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El Periódico de Torrevieja nº 533

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· El Periódico de Torrevieja · 1ª quincena octubre 2014

opinión Las tres clases de ignorancia, según François de La Rochefoucauld

La candileja olvidada

Jon Oria

jonoria.wordpress.com En nuestra época de crisis a todos los niveles, produce ansiedad tener que volver a los maestros del pasado cuando leemos crónicas sobre los recortes en la educación y en la sanidad, que indudablemente favorecen a quienes prefieren comandar a reses en vez de a seres humanos. Parisino por antonomasia, François de La Rochefoucauld (1613-1680) es célebre por los relatos de sus «Mémoirs» en que analiza los altibajos del pensamiento occidental en frases como «La Filosofía triunfa siempre sobre los tiempos del pasado, pero raramente sobre el presente». Hoy traeremos a cuento su análisis de las tres fases de la ignorancia, que parecen enraizarse igualmente en la época en que vivimos ahora: «no saber lo que lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe y saber lo que no debiera saberse». De «esprit fin a la française», su recuerdo me hace revivir mi época parisina de los primeros años 70, cuando estudiaba Lingüística en la Sorbonne, y no eran sus monumentos, parques, avenidas o caminatas a las dos orillas de la Seine, contemplando chipas y renacuajos en los remansos del río, sino por la apreciación de lo más sutil que existe: el pensamiento humano. Y ahora me viene una consideración altruista sobre los comienzos de nuestro milenio 2.000, que yo llamaría contradictoria para que la claridad se sobreponga a la ignorancia, por ser ésta siempre la más atrevida según aquel dicho de Aristóteles: «El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona». En forma de retruécano, yo describiría este primer siglo de crisis intencionadas para beneficios de una minoría por medio de un retruécano sin puntales que los sustenten del colapso: Antes los poderosos controlaban todos los recursos, pero ahora es «Das Kapital» el que se ha apoderado del poder, lo que crea esta rara sensación de malestar próxima a la hecatombe de la sabiduría del Occidente.

HECHOS Y DICHOS Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: La ignorancia Sócrates PROVERBIO SÁNSCRITO La imbecilidad crece como el búfalo: su volumen aumenta, pero no su sabiduría.

Mis recuerdos infantiles son, a veces, nocturnos, cuando no teníamos luz eléctrica y se alumbraban las estancias con candiles, carburos o velas; también la lumbre del hogar mientras se cocinaban las viandas. Para subir de la planta baja a los dormitorios, mi madre abría la marcha con una palmatoria, en cuyo centro titilaba la vacilante luz de una vela. Detrás subia papá seguido de todos nosotros, mis hermanos y yo. Sobre las colinas resplandecían las fogatas, en la única calle de la aldea, y se veían, difusamente, siluetas corriendo de un lado para el otro: eran los niños, jugando. Años más tarde, pusieron luz eléctrica de 25 vatios, que daba menos luminosidad de la que estábamos acostumbrados. Ahora, a mis tropecientos años, tenemos el martirio de los mosquitos que llegan, de visita, por las noches, desde las Salinas y la laguna que hay en La Ceñuela. Ya estamos hartos de gastar en matamoscas y palmetas, para matarlas de un golpe. La otra noche estaba yo hablando con mi madre, que lleva 44 años junto a Dios, pero que vela por mí y me cuida como cuando estaba

en la tierra. «Mamá», le dije en silencio «¿dónde estarán los candiles, palmatorias y carburos? ¡Qué pena, cuando tú moriste, la casa se desmoronó, como pasa en todas en las que falta el padre o la madre!». Sentí unas lágrimas amargas y rebeldes de impotencia, que llegaban a mis ojos, y es que el recuerdo a esa santa mujer que un dia me dio la vida es lo que me mantiene en esta mísera existencia. Entonces, se obró algo, como si dijésemos “milagro”, pues, telepáticamente, me llegó su respuesta: «(Mira en la repisa, detrás de la puerta, que tus amigas de Almoradí y Elche te regalaron una candileja, con su mecha y todo)». Me levanté, y sí, allí estaba, la llené de aceite usado y ahora, por las noches, no se ve ni un mosquito rondando por el porche. También, hace años y con una depresión de caballo, mi madre, a través del sueño, me dijo que pusiera el cuadro con el Sagrado Corazón de Jesús sobre la cabecera. A los 2 días noté cómo mi psique se relajaba. «¡Gracias una vez más, mamita!». Kartaojal

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Contenedor ¿soterrado? página 2


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