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Enfoque septiembre - Vistazo

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Fotos José Dimitrakis

Las réplicas de balsas se comercializan en Playas y poseen varios dibujos pintados a mano. Sus precios van entre cinco y diez dólares.

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an pasado casi 65 años y Pedro Mite aún recuerda todas las alegrías y pesares que el mar le concedía en sus jornadas de pesca. Cada día la acera de su casa se convierte en un pequeño taller donde elabora coloridas balsas en miniatura, para venderlas a los turistas que visitan el balneario de General Villamil Playas, en Guayas. La construcción de pequeñas réplicas de embarcaciones, con madera de balsa, representa su sustento diario, aunque con cierta nostalgia cuenta que sobre las tradicionales balsas él aprendió a sus 10 años el noble oficio de pescar. Su abuelo y su padre también se dedicaban a esta actividad y recuerda que la primera vez que subió a una de estas embarcaciones tuvo que permanecer de rodillas, por seguridad, mientras su papá le enseñaba a tener cuidado en las marejadas y también alguno que otro truco para pescar. “El primo” –como sus amigos llaman a Pedro Mite– comenta que hace más de 50 años sus compañeros y él no necesitaban ir tan lejos para capturar peces, ya que a las orillas del mar podían recoger camarones, sardinas, corvinas, pincha-

guas y langostinos de gran tamaño. Así también lo afirma el libro “Historia de Playas”, escrito por Eladio Criollo, Álex Yagual y Carlos Quiroga, donde se resalta que hasta la década de los 70, aproximadamente, la pesca fue uno de los baluartes económicos del cantón. Cuando solo existían las balsas, la pesca era abundante y también capturaban langostas y pulpos. Luego con la llegada de los barcos camaroneros y chinchorreros, Pedro y otros compañeros vieron la necesidad de ir a pescar más lejos, lo que ocasionó que las jornadas se tornen más duras, ya que tenían que esperar a que hubiese un buen clima para salir en la noche a trabajar. Por lo general, los sitios frecuentes de labor eran La Planchada, Los Bajos, Jelis, El Pelado y Sienta Pájaros. Mite relata que para salir a pescar necesitaban de varios instrumentos; entre ellos la popular balsa –de seis metros de largo–, el remo, la vela y la atarraya, que usualmente eran redes tejidas a mano. Sobre la balsa iban generalmente dos personas y la embarcación que llegase primero al fondo del mar pasaba a llamarse “la campeona”. Mientras navegaban sobre las cristalinas aguas, si uno de los pescadores observaba una mancha gris, a su alrededor, o si algún piquero se clavaba para sacar alguna sardina, ellos sabían que era el momento apropiado para lanzar la atarraya e inmediatamente recoger lo que el mar les regalara. El que llegaba primero a la orilla lograba vender el ciento de sardinas a 10 sucres y lo que quedaba servía para merendar un aguado de sardina con una taza de café y un bolón de verde, comida que les ayudaba a Septiembre 1 de 2017 »

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