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FICCIONES

DIBUJITOS

LA PIERRE MENARD

LA MUJER DE MI OTRA VIDA / ASTUDILLO IMAGINA / LAS FLORES / LA BALLENA PITAGÓRICA / EL LIBRO DE MONTIEL / MUDANZA / SERPIENTES & ASTRASTRONAUTAS

EL CHISTECITO

LOS MUÑECOS EN EL

LINDA /PAISAJES

CULTURA / TALLERES

ESE / DÍNAMI : NEGRA

IMAGINARIOS /

M

E

M

E

S

SISTEMA DE LA LITERARIOS: ¿SE

PUEDE APRENDER

A ESCRIBIR?


Señor, dame la paciencia de aceptar las cosas que no puedo cambiar; valor para cambiar las cosas que puedo; y sabiduría para conocer la diferencia.

San Francisco de Asís

EQUIPO

Cualquiera duda, sugerencia, queja, etc, etc, etc: uimaginaria@gmail.com

Autoridad máxima: LA REDACCIÓN Colaboradores: Nico Linea Carla Morale Rosario Ayala Alejandro Baldi Sebastián Dhunpy Javier Raffa Antonio B. Mariner Rodrigo Espinel Carla Peterson Marcos Lizemberg César Flebótomo Diego Rodríguez Male Vertz Leandro Videla Miranda

Esta revista y su contenido están sujetas a la licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/ deed.es_ES.


Por: Alberto Laiseca, Louis Charles Alfred de Musset, Jaques Lacan, Marcel Proust, Pilar Aybar, Karl Marx, Sir Arthur Conan Doyle, Abelardo Castillo, Jean Baudrillard, Octavio Paz, Imannuel Kant, Julio Verne, Charles Baudelaire y Georges Braque.

Si un hombre se imagina una cosa, otro la tornará realidad. Porque lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja, es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. No confundas imaginar con combinar. La imaginación es una locura lúcida; la combinatoria sirve para elegir corbatas. Y lo que es peor: donde no hay imaginación, no hay horror. Aunque en todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: es la imaginación. Dejémosle las mujeres bonitas a los hombres sin imaginación. ¿Quién habló de la imaginación al poder? Nunca hubo imaginación en el poder. Si se recurre al talento, es que falta la imaginación. Todo el universo visible es un vivero de imágenes y símbolos a los que la imaginación da un puesto y un valor relativos. La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación. Y no se puede imaginar lo que no existe. Pero cuando la imaginación se desboca, es el arma de los muertos. La imaginación abre a veces unas alas grandes como el cielo en una cárcel grande como la mano. Es una tensión irresoluble. Que esa tensión, entonces, sea nuestra tierra. Hay que llenar de imaginación el mundo, porque lo real es la muerte. UNIDAD IMAGINARIA

edi to rial


Quién nos lee

Mi lector preferido nunca te contaría su viaje al interior. A Jujuy. Es un tipo ausente al punto de mantener su tren mental atravesando sueño y vigilia. Que nos lee solo por recomendación de un amigo querido. Porque lo quiere. Y seguro no nos va a recomendar (a su amigo lo desprecio). Las dos o tres metas que tiene alcanzar. Con todas sus taras, sería lindo que logre una. Y lo suyo no es sublimar, ni proyectar, no hay reencauce válido. Ahora lo veo fácil: ojalá esta revista le llegue a un obsesivo. En uno de los cuentos hay unas rosas guardadas en un bolsillo. Imagino al lector cerrando la revista para entregarse a la sonrisa que le libera pensar en los bolsillos. Es fácil imaginar lo que aparece en su mente mientras gira su silla y deja de apuntar al monitor. Aunque él no sabe nada de esto. Por no prestar atención llenó su vida de cosas menores. Pero no son cosas a las que se dedique, solo están apoyadas por ahí. Si mis prejuicios no me engañan, el pobrecito se va a olvidar de la revista después de pensar en los bolsillos. No sé cuántos otros ratitos de sonrisa le quedaban por encontrar en estas páginas. No lo sé porque no leí nada de la revista esta, sólo el cuento ese que digo.


UNIDAD IMAGINARIA


Javier Raffa Javier Raffa nació en Buenos Aires, el 9 de julio de 1978. Escritor, dramaturgo y docente. Se recibió de abogado en la Universidad de Morón, cursó estudios de postgrado en Investigación Historica en la Universidad de Tres de Febrero, y participó del taller literario coordinado por el escritor José María Brindisi. Escribió numerosos relatos y ensayos. En teatro fue co-autor y letrista de las obras musicales “2012. ¿Y si fueran tus últimos días?” y “Frida, entre lo absurdo y lo fugaz”.

Ilustración: Rosario Ayala

La mujer de mi otra vida

Juega ella: VIDAS

Cuando termina de poner la última letra me mira y sonríe. Creo que eso de tirar las “S” formando plurales es uno de los gestos que mejor grafica la mediocridad, o mejor dicho el facilismo. Jugamos demasiados partidos juntos, supongo que por eso es que cuando toma entre los dedos la última letra adivino en su cara un gesto de sadismo. Ella la apoya sin mirarme, y cuando lo hace traba la ficha un segundo contra su uña para que al soltarse golpee sobre el tablero y emita un sonido opaco. Cuando termina, ahí sí, es cuando levanta la vista, me mira y sonríe. Estamos sentados en el living de mi departamento, sobre el piso, y aunque es verano la noche está particularmente agradable. No es necesario prender el aire ni el ventilador, la persiana del ventanal que da al balcón esta abierta hasta arriba y, a pesar de que insistí y logré al menos cerrar las cortinas, el viento entra con bastante libertad. Ella toma aire como para decir algo, le pido silencio con un gesto e intento concentrarme, ahora es mi turno. Tengo dos buenas opciones y eso me pone bastante feliz. Saco cuentas, ambas me dan un puntaje bastante parecido. Ella está en silencio y las cortinas cerradas. No


Ella lee en voz alta y después se levanta para ir al baño por tercera vez desde que llegó. Lo hace con un movimiento inexplicablemente atlético para su estado. Desde el piso parece más alta de lo que en verdad es. Lleva puesto una pollera de jean y una remera blanca muy, muy ajustada. La luz amarillenta de la lámpara que desciende sobre mi mesa de living la baña de los hombros hacia abajo. Esta descalza, y aunque podría no hay nada de poesía en la situación. Ella sólo gira y camina hacia el baño. A su paso, sin mirarla, da vuelta una de las fotos que están en el armario, junto al televisor prendido sin volumen en un canal de música. No necesito verla para saber cuál es.

Me paro rápido y casi corro hasta mi mesa luz. Abro el cajón, saco un cigarrillo y vuelvo a guardar el paquete. Con el mismo paso acelerado con el que llegué al cuarto, salgo. Ella debe haber escuchado algo porque desde el baño me grita que no espíe sus fichas. Sin contestar, salgo al balcón y pongo el cigarrillo entre los labios. Busco mi encendedor. En el bolsillo derecho, no. Tanteo por afuera el izquierdo, adivino un fajo de billetes, algunas pocas monedas y algo más que pueden ser chicles pero no un encendedor. Aprieto con las palmas de las manos los bolsillos de mi camisa, con la derecha el izquierdo y con la izquierda el derecho, nada. Nada y escucho el sonido de la cadena. Apoyo los brazos contra la baranda de metal y con el cigarrillo apagado entre los labios miro la calle. Afuera aún hay mucho movimiento: un colectivo para sobre mi calle y bajan casi la misma cantidad de personas que suben, unas siete u ocho. Todas las que bajaron caminan hacia el sur, rumbo a la estación de trenes que está dos cuadras más abajo. Adentro, entre el silencio, se escucha el agua de la canilla del baño correr. La gente del colectivo se aleja y se va perdiendo entre el resto. Cuando escucho abrirse la puerta, dejo caer el cigarrillo apagado a la calle y entro. Vuelvo a cerrar bien las cortinas y cuando giro quedamos de frente, a unos poco metros. Ella al salir

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hubiera podido concentrarme con las cortinas abiertas: no soporto la sensación de saber que alguien me puede estar mirando. Cuando las cerré, ella dijo “No estamos haciendo nada malo”. “Si lo estuviéramos haciendo creo que no me molestaría dejarlas abiertas”, le contesté, y ambos reímos como antes. Ahora ella golpea sus uñas contra la mesa con un ritmo de western, la dejo hacerlo un buen rato y entonces golpea más fuerte. Cuando me aburro hago la jugada: SALVAVIDAS


debió haber prendido las luces porque ahora el comedor está inundado de luz y vulgaridad. “Salí a tomar aire”, le digo mientras me acomodo de vuelta frente al tablero. “Hay mucho viento, parece que va llover”. Ella agarra del sillón dos almohadones. De espaldas parece conservar el mismo cuerpo débil y casi sin curvas de siempre. Con los almohadones bajo el brazo camina otra vez hasta el armario, levanta el portarretrato y lo vuelve a poner en su lugar. Mientras se acomoda en la mesa me dice que soy el único de los tres que está igual. Y, aunque los dos sabemos que parece un chiste de humor negro, ninguno ríe ni dice nada. Ahora ella, por la cantidad de almohadones que acomodo uno sobre otro, está unos veinte centímetros más arriba y su panza toca el tablero. Aunque está de seis meses, esa panza parece a punto de explotar. La luz, la luz y la remera blanca muy, muy ajustada, hacen que se le marque el ombligo. “Deberías darnos la receta”, dice ella, que sigue hablando de la foto. Y aunque los dos sabemos que parece -cada vez más- un chiste de humor negro, ninguno dice nada. O mejor dicho yo no digo nada porque ella después de unos segundos sigue hablando: “Vos, un muerto y una madre soltera, sí que deberías darnos la receta”.

Desde que la conocí me llamó la atención su capacidad para sacarle dramatismo a la cosas. A los diecisiete, a los veinte, a los veintidós, en todos esos años, todos esos años que pasaron antes que dejara de estar enamorado de ella, esa faceta de su personalidad me hacía odiarla, pero hoy no puedo sino mirarla con algo de admiración. Admiración y nostalgia: supongo que siempre que vea a alguien actuar con ese desprejuicio me acordaré, no de ella, si no de ella y yo, de ella y yo pero antes. Juega ella: H O R SALVAVIDAS Juega ella y me dice “Hora, salvavidas”. Intento concentrarme en mi siguiente movida. Intento pero las ganas de fumar y su voz y las cortinas –que por el viento cada vez más fuerte se abren mostrando todo lo que pasa acá adentro– no me dejan. Y además de todo, la foto. La foto como una huella, como un souvenir, como un grito: estamos en la quinta de su familia, en Escobar. Debían ser las siete u ocho porque se nota que ya no hay mucho sol. Atrás nuestro se ve la pileta y más lejos cinco,


mientras yo miro la foto junto a ella y Emmanuel. Emmanuel era su hermano pero de alguna manera extraña estaba mucho más hermanado conmigo. Cuando lo conocí yo tenía diecisiete años y junto a ella solíamos llevarlo a la plaza, al cine o a los juegos del parque de diversiones. Yo había leído hacía poco El guardián entre el centeno y estaba obsesionado con ese libro, así que, como él era como mi hermano menor y además un gran deportista, yo lo llamaba “Pequeño Allie”: eso es algo que jamás me perdoné. Anoche, cuando ella me pidió venir, pensé en cambiar la foto o al menos esconderla, pero por el apuro o la sorpresa no tuve tiempo de hacerlo. En verdad no esperaba ese llamado. Nos habíamos visto por última vez unos tres meses atrás, cuando, sentada en la mesa de un bar del bajo, me dijo que estaba embarazada. Recuerdo que quedé en silencio mirándola y se me llenaron los ojos de lágrimas. Ella soltó una carcajada ruidosa y casi escupiendo el café que tomaba me pidió que no fuera tan cursi. Después de aquello siempre fui yo el que llamó. La llamé todos los martes de cada semana, siempre en cuanto llegaba de trabajar y aún antes de sacarme los zapatos o ir al baño. Le preguntaba cómo estaba, si necesitaba algo, y le decía que tenía que venir a conocer

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seis, siete pinos. Estamos ella y yo parados, yo tengo el brazo alrededor de su cuello y ella pasa el suyo por mi cintura, delante nuestro está Emmanuel con los brazos extendidos como intentando taparnos. Por perspectiva y por tamaño no lo logra. Nosotros debíamos tener veinte años y él once o doce. No me acuerdo quién la sacó, pero si que ella me la regaló unos meses después diciendo que no le gustaba como había salido. No le creí pero la acepté. Emmanuel aún no estaba enfermo o al menos yo no lo sabía. La foto quedó guardada en un cajón varios años. Había olvidado que la tenía hasta éste, cuando me mudé y mi novia insistió para que armara ese rincón. Si hasta se tomó el trabajo de ir a comprar todos los portarretratos, trajo algunos con marco de madera, otros tantos de cuero y uno de metal, “Para cortar”, dijo. Elegí una foto de mi familia y otra del viaje a Europa con mis amigos. También una de mi abuelo cuando era joven. Aunque pensé en poner otra foto con ella además de la que estamos con Emmanuel no lo hice para no molestar a mi novia. No creo que se hubiera enojado, pero igual no quise hacerlo. En el portarretrato de metal puse la foto del día que me recibí: solo, con el título en la mano y una sonrisa cansada. “Hora, salvavidas”, repite


mi departamento. Ella siempre estaba bien, nunca necesitaba nada, y siempre prometía venir. Anoche llamó tarde, eran como las once y yo estaba mirando una película de esas que los programadores del cable tienen gastadas de tanto usar. Me preguntó si estaba solo y yo le expliqué que mi novia sólo se quedaba a dormir algunos fines de semana. “Me voy” dijo ella, y yo le contesté que ya lo sabía. “Mañana” dijo, creo que disfrutando la sorpresa que me causó. “Igual antes quiero ir a conocer tu departamento”. Y yo sólo pude preguntarle si quería o necesitaba comer algo en especial. Ella chasquea los dedos frente a mis ojos, mi turno:

H O R SALVAVIDAS C C I O N

Muy rápido, después de mi jugada, ella agarra dos o tres de sus fichas y con ellas en la mano mueve el dedo sobre el tablero exagerando el gesto de sacar cuentas. Mientras lo hace me mira, me

mira y ríe de mí por vigésima vez en la noche. Cuando parece que finalmente va a apoyar sus fichas y terminar la humorada, se detiene y vuelve sobre sus movimientos. Con las fichas aún en la mano lleva los dos brazos hacia atrás, apoya sus palmas en el piso y deja desvanecer en ellos todo el peso de su cuerpo. Mira hacia el techo, toma aire y yo le pregunto si se siente bien. “Tengo frío”, dice mientras entrecierra los ojos y frunce la nariz como alguien que está sufriendo pero no mucho. Siempre lo hace, alguna vez le dije que si tuviera que recordarla haciendo algo la recordaría poniendo esa cara. La hace cuando está viendo una película y algo le da miedo o impresión, la hace cuando alguien le dice o le pregunta algo que no quiere escuchar, la hace cuando se prende la luz, la hace cuando está riéndose de alguien por atrás, la hace cuando come helado o toma tequila, la hace cuando está seduciendo y también cuando está haciendo el amor. Supongo que sabe que si no fuera por esa cara, que sigue teniendo un aire de nena simpática aunque ya tenga veintiséis años, ese sería un gesto horrible. Supongo que lo sabe, pero tiene esa cara y se aprovecha de eso. “Tengo frío”, repite, y vuelvo a preguntarle si se siente bien. Ahora no habla y sigue con los ojos cerrados. Me acerco y tocándola apenas en un


H O R SALVAVIDAS C C I ORGULLO N

Ella ya jugó y continúa hablando. Lo hace feliz, despreocupada, como si recién llegara, como si todo eso de recién nunca hubiera pasado. “Igual podés fumar acá adentro, no hace falta que te andes escondiendo, a mí, ni ganas me dan”, dice, así todo junto, de corrido,

sin permitirme hablar ni pensar entre una palabra y otra. Cuando termina ahí sí, se queda mirando y me deja pensar y hablar. Pero yo no hablo. Tengo claro que ahora ya no quiero fumar. No hay deseo, ni un poco. Ni siquiera podría decir que me siento como un ex fumador; más bien, la sensación que tengo es la de una persona que nunca fumó. Ahora tomaría una cerveza, aunque ella no pueda, eso sí, bien fría, claro. Me levantaría del piso de un salto y la miraría con liviandad; cuando ya estuviera caminando a la cocina –y no antes- le preguntaría, sin darme vuelta y dándole la espalda, si quiere tomar algo; ella preguntaría si tengo café, yo le diría que sí, que lo compré hoy al salir del trabajo porque me acuerdo que odia el té; mientras espero que el agua se caliente ella se quedaría en silencio o preguntaría si va a estar listo antes de que salga su micro –si lo hace, seguro esperaría que yo me asome por la puerta para hacer esa carita arrugada que hace siempre, yo ni me asomaría-; para abrir la botella le pondría encima un repasador que acalle el ruido; batiría el café con ganas y mucho azúcar: sería el mejor café de su vida… “Por mí, hasta podés fumarte un porro si querés”, dice, y yo ya no quiero ni fumar, ni tomar cerveza, ni fumarme un porro.

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hombro, con la punta de los dedos, le pregunto por tercera vez si se siente bien. Ella abre los ojos y me mira. Quedamos unos segundos así: por primera vez en la noche su expresión se vuelve seria. Los extremos exteriores de sus cejas se caen y los interiores se levantan: espera. Espera y yo la dejo hacerlo, la dejo un buen rato. La dejo hacerlo hasta el hastío. Y aunque quiera, no le hablo. No me muevo. No la miro. ¿Si hay algo de revanchismo en mi accionar? Prefiero llamarlo justicia. “Tengo frío” dice una vez más, y yo cierro la ventana. Cuando vuelvo, ella ya jugó:


No tengo muy claro por qué dice algunas de las cosas que dice. Sabe que en toda mi vida no fumé más de dos o tres veces y todas fueron con ella. Fue en los primeros años después de terminar la secundaria, en la época en que Emmanuel ya estaba muy enfermo. Lo hacíamos en su casa, en su cuarto que era el único que estaba en la planta alta de la casa, al final de una escalera angosta y de madera que subía curva entre dos paredes oscuras. Ella se había mudado a esa habitación a principios de aquel año, cuando Emmanuel salió por última vez del hospital y ella tuvo que cederle su pieza de la planta baja. Yo solía llegar a media tarde y muchas veces ella me hacía subir sin que Emmanuel se diera cuenta. Supongo que sentía que yo era de lo poco propio que le quedaba. De cualquier modo, no puedo decir que hubiera la más mínima maldad, mas bien si ella no quería que él me viera era porque le era imposible negarse a un pedido de Emmanuel. No era mucho ni muy singular lo que hacíamos en aquel cuarto. Escuchábamos música –ella oía Nirvana, Pearl Jam y los Pepper, y yo le enseñaba TheWho, Spinetta Jade, Beatles o hasta los Babasónicos de Pasto-, jugábamos scrabel o ajedrez, tomábamos alguna cerveza y hablábamos con la misma pasión de literatura, política o boludeces

adolescentes. Sí, también alguna vez nos fumamos un porro. Y, aunque yo nunca sentí nada, creo que acepté porque era el mayor gesto de intimidad al que podía aspirar. Por lo general después de un par de horas bajábamos y –aunque no siempre- solían invitarme a cenar. Eran cenas muy divertidas. Uno tenía la sensación de que cualquier cosa podía pasar. Aunque se comía siempre entrada, plato y postre, y todo con sus respectivos cubiertos de plata, podía armarse en cualquier momento un picado de tres en el medio de living con las patas de los sillones de arco. También era ahí, entre aquellos gestos exagerados, el único momento en que ella permitía que se metan en sus cosas. Por lo general era su papá el que entre risas encendía la mecha de Emmanuel. “¿Y, Emma, que te pareció el novio de esta semana?”, preguntaba cómplice, y entonces él explotaba. Quizá porque me quería, quizá porque quería a su hermana, o quizá solamente porque todos, para Emmanuel, siempre, eran unos boludos agrandados. No fueron pocas las veces que él le terminaba diciendo que tenía que ponerse de novia conmigo. Ella ninguna de esas veces se enojó, y lo que hacía, mientras yo moría de vergüenza en una silla, era mentir y ya: “Me encantaría, pero él no quiere, no me da bola”, decía riéndose de


hubiera ganado un partido en un juego de mesa. Observo las letras que me quedan. Juego: H O R SALVAVIDAS C C I S ORGULLO N R R D E R A Cuando termino de acomodar las fichas no quiero ni verla, así que me levanto y para hacer algo pongo un poco de música. Lo hago desde la computadora, desde cualquier carpeta y en orden aleatorio. Voy al baño y mientras cierro la puerta escucho los primeros acordes de alguna canción que ni me interesa descifrar. Nunca había notado lo chico que es este baño. Los cerámicos son cuadrados, chiquitos, y de un celeste horrible. Además tienen en las esquinas una guarda negra que le dan a todo un aire de morgue –no es que alguna vez haya estado en alguna, pero por

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de todos pero especialmente de mí, o más exactamente de mi vergüenza. “Tengo calor”, dice ahora, y ya no la soporto más. La ventana está cerrada, y sin el viento que entraba de la calle, el ambiente se está volviendo mucho más denso. Todo parece suspendido. Cada segundo dura minutos. En un instante, con una frase estúpida, las cosas se pusieron en su lugar. Tengo calor, dijo, y algo cayó: y en su caída trajo todos los años que pasaron, todos los años con todas sus cosas. La miro tranquilo, con la seguridad de que en un par de segundos voy a preguntarle para qué vino y terminar con todo. Aunque su pelo ahora es castaño, la luz, o lo que sea, la hace parecer más rubia, como antes. La remera blanca que lleva es en verdad muy ajustada y eso ahora me hace pensar que debe ser de antes de quedar embarazada. Debería preguntarle para qué vino y terminar con todo esto: ya, ahora mismo. “¿Y, jugás?”, me dice, y yo le contesto que no, que ya no juego más. Y ella que no entiende, o se hace la que no entiende, me dice que entonces ganó, que si abandono ella ganó. Podría entender, podría entender y enojarse, enojarse o intentar seducirme, pero no, no entiende o no quiere entender: y entonces me mira como si tan sólo


intuición o por alguna película imagino que son así. Lo último que desearía es quedarme acá, pero acá me quedo un buen rato. Abro la cortina de la bañera y la ventana que está en la pared. También abro el agua y me saco los zapatos. Afuera suena Nirvana, y supongo que ella sigue sentada mientras mueve los labios canturreando sobre la voz de Cobain. Me desvisto y me paro bajo la ducha: todo sigue pareciendo una morgue. Ahora la música se esfuma y ella me pregunta si estoy bien. Apenas le esbozo una respuesta. Aunque en su

voz no había nada, ninguna emoción, su pregunta me hace sentir una sensación de triunfo. Una pequeña sensación de triunfo: efímera: antes del próximo tema ya me envuelve, otra vez, la impresión de estar encerrado en una lúgubre morgue de transpiradas paredes celestes. Estoy bien, le dije y es verdad. En el fondo –o en alguna parte– estoy bien. Es sólo que estoy acá, atrapado bajo el agua, con la mujer de mi otra vida tras la puerta y sin la convicción necesaria para salir, para salir y terminar con todo. Giro, agacho la cabeza, y dejo que durante un buen rato el chorro de agua golpee mi cuello, justo bajo la nuca. El viento entra por la ventana más enérgico y supongo que afuera empezó a llover. Tengo los ojos cerrados y los oídos ocupados. Qué importa, qué importa si llueve o no, el agua es agua, lo mismo da adentro que afuera. Y cuando pienso esto, me doy cuenta de que ella está adentro, de que ella está afuera. Todo es perspectiva, me digo. Todo es perspectiva, me repito. Las dos semanas que estuvimos de novios fueron lo más parecido al infierno que conocí, y sin embargo aquí estoy. Aquí estoy como una demostración irrefutable de que aquello, aunque haya sido lo más parecido al averno que conocí, no bastó para lograr que no siguiera pensándola durante varios años más como la meta, como el


de qué habla. “Sí, como quieras”, le digo, aún aturdido. “¿Cuál de estos me recomendás?” dice ahora y mientras yo me pregunto si existe la posibilidad de que ella no conozca el concepto de privacidad. No tengo más remedio que, ahora sí, correr la cortina y espiar hacia afuera. Siento la incomodidad del espía, del que hace algo incorrecto: a esto llegué, por ella, otra vez. Está sentada sobre el inodoro, con falsa solemnidad. Sobre sus piernas descansan cuatro o cinco libros que no llego a precisar. Cuando me ve sacar la cabeza me mira y sonríe. Podría matarla, matarla y luego pensar una buena forma de ocultarlo o justificarlo. Agarra los dos primeros, uno con cada mano, y luego dice algo como, éste, éste o ninguno de los dos. En la mano derecha tiene una antología de cuentos policiales con el pomposo título de Los mejores policiales del siglo XX, y en la izquierda un ejemplar gastado de París era una Fiesta. Supongo que la novela podría gustarle, pero ella dijo regalar, no prestar. “Ninguno de los dos”, le respondo finalmente, mientras vuelvo a meter mi cabeza bajo el agua. “No creo que ninguno de esos te guste, vos siempre fuiste más de la poesía”. “Me aburro, hagamos algo”, dice, y justo después de esa frase escucho el golpe. Pesado, opaco, apagado. Imagino mis libros humedeciéndose en el piso

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lugar a llegar. Dos semanas, dos podridas semanas en uno, tres, cinco, diez años. Fueron hace algunos, poco después de terminar la facultad. Ella recién había roto con un novio con el que había salido dos años –y con el que luego de aquellas dos semanas volvió a salir por lo menos dos más– y yo hacía pocos meses que estaba de novio con una chica a la que dejé por ella y no volví a ver en mi vida. Era en la época en que aún no se usaban tanto los celulares, en la época en que pocos tenían mail, en la época en que Belgrano jugaba en primera: eran los meses después de la muerte de Emmanuel. El agua sigue cayendo, adentro y afuera –lo mismo da, ya lo sé–, donde sea pero cae, cae y aturde. Mezcla todo, y yo deseo las propiedades del agua. No para fluir, no, eso sería poesía barata y yo hablo de física, de algo real: yo quiero evaporarme, no ser, no estar. Pienso en eso y casi que logro entender la idea. No ser, no estar, me digo en voz inaudible. No ser, no estar, y entra ella. Podría correr un poco la cortina de la morgue y ver qué es lo que quiere, pero no tengo la fuerza ni las ganas. Mientras habla desde el otro lado tan sólo me conformo con imaginar que ella conoce la cara de fastidio que tengo mientras la escucho. “¿Me regalás un libro?”, dice, y yo no entiendo bien


húmedo del baño. Me resigno: “¿Y qué querés hacer?”, le pregunto, y me entero de que ella quiere jugar un juego estúpido de preguntas y respuestas. “Cada uno hace una pregunta, la que quiera, y el otro tiene que responder la verdad. Y mirá que no vale repetir la pregunta anterior, nada de: ¿y vos?”, dice, y yo no tengo más remedio que confesarle que me parece un juego estúpido, adolescente, de otra vida. Después de eso: nada. Escucho el silencio –ella debió apagar la música antes de entrar al baño-, ella no responde ni hace ningún ruido, y yo consigo olvidarla. Por un instante no la odio, no la quiero, no están mis libros mojándose en el piso del baño. Pienso en los impuestos que me faltan pagar y en lo pobre de nuestra cultura si no existe nadie que se parezca a John Lennon, también pienso en el ejemplar de Italo Calvino que tengo reservado y en los zapatos que debo llevar a arreglar, en lo caro que están los autos, en las tetas de mi novia, en lo boludo que es el portero del edificio y en el partido de mañana. Pienso en todo eso y soy casi feliz. El agua caliente sigue cayendo sobre mi espalda y el vapor que levanta parece abrir todo, mis pulmones y también el espacio. El baño deja de ser una morgue y se transforma en una enorme sala, blanca y luminosa, casi poesía. Pero yo odio la poesía, y

quizá ella lo sabe –aunque no lo creo- y es por eso que abre la cortina. No me mira más que a los ojos, no me mira más que a los ojos y me dice que el juego sí es estúpido, que lo sabe, que lo sabe pero no cree que yo quiera hacer las otras cosas que tiene ganas de hacer. Lo dice sin ninguna intención de seducir –no me mira más que a los ojos–, lo dice sólo para ganar, lo dice para al terminar arrugar la cara como hace siempre e irse con su paso singular y golpeando la puerta de mi baño. Dejo que el agua me siga golpeando la nuca, dos o tres segundo después escucho música otra vez: casi un minuto entero de una batería básica y una guitarra eléctrica rasgada en un único acorde monótono. Las cuatro paredes parecen ir cerrándose con el tempo de la canción: lentas y constantes. Comienza a sonar la voz:

Vida de sueño jamás descubrirás el valle. Mi alma errante vendrá a simular amarte… No tengo más donde ir en este cuerpo amante y cambiante. Sufro, sin vanidad y la tierra agita su centro en mí…

El proceso es lánguido pero irreversible. Mis pulmones parecen ir comprimiéndose junto a las paredes. No es un ahogo mortal, no, y quizá eso sea lo peor de toda la situación. La certeza


…La luna quiere vivir hasta que sea eterno. No tengo ya donde ir. El cielo acuesta su lecho en mi pecho, y voy, sigo detrás de sombra, quieta y nombra. Y yo siembro semillas de suerte, sólo por verte…

Del baño salgo desnudo, envuelto en una toalla. Camino los pocos pasos que me llevan hasta el living con paso estudiado porque supongo que ella está ahí, pero ella no está ahí. Tampoco están la foto junto a Emmanuel ni su campera. Sí está el ventanal abierto, y pienso en que tengo suerte de que la lluvia esté cayendo en otra dirección. Mientras me acerco a cerrarlo pienso que pienso en eso porque es ella. Si ella fuera cualquier otra, podría suponer que se fue enojada, o hasta peor aún, hasta podría imaginar alguna clase de suicidio heroico: pero es ella. Es ella y tengo la seguridad absoluta de que está acostada sobre mi cama, de costado y con los zapatos puestos –aunque sabe que lo odio. Vuelvo a

sentarme en el piso, frente al tablero, y sin espiar sus fichas escucho la canción terminar. Cantar divino, capaz de reducir el ruido,

Háblame un poco, tu mundo se quedará contigo. Jamás pude resistir, de la crueldad sus gritos más hondos, Y hoy van, hasta que estallan los vientos, puros lamentos. Y van, sobre los techos sin tiempos de los inviernos. Se moverá sin parar la rueda que me aleja del cielo, y ya, sin condición ni distancia, vuelvo a quererte.

Y ahora sí, juego. Aunque sé que no es mi turno, juego: H O R SALVAVIDAS C C I S ORGULLO N R R DESTINO E R A Afuera ahora llueve en verdad fuerte, muy fuerte. Me levanto y camino

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de que de un momento al otro, pase lo que sea que termine pasando, yo seguiré aquí. Cierro el agua, empiezo a secarme y ahora la lluvia se escucha con claridad. Es una lluvia firme aunque no para preocuparse por inundaciones o esas cosas. Supongo que si tuviera que echar a alguien de mi casa en los próximos diez minutos esta lluvia no me impediría hacerlo. Comienzo a secarme con más ganas.


rumbo a la pieza. Descalzo, sintiendo el frío de la madera bajo mis pies. Primero apoyo un talón, y luego tiro todo mi peso sobre el pie hasta conseguir que el arco ceda, y toda la superficie de la planta quede apoyada sobre el piso. Después hago lo mismo con el otro, y así voy avanzando. Sé que no pierdo mucho más tiempo que si lo hiciera sin tanta conciencia, lo sé, pero este

andar solemne me es inevitable por alguna razón que aún no comprendo. Me detengo justo antes de la puerta, del lado de afuera, y encuentro una pila de libros. Ninguno es de los que tenía antes en el baño y no logro evitar pensar que aquellos siguen humedeciéndose. Doy un último paso y quedo parado frente a mi cama. Sobre la superficie verdosa de la manta rústica que compré en un viaje a Brasil, descansan la foto junto a Emmanuel y su campera. La foto junto a Emmanuel, su campera, y ella –acostada sobre mi cama, de costado y con los zapatos puestos aunque sabe que lo odio. Ella despierta o nunca estuvo dormida, no lo sé, como sea abre los ojos y me mira. Cuando me siento en el borde de la cama toma mis manos y arruga la cara, y entonces yo, que debería matarla, le digo que se olvide de todo. Que se olvide de todo y se quede. Que no tiene que irse, que puede quedarse. Que no me importa mi novia ni el padre de su hijo, que ni siquiera me importa quién es. Que podemos quedarnos acá un tiempo y después buscar algo más grande. Que afuera llueve. Que todo puede ser como antes. Para cuando termino de hablar, ella ya no arruga la cara y me mira con sus ojos bien abiertos. Después el silencio: en silencio suelta mis manos y se levanta, en silencio se pone la


Te extraño en tardes, quizás no es amor lo que me hace buscarte. Las decisiones siempre llegan tarde. Las piezas que quedan jamás encajan.

Viajando en la luz, te quiero abrazar: un beso perfecto. Envuelto en los sueños de inútiles noches. Confusos recuerdos, colores santos.

Me siento en el sillón y miro el tablero: H O R SALVAVIDAS C C I S ORGULLO N R R DESTINOS E R A La imagino arrugando la cara mientras hace esa última jugada. Cierro los ojos y me quedo escuchando la canción que suena mientras pienso que quizá cuando termine salga al balcón a buscarla, que quizá, cuando salga, ella ya se haya perdido…

Yo sé muy bien, jamás me entendiste y no lo pretendo. Dulce es este viento, sopla en mi corazón, arrastra olvidos y no regresan…

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campera y toma la foto y la apoya con cuidado sobre la mesa de luz, en silencio se queda parada frente a mí. En el living, desde los parlantes de la computadora, comienza a sonar un arreglo de violines y guitarras eléctricas, y todo comienza a parecerse mucho más de lo que me gustaría a la poesía. Y entonces, mientras yo odio la poesía, ella mueve su cabeza hacia uno y otro lado. Tantas veces la vi decirme no, que puedo saber que esta vez es distinto. Tan distinto que no necesito nada más, que puedo dejarla ir, que sé que es ella quien me deja ir. Cuando llego al living está parada junto a la puerta de salida, casi ausente. Estiro mi brazo con El guardián entre el Centeno en la mano y ella dice “Pequeño Allie”, y arruga la cara por última vez. “Pequeño Allie”, repite, “ya lo leí”. Le pregunto por qué nunca me lo dijo, y ella contesta que no, que no quería hacerme sentir mal, que nunca me haría eso. No dice nunca, dice jamás, “Jamás te haría eso”, dice y abre la puerta y se va. Se va simple, sin dramatismo, como siempre, como antes, como sabiendo que odio la poesía. Y la música sigue sonando:


Cambiar las palabras, mejor no jurar promesas cerradas. Cambiar las palabras, quizás no es amor, colores santos. Cambiar las palabras, quizás no es amor, quizás no es amor…


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Alejandro Baldi Hombre aburridamente común, carpintero por obligación. Pero en sus ratos libres ficciona que se dedica al narcotráfico de estupefacientes y a la cacería de negros en el África. Y eso, lo hace muy feliz.

Astudillo imagina I Estaba a punto de abrir la puerta de su casa cuando José Astudillo escuchó el rumor de una canción proveniente de adentro. Se sentó, apoyando su espalda en la madera de la puerta, miró el ramo de flores que llevaba, luego sus manos. Abriría la puerta, como lo hacía siempre, como cualquier persona que entra en su casa, sin sentir remordimiento o culpa por los sucesos de la mañana. Escondería todo gesto de cansancio o de preocupación en su cara, para que Carolina no pudiera recordar. Con la mano derecha llevaría las flores, ella sólo vería el juego de las rosas. En la cocina, simulando escuchar «...porque tengo el corazón valiente, voy a quererte, voy a quererte...», Carolina estaría silenciosa. Con los ojos bien abiertos mirando a través de un punto fijo. Él cerraría la puerta detrás suyo, tiraría su morral, con la información de la investigación periodística, en el sofá (nada de “apoyar”, podría dar a entender algún cuidado en su manera de moverse y manifestar cierta importancia a la situación), pasaría al baño (no a la cocina, eso sería volver a repetir el error de encontrarse directo con ella) a lavarse las manos y, como si pudiera hacer cualquier otra cosa, le preguntaría a Carolina cómo le fue en el día. Él escucharía cierto balbuceo cuando ella dijera me fue bien, alguna tentativa


haga cargo. Ahora Carolina dejaría todos los libros en el piso, se le escaparía de la boca la expresión infeliz o no se da cuenta lo imbécil que es, como a la mañana. Astudillo suspiró, tiró sus cosas en el sofá pensando tal vez esté durmiendo, raro. Caminó despacio por el pasillo: un reflejo de luz se asomaba en la pared que daba a la puerta del cuarto, proyectando las sombras del interior. Contempló esas manchas negras, la de gran tamaño era la cama y esa prolongación hacia arriba era Carolina en posición fetal. Ya no estaría enojada, cuando dormía de esa forma alguna culpa andaba molestándola. Volvió para buscar el ramo de flores, no era como lo pensaba pero ya estaba jugado. No le serviría jugar el papel del indiferente (los libros lo demostraban, también que ella esté durmiendo y no esperándolo para la merienda): al pensarlo no pudo evitar que se le escapara un chasquido de la boca, tanto tiempo perdido para nada. Ahora debería improvisar algo aunque no tanto, en la redacción del periódico se imaginó unos cuantos bocetos de actitudes, por si fallaba la principal. Ahora recurriría al papel del arrepentido. Entraría al cuarto con las flores, la despertaría con un abrazo. Perdón, perdoname. Carolina saldría de su posición fetal, le sonreiría al recibir el regalo, las dejaría en la mesita de luz y

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de ascenso, menos trabajo y más plata. Él aún no se dejaría ver, esperaría a que ella diga la palabra justa, le contestaría me alegro mucho por el ascenso, te va a venir bien, hace rato te noto bastante estresada. Ahora se callaría, atento a las palabras de Carolina. José, yo quería decirte que esta mañana. La señal esperada por él, sin dejarla continuar pasaría a la cocina, detrás del ramo de rosas. Carolina enmudecería. El abrazo conciliador. Somos unos tontos, tontos, retontos. Y «tan solo quiero sentir lo que pide el corazón», sonando de fondo. Abrió la puerta y contempló la oscuridad del comedor. El pasillo delataba que la luz de la cocina también estaba apagada, sólo escuchaba «migajas de tu estúpido cariño, yo me planto y digo basta». Cerró de un portazo: nadie respondió. Se alegró por el orden de la casa, quizás todo sería más sencillo de lo que había imaginado. Pero en un rincón continuaban desparramados todos sus libros, aunque la biblioteca estaba armada. La imaginó a Carolina armando los estante caídos, habría puesto las maderas donde corresponden (era lo justo, pensaba Astudillo, si ella comenzó), luego tomaría Ferdydurke o Su turno o Cicatrices y los pondría en la biblioteca, pero muy pronto pensaría que era ceder en sus posiciones. Él solito se los va a acomodar, yo no voy a ir arreglando sus problemas, que se


haría a sus dedos bailar sobre el hombro de Astudillo. ¿Viste que sos un tarado? Vení, durmamos juntos. Resignado se masajeó la frente con las dos manos. El morral y su abrigo de invierno aplastaban el ramo de flores contra el sofá. ¿Qué hacer? Ahora la forma de las rosas (algunas encorvadas, otras rotas, muchos pétalos desordenados o partidos) no daba la sensación de poder hacerle el juego a un hombre arrepentido. O sí, pero de un arrepentimiento a otro nivel. Carolina, al ver las flores: ¿Viste que sos un tarado? Ella giraría a su alrededor moviendo los brazos por los aires, como siempre que se encaprichaba por algo. Compraste las flores pensando en disculparte, y yo te iba a creer, pero no pudiste con tu genio, te habrá agarrado uno de tus ataques y retorciste las rosas con bronca o las estrellaste contra la pared. Pensó rápido: claro, deshacerse de las flores, era una suerte que Carolina durmiera. Sólo tendría que buscar una bolsa de consorcio, salir afuera y tirar todo al conteiner. Dio un paso, el ruido hecho le obligó a apretar los dientes. ¿Y si en el trayecto de ida y vuelta Carolina se despertaba? No tendría esperanza, sí o sí ella vería todo y pensaría cualquier cosa. No se imaginaba otra opción, fue cortando las flores en pequeños fragmentos y los iba

metiendo en el abrigo, donde pudiera, con mucho cuidado los acomodaba para que los bolsillos abultados no llamaran la atención. Se sacó los zapatos y en puntitas de pie se acercó al perchero, sacó un abrigo negro, puso el de invierno y lo tapó con el negro. Ahora qué, se preguntaba mientras encendía un cigarrillo. En todos sus papeles, en todas las posibilidades de José Astudillo siempre se imaginó con un ramo de flores. Tampoco tenía con qué reemplazarlas. Nada en los bolsillos, al menos útil, y no recordaba nada en el morral. Siempre lo mismo. Cuando creía tener la situación bajo control aparecía algún hecho, impensado por él, que le demostraba cómo se tomaba todo a la ligera. Ahora le parecía estúpido no imaginarse la posibilidad de que las rosas fallaran. ¿Y si a Carolina no le gustaban o no eran suficiente para reconciliarse? Tuvo que imaginarse que iría hasta el cuarto, se apoyaría en el marco de la puerta y no despegaría la mirada de Carolina durmiendo. Ella se despertaría y lo vería, vería sus ojos rojizos por el agua, la sonrisa triste. En un principio ella no diría nada, el cejo fruncido, los labios apretados. Posaría su mirada en las frazadas. Se la imaginaba pensando, y al final ella no podría evitar sonreírse, volvería a apoyar sus ojos sobre él. ¿Viste que sos un tarado? Vení, durmamos


II Por ninguna parte, raro. Ella siempre volvía antes que él del trabajo. Se la imaginó demasiado inteligente como para desaprovechar la ventaja de volver primero a la casa, disponer las cosas en su contra, para que quedara en claro que había sido él el de la falta, jamás ella. Fumó otro cigarrillo. ¿Cuál sería la estrategia de Carolina? Volvió a revisar por todas partes, a lo mejor se encontraría escondida, preparaba para aparecer en cualquier momento y reírsele en la cara. Se sintió incapaz de volver a tolerar esa risa, diferente a su risa por un chiste o cuando le decía pavote o tarado. Cualquier cosa por no volver a sufrirla. José Astudillo se dejó caer

sobre una silla de la cocina, no deseaba pensar en nada más, ni en la mañana, ni en Carolina (con o sin querer, al fin y al cabo daba lo mismo) tirando la biblioteca al piso, la falta de yerba para el mate y la manteca para las tostadas (que Carolina no compró). Ni lo que vino después, los gritos entre ellos, los rostros fruncidos por la defensa y el ataque verbal, los dos separándose enojados hasta que se volvieran a ver a la tarde. Servirse un buen vaso de ginebra, encender todas las luces y escuchar la radio. Al tercer sorbo le pareció gustarle «no, no me saques de aquí por favor, estoy demasiado tranquilo, no quiero enterarme de nada hoy, así es el calor». Se sintió libre. Otro trago y ya la imaginaba a Carolina como si nada hubiera pasado, sonriente, alegre, un poco loca, pero siendo ella misma, la verdadera Carolina. Nada de caras serias, gritos y empujones. ¿Por qué todo eso? Se dijo que la prefería cuando se vestía con un buzo negro y una pollera roja, bailando en círculos. Se sirvió otro vaso, encendió un cigarrillo. En el cuarto buscó en el armario el buzo negro y la pollera roja. No las encontró. Tampoco el jean y el suéter verde, con lo mucho que le gustaba a él verla vestida así y probando sacar alguna melodía con el acordeón. Cuando el tema terminaba volvió a llenar su vaso, por eso poco le importó que no siguieran pasando música. En

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juntos. Caminó para el cuarto, no le temía a los ruidos, ahora eran sus aliados. Cerró los ojos, se apoyó en el marco de la puerta, y los abrió con calma. La ventana abierta tapada por la cortina en movimiento. La estufa apagada en la pared de color mostaza, en la mesita de luz el velador encendido, junto a una lista de supermercado. La cama, igual que a la mañana, con las sábanas y las frazadas amontonadas. –Carolina… ¿Carolina, estás?


su lugar, al volver a prestar atención, hablaban dos mujeres: –…y mi personaje en la tira es más pasional, se deja arrastrar por las pulsiones de sus sentimientos. No es como Jésica, el personaje de ella, que es más fría y racional. – Claro, mi papel me exigía comportarme de una manera más tranquila, analizar todo y siempre pensando en los resultados a largo plazo. En un momento, espero no arruinar nada, el novio de Jésica le pone los cuernos, ella se entera pero decide esperar a ver cómo resulta y ver bien por qué le mete los cuernos. Astudillo termina el vaso, termina la botella. – Sí, sospecho que mi personaje, Laura, es capaz de abandonar al novio por cualquier estupidez. Luego se arrepentiría, obvio, pero lo pensaría recién a mil kilómetros de distancia. Revolvió el interior del armario, las cosas debajo de la cama, movió las mesitas de luz. El bolso de viaje no estaba. Le nacía una tristeza al imaginarla metiendo de manera impulsiva algunas cosas, dejando atrás lo que no entraba –el acordeón arriba de la heladera, sus cuadros detrás del armario–. No se llevó ninguna foto. No se imaginó los sucesos de la mañana, tan graves, tan drásticos para que ella tomara tal decisión. Si a

él mismo, toda la pelea, le parecía una pavada, y eso que Carolina siempre lo acusaba de extremista. Rompió un par de fotos donde parecían amarse, abrazándose y sonrientes frente a la cámara. Las imaginó cargadas de mentiras. Seguía pasando el álbum, destrozó la serie donde los mostraba en Tilcara, ahí se habían conocido. Le molestaba las sonrisas de ella y sus brazos rodeando el cuerpo de Astudillo. Pero si esos no parecemos nosotros ahora, y apagó su cigarrillo contra uno de las tantas caras de ella, la que más le gustaba a él. No recordaba esa foto, ella se reía de un posible chiste o comentario gracioso de un muchacho. Ese tipo se limitaba, en el momento de la instantánea, a mirarla con ironía y las manos en los bolsillos del pantalón. De todos los nombres de amigos que le mencionaba cuando ella volvía de sus casas, cuál podría ser ese muchacho. La imagen la mostraba feliz. Mucho más feliz que en nuestras fotos, pensó Astudillo. Carolina armaba el bolso, con la duda de si llevar el buzo negro o las zapatillas verdes (Astudillo, ahora, giraba con la mano una de las zapatillas verdes) cuando ella reconoció la bocina del auto que manejaba el muchacho. Le abrió la puerta, se abrazaron. Por fin te animaste a venir conmigo. Sí, sí, ya no me queda nada más acá. Vamos


III Acostado sobre la cama, casi distraídamente, sus manos jugaban con las formas de los objetos que había en sus bolsillos. No le podía ubicar el nombre a ese rectángulo frío por donde se deslizaban sus dedos. Carolina ya tan lejos (cada vez que debían elegir un lugar para vacacionar ella mencionaba Brasil o Uruguay, porque no conocía esos lugares, fantásticos en su cabeza, y Astudillo la veía brillar cada vez que decía esos nombres) y Carolina, sobre todo, sola. Porque él ya no podía pensarla con el muchacho de la fotografía: ella se lo hubiera refregado por la cara hasta que el muchacho se convirtiera en una masa y le llegara a las orejas a Astudillo. Como la vez que ella quiso ponerlo celoso a él, y en un principio le hablaba de un compañero de trabajo, de una forma abstracta, sólo ciertas características que a ella le gustaban, hasta materializarse en una persona con nombre y apellido que aparecía en todas las conversaciones. No, Carolina no saldría con este muchacho en silencio, a espaldas de Astudillo.

Antes de escaparse se lo dejaría escrito en una nota o, mejor aún, hubieran esperado, con el motor en marcha, frente a la casa. Cuando él llegara del trabajo lo saludarían, sin arrancar el auto, para darle la esperanza de poder detenerlo todo, y cuando él se encontrara a un par de pasos debería tragar todo el humo proveniente del caño de escape. A esos niveles de maldad podía llegar Carolina. Llovía en Montevideo, Carolina semicubierta por el techo de un teléfono público (¿a quién llamaba?, se preguntó Astudillo), se encorvaba un poco para proteger el celular de la lluvia y buscando un número, no el de Astudillo. Él apretó los dientes y ese rectángulo frío con los dedos: ¿así que a mí no, eh? Se dijo: sos tan malvada, hasta imagino que me borraste del celular. Sacó el objeto del bolsillo y lo lanzaría contra la pared, con todas sus fuerzas, hacer estallar algo en cientos de fragmentos lo haría sentirse bastante bien. Ese objeto, al sacarlo de su bolsillo, se convirtió en su celular. Lo vio extrañado, como si nunca lo hubiera tenido. Buscó el número y hasta ahí llegó. Desistió al imaginar sus risas, volver a escuchar las palabras que lo tratarán como un chico. Tal vez sentado, con sus pies bien apoyados contra el piso y la espalda rígida podría soportar cualquiera de los posibles diálogos con Carolina. Un cigarrillo también ayudaría, disimularía

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que te ayudo. Voy a llevar poco, quiero comenzar de nuevo. José Astudillo miraba el humo que salía de la bacha del baño, el álbum de fotos ardía bien.


todo. Escondería la voz de angustia o preocupación, el humo taparía los gestos de su cara y los ojos, sobretodo quería esconder los ojos. El silencio al instante de atender ella, él no pudo moverse de su posición, demasiado peso en la tensión. Escuchó un suspiro del otro lado de la línea, aunque se lo podía confundir con un quejido, no lo soportaba más y le preguntó cómo estás. Otra vez de vuelta al silencio: ¿cómo estás vos? El sentía ganas de acostarse, descansar un poco, sólo tenía fuerzas para expulsar el humo por la nariz. Le gustó imaginarse acostado pero no era el momento de imaginar sino de contestar. No sé, mal, supongo. Vos te lo buscaste, o va a ser lo mejor para los dos. No sé, Carolina, no sé. Voy a cortar, no quiero que me llames o que intentes llamarme. Astudillo marcó número por número, si bien tenía agendado el teléfono de Carolina, para no sentir tan de golpe el fracaso obligado. Antes de apretar el botón verde se sentó como se imaginó que tenía que sentarse. No le pareció tan efectivo pero ya había comenzado a sonar el tono de espera. Esta vez sí arrojo el celular con violencia, la musiquita que se escuchaba debajo de la cama se apagó de golpe. Esa, esa, esa muy…, se dejó el celular. Porque (y era obvio, imaginó Astudillo) que no se lo olvidó. Yo también puedo jugar al mismo jueguito,

Carolina, yo también puedo jugar. Empezó por desarmar todo el contenido del armario, improvisó un bolso y lo fue llenando. Si por alguna causalidad se encontraba con ropa de ella, la rompía o la escupía. Se imaginaba –en el momento de rasgar el hilo de una blusa– a ella mirándolo hacer. En el fondo te estoy ayudando a que no te arrepientas, vos lo dijiste bien clarito, así no se puede vivir. Ahora te ayudo para que no vuelvas atrás, tomalo como una muestra de cariño. Se dio cuenta: no se imaginaba yéndose a ningún lugar. No tenía el mismo valor que Carolina, él no podía mandar todo al carajo e irse para empezar de cero. Su trabajo, cuatro años rompiéndose el alma en el diario del barrio, con expectativas de llegar a los altos puestos y lograr cosas importantes en un futuro no muy lejano. También iba bastante adelantado en los estudios, un par de materias y sería un periodista con todas las letras y título incluido. Sus amigos, su familia. No, él –se imaginaba– gozaba de un piso bastante sólido como para abandonarlo. No soy tan egoísta como vos. Ella ya había salido de su hotel barato, al menos las camas son cómodas, y caminaba por esas calles repletas de jóvenes. Se sentaba en un banco de plaza, le daba sorbos cortos a su lata de cerveza. Cuando alguien se acercaba, ella apoyaba su


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su pera entre una de sus manos y miraba a la persona desde abajo, bebiendo su cerveza con una pajita. Astudillo apagaba todas las luces de la casa. Un hombre se sentó al lado de Carolina: ¿sola? Ahora no. Qué bueno, vamos a dar una vuelta. Los dos tomados de los brazos. Decoró el suelo del comedor con los pétalos de las rosas y los pedazos del acordeón, el humo proveniente de la cocina tomaba, de a poco, todos los cuartos. No te preocupes, yo te invito la entrada al boliche. Gracias, tengo tantas ganas de bailar. Astudillo aprieta contra su cuerpo un vestido, llora, lo desgarra por la mitad. Me gusta sentir tu cuerpo junto al mío. Quiero beber más. Dale, vamos para la barra. Se acuesta en el sofá del comedor, ya no hay humo pero queda un olor bastante fuerte. Se enciende un cigarrillo, le da pena que no le quede ginebra. ¿Qué número de puerta nos dijeron? 16. Nunca me gustaron los olores de estos lugares. Sí, repelente y fuerte. Astudillo dejó de arrancar pedazos de felpa del sofá, se quedó en silencio escuchando. 14, 15, acá es. Dale, abrí la puerta, tengo frío. Astudillo escuchó la puerta abrirse, unos pasos y el roce de bolsas de plástico cargadas.


el chis teci to ese Por Sebastiรกn Dunphy


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Las flores Entra a su habitación y la cama está igual, como la dejó a la mañana. Está deshecha. Camina despacio hasta la cabecera y retira los almohadones decorativos. Los deja sobre una silla negra, con ruedas, giratoria. Agarra una de las puntas del acolchado y la lleva hacia el centro del mismo. Hace esto con cada punta hasta que el acolchado queda como los pliegues de un sobre. Lo vuelve a plegar hasta que cabe en sus brazos sin desparramarse por los costados. Lo suelta sobre la silla, encima de los almohadones. Los dos almohadones son naranjas, la misma tonalidad que una mandarina. En realidad son blancos, pero le pareció más estético comprar fundas coloridas, las más coloridas que hubiera. Arranca la sábana, la hace un bollo, la enrolla entre los brazos, la tira arriba del acolchado, arriba de los almohadones, arriba de la silla negra. Algunos pliegues de la sábana roja se deslizan por el montículo. El cubrecama, también rojo, está arrugado. El teléfono empieza a sonar. Desde las esquinas de la cama cuadrada estira la tela para eliminar las arrugas. Una por una, las cuatro. A lo lejos se escucha el ring, en cuatro cuartos, a contratiempo, atonal. Cuando el cubrecama está estirado, golpea y desliza con la mano la parte donde coloca los pies cuando duerme. Trata de sacar las partículas de polvo y las migas, alguna que otra pelusa. El ruido amaina y desaparece al fin.


Oscilan de un lado a otro hasta quedarse quietas por completo. Un hombre con botas de goma alza un paquete amarillento. El camión que lo trajo sigue encendido y la vibración del motor llega desde la calle. Con el paquete debajo del brazo entra de nuevo a la casa. Da dos vueltas a la cerradura y corre una traba de metal, no muy grande pero resistente. Se dirige a la cocina, a la mesa donde pretende apoyar el paquete. Cuando cruza el umbral enciende las luces. Hay una pava con pocos centímetros de agua en su interior, un cuchillo de mango de madera roído, apoyado sobre migas de pan que forman constelaciones en el mantel. Una foto de un pariente está colgada a un lado de la televisión. La televisión está prendida hace varios días en el mismo canal y alterna música y noticias durante su transmisión. Apoya el paquete en la mesa. No sin antes barrer con la mano algunas migas del mantel, dejando que caigan al piso. Camina hasta la pava y la llena hasta el tope. Agarra una caja de fósforos que tiene un lado húmedo. Saca un fósforo y lo raspa contra el lado seco cinco veces hasta que se prende. Enciende el fuego y apoya la pava en la hornalla. Queda un poco inclinada, el metal está magullado. Cuando se sienta en la mesa mira con detalle el nudo que sostiene los pliegues de papel que envuelven el paquete. Hay

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Ahora ya puede rearmar la cama. De un tirón saca la sábana de la silla, la hace flamear y con un solo movimiento logra colocarla, como flotando, sobre la cama. Tiene que plegarla en el lado de la cabecera. Primero dobla desde el lado izquierdo. Sólo dobla la mitad. Va hacia el otro lado y dobla lo que queda. Una línea casi perfecta se forma en el pliegue, desde una punta a la otra del costado de la cama. Alguien parece haber tocado el timbre de la casa. Se escucha un ruido parecido al del teléfono pero con otra intermitencia. El silencio que separa cada campanada resuena en todos los rincones de la casa. Con las dos manos mete la tela entre el colchón y el soporte. En las esquinas hace un doblez y encierra la tela contra las dos partes de la cama. Pone las almohadas en la cabecera, contra la pared. Agarra el acolchado con las dos manos, lo estira. Se para frente a la cama y dobla la cintura para esparcirlo por todo el colchón. Baja por la escalera de madera. Rechinan las tablas contra los clavos. Una ventana muy angosta deja pasar hilos de luz. Ya en la planta baja gira a la izquierda y camina unos pasos hasta pararse frente a la puerta. Con un movimiento de la mano izquierda gira la llave, mientras que la mano derecha se apoya y presiona con suavidad la manija dorada. Abre y las llaves se balancean chocando entre sí.


líneas negras entre el hilo blanco, la suciedad del camión o las manos del cartero. Sin sacarle los ojos de encima, cruza las piernas y mete las manos en los bolsillos del pantalón. La pava silba y el hilo blanco está en el piso. Pequeños pedazos de papel se esparcen sobre la mesa y sobre una de las sillas. Se escuchan pasos en la escalera, acompañados de nuevo por los chirridos. Las burbujas dentro de la pava suben de a cientos, rápidas, tratando de escapar. La televisión transmite una canción vieja, de hace varias décadas. El cantante camina por callejones iluminados por un sol escondido atrás de las nubes. Camina lento, mueve los labios despacio, acentuando cada palabra, alargando las últimas letras de cada verso. Su voz es grave pero canta con suavidad. Finalmente desaparece en un callejón infinito. Apaga la hornalla y vierte el agua en la taza. El humo crece desde la superficie del líquido hasta su dedo pulgar, que es el último en sostener el asa. Los ecos de las maderas, que llegan desde la escalera, cesan. Por la puerta aparece M: -Escuché la pava silbando. ¿Hay café? -Yo me hice un té. -¿Dónde está el café en polvo? ¿Llegó algo para mí? -Nada. -¿Y el café?- vuelve a preguntar M. -En esa puerta de abajo.

M prepara el café con el agua caliente que sobró. Se sientan alrededor de la mesa. M dice: -¿Qué hiciste hoy? -Armé la cama. -¿Nada más? -Bajé a hacerme un té. M mira el paquete, desde el último pliegue de papel que no fue arrancado hasta el cartón descascarado de la caja que asoma por una punta. Toman de a sorbos, el agua está muy caliente. M termina su café y se va de la cocina. El paquete sigue en la mesa. Aún queda media taza de té. Agarra una punta del papel y tira de a poco, escucha el sonido de la rasgadura. Saca una tira muy fina. Los pliegues del cartón ya están a la vista. Tiene algunos agujeros, líneas negras. Elige un agujero e introduce primero una uña y después el dedo índice. Lo pone en forma de gancho y lo mueve para abajo, rasgando el paquete. Lo saca y agarra la caja por los costados. Mete los pulgares en la hendidura. Termina de romper la caja cuando tira hacia los lados opuestos con sus dedos. Hay un envoltorio blanco, con forma de cilindro. Saca el envoltorio y aparece una vela amarilla con un hilo mostaza. La lleva al lado de la foto. Se escuchan ruidos en la puerta, M entra: -No me gusta. -Justo hay un espacio vacío al lado de la foto.


-Sí. M termina su vaso de agua y vuelve a la casa. La luna ya asoma por una de las paredes del patio, se refleja en el piso de cemento pulido. El pasto está un poco húmedo. La mano, que sigue acariciándolo, está mojada y tiene restos de hierba, raíces y barro. Por fin se levanta y entra, camina hasta la cocina. La vela amarilla sigue sobre la mesa, sobre el plato de café. La caja de fósforos sigue húmeda, está al lado de las hornallas. La busca y se la guarda en un bolsillo. Se acerca a la vela y la agarra del plato. La foto es vieja, no es en blanco y negro, pero los colores están gastados. Se ven sólo la cara y los hombros. Apoya la vela junto a la foto. El plato de café apenas entra. Saca la caja de fósforos del bolsillo y cuando la abre la mitad de los fósforos cae al suelo. Agarra uno de los que quedaron en su mano y lo raspa contra la caja. Con precisión lo acerca hasta la vela y la prende.

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-No puede ir acá. -Arriba de la heladera. -No. -¿Dónde? -Puede servir como centro de mesa. -La dejo acá. Busca un plato de café para apoyar la vela. La deja en la mesa. Da un largo suspiro, saca todo el aire de los pulmones y se va al patio. Parece que M va detrás, pero antes de llegar al jardín se desvía hacia el baño. El patio es cuadrado, mitad grama, mitad cemento. Tiene paredes muy altas, sin pintar. Únicamente al mediodía es iluminado por el sol, aunque sólo la mitad. Por eso se forman cuatro divisiones. Dos cuadrados iluminados, uno de grama y uno de cemento. Y otra vez uno de cada uno, bajo la sombra gris. Se sienta en el cemento, en el límite con el verde. Apoya la espalda contra la pared. Acaricia la hierba con una mano. M llega al jardín con un vaso de agua. Se sienta a su lado, no muy cerca, y empieza a tomar el agua de a sorbos. M posa la vista en el vaso y cada tanto mira de reojo la mano que acaricia el pasto. La luz empieza a desaparecer. -¿Las flores?- pregunta M. -¿Flores? -Las que estaban contra esa pared. -Se pudrieron hace unos meses. Quedan sólo esas de ahí. -Me gustaban.


Dí na mi : Ne gra lin da Por Nico Línea


Yamir Kulao De ascendencia portuguesa, nació en 1972 en Montevideo, Uruguay. Se instaló en Buenos Aires en el año 1991, y en 1996 publicó su primer libro de cuentos, “Las vacas no mugen en Uruguay”, del que se destacan Cornalito Colorao y El ansia blanca. Hace tres meses publicó la novela “Contrataciones”, que pasó por el mundillo literario sin pena ni gloria ni un miserable sándwich de mortadela.

Tester Visceral Entrevista al autor de “Las vacas no mugen en Uruguay”, cuyo prestigio crece como un pollo engordado con las víceras de animales muertos.

¿Qué escritor tirarías al mar? César Aira. ¿A qué escritor le chuparías la pija? Alan Pauls. ¿A qué escritora te moverías por lástima? A Sandra Ruso. ¿Qué escritura te movería por lástima? A nivel masculino, Virginia Woolf. A nivel literario, Virginia Woolf. ¿Qué escritor te movería por lástima? Andrés Rivera. ¿A qué crítico le chuparías el culo? Umberto Eco. ¿Qué crítico te chuparía el culo? (No quiso responder.) ¿Con qué escritor practicarías coprofagia? Washington Cucurto. ¿Qué escritor te gustaría que te coprofagie? César Aira. ¿Cogerías con lectores? Si leyeron mis libros, no creo que quieran cojerme. ¿Quién es el hijo mogólico de Borges? Todos somos hijos mogólicos de Borges. ¿Quién es el hijo mogólico de Osvaldo Lamborghini? Aira. Pero el pobre de Osvaldo no tiene la culpa. Si fueras un escritor suicidándose, ¿cuál serías? Definitivamente, Tom Wolfe. ¿Qué te suscita María Kodama? Algo raro: Borges cogiendo. ¿A qué escritor realista salvarías? Álvar Nuñez Cabeza de Vaca. ¿A qué escritor del Boom mandarías a Guántanamo? Che, ¿Mempo Giardinelli era del Boom? ¿Algo más que nos quieras contar sobre la caca? ¿El baño?


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Talleres literarios: ¿se puede aprender a escribir? Marcos Lizemberg Brinda talleres literarios en diversos centros culturales de la ciudad de Buenos Aires.

Si buscás una respuesta, este no es tu artículo.

En principio, más vale. No hace falta más que leer dos o tres libros de algunos autores importantes para advertir que allá, en el nebuloso comienzo, eran unos pichoncitos mojados y, veinte años más tarde, terminaron siendo unos genios de la ostia. Julio Cortázar es quizás un caso paradigmático: su obra cuentística puede leerse como una escuela autodidacta de escritura, comenzando por los textos torpes y zozos, tipo El río o Los amigos o cualquiera de sus chistes surrealistas para niños disfrazados de prosa experimental (que Ricardo Piglia definiría como ejercicios de ese insoportable humor estilo María Elena Walsh) hasta llegar a El otro cielo o El perseguidor, relatos largos de una complejidad exquisita. La escritura, en todo caso, es siempre, incluso para los más grandes, un largo camino de aprendizaje. Ahora bien, ¿qué relación pueden entablar los talleres literarios con ese camino largo y sinuoso? ¿Cuánto puede progresar un aprendiz de escritor en estos talleres, únicos ámbitos que ofrece actualmente el mercado cultural para formarse como escritor? Empecemos por decir que en Capital Federal, al menos, los más prestigiosos de estos talleres inician su ciclo con un listado de axiomas básicos


· Evitar las cacofonías –es decir la acumulación de sonidos trabados (por ejemplo: Tras la triste travesura, la niña se sentía feliz), · Evitar las rimas involuntarias (Ella vivía en una bahía escondida en las cercanías de Las Toninas), · Evitar los gerundios –por ser intemporales e impersonales, y utilizarse sin control en la lengua cotidiana (Doña Berta le dice a Doña Rosa: - Ayer estuve buscando el programa de Tinelli en la televisión, mientras mi hija seguía peleándose con el novio por teléfono. ¿Seguirán pasándolo a las diez?), · Evitar los adverbios terminados en “-mente” –porque ofrecen la manera más sencilla de hacer que una prosa suene literaria, en el peor sentido de la palabra, y en realidad adjetivan de una manera vaga y pretenciosa (Entonces el hombre me habló amenazadoramente), · Evitar los pronombres posesivos –porque llenan el texto de sogas y aburridos contratos de propiedad (El chico estiró su brazo para agarrar su campera, y de su boca salió un eructo. Algo muy suyo), · Intentar decir más en menos –porque lo breve y bueno, dos veces bueno (La jirafa hizo un gran esfuerzo y, manteniendo sus omóplatos firmes,

elevó la cabeza por encima de las ramas del árbol, tensando así su largo y amarillo cuello, de manera que ahora se veía más alta de lo que ninguno de los que estábamos allí lo hubiera podido imaginar, vs. La jirafa estiró el cuello) Ahora bien, si uno se para frente a una biblioteca más o menos clásica y se pone a ojear libros a la marchanta, encontrará que ningún escritor más o menos contemporáneo, de decente para arriba, cumple con estas prerrogativas. Solo por dar algunos ejemplos: Cortázar abunda en cacofonías –no me refiero al gíglico–, y ese juego de consonancias y disonancias configura su tan laureado ritmo; Bolaño se zarpa con las rimas involuntarias; Monterroso, con los gerundios; y pongamos que Proust no se tomó muy en serio lo de lo bueno y breve dos veces bueno. Pero imaginemos por un momento que todos los grandes escritores cumplieran con estas reglas. Aún así, ¿esta es la primera lección de escritura que un profesor de taller (porque de alguna manera hay que llamarlo) tendría que darle a quien se acerca, por primera vez, al aprendizaje de la técnica literaria? Definitivamente, no. Si bien es cierto que ciertas reglas pueden funcionar como un chaleco de fuerza que obligue a desmarcarse de los lugares comunes, el hecho de que se las presente

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que todo aspirante a literato debería cumplir. Esto es:


como lo fundamental de la técnica narrativa es, por lo menos, sintomático de la concepción de escritura que impera en los talleres literarios. En estos, el estilo se piensa a priori como un trabajo superficial del lenguaje, es decir como una bella escritura, una forma más o menos esforzada y musical de encadenar las palabras en una frase. La concepción clásica del estilo como una totalidad orgánica parece quedar relegada a los grandes autores, mientras los aspirantes deben contentarse con escribir o mejor dicho con redactar literariamente un texto de manera correcta. La idea que corre por abajo es que existe un límite bien definido que separa a los alumnos de taller de los artistas natos, y por lo tanto la escritura de los primeros no merece la consideración y el análisis que reclaman estos últimos. (De paso, los profesores se arrogan el derecho de colocarse del otro lado de la muralla, o al menos de habitar un limbo intermedio, ni mediocres ni iluminados, ni escritorzuelos ni talentos desencadenados, abnegados trabajadores que tal vez un día conquisten la gloria de acceder al panteón). En cualquier caso, quizás esa diferencia tan marcada entre un escritor de oficio y un artista del lenguaje, no esté signada tanto por los circuitos donde se constituyen y sostienen ambas figuras, sino por la manera en que se las

piensa en general. No olvidemos que escritores tremendos y muy distintos como Raymond Carver o Juan Villoro se formaron en talleres literarios, y que en varios países del mundo existen escuelas de formación en escritura que, en vez de oficiar de manchón imborrable en el currículum del futuro escritor, lo barnizan de un mayor prestigio, como pasa en varias universidades de Estados Unidos, donde Tom Wolfe o Steven Milkhauser dictan clases para sus grupos de alumnos, o en la escuela de escritura de Alessandro Baricco en Italia. La principal diferencia con los talleres locales es que, en estos, el objetivo parece ser que los alumnos refinen su prosa (sin darle importancia o relegando a un segundo plano la estructura argumental del texto) o, en los mejores casos, que incoporen los rudimentos de tales o cuales géneros literarios ya bien solidificados (pasando por alto la historicidad de todo género y, con ella, su oportuna caducidad). Mientras que en la Scuola Holden que lidera Baricco en Turín, por ejemplo, los talleres de técnicas narrativas se combinan con viajes, charlas con otros escritores, lectura y análisis de estudios culturales, formación en narración cinematográfica, en marketing y en escritura digital. Se trata de propuestas más abiertas, más experimentales, y por lo tanto más colectivas, donde el


estudiante hasta el momento, sino las conexiones posibles al interior del libro, sus momentos de incertidumbre o de interrupción, los trazos que pueden convertirse en un trabajo consciente y mayor, las marcas que indican desarrollos o retrocesos respecto a ideas previas, los lugares donde se intuyen nuevas posibilidades, superaciones o curvas impensadas. Desde el punto de vista didáctico, un libro de artista no solo es un desafío constante para quien lo realiza, sino también para el docente que debe analizarlo al final. Un objeto así podría trasladarse al aprendizaje literario con resultados altamente productivos. En un taller o una escuela integral de escritura, los estudiantes llevarían un diario de artista, entendido no ya como un espejo narcisista de la subjetividad, sino como un espacio de trabajo artístico cotidiano. Ese texto sería pasible de ser analizado por un otro en una instancia de enseñanza o de guía. Y tal vez esta sería una forma, entre muchas otras posibles, de expandir nuestra concepción del aprendizaje literario. Desnaturalizando las concepciones tradicionales de trabajo narrativo, que muchas veces limitan las posibilidades de crecimiento artístico, sin despreciar la formación en técnicas y recursos clásicos. Evitando concebir a la escritura como una práctica taciturna y solitaria, para apostar por un aprendizaje

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aprendizaje involucra la incorporación de los recursos clásicos pero se mantiene en conexión con las formas cambiantes del presente, y sobre todo compromete la creación artística con la experiencia cotidiana, de una manera tal vez más vital, y por eso mismo más ambiciosa. Pero no es necesario viajar a Turín (y pagar los seis mil euros de matrícula que cobra la Scuola Holden) para encontrarnos con otra concepción de aprendizaje artístico. En la carrera de Bellas Artes del IUNA, aquí en Buenos Aires, por ejemplo, además de ejercitar diversas técnicas y foguearse en distintos estilos pictóricos, los alumnos tienen que llevar un libro de artista que el docente, al final de la cursada, analiza y califica. El concepto de libro de artista resulta más que estimulante: se trata de un cuaderno donde el estudiante dibuja, pinta, arranca, pega, tacha, borra, vuelve a dibujar, anota, cualquier cosa que se le ocurra en el día. Un espacio de trabajo cotidiano donde el boceto ya es obra, o mejor: donde nunca hay obra, sino sencillamente donde se registran las consecuencias del choque azaroso entre vida e invención. Como la creación del libro de autor no responde a ningún objetivo predeterminado, al final de la cursada, es decir a la hora de analizarlo y calificarlo, el docente está obligado tomar en cuenta, no solo el camino personal recorrido por el


colectivo. Narrando la experiencia cotidiana para abrirle posibilidades al juego de la ficción. Néstor Sánchez decía que la condición de escritura de todo texto es que ese texto sea desechable. La frase tiene muchas lecturas posibles, pero en este contexto podemos pensarla como una propuesta de trabajo: para practicar la escritura, no hagamos literatura. Hagamos arte.


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Marcos Lizemberg El paciente nace por sesaria el 3 de junio de 1989. Su desarrollo es normal durante infancia y pubertad. A la edad de 14 años sufre erupciones urticantes frecuentes en cuello y zona abdominal. Se le adscribe benadryl elea y terapia psicológica. En la adolescencia se desarrolla con normalidad. A los 16 años se le detecta fimosis y se interviene quirúrgicamente con resultado exitoso. A los 21 años se le extrae una muela de juicio. A los 24, la otra muela de juicio.

El libro de Montiel ...¿qué expresáis con vuestros ojos? Me parece que expresáis más que todos los libros que he leído en mi vida Whitman 1 Desde el principio notamos que tenía algo raro. No sé, esa barba negra y desprolija, ese saco viejo que nunca se sacaba, esa forma tan suya de caminar, como si un resorte interno lo obligara a encorvarse a cada paso. No sé, capaz estoy exagerando, capaz los otros le digan cosas distintas. Pero que no era un hombre común, un profesor normal como los otros, de eso estoy segura. La forma de darnos la tarea, por ejemplo. Dictaba un cuestionario o copiaba unas oraciones en el pizarrón, y el resto de la hora se la pasaba sentado en el escritorio, la cabeza hundida en alguno de esos libros que parecían ser lo único que llevaba en el maletín. Por eso al principio nadie le hablaba. La mayoría se ponía a charlar o a jugar a las cartas mientras nosotras hacíamos la tarea. Cuando digo nosotras me refiero a Melu y a mí, sí, Melu es mi mejor amiga. Y le digo que una vez que hacíamos la consigna, nosotras también nos poníamos con lo nuestro, hablábamos de películas o escuchábamos Björk en el mp3. Es que si el profesor quería darnos hora libre, ¿por qué lo íbamos a contradecir? En ese sentido, tampoco era tan diferente del resto de los


un salto y al que tenía más cerca le hacía una pregunta incómoda, no sé, si alguna vez no se había despertado de una pesadilla, por ejemplo, o si pensaba seguido en lo que pasaba en el fondo del mar. En el recreo, Chelo imitaba sus gestos y su manera de caminar, y Lucas, más por hacer espectáculo que otra cosa, aplaudía, se descostillaba de la risa, pero la verdad es que eran pocos los que los seguían. A nosotras, por ejemplo, Montiel nos daba lástima. Melu estaba segura de que era viudo. Alguna vez había sido un buen profesor, incluso un profesor brillante, decía Melu, pero la muerte de su esposa lo había arruinado. Yo no sabía qué pensar. Lo cierto es que, al menos abiertamente, él nunca había hablado con nosotros. Nunca, hasta el día en que pasó lo del libro. Ya ni me acuerdo cómo empezó, pero tuvo que ser apenas un tiempo antes de que empezáramos a preparar el acto. Los chicos estaban molestando, hacía rato, se tiraban papeles y lápices por encima de los taburetes. En un momento Santi le erró y el proyectil fue a parar a los pies del profesor. Le digo que si hubiera sido una birome, una piedra, incluso una bala, todo hubiera seguido con normalidad, el profesor, sin despegar los ojos de su libro, la hubiera alejado con una ligera patadita, hubiera cruzado las piernas y seguido con su lectura. Pero el problema era que se trataba de un libro

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profesores. Al poco tiempo ya empezaron a molestarlo. Era la bandita del curso: Chelo, Gabo, Lucas y su hermano Santi, y alguno más que se prendiera en el momento. No es que sean chicos malos: conmigo, de hecho, nunca se la agarraron. Pero siempre hay que andar soportando que interrumpan la clase para decir alguna estupidez, como si en vez de estar en tercer año estuvieran en séptimo grado, ese momento patético donde los varones se pegan por pegarse y hablan de chicas o de sexo como si fuera un secreto. En el fondo, siempre supimos que Lucas era un cobarde. Pero no, no me malentienda: es cierto que el profesor Montiel tenía gestos, o conductas, cómo le puedo decir, sospechosas, pero también es cierto que lo fueron cebando, ¿entiende?, lo fueron pinchando despacito hasta que explotó, y lo peor es que la armaron bien, de una manera fina, usando toda esa inteligencia que les faltaba para las otras cosas. Me acuerdo, por ejemplo, el episodio del libro. Hasta ese día Montiel había aguantado como un rey: bolitas de papel, el láser, la linterna, el clásico de cambiarle la silla sana por una rota. De vez en cuando bajaba el libro y miraba a Chelo o a Lucas con los ojos entornados y una dureza en la mandíbula que daba escalofríos. Otras veces se paraba de


–creo que el Martín Fierro– y encima con el porrazo se había roto. El profesor dejó de leer, agarró el librazo desecho, y sin decir palabra lo sostuvo un rato a la altura de la cabeza. Después clavó su mirada en nosotros, en cada uno de nosotros, como si todos fuéramos culpables de un crimen atroz. Se hizo el silencio. Melu y yo miramos de reojo a Santi. Él había sido el responsable, todos lo sabíamos, pero también sabíamos que nadie, por más que nos obligaran, iba a abrir la boca. Y fue entonces cuando Montiel llamó a Lucas por su nombre, y Melu y yo nos quedamos atónitas. Sí, lo llamó por su nombre y no por su apellido, Levitski, como le decían todos los profesores. En seguida Lucas se puso a protestar, pero el profesor repetía su nombre como una máquina. Tuvo que pasar al frente. Montiel apoyó entonces el libro roto en el escritorio, tomó el que venía leyendo, buscó una página en especial, y se la señaló a Lucas. ¿Qué?, dijo él. Montiel volvió a indicar la hoja y estiró una mano hacia nosotros. Lucas entendió, y se rió como una hiena. Negó con la cabeza, como si no creyera lo que el profesor le estaba pidiendo, pero Montiel perdía la mirada sobre nuestras cabezas, como la estatua de un prócer que mira al horizonte. Y Lucas no tuvo más remedio que empezar a leer en voz alta.

Y cuando terminó, oficial, no se imagina las risas que largamos, no solo porque el poema o lo que fuera estaba lleno de diminutivos y de rimas tontas, sino porque era un poema de amor. Me acuerdo de la cara de Lucas cuando se hizo el silencio, estaba pálido y le temblaba el pulso, los ojos pegados al punto final tan solo por el terror a levantar la cabeza y encontrarse con nuestras caras rojas de placer, con nuestras sonrisas incontenibles, con todo su fresco y flamante infierno. A Montiel, para colmo, no le bastó con la lectura en voz alta. Tan serio y reconcentrado como antes, le preguntó a Lucas qué había sentido. Él, obviamente, no le respondió. El profesor se lo volvió a preguntar y Lucas siguió callado. ¿Aunque sea entendiste algo?, le dijo, suspirando con bronca. Lucas tardó en contestar, incluso amagó con volver a su asiento, pero terminó diciendo entre dientes que se trataba de una mujer triste, una mujer sentada en medio del desierto que se lamentaba de algo. El profesor le preguntó de qué se lamentaba, pero Lucas dijo que no sabía, que tal vez de alguien que se había ido o algo así, su marido, su hijo. La verdad, yo no tenía idea de si era cierto, creo que nadie en el aula sabía si Lucas hablaba en serio o era una especie de burla desesperada, pero si lo fue tuvo suerte, porque Montiel lo miró a los ojos durante unos segundos


decir una vez que se le había ocurrido el obsceno propósito de enseñarnos algo. Por esos días, y al revés de lo esperado, Lucas estaba tranquilo. Si algún profesor le hacía una pregunta, contestaba haciéndose el canchero, como siempre, pero en general se mantenía distante y silencioso, y le juro que daba alegría verlo así. En realidad es un chico lindo, inteligente, y hasta sería buen alumno si no se sentara con los infantiles de sus amigos. A veces, en las horas libres, venía a visitarme a la primera fila, y aunque hablaba poco y rara vez me miraba a los ojos, con Melu siempre comentábamos que Lucas no era tan necio como aparentaba. Una tarde fui yo a sentarme a los bancos del fondo. En un momento le hice una broma sobre el poema, que buscara un remedio para su mal de amores, y él sonrió con malicia y me dijo al oído que tenía que esperar, que ya vería a lo que podía llegar un hombre con sed de venganza. Yo no pude evitar soltar una risita: ¿no le digo que es un chico inteligente? Lucas se había dado cuenta de que las bromas fáciles ya no servían: el profesor Montiel se merecía algo mejor. Empezó con los manejos. Fingía que alguno de nosotros le había robado el libro, y durante media hora lloriqueaba y acusaba al supuesto ladrón en nombre del amor por la literatura, cuando era obvio que el libro en sí no

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y después le preguntó si había sentido a la mujer. Eso le preguntó: ¿Y usted sintió a la mujer? ¡Qué pregunta, por favor! Me acuerdo que con Melu nos miramos y dijimos acá se pudre. Lucas, a su vez, miró a Montiel con furia, tiró el libro sobre el escritorio, y le dijo que no preguntara idioteces, que él no podía sentir a esa mujer porque esa mujer era solo un personaje. Y el profesor sonrió con ironía, y mientras Lucas le daba la espalda murmuró algo inentendible, algo sobre la palabra máscara y la palabra persona, ya no me acuerdo. La anécdota se hizo famosa: durante unos días no se habló más que del romanticismo incurable de Lucas Levitski. Más tarde el profesor nos contó que lo que Lucas había leído no era un poema, sino parte de una obra de teatro de Federico García Lorca. A partir de ese momento, de hecho, Montiel empezó a comunicarse más con nosotros, siempre como en otro idioma y con una actitud mezcla de soberbia y de timidez, pero acercándose al fin, y nos dio a leer algunos libros que, según Melu y yo chequeamos, no estaban en el programa del curso. Teatro, más que nada. García Lorca y Oscar Wilde. Seguía hablando poco, pero a veces hacía chistes que nadie entendía y sin embargo nos hacían reír. Supongo que era ese pequeño pero inesperado cambio, su extraña forma de ser lo que nos hacía reír. Melu lo oyó


le importaba nada. El profesor se daba cuenta, pero extrañamente no lo retaba como sí había empezado a hacer con Santi o con Chelo. Y Lucas doblaba la apuesta. Un día tuvimos prueba y él fue el último en entregar. Se lo veía muy concentrado en la escritura y había ordenado sus útiles en el banco para que nadie pudiera mirarle la hoja. Montiel lo observaba desde el escritorio, más perplejo que nosotros. Antes de entregar Lucas se preocupó, incluso, por alinear las hojas sobre la superficie del escritorio: obviamente, las hojas estaban en blanco. Otra fue la lectura de esa escena de Otelo. Cuando el profesor repartió las copias para que “aprendiéramos a cantar los versos”, Lucas se las ingenió para mechar versos guarangos que nosotros, casi sin darnos cuenta, leímos en tono dramático. Y lo increíble es que Montiel, aunque se lo veía notoriamente afectado, seguía sin responder. Por esos días vino a hablarnos el profesor Coleman. Es el de Física, sí. Creo que todos nos sorprendimos cuando lo saludó a Montiel con un apretón de manos, porque hasta los profesores parecían rechazarlo. Coleman se paró en el centro del aula y anunció que en el acto de mitad de año, para aprovechar el trabajo que habíamos hecho en clase, se iban a hacer unas escenas de Otelo. Los que

queríamos podíamos proponernos para un papel. Montiel escribió en el pizarrón los nombres de los personajes y pidió que nos levantáramos para anotar los nuestros al lado del papel que queríamos. Le pregunté a Melu qué pensaba y me susurró que ni loca. Al rato algunos se levantaron. La mayoría se anotó para personajes secundarios, menos Santi que escribió su nombre para Otelo. Entonces Melu se levantó y se anotó para Desdémona. Yo me conformé con escribir Carla junto al papel de Emilia. Al final todos los papeles estaban cubiertos menos el del más malo de los malos: Yago. Era el que más tenía para memorizar, obvio, y según Montiel el personaje central de la obra –aunque yo creo que el personaje central era Otelo, porque si no Shakespeare hubiera titulado a la obra Yago, ¿no? Igualmente, solo había uno de nosotros que encajaba en el personaje, y esa persona no se levantó de su silla. Durante una o dos semanas el papel estuvo libre, había quienes dudaban, Chelo se hacía el valiente pero bien que en la clase se quedaba mudo. Finalmente Lucas dio el paso adelante: irrumpió directo en el escenario, en mitad de una de las primeras pasadas –ya habíamos empezado a ensayar porque la fecha se nos venía encima, aunque la verdad es que sin Yago se complicaba bastante.


vez tierno que decía su parte sin miedo a mirarme a los ojos, y que cuando me levantaba de la cintura me hacía reír como una boba. En fin: parecía que Lucas, por primera vez, se estaba tomando algo en serio. Llegó el ensayo general. Todos teníamos que ir disfrazados, menos Lucas que decía que usar disfraces era de maricón. El profesor, me acuerdo, se había emprolijado la barba y mandado a lavar su saco bordó, que aunque olía a lavanda seguía siendo el viejo saco gastado de siempre. Montiel saludó a todos con un apretón de manos y antes de empezar leyó unas líneas de un papelito, algo sobre un encuentro en una caverna, sobre manos que tanteaban en la oscuridad, sobre respiraciones agitadas. Y al fin pusimos manos a la obra –nunca mejor dicho. Salió bastante bien, ¿sabe? Hubo ciertos errores, sobre todo pequeñas lagunas, pero la mayoría tenía las ideas firmes y hasta recitaba con ganas. ¿Cómo? Sin dudas: Lucas era el mejor. Aunque desentonaba con su ropa deshilachada en medio de los disfraces, él era el único personaje real. Si hasta me acuerdo que cuando terminamos Montiel le apoyó una mano en el hombro. Y después pasó lo que ya sabe. Al día siguiente nos vestimos, nos maquillamos, nos deseamos suerte, nos abrazamos, nos ubicamos detrás del

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Fueron días de locos. Entre armarse el disfraz y quedarse después de clase, entre obedecer a la profesora de Artes y seguir las indicaciones de Montiel... Porque, obviamente, Montiel no perdonaba una línea. Se sabía las escenas de memoria, y levantaba un dedito cada vez que alguien se equivocaba. Y todos nos equivocábamos. Sobre todo Melu, o sea Desdémona, tenía una escena larga, cara a cara con Santi, que siempre le salía mal. A mí me daba bronca, porque Melina es más rápida que yo y no podía ser que cada dos palabras se quedara trabada. En cuanto a Lucas, desde un principio puso todo su esfuerzo. Montiel seguía sin mirarlo, pero cada vez que Lucas decía su pasaje al pie de la letra, sonreía ensimismado. Hacia el final era una cosa increíble. En las clases Lucas era el de siempre, vago, burlón, pesado, pero en el escenario sabía todos sus movimientos, decía su parte a la perfección, y más de una vez logró emocionar a la de Artes, aunque eso tampoco era tan difícil ahora que lo pienso. Yo, obviamente, desconfiaba de sus buenas intenciones, pero en los pocos diálogos que compartía con él la verdad es que, cómo le puedo decir, me hacía sentir diferente, como si en vez de hablarme a mí Lucas le hablara a una Emilia de carne y hueso, o como si me hablara a mí pero desde un Lucas que yo desconocía, un Lucas serio y a la


telón. Y Yago no venía. Qué le puedo decir. Hasta cierto punto era imaginable, por lo menos yo, en el fondo, no había descartado la posibilidad de que pasara. Pero el profesor… Creo que él sí que no se la esperaba. Daba vueltas y vueltas en la trastienda del escenario, pisando tan fuerte que las pisadas llegaban hasta el público. Y el público gritaba y aplaudía, y algunos de mis compañeros empezaban a mojarse el disfraz de la transpiración y de puro nerviosos le preguntaban a Montiel cuánto faltaba para empezar, como si no supieran que sin Lucas no se podía empezar, como si no supieran que sin el malo de la película los buenos, aunque fuéramos muchos, no teníamos nada que hacer. Y así termina la historia, oficial. Ese día, a la salida del colegio, Melina intentó besar a Santi, pero él la rechazó. Incluso se burló de ella, le dijo que para Desdémona le faltaba un montón o algo por el estilo, se hizo el culto el tarado. En el fondo, ahora que lo pienso, ese chico es igual a su hermano, igual que todos los hombres, como dice mi mamá. Aunque no sé si como todos. El profesor Haroldo Montiel, creo yo, es una excepción. Pensar que al día siguiente, en vez de Lucas, fue él quien faltó a la escuela. Y cuando a última hora el profesor Coleman pasó a avisarnos que Montiel había renunciado, con Melu nos agarramos las manos por abajo del

banco. Es triste, ¿no, oficial? ¿Que todos los hombres sean así? ¿Usted qué opina? 2 No era tan extravagante como algunos dicen. No, señor. Porque en la escuela ya hay quienes hablan de una especie de monstruo melancólico, que arrastraba sus ropas por los pasillos y recitaba versos incomprensibles en los rincones oscuros. Haroldo es un hombre de bien. Un colega de los que valen la pena –y no hay muchos. Es cierto que un poco tímido, un poco retraído, como si hubiera renunciado hace tiempo a enredarse en las luchas triviales de la vida cotidiana. Pero de ahí a considerarlo un delincuente, oficial, hay un abismo. ¿Sabe lo que pasa? Muchos, simplemente, no lo entendían. No voy a dar nombres, si eso es lo que usted pretende. Pero el círculo de docentes, en general, le daba la espalda, le tenían miedo, o envidia, no sé; siempre que se suma alguien nuevo le hacen lo mismo. Supongo que no puedo jactarme de trabajar en el ambiente más respetable y hospitalario. En lo que a mí respecta, sin embargo, desde el principio supe que Haroldo tenía algo especial, esa chispa en los ojos característica de algunos locos y de algunos genios –que no son lo mismo como piensa la gente. De vez en cuando nos cruzábamos en la


que Haroldo era un hombre casado –se acaba de divorciar, pensé; la mudanza y su ingreso a la escuela formaban parte de una misma decisión, tomada al vuelo para salir del pozo. Le hablé entonces de una de las ordenanzas del colegio, la Señora Alina, que alguna vez me había hecho la limpieza en casa. Pareció conforme. Por esos días, es cierto, Levitski estaba desatado. ¿Qué le puedo decir? Ya había repetido segundo, iba camino a repetir tercero. A eso súmele que las preceptoras lo amonestaban cada dos minutos, por cualquier nimiedad, tan solo para descargar su frustración. Yo, personalmente, no tengo nada contra él. Es cierto que molesta y distrae en clase, pero al menos en Física sus exámenes son decentes. Debe ser una cuestión de herencia, ¿no? Sabrá usted que el padre de Levitski trabaja para un laboratorio. Un laboratorio importante, además, porque es un hombre que siempre está de viaje. Afortunadamente, tuve la oportunidad de conocerlo. Lo habían citado por algún problema con Lucas, y alguien tenía que ponerle el pecho a las balas: como de costumbre, me mandaron a mí. Un hombre elegante, el Señor Levitski. Se la pasó gritando cosas incongruentes, sin escuchar una palabra de lo que yo tenía para decir. Creo que tenía miedo de que echáramos a su hijo. En un momento tuvo que

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Sala de Profesores, y yo lo invitaba a un café y le preguntaba cómo se sentía en el colegio, cuáles habían sido sus trabajos anteriores y ese tipo de cosas. Sus respuestas eran siempre luminosas, aunque usara palabras comunes y corrientes; no podría explicarlo; para eso hay que ser escritor, o poeta, y creo –o mejor dicho sé– que yo no lo soy, aunque me considero un amant lointain de la literatura, especialmente de la ciencia-ficción, un género que, sospecho, no debe interesarle en lo más mínimo a Haroldo. Él siempre fue un hombre del teatro y de la poesía, y me consta que es un lector febril, a tal punto que cuando me vio sentado en el bar de la escuela con las Hojas de Hierba de Whitman, su pasión pudo más que su timidez y se sentó a mi mesa sin preámbulos. Aquel día conversamos bastante. Sobre las Hojas de Whitman, sobre todo (un libro profundamente científico si usted lo sabe leer). Después hablamos de las autoridades de la escuela y también de los alumnos. Por lo que entendí, descreía por completo de la educación pública. La consideraba, incluso, nociva. Le pregunté entonces por qué se había dedicado a esto. Respiró hondo, no me respondió. Al rato comentó que se había mudado a la vuelta de la escuela, y preguntó si yo conocía alguna mujer que limpiara casas. La pregunta me dejó perplejo, tal vez porque daba por hecho


atender un llamado y pidió permiso para retirarse de la sala. Por supuesto, nunca volvió. No, no me malinterprete. No estoy hablando mal del Señor Levitski. Estoy hablando de Lucas, de Lucas como hijo y de su evidente falta de límites. Cuando sucedió lo del poema de amor, de hecho, yo temí por Haroldo, supe que tanto Levitski como el círculo de profesores responderían en lo inmediato con alguna clase de contraataque. Así que abordé a Haroldo en un recreo y le manifesté mi preocupación. Él sonrió y dijo que no me preocupara. Dijo que Lucas –porque lo llamó por su nombre– no era una amenaza para él, más bien todo lo contrario: sospechaba que bajo esa máscara de renegado se ocultaba, literalmente, “una auténtica alma sensible”. Yo no estaba muy seguro de eso, más bien estuve a punto de soltar la carcajada, pero decidí no contradecirlo. En cuanto a su imagen ante las autoridades de la escuela, concluyó Haroldo, le importaba una mierda. Pero yo no estaba tranquilo. Así que le propuse que hiciéramos unas escenas de Otelo para el acto de mitad de año –una buena estrategia para calmar los ánimos de todos los frentes. Y durante un tiempo todo marchó bien. Qué digo bien: marchó a la perfección. ¡Quién hubiera previsto que yo terminaría acá, oficial, teniendo que darle a usted explicaciones! Si según

Haroldo cada ensayo salía más redondo que el anterior, y hasta le habían vuelto las ganas de dar clase, y Levitski parecía hechizado con el personaje de Yago. Incluso recuerdo que un día tuve que meterme de urgencia al baño de alumnos y lo vi, sentado sobre la tapa del inodoro, la puerta del cubículo entornada, leyendo a escondidas un libro de Shakespeare. Por supuesto, supuse que era Otelo. Pero cuando miré mejor vi que el título rezaba Hamlet. ¿Escuchó? ¡Hamlet! Haroldo había logrado lo que cualquier profesor trabaja años para conseguir. Cuando se lo conté, por supuesto, no dijo nada. Pero en sus ojos chispeaba una alegría infantil. Y llegó el ensayo general, y yo bajé al salón a ver cómo marchaba todo, y antes de empezar Haroldo se llevó a los actores aparte y les leyó algo en voz baja. Yo lo escuché desde lejos, mientras ayudaba a montar el escenario, pero enseguida supe que eran palabras de su pluma. Hacía rato sospechaba que Haroldo escribía, sencillamente porque un hombre que ama desesperadamente los libros, está obligado a hacerlos. Pero ciertos amores, como verá, salen muy caro. Y el Otelo de Montiel nunca llegó a ponerse, porque Levitski brilló por su ausencia en la función, convirtiéndose así en el auténtico Yago de la opereta absurda que es esa escuela. Respecto a la renuncia de


un poco triste. Pero había algo más en toda la cuestión: una pieza que no terminaba de encastrar. Como si fueran, cómo le puedo decir, unos cascabeles, unos horrendos cascabeles helados. ¿Entiende? Unos cascabeles helados que nunca dejaban de sonar. Decidí visitar a Haroldo. Busqué su dirección en los legajos de Administración. Varios días aproveché el impás del almuerzo para tocarle timbre, pero nadie atendía. Comencé a fabular hipótesis. Era evidente que el hombre no pasaba por su mejor momento: solo, sin trabajo, por consiguiente sin plata. Y lo peor: desmoralizado. Lo imaginé deprimido, tirado en una cama inmensa, sucia de migas o cenizas de cigarrillos. Una tarde me encerré con la Señora Alina en la despensa de la limpieza y le conté de mis visitas frustradas a lo de Haroldo. Me pidió disculpas, pero dijo que últimamente sabía poco y nada del Señor. Le pregunté si se había ido de viaje o simplemente no aparecía por la casa. Dijo que todo lo contrario. Que al menos durante su horario de trabajo, Haroldo se encerraba con llave en una habitación de techo alto, el único ambiente donde no la dejaba entrar a limpiar. Me dijo que la habitación debía estar llena de polvo y yo, ansioso por obtener información valiosa, le dije que eso no importaba. A lo que respondió que para ella sí que importaba, porque

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Haroldo, honestamente me pareció injustificada. También, debo aceptarlo, me ofendió un poco: se había marchado del colegio antes de que terminara el acto, y a primera hora del día siguiente hizo llegar su renuncia. Ni siquiera se despidió. Las autoridades, si bien lo disimularon, estaban aliviadas. Incluso hubo alguien que dijo que el caso de Montiel era paradigmático. ¿Paradigmático de qué, me quiere decir? ¿De la distancia infranqueable entre los chicos y los profesores? ¿De la traición a la que el docente se arriesga cuando apuesta por los alumnos? Por favor, oficial. Si ni siquiera lo llamaron a su casa para despedirse en buenos términos. Y yo tampoco me hubiera vuelto a comunicar, a decir verdad, si no hubiera sido por la carta suya que recibí esa misma tarde de manos de la Señora Alina. Era breve, no la recuerdo bien. Pero hablaba del dolor, eso sí, de un dolor viejo que volvía a abrir los ojos, un dolor viejo que volvía a respirar, y terminaba con una frase que no olvidaré. “Si para Otelo Yago es fundamental, imagínese para Shakespeare”. Durante los días siguientes pensé mucho en esas palabras. Fueron semanas extrañas, aburridas, interminables. Los alumnos se olvidaron pronto de Montiel, y las clases prosiguieron con normalidad. Pero yo estaba en otro lado. Claro, la ausencia de Haroldo me tenía


era una maniática de la limpieza y en una ocasión había tenido que buscar la llave e ingresar sin la autorización del Señor, por una especie de lealtad profesional. Yo intuí por donde venía la mano, pero tan solo para confirmar mi pálpito le pregunté qué había visto al entrar en la habitación. Y entonces ella sonrió. Quiero dejar en claro, oficial, que si le ofrecí dinero fue porque considero que la verdad está por encima de todo, tanto en materia de Ciencia como de Justicia, amén de los claros indicios que señalaban que Haroldo pasaba por una crisis de angustia profunda. La Señora Alina, entonces, pasó a describirme el recinto donde Haroldo se abocaba a su labor. Me dijo que en las paredes había unas cuantas bibliotecas vidriadas, donde asomaban tomos antiguos. Que el piso era de madera y que los estantes eran de madera y que sobre un escritorio amplio, también de madera, descansaba un cuaderno de tapas de cuero, abierto por la mitad. Mientras avanzaba por el cuarto, la Señora Alina alcanzó a ver, en portarretratos de estilo barroco, algunas fotografías, elementos que según ella no se repetían en ningún ambiente de la casa. Recordaba una, me dijo, que por el efecto de luz parecía velada, donde se veían dos hombres mirando a cámara, en medio de una playa, el mar de fondo. Llegada al centro de la habitación, y

conforme a sus manías irredentas, la Señora Alina pasó un dedo por la superficie del escritorio y, al mirárselo, sintió náuseas. Después intentó leer el cuaderno, pero la letra era imposible y segundos después entró Haroldo al departamento, por lo tuvo que retirarse de inmediato. ¿Y no alcanzó a leer una sola palabra?, pregunté, alzando otro billete. La Señora Alina me miró con resentimiento y respondió: ni una sola palabra. Eso fue lo que sucedió exactamente, oficial. Y sepa que el relato de esa habitación fue la pieza de dominó que hizo que cada pieza de esta historia se precipitara sobre la siguiente. Una mañana, mientras los chicos resolvían un circuito de termodinámica, comprendí cuál era la pregunta que retumbaba en las tinieblas de mi cráneo: los patéticos cascabeles helados. Y ese mediodía, mientras el cielo porteño se partía de la lluvia y los alumnos salían en estampida de las puertas del colegio, me senté a esperar en la vereda de enfrente, tan sereno y pensativo que si hubiera tenido un cigarrillo a mano reincidía en el vicio. Y cuando Levitski salió junto a Carla Vaccaro, una compañera del curso pero que por su carácter y su conducta está en las antípodas, no me impacienté, y esperé a que se despidieran con un abrazo y a que Levitski doblara en la esquina para cruzar a los saltos el río en


a los ojos, y repitió que yo no entendía nada. No podía hacerlo, ¿entiende?, dijo. Simplemente no podía. Entonces, en un relámpago, lo recordé leyendo en el baño. Y tampoco me imaginaba que el profesor Montiel iba a renunciar, agregó por lo bajo. Durante un momento nos mantuvimos en silencio, y yo vi en sus ojos algo que nunca había visto. Abnegación. Bronca contra sí mismo. El brillo feroz de la madurez. Duró un segundo, y después se me adelantó unos diez metros, dispuesto a seguir su camino. Pero yo, no sé muy bien por qué, continué siguiéndolo. Bajo los techos y los balcones de los edificios, continué siguiéndolo de cerca durante algunas cuadras más, los dos en completo silencio y sin voltear la cabeza para mirar al otro, él sabiendo que yo era su sombra, su condenada y estúpida sombra, y yo preguntándome cómo iba a hacer para dejar de perseguir a ese chico al que le debía unas sinceras disculpas o tal vez un abrazo fraternal. Y entonces lo vimos. Levitski se detuvo en una esquina y yo realenté el paso, porque creí que se daría vuelta para gritarme que lo dejara en paz. Pero Levitski se quedó inmóvil. Yo me detuve a su lado y seguí el rumbo de su mirada, que estaba fija en algún punto de la plaza de enfrente. Es una plaza conocida, los alumnos siempre van a estudiar o hacer picnic, pero ese mediodía, con el agua

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que se había convertido la calle. Como se imaginará, mi intervención sorprendió a Levitski, sobre todo porque tardé más de un minuto en preguntarle lo que le quería preguntar. Cuando lo hice, créame que su expresión se transformó por completo. Fue como si hubiera pinchado el nervio sensible de su verdadera cara, debajo de su cara. Se puso pálido y dijo alguna estupidez, algo como lo pasado pisado. Pero yo no me iba a conformar con tan poco. Se lo volví a preguntar, de distintas manetas, por lo menos diez veces en las dos cuadras que caminamos juntos, o mejor dicho en las dos cuadras en que lo perseguí. Porque él tenía una negación con el asunto. Negaba con la cabeza, y repetía usted no entiende, usted no entiendo. Y yo le decía que no, que claro que no entendía, y que por eso mismo se lo estaba preguntando. Porque a mí no me iba a venir con que había sido una broma. Me parecía demasiado estúpido para venir de él, y se lo dije bien clarito. Y en un momento me hartó. Sí, me puse a su misma altura, le hablé como un nene le hablaría a otro nene. Le dije que ya entendía. Que había sido tan solo un capricho. Que simplemente no había querido presentarse a la obra, y todo el resto de la gente había tenido que someterse a su real antojo. Y entonces Levitski reaccionó. Se detuvo en mitad de la vereda, empapado, me miró fijo


latigando sobre las copas de los árboles, la plaza estaba desierta. Salvo por él: sentado abajo de un árbol, la espalda sobre las raíces, las piernas flexionadas. Me compadecí: imaginé que la lluvia lo había agarrado desprevenido y que estaba muerto de frío. Pero al mirarlo mejor entendí que estaba escribiendo: la pluma corría a toda velocidad por las hojas de un cuaderno abierto sobre sus rodillas. Haroldo, murmuré. Y de inmediato me sentí avergonzado por haber pronunciado su nombre en voz alta. Pero Levitski ya no estaba al lado mío: se alejaba esquivando los charcos de una vereda destrozada. ¿Qué le puedo decir? Recuerdo cada detalle de esa escena como si todavía la estuviera viviendo. Por supuesto, mi deseo inmediato fue acercarme a Haroldo, ayudarlo como pudiera desde mi lugar. ¿Pero quién era yo para inmiscuirme en la vida de un hombre al que después de todo casi no conocía? Y aún más, ¿quién era yo para intervenir a mi antojo en las tribulaciones de un artista? Porque Haroldo, y esto yo no dejaba de pensarlo, debía tener un pequeño tesoro encapsulado en aquel cuaderno, una obra maestra que algún día sus amigos y sus enemigos –si es que tenía algún amigo o enemigo– terminarían por aclamar. Tenía que volver a visitarlo. Pero no en ese rato miserable que me

sobraba del almuerzo, tampoco en alguna cobarde escapada vespertina. Sería con la luna por testigo, como diría el poeta. Era una noche destemplada, ventosa, y la Señora Alina contestó el portero con voz jovial. Haroldo no me dejó subir al departamento, pero en cambio me invitó a caminar. Confieso que la situación me puso nervioso. No lo veía a desde el día de su renuncia, y si bien él ya era para mí otro hombre, para él yo seguía siendo Edgardo Coleman, el profesor de Física, un colega que le había dado cierto apoyo en un conflicto vago, ocurrido en una época remota. Porque a los ojos de Haroldo, y esto fue lo que me descolocó, todo aquello parecía haber quedado muy atrás. Me escuchaba hablar de la conducta desagradecida de las autoridades, pero no decía opinión, y cada tanto soltaba una risita superada. Dimos tres vueltas manzanas –exactamente, porque las conté–, pero me bastó la primera para advertir que yo mismo no sabía muy bien por qué lo había visitado. Le pregunté entonces por su trabajo, por su estabilidad económica, por su futuro profesional. Le dije que respetaba su decisión, pero que la renuncia me había parecido un acto visceral, apresurado. Él me miró muy serio, y dijo que tal vez tenía razón. Le dije que no tenía que hacerse mala sangre por casos como el de Levitski.


oficial. Discúlpeme, pero usted no lo sabe. 3 Mi hermano era otro antes de empezar a verse con ese hombre. Se lo juro. No me refiero a los libros ni a escribir. Es cierto que nunca estudiaba, pero siempre había algún policial dando vueltas por el cuarto. No hablo de eso. Hablo de cuando escribíamos juntos temas de rock, cuando íbamos a tomar unos Gancias al kiosco, cuando nos quedábamos toda la noche en el living de casa, a veces también con el Chelo o con Gabo, tocando La Renga o temas de los Red Hot y fumando hasta que se hacía de día. Ese tipo de cosas nunca volvieron a pasar… ¿Y sabe por qué? Por culpa del profesor Montiel. O por Montiel a secas, en realidad, porque a esa altura ya había dejado de trabajar en la escuela. Me acuerdo que lo vimos a las pocas semanas. Nos habíamos rateado y fuimos a la plaza de atrás del colegio. En medio de la charla el Chelo señaló un banco donde había un barbudo con un saco color bordó. Al principio creí que era un mendigo, de esos que duermen cada noche en un lugar distinto. Pero después caí en que era el profesor, y con los chicos empezamos a reírnos como locos y alguno le dijo a Lucas que su plan había salido a la perfección. me

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Haroldo sonrió y negó con la cabeza. Usted no me lo va a creer, dijo. Pero tuve una pequeña conversación con Lucas, hace poco. Disimulando mi ansiedad, le pedí detalles. Nos encontramos por casualidad en una plaza cercana y nos pusimos a charlar, dijo. Y agregó, meneando la cabeza: no se preocupe: si no es un alma sensible, al menos es un buen muchacho. Y es que así estaba Haroldo esa noche, oficial: triste y esperanzado. Después cruzamos comentarios sobre el invierno que se avecinaba o sobre lo lindo que se ponía el barrio de noche, y cuando el portón del edificio volvió a emerger de las sombras él aminoró el paso y yo supe que era el momento de la despedida. Le extendí la mano, pero él me dio un abrazo. Un abrazo breve, compacto: un abrazo de colegas. Luego entró al edificio y yo lo observé subir las escaleras con ese aire magnánimo que parecía haberle infundido nuestro paseo nocturno. Y esa fue la última vez que lo vi, oficial. Cientos de veces pensé en volver a visitarlo, pero me parecía que de alguna manera equivalía a quebrar un pacto. Un pacto con Haroldo Montiel, sí señor. Se lo acuse de lo que se lo acuse, estoy dispuesto a defenderlo. ¿Usted sabe lo que es un espíritu sensible, oficial? ¿Sabe de lo que es capaz un artista, con el fin de conocerse a sí mismo? No,


acuerdo que él se puso serio y preguntó por qué. El Chelo le dijo que mirara bien, que ese tipo desgarbado y sucio era Montiel, el de Literatura, el que había renunciado por su culpa. Y Lucas dijo que sí, que ya sabía quién era el barbudo, pero que no entendía la razón de tanta carcajada. Su respuesta, a mí, no me sorprendió. La verdad es que por esos días mi hermano ya estaba un poco raro. No sé cómo decirlo: medio perdido, medio lento; como si cualquier cosa que pasara a su alrededor, hasta la más boba, fuera digna de ponérsela a pensar. Al poco tiempo se enfermó. Le pasa todos los inviernos. Como papá estaba de viaje, a veces pasaba por casa la Kuki, que además de ser la que limpia es una especie de madrastra de nosotros –a mamá nunca la conocimos porque murió cuando me tuvo a mí, papá ya se lo habrá contado. Pero ese día la Kuki no podía venir, y Lucas insistía con quedarse en casa haciendo reposo. Al final me convenció y fui a la escuela solo, sin ganas, un poco preocupado. Al mediodía me inventé una diarrea y bajé a Dirección “a llamar a mis padres”: ni bien vi la puerta entreabierta, rajé. Entonces crucé la plaza y me quedé helado: ahí estaban, mi hermano y ese viejo, charlando en un banco de lo más tranquilos. Pensé: esto tiene que ser una joda. Pensé: mi hermano me mintió. Decidí seguir camino a casa.

Pero ni bien escuché abrirse la puerta, le pregunté a Lucas de dónde venía. Me respondió con la misma pregunta. Le dije que me había rateado porque estaba aburrido. Le dije que sabía de sus citas con Montiel. Al principio lo negó. Daba vueltas por el living y se ponía cada vez más pálido y más tartamudo. Cuando le dije que lo acababa de ver en el banco de la plaza, se sentó en el sillón y suspiró. Dijo que a la larga o a la corta se iba a saber, pero que necesitaba que yo cerrara la boca. Me hizo jurar que no se lo diría a nadie. Juramento de hermanos, dijo. Y yo juré, obvio, de tan confundido que estaba. Me confesó que Montiel y él se encontraban de vez en cuando, en la plaza o en una esquina, para charlar sobre teatro, libros, esas cosas. Como si fueran clases particulares, dijo Lucas, pero a un nivel más íntimo. ¿No era que lo odiabas?, le dije. Él sonrió con tristeza –o capaz se estaba burlando, no sé– y me dijo no, Santi, yo nunca odié a nadie. Como verá, fue una charla corta, pero a partir de ese día la transformación de mi hermano se aceleró como una turbina, o capaz era yo el que ya estaba avivado y lo notaba más. Lucas había dejado de ser el capo de la clase; seguía haciendo chistes, sí, pero de repente salía con esas ironías medio místicas, que solo hacían reír a las chupamedias de primera fila; él se había empezado a hablar con ellas. Con


bola negra, una bola dura que giraba, que raspaba. Lucas se encerraba en su cuarto y la bola giraba; Lucas me pedía que tocara más bajo la guitarra y la bola giraba; Lucas desaparecía durante días del colegio, y la bola no paraba de girar. Y giraba a toda velocidad –y ya la sentía quemar– cuando me hablaba de Montiel. Porque yo, cada tanto, le preguntaba por sus encuentros, por lo menos para hacerme una idea de lo que pasaba en su cabeza. Y él se ponía feliz de que alguien se interesara en lo que llamaba su “asqueroso trabajo literario”, y me mostraba uno o dos libros que su maestro le había prestado, y también unos poemas propios llenos de tachaduras y correcciones. Unos poemas que al viejo, parece, le fascinaban. ¿Te los corrige él?, le pregunté una vez. Me respondió que Montiel jamás los corregía, que solo los leía y los analizaba en voz alta. ¿Y él escribe? Claro que escribe, me respondió casi indignado. Solo que no le gusta mostrarlo. Es que mi hermano, oficial, estaba convencido de que Montiel era un artista. Varias veces me habló de ese cuaderno horrible que hoy tiene usted entre las manos: decía que había visto al viejo escribiendo bajo la lluvia, y desde aquel día no dejaba de pensar en esa obra maestra. ¿Escuchó? O-bra-ma-es-tra. Ridículo. Me consta que el viejo le insistía a Lucas con que ese cuaderno no existía, pero

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Carla Vaccaro y Melisa Palferro, sí. Y aunque muchos estaban sorprendidos, yo sospechaba hacía rato que Carla le gustaba, básicamente porque nunca se la agarraba con ella. Mis amigos no estaban menos confundidos que yo: Gabo llenaba los silencios con sus patéticas canciones sexuales, y el Chelo, que siempre dependió de mi hermano para burlarse de los otros, parecía atragantarse cada vez que Lucas decía una de sus frases matadoras sobre el tiempo que se perdía yendo a la escuela o sobre la importancia de ser conscientes de que nos vamos a morir. Si hasta había empezado a usar una campera vieja de papá –una que estaba en el armario desde la época en que papá trabajaba desde casa–, y caminaba con las manos en los bolsillos y el cuello de chivito subido hasta el cuello, como un actor de cine francés. Yo no sabía si reírme o matarlo. El Chelo no paraba de preguntarme qué le pasaba a Lucas, decía que yo tenía que saber porque vivía con él, porque era su hermano y esas cosas solo las saben los hermanos, pero mi respuesta no pasaba de una subida de hombros: le había prometido a Lucas que no iba a decir nada sobre su relación con Montiel, y aunque deseara con toda mi alma romper el juramento, no podía hacerlo. Empecé a sentir algo en el estómago. Algo como una


eso, para él, era pura provocación. Por esos días llamó papá. Estaba en Caracas cerrando unos negocios, y su voz sonaba con interferencia. Decía que en unos días iba a pasar por casa. Preguntaba si necesitábamos algo. Le dije que la Kuki venía dos o tres veces por semana y limpiaba la casa y nos dejaba la comida hecha. Preguntó por el colegio y mis notas, y después por las notas de Lucas. Le dije que Lucas estaba mejor que nunca, y aunque increíblemente no le estaba mintiendo, debió escuchar algo raro en mi voz –con papá nos conocemos hasta la médula– y preguntó si pasaba algo. Antes de que pudiera responderle dijo que hablaríamos bien en casa, en uno de esos buenos almuerzos que hacemos cuando vuelve de viaje. Después de una pausa le pregunté, por preguntarle algo, cómo era Caracas, pero papá hizo un chiste que no entendí y la comunicación se cortó. Ahora que lo pienso, no sé por qué no le conté a Lucas del llamado de papá. Supongo que lo veía tan ensimismado que no me animé a molestarlo –Lucas y papá nunca se llevaron bien. Esa semana los días pasaron como flechas y el viernes, a la salida del colegio, Gabo y el Chelo me acorralaron para preguntarme si era cierto lo que se decía. Yo no sabía de qué me hablaban. Confesá, me presionaba Gabo, ¿dónde se van a encontrar? Al rato entendí que

se corría el rumor de que mi hermano le había dicho a Carla de verse esa tarde. ¿Era eso lo que escondías?, apretaba el Chelo con una sonrisa torcida. ¿Era eso? Tanto jodían que terminé diciéndoles que sí, que Lucas estaba raro por eso, que el amor idílico era lo que lo había convertido en un soberbio idiota. Mi respuesta, igual, no les gustó demasiado. Se quedaron mirando el piso, medio atontados. Y sin saludar, yo empecé a caminar hacia casa, y después a trotar, y después a correr, y después abrí la puerta y subí las escaleras y una vez adentro golpee varias veces a la puerta de Lucas, sin que él se dignara a responder. Cuando al fin salió, sostenía unos papeles y estaba rojo y transpirado y le temblaba la voz. Dijo que acababa de escribir su mejor poema, y se puso a leerlo en voz alta. El poema hablaba de una mujer que bailaba entre las ruinas de una ciudad incendiada. Le pregunté si estaba de novio. Le pregunté por qué no me lo había contado. Le pregunté por qué la bola negra seguía girando sin que nada la pudiera detener. Él no me oía: agarró su campera de chivito, guardó el poema en un bolsillo, y abrió la puerta. ¿Se lo vas a leer a Carla?, grité. Primero lo tiene que ver Haroldo, dijo. Y se fue dando un portazo. Creo que nunca voy a olvidar esa tarde. Cuando Lucas se fue sentí que había llegado al límite. Di vueltas por la


y amenazándolo a gritos con castigarlo. Yo me encerré a escuchar Nirvana en mi cuarto, pero al rato entendí que no iba a poder oír otra cosa que los gritos de papá. A eso de las doce cocinó unos bifes chiclosos. Mientras poníamos la mesa le pregunté por el viaje en avión, pero no me contestó. Cenamos en silencio, medio en penumbras, con la franja de luz que salía de la puerta de mi hermano partiendo la mesa en dos mitades azules. Y fue en la sobremesa, mientras papá fumaba un pucho tras otro y Lucas, atrás de su puerta, silbaba Blackbird como si nada, cuando no pude más. No pude más, se lo juro. Interrumpí a papá mientras lavaba los platos, le pedí que se sentara, y empecé a hablar. Y no paré durante una hora. Y cuando terminé con la avalancha de palabras, los labios quebrados y la garganta reseca, sentí que la bola casi, casi se había detenido. ¿De qué hablé? De Montiel, básicamente. Le conté a papá todo lo que sabía, le dije que Lucas era otro. Los ojos de papá no se despegaron de mis labios. Después se levantó y me acarició la cabeza. Antes de irse por el pasillo se paró, dio una pitada larga al cigarrillo, y repitió que al día siguiente íbamos a almorzar en familia, como siempre que volvía de un viaje de trabajo. Yo terminé de lavar los platos, y cuando iba camino a mi cuarto toqué a la puerta de mi hermano, seguro de que no respondería.

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casa, miré la tele, intenté tocar la guitarra un rato. Nada me salía. En un momento empecé a sentir frío y calor al mismo tiempo, y me tiré a dormir una siesta. Y soñé. Soñé que me perdía en un barrio raro, lleno de gente cruel que se movía en pequeños grupos apretados, y aunque yo trataba de esquivarlos se hacía difícil, siempre volvían a aparecer. Desperté con palpitaciones y me quedé dando vueltas en la cama. Cuando escuché la cerradura imaginé que era Lucas entrando con Carla: los vi borrachos, abrazados, felices, y le juro, oficial, que quise desaparecer. Pero como después del portazo siguió un silencio, me asomé al living y vi la realidad: mi hermano se había quedado cerca de la puerta. Estaba solo. Se agarraba la cabeza. Después de unos segundos, sin moverme de mi lugar, lo saludé. Él se pasó una mano por el pelo y en un arranque de bronca tiró la campera al piso y fue a encerrarse a su cuarto. Yo avancé hasta el living y reconocí los pedazos del poema tirados, como vidrios chiquitos sobre la alfombra azul oscuro. Para colmo, al rato llegó papá. Entró con la valija y el bolso y saludó en voz alta como siempre, pero cuando notó todas las luces apagadas frunció las cejas y preguntó por Lucas. Lo demás fue el infierno: mi hermano había trabado la puerta y papá se la pasó golpeando como un desquiciado, pidiéndole que abriera


Pero, increíblemente, la puerta se abrió. Y Lucas me dio un abrazo. Yo le pedí perdón. Él dijo que nada importaba. Yo le pedí perdón. Él dijo que estaba bien. Dijo que necesitaba contarme algo. Necesidad, fue la palabra. Y a esas alturas de la noche y después de haber pasado ese día terrible, me senté a escuchar su historia. La historia de la pelea con Montiel. Qué le voy a decir. Ahora, lógico, todo cierra. Pero esa noche me sorprendió lo que contó Lucas. Dijo que no entendía lo que había pasado. Que al principio el viejo parecía estar de buen humor, incluso en su mejor día. Que lo alegró la noticia del nuevo poema y se preparó a escucharlo con entusiasmo. Pero cuando mi hermano terminó de leer, Montiel entró en trance: no hablaba, no se movía. Lucas le preguntó si se sentía bien, si estaba haciendo una joda. Al rato, de la nada, el viejo empezó con las críticas. Críticas injustas. Torpes, necias. Le despreció el poema. Dijo que mi hermano no sabía lo que era el amor. Dijo que todas sus enseñanzas no habían servido para nada. Se fue sin despedirse. Y Lucas quedó tan devastado que terminó faltando a la cita con Carla. Para subirle el ánimo le conté que esa tarde, antes de que llegara papá, había juntado los pedazos de su poema y lo había leído completo. Le dije que aunque no entendía mucho del tema, el poema

me parecía muy bueno. Mi comentario, más que aliviarlo, lo entristeció. Al día siguiente desperté en la cucheta de Lucas y noté que él no estaba. Tardé en acordarme de todo. Entonces pensé en papá. Cuando salí del cuarto, el almuerzo estaba servido. Comenté que Lucas no estaba y papá dijo que ya sabía. Por cómo lo dijo, entendí: habían discutido a la mañana y Lucas se había ido de casa. Siempre pasaba lo mismo, aunque seguro esta vez había sido peor. Me senté a comer y papá, que fingía estar de buen humor, me habló de las playas del Caribe, de la comida tropical, de la arquitectura precolombina. Durante todo el almuerzo dije sí, rascándome la cabeza: la verdad es que me importaba un carajo. Pensaba en llamar al Chelo o a Gabo, decirles que fuéramos a la plaza. Pensaba en disfrutar del sol, en tocar la discografía entera de Los Redondos. Pero cuando iba a levantar el tubo, tocaron el timbre. Y papá me va a disculpar, pero yo tengo que decirle la verdad. Era la Señora Alina. No, yo no sabía que trabajaba en la casa del viejo. Por eso me sorprendió verla ahí parada, con el mismo delantal que usa en el colegio y ese paquete entre las manos. Papá preguntó qué pasa y yo grité que era la Señora Alina, sin dar mayores explicaciones: él vino enseguida a la puerta y ella, al verlo, bajó la cabeza y


antes de que me lo sacara de vuelta de las manos y lo dejara abierto sobre el escritorio de Lucas, para que cuando volviera se enterara por sí mismo quién era ese tipo al que le decía su maestro. Pensar que Lucas soñaba con un libro de cien poemas, o capaz un drama de varios actos, al estilo Shakespeare. Pero nunca, jamás ese diario íntimo de enfermo, lleno de borrones y tachaduras y palabras reescritas miles de veces, donde lo único que se entendía eran los sentimientos que tenía ese viejo perverso por el pobre de mi hermano. Papá pasaba las hojas con furia, para un lado y para el otro, pero no decía palabra. Se contuvo hasta que mi hermano entró a casa, se encerró en el cuarto y se enfrentó a solas con la verdad. A esas alturas yo caminaba por las paredes y papá esperaba sentado, pálido como una estatua, fumando. En un momento me pidió que me acercara y con lágrimas en los ojos dijo que yo era el mejor. Cuando Lucas salió, parecía como si no hubiera dormido durante dos semanas. Nos miró con la boca entreabierta, como si necesitara una explicación. Y papá, obvio, se la dio. Va a tener que disculparme, pero creo que muchas cosas que se dijeron en esa pelea las olvidé a propósito. Sé que papá se burló de la ingenuidad de Lucas. Él dijo que ni siquiera lo había imaginado. Papá dijo que todo pasaba porque seguíamos

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preguntó por mi hermano. Papá la miró de arriba abajo, y dijo que él era el padre y que si pasaba algo con Lucas él lo tenía que saber. La Señora Alina dudó: me miró nerviosa, como pidiéndome ayuda para algo, pero papá le dijo que hablara de una vez. Y entonces dijo que traía un paquete del Señor Haroldo y que tenía la orden de no dárselo a nadie que no fuera Lucas Levitski en persona. Papá me miró de reojo, se rió sin ganas. Después me pidió que me fuera. ¿Qué?, le pregunté. Que te vayas a tu cuarto, pendejo, dijo él, y le sonrió a Alina de una forma que me hizo acordar a su sonrisa de la noche anterior. Yo lo obedecí, pero me quedé escuchando todo lo que se decían. Discutieron un poco, en voz baja. Después papá, que era el único que yo veía desde donde estaba, sacó su billetera. y la Señora Alina hizo un gemido, un gemido de angustia. No hizo falta que papá insistiera demasiado. La puerta se cerró: escuché los pasos atropellados de la Señora Alina en el pasillo. Ahora papá tenía el paquete. Lo abrió sobre la mesa. Además del cuaderno había una tarjeta donde el viejo pedía perdón por la discusión y decía que la mejor forma de disculparse era “abrirte, de una vez por todas, los oxidados portones de mi alma”. Papá agarró el cuaderno, se puso los lentes y se sentó a leer. Estuvo un rato largo: yo apenas pude hojear el manuscrito


yendo a esa escuela de mierda, adonde ya no iríamos más. Lucas dijo que no dijera estupideces y papá preguntó quién de los dos era el estúpido y también dijo que se sentía defraudado. Lucas sacó entonces el tema de los viajes, los viajes de trabajo de papá. Dijo, más o menos, que lo mejor era que papá no se anduviera con más vueltas y se fuera definitivamente. Y entonces todo, oficial, se fue a la mierda. En un momento papá le preguntó a Lucas si le gustaban los hombres. En un momento Lucas casi lo escupió. Y al rato alguien –pero no me acuerdo quién fue– nombró a mamá, y yo sentí que literalmente nos íbamos a matar. Entonces mi hermano empujó a papá y se escapó del departamento. Yo hubiera querido seguirlo, pero no me animé. Y eso es todo. El resto se lo habrá contado papá cuando hizo la denuncia. Esa tarde, la verdad, creí que mi hermano no iba a volver a casa. Que no iba a volver nunca más. Y cuando a la noche me despertaron los ruidos y encontré en el living a un Lucas pálido, casi desmayado, empapado por la lluvia que martillaba sobre las persianas bajas, llamé a papá a los gritos. Y papá vino y apretó a mi hermano entre sus brazos. Y mientras tratábamos de reanimarlo y yo le pedía que hablara, que contara toda la verdad, que confesara sin vergüenza qué maldad le había hecho ese viejo

morboso, recordé lo que había dicho Lucas una vez, hacía muchísimo tiempo: eso de que nunca había odiado a nadie. Y me dije que yo sí, oficial. Me dije que yo claro que odiaba a alguien. Y con toda mi alma. 4 Antes de empezar, le aviso que yo no soy la culpable de nada. Porque vi cómo me miraba el agente ese que me traía del brazo, como diciendo esta de adentro no sale más. Pero sepa que yo los conozco a ustedes. Sé cómo nos tratan a los que venimos a trabajar a este país porque en el nuestro nos comen las ratas. Sé cómo nos desconfían: yo sé. Pero sepa que el Señor Haroldo está de mi parte, y él no va a permitir que yo caiga en este hoyo, con los cuatro que tengo en casa y encima Jhonny con asma severa. Lo que hice, si estuvo mal, fue por necesidad, y solo Dios puede juzgarme. Pero ya me voy a explicar. Desde un principio la cosa olía rara. El profesor Montiel vive en una casa oscura, con cuadros viejos y mugrientos, con muebles antiguos, y pocas veces abre una ventana, así que el polvo se acumula en todas partes. En esa época tampoco salía mucho a la calle: se pasaba la tarde entera encerrado en su escritorio, donde no me dejaba entrar ni para pasar el plumero. Pero entonces páselo usted, le decía yo. Porque le va a


y cada tanto hacía algún comentario, de bien educado que es ese hombre, y lo que es mejor: nunca intentaba consolarme. Los meses fueron pasando y a veces, a última hora, cuando él salía de su escritorio y yo ya estaba por irme, se acercaba y me invitaba gentilmente a cenar, y yo no sabía qué decir. Ya había aceptado un par de veces, y lo cierto es que no la había pasado mal: el Señor encendía la radio o ponía una de esas óperas que tanto le gustan, y con un gesto elegante me invitaba a sentarme en el sillón del comedor, mientras él se afanaba en la cocina. Yo me ponía a hojear algún libro o a chusmear en voz alta sobre el colegio, sobre la Directora o sobre mis compañeros de ordenanza, y él se reía y decía que yo era más mala que Yago, vaya a saber una qué quería decir. Y hasta aquí, todo bien. El problema –si es que puede llamárselo un problema– venía después, cuando, sentados a la mesa, tocaba conversar o al menos cruzar una mísera palabra, y él se quedaba más callado que una piedra. Me escuchaba hablar de mis cosas, claro, pero nunca contaba algo suyo, ¿entiende? Nunca decía nada de él. A tal punto que vine a saber de su renuncia por las autoridades del colegio: si fuera por él, ni me hubiera enterado. ¿Cómo es eso de que renunció a la escuela?, le pregunté esa tarde. ¿Ahora de qué

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hacer mal estarse ahí adentro todo el día, sin comer ni tomar nada –yo siempre fui de decir las cosas de frente. Y él sonreía y me decía Alina, no se preocupe, y haga un buen guiso para esta noche, que ceno solo. Y a mí eso me desconsolaba. Porque era como si el Señor, no sé, se esforzara por darme lástima. O tal vez se me estaba insinuando como lo hicieron tantos patrones, y entonces tenía que saber que conmigo estaba perdido. Pero mi sensación no era esa, para serle franca. Mi sensación era que el Señor Haroldo no tenía a nadie. Igualmente, yo trabajaba cómoda. El Señor Haroldo se sentaba en el sillón del comedor y se ponía a leer, mientras yo repasaba los estantes y barría el piso y canturreaba. Me gusta cantar cuando trabajo, ayuda a no aburrirse. Y a veces el Señor bajaba el libro y me pedía así, sin más, que le contara sobre mi vida. ¿Qué quiere que le cuente?, le preguntaba yo, un poco avergonzada –aunque me encanta ponerme a hablar sobre mis asuntos. Algo, decía él, lo que sea. Y entonces yo me ponía a hablarle de las fiestas de mi pueblo, de mi infancia en las playas andinas, de las canciones que cantaba mi padre para ahuyentarme la mala estrella. Y al rato, sin que pudiera evitarlo, caía en la nostalgia. Y luego, en la escuela de los chicos. Y luego, en la salud de Jhonny. Y él me escuchaba con atención


va a trabajar? Por su plata quédese tranquila, respondió él. Mientras no haga preguntas, la va a seguir recibiendo con puntualidad. Como verá, el Señor también tenía sus días malos. Pero yo no soy ninguna zonza, y sé que cuando un patrón empieza con problemas económicos lo primero que peligra es el puesto de la chica. Cierto es que la conducta del Señor, hasta ese momento, había sido intachable, pero con la plata, se lo digo por experiencia, una nunca sabe. Así que tomé mi distancia y abrí bien grandes los ojos, por si aparecía otra oferta. Mientras tanto él parecía estar más ocupado que cuando trabajaba en la escuela, y no precisamente porque estuviera en búsqueda de un nuevo puesto. Se encerraba el doble de horas en su maldito escritorio, y a veces interrumpía para ir al baño y mojarse la cara, o para pedirme que le sirviera un whisky. Hasta el momento yo no estaba al tanto de que el Señor tomara alcohol. Al ver su cara suplicante asomada a la cocina, yo insistía con que el whisky agujerea el intestino y endurece el espíritu, y le daba toda la explicación científica, la que me daba mi madre cuando tenía quince años y que todavía recuerdo. Pero el Señor, que cada vez estaba más irritable, decía que el alcohol lo despabilaba, que no gastara mi tiempo intentando convencerlo. Y volvía a encerrarse en la

habitación. Confieso, oficial, que de vez en cuando yo me tentaba de espiar. Sobre todo porque al pasar por el pasillo me parecía oír unos gemidos extraños. Entonces me agachaba y miraba por la cerradura y veía al Señor inclinado sobre la mesa, escribiendo a toda velocidad en un cuaderno grande, de cuero. Cada tanto hacía unos gruñidos o unos sollozos, algo que no llegaba a entender. Tampoco me entretenía demasiado detrás de la puerta: si el Señor me atrapaba, podía llegar a enojarse en serio, y no estaba en mis planes que eso sucediera. En ciertos momentos, sin embargo, su humor cambiaba por completo: cuando volvía de unas salidas cortas que hacía por la tarde. Nunca tardaba más de un par de horas, y al principio yo pensé que se trataba de una changa, un trabajo temporario o algo así, pero eso no alcanzaba para explicar la euforia que demostraba el Señor al regresar a casa. Parecía un chiquito, un chiquito que había jugado todo el día con sus amigos del colegio y disfrutaba contándole a la madre sus travesuras. Aunque no era del todo así, ahora que lo pienso, porque si bien el Señor se mostraba alegre y chispeante y charlatán, finalmente decía poco y nada sobre sus salidas. En fin: lo de siempre. Y yo prefería no forzarlo, no fuera que mi curiosidad lo devolviera de un golpe


escuché con atención, y solo cuando terminó de hablar entendí que mi esperanza –una esperanza que había crecido, sin que me diera cuenta, desde el día en que pisé esa casa desierta– era inútil. Este hombre, pensé, está arruinado. Luego se hizo un silencio y el Señor bebió un último trago. Yo, en un gesto automático, me paré y agarré mis cosas; no quería irme, pero tampoco podía quedarme así, quieta y callada como tumba en el desierto. Me sentía tan aturdida que no dije una palabra mientras bajábamos las escaleras. Y en la puerta, después de saludarlo, murmuré gracias. Gracias, le dije, ¿lo puede creer? En realidad debería haberle dicho que estaba orgullosa de trabajar para él. En los días siguientes me acordé de la foto. ¿Cómo? Ah, me olvidé de contarle: entre las pocas fotos de la casa había una que me llamaba la atención, tal vez porque era la única donde se lo veía al Señor de jovencito. Dos hombres en la playa, uno musculoso y el otro no tanto, abrazados y con las caras oscuras, por estar a contraluz. Durante un tiempo, no sé por qué, imaginé que esa playa de arena roja y cielo apagado era la playa de mi pueblo, donde jugaba de chica con mis hermanos y con mis padres, y me embargaba una tristeza infinita al pensar que ese tiempo nunca más iba a volver. En esos días, para colmo, Jhonny tuvo un pico de asma y

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a esa tristeza dolorosa que parecía ser la tierra de sus días. Al poco tiempo, mientras volvía de hacer una compra, me los crucé por la calle. Ellos no me vieron: venían muy entretenidos discutiendo alguna cuestión. Me pareció raro que el Señor Haroldo se viera por las suyas con un alumno del colegio, pero por la forma en que miraba a Levitski supe, enseguida, que ese era el nido secreto de su felicidad. Una noche, cuando volvió a la casa después de dos horas, justo antes de retirarme y de pura chismosa –porque ya no podía más–, hice la estupidez de preguntarle por Lucas. ¡Y es que en ese momento, oficial, ni me lo hubiera imaginado! Siempre fui una ingenua para esa clase de… cosas. Y el Señor me invitó a sentarme y preguntó si quería café, y yo me asusté al verlo por primera vez con miedo. Sí, con miedo: le temblaba el pulso mientras se servía un whisky doble. Uy, me dije. Se viene una grande. Y entonces el Señor me contó, por fin, una parte de su historia. Con su familia había cortado lazo tiempo atrás, en la adolescencia. También, de grande, había perdido un amor –así lo llamó– y de una forma de la que prefería no hablar. Dijo que le gustaba vivir solo. Dijo que detestaba vivir solo. Dijo que los libros y los recuerdos le daban la fuerza que a veces le faltaba para seguir adelante. Yo lo


hubo que internarlo de urgencia, y mi marido se quedó a cuidarlo mientras yo iba y venía del hospital a la escuela y de la escuela a lo de Haroldo. Pedí al Señor que en vistas de la circunstancias me redujera el horario, de forma pasajera, y para mi asombro se enojó. Dijo que pasaba por un momento difícil, y que sin embargo seguía pagándome. Dijo que lo único que faltaba era que yo renunciara. Yo jamás había pensado en renunciar, pero al poco tiempo, oficial, empecé a considerarlo. Y es que el Señor, aunque sabía que Jhonny estaba internado, se mostraba prepotente y me daba órdenes, cosa que no es de él. Yo, por supuesto, lo ponía de inmediato en su lugar, y entonces él me pedía disculpas y apoyaba la mano en mi hombro y decía que estaba sobrepasado. ¡Él, que se pasaba el día entero escribiendo cuentitos y paseando por el barrio con su alumno preferido! Yo casi me reía en su cara, y no tardamos en empezar a pelear. Él se olvidaba de un pago y yo le golpeaba la puerta. Yo me atrasaba unos minutos y él venía a la cocina. Después de largas discusiones inútiles terminábamos repitiendo cada uno su estribillo, a los gritos o en un susurro, conscientes de que el malestar seguiría estando. Y un día volvió especialmente irritable. Yo estaba enojada, creo que porque habíamos quedado en cruzarnos

y ya era tarde y mi marido me esperaba en el hospital. Me descargué, detallé todos y cada uno de mis derechos de trabajadora, y cuáles él estaba pisoteando sin la menor vergüenza. Creo que hasta dije alguna palabrota. El Señor Haroldo esperó a que me callara, me gritó y se fue a encerrar en su escritorio. Nunca, desde que lo conocía, me había levantado la voz. Aunque quería contestarle, lo cierto es que ya me tenía que ir, pero la casa, las paredes, no me lo permitían. Di un par de vueltas por el comedor, pensé en llamar a mi marido para avisarle del retraso. Pero a los pocos segundos el Señor Haroldo salió de la habitación con un paquete entre las manos. Cuando lo vi venir hice como si hablara por teléfono, para que no creyera que me había quedado por él, pero no le importó interrumpirme y me encajó el paquete y mencionó una dirección y el nombre de Lucas Levitski. Agregó que una vez cumplido el encargo podía irme y ya no volver, si ese era mi deseo. Lo dijo con desdén, con frialdad, y yo tuve ganas de partirle la encomienda en la cabeza, pero en vez de eso me abrigué y agarré mi bolso y mis llaves y me fui sin saludar. Si le daba lo mismo, entonces nunca más volvería a verme la cara. Caminé unas cuadras hasta la casa de los Levitski. Me costaba contener el llanto. Cuando Santiago abrió la puerta creí que me iba a desmayar:


un momento. Crucé el comedor, cerré la ventana por donde entraba la tormenta. Cuando me disponía a apoyar la carta sobre la mesa escuché las voces. Parecía una discusión. Pensé en esas vecinas chismosas, una pareja de viejas que se la pasan peleando. Pero las voces estaban cerca, y un estremecimiento me obligó a agacharme cuando reconocí la de Lucas Levitski. Despacito, con cautela, me fui acercando a la puerta del escritorio. Y así como estaba, me puse a mirar por la cerradura. La escena se veía clarita. El Señor Haroldo estaba encorvado sobre el escritorio, con las manos apoyadas en la superficie. Tenía puesto el saco bordó, ese que usa siempre, y escuchaba con la cabeza caída lo que le decía Levitski. El chico parecía haber llegado recién. Tenía el pelo mojado y vestía una campera con el cuello de chivito levantado, y se paseaba de una punta a la otra haciendo preguntas que se respondía solo, como un loco, sin dar tiempo a que el Señor le contestara. Cada tanto se acercaba y golpeaba el escritorio, pero el Señor se mantenía inmóvil, o a lo sumo respiraba con pesar. Nunca miraba al chico. En un momento Levitski rodeó el escritorio y lo enfrentó. Le gritó en la cara y lo agarró del saco. Forcejearon. Yo pensé en entrar al cuarto o en llamar a la policía, pero no me moví de mi lugar. Vi cómo Levitski empujaba al Señor

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Lucas no estaba, Haroldo me había echado, mi hijo y mi marido estaban lejos, solos, sufriendo. Y encima ese Señor, oficial, el padre de los chicos. Ese Señor horrible que me ofreció dinero y amenazó con hacerme echar del colegio si no le entregaba el paquete. Qué le puedo decir. Yo estaba tan sensible que la sola idea de quedarme sin la escuela me daba escalofríos. Y acepté el dinero, por supuesto. Pero en el pasillo me deshice en lágrimas porque me sentía una traidora, una malinche como dicen en mi pueblo. Y aunque estaba a punto de llover, hacía frío y mi familia me esperaba al otro lado de la ciudad, me senté en la plaza que está a la vuelta de la escuela y le escribí una carta al Señor Haroldo. Yo no sé escribir muy bien, sabe. Pero mi bronca y mi tristeza y mi arrepentimiento sí que saben. Y habría estado en la plaza hasta las doce de la noche si no fuera por el viento y el frío y las enormes gotas que empezaron a caer en remolinos ni bien la iglesia dio sus últimas campanadas. Agarré mis cosas y corrí bajo la lluvia hasta llegar al edificio. Subí rápido las escaleras y mientras corría por el pasillo vi unas huellas de barro que se dirigían al departamento. Qué raro, pensé. Abrí la puerta despacio, sin hacer ruido. Las huellas terminaban donde empezaba la alfombra: quizás eran del Señor mismo, que había bajado hacía


y cómo Haroldo casi se caía sobre el escritorio, pero se salvó aferrándose al muchacho. Después lo rechazó de un empujón y empezó a gritar. Empezó a decirle que se quedara quieto, que ya basta, que no fuera tan infantil. El chico le siguió peleando hasta que el Señor lo agarró por las muñecas y lo inmovilizó en una especie de abrazo. Tendría que haber estado ahí, oficial, para ver ese cuadro de lo más extraño: Levitski flaco y largo y blanco, mirando hacia arriba, y el Señor alto y cuadrado y grandote, mirando hacia abajo. Ambos respirando agitados, ambos sin saber qué hacer. Y entonces el chico subió la cabeza, o quizá fue el Señor quien se inclinó hacia Levitski. Yo me llevé una mano a la boca y mi corazón rebotó y mis ojos se abrieron grandes del asombro. Luego el chico se ablandó un poco entre los brazos que lo apretaban, y se dejó tomar por la cintura. Desde donde yo estaba podía notar cómo el pecho de Levitski temblaba contra el pecho del Señor, sus brazos colgando a los costados como si de pronto lo hubieran sedado. Haroldo, en un momento, le corrió el pelo mojado de los ojos. Después intentó llevarlo, sin violencia, hacia el escritorio, pero fue entonces cuando el muchacho se alejó bruscamente, como si despertara de un sueño. Y luego se quedó inmóvil, dándole la espalda. Por unos largos

segundos pareció que el mundo había dejado de girar. Pero de pronto el chico se pasó una manga por los labios, con un gesto de asco, y rompió de una patada el vidrio de una biblioteca. Yo me paré y escuché los pasos que se aproximaban y me corrí a un costado justo a tiempo para dejar que Levitski saliera del cuarto y se fuera del departamento hecho una fiera. Era el momento para irse, oficial. Era mi oportunidad para que el Señor no me descubriera y me odiara para siempre. Pero apoyé una mano en el pecho –la mano que todavía sostenía la carta– y me obligué a observar por última vez lo que pasaba del otro lado de la puerta entornada. Haroldo estaba llorando. Acurrucado en una esquina de la habitación, entre la pared del fondo y una de las bibliotecas, lloraba de espaldas. Entré. Avancé en puntas de pie hasta llegar al centro, dudé si acercarme más. Haroldo, dije. Señor Haroldo, murmuré. Él, muy despacio, se dio vuelta, y me miró a los ojos con ojos de bebé, con los ojos de un enorme bebé arrugado y viejo. Querido, dije, no llore así. Se mantuvo quieto, como al acecho. Tome, dije, y le extendí la carta. Tome, son unas palabras que escribí para usted. Él miró el sobre como si no entendiera. Y luego: como si fuera una amenaza, un revólver que apuntaba a


y al Señor Levitski y a Jhonny y a mi marido, y también a usted, oficial, sí: yo sentí que Haroldo nos hablaba a todos.

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su frente. Y entonces dio un salto y se lanzó sobre la biblioteca más cercana y destrozó de una patada la puerta de cristal, y comenzó a tirar los libros al piso, a golpearlos y a patearlos, a escupirlos y a pisotearlos, y luego hizo lo mismo con otra biblioteca, y luego con otra, y luego con otra, y luego se trepó con torpeza a los estantes de arriba y abrió las puertas y los vació a manotazos, saltando después sobre los libros y dando unos gemidos histéricos –unos gemidos que yo había escuchado antes– mientras los aplastaba y los destruía. Y fue tal el horror de esa visión que yo me cubrí la cabeza y me agaché y quedé hecha una bolita en el piso, sin poder siquiera hilar un pensamiento, espiando de a momentos cómo ese hombre arrasaba con su propio reino, cómo el Señor Haroldo que yo alguna vez había conocido se convertía al final en su peor enemigo, en la mayor de sus burlas, en el peor de sus chistes negros. Y cuando ese carnaval diabólico se dio por terminado, cuando a mi alrededor no hubo más que montañas de libros y libros mutilados y no quedó un miserable anaquel por vaciar, el Señor Haroldo se agachó junto a mí y empezó a pedir perdón, sin parar y entre ríos de lágrimas, perdonáme, perdonáme, gritaba, y aunque hasta el día de hoy no tengo idea de a quién se dirigía, yo sentí que me hablaba a mí, y también a Lucas


La ballena pitagórica Diego Rodríguez Nació en Buenos Aires. Es psiconanalista y ha publicado “la tragedia fluye” (2005). Ha escrito numerosos artículos y ensayos en publicaciones y revistas del medio

La ballena cromática se quejaba de su condición. Pitagórica, toda ella, respondía en su fuselaje a los caprichos del compas y las líneas encontradas en un sentido. Su body estaba tatuado con las indicaciones precisas de cómo actuar ya muerto, para acceder a un cielo. Tantos hombres intentaron leer tales instrucciones, tantos murieron. La geometría contagia pero no oxigena. La ballena pitagórica desde la época de Creta, nada, sin reclamar su lugar en el libro de los guinness, sin competir en olimpiadas, sin tratamientos para adelgazar. Esquivó bayonetas de japoneses (pecadores pesqueros de pescados) con la habilidad de una libélula (de Liverpool) y orino a los ridículos que la ecolomiraban desde un gomon. Ella nunca pago un bono contribución para salvarse, ni milito en un partido verde. No fumo cannabis (se le apagaba en el agua), ni veraneo en Villa Gesell. Si tomo pastillas y mucha agua para no deshidratarse. Bailo Moby y se masturbo con Moby Dick. Rompió corales y tubo mucho sexo rosa. Y estuvo desvelada en varios acuarios municipales. Pero no se angustien, siempre escapo. Y no es Houdini ni Robespierre. Su historia nunca imito la estructura de Dorian Grey, ni la del Golem, o su imitación moderna, Frankenstein. No moralizo como ellos ni dejo enseñanza. No jugo con la eternidad como las religiones o Highlander. Solo habita al pedo nadando quien sabe hasta cuando. Porque si, de casualidad. Sin creer en los ovnis ni en la reencarnación. Cagandose en la ciencia y en los delfines idiotas.


Soñando ser doncella anoréxica mientras se come un cornalito. Y llevando una receta que no debe servir más que para obsesivos aterrados que intentan negar la muerte la expíen mientras goza ella, la muy exhibicionista. La vio Pitágoras y ella quedo seducida, pero no funciono. El viejo tenía la hipotenusa chiquita. Por eso estaría tan preocupado por la muerte. La ballena de tan puta no pensaba en decesos. Pensaba en esos orgasmos ballenaseos que crónicamente gozaba casi con

cualquier pescado. No le gustaban los buzos. Su neoprene preservativo. No le gustaba la ropa ni la ornamenta. Bastante con esos tatuajes que prometían fama y eran palabras que no se llevo ni el viento. La ballena pitagórica nada. Busca mar en el mar. Amor en la consecuencia. Saber en el destino. Busca espejos para enrarecerse, y sombras que oculten sus fracasos. Y nada , insistente.


Rodrigo Espinel Nació en Buenos Aires en 1992. Vive en San Fernando. Le gustaría vivir en algún barrio porteño de los de antes, de los de «guapos». No tanto para ser «guapo», sino para decir: «en mi barrio hacés eso y te abren la panza». Los «guapos». Es redactor publicitario de la Asociación Argentina de Publicidad, pero no ejerce. Desde 2011 asiste al taller de escritura de Bruno Petroni. También hace taller de guión con Irene Ickowicz. Estudia Letras en la Universidad de Buenos Aires y es guionista. Le costó mucho escribir estas líneas.

Ilustración: Carla Peterson

Mudanza Cuarto día de vivir solo. Estaba solo en mi monoambiente, por primera vez en esos cuatro días, antes rodeado de gente amiga que sabe hacer cosas, poner estantes, cargar muebles, festejar mudanzas. Un piso once, la primera vez que vivo en un departamento, una vista cenital casi perfecta a todo Almagro. Cajas de libros y ropa. Una tele que pensaba vender, quizás para decir que no miro tele. La prendí. El único canal que pude enganchar es América, algo borroso. Eran las tres de la tarde y era jueves. En Intrusos estaban pasando un certamen de culos auspiciado por una marca de ropa de playa. La pantalla estaba partida: de un lado, el paneo general de los tres culos finalistas, las chicas desplazando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, como si bailaran sin ganas, para que los culos se movieran un poco pero no demasiado. Del otro lado, el notero entrevistaba a la ganadora, una chica con corona y un ramo de flores, que ahora mostraba la cara. Lo primero que hice fue buscar su culo en la otra pantalla. Era la única rubia, la de la derecha. Más flaca, un poco más alta que las otras dos, quizás el culo menos ostentoso pero el más proporcionado. Después miré la cara y la reconocí. Pensé: debe ser una modelo conocida. Pensé: debo haberla visto en otro canal. Pensé: esto es viejo, será de otro año. Pero no. Leí (con dificultad en


y le dije que sí, qué calor. De repente me vi en la primera de muchas, quizás millones de conversaciones sobre el clima. Sentí que iba a necesitar incorporar frases como “el tema es que fue de un día para el otro”, o “lo que te mata es la humedad”, y poder usar cada una en el momento adecuado. Dejé bajar al viejo, que me dijo gracias agarrando la visera de su boina, y salí a la calle. Cuando buscaba departamento (vi cuatro o cinco antes de elegir el mío) hice un estudio de todos los supermercados que había en un radio de dos cuadras. Este era el único que tenía tres: uno era un Coto y dos eran chinos. Siempre que puedo, prefiero comprar en un chino. De los dos supermercados chinos, uno (el más cercano) era muy sucio y tenía pocas marcas de yerba. Empecé a caminar para el lado del otro. Una chica venía de frente, paseando a su perro. Tenía un short rojo. Cuando nos cruzamos la miré y me miró, pero con un poco de miedo, como su yo tuviera cara de delincuente o como si yo fuera un delincuente. Era linda. Cuando vivía con mis viejos me quejaba de que por la puerta de la casa no pasaban chicas lindas. Empecé a querer al barrio. Casi todos los supermercados chinos se llaman Ideal o Esperanza o no tienen nombre. El mío se llamaba Supermercado del Pueblo. El cartel

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la pantalla con rayitas) que su nombre era Lucía Amer, y me acordé de ese nombre. Hasta hacía seis años Lucía Amer era el primer nombre de la lista que escuchaba pasar todos los días. Amer era la primera palabra que se decía en ese aula, estirando un poco la e. Una persona desapercibida con la que nunca crucé más de tres palabras, sentada en el primer banco de la izquierda, trenzas, carpeta con flores, un aire rosa de chica sutil. Un culo ignorado. Esa mancha rosa de los años del colegio es el culo más visto del país, pensé, al menos a las tres de la tarde de este jueves. Hay un mecánico levantándose de la siesta en Santiago del Estero y encontrándose con el culo que yo no pude ver en cinco años de ferviente adolescencia. Y esa chica tímida, retraída, siempre recta, estaba ahora abrazada a un notero de Intrusos, dándole picos, dando vueltas a pedido de Rial y de la audiencia. Apagué la tele. Tenía hambre. En la casa de mis viejos habría tenido la esperanza de encontrar comida, y probablemente me habría decepcionado. Ahora sabía que efectivamente no había comida. Agarré mis llaves, las llaves de mi departamento, y salí al chino. Llegó el ascensor y me abrió un viejo con boina. Entré, los dos bajábamos. Qué calor, eh, dijo. Yo miraba las llaves, un poco incómodo


estaba gastado por la lluvia y tuve que detenerme para leer el nombre. Después me acerqué a la puerta, pero no pude entrar. En la vereda, un chino con un cigarrillo en la mano y un nextel en la otra apretaba el botón y gritaba en chino. Cuando lo soltaba, otros gritos chinos respondían por el parlante pero el chino aprovechaba ese tiempo para gritar hacia adentro de su local, a alguien que yo no podía ver desde donde estaba parado. Tres o cuatro intercambios de gritos por teléfono y el chino se fue al trote, después de una última orden hacia ese alguien del supermercado. Lo vi tirar el cigarrillo al doblar en la esquina. Una vez, un amigo me dijo que todos los chinos están agrupados en dos grandes mafias de chinos, y que identifican a cuál pertenecen pintando las rejas de sus supermercados de naranja o de celeste. Las rejas del Supermercado del Pueblo eran celestes. Me acerqué a la puerta y una chica salió a cerrarlas. La chica también era china. Casi tan alta como yo, tan flaca como Lucía Amer o un poco más, con esa cosa que tienen algunas chinas que no sabés si tienen 14 o 30 años. La miré como diciendo puedo pasar y me dejó con un gesto. El supermercado estaba vacío y ya habían apagado las luces y las

heladeras. Fui hasta la góndola de galletitas y agarré unas Don Satur. Cuando llegué a la caja, las rejas estaban cerradas. La china estaba sentada sobre unos cajones de cerveza con los ojos en el piso. Me quedé parado ahí. Agarré un chocolate y una afeitadora, miré un poco alrededor, esperé. Escuché un ruido constante, como de reloj, que venía de una repisa, donde había uno de esos gatitos dorados que mueven el brazo y dan suerte. La china me vio y se acercó a la caja. Agarró el paquete de galletitas y lo pasó por el lector, pero no funcionó. Copió el número del código de barras y la computadora no lo reconoció. Tiró el paquete sobre el mostrador. No sabía qué decir y le pregunté si estaba bien. Me miró fijo, con unos ojos marrones claros, casi verdes. Me di cuenta (o supuse) que era la primera vez que una china me miraba a los ojos. Dijo no entiendo. Me dio los bizcochos como para que me vaya, creí, y le agarré la mano. Por un instante, no más de tres segundos, se borró de sus ojos la expresión con la que me había mirado. Los abrió más, aún más de lo que yo creía que podía abrirlos, pero sin sorprenderse, más bien desafiante. Pensé que soltarla a esa altura no tendría sentido. La china sacó la mano y no dijo nada pero soltó una risa tan infantil que temí que realmente tuviera catorce años.


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Caminó hacia la puerta cerrada. Miró para afuera, en puntas de pie para poder ver entre los carteles de oferta pegados al vidrio, y volvió hacia mí. Cuando se acercó yo me tiré un poco para atrás y quedé apoyado sobre el mostrador. Puso su cara a tres centímetros de la mía, sin tocarme. Recordé perder la virginidad, en una cama matrimonial de la que colgaba una cruz y un rosario celeste, con los minutos contados para el regreso de la madre de la chica, una chica tan desconocida como la china o un poco más y recordé una sensación como de caída, como soñar que te caés de un edificio altísimo, así pensé que me sentía en el supermercado y pensé que con aquella chica por lo menos compartía el idioma. La china no avanzaba ni se movía: los ojos fijos en mis ojos y una seriedad lapidaria, una seriedad apoyada no en sus ojos sino en toda su cara, en el contorno de su cara de porcelana y en sus pómulos, blancos y filosos, y en ese instante pensé que ese instante era enorme, que esa china era China y Oriente y que mientras me mirara así, estática, quizás yo también lo fuera. Con una lentitud calculada abrió su boca y me mordió el labio, el de abajo. Tiró hacia atrás y me hizo doler, quizás para que reaccionara y le devolviera el beso, pero no lo hice hasta que mordió más fuerte y sentí el gusto a sangre y

ahí sí, la besé como un adolescente y le toqué la espalda con la misma timidez, de abajo hacia arriba hasta levantar del todo su remera rosa gastada y sacársela, cortando el beso por un segundo que ella aprovechó para desvestirse del todo y yo también: la china desnuda era todavía más flaca pero con otra flacura, una flacura menos angulosa y menos tajante; contra el reflejo de la tarde que entraba por los pocos espacios libres de la puerta del supermercado, la figura de la china era como una línea sola. Me estiré hasta alcanzar los paquetes de preservativos de la caja. La china me agarró la mano y se subió a mí, así como estaba, sentado sobre el borde del mostrador. Negó con la cabeza y dijo algo en chino, algo que después intenté acordarme y no pude, algo que entonces no importó, porque ella ya había empezado. Con las rodillas sobre el mostrador me agarró de la cabeza, fuerte o más bien segura, mirándome a los ojos mientras subía y bajaba, muy lentamente, sin dejarme mirar para abajo, como si no quisiera que me enterara de lo que estaba pasando, como si nada importara más abajo de sus ojos y quizás era así, o así me sentía yo, partido en dos momentos con algo en común pero de lejos, los ojos y abajo, el contacto tímido de mis manos con la piel ajena, extraña de la


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china, sin querer dominar la situación sino más bien acompañarla o estar ahí, sintiendo a la china gemir en voz baja pero sin contenerse, solo el eco de una respiración cada vez más agitada y yo con la mano, el brazo entero desde un hombro y recorriendo la espalda de la china, sin llegar nunca al final, como si no lo tuviera, como si su espalda fuera un todo interminable de piel, y con la sensación de que todo eso iba a terminar antes de tiempo porque iba a terminar, porque termina. La china se vistió en silencio y yo hice lo mismo. Un intercambio de dos o tres gestos, me abrió la reja y salí. Me encontré de nuevo en la calle, con mi paquete de bizcochitos en la mano, un poco mareado y transpirando, viendo pasar desconocidos, o mejor aún: gente, gente sola y en parejas y de a tres, gente de todas las edades, de todos los lugares, llevando su lugar de un lado al otro de la calle, en silencio.


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Los muñecos en el sistema de la cultura Por Sebastían Dhumpy

La acción es la siguiente: se elige un texto. En este caso “Los muñecos en el sistema de la cultura” de Iuri Lotman. Se va leyendo párrafo por párrafo, luego se intenta reescribirlo, lo más fielmente posible. Y ver qué texto nace de ese procedimiento.

Cada objeto cultural esencial, por regla general, se presenta en dos aspectos: Por un lado en su función primaria, y otro lado en función metafórica, utilizándose en otros círculos culturales de los cuales deviene. Cuando decimos la palabra máquina, asociamos esta palabra con sierto aspecto científico-técnico. Pero cuando escuchamos “maquina malvada” que es como describe Ana Karenina a su esposo, llevamos esta palabra a aspectos de la cultura que nada tienen que ver con la definición inicial de la palabra máquina. Se puede aplicar esto a distintos términos, leche, huevo, madre, cuerpo, etc. Cuanto más inserto en la sociedad está el concepto más propenso está a la función metafórica. Llegando a veces a niveles de violencia importante. El muñeco es un ejemplo de esto. Para comprender el secreto del muñeco es importante deslindar la idea del muñeco- juguete con el de muñeco-modelo. Sobre la base de esta apreciación podemos abordar el análisis sintético del muñeco como obra de arte. El comuñeco como jueguete debe ser separado del la estatuilla como modelo mimético de persona. Existen dos modelos de producción cultural.


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El que es para adultos y el que espectรกculo infantil. En el primero las reglas estรกn muy claras: No tocar, no hacer ruido, no inmiscuirse, no subirse al escenario. En el segundo sucede lo contrario: Se puede tocar, hacer ruido, meterse en la obra, inmiscuirse, responder a los actores. En el primero consumo del espectรกculo. En el segundo producciรณn con lo dado.


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Cambian constantemente los estados de texto, autor, espectador. En el primer caso la atención está destinada al autor, que genera el texto para un destinatario. Que ocupa solo el rol de percibir. En el segundo caso la atención está puesta en el destinatario, el texto es solo una consecuencia del sentido que se genera. El primer caso se asemeja a la estatuilla. El segundo al muñeco. La estatuilla hay que mirarla. El muñeco es preciso tocarlo. El muñeco representa el alto mundo del arte. El que genera un sentido al que el espectador no puede alcanzar por su cuenta. El muñeco representa el sentido construido. No representa la contemplación, sino el juego. Al muñeco le hace daño el excesivo parecido. Es sabido que los muñecos muy detallados, que tanto atraen a los adultos, no son tan atractivos para los niños porque a la hora del juego quitan lugar a la imaginación. La estatua exige seriedad. El muñeco, juego. El muñeco, cuando pasa al a esfera del mundo adulto, lleva consigo aspectos de la infancia y lo lúdico. Este es un aspecto no casual. Son necesarios los muñecos en una sociedad adulta. El muñeco puede trasladar al juego y la imaginación no solo cuestiones materiales, sino también elementos de conducta. El muñeco no necesita hablar, el que juega habla por él. En los muñecos móviles, los autómatas a cuerda, se genera una doble lectura: en comparación con el muñeco inmóvil, el autómata tiene mayor similitud a la vida, más humano. Pero en relación con un ser vivo, una no naturalidad sino un esquema, una convencionalidad. Los sentimientos de no naturalidad se provocan al ver los saltos y movimientos discontinuos del autómata o marioneta. No así con el muñeco inmóvil, sus movimientos no provocan esos sentimientos. Esto se ve patente en su rostro. El muñeco inmóvil no nos sorprende con la inmovilidad de su rostro. Pero en cuanto se mueve mediante un sistema interno, su rostro se petrifica. Esto activa la lectura de la compañarión de los muñecos con la vida. Los coloca entre el espectro de vida y muerte. La estatua, el reflejo, generan un sujets, un traslado de lo vivo a lo muerto que genera una definición de lo que llamamos “vida” en tal o cual sistema de la cultura. Con el renacimiento, cuando aparecieron los primeros muñecos con movimiento, apareció como una fuerza similar a la vida. Se creía la alianza del hombre con la máquina. Ya a final del siglo xviii los autómatas se convirtieron en furor. Se tomaba como fuerza ejercida por una no-vida.


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Aparecía como una metáfora del aparato burocrático. El muñeco se halló cruce del mito de la estatua que cobra vida y el nuevo mito del movimiento muerto de la máquina. Así, la el muñeco toma una doble referencia. Por un lado el recuerdo de la infancia, el folklor, etc… por el otro la muerte que se finge vida. Ese es el material del que parte “el mito del muñeco” con el cual el autor puede tomar para la obra de arte. El artista puede hacer uso de este fenómeno, o superarlo. El material nunca predetermina el contenido de la obra, pero es significativo. Lo importante del muñeco como obra de arte es que tiene que ser tomado como el hombre-vivo. En el teatro, el actor representa un papel determinado. En el teatro de títeres, el muñeco representa al actor representando un papel. De esta manera se vuelve representación de representación. Hace objeto de representación también al lenguaje del arte. Por eso el teatro de muñecos deviene irónico y paródico. Deviene naturalmente en una estilización. Pone en descubierto la artificialidad del teatro y al espectador en un espacio específico. Esto sucede cuando el teatro busca consolidarse. Cuando el teatro quiere superar las convenciones, se hace a un lado al teatro de muñecos a la periferia, a un sector y edad determinados. . El arte de la segunda mitad del siglo xx está dirigido en considerable medida a hablar de sí mismo. El arte sobre el arte. De esta manera trata de buscar los límites establecidos por sus posibilidades. Esto hace pasar al muñeco al centro de la escena, al cruzarse con el cuento maravilloso y lo folklórico con la vida autómata, no viva, abre un espacio para las cuestiones de los problemas eternamente vivos del arte actual. La antítesis entre lo vivo/lo no vivo, lo que cobra vida/ lo que queda yerto, lo fatídico/ lo auténtico, se ve reflejado en los problemas del arte actual. Esto demuestra en qué medida es imprudente asignarle al teatro de muñecos un lugar periférico en el sistema general de la creación escénica. La “muñequidad” como fenómeno de actuación de lo que resulta muerto, del automatismo. Ha recibido el más amplio de los tratamientos de actuación en el folklor. Desde el teatro de Máscaras y muñecos, tan característicos en las ceremonias del teatro popular en muchas tradiciones del este. El uso de las máscaras contrasta con los movimientos frenéticos, vistos en las ceremonias y carnavales. El bien conocido efecto de la estatua cobrando vida, como la máquina o muñeco moviéndose pueden causar lecturas no solo irónicas o satíricas si no profundamente trágicas. El muñeco tiene partes todavía no investigadas, como en el cine de animación donde conviven el actor, el cine tradicional con la figura no tridimensional. Desde el muñeco hasta la escena teatral, el hombre se agarra del muñeco para generar un “segundo mundo” en el que, jugando, duplica su vida para aferrarse a ella emocionalmente, estéticamente, cognoscitivamente. En esta orientación cultural, los muñecos desempeñan un papel psicológico enorme, de ahí la implementación del muñeco en el sistema de la cultura.


Antonio B. Mariner Ilustración: Carla Morale

Serpientes y astronautas Ese sábado había un torneo de Serpientes y Astronautas en el patio de la escuela, y aunque Andrés no fuera dueño de un mazo que le permitiera competir, se preparó para la fecha como si su vida dependiera de ello. Citó a Martina en el kiosco de la cuadra para ir juntos, y ambos se pasaron la tarde recorriendo las mesas de juego, ilusionados por las cartas extravagantes, los dados multifacéticos y los mapas pintados a mano. Andrés fue capturado por una especie de trance, que se profundizó cuando se acercaron a la mesa de jueces y vieron los premios por primera vez: eran dos cartas “rarísimas”, una para las serpientes y otra para los astronautas. La carta de las serpientes se llamaba “Medusa la gorgona”, y mostraba la cara de una niña inocente y temerosa flotando sobre un fondo negro en la parte superior, mientras que en la parte inferior dejaba entrever una multitud de bocas hambrientas que emergían de las sombras. El premio de los astronautas era una carta que los dos ya conocían, se llamaba “Fiebre Sputnik” y tenía una bola de espejos girando en el medio del espacio, como un sol de metal. Martina dijo “Wow” y Andrés asintió emocionado. Las horas se hicieron humo: las pistolas lasers repelían una horda de cobras, un mar de veneno ahogaba una colonia en Neptuno y las botas pesadas de Yuri Gagarin pisoteaban los huevos de la serpiente del mundo. Dos


torneo, Andrés invitó a Martina a su casa para ver una película de ciencia ficción. Era sobre un cohete que se estrellaba en un planeta inhabitado, y el único sobreviviente del siniestro resultaba ser un robot servil que poco a poco descubría sus nuevos sentimientos de soledad. En el momento en que el androide exponía su sufrimiento por no tener un amigo o una mascota, la mente aburrida de Martina tuvo una ocurrencia deliciosa pero demencial: ella preguntó si acaso podría ver la carta que Lucas había ganado en el torneo. Andrés titubeó. Su primer impulso fue negarse, pero luego consideró que su hermano no estaba en casa todavía, y además, no quería que Martina pensara que era un miedoso, así que, aún en contra de su sentido común, le hizo un gesto de silencio a su amiga y le pidió que lo siguiera con una mueca traviesa. La carta de Medusa estaba junto a todas las demás que su hermano usaba para jugar, en el primer cajón del escritorio que Andrés tenía prohibido tocar. Él tomo la carta con delicadeza y se la extendió a Martina con ambas manos para que la examine. Pronto los ojos de Martina se desviaron y se posaron sobre el resto del maso, y luego alzó la vista y le dedicó a Andrés una mirada de complicidad, y la tentación fue demasiado grande. Ninguno de ellos estaba seguro de cómo eran las reglas del

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Dos competidores quedaron al final, ambos más grandes y ambos de otra escuela. El primero tenía el pelo largo desaliñado que le tapaba los ojos y le llegaba hasta los hombros. El segundo era parecido a Andrés; tenía el mismo cabello castaño, la misma cara alargada y las mismas orejas pequeñas, pero sus ojos eran de un azul más brillante, sus labios más delgados y su mueca más arrogante. Andrés había ensayado esa mueca muchas veces frente al espejo, porque todos opinaban que le daba a su hermano un aspecto intelectual, pero los labios de Andrés eran demasiado gruesos, y en vez de lucir inteligente, parecía un bobo contento. La última partida fue rápida. Lucas jugó con las serpientes y se desenvolvió, fiel a su estilo, con una frialdad calculada. El desconocido también eligió ser serpientes, y al contrario de su rival, arrojaba las cartas y los dados con movimientos exagerados, como si el énfasis hiciera que las jugadas fueran más efectivas. Quizás realmente lo fue, porque su victoria sobre Lucas fue categórica. El ganador eligió como premio la carta del Sputnik y Lucas aceptó la medusa con una media sonrisa en sus labios diminutos, que quizás engañaban a todo el mundo, pero no a Andrés, que sabía darse cuenta cuando su hermano estaba furioso. Unas semanas después del


juego, así que empezaron a imitar y adivinar lo que hacían los otros chicos en la escuela cuando jugaban Serpientes y Astronautas, aunque en general, se lanzaban las cartas al azar e interpretaban lo que indicaban los dados de forma arbitraria. Martina estaba por lanzar la medusa efusivamente cuando la puerta de la habitación se abrió; era Lucas, que examinó la escena en silencio. Luego de unos segundos interminables, caminó hasta donde estaba Andrés, y sin decir nada jamás, desató sobre él una paliza rápida y brutal, con las manos y los puños, con las rodillas y los zapatos. Andrés gritaba y lloraba, pero Lucas nunca dijo una sola palabra, lo único que tenía en su boca era su media sonrisa característica. Martina, paralizada, vio toda la escena sin soltar la carta jamás. Luego de la golpiza, Lucas pareció esfumarse, tan enigmáticamente como había aparecido. Martina se fue algunas horas después, cuando ambos estuvieron seguros de que no había nadie en la casa más que ellos. Ella le confesó a Andrés que su hermano le daba miedo y que no quería volver a visitarlo. Andrés era incapaz de contestar nada, aún seguía lloriqueando y no podía completar palabras enteras. Cuando estuvo solo, se dirigió al baño y se observó largamente en el espejo. Examinó los chichones y los cortes

ensangrentados, y se prometió a sí mismo que nunca más trataría de imitar a su hermano en nada. Alberto no solía (y no podía) pasar mucho tiempo en su casa, así que ignoraba muchos de los detalles que componían la vida de sus hijos, pero si existía algo de lo que estaba bastante enterado, era que ellos habían enroscado en una enemistad rabiosa en vez de una amistad fraternal. Él había esperado que los años suavizaran la relación tensa entre ambos, pero Lucas era casi un adulto ya, y cada día parecía ser más cruel con Andrés. Su hijo mayor le había pedido permiso y dinero para irse de vacaciones con sus amigos en vez de viajar con la familia ese verano. Alberto se había negado, como una forma de castigarlo por su conducta, pero cambio de idea después de esa noche. Eran más de las once y media cuando llegó a su casa. Usualmente sus hijos estaban dormidos a esa hora, por eso se sorprendió de ver luz saliendo de la habitación de Andrés. Se acercó despacio y se asomó para observar. Vio a su hijo menor sentado al borde de la cama, con la cara llena de golpes y algunos cortes en los brazos y en las manos. Estaba llorando, pero no era un llanto chillón y ruidoso como el


nudosas y comenzó a jugar Serpientes y Astronautas con su hijo. Había ocurrido un cambio en Andrés, de eso Martina no tenía dudas, aunque no podía encontrar palabras exactas que le sirvieran para describir en qué consistía este cambio. Después de esa tarde habían dejado de hablarse. Martina quiso decirle que no le importaba lo que había pasado, y que no debía sentir vergüenza por haber llorado frente a ella, pero Andrés estaba retraído y hosco, e incluso hostil. Ella se convenció de que era su forma de decirle que necesitaba algún tiempo para reponerse, y decidió permitir que fuera Andrés el encargado de reanudar la amistad, cuando él se sintiera preparado. Pasaron muchas semanas, pero el gesto nunca llegó. En las vacaciones de invierno, Martina esperaba el sonido del teléfono para invitarla a pasear por la cuadra o ir a cualquier club de comics, pero el aparato permaneció siempre en silencio. Fue un tiempo después del retorno a clases cuando Andrés se le acercó repentinamente y la invito a merendar a una cafetería que quedaba a dos cuadras del colegio. Sonreía de una forma misteriosa. Martina aceptó, ella estaba contenta de recuperar a su amigo.

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de los niños de su edad, era un llanto silencioso, como el de los hombres miserables, un llanto que él conocía. Aquella escena le partió el alma. ”Lucas”, pensó Alberto. Fue en ese momento cuando él tomo una decisión; Lucas tendría sus vacaciones de adolescente, y Andrés tendría sus vacaciones de niño. Pasaría dos semanas junto a su hijo menor, y Alberto se prometió que harían todo lo que el chico quisiera. Al parecer, Andrés solo quería una cosa. Tan pronto como Alberto volvió de la terminal de ómnibus y le anuncio a su hijo menor que estarían solos por dos semanas, Andrés fue a la habitación de Lucas y volvió con una caja, que depositó con solemnidad en la mesa de la cocina. Alberto examinó la tapa: había un dibujo de una nave espacial que le disparaba rayos a una cobra gigante. Alberto abrió la caja y puso con cuidado todo el contenido sobre la mesa. Tomo el manual con ambas manos y empezó a leer las reglas en voz alta. Andrés estaba muy callado, era un silencio expectante. Mientras su voz llenaba la habitación de palabras técnicas, él pudo sentir una fascinación casi religiosa en la actitud de su hijo. El juego era complejo, quizás más de lo que era conveniente para un chico de la edad de Andrés, pero Alberto recordaba su promesa. Cuando terminó la lectura, Alberto mezcló las cartas con sus manos


Al día siguiente la escena se repitió y rápidamente ese programa se convirtió en una normalidad diaria que ellos dos compartían. Andrés era quien siempre invitaba, y cuando Martina finalmente le preguntó de donde estaba sacando el dinero, él le contesto sin rodeos que había empezado a jugar Serpientes y Astronautas por apuestas, casi siempre con chicos más grandes. Ella se asustó “¿Y si algún día llegas a perder?” pero Andrés negó con la cabeza “No pierdo nunca”, intento calmarla y sonrió todavía más. Si, Andrés estaba distinto, y no solamente por las cosas que hacía, también era por las cosas que ahora decía. En primer lugar, él hablaba más que antes, y no solo de juegos y de la escuela. Hablaba de lugares del mundo que le gustaría visitar, hablaba de la secundaria y de las aventuras que quería tener con ella. Andrés también hablaba sobre su familia: hablaba mucho de su papa, y un poco de su mama muerta, pero nunca hablaba de Lucas, como si el solo hecho de nombrarlo le hiciera sentir esa humillación una vez más. La única vez que Andrés mencionó a su hermano, ellos estaban caminando por la placita en una tarde fría, bajo un sol especialmente naranja. Andrés estaba muy callado, y súbitamente se frenó, como si una pared invisible se hubiera manifestado frente a él, y sin mirar a

Martina confesó que había dejado de elegir a las serpientes cuando jugaba, porque Lucas era como una serpiente y su papa y él eran como los astronautas. Andrés estaba matando el tiempo antes de salir para el cine cuando Lucas se le apareció para pedirle un favor. De solo verlo en el marco de su puerta sintió una revulsión en el estómago. Lucas estaba con un amigo y quería enseñarle a jugar, y para eso necesitaba un contrincante y otro mazo de cartas, pero Andrés no quiso saber nada. Lucas le insistió “Si me ayudas te regalo la medusa”. Andrés lo conocía. El chico se llamaba Ignacio, y nadie tenía una buena opinión de él. “¿Por qué perdía Lucas el tiempo con este estúpido?”. Se sentaron en la mesa de la cocina, Andrés de un lado con su mazo e Ignacio del otro con el de su hermano. Lucas le explicaba las reglas pacientemente a Ignacio, que se equivocaba en cada jugada. Andrés se sintió sorprendido por la paciencia y generosidad de su hermano. Decidieron entre los tres que sería mejor que Ignacio aprenda mirando un partido de verdad. Lucas tomó su mazo y comenzaron a jugar. Andrés nunca había jugado contra su hermano, y pronto debió admitir que era muy bueno, sin dudas mucho mejor que la


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mayoría de sus rivales usuales. Sintió un poco de escalofríos cuando notó por primera vez que ambos jugaban de una forma similar: muy calmados y muy fríos. Andrés ganó finalmente, pero lamentó que su hermano tuviera la atención dividida entre jugar y explicarle todo a Ignacio; él deseaba ganarle en una partida de verdad. “Otra vez” solicitó Ignacio, y jugaron nuevamente, pero esta vez la victoria de Andrés fue más difícil de obtener. Pronto estaban jugando sin prestarle atención al invitado. Todas las victorias fueron de Andrés. “Bueno, es suficiente. “ dijo Lucas abruptamente “Gracias por darnos una mano”, y le dio a su hermano la carta que le había prometido. Andrés la tomó, pero se sintió estafado: tenía ganas de seguir jugando. “Solo si subimos la apuesta” le dijo Lucas. Primero apostaron una carta, luego cinco y después diez. Lucas jugaba de forma cada vez más agresiva, pero perdió todos los partidos. “Me vas a dejar sin cartas” bromeó. “Una vez más”, pidió Andrés. “¿Por qué no juegan por todo el mazo?” sugirió Ignacio. “No” dijo Lucas. “Yo no quiero, y él tampoco quiere”. “¡Yo si quiero!” grito Andrés con decisión. Empezaron a jugar por última vez. La apertura fue como todas las otras veces, pero luego hubo un viraje extraño; Lucas había evitado caer en una trampa que era imposible de predecir.

Andrés empezó a ceder mucho terreno, y no tardó en entender que iba rumbo a una derrota. El desenlace comenzó a hacerse evidente y el ambiente se enrareció: algo empezó a sonar, un sonido intruso y extraño. Era Ignacio, que había comenzado a reír. Era una risa monótona y automática, sin gracia. Era una risa eléctrica, inconveniente y cortita, como la alarma de un reloj despertador. Andrés dejó su frialdad de lado y comenzó a desesperarse, lanzando las cartas sin mayor cuidado que aquella noche en la que había irrumpido en la habitación de Lucas. El hermano mayor en cambio, nunca perdió la compostura, ni la prolijidad, ni la sonrisa. Ya era tarde, y llovía, y Andrés había caminado hasta la puerta del cine inútilmente. Martina ya no estaba allí, y Andrés deseaba estar en otro lado. Quizás en otro planeta.

Andrés estaba llegando irremediablemente tarde al trabajo otra vez, y peor que eso, el subte se había detenido abruptamente entre dos estaciones. Las luces se apagaron. Andrés pasó quince minutos en la oscuridad escuchando primero la respiración y después los insultos de doscientos desconocidos iracundos. Él solo se lamentaba de volver a llegar


podía llevarlos a pasear en colectivo. Andrés sintió algo de lástima, pero luego pensó que Ignacio por lo menos tenía familia, y que Ignacio por lo menos tenía mamá. Recordó la última vez que se habían visto, esa tarde lluviosa en la casa donde Andrés creció; Era un recuerdo que nunca abandonaba su cabeza completamente. Le preguntó a Ignacio que había pasado con sus cartas, y él le dijo que Lucas se las quedó. “Lucas” pensó Andrés. No había visto a su hermano desde el funeral de su padre. Era una coincidencia extraña como Alberto había muerto el mismo día que Carl Fisher, el creador de Serpientes y Astronautas. Los dos hombres que más había admirado cuando era un chico habían tenido su encuentro en la sección de los obituarios. En la página central habían publicado una vieja entrevista del genio que inventó el pasatiempo de una generación entera. Andrés recuerda haberla leído algunos días después del funeral. Por sus respuestas, Fisher no parecía muy feliz con aquello en que se había convertido su juego. Él había sido un hombre religioso, y su intención fue la de inyectar una lección moral en un juego para niños y adolescentes, que en su formato original se llamaba “Ángeles y Serpientes”. La distribuidora de juegos pensó (acertadamente) que el marco religioso resultaría poco

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tarde. El subte abrió sus puertas y el conductor anunció una demora no programada. Caminó cuatro cuadras hasta la parada de colectivos, pero el tránsito en la city volvía a colapsar, y pasaron tres vehículos seguidos completamente llenos y ninguno paró. El cuarto si paró; un hombre flaco y barbudo bajó por la puerta de atrás y Andrés corrió a toda velocidad (toda la velocidad que le permitía su voluminoso cuerpo) para intentar colarse, pero no resultó. Era demasiado obeso para entrar en ese mar de gente. Algunos pasajeros incluso lo empujaron para llegar más rápido a sus trabajos. Cayó sobre el suelo, rodó un poco y se levantó con muchísimo esfuerzo y dolor. Levantó la vista y encontró que el hombre barbudo lo miraba, y sonreía. Le faltaban dientes. Empezó a reír, una risa odiosa y de metal que le recordó algo horroroso. “¿Ignacio?” preguntó Andrés, aunque la risa ausente del hombre barbudo ahogó la pregunta. Si, era el mismo Ignacio. Andrés había desistido de llegar al trabajo, y probablemente al día siguiente no tendría que volver a intentarlo. Ignacio también estaba desempleado, le contó. Estaba viviendo en la casa de su madre después de su divorcio, y casi no podía ver a sus hijos. Cuando conseguía verlos, no tenía dinero para llevarlos a ningún lugar, ni para invitarlos a comer, solo


atractivo para una porción grande de la audiencia, y que además, el juego era menos interesante y versátil; tanto un astronauta como un ángel podían ser honorables, responsables y virtuosos, pero no sería bien visto que un ángel sea el agente de una emboscada, o de un asesinato, o incluso de un xenocidio. Fue todo una estrategia de marketing, que funcionó. Ignacio volvió a reír sobre su tacita de café, raptándolo a Andrés de sus recuerdos. “Discúlpame, me rió de aquella vez que Luquitas te ganó el mazo”, dijo él, como si tuviera un caramelo muy dulce en la boca, “no tenías posibilidad de ganar.” Hubo unos minutos de silencio que inquietaron a Andrés “¿Por qué no tenía posibilidad de ganar? Yo era el mejor jugador de todos” dijo, con la voz herida. “Claro que eras el mejor, y tu hermano, tu hermano era el peor de todos. Las cartas de Lucas estaban marcadas, nunca ibas a poder ganarle”.

Sabrina sentía pena por su cuñado, pero no el tipo de pena que te hace ser bondadoso con alguien, era el otro tipo de pena, la que te dan ganas de cerrar las cortinas y dejar de ser el espectador de una escena patética. No quería acompañar a su esposo a la casa

de Andrés, y ella sospechaba que Lucas tampoco quería ver a su hermano, pero últimamente hacían todo lo posible para fastidiarse el uno al otro, incluso si suponía la propia infelicidad. La puerta se abrió revelando toda la inmensidad de Andrés. Los hermanos se dieron un abrazo cordial, y ella tuvo que permitirle besar su mejilla, lo cual él hizo tímidamente. “Trajimos vino” dijo su esposo con la voz apagada. Comieron pizza. Andrés y Sabrina tomaron agua, y Lucas se tomó él solo toda la botella, incluso antes de terminar la segunda porción. Cuando se acabó el vino, tuvo el descaro de preguntarle a su hermano si tenía cerveza o algo más para beber. Andrés pareció un poco preocupado, pero claro, no estaba al tanto de los pasatiempos que su hermano había adquirido en estos años. Los temas de conversación fueron predecibles: trabajo (Andrés no tenía), chicos (Andrés no tenía), dieta (Andrés necesitaba). De a poco Lucas se fue abstrayendo de la situación, hasta que finalmente se levantó de la mesa, un poco desafiante, y se sentó en el sillón y encendió la tele. Cuando solo Sabrina y Andrés quedaron, la conversación fue acerca del clima de esa semana. La cena terminó, y Andrés fue hasta donde estaba Lucas para preguntarle si quería jugar a las cartas. Su marido se estaba quedando dormido,


las cartas que le habían tocado con ojos ausentes.

Lucas se despertó repentinamente y fue corriendo al baño con pasos torpes, haciendo lo posible para aguantar las náuseas. Empezó a vomitar un poco antes de llegar al inodoro. Cuando se calmó leyó su reloj que marcaban las cinco y cuarenta de la mañana. “Pizza de mierda”, dijo. Cuando terminó de asearse salió en calzones al balcón para tomar aire. No estaba seguro, pero creía que había tenido un sueño. Era sobre su madre, quien había fallecido cuando él tenía ocho años. Ella estaba sonriendo. Estaba muy pálida y muy delgada, pero estaba sonriendo, con unos labios delgados como dos fideos, como los suyos. En sus brazos mecía a su hermano menor, que era solo un bebe, y su sonrisa era para él. Lucas levanto la vista, y pensó que el cielo estaba muy vacío.

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y su cuñado estaba desenvolviendo un juego para chicos que había comprado especialmente para esa ocasión. “¿Podía ser más patética esta cena?”. Lucas sonrió. Era una sonrisa que la había enamorado cuando ambos eran jóvenes, pero que ahora sentía que le llenaba el estómago de veneno. Los dos hombres comenzaron a preparar el juego en la mesita ratona, pero Lucas casi no podía permanecer despierto, y su hermano intentaba hacerlo reaccionar. Los ojos chiquitos y azules de Andrés parecían los de un niño que está siendo abandonado. “Yo lo ayudo” dijo Sabrina, y se sentó junto a su marido. No entendía cuál era la gracia de ese juego, parecía una cosa de bebes, algo demasiado infantil incluso para sus hijos. Lucas sostenía las cartas, pero era ella quien estaba jugando. Las reglas eran más sencillas de lo que suponía. “Ganamos” dijo Sabrina después de un rato, y así había sido. “Otra vez, pero que esta vez juegue él” suplicó su cuñado. “Nos tenemos que ir”, dijo ella con frialdad. “Por favor, uno más” volvió a decir él. “No, tesoro, pero la próxima vamos a jugar todos los que vos quieras” prometió ella. Tomó a su marido y lo empujó hasta la puerta antes de que Andrés pudiera decir nada. La última imagen que Sabrina tuvo del departamento era la de su cuñado agachado sobre la mesa, examinando


Male Vertz Nace en 1982 en Capital Federal aunque se instala en provincia y nunca llega a vivir de ese lado de la ciudad. Tuvo su primer ataque de pánico a los 23, sucesivos episodios a los 25, luego a los 28 y a los 31. Después de 10 años de terapia cree que la solución está cada vez mñas cerca. Mientras escribe, pinta o fotografía todavía no le agarró ninún ataque.

No son los discos No son los discos es otra cosa detrás de escena Son las olas de un mar sonoro que van llevándose ahogada la melodía de la cantante negra de voz pastosa y sal en los ojos. Entre la bruma detrás de las luces los oyentes apenas mueven los codos sobre las mesas de madera gastada mientras la bocina de una trompeta detona la noche y los mantiene vibrando hacia adentro. Como un capitán quebrado la cantante trágica hace girar el timón de pasta de una noche velada donde una brisa portuaria canta una balada oscura que se amarra a los oídos.


Las aves del pavimento I.

II.

Se sucede. Se tropieza en una ciudad pequeña. Hace un trato irreversible para estar solo. Sentado en la explanada del bullicio nota que se vuelve invisible y se adueña del mundo. Con una sonrisa ingenua gira en vano entre la gente. Y las noches empiezan a estar frías.

Hacia adelante y seguía el asfalto imprimiéndose en las pupilas ya rayadas y apagadas te mantenías conduciendo por la ruta del silencio delineada por hileras de pinos y tu perfil tan rígido recortado del vidrio empañado, tanto respiramos sin palabras un pozo entre los asientos una distancia un lapso un barranco y creí que era un águila que se adelantaba y volvía de frente para poder encontrarte los ojos.

Se envejece transpira entre las sábanas de una ciudad pequeña. Deviene loco, un suicida del pensamiento mientras afuera la autopista indiferente le ofrece una constante y opaca melodía.

III. Andaba en esos días de pájaros volados y me diste una sonrisa de esas que muestran todos los dientes y los pajaros se acomodaron como por arte de magia

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Un pájaro negro lo mira de frente los árboles lo encierran y el ruido de su sombra comienza a amenazarlo.


U(i) es una revista hecha a base de pulmoción por la editorial “Gusano blanco”

Muy pronto (o no) más novedades gusanescas


Unidad imaginaria - Nº1  

Primer Número de Unidad Imaginaria en formato a dos carillas por hoja. Oh sí.

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