OPINIÓN +
Comprender el presente e imaginar el futuro Irene Ortiz Gala Investigadora postdoctoral. Profesora en el departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) Si creo en el valor de eso que englobamos en las facultades bajo el rótulo de Humanidades, es por un motivo bien sencillo: me ofrecen buenas herramientas para examinar mi mundo. En El porvenir de una ilusión, Freud decía que los seres humanos vivencian su presente con cierta ingenuidad, sin poder apreciar sus contenidos, porque no son capaces de atender y descifrar los signos del pasado que dan forma a su mundo. Esto, para Freud, representaba un grave problema no solo por las consecuencias inmediatas de falta de comprensión, sino, también, por la incapacidad de entrever el futuro –puesto que el presente, para ese futuro, será pasado–. El presente es visitado por el pasado y, a su vez, el pasado es retocado, tergiversado y, a veces, incluso inventado, por el presente. Es aquí, en este cruce entre el presente y el pasado en el que, me parece, las Humanidades nos pueden ayudar a orientarnos a comprender eso que Roberto Bolaño llamó «la más recóndita memoria de los hombres». Sin embargo, el estudio detallado de los puntos de encuentro entre el presente y el pasado no debe hacerse por un afán de erudición. Si nos comprometemos con eso que a veces se llama pensamiento crítico, signifique eso lo que signifique, es porque podremos entender mejor el mundo en el que vivimos y, quizá, con un poco de suerte, incluso aventurarnos a cambiarlo. Aunque se ha repetido hasta la saciedad, vale la pena recordar que etimológicamente la palabra crítica remite a la acción de discernir. Así, cuando hablamos de pensamiento crítico no debemos perder de vista esta función que nos exige discernir, descifrar y comprender aquella cuestión de la que nos ocupamos. Precisamente por eso, cuando queremos examinar un dispositivo jurídico, político o social en nuestro presente, debemos entender el recorrido genealógico de su formación. Se trata, en última instancia, de rastrear las huellas de aquellos que transitaron por los mismos caminos que hoy lo hacemos nosotros para, así, entender sobre qué cimientos se construyeron los edificios en los que habitamos. Una de las claves para ejercitar ese pensamiento crítico es, entonces, indagar la formación de los dispositivos que producen nuestras subjetividades. En este sentido, no hay dispositivos inocentes: la ciudadanía como herramienta jurídica o el género, entre tantos otros, son elementos que deben ser estudiados. Pensamiento crítico para otros futuros posibles Uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos cuando queremos examinar algunos dispositivos como los nombrados es el de su supuesta naturalidad. Precisamente por eso el estudio de su formación, analizar cómo 58 g Profesiones
se ha presentado ese mismo dispositivo a lo largo de la historia, resulta determinante. Solo si se comprende que estos dispositivos responden al triunfo de una serie de relatos, discursos e historias se podrá poner en duda esa condición natural que se nos presenta como necesaria. La cuestión, entonces, es dejar de tomar los dispositivos –como la ciudadanía o el género– como si fueron hechos naturales poco discutibles, acontecimientos naturales e inmutables que nos obligan a concluir que «así fueron siempre las cosas». Asistimos impertérritos a la institucionalización de la exclusión de diferentes formas de vida porque hemos naturalizado los mecanismos que permiten que esto suceda. No somos capaces de poner en duda la forma en la que estos dispositivos operan, es decir, la forma en la que estos dispositivos producen subjetividades que quedan atrapadas en complejas redes de jerarquía. En este sentido, eso que nombramos como pensamiento crítico, la capacidad de poner en tela de juicio y dudar de esos dispositivos que hasta ahora se nos han presentado como naturales, es un ejercicio determinante para poder imaginar otros futuros posibles.
El presente es visitado por el pasado y, a su vez, el pasado es retocado, tergiversado y, a veces, incluso inventado, por el presente Indagación arqueológica de los conceptos El estudio genealógico –pero también el arqueológico– de estos dispositivos nos puede ofrecer las claves para, una vez que hayamos sido capaces de deshacernos de esa supuesta naturalidad, plantear nuevos dispositivos –de forma de habitar, de género– que produzcan otros mundos vivibles. Cuando escribí El mito de la ciudadanía (Herder, 2024), confesé en la introducción que lo que me animaba a hacer ese ejercicio arqueológico en torno a la noción de ciudadanía era la posibilidad de que esas páginas animaran al lector a sospechar de cualquier discurso que tomara la ciudadanía jurídica como acontecimiento natural y, en última instancia, le exhortara a imaginar otras formas de relación con el Estado. Creo que si algo puede ofrecer el pensamiento crítico, y en sentido más amplio las Humanidades, es exactamente eso: el examen detallado de esos dispositivos que se nos han presentado como hechos naturales innegociables. Esta forma de dudar, dice el filósofo italiano Giorgio Agamben, se parece bastante al acto de jugar. Basta un vistazo rápido a un niño aburrido para ver que cualquier objeto que caiga en sus manos es susceptible de convertirse en otra cosa, de abandonar su función principal y pasar a ser, durante el tiempo que dure el juego, otra nº 208 g marzo-abril 2024