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Con el Correo del Zar y Otros 54 Relatos y Microrrelatos de Viaje

XIII Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2018


XIII Concurso de Relatos de Viaje Moleskin 2018 © 2018 Relatos: Carlos Novo García, Alberto Raúl F Zelaya, Esther Domínguez Soto. Mónica Isabel Pérez, Jesús Villarino Pérez, Eric D. Haym Fielitz, Jesús Curros Neira, J. Martín Alcaid, Ruth Escamilla Monroy, Rafael Restaino, Rosa Gelsomino Boetti, Rubén Suárez Carballo, Fran Nore, Jairo Sánchez Hoyos, Ricardo José Gómez Tovar, Mirta Elorza López, César Alejandro Alcaraz Acosta, Néstor Quadri, Marcela María Zurbriggen, Jorge Varela Martínez Negrete, Bernardita Garcia Jiménez, Karina González Navarro, Rossana Egidi Sala Estremadoyro, Lucía Alcázar Lara, Raquel Rodríguez Pérez, Graciela Eva De Mary, Silvia Sevilla Mota, Francisco Bautista Gutiérrez, Norberto Brom. © 2018 Microrrelatos: Diego Miguel Alba, Esperanza Tirado Jiménez, Cris Aizpeolea, Oscar Seidel, Gran Pumuki, Miguel Feria Rodríguez, Raquel Otheguy, Azul Silvestre, Raquel Otheguy, Soy Sugar, Omar Martínez González, Eduardo «Nikeayuiop» Antezana, Juan Manuel Martin Alcaid. © De esta edición, septiembre 2018. Vagadamia. www.vagadamia.org Todos los relatos y microrrelatos participantes en el concurso en ediciones anteriores están disponibles para su lectura gratuita en www.moleskin.es. El Concurso de relatos de viaje Moleskin está patrocinado por la editorial Ediciones del Viento de A Coruña, España y la empresa de ereaders Grammata. Diseño de portada y contraportada: © Raquel Gorrochategui Santos Portada: Iglesia ortodoxa en Irkutsk, Siberia, Rusia Printed in Spain/Impreso en España Edición digital

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

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ÍNDICE Introducción Los ganadores. Biografías

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Relatos Con el correo del Zar. Carlos Novo García La madera de nuestros sueños. Alberto Raúl F Zelaya El amargo sabor de la victoria. Esther Domínguez Soto La vida sobre las vías. Mónica Isabel Pérez La novia loca de Simbad. Jesús Villarino Pérez En la Ciudad de los Reyes. Eric D. Haym Fielitz Desde un autobús… . Jesús Curros Neira A las dos en punto de la tarde. Jesús Curros Neira Carretera a ninguna parte. Jesús Curros Neira El viaje del último pitufo. J. Martín Alcaid Andanzas lorquianas. Ruth Escamilla Monroy Apuntes sobre el arte de viajar. Rafael Restaino Renacer en piedra. Rosa Gelsomino Boetti Habana, yo sé. Mónica Isabel Pérez Los exploradores saben morir. Rubén Suárez Carballo Genoveva. Fran Nore El viejo olmo del penal. Jairo Sánchez Hoyos Found in translation. Ricardo José Gómez Tovar Pequeñas crónicas de un viaje a Argentina. Mirta Elorza Momento cero. César Alejandro Alcaraz Acosta A la deriva. Néstor Quadri ¿Y si vamos al sur?. Marcezurb Baixamar. Jorge Varela Martínez Negrete Los más solos de California. Bernardita Garcia Jiménez La Bestialidad del Hombre. Francisca Navarro Sin falda ni tacos. Rossana Egidi Sala Estremadoyro Un verano diferente. Lucía Alcázar Lara Por la geografía de Saliha. Raquel Rodríguez Pérez Encuentro en Jurerê. Graciela Eva De Mary Souvenirs de Awa. Silvia Sevilla Mota Ciudad Tomada. Fran Nore Reflejos. Fran Nore La luz que se adivina. Francisco Bautista Gutiérrez

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La Madrugada de los asesinos (Masacre en el Salado) Fran Nore Visitando Myanmar. Norberto Brom

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Microrrelatos Sidney. Diego Miguel Alba Habitación compartida. Esperanza Tirado Jiménez Cosquín. Cris Aizpeolea La pareja de enamorados. Oscar Seidel El Viaje del Adolescente. Gran Pumuki Canarias-Madrid 1973. Miguel Feria Rodríguez Visitar la ciudad boliviana de Sucre. Cris Aizpeolea ¿Me quieren tener contenta?. Cris Aizpeolea La soledad aterradora. Oscar Seidel En mi viaje a la Habana. Oscar Seidel Regalo de despedida. Raquel Otheguy Y volvió luego de veinte años. Azul Silvestre Caricia. Raquel Otheguy Se sienta en el bus. Soy Sugar Valia. Omar Martínez González Herencia de mi mamá. Cris Aizpeolea Me olvidé la maleta en el bus. Eduardo «Nikeayuiop» Antezana Destino Pekín. Juan Manuel Martín Alcaid Sus padres la entregaron. Oscar Seidel Al buque que viajaba. Oscar Seidel

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INTRODUCCIÓN La decimotercera edición del Concurso de relatos de viaje Moleskin, patrocinado por Anaya, Ediciones del Viento, La Línea del Horizonte y Lonely Planet España, ha supuesto un gran salto cualitativo con respecto a las doce anteriores gracias a la gran calidad de los relatos presentados. Un total de 191 obras, 90 relatos y 101 microrrelatos, de 98 autores provenientes de 11 países diferentes, casi todos españoles y latinoamericanos, pero con aportaciones desde lugares tan distantes como Australia y China. El objetivo principal de esta edición es poner en manos de los autores seleccionados para el libro los resultados del concurso en un formato, ya sea digital o en papel, que los lectores de Moleskin siguen prefiriendo: el libro. Es una edición que utiliza las últimas tecnologías, como la impresión personalizada y bajo demanda, que permiten a muchos autores noveles y no tan noveles saltar la barrera de las editoriales tradicionales, que, salvo excepción, apuestan sobre seguro. El orden del índice es el de los votos del jurado. En Vagadamia, asociación cultural sin ánimo de lucro, hemos asumido este proyecto con gran entusiasmo, pero los méritos del conjunto de relatos de viaje incluidos en el libro, algunos reales, otros imaginarios, y otros con ese estilo tan latinoamericano que es el realismo mágico, son de sus autores, a quienes agradecemos su aportación. Comienza pues una ruta fascinante que nos llevará a Siberia en una aventura digna de Julio Verne, filosofaremos con los griegos, asistiremos a una carrera de camellos en Paquistán, conoceremos a la novia loca de Simbad, visitaremos Lima, la ciudad de los reyes, y viajaremos en la nao de la literatura de viajes con el viento de las palabras soplando en las velas hacia puerto, no sabemos si seguro, pero el viaje habrá valido la pena.

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LOS GANADORES Biografías Primer Premio. Carlos Novo nació un 28 de mayo en una ciudad que nunca ha llevado en su corazón. En cuanto pudo se instaló en Madrid, donde su trabajo como periodista le ha llevado de aquí para allá, dedicado a intentar describir las emociones que le han emocionado. Las novelas le han acompañado desde muy joven y un día quiso que le llamaran Ismael y otro reencarnarse en el príncipe Andrei Nicolayevich Bolkonski. Es poco amigo de religiones y de aquellos que se pasan el día con el nombre de su dios en la boca, de los que no saben divertirse sin maltratar animales, de los empeñados en cerrar puertas, levantar vallas y construir identidades. Prefiere los atardeceres a los amaneceres. Cree que ninguna foto vale lo que un recuerdo y odia los selfies y su palo. Tampoco reniega de la fé de sus mayores: un rectángulo verde de 110/75, once contra once, un balón de cuero y la vida en 90 minutos Segundo Premio. Alberto Zelaya. Nacido en Buenos Aires el 14 de enero de 1947. Abogado por la Universidad Católica Argentina (1970). Maestría en Escrituras Creativas, Universidad Nacional de Colombia (2009). Obtuvo los siguientes premios por sus cuentos La reivindicción de Daneri, Segundo premio Concurso Clarín de Buenos Aires (2008); El Capitán Luvomudrov y sus rusos que no eran rusos, Finalista Concurso Internacional Juan Rulfo, 2009; Camus, ese argelino. Segundo Premio Concurso Nelly Arrieta de Blaquier (2013); El vigoroso aletear de las libélulas Primer Premio, Concurso Letras Latinas, Aukland 2014. Tercer Premio. Esther Domínguez. Santiaguesa pero vive en Pontevedra donde, hasta octubre de 2017 enseñó inglés en uno de los institutos de la ciudad. Ahora puede dedicarse a

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escribir y a sus aficiones: leer, viajar, cuidar sus plantas, tomar un cafecito con las amigas y el chocolate, su gran pasión. Ha ganado el 1er Premio de Novela "Feli Úbeda" con “El rubí de Marco Polo"; tiene publicada una novela policíaca, Garum; dos libros de relatos; Malos amores y Cuentos para reírse mucho y varios premios de relato corto. También ha publicado más de cien cuentos en revistas de España, USA, México, Costa Rica, Venezuela y Argentina. Primer Premio Microrrelatos. Diego Alba es un novel escritor argentino residente en Ciudad Evita, en el Gran Buenos Aires. Desarrolla su obra creativa principalmente en la modalidad del microrrelato, relato breve o minicuento valiéndose del absurdo, el humor, la ironía y la sorpresa para sorprender al lector en menos de doscientas palabras. Publica diariamente el blog Historias de dos minutos. Ha concursado en certámenes del género en diversos países de habla hispana y colabora con publicaciones en España y México. Segundo Premio Microrrelatos. Esperanza Tirado Jiménez, asturiana , de 1972, con raíces cordobesas. Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo. Le gusta escribir y leer, afición que le ha acompañado desde siempre. Y a veces parece que la combinación sale bien. Ha resultado ganadora y finalista en varias ocasiones en diversos concursos vía Internet. Sigue leyendo, escribiendo y aprendiendo de los que de verdad saben. Tercer Premio Microrrelatos. Cristina Aizpeolea es periodista, columnista de espectáculos, cronista de viajes, y licenciada en Comunicación Social (Universidad Nacional de Córdoba). Desarrolló su carrera profesional en La Voz del Interior, donde se desempeñó durante 25 años como cronista, crítica y editora, conformó equipos de investigación y obtuvo distintos reconocimientos, como el Premio Internacional Volvo. Jurado del certamen 48 Hour Film Project (ediciones 2015, 2016, 2017), del Concurso Nacional de Periodismo “Mi crónica”, de la Universidad Siglo 21 (2017), del Festival de cine independiente Ficic (2018) y del Premio Provincial de Teatro 2018-19.

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RELATOS DE VIAJE Con el Correo del Zar Carlos Novo García I Padrecito de todas las Rusias, protege a tu pueblo Me llamo Nadia Fedor y soy activista política. Nací en Riga, la ciudad de Livonia adonde desterraron a mi abuelo, uno de aquellos decembristas que el 26 de diciembre de 1825, en la Plaza del Senado de San Petersburgo, junto a la estatua de Pedro el Grande, resistieron impasibles el fuego sostenido de los cañones del zar. Por su condición de noble, mi abuelo se libró del verdugo, pero la familia cayó en desgracia. Pasaron los años y mi padre tuvo que renunciar a ingresar en el ejército imperial. Estudió medicina, se casó, tuvo una hija y se convirtió en un modesto médico de provincias. Yo fui educada para los bailes de salón de la aristocracia de los Romanov, pero en mi casa nunca faltaron las lecturas de aquellos que habían cruzado Europa con la Sexta Coalición para combatir a Bonaparte y habían entrado en contacto con los jacobinos y su declaración de los derechos del hombre. Alejandro II sucedió a Nicolás en 1855 y los tiempos se tornaron más benévolos para todos. Sin abandonar la autocracia, el nuevo zar firmó el decreto de emancipación de los siervos en marzo de 1861. Al igual que en el resto de Europa, en Rusia bullían las sociedades secretas. Mi padre era uno de los líderes de la Unión de Salvación, un grupo que conspiraba por la mejora de las clases trabajadoras inspirado en los ideales sansimonistas y que aspiraba a integrarse en la Fraternidad Internacional creada por Mijail Bakunin un año

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antes en Italia. Me uní a la causa desde la adolescencia. Editábamos un boletín, La Luz de Rusia, un puñado de hojas mal grapadas que repartíamos clandestinamente. 1870 fue el año de nuestra desgracia. Mientras el canciller de Prusia rendía París, las revueltas de campesinos y obreros se sucedían en Europa. La policía del zar buscaba revolucionarios por todas partes. El grupo de mi padre fue de los primeros en caer. Juzgado por delito de lesa traición, Vasili Fedor fue condenado al exilio en Irkutsk, la capital de la Siberia oriental. Mi madre enfermó y murió año y medio después. No me quedaba otra alternativa que reunirme con mi padre, del que apenas habíamos recibido alguna carta aislada en los últimos meses en la que nos informaba que había entrado al servicio del Gran Duque, el hermano del zar. Conseguí de la autoridad local un permiso para atravesar todo el país en un viaje de 5.700 verstas. El tren me llevó primero a Moscú y más allá, a Nijni Novgorod, a orillas del Volga, una ciudad de 35.000 habitantes que en aquellos días de julio multiplicaba por diez su población por celebrar su famosa feria de seis semanas. Nijni presentaba una animación extraordinaria. Mi intención era no pasar allí más que unas horas y tomar un vapor, el Cáucaso, para remontar el curso del Volga hasta Perm. Tras pasar la noche acurrucada en un portal a la espera de acudir al muelle, dediqué la mañana a pasear por la feria entre una barahúnda de rusos, siberianos, turcomanos, persas, georgianos, griegos, chinos y gentes venidas de toda Asia y Europa. Fue a mediodía cuando me sorprendió un grito: “¡Van a cerrar la feria!”. Un oficial de policía, en el centro de la plaza, desplegó un cartel y leyó a voz en grito: “Decreto del Gobernador. Queda prohibido a todo súbdito ruso salir de la provincia bajo cualquier motivo”. El rumor se expandió como la pólvora. Las hordas tártaras de Féofar Khan, el emir de Bujara, se habían sublevado y con su

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ejército de 60.000 hombres y 30.000 jinetes recorrían las estepas de Siberia, quemando y saqueándolo todo a su paso. El cable estaba cortado más allá de Tomsk. La amenaza se cernía sobre Irkutsk y si Irkutsk caía, toda Siberia caería. Me dirigí a la jefatura de policía para tratar de validar mi permiso. Todo fue en vano. Mi salvoconducto estaba anulado hasta nueva orden. Presa de una muda desesperación, caída sobre un banco, meditaba qué hacer cuando le vi. Vestía de civil, pero no podía ocultar su inconfundible aire militar, un siberiano de unos 30 años, alto y vigoroso, que entró decidido en la oficina donde me habían rechazado. Salió enseguida llevando unos papeles en la mano. Sin duda había obtenido el permiso. Quizás era mi única oportunidad. Deslicé el pañuelo de mi cabeza dejando suelto mi pelo y cuando pasó junto a mí, le agarré del brazo: “Hermano, ¿podemos irnos ya?” Me miró apenas un segundo, el tiempo que tardó en responder. “Sí. Vámonos, hermana”. Salimos a la calle, agarrados del brazo. Bajé la vista. “Me llamo Nadia, Nadia Fedor” Titubeó: “Nicolás, Nicolás Korpanoff” II Esa tarde embarcamos en el Cáucaso, abarrotado de mercaderes y campesinos que volvían a Siberia, expulsados por el decreto del zar.. Empezaba una aventura que no olvidaré mientras viva. Todavía no comprendo por qué me acogió bajo su protección. Sólo sé que fui muy afortunada porque Dios y el Padre lo pusieron en mi camino. No me

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quiso contar qué lo impulsaba a recorrer 5.000 verstas hasta Irkutsk. Me dijo que era un simple comerciante de regreso a su ciudad. Era evidente que cumplía una misión oficial y que tenía que realizarla de incógnito. Yo le expliqué que viajaba a Irkutsk a reunirme con mi padre, pero le oculté su condición de exiliado político, nuestro trabajo de activistas por la razón y las luces. El 18 de julio desembarcamos en Perm, donde comienza un servicio de postas de correo que franquea con rapidez los montes Urales. Nicolás se hizo con una tarenta, con la que emprendimos una enloquecida travesía, día y noche sin parar, de relevo en relevo, sin apenas tiempo para detenernos unos minutos para cambiar de caballos y cochero. A esas alturas del viaje ya sabía que Nicolás no me iba a dar ninguna explicación sobre sí mismo o su misión. Se limitaba a protegerme. Mi única tarea consistía en soportar las fatigas y no hacer preguntas. Los días transcurrieron monótonos. Por la noche, escuchábamos el aullido de los lobos, el viento entre los abedules y los álamos temblones. Cruzábamos riachuelos y praderas sin fin. A finales de julio tuvimos el primer incidente. Fue en una noche, en medio de una terrible tormenta. Escuchamos unos gritos pidiendo auxilio y más adelante descubrimos una telega volcada, con sus dos ocupantes asustados y ateridos de frío. Les hicimos un sitio en nuestro coche hasta la siguiente posta. Creo que también Dios y el Padre los puso en nuestro camino. Se trataba de dos periodistas extranjeros que viajaban a Siberia para informar de la invasión tártara: un francés, Alcide Jolivet, y un inglés, Harry Blount. Altos y enjutos, sus caracteres no podían ser más diferentes. Jolivet, extrovertido y simpático, no paraba de hablar. Blount, frío y reservado, no soltaba una palabra. Los dos vivían desde hacía años en Rusia y hablaban muy bien nuestra lengua de Pushkin.

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Nos separamos en la casa de postas, pero semanas después los volvería a ver a ambos en circunstancias mucho más trágicas. Llegamos a Ekaterimburgo, la primera ciudad propiamente asiática. De allí en adelante comenzaba la estepa siberiana. Los peligros se redoblaban. Algún destacamento tártaro podía aparecer en cualquier momento. Poco a poco, Nicolás prodigaba aún más sus atenciones. Nuestras miradas coincidían como sin querer, nuestras manos se rozaban… Por las noches, insistía en darme lo mejor de la escasa comida que quedaba en las pocas casas de postas que continuaban abiertas. El país había comenzado a vaciarse. Se decía que el ejército imperial se reagrupaba para rechazar las hordas invasoras. Nos cruzamos con viajeros que nos alertaron. Algunos exploradores de Féofar Khan habían hecho su aparición sobre ambas orillas del Ichim inferior. Omsk se encontraba amenazada. A media tarde, nos encontrábamos a 20 verstas de la ciudad, en la margen del Irtyche, un río que nace en los montes Altai y muere en el Obi. El Irtyche es de corriente violenta, casi torrencial y hay que cruzarlo en un trasbordador que opera un servicio de bateleros. En medio del cauce nos sorprendieron los tártaros. Surgieron desde la orilla en barcas a remos y antes de abordarnos hirieron a mi acompañante de un lanzazo en el hombro. Nicolás cayó al agua, lo arrastró la corriente y desapareció. III Creí morir. Fui hecha prisionera. Los tártaros me llevaron a su campamento, donde me unieron a un grupo muy numeroso de rusos capturados que llevaban a Tomsk, donde se iban a reunir las hordas de Féofar Khan antes del asalto definitivo a Irkutsk.

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Aunque las penalidades de aquel viaje no se pueden describir, aún iba a vivir hechos extraordinarios que ahora sólo puedo justificar porque Dios y el Padre seguían conmigo. En la cuerda de presos caminaba a mi lado una anciana siberiana que me reveló su historia. Se llamaba Marfa Strogoff. Había sido detenida en Omsk y sólo le quedaba en la vida un hijo, Miguel, que vivía en Moscú, capitán en los correos del zar. Su descripción me provocó una rara desazón. Miguel Strogoff. No podía ser. Además, Nicolás se había ahogado en el río. Nuestra penosa marcha concluyó días después, al llegar a Tomsk. Los más débiles habían muerto por el camino. Todavía no sé cómo Marfa pudo aguantar con vida. En Tomsk me liberó de mi desgracia un golpe afortunado del destino. Jolivet y Blount estaban en la ciudad y me vieron en el recinto de los prisioneros. Intercedieron por mí ante el lugarteniente de Féofar Khan, un coronel ruso renegado de nombre Iván Ogareff, que accedió a soltarme bajo custodia de los periodistas. Nunca podré olvidar lo que sucedió esa tarde. Entre Jolivet y Blount pude ir recomponiendo las piezas de un terrible puzzle del que hasta ahora había sido ajena, aunque había participado del mismo a retazos. Un correo imperial había sido enviado hacía semanas desde Moscú a Irkutsk para alertar al Gran Duque de la traición de Iván Ogareff. Los tártaros creían haberlo hecho prisionero, pero aún no lo habían podido identificar. Colocaron a Marfa Strogoff en el centro de la explanada. Los dos periodistas y yo contemplamos la escena, aterrorizados. Ogareff gritó: “Marfa, reconoce a tu hijo”. Hicieron desfilar uno a uno a todos los prisioneros delante de ella. Me dio un vuelco el corazón: ¡Allí estaba Nicolás! Pasó delante de Marfa. Ninguno de los dos hizo el más mínimo gesto. Nicolás era uno de los últimos de la fila. Quedó de pie, a escasos metros de ella. Ogareff montó en cólera. De pronto, cogió un látigo de piel y lo elevó sobre la cabeza de Marfa. No pudo golpearla. Miguel detuvo su mano en el último instante. Agarró el látigo

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de un tirón y cruzó con él la cara del traidor, una fea cicatriz que le marcaría de por vida. La escena que sigue la recuerdo aún en mis pesadillas. El campamento tártaro se preparó para una fiesta. Sonaban címbalos cíngaros, flautas y tambores y danzaban bailarinas mientras Miguel permanecía atado de manos, a la vista de todos. Un ulema leía en voz alta versículos del Corán y pasaba los dedos por sus páginas. Se detuvo en uno: “Y no verás más las cosas de la tierra” IV “Espía ruso. Has venido a ver lo que pasa en un campamento tártaro ¡Pues abre bien los ojos! ¡Ábrelos!”, exclamó Féofar Khan. El resto transcurrió muy deprisa. Colocaron un anafe con carbones ardientes y luego aplicaron un sable desnudo encima de las brasas. Cuando la hoja incandescente estuvo al rojo, un esbirro la pasó sobre los ojos de Miguel, que no emitió ningún gemido. Estaba ciego. Cayó al suelo y allí quedó tendido. Poco a poco todos se fueron retirando. Féofar Khan, Ogareff y su comitiva volvieron a sus cuarteles y la explanada quedó vacía. Cayó la noche. Me acerqué a Miguel, que seguía tirado en el suelo. Respiraba trabajosamente. Le susurré: “Hermano”. “Nadia, Nadia”, contestó “Hermano, ven. Desde ahora mis ojos serán tus ojos y yo te llevaré a Irkutsk”

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V Era ya noche cerrada cuando entre Jolivet, Blount y yo arropamos a Miguel con una manta y nos alejamos del centro de la ciudad. A unos cientos de metros, más allá de un talud, nos esperaba una carreta tirada por un viejo caballo. Era un transporte que los periodistas nos habían conseguido para que Miguel y yo nos alejáramos cuanto antes. Me subí en el pescante y emprendí el camino. Así reemprendimos otra marcha igual de terrible. Verstas y verstas bajo la amenaza de ser descubiertos por alguna patrulla tártara. No teníamos nada. Parábamos en isbas de mujiks y mendigaba: “Cristianos, gente de Dios, dennos una limosna por Cristo nuestro señor. Cristianos, gente de Dios”. Raras veces nos negaban encender el samovar. Compartían lo poco que tenían con nosotros: sopa de remolacha, pan de centeno… Por la noche me tendía junto a Miguel. Le susurraba palabras de cariño y consuelo. Mis labios buscaban sus labios. Sufría de forma espantosa. Torturado hasta niveles inconcebibles, sólo su fuerza de voluntad le había mantenido vivo. ¿Dónde acaba la obstinación de un soldado?. El 25 de agosto por la tarde llegamos a Krasnoiarsk en un viaje que había durado ocho días desde Tomsk. La ciudad estaba desierta. Sus habitantes la habían abandonado. En Krasnoiarsk conseguimos franquear el Yenisei y seguimos hacia el lago Baikal, adonde llegamos el 2 de octubre. En el Baikal, la señora mar como lo llamamos, donde cuenta la leyenda que nunca se ha ahogado un ruso, nos topamos con un grupo de una cincuentena de refugiados que estaban construyendo una balsa. Su intención era costear la orilla del lago hasta la embocadura del Angara y desde allí confiar en que las rápidas aguas del río les arrastraran en día y medio hasta Irkutsk.

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Por entonces había hecho un descubrimiento que guardaba para mí con una secreta esperanza. Por sus gestos y por su manera de moverse los últimos días, estaba casi segura de que Miguel no había perdido del todo la vista. Pese a sus párpados en carne viva, tenía la sensación de que poco a poco, entre tinieblas, el herido iba recobrando la visión. Quizás la hoja ardiente no había llegado a alcanzar las córneas. Al segundo día de nuestra llegada al Baikal, la balsa pudo echarse al agua. No había tiempo que perder. El frío en esta época del año era cada vez más intenso y durante la noche bajaba de los cero grados. Remontamos el Angara. El peligro podía venir de las orillas, donde podrían haber grupos de tártaros apostados que sin duda nos dispararían al vernos pasar. Al alba, la balsa llegó a un puerto de embarque abandonado, Livenichnaia, donde desde el muelle dos hombres nos hicieron señas. Mi sorpresa no pudo ser mayor. Eran otra vez Jolivet y Blount, nuestros salvadores en Tomsk. Tras recogerlos, proseguimos el viaje, cada vez más nerviosos. Las horas fueron cayendo. Teníamos que pasar la noche a bordo, en absoluto silencio. Sobre la superficie del agua se formaban témpanos de hielo. Había luna nueva. La balsa derivaba rápidamente en medio de los témpanos. Los lobos aullaban cuando la corriente nos acercaba a la orilla. Al cabo de las horas en el horizonte refulgieron resplandores: hogueras tártaras que anunciaban el sitio de Irkutsk. Sentí un escalofrío y busqué la mano de Miguel. “Irkutsk”, le dije “Enfrente”. “Llegamos. Dios está con nosotros” VI Irkutsk se ha salvado. Rusia está salvada. Las hordas tártaras han levantado el campamento y se retiran. Miguel se

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recupera de sus heridas en el hospital de campaña. Los médicos creen que recobrará la visión. Han pasado dos semanas desde aquella madrugada. Nuestro grupo entró en la ciudad por un lienzo derribado de los muros mientras los tártaros atacaban otro sector. Miguel y yo nos presentamos ante un oficial, que nos llevó en presencia del Gran Duque. El traidor Ogareff fue identificado. En el curso de ese día planeaba abrir a los invasores una de las puertas de las murallas con una señal convenida. Ahora aguarda en el calabozo la justicia del zar. Las tropas imperiales de socorro al mando del general Kisselef llegaron dos días después. El cable ha sido restablecido y las comunicaciones recuperadas. Mi padre y yo regresamos a Riga, a cumplir nuestro viejo deber con La Luz de Rusia. El zar ha anulado la orden de destierro. Mi aparente entereza no es más que la fachada de mi alma rota. Hoy, Miguel y yo separamos nuestros caminos. Lo sabía desde la víspera de nuestra llegada a Irkutsk, cuando me encontraba al borde mismo del amor. En cuanto se recupere, Miguel volverá a Moscú, al servicio del zar. Es, ante todo, un soldado de un mundo que se resiste a cambiar. Jolivet y Blount también vuelven a casa. Jolivet me ha pedido mi manuscrito y lo ha leído con interés. Asegura que advierte en él cierto valor literario, a lo que he respondido: “Monsieur, ¿A quién puede interesar las memorias de una revolucionaria?” Me dice que lo traducirá al francés y se lo dará a leer a un amigo suyo, un escritor de renombre que vive en Nantes. No recuerdo bien cómo se llama, Jules, creí entender. Tengo malos presentimientos. Me temo que este turbulento siglo dé paso a otro peor. Vislumbro un mundo aún más anegado en lágrimas, miseria y dolor. Dudo de la bondad del género humano. ¿Qué futuro nos espera? Termino este diario con el mismo ruego con el que lo empecé: Padrecito de todas las Rusias, protege a tu pueblo

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La madera de nuestros sueños Alberto Raúl F Zelaya De Eudoxo de Cízico a su hermano Diófanes. ¡Salud! Me preguntas en tu carta, querido hermano, de qué madera están hechos nuestros sueños. Según cuentan, Zeus fustigó con su rayo un árbol en Dodona y su tronco consiguió mantenerse indemne, a pesar de haber ardido desde la raíz hasta la copa durante dos días y sus noches. Como premio a aquella obstinada gallardía, el padre de los dioses confió a aquel roble el secreto de nuestros sueños. Aún hoy, muchos peregrinos acuden a los sacerdotes del santuario los únicos que pueden oír en el tenue rumor de sus hojas predicciones y presagios que de otra manera permanecerían ocultos a los mortales. Mucho se ha dicho y escrito sobre las imágenes que nos asaltan durante la noche. Hay quienes creen que son mensajes secretos de los dioses. Cientos de devotos, hombres y mujeres, acuden cada año a Epidauro en busca de alivio o de consuelo. Viajan grandes distancias para llegar al santuario donde son atendidos por sacerdotes descalzos que durante varias noches los inducen a dormir en el piso, porque creen que así podrán incubar mejor sus sueños. A fuerza de ayuno y abstinencia, suponen que el futuro les va a ser revelado. Algunos se despiertan reconfortados porque fueron visitados por voces misteriosas o sobrecogidos por visiones alucinadas. Quienes hemos leído a Aristóteles, en cambio, nos mostramos un poco más escépticos ya que el sueño para el filósofo no es más que una respuesta de la mente a los ajetreos de la vigilia. Homero dice que hay dos tipos de sueños. Los engañosos que brillan como el marfil y los verdaderos que son opacos como el cuerno. Hay quienes consideran que cuando dormimos el alma se libera de la jaula del cuerpo y entiende mejor el lenguaje otros espíritus. Varios médicos ilustres han reconocido que sólo en sus horas de descanso

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pudieron descubrir qué males padecían sus enfermos y cómo darles cura. Esa apariencia caótica de colores y olores, de sabores, ruidos y sonidos que nos asaltan durante la noche, se vuelve muy distinta al despertar; la diferencia entre esos recuerdos y cómo los contamos a los demás es mayor aún. Acaso porque queremos poner orden y encontrarles un sentido, presentamos nuestras visiones como si fueran un prado cultivado por un devoto jardinero. Extraviados en ese jardín nos sobrecoge la duda y el miedo. No son los sueños los que nos acusan, sino que nosotros mismos al evocarlos y contarlos vamos desnudando nuestro espanto y nuestra cobardía. Hay sueños apacibles y tenues, como los de mi amada Asenath, que reflejan una gama armoniosa de sepias y castaños como si estuvieran torneados en las raíces de un nogal. Los míos, en cambio, fueron tallados en la renegrida madera del ébano, así de oscuras y persistentes son las pesadillas que me acosan. Y los tuyos, Diófanes, son tan intrincados y complejos que parecen haber sido labrados en las tortuosas ramas de algún olivo centenario. Me escribes que en una de tus visiones nuestro padre se cubre la cara con una máscara de hiena y nuestra madre con la de una lechuza. Son ellos quienes te conducen a la presencia del Arconte Basileo y le revelan las miserias y bochornos de tu infancia. Ante el pueblo de Cízico reunido en asamblea, le van contando cómo te robabas las frutas de nuestros vecinos, cómo te orinabas dormido en la cama, cómo espiabas a nuestras hermanas y primas bañarse desnudas en el arroyo. Imagino que otras cosas más vergonzosas habrán salido a luz, pero que por pudor te has refrenado. Después me cuentas que te reprochan haber seducido y pervertido a Ithaca, aquella joven que no tenía límite de edad ni de condición para sus amoríos. Ithaca, creo recordar, iba a la cama con los ricos por su dinero, con los pobres

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porque le agradaba su físico, con los esmirriados y cojos porque tenían una conversación animada, con los viejos porque les tenía piedad y con los jóvenes porque se divertía. Según se rumoraba nunca le dijo que no a nadie y jamás desperdició la oportunidad de acostarse con alguien. Siempre me pregunté por qué la llevaste contigo a Cirene; por qué la presentaste como una noble viuda ante la corte; por qué tan lejos de nuestra tierra y encumbrada en una de las más altas posiciones, Ithaca se empeñó en favorecerte. Podría hacerte más preguntas, aunque me parece obvio que nunca me darás una respuesta. En tu carta te preocupas porque Onésimos el herrero comienza a afilar su espada. Es natural que te sientas aterrado pues él es quien ejecuta a los condenados. Pero no te inquietes tanto, los mundos espectrales no son más que eso. Yo también, Diófanes, sueño con Cízico. Imagino que es de noche y me voy adentrando en un laberinto soterrado. Las calles se van hundiendo por debajo del nivel de las murallas. Me persiguen unas lloronas desdentadas que se mecen al unísono, mientras canturrean una indescifrable letanía y elevan sus ojos blanquecinos hacia la luz esquiva de las estrellas. Trato de huir y me aventuro por entre pasadizos apenas iluminados. Me extravío porque la plaza del mercado, el templete de Proserpina y el gimnasio se van diluyendo como si estuviesen moldeados en miel y van asumiendo otras formas. Quiero regresar a la casa de nuestros padres y deambulo durante horas sin lograr encontrarla. Después aparecen los oficiantes del culto de Eleusis. Son cuatro hierofantes que me acusan de haber revelado los secretos del misterio. Me llevan a orillas del mar y allí pretenden ahogarme. Auxiliado por una fuerza irresistible y a la vez desconocida logro desasirme de sus manos. Al alejarse uno de ellos me maldice: “Eudoxo, a partir de ahora tendrás que estar pendiente de cada latido de tu corazón, del menor ruido de tu estómago y hasta del castañeteo de tus dientes. Vigilarás tu miedo y no podrás dejar que el asco te domine, porque descenderás al reino de la tierra y de la oscuridad de donde nadie ha vuelto.”

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Otras veces, un oscuro epístates alejandrino me acusa de haber matado a un mercader romano en una de las astrosas fondas de Rakotis. Cuando me interroga no puedo responderle cómo o por qué lo maté. No recuerdo el incidente y no sé si lo he matado por ira o por codicia. Miro hacia uno y otro lado intentando encontrar una respuesta. Después, el epístates me anuncia que me hará descender a las entrañas de la tierra. Me asegura que moriré allí donde germinan las larvas, pululan los gusanos y tejen sus intrincadas telas las arañas. Me augura un encuentro con Calisto la descomunal osa del Euxino que hiberna en su gruta. En presencia de mi madre y de mi padre, el epístates me advierte: “Te confundirás y extraviarás en cavernas colmadas de murciélagos. Te hostigarán las salamandras y te perseguirán las comadrejas. Pero sobre todo, ten en cuenta que la estridente voz del Hades resonará sin cesar en tus oídos y te irás enloqueciendo.” En esos sueños que se reiteran cada vez con más frecuencia, mis padres en lugar de defenderme asienten y festejan mi castigo. Me han dicho que mis pesadillas son una venganza de los dioses. Me han asegurado que es mi condición de navegante o mejor dicho mi obsesión por trasponer los límites del mundo conocido, la causa de mis apariciones y fantasmas. Como tú bien sabes, desde niño quise remontar el curso del río Borístenes y llegar a la tierra donde habitan los hiperbóreos o navegar, como Phytheas el Mesaliota, hasta alcanzar la misteriosa isla de Thule. Recordarás bien que llegué a Alejandría con el propósito de visitar las cataratas por las que desciende el Nilo y conocer el origen de sus aguas. Pero, después que encontraron a ese marino indio casi ahogado en el Mar Eritreo, tú y tus amigos de la corte me fueron convenciendo de que debía hacerme cargo de la expedición que partiría hacia el puerto de Barygasa. A pesar de todo, no creo que mis angustias obedezcan a ese insaciable deseo por otear más allá del horizonte y conocer tierras aún no visitadas por otros viajeros. A mi entender, el único castigo que merecemos los marinos por nuestra osadía es la incertidumbre del retorno.

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¿Por qué, entonces, la ira de mi padre? ¿Por qué la retahíla de reproches de mi madre? Me pregunto si nuestra familia habrá cumplido con todas las ceremonias y rituales funerarios que les eran debidos. ¿Les brindaron las honras y el acompañamiento que merecían? ¿Fueron sus cuerpos debidamente incinerados? ¿Mojaron con vino sus cenizas y las recogieron con respeto? ¿Practicaron las ofrendas y sacrificios para perpetuar su memoria? Porque sus espectros aún parecen estar inquietos. Con más frecuencia, me despierto en la noche sacudido por la congoja y ya no puedo seguir durmiendo. Amanezco acurrucado al pie de la cama, temblando y tiritando como un náufrago que acabara de alcanzar la costa a nado. Te ruego le escribas a nuestros hermanos en Cízico y encomiéndales que nos pongan en paz con nuestros padres. Estoy desde hace seis lunas en Berenice de los Trogloditas aprestando la flota que me encomendó armar Tolomeo el Benefactor. No puedes imaginar lo que es este puerto recostado en el desierto. El océano en estas soledades es jubiloso, tiene el color del zafiro, las arenas de la playa son doradas y el agua es casi transparente. Si se observa con atención en el fondo del mar se pueden ver peces amatistas, jades y escarlatas. Sus tonalidades son las más vibrantes y diversas que te puedas imaginar. Pero, aparte de la belleza de las costas, en esta región el sol cae a plomo, la atmósfera es agobiante e inestable y gran parte del tiempo nuestro campamento se ve invadido por alacranes, escarabajos y otras sabandijas. Todo se me vuelve tedioso porque, salvo las tareas propias de mi oficio, no me queda gran cosa por hacer. Extraño el bullicio de Alejandría. Quisiera estar allí en los brazos de Asenath. O tal vez contigo en una de esas deliciosas tabernas de Náucratis, abriendo un ánfora de buen vino, gozando de la música de las flautistas y tañedoras de lira, brindando por los tiempos idos, por las tempestades y escollos que logramos superar y por los amigos presentes y los que ya se han ido. Los nativos de estos parajes son conocidos con el nombre de trogloditas porque habitan en grutas. Son los

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bárbaros más primitivos de los que haya tenido noticia. Incapaces de edificar ningún tipo de morada, se valen de las que le proporciona la naturaleza o buscan refugio entre las ruinas de las antiguas poblaciones. Se alimentan de lagartijas y de grillos. Su lenguaje es un concierto de chillidos semejantes a los de los búhos. Salvo los jefes, el resto de los pobladores comparten las mujeres y los niños, porque desconocen el linaje y la pureza de la sangre. Para comerciar se acuclillan semidesnudos en las playas y esperan a los viajeros con su mercancía extendida delante de ellos. Cuando los forasteros les ofrecen algo a cambio, digamos una vieja lámpara de bronce o una pequeña olla de cobre, permanecen inertes sin siquiera pestañar, esperando que aumenten lo ofrecido. Cuando ellos consideran que el trato es provechoso se escapan corriendo y huyen aferrando los objetos que les han dado sin mirar atrás, dejando abandonadas sus míseras pertenencias. De tiempo en tiempo, aparecen por el puerto las enhiestas caravanas de los mercaderes nabateos cuyos dioses les han prohibido sembrar, edificar, plantar vides y árboles frutales, para que no abandonen su vida trashumante. También se suelen ver sacerdotes y campesinos etíopes, ataviados con camisolas floridas y sombreros de paja con forma de cono y montados sobre sus burros caprichosos e indómitos. De vez en cuando, descienden guerreros nubios cuyos bruñidos cuerpos están tatuados con pequeñas cuñas triangulares y sus caras, pintadas con cal y con cenizas. Dentro de pocos días y cuando los vientos se muestren favorables, levaremos anclas y zarparemos hacia la misteriosa India. Esta será la primera vez que los alejandrinos nos atreveremos a surcar un mar abierto y desconocido. Durante más de dos semanas perderemos de vista la costa. Nos guiaremos, como los marinos de la India, por las estrellas y por la dirección de los vientos dominantes que, a mediados del mes de Pachons, comenzarán a soplar hacia el Este. El piloto indio que naufragó en las costas del Mar Eritreo, me servirá de guía y prometió enseñarme la manera de trazar el derrotero para nuestro retorno. Confío en

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él y en la protección de Poseidón para que podamos avistar la bahía y el puerto de Barygaza en el tiempo previsto. Nos ha llegado la quilla de cedro para la nave capitana, que nos hiciste enviar por el arsenal de Alejandría. También pertrechamos el Oxyrrinco que servirá de navío de transporte y calafateamos dos buques auxiliares que nos acompañarán hasta el extremo sur de Arabia Feliz. Hípalos de Siracusa, mi contramaestre, insiste en que nos detengamos allí y hagamos trueque en distintas islas para obtener mercancías que podrán ser comerciadas con gran ventaja a nuestra llegada a Barygasa. Se trata de marfil, perlas, incienso y mirra que negociaremos mejor con los nativos de las islas que comprándolos en el exiguo mercado de Berenice. En estos días releí la Índica de Megástenes. Creo que mucho de lo que ha escrito es fantasía, ya que da por cierto lo dudoso. Señala que en los desiertos al oriente del Ganges se reproducen hormigas más grandes que los zorros y que, como las termitas, levantan sus hormigueros sobre el nivel de la tierra y extraen oro de unas minas inagotables que sólo ellas conocen. También asegura Megástenes que al sur de la India, en la isla de Taprobane, se encuentra el polo Este. Más allá hay un nuevo mundo ubicado en las antípodas del nuestro. Sus habitantes tienen piernas que le nacen a la altura de las orejas para poder caminar en un suelo que es inverso al que conocemos. He vuelto a leer también a Eratóstenes de Cirene. En uno de los párrafos sostiene que Asia, Libia y Europa forman un solo continente rodeado por el Océano. Señala, además, que partiendo del país de los Tartesios se puede navegar hacia la India por el Oeste. Él estima el diámetro de la tierra en doscientos cincuenta mil estadios. Si esta medición de la tierra es correcta, navegando siempre hacia el oriente nuestra flota tendrá que recorrer una distancia no menor de cincuenta mil estadios ni mayor de sesenta mil. Quizás después de esta expedición se pueda demostrar que el mar Eritreo no es un lago, que las aguas del Nilo no descienden de los Montes Hémodos y que es posible circunnavegar Libia.

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Nicanor de Salamina estĂĄ por partir esta noche hacia AlejandrĂ­a, de modo que llega el momento de despedirme y mandarte mis saludos. Querido hermano, te agradezco los cuidados y atenciones que durante mi ausencia has tenido con Asenath y con su madre. Con el deseo de abrazarte a mi regreso se despide tu hermano Eudoxo.

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El amargo sabor de la victoria Esther Domínguez Soto

Paquistán. Una aldeíta sin nombre cercana a la frontera con la India. Agosto, 2000 Capítulo I El viaje. -¡Por ahí viene un hombre! –La vocecita era aguda y clara. Una manita oscura, señalaba el camino que venía del pueblo. Halima se incorporó e hizo visera con una mano para defenderse del sol implacable que le impedía reconocer a la figura que se acercaba con paso lento. Unos segundos más tarde, las dudas sobre la identidad del caminante ya disipadas, Halima volvió a arrodillarse y continuó haciendo la colada en un meandro de un río –casi seco a alturas del año – que rodeaba el pueblo. Allí se reunían las mujeres de la aldea para lavar la ropa y cotillear un poco. Esa era casi la única ocasión en que, libres de la presencia de los maridos, las esposas podían hablar con libertad. Y la aprovechaban. Eso sí, antes dejaban a uno de los niños pequeños encargado de avisar si llegaba alguien que pudiera oír algo comprometedor. Halima suspiró. Quien se acercaba, con sus andares cansinos, conduciendo un burro cargado de leña, era su hijo Abdul, el fantasioso, empeñado en hacer realidad su sueño, un sueño tan absurdo que rayaba en lo imposible. Una de las vecinas preguntó. -¿No es ese tu hijo, Halima? -Sí, el mismo –gruñó ella al tiempo que golpeaba unos calzones raídos contra unas piedras. El tono no animaba a continuar preguntando. Abdul llegó hasta el grupito de lavanderas y saludó a las mujeres con una inclinación de cabeza. Le dedicó una sonrisa a su madre, que lo saludó bastante fríamente. Abdul animó al

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burro con unos toques de bastón y se alejó, con una brizna de hierba entre los labios, la mirada perdida en su propio mundo de planes y sueños. Unos chiquillos que jugaban por la zona lo acompañaron, pidiéndole que los dejara montar en el burro. Cuando comprendieron que el joven no les hacía ni caso, volvieron a sus juegos entre el polvo y los hierbajos que jalonaban el camino. -Abdul se ha convertido en un buen mozo –observó la mujer de Hakim, un individuo torvo y adusto, que trabajaba para los contrabandistas de armas de la zona. –No me explico cómo no lo habéis casado ya. Halima decidió que lo mejor era contar lo que pasaba en su casa. Total, se acabarían enterando. –No quiere casarse por ahora. Tiene una cosa muy importante que hacer. El asombro fue general. – ¡Abdul algo importante! –El tono era de una incredulidad que podría haber sido ofensiva para cualquier madre pero Halima no se ofendió, sabedora de la poca valía de su hijo. – ¿Y qué tiene que hacer tan importante como para retrasar una boda? –quiso saber Hadicha, la casamentera del pueblo, que, desde hacía meses, estaba deseando cobrar sus servicios – algo que no sucedería hasta que se celebrase la dichosa boda. Dhuha, la jovencita prometida a Abdul desde que ambos tenían cinco años, escuchaba la conversación oculta tras unos matojos que crecían a las orillas del río. Colorada como un pimiento y deseosa de saber qué impedía su matrimonio, centró toda su atención en la conversación. Hacía unos meses, sus padres habían reunido a los miembros masculinos de la familia para hablar del tema de la boda pero a ella nadie le había contado nada. Su futura suegra la puso al día. Halima volvió a suspirar. –Quiere ganar una carrera de camellos. -¿Una carrera de camellos aquí? –preguntó la viuda del Alí, el difunto imán.

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-No. Lo que Abdul quiere es ir a Pushkar, a la India; a esa feria de camellos tan grande. Según mi hijo, es la más grande del mundo. Allí hay carreras y puede ganar mucho dinero. Por eso no quiere casarse y lleva dos años ahorrando todo lo que puede, trabajando como un animal de carga y ya ni fuma por no gastar unos pocos paise. Está obsesionado, no atiende a razones. Mi marido está furioso pero no podemos convencerlo. Y así estamos, esperando que recupere el sentido común, cumpla con su obligación y deje de avergonzar a la familia con sus tonterías. La reacción no se hizo esperar. El asombro, la sorna y la compasión se mezclaron en el alud de comentarios de las casadas, mientras la pobre Dhuha, apabullada por lo que acababa de oír, se preguntaba por qué Abdul prefería una carrera a ella. ¡Y encima de camellos! Bichos más antipáticos. Abdul seguía caminando tras su borrico. Pronto hizo un alto para recoger unas ramas secas que añadió a la carga. Iba calculando cuánto podría sacar de la leña. Se alejó unos pasos del camino y, escondido tras unos nogales esmirriados, sacó una bolsita donde guardaba sus ahorros. Contó las monedas y los billetes afanosamente y contó una segunda vez. Su sonrisa satisfecha puso al descubierto una dentadura un poco amarillenta. Ya tenía lo suficiente para viajar hasta Pushkar, comprar un camello y allí mismo, tomar parte en la famosa carrera que se organizaba durante el festival de Kartik Poormina. Había calculado hasta el último paisa y sabía que, si sufría algún percance, si surgía algún imprevisto, su sueño se iría al garete junto con sus exiguos ahorros. Pero era persona animosa y confiaba en que con voluntad, las cosas se arreglarían. Reanudó el camino con ánimos renovados. Partió a mediados de septiembre. La familia lo vio marchar con sentimientos encontrados. El padre le dio consejos y lo advirtió contra bandidos, maleantes y gentuza de todo tipo que pululaban por los caminos en busca de gente poco avisada como él para despojarla de sus bienes. Mientras lo abrazaba, le metió disimuladamente –no fuera a ver su mujer

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este gesto de debilidad – una bolsa con tabaco en el bolsillo. Las hermanas lo despidieron, envidiando la libertad de la que gozaban los hombres, que podían hacer lo que quisieran; su hermano menor se prometió hacer lo mismo que el mayor en cuanto juntara algo de dinero; la madre lo abrazó y besó al tiempo que le daba un hatillo con algo de comida. El pueblo entero –con la excepción de su futura familia política, dolida por sus desaires – asistió a la despedida para darle ánimos y, de paso, cotillear un poco. Lo vieron partir deseando que regresara victorioso. Echó a andar con buen paso. Después de unas cuatro horas, llegó a la carretera general y esperó a que un camión que transportaba corderos lo llevase hasta Jacobabad – ahorrándose así el billete de autobús. Cuando llegó recorrió la ciudad, asombrándose de todo lo que veía, tan distinto de su aldea de casas de adobe. Se acercó a la estación de ferrocarril que lo aturdió con sus dimensiones, los ruidos ensordecedores que parecían rebotar contra las paredes, la gran cantidad de raíles que, como spaghetti en una olla, se entremezclaban prometiendo un accidente de dimensiones gigantescas y los broncos pitidos de las locomotoras. En las taquillas recibió su primera mala noticia. Los precios de los billetes hasta la India eran más altos de lo que había calculado. Por eso, sin amilanarse, anduvo tres días hasta llegar a Sukkur donde admiró el caudaloso río Indo y los bellos puentes que lo cruzaban. Como tampoco allí todo no iban a ser sorpresas agradables, se enteró de que el viaje en autobús hasta la frontera con la India no estaba a su alcance, a no ser que renunciara a comer, a beber y lo que es peor, a comprar el camello. “Eso nunca” pensó. Se dirigió a una gasolinera y consiguió que un camionero, previo pago de una modesta cantidad, lo dejara viajar entre la mercancía. Abdul temió otro viajecito entre corderos o algún animal chillón, berreón y maloliente. Pero tuvo suerte y se acostó entre grandes balas de algodón que lo recibieron como si de un colchón se tratara. Estaba tan cansado que ni se enteró de los muchos baches que alegraban el trayecto por una carretera de montaña con desniveles endiablados y curvas imposibles. Cuando llegaron a Jaisalmer, en el desierto de

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Thar, el camionero tuvo que despertarlo No se había enterado de que hacía varias horas que habían cruzado la frontera entre Pakistán y la India. Capítulo II La feria de camellos. Abdul había conseguido un sitio en una de las escalinatas a orillas del lago de Pushkar. Estaba agotado tras el larguísimo viaje – primero sobre el techo de un tren; después apiñado en un autobús, rodeado de bolsas enormes empeñadas en aplastarlo; la última etapa la había hecho a pie bajo un sol de justicia, durmiendo al raso, comiendo lo mínimo–y el frescor del agua lo ayudó a sentirse un poco mejor. Se mezcló con los fieles hindúes y se bañó vestido, sin prisas, alargando el momento, dejando que el polvo y los malos olores que impregnaban su ropa se desvanecieran, dejando paso al aroma a incienso de las ofrendas a los dioses. Las ampollas que martirizaban sus pies le dieron un respiro y, satisfecho con lo bien que le iban saliendo las cosas, decidió ir a comer algo pues la verdad es que estaba hambriento. Salió del agua, se calzó las sandalias medio destrozadas y, con la ropa chorreando, se dirigió a la enorme explanada a las afueras de la ciudad donde se celebraba la gran feria de camellos. Tuvo que cruzar el pueblo, evitar a varias vacas, cómodamente sentadas en mitad de la calle; las ofertas de multitud de vendedores que lo cogían del brazo, en un intento por llevarlo a sus tiendas; el ruido de los hombres que cosían a máquina frente a sus puestos de ropa; los chillidos de los monos instalados en los tejados de los edificios y los ladridos de un montón de perros callejeros a la caza de algún bocado. El olor a curry, pan recién hecho y arroz con un aroma dulce realmente apetitoso quedaba anulado por el de boñigas secas que vendían unos niños justo al lado de los tenderetes de comidas. Pero a Abdul esto no lo incomodó. Comió todo lo que le dieron por las pocas monedas que podía gastar y después buscó la zona ocupada por los camellos. Había miles de animales. Caballos, ovejas, cabras y vacas balaban, relinchaban y mugían mientras los tratantes y compradores examinaban dientes, palpaban lomos o

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juzgaban la calidad de la lana. Abdul sólo tuvo ojos para los camellos. Eran miles y miles. “Eso es bueno”, razonó Abdul. “Entre tantos animales habrá alguno que yo pueda pagar.” Fortificado por la comida sólida y picante, se encaminó a cumplir una parte de su sueño. Tras horas examinando camellos, preguntando precios y quitándose de encima mendigos ciegos, tatuadores, adivinos, curanderos y encantadores de serpientes, buscó un lugar donde sentarse y meditó. Los precios de los camellos, como el de los billetes de autobús o ferrocarril, estaban muy lejos de sus posibilidades. Sus cálculos habían sido muy optimistas, el dinero se acababa y tenía que hacer algo. ¿Pero, qué? Olvidarse de la compra del camello y la carrera era la opción más lógica. Regresar a casa y casarse le susurraba una vocecita que, curiosamente, se parecía mucho a la de su madre. Ya había consumido el tabaco que su padre le había dado al despedirse y era una pena porque fumar lo ayudaba a pensar. A pesar de todo, siguió a lo suyo. Discurrió, hizo mil cálculos y sopesó todas las posibilidades sin encontrar la solución. Casi a su lado un cuentacuentos, rodeado de niños con la boca abierta y bastantes adultos igual de asombrados, desgranaba la historia de una pareja que, incapaces de salir de una situación imposible, dejan sus problemas en manos de los dioses. Éstos los ayudan y la pareja logra casarse, tener muchos hijos y ser feliz. Abdul se quedó pensativo. Ésa era la clave. Cuando algo no parece tener solución, hay que ponerse en manos de la divinidad. Se levantó con renovados bríos y continuó buscando un camello que se ajustara a su presupuesto y a sus esperanzas de ganar una carrera. Inshalláh. Después de mucho buscar, encontró lo que buscaba. Un camello no muy alto ni robusto pero, según el tratante, fuerte y perfecto para la carrera. Abdul lo creyó cuando afirmó que su dentadura era perfecta y sus patas lo llevarían como el viento en la dirección adecuada. El precio era razonable y Abdul no podía permitirse el lujo de pagar ni una rupia más del precio que había conseguido, tras un buen rato de regateos, amagos de renunciar a la compra y muchos

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aspavientos por ambos lados. El tratante era un hombretón que iba a tomar parte en el concurso de bigotes largos que iba celebrarse esa misma tarde. De ahí las prisas por vender el camello. Abdul tenía sus dudas pero, al final, aceptó. Los billetes cambiaron de mano. El tratante desapareció –según él se iba derechito al concurso –y Abdul buscó un lugar donde el animal pudiera beber y ramonear algún arbusto. Después, compró una manta vieja que hiciera de silla, una cuerda que utilizaría como riendas y una cinta con cascabeles para una de las patas del camello. Era un adorno sencillo pero el sonido que acompañaba los andares desgarbados del animal le levantaba el espíritu. Capítulo III La carrera Había llegado el gran día. Abdul no podía estarse quieto. Acariciaba al camello, le hablaba al oído, le palmeaba los flancos y le ofrecía unas raíces secas. Después se alisaba el chaleco, se ponía el turbante derecho, no paraba. Le gustaría poder ir a uno de los muchos barberos que se ofrecían en el bazar y arreglarse la barba, enmarañada y demasiado larga. Pero tuvo que conformarse con lavarla enérgicamente en un abrevadero cercano. Se la alisó con esmero y se sacudió la ropa. Quería tener buen aspecto cuando recogiera el premio que, sin lugar a dudas, ganaría esa misma tarde. No tenía la más mínima duda de su triunfo. Se sentó, la espalda apoyada contra una de las patas traseras del camello y dejó volar la fantasía. Se imaginaba el peso del dinero que recibiría. Casi podía sentirlo. También sabía qué compraría con él. Ante todo, unas sandalias nuevas. Las que tenía estaban destrozadas, no aguantarían ni una semana más. Claro que, ya no tendría que andar para volver al pueblo. Regresaría como una persona importante. Con ropa nueva y en autobús o, mejor aún, en taxi –uno muy adornado, como los de la ciudad – sin tener que preocuparse por el dinero. Y compraría regalos para la familia. Podría pasar dos o tres días en Sukkur haciendo compras y dándose la gran vida. Y después una bicicleta nueva, no un montón de chatarra como el que tenía su tío Ahmed, y… Su vuelta al pueblo sería apoteósica.

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Una idea paró en seco unos planes tan agradables. ¿Qué haría con el camello? Podía venderlo. Conseguiría un buen precio por un campeón. Seguro que se lo quitarían de las manos y viviría mucho tiempo con el dinero que le proporcionaría la venta. Claro que, por otro lado, con ese dinero podría dedicarse a las carreras, como hacían otros. O a vender y comprar reses aprovechando el dinero que iba a ganar. Durante los días que había pasado en Pushkar, Abdul había observado cómo, en los grupos de tratantes de ganado, grandes cantidades de dinero cambiar de manos. ¿Por qué no podía él meterse en ese mundo, tener un pedacito de ese bienestar? Abdul no era ambicioso. Sólo aspiraba a vivir un poco mejor que sus abuelos y sus padres, condenados a compartir una humilde choza de adobe, sin la más mínima comodidad, con un montón de chiquillos y algún animal doméstico. Y también… Un movimiento brusco del camello lo despertó. No veía nada. Se echó las manos a la cara y descubrió que el turbante se había escurrido y le tapaba los ojos. Respiró tranquilo. No se había quedado ciego. Se levantó y descubrió que la pequeña siesta le había despertado el apetito. ¡Qué hambre! Tenía la sensación de que podría comerse un búfalo. Sonrió. Se conformaría con unos falafells a la espera de tiempos mejores, cuando podría pagar una comida con muchos platos de carne, algo prohibido en la ciudad santa de Pushkar, donde sólo servían platos vegetarianos. Echó mano de la bolsa y se quedó helado. Su dinero había desaparecido. Abdul sintió una oleada de frío a la que siguió un sofoco notable. ¡Le habían robado mientras echaba la siesta! No le quedaba ni una rupia. Se corrigió. Siguiendo los consejos de su abuela materna –desconfiada hasta la médula –había guardado unos cuantos billetes en un pliegue del turbante. Hizo ademán de quitárselo para cerciorarse de que seguían allí pero, se lo pensó mejor. Había tanta gente alrededor que cualquiera podía estar observándolo y robarle lo poco que le quedaba. Con cuidado, disimulando ante los posibles ladrones, palpó la tela y, con alivio, notó que los billetes seguían en su sitio. Decidió tomar algo barato pero nutritivo. Tenía que estar fuerte para la carrera. Estaba comiendo arroz con verduras

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cuando recordó la mañana que abandonó el pueblo, todos sus vecinos deseándole buena suerte, confiando en él. Imaginó la vergüenza de su familia si regresaba a casa andando, como había salido. Sin una sola rupia en el bolsillo. Un fracasado con sandalias rotas del que todos se reirían. Y ya estaba oyendo a la familia de Dhuha. Un mendigo que sólo sabe soñar, dirían. Tenía que ganar. No había otra opción. Se levantó dispuesto a triunfar. Eran muchos los camellos que tomaban parte en la carrera. Algunos de los animales eran enormes y, a su lado, el de Abdul parecía una cría raquítica, desmedrada. Claro que, razonaba Abdul, si pesaba menos, sería mucho más veloz que aquellos monstruos enjaezados con vistosos paños, redecillas con alegres pompones de todos los colores y pañuelos anudados al cuello. Al lado de ellos, su camello parecía un pordiosero entre ricachones. Abdul intentando consolarlo de su triste aspecto, acarició al camello que no le agradeció el gesto. Movió la cabeza, soltó un berrido y se quedó con la boca abierta, enseñando los dientes en plan amenazador. Abdul se alejó de los grandes ejemplares y buscó un hueco entre los camellos más pequeños. Iba sentado sobre la manta vieja que había comprado dos días antes. Vio el gesto de superioridad que la mayoría de los camelleros le dirigían, oyó las risitas y los comentarios que hacían. Al principio se sintió humillado allá abajo, en un camello que no resistía la comparación con la mayoría de los que tomaban parte en la carrera. Pero levantó la cabeza e ignoró a los burlones. Ya se quedarían asombrados cuando comprobaran que el camello más birrioso era el ganador, dejando atrás a aquellos soberbios. Con la imagen de su victoria y el bochorno de sus rivales danzando por su cabeza, Abdul metió los pies en una cincha improvisada con unas cuerdas. No quería caerse y ser pisoteado por los camellos que vendrían detrás –ni por un momento se le ocurrió que su camello podría no ir a la cabeza de la carrera. Así, bien sentado, esperó a que la competición comenzara.

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Los primeros minutos fueron muy duros. Abdul vio como la mayoría de los camellos salían en tromba mientras él se quedaba rezagado, envuelto en una densa polvareda que le impedía ver lo que lo rodeaba. El ruido de las pezuñas de los camellos, los gritos del público totalmente entregado, agolpado a ambos lados de la zona destinada a la carrera, las exclamaciones de los jinetes, el estrépito de los camellos que se caían, atropellados por los que venían detrás, formaban una pandemónium que parecía querer tragárselo todo, hombres, monturas y lo que rodeaba a la carrera. Hasta el suelo parecía moverse a su paso. Abdul sintió que le faltaba el aire pero lo atribuyó al nerviosismo del momento y siguió azuzando a su camello que empezaba a coger el ritmo de la competición y corría a más y mejor, evitando tropezar con otros camellos, regateando a los rivales que iban a por él. Al ir avanzando hacia los primeros puestos, el polvo disminuyó y Abdul pudo ver que no le faltaba mucho para llegar a la meta y animó a su montura. Ahora era cuestión de un hacer un último esfuerzo; de ignorar el ritmo de su corazón, cada vez más acelerado; de olvidarse de todo lo que no fuera la meta que estaba ahí delante, al alcance de la mano y, con ella, la gloria, el prestigio ante sus vecinos, el orgullo de los suyos. Afianzó los pies en la cincha y se levantó, adelantando el cuerpo, como si quisiera desembarazarse de su montura y volar él solo hasta la meta. La emoción del momento, el supremo esfuerzo por ganar fue más fuerte que él. De pronto lo vio todo negro al tiempo que un dolor lacerante le atravesaba el pecho y el brazo izquierdo. Su mano dejó caer la vara que utilizaba como fusta. Se sintió exhausto, incapaz de continuar animando al camello, de sujetar las riendas. Se ahogaba. Con un supremo ejercicio de voluntad, se sentó de nuevo sobre la vieja manta, y se hubiera ido al suelo si sus pies no hubieran estado tan firmemente atrapados por la cincha. Se abrazó como pudo al cuello del camello y así se quedó, sintiendo como su vida se apagaba mientras que su montura corría con la misma tozudez y determinación que su amo había tenido en vida. Corrió como un poseso hasta dejar atrás a todos sus rivales y llegó a la meta el primero con bastante ventaja. Fue una victoria rotunda. Sin paliativos. También fue la primera vez que un muerto ganaba la carrera.

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La vida sobre las vías Mónica Isabel Pérez Este es un texto escrito a veces desde la primera clase, otras desde la tercera, la mayoría de las veces en soledad y las menos con compañía. Un recuerdo hecho de muchos: de lo que se ve a través de las ventanas, de los cafés apurados en el andén y de todas las cosas que, de manera inesperada, se pueden vivir en un vagón de tren. Para muchos, para mí misma, viajar en tren ha sido siempre un acto de romanticismo, una muestra —digamos— de amor por los caminos y no solo por los destinos. Pienso, mientras escribo, en los varios trayectos que he hecho y la imagen que viene a mi mente es siempre la misma: la cabeza recargada en la ventana, el paisaje pasando rápido ante mis ojos —a veces montañas, a veces campos, a veces mar— y en una mesita o sobre mis piernas o en un asiento vacío, el libro, la cámara, el pasaporte. En ocasiones un café entre las manos, de esos que venden en los vagones comedor y que el 90 por ciento de las veces son malos. Si la gente se queja de la comida de los aviones, habría mucho más que decir sobre la de los trenes, pero ese no es el tema. Lo que se puede ver es que elegirlos para hacer un trayecto largo en lugar de tomar un avión, no es —desde el surgimiento de las aerolíneas de bajo costo—un asunto ni de economía financiera ni de tiempo y, en la mayoría de los casos, tampoco de comodidad. Es una decisión más bien tomada por el deseo de volver a sentir las distancias del mundo (no todo estuvo siempre tan cerca como luce ahora) y, diría yo, del hambre por tener historias que contar. Entrar a una estación es como leer decenas de libros al mismo tiempo. Uno sobre una familia que se despide del padre que viaja por negocios, otro sobre un joven estudiante que ha llegado de su pueblo para vivir en una gran ciudad, otro sobre unos novios que se reencuentran luego de que la

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vida los separara por un tiempo. Todo el tiempo, incluso en las horas en las que parece que nada pasa, algo está sucediendo. La gente espera, viene, se va, lee, charla, en algunas estaciones de Europa hasta puede tocar una pieza en un piano público. Unos escriben, otros miran las pantallas con los horarios. Todos aportan con una acción al tejido de la macro historia que se teje en una estación de tren todos los días. Yo, por ejemplo, me caí. * Fue un golpe duro y seco. Aunque el accidente sucedió en segundos, recuerdo todo de manera casi fotográfica. El escalón para bajar del tren, mis pies dando un paso en falso y luego el andén dando vueltas. El suelo estaba frío y la gente parecía alarmada a mi alrededor. Alguien me devolvió el libro que salió volando y no pude ver su rostro. No entendí nada. Solo que había estado dentro de un vagón, corroborando que fuera ese el tren que debía abordar y, unos segundos después, levantándome del piso. Pero antes de seguir habría que hacer un paréntesis: las estaciones y sus trenes suelen decir mucho de los países a los que pertenecen. Nos acercan a la idiosincrasia de un pueblo con más claridad que los aeropuertos, que suelen ser —por norma— obedientes a la estética y los procedimientos globales. Por lo tanto, es fácil deducir que tomar un tren en una pequeña ciudad de Rumania no implica lo mismo que tomar el Eurostar en la Gare du Nord de París. Los rumanos son, digamos, menos exigentes con el orden. Dejando claro lo anterior, decir que en los andenes de la estación de Cluj-Napoca no hay pantallas electrónicas indicando número, destino y horario del tren, sería redundante. Si lo menciono es solo para disminuir mi sensación de inmensa torpeza al no haber comprendido que las pequeñas hojas de papel superpuestas con un número

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escrito en marcador, contenían datos reveladores sobre mi viaje. Subí entonces al tren equivocado, estacionado en la línea 5, donde se supone estaría el mío. Una vez dentro una pasajera angloparlante, me sacó de mi error en el mismo instante en el que el tren emitió el ruido con el que avisa que está pronto a avanzar. Me dio terror que fuera a irse conmigo dentro, llevándome a quién sabe donde, así que me apresuré a salir. El escalón que separaba al interior del tren con el piso de la estación era alto. Yo estaba nerviosa. Y mis habilidades motoras nunca han sido muy buenas. ** Cuando recuperé mis objetos y, sobre todo, la compostura, se acercó a mí un hombre de unos 40 años. Me dijo que me había visto caer y que no le parecía que estuviera 100 por ciento bien. «Me duele un poco el brazo, es todo», le dije. Y entonces movió la cabeza como asintiendo algo para él mismo. Esa clase de gestos con la que la gente suele decir «lo sabía» son iguales en muchas partes del mundo. «Voy a buscar hielo», me dijo. Y regresó con helados. Eran las dos de la mañana y hacía frío. No había enfermería en la estación y tampoco una máquina de hielos. Pero mi salvador desconocido se portó como todo un MacGyver e improvisó un remedio con tres sándwiches de helado de chocolate que encontró en la tienda y una tira de tela que nunca supe de dónde sacó. Ató los paquetitos rodeándome el brazo para que este no se hinchara y luego renunció a su boleto de primera clase para hacerme compañía en segunda al menos por las pocas horas que le tomaría llegar a Oradea, su ciudad. Estábamos frente a frente en un conjunto de cuatro asientos, de los cuales dos estaban aún desocupados. «Ya sé que es un desastre lo de los trenes», me dijo cuando le terminé de contar una historia que de hecho él había presenciado, «ojalá me hubieras preguntado a mí, que buscaba el mismo tren, así tal vez no te hubieras caído». Estábamos en eso cuando un chico llegó a instalarse junto a nosotros. Un húngaro menudo, rubio y jovencísimo que me recordó a los dibujos de El

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Principito. Tendría unos 19 años y, nos contó, después de terminar un trabajo de voluntario durante las vacaciones en Cluj-Napoca, estaba listo para volver a casa de su abuela en Budapest. La charla entre los tres se animó muy pronto. Comenzamos a hablar de nuestros países, de la comida que hay en ellos, de las ciudades imprescindibles y de las tradiciones que luego nos parecen un fastidio, pero que estando lejos extrañamos. Cuando llegamos a Oradea me despedí de mi nuevo amigo con mucho agradecimiento, por la ayuda y porque los helados en mi brazo parecían estar funcionando. Si lo pienso ahora me parece ridículo que no hubiéramos intercambiado ni nuestros nombres, pero eso importa muy poco en un tren. *** Ya éramos solo dos cuando —luego de ocho horas de viaje— llegamos a Keleti, la estación de Budapest. La encontramos caótica, en medio de la llegada de cientos de migrantes que entraban a Europa desde Siria y que, obligados por la falta de recursos, ocuparon la estación como un albergue que no por techado era menos hostil. Mi pequeño amigo húngaro, preocupado por el brazo que no dejaba de dolerme y que, en efecto, se había hinchado, apenas bajando del tren sacó un suéter de su pequeña maleta y me hizo con él un cabestrillo. Luego me llevó a la puerta de mi hotel donde la recepcionista, honestamente alarmada, recibió mi equipaje y se apresuró a indicarme la dirección de un hospital cercano. Hice caso. Caminé hacia donde ella decía, pero no llegué al hospital por mi propio pie. Una joven me vio por la calle y me detuvo. Además de húngaro solo decía unas pocas palabras en inglés, suficientes, al menos, para decirme que le preocupara que caminara sola y que iba a pedir una ambulancia para mí. Mientras esta llegaba, algunos vecinos se acercaron para platicar conmigo, para ofrecerme agua y preguntarme cosas sobre mi lejano y exótico país. Sentí que todo lo que estaba pasando era un sueño y que debía

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aceptarlo todo sin cuestionarlo porque, de cualquier modo, no tardaría en despertar. Entendí que todo lo que pasaba era real cuando, pese a lo surreal que fue recorrer Budapest desde un vehículo con sirena, pisé el hospital y escuché el diagnóstico: mi brazo estaba roto y que necesitaría una cirugía. La noticia me desconcertó, pero tuve que tomar una decisión. La operación se haría, pero no ahí sino en Rumania, cuyos médicos gozan de muy buena fama y donde, además, yo tenía amigos y no era una total desconocida. Los doctores no entendieron muy bien mis motivos, pero me dejaron ir con la condición única de que los dejara medicarme e inmovilizarme el brazo. Si pisé el hotel que había reservado por segunda ocasión fue sólo para recorrer mi equipaje. La recepcionista, que era joven pero muy maternal, se apresuró a buscar un boleto de avión para Cluj-Napoca en Internet. «Es que no quisiera que regresaras en tren» me dijo con aflicción. Se preocupaba como si me conociera de toda la vida y eso me llenaba de alivio y de ternura. Pero no hubo ningún avión. Era demasiado tarde para encontrar espacio y, si quería que la cirugía se hiciera en el tiempo correcto, no podía esperar 24 horas para abordar el único vuelo directo que parecía haber. Así que no me quedó más remedio que volver en tren. **** No tenía ni cinco horas de haber bajado de un vagón cuando subí a otro. Esta vez en primera clase para evitar incomodidades. O eso pensé yo. Comprar primera clase en estos trenes no significa que se suba uno al lujo del Transiberiano. Significa más bien que uno tendrá acceso a una cabina oscura con asientos aterciopelados, pero rígidos y viejos. Hay más privacidad, tal vez. Y la luz y la temperatura se pueden regular, pero no hay un privilegio más. Gracias a que nadie más subió a mi cabina, dormí tranquila casi todo el camino de vuelta a Cluj-Napoca y solo desperté para la revisión de pasaportes en la frontera de Hungría con Rumania y una que otra vez para leer los letreros de las estaciones en

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las que se detenía el tren: y es que si uno no está al pendiente de eso, un error lo puede llevar a una ciudad desconocida. En alguna de esas paradas, entre sueños, pensé en Ventajas de viajar en tren, un libro del escritor español Antonio Orejudo cuya historia comienza cuando, sentados en un vagón, un joven le pregunta a una mujer «¿le apetece que le cuente mi vida?». Lo que sucede a continuación no lo contaré porque es de mala educación arruinar las sorpresas, pero debo confesar que mientras lo leía, en el veloz trayecto que va de Londres a París, deseé que alguien me preguntara lo mismo y nunca pasó. Que la gente se dispusiera a contarme su vida me tuvo que pasar en el lugar y el momento más insólito: en una madrugada rumana, en medio del dolor físico y el desconcierto, y en un idioma que no era ni mío no de ellos. Iniciar una conversación con desconocidos es siempre improbable, pero en un tren uno tiene la certeza de que al menos tiene una cosa en común con ellos y es que están viajando en la misma dirección. ***** Me tomó sólo un día recuperarme de la operación. Y contra todo pronóstico lo primero que hice fue volver al camino: primero en avión y luego en tren. Esta vez con una ruta más corta, unas tres horas desde la ciudad sueca de Malmö hacia Copenhague. La estación tenía señales por todas partes. Era imposible perderse o confundirse de tren. Los vagones eran amplios, con asientos cómodos. Había wi-fi. Prendí la computadora y vi que alguien había compartido en Twitter una noticia que llamó mi atención: una joven alemana llamada Leoni Müller declaraba al periódico The Washington Post que, cansada de pagar la renta de su departamento, decidió mudarse a un tren. Compró un pase para que los trayectos fueran más baratos y empacó la menor cantidad de cosas posibles. Desde entonces hace sus tareas de la escuela mientras visita a los amigos que tiene en otras ciudades. Come, estudia y duerme en vagones. «Leo, escribo, miro por

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la ventana y conozco gente todo el tiempo», declaró al diario. Miré a la gente a mi alrededor. Los trenes nórdicos son muy distintos a los rumanos y aún más callados que los franceses. Había una señal que indicaba que había que mantener el silencio, pero pese a eso y pese también a los audífonos y a las computadoras y las tabletas, un rumor vago y continuo se escuchaba al fondo. A unos cuantos asientos del mío, una persona había dicho que sí, que le apetecía escuchar la vida de otra.

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La novia loca de Simbad Jesús Villarino Pérez Mi encuentro con la novia loca de Simbad sucedió hace tres años, cuando con la impaciencia e imaginación de la juventud partí de mi cómoda casa en los helados fiordos de Groenlandia en busca de aventuras. Había atravesado Europa y visitado África cuando decidí viajar hacia el este para atravesar el desierto y conocer las exóticas tierras de Arabia. Me habían advertido de la crueldad de la arena hacia los viajeros que lo cruzaban por primera vez pero mi orgullo, imprudencia sería más honesto decir, me hizo desoír los consejos de cuantos pensaban en mi bien. Demasiado tarde comprendí que ellos tenían razón y yo no y terminé por perder mi caballo, mi agua y a mí mismo en aquellas dunas idénticas que nunca acababan. Sabía muy bien que un hombre no resiste más de tres días perdido en el desierto por lo que acepté con resignación mi final y me encomendé a mi dios cuando se acabaron mis esperanzas de ser rescatado. Alguna vez que había pensado en la muerte me había imaginado muriendo en la cama de mi casa, con avanzada edad, rodeado de mi mujer y de los hijos y nietos que algún día tendría. Lástima, me dije, que lo último que vea antes de morir no sea mi tierra y mi familia sino un espejismo absurdo fruto de mi debilidad, ¿Cómo, si no, podría estar viendo un bajel en el desierto de Mirashab, a más de ochocientos kilómetros del puerto más cercano? Pasaron tres días, me diría ella después, antes de que abriera los ojos y me encontrara sobre el catre de una habitación vacía. Me incorporé y, todavía débil, recorrí la distancia que me separaba de la ventana. Sólo vi arena. Busqué la puerta, la abrí y con esfuerzo subí los peldaños de la estrecha escalera hasta llegar a una segunda puerta. Lo que encontré tras ella hizo que dudara de mi cordura; ¿Seguía agonizando o realmente me encontraba en la cubierta de un velero semienterrado en la arena? Asombrado, acepté lo segundo tras recorrerlo. Tendría unos treinta metros de eslora y diez de manga y parecía listo para navegar salvo por el mástil y

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unas pequeñas tablas que le faltaban. Bajé a la bodega, subí al castillo de proa y entré en la cocina, estaba vacío. Oteé el horizonte, nadie en las cercanías. Me pregunté quién sería su dueño y mi salvador y por qué construía un navío si jamás podría navegar en él. Me hacía estas preguntas cuando oí crujir la escala que subía al barco. Me asomé por la borda y vi que una joven ascendía. Tendría poco más de veinte años. Su belleza arábiga era excepcional, su cuerpo fuerte y su mirada mostraba una determinación y una seguridad que no había visto jamás en los ojos de una mujer. Me saludó y me dijo que su nombre era Ishaé, con una indicación me preguntó por mis quemaduras y después de presentarme y agradecerle sus cuidados me pidió que me sentase. Obedecí. Desapareció un instante para volver con dátiles y agua que dejó depositados a mi lado. Con gestos me invitó a probarlos. Mientras cogía el primero señalé la nave y la arena y, pronunciando torpemente las pocas palabras que había aprendido de su idioma, le pregunté qué hacía un barco anclado en las dunas de un desierto. –Algún día me llevará al mar. No quise indagar ni insinuarle la locura de su repuesta, ella tampoco habló más. Cuando llegó la noche me indicó que la siguiera, señaló el camarote y la cama, aplicó nuevos ungüentos en mis heridas, me cambió el vendaje y se fue. Por la mañana me dijo que se iba a la ciudad y, como me vi con fuerzas, le pedí que me dejara acompañarla. Accedió. Subimos a su camello y tras subir y bajar interminables dunas llegamos a Samarath poco después del amanecer. A pesar de la hora temprana la plaza bullía de gente que la cruzaba, esperaba sentada o charlaba animadamente con amigos. –Tengo que hacer algunos recados. No te muevas de aquí. Debí escucharla pero ¿qué hace un viajero cuando llega a un lugar hermoso y desconocido? Recorrerlo, por eso me metí

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imprudentemente en el zoco. Nórdico como soy, la palidez de mi piel, mi estatura y mi pelo rubio y largo llamaron enseguida la atención de vendedores, compradores, paseantes y curiosos que pululaban por los estrechos callejones del milenario bazar. Pronto me vi rodeado por una muchedumbre que se agolpaba ante el primer extranjero que había llegado a la ciudad. Sus miradas de sorpresa y curiosidad cambiaron cuando uno de ellos rompió el silencio para ofrecerme sus baratijas. De nada sirvieron mis gestos de incomodidad y ruegos para que me dejaran continuar. No sabía cómo escapar y temí por mi vida. Afortunadamente, Ishaé apareció y con sólo una palabra suya el bullicio de los hombres cesó de inmediato durante unos instantes, lo que tardaron en comenzar a reírse de ella y a gritarle palabras cuyo significado desconocía pero que eran claramente una burla hacia la mujer que me había salvado. Enojado y agradecido a mi salvadora me enfrenté a ellos pero fui de inmediato detenido por ella. – Déjalo, no merece la pena. Nos dejaron ir sin atacarnos pero las burlas continuaron hasta que desaparecimos por un estrecho callejón. Cuando me sentí a salvo le pregunté por las causas de sus insultos pero tan sólo sonrió y siguió su camino en silencio por calles cuyo pavimento y paredes empobrecían a medida que avanzábamos. Si la inesperada reacción de los hombres del zoco me había sorprendido, también lo hizo la algarabía que produjo un grupo de niños que jugaban en una placita pequeña cuando la vieron llegar; gritaron y llamaron a más niños y niñas y entre todos la rodearon. Suplicaban con sus voces y sonrisas algo que no entendí pero que ella aceptó. Sonrió, se sentó en el suelo y pidió a los niños y a mí que hiciéramos lo mismo. Entonces comenzó a hablar y a gesticular con viveza algo que yo no entendía pero que embelesaba a los niños y los mantenía expectantes y callados. Cuando acabó chillaron, aplaudieron y la llenaron de besos y abrazos y terminaron por retirarse.

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–¿Qué les has contado? –pregunté. –Historias de héroes y esperanza. Salimos de la ciudad y regresamos al velero. Su nombre estaba pintado en la proa en color oro. –¿Qué significa? –Adelante, siempre adelante. –Me gusta –confesé. Y a ella le agradó mi aprobación. Subimos por la escala y nos sentamos en la cubierta. Ella miraba al norte y sonreía. Parecía feliz. –¿Por qué los niños te quieren tanto mientras los adultos te insultan? –me atreví a preguntar. –¿Has visto lo pobres que son? Me quieren porque les cuento hermosas aventuras que les hacen olvidarse momentáneamente de sus penurias. –¿Y los hombres del zoco, ¿Por qué se reían de ti? ¿No les gustan tus relatos? –No les gusta que una mujer tenga sueños. –¿Cuál es el tuyo? –Salir de aquí, viajar, vivir. –No es razón para reírse de ti. –¿Has oído hablar de Simbad?

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Asentí. –Le admiran y cuentan sus aventuras una y otra vez en las reuniones junto al fuego pero nadie me cree cuando digo que fui yo quien le animó a viajar; me acusan de mentir, de fantasear, de querer compararme con él, por eso me llaman la novia loca de Simbad y se burlan de mí cuando me ven. –¿No te importa? –No. Cuando sabes por qué haces las cosas, lo que digan los demás carece de importancia. –Pero construir un barco en el desierto es extraño –no quise decir absurdo. –No porque sea extraño ha de ser una locura. –¿Por qué te quieres ir de tu ciudad? Aquí te conocen, eres parte de ellos. –Soy una humilde criada y siempre lo seré salvo que me rebele contra mi destino. Lo poco que gano lo gasto en este barco para vivir la vida de aventuras que deseo vivir. –¿Y si tu sueño no se cumple? –¿Por qué no habría de suceder? ¿No me estoy preparando para que así ocurra? –me miró sorprendida, como si mis dudas estuvieran fuera de lugar –Piensas como ellos – lamentó. Los días pasaban con relativa monotonía, Ishaé salía temprano a servir mientras yo ponía en papel las historias que contaba a los niños. Por las tardes charlábamos.

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Preocupado por ella, seguía haciéndole preguntas acerca de su proyecto. –¿Qué hay de malo en ser sirvienta? Muchas mujeres lo son. –No hay nada malo, si es lo que quieres ser pero yo deseo aprender, conocer y nunca lo lograré si me quedo aquí. –Pero no tienes dinero. Tú misma dijiste que eres pobre. ¿Cómo vas a viajar? –Mi espíritu es mi joya más valiosa y es suficiente para dar la vuelta al mundo si así lo deseo. –¿No te da miedo el viaje? Eres mujer, lo más seguro es que fracases. –Me asusta más quedarme y preguntarme cada día qué habría pasado si hubiera tenido valor para zarpar. En cuanto al fracaso, ¿Qué es el fracaso? ¿Salir y no cumplirlo o ni siquiera haberlo intentado? Aunque no encontrara lo que busco daría por bueno mi viaje porque cada día habré disfrutado del camino, de la alegría que da la esperanza, de la ilusión que produce lo nuevo. Yo no puedo vivir repitiendo lo mismo cada día, sin esperanza de que un minuto sea distinto a otro En ocasiones me contagiaba su entusiasmo y le rogaba que me enseñara a navegar, a guiarme por las estrellas, a calcular distancias mientras narraba aventuras por cumplir que yo escuchaba embelesado. A veces se burlaba de mi sofisticada seguridad en lo que percibían mis sentidos y en la ignorancia que mostraba al dar por imposible lo que ella me contaba pero a mí no me importaba porque a su lado era feliz. En las semanas que llevaba con ella nunca le había visto un gesto de duda.

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–¿Nunca has pensado en abandonar? –¿Y dejar que mi vida sea tan aburrida como la de los demás? Jamás. La rendición supondría mi muerte. Cada día que coloco una nueva pieza, encargo un travesaño o instalo una maroma es un paso hacia delante que me hace feliz ese día; y gracias al barco estoy viviendo muchos días así; está mereciendo la pena ¿Cuántas ilusiones y días felices tienen los que de mí se ríen? A veces no hablábamos pero yo la observaba. Se dirigía a la proa y, junto al mascarón, permanecía horas impasible oteando el horizonte, como si navegara por el océano. La veía tan contenta, tan convencida de que algún día saldría de su ciudad que me apenaba su locura pero por temor a que mi silencio fuera culpable de su desilusión terminé por confesarle mis dudas de que un barco pudiera navegar por el desierto. –No te guíes sólo por la razón, lo que soñamos en nuestra imaginación también puede hacerse realidad. –Pero querer hacer los mismos viajes que Simbad… es peligroso. –No deseo repetirlos sino hacer mis propios viajes. Nadie debería seguir los pasos que alguien ya dio. Y mientras transcurrían estas conversaciones el tiempo pasaba y el barco se iba terminando pero tuvo que esperar seis meses más para ahorrar y pagar el mástil. Cuando le dijeron que estaba a punto de llegar, le anuncié que era hora de iniciar mi regreso, algo de verdad había pero el verdadero motivo era que no quería ver cómo aquella joven excepcional quedaba en ridículo ante sus vecinos. –Por favor, espera un poco más. Me haría ilusión que mi primer viaje fuera llevarte a casa.

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¿Cómo podía negarme a aquella súplica? Me quedé a su lado. Seis días después vinieron unos hombres a traer el mástil. Los vecinos lo sabían y se acercaron para contemplar su fracaso. –¿Es hoy cuando zarparás? –preguntaron entre risas. –Cuando llegue el momento. –¿Y cuándo llegará? ¿Esta semana, este mes, este año? –¿Estás esperando a Simbad, tu novio? No le vemos –reían. La muchedumbre permaneció con nosotros hasta que llegó la noche y también durante los días siguientes hasta que el hastío les hizo regresar a casa. Fueron días en los que sufrí por ella, sin embargo, pese a las humillaciones, repetía: Ten fe, pronto saldremos. Pasaron tres meses durante los cuales me sentí culpable por haberla dejado vivir una ilusión imposible de cumplir. Tenía que convencerla de la verdad, que su barco jamás navegaría. Se lo diría cuando regresara de la ciudad. Lo hizo mucho antes de lo habitual. Venía eufórica y me saludaba desde lejos con alegría. La seguían decenas de ciudadanos. –Nos vamos –me gritó cuando llegaba al barco. Miré a los acompañantes, se sentaron entre risas para celebrar su fracaso. –Quiero decirte algo –dije serio. No me dejó continuar. –Ahora no, vamos a zarpar en unos minutos.

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Los espectadores continuaron con sus burlas y yo con mi tristeza y todos la miramos atónitos cuando comenzó a soplar un fuerte viento que movió la arena como si fuera agua. –Prepárate para levar anclas e izar las velas. Voy al timón. Desplegué la del trinquete y nada sucedió, tampoco cuando solté la del palo mayor pero todos gritamos asombrados cuando al liberar la del palo de mesana las maderas crujieron y las maromas se tensaron hasta casi romperse. Como si realmente flotáramos sobre un mar embravecido, el velero comenzó a moverse ante los ojos atónitos de los vecinos y de los míos. Ishaé miró con orgullo contenido sabiéndose vencedora sobre la incredulidad de los hombres, sonrió victoriosa y levantó la mano para despedirse de los niños –Adiós amigos. No dudéis de vuestros sueños. Como si vieran normal lo que a los adultos parecía magia, levantaron los brazos para despedirla con alegría mientras nos alejábamos sobre las dunas. Mi temor a que el barco se detuviera a los pocos metros se desvaneció cuando les perdimos de vista y desaparecimos entre las crestas de las dunas. Pese a mis dudas llegamos al mar y atracamos en mi pueblo ocho meses después. En nuestro viaje hasta allí nos ocurrieron muchas de las aventuras que Ishaé había contado en sus historias; fuimos perseguidos por piratas, atravesamos tempestades, vimos sirenas, salvamos esclavos, comimos con reyes y peleamos contra dragones. No mentiré si confieso que aquellas aventuras y desventuras me llegaron a unir profundamente a mi compañera y por ello la invité a que se quedara a mi lado cuando desembarcamos. –Eres un gran amigo pero no quiero detenerme, en cuanto lo haga llegará la comodidad y con ella la pereza. Y si hay

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pereza no hay deseo de aventuras y sin ilusión aparece la monotonía que tan poco me gusta. –Adiós, mi capitana –dije con tristeza al escuchar su rechazo –Espero que algún día nuestros caminos se junten de nuevo. – Adiós, marinero. Sé que a pesar de haber llegado hasta aquí sigues pensando que estoy loca. Prueba un poco de locura, la vida es más feliz si añades una pizca. Le hice caso y ahora construyo un barco a pesar de que mis vecinos se burlan de mí y me llaman loco. No me importa, sé que al final extenderé mis velas y navegaré por los hielos hasta cruzar el polo. Tal vez al otro lado esté Ishaé.

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En la Ciudad de los Reyes Eric D. Haym Fielitz Hace quizás un minuto o dos que contemplo esta copa de Pisco Sour, que el mozo del bar del Hotel Bolívar ha dejado frente a mí. El lugar está en silencio, pocos pasajeros o visitantes han bajado a esta hora de la tarde. Solo una pareja de veteranos, sentados junto a un vitral antiguo, hablan con acento del norte y miran con embeleso lo que les rodea a la espera del mozo que les atienda. Me acompañan las maderas oscuras del local, lustradas a conciencia y embellecidas por el paso del tiempo, la media luz que invita a la degustación y a las confidencias, la elegancia y el donaire que en este lugar se mantiene como en una cápsula del tiempo. Vine caminando. Hice un paseo por la Av. Nicolás de Piérola hasta la plaza San Martín y no pude resistir la tentación de entrar a este majestuoso edificio y recordar que la única vez que lo había hecho antes fue en compañía de mi padre. Recuerdo que también, hace de eso varios miles de años, nos tomamos un Pisco Sour. Luego de todo este tiempo, la memoria de otra vida pasada se agolpa y sin pedir permiso me ha tomado por asalto. El viaje desde mi tierra – soy uruguayo casi por casualidad y vivo en Montevideo – ha sido corto. Solo nos separan cinco horas de vuelo. Antes, cuando mi familia se desplazaba de país en país como gitanos, las esperas en los aeropuertos eran interminables, los trámites aduaneros largos y engorrosos y la sola idea de viajar era una mezcla extraña de aventura e insoportable tedio. Por suerte, algunas cosas han cambiado para bien. Lima, capital de la República del Perú, me recibió tal y como la guardaba en el recuerdo, con el mar Pacífico plomizo y agazapado, el cielo gris como panza de burro, una humedad maliciosa que moja la calle y la ropa y se cuela hasta los huesos, una capa de nubes eternas que cubre con obstinación

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el cielo limeño sin que se decida nunca a llover. Durante el vuelo, desde que dejó atrás las cumbres andinas y comenzó a bordear la costa desde el sur, casi de inmediato el avión se vio envuelto en una inmensa nube que le acompañó hasta el destino. Cuando por fin comenzó a descender y cruzó esa gruesa alfombra gris suspendida en el aire, aparecieron majestuosos los cerros pelados que se precipitan sobre el mar y en medio de ellos la Ciudad de los Reyes, antigua capital del Virreinato del Perú. Lo primero que se ve y se reconoce desde el aire es el cerro San Cristóbal, con su cruz en lo alto y las casas humildes que trepan por su falda. Luego se perfila la costa y el puerto del Callao, absorbido ya por la ciudad. Y directo al aeropuerto Jorge Chávez. En ese momento, al tocar tierra, es cuando mi estómago comenzó a hormiguear como nunca. ¡Es que estoy de nuevo en Lima! La misma ciudad que me permitió recorrerla y conocer algunas de sus maravillas y encantos cuando era un adolescente, la que guarda recuerdos de rostros amigos, de compinches, olores y sabores de comidas que nunca he vuelto a degustar, de lugares que asocio a personas que quiero y que ya no están. Al salir del aeropuerto – moderno y bullicioso – en un taxi, la capital peruana me recibió con un sacudón extraño y violento, como para deshacerse de la modorra del viaje. Cuesta mucho avanzar en el tráfico que circunda al aeropuerto para adentrarse en el Callao. El tránsito en este lugar es infernal, no solo por la cantidad de autos que circulan, sino por los propios peruanos que no siguen una regla general de tráfico sino muchas, y las aplican todas al mismo tiempo. ¿Caótico? Para quien viene de un pueblo algo adormecido como Montevideo, puede parecer que sí. Pero es todo un espectáculo, para el recién llegado, ser testigo de maniobras imposibles, de cabriolas y pasajes por lugares donde no hay espacio para nada, en atascamientos de cuadras enteras donde avanzar unos pocos metros se convierte en un milagro.

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Luego de doblar hacia el sur por la Av. Faucett y cruzar el Callao tomando por calles cuyas casas se adivinan detrás de muros altos y limpios, llegamos por fin a la Av. Costanera, y el panorama cambió. En el fondo del barranco hay un circuito largo de playas angostas que bordea la costa limeña. El mar aparece infinito, con la calma plomiza y engañosa de siempre, y la neblina que comienza a disiparse a esa hora de la mañana – todavía no son las 10. Y al fondo, como un centinela eterno, se recorta la silueta inconfundible del Morro Solar, vigilando la ciudad como en un sueño. Una postal de Lima que no ha cambiado. ¿Qué me ha traído de vuelta al Perú? Esa es una pregunta que me he hecho desde hace tiempo, mucho antes incluso de regresar. Utopías de la historia personal, ese currículum extraño que hasta mis 16 años me tuvo dando vueltas como maleta de loco de un lado para otro, siguiendo el itinerario del trabajo de mi padre, un hotelero de los de antes, de los que gustaban de la excelencia, de los detalles que hacen la diferencia, de la elegancia sin aspavientos y de la puntualidad, amigo de coleccionar menús de restaurantes y posavasos. A Lima llegó con su familia – mi madre, mi hermana, mi abuela y yo -, a finales de 1978, contratado para dirigir el Miraflores Cesar´s Hotel, una pequeña joya de la arquitectura moderna, que entonces ya se había convertido en emblema de buen servicio y atención hotelera. Esos fueron tiempos de fermento, cuando el adolescente que alguna vez fui abrió los ojos al mundo y comenzó a darse cuenta de las cosas que sucedían a su alrededor, aquellas cosas que marcarían mi vida y que serían parte inequívoca de mi destino. Y por obra de la memoria, el resto de mi vida he asociado ese momento al lugar donde todo eso sucedió. A mí me tocó vivirlo en Perú. Mis primeras raíces verdaderas están enterradas en esa tierra. Las correrías por la ciudad con amigos entrañables, las primeras lecturas importantes sobre política, literatura e historia, las primeras chicas que amé en

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silencio como el terrible adolescente tímido que entonces era y que sigue viviendo dentro de mí. Con los años, algunas cosas quedaron guardadas y de vez en cuando surgían desde algún rincón de la memoria, como el habla del peruano con su dulce cadencia y el uso diario de palabras arcaicas. El paso de los años logró que viera al Perú con otra perspectiva. Los avatares de la política y de la violencia extrema como expresión de lucha, puso al país muchas veces en los primeros titulares de los noticieros. Dolió mucho ver, a la distancia, la desintegración y el caos, el desmembrarse de una sociedad que no lograba recuperar una paz republicana que se le hacía esquiva. Sin embargo, se pudo. Y las rutinas de la democracia representativa, que a veces puede ser aburrida y hasta tediosa, le ha dado a la sociedad peruana estabilidad y paz, la suficiente para que su gente se dedique a vivir, a crecer, a luchar con ahínco por su libertad y a deslumbrar al mundo con las maravillas que el país ofrece a propios y ajenos. Yo, que soy un poco de lo uno y mucho de lo otro, lo atestiguo. Cuando se piensa en Perú, lo primero que viene a la mente, junto a la melodía de “El Cóndor Pasa”, es el Cuzco y Machu Picchu, joyas maravillosas enclavadas en los Andes. La imagen del perfil del Anciano al otro lado de las ruinas, en plena ceja de selva, que el explorador norteamericano Hiram Bingham redescubriera a principios del s. XX – aunque hoy la polémica atribuye ese logro al cuzqueño Agustín Lizárraga -, es quizás la imagen que más tenemos grabada de lo que significa Perú: un viaje en el tiempo, una aventura sin igual, la historia de los Incas y de la colonización española, la capital Cuzco, el ombligo del mundo, el lugar donde confluyen todos los caminos, convertida en sede del conquistador constructor de iglesias sobre los templos al Sol Inti. Más ajenos al ojo del turista están Chavín de Huantar, Caral y el Señor de Sipán.

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Y Nazca, esa pampa desértica al sur del Perú, surcada por extraños y hermosos dibujos antropomórficos, que me ha fascinado desde siempre. Inmensos dibujos de animales, líneas rectas y curvas en aparente desorden, otras más anchas que recuerdan pistas de aterrizajes modernas, son elementos que avivan la imaginación e invitan a la polémica. Desde los estudios de científicos y antropólogos como Julio Tello y María Reiche hasta los actuales y polémicos Von Däniken y los Teóricos de los Antiguos Astronautas, todos parecen coincidir en un punto interesante: los dibujos están destinados a ser vistos desde el aire. ¿Qué son? ¿Para qué sirvieron? Ya escribiré sobre eso. Algún día. Hoy, junto a este Pisco Sour que ya se acaba y deja paso al siguiente, me ocuparé de un recorrido corto por el centro de esta capital. Este pequeño recorrido lo comienzo en la Plaza de Armas, el punto cero de este país. Sólo un comentario previo para remarcar algo que ya dije. El tránsito en la antigua Ciudad de los Reyes es complicado. He tomado un taxi desde Miraflores hasta el Centro y en no menos de cinco oportunidades hemos estado a punto de chocar con otros autos. O así lo he creído al principio, pero luego de comentarlo con el chofer y ver su sonrisa socarrona, me he dado cuenta de que esa es la forma que tienen los limeños de manejar, haciendo finitos imposibles, respetando normas de tránsito extrañas y peligrosas, sin una queja, sin perder la calma. El taxi, pues, me dejó en la Plaza de Armas. Esta mantiene el bullicio de siempre, gente que va y viene de sus trabajos, vendedores ambulantes, comercios bajo las arcadas, turistas sacando fotos y mirando con asombro los balcones del Arzobispado, la hermosa fuente central o escuchando las historias que los guías les van contando. Es que ese lugar, en algún tiempo y quizás todavía hoy, ha sido el corazón de la ciudad. Donde hoy se levanta el Palacio de Gobierno, hace unos 500 años Francisco Pizarro construyó su morada. Quizás el viejo conquistador español hoy no reconociera el lugar ni

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se identificara con la Banda de Músicos del Ejercito que cada mediodía ameniza con muy buen sentido del ritmo a los paseantes que quedan frente a las rejas esperando el cambio de guardia, un espectáculo especial. La Banda se ha despedido entonando “La flor de la canela”. Más de uno, y me incluyo, balbuceó alguna estrofa tirada al aire. Varios edificios muy antiguos se agolpan en esta plaza. Comienzo por la Catedral de Lima, una imponente construcción erigida en el terreno que Pizarro designara para la iglesia mayor de la ciudad. En su tiempo era solo una pequeña capilla. Pero los arzobispos de los siglos siguientes fueron construyendo una iglesia mayor, un edificio que impone su presencia en la Plaza de Armas. Es un compendio de diferentes estilos y escuelas arquitectónicas, desde el barroco al neoclásico. En su interior, las capillas a los costados de la nave mayor son impresionantes. Hechas en madera labrada con estilos recargados propios de esa época, consagradas a santos, vírgenes y dioses que son todos uno y el mismo. El oro, la plata y el boato de una institución que representaba el poder terrenal, aquí se hace materia como pocas veces se ha concebido. A los fondos, el museo de arte religioso expone maravillas y curiosidades, como las sandalias y un sombrero del Papa Roncalli y vestimentas del Papa Woijtyla. Vale la pena visitar esta magnífica colección. Una nota curiosa: bajo el altar mayor hay una cripta donde están sepultados arzobispos y cardenales. Y en una vidriera, muy ordenados, huesos y calaveras de los ilustres difuntos. Despojados del boato, del oro y del poder, son iguales a todos. Don Francisco Pizarro, un tipo corajudo que conquistó el reino de los Incas a sangre y fuego, tuvo una vida singular y

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aventurera. Muchos le veneran, otros tantos le repudian. Quizás en otro momento me detenga a considerar más en detalle su vida. Hoy me interesa su muerte: luego de un almuerzo frugal, su casa – donde hoy está el Palacio de Gobierno – fue atacada por sus enemigos y el hombre pereció peleando espada en mano, tal y como vivió. Sus restos fueron enterrados en la Catedral de Lima. Desde 1891, donde se encontraba el antiguo baptisterio se acondicionó para poner en una vidriera el cuerpo del fundador de Lima. Sin embargo, en 1977 encontraron en las catacumbas del lugar una caja pequeña que contenía huesos y un cráneo, con una inscripción en la tapa que indicaba que esos eran los restos de don Francisco Pizarro. Posteriores análisis confirmaron que ese nuevo esqueleto es el verdadero, con las heridas recibidas en vida y en especial las que le provocaron la muerte. Hoy sus restos están en esa capilla, entrando a la Catedral justo a la derecha. La pregunta que se impone es bien interesante: ¿a quién veneraron los limeños durante tantos años como si fuera Pizarro? El Palacio Arzobispal de Lima, el siguiente edificio, es hoy un museo. Emplazado en el terreno contiguo a la Catedral, la antigua Casa del Cura se convirtió, con el paso del tiempo y el aumento de jerarquía y riqueza de sus ocupantes, en un verdadero palacio, desde donde se ordenaba la política evangelizadora para el sur de América, política no enfocada tanto al aspecto espiritual sino al del poder terrenal. Quizás en esto solo han cambiado las formas. El museo guarda no solo joyas del arte colonial sino muebles de uso diario y salones que hoy en día siguen afectados a actividades oficiales del Arzobispado de Lima.

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Por el Jirón Ancash, al final de un callejón que corre junto al Palacio de Gobierno, se levanta la antigua estación de trenes de Desamparados, hoy convertida en un centro cultural, “Casa de la Literatura Peruana”. En la esquina de enfrente está el Bar Cordano, un recinto con más de 90 años entre pecho y espalda, quizás 100, que mantiene el mismo mostrador de madera y las mismas mesas de mármol. Viejas fotos de algunas luminarias del cine y de toreros como Manolete o Dominguín cuelgan de las paredes y el mozo, serio y de pocas palabras, parece haber estado ahí desde el principio. Este mediodía hay poca gente en el bar. Pero destacan tres personajes sentados a una mesa junto a la puerta. Trajes oscuros, corbatas claras con nudos exageradamente grandes, camisas varios talles más pequeños de las que les corresponderían, miradas de ave de rapiña y sonrisas de cocodrilos. Apostaría mi alma inmortal a que son abogados. Al salir del Cordano, luego de tomar un café bien cargado, miré al cielo de un eterno tono gris. Una niebla, como si fuera una gruesa alfombra suspendida a baja altura, cubre la ciudad un día sí y el otro también. Es como si el Gran Pintor del Universo se hubiera quedado sin colores en la paleta y el cielo permanezca inconcluso ad aeternum. Pero Lima no es gris. Muchas ciudades distintas conviven en este lugar, mezcladas y superpuestas. Y los limeños, para la envidia de este montevideano, han decidido mantener la ciudad limpia y decorosa. Pero al alzar la vista, he recordado a Julio Ramón Ribeiro, uno de los más imponentes escritores que esta tierra ha dado. Alto, flaco, fumador empedernido, dueño de una imaginación prodigiosa y de una elegancia al narrar que atrapa desde las primeras líneas, sus cuentos “La caza sutil” y “Los gallinazos sin plumas” son algunos de mis preferidos. Y le recordé en especial porque sobre los edificios y las casas sobrevuelan esos gallinazos, unas aves horrendas de buen porte, negras

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como la noche, que se pasean por los cielos limeños desde tiempos sin memoria. En el callejón que conduce al Convento de San Francisco – uno de esos lugares que no pueden dejar de ser visitados -, en esa primera cuadra del Jirón Ancash, descubrí a un músico callejero, un anciano más viejo que el mundo, que le estaba sacando a un violín tan destartalado como su dueño, una melodía que creí reconocer como una fuga de Bach. Se salteó un par de notas, pero el hombre sabía lo que hacía. A pesar de los miles de pliegues de sus arrugas, se podía leer en su cara que disfrutaba tocando. La miseria tiene, a veces, un costado iluminado. Una visita al Convento de San Francisco es como un viaje en el tiempo. Convertida buena parte de su edificación en un museo, congrega una de las más interesantes colecciones de arte religioso que se pueden visitar, además de patios y jardines interiores de una belleza poco igualada. Los actuales padres franciscanos viven todavía ahí, aunque en edificaciones interiores apartadas del público que visita el convento. Salones de recepciones, atrios, un salón comedor adornado con pinturas antiguas de santos y mártires de la cristiandad, olores reales que se cuelan desde las cocinas donde están preparando el almuerzo, susurros de rezos suspendidos en el aire antiguo y fantasmas que pasan a nuestro lado casi sin ser notados. Quedé con ganas de visitar la Biblioteca con sus 25.000 volúmenes, pergaminos antiguos, incunables y tesoros de las primeras imprentas del Nuevo Mundo. Pero quizás el recorrido más sobrecogedor sea el de las catacumbas, que hasta 1820 funcionaron como cementerio y hoy son un recordatorio de aquella célebre frase: “Tú eres lo que yo fui; yo soy lo que tú serás.” A pocas cuadras de ahí, del otro lado del río Rímac, el mítico río que habla, vale la pena visitar La Alameda de los

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Descalzos, un amplio y hermoso jardín donde, siguiendo la tradición oral limeña, se realizaban encuentros de amantes secretos, donde las damas de la sociedad, siempre acompañadas de una chaperona, se cruzaban con sus galanes sin apenas rozarse o cruzar una mirada furtiva. No cuesta mucho imaginar al Virrey Amat suspirando de amor por Micaela Villegas, conocida como La Perricholi, una de las más célebres historias de amor de esta ciudad. Al fondo, como un fantasma en medio de la niebla, el San Cristóbal vigila la ciudad de eterno cielo gris y los gallinazos sobrevuelan los campanarios de las iglesias, igual que en los cuentos de Vargas Llosa y de Ribeiro. Un casco antiguo poblado de gente con miradas milenarias, pieles cetrinas y cabellos imposiblemente negros. A veces te cruzas con unos ojos de los cuales te puedes enamorar sin remedio. Volviendo por el Jirón de la Unión, luego de cruzar el Puente de Piedra, de nuevo en la Plaza de Armas y al costado del Palacio está el Municipio de Lima, un hermoso edificio reconstruido varias veces en estos siglos. En algún lugar frente al mismo, don José de San Martín mandó erigir un tablado desde donde, con marcial seriedad, proclamó la independencia del Perú, ante la mirada atónita de los limeños que seguían siendo realistas y la indiferencia del resto del país, que no eran nada en especial. Muchas cosas permanecen incambiadas a pesar del paso del tiempo. Caminando por este Jirón de la Unión no puedo dejar de pensar que el Pisco Sour, ese emblemático trago peruano, nació en el Bar Morris, a pocos pasos de donde estoy. Esta calle, hoy peatonal, es uno de esos lugares emblemáticos del bullicio limeño: gente que va y viene, tiendas que venden de todo y de todas las calidades, vendedores ambulantes, pregoneros de tatuajes y comidas rápidas. Por aquí, también, queda la casa donde vivió su vejez y donde falleció don Bernardo O’Higgins, héroe patrio de Chile.

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He llegado, pues, a la Plaza San Martín. En mis recuerdos de adolescente, este lugar no era muy agradable, siempre sucio y con olor a orines rancios. Sin embargo, la sorpresa ha sido enorme: hoy luce espléndida, segura, ordenada, limpia y bien iluminada, con su monumento en homenaje a un San Martín que cruza los Andes, sus faroles y sus cuatro fuentes de agua. La circundan edificios emblemáticos de esa Lima antigua y señorial, como el Teatro Colón, el Club Nacional, los Portales de Zela y Pumacahua y el Hotel Bolívar, donde escribo estas líneas desordenadas luego de haber almorzado un lomito saltado en un pequeño restaurante a dos cuadras de aquí. Una nota curiosa: este hotel fue construido a principios del Siglo XX, en ocasión del centenario de la Batalla de Ayacucho, que selló la suerte de la revolución en América. El hotel iba a llamarse así, Hotel Ayacucho. Pero alguien, muy cerca ya de su inauguración, se dio cuenta que “ayacucho” es una palabra quechua que quiere decir “el rincón de los muertos”, por lo que con buen tino decidieron cambiarle el nombre y enfrentar el monumento a San Martín con un hotel de Bolívar. Los viejos libertadores, que en vida no se entendieron mucho, conviven hoy separados por una pequeña calle. Me quedan muchas cosas en el tintero, rincones de esta ciudad que no pueden ser abarcados en estas pocas líneas. Mis pasos me llevarán estos días al puerto del Callao, a los parques y jardines de Miraflores, a recorrer las románticas callejuelas de Barranco, a caminar por la costanera de Chorrillos junto al Morro, a visitar lugares arqueológicos en plena ciudad, como la Huaca Pucllana o el Santuario de Pachacamac, al costado del río Lurín, y a degustar la comida de este país, donde es imposible hacer dieta. Hoy solo he hecho un pequeño recorrido por el antiguo corazón de Lima. Me ha traído hasta aquí la nostalgia del tiempo pasado, esa complicidad que siento siempre que leo a Bryce Echenique, a Arguedas, a Ribeiro y a Vargas Llosa, cuando leo en la prensa deportiva las victorias y derrotas del Alianza Lima, o escucho la voz inconfundible de Chabuca.

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La última vez que estuve con mis patas limeños, les dije que volvería al año siguiente. Tardé treinta y cuatro. Toda una vida para volver a sacudir esa raíz perdida en algún lugar del Perú. Lima, fines de agosto de 2015

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Desde un autobús… Jesús Curros Neira Desde un autobús, 3 de julio de 2003. Querido Pablo: Me resulta muy difícil explicarte lo que me ha ocurrido, creo que ni yo misma lo entiendo muy bien. Te estoy escribiendo mientras viajo en un autobús. Anoche me despedí de ti como siempre, con un beso y un “hasta mañana”, y ya en ese momento sabía que hoy no te iba a ver. He tardado casi dos horas en comenzar a escribir esta carta porque estoy segura de que si te confieso todo, absolutamente todo, no me comprenderás y no te culpo. Perdóname por lo que te voy a decir pero no quiero mentirte: esta huida — voy a llamarla así, creo sinceramente que es lo más acertado — no ha sido fruto de ningún arrebato. No, lo cierto es que llevo planeándola desde hace meses y, sin embargo, esto no significa que no te quiera de igual modo, o incluso más, que al comienzo de nuestra relación. De hecho, ahora mismo — sí, en este preciso instante —, mientras intento escribir esta carta como buenamente puedo, con un papel apoyado en la carpeta que tengo sobre las rodillas, no puedo dejar de pensar en ti y tengo que hacer esfuerzos para no echarme a llorar. No sé cuándo volveré a verte porque no sé cuándo regresaré a Oviedo. Todo me resulta confuso, ayer mismo estaba en un aula de la facultad haciendo el examen de Arte Medieval; al salir busqué con ansiedad los apuntes para comprobar que no me había olvidado de nada importante, ésa era entonces mi única preocupación; luego te vi, y no puedes imaginar la alegría que sentí cuando me dijiste que habías pedido el día libre para pasarlo conmigo. Pero todo eso ocurrió ayer; ahora me parece que fue hace fue un siglo. Estoy sola en un autobús viajando lejos de ti y no sé por qué lo hago. No es culpa tuya, ni de mis padres. No es culpa de nadie, es sólo que lo necesitaba…

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Te envío desde aquí el beso más tierno y sincero que te he dado nunca. Perdóname, Pablo y trata de comprenderme. Isabel. *

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Desde un autobús, 4 de julio de 2003. Querido Pablo: No me he atrevido a encender hoy mi teléfono móvil. Sé que tendré mensajes tuyos y todavía no estoy preparada para hablar contigo. Prefiero escribirte una carta aun sabiendo que todavía no has recibido la que te envié ayer. He pasado la noche en un hotel de carretera. Me acosté tarde, no podía dejar de dar vueltas por la habitación mientras pensaba en ti y en lo que estoy haciendo. ¿Cómo es posible que pueda querer a alguien con una intensidad que llega a resultar dolorosa y, al mismo tiempo, que necesite tanto alejarme de ti? ¿O no eres tú la razón de esta huida? Cuanto más pienso en ello, menos lo entiendo. A duras penas pude dormir unas horas, y esta mañana, mientras me vestía, llegué a olvidarme del lugar en el que me encontraba. Me duché como siempre. Elegí la ropa y me arreglé como cada día. Desayuné un plato de cereales y un zumo igual que todas las otras mañanas, pero esta vez todo era diferente, todo era más triste porque, finalmente, recordé qué es lo que estoy haciendo y adónde me dirijo y comprendí que hoy no te veré. En este momento no dejo de pensar que cada minuto que pasa estoy más lejos de ti. Ahora son las dos de la tarde y estarás saliendo del trabajo. Luego cruzarás la calle Uría y te irás a casa por el campo San Francisco. Sé que tampoco hoy me harás caso y no tratarás de tomar el sol, aunque sólo sea durante unos pocos minutos. Estás muy pálido, cariño, pero

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te da igual. Ya ves que ni yo misma me tomo en serio y te hablo de la palidez de tu cara como si hoy fuera un día más, un día de verano como cualquier otro… Te echo mucho de menos, aunque esto resulte difícil de creer. Isabel. *

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Desde un autobús, 6 de julio de 2003. Querido Pablo: No me has hecho nada, no tengo nada que perdonarte, deja de culparte. Yo soy la única responsable de mi marcha, preferiría que te enfadases conmigo y que me insultases antes que escuchar cómo lloras por el teléfono mientras te acusas injustamente de ofensas que jamás me has hecho. Tampoco es verdad que te abandone sin darte una oportunidad para explicarte, en realidad no te he abandonado puesto que ya ves que no he dejado en ningún momento de pensar en ti y de escribirte. Verás, cariño, después de darle muchas vueltas a todo esto he comprendido que, en el fondo, lo que yo necesitaba es tomarme un tiempo para mí, unos días, quizá algunas semanas para pensar con tranquilidad acerca de lo que realmente deseo. Creo que nunca me he parado a reflexionar seriamente si de verdad estaba satisfecha con mi vida actual y con la que me espera si todo sigue igual. Eres la persona más especial que he conocido y jamás dejaré de quererte, pero necesito que tengas paciencia conmigo, sólo eso, un poquito de paciencia. Sé que esto no es pedirte mucho, ¿verdad, mi amor? ¡Cómo desearía poder estrecharte entre mis brazos ahora mismo, aunque se escandalizase la señora que está sentada a mi lado! Recibe ese beso diario, que no te ha de faltar nunca.

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Isabel. *

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Desde una estación de autobuses, 8 de julio de 2003 Querido Pablo: ¡Cómo me acordé ayer de ti! Es cierto que siempre te llevo conmigo en todo momento aunque no esté pensando en ti. Tú estás presente en todos mis recuerdos. A veces, durante esas larguísimas horas que paso viendo paisajes siempre iguales al otro lado de mi ventanilla, mis ojos dejan de percibir lo que tienen delante y vuelvo a ver las calles de Oviedo. Los campos llanos y monótonos por los que viajo se convierten en la calle San Francisco y me veo dándote un beso bajo la lluvia en el claustro de la Universidad; o vuelvo a pasear por los soportales del Fontán mirándote de reojo mientras me hablas de esa historia que siempre has soñado rodar en esa plaza; y de pronto dejo de estar recostada en el asiento de un autobús para volver a respirar el aire frío que viene del Naranco las tardes de invierno, cuando te espero en mi banco del Milán… porque ese banco es mío, ya lo considero de mi propiedad, ¡después de las horas que he pasado sentada allí tendrían que haberle puesto mi nombre! Sí, Pablo, no te miento, nunca dejas de estar a mi lado, pero ayer deseé con todo mi corazón que esa presencia tuya fuera algo más que un recuerdo muy querido, porque ayer estuve en… bueno, no importa el nombre de la ciudad, lo que quiero decirte desde que he comenzado a escribir esta carta es que estuve en un auténtico rodaje. Y me dio pena que tú no lo vieses conmigo, ¡habrías disfrutado tanto! Ahora revivo esos momentos como si fueran parte de un sueño, imagínate: un río, un puente muy elegante de piedra con balaustradas talladas, un palacio que servía de fondo a toda la escena y dos personas, un hombre y una mujer, vestidos con ropas de los años 40, abrazados sobre el puente en medio de la noche. Una farola de hierro forjado con cuatro brazos iluminaba a la pareja

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mientras caía sobre ellos una suave nevada. Los copos de nieve brillaban en la noche y parecía que iban a teñir de blanco la fachada del palacio, el puente y el río. Casi llegué a olvidar que sólo era una película y que estamos en verano, no en diciembre de 1941. ¡Ojalá que algún día tú también puedas dirigir una escena así, Pablo! Te he visto trabajar con tu cámara y me he dado cuenta de lo mucho que disfrutas. ¿Te acuerdas de aquella película que hiciste hace ocho años, la de Superman? Fue muy divertido aunque sé que para ti aquello no tuvo ninguna importancia, no sabes valorar lo que haces. Recuerdo aquella mañana en la que filmamos al protagonista, vestido con su traje azul y su capa, paseando como si tal cosa por la calle Jovellanos. Tengo que reconocer que ese momento fue menos mágico que el que viví anoche pero, sin ninguna duda, fue muchísimo más excitante. Cuando haces una película con cuatro pesetas te pasan esas cosas, por ejemplo que no haya un lugar adecuado para que se cambien los actores, ¡y tuvimos que entrar cinco personas y el chico que hacía de Superman en el ascensor de un edificio para que se vistiera ahí, mientras subíamos al octavo y volvíamos a bajar! De repente el ascensor se detiene en el tercer piso, la puerta se abre y, en medio del pánico general, dos señoras mayores se encuentran a un chaval en calzoncillos, rodeado por otros cinco, con un disfraz de superhéroe en las manos. Yo no sé quién gritó más fuerte, si ellas o nosotros. Y más tarde, en la calle, el recochineo fue general cuando nuestro protagonista entra en al pastelería Camilo de Blas y se pone a comer, disfrazado de aquella guisa, un carbayón… Nunca he entendido por qué lo dejaste, Pablo, tú disfrutabas con el cine, tenías sueños y por algo hay que empezar. Te quejas de lo monótono que es tu trabajo, siempre encerrado en un despacho, haciendo día tras día las mismas cosas, sin creatividad, sin que puedas aportar realmente nada de ti mismo. La Administración es una fábrica aburrida y mediocre de papeles o, al menos, eso es lo que me dices cada vez que te quieres quejar de tu trabajo, pero parece que lo has aceptado y que ya no esperas otra cosa de la vida. Deberías darte otra oportunidad, Pablo. Y puedes

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llamarme soñadora e infantil si quieres, pero yo deseo algo más que un futuro monótono y mediocre. No sé si debería guardarme esta carta. La vas a tomar como un reproche y nunca he tenido la intención de criticarte. Es sólo que creo sinceramente que tú mereces más, mucho más… Te quiero corazón. Isabel. *

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Desde un autobús, 13 de julio de 2003. Querido Pablo: Estaba segura de que no tenía que haberte enviado esa última carta, te has enfadado y, lo que es más doloroso para mí, crees que te he llamado cobarde y mediocre. Perdóname si te he ofendido, nunca he tenido semejante intención. Tampoco es verdad que esté huyendo de ti y de la vida que me ofreces. Ya te he dicho que ni yo misma me comprendo… Mira, para que veas que no estoy decepcionada ni molesta contigo, voy a proponerte un juego: iré describiéndote todo lo que veo en mi viaje para darte pistas, ¡de ese modo tú mismo podrás encontrarme… si todavía lo deseas, claro! A ver, a ver qué te diré para empezar nuestro juego de detectives… ¡ya sé! Estoy en un lugar acerca del que me has oído hablar en muchas ocasiones. Mi sueño siempre ha sido venir aquí, ver estas piedras que, probablemente, no le dirán nada a la mayoría de la gente; para muchos turistas sólo serán eso: piedras tiradas en el suelo. Pero a mí me producen nostalgia de otros tiempos, me hacen viajar con la mente a otro mundo. Yo no veo ruinas, para mí estos edificios todavía están ahí, con toda su belleza y su esplendor. Ahora mismo mi autobús pasa a toda velocidad junto a un muro formado

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por rocas enormes sin labrar, muy toscas. Es una ciudad muy antigua, ni siquiera sabía que existía. Es increíble estar viéndola ahí, en pie, tan entera, cuando hace tan sólo una semana este lugar no era para mí más que un mito. ¡Qué pena que el autocar no se detenga aquí! Este paisaje es muy extraño para una persona que, como yo, viene de una tierra verde y lluviosa. Desde mi ventanilla veo una montaña de piedra, la tierra es muy llana a su alrededor. Todo es de color marrón, incluso las pocas plantas que salpican el paisaje son de un verde parduzco, no sé si me gusta. El cielo, en cambio, es claro y limpio. La luz no está matizada por nieblas, ni las nubes hacen palidecer el azul intenso de esta mañana de verano. Hace calor, mucho calor, es sofocante, y hasta parece que los olivos que bordean ahora la carretera están retorciéndose por el tormento de este sol de fuego que domina el horizonte… pronto llegaremos al mar. Estoy alojada en un hostal muy cerca de la costa. Es una casa pequeña, familiar, como aquélla a la que me llevaste en Llanes la primera vez que pasamos una noche juntos, pero ésta en cambio se encuentra en medio de una ciudad enorme y, a pesar de eso, parece una casita de turismo rural, con las paredes encaladas y una parra en el jardín. En las sombras del atardecer me gusta sentarme bajo los racimos y mirar las ruinas del templo que, desde una colina próxima, domina con toda su solemnidad el valle por el que se extiende esta ciudad. Vayas a donde vayas las columnas del templo están siempre ahí, las ves desde todos los rincones, brillando con el sol del mediodía o adquiriendo una tonalidad dorada con la luz del crepúsculo. No sé cuánto tiempo estaré aquí, aunque no creo que me encuentres si algún día te decides a venir. Te dejo cariño… pero no para siempre, ¡no te asustes! Es una despedida sólo hasta mañana. Ahora estoy viendo, por fin, la costa recortada y llena de islotes rocosos. Desde este lugar tan evocador te mando mi beso. Un beso desde el mar. Isabel.

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Desde un autobús, 20 de julio de 2003. Querido Pablo: Como ves no te guardo rencor y sigo comenzando mis cartas con ese encabezamiento, pero me has hecho mucho daño. ¡No te puedes imaginar cuánto dolor me has causado! Siento mucho que no te gustase mi juego, siento mucho que pienses que sólo me burlaba de ti cuando te hablé del lugar en el que estoy (o, más bien, en el que me encontraba la semana pasada) sin decirte su nombre. Te consideraba una persona más imaginativa, alguien capaz de seguirme… pensaba sinceramente que, bajo tu aspecto gris de burócrata, te quedaría algo de ese espíritu de aventura que tanto me atrajo de ti cuando te conocí hace una eternidad. Ya veo que me equivoqué ¡y no sabes cuánto lo lamento! Dos filas más adelante viaja un chico muy parecido a ti. También él tiene el cabello negro y ensortijado. Los rizos que le caen sobre la frente forman unos caracoles muy graciosos, como ésos que tenías cuando eras más joven, antes de que te cortaras el pelo como si fueras un viejo. Es más moreno que tú pero sus ojos miran con la misma intensidad, con tu misma picardía… sí, lo sé porque se ha fijado en mí. Desde hace un buen rato no deja de volver la cabeza y mirarme con descaro. Se comporta con la seguridad altanera del que sabe que es guapo, igual que tú cuando te conocí… hace de eso ya toda una eternidad, ¿verdad Pablo? Isabel. *

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Desde un autobús, a 29 de julio de 2003.

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Querido Pablo: Gracias por mandarme tu mensaje al teléfono contestando a mi última carta, aunque hayas necesitado casi una semana para hacerlo. No, no tienes razón cuando me recriminas que te hable de mis ligues. No te he hablado de ningún ligue, Pablo, sólo hice un comentario inocente (bueno, puede que no fuera tan inocente) acerca de un pasajero que me recordaba mucho a ti. No hablamos, no se dirigió a mí en ningún momento. Y tampoco habría tenido ninguna importancia si lo hubiera hecho: no le habría entendido ni una palabra porque yo no hablo turco. Además ¿por quién me tomas, cariño? Sólo pretendía que te dieras cuenta de lo mucho que pienso en ti y que me creyeras cuando digo que todo cuanto veo a mi alrededor, aquí, tan lejos de Oviedo, me recuerda a ti. Fíjate si es cierto lo que te estoy diciendo: ayer, cuando me dirigía a la estación para comprar el billete, me detuve ante una iglesia que sobresalía por encima de los tejados. Era una colección disparatada de cúpulas, pináculos, estatuas y colores chillones, y empecé a reírme yo sola como una tonta, allí mismo, en medio de la calle, porque me vino de pronto a la cabeza el comentario que haces cada vez que pasamos cerca de la iglesia de San Juan: “Ahí está esa tarta de cumpleaños”. Eso es exactamente lo que habrías dicho ayer si hubieses estado conmigo viendo esa iglesia que sobresalía por encima de los tejados de una ciudad de Asia, una cualquiera, no te diré su nombre. A mi lado viaja una niña, sus padres van en el asiento de atrás. Pues también ella me trae tu recuerdo. Sí, una niña de seis años hace que me ponga a pensar en ti porque no ha dejado de comer dulces desde que salimos. Lleva una cesta repleta de dátiles y otras golosinas y tendrías que ver la cara que pone, cómo disfruta la cría con tantas cosas ricas. La he mirado sonriendo y he pensado: “Es igual, igual que Pablo”. A ti también se te ilumina el rostro cada vez que te detienes frente al escaparate de Rialto y ves las moscovitas, las

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casadielles, los carbayones… ¡Pero si has llegado a discutir con unos belgas que no hay bombones en el mundo como los bombones de Peñalba! Ya ves, puedes pensar lo que quieras de mí, pero yo no te olvido tan fácilmente. Isabel. *

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Desde un autobús, 14 de agosto de 2003. Querido Pablo: Ahora soy yo quien no te comprende a ti. No puedo decir nada que no tergiverses, nada que no entiendas al revés. A todo le encuentras un doble sentido, todo lo que digo tiene para ti mala intención. Si te cuento que veo una iglesia tan recargada y desmesurada como San Juan, te enfadas porque consideras que me río de tus opiniones artísticas. Si hago memoria y te hablo de esa época en la que soñabas con llegar a ser director de cine, crees que sólo lo hago para recordarte tus fracasos. ¡Y ahora resulta que, si bromeo con tu afición a los dulces, te estoy llamando glotón! Ya no sé qué es lo que puedo decirte. ¿De qué te puedo hablar sin que lo tomes inmediatamente como un motivo para enfadarte conmigo? Por la ventanilla estoy viendo el Taj-Mahal. Es un poco triste escribir una carta como ésta cuando frente a mí se levanta algo tan maravilloso como ese mausoleo, ¿o es que para ti el Taj-Mahal es sólo una tarta de nata? Perdona, no quiero ofenderte. Aunque tampoco voy a tachar este último comentario, quiero que mi carta sea lo más sincera posible, que refleje mi estado de ánimo y la decepción que me ha causado descubrir cómo eres realmente.

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Acabo de leer una historia preciosa que cuentan por aquí acerca del Taj-Mahal. Dicen que después de entrar en esa tumba — porque ese monumento es, en realidad, un enorme sepulcro — el espíritu de la princesa Arjamand Banu abrió los ojos por primera vez desde el día de su muerte y preguntó: — ¿Veré las estrellas desde aquí? —Princesa — respondió la voz de una sombra que la acompañaba — la cúpula de mármol que nos cubre se deshará como si se disolviese en el aire. Sí, podréis ver las estrellas. — ¿Cómo ha de ser eso posible si tendré los ojos cerrados y la tapa del sarcófago cubrirá mi cuerpo? — Ninguna losa cubrirá los ojos de vuestra alma, ni la fatiga os los cerrará nunca más. Vamos… — Espera, antes quiero saber si podré ver la luz del sol. — Disfrutaréis de una luz mucho más bella, la luz de la Verdad y el Amor Absolutos. Jamás volveréis a conocer la noche. — Me gustaría despedirme… — ¿Qué necesidad tenéis de hacerlo? — He amado mucho a mi esposo, que aún sigue llorando mi pérdida, y a mis hijos pequeños. — Volveréis a encontrarlos. — Pero eso será dentro de mucho tiempo.

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— No, princesa. Mañana mismo habréis de verlos. — No seas cruel, ¿por qué quieres llevártelos cuando aún son tan jóvenes? — Ellos vivirán cuanto tengan que vivir, eso no lo decido yo. Sois vos la que está ya fuera del tiempo. Los días no son nada ahora. Los años no pasarán por vos. Los siglos, los milenios, las eras transcurrirán como en un suspiro. Sólo son palabras vacías. No significan nada. Venid, ya es la hora. — Dejadme al menos contemplar este mausoleo de mármol que mi esposo levantó para recordar a todos que pasé por la vida. — Eso sí os lo concedo. Mientras exista este mundo la cúpula de piedra blanca brillará bajo el sol para que la generación presente y todas las generaciones que están por llegar recuerden a la princesa Arjamand Banu y al emperador Shah Jahan, que no la olvidó jamás. Y ahora acompañadme. Debemos partir. — Esta vez sí que muero definitivamente, gimió la princesa. — No, Alteza — contestó la Muerte —, es ahora cuando estáis, al fin y para siempre, viva. ¿No es una historia emocionante? La he leído mientras el autocar viajaba hasta este lugar. Me impresionan sobre todo esas palabras finales: “es ahora cuando estáis, al fin y para siempre, viva”. Yo también tuve que dejar mi vida anterior para poder sentirme, al fin y para siempre, viva. Isabel. *

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Nueva York, 30 de septiembre de 2003. Querido Pablo: He necesitado todo este tiempo que ha pasado sin escribirte para atreverme a decir las palabras más difíciles que he pronunciado en toda mi vida: He sido muy feliz a tu lado pero todo tiene un final. Jamás te olvidaré, querido, mi muy querido Pablo. Hasta siempre. Isabel. *

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A las dos en punto de la tarde Jesús Curros Neira Recuerdo esta historia como si fuese un viejo y entrañable cuento infantil. Por eso me gustaría comenzarla como deben empezar todos los cuentos, repitiendo esas maravillosas palabras que sugieren que algo extraordinario está a punto de suceder: érase una vez… Así pues, érase una vez una peculiar familia formada por tres hermanas huérfanas que vivían en una casa muy humilde de un suburbio en una villa cualquiera, cuyo nombre no viene ahora al caso, situada a la orilla del mar. Su único sueño desde su ya lejana juventud había sido conquistar a un estudiante. Tras la guerra civil española, en medio de la miseria y del hambre, un estudiante universitario podía ser, para tres mujeres pobres y solas, todo un príncipe. La más joven de las hermanas se llamaba Elena. Desde muy niña sus compañeros de escuela la habían martirizado a causa de la forma de su nariz, un apéndice largo y ganchudo que era el signo distintivo de toda su familia. Elena era baja de estatura y de apariencia enfermiza, pero su debilidad era engañosa puesto que tenía fuerza y habilidad suficientes como para derrotar en una pelea a cualquiera de los chicos del pueblo. Casandra era la mediana de las tres, tanto en edad como en estatura, y siempre fue la más extraña, la más enigmática en su comportamiento debido a su afición a las ciencias ocultas, a las artes de la adivinación y a los conjuros. Seguramente fue por culpa de ella que todo el pueblo conoció muy pronto a las hermanas como “las tres brujas”. Silvia era la mayor aunque nadie, ni siquiera los pocos amigos de la familia, la llamaba así. Un marinero pretendidamente gracioso la bautizó, nada más desembarcar de una travesía por distintos puertos del mar Egeo, con el absurdo apodo de Andrómaca con el que fue conocida el resto

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de su vida. Le parecía al marinero que ese nombre, que había escuchado vaya usted a saber a quién en algún puerto de Grecia, debía significar “andrógina” y, por tanto, era perfecto para Silvia que tenía, justo es reconocerlo, un aspecto algo hombruno. Quiso la fatalidad, ese destino de los que han nacido marcados por un hado trágico, que el villorrio formado por la casa de las hermanas y tres o cuatro construcciones más fuera conocido por los restantes habitantes de la villa como la aldea de Troya. En el lugar había estallado en tiempos inmemoriales una tremenda trifulca entre vecinos causada por la apropiación indebida de un árbol, al parecer un manzano, por parte de uno de ellos. En la época en que sucede nuestro relato ya nada ─ o casi nada ─ quedaba de la enemistad que tal batalla campal había provocado, pero el nombrecito les quedó a los aldeanos como un sambenito para los restos y troyanos fueron desde entonces todos los habitantes del diminuto suburbio. Así pues Elena, Casandra y Andrómaca eran para su desgracia, además de “las tres brujas”, las tres troyanas, sonoro apelativo que contrastaba con la pobreza en que se veían obligadas a vivir. Cultivaban el pequeño huerto trasero de su finca y conseguían, tras muchas horas de trabajo cosiendo vestidos para las vecinas, algunas perras chicas con las que iban tirando mal que bien. Así se las fueron apañando hasta que, después de muchos años ahorrando de un modo casi inverosímil un céntimo de aquí y otro de allá, lograron el dinero que necesitaban para emprender, una mañana de abril, la gran aventura que iba a marcar sus vidas para siempre… porque fue efectivamente una mañana esplendorosa de abril, allá por el año 1950, cuando las tres subieron por primera vez al coche de línea que salía cada día a la una y media de la plaza del pueblo con destino a Sacromonte de Libredón. Las troyanas llamaron la atención de los demás viajeros y de todos los habitantes de la villa. Nunca habían sido precisamente guapas ni elegantes, pero al menos siempre habían vestido con una pobreza digna y con limpieza. Pero las tres mujeres que tomaron el autobús de Sacromonte aquel 24 de abril de 1950 no eran las brujas.

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No eran ni siquiera las tres troyanas…¡ eran las tres Desgracias! La falta de liquidez las había llevado a avivar la imaginación, la loca de la casa que decía Santa Teresa. Seguramente la santa de Ávila tuvo alguna visión profética de Elena y sus hermanas cuando pronunció sentencia tan acertada, al menos en el caso que nos ocupa, porque esa loca imaginación las había ayudado a suplir lo que la carencia de medios impedía adquirir; a falta de un vestido elegante, buena era la tela de unas cortinas o un retal regalado por alguna vecina que trabajaba de modista. No faltaba en sus atuendos la presencia olorosa y colorista de algunas flores, arrancadas del huerto trasero, para decorar una blusa o un sombrero. Los zapatos, gastados y ya pasados de moda, habían sido reparados y casi parecían nuevos (voy a ser magnánimo, al menos en esto). Y así, con fantasía y mucho desparpajo, se presentaron en el autobús dispuestas a iniciar la cacería del estudiante. Era la primera vez que abandonaban su pueblo y aquel viaje fue para ellas todo un descubrimiento. Dispuestas a dejarse ver en todo momento, no tuvieron ningún reparo ─ ¿por qué razón habrían de tenerlo? ─ en acomodarse en los asientos delanteros. Querían lucirse, ser admiradas incluso por aquellos pobres aldeanos. La espera fue breve, la duración del viaje entre su pueblo y la ciudad de Libredón no llegaba a la media hora, pero ellas vivieron con una enorme ilusión aquella odisea que las llevaba desde su amada aldea de Troya hasta aquella desconocida ciudad en la que tendrían que andarse con mucho ojo pero en la que estaban seguras de triunfar. Los pretendientes acabarían luchando entre ellos por conquistarlas. Lo más extraño para ellas fue dejar atrás el mar, su mar unas veces amable y otras veces, quizá con mayor frecuencia, colérico y peligroso. Pero, tanto si era un espejo en el que se reflejaban las bandadas de gaviotas como si su superficie se encrespaba hasta convertirse en el puro espumarajo de una fiera rabiosa, esa imagen del mar entrevisto por la ventana trasera del autobús mientras se iba alejando de ellas, quedando oculto por los árboles que bordeaban la carretera,

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fue lo único triste de ese primer viaje a Sacromonte. La carretera no era, por aquel entonces, la vía ancha y de varios carriles que hoy podemos ver, sino que se trataba de una angosta pista asfaltada que iba subiendo por las colinas que rodean la costa hasta llegar a una llanura irregular en la que curvas inexplicables, aparentemente absurdas e innecesarias, iban esquivando montículos cubiertos de árboles, casas salpicadas en un paisaje eternamente verde y muros construidos con piedras toscas colocadas simplemente unas encima de las otras. Pocos minutos después de salir del pueblo el autobús tuvo que detenerse. No era algo inesperado, el conductor estaba habituado a estos incidentes en cada uno de sus viajes. Esta vez se trataba de una piara de cerdos que cruzaba la carretera con toda parsimonia, seguida por una campesina vestida de negro de los pies a la cabeza. Superado este obstáculo el vehículo arrancó y enfiló una larga recta que atravesaba una población. Estaban en fiestas; un grupo de varias mujeres cantaba sobre un palco de madera una canción muy popular durante los años de la posguerra. Los habitantes de la aldea se habían reunido en la explanada de tierra que se abría entre el palco y la capilla. El autobús se detuvo allí unos segundos, los justos para dejar a una pasajera y ponerse nuevamente en marcha, perseguido por aquella música pegadiza que se filtraba por la ventanillas mal cerradas. Los pasajeros volvían atrás sus miradas atraídos por el espectáculo de aquellas mujeres y su canción sugerente, entrañable, envolvente… de buena gana se hubieran bajado muchos de ellos allí mismo de no ser por el estruendo del motor del autocar, que muy pronto ahogó la melodía mientras aquella explanada de tierra, con su pequeña iglesia, su palco de madera y sus insinuantes mujeres, iba quedando cada vez más lejos. Una chimenea redonda de ladrillos que se levantaba entre unas colinas anunció a todos que estaban aproximándose a la ciudad. La chimenea era una gigantesca torre ennegrecida por los humos densos que salían a través de su único ojo.

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Muy cerca estaban descargando de un camión corderos destinados al matadero. Una sirena sonó en algún lugar próximo; iban a dar las dos de la tarde y un turno de obreros estaría saliendo en ese momento de alguna fábrica mientras otro turno se preparaba para entrar en las destartaladas instalaciones. Poco después el autocar atravesaba el centro de la ciudad y se detenía definitivamente bajo la marquesina de un edificio de hormigón coronado por caprichosas torrecillas y pináculos. Fue allí donde las tres hermanas bajaron y tocaron por primera vez en sus vidas las losas de Sacromonte. Eran las dos en punto de un día de primavera de 1950. Vestidas para seducir, Elena, Casandra y Silvia iniciaron su paseo por las callejuelas de la ciudad antigua. Hasta los maniquíes, desde los escaparates de las tiendas de moda de la calle del Príncipe, parecían observar con envidia el lento caminar de las tres mujeres. El sol del mediodía proyectaba las sombras de las troyanas, unas siluetas graciosas aunque desgarbadas, sobre los muros de piedra del edificio de la Universidad. Allí se sentaron en un banco esperando la salida de los estudiantes, que no tardaron en aparecer a su alrededor como moscones atraídos por el colorido pintoresco y el aroma a perfume barato que se desprendía de aquel peculiar grupo surgido de no se sabía dónde. Las bromas y comentarios crueles que ellas tuvieron que soportar sonaron a piropos en sus oídos y las llenaron de ilusión. Cuando la soledad y el silencio se adueñaron se nuevo de la plaza de la Universidad, las hermanas prosiguieron su marcha a través de calles con soportales, escalinatas que abrazaban la montaña de piedra de la catedral y plazas soñolientas a esa hora de la comida en la que sólo ellas llenaban con su presencia fugaz los rincones que iban descubriendo a su paso. Su ronda, esta primera y mágica ronda, terminó en los paseos limpísimos, recién lavados por los jardineros municipales, de la Alameda, reluciente bajo los rayos del sol de esa tarde de primavera. Allí esperaron al estudiante, sentadas en los elegantes bancos del parque que rodea la hermosa montaña de Santa Susana a la sombra de los robles

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y las magnolias. Pero las horas transcurrieron con lentitud sin que él apareciera por aquel romántico lugar en el que las tres hermanas aguardaban pacientemente. A las cinco tuvieron que abandonar la ciudad en otro autobús, y si alguien en ese momento las hubiera observado con atención habría podido percibir cómo en sus rostros se dibujaba un sentimiento de decepción, aunque teñido de esperanza. En los días felices que siguieron a ese primer paseo, las tres hermanas se presentaron puntualmente en la plaza de su pueblo para coger el autobús de la una y media de la tarde. Y a las dos en punto cada día, todas las semanas, todos los meses y todos los años que se fueron sucediendo en esta paciente búsqueda del estudiante, Elena, Casandra y Silvia ─ a la que todos llamaban Andrómaca sin saber realmente por qué ─ descendían del autocar en el centro de Libredón. Sus paseos eran como las campanadas del reloj de la catedral, exactos, no fallaban nunca. A las dos en punto recorrían con calma la calle del Príncipe para llegar a la Universidad. Una vez allí, como si fueran una parte más del paisaje de la ciudad, se sentaban con dignidad en los bancos de la plaza y esperaban… y, con la frustración en el alma, continuaban horas después su caminar por la penumbra de los pórticos en las rúas mojadas por la lluvia del invierno, o bañadas por el sol del verano. Lucían su palmito calma en la plaza de la Quintana, recorrían las calles en medio de burlas y llegaban a la Alameda, el destino final de todos sus paseos. En el parque les gustaba mirar a los estudiantes, coquetear con ellos, pavonearse con gracia mientras escuchaban los piropos que les decían al pasar… piropos que, desafortunadamente, no eran más que bromas; jamás hubo uno, ni siquiera uno, que fuera sentido de verdad porque las tres hermanas ─ que algunos desalmados habían bautizado como las tres troyanas, o las tres brujas ─ eran, como ya habréis supuesto desde el comienzo de este relato, feas, tremendamente feas. Intentando ocultar su nariz ganchuda y su mentón saliente, comenzaron a experimentar con toda clase de potingues y productos de cosmética y el resultado no pudo ser más lamentable. Las tres hermanas ocultaron sus rostros bajo

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máscaras de gruesas capas superpuestas de maquillaje pintarrajeadas con manchones de color carne, sombra de ojos azul intensa y carmín rojo fuego de labios. Con la edad el maquillaje se fue haciendo más espeso sobre las caras en un vano intento de ocultar las arrugas, y los cabellos canosos desaparecieron bajo gruesas pañoletas de colores vivos. Una mañana de octubre el corazón de Silvia no pudo resistir más y se detuvo. La digna Andrómaca fue incinerada en medio de una niebla espesa, que no se quiso retirar en todo ese día de dolor, y sus cenizas quedaron esparcidas por ese mar que fue su segundo amor. El primero, ese añorado amor que siempre fue dueño de sus pensamientos, no se pudo despedir de ella. Donde quiera que estuviera tampoco en esta ocasión apareció el estudiante. Esa noche, muy tarde ya, la lluvia cayó con una intensidad desconocida. La cortina de agua, monótona, constante, incansable, densa, abarrotó los riachuelos que recorren los valles de Libredón. Una ola como no se había visto antes fue inundando las vaguadas. Los caminos quedaron anegados y las lomas se cubrieron por segunda vez desde los lejanos tiempos del Diluvio Universal. El agua avanzó por las carreteras y entró en la ciudad silenciosamente. Ninguno de los que dormían en sus casas fue despertado por la tromba. Como un millar de ríos recorriendo Sacromonte desde todas las direcciones posibles, las corrientes de agua se dirigieron hacia el centro de la ciudad. La niebla se había levantado pocos minutos antes del anochecer. Cuando, al fin la lluvia cesó, las nubes se retiraron rápidamente y dejaron paso a un cielo claro, luminoso, cuajado de estrellas. La enorme tromba, dividida en multitud de corrientes, llegó hasta las proximidades de los muros de piedra que rodean el parque de la Alameda y se paró durante un breve instante, tan sólo unos segundos, el tiempo suficiente para cobrar nuevos bríos. Después, con fuerza inusitada y en medio de un estruendo ensordecedor, se arrojó contra los muros como una ola gigantesca. La espuma blanca producida por el impacto saltó por encima de las paredes que bordean los paseos y llegó a

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cubrirlos completamente. El mar había llegado por la noche, en medio del silencio y el sueño, y había hecho desaparecer ─ aunque sólo fuera por un segundo ─ los jardines. Sólo la soledad, que reinaba en los paseos recorridos tantas veces por las tres hermanas en el pasado, fue testigo del milagro del agua estrellándose, retirándose y volviendo a chocar contra la costa de la Alameda. Luego, tan misteriosa y rápidamente como había venido, retornó a su cauce. Nadie pudo explicar a la mañana siguiente por qué los muros del viejo parque habían amanecido cubiertos por una espuma blanca ni, lo que todavía resultaba más extraño, por qué esa noche de octubre todos los sacromontinos habían soñado, misterio de los misterios, con el mar. Con el paso de las horas sólo una reliquia de esta misteriosa inundación permaneció sobre un banco de la Alameda: unas cenizas que allí quedaron durante muchos años sin que a nadie se le ocurriera jamás, vaya usted a saber por qué, retirarlas de la piedra. La muerte de una de las tres hermanas no alteró los hábitos de las que quedaron. Elena y Casandra siguieron tomando su autobús de la una y media en la plaza de la villa marinera. Siguieron recorriendo cada día la carretera que subía por las colinas que bordean la costa, siguieron atravesando la pequeña población, ahora mucho más crecida, con aquella explanada de tierra entre el palco de madera y la capilla y siguieron viendo a los obreros que salían de las fábricas poco antes de las dos. Los habitantes de Libredón sabían que, pasase lo que pasase, a las dos en punto de la tarde llegaban dos mujeres en un autobús y que las verían recorrer las calles de la ciudad, fieles a sus paseos y a su esperanza ─ ¡qué gran verdad es que la esperanza es lo último que se pierde! ─ de encontrar al novio tanto tiempo y con tanto afán buscado. El estudiante añorado no llegó jamás pero, como consuelo, toda la Universidad española las convirtió en sus novias oficiales. No había tuna que visitase Sacromonte que no las buscase con ansia para darles una serenata bajo el sol. O bajo la lluvia, que para un mozo de veinte años el clima no tiene importancia.

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Los años sesenta y setenta fueron particularmente tristes para “las dos en punto”, mal nombre por el que también eran conocidas. La incorporación creciente de la mujer a la Universidad supuso para las dos hermanas un incremento intolerable del número de rivales. Ahora se veían obligadas a competir con multitud de lagartonas que estaban allí dentro, con ellos. Al uniforme habitual de las troyanas se incorporó un nuevo elemento: un enorme paraguas que llevaban tanto si llovía como si hacía sol. Cada vez que en su paseo diario veían a una lagartona con los libros bajo el brazo se lanzaban contra ella empuñando el temible paraguas, transformado en sus manos en una suerte de “espantapájaras”. Terrible fue la ira de Elena y Casandra cuando descubrieron que la hija de su vecino, el descendiente directo de aquél que se había apropiado indebidamente del manzano, iba a iniciar sus estudios en la facultad de medicina. ─ ¡Y NO PODÍA SER EN OTRO SITIO ─ gritaba Elena desesperada ─, NO, CLARO, A LA NIÑA LE APETECÍA TENER UN NOVIO MÉDICO AHORA QUE EL NUESTRO ESTÁ A PUNTO DE CAER! El día en que Marta, la famosa hija del vecino, subió al autobús con su maleta para ir a Sacromonte, allí estaban también las dos troyanas dispuestas a impedir semejante despropósito. Se colocaron en la puerta del autocar e impidieron a la chiquilla que subiera, sin hacer caso de sus protestas e insultos. El enorme paraguas de Elena hizo trabajo extra cayendo sobre la cabeza de Marta una infinidad de veces. Cuando el conductor intervino al fin para que Marta pudiera entrar y sentarse, el paraguas acabó roto sobre su espalda tras una larga y singular batalla que no terminó ahí, ni mucho menos. Casandra y Elena subieron detrás de su vecina decididas a impedir que el autobús marchara con semejante intrusa como pasajera. Sangre, sudor y lágrimas costó que las troyanas bajaran aquella tarde del vehículo, que marchó finalmente sin ellas por primera vez desde el ya lejano día de la desaparición de Andrómaca. Nunca le

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perdonaron esta ofensa a Marta y, cada vez que las dos hermanas se topaban con la estudiante de medicina en alguno de sus inevitables paseos, estallaba en las calles de la ciudad una nueva guerra de Troya más atroz que aquella mítica y casi olvidada guerra de las manzanas. Con los años el incómodo y ruidoso autobús en el que las hermanas habían pasado media vida fue jubilado. Ahora un flamante autocar, con ventanales grandes y cómodos sillones en los que te dormías suavemente sintiendo el zumbido constante del motor, hacía la misma ruta en apenas veinte minutos. Sí, el nuevo autobús era mucho más moderno pero Elena ─ más romántica y menos práctica en esta cuestión que Casandra ─ añoraba el bamboleo ruidoso y alegre del viejo coche de línea, aquél que había cogido por primera vez con tanta ilusión un día de abril de 1950. Los restos oxidados del viejo vehículo acabaron tirados muy cerca de su aldea, en un huerto en donde pasaron a desempeñar la triste función de gallinero. Elena lo miraba siempre con melancolía cada vez que se dirigían al pueblo para tomar, fieles a sus hábitos, el nuevo autobús de la una y media. Una mañana fría y gris muy temprano Casandra se presentó en la puerta del cuarto de su hermana. Era el último día del año. Su voz sonó triste, profunda, lejana… ─ Mañana ya no estaré contigo ─ le dijo. Elena la miró con ternura ─ Lo hemos esperado medio siglo ─ contestó sonriendo ─, ¿y si fuera hoy el día en que tiene que venir y nosotras no estamos? Pero aquella tarde no pudieron ir a Sacromonte. Casandra enfermó de repente y, a medida que transcurrían las horas, fue encogiéndose como una flor marchita, cada vez más

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pálida. Con la llegada de la noche Casandra enmudeció. Elena sabía que no les quedaba ya mucho tiempo, tomó a su hermana de la mano y la condujo hasta el viejo autobús abandonado. Limpió con cuidado un asiento que todavía conservaba su relleno y se acomodaron allí, esperando… La gente celebraba aquel 31 de diciembre la llegada del nuevo año. Un sonido lejano y apenas perceptible recorrió entonces la atmósfera festiva del pueblo. Era como el retumbar de una manada de caballos desbocados, como un trueno que surgiese de las entrañas de la tierra. En medio de la alegría de aquella noche especial ninguno de los vecinos de la pequeña aldea de Troya, ninguno de los habitantes de aquella villa marinera, ningún ser humano salvo Elena pudo comprender que aquel sonido era el rugido del mar, que retornaba por segunda vez. Elena esperaba su llegada. La esperaba desde hacía mucho tiempo. Y el mar llegó finalmente desbordándose, saliendo por todos los caminos que desembocaban en aquel lugar. Las olas venían desde todas las direcciones posibles y rodearon pacíficamente el olvidado autocar, que se elevó suavemente sobre ellas para ser arrastrado por la marea. Elena vio pasar como en un sueño los caminos, los montículos cubiertos de árboles, los muros de piedra, la plaza de la iglesia, donde ya no había palco de madera, y los desangelados bloques de viviendas que ocupaban ahora el lugar de las desvencijadas fábricas de otros tiempos. Ningún sacromontino se molestó en averiguar qué ocurría en las calles y por qué las ventanas parecían estar cubiertas por una extraña espuma blanca. Elena y Casandra pudieron descender del autocar y recorrer una vez más el entrañable jardín que evocaba tantos momentos de esperanza, de ilusiones perdidas y de frustraciones. Pero el parque estaba triste y vacío. Las dos hermanas se quedaron quietas, una junto a la otra, protegidas por el tronco de un árbol enorme que crecía muy cerca de la entrada principal. Y así han permanecido hasta hoy. Con los años la gente se acostumbró a verlas allí, estáticas, petrificadas, impasibles, a la sombra

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del árbol, más alto cada día que pasa. Pero no están petrificadas, sólo están esperando en la puerta principal de la Alameda ─ ¿dónde si no? ─ a que llegue, al fin, el estudiante. Muchos otros sucesos extraordinarios ocurrieron aquella noche de final de año. Algunos testigos, a los que a decir verdad jamás se les concedió demasiado crédito, afirmaron haber visto ─ fruto seguramente de una monumental borrachera ─ la silueta recortada contra la luna de un autobús rechoncho y destartalado navegando a todo trapo por los montes que rodean la ciudad de Sacromonte de Libredón.

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Carretera a ninguna parte Jesús Curros Neira Primer día de viaje. 20.15 horas. ¿Quién es ese hombre que me mira desde el cristal de la ventanilla? Es muy viejo, apenas le quedan unos pocos cabellos blancos sobre su frente cubierta de arrugas, su piel apergaminada y amarillenta está salpicada de manchas y sus ojos son tan negros y extraños, tan profundos que no parecen ojos sino dos agujeros abiertos en el rostro cadavérico que se asoma desde el otro lado de la oscuridad. El hombre va y viene, es una imagen delicuescente que se desvanece, se diluye con la luz del sol y, cuando creo que por fin me he librado de él, vuelve a surgir como un fantasma tras el frío vidrio de la ventana. Esa aparición me asusta, ¿qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? Cada vez que el autobús entra en un túnel lo veo ahí, sentado en medio de las sombras, siguiéndome con su mirada. No pierde detalle de todo cuanto hago, me observa con una expresión tan maligna que parece que sólo está esperando el momento oportuno para arrastrarme fuera del autocar. Si mi madre estuviera ahora junto a mí seguro que ese hombre no se atrevería a vigilarme de ese modo, ella lo echaría de ahí, se enfrentaría a él como lo hizo con aquel conductor que a punto estuvo de atropellarme con su coche de caballos mientras yo cruzaba la carretera que pasaba por delante de nuestra casa… Pero ella no me acompaña en este viaje, ¿por qué no está aquí? ¿Dónde ha ido…? Ya no me acuerdo de ella, no recuerdo el color de sus cabellos, esos cabellos que siempre llevaba ocultos por una pañoleta que caía por su espalda como una sombra. ¿Cómo era la cara de mi madre? ¿Por qué no puedo recordarla? ¿Y por qué no recuerdo de qué color eran sus cabellos antes de que el pañuelo negro los cubriera para siempre? Junto a mí se sienta una mujer; yo creo que ha tenido que ser muy guapa porque, a pesar de la expresión tan sombría

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que veo en su rostro y de esas arrugas que rodean sus ojos agrietando su mirada, sus labios todavía pueden sonreír con dulzura cuando se vuelve y me observa. Tampoco la conozco a ella, sólo sé que está ahí y que parece asustada, pero no me da miedo. Ella no es como ese hombre del cristal, no me vigila constantemente como si yo le perteneciera. Ahora mismo la mujer está dormida y un largo mechón rubio le tapa la cara, parece como si un velo de hilo dorado le cubriera la cara atrapando la luz en cada hebra. Me gustaría preguntarle si sabe cuál es el nombre de este lugar que estamos atravesando, pero no quiero despertarla. Dejaré que duerma, lo necesita porque no ha descansado desde que salimos. Creo que fue ayer cuando subimos a este autobús aunque no estoy muy seguro de ello. En realidad no estoy seguro de nada, mi memoria es como una pesada cortina que se cierra sobre mi vida pasada. Sólo de vez en cuando la niebla se levanta y me deja entrever ligeros chispazos de lucidez, que se extinguen poco después dejándome sumido de nuevo en esta penumbra en que existo como si fuera un recién nacido que no entiende nada del mundo que lo rodea mientras añora regresar a la dulce inconsciencia de una existencia sin recuerdos. Hace calor aquí dentro, debemos estar en verano porque los campos que recorremos no son más que monótonas extensiones polvorientas en las que sólo unos pocos arbustos retorcidos se resisten a consumirse en el fuego abrasador que inflama el aire. Una luz cegadora reverbera en la superficie del parabrisas; los campos, la carretera, todo a nuestro alrededor parece haberse convertido en luz, ése es el único destino que conozco, viajo hacia la luz que brilla al final de este túnel formado por las tinieblas de mi memoria. Segundo día de viaje. 10. 30 horas. Estoy despierto desde mucho antes del amanecer. Esta mañana me he sorprendido al descubrir que los campos de

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ayer se habían metamorfoseado en montañas, praderas y bosquecillos que se dispersan por ese paisaje desolado que nos acompaña desde hace horas. Me pregunto qué es lo que ha ocurrido en este lugar, ¿es que no vive nadie en esa tierra que vamos dejando atrás a medida que avanzamos hacia la nada? Sólo encuentro muros derruidos, viviendas destrozadas, con los tejados hundidos y la maleza brotando entre restos de madera carbonizada. A lo lejos se ve un pueblo, no es más que un villorrio construido en torno a la torre desmochada de una iglesia; no es posible que quede nadie entre sus ruinas y, sin embargo, hasta aquí llega el tañido lánguido de la campana ― puedo oírlo sonando de manera monótona y quejumbrosa por encima del traqueteo del motor ―, como si la aldea exhalara sus últimos suspiros antes de hundirse definitivamente en el olvido. La mujer que se sienta a mi lado también observa en silencio los restos quemados y destrozados del pueblo. Puede que ella sepa a qué se debe toda esta destrucción, pero no me atrevo a dirigirle la palabra por miedo a que me tome por un loco. ¿Qué pensaría de mí si le confieso que no sé cómo me llamo ni dónde estoy? Peor aún, ni siquiera sé qué es lo que hago aquí, en un autobús que nos lleva a través de esta soledad donde sólo se ve desolación. Y, sin embargo, yo creo que ella me conoce, estoy seguro de que no le soy indiferente del todo; hace un rato ha salido de su sopor y, con una tierna sonrisa que no podía ocultar el dolor que debe estar sintiendo, me ha preguntado si me apetecía comer algo. Le he contestado que no. “Muchas gracias, señorita ― le he dicho, asombrado por su amabilidad con un extraño ―, no tengo hambre, será mejor que guarde su comida para usted. Seguramente la necesitará más adelante”. La mujer se limitó a mirarme con tristeza pero no me respondió, tan sólo se secó una lágrima que se deslizaba suavemente por su mejilla con el dorso de su mano. Segundo día de viaje. 17.00 horas.

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Han sucedido tantas cosas que me siento confuso, ya no distingo la realidad de mis propias fantasías. A mediodía cruzamos un enorme río por un puente que se sostenía de puro milagro. El sol refulgía en el agua con tal intensidad que me hacía daño en la vista, tuve que cerrar los ojos y creo que me quedé dormido. No sé cuanto tiempo permanecí en ese duermevela causado por el calor y la fatiga, pero al despertar estaba sudando y la mujer que me acompaña me miraba aterrorizada. Al parecer no dejé de hablar y gritar en sueños. “¿Qué es lo que dije?”, pregunté con la esperanza de encender alguna luz en esa cueva impenetrable que era entonces para mí toda mi vida pasada. “Nada ― respondió ella tras unos segundos de vacilación ―, no te preocupes, papá, no fue más que una pesadilla…”. Tardé en reaccionar; durante un instante fugaz, en el que el suelo se hundió bajo mis pies y todo, absolutamente todo cuanto me rodeaba se deshizo como un castillo de arena, la miré como si el mundo entero se hubiese encarnado en ella. Me quedé embobado observando el rostro de aquella desconocida, recorriendo con la mirada las facciones marcadas por el cansancio y el dolor de una mujer que me llamaba “papá”. Poco después el autobús se detuvo para permitir que subieran a él unos hombres con uniforme. Mi acompañante se sobresaltó al verlos allí, de pie junto al conductor; su respiración se hizo más agitada, la mano de la mujer se aferró a la mía con fuerza, sentí cómo sus uñas se clavaban en mi piel sin que ella se diera cuenta del daño que me estaba haciendo. Los hombres fueron recorriendo el pasillo lentamente; de vez en cuando se detenían y pedían la documentación de algún pasajero. Uno de ellos llevaba un cigarrillo entre los labios, el humo azulado que exhalaba se expandió formando volutas que flotaban lentamente en la atmósfera pesada del interior del vehículo, donde se mezclaba el hedor de nuestra propia transpiración con un tufo hediondo de aceite y gasógeno mal quemado. A medida que aquellos sujetos se acercaban a nuestros asientos comencé a

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percibir un olor acre e intenso que me resultó muy agradable. El aroma del tabaco despertó en mí una necesidad de la que no fui consciente hasta ese momento. Venciendo mi timidez, pregunté a mi compañera de viaje: ― ¿Fuma usted, señorita? ¿Podría darme un pitillo…? ― No, no fumo ― respondió ella sin apartar la mirada de los individuos uniformados, que acababan de detenerse junto a nosotros ―. Además, no te conviene; el médico te ordenó que dejases el tabaco cuando sufriste la angina de pecho. El hombre se sacó el cigarrillo de la boca y me señaló con la cabeza mientras preguntaba a mi acompañante: ― ¿Viajan juntos? ― Sí, es mi padre. Vamos al extranjero, tenemos allí familia y han encontrado un empleo para mí ― luego, bajando el tono de voz, susurró al policía ―. Necesito que alguien se ocupe de él cuando estoy fuera de casa, ya es muy mayor y no recuerda ni cómo se llama. El otro individuo, que hasta entonces había permanecido callado detrás del policía que estaba interrogando a la mujer, se aproximó a mí. “¿Qué es eso?”, preguntó mientras me observaba con desconfianza. El policía bajó ligeramente el cuello de mi camisa y descubrió una profunda cicatriz por debajo de mi barbilla que hasta entonces había permanecido oculta incluso para mí mismo, que no era consciente de que estaba ahí. ― Ésa es la señal que deja una soga de esparto ― murmuró el hombre del cigarrillo, que parecía ser el jefe ―, a este tipo lo han colgado. ¿Qué has hecho? ¿Por qué llevas esa marca?

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No supe qué contestar. Me llevé la mano al cuello y acaricié la cicatriz que se hundía en mi carne como si una serpiente se hubiera aferrado a mi cuerpo. Intenté recordar, juro que quería contarles qué me había pasado pero al asomarme al pozo de mi memoria sólo pude ver una negrura sin final, sin esperanza de ver una tenue luz en el fondo. En ese instante una nube cubrió el sol y, al desviar la mirada de los ojos de aquellos policías que me escrutaban como a un criminal, volví los míos al cristal de la ventanilla. Allí me encontré de nuevo con el viejo, que me observaba asustado, llevándose la mano a su cuello en un gesto con el que parecía burlarse de mí. Él también tenía una cicatriz, también él se la acariciaba haciendo una imitación obscena con la que se reía de mi desconcierto. ― ¡Venga, quiero ver vuestra documentación! ― gruñó el jefe mientras el resto de los pasajeros se volvían para mirarnos con desconfianza. Mi compañera sacó unos papeles y se los entregó al hombre. Éste estuvo un buen rato estudiándolos y, finalmente, le preguntó en un tono de voz ultrajante, acusador, amenazante… ― ¿Me tomáis por imbécil? ¿Es que me habéis visto cara de pendejo? Este pasaporte es falso. Ella negaba con la cabeza y se desesperaba, llorando. “Es mi padre, no les estoy mintiendo ― clamaba mientras sollozaba ―, ésos nuestros pasaportes”. El otro policía, que permanecía al acecho tras el sujeto del cigarrillo, susurro algo que no pude entender al oído de su jefe. Éste le mostró los papeles de mala gana y añadió sin poder reprimir su ira: ― ¡¿Cómo va a ser cierto lo que afirman estos dos?! ¿Es que no has visto lo que pone aquí? ― luego se dirigió a la mujer que se sentaba junto a mí que, ocultando su rostro con sus manos crispadas, no dejaba de repetir como una salmodia

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entre sollozo y sollozo, “es mi padre, es verdad…” ― ¿Pretende que creamos que ese viejo decrépito y demente con quien viaja es un coronel, nada menos que la mano derecha del Generalísimo? Esas palabras, expresadas con rabia e incredulidad, provocaron que uno de los pasajeros, un individuo que se sentaba junto al conductor y que hasta ese momento no había reparado en mí, se levantase para aproximarse a nosotros. Era un hombre corpulento y cubierto de sudor, que caminaba pesadamente mientras respiraba de manera angustiosa. Un parche negro ocultaba uno de sus ojos y parte del lado derecho de su rostro. Cuando se detuvo frente a mí se dedicó a observarme con curiosidad, sin la menos delicadeza por su parte. Durante unos segundos que se volvieron eternos sentí que el único ojo sano de aquel individuo desgarbado me examinaba de forma impúdica haciéndome sentir desnudo frente a él. Pero de pronto el hombre tomó mi mano y, retorciéndose de forma sumisa y humillante, deshinchándose como una vejiga llena de aire, gritó para que todos los presentes pudieran oírlo: ― ¡Soy yo, mi coronel, ¿no se acuerda de mí?! Soy su ordenanza… ― luego, sin poder contener la ira, se dirigió a los policías que contemplaban la escena mudos por la sorpresa ― ¡¿Cómo se atreven a hablarle así a un héroe como él?! Informaré a sus superiores y tendrán suerte si los destinan a cualquier puesto abandonado en el desierto. Éste es el hombre que dirigió la ofensiva que liberó el sur del país, gracias a él terminó esta maldita guerra. El Generalísimo le debe su victoria. Los dos sujetos uniformados balbucieron atropelladamente una excusa, la altivez que mostraban sólo unos minutos antes se había convertido de repente en una miserable y deshonrosa abyección:

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― ¿Quién podría creer que este hombre estaba diciendo la verdad? ― Se justificaba el tipo del cigarrillo del modo más arrastrado posible, sin reparar en que yo nada había dicho puesto que no sabía quién era ese coronel ni de qué guerra estaban hablándome ― Nos engañó esa cicatriz… ― Es verdad ― murmuró el gigantón del parche en el ojo mientras pasaba su dedo por la herida de mi cuello ―, ¿qué coño es esto? ¿Quién es el malnacido que se lo ha hecho? Y fue entonces cuando la mujer que decía ser mi hija, esa extraña compañera de viaje a quien nunca antes había visto, contó la más extraña historia que se pueda imaginar. Entre lágrimas, supurando por la herida abierta de un recuerdo que para ella estaba vivo y dolía como si aquellos hechos de los que hablaba acabaran de producirse, dijo que a medida que nuestros soldados iban ocupando los pueblos y ciudades que aún permanecían fieles a los rebeldes mi comportamiento se fue volviendo más incomprensible para quienes me conocían desde antes del pronunciamiento que nos condujo al desastre. Por doquier ordené ejecuciones de inocentes; por mi culpa murieron niños, mujeres… familias enteras fueron exterminadas como si jamás hubieran existido, sus nombres se extinguieron mezclados con el de muchos otros que yacen olvidados al borde de los caminos. Caí en un paroxismo, un abismo de locura y sangre que me condujo al aniquilamiento de cientos de personas por el simple hecho de pertenecer a otra raza, de profesar otra religión, de sostener otra opinión… Una sed de venganza que no se extinguió hasta que llegamos en nuestro avance a una pequeña villa al borde del mar. Allí vivía un anciano músico muy conocido en nuestro país, un hombre que había recorrido durante años todos los pueblos recopilando canciones populares e interpretando sus composiciones ante la gente que se reunía en las plazas para escucharle. La mujer contó que yo mismo saqué a este pobre viejo de su casa y que lo colgué de un árbol para arrancarle la piel a tiras con mis propias manos; murió desollado, martirizado por los mosquitos que acudían atraídos por la sangre de su carne palpitante y suplicando que pusiera fin a

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su tormento con un disparo; pero en lugar de acabar con su sufrimiento permanecí allí de pie, observando su agonía en silencio hasta que dejó de retorcerse. Horas después se recibía en mi cuartel general un mensaje: “Los últimos focos de resistencia se han rendido. La guerra ha terminado”. Un sargento vino entonces apresuradamente a mi cuarto para enseñármelo y, al ver que yo no abría la puerta, se atrevió a entrar sin mi permiso. El soldado creyó, seguramente de manera bastante ligera, que yo no tendría en cuenta esa falta de respeto ante la importancia de la noticia que me traía. Ese hombre fue quien me encontró, amoratado, sin sentido y colgado por el cuello de una viga del techo. Mis auxiliares se apresuraron a bajarme para comprobar que, más allá de toda esperanza razonable, todavía respiraba; el corazón me latía débilmente pero se resistía a detenerse… Ésta es la historia que contó esa mujer desconocida que viaja a mi lado, una historia que no recuerdo, vivida por gente que no he visto jamás, mientras contemplo un paisaje que no reconozco desde un autobús que no sé a donde se dirige por esa carretera que no va a ninguna parte.

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El viaje del último pitufo J. Martín Alcaid Los padres de Celia, una preciosa niña de ojos azules y cabello rubio rizado, habían decidido pasar las vacaciones de aquel año en la Comunidad de Madrid. Cada vez elegían un destino diferente porque se beneficiaban de tarifas especiales para sus desplazamientos en tren gracias a que el progenitor era ferroviario; solo tenían que abonar el seguro obligatorio de viajero para cercanías y media distancia, y para largos recorridos podían obtener jugosos descuentos. Desde que la pequeña supo que el viaje incluía una visita al ‘Último Pitufo’ empezó a dar saltos de alegría. Le encantaban esos duendes bajitos de color azul y gorro frigio blanco que habitaban en las setas en lo más profundo de los bosques. Habían aparecido por primera vez en la historieta La flauta de los seis pitufos que publicó la revista infantil Le Journal de Spirou. Creía inocentemente en la existencia de esas diminutas criaturas. Y aunque estaba entusiasmada con la idea del viaje y la posibilidad de ver un auténtico pitufo, se preguntaba por qué se trataba del último. «¿Acaso ya no quedaban más en los bosques?» A pesar de sus insistentes preguntas, sus padres se habían limitado a sonreírle y a contestarle que lo sabría en su momento. Así que no le quedó más remedio que conformarse y esperar. En aquellos momentos ignoraba que la realidad iba a ser algo distinta a lo que ella se estaba imaginando. Una vez instalados, Celia y sus padres se dedicaron a visitar la ciudad. En una de sus salidas llegaron a la estación del Paseo de las Delicias, un edificio de estructura metálica proyectado por el ingeniero francés Émile Cachelièvre, cuyo apellido traducido literalmente significaría ‘Escondeliebre’, que fue inaugurado en 1880. De allí salían antaño, entre otros, los trenes con destino al vecino Portugal; de esa estación partiría el último Lisboa Expreso TER. Dejó de funcionar para los viajeros en 1969 y se convirtió con el tiempo en lo que es

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ahora: el Museo del Ferrocarril. Para el padre de Celia representaba el mayor aliciente del viaje, y para la hija suponía cumplir el sueño de conocer a un pitufo de verdad; por lo menos, eso creía ella. La pequeña familia bajó por la cuesta que lleva al complejo y accedió a la terminal a través de un gran portalón. Los tres miembros pasaron por la taquilla, que es a la vez tienda donde se venden revistas, periódicos y recuerdos ferroviarios, tal y como en el pasado lo hizo la empresa Librerías de Ferrocarriles, S.A., explotando ese tipo de negocio en las estaciones del país y fomentando de esta forma la lectura mientras se esperaba la hora de salida del tren o se aliviaba la pesadez del viaje. Así fue como Celia y sus progenitores entraron en la nave central. Se dedicaron a recorrer las estancias donde se exponía toda clase de material ferroviario: juguetes, maquetas, figuras a escala, relojes, antiguos billetes, guías de viaje, etc. Y, como eran del Sur, no faltó una visita a la Sala de “Andaluces” que exhibía la primera locomotora de vapor de la Compañía de Andaluces. Había bastante público deambulando por los cuatro andenes; contemplaba la variedad de trenes y locomotoras estacionados en las vías. A Celia le llamó la atención una locomotora de vapor seccionada para que se comprendiese mejor su funcionamiento; parecía que la habían destripado. Sin embargo, a pesar del interés que mostraba por todos esos medios de transporte — le gustaban los trenes porque con ellos se viajaba, y eso le encantaba—, Celia estaba impaciente por encontrarse ya con el ‘último pitufo’, destino principal de la visita para ella. Pero nada de nada, ni rastro del anhelado personaje. Después de recorrer los andenes, la pequeña y sus progenitores se pararon ante un tren pintado de azul estacionado en la vía cuatro. —¿Qué, te gusta? Ahí tienes a tu pitufo — dijo el padre sonriendo.

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—Esto es un tren, no es un pitufo —protestó la niña, que empezó a gimotear. Afloraron unas lágrimas que presagiaban un inminente berrinche y se desencadenó la tormenta. Celia estaba visiblemente enfadada. Su madre, disgustada por la pena de su hija, le recriminaba al marido la broma de mal gusto que le había gastado, y eso que ella no había objetado nada al principio. En pleno incidente se acercaron dos hombres: uno, joven, con uniforme de interventor de tren, — persona encargada de comprobar en ruta los títulos de viaje, de cobrar los suplementos, que ejerce una labor de vigilancia y de policía durante el trayecto, además de facilitar información sobre el recorrido—; el otro, maduro, con traje de jefe de estación, que se tocaba con el clásico quepis de paño azul y rojo, visera de charol y barboquejo. En la parte superior, la roja, lucía el logotipo de Renfe; en la azul estaban bordadas con hilo de oro ocho hojas de roble, dos grandes y dos pequeñas a cada lado de un lazo central. —¿Por qué lloras, pequeña? —preguntó el interventor. Celia, desconcertada, lo miró y contestó entre mientras señalaba la máquina con su dedo índice:

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—Mi padre me dijo que me enseñaría el ‘ultimo pitufo’ y me ha traído a ver este tren. El hombre se agachó para estar a la altura de la niña y le explicó con toda la paciencia y la dulzura que requería el momento —parecía un psicólogo infantil— que su padre le había dicho la verdad, pues habían sido los trabajadores del taller de Cerro Negro donde se reparaban los trenes los que tuvieron un día la simpática ocurrencia de rebautizar a un determinado tipo de tren con el nombre de ‘pitufo’, porque estaba pintado de color azul como los pequeños duendes de las historietas. Así fue como nació ese apodo, que trascendería y se haría muy popular.

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¿Pero qué clase de tren era el “Último Pitufo”? Se trataba de un automotor diésel de la serie TER (Tren Español Rápido) de FIAT. Los TER se utilizaron durante tres décadas, entre 1965 y mediados de 1995, en recorridos de larga distancia por toda la geografía española, enlazando la capital con numerosas ciudades y recorriendo millones de kilómetros. Fueron muy estimados por el público. El que estaba parado ante Celia y sus padres había hecho en concreto más de cuatro millones y medio. Se trataba del 597-010-8 (Ex 9710). Los TER estaban compuestos de coche motor, cabina principal, furgón de equipajes, plataforma de acceso y segunda clase. Disponían de cocina-cafetería desde la que se podían servir comidas en el propio asiento del pasajero. El del museo había sido dado de baja en 1994 y, exceptuando algunos viajes, su existencia languidecía en el taller de Cerro Negro. El “Último Pitufo” soñaba —si es que un tren puede hacerlo— con volver cuanto antes a la circulación. Se intentó darle un nuevo destino como tren turístico para la Sierra Norte de Madrid, el llamado proyecto Translozoya. Para ello había que repararlo y restaurarlo, ponerlo en manos de expertos de la estética, y con ese propósito lo mandaron en octubre de 2013 a los talleres de la ARMF (Asociación por la Restauración de Material Ferroviario) de Lérida. Al parecer, unos problemas de infraestructura —el hundimiento de un túnel— dieron al traste con el plan de la Sierra Norte. Ante esa situación, se resolvió darle una nueva oportunidad, esta vez como pieza museística en el Paseo de las Delicias. El “Último Pitufo” comprendió que enviarlo al ‘Hogar de la Tercera Edad Ferrocarril’, es decir, al Museo de Delicias significaba una prejubilación en toda regla a la que no cabía oponerse. A fin de cuentas se puede decir que el “Último Pitufo” había sido afortunado en comparación con otros de su clase. Mientras él iba a ser visitado, admirado y arropado por el calor del público, casi todos los demás fueron marginados cuando se les consideró inútiles para el servicio y quedaron abandonados a su suerte en cualquier lugar. Entonces, sin cuidados ni mantenimiento, el óxido se apoderó de la chapa

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como una insidiosa gangrena y fue royéndola lentamente hasta destruirla. A esta situación se añadió la mano vandálica del hombre que expolia y devasta todo hasta convertir en chatarra irrecuperable lo que el mismo creó. Esos trenes, que tan buenos servicios prestaron a la sociedad transportando miles y miles de pasajeros, se sintieron tremendamente desdichados. Nadie tuvo conmiseración por ellos. Nuestro ‘pitufo’ llegó de Lérida en la madrugada del 20 de marzo del 2015. Estaba tan rejuvenecido que, si estuviésemos hablando de una persona, yo diría que parecía un pimpollo, como si le hubiesen dado el elixir de la eterna juventud. Para evitarle un esfuerzo innecesario y que se dañara le habían proporcionado una bella locomotora de alquiler que tiró de él todo el camino; él, indolentemente, se dejó llevar sin chistar. Su actitud cambió cuando estuvo en las proximidades de la estación, se envalentonó, puso en marcha sus motores y accedió a ella por sus propios medios para demostrar quién era, casi de puntillas para no molestar, fresco y lozano, majestuoso como siempre. Parecía una estrella rutilante en la noche madrileña. Así fue, por lo que yo sé, el viaje a que se refiere el título del relato y el correspondiente ingreso en su retiro actual. Tal vez no fuera el último. Los TER habían reemplazado a los TAF (Tren Automotor Fiat). Por aquellas fechas, su velocidad máxima de 120 km/h les otorgaba el calificativo de “rápidos”. A mediados de los ochenta, fueron abandonando los largos recorridos para incorporarse poco a poco a los servicios regionales, cambiando no solamente de destino sino también de color. Más tarde serían desbancados por los “electrotrenes”, los llamados ‘obispos’ en la jerga ferroviaria porque estaban pintados con un llamativo color rojo; unos ‘obispos’ que corrían a 140 km/h. ¡Una barbaridad! Mientras los dos hombres cambiaban impresiones en voz baja, tratando seguramente de encontrar una solución que consolara a la pequeña, la mirada expectativa de Celia iba

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alternativamente de un interlocutor a otro. Le atraía mucho el quepis del jefe de estación, y es que la parte roja le recordaba al ‘Gran Pitufo’ o ‘Papa Pitufo’ cuyo gorro frigio era también del mismo color. Finalmente, habló el ‘Gran Pitufo’ o, lo que es lo mismo, el jefe de estación: —Bueno, preciosa, aunque solo se puede visitar este tren de forma guiada haremos una excepción contigo y lo conoceremos por dentro; así sabremos si hay algún pitufo escondido en su interior. ¡Quién sabe! La cara de la niña se iluminó con una hermosa sonrisa; su pena reciente se había transformado en contento. Y a la voz de «¡Viajeros al tren!», casi susurrada para no despertar la curiosidad del público, todos subieron a bordo del TER. Celia, radiante, corría alocadamente en vanguardia acompañada de las risas de los adultos, mirando en los asientos y aprovechando la ocasión para sentarse en ellos. Rebuscando por los rincones e indagando como un sabueso, llegó hasta la cabina del conductor, pero la puerta estaba cerrada. Al no poder entrar se giró; frustrada, pero sin manifestar su decepción, emprendió el camino de regreso hacia la salida. Poco antes de alcanzarla, algo de color azul colocado sobre un asiento atrajo su atención; se trataba de un pequeño pitufo metido en una bolsa de celofán, que el joven interventor había sacado de algún lugar secreto del tren o del bolsillo de su chaqueta en un momento de distracción de la cría. Celia, con los ojos brillantes, rompió rápidamente el envoltorio y le dio una serie de besos al muñeco. —¿Te gusta? —preguntó ‘Papa Pitufo’. —Mucho —respondió Celia.

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—Ya veo que el pitufo sí, pero quiero saber si también te ha gustado el tren… Como antes te pusiste a llorar al verlo. —Sí, es muy bonito y muy bueno, porque me ha regalado un pitufo. —¡Ya, ya! Ha visto usted, don Andrés…, por el interés, por eso le ha gustado —puntualizó riendo el jefe de estación al tiempo que le daba un leve codazo de complicidad al interventor. Luego, hizo una sugerencia a los padres de Celia antes de despedirse: — Aprovechando su estancia en la capital, deberían hacer una visita al Real Sitio de Aranjuez en el Tren de la Fresa, cuyo funcionamiento volvió a restablecerse en 1984. Sale desde la estación de Príncipe Pío a las 9:50 y llega a su destino a las 10:44. Regresa a las 18:55 y entra en Madrid a las 19:48. No olviden que el acceso se cierra diez minutos antes de la salida. Normalmente, la tracción la lleva a cabo una locomotora eléctrica de los años 60, pero puede ser sustituida por una máquina diésel. El tren está compuesto por cuatro coches de madera de los llamados “Costa” —unas auténticas antiguallas construidas entre 1914 y 1930—, un furgón DV destinado originalmente al jefe de tren y un vagón cerrado, tipo J, para transporte de mercancías. Siento decirles que los asientos, también de madera, son más bien incómodos. Pero como el trayecto es corto y el viaje dura algo menos de una hora, es soportable. En contrapartida, unas azafatas vestidas con trajes de época les regalaran fresas cultivadas en la zona. El itinerario más sencillo es el de ‘Fresas al natural’ que, además de tener la prestación del tren ida y vuelta como todos los demás circuitos, permite la visita libre a Aranjuez. ‘Fresas con nata’ incluye además un viaje en tren turístico por el casco histórico de la ciudad y una visita a pie por la tarde por los Jardines del Parterre y de la Isla; el de ‘Fresas Reales’ dispone de traslado en autocar ida y vuelta a la zona

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monumental, una visita guiada de 45 minutos al Palacio Real y otra libre al Museo de Falúas y al Jardín del Príncipe. También pueden elegir el itinerario ‘Fresas del Tajo’, con recorrido guiado a pie por los Jardines del Príncipe, Parterre y Rey, y un paseo en barco turístico de 45 minutos. En mi opinión es el más completo. Bueno, tenemos que dejarles aquí para continuar con nuestro trabajo. Les deseamos una feliz estancia entre nosotros. ¡Adiós a todos! Celia, recuerda que este tren será siempre para ti el ‘Último Pitufo’. Cuando se marchaban, Celia se giró y contempló con ternura aquella máquina señorial que dejaba atrás; le pareció que le sonreía, incluso que le había guiñado un ojo… Bueno, quiero decir un faro. Antes de partir del museo, fueron a merendar al coche cafetería estacionado en la vía tres junto al coche restaurante. Ambos pertenecieron en su época a la mítica Compañía Internacional de Wagons Lits, la del Orient Express…, sí el del crimen. A las 8 de la mañana del día siguiente eran numerosos los viajeros que concurrían a la estación de Príncipe Pío. Pese a que las plazas, al ser numeradas, no podían ocuparse por personas distintas a las indicadas en los billetes, se afanaban en buscar acomodo cuanto antes en los vagones obsoletos de un tren —el Tren de la fresa—, que a la pequeña Celia le pareció lo más feo del mundo, por más que tuviese una locomotora eléctrica verde como un saltamontes. Después de haber conocido la comodidad de las mullidas plazas del TER, la chiquilla se había llevado un buen chasco con la sobriedad y la dureza de los asientos del tren de madera, lo cual era bien comprensible. Pero como los niños tienen la facilidad de fantasear y encuentran una respuesta para casi todo, Celia, que no podía ser menos, se conformó imaginando que estaba viajando en el precioso “Último Pitufo” de la víspera en lugar de hacerlo en el vetusto convoy. Habían elegido el itinerario ‘Fresas Reales’ ya que incluía el traslado en autocar ida y vuelta a la zona monumental, lo cual les vendría bien para el retorno cuando estuviesen

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cansados. Disfrutaron de una jornada inolvidable y agotadora; querían aprovechar al máximo aquellos momentos. En mitad del viaje de vuelta, Celia se durmió sobre el regazo de su madre. Había algo que, por falta de tiempo y porque habrían tenido que apearse en Pinto, no pudieron visitar. Se trataba de la torre usada en la Edad Media como prisión de notables e ilustres por la Corona española; se la conoce como la Torre de Éboli. En ella estuvo encarcelada en 1579 Ana de Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli, popularmente conocida por “La Tuerta”. «Bueno, — se dijeron los padres de Celia— ya la visitaremos en otra ocasión que vengamos por aquí.» Celia se empeñó en visitar por segunda vez el Museo de Delicias, quería despedirse del “Último Pitufo”, y al padre le agradó la idea porque entre tanta maquinaria él iba a estar en su salsa; además, era incapaz de negarle un capricho, por pequeño que fuese, a la “niña de sus ojos”; incluso le propuso llamar aquel tren de otra manera: —¿Qué te parece si le ponemos un nombre diferente al “Último Pitufo”? Por ejemplo, “Pitutren”, que es el resultado de juntar dos palabras: pitufo y tren. —¡Síííí, me gusta! Poco antes de finalizar las vacaciones, dejaron a la madre haciendo compras y ellos volvieron al Paseo de las Delicias. Tuvieron la suerte de reencontrarse con el interventor de tren que habían conocido la primera vez. El hombre les permitió subir al convoy, incluso les abrió la puerta de la cabina del conductor para que pudiesen conocer el interior. —Y el pitufo que te regalamos, ¿acaso lo has perdido? — preguntó.

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—No, lo llevo dentro de mi mochila para no perderlo— respondió Celia. —Muy bien, muy bien, así me gusta. Luego le explicó al padre que había otro “Pitutren”, como decían ellos, en Calatayud. Se acabaron las vacaciones y volvieron a tomar un tren para regresar a casa. Durante el viaje Celia prestó más atención a lo que sucedía en el exterior que a la vida en el interior del vagón. Y cada vez que el convoy se cruzaba con otro tren, ella veía, o creía ver, un ‘pitutren’; para ella todos los trenes eran de color azul. No tengo una bola de cristal para saber lo que el futuro le deparará a Celia, pero puedo aventurar que crecerá, que ira al colegio como todas las niñas de su edad, que pasará de la infancia a la pubertad y luego a la adolescencia; y, como es espabilada, ingresará probablemente en la Facultad de Filosofía y Letras o en la de Ciencias de la Información de alguna universidad. También podría producirse un traslado del domicilio familiar, derivado a su vez de un nuevo destino laboral del padre en cualquiera de las estaciones ferroviarias de la capital. En ese caso la joven tendría la oportunidad de estudiar en la Escuela Superior de Turismo de Madrid si se sintiera atraída por las relaciones sociales y los viajes. Su estancia en la ciudad le permitiría acercarse al Museo del Ferrocarril para ver a su viejo amigo el ‘Pitutren’. Y no cabe duda de que en una de sus asiduas visitas podría conocer al “viejo de la estación”, un vagabundo de barba y pelo blancos, lleno de sabiduría, que la vida habría maltratado como a tantos otros, encumbrándolo primero y arrojándolo después al pozo del infortunio; uno de esos

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indigentes de vida errática y espíritu libre y rebelde que solemos encontrar en la capital con la casa a cuestas, es decir, llevando sus escasas pertenencias, como finiquito de toda una vida, en un destartalado cochecito de bebé o en un renqueante carro de la compra. El hombre, habitual de los alrededores del Paseo de Delicias y conocido por casi todo el mundo, se acercaría a Celia y le pediría unas monedas. Su aspecto bastante aseado —frecuentaría regularmente alguno de los centros de atención a personas sin hogar— le permitiría ser aceptado por la joven. Además, habría un nexo que les acercaría: un pitufo, semejante al que ella llevaría como de costumbre en su mochila, que colgaría del carrito del indigente. Entonces, podría establecerse una relación de amistad y de confianza; él se atrevería a contarle fantásticas aventuras de trenes y de viajeros a cambio de una cerveza y un bocadillo de calamares o unas cuantas monedas, incluso le aseguraría que, en algunas medianoches mientras todo el mundo dormía, había visto salir de la estación el adorable tren azul, vacío y sin conductor. Todo un misterio. Con una sonrisa entre pícara y burlona añadiría que tal vez se vería a escondidas con una hermosa locomotora, como la que lo había remolcado de Lérida a Madrid, a la que estaría cortejando. Le juraría que en tales ocasiones ni había bebido ni había tenido visiones, y subrayaría: «Todavía no me he vuelto chaveta.» Celia, aunque dudando de la veracidad de tales historias, cogería lápiz y papel —más práctico que un bolígrafo porque se puede borrar— y decidiría plasmar aquellas confidencias junto a sus propias vivencias en relatos que luego trataría de publicar. Tal vez, con un poco de suerte, sus progenitores comprarían una pequeña casa rústica entre Pinto y Valdemoro para poder practicar en sus ratos libres su afición favorita: la horticultura; así podrían cultivar verduras y fresas, como las que les regalaron en aquel viaje a Aranjuez. Celia se casaría y previsiblemente tendría hijos. Y cuando éstos alcanzasen una determinada edad, los llevaría al Paseo de Delicias para conocer a su amigo el “Último Pitufo”, siempre y cuando no le hubiesen asignado otro destino. Él, un simple tren, algo más

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envejecido que cuando la joven madre lo conociera, allá por el 2016, se regocijaría con las explicaciones que ella daría a sus retoños y se sentiría orgulloso del cariño y de la fidelidad profesados a lo largo de todos aquellos años. Debo recordar al lector que el “Último Pitufo” disfrutaba de ciertas facultades, como las de oír y sentir, impensables en los demás trenes. Pudiera ser también que, contra todo pronóstico, se hubiera encendido el semáforo verde del Translozoya — el plan de aquel tren turístico de la Sierra Norte de Madrid—, que estaba aparcado desde hacía tiempo en vía muerta por falta de acuerdo entre las partes implicadas. Entonces, cabría la posibilidad de que sucediera algo así: —Celia, ¡baja! El desayuno lleva un rato sobre la mesa y las tostadas se van a enfriar —gritaría la madre desde la cocina. —¡Ya voy, ya voy! No te impacientes, mama, que bajo enseguida. —No soy yo la que debe ir a trabajar y, sin embargo, me pone nerviosa la pachorra que tienes; no sé a quién le habrás salido. Es que si no te aligeras, vas a perder el tren. —Lo dudo mucho, mama, porque la conductora del ‘pitutren’ soy yo y todavía tengo tiempo —contestaría Celia bajando en tromba por las escaleras desde el piso superior. Porque Celia, todavía soltera por aquellas fechas, habría estudiado para ser maquinista de trenes y habría obtenido la titulación necesaria para conducir esas pesadas máquinas en una época en la que las mujeres ya accedían a puestos ocupados desde siempre por hombres.

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Nada comparable con lo protagonizado en 1929 por la pionera Pilar Careaga y Basabe, una joven nacida en Madrid en el seno de una familia vasca —su padre era el Conde de Cadagua—: durante las prácticas del último curso de Ingeniería Industrial se enfundó el mono de trabajo, se colocó las gafas para protegerse de la carbonilla y condujo una locomotora de vapor 4700 de la compañía Norte —Renfe no se fundaría hasta 1941— desde la estación Norte de Madrid a la del mismo nombre de Bilbao. ¡Tenía tan solo 20 años! Sería la primera mujer ingeniero de España. Pilar pero muy eran

Careaga solo se quejaba que el regulador era algo duro, la palanca de cambio de marchas y el equilibrador eran manejables. Decía de las locomotoras de entonces que “simpáticas”, “admirables”, “sufridas” y “valientes”.

Celia cogería su mochila con la fiambrera del almuerzo preparado por su madre, un ramillete de flores del jardín para la cabina del tren y emprendería un nuevo viaje con el “Último Pitufo”…

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Andanzas lorquianas Ruth Escamilla Monroy Desde mi pupitre veía a la maestra en la clase de Géneros Literarios, quien leía emocionada en su escritorio La casada infiel, Preciosa y el aire o el Romance sonámbulo, y nos enseñaba a descifrar sus metáforas, a disfrutar del ritmo, de la animación que el poeta le otorgaba a la naturaleza y de su capacidad para explotar lo sensorial. Fue entonces cuando empecé a notarle personalidad al viento; a ser consciente del aroma de las hierbas; a sentir diferentes texturas; a escuchar hasta el sonido de la tela y a paladear con las letras los sabores de Andalucía desde México. Más tarde, cuando era yo quien hablaba detrás del escritorio, una estudiante declamó La monja gitana y supe de muros blancos que esconden incendios. Luego, vi en el teatro La casa de Bernarda Alba y un amigo me dio a leer Yerma. Estaba cautivada. Llegó mi acercamiento a Bodas de sangre y abordé con mis alumnos de preparatoria el tema de la Generación del 27. En una diapositiva tenía la foto de la casa natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros. Sabía que deseaba visitar el sitio, pero era algo así como un sueño que veía poco probable, enfocada como estaba en mi vida laboral y cotidiana. Años después llegó la oportunidad de pasar diecinueve días en Madrid como becaria en un programa de verano. Aproveché un fin de semana para hacer realidad aquello que había sentido lejano. Debía prepararme. En una librería de viejo encontré el segundo tomo de Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, de Ian Gibson, y empecé una lectura que me sirvió de guía. Supe que además de Fuente Vaqueros debía visitar Granada, Valderrubio y el lugar donde lo asesinaron. En Madrid, en el Barrio de las Letras, vi la escultura en la que el autor sostiene un ave muerta entre las manos; su propia

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vida interrumpida de forma violenta en el momento de mayor plenitud. Un viernes por la noche tomé el autobús y amanecí en una estación donde esperé que clareara para salir a buscar otro transporte que me llevaría a su lugar de nacimiento. Era muy temprano, así que la vida comercial apenas empezaba. El aroma de aceituna me llenaba la nariz. Saludé al Federico de bronce que recibe a los visitantes en la rotonda de entrada al pueblo. Visité el mercadillo ambulante y quedé fascinada con la forma de hablar de los comerciantes. Compré uvas y naranjas y las disfruté frente a una casa blanca, de dos pisos, con tejas, puertas de madera y balcones de herrería negra decorados con macetas floridas. Estaba ahí en el lugar real, ya no frente a una pantalla con diapositivas. Las habitaciones son pequeñas, espacios íntimos como aquel donde nació. En el centro de la casa hay un patio, un pozo, una vid y un busto suyo. En el segundo piso, una videosala proyecta algunas imágenes en movimiento del trabajo que hizo con el grupo de teatro La Barraca. Fue ahí donde el encargado me dijo cómo llegar a Valderrubio, lugar al que debía ir puesto que pasó más tiempo allá que en el sitio donde me encontraba. Me despedí de la casa que había originado mi viaje. Al llegar de nuevo a la plaza, no cabía en mí la sorpresa de encontrar un camión idéntico al que había visto en las fotos del museo y unos actores en monos azules, tal como se vestía la compañía, además, el rótulo de Teatro Universitario La Barraca. El grupo aún existe y representa obras en los lugares de reunión de los pueblos, así como ocurría en aquellos tiempos en los que el autor tenía la esperanza de despertar conciencias por medio de la dramaturgia. En breve tiempo llegué a Valderrubio, un pueblo blanco, de casas bajas y rodeado de choperas. Era verano. El cielo tenía un azul impecable y el sol brillaba al máximo. La casa es fresca y ventilada, por lo que se agradece estar en el interior, en la sala del piano, en la cocina o en su patio con plantas, enredaderas y un pozo. La Vega de Granada es tierra de pozos. Entendí que no en vano un niño se ahoga al dejarse

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atrapar por el reflejo en el agua en el Romance de la luna, luna. La habitación del poeta conserva su cama de estructura metálica. Encima de la cabecera cuelga un cuadro de papel amarillento. En él, un hombre de ojos inquietantes carga su cruz y tiene la rodilla en tierra. Es el Santísimo Cristo del Paño, cuya referencia aparece en Yerma, en aquella ermita que las mujeres debían visitar si querían un hijo. Según los guías, ese cuadro era muy importante para Lorca. Las sillas de anea que se mencionan en La casa de Bernarda Alba son parte del mobiliario, así como las paredes blancas. No es casualidad: la casa de Frasquita Alba está a unas cuadras de distancia, junto a la vivienda de los tíos de Lorca. Los patios colindaban, así que al ir por agua al pozo era posible enterarse de las creencias y de los infiernos que escondían las fachadas encaladas o las ventanas floridas. Se sabe que el autor se ganó enemigos después de crear ese drama rural, que como los otros dos, exhibía la educación represiva de las buenas conciencias granadinas de aquellos años. El ático conserva textos de su puño y letra, en ellos habla de la función social del teatro. Además, una colección de títeres y escenografías mantiene al visitante atento, así como la vista a través de los barrotes de las ventanas; atravesando un campo de cultivo hay chopos que marcan el paso del río. Allá estaban los lavaderos donde las vecinas daban cuenta de la vida de Yerma, de su tardanza en ser madre, de su amargura y de su actitud reprobable ante los ojos de ellas. Tenía que ir. Aunque sin ganas de abandonar aquella casa tan suya, salí y atravesé el campo. La tierra dejaba ver pequeños caracoles en la superficie. Lorca hace metáforas e imágenes táctiles con ellos. En mi mente repasaba los versos mientras avanzaba. Después de caminar bajo la inclemencia del sol, fue un alivio entrar en un espacio de sombra, fresco y con el sonido del río, relajante esta vez, sin vecinas que lavan la ropa y ensucian la fama. Estaba ahí, en un punto del mundo

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en el que jamás pensé estar, solamente acompañada por las voces de un poeta fundamental. Con la mente llena de imágenes volví a Valderrubio para tomar el autobús de regreso a Granada. Ya había estado en el lugar de nacimiento y de crecimiento de Lorca. Quería visitar la ciudad, la huerta de sus vacaciones y viajar a Anydamar, “fuente de las lágrimas”, considerado el sitio de su asesinato. Atravesé pueblos que advierten la presencia de gente detrás de las ventanas; donde las puertas están abiertas pero protegidas por una cortina. Llegué a la ciudad y el termómetro marcaba 42 grados. Me atreví a caminar, a disfrutarla a pie para admirar su arquitectura y sentirla. De vez en cuando me refugiaba en alguna tienda para beber algo y tomar aire fresco hasta dar con mi primer destino: la Huerta de San Vicente. Estaba cerrada, pero el hecho de sentarme ahí, bajo las sombras de los árboles y entre el frescor de las plantas hizo que valiera la pena. Además, el amigo que me había dado a conocer Yerma también me había enseñado a no frustrarme en los viajes: “siempre deja algo para la próxima visita”. En ese momento de calma, un sevillano entabló conversación conmigo, con ese acento tan particular y con un espíritu aventurero contagioso, viajaba con rumbo a la playa sin un plan fijo. Supe que quería hacer lo mismo. Subí por la calle Recogidas encantada con la arquitectura, con la fachada del cine Aliatar y con los nombres de las vialidades. Llegué a mi hostal entre callejones. Le conté al encargado mis planes de visitar Anydamar. Me dijo que por el poco tiempo que yo llevaba no me convenía hacer esa visita, que mejor fuera a La Alhambra al atardecer para disfrutar la vista, apreciar los espacios para los que no se requiere boleto y luego bajar a la ciudad por el barrio de Albaicín a pie. Yo pensaba hacerlo por la mañana. Comentó que lo viviera en dos momentos, puesto que la experiencia sería diferente. Seguí su consejo y fue muy sabio. Decidí que visitaría sólo los

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lugares asociados con la vida del autor y que configuraron su espíritu poético. Es difícil describir las sensaciones, las emociones y el asombro producidos por la fortaleza que albergó a los gobernantes nazaríes por tantos años. Altos muros impenetrables, armonía con la vegetación, vista estratégica. Fascina el arte islámico y deja ver su influencia en el estilo renacentista del Palacio de Carlos V. Creció mi deseo de explorar, de volver el domingo para descubrir los jardines interiores y la secreta decoración que guardan los edificios, tan sencillos por fuera. El Albaicín me esperaba con sus cármenes, esos muros blancos de los que hablaba Lorca, que resguardan flores y hierbas que inundan de perfumes el ambiente de la tarde. Callejones para perderse, gatos en los huecos de los muros, las capillas estilo mudéjar de los arcángeles, también convertidas en poemas por el autor granadino. Subí al campanario de la iglesia de San Nicolás; la conjunción de la vista, la sensación del viento y su sonido son huellas permanentes en mi memoria. Dominé el cielo por unos momentos y luego anduve por calles olorosas a especias, a perfumes y a aceitunas. Llegué a la catedral cuando sus muros, torres y cúpulas eran mitad oscuros y mitad dorados. La contemplé y seguí los pasos de la noche. En la Plaza de la Romanilla un grupo de mujeres despedía la soltería de una novia montada en un asno. Unos pinchos y una caña fueron una grata manera de abrazar la oscuridad. El sol me acompañó a La Alhambra el domingo. Había que llegar temprano para evitar el tumulto. Luz fue todo lo que vi en el mármol blanco del Patio de los Leones, en las fuentes quietas y con discretas corrientes de agua, en los jardines que resaltan entre los altos muros monocromáticos, en las almenas que se iluminan con los rayos solares, en la ciudad

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que se domina desde lo alto, en las celosías de madera oscura, en la filigrana de los mocárabes que me llevaron a morderme las uñas de desesperación ante tanta belleza. El ojo contemplaba, pero el cerebro se confundía al querer procesar esos diseños nunca antes vistos por mis ojos viajeros. En el jardín El Partal me prometí regresar, dejar de pensar que es difícil o imposible, tener más confianza en perseguir mis sueños y viajar sin planes. Volví a la ciudad, pasé por el café Chikito, donde Lorca se reunía con escritores y artistas contemporáneos con quienes participó en la revista Gallo, misma que había conocido yo en la casa de Valderrubio. Descansé a la sombra de los árboles ante la escultura de Mariana Pineda y también caminé por su calle. Recogí mi escaso equipaje y agradecí a quien me había recomendado disfrutar así de La Alhambra. Sabía que había infinidad de cosas que ver y que iba a hacerlo en mi segundo viaje, con más tiempo, con toda calma. Impregnada de aromas y de poesía regresé a Madrid. Allá me esperaban dos sitios más, detallados en el libro que seguía guiando mis andanzas lorquianas. Fui a la Residencia de Estudiantes. Caminé por su sendero bordeado con lavanda, leí la cronología en uno de sus muros, miré las fotografías de los personajes que ahí compartieron ideas. Me detuve un largo rato ante la ventana tras la que se recrea el dormitorio de la época en la que Lorca y Dalí influyeron uno en el otro. Me senté a terminar con mi lectura en la sala que resguarda un piano de cola y en mi mente escuchaba la voz del poeta interpretando las canciones que aprendió en su gira por los pueblos andaluces. Contemplé el medallón que identifica la residencia; la cabeza de perfil de un joven atleta. Pensaba en Lorca y en sus grandes amores. Leí sobre los escándalos provocados por sus obras dramáticas que exhibían las contradicciones de lo que predicaba la moralidad. Me dolió enterarme de cómo, cuando por fin empezaba a ser independiente gracias a su teatro, abandonó a toda prisa su departamento en Madrid para escapar de la amenaza de muerte y se fue a Granada; tal como un personaje trágico

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que al intentar huir de su destino va y se encuentra de frente con él. En metro fui a la estación Goya y al salir del subterráneo encontré la placa del sitio donde pasó sus últimos momentos en la capital: Alcalá 96. Ahora hay una librería donde pude comprar su teatro completo, ese que le dio la vida y la muerte. En un muro exterior del edificio hay una cita suya del año anterior a su asesinato: “El teatro es una escuela de llanto y de risa, y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas del corazón y el sentimiento del hombre”. Ante esas palabras y con sus obras en mi poder, no había mejor manera de cerrar un viaje motivado por él, que para mí había empezado por la poesía y terminaba en la dramaturgia. Un viaje como el de su vida literaria que comenzó con el amor por la belleza y terminó con la acción de la palabra. Su voz, la de su pueblo, me había llevado hasta allá, permanecería conmigo y quién sabe a dónde más me haría ir.

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Apuntes sobre el arte de viajar Rafael Restaino

“No es fácil viajar, pero se aprende” Rafael Sedda I Son muchas las razones por las cuales se viaja, aunque un viaje debe ser ante todo un medio para encontrarse uno mismo o de acentuar una personalidad en una realidad distinta de la cotidiana. A veces se busca una aventura, o los grandes paisajes; muy pocos quieren penetrar el secreto de las costumbres de pueblos exóticos y menos son los que a través del viaje buscan alcanzar la perfección de un arte o una ciencia. Hay, por supuesto, distintos modos de viajar. El necio, el hastiado, el curioso, el artista, tienen cuanto buscan en esa profusión maravillosa de espectáculos y lecciones que nos da el planeta. Debo decir para que nos entendamos rápidamente que para mí el viaje es ir encontrando paso a paso a mí mismo en una realidad que me perfecciona espiritualmente con el simple contacto de su esencia. El viaje debe darnos una enseñanza, una virtud, o una extensión del horizonte mental. Y cuando termina su itinerario y se vuelve a la realidad cotidiana se debe sentir mejor. La prueba de que se ha viajado bien se encuentra en el simple hecho de disponer un atributo nuevo en el espíritu, de sentir una nueva virtud creadora y fecunda.

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Este es realmente el viaje verdadero, el viaje espiritual, el que vale. Lo hacen el joven que sueña y el viejo que piensa. El que va a estudiar, a cultivarse o a llenarse los ojos de visiones y el corazón de emoción. II Desgraciadamente muchos viajeros ignoran el arte del viaje. Es un arte difícil, esquivo, que se aprende poco a poco, a fuerza de saber empaparse de la emanación sutil de las cosas inmateriales. Esta hecho de humildad y expectación. Es un arte en el cual no se debe penetrar de golpe al misterio de su estructura, no se debe creer sólo en los ojos, en los oídos, en el olfato. Toda ciudad, como todo hombre o mujer, tiene su fisonomía que uno debe cuidadosamente revelar. Es que el arte de viajar tiene mucho de lectura y se debe saber que leer atolondradamente y devorar un libro no es conocerlo. Mil páginas leídas de manera apresurada dicen mucho menos que la lenta penetración que se realiza para llevar adelante el ejercicio de un libro bien leído. Los pueblos del mundo como los libros guardan también un misterio y una belleza que no puede conocer, de ninguna manera, el hombre que viaja apresurado. La calle de una ciudad, de una aldea cualquiera, es una realidad viva y palpitante y sólo se ofrece a quienes quieren y saben ver. Esa calle se entrega a pleno a quienes les sabe dedicar un tiempo y se despojan de la comodidad y la seguridad que suelen dar las paredes de una habitación de hotel. Los sentidos despiertos y el tiempo necesario son las justas herramientas para escuchar lo que nos dicen los zaguanes de los edificios, los tipos de balcones, las clases de persianas, la ornamentación de los frentes. Leer atentamente esos espacios donde se encuentran los sellos inconfundibles de un

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pueblo nos permitiría decir sin desbarrar en demasía que algo hemos conocido. III Estoy plenamente seguro que la calle de una ciudad nos enseña como una maestra admirable y generosa. En la calle se encuentra la sabiduría de los siglos pasados. Lo que exhibe una calle suele ser minúsculo e incoherente al ojo apresurado como minúsculo e incoherente son los gestos humanos y sin embargo en ellos cuánto hay de esencia, de espiritualidad. La manera de andar por una calle de una ciudad cualquiera es muy significativa, es un verdadero tratado de psicología social, porque una calle nunca es igual a otra. Una calle, por ejemplo, de cualquier ciudad italiana, es una realidad viva que ha ido naciendo, de siglo en siglo, de una necesidad ineludible de diferenciación como los miembros que forman el cuerpo de un organismo vivo. La calle de una ciudad italiana -por señalar un espacio- es un espectáculo asombroso donde el alma se humedece. Saber caminar una calle de una ciudad es saber ver los siete colores donde se encuentran la esencia, la mirada, el silencio, el amor, la presencia. La unidad oculta entre constelaciones. Una calle bien caminada nos llena los ojos de visiones y sueños. IV En un viaje que se precie existen los hechos fortuitos. Son numerosos y suelen sorprendernos por lo accidentado o inesperado. Debo decir que de todos los que pueden presentarse el principal de ellos es tener la fortuna de conocer un personaje del la ciudad visitada. Ese justo personaje acrecienta por doble partida el conocimiento de un

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lugar. Para que esto sea posible se debe caminar sin prejuicios y con el corazón abierto. Un vendedor de globos me hizo conocer un Paris desconocido, a un músico ambulante le debo el sabor real de la comida peruana, un ladronzuelo me ayudó a deletrear ese río marero que es el Danubio y una gitana en una calle de Sevilla me hizo saber en su total dimensión que la vida es encuentro y desgarramiento y un caminar que suele ser inclinado; y debo cuidar mis palabras para no extenderme sobre esa bailarina de flamenco en la rambla barcelonesa, que arrojó de un manotazo y para siempre mis banderas tristes y me hizo sentir que era posible alborotar pájaros, luciérnagas, mariposas y sonar las campanas de júbilo. Viajar es, entre tantas cosas, encontrarse con esos personajes que hacen mucho más frondosos nuestros días. Ellos hacen que podamos inaugurar la danza de nuestros turbiones, que le hablemos al viento, que nos desnudemos de palabras, de soledades, de colores, de amores. Son fundamentales para ayudarnos a atravesar fríos eriales y sentir que en algo maduramos. V A esta altura de mi vida estoy en condiciones de decir que toda ciudad tiene un alma compleja y enorme y para conocerla en su inaccesible intimidad se requieren muchos años. La mejor manera de conocer una ciudad es ponerse en contacto con su fisonomía y sus modos de ser. En primer lugar debemos saber y por eso repetimos que las ciudades como las personas tienen cara y cuerpo. Para ello hay que tener el tiempo y la decisión de meterse en callejuelas. Si uno no llega a realizar ese ejercicio en una ciudad como París, ignora el escenario de media literatura francesa y la historia trágica del París de la Revolución y la comuna. Quien no ha caminado por los barrios que lindan con las grandes calles, no sabe absolutamente nada del encanto, de la miseria, de la

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fastuosidad, de la sordidez que forman los afeites, el rostro, el traje, el cuerpo, el alma de una ciudad como París, por ejemplo. Quien no se ha detenido con el tiempo suficiente en el descampado de la Piazza della Signoria en Florencia no ha leído un imperdible libro de historia. Un libro que habla con letras de piedra, con voces de arte, con símbolos nobles. No ha podido observar la línea gótica de la Loggia dei Lanzi, joya pura de la belleza y la gracia donde se encuentra la inscripción que señala que allí fue quemado vivo Savonarola. Un poco más allá junto al Perseo de Benvenuto Cellini, cuyo bronce parece la resurrección de la tragedia griega en su fina armonía, levanta su estupenda mole de dominación y de guerra el Palazzo Vecchio. A un paso, en un rincón, se abren los salones de uno de los mayores museos del mundo. Y en todas las ciudades lo mismo. Toda ciudad tiene una calle misteriosa, una casa o una torre donde Tupac Amaru escribió sus proclamas, donde se gestó una revolución, o descansaron por un día los ojos de Dante. Lado a lado coexisten en una perfecta fusión de contrastes, los restos de la belleza y el crimen; la grandeza y la miseria; lo ideal y lo infame; la fe y su sórdida explotación. Para ello, es decir, para pisar las mismas piedras que pisaron los pies de San Francisco de Asís o sentir el cantar del agua en las fuentes esa canción que oyeron las parejas galantes del Decameron de Juan Bocaccio, o la calle donde la puñalada trapera asesinó a Monteagudo, se debe salir del circuito impuesto, de ese cuento del tío, de esa malla sutil, de ese chiqué perfecto, que existe en toda gran ciudad. Viajar es mucho más que un buen hotel, un buen teatro, un buen restaurante y un paseo apresurado por un museo.

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VI No tengo dudas algunas en decir que el viajero que trae en los ojos y en el corazón a Notre-Dame, a Machu Picchu, el Coliseo, el Partenón, el Gran Templo de México, o las ruinas de Tiahuanaco, hace más por la cultura misma de su patria que el turista del lujo estéril. Es que viajar es cultura y la cultura está en el corazón y en la mente, nunca sale sólo del bolsillo. Viajar es descubrir una luz, una cifra justa, una nota clara, un número secreto. Es ver ojos que buscan, palabras que emocionan, silencios que albergan misterios. Es aprender a descifrar, respetar y meditar y nos llena de una manera tal que hace posible que encendamos palabras de amor para el hermano. Si estuviera en mi poder de decisión mandaría como materia obligatoria a miles y miles de estudiantes para que vuelvan con visiones en los ojos, con ideas y una mayor comprensión de la vida misma. Estoy seguro que ese paso nos daría una nación con mayor fortaleza espiritual. No olvidemos que la fuerza unida a la riqueza, que es su medio de expresión, sólo es beneficiosa y durable cuando se pone al servicio del espíritu. El alma de Grecia vencida fue lo que hizo de la Roma vencedora la cosa sagrada que hoy esplende en sus ruinas y sus mármoles y su literatura. VII Pero es bien sabido que un viaje no transforma a un hombre o a una mujer por arte de encantamiento. Si se marcha con el espíritu vacío de seguro se vuelve de la misma manera. Es que el viaje no consiste en tomar un avión y llegar rápidamente a un aeropuerto remoto. No hay varita mágica que cambie a ese hombre o a esa mujer por el solo hecho de haber atravesado unos cuantos kilómetros. Se necesita de manera inclaudicable tener las semillas o los frutos que en

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cuya búsqueda va. Es que el viaje es, por sobre todo, un horizonte espiritual que se ensancha. Para ello se debe tomar el ejemplo de la abeja que liba y no de la hormiga que roba. La abeja es un claro ejemplo del espíritu del hombre, ya que vive de lo más hermoso que da la tierra y lo devuelve luego a la humanidad en la riqueza material de la miel. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos de lo cultural de un viaje. Nada es del todo autóctono, ni siquiera en el milagro de Grecia. Se debe tomar del ancho mundo lo mejor de las flores para realizar como la abeja su tesoro. Todos somos distintos en algo a la vuelta de un viaje bien hecho. El único que no recibe nada, es porque nada buscó y ese es, indudablemente, el viajero que partió con un cargado equipaje y el alma vacía. Nunca puede regresar con esa intransferible plenitud victoriosa de quien realmente ha viajado.

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Renacer en piedra Rosa Gelsomino Boetti La sensación de irrealidad era abrumadora, sin embargo, Oscar Ramírez y sus vivencias (hechas de breves viajes intrascendentes y la predilección adquirida) pudieron analizarla perfectamente. “La sensación es producida por estos viajes modernos, veloces, que empequeñecen el mundo acercando los lugares. El avión, sin paisajes distintivos, es una caja de transportación. Hace tres días (dos para mi reloj biológico) estaba en el húmedo y goteante Buenos Aires, inmerso en mi vida de siempre. Fue correcto precipitar los acontecimientos, era necesario que la ilusión se transformara en esperanza, que lo probable se hiciese posible en este viaje.” Miró alrededor. La sensación de irrealidad caracoleaba en medio de remolinos de polvo rojizo y de la brisa caliente de ese mediodía en Jordania. El anaranjado de la suelta arenisca, un sol implacable amedallado en rojo y el tajo en la roca colosal, escoltada por altos farallones. Es casi magia, se dijo, estoy aquí, al nordeste de Edom, al este del valle de Arabah, frente al portal de Petra… ¡Observando el sueño de mi padre! Las imágenes, algunas contadas y otras recordadas, lo avasallaron en turbión. Su madre joven frente a la elección de uno de los dos hermanos: el conversador, atractivo, díscolo, el de los trabajos esporádicos transitando la cuerda floja de la ilegalidad y el otro, sereno, responsable, con su título universitario augurando la seguridad. La elección había sido fácil. Más tarde, los reproches rencorosos a ese hombre (a quien los escasos trabajos de campo y el exiguo salario del Museo

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Arqueológico, apenas le permitían sobrevivir), habían sido atroces: “¡Qué mal elegí, nunca imaginé que sólo te interesaran tus piedritas y esa ciudad que nunca vas a conocer! ¡Ya es suficiente que tenga tu mismo nombre, basta de contar tonterías a tu hijo! Pensar que tu hermano es ahora un hombre rico y poderoso. ¡Cómo me equivoqué! ¡Menos mal que Oscarcito trabaja con él, porque si dependiéramos de lo que traes a casa…! Una alianza secreta de soporte había convertido al hijo en aliado incondicional de su padre; y quizás por capilaridad, ambos continuaban soñando con la ciudad remota. Oscar Ramírez, el hijo, miró lo que lo rodeaba. “Esta no es la Petra que soñamos, esta actualidad hubiese disgustado a papá, se murmuró sin voz observando a los turistas, a esos pantalones a media pierna, a las sandalias y zoquetes de los norteños con voces imperiosas y su dinero verde, y a los puestos de baratijas artesanales. Se sentó un momento a descansar antes de internarse en el desfiladero milenario que ocultaba la ciudad nabatea. Pensó, como siempre, en aquel hombre lejano que le transmitiera su sueño. Sintió el ahogo de una ira impotente al recordarlo, recluido en la casa de salud, con su cerebro mordisqueado por el Alzheimer que, poco a poco, le había abierto huecos hacia el extravío. “Estoy aquí para cumplir su sueño, ése que nunca concretó y el único que ha quedado dentro de su cráneo vacío. Solo este sueño entre sus divagaciones, solo esta ilusión encerrada entre las páginas de la infaltable libretita negra entre sus manos trémulas. Creo que sólo estamos allí, dentro de las penumbras de su cerebro abotagado, esos apuntes sobre Petra y yo; pensar en Petra y en la imposibilidad de él, fue lo que me decidió. Debía actuar antes de que ambos nos perdiéramos para siempre.

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Aquella tarde el hermano de papá, el ejecutivo y deleznable hermano de papá, con un guiño cómplice, dijo que quería verme en la oficina cuando todos se hubieran retirado, comprendí que ése era el día, que el tiempo se acababa y que el sueño de piedra estaba al término de la espera. Lo vi abrir la caja fuerte, retirar el arma que colocó sobre el escritorio (para seguridad— dijo—) y la enorme suma de dinero. Si no se hubiera burlado de Papá en ese momento tal vez no hubiese podido hacerlo, pero el desprecio hiriente llegó y solo pude pensar en el hombre obnubilado, en su silla, en medio del parque verde, únicamente pensando en la inefable ciudad, piedra gris y rosa que se alejaba cada día más. Lo contemplé erguido, saludable, irónico y arrogante cuando lo escuché decir, mientras palmeaba los billetes: ¡Qué mal eligió tu madre! Mi pobre hermano nunca consiguió nada de esto. ¡Estudiar Geología…hay que ser tonto! Nunca descubrí para qué me necesitaba aquella tarde, se volvió removiendo unos papeles y sólo vi la posibilidad en su espalda ancha. Alargué la mano…” …………………………………………………………………………………………………… A ambos lados del Siq, cuatro figuras con flotantes túnicas blancas. Los jinetes, que Oscar Ramírez no reconoció sin sus cabalgaduras, lo observaban con esos ojos oleosos y profundos que eran sólo ojos, flotando sobre las vestiduras. Los numeró mentalmente según las convenciones occidentales; dos a la izquierda de la entrada, los restantes a la derecha. El cuarto se adelantó unos pasos. Sorpresivamente lo reconoció como el de más prestigio, el

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anfitrión, el definitorio, el último que era primero según la inversión oriental de la escritura y una vislumbre le hizo sospechar ese caballo pálido encubierto por los peñascos. Continuó observándolo, la túnica embozaba el rostro y tan sólo descubría los inquisidores y líquidos ojos negros. Sin preámbulos, con una comprensión inmediata o…acaso mágica, escuchó en un idioma perfectamente inteligible, una profunda voz asexuada aseverando con lenguaje ampuloso: —Supimos de su llegada a Ain Musa, el poblado cercano, y lo estábamos esperando. Nuestro respeto hacia usted es grande, ha dado pruebas de su hombría y generosidad; podemos afirmar que las grandes acciones posibilitan los sueños. Ha tomado el rumbo exacto para que su padre conozca Petra. Esto merece un premio o…un milagro. Podrá descubrir la ciudad como en sus momentos de esplendor, cuando era un lugar estratégico en la Ruta de la Seda. Encontrará cuatro ánforas negras mientras recorre el desfiladero, debe posar sus manos en ellas para iniciar el trueque o…la transición. Oscar Ramírez casi sonrió; aunque tenía cuarenta y dos años recordaba muy bien esos videojuegos de su infancia con premios y castigos, vasijas ocultas que renovaban las energías y niveles desbordados de peligros y dificultades. Franqueó la entrada, lo recibió el vocinglerío de los ofrecimientos comerciales. El arte del regateo, a gritos, campeaba entre el gentío. No debía distraerse, sólo encontrar las vasijas y seguir avanzando hasta la hendidura final, la que le permitiría vislumbrar el Palacio de la Tesorería. Los doscientos metros de la muralla de piedra mostraban, apenas, una franja de cielo. Debajo la umbría, el frescor y el caminar entre sacos de sal, madejones de hilo asedado, ropajes de gasa etérea, piedras preciosas sobre almohadones de gamuza y el olor dulzón de los higos y dátiles desbordando las canastas.

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Estoy en el pasado, pensó Oscar Ramírez sin sorpresa, con esa aceptación fomentada por los relatos antiguos. La primera vasija. De pronto la vio allí, en un recodo del pasadizo, brillante y oscura, filigranada de dorado. Hizo lo que se le había indicado, apoyó las dos manos en la comba ventruda. Llegó el frío. El frío intenso y doloroso le recorrió la piel, descendiendo…un parche helado se fijó en sus genitales. El frío quemaba, adherido a su entrepierna. Y comprendió un mundo de intensidades muertas. El dolor cesó de pronto y tuvo conciencia de un cuerpo nuevo, sin apetitos, calmoso… El trueque había comenzado con la pérdida vital de su cuerpo joven; en el inicio de la comprensión, con sólo la apatía, siguió avanzando por el largo corredor. La multitud lo ignoraba y él la ignoraba. Observó el canaletón del acueducto sobre la pared izquierda y, en el agua que fluía, atisbó la gema valiosa que mitigaba el desierto. En medio de las voces altas, las vestimentas exóticas y la mixtura de olores, continuó avanzando, todavía sin comprender, con la calma demorada que aún no tenía nombre. El segundo recipiente apareció en el doblez suave del pasadizo; bien diferenciado del anterior, con su forma de burbuja aplanada. Las manos se posaron y quedaron adheridas fuertemente, el vano tirón para desprenderse provocó un chorro viscoso que lo cubrió por entero. Esta vez no había dolor sino la infinitud de pellizcos y succiones en todo su cuerpo, como si lo estiraran y lo plegaran sin cesar. Sin dolor, la sensación no era desagradable pero el olor rancio, a sucia lana mojada o a sudor repetido de sombrero, le provocó náuseas. El retroceso de la masa gelatinosa se refugió nuevamente en el ánfora…y él empezó a comprender al observar la piel frágil y reseca de sus brazos, idénticos a los de su padre de setenta y cuatro años. “Casi soy él, debo encontrar las vasijas restantes. Cuando regrese, si él lo ha

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olvidado todo, le hablaré de esta Petra antigua, vívida, de las rocas azules, rojas y grises de los estratos, del acueducto del Siq, de la portentosa fachada que encontraré más adelante.” Habiendo comprendido, la lentitud de sus pasos seniles, lo reconfortó. Es Papá quien recorre el lugar de sus sueños, se dijo, y con la mirada fija en el acueducto ondulante, no se sorprendió al encontrarla allí, alta y cilíndrica, distinta, con su negrura tumbada entre el agua que corría. Era fácil de asir, su cuerpo angosto permitía que los dedos la rodearan; una queja sin voz y miles de finísimas púas se abrieron enroscándose a sus muñecas, lacerándolo, estriando el agua con un rosado acorde a las paredes. Era un dolor dulce, desganado, el de un tatuaje imposible, múltiple de alfilerazos, diluyendo sus fuerzas… Debo encontrar el último cántaro, después podré entrar a la ciudad perdida. El pensamiento replegó los filamentos hirientes y, casi sin fuerzas, inició otro paso. Recordó, nebulosamente, al anfitrión de larga túnica blanca hablando sobre su generosidad, la veneración por el padre y…su disposición para el sacrificio. Debía continuar, la culpa empezaba a salir sin justificar los medios. Todo pasó en un instante. La descubrió al final del desfiladero que retaceaba la vislumbre de la fachada colosal. La forma estilizada, clásica, las asas en una espiral armónica, alargadas sobre el renegrido cuerpo lustroso del ánfora. Seguramente guarda el sortilegio de la mutación, reflexionó observando la tapa pagódica que las anteriores no poseían. Todo ocurrió en un instante…A sus pies, cubierta a medias por la arena, la laja oval deteniendo el último paso. Oyó el redoble triunfante de unos tambores invisibles. Un chispazo

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de recuerdos trajo las dificultades del último nivel del juego; debía pisarla, sentir el chasquido de apertura, destapar el ánfora. Sería el final del viaje. Sólo un instante y…millares de escorpiones del desierto, gigantescos y oscuros, saltaron cubriendo su cabeza de negretud; los mordiscos y los aguijones curvos horadaron huecos llevándose trozos de su cognición, de su cerebro, de sus pensamientos. Sólo la cabeza de Oscar Ramírez y los escorpiones sobre la arena; el cuerpo se desgranó en polvillo rojo, filtrándose por la laja oval, perdido para siempre. …………………………………………………………………………………………………… Las explicaciones fueron imposibles. En Buenos Aires, justificaron la muerte del empresario con la inseguridad del país y la ineficiencia de los investigadores. El principal sospechoso, su sobrino, tras consultar las listas de pasajeros que certificaban la escala en Roma y su posterior llegada a Jordania, había desaparecido en esa región caótica que dificultaba las pesquisas. Nadie pudo entender ni explicar el porqué de la silla vacía, en medio del parque verde de la residencia geriátrica. Y los arqueólogos, que visitaban constantemente Petra, continuaban asombrados ante ese mascarón de piedra, casi una gárgola, nunca antes descubierto que, desde la comba del Siq, miraba eternamente el final del desfiladero, entreviendo la piedra rosada y majestuosa del Palacio de la Tesorería.

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Habana, yo sé Mónica Isabel Pérez Si se tuviera que describir a la capital cubana en dos palabras, lujo y belleza bastarían. Ambos conceptos conviven en su máxima expresión en una ciudad que parece atrapada en el tiempo, pero que tiene uno de los presentes más complejos y emocionantes que el mundo ha visto en los últimos tiempos. La suya es una de las más oscuras de las noches. La luz amarillenta de los faroles apenas alumbra el callejón y, contrario a lo que pasa en casi todas las capitales del mundo, aquí no hay anuncios de neón que ayuden a reducir las penumbras. Ese trabajo lo hacen las estrellas —con las que esta isla obliga a uno a reencontrarse— y, si hay suerte, la luna llena. El aire húmedo es tan denso que parece un manto sólido que envuelve al cuerpo y que lo acompaña en cada uno de sus pasos. En las mañanas de verano sofoca, en las noches conforta. Camino como me gusta, sin rumbo, tratando de encontrar un sitio para comer. Deben ser las ocho o nueve de la noche, aunque con el cielo ya negro se siente como si apenas cayendo el sol se hicieran las doce. Estoy evitando los lugares comunes: restaurantes como Los Nardos o La Guarida, que son la primera recomendación para quienes visitan La Habana Vieja. Y así, caminando y preguntando, en uno de los múltiples callejones que recorro con paso cada vez más apresurado, alguien por fin me da indicaciones para llegar a un paladar —como se conoce a los restaurantes de los cuentapropistas, es decir, de quienes no trabajan para el estado cubano— en el que predominan los locales. No tiene nombre y me avergüenza no poder compartir su ubicación. Me he perdido de tanto caminar, aunque tengo claro que el sitio se encuentra muy cerca del famoso La Guarida y a sólo unos pasos del malecón. Después de pasar

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las noches en el lujoso hotel Parque Central y de tener los primeros acercamientos a la ciudad vía el circuito turístico, por fin siento que comienzo a adentrarme en La Habana. 2018 Moleskin El correo del zar y otros 54 relatos y microrrelatos de viaje La llegada de un extranjero no causa asombro, sino curiosidad. Comienzan los «de dónde eres, chica» y las exclamaciones positivas que suelo recibir al decir mi nacionalidad: «ah, ¡México lindo y querido!». Habrá unas ocho personas más, además de dos que atienden a los comensales y dos de ellos son orientales. Una treintañera de Corea y otro de China. Se conocieron esa misma tarde y decidieron acompañarse en la búsqueda de una buena cena cubana. Ella habla inglés. Él no. De hecho, excepto por una sola palabra en español, no habla más que mandarín. Dice «Cuba». Y cada vez que lo dice, sonríe. El menú fijo no es amplio, pero lo que ofrece es consistente. Por un CUC —peso convertible cubano— (equivalente por diferencia de pocos centavos a un euro), cada uno de nosotros consigue un filete de cerdo a la plancha acompañado por moros y cristianos —la famosa mezcla de arroz con frijoles que se ha vuelto un sello de la comida cubana—, agua de fruta y un café. De una grabadora pequeña, de esas típicas de los años 90, salen los sonidos de las guitarras trovadoras sobre las que la voz de Carlos Puebla canta «Hasta siempre comandante», una sentida canción de despedida que compuso para el revolucionario doctor Ernesto: «aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu presencia, comandante Che Guevara». La gente mantiene charlas animadas y comienzan a hacer los planes para la noche: tocar la guitarra y beber algo de ron en el malecón. Al terminar de cenar, los tres extranjeros decidimos acompañarnos en el camino hacia nuestros respectivos hoteles. Paseamos por ese malecón donde nuestros compañeros de paladar continuarán su noche. La densa y caliente oscuridad en la que caminamos está llena de música, de voces que cantan. Suenan también las olas y el viento.

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Suena el ron que cae al suelo cada que abren una botella porque el primer trago siempre se le ofrece al cielo. * «Habana a tus pies pasa el tiempo y tu recuerdo no se borra», canta el rockero argentino Fito Páez en la canción que compuso para esta ciudad. No miente. Uno puede dejar La Habana, pero La Habana no lo deja a uno nunca. Su calor, sus sonidos, el verde del musgo que se pega a las paredes grises de los viejos palacios coloniales que parecen derrumbarse, aunque nunca lo hacen, no se van jamás de quien la visita. El viajero que visita esta ciudad se ve obligado a renunciar a la sensación conquistadora que es natural en todo trotamundos. La Habana no es una ciudad más para añadir a la lista de lugares visitados, es un lugar que transforma, un sitio donde el que es conquistado es el visitante que tendrá que aprender, después de irse, a vivir extrañando esta capital isleña. A veces sueño que estoy en La Habana. Que vuelvo a caminar por sus calles oscuras y que vuelvo a perderme y que entonces vuelvo a encontrar algo mágico que me hace despertar. Otras veces la sueño de día, cuando el cielo es color azul rey y pueden disfrutarse los colores brillantes de las casas cuya pintura descarapelada no oculta las paredes grises y amarillentas que son invadidas por la humedad. Sueño que voy al mar y que ahí recojo pequeñas conchas como hice alguna vez en una bahía miniatura que está cerca del barrio Miramar, donde se encuentran las casas más lujosas —de arquitectura ecléctica dividas en manzanas inspiradas las del Manhattan de los años 10 y 20 del siglo pasado—, que suelen estar ocupadas por las embajadas y, alrededor de las cuales viven los diplomáticos que trabajan en ellas. Entre el onirismo y la nostalgia, los recuerdos que uno puede armar sobre La Habana alcanzan un carácter poético. Siente

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uno, quizá porque es cierto, que ese paraíso está a punto de terminar, que muy pronto la isla se convertirá en alguna otra cosa. Que pronto el sistema político y económico con el que tanta polémica ha causado, finalmente cederá y que entonces la homogenización comenzará. Que ya no habrá más noches oscuras en La Habana porque los anuncios de neón comenzarán a llenar sus calles y que la vista al cielo azul rey pronto será interrumpida por espectaculares. Hay que recordar lo que le pasó, por ejemplo, a Cancún. Quién sabe. Desde hace mucho dicen que todo eso va a pasar y no ha pasado. Aunque ahora los hechos son más contundentes y el reinicio de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos después de 54 años permite predecir que pronto las cosas dejarán de ser como son. En cuanto la noticia apareció a finales del año pasado, la isla comenzó a llenarse de viajeros de todo el mundo buscando saber cómo es la vida cubana ahora. Conforme las relaciones entre estos dos países va progresando, más gente va llegando de todo el mundo a tener un último vistazo de Cuba después de la Revolución — cuando el tiempo se detuvo para ellos inesperadamente en el último de los años 50— y también para ver cómo han hecho, terminado el régimen de Fidel Castro, para tratar de alcanzar al resto del mundo en el calendario y saltar de la mitad del siglo XX a la segunda década del XXI en tan pocos años. ** La conexión a internet es lenta y cara —cuesta alrededor de 8 CUC navegar una hora— y, una vez que uno ha logrado conectarse, la descubre también limitada, debido a la censura de ciertos sitios y aplicaciones. Es fácil frustrarse cuando uno intenta buscar wi-fi decente en Cuba. Pero de esos pequeños fracasos es que la experiencia va adquiriendo mayor encanto. Al cabo de unos tres días uno renuncia a la urgencia de revisar el correo, de ver los likes en Facebook o en Instagram. De pronto todo ese espacio se llena de Habana y uno comienza a hacer lo que la gente de la isla hace: tomar el sol en el pórtico, sentarse a cantar en la playa, nadar, leer un libro (o escribir uno o varios como hizo Ernest

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Hemingway). Y el tiempo comienza a correr de otro modo. Uno más lento, más bello. En La Habana, en la ausencia teórica del capitalismo, la concepción del lujo se aclara. Se evidencia, por ejemplo, que no es poco tener suficiente y que el lujo verdadero no exige poseer. Para vivirlo, por lo tanto, no hay que ir de compras — si se quisiera hacer eso, habría muy pocas opciones y si eso se confunde con pobreza, el error no está en La Habana—, porque el lujo está en todos lados para quienes aprecian el arte de la contemplación: hay belleza tanto en las construcciones como en la naturaleza como en la gente. La ciudad se ve envejecida, pero con una dignidad admirable. Los autos descapotables de los años 50, conocidos como almendrones, van con todo su metal a cuestas, decadentes y glamorosos, transportando a viajeros que visitan lugares ídem como La Floridita, bar legendario lleno de sillones de terciopelo rojo con detalles dorados en cuya barra se sirven los mejores daiquiris de la isla porque, dicen, fue ahí donde se inventado y fue ahí, también, donde Hemingway tomaba sus propios daiquirís los años antes a la Revolución (1959) cuando vivía ahí escribiendo, entre otras cosas, obras como la autobiográfica París era una fiesta. Basta un café, o un habano o una copa de ron. O los tres juntos si se puede. Mirar la inmensidad del mar Caribe. Un día, o dos por qué no, comer en la terraza del paladar Vista Mar, ubicado en una casona de Miramar, donde una piscina con efecto infinito se funde con el océano. Ahí se puede comer una buena langosta recién pescada a la que basta añadir un poco de mantequilla para obtener un manjar. Luego caminar por la quinta avenida y después por barrios como El Vedado o por la Habana Vieja hasta llegar a la Bodeguita del Medio para tomar un mojito al ritmo del son. Más tarde ir a una casa de la música, como se conoce en Cuba a las discotecas, y bailar hasta que el cuerpo lo permita. En el camino se verán toda clase de maravillas, desde monumentos históricos hasta arte urbano, porque La Habana se suspendió en el tiempo sólo para quienes piensan que el progreso es

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sinónimo de velocidad. El presente cubano es complejo y de él han nacido interesantes propuestas de arte contemporáneo, cine de narrativa excepcional, literatura y esa música que todo lo llena. La Habana va a cambiar, eso es cierto. Pero lo hará porque siempre lo ha hecho, aún cuando desde lejos no lo notemos. Qué tan radicales serán esos cambios es algo que aún no sabemos. Mientras tanto ahí está, serena pero en revolución, lista para transformar a quien la pise. *** A veces sueño que estoy en La Habana y que me pierdo en sus calles que me enseñaron tanto, y entonces pienso de nuevo en aquella canción que dice bien que el tiempo pasa y su recuerdo no se borra jamás.

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Los exploradores saben morir Rubén Suárez Carballo Hay días en los que uno se despierta para salir de casa con la mochila hecha dispuesto a comerse el mundo y otros en los que, como éste de principios de abril, te encuentras en tu sillón de lectura sentado en el puf para descansar las piernas y acodado sobre las rodillas, con la mirada perdida entre varios libros de exploración o más bien con los ojos cargados de cólera y cuya ira se golpea contra tu interior por haber dejado pasar ya cuatro meses, sin haber cargado las baterías del estado de ánimo con fuertes dosis de aventura. Lo califico con algo tan vulgar como “pérdida de tiempo” y encima el “tiempo climatológico” tampoco ayudó mucho en ese sentido abortando en tres ocasiones – las que disponíamos – al menos una de esas historias donde te la puedes jugar haciendo algo medianamente relevante. Para otras, menos expuestas, si hago un acto de fe, solo puedo confesarme culpable de tal actitud de decaimiento. No sirven esporádicas salidas de una tarde o un día para exorcizar esos demonios que se echan del cuerpo cuando uno sabe a conciencia que las almas aventureras solo encuentran la paz cuando realmente consiguen pasarlo mal. Es, en este punto, donde las biografías de otros inspiran tiempos que hubieses deseado o deseas para alguna etapa de tu recorrido vital. Quizá con la apertura de Centenario o Factor humano en el Naranjo de Bulnes, dormir en un somier a cien metros del agua sobre la cascada del Xallas en Ézaro o escalar el Pumasillo en Perú, conseguí ya algunas, pero no llegan. Apsley Cherry-Garrad, miembro de la expedición antártica Terra Nova de Robert F. Scott, plasmó su experiencia como explorador biólogo cuando se alejó desde el Cabo Evans, donde se situaba el campamento de Scott en la Isla de Ross, hasta el cabo Crozier – el punto más alejado – en julio de 1911 durante el invierno austral para recoger unos huevos de pingüino emperador. Con una miopía grave apenas veía algo sin sus anteojos que no podía usar mientras se desplazaban en trineo a una temperatura

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extrema entre los -34º y los -56ºC. La dureza de ese episodio quedó reflejada en el título de su libro “El peor viaje del mundo”. La épica de estas vidas suelen venir asociadas a un final no menos admirable dadas las circunstancias en las que acontecieron pero sobre todo como las afrontaron y eso, aunque no seamos exploradores, pueden ser una lección de vida y de muerte para nosotros los comunes cuando nos llegue el momento. Con graves congelaciones y sin queja alguna durante todo su sufrimiento, Lawrence Oates – miembro de la expedición de Scott al Polo Sur y cuando regresaban soportando mil penurias después de comprobar como el grupo de Amundsen les había arrebatado la conquista – comunicó a sus compañeros que no podía seguir, proponiendo que lo abandonaran en su saco de dormir, algo que por supuesto no aceptaron. Esperando haberse muerto mientras dormía, se despertó y dejó un final para la historia: “Voy a salir, y tal vez tarde un poco”, desapareciendo en el frío polar y dejando de ser un lastre para sus compañeros. Trece días después el propio Scott dejaba su última frase en uno de los mejores diarios que se hayan escrito: “Parece una lástima pero no creo que pueda escribir más”. El propio Amundsen murió volando sobre el ártico en un rescate y su cuerpo nunca fue encontrado. Ernest Shackleton murió de un infarto en Georgias del Sur, cuando desoyó a su médico al solicitarle que llevase una vida más tranquila. Si nos vamos al tercer polo, el Everest, dos alpinistas ingleses, Mallory e Irvine, con apasionantes biografías, sembraron el misterio más romántico con su desaparición en 1924 en la montaña más alta de la tierra. Un enigma que sigue a pesar del hallazgo de sus cadáveres en 1999. Podría, entonces, volver a decir que me hallo en un estado quijotesco, cual Alonso Quejada, sembrando de anhelos y envidias las vivencias de otros a través de estos libros de caballerías que se desarrollan por los escenarios más fascinantes y peligrosos de la tierra, con Dulcineas que

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pueden vestirse de blanco y cuyo aliento hiela los sentidos o estar ataviadas con una selva multicolor o de ocres color desierto. Hay un sinfín de nombres propios que marcan hitos hasta el mismo final de sus días. Livingstone pero hoy cierro con uno que apareció en mi vida y con el que de algún modo creo que comparto un viaje paralelo. Gary Hemming – un californiano bohemio y sensible amante de la vida en todos sus sentidos que ante la pregunta de un periodista si se consideraba un escalador respondió: ¿Yo, un alpinista? Yo soy un aventurero – jamás pisó la zona austral ni los hielos del Himalaya aunque sí es cierto que se movió en los límites, hasta en los de su propio comportamiento tan variable. Quizá por eso, aunque quedó la duda si se trató de un suicidio o de un asesinato cuando tenía treinta y cinco veranos, se pegó un tiro a orillas del lago Jenny después de una discusión con sus amigos, dejando detrás una historia cargada de romanticismo tanto en la montaña con sus escaladas y su vida amorosa y desordenada, tal y como lo definió el escritor Jeanmi Anselin, y que ya dejé reflejado en otro texto, cuando lo describe como un tren loco, antediluviano, un tren que en vez de seguir sus raíles los segrega. Releyendo el libro de su biografía caí en un comentario de Hemming donde dice que una muerte bonita puede solucionar una vida equivocada. Quizá para él, simplemente haber pasado por la vida fue su peor viaje del mundo como describiría Cherry-Garrad, o tal vez no porque si algo caracterizó a Hemming fue la pasión por vivir, sobre todo cuando bebía y se convertía en un individuo tan irascible como violento en la antítesis de ese carácter bohemio y desenfadado con fuertes dosis de sensibilidad. Y para colmo, este año no habrá viaje a la selva de Perú como tenía programado, por cuestiones presupuestarias y prioridades familiares. Así que la luna llena y los aullidos de lobo están servidos. Aunque la montaña es mi primer punto atrayente, donde pude desarrollar algunos hechos, creo que mi debilidad recala

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en los terrenos polares. Las hazañas de supervivencia que se narran te sumergen de tal modo en su lectura que uno casi llega a vivir en la propia piel esos instantes, tanto de derrota como de victoria. Aunque aquí la acepción de perder se entiende como conquista pero no como el legado que ha dejado. La cita de Sir Edward Raymond Priestley, miembro de la expedición Nimrod donde se dedicó a establecer los depósitos de suministros para el intento que hizo Shackleton en 1909 de llegar al Polo Sur, deja suficiente calado sobre tres grandes exploradores: “Como Jefe de una expedición científica yo elegiría a Scott; para un raid polar rápido y eficaz a Amundsen; en medio de la adversidad, cuando no veas salida, ponte de rodillas y reza para que te envíen a Shackleton”

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Genoveva Fran Nore Con un pañuelo blanco ceñido al pelo, vestida como una gitana austriaca, cargando una canasta con naranjas por los vecindarios del pueblo de Cielo Roto, camina la campesina Genoveva con su delantal a cuadros y su falda estampada, estrellando sus sandalias de cabuya contra las piedras de las calles. Muchas veces fuimos a su casa ubicada en una agreste ladera del barrio La Andalucía, donde hoy en día hay un aserrío y una fábrica metalúrgica, brincando de curiosidad, Nos acompañaba también nuestro difunto amigo Julio Mejía, que nos seguía a todas nuestras correrías, entre ellas recoger varillas para hacer cometas. Genoveva nos recibía con chocolates y galletas, nos daba jugo de naranjas, alegre nos cantaba hermosas canciones, siempre dispuesta a contarnos historias extraordinarias de los pobladores del pueblo entre las montañas. Nosotros la escuchábamos atentos y maravillados. Ella, una anciana excepcional, sabía muchos cuentos y relatos, inventaba extraños juegos que ocasionaban que nuestros sentidos se fugaran y viajaran a través del espacio, más allá de las atmósferas, parecía una maestra de escuela, aunque no sabía leer ni escribir. Nos gustaba visitar a Doña Genoveva y escuchar sus fábulas y sus historias asombrosas, ella alimentaba con sus narraciones nuestras desamparadas travesuras de infancia. En la distancia se veían las blancas tapias de su casa, en el montículo.

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Nuestros padres decían que la anciana Genoveva era bruja y nos advertían que no debíamos acercarnos mucho a su casa, porque ella, según ellos, nos podría convertir en renacuajos. Esto nos asustaba, pero nuestro afecto y cariño por la anciana, creció más en el transcurso de aquellas tardes de juego. Era La Manga de las Brujas, un territorio de caminos truncos y selváticos rodeado por el tormentoso río Medellín de aguas sucias. Y en el montículo de rastrojos y malezas, se alzaba solitaria la casa fantasmal de Genoveva. Nuestros padres se desesperaban asustados por nuestras escapadas hacia la casa de la anciana. Ya no estudiábamos por ir a visitarla, queríamos escucharla relatar sus añoranzas pasadas. Decían los vecinos que, en las noches, en La Manga de las Brujas, espantaban seres maléficos: duendes y mujeres extraviadas por hechizos, hombres con cabezas de animales o animales con cabezas de hombres; y un sinfín de espantos fabulescos, pero la verdad, nosotros nunca vimos nada. Nos escapábamos de la vigilancia de nuestros padres con otros chicos del barrio y atravesábamos La Manga de las Brujas, con la intención de poder ver a las brujas jugando entre las hierbas iluminadas por cocuyos y luciérnagas. Solíamos corretear a diario por esas mangas, vadear con nuestros neumáticos inflados como balsas la creciente del contaminado río Medellín vertido de aguas residuales de las casas vecinales que estaban construidas alrededor, o simplemente salíamos a reunirnos para trepar las altas barrancas de la colina desde donde se podía divisar en la distancia el pueblo ennublecido de Cielo Roto.

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Hacíamos cometas con pliegos de colores y las elevábamos en agosto, cuando La Manga de las Brujas estaba atestada de la barriada. Éramos un montón de chiquillos descamisados, de pantalones cortos, tirándonos desde las peñas hasta los arroyos circundantes. La Manga de las Brujas era nuestro patio de recreo, de encuentros y de travesuras. Pero con el tiempo, poco a poco, se evaporaron sus historias de fantasmas y de hechizos, y de pronto, frente a nuestros ojos, se construyeron parqueaderos, talleres de ebanistería y de mecánica. Prestó llegó el progreso y acabó con las leyendas de las brujas. Y de nuestro patio de recreo sólo quedó un ribete pelado de tierra al lado del río. Llegaron empresarios y contratistas con grandes máquinas, obreros y mecánicos, se construyeron tiendas y restaurantes, y hasta una bomba de gasolina apareció de repente. Un adinerado comerciante compró el terreno de la entrada principal a la manga y construyó un parqueadero. La invasión del progreso nos mandó a todos a asistir puntuales a la escuela y crecer como ciudadanos ejemplares. A veces nos atrevíamos a ir la casa de tapias blancas con naranjales de Genoveva, de la cual todos seguían diciendo que era bruja. Cuando Genoveva salía a la calle, en las madrugadas frías del pueblo de Cielo Roto, vestida como una gitana, algunas personas que no la querían, le arrojaban cosas. La veíamos pasar, arrastrando su octogenaria vida de mujer alada. De ésas que dicen que son brujas, porque son de apariencia inverosímil. Nosotros al verla transitar por la calle, corríamos detrás de ella, formando corros y algarabía. De verdad queríamos mucho a la vieja narradora de cuentos. Nosotros le hacíamos corro cada vez que salía a las calles del pueblo y nos aferrábamos a su falda estampada.

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Y con ella, retornábamos a su casa en la ladera de La Manga de las Brujas, persiguiendo las luces de los cocuyos y encontrando mortiños y dulces moras. Ella decía que debíamos volver a nuestras casas, temía por nosotros, de que nuestros padres nos castigaran por estar persiguiéndola. Pero a nosotros, embelesados con sus cuentos de hadas, no nos importaban las reprimendas y queríamos estar a su lado, Por supuesto que se nos hacía tarde, entonces, desanimados regresábamos a nuestras casas. Pero al día siguiente, nos volvíamos a reunir todos los niños de la barriada, unos mayores que otros, todos con los locos deseos de divertirnos y de inventar juegos una vez más en los campos majestuosos de La Manga de las Brujas, especialmente jugar en la casa de Genoveva. En los charcos de La Manga de las Brujas, nos bañábamos tirándonos desde los altos peñascos. Mirábamos hacia el cielo, tendidos sobre la hierba mojada, y veíamos en las nubes las formas de las brujas que se evaporaban. Cuando llegábamos a la casa de Genoveva, ella nos tenía dulces y bocadillos. Nos reunía a todos en el piso empedrado de la sala de su casa de tapias blancas. Ella nunca nos asustaba, por el contrario, era como una abuela fantástica patrocinando nuestras travesuras. Nos volvía a sumergir en las fantásticas remembranzas de su vida pasada. Nos hablaba de sus amores y romances, de sus padres, hermanos, amigos y de un montón de seres que ninguno de nosotros conocía. Y aunque parecía estar triste, su mirada era brillante, tal vez se encendía la chispa de su interior alegría cuando se sentía por nosotros acompañada.

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La vieja Genoveva era la guardiana de nuestros juegos infantiles, siempre dispuesta a contarnos extrañas reminiscencias secretas. Alguno de nosotros quería preguntarle si de verdad era bruja. Pero ninguno se atrevía a decírselo. Aunque ella suponía que nosotros pensábamos que era bruja. Y entonces sabíamos que adivinaba nuestros pensamientos. Desde entonces nos acostumbramos a su sonrisa maliciosa, fina y provocadora. Parecía disfrutar de nuestras inquietudes. Hubo un tiempo en que dejamos de ir a visitarla, por temor a que nos embrujara y nos convirtiera a todos en renacuajos, como decían nuestros padres. Seguramente era también una calumnia que pesaba sobre ella, esto de ser encantadora de niños. Tanto así que nuestros alarmados padres nos prohibieron, en definitiva, volver a La Manga de las Brujas, especialmente a la casa de tapias blancas de la ladera. Nosotros ya no íbamos con mucha frecuencia, como antes, cuando la anciana Genoveva alimentaba nuestras fantasías con sus extraordinarios relatos de seres fantásticos. Pero la veíamos todas las mañanas, vendiendo naranjas, escabulléndose de las miradas de todos, tan ágil para ser vieja, pisando fuerte con sus sandalias de cabuya los empedrados suelos. La gente que la veía se persignaba y entraba despavorida a sus casas. Nosotros nos divertíamos mucho con las supersticiones de los pueblerinos, esa viejita no podría hacerles daño alguno, aunque quisiera, era tan frágil y humilde.

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Al vernos, ella nos sonreía, era una sonrisa pícara, de camaradería. Luego se perdía por las desoladas calles del pueblo, tan mágicamente como cuando aparecía envuelta en sus vestidos estampados. Por un tiempo no volvimos a saber nada de la fabulesca anciana encantadora. Comenzaron a circular los comentarios de que se había escapado del pueblo en una escoba. Lo que no nos sorprendió mucho, pues si era bruja, era obvio que tuviera a la mano su escoba voladora. Cuando asistíamos a la iglesia o a las reuniones escolares, la recordábamos con mucho cariño. En nuestras casas era prohibido mencionar su nombre, porque mencionarlo ocasionaba que nuestros padres inmediatamente se alteraran y necesitaran de urgencia la presencia de un sacerdote. Ignorábamos por qué la anciana Genoveva les inspiraba tanto temor. Sin embargo, para nosotros era alegre recordar la compañía de la anciana Genoveva, pues alimentó con sus narraciones nuestra infancia de juegos y adivinanzas. La vieja Genoveva vivía solitaria dentro del interior de la casa de tapias blancas, por eso no salía mucho a exponerse. Pero tenía familiares, unos lejanos parientes que venían a visitarla de vez en vez.

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A veces nos daba a entender que sus parientes eran apariciones en el aire, y esto sí nos asustaba un poco. Pero ella decía que no debíamos temer, porque eran personas inofensivas y amables. Una tarde nublada conocimos a tres de sus familiares. Eran unas mujeres extrañas que nunca habíamos visto por el pueblo. “Son tres compinches mías que están de paso por la ladera”. Según nos decía Genoveva. Desde entonces sospechamos que también eran brujas y que estaban allí porque sabían de nosotros. Nuestros padres decían que debíamos tener cuidados, porque las brujas en manada robaban niños. Y entonces nos prohibían ir a la casa de tapias blancas en el montículo. Pero Genoveva y sus extrañas parientas sólo eran unas mujeres caritativas, nobles y sencillas, que nos daban golosinas y nos contaban muchas fascinantes historias. La gente del pueblo murmuraba cosas extrañas sobre la anciana Genoveva y de sus tres parientas que después desaparecieron misteriosamente en lo más profundo de los bosques de pinos. Las tres mujeres nos invitaban a que nos fuéramos con ellas, pero estábamos asustados y teníamos los ojos llorosos mientras nos acordábamos de las precauciones dadas por nuestros padres. Entonces nos quedábamos inmóviles viendo a las tres mujeres esfumarse entre brumas espesas de niebla condensada por los bosques de pinos. Nuevamente quedó sola Genoveva en la casa de tapias blancas sobre la ladera, contándonos raras historias. Pero ahora sabíamos que de verdad Genoveva era una auténtica bruja de igual manera que sus amigas. Entonces nos explicaba que sus parientas siempre eran así de excéntricas

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mientras se reía a carcajadas. El cuerpo de la anciana parecía flotar ante nuestros ojos, nos sentíamos como adormecidos. Lo que nos hacía imaginar que de veras las parientas de la anciana Genoveva se habían ido de viaje en sus escobas. Salimos con Genoveva, una noche de luna llena sobre la manga escarchada, a buscar en el bosque a las tres misteriosas mujeres. Pero sólo encontramos tres grandes lechuzas negras ululando entre las ramas de un árbol seco. Desde entonces nuestros padres nos prohibieron rotundamente ir a la casa de las tapias blancas en la ladera, y nos confinaron en la escuela pública. Nuestras vidas sin la fabulesca anciana se volvieron frías y vacías. Nuestros padres compartían con los profesores sonrisas desencajadas cubiertas por nubecillas de niebla.

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El viejo olmo del penal Jairo Sánchez Hoyos Por realizar el viaje que yo quería terminé en la cárcel, fue un mal acto del destino para conmigo. Cada día que pasa hago una raya en la pared. No quiero ni saber cuántas más les faltan a mis 19 años dentro de estas paredes, 20 años suman muchísimas rayas y de solo pensarlo siento escalofrío. En este momento recuerdo que al año de estar aquí fui escogido, junto con dos presos más, para cubrir la azotea con brea porque se filtraba. Antes nos llevaron al campo a buscar madera para derretir la brea. Tiramos toda esta madera en la esquina del penal para trozarla en pedazos más pequeños y subirlos en costales. El ambiente estaba fresco, pues había llovido momento antes. Dio la casualidad que fijara yo mi atención en una plantita de olmo blanco que la lluvia había sacado del lugar. Sin saber por qué, bajé mi carga y volvía a resembrar el arbolito. “Aquí seguirá creciendo de buena manera, murmuré”. Tres días duramos curando la azotea. Estoy eufórico, el motivo es que esta mañana, después de 10 largos años, me han quitado las cadenas para siempre. Siento mi pierna derecha liviana, así como mi alma, deseo correr y volar. ¿Será por esto que he pasado todo el día con una idea fija en mi cerebro? Mi corazón late deprisa y conozco el motivo, es porque desde hace dos meses vengo trabajando en la construcción de un hueco para dármelo de regalo a mis 38 años, los que cumplo precisamente hoy. ¡Ahhh!, si pudiera tomarme una copa de buen ron. Nací en Sonora, un jueves 26 de junio de 1980, en el hogar compuesto por Terry Smith, agricultor de oficio, y Sofía Quincy, profesora, quien después enfermó de Alzheimer. A los ocho meses me bautizaron Juan Smith, dos años más tarde nació mi única hermana, Teresa. Cuando cumplió los quince se fugó con un camionero de New York. La última vez que vino a verme me dijo que vivía en Colorado, tenía dos niñas adolescentes y un nuevo marido, llamado Tom Bliu, camionero, residente en Frankfort. Desde hace tres años no he recibido una carta más de mis padres, sospecho que ya murieron. Cuando ingresé al ejército me

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volví experto en desarme de bombas e instalaciones de alarmas. Tres años después conocía a la que fue mi esposa, me la llevé a vivir a Coahuila, donde me habían trasladado con el grado de Cabo Primero. Pero mi esposa me abandonó, se llevó a mi hijo, nunca más supe de ellos, me retiré del ejército, con mis ahorros me fui de viaje al Perú, donde demoré una semana conociendo paisajes de exótica belleza. Luego tomé vuelo a Brasil, aquí conocí la selva y las cataratas de Iguazú. Posterior a esto viajé a Miami, pero mi destino era Frankfort, esta ciudad me atraía considerablemente, me vine a buscar trabajo y a radicarme por siempre. En el aeropuerto me relacioné con una pareja de enamorados, venían de Ecuador e iban para Frankfort. Como teníamos tiempo, nos tomamos un café en espera de nuestro vuelo. Llegamos a Frankfort, divisé a la pareja cuando descendíamos del avión, luego se me perdieron entre la multitud. Antes de salir del aeropuerto me abordó un policía para una requisa de rutina. Yo estaba limpio, no tenía motivos para temer nada, por eso me tranquilicé cuando me pidió que abriera la maleta. Mas el mundo me cayó en fragmentos. Esta no era mi maleta y en ella había dos kilos de cocaína. Juré y contra juré que nada tenía que ver con esto. ¡20 años de cárcel! ¿Dios mío, qué castigo es este? El juez no creyó la historia de los enamorados. Y pensar que hoy ya he pagado la mitad sin poder lograr que revisen mi caso. Dejé aquellos recuerdos amargos y me metí de nuevo en mi cumpleaños, debo regalarme una copa, la necesito. Voy a pasar el resto del día tranquilo, sin mirar a nadie para que no vean el brillo de mis ojos, solo espero que caiga la noche para que mis sueños se vuelvan realidad. Llegó la noche, son las 8:00 p. m, hora de apagar las luces. Se hizo la oscuridad, ¡oh!, cuanto amo este espacio oscuro, la oscuridad es mi amiga. Me levanté con cuidado y con pasos de seda pasé por el hueco. Llegué a la cornisa, desde aquí me saludó el viejo olmo, el mismo que había resembrado nueve años atrás. ¡Qué alegría! Temo que esta alegría no lo vaya a estropear todo. Pero la suerte está de mi lado, el viejo olmo

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me acoge entre sus ramas y con todo placer me traslado hasta el suelo. ¡Bendita sea la libertad! ¿Quién no la quiere? Corrí veloz hasta la primera cabaña que se encontraba a unos quinientos metros, sobre la carretera. Saqué un coche que dormía sus años mozos aquí. Lo saqué empujado para no hacer ruido. También me robé una hermosa camisa y un lindo pantalón del dueño del auto, el anciano Daniel Mourinho, tantos años ‘siendo vecinos’ Ya le sabía el nombre a él y a su esposa, Eva Tucson. Llegué al bar donde debía cumplir el sueño de tomarme una copa hoy sábado 26 de junio de 2010. Me tomé la copa y salí a la calle. Conduzco lentamente para ir absorbiendo mi libertad. Me perderé en los recovecos del mundo, no volverán a saber nunca más de mí. En esas veo una ventana abierta, desde la alcoba principal escapa un haz de luz que me invita a trepar como felino. Una bella dama peina su cabellera antes de irse a la cama, pero en ese instante siente mi imagen. “No temas, no te haré daño”, le dije despacito, pero firme. __Sal de mi casa o llamo a la policía. Le pedí que no se pusiera nerviosa porque entonces me tocaba hacer lo que no yo no quería. Cuando dije esto me llevé la mano al cinto para demostrarle que estaba armado, pero no tenía sino mi corazón para amarla salvajemente por mi eterna abstinencia. Caminé con pasos firmes hacia ella. Aterrada esperó mi ataque, suavemente le quité el cepillo y empecé a cepillarla con ternura. Los vellos de la dama se erizaron sin control alguno. Le pregunté si había alguien más en casa, no contestó, entonces me llevé la mano al cinto. __Mi niña y yo. __ ¿Qué edad? __Dos años.

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Le di un beso cerca del oído, quiso no estremecerse, pero se estremeció, tal vez fue de asco. La cargué entre mis brazos y la llevé a la cama. Esto me parecía irreal, ¿Pero, cómo era posible que no reaccionara gritando y manoteando?. No lo supe, y el menos interesado en preguntarle era yo, lo único que supe fue que acababa de experimentar el orgasmo más lindo de su vida. Me lo decían sus ojos, sus mejillas, sus dulces labios. De hecho, no puedo escapar, esta mujer me atenazaba de forma tal que no me queda otra salida sino sus brazos. Si me voy ahora mismo, no la volveré a ver jamás y sin ella estaría descompleto. Esto es amor de súbito. Le pedí que me esperara mañana o después de mañana, pero que me esperara porque volvería a trepar por su ventana. No negó ni afirmó nada. Me despedí con un beso tierno sobre sus labios, los que no se abrieron, pero dejaron escapar su meloso sabor. Es urgente conseguir dinero antes de volver a mi cordura. La noche avanzaba tranquila y tranquila se veía la relumbrante joyería “Royal”. Oculté el coche y hurté dinero y joyas, muchas joyas. Llegando a la cabaña del anciano Daniel empecé a recoger el uniforme regado sobre el pasto, ahora de nuevo lo volvía a usar. Guardé el coche y corrí hacia mi “apartamento”. El viejo olmo arrugó sus hojas sorprendido por mi locura. Dentro de una pequeña cueva oculté la ropa de gala, casi todo el dinero y las joyas. Cuando ya estuve en la celda, miré la hora, las 2:30 a. m. A estas horas busqué pegamento y sellé de nuevo el hueco de la pared con hojas de periódico que mostraban lindas actrices y modelos. En estos momentos soy el prisionero más feliz, pero debo cuidar que el cambio me delate. La tercera noche se me facilitó la salida. Salí volando a sus brazos. Iba nervioso, mi saliva se atascaba en la garganta. El cielo estaba de mi parte, pues la ventana dejaba ver la luz, y

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ahí estaba ella peinando su cabellera. Cuando estuvimos frente a frente me sorprendió su aspecto. __ ¿Qué ha pasado? __No es asunto tuyo. __Dime, ¿qué te ha ocurrido? __Te dije que no es asunto tuyo. __ ¿Ha sido por mí? __No. __ ¿Entonces? __El padre de la niña; ya no convivimos, pero me obliga a estar con él. __Qué bellaco, ¿por qué no vas con la ley? __Dice que me va peor. __ ¿Dónde está? __No sé, aparece por días y se pierde por meses. __ ¿Qué hace? __Se la mantiene asaltando tiendas. __ ¿Acaso se apellida Silvera? ¿Randy Silvera?

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__Si. Guardé silencio, lo conocía a través de la prensa que hablaba de sus delitos. La tomé entre mis brazos y la llevé a la cama. Le prometí que ese granuja jamás le volvería poner las manos encima. Sentada entre mis piernas no hacía otra cosa que sonreír y jugar con sus dedos en mi cabeza. Ya la sentía como si fuera mía, aunque estaba seguro que ella seguía sin comprender lo que ocurría, y lo mucho que yo la quería. Tuvimos una preciosa velada, pendiente, claro está, de la llegada de él, pero no llegó. Al tiempo de irme, saqué dinero y le di, yo sabía que ella debía comer, vestir y pagar el apartamento. “No soy ramera”. Esta expresión me sorprendió, pero era señal de que las cosas habían empezado a mejorar. __Las rameras venden su cuerpo para comer, pero yo le estoy dejando el diario es a mi futura esposa. Esto la hizo aflojar una hermosa sonrisa. “No te ilusiones”, me dijo, a la vez que me empujó pasito para que saliera de su alcoba. Me fui de una vez. Esto es el amor, no cabe duda, ¡fresco amor! Que enamora y enloquece. Ahora mi vida es una caldera de miel. Siento que mis días en el penal son horas de alegres vacaciones. Ya ha pasado una semana de mi cumpleaños, en este tiempo la prensa registra el ajusticiamiento de Randy Silvera, se lo atribuyen al mismo individuo que asaltó la joyería Royal, al que describen como alto, cabello castaño, ojos verdes, piel clara, de unos 40 años. “Si no estuviera preso juraría que es Juan Smith”, le dijo el Director a Ferdinand, el guardián. El mismo Ferdinand me lo

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contó al entregarme el periódico. No obstante Ferdinand me miró a los ojos en busca de un indicio, de una cizaña, o de un titubeo; pero yo le demostré un sentimiento de total humildad. El Director sabía de mi afición por la lectura, por eso me regalaba el periódico después que terminaba de leerlo. Pasaron tres noches más cuando se me facilitó bajar de nuevo al pueblo, llegué al pie del olmo, me cambié de ropa, tomé dinero y salí corriendo en busca del viejo Camaro rojo, modelo 67. Pero me fui en blanco, la señora Eva, la esposa del anciano Daniel acababa de morir. Sin ‘mi auto’ no podía ir a la ciudad. Tuve que resignarme. Al siguiente día lo volví a intentar. Esta vez sí me fui en “mi Camaro”. Ahí estaba ella peinando su cabellera frente al espejo. La besé suavemente y le pellizqué el seno. Con ademanes suaves me sentó en la cama y desapareció. Un minuto después volvió con dos tragos de whisky. Me invitó a que me sentara a su lado, en el corredor de la calle. Una ráfaga de aire bañó la frente de ambos, mientras la ciudad dormía en su tranquila esfera. __Tengo algo muy importante que decirte. __Pues, dímelo. __Hace tres días que no me llega la regla. __ ¿Oh, amor, de veras? ¿Es mío? __Si, desde aquella noche me embarazaste. __Me haces el hombre más dichoso. Te amo, ven, párate. Cuando se paró coloqué mi oído en su vientre. No percibí nada, no obstante le dije que era una niña y me saludaba con cariño. Se echó a reír. “Que loco que eres, apenas va a cumplir once días. ¿Será niña?, ¿o será un varoncito? Volvió a

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reír. Así la quería ver, alegre, cariñosa. Al tiempo de irme le di dinero para que se comprara un coche usado y fuera donde el señor Daniel con tal de que le arrendara la mitad de la cabaña. ¿Ya sabes cuál es el señor Daniel?. Si. ¿Harás lo que te digo? Sí, sí lo haré. ¿Está él arrendando la mitad de su casa? __No, pero debes convencerle, en medio de tanta soledad necesita de una buena compañía. Me abrazó fuerte y por primera vez me dijo que me amaba. “Mi nombre es Nidia Falcon”. Hasta ahora me decía su nombre, señal de que ya no me veía como un ave que pasó fugaz por su cielo gris. Me fui con ella en mi mente, muy atento de que no me vieran. Ocurrió que Nidia estuvo donde el señor Daniel. Éste le dijo que si le arrendaba la mitad de la cabaña. Ella le lavaría la ropa y le haría de comer. Por eso, el día de la mudanza, me estaba esperando frente al televisor, al lado del señor Daniel. Eran las once de la noche cuando llegué. Me identifiqué como Michael Flint, le dije que trabajaba en la mina. Le señalé que siempre vendría tarde porque a esta hora era que terminaba mi turno. El anciano mostró una carta de confianza y aprecio hacia nosotros. Señaló que estaba despierto a petición de mi mujer, pero que ahora debía irse a la cama, porque estaba que se caía del sueño. __Tranquilo, bien pueda señor Daniel. Nosotros también nos fuimos a la alcoba. A las dos menos cuarto me despedí de mi adorada. Al otro día llegó al penal un nuevo preso, había caído con cinco kilos de cocaína. Un muchacho blanco, ojos azules, quien tuvo su primer encuentro con Tommy, un negro de Virginia, de 100 kilos, muy peligroso. De seguro que correría sangre y no sería la de Tommy. Impulsado por una fuerza sobrehumana, me paré con precipitud y le propiné un puñetazo en el mentón. El

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chico trastrabillo, entonces lo tomé del cuello y le di un par de bofetadas. Le grité con ira que apenas tenía unas cuantas horas de haber llegado y ya andaba buscando camorra, que si no se comportaba no iba durar un día más. El mundo de aquel penal quedó atónito con esta reacción mía, nunca me habían visto salirme de casillas. __ ¿Por qué es la pelea? Le pregunté. __Eso no te incumbe. Sin soltarlo del cuello levanté el puño en señal de dejarlo caer en su rostro. __El mastodonte quiere mi armónica, me la regaló mi padre cuando tenía cuatro años. __Dame acá. Contemplé la armónica detenidamente, quise llevármela al corazón, pero lo que hice fue depositarla tiernamente en las manos del negro Tommy. __Gracias, Juan. Ahí mismo llegaron los guardias y todo volvió a la normalidad. De una cosa estaba seguro, y era que ese chico se las cobraría conmigo. Por eso debía estar vigilante. Al otro día, cuando lo saludé, me mandó al diablo. __Oye, mocoso, sólo tú no viste el cuchillo que tenía el negro Tommy, te pudo haber matado. __ ¡Lárgate imbécil!

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Con cautela saqué del bolsillo algo que le iba interesar mucho. ¿Qué te parece? El muchacho miró con asombro la armónica. __ ¿Ey, viejo, cómo la conseguiste? __Tres paquetes de Camel fueron suficientes. El chico la tomó con afán. Intentó llevársela a los labios, pero se lo impedí. __ ¿Pero, por qué? __Sería retar a Tommy. __Quizás tengas razón. Toma. __Quédatela, es tuya, te la acabo de regalar. __Ey, viejo, eres buena onda. ¿Me puedes conseguir un cuchillo también? __Ya veremos, ya veremos. Pero primero me explicas eso de que te la regaló tu padre a los cuatro años. __Si, así es, pero es una historia que no quiero recordar. No quise quedarme sin más detalles, por eso emplee mis mañas, le pregunté cuántos años tenía, me dijo que dieciocho. Le pregunté si le guardaba rencor a su padre. __“Ninguno buey, mi madre siempre me habló bien de él, me decía que la culpa había sido de ella, pues amaba a otro, a un

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tal Pedro Martínez, de México, el que me crió y me metió en la escuela del narcotráfico”. __ ¿Qué ha sido de ella? __Hace dos años falleció en un accidente de tránsito en California. En Nayarit, límite con Jalisco, dejó un rancho a mi nombre. __Me alegra que te haya dejado un rancho. Es importante que no pierdas de vista eso. ¿Y el tal Pedro, qué? __Cayó con dos toneladas de Marihuana en Miami, creo que el pobre no verá más las calles. __ ¿Por qué caíste tú? __La ambición rompe el saco, yo me defendía vendiendo al menudeo, pero se me dio por viajar a Colombia y comprar cinco kilos. Apenas llegué al aeropuerto de Frankfort descubrieron la maleta de doble fondo. Me dieron 35 años de cárcel. ¡Diablos! Estaré acabado para cuando salga de aquí. No lo resistiré, créeme, lo mío es la independencia. Al verlo casi quebrado me alejé de por ahí. Esa noche tuve un motivo para salir del penal. Salí contento y atento a la más mínima señal del ambiente. Cuando estuve con Nidia le conté que estaba triplemente orgulloso __ ¿Eso por qué? __Porque te quiero, porque de nuevo voy a ser padre y porque he encontrado un hijo. __ ¿Te volviste loco? ¿Un hijo?

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__En serio cariño, un hijo. __Congratulaciones, ¿cuándo lo traes a casa? __Un día de estos, ya verás que sí. __Mejor dicho nunca. Ven acá, la tomé entre mis brazos. La saqué al jardín del patio, la tiré sobre el pasto húmedo y me senté a su lado. __Todo lo que te estoy diciendo pienso cumplirlo, no te defraudaré, ¿me oíste? __Si, te creo. Luego de una larga jornada de caricias y sexo, nos separamos. Me fui de una vez. Al otro día mi mundo se volvía añicos, estaba desesperado, pues me acabo de enterar que en una semana se posesiona un nuevo Director. Estoy completamente seguro que vendrá severo y ofensivo para hacerse notar. Todo lo esculcará y podrá patas arriba. Es totalmente conveniente que no nos veamos las caras, debo darme prisa, mucha prisa, por eso esta misma mañana hablé con Tommy. __Necesito el contacto de la persona más torcida que tengas. __ ¿Dentro o afuera? __ Afuera. Tommy me miró fijamente. __No, no. No es lo que estás pensando, de ser una fuga, lo menos conveniente es que lo sepa otro, ¿no crees?

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__Tienes razón, pero muchacho, este favor no se paga con cigarrillos. __Tranquilo Tommy, tendrás diez dólares. __ ¿Quieres acabar con esta conversación, eh, Juan? __Tommy, sin ofenderte, dime de una vez, ¿cuánto? __Cincuenta. De hecho, yo sabía que era lo mínimo que podía pedir si de verdad me iba a jugar limpio. Me entregó el nombre y la dirección del cliente que yo necesitaba. Esa misma tarde conseguí un celular en el penal. Convencí al muchacho de la armónica para que me tomara una foto con bigotes postizos, de hecho, también le rogué a él para que se dejara tomar una, usando los mismos bigotes, le dije que era un juego. Se echó a reír al verse con bigotes tan pronunciados, resolvimos cortarles un poco. También hice que me prometiera que no hablaría de esto con nadie. Así lo prometió. La siguiente noche hablé con Nidia __Toma este dinero y esta dirección, grábatela y quema el papelito. Entregas el celular y esta nota, son para la obtención de mis papeles, los tuyos y los de mi hijo. __Amor, me asustas. __No temas, confía en mí. __No puedo actuar a ciegas, dime qué te traes. __ ¿Quieres casarte conmigo y vivir juntos por siempre? __ De hecho, me harías muy feliz.

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__Entonces obedece. Dile al señor que vas de parte del negro Tommy, te preguntará la clave, dices que “ojo de gato verde”. Pídele que te los aliste lo más pronto posible. No le contradigas en nada, ni le discutas el precio. __ ¿De veras amor, qué está ocurriendo? __Un bonito plan para reunir a la familia y vivir por siempre feliz. __ ¿Prometes casarte conmigo después de esto? __Soy yo quién te lo pide: Nidia Falcon, ¿quieres ser la esposa de Juan Smith? __ ¡Si, si quiero! ¡Lo juro! __Bien, tu decisión me da alas. Me voy contento. Nos vemos pronto, yo te busco para que nos vayamos por siempre. ¿Así lo quieres? __Con toda mi alma. __Aguarda, coge este dinero para que lleves el carro a revisión. Pide que le limpien el carburador, le cambien las bujías y lo alineen, lo necesitamos al pelo. Me encuentro esta mañana jugando un partido de Baloncesto, apostamos a los cigarrillos, somos dos equipos, el que pierda sale. __ ¡Eh!, no juego más, se me agotaron los cigarrillos, dije. __Vamos Juan, yo caso por ti.

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__Tommy, de veras, necesito descansar. __Como quieras. Con mañas busqué el lado del chico que se divertía con la armónica. “Tuve una mujer que quise mucho, era la más bella mujer que mis ojos vieron jamás, ojos azules, cabello dorado y una peca en la mejilla derecha, se llamaba Dóroty”. __ ¡Eh! ¿Acaso estás hablando de mi madre? __Creo que sí, nunca supe por qué me dejó, hasta que tú me lo dijiste. El chico cambió de color, sus ojos se pusieron tristes y un par de lágrimas cayeron al suelo del penal. __Ya sé por qué sentías algo por mí, ya sé por qué yo te veía como mi héroe. Quiso abrazarme, pero lo contuve a tiempo. __ ¿Qué van a pensar aquellos? __Es correcto, pero quiero que sepas que no te guardo ningún rencor. __Esa armónica que conservas, yo mismo labré tus iniciales en ella, míralas, apenas la tuve entre mis manos supe que era la misma. __Quiere decir que me la regalaste para que fuera mi vida. __Claro hijo mío, tú no vas a morir aquí, tengo un buen plan para sacarte. __ ¿Estás soñando padre? Nadie ha escapado de esta prisión.

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__Tú sí hijo mío, tú vivirás en libertad. __ ¿De veras? ¿Estás seguro de lo que dices? __Completamente. __Pero por qué no te incluyes, por un momento creí que el plan te incluía a ti también. __Claro que me incluye, y a mi mujer también. __ ¿Eh, padre? “No te sorprendas, tengo una mujer con una niña de dos años, no es mía, pero la criatura que lleva en el vientre si lo es. Es una historia que muy pronto conocerás en detalles. Toma, asegura esta ganzúa, no la pierdas, es la llave de la libertad. Después que apaguen la luz, esperas media hora, te quitas las cadenas, y vas directo a mi celda, estará abierta, no cometas ninguna estupidez, mañana entra el nuevo Director y lo registrará todo, al derecho y al revés, tiene que ser esta noche o no será nunca, procura no olvidar nada de lo que te dije. __ ¿Por qué no me lo habías confiado antes, padre? __Por tu seguridad, no actuarías lo mismo de haberlo sabido. Tengo una reserva económica al pie de un olmo. ¿Podemos contar con el rancho de Nayarit? __Ni más faltaba. Nos internaremos en el campo, jamás darán con nosotros. __Si hijo mío, así será.

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Al otro dĂ­a, a las 5:00 a. m, sonaba la alarma del penal para comunicar la fuga. Cerraron puentes, fronteras y caminos, pero ya nosotros llevĂĄbamos muchas horas de feliz viaje.

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Found in translation Ricardo José Gómez Tovar I El cine es así. Desde que vi por primera vez Lost in Translation, hace 14 años, sabía que acabaría viniendo a Tokio en busca de iluminación. No hablo ni pizca de japonés, pero mi inglés es lo suficiente bueno como para entenderme con recepcionistas de hotel, policías, dependientes de grandes almacenes o funcionarios de aduana, en el supuesto de que estos hablen inglés, algo que no siempre está garantizado en el Japón. Tengo una reserva en el Hotel Park Hyatt, el mismo hotel donde se alojaban Bill Murray y Scarlet Johanson en la película que tanto me ha cautivado. Un taxi me deposita frente a sus puertas desde el aeropuerto internacional de Tokio-Haneda. Aún es pronto para expresar mi opinión sobre la capital japonesa. Demasiado ruido, demasiadas luces artificiales, demasiada gente por la calle, demasiados estímulos visuales. Lo único que me apetece es llegar a la habitación y ponerme a mirar por la ventana, como los protagonistas de la película. II Finalmente, me cansé de mirar por la ventana. He subido al bar New York, situado en la planta 52 del hotel. Con mi metro setenta y cuatro de estatura, no sobresalgo mucho en el ascensor. De hecho, algunos japoneses son más altos que yo. Localizo el taburete donde se sentaba permanentemente Bob Harris, el personaje que interpretaba Bill Murray, y decido establecerme allí. Nadie más parece darse cuenta de este dato. Tal vez no hayan visto la película. Me acerco hasta el ventanal panorámico del bar, y disfruto durante unos instantes de las vistas espectaculares que brinda. El distrito comercial Shinjuku queda a mis pies. Es un extraño mundo de rascacielos futuristas que se desparrama bajo un cielo plomizo. Los clientes del bar componen un hilo musical que combina varios idiomas internacionales. Pregunto al camarero

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si llegó a conocer a Bill Murray, y este me contesta que, cuando se rodó la película, aún no trabajaba aquí y, además, vivía con sus padres en Osaka. El Martini que me ha preparado empieza a hacer su efecto y, por momentos, me parece escuchar los acordes de More than this en un karaoke fantasma. III De nuevo en la habitación. He traído libros, el ordenador portátil e incluso una baraja de cartas en la maleta, pero el ventanal parece atraer extrañamente a los huéspedes de esta habitación e impulsarlos a mirar por la ventana en albornoz y zapatillas. Es un albornoz tipo yukata, o eso me dijo el recepcionista cuando le pregunté, y me está bastante grande. Después, la misma inercia cinéfila me lleva a sentarme sobre la cama y a poner cara de Bill Murray, o al menos lo que yo creo que es poner cara de Bill Murray. El fax que adornaba la habitación en el año 2003 ha desaparecido. Eso descarta la posibilidad de que alguien me despierte en plena noche enviándome un plano del mueble que ha comprado. En cualquier caso, espero la llamada de recepción diciéndome que hay un paquete urgente de mensajería dirigido a mí. Para entrar más en ambiente, le he pedido a una amiga que me mande las muestras de una tapicería en color burdeos que no tengo ninguna intención de comprar. Son caprichos caros los caprichos cinéfilos. IV Subo una vez más al bar. El taburete sigue vacío, tal vez esperándome. Hay un grupo indie interpretando un pegadizo repertorio de canciones folk. Al parecer, son de Vancouver. Aplaudo con ganas, animado por mi segundo cóctel del día, y le pregunto al guitarrista acústico si alguna vez han coincidido con Bill Murray en un concierto. Me mira con cara divertida y responde que no con la cabeza. A continuación, interpreta el riff de Ghostbusters ante el beneplácito de la concurrencia. Todo esto sucede mientras otro camarero me sirve un cóctel.

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Le pregunto lo mismo que al otro camarero. Tampoco conoció a Bill Murray. Por aquel entonces, aún vivía en Kioto. ¿Es que todos los camareros que trabajan en el hotel acaban de llegar a Tokio? V La noche pasó en blanco. Ni los cócteles ingeridos ni el jet lag me han ayudado gran cosa a conciliar el sueño. Tal vez sea la energía que se siente ahí fuera, las palpitantes vibraciones que me llegan desde el cruce de Shibuya, por donde transitan más personas que en ninguna otra parte del mundo. A diferencia de Bill Murray, no he venido a Tokio para trabajar. Tal vez mi insomnio se deba a que no me canso lo suficiente durante el día. Trato de paliar esta deficiencia probando las máquinas del centro de fitness. El spinning acaba por provocarme vértigo y me obliga a volver derrotado a la habitación, donde solo me apetece mirar de nuevo por el ventanal en ninguna dirección en particular. En aquel momento, el teléfono suena y el recepcionista me informa de que hay un paquete urgente de mensajería a mi nombre. Puedo bajar a recogerlo cuando lo desee. Pero no bajo, ya que no estoy de humor para admirar muestras de tapicería en este momento. En lugar de eso, vuelvo a escalar hasta la planta 52, donde conquistaré la mullida y familiar cima del taburete de Murray. VI El camarero de Osaka me reconoce y, tras servirme mi cóctel favorito, me pregunta si ya he visitado el Museo Edo-Tokio. Le contesto que sí, y que también me he paseado por el parque Ueno y he contado cada uno de los cerezos en flor que lo componen. He hecho todo lo que dice en la guía turística, con la esperanza de que mi cuerpo se sienta fatigado y se entregue a los brazos soñolientos de Morfeo en cuanto el cielo de esta modernísima metrópoli se oscurezca. Mientras saboreo el combinado, acaricia mis oídos un acento

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que no tiene la aspereza del japonés ni las inflexiones de chewing gum del inglés americano. Por unos momentos, parece hasta música hablada. ¿Tal vez una ópera? ¿Qué habrá sido de la banda de Vancouver? “A dire il vero, a me piace molto di più lo skyline di San Gimignagno”, dice claramente una voz justo a mi espalda. Me doy la vuelta girando lentamente sobre el taburete murrayano y encuentro a la poseedora de tan hermoso acento. Es una simpática italiana que habla por teléfono a gran velocidad y que, tras aseverar que prefiere con mucho el perfil urbano de San Gimignano al de Tokio, afirmación que comparto, y emitir una serie de “ciao, ciao, ci vediamo” acompañados de esa gama de expresivos gestos italianos irrepetibles, cuelga su sofisticado móvil y lo guarda en su bolso de diseño. Hago una seña al camarero de Osaka para que me traiga otra bebida, esta vez sin alcohol, y repaso mentalmente mis nociones del idioma de Marcello Mastroianni. VII Ha transcurrido media hora. Sigo en el bar, sin moverme del taburete. El camarero de Osaka ha terminado su turno y ha sido sustituido silenciosamente por el de Kioto. Este santo varón, a quien llamaré Toshi por acortar un nombre que nunca consigo recordar, acaba de hacer su buena acción del día: me ha presentado a Alessia, la mujer italiana que prefiere la arquitectura toscana clásica a los rascacielos del moderno Japón. Pero eso no es lo único en lo que estamos de acuerdo. También está chiflada por Lost in Translation, y si ha elegido alojarse en este vertiginoso hotel es debido a su admiración por la película de Bill Murray. Toshi me sorprende silbando con alegría inusitada los acordes de la banda sonora de La Dolce Vita, de Nino Rota, y se sonríe educadamente. Estos camareros japoneses son medio psicólogos.

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Ketsumatsu A pesar de que a los dos nos conmueve más la belleza de la Manhattan Medieval que los edificios futuristas que abigarran el Shinjuku, hemos decidido volver a Tokio para celebrar nuestro primer aniversario. En el bar del hotel nos han informado de que el camarero de Osaka se ha marchado a vivir a Kioto y que el de Kioto, el buen amigo que nos presentó, ahora trabaja en una marisquería de San Francisco gracias a haber mejorado su nivel de inglés, de lo que en buena parte me siento responsable. En cuanto subimos a nuestra habitación, Alessia y yo nos ponemos a mirar por el amplio ventanal al más puro estilo Lost in Translation. ¡Qué distinto es mirar por la ventana de los hoteles japoneses cuando se está bien acompañado! Por cierto, ketsumatsu significa epílogo en japonés.

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Pequeñas crónicas de un viaje a Argentina Mirta Elorza CRONICA

I – Dirección Sur, Argentina, noviembre 2017.

La aguja del velocímetro del coche marca 120 – 140 Km La cinta de asfalto se extiende casi en una perfecta línea recta. El sol y el calor provocan el típico espejismo de ver agua a la distancia . Hace tres horas, sobre las 8,30hs. de la mañana, el avión desde Madrid aterrizó en el aeropuerto de Buenos Aires. Viajo en dirección sur a mi ciudad natal, a unos 500 km de la Capital. Si miras a derecha e izquierda te absorbe la inmensa llanura de mi amada pampa. Espacio ilimitado, infinito, que según la época del año son trigales amarillos dorados. Girasoles indolentes desafiando al sol. Campos de lino, con su suavidad azul -celeste. Maizales verde oscuro que pelean por ganar altura. Humildes extensiones de avena o cebada con sus espigas ocres, que alimentan miles de vacunos en libertad. Y caballos, grandes yeguadas con sus largas crines al viento. Elegantes cigüeñas, entretenidas en lo suyo y garzas sobre los lomos de los animales. La luz blanca, brillante, deslumbra. El paisaje se repite, intercalado por ríos caudalosos, que marchan presurosos hacia el Atlántico, a ciento de kilómetros. Caminos secundarios por los que aparecen potentes camionetas de ruedas gigantes. Grupos de árboles que encierran hermosas casas de campo. Falta la figura del gaucho, ya extinguido, reservado actualmente a la literatura y/o al folclore.

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Poco a poco, en este lugar de horizontes inalcanzables, recupero esa parte de mi esencia que solo te da el sentimiento de libertad que transmite la pampa, entre la sensación de pequeñez extrema y de dueño del mundo. Las medidas del tiempo y el espacio te desbordan y requieren otra vara de medir. Se cruzan escasas poblaciones, casi anónimas, que los viajeros identifican por las gasolineras para repostar combustible. El tráfico es fluido y veloz, coches, camiones gigantes y modernos autobuses. La ruta une Buenos Aires con Tierra del Fuego, última población del continente Sur . Es siempre recta, siempre en la misma dirección, a lo largo de casi 4.000 Km. En dos horas aproximadamente, llegaremos a mi ciudad, de unos 80.000 habitantes, moderna, de calles anchas y arboladas, de casas bajas, con jardines y patios amplios. Allí me reencontraré con parte de mi familia y con mi pasado. Hace diez años que no regreso. CRONICA

II – “ Tormenta perfecta “ en la pampa

Estamos unos días en el campo. Son las cinco de la tarde, sol, 27º, sin viento. Alrededor de la piscina, debajo de una sombrilla, se está maravillosamente bien. Unas nubes se esbozan en el horizonte, se oyen truenos lejanos, a lo que yo no presto atención. Nuestros anfitriones sí reaccionan. Nos indican recoger todo, volver a la casa, cerrar ventanas, no salir.

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Las nubes negras, revueltas, viajan en montones arrastradas por viento en aumento. Se ve nacer un tornado a lo lejos, que aumenta, se acerca, desvía su dirección y nos deja fuera de su recorrido. Sigue un momento de calma y silencio . Son las 18 horas y se hizo noche total. Y de pronto nos rodea un caos. Como una súbita explosión, hay relámpagos como látigos de fuego en todas las direcciones. Lluvia a torrentes, que según el viento, el agua cae en hilos paralelos o torbellinos o en bandas impetuosas. El sonido de los truenos y del viento en los árboles sube de volumen. El ruido es infernal. El tejado cruje. El granizo rebota en los cristales. Es pura furia indomable. El agua inunda todo, corre con fuerza y arrastra lo que encuentra a su paso. Aproximadamente media hora más tarde, el fragor se apaga, la lluvia cae con calma. El aire refresca y huele a tierra mojada. Reaparece el sol. Ahora, queda ver en esta lucha hombre/naturaleza naturaleza/hombre quien ha sido vencedor.

Lo viví como un espectáculo fascinante, No tuve miedo . No fui consciente de la magnitud de la tormenta y de lo pequeño que somos. No sé describirlo, creo que era vértigo.

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CRONICA

III – Las playas de mi niñez

He vuelto a las playas de mi niñez. Atlántico Sur, km y km de arena blanca y dunas, mires donde mires, estés donde estés. Anchas, de aproximadamente 200 metros, que las mareas casi no afectan. El sol sale y se pone en el mar. Allí pasábamos el verano calendario. El plan siempre era acabar el cole en diciembre y volver a tu ciudad a inicios de marzo para recomenzar otro curso escolar. Nos levantábamos en bañador, descalzos y así hasta el atardecer, que se cambiaba por el pijama, cena, baño y preparados para otro día. Allí jugábamos, peleábamos y nos divertíamos hermanos, primos y amigos. Los días eran largos, casi te aburrías. El verano se hacía extenso y hasta recuerdo deseos de volver al cole. Son mis recuerdos infantiles predilectos. No sé a esta altura de mi vida lo que es felicidad, pero esos veranos me dejaron un sedimento que siempre asocio a vivencias felices, despreocupados y sin límites. Luego, cuando jóvenes, en pandilla, los paseos a caballo por la orilla, salpicando, felices o irresponsables? Ahora vamos a la playa en potentes 4×4, con doble tracción, eso sí, te alejas 15 ó 20 km, bordeando el mar y la soledad te engulle, tú, las olas, arena y dunas, algún animal salvaje y nada más.

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CRONICA IV – MIS NAVIDADES 2017 Hace varios años que no estoy en estas fiestas en mi ciudad natal. Debo aclarar que la sociedad argentina es esencialmente una amalgama de razas, nacionalidades y confesiones . Cada emigrante aportó sus tradiciones y costumbres. Eso nos ha hecho altamente tolerantes en cuanto al cariz religioso de las navidades, por lo que más que un festejo cristiano es un acercamiento familiar y una preciosa reunión. Es verano, temperaturas muy altas, las noches son calurosas. Preparamos una gran mesa al aire libre, en el jardín posterior de la casona de mi hermana. Ella, que ha heredado de nuestra madre y a su vez de la abuela, el papel de anfitriona y organizadora, nos ha distribuido la preparación del menú, que previamente diseñó. La cena es a base de platos fríos, tipo buffet. Eso sí, también por tradición, nos vestimos de fiesta y nos mezclamos cuatro generaciones. Y comienza, como dice mi marido, el folclore: charlas desordenadas, nos cambiamos de lugar, se agrega algún invitado tardío, bromas, anécdotas, intercambios de regalos. Aparece una guitarra, un bongó y una flauta, siguen las canciones y entre brindis y brindis algún baile. Así ha sido a lo largo de mi vida, desde lo que mis recuerdos me lo permiten evocar. Por supuesto, añoramos a los que han marchado y damos la bienvenida a los que se incorporan a nuestro clan.

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Cuanto añoro estas fiestas en las frías navidades europeas. CRONICA V – Patagonia Viajo siempre al sur. Cruzaremos la meseta patagónica, esta vez de este a oeste, del Atlántico casi al Pacífico. Lo haremos en avión, nos decidió los 2.000 km, las temperaturas muy altas, los vientos permanentes y quizás nuestro cansancio. La mítica Patagonia admite cada adjetivo que se le quiera aplicar, siempre en superlativo. Cabe la lejanía, líneas de asfalto en la que aparece un cartel que indica ”localidad próxima a 300 Km” y así sucesivamente y entre ambos pueblos muy pequeños o la nada. El espacio es inconmensurable, un vacío que atemoriza. Cruzas ríos violentos y polvo, siempre polvo en suspensión. La luz casi blanca, en exceso, agrede los ojos. Parece tierra de nadie, pero no lo es. Parece tierra árida, pero no lo es. Los habitantes originarios, tehuelches y mapuches, han sido expulsados, abandonados y relegados socialmente como clase inferior. Y esta es su tierra. Tal situación la viven desde el inicio del siglo 19, por distintas campañas militares, para dar paso a la “civilización”. La tierra es árida, pero su subsuelo es riquísimo, con alta variedad de minerales, gas, petróleo, etc. ¿ Por qué será que los grandes capitales, con la anuencia de los sucesivos gobiernos, se han apoderado prácticamente de la Patagonia?

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Actualmente, estos pueblos nativos continúan peleando por lo suyo. Reclaman su tierra, respeto a su lengua y cultura, sanidad, educación.., pero por lo pronto solo reciben represión y violencia por la policía y el ejército, que actúa con total impunidad. No podemos aislar la grandiosidad del paisaje de la mirada oscura, acusadora y/o resignada de esas gentes, de rostros cuarteados por el agresivo clima o por la dureza de una vida reprimida. CRONICA VI – Regreso, enero 2018. Estoy en Bariloche, una ciudad en los Andes Patagónicos. Etimológicamente palabra mapuche ” Viraloche “, significa : gente de atrás de la montaña. Es un entorno idílico, extensos bosques naturales, lagos como espejos, montañas nevadas, volcanes y glaciares. Quedan tres días más para perdernos, sin noción del tiempo, dejándonos mimar por el entorno. Luego, deshacer el camino, avión a Buenos Aires. Caótica y ruidosa, como para escapar rápido, pero a su vez, fascinante ciudad. Y el tiempo se hace medido para regresar a la entrañable Galicia.

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Momento cero César Alejandro Alcaraz Acosta Al girar la cabeza pude percatarme de que estaba en Asia, los ojos rasgados predominaban a mi alrededor. Recordé con nostalgia el montón de cómics que había leído en mi juventud y los interminables episodios de mis series japonesas favoritas: Mazinger Z, la Princesa de los 1000 años, Sailor Moon, entre otros miles de dibujos animados que hicieron de mi imaginación el mejor lugar para esconderme durante mi casi autismo infantil. Llamaron a abordar al vuelo MU525, apagué mi caja de recuerdos, la metí en mi mochila vieja con olor a la comida que me preparo todos los días. Hice la fila, aunque aquí en Pekín eso suene extraño. El billete del pasajero que estaba delante de mí hizo un sonido raro en el verificador de la azafata. Ella puso cara de no tener ni una pizca de paciencia. Con un grito imperativo llamó al compañero que estaba literalmente a medio kilómetro de distancia. El sujeto corrió sujetándose el pantalón que se le caía, pero no de esbeltez sino de lo usado que lo llevaba. Con un walkie-talkie en la mano, el guardia llamado Gao (quedó claro por el grito espeluznante de la azafata) pulsó un solo botón que arregló el asunto y la fila pudo fluir normalmente. En el autobús camino al avión pude percibir un olor ácido, quizás a vinagre o ajo, y reflexioné en que se dice que cada persona tiene un olor peculiar, resultado de su humor, de lo que come y de otros agentes… pues a mí me gustaría tener aroma a tofu, no solo porque es lo que más como, sino también porque huele muy singular. Estaba yo en mi filosofía aromática cuando llegamos a donde estaba aparcado el avión. ¿Alguna vez has visto un avión de frente? ¿Te has fijado en las ventanitas de los pilotos? Allí era donde yo iba, al interior de esa ave blanca.

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No me gusta volar, bueno no me gusta el despegue; es como que se te desprende el alma o como si algo dentro de ti se quisiera regresar al suelo. Bueno, esta vez no fue la excepción aunque he de decir que yo iba muy entusiasmado, pese a que mi compañero de al lado era bastante desagradable para la vista. Esta era mi cuarta vez en Japón y no iba a Tokio, como las veces anteriores; me compré el vuelo a Osaka porque me dio la gana, porque todo mundo lleva una camisa de colores en la que pone Osaka, porque es un lugar para ir de compras (vicio que he desarrollado con táctica exquisita). Me preguntaba a mí mismo (lo hago todo el tiempo) ¿por qué si ahora quieres adelgazar, quitarte esos kilos que te sobran, has elegido ir a un lugar que es famoso por su gastronomía? Muy fácil: para medir mi voluntad o simplemente tener una buena excusa para atragantarme sin medida. Japón, admirado por muchos y estudiado por otros, para ser sincero nunca me ha llamado la atención. Es un país del primer mundo, con tecnología punta, educación, artes y etcétera. Cuando llegas a Japón te das cuenta de su avance cultural: ultra limpio, con habitantes respetuosos y, sobre todo, arraigados a su tierra. Para un ser como yo, un humano imperfecto, ignorante de la cultura y difícil de sorprender, Japón era como un tomo más de la enciclopedia británica; sabía que era fino y bueno pero no me atrevía a explorarlo. En el aire, el avión se movía como una licuadora y los nervios se apoderaron de mí, pero el cansancio, la fealdad de mi vecino y un niño llorándome en la nuca, hicieron que me quedara como el personaje de García Márquez en su cuento: La bella durmiente. No sé cuánto tiempo transcurrió pero ya estábamos llegando a nuestro destino cuando abrí los ojos. Al bajar del avión, lo hice con magna estrategia china y logré colarme entre los primeros pasajeros que entraban a emigración. Mi camino fue interrumpido por un guardia que exigía la carta de inmigración, documento que no llené en el avión porque me había quedado dormido. Después de escribir mis datos en el dichoso formulario fui a hacer fila. Una señora

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bastante rara me atendió en la aduana. La verdad es que la escogí entre las filas porque pensé que parecía buena persona pero las apariencias engañan, sería que pocos mexicanos vienen aquí, quizás fue mi eterna cara de narco, tal vez ella ya quería salir, pero la dichosa entrada duró más de una hora: carta de inmigración, más migración, más revisión, igual a cara de gruñón. No había tiempo que perder, la vida me esperaba en esta gran ciudad y primero fui a cambiar yuanes por yenes, luego fui a la máquina de tickets para el autobús que me llevaría al centro de la ciudad. Dejé escapar un: “¡pero si esto está en japonés!” Esta frase que, de verdad venía muy ad hoc. Amablemente y con un inglés precario, una señorita me ayudó. Yo la miraba fijamente porque me gustaba su cara blanca y su sonrisa ingenua: “I want to go to Umeda (centro de la ciudad)” le dije en mi inglés tan básico como el de mi anfitriona. Después me dio el ticket y me subí a la limusina (de verdad era un autobús de lujo en apariencia y en costo). Al cabo de 55 minutos, llegué. Sobre las 7 de la tarde ya estaba en el corazón de Osaka. La estación se llamaba Hankyu (que se pronuncia como “an qiu” no como yo supuse que se decía “janquiu”). Había alquilado un estudio en Umeda (que está en el mismo lugar, Hankyu) por la aplicación que cada día se vuelve más útil que barata. Mi hermana Monserrat, que hace un curso de emprendedores, me contó que empresas como Airbnb se han abierto sin invertir un solo centavo pues no necesitan promoción y lo único que hacen es poner una plataforma de comunicación. Decía yo que esto es más útil porque mi alojamiento estaba a tres pasos de la estación del metro y a dos del Hep Five, el lugar de encuentro para cualquiera en Osaka. Mi arrendador me recibió y me llevó a todo galope al estudio. Recuerdo ir hablando y arrastrando mi maleta amarilla color pollito que a muchos les gusta. Al cabo de unos minutos me di cuenta de que íbamos tan rápido que no memoricé el camino. De repente nos detuvimos. Tony, que era el nombre

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de mi anfitrión, y yo seguíamos en una charla informal que no era más que una lista de recomendaciones, nos paramos en un cruce, frente al hermoso Hep Five, un centro comercial para gente ricachona que no tiene una buena causa en la que gastar (si hubiera ido a ese lugar, habría sido por dos razones: para comprar una camiseta, la más barata que hubiera o porque me hubiera perdido por ir tonteando y habría entrado sin darme cuenta). Tony me dijo con su acento hawaiano: “because you know Japanese people are so shy”. En ese momento esperábamos que el semáforo se pusiera en verde para cruzar la calle y sentí la mirada inquisidora de mil japoneses. Lo único que hice fue encogerme de hombros. El Hep Five es un edifico de color rojo vivo carmesí y en la parte superior hay una noria que es del mismo color del centro comercial: “Aquí se queda con la gente, todos los de Osaka conocen este centro comercial”, comentó Tony como queriendo decir, aquí puedes quedar con tus ligues. Al menos era un punto de referencia pues no recordaba el camino. El estudio era súper conveniente y cómodo (lo que antes decía, bastante útil la aplicación, pero no era la opción más económica). Después de entrar y quitarme los zapatos (una pesadilla, pues desde niño odio ponerme y quitarme los zapatos), encontré el comedor-cocina y un baño completo, el dormitorio daba a la calle y allí estaba lo que me salvaría de estrés agudo que tenía: un balcón precioso en el quinto piso, frente a un edificio de oficinas comerciales, el Umeda Center Building, que pocos conocen, la estación de trenes y metro, una carita luminosa que nunca supe qué personaje japonés era, con un reloj y la temperatura, pero sin lugar a dudas lo que enmarcaba el paisaje era el edificio Hep Five con su noria llena de luces que me daría en la cara cuando durmiera en Osaka. Mi anfitrión se despidió . No le importó darme otra instrucción más que: “don’t lose the key, please” que haría sentir como

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un tonto a cualquiera si se lo repiten cuatro veces. Se fue y yo ya quería comerme esa ciudad de un bocado. Dormí al menos una hora, me puse ropa cómoda y corrí al supermercado que estaba justo enfrente del apartamento. Una característica de las grandes ciudades japonesas es que está repleta de tiendas de autoservicio: Family market, 7 Eleven, Lawson, entre muchas otras. Me comí esos fideos instantáneos como niño de hospicio con hambre y una bandeja de sushi (llamada maki) que me supo a gloria. Coroné mi exquisita cena con una cerveza Sapporo ¡Por Dios, qué deliciosa! Salí directo a mi primer paseo por esa aún enigmática ciudad para mí. Me había comprado un chip pues quería tener datos en el móvil en todo momento. A la hora de desbloquear mi teléfono móvil saltaron un montón de mensajes que leí con euforia: iba a contarle a todo el mundo que estaba en Osaka. Crucé la calle… —Tasukete (¡ayuda!) —, repetía una mujer que parecía asustada. —Kyuukyuusha wo yonde kudasai(¡llama a una ambulancia, por favor!). —Cerré los ojos y no supe de mí. Al despertar pude comprobar en persona que los hospitales japoneses son extremadamente limpios y bien equipados. Tenía fracturada la pierna izquierda y dos costillas rotas, moratones en la cara y en la espalda; me acompañaba un dolor que cincelaba mi cabeza. Todo se resumía a las cuatro paredes de mi habitación en esa clínica. Lo mejor de mi travesía es que tenía un seguro de gastos médicos; de no haberlo tenido, me hubiera dejado media vida pagando la atención médica. Me prometí volver a esa ciudad, apagar el móvil y empezar otra vez mi viaje desde el momento cero.

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A la deriva Néstor Quadri En el siglo dieciocho, un viejo barco de guerra astillado y completamente pintado de negro, recordaba aquel tiempo pasado de gloria marina. Ahora en un estado de bastante deterioro, su aire lúgubre influía en el ánimo de los marineros que componían su dotación. Había partido de un puerto español hacía ya bastante tiempo y estaba navegando cerca de la Tierra del Fuego. Aquella noche, el capitán vestía un uniforme azul con botones y su cara que tenía un aspecto siniestro, estaba cubierta por una amplia barba descuidada que cubría su boca desforme. Por encima del cuello alto y tieso de su chaqueta, sobresalía la ancha papada. Su insidiosa mirada ahora estaba cansada y al sacarse la gorra, el cabello en otro tiempo abundante y desgreñado, estaba completamente blanco, rodeado de una incipiente calva. En sus primeros pasos como marino había tenido un accidente y al encallar el barco en el Ecuador, la tripulación fue perseguida por los aborígenes y herido en el rostro debió huir a la selva. Fue el único sobreviviente, alimentándose para subsistir de cualquier insecto o animal que pudo disponer. Cuando fue rescatado, como su imagen macabra parecía la de un vampiro, algunos amigos comentaban risueñamente, que en esa odisea seguramente se habría alimentado de la sangre humana de algún compañero. Por su valentía, la corona española le había confiado la capitanía de ese barco pintado de negro, desde el mismo momento que fue botado al agua. Después de mucho tiempo de andanzas y de terribles batallas navales, seguía todavía allí, aferrado en ese mismo destino. Esa noche con algunas copas demás y envuelto en la nostalgia de los tiempos pasados, con una especie de obstinación, el capitán se

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negaba a quitarse el uniforme y se recostó somnoliento sobre la cama de su camarote. Cuando se despertó en la madrugada, un frío glacial lo sobresaltó de su incipiente sueño. Inmerso en una sensación que no podía explicar, no sabía si había tenido un dormir o un despertar verdaderos. Se abrigó rápidamente y cuando subió al puente del barco, el amanecer se presentaba cubierto de nubes oscuras muy amenazadoras, que presagiaban el inminente comienzo de una gran tormenta. A lo lejos y en el mismo rumbo, una figura blanquecina le llamó inmediatamente su atención, porque se trataba de un inmenso banco flotante de hielo, que según sus estimaciones debería tener más de una milla de largo. De repente arreció el viento y debieron sufrir todo ese día el castigo de un intenso temporal, hasta que en plena noche y en forma imprevista, un impresionante choque hizo crujir al barco de tal forma, que la tripulación quedó paralizada de terror. Cuando reaccionaron, lograron detectar en la oscuridad que la nave se había prácticamente incrustado en ese inmenso banco de hielo y que sólo por milagro el grueso casco había resistido el impacto desformándose considerablemente, pero sin haberse averiado. Al hacerse la luz del día y cuando revisaron más detenidamente el navío, verificaron que tenían una pequeña inclinación y estaban firmemente encallados a ese enorme témpano de hielo. Trataron de librarse de él por todos los medios disponibles, pero el casco se había introducido de tal manera en una hendidura del hielo, que era imposible separarlo. El barco negro había quedado a la deriva y seguía el mismo derrotero de esa inmensa mole blanca, que era conducida por una helada corriente antártica. Pasaron los días y la situación era aún peor por la nieve que caía permanentemente. Durante ese tiempo habían bajado al mar varios botes, con el objeto de divisar durante la luz del día alguna embarcación

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que los ayudara, pero siempre habían regresado al oscurecer sin lograr su objetivo. Poco a poco, los fue invadiendo un sentimiento de impotencia, porque tuvieron que admitir que era imposible liberarse de esa masa de hielo y que estaban a merced del azar de su derrotero. La insubordinación de la tripulación que se mantenía encubierta al principio, lentamente se había puesto ya de manifiesto. Sus cuerpos se movían secretamente y empezaron a hablar a hurtadillas, como parte de una melodía que fluía sorda en torno del capitán. Llegó un momento que éste comprendió que su autoridad ya no existía, porque si pretendía imponer una reprimenda a alguno de ellos, seguramente sería desobedecido. Entonces, prudentemente decidió mostrarse callado e indiferente, mientras en su interior sufría un estado de abatimiento y depresión como jamás le había sucedido. Tenía dificultades para dormir y muchas veces se pasaba las noches en vela, soportando esos momentos de sufrimiento. Luego de unos días, la tripulación le comunicó que iba a abandonar el navío en los botes y mientras embarcaban víveres y agua, como un gesto de consideración lo invitaron a emprender el viaje con ellos. El capitán trató hasta el último momento de disuadirlos de ese absurdo proyecto, pero sus esfuerzos no sirvieron de nada. Les hizo la observación que la distancia que los separaba de la costa eran más de doscientas millas y que aún con un mar sereno y vientos suaves no podrían llegar nunca a ella, porque los víveres y particularmente el agua se consumirían rápidamente. Por otra parte, era muy difícil encontrar en estos lugares un barco que los auxilie, como ya lo habían constatado durante esos últimos días. Buscaba con su experiencia encenderles a la tripulación la luz del discernimiento, pero ésta siempre era apagada, justo en el momento que debería convertirse en comprensión. Ante

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esta actitud, tomó la determinación de no embarcar con ellos en los botes. Él era el capitán y sólo muerto abandonaría el barco, por lo que se quedaría allí y su destino sería el mismo que la providencia le asignara a ese navío de guerra a la deriva, que tanto quería y que formaba parte de su vida. Finalmente las negras manos enguantadas de los marineros con movimientos conocedores y atentos, comenzaron a realizar la tarea en un mágico frenesí. Encerrado en su cabina escuchó todo el alboroto de la carga de los botes, hasta que la agitación cesó por completo, lo que indudablemente era la señal que indicaba que ya habían partido. Al salir a la cubierta fue tomado de sorpresa por el viento frío y trató de entrar en calor saltando y levantando las manos, mientras en un verdadero ataque de depresión no lograba dominar sus ideas. Todo se disolvía en la incertidumbre y trataba de reflexionar, mientras el corazón le latía intensamente. Luego de un rato, observó impotente como los botes se alejaban pausadamente, arrastrado por los poderosos brazos de los marineros. Mientras tanto, el oleaje acariciaba los botes olvidando detrás de ellos una blanca estela, que se fue parsimoniosamente empequeñeciendo en el horizonte. Se encontraba solo y por su cuerpo recorrió un escalofrío. Se sentía débil, como si sus fuerzas lo hubiesen abandonado, como si su alma hubiese partido dejando un cuerpo moribundo. Entró nuevamente en la cabina rodeado por un mundo extraño de soledad, donde todo aquello permanentemente estaba danzando en su cerebro. Fue allí, cuando repentinamente sintió en el medio de su pecho un estremecimiento agudo, al escuchar que llamaban a la puerta de la cabina. Se incorporó de un salto. ―” ¿Quién podría ser?”, “¿No se había quedado solo?” ―se preguntaba intrigado. Cuando abrió la puerta, vio la figura gorda y carismática del cocinero, quien lo saludó solemnemente y le dijo que lo seguiría sirviendo, indicándole que los marineros al partir les habían dejado alimento para veinte días. Sintió un gran alivio en el corazón al saber que no estaba

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completamente solo, con el barco a la deriva encallado en un bloque de hielo. Durante ese tiempo podría suceder que se acercara un buque que los auxilie, pensaba el capitán, albergando en el fondo de su alma alguna remota esperanza. Un rato después, había empezado a soplar un fuerte viento frío acompañado de una intensa nevada y subió a cubierta provisto de un catalejo para visualizar a la tripulación que acababa de partir. Prácticamente no podía distinguirlos en el mar enfurecido, donde los atestados botes casi no podían mantenerse a flote en una situación desesperante y consideró que salvo un milagro, era imposible que pudieran salvarse. Sonrió cuando por fin los divisó bajo el sol rojizo del crepúsculo y observó los movimientos del bote cuando se sumergía entre las olas. Paulatinamente, el cielo se fue oscureciendo, hasta que al adquirir el tono negro intenso de la noche, una por una fueron apareciendo las estrellas. De pronto, creyó percibir un cántico que se elevaba entre las olas y lo hizo parpadear de asombro. Era como un sonido monocorde, grave, emitido por muchas gargantas que alzaban al cielo sus voces despidiéndose de su capitán. La angustia lo embargó, mientras sentía la necesidad de clavar los ojos en ese mar bravío, buscando un punto en el infinito, en tanto las estrellas lo miraban y se inclinaban ante él. Había pasado casi un mes desde aquel día y no había vuelto a divisar nunca más a la tripulación. Se encontraban impotentes y sólo les quedaban alimentos para unos días más. El cocinero nunca hablaba, sólo murmuraba algunas frases sueltas al servirle ceremoniosamente las raciones de alimentos, que para él eran como si fueran una larga charla. De hecho, cuando lo servía, se quedaba mirándolo fijamente, para observar el efecto que provocaba en aquel tétrico rostro la comida que había preparado y el capitán, para complacerlo, asentía ceremoniosamente con la cabeza.

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Ese día en la cubierta, el capitán estaba atisbando con los catalejos a un extraño pájaro, cuyo brillante plumaje azulado rivalizaba con el cielo del que había surgido y que los acompañaba en el trayecto. Repentinamente apareció ante sus ojos en el horizonte una figura blanca que creyó que era un témpano, y que al principio le pareció demasiado lejano y que no se desplazaba. Pero, poco a poco, esa imagen que había estado tan lejos estuvo cada vez más cerca y se fue convirtiendo en la imagen de un extraño buque blanco, que se veía a simple vista. Lo contempló con atención y cerró involuntariamente los ojos para recapacitar y asegurarse de que su vista no lo había engañado. Entonces, llamó al cocinero y corrieron con determinación hacia el cañón que ya tenían preparado y lanzaron rápidamente una salva de advertencia al aire, para llamarles la atención. Pero el buque blanco pasó de largo indiferente a todo, deslizándose serena y silenciosamente sobre el mar y desapareció misteriosamente. ―” ¿Era posible que no los hubieran divisado?”, pensaba el capitán desesperado. La conciencia del capitán estaba como perdida en la nada, impulsada por una fuerza que no llegaba a comprender y todo su ser estaba sumergido en una mezcla de paz y misterio. ―” ¿Acaso había visto el espejismo de un bloque de hielo?” “¿Acaso era un buque fantasma que deambulaba eternamente por el mar?” ―, se preguntaba completamente intrigado, Al cabo de varios días se les agotaron las provisiones y la angustia y el hambre los rodearon por completo. Hasta que en una noche oscura llena de estrellas, luna y silencio, el sueño de la muerte se apoderó del ampuloso cocinero, que se había acurrucado en el piso de la cocina, mientras su vida se fue apagando entre las sombras. Al descubrirlo en esa misma noche, el capitán quedó estremecido en lo hondo de su espíritu. Buscó un desahogo y gritó con todas sus fuerzas, pero solamente oyó su propio

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grito, al que nadie respondió. ―” ¿Habría alguna salida a su situación?” ―, se preguntaba. La hipótesis que se imponía con más fuerza era que no, y esa situación desesperanzada ya lo estaba conduciendo lentamente a la locura. No pudo moverlo de aquél sitio porque el cuerpo era muy pesado y el capitán estaba muy débil. Mientras las fuerzas lo abandonaban, su mente flotaba en la incoherencia y el sueño trataba de cerrar sus párpados. Sabía por experiencia, que tarde o temprano su fin no tardaría en llegar, porque abandonado a su propia suerte, a bordo de ese barco negro que navegaba a la deriva, a impulsos del destino, estaba condenado a sucumbir de hambre. Sin embargo, en esos momentos, la oscuridad de la noche era un gran alivio para su desasosiego, porque pensó no debía preocuparse en esconder su angustia de miradas y lástimas ajenas, pero antes de decidirse a hacer aquello, ya muy agotado, decidió ir a su camarote a descansar. Al despertar al otro día, puede decirse que el capitán no tuvo alternativa. Como ya lo había hecho cuando estuvo perdido en las selvas ecuatorianas durante su juventud, tomó su filoso cuchillo y frenéticamente fue descuartizando, despedazando y seccionando en pequeños trozos, algunas partes del adiposo cuerpo del cocinero. En ese sosiego que irradiaba la soledad del barco, dejó caer por un momento la mirada en un espejo, como buscando encontrar en su tétrico rostro, la figura de un antropófago. Quizá vislumbrara en su rostro algún remordimiento, algo similar a la zozobra que estaba haciendo mella en lo más profundo de sus entrañas. Sin embargo, la imagen del espejo tan sólo le permitió distinguir los retazos miserables de su vida. Sin duda, por esa necesidad de alimento que le carcomía el estómago, pensó que al único delito que se enfrentaba era la de conseguir adelantar el reloj que ordenaba el tiempo de su subsistencia. La imagen de esos trozos ensangrentados del cuerpo descuartizado seguía

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pululando tras de él, en esa irremediablemente se encontraba.

nada

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que

Poco a poco, los ojos de su cara fueron emitiendo un fulgor secreto, que le trasmitían la visión de esa roja carne enriquecida por la ansiedad del hambre. Hasta que finalmente, el apetito se hizo tormenta en su vientre y hundió sus dientes paladeando ese tierno alimento y su boca gustó embelesado el sabor de la sangre. Luego de devorar hasta el último de los trozos que había cortado y ya satisfecho, pensaba que ese cuerpo se conservaría en ese ambiente frío y por lo menos le serviría de sustento de vida durante algún tiempo. Pero sólo fue un efímero lapso de prolongación de una penosa espera hacia aquel inevitable desenlace. La vida existió tras de él con la luz que alcanza a la sucesión de miserias, de temores, de las carencias vitales que arrastraba su cuerpo, cuando el reloj sombrío que medía indiferente esas horas tortuosas del capitán se paró para siempre. Finalmente, en el agua helada la nave se inclinó en el horizonte, danzando con el mar en un trágico rito, hasta que sucumbió en los delgados pliegues de las olas mecidas por la luna. El mar ya no devolvería su presa y el viejo navío de guerra negro quedó atrapado con su macabro secreto en las profundidades de ese gélido y bravío mar, que como buscando purificar toda culpa, quedó cubierto con un manto piadoso de hielo para toda la eternidad.

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¿Y si vamos al sur? Marcezurb ¿Y SI VAMOS AL SUR? Esas vacaciones de verano fueron hacia el sur del país, amplio e inexplorado. Por nosotros, al menos. La parte cordillerana es mejor en invierno por la presencia de nieve, así que nos decidimos por la costa atlántica de nuestra lejana Patagonia. A aprender algo más de nuestra cartografía nacional in situ. Tomamos mapas digitales, de papel, discutimos bastante y armamos el trayecto no sin cierta dificultad; generalmente cuando yo voy mi esposo vuelve, así que fue un buen ejercicio de convivencia marital. A mí me cupo la tarea de organizar los sucesivos alojamientos porque debíamos movernos mucho para llegar hasta Chubut. Más lejos imposible en tan pocos días. Éramos tres para conducir porque el mayor de mis hijos ya tiene licencia, así que haríamos largos recorridos para intentar ver más; además hay pocas poblaciones muy alejadas unas de otras. Llegó el día y cargamos nuestro vehículo con valijas, sillones playeros y mi kilométrica esterilla de tomar sol. Kilométrica no por el tamaño, sino porque la he acarreado por medio continente y nunca la uso, pero no pierdo las esperanzas de hacerlo. ¿Mil quinientos kilómetros de una vez? Nos agarra la noche, el estado de las rutas no es óptimo, para qué arriesgar, etc. Primera parada, Río Colorado, una linda población a orillas de un río cristalino del mismo nombre, en Neuquén, la provincia de nombre capicúa. Allí no teníamos reservas, nos alojamos en un hotel antiguo y remodelado que de “Gran” tenía sólo el cartel. Cenamos opíparamente y nos fuimos acostumbrando a los precios patagónicos. Y a dormir para levantarnos temprano y volver a salir para llegar a destino trescientos kilómetros más hacia el sudeste ventoso y marino. Pasamos por San Antonio Oeste y llegamos a Las Grutas, en Río Negro. De entrada, nomás, entramos por el acceso

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equivocado y alargamos unos kilómetros, pero ya veíamos mar así que no nos importó. Primera noche en un hotel nuevo y bonito con piscina climatizada. Ahí nos dimos cuenta del por qué: al sacar del agua el cuello te daban ganas de bañarte con bufanda. Y a ver quién es más macho y sale antes para alcanzar las toallas de piscina… Caminando por la costanera casi quedo sin pelos: el viento es potente en la costa y olvidé llevar algo para sujetarlos. Población pequeña y pintoresca, con la infaltable feria de artesanías en el centro y comedorcitos con productos marítimos. Atracón de rabas. Al día siguiente nos trasladamos a un complejo de departamentos. Muy bonito, nuevo, y si no hubiera sido por un edificio que teníamos al frente, casi lográbamos tener una vista plena del mar desde la ventana de la cocina. Paseamos mucho por la playa, conocimos las grutas que dan nombre al pueblo, resbalamos en las restingas y no se nos ocurrió sacarnos la campera para disfrutar del baño de mar; mejor la piscina climatizada. A los pocos días seguimos con nuestro itinerario. Partimos temprano y a seguir hacia el sur. Muchos kilómetros de pura ruta lograron que pasáramos a los asientos traseros y los chicos quedaran adelante, uno de ellos conduciendo. Para amenizar el tedio después de tomar unos mates comenzamos a “portarnos mal”, tal como hacían ellos cuando eran pequeños y nos hacían rabiar en los viajes, y logramos revertir la situación: se enojaron y nos retaron. Claro, no recuerdan que hacían lo mismo… Pasando por pocos pueblos, mucha nada y algunos campos eólicos llegamos a Rawson, capital de Chubut. Almorzamos en la costanera después de intentar desburrarnos en una oficina de turismo. Por la tarde fuimos a visitar la pingüinera de Punta Tombo, un lugar unos cuantos kilómetros más hacia el sur lleno de colonias de estos simpáticos y bamboleantes bichitos. Como se alimentan de pescado, las pingüineras olían como…el pescado. La maestrita ciruela salió a pasear y encontró errores ortográficos en la cartelería, pero a nadie le importa. Y eso que un guardafauna muy ufano comentó que un grupo de especialistas se hacía cargo de eso.

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Más tarde regresamos, hacia el norte esta vez atravesando caminos solitarios de ripio con profusión de vida silvestre a pesar de lo árido del paisaje: ñandúes, guanacos, maras y martinetas que cruzaban el camino corriendo espantados por el ruido. Pasamos por un pueblo que me indicaron no perderme porque era una antigua aldea galesa: Gaiman. A excepción del nombre y de la emblemática casa de té con su parque cuidadísimo y su noria de juguete en el canal que hay que cruzar para acceder a ella, no le vi nada de galés. Y como no me impresionó que la princesa Diana haya tomado el té en la misma pero sí los precios de su carta, sólo compramos una variedad de tortas y salimos huyendo de allí. Pero porque se hacía tarde y queríamos llegar de día a Puerto Madryn a tomar el alojamiento. En Puerto Madryn había reservado un departamento, no tan lindo ni nuevo como el otro pero sí cercano a la costanera, así que no era problema salir de noche a caminar. Siempre con abrigo, claro. El viento es terrible. Hicimos largas caminatas después de cenar yendo hasta los espigones. Curioseamos qué sacaban los pescadores, seguramente peces mareados por el oleaje. Vimos los barcos piratas capturados por Prefectura pintados en los laterales de sus naves como trofeos de guerra e intuimos cuánto se exponen los marinos con esos barquitos que serían fácilmente embestidos por un barco factoría enorme. ¿Playa? Ni hablar. Me daba piel de gallina de sólo pensar en remojarme allí. Las mallas: sequitas y guardadas. Se nos ocurrió visitar la Península de Valdés, reserva natural de todo bicho que camina o vuela pero está prohibido que termine en la cazuela. Y otra vez al camino. Nos tomó todo el día. Llegamos, almorzamos en un bar, recorrimos Puerto Pirámide, que es un pequeño pueblito como para abastecerse, tomar fotos y comprar los infaltables recuerdos, y nos lanzamos a recorrer la península. Camino de ripio y paisaje árido pero pintoresco, con guanacos y ñandúes por doquier. Pasamos por los lugares de avistamiento más famosos, entre ellos una colonia de lobos marinos, donde se destacaba desde lejos una cría albina. También conocimos, después de caminar por senderos arenosos tonificando las

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pantorrillas, una colonia de elefantes marinos, ruidosos y narigones. Al salir del último centro de interpretación: neumático pinchado. Mientras los hombres del vehículo lo cambiaban tomé unas fotos. Por más que les expliqué que eran parte de la documentación del paseo, a mi hijo menor no le hizo gracia y salió en todas con cara de alpargata. Conseguimos agua caliente para el mate y de vuelta a rodar el camino hasta el departamento. El último día fuimos a la playa por la tarde y ellos quisieron andar en kayacs. Casi los acompaño. A último momento decidí que alguien debía tomar las fotos del caso y quedé en tierra y bien sequita. Iniciaron una competencia de carreras y derribos en el mar, salieron empapados y muertos de frío pero contentos. Yo también: tomé muchas fotos. Y a recoger los cachivaches porque mañana comenzamos la vuelta. Desayunamos temprano y partimos hacia Bahía San Blas, Buenos Aires. Proa a la ciudad de la pesca abundante. Mucho camino de ripio al final. Pasamos un puente y llegamos casi de noche al hotel reservado, antiguo y renovado. Cenamos allí mismo y a la camita porque estábamos fundidos los cuatro. Al día siguiente desayunamos con cariño y comenzamos nuestra pesquisa para encontrar una lancha pesquera que nos sacara al mar. Conseguimos para ese mismo día al mediodía. ¿Y justo a esa hora con el solazo marino? Y, a la marea no le importa, y hay que tenerla en cuenta para poder pescar y sobre todo para poder volver con el barco… ¿Y los chicos, que no pescan? A recorrer lo que puedan. Aprovechen que están solos para hacer lo que les venga en gana. Así que provistos de sándwiches, agua y protector solar partimos en la excursión de pesca. Los hados estaban de huelga y después de cuatro horas nos obsequiaron con menos de tres kilos de pescado limpio. Los dos. Quien más pescó fui yo. Y eso que en cierto momento me rebelé ante las indicaciones de mi esposo que, como estaba aburrido, no hacía más que darme instrucciones. Infructuosas, por cierto. Volvimos desalentados y nos enfrentamos al aburrimiento de los chicos que habían dormido medio día y paseado hasta el hartazgo por los

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mismos lugares de la isla, porque el pueblito está en una. No los dejaron entrar en la iglesia con la colección de vírgenes de todo el mundo, entonces ¿para qué la promocionan en la oficina de turismo?. Al día siguiente pedimos por otra excursión pero no había porque se avecinaba mal tiempo. Esa noche llovió bastante y decidimos acortar el viaje y partir por la mañana. Los chicos, agradecidos. La vuelta siempre es triste. Uno recuerda que debe volver a las obligaciones cotidianas, a los apuros. Eso sumado al tedio del viaje de mil setecientos kilómetros de ruta. Salimos por el mismo ripio de la llegada pero esta vez lleno de pozos con barro. Al llegar al pavimento la camioneta parecía un chancho revolcado. Y dale para adelante. Kilómetros de sol, de lluvia, de campos con maizales envidiables y geografía cada vez más plana. Esa noche llegamos a casa, cansadísimos y satisfechos. Cuando miramos el GPS, nos reímos de nuestras asentaderas aplastadas: 4.998 kilómetros. Qué viajecito.

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Baixamar Jorge Varela Martínez Negrete El tiempo que transcurre entre una baixamar y otra es de doce horas con veinticinco minutos. Solo una de ellas será con la luz del día, la otra será en la oscuridad de la noche. Entonces, cuando todo esté en silencio, la luna saldrá y su luz azul iluminará las playas de la ría de Arousa donde pronto se escuchará el rastrilleo de las pertinaces mariscadoras del pueblo de O´Carril. Ana se calza sus botas de hule donde introduce sus ropas de agua. Toma su sacha y su rastrillo y camina hasta donde la marea se lo permite para trabajar su vivero que la cofradía de pescadores le ha asignado. En su capazo se van acumulando las almejas y los berberechos, con cuidado, selecciona las conchas por su tamaño pues si no lo hace, en la criba de la lonja no se las pesarán. Una hora o tres metida con el agua hasta las rodillas, Ana no para, sus manos duras de tanto rastrillar se han curtido con el salitre de la ría, sus cabellos cortos se enredan con la humedad. Hoy Ana ha venido de noche al vivero sabiendo que la luna también lo hará. Carril luce silencioso. Solo, en la balaustrada un hombre mira a lo lejos hasta el otro lado de la ría donde unas luces tintinean con cierto temor; “deben de ser las luces de Ribeira” piensa para sí mismo. Maruxa se calza sus botas de piel donde introduce sus finas medias. Toma su portafolio y su paraguas y camina hasta donde la lluvia se lo permite para trabajar en la conservera que su padre ha fundado con tanto esfuerzo. En su escritorio se acumulan las notas de lo que se ha comprado hoy en la lonja, toneladas de mariscos de las rías gallegas se prepararán en conserva y ya enlatadas llegarán hasta los lugares más remotos de la tierra. Maruxa trabaja duro, su posición económica no ha sido impedimento para que todos los días venga a la oficina. Maruxa no olvida sus raíces y sabe de las mujeres galegas que una, o tres horas estarán metidas hasta la cintura en las frías aguas de las rías buscando el

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sustento de sus familias. Hoy Maruxa se ha quedado en la conservera hasta bien entrada la noche sabiendo que la luna también lo hará. Riveira luce silencioso. Solo, en la Piedra Pateira un hombre mira a lo lejos hasta el otro lado de la ría donde unas luces tintinean con cierto temor; “deben de ser las luces de Carril” piensa para sí mismo. Ribeira y Carril son dos pueblos marineros tan parecidos en su fisonomía pero tan diferentes en su caminar. Ambos están ubicados en la ría de Arousa solo que el primero, Ribeira, se encuentra en el extremo poniente de la ría muy cerca del océano Atlántico y el segundo, Carril, se encuentra ya en el extremo opuesto al levante de la ría muy cerca de la desembocadura del río Ulla, además, aunque ambos están en Galicia pertenecen a dos distintas regiones, Ribeira depende de La Coruña y Carril de Pontevedra. La ría de Arousa es la más extensa de las rías Baixas y se ha hecho célebre principalmente por sus pescados y mariscos, gracias a las combinaciones de las corrientes frías del Atlántico y a los nutrientes que le surte el río Ulla y que han dado lugar a una de las zonas marítimas más codiciadas en el mundo de la gastronomía. Por lo demás, Arousa tiene mucha historia, visitada desde los romanos que fundaron Iria Flavia, el Apóstol Santiago que venía a predicar a estas tierras, los barcos vikingos que azotaban los monasterios hasta que eran detenidos en las fortalezas de Catoira, o la armada inglesa que fondeaba en estas aguas en su travesías hacia Gibraltar. La ría tiene sus islas comenzando por Sálvora, la Toxa, Arousa, Malveiras y Cortegada y también tiene su puerto marítimo de altura: Vilagarcía de Arousa con gran movimiento de barcos de cabotaje, de contenedores y por supuesto de la gran flota pesquera. Un dato curioso dicen los niños de Carril, que si observas con cuidado la silueta de la ría de Arousa encontrarás ahí nada más y nada menos que a Lucifer teniendo a Cortegada como su ojo avizor.

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****** O´Carril es un pueblo marinero que fue fundado a principio de los años 1,500, tuvo un rápido crecimiento a partir de que el río Ulla fue azolvando el antiguo puerto de Padrón, y con esto todas las operaciones se trasladaron a Carril. A principios del siglo XIX recibía barcos de gran caldo que comerciaban con América y más tarde un ferrocarril que le uniría con Santiago de Compostela con esto los comerciantes de la capital Gallega comenzaron a comprar propiedades tanto para bodegas como para casas de veraneo creando así un crecimiento excepcional. Pero pronto comenzó el declive. La ría frente a Carril se fue azolvando y los barcos dejaron de atracar trasladándose a Vilagarcía, con esto la estación del tren también se fue lo que conllevó a la paralización de toda actividad económica. El pueblo tratando de buscar una solución a esta depresión, ofreció al entonces casi niño, el Rey Alfonso XIII y a su madre la Reina María Cristina de Habsburgo la Isla de Cortegada para que construyeran allí su palacio de verano. El pueblo de Carril se unió y entre todos compraron la isla a sus antiguos dueños para donarla, pero para su desgracia, el Rey Alfonso XIII –quizás influido por su madre la Reina María Cristina– decide construir su palacio en la isla de la Magdalena en Santander. Para completar la catástrofe, el Rey mantiene la propiedad hasta su muerte dejándola como herencia a su hijo Don Juan, quien al no estar reinando decide venderla a una inmobiliaria que pensaba desarrollar un gran hotel. El pueblo enfurecido logró primero que se le declarara parque nacional evitando toda construcción y en 2007 fue expropiada para volver a pertenecer al pueblo gallego. Tras estas adversidades, la gente del pueblo de Carril decidió volver a los que sabe hacer y tanto disfruta; el marisqueo. Se formó la cofradía, se repartieron los viveros se conformó la lonja y poco a poco el pueblo marinero volvió a vivir, quizás ahora con un ritmo más lento pero aquí la gente vive feliz, disfruta de la ría, de la playa, de su isla, sabe guarecerse

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cuando sopla el viento del norte y sabe divertirse cuando vienen sus fiestas comenzando con la del apóstol, inmediatamente le sigue la de San Fidel luego viene la de San Roque para terminar con la de la Almeja. La gente de Carril sabe de las mareas, pues con ellas trabaja y sabe que la marea sube para después bajar. La gente de Carril ha estado arriba pero también abajo, eso es duro, pero en la vida, como en las mareas ahora les toca remontar y la gente de Carril no olvida que cada doce horas con veinticinco minutos vuelve la Baixamar y eso, es inevitable. ***** Santa Uxia de Riveira es un pueblo marinero que tuvo asentamientos esporádicos hasta que a principios del siglo XIX unos marineros catalanes deciden asentarse en la bocana de la ría de Arousa atraídos por sus fabulosos mariscos. Poco a poco Ribeira fue creciendo sin acontecimientos notables, salvo que en el año de 1906 el Rey le concede el título de ciudad y en 1921 tras el naufragio del buque Santa Isabel en la isla de Sálvora se le añade la leyenda de “Noble y Leal Ciudad”. Ribeira o mejor dicho Riveira como les gusta a la gente de por aquí que se escriba se encuentra en la ribera norte de la ría de Arousa y es la ciudad más importante de la región conocida como Barbanza. Poco a poco y sin sobresaltos Ribeira ha ido creciendo impulsada casi exclusivamente por la industria del Mar. Mucha de la historia tiene que ver con la isla de Sálvora donde se estableció la primera fábrica de secado y salazón de pescado. La isla era propiedad de una próspera familia gallega a la que posteriormente le fue expropiada para que después de varios años lograr recuperarla sin embargo deciden venderla a un banco que pensaba desarrollarla pero la gente de Ribeira al igual que la de Carril logró que volviera a pertenecer al pueblo Gallego. La isla de Sálvora cuenta con unos de los faros más importantes del litoral de Galicia y aunque fue ubicado en un mal lugar ahora es un alivio para los barcos que vuelven a puerto.

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Ribeira es ahora el lugar donde se concentran la mayor cantidad de pescados y mariscos venidos de las lonjas de todo Galicia; aquí se procesan y se enlatan para la industria de las conservas. Sus grandes bodegas refrigeradas reciben a la flota pesquera que está a solo unas millas del océano Atlántico. La gente de Ribeira trabaja duro pero sabe que las mareas volverán por lo que cada que pueden se van a divertirse a las dunas o quizás otros lo harán a las lagunas de Carregal o a la Isla de Sálvora pero también les gusta festejar y esperan con ansia sus fiestas como son la de las Dornas o la procesión de Santa Uxia, ya que la gente de Riveira no olvida que cada doce horas con veinticinco minutos vuelve la Baixamar y eso, es inevitable. Hay que saber vivir la marea que nos toca. Habrá algunas donde toque navegar y otras donde toque mariscar. Ribeira y Carril, Cortegada y Sálvora, Ana y Maruxa; todos en pares como la Pleamar y la Baixamar, el ritmo de la luna, el ritmo de los años, el ritmo de los cielos y el ritmo de las mareas; que cada doce horas con veinticinco minutos vuelve la Baixamar y eso, es inevitable.

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Los más solos de California Bernardita Garcia Jiménez Frente a nosotros, en la habitación que aquí llaman “La Sala de Música” (“The Music Room”), la fotografía, de unos 80 por 50 centímetros y enmarcada en madera tallada, proyecta la divinidad de una estatuilla religiosa. Ubicada estratégicamente sobre un piano de cola, cuelgan a su alrededor: guitarras eléctricas, cables enrollados, tapas de neumáticos, calcomanías pegadas a muros y estantes, figuritas y trofeos cubiertos de polvo. Ese polvo que aquí, en el Desierto de Sonora, California, lo devora todo. “Y el de la foto, ¿quién es?”, le pregunto al Mago, lo más parecido a un guía turístico en este museo de chatarra llamado “East Jesus”. Desde la imagen descolorida, un hombre joven, de unos treinta y tantos, gafas de cristal rojo, torso desnudo y panzón, sonríe asomado por la puerta de una combi. El anciano da un sorbo a su copa de vino y me muestra los dientes negros: “Oh, ese es Charlie”. “Charlie” es Charlie Russel, el difunto fundador de East Jesus. Sus cenizas se guardan aquí, en La Sala de Música, sitial apropiado para tan célebre personaje. Apenas unos minutos antes, Christopher, uno de los artistas que residen temporalmente en el museo, me ha contado la leyenda. Russel fue la piedra angular. En 2007, renunció a su empleo y se mudó a Slab City, una toma de casas rodantes en mitad de la nada, mismo terreno que el artista Leonard Knight eligió en los ochenta como sede para su famoso monumento “Salvation Mountain”. Por aquel entonces, Knight ya había empezado ganar renombre gracias a su obra: una montaña de adobe, basura y miles de litros de pintura látex con la que buscaba profesar su amor por Dios. La intención de Charlie era unir fuerzas con Leonard, pero las cosas no habrían resultado como él esperaba. Aparentemente, habrían tenido visiones diferentes. Fue así que Russel decidió levantar su

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propio monumento, un jardín de arte chatarra que bautizó “East Jesus”; coloquialismo que significa “tierra de nadie”. Pero si Salvation Mountain, con sus senderos multicolores y su “GOD IS LOVE” en letras de un metro de alto, simula un Paraíso en la Tierra, East Jesus es todo lo contrario; un Jardín de los Lamentos habitado por maniquíes desmembrados, cadáveres de automóviles, figuras humanas ensambladas con piezas de electrodomésticos. Cables, clavos, vidrio roto, hojalata oxidada. Es como si todo aquí fuera, al menos en potencia, peligroso. La más llamativa de las esculturas del museo se llama “TV Wall” y consiste en una muralla de aproximadamente tres metros de alto, veinte de largo, fabricada con carcasas de televisores viejos. En sus pantallas pintadas de blanco, se leen frases irónicas que cuestionan el rol de la televisión en la sociedad norteamericana (“don’t be yourself”, “free thought *only $89.99”, “you need more stuff”, etc.). Su autor es Flip Cassidy. Para nuestra suerte, Flip está hoy aquí. Lleva tres meses viviendo en East Jesus. “Estoy seguro de que a Flip le encantaría hablar sobre su trabajo. Vamos, vamos a buscarlo”, dice el Mago mientras da golpecitos con su bastón en la alfombra persa que cubre el suelo de tierra. “¿De verdad?”, pregunto, incrédula. Me cuesta creer que un artista “famoso” acceda, así como así, a hablar con desconocidos. “¿No estarás riéndote de mí? ¿Me harás hacer el ridículo…?” El Mago frunce el entrecejo. Veo deformarse el ying-yang que lleva tatuado en la frente. “¿Por qué habría de engañarte? ¿Por qué haría algo así?”, me pregunta. Por un momento, siento que he cometido un error terrible: lo he ofendido en lo profundo de su ser. Gesticulo. Intento explicarle que, a veces, las personas hacen esas cosas.

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“Tranquila. Aquí no somos así,” sonríe, esos dientes negros otra vez. “Pero sé que algunos pueden ser verdaderos imbéciles, cuando quieren serlo. Entiendo el mundo del que mundo vienes.” Pero el Mago no tiene idea de qué mundo vengo. O que mi mundo ha cambiado más en los últimos doce meses que en una vida completa. A mediados de 2016, mi esposo y yo aterrizamos en California, a bordo de un avión proveniente de Chile, con sólo tres bolsos y dos visas: una de estudiante, la otra de cónyuge. Los primeros meses nos desenvolvimos como lo haría un turista, cautivados por lo limpio de las calles, lo puntual del transporte del público, lo cordial de los locales. Pero la fachada sólo puede sostenerse por un margen de tiempo. En eso se diferencian turista y migrante: el primero regresa a casa antes de que la ilusión se venga abajo; el segundo, a menudo, debe hacer lo posible para no quedar atrapado bajo los escombros. En poco tiempo descubrí que, para el norteamericano promedio, Sudamérica es como una masa densa y homogénea, cuyos habitantes se agrupan todos bajo una misma etiqueta: “latinos” –quienes, por lo demás, no somos particularmente apreciados–. Con el paso de los meses, la experiencia cotidiana fue mutando, trajo consigo un nuevo trato: insultos en la calle, miradas incómodas al entrar a una tienda, la indiferencia de la mesera en el restaurant, la sensación de ser bicho raro. Como resultado, es difícil no volverse en extremo consciente de tu persona, como si te sintieras obligado a caer bien, a demostrar que eres digna de estar aquí. Tampoco ayudó que tres meses después de nuestra llegada saliera electo presidente Donald Trump, ni que su primer año de gobierno estuviera marcado por discursos y medidas anti migratorias aplaudidas por muchos. En octubre pasado, el gobernador de California firmó un decreto que declaró el estado “santuario” para los inmigrantes. Así y todo, hay días en que te levantas y debes desviar la mirada del espejo para no preguntarte a ti mismo: “¿Qué estoy esperando para volver a mi país?”

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Poco después del triunfo de Trump, leí un artículo online que hablaba sobre Slab City y la describía como “el último lugar libre de América”. Una comunidad para rezagados, levantada en los sesenta sobre los restos de una base militar abandonada, adonde habían emigrado hippies de antaño y subversivos de hoy. En el último año, mi mente ha viajado una y otra vez hasta este lugar buscando alivio –la ilusión de un mundo de iguales, donde hombres y naturaleza viven en comunión–. Donde el ser “distinto” es un punto a favor. Hoy, un año más tarde, estoy aquí, cubierta en polvo, de pie frente a un anciano de barba canosa y nombre místico que me recuerda, sin quererlo, mi condición de forastera. *** Sentado bajo el umbral de la puerta abierta de su casa rodante, Flip prende un cigarro y se rasca los codos resecos. Viste una camiseta desteñida, jeans rasgados en las rodillas, los pies descalzos. “Ugh, mi mente no está funcionando hoy”, responde cuando le pregunto qué significa, para él, su obra. Le digo que no hay apuro, que tenemos tiempo, que me cuente desde el principio. Pero la historia de “TV Wall” tiene menos misticismo del que esperaba. Comenzó como un proyecto de escenografía para un show de la banda de Cassidy: eran treinta televisores, con mensajes escritos, amontonados al fondo del escenario. Pero una vez cumplida su función de utilería, los artefactos se tornaron un estorbo. Cassidy no quería deshacerse de ellos, pero tampoco sabía dónde guardarlos, hasta que oyó hablar de East Jesus. Consiguió una camioneta y reconstruyó su muro, esta vez en medio del desierto –un poco irónico, si se piensa que Slab City está a solo 75 kilómetros de la frontera con México. Mientras Cassidy relata cómo fue que llegó a este lugar, lo único que puedo pensar es que quiero –necesito- preguntarle por Trump. Pero temo asustarlo. Las personas en este país

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rehúyen hablar de política en público. Por fin, me lanzo, y distraída, como quien no quiere la cosa, le pregunto si acaso cree que el “political statement” que hace East Jesus es también una crítica a la política tradicional, a los partidos…”¿al Presidente?”. Pero su respuesta es escueta. Cassidy dice que la gente viene aquí “para alejarse del show”. Lo que me obliga a suponer que, para él, lo que haga y diga el gobierno es parte también de ese “show”. “¿Crees que el triunfo de Trump tuvo algún efecto en Slab City?” “No lo sé.” Suspiro. Permanecemos en silencio un momento. “¿Crees que seguirás añadiéndole televisores a tu ‘TV Wall’?” pregunto finalmente, cambiando el tema. “Oh, sí. Al menos mientras la estructura aguante”. “¿Sabes que escribirás en las pantallas?” “Bueno, a veces escribo cosas que se me ocurren… Otras veces escribo cosas que me dicen mis amigos. Pero ya se me están acabando las cosas que decir, así que estoy pensando en pintar la bandera de Estados Unidos”. Y así, de pronto, el muro en el desierto ya no es solo un muro. Ahora es un símbolo del Imperio. *** Lo primero que llama la atención al entrar a Slab City, además de la dolorosa cantidad de chatarra por doquier, es la

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separación claramente demarcada entre los terrenos ocupados. Contrario a lo que uno esperaría de una comunidad hippie, hay varios metros de desierto, muros de basura o alambre de púas alrededor de las casas rodantes y chozas de paneles. Las casas tienen pórticos improvisados, donde a veces hay un perro amarrado, y antejardines –cubiertos en basura, sí, pero antejardines al fin y al cabo–. Los caminos de tierra, también, han sido delimitados por un montoncito de piedras aquí, un retrete abandonado allá, a pesar de que casi no hay autos. Es como si el diseño urbano buscara recrear el clásico barrio de suburbio del viejo Sueño Americano. Sin señal de internet, guiados por carteles pintados a mano, nuestro auto se interna entre las callecitas imaginarias. Pasamos de largo frente a un escenario al aire libre, con sillones viejos en vez de butacas y letras blancas en un muro que escriben “The Range”. Al final del camino principal, un letrero nos conduce hasta la biblioteca comunitaria “Lizard Tree”, abierta 24 horas, donde los libros se prestan por tiempo ilimitado. Al dar vuelta a una esquina, descubrimos un hogar para osos de peluche abandonados y, un poco más allá, dos enormes tanques de agua en desuso cubiertos en sicodélicos graffiti. Nos devolvemos, seguimos andando. Entonces, un cartel llama nuestra atención: “Slab City Hostel”. En la entrada hay una escultura de fierro de tres metros de alto, con campanas que se mecen al viento. No hay timbre. Grito hacia adentro por entre las grietas del portón. Se asoma un hombre flaco y encorvado que viste falda y una barba hasta el ombligo. Le pregunto cuánto sale la noche. “La tarifa es de 40 dólares…”. Antes de que alcance a responder, el viejo se adelanta: “O… ¿qué les parece 30?”. El hombre abre el portón. “Mi nombre es “Caballo Blanco” (“White Horse”), aunque mis padres me llamaban ‘Bob'”. Ríe. Reímos también. Todos reímos juntos. Me pregunto si así se sentirá “ser comunidad”.

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Nos invita a seguirlo hacia el interior del hostal que es, en realidad, una estructura amorfa ensamblada con malla kiwi y paneles pintados de colores. Adentro, en lo que vendría a ser el lobby, hay un par de sillones apolillados y un cajón que hace de mesita de centro. Sobre él, descansa un mazo de cartas de tarot y frasquitos con marihuana –toda una industria legal en California–. Desde un rincón, un huésped nos saluda. “Él es Daniel”, se apura a explicar nuestro anfitrión. Continuamos con el tour. El Slab City Hostel es un laberinto. Además del lobby y la habitación de Caballo Blanco, el resto son espacios al aire libre y casas rodantes viejas que hacen de dormitorios. En la parte trasera están las letrinas, y a un costado hay un patio cerrado con colchonetas, sillones viejos, un lugar para hacer fuego y un columpio artesanal que cuelga de una estructura de diez metros de alto. En los rincones se amontonan tesoros: cuernos, atrapa sueños, botellones, telarañas, libros con páginas arrancadas, calendarios de hace una década. Suculentas y cactus por doquier. Es como si el lugar respirara, ose retorciera, cuando uno no está mirando. En nuestra habitación, una casa rodante junto a una mesa de picnic, hay un colchón un poco ladeado, un montón de colchas revueltas y una puerta de la que sólo queda el marco. Del umbral cuelga una frazada para impedir que se cuele el frío. “Este tráiler es muy especial para mí, ¿you know? En él viajaba cuando vine a parar a este lugar”, cuenta Caballo Blanco, mientras contempla nostálgico el gran agujero en el costado del vehículo donde alguna vez existió una puerta. Me contará más tarde que hace un año que vive aquí, que compró el hostal al dueño original –un tal “Balú”– y que no sabe cuánto tiempo se quedará. Aparentemente, esa es la tónica aquí.

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Sólo un grupo muy reducido vive en Slab City durante todo el año. Los demás aterrizan entre noviembre y marzo, cuando el sol es soportable y el viento refresca. A este tipo de viajeros se les conoce como “snowbirds” (“pájaros invernales”) porque vienen a pasar el invierno y luego, al llegar la primavera, emigran escapando del calor. Caballo Blanco nos regala una fotocopia de un mapa dibujado a mano. “SLAB CITY USA” reza el título en manuscrita. En él figuran las “calles” y sus nombres, y la condición de los caminos, en su mayoría no pavimentados. También aparecen algunos destinos locales, como el “Cementerio de Mascotas” o el “Pantano”. Esa tarde, antes de que caiga el sol, salimos a pasear y terminamos en unas termas de agua caliente (“Hot Springs”, según el mapa). Esperamos el atardecer flotando en ropa interior. Cuatro jóvenes desnudos, con rastas y tatuajes, chapotean a pocos metros en la orilla. Se lavan el pelo con botellitas de shampoo, mientras escuchan música electrónica en un parlante portátil. Al anochecer, la temperatura cae a 8°. De vuelta en el hostal, salvo por una que otra ampolleta led, todo se cubre de negro. Decidimos abrir una botella de vino y encaminarnos hacia el patio común en busca de otros viajeros. Antes, pasamos por la habitación de Caballo Blanco para pedir un par de copas. Al abrir la puerta, me golpea en el rostro una ola de calor. “Oh, yes, yes, come in, déjenme ver qué tengo por aquí”, dice el anfitrión, y se encamina hacia el fondo de su dormitorio donde, descubro atónita, se ubica una mini cocina americana. Hay también una cama de dos plazas, un televisor pantalla plana, un calefactor eléctrico que sopla un chorro de aire caliente, el suelo alfombrado, el interior de la pieza iluminado por varias lámparas. “Guau. Qué elegante habitación tienes aquí, Caballo Blanco”, no puedo contener mi asombro. Apenas unos minutos antes, hemos pasado por la “estación de recarga” a conectar nuestros celulares a los únicos dos puntos de corriente disponibles para huéspedes. Uno estaba ocupado.

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En el patio cerrado, tres viajeros charlan en la oscuridad. Uno sostiene una guitarra. El otro acaricia a un pitbull en la cabeza, el animal sentado a sus pies. Los ilumina, apenas, una luz titilante que proviene de la cocina al aire libre. Repartimos un poco de vino como prueba de nuestra buena fe. Queremos causar una buena impresión; al fin y al cabo, tal vez esta noche encontremos entre los presentes un potencial aliado, alguien con quien podamos charlar, reír –con pesar– y reflexionar sobre lo que el 2017 ha significado para los de nuestro tipo. El hombre del perro se acerca cojeando y nos ofrece una pipa cargada con marihuana. De a poco se va dando ese diálogo habitual entre viajeros: “¿de dónde eres?”, “¿cuánto tiempo piensas quedarte?”,”¿hacia dónde vas?”. Todos los presentes provienen de alguno de esos estados norteamericanos en el medio, o en el sur, que, a nosotros los extranjeros, siempre nos suenan igual (¿Missouri? ¿Mississippi? ¿Minnesota?). Max, de unos veinte años, abraza su guitarra mientras cuenta que viaja a dedo, tocando música en bares. Lleva un mes en Slab City y pronto, no sabe con exactitud cuándo, seguirá camino a la costa. Luego le toca a Daniel, el tipo que hemos visto esta tarde al llegar al hostal. También está de paso. Viaja en moto, una Harley negra de manubrio cromado estacionada afuera. Lleva dos noches aquí, mañana enfilará hacia un pueblo cercano. El viento del desierto sopla frío. Alguien se ofrece a prender un fuego. El último en contar su historia es Sam, quien un rato antes nos ha ofrecido su pipa. Lleva el pelo a lo Kurt Cobain y una camisa de leñador. Desde su silla frente a mí, tira palitos al fuego. Aunque al principio me había parecido el más hosco de los tres, pronto me doy cuenta que no sólo no tiene problema con hablar de sí, sino que parece disfrutarlo. En un acento

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cantadito, relata que quedó varado en Slab City hace dos semanas, cuando chocó su camioneta, arruinándola por completo. Está ahorrando para comprar una nueva y dirigirse hacia la Bay Area. Viaja con dos perros, el pitbull y una chihuahua que el día del accidente salió volando por la ventana y resultó por milagro ilesa. Tiene 41 años, aunque se ve de 50. Fuma. Su cojera se debe a un problema congénito en su cadera. No tiene seguro médico. Vende chatarra. Es un YouTuber amateur. Todo esto aprendemos de él, en cuestión de veinte minutos. Al fin, llega nuestro turno. Yo anuncio que somos de Chile y me preparo para responder, con gusto, preguntas curiosas. Los demás asienten. “Yo he estado en Ecuador” dice alguien, y yo sonrío mientras pienso: “Claro, porque para ustedes Ecuador y Chile, y Bolivia y Colombia, somos todos lo mismo”. No hay preguntas. Nos quedamos en silencio, mirando las estrellas, oyendo el fuego crujir. De pronto, Sam saca su celular. “Woooooow”, se agarra la cabeza y le muestra la pantalla a Daniel: “Look, man. ¡Mi nuevo video en Youtube ya tiene catorce reproducciones! This is sick”. Fin de la conversación. De camino de vuelta al tráiler, pasamos por la pieza de Caballo Blanco. Adentro se escucha, a todo volumen y en sonido estéreo, la tele encendida. *** Salvation Mountain, la montaña arco iris que Leonard Knight tardó tres décadas en construir, se distingue con facilidad a un costado del camino, a la entrada a Slab City. Aunque en fotos el monumento parece más grande, aun así, no deja de deleitar al viajero que lo avista a la distancia. En medio de un desierto marrón, bajo el sol implacable, manantiales de colores brotan entre las grietas, pintando ríos, pastizales, campos floridos. Lo lleva a uno a preguntarse si acaso Knight habrá elegido este lugar, árido y vacío, como parte de su

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mensaje. Tal vez lo que el artista quería decir con su obra era no sólo que existe esperanza. Tal vez, lo que él quería decir era que la esperanza existe, incluso aquí. *** Observo el sol asomarse por las montañas color ceniza, su luz se cuela entre las persianas semi abiertas de mi tráiler. Me revuelvo entre las frazadas. No he pasado buena noche, así que intento, infructuosamente, dormir un poco más. Al fin, me rindo. Salto fuera de la cama, zamarreo a mi esposo, le pido que salgamos de aquí. Necesito café. Y una conexión a Internet para combatir la soledad. El día anterior, Caballo Blanco nos ha mostrado en el mapa un lugar llamado “Oasis Club”, junto al dibujito de una palmera: “Aquí se reúne la gente por las mañanas a conversar, tomar café, intercambiar marihuana”. Allá nos dirigimos. Afuera del local, una chabola de paneles de madera prensada y techo de latón, unos diez autos y casas rodantes enfilan estacionados. La gente se amontona en la entrada, como lobos marinos bajo el sol. Hay un par de mesas de picnic, sillas, bicicletas, perros vagos, niños rubios con rastas que juegan a tirarse piedras. Nos bajamos del auto y caminamos tratando de no llamar la atención. Somos, claramente, forasteros, ¿aunque no lo son todos aquí? El Oasis Club opera como un centro de reunión, donde los socios pagan 10 dólares mensuales por acceder a una conexión de Wifi y participar en eventos sociales organizados por la comunidad. De un panel cuelga una pizarra blanca con fechas para las “ollas comunes”, los nombres de los asistentes, y qué debe traer cada cual –Caballo Blanco, me fijo, figura en el listado de comensales–. “El internet es sólo para socios”, nos indican, no se hacen excepciones. El café, en cambio, se vende a un $1 dólar, aunque cada uno debe

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traer su propia taza. Menos mal tenemos un par de vasos de papel en el auto. Nos auto-servimos un par de cafés aguados con leche en polvo y, sin mucho más que hacer, nos sitiamos en un rincón a observar. El Oasis Club es, por lejos, lo más “comunitario” que experimentaremos durante nuestra visita. Por primera vez vemos a un grupo importante de personas compartir con soltura, un grado de interacción que en rarísimas ocasiones hemos presenciado desde que llegamos a Estados Unidos. Además, pareciera existir cierta organización implícita. Adentro, a la sombra y en la mesa más cómoda, se sientan los ancianos. Conversan mientras rellenan sus pipas eléctricas con wax (cera de marihuana que se vende como pan caliente en California) y los demás se acercan respetuosos a tomarles las manos y sonreírles. Afuera, en cambio, la gente se dispersa por aquí y por allá, en bancas, troncos o en el piso, sin orden de edad o rango aparente. Hombres de mediana edad con barba de varios días; adolescentes vestidos con camisetas agujereadas, guantes sin dedos, gorros raros y pañoletas –parecen el elenco de Mad Max. Algunos aún llevan las mochilas pegadas a la espalda. Enrolan tabaco y comparten cigarrillos, o escuchan distraídos a una pareja que entona un improvisado blues. Él, camisa a cuadros, toca la guitarra. Ella, pies descalzos, cabello blanco cubierto por un pañuelo rosado, se mece como una espiga al ritmo de su violín. La gente aplaude, animosa, y luego continúa con sus conversaciones. Reconozco entre los presentes a los jóvenes que la tarde anterior se bañaban conmigo en el pozo de agua caliente. Se ponen de pie, caminan unos metros y arman un círculo. Alguien saca una pelota de goma, la lanza en el aire, le pega con la rodilla, el talón, se la pasa a otro. Al siguiente se le cae, vuelve a empezar. Los demás le echan ánimo. No hay apuro. No hay mañana. No hay nada más que hacer aquí que ver el sol arrastrarse. Qué importa Trump, qué importan sus anuncios xenofóbicos. Qué importa que el país se vaya por el desagüe. Lo único vital es cuántos días quedan para marzo.

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Entonces buscarán otro destino, uno que se acomode mejor a sus necesidades. *** Antes de tomar la autopista rumbo a Bombay Beach y emprender la ruta de vuelta, nos detenemos en Salvation Mountain. Salvo cuatro turistas japonesas que no dan tregua a sus selfiesticks, somos los únicos en el lugar. Escalo el sendero de pintura hasta lo más alto de la montaña. De pie detrás de la letra”O” –en “G O D” –vislumbro, a lo lejos, la vieja camioneta cubierta en mensajes cariñosos que habitó Leonard Knight mientras construía su montaña de amor. Sin luz, sin gas, sin ducha, sin Netflix. Durante veintisiete años, antes de ser trasladado en 2011 a un hogar y fallecer tres años después, Leonard vivió aquí, solo. De día recibía a los turistas, pero al caer la noche se encontraba a sí mismo, otra vez, solo. Lejos, a oscuras, en silencio. Solo. Lo lleva a uno a preguntarse si acaso no habremos malentendido su mensaje de esperanza. Si acaso lo que el artista quería en realidad decir era que la esperanza estaba aquí, precisamente en su soledad. Y que eso de ser comunidad no es más que un invento.

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La Bestialidad del Hombre Francisca Navarro ¿Sabes?, hace años que finalicé mi servicio médico, pero lo que aconteció aquellos días aún se encuentra tan vivo en mi presente que, sí cierro mis ojos, aún me encuentro a mí mismo en medio del ejido, con los ojos entrecerrados ante la cegadora luz del sol. Para comprender lo que culminó en esa desgracia, tenemos que retornar al primer día que llegué a Los Sabinos. Siendo sincero, nunca me agradó la idea de tener que cumplir mi asistencia social en una zona tan rural, pero me forzaba a disfrazar mi obligación en vocación. Debía hacer un viaje de tres días en autobús, con varias escalas en pueblos marchitos, cada uno más pobre que el anterior. Yo trataba de ocultar mi nerviosismo viendo fuera de la pequeña ventanilla, pero parecía repetirse el mismo patrón de matorrales y cerros al horizonte. De pronto el pavimento terminó y fue reemplazado con largos caminos de tierra rojiza. Aún recuerdo la decadencia del lugar, pero debía admitirlo, algo inigualable eran los atardeceres, donde los colores se presentaban tan vividos y brillantes, nada ni nadie podía opacar la inmensidad del cielo. Sin embargo, la noche era tan oscura como el hocico de un animal salvaje que amenazaba con devorarnos si nos distraíamos un instante. Me fue asignado un pequeño consultorio, justo en la plaza principal al lado de la alcaldía. Yo dormía en un cuarto trasero, que en un principio estaba destinado a ser un almacén de limpieza. Ahí tenía un pequeño catre con una cobija y mis pertenencias resguardadas en cajas de cartón. En la clínica escaseaba el material médico, por lo que debía hacer maravillas con el poco inventario que rellenaba la ambulancia una vez cada cinco semanas. El recinto llevaba el expediente de poco más de trescientos cincuenta pacientes, incluyendo los forasteros que llegaban de paso al pueblo.

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Diabetes, desnutrición, gangrena, partos sin control previo; todo aquello era cotidiano. Había cierto misticismo en el aire. Durante el día la gente trabajaba arduamente en la milpa; pero las noches eran frías y silenciosas, como si las montañas ocultaran algo. Yo había escuchado algunas leyendas sobre una criatura a la que llamaban el hombre bestia, que solía vagar por la sierra y en ocasiones bajaba al pueblo merodeando entre las fincas, siendo su único cómplice la negra oscuridad de la noche. Pero para mí todo aquello parecía absurdo, un simple derroche de ignorancia. Por experiencia yo les temería más a los hombres, somos mentirosos y traicioneros por naturaleza, no nos importa pasar por encima del otro. Meses antes de mi llegada se había desatado una guerra civil. Cerca del pueblo existían cuantiosas extensiones de terreno sin reclamar, pues el antiguo dueño había muerto hace más de siete décadas. La gigantesca finca había pasado a manos del gobierno, quien la había vendido por una cifra miserable a una compañía taiwanesa. Los asiáticos plantaron una enorme maquinaria en el lugar y buscaban perforar las tierras, ultrajándolas de su fertilidad. La mayoría de los habitantes se oponían, pues era su único medio de trabajo. Ellos boicoteaban la constructora, alegaban que aquellas tierras albergaban un sabino de más de quinientos años. Aunque me incomodaba la corrupción que envolvía el despojo de esa tierra, yo trataba de mantenerme al margen, solo quería cumplir mi trabajo y largarme del lugar. Pero ya estaba tan involucrado como ellos; por la noche algunos pobladores habían organizado pequeñas guerrillas para sabotear la constructora y por el día me tocaba pagar los platos rotos atendiendo las heridas de ambos bandos. Asiáticos y mexicanos sangran por igual. “¿Quién es el hombre bestia?”, me atreví a preguntarle a uno de mis pacientes. Él clavó sus grandes y oscuros ojos hacia

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mí, como si lo que había dicho fuera tabú. “A veces hay que ver más allá de lo que nuestros ojos nos permiten”, me contestó dejándome sin palabras. Con el tiempo las guerrillas se fueron disolviendo. Día a día había más hombres y mujeres desaparecidos, cuerpos sin vida arrojados a ejidos como si de animales se tratasen. Las cosas se habían tornado oscuras para Los Sabinos; recuerdo haber llamado desesperado a mis superiores pidiéndoles que me sacaran de ahí, pero ellos hicieron caso omiso, abandonándome a mi suerte. Entonces un día apareció Abraham, aunque a primera vista parecía un joven, pero en sus ojos se dibujaba la silueta de un alma vieja, tenía el cabello rizado y la piel tostada por el sol. “¡Doctor, tiene que ayudarlo!”, gritaba mientras golpeaba desesperadamente la puerta. Habían herido al brujo, como solían llamarlo. Se trataba de un muchacho que vivía en la sierra y trabajaba la herbolaria mezclada con santería. Yo ya había escuchado hablar de él, un mero charlatán que robaba a mis pacientes. Varios pobladores nos acompañaron dirigiéndonos entre la montaña, al parecer el muchacho era muy querido entre ellos. Yo jamás lo había visto. Llegamos hasta el anochecer; próximo a un acantilado se edificaba un pequeño tejabán de donde salía humo de una chimenea. Solo entramos Abraham y yo. El claustrofóbico cuarto estaba lleno de extrañas plantas y mezclas, había un aroma fresco entre alcohol y hierbabuena. Caminamos unos cuantos pasos y frente a nosotros había un hombre recostado en el suelo con amuletos que se aglomeraban por doquier. “¿Él es el brujo?”, me atreví a romper el silencio. Abraham asintió y ambos nos inclinamos hacia él. Su cabello cenizo le llegaba hasta los hombros, su piel era seca y sus ojos claros; aquel hombre había caído en una profunda fiebre causaba por la infección de una herida en su costado. “¿Algún animal salvaje ocasionó esto?”, pregunte atónito. No, no había sido ningún animal salvaje, eran heridas causadas con una pala. De inmediato pensé en advertir a las

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autoridades, pero ellos me limitaron a mis servicios médicos. “No se meta más en esto”, me advirtieron en un tono severo, que sonó más a una amenaza. Justo cuando bajamos, el sol comenzaba a emerger a espaldas nuestras, pintando el cielo de un rojo sangre. “Él controla al hombre bestia”, murmuró Abraham en mi oreja. “¿Usted sabe lo que es un nahual?”, insistió ante mi indiferencia. Yo lo miré cansado, no había dormido esa noche. “Una leyenda para asustar a los niños antes de dormir”, conteste de manera irreverente. Ese día llegue a la clínica y lo primero que hice fue tirarme de lleno contra el catre, ni siquiera cambie mi ropa o me quite las botas lodosas de mis pies, caí en un profundo sueño, como si hubiera perdido la conciencia. Tuve una visión donde cientos de ojos me perseguían en la oscuridad, no podía escapar y me asfixiaba el ambiente. De pronto, un terrible estruendo me levanto súbitamente. El corazón me latía tan rápido que temía que saliera disparado desde mi garganta. Intentando averiguar qué sucedía en el pueblo, salí de la clínica y agradecí no haberme cambiado la ropa del día anterior, que apestaba con mi sudor. Una gran multitud se agrupaba en los límites de aquel terreno prohibido, las excavadoras habían reanudado la fractura de la tierra, con ayuda de ruidosos explosivos que disparaban grava y fango por los aires. Este es el fin, pensé retirando la mirada de aquella imagen tan depresiva, dentro de poco aquel sabino, fruto del legado de la naturaleza, seria consumido por la avaricia del hombre. Regresé, aún agotado, al pequeño consultorio. La plaza central se encontraba vacía, sin ningún alma merodeando por los bazares, ni siquiera había rastro de ganado. Para mi sorpresa, la puerta se encontraba entreabierta. “¿Quién está ahí?”, pregunté sin respuesta y me atreví a entrar lentamente. De pronto, reconocí su larga cabellera, él me daba la espalda. “El brujo”, lo llamé así impulsivamente. Él volteó riendo. “Mi nombre es Misael”, agregó. Recuerdo que pensé que aquel era un nombre común para una persona poco común. “Doctor”, agregó. “Siento que mi tiempo en este

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mundo se está agotando”, sollozó. “¿Por qué? Sus heridas no son de gravedad, sanaran con el tiempo”, señale con preocupación. De nuevo sonrió, pero esta vez bajando la mirada. “No importa a donde vaya, pero prometa qué si llego a faltar, usted protegerá al sabino”, exclamó casi suplicándome. “¿Por qué es tan importante ese árbol?”, cuestioné agobiado. “Es el corazón del bosque, el flujo espiritual que conecta al hombre con la naturaleza”, dijo mirándome justo a los ojos, Misael hablaba en serio. Era temprano por la mañana, yo había abierto la clínica como cualquier otro día, pero algo era diferente, el sol se encontraba enterrado bajo un gran cúmulo de nubes negras; probablemente lloverá. Desde hace días que no había tenido ningún paciente, pero de pronto llego Abraham gritando desde afuera, habían asesinado al hombre bestia. Recuerdo que corrí entre la maleza buscando torpemente acortar el camino, Abraham no pudo seguirme el paso; pero yo tenía que verlo con mis propios ojos. Al llegar al lugar me tope frente a frente con el sabino, un árbol imponente con la anchura de una enorme habitación y la altura de un edificio. “Increíble”, recuerdo enunciar ante lo extraordinario que era. Pero de la nada un olor putrefacto inundó mi olfato, era el cadáver de aquel animal. Los vellos de mi piel se erizaron por completo, estaba a punto de ver aquella criatura mítica de la que todo el pueblo hablaba. Me acerqué lentamente, casi conteniendo mi respiración; pero no era real, todo lo que se decía era una gran mentira. No se trataba más qué de un jabalí, un ejemplar enorme que había perecido por un disparo en la cabeza. La sangre seca cubría el cadáver repleto de moscas. “Majestuoso, que triste pérdida”, me lamenté dándome la media vuelta para marcharme del lugar, ya que era peligroso que permaneciera ahí. Entonces me alcanzo Abraham, quien parecía venir corriendo hacia mí. “Es solo un jabalí”, exclamé desganado. “¿Un jabalí?”, pregunto tratando de normalizar su respiración ya que venía corriendo. Yo pasé de largo, indiferente. “¿Adónde vas?”, grito a mis espaldas. Caminé en silencio hasta la plaza central, el estruendo de varios truenos me obligó a voltear al cielo. De la nada, la

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lluvia comenzó a escurrir por mi rostro. Este nido de alimañas se estaba desbordando, dejando entrever la vil podredumbre de la avaricia. Me encerré en el pequeño cuarto trasero donde el ruido de la lluvia me impedía conciliar el sueño, una serie de escalofríos se había apoderado de mi cuerpo. Logré percibir una silueta. Me levanté de golpe, empapado en sudor frío. Alguien golpeaba violentamente la puerta, me levanté rápidamente esperando encontrar a Misael. Pero para mi sorpresa era un policía y pidió que lo acompañara a la escena del crimen. “¿Escena del crimen?”, cuestioné. De nuevo nos dirigimos al gigantesco sabino. “¿Todo esto por la muerte de un jabalí?”, repliqué. “¿Jabalí? No, doctor.”, señaló el policía. Yo comenzaba a preocuparme. De pronto lo vi, ahí, con los ojos entreabiertos, la mirada perdida y las moscas caminando sin preocupación encima de su rostro. Estaba cubierto de sangre, una herida de fusil le perforaba el cráneo exactamente en la sien, justo como aquel jabalí. “¡¿Qué es esto?!”, grité al reconocer a Misael. Regresamos al pueblo y dimos aviso a las autoridades, al parecer nadie más que nosotros lo sabía. Ni Abraham ni yo fuimos capaces de decir una sola palabra de lo que sabíamos. ¿Cómo podría? Nadie podría creerlo, ni siquiera yo lo hacía del todo. El caso se volvió mediático a nivel nacional, la avaricia de compañía y la corrupción del estado habían asesinado a un chico altruista que defendía la naturaleza. Aquello explotó. Hasta hoy el caso sigue sin ser resuelto, pero el área se tiene protegida por ser la escena del crimen; de uno u otro modo, Misael había ganado. Aún recuerdo la última conversación que tuve con Abraham antes de dejar el pueblo. “El jabalí era real, ¿verdad?”, le pregunté antes de abordar el autobús. “La verdad tiene muchas caras”, respondió encendiendo un cigarrillo. Yo lo

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miré con sospechosa. “Fue la constructora la que mato a Misael, ¿cierto?”. Él exhaló el humo blanco y sonrió. “El sabino fue salvado, ¿qué más importa?”, murmuro melancólico. El pueblo había ganado, pero ¿a qué costo? A estas alturas, ya no sabía quién era la bestia.

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Sin falda ni tacos Rossana Egidi Sala Estremadoyro La leona corría tras la cebra. Sentados en un Land Rover, en plena sabana del Serengueti, la vimos. El árbol que la protegía del sol estaba a unos quince pasos del jeep desde donde la habíamos estado observando. Cariñosa. Apacible. Maternal. De un dulce color caramelo. Segundos antes relamía la cabeza y la barriga de sus crías, cuando se detuvo para observar su presa. Ponerse de pie. Dejar todo atrás para ir por su objetivo. Iniciar su asalto. Transformarse en una fiera. La leona alargó sus zancadas con ímpetu, dejando ver la perfección de sus movimientos, buscando lanzarse sobre el lomo de su víctima para luego matarla seccionándole la tráquea. La cebra, distraída tal vez, había cometido un gran error: alejarse de su manada y convertirse en alimento fácil de otras bestias. —Deben de tener tres meses de nacidos —nos había informado el guía al llegar a la zona y ver a dos pequeños leones disfrutar de las caricias de su madre y sentir la suavidad de su lengua recorrerles el cuerpo. La misma lengua con la que más tarde, si tenía éxito, saborearía la carne y en especial la grasa de su presa.

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—La leona está tranquila, no se preocupen. Recién almorzó — había añadido en inglés británico uno de los pasajeros del Land Rover. Por su tono pausado al hablar, daba la impresión de ser un experto en animales. Al subir al vehículo se había presentado, algo distante pero muy educado, como escritor de la revista sobre naturaleza “Lovely World” y claro, todos confiamos en sus conocimientos. Lucía tan culto y refinado el hombre que solo le faltaba fumar pipa para parecer un “lord”. Entonces, me olvidé de la leona. Sentí el calor del verano. Espanté a los mosquitos que no dejaban de picarme la cara, el cuello, las manos y los tobillos, mientras observaba a lo lejos decenas de ñus avanzar por la llanura en interminables hileras para cruzar un río. Vi algunas jirafas comer hojas de acacias. Éramos seis los ocupantes del vehículo. Además de Javier, mi esposo, (quien me había convencido que fuéramos a relajarnos en nuestras vacaciones en un safari fotográfico), del conductor tanzano y el inglés de revista, conformaban el grupo una pareja de japoneses cargados de lentes y manuales que leían a cada instante (para identificar la flora, fauna y gea) y que de vez en cuando sonreían silenciosos, quizás, al confirmar sus descubrimientos. Y también estaba yo, María, una simple mujer que bordeaba los cincuenta años, que había dejado la blusa, falda y pantis de seda para usar camisas, pantalones y un sombrero alado de paño verde (cuyos tonos combinaban con la ropa, por supuesto) y que había estado dispuesta a reemplazar durante quince días los tacos de oficina para ponerse unos simples botines y recorrer Tanzania. —¡Agáchense! —escuché al inglés de revista y no pude ver más, pues Javier me incrustó bajo el asiento del jeep (cosa que yo nunca había creído posible al estar algo subida de peso, pero que él había logrado hacer con una facilidad que todavía no entiendo). —Qué espacioso el Land Rover. Los Defenders son muy cómodos. Es un 110 —me dijo.

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Pero a mí, las ventajas del vehículo y peor aún de su modelo, en ese preciso instante, me importaban un bledo. Yo necesitaba salir del estado de atoro corporal al que había llegado. Quería desenrollarme y sacar al menos un ojo entre las patas del asiento, las piernas de Javier y los costados del bendito Defender (que por supuesto no tenía puertas, ventanas ni techo, por lo que un simple toldo de lona gris, la fuerza de mi marido y cierta dosis de bondad del cielo, eran los que me protegían). —¿Se podrá escapar? —me preocupé por la cebra —. Pobre animal —reflexioné mientras construía en mi cabeza una tragedia africana—, tan hermoso, con esas rayas elegantes y blancas, ahora galopa, suda y sufre por salvar su vida entre la grama, las espinas y las piedras. —Las cebras son veloces. A veces pueden huir o incluso dar una patada mortal a sus agresores —oí decir al escritor de revista dando respuesta a mis pensamientos. Con el único ojo que tenía a mi disposición, clavé la mirada en la leona. La vi correr en círculos furiosos tras la cebra. Círculos furiosos que empezaron a acercarse a nuestro comodísimo Land Rover y rodearnos para convertirnos en el epicentro de una persecución Serenguética. La leona había dejado a sus crías, su dulzura, su sosiego, su tierno color caramelo y, con seguridad, hasta cambiado el olor de su cuerpo, para transformarse en una bestia hambrienta.

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Y yo, María, de casi cincuenta años, había dejado, mis faldas, blusas, tacos aguja y pantis de seda para convertirme en un pionono bajo el asiento, acorralada por una leona hambrienta y una sabrosa cebra casi muerta. —¿Y no era que la leona recién había almorzado? —escuché al japonés reclamarle en un inglés apretado al escritor de revista quien por supuesto no dijo nada. —¡Kusaidia! El grito en suajili me hizo llegar a la conclusión que nuestro guía tanzano nos había dado una orden de alerta. (Después supe que se trataba de un pedido de auxilio). Sin tener tiempo para opinar y gracias al jalón de brazo que me dio mi marido, sentí mi cuerpo desenrollarse, ágil y veloz como el de una serpiente, para quedar, tendida bajo el vehículo junto a los demás pasajeros. “Qué alto el Land Rover” con seguridad habría querido decir Javier, palabras que no llegó a pronunciar gracias a mi mirada vivípada. No fue necesario que alguien diera la orden de silencio para que nos quedáramos callados y quietos. El ritmo del galope de la cebra interrumpía por instantes el silencio del Serengueti. Sin que fuéramos capaces de sentir ni su furia ni sus pasos, la leona arremetía en busca de comida para su manada. —No mires —me dijo Javier al tomar con fuerza mi mano derecha. Hasta ahora no sé si fue el inglés quien apretó mi

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mano izquierda o si uno de los japoneses lo hizo, pero no importa. Todos teníamos miedo y la escena debió ser terrible. —¡Súbanse a la camioneta! ¡Rápido! —nos ordenó el guía. Tomamos nuestros lugares otra vez, así como lo hizo la leona al regresar a jugar con sus crías, después de esconder entre los árboles los restos de la cebra. Así como lo hice yo, al volver días después a mi oficina, con falda y tacos aguja, para escribir esta historia y continuar mi vida. ¿Y Javier? Pues Javier recorre la ciudad en su Kia.

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Un verano diferente Lucía Alcázar Lara Fluís conducía. Su hija Ana ansiaba llegar al destino, cuando no llevaban ni una hora de viaje, y todavía quedaban cuatro horas para llegar al destino. _ ¿Cuánto queda, mamá? ¿Quiero llegar?_ La niña repetía este soniquete cada cierto tiempo, con una voz en la que se revelaba el aburrimiento. _ Aún faltan unas horas. Duerme un poco_ respondía Carmen, girando la cabeza para ver a su hija. La niña tenía una cara redonda, más parecida a su padre que a su madre. El pelo estaba cortado en melena con un divertido flequillo. Los ojos grandes llenos de alegría. La nariz chata y la boca grande. Era delgada y alta para la edad que tenía, diez años. _ No puedo dormir_ dijo la niña_ ¿Puedo coger la tablet? _ Está bien. Pero una hora, ni un minuto más. Carmen se la dio, sin comprender por qué los niños de hoy sólo se divertían con los juegos de ordenador. Le hubiera gustado que su hija mostrase preferencia por la lectura, pero era casi imposible que leyera un poco. Egoístamente pensó que al menos estaría un rato sin darle la lata, si se entretenía con el ordenador. Quería paz y silencio. Fluís se puso a hablar y hablar, y rompió sus pensamientos. Hablaba como solía hacerlo, enlazando un tema con otro sin aparente relación, sólo por el mero hecho de decir algo y que el silencio no se instalara entre ellos durante el largo viaje. Hizo comentarios del paisaje y de miles de cosas más.

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Carmen miró la cara redonda de su marido, sin escuchar lo que le decía. Se fijó en los ojos grandes y marrones de Fluís, fijos en la carretera, en la pequeña calva en la coronilla y en el pelo corto y gris. Su barriga había aumentado varias tallas durante el último año y sobresalía del pantalón vaquero. ”Qué viejo está”, pensó Carmen. Sintió un profundo cariño hacía él. Le quería, aunque no con la intensidad de antes. Era un amor más calmado, donde la amistad primaba. Sí, porque antes que amantes habían sido amigos, cuando los dos estudiaban en la universidad. Allí se conocieron y compartieron sus sueños de futuro. Fluís se había conformado con trabajar para una pequeña empresa que realizaba diseños en camisetas. Y Carmen, que trabajaba en una tienda de ropa, había renunciado hace tiempo a sus sueños profesionales, en los que se convertía en una gran decoradora de interiores. Se podía decir que los dos habían fracasado profesionalmente. Pero no así en lo personal. Otros sueños de Carmen se habían cumplido, como casarse con Fluís y tener una hija. Fluís era un buen marido. Cuando eres joven la pasión gobierna tus comienzos en el amor. Sin ella, el amor parece que no puede sustentarse, pero si puede, si es amor de verdad. Ellos se querían de verdad, aunque la pasión de aquellos años se iba difuminando como los recuerdos. Al cabo de dos horas, vieron un pueblo al lado de la carretera. Carmen pidió parar, para estirar las piernas. Le gustaba visitar pueblos o ciudades pequeñas, eran como un bálsamo frente a la rotundidad de la gran ciudad donde residía. Cuando visitaba un pueblo, escogía una casa,

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después deslizaba su mirada hacía una ventana y dejaba que su mirada entrara por ella. Rápidamente imaginaba el interior y a sus inquilinos, y cómo sería su vida diaria. El pueblo donde pararon tenía pocas casas. Casas blancas de una planta como perfectos cubos, alienadas en dos filas paralelas que se dirigían a un riachuelo, donde la vegetación era espesa. Más allá, el campo se extendía en cultivos de trigo, cebada y viñas, bajo un cielo azul, salpicado de nubes blancas, que parecían barcos navegando por el firmamento. Más lejos, las montañas se difuminan en masas de color violeta. Era un mañana de canícula, por lo que esa podía ser la razón por la que no encontraron a nadie por las calles. Aparcaron el coche cerca de un bar. Dentro, sentado en una silla de plástico, frente a una pantalla plana de un televisor, estaba sentado un hombre viejo. En los rasgos de su cara se veía que era un hombre que pasaba mucho tiempo expuesto al aire libre. Tenía la cara curtida por el sol y el viento, con cientos de arrugas en toda la cara, como carreteras en un mapa. “El mapa de la vida”, pensó con cursilería Carmen. El hombre estaba viendo un partido de fútbol. Al verles les saludó y se levantó con agilidad como lo haría un muchacho, dirigiéndose a la barra. _ ¿Qué quieren tomar? Pidieron unas cervezas para ellos y un refresco para la niña. El viejo cambió el canal y puso programa infantil. _ No se moleste. Puede seguir viendo el fútbol_ dijo Carmen.

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_No es molestia. A mis nietas también les gusta la televisión. ¿Quieren algo de comer? _Sólo unas patatas. Gracias. Fluís sacó el mapa y cubrió la mesa con él. _¿ Hay algún lugar para bañarse cerca del pueblo? El viejo se acercó al mapa y señaló con el dedo un punto no muy lejos del pueblo. _Este río tiene bastante agua. Allí pueden refrescarse _El viejo le dio instrucciones a Fluís sobre el desvío que debía coger en la autopista. _ ¿De dónde vienen? _Somos de Madrid_ respondió Fluís con voz fuerte y clara. _ Mi hija también vive allí, y siempre que puede se viene para el pueblo. Carmen no metió baza en el dialogo entre los dos y se limitó a observar el paisaje que encuadraba el marco de una ventana. Daba a un extenso prado. La hierba verde y alta, aderezada de flores moradas y blancas, se movía al compás de una ligera brisa, bajo un cielo resplandeciente. Tal vez fuera por la opresión que la ciudad donde vivía todo el año ejercía en ella, que, ante ese paisaje, tan absolutamente refrescante, le entraron ganas de tumbarse encima de la hierba durante un buen rato. Cuando terminaron la consumición, Carmen propuso dar un paseo por las calles solitarias, donde sólo se escuchaba el trino de los pájaros y el susurro del viento agitando las hojas

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de los álamos, que se concentraban en una pequeña plaza. Tenía ésta una fuente, y el chorro del agua al caer producía un sonido relajante, y si tuviera que darle un sabor a ese instante, diría que dulce. Y el olor era a eucalipto, con una intensidad que casi mareaba. Todo aquello estimulada a Carmen de una manera intensa, y se mostró alegre y juguetona con su hija, corriendo detrás de ella para pillarla, bajo la espesura de las sombras de los árboles. Fluís las miraba divertido y también relajado por la paz que se respiraba en el pueblo. De repente, le entraron unas ganas locas de abrazar a su mujer y besarla en la boca. Había en ella un repunte de juventud que hacía mucho que no veía. En el último año la había sentido lejana y distante con él, y con su entorno. Él lo achacaba a la edad. Los 50 años te someten a enfrentarte a un abismo del paso del tiempo y la cercanía con el final de la vida. El vestido que llevaba Carmen era blanco y trasparentaba su cuerpo delgado y fibroso. Parecía más una jovencita que una mujer madura de 50 años, con su pelo negro y corto. Los ojos verdes, bajo unas cejas finas, destacaban en su cutis blanco. No era bella, pero los instantes en que sonreía, que eran muy pocos, le daban luminosidad a su rostro. La mayoría de las veces estaba seria y con un rictus de tristeza en el rostro que le afeaba considerablemente. Continuaron el paseo por las calles solitarias del pueblo. Parecía un pueblo fantasma, y muchas de las persianas estaban bajadas, así que se deducía que no habitaba nadie en esas casas. En otras, las macetas, con geranios y pensamientos, adornando las ventanas, presuponían vida en el interior, aunque no se veía ni se escuchaba a nadie. A pesar de la parada en el pueblo fantasma y luego en un río, donde se dieron un chapuzón rápido, llegaron antes de lo previsto al destino vacacional, Peñíscola.

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La primera visión del mar, de color verde bajo un cielo resplandeciente, refulgiendo con los rayos del sol, les hizo olvidar el cansancio del viaje. Era una imagen tan luminosa, tan llena de vida, que en los labios de Carmen, de forma espontánea y sin buscarlo, se dibujó una extensa sonrisa. Una sensación de libertad y de intensa alegría la inundó por completo, y también a su hija, que señalaba los barcos que navegaban por el mar y pidió montarse en uno, de inmediato. A un lado de la playa, se desplegaba el pueblo con casas blancas y apiladas como en un enorme cubo. Se adivinaban empinadas cuestas hasta llegar a lo más alto, donde el castillo ejercía el máximo poder sobre todo lo demás, irguiéndose a través de los siglos frente a la inmensidad del mar. Recogieron la llave del apartamento que habían alquilado para una semana, y como eran demasiados meses en el asfalto de la ciudad, respirando la contaminación y sometiendo tu cuerpo al estrés de una gran ciudad como Madrid, la madre cedió a la petición de la hija de bañarse en el mar, pese a las protestas de Fluís, que exigía cumplir su plan establecido de antemano. Se pusieron los bañadores en el interior del coche y bajaron a la playa del pueblo. Fluís claudicó al final y también se unió a ellas. Carmen observó que Fluís se relajaba cuando metió los pies en el agua y, al rato, estaba flotando en el mar con cara de satisfacción. El sol, el cielo azul, las deshilachadas nubes, los edificios que se enfrentaban al mar y el pequeño pueblo en lo alto de un promontorio, todo era bello. Carmen se dejó llevar por las olas y desechó todos los malos pensamientos, sólo quería flotar en el agua y sentirse como una gota de agua en la inmensidad del mar. Cerró los ojos y

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se dejó llevar hasta que su marido la sacó de su relax, llamándola a gritos, pues se estaba alejando de la orilla. Nadó con fuerzas renovadas y se unió a su marido y a su hija que jugaban con la pelota. La calva de su marido brillaba sobre el cielo azul claro, y eso le hizo gracia. Abrazó a Fluís y le dio un beso en la boca. Se dijo a sí misma que, cuando recordase este viaje, recordaría el sabor salado de ese beso, y con él vendría todo lo demás. Fluís se dejó besar y acariciar, aunque era sumamente reacio a hacerlo delante de público, pero hacía mucho tiempo que no notaba tanta efusión en su mujer. Y no se lo reprochaba porque el mismo sentía sus instintos apaciguados por el peso de los años. Pero el cuerpo de su mujer bajo las aguas era suave y aún le hacía desearla. Volvieron al coche, frescos y alegres. Casi al final de la playa, en una zona más salvaje, con pocos edificios, se encontraba el apartamento, en un moderno edifico de nueve plantas de color rojo, que se erguía frente al paseo marítimo, a escasos metros. Rodeado por jardines con palmeras y adelfas. Una piscina grande estaba situada en la entrada, con césped pulcramente recortado a su alrededor. Tras bañarse en la piscina, Lucía y Fluís se tumbaron en el césped, con la suave brisa marina acariciando las hojas de las palmeras, que daban sombra. Mientras, la hija, jugaba con una niña de su edad a la pelota. El día terminó tan rápidamente que les resultó extraño verse sentados en la espaciosa terraza del apartamento y contemplando el cielo estrellado. La hija ni siquiera se acordó de ver la televisión o conectarse a Internet.

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_A ver, planes para mañana. ¿Qué os pareces si…? _Fluís, mejor no hagamos ningún plan, dejémonos llevar. _Yo quiero ir a ver el parque de los papagayos y también…_dijo la niña, sentándose encima de las rodillas de su padre. La niña tenía el calor del sueño. La madre sabía que pronto cerraría los ojos y se sumiría en un profundo sueño. Al día siguiente, el sol pega con fuerza, y Carmen se protege la cabeza con un gorro y los ojos, con gafas de sol. Lleva el bañador puesto debajo de un vestido blanco de tela semitransparente, por si luego a la vuelta le apetece bañarse en la playa. Va caminando por el paseo marítimo en dirección al casco viejo del pueblo. Su marido y su hija se han quedado en la piscina del apartamento, pues no tenían muchas ganas de salir. Pero ella quiere subir hasta el castillo y pasear por las callejuelas del pueblo. Y después comprar algún souvenir. Las playas están atestadas de gente, bajo sombrillas de colores o sentados en toallas y tumbonas. En el mar, los más atrevidos navegan en barcos de pedales o surcan las aguas en potentes motos acuáticas. Se sienta un rato en un banco del paseo marítimo y contempla a la gente. Su vista va a una pareja de jóvenes que llaman la atención por ser rubios y tener la piel de un blanco inmaculado. Van con el bañador puesto, dispuestos a pasar todo el día tirados en la arena tomando el sol. En el lado opuesto de la playa, unos niños juegan con la pelota en la arena. Cerca, una pareja con dos niños instalan su sombrilla en la primera fila de la playa como si fueran a permanecer ahí toda la vida. Por su lado pasa un joven

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apuesto con la toalla en los hombros y descalzo, lleva el móvil pegado a la oreja y habla alto sin importarle que la escuchen. Carmen se queda un rato, que parece una eternidad, sentada, y se siente sola. Nadie se fija en ella. Su vida es normal sin ningún trazo de singularidad. Le da por pensar que si en ese momento se muriese, nadie se daría cuenta. Se acuerda del dicho de que a cierta edad la mujer se convierte en invisible. Se arrepiente ahora de haber venido sola. Y es que está tan acostumbrada a estar con su marido y su hija, que, cuando ellos no están, es como si le faltara un punto de apoyo que evite que se desequilibre su ánimo. Se pone rápidamente de pie y continúa su camino. Se aleja del paseo marítimo para internarse por una calle en cuesta que la lleva al interior del pueblo. Las calles son estrechas, y las casas bajas y blancas, adornados los balcones con macetas con flores. Los marcos de las ventanas están pintados de azul para hacer juego visual con el mar. Cuando llega a las puertas del castillo, el calor es insoportable. Pero está decidida a entrar. Pero antes se sienta en la terraza de un bar y descansa un rato. El calor y la brisa marina la dejan adormecida y sueña. Un hombre se le acerca y le pregunta la hora. _Son las once. _¿Va a entrar? El hombre es de edad madura. Es atractivo. Tiene una figura esbelta y la piel curtida por el sol. Tiene el pelo cano en las patillas, en el resto está negro.” Los ojos son azules como el mar”, piensa Carmen. _Sí.

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_Soy guía. Si quiere puedo enseñarle las estancias. Carmen se queda muda un instante. _No se preocupe por el dinero, es la voluntad. Estoy parado y me busco estos pequeños trabajos. Carmen acepta de improviso. Pues esos ojos azules la tienen hipnotizada. No es propio de ella, pero un día es un día. “Déjate llevar”, se dice a sí misma. Además no le apetece estar sola viendo el castillo. _Me llamo Juan. _Yo, Carmen. Los dos besos en las mejillas suenan huecos. Pero Carmen siente un escalofrío, pues el roce con la mejilla del hombre la ha excitado. “Cálmate, estás loca. Te estás imaginando cosas que no son. ¿Quieres acaso tener una aventura?” El hombre se explica maravillosamente. Es atento y tiene una mirada limpia, sin maldad. Carmen sigue todo el discurso avalado por la contemplación de las vetustas piedras de la fortaleza. Viaja en el tiempo hasta el siglo XIV. Las horas pasan sin enterarse, pese al calor. Llegan a una de las estancias, que tiene una ventana estrecha y muy profunda, pues los muros del castillo son enormes. Por la abertura ojival se cuela la visión de la inmensidad del mar. El color azul del mar es bello e irradia luminosidad. El mar se funde con el cielo en un horizonte claro y preciso como si la línea hubiera sido trazada con una regla. Una gaviota planea

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a unos metros del agua y en un instante se lanza en picado sobre ella. Remonta el vuelo y se aleja. Descansan un rato, sentados en el alfeizar de la ventana, contemplando el mar y el cielo. Una ligera brisa les refresca. El mar se escucha con su rumor eterno e imperturbable. “Todo cambia, pero el mar no”, piensa Carmen. “El mar ha sido testigo del paso de cientos de hombres y sus pensamientos no han dejado huella en su sonido, que nos indica que el tiempo corre para todos igual y que hay que aprovechar cada minuto de nuestra vida, y disfrutar de ella, porque no dura eternamente, pero el mar sigue y se carcajea de los humanos, cuando lloran en las orillas de la desesperación, tras guerras inútiles”. Juan la saca de su ensoñación con su voz cálida y firme. _ Ésta era la biblioteca del inquilino más insigne de este castillo, el famoso Papa Luna. ¿Conoce su historia? _Algo leí, pero no me importa volver a escucharla. Mientras Juan habla, Carmen deja vagar su mirada por la habitación, austera en muebles. Cuando Juan termina su relato, hablan de ellos mismos, como si éste fuera el momento propicio y hubieran estado esperando impacientes para hacerlo. Carmen se explaya como nunca lo había hecho, pues es reservada, pero con ese hombre hay una conexión que la induce a hablar. Él también le cuenta parte de su vida. Vive solo en el pueblo, estuvo casado, y tiene una hija adolescente que vive con su madre y a la que ve poco. Es periodista, pero lleva dos años en el paro.

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-Así que hoy es tu último día. _Pues si, mañana ya me toca regresar a la” civilización”. _Entonces tendrás que aprovechar bien el día. Te invito a comer. Conozco un sitio donde hacen unos pescaditos fritos estupendos. _No sé si puedo aceptar. Mi marido y mi hija me estarán esperando. _Bien, ¿Entonces me aceptarás que te invite a una cerveza? No digas nada. Cuando te enseñé el sitio, no podrás negarte. Salen del castillo. El sol es un fuego que martillea las cabezas. El calor es insoportable. Los bares están llenos de gente buscando un lugar fresco donde pasar esas horas de canícula. Juan lleva a Carmen por una calle estrecha, flanqueada de pequeñas casas sencillas y llenas de encanto. Tuercen a la izquierda, bajan un tramo de calle y en un recodo, está el bar. Tiene una terraza con emparrado y da a un balcón de piedra natural. Desde allí se puede contemplar y también oír el rugido del mar, cuando entra y sale por un túnel natural excavado en la roca donde se asienta la ciudad. Con el sonido del mar rugiendo bajo las rocas, Carmen se deja llevar por el momento. El vino se le ha subido un poco a la cabeza y siente deseos de besar a Juan. Se ve acompañándole a su casa. No vive lejos del puerto. Desde el dormitorio se ven los barcos moviéndose en el vaivén de las olas. El sol ya está a punto de esconderse tras las montañas. Juan la besa en la boca, los ojos, las mejillas y otra vez la boca.

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Ella se deja acariciar los pechos. Y a su vez le acaricia la espalda. Él tiene los músculos tensos, y ella se excita. Cuando el vestido cae a sus pies, siente la frescura de la pared en su espalda. Él la abraza. Los dos desnudos se besan y gimen. Caen sobre la cama. Enmarcado por la ventana, está la noche con las estrellas brillando y compitiendo con la luz del faro. En la playa aún quedan pescadores y alguna pareja enamorada que mira la luna, mientras se besan y se prometen amor. Carmen regresa a casa, caminando por la playa. Ya es noche cerrada. Echa un último vistazo al pueblo, iluminado por las luces artificiales de las casas y las farolas. Cuando llega al apartamento, su marido la recibe preocupado por la tardanza. Ella le explica que ha recorrido todo el pueblo y que no de ha dado cuenta del paso del tiempo. _ ¿La niña está dormida? _Sí. Al final hizo amistad con una niña y ha estado bañándose en la piscina toda la tarde. Después de cenar ha caído redonda en el sofá. Carmen se acerca a la habitación de su hija y contempla cómo duerme, después cierra la puerta y vuelve al salón. Fluís está en la terraza, tumbado en la hamaca. _La noche se ha quedado perfecta, no hace ni frío ni calor. Túmbate a mi lado. _Tengo que contarte algo_. Carmen, que se sienta en una silla enfrente de Fluís. Carmen no sabe por dónde empezar y duda unos instantes.

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_Verás. En el pueblo he conocido a un guía que me ha enseñado el castillo, después…bueno…No sé cómo ha sucedido, pero me he acostado con él. Fluís se ha incorporado un poco. Su cara refleja asombro. _¿Estás de broma? _No es una broma. No sé, me he dejado llevar. Lo siento. Fluís se ha puesto de píe. Se mueve nervioso por la terraza como un león enjaulado. _Lo sientes, y ya está. ¿Qué puedo decir? Carmen se acerca a su marido y lo abraza por detrás. _Te lo he contado porque esa persona no significa nada. Verás, últimamente me sentía estancada en nuestra relación sexual. Pero yo te quiero, tú lo sabes. Tú y la niña sois lo más importante para mí. Bésame por favor. Y dime que me perdonas. Fluís abraza a su mujer. Ella lleva un vestido, y él se lo quita con furia. Ella se deja hacer sin oponerse. Se besan con pasión. Van a su habitación y cierran la puerta. Cuando han terminado, están los dos sudorosos sobre la cama. Ella va a decirle que todo lo que le ha contado es mentira, que sólo fue un sueño, pero él se adelanta. _¿Era verdad? Ninguno de los dos se miran, pero sus manos están cogidas. Ella no responde porque quiere creer que es verdad, al menos un rato más. Él acaricia los pechos de su mujer, y ella responde besándolo.

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Por la geografía de Saliha Raquel Rodríguez Pérez Empecé a hacer aquella hucha de sueños, a temprana edad, con la fe ciega de que llegaría el momento para emprender ese viaje, el de mis sueños. No tenía prisa porque una certeza interior me garantizaba que mi sueño se cumpliría. Fui un adolescente introvertido, ajeno a las cosas que a la mayoría de mis compañeros les interesaba. Prefería la dulce reclusión en mi habitación, rodeado de libros, de mi música, de mis garabatos y de mis viajes imaginarios por donde algún día podría poner mis huellas. Nunca me sentí solo. Era feliz a mi manera, de la forma en que puede sentirse feliz y pleno quien es honesto con sus deseos más profundos. Tuve la suerte de tener una familia que respetaba mi carácter hogareño, tímido y sensible. Su aceptación incondicional nutrió una maravillosa relación confidencial con mi madre, experta en el corazón humano, y un fascinante vínculo con mi padre, que siempre he considerado un hombre de gran sabiduría y humildad, mi maestro en las cuestiones más profundas del ser humano. Mientras mi madre me hablaba de amor, mi padre sembraba en mí una honda admiración por el milagro de la vida en todas sus vertientes. A su lado pude alimentar mis aspiraciones más secretas sin temores ni necesidad de ocultarme ni la obligación de mostrarme. Gracias a ellos hoy estoy aquí haciendo realidad este sueño, este ideal.

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Recuerdo cómo lo fui preparando todo hasta estar listo y tener lo suficiente como para emprender este viaje. Los años de ahorro y espera habían dado los frutos esperados. Estaba preparado y me sentía capaz de adentrarme en la aventura hacia Saliha solo, sin apoyo ni más compañía. Ése era mi destino: Saliha. Soñé con Saliha en la niñez y esa aventura onírica, que se fue repitiendo durante años, me impulsó a prepararme para adentrarme en aquel espacio fantástico. Al principio busqué pistas sobre su geografía, sus características, sus itinerarios. Con los años me volví un experto en Saliha. Conocía todos sus recovecos, sin haberlos visto aún. Sabía que, cuando llegara a Saliha, una sensación de familiaridad me inundaría. Sin embargo no fue esa la única sensación. En cuanto sentí bajo mis pies su extensión inabarcable, un cóctel sobrecogedor de sentimientos recorrió mi columna desde la base hasta la cabeza. Me pareció que un bombardeo de fuegos artificiales colapsaba mi cerebro. Creí que me desmayaría por la intensidad emocional pero me sostuve. Si perdía el sentido, se me escaparían segundos o minutos de disfrute en Saliha. No podía permitirme ese desliz debilitante. No quise que ningún experto me orientase ni siquiera las guías actualizadas que se exponían en algunos expositores del propio lugar. Confiaba en lo que yo había estado fraguando en mi mente y capturando en mis archivos, durante tanto tiempo, para esta inmersión en su apabullante geografía multicolor. Quedé perplejo ante la combinación de elevaciones y pendientes. Su extensión se amplificaba ante mi presencia. Sentía infinita la tierra de Saliha. ¿Qué orientación seguir? La

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que me dictaran mis pasos intuitivos. No podía desorientarme en ella. Algo, desde hacía muchos años, nos conectaba. Me asombré por la variedad de su suelo. No esperaba tantas texturas, que osaba acariciar con mis manos y mis pies descalzos. Repentinamente me empujaban los caminos hacia acantilados que caían, con una fiereza tentadora, hacia el mar. No podía faltar el océano en su mapa idílico. Magníficas costas que elevaban más el valor de su tierra fortalecida. Atónito, reía y se me escapaban lágrimas, por el sobrecogimiento. Incluso sobre ella, me costaba creer que fuera real. Cogía con fuerza su tierra y la deslizaba entre mis dedos para que se pegara a mí hasta ser yo mismo. Lo inesperado, algo que no contemplé en mis antiguas investigaciones: sus discretos archipiélagos, marrones, rocosos, deslumbrantes, punteando el celeste acuoso. Me detuve en ellos largas horas, memorizando sus perfiles, tanteando sus secretos. Se me resbalaron las horas y el sol se posó sobre esas pequeñas ínsulas llamativas. Quise seguir consciente durante la noche. El sueño no me reparaba. Seguir explorándola era mi descanso, en constelaciones que me parecían recién creadas, enigmas para el resto de la humanidad, sólo nacidas para mi contemplación ferviente. Había sido su amplia bahía la que me había dado la bienvenida, como a todos los que osaron visitarla antes que yo. Saliha muestra una apertura risueña y cálida. Quienes la detectan quieren quedarse en ella, al menos, durante un rato largo, sin relojes, sin obligaciones y ser los únicos, los escogidos.

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Sus canales inexplicables me dirigían por estrechos y espacios indómitos, salvajes y apacibles, al mismo tiempo. Un coraje prestado por la ilusión cumplida me empujaba a adentrarme en ellos. El miedo se había quedado encapsulado en el transporte por el que llegué a ella. Sobre Saliha era más yo que yo mismo. Me desconocía y me reconocía como nunca. Agitadoras y musicales cascadas me sumergían en otra dimensión, más juguetona. No dudé. Entré de lleno en ellas, bajo ellas y descubrí grutas y cuevas de verdes y esmeraldas perturbadores. Medité salvaguardado por la cortina de agua arco iris. En su cueva una candidez maternal me abrazaba. Su respiración y la mía se acompasaron. Sentí el ritmo de Saliha en mi interior. Me esperaban lomas y mesetas donde iba a dormitar contando estrellas y pidiendo deseos a luces incognoscibles de los cielos nocturnos. Nadie se cruzaba en mi camino. Eso me llenaba de gozo. Yo y Saliha estábamos solos, el uno para el otro. Confiaba en su arcano misterio y lo seguía. Se aproximaron milagros que no puedo describir con fidelidad por su magnificencia. Los meandros de su gran río me empujaron al estuario templado donde Saliha vibraba de otro modo, diosa y soñadora. Desde allí, otro pálpito interior, para volver a penetrarme en su frondosidad magnética.

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Un aroma diferente atrajo mi impulsiva inquietud. El cráter asombroso, de dimensiones circulares perfectas, invitaban a un volcán, que revelaba magnetismo de Saliha. Él era su fuente de vida, peligrosa y apasionante, carismática y agitadora. Comprendí cómo bullía Saliha, su arrasadora seducción sobre mí. Supe cuál era mi poder y mi destino. Yo era el elegido, quien podía activar la masa incandescente que fluía en sus entrañas. Era el punto débil de Saliha, el creador de su fisura. Me detuve con la duda de qué pasaría si estallaba. Quieto, contemplando, absorto en sus detalles, mi propio ser, reconocí que, en aquel instante, lo único que podía hacer era acompañar el inicio de sus sacudidas sísmicas y sus resplandores nocturnos. Nos fundimos, arrastrado por sus temperaturas imposibles y por el magma que empapaba mi piel devota. Y descansé sobre su vientre. Era ella. Siempre lo había sido. Me entregué a la mujer de mis sueños porque creí en ella, en su advenimiento, en nuestro destino de vidas pasadas. La soñé una y otra vez. Perfilé sus formas con tantos años de entrenamiento y atención a lo más nimio, que, cuando apareció, no dudé en visitarla, en estar en ella. Mi primera vez, la primera de toda una vida envuelto en su geografía femenina.

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Encuentro en Jurerê Graciela Eva De Mary – Me pudrí de esperarte-el chico obeso increpó a la madre. -Manejé muchas horas- la doctora miró el plato lleno de dulces que su hijo sostenía con las dos manos.- Ah… el café de manhá, qué exquisito, ¿No?- quiso sonreír, pero no le salió. -Allá hay una mesa. El comedor del hotel de Santana do Livramento era un hervidero de turistas argentinos de paso hacia Florianópolis. Casi a mediodía salieron para Santa Catalina. Más allá de Porto Alegre, la ruta seguía obediente las ondulaciones del suelo. A la doctora le daba terror pasar a los camiones. Solamente lo hacía cuando los bufidos del chico no se podían aguantar. -¿Querés conectar tu música, hijo? Así escuchamos los dos. -No te va a gustar. La mujer lo miró de reojo. El chico movía la cabeza como si tuviera convulsiones. Se había puesto unos auriculares enormes de color amarillo. Los granos inflamados de la cara subían y bajaban al ritmo del bajo; algunos tomados por el pus, otros apenas enrojecidos. Al atardecer llegaron a Canasvieiras. El departamento que habían alquilado estaba en el primer piso de un complejo retirado del centro. Por la ventana del comedor, se colaba un aroma a frutas que subía desde una verdulería ubicada justo enfrente.

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-Mirá qué suerte qué tenemos, voy a bajar a comprar mangos y papayas-dijo la mujer. -Papá siempre dice que hay que probar las comidas típicas de los lugares a los que viajamos. -Ah…sí. Tu padre el mochilero. Bueno, los mangos y las papayas son de acá. El chico la miró con desprecio, agarró de mal modo los auriculares y se metió en su dormitorio hasta el otro día. El sol de la mañana taladró todos los ambientes. El olor del café recién hecho inundó la pequeña barra de la cocina. El chico se levantó con hambre. La doctora se esmeró con el desayuno. Sirvió ensalada de frutas en unas copas elegantes. Exprimió naranjas y untó las tostadas con queso crema. El hijo comía con la boca abierta. Alarmada, se dio cuenta de que nunca había visto dientes tan amarillos. Aguantó con estoicismo. Al rato, mientras levantaba las tazas, dijo como al pasar: -Bueno, nos lavamos los dientes y salimos. Ya tengo preparada la canasta. -Yo ya me los lavé. -Sí, claro. Pero hay que repetir el cepillado para eliminar los restos de azúcar que producen las caries. -Ni loco. Cerca del mediodía (“la peor hora para salir” según la mujer) enfilaron para la playa. Ella con un pareo de diseño y una capelina italiana. El hijo con una bermuda llena de bolsillos y

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una remera negra con el logo de un grupo de rock pesado. Ni bien pisaron la arena, los recibió un vocerío cadencioso. -Voy a comer algo. -Esperá…-la mujer no pudo detenerlo. El chico fue derecho a un puesto atendido por un hombre negro vestido con un pantalón y una musculosa impecablemente blancos. Volvió con un milho cozido y dos trozos de queijo coalho ensartados en un palito. Un hilo de manteca derretida caía desde el choclo hasta las ojotas. La madre se alteró un poco. “Está bien, es adolescente, está probando mi paciencia” pensó. Se dispuso a pasar la tarde bajo una sombrilla, instalada en su reposera y observando a las mujeres. Después de todo, el éxito de su carrera como nutricionista y cirujana plástica se debía a la capacidad para interpretar las necesidades de sus pacientes. A muchas de las argentinas que invadían la playa las conocía bien. Formaban parte de un sector social que había sido la materia prima de su fama. Pero ahora intentaba hacer foco en las brasileñas, porque quería expandir el negocio. Las envidiaba un poco. Parecían no tener ese miedo obsesivo a los rayos solares ni a los kilos de más que adornaban con gracia y colores chillones. Mientras las veía jugar al vóley, felices y extrovertidas, le pareció que la imagen que había construido de ella misma, tan rigurosa, era como una prolija torrecita de mierda. La ocurrencia no le hizo gracia. Al contrario, la puso seria. En eso estaba cuando vio venir a su hijo con un plato repleto de camarones fritos. No pudo controlar la furia. -¡Por favor, no te hagas esto! -¿Qué me hago? -Desde que llegamos estás comiendo grasas, vos lo sabés.

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-Yo no soy paciente tuyo. Fin de la discusión. El chico desapareció. Por la noche, se encontraron en el condominio. La madre fingió entusiasmo. -Te invito a cenar a un restaurant. Me lo recomendaron. Mirá qué linda camisa que te compré-desplegó con gracia la prenda de algodón finísimo. -Está bien-el chico estaba calmado. El lugar era un salón enorme con pisos de cerámica roja. En el centro, una isla de acero brillante repleta de bandejas con ensaladas, guisados de carne, mariscos y legumbres. -Te traigo ensaladas-la madre no le preguntó si quería o no. -Ya te dije que yo pruebo la comida típica. El chico se sirvió una cazuela con feijoada y un plato rebosante de coxinhas. Se sentaron a la mesa – Hasta para elegir la comida te parecés a tu padre-ella desplegó la servilleta con amargura -Vivo con él. -Fue tu elección. -Yo tenía ocho años, mamá. La cena transcurrió lenta, incómoda. Los dos examinaban cualquier detalle banal con detenimiento: el pliegue del mantel, la sal humedecida que se negaba a escurrirse por los orificios del salero y cosas así. Tosían nerviosos. Cualquier

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cosa con tal de no encontrarse con los ojos del otro. A la salida, tomaron rumbos diferentes. La madre estuvo sentada un rato largo sobre la arena iluminada de la costa. Al otro día el cielo amaneció nublado. La doctora decidió que sería bueno pasear un poco y conocer las otras playas de la isla. Manejó hasta Jurerê. Caminaron por un puentecito de madera que unía los acantilados. Se acodaron en la baranda de madera. Con la mirada perdida en el mar, ella empezó a hablar. Quiso agarrar la mano del chico, pero él la rechazó. -No había manera de convivir con tu padre. En ese entonces yo me estaba haciendo conocida. Toda mi energía estaba en la clínica. No podía ser la persona que él necesitaba. – Tampoco pudiste ser mi madre -Siempre estuve presente. -No como papá. Hicieron silencio. Los distrajo la delicadeza efímera de un arco iris. -¿Cómo está él ahora?-quiso saber ella. -Mal. No responde al tratamiento-el chico sacó su celular y le mostró una foto del padre. La espesura de las cejas grises avanzaba sobre el rostro hundido. La piel tenía el color de los cirios que los creyentes prenden en las Iglesias. La madredoctora examinó la imagen con profesionalismo. -Nunca te va a faltar nada, quédate tranquilo-dijo mientras le devolvía el celular. -Ya lo sé. Préstame tu tarjeta que quiero comprar algo.

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La mujer abrió presurosa el bolso y sacó una billetera de cuero fino. El chico se la arrebató y sin darle tiempo a nada, empezó a tirar, una por una, las tarjetas de crédito que aleteaban como pajaritos dorados antes de hundirse en los remolinos de espuma. -¡Pero qué hacés, animal! ¿Por qué, qué te hice yo? – la madre manoteaba en el aire por puro instinto.-Siempre dando la nota, vos. ¡Me das asco!-algunas personas empezaron a murmurar mientras miraban la escena. -Por fin lo dijiste-el chico se sentó pesadamente en el piso. Apoyó la espalda en la baranda. Los rasgos adolescentes se habían atenuado, parecía más maduro. Los curiosos se fueron. La mujer se quedó mirando las olas, agotada. Al rato, también se sentó. Se acurrucó al lado del chico. -Mostrame otra vez la foto-estuvo unos minutos con el celular del hijo entre las manos. Empezó a llorar despacio. Las lágrimas caían y caían en cascada lavando el maquillaje. Se le hincharon los ojos. Hacía rato que el viento le había arruinado el peinado. Se abrazaron. -Tengo hambre-las dos voces se superpusieron. El hijo sacó unos reales arrugados de su mochila. -Yo te invito, má. Se acercó a un puestito que recién abría y compró dos pasteles fritos rellenos de pescado y rebosantes de salsa picante. Le ofreció uno a la madre. -¿Sabés qué?- dijo ella.- Nos faltaría una cerveza bien fría.

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-Mejor dos- el chico se puso de pie y le hizo seĂąas a un vendedor que justo pasaba por ahĂ­ cargando una heladerita llena de bebidas.

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Souvenirs de Awa Silvia Sevilla Mota Me pregunto cuántos españoles han pasado por aquí. Muchos, supongo, pero ¿tantos como para que estas niñas adolescentes se manejen tan bien en mi idioma? ¿Cuántos elefantes de jade habrán tenido que vender antes de negociar con tal desparpajo? — ¡Qué guapa! Mira, un sombrero, se pliega y es abanico. No caro, ¡barato!, y allí en el templo mucho calor, uf, mucho calor para ti. Mira, elefante, de jade, precioso, pequeño, cabe en bolso, no ocupa espacio. Mira esto, una pipa, qué bonita… tú dinero, tú mucho dinero. La jefa del cotarro, que no tendrá más de quince años, parece controlar a las otras y dirigir discretamente sus discursos y sus argumentos. Su alumna más aventajada, una preciosa birmana de unos once o doce años, continúa hablando sin dejar de sonreír. —Sí, mira, tú ahora ves pagoda, muy bonita, y piensa qué compras, y luego compras. Mira, pulsera de jade, para regalar… collar a juego. Qué bonito. Es agotador, son incansables, no puedes avanzar… pero te desarman. De alguna manera me encanta su insistencia, que sepan utilizar con tanta maestría ese equilibrio entre impertinencia y encanto. Es cierto que deberían estar jugando o estudiando, pero si las comparo con aquellas que pasan el día tumbadas en la cama con la consola de juegos o los teléfonos hirviendo entre sus dedos histéricos, me quedo con estas niñas, a su pesar, porque sé que ellas preferirían sin duda nuestro modelo de vida. —Luego ¿sí? Luego compras ¿sí? Más tarde, eh, Silvia ¿sí?

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Lo primero que te preguntan es tu nombre, para luego halagarte, perseguirte. —Pero en el templo habrá más vendedoras— les digo riendo. —Bueno, es igual, pero tú compras algo a mí, a mí ¿sí? Elefante jade auténtico. Yo espero, guapa, guapa… ¡qué guapa! Es imposible decir que no, como mucho, que ya veremos, y con eso se conforman. Estamos en Awa, la antigua Inwa, una de las ciudades reales del imperio de Birmania, cuya capital iba cambiando en función de lo que dictaban las estrellas. Lo que queda de la grandeza de la ciudad es una torre inclinada, que recuerda el terremoto de 1838, un precioso monasterio de teca, otro de ladrillo y numerosos templos y pagodas. A la isla se llega en barco y para llegar al antiguo palacio real se hace un recorrido en un carro tirado por caballos. Por supuesto, tras el recorrido por el accidentado camino de barro, nos esperan más vendedoras, más elefantes, pulseritas, postales y camisetas… y vuelta a empezar, tú guapa, tú compra, tú dinero. Y nosotros, preparando la defensa, un intento inútil. —Es que ya les dijimos a las chicas del embarcadero que les compraríamos a ellas… —Sí, también, ellas tienen cosas muy bonitas, pero otras cosas. Mira, elefante tailandés, con la trompa para arriba, mira, pequeño cerdito, jade, qué bonito, tú compra ¿sí? Entre promoción de figurita y de collar, encuentran tiempo para hacer de guías y te explican que aquella grieta de la

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torre fue causada por un terremoto, que aquellas ruinas pertenecieron al palacio o que aquí la vista es mejor que allá. Lamento no haber traído más monedas. No me interesa nada de lo que venden, pero me gusta su charla alocada. Una de ellas se enfada, no me quedan euros para dar. Encuentro un dólar, pero no le gusta, lo rechaza, el dólar vale menos que el euro y se siente discriminada con respecto a otras vendedoras. Entre ellas hay una especie de competición a ver quién consigue obtener más de cada sesión de venta. Hablo con ella, finjo consolarla. Ella continúa haciendo pucheros teatrales. Tiene la cara pintada con crema de thanaka, un maquillaje de color amarillo claro, muy popular en Mianmar, que sirve, además, de protector solar. Finalmente, la chica acepta el trueque e insiste en darme una pulsera a cambio. Ya estamos esperando el barco de vuelta. Siguen intentando hacer negocio, pero entienden que ya hemos llegado al límite y se relajan. Sonríen para las fotos, se acumulan detrás de la cámara para ver su imagen en las pantallas, se ríen unas de otras. Posan una y otra vez, mostrando sus blanquísimos dientes y disfrutando del momento. La chica que se enfadó conmigo por ver escatimado su euro pretende seguir molesta y posa con gesto serio, pero no le dura demasiado, enseguida se le escapa la sonrisa y finalmente me coge de la mano, en señal de reconciliación. Voy metiéndome en los innumerables bolsillos de mi pantalón todo lo que compré. Entre mis tesoros hay varios elefantitos de jade “auténtico”, unos con la trompa para arriba y otros para abajo, los tengo de pie y sentados, una balanza de latón, una pipa que se rompe con mirarla, una gran colección de pulseras con motivos –como no– de jade y otros tantos collares más o menos a juego. Nos saludarán con la mano hasta que el barco se pierda de vista o hasta que llegue otro extranjero, lo que ocurra antes. Ellas no guardarán el mismo recuerdo de nosotros, para ellas

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solo somos el negocio, la forma de vida, pero para mĂ­ estas chicas insistentes y sonrientes son mis mĂĄs preciosos y preciados souvenirs de Awa.

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Ciudad Tomada Fran Nore A Pedro Nolasco siempre lo enviaban lejos a batallar a otras ciudades más allá de los confines de la tierra. Para él ya era habitual que lo enviaran a combatir a Vietnam o a las Coreas. Entonces permanecí mucho tiempo ausente de su patria y de su familia. Era un combatiente de primer orden, héroe de las armamentistas cruzadas militares de La ONU por todo el mundo. La guerra cada vez más entraba en un punto crucial, de tire y afloje de las partes involucradas, pero nunca había nada definitivo, ni siquiera se sabía si terminaría o no en un tiempo determinado, pues escaseaban los acercamientos. Un armisticio, en definitiva, parecía lejano. En una guerra todos estamos desafiados, incluso los pacifistas. Los combatientes estaban apriscados entre las ruinas de la ciudad en revuelta. Se refugiaban en algún paredón con sus rostros absortos como máscaras chinescas ensangrentadas, a cierta distancia. Disparaban alocadamente a todo lo que se movía. Sus arcabuces eran potentes y ocasionaban ruidos infernales. Los combatientes caían o volaban sus cuerpos por los aires cuando los obuses y los morteros se estrellaban contra las barricadas. Disgregados petardos llegaban hasta ellos convirtiéndolos en un polvorín de miembros despedazados y sentidos revueltos. Aunque perdidos en la emboscada de las tropas enemigas, la patria los animaba a morir valientemente. Las construcciones de la ciudad tomada retumbaban, cedían a los estampidos. Estallaban en pedazos las paredes de los vivaques. Olas de mujeres con sus hijos huían atropelladamente entre gritos dantescos, iban y venían entre las funestas señales de devastación. Se atisbaban recios semblantes de combatientes montando guardia desde los torreones o desde los vanos de los vivaques; y los rostros

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de los civiles muertos abandonados en los andenes de las casas despobladas o sirviendo de trincheras. Por esas callejas deambulaban las desesperadas brigadas de socorro que retiraban los montones de cadáveres, los grandes vagones de un tren descarrilado eran una inmensa trinchera donde asomaban amoscados rostros vigilantes. La retirada era en la noche, entonces no se sabía exactamente contra qué o contra quiénes se disparaba. Entre los oscuros destrozos de la ciudad enfrentada, clamores, rumores tempestuosos, voces de heridos y la muerte de los agresores. Finalmente cesaron los estruendos. Pedro Nolasco escuchó lejanas voces celebrando la victoria y recobró instantáneamente la visión de las cosas. Estaba completamente solo, alrededor suyo un vasto campo de cadáveres se alzaba entre los montículos en ruinas, aquella visión deplorable de la carnicería de la confrontación le ocasionó un conturbamiento nepático que le hizo castañetear los dientes de un frío de muerte. De súbito se dejó oír el repentino y fugaz mensaje: “¡El Coronel en Jefe llama a la guarnición!”, repetidas veces. El portavoz del Comandante en Jefe anunciaba desesperadamente la retirada voluntaria de las tropas de la batalla. A lo que él no prestó significativa atención. Entonces encolerizado y poseso, en medio de aquella landa de barbarie, dejando en el umbrío campo los cuerpos inertes de sus compatriotas, caminó por las mortuorias barracas. Quería darles muerte a sus enemigos con sus propias manos mientras le suplicaban piedad. Pero se encontró con la mortandad de la destrozada ciudad tomada. De su cabeza emergía sangre. Cuando logró situarse en lo alto del terraplén amarillento y rojizo, se sintió lejos de la vida. No era un remedo de héroe, nunca lo había sido, y no sería condecorado como esperaba. Pero estaba físicamente vivo. ¿Qué demonios hacía en medio de aquella masacre? ¿Luchar? ¿Y solo, contra quién ya? ¿Contra los rostros invisibles de sus enemigos? Le temblaban las piernas, pero no tenía miedo. Por la barracuda planicie inundada de muerte y

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horror se desencadenaban furiosos gritos de los confrontados heridos. Las visiones y las impresiones que lo invadían se tornaron reales, reacias, insoportables, hasta hacerlo correr y gritar, y caer una y otra vez sobre los cuerpos destrozados de los combatientes envueltos en un azufroso manto de niebla. Hasta que finalmente, fibra por fibra, lo envolvió el frío y la oscuridad, lanzó al infecto aire de pólvora ese agudo lamento propio de la derrota, para olvidarse de sí mismo. A Pedro Nolasco lo recogieron los socorristas de las brigadas de salvamento, sin sentido y desangrándose, y lo condujeron a una habitación pequeña de un improvisado hospital de caridad de la ocupada ciudad. Cuando recobró el conocimiento lo primero que hizo fue preguntar por sus compatriotas. Pero entonces le dijeron que todos estaban muertos. La noticia le zumbó en la cabeza vendada. Cabe anotar que por la escasez de galenos y recursos médicos y alimentarios la mayoría de los heridos fallecía. En definitiva, un hospital de muerte en una ciudad desgarrada, donde los más vigorosos de los heridos podía salvarse o, en el caso extremo, morir. Preguntó a una enfermera si había terminado la guerra. Y ella, como una figura difusa, le contestó que no. Comprendió Pedro Nolasco que la guerra sólo empezaba para él como mérito a sus aspiraciones truncas. Y ahora con la muerte de sus compañeros en la contienda todo cobraba un giro diferente en dirección a él. Se incorporó de la cama donde se encontraba, era preciso que se recuperara enseguida, pero le dolía terriblemente la cabeza, la espalda y las piernas, como no podía abandonar por si sólo el centro de atención médica no le quedó si no permanecer en reposo mientras por su cerebro atolondrado giraba una y otra vez la ruleta de las inquietudes, vio por instantes, develando la cinta del recuerdo, cuando sus compañeros disparaban gritando y corriendo por entre los vivaques, con los rostros sudorosos y sangrantes. Él había perdido la oportunidad de morir valerosamente como sus colegas en medio de aquella intensa batalla. Pero ya era demasiado tarde, ahora lo alcanzaba solamente el desasosiego de sus mares interiores.

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A las semanas siguientes, la guerra ya se había desenvuelto y comenzaban a prepararse discusiones políticas, no obstante, no había por eso terminado. Con el pretexto utópico de la libertad universal todos nos refugiamos de la derrota como un pesado telón que cubre los errores.

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Reflejos Fran Nore

Viajar es marcharse de casa, es vestirse de loco diciendo todo y nada en una postal. Es dormir en otra cama, sentir que el tiempo es corto, viajar es regresar. Gabriel García Márquez Soy igual de intrépido que mi difunto padre, un hombre viajero, forastero del mundo, errante de todos los continentes. Un amanecer en que el cielo era una gran llamarada rojiza, salí de mi casa, arriesgándome a profanar paisajes recónditos. Transité muchas horas por caminos infinitos, por sendas de montañas escarpadas y agrestes, expuesto a feroces animales que gobiernan las riberas de los riscos y los altos montes, sobreviviendo a los traficantes y a los mercenarios que me observaban ocultos entre las malezas de los senderos. Andar y andar. Tal vez viajar no sea tener un rumbo fijo. Ando y desando, por varios días, por entre caminos y selvas. Y a la vista el jolgorioso río entre las montañas, sus aguas lentas y monótonas; el matutino viento ahogando la visión de mis enrojecidos ojos de ensueño, el sol detenido y pequeño en el horizonte. A poca distancia, divisé una cabaña derruida y abandonada, escondida en el epicentro del camino entre las

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montañas, iluminada su rústica fachada por los rayos solares, sobre sus techos se depositaban gigantescas hojas y ramas. Las externas paredes eran de madera y sólo tenía hacia afuera una pequeña ventana suspendida en el aire. Me acerqué con curiosidad, no recordaba haber visto nunca esa cabaña por estos lados. Cuando me aproximé a las gradas rocosas, quise descansar observando el maravilloso paisaje. La frágil puerta de madera estaba abierta. Entré a la estancia y descubrí un arruinado pasillo que conducía a una amplia sala improvisada con tablas. En una silla destartalada oraba sentado un anciano. Al verme, no se desconcertó. – ¡Te esperaba! –dijo el enigmático hombre. – ¿Quién eres? – Un mendicante. – ¿Y por qué estás aquí solo? – Te esperaba para que continuemos el viaje. Me ha enviado tu padre. – Pero… Mi padre está muerto…, tú, ¿quién eres? – Soy tu guía… Afortunadamente has llegado a casa donde te puedes hospedar. No debes exponerte más a la mal sanidad de los caminos…Me ha enviado por ti tu padre.

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– ¿Cómo es posible? ¡Mi padre está muerto! Los escuálidos ojos del hombre de rostro amarillo se posaban en mi cara, brillantes como astros desvariados. Entonces como no teníamos nada más de qué hablar, le di las gracias por el recibimiento y el tener consideración por mi suerte, aclarándole que no lo necesitaba y que tranquilamente podía seguir mi viaje solo. Me dijo que podía quedarme dentro de la cabaña todo el tiempo que quisiera, que no era necesario que partiera solo, ya que se avecinaba la noche. Inmediatamente se oscureció el cielo. Y el anciano expresó vehemente que mañana temprano debíamos alistarnos para salir. Me maravillé. Había anochecido de sopetón. Y afuera de la cabaña, ya no se veía el camino, y las montañas eran líneas borrosas y oscuras frente a mis ojos. Supuse que mañana temprano, en compañía del formidable anciano, tendría que volver a la errancia por los caminos entre las montañas. El afiebrado estado de viajar y conocer el mundo alimentaba mis fuerzas para proseguir.. Los filamentos de la luna penetraban por la fragmentada ventana de la cabaña, iluminando un poco el penumbroso ámbito de la sala entenebrada donde el hombre asomaba invadido por los poderosos ecos del tiempo. El viento traía un fuerte perfume estiado, rompiendo aún más las alas de la ventana, resquebrajando el techo de la cabaña, desprendiendo las ramas de los árboles, depositando lluvias de hojarascas por los suelos del pasillo humedecido.

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En los montes, fuertes avalanchas de pedregones sacudían la sofocante densidad de la noche invocada de repente. El anciano abría y cerraba sus ojos impregnado de claras siluetas lluviosas. A veces sentía que era de embrujo aquel lugar palpitante. – ¿Llevas mucho tiempo esperándome? – Lo suficiente. Dijo desdibujando una mueca. Me refregué los ojos, tratando de alejar mi somnolencia – ¿Quién eres? ¿Eres un mago? – Soy tu reflejo que te llevará de viaje por el mundo… Me quedé atónito. “¿De dónde diablos había emergido este ser? ¿Acaso de mi interior colapsado por el cansancio?” Pensaba. A través del vacío gris refulgente de su mirada me fulminaba. Su rostro estaba descompuesto por el transcurso de los años en que me esperaba, sus cabellos pelambrados por el tiempo, sus manos y sus piernas temblaban sacudidas frágilmente por las brisas. “¿Así me veré en algunos años?” Me pregunté para mis adentros. ¡Estaba frente a mi propia imagen envejecida! ¿Cómo me podría conducir este espectro por el mundo en su estado senil? Argüí que estaba delirando, acaso por mi extenuación.

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Pero el anciano ¡era tan real! Ahora se levantaba de la silla y se plantaba ante mí, oliente a hierbas silvestres. Me alargó su mano y yo toqué sus dedos furtivos, lleno de asombro y de espanto. Retuve mis alientos, las palabras, sentía que mi corazón iba a estallar de soledumbre y de pánico. Traté de controlar mis emociones. ¡Cuánto tiempo soliloquios!

en

verdad

perdido,

transcurrido

entre

– No entiendo, por qué estás así, tan abandonado… -Le dije, aún somnoliento. – Es la espera de vivir errante por el mundo, ese es nuestro destino, el destino de todos los mortales -concluyó el enigmático anciano envuelto en un misterioso hálito. – ¡No, no puede ser! -Me rehusé, atolondrado-. – Entonces, ¿envejeceré y seré igual que tú dentro de algunos años? – Por supuesto. Es la ley de la vida. Tú has tentado la suerte muchas veces, es justo que pagues tu osadía. Verás en mí lo que serás… en el futuro… Permanecí mirando perdido hacia la inmensidad de las montañas. Presto el anciano se aferró de mi mano y andamos juntos desde entonces por todos los continentes y países del mundo, como los amigos que no logran escapar de su presencia embrujante. Luego desperté en la vera del camino, creí que había salido de viaje con algún extraño.

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La luz que se adivina Francisco Bautista Gutiérrez El cielo es acariciado por las estrellas, que como linternas flotando en la noche, me alumbran cuando abandono mi refugio, entre los vehículos que se encuentran en el muelle, esperando el turno de embarque. Llevo aguardando varios días resignado ante el terror de no poder salir de aquí y ahora me lanzo a la desesperada a la puerta abierta, ante la posibilidad que se me presenta aunque tenga que dejar parte del futuro en manos de la suerte. Ante el sonido de unas pisadas me arrojo al suelo para ver como el conductor de un autobús baja del mismo y perezoso camina hacia las luces que no muy lejanas indican la presencia de un bar, lugar en el que se encuentran policías y aduaneros resguardados del viento helado que se clava en la piel. Observo el vehículo, espacioso con las cuatro letras escritas en cada uno de sus lados y una calidez de las luces que invita a entrar en el mismo y dejar que el sueño me venza. Pero no puedo, me sujeto a Dios, encomiendo mis pensamientos a Alá y me someto a su voluntad cuando decido rodar bajo el autobús, me entrego a sus deseos y le pido ayuda y fe en la empresa que voy a cometer, pierdo mi identidad para fundirme con el vehículo, con la cruceta que tiene en la parte baja y en la que me sujeto amarrando mis pies y una de mis manos con unas finas cuerdas dejando libre la otra para poder asirme con fuerza y esperar el momento de partir, de salir de aquél lugar y abandonar la tierra que me ha visto nacer, con el dolor pegado a mi pecho cuando temo que no vaya a regresar, aunque la idea de partir sea irrevocable y tomada en solitario, sabiendo que no tengo otra posibilidad de elección.

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Y apelo a mi historia, a mis recuerdos, a mi niñez cuando sin poder elegir, me vi sumergido en una escuela coránica, sin poder ver a mis padres mas que un par de veces al año, recitando durante todo el día el libro sagrado que contiene la palabra de Dios revelada a Mahoma mientras me balanceaba para que su voz llegase a lo mas profundo de mi ser, con la sensación de estar borrándose mis recuerdos cuando el mulá nos obligaba a apretar los dedos sobre la frente. El tiempo transcurre lentamente, no puedo mirar el reloj por el temor a moverme y reflejarse la sombra de mi cuerpo con el peligro de ser descubierto y terminar en la cárcel que conozco. Aprendí a respetar las reglas de la sociedad, traté de vivir en la jaima en la que nací sin mas compañía que la de mi padre y unas cabras que pastaban en los alrededores, cuidé de ellas y también de mi padre, respeté sus decisiones y soporté un tiempo pensando que el deber es una exigencia fundamental de la fe, creyendo que los vínculos familiares no deberían romperse, traté de olvidar los insultos y las palabras gritando mi inutilidad, mostrándome un desprecio que le llevó a golpearme sin contemplaciones mientras dormía hasta quedar destrozado en la arena. Como pude me levanté y caminé arrastrando mis doloridos huesos alejándome del hombre que se acercó de nuevo a mí para golpearme solo que no lo consentí y sujetando la vara con la que iba a darme le empujé haciéndole caer al suelo. Tomando el Islam como ejemplo, el hombre que me juzgó vio como debía ser yo en la sociedad, se aferró a las tradiciones y no quiso escuchar mis palabras con lo que me envío a la cárcel en la que me encontré en medio de unos seres que me acogieron y ayudaron, personas que dentro de su miseria me enseñaron la diferencia que existe entre el Islam como religión y el Islam como política, entre el ser humano como ser y el hombre como alimaña.

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El conductor sale del bar acompañado de dos policías y se acerca al autobús por lo que el corazón comienza a latirme con fuerza, ante el temor de haber sido descubierto suelto las cuerdas que sujetan mis piernas y las manos agarrotadas no me dejan hacerlo por lo que me mantengo quieto cuando ya están pegados al vehículo, solo que no miran bajo él, ríen y hablan con el conductor que les entrega algo aunque no pueda ver lo que es, presumiblemente la lista de pasajeros que mas tarde felices y alegres embarcarían. En la cárcel aprendí que nada cambia, entre presos analfabetos y presos con inteligencia superior a la normal aprendí que hay que vivir del tiempo y no para el tiempo, que tenemos que adaptarnos y no dejarnos llevar por la incertidumbre de la duda, aprendí que todo tiene un principio y un fin y que lo importante es sobrevivir, aunque sea con un mendrugo de pan, un puñado de dátiles y el vaso de agua que nos daban como único alimento a lo largo del día. Solo queda el horror contra el silencio que me oprime, el miedo ante el futuro que se aproxima en forma de portalón de un barco que recibe al autobús una vez han embarcado en el mismo el medio centenar de turistas ansiosos de volver a sus casas para presumir de lo que han vivido en la tierra de los infieles. Tengo que mantenerme despierto y apelo a la fe que he perdido, a superar esa indecisión que me acompaña a veces acobardándome, incapaz de dejarme vivir y busco las respuestas en el nombre de Dios tratando de no cuestionar mis actuaciones, no porque sea un pecado a sus ojos sino porque aquello que estoy haciendo lo hago por un impulso y los impulsos son reflejos que no pueden ponerse en duda bajo ningún concepto. El trayecto en el barco me ha mantenido mas relajado aunque no lo suficiente como para poder ser descubierto por los conductores que no se separan de los vehículos cuidando

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el material que los pasajeros han dejado mientras ellos suben a cubierta para ver como se alejan de una costa para aproximarse a otra. Cuando abandoné la cárcel, lo hice con la recomendación de que volviese al hogar de mi padre, solo que no obedecí, caminé vagando por el desierto, lo hice de noche y ocultándome a lo largo del día para evitar el calor y no ser visto por los escasos seres que pueblan la libertad mezclados entre la arena de las dunas, seres fantásticos, defensores de su verdad, de la única que conocen. Me alimenté de hierba que había visto comer a las cabras y bebí del jugo que almacenaban los cactus protegiéndome del sol con la túnica que sujetaba con palos. Me hice un hombre con la facultad de poder matar, humillado por una sociedad que no me comprendía pero alejando de mi todo aquello que me producía dolor, luchando contra mi alma para evitar la rutina que me iba a devorar. Sé que nos estamos aproximando a la costa porque escucho acercarse a los viajeros al autobús y también porque el barco acaba deteniéndose hasta terminar pegado al muelle y abriendo sus compuertas por la que salimos mezclados entre coches y camiones. Y vuelvo a tener miedo, un temor insostenible a que me detengan, puedo utilizar mis manos para trabajar en cualquier cosa o para coger un arma y defenderme, puedo hacerme creer que soy un profeta o un asesino, pero no podría soportar el fracaso, el tener que admitir que la lucha que mantengo y he mantenido conmigo no valga para nada, el volver a la cárcel en forma de derrotado. Los pasos se aproximan, zapatos impecables, piernas con uniformes verdes, perros que huelen los portamaletas de los vehículos gritos y voces alegres de los pasajeros y el sudor que resbala por mi cuerpo goteando en el suelo.

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Cuando arranca de nuevo, me sujeto con mas fuerza para sentir su presencia en mi sangre y cuando abandonamos el muelle y solo tengo debajo de mĂ­ la carretera que pasa veloz, me encuentro sonriendo, gritando ante la vida, ante la libertad que se abre, ante la esperanza.

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La Madrugada de los asesinos (Masacre en el Salado) Fran Nore

BOLETIN DE PRENSA. EL TIEMPO. En El Salado, departamento de Bolívar, en Colombia, el poder paramilitar reina sobre los montes de María, cerca del Carmen del Bolívar, Bajo Magdalena, costa Atlántica, secuestro y droga. En 1997, las AUC, se tomaron la población. A las cinco de la mañana de un día trágico, los paramilitares reunieron a los pobladores en el parque, amenazándolos y matándolos sin clemencia a los ojos de todos. No hubo resistencia civil. Los paramilitares se fueron y volvieron el 16 de diciembre de 2000, antes había caído sobre la población una lluvia de panfletos amenazantes, donde se decía que se fueran ese diciembre del pueblo o los mataban. En la cancha de microfútbol del pueblo se extendieron 200 metros de cadáveres. Los sobrevivientes se escondieron en el monte, se desplazaron 5.000 personas, 1.200 familias en un viaje sin retorno por la geografía colombiana. Lo único que queda de esta cruenta historia es un Monumento a las victimas caídas. LA HISTORIA. El Salado es un pueblito del departamento de Bolívar, la majestuosidad de la naturaleza baña el horizonte que cae sobre los montes de María, cerca del Carmen del Bolívar, por el bajo Magdalena. En la costa Atlántica las lanchas son cargadas con droga, los hombres se afanan en traficar mientras las mujeres se quedan en casa temblando de miedo, temiendo que las patrullas detengan y apresen a sus hombres traficando. El secuestro también es una fuente económica. En 1997, las AUC, Autodefensas Unidas de Colombia, entraron al pueblito del Salado, a eso de las cinco de la

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mañana y sembraron el terror y la muerte, convirtiendo este episodio en uno de los más violentos registrados en la historia de Colombia. Oswaldo Torres escuchó las pisadas desbocadas que bajaban por las trochas de las montañas formando un orquestal de tropa violenta, y sintió un malestar de muerte. De pronto se encontró reunido en el parque con otros atemorizados pueblerinos. Una voz amenazante le había intimidado y lo había empujado a salir de casa con la amenaza de matarlo en la misma cama, cuando se sacudió su ensueño vio que la puerta de madera había sido violentada y que ya habían sacado a empujones del interior de la casa a su hija Doris. Entonces supo que las consecuencias de aquel día funesto se cernirían sobre él y su familia, y sobretodo en el pueblo, por el resto de su vida. Un nudo de miedo impidió sus palabras, estaba tan consternado de igual forma como sus vecinos allí apretujados de frío a las primeras horas de la mañana en la plaza pública. Un hombre rudo encapuchado los sentenciaba a morir si no abandonaban sus casas y el pueblo. Alguien que se rehusó, los increpó valientemente, pero entonces se convirtió en la primera victima, una lluvia de balas silenció su protesta. El terror se apoderó de los pobladores del Salado, las mujeres abrazaban a sus hijos que lloraban, los hombres amedrentados se miraban confundidos, sin saber qué hacer, indefensos y desarmados, mientras los paramilitares disfrutaban de aquella escena de sangre desparramada en la plaza pública. Luego empezó la serie de asesinatos de aquella jauría infernal. El sol del amanecer aún no salía entre la niebla de las serranías a disipar los sentimientos encontrados de aquella turbamulta sentenciada. Se discutieron los argumentos, pero no había una solución lógica y pacifica sobre el asunto. Ninguno de los invasores armados entró en razón. La razón sólo quería sufrimiento y dolor. Previó lo inevitable. Cuando a Doris Torres empezaron a maltratarla, y ella gritaba compasión para su pueblo, escuchó atronadoramente el disparo que cegó su vida. Un grito atónito desgarró su garganta. El cuerpo de su hija yacía a los

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pies de su victimario. Fue contenido por una serie de golpes y patadas que destrozaban su cuerpo. Un compadre suyo lo aisló y lo protegió mientras Oswaldo Torres impotente se sumía en un charco de lágrimas. Las familias desesperadas y en pánico, vieron morir frente a sus ojos a sus seres queridos a manos de los “paracos”. Arroyos de sangre se formaron alrededor de sus semejantes ajusticiados que clamaban una inexistente justicia. Los clamores eran cada vez más alarmantes mientras los asesinos los silenciaban. Cuando salieron los primeros rayos del sol, los paramilitares comenzaron a marchar para alejarse del pueblo mientras dejaban la estela de asesinatos pesando sobre las cabezas aturdidas de todos, amenazando entre arengas y consignas que volverían. La gente del Salado salió del trance de terror y muerte por unos breves instantes. Pero la calma de aquella madrugada sobre el pueblo ya había sido enturbiada. Los corazones de los sobrevivientes estaban contraídos de dolor, amargura y tristeza. Una pronta tranquilidad sobre los que estaban vivos refrescó los ánimos entremezclados en fuertes impresiones. Oswaldo Torres, recogió llorando, el cadáver de su hija bañado en sangre. Nunca un amanecer fue tan escalofriante en la historia de la violencia de Colombia.

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Enterraron a sus seres queridos. Todo el pueblo estaba de luto. Toda Colombia supo de la masacre. Pero el gobierno no hizo nada. No desplegó fuerzas, sólo dio los pésames en comunicados oficiales de prensa. El pueblo del Salado, en los años siguientes, ofreció resistencia civil contra estos grupos armados ilegales. Y aunque los paramilitares se fueron, sobre las calles del pueblo llovían los panfletos amenazantes. En el mes de diciembre, los panfletos se multiplicaron y atemorizaron aún más la indefensa población. Esos panfletos decían: “¡Váyanse del pueblo este diciembre o los matamos!” Aunque todos tenían sus reservas de temor, nunca creyeron que por ser diciembre, mes de las festividades familiares, esos malhechores cumplirían sus amenazas. Y sí que las cumplieron cuando volvieron el 16 de diciembre del año 2000. Para el 18 de diciembre de 2000, 450 paramilitares de las autodefensas de Urabá invadieron el pueblo del Salado, cuyos moradores se negaban a salir de la localidad rural y de sus terrenos aledaños. Para el 16, 21 y 22 de febrero del 2.000, inclementes y sanguinarios asesinaron frente a las aterradas familias campesinas a 37 personas y otras más que nunca fueron registradas en la lista de asesinados. Se supone que fueron más de 60 personas y se hace un conteo de 1.200 victimas. En la cancha de microfútbol del pueblo dejaron tirados 200 cadáveres. La muerte y la intransigencia hacia la vida y la tolerancia sembraron un escalofriante jardín de sangre sobre este pueblo desgraciado. Los sobrevivientes se escondieron en el monte, se desplazaron 5.000 personas y 1.200 familias Luego para recordar estas fechas sangrientas, existe un Monumento a las victimas inocentes de esta confrontación

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absurda en la historia de la crueldad y de la impunidad: un Monumento del genocidio, cerca de la cancha y a la iglesia del pueblo del Salado. Esta historia campesina es memorable por su crueldad y está registrada en la historia contemporánea de Colombia. Notas Aclaratorias Se tiene información de que la victima se llamaba Edison Oswaldo Torres y que tenía no una hija, si no un hijo. Desde el 23 de marzo de 1997 (primera masacre), y entre el 16 y 21 de febrero del 2000 (segunda masacre), se gestaba desde ya la masacre de El Salado, Ovejas y La Sierra, departamentos de Bolívar y Sucre, ese año en el gobierno de Pastrana se definía el proceso de paz con las FARC; operaba en la zona el frente 37 de las FARC y el bloque Norte de las AUC. La masacre cobró la vida de más de 60 personas, entre niños, mujeres y ancianos. El hecho llevó a más de 4.000 o 5.000 (estimada la población en 7.000) campesinos a desplazarse de la zona hacia Cartagena y sitios aledaños, muchos de ellos, no retornaron a sus tierras. Para la época, los medios difundieron muchas versiones distintas dadas por los paramilitares y la Fuerza Pública que informaban sobre un combate con la guerrilla. Una entrevista a Carlos Castaño terminó por imponer su versión e invisibilizar las masacres. Pero se cree que los autores intelectuales de las masacres fueron Salvatore Mancuso y Rodrigo Tovar Puppo “Alias Jorge 40”. De 150 personas mataron 60 ó 61, según otras versiones del conteo de las víctimas, a las cuales les leían La Biblia mientras los iban matando. Siendo un pueblo próspero, hoy en día El Salado es el pueblo más pobre de Colombia y, todavía es un pueblo fantasma que ha sido re habitado por 506 familias carentes de apoyo estatal. Para el 14 de julio de 2005, 594 hombres del frente Héroes de los Montes de María de las AUC se desmovilizaron.

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Visitando Myanmar Norberto Brom Datos informativos Hasta 1988, el nombre del país: Birmania, por resolución de la Junta Militar gobernante fue cambiado a: Myanmar. País del sur este asiático. Limita con China, Tailandia, Laos, India y Bangaladesh; además con el mar de Andamán y el Golfo de Bengala. Población aproximada, 60 millones. Desde 1962 el país bajo dictadura de una junta militar. En 1990, a causa de presiones tanto internas como externas, se efectuaron elecciones. Los resultados no beneficiosos, para la Junta, ocasionaron su anulación, por parte de ella, y el arresto de los dirigentes del partido político ganador de las elecciones; entre ellos la galardonada con el Premio Nobel de la Paz: Aung San SuuKyi, quien permaneció encerrada en carácter de arresto domiciliario, desde entonces. Esta semana (noviembre 2010) fue declarada oficialmente su libertad. A principios de este mes, después de 20 años, fueron convocadas elecciones. Por supuesto que el partido allegado a la tiránica Junta, logró la mayoría de los votos. Miles de engañados habitantes salieron a las calles, protestando por el ilícito fraude. También muchos países manifestaron su enojo ante la injustas y fraudulentas elecciones. La historia de este país se remonta a principios del siglo 3 AC. En la época moderna fue dominado hasta 1886 por el mandato británico. Durante la 2da. Guerra Mundial, fue invadido por Japón; pero recuperado por los británicos en el 1941. En 1948, el Reino Unido, se vio obligado, a causa de presiones internas, otorgar la Independencia. °°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°

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Teniendo en cuenta lo leído sobre esté peculiar país, supuse encontrar al llegar, un recibimiento correcto, frío y nada simpático. Pues nada de ello, exactamente lo contrario. Ya al descender del avión, procedente de Tailandia, nos llevamos la sorpresa agradable. Todo el personal del aeropuerto, amable, con una sonrisa y atención destacable. Los agentes de seguridad, con uniformes blancos, inmaculados, parecieran recién salidos de la tintorería. Ni un soldado por ningún rincón. Rarísimo, ¿no?, (no olvidar que una tiranía militar gobierna el país). El aeropuerto muy amplio, de una limpieza llamativa, situado en la ciudad principal del país, Rangún. Durante el viaje hacia el hotel, quise captar, un poco, el estado de las carreteras, el estilo de las casas y edificios; no supe que mirar primero, las ansias sobrepasaron mi posibilidad de asimilar. Haber llegado a un país que hasta no muchos años atrás estaba cerrado al mundo, hoy abierto y dispuesto a permitir visitas, paseos, sin ninguna clase de obstáculos, me asombraba sobre manera. No existe problemas para fotografiar, salvo soldados, edificios gubernamentales y puentes. Con seguridad podré abstenerme de ello, pensé. La carretera al aeropuerto como corresponde, seis manos, en perfectas condiciones, semáforos, carteles indicadores, todo como en la mayoría de las grandes ciudades. Un solo detalle, se maneja del lado derecho (recuerdo de los ingleses) Unas palabras sobre el hotel (elegido como de costumbre por mi media naranja); construido por los ingleses, utilizado como Club Exclusivo para miembros; después que ellos abandonaron el país, fue convertido en hospital; con el correr de los años, transformado y adaptado para funcionar como hotel.

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Situado en un inmenso predio de considerable extensión, con bellísimos parques a su alrededor, y a la costa de un hermoso lago de aguas verdosas y mansas. Todo el hotel lógicamente al estilo ingles, conservador, aristocrático, señorial. Pasearse por sus salas y distintos rincones, es un deleite, a semejanza de esos palacetes en la campiña inglesa. El personal amabilísimo, siempre con una sonrisa, dispuesto a brindar lo máximo para el confort del huésped. Varios restaurantes, de distintas cocinas, piletas de natación, spa, en fin, ¿que más se podría pedir? La vista al lago, desde nuestra habitación, era para quedarse sin aliento. Sentarse en las reposeras del balcón, un vaso de cerveza (local, muy buena), y mirar el movimiento de las aguas, obliga a la imaginación realizar horas extras. Anduvimos visitando el centro de la ciudad. Impactante. Impresiona la cantidad de comercios. El surtido y la cantidad de mercadería es fabuloso. Algo que llamó nuestra atención: el número de joyerías. Nunca he visto tanto oro junto, algo que no es comprensible, al estar considerado, este país, como uno de los más pobres del mundo. Al igual que en la mayoría de los países, de esta zona del mundo, los puestos de comida abundan, en especial los ambulantes, a los costados de las aceras, que reducen el espacio necesario para los transeúntes. Es posible encontrar allí, un sin fin de comidas, en general picantes; por lo general son cocinadas en el propio puesto, al momento de pedirlas; no preguntar qué es esto o aquello, pues en su mayoría, los puesteros no dominan idioma extranjero alguno. Olores distintos, colores llamativos, especias raras, gustos extraños a nuestro occidental paladar. Muchas verduras, hortalizas, yuyos, frutas exóticas, pescados, moluscos; todo a media cocción o saltado, por lo general frito al aceite profundo. Probar, si es rico, adelante, si no, pues no, a otra cosa. Los precios casi irrisorios, de aquellas comidas, permiten decidir sobre la compra en el momento de probarla.

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Segunda parte De acuerdo a información acumulada, durante la preparación del viaje, fuimos a visitar al lugar mas sagrado para los creyentes: Schwedagon Pagoda. Pues bien, se trata de un extenso lugar en el cual están diseminados decenas de pequeños altares en los cuales distintos budas, de diferentes tamaños, colores y posiciones, todos adornados y decorados de acuerdo a la usanza y costumbre de aquella religión, el Budismo. En el centro implantada la stupa de mayor dimensión del mundo, algo ¡IMPRESIONANTE! ; un pequeño detalle para tener en cuenta, esta cubierta con capas de oro, en total 30 toneladas, a las que se agregaron decenas de piedras preciosas como guirnaldas alrededor de su circunferencia. En una palabra: Sin Palabras. Miles de personas, locales, del país entero, turistas, un espectáculo sin igual. No recuerdo haber sido impactado por tal magnitud, tanto edilicia, como de fe, devoción, respeto, una prueba de sentimientos para el que allí llega por primera vez. A medida que caía la tarde, la iluminación artificial ocupó el puesto del sol. La impresión de las luces de colores, las ínfimas llamaradas del millón de velas encendidas, el impregnante olor a incienso, hace de aquello un grandioso espectáculo, que difícil creo volver a experimentar. Como es de suponer, fue necesario visitar algunos restaurantes. A cual mejor, no sería posible determinar un primer puesto. Algunos al estilo francés, cocina y decorados, otros a la usanza inglesa, en fin una delicia, tanto culinaria, como de presentación y atención. Los principales platos, como es de imaginar, frutos del mar(Ahhhhhh….) Nuestros pasos nos llevaron hasta el famoso restauranteespectáculo, en una de las orillas del lago, diseñado en forma de un gigantesco pato. Un sistema de bufete libre, permite

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elegir y saborear entre las infinitas fuentes; para todos los gustos y exigencias, ensaladas, carnes, pescados, cada cual con su cartelito con el nombre de la comida expuesta. El espectáculo consistía en una serie de bailes, y cantos sobre las distintos pueblos étnicos que forman este país. Una excelente presentación de escena, música y colorido que nos acompaño en tal singular velada. Contratamos un taxi, y luego de conversar con el atento chofer, para explicarle nuestro deseo de recorrer un poco los alrededores, partimos una mañana tempranito. A los pocos kilómetros, comenzamos a reconocer algo distinto de lo conocido en la ciudad. Visitamos algunas aldeas, en las cuales se vislumbra la pobreza, la falta de los elementos indispensables, la falta de carreteras aceptables, pocas casas, en su mayoría diminutas construcciones, que muestran la verdadera cara de este país. En su mayoría, sus habitantes se dedican a la agricultura, el arroz en especial. Recorrimos un mercado fijo, en un pueblo de las cercanías. Nos asombramos por la cantidad de comercios y la abundante mercadería allí expuesta. Pero, eso si, el agua corriente brilla por su ausencia, unos pequeños carros cisterna, apostados en las entradas del mercado, lo atestiguaron. La gente amabilísima; nos resultó muy difícil comunicarnos, pues al no ser, este lugar, paso de visita de los extranjeros, no hay allí quien conozca idioma extranjero. No obstante el problemita del idioma, todos dispuestos a entendernos, pues están allí para vender, y un poco con las manos, con gestos, unas sonrisas, nos arreglamos. De vuelta a Rangún. Aprovechamos para conocer varios de los parques que abundan en la ciudad. En todos lados, se exige el pago para la entrada, solo a los extranjeros por supuesto; inclusive para atravesar un puente de madera, peatonal, de una orilla a otra del lago, abonamos 2 dólares per ca2018 Moleskin El correo del zar y otros 54 relatos y microrrelatos de viajepita.

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Los hoteles, en lo general, de alta categoría. Casi no existe la manutención, por medio de la municipalidad, de calles, edificios, plazas, veredas, calles, etc. En su mayoría los edificios y casas, viejas, deterioradas, gastadas. Existen problemas con la electricidad, los cortes son cosa de varias veces al día, lo mismo con la red telefónica. Eso si, algo de envidiar, la delincuencia no existe.(es de suponer que nadie se anima a probar la reacción de la Junta) Mucha juventud, muchos en radio y televisión, por como importada. Es de religioso, la concurrencia todas las horas del día.

chicos. La música que se escucha, lo general moderna, tanto nacional destacar que es un pueblo muy a las pagodas es apreciable durante

Si desearía sintetizar nuestro viaje, diría que es necesario un cambio fundamental y radical de gobierno. Es notable el régimen autoritario reinante, nadie se atreve siquiera emitir palabra alguna sobre el gobierno. No se invierte lo más mínimo en la población, ni en educación, ni en viviendas y ni que hablar de salud pública. La libertad es imprescindible para la rehabilitación de este pobre país, su pueblo la necesita y merece.

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MICRORRELATOS DE VIAJE Sidney Diego Miguel Alba El jet lag me mata. Es como vivir en un mundo gelatinoso de deja vú permanente. Salgo a tomar aire al populoso centro de Chatswood y en plena Victoria Street me fundo con la multitud. Camino entre gente apurada con sus compras y me llama la atención un payaso callejero de expresión angustiada. No parece estar actuando. Lleva de la mano a una niña vestida con un suéter azul y negro. Caminan en contra del gentío en mi dirección. No puedo dejar de mirarlos. La niña no para de balbucir. Cuando llegan a mi lado el payaso me interpela con desesperación: —¿Conoce a P. Sherman de la calle Wallaby número 42? Niego enérgicamente y salgo disparado a encerrarme en mi cuarto del hotel. Ortiga.

Habitación compartida Esperanza Tirado Jiménez Siempre que se va de viaje pide habitación para dos, por si un día él aparece. Cree que el destino no está señalado ni en los mapas ni en los libros de rutas temáticas. Y es que hay rumbos cambiantes; tantos, como medidas de colchones.

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Cosquín Cris Aizpeolea Estar en Cosquín y no pasar por la Confitería Europea es como no haber venido. Si las ciudades se definen por sus lugares de encuentro, ahí se cocina una buena porción de la identidad coscoína… la más deliciosa. “Con 105 años de historia, es una satisfacción verlo siempre con gente”, dice Jorge Castro, tercera generación detrás del mostrador, donde también están su hija y su nieto. En las mesas que alguna vez ocuparon Mercedes Sosa y César Isella, Charly García o Calamaro, ahora hay realizadores, actores, montajistas, críticos, productores, estudiantes y amantes del cine. El Festival Internacional de Cine Independiente está a full, y entre película y película, todos recalan ahí. Mi favorita, la rosca con pasta de almendras con un té de manzanilla. 60 pesitos. Nada.

La pareja de enamorados Oscar Seidel

La pareja de enamorados se iba a separar para siempre, ella viajaba a estudiar al exterior. El novio, enloquecido arrancó las manecillas de todos los relojes del puerto para vivir de manera eterna la despedida. Hoy los habitantes sufren una rutina perenne, nada sucede, todo es igual: el tiempo se detuvo.

El Viaje del Adolescente Gran Pumuki No sé por dónde viaja su mente porque delante hay un muro.

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No sé bien que quiere porque nadie lo sabe, ni siquiera él. No le gusta lo que tiene porque siempre hay algo mejor que no tiene. Que mala suerte la suya y que buena la de los otros. Llevo viajando con él desde que nació, diecisiete años de viaje por la vida y un número aún mayor de países por Europa, por África, por América y por Asia. A veces dudo si el camino ha sido el correcto, pero creo que hubiera dado igual el elegido, la adolescencia era su destino y aunque sé que pasará, aquí está. Tengo grandes esperanzas puestas en él porque hace un tiempo empezó a quejarse como tantas veces, de nada en concreto y de todo, pero de repente hizo una pausa y dijo… “pero bueno, yo a cambio conozco muchos sitios” y sonrió.

Canarias-Madrid 1973 Miguel Feria Rodríguez

“Si utilizas veladuras, ganarás la luz” -había dicho el profesor. Su destreza destripando cuerpos en la pizarra, hacía que no diéramos abasto con el lápiz y la goma, con los colores y el papel. ”Da igual”- suspiré resignado observando mis raquíticos diseños al final de la clase. El Instituto de Educación Física de Madrid, reunía a los mejores profesores, y yo, afanado con estar a la altura del resto, sudaba. Al entrar en la papelería de la Gran Vía, sólo pensaba en aquella clase de Anatomía y en lo escaso de mi material de dibujo. Me dirigí al mostrador y le pedí al encargado unos creyones, éste me miró con cara de estupor y entonces le señalé una cajita bajo el cristal. ”dirá usted unos lápices de colores…” me corrigió algo contrariado. “Ah..- añadí, pensando en mi tarea – “también me da un afilador”. ” Dirá usted un sacapuntas”- me corrigió. Recuerdo salir sudoroso, camino de la parada del 46 hacia la Ciudad Universitaria, al tiempo que pensaba: ”La Anatomía no va a ser mi único problema aquí “.

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Visitar la ciudad boliviana de Sucre Cris Aizpeolea Visitar la ciudad boliviana de Sucre es redescubrir a Juana Azurduy. En una época en que las mujeres vivían hasta los 35, ella murió a los 82 años. Y no será porque haya tenido una vida tranquila. El feminismo ya tenía sus espadas. Con su marido Juan Asencio Padilla se sumaron a la lucha libertaria. Ella usaba el sable con actitud. A Padilla lo mataron y colgaron su cabeza en una plaza cuando Juana esperaba su quinto hijo y había enterrado a los otros cuatro. Lloró mucho, pero se cruzó a Salta para colaborar en el ejército de Güemes. Murió pobre en 1860 y la enterraron en una fosa común. Más de 100 años después, sus restos y los de su esposo se juntaron en la Casa de la Libertad, en Sucre. Lo único que logra el encierro es alimentar la libertad. A los 17 años, huérfana, rebelde, Juana había sido internada por su tía en el Convento de Santa Teresa, donde pasaba el día en una celda. Duró apenas ocho meses allí. El convento alberga hoy a 12 monjas de clausura (una tiene 15 años) y parte del edificio se habilitó como museo.

¿Me quieren tener contenta? Cris Aizpeolea

¿Me quieren tener contenta? Déjenme en un mercado con una botellita de agua y pasen por mí dentro de cuatro horas. Seguro que cuando vuelvan me habré entretenido con algo más y me tendrán que esperar diez minutos. En La Paz, Bolivia, hay varios sitios para perder la cabeza.

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Uno es la Calle de las Brujas donde las mesas están llenas de miniaturas de la cultura andina, hierbas, pócimas, amuletos, raíces, figuritas, flores. “La llama es un animal sagrado, señorita. Y se lo ofrecemos a la Madre Tierra, hay que enterrarlo para que proteja las casas”, dice la mujer cuando nos ve mirando con cierta desconfianza los fetos disecados que cuelgan a la entrada. Hay otros fetos de llama bien pequeños amontonados en una bandeja. Parecen pajaritos. Valen 40 bolivianos, poco más de 5 dólares. Animal sagrado, compañero fiel de las alturas, incansable para el transporte, estoico para la carga. La llama. Abrigo, alimento. Siglos de convivencia.

La soledad aterradora Oscar Seidel

Para soportar la soledad aterradora de aquel lugar, el agente viajero compró en la ciudad un transistor de pilas de dos bandas que le sirviera de compañía en las noches largas, azotadas por cigarras y cocuyos. La primera semana de su estadía en la selva, el transistor no agarró ninguna emisora. A los sesenta días que viajo a la ciudad, trajo un radio de cuatro bandas y tampoco funcionó. Igual aconteció al cuarto mes siguiente con un aparato más grande, y seis meses después pasó lo mismo con otro equipo que le regaló el abuelo, el cual en sus buenos tiempos captaba los discursos del caudillo. En el transcurso de los días observó a un loco con un gran radio, que llevaba encima de sus hombros, y pensó que esa era la solución para amainar el silencio. Le propuso compra, pero el demente no hizo caso. Indagó sobre aquel extraño personaje, y le respondieron que era el ultimo agente viajero en llegar antes de él.

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Esta mañana, en el escritorio del gerente depositaron la carta de renuncia enviada desde la selva.

En mi viaje a la Habana Oscar Seidel En mi viaje a la Habana, la tormenta tropical atrapó la aeronave. Moría de ganas por conocer la isla. Ahora, sentado en el bar La Bodeguita del Medio, escucho comentarios de un par de turistas extranjeros sobre el accidente aéreo sucedido esta mañana en el mar Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero. Asustado, salgo del lugar. Me asombro al pensar que mi alma voló más rápido que mi cuerpo.

Regalo de despedida Raquel Otheguy Juntos habíamos descubierto nuevas tierras, explorado costumbres ajenas y admirado paisajes desconocidos con un grupo de turistas que, como nosotros, andaban descubriendo el viejo mundo. Ocasionalmente nuestras miradas se cruzaban y el aire se llenaba de chispitas multicolores. Hablábamos cuando coincidíamos en asientos cercanos sin pasar nunca de las palabras gastadas y los datos manoseados de nombre, ocupación y lugar de procedencia, pero en nuestros silencios comenzaban a sonar las primeras notas de una apasionada sinfonía. Entonces el viaje terminó. Llegó la hora del adiós colectivo de besos y abrazos a los nuevos amigos que regresaban a casa mientras yo me quedaba a visitar familiares. Ya estaban todos acomodados en la guagua. Desde la acera movía mi mano en señal de despedida cuando, sin que apenas me diera cuenta, él se bajó del autobús, me dio un beso y se subió de nuevo al autobús llevándose mi corazón como regalo de despedida.

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Llevo muchos años buscándolo por todos los caminos y empiezo a preguntarme si de verdad existió o fue sólo una ilusión.

Y volvió luego de veinte años Azul Silvestre Y volvió luego de veinte años. Subió a la montaña más alta, a su lugar feliz, a ese cerro que adorna su hogar al otro lado del planeta. Y desde allí contempló la ciudad, inofensiva e inocua. Casi inocente. Casi bendita. Tal como se lo aconsejaron, antes de que cayera la noche emprendió el camino de vuelta. Y se dejó devorar por la violenta vorágine de Caracas, la de verdad.

Caricia Raquel Otheguy Su brazo trepándose por mis hombros cuando todavía yo me elevaba algunas pulgadas sobre su cabeza, en ese gesto de protección y confianza; en ese abrazo que amarraba mi vida a la suya, mientras yo a mi vez enredaba mi brazo con el de él, afianzando y apretando el nudo. Ese es el recuerdo que evoco cuando necesito sentirme protegida y oigo su vocecita prometerme que siempre me cuidaría. Desafortunadamente el siempre de los niños no siempre dura siempre y la distancia se encargó de desenredar nuestros brazos e intentar zafar el apretado nudo amarrado en la infancia, estirándolo por sobre el océano que separa mi islita pequeña de su ciudad grande. Pero él, viejo Mago de Palabras, fabrica con ellas puentes para correr a protegerme con palabras hechas caricias cada vez que necesito su abrazo

Se sienta en el bus Soy Sugar

Se sienta en el bus mientras arruga el comprobante de pago y lo guarda en el bolsillo. Saca los audífonos los conecta al móvil y a sus oídos, y pone a sonar un playlist. Acomoda la

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cartera sobre sus rodillas y mira rápidamente alrededor. Encuentra solo rostros desconocidos de compañeros de ruta, y desvía rápidamente la mirada. Nadie sonríe. Mira por la ventana a su izquierda, y en cuanto empiezan a moverse las ruedas, echa un vistazo al reloj: exactamente cinco para las ocho. Sonríe en silencio. Afuera llueve y apenas comienza a amanecer. Cerca alguien bosteza. Un par de mujeres con acento dominicano conversan. Nadie mira hacia afuera. Para todos este es solo un día más, parte de la rutina. Se aburren de mirar siempre lo mismo y prefieren viajar en las pantallas. Ella no se aburre. Hoy comienza la libertad que había tanto había soñado. Una lágrima se le descuelga del ojo derecho, y mientras el autobús enfila hacia la carretera saliendo de la ciudad, ella oculta su secreto en una servilleta de papel estrujada. Algunas veces los viajes más cortos son justamente los que nos llevan más lejos.

Valia Omar Martínez González —Mañana sí gano mi apuesta. —Con esa frase se despidió Valia por la noche. Al otro día comenzaría el descenso, que ya era el final de la excursión, y ella me prometió llegar primero que todos, pero no tuvo en cuenta que otros también lo habían apostado, y que estaban mejor preparados para conseguirlo. Salimos todavía oscuro, pero Valia podía ver, mirando hacia abajo, como algunos se alejaban por el estrecho y empinado sendero de la loma. Al mismo tiempo me miraba, casi convencida de que perdería su apuesta; pero ella no tuvo en cuenta el pedrusco que se atravesó en su camino y que la hizo llegar primero…, al hospital y dejar la apuesta sin ganador.

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Herencia de mi mamá Cris Aizpeolea Herencia de mi mamá, que tenía alma de navegante, siempre que hay un faro en el camino me hago el tiempo para visitarlo. Pensados para los capitanes de los barcos, estas moles vigilan lugares sublimes y regalan una sensación de pura libertad y aventura. Con el tiempo he logrado atesorar una interesante colección de faros, todos bellos. Pero creo que va camino al podio el Faro de Caldera, en Atacama, Chile. Fue construido con madera de Oregon hace 150 años, y está impecable. Hay que caminar un poco para llegar. Pero vale la pena. Mi paparazzi personal me agarró justo en acción. Si yo fuera el gerente de la compañía telefónica Claro, me contrataría para hacer la publicidad de su compañía con esa imagen en la que estoy chateando con mis amigas sentada en la punta de la roca. Sin Wifi y con mi paquete de datos de Argentina!.

Me olvidé la maleta en el bus Eduardo «Nikeayuiop» Antezana

@#$% me olvide la maleta en el bus —dije. Cálmate Eduardo solo hay que llamar a la empresa de buses y te la devuelven. Tras hacer la llamada Fernanda me dijo que debía ir a la estación central y recogerla allí. Esa estación está a 4 horas en tren @#$% —respondí. 10 horas después. Gracias José por acompañarme estoy realmente cansado y me muero de ganas de usar el baño —le dije a mi amigo.

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Yo también —contestó José. Nos bajamos del taxi y sin mirar atrás cada cual fue de inmediato a su habitación. ¿Eduardo y tu maleta? —preguntaron mis amigos durante la cena. José y yo nos vimos por un instante— Se quedó en el taxi — respondimos. Basada en una historia real

Destino Pekín Juan Manuel Martín Alcaid Cada primavera, unos viajeros alados, impertinentes y escandalosos, llegan de África a nuestro país: son los vencejos. Como no pueden posarse en el suelo por tener las patas cortas y las alas demasiado grandes, se introducen en plan ‘okupa’ en el tambucho de una de las ventanas de mi piso. Salvo los momentos en que desaparecen para buscar insectos, no cesan de chirriar cuando vuelven al nido que han construido. No me dejan dormir, y cuando me vence el cansancio tengo pesadillas. En una de ellas soñé que viajaba a China y que me llevaban en palanquín por las calles de Pekín. No era un paseo de placer; acababa de producirse el Levantamiento de los Bóxers (boxeadores) contra la presencia extranjera en junio de 1900. Los porteadores tenían prisa y corrían como desesperados; pero no conseguíamos alcanzar el Barrio de las Delegaciones para refugiarnos en alguna de las embajadas. Fue angustioso. Nos sitiaron durante dos meses. Sufrimos la falta de alimentos, de agua y de luz.

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¿De luz? Me desperté, sobresaltado. Se me había olvidado que acababa el plazo para pagar el recibo de la electricidad.

Sus padres la entregaron Oscar Seidel Sus padres la entregaron al jefe del aserradero, con el fin de salvarla de la peste de tuberculosis que diezmaba a la población infantil en la selva. Los árboles se agotaron, la empresa maderera trasladó sus equipos a otro lugar muy distante. Nadie supo cuándo ni a dónde viajaron con la niña. Hablaba lenguaje ininteligible, y solo se hacía entender con señas. Comenzó para la joven el tortuoso viaje de conocer un mundo raro y costumbres diferentes. De su memoria se borraron las imágenes de la familia y del sitio que la habían sacado. Nunca preguntó nada. El hogar adoptivo acabó porque murieron los padres, y cada hijo tomó su camino. Solitaria en la vida, se trasladó a otro pueblo, y amasó cierta fortuna vendiendo pescado en el mercado. El día que llegó la canoa a vender sus productos a la galería del puerto, desembarcó un anciano, la observó, y el corazón le dijo algo. De regreso, en la canoa, viajó alguien en búsqueda del tiempo perdido.

Al buque que viajaba Oscar Seidel

Al buque que viajaba hacia el Mediterráneo lo atrapa una fuerte mareta. El agua empieza a entrar por el casco averiado de la nave. El Capitán da la orden de desalojar. Todos cogen sus chalecos salvavidas y se embarcan en los botes auxiliares. Pregunta el Capitán al Suboficial si toda la tripulación y los pasajeros abandonaron la embarcación. El Suboficial corre presuroso a chequear si no hay nadie más en cubierta. Para su asombro, encuentra a un abogado. Regresa

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donde el Capitรกn, y le informa que el jurista no saltarรก al mar, hasta que la orden de desalojo no venga por escrito.

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