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LAURA ALIAGA


Edición

ZONA LITERATURA http://zonaliteratura.com Colección Narrativa/Novela Contemporánea #3

Diseño y maquetación

HURLINGHAM DIFUSIÓN http://www.hurlinghamdifusion.com.ar

Ilustración de tapa

EDVARD MUNCH Madonna (1895-1902), detalle Museo Munch, Oslo (Noruega)

Derechos reservados Laura Aliaga R.N.P.I. Nº 984162

Hurlingham, Argentina | Abril de 2011


LAURA ALIAGA N

O

V

E

L

PRÓLOGO

Vicente Zito Lema

A


Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada

3.0

Unported

USTED ES LIBRE DE: copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra BAJO LAS SIGUIENTES CONDICIONES: Reconocimiento — Debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador (pero no de una manera que sugiera que tiene su apoyo o apoyan el uso que hace de su obra). No comercial — No puede utilizar esta obra para fines comerciales. Sin obras derivadas — No se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra. Más información sobre esta licencia en http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/deed.es

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Vicente Zito Lema PASIONES En estos tiempos signados por un crudo desencanto social y un arte al que los corifeos del poder imprimen un signo escapista, desapasionado, leemos la novela de Laura Aliaga, «Tarde». Las sacudidas que nos provoca, acaso potenciadas por ser parte de los que sobrevivieron al naufragio de una generación, nos obligan antes de hablar de la obra misma, a trazar un breve marco referencial donde inscribir su discurso literario que, insistimos, conmueve y demanda ser leído con la atención propia de las cosas gestadas con amor. Hay épocas en que se escriben grandes relatos históricos. Podrán verse como momentos de «inspiración» y hasta asumen las formas gratas de la «espontaneidad». Sin embargo, una mirada a fondo percibirá que el punto de llegada es el resultado de acumulaciones sociales, el desenlace, incluso breve, de largas gestualidades de naturaleza subjetiva que se reconocen mucho más en el dolor que en el placer, aunque se gesten en la búsqueda de esa ansiada pero siempre esquiva felicidad pública pública, contenido ético de una utopía cuyos bordes se alejan cada vez que nos acercamos, como el agua fresca en los espejismos del desierto. Estas épocas de excitación creciente y gestas heroicas tienen su pertinente correlato artístico –no olvidemos que el arte también puede ser visto como la personificación metafórica de la realidad– , cuyo género más efectivo es la épica. Una épica tanto más profunda y vigorosa si los autores están involucrados como participantes, protagonistas o testigos de la propia historia social que nutre el relato.

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Hay otros tiempos, en el comportamiento como en el discurso de las sociedades, diríase de llanuras sin riquezas, de hosca sequedad, donde crecen las subjetividades cerradas, sin horizonte. Aparecen generalmente tras las derrotas de las epopeyas, impulsan un racionalismo a ultranza y se declaran enemigas juradas de todo romanticismo. Ponen ante nuestros ojos una verdad que duele: la construcción de un mundo fervorosamente humano carga todavía en sus cuentas más penas y olvidos que días de fasto. Pensemos por ejemplo en los difíciles años vividos en Francia tras la caída de la comuna de París. O, más cerca de nosotros ahí están los padecimientos conocidos tras el descalabro del proyecto de cambio social que involucraba a vastos sectores de la generación del setenta. De la euforia de la lucha, sostenida aun en las caídas y retrocesos, y de la épica poética que sublimó estéticamente incluso la muerte, se pasó raudamente al horror que animaliza la vida –tal fue la dictadura militar de 1976- y a los posteriores gobiernos civiles que se esmeraron en instituir la corrupción y la exclusión social como rostros de un poder «legitimado» con el miedo, la desesperanza y el canto castrado del posibilismo político. Todo momento en las sociedades, aun el más exhausto, tiene un arte que lo refleja, que dice lo no dicho por otros medios y nos da la medida de la conciencia crítica social, por encima incluso de la voluntad manifiesta de los autores que expresan, en definitiva, los intereses concretos en pugna y las diferentes visiones y representaciones de la realidad. Así como la épica –en la nomenclatura aristotélica- dio su color mayoritario a las décadas del 60 y del 70, sin perjuicio que se manifestaran otras tendencias, se impone hoy en los circuitos del poder un arte congelado, a espaldas de la vida, con vanguardias resignadas y una industria cultural día a día más perversa y alienante. Sin embargo, y a caballo de un sector de la sociedad que aun a los tumbos y con balbuceos persiste en sostener la necesidad de un Laura Aliaga | 8 | http://zonaliteratura.com


mundo más humano, de carnadura ética, siguen apareciendo muestras de un arte sin olvidos, que no renuncia a la historia y se obstina en rastrear la verdad entre los escondrijos de la belleza. Es la herencia dionisíaca que todavía late en la oscuridad, en la marginación, en el silencio obligado, que abre nuevos caminos desde la voluntad y la pasión, dejando su señal de vida mas allá de las aguas inhóspitas y las tierras yermas. La novela de Laura Aliaga se inscribe con todo derecho en esta corriente vivencial que acepta las secuelas de una derrota profunda y cruenta, no las niega, pero es capaz de edificar a partir de ella las respuestas creativas que despiertan sus múltiples interrogantes, subjetivos y sociales. Sobre la destrucción de un gran sueño que arrastró consigo el sueño de cada uno; sobre la historicidad menguada de un poder que rechaza la historia, se alzan las voces –también esta novelade quienes no aceptan participar de las renegaciones de la realidad, aunque se cubran con vestiduras estéticas. Laura Aliaga encuentra en el dolor, las frustraciones y las caídas de una generación los materiales para la construcción de una identidad quebrada, allí está la arena para su espejo. Y lo que ve en él, la imagen que se le devuelve, no es placentera, pero intuye, conoce, que al castrarse el deseo de ver (saber) se da el pie al peor de los castigos: la pérdida de la conciencia del propio ser. En su novela «Tarde», tras un torrente con formas de tragedia inevitable, de un destino que acecha, se muestran la infancia, los placeres y secretos familiares, las iniciaciones amorosas, las desnudeces y traiciones de los vínculos tejidos con pudor, otras veces con desparpajo. La vida cotidiana que quita retórica a la política y convierte a los héroes y heroínas del relato en criaturas que tiemblan en la tormenta, de tan humanas. No se pisotean los sueños, tampoco se convierten en excusa para dejar de soñar. La muerte está presente. Hay mucha muerte detrás de nuestras vidas. Acaso en el instante fugaz de la eternidad no tengamos en nuestra http://zonaliteratura.com | 9 | Tarde


boca más que silencio, pareciera decirnos la autora, con pudor, sin estridencias. Se trata de una novela para entrar, delicadamente, en el alma de una mujer de nuestra época. Lastimada, muy lastimada, en tanto encarna una sumatoria de naufragios en un destino de muchos que vuelve suyo, íntimo. Como alertándonos que en la redención social de los padecimientos colectivos el alma deberá verse como una unidad irrepetible. Que si el destino es único también lo será su epifanía. La escritura de Laura Aliaga se nutre en el deseo de la vida, tensionado desde las pérdidas y la conciencia de un gran vacío, que se resiste a las palabras. De allí que la vida de quien relata nazca, paradójicamente, a partir del terremoto que la violenta, en lo real y en lo simbólico, y que en el desenlace de la saga, como en toda tragedia, haya un thánatos harapiento que hiede y nos sella los labios. Cierto es que los relatos históricos quedaron truncos, que la epopeya no asoma en el horizonte, pero la lectura de esta obra nos deja el consuelo –y en la humilde brasita persiste el fuego- de pensar que en tanto se reconstruyen las historias particulares queda latente el mandato de crear lo nuevo.

Buenos Aires, Marzo de 2001

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Lo imposible sólo tarda un poco más «Lo imposible sólo tarda un poco más», proclama un graffiti cerca de la estación Once. Y una, que va zangoloteándose arriba del tren con sus cuarenta años a cuestas, siente que la angustia se disipa por un instante. Cuando una ya ha dejado de soñar imposibles, y no sólo no sabe cómo sortear las dificultades concretas de la vida diaria (las deudas, las demandas de los hijos, el sustento cotidiano), sino que hasta a veces mira con cariño la talquera del hormiguicida, se aferra a una esperanza: escribir, lograr ese pequeño trozo de gloria que significa trascender porque algunos prójimos lean lo que a una se le ocurrió contar, es el imposible que tarda en llegar. Dice Eduardo Galeano: «¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos?» Para eso escribo, a ver si me reconstruyo un poco, porque la vida, o esta ciudad, o la falta de amor, o todo eso junto, terminan haciéndome trizas. Esta historia es el producto de la afiebrada imaginación de quien la escribió. Los nombres de la mayoría de los personajes fueron inventados. Toda similitud con hechos sucedidos en la realidad es la pura verdad. L.A.

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I

La última vez que se vieron fue en la esquina de Sarmiento y Carlos Pellegrini. Llegaron caminando desde el Juzgado y conversando como dos amigos, o menos, como dos pasajeros casuales en un viaje urbano. Ningún transeúnte que se cruzó con ellos pudo suponer remotamente que acababan de cerrar una etapa dolorosa de sus vidas. Se hicieron todo el daño de que fueron capaces, pero lo que pudo terminar trágicamente acabó aquella mañana, con la segunda audiencia de conciliación en su divorcio por mutuo acuerdo. Claro que no tenían la conciencia de que al despedirse lo hacían para siempre. No podían tenerla, después de haberse casado para siempre hacía apenas tres años, cuatro meses y veintitrés días. Renata la tuvo casi una década después, una tarde en que pasó por esa esquina, por la que había caminado mil veces sin verla. Esa tarde notó que a pesar de los cambios que la globalización posmoderna le habían impuesto a la ciudad, en esa esquina seguía estando el mismo negocio con la mercadería dispuesta en el mismo estilo, y la decoración del mismo vidrierista. Tal vez algo en las copas de los árboles, el fragor del tránsito o el aire precursor de la primavera le trajeron el recuerdo que durante mucho tiempo tuvo sepultado. Una tristeza sin http://zonaliteratura.com | 13 | Tarde


angustia le enturbió la precaria paz que lograba cada día como los alcohólico-dependientes: sólo por hoy. Aunque fue apenas una pedrada arrojada a la superficie de un lago, se vio nuevamente saludando con un beso indiferente a un Raúl que sonreía sin rencor. Ella se preguntaba cómo podía sonreír en semejante situación, porque lo único que deseaba era desaparecer lo antes posible; temía que Raúl se arrepintiera del paso que acababan de dar en la audiencia judicial. Bien es verdad que ya el juez tenía elementos suficientes como para dar la sentencia que Renata esperaba, pero Raúl había realizado tantas maniobras para conmoverla y seguir juntos a pesar de todo, había tratado de manipular su voluntad apelando a la culpa, y de seducirla inspirándole lástima, que aquel beso desprovisto de todo afecto fue un alivio. Sus últimos pensamientos fueron preguntas: ¿cuánto le irá a durar esta aparente cordura? ¿Cómo cree que podrá continuar su trabajo de maestro, si en cualquier momento se brota y hay que internarlo nuevamente? Eso sí: ya no sería ella la responsable. Ya no cargaría con el remordimiento de llevarlo al encierro porque era imposible convivir con un tipo que se acostaba a las doce de la noche para levantarse a las tres de la mañana en estado de hiperquinesis; que si no deambulaba sin parar por toda la casa, se sentaba a azotar la vieja máquina de escribir, o se dedicaba a poner estampitas de vírgenes y santos, martillando chinches por todos los rincones. Con el respaldo de un divorcio vincular, la próxima vez se las tendrían que arreglar el padre, o la hermana. Tampoco volvería a pesar en su conciencia el ser infiel. Todas las veces que se acostó con Pedro lo hizo por amor, y porque lo necesitaba para ella, para su equilibrio, pero era inevitable, en algún punto, recordar que Raúl estaba allá, en Castelar, encerrado en un loquero. Casi diez años después podía recordarlo bien, sin el tormento de la culpa, pero también sin el dolor de haberlo visto degradado Laura Aliaga | 14 | http://zonaliteratura.com


por la enfermedad. Desde aquella mañana de octubre a la salida del juzgado, hasta esta tarde de septiembre en la misma esquina de Sarmiento y Pellegrini, había pasado mucha agua bajo el puente. Renata había arrojado el recuerdo de Raúl al agua, pero cada tanto asomaba a flote, como el cuerpo de un ahogado. En una ocasión, Irene le contó que se lo había encontrado en el colectivo. –Está como paciente ambulatorio en el Borda. –¿Cómo, en el Borda…? –Y, sí, porque se quedó sin obra social. Lo echaron del trabajo. Además de estar desocupado había muerto su padre, el forjador, en gran medida, de su locura.

Al menos no seguía encerrado. Las pocas veces que Renata fue a visitarlo a la Clínica de Castelar salió presa del horror. Allí conoció al General Lavalle que lloraba bajo un magnolio por haber mandado a fusilar a Dorrego. Renata creía que los delirios con personajes históricos eran producto de la imaginación de los humoristas, como el remanido caso del loco que cree ser Napoleón. Sin embargo, en esa clínica había también quien con toda convicción se presentaba como Manuel Belgrano. Era un hombre de vasta cultura, descendiente de una familia patricia y todo el peso de la historia había recaído sobre su endeble estructura confinándolo en un manicomio. ¿Cómo estar dignamente a la altura de sus antepasados? Debía ser difícil liberarse de los mandatos del linaje, salvo por un sutil cambio de consonante en el apellido, como los tataranietos y choznos de un ignoto Alzogaray que participó de la batalla contra ingleses y franceses en la vuelta de Obligado. La clínica psiquiátrica en la que Raúl pasó algunos meses mientras estuvo casado con Renata tenía un melancólico patio arbolado. Funesta sombra, penosamente se colaban algunos http://zonaliteratura.com | 15 | Tarde


rayos de sol entre el follaje, triste todo aquello que era albergue de pobres almas e infelices cuerpos. En cierta ocasión una interna se le acercó corriendo. Era flaca, de ojos saltones y una sonrisa sardónica dejaba ver sus dientes color nicotina. –¿Cómo te llamás? –Renata. –¿Tenés puchos? Mientras ella abría su bolso para darle un cigarrillo, la loca se le colgó de un brazo, y con la misma sonrisa esculpida pero con una tristeza infinita en la mirada, le dijo: –Vos te parecés a mi nena –al tiempo que le estampó un beso baboso en la mejilla y le arrebató el paquete de cigarrillos. Raúl la llevaba por todos los rincones de la clínica como un buen anfitrión que muestra su casa. Desde los pasillos oscuros se veía a algunos internos echados en sus camas con la mirada perdida en el cielorraso. Otros en cambio parecían contentos, conversando entre ellos o con los personajes de sus delirios. Había quienes miraban televisión, tan enajenados como cualquier mortal en el living de su casa. Una de esas tardes de visita tuvo miedo de no poder salir más de aquella jaula. Al menos, de no poder salir viva. Fue cuando Raúl le preguntó: –¿Seguís escuchando el programa de Pedro? –Sí. Podría haberle mentido, y si no lo hizo fue por una inconsciente necesidad de hacerle daño, porque si bien le daba lástima verlo en ese medio triste y oscuro, rodeado de locos, en el fondo de su alma deseaba destruirlo, que reventara, que desapareciera de su vida y la dejara en paz. Por eso siguió respondiendo con la verdad. –¿Te volvió a llamar? –Sí. Laura Aliaga | 16 | http://zonaliteratura.com


–¿Te acostaste con él? –¡Sí, sí, sí! Raúl quedó demudado. La miraba incrédula, con esos ojos que el Halopidol le volvía desmesurados. –¿Cómo pudiste? ¿No pensabas en mí? Renata no pretendía ser cínica, pero tampoco era consciente de que hablaba con un loco y lo sepultaba con su lógica lapidaria: –La verdad es que no: pensaba en mí. Sólo al terminar la frase notó que Raúl había pasado del dolor al desprecio y tenía un dejo de furia en la mirada. Evidentemente la medicación atenuaba sus reacciones, pero igualmente ella sentía crecer dentro de sí la misma fuerza que cuando se enfrentaba con su padre en la adolescencia: miedo. Raúl podía descontrolarse y agredirla. Bastaba con que la agarrara del cuello con sus manazas. Igual que aquellas cachetadas tardías que le propinaba su padre por haberse quedado en la vereda con la barrita de adolescentes que eran sus amigos de entonces. Por eso ella lo miraba fijamente sin contestar, el miedo la fortalecía y lo desafiaba. Al padre años atrás, a Raúl ahora. –Voy a pedir la anulación del matrimonio. Nosotros no somos un matrimonio –dijo él convencido–. Yo tengo contactos para llegar hasta el Vaticano. Esas eran las actitudes fundamentalistas que ella odiaba. Aún dentro de lo dramático de la situación, en lugar de llorar, de desesperarse, sólo pensaba en reparar ese estado de pecado mortal por un matrimonio fallido. Ese empeño por mantener las formas, aunque las actitudes fueran absolutamente contrarias a los preceptos religiosos. Ella tenía sobre su conciencia un aborto, un dolor irreparable. Pero fue él quien le pagó billete sobre billete la intervención al doctor Rosenthal, sin titubear un solo instante. Por otro lado, Renata consideraba afortunado que el cuadro patológico incluyera este delirio místico que lo había atacado meses atrás. Se protegía a sí mismo invocando constantemente http://zonaliteratura.com | 17 | Tarde


a Dios, la Virgen en sus diferentes versiones, todo el séquito celeste. –¿Cómo pudiste? Ella no le contestó. Estaba allí por obligación, ni siquiera por caridad. Tampoco su relación con Pedro era feliz, era apenas una muleta donde apoyarse para seguir andando, no se pondría a defender algo de lo que dudaba. Estaban sentados en bordes opuestos de la cama. En eso entró el paciente que compartía la pieza con Raúl, y él se puso a contarle: –Esta es mi mujer. Se acostó con otro tipo. El otro la miró con odio. Aun allí los machos se aliaban, por pura conciencia de clase. Renata pensó «ahora me despachurran entre los dos». –¡Enfermera! –gritó cuando vio pasar por el pasillo un guardapolvo blanco. –¿Sí? –le contestó la mujer asomada a la puerta. Renata no sabía qué inventar, pero al menos logró distraer a los dos hombres. –Quería avisarle que le traje otro pijama, y éste me lo llevo para lavar –y dirigiéndose a Raúl–: Me voy, ¿necesitás algo? –No, gracias –contestó él, abatido, inmóvil al borde de la cama, sin la menor intención de pararse y acompañarla. Renata aprovechó y de un respingo salió con la enfermera. Cerca de la salida escuchó que alguien la llamaba. Era la loca de los cigarrillos que la saludaba con la mano. –¿La conoce? –le preguntó la enfermera. –No. –Esa mujer mató a su hija hace unos años. Se estremeció: una asesina la había besado en la mejilla. También ella había matado a su hijo, también podía terminar loca y encerrada…

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II

Hay un niño que no está. Su vocecita nunca se dejó oír. Un muchachito sonrosado y rubio que no suda corriendo detrás de su pelota. El rincón de la casa que debiera estar desordenado de juguetes y medias sucias, de figuritas, lápices y papeles de chocolatín permanece aséptico y mudo. El doctor Rosenthal se encargó de impedir su llegada al mundo: una luminosa mañana de diciembre, ocho meses antes de nacer, su vida se truncó en una clínica clandestina del barrio de Floresta. Lo sentenciaron sus padres, lo ejecutó un prestigioso cirujano que tenía en la sala de espera de su consultorio una guía de páginas amarillas de Estados Unidos, donde publican los médicos que practican abortos, porque en aquel civilizado país el aborto es legal. Un ser único e irrepetible, un gran amigo, un artista, un docente, un líder político, un gran amante, un buen padre… tantas cosas pudo ser, pero terminó en una bolsa de residuos. Claro que no fue deseado; claro que si hubiera nacido habría tenido que soportar tarde o temprano que le hicieran sentir su impertinencia por venir al mundo contra toda voluntad, en cuyo caso pudo ser también un resentido, un desalmado, un marginal, un delincuente, un asesino… Lo cierto es que para sus padres fue la primera herramienta con la cual destruirse mutuamente. Porque http://zonaliteratura.com | 19 | Tarde


cuando ese no-niño quiso asomarse a la vida, ella era una viuda reciente, y él, un inestable emocional que no sabía cómo cortar su relación con una mujer casada mucho mayor, un poco porque no la amaba y otro tanto porque el marido era un oficial de la policía federal, que si se hubiera percatado de sus cuernos no habría titubeado sobre qué armas tomar para dejar limpio su honor. Sin embargo, antes de transcurrido un año, inexplicablemente se casaron. Primero él se instaló con sus escasos bienes personales (libros, discos y una máquina de escribir) en la casa de ella. Tácitamente acordaron esa solución económica, porque Raúl no tenía dónde vivir, ni plata con qué pagar un alquiler. Era la época de la hiperinflación, a fines de los ochenta. Renata se sintió invadida y se daba cuenta de que era una situación forzada, pero su necesidad de un hombre era tal, su autoestima tan baja, que permitió que un extraño se instalara en medio de ella y sus huérfanos. Él la había seducido con unas pocas cartas ingeniosas y con su aspecto de niño desvalido, pero en el fondo de su corazón supo siempre que jamás se enamoraría de él. En la cama era brutal. Nunca la trató con la delicadeza que ella necesitaba. Hablaba todo el tiempo mientras hacían el amor, de modo que ella se sentía objeto de un reportaje erótico. Porque su manera de conectarse con todo placer era en silencio, con los ojos cerrados, hacia adentro, mientras que él la acosaba con preguntas: «¿así te gusta? ¿te das vuelta? ¿ya? ¡Mirá que me voy!», en fin, hasta que llegaba el momento final en que él se despachaba frenéticamente y ella se quedaba sin saber qué había ocurrido, y sin posibilidad de intentar nuevamente un atisbo de alegría, porque él saltaba de inmediato de la cama, corría al baño, luego prendía un asqueroso cigarrillo negro y se ponía a leer. Con su primer hombre había sido tan diferente, porque los dos llegaron vírgenes al amor, con los mismos miedos e ignorancias. Se fueron modelando uno al otro, y como se prodigaban Laura Aliaga | 20 | http://zonaliteratura.com


mucha ternura, a pesar de las chambonadas iniciales lograron una armonía tangible. Más tarde, cuando Renata se transformó en lo que Raúl, en su visión limitada de las cosas calificaría como «una puta», aprendió la variadísima gama de placeres que su cuerpo era capaz de experimentar al ritmo del cuerpo de un hombre. –¿Y qué vas a hacer si nos separamos? –¿…? –¡Claro! Qué, ¿te la vas a coser? –No voy a contestar semejante brutalidad. Raúl sólo se oía a sí mismo. –Como todas las que se separan, te vas a volver puta. Un tiempo con uno, otro tiempo con otro. En verdad, Renata fue educada para ser mujer de un solo hombre, y la idea le repugnaba. Pero pesaba mucho más el ansia de romper esa absurda cadena a la que se ató voluntariamente, y cuyo candado atroz era aquel aborto. Sin ser una mujer religiosa vivía en la contradicción de haberlo consentido y sentir el agobio de la culpa.

Mirando hacia atrás, desde el divorcio hasta este atardecer en Sarmiento y Carlos Pellegrini (a sí misma se lo podía confesar sin pudor), ya no le alcanzaban los dedos de ambas manos para contar los hombres que pasaron por su vida. Algunos fueron una estela que se borró rápidamente, otros dejaron huellas profundas. Como Ernesto. Fue, como diría una adolescente, un flash. Solamente de él podía recordar aquel detalle que lo hacía único: el gesto exquisito de, una vez que la había penetrado, apoyarse en la punta de los pies allá lejos, donde termina la cama, y dar un «pasito» hacia adelante, para quedar los dos perfectamente encajados en la obertura de la danza erótica. Pero con todos estuvo por amor. Y si amar a muchos hombres http://zonaliteratura.com | 21 | Tarde


es ser puta, pues bien, que vivan las putas. Renata sentía una respetuosa lástima por las mujeres que dan placer por dinero. En cambio ella se dio siempre gratuitamente, es decir, por amor, por la ilusión del amor.

Otra tarde lejana, pero de octubre, se encontró con Ernesto; era libre nuevamente por obra y gracia de una reciente sentencia judicial. Con los recuerdos le ocurría como con el diccionario: queriendo buscar un término, se tropezaba, se demoraba, se regodeaba con otros, como cuando acudía a buscar el significado de una palabra. Buscando el significado de su vida se distraía repasando recuerdos…

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III

En Lima el cielo es gris, negro, lleno de humo. De los automóviles, de las fábricas, de las cocinas. Pero cuando llueve, después de llover, azuliiito... Quién sabe cómo será el cielo de Ecuador. Sé que jamás volveré a verlo para que me lo cuente. Tal vez la felicidad sean sólo ciertos fogonazos de eternidad, raros momentos plenos e irrepetibles. Eso fue Ernesto. Un recuerdo, pero no sólo ahora que no está. Empezó a ser un recuerdo apenas entró en mi vida. No sé de dónde me viene la afición por el tipo andino. –Es tu forma de reivindicarlos –me dijo mi hermana del otro lado de la línea, creyendo que lo mío es puro indigenismo. Pero esa es su manía de intelectualizar todo. Yo nunca fui indigenista. Además, en cuestión de amores pesan otras cosas, más bien me inclino a creer en razones misteriosas imposibles de analizar con rigor científico. Lo único que me gustaría saber es cómo se hace para poner alegremente el cuerpo y nada más, dejar el corazón intacto y la cabeza tranquila. A esta altura creo que en la angustia de esta pregunta se me irá la vida. El asunto fue que me metí hasta los huesos con un hermoso descendiente de aimaraes del Alto Perú. ¿Cómo podía saber esa tarde que buscando las tragedias de http://zonaliteratura.com | 23 | Tarde


Esquilo y Eurípides lo iba a encontrar, tan de improviso? El primer misterio es por qué entré justamente en esa librería, si en la misma cuadra hay por lo menos otras tres. Apenas lo vi supe que lo conocía de otro lado. Una peña. La búsqueda de las tragedias pasó a segundo plano. Ahora no recuerdo si dejé plantado al vendedor que me estaba atendiendo, o aproveché una distracción suya para deslizarme entre las mesas hasta donde se encontraba Ernesto. –¿Vos trabajás aquí? –Sí. –Me parece que te conozco de algún lado. De alguna peña, ¿puede ser? –Puede ser –me contestó, y para entonces ya me había cautivado con ese gesto afable de las personas sencillas, con un interés y una simpatía por mí que no tenía nada de artificial, ni una pizca de la fanfarronería del tipo que va sopesando las posibilidades de un levante. No, en este caso era yo la que estaba, en esos breves momentos, calculando que tarde o temprano íbamos a tratarnos con menos ropa y en situaciones y posturas más cómodas y distendidas. –¿Piedra Libre? –le pregunté casi simultáneamente con el trabajo de mi memoria ubicando esa cara que ahora tenía enfrente. –Sí, cuando estaba en Independencia Claro, ahora sí. Lo que no podía recordar era con quién lo había visto; con qué mujer, eso me preocupaba. Pero era evidente que por alguna razón yo había fijado esa imagen. Poco a poco él también fue recordando. Hablamos de amigos comunes, de mi trabajo en la radio. Mientras revolvíamos libros buscando las tragedias me contó que había producido un programa de su colectividad. Yo debía estar radiante. Es que eran demasiados detalles como perlas: los libros, la radio, el ambiente más bien intelectual e izquierdoso, aunque al fin folklórico de las peñas, Laura Aliaga | 24 | http://zonaliteratura.com


su identidad cultural. Por ahí creo que viene mi inclinación, nacida tal vez de cierta envidia. Los hombres y las mujeres del Norte llevan en sus rasgos paisaje, música, costumbres, comidas, ropas, danzas y dolores. Yo me veo en cambio como una desteñida muestra del no ser nada, pura duda, pura angustia, pura náusea... Esa tarde en la librería me hallé frente a todas mis pasiones resumidas en esa belleza morena, de ojos inteligentes, con un chispazo diabólico y una expresión algo dura en el entrecejo pero distendida hacia la comisura de los labios, siempre a punto de sonreír, y al sonreír, unos dientes blancos, parejitos. Un único defecto podía achacársele para su raza, y era su estatura, un atractivo más para mi gusto. –Boliviano trucho –me dijo mi hermana–, ¿dónde se ha visto un colla alto?

Ollantay debía ser alto, pensaba yo. El oleaje de la memoria me traía el drama de Ricardo Rojas. Lo leí por primera vez cuando tenía ocho años, y fantaseaba con ser la Estrella robada por el Cóndor en el sueño del Inca padre castigador. Los juegos vagamente eróticos después de la lectura nocturna me ayudaban a disipar el miedo y a dormirme plácidamente. No sé cuando se fue. Nunca nos despedimos. Empezó a ser un recuerdo cuando me anunció su proyecto de irse a Ecuador. Habíamos ido a una exposición de arte precolombino en conmemoración del Quinto Centenario. Fue un guía de lujo, porque además de hablar quichua y aimará, y bailar la cueca con gracia gozosa, además de haber sido obrero y sindicalista en las minas de estaño de Oruro, de haber visto en su casa paterna al legendario Che Guevara poco antes de morir, de haber organizado un motín cuando hacía el servicio mlitar en la frontera con Chile para reclamar los alimentos y ropa de abrigo que nunca llegaban a los soldados porque eran vendidos por el camino, http://zonaliteratura.com | 25 | Tarde


había participado también en expediciones arqueológicas y conocía cada vasija, cada urna funeraria, cada tapiz, su edad, su lugar de origen, los materiales conque fueron hechos, como la palma de su mano.

¿Cómo no iba a enamorarme desaforadamente de un hombre así, si, además, de cada encuentro amoroso hizo una fiesta, un continuo ejercicio de la dulzura y el júbilo, en la cama, en la ducha, cenando cerca del río o caminando bajo los tilos de alguna plaza? Me dolió su advertencia; me estaba diciendo: «no te enamores porque me voy». A partir de ese instante tuve la dolorosa conciencia de que con ese hombre nada podía proyectar, ni soñar. Comenzó a ser más real que una presencia cotidiana: un recuerdo. Está más vivo ahora que si lo tuviera conmigo, y lo llevaré prendido hasta el último de mis desvaríos seniles. Cuando mis hijos ya no sepan qué hacer con la vieja loca que seré, yo recordaré con ternura la delgada trenza negra que le caía por la espalda, bajo la camisa, y que tantas veces mordí en los momentos de locura, que deshice y volví a trenzar otras veces en silencio. No me propuse hacer nada por torcer su voluntad, ni ser tan maravillosa que lo abandonara todo por mí. Nunca supe por qué se fue, por qué en los últimos años había vivido en Perú, en Chile, en las provincias del norte, antes de pasar a Buenos Aires, ni por qué salió de Bolivia, donde decía tener muchos enemigos. –Ojo, nena, ¿no será de Sendero Luminoso? –me alentaba mi hermana–. ¿No andará en el tráfico de drogas? Una mañana salíamos de un hotel en San Cristóbal. Mientras caminábamos por la avenida Entre Ríos me habló del cielo de Lima. Fue la última vez que nos vimos. Unos días después llamé Laura Aliaga | 26 | http://zonaliteratura.com


a la librería y me dijeron que Ernesto ya no trabajaba allí, y que creían que había viajado. No tenía otra manera de buscarlo, y tal vez fue mejor así. Sin hablarlo nunca habíamos acordado que así sería el final. Tal vez precisamente ahora que yo lo recuerdo, él esté saliendo de un hotel en Quito, y por una calle cualquiera de la ciudad le vaya contando a una mujer cómo es el cielo de Buenos Aires.

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IV

La radio la ayudó a reencontrarse con sus raíces, a conectarse con la niña provinciana que fue. Cuando, después de unos meses de convivencia decidió casarse con Raúl, renunció a su trabajo en la concesionaria. No soportaba dejar a sus hijos solos durante tanto tiempo, y con la pensión que cobraba, más el sueldo de Raúl podían sobrevivir. Diariamente comprobaba cuán pocas eran las cosas que tenían en común. Él se abocaba, fuera del horario de trabajo, a editar una revista archi-nacionalista y católica, con la exagerada pretensión de contribuir a una revolución nacional que sólo era posible en su cabeza. Al principio, Renata colaboró con algunas tareas, pero le resultaba tan arduo adaptarse a sus arranques de dogmatismo no sólo de ideas: pretendía que la vida se desarrollara como una organización vertical, y en cuanto esta locura empezó a involucrar a los niños, ella adoptó la actitud de la hembra que protege a sus cachorros. Todas las mañanas respiraba liberada cuando Raúl cerraba la puerta y se iba a trabajar. La radio estaba prendida desde que se levantaba para mandar los chicos al colegio. La vuelta de la democracia produjo un fenómeno vivificante en ese medio de comunicación: la gente empezó a participar, a manifestarse a Laura Aliaga | 28 | http://zonaliteratura.com


través del teléfono, dando opiniones, pidiendo, transformando. Cuando Raúl se iba Renata volvía a ser la dueña de todo en su casa. Ya no tenía que marcharse a la oficina por todo el día; disfrutaba por poder quedarse, aunque fuera a lidiar con las ingratas tareas domésticas. Era eficiente y práctica: todo lo hacía con rapidez, aprovechando el tiempo: lavar la ropa mientras tendía las camas; encerar los pisos, limpiar el baño, cocinar, arreglar el jardín, planchar, con energía y a conciencia, sintiéndose útil y prodigando amor a los suyos a través de su trabajo. Entonces la radio pasó a ser una compañía maravillosa. Y un tiempo después, mucho más que eso. Cierta mañana, pasando distraídamente el dial escuchó una voz grave y cálida recitando unos versos del peruano Nicomedes Santa Cruz, con el fondo de unas guitarras criollas. Fue un hallazgo feliz, y ya por mucho tiempo no podría dejar de escuchar todas las mañanas ese programa. Volvió a sentir la música que de niña le había encantado, cuando en su provincia natal se hizo amiga del folklore. Y la voz cautivante del locutor la fue envolviendo con palabras que le llegaban a lo más hondo, porque él también era un provinciano que en cierta forma había sufrido el desarraigo. Se identificó con él, porque era alguien que deseaba un cambio, una revolución, pero desde la cultura y el arte, desde los afectos que ligan a la tierra, a la historia personal enlazada con la del pueblo. Entonces ella, conmocionada por este descubrimiento, también quiso participar. Alguna que otra vez llamó al programa para pedir que tocaran una canción, o para dejar algún mensaje relacionado con lo que allí se hablaba. Y era una fiesta para el corazón escuchar su nombre pronunciado por esa voz seductora, y su mensaje dicho textualmente, y una respuesta estimulante. Era tal el caudal de emociones y recuerdos que se movilizaron en su interior, que un día tuvo necesidad de escribir una carta. Fue el comienzo de un cambio insospechado en su vida. http://zonaliteratura.com | 29 | Tarde


«…27 de agosto de 1990 Querido Pedro: Hace muchos días, demasiados, que vengo postergando el comienzo de esta carta. Pero hoy se la anuncié por teléfono (me «sacó al aire» sin pedirme permiso), y esto me compromete un poco. No pienso hacer una apología de Pedro Cerezo, ni creo que eso le interese. Lo que ocurre es que cada función del «Teatro de la Mente» que se da por esa FM todas las mañanas, me da tema para escribir, no sé si muchas cartas o si una sola, muy larga. De donde resultará que usted sea mucho más que un entretenedor. Y aunque pida a sus oyentes que no lo involucremos en lo que hacemos (o dejamos de hacer, como es mi caso hoy, en que son las once y cuarto y en lugar de pensar qué haré de comer le estoy escribiendo), quiero decirle que su programa me da pie para expresar, tantas, tantas cosas… Para comenzar, tomo algo que mencionó ayer: un imaginario campeonato de balero, bolitas, payana… como un chispazo surgió de mis recuerdos el haber jugado a la payana en San Juan, cuando yo tenía nueve años, con una chica que me llevaba siete u ocho, compañera de estudios de mi hermana mayor. Tenía unos ojos increíbles, verdes y enormes. Era hija de un italiano y una siria, pero la raza materna había prevalecido en sus rasgos. Por supuesto, le decían «la Turca». Era alegre, cariñosa, y yo me sentía halagada cuando, para descansar de sus apuntes de Derecho Romano se sentaba conmigo en el suelo a jugar a la payana. Siempre me ganaba. Eran los años de efervescencia política entre los jóvenes: a ella, junto con mi hermana y un grupo grande de estudiantes los expulsaron de la Universidad Católica de San Juan por su militancia política. Más tarde se casó, tal vez en 1970. Poco a poco fui dejando de verla, y supe después que integraba las filas del E.R.P. A prinLaura Aliaga | 30 | http://zonaliteratura.com


cipios de 1976 fue muerta en Buenos Aires. De su marido no se supo nunca nada. Dejaron un niño de cuatro años que estuvo unos meses desaparecido, hasta que su abuela pudo localizarlo. Usted me removió estos recuerdos ayer, y se me ocurrió pensar que yo jugué a la payana con un personaje histórico. Un profesor de historia que tuve en La Rioja decía conocer a una centenaria vecina del Pozo de Vargas quien conservaba, en 1973, un mazo de naipes robado por ella y sus hermanos a un soldado muerto en la Batalla de Vargas. ¿Qué le parece para poner en escena del Teatro de la Mente semejante cuadro...? Pasada la batalla, al atardecer del 10 de abril de 1867, dos niños y una niña de corta edad, curiosos y excitados por el clima violento que percibieron desde su rancho al tronar de los cañones salen a merodear por los terrenos de Vargas, escapados de la vigilancia materna. Son muy pobres, y la necesidad los sobrepone del horror que les causa ver los cadáveres ensangrentados. Entonces se ponen a revisar los bolsillos de los uniformes. No sabemos si habrán encontrado objetos de valor, pero un vulgar mazo de naipes, impensadamente, llega a transformarse en una pieza histórica…»

«28/8: Buen día, Pedro. Lo noto jocoso, alegre, como ayer, particularmente dicharachero. ¡Vaya si me da tema para escribirle hoy! Me ha puesto una zamba cantada por Tukuta Gordillo. Pero, hombre, ¿no sabe usted que lo escuchamos las mujeres casadas? ¿Por qué nos expone a enamorarnos de esa voz dulce y varonil? ¿Cómo le explico a mi marido que le quemé el cuello de la camisa celeste con la plancha, porque me quedé paralizada escuchando? Recuerdo una versión de ‘Tacita de Plata’ que disfrutaba con una amiga en un departamentito de la calle Vidt, donde viví mi último año de soltera. Oíamos al conjunto de Jaime Torres, a Eduardo Falú cantando ‘Resolana’, los ‘Versos del http://zonaliteratura.com | 31 | Tarde


Payador Perseguido’ por Atahualpa Yupanqui… Después, como para que yo siga mi viaje al pasado, me mandó ‘La Golondrina’ por Cafrune. Me vi de pronto nuevamente en San Juan, en el comedor de mi casa del barrio Huazihul (un cacique huarpe), en un atardecer otoñal mirando un cielo rojo en el que se dibujaban las siluetas de los álamos atajadores de vientos, y algún barrilete danzando arriba, más alto, queriendo escapar de una mano infantil… En ese comedor, sobre el aparador de estilo renacimiento italiano, heredado de mi abuela criolla casada con un gringo canadiense, la radio eléctrica, grande, pesada, de aquellas a lámpara. Por las emisoras locales, noticias, deportes, programas de entretenimientos. Después de almuerzo, un radioteatro auspiciado por Jabón Palmolive que se grababa en Buenos Aires; la voz de Eduardo Rudy; mucho, mucho folklore, porque era la época del furor. También escuchábamos radios chilenas. Lejos de Buenos Aires, la colonización cultural nos llegaba desde Santiago de Chile: Paul Anka, Brenda Lee, los Beatles. También conocí a Serrat por las emisoras de Chile. Y mis padres, como ahora lo hago con mis hijos, me iniciaban en el placer de la música clásica: Radio Nacional de Buenos Aires. No puedo olvidar las primeras vibraciones de mi espíritu descubriendo Peer Gynt, El Gran Cañón del Colorado, Scheherazade. Los domingos, el teatro de ‘Las Dos Carátulas’. Tendría ocho años cuando escuché ‘Tú y yo somos tres’, una comedia de un español que me hizo llorar de risa. ¿Qué sería de nosotros sin la radio, qué sería de nuestras pobres vidas? Verdaderamente, el ingenio humano es maravilloso…»

Resultó una carta un tanto ridícula: en parte solemne, en parte intimista, y dirigida a un particular desconocido, ciertamente familiar porque entraba todos los días a su casa, pero no Laura Aliaga | 32 | http://zonaliteratura.com


tenía rostro. Depositarla en el correo fue un gesto sacramental: a partir de ese momento comenzó a vivir en excitación permanente. A los pocos días Pedro le respondió. Dijo algo así como que se sentía orgulloso de tener oyentes que le escribieran cosas tan bellas, y leyó al aire algunos párrafos. Luego programó la música que a Renata le gustaba. Nació entonces un encantamiento, un proceso mágico en el que se descubrió pensando en las cosas de las que después él hablaba, y desde luego, se sintió estimulada a seguir enviando cartas. Ahora bien, un detalle nada sutil, pero absolutamente no elaborado en forma consciente, fue que a continuación de su firma, registró en la carta su número telefónico. Una semana después, cuando Raúl ya había vuelto de trabajar, sonó el teléfono. Renata atendió desprevenida. Era Pedro. Creyó que se iba a desmayar; el corazón le daba saltos mortales. Era muy diferente escuchar esa voz por teléfono, exclusivamente para ella, que por la radio y para el público en general. Pedro fue muy afable y correcto, y le dio enfáticamente las gracias por haberle escrito. También la invitó a visitar la radio cuando ella quisiera. Renata se lo agradeció sin comprometerse, y se despidieron. Cuando regresó a la cocina junto a Raúl sus ojos estaban luminosos, y como no tenía pensado ocultar ni mentir con relación al acontecimiento, se lo contó. Raúl hizo un esfuerzo por ser civilizado, pero un ramalazo de celos le abrasó la cara. –Ese debe ser un vivo que se levanta minas por la radio… ¡Tené cuidado, eh! Ella contestó con un mohín indignado. Esa misma noche se puso a escribir nuevamente.

«...11/9/90 Querido Pedro: Usted me dice que no es habitual recibir una carta como la http://zonaliteratura.com | 33 | Tarde


que le mandé hace unos días, pero mucho menos lo es que a una la llame por teléfono a su propia casa alguien como usted. Fue sorprendente y muy emocionante para mí. Es un gesto que habla de su calidez y de su sensibilidad, y una, como oyente percibe que del otro lado hay una persona, no un pedazo de madera frente al micrófono (...hay cada tronco haciendo de locutor…) Acepto su invitación a visitarlo: no, no tengo miedo de romper la magia. Sólo que el día que vaya… ¡me perderé el programa! ¿Le parece bien el jueves de la próxima semana? Ayer, después de que usted acusó recibo de mi carta y luego sutilmente me contestó algunos párrafos (yo sentía verdaderamente que hablaba para mí) y antes de que se me escapara la idea anoté: ‘este programa es una sucesión de emociones demasiado fuertes. Admiro a la gente que puede expresar mucho con pocas palabras, es difícil decir lo que deseamos con nuestro limitado lenguaje humano’. ¿Fue en su programa que escuché que el único lenguaje universalmente valedero es el de los gestos?»

Fue otra misiva larga, llena de citas de libros, algunos poemas que después Pedro leía como entregado a un acto de amor. El encantamiento se acrecentó. Ahora podía percibir claramente que en determinado momento del programa Pedro se dirigía sólo a ella. En esos instantes Renata se paralizaba y dejaba en suspenso cualquier tarea que tuviera entre manos. Era un verdadero acto de amor: se entregaba en cuerpo y alma a la voz profunda y musical que le susurraba cosas hermosas y la colmaba plenamente. Y que se preguntaba: «¿Vendrá? Debe ser hermosa. Yo me la imagino hermosa... ¿estás ahí, verdad?» Pero no fue. A medida que se aproximaba la fecha se iba apoderando de ella un pánico imposible de controlar. El día proLaura Aliaga | 34 | http://zonaliteratura.com


metido se quedó en casa; encendió la radio pero se sentía también culpable por dejar plantado a Pedro. Y como él la estaba esperando, condujo un programa normal, sin esos paroxismos que ella conocía muy bien. Sólo al final le dirigió un mensaje cifrado, en una poesía de Pedro Salinas que ella le había copiado en su carta. Él la leyó, con el fondo de una música suave: «el alma tenías tan clara y abierta / que yo nunca pude entrarme en tu alma...» Conque eras cobarde, ¿eh? Bella pero cobarde. ¿Conque piensas dejarme «por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma», eh? Sí, era una cobarde, y estaba eligiendo instalarse en una vida mediocre y oscura por un autoimpuesto estado de mujer sometida e infeliz. Casualmente había cedido en esos días a los ruegos de Raúl de que intentaran mejorar su matrimonio. Aquel rencor que ella había tapado durante más de un año por el crimen que él la alentó a cometer salió a la luz. Renata le arrojó toda su angustia: –¿Cómo pude casarme con un monstruo como vos? –¿Te parezco un monstruo? ¿Me emborracho yo? ¿Soy un vago que no trabaja? ¿Te pego...? –¡Ah! ¡Tengo que agradecer que no me pegues! ¡Gracias, señor cavernícola! Raúl soltó una risotada, pero no bajó la guardia. –¿Soy malo con tus hijos? –No sé si sos malo. Sos duro, como tu viejo. Pretendés que sean como estatuas, que no griten, que estén siempre limpitos, que no te jodan... tal vez sea mejor que no hayamos tenido un hijo. –Podemos probar de tener un hijo. –¡Ni loca, con vos ni loca! ¿Después de que me llevaste a abortar me venís con esto? –¡Ah! ¿Así que es eso, no? ¿Por eso me rechazás? La discusión transcurría en el encierro del cuarto. Los chicos http://zonaliteratura.com | 35 | Tarde


ya habían cenado y estaban, o jugando, o mirando televisión. Al punto de esta última pregunta de Raúl, Renata se dirigió hacia la puerta, con la intención de no seguir hablando. Pero él saltó como un tigre y le impidió el paso. Y gritó: –¡Te quedás! –¡Dejame! Voy a acostar a los niños. –Me importa un carajo. Decime una cosa. ¿Fuiste vos la que llamó a la radio el otro día cuando hablaban del aborto? –¿Qué radio? ¿Qué decís? –No te hagas la pelotuda. –¡No me hablés así! –¡Yo hablo como quiero! Llamaste al programa ese que escuchás vos y diste otro nombre. –Estás loco. –Mentirosa. Lo escuché en la oficina. Debatían el tema del aborto, y el tipo leyó un mensaje de una tal Inés de Villa del Parque. Es tu segundo nombre, ¿o no? –¡Habrá tantas Inés de Villa del Parque! –Dijiste que hay católicos hipócritas que predican contra el aborto pero lo practican... –¿Te sentís identificado, no? –¿Por qué no me lo decís a mí? ¿Por qué llamar a la radio, por qué decírselo a desconocidos? –Ser desconocidos no es ser extraños. A veces están más cerca que los conocidos. –Entonces lo admitís. Y después de todo, vos no te negaste a abortar. –Sos un hijo de puta. –Vos no entendés que ser hijo de puta no impide amar a alguien. Y yo te amo, a pesar de mis defectos. Renata no entendió. Pensó que había querido decir «te amo a pesar de tus defectos», es decir, los de ella. Pero no le pidió una aclaración, porque su orgullo le impedía en ese momento admitir Laura Aliaga | 36 | http://zonaliteratura.com


que tenía defectos. Sólo se aflojó cuando lo vio llorar, con un llanto convulsivo, como si fuera a disolverse en hilachas. –¡Renata, ¿por qué no tratás de perdonar, por qué no nos perdonamos? Dejá que entre Cristo en tu corazón... A veces tenía la sensación de haberse casado con un predicador electrónico, pero en esa ocasión le dejó pasar la frase hecha.

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V

Esa noche hicieron el amor. Al cabo de casi diez años ella recordaba esa noche como una de las pocas en que disfrutó con Raúl. Ambos eran presa de un rapto místico. Él estuvo particularmente delicado y la supo macerar lentamente, la hizo sentir grande y poderosa, y por esa única vez se quedó con ella cuando todo acabó, se quedó todavía acariciándola. Sólo esa noche fue capaz de no correr a prender el hediondo cigarrillo de costumbre. El hecho de haber llorado juntos, de haberse perdonado esa culpa que compartían, el hecho de que él siempre tuviera un pasaje del Nuevo Testamento para aplicar a la vida cotidiana lograron ablandar a Renata. A la mañana siguiente se levantó tarde y encontró escrito en los azulejos de la cocina un cartel que dejó Raúl: «Dios ha entrado esta noche en esta casa. Ha derribado un templo viejo. Cristo me ha mostrado su cara. He vivido sus tormentos, su muerte y su resurrección.» Renata lo aceptó, y el cartel estuvo allí durante algunos días, hasta la siguiente crisis. También el rapto de enamoramiento se fue borroneando con los días. Es que él no podía ir contra su naturaleza. Y ella, con disgusto al principio porque se contradecía con lo que creyó toda su vida, tuvo que aceptar que no podría mantenerse enamorada de él porque le producía un Laura Aliaga | 38 | http://zonaliteratura.com


rechazo físico. Renata había aprendido que el amor físico era algo secundario, que venía por añadidura. Jamás vio a sus padres darse besos de amor, y en la familia todo lo relativo al cuerpo y al sexo era considerado bajo, sucio. Sin embargo, la experiencia le demostraba que no habiendo atracción física la vida en común era imposible. Compartir la cama, sentir el roce de la piel de una persona que le daba repulsión era como un castigo que no estaba dispuesta a aceptar. Para colmo, el vínculo establecido con Raúl se basaba en fuerzas imposibles de equilibrar: por un lado él la necesitaba como la madre que perdió, pero quería ejercer el poder del hombre tradicional, de autoridad inapelable. Y se escudaba en Dios. A ella le aburría escucharlo siempre como si fuera un predicador fundamentalista. Además siguió sintonizando la radio cada mañana, como el alimento que necesitaba para nutrir el vacío. Y volvió a escribir cartas, y a quedar en suspenso al recibir la respuesta de Pedro, que a esa altura ya era el hombre con quien engañaba a su marido, aunque nunca le había visto la cara. Porque después de la noche mágica con Raúl no pudo aceptarlo más sin sentirse incómoda, molesta y sin preguntarse cómo sería hacer el amor con otro. Con el otro.

«27/9/90 Querido Pedro: Vuelvo a escribirle porque siento necesidad de hacerlo. Supongo que en algo retribuyo a su vocación de entretenerme, pero, además, porque la búsqueda de mí misma recién empieza. Sus cosas me llegan muy profundamente, aun cuando a veces se ponga oscuro como un poema y no lo entienda, pero percibo su belleza. Otras veces me dice cosas perturbadoras. Me ha llamado cobarde. Tuve mis razones para serlo. Yo sé que alguna vez me habré librado de esta lucha entre el deber y el querer, y http://zonaliteratura.com | 39 | Tarde


sin previo aviso iré a conocer el envase de esa voz… …Cuánta profundidad en la aparente sencillez de este entretenimiento. En medio de la desgracia de vivir en este país tan sufrido, tan castigado, tan traicionado, al menos nos queda la posibilidad de escuchar esto que no debe haber en ninguna otra parte del mundo… Habló usted de la reunificación alemana y de nuestro sueño de reconstruir la Patria Grande Latinoamericana. Es difícil imaginar que ese sueño se pueda concretar algún día, dado el retroceso en que se encuentra el pensamiento nacional. Tal vez, como en la Europa Oriental, se trate de dar una batalla cotidiana en el campo cultural, y confiar en la Providencia… …me entretuve observando a dos mujeres sordomudas que mantenían una sostenida conversación por señas. ¿Cómo serán los bemoles de una sostenida conversación? ¡Cuánta expresividad, cuánto entusiasmo por comunicarse! Y nosotros, los que contamos con todos los sentidos intactos, a veces no los aprovechamos. Pensaba, viendo a estas dos mujeres, que ellas no pueden disfrutar de la maravilla de la radio, por ejemplo. ¿Cómo será ese mundo silencioso, o tal vez poblado de ruidos amorfos?... …le causó gracia mi mensaje telefónico en que le dije que me había «dado en la matadura» con la zamba «No te puedo olvidar», y prometió hablar en otra ocasión sobre esa expresión…

«5/10/90: Sí, es verdad, hoy estuvo muy musical, muy apropiado para un día de lluvia. Cuando vivía en San Juan me gustaba la lluvia, porque era una rareza. Pero a tantos años de vivir en Buenos Aires ya estoy saturada de ver caer agua...»

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Se restableció la comunicación mágica que consistía en que Pedro, sin nombrarla, respondía las cartas de Renata, la atraía, la hipnotizaba. Ella lo proveía de poesías y trozos literarios, de anécdotas y sensaciones, y era evidente que sin haberse visto jamás conocían y compartían el mismo mundo sensible, conformado por una memoria común, una identidad cultural compuesta por aquellas vivencias que los identificaba como miembros de una misma generación, y eso los los tornaba afines. Una tarde en que estaba sola atendió el teléfono: era él. Esta vez la llamó decididamente para proponerle que se conocieran personalmente. Le confesó que no podía dejar de pensar en ella, que desde hacía un tiempo, en determinado momento del programa se abría una bisagra a partir de la cual sólo hablaba para ella. –Ya lo sé –se escuchó decir Renata, admirada de su aplomo. Pedro estaba apasionado, y su voz no era la pausada y cadenciosa de las mañanas, sino una catarata de deseo. Le habló de Omar Khayaam; de que probablemente ya se habían conocido en vidas anteriores... Le rogó que fuera a visitarlo a la radio cuando quisiera. Renata, temerosa por esta experiencia inédita y por la advertencia de Raúl no se animó a ponerle fecha al encuentro. –Es absurdo que sigamos sin conocernos –remató Pedro–; te seguiré esperando. Cuando cortó tenía deseos de gritar, de cantar, de bailar. Sonó nuevamente el teléfono. –¿Señora Renata? –¿Sí? –Buenas tardes. La llamo del instituto. Su hija María terminó la clase de dibujo hace media hora y está esperando que la venga a buscar... Se dio una palmada en la frente y corrió a buscar la cartera. Cuando estaba saliendo, el teléfono volvió a sonar. Titubeó. http://zonaliteratura.com | 41 | Tarde


–¿Hola? –Soy yo otra vez –dijo Pedro. –¡Ay, Dios mío! Por conversar con vos me olvidé de ir a buscar a mi hija. –Bueno, yo sólo te quiero dejar mi número de teléfono. Cuando tengas ganas, llamame. Renata lo anotó y salió corriendo. Pedro Cerezo le había confiado el teléfono de su casa.

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VI

La vuelta de la democracia también significó que muchos empezaran a rasgarse las vestiduras por hechos de los que, o habían estado en la luna o habían negado abiertamente. Renata jugó a la payana con una muchacha que luego fue muerta por el ejército represor, y desde sus más tiernos años tuvo conciencia de vivir en un país del Tercer Mundo, que jamás se liberaría sin luchar. También su hermana pudo haber sido una desaparecida, tal vez la misma Renata, si hubieran elegido otro camino para la lucha. Toda su adolescencia transcurrió en ese ambiente disociado de miedo y rebeldía. En todo el mundo recién comenzaban a romperse las estructuras autoritarias que marcaron una larga época de la humanidad. Su propia familia estaba conformada según un modelo autoritario, y si hubiera podido analizar esa circunstancia con una objetividad que le estaba vedada por ser parte de ella, habría comprendido y hasta habría perdonado a su padre. Fernando, quien quedó huérfano a los dos años de edad fue enviado a un colegio religioso de sacerdotes salesianos en González Catán, lejos de su joven madre que de la noche a la mañana se convirtió en una empleada del Correo, con seis hijos para mantener. Arrancado del hogar, desprovisto del amor fundamental y somehttp://zonaliteratura.com | 43 | Tarde


tido al rigor de los claustros, aprendió el autoritarismo de la mejor fuente, pero también su descontento alentó una rebeldía, que, aunque reprimida, supo transmitir a sus hijas, a quienes educó, aun declarándose ateo, llenas de los prejuicios cristianos en lo privado, pero con aspiraciones de liberación en lo social. En una de esas mañanas de radio Pedro entrevistó a un escritor a quien, durante el Proceso, jamás se le había dado cabida en los medios. Al hablar sobre los asuntos que elegía para sus cuentos dijo que consideraba falto de ética aprovechar ciertos temas de la realidad que están sin resolver para elaborar obras de arte. Según su opinión, utilizar a los desaparecidos para escribir un cuento o producir un programa de televisión, lo único que daba como resultado era un panfleto. No se trataba de ignorar la realidad, sino de saber tomar cierta distancia, no para ser objetivo, que la objetividad es un cuento chino, sino para no enceguecerse con ella. Y Renata disfrutaba escuchando, y pensaba cuánta verdad encerraban aquellas palabras, qué sencilla suele ser la verdad dicha por quienes la practican sin hacer ruido… Así, en silencio, desde una pared en la esquina de Sarmiento y Pellegrini, Renata sintió la mirada escrutadora que el Che le dirigía desde un afiche político. Otro tema ese, del cual antes nadie hablaba, y ahora resultaba ser bandera de todos. Como Eva, la loca ambiciosa y trepadora, la que le ponía los cuernos a un Perón impotente, la que hizo a algunos celebrar el cáncer. Supo ser propiedad exclusiva de aquellos grasitas que la veneraron en sus santuarios cursis al lado de Gardel y la Madre María, pero rayando el fin del siglo cantaba en inglés «Dont cray for mi, Aryentina» desde cualquier disquería.

Pudo haber sido mi padre, pero hoy lo siento como si fuera el hermano mayor que no tuve. Tal vez nunca pude asimilar Laura Aliaga | 44 | http://zonaliteratura.com


su imagen a la de un padre porque el mío, el carnal, era un hombre severo y adusto hasta el autoritarismo, en cambio él simbolizaba liberación, ruptura con el sistema, juventud. Es posible que treinta años después idealice la comprensión que tenía en aquel momento sobre quién era ese hombre. Yo tenía diez años. Sin embargo, la inmensa congoja que sentí al conocer la noticia de su muerte es un recuerdo vívido, no idealizado ni agigantado por el paso del tiempo. Era una noticia esperada; en los días previos, la onda corta superaba miles de kilómetros y en medio de chirridos y ecos siderales, unas voces familiares y graves llegaban desde el «Territorio libre en América» a la intimidad de mi casa adonde los inquisidores de turno (secuaces de Onganía) no podían entrar para impedirlo. Las novedades eran sombrías: se había cerrado el cerco militar sobre el diezmado grupo de idealistas y de su paradero, el de él, nada se sabía… En mi cabeza de nena de diez años aparecían desmesurados por el desprecio y el miedo unos hombres morochos con uniformes verdes y gorras, amenazantes, y otros, altos, rubios como mormones y con sonrisa estúpida, que eran los yanquis complacidos por las acciones de los primeros. Y en medio de todo surgía la voz firme de Fidel Castro lanzando sapos y culebras con gracia caribeña, contra los enemigos de la Revolución. La misma voz que al fin se tuvo que quebrar para anunciar que el amigo entrañable, el hermano, el cubano por amorosa adopción, el Che, había muerto, fusilado, tal vez traicionado, en algún punto de la selva boliviana, en la tercermundista y subdesarrollada Bolivia que paradojalmente le daba la espalda a quien soñó su liberación. Después, la lectura de algún ejemplar del diario cubano Granma, venido por correo y milagrosamente escapado de las requisas censoras. Mi hermana y su grupo de amigos (mayores que yo) cantaban con la música de ‘Guantanamera’: «al Che Guevara / le canto yo esta canción / al Che Guevara / http://zonaliteratura.com | 45 | Tarde


con pena en el corazón». «América está que arde / y todo un fuego será…» Y yo, con mis diez años, creía en eso, creía que debía ser así, y que aquel hombre a quien nunca podría haber conocido me marcaba un camino que no era posible eludir. Después crecí y descubrí los atajos, pero esa es harina de otro costal. De cualquier manera, tengo motivos para negarme a ir al cine a ver películas basadas en su vida, hechas «para los que lo amaron y para los que lo odiaron», es decir, historias híbridas y anodinas, que hacen quedar a sus realizadores como revolucionarios pero no tanto, supuestamente imparciales y humanos. Tengo motivos para que me disguste ver su imagen impresa en remeras, vendidas al mismo precio que las que llevan la lengua de los Rolling Stones. Cuánto más para sentir asco por la anunciada estampilla que cierto cucarachesco gobernante dijo que se lanzaría al mercado filatélico. En fin, no puedo tolerar que con la muerte de mi hermano fusilado cuando yo era una nena se esté haciendo un negocio gigantesco, ni demagogia preelectoral, ni confusión permanente.

Vivir sano en un país de esquizofrénicos raya lo heroico. Según la interpretación de muchos, el detonante para la recuperación de la democracia fue la guerra de Malvinas. La plaza de Mayo desbordaba (¿cien mil, ciento cincuenta mil personas?) aquella jornada en que Alexander Haigh –el representante de los hijos tontos de Inglaterra– vino a negociar con el general que pasó a la historia como un borracho con delirios de soberanía. La gente colmaba la plaza porque se hizo eco de una causa justa, pero la guerra se había perdido antes en lo político que en el campo de batalla. Pudo haber sido una formidable oportunidad de cambiar el orden mundial. Si Argentina se hubiera aliado con quienes debía, si juntos hubieran planteado no pagar más la deuda Laura Aliaga | 46 | http://zonaliteratura.com


externa… Allí estaban Venezuela, Perú, Cuba, Nicaragua y México, Libia, dispuestos a ayudar. Pero, claro, los gobernantes no pudieron dejar de ser gorilas. Era una quimera creer que serían capaces de oponer al poderío escalofriante de las armas de la OTAN una herramienta política que estaban muy lejos de sostener. Meses después hubo elecciones, se votó a representantes legítimos. Sin embargo, la misma gente que había vivado con entusiasmo el arranque de patriotismo del gobierno militar, como si se tratara de miles de doctores Jeckyll y señores Hyde, ahora sólo hablaba de «los pobres soldaditos» a los que los milicos mandaron a la guerra. Y sin embargo, qué fieros hombres fueron, los que dejaron su sangre en el páramo de Malvinas, los que fueron a dar con sus huesos al fondo del mar, los que ahora venden calcomanías en los trenes porque nadie los reconoce como héroes… Es ese dejo de ezquizofrenia colectiva que todo lo confunde, porque convocados por la televisión todos los argentinos eran capaces de donar sus joyas por los héroes del irredento suelo patrio, pero pasada la euforia aquellos se volvieron los loquitos de la guerra, o los vagos que no quieren trabajar y entonces piden limosna.

Mucho antes de conocer a Renata, Raúl había tenido los primeros indicios de su desequilibrio. Su padre, terriblemente autoritario y confeso admirador de Mussolini, deseaba para él un destino de militar o clérigo. Proviniendo de una familia de inmigrantes pobres, sin el menor contacto con la aristocracia criolla ligada a las vacas, era imposible soñar con el ingreso al Colegio Militar, a pesar de las dotes intelectuales brillantes del muchacho. Y como una burla del destino, era clase 1957: se eximió de hacer la conscripción por pertenecer a esa camada de jóvenes que cedieron paso a quienes empezaron a «servir a la patria» a los http://zonaliteratura.com | 47 | Tarde


dieciocho años, en lugar de hacerlo a los veinte. Entonces tuvo que soportar las recriminaciones del progenitor, como si él hubiera tenido la culpa de que se reformara la ley del servicio militar. Así es que tampoco pudo tocar la gloria de participar ni siquiera como reserva en esa guerra fugaz. En su fuero íntimo, hubiera deseado que su nombre figurara en una de las lápidas de mármol en la Plaza San Martín; una muerte heroica en el helado suelo malvinense era en sus fantasías, algo mucho más digno de sí que el tener que resistir diariamente una realidad crítica, para la que estaba escasamente pertrechado. Desde que tenía tres años sufría por otra culpa ajena, que ese padre tosco y soberbio, de una religiosidad rudimentaria que lo inhibía de rebelarse contra Dios por la muerte de su jovencísima mujer, cargaba contra el más débil: un mediodía, al regreso del trabajo la encontró tirada en el piso, descoyuntada y fría. A su lado el pequeño Raúl, ya sin lágrimas, con los ojos salidos de sus órbitas, en estado de shock. Renata nunca logró saber cuál había sido la enfermedad que lo dejó huérfano, o si se trató de una caída accidental por una escalera, o de un suicidio. Él hablaba sobre el tema muy de soslayo y con una sonrisa que dejaba traslucir un dolor nunca cicatrizado, de modo que ella jamás quiso escarbar en esa herida. Más tarde, y para no llevar una vida disipada ni brindar un mal ejemplo a sus hijos, el viudo se casó con una mujer que era el polo opuesto de la anterior: fea, en edad de ser considerada solterona y autoritaria como un sargento. Ese matrimonio no duró diez años. Y si bien Raúl tuvo un sustituto de su madre, esta madrastra típica de cuento romántico le brindó un amor escaso, raquítico. Su prioridad no eran los niños, sino su carrera de bioquímica y docente universitaria, y en todo caso las dotes maternales conque cualquier mujer viene al mundo las volcó sobre el hijo que concibió más tarde, cuando Raúl ya era un muchachito que terminaba la escuela primaria. Por eso, después Laura Aliaga | 48 | http://zonaliteratura.com


de una tortuosa relación con una chica epiléptica buscó la protección de otra madre sustituta: la Iglesia. Ingresó al seminario intentando en forma inconsciente cumplir con el segundo mandato paterno. Allí conoció a Monseñor Raymundo O’Neill, cuyo ascetismo contrastaba con la imagen que tenía Raúl de los sacerdotes que llegan a las altas dignidades de la Iglesia. A más de uno había visto exhibiéndose asiduamente en los canales de televisión, paseando en autos último modelo, o haciendo compras en negocios exclusivos, en una ostentación de riqueza que ya fue objeto de polémicas y cismas en remotos siglos. El único pecado del Irlandés, como lo apodaban todos los seminaristas, parecía ser la jactancia vanidosa de portar el apellido más antiguo de la Europa céltica, y una carga etílica en el torrente sanguíneo, heredada de sus ancestros, que lo hacía abstemio hasta del vino de misa. Raúl lo tuvo como confesor, pero no para arrodillarse y contarle sus pecados, sino en charlas mano a mano (a veces encendidas discusiones) y con el mate amargo que iba y venía incansablemente. –Esto no es fácil, muchacho. Acá venimos a intentar domar el potro que llevamos dentro. Pero hay que ser honesto; no intentes engañarte a vos mismo –decía el viejo cruzando y descruzando sus dedos largos. Tenía el dorso de las manos pintado de incontables pecas, y la piel áspera–. Tarde o temprano uno se da cuenta si lo podrá domar o no. Es mejor que sea temprano– . Miraba a su interlocutor con unos ojos tan azules y profundos a los que era imposible ocultar nada–. Yo casi no tuve oportunidad de ponerme a prueba. Mi madre me mandó al seminario a los nueve años, una crueldad. Hoy, que existen los derechos del niño, iría presa, pobre vieja. Raúl imaginaba a ese niño de nueve años llorando en silencio y sin consuelo, con la mirada concentrada en un hipotético sur, donde tal vez se encontraría Rosario, tratando de comunicar a http://zonaliteratura.com | 49 | Tarde


una madre obcecadamente irlandesa su deseo de escapar de aquella cárcel monacal, en un gesto de temprana y mansa rebeldía, sin otro deseo que romper con el mandato familiar que lo obligaba a ser, de los tres hijos, el sacerdote. Y luego, descubriendo el recurso poderoso conque contaba, mucho más eficaz que las lágrimas: su lengua materna, en que pudo escribir el llamado de auxilio sin ser descubierto por los curas carceleros. –Los curas estaban encantados conmigo por los progresos que hacía en el estudio del inglés, pero no se les ocurrió revisar lo que les escribía a mis padres. Pese a todo, el Irlandés se tuvo que quedar nomás en el claustro. Era su destino; en sus tiempos no se estilaba que los niños cuestionaran las decisiones de sus mayores, ni que opinaran sobre ningún tema. Raúl, en cambio, no alcanzó a completar un año dentro del seminario. Era un tipo de una rica vida interior, pero la falta de afecto le había vuelto la existencia como una embarcación con el timón dislocado por las tormentas. Por suerte los consejos de su director espiritual no cayeron en saco roto. El plan de estudios se esbozaba a grandes rasgos en dos años de Filosofía y cuatro de Teología, con una práctica pastoral que podía iniciarse antes o después, de acuerdo con las dotes e intereses de cada aspirante a religioso. Algunos llegaban al diaconato antes de terminar los estudios, otros recién recibirían el Orden Sagrado como sacerdotes al finalizar los seis años. Pero no era esa perspectiva la que lo asustaba. El potro que debía domar no era solamente asumir el celibato cuando ya tenía una larga experiencia erótica y desde sus inicios no había pasado jamás temporadas de abstinencia. Otro obstáculo para asumir una profesión religiosa fue el ser un consecuente militante de las causas perdidas. Era de los que creen que para modificar las instituciones hay que hacerlo desde dentro. Su generación había visto inmolarse a curas como Mugica o Angelelli, entre tantos, sin que la Iglesia, a la que Raúl comparaba Laura Aliaga | 50 | http://zonaliteratura.com


con un elefante que avanza lento e indiferente, valido de su tamaño y aplastando todo lo que se interpusiera a su paso, hubiera pestañeado. No, no era el martirio la forma de transformarla. Había que provocar la revolución nacional también en el seno de la Iglesia: promover la lucha de clases entre laicos; neutralizar a la Acción Católica, ese antro de mediopelos divorciados de los humildes y los trabajadores y que sin embargo predican de los dientes para afuera la opción por los pobres. Nenes de mamá que misionan entre los tobas y se llenan la boca divulgando que trabajan en la villa, pero cuando vuelven a su casa de San Isidro se bañan con desinfectante y comen comida ligth; exterminar al Opus Dei, una organización clasista y aliada a los poderes políticos y económico-financieros mundiales. Aliarse con sectores de las Fuerzas Armadas afines, para que también la Iglesia contara con su «brazo armado», eran algunas de las explosivas ideas que el aspirante a cura disparaba a quien tuviera la paciencia de escucharlo. –No, Raulito. En todo caso, lo tuyo será la política –le decía Monseñor O’Neill–. Somos ministros de Dios, y la misión de la Iglesia no es dar soluciones para este mundo, sino preparar a nuestros hermanos para el mundo que vendrá. Por eso, si tengo que darle la comunión a Martínez de Hoz, como representante de Dios estoy obligado a hacerlo, aunque yo hombre desearía pegarle una patada en el culo. –Pero Jesús sí fue capaz de echar a los mercaderes del templorefutaba él. –Jesús era Dios, no un triste curita argentino. A pesar de su discernimiento revulsivo, Raúl aceptaba mansamente los dogmas religiosos. Jamás puso en tela de juicio la virginidad de María, el celibato de Jesús y sus apóstoles, la existencia de ese complicado ente llamado Santísima Trinidad, ni todo aquello que para Renata resultaba, si no mentiras retorcidas de «los curas», reverendas e ingenuas huevadas propias http://zonaliteratura.com | 51 | Tarde


de una época infantil de la humanidad, cuando era posible que un hombre caminara sobre las aguas del mar sin hundirse, o que el mismísimo Dios charlara como cualquier hijo de vecino con sus elegidos. Si en algún momento comulgaron juntos fue porque sus creencias tenían un punto de contacto más en lo que el cristianismo tiene de fenómeno cultural que en lo referido a lo litúrgico. Ella provenía de una familia de padre ateo, deformado en sus más tiernos años en un Colegio Católico e inmune para siempre a todo lo que tuviera que ver con la Iglesia, y de una madre indiferente, hija a su vez de un sajón protestante. La religiosidad de Renata fue débil y ciclotímica. Tomó la primera comunión a los veinte años por la crisis existencial que le provocó ver la muerte de cerca durante el último año en que vivió en San Juan. Experimentó en carne propia lo que es literalmente que a uno se le mueva el piso y se le caiga la estantería: sufrió el terremoto del 23 de Noviembre de 1977. Toda su vida hasta los veinte años transcurrió en ese suelo movedizo y traicionero, pero los temblores de tierra a los que estaba acostumbrada no fueron nada comparados con ese fenómeno cuya onda expansiva llegó hasta Buenos Aires. Su cultura sísmica se venía desarrollando desde que nació, y tenía recuerdos de muy pequeña en reuniones familiares en que los mayores contaban anécdotas de otros terremotos: el del 44 y el del 52. Fernando y Lucy, sus padres, eran de los que enseñan a los hijos no los peligros de la vida, sino que la vida es peligrosa. De manera que Renata tenía un caudal de conocimientos sobre previsión de situaciones catastróficas, prevención de enfermedades, higiene, primeros auxilios, salvataje y otras linduras. Todo eso había aprendido en el hogar familiar, y algunos disfrutes relacionados con el intelecto, la naturaleza y el arte. En cuanto a los placeres del cuerpo, nada. En ese aspecto fue una autodidacta desde chiquitita. Haciendo gimnasia por su cuenta descubrió una vez una sensación deliciosa en el centro de su vientre, viniéndole desde algo que tenía entre las piernas y Laura Aliaga | 52 | http://zonaliteratura.com


que ella no sabía aún nombrar. Luego descubrió que podía provocarse esa sensación inicialmente casual, y se dedicó a la práctica excitante de sus posibilidades de placer. Pero no se le escapaba que todo lo debía realizar a escondidas, porque sentía terror de que la descubrieran sus padres. Ellos debían comportarse de la misma manera, sólo que a veces se descuidaban un poquito.

La oscuridad es atroz. Perros monstruosos ladran de miedo. No puedo conciliar el sueño, y cuando recuerdo que al día siguiente deberé ir a la escuela, la angustia me asfixia. ¿Qué le hace mi papá a mi mamá? ¿Por qué se mueven tanto? Ella se ríe como debajo de la almohada, pero también se queja. Y yo, al borde del llanto, me revuelvo en la cama. Ellos no me dejan dormir; en lugar de venir a tranquilizarme, no me dejan dormir. ¿Qué están haciendo? Es algo horrible. Mi mamá gime, mi papá gruñe. Me caigo de la cama. No me caigo, me tiro para llamarles la atención. Y lloro. –Mocosa de porquería, ¿a qué hora te vas a dormir?

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VII

A las seis y media de la mañana del 23 de noviembre de 1977 hacía quince minutos que se había levantado a estudiar. Para no despertar a su sobrino que dormía en la misma pieza se fue a vestir en el baño. Le pareció oír unas voces extrañas, voces de hombre, tal vez en la vereda, pero era raro a esa hora. Después, cuando el chico dijo que él había escuchado «la voz de Dios» a Renata le corrió un frío por la espalda. Sentada en el inodoro con su camisón celeste calculaba que le faltaban veinte días para el examen, pero ella quería que fuera para un diez, porque uno de los integrantes de la mesa era un profesor de quien estaba perdidamente enamorada. Casi un mes antes el corazón se le salía por la boca pensando cómo haría para no morirse de los nervios llegado el momento. Cuando se estaba lavando la cara (jamás lo podría olvidar porque lo hacía mirándose en el espejo y sus pupilas dilatadas se le grabaron para siempre en la memoria), desde la ventana le llegó el rugido de una bestia que se acercaba, un bramido escalofriante al que en fracciones de segundo se sumó primero la vibración, después el sacudimiento del suelo, de las paredes... Es tan pobrecito el lenguaje, tan limitado, que lo que ocurre en lo que lleva un suspiro, no se puede contar sino en largos miLaura Aliaga | 54 | http://zonaliteratura.com


nutos de palabras y palabras trabajosas que no alcanzan para reflejar lo vivido. Ni siquiera la mente recordando resulta tan veloz como al momento de suceder las cosas, cuando percibe, razona, decide, actúa. La electricidad se cortó. Renata desechó todo intento de vestirse, y salió con su camisón celeste, primero a despertar al sobrino, para luego saltar hacia la pieza de la hermana que dormía con su beba de dos años. Había que salir afuera rápidamente, porque nunca una casa, por más antisísmica que fuese era garantía de seguridad. Iban las dos chicas y los dos niños en fila india hacia la puerta de salida, y las paredes del comedor se balanceaban como la cabina de un barco. Se trabó la llave, y durante unos segundos creyeron que quedarían atrapados. Al fin la cerradura cedió y corrieron a abrazarse al tronco del enorme pino de la vereda. No en vano habían aprendido que las raíces de los grandes árboles son una defensa contra las grietas que suelen abrirse en el suelo. La calle se ondulaba como un río crecido. Al bramido estremecedor de la tierra en movimiento se sumaba el griterío de la gente, los cacareos y chillidos de aves, los aullidos de los perros. Enseguida empezó a ahogarlos la nube de polvo que se levantó del derrumbe de una antigua bodega que funcionaba a media cuadra, y que conservaba todavía algunas paredes de adobe. A nadie le importó verse en el medio de la calle en ropa interior, ni que los vecinos lo vieran. Aquel infierno duró dos interminables minutos, y nunca como en ese instante Renata tuvo la verdadera noción de lo relativo del tiempo. Cuando el temblor terminó, su sobrinita, en brazos de la mamá dijo: –Pashó el ten... Es que a cien metros pasaba habitualmente el Ferrocarril San Martín, que todavía en ese tiempo tenía su línea entre Retiro y San Juan, pasando por Mendoza. Cuando estuvieron seguras de que había cesado todo regrehttp://zonaliteratura.com | 55 | Tarde


saron a la casa, pero entraron con muchísimo cuidado, verificando que no se les cayera un trozo de cielorraso encima. El niño estaba aterrorizado, y tuvo primero una lipotimia y luego vómitos y diarrea como consecuencia del susto. Renata encendió una radio a pilas: las emisoras locales estaban mudas, a causa del corte general de energía. Era otro de los mecanismos de seguridad previstos para casos de sismos intensos: pasado cierto grado, un sistema automático interrumpe el suministro. Sintonizó una emisora de Chile que ya estaba dando cuenta del temblor, aunque todavía no había precisiones sobre dónde había sido su epicentro. Su cuñado estaba en Buenos Aires, y sus padres en La Rioja. Habría que enviar urgentes telegramas para avisarles que estaban sanos y salvos, especialmente porque en Buenos Aires la prensa siempre se caracterizó por exagerar todo cuanto tuviera que ver con desastres ocurridos en las provincias. Era la manera más segura de vender más diarios cuando todavía el periodismo escrito tenía una incidencia mucho mayor que la televisión. Al rato empezaron a llegar amigos para ver cómo estaban. Todo el que contaba con alguna movilidad se ocupó de hacer la recorrida entre familiares y conocidos para interesarse por su estado físico y el de sus pertenencias. Renata aprovechó para ir hasta el Correo Central a mandar los telegramas con Elías, uno de los amigos más queridos, esa clase de gente generosa y solícita que siempre está a mano cuando hace falta. La cola para los telegramas llegaba hasta la calle. Desde pleno centro de la ciudad, hacia el este, se veía una colosal nube de polvo. A eso de las nueve de la mañana ya se sabía que el epicentro había estado cerca de la Sierra del Pie de Palo, y que la ciudad más afectada por el terremoto más intenso en los últimos treinta y tres años era Caucete, a menos de treinta kilómetros de San Juan. Dentro del correo, Renata sintió de nuevo que se le erizaba la Laura Aliaga | 56 | http://zonaliteratura.com


espalda cuando vio el gran reloj eléctrico en la pared, parado a las seis y treinta, la hora fatídica en que comenzó la catástrofe. La ciudad de San Juan había resistido, salvo algunas grietas en paredes y roturas de vidrios, vitrinas, vajillas. Pero hacia el este el panorama era horroroso. El suelo se había abierto en grietas de más de dos metros de ancho y profundidad incalculable; había aflorado agua caliente de napas cargadas con azufre. Las bodegas habían perdido ríos de vino: miles de damajuanas de tintos viriles rotas y esparcidas en medio de una laguna morada; toneles de aristocráticos espumantes rajados desparramando su contenido; botellas pulverizadas de mistelas y oportos atrayendo con su dulzor nubes de moscas. Además de los cientos de muertos aplastados entre escombros o tragados por las grietas, hubo quienes, presas del pánico se arrojaron por ventanas de pisos altos dando un estúpido fin a sus vidas, en un afán absurdo de matarse para no morir. También las pestes amenazaban proliferar en medio del calor del verano inminente. Eran tiempos del desgobierno militar autotitulado Proceso de Reorganización Nacional. El gobernador provincial era una marioneta civil, que tal vez tenía buenas intenciones, pero no contaba ni con presupuesto, ni con decisión política autónoma para hacer frente a la situación. La radio (¡cuándo no!) organizó en forma inmediata un sistema de voluntariado, fuera para donación de ropas, enseres y alimentos o para la remoción de escombros, salvataje y primeros auxilios en los lugares en que la situación era grave. Renata no dudó un instante y se alistó, como tantos otros militantes clandestinos de los desarticulados partidos políticos. Era una forma de agruparse cuando el poder lo prohibía, para ponerle el cuerpo y el alma a una causa noble. En tres días cursó un catecismo de emergencia con el cura de una capilla que se mantuvo en pie, cerca de Caucete, mientras pelaba verduras para los guisos que en el salón contiguo a la http://zonaliteratura.com | 57 | Tarde


iglesia servían a las familias refugiadas. Era un presbítero joven con tonada salteña, marcado por el sello de aquella iglesia progresista de los setenta. Apenas un repaso de los rezos principales, de los diez mandamientos y otras cuestiones teológicas. Porque la práctica consistía en limpiarle los mocos a los niñitos cuyas madres tenían que amamantar a otro más pequeño, o curar las heridas de un anciano golpeado al caer sobre sus piernas un pedazo de viga de quebracho. Nunca la convenció aquello de que en la hostia estaba el cuerpo de Cristo, y en el cáliz su sangre. En cambio la persuadían aquellos pobres cristos vivos y mortales con los que convivió una temporada. A ellos los movía la fe: los terremotos los mandaba Dios, y ¿qué podían hacer sino quedarse allí, y empezar de nuevo? Al menos estaba la posibilidad de volver a sembrar la tierra y criar sus animalitos –gallinas, cabras, algún cerdo–; la tierra, a veces se sacudía enojada, pero era generosa en sus entrañas fértiles. Y ellos no tenían ni dinero ni instrucción para buscarse un destino mejor en otro lado. A años luz de aquellos días del terremoto, en el corazón de la ciudad desalmada, casi no le quedaban elementos para comprender la fe y la resignación de aquella gente sencilla y desposeída que conoció trabajando entre los damnificados. Gente que de haber tenido siempre poco, pasó en dos minutos a no tener nada, pero que todavía llevaba el ánimo en alto para empezar de nuevo, en el mismo lugar. Muy diferente a los desposeídos, marginales y desarraigados que a fines de los noventa pueblan Buenos Aires y que no tienen ni siquiera voluntad de intentar un proyecto, porque el futuro se perfila como un boquete negro, como la flor sanguinolenta de un balazo dado o recibido, lo mismo da cuando lo único que presta fuerzas para retardar la muerte (o acelerarla sin sufrir) es un poco de polvo de cocaína. Allá en Caucete, en Marayes, en Bermejo y en Vallecito, todavía primaba la idiosincrasia heredada de los españoles: la gente resumía una fe tenaz con la resignación por la muerte de un faLaura Aliaga | 58 | http://zonaliteratura.com


miliar «porque Dios lo quiso» «porque ahora está con el Señor y ya no sufrirá más». Rodeada por esa gente sencilla tomó la primera comunión el 13 de diciembre, día de Santa Lucía. Por la noche hubo festejo con empanadas bien jugosas y vino, y los más animosos se quedaron hasta entrada la madrugada alrededor de un fogón a cielo abierto. Un cielo negro como el que Renata no había vuelto a ver desde que llegó a Buenos Aires, en el que se dibujaba como una ancha cinta de raso blanco la Vía Láctea, sin una nube que estorbara ese panorama cósmico. El curita salteño cantó unas zambas tristonas con su guitarra. Salvador, el dueño de la camioneta que tanto hacía de ambulancia como de transporte de alimentos, contó cómo por aquellos parajes había que encomendarse a la Difuntita Correa, porque ésta, si bien era milagrosa, también era muy cobradora. A él le constaba, porque en cierta oportunidad en que viajaba a San Luis transportando mercadería, como iba retrasado siguió por la ruta sin detenerse en el santuario de Vallecitos. «A la vuelta paso y le prendo una vela», se dijo el hombre aquella vez. Apenas un par de kilómetros más adelante la camioneta se detuvo y no quiso arrancar más. Revisó el carburador, las bujías, estaba todo funcionando perfectamente. La batería tenía carga nueva, y llevaba nafta suficiente como para ir y volver. Pero el arranque no quería saber nada. La opción era quedarse al costado de la ruta y esperar que se hiciera de día, porque a esa hora no andaba nadie, y si pasaba algún automovilista difícilmente se detendría a ayudarlo, porque muchas veces los asaltantes de caminos usaban la táctica de aparentar haber sufrido un desperfecto mecánico para robar y asesinar a los incautos. Pero algo le dijo que si se llegaba hasta el santuario de la Difunta, aunque más no fuera a rezarle una oración o dejarle una botellita de agua, todo se solucionaría. Cerró bien la camioneta y la dejó con sus balizas, cruzó la ruta y esperó a que alguien quisiera recogerlo para desandar el camino http://zonaliteratura.com | 59 | Tarde


hasta la capillita. Unos quince minutos después avistó un auto y se puso a hacer dedo: era un matrimonio joven y accedieron a llevarlo. –Así que cumplí con la Difuntita, le recé un poco y le prendí una vela, porque agua no tenía de dónde sacar, y le pedí por favor que me dejara continuar el viaje. Y así fue, pues. Unos gendarmes me acercaron después hasta donde dejé la camioneta, me subí y enseguida arrancó la muy desgraciada. Desde entonces, nunca dejo de entrar a ver a la Difunta, si no se ofende y se las cobra... A los más jovencitos hubo que contarles quién era la Deolinda Correa, la famosa Difunta, porque desde que nacieron habían escuchado hablar de ella y habían concurrido con sus mayores a cumplir promesas de subir las escaleras de rodillas, habían contemplado las ofrendas que la gente dejaba, desde trajes de novia hasta autos de carrera como el Torino del campeón Eduardo Copello, o habían presenciado las peregrinaciones a pie que desde la ciudad de San Juan, a casi ochenta kilómetros, hacían sus devotos. Pero desconocían que aquella santa aun no reconocida oficialmente por la Iglesia Católica, fue una sencilla mujer que vivió en el siglo XIX y que en tiempos del gobernador Nazario Benavídez, su esposo fue reclutado por la montonera de Facundo Quiroga. Ella no se resignó a quedarse sola con su pequeño hijo de meses, y confiada en el conocimiento que tenía del camino hacia La Rioja, que era adonde había sido trasladado su hombre, seguramente no de muy buen grado, decidió seguirlo a pie y encontrarlo días más tarde. Ella sabía de unas vertientes de agua cristalina donde podría descansar y abastecerse para el viaje. Salió desde San Juan cargando al hijo en brazos y con una alforja donde llevaba algunos alimentos y una cantimplora. Pero nunca encontró el manantial, porque la naturaleza es caprichosa y lo había secado. Igualmente, terca en su empeño por reencontrarse con el hombre amado, quiso seguir, y siguió hasta Laura Aliaga | 60 | http://zonaliteratura.com


donde sus fuerzas se lo permitieron. En el lugar donde ahora se guarda su cuerpo enterrado y sus fieles levantaron el santuario, la encontraron muerta unos arrieros. Su hijo había sobrevivido gracias a la leche materna, mamando aun después de que a ella la venció la sed y el agotamiento, y eso la tornó milagrosa. Después intervino en la conversación a la luz del fogón Don Ignacio, un profesor de historia y literatura jubilado, quien también trabajaba como voluntario, una de esas personas que nunca envejece porque siempre le encuentra un nuevo objetivo a su vida. Era oriundo de un pueblito riojano y relató algo que le ocurrió muchos años atrás, cuando tuvo que hacer la conscripción en el Regimiento de Granaderos a Caballo, en Buenos Aires. Hablaba parsimoniosamente y atrapaba a todos con sus cuentos, y tal vez a pequeños hechos les agregaba tanto detalle sabroso, que no importaba si eran verdades o fabulaciones.

«–Puesto que el premio otorgado por la Asociación Sanmartiniana era sólo la mitad del pasaje, me vi en la necesidad de conseguir el resto por mi cuenta. A pesar de haber nacido en Sañogasta y de gozar (como cualquier provinciano en Buenos Aires) de la fama poco halagüeña de lento, entre mis compañeros de conscripción pasaba por ‘vivo’. Modestia aparte, no fui nada tonto cuando me instalé en plena Plaza Constitución a pedir colaboración a todo el que pasara por allí. Entusiasmado con mi papel, una vez obtenida la cantidad necesaria continué la representación. No quedó cuento del tío a qué recurrir: ¡Oh, el taxista se fue con todo mi equipaje! ¡Ah, la dueña de la pensión, ladrona fina! ¡Maldita mi suerte! Pero…gracias, señor. Todavía queda gente buena en Buenos Aires. ‘Pobre muchacho’, me decían mis engañados. Y yo prometía: ‘cuando usted vaya a La Rioja, yo sabré retribuir su gesto’, o ‘Señora, usted es como la pobre madre que dejé tan lejos’. ‘Hijo, cuídese, que no le vuelva http://zonaliteratura.com | 61 | Tarde


a pasar’. A veces el teatro llegaba a conmoverme a mí mismo. ¿Quién no juega con los sentimientos, ajenos y propios, a los veinte años? Logré reunir el valor de dos pasajes, y no más porque a las nueve de la noche debía estar de regreso en el Regimiento. El tren partió la noche siguiente. Mi equipaje era una pequeña valija con ropa necesaria para una semana y, por supuesto, mi uniforme de granadero. En la cartera llevaba una copia de mi trabajo sobre San Martín y el dinero que había recaudado. Frente a mí viajaba un matrimonio mayor con un niño de tres o cuatro años, quien me bombardeó con sus ‘por qué’. –¿Por qué tenés el pelo tan cortito? –Porque soy soldado. –¿Y andás en jeep? –No, ando a caballo. –¿Por qué? –Porque soy un granadero; el cuerpo de Granaderos fue creado hace muchos años por San Martín, para pelear contra los españoles en San Lorenzo... Así, tuve que contar la historia a los abuelos. –¿Pero nunca antes había escrito usted? –preguntaba ella–. Mire que para ganar un concurso así, habrá que tener experiencia, digo yo… A la hora de comer no tuve dudas de la simpatía que había despertado en esa buena gente: me invitaron a compartir su mesa. Más tarde pude retribuir la atención, y en una parada del tren bajé a comprar cigarrillos para el señor y caramelos para el changuito, con lo cual terminé de perfilar mis virtudes ante mis compañeros de viaje. Ellos descendieron en La Rioja. Nos despedimos como si hubiéramos sido conocidos de toda la vida. El tren volvió a partir; aun me quedaban varios kilómetros. Después de veinte horas y algo más, llegué ¡por fin! a Nonogasta. Eran las siete de la tarde y estaba anocheciendo. Como en casa Laura Aliaga | 62 | http://zonaliteratura.com


no sabían de mi llegada, nadie fue a esperarme. Bajé del tren y fui directamente a cambiarme de ropa: quería lucir mi uniforme por el pueblo, y sobre todo, llegar a casa con él encima. Mi madre se sentiría orgullosa. Con la última luz del día, en el estrecho cuarto de baño de la estación y ante un ruinoso espejo, acomodé lo mejor que pude mi chaqueta azul y mi birrete; con el pañuelo sacudí las botas y por último alisé prolijamente el penacho rojo. Al salir hacia la calle, los empleados de la estación me miraron con asombro. Desde mis ciento noventa centímetros de altura les dirigí una mirada indiferente y salí, muy ufano. Aun fui objeto de admiración al cruzar la plaza. Pero, a tranco largo, obviando miradas curiosas y ladridos de perros, salí del poblado. Me esperaba la ruta abierta entre los cerros. Y yo, que no era un soldado de infantería, debía caminar quince kilómetros, a menos que algún automovilista comedido se apiadara de mí, lo cual parecía poco probable, sobre todo, porque no pasaba ninguno. De modo que avancé sin detenerme en cavilaciones inútiles, con paso marcial. Mis pulmones se llenaron del aire puro de las sierras, que por ser ya noche cerrada se había puesto frío. Después de andar un buen rato comenzó a decaer mi entusiasmo. Por suerte entonces un camionero me recogió. Él iba a un bañado distante sólo dos kilómetros. Escuetamente le conté mi historia con la que se divirtió no poco. Al bajarme, el buen hombre me gritó desde el camión: –¡Rece un Padrenuestro al llegar al Arroyo! El Arroyo de la Trinidad es un río seco que atraviesa la ruta, poco antes de llegar a Sañogasta. Recordé las historias que contaban los viejos de mi pueblo: decían que por las noches Mandinga salía a asustar a los cristianos. Hasta mi padre aseguraba haberlo visto… la única noche que llegó a casa con no sé qué tufillo a bodega… Siendo chiquito el sitio me aterraba, aun de día. Pero mi mahttp://zonaliteratura.com | 63 | Tarde


dre logró que perdiera el miedo, pues por cada travesura me amenazaba con dejarme solo en el Arroyo ‘la próxima vez’. Como nunca llegó el castigo, concluí con lógica infantil en que yo debía ser el propio Mandinga. Con la luna alta proseguí mi camino. Las botas, que brillaban al salir de la estación, ya estaban cubiertas de polvo, pero yo me empeñaba en mantenerlas limpias, para desgracia de mi pañuelo. El terreno iba poniéndose arenoso, y esto retardaba mi andar. De trecho en trecho, la huida de algún zorro entre el jarillal quebraba el silencio rotundo. Al fin mis botas, cubiertas de arena, terminaron venciéndome; decidí no ocuparme más de ellas por el momento. En cambio, desvié mi atención hacia la noche que me rodeaba. El cielo estaba inundado de luna. A mi paso, el monte repetía una, cien, mil veces la imagen del algarrobo, con sus ramas prolíficas y nudosas. ¡Cuántos mensajes llevaría la brisa desde ellas al jarillal, desde el jarillal a la hierba…! Gozaba imaginando que quizá un susurro decía: ‘¡Han nacido veinte suris!’, y que la noticia correría hasta el último confín donde quisiera llevarla el viento. Podía ser también que una vieja liebre anunciara horrorizada: ‘¡Hermanas, huyamos! ¡El puma baja de la montaña!’ Me detuve a escuchar el ruido del silencio: musical maravilla que casi había olvidado en Buenos Aires. Pero ese silencio, propio de la quietud del campo, en lugar de brindarme paz excitaba mis nervios. Me di cuenta de que necesitaba del seco chirriar de la arena bajo mis botas para sentir menos la soledad infinita que envolvía aquel rincón del planeta. Emprendí nuevamente la marcha, ahora más dificultosa por lo blando del terreno. Sin duda estaba acercándome al Arroyo de la Trinidad. ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo! Sonreí por dentro recordando el consejo del camionero. Según pude ver, el río había crecido recientemente. Mis ojos, acostumbrados a la luz nocturna percibían las manchas de huLaura Aliaga | 64 | http://zonaliteratura.com


medad, y en el aire había un perfume a tierra mojada. A la derecha del camino se abría una hondonada, y por un instante pude ver, abajo, entre el follaje y los cactus, las luces de mi pueblo. Retrocedí unos pasos para volver a verlas, con el corazón rebosante de contento. A lo lejos, un zorro soltó su carcajada. Retorné a la marcha, y al punto brilló algo frente a mí, en la orilla opuesta del río. Suspiré y proseguí, lentamente. ¿Había brillado algo realmente? Antes de responder a mi propia pregunta escuché un tintineo, un choque metálico. Volvió a refulgir algo a la luz de la luna, en la misma dirección. Entonces me detuve, conteniendo la respiración, e inmediatamente cesó el tintineo y se apagó el brillo. Dentro de mi pecho el corazón se dilataba. Un repentino acceso de amor propio hizo que me avergonzara de mis temores. ¡Un granadero, un hombre de veinte años…! Volví a caminar, tratando de tranquilizarme, pero, maldita mi suerte, ya no podía dudarlo: el bulto brillante, ¡el Diablo!, venía hacia mí nuevamente, meneando su capa y golpeando su tridente contra las piedras. Quise avanzar, pero las piernas no me respondieron, y entonces también Mandinga se detuvo. ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo! Solito fue escapándose un Padrenuestro de mis labios. Pero ¿qué hacer? Debía continuar, ¿o había llegado la hora del castigo por cada arruga de mi madre? Ya iba por el medio del Arroyo creyendo que nunca acabaría de cruzarlo, mientras, cada vez más cerca, brillaba y crujía mi enemigo. Estaba a punto de desvanecerme, cuando escuché una voz temblona. –¿Quién and’ahi? ¡Santo Dios! Mi cabeza reventaba. Estático, como un bloque de mármol quedé sobre mis piernas, sin fuerzas ya para avanzar. En tanto, el dueño de la voz venía resueltamente a mi encuentro: –¡Con esta cruz te v’iá matar, Satanás! –gritaba desaforadamente. Agucé la vista y me encontré cara a cara con el viejo Félix http://zonaliteratura.com | 65 | Tarde


Bazán, un vecino de toda la vida. Traía colgados al hombro el pico y la pala, y en la mano una crucecita de plata. –¡Soy yo, Don Félix, el Ignacio!- tartamudeé por fin. Estaba a salvo, pero el corazón me daba brutales golpes, y esperaba desplomarme en cualquier momento. El pobre viejo arrojó las herramientas y santiguándose me dijo: –¡Vay’ hombre! ¿Y qui’hacís con esa facha? ¡Si te hi confundío con el mesmito Mandinga!»

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VIII

Todos celebraron el final de la historia de don Ignacio, y algunos se trenzaron en discusiones sobre la existencia del demonio. Para Salvador no había dudas de que el Diablo existía y que era capaz de presentársele a uno en cualquier momento en la forma de un animal o un ser humano, según el caso; en cambio el viejo profesor afirmaba que el demonio reside en cada uno de los hombres, y que aflora en sus malas acciones. El cura se mantenía al margen y escuchaba a todos con la mirada curiosa y sonriente, como quien sabe algo más que los otros pero no quiere decirlo.

El trabajo de Renata como voluntaria duró hasta que el Ejército se hizo cargo de todo, es decir, dispersó a todo el mundo. Fue un antecedente de lo que ocurrió más tarde con el episodio bélico de las Islas Malvinas: el mismo ejército represor que allanaba casas en busca de literatura marxista (en muchas de las cuales ni se sabía de la pretérita existencia de Marx), el mismo que apresaba, mataba o desaparecía personas inocentes, acudió con sus tanques a «proteger y querer» a la pobre gente, a remover escombros y a proveer carpas. Los conscriptos no tenían más alternativa que obedecer, pero la consigna era no dejar que http://zonaliteratura.com | 67 | Tarde


los grupos civiles manejaran la situación. Era peligroso que se conociera información desfavorable al gobierno. Por eso, uno de los datos que nunca se supo con exactitud fue la cantidad de muertos. La cifra oficial hablaba de quinientos. Vox populi decía miles. Y más de uno que no murió por el terremoto fue «chupado» por los milicos y desapareció. El «auxilio» prestado por las Fuerzas Armadas fue como un adoquín atado al cuello de quien se está por caer al mar. A las personas que recibían una carpa en préstamo, las autoridades le hacían firmar un documento por un valor que jamás podrían pagar, pero era el único modo de no pasar las noches a la intemperie. Es decir, una versión doméstica y microscópica de lo que ocurría con el país y con toda Latinoamérica: menos tienes, más necesitas, mayor será tu deuda y mayor el castigo si no la pagas. Renata era también una desarraigada, aunque no marginal en el sentido antes dicho, y sin embargo al margen de toda decisión, de todo poder. Llegó a Buenos Aires veinte años atrás buscando escapar de la chatura pueblerina de su provincia, en pos de un futuro que pudo ser brillante porque creía tener una vocación artística que finalmente abandonó para repetir el modelo de su madre: casarse y tener hijos al estilo familia Ingalls. Claro que no podía saber cuán fugaz resultaría aquello, porque la enfermedad y la muerte agazapadas le derrumbarían todo como un terremoto de grado nueve. Esta tarde de septiembre los recuerdos giran como una espiral cuyo vórtice fuera la esquina de Sarmiento y Carlos Pellegrini, giran alrededor de Renata sin un orden lógico, los recientes y los antiguos, en un remolino que la va hundiendo en la melancolía por momentos, y por momentos la levanta con eufórica fuerza centrífuga. Envuelta en la espiral, desde ese punto de la ciudad se va alejando progresivamente hacia los lugares y los momentos más distantes, y cada recuerdo tiene una repercusión recíproca sobre otros, de manera que aunque parezcan incoLaura Aliaga | 68 | http://zonaliteratura.com


herentes, siempre está ella como eje. Su vida, la persona que ha llegado a ser hoy, es la resultante de las vivencias que afloran como recuerdos, y de aquellas que la memoria sepulta cuidadosamente, pero que esperan agazapadas para presentarse un día inesperadamente al conjuro de un perfume o de un acorde musical, asociado con algún hecho trascendente o aparentemente nimio. El fluir caprichoso de los recuerdos no es algo buscado voluntariamente: uno recuerda no lo que quiere, sino lo que puede. Una ráfaga de aire frío vuelve a Renata a su ciudad natal, a la época de estudiante. Y su infancia fue sísmica desde todo punto de vista: sacudido el suelo que pisaba y sacudida su sensible persona. Una sensibilidad cuya única defensa consistía en replegarse sobre sí misma, mirar hacia adentro y callar, soportar, aguantar, porque la virtud ancestral más preciada era la fortaleza.

Fue a la entrada de la escuela. Esa escuela que ocupa una manzana entera. Tal vez ni siquiera era consciente de que me habían crecido los pechos. Empecé a tener conciencia a partir de ese momento. Se hacía tarde, y la entrada posterior estaba abierta. Si daba toda la vuelta hasta la entrada principal, Vedia, el portero negro y malo, picado de viruela y que se divertía metiendo miedo, me iba a hostigar. Me dirigí a la puerta estrecha de rejas. Había un chico apoyado en ella, uno que no era de la escuela. Tuve que aminorar el paso para entrar sin chocarme con él. Al pasar el canalla me puso la mano abierta en un pecho y me lo oprimió. –¡Qué lindas tetas, bebé! Sentí que me ahogaba, sentí la cara y las orejas ardiendo de rabia. Llegué corriendo al grado, al tiempo que sonaba el timbre. Tenía ganas de llorar, pero si cedía tendría que contar por qué, y sentía tanta vergüenza, tanta culpa… http://zonaliteratura.com | 69 | Tarde


A su alrededor no sólo estaba vedado llorar a los hombres. También las mujeres para ser virtuosas debían ser capaces de no llorar. Llorando no se reconstruye la casa que derrumbó el terremoto; llorando no se vuelve a levantar una ciudad arrasada. Un pueblo de llorones se deja ganar por la naturaleza adversa y sucumbe de abatimiento. En cambio, cada uno guarda su dolor en lo más profundo, mastica sus maldiciones y se las traga como un palo de quassia, se queda en ese suelo amado y traicionero y levanta de nuevo la casa, el huerto, ayuda al vecino, vuelve a trazar las calles, tapa las grietas y canta nuevamente glorias al Dios que ayer maldijo. Guardarse el dolor en lo más profundo y permanecer entera cuando todo se le derrumbaba alrededor fue lo que no le entendieron a Renata sus parientes políticos de Buenos Aires, hechos a las blanduras de la pampa fértil. Al verla serena y sin quebrarse al lado del féretro del esposo muerto, por momentos hasta consolando a los demás, creyeron que era porque no lo había amado. Y la despreciaron. Sólo ella supo el dolor intenso que llevó dentro por muchos años, cómo se murió con él, cómo el enorme peso de la tierra que lo cubría también a ella la sepultó. Sin embargo se tuvo que levantar, y buscar resignación ante la absurda muerte de su esposo. ¿Por qué tiene que morir la gente joven? ¿Por qué el cáncer, la leucemia, los accidentes de tránsito? Hasta esa etapa de su vida creyó en Dios, y la fe la sostuvo en los días amargos. Pero pasado un tiempo de viudez empezó a creer, o bien que había un Dios completamente loco, o dos dioses, uno rector del Bien y otro del Mal. Es decir, no Dios y el Diablo, porque según las Escrituras éste es una criatura de Dios sujeta a su voluntad. No, la creencia de Renata consistía en dos dioses igualmente poderosos en permanente antagonismo. Finalmente se abandonó al ateísmo y a pensar que el mundo es un azar y la Laura Aliaga | 70 | http://zonaliteratura.com


vida humana un sinsentido, pero que no queda más remedio que vivir.

Me pregunto si mi vida hoy sería distinta si aquella noche de septiembre del ‘80, en la habitación 203 del Hotel Don Pedro Primero de Foz do Iguazú, durante nuestra luna de miel, no hubiera soñado lo que soñé. Tal vez aquello fue realidad, y lo que creo haber vivido en estos años no es más que un sueño en el purgatorio. Tal vez sea verdad que vos y yo intentábamos cruzar el río Iguazú en una noche de luna, y no pudimos alcanzar la ribera bordeada de altísimos y oscuros árboles, porque perdimos el control de la canoa, y la corriente nos arrastró inexorablemente hacia la Garganta del Diablo. Tal vez la canoa y nuestros cuerpos se perdieron en esa estruendosa caída y fuimos a chocar, abajo, con algún canto rodado, como aquella pobre mujer que se suicidó en esos días. Quizá, mi despertar entre lágrimas, tu asombro y mi congoja, tu tierno empeño en consolarme, fueron sólo el comienzo de otro sueño, este mucho más cruel en el que yo me quedo sola, al garete en medio del Río, con estos niños a los que una pesadilla dejó sin papá. ¿Y si despertara ahora y me viera nuevamente cruzando el Iguazú, pero remando los dos a la par hasta llegar a la orilla? ¿Qué importaría la oscura soledad de la selva si estuviéramos en tierra firme, contemplando, hacia el sur, la inmensa nube que levanta la catarata mayor? Me voy a dormir. Pongo el reloj a las siete menos cuarto para mandar a los chicos al colegio. O tal vez no.

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IX

«Azahar de blancos jazmines/ que adornan el patio del viejo jardín…», cantaba Lucy mientras iba cortando unos jazmines blancos y grandes como puños. «Un beso de luna me espera en los valles…», continuaba cantando mientras los colocaba amorosamente en un florero de vidrio. El perfume inundaba toda la casa, y a esa hora de la mañana en que las sombras todavía son largas parecía que iba a hacer un calorcito propio de mediados de diciembre. «mi rancho mi madre, todo mi sentir…» y mientras cantaba, bailaba la zamba agitando un repasador. Todavía se sentía recién casada, aunque ya hacía tres años largos que vivía con Fernando, ese buen mozo de ojos azules y corazón enorme que al mediodía vendría de la oficina a almorzar, y para quien ella ponía todo su empeño limpiando y adornando la casa, y cocinando con modestos recursos unos platos deliciosos. Claro, tres años y sin hijos, no porque ella no los quisiera, sino porque no venían. En cambio para él era una suerte, porque estaba convencido de que sería una crueldad traer niños a este mundo. Después de limpiar, cerró todo con llave y se fue al mercado. Tenía previsto cocinar unos bifes a la criolla. En el transcurso Laura Aliaga | 72 | http://zonaliteratura.com


de la media hora que tardó en hacer las compras del día, se nubló y se levantó un viento sur como el que llega después del Zonda, sólo que esta vez fue repentino. La temperatura bajó bruscamente y Lucy llegó a la casa tiritando con su vestidito de piqué floreado. Adentro se sintió abrigada y envuelta por la fragancia de los jazmines. Prendió la radio. A esa hora estaba Niní Marshall haciendo reír con su despliegue de personajes. También aprendía recetas nuevas de cocina dichas por Doña Petrona, y ella las copiaba a veces con las manos llenas de harina, porque si se demoraba en lavárselas se le olvidaban los ingredientes y confundía los preparados. Salió a cortar perejil de la huerta para sazonar la salsa, y notó que el viento había parado por completo, pero a tal punto que no se movía ni una hoja, y el aire tenía una extraña acústica. Seguía nublado, y como ya el sol debía haber llegado al cenit, estaba haciendo calor nuevamente. Había un silencio atemorizante. Cuando la comida estuvo casi lista Lucy fue a lavarse y a peinarse, y se puso unas gotitas del perfume que su hermana le trajo del último viaje. Le gustaba darle un toque excitante al encuentro del mediodía con el marido, porque era una promesa para la noche. Fernando llegó secándose la transpiración de la frente, y quejándose del calor, ahora que el sol había salido nuevamente y partía la tierra en forma perpendicular. Ella corrió a recibirle el saco del traje que lo agobiaba, y en la penumbra del zaguán se colgó de su cuello y lo besó como una novia. Cuando fue a poner la mesa notó que los jazmines cortados un rato antes estaban mustios y les cambió el agua. A la hora de la siesta la temperatura pasaba los cuarenta grados. Fernando se recostó a descansar bajo la sombra de la glicina, mientras ella lavaba los platos. Media hora después él volvía para la oficina y ella se disponía a dormir. Cuando estaba http://zonaliteratura.com | 73 | Tarde


cerrando los postigos para oscurecer el cuarto, pegó un grito simultáneo al trueno que inauguró el chaparrón. Odiaba las tormentas eléctricas, y mucho más si estaba sola. Leyó un rato porque no podía conciliar el sueño. Recién cuando la tormenta menguó pudo dormirse. Al despertar, lo primero que sintió fue el perfume de los jazmines. Se levantó un tanto embotada. El cielo estaba nuevamente límpido, y salvo los charcos aislados en el patio, nada hacía pensar que un rato antes arreciara el diluvio. Mientras tomaba mate distraída en sus pensamientos, vio el jarrón: ahora los jazmines estaban amarillos y muertos, igual que si hubieran estado al sol y sin agua todo el día. Sintió algo parecido al miedo. Un gallo desorientado cantaba como si fueran las cuatro de la mañana. Esa noche fue la última que durmieron en su habitación. Después de hacer el amor, Fernando le propuso que armaran la carpa en el fondo. –El tiempo está muy raro. Creo que vamos a tener un terremoto. Lucy no protestó. Jugando con su índice a desenredarle los pelitos del pecho aceptó con otro beso, porque sabía que él era un gran observador de la naturaleza, y que seguramente los mensajes anómalos que emitía el clima eran el anuncio de algo grave. Se durmieron abrazados hasta que un movimiento brusco los despertó. Fernando prendió la luz: la lámpara que colgaba del techo se mecía como si soplara viento. –¿ Lo ves? –dijo Fernando. Lucy balbuceó un rezongo, se dio vuelta y siguió durmiendo. Lo que para mucha gente fue sólo el comienzo del romance entre Perón y Evita, y de una página importantísima de la historia argentina, para otros fue una vivencia atroz. A las nueve de la noche del 15 de enero de 1944, una explosión venida desde el centro de la tierra convirtió en trece segundos a la ciudad de Laura Aliaga | 74 | http://zonaliteratura.com


San Juan en sepultura de miles de personas. La previsión por si el terremoto ocurría mientras dormían había sido tomada con el recurso de la carpa. Pero ahora, en medio de una descomunal nube de tierra, y palpándose los huesos para comprobar que, gracias al Dios en el cual ya no creía, estaba entero, feliz por eso pero angustiado por su otra mitad, echó a correr. Con el paso de los días y de los años Fernando elaboraría el macabro panorama que ofrecía esa parte del mundo. Los gritos de la gente, los llantos de esos fantasmas desfigurados por el polvo, a la luz última del crepúsculo. Pedazos de cornisas que se desplomaban, paredes rajadas que arbitrariamente quedaron en pie… Vio pasar a un hombre con un niño muerto en brazos, que aullaba «¡¡¡Me cago en Dios, me cago en Dios!!!» Por su sentido de la orientación acertó en la dirección que debía tomar. Lucy fue esa tarde a visitar a su amiga Nydia, y allí lo esperaría. Tuvo que atravesar la montaña de escombros en que quedó convertida la catedral, aguijoneado por la ansiedad de llegar y saber qué suerte había corrido su amor. Si hubiera sido consciente de que bajo sus pies yacía un centenar de muertos tibios aun, no lo habría hecho. Unos minutos antes, otra pareja joven había ido a casarse allí, donde ahora no quedaba más que destrucción y sangre. Las encontró en el medio de la calle, de pie y tomadas de la mano, pero con las piernas aprisionadas entre escombros hasta las rodillas. La casa de Nydia se había desplomado íntegramente. Un pedazo de mampostería golpeó el hombro izquierdo de Lucy, quien por muchos años se quejó de dolor en ese sitio, sobre todo en días de humedad. De no haber sido por la circunstancia trágica que las puso allí, habrían provocado risa: estaban como enharinadas, cubiertas de polvo, con las pestañas y las cejas blancas, y las lágrimas abrían surcos de barro sobre sus mejillas. Ni siquiera en la vejez, que es cuando la memoria se dedica a repetir lo vivido en el remoto pasado mientras borra lo que acahttp://zonaliteratura.com | 75 | Tarde


eció hace un instante, podía Lucy explicar cómo llegaron ella y su amiga al medio de la calle sin que las aplastara la montaña de adobes en que se transformó el edificio. Todas las casas estaban construidas con adobes de barro y paja. Sólo resistieron algunos caserones de familias ricas que hicieron traer materiales de primera desde Europa. Después del desastre se adoptaron los ladrillos y bloques de cemento. El gobierno que catapultó a Perón a la Presidencia creó inmediatamente el Ministerio de la Reconstrucción, y en pocos años se levantaba la ciudad nueva, sobre el recuerdo de la anterior de veredas angostas y altas cornisas. Alimentado por la sangre de quince mil muertos, el subsuelo quedó atestado de gruesas columnas de hierro, de encadenados y cimientos poderosos, de ripio y cantos rodados extraídos del lecho de los ríos de montaña. Por eso cuando a Lucy, vencida naturalmente la esterilidad de los primeros años de casada, la sorprendió el terremoto de junio de 1952 bañando a su hija, la casita del Barrio Huazihul que compraron con Fernando se mantuvo en pie y sin un solo rasguño.

Despertarse de un golpe en el suelo y con el respetable cuerpo de la propia madre encima, que grita «¡Tiembla! por un lado y «perdón, hijita, nos caímos» por el otro puede ser o muy cómico o muy traumático. En mi caso fue más lo primero que lo segundo. Ocurrió una noche en que dormía ya profundamente. Tendría seis o siete años. El instinto de conservación de mis padres les indicaba que ante un temblor de tierra había que escapar fuera de la casa, para evitar los derrumbes. El sacudón no fue lo suficientemente fuerte para despertarme, así que mi madre resolvió llevarme en brazos hasta el patio. Pero no contaba conque se le atravesaría la perra entre Laura Aliaga | 76 | http://zonaliteratura.com


las piernas al bajar el umbral, ni que se le enredaría el zapato en una malla de alambre. Y nos caímos. Pasado el susto, todo terminó en besos y carcajadas.

Grado cinco en la escala Mercalli equivale a grado siete de Richter; son conceptos abstractos, pero dan idea de la magnitud de un sismo. Si tiembla, uno puede sentirlo o no; si está durmiendo la sensación al despertar es como si alguien se hubiera movido en la cama. Estando sentado, como si otro hubiera pateado la silla. Si al temblar uno está parado puede sentir un ligero mareo y el movimiento de la tierra bajo los pies. Renata seguía percibiendo lo mismo en algunos sitios de Buenos Aires bajo los cuales circula el subterráneo. «Año nevador, año temblador», dice un refrán popular y se refiere a las nevadas en la cordillera de Los Andes. La ciudad de San Juan se encuentra entre la precordillera, y la Sierra del Pie de Palo, en cuyas entrañas, dicen, hay una falla. El basamento rajado, partido en una grieta cuya hondura tal vez sea como la de una fosa marina de miles de metros. Y por entre cavernas, vestigios de antiguos corredores volcánicos, depósitos de azufre. También el saber popular intuye que la luna interviene en los movimientos telúricos; la luna poniente es como una garra que suelta violentamente a la tierra y todo se descalabra. O bien, cuando sale, produce una atracción tan intensa que la tierra se sobresalta. Entonces las paredes de la fosa se entrechocan, se derrumban las cavernas subterráneas, fluyen aguas sulfurosas.

Es la noche del 8 de julio de 1971. Casi no hace frío, a pesar de la fecha. Hay luna llena y el cielo está surcado por esas nubes angostas y largas como chalinas de tul, esas que mi papá dice que anuncian temblores. Estoy en la puerta de mi casa deshttp://zonaliteratura.com | 77 | Tarde


pidiendo a mi primer novio. Despidiéndolo para siempre, porque a los catorce años hay muchas cosas que no sé, pero sí sé qué clase de hombre no quiero. Y él, que cree que todo tiene que ocurrir como en las canciones de amor, al irse me dice «adiós». A la hora cero del 9 de julio comienza a sonar el Himno Nacional en cadena por todas las radios. Suenan la orquesta y el coro del Teatro Colón. Y suenan gritos de gente aterrorizada, aullidos de perros, brama la tierra. Al día siguiente sabremos que fue un terremoto en Chile, uno de los peores por aquellos años.

Lucy ya no es la recién casada de 1944. Ahora es una señora cuarentona, que sigue enamorada de su Fernando de corazón enorme pero un poco cascarrabias. Ese que a veces se va en excursiones de pesca con ocasionales amigos apasionados por el mismo deporte. Bajo la misma glicina de siempre, pasa con su hija más pequeña, la tercera, otro temblor fuerte que tuvo epicentro en algún lugar de Chile, en las entrañas del Pacífico, un mediodía de marzo de 1965. Y no puede ocultar su angustia pensando en el marido que está en medio de las montañas, metido hasta las rodillas en el río San Juan y viendo cómo ruedan cantos enormes de granito, pendiente abajo. Renata llora al ver a su mamá, siempre tan serena, tan dueña de sí, ahora abatida y nerviosa. Imagina que su papá no regresa nunca más y llora, pero disfruta pensando que en la escuela sus compañeros la mirarán de otra manera, por ser la chica que se quedó huérfana, y tal vez eso le dé privilegios. La señorita le prestará más atención a ella que a esas estúpidas de doble apellido que recitan poesías exageradamente y que actúan en todas las fiestas patrias porque estudian danza y declamación, y porque están acomodadas. Sus papás son médicos, o abogados. En cambio el de ella será algo más importante, será un muerto, alguien Laura Aliaga | 78 | http://zonaliteratura.com


conectado con el más allá, un fantasma que podrá asustar a esas tontas engreídas. Sólo Ángeles es su amiga, tan humilde, tan campechana, y eso que es nieta de uno de los Cantoni y parienta de un gobernador. Con ella sí podrá llorar cuando la venga a visitar para darle el pésame. Renata juega mentalmente: ya se ve en el velorio de su padre. Ella jamás vio un muerto, a pesar de haber estado en algún velatorio de barrio. Solamente ha visto el espectáculo de la cámara mortuoria con esas gigantescas coronas de flores de olor asfixiante, el cajón sobre la misma mesa en que el finado comió hasta el día anterior, en la que seguirán comiendo sus deudos apenas vueltos del cementerio, ahora rodeada de velones encendidos, y un enorme crucifijo de plata labrada en la cabecera, pero nunca se animó a mirar a un muerto. Enfrascada en esas fantasías escucha los gritos alborozados conque Lucy sale al encuentro de Fernando. Desde el patio umbroso los mira en la puerta de calle abrazarse y se pone de mal humor, celosa, y antes de que él la vea corre a esconderse en su dormitorio.

Mi papá no me habla. Desde que me escondí cuando llegó de pescar está enojado conmigo. Yo me acerqué a mostrarle un dibujo que pinté con los lápices Staedler que me compró hace unos días y me miró con cara de enojado. «Salga de aquí», me dijo. «Con usted no quiero saber nada». Si esta noche le voy a decir hasta mañana no me contestará. Y si mañana él me saluda no sabré si contestarle o no, porque cuando está enojado nadie sabe cómo hay que tratarlo. Ellos no me quieren. Seguramente no soy su hija; me deben de haber adoptado en Mendoza. Mi mamá tiene una prima que adoptó una chica en Mendoza, y todos dicen que le salió mala porque vaya a saber quiénes son los padres. http://zonaliteratura.com | 79 | Tarde


Ellos y mis hermanas tienen ojos claros, yo no. Por eso no me quieren. Como se les murió una bebita de ocho meses, me adoptaron, para consolarse. Pero una vez yo le escuché decir a mi papá que para qué tuvieron hijos, si este mundo es una porquería...

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X

Raúl sólo conoció fragmentos de esta «amistad» surgida entre su mujer y un locutor de radio. En verdad, era apenas un dato más de una realidad trastabillante, que se le venía cayendo y deformando día a día. Esa mujer a la que se había aferrado más como a una madre que como a una hembra, se le iba disipando en una niebla de silencio. Renata se le volvió inescrutable. Lo rechazaba en la cama, y si él le insistía se suscitaba una discusión de gritos ahogados para no despertar a los niños. Ella siempre terminaba llorando. Renata se le iba yendo, a pesar de que se pasaba el día metida en la casa y salía únicamente para sus sesiones de análisis. Él logró que se decidiera a iniciar una terapia, pero no le gustaba el psicólogo que había elegido por recomendación de su hermana. Raúl ya había metido a esa cuñada en el saco de las «separadas putas», y temía que Renata le siguiera los pasos. Estaba convencido de que el psicólogo la alentaba para eso. Cometió la torpeza de decirlo en medio de una de las habituales discusiones, con lo cual logró que ella se afirmara en la elección. Los niños no estaban ajenos al proceso de deterioro de esa relación, y si bien no presenciaban las peleas, percibían el clima hostil. Raúl sufría porque nunca le dijeron papá. Lo llamaban http://zonaliteratura.com | 81 | Tarde


por su nombre, y Renata se encargó prolijamente de que no olvidaran a su verdadero papá. En cada dormitorio había un retrato suyo y se hablaba de él con naturalidad. Después de las peleas de alcoba Raúl trataba de suavizar el clima trayendo regalos. A Renata eso la sacaba de quicio, y el resultado era una nueva pelea. En una ocasión, dejó un paquete con moñito sobre la mesa de luz durante una semana. Lo tuvo que abrir forzada por Raúl, y cuando vio que se trataba de los Veinte Poemas de Neruda, se indignó todavía más. Para colmo Raúl escribió una dedicatoria como si fueran dos noviecitos en pleno romance. El libro terminó en el tacho de basura, y cuando él quiso salvarlo, estaba verde de la yerba húmeda del mate y adornado con cáscaras de papas. En su debilidad Raúl utilizaba el argumento del matrimonio como compromiso indisoluble, sobre todo ante Dios. Renata más bien se cagaba en Dios, así que cuando por fin accedió a un encuentro personal con Pedro, lo hizo dispuesta a todo. Aquella tarde en que Pedro le dio su teléfono Renata corrió a buscar a su hija que esperaba en el Instituto. Llegó agitada, creyendo que la nena estaría angustiada, y este sentimiento de culpa le empañó la felicidad que la llamada de Pedro le había provocado. María no estaba en el hall de entrada, así que Renata se puso a recorrer salones. La encontró muy contenta en un aula donde se daba una clase de pintura sobre tela, rodeada de señoras, la mayoría amas de casa que tomaban cursos para matar el aburrimiento. Ellas estaban encantadas con la presencia de la niñita de bucles castaños y ojos pardos que hasta había opinado sobre qué colores utilizar. Renata resopló aliviada; María corrió a su encuentro, y lejos de hacerle reproches por su tardanza, le mostró lo que había dibujado en la clase del día. Al salir se cruzaron con la profesora, quien sí tuvo un gesto condenatorio hacia la madre olvidadiza, pero ella inventó una excusa elegante y salieron, con el tiempo justo para retirar al más chiquito de un Laura Aliaga | 82 | http://zonaliteratura.com


cumpleaños. Mientras preparaba la cena, deshojaba una imaginaria margarita: «¿lo llamo, no lo llamo? ¿lo llamo, no lo llamo? Lo llamó. Urgentemente; antes de que volviera Raúl. ¡Ay, cómo le martillaban las sienes cuando iba marcando! –9…. 7…. 5…. 8…. 3…. 0…¡tuuuuu! ¡tuuuuu! –¿Diga? Renata perdió la visión, el aliento, la vida… Podría ser una gran desilusión; se lo imaginaba panzón y pelado. Su voz era demasiado hermosa para pretender que se correspondiera con una cara y un cuerpo hermosos. Pero era tan intensa su comunión espiritual que valía la pena el riesgo. Por otra parte, su psicólogo la alentaba a no dejar esa deuda pendiente consigo misma. El día elegido fue justamente a la salida de la sesión de terapia. Pedro terminaba casi a la misma hora de grabar un programa que se emitía por la noche en otra emisora. Acordaron encontrarse en un café en la esquina de Pueyrredón y Berutti. –¿Cómo haré para conocerte? - preguntó él. –Llevaré unos anteojos de sol en la mano. –¿A las tres y media? –A las tres y media. Obviamente, durante la sesión de terapia sólo habló de este acontecimiento que le iluminaba la vida, en momentos en que por otro lado hubiera deseado morirse por haberse casado con Raúl. El psicólogo le descerrajó: –Sabés que vas a una cita amorosa, ¿no? Ella se excusó diciendo que, bueno, iba a conocer a una persona muy especial, que la comunicación espiritual, que la telepatía… –Será un encuentro entre un hombre y una mujer. Tenelo en cuenta. http://zonaliteratura.com | 83 | Tarde


De manera que salió del consultorio. Eran las tres de la tarde, pero el cielo estaba oscuro. Cuando subió al colectivo empezó a llover. Bajó en Santa Fe y Pueyrredón y se metió a un bar para esperar que pasara el chaparrón. De paso, frente al espejo del baño se arregló un poco el pelo y se retocó el maquillaje. Salió de allí y fue caminando por Pueyrredón pegadita a la pared para no mojarse. Se sentía ridícula con los anteojos de sol en la mano pero esa fue la consigna acordada con Pedro. Entró en el café San Miguel a las tres y media en punto. Estaba casi vacío, algo natural en ese horario de un día laborable. Descartó como posibles Pedros a los pocos señores dispersos en algunas mesas. «Es la hora de la verdad», pensó, recordando la frase de los toreros cuando se hallan frente al toro, y quizá frente a la muerte. Terminó de acomodarse en su silla y colocó los anteojos de sol sobre la mesa, cuando sintió detrás de ella un profundo barítono: –Renata –en tono afirmativo. Pedro no le estaba preguntando si era ella, la estaba nombrando, como Adán a Eva, al nombrarla se la estaba apropiando. Venía con un maletín en la mano, de traje oscuro pero sin corbata. No, no era panzón, ni pelado. Altísimo, delgado. Se inclinó hasta ella y se saludaron con un beso. –¿Cómo estás? –le preguntó, y se sentó frente a ella. Renata no podía contestar con la verdad: «¡Nerviosa, muerta de miedo, cuánto me alegro de que no seas horrible, ¿y ahora qué hago? ¡¡¡¡Mamáaaaa!!!!» –Bien, muy bien. Haciendo el ridículo con estos anteojos de sol… El mozo se acercó, pidieron café. Pedro le contó que radio Rivadavia quedaba a la vuelta, a una cuadra; ella ya lo sabía pero lo dejó hablar, unas primeras palabras anodinas sirvieron para aflojarse porque los dos estaban un poco tensos. Renata se sintió rápidamente cómoda. Estuvieron una hora Laura Aliaga | 84 | http://zonaliteratura.com


y media conversando. Visto a la distancia aquel encuentro con Pedro fue, además de una aventura que le puso sabor a sus días, el hallazgo de una lente con la cual ver la vida de diferente manera. Es posible que él utilizara su programa de radio «para levantarse minas» como toscamente y sin ninguna objetividad había dicho Raúl. Pero en todo caso Pedro también era un alma solitaria con su respectivo cuerpo hambriento de amor. Renata le había perdonado que luego se esfumara, huyera de cualquier compromiso. Vista a la distancia, fue una relación que debía durar poco, porque fue intensa, porque fue rica, porque le dejó esos recuerdos imborrables de los que le gustaba nutrirse. Pero además, Pedro le ayudó a abrir una puerta por la cual pudo salir de la cárcel en que se hallaba. Fue él quien la sostuvo, aunque más no fuera con esos encuentros sin compromiso cuando definitivamente Raúl se hundió en la neurosis depresiva y ella necesitó fuerzas para decidir internarlo, continuar sola con sus dos hijos pequeños, salir a buscar trabajo. La postergada visita a la radio se concretó una semana después de la cita en el bar San Miguel. En ésta la conversación se extendió con varios cafés. Se contaron algo de sus respectivas vidas, haciendo esa selección inconsciente que el deseo de seducir va dictando, con la cual uno va mostrando aquello que puede atraer al otro. Claro que los aspectos oscuros suelen también aparecer solapados, traicioneros, aun en las cosas no dichas. Pero estos se van develando más tarde, y cada cual tiene la libertad de prestarles oídos o no. –Imaginate que fuéramos el único hombre y la única mujer, sobrevivientes de una catástrofe nuclear –le planteó Pedro. Ella lo miró sin saber qué responder, pero él le captó en la mirada una brizna de decepción, como si intuyera que la conversación derivaría en una propuesta inmediata de ir a la cama. –Más allá de que un mandato insoslayable de la naturaleza http://zonaliteratura.com | 85 | Tarde


nos obligaría a continuar (a reiniciar) la especie, vos y yo seríamos los fundadores de una humanidad feliz. Un hombre y una mujer que tienen nuestra comunicación no pueden sino inaugurar un paraíso. Qué lejos estaban de eso, pero qué lindo sonaba. Y no podía ser que él estuviera tratando de llevársela a la cama tan pronto. Eso ya vendría, desde luego, a pesar de su pánico inicial, ella quería que llegara, pero nunca en la primera cita. Renata se sintió aliviada y contenta. Pasadas las cinco de la tarde decidieron separarse; él porque tenía un compromiso laboral, y ella porque no quería despertar sospechas en Raúl. Había dejado de llover y el cielo tenía una tonalidad amarillenta que se reflejaba en los edificios de la Avenida Pueyrredón. Pedro la acompañó hasta la parada del colectivo, y en el trayecto le prometió buscar en la discoteca de la radio la música de una película que ella amaba. Apenas Renata entró a su casa sonó el teléfono: –¿Cómo llegaste? –preguntó Pedro con esa voz acariciante– ¿Estás bien? Renata no podía creer que un hombre fuese tan solícito y tan delicado. –Quería decirte que lo pasé muy bien con vos, sos tal cual te había imaginado –agregó él. –Yo también lo pasé muy bien. Gracias. –¿Vendrás a la radio, verdad? –Sí. Acordaron que sería el jueves siguiente. Ya se las arreglaría ella para inventar la excusa necesaria, poder salir temprano a la mañana y volver recién después de la sesión de terapia. Fue una semana de ensoñación: el programa resultó una verdadera pieza de artesanía fabricada amorosamente por ese hombre hermoso que lo labraba para ella. Durante los noticieros o las tandas comerciales la llamaba para asegurarse de que lo estuviera escuchando, Pedro estaba tan entusiasmado y tan enaLaura Aliaga | 86 | http://zonaliteratura.com


morado que se desvivía por conmoverla. Ella se la pasaba con un nudo en la garganta o con un grito de alegría según fuera el carácter o la intensidad del mensaje. Cuando no eran lágrimas francas y depuradoras, como las que brotaron cuando él arrancó con ese tan poco difundido poema de Borges: «Es el amor/ tendré que ocultarme o que huir/Crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz...» «Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo...» «Me duele una mujer en todo el cuerpo...» que ella le había copiado en la vieja máquina de escribir de Raúl y se lo había mandado junto a una de sus cartas. Raúl, a todo esto, se había replegado, como si estuviera resignado a perderla. Ya en las conversaciones mencionaban la posibilidad de separarse. Pero él hizo hasta las cosas más descabelladas por recuperar el matrimonio, ya que el amor de Renata, si es que alguna vez lo hubo, evidentemente estaba muerto. Recurrió a los amigos y amigas que pudieran intervenir a fin de hacer recapacitar a su mujer. Habló con una pareja que les había dado el curso prematrimonial en la parroquia donde se casaron, pero ellos no se hicieron cargo del fardo que Raúl pretendía echarles encima. En realidad, eran unos chupacirios como los definía Renata, que emparchaban sus falencias enseñando a los demás la teoría del matrimonio feliz. Por último, Raúl llamó a su antiguo director espiritual, Monseñor O’Neill. Éste no se alegró mucho al escuchar del otro lado de la línea al ex seminarista que recientemente le había hecho llegar los números de la revista Iglesia y Revolución Nacional que editaba, y en la que se planteaban los dislates más pintorescos que jamás vio, porque creyó que lo requería para algún reportaje o alguna propuesta disparatada. Sin embargo, le guardaba gran afecto personal, y después de unas pocas palabras notó que Raúl estaba acongojado, entonces (nobleza obliga) lo citó para el día siguiente. Para entonces ya no dormían juntos, desde la última pelea http://zonaliteratura.com | 87 | Tarde


violenta que se suscitó por una estupidez y que provocó que Renata lo echara de la pieza porque verdaderamente ya le asqueaba su presencia física. Raúl se instaló en la habitación de servicio que estaba contigua al lavadero y separada del resto de la casa por un pequeño patio. Enseguida comenzó a dormir apenas un par de horas por la noche, a deambular por la casa arrastrando los pies, a escribir martilleando el teclado de la Olivetti a cualquier hora de la madrugada. Renata, que tenía el sueño liviano y que estaba como en guardia tratando sólo de proteger a sus hijos de las influencias delirantes, pasaba unas noches de insomnio y terror. Cuando Raúl volvió de su entrevista con el Irlandés vino directamente a plantearle que debía acceder a hablar ella también con el sacerdote. Ella se negó rotundamente, primero porque no lo conocía personalmente, segundo porque ya había resuelto sus crisis de fe optando por un ateísmo sin culpa, por lo cual el matrimonio como sacramento y el compromiso frente al altar carecían de importancia, y tercero porque no le interesaba en lo más mínimo salvar nada que no fuera su propia persona y sus hijos. Pero él recurrió a su técnica de persuasión provocando lástima, que consistía no en amenazar con suicidarse, ni en plantear que se iría sin tener adónde, solo y desamparado: solamente le repetía hasta el cansancio cuánto la amaba a pesar de sus defectos (los de él), cuánto amaba a esos dos niños, cuánto hubiera querido tener un hijo propio con ella. En fin, Renata accedió a tener una charla con Monseñor O’Neill, pero esta vez no hubo reconciliación, ni volvieron a pasar una noche juntos. Ahora se sentía más segura en su decisión de separarse, y en todo caso, si el sacerdote se ponía del lado de Raúl para darle la lata del matrimonio religioso indisoluble, ella tenía la convicción suficiente de que, analizado desde el punto de vista de lo que debe ser un sacramento, no había tal matrimonio. En su fuero íntimo guardaba el desagradable secreto de haber sentido, en el moLaura Aliaga | 88 | http://zonaliteratura.com


mento en que un cura los consagraba marido y mujer, en el momento de dar el sí, la terrible conciencia de la monstruosidad que estaba cometiendo, unos deseos de salir corriendo y salvarse, que de no haber primado un estúpido prurito más estético que de otra naturaleza, el temor al ridículo delante de todo el mundo, de no haber desoído a sus instintos, otro hubiera sido su destino. Llegado el caso no tendría empacho en confesarle todo eso al Irlandés. Ahora se trataba de calmar un poco a Raúl complaciéndolo siquiera en este otro manotazo de ahogado que estaba dando. Lo único que no permitió fue que él la acompañara. –¿Vos pretendés someterme a un careo delante del tal Monseñor? –No, pero tengo derecho a escuchar qué argumentos le das. –Yo no voy a un juicio, ni me voy a confesar. ¿Vos querés agotar instancias para salvar el matrimonio? Yo lo único que quiero es demostrar que no hay arreglo posible. Dos días después Renata acudió a la entrevista con Monseñor Raymundo O’Neill. Iba con el convencimiento de encontrar un tipo soberbio y antipático, que la trataría con el machismo o la misoginia tan característicos de algunos curas. Se sorprendió por lo afable que fue al recibirla en su despacho de paredes blancas con el único adorno de un crucifijo de madera antiguo y la foto de un grupo familiar en color sepia: una anciana delgada, fibrosa, rodeada de tres hombrones jóvenes (uno de ellos el cura); evidentemente era su madre, y tal vez sus hermanos. Fue muy afectuoso al saludarla, y ella quedó encantada con su voz y su sonrisa. Tendría unos sesenta y cinco años, pero se veía claramente que había sido un hombre muy atractivo; tenía un aire entre cándido y seductor, y pertenecía a esa clase de religiosos de quienes las mujeres suelen exclamar por lo bajo «¡qué desperdicio!» Cuántas en su época lo habrían dicho... La conversación comenzó con algunos rodeos. Él tuvo la ahttp://zonaliteratura.com | 89 | Tarde


mabilidad de preguntarle por sus hijos, y mencionó que estaba preocupado por Raúl porque lo había visto muy mal. –Lo veo como cuando ingresó al seminario. Vos sabrás que entonces estaba saliendo de una crisis muy grave... –Yo no lo conocía en esa época, padre. Él se encargó muy bien de contarme sólo algunas cosas de su vida pasada. –¿Pero sabías que estuvo internado en una clínica psiquiátrica después de pelearse con Celeste? La verdad era que Renata no había querido conocer demasiado de aquella historia. Sí supo por amigos comunes que conocían a Raúl desde hacía mucho tiempo de esa internación, y que tuvo una crisis nerviosa en el banco donde trabajaba, que terminó cuando le arrojó a su jefe una calculadora por la cabeza. De allí pasó a la clínica de Castelar que le correspondía por la obra social, y si bien le retuvieron el puesto en el banco, fue condenado tácitamente a no ascender jamás. Cuando ella lo conoció parecía el tipo más normal del mundo, y conscientemente trató de tapar toda posible amenaza contra esta relación que prometía ser estable. Era el primer hombre que se le acercaba sin importarle que fuera pobre y tuviera dos hijos pequeños. Ya había tenido un amante casado de esos que eternamente «se están separando» y que en definitiva la usó como la tercera pata para sostener su matrimonio rengo. Por otra parte parecía un signo de salud mental restablecida el hecho de que Raúl hubiera retomado los estudios de Magisterio. En cuanto a Celeste, la vio una o dos veces en alguna reunión social, y lo único que sabía de ella era que padecía epilepsia y que, pese a su aspecto frágil y dulce era dueña de un carácter de perros. Raúl hablaba de ella con odio, y decía que para lo único que servía era para los ejercicios de cama. –Padre, lo único que puedo decirle es que no lo amo. Me equivoqué al casarme con él, y no creo que Dios vea con buenos ojos que dos personas convivan sin amarse, porque le puedo aLaura Aliaga | 90 | http://zonaliteratura.com


segurar que se genera un clima violento, nada constructivo puede surgir de una situación semejante. El sacerdote la escuchaba y con sus profundos ojos azules la compadecía. –Querida mía, si se pudiera hacer una estadística, te aseguro que el noventa por ciento de los aparentes matrimonios no lo son. La mayoría de los jóvenes se casa por una exigencia social, y porque todavía hay sectores que necesitan del matrimonio para legalizar las relaciones sexuales. Renata no podía creer que quien decía esto era lo que ella llamaba un curón. Todavía continuó: –Pero el error está en creer que uno se casa para ser feliz por siempre, para amar por siempre. Y ese es el concepto romántico del amor, en el que las parejas se terminan rápidamente porque uno de los dos muere, o mueren los dos. –¿Romeo y Julieta? –se animó a preguntar Renata. –¡Claro! Pero esa es una mentira literaria. En cambio, un sacramento es un compromiso, y todo compromiso implica una carga. Es la cruz de Cristo que uno voluntariamente se dispone a cargar para siempre. Lo que ocurre es que a veces uno no lo medita con la suficiente responsabilidad. Y resulta que lo larga al pobre Cristo con todo el peso, vieja… Renata estaba encantada con el tono campechano del cura de ojos azules, porque esperaba encontrarse con la perorata que más o menos diría: «Hija, recapacita, tu deber es permanecer junto a tu esposo hasta que la muerte los separe, porque si no te perderás en las calderas del infierno sempiterno…» Por suerte algunos integrantes del clero ya habían modernizado su lenguaje, y como es natural, ese cambio refleja un cambio de actitud. Pero no terminó allí el asombro de Renata. A continuación Monseñor O’Neill se dedicó a hacer un repaso de su vida matrimonial con Raúl. Ella le contó todo lo que le pareció que debía, inclusive lo del aborto antes de casarse. Y no pudo evitar el http://zonaliteratura.com | 91 | Tarde


llanto, ante lo cual el Irlandés tuvo otra vez un gesto benevolente y compasivo. –Creo que debes escuchar a tu corazón. Nadie puede obligarte a amarlo. Lo que no se merece es que lo abandones, pero el papel ya está ajado. –¿ Cómo? ¿Qué papel? –Yo siempre doy el ejemplo del papel que uno arruga con las manos antes de tirarlo al tacho de basura; por ahí uno se arrepiente y trata de alisarlo. Por más esfuerzos que haga, quedan las marcas, nunca volverá a ser el mismo papel liso. Con el amor pasa lo mismo. Se estropea, se arruina, y después no hay manera de componerlo. Entonces, lo único que yo te puedo decir es que no lo tires al tacho de basura. Renata no lograba entender cómo sabía tanto del amor terreno ese hombre que estaba consagrado a la Iglesia desde los nueve años. Lo supo un tiempo después, en otra charla no inducida por Raúl y que originó su amistad con el Irlandés, como pueden ser amigos una joven y un cura anciano. Al cabo de tantos años Renata lo apreciaba como una de las pocas cosas positivas que le quedaron de aquella relación.

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XI

No es que la conversación con el sacerdote la fortaleciera en su postura, pero lógicamente, la situación con Raúl siguió empeorando. Renata no pensaba renunciar a esa lucecita que se había encendido en su vida y que se llamaba Pedro. Su segundo encuentro ocurrió una semana después de la cita en el bar San Miguel. Con la excusa de unas compras en el centro salió temprano el jueves 11 de octubre de 1990. Llegó a la radio de la calle Maipú cerca de las diez de la mañana. En Mesa de Entradas se hizo anunciar y enseguida le informaron en qué estudio se emitía el programa. La recibió una de las productoras, con una familiaridad encantadora. Esto hizo que se serenara un poco, porque temblaba de los nervios. Marta, o Mabel, ya no recordaba el nombre, la hizo pasar indicándole con gestos que no hiciera el más mínimo ruido porque en ese momento Pedro estaba «en el aire». Él, sin dejar de hablar la miró con calma, la examinó prolijamente de los pies a la cabeza y le indicó con un gesto amplio de su mano que se sentara a su lado. Ella lo observaba (debía estar radiante) en cada movimiento. La voz que la había cautivado desde el receptor de radio estaba ahí, vibrando a escasos centímetros de ella. Con un movimiento de la cabeza, como asintiendo, Pedro le indicó al operador que http://zonaliteratura.com | 93 | Tarde


pusiera música y cerró el micrófono. Entonces se le acercó y la saludó con un beso. Se echó hacia atrás en su sillón, la contempló un momento y le dijo: –Qué hermosa sonrisa tenés, loca... ¡Viniste! Y Renata sólo supo responderle con la sonrisa mejor. Estaba encantada de presenciar la trastienda, la cocina de esa pieza de artesanía que se fabricaba allí. Eladio, el operador, era un joven aindiado de manos ligeras como pájaros, unos pájaros morenos dentro de su jaula de vidrio. Se entendía con Pedro con la sola mirada, y había en esa comunicación algo mágico, como cuando se miran los enamorados, y sin embargo nada equívoco. Era una comunión para la creación, y de acuerdo a las palabras que Pedro pronunciaba surgía la música que Eladio echaba a volar, sin ensayo previo, por pura intuición. Hubo mucha gente esa mañana en la radio: estuvo Horacio Guarany, con su pelo retinto. Irrumpió en el estudio sin previo aviso, haciendo prevalecer su condición de figura legendaria, de mito viviente a quien el público perdona exabruptos y discordancias. Estaba invitado a otro programa pero equivocó el horario, por lo tanto no se resignó a volver a su casa –que por entonces era un yate con el que recorría el Delta del Paraná– sin decir un par de excentricidades para ser adorado por su público acrítico. Estuvo también un humorista cordobés que creó el personaje de una vieja disparatada de «Traslasierra». Pasaron oyentes a saludar a Pedro: en aquel momento de auge de la radiofonía aquello era habitual. La gente llegaba, conocía personalmente a quien le entretenía durante unas horas, tal vez alivianando la rutina del trabajo: taxistas, pintores (de paleta y de brocha gorda), floristas, dibujantes, mecánicos, ceramistas, en fin, una gama amplísima de seres en muchos casos solitarios en una ciudad superpoblada que se tomaban un rato para acercarse hasta la radio y llevar su agradecimiento, su aporte de anécdotas, poesías en muchos casos ramplonas pero llenas de sentimiento; Laura Aliaga | 94 | http://zonaliteratura.com


amas de casa que sólo sabían demostrar afecto obsequiando una docena de empanadas o pastelitos, en fin, una caterva de locos lindos, tan diversos pero tan iguales. Los locutores del noticiero entraban cada media hora a decir lo suyo y gastaban bromas con Pedro, quien aprovechaba los breves momentos en que podía distraerse para contemplar a Renata. –En este momento te daría un beso… –decía y se quedaba mirándola a los ojos. La mesa redonda sobre la cual pendía el micrófono estaba atestada de papeles y libros llenos de señaladores. A medida que Pedro los iba utilizando, Renata los ordenaba, y él la dejaba hacer, embelesado. A las doce, terminado el programa Renata empezó a despedirse de todos, pero Pedro la tomó de una muñeca y le susurró al oído que la invitaba a almorzar. En realidad, hasta la hora de su sesión de terapia tenía tiempo de sobra y aceptó. Todavía Pedro y el operador tenían que devolver los discos. Los tres subieron al primer piso donde estaba la discoteca, un salón enorme, con anaqueles repletos hasta el techo. Conoció a Víctor, el encargado de aquel tesoro, un hombre de unos cuarenta años que sonreía cándidamente todo el tiempo. Se manejaba como pez en el agua en ese ámbito. Era técnico de sonido y de grabación. Muchas grabaciones de recitales y conciertos en teatros que circulaban comercialmente eran obras suyas. Con su estatura Pedro llegaba hasta los anaqueles más altos. Víctor seleccionaba los discos sin mirarlos, acariciaba amorosamente sus cubiertas con la punta de los dedos, con la palma de su mano derecha, y luego le indicaba dónde guardarlos. Pedro aprovechó un cruce de miradas con Renata y le hizo un guiño inteligente, al tiempo que trastrocaba el orden de dos de los discos diciéndole a Víctor: –Me parece que te equivocaste… http://zonaliteratura.com | 95 | Tarde


Víctor los tomó, los examinó nuevamente con sus manos y con su sonrisa de ángel le contestó: –No me jodas; estaba bien como yo te los di, guardalos en ese orden. A Renata se le figuró un Borges en su laberinto de música: Víctor era ciego. Terminaron de almorzar antes de la una y media. Todavía le quedaba tiempo a Renata para tomar un colectivo y llegar temprano al psicólogo. Pero en cambio, a las dos de la tarde estaba viajando en taxi con Pedro hacia su departamento. Le encantó sentirse una loca, una casquivana que en el segundo encuentro con un hombre acepta su invitación a «tomar café» en su casa. Solamente tuvo la delicadeza de llamar a su terapeuta y avisarle que no iría. –Me lo imaginaba –fue la respuesta que escuchó, y fue como el permiso que ella necesitaba. En el restaurante Pedro sólo le había rozado la mano, pero se la había comido con la mirada, sazonada con la salsa de su matambrito tiernizado, la había saboreado minuciosamente con su Chablis y la había lamido y chupado toda con su helado almendrado, y ella sentía un caliente charlotte en aquel lugar que cuando era niña le proporcionaba placer pero ella no sabía que tenía un nombre, salvo el que le daban unas primas desprejuiciadas, que a todo llamaban por su nombre vulgar y se divertían con ello. Ya en el taxi en cambio, Pedro se le sentó bien pegadito y le pasó el brazo tras el hombro, un brazo tan largo que su mano colgaba laxa sobre el seno de Renata. Con las yemas de los dedos le fue acariciando la piel debajo del cuello, rozando apenas el borde de la camisa, levemente las uñas de esos dedos tocaron el arranque de sus pechos, y ella sintió que los pezones se le erizaban. Reclinó la cabeza de manera que su frente se apoyó en el cuello de él, sintió su tibieza y su perfume; el índice de Pedro hurgaba entre los senos, y el meñique le rozaba el pezón, Laura Aliaga | 96 | http://zonaliteratura.com


y la ciudad era una vorágine que avanzaba al paso del taxi cuando sus bocas se encontraron en un beso blando y sabroso, y sus lenguas se fueron dando despaciosamente, y sus dientes dieron mordiscos tiernos. –¿Doblamos por Bulnes, don? –carraspeó el taxista haciendo como que no los veía por el espejo retrovisor. –Sí, sí, déjenos en la esquina. Renata se recompuso un poco al bajar del auto. Pedro sacó las llaves y abrió la puerta del edificio. Ella se miró furtivamente en el gran espejo del palier, y se gustó. Mientras esperaban el ascensor él bromeó: –¿Café o mate? –Mate. Subieron los tres pisos besándose. Entraron al departamento. Era de dos ambientes: un living comedor chico, o que lo parecía porque tenía demasiados muebles y todos absolutamente sepultados bajo libros y discos. Una cocina pequeña pero muy luminosa y un baño minúsculo. Desde la puerta de entrada, hacia la izquierda Renata adivinó un pasillo que seguramente conducía al dormitorio. Apoyó su cartera sobre una silla mientras Pedro cerraba con llave. El también dejó sus cosas y la rodeó con sus brazos desde atrás, dándole besitos en el cuello que a ella la erizaron desde la raíz de los pelos hasta debajo de las nalgas, hasta las corvas. En esa postura comenzó a desabrocharle la camisa y sin desprenderlo, le bajó el corpiño, le dejó los pechos erectos afuera, y le sobó suavemente los pezones, y luego los estrujó, y ella sintió en su medio exacto esa cosa dura y dulce que se proyectaba y le prometía agresión y placer, y en cuanto los brazos de él se aflojaron un poco se dio vuelta, buscando abrirse paso ella también hacia la piel del pecho de Pedro, y ese encuentro fue la gloria, y sus dedos fueron desabrochando el cinturón, y las manos de él abarcando su espalda y bajando, y abriendo, y llegando con los dedos hasta el centro caliente y mojado de ella, http://zonaliteratura.com | 97 | Tarde


y entonces sí se confirmó dónde estaba el dormitorio porque él la fue llevando, avanzando y haciéndola retroceder como si fueran bailando un tango, y ya estaban semidesnudos y tal vez un tanto ridículos, pero abrasados por la ansiedad de darse, de encontrarse, de recibirse, de matarse y de hacerse nacer, y de a poco por momentos, y por momentos atropelladamente llegaron a la desnudez total. Afortunadamente, ya de regreso en su casa nada ocurrió que opacara la felicidad de Renata. Su amiga Irene se tomó el trabajo de cuidarle los chicos hasta el anochecer, y ella misma se los trajo en su viejo Citroen destartalado. Eran demasiadas vivencias excitantes las que estaba experimentando y por suerte contaba con ella para compartirlas. Irene ya había pasado por la experiencia de una separación. Era la oreja que la escuchaba y el cable a tierra para no hacer desastres, porque a veces Renata tenía instintos autodestructivos. Como por ejemplo, en medio de una discusión vomitarle a Raúl que se había enamorado de otro. –¿Estás loca? Si le decís eso, va a querer saber de quién, y no le será difícil averiguarlo –mediaba Irene. –¿Te imaginás el escándalo? Es capaz de irse hasta la radio y tomar el micrófono si no lo paran a tiempo, y anunciarle a todo Buenos Aires que lo volviste cornudo. Esto, después de haberte destripado. No le des letra, porque lo que él necesita es demostrar que es el hombre más desgraciado de la tierra. Renata reflexionaba: su amiga tenía razón. Si por desgracia Raúl se enteraba de sus amoríos con Pedro, ya vería cómo enfrentarlo, pero ser ella quien se lo dijera hubiera sido suicida. El resto de la noche estuvo saboreando los recuerdos tan recientes de su primer encuentro íntimo con Pedro. Le resultaba muy fácil puesto que sentía ese cansancio en el cuerpo que dejan los ejercicios amorosos, algún delicioso dolor o ardor localizado específicamente, un vuelco loco de su corazón al revivir alguno de los muchos gestos eróticos que inventaron. Se había reconLaura Aliaga | 98 | http://zonaliteratura.com


ciliado con su cuerpo, que tanto tiempo llevaba sin darle una alegría tan plena. Raúl llegó tarde, cuando Renata ya intentaba dormir, y se hizo la dormida para evitarlo. Por primera vez en muchas noches no escuchó el escándalo de la máquina de escribir, sus chancleteos de viejo por el patio, su ir y venir hiperquinético y medicado. Ella ignoraba que aquella tarde, mientras ardía en la cama de Pedro, él abandonó su trabajo en el banco y se fue a ver al psiquiatra que lo atendió años atrás, durante la crisis de la que Renata no había querido enterarse. Transcurrió una semana aparentemente tranquila. El jueves siguiente fueron juntos al psicólogo, porque Raúl le había pedido asesoramiento en cuanto a una posible terapia de pareja, a la que Renata se negaba en forma sistemática. No obstante, tuvo que cambiar el horario habitual de la consulta para que él pudiera ir a la salida del banco. Hasta entonces, con Pedro tenían el plan de encontrarse después de las tres, como la primera vez en el San Miguel. Nuevamente Irene se ofreció como niñera. Cuando Renata llamó por teléfono a Pedro para avisarle del cambio, surgió la posibilidad de verse más tarde. Ella le diría a Raúl que se iba a encontrar con su hermana. Durante la sesión no abrió la boca, y tuvo que aguantar el discurso acusador de su marido. La culpaba por su falta de voluntad para recomponer la pareja, pero además era evidente que había ido con el propósito de tomarle un examen al psicólogo, a confirmar su teoría de que la alentaba para la separación. Éste se limitó a ofrecerles una lista de colegas que podrían atenderlos en caso de decidir la terapia conjunta, y a escucharlos. Para Renata sólo fue tiempo perdido. Ya en la vereda, se despidió de Raúl y le anunció que pensaba llegar tarde porque necesitaba ver a su hermana. A los quince minutos estaba tocando el timbre del tercero C de la calle Bulnes donde Pedro la esperaba. Le abrió la puerta y sin dejar de hablar http://zonaliteratura.com | 99 | Tarde


por teléfono, la abrazó estrechamente. Ella le escuchó comprometerse a llegar a las diez de la noche a algún lugar (luego se enteró de que León Gieco lo estaba invitando a su cumpleaños). Eran poco más de las siete. Esta vez sí tomaron mate. Pedro estaba preparando algo para el programa del día siguiente. Renata sacó de su cartera un sobre y se lo entregó. Él empezó a leer el papel que contenía: leyó el primer renglón y se quedó paralizado. Renata sonreía. La cara azorada de Pedro le resultaba extraña. –¡Loca, loca, estás loca! Renata estuvo a punto de angustiarse no sabiendo a qué respondía aquello, si bien ese adjetivo que le adjudicaba su amante tenía más de alborozo que de enojo. Lo interrogó con la mirada. –¡Hace un rato lo llamé a Carrizo para pedirle este poema! ¡Te juro que pienso decirlo mañana, y me lo traés vos, ¿cómo supiste? Fue nuevamente la magia. Ella no sabía nada; solamente quiso decirle todo su amor a través del Soneto 26 de Quevedo, y se lo copió, para él, aunque sabía sí, que lo leería alguna vez en el programa. «Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día...» recitó él, devolviéndole el mate, y continuó leyendo. Renata estaba con los ojos llenos de lágrimas. «Serán cenizas, mas tendrá sentido/polvo serán, mas polvo enamorado.» De nuevo fueron médulas que han gloriosamente ardido, se amaron hasta el agotamiento, se amaron con fiereza, hasta que el dolor de tener que separarse los llamó a la realidad. ¿Quién se salva al fin de la locura? ¿Es que la realidad tiene que ser lo oscuro, lo monótono cotidiano, la mediocridad de la casa, del trabajo mecánico, todo aquello que se hace sin la menor dosis de adrenalina? ¿Por qué lo bello, lo apasionante, lo maravilloso y mágico está fuera de la realidad diaria? Esto que se Laura Aliaga | 100 | http://zonaliteratura.com


preguntaba Renata en la esquina de los recuerdos era lo mismo que se había preguntado cuando aquella noche de octubre de 1990 llegó a su casa. Esta vez sí, el contraste entre lo vivido junto a Pedro y lo que allí le esperaba la golpeó. Raúl, cuando consideró que Renata se estaba demorando más de la cuenta se fue impaciente a buscar a los niños a la casa de Irene. Esta trató de entretenerlo conversando de bueyes perdidos durante un rato. –No te preocupes porque habíamos quedado en que yo llevaba a los chicos más tarde –le dijo, considerando, entre otras cosas, que él no estaba en las mejores condiciones para hacerse cargo de las criaturas. –Pero ya es tarde, y yo soy el padre –trataba de remarcarlo a toda costa–, así que se vienen conmigo. –¡Vos no sos mi papá! –gritó María desde el living donde armaba un rompecabezas. Él hizo como que no escuchaba. –¿Por qué no se quedan a cenar los tres? –propuso Irene. –No, me voy, nos vamos. No hubo forma de disuadirlo. María y Nicolás recogieron sus pertenencias de mala gana y se fueron, uno de cada mano de Raúl que los remolcaba furibundo. Cuando Renata llegó se encontró con los chicos en penitencia en su pieza, y a Raúl mirando televisión. Eran las diez y media de la noche y no habían cenado. –¿Qué pasó? –preguntó Renata. –¿Cómo qué pasó? –gritó Raúl–. ¿Vos aparecés a cualquier hora y todavía preguntás qué pasó? ¿De dónde salís? –Ya sabés que fui a lo de mi hermana. –No me consta. Llamé por teléfono y me atendió tu sobrino. ¿Adónde carajo te metiste? Renata sintió que se le venía el techo encima. Pero ya había pasado otros terremotos. –¿Por qué los chicos están encerrados? –Porque yo soy el padre y los puedo poner en penitencia. http://zonaliteratura.com | 101 | Tarde


Renata fue a buscar a sus hijos que corrieron a abrazarla. Raúl la alcanzó por un brazo y la zamarreó con violencia. En ese momento Nicolás se puso a llorar, y María gritó enfrentándolo: –¡Dejá a mi mamá! Renata creyó que Raúl las iba a golpear. Los dedos de Raúl le quedaron marcados en el brazo. –¿Dónde estuviste? Ella mintió con convicción: –Nos fuimos a un café con mi hermana porque en el departamento no podíamos hablar tranquilas. ¿Irene trajo a los chicos? –No, yo los fui a buscar, porque esta es su casa y no tienen por qué andar por ahí con cualquiera. –Irene no es cualquiera, y yo arreglé con ella todo, no sé por qué tenés que meterte. –Porque soy el padre. –Sí, qué gran padre, están sin comer y castigados, y todavía no sé por qué. –Porque no querían caminar, y porque no me obedecen. –¿Los hiciste caminar doce cuadras? ¿Por qué no tomaron el colectivo? Sos una bestia. –No me insultés. –No me apretés el brazo y no me zamarrées. ¿Por qué no tomaste un colectivo? –No tenía plata. Raúl se había gastado toda la plata que tenía en los remedios que le recetó el psiquiatra. Hasta ese momento Renata estaba totalmente ignorante de los movimientos que él había estado haciendo en esos días. –Ayer ibas a pagar el teléfono. ¿También te gastaste esa plata? –Eso lo usé para pagar la imprenta. –¡Pero nos van a cortar el teléfono! ¡Si ya pasó el segundo vencimiento! Laura Aliaga | 102 | http://zonaliteratura.com


Iba a continuar recriminándole que no sólo se le había instalado en su casa, que disponía de su plata para financiar esa revista de mierda que no leía nadie, que gastaba de su teléfono y no lo pagaba, que estaba terminando sus estudios de magisterio gracias a que ella lo bancaba porque el sueldo miserable que él traía del banco no servía para nada, que no le toleraba más el deseo de imponerse como padre a sus hijos sin habérselos ganado, en fin todo el odio que tenía acumulado envenenándola, pero se contuvo por los chicos. Renata se tragó la rabia y lo más rápido que pudo preparó algo para que los niños comieran. Estuvo con ellos en el baño y aprovechó para calmarlos. Le contaron que Raúl los había retado porque no le querían decir papá. María la sorprendió preguntándole, mientras se lavaba las manos: –Mami, ¿por qué no te separás? Y Nicolás, haciendo pucheros le dijo que no quería que Raúl le pegara. –No mi amor, no me va a pegar, quedate tranquilo – dijo, guardándose las dudas para ella. Raúl se había encerrado en su pieza, y en ese respiro ella acostó a los niños. Se quedó con ellos hasta que se durmieron. Todavía dormido Nicolás dejaba escapar algún sollozo.

Mierda, la culpa, la mierda de la culpa. ¿Por qué mierda no se puede ser feliz, por qué la realidad de mierda tiene que golpear así? ¿Por qué si hace un rato estaba tocando la gloria con el alma y con el cuerpo ahora estoy en este infierno? ¿Por qué no se pudo evitar que estos pobrecitos se contaminaran de esta mierda? Algo tendré que hacer para que este loco de mierda no me arruine más la vida. Sí, la vida me la arruiné yo, pero ahora tengo que hacer lo necesario para arreglarlo.

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Ahora se sentía a distancias siderales de Pedro. A esa hora él estaba en una fiesta de cumpleaños, ajeno por completo a su drama. A la mañana siguiente lo llamaría para pedirle un poco de consuelo. Ahora tenía que enfrentarse de nuevo con Raúl, porque la cosa no había terminado. Desde luego, apenas ella salió del dormitorio de los chicos él la abordó. Se encerraron en la cocina, y Renata le pidió que no los despertara con sus gritos. –Perdoname por lo que te hice –fue lo primero que dijo él. La desarmó. –Como te darás cuenta, esto se-ter-mi-nó –respondió ella. No se iba a dejar ganar por ese sentimentalismo llorón al que él apelaba nuevamente. Lo dejó lloriqueando en la cocina y se fue a acostar. Cuando logró relajarse tuvo un momento para pensar en Pedro y en sus caricias de un rato antes. Durmió unas horas hasta que los ruidos que hacía Raúl la despertaron como en otras madrugadas. Se asomó al patio sin que la viera: otra vez con los ojos desorbitados y sin poder parar de caminar, en un ir y venir sin sentido, o quedándose por momentos catatónico, con el rosario en la mano mascullando rezos. Volvió a dormirse mucho rato después. A la mañana siguiente no mandó a los chicos a la escuela porque no escuchó el despertador. Se levantó después que Raúl se había ido, y encontró sobre la mesa de la cocina una especie de poema escrito por él en donde le declamaba todo su amor, y tuvo un acceso de rabia. Hizo mil pedazos el papel y lo tiró al tacho de basura, igual que al libro de poesías un tiempo antes. Un mendigo llamó a la puerta y le pidió algo para comer. Sintió lástima por él, tal vez ese hombre había tenido alguna vez una casa, una familia. Sin saber por qué vio algo de Raúl en ese pordiosero. Pensó en su pequeña hija; ¿y si encima Raúl era degenerado? Estaba loco, se había convertido en un extraño, ¿y Laura Aliaga | 104 | http://zonaliteratura.com


si un día por hacerle daño a ella tomaba represalias con sus hijos? Todo esto pensaba mientras preparaba una bolsa con alimentos para el hombre que esperaba afuera. Se la dio sin abrir demasiado la puerta y luego se dirigió hacia el teléfono.

Anda un pobre viejo cubierto de harapos pidiendo limosna por las casas. Vive sucio, tiene la piel curtida y oscura, el pelo blanco y una barba de varios días. Alrededor de los ojos se le marcan esos surcos que deja el mucho reír o el mucho sufrir. Si no repugnara al olfato inspiraría ternura. Lo veo por la ventana. Luego de tocar el timbre espera a que alguien lo atienda. Lleva una bolsa de arpillera en la mano. No hay nadie en la casa, sólo yo que acabo de llegar del colegio. –Buenas tardes… –Buenas, niña, ¿no me da algo pa’ comer? –Sí, espere un momento. Pobre viejo. Qué pena da el desamparo a un corazoncito de trece años. Le preparo un sándwich y agrego unas pasas de uva, alguna fruta. –Aquí tiene, señor. –Gracias, gracias, niña. El viejo se acerca sonriente. Se acerca demasiado. Me turbo, me paralizo. Me sorprendo ante el beso en la mejilla que él me da agradecido. Me debato entre la repugnancia y la ternura. Gana la indignación: viejo de mierda, me ha estrujado un pecho con la mano temblorosa y una expresión de lascivo agradecimiento se imprime para siempre en mi memoria de adolescente.

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XII

El teléfono estaba muerto: lo habían cortado por falta de pago. –¡La puta que lo parió! Prendió la radio. Ya estaba por empezar el programa de Pedro. Pero ella estaba tan inquieta, tan alterada que no pudo prestarle atención. Dio el desayuno a los niños y se los llevó con ella para hablar desde un teléfono público. No, no importunaría a Pedro llamándolo a la radio. En cambio llamó al banco para hablar con Raúl y exigirle que consiguiera dinero para pagar el servicio cortado. –Señora, Raúl no ha venido a trabajar. Sintió vergüenza. Para el tipo del banco que la atendió, era lógico que si ella era la esposa de Raúl, tenía que saber adónde estaba su marido, y sin embargo por él se estaba enterando de que el trastornado no había ido a trabajar. ¿Dónde estaría? A esa hora no podía recurrir a Irene porque ella sí estaba en la oficina. Se volvió a su casa, y de paso compró el diario. Había tomado la decisión de buscar trabajo. Renata no haría como otras que no se separan para seguir dependiendo del sueldo del marido. Pasado el mediodía salió nuevamente a la calle y llamó a Pedro. Le contó sucintamente lo que le estaba pasando. Fue la priLaura Aliaga | 106 | http://zonaliteratura.com


mera vez que sintió algo parecido a la decepción. Años más tarde aprendió, después de mucho golpearse, que no debía enojarse con quien no le daba todo lo que ella esperaba. La tarde de los recuerdos en Sarmiento y Pellegrini aun estaba en esa lucha, tratando de no poner expectativas inadecuadas en la persona equivocada. Pedro era sólo un amante, no la panacea para arreglar todos los problemas de su vida. Al fin y al cabo, ella lo estaba «usando» como un bastón para no caerse en el medio del caos que era su vida. Él se limitó a escucharla y puso fin a la comunicación rápidamente, no le propuso un encuentro, no le dijo qué hacer, y ella sintió que la garganta se le anudaba. A las seis de la tarde llegó Raúl. Estaba completamente dopado. Hablaba con la lengua pastosa y sus movimientos eran lentos. Se acostó, y sólo le dijo a Renata que había ido al Hospital Bancario porque no se sentía bien. Cuando estuvo dormido ella le revisó todos los bolsillos y encontró tiras de psicofármacos, una receta y un certificado para justificar la ausencia de ese día al Banco firmada por el psiquiatra. Fue un día absolutamente perdido. Al despertar Raúl, Renata se dio con la realidad de un golpe en la frente. Esta vez le pidió a una vecina que se hiciera cargo de los chicos, ayudó al marido a vestirse y salió a llamar un taxi. Raúl no paraba de moverse como un autista. Mientras ella cerraba la puerta con llave, iba y venía como un león enjaulado por el porche, hasta que se golpeó contra una columna en el arco superciliar y se le formó un chichón, de manera que estaba, además de desorbitado, con la cara desfigurada. Ya en viaje Raúl sólo se quejaba y le rogaba que no lo abandonara. Renata era dura pero tuvo un gesto de piedad. Le dijo que iban a ver al médico y que sólo harían lo que éste indicara. De repente Raúl le pidió al taxista que parara el coche. –¿Qué vas a hacer? –le preguntó Renata. –Pis –dijo él, como si fuera un nene de tres años. http://zonaliteratura.com | 107 | Tarde


–Espere un momento –le pidió ella al chofer, muerta de vergüenza. Tuvieron que esperar a que Raúl meara contra un paredón, a la vista de todo el mundo. Esa tarde Raúl quedó internado, después de la consulta con el psiquiatra de quien Renata no tenía la menor noticia hasta ese día. Por la familiaridad con que se trataban paciente y médico, era evidente que se habían estado viendo en forma habitual. Desde el Hospital Bancario fue trasladado hasta la clínica de Castelar. Era la primera vez que Renata subía a una ambulancia. Raúl, a diferencia del ánimo que tenía por la mañana, ahora estaba calmo y hasta parecía contento del destino final de su viaje. Esto la alivió porque estaba agotada de tanta entrevista con los médicos en las que ella debió aportar la necesaria cuota de coherencia, del tramiterío burocrático para conseguir una cama como se decía en la jerga hospitalaria. Era una experiencia absolutamente inédita para Renata, y cuando tuvo que estampar su firma autorizando que Raúl se quedara allí sintió pena. Por un lado era como si el «sacárselo de encima» le estuviera saliendo a pedir de boca sin haberlo planeado, pero lo compadecía. Tal vez no con la piedad que sintió años atrás por las víctimas del terremoto, porque aquellos cristianos no le hicieron ningún daño personal, pero en cambio este sí que le había jodido bastante la vida y sin embargo algún lazo de afecto la unía a él. Sin saber por qué se acordó de Carlos Monzón, quien después de haber asesinado a su mujer juraba llorando que la amaba. Afortunadamente (¿lo dijo Martín Fierro acaso?) la memoria también sirve para olvidar. Era incapaz de recordar con exactitud lo que pasó en las horas inmediatas a su regreso de la Clínica. Tal vez llamó a su suegro para notificarlo de las novedades e intentar que se hiciera cargo de alguna manera de ese hijo al que toda la vida hizo sentir un inservible. Lo encontró mansito, quizá en el fondo el viejo sentía culpa por haber contribuido en el engaño de la «normalidad» de Raúl para encajárselo a ella meLaura Aliaga | 108 | http://zonaliteratura.com


diante el matrimonio. Después de todo, fue el más estrecho colaborador para el posterior divorcio porque los abogados de ambos resultaron ser conocidos suyos y pagados por él, con lo cual lavó su conciencia. A los chicos les explicó que Raúl estaba enfermo y que por un tiempo no lo verían (de hecho, no lo vieron nunca más). De lo que sí estaba segura es que desde entonces supo que así estuviera internado un mes, un año o veinte, jamás volvería a esa casa como su marido. Pocos días más tarde pudo dedicarse a buscar trabajo. Tuvo muchas entrevistas infructuosas: todos los avisos del diario iban dirigidos a personas capaces de vender desde botones hasta edificios aun sin construir, actividad para la que se sentía definitivamente inepta. Otro rubro era el de las tareas administrativas en largas jornadas y sueldos magros; secretarias para estudios jurídicos de prestigiosos abogados que de tanto trajinar entre las leyes a veces se las olvidaban, y ofrecían no sólo muchas horas y paga escasa, sino que todo se mantuviera en negro. Tuvo nuevos encuentros con Pedro en las pausas que lograba hacer entre sus tareas de madre, ama de casa a punto de dejar de serlo, curadora de su inminente ex marido... Algo se había roto; es verdad que disfrutaba de esos encuentros: de los mates compartidos, de la música que escuchaban juntos, del privilegio de ser la primera en saber lo que ocurriría en el programa del día siguiente. Sin embargo, Pedro no se interesó nunca por lo que ella estaba pasando con la internación de Raúl. A veces se mostraba agresivo en ciertos detalles. Se ponía a comer choclos haciendo ruido con la boca y luego, escarbándose entre los dientes con la uña del dedo meñique la observaba como diciendo: «Soy un ser humano como todos y estoy haciendo esto para incomodarte, ¿hasta cuánto resistirás? No todo en mí es poesía y música» Más patente se hizo este costado siniestro de Pedro en un http://zonaliteratura.com | 109 | Tarde


momento de preludios eróticos al borde de la cama. Renata hizo alusión, mientras se besaban, a algo que él había dicho por la radio, y él en tono arrogante le contestó: –¿Entonces tuviste ganas de venir a chupármela? A Renata se le cortó toda inspiración. ¿Es que no pueden entender los hombres que el deseo en una mujer pasa en última instancia por lo genital? ¿Cómo a un tipo de la clase de Pedro podía ocurrírsele semejante brutalidad? Parecía otro recurso inconsciente para alejarla. No obstante tuvo un gesto que ella agradeció aun después de terminada la relación: le dio una recomendación para ver a un colega suyo que necesitaba una asistente de producción. Así pudo concretar el sueño de ingresar a ese medio que la fascinó desde pequeña y para el cual tenía condiciones innatas. Días después comenzó a trabajar por las tardes. Ahora que tenía menos tiempo lo aprovechaba mejor. De mañana dejaba la casa limpia y ordenada. Para hacer las compras sin perderse nada del programa de Pedro dejaba el grabador funcionando. Cocinaba y almorzaba con sus hijos y después salía a su nuevo trabajo, que si bien no era nada de brillo la vinculó con gente nueva, con artistas en muchos casos desconocidos, con quienes luego se conectó para ofrecer sus servicios de asesora de prensa y esto incrementó sus recursos económicos. Pedro no quiso que en el ambiente se supiera de sus relaciones y puso distancia al principio tratando de ahuyentarla con sus actitudes poco galantes, después con indiferencia lisa y llana en los encuentros personales. Además, resultó imposible que se mantuviera el misterio de su vida solitaria en un departamento de la calle Bulnes: su familia (esposa incluida) residía en Córdoba, y él viajaba periódicamente a visitarla. Sin embargo, siguió hipnotizando a Renata por la radio, y ella respondía y lo seducía a su vez con sus cartas. Se tornó un juego histérico pero bello que se dilató a lo largo de un año. Laura Aliaga | 110 | http://zonaliteratura.com


Han quedado atesoradas en una casete tus palabras vibrantes, jubilosas, mi muñequito hablador. Yo te hago hablar, o callar, o suplicar, o entristecer, o gritar de alegría. Así como vos me hacés hablar, o callar, o entristecer, o gritar de alegría. O suplicar: que despidamos a este pesimismo que ya es mayor de edad y nos permitamos un encuentro sin demandas, sin historia ni proyectos. Que «con un estupor alegre, sin culpa ni disculpas» seamos un día, sólo por un hoy, «la otra copa del brindis». Que nos maraville tanto como hablarnos y sabernos escuchados, el otro lenguaje cálido y dulce: el de la piel. Ser cada uno para el otro el espejo frente al cual reír, gritar, llorar, empañarnos, trizarnos. No, no somos ni muñecos de ventrílocuo ni cristales con luna: somos simple y tenazmente un hombre y una mujer, definitivamente desnudos el uno frente al otro. Y está el amor. «Obstinado como una mula, palpitante como el deseo, cruel como la memoria, absurdo como el arrepentimiento, tierno como los recuerdos…» Ahí está, dándonos otra vez señales de vida, tendiéndonos la mano. Dejémoslo que nos salve. No quiero ser dura con vos, no seas esquivo conmigo. Quiero sentirte honda y estrechamente y llorar sobre tu pecho tantas lágrimas guardadas todo este tiempo.

La distancia también se produjo porque ella notaba en Pedro una gran contradicción ideológica: por un lado la jactancia de ser la voz y el oído de una «inmensa minoría» como él solía decir, de ser capaz de producir hechos artísticos al margen del sistema, y sin embargo, un deseo recóndito de ingresar a ese sistema criticado. Y lo peor de todo, cada vez se ponía más oficialista, más partidario de las privatizaciones, de la entrega solapada del patrimonio nacional bajo el cartel de la modernización. Ese fin de año apareció su fotografía en la tapa de una revista de chismes http://zonaliteratura.com | 111 | Tarde


de la farándula, entre otros personajes catalogados como los más destacados del año: políticos, vedettes, animadores de televisión, actores y actrices... y Pedro. El Pedro Cerezo sencillo y campechano, decidor de poesías y hacedor de ensueños, se estaba transformando en alguien distinto del que había enamorado a Renata.

«15/12/90: ¿Es posible que en medio de esta tristeza inefable haya lugar para la risa? Este mediodía le puse a la comida, en lugar de queso rallado, café. Desde el momento en que ayer me dedicaste ese «Pequeña» tan tiernamente cantado por Mercedes Sosa, ya no soy una. Soy dos, cargo con mi propia humanidad y mi tristeza, que tiene cuerpo, se puede tocar, pesa toneladas. ¿De qué me sirve que me cantes Pequeña por boca de Mercedes, si no te tengo, si no podré ser tuya nunca más? ¿Por qué, para que te adjudiquen el título de Personaje del Año parece ser necesario que estés siempre solo con tu melancolía? ¡Qué extraña vida me ha tocado vivir y cuánto la quiero a la muy puerca! Personaje del año… Lo fuiste para mí, sin dudas, y me alegro de haber llegado a vos antes de esa designación pública. Porque yo no me enamoré de tu rol, sino de vos, hombre. Estoy segura de que en adelante seducirás a muchas que deseen envanecerse con la supuesta gloria de tener al lado a alguien tan…importante. Yo me río de tu flamante título, y ríe conmigo mi tristeza, porque ambas conocemos tu obstinada negativa a ser feliz.» En el idioma con el cual Pedro y Renata se comunicaban a distancia, como en la música, también el silencio tenía un gran significado. Y él era un maestro callando, no dándose por aludido cuando las cartas de ella llegaban con reclamos de amor.

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«Claro que preferiría estar haciendo el amor en este momento, y no escribiendo. Dejar que me acuestes suavemente, después del juego que empieza con los besos ricos, chupados, mordidos, y sigue con orejas y cuello abajo, tu nariz entre mis pechos, tu boca buscando mis pezones, ay, mordiendo; tu pelo entre mis dedos, tus orejas, amor, qué dulce sos, tu lengua erecta vientre abajo abriéndose camino, ay, papito, arrodillado en el piso con tu cabeza entre mis piernas, bebé, tu nariz masajeándome ahí, esa lengua, mi amor, que me abre, que me moja, que me horada, hacia arriba y hacia abajo, bordeando y volviendo al centro, a lo más sensible, mis dedos enredados en tu pelo, metiéndose en tus orejas, tu adorada cabeza que guarda tesoros de ideas y recuerdos, hijo que besa la puerta de entrada al mundo como en un ritual religioso, papi, no doy más, dámela, vení, te subís a la cama y vas subiendo con tu boca ombligo arriba para morderme de nuevo los pezones, el cuello, la boca, y vas penetrando por fin, potente, ay, sublime instante, bien hasta el fondo, dale que estoy toda abierta para ir a jugar, juguemos al orgasmo mientras el mundo no está, porque desapareció detrás de nuestros gemidos y no hay más que tus nalgas que presiono con mis manos, y esta danza que va aumentando su ritmo hasta hacerme gritar, la locura, la muerte y la vida estallando, y algo que no sé si es risa o llanto, o ambas cosas a la vez, y una caliente inundación que moja la sábana.»

Raúl se enteró de los amores de Renata con el locutor cuando llevaba ya unos meses internado, y aquéllos estaban en proceso de enfriamiento, o mejor dicho, volviendo al terreno platónico, porque fue inevitable que se rompiera la magia. Fue la tarde de fines de diciembre en que ella lo fue a visitar y él tuvo la mala idea de preguntarle si seguía escuchando el programa de Pedro. En la medida en que el padre de Raúl fue tomando las riendas http://zonaliteratura.com | 113 | Tarde


de la situación, Renata empezó a espaciar sus visitas a la clínica. Hasta tuvieron una sesión con el psiquiatra para hablar de la futura separación, que Raúl parecía haber asumido mansamente, aunque después no resultara tan sencillo. Parecía que Lacan andaba haciendo guiños por los patios y pasillos del hospicio: el apellido del psiquiatra era Mater. Renata no fue testigo de la recuperación de Raúl. Primero espació las visitas y pasado un tiempo las suprimió. Se mantenía en contacto telefónico con el suegro. También por teléfono recibió mensajes de Raúl: una mañana la llamó un enfermero que parecía salido de un tango. «Portero, baje y dígale a esa ingrata...» recordaba Renata. El pobre tipo, comedido tal vez, pero metiéndose en un terreno indebido la sermoneó y le recriminó el desamor. Ella lo puso en su lugar: –¿Ya terminó? Bueno, ahora váyase a la mierda. Cortó y se arrepintió. En realidad a quien mandaba a la mierda era a Raúl, y la ligó el enfermero. Pero, bueno, él se había expuesto. Seis meses después Raúl salió, con alta de internación, pero yendo aun como paciente de día, asistía a una terapia de grupo y a talleres con actividades productivas. No desaprovechó en absoluto su libertad para intentar un acercamiento con Renata. Se encontraron más de una vez en algún café para charlar. Él quería ver a los chicos, pero ella no lo consintió. Por suerte estaba trabajando y pudo mostrarle a Raúl que ya no era la misma mujer. No lo necesitaba. No le dejaba espacio para meterse en su vida como lo hiciera dos años antes. –Yo te amo todavía, y no me arrepiento de haberme casado con vos –le decía en un encuentro. Veinte días después le enrostraba: –Mi viejo ya habló con la doctora Levigne que tiene contactos con abogados del Vaticano. Porque además del divorcio, voy a pedir la anulación. Laura Aliaga | 114 | http://zonaliteratura.com


¡Maravilloso!, pensaba Renata: borrar todo rastro de ese pasaje por la locura era lo mejor que podía ocurrir. Claro que a casi diez años, en los documentos estaba todo borrado, pero no de la memoria tenaz. Había quedado el papel arrugado del que le habló una vez Monseñor O’Neill; su alma era una parva de papeles arrugados.

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XIII

Confinado en una parroquia de Merlo se murió de puro cansado nomás. Jamás olvidaría Renata aquel encuentro con el sacerdote, unos meses después de la internación de Raúl. Ella lo había llamado para contarle lo sucedido; él prometió ir a ver a su antiguo discípulo, y así lo hizo. Unos días después le devolvió el llamado y la invitó a visitarlo en su nuevo destino. Allá fue Renata con sus hijos. Fue toda una excursión. Salieron un domingo después de almuerzo: en colectivo hasta Once, y desde allí, en tren a Merlo. Los chicos lo disfrutaron porque pasear en tren era para ellos todo un acontecimiento. Nada sabían de los hacinamientos de lunes a viernes de que era escenario ese mismo vagón semivacío en el que ahora viajaban. En cambio Renata tarareaba «Los obreros de Morón» que tantas veces había escuchado por la radio. Llegados a Merlo todavía tuvieron que tomar otro colectivo que los mareó con sus vueltas y vueltas y los dejó llenos de tierra en su trajín por las calles polvorientas de los suburbios. La pequeña iglesia estaba en un barrio muy pobre, de casas prefabricadas, o construidas a pulmón por sus habitantes, a medio terminar, algunas sin pintar, con cercos de ligustrina o de alambre tejido, con jardines toscos o huertas promisorias; gallinas paseando por Laura Aliaga | 116 | http://zonaliteratura.com


la vereda ante la mirada indiferente de algún cuzco adormilado; un potrillo pastando sin ataduras en la banquina. María y Nicolás abrían los ojos más y más para no perderse un solo detalle de este mundo desconocido que hasta ese día se les había ocultado a escasos kilómetros de su modesta pero confortable casita de Villa del Parque. La puerta de la Iglesia estaba cerrada. Renata golpeó con sus nudillos en la casa parroquial. Atendió un joven cura de pelo rojizo y ojos azules que la dejaron inquieta. Por un momento sintió como si estuviera en otro tiempo, porque ese hombre era el propio Raymundo O’Neill treinta años más joven. Fue muy amable y los hizo pasar, dando afectuosos masajes en las cabecitas de los niños. Entonces llegó el verdadero, añoso, Irlandés. Le presentó el joven a Renata. –Es el padre Pablo. Hoy me vino a visitar, y si podemos, celebraremos la misa juntos a las siete. Si querés quedarte hasta esa hora, vos y tus hijos son bienvenidos. Mientras ella sacaba mentalmente la cuenta de a qué hora llegaría de vuelta a su casa si se quedaba hasta la hora de la misa, su anfitrión le ordenaba al joven que trajera algo para tomar. Los chicos encontraron enseguida con qué jugar: un cachorrito negro de raza puro perro, al cual se le sumaron un rato después unos hermanitos tan ordinarios y tiernos como él. La mamá dormía echada en el patio, a la sombra de un horno de barro. –Ese pibe que te recibió es mi hijo –le arrojó el sacerdote a Renata. Como la cara de ella debió ser muy elocuente, él le ahorró palabras. –Me enamoré una vez de una mujer maravillosa, y ya ves, fue una bendición. Ahora comprendía muchas cosas que le quedaron sin resolver en la primera charla que tuvo con aquel tipo excepcional. –Lo malo es que a pesar de mis consejos, abrazó la misma http://zonaliteratura.com | 117 | Tarde


profesión que yo. Y bueno... Lo único que yo le deseo es que sea feliz con lo que tiene. Y que sea responsable siempre de sus decisiones y de sus actos, aunque se mande alguna cagada, que la asuma. ¡Oh!, perdón por el lenguaje. Acostumbrado a hablar sólo entre hombres, a veces se me escapa. Por asumir sus responsabilidades el Irlandés estaba marginado. A sus años, cuando por sus condiciones podría haber llegado a Obispo, estaba relegado allí, viviendo en la pobreza. Su primer punto en contra se lo anotó cuando, a poco de haber ingresado como sacerdote castrense pidió ser trasladado porque no aguantó estar sabiendo los espantos que ocurrían durante el Proceso. –Tal vez mi pecado fue no denunciar, no arrostrar aquello como lo hizo Angelelli, y tantos otros. Claro, hubiera terminado como ellos. Ahora aquí vivo entre la gente sencilla y humilde, que es la verdadera gente. Tenemos un grupo de Alcohólicos Anónimos y se está formando otro de contención a los drogadictos y sus familias. Es un azote que se va metiendo día a día, como una epidemia, y mientras tengamos los gobernantes que tenemos, no se podrá parar. En Ituzaingó tengo un colega muy joven que se dedica más a los chicos y la droga, el padre Mario. Lo peor es que uno se las tiene que ver con mafias muy peligrosas. Un día aparecés muerto y te inventan la historia de un crimen pasional, pero en realidad es porque metiste demasiado la nariz donde a muchos les molesta… Renata tuvo ganas de preguntarle si Dios se había quedado dormido, o si estaba mirando para otro lado, pero no se animó a una discusión teológica con un amigo, que además, llevaba las de ganar. Pero este cura era una caja de sorpresas: –Y, m’hijita, si no nos movemos nosotros, nadie hará nada, porque nuestro Señor está descansando desde que terminó todo el día séptimo... Era julio de 1976. Uno o dos días antes había nacido mi Laura Aliaga | 118 | http://zonaliteratura.com


ahijado. Mi madre viajó desde La Rioja a San Juan para conocer al nuevo nieto, y trajo la noticia, amarga, dolorosa como un puñal. El pelado, el Obispo que ahuyentó a las señoras gordas de la «alta sociedad riojana» que iban a lucir sus rollos forrados de sedas a la Catedral, y que se exiliaron en la muy aristocrática Iglesia de la Merced, aquel que como San Francisco Solano convocaba multitudes que se prosternaban ante el Niño Jesús Alcalde en la fiesta del Tinkunaku, al calor del mediodía todos los 31 de diciembre, había muerto. Sicarios del terrorismo estatal le habían preparado la celada, y todo quedó como si se hubiese tratado de un accidente. Murió como un perro, su cuerpo y el del sacerdote que lo acompañaba tirados durante horas en la ruta desierta. No hubo una justicia que peleara el caso, tuvieron que pasar años para que el miedo dejara al menos expresar la rabia impotente por tamaño crimen. El dolor y el desamparo de su pueblo por adopción no bastaron para devolverle la vida. Y era apenas el comienzo de un camino sin retorno en Latinoamérica. Conque este hombre que trabajaba de cura tenía un hijo y no lo consideraba un pecado, sino una bendición. Conque admitía haber sido partícipe al menos con el silencio del horror del Proceso (como tantos otros, pero es que no todos nacemos para mártires o santos). Claro; hubo una mujer que cuando lo conoció se dijo «qué desperdicio», y no lo dejó pasar así nomás. ¿Qué habría sido de ella? ¿Habría muerto? ¿Se habría casado después y ahora sería una abuela? Renata no se atrevió a preguntar. Lo cierto es que el padre Pablo llevaba también el antiguo apellido céltico. Casi no hablaron de Raúl. La tarde transcurrió en una charla sobre el momento difícil que se estaba viviendo porque cada vez más gente se veía empujada a la marginalidad, y la preocupación común era cómo contrarrestarlo. Los noventa se iniciaban como el resabio de una guerra. Como las «réplicas» de un terremoto, http://zonaliteratura.com | 119 | Tarde


esos remezones que vienen después del temblor grande. Durante meses, le contó Renata al Irlandés, la tierra se seguía moviendo hasta reacomodarse. A cualquier hora del día o de la noche se sucedían temblores de menor intensidad al que les dio inicio. Uno de ellos lo vivió en el departamento de una compañera de estudios, en el cuarto piso de un edificio de diez plantas, construido sobre rodillos, según un sistema japonés, que hacía que en días de viento se meciera de un lado a otro como un árbol. Un edificio flexible. Una tarde, entrado ya el año 1978, estudiaba Historia del Arte con Gloria, la jachallera cómica no sólo por su manera cantarina de hablar, sino porque todo lo tomaba para la chacota, a pesar de haber sufrido mucho desde jovencita. De pronto sintieron que el departamento se bamboleaba para un lado y para otro. –¡Quedate quieta! –gritó Gloria al ver la cara de pánico de Renata. Era la primera vez que ésta pasaba un sismo a veinte metros del suelo, e instintivamente fue a pararse para salir corriendo. Por eso Gloria se lo impidió, porque no había adónde correr. Los ascensores eran una trampa en caso de cortarse la luz; la necesidad de salir a cielo abierto podía resultar una tentación para arrojarse por una ventana (cosa que le había ocurrido a mucha gente desesperada). La única alternativa era quedarse quietas en el lugar y confiar en la experiencia sísmica y la pericia profesional de los arquitectos japoneses que habían inventado semejante maravilla. Azorada, Renata vio cómo el televisor de su amiga, que estaba en una mesita con ruedas, se desplazaba por más de un metro y medio. El cura joven se sumó cautamente a la reunión luego de haberlos dejado hablar solos, en un gesto de discreción. Estaba ocasionalmente de visita, porque su lugar de residencia permanente era en el extremo opuesto del Gran Buenos Aires, y la Laura Aliaga | 120 | http://zonaliteratura.com


madre iglesia agradecida, no fuera a ser que cundiera el mal ejemplo de curas que se atrevan a ser padres (y no sólo a engendrar hijos accidentalmente). Finalmente Renata decidió volverse a la Capital, con los chicos que estaban con sus cachetes colorados por el sol y sucios de tierra, pero felices. No se sintió obligada a dar explicaciones. Su amigo sabía que no soportaba el tedio de la misa, ni la representación teatral de la consagración, ni la antropofagia sublimada de la eucaristía. Sólo al despedirse, el sacerdote le habló de Raúl: –Creo que va a salir pronto. Lo ví mejor y ya no lo medican tanto. Pero está empeñado en hacer los trámites de anulación del matrimonio, porque el pobre no sabe que eso es un manoseo burocrático que lleva años y años. Es preferible que se separen nomás, si total la iglesia ya tiene una pastoral para divorciados... Renata no podía asegurarlo, pero le pareció percibir un tono irónico en esta propuesta… Se vieron una o dos veces más. La última, en los pasillos de la radio en que trabajaba Renata. Él había ido con chicos de un Taller Protegido que elaboraba pan y facturas. Su figura espigada y bella sobresalía entre aquellos seres sonrientes, como animalitos, deformes por el síndrome de Down o por alguna tara neurológica. Lo rodeaban y él tenía para todos una expresión de contención, de afecto. El Irlandés la saludó apurado pero cariñoso, como siempre. –Vení a verme cuando quieras –fue lo último que le dijo. Cuando Renata se decidió a complacer su invitación y llamó por teléfono a la parroquia, ya hacía ocho meses que había muerto. Lo consumió uno de esos cánceres fulminantes conque la gente que se cansa de luchar se evade del mundo. ¿Y adónde va? ¿Adónde se van los muertos queridos? Era la gran pregunta sin resolver. Los ritos primitivos, mágicos y antropofágicos de la Iglesia Católica, que indiscutiblemente insufló cultura al munhttp://zonaliteratura.com | 121 | Tarde


do desde dos mil años atrás, alejaron a Renata de la religión. Pero la necesidad de religarse le resultaba inevitable. Volver a la armonía mítica inicial, a la unidad cósmica, a la naturaleza. De ahí su inquietud por lo que pudiera ocurrir más allá de la muerte. Desde la adolescencia soñaba conque el espíritu, liberado del cuerpo accedería por fin al conocimiento de todas las cosas. Se imaginaba en suspenso sobre el espacio sideral, paseando por toda la Vía Láctea, enterándose por fin de esos misterios incomprensibles del Universo que en noches del diáfano cielo sanjuanino espió desde su sillita de totora, junto al padre raramente tierno que le transmitía sus conocimientos de astrónomo autodidacta. Durante su infancia se desarrolló la justa aerospacial entre Rusia y Estados Unidos, disputándose la hegemonía en todos los campos; ella vio pasar innumerables veces esas luciérnagas artificiales que giraban en órbita alrededor de la Tierra. ¿Por qué no podía ser que las almas de los muertos verdaderamente fueran al cielo, pero no a ese cielo estúpido y ocioso de estar sentado a la diestra del dios de barba blanca sobre nubes algodonosas? El cielo debería ser el lugar ideal para ver abarcando todas las cosas. Conocerlo todo, comprender el sentido de este mundo absurdo, mal hecho, injusto. Encontrar la razón de tanto dolor humano, de tanto sacrificio. Entre la parva de papeles arrugados que era el corazón de Renata estaba también el recuerdo de Pedro Cerezo. Mucho antes de deshacerse definitivamente del marido neurótico, se diluyó el fulminante amor del locutor. Sólo quedaban las cartas a la radio y las palabras de él dichas a un tú que ella sabía muy bien a quién estaban dirigidas. Fue un amor tan eterno como un perfume, tan fugaz como una canción.

«10/11/90 «Querido Pedro: Laura Aliaga | 122 | http://zonaliteratura.com


Encontré (como Cervantes el de Cide Hamete Benengeli, el moro) un manuscrito de autora desconocida que me costó leer porque estaba borroneado, deduzco, por sus lágrimas. Lo transcribo aquí para que lo leas, ya que, como dijiste durante el programa del viernes pasado, últimamente le estás dando mucho espacio a las cuestiones del amor y de la vida. ¡Hombres, hombres, que el Diablo los entienda! El único no conflictuado, el único a quien comprendí cuanto supe y pude, sin dudas, sin sobresaltos, sin angustias, me duró apenas siete años, al cabo de los cuales no tuvo mejor idea que enfermarse y morir, el muy tonto! Los que conocí y traté después parecen todos confeccionados con el mismo molde: solitarios, necesitados de afecto y comprensión, pero remisos a toda posibilidad de que los amen y los comprendan. Cuando un sueño de amor los roza, se enlaberintan entre las galerías de la Biblioteca y se hunden en su melancolía preguntándose «¿quién me podrá amar?» ¡Quién los podrá amar! ¡Nadie!, mientras vivan enamorados de sí mismos y de sus cosas. Si una mujer «tiende sus redes» a un hombre para cazarlo con aviesas intenciones matrimoniales, él huye despavorido. En cambio, si ella propone un amor para vivir momentos de felicidad, él se aleja diciendo: «es una loca». Y justifica su postura deduciendo, basado en la trasnochada idea de algún abuelo cordobés, que si la mujer fuera buena Dios tendría una, olvidando que el Dios en el que creen eligió a una mujer para engendrar al Mesías, sin la intervención de hombre alguno. Sin embargo, se embelesan leyendo ese poema supuestamente escrito por el Gran Ciego (en realidad fue escrito por alguna poetisa menor, en homenaje a Borges), esperando tal vez llegar a los 85 para comprenderlo, sin haber podido ponerlo en práctica. ¡Ay, qué difícil este trabajo de ser mujer! ¡Cuánta energía, http://zonaliteratura.com | 123 | Tarde


cuánta decisión, cuánta afectividad, cuánto entusiasmo por vivir nos queda a las mujeres sin poder canalizar! «Cuanto más conozco al hombre, más quiero… a la mujer». Lástima que no me da el estómago para hacerme lesbiana. Lástima que me gusten tanto los hombres y no pueda reemplazar con nada la ternura, el afecto, la pasión que saben prodigar… cuando se les da la gana. ¡Oh, Alfonsina, que Dios te haya dado paz! «Y si llama él no le digas que estoy, etc.» Pobre infeliz. ¿Qué te va a llamar? Aunque el teléfono funcione normalmente otra vez, no esperes que te llame, porque está muerto de miedo, porque cree que no tiene nada para decirte, porque ignora absolutamente que vos lo extrañas, que no sos de hierro y necesitas de su abrazo y de su pecho para poder llorar tanto llanto contenido.»

Hasta aquí lo que llegó a mis manos, junto con un poema irreverente y soez que no me atrevo a mostrarte. Según lo que pude investigar, esta ignota aspirante a escritora se internó, emulando a Alfonsina Storni, en las putrefactas y asquerosas aguas del Reconquista, a la altura de la Ruta 201, donde murió no por lo caudaloso del río sino por su alto grado de contaminación, y luego de un fallido intento de ser arrollada por el tren que realiza su recorrido entre Federico Lacroze y Campo de Mayo, porque ese día hubo paro de señaleros y ella no acostumbraba leer el diario. Pobre mina. Seguiré investigando, tal vez un día podamos hacerle un homenaje póstumo.» Otras veces dejaba el tono irónico y escribía cartas melancólicas y dulces: «Llevo tu perfume en mi mejilla. Un beso breve como el golpe de un sello; tu perfume, como tinta estampada prolonga tu presencia en mí. Por la radio, tu voz, tu querida voz y en mi piel tu Laura Aliaga | 124 | http://zonaliteratura.com


perfume. Estás impregnado en mi alma y te llevo, perfume indeleble, estampado por un beso breve. Paganini, Carmen, Liszt son bocanadas de aire llenas de tu perfume. Ráfagas de eternidad. Conjuros contra el olvido.» Y aunque casi no se veían, se comunicaban todavía, ella por escrito, él respondiendo en mensajes cifrados, por la radio. «27/11/90 «Querido Pedro: No dejo de maravillarme como la primera vez ante cada nueva afinación de nuestras cuerdas. El miércoles 21 te escribí eso que pretende ser un poema y cuyo valor reside, únicamente, en el sentimiento que puse sin esfuerzo alguno. Me acababas de prestar un libro sobre la obra de Bioy Casares en el que pude leer párrafos interesantísimos sobre el manejo que el escritor hace de la sinestesia. Hoy por la radio te preguntabas y me preguntabas adónde irán las sensaciones. Leíste algo de lo que no entendí una sola palabra pero que me conmovió profundamente, junto con algunas disquisiciones acerca de la eternidad. Pero no termina con esto mi asombro. En esas líneas que llegaron tardíamente a tus manos yo te hablaba de Alfonsina Storni, y vos recitabas «Fiero amor»... En fin, yo no sé adónde van todas estas cosas extrañas y deliciosas, ni de dónde nos vienen. Si sé que transitan por mi corazón, que es una calle precariamente asfaltada por la que súbita y permanentemente circulan camiones con acoplado, y así está quedando de maltrecho. Tal vez un cardiólogo me aconsejaría apagar la radio, pero yo no le haría caso. Nadie sabe, ni lo podría creer si yo intentara contarlo, cuánto disfruto y sufro al mismo tiempo por tu causa ( y porque yo quiero ). Disfruto cada minuto de esos encuentros intensos en que te siento tan cerca, tan metido en mí. Sufro por no poder estar al mismo tiempo con vos, por las miradas, los apretones de manos, los besos que se me quedan agolpados queriendo soltarse. Entonces surge como una necesidad natural la idea, el sentido http://zonaliteratura.com | 125 | Tarde


de eternidad a la que accedemos por breves ráfagas, por instantáneos destellos. ¿Será este un amor imaginario? Pues entonces, imagino que te amo, Pedro Cerezo, nacido bajo el signo de Cáncer en Córdoba, con domicilio constituido en Buenos Aires, de profesión locutor con carnet del ISER, entretenedor y otras hierbas, a quien por no sé qué cósmica jugada de ajedrez se le ha cruzado en rauda oblicuidad de alfil una loca llamada Renata.»

Se tornó un juego histérico a las escondidas. Renata le dejaba sus cartas en la recepción de la radio antes de entrar en su trabajo. Al día siguiente él le dedicaba algún párrafo a manera de respuesta. Ya ni siquiera se comunicaban por teléfono porque ella dejó de llamarlo cuando fue evidente que Pedro ya no quería verla. El tono de las cartas variaba desde lo irónico a lo melancólico; desde el reclamo despechado al humor sarcástico. «10/12/90: Mi querido Harry Houdini: Fui la entusiasta voluntaria entre el público que accedió a atarte con cuerdas y cadenas para ver luego cómo desaparecías al cabo de tu primera actuación, en medio de los aplausos. Recuerdo tres momentos de una de las primeras funciones: uno, cuando me dijiste que me sentías como algo personal, tuyo. Otro, cuando me preguntaste: «Y, piba, ¿qué pasa si nos enamoramos y nos hacemos pelota?» Y otro, cuando me escribiste sobre una servilleta del bar: «QUÉ LINDO ES TENERTE CERCA. AHORA. YA. SIEMPRE. ¿NO?» Debió funcionar una alarma para mí, pero estaba desconectada. Si yo hubiera entendido... Era para vos algo personal: como el micrófono, como un elemento más de tu trabajo; tenías miedo de enamorarte porque considerás que el amor te hace daño. Y el mensaje de la servilleta Laura Aliaga | 126 | http://zonaliteratura.com


fue mal puntuado; en realidad debí leerlo así: «QUÉ LINDO ES TENERTE CERCA AHORA, YA. ¡SIEMPRE NO!» Por eso es que enseguida comenzó a decaer tu entusiasmo. Empezaste a parapetarte en tu supuesta condición de loco. Después te mostraste incómodo con mis llamados: tu dulzura se tornó acritud. No volviste a manifestar que me extrañabas, ni moviste un dedo para verme. Los pocos encuentros que tuvimos fueron obra de mi empeño. Tus excusas eran problemas personales o laborales. Yo monologaba (como lo hago ahora) en mis cartas, y vos callabas, o en el mejor de los casos, me mandabas mensajes velados por la radio, cuando no eran decididamente eróticos, lo cual me hacía mucho mal. La anterior a ésta se perdió, o se traspapeló. ¿Ésta también correrá esa suerte...? Tu silencio no era el de quien calla y otorga, sino de quien mata cruelmente con la indiferencia. Me consumía la angustia, y a pesar de mí misma llegaba el momento en que volvía a marcar tu número esperando un milagro. El lunes 3 no fui a trabajar por el disturbio de los Carapintada, y me pasé la tarde preguntándome dónde estarías y si corrías peligro. Hasta que no pude más y te llamé: escuché tu voz y corté, me bastó saber que estabas en tu casa y bien. El miércoles volví a llamarte, pero esta vez cortaste vos, y como Houdini, te esfumaste. En lugar de encarar la situación y decirme «no quiero verte más», te escapás. Sé que no te soy indiferente; comprendo que tus miedos te tienen asustado. Pero eso es algo que yo no puedo resolver. Supongo que tus anteriores mujeres deben haber sido excelentes minas a las que también dejaste aplaudiéndote mientras te liberabas de cadenas y lazos. Como aquella «lejana caracola» que ningún «tiempo de otoño» te devolverá. Lástima, Pedro. Yo estoy muy triste, pero no me quita el sueño pensar en qué pude haber fallado: sólo te ofrecía mi corazón. Fue algo breve pero maravilloso. Muchos cambios positivos en mi vida tengo que agradecértelos, vos lo sabés. Y si bien se rompió nomás http://zonaliteratura.com | 127 | Tarde


la magia, no me arrepiento en absoluto de lo que viví con vos. Pero, ¡cuántas cosas me quedaron para darte! Mucha ternura, mucha pasión, mucha paz. ¿Ráfagas de eternidad? ¡Cuánto te hubiera amado! Renata»

A casi diez años de aquel amor tan sui-generis, mirando el cielo a través de las ramas de jacarandá que sombrean la vereda de Carlos Pellegrini y Sarmiento, Renata ha olvidado la pasión y recuerda bien a Pedro Cerezo, sin rencores. Dejó de verlo, pero pasó mucho tiempo todavía escuchándolo. Y cual las réplicas de los terremotos, de vez en cuando le mandaba alguna poesía, alguna carta. «12/4/91: ...Estoy contenta de haber reanudado un diálogo tan particular con vos, porque es una bella experiencia esta posibilidad de comunicarnos a distancia, en forma puramente espiritual y obviando las cosas ingratas o desgastantes de una relación común y corriente. Al contrario de la muchacha confundida que difama a su antiguo amor porque no respondió a sus expectativas, y a pesar de que sos «el perfecto blanco para que un solo gesto (¿mío?) te destruya», quiero decirte que me alegro sinceramente al saber que estás bien, y guardo de tu persona el mejor de los recuerdos. Me quedé con lo mejor de vos, y pretendo darte lo mejor de m��. Yo también estoy en un buen momento, aprendiendo día a día a vivir aquí y ahora, a no angustiarme por lo que vendrá, ni martirizarme por lo que ya pasó. Viviendo, en una palabra.» ...Desde que dejé de ser un ama de casa cuasi perfecta leo mucho más, no hay nada que me de más placer. A veces recuerdo tu departamento atestado de libros y siento una envidia nada sana, francamente. ¡Qué ironía! Si la nuestra no fuera una relación platónica podría leer tantos libros tuyos a cambio, Laura Aliaga | 128 | http://zonaliteratura.com


por ejemplo, de un puchero cocinado por mí, incluidos unos choclos bien sazonados con manteca y sal, que vos comerías haciendo ruido y sacándote alguna que otra «barba» de entre los dientes con la uña del dedo meñique. Pero, en fin, mejor están así las cosas, y al menos tenemos la seguridad de que jamás nos vamos a pelear a causa del modo de apretar el tubo de dentífrico... ...Descubrí, entre mis muchos libros, uno que no había leído, o mejor dicho, que intenté leer sin poder pasar de la página ocho: El Castillo, de Kafka. Esta vez superé la marca y voy por la página setenta y seis. Ayer subrayé esta frase: «A quien uno ha olvidado puede llegar a conocer nuevamente». Ahora imaginá un silencio, de esos que vos manejás tan bien... Y bien, desde aquí, donde estoy »sentada en las vagas lindes de tu alma», me despido hasta la próxima con un imaginario, impoluto y platónico beso. Renata»

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XIV

Claro; había otro con quien darse los besos reales, transmisores de gérmenes y nada platónicos. Fue uno de esos pasajeros en su vida que no dejaron mayores huellas. Habiendo sido preparada para mujer de un solo hombre por siempre, todavía sentía cierta culpa si establecía una relación basada sólo en la atracción física. Una tarde iba a su habitual sesión de terapia, que ahora cumplía más tarde, al final del día de trabajo. Se había demorado más de la cuenta y para llegar a tiempo paró un taxi. Al abrir la puerta casi se cayó al suelo por el impacto que le produjo la música a todo volumen en el interior del auto. Intentó decirle al conductor adónde iba y gritó: –¡Hasta Billinghurst y Charcas! El taxista bajó el volumen en mitad de la frase, con lo cual Renata se sintió absolutamente ridícula, gritando en medio del silencio. El tipo se echó a reír, y ella lo vio por el espejo retrovisor. Era un atrevido de los que usaban el pelo largo atado en una cola, cuando todavía no se había impuesto esa moda entre los hombres. Tenía unos ojos verdes de gitano, y una sonrisa demoledora. Reguló el volumen de la música y lo dejó a un nivel aceptable. –¿ La Sinfonía Inconclusa de Schubert? –aventuró Renata. Laura Aliaga | 130 | http://zonaliteratura.com


–¡Sí señora! –respondió él entusiasmado. A partir de ese momento el viaje se transformó en un divertido concurso en el que el taxista tarareaba unos acordes y ella adivinaba a qué obra y autor pertenecían. Cuando llegaron a Billinghurst y Mansilla paró el auto. Renata aclaró: –Falta una cuadra… –Sí, ¿estás muy apurada? –Sí, tengo sesión de terapia. –Me gustaría verte otra vez- le respondió él muy convincente. –No sé, quizá en otro viaje… Él se rió. –¿Sabés cuántas posibilidades hay de que vuelvas a tomar el mismo taxi en Buenos Aires? Una entre un millón. Y de que suba otra mujer hermosa como vos, y que además sea amante de la música clásica y conozca tanto, muchas menos. Renata callaba pero sonreía. ¡Qué lindo tipo! No era más que un taxista que le deparó el azar, ella era una señora y no podía andar relacionándose con cualquiera. Mientras hacía avanzar el auto nuevamente él insistió: –Si me das tu teléfono, un día te llamo y vamos a tomar un café. Tal vez por resolver rápidamente la situación y no llegar tarde a terapia, o decididamente porque el tipo le encantó, se escuchó recitar su número telefónico. Pagó y bajó, y se quedó con la placentera sensación de ser mirada por unos ojos verdes sonrientes que le derritieron el corazón. Decididamente era una loca, tal como lo había pronosticado Raúl, pero era excitante esta nueva condición. La avergonzaba un poco sentir prejuicios porque se trataba de un taxista; en el medio en que se movió toda la vida sólo se valoraba a las personas que ejercían alguna profesión relacionada con el intelecto, pero la angustia de estar transgrediendo tales cánones quedó neutralizada cuando en la conversación él le contó que le faltaban pocas materias para recibirse http://zonaliteratura.com | 131 | Tarde


de psicólogo. La llamó dos días después a las diez de la noche. Había terminado su jornada de trabajo y hablaba desde un teléfono público. Renata estaba acostando a sus hijos. –¿Podemos vernos ahora? –preguntó él. –Mirá, estoy con mis hijos, no tengo con quién dejarlos... –Y bueno, dentro de un rato, cuando estén dormidos, paso a buscarte... Era un audaz. –Mejor lo dejamos para mañana. –Eso es muchísimo tiempo –galanteó él, y a ella le encantó. –Mañana, ¿si? –Como usted diga, señora. A la noche siguiente la volvió a llamar. Esta vez Renata le mintió que había conseguido con quién dejar los chicos. La verdad era que él le dio una buena idea: esperar a que se durmieran y dejarlos con todos los recaudos de seguridad del caso: la llave del gas cerrada, las puertas y ventanas trabadas, ni ventiladores encendidos ni espirales contra los mosquitos. Sólo se trataba de ir a tomar un café, y no podía tener tanta mala suerte de que ocurriera algo malo. Tal vez sí tenía una necesidad inconsciente de asegurarse un motivo para sentirse culpable, por las dudas, si no, ¿para qué se es mujer en este mundo, si desde Eva hasta el verano de 1991 siempre hay que cargar con alguna culpa adicional a la de la manzana primigenia? Se bañó, se puso linda con una blusa de hilo color rosa con bordados en la pechera y una pollera negra a la rodilla pero con un discreto tajo, se puso un poco de rubor y delineador de ojos y se perfumó. A las once los chicos dormían profundamente. Renata los besó como pidiéndoles perdón y atendió los golpes en la puerta. Cerró cuidadosamente y se quedó escuchando por si alguno de sus hijos se había despertado. Nada. Entonces salió con Antonio. Él le abrió caballerescamente la Laura Aliaga | 132 | http://zonaliteratura.com


puerta. Ella lo observó caminando hacia el lado opuesto del coche: un cuerpo armonioso, fibroso, una piel aceitunada, y ese pelo largo recogido que le quedaba tan bien... Era joven, tal vez cuarentón, pero con un aire adolescente. Él subió, cerró la puerta y antes de darle arranque al auto la miró y aspiró su perfume exclamando «¡Huummm!» con una sensualidad que a Renata le hizo subir las pulsaciones. Fueron a un bar en Villa Devoto, un cálido lugar con mucha madera y plantas naturales, y música suave. Mientras bebían café se inició el juego de seducción inicial en el que lo que se cuenta y lo que se escucha es exactamente aquello que conduce en algún momento a la cama. Antonio estaba separado. Había sido montonero y estuvo desaparecido durante un tiempo en la época del proceso. Fue uno de tantos que pasaron por algún campo clandestino de detención, pero tuvo la suerte de sobrevivir a las torturas. En aquel tiempo estaba en la Universidad de Buenos Aires más que nada como un medio para hacer política, y no por el específico interés de hacer una carrera. Entonces estaba casado, y tenía dos hijos pequeños. Pero cuando recobró la libertad se encontró conque la mujer le hizo el planteo definitivo: –O la política o yo. A lo que él respondió: –O el amor o nada. Ella ya no lo amaba. –¿Y los chicos? –preguntó Renata. –Están hermosos –y sus ojos verdes brillaron–. El mayor ya termina el secundario, y la piba está en segundo año. Esa me tiene loco, es divina. –¿Así que el papá y los hijos son estudiantes? –Sí, hace un par de años me decidí a retomar la carrera. ¿Por qué no? No llegaré a ser una eminencia en la profesión, a lo mejor me transformo en otro profesional que no consigue más trabajo que el de taxista, pero yo quiero terminar. http://zonaliteratura.com | 133 | Tarde


«Ya está», pensaba Renata, adherente incondicional a sus prejuicios inevitables por su condición de clase media, «es un tipo interesante». Y además, tan atractivo... Cerca de la una de la mañana Antonio le preguntó si ya quería volver, y ella asintió. En el auto él intentó apoyar su mano sobre la pierna de Renata después de poner un cambio, pero ella se la tomó con suavidad y la colocó sobre el volante sin decir nada. Él sonrió con esa sonrisa que derretía hasta el empedrado de las callecitas de Villa del Parque. Se detuvieron frente a la casa de Renata. Antonio se reclinó sobre la puerta del coche con el brazo izquierdo apoyado en el volante y la miró con ansias: –¿Al menos me vas a dar un beso? –No –le contestó ella. –¿Y la próxima vez que nos veamos? Renata sólo se encogió de hombros y bajó del auto. Él también bajó y la acompañó hasta la puerta. Antes de despedirse le preguntó: –¿Sabés que sos muy linda? –y le dio un beso en la mejilla rozando con la comisura de sus labios los labios de Renata, como accidentalmente–. Te llamo. –Chau –contestó ella, y entró a la casa. Ya dentro escuchó cómo arrancaba el auto y se alejaba. Todo su cuerpo estaba invadido de una sensación de bienestar, de alegría. Se descalzó y fue a ver a sus niños. Todo estaba en paz: dormían como ángeles. Acarició esas caritas de cachetes sonrosados y saludables y besó la frente de cada uno. Se acostó todavía sintiéndose plena, y antes de dormirse estuvo repasando ese encuentro con Antonio. La había cautivado. ¿Estaría mal ser tan enamoradiza? ¿O estaba cobrándole a la vida deudas viejas? Porque haber llegado a los veintitrés años casi virgen al matrimonio (peor aun, embarazada) desde su óptica actual fue una soberana estupidez. Cuánto se había perdido de disfrutar... En otro momento menos placentero, obedeciendo a su natural pesiLaura Aliaga | 134 | http://zonaliteratura.com


mista habría meditado sobre que todo lo bueno le llegaba tarde. Verdaderamente no estaba preparada para el disfrute, era un aprendizaje que había iniciado muy poco tiempo atrás, con su fugaz relación con Pedro. Se durmió feliz. A la madrugada se despertó en la culminación de un sueño erótico, y sintió el orgasmo ya en plena conciencia. La imagen de Antonio se le instaló en la mente, sus ojos verdes, su sonrisa, su boca carnosa que le había pedido un beso...

Al filo del vigésimo primer siglo creemos que se ha dicho todo ya acerca del amor. Sin embargo, una tarde cualquiera de cualquier enero un hombre y una mujer se encuentran, y sin saber por qué, comienzan a andar un camino no trazado. Te descubro, te admiro; mi atrevimiento te sorprende. La casualidad no existe: ¡tenemos tantas cosas en común! Mi vida pende del cable del teléfono. ¿Vendrás? Voy ya. Dame unos minutos más para que se duerman los chicos, para ponerme linda como una novia adolescente. Mi corazón se acelera. Llegas. ¿Cómo describir la ternura que siento al abrir la puerta y ver tus ojos, tu sonrisa, tu pelo, tu belleza de hombre, tus gestos? Del amor está todo por decir si me tomas en tus brazos y un beso dulce, cálido nos enciende. Y aunque seamos sólo dos entre miles de millones, aunque en el Golfo Pérsico se estén matando por cientos en este mismo instante, no existe nada más en el mundo que vos y yo, y esta divina locura de hacer el amor en mi cama de una plaza, de amarnos con alegre fruición, como jugando un juego extenuante. Y luego hablar, confiarnos cosas, prolongar la ternura, conocernos poco a poco. El amor es nuevo, único, maravilloso. Nadie sabe nada del amor, sólo vos y yo. http://zonaliteratura.com | 135 | Tarde


Visto a la distancia, Antonio fue solamente un hito más en el camino. En los períodos en que Renata pasaba sin un hombre sentía que su cuerpo empezaba a perder significado. Poco a poco esa unidad que formaban su cabeza, cuello, hombros, brazos, torso, pecho, ombligo, pubis, nalgas, muslos, piernas, pies, en su mente empezaba a distorsionarse, a deformarse. Eran los momentos en que se sentía fea, o gorda, o vieja a pesar de sus poco más de treinta años. La presencia de un hombre que la deseara y que le prestara su cuerpo para sentir el propio, le ponían el mundo físico nuevamente en su lugar. Por eso Antonio cumplió casi exclusivamente esa función, porque su deseo frustrado estaba puesto en Pedro. Aquellas cosas mágicas que le ocurrían con él y que se relacionaban más con el espíritu no pasaban ni remotamente con Antonio, salvo su afición común por la música clásica. Parecía por momentos que una nube negra lo cubría y se volvía hermético, a pesar de su natural juguetón. El hecho de haber sido un militante montonero y temporariamente desaparecido le dejó como una necesidad de inspirar lástima Era su manera de seducir, y de eso ya había tenido bastante Renata en su experiencia matrimonial con Raúl. Entonces quedaba el lenguaje de la piel. Lo que transmiten las pieles en contacto no hay idioma que pueda nombrarlo. –Habría que organizar simposios, congresos, seminarios, retiros, todo evento posible dedicado exclusivamente al ejercicio de las caricias –le decía Antonio desnudo, laxo, tendido a su lado. Renata callaba y en su silencio imaginaba ese mismo cuerpo sometido a la agresión salvaje de las torturas. Pobrecito; cuánto debió sufrir, cómo no iba a fantasear con esas ideas locas sobre congresos de caricias, si tendría impreso en sus células tanto dolor por reparar...

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Me has dejado dulces dolores en el cuerpo. Mi alma está plácida. Mi mente... algo inquieta. Me pregunto cómo es posible no enamorarse. Es bueno que no me propongas no enamorarnos. Me siento libre, te doy libertad. No proyecto, no planifico. Siento que de a poquito te vas metiendo por las trizaduras de mi corazón, que de a poquito voy ocupando un lugar en tu enigmática vida, y por ahora, el lenguaje con que nos comunicamos es el de nuestros cuerpos, que alegre, despreocupadamente viven, ríen, gozan.

Había un aspecto oscuro en la relación con Antonio. Era como si la clandestinidad fuera su estilo de vida a pesar de haber pasado ya la época de la persecución y del miedo. Él vivía siempre como escondiéndose, o escondiendo algo. Renata nunca supo dónde vivía, ni fueron juntos jamás al cine, o a un espectáculo público. Sólo se encontraban en algún café, y para hacer el amor en algún hotel, o en la casa de ella cuando los chicos ya dormían. Por eso no alcanzó a ser alguien que dejara huellas profundas. Se agotó enseguida. Renata seguía convencida de la necesidad de buscar el hombre que resumiera todas las condiciones para un amor de verdad: un compañero para todas las horas. Y sin embargo, todos, en algún momento se esfumaban. ¿La abandonaban? ¿Como su padre? ¿Es que ella no los satisfacía, no era como ellos querían y entonces la dejaban? ¿O era que ella había aprendido a amar a quien hace sólo lo que uno quiere? ¿Era ella quien los dejaba, o quien hacía que se alejaran porque no los aceptaba tal como venían? Con sus complejos, con sus locuras, con sus defectos de fábrica o sus fallas por el uso. Lo que más le molestaba de Antonio era que resultaba absolutamente impredecible. La llamaba cuando a él se le ocurría, http://zonaliteratura.com | 137 | Tarde


la pasaba a buscar o la visitaba tarde por la noche en su casa, hacían el amor y se iba de madrugada para luego, con esa vocación de desaparecido que le quedó impresa, borrarse por un tiempo. Con todo lo cual, Renata que gracias a su terapia sabía que todo lo que no podía controlar la sacaba de quicio, optó por terminar con la relación. Pero fue otro más que cada tanto, aun habiendo pasado años, la llamaba por teléfono e intentaba un acercamiento. Paulatinamente dejó de escuchar la radio. Empezó a trabajar en prensa y difusión para artistas de teatro y grupos de danzas, y esto le insumía tiempo también por la mañana, de manera que tuvo que arreglárselas pagando a una señora que su amiga Irene le recomendó para dejar al cuidado de sus hijos, mientras ella se dedicaba a redactar y distribuir gacetillas de prensa por todos los medios de difusión. Más de una vez se cruzó con Pedro, pero ahora sólo por cuestiones laborales. Precisamente el día de la segunda audiencia por el juicio de divorcio con Raúl, al despedirse de éste en Carlos Pellegrini y Sarmiento tuvo que seguir viaje hasta la radio de la calle Maipú. Allí la esperaba un grupo de actores vocacionales que por entonces luchaba para llegar con una obra de Rodolfo Walsh a algún teatro de la calle Corrientes (y casi lo logró: estuvieron por tres meses a media cuadra de Corrientes...). Al margen de ciertas diferencias ideológicas, Renata reconocía agradecida la bonhomía de Pedro por prestar su micrófono para difundir cuanto tuviera que ver con la cultura popular. En cada encuentro de estos se sentía rara pensando que con ese hombre que ahora no le despertaba el menor deseo había vivido una pasión intensa. –¿Cómo estás? –le preguntaba amigablemente él. Seguramente ya le había perdonado que hubiera sido tan intransigente, tan demandante en el amor, con esa tendencia al «todo o nada» que la dejaba siempre sola. Años después, de vez en cuando sintonizaba por algunos miLaura Aliaga | 138 | http://zonaliteratura.com


nutos aquel ya legendario programa. Ya no era lo mismo, pero Pedro Cerezo por momentos le hablaba a un tú. «Este es un vivo que se levanta minas por la radio», había dicho Raúl, y tal vez tuvo razón. No obstante, el tú que ella supo ser, estaba absolutamente convencida, fue singular, único. Lo que Renata sí olvidó para siempre fueron los detalles relacionados con el juicio de divorcio. Sí sabía que le dejó un sabor repugnante por la formalidad con que se llevó a cabo. Lo único que podía precisar era que el juzgado se encontraba sobre la calle Talcahuano, a media cuadra del Palacio de Justicia. El Juez era un señorón de Barrio Norte que a todas luces ya tenía todo conversado de antemano con ambos abogados: la doctora Levigne que representaba a Raúl, y el doctor De Rosa que representaba a Renata. Como para esta altura Raúl ya estaba momentáneamente sanado de su brote neurótico depresivo, aceptaba las consignas preestablecidas (y aprobadas por papá): ambos debían contarle al magistrado que la convivencia se había tornado insostenible, que ya no cohabitaban (de hecho, no vivían juntos desde hacía más de dos años), que ninguno reclamaba alimentos del otro. Para nada se mencionó la existencia de los hijos de Renata porque hubiera sido un detalle que complicaría las cosas, y ella sentía asco porque era como si los estuviera negando. En fin, había que darle un trámite rápido al asunto, y fue necesario actuar y quedar ante el juez como un par de imbéciles que se habían casado porque sí, y que ahora habían decidido descasarse. Todo el sufrimiento, el daño psicológico de ambos, el resentimiento irreparable de Renata por aquel embarazo que pudo haberse evitado y que terminó en aborto, el daño a sus niños, eso parecía no tener ningún peso (y de hecho hubiera sido una locura mencionarlo) en el transcurso de los escasos minutos de fría conversación con un profesional al que parecía no importarle un bledo de lo que estaba escuchando, y que, como repitiendo un texto ya sabido de memoria los instó a intentar http://zonaliteratura.com | 139 | Tarde


una reconciliación hasta el plazo de la segunda audiencia. Faltó que al despedirse hasta dos meses después se asomara a la puerta y gritara: «A ver, que pase la siguiente pareja por divorciar...» El único miedo de Renata era que Raúl no pudiera contenerse y mencionara lo de su infidelidad con Pedro (de la existencia de Antonio ni se había enterado, ni de algún otro que andaba pululando por ahí, porque si bien no era una belleza despampanante, era una mujer atractiva, inteligente y no le faltaban candidatos). Si Raúl llegaba a salir con semejante domingo 7 delante del Juez otro sería el cantar, porque entonces ya no habría divorcio por mutuo acuerdo, sino culpabilidad de parte de ella, y eso hubiera resultado terrible. Así también ella no tuvo más remedio que callarse las pocas pero significativas (sobre todo porque ocurrieron en presencia de los niños) agresiones físicas de que fue objeto por parte de Raúl. Fue un pacto de caballeros y lo cumplieron. Tal vez el hecho de que la formalidad del divorcio resultara al fin tan cómoda hizo desistir a Raúl de la anulación del matrimonio religioso. Durante los dos meses que transcurrieron hasta la segunda audiencia que por un capricho de su mente se había puesto a recordar esta tarde en la esquina de Sarmiento y Pellegrini, al conjuro de unas ramas de jacarandá que se movían sopladas por el vientecillo primaveral y la decoración de una vidriera que se resistía al posmodernismo, ya había terminado su fugaz amor con Pedro Cerezo, ya había conocido las delicias de los amores con un ex desaparecido melómano, se había cimentado en su trabajo de productora radial y asesora de prensa y difusión de artistas de los más variados géneros, había dejado de ser ama de casa con dedicación exclusiva y había aprendido a delegar el cuidado de sus hijos sin desentenderse de lo esencial en su educación. Mujer al fin, se transformó, como gustaba decir Irene, en un lagarto al que le cortan la cola y la regenera, una y otra Laura Aliaga | 140 | http://zonaliteratura.com


vez. Borrosamente se le aparecía en la memoria la imagen del juez circunspecto, enfundado en su traje gris, muy engominado y ocupando un anticuado sillón de cuero verde, sosteniéndose la pera con la mano para escuchar la exposición que Renata y Raúl hacían, justificando su pedido de que la ley determinara que ya no los unía ni los uniría jamás vínculo alguno. Firmado todo lo cual, ya no hubo más que decir, y fuera del despacho del magistrado acordaron con sus respectivos abogados que, luego de dictaminada la sentencia y una vez que la misma fuera copiada al margen del acta de matrimonio, cada uno tendría su ejemplar. Porque bien podía ser que cualquiera de los dos alguna vez quisiera reincidir en la experiencia del matrimonio. A Renata esa posibilidad le parecía tan absurda y remota como la de hacerse ciudadana bengalí. Una vez en la vereda de la calle Talcahuano se despidieron los cuatro. Pero casualmente Raúl tenía que ir hacia el lado de Corrientes, y muy afablemente preguntó a Renata si podían ir juntos. Ella no quiso ser descortés; en realidad ya no tenía enojo con él, ni motivos para pelearse. Así fue que caminaron juntos por Corrientes hasta cruzar la avenida 9 de Julio. Ella debía pasar a retirar unas fotocopias de una librería antes de ir a la radio de la calle Maipú. En el trayecto fueron conversando animadamente; Raúl le contó que estaba trabajando por fin como maestro (¡pobres chicos!, pensó Renata), ejerciendo una suplencia, pero que para el año siguiente ya se había inscripto para un cargo como titular. Por suerte se trataba de un distrito escolar lejano a Villa del Parque, dato que a Renata proporcionó gran alivio. Y así fue que llegaron a Carlos Pellegrini y Sarmiento, y como no tenían nada más que decirse, y ella debía ir a trabajar, se despidieron con un beso anodino, y no se volvieron a ver jamás.

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XV

Unas ráfagas de viento parecido al que sopla en la costa le desordenaban el cabello. Todavía en septiembre estaba muy lejana la posibilidad de unas vacaciones en el mar, y más lejanas aun considerando lo ajustado de su presupuesto, siempre dejando de pagar una deuda para poder pagar otra más urgente. Pero la añoranza era inevitable. Sobre todo porque hacía tiempo que unos recuerdos marinos la tironeaban insistentemente.

Si algo le faltaba a una melancólica como yo, era esta nostalgia que ya siento por …¿Necochea? Quiero decirte que me divertí muchísimo en los ratos que estuvimos juntos. Me gustaría volver para cobrarle a la vida lo que nos debe: llegar a ver un atardecer ocho minutos antes; escuchar juntos el silencio del mar en Las Grutas; algún delicioso chapuzón como el del primer día. Me voy mucho más rica de lo que era hace nueve días. Aprendí, por ejemplo, que de febrero a abril hay una eternidad… Sos un loco hermoso.

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Fueron sus primeras vacaciones de viuda. Se animó a irse en carpa con sus niños a Las Grutas, unos quince kilómetros al sur de Necochea. La animó el grupo de amigos y compañeros de militancia que la contuvieron durante la enfermedad y la muerte de su marido: la entrañable Irene y su marido «cama afuera», Luis; el gordo Andrés, tan generoso, tan mano suelta, tan afeminado; Ricardo y Magdalena, una pareja por la que nadie hubiera dado un centavo: él tenía veintiún años; ella treinta y cinco y dos hijas de sendos maridos anteriores, y sin embargo, muchos años después seguirían juntos dándole batalla a la vida; Gabriela y Rubén, que tenían un bebé de la misma edad de Nicolás pero con problemas neurológicos. Cuando Renata los veía juntos pensaba que al menos podían afrontar su drama de a dos; ella en cambio había quedado sola para hacer de padre y madre. En fin, aquellos diez días de enero de 1988 fueron inolvidables.

Cuando el mar era el relato familiar de un viaje hecho unos días antes de cumplir un año, y unas fotos en blanco y negro en las que aparecía yo (una gordita sentada en la arena con una cofia y malla de «abeja»), la vida transcurría morosa entre los álamos sanjuaninos. Golondrinas como brasitas negras, al decir de Falú, cruzaban el atardecer. Grandes caudales de agua sólo era posible ver en algunos veranos, cuando el río San Juan aumentaba varias veces su volumen, bajando turbio y desaforado.

En Necochea los esperaban los compañeros lugareños que habían organizado aquel campamento, y allí se reunieron con otros venidos de distintos puntos del país. Renata no podía evitar sentir sus hormonas alborotadas ante algunos de aquellos camaradas jóvenes y hermosos, pero no se atrevió a avanzar. Le gustaba un rubio que tocaba la guitarra y cantaba canciones de Silhttp://zonaliteratura.com | 143 | Tarde


vio Rodríguez, pero también la inquietaba un morocho, Marcelo, alto y potente como un potro sin domar. Pero ella estaba en un lugar muy complejo: por un lado era la admirada mujer que luchó a brazo partido hasta las últimas consecuencias contra una enfermedad artera que se llevó a su amor, y sin embargo siguió sin derrumbarse por sus hijos. Estaba saliendo recién de su cascarón de mujer de un solo hombre al que estuvo unida por amor. Jamás por su cabeza había pasado la posibilidad de una aventura de verano sin consecuencias, ni siquiera cuando tuvo quince años. Y estaban sus hijos, que la absorbían la mayor parte del tiempo. Así es que participaba de los fogones que se hacían en la playa por la noche, y cantaba con el rubio «Yo digo que las estrellas le dan gracias a la noche / porque encima de otro coche no pueden lucir tan bellas...», y sentía su aliento cerca, mientras el morocho la contemplaba insinuante sentado en una roca salpicada por las olas. Pero luego ella se metía en su carpa a dormir con sus hijos, mientras el rubio se deslizaba en la carpa de otra, y el morocho hacía el amor con una necochense sobre un poncho tendido en la arena. En aquellas vacaciones ni se enteró que había impactado a otro de los compañeros de Necochea: Isidro de Souza, un arquitecto de cuarenta años, flacucho, pelo crespo y largo, muy simpático, con una sonrisa franca y voz dulzona de tenor. Era un atado de nervios, enamorado de su profesión y de su ciudad. Mientras duró el campamento actuó como anfitrión llevando y trayendo cosas y gente, de la ciudad a Las Grutas y viceversa, sin descanso, y siempre acompañado de sus hijos, una chica de catorce años y un varón de siete. Su mujer también estaba en la misma organización, pero no se hizo ver demasiado por el campamento. A decir verdad, Renata ni siquiera recordaba cómo era su cara. En general, todas las esposas de los necochenses tomaron una actitud más bien de rechazo hacia las forasteras, sobre todo si estaban solas, porque significaban la amenaza de conLaura Aliaga | 144 | http://zonaliteratura.com


vertirse en cornudas en un abrir y cerrar de ojos. Y peor si se trataba de las que habían llegado desde Buenos Aires, unas locas de atar todas sin distingos, para los prejuicios provincianos. Sólo las militantes, las que sabían de luchas y soledades como la inefable Patricia León se portaron como verdaderas compañeras. Renata encontró en ella un alma gemela, y luego cultivaron una amistad más allá de la diáspora que sufrió después el grupo, cuando triunfó el modelo neoliberal, posmoderno y primermundista que terminó tragándose a muchos que alguna vez pasaron por revolucionarios, y catapultándolos a funciones públicas muy cercanas al poder. Una noche, después de cenar, debajo de la enorme carpa que servía de comedor y sala de estar y alrededor de la cual habían dispuesto las carpas para cada pareja o familia, se improvisó un auditorio. Sobre una sábana blanca Isidro proyectó un audiovisual basado en la historia de Necochea elaborado desde su mirada de arquitecto con ideas revolucionarias y nacionales. Mientras las diapositivas se sucedían, él relataba cómo aquellas tierras habían sido primero dominio de indios que luego fueron domesticados por los jesuitas. El padre Cardiel, un pionero de dos siglos atrás, había andado a pie y a lomo de mula toda la región, evangelizando y ganando voluntades para la civilización. La ciudad se fue construyendo sobre la ribera del río Quequén, que tuvo uno de los primeros puertos de la zona. Se construyó un puente sobre el río Quequén y ello facilitó el acceso al lugar de gente de otros puntos de la provincia, y sobre todo, de la capital. La ola inmigratoria también arrastró a mujeres y hombres de diversas nacionalidades hacia aquel paraíso surero. Los indígenas, primero bajo el gobierno de Rosas, y más tarde el de Roca, siguieron sufriendo el ataque que los diezmaba y los hacía retroceder cada vez más hacia el sur, y entonces destruyeron el puente. Nada fue fácil, pero un nuevo puente fue erigido: el puerto de Quequén debía tener su conexión con tierra. http://zonaliteratura.com | 145 | Tarde


Luego vino el comercio internacional y el progreso, el modelo económico liberal, y la Argentina pasó a ser la perla más preciada de la corona británica. Unos pocos se apropiaron de miles de hectáreas para usufructo privado, mientras la clase trabajadora se instalaba en las márgenes geográficas y económicas, pero luchaba y se mantenía sin aflojar. Los señores europeizantes comenzaron a copiar estilos arquitectónicos de lugares exóticos: construyeron enormes palacios utilizando el hierro sin tener en cuenta que el aire marino oxidaría todo carcomiendo hasta las bases de esos monstruos. Isidro se apasionaba y demostraba indignado cómo, si hubiese primado el sentido común, se hubieran hecho bellísimas construcciones utilizando materia prima del lugar, casas de troncos, de piedras. Pero tuvieron que pasar muchos años para eso. Los gobiernos populares y con sentido nacional, en primer lugar expropiaron aquellos latifundios; se construyeron viviendas, escuelas y hospitales para la gente. Las playas dejaron de ser un lujo al alcance exclusivamente de la clase alta, y la clase trabajadora tuvo la posibilidad de extender hacia la costa la ciudad que daba la espalda al mar, con sus casitas alegres y funcionales. En lo que fue la estancia de una viuda pudiente se concretó una gran forestación que detuviera la acción erosionante del viento marino y evitara el avance de las estériles arenas. Y el casco de aquella estancia fue más tarde sede del Museo Histórico Regional. Todo aquello que Isidro contaba le descubría a Renata un mundo insospechado y apasionante, y las imágenes estaban tan bien coordinadas con el discurso, que resultó una velada realmente agradable y útil para todos. Aplaudieron a rabiar al modesto arquitecto que sonreía y sus pequeños ojillos celestes brillaban satisfechos. Renata se quedó sin saber cuánto de ese brillo iba dirigido hacia su persona. Unos meses después lo volvió a ver, pero cuando se iniciaba su relación con Raúl. Viajó con éste nuevamente a Necochea a Laura Aliaga | 146 | http://zonaliteratura.com


una convención a fines de ese mismo año, pero ella apenas reparó en el arquitecto. Sólo compartieron la mesa del almuerzo, pero no formaron parte de la misma comisión, ni tuvieron ningún contacto. Y a mediados de 1989, ya casada con Raúl, se encontraron en un congreso en Mar del Plata, pero entonces apenas recordaba Renata haberlo visto. De verdad, por momentos me pongo a saborear cada recuerdo que tengo con vos, y no con melancolía. Sos un acontecimiento feliz en mi vida. Desde que estaba en Necochea me anda rondando una palabra por la cabeza: Epifanía. La busqué en los diccionarios comunes y no sale más que la festividad del 6 de enero. Pero tiene que ver con eso, con un acontecimiento feliz, algo maravilloso que de repente se muestra, o que habiendo estado ahí, de repente uno tiene la capacidad de ver. Entonces pienso en los tiempos, y me acuerdo cuando estábamos en ese rincón único desde donde vimos el atardecer y vos me decías que hubieras querido que nuestro encuentro se diera años antes… Y sin embargo, éste es el tiempo, lo que había, o lo que iba a haber, recién ahora se nos reveló. Yo estoy feliz de que haya sido así.

Para el verano de 1995, Renata apenas recordaba la imagen de Isidro de Souza. Un fin de semana de enero, aprovechando que sus hijos paseaban por las Sierras de Córdoba con su abuela, se marchó con Irene a Necochea. Las había invitado Patricia León, con esa hospitalidad que hace a alguna gente poner su casa a disposición de las visitas, con tanta generosidad que hasta se ofende si el invitado menciona la sola posibilidad de comprar algo para el almuerzo. Caminando por el Parque Miguel Lillo se encontraron con Isidro. Ya no llevaba el pelo largo y estaba un poco más gordo, pero era el mismo atado de nervios con aquellos ojillos celestes http://zonaliteratura.com | 147 | Tarde


que se volvían una línea al sonreír. Él no supo disimular su especial alegría al volver a ver a Renata; en cambio para ella fue una sorpresa que él la recordara con tanto interés. Jamás pensó que un tipo como él hubiera reparado en ella alguna vez, era de los hombres que consideraba totalmente fuera de su alcance, por puro prejuicio, o porque muchas veces se subestimaba sin razón. En cambio Irene tenía otra idea: –Éste vive alzado. Cualquier colectivo lo deja bien. –¡Ah, gracias! No te imaginás cuánto levanta mi autoestima lo que me decís –le contestó Renata muerta de risa. De cualquier manera aceptaron su invitación a recorrer el Museo que dirigía. Lo estaba levantando después de años de abandono, le estaba poniendo toda su pasión y creatividad. Les mostró todo cuanto atesoraban sus salas y después, se sentaron en el parque, a tomar mate bajo la sombra de enormes árboles. No alcanzó el fin de semana más que para ese encuentro y un paseo en un estrafalario vehículo que él mismo había construido y preparado para circular por la playa. En un momento en que Irene estaba retirada, contemplando el lejano horizonte marino, Isidro le sugirió a Renata que ese año se tomara vacaciones en Necochea. Él podía ayudarla a conseguir un alquiler barato. Intercambiaron sus números de teléfono y se despidieron con la promesa de verse pronto. Renata sabía que muchas veces el curso de su vida dependió más del azar, o de la decisión de otros. Pero en otras ocasiones era ella quien veía claramente lo que ocurriría con sólo habérselo propuesto. En aquella ocasión ya tenía la decisión tomada: sus vacaciones, en el mes de febrero, las pasaría en Necochea con sus hijos. Ellos eran muy pequeños la primera vez que estuvieron allí y no recordaban nada, así es que se merecían unos días junto al mar, en un lugar hermoso y tranquilo como aquél. Y ella, además de todo eso, se merecía probar qué era lo que ocurría con ese hombre que la había cautivado con su personalidad avasaLaura Aliaga | 148 | http://zonaliteratura.com


llante.

Isidro dejó el auto estacionado al final de una huella que terminaba en una duna. –¡Rápido, rápido! –gritó y tomó de la mano a Renata–. ¡Tenemos ocho minutos! Cuando llegaron en frenética carrera contra la arena en la que se hundían sus pies, saltando matas de dientes de león y evitando espinas de arbustos, corriendo de la mano como dos criaturas, rápido, rápido, por fin alcanzaron el punto desde donde podía verse la caída del sol sobre el mar. Se quedaron absortos allí, todavía tomados de la mano, sobre una duna alta, un mirador natural que abarcaba, allá abajo, la anchura de la playa y luego el mar del que les llegaba el apagado estruendo. El semicírculo rojo ya sin rayos se hundía en el confín. Cuando acabó de esconderse, agitados todavía, se sentaron en la arena. Isidro detrás de Renata le hizo de respaldo y la rodeó con sus piernas y brazos. Ella sentía su aliento en la oreja, en el cuello, en la mejilla. Mudos, sólo miraban el paisaje solitario. Apenas un pescador desprevenido –acaso un turista, o un lugareño– pasaba con su caña sin sospechar la presencia de ellos arriba. Así permanecieron hasta que empezó a anochecer. Isidro dijo, como pensando en voz alta: –Lástima, Negra, que no nos encontramos antes. Vos me gustaste siempre. –¿Ah, si? –contestó ella, sinceramente sorprendida, dando vuelta la cabeza para mirarlo a los ojos, indagante. –¡Claro! Pero vos no me dabas bola. La primera vez que viniste, con tus hijos chiquititos, no me animé. Y después, estabas con ese pobre loquito de Raúl, y ya no pude... –¿Y qué pasa con tu mujer? http://zonaliteratura.com | 149 | Tarde


–Nada. Si no, no estaría aquí con vos. Claro, una obviedad. Ella lo sabía muy bien. Quien es infiel no lo es por deporte. El infiel es un ser no amado, en busca de alguien que lo ame. No dijeron más por un rato. Estar acurrucada allí en los brazos de Isidro, en ese rincón solitario de Necochea, camino a Las Grutas proporcionaba a Renata una paz y un placer indescriptibles. Ya sospechaba ella que en vivir esos momentos mágicos, restallantes, consistía la felicidad. Isidro, ágil, se levantó y le tendió la mano. –Vámonos antes que sea de noche. Bajaron, otra vez hundiéndose en la arena, y a los saltos hasta llegar al Renault 12. –Tengo el equipo de mate preparado –dijo Isidro entusiasmado–, pero vayamos más cerca de la ruta. Aquel lugar era muy romántico pero demasiado solitario, y un tanto peligroso. Anduvieron algunas cuadras en dirección a la ruta y se detuvieron en un recodo del bosque. Él cebó mate y charlaron, de todo, de sus vidas, de sus proyectos, de sus actividades. Ya era completamente de noche. Sin rodeos, sin engaños, espontáneamente, Isidro dejó atrás, en el piso del coche el canasto con el termo y el mate, reclinó el asiento de Renata y la besó. Por primera vez, pasados largamente los treinta años ella supo lo que era hacer el amor dentro de un auto. Se fueron desnudando el uno al otro con las manos, con las bocas y los dientes, se fueron acariciando en la claridad tenue de las luces de estacionamiento. Él tenía una piel suavísima, llena de pecas. Hicieron un amor desprolijo pero tierno y ardoroso. Y ella, tarde en la vida pero muy a tiempo en la ocasión, al fin vencía otro de sus prejuicios: no sólo en una cama era posible gozar hasta la locura. –Negra, sos un volcán –le dijo Isidro con la cabeza apoyada en sus pechos. Ella le acariciaba el pelo. Laura Aliaga | 150 | http://zonaliteratura.com


Los volvió a la realidad la luz de unos faros de camioneta que se acercaba en sentido contrario. Se vistieron rápidamente, se recompusieron y volvieron a la ciudad. Renata fue a buscar a sus hijos a la casa de Patricia León, que en un gesto cómplice de amiga se los llevó a pasear. Dos días después, cuando los niños aun dormían Isidro pasó a buscar a Renata, antes de las siete de la mañana. Esta vez también ella vivió una experiencia inédita: hacer el amor en el suelo pelado, bajo una carpa apenas improvisada con tres parantes, entre la fronda del bosque lindero a la playa. Fue realmente divertido. ¡Cómo se rió al ver las rodillas de Isidro llenas de barro! Un verdadero revolcón. Y luego de los obligados mates, se bañaron en un mar sereno de olas parejitas. Fue un amor de verano, como se debe, y como Renata no había experimentado en su primera juventud, con una postdata otoñal: en abril se encontraron en Mar del Plata, un fin de semana. Y además de disfrutar de la ciudad hermosa, solitaria en esa temporada y por lo tanto más bella, se gastaron los cuerpos con amor de amantes con plena conciencia de serlo, sin otra expectativa. Después de ese abril, «mes de gloria y de mar», como escribió Isidro en la dedicatoria de un precioso dibujo que le regaló a Renata, se escribieron algunas cartas y se hablaron muchas veces por teléfono, pero no volvieron a verse.

Será que vivir es construir recuerdos incesantemente. Te dejé en la Estación Mar del Plata, bajando del tren que ya arrancaba, y nos saludamos con la mano y una sonrisa tierna en los ojos. Vos, de vuelta a Necochea, solo en tu auto, y yo, sola hacia Buenos Aires, y todo porque el tiempo no se puede detener. Me enfrasqué en la lectura para no ceder al lagrimeo, lo cual me costó dos o tres estaciones. Desnudo cantabas «Reloj, no marques las horas / haz esta http://zonaliteratura.com | 151 | Tarde


noche perpetua», y yo te dije que si eso fuera posible no existirían los recuerdos. «Que no existan» fue tu respuesta. ¿En eso consistirá la eternidad? ¿La abolición de «la ansiedad y el alivio de oír tu voz»?

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XVI

Tal vez si hubiera podido reconciliarse con el padre antes de su muerte hubiera logrado hacerlo también con el resto de los hombres. Si hasta aquel que amó y que le dejó esos dos hijos adorados le hizo la mala jugada de dejarla sola, en un abandono para siempre irreparable. ¡Cómo se había enojado al principio con él! ¿Cómo fue capaz de cometer semejante estupidez? ¡Morirse! ¡Pero hay que ser! Y lo peor de todo era que no se lo podía reclamar como no fuera encerrada en su habitación y llorando hasta quedar con la cara tan hinchada que al día siguiente tenía que pasarlo con los anteojos de sol adheridos a la cabeza. Sólo para los aniversarios visitaba la tumba del marido, porque así como los ritos religiosos le producían tedio y mal humor, el culto fúnebre le parecía otro rasgo primitivo de la condición humana. Cuando iba al cementerio no sentía que estaba cerca de aquel ser a quien amó, porque imaginaba su carne corrupta, su piel negra y apergaminada, su pelo muerto y sin brillo como lana quemada, sus uñas que tal vez habían seguido creciendo ya bajo tierra. Eso que guardaba la tumba no podía ser aquel hombre a quien amó, y su nombre escrito en la placa de bronce con la fecha de su muerte no era sino una formalidad. Todo aquello que sintió por él y que vivió con él se hallaba guardado como un http://zonaliteratura.com | 153 | Tarde


verdadero tesoro en su corazón. Habitualmente escuchaba noticias sobre el descubrimiento de tumbas de NN, y empezaba a hacerse cotidiano el examen químico de ácido desoxirribonucleico para el reconocimiento de cadáveres. Se hablaba de exhumaciones y hasta a veces por televisión se mostraban restos humanos de posibles desaparecidos durante la dictadura militar. Entendía la necesidad de los familiares de aferrarse siquiera a esos huesitos dispersos, con la seguridad de que fueron aquella persona que tuvo nombre, voz, sentimientos, ideales. Pero se imaginaba a sí misma en la situación de tener que ver los restos de su marido y sentía náuseas.

Cuando tenía nueve años vio en un santuario la llamada «Virgen de Pachaco», yendo hacia Calingasta. Pachaco es un paraje en plena precordillera adonde se llegaba por un camino de cornisa, con la dura montaña de un lado y el precipicio con el río San Juan del otro. A la tal virgen le adjudicaban poderes milagrosos. Los automovilistas, y sobre todo los camioneros que transportaban uva y manzanas hacia la ciudad, y seguramente muchos contrabandistas argentinos o chilenos, se detenían a prenderle velas, ofrendarle una flor silvestre y rezarle toscas oraciones. No era una santa con la popularidad de la Difunta Correa, ni tal vez tan milagrosa, pero tenía su modesto santuario enclavado en la montaña. En aquella recordada excursión con la familia, a bordo del camión de un tío, habían llegado hasta allí. Renata no olvidaría jamás esa momia que yacía en una caja de vidrio, dentro de una habitación de paredes blancas y piso de mosaicos rojos brillantes a fuerza de limpiarlo con un lampazo embebido en kerosén. Esa noche, indigestada por los nueve huevos duros que comió a lo largo de la jornada, tuvo horribles pesadillas en las que la virgen de Pachaco se levantaba de su lecho mortal y la perseguía con un lampazo en la mano... Laura Aliaga | 154 | http://zonaliteratura.com


En cambio una momia peruana de ochocientos años le había provocado cierta ternura en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Acurrucadita allí, como estuvo en su urna funeraria hasta que la descubrieron, con el pelo aun renegrido y trenzado, envuelta en un descolorido poncho tejido en telar y rodeada de cazos y utensilios, la hizo reflexionar sobre la transitoriedad de la vida, la escasa oportunidad de trascender y dejar huellas en este mundo.

Acaba de morirse de mala vejez el muy hijo de puta, dieciocho años después de la primera vez en que mentalmente le deseé una muerte trágica, llena de culpas pero con fervor. Era mi manera de amarlo, que me dejara al menos su imagen de hombre joven y potente. Ahí está ahora, ni una miserable sombra de ese casi adolescente de la fotografía en La Laja que yo guardaba entre mis cuadernos. Yo lo había matado ya hacía tiempo. Sólo faltaba esta rigidez, y el frío que imagino porque no me atrevo a tocarlo. Por mis deseos y su fracaso era un muerto en vida. Frustrado estudiante de abogacía, frustrado empresario, comerciante, funcionario, astrónomo, poeta, marido, padre. Nunca le escuché hablar más que de fantasiosos proyectos irrealizables transformados luego en estrepitosos fracasos. Siempre achacándole todo a su mala suerte. «Cuando yo voy al circo se suspenden las pruebas», decía. Debió de ser un suicida, yo necesitaba que un día se suicidara y fantaseaba con eso. Gozaba imaginando de qué manera lo haría. Él tenía, recuerdo, una escopeta y un rifle. Descarté la escopeta por ser más difícil de manipular, la escopeta necesita estar firme para acertar el disparo, hay que sostenerla con fuerza para contrarrestar ese movimiento seco y brusco que produce al disparar el proyectil, y si se falla el tiro puede salir desviado; a un suicida http://zonaliteratura.com | 155 | Tarde


no debe fallarle el tiro. Yo lo veía en cambio de pie en su dormitorio, apoyando la garganta en el caño del rifle. Para cazar usaba unas balas de punta hueca. Por divertirse, un día disparó contra un sapo. Un pedazo desapareció en el charco. El resto despegó hacia arriba como un cohete y tardó unos quince segundos en caer. Me latía el corazón imaginado el espectáculo: jirones de sesos pegados en el techo. Después, los vecinos, mis compañeros de colegio; el velorio a cajón cerrado, la compasión de todos, y yo en el medio como una especie de heroína. Otras veces, cuando andaba con ese humor de perros porque todo le salía mal y se iba en el Di Tella (nunca supe adónde iba en ese estado, qué hacía), yo deseaba con toda mi alma que no volviera más, que se desbarrancara por ahí, que lo atropellara un tren, pero al anochecer volvía, él a casa y mi vida a la normalidad, es decir, a la sumisión, a la chatura, siempre cargando con una culpa ajena, igual que la pobre perra sobre la que aliviaba su ira a patadas. Yo era también una especie de perra apaleada, siempre volviendo a intentar la bendición de su afecto, su aceptación, meándome a chorritos por el miedo. Cínica me decía, me lo dijo siempre, aun antes de que yo pudiera comprender semejante palabra, cínica, como un can. Nunca me atreví a volverme contra él y morderlo. Siempre que lo herí fue subrepticiamente y lejos de su mirada, pero me faltó crueldad, eso no me lo perdono. La crueldad que debía dirigir contra él se volvía en mi contra. Siempre encontré la manera de autodestruirme. Como casarme embarazada; no lo premedité, me salió así. Todavía le di ocasión para que en un «gesto de grandeza» me lo perdonara. Años más tarde encontraría la forma de castigarme, peleándose con mi marido. Me juré no verlo nunca más, y volví a desearle la muerte con vehemencia. En lugar de morirse el muy hijo de puta, murió mi marido. Entonces vino a verme, a comLaura Aliaga | 156 | http://zonaliteratura.com


padecerme. Y desaproveché la oportunidad de echarlo a patadas. Todavía tuve que mantenerlo en sus últimos años, y en lugar de dejarlo morir, lo interné, gestioné el marcapasos, lo acompañé en las dos operaciones... Había que verlo presa del pánico, sintiéndose débil y cercano al fin. Declamó intenciones de cambiar, de ser más tolerante, más bueno. Pero en cambio, en cuanto recuperó sus fuerzas volvió a ser el mismo cascarrabias, soberbio, egoísta de siempre. Nunca un rasgo de ternura, nunca un gesto de humildad. Podría haberlo matado: incendiar su habitación mientras dormía, abrir todas las llaves del gas y dejarlo encerrado, o pegarle un simple empujón, si estaba flaco y tembleque como un verdadero anciano acabado, este que quisiera nunca haber llegado a ver. Pero él me enseñó a ser cobarde y no fui capaz. Ya vienen los de la funeraria a cerrar el cajón. Uno de ellos invita a los deudos a despedirse del muerto, como si estuviera anunciando la última función de un circo, pasen, señores, pasen y vean. Mi hijo de seis años me pregunta si ahora el abuelito se va al cielo, con los ojos llorosos y una sombra de prematuro escepticismo. No puedo evitarlo: en cuclillas lo abrazo y me pongo a llorar, yo que durante años pensé festejar este día. Debo haberlo querido al muy hijo de puta.

Con qué defectuoso amor debió haberlo querido. La pareja ideal que formaban Fernando y Lucy cuando ocurrió el terremoto de 1944 fue la que le enseñó el amor. Pero a lo largo de su convivencia Renata supo que no había tal pareja ideal, que estuvieron seguramente enamorados en los primeros años pero después se dedicaron a cimentar el modelo típico del macho autoritario y la mujer sometida, ella siempre en el medio protegiendo a sus hijas de la severidad de él, cultivando un miedo reverencial http://zonaliteratura.com | 157 | Tarde


hacia sus arbitrariedades, ataques de ira en los que rompía cuadros, vasos o relojes y nadie podía osar detenerlo. Aquel primer noviecito que Renata había pateado un rato antes del temblor del 9 de julio de 1971 fue el motivo de que su padre la retirara del colegio donde cursaba primer año de la secundaria, a fin de evitar que siguieran viéndose a escondidas y de que ocurrieran cosas horribles con su hija, tales como que ese degenerado de dieciséis años ajara su virginidad. Lo que ignoraba Fernando es que había ejercido de tal manera la represión sobre ella que la había vuelto incapaz de permitirse siquiera ir más allá de una tomadita de manos o de un beso con los labios cerrados que el pobre muchachito se había pasado rogándole por cartas mezcladas con versos de Pablo Neruda que aviesamente firmaba como propios. Renata fue tan buena alumna, que en cuanto su padre se marchó a tentar suerte en La Rioja con nuevos negocios y posibilidades de trabajo, y porque la crisis familiar se tornó insostenible, pudo reincorporarse al colegio y no perdió el curso escolar. Pasó tres años sin ver a su padre. Al principio, tenía noticias de él porque, después de que Lucy había jurado divorciarse, empezaron a escribirse cartas. Él mandaba algo de dinero para mantenerlas, pero no lo suficiente, así que su madre salió a trabajar vendiendo libros en cuotas, casa por casa. Una mujer que nació en cuna de oro, que hasta que se casó a los veintiún años jamás había entrado en una cocina, porque en el hogar paterno había personal doméstico especializado para cada trabajo, una mujer que luego se dedicó sólo a las tareas de ama de casa durante más de veinte años, de repente se vio impelida a salir a la calle a ganarse el cobre con qué subsistir. Lo hizo con toda la solvencia de que fue capaz durante un tiempo. Pero era demasiado el peso para sus cincuenta y un años. Se enfermó: un derrame biliar determinó que se la interviniera de urgencia y el cirujano le extrajo infinidad de cálculos grandes como carozos de duraznos. Laura Aliaga | 158 | http://zonaliteratura.com


Fue una de las escasas oportunidades en que Renata vio a su madre disminuida, esa mujer fuerte, dura como el granito. Mientras guardó reposo, ella y sus hermanas tenían que higienizarla, fajarla, hacer todas las tareas de la casa. Renata apenas tenía trece años. Poco tiempo después, olvidada de los sufrimientos que Fernando le había hecho padecer, accedió a una reconciliación y viajó a su encuentro en La Rioja. Renata encontró en su hermana mayor el reemplazo de la madre ausente. Pero esa orfandad la marcó para toda la vida. Sobre todo, el abandono y el desamor del padre. Jamás se lo perdonaría, ni siquiera muerto pudo perdonarlo. Sólo lamentaba no haber aprendido a tener una mejor relación con el sexo opuesto, porque ya en la madurez se tornó una constante relacionarse con hombres que indefectiblemente terminaban abandonándola. O al menos, ella sentía que la abandonaban. Y probablemente, hacía todo lo necesario para que la abandonaran. O bien, ella tomaba la iniciativa de terminar las relaciones antes de que el abandono se concretase. Años de terapia no le ayudaron a resolver ese trauma. Terminó yendo a sus sesiones por inercia, y dejó de ir cuando descubrió que ya le mentía a su psicólogo, que le había tomado el tiempo para engañarlo y soslayar aquellas cosas que la desestructuraran y la hicieran sufrir. Tenía horror al sufrimiento, pero cuando un dolor la acuciaba, esa armadura de fortaleza aprendida de muy niña la hacía aparecer como enfrentándolo, cuando en realidad lo que hacía era negarlo, no sentir... Su construcción era antisísmica: hecha para resistir todo cataclismo. Mientras una ráfaga de aire frío le golpea la mejilla recuerda un «ensueño dirigido» que su psicólogo le propuso en cierta oportunidad. Ella debió acostarse en el piso del estudio, sobre la moquette, cerrar los ojos y relajar poco a poco los músculos de todo su cuerpo, con la consigna de permanecer en silencio y sóhttp://zonaliteratura.com | 159 | Tarde


lo escuchar lo que Augusto, el terapeuta, con una voz suave y arrulladora le iba indicando: –Imaginá que sos una planta. Sos una planta que está bajo el sol, el cielo está limpio y azul. Ella recordó un rosal de rosas rojas que tuvo una vez en su jardín y que más tarde se secó. Y fue ese rosal en su imaginación. –Ahora sentí tus raíces. Sentí muy bien cómo se agarran tus raíces a la tierra. Renata no podía sentirlas. No encontraba las raíces, las había perdido. Se angustió y tuvo deseos de hablar, pero recordó la consigna. Augusto debió notar su tensión. –Estás bien relajada, con los ojos cerrados. Sos una planta; ahora mirá cómo es tu tronco. ¿Cómo son las ramas? ¿Tenés muchas hojas? ¿Tenés flores? ¿Cuántas flores tenés? Aquel rosal que Renata recordaba en el cantero de su casa nunca dio demasiadas rosas. Tenía bien grabada en la memoria una fotografía de su hijita de cinco meses con los pequeños pies descalzos en el coche-cuna, tomada junto al rosal. –Ahora mirá qué hay a tu alrededor: adelante, a los costados, atrás... ¿Qué ves? Desde su lugar de rosal solo veía el resto del jardín, parte de la casa, la calle, porque no se le ocurría que como rosal pudiera tener una visión a todo su alrededor, despojada de la estructura humana con ojos que sólo miran hacia delante y con el movimiento de giro limitado de la cabeza. Y como las raíces sólo podía imaginarlas como a los propios pies presos dentro de la tierra, no concebía la posibilidad de volverse hacia atrás, de girar para ver en redondo. El psicólogo continuó: –Ha empezado a nublarse. El cielo se está oscureciendo. Se escuchan truenos. Truenos cada vez más cercanos. El cielo está negro y empieza a llover. Llueve muy fuerte, hay viento. Los truenos y relámpagos se suceden. Cae un rayo. Laura Aliaga | 160 | http://zonaliteratura.com


Para entonces, Renata, con los ojos cerrados, en su imaginación dejó de ser el rosal y se volvió ella misma de seis años, en su casa de San Juan, bien resguardada de la tormenta, dentro de su habitación. –Ahora la tormenta va amainando. De a poco deja de llover. ¿Cómo han quedado tus ramas? Renata cayó en la cuenta de cómo se había escapado de su lugar de rosal, y la trampa que le había hecho al juego. –Bueno. De a poquito te vas despertando. Ahora sos Renata, y vas sintiendo tu cuerpo, tus pies, tus piernas, tu tronco, tus brazos y manos, tu cabeza. Vas moviendo la cabeza hacia un lado, hacia el otro. De a poquito vas abriendo los ojos. Renata volvió a ver el techo del consultorio. Augusto empezó a preguntarle cómo había sido cada experiencia a medida que él iba dirigiendo su sueño de rosal. A ella le quedó impresa para siempre esa sensación de no tener raíces, de no poder sentir más que los pies aprisionados y sin embargo, cuando debería haberse quedado soportando el temporal bajo su forma de rosal, se escapó, se volvió chiquita y se refugió adentro de la casa. Pero lo que más la angustió en aquella sesión fue cuando Augusto le preguntó cuántas flores tenía. –Dos, o tres –respondió ella. –¿Dos? ¿O tres? –remarcó él. –No sé –titubeó Renata–. Dos..., no, no, tres... –Vos tenés dos hijos, ¿no? A Renata le extrañó la pregunta y contestó casi con fastidio, porque eso era algo que su psicólogo sabía. –¡Claro! –Pero pudiste haber tenido tres, ¿no es así? Un torrente de llanto la desbordó. Sintió que Augusto era un hijo de puta, pero se dejó consolar por él, que la contuvo, y sólo dio por terminada la sesión cuando la vio más calmada. No tuvo oportunidad de reconciliarse con su padre. Renata http://zonaliteratura.com | 161 | Tarde


esperó siempre que él se le acercara y tuviera una actitud humilde y amorosa hacia ella. Lo esperó en vano. Pero la soberbia que ella le achacaba y no le podía perdonar era también su pecado más grave, aprendido y cultivado. A pesar de las sugerencias de su hermana mayor, nunca fue capaz de tomar la iniciativa. Nunca venció el rechazo físico que le causaba el viejo. Había olvidado cuándo fue la última vez que le dio un beso. No tenía recuerdos de que el padre la hubiese besado alguna vez, más allá de los saludos de encuentro o despedida en las temporadas en que la relación era más o menos armoniosa. Siempre le pareció extraño ver a sus amigas en contacto físico muy estrecho con sus padres, hasta le resultaba en ocasiones chocante, pero en el fondo sentía cierta envidia. Un acendrado horror al incesto la alejaba de la piel del padre.

Me acababa de bañar y estaba sobre mi cama, envuelta en un toallón blanco. Estaba en mi dormitorio, sola, pero la desnudez completa era sólo posible bajo la ducha. Estaba buscando ropa para vestirme y no escuché los golpes en la puerta. Entonces pegué un salto cuando sentí que se abría y vi a mi padre. Pegué un salto, y él también. Dio un violento portazo y se fue, gritándome que era una descuidada, que si no había oído sus golpes. Yo me sentía asquerosa e inmoral; mi padre me había visto envuelta en un toallón, con el pelo mojado y desgreñado, y me había demostrado su disgusto. Sólo años después me atreví a sospechar si ese disgusto no sería otra cosa que la represión del deseo que seguramente le provocó verme así.

Con su madre le ocurría algo parecido. No podía abrazarla, ni besarla. Recordaba que siendo chiquita Lucy la rechazaba si Laura Aliaga | 162 | http://zonaliteratura.com


ella se ponía cariñosa y le decía que era pesada, zalamera, cargosa. Por eso durante muchos años estuvo sin el afecto que transmiten las pieles cálidas, los besos, los abrazos, las manos entrelazadas, los dedos que revuelven cabellos. Represión, horror al incesto y a la homosexualidad la tuvieron cercada en una fría prisión. Si no hubiese sido por la ciclotimia de su fe (y porque si es verdad que la fe es un don, ella nació sin que ese ángel la rozara con sus alas), tal vez hubiera sido monja. Primero con los tiernos cuerpecitos de sus sobrinos, y después tímidamente con los sucesivos novios que de a poco la fueron educando en el amor sin llegar a la genitalidad, y por último con el que fue su primer marido, hizo un aprendizaje de sensaciones placenteras. Pero tuvo que pasar después por muchos brazos de hombres para completarlo. Cuando quedó viuda a los treinta años no tenía la menor idea de la capacidad que su sistema nervioso tenía atesorada para hacerla depositaria de tanto placer. Lo que los años de soledad no le enseñaron fue a disociarse de manera de sentir el placer sin culpa y sin esperar que se correspondiera con un amor de compartir: el pan, la alegría, el dolor, los hijos, los amigos, las ideas, los gustos... el amor de pareja cristiana, el amor de ser «en la calle codo a codo» «mucho más que dos», como tan bellamente lo dijera Mario Benedetti. Entonces pasaba por los brazos de distintos hombres que no se quedaban con ella, porque la consideraban demasiada mina para tanto compromiso. A más de uno escuchó decir: »Vos te merecés lo mejor». Obviamente, quien lo decía no se consideraba lo mejor, pero a Renata eso le sonaba como una excusa para la huida. Al menos la consolaba ver a otras mujeres que pasaban por la misma situación. ¿Es que los hombres estaban asustados ante el crecimiento de las mujeres? ¿Es que las mujeres, por parecérseles habían perdido atributos de la femineidad? Pero si la femineidad consistía en ser unas estúpidas sin pensamientos propios y sin decisión, entonces los que tenían que ponerse a tono http://zonaliteratura.com | 163 | Tarde


eran ellos... En fin, Renata se devanaba los sesos sopesando cuál sería el punto de equilibrio, y entre un pasajero y otro de su tren pasaban largas temporadas de soledad, de sueños eróticos que la sorprendían en las madrugadas en que ya no volvía a dormirse por el temor de no cumplir con la responsabilidad del trabajo, de la casa, de los hijos. Difíciles tiempos le había tocado vivir. Pero tampoco su madre había sido más feliz. Otra clase de cruz tuvo que soportar: la de la sumisión a un tirano doméstico. Y Renata no le envidiaba un ápice de su suerte. Ahora estaba liberada de aquella esclavitud y disfrutaba de la vida a su manera, viajando con contingentes de jubilados que recorrían el país, o mimando a sus nietos.

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XVII

Ahora, de paso en esta esquina de Sarmiento y Pellegrini, demorada por los recuerdos, cuando el sol ya se ocultaba y el cielo era de jirones índigo, rosa y gris, se sentía no una persona sino varias, deshechas y vueltas a hacer, acabada y renacida, como su nombre, Renata. O definitivamente muerta. ¿Qué era si no este repliegue sobre sí misma, dedicada exclusivamente a sobrevivir, para mantener sola a sus hijos, con los sueños rotos, ella que aprendió desde muy pequeña que la vida era entrega a los demás, como Cristo, como Evita, como el Che, como los soldados de Malvinas, entrega para la salvación, para la transformación, para la liberación? Sin amor, con algún amante esporádico, hombres que la sentían tan autosuficiente que se le esfumaban después de un breve período de encantamiento, que, en el mejor de los casos, seguían siendo amigos. En cuanto a la amistad, en una ciudad gigantesca como Buenos Aires era muy difícil no dispersarse. Conocía gente verdaderamente valiosa, hombres y mujeres con los cuales tenía muchos intereses en común, y sin embargo, las actividades de cada uno y las enormes distancias que había que recorrer para encontrarse, luego de largos cabildeos telefónicos para concertar horahttp://zonaliteratura.com | 165 | Tarde


rios libres terminaban logrando que dejaran de verse. Tal vez pasaban meses o años hasta que un encuentro casual en el subte o en cualquier rincón de la ciudad les hiciera renovar los deseos de reunirse, pero la mayor parte de las veces todo quedaba en buenas intenciones. En cambio otros, que habían sido sus amigos o compañeros en pasados tiempos, se felicitaba de ya no frecuentarlos ni mantener vínculo alguno, sobre todo cuando los veía aparecer en los medios de prensa como funcionarios o candidatos de cualquier partido político, ganados finalmente por un sistema que décadas atrás habían pretendido combatir. Renata consideraba que sus dos hijos ya adolescentes emprenderían el vuelo cuando ella menos lo esperara, y se quedaría sola, con las manos y el corazón vacíos... Al fin también ella se había dejado tragar por el sistema, por este mundo globalizado que propugna la libertad del gallinero, donde gana el más astuto, donde ganar implica resignar ideales, someterse a las reglas, dejarse coger, cagar a los demás. Ella que trabajaba en una radio sabía que sólo se podía difundir aquello que vendiera; hablar de lo que no provocara escozor al poder. Si hasta los periodistas aparentemente independientes tenían que acordar ciertas pautas para mantener sus programas vigentes. La tan soñada libertad de prensa no era más que libertad de empresa; los monopolios informativos marcaban la línea de lo que se debía decir y también –sobre todo- de lo que se debía callar. Volver a las raíces: he ahí la cuestión. Fue una rama que se extendió demasiado del tronco, «se fue en vicio», como decían las viejas hablando de sus enredaderas y malvones en los patios de otrora. ¿Qué habría sido de sus antiguos compañeros de colegio, de los compañeros de militancia política que al igual que ella no se habían prostituido? ¿Habría muerto don Ignacio, el profesor que relataba sus experiencias o sus fantasías, vaya a Laura Aliaga | 166 | http://zonaliteratura.com


saber, bajo el cielo estrellado de Caucete? ¿Adónde estaría aquel curita salteño de cabellos duros como cerdas que comprendió su búsqueda religiosa y fue capaz de salirse de las reglas para que Renata tomara su tardía primera comunión? Tarde había llegado a tantas cosas... al sexo, cuando ya hasta la liberación sexual femenina había pasado de moda; al encuentro de una vocación; al mundo laboral; al feminismo; al ateísmo, después de haber cargado con cuanto prejuicio y culpa fomenta la Santa Iglesia. Sentía que cuando ella recién estaba llegando, todo el mundo ya pegaba la vuelta. Pero al menos después de este lapso de tiempo inconmensurable en que se quedó detenida en la esquina de Sarmiento y Pellegrini, estaba segura de haber llegado a una decisión acertada: volver a buscar, a sentir por fin esas raíces que perdió. Las raíces del rosal de dos rosas fragantes y una seca que era ella misma. Ya buscaría la forma. ¿Con los chicos? Difícilmente ellos quisieran renunciar a su lugar en Buenos Aires, y ella no tenía por qué imponerles también el desarraigo. Quizá más adelante, cuando ya fueran independientes. Sí, volver, de eso se trataba. Tal vez hasta podría ocurrir que desidealizara aquello lejano y soñado, tal vez confirmara veinte años después que su lugar estaba aquí, en la ciudad sin alma, y en ese caso, aquí también tendría un lugar propio. Deficiente, incompleto, pero propio. Se sintió liberada y feliz; la angustia que otras veces le oprimía la garganta se disipó. Como en muy escasas ocasiones se sentía experimentando una Epifanía. Ya estaba anocheciendo. Dos, tres, tal vez más mendigos de distintas edades se agrupaban en la vereda, con sus cartones y diarios, con las sobras de comida conseguidas en restaurantes o en tachos de basura, sucios, tristes, grotescos. Volver: este repaso de su vida en un tiempo que no podía medir, detenida sin saber por qué en una esquina de Buenos Aihttp://zonaliteratura.com | 167 | Tarde


res, le había servido para descubrir lo que necesitaba. Aquel rosal con dos o tres flores, aquel rosal con débiles raíces que no pudo soportar una tormenta (el del jardín de su casa, el de la foto de su hijita cuando tenía unos meses, se había secado, todo un símbolo), era ella misma. No había echado raíces fuertes ni en la tierra que dejó, ni aquí donde era uno de tantos seres solitarios, aislados, sin contención en la ciudad sin alma. Se alejó de la marquesina y cruzó Carlos Pellegrini. No vio nada más. No vio que uno de los pordioseros vestido de pringosos harapos, con costras de roña en la piel y hediendo a orín era Raúl. No vio el semáforo de la 9 de Julio en rojo, no vio la manada de autos que se le venía encima a toda velocidad. No vio ni sintió nada más. Nunca.

Hurlingham, 15 de enero de 1.999

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tarde/laura aliaga

Laura Aliaga encuentra en el dolor, las frustraciones y las caídas de una generación los materiales para la construcción de una identidad quebrada, allí está la arena para su espejo. Y lo que ve en él, la imagen que se le devuelve, no es placentera, pero intuye, conoce, que al castrarse el deseo de ver (saber) se da el pie al peor de los castigos: la pérdida de la conciencia del propio ser. En su novela Tarde, tras un torrente con formas de tragedia inevitable, de un destino que acecha, se muestran la infancia, los placeres y secretos familiares, las iniciaciones amorosas, las desnudeces y traiciones de los vínculos tejidos con pudor, otras veces con desparpajo. La vida cotidiana que quita retórica a la política y convierte a los héroes y heroínas del relato en criaturas que tiemblan en la tormenta, de tan humanas. No se pisotean los sueños, tampoco se convierten en excusa para dejar de soñar. La muerte está presente. Hay mucha muerte detrás de nuestras vidas. Acaso en el instante fugaz de la eternidad no tengamos en nuestra boca más que silencio, pareciera decirnos la autora, con pudor, sin estridencias. Se trata de una novela para entrar, delicadamente, en el alma de una mujer de nuestra época. Lastimada, muy lastimada, en tanto encarna una sumatoria de naufragios en un destino de muchos que vuelve suyo, íntimo. Como alertándonos que en la redención social de los padecimientos colectivos el alma deberá verse como una unidad irrepetible. Que si el destino es único también lo será su epifanía. Vicente Zito Lema Laura Alia nació en San Juan (Argentina), en 1957. Estudió Letras y participó de los talleres literarios de Vicente Zito Lema y Abelardo Castillo. Fue integrante del consejo de redacción de la revista Fin de Siglo y ha publicado en diferentes medios. Obtuvo varios premios (SADE, Fundación Avon con la Mujer, Metrovías) y participó de la antología Cuentos sin permiso (Vinciguerra).

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Tarde, novela de Laura Aliaga