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C A P Í T U L O

U N O

Una Lección de Anatomía ¡Qué prodigiosa obra es un hombre! —William Shakespeare, Hamlet, Acto II, Escena 2

Imagíne un luminoso día de verano, un perfecto domingo en que no tiene nada mejor que hacer que dormir, reflexionar o pasar unas deliciosas horas con esa persona especial a quien ama. Mientras prepara la cesta para el almuerzo al aire libre, ­acomoda entre los sandwiches y las frutas el nuevo libro que acaba de comprar y que tanto le apetece leer. Bien acom­ pañado, toma la carretera hasta su rincón preferido. Allí extiende el mantel sobre el césped, sirve el almuerzo y lo dis­ fruta plenamente mientras habla de amor. Rindiéndose a la invitadora serenidad del momento, se recuesta contra el tronco del manzano cuyas ramas se adueñan cada vez más del espacio del aire. Cierra los ojos, siente la brisa acaricián­ dole el rostro. Se queda profundamente dormido . . . para des­ pertar asustado por su propia voz. “¡Ay!”, exclama con un grito de dolor mientras con la mano se frota la frente. Mira hacia abajo y ve la manzana, ya demasiado madura, que ha caído del árbol, justo sobre su cabeza. Si usted fuera Isaac Newton, tal vez esta situación le hubiese ganado la inmortalidad: usted habría descubierto la ley de la gravedad. No obstante, esta experiencia también encierra una importante lección para cualquier simple mortal. Tal vez no se dé cuenta, pero usted acaba de usar el ­cerebro. A menudo ni siquiera estamos conscientes de que existe este  órgano, ni mucho menos de la atención que presta a absolutamente todo lo que sucede dentro y fuera de nuestro 9


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cuerpo cada segundo de cada día—y de cada noche. Deténgase un momento a considerarlo: en el escenario que acabamos de presentarle, usted se propuso pasar un día muy agradable. Organizó y planeó el almuerzo en el campo. Habló de amor y de la vida y sintió esa alegría, íntima y honda, que es la verdadera felicidad. Almorzó, bebió, se rindió al sueño. Y al verse interrumpida su siesta, pudo percibir y entender lo que había sucedido mientras dormía: la forma en que la man­ zana cayó del árbol golpeándolo y despertándolo. Aprendió que no siempre es recomendable dormir bajo un manzano. Almacenó esta información en su memoria y la convirtió en parte de ella En todos estos casos su cerebro participó en el proceso entrelazándose entre todos los acontecimientos y fue parte integral de su día. El hecho es que, en todos los sentidos, el cerebro es un asombroso prodigio. Aunque pesa menos de tres libras, ini­ cia, controla, almacena y dilucida cada detalle, cada faceta, de nuestra vida—permitiéndonos dar automáticamente los pasos necesarios tanto para lavarnos las manos o cepillarnos los dientes como para sentir la belleza y la pasión de una ­sinfonía. En condiciones normales, ni siquiera pensamos en nuestro cerebro. Sencillamente vivimos la vida, hasta que nos vemos en medio de la tragedia: ocurre una lesión cerebral y todas esas funciones que nunca nos habíamos detenido a consid­ erar se alteran completamente. Dependiendo de la local­ ización y de la severidad de la lesión, sentimos sus efectos en lo cognoscitivo, en el comportamiento, en lo físico, o, más típicamente, en los tres aspectos. A menos que usted comprenda cómo funciona normal­ mente el cerebro, cómo se comunican entre sí y con el resto

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del cuerpo sus distintas partes, no podrá entender lo que sucede cuando ocurre una lesión de esta índole. Antes de descubrir lo que no anda bien, es necesario que usted sepa lo que es normal . . .

LA ANATOMÍA DEL CEREBRO Su aspecto es el de una esponja húmeda, de esas que usamos todos los días, pero no se deje llevar por las apariencias. En este  caso son muy engañosas, pues el cerebro consiste en una compleja red de miles de millones de células nerviosas llamadas neuronas. Sus funciones están divididas en forma muy específica entre las distintas partes, cada una de las cuales ocupa un lugar específico y realiza una función partic­ ular. El cerebro es capaz de almacenar una increíble cantidad de información y, cuando su funcionamiento es normal, no hay nada en el mundo hecho por el hombre que pueda com­ parársele, ni siquiera la más sofisticada de las computadoras. El pobre espantapájaros de El Mago de Oz, el famoso clásico  de Hollywood, se lamentaba sin consuelo: “Si yo ­tuviera cerebro”. Pues bien, si lo tuviera (y, como todos sabe­ mos, sólo pensaba que no lo tenía), estaría estructurado de la forma siguiente: 1. El Sistema Nervioso Periférico ¿Recuerda los muñecos de la serie Hombre Visible y Mujer Visible, aquellos que eran de plástico transparente con todas las venas y arterias a la vista, como las fotos que actualmente podemos sacar de la Internet? Pues bien, los nervios per­ iféricos  están diseminados por todo el cuerpo de la misma manera que las venas y arterias, formando una intrincada red que recorre en todas direcciones. Desde los terminales

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­ erviosos que tenemos en las yemas de los dedos hasta los n nervios de los músculos; desde los nervios que atraviesan todos nuestros órganos hasta los que salen de la médula ­espinal, todos realizan una función y llevan mensajes al cere­ bro. La estufa caliente que usted toca, la bebida helada que prueba, el pequeño clavito que acaba de pisar—todas estas sensaciones y estímulos viajan al cerebro para producir una respuesta. El cerebro, a su vez, envía un mensaje a los nervios, y usted retira inmediatamente el pie herido. Si el cerebro no pudiera interpretar estas sensaciones, el dolor o la sed que usted siente no tendría ningún significado, pues usted no sentiría nada ni pensaría jamás en estas sensa­ ciones. Los nervios periféricos funcionan como un servicio de mensajería, viajando a través de esa espectacular ciudad que es nuestro cuerpo para recibir y entregar una acción, un pensamiento o una sensación específica. 2. El Sistema Nervioso Central Para ser más exactos, digamos que el sistema nervioso cen­ tral está formado por la médula espinal y el cerebro. Este es el control maestro, el centro de comando de todos los ner­ vios. La médula espinal es la primera parada en el camino, y sirve a manera de intermediario o disyuntor que conecta el sistema nervioso periférico con el cerebro. Los mensajes via­ jan arriba y abajo por la médula espinal, llevando al cerebro los estímulos que este debe interpretar, y llevando entonces la respuesta del cerebro al resto del cuerpo—es decir, las res­ puestas que nos permiten hablar, movernos, escuchar, hacer distintos gestos, expresar nuestras emociones, o realizar cualquiera de estas acciones en combinación con otras.

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3. El Tallo Encefálico Si subimos por la médula espinal, la próxima parada, el piso de la alta gerencia, digamos, es el tallo encefálico, el cual con­ sta de tres áreas: La médula, que es su parte más básica. Aquí se encuentran los controles que nos mantienen vivos al regular nuestra pre­ sión arterial, el pulso y la respiración—las funciones de inhalar y exhalar el aire. El pons, un puente que úne la médula con las áreas más altas y evolucionadas del cerebro. Aquí también se encuentra la formación reticular, un conglomerado de fibras nerviosas que ayudan a controlar la tonicidad muscular, los reflejos, la capacidad de mantenernos despiertos y los mecanismos que nos mantienen alertas y listos para reaccionar a cualquier cambio. El cerebro medio, que nos permite a los humanos y tam­ bién a los animales de especies menos evolucionadas ­controlar el movimiento de los ojos y otras acciones corre­ spondientes a la “formación reticular”, desde mantenernos más alertas hasta mantener los reflejos bien agudizados. Es también un puente entre el tallo encefálico y el cerebelo (al que veremos próximamente). El tallo encefálico completo está adherido a la médula espinal por medio de fibras nerviosas gruesas. 4. El Cerebelo Subiendo por detrás del tallo encefálico encontraremos el ­cerebelo, el área del cerebro que regula todos nuestros ­movimientos, así como el equilibrio, y ajusta cada paso y cada situación. Es también un excelente “policía de tránsito” que suaviza y coordina nuestros músculos para que podamos

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movernos y articular el lenguaje. Los ganglios basales, ubica­ dos algo más arriba en el cerebrum (vea la página 20) son sus asistentes y ayudan al cerebelo a modular y modificar todos nuestros movimientos. 5. El Diencéfalo Justo encima del tallo encefálico y justo debajo del majestu­ oso cerebrum, que controla todas las altas funciones, se encuentra el diencéfalo. Este es el verdadero pasaje al pen­ samiento complejo y a las emociones profundas, y no sólo debido a su ubicación. ¿El motivo? Pues porque aquí residen el hipotálamo y el tálamo, dos de las áreas clave del cerebro. Toda la información sensorial, desde lo más ridículo hasta lo más sublime, debe pasar a través del tálamo, que funciona como un conmutador de líneas ferroviarias. Aquí la receta de arroz con pollo de la abuela se relegará al tanque de almace­ naje de la memoria situado en el lóbulo temporal. Al mismo tiempo, el tallo encefálico será el responsable de que se le haga agua la boca sólo de pensar en el apetitoso plato que cenará más tarde. Un poema de Pablo Neruda podría encon­ trar su lugar en el archivo justo al lado de la receta de arroz con pollo, pero sus versos también viajarán al sistema lím­ bico (del que hablaremos a continuación), el cual controla las emociones. Tal vez esos versos lo hagan elevarse, o, a medida que el poema alterne del sistema límbico emocional a las áreas del cerebro que albergan el intelecto, tal vez se encuen­ tre de pronto contemplando las ironías de la vida. En conclusión, el tálamo es una colmena de actividad y una especie de centro de distribución que clasifica los men­ sajes y decide a cuál área del cerebro debe enviar cada uno de ellos.

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Como seguramente ya ha adivinado, el hipotálamo es primo hermano del tálamo. Apenas del tamaño de un ­guisante, descansa justo debajo del tálamo. Pero no se deje engañar por su pequeñez; su influencia es muy vasta. Desde el control del apetito hasta la excitación sexual, desde la sed hasta el sueño, desde equilibrar la temperatura del cuerpo hasta mantener intactas las secreciones de cada hormona, el hipotálamo es un órgano sumamente ocupado que hace todo esto y más. Debido a su proximidad al sistema límbico emo­ cional y al intelectual cerebrum, también desempeña un papel importante a la hora de regular nuestras emociones, motivaciones y estados de ánimo. 6. El Sistema Límbico Ansiedad. Alegría. Ira. Felicidad. Ninguna de estas emo­ ciones existe en el vacío. Gracias al sistema límbico, las estructuras entrelazadas de las células nerviosas que vincu­ lan el diencéfalo y el cerebrum, podemos—literalmente— sentir y expresar nuestras emociones. Puesto que el sistema límbico está tan próximo al cerebrum, nuestros sentimientos están muy estrechamente relacionados con nuestros pen­ samientos, percepciones y actitudes. Sin el sistema límbico, tal vez lloraríamos o reiríamos, pero no entenderíamos la diferencia ni el significado de estas acciones. Si el sistema límbico está intacto, podemos sentir realmente las emo­ ciones, en todos sus sutiles matices y profundidad. Podemos sentirnos llenos de gratitud por ese día de verano en el campo y por los manzanos cuajados de frutas maduras. Podemos sentirnos avergonzados a la caídade la manzana en la cabeza. Y debido al vínculo que existe entre el sistema lím­ bico y el cerebrum, podemos recordar ese día no solamente

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como una serie de acontecimientos que nos sucedieron, sino con la perspectiva de quien mira, en retrospectiva, al pasado. 7. El Cerebrum Es el área del pensamiento complejo, de la memoria y de la  percepción. Como podríamos suponer, es la parte más  grande del cerebro y tiene, a su vez, diversas áreas ­interrelacionadas. El hipocampo y la amígdala son los responsables de las emociones, la memoria y el pensamiento. El hipocampo se encuentra directamente en el lóbulo temporal del cerebro y está conectado a todos los sentidos y al sistema límbico. Su hermana, la amígdala, se encuentra dentro del sistema lím­ bico en sí. Conjuntamente, ambos pueden disparar un río de emociones y pensamientos simultáneos. Volvamos de nuevo al escenario del paseo al campo. Ha llegado el invierno. Tiene deseos de comer algo, pero no hay nada en la despensa excepto unas cuantas manzanas que ya están pasadas de tiempo—demasiado maduras para comerlas. Usted las mira; huele su olor pungente. Gracias al hipocampo estas sensaciones lo transportan, en un instante, a aquel día de verano en el campo, un recuerdo que tenía archivado en su memoria. Estos vívidos recuerdos que inun­ dan el hipocampo disparan al sistema límbico a la acción. Entra en acción la amígdala desatando el río de la memoria y haciéndolo correr a través de toda la red límbica junto con sus propias imágenes emocionales de ese día de verano en el campo guardado en la nostalgia. Usted recuerda. Sus pensamientos regresan a ese día y ya siente la emoción que entonces sintió.

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LAS OTRAS “C” DEL CEREBRUM La corteza es el revestimiento de color gris que recubre el ­cerebrum, adhiriéndose al mismo. Considérela una especie de frazada arrugada y elástica compuesta por miles de mil­ lones de células nerviosas que cubren . . . pues . . . el cere­ brum mismo, la masa gris y blanca del cerebro. Entre ellos dos se encuentran sus pensamientos, movimientos, recuer­ dos y todo lo que usted aprende, comprende y comunica. Es lo que mejor lo define como ser humano y, al mismo tiempo, su parte más vulnerable si le llegara a ocurrir una lesión en la cabeza. El corpus callosum es similar, en muchos sentidos, a una autopista nacional. Rico en células y fibras nerviosas, conecta el hemisferio derecho y el hemisferio izquierdo del cerebro. Imagine una línea que divide su cerebro en dos per­ fectas imágenes de espejo, un lado izquierdo y un lado dere­ cho. Aunque algunos sicólogos actualmente insisten en una especie de “fórmula mágica” según la cual el pensamiento creativo del hemisferio “derecho” y la lógica del hemisferio “izquierdo” le permitirán encontrar a su “yo” más verdadero, la realidad es que ambos hemisferios trabajan al unísono, comunicándose a través del corpus callosum. Un ejemplo de cómo funcionan los dos hemisferios: Usted ve a alguien a quien le interesaría conocer mejor. Se aproxima a la persona e inicia una conversación. Ese es su hemisferio izquierdo en acción. Tal vez, muy lentamente, le irá saliendo el “hola, ¿cómo le va?”. Tal vez mirará a esa per­ sona en los ojos para crear más “efecto” o tal vez dirá algo chistoso como “qué casualidad encontrarnos aquí”. Sean cuales sean sus palabras, es su hemisferio izquierdo el que le da la capacidad de hablar y utilizar el lenguaje y decir

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cualquier cosa que se le ocurra en ese momento, pero es el hemisferio derecho el que aporta lo gracioso o colorido a lo que usted diga. Su hemisferio izquierdo es también el más responsable de controlar las otras capacidades lingüísticas—desde leer hasta hacer cálculos y escribir. Su hemisferio derecho controla la memoria visual, su capacidad para dibujar o copiar, tocar un instrumento o ­bailar. Es también su hemisferio derecho el que le permite

VISTA LATERAL DEL CEREBRO Lóbulo Frontal (Funciones Ejecutivas, Emociones, Movimientos Motores)

Lóbulo Parietal (Sensaciones)

Brain Illustration

Lóbulo Temporal (Memoria, Emociones)

Lóbulo Occipital (Visión)

Cerebelo (Coordinación)

Pons Médula Médula Espinal

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TITULARES Un estudio publicado en el New England Journal of Medicine probó, sin lugar a dudas, que el uso de cas­ cos protectores al montar bicicleta salva vidas. Durante un año completo el Dr. Robert S. Thompson y sus colegas estudiaron los casos de ciclistas que habían sufrido lesiones en la cabeza como conse­ cuencia de accidentes de bicicleta. ¿Los resultados de su investigación? Sólo el 4% de los noventa y nueve ciclistas que tenían lesiones severas en la cabeza llevaban puesto un casco protector. Los que llevaban el casco redujeron el riesgo de sufrir una lesión en un ¡85%! Puesto que la mayoría de los ciclistas son niños, los cascos protectores se pueden considerar una valiosa y sabia inversión en el futuro de toda la familia. ¿Cómo lograr que sus hijos usen los cascos y se protejan? La evaluación de una campaña de edu­ cación pública lanzada en una comunidad de Seattle en Estados Unidos comprobó que dicha campaña logró aumentar el uso de los cascos en un 14%. Sin embargo, en la ciudad de Portland, donde no se llevó a cabo ninguna campaña, el uso de los cascos sólo se incrementó de un 1% a un 3,6%. Diríjase a las escuelas, a todas las organizaciones de la comu­ nidad y a los gobiernos locales para que actúen y transmitan activamente este mensaje. ¡Las cam­ pañas de educación pública funcionan!

ver el contexto más amplio de las cosas, el panorama total de una situación, las consecuencias que pueden tener sus ­acciones para el futuro de su vida.

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Cuando la lesión cerebral afecta solamente un hemisferio del cerebro el resultado, se manifiesta en el lado opuesto del cuerpo. Un daño al hemisferio izquierdo puede traer como resultado la parálisis del lado derecho del cuerpo, y vice­ versa. También se observarán diferencias en lo emocional. La lesión al hemisferio izquierdo comúnmente causa depresión, pero la misma lesión al hemisferio derecho podría impedir a la persona reconocer los déficits que tiene.

LOS LÓBULOS Y SUS FUNCIONES No sólo está el cerebro dividido en dos mitades, sino que cada una de estas mitades tiene cuatro lóbulos. Cada uno de ellos desempeña una función diferente: Los lóbulos frontales se encuentran, como su nombre indica, hacia el frente. En muchos sentidos, desempeñan la función de un comandante en jefe del cerebro. Aquí hallamos los controles que regulan los impulsos, la motivación, las habilidades sociales, la expresión lingüística y el movimiento voluntario. Los lóbulos frontales también controlan la capaci­ dad de recordar. Igualmente, controlan lo que podemos lla­ mar las “funciones ejecutivas”, las cuales nos permiten planificar y organizar, mantener la concentración, tomar decisiones y establecer metas. Lamentablemente, los lóbulos frontales son muy vulnera­ bles a la lesión. ¿Los resultados del trauma? Es posible que usted no pueda enunciar en palabras lo que piensa, o que no pueda generar nuevas ideas. Es posible que no pueda con­ centrar su atención en nada específico y pierda el control sobre sus impulsos, se vuelva una persona agresiva, abusiva y grosera.

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Los lóbulos temporales, situados justamente detrás y debajo de los lóbulos frontales, sobre las orejas, son tan vul­ nerables a la lesión como los lóbulos frontales. Aquí se alma­ cenan casi todos los recuerdos, tanto los más recientes como los que pertenecen a un pasado ya distante. Aquí también se encuentra el hipocampo del cual emanan los pensamientos cargados de emoción. Los lóbulos temporales controlan, igualmente, la capacidad de comprender el lenguaje y apre­ ciar la música. Ellos son el centro de procesamiento de nues­ tras percepciones y clasifican y ordenan toda la información que nos llega, organizándola en secuencias y extrayendo un significado de lo que oímos. El daño a los lóbulos temporales podría conllevar dificul­ tad para recordar lo que hicimos hace apenas una hora. Es posible que no podamos percibir lo que alguien nos quiere decir. La sinfonía de Mozart que escuchamos podría sonar como una cadena de cacofonías. Los lóbulos parietales se encuentran encima de las orejas, hacia la parte posterior del cerebro. Podríamos llamarles los lóbulos “sensibles”, puesto que controlan el sentido del tacto y  desempeñan un papel fundamental en las habilidades ­académicas, incluyendo la comprensión de la lectura y la capacidad para descifrar las relaciones espaciales. El daño a estos lóbulos podría afectar nuestra capacidad para sentir físicamente, así como la capacidad de reconocer un objeto. Posiblemente no podríamos leer ni siquiera una oración sencilla y tal vez seríamos hasta incapaces de distin­ guir una manzana de una naranja, porque ambas frutas nos resultarían igualmente ajenas y extrañas. Los lóbulos occipitales son, literalmente, “los ojos detrás de la cabeza”. Simple y llanamente, son los responsables de

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la visión. Si la lesión afecta los lóbulos occipitales, es posible que el daño produzca ceguera. Estas son las partes del cerebro en sí. Pero el cerebro no está solo en la cabeza, sino que “flota” en lo que llamamos el fluido cerebrospinal, un líquido transparente que rodea el cerebro, lo nutre y protege en forma algo similar a las bolsas de aire que protegen al pasajero en el automóvil. Este fluido también llena los ventrículos o espacios abiertos del cerebro. Seis veces al día el líquido se renueva con nuevo fluido que reemplaza el viejo. El cráneo está formado por los huesos de la cabeza, los cuales contienen y protegen el cerebro. Y eso no es todo. Aún debemos considerar las membranas que el neurólogo Stephen  Goldberg, autor de La Neuroanatomía Clínica en Términos Ridículamente Simples, ha llamado “P.A.D.”, ­haciendo referencia a la palabra “pad” cuyo significado en inglés es cojín o amortiguador.1 Estas membranas o ­meninges son: 1. La pia, un revestimiento de poco grosor que literal­ mente “abraza” el cerebro. 2. La aracnoide, que, como indica su nombre, es una membrana semejante a una tela de araña y se ­encuentra entre la pia y . . . 3. La dura, la cual descansa justamente contra los hue­ sos del cráneo. Esta es una membrana fuerte y duradera.

El título original de la obra en inglés es Clinical Neuroanatomy Made Ridiculously Simple.

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Estas membranas que rodean el sistema nervioso central completo proporcionan más protección al cerebro. Cuando ocurre una lesión en la cabeza, estas membranas también pueden sufrir daño, y es posible que se produzca una hemor­ ragia o que la sangre se acumule entre las mismas, compli­ cando severamente la lesión inicial. Conocer las distintas áreas del cerebro y sus funciones es una cosa, pero entender la forma en que estas se comunican entre sí y con el resto del organismo es otra. Veamos, ­entonces, el sistema de transmisión de mensajes de nuestro cuerpo.

LAS LÍNEAS DE COMUNICACIÓN ¿Recuerda el día de verano en el campo? La fresca brisa, el ­delicioso almuerzo al aire libre, el dolor que sintió cuando la manzana le golpeó la cabeza . . . Todos estos acontecimientos fueron enviados a su cerebro para que este los descodificara, descifrara, almacenara y respondiera. Los mensajes tuvieron que transmitirse en diversas direcciones, del sistema límbico al lóbulo frontal, del hemisferio derecho al izquierdo, para no mencionar los mensajes continuos de inhalar y exhalar del tallo encefálico para que usted no olvidara respirar. Los científicos ya saben que estos mensajes se transmiten de célula nerviosa (neurona) a célula nerviosa por medio de conductores eléctricos y químicos. Por fortuna, el proceso no es tan complicado como podría parecer. Veamos: Un impulso eléctrico que lleva, digamos, el “¡Ay!” de dolor producido por el golpe de la manzana, viaja a través de una ­neurona desde los tentáculos externos de la dendrita hasta el cuerpo de la célula central y sale de nuevo recorriendo un estrecho pasaje llamado axón. Cuando este grito de dolor

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CÉLULA NERVIOSA, AXÓN Y SINAPSIS

Neurona

Dendrita Axón Axón Mielinado

Nerve Illustration Vesículos Presinápticos

Sinapsis Superficie Receptora Sinapsis

Axón

Axón

Sinapsis

llega  al final del axón, se encuentra en un espacio llamado sinapsis. La próxima neurona aguarda, pero la carga eléc­ trica no puede cruzar la sinapsis. El grito de dolor se ­detendría en su recorrido en este momento si no fuera porque el impulso eléctrico dispara entonces la secreción de una sustancia química llamada neurotransmisor, la cual cruza la sinapsis hasta llegar a un receptor en la próxima célula. Aquí comienza la conducción eléctrica a lo largo del próximo

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TITULARES Los axones están recubiertos por un aislamiento lla­ mado mielina cuyo propósito es casi igual al del ais­ lamiento de los cables eléctricos que usted tiene en su casa. Este aislamiento protege los axones y tam­ bién ayuda a conducir la electricidad a una velocidad mucho más rápida, enviando los mensajes eléctricos en forma vertiginosa. Cuando los axones se estiran, la conducción de la electricidad ya no puede fun­ cionar tan rápida y eficientemente. Como resultado, pueden producirse muchos de los problemas físicos, cognoscitivos y del comportamiento que encon­ tramos en los casos de lesión cerebral. Si el axón sana, tal vez todo vuelva, con el tiempo, a la normal­ idad, Pero si el axón sufre una ruptura o rasgadura, es posible que no logre repararse y los síntomas de incapacidad sean permanentes. axón. El “¡Ay!” continúa así su recorrido hasta llegar a la nueva sinapsis, momento en que se produce de nuevo el pro­ ceso electroquímico. (Vea la ilustración en la página 26.) De hecho, en la sinapsis esperan latentes innumerables neuro­ transmisores químicos que aguardan el momento de acti­ varse al recibir la “chispa” eléctrica de la fuente correcta. En otras palabras, solamente un impulso eléctrico específico activará un determinado neurotransmisor, el cual saltará a través de la sinapsis para a su vez activar la electricidad que aguarda en la nueva célula. Imagíne toda esta actividad ocurriendo en todo su cerebro a un ritmo vertiginoso, transmitiendo mensaje tras mensaje a sus diferentes áreas, descifrando, almacenando y disparando

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simultáneamente las más diversas órdenes. Aun para la mente más imaginativa resulta asombroso pensar lo exacto, afinado y preciso que es el cerebro al realizar estas funciones día tras día tras día, ¡sin siquiera necesitar reparaciones de rutina! Desde un bostezo después del almuerzo que disfrutó en el campo hasta el deseo de respirar profundo y relajarse al sen­ tir en el rostro la cálida brisa del verano, desde el “¡Ay!” del golpe hasta el “Uhmmmm” de un beso, los mensajes que se transportan a través del cerebro son tan variados y únicos, tan individuales, como usted mismo. No obstante, hay un tema esencial y básico en cada mensaje químico que cruza una sinapsis, una regla tan fundamental como el proverbial “dos y dos son cuatro”, la cual debemos tener siempre presente:

LOS NEUROTRANSMISORES PUEDEN INHIBIR O PROVOCAR LA ACCIÓN, PERO LA MAYORÍA DE ELLOS LA INHIBEN Es del todo cierto. Por lo regular, los neurotransmisores apla­ can a la “bestia salvaje”. Sin ellos, usted podría responder al dolor del golpe lanzando la manzana con toda su fuerza con­ tra la ventana de la casa cercana—o contra la cabeza de la persona sentada a su lado. Podría incluso verse tentado a proferir unos cuantos insultos bien sazonados, seguidos de una buena rabieta durante la cual usted pisotearía sin piedad la manzana, haciéndola una pulpa contra el piso. En lugar de hacer todo esto, el mensaje que usted recibe de su cerebro es “calma”, “no pierdas los estribos”, o hasta “olvídate de esa inoportuna manzana, regresa a casa, piensa en lo sucedido y descubre la ley de la gravedad”. Podríamos aventurar que algo así le sucedió a Newton.

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Lamentablemente, la mayoría de estos mensajes inhibito­ rios tienen su origen en los lóbulos frontales, los cuales, como ya hemos visto, son particularmente propensos a sufrir daño en caso de lesión. Hemos llegado casi al final de la lección de anatomía, pero, antes de terminar, queremos subrayar otro punto que es ­necesario recordar acerca del cerebro: el total es mucho más importante que todas sus partes. Cada uno de los compo­ nentes, desde los lóbulos hasta los hemisferios, desde los neurotransmisores hasta el fluido cerebrospinal, funciona conjunta y coordinadamente con los demás para crear a un ser humano único: usted; es decir, su personalidad que es única, sus actitudes, su inteligencia y sus emociones, que también son únicas. Esta singular “individualidad” que le car­ acteriza a usted como persona es lo que convierte la lesión cerebral en algo tan devastador. Al entender la forma en que funciona normalmente el cerebro, no sólo entenderá lo que sucede cuando algo anda mal, sino que también podrá estar consciente de lo variados e individuales que pueden ser los síntomas. Y, sin embargo, a pesar de lo especial y singular que es cada caso, la lesión cerebral ocurre solamente de unas cuan­ tas formas básicas. En el próximo capítulo veremos más detalladamente este tema.

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Brain Injury - Espanol - Chapter 1