Primer capítulo Entre sombras

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© 2012, Lucía Solaz Frasquet © 2012, sinerrata editores

Diseño de la cubierta: Manolo Acedo Lavado Composición digital: Pablo Barrio ISBN (edición ePub): 978-84-15521-00-6 Entre sombras en Facebook Entre sombras en Pinterest Esta es una copia de Entre sombras intencionadamente distribuida sin DRM por la editorial para que puedas disfrutar de su lectura de forma fácil y sin atentar a tus derechos como lector. Pero si ha llegado a tus manos sin que la hubieras comprado y deseas agradecer a la autora y a todos los que hemos participado en su edición por tu tiempo de disfrute con ella, te invitamos gustosos a que compres tu propia copia. Puedes hacerlo desde www.sinerrata.com.


Acacia apenas le echó una ojeada a la tarjeta de cumpleaños que yacía sobre la mesa de la cocina y salió ignorando la mirada de silenciosa desesperación de su madre. De Lillian, se corrigió. La fecha de su cumpleaños había resultado ser tan falsa como todo en su vida, se dijo mientras recorría el camino hasta la carretera principal. El autobús del colegio no tardó en aparecer y se desplomó en el primer asiento libre, sin saludar ni mirar a nadie. Otro lunes en la vida de una adolescente malhumorada, pensó mientras subía el volumen de su iPod. Hacía un año hubiera apreciado la belleza primaveral del paisaje del oeste de Devon, el modo en que la luz reFlejaba el verde brillante de los terrenos que rodeaban Burton College y resaltaba el encanto neogótico de su ediFicio principal. Hacía un año no se hubiera escabullido junto a Robbie a fumar hierba antes de la asamblea. Hacía un año hubiera besado a su madre antes de salir de casa. Hacía un año acababa de cumplir los quince y la vida era perfecta. Entonces tenía una familia. Y sabía quién era.


PRIMERA PARTE ACACIA


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—¿Acacia? La joven levantó la cabeza y se quedó mirando al señor Blanchett con expresión vacía. —¿Te importaría responder? —Brasil —replicó aun sin saber cuál era la pregunta. Este tipo de información siempre aparecía de inmediato en su mente. Qué lástima que lo que de verdad necesitaba saber la estuviera eludiendo. El señor Blanchett la miró desconcertado, pero no tuvo más remedio que dar por válida su respuesta. Acacia siempre había sido una buena alumna. Era atípico verla tan distraída. Poco después sonó el timbre. Acacia se retiró el largo mechón de cabello castaño claro que le caía sobre los ojos y comenzó a recoger los libros de geograFía de su pupitre, preguntándose una vez más dónde demonios se había metido Enstel. Era la hora de comer, pero no se sentía capaz de probar bocado. Millie la cogió del brazo en el pasillo. —Robbie está castigado otra vez. —¿Ah, sí? —Por pintarse las uñas. Acacia sonrió. A Robbie le gustaba pensar que se parecía a su héroe, el cantante de My Chemical Romance, solo que con ojos azules. Se había teñido el pelo de negro y lo llevaba más largo de lo que permitían las reglas del colegio. Siendo hijo de un juez, solía bromear, solo le quedaban dos opciones: ser como su progenitor o seguir el camino contrario. —Espero que sus padres no se enteren y le retiren el permiso para venir el sábado — continuó Millie—. ¡Ah, qué ganas más locas tengo! Es estupendo tener quince años, ¿verdad?


Como parte de su regalo de cumpleaños, los padres de Acacia iban a llevarlos a la batalla de las bandas en Exeter. Solo conocían a uno de los grupos, una banda de rock local, pero era su primer concierto sin supervisión y eso ya era motivo de excitación. De su pandilla de amigos, Millie y ella eran las únicas alumnas externas. Todos los demás estudiaban internos en Burton y solo recientemente habían obtenido permiso para salir con cierta independencia algunos Fines de semana. Se unieron a la cola en el comedor, Millie parloteando sin cesar como de costumbre, sin percatarse del silencio de Acacia. Mike, James, Hugo y Gertie se sentaron con ellas. James miró a Acacia, que estaba moviendo distraídamente el tenedor sobre la superFicie del puré de patatas. —¿Estás bien? —le preguntó en voz baja mientras los demás hablaban de los entrenamientos de rugby de la tarde y del próximo torneo de natación. Acacia levantó la mirada con sorpresa y observó su cara pecosa, su boca ancha y sus amables ojos de color avellana casi ocultos bajo el Flequillo. —Sí, es solo que no he dormido muy bien. James asintió en silencio. —¿Todavía necesitas ayuda con las ecuaciones simultáneas? Acacia recordó entonces que James se había ofrecido a echarle una mano con los deberes de matemáticas. —Sí, gracias. Después de clase tenía una hora de natación y luego ensayo con el coro hasta las siete, lo que dejaba los deberes de educación religiosa para después de cenar. Pensó en el examen de piano del viernes y suspiró. Las clases extraescolares nunca le habían supuesto un esfuerzo, pero esa semana se sentía tan cansada. Ojalá pudiera dormir sin la misma pesadilla persiguiéndola cada noche, dejándole como único recuerdo una horrible sensación de pánico y esa necesidad de huir, de escapar, de ponerse a salvo. Y Enstel no estaba resultando ser de ninguna ayuda, rehusando responder a sus preguntas, desapareciendo durante horas. El miércoles después del descanso tocaba literatura inglesa, una de las asignaturas favoritas de Acacia. Habían empezado a estudiar Romeo y Julieta y ese día la señorita White les iba a poner una adaptación cinematográFica antigua de un director italiano. El aula tenía pupitres dobles y Acacia se sentó en su lugar habitual junto a James. Desde que lo conocía, hacía ya cuatro años, siempre había batallado en silencio con la ortograFía y la


literatura, pero este curso era mucho peor. Si la Física, la química, la biología y las matemáticas no tenían secretos para él, medir versos era peor que enfrentarse a un laberinto con los ojos vendados. A pesar de encontrarse todavía en décimo curso, James siempre había sentido el peso de la responsabilidad. Quería ser neurocirujano como su madre y para ser admitido en la Facultad de Medicina de Harvard, donde sus padres daban clase, era preciso contar con el mejor expediente. Décimo y undécimo los preparaban para los exámenes oFiciales que tenían lugar al concluir la educación secundaria obligatoria y las notas obtenidas determinaban qué opciones tenían a la hora de elegir asignaturas y colegio para continuar con sus estudios. La presión era constante. James no era de los que pedían ayuda, no por orgullo, sino por simple timidez, así que un día poco antes de las Navidades, después de observar su desmayo al recibir los resultados de su último ensayo, Acacia le pidió que la ayudara con el álgebra y a cambio le propuso echarle una mano con la literatura. Este intercambio había incrementando la conFianza de James y mejorado de forma dramática sus notas. James escuchaba atento mientras Acacia lo iluminaba sobre el sentido oculto de los versos de William Wordsworth y le explicaba las sutilezas de los diálogos de Jane Austen. Y mientras James aprendía a desenredar el signiFicado profundo del idioma, cada vez le costaba más mantener sus sentimientos bajo control. Cuando la señorita White entró en la clase, todos se pusieron en pie. —¡Buenos días! —los saludó con voz cantarina mientras dejaba una pila de libros, carpetas y una bolsa de tela repleta de cuadernos sobre la mesa. Contraria a su costumbre, la profesora los inspeccionó con ojo crítico y Acacia intuyó que la jefa del departamento le había llamado la atención por no tomarse en serio las normas del colegio respecto a la pulcritud que debía observarse en los uniformes de una institución académica de tanto renombre. —Robbie —se limitó a pronunciar en tono neutro. Al fondo de la clase, como correspondía a su actitud rebelde, Robbie se metió la camisa dentro de los pantalones y se ajustó la corbata. Acacia sabía que estaba secretamente ufano de que la señorita White le hubiera prestado una atención especial. —Veo que estás experimentando con el maquillaje —comentó la profesora antes de dirigirse al resto de la clase—. Podéis sentaros. Robbie se había delineado los ojos de negro y podía haberlo enviado a lavarse la cara o ponerle un castigo, pero estaba más interesada en continuar con su clase que en perder tiempo enfrentándose a las decisiones estéticas de los alumnos.


La señorita White, la favorita de Acacia, era una magníFica profesora capaz de trasmitirles su pasión por la literatura. Seguía las reglas siempre y cuando fueran lógicas y, cuando no tenían demasiado sentido pero formaban parte de su trabajo, no tenía problemas en bordearlas. Robbie juraba que bajo su ropa acorde con el código conservador del colegio, la señorita White escondía un piercing y varios tatuajes. A Acacia no le hubiera sorprendido, pero dudaba de la veracidad de la fuente. Siendo una de las profesoras más jóvenes y atractivas, sospechaba que Robbie albergaba intereses muy poco académicos hacia ella. Sentada al lado de Mike en el pupitre a la izquierda de Acacia, Millie levantó la mano, aunque en ese momento la señorita White no podía verla, concentrada en el contenido de su atestada bolsa. —No, Millie, hoy no vamos a ver la versión con Leonardo DiCaprio —respondió la profesora a la muda pregunta sin siquiera alzar la mirada—. Vamos a aprovechar esta oportunidad para que descubráis que también se rodaron películas antes de los noventa. Millie la miró boquiabierta y Acacia sonrió. —DeFinitivamente, los profesores tienen ojos y sentidos extras —murmuró Mike con admiración—. Son peores que los padres. La señorita White encontró por Fin el dvd y pidió que apagaran las luces. A James se le escapó un suspiró al escuchar el Florido inglés antiguo. Acacia le sonrió y se concentró en la película, sin apenas notar que sus hombros estaban rozándose. —¡Déjala en paz, tío, que tiene trece años! —exclamó Robbie cuando Romeo besó la mano de Julieta en el baile. Acacia rió junto al resto de la clase. Aunque Robbie jugaba a provocar y Fingía no estar interesado en los estudios, estaba claro que no siempre podía controlar la fachada. Incluso a la señorita White le fue imposible reprimir una sonrisa. Después de clase Acacia fue al ensayo con Maude. Estaban preparando el Dúo de las 1lores de la ópera Lakmé para el concierto de Pascua. Maude era dos años mayor que Acacia y la estrella absoluta del coro. Acacia admiraba su talento y generosidad y le parecía un honor que el reverendo Peters, el jefe del departamento de música y director del coro, pensara que estaba a su altura. Durante el ensayo hubo un momento en que creyó percibir la presencia de Enstel, pero no estaba segura. A veces decidía permanecer invisible incluso para ella. James había terminado su clase de guitarra y lo encontró en la biblioteca, donde un buen número de los alumnos internos se encerraban cada tarde con los deberes. Trabajaron juntos hasta que el móvil de Acacia vibró con un mensaje. —Mi madre ya está aquí —le susurró mientras recogía sus cosas. —Ya es hora de que te marches. Pasas más tiempo en Burton que yo.


—Eso no suena muy galante, James —murmuró Acacia bajando la mirada. —Ya sabes lo que quiero decir —balbució el chico. Acacia sonrió al verlo enrojecer. Resultaba tan fácil tomarle el pelo. —¿Quieres algo de Plymouth? —Nada que no pueda comprar a través de internet, gracias. Encontró a su madre esperándola en la puerta principal y al abrazarla notó con sorpresa que ya era más alta que ella. —¿Cómo estás, princesa? —le preguntó Lillian Corrigan acariciándole la mejilla y reparando en sus ojeras—. ¿Has tenido un buen día? —Sí, el reverendo Peters nos ha felicitado a Maude y a mí. —Y estoy segura de que os lo merecéis. ¿Preparada para el asalto? Recorrieron las diez millas que las separaban de Plymouth, donde las tiendas no cerraban hasta tarde, hablando sobre sus respectivos días. Su madre le contó lo ocurrido esa tarde en el centro para la tercera edad. Además de su trabajo como voluntaria cada miércoles y sus tareas en la granja, también ayudaba a organizar las actividades benéFicas de la parroquia y preparaba los mejores pasteles del mundo. Al llegar al centro comercial Acacia contempló las interminables hileras de tiendas, indecisa sobre cuál atacar primero. Sabía que su madre preferiría pasar la velada relajándose con un buen libro, pero también que disfrutaba haciendo cosas por ella y le había prometido con gusto llevarla a comprar un vestido para el sábado. —¿Qué te parece? —sugirió su madre un rato más tarde alcanzándole un minivestido púrpura—. Este color resalta tus preciosos ojos verdes. —Oh, mamá, ¿qué haría sin ti? ¡Es perfecto! Varios vaqueros, camisetas, conjuntos de ropa interior y zapatos más tarde, decidieron reponer fuerzas en un restaurante mexicano donde Acacia probó una salsa tan picante que se le saltaron las lágrimas. Fue al cuarto de baño a lavarse la cara y cuando se estaba secando le pareció notar una suave vibración en el espejo. —Sé que estás ahí —dijo con el ceño fruncido—. ¿Se puede saber a qué estás jugando? El viernes se despertó antes del amanecer cubierta de sudor, el corazón palpitando dolorosamente en su pecho. La pesadilla era cada vez más intensa y se estaba repitiendo prácticamente cada noche. Suspiró, sabiendo que no conseguiría volver a conciliar el sueño. A lo largo de las semanas que la había estado atormentando, a la furibunda sensación de pánico se le habían ido añadiendo, poco a poco, otros detalles, el destello de unos cabellos rojos, un


rayo de sol Filtrándose entre las hojas de los árboles, el sonido de unos perros de presa que se aproximaban. Su habitación se encontraba bastante alejada de la de sus padres y contaba con su propio cuarto de baño, algo que estaba demostrando ser de lo más útil ahora que, muy a su pesar, era la primera en levantarse. Se duchó, se puso el uniforme y bajó a la cocina cuidando de no hacer ruido. Recogió la huevera y salió de la casa seguida de King, el inteligente jack russell que le regalaron sus padres cuando cumplió siete años. Se movió con sigilo para no asustar a las gallinas y a los gansos mientras recogía los huevos y, de nuevo en la cocina, comenzó a preparar el desayuno. Bill y Lillian no tardarían en levantarse.


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