cobertor y su boca vociferaba al demonio, lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Cielos, qué digo, ¡lo recuerdo como si hubiese pasado hace horas! Solo mira cómo se pone mi piel, aún mis vellos se erizan. La aldaba comenzó a repicar también, y en ese momento pensé que iba a perder la cabeza, el miedo hacía que mis latidos zumbasen en mis oídos como un tambor potente y penetrante, pero todo desapareció cuando vi la cara de papá. No, mamá ni llegó a despertarse, ya con eso te harás una idea de lo ligero que era su sueño. Bajé con papá y me sirvió un vaso de leche caliente mientras yo repetía una y otra vez la misma historia. Sentía mi corazón agitado, pero ya no galopaba como si fuese a salirse y mis oídos estaban tranquilos. Debía hacerlo, debía decirlo y sacarlo todo, más por el simple hecho de eso mismo que por el que me creyesen. Yo la había visto y papá se había deleitado con mi cara de terror ¿necesitaban algo más que eso? Yo creía que no, pero al día siguiente mamá me demostraría lo contrario. No podía concebir lo que mis labios decían porque para sus ojos solo era una niña asustada, y una niña asustada ___ 148


Vinos inventa historias, pero ella era la única que mantenía eso, papá y nana sentían tanto como yo que algo no andaba bien. ¿Por qué miras así? ¿Acaso tengo que demostrarte también a ti que no bromeaba cuando dije que la había visto? No. No seas testaruda, muchacha, ya te dije que debías esperar si querías morirte de miedo, ya me acerco. Dame un poco de crédito, que mientras las demás abuelas tienen que inventar sus historias yo te cuento una tan real como lo somos tú y yo ahora, que me parta Dios a la mitad aquí mismo si miento. ¿Vieja? Todo es cuestión de perspectiva, linda, el oro también es viejo, pero no veo a ninguna mujer quejarse cuando recibe el anillo. En fin, el día dio paso a la noche, a la segunda y temible noche. Oye, presta atención, si debo decir una vez más que aquí es donde la cosa se pone buena, creeré que ya no quieres escuchar nada. Esa madrugada, la primera vez que desperté en el ala izquierda fue por los gallos, y tal cual había abierto lentamente los párpados, los cerré, diciéndome que debía dormir, debía dormir, debía dormir. ¿Sabes cuándo tienes realmente miedo? Cuando tu cuerpo se convierte en una prueba externa de ello. Allí te va la gema completa del collar, nena, tómalo y póntelo. Tu abuela estaba tendida en la cama de la habitación temblando, y mientras que se debatía entre moverse o no, tenía unas terribles ganas de orinar. Así volví a dormirme, sin saber ___ 149


Adriana Zerpa Ocando siquiera cuando. Lo que sí supe fue cuándo desperté, estaba empapada en sudor y la tubería volvía a ensañarse conmigo. A diferencia de la vez anterior, sin embargo, estaba preparada. Me quedé inmóvil y miré fijamente a mis pies, al final de la cama, a la carretera, esa noche traspasé con la vista miles de paredes y ciudades mientras miraba fijamente la pared que se alzaba en forma paralela a la que yo me encontraba pegada. Cualquier lugar habría sigo mejor que esa habitación en ese momento. La niña, sin embargó, notó esto, y los sonidos cambiaron, y se volvieron más violentos. No sé cómo explicarlo, pero imagino que debe serte sencillo entenderlo, eres inteligente. Era como si hubiese pasado de ser el sonido de un movimiento que se extendía a ser el resultado de algo que quería desprenderse y matarme. Me solté y tapé mis ojos con la sábana, mientras que un frío me recorría lentamente la espalda y las piernas, y mi esfínter terminaba de relajarse. Lo que me faltaba, recuerdo haber pensado, allí estaba yo, asustada y meada. El ruido se detuvo y con eso el movimiento, y me dije que el fin había comenzado. Como en el día uno me había movido para cubrirme, así que o volvía a atacarme, o era que en verdad se había marchado. Mi corazón latía rápido otra vez, y mi mente producía miles de ideas nuevas. Opté por acatar una, la que decía que comprobase qué pasaba a mi alrededor. Era justo como en las películas, ¿sabes? ¿No te molestas acaso cuando la mujer baja sola por las escaleras, o ___ 150


Vinos cómo todo conspira para que alguien se pierda solo en la noche? Bueno, era igual. No tenía razón para quitarme la sábana de la cara, no tenía un motivo real para mirar qué había traído consigo el silencio, mas sí tenía. Había algo, lo sabía, y debía verlo, más o menos así iba la cosa. Miré con los ojos entrecerrados y para mi alivio no vi nada, pero eso duró poco; cuando volteé en dirección a la puerta allí estaba su cabeza, viéndome desde extremo izquierdo de la cama. Su cuerpo, que estaba justo al lado de la puerta, en la otra mitad de la habitación, se quebró a la mitad y corrió hacia mí. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, así que grité justo como eso. Papá regresó a la habitación, y esta vez se le unió nana. Mamá seguía durmiendo. Me llevaron a la cocina y les volví a decir todo mientras lloraba, pero esa vez me les impuse. Les dije que no los necesitaba, que volvería a la hacienda, que podían quedarse allí viviendo la vida que ellos pretendían, que odiaba a la ciudad. Nada más lejos que la verdad, claro, pero mientras me mantuviese alejada de la casona todo estaría bien. Papá me prometió que algo haría el día siguiente, luego de que amaneciera, pero yo no podía esperar tanto, la niña aún se encontraba allí, y así durmiese con nana Berta el sonido de la cañería me lo recordaría. Salimos de la cocina cuando la leche me pesaba en el estómago y subimos a las habitaciones. ¿Qué? Aún estaba ___ 151


Adriana Zerpa Ocando orinada, ¿dónde crees que estaba mi ropa, nena? Mi único consuelo era que la bata de dormir ya se había secado, pero el manchón amarillo y el olor estaban allí. Papá decidió acompañarnos hasta el cuarto de nana Berta y esperar a que yo me durmiese, pero algo nos detuvo. Nos encontrábamos justo en frente de la puerta cuando mamá salió de su habitación, gritando y corriendo hacia nosotros como una gallina loca. Lo que la había asustado corría por el ala izquierda, el extremo opuesto al que nos encontrábamos. Corría y sonreía, corría y sonreía la niña con su cabeza al revés hasta que se paró, como si alguien se lo hubiese indicado, nos miró fijamente y se lanzó. Cuando Papá se armó de valor y se acercó al pasamano para ver hacia el jardín central, no había nada, mas eso bastó para que los cuatro pasáramos el resto de la noche en la cocina. Creo que alguien mencionó que apenas eran las tres de la mañana, pero a ese punto las tres de la mañana me parecía una hora perfecta para estar despierta. Todos se encontraban tan o más asustados que yo, así que te podrás imaginar lo grave del asunto. Al amanecer, y a pesar de que cuando fueron entrando en la cocina las muchachas de la servidumbre escuchamos todo tipo de historias, la luz traía consigo la ligera sensación de que lo peor había pasado. A las nueve de la mañana papá regresó a la casona junto al cura de la iglesia San Francisco de Asís, y este recorrió con un frasquito de agua toda la casa, sin dejar lugar alguno en el ___ 152


Vinos que una bendición o una gota de agua bendita no hubiese caído. Sí, lo sé, yo no me había creído tampoco nunca una persona muy religiosa, pero desde ese día algo cambió. Nunca volvimos a ser los de antes, y la casona tampoco. Algo se liberó, por así decirlo. Las cañerías debieron sentido también, desde ese día permanecieron en silencio en las noches, y lo digo como testigo. Con el paso del tiempo y de nuestra inserción en la vida social de Maracaibo nos enteraríamos que en esa casa había muerto una niña, la hija de la señora horrible que nos la vendió, pero ya para ese entonces había pasado mucho tiempo y solo nos quedaban recuerdos míseros de esa noche, la noche en la que todos vimos a Isabel.

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Devรกculos


Vinos

Junto a esta tarde fría e insensata los deváculos siguen incansablemente nuestro paso, estoy comenzado a pensar que el que vuelen les da más ventaja que a nosotros el escondernos entre los árboles. Del sudor que nos empapa subviene en forma de vahada de fogata en mi cabeza, y solo allí afortunadamente, una de las historias que solías contarme. ¿Recuerdas cuando decías que no mirara hacia atrás? Esa vez lo hice y salí perjudicado, y ahora, que pasamos la zona libre de árboles, no puedo evitar sentirlo de nuevo. Tengo miedo de los deváculos, esta manada parece ser la más bravía de todas, ni siquiera Monrahd pudo prever lo que nos trae nuestro presente. Si yo me encuentro extenuado, tú lo estás mucho más, después de todo, eres el ___ 157


Adriana Zerpa Ocando que posees las crías. Gritas, corres, y tratas de que te lleve el paso, pero la verdad es que eres mejor que yo. No me enojo, siempre ha sido así y eso está bien, el festín de los treinta soles y treinta lunas de las colinas bajas de Oxlard merece a un recolector digno de su cargo, de una valentía sin precedentes; el que yo viniese y te acompañase solo es un acto de rebeldía que ahora de seguro debes estar lamentando. No porque no puedo seguir tus órdenes, he de acreditarme, sino porque lo hago de forma lenta, como si el tiempo me odiase y fuese diferente conmigo. Fácilmente me llevas quince pasos de recorrido, y el retraso es el anuncio de muerte de todo walsirt que lleva deváculos ancianos tras su lomo. Siempre he odiado en secreto el festín. Monrahd podrá decir lo que quiera de él, pero no creo que nos acerque a los dioses. Nos acerca a la sangre y a la sed, a los malos sueños o al no dormir en lo absoluto, pero no a ellos. Malditos dioses, los maldigo un millar de veces en la lengua sagrada: si tanto queréis una cría de deváculos, ¿por qué nos la hacéis buscar a nosotros? ¡Tomadla y ya!, ¿no sois poderosos, acaso? Un walsirt no vale cien deváculos viejos, por lo que una cría de ellos debería valer muchos más, y aún así no nos llega a las pesuñas a ninguno. ¿Por qué elegir entonces para la ofrenda la especie más mortal de los bosques oscuros de las colinas? Sus tres cabezas, cuerpos escamosos y negros, ___ 158


Vinos alas desplumadas y ojos grandes y saltones como los huevos de cánduces, ciertamente desanimarían a cualquier recolector novato. Final del cuarto claro y mis patas laten, quizás hoy he corrido más que en todas mis vidas anteriores juntas, pero tú estás igual que siempre, como si las criaturas no pesaran más de lo que cinco hojas de palma pesan. En el bosque, desesperado, buscas un refugio, y yo percibo cuán grave es nuestra situación, nunca has mostrado tanta preocupación antes. Ni siquiera las veces que nos lanzamos de las caídas violentas de agua, esas que dices que a cualquiera pueden hundir y ahogar en un segundo, y ya eso es decir bastante. Dentro del tronco hueco de un árbol de marsedas dulces haces el refugio para la estadía y arrinconas a las crías, atándolas con las ramas que entran. Traes algunas hojas para ocultar la entrada hasta que se hayan marchado los deváculos, mas la oscuridad no es algo que debamos esperar, bien sabemos que las ofrendas forman parte crucial del festín y la vida del recolector depende de lo cazado; te matarían sin pensarlo. Me examinas y compruebas que mi piel deshidratada pasa de su púrpura habitual al pardo intenso, y ambos sabemos cuán malo es eso. -¡Déjame aquí, maestro! –te digo, como si fuese necesario hacerte entender, pero sé que mi malestar te resulta más alarmante que la vida misma, y que los lazos que formamos ___ 159


Adriana Zerpa Ocando son la razón de tu sacrificio. Me recupero de forma lenta y eso te impacienta, estar en solo un lugar a la luz del Gin aumenta la posibilidad de que los deváculos nos encuentren. Gritas para mí y para las crías, cada segundo que corre te consuela con una espera que tu cuerpo no desea. Es mi culpa, en la recolecta todo depende de la rapidez del cazador y te retraso. Veo hacia afuera y confirmo que hay tiempo, ¡la oscuridad más densa no nos cubre aún, los deváculos no regresan a su árbol sino que surcan el aire!-. Tengo miedo de mis pensamientos, pero tus cuidados mejoran mi estado y refuerzan la idea con la que juego desde que entramos aquí. Acepto mi destino como todo un animal de principios, quiero que los dioses me tomen entre los suyos y me hagan comenzar de nuevo. Digo escuchar menos alaridos de la siniestra y gran manada que rodeaba los árboles, y corro hacia el claro frontal, pero tus ideas superan a las mías y sales en pos de mí. No lo suficientemente rápido, sin embargo, y te detienes al ver solo mis patas en el centro. Lo único que queda ahora es el camino ensangrentado que deja el deváculo que se aleja con el resto de mi cuerpo, y unas crías que llevar a las colinas, el final de otra misión.

___ 160


Vinos

Índice

Lucía

13

Centinelas

23

Line

35

Relato II

47

Relato III

71

Sepia

115

Santos

125

Isabel

_______

Deváculos

137 155

___ 163


Vinos  

Relatos cortos.