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San Agustín 1913 - 2013

100 años

de Investigación

Científica Fabio Eliseo Hurtado Gallego


Parque Arqueol贸gico en el papel moneda y estampillas.


Gobernador del Huila Dr. Carlos Mauricio Iriarte Barrios Secretario Departamental de Cultura y Turismo Jaime Alberto Perdomo Pacheco Dirección Fabio Eliseo Hurtado Gallego Guión Fabio Eliseo Hurtado Gallego Museografía Museo Arqueológico Regional de Neiva Colaborador Especial e Investigador Camilo Francisco Salas Ortiz Presidente Academia Huilense de Historia. Diseño gráfico exposición y catálogo Paola Fuentes Alvarez Corrección de Textos José Ignacio Pérez Eduardo Tovar Murcia Textos catálogo José Pérez de Barradas. Olga V. González Reyes. Fabio Eliseo Hurtado Gallego. Fotografías José Pérez de Barradas, Francisco Hidalgo Fabio Eliseo Hurtado Gallego Preprensa e impresión Grafiarte Impresores Tel.: 871 6182 Neiva - Huila ISBN 978-958-46-2130-6


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Contenido Pág Presentación

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Prefacio

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223 años de San Agustín

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La memoria del tiempo

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San Agustín, enterrada en la historia

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Las exploraciones arqueológicas

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¿Quién lo hizo?

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La muerte ronda en las estatuas

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La civilización que murió

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El arte escultórico

99

Quebrada de Lavapatas

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Policromía real

147

Alfarería y orfebrería del Alto Magdalena

153

El Batán

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Presentación El hoy existe, porque el ayer fue.

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an Agustín es un caso verdaderamente singular en el concierto primitivo de los pueblos amerindios. Primeramente porque su característica admirable es el arte; luego porque el aspecto predominante es la cultura en piedra; después porque prima ese aspecto con una acentuación místico-religiosa –las estatuas son deidades o tótems- y en fin, porque es probable una correlación, parentesco o continuidad, con otras civilizaciones de superior desarrollo como los preincaicos del altiplano boliviano y la serranía peruana a los Mayas y preaztecas de Méjico y Centroamérica. El arte es una de las comprobaciones indudables de la cultura. Y más depurado será si ésta es más auténtica, más original. Ello sucede al tropezar con la primera frustración de la nacionalidad, acaecida sobre el lejano valle de San Agustín, cerca de las cabeceras del río Magdalena y en un momento histórico todavía indeterminado. Allí floreció, en un rincón inaccesible de la topografía andina, entre exuberante belleza, clima tibio y benigno con lluviosidades promedias, una de las culturas más sorprendentes y vigorosas de los amerindios. Cultura que no desmerece nada frente a las manifestaciones escultóricas de Mayas, Aztecas o Incas. En los Agustinianos, el arte, asociado a la naturaleza, a los rituales del sacrificio, al mito y a las ceremonias de la muerte, transformó la roca en sepulcros, templetes funerarios, fuentes ceremoniales y una variada estatuaria, todavía enigmática de una rica vida espiritual.1 La grandiosidad, el derroche de imaginación y dominio técnico en el tallado que materializó la cultura agustiniana en sus obras líticas —sean ellas esculturas, fuentes cere-moniales o templetes— contrasta con la fragilidad, sencillez y falta de sentido de perennidad en la vivienda. En ella la piedra se utilizó sólo de manera ocasional, como refuerzo de los muros de sustentación, cuando la nivelación por medio de terrazas en los planos inclinados lo demandaba. Nos prueba lo narrado, los distintos trabajos realizados, pero especialmente el de KONRAD THEODOR PREUSS en los años 1913-1914, y publicado en español en 1931. La obra de este científico alemán se considera la primera que adquiere el nivel científico de la arqueología moderna, que para PINEDA GIRALDO, Roberto. “San Agustín-Parque Arqueológico”. Compañía Litográfica Editorial Colina. Medellín. 1967. Pág 3. 1


ese entonces dio importancia al arte escultórico monumental, como producto de una cultura aborigen americana. Además de describir con precisión las esculturas excavadas junto con sus estructuras funerarias, Preuss aplicó una metodología de interpretación que aún está vigente, en tanto que consideró que además de la comparación iconográfica agustiniana con otras regiones prehispánicas americanas, pensó que la alternativa para poder conocer el complejo significado mítico plasmado en las estatuas, era necesario estudiar el mundo mágico de grupos indígenas actuales, como los huitotos del río Caquetá en la región amazónica colombiana. Preuss, con la publicación de su obra, generó en el contexto científico americanista, una sólida imagen sobre la cultura que desde tiempos muy antiguos produjo un arte escultórico, propio de las grandes civilizaciones del viejo y el nuevo mundo. Hoy en día podemos reclamarle que aunque conocía la importancia estratigráfica de la cerámica y demás objetos, la trabajó como algo secundario, dejándose agarrar por el admirable arte escultórico ‘y su significación religiosa, que aún en la actualidad sigue siendo el principal atractivo de estudiosos y visitantes.2 De lo anteriormente expuesto se deduce fácilmente que la civilización de San Agustín, de diferentes procedencias, es más antigua de lo que se pudiera suponer. Rompecabezas para investigadores. Enigma para etnólogos y arqueólogos. Misterio, en la noche del pasado amerindio, para el vulgo. Pero sobre todo una maravillosa afirmación de la estética indígena. Con esta publicación, dirigida por el estudioso fotógrafo profesional Fabio Eliseo Hurtado Gallego, el gobierno departamental, que me honro en presidir desde hace algunos meses, se vincula a los 100 Años del Descubrimiento Científico de San Agustín, con su Arte Mágico, Legendario y Misterioso. CARLOS MAURICIO IRIARTE BARRIOS Gobernador del Huila

2 PREUSS. Konrad Theodor. “Prehistoria Colombiana. Los Ídolos de San Agustín en Alemania” Archivo Historial. Manizales. 1938. Pág. 29.


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Prefacio

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a Cultura Agustiniana es un orgullo que nos ha tocado en suerte al pueblo huilense. Sin embargo, su legado es un patrimonio de la humanidad que se manifiesta hoy en día en la majestuosidad de su escultura, en la belleza de su orfebrería y en el cuidado de su artesanía, todo lo cual está acompañado de una visión mito-poética que, en conjunto, manifiesta una poderosísima manera no occidentalizada de entender la relación del hombre con el mundo, con la naturaleza, con el cosmos. Pese al número nada despreciable de estudios que se han llevado a cabo a lo largo de los años desde las diferentes ramas del conocimiento de lo que fue la Cultura Agustiniana, son más las hipótesis que las certezas que se han sacado en limpio de lo que fue esta cultura. No obstante, es precisamente aquel espacio de incertidumbre lo que nos maravilla —lo que lleva a nuestras mentes, sería más preciso señalar— a soñar, a imaginar, a especular con lo maravillosa que debió ser esa sociedad que hoy se nos revela por medio de su legado material. Este año se celebra un siglo desde que se descubrieron las primeras estatuas. Por ello he decidido celebrar este acontecimiento desde una mirada particular: la de la fotografía. Y lo he decidido hacer porque considero que la fotografía es el arte de la incertidumbre en el que, al igual que el conocimiento parcial que se tiene de la sociedad que conocemos como Agustiniana, se da espacio a la imaginación, a jugar con las hipótesis, a representar la realidad desde otra óptica. Para ello no he querido plasmar únicamente el estado actual de la estatuaria, la cerámica y la orfebrería, sino también establecer, por medio de la imagen fotográfica, un parangón entre las fotos que Francisco Hidalgo hizo hace cincuenta años y las que José Pérez de Barradas tomó hace cien años; para brindar al lector una mirada más amplia del paso de los años y dejar en su mente una suerte de cronología en imágenes. Dado el interés comparativo que impulsa este trabajo, he acudido, también a modo de homenaje, a la revista “América Mestiza” No. 9 – 10, de 1991, dirigida por Borys Bustamante Bohórquez y cuyos textos de la periodista Olga V. Gonzáles, me han servido de referente; e igualmente al libro “San Agustín”, realizado por L. Duque Gómez en su parte textual y Francisco Hidalgo en la visual, y he usado algunos de los pasajes del mismo ya que los considero iluminativos e imprescindibles para la cabal comprensión de las imágenes. Continuando esta línea de ideas, he tomado como referentes los libros “Arqueología Colombiana” de Lucía Rojas de Perdomo e “Iconografía Funeraria en la Cultura Arqueológica de San Agustín” de César Augusto Velandia Jagua, todos los cuales fueron tomados de la Biblioteca Pública Departamental “Olegario Rivera”. Por último, me gustaría agradecer a un grupo de personas que han aportado de una u otra manera a la construcción de este modesto homenaje que ofrezco al pueblo huilense en formato de libro fotográfico: Mery J Wiede, por su amabilidad y la confianza al permitirme fotografiar sus piezas de cerámica y a los escritores huilenses Eduardo Tovar Murcia, Miguel de León, Luis Ignacio Murcia, Guillermo González Otálora, Esmir Garcés Quiacha y Luis Fernando Sepúlveda, quienes aportaron desde sus diversas miradas a la finalización de este proyecto. Fabio Eliseo Hurtado Gallego


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223 años de San Agustín Tres fundaciones y tres caminos diferentes para un mismo pueblo.3

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a primera fundación sucedió a fines del siglo XVII por unos religiosos de la Orden de San Agustín quienes, en esa época, eran misioneros en la región. Aunque no hay certeza sobre los primeros habitantes se dice que eran Andaquíes, ya que esa comarca había sido de ellos en tiempos de la Conquista y sus asentamientos estaban muy cerca de aquel sitio. Sin embargo, el pueblo se fue destruyendo poco a poco porque para los Andaquíes era difícil enfrentar la situación frente a los misioneros teniendo en cuenta que ellos no tenían instrucción en la doctrina cristiana. La segunda fundación se hizo a mediados del siglo XVIII por unos indios que venían de Almaguer. Vivieron temporalmente en una hacienda de Jorge Valderrama, domiciliario del Obispado de Popayán. El eclesiástico agradeció los servicios de los aborígenes donándoles una parte de sus tierras pero con una condición: que vivieran en ellas y fundaran un pueblo. Los indios protagonistas del desarrollo, Alejandro Astudillo, Domingo Santanilla, Martín y Bonifacio Santanilla, entre otros, edificaron algunas chozas, construyeron algunas capillas de paja y se dirigieron al virrey José Alonso Pizarro para solicitarle la erección formal del pueblo y el nombramiento del cura. Los indios aducían que eso implicaría conveniencias de tipo moral y económico, ya que en esa zona se suponía que había minas de oro. Sin embargo, el corregidor y el Obispo de Popayán impidieron que se cumpliera el deseo de los aborígenes. El primero, Jerónimo de Torres, compró la hacienda de Valderrama y les impidió el paso. El segundo, Obregón y Mena, negaba cualquier petición ante las informaciones adversas del cura de Timaná, en donde se debía erigir el nuevo curato. Pero además de ellos, la Real Audiencia también se negó a cualquier colaboración. Ante esa situación, se ordenó la demolición del pequeño edificio que había construido la población y sin ninguna contemplación, las siete familias, cerca de 34 personas, se quedaron sin vivienda. Pero a pesar de la destrucción de sus hogares, otra vez empezaron a edificar. Construyeron su iglesia y sin la guía de nadie se reunían para rezar el rosario. Cuando el obispo se enteró de esa actitud, decidió ayudarles enviándole cada año a Fernando Vargas para que él les diera los sacramentos y les enseñara el catecismo. Sin embargo, cuando regresaba el sacerdote a Popayán el caserío quedaba en el abandono. El interés de los indios por conservar el caserío, tener en perfecto estado su iglesia y escuela, y la llegada de nuevas familias de Almaguer y Pasto, que en total sumaban 150, conmovió al nuevo virrey José de Espeleta, al gobernador de Neiva y al Obispo de Popayán. Fue así como el Virrey dictó el decreto sobre la creación del pueblo y curato de San Agustín el 20 de noviembre de 1790. 3

González Reyes Olga V. – En Revista “América Mestiza”, No 9-10-Bogotá,1991-Pag. 57-58.


Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013 Relieve de cuerpo femenino, con máscara felina y orejeras discoidales. Fue hallada en años recientes, boca abajo, sirviendo como una de las losas de cubierta en una tumba de El Cabuyal. Se encuentra en el “Bosque de las estatuas” Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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La memoria del tiempo “La memoria histórica es un recuerdo colectivo, una evocación volcada hacia el presente del valor simbólico de las acciones colectivas vividas por un pueblo en el pasado. Es una acción que preserva la identidad y la continuidad de un pueblo”. José Luis Marañón.

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e llama memoria a la facultad de acordarse de aquello que quisiéramos olvidar”, dijo el poeta francés Daniel Gélin. Por ello, es mejor tener siempre una buena historia que contar. Pero la identidad de los pueblos pide obligatoriamente que la memoria sea patrimonio intocable, no importa cuán difícil haya sido. Y el recuerdo impune no deja en paz a este país. Pero siempre es bueno mirar cómo hemos cuidado la herencia que nos pertenece y disfrutamos generación tras generación. Después de más 200 años de vida republicana, la sociedad huilense reclama el derecho y el deber de construir su relato histórico, y de construirlo con las múltiples voces de esa herencia. Y memoria y patrimonio son conceptos profundamente vinculados, son elementos que nos posibilitan dialogar con otras comunidades y otras culturas.Y la historia precolombina del Alto Magdalena es digna de recordar, digna de permanecer porque nos habla profundamente de la vida y de su sentido, que en sí mismo dan trascendencia al ser humano más allá del espacio y del tiempo; que nos habla de lo que hemos sido y de lo que hemos vivido. De un pasado que no ha pasado, por ser tan relevante en nuestra vida como pueblo. Pero, también, son contenidos y prácticas simbólicas que nos desafían y tensionan para crear nuevos contenidos y representaciones simbólicas, y para construir nuevas formas de convivencia y de “comunidad imaginada”. El patrimonio es una herencia, diversa, plural y hasta contradictoria, y en su identificación y preservación las diversas comunidades y personas tienen derechos y deberes fundamentales. Lo que motivó a Fabio Eliseo Hurtado, fotógrafo huilense, autor de varios libros de fotografías sobre la región, a mirar el estado actual de la estatutaria Sanagustiniana y, a su vez, a compararlas con el pasado, tanto en su conservación como en su relación espacial. Para él, este cuidado es parte de un proceso creativo, dinámico y multidimensional, a través del cual una sociedad funde, protege, enriquece, proyecta su cultura y posibilita el acceso al pasado, recordando que lo más importante muchas veces ya ha sucedido. Por eso, su conocimiento y el cuidado del mismo son indispensables para que los hombres puedan relacionarse unos con otros y con la naturaleza, y posibilita que continúe existiendo la sociedad caracterizada por su cultura. Con entereza y persistencia, el fotógrafo escarbó en baúles y archivos, viajó a los sitios y buscó la misma pose, la misma mirada del fotógrafo original y luego comparó, y sin mayores pretensiones nos entrega su trabajo en el marco del centenario de las investigaciones de la cultura sanagustiniana. El resultado no solo es curioso sino una constancia del compromiso del pueblo sanagustiniano con su patrimonio, una afirmación del sentido de pertenencia y un testimonio de esos amores ocultos, personales y misteriosos que nos evocan nuestro terruño.

Miguel de León. Escritor, poeta, critíco de arte


Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013

Fotos de bocas felinas y colmillos


San Agustín, enterrada en la historia. S

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e pueden contemplar el culto a la muerte, a la vida y a los muertos. Se pueden ver las bocas felinas, los colmillos dominantes y preparados a enfrentar al enemigo maligno y también aquella coraza de fuerza y coraje en medio de las montañas. Se puede observar con el alma el origen de cada una de esas estatuas enterradas hace siglos, pero sólo admirarlas porque comprenderla, con la razón, es imposible. La estatuaria de San Agustín va más allá del entendimiento. Más allá de este siglo y del anterior, del nacimiento de Cristo y de la cultura griega. Hace parte de la cultura precolombina y de América entera. Es la manifestación cultural de un pueblo que ante la imposibilidad de dejar un registro escrito de su historia tomó el camino del arte de la piedra para esculpirla y presentar el testimonio de su existencia. Colombianos, extranjeros e inventores han intentado una y otra vez despejar ese misterio llamado San Agustín que sin ningún temor, al contrario, con toda la fuerza de su forma y expresión, se levanta en el sur del Huila para mostrarle al hombre y a la naturaleza lo que es capaz de hacer una civilización. Aún continúan los interrogantes sobre esa inmensa área del territorio colombiano, en medio de lagunas y montañas, del río Magdalena, de robles y piedras y más quebradas y lagunas, en donde centenares de estatuas son testigos silenciosos del culto a los muertos y a los dioses, de un pasado oscuro lleno de preguntas, de una religión organizada y jerárquica y de una cultura que más que fuerza es espíritu. Cada una de esas estatuas que se repiten con alguna regularidad sobre las mesetas cercanas al nacimiento del río Magdalena eran simples montículos de tierra artificiales de hasta cinco metros de base y a veces con un diámetro que alcanzaba los treinta metros. Ni siquiera los conquistadores se detuvieron cuando entraron a la región y la recorrieron paso a paso en busca de El Dorado. Nunca se imaginaron que en su interior se escondía una de las más enigmáticas manifestaciones de nuestros aborígenes. Ninguno de los exploradores de las primeras décadas del Siglo XVI hizo alguna mención de las ruinas arqueológicas, pero no sólo porque los montículos las cubrían sino también porque estaban enterradas en las tumbas, rodeadas de piezas de cerámica, artefactos de piedra, objetos de orfebrería y un completo ajuar funerario. Es por eso que aunque el hombre de hoy cuenta con la tecnología quizá esté en las mismas circunstancias que les impidieron a los conquistadores descubrir los monumentos. Tal vez es esas tierras aún se guardaban sorpresas y los arqueólogos que siguen explorándolas tienen un largo camino por delante. Dos siglos después de que aquellos conquistadores pasaran sin sentir que en esas tierras tenían algo más que oro, Juan Fray de Santa Gertrudis hizo la primera descripción de las reliquias. En su obra Maravillas de la Naturaleza, escrita en 1957, contó que los guaqueros operaban en el Alto Magdalena y que por ellos se había desenterrado una parte desconocida de la historia. Aunque sus manuscritos no fueron tenidos en cuenta y sólo se conocieron en 1958, desde ese momento se inició una serie de visitas de personajes, investigadores y arqueólogos de la vida colombiana a la región, pero al mismo tiempo el descubrimiento de lo que sería una de las culturas precolombinas más desconocidas y misteriosas. 4

González Reyes Olga V. – En Revista “América Mestiza”, No 9-10-Bogotá,1991-Pag. 59-60.

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Fotos: José Pérez de Barradas. Año 1937. El pueblo de San Agustín, visto desde el arranque del camino del Cauca, y desde el camino de Pitalito.


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Las exploraciones arqueológicas

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a primera información acerca de las ruinas arqueológicas de San Agustín aparece en la obra “Maravillas de la Naturaleza”, escrita por el misionero mallorquín Fray Juan de Santa Gertrudis, de la Orden Observante, quien visitó varias veces estos parajes, la primera en el año de 1756. Su crónica de viaje, que recoge las observaciones de su larga correría, iniciada en Cartagena de Indias y terminada en Lima, permaneció inédita en Palma de Mayorca por cerca de dos centurias, hasta cuando en 1956 fue enviada al país copia del manuscrito y publicada en aquel año en la serie Biblioteca de la Presidencia de Colombia. En una descripción muy somera de algunos de los monumentos, Santa Gertrudis nos cuenta cómo ya desde esa época buscadores de tesoros se empeñaban en remover las estructuras funerarias. Siguieron después la visita del naturalista Francisco José de Caldas (1797), el geógrafo y cartógrafo italiano Agustín Codazzi (1857) y Carlos Cuervo Márquez (1892), entre los principales del siglo antepasado. En 1914 es cuando realmente se inicia el estudio científico de tales vestigios, con la visita a la región del investigador alemán Konrad Theodoro Preus (1868-1938) investigador y doctorado en Antropología de la Universidad de Berlín, quien llegó a San Agustín a comienzos de 1913, permaneció durante cuatro meses y con la ayuda de don Gustavo Muñoz Ordoñez y otras personas de la región, quien excavó tumbas y envió a Alemania un informe el 31 de Enero de 1914. A su regreso, en Alemania escribió un libro con el nombre de Arte Monumental Prehistórico, que ha sido base para las sucesivas investigaciones que han adelantado varios antropólogos y arqueólogos a nivel mundial y posteriormente con las exploraciones del arqueólogo español José Pérez de Barradas y del colombiano Gregorio Hernández de Alba (1937), Luis Duque Gómez, Eduardo Unda y Tiberio López (1943-1960), Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff (1966), Luis Duque Gómez y Julio César Cubillos, misión que adelantó la más intensa exploración de los yacimientos, en temporadas de trabajo que se extendieron desde 1970 hasta 1977, bajo el patrocinio de la Corporación Nacional de Turismo.


La plaza del pueblo de San Agustín; se ve el monumento del Libertador en el que están empotradas tres estatuas prehistóricas; a su alrededor hay otras cuatro estatuas.

Fotos: José Pérez de Barradas 1937 Teatro situado en el patio de la casa principal de San Agustín; delante del proscenio se encuentran cinco estatuas prehistóricas de diferentes procedencias.


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Foto: José Pérez de Barradas 1937 Estatua del dios con un pescado en las manos, procedente de Mesita B (Montículo meridional, templo inferior), empotrada en el monumento a Bolívar, en la Plaza de San Agustín. Al lado de la imagen del dios, los agustinianos de hoy efectúan sus negociaciones mercantiles. Textos: Luis Duque Gómez. 1966.


Fotos: José Pérez de Barradas. Año 1937. La casa de Jacinto Adames, donde estatuas del montículo N. de la Mesita B, servían de pilares a las columnas de madera.


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Fotos: José Pérez de Barradas. Año 1937. Dos estatuas del Montículo N. de Mesita B, sirviendo de piedras en la casa de la señora Tránsito Álvarez de Ortíz.


Casa museo del Parque Arqueológico de San Agustín.

Fotos: José Pérez de Barradas. Año 1937. Pilares de una casa campesina.


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¿Quién lo hizo?

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eorías y especulaciones son el resultado de lo poco que se conoce de este pueblo que fue ignorado por tantos años y que como única alternativa dejó en el arte la concreción de su vida y entregó a la posteridad un mensaje angustioso y doloroso de su fe, su vida y su muerte. No tenían escritura y tampoco otro medio de expresión y por eso al principio su escultura funeraria y de ceremonia se atribuyó a seres fantásticos y de otros mundos más allá de los terrenos, habitantes imaginarios y hasta de generaciones desaparecidas. Para algunos historiadores y arqueólogos que han seguido paso a paso un descubrimiento, el período de la cultura de San Agustín se inició a partir del siglo V de la era cristiana, pero para otros, esa civilización existió muchos siglos antes. Agustín Codazzi atribuye los monumentos a una civilización misteriosa llamada Andaquíes, que por factores desconocidos desapareció mucho antes que la región fuera fundada por Sebastián de Belalcazar. Historiadores han desmentido esa versión porque según ellos los descendientes de esas tribus existen todavía en los alrededores del Macizo Colombiano y no tienen como actividad cotidiana el acto artístico. Sin embargo, todo indica que la cultura de San Agustín es más antigua de lo que se piensa incluso más que las civilizaciones Azteca, Inca y Chibcha. De todas formas, lo que no se discute es que su evolución fue muy lenta ya que los análisis técnicos que se han realizado en algunas de las esculturas demuestras que los pobladores de San Agustín permanecieron en esas tierras por largos periodos y que el proceso artístico no empleó menos de 800 a mil años para llegar de las obras más rudimentarias a las más elaboradas. Primero fueron estatuas y relieves de frágil creación y después figuras humanas que, aunque deformes e imperfectas, exhibieron mayor habilidad en el trabajo con la piedra. Puede ubicarse antes de Cristo, después o en la misma época. Puede ser una cultura contemporánea a la Azteca o Chibcha. Quizás incluso, ser el producto de una civilización fantástica que dejó a la historia el testimonio de una forma de vida y muerte, de una manera especial y diferente de sentir y expresar la existencia humana y divina. De todas formas es San Agustín, y eso es más que suficiente.

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González Reyes Olga V. – En Revista “América Mestiza”, No 9-10-Bogotá,1991-Pag. 61-62.


Tapa de sarcófago con una figura en relieve desaparecida. Antes en la Plaza de San Agustín. Foto proporcionada por el Doctor Cabrera. (Pitalito). Alto de la laja, 207 centímetros; ancho, 65 centímetros, y grueso 20, centímetros. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. Año 1937.


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La muerte ronda en las estatuas 6

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lguien lo dijo. Hace bien al alma visitar esas tierras, porque ir a San Agustín es ser fiel al ancestro, es sentir cómo cada una de esas estatuas lo escrutan a uno y le preguntan y le responden, y aunque lleguen los vándalos, y aunque algunos intenten robar partes, trozos de las obras nadie podrá destruir una historia que quedó escrita hace siglos en una región del Huila, en Colombia, por unos seres que parece como si tuvieran algo más que posibilidades humanas. Hablar de San Agustín es hablar de la expresión, del culto funerario, de la dimensión de unas figuras ancestrales. Es referirse a metros de altura y de misterio, es un arte milenario y a una cultura de piedra que se enterró en la tierra para impedir su destrucción. San Agustín, o la llamada Capital de la Arqueología en Colombia, esconde detrás de sus montañas centenares de estatuas de piedra, algunas hasta de cuatro metros de altura y todas con un nombre, unas características especiales y una muestra de aquello que fue el pasado. Cada uno de los monumentos representa la divinidad, el sentimiento religioso, la exaltación de las deidades, la vida y la muerte, la fuerza de la naturaleza y la manifestación propia de los agustinianos. Las estatuas son el origen de una civilización, de una comunidad, el símbolo de los dioses y las divinidades protectoras. El principio de un mundo. En ellas está labrado el mensaje de una civilización que encontró en la escultura la mejor manera, quizá la única, de decir su pasado, de exhibir su cotidianidad, de contar por medio del bosque, de figuras animales, míticas y fantasmales una historia que quedaría marcada en el pensamiento colombiano. En el Bosque de las Estatuas, en las Mesitas, en la Fuente del Lavapatas, donde se encontraron los vestigios arqueológicos más antiguos, en el Alto de las Piedras, el Alto de los Ídolos o en el Alto de Mortiño se levantan las esculturas de piedra, las deidades, esas fuerzas totémicas y por lo tanto espirituales. Las investigaciones han encontrado la existencia de tres grados de arte cultural en los bosques de San Agustín, con una evolución artística entre cada una de ellos que supone centurias y hasta milenios. El primero es simplemente el alto relieve más o menos definido. El segundo se refiere a un tipo de caracteres de estilización bien definidos, y el tercero, el arte el arte de la figura humana con sus líneas y formas comunes y corrientes.

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González Reyes Olga V. – En Revista “América Mestiza”, No 9-10-Bogotá,1991-Pag. 64-66.


Estatua de una figura humana, Ullumbe, con ojos y boca rectangulares, y con una maza en las manos. Altura , sin zócalo, 105 centímetros; ancho, 66 centímetros. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. Año 1937.


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Sin embargo, para otros hay cuatro estilos bien definidos que contribuyen a un mejor análisis de la estatuaria y a su mayor comprensión. El naturalista, quizás el primero en tallarse en la zona, presenta las formas naturales sin alteraciones en sus características básicas; el arcaico, que es el de las piedras burdamente trabajadas; el expresionista, que corresponde a las formas tridimensionales más elaboradas y la mayoría de las veces están asociadas al jaguar y la fuerza vital; y el último, el estilo abstracto, que cuenta con la misma calidad que las tallas expresionistas pero con temas fantásticos. En cada uno de los monumentos aparecen tallados los animales míticos que preferían: el águila, la serpiente, el mono, el lagarto y los felinos, así como esas cualidades que admiraban, el fuego, la luz, al agua y la fecundidad. Sin embargo, las características predominantes son la boca bestial y agresiva, felinos con colmillos que simbolizan la defensa del individuo contra las fuerzas malignas. “En las estatuas - dice López de Vega -,la boca ritual, digámoslo así, cuadrada, exagerados caninos, como de jaguar en mueca amenazante, quizás simbolice el orgullo del tótem o invocación totémica cautelosamente defensiva, más los ojos sugieren ofidios, potencias, casi individuando ya y allegándose al retrato de persona, y la vigorosa nariz ya lo confirma, con signo de carácter. Más aún, lo expresa la boca cuando, dejando aquel rictus sui generis, aparece dominantemente varonil, pequeña, apretada y fina”. (Monografía, San Agustín. Colección El Búho y la serpiente.) En muchas de las obras se observan los instrumentos de trabajo de los habitantes del pueblo en sus labores diarias, como el cincel largo y el martillo de dos puntas, con el cual tallaban las estatuas, así como los adornos de mujeres y hombres. Ellas usaban el turbante, las faldas y los delantales, mientras que ellos colocaban diademas en sus cabezas como insignias masculinas. La presencia de estatuas que representan guerreros con cabezas colgando del cuello ha hecho suponer que la civilización del Alto Magdalena se caracterizaba por su prestigio político-militar y que se exhibía en la recolección de cabezas enemigas. Por esa razón, muchos arqueólogos han sostenido que las estatuas son la representación suprema de los caudillos y jefes militares.


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Escultura que representa un mono al parecer cubriendo a la hembra, por lo cual se interpreta como una deidad de culto a la fertilidad. Procede de Ullumbe, de donde fue traído al poblado en el siglo pasado. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”.Alt. 89 cmts., largo. 97 cmts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Estatua que representa un águila echada en su nido. Con las garras parece que sostiene dos cetros ceremoniales. Fue hallada por la Misión Arqueológica de 1937, en El Batán. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 81 cmts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Escultura con rasgos esquemáticos antropozoomorfos. Lleva en cada mano una maza plana y tiene la cabeza circundada por grecas que forman una franja serpentiforme. Por detrás, a la altura de la espalda, tiene un relieve de contorno acorazonado que inscribe el diseño de un águila o de un cóndor, que otros estudiosos interpretan como la silueta de una mariposa. Procede de la Mesita C. del Parque Arqueológico, de donde fue movida en el siglo pasado. Tumbas de ese lugar datan del siglo IV d. de C. Se halla en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 3,03 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estela funeraria tallada en una andesita lávica de contornos irregulares. Refleja la habilidad del artífice para lograr este armonioso diseño de líneas curvas que simplifican de manera admirable los rasgos de una figura antropomorfa con boca felina, ojos cerrados y manos plegadas sobre el pecho. Procede de Ullumbe. Se halla en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 1,46 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966. Estatua que representa una figura femenina sentada sobre una especie de trono, con diadema y falda ancha. Fue descrita por Codazzi en 1857 como “flautista”. Otros investigadores juzgan que el personaje lleva una máscara con trompa de tapir o de elefante, similar a la que se observa en la estatua principal del Alto de Lavapatas. Procede de El Cabuyal. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Figura de rana, tallada en una toba volc谩nica in situ, en la hondonada que cae sobre la Fuente de Lavapatas. Representa una deidad protectora de las lluvias. Fue descrita por Codazzi en 1857. Texto: Luis Duque G贸mez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


39 El simio aparece frecuentemente en la estatuaria agustiniana. Es indicio claro del culto a la fertilidad, como ocurre en otras culturas andinas. Aparece, bien en grupos escenográficos, como se observa en la cultura Ullumbe, en grabados en piedra o en interpretaciones como ésta, que se encuentran en la Mesita C, en San Agustín. La misión Arqueológica de 1973 encontró aquí otro monolito que figura dos simios, unidos por la espalda y con apariencia de gorilas. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Figura con “ojos de pescado”. Saca de la boca un cuerpo rematado en cabeza zoomorfa. Procede de Ullumbe. Se halla en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 1,14mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


43 Estatua principal del Montículo No.1 del Alto de las Piedras, en San José de Isnos. Es la más espectacular de las esculturas de la zona arqueológica. El monolito, que está circundado por pequeñas e irregulares lajas de piedra, clavadas de canto, a manera de cerco, representa un personaje con máscara de felino, cuyo cuerpo se descompone a la altura de las espaldas en un apéndice que figura pieles de serpiente y de zorrillo, del cual pende una cara antropozoomorfa. La tumba principal de este montículo, descubierta y explorada por la Misión Arqueológica de 1975-1976, data del siglo VII a. De C. y es posible, por lo tanto, que la estatua tenga la misma edad. Alt. 3 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


45 Escultura que se interpreta como una divinidad solar. La cabeza, con máscara felina, está circundada por una orla serpentiforme, rematada de lado y lado en cabezas de monos. Por la espalda le cae un cordón doble del cual pende una figura en forma de punta de lanza, quizás la representación de un tumi o cuchillo ceremonial. Procede de la Mesita C, del Parque Arqueológico, de donde fue trasladada al poblado en el siglo pasado. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Tumbas excavadas en esta Mesita por la Comisión Arqueológica de 1973, datan del siglo IV de la era cristiana. Alt. 1,54 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Detalle admirable de la “divinidad solar” descrita en la ficha No. 5. En la foto se aprecian claramente las cabezas de los simios, en actitud de acecho y la huella dejada en la roca volcánica por el golpe de la herramienta de piedra dura utilizada por el artífice para tallar la escultura. Obsérvese el naturalismo de los ojos y de las representaciones zoomorfas. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937. Escultura con rasgos esquemáticos antropozoomorfos. Lleva en cada mano una maza plana y tiene la cabeza circundada por grecas que forman una franja serpentiforme. Por detrás, a la altura de la espalda, tiene un relieve de contorno acorazonado que inscribe el diseño de un águila o de un cóndor, que otros estudiosos interpretan como la silueta de una mariposa. Procede de la Mesita C. del Parque Arqueológico, de donde fue movida en el siglo pasado. Tumbas de ese lugar datan del siglo IV d. de C. Se halla en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 3,03 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Vista de conjunto del Montículo Nor-Occidental de la Mesita B, reconstruido por la Misión Arqueológica de 1972. Aun lado está la estatua del “águila y la serpiente” y en el centro del templete funerario, que antecede a la tumba principal, excavada hacia atrás. En contorno aparece un cerco de piedras columnares, algunos de cuyos remates superiores presentan muescas que les dan apariencia fálica. Una tumba no intrusiva, excavada en el estrato subyacente del montículo, data del siglo V d. de C. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Monolito que representa serpientes que envuelven un cuerpo encorvado. Procede de “El Tablón”. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatua monumental, popularmente conocida con el nombre de “El Obispo”. Tiene caras con máscara felina en los dos extremos y con los dedos de las manos parece que desgarra el vientre de un niño, por lo cual la interpretamos como la representación de un sacrificio solar. Se halla in situ, en las proximidades de los montículos de la Mesta B, en el Parque Arqueológico. Alt. 4,25 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Fotos: José Pérez de Barradas. 1937.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatua que figura un águila o un cóndor, que sostiene con el pico y con las garras el cuerpo de una serpiente. Algunos investigadores la describen como la representación de un búho. Flanquea, hacia la derecha, el Montículo Nor-Occidental de la Mesita B, cuya cercado y templete fueron reconstruidos por la Misión Arqueológica en 1972. Alt. 1,66 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatuas columnares, con los ojos cerrados y los dedos de la mano izquierda, representados a manera de aletas de pescado, sobre el brazo derecho. Proceden del Montículo Norte de la Mesta B. Se hallan en el “Bosque de las Estatuas”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


61 Estatuas columnares, con otras, en números de más de 20, formaban un cerco en torno al Montículo Norte de la Mesita B. La más grandes tienen en promedio una altura de 1 m.; varias se encuentran en el “Bosque de las Estatuas”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Estatua con gorro, orejeras discoidales y “taparrabo”. Se la conoce popularmente con el nombre de “mono vestido”. Lleva en las manos el caracol y el palillo, para la masticación de la coca. Se relaciona con el culto a la fertilidad. Procede del Alto de Lavapatas y en la actualidad se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 82 cmts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatuas columnares, con otras, en números de más de 20, formaban un cerco en torno al Montículo Norte de la Mesita B. La más grandes tienen en promedio una altura de 1 m.; varias se encuentran en el “Bosque de las Estatuas”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Estatuas columnares, con otras, en números de más de 20, formaban un cerco en torno al Montículo Norte de la Mesita B. La más grandes tienen en promedio una altura de 1 m.; varias se encuentran en el “Bosque de las Estatuas”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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La civilización que murió

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os agustinianos constituían un grupo sometido a una enérgica autoridad por parte de una casta de sacerdotes artísticas, bajo cuyo dominio y explotación estaban todos los demás. Esa casta controlaba el poder espiritual y por lo tanto el artístico. Eran escultores que trasmitían hereditariamente las técnicas y secretos del oficio y cuyo poder consistía precisamente en el arte de hacer estatuas. La superioridad de los sacerdotes hacía pensar que eran seres privilegiados que estaban en contacto con la divinidad y que por lo tanto eran los únicos intermediarios y mediadores del poder supremo de los dioses. El resto de la población, debía dedicarse a su sostenimiento. Los agricultores, cazadores, pescadores, recolectores de frutas silvestres y cualquiera que tuviera recursos económicos, debía dar lo que tenía con tal de recibir aunque fuera un poco de los poderes mágicos de la casta. No trabajaban en la orfebrería como otras civilizaciones. Para ellos la agricultura era la base de la subsistencia, sobre todo, el cultivo del maíz, maní y coca. Eso significó que cualquier desarrollo artístico dependiera del desarrollo económico y social. Por eso se explica esa primera etapa en el arte de cultura donde aún faltaba la depuración en la técnica del esculpido, la ausencia de valores estéticos, las formas simplistas, el estilo burdo y a veces hasta grosero. La explicación: no existía una base económica que le permitiera a los sacerdotes olvidar todo y dedicarse a la piedra. Para muchos hay sólo una pregunta que continúa después de ese apogeo económico y artístico. ¿Qué pasó con esa civilización?. Es probable que haya entrado en su proceso de decadencia después de la muerte de los sacerdotes por ser ellos los dueños de los medios de producción y de poder político, o es posible que cuando se llegaba al mayor grado de expresión artística surgiera los conflictos sociales, una lucha de clases violenta y sangrienta que se encargó de destruir la tradición escultórica. Pero hay más teorías. Que las tribus y los clanes, hastiados por el poder y la presión de la casta, los destruyeron en un sin número de guerras civiles; que los agustinianos emigraron ante el agotamiento de los medios de subsistencia y los cambios climáticos y que llegaron a la zona pueblos guerreros, belicosos procedentes del norte, caribes y chibchas, invadieron y exterminaron a quienes les opusieron alguna resistencia no de fuerza sino de espíritu y belleza.

7

González Reyes Olga V. – En Revista “América Mestiza”, No 9-10-Bogotá,1991-Pag. 67.


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Escultura con las mejillas abultadas. Por lo cual ha querido interpretarse como la representación de un personaje masticando coca. Procede de Las Moyas. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 1,50 mts. Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Aspecto general del templete funerario del Montículo Sur de la Mesita B, reconstruido por la Misión Arqueológica de 1937. Tiene un corredor funerario cuya entrada está flanqueada por dos figuras columnares que rematan en cabezas y cuerpos reniformes con boca felina y “ojos de pescado”. Al fondo puede verse una escultura con máscara felina y que alza con las manos el cuerpo de un niño. Pérez de Barradas la interpreta como”una maternidad” y nosotros como la representación de un sacrificio solar. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Estatua con máscara felina. Sostiene con las manos el soporte del disfraz. Algunos investigadores la interpretan como una representación fálica. Altura visible 1,75 mts. Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Fotos: José Pérez de Barradas. 1937. Estatua inédita de Las Tapias. Alto total, 110 centímetros, anchura máxima, 62 centímetros. Estatua con una maza. Quebradillas. Alto visible, 175 centímetros; anchura máxima, 70 centímetros, y grueso, 20 centímetros. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


Estatua con máscara felina y orejas discoidales. Se interpreta como una divinidad solar en el momento de consumar el sacrificio de un niño. Otros investigadores ven en esta escultura la representación de una maternidad. Fue hallada por la Misión Arqueológica de 1937 en el Alto del Cabuyal, en las proximidades del Parque Arqueológico de San Agustín. Actualmente se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 1,22 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Escultura con sombrero. Sostiene con las manos una figura que parece ser antropomorfa, seguida hacia debajo de otra de mayor tamaño, con boca felina y que le sirve de cubre-sexo. Con la estatua del “Águila y la serpiente”, flanqueaba el Montículo Noroccidental de la Mesita B del Parque Arqueológico, de donde fue desplazada para llevarla al poblado en el siglo pasado. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. 1,75 mts. Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Divinidad con máscara felina. Saca de la boca un cuerpo que remata en cabeza antropozoomorfa. Procede del Alto de Lavapatas. Se halla hoy en el “Bosque de las Estatuas”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966. Parece ser la representación, esquemática de un águila, o de un cóndor, símbolos de la luz y del poder en las culturas andinas y en las de Mesoamérica. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Cabeza de felino. Está en las proximidades del Montículo No 1 del Alto de Lavapatas. Fue descrita, como las demás estatuas de este yacimiento, por Preuss, quien visito la región en 1914. Alt.66 cmts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatua que se interpreta como una “divinidad de las lluvias”. La imagen de un hechicero con máscara felina, invoca el espíritu de la deidad para que propicie las lluvias. En la mitología de los huitotos, del Amazonas, el chamán mediante sus poderes mágicos constriñe la “serpiente sagrada” para que suelte el agua. Procede del Montículo Sur de la Masita B del Parque Arqueológico de donde fue desplazada en el siglo pasado. Se encuentra en el “Bosque de las Estatuas”. Alt. Sin el zócalo, 1,02 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966 (Don Jeremías Delgado).


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013 (Don Jeremías Delgado. año 2012).


Estatua masculina con una cabeza trofeo de La Parada. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

El montículos de la Mesita B antes de iniciarse las excavaciones.

El mismo en el principio de las excavaciones.

Fotos: José Pérez de Barradas. 1937.


85 Estatuas del montículo N. de la Mesita B. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Estatuas del montículo N. de la Mesita B.

Vista posterior de las mismas estatuas del montículo N. de la Mesita B.

Fotos: José Pérez de Barradas. 1937.


Foto: José Pérez de Barradas. 1937. Templete funerario del Montículo Occidental de la Mesita A, reconstruido por la Misión Arqueológica de 1972. La deidad, con máscara felina y vientre abultado, sólo viste “taparrabo” y está adornada con collar de varias vueltas y pulseras. Guardando la entrada al templete se ven dos cariátides que representan guerreros, en cuyos remates superiores se pretendió inicialmente labrar tal vez deidades protectoras. Llevan como armas pequeños escudos y dardos. La cariátide de la derecha tiene la frente ceñida con una diadema igual a la que, hecha de oro martillado, se encontró en una tumba donde hoy se levanta el Hotel Yalconia. Las tumbas excavadas en frente del túmulo datan del siglo III de la era cristiana. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013.

Aspecto general del templete funerario del Montículo Sur de la Mesita B, reconstruido por la Misión Arqueológica de 1937. Tiene un corredor funerario cuya entrada está flanqueada por dos figuras columnares que rematan en cabezas y cuerpos reniformes con boca felina y “ojos de pescado”. Al fondo puede verse una escultura con máscara felina y que alza con las manos el cuerpo de un niño. Pérez de Barradas la interpreta como ”una maternidad” y nosotros como la representación de un sacrificio solar. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Estatua columnar, con cuerpo reniforme, boca felina y “ojos de pescado”. Con otra similar flanquea la entrada al corredor funerario del Montículo Sur de la Mesita B, en San Agustín, reconstruido por la Misión Arqueológica de 1937. Alt. 1,42 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

En primer plano la “Gran cara triangular”, que se interpreta como la representación del “Dios del sol”. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Imagen que preside la entrada al conjunto monumental de la Mesita A, en el parque arqueológico. El cuerpo del personaje, con vientre abultado y con cubre sexo escalonado, lleva sobre la cara una máscara felina de aspecto feroz. Alt. 2,23 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Cariátide derecha del templete funerario del Montículo Oriental de la Mesita A. en el Parque Arqueológico. Representa la figura de un guerrero, tallada en estilo naturalista. Sobre la cabeza y la cabeza lleva la deidad protectora, de aspecto felino y de cuerpo rematado en apéndices serpentiformes con cabeza crestada. La frente aparece ceñida con diadema de artístico lazo central. Con las manos y sobre el hombro izquierdo, lleva una maza corta o “macana”. Alt. 2 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


95 A) Detalle de la cariátide derecha del templete funerario del Montículo Nor-occidental de la Mesita B, en el Parque Arqueológico. Representa la imagen de un guerrero, cuya deidad protectora es de aspecto antropozoomorfo. Tiene la frente ceñida con una diadema, ornada con águilas. La mejilla ostenta adornos discoidsales, al parecer de oro o quizás tatuajes. Con la mano derecha empuña una maza corta o “macana” y con la izquierda la piedra redonda arrojadiza. El templete fue reconstruido por la Misión Arqueológica de 1972. Alt. 1,96 mts. B) Cariátide derecha del templete funerario del Montículo Oriental de la Mesita A. En el Parque Arqueológico. Representa la figura de un guerrero, tallada en estilo naturalista. Sobre la cabeza y la espalda lleva la deidad protectora, de aspecto felino y de cuerpo rematado en apéndices serpentiformes con cabeza crestada. La frente aparece ceñida con diadema de artístico lazo central. Con las manos y sobre el hombro izquierdo, lleva una maza corta o “macana”. Alt. 2 metros. A) Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013

B)

Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


Estatua principal del Montículo No. 1 del Alto de las Piedras, en San José de Isnos. Es la más espectacular de las esculturas de la zona arqueológica. El monolito, que está circundado por pequeñas e irregulares lajas de piedra, clavadas de canto, a manera de cerco, representa un personaje con máscara de felino, cuyo cuerpo se descompone a la altura de las espaldas en un apéndice que figura pieles de serpiente y de zorrillo, del cual pende una cara antropozoomorfa. La tumba principal de este montículo, descubierta y explorada por la Misión Arqueológica de 1975-1976, data del siglo VII a. De C. y es posible, por lo tanto, que la estatua tenga la misma edad. Alt. 3 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Estatua con dos representaciones contrapuestas de simios, con aspectos de gorilas. Fue hallada en una fosa por la Misi贸n Arqueol贸gica de 1973. Las cabezas est谩n adornadas con orejeras y la figura posterior tiene la boca cerrada. Alt. 1,10 mts. Tumbas excavadas en este mismo sitio datan del siglo IV. d. de C. Texto: Luis Duque G贸mez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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El arte escultórico

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a manifestación peculiar de la cultura de los antiguos pueblos de San Agustín fue la escultura lítica monumental. Más de trecientas estatuas han sido halladas en estos hermosos parajes de los Andes colombianos, la mayoría en un área que aparece plenamente delimitada por las cuencas de los ríos Magdalena, Bordones, Mazamorras, Sombrerillos y los picachos del Macizo. Indudablemente los nativos quisieron hacer de esta región un verdadero centro ceremonial para las prácticas funerarias, presididas por los grandes monolitos, en los que ellos expresaron su estilo simbólico, sin que este propósito les hubiera impedido tallar formas de gran naturalismo. Como se dejó anotado, las lito-esculturas son el mensaje de un complejo mundo religioso y casi todas fueron talladas para venerar los santuarios religiosos. Representan sus creencias fundamentales, sus mitos, sus leyendas tradicionales: el origen de los hombres, los atributos de la vida y el misterio de la muerte, los fenómenos naturales, los entes que pueblan el camino que han de recorrer los muertos hasta llegar al sitio donde se inicia la vida ultraterrena. Los bloques en que fueron tallados son tobas volcánicas y andesitas lávicas, algunos de grandes dimensiones, hasta de más de cinco metros de altura y da varias toneladas de peso. Con excepción de la vecina región de Tierradentro (Cauca), en ninguna otra zona del país se presentan estos rasgos monumentales de la escultura y puede afirmarse, por consiguiente, que ellos están confinados al Alto Magdalena, una comarca que, presenta rasgos fisiográficos peculiares que bebieron influir no poco para que la mentalidad mágico-religiosa de los aborígenes ubicara allí el panteón de sus deidades y la morada de sus ancestros míticos: las cumbres nevadasy los rescoldos de los volcanismos; las frígidas lagunas, en cuyo fondo se guarda la semilla de las plantas útiles y donde nacen los grandes ríos; las fuertes tormentas que frecuentemente se desatan en su ámbito y provocan la borrasca de sus aguas y envuelven sus contornos en espesa niebla, en fin, la presencia de especies de la fauna incorporadas a su mítica, como el jaguar, los simios, el cóndor, la rana, la serpiente, la ardilla, el zorrillo y otros roedores, todos ellos representados en su estatuaria.


Foto: José Pérez de Barradas. 1937. Plano de la fuente


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Quebrada de Lavapatas

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a publicación del eminente hombre de ciencia español, Profesor José Pérez de Barradas, con un renacimiento de los estudios arqueológicos en Colombia, nos describe la forma como descubrieron la Fuente del Lavapatas : El día 10 de julio de 1937 uno de nuestros mejores obreros, Ernesto Gueny, nos informó que había encontrado la célebre “rana” de Codazzi que tanto había buscado, junto con unos lagartos y un mono. Una vez más no apareció la rana sino un lugar nuevo y de extraordinario interés desde el triple aspecto arqueológico, artístico y religioso. Es sin duda uno de los más sensacionales descubrimientos realizados hasta ahora en San Agustín. Tan pronto tuve la noticia de Gueney visité el lugar y me di cuenta de que las cuatro figuras que aparecían al descubierto, algunas canales y moyas, eran parte de un gran monumento más extenso, que al día siguiente empezó a excavarse bajo mi dirección inmediata, hasta el día 28 de agosto. El lugar está enclavado en la misma quebrada de Lavapatas, debajo aproximadamente de Mesita C y en terrenos de propiedad de don Fructuoso Obando. Para visitarlo desde la casa de éste, situada a la derecha del camino de La Parada, se baja por un camino muy pendiente a la quebrada: ésta corre sobre piedras, que forman dos escalones, sobre los cuales el agua salta formando pequeñas cascadas. Cuando lo visitamos por primera vez, el lecho de la quebrada era muy estrecho. La margen derecha, donde excavamos, estaba cubierta por una capa de tierra vegetal de un metro de espesor, cultivada de café, plátanos y caña de azúcar. La excavación fue extraordinariamente fácil, puesto que consistió en arrojar la tierra vegetal a la quebrada, ya que el agua corriente se encargaba de transportarla. En ella se encontraron escasos objetos: cerámica tosca un pie de un vaso trípode, fragmentos de obsidiana, un trozo de un hacha pulimentada y un clavito de oro de dos milímetros de largo. La roca, en que están labradas 34 figuras en relieve, canales y tres piscinas, es una arenisca muy deleznable, por lo cual el documento, uno de los más interesantes y de mayor importancia de la cultura de San Agustín, está llamado a desaparecer si no se toman las medidas necesarias para su custodia y conservación. Créame libre de responsabilidades, puesto que en noviembre de 1937 puse en conocimiento del señor Director de Bellas Artes la necesidad de comprar y cercar este terreno, así como de dar a la roca un baño de una sustancia apropiada(para nadie que haya hecho excavaciones es secreto) que la preservara de la destrucción. Nada se ha hecho hasta ahora. En mi última estancia en San Agustín pude comprobar que ya habían desaparecido varios relieves y que la fecha de la destrucción estaba próxima, no solo por la acción de la intemperie, sino por los visitantes y los dueños del terreno que han escogido el lugar para lavar ropa y para baño, si bien para esto último dieron ejemplo otras personas que debieran poner en práctica ese amor a la Arqueología nacional de que blasonan.


Fotos: José Pérez de Barradas. 1937.

Aspecto general y detalle de la pileta de la “Fuente de Lavapatas”. Relieves de serpientes, lagartos, salamandras y otros motivos de la fauna, como también algunas caras humanas, cubren más de 17 metros de longitud, el lecho rocoso de la quebrada del mismo nombre, en el Parque Arqueológico de San Agustín. Todas las figuras están circundadas por estrechos y diminutos canales, por donde corre el agua con ritmo y armonía, dándoles así apariencia de movimiento. Allí se rendía culto a las divinidades acuáticas y se practicaban ceremonias de curación. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Detalles de los diferentes rostros de la estatuaria agustiniana, unos con rasgos naturalistas, que dan la impresiĂłn de ser esculturas conmemorativas de personajes de la tribu, otros inspirados en los sĂ­mbolos de las creencias mĂĄgicas del grupo.

Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Los adornos fueron variados, como collares de cuentas de piedra caliza y de piedra dura, estas últimas de color verde azulado, tubulares, con orificio longitudinal; cuentas de concha de semillas, de hueso y de oro; narigueras de orfebrería, circulares, laminadas o a manera de alambres retorcidos, con engarces de cuentas de cuerno o de piedra; joyeles o pendientes, de oro macizo, diademas de oro.

Detalla de la cabeza de la estatua principal de la Mesita C. del Parque arqueológico. Tiene boca felina y está adornada con corona de plumas, nariguera de amplias alas y una especie de manípulo en la mano izquierda, un adorno que llevan los sacerdotes en las esculturas mesoamericanas.

Estatua que preside la entrada al conjunto monumental de la Mesita A. El cuerpo del personaje, con vientre abultado y con cubre-sexo escalonado, lleva sobre la cara una máscara felina de aspecto feroz.

Detalle de la cabeza de una estatua. La escultura con gorro admirablemente decorado con figuras de águilas, tiene la cara adornada con narigueras que cubre parcialmente la boca felina. Textos: Luis Duque Gómez. 1966.

Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013 Estatuas de dioses mostrándonos a sus hijos. Descubiertas por José Pérez de Barradas. Año 1937.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Conjunto monumental de La Chaquira, tallado in situ, quizás la obra más importante de la zona arqueológica de San Agustín. La figura principal, con las manos en alto y que parece ser una divinidad lunar, está tallada en bajo relieve sobre una tova volcánica que aflora en la cima del cañón del río Magdalena, que en ese sitio se estrecha y profundiza espectacularmente. En derredor aparecen, también talladas en bloques in situ, figuras de simios en movimiento y rostros antropomorfos, casi todas mirando hacia el oriente, como en un rito sideral. Al otro lado del río, la hermosa cascada denominada La Chaquira se precipita por un plano casi vertical, completando así la belleza y la majestuosidad de este lugar que los antiguos aborígenes escogieron para rendir culto a sus divinidades astrales. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013 Relieves antropozoomorfos tallados en cantos de toba volcĂĄnica in situ y que hacen parte del conjunto monumental de La Chaquira, en San AgustĂ­n.


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Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatua principal del Montículo No.1 del Alto de Lavapatas , en San Agustín. La escultura, que es doble, presenta en la parte inferior un personaje semidesnudo, con máscara felina esquematizada. Lleva en la mano derecha una maza plana y alargada. Encima, a horcajadas sobre la cabeza, aparece una representación antropomorfa, con máscara y trompa larga, como de tapir o de elefante. Se trata, posiblemente, de una deidad de la agricultura. Alt. 3,35 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966 Estatua del Montículo No. 1 del Alto de Lavapatas, en San Agustín. Representa un personaje con máscara felina y con deidad protectora, también de aspecto felínico, que se prolonga casi hasta los pies en forma de piel de zorrillo. Presenta grandes similitudes con la estatua principal del Montículo No. 1 del Alto de las Piedras, que data posiblemente del siglo VII a. de C. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Estatua del Montículo No 1 del Alto de Lavapatas, en San Agustín. Representa un personaje con máscara felina y con deidad protectora, también de aspecto felínico, que se prolonga casi hasta los pies en forma de piel de zorrillo. Presenta grandes similitudes con la estatua principal del Montículo No 1 del Alto de las Piedras, que data posiblemente del siglo VII a. de C. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Estatua principal del Montículo No. 1 del Alto de las Piedras, en San José de Isnos. Es la más espectacular de las esculturas de la zona arqueológica. El monolito, que esta circundado por pequeñas e irregulares lajas de piedra, clavadas de canto, a manera de cerco, representa un personaje con máscara de felino, quizás un chamán, protegido por otra figura que lleva encima de la cabeza, igualmente de aspecto felino, cuyo cuerpo se descompone a la altura de las espaldas de un apéndice que figura pieles de serpientes y de zorrillo, del cual pende una cara antropozoomorfa. La tumba principal de este montículo, descubierta y explorada por la Misión Arqueológica de 1975-1976, data del siglo VII a. de C. y es posible, por lo tanto, que la estatua tenga la misma edad. Alt. 3 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966 Tumbas revestidas de lajas de piedra, halladas en el Montículo Sur de la Mesita B, San Agustín, por la misión Arqueológica de 1944. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Tumbas con sarcófago monolítico, ubicada en el Montículo Norte de la Mesita B, en San Agustín, reconstruida por la Misión Arqueológica de 1972. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Escultura con cabeza de cocodrilo y cuerpo raniforme. Descansa sobre la cubierta de la Tumba No. 1 de la Meseta B, en el Alto de los Idolos, de San José de Isnos, explorada y reconstruida por la Misión Arqueológica 1970-1971. Al fondo, una pequeña escultura que representa un pichón de águila y una especie de trono con caras en contorno, halladas en una tumba que excavaron en años recientes buscadores de tesoros, a poco más de 100 metros. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Aspecto general de la cámara mortuoria del Montículo No. 3 de la Meseta A, en el Alto de los Idolos. Las piedras que se encierran están decoradas con círculos pintados de negro y amarillo. En el centro está el sarcófago monolítico, con una tapa esculpida en la que se ve una figura masculina de rodillas, con las manos sobre el pecho. Data posiblemente de una época comprendida entre los siglos I y III de la era cristiana. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Estatua con máscara felina y “ojos de pescado”. Las orejas están diseñadas a manera de aletas y lleva un pez en cada mano. Fue hallada por la Misión Arqueológica de 1970-1971 por lo que debió ser la entrada del corredor funerario del Montículo No. 8 de la Meseta A, en el Alto de los Idolos. Se interpreta como una deidad del maíz, o de las lluvias. Alt., incluyendo el zócalo, 79 cmts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966 Representación femenina, con máscara serpentiforme, hallada por la Misión Arqueológica 1970-1971 a la entrada del corredor funerario del Montículo No. 3 del Alto de Los Idolos, en San José de Isnos. Se interpreta como una deidad de la fecundidad. Su edad puede calcularse entre los siglos I y III de la era cristiana. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

“Deidad de la caza y de la pesca” hallada a la entrada del corredor funerario del Montículo No. 1 de la Mesta A, en el Alto de los Idolos, San José de Isnos, explorado por la Misión Arqueológica de 19701971. Sostiene con las manos la cabeza y la cola de una ardilla. Sobre las espaldas lleva un cargador con dos peces, uno de los cuales está destruido. Data del siglo I a. de C. Alt. Con zócalo, 1,18 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Estatua de guerrero, con una punta de lanza en la mano izquierda y con diadema a manera de turbante. Está sentada en un banquillo. Guardaba la entrada a una tumba excavada a tres metros por debajo del piso del corredor funerario del Montículo No. 1 de la Meseta A del Alto de los Idolos, explorada por la Misión Arqueológica de 1970-1971. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Ruinas del templete y del corredor funerario del Mont铆culo No 7 de la Mesita A, en el Alto de los Idolos, explorados por la Misi贸n Arqueol贸gica de 1970-1971. Texto: Luis Duque G贸mez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966 Estatua que representa una deidad femenina, tallada en estilo naturalista, con faldellín, turbante, collar de varias vueltas y pulseras. Sostiene con las manos un cuenco. Preside el templete funerario del Montículo No.10 del Alto de Los Idolos, en San José de Isnos. Detrás del templete se localizó la tumba principal, decorada con círculos negros y amarillos sobre fondo rojo, explorada por la Misión Arqueológica 1970-1971. La escultura fue descrita por Preuss en 1914. Alt. 1,45 cts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013

Estatua con boca felina y “ojos de pescado”. Se interpreta como una deidad del maíz o de las aguas. En las manos lleva un pez admirablemente representado. Procede del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico. Se encontró en el Parque de Bolívar de la población de San Agustín. Alt. 1,39 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: José Pérez de Barradas. 1937.


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Figura antropomorfa con gorro y orejeras. Fue hallada en 1940, en los alrededores del Alto de Los Idolos. Se encuentra hoy en el flanco derecho de la rampa que conduce de La Meseta A la Meseta B, en este mismo yacimiento arqueol贸gico, en San Jos茅 de Isnos. Texto: Luis Duque G贸mez. 1966.

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Detalle de la cabeza de la estatua principal de la Mesita C. del Parque Arqueológico, en San Agustín. Tiene la boca felina y está adornada con corona de plumas, nariguera de amplias alas y una especie de manípulo en la mano izquierda, un adorno que llevan los sacerdotes en las culturas mesoamericanas. Alt. 2,30 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966.

Gigantesca escultura del Alto de los Idolos, en San Jos茅 de Isnos. Mide m谩s de 5 mts. de altura. La figura, de rostro felino, se inclina sobre un pozo profundo, en cuyo fondo se construy贸 una tumba revestida con lajas de piedra decoradas con motivos pintados en rojo, negro y amarillo. Texto: Luis Duque G贸mez. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Representación femenina de estilo naturalista, que se encuentra ubicada en el flanco derecho del Montículo Oriental de la Mesita A, en el Parque Arqueológico, San Agustín. Alt. 2 mts. Texto: Luis Duque Gómez. 1966. Foto: Francisco Hidalgo. 1966


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Tumbas revestidas de lajas de piedra, halladas en el Montículo Sur de la Mesita B, San Agustín, por la Misión Arqueológica de 1944. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Foto: Francisco Hidalgo. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: José Pérez de Barradas. 1937. Figura de varón con un cráneo colgando del cuello.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Francisco Hidalgo. 1966

Estatua con cabeza de cocodrilo y cuerpo raniforme. Descansa sobre la cubierta de la Tumba No 1 de la Mesita B, en el Alto de Los Idolos Texto: Luis Duque G贸mez. 1966.


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Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


Foto: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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Policromía real

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os colores no tienen, por otra parte, valor simbólico general, sino que por el contrario es propio y peculiar para cada paso.El rojo es en muchos pueblos el color sagrado por excelencia por sus relaciones con la sangre. A los muertos se les pintaba de ocre o se les enterraba en un lecho de esta materia, ya en el Paleolítico. El rojo, según Mooney, es ahora el color sagrado de los indios de Norte América y el símbolo del éxito y de la felicidad. Los colores pueden ser símbolos de sexo; los cálidos son machos, y los fríos hembras. Entre los navahos, el negro es macho y el azul hembra; en los arapahos, el blanco es macho y el amarillo hembra; y entre los hopi, el rojo y el amarillo son machos, y el blanco, azul y verde, hembras. La policromía, en su misión decorativa, es decir, cuando no procura reproducir el color real de las cosas, sino sólo puros efectos artísticos, representa la exaltación del color como independiente de todos los demás elementos de la obra de arte. Tal es el caso de las estatuas agustinianas que se han estudiado, en las que el color tiene la finalidad de separar la estatua “de las relaciones en que está como material bruto de las demás cosas de la naturaleza, e introducirla en el mundo ideal que representa”. Esta frase de T. Lipps, relativa a la relación del color con la obra artística, es aplicable por completo a la plástica monumental de la cultura de San Agustín, la cual tiene por fin reproducir seres irreales y de ninguna manera retratos de difuntos, como se ha dicho con harta ligereza. El hombre agustiniano prodigó sus esfuerzos de manera desinteresada en honor a sus dioses. Es indudable que tuvo desinteresado amor por ellos en esta labor titánica, y que no fue el temor el que causó este empeño, puesto que hay estatuas en las que por algunos detalles se aprecia en el artista se recreó en su obra y la dotó de ciertas perfecciones que llegan en algunos casos a traducirse en matices de sentimiento y la impresión impropios para la cultura de que se trata. Texto José Pérez de Barradas. 1937.


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Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2012


Escultura de admirable diseño convencional. Con ojos cerrados y espirales en las mejillas, saca de la boca felina un cuerpo rematado en cabeza de aspecto zoomorfo. Fue hallada en el Montículo Sur de la Mesita B. Se encuentra en el Museo del Parque.

Textos: Luis Duque Gómez. 1966.

Representación femenina adornada con gorro, collar de varias vueltas y pulseras, hallada en las proximidades del Montículo No 1 del Alto de Lavapatas por la Misión Arqueológica de 1974-1975. Se encuentra en el Museo del Parque.

Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013

Estatua pequeña, tallada en roca blanda, de estilo naturalista. Fue encontrada como ofrenda funeraria en una tumba excavada por la Misión Arqueológica en 1944 en la Mesita D, se encuentra en el Museo del Parque.


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Estelas con antropomorfos incisos. La No. 187 fue hallada como ajuar funerario en una tumba excavada por la Misión Arqueológica de 1944, en la vertiente Noreste del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico, en San Agustín. Texto: Luis Duque Gómez. 1966.

Fotos: Francisco Hidalgo. 1966


Collar Láminas con motivo de Aves y grabado en límeas geométricas. Cultura: San Agustin (H) Técnica: Fundición a la cera pérdida - grabado repujado con pulimiento.


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Alfarería y orfebrería del Alto Magdalena L

A ALFARERÍA de la zona de San Agustín guarda gran similitud con la de Tierradentro en lo relativo a las formas, color y decoración, con excepción de las urnas funerarias, que tienen una decoración característica en la última zona. Las vasijas para ofrendas de más frecuente incidencia en las tumbas son las alcarrazas de doble vertedera, copas de base tubular, recipientes semiglobulares con pronunciado ángulo periférico, ollas trípode, platos pandos y cuencos semiesféricos. Los colores de las arcillas varían entre diversas tonalidades de rojos, marrones y grises. Las grandes urnas funerarias tienen una somera decoración en borde y hombros, que la mayoría de las veces se reduce al trazo de líneas de incisiones simples, y que algunas veces fueron aplicadas sobre empastados blancos. Otro tipo de urnas son las de pronunciado ángulo periférico y tapa semiesférica. En el acabado de la superficie emplearon una especie de engobe café oscuro que posteriormente brillaron, y también utilizaron el ahumado intencional con fines decorativos, con lo cual la superficie aparece lisa y compacta aunque, por lo general, la textura de estos recipientes aparece áspera y porosa debido al exceso de humedad de las tumbas y de la región. Se han encontrado diferencias en cuanto a forma, color y acabado entre las vasijas funerarias localizadas en las tumbas, y los fragmentos de las que emplearon en usos domésticos halladas en basureros de habitación. Entre estas últimas, Reichel-Dolmatoff reseñó cerámica de tonos habanos, grises y con engobe rojo, perteneciente a cuencos, platos y ollas globulares empleadas en las labores de cocina cotidiana. En la decoración utilizaron el granulado, el acanalado, la impresión digital, el corrugado y las incisiones rectas o combinadas para formar tramados geométricos. La decoración con pintura negativa que Reichel asignó al periodo Isnos es frecuente en platos y alcarrazas, de muy buenas factura y cocción. En la manufactura de las vasijas emplearon el sistema de rollos, conocido como coil, así como el modelado y la combinación de ambos para las piezas de mayor tamaño; con frecuencia dejaban sin alisar los rollos del cuello de la vasija a manera de decoración. La gran cantidad de cerámica aparecida en toda la zona arqueológica pone de relieve su producción a gran escala, a la cual se dedicaría un segmento importante de especialistas.8

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ROJAS DE PERDOMO, lucia. ARQUEOLOGÍA COLOMBIANA. visión panorámica. Intermedio Editores. Círculo de Lectores. Bogotá. 1995. Pág. 124.


Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2013


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EL TRABAJO DE LA METALURGIA de oro y cobre fue otra de las actividades a las cuales se dedicó un gremio especializado, de acuerdo con el hallazgo de una importante cantidad de joyería en las tumbas y además, por la presencia de trozos de oro fundido y de crisoles para efectuar las fundiciones. Duque Gómez corroboró tal manufactura como actividad realizada en la región y no como un producto de intercambio con otros grupos orfebres, a pesar de que la tipología de algunas figuras guarda similitud con aquéllas de las zonas Calima, Tolima y Quimbaya. Además, de los ríos auríferos Mazamorras y Naranjos pudieron obtener la materia prima para elaborar diversidad de joyas, como diademas, alfileres rematados en bellas figuras similares a la estatuaria, pectorales, pulseras, pendientes y figuras diversas manufacturadas con la técnica de la cera perdida, laminado y alambrado. Produjeron, igualmente, figuritas laminares en serie con motivos raniformes y de aves, para lo cual debieron emplear matrices de piedra sobre las que copiaron la figura en oro las veces que desearon. El mencionado investigador encontró material orfebre en las excavaciones del Alto de Lavapatas y en la Mesita B, que data del segundo decenio antes de Cristo, lo cual es un indicativo de la antigüedad de la tradición orfebre en la región9.

ROJAS DE PERDOMO, lucia. ARQUEOLOGÍA COLOMBIANA. visión panorámica. Intermedio Editores. Círculo de Lectores. Bogotá. 1995. Pág. 125 9


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El Batán Sitio arqueológico y joya arquitectónica

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os sitios arqueológicos excavados se localizan actualmente en la región de El Batán, cruzada por la carretera que del pueblo de San Agustín conduce al Parque arqueológico. La región de El Batán es un área de suaves pendientes onduladas, situado al occidente del pueblo después de la margen derecha de la quebrada Las Moyas. Es un sitio muy apto para el asentamiento de viviendas, por las diferentes corrientes de agua que lo irrigan, tales como Las Moyas, El Batán y dos cañadas que descienden de las colinas del El Cabuyal. En el área de El Batán se dio lugar a asentamientos de vivienda, evidenciados por la presencia de gran cantidad de metates o piedras de moler denominados ���batanes”, vocablo de origen Quechua, a la cual la región le debe el nombre, colocado por los inmigrantes Nariño-caucanos y conservado por los propietarios de la finca, lo que dio origen al nombre del sitio arqueológico El Batán10, en donde fueron halladas muchas e importantes esculturas líticas que hoy son admiradas en el Parque Arqueológico de San Agustín. La casa de El Batán es una de las más antiguas de San Agustín. Sus propietarios, el Señor Sixto Ortiz y la Señora Transito de Ortiz, fueron dueños de las tierras de El Batán, que se extendían hasta el cruce de quebradillas. Los terrenos en donde hoy se encuentra el Parque Arqueológico de San Agustín hacían parte de las tierras de El Batán. En la casa de El Batán se hacían las fiestas más importantes de San Agustín, en las que se hacían presentes de manera habitual los personajes importantes del departamento del Huila como el Obispo, los párrocos de otros municipios, alcaldes, políticos y propietarios, entre otros. Era una tradición en El Batán celebrar las fiestas de San Pedro, así como las de Navidad. En estas celebraciones especiales se hacía presente la “Chirimía de don Bernita Paladines”, muy famosa en toda la región, se preparaba el tradicional “dulce de nochebuena” y se consumían bebidas también preparadas en la casa, tales como el sabajón y la mistela. A la casa llegaba el correo de otros municipios o departamentos, que llegaba en compañía de las recuas de mulas que transportaban mercancia proveniente del Cauca, Nariño, Tolima y Cundinamarca. La casa de El Batán también alojó a los arqueólogos que iniciaron los trabajos de excavación y estudio en la región. Después de la muerte de don Sixto Ortiz, quedó al frente de los destinos de la finca su esposa, la señora Transito, quien hasta su muerte en 1975, fue respetada y acatada en toda la comarca, cuyos habitantes la llamaban “Mamá Transito”. La señora Tránsito de Ortiz alcanzó la edad de 105 años. Después de su muerte, los cuartos de la casa de El Batan empezaron a ser alquilados a los turistas que llegaban a visitar el Parque Arqueológico. Fue así como llegó a la casa su actual propietaria, la señora Mery J. Wiede4, con su esposo, el señor John Wiede. Ellos, cautivados por el encanto de la región y al enterarse de que los descendientes de los esposos Ortiz estaban buscando un comprador para la casa y los terrenos adyacentes, lograron concretar una negociación y adquirir El Batán, cuyos terrenos con el pasar de los años habían quedado reducidos a una extensión de solo 12 hectáreas. Fue así como la señora Mery J. Wiede se convirtió en habitante de San Agustín y comprometió su juventud a la misión de preservar la casa. En la actualidad El Batán alberga una importante colección de cerámica precolombina, una colección de objetos de importancia histórica regional y un taller de tejidos tradicionales en donde se difunde y se preserva el milenario arte del tejido. Como resultado de este trabajo de preservación, La Casa de El Batán está catalogada de manera oficial como patrimonio arquitectónico e histórico, se mantiene abierta a los visitantes que quieran admirar esta joya de la arquitectura vernácula y funciona como museo privado, cuya colección incluye objetos que pertenecieron a PREUSS, quien fue huésped de El Batán en varias oportunidades después de su arribo a la región en 1913. 10

http://www.bdigital.unal.edu.co/pdf


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Fotos: Fabio Eliseo Hurtado G. 2012


San Agustín 100 años de Investigación Científica se terminó de imprimir en Julio de 2013 en los talleres de Grafiarte Impresores (Neiva - Huila - Colombia) Impresión de 1.000 ejemplares


FABIO ELISEO HURTADO GALLEGO Fotógrafo

Es autodidacta en el mundo de la fotografía del paisajismo y la naturaleza con más de 40 años de experiencia. En su carrera fotográfica ha documentado sentimentalmente casi todo el Huila. Se ha especializado en el registro de imágenes de la naturaleza. Ha desarrollado técnicas y montajes para la toma de fotografías para lo cual ha utilizado diferentes programas de edición digital, con excelentes resultados. Ha realizado exposiciones fotográficas por diferentes pueblos y ciudades de Colombia. Varias veces jurado de exposiciones fotográficas en el departamento del Huila. Es escritor y editor. Autor de varios libros entre los que se destacan: “Huila, que lindo eres 100 años” (1998) Didáctico, “Huila, que lindo eres 100 años” (1999) Centenario, “Un Paraíso Llamado Huila” (2008), “Neiva 400 años, una mirada a su historia” (2011) y “Las aves del Huila” (2013). Hizo parte del proyecto Itinerancias Literarias y Culturales por cinco Bibliotecas Públicas del Huila, de la Secretaría de Cultura y Turismo del Huila, 2011 y del Festival de Poesía y Otros Asuntos Literarios 2012 y 2013. Fabio Eliseo, tiene como fin dar a conocer la fotografía de naturaleza, promover el respeto al medio ambiente y los valores ambientales, y dar a conocer el patrimonio natural a sus comunidades. Colabora con entidades que protegen el medio ambiente, dicta cursos y seminarios sobre temas de interés para los colegios y escuelas a nivel departamental y promueve la publicación de trabajos comunes, da a conocer su actividad a través de exposiciones y audiovisuales.

Gobernación del Huila

Secretaria Departamental de Cultura y turismo


San agustín 100 años de investigación científica