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En la Asociación Cultural Las Alcublas tenemos unos recursos humanos y materiales limitados, y eso es algo que impide que desarrollemos todas las actividades y estudios que nos gustaría, siendo necesario establecer prioridades y dejar en un segundo plano o en estado latente algunas ideas o planes de trabajo. Esas ideas o planes los depositamos en el que hemos llamado nuestro “Armario de Ideas”, de donde esperamos poder ir sacándolos poco a poco, a medida que los proyectos maduren o que la conclusión de unas actividades deje espacio-tiempo para realizar otras, o que nuevas personan se unan a nosotros con ganas de trabajar. Hay veces en las que es sin embargo la casualidad la que nos hace retomar o iniciar proyectos, que es lo que ha ocurrido esta semana: la presentación en nuestro apartado “Mis fotos en el blog” de un entrañable artículo sobre La Calle Nueva, nos ha decidido a desempolvar una idea que se gestó al mismo tiempo que la idea de hacer una exposición sobre la Colonia Alcublana, consistente en la elaboración de una serie de artículos sobre las Calles de Alcublas. La idea en sí es muy simple: se trata de hacer un repaso a nuestras calles partiendo de su estado y nombre actuales, y retrocediendo en el tiempo tanto como nos sea posible. Este ejercicio de “memoria” es la excusa perfecta para sentar las bases de un estudio sobre la evolución urbanística de la localidad, algo que hasta la fecha no se ha realizado pero que ya hemos iniciado, y también -y quizás esta sea la parte más emotiva-, para realizar una recopilación de información sobre nuestro pasado más reciente: cuál era el nombre antiguo de una calle, qué comercios o negocios existían en ella, qué aspecto tenía, cómo vivían sus vecinos, las anécdotas, las fotografías antiguas… Sin ninguna duda es una tarea divertida en la que os invitamos a todos y todas a participar, y bueno, quién sabe, a lo mejor de aquí sale material para hacer una exposición el año que viene. Vosotros tenéis la palabra. José Luís Alcaide Verdés

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INDICE.

La Calle Nueva

José Luís Alcaide Verdés

Página.4

El Rincón de la calle de la era

J. R. Casaña (Rafa)

Página.5

Calle Mayor

Serafín Martínez Marz

Página.9

La Plaza de la Santa Cruz

José Luís Alcaide Verdés

Página.12

Calle Arandas

Serafín Martínez Marz

Página.14

Calle del Hospital y Calle Unión Musical

Serafín Martínez Marz

Página.17

La Plaza de la Fuente de San Agustín ( I )

José Luís Alcaide Verdés

Página.19

La Plaza de la Fuente de San Agustín (II). Los años cuarenta.

José Luís Alcaide Verdés

Página.22

San Agustín (III)

José Luís Alcaide Verdés

Página.25

Calle Vicario

Serafín Martínez Marz

Página.26

La Calle de la Era

Abel Chiva

Página.32

El Patio de las Higueras

Serafín Martínez Marz

Página.34

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La Calle Nueva

¡Menuda nevada cayó ese año! ¡Desde luego hace tiempo que no cae una ventisca así en Alcublas! Más o menos es esto lo primero que piensas cuando ves esta fotografía. Luego, analizándola más detenidamente, empiezas a fijarte en los detalles: primero el camino abierto en la nieve, luego las personas del fondo y la torre de la iglesia, luego la finca en obras junto al “bach”, que si no me equivoco fue la primera finca de estas características que se edificó en el pueblo. Después ya no puedes evitarlo y dejas la puerta abierta a los recuerdos…

Yo recuerdo que un año –es probable que fuese el mismo que el de la foto-, en el descubierto de la casa de mis abuelos hicimos un enorme muñeco de nieve –por lo menos a mí, desde mi pequeñez me parecía enorme-, al que a modo de sombrero colocamos una de esas latas de atún grandes a las que tantos y tan variados usos se les daba una vez vacías. Desde aquí mis recuerdos dan un salto hasta el verano, pero en esa misma calle y en el mismo lugar donde está hecha la foto, que es donde mi amigo Pepe tenía su “corral”: a última hora de la tarde le acompañábamos algunos días para echar de comer a los conejos o ponerles agua, y a disfrutar viendo cómo la cerda amamantaba a un montón de cochinillos… Espero que Pilar, su madre, no me regañe cuando me vea, pero ¡menudos ratos más buenos pasamos jugando a toros en el corral con aquel pavo tan “chulito” que tenía! Otros días la aventura antes de cenar consistía en acompañar a mi amigo Fernando al pajar, a por un saco de paja para la burra: la enorme bicicleta de cuadro sin frenos –la albarca era un freno perfecto-, yo sentado en la barra, y hechos un relámpago por el Planillo y San Isidro hasta la era del camino de La Cava. Una vez allí desmontábamos, Fernando abría la puerta del pajar de par en par, retrocedía con su bici hasta casi el camino del Cementerio y, cogiendo “carrereta” entraba como

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una exhalación dentro del pajar hasta clavarse por completo dentro de la paja, muriéndose de la risa. También me acuerdo de la Calle Nueva llena de zanjas el año que hicieron el alcantarillado, y de la trompeta avisando que iban a tirar un barreno para romper el cinglo y poder colocar las tuberías: nos encerrábamos en casa y bajábamos el volumen de Elena Francis, y yo creo que incluso conteníamos la respiración hasta que el barreno explotaba y avisaban que ya se podía salir. Por la noche, si el tiempo era bueno, nos sentábamos a cenar un bocadillo en algún portal de la calle – Joaquín el del Pozo, Fernando el hijo de Paca, Antonio el nieto del Tío Timoteo, y yo-, y luego jugábamos al escondite o a “levanto la malla”, aprovechando las zanjas y los tractores de la obra. Y cuando los mayores ya retiraban sus sillas de la fresca, un cuento, unas friegas en algún tobillo o rodilla dolorida con linimento “Sloan” –el del tío del bigote-, y a dormir en aquella cama tan alta con su colchón de lana tan mullido, en el que te quedabas “incrustado”. A dormir mirando cómo la nieve –entonces para mí tan real como la de la fotografía-, caía flotando dentro de aquella bola de cristal con la imagen de la Cueva Santa.

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El Rincón de la calle de la era No voy a caer en el tópico de que las gallinas iban por la calle, pero sí recuerdo con nostalgia cuando las cabras volvían al final de la tarde de la Dula, cada una a su casa y sin perderse ninguna. Mis recuerdos del Rincón de la calle La Era van saltando en los años, algunos son míos y otros las personas mayores me los traen a la memoria. El primero es la indumentaria tan curiosa que llevábamos los críos cuando nos destetaban, los pañales entonces eran trapos y gasas, la solución era muy simple y practica nos hacían dos cortes en el pantalón corto, uno delante y otro detrás; claro que corto, hasta que no ibas a trabajar siempre era corto, en invierno y en verano, para así poder hacer nuestras necesidades sin ensuciar el pantalón. También recuerdo una nevada muy grande por San Antón, la nieve sobrepasaba el doble de mi corta estatura y los vecinos tuvieron que habilitar un pasillo central en las calles y en cada puerta, lo que no recuerdo es el año, no se si fue en 1956 o 1957, si alguien se acuerda que lo manifieste. Lo que sí recuerdo es la cantidad de críos que había en mi calle, los Santolaria, los Chavos, los Oreros, los Pairos, etcétera. Nunca he sabido por que tenían de mote los Pairos, cuando su padre tenía el de Requinto. No se lo he preguntado a ninguno, pero siempre me ha chocado, aunque creo que tendrá su explicación, se lo preguntaré a Salvador cuando lo vea.

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Salto en el tiempo y mis recuerdos van hacia el año 1961 cuando una tarde que estuvimos haciendo arca los chicos y a mi me alcanzo una piedra haciéndome una brecha en la cabeza, que yo me encargue de ocultar, pues hubiese significado un castigo de mi madre. La luz en las casas era más bien escasa y eso favoreció la ocultación de la herida, pero no siempre salen las cosas como uno quisiera. . Nos visitó Joaquín "El Chavo" y pese a la escasa luz que había, bombilla de 20 W/125 V, se dio cuenta que tenía una brecha en el cogote, fin de la historia, tocata y a dormir sin cenar. . Muchas personas queridas rodearon mi infancia, el campechano tío Salvador "Chavo", el ingenioso tío Miguel "el Curro", su bondadosa esposa la tía María "la Verdesa", así como la tía María "la Orera", la tía Dolores "la Calistra", el tío Vicente "el Chavo", Antonio "El Mudo", el tíoDaniel y su mujer, la tía Trini "la Gea" y tantos otros, que me Acompañan en mis rescuerdos. Mención a parte tiene la Era de Abajo, donde en los cañizos se secaban las higas y había que espantar las moscas. Yo me hice o tal vez me lo subió mi abuelo paterno, una especie de espantamoscas con una caña fina y unas tiras de papel pegadas en la punta de la caña, era muy efectivo, hasta que me cansaba de espantarlas. Había jaleos y gritos cuando nos poníamos a jugar al fútbol, con lo que había; entonces no se de donde salían de todos los rincones, un montón de tías y nos tiraban los perros porque podíamos joder las higas (con los balonazos) se entiende. Mi casa tenía el piso de tierra con piedras incrustadas en el mismo, en verano, que es lo que yo recuerdo, teníamos un bote con agujeros o agujero en el culo, con el que regábamos el piso, haciendo dibujos de flores y otras cosas por el estilo. Precisamente ocurrió un caso del que mas tarde en Valencia, pude fardar delante de mis compañeros. Vivían con nosotros Vicente "Botella, su mujer María "la Blanquilla" y su hijo Vicente, María estaba a punto de parir y de repente oigo un grito: ¡Amelia, que esto ya está aquí! Mi madre corrió hacia ella y justo le vino recoger la criatura que estaba llegando al mundo, con el delantal que llevaba la recogió, para que no cayera a tierra, todo esto ocurrió ante mis ojos, no daba crédito a lo que veía, dado que para los que vivíamos en Valencia era difícil ver un parto. A la niña le pusieron de nombre Rosa Mari. Mención aparte merece mi abuelo paterno José, el hombre cogía la Chelvana y subía al pueblo, para bajarse al día siguiente; solo estaba unas pocas horas, para poder estar con su nieto, ese sacrificio lo entendí al cabo de los años, ya que en su momento no supe apreciar el gran esfuerzo que hacia mi abuelo. Siempre me traía afiches de películas, ¡si! esa reproducción en pequeño formato de los carteles de las películas.

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Había en nuestra calle una casa, creo que era de los "Pilones", que me llamaba poderosamente la atención Antonio "el Mudo" entraba todos los días en ella y de cuando en cuando estaba habitada por hombres rudos que llegaban con machos y estaban temporadas largas, cuando le pregunte a mi madre, me dijo que eran los de la "fornilla" que cargaban en enormes carros en el monte, para los hornos de Manises, pero eso es otra historia, que si podemos la contaremos algún día. Cuando por el tiempo esa casa ya no estaba habitada, las ventanas de la cambra estaban abiertas y yo soñaba viendo entrar y salir a las golondrinas de ella. Debería poner muchos más recuerdos y anécdotas, pero deseo compartir estos recuerdos con todos y que cada uno aporte su granito de arena o de recuerdo.

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Calle Mayor

MIS RECUERDOS HASTA LOS CINCO AÑOS

Yo nací en el número 25 de la Calle Mayor. La casa era propiedad de mis abuelos paternos, y mis padres cuando se casaron se fueron a vivir allí. En ella empecé a dar mis primeros pasos junto a mis vecinos y amigos. Recuerdo cuando aparecían a pasar el verano a casa de la tía Josefa la Boticaria la familia de Salvador Sanz (el chocolatero), también cuando Tonín el Chelvano venía de Barcelona y en el tocadiscos nos ponía las novedades de Juanita Reina, (creo que por culpa de aquellas noches soy un amante de la copla, aparte de escuchar a mi padre cantar diariamente).

El comercio de Consuelo Montesinos, abierto hasta tarde, y ella allí detrás del mostrador de madera, o bien leyendo o haciendo ganchillo esperando a la clientela. La carnicería de Antonio Comeche, con la mesa de matar los cerdos arrimada a la pared y las piedras para que lo despertara el sereno debajo. Haciendo esquina con el Porche estaba la casa de telas del tío Víctor Cabanes, con el buzón de correos en la fachada. En el fondo del Porche la casa grande de la madre de la tía Fina. Frente a mi casa vivían una pareja ya mayor que eran el tío Manuel Carapa y la tía Manuela, mi madre cuando tenía que ausentarse por cualquier motivo me dejaba al cuidado de la tía Manuela. Debajo estaba la tienda de la tía Salvadora y el tío Pepe Teófila, con el camión descargando los días que venían de viaje y hacían de ordinario para los residentes en el pueblo. Lindante con mi casa vivía la tía María, una señora mayor ella sola. Arriba de la Boticaria vivían el tío Pedro Teófila y su mujer la tía Teresa, siempre tenía algo para darme, sobre todo dulce. Como me iba a olvidar de la barbería del tío Antonio el Chelvano, donde su hijo Santiago me hacía chichinas y me mordía la oreja para hacerme rabiar. Ya en el Porche estaba la Taberna de la tía Angelina la Caleta y el tío Andrés, con sus hijos Andrés y Angelina, allí sobre todo los domingos por la tarde se llenaba de hombres ( que para mí me parecían mayores) jugando a las cartas ( brisca , tute, manilla) y tomándose unos vinos con cacahuetes y tramuzos. Haciendo esquina con el Porche era la casa del tío Luis Sacañé y su mujer la tía Adoración. La esquina de arriba era la casa de los Toranos, el tío José, su mujer la tía Antonia y su hijo el dicharachero José Torano con sus radios , bicis , motos y toda clase de artilugios.

En la esquina de enfrente vivían el tío Isidro, la tía Antonia y su hija Amparín, por las tardes veía llegar al tío Isidro con su carro y una sonrisa de oreja a oreja, la tía Antonia venía el día de la matanza del cerdo a ayudar a mi familia en la elaboración de los embutidos. En la casa de arriba del

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tío Isidro no sé quien vivía, la siguiente ya era la de la tía Trini la Molina, donde siempre había alguien alquilado, sobre todo algún veterinario. En la esquina de enfrente, que era la entrada al callejón de la música estaba la casa del tío Luis Alcaide y su mujer la tía Rosario la Barralas, sólo los veía por el verano. En la acera de enfrente, también haciendo esquina estaba el horno del tío Antonio Calixto( mi abuelo para más señas), la puerta principal estaba en la calle del Hospital y en la calle mayor existía una más pequeña donde a la entrada a la derecha se hacinaban los garbones de leña y una escalera por donde se subía a la bóveda del horno, me acuerdo como si fuera ahora de la colocación de mesas y tableros, así como todo lo que aparecía sobre ellos, panes, pastas, cocas, rollos de Almendras etc.

Y en sitio preferente aparecía majestuoso el edificio del Ayuntamiento de la Villa, con su bonita ventana y reja y la puerta con el arco de sillería de la pedrera, con el año de su construcción grabado en la piedra, así como el escudo del pueblo,(como aquí tengo muchos recuerdos de los días pasados en la escuela , lo dejaré para otro artículo).En la casa lindante estaba el horno de José María, con su gran mesa al fondo con la exposición de panes y rollos para su venta, y esas palas largas que él tan bien sabía manejar. En la acera de enfrente estaba la casa de D. Angelina, que vivía con su hija Angelina y donde venía su hijo Jesús Civera a pasar los veranos y a realizar alguna visita. Y ya en el número uno la famosa fonda del tío Alejandro y la tía Carmen, donde se hospedaban los conductores de la Chelvana y todo aquel que estuviese de paso por el pueblo.

Hacia la parte de abajo, haciendo esquina con la Plaza del Oro, vivía el tío Miguel el Bejisano con su hijo Miguel Domingo, debajo la tía Visitación y el tío Simón con sus hijos Joaquín y Agustín, la casa de abajo era la del tío Paco y la tía Amparo con su hijo José Joaquín (amigo mío) y su hermana María Amparo. En el fondo de la plaza del Oro vivían el tío Salvador y la tía Sagrario con sus hijos José Luís y Salva y en la casa del rincón la familia de los Comeche con sus hijos Salvador y Pepe. Haciendo esquina con la plaza del Oro estaban los Capas, el tío Manuel con la tía Fina y José Francisco y el pequeño Rafelín, en la siguiente vivía la tía Sagrario con el tío Vicente Moya (conductor por aquellos años de la chelvana): a ella siempre la tendré presente por los detalles que 10


tenía conmigo, no había viaje que realizara que no se acordara de mí, siempre me traía un detalle, y yo al ir creciendo estaba dispuesto para cualquier recado que me mandase. En la acera de enfrente vivía la tía María con su hija Maruja (que por cierto, tenía peluquería en su casa), y José María, con su hija María Eulalia -Francisco y José María todavía no habían nacido-. Debajo la tía María con su hijo José el Porro. En la siguiente el tío Manuel Ciriaco con la tía Adela y José Manuel. En la esquina de enfrente estaba alquilado el Sr. Pepe, el guarda forestal de Gátova, su mujer Tona y sus hijos Pepín y Toniquín. Haciendo esquina con el callejón sin salida estaba la casa de los Blancos Coleros y frente a ellos la de la tía Teresa con su hija Teresín y Daniel, pero a esta familia yo sólo los recuerdo de los veranos.

Y para terminar el recorrido ya en el Mesón, se encontraba la famosa Posada del Mesón, donde conocí de mesonera a la tía Marciala (así la llamábamos por ser la mujer del tío Marcial), con sus tres hijos, del que más me acuerdo es del pequeño Marcial Domingo, y de su madre que siempre que subía a comprar, sobre todo a la carnicería, se metía a charlar con mis padres y pasaban un rato de tertulia agradable. Estos han sido mis recuerdos de la calle mayor hasta los cinco años. Si me he dejado algo no ha sido con intención, ha sido por no tener memorión, así que espero poder disponer de otra ocasión. Mi más sincero agradecimiento para todos, por haberme ayudado a tener en esa calle una infancia feliz, un fuerte abrazo para toda la calle, sus moradores actuales y un especial recuerdo para todos aquellos que ya no se encuentran entre nosotros, pero han sido y serán parte importante de esa NUESTRA CALLE MAYOR.

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La Plaza de la Santa Cruz

En el siglo XVII existían en Alcublas la ermita de la Santa Cruz, situada en las afueras de la localidad, junto al Camino de Aragón, y muy cerca de esta una cruz de las que se ponían para pedir la protección divina para la villa y para indicar que se llegaba a ella. La calle que desde la iglesia conducía hasta allí tomaba el nombre de la ermita y era conocida como la Calle de la Santa Cruz. Más tarde, cuando en el siglo XVIII se creó la Calle Nueva, en la intersección de ambas calles con la del Planillo se originó un espacio que con el tiempo acabó por tomar el nombre de Plaza de la Santa Cruz, al tiempo que la calle que antes se llamaba así pasó a ser conocida como Calle de la Parra. Si una calle o una plaza pudieran hablar de seguro que nos contarían cientos de historias sobre las personas que vivieron y transitaron por ellas, y en el caso de la plaza de la Cruz, estas cientos se convertirían en miles, por ser una de las vías principales de salida y entrada al pueblo: para ir a trabajar a los campos, para volver a casa, paso de ganados, de viajeros… pero también porque en ella estaba la Posada de la Cruz. En la plaza la posada siempre estaba con la puerta de par en par, con su suelo de tierra pisada barrido y regado, a la derecha una puerta grande que llevaba a las cuadras, al fondo de la entrada unos pocos escalones que subían hasta el comedor. Siempre había gente alojada: comerciantes, viajeros,… Todos los años venían los vendedores de las sabrosas manzanas espedriegas y de otros productos de la zona del Rincón de Ademuz, y que anunciaban, más que la venta, el trueque de sus productos sobre todo por el apreciado aceite de Alcublas: “¡Manzanas barataceeeiite!” voceaban por el pueblo. También, aunque en Alcublas siempre ha habido colmeneros, venía gente de fuera a vender miel, y mi abuela contaba con risa que en una ocasión una mujer acudió a comprar miel y, haciéndose la dura para lograr una rebaja en el precio, probando con el dedo la miel que se había empapado en el paño que cubría una de las jarras de barro en las que el comerciante la llevaba, decía con aires de sapiencia: “Pues no sé yo… no está muy buena que digamos…Esta miel no dulcea ná, que miel más

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ruin”. Pero allá que iba, y otra untada de dedo que pegaba, y otra, y otra, hasta que al final el vendedor, agotada LA paciencia le dijo: “¡Señora, la miel no dulceará, pero el caso es Que usted se esta comiendo hasta el trapo…!. De Bejís venía un hombre a vender patatas, de Benaguacil venía el Mangraner a vender zanahorias que los niños siempre intentaban quitarle del carro, también acudía de vez en cuando un hombre a vender cerditos de cría, y un hombre que vendía platos “barata trapos”, es decir, a cambio de trapos viejos.

Más tarde, cuando se instalaron fuentes públicas en el pueblo –que yo recuerde una en la Plaza del Cura, la grande de la Plaza de los Olmos, la del Porche, la del Mesón y la de la Cruz, no sé si se me olvida alguna…-, la plaza se convirtió también en punto de encuentro para mujeres y niños que iban a llenar un cántaro, un pozal o un botijo. También recuerdo que en la casa de la esquina con la Calle Nueva había en la fachada un retablo de azulejos de San Vicente Ferrer que cuando la casa fue derribada se desmontó y, una vez restaurado, se colocó en el interior en lo que hoy es la panadería; los chiquillos llamábamos a esta casa “la casa de las Tías Renegonas”, porque en ella vivían dos mujeres –perdonadme, pero no recuerdo sus nombres-, que en cuanto los críos armábamos algo de jaleo salían desde detrás del encerado a reñirnos a voces. Hoy en día, desaparecida la posada y reedificadas la mayoría de las casas de la plaza, su aspecto ha cambiado bastante, y aunque mantiene algo la actividad gracias al horno de la esquina, ha perdido parte del encanto que tuvo, convertida en una simple encrucijada de calles con la carretera. Quizás sea el momento de reflexionar para devolverle parte del sentido social que tuvo como lugar de encuentro y como punto de llegada o de salida de la villa, quizás algo tan sencillo como puede ser un banco circular de piedra y una morera u otro árbol plantado en su centro – incluso podría ser ¿por qué no? una higuera como homenaje a los antaño famosos higos de Alcublas-, podría conferirle esa dimensión humana y ese carácter entrañable que seguramente a todos nos gustaría disfrutar.

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Calle Arandas

Esta calle la recuerdo porque era paso obligado desde mi casa, en la calle Mayor, hasta la casa de mis abuelos paternos en la calle del Olmo. He llamado a las calles por los nombres que eran conocidas antes, pues quiero que sea un recuerdo para los mayores, los más jóvenes tiempo tienen de aprenderlo, lo nuevo y lo antiguo. Empezaré diciendo que mi madre me decía: “ve a casa de los abuelos”, así servía de visita y ellos lo agradecían. Allá que me encaminaba yo hacia la plaza del Oro para girar y buscar la calle Arandas, la primera persona que me veía era la tía Sagrario, vivía en la casa que hace esquina con la plaza, me decía: “¿donde vas Serafinico?”, y yo le contestaba: “voy a casa de mi abuela Madalena”, (esto lo sé porque me lo ha contado ella muchas veces), “y por allí pasaba tu Serafín todo él repeinao y cantando la Campanera”, le decía a mi madre. Frente a ella vivía el tío Pedro (el Rey) con su mujer la tía María, sus dos hijas Maruja y Carmen y la abuela Monreposa, por las tardes ya aparecía el tío Pedro por el callejón de Corbera con su carro haciendo una buena maniobra para no cargarse la esquina del tío Miguel. La siguiente puerta era la casa del tío Roberto Cabrero con su hija Pilar. En la acera de enfrente vivían los Loncios, una pareja de hermanos solteros con su padre, Tono se dedicaba a la agricultura, siempre con sus horarios un poco descontrolados, por la mañana se iba tarde, pero por las tardes siempre llegaba el último ya bien entrada la noche, y el mayor Roberto siempre lo conocí de pastor de cabras, llegando muy discreto después de haber encerrado el cabrío.

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La siguiente casa era la del tío José Verdés con su hijo José, que también se dedicaban a la ganadería, pero estos de ovejas. En la otra acera estaba el tío Miguel Garbelles y su mujer la tía Victoria con sus hijos Maria Cruz, Teresa y Miguel (este es el componente de la ACLA más activo de los que en la actualidad viven en el pueblo). Al lado de ellos el tío Joaquín y la tía Maria Teresa con sus hijos Joaquín y Manolo. Al otro lado la familia de los Geas, con la tía María y el tío Vicente, que aparecía todos los días con su burro y su serón, la puerta siguiente era la tía Amparo y el tío Royo que no tenían familia. La casa que hacía como un pequeño rincón era la de Doña Conchita, que vivían en Barcelona pero solían aparecer en los veranos por el pueblo. La siguiente era la casa del tío Agustín con su mujer la tía María y sus hijas. En la otra acera vivía una señora mayor que se llamaba la tía Pilar, la recuerdo porque siempre que pasaba por mi casa entraba a saludar a mi madre. Al lado el tío José Garbelles con su mujer la tía María y sus dos hijos, Asunción y José. La puerta siguiente era la casa del tío Leopoldo con su mujer la tía Vicenta y sus tres hijos Aquileo, Azael y Sarita, todavía me acuerdo de ver pasar a Aquileo con los cántaros de agua viniendo de La fuente de San Agustín.

Haciendo esquina con la calle de Mosén Quintín estaba el trull del tío Roberto. Al otro lado vivía el tío Tono con su mujer la tía Dolores y sus hijas Balbina y Teresa. A su lado me parece recordar de ver vivir allí a una familia de estañadores. La casa que hacía esquina estaba rodeada por la de mi abuelo, que no vivía nadie en aquellos tiempos, y tenía la entrada principal por la otra calle, pero para mí, la del chaflán era la más bonita, creo que vivía el tío Deborao, era pequeña, pero toda ella era de piedra, nada de cal ni mortero, allí estuvo hasta que hace unos años la tiraron para construir otra. Cuando llegaba a la casa de mis abuelos, después de este pequeño pero para mí gran recorrido, mi abuela me daba merienda o almuerzo, según el horario, y mi abuelo Antonio me daba un libro, (un día comenté que diría de donde me venía la afición a la lectura, creo que fue de estos libros que me daba mi abuelo), se me llevaba por la puerta del trull, y mientras mi abuela le decía: “¿ pero que le das al chiquillo si no sabe leer?”,y él: “toma vete, llévatelo a casa”. Por lo que pude saber luego, así como por alguna anécdota que me han contado, creo que para aquellos años en aquella casa se leía bastante.

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La tía Angelina la Caleta me contaba que cuando iba a por la garrafa de vino para la taberna a casa de mi abuelo, llegaba a la puerta y decía: “¡Tía Magdalena, Tía Magdalena!”, y como no contestaba nadie se metía hacia dentro, y cual no era su sorpresa cuando veía que en el comedor había algún hijo leyendo, otro escuchando la radio, y ella les decía: “pero rediós, que no sabéis contestar”, y ellos le decían: “no pregunta por nuestra madre, pues por ahí estará”, cargaba con el vino y le decía: “ya se lo pagaré, que ahora no llevo”, y con esa confianza se marchaba y volvía otro día a pagarlo.

Espero no haberme dejado a mucha gente de esta calle, la idea ha sido hacer una continuación de la calle mayor. Los recuerdos también son de esos años, gracias a todos los vecinos de nuestra querida calle Arandas, una de las más antiguas de nuestro pueblo.

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Calle del Hospital y Calle Unión Musical .

Siguiendo con el recorrido os voy a hablar de mis recuerdos por la calle del Hospital y la calle Unión Musical, son pequeñas en extensión, pero grandes para mí. La vida hay veces que te depara unas paradojas que ni por asomo te las esperas. Si me hubieran dicho en aquellos años que las empecé a patear, que en el futuro iba a vivir en la casa que hace chaflán con la calle donde empecé mis primeros pinitos con la música, tal vez ni hubiese prestado atención, o este que me dice, pero hay muchas veces que mirando desde la ventana de la habitación, me vienen a la cabeza algunos de los recuerdos que hoy os quiero contar. La calle del Hospital era donde estaba el llamado La Cens, (eso le llamábamos) El tío Joaquín Cabanes era el encargado de la oficina, y allí, al salir de la escuela por las tardes era donde nos daba clase de música, pues era el maestro- director de la banda de música, y como podéis imaginaros entonces él se encargaba de todo, solfeo e instrumento, no pasaba como en la actualidad, donde hasta en las sociedades musicales más modestas, disponen de profesorado por especialidades. Lo primero que hacíamos al entrar era dejar una peseta encima de la mesa, precio que cobraba por la clase. La mesa estaba entrando a la derecha, frente a la ventana existente en el local, y a la izquierda había una hilera de sillas donde nos íbamos acomodando por riguroso orden de llegada. Dábamos la lección de solfeo y a casa, a seguir estudiando o a dar una vuelta por el pueblo con los amigos, que la mayoría eran los que estábamos en clase. Cuando el tío Joaquín ya te veía preparado te daba la boquilla, para después de un corto período de tiempo llevarte el instrumento a casa. Y allí seguíamos con las clases de instrumento, así que la callecita la tenía pateada, pero no vivía mucha gente, las casas de la derecha siempre las conocí vacías, excepto en el verano que solía aparecer alguien por allí. La parte izquierda una era el patio de Doña Angelina, y en otra vivía Antonio con su padre. Ya bajando la rocha vivía el tío Antimo con su hija Carmen. .

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La calle de la Unión Musical la empecé a visitar cuando el tío Joaquín empezó a mandarnos que fuésemos a ver algún ensayo de la banda, allí en el bajo del ayuntamiento tenía su local la banda de música. Era una estancia pequeña, de forma rectangular, con una ventana bastante alta a la izquierda de la puerta. Al fondo a la derecha había un armario con el nombre de la banda y una lira pintada en la puerta, con unas estanterías para el archivo de las partituras, y en la parte de abajo se guardaba alguna botella que los músicos de vez en cuando tenían para echarse un trago en los descansos, así como también estaba al lado el gran botijo que nos tocaba ir a llenarlo a los educandos mas jóvenes. En las paredes laterales existían unos clavos donde los músicos mayores colgaban los instrumentos, (todavía recuerdo en cada clavo quien colgaba el instrumento), y entrando a la izquierda estaban las dos grandes cajas de madera donde se guardaban las Tubas y al lado los instrumentos de percusión que existían, Bombo, Caja, Platos y alguno mas pequeño, Castañuelas, Triángulo y poco más. En la calle solamente recuerdo que vivía Manolo Albalat “ el Blanco “ con su mujer Fina, la casa de al lado del local de ensayo era la del tío Antonio y su mujer Pilar la peluquera con sus hijos, que sólo aparecían con el buen tiempo, y al fondo el patio con la famosa palmera de la casa del tío Joaquín el “ Churro “, siempre nos acercábamos a la puerta para observar aquello que para nosotros era algo raro, una palmera en Alcublas. Por ahora creo que para no cansaros e ir conociendo nuestras calles ya vale, mas adelante ya comentaré muchas más cosas y anécdotas de esta calle Unión Musical.

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La Plaza de la Fuente de San Agustín ( I )

Las calles de Alcublas presentan algunos rincones muy peculiares que dotan a la localidad de ese algo que la hace especial, que la hace ser Alcublas y no ser otra localidad, son esos elementos que le confieren - perdonad por el uso incorrecto de la palabra, pero ¡resulta tan expresiva! -, “personalidad”. Muchos de esos elementos han sido modificados en los últimos 50 años en aras de una malentendida modernización, y ahora nos encontramos con la difícil labor de conservar o recuperar aquello que no ha sido totalmente destruido, al menos para conseguir que siga teniendo un carácter propio a nivel urbanístico y arquitectónico. Hoy vamos a hablar de uno de estos lugares tan específicamente alcublanos que, a pesar de los cambios que ha supuesto el paso del tiempo y de su pérdida de peso específico en la vida social de la localidad, no ha perdido su carácter y ha mantenido su sentido emblemático: la plaza de la Fuente de San Agustín. A comienzos del siglo XVII la plaza de la fuente de San Agustín no existía como tal, y lo que hoy es ese espacio era un terreno sin viviendas, fuera de la villa y de la vieja y rudimentaria muralla que formaban los muros traseros de las casas de la Placeta y calle Colores, y los risclos sobre los que se asentaban. Entonces no existía El Barrio, aunque puede que existiese algún pajar o corral junto al camino que llevaba hacia la Ramblilla, en el lado Sur de la actual plaza. La plaza nació al mismo tiempo que la fuente, o mejor dicho, a consecuencia de la fuente, y fue adquiriendo su forma y creciendo al mismo tiempo que su importancia social iba aumentando. Cuando en la segunda mitad del siglo XVIII la localidad se vio sometida a una fuerte presión demográfica se hizo necesario mejorar la fuente y el abrevadero para dar un mejor servicio a los vecinos: esta reforma en el año 1798 fue la que configuró la plaza con su actual forma rectangular, 19


creándose el abrevadero en forma de “L”, con un muro adosado para evitar males en los campos de detrás y para evitar abusos en el aprovechamiento del agua. Por estos mismos años debió nacer lo que hoy conocemos como El Barrio, adosado a la Mena de la fuente de San Agustín, fuente que una vez más se nos revela a un tiempo como elemento condicionador Y configurador del espacio circundante.

La primera consecuencia de la creación de la fuente fue la aparición de una serie de actividades sociales y económicas ligadas al aprovechamiento del agua: las más importantes el abastecimiento de agua para las casas, hasta entonces realizado exclusivamente con pozos y cisternas, y el abastecimiento para las caballerías y los numerosos bueyes que en el siglo XVII todavía eran usados para las labores agrícolas. Ya en el siglo XVIII, la fuente había adquirido tal relevancia que frente a ella se creó un segundo mesón, “el mesón de la fuente”, para dar servicio al elevado número de viajeros que pasaban por la localidad, y que la Villa arrendó en el año 1705 para un periodo de un año por 38 libras y 10 sueldos. A mediados del siglo XVIII siguió aumentando la importancia de la fuente y del espacio frente a ella, y encontramos en los Libros de Acuerdos del Ayuntamiento un acuerdo por el cual el mercado local pasaba de celebrarse los primer y tercer jueves de cada mes en la plaza de la Iglesia a celebrarse en este lugar, que aparece denominado claramente en la documentación como “plaza”: “*el pregonero+ haga saber a todos los vecinos que se señala la plaza de la fuente para vender todo género de mercadurías, y en caso de llubia el porche de la carnicería, así para los vecinos como para los forasteros, y si el Mesonero uxare vender en el Mesón incurran unos y otros [comprador y vendedor ] baxo la pena de una libra por cada vez que caigan en delito”.

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Pocos años después la fuente seguía atrayendo nuevas actividades económicas que contribuían a prolongar el espacio de la plaza hacia la Ramblilla: en la década de 1760, tras liberalizarse su fabricación y venta, se crearon en la localidad dos fábricas de aguardiente, que se situaron cerca de la fuente de San Agustín, ya que en el proceso de fabricación requerían agua, aunque a los pocos años al menos una de las dos se trasladó a la fuente de La Cava. También existía en la plaza, en la esquina con El Barrio, una almazara, desaparecida en el siglo XX, una herrería, que desconocemos cuando se creó pero que pervivió hasta mediados del siglo XX, y desde fines del siglo XIX o principios del XX unos lavaderos públicos y el matadero municipal. Durante la Guerra Civil en ella se construyeron unos refugios antiaéreos con entrada en ambos extremos de la plaza. También a mediados del siglo XX se construyó una escalinata de piedra en el rincón de la Calle Colores, que sustituía la peligrosa y empinada “rocha” de tierra. Como podemos comprobar, por el número y la variedad de actividades, esta plaza era uno de los centros neurálgicos de la población, sólo comparable a la Plaza de la Iglesia, un lugar de encuentro social, un lugar de actividad económica, en definitiva una plaza en todo el sentido de la palabra. Desde la década de 1970 hasta hoy en día la situación ha cambiado mucho, todas las actividades económicas que tenían lugar en esta plaza han desaparecido, y otras de carácter social, como el aprovechamiento del agua de la fuente o el lavado de ropa en los lavaderos, han caído en desuso casi por completo. La plaza ha dejado de ser un punto de encuentro –salvo en las actividades festivas estivales-, para convertirse en un lugar de paso cuando no en un mero aparcamiento de vehículos, se ha convertido en un espacio maltratado y desestructurado. Dada la importancia histórica de este espacio y el valor histórico de la fuente y el abrevadero, es en cierto modo una obligación para los actuales alcublanos el intentar devolver a la plaza su sentido emblemático y su valor práctico, y para ello no cabe la menor duda de que es necesario darle un nuevo significado, manteniendo y potenciando al mismo tiempo sus elementos más peculiares. El turismo puede ser el argumento perfecto para recuperarla para un uso social -y puede que también económico-, y la excusa necesaria para conservar sus elementos más valiosos. Sin embargo esta recuperación no puede ser a cualquier precio, no se puede hacer unilateralmente ni con prisas: cuando hablamos de urbanismo no hablamos sólo de arquitectura y de espacio, de usos y estructuras, cuando hablamos de urbanismo hablamos de soluciones que no deben ser ajenas a la historia ni al entorno social en el que se proponen. Cuando hablamos de urbanismo debemos hacerlo sin prisas porque nunca hay soluciones perfectas, pero es nuestra obligación.

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La Plaza de la Fuente de San Agustín (II). Los años cuarenta.

“Bajando la rocha desde la calle Colores, porque todavía no existían las escaleras de la plaza, a la izquierda vivía la tía Leonor en una casa grande que hacía esquina con la entrada al Barrio: creo recordar que tenía dos puertas, una pequeña que daba a la calle Colores y la principal, que daba a la Plaza de la Fuente, y que tenía su propia almazara. La otra esquina con la entrada del Barrio era la herrería de Angel, y al lado la casa de María “la Cándida”, que era hermana de la Tía Pilar la de la Posada –que luego se marchó a Liria a otra posada y se la vendió a Faustina, que fue la última posadera de la Fuente-. Junto a la fuente vivían Salvador, Rosa, Magdalena y Tono, con sus padres. Luego la fuente, el huerto del alguacil, las balsas de lavar, el matadero, la fábrica del Tío Pedro… Antes de la Ramblilla había dos almazaras, una a cada lado de la calle: en el lado de la izquierda estaba la más antigua, de la que era socio mi padre: el maestro de la almazara era el simpático Tío Milá, y cuando nos tocaba hacer aceite llevábamos la comida, que casi siempre era paella -¡una buena paella!-, y comían todos los de la almazara. A continación de la almazara estaba la casa de los “Tortajadas”. A la derecha de la rocha estaba la casa de Joaquín Cabanes “Maneta”, aunque a la plaza no tenía puerta: era un hombre muy artista, maestro de música y director de la banda, y cuando ensayábamos alguna obra de teatro nos hacía repetir muchas veces hasta que salía bien. Junto a esta casa estaba la casa de Babilonio. ..... Al otro lado de la entrada a la plaza desde la Placeta estaba la casa, muy, muy pequeña de “la Monreposa”, y a continuación la del tío José “del Campo”, que rodeaba la posada. La posada tenía una entrada muy grande que daba paso a un patio y al fondo las cuadras; a la derecha estaba la

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escalera principal, que subía a una galería acristalada en el primer piso, donde estaba el comedor y la cocina. Cuando llegaban vendedores y hacía buen tiempo, colocaban la parada en la calle: artículos de paquetería, cántaros, macetas, botijos… A la izquierda de la Posada estaba la casa de Manuel y Abelina, mis tíos, y al lado la casa de las “Custodias”. Junto a esta vivían los hermanos Burgos –creo que eran cuatro-, y en la casa siguiente mi abuela Margarita: ¡recuerdo la casa por dentro como si la viera! A continuación, la casa de Joaquín y Dolores los “Felicios”: también recuerdo cómo era la casa por dentro, la cocina con el hogar y el fuego encendido, como en todas las casas de entonces. En esa cocina muchas veces en invierno, después de llegar de la oliva, íbamos a ensayar el teatro o el Belén: el Tío Joaquín se sentaba en una silla de esas bajitas a la izquierda del hogar y la Tía Dolores a la derecha, y allí, en el calor de la cocina, Dolores siempre con paciencia nos ensayaba, porque ella siempre hacía de “apuntador” en las obras de teatro ¡tenía mucho mérito, siempre metida en su concha! Después de la de los “Felicios” estaba la curiosa puerta del callejón que conducía a los huertos, la casa del Tío Paco y su mujer Trinidad, y luego varias casitas más pequeñas en las que vivían “los Platilleros”, la Tía Manola, Eudiviges, los “Marietos”, y otras familias que no recuerdo. La plaza resultaba muy animada, ¡Imagínate!: los labradores con las caballerías para herrar y el herrero con el martillo y el yunque ¡tín…, tín…tín…!, y otros llevando a sus caballerías a abrevar al mediodía o al caer la tarde –casi todos venían aquí: a la Rueda no iban porque había que hacerla girar para sacar agua del pozo-. Luego estaba la Posada con su trajín de gente, el lavadero lleno de mujeres -¡menuda cháchara!-, y sobretodo me acuerdo de ir a la fuente a por agua: cuando salía poca agua por los caños se hacía mucha cola para llenar agua. Acudíamos todas las chicas del pueblo con un cántaro a por agua, cogíamos turno y dábamos la tanda. Desde la rocha de la calle Colores hasta la fuente se formaba una larga fila de cántaros vacíos en cola para llenar el agua, y la gente se sentaba a la sombra o hacía corros, guardando el turno y charrando. Las chiquillas y chiquillos nos entreteníamos jugando al pito, al chavo, al tres en raya… pero si se asomaba mi abuela Margarita… ¡se acabó!

- ¡Ven para acá! Coge tu cántaro y lo llenas del cántaro que tengo en la entrada ¡y luego a tu casa! Pero además también la plaza permitía relacionarse a chicos y chicas: muchos mozos se sentaban en la rocha, en los “charices” o en el banco de piedra a esperar a que llegasen las chicas, y más de una chica vaciaba el cántaro de casa en el corral para tener una excusa con la que ir a la fuente. ¡La de novios que habrán salido de esa plaza!”.

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San Agustín (III)

Siguiendo con nuestro trabajo para intentar reconstruir la historia del urbanismo en Alcublas desde una perspectiva cercana, os presentamos hoy una visión de la Plaza de la Fuente de San Agustín en los años cuarenta del siglo pasado, cuando todavía tenía intacta su función social y era lugar de encuentro y convivencia. Se trata de los recuerdos que de esos años tiene una persona, y por lo tanto es fácil que haya inexactitudes, olvidos, y seguramente muchas cosas que otros recordáis pero aquí no aparecen: no seáis perezosos y participad en esta reconstrucción contándonos vuestros recuerdos. Espero que sea de vuestro agrado.

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Calle Vicario

De esta calle también guardo muchos y buenos recuerdos. La conocía bastante porque en ella vivían mis abuelos maternos, Román Marz Herrero y Encarnación Mateo Ibáñez. Así que la tenía muy recorrida siendo un crío, por eso todo lo que voy a escribir es lo que yo veía hasta los seis o siete años. Todos los cambios que se han producido con posterioridad, ya sea en comercios o vecinos los dejaremos para otra ocasión Entrando por la Plaza del Cura, (en la actualidad Florentina Mañes) en la esquina de la derecha estaba el Bar García, así que la primera puerta era la parte trasera por donde entraba el carro y las caballerías. La siguiente, que la estoy viendo tal como estaba, era la casa de la tía Salvadora con su hijo Antonio Orero, conocido por ser un maestro de la piedra seca, así como un gran agricultor adelantado a su tiempo. En la otra esquina, la Tienda de Comestibles del tío Pedro Alcaide y la tía Dolores, con sus hijos Pepe, Lola, Gloria y Conchín, todavía recuerdo el camión descargando y la acera llena de cajas, cestas y toda la mercancía que subía de Valencia, era el ordinario que se encargaba de tales menesteres por aquellos años. La casa siguiente era la de la tía Nati la jalbegadora, con su marido el tío Rufino Peñarrocha. En la de delante creo recordar era de dos señoras que vivían en la capital.

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La que está en el rincón era la de mis abuelos, que por cierto es la que he rehabilitado pero intentando mantener todo el encanto que tenía, con su bonito patio interior, como si fuera ayer, todavía recuerdo cuando salía de la escuela y por cualquier motivo mi madre no estaba en casa, me mandaba a comer con mis abuelos, vaya disfrute la comida en aquel patio debajo de la parra, que paz y tranquilidad se respiraba. Espero poder repetirlo en un futuro.

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La casa siguiente era la carpintería del tío Emilio y la tía Pilar, con sus hijos María Luz, Agustín y Pili, como disfrutábamos con aquellas bicicletas de madera con cabeza de caballo, eh, Agustín, te acuerdas como bajábamos la rocha y los trompazos que nos pegábamos, los buenos ratos que hemos pasado con aquellos sencillos juguetes. Siguiendo con el recorrido aparecía la casa del tío Julio, la tía Rosa y su hijo Ezequiel, cuando se hacía de noche y todos habían llegado de sus trabajos agrícolas, entonces aparecía el tío Julio con su carro, casi siempre más tarde de lo normal.

Frente a la casa de mis abuelos estaba la puerta del cine, con el cartel de la película colgado en la pared, aunque la entrada principal estaba en la calle de detrás. Ahora venía la casa del tío Arsenio y la tía Vicenta, con su hijo Pepito, solían aparecer por el verano, él era un colaborador muy activo en aquellos años de la Colonia Alcublana en Valencia. La de al lado era donde vivían el tío Andrés y la tía Balbina. Seguía lo que era el trul del tío Cayetano. En la acera de enfrente, siguiendo a la del tío Julio estaba la tía Rosa, con su marido el tío José y su hijo Eloy, siempre lo recordaré cuando llegaba del campo con su perro atado detrás del carro. 27


A su lado aparecía el tío Joaquín con la tía María y sus hijos Joaquín y Asunción. En la acera de enfrente estaba la casa del tío Eliseo con su familia, solamente aparecían para pasar el verano. El tío José y la tía Trini eran los que vivían en la casa siguiente. Como podéis comprobar, si conocéis un poco la calle, estoy saltando constantemente de una acera a la otra, sencillamente es para ir recordando mejor todas las casas, no tengo guión y lo voy escribiendo como me va saliendo de la cabeza, así que perdonar por los saltos que se van produciendo. En la acera donde se produce un poco de desnivel estaba la casa del tío Tono Ginés y la tía Teófila, con sus hijos Tono, Conchín y Juan José. Ahora aparecía la del tío Cayetano y la tía Asunción, con sus hijos Eduardo, Tono, Fina y Enrique. La siguiente era la de la familia de los Churritas. Los abuelos de mi amigo Vicente, el tío Manuel y la tía Vicenta eran los que vivían frente a los anteriores. A su lado la familia de los Geldos. Y en las dos casas que hacen esquina con el planillo, en la de abajo estaban Los Mangarros, y en la de arriba la tienda de la tía Margarita y el tío Salvador, con sus hijos Margarita y Salvador Mañes. Aquí acaba el recorrido de mis recuerdos infantiles por la Calle Vicario o del Vicario, la verdad que ni he mirado como está en el rótulo, aunque pienso que será “del “.Espero haberme dejado a los menos posibles moradores de aquellos años, todos se merecen mi aprecio y consideración. Como he dicho al principio, todos los cambios que se han producido y han sido muchos, los comentaré en otra ocasión, así nos haremos una pequeña idea de lo que va cambiando el pueblo en tan solo unos pocos años.

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La Calle de La Era No acabas de entrar al pueblo y enseguida, a la derecha, te encuentras con la calle Valencia, antes calle de la era, toda una señora calle con callizo y rincón. No sé exactamente qué año cambió de nombre, imagino que a mediados de los años cuarenta, pues en los cincuenta ya era calle valencia y siempre la conocí así. Sin ser una calle comercial si que era de paso y toda la gente que iba de la calle mayor a la derecha la usaba: calle larga, plaza San Agustín, barrio, incluso calle nueva ya que es más cómoda que subir la rocha de la plaza. Recuerdo que la tía Berta, que vivía enfrente de casa siempre salía a la puerta cuando llegaba la chelvana y cuando le comentabas “cuanta gente viene hoy, tía” ella siempre contestaba lo mismo “ mientras pasen y no se queden a cenar”, y la mujer no se equivocó mucho; pocas veces de la mucha gente que pasó se quedó, cuando el hijo Luis se casó con Maruja ya hubo más actividad en la casa. Y es que siempre fue una calle con mucha alegría ya que en todas las casas había juventud y era un continuo hervidero: los nietos de la tía Miguela, los dos morones y su hermana Rosita, los Santolaria, Tortajadas y Chelvanas, Pairos y Calistros, los Ponz del tío Salvador y Vicente, los Felicios de la tía Asunción , los peris de la tía Peca, los de la tía Paula y la tía Patrocinio, los oreros de la tía Pilar la canastas, los cesareos y los marietos, los del tío diego y en el rincon Maritere del tio Daniel, también el tio Miguel el curro y María la verdesa.. Especial mención, por lo que me toca, para los tres de la tía Luisa la roya. Toda esta juventud se complementaba en la calle con los gabrielines, en el rincón con los mauros y geas y en el callizo con las de la tia Rafaela : Gloria y Francis. Ni una sola casa se encontraba vacía, y justo antes de doblar en el callizo, uno con la puerta de casa y el otro con la trasera, se encontraban los dos solterones: Ramiro y José el Porro. Ramiro solo enigmático y poco sociable, daba un poco de miedo a los críos. José y su madre todo lo contrario y aunque su calle era la Calle Mayor hacian más vida por la puerta de atrás que era por donde metían el carro. El callizo o callejón de la era sale a la altura de la casa del tío Cesáreo, pasaba por delante la almacera “la campesina” y a la altura del huerto de la Pepitas gira a la izquierda, se pasa el huerto

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del tío Ángel y al llegar a la puerta de atrás de su casa a la derecha vas a la era de abajo y si sigues recto a la de arriba, De aquellos años mozos en aquella querida calle dos recuerdos, entre muchos, se me han quedado mas grabados:

Los juegos que todo el “chiquillericio” hacíamos como el escondite, capitulé, levanto la malla… o el canto de guerra que hacíamos para convocarnos: Salir, salir Chiquillos salir Que yo ya he cenao Sardina y pescao… ¡el que no quiera salir Que se vaya a dormir! ¡Y el que no… Que venga aquí!

En la entrada al rincón, justo en la otra esquina frente a la de los pairos, tenía Pilón un corral ( hoy en día es una casa) y en la ventana de la cambra, con una pequeña plataforma de madera y tapada con tela metálica todos los años criaba un tito, un tito inmenso, feo, muy feo y escandaloso más. Cada mañana, cuando medio dormido iba a la escuela de la calle nueva, no había día que no me chillara, por ello se me quedó grabao en la memoria retador chillando en su púlpito, tan feo y tan chulo.

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El patio de las Higueras

Hacía tiempo que no comentaba ninguna calle, así que hoy se me ha ocurrido contaros algo del llamado Patio las Higueras, eso sí, desde el recuerdo de mis seis o siete años. Lo cito con este nombre, porque así es como lo escuchaba yo por aquellos años, aunque tengo que deciros que el rótulo de la calle por entonces era otro, así como el crecimiento del pueblo hacia la Rambrilla, haya llevado a rotularlo en la actualidad con otro nombre,(observar si en tan poco tiempo ha cambiado de nombre la mencionada calle). Discurría paralelo a la carretera de entrada al pueblo, pero separada de esta, por una pared de piedra seca que por aquellos años dejaba bastante que desear,(pero es lo que había por entonces), ni alcantarillado, adoquinado, asfaltado, ni hormigón, tierra dura y alguna piedra suelta. Comenzaré desde el Mesón hacia la salida del pueblo. En el número dos, haciendo esquina con la calle Colón, estaba la casa de la tía Cazuela(escribo el mote porque su nombre no lo sé), solía venir con su familia sobre todo en los veranos. En el cuatro, creo recordar pertenecía a la familia de La Montesinas, que también como la anterior, solían aparecer en periodos vacacionales. La siguiente puerta que era el número seis, no la tengo muy controlada, creo recordar vivía el tío Virola, pero no recuerdo quien era, solamente de oídas y verlo alguna vez, pero muy poco.

La del número ocho, ya la tengo mas claro, era la casa del tío Luis Tintorero y la tía Angelina, con sus hijos Julio y María Victoria, esta casa la tenía pateada porque la tía era familia de mi madre, se llevaban como hermanas, por cualquier motivo que surgiera, ya me tenías a mí de recadero, y allí que me encontraba al tío Luis siempre con la sonrisa dibujada en el rostro. Todavía recuerdo como si fuese ayer, que la noche que falleció mi abuelo Román, la pasé allí al cuidado de María Victoria. 31


En el diez, vivía una pareja ( para mí mayores), que no tenían hijos, eran el tío Paco Peret y la tía María, recuerdo verlo cuando llegaba con su machico, ir descargando con gran parsimonia sus aperos de labranza. La puerta que seguía era el número doce, en ella vivían el tío Miguel y la tía Pascuala, con sus hijos Leandro y Fina,( como si fuera un sueño creo recordar al tío Miguel con su gorra y el cigarro en su boca). El número catorce, era la casa a la que yo veía bajar por la calle Mayor todos los días, a la tía Carmen la del hotel, con la comida para los animales que allí tenía, era de su hermana la tía Miguela. La siguiente, que era el dieciséis, era de la familia de los Peretos, puede que de la tía María, pero no sé quien vivía en ella. Le seguía la casa con el número dieciocho, donde vivían D. María y su hermana Carmen, también la recuerdo con cariño, porque ella fue mi primera maestra en la escuela de párvulos que había en la ermita de la Santa Cruz, ( bonita foto tengo como recuerdo de aquellos años en la puerta), gracias por todo lo que me enseñó, así como la paciencia que tuvo conmigo, espero no haberla defraudado. En el veinte vivían el tío Manuel el Mazo y la tía Magdalena, con sus hijos Magdalena y Manolo. El tío Manuel era muy dicharachero, siempre tenía algo para decirte o contarte, recuerdo como anécdota, un día que estaba yo en la viña que tenía mi padre en la Pared Negra( nombre de la partida), en una esquina había una noguera bastante grande, él iba por el camino de la Cava, se para, me saluda y me dice la siguiente sentencia : chiquillo,cuando te metas a la sombra de una noguera, tienes que hacerle daño (cortar una hoja, por ejemplo), de lo contrario te lo hará ella a ti, ¡ ahí queda eso!.

El portal que seguía era el veintidós, allí vivía el tío Juan Manuel Santolaria con su mujer la tía María Teresa y sus hijos Rosario y Jaime. De Rosario recuerdo que algún Domingo después de misa, nos daba catecismo en la sacristía, así como nos enseñó algún villancico que otro, todavía tengo en la memoria uno que no se me ha olvidado, ni se me olvidará (tenía algo especial para la enseñanza). A continuación venían unas casas que por aquel tiempo estaban asoladas, no vivía nadie, se oía decir que estaban así a causa de los bombardeos ocasionados en la guerra civil, en la actualidad, las tres están completamente restauradas y ocupadas como viviendas familiares. 32


Y ya la última casa era la del tío Paco y la tía Lucía la Palleta, con sus hijos Paco y Lucía, los conocía bien porque el hijo era muy amigo de mi tío Juan José. Una de las diversiones que teníamos por aquellos años la gente joven, consistía en sentarnos en las piedras del muro en su parte más alta, y cuando veíamos aparecer la chelvana, bajar corriendo para ver quien venía, también solíamos acompañar esta actividad, entonando la conocida canción dedicada con todo el cariño a la chelvana. Aquí os he dejado a grandes rasgos mis recuerdos infantiles del Patio las Higueras. Pido perdón por todos aquellos olvidos y lagunas que haya podido tener, sabéis ha sido sin ninguna intención y descortesía hacia nadie, si no lo cuento mejor es porque no sé, cuando aparezca la próxima entrada sobre la calle, estará más cercana en el tiempo y seguramente podré contar mas anécdotas y vivencias.

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Calles de Alcublas