Issuu on Google+


STAFF Coordinación RAQUEL AZNAR Escriben ANTONELLA PASCUCCI PABLO JIMENEZ CAROLINA LÁZARO DANIELA LÓPEZ VERÓNICA GUIÑAZÚ Escritor Invitado JUAN PABLO BARRERA Ilustración de Tapa DANIELA LÓPEZ Diseño Gráfico SEISPIES

seispiescomunicacionvisual@gmail.com Sospecha Ficcional 1 Año 1 - Mayo 2014 Luján de Cuyo/Mendoza.

¿ Cómo surge sospecha ficcional? Surge tras una solicitud de búsqueda textual, tras el tiraje de un deseo que se devana en el taller para anunciar historias que remiten a otras historias. Historias de hoy? Extensiones de un tiempo? Seguramente algún escarabajo sumergido o nocturno inquieta, suspende la intriga y posibilita una escritura metafórica de los supuestos. La aparición de sospecha ficcional no escapa a la expectativa poética, así llega a la impronta que libera a la imaginación hasta desdibujar las sombras - esa que nos persigue o nos oculta-.


En un andar Entre Tramas y Formas, una inquietud pretende la búsqueda de lo que se intuye como reflejo de lo que no se ve. Ahora escribo pájaros / No los veo venir, no los elijo, / de golpe están ahí, son esto, / una bandada de palabras / posándose / una / a / una / en los alambres de la página, / chirriando, picoteando, lluvia de alas / y yo sin pan que darles, solamente / dejándolos venir. / Tal vez sea eso un árbol. J. Cortázar

En un andar Entre Tramas y Formas, las conjeturas de las circunstancias por cuestionar la costumbre y sus raros delitos, son indicios de esta sospecha y los apuntes se convierten en textos, y éstos en literatura. La suspicacia no cesa en la lectura y sus expedientes históricos, mientras las estrategias como indicios figurados son capaces de generar micro-relatos, cuentos breves, improntas ensayísticas y una poesía que se instala antojada y se defiende sola, una poesía obstinada que se alucina ante la infidencia y la denuncia. En un andar Entre Tramas y Formas, una coyuntura insiste, apura el secreto, entonces la palabra en su espionaje genuino revela entre sombras las siluetas de algún vuelo perdido.

Escribir tras-pasando letra por letra las horas, todas juntas como tinaja abierta, para desparramar en borbotones el significado inesperado de los signos que clausuran. Escribir embebida de sensorialidad, aprehendida de ella, dejando en el texto el sonido, la luz del color y la forma como empatía a lo que nos rodea como espacio. Soltar historias calcadas en el papiro de los mitos, legendarios anunciantes del impulso de llegar a las secuencias del relato continuo. Raquel Aznar.

Taller literario Entre Tramas y Formas de Raquel Aznar escritora , coordinadora de talleres literarios y mediadora de lectura raquelaznarzarategui@hotmail.com Teléfonos: 155369033- 4962516


Llueve Llueve hace tres días se deletrea el sueño del mismo firmamento, suena la rima del mismo cancionero Llueve hace dos días un mal necesario de secuestros soberbios de huecos mestizos Llueve en el cementerio de dos melancolías grisáceas Llueve hace un día con pedacitos de algo crujiente, con olas de café hirviendo envuelto en tinajas Llueve en un callejón noble que mira con tristeza los tatuajes del cielo Llueve imparablemente sin jinete ni candado con ancianos y ventanas con turistas y espejismos Sigue lloviendo con suspenso una agonía abandónica de rodeos y desprecios.


Él puede escucharnos Me indigna tu voz de luto parece olor a lluvia expulsa despedida y renuevo me asfixia hace meses no me rehúso a olerlo. Lo que tengas que decir, lo sé de memoria he vivido encarcelando la costumbre de inventar este momento tal vez no lo esperaba de igual forma llegó. Aún conservo las sábanas suecas aunque no pude volver a usarlas, están tiesas y huecas arrugadas por la distancia. Por las mañanas suelo mirar el boceto del nenúfar blanco que se trasluce por la ventana pálido y encerado como la sombra de tu ausencia. También apretujé la foto rubia que extingue nuestros días, fue pueril e impulsivo sólo quise recordarte. No vine a hablarte de mundos sino a proponerte algo, gritemos al cielo sé que Él puede escucharnos.


El artesano del final Llevo más de treinta años haciendo el mismo trabajo, aunque en realidad nunca lo consideré un trabajo sino más bien una forma de vivir; un placer bien remunerado . Me dedico a escribir finales, comencé haciéndolo por casualidad. El primer final que escribí fue para realizar el descargo ante una infracción que jamás cometí; aclaro que “jamás la cometí” debido a mi glorioso final improvisado donde modifiqué con pequeños cambios una realidad no tan buena para mí. Pero no me quedé con aquella experiencia exitosa sino que fui por más y en busca de otros ámbitos. Así fue como logré que aquella mujer que apenas conocí me volviera a buscar para declararme su amor eterno y su loca obsesión por mi persona, notablemente mejor y muy distinta a la dura realidad de tener tan sólo un nombre femenino en la cabeza y un simple hasta luego después de un café chico con dos de azúcar. Cuando hice notar mi habilidad para maquillar la verdad ya tenía escritos más de sesenta finales distintos que utilicé para diferentes oportunidades de las más variadas que iban desde un resultado adverso en un partido de fútbol hasta la tristeza por el fallecimiento de algún conocido. Cambiaba el fracaso por el éxito, el dolor por alegría y el desamor por pasión; me convertí en un artesano de los finales. En ciertas ocasiones debía mantenerme fiel a la realidad y no podía escapar entre líneas de cursiva o imprenta-según el cliente- a un destino ya marcado. Me acuerdo de Luis, uno de mis más desdichados y recurrentes clientes. Su esposa lo abandonó después de cinco años de matrimonio dando un portazo a la puerta maciza de roble. Un final espantoso para cualquier persona; yo en cambio le di algo digno de recordar sin salirme de la verdad. En aquella ocasión los escribí sentados en la misma mesa donde a diario compartían sus vidas, en la frente de su mujer se dibujaba un pentagrama y Luis, perdido en aquellos ojos, apenas la escuchaba. Ella se levantó y en su frente ya se encontraban las tristes notas de un adiós sin interrogantes. Pero no todos son finales, había veces que también escribía intermedios, pausas. Las hacía en casos muy especiales, pocas personas descubren esas situaciones-aunque sean muy frecuentes-. Un día alguien se despide con un tibio saludo y cuando ya no hay tiempo para reaccionar esa persona no está más en el camino. Sólo en esos casos reinvento los intermedios, les doy una esperanza para que vuelvan a reencontrarse pero lo cierto es que pocos los pueden volver real. Ha pasado tanto tiempo desde la primera vez que escribí un final y tantas las veces que los imaginé que sé muy bien cuando uno se aproxima. Yo estoy cerca del mío. Lo noto en el trazo tembloroso, las ideas que se cruzan o me juegan una mala pasada en la memoria y en la poca tinta que va quedando. Me rehúso a pensar en que deba escribir mi propio réquiem, no por temor a fallar en el punto final sino porque a veces los finales no son más que un principio.


Ellos escriben Se conocieron como todo buen romance sin querer, se describieron con palabras cotidianas y simples. Con el impulso de la pasión se tatuaron el nombre del otro en sus cuerpos y así decidieron seguir escribiendo una historia juntos. Cuando llegó el amor ya no quedaban palabras para escribir entonces decidieron inventar su propio vocabulario. Olvidaron la puntuación, los acentos y nombres propios; no había otra lengua ni otras palabras que no fuesen la de ellos. Se prometieron amor por siempre como todo buen romance, se amaron con locura y devoción durante un tiempo que para mí fue breve pero que en su lenguaje significó eterno. Llegó el invierno para ellos y el frio terminó por congelar las palabras escritas; comenzó por las del lenguaje inventado, luego siguió destruyendo las palabras cotidianas hasta que finalmente el silencio reinó entre ellos y no hubo más que escribir. Ahora viven en lugares separados y distantes. Encerrados malgastan hoja tras hoja mientras tratan de recordar las palabras que los unieron una vez. De lo vivido tan solo queda un desdibujado tatuaje, que con el pasar de los días, se parece más a una cicatriz.


Estamos condenados al cambio y el cambio condenado a nuestra a esencia (una perfecta conjunción) de no ser así, seriamos una especie de cadáver que intenta reanimarse en cada despertar. Necesitamos movimiento, un proceso de muerte y renacer acontece en cada minuto de la existencia. Pero jamás cometamos el error de nombrar a ese movimiento (dentro de alguna categoría), por ser constante, es una mera apariencia que encubre el cambio progresivo. “Tenemos la ilusión de que existe el equilibrio” El equilibrio es el ideal siempre pendiente, una figura mal definida. Somos precarios, inestables e impredecibles ¡es absurdo! pretender el equilibrio, estamos formados por componentes opuestos y por lo tanto llamados al camino de la improvisación para desarrollar nuestro potencial. Todo intento de construcción nos detiene en nuestra creación, los proyectos nos desconectan y aíslan del hoy, nuestros ideales son los responsables de mantenernos a la espera “que no hace porque no se adecua y no se adecua porque no se producen cambios en sus ideales” (los ideales toman puestos permanentes, se arraigan a nuestra esencia y se adueñan de nuestra concepción de vida).En fin todo pretexto es bueno para mantenernos inamovibles. Somos marionetas de nuestros sentimientos y basta cortar o tirar del hilo para que nos desplacemos del lugar en que estamos, para que todos los movimientos se modifiquen incluso los que estaban ejecutándose. El equilibrio nunca existió, fue un concepto inventado para creer que tenemos control sobre nuestras pulsiones y deseos. El problema (de hoy) es que ni siquiera fingimos la compostura y el caos ya no pasa inadvertido.


Palabras del subsuelo Hay un mundo de palabras que está condenado a la mudez, que lucha por escapar entre pequeños intersticios del pensamiento y siempre fueron aplastadas por otras. Así algunas envejecen, cambian de sonido hasta de forma pero permanecen unidas a ese momento que nombraron al engendrarse. ¡Entretejemos sonidos, murmullos, emociones hasta moldear la palabra que llega de alguna parte para decir algo! O somos palabras y estamos ausentes o nos abrazamos con el instante hasta ser vencidos. Casi siempre somos esa perfecta combinación donde las palabras perforan rostros y llenan espacios.

Somos Cada cual se halla en su propia burbuja. Nos tocamos pero estamos a distancias inconmensurables, podemos sentir el espacio vacío que provoca el deseo siempre insatisfecho. Buscamos entre tantas miradas hasta encontrarnos con un rostro, solo caminamos cegados hacia nuestros destinatarios y seguimos siendo uno en busca del otro. Comprender que se está solo es despertar un movimiento exabrupto, es acogerse a sí mismo, rodearse de todas las formas posibles para sostenerse. Buscamos entre tantos rostros hasta encontrarnos en una mirada. Sólo caminamos en busca del amor y seguimos siendo uno en busca del otro.


Encuentro Aquí está la euforia que trae su lejana sincronía mientras oculta huecos habitados que súbitos emanan. Caricias que re-animan miradas que tuercen viñetas soporte vertiginoso de adrenalina se respira en las carnes. Cuando las texturas se experimentan las manos que recorren/se funden. Boca/ galpón de ensueños/canta placeres en tanto la luz filtrada por los orificios se duerme en las telarañas. Percepción de tiempo ausente.


Contradicción y no Callo vuelo mido respiro recuerdo busco la realidad existente en los latidos de la imaginación. lo pienso en absurdo lo cuento en vuelos presión de realidades pintadas en serie. Divididos pero coincidentes vivo a medias vivo doble. Contradicción halada que me acompaña salto súbito de diagonales sangro si me atraviesan.


La nulidad (o el extraño) Viajaba inerte en ese barco oscuro, sucio y maloliente. Ya todo había quedado atrás. Su familia, su hogar, su tierra. Fue arrancado de allí por el capricho de hombres blancos que necesitaban de él. Fue golpeado y encadenado con tan solo tres años de edad. El viaje fue largo y penoso. Muchos murieron junto a él en el trayecto. Incluso su madre que hasta ese momento era su único consuelo. Una vez en la plaza, luego de atravesar el inmenso océano, fue exhibido y vendido al mejor postor como una simple mercancía, pero de muy alto valor. Era pequeño pero fuerte, su piel negra contrastaba con aquellos dientes blancos como el marfil que, en otros momentos de su corta vida, relucían en esa sonrisa amplia y profunda que supo tener. Ya no sonreía. Hacía tiempo que no lo hacía. Estaba asustado. Llegó a Mendoza en una típica tarde de otoño del año 1704. Su comprador lo esperaba para llevarlo a la gran casona de la viuda de Don Juan de Ribas, Doña María Gómez Pardo de Ribas, donde trabajaría en las tareas del hogar. Doña María decidió llamarlo Manuel. Al llegar a su destino, el pequeño fue puesto a cargo de una esclava llamada Pascuala. Era negra como él y desde pequeña trabajaba para esa familia. Ya casi era alguien en ese hogar. Sentían afecto por ella, pues había cuidado de los tres niños del matrimonio de Doña María y Don Juan de Ribas: Pedro Pablo, Mariana y María. María era distinta, se mostraba siempre indiferente al afecto que Pascuala le otorgaba. Con el tiempo la indiferencia se tornó en violencia. Una violencia que María ocultaba frente a sus padres y que Pascuala callaba con gran resignación. Ella recibió a Manuel con cariño, le recordaba a su pequeño hijo antes de ser vendido y alejado de allí para siempre. Lo cuidó, le enseñó muchas cosas que necesitaba saber y Manuel se aferró a ella y así pudo soportar día a día el dolor que le causaban los pocos recuerdos de su corta edad, que nítidamente lo mostraban corriendo con libertad por su lejana tierra africana. Al poco tiempo de su llegada, la familia compró nuevos esclavos, entre ellos venía una chiquilla de cuatro años que fue nombrada Juana. Rápidamente Manuel y Juana entablaron una verdadera y hermosa amistad. Jugaban y reían en cada espacio de tiempo y lugar que disponían bajo la atenta mirada de Pascuala.


Manuel se levantaba todos los días antes del amanecer a cumplir con las labores que debía realizar y junto a su pequeña compañera todo comenzó a tomar un color distinto, empezó a sentir ganas de sonreír nuevamente. El tiempo pasaba, sus amos lo trataban bien pero no la niña María, quien pronto se casaría con Don Jacinto Videla. Comenzaron los preparativos de la gran boda que se realizaría y como parte de ellos, la preparación de la dote que, según las costumbres de la época, la novia entregaría al novio. Para sorpresa y dolor de todos los esclavos de la casa, Manuel sería entregado en dote a María para marcharse con ella y su marido, muy lejos de allí. Juana y Manuel lloraron desconsoladamente el día de la partida y se prometieron mutuamente que jamás se olvidarían, ambos eran muy pequeños, pero las circunstancias de sus vidas hicieron que esas promesas tuvieran un inmenso valor. Manuel finalmente partió. Pero con su partida también llegaría otra noticia. Luego del casamiento de María, su madre emprendió un viaje para visitar a su hijo Pedro Pablo. En el trayecto, sufrió un trágico accidente perdiendo la vida ella y quienes la acompañaban. La noticia pronto llegó a la casa y la tristeza y la incertidumbre se adueñaron del lugar. Nadie sabía lo que iba a pasar ahora que su ama, Doña María, había muerto. A los pocos días llegó el notario de la cuidad junto con los hijos de Doña María para dar lectura al testamento dejado por ella. Los esclavos serían repartidos. La pequeña Juana sería entregada a María para pagar el entierro, las misas y las novenas que se realizarían tras la muerte de su madre. Lejos ya de poder reunirse alguna vez con su querido amigo Manuel, los dos pequeños fueron separados para siempre. Separados como simples objetos sin sentimientos ni valor, sólo el de las monedas que se pagaban por ellos en una triste plaza pública.

Cuento basado en un testamento encontrado en el archivo histórico de Mendoza. Testamento otorgado por Doña María Gómez Pardo de Ribas 10/6/ 1705.


Yendo Las luces de los autos que vienen de frente, el ruido del citroën que no me deja escuchar la voz de un periodista contando las últimas noticias en la radio, el cielo un poco gris presagiando lluvia. En todo ese panorama, imagino historias, cuentos, realidades, vidas. Imagino que debes estar volviendo mirando el mismo cielo que anuncia lágrimas. Pienso que los del Renault 12 que acaba de pasarme están regresando a casa después de una labor en las afueras, que tal vez van escuchando música, una FM de esas tropicales que le ponen ritmo a cualquier hora del día, que les debe quedar un rato mas para llegar, que no hablan entre ellos, que van todos cantando hacia dentro. Entonces vuelvo y el tipo de la radio sigue contado que el país no ha cambiado mucho, no lo dice así, pero uno se da cuenta. Tengo que frenar un poco, he llegado a la cola de un camión al cual le cuesta mucho llevar la carga. Entonces el camionero irá tranquilo, en este caso no puedo imaginar que va escuchando pero por la carga que lleva deduzco que recién debe estar empezando su viaje, que hace poco se despidió de su familia para emprender el recorrido que vaya a saber donde lo llevara a él y a su carga. Intento pasarlo pero no encuentro el momento, el citroën no tiene la explosión de esos autos modernos, en realidad vos ya lo sabes, has sido mi acompañante en varias oportunidades… necesito varios metros para poder pasarlo tranquilo. Cuando por fin logro abrirme y mientras lo supero puedo ver que el camionero va fumando y tararea alguna canción que lógicamente no puedo descifrar. Dejo atrás el Scania 112, y vuelvo a imaginarte de regreso, mirando el cielo, apoyada contra la ventanilla, buscando explicaciones y tratando de contenerte para que tus lágrimas no sean anteriores a las de las nubes. Sin dudas tengo que arreglar el escape del auto como tantas veces me dijiste, no se escucha nada por momentos. Subo un poco el volumen de la radio, ahora hay música, reconozco algo de Sabina y tarareo por momentos el estribillo. Me parece que el de bigotes que acaba de pasarme en un Gol miró como tratando de suponer lo que pasaba en mi auto. Por suerte, creo, no es tanta la distancia que nos separa, si hasta parece que viajaras conmigo; estarías cantando y feliz de que no este algún relato de partido en el éter. Yo trato de recordar a que hora llegabas, esto de ir a darte la sorpresa, que me veas ahí cuando te bajes, que por fin puedas llorar en mi hombro, o reír, o cantar, imagino que te va a gustar. Al costado de la ruta un auto azul, que creo es una cupe fuego, parada con las balizas prendidas y vapor que sale del capot. Un hombre mirando desde adelante tomándose levemente la cabeza, pasando sus manos por el poco pelo que le queda, deseando que nada de lo que ve este realmente ocurriendo, la mujer que lo acompaña parada al lado del auto, a la derecha con la puerta abierta y mirando a los que pasan como buscando ayuda. Imagino entonces que les quedara un buen rato más en ese lugar, “la espera interminable de esperar una grúa”, si es que el seguro que contrataron lo tiene, la esposa reclamándole una solución; él verá el motor, pero solo por mirar y ella se encerrara en el auto a fumar, enojada con el mundo, con la mecánica, y con él.


ESCRITOR INVITADO

Me acaba de pasar un colectivo lleno de gente, cuantas historias van ahí arriba, cuantas vidas, cuantos destinos. Igual vuelvo a imaginarte en tu regreso, creo que es lo que mas me gusta imaginar. Te visualizo escuchando algo de música en tu MP3, seguramente algo de Sabina, o volcada un poco al rock and roll que a mi me gusta, porque a esta altura ya me debes estar extrañando, y escuchar eso te haga sentir mas cerca mío. Ya dejando atrás la ruta, entro en el pueblo por callejones de tierras y pocas luces, el caserío organizado como rompecabezas mal armado, calles que se cortan y no llevan a ningún lado, veo un chico jugando al borde de la acequia con un tractor de plástico verde y amarillo, su padre apenas unos metros atrás sobre el puente de entrada, lo mira. Ha caído completamente la noche, tengo la sensación de haber vivido esto, pero pienso que tal vez ya lo he imaginado. Paro el auto en la pequeña Terminal que suelen tener esos poblados, donde los micros sólo entran a dejar pasajeros, donde ningún recorrido tiene como punto final ese lugar. Algunas pocas personas me miran, compro un agua en un pequeño local con una minúscula ventanilla, atendido por un hombre que pareciera vive ahí dentro. Enciendo un pucho y espero. Pienso que debería dejar de fumar, miro el cielo, el agua es inminente. Hace tiempo que fuiste a despedir a alguien que ya no estaba, pero tenemos la puta costumbre de despedir a la gente cuando ya no está, imagino que lo necesitabas, que tal vez se necesita. Sigo sentado sobre una pequeña pared y juego con que el micro aparecerá por mi izquierda cuando termine el cigarrillo. Se me acerca un hombre todo de azul, a medida que se aproxima imagino que me viene a pedir fuego, ya cerca mío esboza una sonrisa a lo que respondo yo también con el movimiento facial. Me comenta que no siempre entran los colectivos al pueblo, que solo lo hacen si viene alguien que tenga ese destino. Le agradezco la aclaración y le señalo que ahí se acerca un ómnibus. Se me acelera un poco el corazón, me pongo de pie y miro hacia el colectivo. Imagino que debes estar buscando tu bolso de mano, algo ansiosa por bajarte, porque de una vez por todas llegas, yo espero, haciéndome el distraído para que no me vayas a ver…El micro se detiene a unos 20 metros de donde estoy, se abre la puerta, desde aca escucho el ruido del aire que hacen cuando frenan, se baja una mujer mayor, con un tapado de piel, el chofer abre la bodega y le entrega una gran valija. Yo espero que aparezcas, tal vez estas dormida, comienzo a acercarme (ya no me importa si me ves), miro por las ventanillas, ya cerraron la bodega y el chofer sube, cierra la puerta, yo te sigo buscando, el coche arranca. Me quedo mirando un buen rato, quizás te despiertes y bajes, hasta que finalmente desaparece de mi vista. Me subo al citroën, lo pongo en marcha, me pierdo en el caserío, entro a la ruta, me pasa un falcon blanco e imagino que los que van en él escuchan el noticiero de alguna AM en donde un periodista cuenta que el país no ha cambiado mucho, prendo mi radio, detrás del ruido hay música, preferiría un partido de fútbol. En estos momentos no puedo imaginarte, tal vez mañana sí…cuando vaya a buscarte.



Sospecha Ficcional N1