—¡Fuera de mi territorio! ¡Te me largas! —¡Ni modo! —se decía Pedro—. Al rey que yo hice, ahora lo obedezco. Sobre un pañuelo grande que había sido de su abuelo, Pedro ponía un tenedor, un cuchillo y dos cucharas, un plato hondo y otro extendido, su cepillo de dientes, su vaso predilecto (de plástico azul), y un par de calzones limpios, del mismo color que el vaso. Amarraba las puntas del pañuelo unas con otras para envolver sus cosas, hacía un bultito. Su mamá lo abrazaba llorando, su papá se escondía en el baño para que no le viera los lagrimones, su tía Pelusa le acariciaba la cabeza, diciendo “¡Pobrecito!”, su abuelita lo miraba sin parpadear, como si estuviera orgullosa, y sus hermanas ponían cara de ni fu ni fa. Cargaba su bultito, salía del departamento y azotaba la puerta. En el descanso de la escalera, lo esperaban Pablo, Enrique y Carmen, sus amigos. Enrique venía con su perro, Valiente. Todos llevaban un bultito en las manos, Carmen lo había hecho con un paliacate rojo, Pablo con un trapo de cocina amarillo y percudido, Enrique con una sábana de bebé, rosita y con flores. Valiente ladraba y bajaba corriendo la escalera, adelante de todos. Salían a la calle. Comenzaban a caminar, iba a la cabeza Valiente, meneando feliz la cola. El del taller mecánico les preguntaba: —¿Dónde van? —¡A donde nos apunte la nariz! —contestaba Pedro. —¡Donde el rey de la cuadra no sea un gandaya! —decía Carmen. —¿Por qué se van? —les preguntaba el mecánico. Le contaban la razón del rey Julio. El hijo del mecánico, el Brincos, se iba con ellos, también cargando un bultito. Cuando pasaban frente a la tienda, doña Tecla la tendera preguntaba también, y la Trenzas, su hija, se les unía, llevando un bulto algo más grande que los demás, envueltos en un mantel de cuadritos verde y blanco. 47