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Escuela Agropecuaria de Tres Arroyos Proyecto Aguafuertes tresarroyenses de hoy y de siempre ¿Será que estas Aguas no son tan fuertes? O quizás son Aguas, igual de fuertes a las demás, pero no son porteñas como las de Roberto Arlt sino tresarroyenses. Hablan de aquellos lugares que poca gente conoce, o que tal vez ni registra. Esos rincones de la ciudad que no son observados con detenimiento. Todo aquello puede verse desde una ventana, mirando hacia las ventanas de otros, observando como el viento mueve los cables en la calle, cómo pasan las personas por la vereda, cómo se oye ese ladrido perdido del perro vecino, sumándole la música urbana momentánea de los barrios y el ruido de los autos que, en algunos casos, se vuelve insoportable durante la noche. Sobre esto hablan estas

aguafuertes: imágenes hechas palabras, sentidos

volcados a un papel. Una ciudad entera y sus sitios vecinos han sido observados por los alumnos de 5to 2da ESA de la Escuela Agropecuaria de Tres Arroyos, al igual que otros tresarroyenses dejaron plasmado su sentir y su pensar en las páginas de las diferentes publicaciones de su época, para valorar su lugar como ciudadanos desde la literatura. En ésta publicación , dentro del marco del Bicentenario de la Independencia se incorporaron fragmentos de las publicaciones locales : El libre del Sur ( 1897 -1902), La vuelta del perro ( ), Heraldo español ( ), Ideas Juveniles (),Tres Arroyos, mi Patria chica de Pepe Diego, Arcón abierto de José María Rosello, …………………………………………... Esperamos que disfruten de estos relatos y vuelvan a recorrer estos lugares Literatura 5° 2da ESA Responsables. ———Paula Marconato Docente de Literatura de 5º2º ESS ————— Sandra Galiano Bibliotecaria ——————— Cintia Guerrerro Jefe del departamento de Lengua Alumnos: Sofía Pizarro, Giuliana Capriata, Nerea Galli, Iara Thostrup, Manuela Mascioli, Gerónimo Soto, Catalina Perticarari, Dulce Maria Parisi, Emilia Christensen, ,Luisina Grasso, Manuela Lazcano, Mateo López, Brian Ángeli.

recordando las palabras con que fueron plasmados.


La quinta Se vuelve una rutina de todos los días salir, entrar y volver otra vez a lo mismo. El correr de las horas que en ocasiones impacienta a las personas, y que en otras, realmente parece no importar, está presente en todo momento. Eso es lo que reflexiono, como muchos, cuando entro en ese camino, a veces feo y a veces lindo. Percibiendo si algo ha cambiado o no, si el alambre a un costado está roto o algo desarmado. Si aquel árbol que está justo en una esquina no cayó. Es así como recorro el primer trayecto de este camino, el cual generalmente hago en silencio, ya que prefiero callar después de un día poblado de ruidos y histeria ajena. Es por ello que aprovecho el lugar, porque sé que al bajarme de allí, el sitio al que llegaré, al que muchos llaman "campo" va a estar, al igual que la cuidad, bastante poblado, inundado de sonidos, como el motor de una máquina o el grito lejano de aquellos que charlan a la distancia mientras trabajan. Todo esto parece bastante extraño debido a que el campo se contempla como un sitio de completa libertad y soledad. Pero puedo percibir que aquí eso no sucede, la gente parece brotar por momentos, y en otros parecen desvanecerse por lluvia. Y entonces... Llegan las 12 del medio día: el punto de reunión para la peonada, donde maquinistas, ingenieros y mensuales se juntan a comer esperando impacientes que llegue aquella mujer de cabellos negros que lleva la comida en sus manos. Aquella dama que luego se retirará a su casa para almorzar con su esposo como lo hace todos los días. Los dos solos, uno al costado del otro, lo que en un principio parecía molestarles por el silencio de una casa vacía luego de 4 hijas criadas, junto con sus "ma... pa..." que ya no se escuchan desde la habitación. Eso es lo que les pasa cuando no parecen estar sus chicas. Pero al caer la tarde, muy cerca de la ida del sol parece asomarse la más "chiquita", como dicen ellos y, como digo yo, la número cinco, la quinta.


Un lugar tranquilo La playa de Claromecó es un lugar tranquilo donde la gente se sienta, respira aire puro y piensa, piensa por horas o solo unos simples minutos. Tal vez no tenga algo concreto para pensar, sólo se imagina cosas. Era invierno, me senté a observar en un tronco seco frente al mar. No había nadie, corría una brisa que traía tranquilidad y soledad al lugar. En ese momento, pasa caminando una mujer con auriculares puestos, por la orilla, con una campera muy abrigada para el frío. Saluda, saludo, aunque no nos conocemos, nos saludamos de lejos y sigue caminando. La veo y me pregunto en qué estará pensando, sobré qué estará reflexionando, ¿será mucho lo que estaría pensando para bancar el frío aire del mar? Tal vez, solo cuestiona la vida y se pregunta cosas. Dejé de pensar en eso y volví a observar el mar con tranquilidad. Más tarde vuelve a pasar la misma mujer, que regresaba de una larga y pacífica caminata por la playa. ¿Ya habría terminado de reflexionar? Tal vez la mujer tuvo un mal día en el trabajo o tal vez solo quería una simple caminata, nunca lo sabremos. Ahora, yo imagino que tendría que dejar de querer saber qué piensan los demás y pensar un poco en mí.


Andar por la ciudad Gracias a Dios un día mas como siempre, son las 7am y comienzo mi rutina. Me levanto, voy al baño, me cambio. Desayuno, vuelvo al baño, agarro mis cosas y espero. Espero a que llegue el colectivo. Toca bocina y salgo. Subo, saludo y me siento en el tercer asiento del fondo, al lado de la ventanilla. Observo. Un lugar muy peculiar que siempre me llama la atención es la plaza, ya para esa hora que estoy pasando por allí son la 7:45am, y no se ve mucha gente. Llego a la escuela, hago lo de siempre y vuelvo a casa, dejo las cosas, meriendo y me preparo para hacer alguna actividad a la tarde, hoy voy al gimnasio. Me cambio y salgo de casa alrededor de las 5:45pm, paso por la plaza nuevamente y está repleta de gente, de distintas edades, señoras y señores mayores sentados en los banquitos tomando mate y conversando, niños pequeños en los juegos hamacándose, corriendo y saltando; adolescentes sentados en grupos, otros jugando a la pelota y alguno que otro que pasa caminando. Sigo mi camino, hago mi actividad y vuelvo, ya son alrededor de las 8pm y hay un poco menos de gente; no como a la mañana y tampoco como a la tarde, quedan algunos adolescentes y una que otra persona adulta haciendo actividad física. En esta época que empieza a estar lindo es como cuando las hormigas salen del hormiguero. Lo que tanto me llama la atención, como dije al comienzo, es el echo de que un lugar en la ciudad genere tantos momentos de distinto carácter para cada persona, generalmente todas las personas de la ciudad saben y/o conocen lo que es la plaza y cada uno tiene un sentimiento particular hacia ella.

Fotografía de un día en Plaza Italia Una niña que va y viene por el viento, en una hamaca color bordó, se tambalea por el aire fresco en una mañana de invierno, en la plaza Italia de Tres Arroyos. Su cabello amarillo se torna dorado con los rayos del sol iluminándola. Otra niña de ojos color café, la hamaca suavemente con expresión de ansiedad, su rostro revela las ganas de que sea su turno en la aquél juego. A su derecha se encuentran tres niños tirándose de un hermoso y largo tobogán azul marino, entre carcajadas se colocan tomados de la cintura sobre el mismo y se deslizan hacia abajo. Sobre la izquierda de los columpios se haya solitario un subibaja anaranjado, cubierto por la sombra de un frondoso árbol. Así son las plazas en Tres Arroyos, familiares, para disfrutar con amigos; sitios donde los niños corren libremente y juegan mientras sus madres charlan y toman mates en los bancos, donde van niños y niñas a andar en bicicleta, en rollers, en patineta, o a “jugar a la pelota”. También es un lugar muy recorrido por enamorados, que se acuestan sobre el pasto a charlar, o por aquellos que hacen deportes, jóvenes y adultos que recorren la plaza corriendo o caminando, o por quienes tocan algún instrumento, que por lo general es la guitarra, el más común. Un sitio muy agradable en Tres Arroyos es esta plaza, La Italia, característica por la estatua de Rómulo y Remo, dos bebés criados por una loba en Roma, Italia, cuya historia es muy conocida en todo el mundo. Esta plaza es muy prolija y es una de las más transitadas de Tres Arroyos, ya que se encuentra cerca del centro, y está rodeada de negocios, gimnasios y de una gran cantidad de casas. Todo aquél que quiera relajarse por un momento, considere como una opción ir a la plaza Italia, disfrutar de la naturaleza y observar la vida que cobra este sitio con la llegada de niños es una forma muy linda de distraerse de los problemas económicos o de cualquier tipo, que las personas suelen tener.


Mañana absurda Me desperté hoy a la mañana, desayuné y me duché. Tomé mi libreta, una lapicera y un abrigo ligero de verano, salí de casa, me dirigí hacia la Plaza Italia, caminando, sintiendo el frío en la cabeza por la brisa del viento contra mi pelo mojado, pero a la vez un poco de calor que me obligaba a achinar los ojos por el brillante sol reflejado en el suelo de la vereda. Llegué, me senté debajo de un árbol usando su dura corteza como respaldo para estar cómodo; tomé mi libreta, mi birome y mire alrededor. Usando mis piernas como mesa, empecé a intentar escribir, mirando qué estaba sucediendo; no se me ocurrió nada, vi gente grande pasar por la plaza con preocupación, no sé si preocupación de llegar tarde al trabajo, o preocupación de que les roben, o simplemente esas eran sus caras, pero lo dudo. También había niños y niñas, andando en bicicleta, jugando a la pelota, a las escondidas, a la mancha, y alguno que otro tirado al sol durmiendo; y yo intentando escribir algo, pero mi cabeza estaba en blanco, logré escribir unas pocas palabras, pero no me convencieron. Hoy no es mi día, pensé. Intenté mirar el paisaje, describirlo, y justo en ese mismo momento llega un conocido y me pregunta -”¿Qué andás haciendo a estas horas por acá?” y le dije que estaba escribiendo aguafuertes tresarroyenses. Se me rió y siguió su camino, mi autoestima bajó demasiado, mis ganas eran nulas, mis músculos temblaban por el frío y decidí ponerme el abrigo. Me recosté en el suelo, quise intentarlo nuevamente, pude escribir un par de hojas. Pero al leer lo que había escrito, me pareció absurdo, ilógico y muy inexacto. Rompí las hojas y comencé todo desde cero. Pasaron horas y no pude escribir una miserable frase, mi cuello estaba acalambrado, mi espalda dolorida y mis piernas incómodas no ayudaban con el tema. Decidí ponerme los auriculares, escuchar música e intentar hacer algo en la hoja en blanco. Funcionó: ese cielo azul con ligeras nubes grises, ese pasto verde chillón, esos niños felices de tanto jugar y ese sol brillante me inspiraron demasiado, pude describir todo, y expresar muchas cosas. Mi libreta tenía 32 páginas de las cuales use 30. Feliz de haber terminado decidí leerlo nuevamente para corregir errores, y de repente sentí una risa de fondo... Era la misma persona que me preguntó qué estaba haciendo ahí en la plaza tan temprano, y otra vez me dijo “¿terminaste? ¿puedo leerlo? Y yo feliz, casi orgulloso de que había terminado le dije que sí. Él comenzó a leerlo, sus ojos brillaban y, sin quererlo interrumpir en su lectura, me recosté a esperar a que termine. Cerré los ojos, y escuché una risa que me despertó: era él, riéndose de lo que escribí, criticando mis faltas de ortografía, burlándose de mis frases. Me obligó a tomar mi libreta, empujarlo e irme corriendo a casa. Llegué, agarré mi libreta, comencé a arrancar hoja por hoja mientras las separaba para tirarlas directo al fuego ardiente junto con la lapicera, pero de repente pensé que esa persona era un idiota, que no apreciaba mi esfuerzo por lo que escribí, que no valoraba mi tiempo, ni siquiera fingiendo decirme que era bueno para hacerme sentir bien y que esas horas en la plaza no fueron horas perdidas, que era una mala persona. Decidí volver a juntar aquellas hojas para guardarlas y continuar otro día escribiendo y me quedé pensando que simplemente podría haber sido una mañana absurda...

“Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer elogio

del fiacún, a establecer el origen de la fiaca, a dejar determinados de modo matemático y preciso los alcances del término.” (Roberto Arlt, ( ) , p. 51)

“Dígase lo que se quiera, el trabajo de escribir es brutal. No, ¡qué va a ser brutal!

Estoy conforme porque me faltan siete renglones para terminar. ¡Ah periodismo!... Sin embargo, dígase lo que se diga, es lindo. Sobre todo si se tiene un Director indulgente, que lo presenta a las visitas, con estas elocuentes palabras: El atorrante de Arlt. Gran escritor.”


Reflexión desde la ventana La avenida donde vivo, llamada Av. Rivadavia, es un sitio muy transitado donde la mayor parte de los tresarroyenses van “de pasada” a la estación de servicio que está pegada a mi casa, compartiendo la pared. Yo prefiero llamarla “la avenida que nunca duerme”. El silencio rara vez está en la puerta: todos los autos y peatones transitan inmersos en su propio mundo; el perro echado en la vereda le ladra a las bicicletas que pasan haciendo que se desvíen de su camino y aceleren la marcha; los niños, en la salida del colegio, corren hacia el kiosco de la estación de servicio a comprar golosinas, mientras arrastran la mochila provocando ese ruido tan particular de las rueditas contra las baldosas y, por supuesto, seguidos de sus madres que gritan “¡Cuidado con los autos!” Desde mi ventana, un poco encandilada por el sol, observo. Solo observo, voy sacando conclusiones, filosofando, viajando por mi mente. La nostalgia amaga en asomarse: la idea de que el “sentimiento de pueblo” está desapareciendo, resuena en mi mente. Cada uno de nosotros, metidos en nuestras cabezas, encerrándonos en una burbuja, impulsados por la ambición. Los autos esperan que el segundero del semáforo llegue a cero para arrancar a toda velocidad. Jóvenes tarareando sus melodías mirando el movimiento de sus pies. Todos rodeados de tanta gente pero a la vez tan solos. En este momento pienso que los lazos que antes teníamos con nuestros pares están desgastados y a punto de romperse. La confianza de uno a otro está colgando de un hilo. La incertidumbre consume mis sesos y no puedo pensar en otra cosa que no sea ¿Todavía queda una esperanza para estar un poco más unidos?.

Plaza del Árbol (también conocida como Plaza Dinamarca o de los bomberos). De tarde Una suave brisa acaricia lentamente los árboles, haciendo que las hojas bailoteen tratando de mantenerse aferradas a las ramas. Lentamente, recorre los caminos, rodeando cada esquina, abrazando los faroles y asientos, como una criatura invisible. Inundada de rayos cálidos, la plaza se luce, mostrando con orgullo los monumentos que la hacen única, aquellos que le dan un nombre que pasa por boca de tantos. Sentada en un banco de madera, siento cómo mis mejillas confrontan el extraño frío seco presente en el ambiente, mientras observo con curiosidad la única mancha blanca en el azul del cielo. Desde lejos, percibo el susurro de la música, acompañado de los contínuos movimientos de la calesita nueva. Agarrados con fuerza, veo varios niños que cuelgan de las distintas figuras y animales, sonriendo intensamente al mismo tiempo que intentan agarrar la sortija. A unos metros de distancia, dos nenas juegan en las hamacas, riendo a carcajadas y disfrutando cada vuelo impulsado por sus padres. Éstos, permaneces quietos, desconcentrados de lo que hacen. Una mujer, alta, con ojos grandes y una postura que deja mucho que desear, observa con cierto aire de envidia, a una familia que juega cercanamente con sus hijos, sacándose fotos e incentivando a los niños a que usen sus bicicletas. Es un clima feliz, lleno de voces acompañadas por la música, y algunos pajaritos. Realmente complace a los alrededores, abriéndonos la mente hacia otras realidades. De noche Lentamente, el paisaje verde y luminoso, comienza a mancharse de gotas oscuras. Por el horizonte, el sol desaparece, indicando el fin de otro exitoso día. Los faroles, se encienden uno a uno, iluminando con una luz tenue y amable, cada uno de los caminos. Pequeños destellos sobresalen de los árboles, al reflejar la luz con sus hojas. Sentado en un banco, se puede observar un hombre, mirando los juegos para niños, ahora vacíos. Vestido con ropas humildes, el señor muestra una cara cansada, pero satisfecha, orgulloso de su trabajo diario. A diferencia del centro, con la ausencia de negocios abiertos y llamativos, en el barrio, la plaza permanece tranquila, como dormida, acompañando a la gente de sus alrededores. Pasan algunos minutos, y el hombre se levanta. Marcando su paso con un rastro de sombra negra, se despide del lugar, dejándolo conservar su hermosa tranquilidad, mientras que crece su ansiedad de ser adornado con un cielo lleno de estrellas.

“El jardín botánico ofrece un aspecto de desolación que espanta. Y lo único noble, son los árboles… los árboles que envejecen apartándose de los hombres para recoger el cielo entre sus brazos.” (Roberto Arlt, ( ), p. 75)


Homenaje a la Previsión. Te baña una luz anaranjada, la cual produce sombras y contornos cálidos sobre tu estructura. El sol, que al atardecer hace brillar tus molduras, pero también denota tus años. Millares de palomas mantienen su estadía en tu interior, sin apreciar, al ser animales, tu belleza. Tampoco nosotros, peatones empedernidos de tus veredas, las cuales transitamos sin conciencia, nostalgia o sentimiento. Nadie parece notar tu imponencia, dada por tu sólida imagen, que es coronada en la cima por tus techos verdosos, que recuerdan a otras épocas. De cuando en cuando te habitan pero no con la intención que mereces, no son más que comercios temporarios a los que les queda holgada tu estructura. Provees seguridad con tan sólo tu mirada, aunque hay que pasar por alto tu fachada que de tantos años se viene a bajo. Bueno es saber que te mantienes presenta, ocupando un lugar en el espacio, ciertamente físico, donde tu unión con los edificios que te rodean parece irreal, tan irreal como el recuerdo de tu momento de esplendor en mentes mayores.

Un día en “La Perla” El día comienza a las siete de la mañana cuando el mozo, encargado de todos los días, abre “La Perla”. Antes de que sean las ocho, barre todo el salón, limpia las mesas, enciende la cafetera, limpia los baños y, cuando termina con sus tareas, se pone a charlar con “los de al lado” disfrutando de un caliente cortado en jarrito “mitad y mitad”. Como siempre, está todo lindo, muy limpio y presentable. A medida que avanza la mañana, van llegando los señores de siempre a desayunar, con sus habituales pedidos, generalmente café con facturas. Todos ellos esperan la llegada del diario –menos mal que hay alrededor de cuatro porque siempre se pelean por leerlos. Poco a poco va llegando más gente, por lo que se necesita otro mozo, el encargado de la cocina. Más cerca del mediodía, el menú cambia un poco: gente que sale del trabajo llega a almorzar, aunque nunca falta ese cafecito luego de hacerlo. Llegada la hora de la siesta, la cosa se tranquiliza un poco, los mozos aprovechan para descansar un rato antes de hacer el cambio con los otros dos. Estos últimos comienzan su día laboral sentados, leyendo, matando un rato el tiempo con el celular hasta que, por fin, a eso de las cinco de la tarde, empieza el “desaburrimiento”. Las mesas habituales de la tarde nunca faltan; hay una en particular, la de los “viejitos piolas”, que me resulta muy divertida: ellos llegan, se sientan, miran al mozo, levantan la mano y piden “lo de siempre”. De esta manera, el encargado de atenderlos se levanta se su banqueta, sirve en unas terrinas papitas y palitos salados y, al pasar, toma una cerveza bien fría junto con los chops congelados. Si está aburrido se sienta a charlar un rato con ellos, si no sigue con sus habituales tareas. Caída la noche, se vuelve a poner un poco más tranquilo, aunque la actitud del mozo es la opuesta; ya que se pone a limpiar todo y dejar el salón listo para el otro día. Cuando se van las últimas personas, apaga las luces, cierra el portón de la calle Hipólito Yrigoyen y, finalmente, se cambia de ropa. Cierra las puertas con llave y se dispone a ir a su casa a descansar y prepararse para su próximo día.

“Hay una rueda de amigos en un café. Hace una hora que le dan a los copetines, y de pronto llega el ineludible y fatal momento de pagar. Unos se miran a los otros, todos esperan que el compañero saque la cartera, y de pronto el más descarado o el más filósofo da fin a la cuestión con estas palabras: me tiro a muerto.” (“Apuntes filosóficos acerca del hombre que le tira a muerto”, p. 75)

“Sí… hubiera sonreído al amanecer, cuando el sol alumbra las

cornisas de los rascanubes y la calle, repleta de sombras azules y cajones de basuras, ostenta mozos que con delantal de carpintero barren los zaguanes y friegan los mármoles de las botiglierías.” (p. 104)


El centro de la ciudad El corazón de Tres Arroyos, en el medio de todo es, para todos, un punto de encuentro: “Nos encontramos en la plaza San Martín”, “en el caballo”, “en la fuente”, “en frente a la coope”. La plaza principal de la ciudad de Tres Arroyos, la más grande, es iluminada de día por los radiantes rayos de sol y, de noche, por brillantes lámparas acompañadas, ciertas veces, por una enorme y hermosa luna blanca. Días de semana, por la mañana, está vacía y silenciosa, ya que todo ciudadano que pueda ocuparla está trabajando o estudiando. Cerca del mediodía ya comienza a estar más transitada: adolescentes y chicos que salen de sus escuelas y atraviesan este espacio para llegar a cualquier otro punto de la ciudad. Luego de las 17:00 hs, muchas veces suele llegar al límite de capacidad, los niños y estudiantes juegan a la pelota, las chicas toman mate y algunos adultos caminan. Los Domingos por la tarde logra llamar mi atención la cantidad de gente que hay y cómo disfrutan de los días hermosos y calurosos con un sol radiante que ilumina desde lo más alto del cielo. Cuando llegan los días lluviosos, se siente el vacío y la tristeza que muestran esas cuatro manzanas de plaza, con grandes nubes negras que oscurecen el día y los rostros de los niños, que se ven obligados a quedarse en sus casas, resguardandose de la lluvia , y sin poder salir a correr y jugar por toda la plaza. La vista de este lugar, desde lo más alto de un edificio o desde el firme suelo de cualquier esquina vecina a la plaza, siempre es fantástica.

“Por cada edificio que tiran abajo, por cada flamante rascacielos que levantan, hay una garganta femenina que canta en voz baja: Corrientes tres, cuatro, ocho… segundo piso, ascensor… Está en el alma de la calle Corrientes, y no la cambiarán ni los ediles ni los constructores. Para eso tendrán que borrar de todos los recuerdos, la nostalgia de: Corrientes… tres, cuatro, ocho… segundo piso, ascensor…” ( Roberto Arlt, ( ),p. 188)

“Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad barridas como por un viento de maleficio.” (Roberto Arlt, ( ), p. 91)


Mi primer amor. Una esquina con mil momentos y cosas para recordar y no olvidar, una esquina que marcó mi vida, un simple rincón en una calle cualquiera, una simple pared en el medio de Chacabuco y República del Líbano. Una esquina donde no empezó algo pero tampoco terminó, es como si hubiese quedado en suspenso; cada día que pasa es como si todo siguiera ahí, como si nada hubiera terminado, todo sigue existiendo cada momento que pasó por ese lugar. En esa esquina fui feliz, en esa esquina tuve los mejores abrazos y los mejores besos también, tuve el mejor hombro para llorar y las manos más cálidas para que secaran mis lágrimas. Esos cuatro meses fueron inolvidables, jamás van a dejar de existir los sentimientos cada vez que paso por ahí, pero como dicen en los cuentos todo tiene un final, en este caso no fue un “final” feliz, fue un final triste en el cual aquellos sentimientos en esa esquina no aparecieron más, lo único que permaneció fue el cansancio y las peleas dando fin a esas paredes que se quedan con los mejores momentos que pasé en mi adolescencia.

“Caminaba por la calle y, de pronto, una muchacha se complació en mirarlo. Lo miró recatadamente dos o tres veces, y de pronto, se detuvo en una esquina para tomar el tranvía.” ( Roberto Arlt, ( ) , p. 34)


Puente a la realidad Un dìa más llego a mi casa desde la escuela, cansado como siempre, otra vez a pelear con mi mamá. Parece rutinario el hecho de que siempre suceda lo mismo. Entonces llega la hora: las seis y cuarto, hora en que agarro la bici y, surcando las calles de Tres Arroyos, llego a mi destino: el club Argentino Juniors, el lugar donde me escapo de la rutina y de las obligaciones diarias por un tiempo, solo un tiempo. Pero eso no importa, lo que realmente importa es lo que sucede dentro de este predio lleno de imperfecciones y a la vez una cancha con buenos arcos y un pasto que parece que te abraza cada vez que lo pisás. Ahí puedo jugar ese hermoso deporte que tanto me gusta y me llena de alegrìa, el fútbol. Pese a lo que digan, yo lo sigo eligiendo porque dentro de lo malo veo cosas buenas, veo la realidad.

El barrio

Todos los días me pregunto el porqué, tal vez porque tiene que ser así, tal vez porque no hay otra razón. Viendo la realidad que me rodea me pregunto cosas, cosas a las cuales busco una respuesta pero no siempre la consigo. Miro por mi ventana, esa gran ventana con cortinas azules que deja pasar los rallos del sol en tanta oscuridad. De repente se iluminan un par de niños que salen del colegio del barrio, corriendo con sus cuadernos en las manos, o mejor dicho el cuaderno, tan solo un cuaderno. Miro sus caras que solo sonríen, en sus rostros solo se refleja su sonrisa. También se ve gente a las seis de la mañana saliendo para trabajar con solo una campera que deja pasar el frio, unos guantes agujereados llenos de cal, pero a pesar de todo tratan de ganarse la vida. Y se ven esos niños con un guardapolvo yendo a la escuela con ganas de encontrarse con amigos y profesoras para disfrutar ese día, ese momento. Salgo, veo coches destruidos pero siguen funcionando porque tienen motor, veo gente en bicicleta que se recorre toda la cuidad para ganarse un mango. Miro para la esquina y veo un par de chicos fumando esa flor que vendió la tranza, encapuchados, tapando su rostros. Observo cómo su mano recorre desde abajo hacia sus bocas y luego suavemente largan el humo, el humo que ellos llaman felicidad aunque sea ilegal y les haga mal. Buscan su felicidad allí, en esa humareda, esa nube gris y larga en la cual yo veo tristeza, dolor y pudor. El sol cae, parte del barrio se ilumina, el otro sigue en la oscuridad. Caminar por las calle del barrio no es fácil para algunos. Ver tiroteos, ver gente corriendo con armas en la mano, ver milicos haciendo allanamiento, rompiendo casas, sacando a la gente de sus humildes hogares, gritos de niños y madres desesperadas, eso a veces se vuelve natural. Muchos critican, pero no es fácil vivir así. Ojo, no todo es malo. Para mí de mi barrio van a salir profesionales en lugar de que como muchos dicen serán criminales.

“La tragedia del hombre que busca empleo “. “Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen un diario en la mano y conversan animadamente entre sí.” (Roberto Arlt , ( ), p. 205)

“Los extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las palabras que se escuchan. Las tragedias que se llegan a conocer.” (Roberto Arlt, ( ) , p. )


“A la sombra de los teatros, a la vista de las muchachas que se pintan

los ojos, los labios y el corazón, y que noche tras noche favorecen a la luz del aluminio de la luna y a la luz verde, roja y azul de los cientos de letreros luminosos invitando a pensar que la vida es linda, que las mujeres son buenas y los hombres fraternos.� (Roberto Arlt, ( ), p. 105)


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